Dedícate a la Contemplación.....y recibirás los dones del Espíritu Santo


LA DIDACHÉ O ENSEÑANZA DE LOS DOCE APÓSTOLES

PAPIAS MELITÓN DE SARDES APOLOGÍA DE ARÍSTIDES EPÍSTOLA DE BERNABÉ
TACIANO SECUNDA CLEMENTIS SAN POLICARPO DE ESMIRNA CARTA A LOS FILIPENSES
ORÍGENES CARTA A DIOGNETO SAN CLEMENTE ROMANO SAN VICENTE DE LERINS
ATENÁGORAS PASTOR DE HERMAS TEÓFILO DE ANTIOQUÍA SAN EFRÉN DE SIRIA
CUADRATO SAN JUSTINO SAN CLEMENTE DE ALEJANDRÍA SAN BASILIO EL GRANDE
  SAN CIPRIANO DE CARTAGO SAN HILARIO DE POITIERS SAN HIPÓLITO
CIRILO DE JERUSALÉN Y SUS ENSEÑANZAS SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA

LOS FRUTOS DE LA PASIÓN (HOMILÍA LA SANTA PASCUA, 49-55)




 


 

 

 


 

LA DIDACHÉ O ENSEÑANZA DE LOS DOCE APÓSTOLES

Explicación
1. Instrucción moral.
2. El bautismo.
3. Ayuno y oración.
4. Formulas para la cena eucarística.
5. Instrucción sobre los Apóstoles y profetas.
6. El día del Señor.
7. Obispos y diáconos.
8. Escatología.
9.- Un sacrificio puro

 

 

Explicación


        La Didaché o Enseñanza de los Doce Apóstoles es uno de los escritos más venerables que nos ha legado la antigüedad cristiana. Baste decir que su composición se data en torno al año 70; casi contemporáneamente, por tanto, a algunos libros del Nuevo Testamento.

        Aletea en su contenido la vida de la primitiva cristiandad. A través de formulaciones claras, asequibles tanto a mentes cultas como a inteligencias menos ilustradas, se enumeran normas morales, litúrgicas y disciplinares que han de guiar la conducta, la oración, la vida de los cristianos. Se trata de un documento catequético, breve, destinado probablemente a dar la primera instrucción a los neófitos o a los catecúmenos.

        Se desconoce el autor y el lugar de composición de la Didaché. Algunos estudiosos hablan más bien de un compilador, que habría puesto por escrito algunas enseñanzas de la predicación apostólica. Se sitúa su redacción en suelo sirio o tal vez egipcio.

        En este libro se distinguen cuatro partes. La primera, de contenido catequético-moral, está basada en la enseñanza de los dos caminos que se le presentan al hombre: el que conduce a la vida y el que lleva a la muerte eterna. La segunda parte, de carácter litúrgico, trata del modo de administrar el Bautismo -puerta de los demás sacramentos-, del ayuno y la oración-muy practicados por los primeros cristianos -y de la celebración de la Eucaristía. La tercera parte trata de la disciplina de la comunidad cristiana y de algunas funciones eclesiásticas. Se explica también, sintéticamente, el modo de celebrar el día del Señor (nuestro actual domingo), y se alude -entre otras- a dos costumbres que manifiestan la finura de caridad que practicaban nuestros primeros hermanos en la fe: la hospitalidad -con advertencias ante los abusos de quienes buscaban vivir a costa de los demás- y la corrección fraterna. La última sección comienza parafraseando la exhortación de Jesús a vivir vigilantes, a prepararse para la hora en la que el Señor viene. Esta parte acaba con una síntesis de las principales enseñanzas escatológicas pronunciadas por el Maestro. (Loarte)

        La Didakhe o Doctrina de los doce Apóstoles, a la que se hallaban referencias en los autores antiguos, se había dado por perdida hasta que su texto fue hallado en un manuscrito de Constantinopla y publicado en 1883. Inmediatamente se suscitaron vivas polémicas acerca de su carácter y antigüedad. Frente a la opinión de los que pretendían que se trataba de una ficción arcaizante, tal vez de origen montanista, que no sería anterior a los últimos años del siglo II, parece haber ido ganando terreno recientemente la convicción de que se trata de una compilación de elementos muy antiguos, que en su mayor parte bien pueden remontarse al siglo I. El conjunto está formado por varias instrucciones de tipo moral, litúrgico y disciplinar, tal vez para uso de evangelizadores itinerantes. Su particular interés está en que nos da a conocer las formas más primitivas de catequesis moral, con reconocida influencia judía, y los elementos más antiguos de la liturgia bautismal y eucarística, así como la organización eclesiástica en el momento en que, junto a los predicadores itinerantes y carismáticos, empieza a surgir una jerarquía estable y una organización en las Iglesias locales.(Josep Vives)

 

1. Instrucción moral.

        Hay dos caminos, el de la vida y el de la muerte, y grande es la diferencia que hay entre estos dos caminos. El camino de la vida es éste: "Amarás en primer lugar a Dios que te ha creado, y en segundo lugar a tu prójimo como a ti mismo. Todo lo que no quieres que se haga contigo, no lo hagas tu a otro." Tal es la enseñanza de este discurso: "Bendecid a los que os maldicen y rogad por vuestros enemigos, y ayunad por los que os persiguen. Porque ¿qué gracia hay en que améis a los que os aman? ¿No hacen esto también los gentiles? Vosotros amad a los que os odian, y no tengáis enemigo." Apártate de los deseos carnales. Si alguno te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele la izquierda, y serás perfecto. Si alguien te fuerza a ir con él durante una milla, acompáñale dos. Si alguien te quita el manto, dale también la túnica. Si alguien te quita lo tuyo, no se lo reclames, pues tampoco puedes. A todo el que te pida, dale y no le reclames nada, pues el Padre quiere que se dé a todos de sus propios dones. Bienaventurado el que da conforme a este mandamiento, pues éste es inocente. ¡Ay del que recibe! Si recibe porque tiene necesidad, será inocente; pero si recibe sin tener necesidad, tendrá que dar cuenta de por qué recibió y para qué: puesto en prisión, se le examinará sobre lo que hizo, y no saldrá hasta que no devuelva el último cuadrante.

            LIMOSNA - DISCERNIR: También está dicho acerca de esto: que tu limosna sude en tus manos hasta que sepas a quién das. Segundo mandamiento de la doctrina: No matarás, no adulterarás, no corromperás a los menores, no fornicarás, no robarás, no practicarás la magia o la hechicería, no matarás el hijo en el seno materno, ni quitarás la vida al recién nacido. No codiciarás los bienes del prójimo, no perjurarás, no darás falso testimonio. No calumniarás ni guardarás rencor. No serás doble de mente o de lengua, pues la doblez es lazo de muerte. Tu palabra no será mentirosa ni vana, sino que la cumplirás por la obra. No serás avaro, ni rapaz, ni hipócrita, ni malvado, ni soberbio. No tramarás planes malvados contra tu prójimo. No odiarás a hombre alguno, sino que a unos los convencerás, por otros rogaras, a otros los amarás más que a tu propia alma... Sé manso, pues los mansos heredarán la tierra. Sé paciente, compasivo, sin malicia, tranquilo y bueno, temeroso en todo momento de las palabras que has oído. No te exaltarás, ni entregarás tu alma a la temeridad. No se junte tu alma con los soberbios, sino que andarás con los justos y humildes. Los sucesos que te sobrevengan los aceptarás como bienes, sabiendo que no sucede nada sino por disposición de Dios. Hijo mío, te acordarás de día y de noche del que te habla la palabra de Dios, y le honrarás como al Señor. Porque donde se anuncia la majestad del Señor, allí está el Señor. Buscarás cada día los rostros de los santos, para hallar descanso en sus palabras. No harás cisma, sino que pondrás paz entre los que pelean. Juzgarás rectamente, y no harás distinción de personas para reprender las faltas. No andarás con alma dudosa de si sucederá o no sucederá: No seas de los que extienden la mano para recibir, pero la retiran para dar. Si adquieres algo por el trabajo de tus manos, da de ello como rescate de tus pecados. No vaciles en dar, ni murmurarás mientras das, pues has de saber quién es el buen recompensador de tu limosna. No rechazarás al necesitado, sino que tendrás todas las cosas en común con tu hermano, sin decir que nada es tuyo propio; pues si os son comunes los bienes inmortales, cuanto más los mortales. Tu mano no se levantará de tu hijo o de tu hija, sino que les enseñarás desde su juventud el temor de Dios. No mandarás con aspereza a tu esclavo o a tu esclava que esperan en el mismo Dios que tu, no sea que dejen de temer a Dios que está sobre unos y otros... Vosotros, los esclavos, someteos a vuestros señores como a imagen de Dios con reverencia y temor...

        En la asamblea confesarás tus pecados, y no te acercarás a la oración con mala conciencia. Este es el camino de la vida (cap. 1-5).

 

2. El bautismo.

        En lo que se refiere al bautismo, tenéis que bautizar así: Habiendo dicho todas estas cosas, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y el Espíritu Santo, en agua viva. Si no tienes agua viva, bautiza con otra agua. Si no puedes con agua fría, hazlo con caliente. Si no tienes ni una ni otra, derrama agua sobre la cabeza tres veces, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Antes del Bautismo, ayunen el bautizante y el bautizando y algunos otros que puedan. Pero al bautizando le ordenarás que ayune uno o dos días antes (cap. 7).



3. Ayuno y oración.

        No ayunaréis juntamente con los hipócritas (es decir, los judíos), que ayunan el segundo y el quinto día de la semana. Vosotros ayunaréis el día cuarto y el de la preparación. Tampoco hagáis vuestra oración como los hipócritas, sino, como lo mandó el Señor en el Evangelio, así oraréis: Padre nuestro... Oraréis así tres veces al día (cap. 8).



4. Fórmulas para la cena eucarística.

        En lo que toca a la acción de gracias, la haréis de esta manera: Primero sobre el cáliz: Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David tu siervo, la que nos diste a conocer a nosotros por medio de Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos.


        Luego sobre el trozo (de pan): Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento, que nos diste a conocer por medio de Jesús tu siervo. A ti la gloria por los siglos. Como este fragmento estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, por los siglos.

        Que nadie coma ni beba de vuestra comida de acción de gracias, sino los bautizados en el nombre del Señor, pues sobre esto dijo el Señor: No deis lo santo a los perros. Después de saciaros, daréis gracias así: Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre que hiciste morar en nuestros corazones, y por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que nos has dado a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos.

        Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas por causa de tu nombre, y diste a los hombres alimento y bebida para su disfrute, para que te dieran gracias. Mas a nosotros nos hiciste el don de un alimento y una bebida Espiritual y de la vida eterna por medio de tu siervo. Ante todo te damos gracias porque eres poderoso. A ti la gloria por los siglos.

        Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu caridad, y congrégala desde los cuatro vientos, santificada, en tu reino que le has preparado. Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos.

        Venga la gracia y pase este mundo. Hosanna al Dios de David. El que sea santo, que se acerque. El que no lo es, que se arrepienta. "Maran Atha" Amén.

        A los profetas, dejadles dar gracias cuanto quieran (cap. 9 y 10).

 


5. Instrucción sobre los Apóstoles y profetas.

        Al que viniendo a vosotros os enseñare todo lo dicho, aceptadle. Pero si el mismo maestro, extraviado, os enseña otra doctrina para vuestra disgregación, no le prestéis oído; si, en cambio, os enseña para aumentar vuestra justicia y conocimiento del Señor, recibidle como al mismo Señor.

        Con los Apóstoles y profetas, obrad de la siguiente manera, de acuerdo con la enseñanza evangélica: todo apóstol que venga a vosotros, sea recibido como el Señor. No se detendrá sino un solo día, y, si fuere necesario, otro más. Si se queda tres días, es un falso profeta. Cuando el apóstol se vaya no tome nada consigo si no es pan hasta su nuevo alojamiento. Si pide dinero, es un falso profeta.

        PROFETA - FALSO: No pongáis a prueba ni a examen ningún profeta que habla en Espíritu. Porque todo pecado será perdonado, pero este pecado no será perdonado. Con todo, no todo el que habla en Espíritu es profeta, sino el que tiene el modo de vida del Señor. En efecto, por el modo de vida se distinguirá el verdadero profeta del falso. Todo profeta que manda poner una mesa en Espíritu, no come de ella: de lo contrario, es un falso profeta. Todo profeta que predica la verdad, si no cumple lo que enseña es un falso profeta. Todo profeta probado como verdadero, que trabaja en el misterio de la Iglesia en el mundo, si no enseña a hacer lo que él hace, no lo juzgaréis, pues su juicio está en Dios. Así lo hicieron también los antiguos profetas. Pero al que dice en Espíritu: Dame dinero, o cualquier otra cosa, no le prestéis oído. En cambio si dice que se dé a otros necesitados, nadie lo juzgue.

        A todo el que viniere en nombre del Señor, recibidle. Luego examinándole le conoceréis por su derecha y por su izquierda, pues tenéis discernimiento. Al que pasa de camino le ayudaréis en cuanto podáis: pero no se quedará con vosotros sino dos o tres días, si fuere necesario. Si quiere quedarse entre vosotros, teniendo un oficio, que trabaje para su sustento. Si no tiene oficio, proveed según prudencia, de modo que no viva entre vosotros cristiano alguno ocioso. Si no quiere aceptar esto, se trata de un traficante de Cristo: tened cuidado con tales gentes.

        Todo auténtico profeta que quiera morar de asiento entre vosotros es digno de su sustento. Igualmente, todo auténtico maestro merece también, como el trabajador, su sustento. Por tanto, tomaras siempre las primicias de los frutos del lagar y de la era, de los bueyes y de las ovejas, y las darás como primicias a los profetas, pues ellos son vuestros sumos sacerdotes. Si no tenéis profeta, dadlo a los pobres. Si haces pan, toma las primicias y dalas conforme al mandato. Si abres una jarra de vino o de aceite, toma las primicias y dalas a los profetas. De tu dinero, de tu vestido y de todas tus posesiones, toma las primicias, según te pareciere, y dalas conforme al mandato (cap. 11-13).



6. El día del Señor.

        EUCARISTÍA - RIÑAS: En el día del Señor reuníos y partid el pan y haced la eucaristía, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro. Todo el que tenga disensión con su compañero, no se junte con vosotros hasta que no se hayan reconciliado, para que no sea profanado vuestro sacrificio. Este es el sacrificio del que dijo el Señor: "En todo lugar y tiempo se me ofrece un sacrificio puro: porque yo soy el gran Rey, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre las naciones" (Mt1,11) (cap. 14).
 


7. Obispos y diáconos.

        Elegíos obispos y diáconos dignos del Señor, hombres mansos, no amantes del dinero, sinceros y probados; porque también ellos os sirven a vosotros en el ministerio de los profetas y maestros. No los despreciéis, ya que tienen entre vosotros el mismo honor que los profetas y maestros (cap. 15).
 


8. Escatología.

        PARUSÍA - SIGNOS: Vigilad sobre vuestra vida. No se apaguen vuestras linternas, y no dejen de estar ceñidos vuestros lomos, sino estad preparados, pues no sabéis la hora en que vendrá nuestro Señor. Reuníos con frecuencia, buscando lo que conviene a vuestras almas, pues de nada os servirá todo el tiempo en que habéis creído, si no consumáis vuestra perfección en el último momento. En los últimos días se multiplicaran los falsos profetas y los corruptores, y las ovejas se convertirán en lobos, y el amor se convertirá en odio. En efecto, al crecer la iniquidad, los hombres se odiaran entre sí, y se perseguirán y se traicionaran: entonces aparecerá el extraviador del mundo, como hijo de Dios, y hará señales y prodigios, y la tierra será entregada en sus manos, y cometerá iniquidades como no se han cometido desde siglos. Entonces la creación de los hombres entrara en la conflagración de la prueba, y muchos se escandalizaran y perecerán. Pero los que perseveren en su fe serán salvados por el mismo que había sido maldecido. Entonces aparecerán las señales auténticas: en primer lugar el signo de la abertura del cielo, luego el del sonido de trompeta, en tercer lugar, la resurrección de los muertos, no de todos los hombres, sino, como está dicho: "Vendrá el Señor y todos los santos con él" (Za 14,5). Entonces el mundo verá al Señor viniendo sobre las nubes del cielo (cap.16).



9. Un sacrificio puro

(Didaché o Enseñanza de los Doce Apóstoles, cap. IX y X)

En cuanto a la Eucaristía, dad gracias así. En primer lugar, sobre el cáliz: "Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa vid de David, tu siervo, que nos diste a conocer por Jesús, tu siervo. A Ti gloria por los siglos".

Luego, sobre el fragmento de pan: "Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A Ti la gloria por los siglos".

"Así como este trozo estaba disperso por los montes y reunido se ha hecho uno, así también reúne a tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por los siglos por medio de Jesucristo".

Nadie coma ni beba de vuestra Eucaristía a no ser los bautizados en el nombre del Señor, pues acerca de esto también dijo el Señor: No deis lo santo a los perros.

Después de haberos saciado, dad gracias de esta manera:

"Te damos gracias, Padre Santo, por tu Nombre Santo que has hecho habitar en nuestros corazones, así como por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que nos has dado a conocer por Jesús tu siervo. A Ti la gloria por los siglos".

"Tú, Señor omnipotente, has creado el universo a causa de tu Nombre, has dado a los hombres alimento y bebida para su disfrute, a fin de que te den gracias y, además, a nosotros nos has concedido la gracia de un alimento y bebida espirituales y de vida eterna por medio de tu Siervo".

"Ante todo, te damos gracias porque eres poderoso. A Ti la gloria por los siglos".

"Acuérdate, Señor, de tu Iglesia para librarla de todo mal y perfeccionarla en tu amor y a Ella, santificada, reúnela de los cuatro vientos en el reino tuyo, que le has preparado. Porque Tuyo es el poder y la gloria por los siglos".

"¡Venga la gracia y pase este mundo! ¡Hosanna al Dios de David! ¡Si alguno es santo, venga!; ¡el que no lo sea, que se convierta! Maranatha. Amén".

 

 

PAPIAS

Historia

Escritos

        Papias fue obispo de Hierápolis de Frigia, en Asia Menor. Según Ireneo habría sido oyente del apóstol san Juan, y era amigo de Policarpo de Esmirna. Escribió hacia el año 130 cinco libros de Explicaciones de los dichos del Señor, que suelen considerarse como la primera obra de exégesis de los Evangelios. No conocemos de ella más que algunas citas y alusiones que se hallan en la Historia Eclesiástica, de Eusebio de Cesarea. Según éste, Papias habría profesado el milenarismo, siendo el responsable de que posteriormente otros varones eclesiásticos adoptaran esta doctrina, apoyados en la antigüedad de Papias. Asimismo se deberían a él "ciertas extrañas parábolas y enseñanzas del Salvador, que tienen visos de fabula". Sin embargo son de especial interés las noticias contenidas en los pasajes de Papias citados por Eusebio, acerca de la primitiva tradición apostólica y la composición de los Evangelios. (Josep Vives)


Escritos

        No dudaré en ofrecerte, juntamente con mi propia interpretación, todo lo que en otro tiempo aprendí muy bien de los ancianos y dejé bien grabado en mi memoria. Porque yo no me complacía, como hacen muchos, con los que hablan mucho, sino con los que enseñaban la verdad; ni con los que se remiten a mandamientos extraños, sino en los que se atienen a los que fueron dados por el Señor a nuestra fe y proceden de la verdad misma. Si alguna vez venia a nosotros alguno de los que habían seguido a los ancianos, yo le preguntaba acerca de lo que ellos solían decir: qué habían dicho Andrés, Pedro, Felipe, Tomás, Santiago, Juan, Mateo o cualquier otro de los discípulos del Señor, o qué es lo que dicen Aristion y Juan el presbítero, discípulos del Señor. Porque pensaba yo que no sacaría tanto provecho de los libros escritos, cuanto de la palabra viva y permanente...

        Marcos fue intérprete de Pedro, y escribió con fidelidad, aunque desordenadamente, lo que solía interpretar, que eran los dichos y los hechos del Señor. Él mismo no había oído al Señor ni había sido su discípulo, sino que más adelante, como dije, había sido discípulo de Pedro; quien daba sus instrucciones según las necesidades, pero sin pretensión de componer un conjunto ordenado de las sentencias del Señor. Así pues, no hay que achacarlo a culpa de Marcos si puso así las cosas por escrito, tal como las recordaba: todo su cuidado estuvo en una sola cosa, en no omitir nada de lo que había oído y en no poner falsedad alguna acerca de ello...

        En cuanto a Mateo, ordeno en lengua hebrea las sentencias del Señor, y cada uno las interpreto luego según su capacidad... (1)

(1). EUSEBIO, Hist. Ecles., III,39,3ss.

 

 

SAN CLEMENTE ROMANO

Historia

Escritos


        Los primeros sucesores de San Pedro en la sede de Roma fueron, según testimonia la Tradición, Lino (hasta el año 80) y Anacleto, también llamado Cleto (80-92) "Después de ellos, cuenta San Ireneo, en tercer lugar desde los Apóstoles, accedió al episcopado Clemente, que no solo vio a los propios Apóstoles, sino que con ellos converso y pudo valorar detenidamente tanto la predicación como la tradición apostólica". Fue San Clemente, por tanto, el cuarto de los Papas. Como parece querer indicar San Ireneo, este santo Vicario de Cristo fue un eslabón muy importante en la cadena de la continuidad, por su conocimiento y por su fidelidad a la doctrina recibida de los Apóstoles. Nada dicen los más antiguos escritores eclesiásticos sobre su muerte, aunque el Martyrium Sancti Clementis, redactado entre los siglos IV y VI, refiere que murió mártir en el Mar Negro, entre los años 99 y 101. Poco antes debió de redactar su Carta a los Corintios, que es uno de los escritos mejor testimoniados en la antigüedad cristiana, pues fue muy célebre y citado en los primeros siglos.

        El motivo fue una disputa surgida entre los fieles de Corinto, en la que se llego incluso a deponer a varios presbíteros. La carta pretende llamar a la paz a los cristianos de Corinto; y quiere inducir a la penitencia y al arrepentimiento de aquellos desconsiderados que injustamente se habían rebelado contra la legítima autoridad, fundada sobre la tradición de los Apóstoles. Además, constituye un documento de capital importancia para el conocimiento de la Teología y de la Liturgia romana.

        Grave debía de ser la situación creada en aquella antigua iglesia a la que San Pablo dedico sus mayores cuidados y reprensiones paternales con motivo de otros desordenes, que años después parecían volver a reproducirse. El tono de la carta combina la dulzura y energía de un padre; pero es preciso subrayar que San Clemente no escribe como si fuera una voz autorizada cualquiera, sino como quien es consciente de tener una especial responsabilidad en la Iglesia. Incluso comienza disculpándose por no haber intervenido con la prontitud debida, a causa de "las repentinas y sucesivas desgracias y contratiempos" que habían afectado a la Iglesia de Roma: muy probablemente se refiere a la cruel persecución de Domiciano. Se trata de un testimonio antiquísimo sobre la primacía de Roma como Cabeza de la Iglesia universal. (J. A. Loarte).

        Según la tradición, san Clemente fue el tercer sucesor de san Pedro en Roma, después de Lino y Cleto. Ocupo la sede romana en los últimos años del siglo primero. De él se conserva una carta a la Iglesia de Corinto, en la que exhorta a aquella comunidad, amenazada de graves disensiones internas, a mantenerse en la unidad y la caridad. Nos han llegado, además, bajo el nombre de Clemente otros escritos: una segunda carta a los Corintios, dos cartas a las Vírgenes, y diversos escritos homiléticos y narrativos (Homilías y Recognitiones clementinas), que pretenden presentar la predicación y las andanzas de Clemente. Pero todos estos escritos, de carácter y valor muy desigual, no pueden considerarse como auténticos y pertenecen a diversas épocas posteriores.

        La primera carta a los Corintios es de gran interés como documento que nos permite conocer directamente la Iglesia romana primitiva. Vemos como la Iglesia aparece como modelada todavía en buena parte sobre la sinagoga de la diáspora y sobre las instituciones del Antiguo Testamento, que constituye todavía la base ideológica de aquellos cristianos recién convertidos del judaísmo. En cambio, los escritos del Nuevo Testamento no parecen haber adquirido aun el carácter de autoridad primaria y definitiva. Se afirma ya por primera vez el principio de la sucesión apostólica como garantía de fidelidad a la doctrina de Cristo.

        Se proclama el principio paulino de la salvación por la fe y no por los méritos propios, pero al mismo tiempo se insiste en la necesidad de practicar obras de santidad y de obedecer a los mandamientos de Dios, con formulas de corte veterotestamentario. Los capítulos finales reproducen las formas de oración que se usaban en aquellas comunidades, sin duda calcadas en buena parte sobre las que se usaban en la sinagoga. Es curiosa la oración por los gobernantes. (J. VIVES)


Escritos

I. LA SITUACIÓN DE LA IGLESIA EN CORINTO
II. LA IGLESIA FUNDADA SOBRE LOS APÓSTOLES
III. LA ORGANIZACIÓN DE LA IGLESIA ES ANÁLOGA A LA DEL ANTIGUO PUEBLO DE DIOS
IV DIOS CREADOR
V. JESUCRISTO
VI. FE Y OBRAS
VII. LA ESPERANZA ESCATOLÓGICA
VIII. EL MARTIRIO DE PEDRO Y PABLO
IX. FORMULAS DE ORACIÓN LITÚRGICA
SANTIDAD, FE Y OBRAS
MIEMBROS DE UN MISMO CUERPO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I. LA SITUACIÓN DE LA IGLESIA EN CORINTO


1- 1. A causa de las inesperadas y sucesivas calamidades que nos han sobrevenido... hemos tardado algo en prestar atención al asunto discutido entre vosotros, esa sedición extraña e impropia de los elegidos de Dios, detestable y sacrílega, que unos cuantos sujetos audaces y arrogantes, han encendido hasta tal punto de insensatez, que vuestro nombre honorable y celebradísimo, digno del amor de todos los hombres, ha venido a ser objeto de grave ultraje...

3 - 2-3. Surgieron la emulación y la envidia, la contienda y la sedición... se levantaron los sin honor contra los honorables, los sin gloria contra los dignos de gloria, los insensatos contra los sensatos, los jóvenes contra los ancianos.

44 - 3-6. A hombres establecidos por los Apóstoles o por otros preclaros varones con la aprobación de la Iglesia entera, hombres que han servido irreprochablemente al rebaño de Cristo con Espíritu de humildad, pacífica y desinteresadamente, que han dado buena cuenta de si durante mucho tiempo a los ojos de todos; a tales hombres, decimos, no creemos que se pueda excluir en justicia de su ministerio. Cometemos un pecado no pequeño si destituimos de su puesto a obispos que de manera religiosa e intachable solían ofrecer los dones. Felices aquellos ancianos que ya nos han precedido en el viaje a la eternidad, que tuvieron un fin fructuoso y cumplido, pues no tienen que temer ya que nadie los eche del lugar que ocupaban. Decimos esto porque vemos que vosotros habéis depuesto de su ministerio a algunos que lo ejercían perfectamente con conducta irreprochable y honorable...

14 - 2-4. No será un daño cualquiera, sino más bien un grave peligro el que sufriremos si temerariamente nos entregamos a los designios de esos hombres que solo buscan disputas y sediciones, con la voluntad de apartarnos del bien. Tratémonos mutuamente con bondad, según las entrañas de benevolencia y de suavidad de aquel que nos creo, pues está escrito: "Los benévolos habitaran la tierra, y los que no conocen el mal serán dejados sobre ella, mientras que los inicuos serán exterminados de ella" (Pr 2,21 Ps 36,9 Ps 36,38)...

46 - 5-9. ¿A qué vienen entre vosotros contiendas y riñas, partidos, escisiones y luchas? ¿Acaso no tenemos un solo Dios, un solo Cristo y un solo Espíritu de gracia, el que ha sido derramado sobre nosotros, así como también una misma vocación en Cristo? ¿Por qué desgarramos y descoyuntamos los miembros de Cristo, y nos ponemos en guerra civil dentro de nuestro propio cuerpo, llegando a tal insensatez que olvidamos que somos unos miembros de los otros?... Vuestra división extravió a muchos, desalentó a muchos, hizo vacilar a muchos y nos lleno de tristeza a todos nosotros. Y, con todo, vuestra división continúa...

47 - 6-7. Cosa vergonzosa es, carísimos, en extremo vergonzosa e indigna de vuestra profesión cristiana, que tenga que oírse que la firmísima y antigua Iglesia de Corinto está en rebelión contra sus ancianos por culpa de una o dos personas. Es ésta una noticia que no solo ha llegado hasta nosotros, sino también hasta los que no sienten como nosotros, de suerte que el nombre del Señor es blasfemado a causa de vuestra insensatez, mientras vosotros os ponéis en grave peligro.

48 - 5-6 Enhorabuena que uno tenga el carisma de fe, que otro sea capaz de explicar con conocimiento, que otro tenga la sabiduría del discernimiento en las palabras y otro sea puro en sus obras. Pero cuanto mejor se crea cada uno, tanto más debe humillarse y buscar, no su propio interés, sino el de la comunidad.
 

II. LA IGLESIA FUNDADA SOBRE LOS APÓSTOLES

42 - 1-4. Los Apóstoles nos evangelizaron de parte del Señor Jesucristo y Jesucristo fue enviado de parte de Dios. Así pues, Cristo viene de Dios, y los Apóstoles de Cristo. Una y otra cosa se hizo ordenadamente por designio de Dios. Los Apóstoles, después de haber sido plenamente instruidos, con la seguridad que les daba la resurrección de nuestro Señor Jesucristo y creyendo en la palabra de Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, según que pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que aceptaban el designio de Dios, iban estableciendo a los que eran como primeros frutos de ellos, una vez probados en el Espíritu, como obispos y diáconos de los que habían de creer. Y esto no era cosa nueva, pues ya desde mucho tiempo atrás se había escrito acerca de los obispos y diáconos. En efecto, la Escritura dice en cierto lugar: "estableceré a sus obispos (episkopoi) en justicia, y a sus diáconos (diakonoi) en la fe" (Is 60,17) s.
 

III. LA ORGANIZACIÓN DE LA IGLESIA ES ANÁLOGA A LA DEL ANTIGUO PUEBLO DE DIOS

43 - 1-44,2. ¿Qué tiene de extraño que aquellas a quienes se les confió esta obra (es decir, los Apóstoles) establecieran obispos y diáconos? El bienaventurado Moisés, "siervo fiel en todo lo referente a su casa", consigno en los libros sagrados todo cuanto le era ordenado... Pues bien: cuando estallo la envidia acerca del sacerdocio, y disputaban las tribus acerca de cuál de ellas tenía que engalanarse con este nombre glorioso, mando a los doce cabezas de tribu que le trajesen sendas varas... (cf. Nb 17). Y a la mañana siguiente hallase que la vara de Aarón no solo había retoñado, sino que hasta llevaba fruto... Moisés obro así para que no se produjese desorden en Israel, y el nombre del único y verdadero Señor fuese glorificado... Y también nuestros Apóstoles tuvieron conocimiento, por medio de nuestro Señor Jesucristo, de que habría disputas sobre este nombre y dignidad del episcopado, y por eso, con perfecto conocimiento de lo que iba a suceder, establecieron a los hombres que hemos dicho, y además proveyeron que, cuando éstos murieran, les sucedieran en el ministerio otros hombres aprobados...

40- 42,4. Deber nuestro es hacer ordenadamente cuanto el Señor ordeno que hiciéramos, en los tiempos ordenados. Porque él ordeno que las ofrendas y ministerios se hicieran perfectamente, no al acaso y sin orden alguno, sino en determinados tiempos y de manera oportuna. El determino en qué lugares y por qué ministros habían de ser ejecutados, según su soberana voluntad, a fin de que, haciéndose todo santamente, sea con benevolencia aceptado por su voluntad. Por tanto, los que hacen sus ofrendas en los tiempos ordenados son aceptados y bienaventurados, y siguiendo las ordenaciones del Señor no cometen pecado. Porque el sumo sacerdote tiene sus peculiares funciones asignadas a él; los levitas tienen encomendados sus propios servicios, mientras que el simple laico (Iaikos anthropos) está sometido a los preceptos del laico. Hermanos, procuremos agradar a Dios, cada uno en su propio puesto, manteniéndonos en buena conciencia, sin traspasar las normas establecidas de su liturgia, con toda reverencia. Porque no en todas partes se ofrecen sacrificios perpetuos, votivos o propiciatorios por los pecados, sino solo en Jerusalén, y aun allí, tampoco se ofrecen en cualquier parte, sino en el santuario y junto al altar, una vez que la víctima ha sido examinada en sus tachas por el sumo sacerdote y los ministros mencionados. Los que hacen algo contrario a la voluntad de Dios, tienen señalada pena de muerte. Considerad, pues, hermanos, que cuanto mayor es el conocimiento que el Señor se ha dignado concedernos, tanto mayor es el peligro a que estamos expuestos...

IV DIOS CREADOR

20,1-22. Enderecemos nuestros pasos hacia la meta de paz que nos fue señalada desde el principio, teniendo fijos los ojos en el Padre y Creador de todo el universo y adhiriéndonos a los magníficos y sobreabundantes dones y beneficios de su paz. Contemplémosle con nuestra mente y miremos con los ojos del alma su magnánimo designio, considerando cuan benévolo se muestra para con toda su creación. Los cielos, movidos bajo su control, le están sometidos en paz. El día y la noche van siguiendo el curso que él les ha señalado sin que mutuamente se interfieran. El sol, la luna y los coros de los astros giran según el orden que él les ha establecido, en armonía y sin transgresión de ninguna clase, por las orbitas que les han sido impuestas. La tierra germina según la voluntad de él a sus debidos tiempos y produce abundantísimo sustento a los hombres y a todos los animales que viven sobre ella, sin que jamás se rebele ni cambie nada de lo que él ha establecido. Los abismos insondables y los inasequibles lugares inferiores de la tierra se mantienen dentro de las mismas ordenaciones. El lecho del inmenso mar, constituido por obra suya para contener las aguas no traspasa las compuertas establecidas, sino que se mantiene tal como él le ordeno... El océano al que no pueden llegar los hombres, y los mundos que hay más allá de él, están regidos por las mismas disposiciones del Señor. Las estaciones, la primavera, el verano, el otoño y el invierno se suceden pacíficamente unas a otras. Los escuadrones de los vientos cumplen sin fallar, a sus tiempos debidos, su servicio. Las fuentes perennes, creadas para nuestro goce y salud, ofrecen sin interrupción sus pechos para la vida de los hombres. Y hasta los más pequeños de los animales forman sus sociedades en concordia y paz. Todas estas cosas, el artífice y Señor de todo ordeno que se mantuvieran en paz y concordia, derramando sus beneficios sobre el universo, y de manera particularmente generosa sobre nosotros, los que nos hemos acogido a sus misericordias por medio de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la grandeza por los siglos de los siglos. Amén. Estad alerta, carísimos, no sea que sus beneficios, tan numerosos, se conviertan para nosotros en motivo de juicio si no vivimos de manera digna de él, haciendo lo que es bueno y agradable en su presencia con toda concordia.
 

V. JESUCRISTO

36,1-2. Este es el camino en el que hemos hallado nuestra salvación. Jesucristo, el sumo sacerdote de nuestras ofrendas, el protector y ayudador de nuestra debilidad. A través de él fijamos nuestra mirada en las alturas del cielo. A través de él contemplamos, como en un espejo, la faz inmaculada y soberana de Dios. Por él nos fueron abiertos los ojos de nuestro corazón. Por él nuestra mente, antes ignorante y llena de tinieblas, ha renacido a la luz. Por él quiso el Señor que gustásemos el conocimiento de la inmortalidad...

49,6. Por su caridad nos acogió el Señor a nosotros. En efecto, por la caridad que nos tuvo, nuestro Señor Jesucristo dio su sangre por nosotros según el designio de Dios, dio su carne por nuestra carne, y su vida por nuestras vidas. Ya veis, hermanos, qué cosa tan grande y tan admirable es la caridad, y como es imposible declarar su perfección...

7,2-4. Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo, y consideremos cuan preciosa es a los ojos de Dios, Padre suyo, hasta el punto de que, derramada por nuestra salvación, mereció la gracia del arrepentimiento.

12,7. Por su fe y hospitalidad se salvo Rahab la ramera. Le dijeron que pusiera en su casa una señal, colgando un paño rojo: con ello quedaba indicado que por la sangre del Señor encontrarían redención todos los que creen y esperan en Dios.

16,1-17. A los humildes pertenece Cristo, no a los que se muestran arrogantes sobre su rebaño. El cetro de la majestad de Dios, el Señor, Jesucristo, no vino al mundo con aparato de arrogancia ni de soberbia, aunque hubiera podido hacerlo, sino en Espíritu de humildad, tal como lo había dicho de él el Espíritu Santo: "Señor, ¿quién lo creerá cuando lo oiga de nosotros?... No tiene figura ni gloria, le vimos sin belleza ni hermosura, su aspecto era despreciable, más feo que el aspecto de los hombres...” (sigue la cita de Is 53,1-12, y Ps 21,5-8). Considerad, hermanos, el modelo que se nos propone: porque si el Señor se humillo hasta este extremo, ¿qué tendremos que hacer nosotros, que nos hemos sometido al yugo de su gracia?
 

VI. FE Y OBRAS

31-34. ¿Por qué fue bendecido nuestro padre Abraham? ¿No lo fue por haber practicado la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, conociendo con certeza lo por venir, se dejo llevar de buena gana como víctima de sacrificio. Jacob emigro con humildad de su tierra a causa de su hermano, y marcho a casa de Laban y le sirvió, y le fue concedido el cetro de las doce tribus de Israel... En suma, todos fueron glorificados y engrandecidos, no por méritos propios, ni por sus obras o por la justicia que practicaron, sino por la voluntad de Dios. Por tanto, tampoco nosotros, que fuimos por su voluntad llamados en Jesucristo, nos justificamos por nuestros propios méritos, ni por nuestra sabiduría, inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de corazón, sino por la fe, por la que el Dios que todo lo puede justifico a todos desde el principio... Si esto es así, ¿qué hemos de hacer, hermanos? ¿Vamos a mostrarnos negligentes en las buenas obras y podemos descuidar la caridad? No permita Dios que esto suceda, al menos en nosotros. Al contrario, apresurémonos a cumplir todo género de obras buenas, con esfuerzo y animo generoso. El mismo artífice y Señor de todas las cosas se regocija y se complace en sus obras... Teniéndole a él como modelo, adhirámonos sin reticencias a su voluntad y hagamos la obra de la justicia con todas nuestras fuerzas. El buen trabajador toma con libertad el pan de su trabajo, pero el perezoso y holganza no se atreve a mirar a la cara de su amo. Por tanto, hemos de ser prontos y diligentes en las buenas obras, ya que de él nos viene todo. El nos lo ha prevenido: "He aquí el Señor, y su recompensa delante de su cara, para dar a cada uno según su trabajo" (Is 40,10, etc.). Con ello nos exhorta a que pongamos en él nuestra fe con todo nuestro corazón, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ningún género de obras buenas...

30,1-6. Siendo una porción santa, practiquemos todo lo que es santificador: huyamos de toda calumnia, de todo abrazo torpe o impuro, de embriagueces y revueltas, de la detestable codicia, del abominable adulterio, de la odiosa soberbia... Vivamos unidos a aquellos que han recibido como don la gracia de Dios, revistámonos de concordia, manteniéndonos en el Espíritu de humildad y continencia, absolutamente alejados de toda murmuración y calumnia, justificados por nuestras obras, y no por nuestras palabras... Nuestra alabanza ha de venir de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta al que se alaba a sí mismo.
 

VII. LA ESPERANZA ESCATOLÓGICA

23-27. El que es en todo misericordioso y padre benéfico, tiene entrañas de compasión para con todos los que le temen, y benigna y amorosamente reparte sus gracias entre los que se acercan a él con mente sencilla. Por tanto, no dudemos, ni vacile nuestra alma acerca de sus dones sobreabundantes y gloriosos. Lejos de nosotros aquello que dice la Escritura (pasaje desconocido): "Desgraciados los de alma vacilante, es decir, los que dudan en su alma diciendo: eso ya lo oímos en tiempo de nuestros padres, y he aquí que hemos llegado a viejos y nada semejante se ha cumplido." ¡Insensatos! Comparaos con un árbol, por ejemplo, la vid. Primero caen sus hojas, luego brota un tallo, luego nace la hoja, luego la flor, después un fruto agraz, y finalmente madura la uva. Considerad como en un breve periodo de tiempo llega a madurez el fruto de ese árbol. A la verdad, pronto y de manera inesperada se cumplirá también su designio, tal como lo atestigua también la Escritura que dice: "Pronto vendrá y no tardará: inesperadamente vendrá el Señor a su templo, y el Santo que estáis esperando" (Is 14,1). Reflexionemos, carísimos, en la manera como el Señor nos declara la resurrección futura, de la que hizo primicias al Señor Jesucristo resucitándole de entre los muertos.

Observemos, amados, la resurrección que se da en la sucesión del tiempo. El día y la noche nos muestran la resurrección: muere la noche, resucita el día; el día se va, viene la noche. Tomemos el ejemplo de los frutos: ¿Cómo y en qué forma se hace la sementera? Sale el sembrador y lanza a la tierra cada una de las semillas, las cuales cayendo sobre la tierra, secas y desnudas, empiezan a descomponerse; y una vez descompuestas, la magnanimidad de la providencia del Señor las hace resucitar, de suerte que cada una se multiplica en muchas, dando así fruto... Así pues, ¿vamos a tener por cosa extraordinaria y maravillosa que el artífice del universo resucite a los que le sirvieron santamente y con la confianza de una fe auténtica...? Apoyados, pues, en esta esperanza, adhiéranse nuestras almas a aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. El que nos mando no mentir, mucho menos será él mismo mentiroso, ya que nada hay imposible para Dios excepto la misma mentira. Reavivemos en nosotros la fe en él, y pensemos que todo está cerca de él... Todo lo hará cuando quiera y como quiera, y no hay peligro de que deje de cumplirse nada de lo que él tiene decretado...
 

VIII. EL MARTIRIO DE PEDRO Y PABLO

5-6. Por emulación y envidia fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de la Iglesia, los cuales lucharon hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos Apóstoles: Pedro, por emulación inicua, hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos trabajos, y dando así su testimonio, pasó al lugar de la gloria que le era debido. Por emulación y envidia dio Pablo muestra del trofeo de su paciencia: por seis veces fue cargado de cadenas, fue desterrado, fue apedreado, y habiendo predicado en oriente y en occidente, alcanzó la noble gloria que correspondía a su fe: habiendo enseñado la justicia a todo el mundo, y habiendo llegado hasta el confín de occidente, y habiendo dado su testimonio ante los gobernantes, salió así de este mundo y fue recibido en el lugar santo, hecho ejemplo extraordinario de paciencia. A estos hombres que vivieron en santidad, se agregó un gran número de elegidos, los cuales, después de sufrir muchos ultrajes y tormentos a causa de la envidia, se convirtieron entre nosotros en el más bello ejemplo.
 

IX. FORMULAS DE ORACIÓN LITÚRGICA

59,2-4. Pediremos con instante súplica, haciendo nuestra oración, que el artífice de todas las cosas guarde íntegro en todo el mundo el número contado de sus elegidos, por medio de su amado Hijo Jesucristo.

Por él nos llamó de las tinieblas a la luz,
de la ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre,
a esperar en tu nombre, principio de toda creatura,
abriendo los ojos de nuestros corazones para conocerte a ti
el único altísimo en las alturas,
el Santo que tiene su descanso entre los santos;
el que humilla la altivez de los soberbios,
el que deshace los pensamientos de las naciones,
el que levanta a los humildes y abate a los que se enaltecen,
el que enriquece y empobrece,
el que mata y el que da la vida,
el único bienhechor de los Espíritus y Dios de toda carne.
Tú penetras los abismos
y contemplas las obras de los hombres,
auxilio de los que están en peligro
y salvador de los desesperados,
creador y protector de todo Espíritu.
Tú multiplicas las naciones sobre la tierra,
y has escogido entre todas a los que te aman
por medio de Jesucristo tu Hijo amado,
por el cual nos has ensenado,
nos has santificado, nos has honrado.
Te rogamos, Señor, que seas nuestro auxilio
y nuestro protector.
Sálvanos en la tribulación, levanta a los caídos,
muéstrate a los necesitados, sana a los enfermos,
vuelve a los extraviados de tu pueblo,
sacia a los hambrientos, da libertad a nuestros cautivos,
levanta a los débiles, consuela a los pusilánimes;
conozcan todas las naciones que tu eres el único Dios,
y Jesucristo es tu Hijo,
y nosotros tu pueblo y las ovejas de tu rebaño.

60,4-61,2. Danos la concordia y la paz a nosotros
y a todos los que habitan la tierra,
como se la diste a nuestros padres,
cuando te invocaban religiosamente en fe y en verdad.
Que seamos obedientes a tu nombre todopoderoso y glorioso,
y a nuestros príncipes y gobernantes sobre la tierra.
Tú, Señor, les diste a ellos la autoridad real,
por tu poder magnifico e inenarrable,
para que conociendo nosotros el honor y la gloria
que tú les diste,
nos sometamos a ellos sin oponernos en nada a tu voluntad.
Dales, Señor, salud, paz, concordia y estabilidad,
para que ejerzan sin tropiezo
la autoridad que de ti han recibido.
Porque tú, Señor, rey celestial de los siglos,
das a los hijos de los hombres que están sobre la tierra
gloria y honor y autoridad.

Tú, Señor, endereza sus voluntades a lo que es bueno
y agradable en tu presencia,
para que ejerciendo en paz, mansedumbre y piedad,
la autoridad que de ti recibieron,
alcancen de ti misericordia...



 

SANTIDAD, FE Y OBRAS


(Epístola a los Corintios,30-34)

´        Acerquémonos al Señor en santidad de alma, con las manos puras y limpias levantadas hacia Él, amando al que es nuestro Padre clemente y misericordioso, que nos escogió como porción de su heredad. Porque así está escrito: cuando el Altísimo dividió las naciones, y disperso a los hijos de Adán, delimito las gentes según el número de los ángeles de Dios: mas la porción del Señor es el pueblo de Jacob; la porción de su herencia, Israel (Dt 32,8-9). Y en otro lugar, la Escritura dice: he aquí que el Señor toma para sí un pueblo de entre los pueblos, como recoge un hombre las primicias de su era; y de este pueblo surgirá el Santo de los santos (Dt 4,34).

        Somos una porción santa: practiquemos obras de santidad. Evitemos la calumnia, la impureza, la embriaguez y el afán de novedades, la abominable codicia, el odioso adulterio, la detestable soberbia: Dios-dice la Escritura-resiste a los soberbios, pero a los humildes da su gracia (Jc 4,6).

        Unámonos, pues, a aquellos a quienes Dios ha dado su gracia. Revistámonos de concordia; humildes, castos, apartados de toda murmuración y calumnia, justificados por nuestras obras y no por nuestra palabra; pues el que mucho habla, mucho deberá oír: ¿o es que el charlatán por sus palabras es justificado? (Jb 11,2) (...).

        Nuestra alabanza ha de venir de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta a los que a sí mismos se enaltecen. Que los demás den testimonio de nuestras buenas obras, como se ha dado de nuestros padres, varones justos. Dios maldice el descaro, la arrogancia y la temeridad; mientras la modestia, la humildad y la mansedumbre brillan en los bendecidos por el Señor.

        Adhirámonos a la bendición de Dios y veamos cuales son los caminos para alcanzarla. Volvamos nuestra vista a los primeros acontecimientos de la historia de la salvación. ¿Por qué fue bendecido nuestro padre Abraham? ¿No lo fue por obrar la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, aun conociendo con certeza lo que le sucederá, libremente, con confianza, se dejo llevar al sacrificio. Jacob, huyendo de su hermano, humildemente emigro de su tierra, y marcho a casa de Laban; le sirvió y le fueron dadas las doce tribus de Israel (...).

        En suma, fueron glorificados y engrandecidos, no por sus méritos propios, ni por sus obras o por su justicia, sino por la Voluntad de Dios. Por lo tanto, tampoco nosotros -que hemos sido llamados en Jesucristo por su misma voluntad- nos justificamos por nuestros propios méritos, ni por nuestra sabiduría, inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de corazón, sino por la fe: porque el Dios Omnipotente, de quien es la gloria por los siglos de los siglos, justifico a todos desde el principio.

        Entonces, ¿qué haremos, hermanos? ¿Seremos negligentes en las buenas obras y descuidaremos la caridad? No permita Dios que esto suceda. Al contrario, con esfuerzo y ánimo generoso apresurémonos a cumplir todo género de obras buenas.

        El mismo artífice y Señor de todas las cosas se regocija y se complace en sus obras. Con su poder soberano afianzo los cielos, y con su inteligencia incomprensible los ordeno. Separo la tierra del agua que la envolvía, y la asentó en el cimiento firme de su propia voluntad. Por su mandato recibieron el ser los animales que sobre ella se mueven, y al mar y a los animales que en él viven, después de crearlos, los encerró con su poder soberano. Finalmente, con sus sagradas e inmaculadas manos, plasmó al hombre, la criatura más excelente y grande por su inteligencia, imprimiéndole el sello de su propia imagen (...). Así que, teniendo a Dios como modelo, adhirámonos sin reticencias a su santa Voluntad, y con todas nuestras fuerzas hagamos obras de justicia.

        El buen trabajador toma con libertad el pan de su labor, mientras el perezoso y holgazán no se atreve a mirar el rostro de su amo. Por tanto, seamos prontos y diligentes en las buenas obras, ya que del Señor nos viene todo. Él mismo nos lo ha dicho: he aquí el Señor; y su recompensa delante de su faz, para dar a cada uno según su trabajo (Is 40,10). Con ello, nos exhorta a que pongamos en Él nuestra fe, con todo nuestro corazón, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ningún género de obras buenas.


 

MIEMBROS DE UN MISMO CUERPO

(Epístola a los Corintios,37-38,42,44,46-47,56-58)

        Así pues, hermanos, marchemos como soldados, con toda constancia en sus inmaculados mandatos. Reflexionemos sobre los que militan bajo nuestros jefes: ¡qué disciplinada, qué dócil, qué obedientemente cumplen las ordenes! No todos son prefectos ni tribunos, ni centuriones, ni comandantes al mando de cincuenta hombres, y así sucesivamente, sino que cada uno en su propio orden cumple lo ordenado por el rey y los jefes. Sin los pequeños, los grandes no pueden existir, ni los pequeños sin los grandes. En todo hay una cierta composición, y en ello está la utilidad. Tomemos nuestro cuerpo: la cabeza es nada sin los pies y, de igual manera, los pies sin la cabeza. Los miembros pequeños de nuestro cuerpo son necesarios y útiles a todo el cuerpo. Todos colaboran y necesitan de una sola sumisión para conservar todo el cuerpo.

        Por tanto, consérvese nuestro cuerpo en Cristo Jesús, y sométase cada uno a su prójimo tal como fue establecido por su gracia. El fuerte cuide del débil, y el débil respete al fuerte; el rico provea al pobre, y el pobre dé gracias a Dios por haber dispuesto que alguien se encargue de suplir su necesidad. El sabio muestre su sabiduría no con palabras, sino con buenas obras. El humilde no se alabe a sí mismo, por el contrario, deje a los demás la alabanza. El casto según la carne no se jacte, sabiendo que es otro el que le otorga la fuerza. Por tanto, hermanos, consideremos de qué materia fuimos hechos, cuáles y quiénes entramos en el mundo, de qué sepulcro y tinieblas nos saco el que nos ha plasmado y creado para introducirnos en su mundo, preparándonos sus beneficios de antemano, antes de que nosotros naciéramos (...).

        Los Apóstoles nos anunciaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de parte de Dios. Así pues, Cristo de parte de Dios, y los Apóstoles de parte de Cristo. Los dos envíos sucedieron ordenadamente conforme a la Voluntad divina. Por tanto, después de recibir el mandato, plenamente convencidos por la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y confiados en la Palabra de Dios, con la certeza del Espíritu Santo, partieron para anunciar que el Reino de Dios iba a llegar. Consiguientemente, predicando por comarcas y ciudades establecían sus primicias, después de haberlos probado por el Espíritu, para que fueran obispos y diáconos de los que iban a creer (...). Y nuestros Apóstoles conocieron por medio de Nuestro Señor Jesucristo que habría discordias sobre el nombre del obispo. Puesto que por esta causa tuvieron un perfecto conocimiento establecieron a los ya mencionados y después dieron norma para que, si morían, otros hombres probados recibiesen en sucesión su ministerio.

        Así pues, no consideramos justo que sean arrojados de su ministerio los que fueron establecidos por aquellos o, después, por otros insignes hombres con la conformidad de toda la Iglesia y que sirven irreprochablemente al pequeño rebaño de Cristo, con humildad, callada y distinguidamente, alabados durante mucho tiempo por todos (...).

        ¿Por qué hay entre vosotros discordias, iras, disensiones, cismas y guerra? ¿Acaso no tenemos un único Dios, un único Cristo, un único Espíritu de gracia que ha sido derramado sobre nosotros y una única llamada en Cristo? ¿Por qué separamos y dividimos los miembros de Cristo y nos rebelamos contra el propio cuerpo y llegamos a tal locura que nos olvidamos de que somos los unos miembros de los otros? Recordad las palabras de Jesús Nuestro Señor. Pues dijo: ¡ay de aquel hombre! Mejor seria para él no haber nacido que escandalizar a uno de mis elegidos. Mejor seria para él ceñirse una piedra de molino y hundirse en el mar que extraviar a uno de mis elegidos (cf. Mt 26,25 Lc 17,1-2). Vuestro cisma extravió a muchos, empujo a muchos al desaliento, a muchos a la duda, a todos nosotros a la tristeza, y vuestra revuelta es tenaz.

        Tomad la carta del bienaventurado Apóstol Pablo. Ante todo, ¿qué os escribió en el inicio de la epístola? Guiado por el Espíritu os escribió en verdad sobre él mismo, Cefas y Apolo, porque también entonces habíais creado bandos. Pero aquella bandería llevo a un pecado menor, pues estabais apoyados en acreditados Apóstoles y en un hombre probado entre ellos. Ahora considerad quiénes os han extraviado y han debilitado la veneración de vuestro afamado amor fraterno. Amados, vergonzoso, muy vergonzoso e indigno de la conducta en Cristo es oír que la solidísima y antigua Iglesia de los corintios se ha rebelado contra los presbíteros a causa de una o dos personas. Y esta noticia no solo ha corrido hasta nosotros, sino también hasta los que piensan de distinta manera a la nuestra, de modo que por vuestra insensatez también las blasfemias se dirigen al nombre del Señor y os acarreáis un peligro (...).

        Amados, asumamos la corrección por la que nadie debe irritarse. La advertencia que mutuamente nos hagamos es muy buena y muy beneficiosa, pues nos une a la Voluntad de Dios. Pues así dice la palabra santa: el Señor me corrigió y no me entrego a la muerte (Ps 140,5). Porque el Señor corrige al que ama y azota a todo aquel que acepta como hijo (Pr ,12) (…)

        Ahora, pues, los que fuisteis causa de que estallara la sedición, someteos a vuestros presbíteros y corregíos para penitencia, doblando las rodillas de vuestro corazón. Aprended a someteros, deponiendo la arrogancia jactanciosa y altanera de vuestra lengua; pues más os vale encontraros pequeños pero escogidos dentro del rebaño de Cristo, que ser excluidos de su esperanza a causa de la excesiva estimación de vosotros mismos.



 

CUADRATO


        Cuadrato es el primer apologista. Conoció a algunos "de los que fueron curados o resucitados por Cristo". Es un griego culto, ateniense. Conoció a Pablo y a Juan. Según San Jerónimo fue obispo de Atenas, o por lo menos fue presbítero.

        Eusebio menciona un pequeño fragmento de la Apología de Cuadrato (a. 125) dirigida a Adriano (117-138), que encaja en una laguna del "Discurso a Diogneto"; por eso, parece ser que la "Apología de Cuadrato a Adriano" es nada menos que el conocido "Discurso a Diogneto" (o "Epístola a Diogneto").

 

EPÍSTOLA DE BERNABÉ

Historia

Texto

        Clemente de Alejandría, a principios del siglo III, dio el nombre de Epístola de Bernabé a un breve escrito en lengua griega, redactado sin ajustarse a los cánones de la antigua retórica, por lo que se piensa que su autor no era de origen griego. Los estudios modernos han dejado claro que este escrito no fue compuesto por el apóstol San Bernabé, compañero de San Pablo en sus viajes apostólicos, sino que es obra de un autor desconocido, que, a su vez, se valió probablemente de documentos preexistentes de diversas épocas. Su composición se sitúa entre la primera y la segunda destrucción del Templo de Jerusalén (por tanto, entre los años 70 y 130 d.C.).

        Aunque utiliza el género epistolar, no se trata de una carta propiamente dicha, sino de un breve tratado destinado a poner en guardia a los cristianos frente al peligro de los judaizantes, aquellos cristianos convertidos del judaísmo que añoraban las practicas de la Ley mosaica y pretendían exigirlas también a los seguidores de la nueva Ley. Con este motivo, el autor se detiene en desentrañar la relación entre la antigua y la nueva alianza, destacando el supremo valor de ésta y la insondable riqueza de su contenido.

        La antigüedad cristiana profeso alta estima a este escrito, como lo demuestra el hecho de haber sido descubierto en uno de los más antiguos códices, junto con los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.

        En la primera parte, el autor ahonda en la interpretación de pasajes del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo, con un profundo conocimiento de la Escritura. La abundancia de citas es de gran interés para el estudio de la transmisión del texto sagrado y de su utilización como fundamento de los dogmas. La segunda parte, de carácter más didáctico, contiene una descripción de la vida cristiana y un conjunto de normas morales que el Cristianismo exige. De esta segunda parte procede el fragmento que se ofrece a continuación. (Loarte)

        Este documento, de carácter muy primitivo, llego a ser considerado en ciertas cristiandades como parte de las Escrituras, y se atribuyo a Bernabé, el compañero de Pablo. Tal atribución no es admitida por la crítica moderna, sin que, por otra parte, sea posible determinar quién pudiera ser el autor del escrito. En él se plantea con fuerza particular uno de los problemas que más hubieron de preocupar a los primeros cristianos: el de sus relaciones con el judaísmo. El autor se muestra en actitud simplemente negativa con respecto a todas las instituciones de los judíos, los cuales, según él, habrían pervertido desde el comienzo el sentido que Dios quiso dar a las Escrituras y a la ley, entendiendo en un sentido material lo que Dios había querido solo en un sentido Espiritual. Según esta concepción, el judaísmo seria, no un estadio menos perfecto de la revelación, previo al cristianismo, sino una perversión radical de algo que ya desde un principio debiera de haber alcanzado su plenitud y perfección. De esta forma la polémica antijudía, iniciada por Pablo con notables matizaciones, es ahora llevada a extremos absolutos. El autor de la carta de Bernabé solo admite prácticamente una interpretación alegórica y Espiritual del Antiguo Testamento y esta interpretación es presentada como una gnosis o sabiduría particular, dada al cristianismo por la enseñanza de Jesús: se inicia así la tendencia hacia la alegoría y la gnosis cristiana, que se desarrollara en la escuela de Alejandría, y por ello se ha supuesto que este escrito pudiera proceder de los ambientes alejandrinos. Por algunas de sus referencias parece probable que fuera escrito en el reinado de Adriano, hacia el año 130. (Josep Vives)


Epístola de Bernabé,1-20

Los dos caminos
I. Fe y conocimiento.
II. El cristianismo muestra la invalidez del judaísmo.


Los dos caminos


        Dos caminos hay de doctrina y de poder: el de la luz y el de las tinieblas. Pero grande es la diferencia entre los dos caminos, pues sobre uno están establecidos los ángeles de Dios, portadores de luz, y sobre el otro, los ángeles de Satanás. Uno es Señor desde siempre y por siempre, y el otro es el príncipe del tiempo presente de la iniquidad.

        El camino de la luz es éste. Si alguno quiere seguir su camino hacia el lugar fijado, apresúrese por medio de sus obras. Ahora bien, el conocimiento que nos ha sido dado para caminar en él es el siguiente:

        Amarás al que te creo, temerás al que te formo, glorificarás al que te redimió de la muerte. Serás sencillo de corazón y rico de Espíritu. No te juntarás con los que andan por el camino de la muerte, aborrecerás todo lo que no es agradable a Dios, odiarás toda hipocresía, no abandonaras los mandamientos del Señor.

        No te exaltarás a ti mismo, sino que serás humilde en todo. No te arrogarás gloria para ti mismo. No tomarás determinaciones malas contra tu prójimo, ni infundirás a tu alma temeridad.

        No fornicarás, no cometerás adulterio, no corromperás a los jóvenes. Cuando hables la palabra de Dios, que no salga de tu boca tergiversada, como hacen algunos. No harás acepción de personas para reprender a cualquiera de su pecado. Serás manso, serás tranquilo, serás temeroso de las palabras de Dios que has oído. No guardarás rencor a tu hermano.

        No vacilarás sobre las verdades de la fe. No tomes en vano el nombre de Dios (Ex 20,7). Amarás a tu prójimo más que a tu propia vida. No matarás a tu hijo en el seno de la madre, ni una vez nacido le quitarás la vida. No dejes sueltos a tu hijo o a tu hija, sino que, desde su juventud, les enseñarás el temor del Señor.

        No serás codicioso de los bienes de tu prójimo, no serás avaro. No desearás juntarte con los altivos; por el contrario, tratarás con los humildes y los justos. Los acontecimientos que te sobrevengan los aceptarás como bienes, sabiendo que sin la disposición de Dios nada sucede.

        No serás doble ni de intención ni de lengua. Te someterás a tus amos, como a imagen de Dios, con reverencia y temor. No mandes con dureza a tu esclavo o a tu esclava, que esperan en el mismo Dios que tu, no sea que dejen de temer al que es Dios de unos y otros; porque no vino Él a llamar con acepción de personas, sino a los que preparó el Espíritu.

        Compartirás todas las cosas con tu prójimo, y no dirás que son de tu propiedad; pues si en lo imperecedero sois participes en común, ¡cuánto más en lo perecedero! No serás precipitado en el hablar, pues red de muerte es la boca. Guardarás la castidad de tu alma.

        No seas de los que extienden la mano para recibir y la encogen para dar. Amarás como a la niña de tus ojos (Dt 32,10) a todo el que te habla del Señor.

        Día y noche te acordarás del día del juicio, y buscarás cada día la presencia de los santos (los demás cristianos), bien trabajando y caminando para consolar por medio de la palabra, bien meditando para salvar un alma con la palabra, bien trabajando con tus manos para rescate de tus pecados.

        No vacilarás en dar, ni cuando des murmuraras, sino que conocerás quién es el justo remunerador del salario. Guardarás lo que recibiste, sin añadir ni quitar nada (Dt 12,32). Aborrecerás totalmente el mal. Juzgarás con justicia.

        No serás causa de cisma, sino que pondrás paz y reconciliarás a los que contienden. Confesarás tus pecados. No te acercarás a la oración con conciencia mala. Éste es el camino de la luz.

        El camino del "Negro" (el demonio) es tortuoso y está repleto de maldición, pues es un camino de muerte eterna en medio de tormentos, en el que se halla todo lo que arruina al alma: idolatría, temeridad, arrogancia de poder, hipocresía, doblez de corazón, adulterio, asesinato, robo, soberbia, transgresión, engaño, maldad, vanidad, hechicería, magia, avaricia, falta de temor de Dios.

        Perseguidores de los buenos, aborrecedores de la verdad, amantes de la mentira, desconocedores del salario de la justicia, no concordes con el bien ni con el juicio justo, despreocupados de la viuda y del huérfano, no vigilantes para el temor de Dios, sino para el mal, alejadísimos de la mansedumbre y de la paciencia, amantes de la vaciedad, perseguidores de la recompensa, despiadados con el pobre, indolentes ante el abatido, inclinados a la calumnia, desconocedores del que los ha creado, asesinos de niños, destructores de la obra de Dios, que vuelven la espalda al necesitado, que abaten al oprimido, defensores de los ricos, jueces injustos de los pobres, pecadores en todo.



I. Fe y conocimiento.

        ...He creído que debía ponerme a escribiros algo aunque fuera brevemente, a fin de que juntamente con vuestra fe tengáis conocimiento perfecto. Pues bien, tres son las doctrinas del Señor: la esperanza de vida, principio y fin de vuestra fe; la justicia, principio y fin del juicio, y la caridad, principio de tranquilidad y de alegría, así como testimonio de las obras de justicia. Porque, en efecto, el Señor nos dio a conocer por medio de los profetas el pasado, y el presente, dándonos además un anticipo del goce de lo por venir. Y viendo que todo se va cumpliendo como él lo dijo, deber nuestro es adelantar, con Espíritu más generoso y levantado, en su temor. En cuanto a mí, no como maestro, sino como uno de vosotros, voy a declararos unas pocas cosas que os puedan dar consuelo en el momento presente. Porque los días son malos, y el Activo tiene el poder en sus manos, y por tanto nosotros debemos atender a nosotros mismos y buscar las justificaciones del Señor. Ahora bien, en ayuda de nuestra fe vienen el temor y la paciencia, y nuestros aliados son la magnanimidad y la continencia. Mientras tengamos estas virtudes santamente en el Señor, tendremos juntamente con ellas el gozo de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el conocimiento... (1)

        ¿Qué dice el conocimiento? Aprendedlo: Esperad -dice-, en el que se os ha de manifestar cuando venga en la carne, Jesús. Porque el hombre no es más que tierra que sufre, ya que Adán fue modelado de la faz de la tierra. Pues bien, ¿qué quiere decir Entrad en la tierra que mana leche y miel"? Bendito sea nuestro Señor, hermanos, porque nos ha dado la sabiduría y la inteligencia de sus secretos. Porque el profeta habla del Señor en forma de parábola. ¿Quién lo entenderá, sino el sabio e instruido y el que ama a su Señor? Significa pues aquello que el Señor nos renovó con el perdón de los pecados, haciéndonos de nuevo con un nuevo molde, hasta el punto de que nuestra alma es como de niños, pues realmente él nos ha modelado de nuevo... (2)



II. El cristianismo muestra la invalidez del judaísmo.

        El Señor por medio de todos sus profetas ha puesto de manifiesto que no tiene necesidad ni de sacrificios ni de holocaustos ni de ofrendas, diciendo en cierta ocasión: "¿Qué se me da a mí de la multitud de vuestros sacrificios? -dice el Señor-. Estoy harto de holocaustos, y no quiero la grasa de vuestros corderos ni la sangre de vuestros toros y machos cabríos... No soporto vuestros novilunios y vuestros sábados" (Is 1,11ss). El Señor invalido todo esto a fin de que la nueva ley de nuestro Señor Jesucristo, que no está sometida al yugo de la necesidad, tuviera una ofrenda no hecha por mano de hombre. Dios, en efecto, en otro lugar: "¿Acaso fui yo el que mandé a vuestros padres cuando salían de la tierra de Egipto que me ofrecieran holocaustos y sacrificios? Más bien lo que les mandé fue que ninguno guardará en su corazón rencor maligno contra su prójimo y que no fuerais amantes del perjurio" (Jr 7,22 Jr 8,17 Jr 7,10). No hemos de ser, pues, insensatos, sino comprender la sentencia de bondad de nuestro Padre, que nos habla manifestando que no quiere que nosotros, extraviados como aquellos, busquemos todavía como acercarnos a él... En otra ocasión les dice a este respecto: "¿Para qué me ayunáis -dice el Señor- de modo que en este día solo se oye la gritería de vuestras voces? No es este el ayuno que yo prefiero, dice el Señor, no es la humillación del alma del hombre. Ni aun cuando doblarais vuestro cuello como un aro, os vistierais de saco y os revolcarais en la ceniza, ni aun así penséis que vuestro ayuno es aceptable" (Is 58,4-5). A nosotros empero nos dice: "He aquí el ayuno que yo prefiero-dice el Señor-: Desata toda atadura de iniquidad, disolved las cuerdas de los contratos por la fuerza, deja a los oprimidos en libertad y rompe toda escritura injusta. Comparte tu pan con el hambriento, y si ves a uno desnudo, vístele. Acoge en tu casa a los sin techo, y si ves a uno humillado no le desprecies, siendo de tu propio linaje y de tu propia sangre... Entonces clamaras, y Dios te oirá, y cuando la palabra está todavía en tu boca te dirá: Aquí estoy, con tal de que arrojes de ti la atadura, y la mano levantada, y la palabra de murmuración, y des con toda tu alma el pan al hambriento y tengas compasión del alma humillada" (Is 58,6-10). Hermanos, viendo de antemano el Señor magnánimo que su pueblo, que él se había preparado en su Amado, había de creer con sencillez, nos manifestó por anticipado todas estas cosas, para que no fuéramos a estrellarnos, como prosélitos, en la ley de aquellos (3).

        ...No os asemejéis a ciertos hombres que no hacen sino amontonar pecados, diciéndoos que la alianza es tanto de ellos como vuestra. Porque es nuestra, pero aquellos, después de haberla recibido de Moisés, la perdieron absolutamente... Volviéndose a los ídolos la destruyeron, pues dice el Señor: "Moisés, Moisés, baja a toda prisa, porque mi pueblo, a quien saqué yo de Egipto, ha prevaricado" (cf. Ex 32,7 Ex 3,4 Dt 9,12). Y cuando Moisés lo comprobó, arrojó de sus manos las dos tablas, y se rompió su alianza, para que la de su amado Jesucristo fuera sellada en nuestro corazón con la esperanza de la fe en él (4).

        En cuanto a la circuncisión, en la que ellos ponen su confianza no tiene valor alguno. Porque el Señor ordeno la circuncisión, pero no de la carne. Pero ellos transgredieron el mandato porque el ángel malo los enredo. Díteles a ellos el Señor: "Esto dice el Señor vuestro Dios: no sembréis sobre las espinas, circuncidaos para vuestro Señor" (Jr 4,3). Además, ¿qué quiere decir: "Circuncidad la dureza de vuestro corazón, y no endurezcáis vuestra cerviz"? Y en otro lugar dice: "...Todas las naciones son incircuncisas en su prepucio, pero este pueblo tiene incircunciso el corazón" (Jr 9,25). Objetaras: La circuncisión es en este pueblo como un sello. Pero te contestaré que también los sirios y los árabes y todos los sacerdotes de los ídolos se circuncidan... (5)

        Nuestra salvación en Cristo El Señor soporto que su carne fuera entregada a la destrucción para que fuéramos nosotros purificados con la remisión de los pecados, que alcanzamos con la aspersión de su sangre. Sobre esto está escrito aquello que se refiere en parte a Israel y en parte a nosotros, y dice: "Fue herido por nuestras iniquidades y quebrantado por nuestros pecados: con sus heridas hemos sido sanados. Fue llevado como oveja al matadero y como cordero estuvo mudo delante del que le trasquila" (Is 53,5-7). Por esto hemos de dar sobremanera gracias al Señor, porque nos dio a conocer lo pasado, nos instruyo en lo presente y no nos ha dejado sin inteligencia de lo por venir... Por esto justamente se perderá el hombre que, teniendo conocimiento del camino de la justicia, se precipita a sí mismo por el camino de las tinieblas. Y hay más, hermanos míos: el Señor soporto el padecer por nuestra vida, siendo como es Señor de todo el universo, a quien dijo Dios desde la constitución del mundo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gn 1,26). ¿Cómo soporto el padecer por mano de hombres? Aprendedlo: los profetas profetizaron acerca de él, habiendo recibido de él este don: ahora bien, él, para aniquilar la muerte y mostrar la resurrección de entre los muertos, soporto la pasión, pues convenía que se manifestara su condición carnal. Así cumplió la promesa hecha a los padres, y se preparo para sí un pueblo nuevo, mostrando, mientras vivía sobre la tierra, que él había de juzgar una vez que haya realizado la resurrección. En fin, predico enseñando a Israel y haciendo grandes prodigios y señales, con lo que mostro su extraordinario amor. Se escogió a sus propios Apóstoles, que tenían que predicar el Evangelio, los cuales eran pecadores con toda suerte de pecados, mostrando así que "no vino para llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt 9,13): y entonces les manifestó que era Hijo de Dios. Porque, en efecto, si no hubiera venido en la carne, los hombres no hubieran podido salvarse viéndole a él, ya que ni siquiera son capaces de tener sus ojos fijos en el sol, a causa de sus rayos, el cual está destinado a perecer y es obra de sus manos. En suma, para esto vino el Hijo de Dios en la carne, para que llegase a su colmo la consumación de los pecados de los que persiguieron a muerte a sus profetas: por esto soportó la pasión... (6).

Notas

(1) Carta de Bernabé 1,5-2,3.
(2) Ibid. 6, .9.
(3) Ibid., cap. 2-3.
(4) Ibid. 4,6-8.
(5) Ibid. 9,4-5.
(6) Ibid. cap. 5



Pastor de Hermas

Historia

Texto

        El "Pastor de Hermas" es un libro que fue muy apreciado en la primitiva Iglesia, hasta el punto de que algunos Padres llegaron a considerarlo como canónico, esto es, perteneciente al conjunto de la Sagrada Escritura. Sin embargo, gracias al Fragmento Muratoriano (un pergamino del año 180 que recoge la lista de los libros inspirados, descubierto y publicado en el siglo XV), sabemos que fue compuesto por un tal Hermas, hermano del Papa Pío I, en la ciudad de Roma; por tanto, entre los años 141 a 155. Otros catálogos eclesiásticos posteriores confirman esta noticia. Es el escrito más largo de la época post-apostólica.

        El libro refleja el estado de la cristiandad romana a mediados del siglo II. Tras una larga pausa de tranquilidad sin sufrir persecución, parece que no era tan universal el buen Espíritu de los primeros tiempos. Junto a cristianos fervorosos, había muchos tibios; junto a los santos, no faltaban los pecadores, y esto en todos los niveles de la Iglesia, desde los simples fieles a los ministros sagrados. No es de extrañar, pues, que el libro gire en torno a la necesidad de la penitencia.

        Se trata de un escrito perteneciente al género apocalíptico: el autor presenta sus ideas como si le hubiesen sido reveladas (apocalipsis = revelación, en griego) por dos personajes misteriosos: una anciana y un pastor. Precisamente de este último personaje toma nombre todo el libro.

        En la primera parte, el autor ilustra la doctrina de la penitencia por medio de una serie de Visiones o revelaciones. Se le aparece una anciana matrona que va despojándose poco a poco de la vejez para mostrarse al final como una novia engalanada, símbolo de los elegidos de Dios. Esa matrona, como ella misma explica, es la Iglesia: parece anciana porque es la criatura más antigua de la creación, y porque la afean los pecados de los cristianos; pero se renueva gracias a la penitencia, hasta aparecer sin fealdad alguna. En la segunda parte, los Mandamientos, el ángel de la penitencia enseña a Hermas un resumen de la doctrina moral. En la tercera, llamada Comparaciones o semejanzas, se resuelven algunas cuestiones que inquietaban a los cristianos de aquella época.

        En las siguientes líneas se recogen dos textos de esta obra. En el primero, correspondiente a la tercera visión, la anciana explica a Hermas el significado de una torre que se construye con piedras, de las que algunas son desechadas. Es una bella imagen para señalar la construcción de la Iglesia, en la que los cristianos-como decía San Pedro- son piedras vivas edificadas sobre el fundamento que es Cristo. Y para ser piedra viva, tiene una importancia fundamental la penitencia por los pecados. (Loarte)


        El llamado Pastor, de Hermas, es un escrito complejo y extraño, compuesto en el género apocalíptico y visionario, probablemente hacia la primera mitad del siglo ll, aunque pudiera haber en él elementos de diversas épocas. Consta de una serie de visiones, comparaciones o alegorías, algunas de ellas de sentido bastante confuso, que se refieren a diversos aspectos de la vida cristiana.

        Según se desprende del escrito, Hermas, su autor, era un cristiano sencillo y rudo, pero lleno de preocupaciones religiosas y con una particular conciencia de sus propias faltas morales de diversa índole. Pesa sobre él especialmente el remordimiento por no haber sabido mantener debidamente las relaciones familiares con su mujer y sus hijos, y por no haber sabido hacer buen uso de sus bienes de fortuna, que había perdido. Correspondiendo a esta conciencia de culpabilidad, sobresale en el escrito el tema de la penitencia y del perdón que, contra lo que se suponía en concepciones rigoristas, podía ser obtenido al menos una vez después del bautismo, si uno se arrepentía sinceramente. Hermas, simple laico, tiene conciencia de que esto se oponía a la enseñanza de ciertos doctores de la Iglesia que no admitían posibilidad de perdón al que hubiere pecado gravemente después del bautismo, y presenta sus ideas como un anuncio especial de un mensajero de Dios que se aparece en forma de pastor, y que es el que dio a este escrito su nombre.

        Además del tema de la penitencia, es prominente en el Pastor, de Hermas, el tema de la Iglesia, la cual aparece bajo la alegoría de una torre en construcción, de la que pueden venir a formar parte diversas clases de piedras, que son diversos géneros de fieles. Algunas piedras son temporalmente rechazadas para la construcción, otras lo son definitivamente, representando los fieles que podrán o no a su tiempo hacer penitencia.

        Otros muchos temas van apareciendo a lo largo del escrito: de particular interés pueden ser los que se refieren al peligro de las riquezas, a las relaciones entre ricos y pobres, o a la necesidad de saber distinguir los signos de la influencia del bueno o del mal Espíritu en nosotros o en los demás. En este último aspecto Hermas encabeza la copiosa literatura cristiana acerca del "discernimiento de Espíritus".

        El Pastor, de Hermas, muestra cierta audacia imaginativa, pero tiene en general poca profundidad teológica y se mantiene más bien en una actitud meramente moralística. Sin embargo, es interesante como reflejo de los problemas religiosos y morales que podía tener entonces un cristiano ordinario. (Josep Vives)

 

Pastor de Hermas

Piedras para construir la Iglesia
Riqueza- Impedimento
Los dos ángeles
I. El mensaje de penitencia.
II. Riqueza y pobreza.
III. Discernimiento de Espíritus.

 

 

 



Piedras para construir la Iglesia

(Visión III, nn. 2-7)

Dicho esto, (la anciana) hizo ademán de marcharse; mas yo me postré a sus pies y le supliqué por el Señor que me mostrara la visión que me había prometido. Y ella me tomo otra vez de la mano, me levanto y me hizo sentar en el banco a su izquierda. Tomo asiento también ella, a la derecha, y, levantando una vara brillante, me dijo:

-¿Ves una cosa grande?

-Señora -le contesté-, no veo nada.

-¡Cómo! -me replica-; ¿no ves delante de ti una torre que se está construyendo sobre las aguas con brillantes sillares?

En un cuadrilátero, en efecto, se estaba construyendo la torre, por mano de aquellos seis jóvenes que habían venido con ella; y, juntamente, otros hombres por millares y millares, se ocupaban en acarrear piedras -unas de lo profundo del mar, otras de la tierra- y se las entregaban a los seis jóvenes. Estos las tomaban y edificaban.

Las piedras sacadas de lo profundo del mar las colocaban todas sin más en la construcción, pues estaban ya labradas y se ajustaban en su juntura con las demás piedras; tan cabalmente se ajustaban unas con otras, que no aparecía juntura alguna y la torre semejaba construida como de un solo bloque.

De las piedras traídas de la tierra, unas las tiraban, otras las colocaban en la construcción, otras las hacían añicos y las arrojaban lejos de la torre. Había, además, gran cantidad de piedras tiradas en torno de la torre, que no empleaban en la construcción, pues de ellas unas estaban carcomidas, otras con rajas, otras desportilladas, otras eran blancas y redondas y no se ajustaban a la construcción. Veía también otras piedras arrojadas lejos de la torre, que venían a parar al camino, pero que no se detenían en él, sino que seguían rodando del camino a un paraje intransitable; otras caían al fuego y allí se abrasaban; otras venían a parar cerca de las aguas, pero no tenían fuerza para rodar al agua por más que deseaban rodar y llegar hasta ella.

Una vez que me mostró todas estas cosas, quería retirarse. Le digo:

-Señora, ¿de qué me sirve haber visto todo eso, si no sé lo que significa cada cosa?

Me respondió diciendo:

-Astuto eres, hombre, queriendo conocer lo que se refiere a la torre.

-Sí, señora -le respondo-; quiero conocerlo para anunciarlo a los hermanos y que así se pongan más alegres. Y, una vez que hayan conocido estas cosas, reconozcan al Señor en mucha gloria.

Y ella me dijo:

-Oírlas, las oirán muchos; pero, después de oídas, unos se alegrarán y otros llorarán. Sin embargo, aun éstos, si oyeren y se arrepintieren, se alegrarán también. Escucha, pues, las comparaciones acerca de la torre, pues voy a revelártelo todo. Y ya no me molestes más pidiéndome revelación, pues estas revelaciones tienen un término, puesto que están ya cumplidas. Sin embargo, tú no cesarás de pedir revelaciones, pues eres importuno.

Ahora bien, la torre que ves que se está edificando, soy yo misma, la Iglesia, la que se te apareció tanto ahora como antes. Así, pues, pregunta cuánto gustes acerca de la torre, que yo te lo revelaré, a fin de que te alegres junto con los santos (...).


Le pregunté entonces:

-¿Por qué la torre está edificada sobre las aguas, señora?

-Ya te dije antes -me replico- que eres muy astuto y que inquieres con cuidado; inquiriendo, pues, hallas la verdad. Ahora bien, escucha por qué la torre está edificada sobre las aguas. La razón es porque vuestra vida se salvo por el agua y por el agua se salvara; mas el fundamento sobre el que se asienta la torre es la palabra del Nombre omnipotente y glorioso y se sostiene por la virtud invisible del Dueño.

Tomando la palabra, le dije:

-Señora, esto es cosa grande y maravillosa. Y los seis jóvenes que están construyendo, ¿quiénes son, señora?

-Éstos son aquellos santos ángeles de Dios que fueron creados los primeros, y a quienes el Señor entrego su creación para acrecentar y edificar y dominar sobre la creación entera. Así pues, por obra de éstos se consumara la construcción de la torre.

-Y los otros que llevan las piedras, ¿quiénes son?

-También éstos son ángeles santos de Dios; pero aquellos seis los superan en excelencia. Por obra de unos y otros se consumara, pues, la construcción de la torre, y entonces todos se regocijaran en torno de ella, y glorificaran a Dios porque se termino su construcción.

Hícele otra pregunta:

-Señora, quisiera saber el paradero de las piedras y qué significación tiene cada una de ellas.

Me respondió diciendo:

-No es que seas tú más digno que nadie de que se te revele, porque otros hay primero y mejores que tu a quienes debieran revelárseles estas visiones. Mas, para que sea glorificado el nombre de Dios, se te han revelado a ti, y se te seguirán revelando, por causa de los vacilantes, de los que oscilan en sus discursos consigo mismos sobre si estas cosas son o no son. Diles que todas estas cosas son verdaderas y nada hay en ellas que esté fuera de la verdad, sino que todo es firme y seguro y bien asentado.

Escucha ahora acerca de las piedras que entran en la construcción. Las piedras cuadradas y blancas, que ajustaban perfectamente en sus junturas, representan los Apóstoles, obispos, maestros y diáconos que caminan según la santidad de Dios, los que desempeñaron sus ministerios de obispos, maestros y diáconos pura y santamente en servicio de los elegidos de Dios. De ellos, unos han muerto, otros viven todavía. Éstos son los que estuvieron siempre en armonía unos con otros, conservaron la paz entre sí y se escucharon mutuamente. De ahí que en la construcción de la torre encajaban ajustadamente sus junturas.

-Y las piedras sacadas de lo hondo del mar y sobrepuestas a la construcción, que encajaban en sus junturas con las otras piedras ya edificadas, ¿quiénes son?

-Éstos son los que sufrieron por el nombre del Señor.

-Quiero saber, señora, quiénes son las otras piedras, traídas de la tierra.

Respondióme:

-Los que entraban en la construcción sin necesidad de labrarlos son los que aprobó el Señor, porque caminaron en la rectitud del Señor y cumplieron sus mandamientos.

-Y las que eran traídas y puestas en la construcción, ¿quiénes son?

Éstas son los neófitos, nuevos en la fe, pero creyentes; son amonestados por los ángeles a obrar el bien, pues se hallo en ellos alguna maldad.

-Y los que rechazaban y tiraban, ¿quiénes son?

-Éstos son los que han pecado, pero están dispuestos a hacer penitencia; por esta causa, no se los arrojaba lejos de la torre, pues cuando hicieren penitencia serán útiles para la construcción. Los que tienen intención de hacer penitencia, si de verdad la hacen, serán fortalecidos en la fe; a condición, sin embargo, de que hagan penitencia ahora, mientras se está construyendo la torre. Mas si la edificación llega a su término, ya no tienen lugar a penitencia. Solo se les concederá estar puestos junto a la torre.

¿Quieres conocer las piedras que eran hechas trizas y se las arrojaba lejos de la torre? Éstos son los hijos de la iniquidad; se hicieron creyentes hipócritamente y ninguna maldad se aparto de ellos. De ahí que no tienen salvación, pues por sus maldades no son buenos para la construcción. Por eso se les hizo pedazos y se los arrojo lejos. La ira del Señor pesa sobre ellos, pues le han exasperado.

Respecto a las otras, que viste tiradas en gran número por el suelo y que no entraban en la construcción, las piedras carcomidas representan a los que han conocido la verdad, pero no perseveraron en ella ni se adhirieron a los santos. Por eso son inútiles.

-¿Y a quiénes representan las piedras con rajas?

-Éstos son los que guardan unos contra otros algún resentimiento en sus corazones y no mantienen la paz mutua. Cuando se hallan cara a cara, parecen tener paz; mas apenas se separan, sus malicias siguen tan enteras en sus corazones. Éstas son, pues, las hendiduras que tienen las piedras.

Las piedras desportilladas representan a los que han creído y mantienen la mayor parte de sus actos dentro de la justicia, pero tienen también sus porciones de iniquidad. De ahí que están desportillados y no enteros.

-Y las piedras blancas y redondas y que no ajustaban en la construcción, ¿quiénes son, señora?

Me respondió diciendo:

-¿Hasta cuándo serás necio y torpe, que todo lo preguntas y nada entiendes por ti mismo? Éstos son los que tienen, si, fe; pero juntamente poseen riqueza de este siglo. Cuando sobreviene una tribulación, por amor de su riqueza y negocios, no tienen inconveniente en renegar de su Señor.

Le respondí, por mi parte:

-Señora, ¿cuándo serán, pues, útiles para la construcción?

 

Riqueza- Impedimento

-Cuando -me dijo- se recorte de ellos la riqueza que ahora los arrastra, entonces serán útiles para Dios. Porque, al modo que la piedra redonda, si no se la labra y recorta algo de ella, no puede volverse cuadrada; así los que gozan de riquezas en este siglo, si no se les recorta la riqueza, no pueden volverse útiles a Dios. Por ti mismo, ante todo, puedes darte cuenta: cuando eras rico, eras inútil; ahora, en cambio, eres útil y provechoso para la vida. Haceos útiles para Dios, pues tu mismo eres empleado como una de estas piedras.

En cuanto a las otras piedras que viste arrojar lejos y caer en el camino y que rodaban del camino a parajes intransitables, éstas representan a los que han creído; pero luego, arrastrados de sus dudas, abandonan su camino, que es el verdadero. Imaginándose, pues, que son ellos capaces de hallar camino mejor, se extravían y lo pasan míseramente andando por soledades sin senderos.

Las que caían en el fuego y allí se abrasaban representan a los que de todo punto apostataron del Dios vivo y todavía no ha subido a su corazón el pensamiento de hacer penitencia, por impedírselo los deseos de su disolución y las perversas obras que ejercitaron.

¿Quieres saber quiénes son las otras piedras que venían a parar cerca de las aguas y que no podían rodar hasta ellas? Estos son los que, después de oír la palabra de Dios, quisieran bautizarse en el nombre del Señor; pero luego, al caer en la cuenta de la castidad que exige la verdad, cambian de parecer y se echan otra vez tras sus perversos deseos.

Termino, pues, la explicación de la torre. Importunándola yo todavía, le pregunté si a todas aquellas piedras rechazadas y que no encajaban en la construcción de la torre, se les daría ocasión o posibilidad de penitencia y tendrían aun lugar en esta torre.

-Posibilidad de penitencia -me contesto- si que la tienen; pero ya no pueden encajar en esta torre. Sin embargo, se ajustaran a otro lugar mucho menos elevado, y eso cuando hayan pasado por los tormentos de la penitencia y hayan cumplido los días de expiación de sus pecados. La razón de que sean trasladados es porque, al fin y al cabo, participaron de la palabra justa. E incluso para ser trasladados de sus tormentos, es preciso que antes suban a su corazón, por la penitencia, las obras malas que ejecutaron; si no suben, no se salvaran, en castigo de su dureza de corazón.

 

Los dos ángeles

(Mandamiento VI, n. 2)

-Escucha ahora -me dijo- acerca de la fe. Dos ángeles hay en cada hombre: uno de la justicia y otra de la maldad.

-¿Cómo, pues, señor -le dije-, conoceré las operaciones de uno y otro, puesto que ambos habitan conmigo?

-Escucha -me dijo- y entiende. El ángel de la justicia es delicado, y pudoroso, y manso, y tranquilo. Así, pues, cuando subiere a tu corazón este ángel, al punto se pondrá a hablar contigo sobre la justicia, la castidad, la santidad, sobre la mortificación y sobre toda obra justa y sobre toda virtud gloriosa. Cuando todas estas cosas subieren a tu corazón, entiende que el ángel de la justicia está contigo. He ahí, pues, las obras del ángel de la justicia. Cree, por tanto, a éste y a sus obras.

Mira también las obras del ángel de la maldad. Ante todo, ese ángel es impaciente, amargo e insensato, y sus obras malas derriban a los siervos de Dios. Así pues, cuando éste subiere a tu corazón, conócele por sus obras.

-Señor -le dije-, yo no sé como tengo que conocerle.

-Escucha -me dijo-. Cuando te sobrevenga un arrebato de ira o un sentimiento de amargura, entiende que él está contigo; y lo mismo hay que decir de un deseo de derramarte en muchas acciones, de la preciosidad y abundancia de comidas y bebidas, y embriagueces muchas, y deleites variados y no convenientes, del deseo, y también de mujeres, avaricia, mucho boato de soberbia y altanería y, en fin, de todo cuanto a estas cosas se acerca y asemeja. Siempre, pues, que cualquiera de estas cosas subiere a tu corazón, entiende que el ángel de la maldad está contigo. Tu, pues, ya que conoces sus obras, apártate de él y no le creas en nada, pues sus obras son malas e inconvenientes para los siervos de Dios.

        Ahí tienes las operaciones de uno y otro ángel; entiéndelas y cree solo al ángel de la justicia. Apártate, en cambio, del ángel de la maldad, pues su doctrina es totalmente perversa. En efecto, imaginemos a un hombre todo lo fiel que queramos. Si el deseo de este ángel subiere a su corazón, por fuerza ese hombre (o mujer) cometerá algún pecado. Y al revés, por muy malvado que sea un hombre o una mujer, si a su corazón suben las obras del ángel de la justicia, de necesidad aquel hombre o mujer practicaran algún bien. Ya ves que es bueno seguir al ángel de la justicia y renunciar al ángel de la iniquidad.
 

 

I. El mensaje de penitencia.

        Habiendo yo ayunado y orado insistentemente al Señor, me fue revelado el sentido de la escritura. Lo escrito era lo siguiente: Tus hijos, Hermas, se enfrentaron contra Dios, blasfemaron contra el Señor y traicionaron a sus padres con gran perversidad, y tuvieron que oírse llamar traidores de sus padres. Y aun cometida esta traición, no se enmendaron, sino que añadieron a sus pecados sus insolencias y sus perversas contaminaciones, con lo que llegaron a su colmo sus iniquidades. Sin embargo, haz saber a todos tus hijos y a tu esposa, que ha de ser hermana tuya, estas palabras. Pues tu esposa no se modera en su lengua, con la que obra el mal. Pero si oye estas palabras, se contendrá y obtendrá misericordia.

        Después que les hubieres dado a conocer estas palabras que me encargo el Señor que te revelara, se les perdonaran a ellos todos los pecados que hubieren anteriormente cometido, así como también a todos los santos que hubieren pecado hasta este día, con tal de que se arrepientan de todo corazón y alejen de sus corazones toda vacilación. Porque el Señor hizo este juramento por su gloria con respecto a sus elegidos: si después de fijado este día todavía cometen pecado, no tendrán salvación, ya que la penitencia para los justos tiene un límite. Los días de penitencia están cumplidos para todos los santos, mientras que para los gentiles hay penitencia hasta el último día. Así pues, dirás a los jefes de la Iglesia que enderecen sus caminos según justicia, para que puedan recibir el fruto pleno de la promesa con gran gloria. Por tanto, los que obráis la justicia manteneos firmes y no vaciléis, para que se os conceda la entrada a los ángeles santos. Bienaventurados vosotros, los que soportáis la gran tribulación que está por venir, así como los que no han de negar su propia vida. Porque el Señor ha jurado por su propio Hijo que los que nieguen al Señor serán privados de su propia vida, es decir, los que lo negaren a partir de ahora en los días venideros. Pero los que hubieren negado antes obtendrán perdón por su gran misericordia.

        En cuanto a ti, Hermas, no guardes ya más rencor contra tus hijos, ni abandones a tu hermana, para que tengan lugar a purificarse de sus pecados pasados. Porque si tu no les guardas rencor, serán educados con justa educación. El rencor produce la muerte. Tú, Hermas, sufriste grandes tribulaciones en tu persona a causa de las transgresiones de los de tu casa, pues no cuidaste de ellos, porque tenías otras preocupaciones y te enredabas en negocios malvados. Pero te salva el hecho de no haber apostatado del Dios vivo, así como tu sencillez y tu mucha continencia. Esto es lo que te ha salvado-con tal que perseveres-y lo que salvara a cuantos hagan lo mismo y vivan en inocencia y simplicidad. Estos triunfaran de toda maldad y perseveraran para la vida eterna. Bienaventurados todos los que obran la justicia, porque no se perderán para siempre... (1)

¿No te parece -me dijo el pastor- que el mismo arrepentirse es una especie de sabiduría? Si -dijo-, el arrepentirse es una sabiduría grande, porque el pecador se da cuenta de que hizo el mal delante del Señor, y penetra en su corazón el sentimiento de la obra que hizo, con lo que se arrepiente y ya no vuelve a obrar el mal, sino que se pone a practicar toda suerte de bien, y humilla y atormenta su alma, por haber pecado. Ya ves, pues, como el arrepentimiento es una gran sabiduría...

Señor -le dije- he oído de algunos maestros que no se da otra penitencia fuera de aquella por la que bajamos al agua (del bautismo) y alcanzamos el perdón de nuestros pecados anteriores.

El me dijo: Has oído bien, pues así es: porque el que ha recibido el perdón de sus pecados ya no debiera pecar, sino que debiera vivir puro. Pero ya que quieres enterarte de todo con exactitud, te explicaré también otro aspecto, sin que con ello quiera dar pretexto de pecar a los que en lo futuro han de creer o a los que poco ha creyeron en el Señor. Porque los que poco ha creyeron, o han de creer en lo futuro no tienen lugar a penitencia de sus pecados, fuera de la remisión de sus pecados anteriores (en el bautismo). Pero para los que fueron llamados antes de estos días, el Señor tiene establecida una penitencia: porque el Señor es conocedor de los corazones, y lo sabe todo de antemano, y conoció la debilidad de los hombres y la mucha astucia del diablo con la que había de hacer daño a los siervos de Dios y ensañarse con ellos. Ahora bien, siendo grandes las entrañas de misericordia del Señor, se apiado de su creatura, y dispuso esta penitencia haciéndome a mí el encargado de la misma. Sin embargo, he de decirte esto: si después de aquel llamamiento grande y santo, alguno, tentado por el diablo, cometiere pecado, solo tiene lugar a una penitencia. Pero si continuamente peca y se vuelve a arrepentir, de nada le aprovecha al tal hombre, pues difícilmente alcanzara la vida.

Yo le repliqué: El oír esta explicación tan exacta sobre estas cosas me ha devuelto la vida, pues ahora sé que si no vuelvo a cometer más pecados me salvaré.

Te salvaras -me dijo- tú y todos los que hicieron estas cosas (2)
 

II. Riqueza y pobreza.

Así como la piedra redonda no puede convertirse en sillar si no es cortándola y quitando algo de ella, así también los ricos en este siglo no pueden hacerse útiles para el Señor si no se les recorta su riqueza. Por ti mismo puedes saberlo en primer lugar: cuando eras rico eras inútil, pero ahora eres útil y provechoso para la vida... (3)

El rico tiene realmente mucho dinero, pero con respecto al Señor es pobre, arrastrado como anda tras su riqueza. Muy pocas veces hace su acción de gracias y su oración ante el Señor, y aun cuando lo hace es con brevedad, sin intensidad y sin fuerza para penetrar hasta lo alto. Pero cuando el rico se entrelaza con el pobre y le proporciona lo necesario creyendo que podrá encontrar en Dios la recompensa de lo que hubiere hecho por el pobre-ya que el pobre es rico en la oración y en la acción de gracias, y sus peticiones tienen gran fuerza delante de Dios-entonces el rico atiende al pobre en todas las cosas sin reservas. Por su parte, el pobre, atendido por el rico, ruega por él y da gracias a Dios por aquel de quien recibe beneficios. Y entonces el rico todavía toma mayor interés por el pobre, para no hallarse falto de nada en su vida, pues sabe que la oración del pobre es rica y aceptable delante de Dios. De esta suerte, uno y otro llevan a cabo su obra en común: el pobre coopera con su oración, en la que es rico, habiéndola recibido del Señor y devolviéndola al mismo Señor que se la había dado. A su vez, el rico pone a disposición del pobre sin reservas la riqueza que recibió del Señor. Es ésta una gran obra agradable a Dios, con la que muestra que entiende el sentido de sus riquezas poniendo a disposición del pobre los dones del Señor y cumpliendo rectamente el servicio que el Señor le encomendará... De esta forma, los pobres, rogando al Señor por los ricos dan pleno sentido a la riqueza de éstos, y a su vez, los ricos, socorriendo a los pobres alcanzan la plenitud de lo que falta a sus almas. Con ello se hacen unos y otros colaboradores en la obra de justicia. Por tanto, el que así obrare no será abandonado de Dios, sino que quedará escrito en el libro de los vivos. Bienaventurados los que tienen y entienden que sus riquezas las tienen del Señor: porque el que entiende esto podrá cumplir el servicio debido... (4)


 

III. Discernimiento de Espíritus.


        Dos ángeles acompañan al hombre, uno de justicia y otro de maldad... El ángel de justicia es delicado y recatado y manso y tranquilo. Así pues, cuando este ángel penetre en tu corazón, te hablara inmediatamente de justicia, de pureza, de santidad, de contentarte con lo que tienes, de toda obra justa y de toda virtud reconocida. Cuando sientas que tu corazón está penetrado de todas estas cosas, entiende que el ángel de la justicia está contigo, porque ésas son las obras del ángel de la justicia. A él pues has de creerle, y a sus obras.

        Considera por otra parte las obras del ángel de la maldad: en primer lugar, es impaciente, amargado e insensato: sus obras son malas y capaces de abatir a los siervos de Dios. Cuando este ángel penetre en tu corazón, has de saber conocerle por sus obras... Cuando te sobrevenga alguna impaciencia o amargura, entiende que él está dentro de ti: igualmente cuando tengas ansia de hacer muchas cosas, o de muchos y exquisitos manjares, de muchas y variadas bebidas, de embriageces muelles e inconvenientes; igualmente cuando tienes deseo de mujeres, o de posesiones o de gran soberbia y altanería y de otras cosas por el estilo: cuando estas cosas penetren en tu corazón, sábete que el ángel de la maldad está dentro de ti. Así pues, tu, conociendo sus obras, apártate de él y no le creas para nada, pues sus obras son malvadas y no traen provecho alguno a los siervos de Dios... (5)

        ¿Cómo se conocerá a un hambre, si es verdadero o falso profeta? ...Al hombre que tiene el Espíritu divino has de examinarle por su vida. En primer lugar, el que tiene el Espíritu divino de lo alto, es manso, tranquilo y humilde; se aparta de toda maldad, así como de los vanos deseos de este siglo, y se hace a sí mismo el más pobre de todos los hombres; no empieza a dar respuestas a nadie solo porque se le pregunte, ni habla en secreto, que no habla el Espíritu Santo cuando el hombre quiere, sino que habla cuando Dios quiere que hable. Así pues, cuando un hombre que tiene el Espíritu divino llega a una reunión de hombres justos que tienen fe en el Espíritu divino, y en aquella reunión se hace oración a Dios, entonces el ángel del Espíritu profético que está en él llena a aquel hombre, y lleno así con el Espíritu Santo habla a la muchedumbre como lo quiere el Señor...

        Escucha ahora lo que se refiere al Espíritu terreno y vacuo, que no tiene virtud alguna, sino que es necio. En primer lugar, el hombre que aparentemente tiene el Espíritu, se exalta a sí mismo, y quiere ocupar la silla presidencial; e inmediatamente se muestra como ligero, desvergonzado y charlatán; vive entre muchos placeres y con muchos otros engaños; se hace pagar sus profecías, y si no se le paga no profetiza. ¿Es que el Espíritu divino puede cobrar para profetizar? No puede hacer esto un profeta de Dios, sino que el Espíritu de tales profetas es de la tierra. Además, el falso profeta no se acerca para nada a la reunión de los justos, sino que huye de ellos; en cambio se pega a los vacilantes y vacuos, echándoles sus profecías por los rincones, y los embauca hablándoles conforme a sus deseos, aunque son vacuos, pues responde a hombres vacuos. Cuando una vasija vacía choca con otras igualmente vacías, no se rompe, sino que resuenan todas con un mismo sonido. Cuando el falso profeta llega a una reunión llena de hombres justos que poseen el Espíritu de la divinidad y hacen oración, se queda vacío, y su Espíritu terreno huye de él amedrentado, y el hombre queda mudo y totalmente destrozado, sin poder hablar palabra (6).

        Los que nunca han escudriñado la verdad ni han inquirido acerca de la divinidad, sino que se han contentado con creer, agitados con sus negocios, sus riquezas. sus amistades paganas y muchas otras ocupaciones de este siglo, todos los que andan enfrascados en estas cosas. no entienden las parábolas acerca de la divinidad. Es que con todos estos negocios están entenebrecidos, corrompidos y secos. Así como las vinas hermosas, si no se cuidan se secan a causa de las espinas y de toda suerte de yerbas, así también los hombres que después de recibir la fe se entregan a la multiplicidad de acciones dichas, se extravían en sus inteligencias y ya no entienden absolutamente nada acerca de la divinidad. Porque, en efecto, cuando oyen algo acerca de la divinidad su mente se encuentra en sus negocios, y así no comprenden absolutamente nada. Pero los que tienen el temor de Dios, e investigan acerca de la divinidad y de la verdad, y tienen su corazón vuelto hacia el Señor, entienden y comprenden en seguida cuanto se les dice, pues tienen dentro de sí el temor de Dios. Porque donde habita el Señor, allí hay gran inteligencia. Adhiérete, pues, al Señor, y lo comprenderás y entenderás todo (7).

Notas

(1) Visiones 2,2.3.
(2) Mandamientos 4,2-3.
(3) Visiones 3,6,6.
(4) Comparaciones 2,3.
(5) Mandamientos 6,2.
(6) Mand. 11,7-14.
(7) Mand. 10,1,

 

SECUNDA CLEMENTIS
Homilía anónima del siglo II

Historia

Texto

        Considerada durante siglos como segunda epístola del Papa San Clemente a los Corintios, este escrito no es ni una epístola ni fue redactado por Clemente Romano. Se trata de una homilía compuesta a mediados del siglo II por un autor desconocido, que tiene el mérito de ser el primer ejemplo de homilía que ha llegado a nuestras manos. El hecho de considerarla entre los escritos del santo Pontífice romano se debe a que, en la tradición manuscrita, se copió siempre después de la epístola de San Clemente a los Corintios.

        Este escrito trata de la obra de la salvación realizada por Cristo y comunicada a los hombres en el Bautismo, y de la respuesta que se espera del cristiano: una respuesta adecuada a la misericordia divina, renunciando a lo que no es compatible con la vocación cristiana y peleando para cumplir con obras la Voluntad de Dios. Al Reino de Dios, ya presente en este mundo, se entra por la conversión. La culminación de ese Reino tendrá lugar cuando se realice la resurrección de los muertos y el juicio divino. Mientras el hombre está en vida, es siempre tiempo de convertirse a Dios. (Loarte)


 

Secunda Clementis,11,1-IV,5; VII,1-IX,11
 

Cumplir la Voluntad de Dios

        Alégrate, estéril, la que no das a luz; rompe a gritar, la que no sufres dolores de parto, porque son más numerosos los hijos de la solitaria que los de la que tiene marido. Al decir: alégrate, estéril, la que no das a luz, mencionaba a nosotros: pues nuestra Iglesia era estéril antes de que le fueran dados hijos. Al decir: grita, la que no sufres de parto, dice que presentemos sencillamente nuestras oraciones ante Dios para que no desfallezcamos como las que sufren dolores de parto. Al decir: porque son más los hijos de la solitaria que los de la que tiene marido, (daba a entender que) nuestro pueblo parecía un desierto lejos de Dios, pero ahora, al creer, hemos llegado a ser más numerosos que los que creían tener Dios. Otra Escritura dice que no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mt 9,13). Esto significa que es necesario salvar a los que se pierden. Pues lo grande y admirable no es sostener lo que está en pie, sino lo que se cae. Cristo quiso salvar lo que se perdía y salvo a muchos, pues vino y nos llamo cuando ya nos estábamos perdiendo.

        Habiendo tenido con nosotros tal misericordia, ante todo porque nosotros, los que vivimos, no ofrecemos sacrificios a dioses muertos, ni los adoramos, sino que hemos conocido al Padre de la verdad, ¿qué conocimiento nos conducirá a Él, sino el no negar a Aquél por medio del cual le hemos conocido? Él mismo dice: al que me confiese delante de los hombres, Yo también lo confesaré delante de mi Padre (cf. Mt 10,32 Lc 12,8). Ésta es nuestra recompensa, si confesamos a Aquél por medio del cual hemos sido salvados. ¿Y cómo podemos confesarle? Haciendo lo que dice, no desobedeciendo sus preceptos y honrándolo no solo con los labios, sino con todo el corazón y con toda la mente. Dice también en Isaías: este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mi (Is 29,13).

        Por tanto, no nos limitemos a llamarlo Señor, pues esto no nos salvara. Dice, en efecto: no todo el que me diga: "Señor, Señor", se salvara, sino el que obre la justicia (cf. Mt 7,21). Así pues, hermanos, confesémosle con las obras, amándonos mutuamente, no cometiendo adulterio y sin murmurar ni envidiarse los unos a los otros, sino siendo continentes, misericordiosos y buenos. Debemos compadecernos mutuamente y no ser avaros. Confesémosle con estas obras y no con las contrarias. No es necesario temer demasiado a los hombres, sino a Dios. Por ello, si vosotros obráis tales cosas, el Señor dijo: aunque estéis reunidos conmigo en mi seno, si no cumples mis mandamientos, os rechazaré y os diré: "Apartaos de mí, no os conozco, ni sé de donde sois, obradores de iniquidad" (cf. Lc 13,25-27 Mt 7,23) (...).

        Hermanos, luchemos sabiendo que el combate está en nuestras manos y que muchos navegan en los combates corruptibles, pero no todos son coronados a no ser que se hayan esforzado mucho y hayan luchado bien. Así pues, luchemos para que todos seamos coronados. Corramos al camino recto, al combate incorruptible; naveguemos muchos hacia él y combatamos para ser también coronados. Y si todos no podemos ser coronados, lleguemos siquiera a estar cerca de la corona. Necesitamos saber que el combatiente en una lucha corruptible, si viola las reglas del combate, tras ser azotado es excluido y expulsado del estadio. ¿Qué os parece? ¿Qué sufrirá quien viole las reglas del combate de la incorruptibilidad? Pues de los que no guardan el sello (1) se dice que su gusano no morirá, su fuego no se extinguirá y serán un espectáculo para toda carne (Is 66,24).

        Por tanto, mientras estemos en la tierra, arrepintámonos. Somos barro en las manos del Artífice. Como el alfarero, cuando modela un vaso y éste se tuerce o se rompe en sus manos, lo vuelve a modelar de nuevo, pero, si ya lo ha echado al horno de fuego, ya no lo puede arreglar, así también nosotros: mientras estemos en este mundo, arrepintámonos de todo corazón de todas las maldades que cometimos en la carne, para ser salvados por el Señor mientras hay tiempo de conversión. Después de salir de este mundo, ya no le podremos confesar ni convertirnos. Hermanos, alcanzaremos la vida eterna haciendo la Voluntad del Padre, guardando pura la carne y observando los mandamientos del Señor. Pues dice el Señor en el Evangelio: si no guardasteis lo pequeño, ¿quién os dará lo grande? Pues os digo que el fiel en lo pequeño es también fiel en lo mucho (cf. Lc 16,10-12). Viene pues, a decir: guardad pura la carne e inmaculado el sello para recibir la vida eterna.

        No diga ninguno de vosotros que esta carne no es juzgada ni resucita. Sabed: ¿cómo fuisteis salvados, como volvisteis a ver, si no fue cuando estabais en esta carne? Así pues, es necesario que guardemos la carne como templo de Dios. Pues de la misma manera que fuisteis llamados en la carne, iréis (al Reino de Dios) en la carne. Si Cristo, el Señor, el que nos salvo, siendo primeramente Espíritu (2) se hizo carne y nos llamo de esta manera, así también nosotros recibiremos la recompensa en la carne. Por tanto, amémonos los unos a los otros para que todos lleguemos al Reino de Dios. Mientras tengamos tiempo de ser curados, entreguémonos al Dios que nos sana, dándole lo que merece: el arrepentimiento de sincero corazón. Él conoce de antemano todas las cosas y sabe lo que hay en nuestro corazón. Tributémosle, pues, alabanza no solo con la boca, sino también con el corazón, para que nos acoja como a hijos. Pues el Señor dijo también: mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre (cf. Mt 12 Mt 50 Lc 8,21 Mc 3,35).

Notas

(1) El "sello" es el carácter indeleble recibido en el Bautismo, que distingue al cristiano de quien no lo es. "Guardar el sello" significa ser fiel a las exigencias de la vocación cristiana.

(2) Dice que Cristo era antes "Espíritu" para afirmar su preexistencia eterna como Verbo en el seno de Dios: no es que lo confunda con el Espíritu Santo.



 

SAN POLICARPO DE ESMIRNA

Historia

Escritos

        Obispo de Esmirna y mártir, nació hacia el año 75, probablemente en el seno de una familia que ya era cristiana.

        San Ireneo de Lyon, que lo conoció personalmente, afirma que había recibido las enseñanzas de los Apóstoles y que el mismo San Juan le había consagrado Obispo de Esmirna. Si esto fuera así, la figura de este santo y mártir, tal como la conocemos por la carta que de él conservamos y por el relato de su martirio, es muy congruente con el elogio que el Apóstol hizo del Ángel de la Iglesia de Esmirna en el Apocalipsis. Según los intérpretes de la Sagrada Escritura, con el nombre de Ángel se designa en ese libro inspirado a los Obispos que presidían las Iglesias entonces establecidas en Asia Menor.

        La labor pastoral de San Policarpo debió de ser muy fecunda. Acogió con gran afecto a San Ignacio de Antioquía, camino del martirio, y recibió de este santo Obispo una carta muy venerada desde la antigüedad. Conservamos una epístola suya dirigida a la Iglesia de Filipos, en la que con gran solicitud exhorta a la unidad y da consejos llenos de celo pastoral a todos los fieles: los presbíteros, los diáconos, las vírgenes, las casadas, las viudas. No menciona al Obispo, por lo que es lícito pensar que, en esos momentos, la sede de Filipos no tenía al frente a su Pastor.

        También fue muy eficaz su actividad contra las herejías, consiguiendo que tornaran numerosos seguidores de diversas sectas gnósticas. Cuando estallo una persecución anticristiana, se escondió en una casa de campo, a ruego de sus fieles, pero fue descubierto por la traición de un esclavo y condenado a la hoguera. Murió en el año 155, a los ochenta y seis de edad. La comunidad cristiana de Esmirna redacto una larga carta dirigida a la de Filomelium, ciudad frigia, al parecer con ocasión del primer aniversario del martirio. Esta carta, conocida con el nombre de Martirio de Policarpo, escrita por testigos oculares, es la primera obra cristiana exclusivamente dedicada a describir la pasión de un mártir, y la primera en usar este título para designar a un cristiano muerto por la fe. (Loarte)

 

        Policarpo, obispo de Esmirna, es, con su larga vida, como un puente entre la generación de los Apóstoles y las generaciones que vivieron la expansión doctrinal y numérica del cristianismo. Por una parte fue discípulo del apóstol Juan, y por otra fueron discípulos suyos los grandes maestros Papias e Ireneo. Este último, en un pasaje de singular fuerza evocadora, apela a Policarpo como fiel transmisor de la doctrina de los Apóstoles.

        Del mismo Policarpo solo se conserva una carta a la cristiandad de Filipos: está escrita en un estilo sencillo y sobrio, y se reduce a una serie de vigorosas exhortaciones, más bien de orden moral.

        De particular interés histórico y religioso son las Actas del martirio de Policarpo, generalmente reconocidas como auténticas: son un documento por el que la Iglesia de Esmirna daba a conocer a las Iglesias hermanas la manera como su obispo juntamente con muchos de sus fieles había sufrido una muerte ejemplar en la persecución, probablemente hacia el año 155. (RUIZ BUENO, Padres apostólicos, BAC, Madrid 1950; S. HUBER, Las cartas de san Ignacio de Antioquía y de san Policarpo de Esmirna, Buenos Aires 1945.)

 

SAN POLICARPO DE ESMIRNA

I. Testimonio de Ireneo sobre Policarpo.

II. La carta a los de Filipos.
Consejos de un Pastor (Epístola a los Filipenses,4-10)
El martirio de Policarpo (Carta de la Iglesia de Esmirna a la Iglesia de Filomelium,1,7-11,13-16)

 

 

 


I. Testimonio de Ireneo sobre Policarpo.

        ...Siendo yo niño, conviví con Policarpo en el Asia Menor... Conservo una memoria de las cosas de aquella época mejor que de las de ahora, porque lo que aprendemos de niños crece con la misma vida y se hace una cosa con ella. Podría decir incluso el lugar donde el bienaventurado Policarpo se solía sentar para conversar, sus idas y venidas, el carácter de su vida, sus rasgos físicos y sus discursos al pueblo. Él contaba como había convivido con Juan y con los que habían visto al Señor. Decía que se acordaba muy bien de sus palabras, y explicaba lo que había oído de ellos acerca del Señor, sus milagros y sus enseñanzas. Habiendo recibido todas estas cosas de los que habían sido testigos oculares del Verbo de la Vida, Policarpo lo explicaba todo en consonancia con las Escrituras. Por mi parte, por la misericordia que el Señor me hizo, escuchaba ya entonces con diligencia todas estas cosas, procurando tomar nota de ello, no sobre el papel, sino en mi corazón. Y siempre, por la gracia de Dios, he procurado conservarlo vivo con toda fidelidad... Lo que él pensaba está bien claro en las cartas que él escribió a las Iglesias de su vecindad para robustecerlas o, también a algunos de los hermanos, exhortándolos o consolándolos... (1).

Policarpo no solo recibió la enseñanza de los Apóstoles y converso con muchos que habían visto a nuestro Señor, sino que fue establecido como obispo de Esmirna en Asia por los mismos Apóstoles. Yo le conocí en mi infancia, ya que vivió mucho tiempo y dejo esta vida siendo ya muy anciano con un gloriosísimo martirio. enseñó  siempre lo que había aprendido de los Apóstoles, que es lo que enseña la Iglesia y la única verdad. De ello son testigos todas las Iglesias de Asia, y los que hasta el presente han sido sucesores de Policarpo... Éste, en un viaje a Roma, en tiempos de Aniceto, convirtió a muchos herejes... a la Iglesia de Dios, proclamando que había recibido de los Apóstoles la única verdad, idéntica con la que es transmitida en la tradición de la Iglesia. Y hay quienes le oyeron decir que Juan, el discípulo del Señor, una vez que fue al baño en Éfeso vio allí dentro al hereje Cerinto; y al punto salió del lugar sin bañarse, diciendo que temía que se hundiesen los baños, estando allí Cerinto, el enemigo de la verdad. El mismo Policarpo se encentró una vez con Marción, y éste le dijo: "¿No me conoces?" Pero aquél le contesto: "Te conozco como a primogénito de Satanás..."(2).



II. La carta a los de Filipos.

        ...Ceñidos vuestros lomos, servid a Dios con temor y en verdad, dejando toda vana palabrería y los errores del vulgo, teniendo fe en aquel que resucito a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria y el trono de su diestra. A él le fueron sometidas todas las cosas celestes y terrestres; a él rinde culto todo ser vivo; él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios tomara venganza de su sangre a aquellos que no creen en él...

        Principio de todos los males es el amor al dinero. Sabiendo, pues, que así como no trajimos nada a este mundo, tampoco podemos llevarnos nada de él, armémonos con las armas de la justicia, y aprendamos a caminar en el mandamiento del Señor. Adoctrinad a vuestras mujeres en la fe que les ha sido dada, en la caridad, y en la castidad: que amen con toda verdad a sus propios maridos, y en cuanto a los demás, que tengan caridad con todos por igual en total continencia; y que eduquen a sus hijos en la disciplina del temor de Dios. En cuanto a las viudas, que muestren prudencia con su fidelidad al Señor, que oren incesantemente por todos, y se mantengan alejadas de toda calumnia, maledicencia, falso testimonio, avaricia de dinero o de cualquier otro vicio. Que tengan conciencia de que son altar de Dios, y de que él lo escudriña todo, sin que se le oculte nada de nuestras palabras o pensamientos o de los secretos de nuestro corazón... Los diáconos sean irreprochables delante de su justicia, pues son ministros de Dios y de Cristo, no de los hombres. No sean calumniadores ni dobles de lengua; no busquen el dinero, y sean continentes en todo, misericordiosos, diligentes, caminando conforme a la verdad del Señor, que se hizo ministro de todos... Que los jóvenes sean irreprensibles en todo, cultivando ante todo la castidad y refrenando todo vicio, porque es bueno arrancarse de todas las concupiscencias que andan por el mundo... También los presbíteros han de ser misericordiosos, compasivos para con todos, procurando enderezar a los extraviados, visitar a todos los enfermos, sin olvidarse de la viuda o del huérfano o del pobre; atendiendo siempre al bien delante de Dios y de los hombres, ajenos a toda ira, acepción de personas y juicios injustos, alejados de todo amor al dinero, no creyendo en seguida cualquier acusación, ni precipitados en el juzgar, sabiendo que todos tenemos deuda de pecado... (3).



Consejos de un Pastor (Epístola a los Filipenses,4-10)

        Principio de todos los males es el amor al dinero. Ahora bien, sabiendo como sabemos que, al modo que nada trajimos con nosotros al mundo, nada tampoco hemos de llevarnos, armémonos con las armas de la justicia y amaestrémonos los unos a los otros, ante todo a caminar en el mandamiento del Señor. Tratad luego de adoctrinar a vuestras mujeres en la fe que les ha sido dada, así como en la caridad y en la castidad: que muestren su cariño con toda verdad a sus propios maridos y, en cuanto a los demás, ámenlos a todos por igual en toda continencia; que eduquen a sus hijos en la disciplina del temor de Dios.

        Respecto a las viudas, que sean prudentes en lo que atañe a la fe del Señor, que oren incesantemente por todos, apartadas muy lejos de toda calumnia, maledicencia, falso testimonio, amor al dinero y de todo mal. Que sepan cómo son altar de Dios, y como Dios escudriña todo y nada se le oculta de nuestros pensamientos y propósitos ni de secreto alguno de nuestro corazón.

        Como sepamos, pues, que de Dios nadie se burla, deber nuestro es caminar de manera digna de su mandamiento y de su gloria. Los diáconos, igualmente, sean irreprochables delante de su justicia, como ministros que son de Dios y de Cristo y no de los hombres: no calumniadores, ni de lengua doble, sino desinteresados, continentes en todo, misericordiosos, diligentes, caminando conforme a la verdad del Señor, que se hizo ministro y servidor de todos. Si en este mundo le agradamos, recibiremos en pago el venidero, según Él nos prometió resucitarnos de entre los muertos y que, si llevamos una conducta digna de Él, reinaremos también con Él. Caso, eso sí, de que tengamos fe.

        Igualmente, que los jóvenes sean irreprensibles; que cuiden, sobre todo, la castidad y se alejen de cualquier mal. Es cosa buena, en efecto, apartarse de las concupiscencias que dominan en el mundo, porque toda concupiscencia milita contra el Espíritu, y ni los fornicarios, ni los afeminados ni los deshonestos contra naturaleza han de heredar el reino de Dios, como tampoco los que obran fuera de ley. Es preciso apartarse de todas estas cosas, viviendo sometidos a los presbíteros y diáconos, como a Dios y a Cristo.

        Que las vírgenes caminen en intachable y pura conciencia.

        Mas también los presbíteros han de tener entrañas de misericordia, compasivos con todos, tratando de traer a buen camino lo extraviado, visitando a los enfermos; no descuidándose de atender a la viuda, al huérfano y al pobre; atendiendo siempre al bien, tanto delante de Dios como de los hombres, muy ajenos de toda ira, de toda acepción de personas y juicio injusto, lejos de todo amor al dinero, no creyendo demasiado aprisa la acusación contra nadie, no severos en sus juicios, sabiendo que todos somos deudores del pecado. Ahora bien, si al Señor le rogamos que nos perdone, también nosotros debemos perdonar; porque estamos delante de los ojos del que es Señor y Dios, y todos hemos de presentarnos ante el tribunal de Cristo, donde cada uno tendrá que dar cuenta de sí mismo. Sirvámosle, pues, con temor y con toda reverencia, como Él mismo nos lo mando, y también los Apóstoles que nos predicaron el Evangelio, y los profetas que, de antemano, pregonaron la venida de Nuestro Señor. Seamos celosos del bien y apartémonos de los escándalos, de falsos hermanos y de aquellos que hipócritamente llevan el nombre del Señor para extraviar a los hombres vacuos.

        Porque todo el que no confesare que Jesucristo ha venido en carne, es un Anticristo, y el que no confesare el testimonio de la cruz, procede del diablo; y el que torciere las sentencias del Señor en interés de sus propias concupiscencias, ese tal es primogénito de Satanás.

        Por lo tanto, dando de mano a la vanidad del vulgo y a las falsas enseñanzas, volvámonos a la palabra que nos fue transmitida desde el principio, viviendo sobriamente para entregarnos a nuestras oraciones, siendo constantes en los ayunos, suplicando con ruegos al Dios omnipotente que no nos lleve a la tentación, como dijo el Señor: Porque el Espíritu está pronto, pero la carne es flaca.

        Mantengámonos, pues, incesantemente adheridos a nuestra esperanza y prenda de nuestra justicia, que es Jesucristo, el cual levanto sobre la cruz nuestros pecados en su propio cuerpo: Él, que jamás cometió pecado, y en cuya boca no fue hallado engaño, sino que, para que vivamos en Él, lo soporto todo por nosotros.

        Seamos, pues, imitadores de su paciencia y, si por causa de su nombre tenemos que sufrir, glorifiquémosle. Porque ése fue el dechado que Él nos dejo en su propia persona y eso es lo que nosotros hemos creído.

        Os exhorto, pues, a todos a que obedezcáis a la palabra de la justicia y ejecutéis toda paciencia, aquella, por cierto, que visteis con vuestros propios ojos, no solo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en otros de entre vosotros mismos, y hasta en el mismo Pablo y los demás Apóstoles. Imitadlos, digo, bien persuadidos de que todos éstos no corrieron en vano, sino en fe y justicia, y que están ahora en el lugar que les es debido junto al Señor, con quien juntamente padecieron. Porque no amaron el tiempo presente, sino a Aquél que murió por nosotros y que, por nosotros también, resucito por virtud de Dios.

        Así, pues, permaneced en estas virtudes y seguid el ejemplo del Señor, firmes e inmóviles en la fe, amadores de la fraternidad, dándoos mutuamente pruebas de afecto, unidos en la verdad, adelantándoos los unos a los otros en la mansedumbre del Señor, no menospreciando a nadie. Si tenéis posibilidad de hacer bien, no lo difiráis, pues la limosna libra de la muerte. Estad sujetos los unos a los otros, manteniendo una conducta irreprochable entre los gentiles, para que recibáis alabanza por causa de vuestras buenas obras y el nombre del Señor no sea blasfemado por culpa vuestra. Mas ¡ay de aquél por cuya culpa se blasfema el nombre del Señor! Enseñad, pues, a todos la templanza, en la que también vosotros vivís.



El martirio de Policarpo (Carta de la Iglesia de Esmirna a la Iglesia de Filomelium,1,7-11,13-16)

        Os escribimos, hermanos, la presente carta sobre los sucesos de los mártires, y señaladamente sobre el bienaventurado Policarpo, quien, como el que estampa un sello, hizo cesar con su martirio la persecución. Podemos decir que todos los acontecimientos que le precedieron no tuvieron otro fin que mostrarnos nuevamente el propio martirio del Señor, tal como nos relata el Evangelio. Policarpo, en efecto, esperó a ser entregado, como lo hizo también el Señor, a fin de que también nosotros le imitemos, no mirando solo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos (Ph 2,4). Porque es obra de verdadera y sólida caridad no buscar solo la propia salvación, sino también la de todos los hermanos (...).

        Sabiendo que habían llegado sus perseguidores, bajó y se puso a conversar con ellos. Se quedaron maravillados al ver la edad avanzada y su enorme serenidad, y no se explicaban todo aquel aparato y afán para prender a un anciano como él. Al momento, Policarpo dio órdenes de que se les sirviera de comer y de beber cuanto apetecieran, y les rogó, por su parte, que le concedieran una hora para orar tranquilamente. Se lo permitieron y, puesto en pie, se puso a orar tan lleno de gracia de Dios, que por espacio de dos horas no le fue posible callar. Todos los que le oían estaban maravillados, y muchos sentían remordimientos de haber venido a prender a un anciano tan santo.

        Una vez terminada su oración, después de haber hecho en ella memoria de cuantos en su vida habían tenido trato con él, lo montaron sobre un pollino y así le condujeron a la ciudad, día que era de gran sábado. Por el camino se encontraron al jefe de policía Herodes, y a su padre Nicetas, que lo hicieron montar en su carro y sentándose a su lado, trataban de persuadirle, diciendo: "¿Pero qué inconveniente hay en decir: César es el Señor, y sacrificar y cumplir los demás ritos y con ello salvar la vida?"

        Policarpo, al principio, no les contestó nada; pero como volvieron a preguntar de nuevo, les dijo finalmente: "No tengo intención de hacer lo que me aconsejáis". Ellos, al ver su fracaso de intentar convencerle por las buenas, comenzaron a proferir palabras injuriosas y le hicieron bajar tan precipitadamente del carro, que se hirió en la espinilla. Sin embargo, sin hacer el menor caso, como si nada hubiera pasado, comenzó a caminar a pie animosamente, conducido al estadio, en el que reinaba tan gran tumulto que era imposible entender a alguien.

        En el mismo momento que Policarpo entraba en el estadio, una voz sobrevino del cielo y le dijo: "ten buen ánimo, Policarpo, y pórtate varonilmente". Nadie vio al que dijo esto; pero la voz la oyeron los que de los nuestros se hallaban presentes. Seguidamente, mientras lo conducían hacia el tribunal, se levantó un gran tumulto al correrse la voz de que habían prendido a Policarpo.

        Al llegar a presencia del procónsul, le pregunto si él era Policarpo. Respondiendo afirmativamente el mártir, el procónsul trataba de persuadirle para que renegase de la fe, diciéndole: "Ten consideración a tu avanzada edad", y otras cosas por el estilo, según tienen por costumbre, como: "Jura por el genio del César; muda de modo de pensar; grita: ¡Mueran los ateos!".

        A estas palabras, Policarpo, mirando con grave rostro a toda la muchedumbre de paganos que llenaban el estadio, tendiendo hacia ellos la mano, dando un suspiro y alzando sus ojos al cielo, dijo:

-Sí, ¡mueran los ateos!

-Jura y te pongo en libertad. Maldice de Cristo.

Entonces Policarpo dijo:

-Ochenta y seis años hace que le sirvo y ningún daño he recibido de Él; ¿cómo puedo maldecir de mi Rey, que me ha salvado?

Nuevamente insistió el procónsul, diciendo:

-Jura por el genio del César.

Respondió Policarpo:

-Si tienes por punto de honor hacerme jurar por el genio, como tú dices, del César, y finges ignorar quién soy yo, óyelo con toda claridad: yo soy cristiano. Y si tienes interés en saber en qué consiste el cristianismo, dame un día de tregua y escúchame.

Respondió el procónsul:

-Convence al pueblo.

Y Policarpo dijo:

-A ti te considero digno de escuchar mi explicación, pues nosotros profesamos una doctrina que nos manda tributar el honor debido a los magistrados y autoridades, que están establecidas por Dios, mientras ello no vaya en detrimento de nuestra conciencia; mas a ese populacho no le considero digno de oír mi defensa.

Dijo el procónsul:

-Tengo fieras a las que te voy a arrojar, si no cambias de parecer.

Respondió Policarpo:

-Puedes traerlas, pues un cambio de sentir de lo bueno a lo malo, nosotros no podemos admitirlo. Lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo.

Volvió a insistirle:

-Te haré consumir por el fuego, ya que menosprecias las fieras, como no mudes de opinión.

Y Policarpo dijo:

-Me amenazas con un fuego que arde por un momento y al poco rato se apaga. Bien se ve que desconoces el fuego del juicio venidero y del eterno suplicio que está reservado a los impíos. Pero, en fin, ¿a qué tardas? Trae lo que quieras (...).

Enseguida fueron colocados en torno a él todos los instrumentos preparados para la pira y como se acercaban también con la intención de clavarle en un poste, dijo:

-Dejadme tal como estoy, pues el que me da fuerza para soportar el fuego, me la dará también, sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos, para permanecer inmóvil en la hoguera.

Así pues, no le clavaron, sino que se contentaron con atarle. Él entonces, con las manos atrás y atado como un cordero egregio, escogido de entre un gran rebaño preparado para el holocausto aceptó a Dios, levantando sus ojos al cielo dijo:

-Señor Dios omnipotente, Padre de tu amado y bendecido siervo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de Ti, Dios de los ángeles y de las potestades, de toda la creación y de toda la casta de los justos, que viven en presencia tuya:

Yo te bendigo, porque me tuviste por digno de esta hora, a fin de tomar parte, contado entre tus mártires, en el cáliz de Cristo para resurrección de eterna vida, en alma y cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo.

¡Sea yo con ellos recibido hoy en tu presencia, en sacrificio pingüe y aceptable, conforme de antemano me lo preparaste y me lo revelaste y ahora lo has cumplido, Tu, el infalible y verdadero Dios!

Por lo tanto, yo te alabo por todas las cosas, te bendigo y te glorifico, por mediación del eterno y celeste Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu siervo amado, por el cual sea gloria a Ti con el Espíritu Santo, ahora y en los siglos por venir. Amén.

        Apenas concluida su suplica, los ministros de la pira prendieron fuego a la leña. Y levantándose una gran llamarada, vimos un gran prodigio aquellos a quienes fue dado verlo; aquellos que hemos sobrevivido para poder contar a los demás lo sucedido. El fuego, formando una especie de bóveda, rodeó por todos lados el cuerpo del mártir como una muralla, y estaba en medio de la llama no como carne que se abrasa, sino como pan que se cuece o como el oro y la plata que se acendra al horno. Percibíamos un perfume tan intenso como si se levantase una nube de incienso o de cualquier otro aroma precioso.

        Viendo los impíos que el cuerpo de Policarpo no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al verdugo para que le diese el golpe de gracia, hundiéndole un puñal en el pecho. Se cumplió la orden y brotó de la herida tal cantidad de sangre que apago el fuego de la pira, y el gentío quedo pasmado de que hubiera tal diferencia entre la muerte de los infieles y la de los escogidos.

        Al número de estos elegidos pertenece Policarpo, varón admirable, maestro en nuestros tiempos, con Espíritu de apóstol y profeta; obispo, en fin, de la Iglesia católica de Esmirna. Toda palabra que salió de su boca, o ha tenido ya cumplimiento o lo tendrá con certeza.

        Pero el maligno... dispuso las cosas de modo que no nos fuera dejado su cuerpo, aunque muchos eran los que deseaban apoderarse de sus santos restos. En efecto, Nietas... fue a suplicar al gobernador que no se nos diera el cadáver, diciendo: No vaya a suceder que abandonen al crucificado y empiecen a adorar a éste. Esto era una sugerencia de los judíos, quienes insistían en ello y aun montaron una guardia cuando nosotros fuimos a recogerlo de la pira. Ignoraban que nosotros ni jamás podremos abandonar a Cristo, que padeció por la salvación del mundo entero de los que se salvan, él inocente, por nosotros, pecadores, ni jamás daremos culto a otro alguno. Porque a él le adoramos porque es hijo de Dios, mientras que a los mártires les tributamos un justo homenaje de afecto como a discípulos e imitadores del Señor, a causa del amor insuperable que mostraron por su rey y maestro. ¡Ojala que nosotros pudiéramos también acompañarles y llegar a ser discípulos con ellos!

        Así pues, el centurión, viendo la porfía de los judíos, hizo colocar el cadáver en el centro y lo hizo quemar, a la manera como ellos suelen hacerlo. Así nosotros más tarde pudimos recoger sus huesos, más valiosos que las piedras preciosas y más estimables que el oro, y los colocamos en lugar adecuado. Allí, nos concederá el Señor celebrar el natalicio de su martirio, reuniéndonos todos en cuanto nos sea posible con júbilo y alegría, para celebrar la memoria de los que ya terminaron su combate, y para ejercerlo y preparación de los que aun han de combatir...

 

 

CARTA A LOS FILIPENSES

Saludo
La fe en Jesucristo
Fe, esperanza y caridad
Que todos llevéis una vida digna de la fe que profesáis
Los presbíteros
Advertencia contra el docetismo
Esperanza y paciencia
Caridad fraterna
El caso de Valente
Recomendaciones finales
Despedida


Saludo

        Policarpo y los presbíteros que están con él, a la Iglesia de Dios que habita como extranjera en Filipos: que la misericordia y la paz les sean dadas en plenitud por Dios todopoderoso y Jesucristo nuestro Salvador. (1)


La fe en Jesucristo

        Me alegré mucho con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, cuando recibisteis a las imágenes de la verdadera caridad, y acompañasteis, como debían hacerlo, a aquellos que estaban encadenados por ataduras dignas de los santos, que son las diademas de quienes han sido verdaderamente elegidos por Dios nuestro Señor. 22(2)

        Y me alegré de que la raíz vigorosa de su fe, de la que se habla desde tiempos antiguos, permanece hasta ahora y da frutos en nuestro Señor Jesucristo, que acepto por nuestros pecados llegar hasta la muerte; y Dios lo resucito librándolo de los sufrimientos del infierno. (3)

        Sin verlo, vosotros creísteis en él, con un gozo inefable y glorioso (1P 1,8) al cual muchos desean llegar, y vosotros  sabéis que han sido salvados por gracia, no por sus obras, sino por la voluntad de Dios por Jesucristo.

        Por tanto, ceñíos vuestras cinturas y servid a Dios en el temor y la verdad (1P 1,13; ver 1P 2,11) dejando a un lado las palabras falsas y el error de la multitud, creyendo en Aquel que ha resucitado a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos, y le ha dado la gloria (1P 1,21), y un trono a su derecha (4).

        A él le está todo sometido, en el cielo y sobre la tierra (ver Ph 2,10 Ph 3,21); a él le obedece todo lo que respira, él vendrá a juzgar a vivos y muertos (Ac 10,42), y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no aceptan creer en él. Aquel que lo ha resucitado de entre los muertos, también nos resucitará a nosotros (2Co 4,14), si hacemos su voluntad y caminamos en sus mandamientos, y si amamos lo que él amó, absteniéndonos de toda injusticia, arrogancia, amor al dinero, murmuración, falso testimonio, no devolviendo mal por mal, injuria por injuria (1P 3,9), golpe por golpe, maldición por maldición, acordándonos de lo que nos ha ensenado el Señor, que dice: "No juzgéis, para no ser juzgados; perdonad y se os perdonará; haced misericordia para recibir misericordia; la medida con que midáis se usará también con vosotros, y bienaventurados los pobres y los que son perseguidos por la justicia, porque de ellos es el reino de Dios(5).

 

Fe, esperanza y caridad

        No es por mí mismo, hermanos, que os escribo esto sobre la justicia, sino porque vosotros  primero me invitasteis. Porque ni yo, ni otro como yo, podemos acercarnos a la sabiduría del bienaventurado y glorioso Pablo, que estando entre vosotros, hablándoos cara a cara a los hombres de entonces (sobre el asunto de la predicación de Pablo en Filipos, ver Ac 16,12-40), enseñó con exactitud y con fuerza la palabra de verdad, y luego de su partida os escribió una carta; si la estudiáis atentamente podréis crecer en la fe que les ha sido dada; ella es la madre de todos nosotros, seguida de la esperanza y precedida del amor por Dios, por Cristo y por el prójimo. El que permanece en estas virtudes ha cumplido los mandamientos de la justicia; pues el que tiene la caridad está lejos de todo pecado (6).



Que todos llevéis una vida digna de la fe que profesáis

        El principio de todos los males es el amor al dinero (7) Sabiendo, por tanto, que nada hemos traído al mundo y que no nos podremos llevar nada (1Tm 6,7), revistámonos con las armas de la justicia (ver 2Co 6,7), y aprendamos primero nosotros mismos a caminar en los mandamientos del Señor.

        Después, enseñad a sus mujeres a caminar en la fe que les ha sido dada, en la caridad, en la pureza, a amar a sus maridos con toda fidelidad, a amar a todos los otros igualmente con toda castidad y a educar a sus hijos en el conocimiento del temor de Dios (8).

        Que las viudas sean sabias en la fe del Señor, que intercedan sin cesar por todos, que estén lejos de toda calumnia, murmuración, falso testimonio, amor al dinero y de todo mal; sabiendo que son el altar de Dios, que Él examinara todo y que nada se le oculta de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos, de los secretos de nuestro corazón (ver 1Co 14,25) (9).

        Sabiendo que de Dios nadie se burla (Ga 6,7), debemos caminar de una forma digna de sus mandamientos y de su gloria.

        Igualmente que los diáconos sean irreprochables delante de su justicia, como servidores de Dios y de Cristo, y no de los hombres: ni calumnia, ni doblez, ni amor al dinero; sino castos en todas las cosas, misericordiosos, solícitos, caminando según la verdad del Señor que se ha hecho el servidor de todos (10). Si le somos agradables en el tiempo presente, Él nos dará a cambio el tiempo venidero, puesto que nos ha prometido resucitarnos de entre los muertos y que, si nuestra conducta es digna de Él, también reinaremos con Él (2Tm 2,12), si al menos tenemos fe.

        Del mismo modo, que los jóvenes sean irreprochables en todo, velando ante todo por la pureza, refrenando todo mal que esté en ellos. Porque es bueno cortar los deseos de este mundo, pues todos los deseos combaten contra el Espíritu (ver 1P 2,11), y ni los fornicadores, ni los afeminados, ni los sodomitas tendrán parte en el reino de Dios (ver 1Co 6,9-10), ni aquellos que hacen el mal. Por eso deben abstenerse de todo esto y estar sometidos a los presbíteros y a los diáconos como a Dios y a Cristo (11).

        Las vírgenes deben caminar con una conciencia irreprensible y pura.

Los presbíteros

        También los presbíteros deben ser misericordiosos, compasivos con todos; que devuelvan al recto camino a los descarriados, que visiten a todos los enfermos, sin olvidar a la viuda, al huérfano, al pobre, sino pensando siempre en hacer el bien delante de Dios y de los hombres (12). Que se abstengan de toda cólera, acepción de personas, juicio injusto; que estén alejados del amor al dinero, que no piensen mal rápidamente de alguien, que no sean duros en sus juicios, sabiendo que todos somos deudores del pecado.

        Si pedimos al Señor que nos perdone, también nosotros debemos perdonar, pues estamos ante los ojos de nuestro Señor y Dios, y todos deberemos comparecer ante el tribunal de Cristo, y cada uno deberá dar cuenta de sí mismo (ver Rm 14,10-12).

        Por tanto, sirvámosle con temor y mucha circunspección, conforme él nos lo ha mandado, al igual que los Apóstoles que nos han predicado el Evangelio y los profetas que nos anunciaron la venida de nuestro Señor. Seamos celosos para lo bueno, evitemos los escándalos, los falsos hermanos y los que llevan con hipocresía el nombre del Señor, haciendo errar a los cabezas huecas (kenoys anthropoys, literalmente: hombres vacíos).



Advertencia contra el docetismo

        Todo, en efecto, el que no confiesa que Jesucristo vino en la carne es un anticristo, y el que no acepta el testimonio de la cruz es del diablo, y el que tergiversa las palabras del Señor según sus propios deseos y niega la resurrección y el juicio, ése es el primogénito de Satanás (13).

        Por eso, abandonemos los vanos discursos de las multitudes y las falsas doctrinas, y volvamos a la enseñanza que nos ha sido transmitida desde el principio. Permaneciendo sobrios para la oración (ver 1P 4,7), constantes en los ayunos, suplicando en nuestras oraciones a Dios, que lo ve todo, que no nos introduzca en la tentación (Mt 6,13), pues el Señor ha dicho: El Espíritu está dispuesto, pero la carne es débil (Mt 26,41).
 


Esperanza y paciencia

        Perseveremos constantemente en nuestra esperanza (14) y en las primicias de nuestra justicia, que es Jesucristo, que llevo al madero nuestros pecados en su propio cuerpo (ver 1P 2,24), él, que no había cometido pecado, en quien no se había encontrado falsedad en su boca (1P 2,22). Pero por nosotros, para que nosotros viviéramos en él, lo soporto todo.

        Seamos, pues, los imitadores de su paciencia, y si sufrimos por su nombre, glorifiquémoslo. Porque éste es el ejemplo que él nos ha dado en sí mismo, y esto es lo que nosotros hemos creído (ver 1P 4,16 1P 2,21).

        Os exhorto a todos a obedecer a la palabra de justicia, y a perseverar con toda paciencia, la que habéis visto con sus ojos no solo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en otros de entre vosotros, en Pablo mismo y en los demás Apóstoles. Convencidos de que todos éstos no han corrido en vano (Ga 2,2 Ph 2,16), sino en la fe y la justicia, y que están en el lugar que les corresponde junto al Señor con los que han sufrido. Ellos no amaron este siglo presente (ver 2Tm 4,10), sino a aquel que murió por nosotros y que Dios resucito por nosotros.



Caridad fraterna (A partir de este capítulo no tenemos el texto griego de la carta, sino una antigua versión latina)

        Permaneced, por tanto, en estos (sentimientos) e imitad el ejemplo del Señor, firmes e inconmovibles en la fe, amando a los hermanos, amándose unos a otros, unidos en la verdad, teniéndose paciencia unos a otros con la mansedumbre del Señor, no despreciando a nadie (15).

        Cuando podéis hacer el bien, no lo posterguéis, pues la limosna libera de la muerte (Tb 12,9). Todos vosotros  estad sometidos los unos a los otros, teniendo una conducta irreprensible entre los paganos, para que por vuestras buenas obras (también) recibáis la alabanza y el Señor no sea blasfemado por causa de vosotros (ver 1P 2,12). Pero pobre de aquel por quien sea blasfemado el nombre del Señor (ver Is 52,5). Enseñad, pues, a todos la sobriedad en la que vivís vosotros mismos (16).
 


El caso de Valente (17)

        Estoy muy apenado por Valente, que fue presbítero por algún tiempo entre vosotros, (al ver) que ignora hasta tal punto el cargo que se le había dado. Por tanto, os advierto que os abstengáis de la avaricia y que seáis castos y veraces. Absteneos de todo mal. Quien no se puede gobernar a sí mismo en esto, ¿cómo puede enseñarlo a los otros? Si alguno no se abstiene de la avaricia, se dejara manchar por la idolatría y será contado entre los paganos que ignoran el juicio del Señor (ver Jr 5,4). ¿O acaso ignoramos que los santos juzgaran al mundo, como lo enseña Pablo? (ver 1Co 6,2).

        Yo no oí ni vi nada semejante en vosotros, entre quienes trabajó el bienaventurado Pablo, vosotros que estáis al comienzo de su epístola (18). De vosotros, en efecto, él se gloría delante de todas las iglesias (ver 2Th 1,4), las únicas que entonces conocían a Dios, puesto que nosotros todavía no lo conocíamos (19).

        Así, pues, hermanos, estoy muy triste por él y por su esposa, a ellos les conceda el Señor la penitencia verdadera (ver 2Tm 2,25). Vosotros sed sobrios, también en esto, y no los consideréis como a enemigos (ver 2Th 3,15), sino que volváis a llamarlos como a miembros sufrientes y extraviados. Haciendo esto os construís a vosotros mismos (20).
 


Recomendaciones finales

        Confío en que estáis bien ejercitados en las santas Escrituras, y que nada ignoráis. Yo, por mi parte, no tengo este don. Ahora (os digo), como está dicho en las Escrituras: Enojaos y no pequéis, y que el sol no se ponga sobre vuestra ira (Ps 4,5). Feliz quien se acuerda. Creo que sucede así con vosotros
.
        Que Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y él mismo, el pontífice eterno, el Hijo de Dios, Jesucristo (ver He 6,20 He 7,13), os edifiquen en la fe y en la verdad, en toda mansedumbre, sin cólera, en paciencia y en magnanimidad, en tolerancia y en castidad. Y os dé parte en la herencia de sus santos (21), y a nosotros con vosotros, y a todos los que están bajo el cielo, que creen en nuestro Señor Jesucristo y en su Padre, que lo resucitó de entre los muertos.

        Orad por todos los santos. Orad también por los reyes, por las autoridades y los príncipes, por los que os persiguen y os odian, y por los enemigos de la cruz (ver Mt 5,44 1Tm 2,2 Jn 15,16 1Tm 4,15 1Tm 1,4 Col 2,10 Col 3,18); de modo que su fruto sea manifiesto para todos, y vosotros seáis perfectos en él.

        Un trozo de la primera carta a los Filipenses (Del capítulo 13 se conserva el texto griego merced a Eusebio de Cesarea, HE III,36,14-15. P. N. Harrison, Polycarp's two Epistles to the Philippians, Cambridge,1936, separó todo este capítulo 13, considerándolo una esquela de Policarpo respondiendo a una carta de los Filipenses. El resto de la actual epístola (caps. 1-12.14) sería una carta de consejo y exhortación escrita más tarde (según Harrison mucho más tarde). Tendríamos, por tanto, dos epístolas de Policarpo, las cuales habrían sido reunidas en una sola ya antes de Eusebio de Cesarea. En la actualidad los especialistas aceptan la hipótesis de Harrison, pero señalan que la segunda carta (la "larga") debe colocarse en una fecha muy próxima a la primera (la "breve").

        Vosotros e Ignacio me habéis escrito, para que si alguien va a Siria también lleve vuestra carta  Lo haré, si encuentro una ocasión favorable, sea yo mismo, sea aquel que enviaré para que nos represente. (Ignacio de Antioquía le había pedido a Policarpo que enviase un mensajero a Antioquía, a fin de llevarles a los cristianos sus felicitaciones y animándolos (ver Ep. a Policarpo 7,2; 8,1). La comunidad de Filipos, según parece, les había escrito a los Antioquenos con idéntica finalidad. Policarpo responde con esta primera carta.)

        Conforme me lo pedisteis, os mandamos las cartas de Ignacio, las que él nos envió y todas las demás que tenemos entre nosotros. Ellas van unidas a la presente carta, y vosotros podréis obtener gran provecho; porque ellas contienen fe, paciencia y toda edificación relacionada con nuestro Señor. Hacednos saber lo que sepáis con certeza del mismo Ignacio y de sus compañeros. ("Os mandamos las cartas de Ignacio." Esta frase parece indicar que, con mucha probabilidad, muy pronto se formó un corpus de las cartas de Ignacio. Policarpo no tenía dificultad en reunir todas las epístolas de Ignacio a las iglesias de Asia. Esto permite conjeturar que no formaba parte del corpus la carta a los Romanos, que ha sido transmitida de forma independiente. - Desde "Hacednos saber..." el texto solo se conserva en latín. "Ignacio y sus compañeros" es la traducción de "qui cum eo sunt").
 


Despedida

(A partir de este capítulo se retoma el texto, en su versión latina, de la segunda carta. Crescente no es el secretario de Policarpo, sino el portador de la carta (ver Ignacio de Antioquía, Rom 10,1; Filad. 11,2; Esmir. 12,1)).

        Os escribo esto por Crescente, a quien recientemente os recomendé y ahora (de nuevo) os recomiendo. Se ha conducido entre nosotros de forma irreprochable; y creo que lo hará entre vosotros de la misma manera. También os recomiendo su hermana, cuando ella llegue entre vosotros. Sed perfectos en el Señor Jesucristo, y en su gracia con todos los suyos. Amén. (También se Podría traducir, esta última frase, por "Compórtense bien en el Señor Jesucristo" (Incolumes estote in domino Iesu Christo)).

1. EUSEBIO, Historia Eclesiástica, quería. 20,3-8.

Notas

(1) 1 Sobre el tema de la "Iglesia de Dios que habita como extranjera" (o peregrina; paroiken), ver Gn 12,10 Gn 17,10 Lc 24,28 Ep 2,19 He 11,9-10,13. Las diademas de los santos son las cadenas, sufrimientos y persecuciones que sufren por confesar su fe en Jesucristo. Ver Ignacio de Antioquía, Ep. a los Efesios 11,2.

(2) IRENEO, Adversus Haereses, III,3,4.

(3) Ac 2,24. Los pasajes subrayados indican una cita más literal de un texto de la Escritura. Pero el lector no debería centrar su atención solamente en las palabras subrayadas, sino más bien en todo el conjunto dentro del cual se inserta el pasaje, y su resonancia particularmente con las epístolas del NT.

(4) Aquí el vocablo multitud se refiere evidentemente a los no cristianos, particularmente a la multitud de los paganos, a los que Policarpo asocia los herejes con sus vanas especulaciones seductoras. (Ver 1Tm 1,6 Tt 3,9)

(5) Policarpo combina varias reminiscencias evangélicas, si es que se puede hablar así: Mt 7,1 Lc 6,37 Mt 5,7 Lc 6,38 Mt 5,3.

(6) No debe leerse este pasaje como si Policarpo estableciese una relación teológica entre las virtudes teologales, más bien apunta a poner de relieve su dignidad; ver 1Co 13,14

(7) Ver 1Tm 6,10. La reacción fuerte de Policarpo contra la avaricia, como un vicio totalmente opuesto al Espíritu del Evangelio, es uno de los temas principales de la carta. Puede tomarse como punto de partida para una reflexión sobre la cuestión en la Iglesia de nuestros días.

(8) El párrafo entero parece inspirarse en ciertas exhortaciones paulinas; ver Ep 5,21 Ep 6,4 Col 3,18, entre otras. Ver asimismo 1Co 1,3 1Co 21,6ss.

(9) Para el tema de las viudas en la Iglesia primitiva ver 1Tm 5,13-16 Tt 2,3-4; Tertuliano llegara a decir que ellas son "aram Dei mundam", Ad uxorem 1,7

(10) Para los diáconos, ver 1Tm 3,8-13. Sobre Cristo servidor de todos, ver Mt 20,28. Ignacio de Antioquía se refiere a menudo a los diáconos en sus cartas (ver Magn. 6,1; Trall. 2,3; Esmir. 10,1).

(11) Para los diáconos, ver 1Tm 3,8-13. Sobre Cristo servidor de todos, ver Mt 20,28. Ignacio de Antioquía se refiere a menudo a los diáconos en sus cartas (ver Magn. 6,1; Trall. 2,3; Esmir. 10,1).

(12).Ver Pr 3,4 Rm 12,17 2Co 8,21. La teología pastoral-moral que expone Policarpo tiene mucha similitud con la que hallamos en 1Tm 3,2-7 Tt 1,6-9, e Ignacio de Antioquía, Ep. a Policarpo 4-5.

(13) Ver 1Jn 4,2-3. Los docetistas negaban la realidad de la carne de Cristo; por tanto, no admitían su pasión y resurrección, haciendo así vano el testimonio de la cruz (ver 1Jn 5,6-8 Jn 19-20; Ignacio de Antioquía, Mag. 11; Trall. 9-11; Esmir. 1-7).

(14) Cristo nuestra esperanza: ver 1Tm 1,1 Col 1,27; Ignacio de Antioquía, Ef. 1,2; 21,2; Mag. 11; Flp. 11,2.

(15) En este párrafo (X,1) Policarpo combina varios pasajes del NT: Col 1,23 1Co 15,58 1P 2,17 1P 3,8 1P 5,9 Jn 13,34 Rm 13,8.

(16) Sobriedad (sobrietas, sophrosynè): comprende también la salud Espiritual, el sentido común y la moderación, junto con el control de los sentidos, la templanza y la castidad. Ver Rm 12,3 Rm 1 (s"phrosynè unida a la fe, caridad y santidad). Ver asimismo Ignacio de Antioquía, Ef. 10,3 (la une a la pureza).

(17) De este presbítero solo conocemos aquello que nos dice Policarpo: arrastrado por la avaricia, el amor al dinero, se vio envuelto en una falta grave que le significo la destitución de su ministerio. Sobre la avaricia como una forma de idolatría y una suerte de impureza, ver Ef 5,5; Col 3,5.

(18) Estas palabras, de las que no tenemos el texto griego, son poco claras, y de difícil explicación. Se han presentado tres soluciones: 1) leer evangelio en vez de epístola: los Filipenses son las primicias de la predicación del evangelio en Grecia (ver Ph 4,15); 2) a partir de 2Co 3,2, comprender que los Filipenses fueron, desde el inicio, la carta de recomendación de Pablo; 3) suponer una errónea traducción del griego y leer: "vosotros fuisteis alabados por Pablo al inicio de la carta que él os escribió" (ver Ph 1,3-9).

(19) El evangelio fue predicado en Esmirna después de la conversión de los Filipenses. La primera mención de Esmirna, en campo cristiano, la hallamos en Ap 2,8.

(20) Idéntica actitud hacia los pecadores manifiesta Ignacio de Antioquía, Ef. 10,1-3. Sobre la Iglesia como cuerpo viviente que se construye por medio del crecimiento de cada uno de sus miembros, ver Ep 4,15-16 Col 2,19; Ignacio de Antioquía, Esmir. 11.

(21) Ver Col 12,12 Ac 8,21. Los santos son los cristianos. Se trata de un término heredado del AT (ver, por ejemplo, Ex 19,6), y que aparece con bastante frecuencia en el NT (ver 1Co 6,1 2Co 1,1 Ep 2,19 Ep 3,8 Ph 4,22). Junto con hermanos, creyentes, discípulos, se convertirá en un nombre propio para designar a los cristianos (ver Ignacio de Antioquía, Magn. 4,1).

 

APOLOGÍA DE ARÍSTIDES

Historia

Texto

        Arístides escribió una Apología dirigida al emperador Adriano, o tal vez a su sucesor, Antonino Pio, hacia la mitad del siglo II. Su estilo y su pensamiento son de gran simplicidad. Los hombres se dividen en tres "géneros", los paganos, los judíos y los cristianos; Arístides se ocupa en mostrar la superioridad doctrinal y moral de los cristianos sobre todos los demás. La obra nos ha llegado a través de traducciones armenia y siríaca, y también, aunque algo fragmentariamente, en su texto original griego, incorporado a otras obras de la literatura patrística posterior.

 

APOLOGÍA DE ARÍSTIDES

        Yo, ¡oh rey!, por providencia de Dios, vine a este mundo y, habiendo contemplado el cielo y la tierra y el mar, el sol y la luna y lo demás, me quedé maravillado de su orden. Pero, viendo que el mundo y todo cuanto en él hay se mueve por necesidad, entendí que el que lo mueve y lo mantiene es más fuerte que lo mantenido. Digo, pues, ser Dios, el mismo que lo ha ordenado todo y lo mantiene fuertemente asido, sin principio y eterno, inmortal y sin necesidades, por encima de todas las pasiones y defectos, de la ira y del olvido y de la ignorancia y de todo lo demás; por El, empero, subsiste todo. No necesita de sacrificio ni de libación ni de nada de cuanto aparece; todos, empero, necesitan de Él.

        Dichas estas cosas acerca de Dios, tal como yo he alcanzado a hablar sobre El, pasemos también al género humano, para ver quiénes de entre los hombres participan de la verdad y quienes del error. Porque para nosotros es evidente, ¡oh rey, que hay tres géneros de hombres en este mundo: los adoradores de los que entre vosotros llamáis dioses, los judíos y los cristianos; y a su vez, los que veneran a muchos dioses se dividen también en tres géneros: los caldeos, los griegos y los egipcios, porque éstos fueron los guías y maestros de las demás naciones en el culto y adoración de los dioses de muchos hombres.

        Veamos, pues, quienes de éstos participan de la verdad y quienes del error. Los caldeos, en efecto, por no conocer a Dios, se extraviaron tras los elementos y empezaron a adorar a las criaturas en lugar de Aquel que los había creado. Y haciendo de aquellos ciertas representaciones, los llamaron imágenes del cielo y de la tierra y del sol y de la luna y de los demás elementos o luminares: y, encerrándolos en templos, los adoran, dándoles nombre de dioses, y los guardan con toda seguridad para que no sean robados por ladrones, sin caer en la cuenta que lo que guarda es mayor que lo guardado, y el que hace, mayor que su propia obra. Porque si los dioses de ellos son impotentes para su propia salvación, ¿cómo podrán dar la salvación a otros? Luego, se extraviaron los caldeos, dando culto a imágenes muertas e inútiles.

        Y se me ocurre maravillarme, ¡oh rey!, como los llamados entre ellos filósofos no comprendieron en absoluto que también los mismos elementos son corruptibles. Si, pues, los elementos son corruptibles y sometidos por necesidad, ¿cómo son dioses? Y si los elementos no son dioses, ¿cómo lo son las imágenes hechas en honor de aquellos?

        Pasemos, pues, ¡oh rey!, a los elementos mismos, para demostrar que no son dioses, sino corruptibles y mudables, sacados de la nada por mandato del Dios verdadero, el que es incorruptible, inmutable e invisible, pero El todo lo ve, y todo lo cambia y transforma como quiere. ¿Qué digo, pues, acerca de los elementos?

        Los que creen que la tierra es diosa, se equivocan, pues la vemos injuriada y dominada por los hombres, cavada y ensuciada y que se vuelve inútil. Porque si se la cuece se convierte en muerta, pues de una teja nada nace. Además, si se la riega demasiado, se corrompe lo mismo ella que sus frutos. Es también pisada por los hombres y por los otros animales, se mancha de la sangre de los asesinatos, es cavada y se llena de cadáveres y se convierte en depósito de muertos. Siendo esto así, no es posible que la tierra sea diosa, sino obra de Dios para utilidad de los hombres.

        Los que piensan que el agua es Dios, yerran, pues también ella fue hecha para utilidad de los hombres y es por ellos dominada; se mancha y se corrompe, y se cambia al hervir y se muda en colores y se congela por el frío. Y es conducida para el lavado de todas las inmundicias. Por eso, imposible que el agua sea Dios, sino obra de Dios.

        Los que creen que el fuego es Dios, se equivocan; porque el fuego fue hecho para utilidad de los hombres, y es dominado por ellos, al llevarle de un lugar a otro para conocimiento y asación de toda clase de carnes y hasta para la cremación de los cadáveres. Se corrompe además y de muchos modos al ser apagado por los hombres. Por eso, no es posible que el fuego sea Dios, sino obra de Dios.

        Los que creen que el soplo de los vientos es Dios, se equivocan, pues es evidente que está al servicio de otro y que ha sido preparado por Dios en gracia a los hombres para mover las naves y transportar los alimentos y para sus demás necesidades. Además crece y cesa en ordenación de Dios. Por tanto, no es posible pensar que el viento es Dios, sino obra de Dios.

        Los que creen que el sol es Dios, se equivocan, pues vemos que se mueve por necesidad y que cambia y que pasa de signo, poniéndose y saliendo, para calentar las plantas y las hierbas en utilidad de los hombres. Vemos también que tiene divisiones con los demás astros, que es mucho menor que el cielo, que sufre eclipses de luz y que no goza de autonomía alguna. Por eso, no es posible pensar que el sol sea Dios, sino obra de Dios.

        Los que piensan que la luna es diosa, se equivocan, pues vemos que se mueve por necesidad y que pasa de signo en signo, poniéndose y saliendo para utilidad de los hombres, que es menor que el sol, que crece y mengua y sufre eclipses. Por eso, no es posible pensar que la luna sea diosa, sino obra de Dios.

        Los que creen que el hombre es Dios, yerran; pues vemos que es concebido por necesidad y que se alimenta y envejece aun contra su voluntad. Unas veces está alegre, otras triste, y necesita de comida y bebida y vestidos. Vemos además que es iracundo y envidioso y codicioso, que cambia en sus propósitos y tiene mil defectos. Se corrompe también de muchos modos por obra de los elementos y de los animales y de la muerte, que le está impuesta. No es, pues, admisible que el hombre sea Dios, sino obra de Dios.

        Se extraviaron, pues, los caldeos en pos de sus concupiscencias, pues adoran a los elementos corruptibles y a las imágenes muertas y no se dan cuenta de que las divinizan.

        Vengamos, pues, también a los griegos, para ver si tienen alguna idea sobre Dios. Ahora bien, los griegos, que dicen ser sabios, se mostraron más necios que los caldeos, introduciendo muchedumbre de dioses que nacieron, unos ¿cómo, otros hembras, esclavos de todas las pasiones y obradores de toda especie de iniquidades; dioses, de quienes ellos mismos contaron haber sido adúlteros y asesinos, iracundos y envidiosos y rencorosos, parricidas y fratricidas, ladrones y rapaces, cojos y jorobados, y hechiceros y locos. De ellos unos murieron, otros fueron fulminados, otros sirvieron a los hombres como esclavos, otros anduvieron fugitivos, otros se golpearon de dolor y se lamentaron, otros se transformaron en animales.

        Por donde se ve, ¡oh rey!, cuan ridículas y necias e impías palabras introdujeron los griegos al dar nombre de dioses a seres tales, que no lo son, lo que hicieron siguiendo sus malos deseos, a fin de que, teniendo a aquellos por abogados de su maldad, pudieran ellos entregarse al adulterio, a la rapiña, al asesinato y a toda clase de vicios. Porque si todo eso lo hicieron los dioses, como no habrán de hacerlo también los hombres que les dan culto? Consecuencia, pues, de todas estas obras del error fue que los hombres sufrieron guerras continuas y matanzas y amargas cautividades.

        Mas si queremos ir recorriendo con nuestro discurso cada uno de sus dioses, veras absurdos sin cuento. De este modo, introducen antes que todo un dios Crono, y a este le sacrifican sus propios hijos. Crono tuvo muchos hijos de Rea y, finalmente volviéndose loco, se come a sus propios hijos. Dicen también que Zeus le cortó las partes viriles y las arrojo al mar, de donde se cuenta que nació Afrodita. Atando, pues, Zeus a su propio padre, lo arrojo al Tártaro.

        ¿Ves el extravió e imprudencia que introducen contra su propio Dios? Conque es admisible que Dios sea atado y mutilado? ¡Oh insensatez! Quien, en su sano juicio, puede decir tales cosas?

        El segundo introducen a Zeus, de quien dicen que es rey de todos sus dioses y que toma la forma de animales para unirse con mujeres mortales. Y, en efecto, cuentan que se transforma en toro para Europa y Pasifae; en oro para Dánae, en cisne para Leda; en sátiro para Antíope, y en rayo para Smele, y que luego de estas le nacieron muchos hijos: Dionisio, Zeto, Anfin, Heracles, Apolo y Artemisa, Perseo, Castor, Helena y Pólux, Minos, Radamante, Sarpedn y las siete hijas que llamaron musas. Luego igualmente introducen la fabula de Ganimedes. Sucedió, pues, !oh rey!, que los hombres imitaron todo esto y se hicieron adúlteros y pervertidos e, imitando a su dios, cometieron toda clase de actos viciosos. ¿Cómo, pues, es concebible que Dios sea adultero y pervertido y parricida?

        Con este introducen a un cierto Hefestos como Dios, y este, cojo y empujando martillo y tenazas, y haciendo de herrero para ganarse la vida. ¿Es que está necesitado? Cosa inadmisible, que Dios sea cojo y esté necesitado de los hombres.

        Luego introducen como Dios a Hermes, que es codicioso y ladrón y avaro y hechicero y estropeado e intérprete de discursos. No se concibe que Dios pueda ser tales cosas.

        También introducen como Dios a Asclepios, médico de profesión, y dedicado a preparar medicamentos y a componer emplastos para ganarse el sustento, pues estaba necesitado; luego dicen que fue fulminado por Zeus a causa del hijo del lacedemonio Tindreo y que así murió. Mas si Asclepios, siendo Dios, no pudo, fulminado, ayudarse a sí mismo, ¿cómo ayudar a los otros?

        También introducen como Dios a Ares, que es guerrero y envidioso y codicioso de rebaños y de otras cosas, del que cuentan que, cometiendo más tarde un adulterio con Afrodita, fue atado por el niño Eros y por Hefestos. ¿Cómo, pues, era Dios el que fue codicioso y guerrero y atado y adultero?

        También introducen como Dios a Dionisio, el que celebra las fiestas nocturnas y es maestro en embriaguez, y arrebata las mujeres ajenas y que más tarde fue degollado por los titanes. Si, pues, Dionisio, degollado, no pudo ayudarse a sí mismo, sino que se volvió loco y era borracho, y anduvo fugitivo, ¿cómo puede ser Dios?

        También introducen a Heracles, que cuentan haberse embriagado y que se volvió loco y se comió a sus propios hijos, y que, consumido luego por el fuego, así murió. Mas, ¿cómo puede ser Dios un borracho, que mata a sus hijos y es devorado por el fuego? Y ¿cómo podrá socorrer a los otros el que no pudo socorrerse a sí mismo?

        También introducen como Dios a Apolo, que es envidioso y que unas veces empuja el arco y la aljaba, y la citara y la flauta, y se dedica a la adivinación para los hombres a cambio de paga. ¿Es que está necesitado? Cosa imposible de admitir que Dios esté necesitado y sea envidioso y citaredo.

        Luego introducen a Artemisa, hermana suya, cazadora de oficio, que lleva arco y aljaba, y anda errante por los montes, sola con sus perros, para cazar algún ciervo o jabalí. ¿Cómo, pues, puede ser diosa una mujer así, cazadora y errante con sus perros?

        También dicen que es diosa Afrodita, que es una adultera y una vez tuvo por compañero de adulterio a Ares, otra a Anquises, otra a Adonis, cuya muerte lloro, yendo en busca de su amante. y hasta cuentan que bajo al Hades para rescatar a Adonis, de Perséfone, la hija de Hades. ¿Has visto, oh rey, insensatez mayor que la de introducir una diosa que es adultera y se lamenta y llora?

        También introducen como Dios a Adonis, cazador de oficio y adultero, que murió violentamente, herido por un jabalí, y no pudo ayudarse en su desgracia. ¿Cómo se preocupara, pues, de los hombres el adultero, cazador y muerto violentamente?

        Todo esto y muchas cosa más, más vergonzosas y peores introdujeron los griegos, ¡oh rey!, fantaseando sobre sus dioses cosas que no es lícito ni decirlas ni llevarlas en absoluto a la memoria. De ahí, tomando ocasión los hombres de sus propios dioses, practicaron todo género de iniquidad, de imprudencia e impiedad, mancillando la tierra y el aire con sus horribles acciones.

        En cuanto a los egipcios, que son más torpes y más necios que los griegos, erraron peor que todas las naciones. Porque no se contentaron con los cultos de los caldeos y de los griegos, sino que introdujeron como dioses aun animales irracionales, tanto de la tierra como de agua, y árboles y plantas; y se mancillaron en toda locura e imprudencia peor que todas las naciones sobre la tierra.

        Porque al principio dieron culto a Isis, que tenía por hermano y marido a Osiris, el que fue degollado por su hermano Tifón. Y por esta causa, huyo Isis con su hijo Horus a Biblo de Siria, buscando a Osiris y llorando amargamente hasta que creció Horus y mato a Tifón. Así, pues, ni Isis tuvo fuerza para ayudar a su propio hermano y marido, ni Osiris, degollado por Tifón, pudo protegerse asimismo, ni el mismo Tifón, fratricida, muerto por Horus y por Isis, hallo medio de librarse a sí mismo de la muerte. Y conocidos por tales desgracias fueron tenidos por dioses por los insensatos egipcios, los cuales, no contentos con esto o con los demás cultos de las naciones, introdujeron como dioses hasta los animales irracionales.

        Porque unos de ellos adoraron a la oveja, otros al macho cabrío, otros al novillo y al cerdo, otros al cuervo y al gavilán y al buitre y al águila, otros al cocodrilo, otros al gato, al perro y al lobo, y al mono y a la serpiente y al áspid, y otros a la cebolla y al ajo y a las espinas y a las demás criaturas. Y no se dan cuenta los desgraciados que ninguna de esas cosas tiene poder alguno; pues viendo a sus dioses que son comidos por otros hombres y quemados y degollados y que se pudren, no comprendieron que no son dioses.

        Se extraviaron grandemente, pues, los egipcios, los caldeos y los griegos, introduciendo tales dioses, haciendo imágenes de ellos y divinizando a los ídolos sordos e insensibles.

        Y me maravilla como viendo a sus dioses aserrados y devastados con hacha y cortados por artífices, y como por el tiempo se hacen viejos, y como se disuelven y funden, no comprendieron que no había tales dioses. Porque cuando ninguna fuerza poseen para su propia salvación, ¿cómo tendrán providencia de los hombres?

        Mas sus poetas y filósofos, queriendo con sus poemas y escritos glorificar a sus dioses, no han hecho sino descubrir mejor su vergüenza y ponerla desnuda a la vista de todos. Porque si el cuerpo del hombre, aun siendo compuesto de muchas partes, no desecha ninguno de sus propios miembros, sino que, conservando con todos unidad irrompible, se mantiene acorde consigo mismo, ¿cómo podrá darse en la naturaleza de Dios lucha y discordia tan grande? Porque si la naturaleza de los dioses era una sola, no deba perseguir un dios a otro dios ni degollarle ni dañarle. Y si los dioses se han perseguido unos a otros, y se han degollado, y se han robado y se han fulminado, ya no hay una sola naturaleza, sino pareceres divididos y todos maleficios. De modo que ninguno de ellos es Dios. Luego es patente, ¡oh rey!, que toda la teoría sobre la naturaleza de los dioses es puro extravió.

        Y ¿cómo no comprendieron los sabios y eruditos de entre los griegos que, al establecer leyes, sus dioses son condenados por esas leyes? Porque si las leyes son justas, son absolutamente injustos sus dioses que hicieron cosas contra ley, como mutuas muertes, hechiceras, adulterios, robos y uniones contra natura; y si es que todo esto lo hicieron bien, entonces son injustas las leyes, como puestas contra los dioses. Pero no, las leyes son buenas y justas, pues alaban lo bueno y prohíben lo malo, y las obras de los dioses son inicuas. Inicuos son, pues, los dioses de ellos, y reos todos de muerte, e impíos los que introducen dioses semejantes. Porque si las historias que sobre ellos corren son míticas, entonces los dioses no son más que palabras; y si son físicas, ya no son dioses los que tales cosas hicieron y sufrieron; y si son alegóricas, son cuento y nada más.

        Queda, pues, ¡oh rey!, demostrando que todos estos cultos de muchos dioses son obras de extravió y de perdición. Porque no se debe llamar dioses a los que son visibles y no ven, sino que hay que adorar como Dios al que es invisible y todo lo ve y todo lo ha fabricado.

        Vengamos, pues, también, ¡oh rey!, a los judíos, para ver qué es lo que éstos también piensan acerca de Dios. Porque éstos, siendo descendientes de Abraham, Isaac y Jacob, vivieron como forasteros en Egipto y de allí los saco Dios con mano poderosa y brazo excelso por medio de Moisés, legislador de ellos, y por muchos prodigios y señales les dio a conocer su poder; pero mostrándose también ellos desconocidos e ingratos, muchas veces sirvieron a los cultos de las naciones y mataron a los justos y profetas que les fueron enviados. Luego, cuando al Hijo de Dios le plugo venir a la tierra, después de insultarle, le entregaron a Poncio Pilato, gobernador de los romanos, y le condenaron a muerte de cruz, sin respeto alguno a los beneficios que les había hecho y a las incontables maravillas que entre ellos haba obrado; y perecieron por su propia iniquidad. Adoran, en efecto, aun ahora a Dios solo omnipotente, pero no según cabal conocimiento, pues niegan a Cristo, Hijo de Dios; son semejantes a los gentiles, por más que en cierto modo parecen acercarse a la verdad, de la que realmente se alejaron. Esto baste sobre los judíos...

        Los cristianos, empero, cuentan su origen del Señor Jesucristo, y éste es confesado por su Hijo de Dios Altísimo en el Espíritu Santo, bajado del cielo por la salvación de los hombres. Y engendrado de una virgen santa sin germen ni corrupción, tomo carne y apareció a los hombres, para apartarlos del error de los muchos dioses. Y habiendo cumplido su admirable dispensación, gusto la muerte por medio de la cruz con voluntario designio, según una grande economía, y después de tres días resucito y subió a los cielos. La gloria de su venida, puedes, ¡oh rey!, conocerla, si lees la que entre ellos se llama santa Escritura Evangélica.

        Este tuvo doce discípulos, los cuales, después de su ascensión a los cielos, salieron a las provincias del Imperio y enseñaron la grandeza de Cristo, al modo que uno de ellos recorrió nuestros mismos lugares predicando la doctrina de la verdad. De ahí que los que todavía sirven a la justicia de su predicación, son llamados cristianos. Y éstos son los que más que todas las naciones de la tierra han hallado la verdad, pues conocen al Dios creador y artífice del universo en su Hijo Unigénito y en el Espíritu Santo, y no adoran a otro Dios fuera de éste. Los mandamientos del mismo Señor Jesucristo los tienen grabados en sus corazones y los guardan, esperando la resurrección de los muertos y la vida del siglo por venir. No adulteran, no fornican, no levantan falso testimonio, no codician los bienes ajenos, honran al padre y a la madre, aman a su prójimo y juzgan con justicia. Los que no quieran se les haga a ellos no lo hacen a otros. A los que los agravian, los exhortan y tratan de hacérselos amigos, ponen empeño en hacer bien a sus enemigos, son mansos y modestos... Se contienen de toda unión ilegitima y de toda impureza... No desprecian a la viuda, no contristan al huérfano; el que tiene, le suministra abundantemente al que no tiene. Si ven a un forastero, le acogen bajo su techo y se alegran con él como con un verdadero hermano. Porque no se llaman hermanos según la carne, sino según el alma...

        Están dispuestos a dar sus vidas por Cristo, pues guardan con firmeza sus mandamientos, viviendo santa y justamente según se lo ordeno el Señor Dios, dándole gracias en todo momento por toda comida y bebida y por los demás bienes... Este es, pues, verdaderamente el camino al reino eterno, prometido por Cristo en la vida venidera.

        Y para que conozcas, ¡oh rey!, que no digo estas cosas por mi propia cuenta, inclínate sobre las Escrituras de los cristianos y hallaras que nada digo fuera de la verdad.

        Con razón, pues, comprendió tu hijo y fue ensenado a servir al Dios vivo y salvarse en el siglo que está por venir. Porque grandes y maravillosas son las cosas por los cristianos dichas y obradas, pues no hablan palabras de hombres, sino de Dios. Las demás naciones, en cambio, yerran y a sí mismas se engañan, pues andando entre tinieblas chocan unos con otros como borrachos.

        Hasta aquí, ¡oh rey!, se ha dirigido a ti mi discurso, el que por la verdad ha sido mandado a mi mente. Por eso, cesen ya tus sabios insensatos de hablar contra el Señor; porque les conviene a vosotros venerar al Dios Creador y dar todo a sus palabras incorruptibles, a fin de que, escapando al juicio y a los castigos, sean declarados herederos de la vida imperecedera.
 


Notas

(1) Carta a Diogneto, cap. 2,

(2) Ibid., cap. 3-4.

(3) Ibid., cap. 5-7.

(4) Ibid., cap. 8-10.

 

 

CARTA A DIOGNETO

Histora

Texto

        Se trata de un breve tratado apologético dirigido a un tal Diogneto que, al parecer, había preguntado acerca de algunas cosas que le llamaban la atención sobre las creencias y modo de vida de los cristianos: "Cual es ese Dios en el que tanto confían; cual es esa religión que les lleva a todos ellos a desdeñar al mundo y a despreciar la muerte, sin que admitan, por una parte, los dioses de los griegos, ni guarden, por otra, las supersticiones de los judíos; cual es ese amor que se tienen unos a otros, y por qué esta nueva raza o modo de vida apareció ahora y no antes" (Cap. 1).

        El desconocido autor de este tratado, compuesto seguramente a finales del siglo II, va respondiendo a estas cuestiones en un tono más de exhortación Espiritual y de instrucción que de polémica o argumentación. Literariamente es, sin duda, la obra más bella y mejor compuesta de la literatura apologética: sus formulaciones acerca de la postura de los cristianos en el mundo o del sentido de la salvación ofrecida por Cristo son de una justeza y una penetración admirables.

        Esta antigua obra es una exposición apologética de la vida de los primeros cristianos, dirigida a cierto Diogneto -nombre puramente honorífico, según la opinión más difundida- y redactada en Atenas, en el siglo II. Investigaciones recientes invitan a identificarla con la Apología de Cuadrato al emperador Adriano, que durante siglos se creyó perdida. Desgraciadamente, el único manuscrito que se conservaba de este antiguo texto fue destruido en el siglo pasado, durante la guerra franco-prusiana, en el incendio de la biblioteca de Estrasburgo. Todas las ediciones y traducciones se basan en ese único manuscrito, ya desaparecido.

La parte central de esta apología expone un aspecto fundamental de la vida de los primeros cristianos: el deber de santificarse en medio del mundo, iluminando todas las cosas con la luz de Cristo. Un mensaje siempre actual, que el Señor ha recordado a los hombres en estos tiempos últimos con las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

 

 

CARTA A DIOGNETO

I. Refutación del politeísmo.
II. Refutación del judaísmo.
III. Los cristianos en el mundo.
IV. El designio salvador de Dios.


I. Refutación del politeísmo.

        Una vez que te hayas purificado de todos los prejuicios que dominan tu mente y te hayas liberado de tus hábitos mentales que te engañan, haciéndote como un hombre radicalmente nuevo puedes comenzar a ser oyente de ésta que tú mismo confiesas ser una doctrina nueva. Mira, no solo con tus ojos, sino también con tu inteligencia cual es la realidad y aun la apariencia de ésos que vosotros creéis y decís ser dioses. Uno es una piedra como las que pisamos; otro es un pedazo de bronce, no mejor que el que se emplea en los cacharros de nuestro uso ordinario; otro es de madera, que a lo mejor está ya podrida; otro es de plata, y necesita de un guardia para que no lo roben; otro es de hierro y el orín lo corrompe; otro es de arcilla, en nada mejor que la que se emplea para los utensilios más viles. ¿No están todos ellos hechos de materia corruptible?... ¿No fue el escultor el que los hizo, o el herrero, o el platero o el alfarero?... No son todos ellos cosas sordas, ciegas, inanimadas, insensibles, inmóviles? ¿No se pudren todas? ¿No se destruyen todas? Esto es lo que vosotros llamáis dioses, y a ellos os esclavizáis, a ellos adoráis, para acabar siendo como ellos. ¿Por eso aborrecéis a los cristianos, porque no creen que eso sean dioses?... (1).



II. Refutación del judaísmo.

        ¿Por qué los cristianos no practican la misma religión que los judíos? Los judíos, en cuanto se abstienen de la idolatría y adoran a un solo Dios de todas las cosas al que tienen por Dueño soberano, piensan rectamente. Pero se equivocan al querer tributarle un culto semejante al culto idolátrico del qué hemos hablado. Porque los griegos muestran ser insensatos al presentar sus ofrendas a objetos insensibles y sordos; pero éstos hacen lo mismo, como si Dios tuviera necesidad de ellas, lo cual más parece propio de locura que de verdadero culto religioso. Porque el que hizo "el cielo y la tierra y todo lo que en ellos se contiene" (Ps 145,6) y que nos dispensa todo lo que nosotros necesitamos, no tiene necesidad absolutamente de nada, y es él quien proporciona las cosas a los que se imaginan dárselas... No es necesario que yo te haya de informar acerca de sus escrúpulos con respecto a los alimentos, su superstición en lo referente al sábado, su gloriarse en la circuncisión y su simulación en materia de ayunos y novilunios: todo eso son cosas ridículas e indignas de consideración. ¿Cómo no hemos de tener por impío el que de las cosas que Dios ha creado para los hombres se tomen algunas como bien creadas, mientras que se rechazan otras como inútiles y superfluas? ¿Cómo no es cosa irreligiosa calumniar a Dios, atribuyéndole que él nos prohíbe que hagamos cosa buena alguna en sábado? ¿No es digno de irrisión el gloriarse en la mutilación de la carne como signo de elección, como si con esto ya hubieran de ser particularmente amados de Dios?... Con esto pienso que habrás visto suficientemente cuánta razón tienen los cristianos para apartarse de la general inanidad y error y de las muchas observaciones y el orgullo de los judíos (2).



III. Los cristianos en el mundo.

        En cuanto al misterio de la religión propia de los cristianos, no esperes que lo podrás comprender de hombre alguno. Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia no ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos, ni hacen profesión, como algunos hacen, de seguir una determinada opinión humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña.

        Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos (2Co/06/10). Les falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorían en la misma deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. "Se los insulta, y ellos bendicen" (1Co 4,22). Se los injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos les declaran guerra como a extranjeros y los griegos les persiguen, pero los mismos que les odian no pueden decir los motivos de su odio.

        Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, solo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, solo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería lícito para ellos desertar.

        Porque, lo que ellos tienen por tradición no es invención humana: si se tratara de una teoría de mortales, no valdría la pena una observancia tan exacta. No es la administración de misterios humanos lo que se les ha confiado. Por el contrario, el que es verdaderamente omnipotente, creador de todas las cosas y Dios invisible, él mismo hizo venir de los cielos su Verdad y su Palabra santa e incomprensible, haciéndola morar entre los hombres y estableciéndola sólidamente en sus corazones. No envió a los hombres, como tal vez alguno pudiera imaginar, a un servidor suyo, algún ángel o potestad de las que administran las cosas terrenas o alguno de los que tienen encomendada la administración de los cielos, sino al mismo artífice y creador del universo, el que hizo los cielos, aquel por quien encerró el mar en sus propios límites, aquel cuyo misterio guardan fielmente todos los elementos, de quien el sol recibió la medida que ha de guardar en su diaria carrera, a quien obedece la luna cuando le manda brillar en la noche, a quien obedecen las estrellas que son el séquito de la luna en su carrera; aquel por quien todo fue ordenado, delimitado y sometido: los cielos y lo que en ellos se contiene, la tierra y cuanto en la tierra existe, el mar y lo que en el mar se encierra, el fuego. el aire, el abismo, lo que está en lo alto, lo que está en lo profundo y lo que está en medio. A éste envió Dios a los hombres. Ahora bien, ¿lo envió, como alguno de los hombres Podría pensar, para ejercer una tiranía y para infundir terror y espanto? Ciertamente no, sino que lo envió con bondad y mansedumbre, como un rey que envía a su hijo rey, como hombre lo envió a los hombres, como salvador, para persuadir, no para violentar, ya que no se da en Dios la violencia. Lo envió para invitar, no para perseguir; para amar, no para juzgar. Ya llegara el día en que lo envié para juzgar, y entonces ¿quién será capaz de soportar su presencia?... (3).



IV. El designio salvador de Dios.

        65 Dios, Señor y Creador del universo, que hizo todas las cosas y las distinguió según su orden, no solo se mostro amador de los hombres, sino también magnánimo con ellos. En realidad siempre fue tal, y lo sigue siendo, y lo será: benévolo, bueno, sin ira y veraz: solo él es bueno. Y habiendo concebido un designio grande e inefable, lo comunicó solo con su Hijo. Pues bien, mientras su voluntad llena de sabiduría se mantenía en secreto y se guardaba, parecía que no se cuidaba ni se preocupaba de nosotros. Pero después que lo revelo por medio de su Hijo amado y manifestó lo que tenía preparado desde el principio, nos lo dio todo de una vez, a saber, no solo tener parte en sus beneficios, sino ver y comprender lo que ninguno de nosotros hubiera jamás esperado.

        Así pues, teniéndolo todo preparado en sí mismo y con su Hijo, hasta el tiempo próximo pasado nos permitió que nos dejáramos llevar a nuestro antojo por nuestros desordenados impulsos, arrastrados por los placeres y concupiscencias. No es que tuviera en manera alguna complacencia en nuestros pecados, pero los toleraba. Ni tampoco aprobaba entonces aquel tiempo de iniquidad, sino que iba preparando el tiempo actual de justicia, para que, habiendo quedado en aquel tiempo convictos par nuestras propias obras de que éramos indignos de la vida, ahora fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios; y habiendo quedado bien patente que nosotros por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de Dios, se nos conceda ahora la capacidad de entrar por el poder del mismo Dios. Cuando nuestra iniquidad llego a su colmo y se puso plenamente de manifiesto que la paga que podíamos esperar era el castigo y la muerte, llego aquel momento que Dios había dispuesto de antemano a partir del cual tenía que mostrarse su bondad y su poder. ¡Oh maravillosa benignidad y amor de Dios para con los hombres! No nos aborreció, no nos arrojo de si, no nos guardo rencor, sino que se mostró magnánimo, nos soporto, y compadecido de nosotros cargo sobre si nuestros pecados. Él mismo "entrego a su propio Hijo" (Rm 8,32) como rescate por nosotros: al santo por los pecadores, al inocente por los malvados, "al justo por los injustos" (1P 3,18), al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. Porque, ¿qué otra cosa podía cubrir nuestros pecados, fuera de su justicia? ¿En quién podíamos nosotros, malvados e impíos, ser justificados, sino solo en el Hijo de Dios? ¡Oh dulce trueque! ¡Oh obra insondable! ¡Oh beneficios inesperados! La iniquidad de muchos quedo sepultada en un solo justo, y la justicia de uno basto para justificar a muchos malvados.

        De esta suerte, habiéndonos convencido Dios en el tiempo pasado de que por nuestra propia naturaleza no éramos capaces de alcanzar la vida, y habiendo mostrado ahora al salvador que es capaz de salvar lo imposible, quiso que a partir de estas dos cosas creyéramos en su bondad y le tuviéramos como sustentador nuestro, padre, maestro, consejero, médico, inteligencia, luz, honor, gloria, fuerza, vida, sin que anduviéramos preocupados de nuestro vestido o comida.

        Si deseas llegar a alcanzar también tu esta fe, procura primero alcanzar el conocimiento del Padre. Porque Dios amo a los hambres, por los cuales hizo el mundo, a quienes sometió todas las cosas de la tierra, a quienes dio la razón y la inteligencia, los únicos a quienes concedió mirar hacia arriba para que pudieran verle, a quienes modelo a su propia imagen, a quienes envió a su Hijo unigénito (1Jn 4,9), a quienes prometió el reino de los cielos, que dará a los que le hubieren amado. No tienes idea de la alegría que te llenara cuando llegues a alcanzar este conocimiento, o del amor que puedes llegar a sentir para con aquel que primero te amo hasta tal extremo. Y cuando llegues a amarle, te convertirás en imitador de su bondad. No te maravilles de que el hombre pueda llegar a ser imitador de Dios: lo puede, si lo quiere Dios. Porque la felicidad no está en dominar tiránicamente al prójimo, ni en querer estar siempre por encima de los más débiles, ni en la riqueza, ni en la violencia para con los más necesitados: en esto no puede nadie imitar a Dios, porque todo esto es ajeno de su grandeza. Más bien el que toma sobre si la carga de su prójimo, el que en aquello en que es superior está dispuesto a hacer el bien a su inferior, el que suministra a los necesitados lo que él mismo recibió de Dios, éste se convierte en Dios de los que reciben de su mano, éste es imitador de Dios.

        Entonces, aunque morando en la tierra, podrás contemplar como Dios es el Señor de los cielos; entonces empezaras a hablar los misterios de Dios; entonces amarás y admiraras a los que reciben castigo de muerte por no querer negar a Dios; entonces condenaras el engaño y el extravió del mundo, cuando conocerás la verdadera vida del cielo, cuando llegaras a despreciar la que aquí se tiene por muerte, cuando temerás la muerte verdadera, que está reservada para los condenados al fuego eterno que ha de castigar hasta el fin a los que a él sean arrojados. Entonces, cuando hayas llegado a tener conocimiento de aquel fuego, admiraras a los que por causa de la justicia soportan este fuego temporal, y los tendrás por bienaventurados (4).

Notas

(1) Carta a Diogneto, cap. 2,

(2) Ibid., cap. 3-4.

(3) Ibid., cap. 5-7.

(4) Ibid., cap. 8-10.


 

SAN JUSTINO

Historia

Escritos

        San Justino, mártir, es el Padre apologista griego más importante del siglo II y una de las personalidades más nobles de la literatura cristiana primitiva. Nació en Palestina, en Flavia Neápolis, la antigua Siquem. De padres paganos y origen romano, pronto inició su itinerario intelectual frecuentando las escuelas estoica, aristotélica, pitagórica y platónica. La búsqueda de la verdad y el heroísmo de los mártires cristianos provocaron su conversión al cristianismo. Desde ese momento, permaneciendo siempre laico, puso sus conocimientos filosóficos al servicio de la fe.

        Llegó a Roma durante el reinado de Marco Aurelio (138-161) y allí fundo una escuela, la primera de filosofía cristiana. Según su discípulo Taciano, a causa de las maquinaciones del filósofo cínico Crescente, tuvo que comparecer ante el Prefecto de la Urbe y, por el solo delito de confesar su fe, fue condenado con otros seis compañeros a muerte, probablemente en el año 165.

        De sus variados escritos, solo conservamos dos Apologías, escritas en defensa de los cristianos, dirigidas al emperador Antonino Pío; y una obra titulada Dialogo con el judío Trifón, donde defiende la fe cristiana de los ataques del judaísmo. En esta obra relata autobiográficamente su conversión. En las Apologías, admira en su exposición el profundo conocimiento de la religión y mitología paganas -que se propone refutar- y de las doctrinas filosóficas más en boga; como intenta utilizar cuanto de aprovechable encuentra en el bagaje cultural del paganismo; su valentía para anunciar a Cristo -sabiendo que se jugaba la vida- y su capacidad de ofrecer los argumentos racionales más adecuados a la mentalidad de sus oyentes. Conociendo que la Verdad es solo una y que reside en plenitud en el Verbo, San Justino sabe descubrir y aprovechar los rastros de verdad que se encuentran en los más grandes filósofos, poetas e historiadores de la antigüedad; llega a afirmar en su segunda apología que cuanto de bueno está dicho en todos ellos nos pertenece a nosotros los cristianos. (Loarte)



        San Justino nació en Naplusa, la antigua Siquem, en Samaria, a comienzos del siglo II. Si lo que él mismo nos narra tiene valor autobiográfico y no es -como pretenden algunos- mera ficción literaria, se habría dedicado desde joven a la filosofía, recorriendo, en pos de la verdad, las escuelas estoica, peripatética, pitagórica y platónica, hasta que, insatisfecho de todas ellas, un anciano le llamo la atención sobre las Escrituras de los profetas, "los únicos que han anunciado la verdad". Esto, junto a la consideración del testimonio de los cristianos que arrostraban la muerte por ser fieles a su fe, le llevo a la conversión.

        Más adelante Justino pasa a Roma, donde funda una especie de escuela filosófico-religiosa, y muere martirizado hacia el año 165.

        Se conocen los títulos de una decena de obras de Justino: de ellas solo se han conservado dos Apologías (que quizás no son sino dos partes de una misma obra), y un Dialogo con un judío, por nombre Trifón.

        Tanto por la extensión de sus escritos como por su contenido, Justino es el más importante de los apologetas. Es el primero que de una manera que pudiéramos decir sistemática intenta establecer una relación entre el mensaje cristiano y el pensamiento helénicos predeterminando en gran parte, bajo este aspecto, la dirección que iba a tomar la teología posterior.

        La aportación más fundamental de Justino es el intento de relacionar la teología ontológica del platonismo con la teología histórica de la tradición judaica, es decir, el Dios que los filósofos concebían como Ser supremo, absoluto y trascendente, con el Dios que en la tradición semítica aparecía como autor y realizador de un designio de salvación para el hombre.

        En el esfuerzo por resolver el problema de la posibilidad de relación entre el Ser absoluto y trascendente y los seres finitos, las escuelas derivadas del platonismo habían postulado la necesidad del Logos en función de intermediario ontológico: la idea se remonta al "logos universal" de Heráclito, y viene a expresar que la inteligibilidad limitada del mundo es una expresión o participación de la inteligibilidad infinita del Ser absoluto.

        Justino, reinterpretando ideas del evangelio de Juan, identifica al Logos mediador ontológico con el Hijo eterno de Dios, que recientemente se ha manifestado en Cristo, pero que había estado ya actuando desde el principio del mundo, lo mismo en la revelación de Dios a los patriarcas y profetas de Israel, que en la revelación natural por la que los filósofos y sabios del paganismo fueron alcanzando cada vez un conocimiento más aproximado de la verdad.

        De esta forma Justino presenta al cristianismo como integrando, en un plan universal e histórico de salvación, lo mismo las instituciones judaicas que la filosofía y las instituciones naturales de los pueblos paganos. Así intenta resolver uno de los problemas más graves de la teología en su época: el de la relación del cristianismo con el Antiguo Testamento y con la cultura pagana. Ambas son praeparatio evangelica, estadio inicial y preparatorio de un plan salvífico, que tendrá su consumación en Cristo.

        Sin embargo, al identificar Justino al Logos con el mediador ontológico entre el Dios supremo y trascendente y el mundo finito, a la manera en que era postulado de los filósofos, introduce una concepción que inevitablemente tendera hacia el subordinacionismo y, finalmente, hacia el arrianismo. Cuando Justino afirma que el Dios supremo no podía aparecerse con su gloria trascendente a Moisés y los profetas, sino solo su Logos, implícitamente afirma que el Logos no participa en toda su plenitud de la gloria de Dios y que es en alguna manera inferior a Dios.

        Los escritos de Justino son también importantes en cuanto nos dan a conocer las formas del culto y de la vida cristiana en su tiempo, principalmente en lo que se refiere a la celebración del bautismo y de la eucaristía. (Josep Vives)

 

SAN JUSTINO

La verdadera sabiduría (Dialogo con Trifón, 1-8)

Las obras del cristiano (Apología 1,3,10,12,14-17)

Como los Apóstoles nos enseñaron (Apología 1,65-67)

Escrito



La verdadera sabiduría (Dialogo con Trifón, 1-8)



Una mañana que paseaba bajo los porches del gimnasio, se cruzó conmigo cierto sujeto:

-¡Salud, filósofo!, me dijo.

Y a la vez que saludaba, se dio la vuelta y se puso a pasear a mi lado, y con él también sus amigos. Yo le devolví el saludo:

-¿Qué ocurre?, le contesté.

- Me enseñó en Argos Corinto el socrático -respondió- que no se debe descuidar a los que visten hábito como el tuyo, sino, ante todo, mostrarles estima y buscar conversación con el fin de sacar algún provecho, pues, aun en el caso de que saliese beneficiado solo uno de los dos, ya sería un bien para ambos. Por eso, siempre que veo a alguien con este hábito, me acerco a él con gusto. También los que me acompañan esperan oír de ti algo de provecho...

-¿Y quién eres tú, oh el mejor de los mortales?, le repliqué, bromeando un poco.

Entonces me indicó, sencillamente, su nombre y su raza:

-Mi nombre es Trifón, y soy hebreo de la circuncisión que, huyendo de la guerra recientemente finalizada, vivo en Grecia, la mayor parte del tiempo en Corinto.

-¿Y cómo -le respondí- puedes sacar más provecho de la filosofía que de tu propio legislador y de los profetas?

-¿No tratan de Dios -me replicó- los filósofos en todos sus discursos y no versan sus disputas sobre su unicidad y providencia? ¿Y no es objeto de la filosofía investigar acerca de Dios?

-Ciertamente -le dije-, y ésa es también mi opinión; pero la mayoría de los filósofos ni se plantean siquiera el problema de si hay un solo Dios o muchos, ni si tiene o no providencia de cada uno de nosotros, pues opinan que semejante conocimiento no contribuye para nada a nuestra felicidad (...).

Entonces él, sonriendo, dijo cortésmente:

-Y tu ¿qué opinas de esto, qué piensas de Dios y cuál es tu filosofía?

-Te diré lo que me parece claro, respondí. La filosofía, efectivamente, es en realidad el mayor de los bienes y el más precioso ante Dios, a quien nos conduce y recomienda (1). Y santos, en verdad, son aquellos que a la filosofía consagran su inteligencia. Sin embargo, qué es en realidad y por qué fue enviada a los hombres, es algo que escapa a la mayoría de la gente; pues siendo una ciencia única, no habría platónicos, ni estoicos, ni peripatéticos, ni teóricos, ni pitagóricos (...).

(Al llegar a este punto, Justino explica a sus interlocutores como fue pasando por diversas escuelas filosóficas en busca de la sabiduría, pero ninguna le satisfizo).

Con esta disposición de ánimo, determiné un día refugiarme en la soledad y evitar todo contacto con los hombres. Me dirigí a cierto paraje, no lejos del mar. Cerca ya del lugar, me seguía a poca distancia un anciano de aspecto venerable. Me di la vuelta y clavé los ojos en él.

-¿Es que me conoces?, preguntó.

Contesté que no.

-Entonces, ¿por qué me miras de esa manera?

-Estoy maravillado -dije- de que hayas venido a parar a este mismo lugar, donde no esperaba encontrar a hombre alguno.

-Ando preocupado -repuso él- por unos parientes míos que están de viaje. He venido a mirar si aparecen por alguna parte. Y a ti -concluyo- ¿qué te trae por acá?

-Me gusta -le dije- pasar así el rato: puedo conversar conmigo mismo sin estorbo. Para quien ama la meditación no hay parajes tan propios como éstos.

- Luego, ¿eres amigo de la idea y no de la acción y de la verdad? ¿Cómo no tratas de ser más bien un hombre práctico y no sofista?

-¿Y qué mayor bien hay -le repliqué- que demostrar cómo la idea lo dirige todo y, concebida en nosotros y dejándonos conducir por ella, contemplar el extravió de los demás y que en nada de sus ocupaciones hay algo sano y grato a Dios? Sin la filosofía y la recta razón no es posible que haya prudencia (...).

(El relato continua con las más variadas preguntas del anciano acerca de la inmortalidad del alma, sus capacidades, la relación de las criaturas con Dios... Justino intenta responder, pero llega un momento en el que comprende que los filósofos no son capaces con la sola razón de dar cuenta de todos los interrogantes que se plantean los hombres.)

-Entonces -volví a replicar-, ¿a quién vamos a tomar por maestro o de dónde podemos sacar provecho, si ni en éstos, como en Platón o en Pitágoras, se halla la verdad?

-Existieron hace mucho tiempo -me contestó el viejo- unos hombres más antiguos que todos éstos tenidos por filósofos; hombres bienaventurados, justos y amigos de Dios, que hablaron por inspiración divina; y divinamente inspirados predijeron el porvenir, lo que justamente se está cumpliendo ahora: son los llamados profetas.

Éstos son los que vieron y anunciaron la verdad a los hombres, sin temer ni adular a nadie, sin dejarse vencer de la vanagloria; sino, que llenos del Espíritu Santo, solo dijeron lo que vieron y oyeron. Sus escritos se conservan todavía y quien los lea y les preste fe, puede sacar el más grande provecho en las cuestiones de los principios y fin de las cosas y, en general, sobre aquello que un filósofo debe saber.

No compusieron jamás sus discursos con demostración, ya que fueron testigos fidedignos de la verdad por encima de toda demostración. Por lo demás, los sucesos pasados y actuales nos obligan a adherirnos a sus palabras. También por los milagros que hacían es justo creerles, pues por ellos glorificaban a Dios Hacedor y Padre del Universo, y anunciaban a Cristo Hijo suyo, que de Él procede. En cambio, los falsos profetas, llenos del Espíritu embustero e impuro, no hicieron ni hacen caso, sino que se atreven a realizar ciertos prodigios para espantar a los hombres y glorificar a los Espíritus del error y a los demonios.

Ante todo, por tu parte, ruega para que se te abran las puertas de la luz, pues estas cosas no son fáciles de ver y comprender por todos, sino a quien Dios y su Cristo concede comprenderlas.

Esto dijo y muchas otras cosas que no tengo por qué referir ahora. Se marchó y después de exhortarme a seguir sus consejos, no le volví a ver jamás. Sin embargo, inmediatamente sentí que se encendía un fuego en mi alma y se apoderaba de mí el amor a los profetas y a aquellos hombres que son amigos de Cristo y, reflexionando sobre los razonamientos del anciano, hallé que ésta sola es la filosofía segura y provechosa.

De este modo, y por estos motivos, yo soy filósofo, y quisiera que todos los hombres, poniendo el mismo fervor que yo, siguieran las doctrinas del Salvador. Pues hay en ellas un no sé qué de temible y son capaces de conmover a los que se apartan del recto camino, a la vez que, para quienes las meditan, se convierten en dulcísimo descanso.

Ahora bien, si tú también te preocupas algo de ti mismo y aspiras a tu salvación y tienes confianza en Dios, como a hombre que no es ajeno a estas cosas, te es posible alcanzar la felicidad, reconociendo a Cristo e iniciándote en sus misterios.
 



Las obras del cristiano (Apología 1,3,10,12,14-17)
 


        Tenemos la obligación de dar ejemplo con nuestra vida y nuestra doctrina, no sea que hayamos de pagar nosotros el castigo de quienes parecen ignorar nuestra religión, y así pecaron por su ceguera. Pero también vosotros debéis oírnos y juzgar con rectitud porque, en adelante, estando instruidos, no tendréis excusa alguna ante Dios si no obráis justamente (...).

        Consideramos de interés para todos los hombres que no se les impida aprender esta doctrina, sino que se les exhorte a ella, porque lo que no lograron las leyes humanas, ya lo hubiera realizado el Verbo divino si los malvados demonios no hubieran esparcido muchas e impías calumnias, tomando por aliada a la pasión que habita en cada uno, mala para todo, y multiforme por naturaleza: con esos crímenes nada tenemos que ver nosotros (...).

        Vuestra mejor ayuda para el mantenimiento de la paz somos nosotros, pues profesamos doctrinas como la de que no es posible que un malhechor, un avaro o un conspirador, pasen inadvertidos a Dios -como tampoco pasa un hombre virtuoso-. Por el contrario, cada uno camina, según el mérito de sus acciones, hacia el castigo o hacia la salvación eterna. Si todos los hombres fuesen conscientes de esto, nadie escogería la maldad por un momento, sabiendo que así emprendía la marcha hacia su condena eterna en el fuego, sino que por todos los medios se contendría y se adornaría con las virtudes, para alcanzar los bienes de Dios y verse libre de la pena. Quienes, por miedo a las leyes y castigos decretados por vosotros, tratan de ocultarse al cometer sus crímenes, los cometen conscientes de que sois hombres, y que de vosotros es posible esconderse. Si supieran y estuvieran persuadidos de que nadie puede ocultar a Dios, no ya una acción, sino tampoco un pensamiento, al menos por el castigo que les amenaza, se moderarían (...).

        Los que antes nos complacíamos en la disolución, ahora solo amamos la castidad; los que nos entregábamos a las artes mágicas, ahora nos hemos consagrado al Dios bueno e ingénito; los que amábamos por encima de todo el dinero y el beneficio de nuestros bienes, ahora, aun lo que tenemos lo ponemos en común, y de ello damos parte a todo el que está necesitado; los que nos odiábamos y matábamos, y no compartíamos el hogar con nadie de otra raza que la nuestra, por la diferencia de costumbres, ahora, después de la aparición de Cristo, vivimos juntos y rogamos por nuestros enemigos, y tratamos de persuadir a los que nos aborrecen injustamente para que, viviendo conforme a los preclaros consejos de Cristo, tengan la esperanza de alcanzar, junto con nosotros, los bienes de Dios, soberano de todas las cosas (...).

        Sobre la castidad, (Cristo) dijo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno (Mt 5,28-29). Y el que se casa con una divorciada de otro marido, comete adulterio (Mt 5,32) (...). Así, para nuestro Maestro, no solo son pecadores los que contraen doble matrimonio conforme a la ley humana, sino también los que miran a una mujer para desearla. No solo rechaza al que comete adulterio de hecho, sino también al que lo querría, pues ante Dios son patentes tanto las obras como los deseos. Entre nosotros hay muchos y muchas que, hechos discípulos de Cristo desde la niñez, permanecen incorruptos hasta los sesenta y los setenta años, y yo me glorío de que os los puedo mostrar de entre toda raza humana. Y esto, sin contar a la ingente muchedumbre de los que se han convertido después de una vida disoluta y han aprendido esta doctrina, pues Cristo no llamo a penitencia a los justos y a los castos, sino a los impíos, a los intemperantes y a los inicuos. Así lo dijo: no he venido a llamar a penitencia a los justos, sino a los pecadores (Lc 5,32) (...).

        Sus palabras sobre el ejercicio de la paciencia, y sobre el estar prontos a servir y ajenos a la ira, son éstas: a quien te golpee en una mejilla, preséntale la otra, y a quien quiera quitarte la túnica o el manto, no se lo impidas (Lc 6,29). Mas quienquiera que se irrite, es reo del fuego (Mt 5 Mt 22) A quien te contrate para una milla, acompáñale dos (Mt 5,41). Brillen, pues, vuestras obras delante de los hombres, para que viéndolas admiren a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,16). No debemos, pues, ofrecer resistencia. Él no quiere que seamos imitadores de los malvados, sino que nos exhorto a apartar a todos de la vergüenza y del deseo del mal por medio de la paciencia y la mansedumbre. Y esto lo podemos demostrar por muchos que han vivido entre vosotros, que dejaron sus hábitos de violencia y tiranía, y se convencieron, ora contemplando la constancia de vida de sus vecinos, ora considerando la extraña paciencia de sus compañeros de viaje al ser defraudados, ora poniendo a prueba a sus compañeros de negocio (...).

        En cuanto a los tributos y contribuciones, nosotros antes que nadie procuramos pagarlos a quienes vosotros habéis designado para ello en todas partes: así se nos enseñó. Cuando se le acercaron algunos para preguntarle si había que pagar el tributo al César, Él respondió: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le respondieron: Del César. Entonces les dijo: Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,20-21). Por eso, solo adoramos a Dios, pero en todo lo demás os servimos a vosotros con gusto, reconociendo que sois emperadores y gobernantes de los hombres y rogando que, junto con el poder imperial, se advierta que también sois hombres de prudente juicio.
 



Como los Apóstoles nos enseñaron (Apología 1,65-67)
 


        Después de ser lavado de ese modo, y adherirse a nosotros quien ha creído (2), le llevamos a los que se llaman hermanos, para rezar juntos por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado, y por los demás esparcidos en todo el mundo. Suplicamos que, puesto que hemos conocido la verdad, seamos en nuestras obras hombres de buena conducta, cumplidores de los mandamientos, y así alcancemos la salvación eterna.

        Terminadas las oraciones, nos damos el ósculo de la paz. Luego, se ofrece pan y un vaso de agua y vino a quien hace cabeza, que los toma, y da alabanza y gloria al Padre del universo, en nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo. Después pronuncia una larga acción de gracias por habernos concedido los dones que de Él nos vienen. Y cuando ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén, que en hebreo quiere decir así sea. Cuando el primero ha dado gracias y todo el pueblo ha aclamado, los que llamamos diáconos dan a cada asistente parte del pan y del vino con agua sobre los que se pronuncio la acción de gracias, y también lo llevan a los ausentes.

        A este alimento lo llamamos Eucaristía. A nadie le es lícito participar si no cree que nuestras enseñanzas son verdaderas, ha sido lavado en el baño de la remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a lo que Cristo nos enseñó. Porque no los tomamos como pan o bebida comunes, sino que, así como Jesucristo, Nuestro Salvador, se encarno por virtud del Verbo de Dios para nuestra salvación, del mismo modo nos han ensenado que esta comida -de la cual se alimentan nuestra carne y nuestra sangre - es la Carne y la Sangre del mismo Jesús encarnado, pues en esos alimentos se ha realizado el prodigio mediante la oración que contiene las palabras del mismo Cristo. Los Apóstoles -en sus comentarios, que se llaman Evangelios- nos transmitieron que así se lo ordeno Jesús cuando, tomo el pan y, dando gracias, dijo: Haced esto en conmemoración mía; esto es mi Cuerpo. Y de la misma manera, tomando el cáliz dio gracias y dijo: ésta es mi Sangre. Y solo a ellos lo entrego (...).

        Nosotros, en cambio, después de esta iniciación, recordamos estas cosas constantemente entre nosotros. Los que tenemos, socorremos a todos los necesitados y nos asistimos siempre los unos a los otros. Por todo lo que comemos, bendecimos siempre al Hacedor del universo a través de su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo.

        El día que se llama del sol (el domingo), se celebra una reunión de todos los que viven en las ciudades o en los campos, y se leen los recuerdos de los Apóstoles o los escritos de los profetas, mientras hay tiempo. Cuando el lector termina, el que hace cabeza nos exhorta con su palabra y nos invita a imitar aquellos ejemplos. Después nos levantamos todos a una, y elevamos nuestras oraciones. Al terminarlas, se ofrece el pan y el vino con agua como ya dijimos, y el que preside, según sus fuerzas, también eleva sus preces y acciones de gracias, y todo el pueblo exclama: Amén. Entonces viene la distribución y participación de los alimentos consagrados por la acción de gracias y su envió a los ausentes por medio de los diáconos.

        Los que tienen y quieren, dan libremente lo que les parece bien; lo que se recoge se entrega al que hace cabeza para que socorra con ello a huérfanos y viudas, a los que están necesitados por enfermedad u otra causa, a los encarcelados, a los forasteros que están de paso: en resumen, se le constituye en proveedor para quien se halle en la necesidad. Celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el primero, en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo; y también porque es el día en que Jesucristo, Nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos; pues hay que saber que le entregaron en el día anterior al de Saturno (sábado), y en el siguiente-que es el día del sol-, apareciéndose a sus Apóstoles y discípulos, nos enseñó esta misma doctrina que exponemos a vuestro examen.
 

 

 

Escrito

I. El cristianismo y la filosofía.

II. Dios.

III. Pecado y salvación.

IV. Vida cristiana.

V. Escatología.




I. El cristianismo y la filosofía.

        Para que no haya nadie que sin razón rechace nuestra enseñanza objetando que Cristo nació hace solo ciento cincuenta años en tiempos de Quirino... y de Poncio Pilato, urgiendo con ello que ninguna responsabilidad tuvieron los hombres de épocas anteriores, nos daremos prisa a resolver esta dificultad. Nosotros hemos aprendido que Cristo es el primogénito de Dios, el cual, como ya hemos indicado, es el Logos, del cual todo el género humano ha participado. Y así, todos los que han vivido conforme al Logos son cristianos, aun cuando fueran tenidos como ateos, como sucedió con Sócrates, Heráclito y otros semejantes entre los griegos, y entre los bárbaros con Abraham, Azarías, Misael, Elías y otros muchos... De esta suerte, los que en épocas anteriores vivieron sin razón, fueron malvados y enemigos de Cristo, y asesinaron a los que vivían según la razón. Por el contrario, los que han vivido y siguen viviendo según la razón son cristianos, viviendo sin miedo y en paz... (1).

        Declaro que todas mis oraciones y mis denodados esfuerzos tienen por objeto el mostrarme como cristiano: no que las doctrinas de Platón sean simplemente extrañas a Cristo, pero sí que no coinciden en todo con él, lo mismo que las de los otros filósofos, como los estoicos, o las de los poetas o historiadores. Porque cada uno de éstos hablo correctamente en cuanto que veía que tenía por connaturalidad una parte del Logos seminal de Dios. Pero es evidente que quienes expresaron opiniones contradictorias y en puntos importantes, no poseyeron una ciencia infalible ni un conocimiento inatacable. Ahora bien, todo lo que ellos han dicho correctamente nos pertenece a nosotros, los cristianos, ya que nosotros adoramos y amamos, después de Dios, al Logos de Dios inengendrado e inexpresable, pues por nosotros se hizo hombre para participar en todos nuestros sufrimientos y así curarlos. Y todos los escritores, por la semilla del Logos inmersa en su naturaleza, pudieron ver la realidad de las cosas, aunque de manera oscura. Porque una cosa es la semilla o la imitación de una cosa que se da según los límites de lo posible, y otra la realidad misma por referencia a la cual se da aquella participación o imitación... (2).

II. Dios.

        Al Padre de todas las cosas no se le puede imponer nombre alguno, pues es inengendrado. Porque todo ser al que se impone un nombre, presupone otro más antiguo que él que se lo imponga. Los nombres de Padre, Dios. Creador. Señor, Dueño, no son propiamente nombres, sino apelaciones tomadas de sus beneficios y de sus obras. En cuanto a su Hijo-el único a quien con propiedad se llama Hijo, el Logos que está con él, siendo engendrado antes de las criaturas, cuando al principio creo y ordeno por medio de él todas las cosas -se le llama Cristo a causa de su unción y de que fueron ordenadas por medio de él todas las cosas-. Este nombre encierra también un sentido incognoscible, de manera semejante a como la apelación de "Dios" no es un nombre, sino que representa una concepción, innata en la naturaleza humana, de lo que es una realidad inexplicable. En cambio "Jesús" es un nombre humano, que tiene el sentido de "salvador". Porque el Logos se hizo hombre según el designio de Dios Padre y nació para bien de los creyentes y para destrucción de los demonios... (3).

        El Padre inefable y Señor de todas las cosas, ni viaja a parte alguna, ni se pasea, ni duerme, ni se levanta, sino que permanece siempre en su sitio, sea el que fuere, con mirada penetrante y con oído agudo, pero no con ojos ni orejas, sino con su poder inexpresable. Todo lo ve, todo lo conoce; ninguno de nosotros se le escapa, sin que para ello haya de moverse el que no cabe en lugar alguno ni en el mundo entero, el que existía antes de que el mundo fuera hecho. Siendo esto así, ¿cómo puede él hablar con alguien, o ser visto de alguien, o aparecerse en una mínima parte de la tierra, cuando en realidad el pueblo no pudo soportar la gloria de su enviado en el Sinaí, ni pudo el mismo Moisés entrar en la tienda que él había hecho, pues estaba llena de la gloria de Dios, ni el sacerdote pudo aguantar de pie delante del templo cuando Salomón llevo el arca a la morada que él mismo había construido en Jerusalén? Por tanto, ni Abraham, ni Isaac, ni Jacob, ni hombre alguno vio al que es Padre y Señor inefable absolutamente de todas las cosas y del mismo Cristo, sino que vieron a éste, que es Dios por voluntad del Padre, su Hijo, ángel que le sirve según sus designios. El Padre quiso que éste se hiciera hombre por medio de una virgen, como antes se había hecho fuego para hablar con Moisés desde la zarza... Ahora bien, que Cristo es Señor y Dios, Hijo de Dios, que en otros tiempos se apareció por su poder como hombre y como ángel y en la gloria del fuego en la zarza y que se manifestó en el juicio contra Sodoma, lo he mostrado ya largamente... (4).

        Al principio, antes de todas las criaturas, engendro Dios una cierta potencia racional de sí mismo, a la cual llama el Espíritu Santo "gloria del Señor", y a veces también Hijo, a veces Sabiduría, a veces ángel, a veces Dios, a veces Señor o Palabra y a veces se llama a sí mismo Caudillo, cuando se aparece en forma humana a Josué, hijo de Navé. Todas estas apelaciones le vienen de estar al servicio de la voluntad del Padre y del hecho de estar engendrado por el querer del Padre. Algo semejante vemos que sucede en nosotros: al emitir una palabra, engendramos la palabra, pero no por modo de división de algo de nosotros que, al pronunciar la palabra, disminuyera la razón que hay en nosotros. Así también vemos que un fuego se enciende de otro sin que disminuya aquel del que se tomo la llama, sino permaneciendo el mismo... Y tomaré el testimonio de la palabra de la sabiduría, siendo ella este Dios engendrado del Padre del universo, que subsiste como razón, sabiduría, poder y gloria del que la engendro, y que dice por boca de Salomón: ...El Señor me fundo desde el principio de sus caminos para sus obras. Antes del tiempo me cimentó, en el principio, antes de hacer la tierra, antes de crear los abismos, antes de brotar las fuentes de las aguas... (5).
 


III. Pecado y salvación.

        Oíd como el Espíritu Santo dice acerca de este pueblo que son todos hijos del Altísimo y que en medio de su junta estará Cristo, haciendo justicia a todo género de hombres (Ps 81)... En efecto, el Espíritu Santo reprende a los hombres porque habiendo sido creados impasibles e inmortales a semejanza de Dios con tal de que guardarán sus mandamientos, y habiéndoles Dios concedido el honor de llamarse hijos suyos, ellos, por querer asemejarse a Adán y a Eva, se procuran a sí mismos la muerte... Queda así demostrado que a los hombres se les concede el poder ser dioses, y que a todos se da el poder ser hijos del Altísimo, y culpa suya es si son juzgados y condenados como Adán y Eva... (6).

        A nosotros nos ha revelado él cuanto por su gracia hemos entendido de las Escrituras, reconociendo que él es el primogénito de Dios anterior a todas las criaturas, y al mismo tiempo hijo de los patriarcas, pues se digna nacer hombre sin hermosura, sin honor y pasible, hecho carne de una virgen del linaje de los patriarcas. Por esto en sus propios discursos, hablando de su futura pasión dijo: "Es necesario que el Hijo del hombre sufra muchas cosas, y que sea reprobado por los escribas y los fariseos, y sea crucificado, y resucite al tercer día" (Mc 8,31 Lc 9,22). Ahora bien, él se llamaba a sí mismo Hijo del hombre o bien a causa de su nacimiento por medio de una virgen que era del linaje de David, de Jacob, de Isaac y de Abraham, o bien porque el mismo Adán era padre de todos esos que acabo de nombrar, de quienes María trae su linaje... Por haberle reconocido como Hijo de Dios por revelación del Padre, Cristo cambio el nombre a uno de sus discípulos, que antes se llamaba Simón y luego se llamo Pedro. Como Hijo de Dios le tenemos descrito en los "Recuerdos de los Apóstoles", y como tal le tenemos nosotros, entendiendo que procedió del poder y de la voluntad del Padre antes de todas las criaturas. En los discursos de los profetas es llamado Sabiduría, Día, Oriente, Espada, Piedra, Vara, Jacob, Israel, unas veces de un modo y otras de otro; y sabemos que se hizo hombre por medio de una virgen, a fin de que por el mismo camino por el que tuvo comienzo la desobediencia de la serpiente, por el mismo fuera también destruida. Porque Eva, cuando era todavía virgen e incorrupta, habiendo concebido la palabra que recibió de la serpiente, dio a luz la desobediencia y la muerte: en cambio, la virgen María concibió fe y alegría cuando el ángel Gabriel le dio la buena noticia de que el Espíritu del Señor vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra, por lo cual lo santo nacido de ella seria hijo de Dios; a lo que ella contesto: "Hágase en mi según tu palabra" (Lc 1,38). Y de la Virgen nació aquel al que hemos mostrado que se refieren tantas Escrituras, por quien Dios destruye la serpiente y los ángeles y hombres que a ella se asemejan, y libra de la muerte a los que se arrepienten de sus malas obras y creen en él... (7).



IV. Vida cristiana.

        El bautismo.

        A cuantos se convencen y aceptan por la fe que es verdad lo que nosotros enseñamos y decimos, y prometen ser capaces de vivir según ello, se les instruye a que oren y pidan con ayunos el perdón de Dios para sus pecados anteriores, y nosotros oramos y ayunamos juntamente con ellos. Luego los llevamos a un lugar donde haya agua, y por el mismo modo de regeneración con que nosotros fuimos regenerados, lo son también ellos: en efecto, se someten al baño por el agua, en el nombre del Padre de todas las cosas y Señor Dios, y en el de nuestro salvador Jesucristo y en el del Espíritu Santo. Porque Cristo dijo: "Si no volvierais a nacer, no entraréis en el reino de los cielos" (Jn 3,3), y es evidente para todos que no es posible volver a entrar en el seno de nuestras madres una vez nacidos. Y también está dicho en el profeta Isaías el modo como podían librarse de los pecados aquellos que habiendo pecado se arrepintieran: "Lavaos, volveos limpios, quitad las maldades de vuestras almas, aprended a hacer el bien..." (Is 1,16ss). La razón que para esto aprendimos de los Apóstoles es la siguiente: En nuestro primer nacimiento no teníamos conciencia, y fuimos engendrados por necesidad por la unión de nuestros padres, de un germen húmedo, criándonos en costumbres malas y en conducta malvada. Ahora bien, para que no sigamos siendo hijos de la necesidad y de la ignorancia, sino de la libertad y del conocimiento, alcanzando el perdón de los pecados que anteriormente hubiéramos cometido, se invoca sobre el que ha determinado regenerarse y se arrepiente de sus pecados, estando él en el agua, el nombre del Padre de todas las cosas y Señor Dios, el único nombre que invoca el que conduce a este lavatorio al que ha de ser lavado... Este baño se llama iluminación, para dar a entender que son iluminados los que aprenden estas cosas. Y el que es así iluminado, se lava también en el nombre de Jesucristo, el que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y en el nombre del Espíritu Santo, que nos anuncio previamente por los profetas todo lo que se refiere a Jesús(8).

La eucaristía.


Después del baño (del bautismo), llevamos al que ha venido a creer y adherirse a nosotros a los que se llaman hermanos, en el lugar donde se tiene la reunión con el fin de hacer preces en común por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado y por todos los demás esparcidos por todo el mundo, con todo fervor, suplicando se nos conceda, ya que hemos conocido la verdad, mostrarnos hombres de recta conducta en nuestras obras y guardadores de lo que tenemos mandado, para conseguir así la salvación eterna. Al fin de las oraciones nos damos el beso de paz. Luego se presenta pan y un vaso de agua y vino al que preside de los hermanos, y él, tomándolos, tributa alabanzas y gloria al Padre de todas las cosas por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, haciendo una larga acción de gracias por habernos concedido estos dones que de él nos vienen. Cuando el presidente ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente asiente diciendo Amen, que en hebreo significa "Así sea". Y cuando el presidente ha dado gracias y todo el pueblo ha hecho la aclamación, los que llamamos ministros o diáconos dan a cada uno de los asistentes algo del pan y del vino y agua sobre el que se ha dicho la acción de gracias, y lo llevan asimismo a los ausentes.

        Esta comida se llama entre nosotros eucaristía, y a nadie le es lícito participar de ella si no cree ser verdaderas nuestras enseñanzas y se ha lavado en el baño del perdón de los pecados y de la regeneración, viviendo de acuerdo con lo que Cristo nos enseñó. Porque esto no lo tomamos como pan común ni como bebida ordinaria, sino que así como nuestro salvador Jesucristo, encarnado por virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación, así se nos ha ensenado que en virtud de la oración del Verbo que de Dios procede, el alimento sobre el que fue dicha la acción de gracias -del que se nutren nuestra sangre y nuestra carne al asimilarlo- es el cuerpo y la sangre de aquel Jesús encarnado. Y en efecto, los Apóstoles en los Recuerdos que escribieron, que se llaman Evangelios, nos transmitieron que así les fue mandado, cuando Jesús tomo el pan, dio gracias y dijo: "Haced esto en memoria mía"...

        Y nosotros, después, hacemos memoria de esto constantemente entre nosotros, y los que tenemos algo socorremos a los que tienen necesidad, y nos ayudamos unos a otros en todo momento. En todo lo que ofrecemos bendecimos siempre al Creador de todas las cosas por medio de su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo. El día llamado del sol (el domingo) se tiene una reunión de todos los que viven en las ciudades o en los campos, y en ella se leen, según el tiempo lo permite, los Recuerdos de los Apóstoles o las Escrituras de los profetas. Luego, cuando el lector ha terminado, el presidente toma la palabra para exhortar e invitar a que imitemos aquellos bellos ejemplos. Seguidamente nos levantamos todos a la vez, y elevamos nuestras preces; y terminadas éstas, como ya dije, se ofrece pan y vino y agua, y el presidente dirige a Dios sus oraciones y su acción de gracias de la mejor manera que puede, haciendo todo el pueblo la aclamación del Amén. Luego se hace la distribución y participación de los dones consagrados a cada uno, y se envían asimismo por medio de los diáconos a los ausentes. Los que tienen y quieren, cada uno según su libre determinación, dan lo que les parece, y lo que así se recoge se entrega al presidente, el cual socorre con ello a los huérfanos y viudas, a los que padecen necesidad por enfermedad o por otra causa, a los que están en las cárceles, a los forasteros y transeúntes, siendo así él simplemente provisor de todos los necesitados. Y celebramos esta reunión común de todos en el día del sol, por ser el día primero en el que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y también el día en el que nuestro salvador Jesucristo resucito de entre los muertos... (9).



V. Escatología.

        ¿Realmente confesáis vosotros que ha de reconstruirse la ciudad de Jerusalén, y esperáis que allí ha de reunirse vuestro pueblo, y alegrarse con Cristo, con los patriarcas y profetas y los santos de nuestro linaje, y hasta los prosélitos anteriores a la venida de vuestro Cristo...?

        Si habéis tropezado con algunos que se llaman cristianos y no confiesan esto, sino que se abreven a blasfemar del Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob, y dicen que no hay resurrección de los muertos, sino que en el momento de morir sus almas son recibidas en el cielo, no los tengáis por cristianos... Yo por mi parte, y cuantos son en todo ortodoxos, sabemos que habrá resurrección de los muertos y un periodo de mil años en la Jerusalén reconstruida y hermoseada y dilatada, como lo prometen Ezequiel, Isaías y otros profetas... (10).

Notas

(1) Justino, 1 Apología, 46.

(2) Justino, 2 Apología, 13.

(3) Ibid. 5.

(4) Justino, Diálogo, 127-128.

(5) Ibid. 61.

(6) Ibid. 124.

(7) Ibid. 100.

(8) Justino, 1 Apología, 61

(9) Ibid. 65-67.

(10) Justino, Diálogo, 80.

 

TACIANO

Historia

Escritos

        Taciano, de origen sirio, se convirtió, al parecer, en Roma, y fue discípulo de san Justino. Se conserva de él un Discurso contra los griegos en el que se lanza a atacar el politeísmo y la filosofía pagana de una manera vehemente y extremosa que muestra bien su radicalismo y virulencia de carácter. Llevado de este radicalismo llegó a abandonar la doctrina común de la Iglesia y fundó una especie de secta puritana de tendencias gnósticas, que fue llamada de los encratitas o continentes, en la que se practicaba una total abstención de carnes, y de bebidas alcohólicas, se condenaba absolutamente el matrimonio y hasta se llego a sustituir el vino por el agua en la celebración de la eucaristía. Son de particular interés, para el desarrollo teológico, sus ideas acerca de la generación del Verbo -que pronuncian los desarrollos ulteriores de Tertuliano y san Agustín- así como su elaboración de la doctrina de la inmortalidad y de la resurrección. (Josep Vives)


 

TACIANO

1. El Verbo y su generación.
II. La resurrección de los cuerpos y la inmortalidad del alma.
III. Los cristianos y el emperador.

 


1. El Verbo y su generación.

        Dios era en el principio, y el Principio, según hemos recibido de nuestra, tradición, es la potencia del Verbo. Porque el Señor del universo, que es por sí mismo el mantenedor de todo, en cuanto que la creación no había sido hecha todavía, estaba solo; pero en cuanto que residía en él toda la potencia de las cosas visibles e invisibles, sustentaba por sí mismo todas las cosas por medio de su potencia racional. Por voluntad de su simplicidad procede el Verbo: y este Verbo, que no salta al vacío, se convierte en la obra primogénita del Padre.

        Sabemos que él es el principio del mundo, y se produjo por participación, no por división. Porque lo que se divide de otro, queda separado de ello; pero lo que es participado, distinguiéndose en cuanto a la dispensación (o economía) no deja más pobre a aquello de donde se toma. Porque así como de una sola antorcha se encienden muchos fuegos, y la primera antorcha no queda disminuida en su luz por haberse encendido de ella muchas antorchas, así también, el Logos que procede de la potencia del Padre no dejo sin razón al que le había engendrado. Yo mismo, ahora estoy hablando, y vosotros me escucháis: y está claro que no porque mi palabra pase a vosotros me quedo yo sin palabra al conversar, sino que al proferir yo mi voz estoy poniendo orden en la materia desordenada que está en vosotros. Y a la manera como el Verbo, engendrado en el principio, engendro a su vez él mismo para sí nuestra creación, creando la materia, así también yo, reengendrado a imitación del Verbo y habiendo alcanzado la comprensión de la verdad, intento poner un orden en la materia de la que yo mismo participo. Porque la materia no está sin principio, como Dios, ni tiene un poder igual al de Dios siendo sin principio, sino que ha sido creada. y no por otro ha sido creada fuera del que la produjo como creador de todas las cosas(1).



II. La resurrección de los cuerpos y la inmortalidad del alma.

        Creemos que habrá la resurrección de los cuerpos después de la consumación del universo, no como opinan los estoicos, según los cuales las mismas cosas nacen y perecen de acuerdo con unos ciclos periódicos sin ninguna utilidad, sino que una sola vez cuando hayan llegado a su término los tiempos en que vivimos, se dará la perfecta restauración de solos los hombres en orden al juicio. Y no nos juzgaran Minos o Radamanto, antes de cuya muerte, según las fabulas, ninguna de las almas era juzgada, sino que se constituirá en juez el mismo Dios que nos ha creado. No nos importa que nos tengáis por fabuladores o charlatanes, porque creamos esta doctrina. Porque así como yo no existía antes de mi nacimiento y no sabía quién era, sino que solo existía la sustancia de mi materia carnal, pero una vez nacido he venido a creer que existo en virtud de mi nacimiento, aunque antes no existiera, así también, de la misma manera, yo, que he existido, y que por la muerte dejaré de existir otra vez y desapareceré de la vista, volveré a existir de nuevo, por un proceso semejante a aquel por el que no existiendo antes comencé a existir. Y aunque el fuego haga desaparecer mi carne, el universo recibe la materia evaporada; y si soy consumido en los ríos o en los mares, o soy devorado por las fieras, quedo depositado en los depósitos del que es un rico señor. El pobre que no cree en Dios no conoce estos depósitos; pero el Dios soberano, cuando quiera, restablecerá en su condición original aquella sustancia que solo para él es visible (2).

        Nuestra alma, no es por sí misma inmortal, sino mortal. Pero es también capaz de la inmortalidad. Si no conoce la verdad, muere y se disuelve con el cuerpo, pero resucita luego juntamente con el cuerpo en la consumación del mundo, para recibir como castigo una muerte inmortal. Por el contrario, si ha alcanzado el conocimiento de Dios, no muere por más que por el momento se disuelva (con el cuerpo). En efecto, por sí misma el alma es tinieblas, y no hay nada luminoso en ella, que es, sin duda, lo que significa aquello: "Las tinieblas no aprehenden la luz" (Jn 1,5). Porque no es el alma por sí misma la que salva al Espíritu, sino la que es salvada por él. Y la luz aprehendió a las tinieblas, en el sentido de que el Verbo es la luz de Dios, mientras que las tinieblas son el alma ignorante. Por esto, cuando vive sola, se inclina hacia abajo hacia la materia y muere con la carne; pero cuando alcanza la unión con el Espíritu de Dios ya no se encuentra sin ayuda, sino que puede levantarse a las regiones hacia donde le conduce el Espíritu. Porque la morada del Espíritu está en lo alto, pero el origen del alma es de abajo. En un principio, el Espíritu era compañero del alma: pero ésta no quiso seguir al Espíritu, y éste la abandono. Mas ella, que conservaba, como un resplandor del poder del Espíritu, y que separada de él ya no podía contemplar lo perfecto, andaba en busca de Dios, y se modelo extraviada muchos dioses, siguiendo a los demonios embusteros. Por otra parte, el Espíritu de Dios no está en todos los hombres, sino solo con algunos que viven justamente, en cuya alma se hace presente y con la cual se abraza y por cuyo medio, con predicciones, anuncia a las demás almas lo que está escondido. Las que obedecen a la sabiduría, atraen a sí mismas el Espíritu que les es congénito; pero las que no obedecen y rechazan al que es servidor del Dios que ha subido, lejos de mostrarse como religiosas se muestran más bien como almas que hacen la guerra a Dios(3).



III. Los cristianos y el emperador.

        ¿Por qué os empeñáis, oh griegos, en que, como en lucha de pugilato, choquen las instituciones del Estado contra nosotros? Si no quiero seguir las costumbres de ciertas gentes, ¿por qué he de ser odiado como el ser más abominable? El emperador manda pagar tributos, y yo estoy dispuesto a hacerlo. Mi amo quiere que le esté sujeto y le sirva, y yo reconozco esta servidumbre. Porque, en efecto, al hombre se le ha de honrar humanamente, pero temer solo se ha de temer a Dios, que no es visible a los ojos humanos ni es por arte alguna comprensible. Solo si se me manda negar a Dios no estoy dispuesto a obedecer, sino que antes sufriré la muerte, para no declararme mentiroso y desagradecido (4).

Notas

(1) TACIANO, Discurso contra los griegos, cap. 5.

(2) Ibid., cap. 6.

(3) Ibid., cap. 13.

(4) Ibid., cap. 13.

 

ATENÁGORAS

Historia

Escritos

        Atenágoras debió de convertirse al cristianismo después de haber seguido estudios de retórica y de filosofía: sus escritos están llenos de erudición y de los recursos estilísticos propios de los oradores y escritores de la época. Se conserva de él una Suplica en favor de los cristianos y un tratado Sobre la resurrección. La primera de estas obras fue escrita hacia el año 177 e iba dirigida a los emperadores Marco Aurelio Antonino y Lucio Aurelio Comodo, con el intento de mostrar que las doctrinas de los cristianos eran plenamente razonables y su modo de vida inocente.

        En particular se ocupa de refutar tres de las calumnias más graves de que se acusaba a los cristianos: la de que son ateos, pues no dan culto a los dioses comúnmente reconocidos; la de que practicaban el canibalismo, y la de que se entregan a uniones incestuosas. Para ello explica la naturaleza una y trina del Dios de los cristianos y la gran elevación moral de su modo de vida. El tratado Sobre la resurrección intenta mostrar la razonabilidad de esta creencia por medio de argumentos filosóficos y congruencias analógicas. (Josep Vives-JOSEP)

 

ATENÁGORAS

I. Dios uno y trino.
II. La vida de los cristianos.
El matrimonio cristiano.
El aborto.



I. Dios uno y trino.

        80 Que el Dios creador de todo este universo es uno desde el principio, podéis considerarlo de la siguiente manera, para que tengáis el razonamiento de nuestra fe. Si desde el principio hubiese habido dos o más dioses, hubiesen tenido que estar o bien los dos en un mismo lugar, o cada uno separado en el suyo. Pero no podían estar en un solo y mismo lugar, porque, si son dioses, no son semejantes, sino que, siendo increados han de ser desemejantes. En efecto, las cosas creadas son semejantes a sus modelos, pero las increadas ni se asemejan a nadie, ni proceden de nadie, ni tienen relación alguna con nadie... Y si cada uno de ellos ocupa su propio lugar, el que creó el mundo estará más alto que todas las cosas creadas, por encima de las cosas que él creó y ordenó. ¿Dónde estará el otro, o los otros? Si el mundo tiene figura esférica y está limitado por los círculos celestes, y el creador de este mundo está por encima de todo lo creado manteniéndolo con su providencia, ¿cuál es el lugar propio do otro o de los otros dioses? No está en este mundo, pues es del otro; ni está alrededor del mundo, porque sobre el mundo está el Dios creador del mundo, pues todo lo que está alrededor del mundo está mantenido por éste. ¿Dónde está? ¿Por encima del mundo y del mismo Dios, en otro mundo y alrededor de otro mundo?... Entonces ya no está alrededor de nosotros, ni tiene poder sobre nuestro mundo, ni es grande en su propio poder, pues lo ejerce en un lugar limitado...

        Sin embargo, si nos contentaremos con estos argumentos de razón, se Podría pensar que nuestra doctrina es humana; pero son las palabras de los profetas las que dan credibilidad a nuestros razonamientos, y pienso que vosotros, que sois amicísimos del saber e instruidísimos, no dejáis de estar iniciados en los escritos de Moisés, de Isaías, de Jeremías y de los demás profetas, que saliendo de sus propios pensamientos y movidos del Espíritu divino, hablaron según eran movidos, pues el Espíritu se servía de ellos como el flautista de la flauta en que sopla. ¿Qué decían, pues, los profetas? "El Señor es nuestro Dios: ningún otro será tenido por Dios junto a él" (Ex 20,2-3). Y en otro lugar: "Yo soy Dios primero y después, y fuera de mi no hay otro Dios" (Is 44,6)...

        He mostrado, pues, suficientemente que no somos ateos: admitimos un solo Dios, increado, eterno, invisible, impasible, incomprensible, inmenso, que solo puede ser alcanzado por la razón y la inteligencia, rodeado de luz, de belleza, de Espíritu, de fuerza inexplicable. Por él ha sido hecho el universo, y ha sido ordenado y se conserva, por medio de su Verbo. Y creemos también en un Hijo de Dios. Que nadie tenga por ridículo eso de que Dios tenga un Hijo. Porque no pensamos sobre Dios Padre o sobre su Hijo a la manera de vuestros poetas que hacen fabulas en las que presentan a dioses que en nada son mejores que los hombres, sino que el Hijo de Dios es el Verbo del Padre en idea y operación, pues con relación a él y por medio de él fueron hechas todas las cosas, siendo el Padre y el Hijo uno solo. Y estando el Hijo en el Padre y el Padre en el Hijo, en unidad y potencia de Espíritu, el Hijo de Dios es inteligencia y Verbo del Padre. Y si se os ocurre preguntar con vuestra extraordinaria inteligencia qué quiere decir "hijo", os lo diré brevemente: El Hijo es el primer brote del Padre, pero no como hecho, ya que desde el principio Dios, que es inteligencia eterna, tenía en si al Verbo y era eternamente racional, sino como procediendo de Dios cuando todas las cosas materiales eran naturaleza informe y tierra inerte y estaban mezcladas las más pesadas con las más ligeras, para ser sobre ellas idea y principio activo. Y concuerda con este razonamiento el Espíritu profético que dice: "El Señor me crio como principio de sus caminos para sus obras" (Pr 8,22). Y en verdad, el mismo Espíritu Santo que obra en los que hablan proféticamente, decimos que es una emanación de Dios, que emana y vuelve como un rayo de sol. Realmente uno no puede menos de maravillarse al oír llamar ateos a los que admiten a un Dios Padre, y a un Dios Hijo y a un Espíritu Santo, mostrando su potencia en la unidad y su distinción en el orden. Y no se acaba aquí nuestra doctrina teológica, sino que afirmamos que se da una multitud de ángeles y ministros, a quienes el Dios creador y artífice del mundo, por medio del Verbo que está en él, distribuyo y ordeno para que tuvieran cuidado de los elementos y de los cielos y del mundo y de las cosas que en él se contienen, para mantener todo ello en buen orden... (1).



II. La vida de los cristianos.

        Entre nosotros fácilmente podréis encontrar gentes sencillas, artesanos y vejezuelas, que si de palabra no son capaces de mostrar con razones la utilidad de su religión, muestran con las obras que han hecho una elección buena. Porque no se dedican a aprender discursos de memoria, sino que manifiestan buenas acciones: no hieren al que los hiere, no llevan a los tribunales al que les despoja, dan a todo el que pide y aman al prójimo como a sí mismos. Ahora bien, si no creyéramos que Dios está por encima del género humano, ¿Podríamos llevar una vida tan pura? No se puede decir; pero estando persuadidos de que de toda esta vida presente hemos de dar cuenta al Dios que nos ha creado a nosotros y que ha creado al mundo, escogemos la vida moderada, caritativa y despreciada, pues creemos que no podemos aquí sufrir ningún mal tan grande, aun cuando nos quiten la vida, comparable con la recompensa que recibiremos del gran Juez por una vida humilde, caritativa y buena. Platón dijo ciertamente que Minos y Radamanto tenían que juzgar y castigar a los malos; pero nosotros decimos que ni Minos ni Radamanto ni el padre de ellos escaparan al juicio de Dios. Además, vemos que son tenidos por piadosos los que tienen como concepto de la vida aquello de "comamos y bebamos, que mañana moriremos" (Is 22,13 Sg 2,6) y tienen la muerte por un sueño profundo; en cambio nosotros tenemos la vida presente como de corta duración y de pequeña estima y nos movemos por el solo deseo de llegar a conocer al Dios verdadero y al Verbo que está en él, cual es la comunión que hay entre el Padre y el Hijo, qué cosa sea el Espíritu, cual sea la unidad de tan grandes realidades y la distinción entre los así unidos, el Espíritu, el Hijo y el Padre; nosotros sabemos que la vida que esperamos es superior a cuanto se puede expresar con palabras, si a ella llegamos puros de toda iniquidad, y llevamos hasta tal extremo nuestro amor a los hombres, que no solo amamos a nuestros amigos, pues dice la Escritura: "Si amáis a los que os aman y prestáis a los que os prestan, ¿qué recompensa podéis esperar?"; pues bien, a nosotros que somos tales y vivimos tal género de vida para evitar la condenación, ¿no se nos ha de tener por religiosos? (2)



El matrimonio cristiano.

        Teniendo, pues, esperanza de la vida eterna, despreciamos las cosas de la vida presente y aun los placeres del alma: cada uno de nosotros tiene por mujer a la que tomo según las leyes que nosotros hemos establecido, y aun ésta en vistas a la procreación. Porque así como el labrador, una vez echada la semilla a la tierra, espera la siega y no sigue sembrando, así para nosotros la medida del deseo es la procreación de los hijos. Y hasta es fácil hallar entre nosotros muchos hombres y mujeres que han llegado célibes hasta su vejez con la esperanza de alcanzar así una mayor intimidad con Dios. Ahora bien, si el permanecer en virginidad y celibato nos acerca más a Dios, mientras que el mero pensamiento y deseo de unión aparta, si huimos aun de los pensamientos, mucho más rechazaremos las obras. Porque no está nuestra religión en cuidados discursos, sino en la demostración y la enseñanza de las obras: o hay que permanecer tal como uno nació, o hay que casarse una sola vez. El segundo matrimonio es un adulterio decente. Dice la Escritura: "el que deja a su mujer y se casa con otra, comete adulterio" (Mt 19,9 Mc 10,11), no permitiendo abandonar a aquella cuya virginidad uno deshizo, ni casarse de nuevo. El que se separa de su primera mujer, aunque hubiera muerto, es un adultero encubierto, pues traspasa la indicación de Dios, ya que en el principio creo Dios un solo hombre y una sola mujer... (3)


El aborto.

        Los que saben que ni soportamos la vista de una ejecución capital según justicia, ¿cómo pueden acusarnos de asesinato o de antropofagia? ¿Quién de vosotros no está aficionado a las luchas de gladiadores o de fieras y no estima en mucho las que vosotros organizáis? Pero en cuanto a nosotros, pensamos que el ver morir está cerca del matar mismo, y por esto nos abstenemos de tales espectáculos. ¿Cómo podremos matar, los que ni siquiera queremos ver matar para no mancharnos con tal impureza? Al contrario, nosotros afirmamos que las que practican el aborto cometen homicidio y habrán de dar cuenta a Dios del aborto. ¿Por qué razón habríamos de matar? No se puede pensar a la vez que lo que lleva la mujer en el vientre es un ser viviente, y, por ello, objeto de la providencia de Dios, y matar luego al que ya ha avanzado en la vida; no exponer al nacido, por creer que exponer a los hijos equivale a matarlos, y quitar luego la vida a lo ya crecido. Nosotros somos siempre y en todo consecuentes y acordes con nosotros mismos, pues obedecemos a la razón y no le hacemos violencia (4).

Notas

(1) ATENÁGORAS, Suplica en favor de los cristianos, cap. 8-10.

(2) Ibid., cap. 11-12.

(3) Ibid., cap. 33.

(4) Ibid., cap. 35.

 

TEÓFILO DE ANTIOQUÍA

Historia

Escritos

        Teófilo fue, según la tradición, el sexto obispo de Antioquía de Siria. Había recibido una buena formación literaria en el paganismo, y se convirtió, según él mismo explica, por el estudio de las Escrituras sagradas. De él se conserva un escrito apologético dirigido a su amigo Autólico y dividido en tres libros. En él da muestras de su conocimiento tanto de los autores paganos como de las Escrituras. Es el primer autor cristiano que hace un comentario exegético del Génesis, analizándolo con detalle y proponiendo una interpretación de tendencia alegórica. Escribió también un Comentario a los Evangelios, que se ha perdido: pero aun en los libros a Autólico se muestra muy familiarizado con los escritos del Nuevo Testamento, incluido el Evangelio de Juan, y es el primer autor que enseña explícitamente que estos libros proceden de autores inspirados y tienen un valor análogo al de las antiguas Escrituras. Doctrinalmente es de particular interés su explicación del dogma trinitario: es el primer autor cristiano en que aparece la distinción entre el Verbo inmanente o interno que está en Dios Padre desde toda la eternidad, y el Verbo proferido o emitido como instrumento de la creación al comienzo de los tiempos. (Josep Vives)



        No conocemos casi nada de este autor, ni de su obra literaria, que debió de ser extensa. Gracias al antiguo historiador de la Iglesia, Eusebio de Cesarea, sabemos que fue obispo de Antioquía, el sexto después de San Pedro. Las mismas noticias nos transmite San Jerónimo. Es el único de los apologistas que estuvieron revestidos del carácter episcopal, y en una sede tan importante por su antigua tradición.

        De San Teófilo solo se conservan los tres libros a Autólico, escritos hacia el año 180, que son una apología en defensa de los cristianos, cuya sangre seguía corriendo en sucesivas persecuciones. Como era frecuente en la antigüedad, quizá Autólico no sea un personaje real; encarna más bien a un tipo de pagano que no debía de ser raro a finales del siglo II: un hombre culto, que reconocía en bastantes cristianos a otros hombres cultos como él, pero a quien parecía demasiado simple la doctrina de Cristo. Teófilo intenta salir al paso de estas y otras razones, tratando de convencer a su posible lector de las fuertes razones para creer que tienen los cristianos. (Loarte)

 

TEÓFILO DE ANTIOQUÍA

I. Dios uno y trino.
II. El pecado de Adán



I. Dios uno y trino.

        La forma de Dios es inefable e inexplicable: no puede ser vista por ojos carnales. Por su gloria es incomprensible; por su grandeza es inalcanzable; por su sublimidad es impensable; por su poder es incomparable; por su sabiduría es inigualable; por su bondad, inimitable; por su beneficencia, inenarrable. En efecto, si lo llamo Luz, nombro lo que es creatura suya; si le llamo Palabra, nombro su principio; si le llamo Razón, nombro su inteligencia; si le llamo Espíritu, nombro su respiración; si le llamo Sabiduría, nombro lo que de él procede; si le llamo Potencia, nombro el poder que tiene; si le llamo Fuerza, nombro su principio activo; si le llamo Providencia, nombro su bondad; si le llamo Reino, nombro su gloria; si le llamo Señor, le digo Juez; si le llamo Juez, le digo Justo; si le llamo Padre, le digo todo; si le llamo Fuego, nombro su ira. Me dirás -¿Es que Dios puede estar airado?- Ya lo creo: está airado contra los que obran el mal, y es benigno, bondadoso y misericordioso con los que le aman y le temen. Porque él es el educador de los piadosos, el Padre de los justos, el juez y castigador de los impíos (1).

        Los hombres de Dios, portadores del Espíritu Santo y profetas, inspirados por el mismo Dios y llenos de su sabiduría, llegaron a ser discípulos de Dios, santos y justos. Por ello fueron dignos de recibir la recompensa de convertirse en instrumentos de Dios y de recibir su sabiduría, con la cual hablaron sobre la creación del mundo y sobre todas las demás cosas... Y en primer lugar nos enseñaron todos a una que Dios lo hizo todo de la nada: porque nada fue coetáneo con Dios, sino que siendo Dios su propio lugar y no teniendo necesidad de nada y existiendo desde antes de los siglos, quiso hacer al hombre para dársele a conocer. Entonces preparo para él el mundo, ya que el que es creado está necesitado mientras que el increado no necesita de nada.

        Ahora bien, teniendo Dios en sus propias entrañas a su Verbo inmanente (endiatheton), lo engendro con su propia sabiduría, emitiéndolo antes de todas las cosas. A este Verbo tuvo como ministro de lo que iba creando, y por medio de él hizo todas las cosas. Éste se llama principio, siendo Príncipe y Señor de todas las cosas que por medio de él han sido creadas. Éste, pues, que es Espíritu de Dios, y principio, sabiduría y potencia del Altísimo, descendió a los profetas, y por medio de ellos hablo lo que se refiere a la creación del mundo y a las demás cosas. Porque no existían los profetas cuando se hacia el mundo, pero si la Sabiduría de Dios que en él estaba y su Verbo santo que siempre le asistía... (2)

        El Dios y Padre del universo es inabarcable: no se encuentra limitado a un lugar, ni descansa en sitio alguno. En cambio, su Verbo, por medio del cual hizo todas las cosas y que es su propia potencia y sabiduría, tomando la figura del Padre y Señor del universo, fue el que se presento en el paraíso en forma de Dios y conversaba con Adán. La misma Escritura divina nos enseña que Adán decía haber oído su voz: ahora bien, esta voz ¿qué otra cosa es sino el Verbo de Dios, que es su propio Hijo? Es Hijo no al modo en que los poetas y mitógrafos hablan de hijos de los dioses nacidos por unión carnal, sino como explica la verdad que existe el Verbo inmanente (endiatheton) desde siempre en el corazón de Dios. Antes de hacer nada tenía a este Verbo como consejero, como que era su propia mente y su pensamiento. Y cuando Dios quiso hacer efectivamente lo que había deliberado hacer, engendro a este Verbo emitido (prophorikon) como primogénito de toda la creación: con ello no quedo él vacío de su propio Verbo, sino que engendro al Verbo y permaneció conversando para siempre con él. Esto nos enseñan las santas Escrituras y todos los inspirados por el Espíritu, entre los cuales Juan dice: "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios" (Jn 1,1), significando que en los comienzas estaba Dios solo, y en él su Verbo. Y luego dice: "Y el Verbo era Dios: todo fue hecho por él, y sin él nada se hizo" (Jn 1,2-3). Así pues, el Verbo es Dios y nacido de Dios, y cuando el Padre del universo así lo quiere lo envía a determinado lugar, y cuando está allí, puede ser oído y visto y puede ser encontrado en un lugar determinado por haber sido enviado por Dios... (3)



II. El pecado de Adán.

        Habiendo Dios puesto al hombre en el paraíso para que lo trabajara y lo guardará ... le mando que comiera de todos los frutos y, naturalmente, también del árbol de la vida, solo le mando que no comiera del árbol de la ciencia. Y Dios lo traslado de la tierra de la que había sido creado al paraíso, para que pudiera programar, y para que, creciendo y llegando a ser perfecto y hasta declarado dios, llegara a subir al cielo, poseyendo la inmortalidad, ya que el hombre fue creado en condición intermedia, ni del todo mortal ni simplemente inmortal, sino capaz de lo uno y de lo otro... Ahora bien, el árbol de la ciencia en sí mismo era bueno, y bueno era su fruto. No estaba en el árbol, como piensan algunos, la muerte, sino en la desobediencia. Porque en su fruto no había otra cosa que la ciencia, y la ciencia es buena si se hace de ella el uso debido. Pero por su edad Adán era todavía niño, y por eso no podía recibir la ciencia de modo debido. Aun ahora, cuando nace un niño, no puede inmediatamente comer pan, sino que primero se alimenta de leche, y luego, al ir adelantando en edad, pasa al alimento sólido. Algo así sucedió con Adán. Por tanto, no fue como por envidia, como piensan algunos, por lo que Dios le mando que no comiera del conocimiento. Además, quería probarle para ver si era obediente a su mandamiento, y quería también que permaneciera más tiempo sencillo e inocente en condición de niño. Porque es cosa santa no solo con respecto a Dios sino aun con respecto a los hombres que los hijos se sometan a sus padres en sencillez e inocencia. Ahora bien, si los hijos han de someterse a sus padres, mucho más a Dios, Padre del universo. Además, es cosa indecorosa que los niños pequeños sientan por encima de su edad, porque así como uno crece en edad por las etapas debidas, así también en la inteligencia. Por otra parte, cuando una ley manda abstenerse de algo y uno no obedece, está claro que no es la ley la que nos trae el castigo, sino la desobediencia y la trasgresión... Así fue la desobediencia la que hizo que el primer hombre fuera arrojado del paraíso: no es que el árbol de la ciencia tuviera nada malo, sino que como consecuencia de la desobediencia el hombre se atrajo los trabajos, el dolor, la tristeza, cayendo finalmente bajo la muerte.

        Pero Dios hizo un gran beneficio al hombre al no dejar que permaneciera para siempre en el pecado. En cierta manera semejante a un destierro, lo arrojo del paraíso para que pagara en un plazo determinado la pena de su pecado y así educado fuera de nuevo llamado... Y todavía más: así como a un vaso, si después de modelado resulta con algún defecto, se le vuelve a amasar y a modelar para hacerlo de nuevo y entero, así sucede también al hombre con la muerte: se le rompe por la fuerza, para que salga integro en la resurrección, es decir, sin defecto, justo e inmortal...

        Alguno nos dirá: ¿Es que el hombre fue hecho mortal por naturaleza? De ninguna manera. ¿Fue, pues, hecho inmortal? Tampoco decimos eso. Se nos dirá: ¿Luego no fue hecho nada? Tampoco decimos eso: por naturaleza no fue hecho ni mortal ni inmortal. Porque si desde el principio Dios lo hubiera hecho inmortal, lo hubiera hecho dios. Al contrario, si lo hubiera hecho mortal, hubiera parecido que Dios era responsable de su muerte. Por tanto, no lo hizo ni mortal ni inmortal, sino... capaz de una cosa y de otra: de esta suerte, si el hombre se inclina a la inmortalidad guardando el mandamiento de Dios, recibiría de él como recompensa la inmortalidad y llegaría a ser dios; pero si, desobedeciendo a Dios, se entregaba a las cosas de la muerte, él mismo seria responsable de su propia muerte. Ahora bien, lo que el hombre perdió para sí por su descuido y desobediencia, eso mismo le regala Dios ahora por su amor y misericordia, con tal de que el hombre le obedezca. Y así como el hombre desobedeciendo se atrajo para sí la muerte, así obedeciendo a la voluntad de Dios puede el que quiera ganar para sí la vida eterna. Porque Dios nos ha dado una ley y unos mandamientos santos, y todo el que los cumpla puede salvarse y, alcanzada la resurrección, obtener como herencia la incorrupción (4).

Notas

(1) TEÓFILO, A Autólico, I,3.

(2) Ibid. II,9-10.

(3) Ibid. II,22.

(4) Ibid. II,22.

 

 

MELITÓN DE SARDES

Explicación

Escritos

        De Melitón, obispo de Sardes, en el Asia Menor, casi no se sabía hasta hace poco más que el testimonio que nos había transmitido la posteridad, según el cual había vivido santamente en virginidad y lleno del Espíritu Santo, dejando más de una veintena de escritos llenos de sabiduría. Tales escritos se habían dado por perdidos, y no se conocía de ellos más que los títulos que habían conservado los historiógrafos antiguos, y algunas breves citas. Pero recientemente se han descubierto dos códices papiráceos procedentes de las arenas de Egipto que contienen un discurso sobre la Pascua que ha sido atribuido casi con general consentimiento a Melitón. El discurso está escrito en un estilo rico con ritmo poético y entonación lírica, que parece confirmar el juicio de Tertuliano cuando decía, según Jerónimo, que el estilo de Melitón era un tanto sutil, elegans et declamatorium. Esta peculiaridad de estilo ha hecho pensar que el discurso de Melitón, más que una homilía pascual es una especie de praeconium o canto lírico que formaba parte de la celebración litúrgica de la Pascua. El interés dogmático del discurso está, sobre todo, en la elaboración de su doctrina cristológica y soteriológica: se subraya a la vez la divinidad y preexistencia de Cristo y la realidad de su encarnación, el carácter sacrificial de su muerte y el sentido figurativo de todo el Antiguo Testamento, particularmente del cordero pascual.

        Se subraya igualmente la postración del hombre sujeto al pecado y dominado por la muerte, y, sobre todo, la grandeza del triunfo y de la gloria de Cristo, quien con su resurrección y ascensión ha llevado a los hombres hasta las alturas de los cielos. Asimismo queda bien señalado el carácter de la Iglesia como conjunto de los que viven de la nueva vida que Cristo ha venido a dar a los hombres. (Josep Vives)

 



        Obispo de Sardes, en Lidia, contemporáneo de los emperadores Antonino Pro (138-161) y Marco Aurelio (161-180), conocemos poco de su vida, que debió de ser muy densa. Policrates de Éfeso, en una carta enviada al Papa Víctor (190), lo considera como uno de los grandes luminares de la Iglesia en Asia Menor.

        Melitón viajo a Jerusalén para informarse de la tradición eclesiástica y escribió con profusión sobre una gran variedad de temas. Eusebio de Cesarea enumera veinte obras, a las que Anastasio el Sinaíta añade dos más. De todas ellas, excepto la obra que parcialmente transcribimos, no nos han llegado más que fragmentos. Entre éstos se incluye una apología dirigida al emperador Marco Aurelio, interesante por propugnar solidaridad y buen entendimiento entre la Iglesia y el Estado.

        La Homilía sobre la Pascua ha sido descubierta a mediados del siglo XX, y se hallaba contenida en la última parte de un papiro del siglo IV. Calificada a un tiempo como Homilía y Pregón pascual, puede considerarse como un modelo en su género. La innegable riqueza teológica aparece expuesta en un lenguaje cálido y sencillo. Toda la obra exhala un apasionado amor a Jesucristo y una fe profunda en la divinidad del Señor. Su idea doctrinal se centra en el programa divino de la salvación del hombre, entendida como rescate, todo ello encerrado dentro de un bello y armonioso estuche literario.(Loarte)

 

 

MELITÓN DE SARDES

I. La novedad del Verbo hecho hombre.
II. La vieja y la nueva Pascua
III. Las figuras del Antiguo Testamento, suplantadas por la realidad del Nuevo.
IV. El pecado del hombre.
V. El designio salvador en Cristo.
VI. Sentido de la pascua cristiana.

 


 

I. La novedad del Verbo hecho hombre.


Antigua era la ley, pero nuevo el Verbo;
temporal era la figura, pero eterno el don;
corruptible la oveja, pero el Señor incorruptible:
es inmolado como cordero, pero resucita como Dios.
Porque, "como una oveja fue llevado al matadero" (Is 53,7),
pero no era una oveja;
como un cordero sin voz,
mas no era cordero.
Lo que era figura paso, mas la realidad está presente.
En vez del cordero, se hizo presente Dios;
en vez de la oveja, un hombre,
y en este hombre, Cristo, el que contiene todas las cosas.
Así pues, el sacrificio de la oveja,
y la solemnidad de la Pascua,
y la letra de la ley,
han cedido su lugar a Cristo Jesús,
por causa del cual todo sucedía en la ley antigua,
y mucho más en la nueva disposición.
Porque la ley se ha convertido en Verbo...
el mandamiento en don,
la figura en realidad,
el cordero en Hijo,
la oveja en hombre,
y el hombre en Dios.
Pues el que había nacido como Hijo.
y había sido conducido como cordero,
y sacrificado como oveja,
y sepultado como hombre,
resucito de entre los muertos como Dios,
pues era por naturaleza a la vez Dios y hombre.
Él es todas las cosas:
en cuanto juzga, es ley;
en cuanto enseña, Verbo;
en cuanto engendra, Padre;
en cuanto sepultado, hombre;
en cuanto resucita, Dios.
en cuanto es engendrado, Hijo;
en cuanto padece, oveja;
Éste es Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén (1)

 

II. La vieja y la nueva Pascua


        Voy a explicar detalladamente las palabras de la Escritura (cf. Ex 12,3-28): como Dios ordena a Moisés en Egipto, cuando quiere, de una parte someter al faraón bajo el látigo, y de otra librar a Israel del látigo por la mano de Moisés.

        En efecto, dice: "He aquí que tomaras un cordero sin defecto y sin tacha y al atardecer lo inmolaras con los hijos de Israel, y a la noche lo comerás con prisa, y no romperéis ninguno de sus huesos. Así -dice- harás: en una sola noche lo comeréis por familias y por tribus, ceñidos vuestros lomos y los cayados en vuestras manos. Porque ésta es la pascua del Señor, memorial eterno para los hijos de Israel. Habiendo tomado la sangre de la oveja, untad las puertas exteriores de vuestras casas colocando sobre los montantes de la entrada la señal de la sangre para la intimidación del ángel. Porque he aquí que Yo heriré a Egipto y en una sola noche será privado de hijos, desde el ganado hasta el hombre".

        Entonces Moisés, habiendo degollado la oveja y habiendo cumplido de noche el misterio con los hijos de Israel, marco las puertas de las casas para protección del pueblo y para intimidación del ángel.

Cuando la oveja es degollada,
y la pascua es comida,
y el misterio es cumplido,
y el pueblo alegrado,
e Israel marcado,
entonces llega el ángel para herir a Egipto.
En una sola noche castigo a Egipto,
no iniciado en el misterio,
ni participe de la pascua,
ni marcado por la sangre,
ni protegido por el Espíritu,
sino enemigo, incrédulo;
y en una sola noche, después de herirlo, lo privo de sus hijos (...).
Israel, en cambio, estaba protegido por la inmolación del cordero,
y al mismo tiempo iluminado por la sangre vertida:
y la muerte de la oveja resultaba ser una muralla para el pueblo.
¡Oh misterio sorprendente e inexplicable!
La inmolación del cordero resulto ser la salvación de Israel,
la muerte de la oveja llego a ser vida del pueblo
y la sangre intimido al ángel.
Dime, ángel, lo que te ha intimidado:
¿la inmolación del cordero, o la vida del Señor?,
¿la muerte de la oveja o la figura del Señor?,
¿la sangre del cordero o el Espíritu del Señor?
Es claro que estás intimidado
por haber visto el misterio del Señor realizado en la oveja,
la vida del Señor en la inmolación del cordero,
la prefiguración del Señor en la muerte de la oveja.
Por esto no castigaste a Israel, sino que privaste de sus hijos solo a Egipto.
¿Cuál es este misterio inesperado:
que Egipto haya sido golpeado para su perdición
e Israel, en cambio, protegido para su salvación?
Oíd la dinámica del misterio.

        Lo que se ha dicho y lo que ha ocurrido no es nada, amadísimos, si se separa de su simbolismo y de su proyecto. Todo lo que se realice y se diga, participa del simbolismo -la palabra, del simbolismo; el hecho, de la prefiguración- para que, así como el hecho se manifiesta por la prefiguración, así también la palabra se ilumine por el simbolismo.

        Una obra no se construye sin un proyecto. ¿O no se ve lo que ha de ser a través de la imagen que la prefigura? Por eso, el proyecto que se va a realizar se modela primero con cera, o con arcilla, o con madera, a fin de que se pueda ver lo que va a ser construido más alto en grandeza, más fuerte en resistencia, y bello de forma y rico en instalación, gracias a una pequeña maqueta, destinada a perecer. Porque cuando se ha realizado aquello para lo que había sido destinada la figura, entonces, lo que hasta aquí portaba la imagen del futuro es destruido, por haberse hecho inútil, al haber cedido su imagen a una realidad verdadera. Pues aquello que en otro tiempo era de valor se devalúa una vez aparecido lo que es verdaderamente precioso.

        Efectivamente, cada cosa tiene su propio tiempo: al modelo su propio tiempo, al material su propio tiempo. Haces el modelo de la obra real. Lo deseas porque ves en él la imagen de lo que va a ser. Suministras el material para el modelo. Lo deseas por lo que se va a construir gracias a él. Ejecutas la obra, a ella sola la deseas, a ella sola quieres, viendo en ella sola el modelo y el material y la realidad.
 

 

III. Las figuras del Antiguo Testamento, suplantadas por la realidad del Nuevo.

La salvación del Señor y la realidad fueron prefiguradas en el pueblo (judío),
y las prescripciones del Evangelio fueron prenunciadas por la ley.
De esta suerte, el pueblo era como el esbozo de un plan,
y la ley, la letra de una parábola;
pero el Evangelio es la explicación de la ley y su cumplimiento,
y la Iglesia el lugar donde aquello se realiza.
Lo que era figura era valioso antes de que se diera la realidad.
y la parábola era maravillosa antes de que se diera la explicación.
Es decir, el pueblo (judío) tenía un valor antes de que se estableciera la Iglesia,
y la ley era maravillosa antes de que resplandeciera la luz del Evangelio.
Pero cuando surgió la Iglesia y se presento el Evangelio,
se hizo vano lo que era figura, y su fuerza pasó a la realidad;
la ley llego a su cumplimiento, y traspaso su fuerza al Evangelio.
El pueblo (de Israel) perdió su razón de ser, así que se estableció la Iglesia,
la figura fue abolida, así que apareció el Señor.
Lo que antes era valioso, ha quedado ahora sin valor,
pues se ha manifestado lo que realmente era valioso por naturaleza.
Valioso era antes el sacrificio de la oveja,
pero ahora es sin valor, a causa de la vida del Señor.
Valiosa era la muerte de la oveja,
pero ahora es sin valor, a causa de la salvación del Señor.
Valiosa era la sangre de la oveja,
pero ahora es sin valor, a causa del Espíritu del Señor.
Valioso era el cordero sin voz,
pero ahora es sin valor, a causa del Hijo sin mancilla.
Valioso era el templo de abajo,
pero ahora es sin valor, a causa del Cristo de arriba.
Valiosa era la Jerusalén de abajo,
pero ahora es sin valor, a causa de la Jerusalén de arriba.
Valiosa era aquella angosta herencia,
pero ahora es sin valor, a causa de la amplitud del don.
Porque no es en lugar alguno determinado, ni en una estrecha franja de tierra
donde se ha establecido la gloria de Dios,
sino que su don se ha derramado por todos los confines de la tierra habitada,
y en ellos ha puesto el Dios omnipotente su tienda.
Por Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén(2).

 

IV. El pecado del hombre.


        Dios, habiendo creado al principio por el Verbo el cielo y la tierra y cuanto en ellos se contiene, modelo al hombre de la tierra y comunicó a esta figura su soplo. Y coloco al hombre en un paraíso hacia el oriente, en Edén, para que viviera agradablemente, y le dio como ley un mandato... Pero el hombre que era por naturaleza capaz del bien y del mal, como un pedazo de tierra que puede recibir buenas y malas semillas, acogió a un consejero hostil y codicioso, y tomando del árbol transgredió el mandamiento y desobedeció a Dios. En consecuencia, fue echado a este mundo, como a una prisión de condenados. Después de muchos años y de haber dejado mucha descendencia, volvió a la tierra, a causa de haber comido del árbol, y dejo a sus hijos esta herencia...

No la pureza, sino la lujuria;
No la inmortalidad, sino la corrupción;
No el honor, sino la deshonra;
No la libertad, sino la esclavitud;
No la realeza, sino la tiranía;
No la vida, sino la muerte;
No la salvación, sino la perdición.

        Nueva y terrible fue, en efecto, la perdición de los hombres sobre la tierra. He aquí lo que les aconteció: eran arrebatados por el pecado como por un tirano, y eran llevados a los lugares de concupiscencia en los que andaban zarandeados por placeres insaciables, por el adulterio, la fornicación, la impudencia, los malos deseos, la codicia, los asesinatos, el derramamiento de sangre, la tiranía de la maldad y la tiranía de la injusticia. Porque el padre sacaba la espada contra su hijo, y el hijo ponía sus manos contra su padre; el impío golpeaba los pechos que le habían amamantado; el hermano mataba a su hermano; el huésped hacia injusticia a su huésped; el amigo asesinaba al amigo y el hombre degollaba al hombre con mano de tirano. Todos sobre la tierra se convirtieron, unos en asesinos, otros en fratricidas, otros en parricidas, otros en infanticidas... con esto exultaba el Pecado: siendo colaborador de la muerte, la precedía en las almas de los hombres y preparaba para ella como alimento los cuerpos de los muertos. En toda alma imprimía el pecado su huella, y aquellos que tenían esta huella tenían que morir.

Toda carne, pues, cayó bajo el pecado,
y todo cuerpo bajo la muerte,
y toda alma era arrojada de su morada carnal,
y lo que había sido tomado de la tierra se disolvía en la tierra,
y lo que había sido dado por Dios era encarcelado en el Hades.
La bella armonía quedaba disuelta,
y el bello cuerpo, deshecho.
Porque el hombre quedaba dividido bajo el poder de la muerte,
una extraña desgracia y cautividad le rodeaban.
Era arrastrado como prisionero por las sombras de la muerte,
y la imagen del Padre yacía abandonada.
Esta es la razón por la que se ha cumplido el misterio de la Pascua
en el cuerpo del Señor (3).

 

V. El designio salvador en Cristo.


De antemano el Señor había preordinado sus propios padecimientos
en los patriarcas y en los profetas y en todo el pueblo,
poniendo como sello la ley y los profetas.
Porque lo que había de realizarse de manera inaudita y grandiosa,
estaba preparado desde mucho tiempo,
para que cuando sucediera fuera creído,
habiendo sido prefigurado desde antiguo...
Antiguo y nuevo es el misterio del Señor:
antiguo en la figura, pero nuevo en el don.
Si miras a esa figura, veras la realidad a lo largo de la realización.
Si quieres, pues, contemplar el misterio del Señor has de mirar
a Abel que fue asesinado como él,
a Isaac que fue atado como él,
a José que fue vendido como él,
a Moisés que fue expuesto como él,
a David que fue perseguido como él,
a los profetas que padecieron por Cristo como él.
Mira también al cordero que fue degollado en la tierra de Egipto,
al que golpeo a Egipto y salvo a Israel por la sangre...

Él es el que vino de los cielos a la tierra a causa del que sufría,
y se revistió de éste mediante las entrañas de una virgen
presentándose como hombre.
Él tomo sobre si los sufrimientos del que sufría al tomar un cuerpo capaz de sufrir
y destruyo los sufrimientos de la carne,
matando, con su Espíritu que no puede morir,
a la muerte homicida.
Él es el que nos arranco de la esclavitud para la libertad
de las tinieblas para la luz,
de la muerte para la vida,
de la tiranía para el reino eterno.
Él hizo de nosotros un sacerdocio nuevo,
y un pueblo elegido para siempre.
Él es la Pascua de nuestra salvación
Él es el que se encarno en una virgen,
el que fue suspendido en un madero,
el que fue enterrado en la tierra,
el que resucitó de entre los muertos,
el que fue arrebatado a las alturas de los cielos.

El es el cordero sin voz,
él es el cordero degollado,
él es el nacido de María, la oveja bella,
él es el que fue tomado del rebaño
y arrastrado al matadero,
sacrificado al atardecer
y sepultado por la noche;
sobre el madero no fue quebrantado,
en la tierra no sufrió corrupción,
sino que resucito de los muertos,
y resucito al hombre de lo profundo de su sepulcro.
Éste ha sido puesto a muerte.
¿Dónde? En medio de Jerusalén.
¿Por qué?

Porque curó a sus cojos,
porque limpió a sus leprosos,
porque llevó a la luz a sus ciegos,
porque resucitó a sus muertos.
Por esto padeció...
¿Por qué, Israel, has cometido esta nueva iniquidad?
Has deshonrado al que te había honrado,
has despreciado al que te había estimado,
has negado al que te había confesado,
has rechazado al que te había llamado.
has matado al que te había dado la vida.
¿Qué has hecho, Israel?...

Cuando el Señor iba a ser sacrificado, al atardecer,
tú preparaste para él los clavos agudos y los falsos testigos,
las cuerdas, los azotes, el vinagre y la hiel,
la espada y la aflicción, como para un ladrón sanguinario.
Después de haber descargado los azotes sobre su cuerpo,
de haber puesto espinas en su cabeza,
ataste todavía sus bellas manos
que te habían modelado a partir de la tierra
y diste hiel para beber a aquella boca hermosa
que te había dado a beber la vida
y diste muerte a tu Señor en el día de la Gran Festividad.
Y tú te regalabas mientras él sufría hambre;
tú bebías vino y comías pan,
mientras él bebía vinagre y hiel;
tú andabas con rostro radiante,
mientras él estaba demacrado;
tú exultabas, mientras él se afligía;
tú cantabas, mientras él era condenado;
tú dabas órdenes, mientras él era clavado;
tú danzabas, mientras él era sepultado;
tú te recostabas sobre muelle lecho,
y él en un féretro y en un sepulcro.
Oh Israel criminal, ¿por qué has cometido esta inaudita injusticia,
arrojando a tu Señor a sufrimientos sin nombre,
al que es tu amo,
al que te modeló,
al que te creó,
al que te honró,
al que te llamo Israel?

Tú no te has mostrado como Israel, pues no has visto a Dios,
no has reconocido al Señor,
no has sabido, Israel, que éste es el primogénito de Dios,
el que fue engendrado antes que la estrella de la mañana,
el que hizo surgir la luz,
el que hizo brillar el día,
el que separó a las tinieblas,
el que afirmó el primer borne,
el que suspendió la tierra,
el que secó el abismo,
el que extendió el firmamento,
el que puso orden en el mundo,
el que dispuso los astros en el cielo,
el que hizo brillar los luminares,
el que hizo los ángeles que están en el cielo,
el que fijó allí los tronos,
el que modeló al hombre sobre la tierra.

Él es el que te eligió y te condujo desde Adán hasta Noé,
desde Noé a Abraham,
desde Abraham a Isaac y a Jacob y a los patriarcas;
él te condujo a Egipto, y te protegió y allí te sustento;
él iluminó tu camino con una columna de fuego,
y te cobijó bajo la nube,
y dividió el mar Rojo conduciéndote a través de él,
y dispersó a tu enemigo.
Él es quien te dió el mana del cielo,
el que te dió a beber de la piedra,
el que te dió la ley en el Horeb,
el que te dió en herencia la tierra (prometida),
el que te envió a los profetas y suscito tus reyes

Con él has sido impío,
con él has cometido iniquidad,
a él has dado muerte,
con él has traficado, reclamándole los didracmas como precio de su cabeza...
Verdaderamente amarga es para ti esta fiesta de los ázimos, como está escrito:
"Comeréis panes ázimos con hierbas amargas."
Amargos son para ti los clavos que afilaste,
amarga para ti la lengua que aguzaste,
amargos para ti los falsos testigos que presentaste,
amargas para ti las cuerdas que preparaste,
amargos para ti los azotes que descargaste,
amargo para ti Judas, a quien pagaste,
amargo para ti Herodes, a quien obedeciste,
amargo para ti Caifás, a quien te confiaste,
amarga para ti la hiel que proporcionaste,
amargo para ti el vinagre que cultivaste,
amargas para ti las espinas que recogiste,
amargas para ti las manos que ensangrentaste.
Has dado muerte a tu Señor en medio de Jerusalén... (4)

 

VI. Sentido de la pascua cristiana.


Pero él, el Señor, vestido de hombre,
habiendo sufrido por el que sufría,
atado por el que estaba detenido,
juzgado por el culpable,
sepultado por el que estaba enterrado,
resucitó de entre los muertos y clamó en voz alta:
¿Quién se levantara en juicio contra mí?
Que venga a enfrentarse conmigo.
Yo he liberado al condenado.
Yo he vivificado al que estaba muerto.
Yo he resucitado al que estaba sepultado.
¿Quién puede contradecirme?
Yo, dice, Cristo, he destruido a la muerte,
he triunfado del enemigo,
he pisoteado el Hades,
he maniatado al fuerte,
he arrebatado al hombre a las alturas de los cielos.
Yo, dice él, Cristo.
Venid, pues, todas las familias de hombres manchadas por los pecados.
Recibid el perdón de los pecados.
Porque yo soy vuestro perdón,
yo la Pascua de la salvación,
yo el cordero degollado por vosotros,
yo vuestra redención,
yo vuestra vida,
yo vuestra resurrección,
yo vuestra luz,
yo vuestra salvación,
yo vuestro rey.
Yo os llevaré a las alturas de los cielos.
Yo os mostraré al Padre que existe desde los siglos.
Yo os resucitaré por medio de mi diestra."
Tal es el alfa y la omega:
Él es el comienzo y el fin
-comienzo inenarrable y fin incomprensible-
él es Cristo,
él es el Rey,
él es Jesús,
él es el Estratega,
él es el Señor,
él es el que resucito de entre los muertos.
él es el que está sentado a la diestra del Padre.
Él lleva al Padre, y es llevado por el Padre:
A él la gloria y el poder por los siglos. Amén (5)6.

Notas

(1) Números 4-10.

(2) Números 11-16,30-45.

(3) Números 47-57.
 


 

LOS FRUTOS DE LA PASIÓN: (HOMILÍA LA SANTA PASCUA,49-55)

Explicación

Texto

        Según algunos estudiosos, la homilía La Santa Pascua, de la que se recogen aquí unos fragmentos, proviene del Asia Menor y fue pronunciada en la segunda mitad del siglo II. Aunque no se poseen los datos suficientes para identificar al autor con absoluta precisión, queda fuera de duda su pertenencia al ambiente que seguía el antiguo computo hebraico de la celebración de la Pascua, el 14 de Nisán.

        La homilía consta de una introducción, dos partes y un epílogo. En la introducción, el autor proclama la belleza de la Pascua y anuncia los motivos fundamentales que tratara en el cuerpo del escrito: la ley de Moisés y la salvación que el Señor nos alcanzo al inmolarse en la Cruz.

        Como Melitón de Sardes, el autor de esta homilía atribuye a la Pascua el sentido de misterio, distinguiendo tres fases en su desarrollo: los hechos ocurridos en Egipto, que son figura de la Pascua cristiana; la celebración judaica, querida por Dios para anunciar su plan de salvación, y el auténtico y perfecto misterio pascual de los cristianos, en el que nos introduce el Sacramento de la Eucaristía. (Loarte)


 

LOS FRUTOS DE LA PASIÓN (HOMILÍA LA SANTA PASCUA,49-55)



        Ésta era la Pascua que Jesús deseaba padecer por nosotros: con la Pasión librarnos de la pasión, con la Muerte vencer a la muerte, y con el alimento invisible darnos su vida inmortal.

        Éste era el deseo salvífico de Jesús, éste su amor enteramente Espiritual: mostrar las figuras como figuras y, en su lugar, dar a los discípulos su sagrado cuerpo: tomad y comed, esto es mi Cuerpo; tomad y bebed, ésta es mi Sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados (Mt 26,26-28). Por eso deseaba, más que comer la Pascua, padecerla, para librarnos de la pasión contraída comiendo.

Por eso, sustituye un árbol por otro y, en vez de la mano perversa que al principio se extendió impíamente, deja enclavar su mano inmaculada con un gesto de piedad, mostrándose como la verdadera Vida colgada del árbol. Tu, Israel, no pudiste comer de él; nosotros, en cambio, con un conocimiento Espiritual indestructible, comemos de él y no morimos (cf. Gn 1,17 Gn 3,4-6).

        Este es, para mí, árbol de salvación eterna: de él me nutro y sacio. Por sus raíces hundo mis raíces, por sus ramas me expando, de su savia me emborracho, por su Espíritu-como de un viento delicioso-soy fecundado. Bajo su sombra he plantado mi tienda y, huyendo de los grandes calores, encuentro un refugio lleno de rocío. Por sus flores florezco, con sus frutos me deleito y los tomo libremente porque están destinados a mi desde el principio.

        Este árbol es alimento para saciar mi hambre, manantial para mi sed vestido para mi desnudez; sus hojas son Espíritu de vida, y nunca más hojas de higuera (cf. Gn 3,7). Este árbol es mi protección cuando temo a Dios, mi báculo cuando vacilo, mi premio cuando combato y mi trofeo cuando venzo. Este árbol es para mí senda angosta y camino estrecho. Este árbol es la escala de Jacob y la vía de los ángeles, en cuya cima está verdaderamente apoyado el Señor.

        Este árbol de dimensiones celestiales se eleva desde la tierra hasta los cielos, hincándose entre el cielo y la tierra como planta eterna, como sostén de todas las cosas y quicio del universo, como soporte del mundo entero y vínculo cósmico, que mantiene unida a la mudable naturaleza humana, enclavándola con los clavos invisibles del Espíritu, para que, sujeta a la divinidad, no se separe más de ella (...).

        Aunque llena el universo, el Señor se desvistió para luchar desnudo contra las potencias del aire. Y por un instante grito que se apartase de Él ese cáliz, para mostrar verdaderamente que Él es también hombre (cf. Lc 22,42); pero acordándose de su misión y queriendo cumplir el designio de salvación para el que había sido enviado, grito de nuevo: no mi voluntad, sino la tuya. En efecto, el Espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mt 26,41).

        Como combatía una batalla victoriosa en favor de la vida, su sagrada cabeza fue coronada de espinas, borrando así la antigua maldición de la tierra y extirpando con su divina frente las copiosas espinas producidas por el pecado. Al beber después la amarga y acida hiel del dragón, derramo las dulces fuentes que manan de él.

        Queriendo, en efecto, destruir la obra de la mujer y contraponerse a aquella que al principio salió del costado de Adán como portadora de muerte, el Señor abrió su sagrado costado, del cual mano su sagrada sangre y el agua, signos plenos de las Espirituales y místicas bodas, de la adopción y de la regeneración, según lo que está escrito: Él os bautizara en Espíritu Santo y fuego (Mt 3,11): el agua como bautismo en el Espíritu, la sangre como bautismo en el fuego.

        Entonces fueron crucificados con Él dos ladrones, que llevaban en si las señales de los dos pueblos: uno de ellos se convierte mediante el agradecimiento, confiesa sinceramente sus culpas y se apiada de su Soberano; el otro, en cambio, se rebela porque es de dura cerviz, no muestra agradecimiento ni piedad hacia su Señor y persiste en sus viejos pecados. Estos dos hombres manifiestan también dos sentimientos del alma: uno de ellos se convierte de sus antiguos pecados, se desnuda ante su Soberano y obtiene así, mediante la penitencia, misericordia y recompensa; el otro, en cambio, no tiene excusa, porque, al no querer mudar, permanece ladrón hasta el final.

        Cuando terminó (Cristo) el combate cósmico, venciendo en todo y por todo, sin ser exaltado como Dios ni postrado como hombre, se quedo plantado, como límite de todas las cosas, como trofeo de victoria, llevando en sí mismo un triunfo contra el enemigo.

        Entonces, frente a su larga resistencia, el universo se llenó de estupor; entonces, los cielos se conmovieron, y las potencias, los tronos y las leyes celestiales se estremecieron, al ver colgado al archiestratega de la gran milicia. Poco faltó para que los astros del cielo cayeran, al contemplar extendido a Aquél que es anterior a la estrella de la mañana, y durante algún tiempo la llama del sol se apagó, viendo oscurecerse la gran luz del mundo. Entonces se quebraron las piedras (cf. Mt 17,51) de la tierra, para gritar la ingratitud de Israel: tu no reconociste la piedra Espiritual que seguiste y de la cual bebiste (cf. 1Co 14,4); se rasgó el velo del templo, para participar en la Pasión y señalar al verdadero Sacerdote celeste. Por poco el mundo entero no fue aplastado y disuelto por el espanto ante la Pasión, si el gran Jesús no hubiese exhalado su divino Espíritu diciendo: Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu (Lc 23,46).

        Y mientras todas las cosas eran turbadas y removidas por un estremecimiento de miedo, inmediatamente, al remontarse el divino Espíritu, el universo casi reanimado, vivificado y consolidado encontró su estabilidad.

(4) Números 58-93.

(5) Números 100-104.


 

SAN CLEMENTE DE ALEJANDRÍA

Historia Escritos

        CLEMENTE DE ALEJANDRÍA nació hacia el año 150, probablemente en Atenas, de padres paganos; después de hacerse cristiano, viajó por el sur de Italia y por Siria y Palestina, en busca de maestros cristianos, hasta que llegó a Alejandría; las enseñanzas de Panteno hicieron que se quedara allí. Hacia el año 202, la persecución de Septimio Severo le obligó a abandonar Egipto, y se refugió en Capadocia, donde murió poco antes del 215.Su conocimiento de los escritos paganos y de la literatura cristiana es notable; según Quasten, en sus obras se encuentran unas 360 citas de los clásicos, 1500 del Antiguo Testamento y 2000 del Nuevo.

        La amplia cultura pagana de Clemente no fue borrada por su encuentro con el cristianismo; seguía encontrando en ella mucho de positivo y la gran trascendencia de su obra se deberá precisamente a lo mucho que contribuyó a que la filosofía fuera aceptada en la Iglesia. Los filósofos gentiles, Platón en especial, se hallaban según él en el camino recto para encontrar a Dios; aunque la plenitud del conocimiento y por tanto de la salvación la ha traído el Logos, Jesucristo, que llama a todos para que le sigan. Éste es el tema del primero de sus escritos, el Protréptico o «exhortación», una invitación a la conversión.

        A los que se deciden a seguir a Cristo, Clemente dedica la segunda de sus obras, el Pedagogo, el «preceptor». En el primero de los tres libros de que se compone, de carácter más general, trata de la obra educadora del Logos como pedagogo y establece principios generales de moral. En el segundo y el tercero trata de situaciones de la vida ordinaria en Alejandría, siguiendo una relación pormenorizada y dando normas sobre ellas: la manera de vestir y de divertirse, el uso de perfumes, la asistencia a los baños, la música y la danza, la vida conyugal, la disposición y ornato de la casa, las buenas maneras, etc.; son cuadros en los que vemos retratado un ambiente refinado de gran ciudad, en el que se desarrolla la vida de sus oyentes. Clemente no les pide que renuncien a ese mundo, en el que se da una mezcla de cosas buenas y malas, pero sí les previene y les da consejos para que, sin salirse de su sitio, sepan portarse como cristianos. Esta misma idea aparecerá en su tratado Quis dives salvetur, «quién es el rico que se salvará», una homilía que comenta la escena evangélica del joven rico: no todos necesitan abandonar sus posesiones, pero sí desprenderse del apego al dinero.

        Para cerrar esta trilogía, Clemente proyectaba otra obra, el Didascalos, en la que iba a exponer sistemáticamente la religión cristiana, pues «el Logos primero exhorta, luego educa y finalmente enseña». Pero no llegó a escribirla.

        En cambio escribió unos Stromata, o «tapices», donde va tratando temas variados con los que Clemente quiere crear inquietudes religiosas en el gentil. En ellos domina el interés por presentar el cristianismo como una verdadera gnosis; como Ireneo, rechaza el uso que algunos hacen de la gnosis, pero no se queda en una postura negativa; hace notar el valor de la filosofía pagana para el cristiano, pues aunque la filosofía nunca podrá reemplazar a la revelación, ha preparado a una parte de la humanidad, a los griegos, para la venida de Cristo, de manera semejante a como el Viejo Testamento preparó a los judíos. Así, al mismo tiempo que rechaza la falsa gnosis, sostiene que el cristiano es el verdadero gnóstico, es decir, el verdadero sabio; la perfección moral, que consiste en la castidad y el amor a Dios, es el rasgo característico de este verdadero gnóstico en contraste con el falso.

 

SAN CLEMENTE DE ALEJANDRÍA

STROMATA: EL CRISTIANISMO Y LA FILOSOFÍA

PROTRÉPTICO

QUIS DIVES SALVETUR

 

 

 

STROMATA: EL CRISTIANISMO Y LA FILOSOFÍA

El miedo de los cristianos a la filosofía y la cultura
La filosofía, preparación para el Evangelio
La filosofía es también un don de Dios
En qué sentido la filosofía contribuye a la fe
La fe es algo superior al conocimiento, y es su criterio

 

 

El miedo de los cristianos a la filosofía y la cultura

        Parece que la mayoría de los que se llaman cristianos se comportan como los compañeros de Ulises: se acercan a la cultura (logos) como gente burda que ha de pasar no sólo junto a las sirenas, sino junto a su ritmo y su melodía. Han tenido que taponarse los oídos con ignorancia, porque saben que si llegasen a escuchar una vez las lecciones de los griegos, no serian ya capaces de volver a su casa. Pero el que sabe recoger de entre lo que oye toda flor buena para su provecho, por más que sea de los griegos -pues "del Señor es la tierra y todo lo que la llena" (Ps 23,1 1Co 10,26)-, no tiene por qué huir de la cultura a la manera de los animales irracionales. Al contrario, el que está bien instruido ha de aspirar a proveerse de todos los auxilios que pueda, con tal de que no se entretenga en ellos más que en lo que le sea útil: si toma ésto y lo atesora, podrá volver a su casa, a la verdadera filosofía, habiendo conseguido para su alma una convicción firme, con una seguridad a la que todo habrá contribuido... (1)

        El vulgo, como los niños que temen al coco, teme a la filosofía griega por miedo de ser extraviado por ella. Sin embargo, si la fe que tienen - ya que no me atrevo a llamarla conocimiento - es tal que puede perderse con argumentos, que se pierda, pues con esto solo ya confiesan que no tienen la verdad. Porque la verdad es invencible: las falsas opiniones son las que se pierden... (2)
 

 

La filosofía, preparación para el Evangelio


        Antes de la venida del Señor, la filosofía era necesaria a los griegos para la justicia; ahora, en cambio, es útil para conducir las almas al culto de Dios, pues constituye como una propedéutica para aquellos que alcanzan la fe a través de la demostración. Porque "tu pie no tropezará" (Pr 3,28), como dice la Escritura, si atribuyes a la Providencia todas las cosas buenas, ya sean de los griegos o nuestras. Porque Dios es la causa de todas las cosas buenas: de unas es de una manera directa, como del Antiguo y del Nuevo Testamento; de otras indirectamente, como de la filosofía. Y aun es posible que la filosofía fuera dada directamente (por Dios) a los griegos antes de que el Señor los llamase: porque era un pedagogo para conducir a los griegos a Cristo, como la ley lo fue para los hebreos (Ga 3,24). La filosofía es una preparación que pone en camino al hombre que ha de recibir la perfección por medio de Cristo... (3)

        No hay nada de extraño en el hecho de que la filosofía sea un don de la divina Providencia, como propedéutica para la perfección que se alcanza por Cristo, con tal que no se avergüence de la sabiduría bárbara, de la que la filosofía ha de aprender a avanzar hacia la verdad... (4).

        De la misma manera que recientemente, a su debido tiempo, nos vino la predicación (del Evangelio), así a su debido tiempo fue dada la ley y los profetas a los bárbaros, y la filosofía a los griegos, para ir entrenando los oídos de los hombres en orden a aquella predicación... (5).

 

La filosofía es también un don de Dios


        Si decimos, como se admite universalmente, que todas las cosas necesarias y útiles para la vida nos vienen de Dios, no andaremos equivocados. En cuanto a la filosofía, ha sido dada a los griegos como su propio testamento, constituyendo un fundamento para la filosofía cristiana, aunque los que la practican de entre los griegos se hagan voluntariamente sordos a la verdad, ya porque menosprecian su expresión bárbara, ya también porque son conscientes del peligro de muerte con que las leyes civiles amenazan a los fieles. Porque, igual que en la filosofía bárbara, también en la griega "ha sido sembrada la cizaña" (Mt 13,25) por aquel cuyo oficio es sembrar cizaña. Por esto nacieron entre nosotros las herejías juntamente con el auténtico trigo, y entre ellos, los que predican el ateísmo y el hedonismo de Epicuro, y todo cuanto se ha mezclado en la filosofía griega contrario a la recta razón, son fruto bastardo de la parcela que Dios había dado a los griegos... (6)

        Cuando hablo de filosofía, no me refiero a la estoica, o a la platónica, o a la de Epicuro o a la de Aristóteles, sino que me refiero a todo lo que cada una de estas escuelas ha dicho rectamente enseñando la justicia con actitud científica y religiosa. Este conjunto ecléctico es lo que yo llamo filosofía... (7)

        Algunos que se creen bien dotados piensan que es inútil dedicarse ya sea a la filosofía o a la dialéctica, y aun adquirir el conocimiento de la naturaleza, sino que se adhieren a la sola fe desnuda, como si creyeran que se puede empezar en seguida a recoger las uvas sin haber tenido ningún cuidado de la viña. Pero la viña representa al Señor (Jn 15,1): no se pueden recoger sus frutos sin haber practicado la agricultura según la razón (logos); hay que podar, cavar, etc. (8).
 

 

En qué sentido la filosofía contribuye a la fe

        La claridad contribuye a la transmisión de la verdad, y la dialéctica a no dejarse arrollar por las herejías que se presenten. Pero la enseñanza del Salvador es perfecta en Sí misma y no necesita de nada, pues es fuerza y sabiduría de Dios (1Co 1,24). Cuando se le añade la filosofía griega, no es para hacer más fuerte su verdad, sino para quitar las fuerzas a las asechanzas de la sofística y poder aplastar toda emboscada insidiosa contra la verdad. Con propiedad se la llama "empalizada" y "muro" de la viña. La verdad que está en la fe es necesaria como el pan para la vida, mientras que aquella instrucción propedéutica es como el condimento y el postre... (9).
 

 

La fe es algo superior al conocimiento, y es su criterio (10)

        Hay muchas cosas que, sin tender directamente al fin perseguido, concurren en dar autoridad al que se afana por él. En particular, la erudición sirve para recomendar a la confianza de los oyentes el que expone las verdades particularmente importantes: ella provoca la admiración en el Espíritu de los discípulos, y así conduce a la verdad... (11).

        Aunque la filosofía griega no llega a alcanzar la verdad en su totalidad, y, además, no tiene en si fuerza para cumplir el mandamiento del Señor, sin embargo, prepara al menos el camino para aquella enseñanza que es verdaderamente real en el mejor sentido de la palabra, pues hace al hombre capaz de dominarse, moldea su carácter y lo predispone para la aceptación de la verdad (12).

        Por así decirlo, la filosofía griega facilita al alma la purificación preliminar y el entrenamiento necesario para poder recibir la fe: y sobre esta base la verdad edifica la estructura del conocimiento (13).

Notas

(1) cf. CLEMENTE, Stromata, VI, III,89,1.

(2) Ibid. VI,10,80,5.

(3) Ibid. I,5,28.

(4) Ibid. VI,17,153.

(5) Ibid. VI,5,44.

(6) Ibid. VI,8,67.

(7) Ibid. I,7,37,6.

(8)

(9) Ibid. I,20,99,4ss. Orígenes dirá (Com. 70,1,30) que la instrucción elemental es necesaria como el pan: mientras que el gozo de la especulación es semejante al vino..

(10) Strom. II,4,15,5.

(11) Ibid. I,1,19,4. volver)

(12) Ibid. I,80.

(13) Ibid. VII,20.



 

PROTRÉPTICO

Los filósofos y el conocimiento de Dios

"Fides quaerens intellectum"

La gnosis-cristiana

Dios se da a conocer a los que le aman


 

Los filósofos y el conocimiento de Dios

        Sobre mí se lanza la avalancha de filósofos, como fantasma acompañado de huéspedes divinos con sombras extrañas, contando sus mitos como cuentos de vieja. Lejos de mí aconsejar a los hombres que presten oído a tales discursos: ni siquiera a nuestros propios pequeños cuando lloriquean, como suele decirse, acostumbramos a contarles tales fábulas para apaciguarlos, pues tememos que con ellas creciera la impiedad que predican estos supuestos sabios, que en realidad no conocen de la verdad más que un niño. En nombre de la verdad, ¿por qué me muestras a los de tu fe arrastrados por el ímpetu violento en un torbellino sin orden? ¿Por qué me llenas la vida de vanas imágenes, pretendiendo que son dioses el viento y el aire y el fuego y la tierra y las piedras, la madera y el hierro, llamando dioses al mismo mundo, las estrellas, los astros errantes? En realidad vosotros sois hombres errantes, con astrología de charlatanes, que no es astronomía, sino palabrería sobre las estrellas. Yo busco al Señor de los vientos, al dueño del fuego, al creador del mundo, al que da su luz al sol: busco a Dios, no las obras de Dios.

        ¿Qué ayuda me das tú para esta búsqueda? Porque no he llegado a descartarte absolutamente. ¿Me das a Platón? Bien. Dime, Platón: ¿Cómo hallaremos la huella de Dios? "Es trabajoso encontrar al padre y hacedor de este universo; y aunque uno lo encontrara, no Podría manifestarlo a todos" (Tim 28c). Y esto, ¿por qué?, en nombre de Dios. "Porque es absolutamente inefable" (Carta VII,341c; cf. Ley. 821a). Platón, has llegado ciertamente a tocar la verdad, pero no has de cejar. Emprende conmigo la búsqueda del bien. Todos los hombres, y de manera particular los que se dedican al estudio, están empapados de ciertas gotas de origen divino. Por esto, aun sin quererlo, confiesan qué Dios es uno, imperecedero e inengendrado, que está en cierto lugar superior sobre la bóveda del cielo, en su observatorio propio y particular en el que tiene su plenitud de ser eterno (cf. Tim. 52a; Fedr. 247c; Polit., 272e). Dice Eurípides (fr. 1129): "Dime, ¿cómo hay que imaginarse a Dios? Es el que, sin ser visto, lo ve todo." En cambio, me parece que Menandro se equivoco cuando dijo (fr. 609): "Oh Sol, hemos de adorarte como el primero de los dioses, pues por ti los otros dioses pueden ver." No es el sol el que nos mostrara jamás al dios verdadero, sino el Logos, saludable sol del alma, que al surgir interiormente en la profundidad de nuestra mente es el único capaz de iluminar el ojo del alma (cf. Plat. Rep. VII,533d)...

        Platón se refiere a Dios con palabras enigmáticas, de la siguiente manera: "Todas las cosas están alrededor del rey de todas las cosas, y esto es la causa de todo lo que es bello" (Carta II,312e). ¿Quién es el rey de todas las cosas? Dios, que es la medida de la verdad de los seres. Ahora bien, así como el objeto que es medido es abarcado por la medida, así la verdad queda medida y abarcada por el techo de conocer a Dios. Dice Moisés, hombre en verdad santo: "No tendrás en tu saco un peso y otro peso, uno grande y otro pequeño, ni tendrás en tu casa una medida grande y otra pequeña, sino que tendrás un peso verdadero y justo" (Dt 25,13-15; cf. Fil. de Somn. II, 193ss): es que él supone que Dios es el peso y la medida y el número de todas las cosas. Las imitaciones injustas e inicuas están escondidas en casa en el saco, que es como decir en la inmundicia del alma. Pero la única medida justa es el único Dios verdadero, que, siempre igual a sí mismo y siempre de la misma manera mide y pesa todas las cosas, pues, como en una balanza, abarca todas las cosas de la naturaleza, y las mantiene en equilibrio. Según un relato antiguo, "Dios tiene en su mano el principio y el fin y el medio de todas las cosas, y se dirige directamente a su fin, avanzando según la naturaleza de cada una. Le acompaña siempre la justicia, vengadora de los que dejan de cumplir la ley de Dios" (Orac. Sibil. 3,586-8; 590-4).

        Ahora bien, Platón: ¿De dónde te viene esta alusión a la verdad? ¿Quién te proporciona la abundancia de razones con las que vaticinas la religión? Las razas bárbaras, dice, tienen más sabiduría que éstas (cf. Fedr. 78a; id. en Clem Strom. I,15,66,3). Aunque quieras ocultarlos, conozco a tus maestros. Aprendes la geometría de los egipcios; la astronomía de los babilonios; Tomás de los tracios los encantamientos saludables, y aprendes mucho de los asirios. Pero en lo que se refiere a las leyes verdaderas y a las opiniones acerca de Dios, has encontrado ayuda en los mismos hebreos...(14)
 


"Fides quaerens intellectum"

        Afirmamos que la fe no es inoperante y sin fruto, sino que ha de progresar por medio de la investigación. No afirmo, pues, que no haya que investigar en absoluto. Está dicho: "Busca y encontraras" (Mt 7,7 Lc 12,9)... Hay que aguzar la vista del alma en la investigación, y hay que purificarse de los obstáculos de la emulación y la envidia, y hay que arrojar totalmente el Espíritu de disputa, que es la peor de las corrupciones del hombre... Es evidente que el investigar acerca de Dios, si no se hace con Espíritu de disputa, sino con ánimo de encontrar, es cosa conducente a la salvación. Porque está escrito en David: "Los pobres se saciarán, y quedarán llenos, y alabaran al Señor los que le buscan: su corazón vivirá por los siglos de los siglos" (Ps 21,27). Los que buscan, alabando al Señor con la búsqueda de la verdad, quedarán llenos con el don de Dios que es el conocimiento, y su alma vivirá. Porque lo que se dice del corazón hay que entenderlo del alma que busca la vida, pues el Padre es conocido por medio del Hijo. Sin embargo no hay que dar oídos indistintamente a todos los que hablan o escriben... "Dios es amor" (1Jn 4,16), y se da a conocer a los que aman. Asimismo. "Dios es fiel" (1Co 1,9 1Co 10,13), y se entrega a los fieles por medio de la enseñanza. Es necesario que nos familiaricemos con él por medio del amor divino, de suerte que habiendo semejanza entre el objeto conocido y la facultad que conoce, lleguemos a contemplarle; y así hemos de obedecer al Logos de la verdad con simplicidad y puridad, como niños obedientes... "Si no os hiciereis como esos niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 18,3): allí aparece el templo de Dios, construido sobre tres fundamentos, que son la fe, la esperanza y la caridad... (15)
 


La gnosis-cristiana

        La gnosis es, por así decirlo, un perfeccionamiento del hombre en cuanto hombre, que se realiza plenamente por medio del conocimiento de las cosas divinas, confiriendo en las acciones, en la vida y en el pensar una armonía y coherencia consigo misma y con el Logos divino. Por la gnosis se perfecciona la fe, de suerte que únicamente por ella alcanza el fiel su perfección. Porque la fe es un bien interior, que no investiga acerca de Dios, sino que confiesa su existencia y se adhiere a su realidad. Por esto es necesario que uno, remontándose a partir de esta fe y creciendo en ella por la gracia de Dios, se procure el conocimiento que le sea posible acerca de él. Sin embargo, afirmamos que la gnosis difiere de la sabiduría que se adquiere por la enseñanza: porque, en cuanto algo es gnosis será también ciertamente sabiduría, pero en cuanto algo es sabiduría no por ello será necesariamente gnosis. Porque el nombre de sabiduría se aplica solo a la que se relaciona con el Verbo explicito (logos prophorikos). Con todo, el no dudar acerca de Dios, sino creer, es el fundamento de la gnosis. Pero Cristo es ambas realidades, el fundamento (la fe) y lo que sobre él se construye (la gnosis): por medio de él es el comienzo y el fin. Los extremos del comienzo y del fin -me refiero a la fe y a la caridad- no son objeto de enseñanza: pero la gnosis es transmitida por tradición, como se entrega un depósito, a los que se han hecho, según la gracia de Dios, dignos de tal enseñanza. Por la gnosis resplandece la dignidad de la caridad "de la luz en luz". En efecto, está escrito: "Al que tiene, se le dará más" (Lc 19,26): al que tiene fe, se le dará la gnosis; al que tiene la gnosis, se le dará la caridad: al que tiene caridad. se le dará la herencia... (16).

        La fe es, por así decirlo, como un conocimiento en compendio de las cosas más necesarias, mientras que la gnosis es una explicación sólida y firme de las cosas que se han aceptado por la fe, construida sobre ella por medio de las enseñanzas del Señor. Ella conduce a lo que es infalible y objeto de ciencia. A mi modo de ver, se da una primera conversión salvadora, que es el transito del paganismo a la fe, y una segunda conversión, que es el paso de la fe a la gnosis. Cuando esta culmina en la caridad, llega a hacer al que conoce amigo del amigo que es conocido... (17).
 


Dios se da a conocer a los que le aman

        "Dios es amor", y se da a conocer a los que aman. Asimismo, "Dios es fiel" y se entrega a los fieles por medio de la enseñanza. Es necesario que nos familiaricemos con él por medio del amor divino, de suerte que habiendo semejanza entre el objeto conocido y la facultad que conoce, lleguemos a contemplarle; y así hemos de obedecer al Logos de la verdad con simplicidad y puridad, como niños obedientes... "Si no os hiciereis como esos niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 18,3): allí aparece e) templo de Dios, construido sobre tres fundamentos: que son la fe, la esperanza y la caridad... (18).

Notas

(14) CLEMENTE, Protréptico, 67ss.

(15) Strom. V,11,1ss.

(16) Ibid. VII,10,55,1.

(17) Ibid. VII,10,57,3.

(18) Ibid. V,13,1-2.



 

QUIS DIVES SALVETUR

(¿Quién es el rico que se salva? 11-14)

Ejemplo de buen Pastor


(¿Quién es el rico que se salva? 11-14)

        Vino corriendo uno y, arrodillado a sus pies, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? (...). Jesús, mirándole de hito en hito, mostró quedar prendado de él; y le dijo: una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dálo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el Cielo; y ven después, y sígueme. A esta propuesta, entristecido el joven, se marchó muy afligido, pues tenía muchos bienes (/Mc/10/17-22).

        ¿Qué es lo que le movió a la fuga y le hizo desertar del Maestro, de la súplica, de la esperanza y de los pasados trabajos? Lo de vende cuanto tienes. ¿Y qué quiere decir esto? No lo que a la ligera admiten algunos. El Señor no manda que tiremos nuestra hacienda y nos apartemos del dinero. Lo que El quiere es que desterremos de nuestra alma la primacía de las riquezas, la desenfrenada codicia y fiebre de ellas, las solicitudes, las espinas de la vida, que ahogan la semilla de la verdadera Vida. Si no fuera así, los que nada absolutamente tienen, los que, privados de todo auxilio, andan diariamente mendigando y se tienden por los caminos, sin conocimiento de Dios y de su justicia, serían, por el mero hecho de su extrema indigencia, por carecer de todo medio de vida y andar escasos de lo más esencial, los más felices y amados de Dios, y los únicos que alcanzarían la vida eterna.

        Por otra parte, tampoco es cosa nueva renunciar a las riquezas y repartirlas entre los pobres y necesitados, pues lo hicieron muchos antes del advenimiento del Salvador: unos, para dedicarse a las letras y por amor de la vana sabiduría; otros, a la caza de fama y de gloria, como Anaxagoras, Demócrito y Crates.

        ¿Qué es, pues, lo que manda el Señor como cosa nueva, como propio de Dios, como lo único que vivifica, y no lo que no salvo a los anteriores? ¿Qué nos indica y enseña como cosa eximia el que es, como Hijo de Dios, la nueva criatura? No nos manda lo que dice la letra y otros han hecho ya, sino algo más grande, más divino y más perfecto que por aquello es significado, a saber: que desnudemos el alma misma de sus pasiones desordenadas, que arranquemos de raíz y arrojemos de nosotros lo que es ajeno al Espíritu. He ahí la enseñanza propia del creyente, he ahí la doctrina digna del Salvador. Los que antes del Señor despreciaron los bienes exteriores, no hay duda de que abandonaron y perdieron sus riquezas, pero acrecentaron aun más las pasiones de sus almas. Porque, imaginando haber realizado algo sobrehumano, vinieron a dar en soberbia, petulancia, vanagloria y menosprecio de los otros.

        Ahora bien, ¿cómo iba el Salvador a recomendar, a quienes han de vivir para siempre, algo que dañará y destruyera la vida que Él promete? En efecto, puede darse el caso de que uno, echado de encima el peso de los bienes o hacienda, no por eso mantenga menos impresa y viva en su alma la codicia y apetito de las riquezas. Se desprendió, sin duda, de sus bienes; pero, al carecer y desear a la par lo que dejo, será doblemente atormentado por la ausencia de las cosas necesarias y por la presencia del arrepentimiento. Porque es ineludible e imposible que quien carece de lo necesario para la vida no se turbe de Espíritu y se distraiga de lo más importante, con intento de procurárselo como y donde sea.

        ¡Cuanto más provechoso es lo contrario! Poseer, por una parte, lo suficiente y no angustiarse por tenerlo que buscar; y, por otra, socorrer a los que convenga. Porque, de no tener nadie nada, ¿qué comunión de bienes podría darse entre los hombres? ¿Cómo no ver que esta doctrina de abandonarlo todo pugnaría y contradeciría patentemente a otras muchas y muy hermosas enseñanzas del Salvador? Haceos amigos con las riquezas de iniquidad, a fin de que, cuando falleciereis, os reciban en los eternos tabernáculos (Lc 16,9). Tened vuestros tesoros en los cielos, donde el orín y la polilla no los destruyen, ni los ladrones horadan las paredes (Mt 6,19). ¿Cómo dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al desamparado-cosas por las que, de no hacerse, amenaza el Señor con el fuego eterno y las tinieblas exteriores-, si cada uno empezara por carecer de todo eso?

        (...) No deben, consiguientemente, rechazarse las riquezas que pueden ser de provecho a nuestro prójimo. Se llaman efectivamente posesiones porque se poseen, y bienes o utilidades porque con ellas puede hacerse bien y para utilidad de los hombres han sido ordenadas por Dios. Son cosas que están ahí y se destinan, como materia o instrumento, para uso bueno en manos de quienes saben lo que es un instrumento. Si del instrumento se usa con arte, es beneficioso; si el que lo maneja carece de arte, la torpeza pasa al instrumento, si bien éste no tiene culpa alguna.

        Instrumento así es también la riqueza. Si se usa justamente, se pone al servicio de la justicia. Si se hace uso injusto, se la pone al servicio de la injusticia. Por su naturaleza está destinada a servir, no a mandar. No hay, pues, que acusarla de lo que de suyo no tiene, al no ser buena ni mala. La riqueza no tiene culpa. A quien hay que acusar es al que tiene facultad de usar bien o mal de ella, por la elección que hace; y esto compete a la mente y juicio del hombre, que es en sí mismo libre y puede, a su arbitrio, manejar lo que se le da para su uso. De suerte que lo que hay que destruir no son las riquezas, sino las desordenadas pasiones del alma que no permiten hacer mejor uso de ellas. De este modo, convertido el hombre en bueno y noble, puede hacer de las riquezas uso bueno y generoso.


Ejemplo de buen Pastor

(¿Quién es el rico que se salva? 42)

        Oigamos una historia que no es una fábula, sino un testimonio real acerca de San Juan, transmitido de generación en generación. Después de la muerte del tirano Domiciano, Juan regreso a Éfeso desde la isla de Patmos. Siempre que solicitaban su presencia, acudía a las ciudades vecinas de los gentiles para nombrar obispos, organizar la Iglesia, o elegir como clérigo a uno de los designados por el Espíritu Santo.

        En cierta ocasión, se trasladó a una de aquellas ciudades próximas -algunos incluso mencionan el nombre de Esmirna-donde, después de haber confortado a los hermanos, mientras observaba a quien había nombrado obispo, distinguió a un joven que destacaba por su buen aspecto y fuerte temperamento. Señalándole, dijo al obispo: Te lo confío con especial solicitud ante la Iglesia y Cristo, como testigos. El obispo lo acogió e hizo la promesa, con las mismas palabras y los mismos testigos.

        Juan partió hacia Éfeso y el obispo acogió en su casa al joven que le había sido confiado; lo alimentó, lo educó y tuvo cuidado de él hasta que, por fin, fue bautizado. Sin embargo, después del Bautismo, el obispo disminuyó su celo y vigilancia con el joven, porque ya estaba marcado por el sello del Señor y para él aquello representaba una sólida garantía.

        Dejado precipitadamente a merced de su libertad, el joven fue corrompido por algunos muchachos ociosos y de vida disoluta, habituados al mal. Primeramente lo condujeron a banquetes suntuosos y, después, mientras salían de noche a robar, consideraron que sería capaz de llevar a cabo con ellos empresas mayores. Se habituó a ese género de vida y, por la vehemencia de su carácter, abandonó el recto camino como un caballo que rompe el freno, adentrándose cada vez más en el abismo. Al fin, renunció a la salvación divina y no se preocupó más de las cosas pequeñas; al contrario, cometiendo un pecado muy grave, se vió perdido para siempre y siguió la misma suerte de todos sus compañeros. Los reunió y formó una banda de ladrones y asesinos. Él era su jefe: el más violento, el más peligroso, el más cruel.

        Pasó el tiempo y un asunto exigió de nuevo la presencia de Juan en aquella ciudad. El Apóstol, después de haber puesto en orden aquello que motivó su venida, dijo al obispo: Restituye ahora el bien que Cristo y yo te habíamos confiado en depósito ante la Iglesia, que tú presides y que es testigo. El obispo, en un primer momento, quedo confuso: pensaba que se le acusaba injustamente de la sustracción de un dinero que jamás había recibido, y del que no podría dar fe a Juan porque no lo tenía, ni tampoco poner en duda su palabra. Sin embargo, en cuanto el Apóstol añadió: Te pido que me devuelvas aquel joven, el alma de aquel hermano; el anciano, con una gran exclamación, respondió entre lágrimas: ¡Ha muerto! ¿Cómo?, pregunto Juan; ¿y de qué muerte? ¡Ha muerto a Dios!, contestó el obispo, pues se ha convertido en un hombre malvado y corrupto: un ladrón, por decirlo brevemente. Y ahora, en vez de acudir a la iglesia, vive en las montañas con una banda de hombres semejantes a él.

        El Apóstol se rasgó entonces las vestiduras y, golpeándose la cabeza, dijo entre sollozos: ¡Buen custodio del alma de su hermano, he dejado! ¡Enviadme enseguida un caballo y que alguien haga de guía!

        Y al instante partió de la Iglesia rápidamente al galope. Nada más llegar, fue capturado por la guardia de los bandidos, pero no intentó huir, ni suplicar, tan solo les gritó: ¡He venido para esto; llevadme a vuestro jefe! El, mientras tanto, le esperaba armado, pero al reconocerle, quedo avergonzado y huyó. El Apóstol siguió tras de él con todas sus fuerzas sin tener en cuenta su edad, y le gritó: ¿Por qué huyes, hijo? ¿Por qué escapas a tu padre, viejo y desarmado? Ten piedad de mi, hijito, no tengas miedo. Tienes todavía una esperanza de vida. Yo daré cuentas al Señor por ti. Si es necesario, aceptaré la muerte, como el Señor lo hizo por nosotros; daré mi vida por la tuya. ¡Detente; ten confianza: Cristo me ha enviado!

        Al escuchar estas palabras, se detuvo. Bajó los ojos, tiró las armas y comenzó a llorar amargamente, temblando. Después, abrazó al anciano que estaba a su lado, mientras, entre sollozos, le pedía perdón: así, fue bautizado por segunda vez con lágrimas. Sin embargo, ocultaba su mano derecha. San Juan se constituyó en garante, confirmando con juramento que había obtenido el perdón por parte del Salvador y, rezando, se arrodilló y le besó la mano derecha, ya purificada por el arrepentimiento.

        A continuación, le condujo de nuevo a la Iglesia, e intercediendo con abundantes oraciones y luchando juntos con ayunos continuos, cautivó la mente del joven con los innumerables encantos de sus palabras. Según los testimonios, no se retiró hasta haberlo introducido de nuevo en el seno de la Iglesia, dando así un gran ejemplo de penitencia, una prueba enorme de cambio de vida, un trofeo de conversión manifiesta.

 

SAN HIPÓLITO

Historia

Escritos

        Se desconoce el lugar y fecha de su nacimiento, aunque sabemos que fue discípulo de San Ireneo de Lyon. Su gran conocimiento de la filosofía y los misterios griegos, su misma psicología, indica que procedía del Oriente. Hacia el año 212 era presbítero en Roma, donde Orígenes -durante su viaje a la capital del Imperio- le oyó pronunciar un sermón.

        Con ocasión del problema de la readmisión en la Iglesia de los que habían apostatado durante alguna persecución, estallo un grave conflicto que le opuso al Papa Calixto, pues Hipólito se mostraba rigorista en este asunto, aunque no negaba que la Iglesia tiene la potestad de perdonar los pecados. Tan fuerte fue el contraste que se separo de la Iglesia y, elegido obispo de Roma por un reducido círculo de partidarios suyos, fue así el primer antipapa de la historia. El cisma se prolongo tras la muerte de Calixto, durante el pontificado de sus sucesores Urbano y Ponciano. Termino en el año 235, con la persecución de Maximino, que desterró al Papa legítimo (Ponciano) y a Hipólito a las minas de Cerdeña, donde parece ser que se reconciliaron. Allí los dos renunciaron al pontificado, para facilitar la pacificación de la comunidad romana, que de este modo pudo elegir un nuevo Papa y dar por terminado el cisma. Tanto Ponciano como Hipólito murieron en el año 235. El Papa Fabián hizo trasladar sus cuerpos solemnemente a Roma y son honrados como mártires.

En el siglo XVI se descubrió una estatua de Hipólito, del siglo III, en mármol, que le representa sentado en una cátedra. Allí figura, esculpido, el catalogo completo de sus obras. Aunque se ha perdido el texto original griego de muchas de ellas, se han conservado bastantes en traducciones a diversas lenguas, sobre todo orientales. La más importante es una gran suma llamada Refutación de todas las herejías (en griego Philosaphumena). Escribió también comentarios al Antiguo y Nuevo Testamento, tratados cronológicos (especialmente interesante es un computo pascual), homilías y, sobre todo, una obra de importancia fundamental para el conocimiento de la liturgia romana, conocida con el nombre de Tradición apostólica, que constituye el más antiguo ritual con reglas fijas para la celebración de la Eucaristía, la ordenación sacerdotal y episcopal, etc. Durante mucho tiempo se la considero perdida, hasta que a principios del siglo XX se demostró que lo que se conocía con el nombre de Constitución de la Iglesia egipcia no era otra cosa sino la traducción a las lenguas copta y etiópica de la Tradición apostólica de San Hipólito. Este texto contiene la más antigua plegaria eucarística que ha llegado hasta nosotros. (Loarte)


 

SAN HIPÓLITO

El Verbo encarnado nos hace semejantes a Dios

La Plegaria Eucarística de San Hipólito


El Verbo encarnado nos hace semejantes a Dios

(Refutación de todas las herejías, X 33-34)

        Nosotros creemos en el Verbo de Dios. No nos fundamos en palabras sin sentido, ni nos dejamos llevar por impulsos emotivos o desordenados, ni nos dejamos seducir por la fascinación de discursos bien preparados, sino que prestamos fe a las palabras del Dios todopoderoso. Todo esto lo ordenó Dios en su Verbo. El Verbo las decía en palabras (a los profetas), para apartar al hombre de la desobediencia. No lo dominaba como hace un amo con sus esclavos, sino que lo invitaba a una decisión libre y responsable.

        El Padre envió a la tierra esta Palabra suya en los últimos tiempos. No quería que siguiese hablando por medio de los profetas, ni que fuese anunciada de manera oscura, ni conocida solo a través de vagos reflejos, sino que deseaba que apareciese visiblemente, en persona. De este modo, contemplándola, el mundo Podría obtener la salvación. Contemplando al Verbo con sus propios ojos, el mundo non experimentaría ya la inquietud y el temor que sentía cuando se encontraba ante una imagen reflejada por los profetas, ni quedaría sin fuerzas como cuando el Verbo se manifestaba por medio de los ángeles. De este modo, en cambio, Podría comprobar que se encontraba delante del mismo Dios, que le habla.

        Nosotros sabemos que el Verbo tomó de la Virgen un cuerpo mortal, y que ha transformado al hombre viejo en la novedad de una criatura nueva. Sabemos que se ha hecho de nuestra misma sustancia. En efecto, si no tuviese nuestra misma naturaleza, inútilmente nos habría mandado que lo imitáramos como maestro. Si Él, en cuanto hombre, tuviese una naturaleza distinta de la nuestra, ¿por qué me ordena a mí, nacido en la debilidad, que me asemeje a Él? ¿Cómo podría, en ese caso, ser bueno y justo? Verdaderamente, para que no pensáramos que era distinto de nosotros, ha tolerado la fatiga, ha querido pasar hambre y sed, ha aceptado la necesidad de dormir y descansar, no se ha rebelado frente al sufrimiento, se ha sujetado a la muerte y se nos ha revelado en la resurrección. De todos estos modos, ha ofrecido como primicia tu misma naturaleza humana, para que tú no te desanimes en los sufrimientos, sino que, reconociendo que eres hombre, esperes también tu lo que el Padre ha realizado en Él.

        Cuando hayas conocido al Dios verdadero, tendrás con el alma un cuerpo inmortal e incorruptible, y obtendrás el reino de los cielos, por haber reconocido al Rey y Señor del cielo en la vida de este mundo. Vivirás en intimidad con Dios, serás heredero con Cristo, y no serás ya esclavo de los deseos y pasiones, y ni siquiera del sufrimiento y de los males físicos, porque habrás llegado a ser como Dios. Los sufrimientos que debías soportar por el hecho de ser hombre, te los daba Dios porque eras hombre. Pero Dios ha prometido también concederte sus prerrogativas una vez que hayas sido divinizado y hecho inmortal.

        Cristo, el Dios superior a todas las cosas, el que había decidido cancelar el pecado de los hombres, rehízo nuevo al hombre viejo y desde el principio lo llamo su propia imagen. De este modo ha mostrado el amor que te tenía. Si tú eres dócil a sus santos mandamientos, y te haces bueno como Él, te asemejaras a Él y recibirás de Él la gloria.



La Plegaria Eucarística de San Hipólito

(Tradición apostólica, parte I)
El Señor sea con vosotros.
Y con tu Espíritu.
¡En alto los corazones!
Los tenemos vueltos hacia el Señor.
Demos gracias al Señor.
Es propio y justo.

        Te damos gracias, ¡oh Dios!, por tu bien amado Hijo Jesucristo, a quien Tu has enviado en estos últimos tiempos como Salvador, Redentor y Mensajero de tu voluntad, Él que es tu Verbo inseparable, por quien creaste todas las cosas, en quien Tu te complaciste, a quien envías del cielo al seno de la Virgen, y que, habiendo sido concebido, se encarnó y se manifestó como tu Hijo, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen; que cumplió tu voluntad y te adquirió un pueblo santo, extendió sus manos cuando sufrió para liberar del sufrimiento a los que crean en Tí.

        Y cuando Él se entregó voluntariamente al sufrimiento, para destruir la muerte y romper las cadenas del diablo, aplastar el infierno e iluminar a los justos, establecer la alianza y manifestar la resurrección, tomó pan, dió gracias y dijo: "Tomad, comed, éste es mi cuerpo, que es roto por vosotros". De la misma manera también el cáliz, diciendo: "Ésta es la sangre que es derramada por vosotros. Cuantas veces hagáis esto, haced memoria de mi".

        Recordando, pues, su muerte y su resurrección, te ofrecemos el pan y el vino, dándote gracias porque nos has juzgado dignos de estar ante Ti y de servirte.

        Y te rogamos que tengas a bien enviar tu Santo Espíritu sobre el sacrificio de la Iglesia. Une a todos los santos y concede a los que lo reciban que sean llenos del Espíritu Santo, fortalece su fe por la verdad, a fin de que podamos ensalzarte y Loarte por tu Hijo, Jesucristo, por quien tienes honor y gloria; al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo en tu santa Iglesia, ahora y en los siglos de los siglos. Amén.

 

 

SAN CIPRIANO DE CARTAGO

Historia

Escritos

        San Cipriano nació hacia el año 200, probablemente en Cartago, de familia rica y culta. Se dedicó en su juventud a la retórica. El disgusto que sentía ante la inmoralidad de los ambientes paganos, contrastado con la pureza de costumbres de los cristianos, le indujo a abrazar el cristianismo hacia el año 246. Poco después, en 248, fue elegido obispo de Cartago. Al arreciar la persecución de Decio, en 250, juzgó mejor retirarse a un lugar apartado, para poder seguir ocupándose de su grey. Algunos juzgaron esta actitud como una huída cobarde, y Cipriano hubo de explicar su conducta (carta 20).
        De él se conservan una docena de opúsculos sobre varios temas del momento y, particularmente, una preciosa colección de 81 cartas, en las que da muestra de su extraordinaria clarividencia y energía en los asuntos referentes a la fe y a la vida de la Iglesia. Más que un hombre de ideas fue sobre todo un hombre de gobierno y de acción. Su doctrina coincide sustancialmente con la de Tertuliano, del que era lector asiduo y a quien consideraba como "maestro".
        Dos problemas particularmente graves reclamaron su atención: el primero era el de la actitud que convenía tomar con los que habían cedido durante la persecución accediendo a ofrecer sacrificios a los ídolos. Muchos de ellos quisieron luego volver a la Iglesia, y para ello solicitaban de los "confesores", que habían permanecido firmes sufriendo gravísimos tormentos por la fe, unos certificados en que declaraban que hacían participantes de sus méritos a los que se habían mostrado débiles, con lo que éstos creían ya tener derecho sin más a ser readmitidos a la comunión. Cipriano mantuvo firmemente que el grave pecado de apostasía requería una proporcionada penitencia, y que los certificados de los confesores no podían considerarse como una absolución automática, sino que la absolución tenía que concederse por la Iglesia a través de sus ministros, por medio de la imposición de manos, que solo debía tener lugar después que constase de un auténtico arrepentimiento garantizado por una congrua satisfacción. Las discusiones acerca de esta cuestión son de gran interés histórico, pues a través de ellas conocemos la práctica de la disciplina penitencial en la Iglesia antigua.
        Otro problema, que llego a presentar suma gravedad, surgió cuando un número notable de personas que se habían criado en la herejía pidieron ser admitidos en la Iglesia católica. La práctica de las Iglesias de África en tales casos era la de bautizar a todo hereje que pedía ser admitido, aunque hubiese recibido ya el bautismo en su secta, pues no se consideraba que el bautismo conferido por herejes pudiera ser válido. La Iglesia romana, en cambio, defendía que la validez del bautismo no dependía de las disposiciones o la santidad del ministro que lo confería, sino que todo bautismo hecho con la intención de hacer lo que Cristo había mandado era válido, y, por tanto, no debía repetirse. A este respecto mantuvo Cipriano una áspera disputa epistolar con el obispo de Roma Esteban, quien pretendía imponer a las Iglesias de África la práctica romana. Ambas partes se mostraron irreductibles, hasta el punto de que era de temer un verdadero cisma, que solo fue evitado al sobrevenir la persecución de Valeriano, en la que ambos contendientes hubieron de dar su vida por Cristo, sin que pudieran llevar adelante sus controversias doctrinales. En realidad la doctrina y práctica romanas se fueron imponiendo luego a toda la Iglesia.
                                                                                                                                                                                                                                                                             La confrontación con la herejía, así como los problemas de los apóstatas y de las relaciones con los demás obispos, obligaron a Cipriano a elaborar una teoría de la Iglesia, que desarrolló las ideas que antes habían expresado Ignacio de Antioquía e Ireneo. En su tratado Sobre la unidad de la Iglesia afirma Cipriano que la Iglesia es esencialmente una, imitando la unidad de Dios en la Trinidad. Esta unidad tiene su expresión en la unidad del colegio episcopal cuyos miembros participan in solidum de un único episcopado, como lo significa el hecho de que Cristo fundará sobre uno solo, sobre Pedro, su Iglesia y le diera a él una única autoridad. Sin embargo, no parece que Cipriano conciba esta autoridad de Pedro como superior a la de los demás obispos, sino que todos los obispos participan por igual de aquella misma autoridad que fue dada en Pedro. (Josep Vives, LOS PADRES APOSTÓLICOS, HERDER. BARCELONA 1981)



        A principios del siglo III, Cartago, en el norte de África, era una de las grandes ciudades del Imperio Romano. Allí nació San Cipriano, hacia el año 205, en el seno de una familia pagana, rica y culta. Como correspondía a su categoría social recibió una esmerada formación en Filosofía y Retórica. También participó de las ventajas de su fortuna, del lujo, placeres y honores propios de las costumbres de la época. Pero en la edad madura, siendo muy conocido en su ciudad como maestro de Retórica, se convirtió al Cristianismo. A los pocos años, en el 248, fue nombrado Obispo de Cartago.

        Su episcopado, de diez años, se desarrolló en circunstancias difíciles para la Iglesia. Los cristianos sufrieron las violentas persecuciones de los emperadores Decio y Valeriano. San Cipriano se dedicó a fortalecer a sus hermanos en la fe, mientras salía al paso de los errores que se propagaban en tal situación, llegando a comprometer gravemente la unidad de la Iglesia, como los cismas de Novaciano y Felicísimo, que se mostraban excesivamente rigoristas a la hora de volver a admitir a la comunión eclesial a los lapsi, a los que habían apostatado durante la persecución. El mismo Cipriano murió mártir el 14 de septiembre del año 258.

        Sus obras -tratados y cartas- se pueden agrupar en dos tipos: las de carácter apologético, donde utiliza toda su rica formación filosófica en defender la fe de Cristo contra los paganos; y las pastorales, en las que habla como obispo, con una clara concepción sobre la Iglesia católica y el episcopado. (Loarte)


 

SAN CIPRIANO DE CARTAGO

I. EL HOMBRE NUEVO

II. LA IGLESIA.

III. LA EUCARISTÍA (11)

IV. EL SENTIDO DE NUESTRA ORACIÓN.

 

 

 

 

 

 

 




I. EL HOMBRE NUEVO

De Dios viene la fuerza para vivir santamente.

La persecución es una purificación de la vida cristiana.

Solo con una verdadera penitencia se alcanza el perdón del Señor.



De Dios viene la fuerza para vivir santamente.

        Cuando yo me encontraba sumido en las tinieblas y en la noche cerrada bamboleándome y fluctuando en el mar agitado del mundo, lleno de dudas en pos de señales perdedoras, ignorante de mi propia vida, extraño a la verdad y a la luz, me parecía que según era en aquel momento mi modo de vida había de serme sumamente difícil y duro lo que la misericordia divina me prometía para mi salvación, a saber, poder renacer de nuevo y con el lavatorio del agua salvadora comenzar una nueva vida, deshaciéndome de todo lo de antes y cambiar el modo de sentir y de entender del hombre, aunque el cuerpo permaneciera el mismo. ¿Cómo puede ser posible, me decía, una conversión tan grande, por la que de repente y en un momento se despoje uno de aquellas cosas congénitas que han adquirido la solidez de la misma naturaleza, o de aquellas cosas adquiridas desde largo tiempo y que han arraigado y envejecido con los años? Estas cosas están sólidamente arraigadas, con raíces sólidas y profundas. ¿Cuándo aprenderá la templanza el que ya está acostumbrado a las buenas cenas y a los grandes banquetes? El que solía brillar por su elegancia, vestido ricamente de oro y púrpura, ¿cuándo podrá ponerse el vestido sencillo del pueblo? El que tenía sus delicias en los honores y dignidades, no puede permanecer como simple privado y sin gloria. El que iba siempre rodeado de una pina de clientes y se sentía honrado con su numeroso séquito y su escuadrón de servidores, piensa ser un castigo el tener que andar solo. Se han hecho imprescindibles los tenaces estímulos a que uno se había acostumbrado: el animarse con el vino, hincharse con la soberbia, inflamarse de ira, preocuparse por la rapacidad, excitarse con la crueldad, deleitarse en la ambición, entregarse al placer.

        Esto pensaba yo muchas veces dentro de mí, pues yo mismo me encontraba enredado en los muchos errores de mi vida anterior, y no pensaba que pudiera llegar a despojarme de ellos... Pero cuando la suciedad de mi vida anterior fue lavada por medio del agua regeneradora, una luz de arriba se derramo en mi pecho ya limpio y puro. Después que hube bebido del Espíritu celeste, me encontré rejuvenecido con un segundo nacimiento y hecho un hombre nuevo: de manera milagrosa desaparecieron de repente las dudas, se abrió la cerrazón, se iluminaron las tinieblas, se hizo posible lo que antes parecía imposible... Reconocí que mi anterior vida carnal y entregada al pecado era cosa de la tierra, mientras que la que ya había empezado a vivir del Espíritu Santo era cosa de Dios... El alabarse a sí mismo es odiosa soberbia, pero no es soberbia, sino agradecimiento, el proclamar lo que se atribuye, no al esfuerzo del hombre, sino al don de Dios. El dejar de pecar es cosa de Dios, mientras que el anterior pecado era cosa del error humano. Nuestro poder, repito, todo nuestro poder, es cosa de Dios. De él es nuestra vida, de él nuestra fuerza, de él tomamos y asimilamos nuestra vitalidad por la que, estando todavía en este mundo, reconocemos los signos de las cosas futuras (1).



La persecución es una purificación de la vida cristiana.

        El Señor ha querido poner a prueba a sus hijos. Una larga paz había corrompido en nosotros las enseñanzas que el mismo Dios nos había dado, y tuvo que venir la reprensión del cielo para levantar la fe que se encontraba decaída y casi diría aletargada; y aunque nuestros pecados merecían mayor severidad, el Dios piadosísimo ha ordenado de tal manera todas las cosas, que todo lo que ha acontecido parece ser más una prueba que una persecución. Cada uno se preocupaba de aumentar su hacienda, y olvidándose de su fe y de lo que antes se solía practicar en tiempo de los Apóstoles y que siempre deberían seguir practicando, se entregaban con codicia insaciable y abrasadora a aumentar sus posesiones. En los sacerdotes ya no había religiosa piedad, no había aquella fe integra en el desempeño de su ministerio, aquellas obras de misericordia, aquella disciplina en las costumbres. Los hombres se corrompían cuidando de su barba, las mujeres preocupadas por su belleza y sus maquillajes: se adulteraba la forma de los ojos, obra de las manos de Dios; los cabellos se tenían con colores falsos. Con astutos fraudes se engañaba a los sencillos, y con intenciones torcidas se abusaba de los hermanos. Se concertaban matrimonios con los infieles, y se prostituían a los gentiles los miembros de Cristo. No solo se juraba temerariamente, sino que se perjuraba; se despreciaba a los superiores con hinchada soberbia, se blasfemaba con lengua venenosa, se desgarraban unos a otros con odios pertinaces. Muchos obispos, que debían ser ejemplo y exhortación para los demás, se olvidaban de su divino ministerio, y se hacían ministros de los poderosos del siglo: abandonaban su sede. dejaban destituido a su pueblo, recorriendo las provincias extranjeras siguiendo los mercados en busca de negocios lucrativos, con ansia de poseer abundancia de dinero mientras los hermanos de sus iglesias padecían hambre; se apoderaban de haciendas con fraudes y ardides, y aumentaban sus intereses con crecida usura... Nosotros, al olvidarnos de la ley que se nos había dado, hemos dado con nuestros pecados motivo para lo que ocurre: ya que hemos despreciado los mandamientos de Dios, somos llamados con remedios severos a que nos enmendemos de nuestros delitos y demos muestra de nuestra fe. Por lo menos, aunque sea tarde, nos hemos convertido al temor de Dios, dispuestos a sufrir con paciencia y fortaleza esta amonestación y prueba que de Dios nos viene... (2)



Solo con una verdadera penitencia se alcanza el perdón del Señor.

        Ha brotado, hermanos amadísimos, un nuevo género de estrago. Como si hubiera sido poco cruel la tormenta de la persecución, se ha añadido como colmo de males una blandura engañosa y destructora que se presenta bajo el titulo de misericordia. Contra el vigor del evangelio, contra la ley de Dios y del Señor, la audacia de algunos concede laxamente la comunión a los incautos, como una paz nula y falsa, llena de peligros para los que la otorgan, y de ningún provecho para los que la reciben. No buscan la penitencia que restablece la salud, ni la verdadera medicina que está en la satisfacción. La penitencia queda excluida de los corazones, borrándose la memoria de un delito gravísimo y supremo. Se encubren las heridas de los moribundos y la llaga mortal latente en lo más profuso de las entrañas se tapa con un falso dolor. Los que vuelven de los altares del diablo, se acercan al santuario del Señor con sus manos sucias e infectas de los olores, casi eructando todavía los manjares mortíferos de los ídolos: sus fauces despiden todavía ahora el aliento de un crimen, precipitándose sobre el cuerpo del Señor cuando su respiración huele todavía a aquellos contagios funestos... Antes de que hayan expiado sus delitos, antes de que hayan hecho confesión de su pecado, antes de que su conciencia haya sido purificada con el sacrificio y con la mano del sacerdote, antes de aplacar la ofensa del Dios indignado y amenazante, se hace violencia a su cuerpo y a su sangre, cometiendo entonces con sus manos y con su boca un crimen contra el Señor, mayor que el que cometieron cuando le negaron. No es aquello paz, sino guerra: no se adhiere al evangelio el que se separa de la Iglesia... Nadie se engañe, nadie se deje sorprender. Solo el Señor puede perdonar. Solo él puede dar el perdón de los pecados que se han cometido contra él: él, que cargo con nuestros pecados, que padeció por nosotros, que fue entregado por Dios para nuestros pecados. No puede estar el hombre por encima de Dios, ni puede el esclavo perdonar o conceder indulgencia de los delitos graves cometidos contra su Señor, no sea que al que ha caído se le añada el pecado de no entender lo que está predicho: "Maldito el hombre que pone su esperanza en otro hombre" (Jr 17,5). Al Señor se ha de rogar, el Señor ha de ser aplacado con nuestra satisfacción, pues él dijo que negaría al que le negase, y que solo él recibió del Padre el poder de juzgar a todos. Ciertamente creemos que los méritos de los mártires y las obras de los justos tienen mucho poder ante este juez: pero esto será cuando venga el día del juicio, cuando después del ocaso de este mundo su pueblo se presente ante su tribunal (3).




II. LA IGLESIA.

La unidad de la Iglesia.
Una sola Iglesia
La Iglesia, constituida sobre los obispos.
El Espíritu Santo en la Iglesia.
Hay que guardar las tradiciones apostólicas.
Sobre la legitimidad de la apelación a Roma.
Cipriano y el Papa Esteban.




La unidad de la Iglesia.

        Los manuscritos ofrecen dos versiones del pasaje siguiente: una de ellas insiste más directamente sobre la unión con el primado de Pedro como principio de unidad de la Iglesia, mientras que la otra parece recomendar la unidad en sí misma sin tan directa relación con el primado. Por mucho tiempo existió la sospecha de que el texto que favorecía más al primado de Pedro era un texto manipulado por alguien interesado en la exaltación del primado romano. Sin embargo, la crítica más reciente parece concluir que probablemente ambas versiones pertenecen al mismo san Cipriano: la primera seria la versión original de Cipriano tal como escribió su tratado enviándolo a Roma para ayudar a combatir el cisma por el que Novaciano intentaba oponerse al legitimo obispo de Roma: de ahí la insistencia en la unión con la sede de Pedro. La otra versión seria la que el mismo Cipriano puso en circulación por África después de sus disensiones con el papa Esteban acerca del rebautismo de los herejes. Con todo, ni una ni otra parecen apoyar la preeminencia del obispo de Roma sobre los demás, sino más bien la autoridad apostólica de cada uno de los obispos en sus Iglesias en cuanto que son participantes de la única autoridad que el Señor confirió a Pedro sobre la única Iglesia.

        Dice el Señor a Pedro: "Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia..." (Mt 16,18). Sobre uno solo edifica el Señor su Iglesia, y aunque a todos los Apóstoles les atribuye una potestad igual, con todo establece una única cátedra y un solo principio de unidad con la autoridad de su palabra. Ciertamente los demás Apóstoles eran lo que era Pedro, pero el primado es dado a Pedro a fin de que quedase patente que hay una sola Iglesia y una sola cátedra. Todos son pastores, pero queda patente que uno solo es el rebaño, que es apacentado por todos los Apóstoles con unanimidad de sentimientos... El que abandona esta cátedra de Pedro, sobre la cual está fundada la Iglesia, ¿puede creer que está todavía en la Iglesia? ¿El que se rebela contra la Iglesia y se opone a ella, puede pensar que está en ella? El mismo apóstol Pablo enseña idéntica doctrina declarando el misterio de la unidad con estas palabras: "Un solo cuerpo y un solo Espíritu, una sola esperanza en vuestra vocación, un solo Señor, una fe, un bautismo, un solo Dios" (cf. Ep 4,4). Esta unidad hemos de mantener y vindicar particularmente aquellos que estamos al frente de la Iglesia como obispos, mostrando con ello que el mismo episcopado es uno e indiviso.

        Nadie engañe a los hermanos con falsedades; nadie corrompa la verdad de nuestra fe con desleal prevaricación: el episcopado es uno, y cada uno de los que lo ostentan tiene una parte de un todo sólido; la Iglesia es una, aunque al crecer por su fecundidad se extienda hasta formar una pluralidad. El sol tiene muchos rayos, pero su luz es una; muchas son las ramas de un árbol, pero uno es el tronco, bien fundado sobre sólidas raíces; muchos son los arroyos que fluyen de la fuente, pero aunque la abundancia del caudal parezca difundirse en pluralidad, se mantiene la unidad en el origen. Si separas un rayo del cuerpo del sol, la unidad no permitirá que se divida la luz; si rompes una rama del árbol, ya no podrá brotar una vez rota; si cortas el arroyo de la fuente, se seca al punto. De la misma manera la Iglesia, compenetrada de la luz del Señor, lanza sus rayos por todo el mundo: pero una misma es la luz que se esparce por todas partes, ni sufre división la unidad del cuerpo total. Ella, con su fértil abundancia, extiende sus ramas sobre toda la tierra, y generosamente derrama a lo lejos los arroyos que de ella fluyen: sin embargo, una es su cabeza, uno es su origen, una es la madre abundante en frutos de fertilidad: de su vientre nacemos, de su leche nos alimentamos, su aliento es el que nos da la vida.

        La que es esposa de Cristo, no puede cometer adulterio, sino que permanece integra y casta. No conoce más que una casa, y guarda con casto pudor la santidad de un solo tálamo. Ella nos guarda para Dios, ella nos inscribe en el reino de los hijos que ella ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia, se une a una adultera, se separa de las promesas de la Iglesia, es un extraño, un excomulgado, un enemigo. No llegara a los premios de Cristo el que abandona la Iglesia de Cristo. No puede tener a Dios por padre el que no tiene a la Iglesia por madre. Tanto puede uno pretender salir a salvo fuera de la Iglesia, cuanto podía uno salvarse fuera del arca de Noé. Así nos lo avisa el Señor diciendo: "El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama" (Mt 12,30). El que rompe la paz y la concordia de Cristo, lucha contra Cristo... El que no guarda aquella unidad, no guarda la ley de Dios, no guarda la fe del Padre y del Hijo, no conserva la vida y la salvación (4).

        En cuanto a la persona de Novaciano, sobre el que me pediste que te escriba cual es la herejía que ha introducido, has de saber en primer lugar que nosotros ni debemos tener curiosidad de saber qué es lo que él enseña, toda vez que enseña fuera de la Iglesia. Quienquiera y comoquiera que sea, no es cristiano el que no está en la Iglesia de Cristo. Aunque ande orgulloso y predique con voces altaneras su filosofía o su retórica, el que no guarda la caridad fraterna y la unidad eclesiástica ha perdido incluso lo que antes era. A no ser que tengas por obispo al que por maquinación se esfuerza en que los desertores le hagan obispo, habiendo en la Iglesia otro obispo consagrado por dieciséis de sus colegas. Habiendo sido establecida por Cristo una sola Iglesia por todo el mundo, dividida en muchos miembros, también el episcopado es uno, extendido sobre muchos obispos en concorde pluralidad (episcoporum multorum concordi numerositate diffusus). Pero él, una vez que ya existe la tradición divina, una vez que se da la unidad de la Iglesia católica bien trabada y aunada, que se esfuerce por hacer una iglesia humana y por enviar a numerosas ciudades esos nuevos Apóstoles suyos, colocando así esta especie de fundamentos recientes de su institución. Estando ya previamente consagrados obispos en todas las provincias y ciudades, hombres de edad provecta, íntegros en la fe, probados en la adversidad, perseguidos en la persecución, que tenga él la audacia de crear por encima de ellos otros pseudo-obispos... (5).
 


Una sola Iglesia

(Sobre la unidad de la Iglesia Católica, 4-6)

        Habló el Señor a Pedro de esta manera: Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno nada podrán contra Ella. Y te daré a ti las llaves del reino de los cielos, y lo que atares sobre la tierra será atado en el cielo, y lo que desatares sobre la tierra será también desatado en el cielo (Mt 16,18-19). Otra vez, después de resucitado, le dijo: apacienta mis ovejas (Jn 21,47). Edifica su Iglesia sobre uno solo y le ordena apacentar a sus ovejas. Y aunque después de resucitar otorga el mismo poder a todos los Apóstoles, cuando les dice: como el Padre me envió, así os envió Yo a vosotros; recibid el Espíritu Santo, y a quien perdonareis los pecados, le serán perdonados; mas a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20,21-23); sin embargo, para manifestar la unidad estableció una sola cátedra, y con su autoridad decidió que el origen de la unidad estuviese en uno solo.

        Cierto que los demás Apóstoles eran lo mismo que Pedro, y estaban dotados -como él- de la misma dignidad y poder; pero el principio nace de la unidad, y se le otorga el primado a Pedro para manifestar que es una la Iglesia y una la cátedra de Jesucristo. También son todos pastores y, a la vez, uno solo es el rebaño, que debe ser apacentado por todos los Apóstoles de común acuerdo, para mostrar que es única la Iglesia de Cristo.

        Esta unidad de la Iglesia está prefigurada por la persona de Cristo en el Cantar de los Cantares, cuando el Espíritu Santo dice: una sola es mi paloma, mi hermosa, única es para su madre, la elegida de ella (Ct 6,8). Quien no guarda esta unidad de la Iglesia, ¿piensa acaso que conserva la fe? Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que esta cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que se halla en la Iglesia? El santo Apóstol Pablo enseña esto mismo y declara el misterio de la unidad con estas palabras: un solo cuerpo y un solo Espíritu, una sola esperanza de vuestra vocación, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios (Ep 4,4-6).

        Debemos mantener y defender con toda energía esta unidad, especialmente los obispos, que hemos sido puestos al frente de la Iglesia, para probar que el mismo episcopado es uno e indivisible. Nadie engañe con mentiras a los hermanos, nadie corrompa la pureza de la fe con una pérfida prevaricación. Como el episcopado es único, y cada uno participa de él por entero, así es única la Iglesia, que se extiende sobre muchos por el crecimiento de su fecundidad. Muchos son los rayos del sol, pero una sola es la luz; muchas son las ramas del árbol, pero uno solo es el tronco clavado en la tierra con fuerte raíz; y cuando de un solo manantial fluyen muchos arroyos, aunque aparezcan muchas corrientes desparramadas por la abundancia de las aguas, con todo una sola es la fuente en su origen. Si separas un rayo de la masa del sol, no subsiste la luz a causa de la separación; si cortas la rama del árbol, no podrá germinar la rama cortada; si atajas el arroyo aislándolo de la fuente, se secara. Del mismo modo la Iglesia del Señor esparce sus rayos, difundiendo la luz por todo el mundo; y esa luz que se esparce por todas partes es, sin embargo, una, y no se divide la unidad de su masa. Extiende sus ramos frondosamente por toda la tierra, y sus arroyos fluyen con abundancia en todas direcciones. Con todo, uno solo es el principio y la fuente, y una sola la madre exuberante de fecundidad. De su seno nacemos, con su leche nos alimentamos, de su Espíritu vivimos.

        La Esposa de Cristo no puede ser adultera, pues es incorruptible y pura. Solo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios y destina para el reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adultera, se aleja de sus promesas y no conseguirá las recompensas de Cristo. El que abandona la Iglesia de Cristo es un extraño, un profano, un enemigo. No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia como Madre.

        Si alguien pudo salvarse fuera del arca de Noé, entonces lo podrá también quien estuviere fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: el que no está conmigo, está contra mi; y el que no recoge conmigo, desparrama (Jn 10,30). Quien rompe la paz y la concordia de Cristo está contra Cristo. Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo. Dice el Señor: Yo y el Padre somos una sola cosa (Jn 10,30); y también está escrito del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: estos tres son una sola cosa (1Jn 5,8). ¿Y piensa alguno que esta unidad que procede del poder de Dios, que se halla firmemente asegurada por los misterios celestiales, puede romperse en la Iglesia y escindirse por la discusión y el choque de voluntades? Quien no mantiene esta unidad, no cumple la ley de Dios, no guarda la fe en el Padre y en el Hijo, no obtiene la vida y la salvación.



La Iglesia, constituida sobre los obispos.

        El Señor nuestro, cuyos mandatos debemos reverenciar y guardar, al regular la posición del obispo y la estructura de la Iglesia habla en el Evangelio y dice a Pedro: <<Tu eres Pedro..." (Mt 16,18-19). En virtud de esto, a lo largo de los tiempos va continuándose la sucesión de los obispos y la administración de la Iglesia, de suerte que la Iglesia siempre esté establecida sobre los obispos, y todo acto de la Iglesia sea dirigido por estos prepósitos (ut ecclesia super episcopos constituatur et omnis actus ecclesiae per eosdem praepositos gubernetur). Estando esto fundado en la ley divina, me maravilla que algunos. con audacia temeraria, hayan intentado escribirme presentando su carta en nombre de la Iglesia, siendo así que la Iglesia está constituida por el obispo, el clero y todos los fieles (quando ecclesia in episcopo et clero et in omnibus stantibus sit constituta). Lejos de nosotros, y no lo permita la misericordia y el poder invencible de Dios, que la Iglesia se diga ser el conjunto de los herejes, ya que está escrito: "No es Dios de muertos, sino de vivos" (Lc 17,10). Ciertamente queremos que todos vuelvan a la vida, y con nuestras oraciones y gemidos rogamos que vuelvan a su primer estado. Pero si algunos quieren ser la Iglesia, y si la Iglesia está entre ellos y la forman ellos, ¿qué remedio nos queda sino que nosotros les roguemos a ellos que se dignen admitirnos en la Iglesia? Conviene pues que sean sumisos, pacíficos y modestos aquellos que, conscientes de su pecado, han de hacer penitencia ante Dios. Y no han de escribir cartas en nombre de la Iglesia, constándoles que son ellos más bien los que escriben a la Iglesia (6).



El Espíritu Santo en la Iglesia.

        En la casa de Dios, en la Iglesia de Cristo, se habita por la unanimidad, se persevera por la concordia y la simplicidad. Y por esta razón vino el Espíritu Santo en forma de paloma: ésta es un animal sencillo y alegre, sin amargor de hiel, que no muerde con malicia, ni araña violentamente con las uñas, sino que ama la hospitalidad que le dan los hombres y se siente vinculado a una sola morada; cuando engendra hijos, todos ven la luz a la vez; cuando vuelan, lo hacen todas juntas; hacen su vida en convivencia común y tienen el beso de la boca como señal de la concordia y la paz, de suerte que en todos los detalles cumplen la ley de la unanimidad. Tal es la simplicidad que hay que procurar sea patente en la Iglesia; tal es la caridad que hay que conseguir: el amor fraterno ha de imitar al de las palomas, y la mansedumbre y la suavidad han de ser semejantes a las de los corderos y ovejas. ¿Qué sentido tiene en un pecho cristiano la ferocidad del león, o la rabia del perro, o el veneno mortífero de la serpiente, o la sangrienta crueldad de las fieras? Nos hemos de alegrar cuando los tales se separan de la Iglesia, ya que así las ovejas de Cristo no recibirán el contagio de su maligno veneno. Es imposible que coexistan y se confundan la amargura y la dulzura, la tiniebla y la luz, la tormenta y el tiempo sereno, la guerra y la paz, la fecundidad y la esterilidad, los manantiales y las sequías, la tempestad y la calma. No piense nadie que los buenos puedan salirse de la Iglesia: al trigo no se lo lleva el viento, y la tempestad no arranca al árbol arraigado con sólida raíz. A éstos incrimina y ataca el apóstol Juan cuando dice: "Se marcharon de nosotros, pero es que no eran de los nuestros: porque si hubiesen sido de los nuestros, se habrían quedado con nosotros" (1Jn 2,19). De ahí nacieron y nacen a menudo las herejías: de una mente retorcida, que no tiene paz; de una perfidia discordia que no guarda la unidad... (7).



Hay que guardar las tradiciones apostólicas.

        Con toda diligencia hay que guardar la tradición divina y las prácticas apostólicas, y hay que atenerse a lo que se hace entre nosotros que es lo que se hace casi en todas las provincias del mundo, a saber, que para hacer una ordenación bien hecha, los obispos más próximos de la misma provincia se reúnan con el pueblo al frente del cual ha de estar el obispo ordenando, y éste se elija en presencia del pueblo, ya que éste conoce muy bien la vida de cada uno y ha podido observar por la convivencia el proceder de sus actos. Así vemos que se hizo también entre vosotros en la ordenación de nuestro colega Sabino: se le confirió el episcopado y se le impusieron las manos para que sustituyera a Basílides por el sufragio de toda la comunidad de hermanos y el de los obispos que estuvieron presentes y el de los que os enviaron su voto por carta. No puede invalidar esta ordenación jurídicamente bien hecha el que Basílides, después que sus crímenes quedaron patentes y que él mismo confesó su culpa, fuera a Roma y engañase a nuestro colega Esteban -que reside lejos y no tenía conocimiento de los hechos ni de la verdad-, a fin de conseguir que fuera injustamente repuesto en el episcopado del que con justicia había sido desposeído. Esto solo significa que los crímenes de Basílides no solo no han sido borrados, sino que se han aumentado, puesto que a sus faltas anteriores se ha añadido el crimen de engaño e impostura. No hay que culpar tanto a aquel que por descuido se dejo sorprender cuanto hay que anatematizar a éste que lo sorprendió con sus fraudes. Pero si Basílides pudo sorprender a los hombres, no puede sorprender a Dios, pues está escrito que "de Dios nadie se burla" (Ga 6,7) (8).



Sobre la legitimidad de la apelación a Roma.

        Ellos no tuvieron bastante con apartarse del Evangelio, con arrancar a los herejes la esperanza del perdón y la penitencia, con apartar de todo sentimiento y fruto de penitencia a los enredados en robos, o manchados con adulterios, o contaminados con el funesto contagio de los sacrificios, de suerte que éstos ya no ruegan a Dios ni confiesan sus pecados en la Iglesia; no se contentaron con constituir fuera de la Iglesia y contra la Iglesia un conventículo de facción corrompida, al que pudieran acogerse la caterva de los que tienen mala conciencia y no quieren ni rogar a Dios ni hacer penitencia. Después de todo esto, todavía, habiéndose dado un falso obispo, creación de los herejes, han tenido la audacia de hacerse a la vela y de llevar cartas de parte de los cismáticos y profanos a la cátedra de Pedro, a la Iglesia principal de la que broto la unidad del sacerdocio (ad ecclesiam principalem unde unitas sacerdotalis exorta est); y ni siquiera pensaron que aquellos son los mismos romanos cuya fe alabo el Apóstol cuando les predico, a los que no debería tener acceso la perfidia. ¿Por qué fueron allá a anunciar que había sido creado un pseudo-obispo contra los obispos?

        Porque, o se sienten satisfechos de lo que hicieron y con ello perseveran en su crimen, o se arrepienten y se retractan y ya saben adónde han de volver. Porque fue establecido por todos nosotros que es cosa a la vez razonable y justa que la causa de cada uno se trate allí donde se cometió el crimen y que cada uno de los pastores tenga adscrita una porción de la grey, que cada uno ha de regir y gobernar dando cuenta de sus actos al Señor.

        Por tanto, los que son nuestros súbditos, no han de andar de acá para allá, ni han de lacerar la coherente concordia de los obispos con su audacia astuta y engañosa, sino que han de defender su causa allí donde pueda haber acusadores y testigos de su crimen. A no ser que se crea que la autoridad de los obispos establecidos en África es demasiado pequeña para esos pocos desesperados y pervertidos.

        Aquellos ya los juzgaron, y ya condenaron poco a su conciencia, enredada en muchos criminales enredos (9).
 


Cipriano y el Papa Esteban.

        ...Te envió una copia de la respuesta de Esteban, nuestro hermano. Con su lectura te persuadirás cada vez más del error de aquel que se esfuerza por defender la causa de los herejes contra los cristianos y contra la Iglesia de Dios. Porque, entre otras expresiones soberbias, o que no tienen que ver con la cuestión, o que son contradictorias entre sí, que él escribió con ignorancia e imprudencia, añade todavía lo siguiente: "En el caso de cualesquiera que de cualquier herejía vengan a vosotros, no se introduzca innovación, sino seguid la tradición. Imponedles las manos para recibir la penitencia, ya que los mismos herejes, cuando se pasan de unos a otros entre sí, no se bautizan propiamente, sino que solo se conceden la comunión."

        Prohíbe que se bauticen "de cualquier herejía que vengan": esto es, juzga que los bautismos de todos los herejes son justos y legítimos.

        Y puesto que cada herejía tiene su bautismo peculiar y sus pecados propios, éste, al entrar en comunión con el bautismo de todos carga en bloque sobre su espalda los pecados de todos. Manda además "que no se introduzca innovación alguna, sino se siga la tradición": como si introdujera innovación el que, defendiendo la unidad, defiende el único bautismo en la única Iglesia, y no más bien el que olvidando la unidad hace uso de la mentira y la peste de la inmersión profana. "No se introduzca innovación alguna -dice- sino se siga la tradición." ¿De dónde viene tal tradición? ¿Acaso de la autoridad del Señor y del Evangelio, o de las ordenaciones y cartas de los Apóstoles? Dios declara y advierte a Jesús de Navé que lo que hay que hacer es lo que está escrito, cuando dice (Jos 1,8): "Que este libro de la ley no se aparte de tu boca: meditaras sobre él de día y de noche, para que tengas el cuidado de hacer todo lo que en él está escrito." Asimismo, el Señor, al enviar a sus Apóstoles les encarga bautizar a las gentes y enseñarles a observar todo lo que él ha mandado (Mt 28,20). Así pues, si se manda en el Evangelio, o se contiene en las cartas o Hechos de los Apóstoles que los que vengan de cualquier herejía no sean bautizados, sino que se les impongan solo las manos para recibir la penitencia, que se observe esta tradición santa y divina. Pero si en todas partes los herejes no se nombran sino como enemigos y anticristos, si son declarados vitandos "perversos y condenados por boca propia" (Tt 3,11), ¿por qué creen algunos que nosotros no los hemos de condenar, teniendo claro testimonio apostólico de que ellos mismos ya se han condenado? Nadie ha de infamar a los Apóstoles, como si ellos hubiesen aprobado el bautismo de los herejes, o hubiesen entrado en comunión con ellos sin el bautismo de la Iglesia; porque tales cosas escribieron los Apóstoles acerca de los herejes, y esto cuando todavía no habían surgido las pestes heréticas más agudas, ni el póntico Marción había surgido de las aguas del Ponto...

        ...¡Magnifica realmente y legítima es la tradición que nos propone como maestro nuestro hermano Esteban, avalada por una autoridad suficiente! Porque en el mismo pasaje de su carta añade como complemento: "Ya que los mismos herejes, cuando se pasan de unos a otros entre sí, no se bautizan propiamente, sino que solo se conceden la comunión." Tal es el colmo de males en que ha caído la Iglesia de Dios y la Esposa de Cristo: ella se acomoda a los ejemplos de los herejes; en la celebración de los sacramentos celestes, la luz va a aprender de las tinieblas, y los cristianos hacen lo que los anticristos. ¡Qué ceguera mental, qué perversión supone no querer reconocer la unidad de la fe que viene de Dios Padre, y de nuestro Señor Jesucristo, y de la tradición de nuestro Dios! Porque si precisamente no está la Iglesia en los herejes por el hecho de que ella es una y no puede dividirse, y si precisamente no está el Espíritu Santo con ellos, porque es uno y no puede estar entre los profanos y extraños, tampoco el bautismo, que tiene esencialmente la misma unidad, no puede estar entre los herejes, ya que no puede separarse ni de la Iglesia ni del Espíritu Santo... (10).
 


Notas

(1) CIPRIANO, Ad. Donatum, 3.

(2) CIPRIANO, De Lapsis, 5-7.

(3) Ibid. 15-17.

(4)

(5) CIPRIANO, Epistulae, 55,24.

(6) Epist, 33,1.

(7) De cath. eccl. unitate, 9.

(8) Epist. 67,5.

(9) Epist 59,14.

(10) Epist. 74,1ss.





III. LA EUCARISTÍA (11)



        Algunos, por ignorancia o por inadvertencia, al consagrar el cáliz del Señor y al administrarlo al pueblo no hacen lo que hizo y enseñó a hacer Jesucristo Señor y Dios nuestro, autor y maestro de este sacrificio... Ahora bien, cuando Dios inspira y manda alguna cosa, es necesario que el siervo fiel obedezca al Señor, manteniéndose libre de culpa delante de todos en no arrogarse nada por su cuenta, pues ha de temer no sea que ofenda al Señor si no hace lo que está mandado... Al ofrecer el cáliz ha de guardarse la tradición del Señor, ni hemos de hacer nosotros otra cosa más que la que el Señor hizo primeramente por nosotros, a saber, que en el cáliz que se ofrece en su conmemoración se ofrezca una mezcla de agua y vino... No puede creerse que está en el cáliz la sangre de Cristo, con la cual hemos sido redimidos y vivificados, si no hay en el cáliz el vino por el que se manifiesta la sangre de Cristo...

        Vemos el misterio (sacramentum) del sacrificio del Señor prefigurado en el sacerdote Melquisedec, según el testimonio de la Escritura cuando dice: "Y Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino", siendo sacerdote del Dios altísimo, y bendijo a Abraham (cf. Gn 14,18). Ahora bien, que Melquisedec fuera figura de Cristo lo declara el Espíritu Santo en los salmos, cuando el Padre dice al Hijo: "Yo te engendré antes de la estrella de la mañana: tu eres sacerdote según el orden de Melquisedec" (Ps 109,3-4). Este orden procede y desciende evidentemente de aquel sacrificio, por el hecho de que Melquisedec fue sacerdote del Dios altísimo, y de que ofreció pan y vino y bendijo a Abraham. En efecto, ¿qué sacerdote del Dios altísimo lo es más que nuestro Señor Jesucristo, quien ofreció a Dios Padre un sacrificio, el mismo sacrificio que había ofrecido Melquisedec, a saber, pan y vino, es decir, su cuerpo y su sangre?...

        Puesto que Cristo nos llevaba en si a todos nosotros, ya que hasta llevaba nuestros pecados, vemos que el agua representa al pueblo, mientras que el vino representa la sangre de Cristo. Así pues, cuando en el cáliz se mezclan el agua y el vino, el pueblo se une con Cristo, y la multitud de los creyentes se une y se junta a aquel en quien cree. Esta unión y conjunción de agua y vino en el cáliz del Señor hace una mezcla que ya no puede deshacerse. Por esto la Iglesia, es decir la multitud que está constituida en Iglesia y persevera fiel y firmemente en su fe no podrá por nada ser separada de Cristo, ni nada podrá hacer que no permanezca adherida a él e indivisa en el amor. Por esto al consagrar el cáliz del Señor no se puede ofrecer ni agua sola ni vino solo: si uno ofrece solo vino, se hará presente la sangre de Cristo sin nosotros; si solo hay agua, se hará presente el pueblo sin Cristo. En cambio, cuando se mezclan ambas cosas hasta formar un todo sin distinción y perfectamente uno, entonces se consuma el misterio (sacramentum) celestial y Espiritual...

        Dice el Señor: "El que quebrantare uno de estos mandamientos mínimos y enseñare a hacerlo a los hombres, será llamado el más pequeño en el reino de los cielos" (Mt 5,19): ahora bien, si no se pueden quebrantar ni los mínimos mandamientos del Señor, cuanto más esos que son tan grandes, tan importantes, que tocan tan de cerca al misterio de la pasión del Señor y de nuestra redención no podrán quebrantar ni cambiar lo que en ellos hay de institución divina por institución humana alguna. Si Cristo Jesús, Dios y Señor nuestro es él mismo el sumo sacerdote de Dios Padre, y se ofreció el primero a sí mismo en sacrificio al Padre, y mando que esto se hiciera en memoria de él, tendrá realmente las veces de Cristo aquel sacerdote que imita lo que Cristo hizo, y ofrecerá un sacrificio verdadero y pleno en la Iglesia a Dios Padre cuando se ponga a hacer la oblación tal como vea que la hizo Cristo... (12)



 

IV. EL SENTIDO DE NUESTRA ORACIÓN.

Introducción
Las maravillas del Bautismo (A Donato, 3-5)
Frutos de la paciencia
Sin miedo a la muerte


Introducción


        Decimos "hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo", no para que Dios haga lo que él quiere, sino para que nosotros podamos hacer lo que él quiere. Porque, ¿quién puede oponerse a que Dios haga lo que quiere? En cambio el diablo se opone en nosotros a que nuestros deseos y nuestros actos obedezcan en todo a Dios, y por esto rogamos y pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios. El que esta voluntad se haga en nosotros, es obra de la misma voluntad de Dios, es decir, de su ayuda y protección, ya que nadie es fuerte por sus propias fuerzas, sino que nuestra seguridad nos viene de la benevolencia y misericordia de Dios... Los que queremos perdurar para siempre debemos hacer la voluntad de Dios, que es eterno (13).


Las maravillas del Bautismo (A Donato, 3-5)

        Cuando yacía postrado en las tinieblas de la noche, cuando zozobraba en medio del mar borrascoso de este mundo y andaba vacilante en el camino del error sin saber qué sería de mi vida, desviado de la luz de la verdad, imaginaba que sería difícil y duro, en mi situación, lo que me prometía la divina misericordia: que uno pudiera renacer y que -animado de una nueva vida por el baño del agua de salvación- dejara lo que había sido y cambiara el hombre viejo de Espíritu y mente, aunque permaneciera en el mismo cuerpo humano. ¿Cómo es posible, me decía, tal transformación? ¿Cómo es posible que de la noche a la mañana, tan de repente, se despoje uno de lo que es congénito a la misma naturaleza, o se ha endurecido por hábitos inveterados? Estas disposiciones son inquebrantables, están arraigadas con raíces muy hondas. ¿Cuándo aprenderá a ser sobrio quien se ha acostumbrado a espléndidas cenas y ricos banquetes? ¿Cuándo se va a contentar con corriente y sencillo atuendo quien siempre destaco por el oro y la púrpura de sus preciosos vestidos? Quien goza de dignidades y cargos no soporta verse privado de ellos y vivir en la oscuridad. Aquel que suele ir rodeado de una escolta de clientes, cortejado por una numerosa comitiva de aduladores, considera como un tormento el verse solo. Quienes se han apegado a los halagos de las pasiones es necesario que, como de costumbre, los arrastre la embriaguez, los hinche la soberbia, los exalte la ira, los despedace la codicia, los provoque la crueldad, los alucine la ambición, los precipite la lujuria.

        Esto me decía una y mil veces a mí mismo. Pues, como me hallaba retenido y enredado en tantos errores de mi vida anterior, de los que no creía poder desprenderme, yo mismo condescendía con mis vicios inveterados y, desesperando de enmendarme, fomentaba mis males como hechos naturales en mí. Pero después que quedaron borradas con el agua de regeneración las manchas de la vida pasada y se infundio la luz en mi Espíritu transformado y purificado, después que me cambio en un hombre nuevo por un segundo nacimiento la infusión del Espíritu celestial, al instante se aclararon las dudas de modo maravilloso, se abrió lo que estaba cerrado, se disiparon las tinieblas, se volvió fácil lo que antes me parecía difícil, se hizo posible lo que creía imposible. De modo que pude reconocer que provenía de la tierra mi anterior vida carnal sujeta a los pecados, y que era cosa de Dios lo que ahora estaba animado por el Espíritu Santo.

        Tu mismo puedes comprender y reconocer conmigo qué nos ha quitado y qué nos ha traído esta muerte de los vicios y esta vida de las virtudes. Tu bien lo sabes, sin que yo lo pregone. Siempre es odiosa la propia alabanza; si bien no puede decirse en este caso que sea propia alabanza, sino gratitud, porque se atribuye a don de Dios y no a las fuerzas del hombre, de manera que él no pecar ahora es favor de la gracia, y el haber pecado antes fue efecto de la miseria humana. Don de Dios es todo lo que ahora podemos. De Él vivimos, por El tenemos fuerzas, de Él recibimos y sentimos aquel vigor por el cual, aun en esta vida, gustamos los preludios de la futura. Solamente debemos tener el temor de perder la inocencia, para que el Señor, que por su misericordia infundio la gracia en nuestras almas, permanezca complacido por nuestras buenas obras en nuestro Espíritu, como en su morada, no sea que la seguridad concedida nos haga descuidados y se introduzca de nuevo el antiguo enemigo.

        Por lo demás, si tú te asientas con pie firme en el camino de la inocencia, de la justicia, si unido tan solo a Dios con todas tus fuerzas y con toda tu alma, no eres más que lo que has empezado a ser, cuanto mayor sea en ti el aumento de gracia, mayores fuerzas tendrás. No hay medida alguna en las mercedes que recibimos de Dios, como suele haberla en los beneficios humanos. El Espíritu, que se derrama con abundancia, no se ve oprimido por límites, ni encerrado en espacio estrecho que lo frene. Fluye sin cesar, rebosa su abundancia, solamente tiene que abrirse nuestro corazón y estar sediento. Cuanta fe seamos capaces de presentar, tanta abundancia de gracia recogeremos.

        Entonces ya podemos, mediante una castidad austera, un alma pura, unas palabras limpias, remediar a los dolientes, destruir la ponzoña, purificar las almas de los enfermos devolviéndoles la salud, imponer la paz a los enemigos, la calma a los violentos, la mansedumbre a los iracundos. Ya podemos obligar a los Espíritus inmundos y vagabundos -que se introdujeron en los hombres para atormentarlos- a que confiesen increpándolos con amenazas, forzarlos con duros azotes a que salgan, aumentarles el castigo si se resisten; si aúllan, si gimen, sacudirles con látigos, abrasarlos con el fuego. Este combate se produce allí, pero no se ve. El mal está oculto, aunque el castigo es manifiesto. Por eso, desde que empezamos a ser suyos, el Espíritu que hemos recibido obra con toda libertad. Pero, como no hemos cambiado de cuerpo ni de miembros, nuestros ojos carnales están todavía oscurecidos con las nubes del siglo. ¡Qué gran dignidad tiene el alma! ¡Qué grande su poder! No solo ha quedado desprendida del pernicioso apego del mundo, hasta estar libre por su expiación y pureza de la peste esparcida por el enemigo, sino que ha adquirido mayor y más poderosa pujanza de fuerzas, que se impone con imperio a todas las legiones del enemigo atacante.



Frutos de la paciencia

(El bien de la paciencia, 13-16,19-20)

        Se es cristiano por la fe y la esperanza; mas para lograr el fruto de ellas, se necesita la paciencia. En efecto, no vamos tras la gloria de acá, sino tras la futura, conforme a lo que nos avisa el Apóstol Pablo cuando dice: hemos sido salvados por la esperanza. La esperanza que se ve, ya no es esperanza; si uno ya lo ve, ¿cómo va a esperar lo que está viendo? Mas, si esperamos lo que no vemos, nos sostenemos por la espera de ello (Rm 8,24-25)

        La espera y la paciencia nos son necesarias para completar lo que hemos empezado a ser y para conseguir, por la bondad de Dios, lo que creemos y esperamos. En otro lugar, el mismo Apóstol recomienda y enseña a los varones justos y limosneros, y que guardan sus tesoros en el cielo con el ciento por uno, que tengan paciencia, diciendo: no dejemos de hacer el bien, pues a su tiempo recogeremos la cosecha. Así que, mientras tenemos tiempo, obremos el bien a todos, principalmente a los de nuestra fe (Ga 6 Ga 9-10). Avisa que nadie, por impaciencia, decaiga en el obrar bien; que nadie, solicitado o vencido por la tentación, renuncie en medio de su gloriosa carrera y eche a perder el fruto de lo ganado, por dejar incompleto lo comenzado, como está escrito: la justicia del justo no le librara en cualquier día que se desviare (Ez 33,12); y en otro lugar: guarda lo que tienes, no vaya otro a recibir tu corona (Ap 3,11). Estas palabras exhortan a continuar con paciencia y tenacidad, para que el que se encuentra próximo a alcanzar la corona, la logre mediante la perseverancia.

        Así que la paciencia, hermanos amadísimos, no solo conserva el bien sino que repele el mal. Quien sigue el impulso del Espíritu Santo y se adhiere a lo divino y celestial, lucha ardorosamente embarazando el escudo de sus virtudes contra las fuerzas de la carne, que asaltan y rinden al alma. Echemos una mirada a algunos de los muchos vicios, para que lo dicho de pocos se entienda de los demás. El adulterio, el fraude, el homicidio son delitos mortales. Tenga la paciencia robustas y hondas raíces en el corazón, y nunca se manchara con el adulterio el cuerpo consagrado como templo de Dios, ni un alma dedicada a la justicia se corromperá con el Espíritu de fraude, ni jamás se teñirán de sangre las manos que han llevado la Eucaristía.

        La caridad es el lazo que une a los hermanos, el cimiento de la paz, la trabazón que da firmeza a la unidad; la que es superior a la esperanza y a la fe, la que sobrepuja a la limosna y al martirio; la que quedará con nosotros para siempre en el Cielo. Quítale, sin embargo, la paciencia, y quedará devastada; quítale el jugo del sufrimiento y resignación, y perderá las raíces y el vigor. Cuando el Apóstol habla de la caridad, le junta el sufrimiento y la paciencia: la caridad, dice, es magnánima, es benigna, no es envidiosa, no se hincha, no se encoleriza, no piensa el mal; todo lo ama, todo lo cree, todo lo, espera, lo soporta todo (1Co 13,4-7). Con esto nos indica que la caridad puede permanecer, porque es capaz de sufrir todo. Y en otro pasaje exclama: sobrellevándonos con caridad, poniendo interés en conservar la unión del Espíritu con el vínculo de la paz (Ep 4,2). Enseña que no puede conservarse ni la unidad ni la paz, si no se ayudan mutuamente los hermanos y mantienen el vínculo de la unidad con el auxilio de la paciencia.

        ¿Y qué decir de que no debes jurar, ni hablar mal, ni exigir lo que te han quitado; lo de ofrecer la otra mejilla después de recibir la bofetada; que debes perdonar a tu hermano que te ha ofendido no solo setenta veces siete, sino todas las ofensas; que debes amar a tus enemigos, que debes rogar por los adversarios y perseguidores? ¿Podrías acaso sobrellevar todos estos preceptos si no fuera por la fortaleza de la paciencia? Esto lo cumplió, según sabemos, Esteban: siendo asesinado a pedradas por los judíos, no pedía venganza para sus asesinos, sino perdón con estas palabras: Señor, no les imputes esto como pecado (Ac 7,60). Tal convenía que fuese el primer mártir de Cristo, para que-por ser el modelo de los mártires venideros con su gloriosa muerte-no solo se hiciese el pregonero de la pasión del Señor, sino su imitador en la inmensa mansedumbre y paciencia.

        ¿Qué diré de la ira, de la discordia, de las enemistades, que no deben tener cabida en el cristiano? Haya paciencia en el corazón y estas pasiones no entraran en él, o, si intentaren forzar la entrada, enseguida serán rechazadas y se retiraran, de modo que continúe el asiento de la paz en el corazón, donde tiene Dios sus delicias en habitar (...).

        Y para que resplandezcan mejor, hermanos amadísimos, los beneficios de la paciencia, consideremos por contraposición los males que acarrea la impaciencia.

        Así como la paciencia es un don de Cristo, así la impaciencia, por el contrario, es un don del diablo; y al modo como aquél en quien habita Cristo es paciente, lo mismo siempre es impaciente aquél cuya mente está poseída por la maldad del demonio.

        En resumen, tomemos las cosas por sus principios. El diablo no pudo sufrir con paciencia que el hombre fuese creado a imagen de Dios; por eso se perdió a sí mismo primero, y luego perdió a los demás. Adán, impaciente por gustar el mortal bocado, contra la prohibición de Dios, se precipito en la muerte y no guardo la gracia recibida del Cielo con la ayuda de la paciencia. Caín, por no poder soportar la aceptación de los sacrificios y ofrendas, mato a su hermano. Esaú bajo de su mayorazgo a segundón y perdió su primacía por su impaciencia en comer un plato de lentejas.

        ¿Por qué el pueblo judío, infiel e ingrato con los favores de Dios, se aparto del Señor, sino por la impaciencia? No pudiendo llevar con paciencia la tardanza de Moisés, que estaba hablando con Dios, oso pedir dioses sacrílegos, llamando guías de su peregrinación a una cabeza de toro y a un simulacro de arcilla, y nunca desistió de mostrar su impaciencia, puesto que no aguantaba nunca las amonestaciones y gobierno de Dios, llegando a matar a sus profetas y justos y hasta llevar a la cruz y al martirio al Señor.

        La impaciencia también es la madre de los herejes; ella, a semejanza de los judíos, los hace rebelarse contra la paz y caridad de Cristo y los lanza a funestos y rabiosos odios. Y para no ser prolijo: todo lo que la paciencia edifica con su conformidad en orden a la gloria, lo destruye la impaciencia por la ruina.

        Por tanto, hermanos amadísimos, una vez vistas con atención las ventajas de la paciencia y las consecuencias de la impaciencia, debemos mantener en todo su vigor la paciencia, por la que estamos en Cristo y podemos llegar con Cristo a Dios.

        Por ser tan rica y variada, la paciencia no se ciñe a estrechos límites ni se encierra en breves términos. Esta virtud se difunde por todas partes, y su exuberancia y profusión nacen de un solo manantial; pero al rebosar las venas del agua se difunde por multitud de canales de méritos y ninguna de nuestras acciones puede ser meritoria si no recibe de ella su estabilidad y perfección. La paciencia es la que nos recomienda y guarda para Dios; modera nuestra ira, frena la lengua, dirige nuestro pensar, conserva la paz, endereza la conducta, doblega la rebeldía de las pasiones, reprime el tono del orgullo, apaga el fuego de los enconos, contiene la prepotencia de los ricos, alivia la necesidad de los pobres, protege la santa virginidad de las doncellas, la trabajosa castidad de las viudas, la indivisible unión de los casados.

        La paciencia mantiene en la humildad a los que prosperan, hace fuertes en la adversidad y mansos frente a las injusticias y afrentas. Enseña a perdonar enseguida a quienes nos ofenden, y a rogar con ahínco e insistencia cuando hemos ofendido. Nos hace vencer las tentaciones, tolerar las persecuciones, consumar el martirio. Es la que fortifica sólidamente los cimientos de nuestra fe, la que levanta en alto nuestra esperanza, la que encamina nuestras acciones por la senda de Cristo, para seguir los pasos de sus sufrimientos. La paciencia nos lleva a perseverar como hijos de Dios imitando la paciencia del Padre.


Sin miedo a la muerte

(Tratado sobre la peste, 15-26)


        Es verdad que perecen en esta (epidemia de) peste muchos de los nuestros; esto quiere decir que muchos de los cristianos se libran de este mundo. Esta mortandad es una pestilencia para los judíos, gentiles y enemigos de Cristo; mas para los servidores de Dios es salvadora partida para la eternidad. Por el hecho de que sin discriminación alguna de hombres mueran buenos y malos, no hay que creer que es igual la muerte de unos y de otros. Los justos son llevados al lugar del descanso, los malos son arrastrados al suplicio; a los fieles se les otorga en seguida la seguridad; a los infieles, sin tardar el castigo (...).

        Cuantas veces me fue revelado, cuantas y más claras veces se me ordenó por la bondad de Dios que clamase sin cesar, que predicara en público que no debía llorarse por nuestras hermanos llamados por el Señor y libres de este mundo, sabiendo que no se pierden, sino que nos preceden; que, como viajeros, como navegantes, van delante de los que quedamos atrás; que se puede echarlos de menos, pero no llorarlos y cubrirnos de luto, puesto que ellos ya se han vestido vestidos blancos; que no debe darse a los gentiles ocasión de que nos censuren con toda razón, de que viven con Dios y los lloremos como perdidos y aniquilados, y no demos pruebas con verdaderos sentimientos de lo que predicamos con las palabras. Somos prevaricadores de nuestra esperanza y fe si aparece como fingido y simulado lo que estamos afirmando. De nada sirve mostrar en la boca la virtud y desacreditar su verdad con la práctica.

        Por último el Apóstol Pablo reprueba y recrimina, reprende a los que se contristan desmesuradamente por la pérdida de los suyos. No queremos, dice, que os olvidéis, hermanos, a propósito de los que fallecen, que no debéis lamentaros como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucito, también Dios llevara con Él a los que han muerto con Jesús (1Th 4,13-14). Dice que se entristecen en demasía de los suyos los que no tienen esperanza. Pero los que vivimos con esperanza y creemos en Dios y que Cristo padeció por nosotros y resucito, y confiamos en permanecer con Cristo y resucitar en Él y por Él, ¿por qué rehusamos salir de este mundo o lloramos y nos dolemos de los nuestros que parten, como ya perdidos, cuando el mismo Cristo y Señor y Dios nuestro nos avisa y dice: Yo soy la resurrección; el que cree en mi, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mi no morirá nunca? (Jn 11,25-26). Si creemos en Cristo, tengamos fe en sus palabras y promesas de modo que, no habiendo de morir nunca, vayamos alegres y tranquilos a Cristo, con el cual hemos de triunfar y reinar siempre

        Si morimos, cuando nos toque, entonces pasamos por la muerte a la inmortalidad, y no puede empezar la vida eterna hasta que no salgamos de ésta. No es ciertamente una salida, sino un paso y traslado a la eternidad, después de correr esta carrera temporal. ¿Quién hay que no vaya a lo mejor? ¿Quién no deseara transformarse y mudarse cuanto antes en la forma de Cristo y merecer el don del cielo, predicando el Apóstol Pablo: nuestra vida, dice, está en el cielo, de donde esperamos al Señor Jesucristo, que transformara nuestro vil cuerpo en un cuerpo resplandeciente como el suyo? (Ph 3,20-21). Para que estemos con Él y con Él nos gocemos en las moradas eternas y en el reino del cielo, Cristo Señor promete que seremos tales cuando ruega al Padre por nosotros, diciendo: Padre, quiero que los que me entregaste estén conmigo donde estoy Yo y vean la gloria que me diste antes de crear al mundo (Jn 17,24). El que ha de llegar a la morada de Cristo, a la gloria del reino celestial, no debe derramar llanto y plañir, sino más bien regocijarse en esta partida y traslado, conforme a la promesa del Señor y a la fe en su cumplimiento (...).

        Hemos de pensar, hermanos amadísimos, y reflexionar sobre lo mismo: que hemos renunciado al mundo y que vivimos aquí durante la vida como huéspedes y viajeros. Abracemos el día que a cada uno señala su domicilio, que nos restituye a nuestro reino y paraíso, una vez escapados de este mundo y libres de sus lazos. ¿Quién, estando lejos, no se apresura a volver a su patria? ¿Quién, a punto de embarcarse para ir a los suyos, no desea vientos favorables para poder abrazarlos cuanto antes? Nosotros tenemos por patria el paraíso, por padres a los patriarcas; ¿por qué, pues, no nos apresuramos y volvemos para ver a nuestra patria para poder saludar a nuestros padres? Nos esperan allí muchas de nuestras personas queridas, nos echa de menos la numerosa turba de padres, hermanos, hijos, seguros de su salvación, pero preocupados todavía por la nuestra. ¡Qué alegría tan grande para ellos y nosotros llegar a su presencia y abrazarlos, qué placer disfrutar allá del reino del cielo sin temor de morir y qué dicha tan soberana y perpetua con una vida sin fin! Allí el coro glorioso de los Apóstoles, allí el grupo de los profetas gozosos, allí la multitud de innumerables mártires que están coronados por los méritos de su lucha y sufrimientos, allí las vírgenes que triunfaron de la concupiscencia de la carne con el vigor de la castidad, allí los galardonados por su misericordia, que hicieron obras buenas, socorriendo a los pobres con limosnas, que, por cumplir los preceptos del Señor, transfirieron su patrimonio terreno a los tesoros del cielo. Corramos, hermanos amadísimos, con insaciable anhelo tras éstos, para estar enseguida con ellos; deseemos llegar pronto a Cristo. Vea Dios estos pensamientos, y que Cristo contemple estos ardientes deseos de nuestro Espíritu y fe; Él otorgara mayores mercedes de su amor a los que tuvieren mayores deseos de Él.


Notas

(11) Los fragmentos que siguen proceden de la carta 63, escrita contra algunos que llevaban hasta tal punto su abstinencia de vino que pretendían celebrar la eucaristía con agua sola. volver)

(12) Epist. 63.

(13) CIPRIANO, De dominica oratione, 14.


 

      

 

SAN HILARIO DE POITIERS

Historia Escritos

        Nació en Poitiers, Francia, a principios del siglo IV; Sus padres eran nobles gentiles. Fue bautizado el año 345 y desde entonces vivió santamente. Fue elegido obispo de Poitiers el año 350.Gran defensor de la fe en la divinidad de Cristo frente a los arrianos. En su tratado sobre la Trinidad «De Trinitate» defiende la doctrina del Concilio de Nicea y demuestra que las Sagradas Escrituras dan testimonio claro de la divinidad del Hijo. En otros libros interpreta también los sucesos del Antiguo Testamento como prefiguraciones de la venida de Cristo al mundo.

        El punto de partida de la reflexión de Hilario es la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, recibida en el bautismo. Dios Padre, que es amor, comunica plenamente su divinidad al Hijo. Éste compartió nuestra condición humana, de tal manera que sólo en Cristo, Verbo encarnado, la humanidad encuentra la salvación. Asumiendo la naturaleza humana, Él ha unido a sí a todo hombre. Por eso, el camino hacia Cristo está abierto para todos, aunque por nuestra parte se requiere siempre la conversión personal.

        San Hilario combatió herejías del arriano Auxencio de Milán. Los arrianos lograron que el emperador Constancio, también arriano, desterrase a Hilario a Frigia, provincia romana de Asia, a fines del año 356. Su comentario fue: "Permanezcamos siempre en el destierro con tal que se predique la verdad".  Desde el destierro envió a Occidente su tratado de los Sínodos y en 359 los doce libros Sobre la Trinidad, que se considera su mejor obra.

        Asistió al concilio de Seleucia de Isauria, ciudad del Asia Menor, en la región de Tauro. Allí trató Hilario sobre misterios de la fe. Después pasó a Constantinopla, donde en un escrito presenta al emperador como un anticristo.Sus enemigos, convencidos de que Hilario les era mas problema en el Oriente, le permitieron regresar a Poitiers. San Jerónimo comenta sobre el gran júbilo con que fue recibido por los católicos. Allí realizó una importante labor de exégesis, escribiendo tratados sobre los grandes misterios de la fe, sobre los salmos y sobre san Mateo. Compuso también himnos y algunos le atribuyeron el "Gloria in excelsis".

        Según san Isidoro de Sevilla, Hilario fue el primero que introdujo los cánticos en las iglesias de Occidente. Años más tarde San Ambrosio introducirá esa costumbre en su catedral de Milán y los herejes lo acusarán ante el gobierno diciendo que por los cantos tan hermosos que entona en su iglesia le quita a ellos sus clientes que se van a donde los católicos porque allá cantan más y mejor.

San Hilario murió el 13 de enero del año 367. Sus reliquias estuvieron en Poitiers hasta el año 1652, en que fueron sacrílegamente quemadas por los hugonotes. Se le ha dado el título de Atanasio de Occidente. Entre sus ilustres discípulos está San Martín de Tours. San Jerónimo y san Agustín lo llaman gloriosísimo defensor de la fe.El Papa Pío IX, a petición de los obispos reunidos en el sínodo de Burdeos, declaró a san Hilario Doctor de la Iglesia por sus enseñanzas sobre la divinidad de Cristo

 

SAN HILARIO DE POITIERS

HOMILÍA SOBRE EL SALMO 130

LAS ARMAS DEL APÓSTOL

 

 

 

 

HOMILÍA SOBRE EL SALMO 130


"¡Oh Señor!, no se ha engreído mi corazón, ni se han ensoberbecido mis ojos".

1. Este breve Salmo, que exige un tratamiento analítico más que un tratamiento homilético. Nos enseña la lección de la humildad y la mansedumbre. Ahora, dado que hemos hablado muchas veces acerca de la humildad, no hay necesidad de repetir las mismas cosas aquí. Por supuesto que estamos obligados a tener en cuenta la gran necesidad que tenemos de que nuestra fe permanezca en humildad cuando escuchamos al Profeta que la entiende como equivalente al desempeño de los trabajos más altos: ¡Oh Señor!, mi corazón no está exaltado. Pues un corazón contrito es el más noble sacrificio a los ojos de Dios. El corazón, por lo tanto, no debe inflarse por la prosperidad, sino que debe guardarse humildemente en los límites de la mansedumbre, mediante el temor de Dios.

2. "Ni se han ensoberbecido mis ojos". El sentido estricto del griego aquí transmite un significado diferente; esto es, que no han sido elevados de un objeto para mirar a otro. Pero los ojos deben elevarse en obediencia a las palabras del profeta: "Eleva tus ojos y mira quién ha desplegado todas estas cosas". Y el Señor dice en el Evangelio: "Eleva tus ojos, y mira los campos, que están blancos hasta la cosecha". Los ojos están, entonces, para ser elevados. No para poner su mirada en cualquier parte, sino para permanecer fijos de manera definitiva sobre todo aquello para lo que han sido elevados.

3. Y continua así: "No he andado entre grandezas, ni en cosas maravillosas que me sobrepasan". Es muy peligroso andar entre cosas malas, y no quedarse entre las cosas maravillosas. Las obras de Dios son grandes; Él, en sí mismo, es maravilloso en todo lo alto: ¿cómo puede entonces enorgullecerse el salmista como si fuera una obra buena no andar entre grandezas y maravillas? La adición de las palabras, "que me sobrepasan", nos muestra de que se está hablando de caminar entre cosas distintas a las que los hombres comúnmente consideran como grandes y maravillosas. Pues David, que fue profeta y rey, también fue humilde y despreciado e indigno de sentarse a la mesa de su padre; pero encontró el favor de Dios, fue ungido rey, e inspirado para profetizar. Su reino no lo hizo altivo, no lo motivaban malas intenciones: amo a quienes lo persiguieron, rindió honores a sus enemigos muertos, perdono a sus hijos incestuosos y asesinos. Fue despreciado en su soberanía; como padre, fue herido; como profeta, fue afligido; y aun así no reclamo venganza como Podría hacerlo un profeta, ni infligió castigo como lo haría un padre, ni correspondió a los insultos como lo haría un soberano. De este modo no anduvo entre grandezas y maravillas que le sobrepasaban.

4. Veamos lo que sigue: "Si no humillaba mis pensamientos y en cambio he elevado mi alma". ¡Qué inconsecuencia de parte del Profeta! No eleva su corazón: pero si eleva su alma. No camina entre grandezas y maravillas que le sobrepasan; pero sus pensamientos no son bajos. Su inteligencia se exalta, pero su corazón se apoca. Es humilde en su proceder: pero no es humilde en su pensamiento. Su alma se eleva a las alturas porque su pensamiento aspira alcanzar el cielo. Pero su corazón, "del que proceden -según el Evangelio- pensamientos perversos, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, insultos", es humilde, apremiado bajo el suave yugo de la mansedumbre. Nosotros debemos definir el justo medio, entonces, entre la humildad y la exaltación, para que podamos ser humildes de corazón pero elevados de alma y pensamiento.

Después continua: "Como el niño destetado en los brazos de su madre, así recompensaras mi alma". Nos es dicho que cuando Isaac fue destetado, Abraham celebro una fiesta, porque ahora que era destetado, cruzaba el umbral de la niñez y pasaba más allá del alimento de leche. El Apóstol alimenta a todos los que son imperfectos en la fe, inclusive a niños en las cosas de Dios, con la leche del conocimiento. De este modo dejar de necesitar leche marca el mayor avance posible. Abraham proclamo mediante una alegre fiesta que su hijo pasaba a la edad de comer carne, y el Apóstol rehúsa el pan a los de mentalidad carnal y a aquellos que son niños en Cristo. Y así, el Profeta pide a Dios que, ya que no ha ensoberbecido su corazón, ni ha caminado en medio de grandezas y maravillas que le sobrepasan; ya que no ha humillado sus pensamientos sino que ha elevado su alma, que premie a su alma recostándose como un niño destetado sobre su madre: es decir, que sea considerado digno de la recompensa del Pan perfecto, celestial y vivo, basado en que por razón de sus reconocidos trabajos ahora ya ha terminado la etapa de lactancia.

6. Pero él no pide este Pan vivo del cielo solo para sí mismo. Él alienta a toda la humanidad a expectar este Pan, proclamando: "Que Israel espere en el Señor, desde ahora y por siglos". Él no pone límite temporal a nuestra esperanza, sino que nos invita a proyectarnos hasta el infinito en nuestra fiel expectación. Nosotros debemos esperar por siempre, ganando la esperanza de la vida futura mediante la esperanza de nuestra vida presente, que la tenemos en Cristo Jesús nuestro Señor, que es bendito por los siglos de los siglos. Amén





 

LAS ARMAS DEL APÓSTOL

(Comentario al Evangelio de San Mateo, 10,1-5)



        Al ver a las multitudes se lleno de compasión, porque estaban maltratadas y abatidas...(Mt 9,36).

        Es necesario escudriñar el significado de las palabras no menos que el de los hechos, pues, como habíamos dicho, la clave para comprender el significado reside tanto en las palabras como en las obras. El Señor siente compasión de las multitudes maltratadas y abatidas, como ovejas dispersas sin pastor. Y dice que la mies es mucha, pero los obreros pocos, y que es preciso rogar al dueño de la mies para que envíe muchos obreros a su mies (cf. Mt 9,37-38). Y, llamando a los discípulos, les dio poder para arrojar a los Espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y dolencia (cf. Mt 10,1). Aunque estos hechos se refieren al presente, es necesario considerar lo que significan para el futuro.

        Ningún agresor había asaltado a las multitudes y, sin embargo, estaban postradas sin que ninguna adversidad o desventura las hubiese golpeado. ¿Por qué siente compasión, viéndolas maltratadas y abatidas? Evidentemente, el Señor se apiada de una muchedumbre atormentada por la violencia del Espíritu inmundo, que la tiene bajo su dominio, y enferma bajo el peso de la Ley, porque aun no tenía un pastor que le restituyese la protección del Espíritu Santo (cf. 1P 2,25). A pesar de que el fruto de este don era abundante, ninguno lo había recogido. Su abundancia supera el número de los que lo alcanzan, pues, aunque todos tomen cuanto quieran, permanece siempre sobreabundante para ser dispensado con generosidad. Y puesto que es necesario que muchos lo distribuyan, exhorta a rogar al dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su mies, es decir, muchos segadores, para recoger el don del Espíritu Santo que había preparado, un don que Dios distribuye por medio de la oración y de la suplica. Y para mostrar que esta mies y la multitud de los segadores debían propagarse a partir de los doce Apóstoles, los llamo a Si y les dio el poder de arrojar los demonios y de curar toda enfermedad. Con este poder recibido como don, podían expulsar al fautor del mal y curar la enfermedad.

        Conviene ahora recoger el significado de estos preceptos, considerándolos uno por uno. Los exhorta a mantenerse alejados de las sendas de los paganos (cf. Mt 10,5), no porque no los haya enviado también a salvar a los paganos, sino para que se abstengan de las obras y del modo de vivir de la ignorancia pagana. Igualmente les prohíbe entrar en la ciudad de los samaritanos (cf. Mt 10,5). Pero ¿no ha curado Él mismo a una samaritana? En realidad, les exhorta a no entrar en las asambleas de los herejes, pues la perversión no difiere en nada de la ignorancia. Los envía a las ovejas perdidas de la casa de Israel (cf. Mt 10,6); y, sin embargo, ellas se han encarnizado contra Él con lenguas de víbora y fauces de lobo. Como la Ley debería recibir el Evangelio en primer lugar, Israel iba a tener menos disculpas por su crimen, en cuanto que habría experimentado una solicitud mayor en la exhortación.

        El poder de la virtud del Señor se transmite enteramente a los Apóstoles. Los que habían sido formados en Adán a imagen y semejanza de Dios, reciben ahora de modo perfecto la imagen y la semejanza de Cristo (cf. 1Co 15,49). Su poder no difiere en nada del poder del Señor, y los que antes habían sido hechos de la tierra, se convierten ahora en celestes (cf. 1Co 15,48). Deben predicar que el Reino de los cielos está próximo (cf. Mt 10,7), es decir, que se recibe ahora la imagen y semejanza de Dios a través de la comunión en la verdad, que permite a todos los santos, designados con el nombre de los cielos, reinar con el Señor (cf. 1Co 4,8). Deben curar enfermos, resucitar muertos, sanar leprosos, arrojar demonios (cf. Mt 10,8). Todos los males causados en el cuerpo de Adán por instigación de Satanás, los debían a su vez sanar mediante la participación en el poder del Señor. Y para conseguir de modo completo, según la profecía del Génesis (cf. Gn 1,26), la semejanza con Dios, reciben la orden de dar gratuitamente lo que gratuitamente recibieron (cf. Mt 10,8). Deben ofrecer de balde el servicio de un don que han recibido gratis.

        Les prohíbe guardar en la faja oro, plata, dinero; llevar alforja para el camino, coger dos túnicas, sandalias y un bastón en la mano, porque el obrero tiene derecho a su salario (cf. Mt 10,10). No hay nada de malo, pienso, en guardar un tesoro en la faja. ¿Qué significa la prohibición de poseer oro, plata o moneda de cobre en la propia faja? La faja es una prenda de servicio, y se cine para realizar un trabajo. Se nos exhorta, por tanto, a que no haya venalidad en nuestro servicio, a evitar que el premio de nuestro apostolado sea la posesión del oro, de la plata o del cobre.

        Ni alforja para el camino (Mt 10,10). Es decir, hay que dejar a un lado la preocupación por los bienes presentes, ya que todo tesoro terreno es perjudicial, desde el momento en que nuestro corazón está allí donde guardamos nuestro tesoro. Ni dos túnicas (Mt 10,10). En efecto, basta con que nos revistamos de Cristo una vez (cf. Ga 3,27), sin revestirnos seguidamente de otro traje, como la herejía o la Ley mosaica, a causa de una perversión de nuestra inteligencia. Ni sandalias (cf. Mt 10,10). ¿Tal vez los débiles pies de los hombres pueden soportar la desnudez? En realidad, donde debemos permanecer con pies desnudos es sobre la tierra santa, no cubierta por las espinas y los aguijones del pecado, como fue dicho a Moisés (cf. Ex 3,5), y se nos exhorta a no tener otro calzado para entrar, que el recibido de Cristo. Ni bastón en la mano (Mt 10,10), es decir, las leyes de un poder extranjero, pues tenemos el bastón de la raíz de Jesé (cf. Is 11,1). Todo poder, que no sea ése, no procede de Cristo.

        Según el discurso precedente, hemos sido convenientemente provistos de gracia, viático, vestido, sandalias, poder, para recorrer hasta el final los caminos de la tierra. Trabajando en estas condiciones seremos dignos de nuestra paga (cf. Mt 10,10). Es decir, gracias al cumplimiento de estas prescripciones, recibiremos la recompensa de la esperanza celestial.


 

SAN EFRÉN DE SIRIA

Historia

Texto

        San Efrén, diacono de la Iglesia en Siria, nació hacia el año 306 en Nisibis, ciudad de Mesopotamia. Convertido al Cristianismo cuando tenía dieciocho años, se entregÓ enteramente al servicio de Dios, dedicando su vida a la oración y al estudio. Según algunos hagiógrafos, en el 325 acompañó a Santiago-obispo de Nisibis- al Concilio de Nicea.
        Durante los años 338 a 350, en que la ciudad se vio repetidas veces amenazada por Sapor II, rey de Persia, San Efrén desplegó una actividad infatigable para alentar y aconsejar a sus habitantes. En el 363, el emperador Joviniano firmó un tratado de paz con los persas y les entregó Nisibis; San Efrén, con la mayor parte de los cristianos de esta ciudad, emigró a tierras del Imperio Romano. Se retiró a Edesa, donde murió diez años más tarde, tras haber dedicado todo ese tiempo a la penitencia y a la contemplación.
        San Efrén ocupa un lugar privilegiado entre los Santos Padres tanto por la abundancia de sus escritos como por la autoridad de su doctrina. Prueba de ello es que muchos de sus himnos forman parte de diversas liturgias orientales . Gracias a esto se ha conservado gran parte de su ingente obra, tanto en su idioma original, el sirio, como en traducciones griegas, que empezaron a proliferar ya en los últimos años de su vida: Sozomeno, que pudo leer directamente los escritos de San Efrén, afirma que compuso unos tres millones de versos; otras fuentes apuntan que compuso más de mil sermones. Nos han llegado también versiones en arameo y copto cuyo texto primitivo se desconoce.
        Sobre su autoridad, basta citar el testimonio de un hombre tan parco en palabras y poco inclinado a los elogios como fue San Jerónimo. En su De viris illustribus escribe: "Su fama se ha divulgado tanto entre los griegos que, en algunas iglesias, leen sus escritos en público después de recitar la Sagrada Escritura. Yo mismo he leído la traducción de un libro suyo sobre el Espíritu Santo y he podido comprobar que es una obra maestra".
        Poeta de delicadísimos sentimientos hacia Jesucristo y su Santísima Madre, escribió centenares de himnos para uso litúrgico y para uso popular. En unos y otros se aprecia su vivísimo ingenio, la solidez de su doctrina y un profundo conocimiento de la Sagrada Escritura. Supo exponer de manera inimitable los principales misterios del Cristianismo: la Santísima Trinidad, la Encarnación del Verbo, las prerrogativas de Santa María... Los cantos populares -en los que destaca su gracioso ingenio y la solidez de su doctrina- son especialmente interesantes porque estaban destinados a que los cantase todo el pueblo, que no entendía de enrevesadas controversias teológicas: así se difundía de modo fácil, rápido y agradable la verdadera fe. Le llamaban "Arpa del Espíritu Santo"
        También en Occidente se difundieron mucho sus escritos, siendo reconocido sobre todo como cantor de las prerrogativas de la Santísima Virgen. El 5 de mayo de 1920, Benedicto XV lo declaró Doctor de la Iglesia.


 

SAN EFRÉN DE SIRIA

MADRE ADMIRABLE

LA ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN

EVA Y MARIA

LA CANCIÓN DE CUNA DE MARÍA

EPÍSTOLA DE SAN EFRÉN DE SIRIA A UN DISCÍPULO

HIMNO EN CONTRA DE BAR-DAISAN

 

 

 

MADRE ADMIRABLE

(Himno a la Virgen María)



        La Virgen me invita a cantar el misterio que yo contemplo con admiración. Hijo de Dios, dame tu don admirable, haz que temple mi lira, y que consiga detallar la imagen completamente bella de la Madre bien amada.

        La Virgen María da al mundo a su Hijo quedando virgen, amamanta al que alimenta a las naciones, y en su casto regazo sostiene al que mantiene el universo. Ella es Virgen y es Madre, ¿qué no es?

        Santa de cuerpo, completamente hermosa de alma, pura de Espíritu, sincera de inteligencia, perfecta de sentimientos, casta, fiel, pura de corazón, leal, posee todas las virtudes.

        Que en María se alegre toda la estirpe de las vírgenes, pues una de entre ellas ha alumbrado al que sostiene toda la creación, al que ha liberado al género humano que gemía en la esclavitud.

        Que en María se alegre el anciano Adán, herido por la serpiente. María da a Adán una descendencia que le permite aplastar a la serpiente maldita, y le sana de su herida mortal.

        Que los sacerdotes se alegren en la Virgen bendita. Ella ha dado al mundo el Sacerdote Eterno que es al mismo tiempo Victima. Él ha puesto fin a los antiguos sacrificios, habiéndose hecho la Victima que apacigua al Padre.

        Que en Mana se alegren todos los profetas. En Ella se han cumplido sus visiones, se han realizado sus profecías, se han confirmado sus oráculos.

        Que en María se gocen todos los patriarcas. Así como Ella ha recibido la bendición que les fue prometida, así Ella les ha hecho perfectos en su Hijo. Por Él los profetas, justos y sacerdotes, se han encontrado purificados.

        En lugar del fruto amargo cogido por Eva del árbol fatal, María ha dado a los hombres un fruto lleno de dulzura. Y he aquí que el mundo entero se deleita por el fruto de María.

        El árbol de la vida, oculto en medio del Paraíso, ha surgido en María y ha extendido su sombra sobre el universo, ha esparcido sus frutos, tanto sobre los pueblos más lejanos como sobre los más próximos.

        María ha tejido un vestido de gloria y lo ha dado a nuestro primer padre. Él había escondido su desnudez entre los árboles, y es ahora investido de pudor, de virtud y de belleza. Al que su esposa había derribado, su Hija le alza; sostenido por Ella, se endereza como un héroe.

        Eva y la serpiente habían cavado una trampa, y Adán había caído en ella; María y su real Hijo se han inclinado y le han sacado del abismo.

        La vid virginal ha dado un racimo, cuyo suave jugo devuelve la alegría a los afligidos. Eva y Adán en su angustia han gustado el vino de la vida, y han hallado completo consuelo.





 

LA ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN

(Himno al Nacimiento de Cristo)



        Volved la mirada a María. Cuando Gabriel entró en su aposento y comenzó a hablarle, Ella preguntó: ¿cómo se hará esto? (Lc 1,34). El siervo del Espíritu Santo le respondió diciendo: para Dios nada es imposible (Lc 1,37). Y Ella, creyendo firmemente en aquello que había oído, dijo: he aquí la esclava del Señor (Lc 1,38). Y al instante descendió el Verbo sobre Ella, entró en Ella y en Ella hizo morada, sin que nada advirtiese. Lo concibió sin detrimento de su virginidad, y en su seno se hizo niño, mientras el mundo entero estaba lleno de Él (...). Cuando oigas hablar del nacimiento de Dios, guarda silencio: que el anuncio de Gabriel quede impreso en tu Espíritu. Nada es difícil para esa excelsa Majestad que, por nosotros, se ha abajado a nacer entre nosotros y de nosotros.

        Hoy María es para nosotros un cielo, porque nos trae a Dios. El Altísimo se ha anonadado y en Ella ha hecho mansión, se ha hecho pequeño en la Virgen para hacernos grandes (...). En María se han cumplido las sentencias de los profetas y de los justos. De Ella ha surgido para nosotros la luz y han desaparecido las tinieblas del paganismo.

        María tiene muchos nombres, y es para mí un grande gozo llamarla con ellos. Es la fortaleza donde habita el poderoso Rey de reyes, mas no salió de allí igual que entró: en Ella se revistió de carne, y así salió. Es también un nuevo cielo, porque allí vive el Rey de reyes; allí entró y luego salió vestido a semejanza del mundo exterior (...). Es la fuente de la que brota el agua viva para los sedientos; quienes han gustado esta bebida llevan fruto al ciento por uno.

        Este día no es, pues, como la primera jornada de la creación. En aquel día las criaturas fueron llamadas al ser; en éste, la tierra ha sido renovada y bendecida respecto a Adán, por quien había sido maldecida. Adán y Eva, con el pecado, trajeron la muerte al mundo; pero el Señor del mundo nos ha dado en María una nueva vida. El Maligno, por obra de la serpiente, vertió el veneno en el oído de Eva; el Benigno, en cambio, se abajó en su misericordia y, a través del oído, penetró en María. Por la misma puerta por donde entró la muerte, ha entrado también la Vida que ha matado a la muerte. Y los brazos de María han llevado a Aquél a quien sostienen los querubines; ese Dios a quien el universo no puede abarcar, ha sido abrazado por María. El Rey ante quien tiemblan los ángeles, criaturas espirituales, yace en el regazo de la Virgen, que lo acaricia como a un niño. El cielo es el trono de su majestad, y Él se sienta en las rodillas de María. La tierra es el escabel de sus pies y Él brinca sobre ella infantilmente. Su mano extendida señala la medida del polvo, y sobre el polvo juguetea como un chiquillo.

        Feliz Adán, que en el nacimiento de Cristo has encontrado la gloria que habías perdido. ¿Se ha visto alguna vez que el barro sirva de vestido al alfarero? ¿Quién ha visto al fuego envuelto en panales? A todo eso se ha rebajado Dios por amor del hombre. Así se ha humillado el Señor por amor de su siervo, que se había ensalzado neciamente y, por consejo del Maligno homicida, había pisoteado el mandamiento divino. El Autor del mandamiento se humilló para levantarnos.

        Demos gracias a la divina misericordia, que se ha abajado sobre los habitantes de la tierra a fin de que el mundo enfermo fuera curado por el Médico divino. La alabanza para Él y al Padre que lo ha enviado; y alabanza al Espíritu Santo, por todos los siglos sin fin.

 


 

EVA Y MARIA

(Carmen 18,1)


        Oh citara mía, inventa nuevos motivos de alabanza a María Virgen. Levanta tu voz y canta la maternidad enteramente maravillosa de esta virgen, hija de David, que llevó la vida al mundo.

        Quien la ama, la admira. El curioso se llena de vergüenza y calla. No se atreve a preguntarse como una madre da a luz y conserva su virginidad. Y aunque es muy difícil de explicar, los incrédulos no osaran indagar sobre su Hijo.

        Su Hijo aplastó la serpiente maldita y destrozó su cabeza. Curó a Eva del veneno que el dragón homicida, por medio del engaño, le había inyectado, arrastrándola a la muerte.

        Como el monte Sinaí, María te ha acogido, pero no la has calcinado con tu fuego incombustible, porque has obrado de modo que tu hoguera no la abrasase, ni le quemará la llama que ni siquiera los serafines pueden mirar.

        Aquél que es eterno fue llamado el nuevo Adán, porque habitó en las entrañas de la hija de David y en Ella, sin semilla y sin dolor, se hizo hombre. ¡Bendito sea por siempre su nombre!

        El árbol de la vida, que creció en medio del Paraíso, no dio al hombre un fruto que lo vivificase. El árbol nacido del seno de María se dio a sí mismo en favor del hombre y le donó la vida.

        El Verbo del Señor descendió de su trono; se llegó a una joven y habitó en ella. Ella lo concibió y lo dio a la luz. Es grande el misterio de la Virgen purísima: supera toda alabanza.

        Eva en el Edén se convirtió en rea del pecado. La serpiente malvada escribió, firmó y selló la sentencia por la cual sus descendientes, al nacer, venían heridos por la muerte.

        Y a causa de su engaño, el antiguo dragón vio multiplicado el pecado de Eva. Fue una mujer quien creyó la mentira de su seductor, obedeció al demonio y abajó al hombre de su dignidad.

        Eva llegó a ser rea del pecado, pero el débito pasó a María, para que la hija pagase las deudas de la madre y borrase la sentencia que habían transmitido sus gemidos a todas las generaciones.

        María llevó el fuego entre sus manos y ciñó entre sus brazos a la llama: acercó sus pechos a la hoguera y amamantó a Aquél que nutre todas las cosas. ¿Quién podrá hablar de Ella?

        Los hombres terrenales multiplicaron las maldiciones y las espinas que ahogaban la tierra. Introdujeron la muerte. El Hijo de María lleno el orbe de vida y paz.

        Los hombres terrenales sumergieron el mundo de enfermedades y dolores. Abrieron la puerta para que la muerte entrase y pasease por el orbe. El Hijo de María tomó sobre su persona los dolores del mundo, para salvarlo.

        María es manantial límpido, sin aguas turbias. Ella acoge en su seno el río de la vida, que con su agua irrigó el mundo y vivificó a los muertos.

        Eres santuario inmaculado en el que moró el Dios rey de los siglos. En ti por un gran prodigio se obró el misterio por el cual Dios se hizo hombre y un hombre fue llamado Hijo por el Padre.

        María es la vid de la estirpe bendita de David. Sus sarmientos dieron el grano de uva lleno de la sangre de la vida. Adán bebió de aquel vino y resucitado pudo volver al Edén.

        Dos madres engendraron dos hijos diversos: una, un hombre que la maldijo; María, Dios, que llenó al mundo de bendición.

        ¡Bendita, tu, María, hija de David, y bendito el fruto que nos has dado! ¡Bendito el Padre que nos envió a su Hijo para nuestra salvación, y bendito el Espíritu Paráclito que nos manifestó su misterio! Sea bendito su nombre.




 

LA CANCIÓN DE CUNA DE MARIA
(Himno 18,1-23)



        He mirado asombrado a María que amamanta a Aquél que nutre a todos los pueblos, pero que se ha hecho niño. Habito en el seno de una muchacha, Aquél que llena de si el mundo (...).

        Un gran sol se ha recogido y escondido en una nube espléndida. Una adolescente ha llegado a ser la Madre de Aquél que ha creado al hombre y al mundo.

        Ella llevaba un niño, lo acariciaba, lo abrazaba, lo mimaba con las más hermosas palabras y lo adoraba diciéndole: Maestro mío, dime que te abrace.

        Ya que eres mi Hijo, te acunaré con mis cantinelas; soy tu Madre, pero te honraré. Hijo mío, te he engendrado, pero Tu eres más antiguo que yo; Señor mío, te he llevado en el seno, pero Tu me sostienes en pie.

        Mi mente esta turbada por el temor, concédeme la fuerza para alabarte. No sé explicar cómo estás callado, cuando sé que en Ti retumban los truenos.

        Has nacido de mí como un pequeño, pero eres fuerte como un gigante; eres el Admirable, como te llamó Isaías cuando profetizó sobre Ti

         He aquí que todo Tú estás conmigo, y sin embargo estás enteramente escondido en tu Padre. Las alturas del cielo están llenas de tu majestad, y no obstante mi seno no ha sido demasiado pequeño para Ti

         Tu Casa está en mí y en los cielos. Te alabaré con los cielos. Las criaturas celestes me miran con admiración y me llaman Bendita.

        Que me sostenga el cielo con su abrazo, porque yo he sido más honrada que él. El cielo, en efecto, no ha sido tu madre; pero lo hiciste tu trono.

        ¡Cuanto más venerada es la Madre del Rey que su trono! Te bendeciré, Señor, porque has querido que fuese tu Madre; te celebraré con hermosas canciones.

        Oh gigante que sostienes la tierra y has querido que ella te sostenga, Bendito seas. Gloria a Ti, oh Rico, que te has hecho Hijo de una pobre.

        Mi magnificat sea para Ti, que eres más antiguo que todos, y sin embargo, hecho niño, descendiste a mí. Siéntate sobre mis rodillas; a pesar de que sobre Ti está suspendido el mundo, las más altas cumbres y los abismos más profundos (...).

        Tú estás conmigo, y todos los coros angélicos te adoran. Mientras te estrecho entre mis brazos, eres llevado por los querubines.

        Los cielos están llenos de tu gloria, y sin embargo las entrañas de una hija de la tierra te aguantan por entero. Vives en el fuego entre las criaturas celestes, y no quemas a las terrestres.

        Los serafines te proclaman tres veces Santo: ¿qué más podré decirte, Señor? Los querubines te bendicen temblando, ¿cómo puedes ser honrado por mis canciones?

        Escúcheme ahora y venga a mí la antigua Eva, nuestra antigua madre; levante su cabeza, la cabeza que fue humillada por la vergüenza del huerto.

        Descubra su rostro y se alegre contigo, porque has arrojado fuera su vergüenza; oiga la palabra llena de paz, porque una hija suya ha pagado su deuda.

        La serpiente, que la sedujo, ha sido aplastada por Ti, brote que has nacido de mi seno. El querubín y su espada por Ti han sido quitados, para que Adán pueda al paraíso, del cual había sido expulsado.

        Eva y Adán recurran a Ti y cojan de mi el fruto de la vida; por ti recobrara la dulzura aquella boca suya, que el fruto prohibido había vuelto amarga.

        Los siervos expulsados vuelvan a través de Ti, para que puedan obtener los bienes de los cuales habían sido despojados. Serás para ellos un traje de gloria, para cubrir su desnudez.



 

 

EPÍSTOLA DE SAN EFRÉN DE SIRIA A UN DISCÍPULO


        San Efrén de Siria (306-373 d.C. aprox.), Padre de la Iglesia, expone en esta epístola una serie de cuestiones espirituales relativas a la vida monacal. Entre ellas son de gran valía sus consejos sobre la humildad, sobre la vivencia de la caridad, y su exhortación a que el cristiano sea siempre fiel a la Fe de la Iglesia Católica que ha recibido

        Mi bienamado en el Señor, cuando te aprestes a dar alguna respuesta, has de poner en tu boca, antes que cualquier otra cosa, la humildad, pues bien sabes que por ella todo el poder del enemigo se reduce a nada. Tú conoces la bondad de tu Maestro, a Quien blasfemaron, y cómo Él se hizo humilde y obediente incluso hasta la muerte. Hijo mío, trabaja por ti mismo para establecer la humildad en tu boca, en tu corazón, y en tu cuello, pues hay un mandamiento que la inculca. Recuerda a David, que se jactaba por su humildad y dijo "porque me humillo a mí mismo el Señor me ha liberado, y Él me ha bendecido"(1). Hijo mío, arráigate en la humildad y harás que las virtudes de Dios te acompañen. Y si es que permaneces en un estado de humildad, ninguna pasión, cualquiera que sea, tendrá poder para acercarse a ti.

        No hay medida para la belleza del hombre que es humilde. No hay pasión, cualquiera que sea, capaz de acercársele al hombre que es humilde, y no hay medida para su belleza. El hombre humilde es un sacrificio de Dios. El corazón de Dios y de sus ángeles descansa en aquel que es humilde. Más aun, cuando los ángeles lo glorifiquen, hay una razón para él que le ha logrado todas las virtudes, pero para aquel que se ha revestido de la humildad no será necesaria ninguna razón, aparte de que se ha hecho humilde.

        Hijo mío, éstas son las virtudes de la humildad. Hijo mío, conserva la paz, porque está escrito, "Aquél que es sabio, en ese momento conservara la paz"(2). Mantén la paz hasta que te hagan alguna pregunta. Y cuando te pregunten, habla, y usa palabras humildes, y compórtate de manera humilde. No seas puro lamento. Si la pregunta es muy grande para ti, siéntate. Nunca hables mientras que otros hablan palabras de desprecio; contente, y no olvides que tus pensamientos deben ser: "No los he escuchado". A todas las palabras valiosas, préstales tu más ferviente atención. Porque está escrito "Si tu eres uno que actúa la palabra y no uno que la escucha, te engañas a ti mismo, hijo mío, en el Señor"(3). Te doy mandamientos desde el principio, guárdalos desde tu juventud. Mira lo que dijo Pablo. Dijo, "Además, desde el tiempo en que eras un niño conocías la Santa Escritura, que tiene el poder para salvarte".

        Aprende la regla entera de los preceptos de la profesión del monje, y hazte querido en todos tus trabajos. Si tú, que eres joven, vas al desierto a tomar un lugar, y te estableces en uno que es muy grande para ti, y Dios está allí, no dejes el lugar en tu descontento para irte a otro. Deja que el desierto en que te has establecido te sea suficiente, no vayas a hacer que Él se moleste. Porque está escrito "No es una pequeña cosa en contra tuya el provocar a los hombres a la ira".

        En el desierto en el que estas mantén esta manera de actuar, y no huyas de un lugar a otro. No vayas a llorar a la morada de nadie por causa de lo que crees, ni tampoco por los deseos de tu estómago. No estés en compañía del hombre agitado y problemático, y asegúrate de continuar con tu vida silenciosa, y no estés en la boca de los hermanos. Te suplico, mi amado en el Señor, que dejes que tu meta principal sea aprender; escuchar con atención (u obedecer) te dará la paz. Porque está escrito: "El provecho de la instrucción no es la plata". Cuídate del hábito de no escuchar (o de desobedecer. Que la palabra de Saúl no se realice en ti y en su generación, porque Dios es más fácilmente persuadido por la obediencia que por el sacrificio (4).

        Éstas son, entonces, las reglas del oficio del monje. Debes comer con los hermanos. No levantes la cabeza hasta que no hayas terminado de comer. Come con la vestimenta con que te dejas ver en público. Si ocurre que eres el último en ser servido no digas: "Tráelo aquí, donde está sentado uno más grande que tu". Cuando desees tomar de la botella de agua, no dejes que tu garganta haga bulla como la de un hombre común. Cuando estás sentado en medio de los hermanos y tengas flema, no la escupas en medio de ellos, apártate a cierta distancia y escúpela allí.


        Cuando estés durmiendo en cualquier lugar con los hermanos, no permitas que persona alguna se les acerque a menos de un codo de distancia. Si el trabajo es de carácter tranquilo no te duermas sobre una estera, más bien dóblala, porque eres un hombre joven. No duermas estirado, ni tampoco sobre tu espalda, para que no te molesten los sueños.

        Cuando estés caminando con los hermanos, mantente siempre a alguna distancia de ellos, pues cuando caminas con un hermano haces que tu corazón esté ocioso. Si estas usando sandalias en tus pies, y el que camina contigo no tiene, quítatelas y camina como él, porque está escrito, "Sufre".

        Haz el trabajo del predicador. Hazlo diligentemente mientras estás en tu habitación. No comas cuando el sol esta resplandeciendo. No enciendas una fogata para ti solo o te volverás un ostentoso. Cuando sea necesario calentarte, llama a algún hombre pobre y miserable que esté en el desierto contigo, mándalo en tu lugar, y serás alabado, al decir, "No pude comer mi pan solo".

        Si estás en una montaña, o en un lugar donde haya un hermano enfermo, visítalo dos veces al día: en la mañana, antes de que comiences a trabajar con tus manos y en la tarde. Porque está escrito, amado mío en el Señor, "Estuve enfermo y vosotros me visitasteis" (5). Cuando un hermano muera en la montaña en donde estás, no te sientes en la celda en la que escuches la noticia, sino anda y siéntate con él y llora sobre él. Porque está escrito, "Llora al hombre fallecido, y camina con él hasta que haya sido enterrado", porque éste es el último servicio que uno puede realizar por su hermano. Saluda su cuerpo con compasión, diciendo, "Acuérdate de mi ante el Señor".

        Hijo mío, haz todo lo posible por observar las cosas que he escrito para ti, pues ellas son las reglas del oficio del monje. Deja que la muerte se acerque a ti de día y de noche, porque tú sabes que ése que tú conoces es el que te hablara, diciéndote, "Yo nunca lo he puesto en mi corazón. Mis pies están en el umbral, viviré hasta que haya cruzado el umbral de la puerta". Hijo mío, pon toda tu mente ante Dios en todo momento y no dejes que todos estos inestables pensamientos te saquen del camino. Ten siempre a la vista los castigos que vendrán. Mientras estés en tu habitación hazte a ti mismo parecido a Dios.

        Si un hermano viene a ti, regocíjate con él. Salúdalo. Prepara agua para sus pies. No olvides esto. Que él rece. Tú, siéntate. Saluda sus manos y sus pies. No lo molestes con preguntas como, "¿De dónde vienes?", porque está escrito, "De esta manera, algunos han recibido ángeles en su morada sin saberlo" (6). Créele a aquél que ha venido a ti inclusive como le creerías a Dios. Si él es un hombre más virtuoso que tu, le dirás a menudo, "Que tu favor esté sobre mí", esto es decir: "Te considero mi maestro". Guarda tu comida y come con él. Y si estas bajo compromiso de ayuno, quiébralo, porque está escrito, "Hijo mío, siempre me he mostrado gozoso de acompañar al hombre que quería caminar". Debes regocijarte con él, y estar contento. Haz lo más que puedas para que te bendiga tres veces, para que la bendición del ángel que entró con él caiga sobre ti.

        Y como exige la misma Fe de la Iglesia Católica, no te permitas retroceder en ella, ni te pongas por ti mismo fuera de ella. Creemos en un solo Dios, el Padre Todopoderoso, y su Hijo Único, Jesucristo, nuestro Señor, por quien se hizo el universo, y en el Espíritu Santo, es decir, en la Santísima Trinidad, que es la Divinidad completa. Él es Dios, Él estaba en Dios, Él es la Luz que viene de la Luz, Él es el Señor que viene del Señor. Él fue engendrado, no creado. Fue engendrado como hombre. Él no es una cosa creada, es Dios. Fue engendrado por la Santísima Virgen María, la mujer que llevo a Dios en su seno. Él tomó la carne del hombre por nuestro bien, (Él bajo) a la tierra, y desde ella se elevó. Se escogió predicadores, a los Santos Apóstoles, cuyas voces, de acuerdo a lo que está escrito, han sido escuchadas en toda la tierra (Ps 18). Fue crucificado. Fue atravesado con una lanza. De allí vino nuestra salvación, Agua y Sangre, es decir, el bautismo y la gloriosa Sangre, pues aquel que no ha recibido la Sangre no ha sido bautizado.

        Haz esto hijo mío, mantén esta fe, y el Dios de la paz estará contigo, y te salvará, y te librará, y estarás en paz el resto de tus días. La salvación está en el Señor, hijo querido, en el Señor. Recuérdame mi bienamado en el Señor, por Jesús, el Cristo, Nuestro Señor, a quien le pertenecen la gloria y el poder, ¡por los siglos de los siglos! Amén.

Notas

(1) Ps 29,8-12.

(2) Am 5,13.

(3) 2Tm 3,15.

(4) cf. 1S 15,22.

(5) Mt 25,36.

(6) He 12,2.



 

HIMNO EN CONTRA DE BAR-DAISAN (1)


Hay Un Ser, que se conoce a sí mismo y se ve a sí mismo.
Él habita en sí mismo,
y desde sí mismo se despliega.
Gloria a su Nombre.

Este es un Ser que por su propia voluntad está en todo lugar,
que es invisible y visible,
manifiesto y escondido.
Él está encima y debajo.

Familiar y condescendiente por su gracia entre los pequeños;
más sublime y más exaltado, como conviene a su gloria, que los elevados.
El veloz no puede exceder su presteza,
ni el tardo ir más allá que su paciencia.

Él esta antes de todo y después de todo,
y en medio de todo.
Él es como el mar,
y toda la creación se mueve en Él.

Como las aguas envuelven a los peces en todos sus movimientos,
así el Creador esta vestido con todo lo creado,
con lo grande y lo pequeño.
Y como los peces están escondidos en el agua,
así están escondidos en Dios la altura y la profundidad,
lo lejano y lo cercano,
y sus habitantes.

Y como el agua se encuentra con los peces adonde quiera que vaya,
así Dios se encuentra con todo el que camina.
Y como el agua toca al pez en cada giro que hace,
así Dios acompaña y mira a cada hombre en todos sus actos.

Los hombres no pueden mover la tierra, que es su carro,
así tampoco nadie se aleja del Único Justo, que es su socio.
El Único Bueno esta unido al cuerpo,
y es la luz de los ojos.

Un hombre no es capaz de escapar de su alma,
pues ella está con él.
Ni tampoco hay hombre escondido del Bueno,
pues Él lo envuelve.

Como el agua envuelve al pez y éste lo siente,
así también todas las naturalezas sienten a Dios.
Él se difunde en el aire,
y con tu aliento ingresa en lo más íntimo de ti

Él está unido a la luz,
e ingresa, cuando tú ves, en tus ojos.
Él está unido a tu Espíritu,
y te examina desde dentro, para saber quién eres.
Él habita en tu Espíritu,
y nada que está en tu corazón le es oculto.

Como la mente precede al cuerpo en todo lugar,
así Él examina tu alma antes que tú la examines.
Y como el pensamiento precede en mucho al acto,
así su pensamiento conoce de antemano lo que tú planearas.

Comparado con su impalpabilidad,
tu alma es cuerpo y tu Espíritu carne.
Él, que te creo,
es alma de tu alma,
Espíritu de tu Espíritu,
distinto de todo,
y esta unido a todo,
y manifiesto en todo,
un gran prodigio y una escondida maravilla insondable.

Él es el Ser cuya esencia ningún hombre es capaz de explicar.
Éste es el Poder cuya profundidad es inexpresable.
Entre las cosas vistas y entre las cosas escondidas
no hay nada que se compare a Él.
Éste es Aquél que creo y formo de la nada
todo lo que es.

Dios dijo:
¡Qué se haga la luz!
Una cosa creada.
Él hizo la oscuridad y se hizo de noche.
Observa: una cosa creada.
Fuego en las piedras,
agua en las rocas:
El Ser los creó.
Hay un Poder que los sacó de la nada.

Contempla,
también hoy, el fuego no está en un almacén en la tierra.
¡Mira! Es continuamente creado
por medio de pedernales.

Es el Ser quien ordena su existencia
por medio de Él mismo, que la sostiene.
Cuando Él quiere la enciende,
cuando Él quiere la apaga
a manera de llamar la atención al obstinado.

En la gran alameda se enciende un fuego por la fricción de un madero.
La llama devora,
se vuelve fuerte,
y al final sucumbe.

Si fuego y agua son seres y no creaturas,
entonces antes que la tierra fuera,
¿Donde estaban ocultas sus raíces?
Quienquiera que va a destruir su vida,
abre su boca para hablar de todo.

Quienquiera que se odia a sí mismo
y no se circunscribe a Dios
piensa que es una gran impiedad que alguien se crea un erudito.
Y si piensa que ha dicho la última palabra
ha alcanzado el paganismo,

¡Oh Bar Daisan,
hijo del Rio Daisa,
cuya mente es líquida como su nombre!

Notas

(1) San Efrén de Siria (306-373 d.C. aprox.), conocido como "La Lira del Espíritu Santo", por la belleza y profundidad de sus poesías, se preocupó por refutar los errores que poco más de un siglo antes el doceta Bar Daisan (154-222 d.C. aprox.) había propagado por medio de sus difundidos himnos, tratando de unir sus conocimientos de ocultismo con el cristianismo, y que sus seguidores, en tiempos de Efrén, continuaban exponiendo.

 


 

SAN BASILIO EL GRANDE

Vida

Escritos

        Basilio nació en Cesarea, la capital de Capadocia, en el Asia Menor, a mediados del año 329. Por parte de padre y de madre, descendía de familias cristianas que habían sufrido persecuciones y, entre sus nueve hermanos, figuraron San Gregorio de Nicea, Santa Macrina la Joven y San Pedro de Sebaste. Su padre, San Basilio el Viejo, y su madre, Santa Emelia, poseían vastos terrenos y Basilio pasó su infancia en la casa de campo de su abuela, Santa Macrina, cuyo ejemplo y cuyas enseñanzas nunca olvidó. Inició su educación en Constantinopla y la completó en Atenas. Allá tuvo como compañeros de estudio a San Gregorio Nacianceno, que se convirtió en su amigo inseparable y a Juliano, que más tarde sería el emperador apóstata.
        Basilio y Gregorio Nacianceno, los dos jóvenes capadocios, se asociaron con los más selectos talentos contemporáneos y, como lo dice éste ultimo en sus escritos, "solo conocíamos dos calles en la ciudad: la que conducía a la iglesia y la que nos llevaba a las escuelas". Tan pronto como Basilio aprendió todo lo que sus maestros podían enseñarle, regresó a Cesarea. Ahí paso algunos años en la enseñanza de la retórica y, cuando se hallaba en los umbrales de una brillantísima carrera, se sintió impulsado a abandonar el mundo, por consejos de su hermana mayor, Macrina. Esta, luego de haber colaborado activamente en la educación y establecimiento de sus hermanas y hermanos más pequeños, se había retirado con su madre, ya viuda, y otras mujeres, a una de las casas de la familia, en Annesi, sobre el río Iris, para llevar una vida comunitaria.
        Fue entonces, al parecer, que Basilio recibió el bautismo y, desde aquel momento, tomó la determinación de servir a Dios dentro de la pobreza evangélica. Comenzó por visitar los principales monasterios de Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia, con el propósito de observar y estudiar la vida religiosa. Al regreso de su extensa gira, se estableció en un paraje agreste y muy hermoso en la región del Ponto, separado de Annesi por el rio Iris, y en aquel retiro solitario se entregó a la plegaria y al estudio. Con los discípulos, que no tardaron en agruparse en torno suyo, entre los cuales figuraba su hermano Pedro, formó el primer monasterio que hubo en el Asia Menor, organizó la existencia de los religiosos y enunció los principios que se conservaron a través de los siglos y hasta el presente gobiernan la vida de los monjes en la Iglesia de oriente. San Basilio practico la vida monástica propiamente dicha durante cinco años solamente, pero en la historia del monaquismo cristiano tiene tanta importancia como el propio San Benito.
        Por aquella época, la herejía arriana estaba en su apogeo y los emperadores herejes perseguían a los ortodoxos. En el año 363, se convenció a Basilio para que se ordenase diácono y sacerdote en Cesarea; pero inmediatamente, el arzobispo Eusebio tuvo celos de la influencia del santo y éste, para no crear discordias, volvió a retirarse calladamente al Ponto para ayudar en la fundación y dirección de nuevos monasterios. Sin embargo Cesarea lo necesitaba y lo reclamó. Dos años más tarde, San Gregorio Nacianceno, en nombre de la ortodoxia, saco a Basilio de su retiro para que le ayudase en la defensa de la fe del clero y de las Iglesias. Se llevó a cabo una reconciliación entre Eusebio y Basilio; éste se quedó en Cesarea como el primer auxiliar del arzobispo; en realidad, era él quien gobernaba la Iglesia, pero empleaba su gran tacto para que se diera crédito a Eusebio por todo lo que él realizaba. Durante una época de sequía a la que siguió otra de hambre, Basilio echó mano de todos los bienes que había heredado de su madre, los vendió y distribuyó el producto entre los más necesitados; mas no se detuvo ahí su caridad, puesto que también organizó un vasto sistema de ayuda, que comprendía a las cocinas ambulantes que él mismo, resguardado con un delantal de manta y cucharón en ristre, conducía por las calles de los barrios más apartados para distribuir alimentos a los pobres.
        El año de 370 murió Eusebio y, a pesar de la oposición que se puso de manifiesto en algunos poderosos círculos, Basilio fue elegido para ocupar la sede arzobispal vacante. El 14 de junio tomó posesión, para gran contento de San Atanasio y una contrariedad igualmente grande para Valente, el emperador arriano. El puesto era muy importante y, en el caso de Basilio, muy difícil y erizado de peligros, porque al mismo tiempo que obispo de Cesarea, era exarca del Ponto y metropolitano de cincuenta sufragáneos, muchos de los cuales se habían opuesto a su elección y mantuvieron su hostilidad, hasta que Basilio, a fuerza de paciencia y caridad, se conquistó su confianza y su apoyo.
        Antes de cumplirse doce meses del nombramiento de Basilio, el emperador Valente llego a Cesarea, tras de haber desarrollado en Bitrina y Galacia una implacable campaña de persecuciones. Por delante suyo envió al prefecto Modesto, con la misión de convencer a Basilio para que se sometiera o, por lo menos, accediera a tratar algún compromiso. Varios habían renegado por miedo, pero nuestro santo le respondió: ¿Qué me vas a poder quitar si no tengo ni casas ni bienes, pues todo lo repartí entre los pobres? ¿Acaso me vas a atormentar? Es tan débil mi salud que no resistiré un día de tormentos sin morir y no podrás seguir atormentándome. ¿Qué me vas a desterrar? A cualquier sitio a donde me destierres, allá estará Dios, y donde esté Dios, allí es mi patria, y allí me sentiré contento... El gobernador respondió admirado: "Jamás nadie me había contestado así". Y Basilio añadió: "Es que jamás te habías encontrado con un obispo".
    El emperador Valente se decidió en favor de exiliarlo y se dispuso a firmar el edicto; pero en tres ocasiones sucesivas, la pluma de cana con que iba a hacerlo, se partió en el momento de comenzar a escribir. El emperador quedó sobrecogido de temor ante aquella extraordinaria manifestación, confesó que, muy a su pesar, admiraba la firme determinación de Basilio y, a fin de cuentas, resolvió que, en lo sucesivo, no volvería a intervenir en los asuntos eclesiásticos de Cesarea.
        Pero apenas terminada esta desavenencia, el santo quedó envuelto en una nueva lucha, provocada por la división de Capadocia en dos provincias civiles y la consecuente reclamación de Antino, obispo de Tiana, para ocupar la sede metropolitana de la Nueva Capadocia. La disputa resulto desafortunada para San Basilio, no tanto por haberse visto obligado a ceder en la división de su arquidiócesis, como por haberse malquistado con su amigo San Gregorio Nacianceno, a quien Basilio insistía en consagrar obispo de Sasima, un miserable caserío que se hallaba situado sobre terrenos en disputa entre las dos Capadocias. Mientras el santo defendía así a la iglesia de Cesarea de los ataques contra su fe y su jurisdicción, no dejaba de mostrar su celo acostumbrado en el cumplimiento de sus deberes pastorales. Hasta en los días ordinarios predicaba, por la mañana y por la tarde, a asambleas tan numerosas, que él mismo las comparaba con el mar. Sus fieles adquirieron la costumbre de comulgar todos los domingos, miércoles, viernes y sábados. Entre las prácticas que Basilio había observado en sus viajes y que más tarde implanto en su sede, figuraban las reuniones en la iglesia antes del amanecer, para cantar los salmos. Para beneficio de los enfermos pobres, estableció un hospital fuera de los muros de Cesarea, tan grande y bien acondicionado, que San Gregorio Nacianceno lo describe como una ciudad nueva y con grandeza suficiente para ser reconocido como una de las maravillas del mundo. A ese centro de beneficencia llego a conocérsela con el nombre de Basiliada, y sostuvo su fama durante mucho tiempo después de la muerte de su fundador. A pesar de sus enfermedades crónicas, con frecuencia realizaba visitas a lugares apartados de su residencia episcopal, hasta en remotos sectores de las montanas y, gracias a la constante vigilancia que ejercía sobre su clero y su insistencia en rechazar la ordenación de los candidatos que no fuesen enteramente dignos, hizo de su arquidiócesis un modelo del orden y la disciplina eclesiásticos.
        No tuvo tanto éxito en los esfuerzos que realizo en favor de las iglesias que se encontraban fuera de su provincia. La muerte de San Atanasio dejo a Basilio como único paladín de la ortodoxia en el oriente, y éste lucho con ejemplar tenacidad para merecer ese título por medio de constantes esfuerzos para fortalecer y unificar a todos los católicos que, sofocados por la tiranía arriana y descompuestos por los cismas y la disensiones entre sí, parecían estar a punto de extinguirse. Pero las propuestas del santo fueron mal recibidas, y a sus desinteresados esfuerzos se respondió con malos entendimientos, malas interpretaciones y hasta acusaciones de ambición y de herejía. Incluso los llamados que hicieron él y sus amigos al Papa San Dámaso y a los obispos occidentales para que interviniesen en los asuntos del oriente y allanasen las dificultades, tropezaron con una casi absoluta indiferencia, debido, según parece, a que ya corrían en Roma las calumnias respecto a su buena fe. "¡Sin duda a causa de mis pecados, escribía San Basilio con un profundo desaliento, parece que estoy condenado al fracaso en todo cuanto emprendo!"
        Sin embargo, el alivio no había de tardar, desde un sector absolutamente inesperado. El 9 de agosto de 378, el emperador Valente recibió heridas mortales en la batalla de Adrianopolis y, con el ascenso al trono de su sobrino Graciano, se puso fin al ascendiente del arrianismo en el oriente. Cuando las noticias de estos cambios llegaron a oídos de San Basilio, éste se encontraba en su lecho de muerte, pero de todas maneras le proporcionaron un gran consuelo en sus últimos momentos. Murió el 1º de enero del año 379, a la edad de cuarenta y nueve años, agotado por la austeridad en que había vivido, el trabajo incansable y una penosa enfermedad. Toda Cesarea quedo enlutada y sus habitantes lo lloraron como a un padre y a un protector; los paganos, judíos y cristianos se unieron en el duelo.
        San Gregorio Nacianceno, Arzobispo de Constantinopla, en el día del entierro: "Basilio santo, nació entre santos. Basilio pobre vivió pobre entre los pobres. Basilio hijo de mártires, sufrió como un mártir. Basilio predico siempre con sus labios, y con sus buenos ejemplos y seguirá predicando siempre con sus escritos admirables".
        Setenta y dos años después de su muerte, el Concilio de Calcedonia le rindió homenaje con estas palabras: "El gran Basilio, el ministro de la gracia quien expuso la verdad al mundo entero indudablemente que fue uno de los más elocuentes oradores entre los mejores que la Iglesia haya tenido; sus escritos le han colocado en lugar de privilegio entre sus doctores.
        En una de ellas nos cuenta que él pedía un cumplimiento estricto de la disciplina, lo mismo entre clérigos que entre laicos, y que cierto diacono, que no era malo, pero si rebelde y un poco alocado y que solía presentarse en medio de un grupo de muchachas que cantaban himnos y bailaban, tuvo que vérselas con él; con igual determinación combatió la simonía en los puestos eclesiásticos y la admisión de personas indignas entre el clero; lucho contra la rapacidad y la opresión de los funcionarios y llego a excomulgar a todos los complicados en la "trata de blancas", una actividad muy difundida en Capadocia. Podía reconvenir con temible severidad, pero prefería las maneras suaves y gentiles; como un ejemplo, están sus cartas a una muchacha descarriada y a un clérigo colocado en un puesto de gran responsabilidad, que se estaba mezclando en política; muchos ladrones que solo aguardaban ser entregados a los jueces para sufrir un castigo terrible, fueron amparados por el santo y devueltos a sus casas en completa libertad, pero con una imborrable amonestación sobre sus conciencias. Pero tampoco se quedaba callado Basilio cuando eran los acaudalados y poderosos quienes quebrantaban sus deberes. "¡Os negáis a dar con el pretexto de que no tenéis lo suficiente para vuestras necesidades!", exclamo en uno de sus sermones. "Pero en tanto que vuestra lengua os excusa, vuestra mano os acusa: ¡Cuántos deudores Podrían ser rescatados de la prisión con uno de esos anillos! ¡Cuántas pobres gentes ateridas por el frío se cubrirían con uno solo de vuestros guardarropas! ¡Y sin embargo, vosotros dejáis ir a los pobres de vuestras puertas, con las manos vacías!" No era únicamente a los ricos a quienes imponía la obligación de dar. "¿Dices que tu eres pobre? Bien; pero siempre habrá otros más pobres que tu. Si tienes lo bastante para mantenerte vivo diez días, aquel hombre no tiene suficiente para vivir uno... No tengáis temor de dar lo poco que tengáis. No coloquéis nunca vuestros propios intereses antes que la necesidad común. Dad vuestro ultimo mendrugo de pan al mendigo que os lo pide y confiad en la misericordia de Dios".

 

 

 

SAN BASILIO EL GRANDE

HOMILÍA A LOS RICOS
EN HONOR DE SAN BARLAAM, MÁRTIR
ATIENDE A TI MISMO
LA EMBRIAGUEZ
LA ENVIDIA
LOS IRACUNDOS
C) LA AMBICIÓN Y LA HUMILDAD

D) EL GOBIERNO Y EL PODER

LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
CONFIGURARSE CON CRISTO
RECOGIMIENTO-INTERIOR
EL DEBER DE TRABAJAR
EL AYUNO

LA TENTACIÓN

EL TESORO ESPIRITUAL de SAN BASILIO EL GRANDE (329-379)

 



 

HOMILÍA A LOS RICOS


Advertencia: Por el comienzo y desarrollo de esta homilía, parece que acababan de leer el hecho que trae S. Mateo en los vers. 16-26 del capítulo XIX (Mt 19,16-26) de su Evangelio y que traducimos a continuación para que más se aprecie el valor de esta verdadera joya oratoria:

16. Y he aquí que acercándose uno (a Jesús) le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para alcanzar la vida eterna?
17. Y él le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno, Dios. Pues si quieres alcanzar la vida, guarda los mandamientos.
18. Dícele: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: Aquello de: "no matarás, no cometerás adulterio, no hurtarás, no levantarás falso testimonio" (1).
19. "Honra al padre y a la madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo" (2).
20. Dícele el mancebo: Todo esto lo he guardado desde mi mocedad; ¿qué me falta aun?
21. Díjole Jesús: Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dálo a los pobres., y tendrás un tesoro en el cielo; y ven, y sígueme.
22. Así que hubo oído el joven estas palabras, se marcho contristado, porque tenía muchos bienes.
23. Y Jesús dijo a sus discípulos: En verdad os digo que un rico difícilmente entrara en el reino de los cielos.
24. Y os vuelvo a decir: Mas fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de los cielos.
25. Y cuando oyeron esto los discípulos se quedaron en gran manera pasmados, diciendo: ¿Pues quién puede salvarse?
26. Mas mirándoles Jesús les dijo: Para los hombres esto es imposible, pero todo es posible para Dios.

1. Ex 20,13-17.
2. Lv 19,18.

El joven
No lo has guardado todo
¿En qué emplearás las riquezas?
Sed ricos, pero generosos con los pobres
La sed de riquezas es insaciable
¿Qué responderás el día del juicio?
Inutilidad de las riquezas
Daños que traen las riquezas
Si no lo haces ahora no lo harás cuando mueras
De Dios nadie se burla

 



        El joven


        No hace mucho que se nos habló de este joven (3), y el que escuchó con atención se acordará bien de lo que entonces se dijo. Y lo primero, que no es el mismo que aquel perito en la ley de quien hace mención San Lucas (4). Aquel era un tentador, que hacía preguntas fingidas; mas este preguntaba con recta intención, aunque no escuchó con docilidad. Porque si hubiese preguntado por desprecio, no hubiese marchado triste con la respuesta del Señor. Por eso su carácter se nos presentaba como una mezcla, pues la escritura nos la muestra laudable en parte, y en parte desgraciadísimo y completamente desahuciado. Porque el conocer al que de veras es maestro y el dar este nombre al único y verdadero, despreciando la soberbia de los fariseos, la opinión de los jurisconsultos y la turba de los escribas, esto era lo que se alababa. Y se aprobó también el que manifestase aquélla solicitud por saber cómo alcanzaría la vida eterna. Pero el no haber grabado en su corazón los saludables consejos que escuchó de labios del verdadero maestro, el no haberlos puesto por obra, sino el que cegado por la pasión de la avaricia huyese triste; nos descubre toda su voluntad, no deseosa de seguir lo más provechoso, sino lo que a todos es más agradable. Esto prueba la inconstancia de su carácter y lo inconsecuente que era consigo mismo. ¿Le llamas maestro, y no haces lo que debe hacer un discípulo? ¿Confiesas que es bueno, y rechazas lo que te da? Porque el que es bueno, es a la vez comunicador de bienes. Le preguntas sobre la vida eterna, y muestras estar dado enteramente a los deleites de la vida presente. Mas, ¿qué consejo impracticable o pesado, o intolerable te propuso el Maestro? "Vende lo que tienes y dáselo a los pobres" (2). Si te hubiera propuesto los trabajos de la agricultura, o los peligros del comercio, o cualquier otra molestia de las que acompañan a los que andan tras el dinero, se comprende que, llevando a mal el consejo, te retirases triste: pero si por un camino tan fácil, que no te había de costar trabajo o sudor alguno, promete hacerte heredero de la vida eterna, ¿por qué no te alegras de la facilidad de alcanzar tu salvación? ¿Por qué se apena tu corazón y te retiras triste, y te haces inútiles los trabajos que ya habías llevado a cabo? Porque si, como dices, ni has matado, ni has cometido adulterio, ni has hurtado, ni has levantado falso testimonio a nadie, haces infructuosa la diligencia que has puesto en observar esto, pues no quieres también cumplir lo demás, solo con lo cual podrás entrar en el reino de Dios. Si el médico prometiese restituirte aquellos miembros que o por la naturaleza, o por alguna enfermedad tenías mutilados; no oirías esto con tristeza: y porque el gran médico de las almas quiere perfeccionarte a ti despojado de los principales bienes, no recibes el beneficio sino que lloras y te pones triste.



        No lo has guardado todo

        Manifiestamente, lejos estas de aquel precepto que manda amar a tu prójimo como a ti mismo 2 y falsamente atestiguas haberla guardado. Porque, mira, este mandamiento del Señor prueba que tú eres completamente ajeno a la verdadera caridad. Porque si era verdad lo que afirmaste, que habías cumplido desde tu juventud con el precepto de la caridad, y que habías dado a los demás lo que a ti mismo ¿de dónde, dime, te ha venido esta abundancia de riquezas? Pues el cuidado de los necesitados gasta las riquezas; pues cada uno ha de recibir un poco según su necesidad; y todos han de repartir igualmente sus bienes y gastarlos entre los pobres.

        Por eso el que ama al prójimo como a sí mismo, no posee más que su prójimo. Pero tú te presentas con muchas riquezas. ¿De dónde pues, te han venido sino de que has pospuesto a tus comodidades, el bienestar de muchos? De manera que cuanto más abundas en riquezas, tanto menor es tu caridad. Que si hubieses amado a tu prójimo, sin duda hubieras repartido con él tu dinero. Mas ahora tienes pegadas a ti las riquezas más estrechamente que los miembros del cuerpo, y cuando se separan de ti te duele lo mismo que si te cortasen la parte más principal de él. Si hubieras vestido al desnudo, si hubieras dado tu pan al hambriento, si hubieras abierto tus puertas al peregrino, si te hubieras hecho padre de los huérfanos, si te hubieras compadecido del enfermo, ¿qué riquezas, dime, te costaría dejar? ¿Cómo habías de llevar a mal, dejar lo que te quedaba, si ya antes habías procurado distribuirlo a los necesitados? Además, a ninguno le cuesta dar su dinero en las ferias cuando por él se provee de otras cosas necesarias; y cuando por poco dinero se hace con alguna cosa de mucha estima, se alegra porque ha negociado con felicidad; y ¿tú te entristeces porque das oro y plata y riquezas; es decir, piedra y polvo, para poseer la vida eterna?



        ¿En qué emplearás las riquezas?

        Mas ¿en qué emplearas la riqueza? ¿Te vestirás con precioso traje? Bástate una túnica de dos codos, y un solo manto puede satisfacer la necesidad de vestidos. ¿Gastaras tus riquezas en comidas? Un solo pan basta para saciar el vientre. Pues ¿por qué te entristeces? ¿Qué es lo que pierdes? ¿La gloria que nace de las riquezas? Si no buscases la gloria terrena, encontrarías la verdadera y resplandeciente gloria que te condujera al reino de los cielos. Pero el mismo poseer las riquezas es cosa deleitosa, aunque ningún provecho resulte de ella. Mas todos sabéis que el deseo de las cosas inútiles es irracional. Te parecerá increíble lo que voy a decir, y es más cierto que cualquier otra cosa. La riqueza, repartida de la manera que el Señor manda, suele durar; retenida, pasa a manos de otro. Si la guardas, no la poseerás; si la repartes, no la perderás. Porque, "La distribuyó, se la dio a los pobres; su justicia permanecerá para siempre" (5). Pero la mayor parte de los hombres apetecen la riqueza, no por los vestidos o alimentos, sino que ha discurrido el diablo el artificio de sugerir a los ricos mil ocasiones de gastar su dinero, hasta el punto de procurarse como necesario lo superfluo y lo inútil, y de no bastarle nada para los gastos que tienen premeditados. Dividen su riqueza para la necesidad presente y para la que vendrá; y separan una parte para ellos, y otra para sus hijos. Después divídanla también para diversas ocasiones que tengan de gastar. Escucha las cosas a que las destinan: Este dinero, dicen, usémoslo; este otro quede escondido. Lo destinado a nuestros usos, traspase los límites de la necesidad: esto gástese en la opulencia doméstica, aquello sirva para el fasto exterior; esto suministre gastos en abundancia al que tenga que hacer un viaje, aquello proporcione al que quede en casa una vida opípara y fastuosa; de suerte que me admiro de los gastos inútiles en que se piensa. Poseen innumerables carrozas: unas conducen los equipajes; otras, cubiertas de bronce y plata, les conducen a ellos mismos. Numerosos caballos, cuya raza se aprecia por la nobleza de los padres, como se hace entre los hombres. Unos llevan a estos voluptuosos a través de la ciudad, otros prestan sus servicios en la casa, otros en los viajes. Los frenos, los correajes, los collares: todo de plata, todo adornado con oro. Mantos de púrpura adornan a los caballos como a unos esposos; muchedumbre de mulos de distinto color: sus aurigas se suceden unos a otros, caminando unos delante, otros detrás. El número de los demás sirvientes es infinito y suficiente para toda clase de ostentación: mayordomos, despenseros, agricultores, peritos en todas las artes, tanto en las necesarias como en las deleitables y voluptuosas; cocineros, panaderos, coperos, cazadores, escultores, pintores, operarios de toda clase de placer. Manadas de camellos, unos para llevar cargas, otros para que anden por las selvas; multitud de caballos y de bueyes, rebaños de ovejas y de puercos; sus respectivos pastores; campos que no solo basten para alimentar a todos estos, sino que aumenten aun con sus cosechas las riquezas; balneario en la ciudad; balneario en el campo; casas que brillan con mármoles de toda clase: unos de piedra frigias, otros de incrustaciones lacónicas o tesálicas; y de estas casas, unas calientan en invierno, otras refrescan en el verano. El pavimento adornado con variedad de piedrecitas; el oro reviste la techumbre. Los trozos de pared en que no hay incrustaciones, están adornados con flores pintadas.

        Y, cuando distribuidas las riquezas en mil usos, sobran todavía: entonces las entierran y las guardan en sitios escondidos. - No sabemos lo que ha de suceder; a lo mejor nos sobrevienen necesidades inesperadas-. Tampoco sabes si has de necesitar el oro enterrado: lo que sabes cómo cierto es el castigo que merecen las costumbres inhumanas. Después que no puedes gastar el oro en un sin número de invenciones, lo ocultas debajo de la tierra. Locura increíble: cavar la tierra cuando el oro estaba en las minas; y volverlo a esconder en la tierra después de haberlo descubierto. Seas quien fueres el que entierras las riquezas; con ellas entierras tu corazón. Porque "donde está tu tesoro, dice la Escritura, allí está también tu corazón" (6). Por eso los mandamientos entristecen su corazón, porque les parece intolerable la vida, si no la emplean en gastos inútiles. Y lo que le sucede a este joven, sucede a los que le imitan; me parece semejante a lo que sucedería a un viajero que, arrastrado por el deseo de ver una ciudad, se dirigiese a ella apresuradamente; pero que, deteniéndose en las primeras hosterías de junto a la muralla, se abstuviese por la pereza de moverse un poco más, e hiciese inútil el trabajo que se había impuesto, privándose de ver las bellezas de la ciudad. Tales son los que quieren cumplir los demás mandamientos sin desprenderse de sus riquezas. A no pocos he conocido yo que ayunaban, que oraban, que gemían, que ejercitaban toda clase de piedad que no exige gasto alguno; pero que ni un óbolo daban a los pobres. ¿Qué les aprovecha a estos el ejercicio de las demás virtudes? Porque no les ha de recibir el reino de los cielos: pues "más fácil es, dice, que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de los cielos" (7). Tan terminante es la sentencia, infalible el que la dice, pero raros los que la practican. -Mas, ¿cómo viviremos, me decís, si lo dejamos todo?- ¿Qué especie de vida habrá, si todos venden lo que tienen y se quedan sin más?- No me preguntéis como se entienden las ordenes establecidas. Sabe el legislador armonizar lo imposible con la Ley. Tu corazón se pesa como en una balanza, para ver si se inclina a la verdadera vida o a las delicias presentes.



        Sed ricos, pero generosos con los pobres

        Conviene que ponderen los prudentes que el uso de las riquezas se les ha concedido para que sean los repartidores de ellas, no para gozar: deben alegrarse cuando se desprenden de ellas, como el que deja lo ajeno, y no llevarlo a mal como si perdiesen una cosa suya. ¿Por qué te afliges? ¿Por qué se exacerba tu corazón cuando oyes: "Vende lo que tienes?" Si hubieran de acompañarte tus bienes a la vida futura, ni aun así los habías de desear con tanto afán; pues los obscurecerán aquellos premios de allí; pero habiéndoles de dejar necesariamente aquí, ¿por qué no sacamos de ellos la ganancia que se nos promete si los vendemos? Mas tú cuando das oro y compras un caballo, no te entristeces; ¿y cuando se trata de dar estas cosas perecederas para recibir por ellas el reino de los cielos, derramas lágrimas, rechazas al que te las pide y rehúsas darlas inventando mil causas para tus gastos?

        ¿Qué vas a responder al juez, tú que vistes a las paredes, y no vistes al hombre; que adornas a los caballos, y desprecias a tu hermano cubierto de harapos; que dejas que se pudra el trigo, y no alimentas a los hambrientos; que entierras el oro, y abandonas al oprimido? Y si te acompaña una esposa que también sea amante de las riquezas, la enfermedad se duplica: porque da más pábulo a las comodidades, aumenta el ansia de placeres y excita el aguijón de los caprichos vanos, pensando en hacerse con piedras preciosas, margaritas, esmeraldas y jacintos; forjando y entretejiendo oro; y aumentando la enfermedad con toda clase de vanidades.

        Y no se cuidan de esto alguna que otra vez, sino que de día y de noche están pensando en lo mismo. Y son innumerables los aduladores que van en pos, al servicio de sus apetitos: llaman a tintoreros, a cinceladores en oro, a perfumistas, a tejedores, a bordadores. Y no le dejan a uno ni tiempo para respirar, por los continuos encargos que le dan. No hay riquezas que puedan satisfacer los caprichos de una mujer, ni aun cuando corriesen por los ríos: pues compran el ungüento que viene del extranjero lo mismo que si fuese aceite de la plaza. Añádanse a esto las flores marítimas, la púrpura, las plumas de ave, y la lana más abundante que la de las ovejas. El oro ensartando piedras de inmenso precio adorna sus frentes y sus cuellos, esta incrustado en sus cinturones, y ata sus manos y sus pies; porque las mujeres avaras de oro, se gozan de atarse con esposas, con tal que sea de oro lo que las ata. Pues ¿cuándo cuidará de su alma el que esta al cuidado de los caprichos de una mujer? Así como los turbiones y las tempestades hunden los navíos que están podridos, así también las perversas inclinaciones de las mujeres, sumergen las almas débiles de sus esposos. Pues distribuyéndose entre el marido y la mujer las riquezas en tantos usos, venciéndose mutuamente en la invención de nuevas vanidades, no es extraño que ninguna oportunidad tengan de mirar por los extraños. Si oyes: "Vende lo que tienes, y dalo a los pobres" para que tengas provisión durante el viaje a la felicidad eterna, te marchas tristes; pero si oyes: da dinero a las mujeres derrochadoras, dáselo a los cinceladores, a los escultores, a los que trabajan en piedras, a los pintores; entonces te alegras como si con tu dinero alcanzaras cosa más preciosa. ¿No ves estas murallas derruidas por la acción del tiempo, cuyos restos se levantan como escollos alrededor de toda la ciudad? ¡Cuántos pobres había en la ciudad cuando se construyeron, quienes por trabajar en ellas eran despreciados por los ricos de entonces! Y ¿dónde está el espléndido aparato de las obras? ¿Donde, aquél tan alabado por la magnificencia de estas cosas? (*). ¿No han desaparecido y venido los muros a tierra lo mismo que los que hacen los niños con arena: mientras que está en el infierno aquel a quien ahora le pesara del empeño que puso en cosas vanas? Ensancha tu corazón: los muros grandes o pequeños cubren la misma necesidad. Cuando entro en la casa de un hombre vanidoso y que hasta el fin de su vida no acaba de enriquecerse, y veo su morada brillar con toda clase de adornos; veo que para él no hay cosa más estimable que lo visible, pues hermosea las cosas inanimadas y tiene sin adornar su alma. Dime, ¿qué utilidad mayor te proporcionan los lechos de plata, las mesas de plata, los asientos y sillas de marfil, si por usar tales cosas no llegan las riquezas a los pobres que se agolpan a tus puertas, lanzando toda clase de gemidos dignos de toda compasión? Y tú les niegas la limosna y dices que no puedes socorrer a los pordioseros. Juras con tu lengua que no puedes, pero tu mano te contradice; porque aunque ella calle, pregona tu mentira el anillo que brilla a vista de todos. ¿A cuántos puedes sacar de sus deudas con un solo de tus anillos? ¿Cuántas casas puedes levantar que están en ruinas? Una sola arca de aquellas en que guardas tus vestidos, basta para vestir a todo el pueblo, que esta aterido de frío; y, sin embargo, sufres que el pobre se vaya sin nada, sin temer el justo castigo del juez. No te compadeciste, no se te compadecerá; no abriste tu casa, se te cerrara el reino de los cielos; no diste pan, no recibirás la vida eterna.



        La sed de riquezas es insaciable


        Pero te llamas pobre a ti mismo; convengo contigo en ello, porque pobre es el que necesita muchas cosas. Mas a vosotros os hace necesitar muchas cosas vuestra insaciable avaricia. Te esfuerzas por amontonar diez talentos encima de otros diez: reunidos veinte, apeteces otros tantos, y lo que vas amontonando no satisfacen tu avaricia, sino que la enciende. Como para los ebrios el tener junto a si vino es ocasión para beber, así los que acaban de hacerse ricos después de adquirir muchas cosas desean aun más, alimentando su enfermedad a la vez que amontonan y produciéndoles sus ansias un efecto contrario al que ellos buscan. Porque no les alegran tanto los bienes presentes, con ser tan abundantes, cuanto les entristecen los que les faltan, o mejor dicho, los que ellos creen que les faltan; de suerte que siempre esta su ánimo preocupado, luchando por adquirir más. Cuando habían de alegrarse y estar en paz por ser más ricos que muchos, se amargan y se entristecen de que haya alguno que otro más rico que les supere. Cuando alcanzan a uno de estos ricos enseguida se esfuerzan por igualar a otro que lo es más; y cuando alcanzan también a este pasan su emulación a otro. Como los que suben una escalera tienen siempre un pie levantado para ponerle sobre el banzo que sigue y no se detienen hasta que llegan al último; así estos no cesan de apetecer el poder hasta que, subidos a lo alto, se estrellan desde lo más alto de la desgracia. Al ave seléucida (**) la hizo el Criador del universo insaciable para bien de los hombres; pero tú haces insaciable tu corazón para mal de muchos. Cuanto ve la vista, tanto apetece el avaro. "No se saciara el ojo viendo" (8), ni se saciara el avaro recibido. "El infierno nunca dijo basta" (9) ni el avaro dijo jamás basta. ¿Cuándo vas a usar de las cosas presentes? ¿Cuándo gozaras de ellas, si siempre te detiene el trabajo de adquirir más? "¡Ay de los que añaden a una casa otra casa, y juntan un campo con otro campo para quitar algo a su prójimo!" (10) ¿Qué es lo que tú haces? ¿No das mil excusas para despojar a tu prójimo? Me hace sombra la casa del vecino, es un alborotador, alberga a los vagabundos; y trayendo otros pretextos, exagerándolos y pregonándolos, revolviéndolos siempre y molestando, no para hasta obligarle a irse a otro sitio. ¿Qué fue lo que mato al israelita Nabutan? ¿No fue la avaricia de Acab que apetecía su viña? (10b). El avaro es mal vecino en la ciudad, mal vecino en el campo. Conoce el mar sus términos; respeta la noche los límites que tanto tiempo ha le fueron señalados; pero el avaro no respeta el tiempo, no conoce el término, no cede al orden de sucesión, imita la violencia del fuego; todo lo invade, todo lo devora. Y como los ríos nacidos de un pequeño principio crecen de una manera increíble con los afluentes que poco a poco se les juntan, y arrastran en su violenta corriente todo lo que encuentran a su paso; así también los avaros cuando suben a gran poder, después que han recibido mayor fuerza para hacer injusticias de aquellos a quienes ya han dominado, reducen a la esclavitud a los demás, viniendo a aumentar el número de los antes injuriados; y el aumento de poder es para ellos ocasión de mayor maldad. Porque los primeros que recibieron el daño ayudándoles contra su voluntad, infieren también a otros, perjuicios y agravios. Porque ¿a qué vecino, a qué doméstico, a quién que tenga trato con ellos no atraen? Nada resiste a la fuerza de las riquezas; todo cede ante la tiranía; ante el poder todo se estremece: pues cada uno de los que han sido injuriados, mas cuenta tiene con que no le venga algo peor, que de vengarse de lo que ha padecido. Conduce las yuntas de bueyes, ara, siembra, recoge la cosecha que no le pertenece. Si te opones, vienen las heridas; si te quejas, eres reo, porque injuriaste; serás contado entre los esclavos, habitara la cárcel: preparados están los calumniadores para poner en peligro tu vida. Te tendrás por bien librado si, dando algo más, te ves libre de estas molestias.

        Quisiera que respirases un poco de la injusticia de estas obras y se aquietasen tus pensamientos, para que ponderaras a donde va a parar el deseo de estas cosas. Tienes tantas yugadas de tierra arable: otras tantas de tierra para plantar árboles: montes, campos, selvas, ríos, prados. Y después de esto ¿qué? ¿No te esperan solo tres codos de tierra? ¿No bastara para guardar tu cuerpo miserable, el peso de unas pocas piedras? ¿Para qué trabajas? ¿Por qué obras perversamente? ¿Por qué recoges con tus manos cosas infructuosas? Y ojala fueran infructuosas, y no materia para el fuego eterno. ¿No despertaras de esta embriaguez? ¿No recobras tus sentidos? ¿No vuelves en ti? ¿No pondrás delante de tus ojos el juicio de Cristo?



        ¿Qué responderás el día del juicio?

        ¿Qué excusa vas a traer cuando aquellos a quienes has injuriado te rodeen y griten contra ti delante del juez eterno? ¿Qué harás? ¿qué abogados llevaras? ¿Qué testigos sacaras? ¿Cómo sobornaras al juez a quien con ningún artificio se le puede engañar? No hay allí oradores, no hay allí palabras persuasivas que puedan echar por tierra la verdad del juez. No te acompañan los aduladores, ni las riquezas, ni el fausto de la dignidad; abandonado de los amigos, abandonado de los protectores, sin patrocinio, sin defensa, te encontraras cubierto de vergüenza, triste, cabizbajo, solo, sin libertad y sin confianza para hablar. A donde quiera que vuelvas los ojos, encontraras argumentos claros y patentes de tus crímenes: por un lado las lágrimas del huérfano, por otro los gemidos de la viuda, de otra parte los mendigos abofeteados por tu misma mano, los esclavos que mataste, los vecinos a quienes provocaste a ira: todo se levantara contra ti: te rodeara la multitud perversa de tus malas obras. Porque, como sigue la sombra al cuerpo, acompañan a las almas los pecados, reflejando claramente las obras.

        Por eso allí no vale negar: cerrara su boca aun el más desvergonzado. Las mismas obras de cada uno, sin hablar, pero apareciendo tales cuales nosotros las hicimos, harán de testigos. ¿Cómo podré poner delante de tus ojos aquellas cosas terribles? Si es que por ventura oyes, si te conmueves, acuérdate de aquel día en el cual "se revelará la ira de Dios desde el cielo" (11); acuérdate de la gloriosa venida de Cristo, cuando "los que hayan obrado bien se levantaran a la resurrección de la vida, y los que mal, a la resurrección del juicio" (12). Entonces será la vergüenza eterna para los pecadores "y la emulación del fuego que ha de devorar a los enemigos" (13). Cáusate esto tristeza; no te moleste el precepto. ¿Cómo te lloraré? ¿Qué diré? ¿No deseas el reino de los cielos? ¿No temes el infierno? ¿Donde encontraré la salud para tu alma? Porque si no te horrorizan los tormentos, si no te estimula el premio, estoy hablando a un corazón de piedra.



        Inutilidad de las riquezas

        Mira, hombre, la naturaleza de las riquezas. ¿Por qué admiras tanto el oro? Piedra es el oro, piedra la plata, piedra la margarita, piedra cada una de las piedras: el crisolito, el berilo, el ágata, el jacinto, la amatista, el jaspe. Y estas son la flor de las riquezas; de las cuales tú unas las guardas y escondes, ocultando en la obscuridad del resplandor de las piedras, y otras las llevas contigo gloriándote del brillo de estas cosas preciosas. Dime, ¿de qué te sirve ceñir tu mano con piedras resplandecientes? ¿No te avergüenzas de desear las piedras, como las mujeres embarazadas? Porque estas las devoran, y tu hasta tal punto apeteces la preciosidad de las piedras, que anhelas con ansia las de sardonio, las de jaspe y las amatistas. ¿Cuál de estas que más adornan los vestidos te pudo añadir un día más de vida? ¿A quién perdono la muerte, porque fuese rico? ¿De quién huyo la enfermedad, por sus riquezas? ¿Hasta cuándo va a estar siendo el oro lazo de las almas, anzuelo de la muerte, astucia del pecado? ¿Hasta cuándo van a ser las riquezas causa de la guerra; por la cual se templan las armas y se aguzan las espadas?
 


        Daños que traen las riquezas

        Por las riquezas desconocen los parientes la naturaleza; los hermanos se miran con ojos criminales; por la riqueza alimentan los desiertos a los homicidas, el mar a los piratas, las ciudades a los sicofantas. ¿Quién es el padre de la mentira? ¿Quién el urdidor de falsas acusaciones? ¿Quién engendra el perjuro? ¿No es la riqueza? ¿No es la pasión por el oro? ¿Qué es lo que hacéis, hombre? ¿Quién ha convertido en lazos contra vosotros lo que es vuestro? Es auxilio para vivir. Que no han sido dadas las riquezas como incentivos para el mal. Son redención del alma: no ocasión de perdición. -Pero es necesaria la riqueza por los hijos-. Este es un especioso pretexto de la avaricia; porque os escudáis con vuestros hijos, y entretanto satisfacéis vuestro corazón. No pongáis por excusa a un inocente: tiene señor propio, y propio conservador: de otro recibió la vida; de ese mismo espera los auxilios de la vida. ¿Acaso los Evangelios no se han escrito para los casados? "Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y dáselo a los pobres" (14). Cuando pediste al Señor una prole numerosa, cuando le rogaste que te hiciese padre de muchos hijos; ¿añadiste por ventura: "Dame hijos para violar los mandamientos; dame descendencia para no entrar en el reino de los cielos"? Además, ¿quién será responsable de la voluntad del hijo, de que ha de usar convenientemente de lo que le entreguen? Porque la riqueza es para muchos medio para la deshonestidad. ¿No has oído al Eclesiastés que dice: "Vi una grave enfermedad: las riquezas que para él guardaban, para su mal?" (15). Y en otra parte: "Lo dejo a mi sucesor, y ¿quién sabe si será sabio o necio?" (16). Mira, pues, no sea que habiendo amontonado con tantos sudores la riqueza, dispongas para otros materia de pecado y después seas atormentado con doble pena por las iniquidades que tú hiciste, y por las que hizo el otro ayudado por ti. ¿No es más pariente tuya tu alma que todos tus hijos? ¿No está unida a ti más estrechamente que todo lo demás? Pues es la primera, dala la principal parte de tu herencia, proporciónala socorro abundante para que viva, y reparte después la herencia entre los hijos. Muchas veces, hijos que nada recibieron de sus padres, se hicieron con casa: mas si una vez desprecias tu alma, ¿quién tendrá compasión de ella?

        Esto lo he dicho para los padres. Los que no tienen hijos ¿qué buena excusa nos traen de su tacañería? -No vendo lo que tengo no se lo doy a los pobres, por los necesarios usos de la vida-. Luego el Señor no es tu maestro, ni rige tu vida el Evangelio: sino que tú te das la ley a ti mismo. Mira el peligro a que te expones, si así raciocinas. Porque si el Señor nos mando esto como cosa necesaria, y tú lo rechazas como imposible, ninguna otra cosa haces sino decir que eres más prudente que el legislador. Pero dices: después que haya gozado de las riquezas durante toda mi vida, haré herederos de ellas a los pobres, y en las tablas públicas y en mi testamento, les declararé señores de ellas. Cuando no estarás entre los hombres, ¿entonces te harás humanitario? Cuando te vea muerto, ¿te llamaré amante de tu hermano? Se deberán muchas gracias a tu munificencia, porque estando tendido en el sepulcro y convertido en tierra, fuiste por fin liberal y magnánimo en tus gastos.



        Si no lo haces ahora no lo harás cuando mueras

        Dime, ¿de qué tiempo vas a pedir premio, del que viviste, o del que siguió a la muerte? Mas el tiempo que viviste lo pasaste dado a los deleites de la vida, y no tolerabas la vista de un pobre. Y después de muerto ¿qué hiciste? ¿A qué obras se debe el premio? Muestra tus obras y pide la recompensa. Ninguno hace negocio acabadas ya las ferias; ni es coronado el que se acerca después de la lucha; ni se adquiere la fama de valiente después de terminada la guerra. Pues tampoco después de la vida hay ocasión de ejercitar la caridad. Prometes ser bienhechor con la tinta, y con las tablas. ¿Quién te anunciara la hora de tu partida? ¿Quién te responderá de la manera que has de morir? ¡Cuántos han sido arrebatados por una repentina desgracia, sin que ni siquiera pudiesen pronunciar una palabra? ¡A cuantos les ha faltado el sentido por la fiebre! ¿A qué aguardas, pues; a esa hora en la que probablemente no serás dueño de ti? Cuanto todo será obscura noche, en la pesadez de la enfermedad y el desamparo de todos; y preparado el que acecha tu hacienda; ordenándolo todo a favor suyo y haciendo mudas tus determinaciones. Entonces, volviendo a una y otra parte los ojos y viendo la soledad que te rodea, conocerás por fin tu locura. Lloraras entonces tu necedad en haber diferido el cumplimiento del precepto para aquel instante, cuando tu lengua atada y tu mano trémula por el estertor no pueden revelar tus deseos ni por palabras ni por escrito. Y aunque todo estuviese escrito con claridad y tu voz lo pregonase a todo el mundo, una sola letra interpuesta, puede trastocar tu determinación: un sello falso, dos o tres perversos testigos, pondrán tu hacienda en manos de otros.

        Pues ¿por qué te engañas a ti mismo usando ahora tus riquezas para los goces de la carne, y prometiendo para más adelante lo que no estará en tu poder? Depravada determinación, como queda, aclarado por lo dicho. -Vivo, gozaré de las delicias; muerto, cumpliré con el precepto-. Te dirá Abraham: "Recibiste tus bienes en tu vida" (17). No cabe por el camino angosto y estrecho, si no dejas la mole de las riquezas. Saliste cargado con ellas, pues no las arrojaste como se te ordeno. Mientras viviste, te preferiste al precepto; muerto y podrido, antepusiste el precepto a los enemigos. Porque para que no reciba nada fulano, dices, que lo reciba el Señor. Y esto ¿cómo lo llamaremos? ¿venganza de tus enemigos o amor al prójimo? Lee tu testamento. -Quisiera aun vivir y gozar de mis bienes--. Gracias, pues, a la muerte, no a ti. Porque si fueses inmortal, no te habrías acordado de los mandamientos.



        De Dios nadie se burla

        "No os equivoquéis; de Dios nadie se burla" (18). No se presenta al altar cosa muerta: trae una víctima viva: No se admite al que ofrece de lo que le sobra. Y tú ofreces al bienhechor que te lo dio, lo que te ha sobrado de toda tu vida. Si no te atreves a dar las sobras de tu mesa a unos huéspedes ilustres y nobles, ¿cómo quieres que Dios se aplaque con las sobras de tu vida? Ved, ricos, el fin a donde lleva la avaricia, y dejad de amar las riquezas. Cuanto más ames las riquezas, menos debes dejar de lo que posees. Tórnalo todo para ti, llévalo todo, no dejes tus riquezas a los extraños. Tal vez ni te enterraran tus domésticos con ornato fúnebre; sino que te negaran las exequias, deseosos de agradar a tus herederos. Tal vez se volverán entonces sus lenguas contra ti. -Es una necedad, dirán, adornar a un muerto y enterrar con mucho gasto a uno que ya nada siente-. ¿No es mejor que los que quedamos nos adornemos con sus magníficos y espléndidos vestidos y no dejarlos que se pudran a la vez con el cadáver?

        ¿Qué sacamos con levantar un suntuoso monumento y hacer una elegante sepultura y un gasto inútil? Mejor será emplear todo esto en los usos de la vida. -Esto dirán, y se vengaran de tu severidad; y entregaran tus bienes a tus sucesores-.Hazte por lo tanto a ti mismo las honras fúnebres. Hermosa sepultura es la piedad. Marcha vestido con todas tus cosas; haz de tus riquezas un adorno propio; tenlas contigo. Cree al buen consejero que te ama, Cristo, que se hizo pobre por nosotros, para que nos enriqueciésemos con su pobreza (19); que se entrego a sí mismo por precio de nuestra redención (20). Obedezcámosle como a sabio y conocedor de lo que nos conviene, sufrámosle como a amador nuestro, seámosle agradecidos como a bienhechor. Sigamos sin vacilar lo que se nos ha mandado, para que seamos herederos de la eterna vida, que está en Jesucristo, al cual sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Notas

(1) Mt 19,19-20. (volver

(2) Mt 19,21.

(3) Mt 19,16.

(4) Lc 18,25.

(5) Ps 111,9.

(6) Mt 6,21.

(7) Lc 18,25.

(*) Parece referirse aquí San Basilio a Tiberio; quien, en el año 18, convirtió la Capadocia en provincia romana e hizo de Cesarea su capital.

(**) Es una especie de tordo de gran tamaño, que se mantiene de langostas y otros insectos: llamase en algunas regiones zorzales.

(8) Si 1,8.

(9) Pr 27,20.

(10) Is 5,8.

(10b) 1R 21.

(11) Rm 1,18. volver)

(12) Jn 5,29.

(13) He 10,27.

(14) Mt 19,21.

(15) Si 5,12.

(16) Si 2,18.

(17) Lc 16,25.

(18) Ga 6,7.

(19) 2Co 8,9.

(20) 1Tm 2,6.



 

EN HONOR DE SAN BARLAAM, MÁRTIR


Advertencia preliminar

El día 19 de noviembre, anuncia el martirologio la fiesta de este santo, de la siguiente manera: "Cesarea de Capadocia, San Barlaam, mártir, que, aunque rustico, y sin letras, fortalecido por la sabiduría de Cristo, venció con su constancia en la fe al tirano y al mismo fuego: en su fiesta predico San Basilio un elocuente panegírico".

PANEGÍRICO


        La muerte de los santos se festeja con júbilo

        Antes se celebraba la fiesta de los santos con lágrimas y gemidos. José lloró amargamente la muerte de Jacob (1). Los judíos lloraron mucho la muerte de Moisés (2). Lloraron también con abundantes lágrimas a Samuel (3).

        Pero ahora nos alegramos con la muerte de los justos. Porque la naturaleza del dolor ha cambiado después de la Cruz.
       
        Ya no acompañamos con lágrimas la muerte de los santos. Danzamos, por el contrario, con coros divinos alrededor de sus sepulcros. Porque para los justos la muerte es sueño, o mejor dicho, es un viaje a mejor vida. He aquí porqué se alegran los mártires al ser degollados. El deseo de una vida más dichosa, amortece el dolor de las heridas. El mártir no mira los peligros, sino las coronas. No le horrorizan las heridas, sino que cuenta los premios. No se fija acá abajo en los verdugos que le golpean. Contempla con los ojos del alma a los ángeles que se congratulan desde el cielo. El mártir no considera lo momentáneo de los sufrimientos, sino lo eterno de los premios. También entre nosotros recogen el fruto magnifico de los honores. Son aclamados por todos con divinas alabanzas; arrastrando a miles de pueblos alrededor de sus sepulcros.

        San Barlaam: insuperable maestro de piedad

        Esto ha sucedido hoy al valiente Barlaam. Sonó la trompeta guerrera del mártir, y convocó como veis, a los soldados de la piedad. El constituido atleta de Cristo, fue anunciado con pregón. Y a toda esta asamblea de la Iglesia, dio alas para volar.

        Dijo el señor de los fieles:

- El que cree en mi, vivirá aunque haya muerto (4).

    Pues bien; murió el esforzado Barlaam y convoca publicas asambleas. Está consumido en el sepulcro, e invita a un banquete.

Ahora sí que podemos exclamar:

- ¿Donde está el sabio? ¿Donde el letrado?? ¿Donde el escudriñador de este siglo? (5).

Hoy, un hombre de campo es para nosotros insuperable maestro de piedad.

        El tirano creía que se trataba de una presa que fácilmente se dejaría atrapar. Pero se dio cuenta, por experiencia, que se trataba de un guerrero invencible. Se reía de él, porque hablaba rústicamente, pero le aterro su angelical y juvenil vigor. Pues su ánimo no era bárbaro como lo era el órgano de la lengua. Su inteligencia no claudicaba a una con las silabas. Era un segundo Pablo que con Pablo decía:

-Dado que yo sea tosco en hablar; no lo soy sin embargo en la ciencia (6)

        Alegría y valor de San Barlaam en los tormentos

        Los verdugos, atormentándole, quedaron sin fuerzas. Mientras tanto, el mártir, se encontraba más vigorizado. Las manos de los que le maltrataban, se enervaban. Pero el ánimo del maltratado no se doblegaba. Los látigos separaban las junturas de los nervios, pero el vigor de la fe se robustecía con más tenacidad. Mientras los costados machacados se consumían, florecía la santidad del corazón.

        Habían acabado con la mayor parte de su carne. No obstante, se encontraba vigoroso, cual si aun no hubiese comenzado el combate. Porque cuando la piedad se apodera del alma es entonces despreciable todo género de luchas. Debido al bien que el alma ama, los que la atormentan, mas la deleitan antes bien y no la disgustan. De ello da testimonio aquel amor de los Apóstoles que, en otro tiempo, les hacia agradables los azotes que recibían de los judíos. Porque se retiraban del consejo, gozosos de haber sido estimados dignos de ser atormentados por el nombre de Jesús (7).

        Tal es también el guerrero a quien hoy honramos. Llevaba con alegría los tormentos, pensando que con los azotes le rodeaban de rosas. Mientras tanto, huía de los males de la impiedad, como de dardos. Consideraba la ira del juez cual sombra de humo. Se reía de los fieros escuadrones de satélites. Como si fuesen coronas, se regocijaba de los peligros. Se gozaba en las heridas como en los honores. Como si fuesen los más brillantes trofeos, saltaba de placer con los más agudos tormentos. Despreciaba las espadas desenvainadas. Sufría las manos de los verdugos, cual si fuesen más blandas que la cera. Besaba el leño del suplicio, como si fuese su salvación. Cual si estuviese en prados, se regocijaba. en los calabozos de la cárcel. Como con variedad de flores, se deleitaba en las invenciones de tormentos.

        La mano de San Barlaam y su victoria sobre el fuego

        Tuvo la mano derecha más firme que el fuego, último tormento que tuvo que soportar de parte de sus enemigos.

        En efecto. Sus enemigos habían puesto fuego sobre el ara para ofrecer un sacrificio a los demonios. Ante ella llevan al mártir. Se colocan todos a su alrededor y le ordenan que ponga la diestra, extendida sobre el altar. Quieren que sirva como ara de bronce. Al encender el incienso colocado maliciosamente sobre la mano, esperaban que vencida por la fuerza del fuego, dejaría necesariamente caer en seguida el incienso sobre el ara.

        ¡Oh falaces astucias de los impíos!

- "Ya que no hemos doblegado -dicen- su ánimo con miles de heridas, doblemos al menos en la llama la mano del importuno luchador. Ya que con diversas máquinas no hemos abierto brecha en su ánimo, abrámosla al menos en su derecha introduciéndola en el fuego".

        Pero los infelices ni siquiera de esta esperanza sacaron algo de provecho. Pues el fuego perforaba la mano, pero la mano estaba quieta, tolerando el fuego como si fuese ceniza. Nuestro héroe no dio la espada al enemigo fuego como los fugitivos. Su mano permaneció quieta, mostrándose valiente contra la llama. El fuego dio ocasión al mártir de exclamar con el profeta:

-Bendito sea el Señor Dios mío, que adiestra mis manos para la pelea y mis dedos para manejar las armas (8).

        El fuego peleaba contra la mano, pero fue derrotado. Se trataba la lucha entre la llama y la derecha del mártir. Y he aquí que la derecha del mártir obtuvo una victoria nueva en los combates. Porque al pasar la llama por medio de la mano, esta aun estaba extendida, preparada para el combate.

        Alabanzas a la gloriosa mano del Santo

        ¡Oh mano más pertinaz que el fuego! ¡Oh mano que no has aprendido a doblegare al fuego! ¡Oh fuego que has aprendido a dejarte vencer por la mano!

        El hierro, reblandecido por la tiranía del fuego, cede. El bronce, obedece asimismo a su poder. Hasta la dureza de las piedras suele dejarse vencer por el fuego. Pero su violencia que todo lo doma, al quemar la mano extendida del mártir, no pudo doblegarla.

        Con cuánta razón podía decir el santo, al Señor:

- Tú me asiste de la mano derecha, y me guiaste según tu voluntad, y me acogiste con gloria (9).

        ¡Gloria y honor, al invicto campeón de Cristo!

        ¿Cómo te llamaré, oh esforzado campeón de Cristo? ¿Te llamaré estatua? Disminuirá grandemente tu constancia. Porque el fuego deshace una estatua si la arrojan, más a tu diestra ni siquiera la pudo obligar a que pareciese que se movía.

        ¿Te llamaré hierro? También esta semejanza es inferior a tu valentía. Porque tú eres el único que persuadiste al fuego de que no doblegaba tu mano. Tu, el único que tuviste tu diestra en lugar de ara. Tu, el único que al arder tu mano abofeteaste en el rostro a los demonios. Tu, el único que al hacerse carbón tu mano, deshiciste en aquel momento las cabezas de los demonios. Y después, convertida tu mano en cenizas, encegueces sus ejércitos y les pisoteas.

        ¿Mas, a qué empequeñecer al vencedor con pueriles y balbuceantes palabras? Cedamos las alabanzas del mártir a lenguas más espléndidas y magnificas. Invitemos a tomar parte en estas alabanzas a las trompetas más sonoras de los maestros.

        Levantaos, brillantes pintores de hazañas atléticas. Engrandeced con vuestras artes la mutilada imagen de este General. Con los colores de vuestro arte, rodead de fulgores al coronado atleta que yo he pintado con tanta obscuridad. Deseo que me venzáis haciendo vosotros una hermosa pintura del mártir. Que yo me goce hoy de vuestra victoria, al ser vencido por vuestra habilidad. Vea yo mejor expresada por vosotros, la lucha entre la mano y el fuego. Que en vuestros cuadros, pueda ver yo, pintado con mayor esplendidez, al invicto luchador. Lloren los demonios, derrotados también ahora por las victorias del mártir renovadas por vosotros. Mostradles de nuevo, la mano ardiendo y victoriosa. Píntese asimismo en el cuadro, al árbitro del combate, Cristo, a Quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Notas

(1)

(2) Dt 34,8.


(3) 1R 15,1.


(4) Jn 11,25.

(5) 1Co 1,20.

(6) 2Co 11,6.

(7) Ac 5,41.

(8) Ps 143,1.

(9) Ps 72,24.



 

 

ATIENDE A TI MISMO

"Atiende a ti mismo, no sea que alguna vez una palabra oculta, se haga iniquidad en tu corazón" (Dt 15,9) (1).
 

Introducción
El porqué de la sentencia
Dos maneras de atender a sí mismo
Atiende únicamente a ti mismo, a tu alma
Reflexiona diligentemente sobre ti mismo para dar a cada uno lo conveniente
Precepto útil para todos
Atiende a ti mismo, previniéndote contra las vanas ilusiones
Atiende a ti mismo y no quieras averiguar los males de otros
Sentencia útil para todas las circunstancias de la vida
El diligente examen de sí mismo conduce al conocimiento de Dios
Atiende a ti mismo para que atiendas a Dios

 

 


Introducción

        Dios Nuestro Creador, nos ha dado el uso de la palabra para que descubramos a los demás los designios del corazón; ya que somos de una misma naturaleza, quiere Dios que, comunique cada uno con su prójimo, sacando como de unas alacenas, las intenciones de los escondrijos del corazón. Si contásemos únicamente de alma, pronto nos entenderíamos con los demás por medio de lo que pensamos. Pero como nuestra alma elabora los pensamientos revestida con el traje de la carne, tiene necesidad de palabras y nombres para publicar lo que dentro tiene. Y así, luego que nuestro pensamiento toma una voz significativa llevado por la palabra como en una barca, cruzando el espacio, pasa del que habla al que oye. Si encuentra profunda calina y silencio, entra como en puertos tranquilos e imperturbados en los oídos de los que escuchan. Pero si como enfurecida tempestad, sopla contra el alboroto de los oyentes, naufragara disolviéndose en medio del espacio. Haced, pues calina a la palabra con el silencio. Porque tal vez aparezca conteniendo algo útil que podáis llevar con vosotros.

         La palabra de la verdad es difícil de comprender; puede fácilmente escapárseles a los que no estén con atención. Por eso, dispuso el Espíritu Santo que fuese concisa y breve, para que significase con pocas palabras muchas cosas, y pudiese por la brevedad retenerse fácilmente en la memoria. Porque virtud natural de la palabra es el no ocultar con oscuridad las cosas que significan, no estar ociosa y vacía andando ligeramente alrededor de las cosas.
 


El porqué de la sentencia

        Tal es la sentencia que poco ha nos leyeron de los libros de Moisés, de la cual os acordaréis muy bien los diligentes; a no ser que por su brevedad haya pasado ligeramente por vuestros oídos. Dice, pues, así: Atiende a ti mismo, no sea que alguna vez una palabra oculta se haga iniquidad en tu corazón (2).

        Somos los hombres inclinados a los pecados del pensamiento. Por eso el que formo uno por uno nuestros corazones, sabiendo que la principal parte del pecado se comete con el apetito de la voluntad, ordeno en nosotros la pureza como la primera en la parte más noble. El sitio donde más fácilmente resbalamos al pecado lo ha favorecido con mayor esmero y vigilancia.

        Y así como los médicos más previsores, defienden muy de antemano con medicinas preservativas las partes más débiles de los cuerpos; de la misma manera, el común curandero y verdadero médico de las almas, previno con más poderosos auxilios lo que conoció estar en nosotros más inclinado al pecado. Las acciones del cuerpo necesitan tiempo, oportunidad, trabajos, ayudantes, y los demás gastos. No así los movimientos de la mente, pues se ejecutan instantáneamente, se acaban sin cansancio, se detienen sin hacer nada; todo tiempo es apto para ellos.

        Suele ocurrir que algún arrogante y vanaglorioso de su castidad, revestido por afuera con mascaras de pudor, sentándose muchas veces en medio de los que le llaman dichoso por su virtud, acude con su mente, por el oculto movimiento del corazón, al lugar del pecado. Ve con la imaginación lo que desea. Finge compañías indecorosas. Pintase claramente el placer en la escondida oficina de su corazón. Comete el pecado allá dentro sin testigos; desconocido por todos hasta que venga el que ha de descubrir los escondrijos de las tinieblas, y manifestar los deseos de los corazones (3).

        Atiende, pues, no sea que alguna vez algún pensamiento oculto se haga iniquidad en tu corazón. Porque el que mire a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio en su corazón (4). Las acciones corporales las interrumpen muchos, mas el que peca con el deseo, ha cometido él pecado con la velocidad de los pensamientos. Por lo cual, contra esto tan resbaladizo, se nos dio pronto precaución. Así lo atestiguan las palabras: No sea que alguna vez una palabra oculta se haga delito en tu corazón.

        Atiende a ti mismo para que puedas discernir lo dañoso de lo saludable

        Pero volvamos al comienzo de la sentencia. Atiende a ti mismo. Todos los animales tienen por concesión de Dios, quien todo lo creo, movimientos para mirar por su propia naturaleza. Y encontraras, si observas diligentemente, que la mayor parte de los brutos, sin que nadie les enseñe tienen odio a los que les dañan. Son atraídos por el contrario, por cierta inclinación natural, a gozar de lo que les es útil. Por eso mismo Dios, nuestro maestro, nos dio este gran precepto para que lo que ellos hacen por naturaleza, eso lo hagamos nosotros con el auxilio de la razón. Lo que ellos hacen inconsiderablemente, quiere Dios que lo hagamos nosotros con atención y con la continua dirección de los pensamientos. Quiere que seamos guardas diligentes de los movimientos que El nos da, huyendo del pecado como huyen los brutos de las comidas venenosas y siguiendo la justicia como siguen ellos las nutritivas hierbas.

        Atiende por lo tanto a ti mismo, para que puedas discernir lo dañoso de lo saludable.
 


Dos maneras de atender a sí mismo

        Dos maneras hay de atender: una, contemplando con los ojos corporales las cosas visibles; otra, elevando la facultad Espiritual del alma a la contemplación de las cosas incorpóreas. Si dijésemos que este precepto solo se refiere a la acción de los ojos, mostraremos de inmediato la imposibilidad de esto. Porque ¿cómo uno se abarcaría a si todo con el ojo? Pues, ni el ojo usa de su mirada para verse a sí mismo, ni puede ver la parte superior de la cabeza, ni las espaldas, ni el rostro, ni la interior disposición de las entrañas. Por otra parte, sería una impiedad decir que no pueden guardarse los mandamientos del Espíritu Santo.

        Resta, pues, que entendamos el precepto en cuanto se refiere a la acción del entendimiento.

        Atiende a ti mismo, es decir: examínate a ti mismo por todas partes. Ten despiertos los ojos del alma para vigilarte a ti mismo.

        Atraviesas por medio de lazos (5). Yacen ocultas por todas partes, trampas puestas por el enemigo. Examina, pues, todo lo que está a tu alrededor, para que te libres como el gamo de los lazos, y como el ave de la trampa (6). Porque al gamo no se le puede agarrar con lazos por la agudeza de su vista, por donde se lo llama así por la perspicacia de sus ojos. Y el pájaro, cuando está atento, con sus ligeras alas se remonta sobre las celadas de los cazadores.

        Pues mira. No te muestres más perezoso que los irracionales en vigilarte a ti mismo. Esta, atento, no sea que alguna vez, enredado en los lazos, seas presa del diablo, cazado por él en vida para ser su juguete.


Atiende únicamente a ti mismo, a tu alma

        Atiende, pues, a ti mismo; a saber, no a tus cosas, ni a lo que te rodea, sino atiende únicamente a ti mismo. Porque una cosa somos nosotros mismos, y otra nuestras cosas; y otra, todo lo que nos rodea. Nosotros somos el alma y la mente en cuanto que hemos sido hechos a imagen del Creador. Cosa nuestra es el cuerpo y sus sentidos. Lo que nos rodea son las riquezas, artes y lo demás concerniente a la vida.

        ¿Qué dice, pues, la sentencia? No atiendas a la carne ni busques en manera alguna su bien; la salud, la hermosura, el goce de los placeres, la larga vida. No admires las riquezas, la honra y el poder. No tengas por cosa grande cuanto satisface las necesidades de la vida temporal, no sea que desprecies, por la afición a estas cosas, la vida más excelente que tienes. Atiende a ti mismo; es decir a tu alma. Adórnala, cuídala, hasta que desaparezca, por tu diligencia, toda suciedad que se la haya pegado del mal. Procura borrar toda la deshonra que le haya venido del pecado. Adórnala y embellécela con galas de virtud.

        Examínate a ti mismo quien eres. Conoce tu naturaleza: que es mortal tu cuerpo, e inmortal el alma. Conoce que tenemos una vida doble: una, perteneciente a la carne, que pasa velozmente; otra, perteneciente al alma, que no tiene límite.
 


Reflexiona diligentemente sobre ti mismo para dar a cada uno lo conveniente

        Atiende, pues, a ti mismo. No te pegues a las cosas perecederas como si fueran eternas. No desprecies las eternas como si fueran pasajeras. Desprecia la carne, porque pasa; cuida del alma, que es inmortal. Reflexiona con toda diligencia sobre ti mismo, para que aprendas a dar a cada uno lo conveniente: a la carne los alimentos y los vestidos, y al alma las enseñanzas de la piedad, el comportamiento honesto, el ejercicio de la virtud, el dominio de las pasiones. Atiende a ti mismo para que no engordes excesivamente al cuerpo, ni andes solicito por la abundancia de la carne. Porque la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne y mutuamente se contrarían ambos (7). Atiende a ti mismo, no sea que, condescendiendo con la carne, des mayor poder al que menos vale. Porque así como en los fieles de las balanzas, si cargas mucho un platillo haces necesariamente al que está enfrente, en el lado contrario, más ligero, así también en el cuerpo y en el alma la superioridad del uno comporta necesariamente la debilidad del otro. Y es así, que gozando de bienestar el cuerpo, y pesado por su obesidad, necesariamente el entendimiento esta débil y flojo para sus operaciones propias, mientras que, por el contrario, estando bien el alma y levantada a su propia grandeza, por medio de ejercicio del bien, siéguese el que la debilite esta complexión del cuerpo.

Precepto útil para todos

        Y este mismo precepto es útil para los débiles, y en sumo grado consciente para los fuertes. También los médicos de las enfermedades aconsejan a los pacientes a que atiendan a sí mismos, y nada descuiden de lo perteneciente a su salud. Pues de una manera semejante, la sentencia, el médico de nuestras almas, sana con este pequeño remedio al alma enferma por el pecado. Atiende por lo tanto a ti mismo, para que conforme lo exige tu delito, recibas el remedio de la salud.

        ¿Es grande y horrible tu pecado? Pues necesitas mucho la confesión, lágrimas amargas, continuadas vigilias, ayunos no interrumpidos.

        ¿Es ligera y tolerable tu falta? Sea igual también la penitencia. Únicamente atiende a ti mismo, para que conozcas la salud y la enfermedad del alma. Porque muchos teniendo grandes e incurables enfermedades, ni se dan cuenta siquiera, por su excesiva inconsideración, que están enfermos.

        Grande es también la utilidad que se sigue de esta sentencia para los robustos en sus obras. Una misma sentencia, sana a los enfermos y perfecciona a los sanos. Cada uno de nosotros, que somos discípulos de esta sentencia, es administrador de algún oficio de los que prescribe el Evangelio (8). Porque en esta gran casa de la Iglesia, no solo hay ajuares de todas clases, de oro y de plata, de madera y de barro, sino que hay también toda clase de artes. Tiene la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios Vivo lo, cazadores, atletas, soldados. A todos éstos se adapta esta breve sentencia. Comunica a cada uno diligencia en el trabajo, y entusiasmo en la voluntad. Eres cazador enviado por el Señor, que dijo: He aquí que yo envié muchos cazadores y cazarán por todos los bosques (10).

        Atiende, pues, con diligencia, no se te escape la presa, para que cazando con la palabra de la verdad a los que se han convertido en fieras, por sus servicios, los traigas al Salvador. Eres caminante como lo era aquel que oraba así: Dirige mis pasos (11).

        Atiende a ti mismo. No tuerzas el camino, no te separes a la derecha o a la izquierda (12). Vete por el camino real. El arquitecto eche sobre la mente el cimiento de la fe, que es Cristo Jesús (13). El albañil mire como edifica, no con madera, ni heno, ni paja, sino con oro, plata y piedras preciosas. Tu, pastor, atiende, no te pase por alto alguna de las cosas que requiere el oficio pastoril. Y ¿qué cosas son éstas? Encamina al perdido, venda al golpeado, cura al enfermo.

        Tú labrador, cava alrededor de la higuera infructuosa y arroja allí lo que ayude para la fecundidad.

        Tú que eres soldado, colabora al Evangelio pelea valiente, combate (14) contra todos los Espíritus del mal, contra las pasiones de la carne; toma toda la armadura de Dios: no te compliques en los negocios de la vida para que agrades al que te eligió para su milicia.

        Tú atleta, atiende a ti mismo. No faltes a las leyes atléticas; porque ninguno es coronado si no lucho legalmente (15). Imita a San Pedro que corría y peleaba y era luchador; y así tú, como un buen combatiente, ten firme la mirada de tu alma. Cubre las partes más peligrosas con el impedimento de tus manos; ten fijos los ojos en el adversario. En tus carreras tiende tu vista a lo que te queda por delante (16). Corre de suerte que ganes el premio (17). Oponte en la lucha a los enemigos invisibles.

        Tal quiere la sentencia que seas durante la vida; no cobarde ni perezoso, sino cauto y vigilante gobernador de ti mismo.

        No me bastaría el día entero si hubiera de continuar exponiendo, sea las obligaciones de los que coadyuvaban al Evangelio de Cristo, sea la eficacia del precepto y cuán bien se acomoda a todos.



Atiende a ti mismo, previniéndote contra las vanas ilusiones

        Atiende a ti mismo. Sé sobrio, aconsejado, observador de las cosas presentes, previsor de lo futuro. No pierdas lo ya presente, por tu pereza, ni te prometas el goce de lo que ni es, ni tal vez será, como si estuviese ya en tus manos.

        Y ¿no está por naturaleza está enfermedad en los jóvenes que por la ligereza de su entendimiento creen poseer ya lo que esperan? Porque cuando alguna vez están en reposo, o en el descanso de la noche, se fraguan ellos mismos imágenes que no existen, son arrastrados por la insensibilidad de su mente a todas las cosas. Se prometen el esplendor de la vida, brillante boda, feliz descendencia, larga vejez y honores de parte de todos. Después, no pudiendo detener sus esperanzas en ninguna cosa, son arrebatados a las mayores cosas humanas. Poseen casas hermosas y grandes. Las llenan de toda clase de cosas preciosas. Ponen a su alrededor cuanto la vanidad de sus pensamientos les señala de terreno en el mundo. Las riquezas que de allí resultan, las encierran en los cofres de la vanidad.

        A todo esto, añaden rebaños, innumerables multitud de domésticos, puestos políticos, dignidades militares, guerras, trofeos, el mismo reino.

        Todas estas cosas consideradas en las ficciones vacías de su mente, debido a su excesiva locura, les parece como que ya las gozaran de presente. Parece como que tuvieron ante sus pies lo que tan solo esperan. Tener sueños estando despierto, es una enfermedad propia de un alma débil y perezosa.

        Pues bien, la Escritura, para estrujar esta vana soberbia de la inteligencia, y esta vanagloria de nuestros pensamientos, y para reprimir como con un freno de inconstancia de la mente, nos anuncia este grande y sabio precepto: "Atiende a ti mismo, sin prometerte lo que no existe, y dirige las cosas presentes a tu utilidad".
 


Atiende a ti mismo y no quieras averiguar los males de otros

        Creo que el legislador usó también esta amonestación para hacer desaparecer asimismo este vicio de la sociedad. El indagar curiosamente los males ajenos, nos es más fácil a todos, que el indagar diligentemente lo propio. A fin de que esto no suceda, (el legislador nos) dice: "Cesa de averiguar los males ajenos. No entregues a la ociosidad tus pensamientos para que se ocupen de la vida de los demás. Atiende a ti mismo, a saber, vuelve los ojos de tu alma para averiguar tus propias cosas". Pues muchos, como dice el Señor, ven una pajuela en el ojo de su hermano, y no ven la viga que llevan en el suyo (18).

        Por lo tanto, no ceses de examinarte a ti mismo. Examina tu vida, si marcha conforme al precepto. No te preocupes de lo que hay por de fuera a tu alrededor. No te ocupes de observar y ver si acaso puedes encontrar en alguna parte ocasión de reprender a alguno. No seas como aquel soberbio y arrogante fariseo que estaba de pie llamándose a sí mismo justo, y despreciando al mismo tiempo al publicano. Tú, por el contrario, no ceses de pedirte cuenta a ti mismo. Examínate si has pecado con tu pensamiento, si tu lengua se ha deslizado en algo, adelantándote a la razón, si en las obras de tus ruanos has hecho algo temerario. Y si en tu vida encontrares muchos pecados (y seguramente que siendo hombre los encontraras), di con él publicano: Oh Dios mío, compadeceos de mi, que soy un pecador (19).
 


Sentencia útil para todas las circunstancias de la vida

        Atiende, pues, a ti mismo. Esta sentencia aun cuando tu vida se deslice prósperamente y goces de espléndida felicidad, será útil como un buen consejero que trae a la memoria las cosas humanas. Y si eres atribulado por las adversidades, ira también a su tiempo junto a tu corazón; de modo que ni la soberbia te levantara a jactancia, ni tampoco caerás por la desesperación en una deshonrosa tristeza.

        ¿Estás orgulloso por tus riquezas y te jactas de la gloria de tus antepasados? ¿Te engríes de la patria y de la belleza del cuerpo y de los honores que de todos recibes? Atiende a ti mismo que eres mortal, que eres tierra y en tierra te has de convertir (20). Vuelve la vista hacia los que antes de ti estuvieron en semejantes honras. ¿Donde están los que fueron admirados por su poder político? ¿Donde los oradores invencibles? ¿Donde los que reunían públicas, asambleas; los que alimentaban briosos corceles, los generales, los sátrapas, los tiranos? ¿No es todo polvo? ¿No fue todo fabula? ¿No se conserva en unos pocos huesos la memoria de su vida? Revuelve las sepulturas, a ver si puedes distinguir cual fue el siervo y cual el señor, quién el pobre y quién el rico. Separa, si puedes, al vasallo del rey, al valiente del cobarde, al hermoso del feo.

        Por consiguiente, si te acuerdas de tu naturaleza, jamás te ensoberbecerás. Y te acordarás de ti, si atiendes a ti mismo.

        ¿Eres de nacimiento humilde y desconocido, pobre nacido de pobres, sin casa, sin ciudad, débil, necesitado del alimento de cada día? ¿Temes a los poderosos y te abajas por lo humilde de tu vida? El pobre, dicen los Proverbios, no sufre la amenaza (21). Pero no te desalientes. Si en la actualidad no tienes nada digno de ser emulado, no depongas por eso tu esperanza. Levanta tu animo a los bienes que ya te ha comunicado Dios, y a los que te esperan después por su promesa.

        Porque, mira, en primer lugar, eres hombre. Eres el único entre los animales formado por Dios (22). ¿Por ventura al que bien lo piensa no basta esto para consuelo grande? ¿No le basta para su consuelo el haber sido formado por las mismas críanos de Dios que todo lo creo? Por otra parte; ¿no te basta que hecho e imagen de tu Creador, puedas subir, por la práctica de la virtud, a una honra semejante a la de los ángeles? Tienes un alma dotada de inteligencia con la que puedes conocer a Dios. Al averiguar, por medio de la razón, la naturaleza de las cosas, adquieres el sabrosísimo fruto de la sabiduría. Además, todos los animales de la tierra, tanto los domésticos como los de los bosques, los que se crían en las aguas como los volátiles, te sirven a ti y están bajo tu dominio.

        ¿No fue el hombre quien invento las artes y edifico las ciudades? ¿No fue él, quien descubrió las cosas necesarias y las placenteras? ¿Los mares, no le han abierto el camino, gracias a su entendimiento? Y el aire y el cielo y los coros de las estrellas, ¿no le muestran su orden? ¿Por qué entonces te desanimas por no tener un caballo de plateadas bridas? En cambio, tienes al Sol que con más constante curso, durante todo el día, esta sirviéndote de antorcha.

        No tienes el resplandor del oro y de la plata. Pero tienes a la luna que te alumbra con su resplandor.

        No te paseas en carrozas recamadas de oro. Pero tienes pies, vehículo propio y hecho para ti. ¿Por qué entonces considerar dichosos a los que tienen los bolsillos llenos mientras necesitan de pies ajenos para andar?

        No duermes en cama de marfil. Pero tienes la tierra, que vale mucho más que todos los marfiles. Sobre ella es dulce el descanso, y veloz el sueño, libre de cuidados.

        No habitas bajo techo dorado. Pero tienes el cielo radiante, con la majestuosa belleza de los astros.

        Pero eso es humano. Tienes cosas mejores aún. Dios mismo habitó por ti en medio de los hombres. Tienes la comunicación del Espíritu Santo. Tienes la destrucción de la muerte y la esperanza de la resurrección. En tu poder están los preceptos divinos que perfeccionan tu vida. En tu poder está el acercarte a Dios por medio de los mandamientos. El reino de los cielos está dispuesto para ti. Coronas de justicias, están preparadas para quien no huye de los trabajos de la virtud.

        En todas las ocasiones ten presente este precepto: "Atiende a ti mismo"

        Si atiendes a ti mismo, esto y mucho más, encontrarás a tu alrededor. Gozarás de los bienes presentes y no te desanimarás por los que te faltan.

        Si en todas las ocasiones tienes presente este precepto, te prestará siempre un auxilio muy grande.


        Por ejemplo: ¿Acaso tu ira predomina a la razón y te impulsa a proferir palabras poco decorosas, y a poner por obra acciones crueles y fieras? Pues si atiendes a ti mismo refrenarás la ira como a un potro indómito y brioso, maltratándola, con los golpes de la razón, como con un látigo. Además reprimirás tu lengua y no levantarás tu mano contra quien te irrita.

        ¿Acaso malos deseos aguijonean tu alma y la arrastran a movimientos lascivos y voluptuosos? Pues si atiendes a ti mismo y recuerdas que ese placer presente te conducirá a un amargo fin, y que ese mismo goce que ahora resulta en nuestro cuerpo por el placer, engendrará el venenoso gusano que para siempre nos atormentará en el infierno, y que el ardor de la carne ha de ser la causa del fuego eterno: entonces, seguramente que pronto se alejarán ahuyentados los placeres y surgirá dentro de tu alma una admirable tranquilidad y paz. Ocurrirá como en el alboroto de las criadas disolutas, que cesa de inmediato con la presencia de la prudente ama de casa.

        Atiende, pues, a ti mismo. Y conoce que tu alma, por una parte es racional y capaz de discurrir, y por otra, está inclinada a las pasiones y a la irracionalidad. En cuanto a lo primero, en cuanto racional, le toca, por naturaleza, mandar. A las pasiones corresponde, sujetarse y obedecer a la razón.

        No permitas, pues, que la razón se rinda a las pasiones y se haga esclava de ellas. No permitas que éstas se levanten contra la razón y se adueñen del imperio del alma.



El diligente examen de sí mismo conduce al conocimiento de Dios

        Por último, el diligente examen de ti mismo, te conducirá, como por la mano, al conocimiento de Dios. Pues, si atiendes a ti mismo, nada te costara investigar mediante la disposición de las cosas creadas, al Hacedor. En ti mismo, como en un "microkosmos" advertirás la gran sabiduría del Criador. Por el alma inmortal que en ti habita, entenderás que Dios es incorpóreo. Entenderás que no está limitado a ningún lugar alguno, sino que ocupa lugar por la unión que tiene con el cuerpo. Creerás que Dios es invisible, al reflexionar sobre tu alma, porque tampoco a ésta se le puede ver con los ojos del cuerpo. Pues ni tiene color, ni figura, ni le conviene ninguna cualidad del cuerpo, sino que tan solo por sus operaciones se la conoce. Por lo tanto, no pretendas conocer a Dios por tus ojos, sino que trayendo la fe a tu mente, has de tener de Él un conocimiento Espiritual.

        Admira como el artífice ha unido la energía de tu alma con el cuerpo; de manera que extendiéndose hasta sus extremidades, hace conspirar hacia un mismo fin a miembros tan distantes entre sí.

        Admira la fuerza que el alma comunica al cuerpo. Admira como la carne obedece al alma. Admira como el cuerpo recibe la vida del alma y ésta recibe en cambio sinsabores del cuerpo. Admira el bagaje de enseñanzas que tiene el alma; como al conocimiento de las cosas aprendidas anteriormente no estorban los nuevos conocimientos que adquieres, sino que los recuerdos se conservan distintamente y sin confusión, esculpidos, como en una lámina de bronce, en la parte más noble del alma. Admira finalmente, como, purificada de la torpeza del vicio, se hace, por la virtud, semejante al Criador.



Atiende a ti mismo para que atiendas a Dios

        Después de contemplar al alma, observa también, si te parece, la estructura del cuerpo. Admira como el mejor artífice le ha fabricado para que sea idónea morada del alma racional.

        Además, observa cómo Dios únicamente al hombre, entre todos los animales, le formó derecho, a fin de que sepas, por tu misma postura, que tienes origen divino. Pues todos los cuadrúpedos miran a la tierra y se inclinan hacia su vientre. Pero en el hombre, la mirada está dispuesta de tal manera que vea el cielo, a fin de que no complazca a su vientre ni a los bajos apetitos; sino para que tenga puesta toda su intención en el camino hacia el cielo. Además, colocada, la cabeza en la parte superior, puso en ellas los sentidos. Allí está la vista, el oído, el gusto, el olfato, colocados todos, unos cerca de otros. Y sin embargo sujetos como están a un lugar tan pequeño, cada uno no estorba en nada, la acción del otro. Los ojos ocupan la más alta atalaya, a fin de que ninguna parte del cuerpo les haga sombra, sino que, colocados bajo la defensa de las cejas, extiendan su mirada, derechamente, desde lo más alto y levantado. El oído no está abierto en línea recta, sino que los sonidos que se producen en la atmosfera, los percibe por una tortuosa abertura. Esto está hecho con gran sabiduría. Porque de esta manera se da libre paso a la voz, y cuando entra por las concavidades resuenan sin que dañe al sentido lo que se desliza por de fuera.

        Observa la naturaleza de la lengua. Mira cuan delicada y flexible es, y sin embargo, suficiente para usar toda clase de palabras, gracias a la variedad de sus movimientos. Los dientes, son medios para la voz, prestando grande ayuda a la lengua; son a la vez los que coadyuvan de las funciones digestivas.

        Y de esta manera podrás recorrer y raciocinar convenientemente acerca de todas las cosas. Podrás admirar la respiración del aire por el pulmón, la respiración del calor en el corazón, los órganos de la digestión, los canales de la sangre. Y por medio de todas estas cosas, podrás conocer la investigable sabiduría del Criador. El mismo te lo dice por el profeta: -Admirable se ha hecho tu sabiduría en mi (23).

        Atiende, pues, a ti mismo, para que atiendas a Dios, a Quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Notas

(1) Este es el texto tal como lo tradujeron los Setenta. La Vulgata traduce: "Cave ne forte subrepar tibi impia cogitatio et dicas in corde tuo...".

(2) Dt 15,9.

(3) 1Co 4,5.

(4) Mt 5,28.

(5) Si 9,20.

(6) Pr 6,5.

(7) Ga 5,17.

(8) 2Tm 3,20.

(9) 1Tm 3,15.

(10) Jr 16,16.

(11) Ps 118,133. volver)

(12) Dt 5,32.

(13) 1Co 3,2.

(14) 1Tm 3,15.

(15) 2Tm 2,5.

(16) Ga 5,17.

(17) 1Co 9,24.

(18) Mt 7,3.

(19) Lc 18,13.

(20) Gn 3,10.

(21) Pr 13,8.

(22) Gn 2,7.

(23) Ps 138,6.



 

LA EMBRIAGUEZ

Disgusto y desaliento del santo por los excesos cometidos

Introducción

Descripción de los excesos cometidos

Efectos de la embriaguez. El santo no tiene confianza de ser escuchado
La embriaguez, fuente de daños físicos
La embriaguez, fuente de impureza
El ansia de beber
Discordia y vanidad
Espectáculo lamentable
Contraste entre la embriaguez y la severidad cristiana. El juicio de Dios



 

Introducción

        Los espectáculos que ayer por la tarde tuvieron lugar (1) me inducen por una parte a dirigiros la palabra. Pero por otra, reprime mi deseo y apaga todo mi entusiasmo la inutilidad de mis exhortaciones anteriores (2). Desmaya el labrador si no crece la primera semilla que siembra, mostrándose tardo y desalentado para sembrar de nuevo sobre la misma tierra. Ahora bien, ¿con qué esperanza voy a hablaros hoy, si después de tantas exhortaciones, como las que días pasados os hicimos incesantemente, y después de haber estado día y noche, durante estas siete semanas de los ayunos, anunciándoos sin parar la buena nueva de la gracia del Señor, ningún fruto, ninguna utilidad se ha conseguido? ¡Oh!, ¡cuántas noches habéis velado en vano! ¡Cuántos días os habéis congregado en vano! ¡Si es que es vano! Porque quien comienza una vez el camino de las buenas obras y vuelve después a sus antiguas costumbres, no solo pierde el fruto de sus desvelos, sino que se hace digno de un mayor castigo. Habiendo gustado la suavidad de la palabra de Dios, habiendo sido digno de conocer los misterios de nuestra fe, todo lo perdió, seducido por un pasajero deleite.

        "El humilde, dice el sabio, es digno de perdón y de misericordia, pero el poderosa, poderosamente será atormentado" (3). Con una sola tarde, con un solo ataque del enemigo se arruina y se destruye todo aquel trabajo. ¿Qué animo puedo tener yo para volver a hablaros? Hubiera callado, creedme, si no me hiciese temblar el ejemplo de Jeremías a quien por no querer hablar a un pueblo perverso, le sobrevino el castigo que él mismo nos cuenta: un fuego devorador se apodero de sus entrañas y le consumía por todas partes, y no podía soportarlo (4).



Descripción de los excesos cometidos

        Unas mujeres lascivas, olvidadas del temor de Dios, despreciando el fuego eterno del infierno, en aquel mismo día en que debían haber estado quietas en sus casas en memoria de la resurrección, recordando el día en que se abran los cielos y aparezca el Juez de los hombres, día en el que, al sonido de la trompeta divina, resucitarán los muertos, compareciendo el justo Juez que juzgará a cada uno según sus obras: estas mujeres, digo, en lugar de estar pensando en estas cosas y de purgar sus almas de los malos pensamientos, borrando con lágrimas sus pecados anteriores y preparándose para recibir a Cristo en el día grande de su aparición, sacudieron el yugo de su divino servicio (5). Arrojaron de sus sienes el velo de la honestidad, despreciaron a Dios y a sus ángeles. Se portaron indecorosamente ante toda mirada de los hombres, agitando sus cabellos, y sus túnicas. Durante el baile, con sus ojos lascivos, con risas desenfrenadas, impulsadas como por la locura, provocaban en sí mismas toda la liviandad de los jóvenes. E hicieron el baile nada menos que en la basílica de los mártires, fuera de los muros de la ciudad, convirtiendo los lugares sagrados en lugares de corrupción. Corrompieron la atmosfera con sus cantares livianos. Mancharon la tierra, al bailar sobre ella con sus inmundos pies. Desvergonzadas, locas, no omitieron ningún género de manía. Se hicieron a sí mismas, espectáculo, delante de una turba de jóvenes.

¿Cómo callar esto? ¿Cómo lo lamentaré como merece?

        El vino es el que ha causado tantos estragos en estas almas. El vino, don de Dios, dado para alivio de la debilidad del cuerpo, y para usarlo con sobriedad, se ha convertido en aliciente para lascivia, por usarlo sin templanza.



Efectos de la embriaguez. El santo no tiene confianza de ser escuchado

        La embriaguez, ese demonio voluntario (6) que penetra en el alma por medio del placer; la embriaguez madre de la maldad, enemiga de la virtud, al hombre fuerte le hace débil, al casto lascivo; no conoce la justicia y, rebasa los límites de la prudencia. De la misma manera que el agua es contraria al fuego, así el vino, usado en demasía, extingue la razón. Por eso me resistía yo a hablar contra la embriaguez: no porque se tratase de un mal poco considerable, sino porque nada habían de aprovechar mis palabras.

        Porque si el ebrio ha perdido el juicio, y no sabe donde está, en vano habla quien le reprocha, pues él no le escucha. ¿A quién pues hablaré? Ciertamente que los que tienen necesidad de amonestaciones no oyen lo que se les dice. Los prudentes y los sobrios no tienen necesidad de mis palabras, pues están libres de este vicio. ¿Qué partido he de tomar en la presente condición de cosas si ni mis palabras han de ser útiles, ni mi silencio seguro? ¿Abandonaremos la cura? Pero es peligrosa la negligencia. ¿Hablaré contra los ebrios? Pero es tronar en oídos sordos. Pero quizás, así como cuando aparece una peste, los médicos aplican remedios aptos para prevenir el mal en los sanos, mas no osan tocar a los que ya están infestados, así también en nuestro caso, la palabra tiene una mediana utilidad; la de tutelar y precaver a los fieles todavía sanos, pero no servirá para curar a los que están ya atacados por la enfermedad.



La embriaguez, fuente de daños físicos

        ¿En qué te diferencias, oh hombre, de los animales irracionales? ¿No es en el don de la razón, don que recibiste del Creador, don por el cual eres constituido príncipe y señor de todas las criaturas? Pues quien se priva a sí mismo de la razón y del juicio por la embriaguez, "se hace semejante a las bestias irracionales y se pone a la par de ellas" (7). Más aun: yo diría que los que están embriagados son más irracionales que los mismos brutos, puesto que todos los cuadrúpedos, todas las bestias tienen en cierta manera ordenada su concupiscencia; pero los entregados al vino, tienen sus cuerpos animados por un ardor que supera al querido por la naturaleza. A todas horas y constantemente son impelidos a los deleites impuros y torpes. Y esto no solo los embrutece y los atonta, sino que la privación de sus sentidos hace al embriagado el más abominable de todos. Porque ¿qué animal pierde el sentido de la vista y del oído, como lo pierde el que se embriaga? Pero los ebrios lo pierden, porque no conocen a sus parientes, y tratan muchas veces con desconocidos creyendo que son sus amigos, allegados. ¿No pasan muchas veces saltando por las sombras, creyendo que atraviesan arroyos y valles? Sus oídos están continuamente percibiendo ruidos y estrépitos, como furor de mar tempestuoso. Les parece que la tierra se levanta hacia arriba, y que los montes giran a su alrededor. Unas veces ríen sin cesar. Otras, se lamentan y lloran sin consuelo. Ora se muestran intrépidos y audaces, ora tímidos y temblorosos. El sueño les es pesado, difícil de sacudir, sofocante y parecido a la muerte. En las vigilias permanecen más estúpidos que en los mismos sueños. Su vida es una especie de sueño continuado. No teniendo quizás ni con qué vestirse, ni qué comer para mañana, se imaginan ser reyes, capitanean ejércitos, edifican ciudades, y reparten dinero. Es el vino el que llena sus cabezas de semejantes locuras y visiones.

        En otros, en cambio, produce efectos contrarios. Pierden el coraje, están tristes, doloridos, llorosos, tímidos y consternados. Un mismo vino, según la distinta constitución produce distintos y diferentes efectos en los ánimos. A los ardorosos y llenos de sangre, les pone alegres y gozosos. A los que ya han gastado las fuerzas con su peso, y les ha corrompido la sangre, les excita a los efectos contrarios (8). ¿Qué necesidad hay de enumerar la turba de los demás trastornos? La pesadez de su carácter, el irritarse con facilidad, el ser quejumbrosos, el ser de ánimo mudable, los gritos, los tumultos, el ser inclinados a las acciones criminales, el ser incapaces de refrenar y disimular la ira.



La embriaguez, fuente de impureza

        Además, la incontinencia en los goces y placeres, tiene su origen en el vino como en su fuente. A una con el vino, brota la enfermedad de la impureza, que es menor en los brutos que en los embriagados. Las bestias conocen los términos de la naturaleza. Pero los ebrios pierden todo el control de su persona. Van hasta contra la naturaleza. Mas no es fácil decir y ponderar con palabras todos los males que se encierran en la embriaguez. Los daños que trae la peste, afligen de tiempo en tiempo a los hombres. El aire inyecta poco a poco su misma corrupción en los cuerpos. Pero los daños que trae el vino lo invaden todo a un mismo tiempo. Porque pierden el alma con todo género de vicios. Corrompen al propio cuerpo con los inmoderados placeres, a que son arrastrados por una especie de furor. Más aun; los mismos vapores del vino hinchan de tal manera el cuerpo qué le hace perder su vigor vital con tales excesos. Tienen los ojos, lívidos, pálido el semblante, embotado el Espíritu, atada la lengua. Sus gritos son confusos, sus pies titubeantes como los del niño, espontáneos sus vómitos de lo superfluo que allá tienen, como si saliesen de las bocas de unas bestias.

        Son desgraciados por sus lascivias, más desgraciados aun que los que en el mar son agitados por una tempestad. A éstos las olas, sucediéndose unas a otras, no les permiten salir a flote. De modo semejante, las almas de aquellos quedan ahogadas y sumergidas en el vino. Por eso, así como a la nave muy llena de mercancías, cuando es agitada por la tempestad, es necesario que le alivien el peso, arrojando parte de su carga al mar, así a éstos es necesario aliviarles de lo que les hacen tan pesados. Y aun apenas con el vomito quedan libres de sus cargas.

        Son tanto más desgraciados que los navegantes; cuanto que aquellos son acometidos por los vientos, por el mar, y por fuerzas exteriores que no pueden impedir. Pero éstos levantan voluntariamente en sí mismos la tempestad de la embriaguez.

        El que es atacado por el demonio es digno de lástima. Pero el ebrio ni siquiera es digno de compasión, pues lucha con un enemigo voluntario. Llegan al colmo de componer ciertas medicinas, cuyo efecto no es atajar el mal que produce el vino, sino hacer que la embriaguez, sea constante y continua.

Y por lo que hace al tiempo de la bebida, les parece pequeño el día; breve la noche, y corto el invierno.



El ansia de beber

        No tiene fin este mal. Porque el mismo vino les abre el deseo de beber más. No alivia la necesidad, sino que una bebida induce a la necesidad de otra bebida, abrasando a los embriagados, y despertando siempre el deseo de beber más. Cuando piensan que van a saciar su sed insaciable, les sucede lo contrario. Porque con el continuo uso de este placer, se embotan y languidecen sus sentidos. Y así como la excesiva luz daña a la vista, y así como pierden sus sentidos los oídos que son heridos con golpes y estrépitos muy grandes de manera que después ya no oyen nada; así éstos, dejándose arrastrar imprudente e incautamente por la afición de este placer, llegan a perderle completamente. El vino más puro dicen que es insípido, y parece agua. El frio les parece caliente, y aunque esté helado, aunque esté como la nieve, no pueden apagar la hoguera que en tu pecho ha encendido el inmoderado uso del vino.
¡Ay de los ebrios!

        "¿Para qué son los ayes? ¿Para quién los alborotos? ¿Para quién los tribunales? ¿Para quién los disgustos y las riñas? ¿Para quién las heridas inútiles? ¿Quién trae los ojos encendidos? ¿No son éstos los dados al vino, y los que andan explorando donde hay bebidas?" (9).

        ¡Ay! es palabra de lamentación, y de lamentación son dignos los que se embriagan, porque no han de alcanzar el reino de Dios 9 (10).

        Vienen después los alborotos, porque el vino turba sus mentes. Los disgustos y las riñas se deben al amargo placer que el beber les ha acarreado.

        Quedan atados sus pies, atadas sus manos, por los vapores del vino, que se extienden por todo su cuerpo. Y aun antes de todos estos padecimientos, en el mismo tiempo en que están bebiendo, se apodera de ellos el furor de los frenéticos. Porque después que el vino se les sube a la cabeza, sienten en ella dolores insufribles. No pudiendo mantenerla recta sobre sus hombros, la dejan caer a un lado y otro balanceándola sobre las vértebras. Llaman entretenimiento al inmoderado y disputador hablar en los convites. Finalmente, los ebrios reciben heridas sin causa alguna. Por la embriaguez no pueden tenerse en pie. Caen hacia diversos lados. Necesariamente y sin causa se han de llenar de heridas sus cuerpos.

        Es inútil amonestar a los ebrios acerca de los daños de la embriaguez. Tendrán la maldición de Caín

        Pero ¿quién va a decir esto a los que están llenos de vino? Pesada como tienen la cabeza por los vapores, dormitan, bostezan, ven nieblas delante de sus ojos, sienten nauseas. No oyen a sus maestros que les están clamando por todas partes: "No os llenéis de vino, porque en él está la lujuria" (11). Y en otra parte: "El vino es lujurioso y contumeliosa la embriaguez" (12).

        Y al mismo tiempo que hacen oídos sordos, están mostrando el fruto de su embriaguez. Su cuerpo esta pesado por la hinchazón, sus ojos humedecidos, su boca seca y hecha una llama. Y así como las concavidades, donde desembocan los torrentes, mientras éstos se despenan en ellas, parecen estar llenas de agua, pero tan pronto como la corriente cesa, quedan secas y áridas; así, mientras en la boca del ebrio, está cayendo el vino, parece estar húmeda y llena; pero apenas cesa, queda seca y árida. Y viciado como esta, por el uso inmoderado del vino, aun la fuerza vital llega a perder. Porque, ¿quién habrá tan fuerte que pueda resistir a los males de la embriaguez? ¿Qué arte podrá evitar el que un cuerpo que siempre se abrasa, que está siempre anegado en vino, no se haga enfermizo, desgastado y flojo?

        De aquí los temblores y las debilidades. Por el inmoderado vino se les corta la respiración, pierden los nervios su fortaleza, y todo el cuerpo, queda tembloroso por la falta de fuerza.

        ¿Por qué atraes sobre ti la maldición de Caín, que toda su vida anduvo tembloroso y vagabundo?

        El cuerpo que pierde su natural base es inevitable que vacile y tiemble.

        El exceso en el beber hace olvidar las grandezas del Creador. Todo es discordia y vanidad

        ¿Hasta dónde arrastra el vino? ¿hasta dónde la embriaguez? El peligro está en que te conviertas en cieno y lodo en lugar de hombre. Por las embriagueces cotidianas tan mezclado estas con el vino, tan acabado estas por él, que solo hueles a vino. Como vaso corrompido no sirves para nada. A éstos llora Isaías: "¡Ay de aquellos que se levantan por la mañana, y se lanzan a la sidra, y esperan la tarde porque el vino les abrasa. Beben vino al son de la citara y del pandero (13) y no miran las obras del Señor, ni consideran las obras del Señor!" (14)

        Tienen los ebrios costumbre de llamar sidra a toda bebida que pueda embriagar. Pues a los que, apenas comienza el día, andan en busca de los sitios donde se dan bebidas; a los que frecuentan las bodegas y las tabernas, a los que reúnen para beber, a los que agotan todos los cuidados de su alma en tales ocupaciones, a esos llora el profeta. Porque ningún tiempo les queda para considerar las maravillas de Dios. No tienen tiempo para levantar los ojos al cielo, y embelesarse con su hermosura y ponderar el orden de todo lo creado, para conocer por este orden al Creador. Apenas comienza el día, adornan con variados tapices y con floridas alfombras el lugar del convite. Todo su empeño y cuidado está en preparar las copas y los vasos para refrescar el vino. Sacan las copas adornadas con piedras preciosas y las de oro, como para un público y pomposo banquete, a fin de que su variedad les entretenga el fastidio, y para que mientras alternan unas y otras puedan beber durante más largo tiempo.



Discordia y vanidad

        Y aun están presentes maestros para el convite, y otros que sirven la copa, y architriclinos. Se simula orden en medio de la confusión, y armonía en medio del alboroto. Así como a los magistrados seculares les dan autoridad sus satélites, así también haciéndose acompañar de sirvientes, la embriaguez, cual una reina, pretende ocultar lo mejor que puede, su deshonra.

        Además, las coronas, las flores, embotan más y más a los dados a la perdición.

        En el transcurso del convite nacen por el vino las disputas, los encuentros, los litigios, mientras que luchan por aventajarse mutuamente en la embriaguez. El que preside estas luchas es el diablo, y como premio de la victoria el pecado. Quien se echa más vino, ese obtiene la victoria: "Su gloria consiste en su propia deshonra" (15). Luchan entre sí, dañándose a sí mismos.

        ¿Qué palabras podrán declarar las torpezas de las cosas que allí se hacen? Todas están llenas de necedad, todas de confusión. Los vencidos están ebrios, ebrios los vencedores. Los sirvientes se mofan de ellos. Vacila la mano, la boca no recibe más alimento. El vientre se agita y el mal no se amansa. El miserable cuerpo, despojado de natural vigor, se inclina a una y otra parte, sin poder dominar la violencia que ejerce el excesivo vino.



Espectáculo lamentable

        ¡Oh espectáculo lamentable para los ojos de un cristiano! Un hombre que está en la flor de la edad, de complexión robusta, que sobresale entre los guerreros, tiene que ser llevado a su casa, porque no puede levantarse ni andar con sus propios pies. Un hombre que debía ser el terror de los enemigos, es en la plaza objeto de diversión para cualquier muchacho. Es derribado sin armas, y matado sin enemigos. Hábil en las armas; cuando está en la flor de su edad es consumido por el vino; dispuesto a que los enemigos hagan de él lo que quieran.

        La embriaguez embota el entendimiento, destruye el vigor, trae una vejez prematura y prepara para la muerte en poco tiempo.

        ¿Qué son los ebrios sino los ídolos de los gentiles? Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen (16). Sus manos están desmadejadas, sus pies muertos. ¿Quién ha puesto tales acechanzas? ¿Quién ha causado este mal? ¿Quién nos mezclo este veneno de la locura?

        Mirad, oh hombre, hiciste del convite un campo de batalla. De él salen los jóvenes conducidos por manos ajenas, como heridos en el combate. Mataste con el vino a la flor de la juventud. Le invitas a un convite como a amigo, y le despides muerto, apagada su vida con el vino.

        Cuando creían que estaban ya hastiados de vino, comienzan a beber, y beben a la manera de los animales, como de una fuente que mana, ofreciendo a los convidados sendas corrientes. Porque cuando están a la mitad del banquete entra un joven de lúcidos hombros que aun no está ebrio. Presenta en medio una gran vasija de vino fresco. Despide al copero, y de pie va repartiendo a los convidados unos tubos oblicuos, por los que se comunica la embriaguez a todos. Peregrina invención en tal desorden, para que recibiendo todos en igual proporción aquel deleite, ninguno pueda vencer al otro en la bebida. Distribuidos los tubos, y tomando cada uno el suyo, beben todos a la vez como los bueyes en los lagos, apresurándose por traer a sus gargantas cuanto les viene de la vasija refrigerante, por los plateados canos.

        Mira tu miserable vientre. Fíjate en la grandeza del vaso que llenas, que apenas cabe en él una cotila. No mires a la vasija para agotarla, sino a tu vientre que ya está lleno. Por eso, ¡ay de los que se levantan por la mañana y se arrojan a la sidra! ¡ay de los que esperan la tarde (17), y pasan todo el día en la embriaguez. ¡Ningún tiempo les queda para mirar las obras del Señor y considerar sus maravillas! El vino les abrasa (18), porque el calor del vino, comunicándose a las carnes, se convierte en ascua para las encendidas saetas del enemigo.

        El vino sumerge en tinieblas a la razón y al entendimiento. Excita las pasiones y las lascivias como a un enjambre de abejas. ¿Qué carroza es arrastrada por un tronco sin auriga tan temerariamente? ¿Qué nave sin piloto no es agitada por las olas con más seguridad que el embriagado?



Contraste entre la embriaguez y la severidad cristiana. El juicio de Dios

        Por estos males, hombres mezclados con mujeres, entregando sus almas al Espíritu de la embriaguez, formando todos juntos una danza, se hirieron mutuamente con el aguijón de las pasiones. Las risas de una y otra parte, los cantares livianos, los gestos lascivos, todo era un llamado a la impureza. ¿Te ríes? Dime, ¿y te gozas, con gozo impuro, cuando te era mejor estar llorando y gimiendo los pecados pasados?

        ¿Entonas cantos de meretriz, olvidándote de los himnos y salmos que aprendiste? ¿Mueves los pies y saltas como los locos y bailas, cuando debieras hincar tus rodillas para adorar? ¿A quién lloraré? ¿A las doncellas aun no casadas o a las que están ya sujetas al yugo del matrimonio? Aquéllas volvieron sin la virginidad, éstas sin la fidelidad a sus maridos. Qué si algunas evitaron por ventura el pecado en sus cuerpos, recibieron por completo el mal en sus almas.

        Lo mismo digo de los hombres. Si miro con malicia, malicia tiene. El que mira a una mujer para desearla, ha fornicado (19). Si tienen tanto peligro los que de paso e inadvertidamente miran a una mujer, ¿qué peligros no han de tener los que de propósito asisten a tales espectáculos para ver a unas mujeres que por la embriaguez se portan indecorosamente; que componen sus gestos para provocar la lascivia; que canten canciones muelles, que solo con ser oídas pueden excitar la pasión de la carne en los lascivos? ¿Qué van a decir, qué excusa van a presentar quienes de tales espectáculos volvieron cargados de un enjambre de tantos males? ¿No se ven obligados a confesar que miraron para excitar su concupiscencia? Por lo tanto, son reos de adulterio, según el inevitable juicio de Dios.

¿Cómo os va a recibir el Espíritu Santo el día de Pentecostés, habiéndole tratado con tal desprecio el día de la Pascua?

        La venida de este Espíritu fue clara y manifiesta a todos, pero tú has preferido hacerte habitación del Espíritu contrario, y te has convertido en templo de ídolos (20), siendo así que deberías ser templo de Dios, donde habitase el Espíritu Santo. Has traído sobre ti la maldición del Profeta, que dice en nombre de Dios: Convertiré sus solemnidades en luto (21). ¿Cómo vais a mandar a vuestros siervos, cuando vosotros sois esclavos de vuestros brutales apetitos y de vuestra liviandad?

        ¿Cómo vais a aconsejar a vuestros hijos, si vosotros lleváis una vida escandalosa y desarreglada?

        Remedios contra el exceso de la bebida. Exhortaciones

        ¿Pues qué? ¿Os abandonaré? Temo que el díscolo, tome de aquí ocasión para hacerse más desvergonzado (22); y que el compungido quede anegado en mayor tristeza.

        La medicina, dice la Escritura, remediara grandes pecados (23). Cúrese con el ayuno, la embriaguez; con los Salmos, los cantares obscenos. Sean las lágrimas remedio de la risa. En vez de la danza, dóblese la rodilla. Al aplauso de las manos, sucedan los golpes de pecho. En lugar de la elegancia en el vestir, muéstrese la humildad. Sobre todo, redímete del pecado la limosna (24). Porque el precio de la redención del hombre, son sus riquezas (25). Haz que muchos de los que yacen en la desgracia, sean tus compañeros en la oración, a no ser que todavía estés determinado a darte al mal.

        Cuando el pueblo se sentó para comer y beber, y se levantaron para jugar (y su juego era la idolatría (26), los levitas, armados contra sus hermanos, consagraron sus manos al sacerdocio.

        Así, que a todos los que teméis al Señor, a todos los que os habéis lamentado de la vileza de estos hechos execrables, os mandamos que os compadezcáis como de vuestros miembros enfermos, de los que se arrepientan de la locura de sus acciones. Pero si algunos se mantienen obstinados, y se burlan de vuestra tristeza por su causa salid de entre ellos y separaos, y no toquéis lo inmundo (27), para que avergonzados conozcan su maldad, y vosotros recibáis el premio del cielo de Finés (28), en el justo juicio de Nuestro Dios y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Notas

(1) El Sábado Santo.

(2) Se alude a las exhortaciones con que el Santo había querido disponer a los fieles a festejar santamente la Pascua.

(3) Sg 6,7.

(4) Jr 20,9.

(5) Is 3,16.

(6) Demonio voluntario es aquel que el hombre se elige por sí mismo, a quien voluntariamente abre las puertas siendo atormentado por su propio querer.

(7) Ps 118,13.


(8) El Santo, sigue, en estas explicaciones fisiológicas, el estado de la ciencia de su tiempo.

(9) Pr 23,29.

(10) 1Co 6,10.

(11) Ep 5,18.

(12) Pr 20,1.

(13) En la actualidad diríamos que beben al son de la guitarra y del acordeón.

(14) Is 5,11.

(15) Ph 3,19.

(16) Ps 113,5.

(17) Is 5,11.

(18) Is 5,11.

(19) Mt 5,28.


(20) Rm 8,11.

(21) Am 8,10.

(22) 2Co 11,7.

(23) Si 10,4.

(24) Da 4,24.

(25) Pr 13,8.

(26) Ex 32,6.

(27) 2Co 6,17.

(28) Nb 25,11.


 

LA ENVIDIA

Descripción de la envidia
El envidioso goza con la desgracia de los demás
Ejemplos: Satanás y Caín
Saúl
Los hermanos de José
Los enemigos de Jesucristo
La envidia se dirige preferentemente contra quienes están más unidos a nosotros
Semblanza del envidioso
Remedio contra la envidia: no hay que estimar las cosas terrenas más de lo que valen
¿Qué excusa va a tener esto delante del juez de nuestras conciencias?

 

 



Descripción de la envidia

        Bueno es Dios. Comunica El sus bienes a quienes los merecen. Malo es el diablo, autor de todas las maldades. Y así como el bueno sigue siempre el amor hacia el prójimo, de la misma manera el demonio acompaña siempre la envidia. Estemos prevenidos, pues, hermanos, contra el vicio de la envidia. No participemos de las obras del adversario, no sea que nos encontremos condenados con él a la misma pena. Pues si el soberbio cae en la pena del demonio, ¿cómo escapara el envidioso del castigo del diablo?

        En las almas ningún vicio se arraiga más funesto que la envidia, el cual sin hacer lo más mínimo a los de afuera, es principal y propio mal para quien lo posee. Pues va consumiendo el alma como el orín al hierro. Así como, según cuentan, las víboras horadan al nacer el vientre de la madre que las engendro, así la envidia suele devorar el corazón que la ha criado.

        Es la envidia un pesar de la prosperidad del prójimo. De ahí que las tristezas ni las congojas abandonan jamás al envidioso. ¿Es fértil el campo del vecino? ¿Abunda en su casa todo lo necesario para vivir? Todo esto, es alimento para esta enfermedad y aumenta el dolor en el envidioso. De suerte que en nada se diferencia de un hombre desnudo a quien todas las cosas le lastiman. ¿Es alguno valiente? ¿Es de buen parecer? Todo hiere al envidioso.

        ¿Es otro más elegante en su forma? Otra llaga más para el envidioso.

        ¿Sobresale uno, entre muchos, por las dotes de su alma? ¿Es admirado y emulado por su cordura y elocuencia? ¿Es otro rico y espléndidamente dadivoso en sus limosnas y en su trato con los necesitados, y es muy alabado por aquellos a quien hace beneficios? Pues bien, todas estas cosas son llagas y heridas que le hieren en medio del corazón. Y lo más terrible de la enfermedad, es, que ni siquiera se descubre. El envidioso anda con la vista baja y esta melancólico y se inquieta; y se irrita poco a poco y perece bajo este mal. Si se le pregunta sobre su pasión, se avergüenza de declarar su desgracia y de decir: soy envidioso y cruel; me afligen los bienes del amigo y lamento la alegría de mi hermano; y no tolero la presencia de los bienes ajenos, sino que tengo por calamidad la dicha de mi prójimo. Así debía expresarse si quisiera decir la verdad. Mas prefiriendo no descubrir nada, tiene apresada en su pecho la enfermedad que abraza y roe ocultamente sus entrañas.



El envidioso goza con la desgracia de los demás

        No halla el envidioso médico para su mal, ni puede encontrar alguna medicina, que calme la pasión, siendo que la Sagrada Escritura está llena de tales remedios. Quédale un remedio para su mal; la ruina de alguno de los que envidia.

        Este es el límite del odio; ver caer de la felicidad al que envidiaba; observar la desgracia de aquel que era tenido por dichoso. Entonces hace las paces y se hace su amigo: cuando le ve llorando, cuando le contempla arrasado en lágrimas. No se goza con el que es feliz, y si se alegra con el que llora. Se compadece de aquella mudanza de vida, lamenta las desgracias en que ha caído desde la altura de la felicidad, y alaba la dicha pasada; no por misericordia y compasión, sino para hacerle sentir más hondamente su desgracia. Alaba al hijo pequeño después de muerto y le llena de lisonjas: ¡cuan, hermoso era!, ¡cuán despierto! ¡cuán apto para todo!; y mientras vivía, ni una palabra se había dignado proferir en su alabanza. Pero si ve que su alabanza es de todos aprobada, mudando nuevamente, siente envidia del muerto. Admira la riqueza después de perdida. Alaba y aprueba la hermosura del cuerpo, la fuerza y el buen parecer, cuando las ves dañadas por las enfermedades. En una palabra, es enemigo de los bienes presentes, y finge ser amigo de los que se han perdido.



Ejemplos: Satanás y Caín

        ¿Qué cosa hay, pues, más terrible que está enfermedad? La envidia es destrucción de la vida, peste de la naturaleza, enemiga de los bienes que Dios nos comunica, contraria del mismo Dios.

        ¿Qué es lo que impulso al príncipe del mal, al diablo, a hacer la guerra a los hombres? ¿No fue acaso la envidia? Por ella declaro abiertamente la guerra a Dios; se enemisto con El, por la munificencia con que trataba a los hombres. Y se venga en el hombre, ya que no puede hacerlo en Dios.

        Y esto es asimismo lo que hizo Caín. El fue el primer discípulo del demonio, pues de él aprendió la envidia y el homicidio, pasiones hermanas a las que San Pablo pone juntas cuando dice: "Llenos de envidia y de homicidio" (1).

        ¿Qué hizo, pues? Vio la honra que su hermano recibía de Dios y sintió emulación. Mato al que recibía el honor para herir al que le honraba. Se sintió débil para luchar contra Dios. Cayó sobre su hermano y le mato.

        Huyamos, hermanos, de esta enfermedad que nos induce hacer la guerra a Dios; Madre es este mal de los homicidios, deshonra de la naturaleza, desconocedora de la amistad, la más irracional desgracia. ¿Por qué te afliges, hombre, sin haber padecido nada? ¿Por qué haces la guerra al que posee algún bien sin que disminuya en nada los tuyos? ¿Y si gozando tú de algunos bienes, te indignas contra el otro, no envidias abiertamente tu misma comodidad?
 


Saúl

        Así era Saúl; de los grandes beneficios que de David recibía, tomaba ocasión para hacerle la guerra. Pues, en primer lugar, libre de la locura por medio de aquella música melodiosa y divina, intento traspasar con su lanza al bienhechor. Después, salvado con todo su ejército de las manos de sus enemigos, libertado de los vergonzosos insultos que Goliat profería; como quiera que las vírgenes que danzaban atribuían a David una parte diez veces mayor de las hazañas, cantando: "Hirió Saúl a mil y David a diez mil" (2), únicamente por este cantico y por el testimonio de la verdad misma, intento primero matarle con sus mismas manos y quitarle de en medio valiéndose de acechanzas. Cuando huía David, no por eso, depuso su enemistad, sino que al fin empleando contra él un ejército de tres mil hombres escogidos, le buscaba afanosamente (3). Si entonces se le hubiera preguntado, cual era la causa de la guerra, hablaría, lamentándose de los beneficios que aquel hombre recibía. Y sorprendido cuando dormía, por aquel mismo tiempo de la persecución, en una buena oportunidad para haber perecido a manos de su enemigo; salvado otra vez por el justo que se guardaba de poner en él sus manos; no por eso se doblego ante tan grande beneficio; sino que reúne otro ejército, le persigue nuevamente, hasta que, sorprendido por él mismo en una cueva (4) hizo que resplandeciese más la virtud de David y quedase más patente su propia maldad.

        Es la envidia un género de odio y el más fiero, porque los beneficios doblegan a los que por otra causa son enemigos nuestros, pero el bien que se hace al envidioso le irrita más; y cuando más recibe, tanto más se indigna, se entristece y se exacerba. Porque la desrazón que tiene por el poder del bienhechor es mayor que el agradecimiento por los bienes que de él recibe.

        ¿A qué fiera no superan en la brutalidad de sus costumbres? ¿A qué irracional no vencen en la crueldad? Los perros se hacen mansos, si se les da de comer; si se cuida a los leones, se domestican; pero los envidiosos acrecientan su mal con los beneficios.



Los hermanos de José

        ¿Qué fue lo que hizo esclavo al generoso José sino la envidia de sus hermanos? (5). Es digno de considerar aquí la sin razón de este mal. Porque temiendo que se realizaran sus sueños, entregan a su hermano, sin saber que con el tiempo deberían postrarse ante un esclavo. Pero si son verdaderas las cosas que sonó, ¿qué artificio podrá impedir que se efectúen las predicciones? Y si es falso lo que vio en sueños, ¿porqué envidiáis a uno que se engaña? Mas, por disposición de Dios, su determinación se volvió contra ellos mismos. Pues por los mismos medios con que creyeron impedir el vaticinio, por esos mismos prepararon el camino para que se llevasen a cabo. Si José no hubiera sido vendido, no hubiera venido a Egipto; su pureza no sería motivo de las acechanzas de una mujer lasciva, no hubiera sido aherrojado en la cárcel, no se hubiera familiarizado con los criados del Faraón, ni hubiera declarado los sueños, por lo cual recibió el mando de Egipto y fue reverenciado por aquellos sus hermanos, cuando acudieron a él debido a la carestía de trigo.



Los enemigos de Jesucristo

        Pasemos ahora con nuestra consideración a aquella envidia, la mayor de todas, que se ensañó en las cosas más grandes: la que se levantó contra el Salvador por la locura de los judíos. ¿Por qué era envidiado? Por los milagros. Y, ¿qué milagros eran éstos? La salud de quienes la suplicaban. Alimentaba a los pobres, y el que les daba alimento era perseguido. Ahuyentaba los demonios, y el que los arrojaba era injuriado. Quedaban limpios los leprosos, los cojos andaban, oían los sordos y los ciegos veían; y el que hacia estos, beneficios era arrojado fuera con despecho. Y por fin entregaron a la muerte al autor de la vida y azotaron al Libertador de los hombres, y condenaron al Juez del universo.

        Y con esta sola arma, comenzando desde la formación del mundo, hasta la consumación de los siglos, el destructor de nuestra vida, vale decir, el demonio, que se goza con nuestra perdición y que cayó por la envidia, nos persigue y derriba también a nosotros, queriendo llevarnos con él al precipicio, por medio de un mal semejante.



La envidia se dirige preferentemente contra quienes están más unidos a nosotros

        Sabio era a la verdad el que ni siquiera permitía que se comiese con un hombre envidioso (6), queriendo significar con la reunión en la comida, toda otra sociedad de la vida. Porque, así como tenemos cuidado de alejar el fuego todo lo posible de la materia que fácilmente puede quemarse, así conviene alejarse en cuanto sea posible de la conversación y amistad de los envidiosos, poniéndonos fuera del alcance de los dardos de la envidia. No suele acontecer que caigamos en las redes de la envidia, sino es acercándonos a ella por la familiaridad. Porque según el dicho de Salomón: "Al hombre le viene la envidia de su compañero" (7). Y así es, en efecto. No envidia el escita al egipcio, sino cada uno al de su nación. Y entre los de su nación, no envidia a los que no conoce, sino a aquellos a quienes más trata. Y entre los que trata, a los vecinos y a los que tienen el mismo oficio; y a los que de alguna manera le están más allegados. Y aun entre otros, a los de la misma edad, a los parientes, a los hermanos. En una palabra, así como el gorgojo es enfermedad propia del trigo, así la envidia es debilidad de la amistad.

        Solo una cosa Podría alguno alabar en este mal, el que cuanto más vehementemente se excita, tanto más daño hace al que le posee. Porque así como las saetas arrojadas con fuerza, si vienen a dar contra una cosa dura y resistente, vuelven contra el que las arrojo; así los movimientos de la envidia, sin hacer ningún daño al envidiado, terminan por ser llagas para el envidioso. Porque, ¿quién, al acongojarse de los bienes del prójimo, consiguió que se disminuyesen? Ciertamente que solo a sí mismo se atormenta y se consume por las tristezas. No obstante a los enfermos de envidia se los considera más perjudiciales que los mismos animales venenosos. Porque estos inyectan el veneno por la herida que hacen y poco a poco es devorada por la pobre la parte mordida; pero de los envidiosos creen algunos que inyectan el daño con sola su mirada; de tal manera que los cuerpos bien dispuestos y florecientes en plena juventud, por el vigor de la edad, quedan macilentos, dominados por ellos, y cae por tierra toda la lozanía, como socavada por el pernicioso rio que saliendo de los ojos del envidioso todo lo destruye y lo corrompe. Yo, sin embargo, rechazo este dicho popular inventado por las viejecitas en las reuniones de mujeres. Pero lo que digo es, que los demonios, que aborrecen lo bueno, una vez que encuentran voluntades amigas suyas, las manejan en todos los sentidos para sus intentos. Se valen hasta de los ojos de los envidiosos para que sirvan a su propio arbitrio. ¿Y no te horrorizas en hacerte compañero del malvado demonio? ¿Cómo es que das cabida en ti a un mal por el que te haces enemigo de quienes no te han hecho injuria alguna? ¿No te horrorizas en hacerte enemigo de Dios, que es bueno y está libre de toda envidia?



Semblanza del envidioso

        ¡Huyamos de un tal insoportable vicio! Es mordedura de serpiente, invención de los demonios, cosecha del enemigo, señal de perdición, obstáculo para la piedad, camino para el infierno, privación del reino celestial. ¡Como se conoce manifiestamente por su mismo rostro, a los envidiosos! Su mirada lánguida y obscura, rostro triste, entrecejo arrugado, perturbado su ánimo por la pasión, privado de recto criterio en la verdad de las cosas. No tienen paz. Para ellos no es laudable ninguna obra de virtud, ni la elocuencia, aunque esté adornada con la gravedad y la gracia, ni cosa alguna de las que se alaban y se admiran. Como los buitres, dejando atrás en su vuelo prados deliciosos y paisajes de suavísimas fragancias, se lanzan sobre los sitios donde hay mal olor. Así como las moscas dejan lo sano y se arrojan sobre las heridas, así los envidiosos ni siquiera ven lo bueno de la vida y la grandeza de las buenas obras; se fijan en las debilidades. Y si en algo hay un desliz, y por cierto son muchos los de los hombres, lo publican, y quieren que de él se enteren los hombres. Justamente como hacen los malos pintores (8), quienes o de una nariz torcida o de una cicatriz u otra mutilación corporal, o de cualquier otro defecto que uno tiene por naturaleza o por ¡in accidente que le ha sobrevenido, deforman las facciones de la persona que pintan. Los envidiosos son pues, astutos en despreciar lo que merece alabanza, echándolo a mala parte; y en imputar a la virtud lo que es propio del vicio contrario a ella. Llaman temerario al valiente, necio al prudente, cruel al justo, falaz al sabio. Al que es magnánimo le tienen por hombre que hace gastos inútiles. Al liberal le tienen por derrochador y al económico por parco. En una palabra, todo género de virtud tiene para ellos cambiado su nombre en el del vicio contrario (9).



Remedio contra la envidia: no hay que estimar las cosas terrenas más de lo que valen

        Pero, ¿qué? ¿Voy a emplear todo mi discurso en reprender este vicio? Esto es tan solo la mitad de la cura. El mostrar al enfermo la gravedad de la enfermedad, para que tenga el debido cuidado de arrojarla de si, no es inútil. Pero dejarle en este estado sin llevarle de la mano a la salud, no es otra cosa que abandonar al desesperado en manos de la enfermedad. Pues bien; ¿cómo hemos de precavernos para no contraer la enfermedad? ¿Cómo la sanaremos si una vez por desdicha, la contraemos? Primeramente, si ninguna cosa de este mundo tenemos por grande, ni por magnifica: ni las humanas riquezas, ni la gloria pasajera, ni la hermosura del cuerpo. Nuestro bien no está limitado a estas cosas caducas y perecederas. Somos llamados a participar de los bienes eternos y verdaderos. Y por esto no hay que envidiar al rico por sus riquezas; ni al poderoso por la grandeza de su dignidad y autoridad; ni al valiente, por la fuerza de su cuerpo; ni al sabio, por su facilidad en el hablar. Pues todas estas cosas son medios de virtud para los que usan bien de ellas, pero no contienen en si la felicidad. Por lo tanto, el que usa mal de ellas, es digno de compasión; como lo sería el que tomando una espada para vengarse de sus enemigos, se matase voluntariamente con ella a sí mismo. Pero si usa bien y según la recta razón de las cosas que posee, y es administrador de los bienes que de Dios ha recibido, y no los amontona por su propia comodidad, es digno de alabanza y de amor por la caridad que tiene con sus hermanos y por la generosidad de su carácter.

        ¿Sobresale alguno por su prudencia, y ha recibido el don de poder hablar de Dios, y es expositor de las Sagradas Escrituras? No le envidies, ni desees que calle el intérprete de las Sagradas Letras solo porque la gracia que ha recibido del Espíritu Santo, es acompañada de aprobación y alabanza de sus oyentes. Es bien tuyo, y es bien que ha sido enviado para ti (el don de enseñar de tu hermano), si es que quieres recibirle. Nadie obstruye la fuente que mana en abundancia. Cuando resplandece el sol, nadie se cubre los ojos, ni envidia a los que gozan de su luz, ni desea tan solo para sí este placer. Pues bien, brotando en la Iglesia el manantial de la divina palabra, y difundiéndose en los corazones piadosos por los dones del Espíritu Santo, ¿no escuchas con gozo? ¿No recibes con agradecimiento este favor? Pero te hieren los aplausos de los oyentes, y querrías que no hubiese quien sacase fruto y quien alabase.


¿Qué excusa va a tener esto delante del juez de nuestras conciencias?

        Estímese, pues, como hermoso por naturaleza el bien del alma. Y al que florece por sus riquezas y al que goza de poder y buena disposición corporal y usa bien de lo que tiene, es justo también que se le estime y respete, por cuanto posee los medios comunes para vivir, y distribuye estas cosas con rectitud. Por su generosidad en repartirlas es liberal con los pobres, da socorro corporal a los enfermos. Todo lo demás que le queda cree ser tanto suyo como de cualquiera que lo necesitase. Quien no procede así, más que digno de envidia lo es de compasión, pues tiene mayores ocasiones para ser malo. Porque esto es perderse con mayores riquezas y mercancías. Por lo tanto, si la riqueza es apoyo de la injusticia, digno de compasión es el rico. Si es medio para la virtud, no tiene lugar la envidia; pues su utilidad común se pone al alcance de todos; a no ser que haya alguno tan perverso que envidie sus mismos bienes.

        En una palabra; si elevas tus pensamientos sobre las cosas humanas, y pones tu vista en la hermosura y gloria verdadera, muy lejos estarás de tener por dignas de apetecerse y ser envidiadas las cosas perecederas y terrenas. El que está en esta disposición y no admira las cosas mundanas como grandes, jamás será poseído por la envidia.

        Si a todo trance ansias la gloria y quieres sobresalir entre todos y por eso no sufres ser el segundo (porque también esto es ocasión de envidia), dirige esa tu pasión cual si fuera un torrente, hacia la adquisición de la virtud. No quieras enriquecerte y buscar la gloria en las cosas de este mundo. No está esto en tus manos. Mas si debes ser justo, sobrio, prudente, valeroso y sufrido en los padecimientos y trabajos por causa de la virtud. De esta manera te salvaras a ti mismo y por mejores bienes, adquirirás más gloria. Porque la virtud está en nuestra mano, y puede adquirirla todo aquel que sea amante del trabajo. La abundancia de riquezas y la hermosura del cuerpo y la honra de las dignidades, no están a nuestro alcance. Por lo tanto, si la virtud es un bien mejor y más duradero, y que sin controversias goza ante todos del primer puesto, a ella debemos aspirar. Pero es muy difícil que la virtud se posesione de un alma, si ésta no está limpia de todo vicio y, sobre todo, libre de la envidia.

        ¿No ves tú qué gran mal es la hipocresía? Pues también es fruto de la envidia. Porque la doble cara del carácter, nace en los hombres, principalmente de la envidia, puesto que teniendo el odio escondido dentro del corazón, muestran exteriormente una falsa capa de caridad. Son semejantes a los escollos del mar, que cubiertos con poca agua son un mal imprevisto para los incautos navegantes.

        Por consiguiente, siendo verdad, que mana para nosotros de este vicio, como de una fuente, la muerte, la pérdida de los bienes, el alejamiento de Dios, la transgresión de los mandamientos y la ruina total de todos los bienes naturales, obedezcamos al Apóstol y "no nos hagamos ambiciosos de la gloria vana provocándonos unos a otros, envidiándonos mutuamente" (10), sino seamos más bien "benignos, misericordiosos, perdonándonos los unos a los otros, como también Dios nos perdono en Cristo" (11) Jesús, Señor Nuestro, por Quien sea la gloria al Padre y al Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Así sea.

Notas

(1) Rm 1,29.

(2) 1R 18,7.

(3) 1R 24,3.

(4) 1R 26,7.

(5) Gn 37,28.

(6) Pr 23,6.

(7) Si 4,4.

(8) Con esto quiero hacer alusión a las caricaturistas, para quienes un defecto puesto a la vista, constituye mérito, mientras que un pintor serio, como fue Apelle, hubiera velado todo defecto, como lo hizo con el ojo de Alejandro. Es célebre su respuesta a quien preguntaba: "¿Y dónde está el ojo ciego?". "Donde está más bien vuestro juicio", le dijo.

(9) En los ejemplos aducidos no se trata de vicios opuestos a las virtudes, sino de vicios que son la exageración viciosa de la respectiva virtud.

(10) Ga 5,26.

(11) Ep 4,32.


 

LOS IRACUNDOS

Introducción: torpe bestialidad del iracundo
Descripción del iracundo
Es necesario saber vencer con la mansedumbre
Consejos para dominar al iracundo
Cómo comportarse con los iracundos
Benignidad de Jesucristo
Ventajas de la ira cuando es dócil a la razón
Exhortación para no torcer en daño nuestro lo que Dios nos concedió para nuestro bien
Como frenar la ira

 

 


Introducción: torpe bestialidad del iracundo

        Cuando las prescripciones de los médicos son oportunas y están conformes con lo que aconseja el arte, su utilidad se manifiesta sobre todo después que se experimenta. Así, en las exhortaciones espirituales, cuando los consejos están confirmados por el éxito, es entonces cuando aparece lo sabía y últimamente que fueron dados para la enmienda de la vida y para la perfección de aquellos que los llevan a cabo. Pues cuando oímos las sentencias de los Proverbios que nos enseñan que "la ira pierde aun a los prudentes" (1), cuando oímos la amonestación del Apóstol: "Toda ira, indignación y alboroto con toda maldad, esté lejos de vosotros" (2), y al Señor que dice que quien irrita temerariamente a su hermano es reo de juicio (3); si hemos experimentado esta pasión que no nace en nosotros, sino que se precipita desde fuera sobre nosotros como una inesperada tempestad, entonces, sobre todo, conoceremos bien lo admirable de las divinas amonestaciones. Y si a veces nosotros mismos hemos dado cabida a la ira, como abriendo paso a un río impetuoso, y hemos experimentado la vergonzosa tribulación de los poseídos por esta pasión, habremos llegado a conocer entonces, la verdad de aquella sentencia: "El hombre iracundo no es honesto" (4). Porque una vez que este vicio hace perder la razón usurpa después el dominio del alma. Embrutece por completo al hombre no permitiéndole ser hombre, pues ya no cuenta con el auxilio de la razón.

        Lo que el veneno causa a los envenenados, eso mismo hace la ira en los que se exasperan, rabian como perros, atacan como escorpiones, muerden como serpientes. La Sagrada Escritura suele llamar con frecuencia a los dominados por este vicio, fieras, a las que se asemejan en su maldad. Otras veces los llama perros que no ladran (5); otras, serpientes, raza de víboras (6).

        Y en efecto, los que están dispuestos a destrozarse mutuamente y a hacer daño a sus semejantes, son con razón, contados entre las fieras y animales venenosos que por naturaleza tienen odio implacable al hombre y le atacan.

        La ira desenfrena la lengua y no hay guarda en la boca. Las manos sin sosiego, las afrentas, los insultos, las maldiciones, las heridas y otras cosas que quedan sin enumerar, son vicios engendrados por la ira y el furor.

        También la espada, se afila por la ira, y la muerte del hombre se lleva a cabo por manos humanas. Por ella los hermanos llegan a desconocerse entre sí. Los padres y los hijos reniegan de su naturaleza. Pues los iracundos se olvidan en primer lugar de sí mismos; después, de todos sus parientes. Y así como los torrentes que van a morir en alguna concavidad, arrastran consigo cuanto se les presenta delante, del mismo modo, los violentos e irresistibles ímpetus de los iracundos, atropellan a todos por igual. No respetan las canas, ni la santidad de vida, ni el parentesco, ni los beneficios recibidos, ni dignidad alguna. Es la ira una locura pasajera.

        En el afán de vengarse, los iracundos aun a sí mismo se precipitan muchas veces en una desgracia evidente, despreciando su propio bienestar. Picados como con un aguijón por el recuerdo de los que le han ofendido, hirviendo y saltando de enojo, no paran hasta que hacen algún daño a quien les ha irritado. Sin embargo, suele acontecer que son ellos los que lo reciben. Muchas veces sucede que las cosas que violentamente se quiebran, padecen más de lo que dañan, por cuanto se estrellan contra otras que las resisten.



Descripción del iracundo

        ¿Quién podrá explicar este mal? Los inclinados a la ira que se enciende por cualquier cosa, gritan y se enfurecen, acometen más indecorosamente que cualquier animal venenoso. No desisten hasta que en ellos revienta como burbuja la ira, y hasta que se deshace la hinchazón que constituye su grave e incurable mal. Ni el filo de la espada, ni el fuego, ni cualquier otra cosa terrible es capaz de contener a un ánimo encendido en ira. Se parecen a los posesos del demonio, de los cuales nada se diferencian los iracundos ni en su aspecto ni en el estado de su mal. Pues a los que están sedientos de venganza les hierve la sangre alrededor del corazón, como agitada e inflamada por la fuerza del fuego. Saliendo al exterior presenta al airado en otra forma, mudándole la acostumbrada y a todos conocida, como si se pusiese una careta en la escena. Se desconocen en ellos los ojos propios y ordinarios. Su aspecto es fiero y su mirada despide fuego y hasta aguza sus dientes como un jabalí. Su rostro esta lívido y enrojecido. La mole de su cuerpo se entumece. Sus venas se hinchan por la tempestad que ruge en su fatigoso alentar. Su voz áspera y muy levantada. Sus inarticuladas palabras se precipitan temerariamente, sin proceder con lentitud, ni con orden, ni con significación. Después que la causa de su exasperación ha llegado al colmo y después que su ira se enciende más y más como la llama con la abundancia de combustible, entonces es, cuando se ven espectáculos que ni la lengua puede decir, ni de hecho se pueden tolerar. Levanta las manos contra el amigo, y descarga con ellas golpes en todas partes de su cuerpo. Más aun; da puntapiés, sin compasión, sobre los más delicados miembros. Todo lo que se le pone delante sirve de arma a la ira. Y si la parte contraria se encuentra con el mismo mal que le resiste, a saber, con otra rabia y locura semejante, entonces cayendo el uno sobre el otro, hacen y sufren mutuamente cuanto es justo que sufran los que luchan bajo semejante Espíritu. Las mutilaciones de los miembros, y muchas veces también la muerte, lo cuentan los que luchan como premio de la ira. Comenzó el uno a levantar sus manos sin razón, el otro lo rechaza; repitió el otro el golpe, el segundo no cede. Y el cuerpo queda lastimado por las heridas. Pero la ira hace que no se sienta el dolor. Pues ni tiempo tienen para sentir lo que sufren, mientras tienen ocupada la mente en vengarse del que les hiere.
 



Es necesario saber vencer con la mansedumbre

Premio reservado a los mansos

No curéis un mal con otro mal (7), ni porfiéis por vengaros unos a otros en hacer daño. En las luchas malas, es más digno de compasión el que vence, porque se retira con mayor pecado.

No te hagas deudor de un premio malo, ni pagues peor una deuda mala.

¿Te insulta el iracundo? Detén con tu silencio el daño. Recibiendo en tu corazón como a un torrente la ira del otro, imitas a los vientos que rechazan con su soplo lo que se les arroja. No tengas a tu enemigo por maestro. Ni imites lo que odias. No te hagas como un espejo del que se irrita mostrando en ti mismo su figura.

- Pero se enciende el otro...

- Y tú, ¿acaso no estás también encendido??

- Sus ojos arrojan sangre...

- Pero, dime, ¿los tuyos miran con serenidad?

- Su voz es áspera...

- Pero, ¿la tuya es suave?

        En los desiertos, el eco devuelve la voz al que la emitió. Así también los insultos vuelven al que los profirió. Mejor dicho, el eco vuelve el mismo, mas el insulto viene aumentado. Porque, ¿qué es lo que suelen echarse en cara el uno al otro los iracundos? El uno dice al otro: ¡plebeyo, descendiente del linaje oscuro! El otro, en cambio, responde: ¡esclavo, e hijo de esclavos! Este: ¡pobre! Aquél: ¡mendigo! Este: ¡Ignorante! Aquél: ¡mentecato! Y así hasta que se les acaban los insultos como agudas flechas. Después que han arrojado de su boca como de una aljaba toda clase de improperios, pasan a la venganza por medio de los hechos. Porque la ira excita la riña; la riña engendra los insultos; los insultos, los golpes. ¡Y no pocas veces a los golpes siguen las heridas y la muerte!



Consejos para dominar al iracundo

Alejemos el mal en su comienzo, arrojando de nuestras almas con todo empeño, la ira. Porque de esta manera arrancaremos con este vicio, como con raíz y fundamento, muchísimos males.

¿Te ha maldecido tu enemigo? Bendícele tú.

¿Te ha herido? Súfrelo.

¿Te desprecia y te tiene por nada? Piensa que "eres de tierra y en tierra te has de convertir" 6 (8). Quien medita este pensamiento, toda deshonra encuentra menor que la verdad. Si te muestras invulnerable ante las injurias, quitaras al enemigo toda posibilidad de venganza. Además, ganas de esta manera para ti, gran corona de paciencia, sirviéndote de la locura del otro como de ocasión para tu propia virtud. Y si me crees, aun añadirás tu mismo otros oprobios a los que el otro te dice.

        ¿Te llama plebeyo y hombre sin honor y sin ningún valor? Llámate a ti mismo tierra y polvo: que no eres más noble que nuestro padre Abraham, y eso se llamaba a sí mismo (9).

        ¿Te llama ignorante, pobre e indigno de todo? Tú, llámate gusano y di que tu origen es el estiércol, usando del lenguaje de David 9 (10). Y a esto añade la hazaña de Moisés: Injuriado por Aarón y María, no pidió a Dios que les castigase, sino que rogo por ellos.

        ¿De quién quieres ser discípulo? ¿De los hombres amigos de Dios y justos, o de los que están llenos del Espíritu de maldad?

        Cuando se levante en ti la tentación de injuriar, piensa que estas en esta alternativa: o de acercarte a Dios por la paciencia, o de acogerte por la ira al enemigo. Da tiempo a tus pensamientos para que elijan el partido ventajoso. Porque, o aprovechas algo a tu adversario con el ejemplo de la mansedumbre, o le irritas más ferozmente con tu desprecio. Porque, ¿qué cosa hay más acerba para un enemigo que el ver que su adversario le supera en las injurias?

        No rebajes tu ánimo; ni consientas ponerte al alcance de tus injuriadores. Deja que te ladre en vano; que se despedace a sí mismo. Que así como el que azota a uno que no siente, se hace mal a sí mismo (porque ni se venga del enemigo ni apacigua la ira), así el que ultraja a uno a quien no alteran los oprobios, no puede encontrar descanso para su sufrimiento. Por el contrario, se despedaza, como dije. Y ¿qué es lo que cada uno de vosotros gana con los que están presentes? A él le llaman mezquino, a ti magnánimo; a él iracundo y cruel, a ti sufrido y manso. El se arrepentirá de las cosas que dijo: tú nunca te arrepentirás de tu virtud.
 


Cómo comportarse con los iracundos

        ¿A qué decir más? A él, su maledicencia le cerrara el reino de los cielos; porque los iracundos no alcanzaran el reino de Dios (11); mientras que a ti te abrirá el reino tu silencio. Porque el que haya sufrido hasta el fin, ese se salvara (12). Pero si te vengas y te levantas igualmente contra el que te injuria, ¿qué excusas vas a tener? ¿Que él te provoco primero? Y, ¿de qué perdón es esto digno?

        Tampoco el libertino que imputa el pecado de su cómplice porque le incito, deja por eso de ser digno de condenación. Ni hay corona sin enemigos, ni caídas sin luchadores. Oye a David que dice: "Mientras el pecador se puso en contra de mi, ni me exasperé, ni me vengué, sino que enmudecí y me humillé y no dije nada de los bienes" (13).

        Tú te exacerbas con el ultraje como con un mal, y sin embargo le imitas como si fuera un bien. Porque, mira, haces lo que reprendes.

        ¿Examinas con cuidado el mal ajeno, y tienes en nada tu propia vergüenza? ¿Es un mal la ira? Guárdate de imitarla. Que no basta para excusarse el que haya comenzado el otro. Más justo es, a mi parecer, volver contra ti la queja. El otro no tuvo ejemplo para su enmienda. Tú, empero, viendo que el iracundo se porta indecorosamente, le imitas y le indignas. Te enfureces y te irritas. Y así tu pasión sirve de excusa al que comenzó. Con las mismas cosas que haces le libras a aquél de culpa y te condenas a ti mismo. Pues si la ira es un mal, ¿por qué no evitaste el daño? Y si merece perdón, ¿por qué te irritas contra el iracundo?

        De ahí que aunque fueres el segundo en la ofensa, nada te aprovecha esto. Porque en las luchas por una corona no es coronado el que las comienza, sino el que vence. Pues de igual manera no solo es condenado el que comenzó el mal, sino también el que le siguió como a capitán hasta el pecado.

        Si te llamo pobre, y lo eres, confiesa la verdad. Y si miente, ¿qué te importa a ti de lo que diga?
 


Benignidad de Jesucristo

        Cuando te dicen alabanzas que traspasan la raya de la verdad, no te enfureces. Pues tampoco te exasperes con los ultrajes falsos y mentirosos. ¿No ves como las saetas suelen penetrar en lo duro y resistente, y en las cosas blandas que fácilmente ceden se estrella su ímpetu? Pues piensa que algo semejante pasa con las injurias. El que les sale al encuentro, las recibe en sí; pero el que se porta con blandura y cede, con la mansedumbre de su trato vuelve el mal dirigido contra él.

        Pero, ¿por qué te turba el nombre de pobre? Acuérdate de tu naturaleza. Entraste desnudo en el mundo, y desnudo saldrás de él (14). Y, ¿qué cosa más pobre que un desnudo? Por lo tanto, nada grave te han dicho; solo que te has apropiado a ti solo lo que has oído. Nadie ha sido llevado a la cárcel por ser pobre. No es deshonroso el ser pobre, sino el no sufrir con buen ánimo la pobreza. Acuérdate del Señor que "siendo rico se hizo pobre por nosotros" (15).

        Si te llaman necio e ignorante, acuérdate de las injurias con que los judíos ultrajaron a la verdadera sabiduría: "Eres samaritano y tienes en ti al demonio" (16). Y si te enfureces, confirmas los ultrajes. Porque ¿hay cosa más irracional que la ira? Pero si permaneces sin airarte, avergüenzas al que se enfurece mostrando con la obra tu virtud.

¿Has sido abofeteado? También el Señor lo fue (17).

¿Has sido escupido? También Nuestro Señor. Porque "no retiro su rostro de la deshonra de la saliva" (18).

¿Has sido calumniado? También el eterno Juez.

¿Rasgaron tu túnica? A mi Señor se la desnudaron y "repartieron entre sí sus vestidos" (19).

Aun no has sido condenado, aun no has sido sacrificado. Mucho te falta para que llegues a su imitación.

Ejemplos de mansedumbre

        Grábese cada una de estas cosas en tu mente y atemperaras la hinchazón. En efecto: estos pensamientos y estos afectos contienen los saltos y trepidaciones de nuestro corazón, y llevan al alma a la fortaleza y tranquilidad; esto era, sin duda, lo que decía David: "Preparado estoy y no estoy turbado" (20).

        Conviene, pues, reprimir este necio y vergonzoso movimiento del ánimo con el recuerdo de los ejemplos de los varones justos. El gran David sufrió con mansedumbre la petulancia de Semei. No daba tiempo que la ira le moviese, sino que levantaba su mente a Dios y decía: "El Señor dijo a Semei que maldiga a David" (21). Y oyéndose llamar sanguinario e inicuo, no se encendió de ira sino que se humillaba como si fuese digno de ser insultado de aquella manera.

        Aleja de ti estas dos cosas: el tenerte por digno de grandes cosas, y el tener a hombre alguno por muy inferior a ti en dignidad. De esta manera, la ira jamás se levantara contra ti por las injurias que recibas.


        Grave sería que uno a quien has colmado de singulares gracias y beneficios, a su ingratitud añadiese el ser el primero en injuriarte y deshonrarte. Grave seria a la verdad. Sin embargo, mayor mal es para el que lo hace que para el que lo sufre. Que injurie él: tú no le injuries. Sus palabras sean para ti ejercicio de virtud. Si no te sientes impresionado, estas sin herida. Si tu ánimo sufre algo, contén el ímpetu en ti mismo. Porque "en mi, dice, ha sido turbado mi corazón" (22). Es decir, no dejo salir afuera la pasión, sino que, como a una ola que se deshace dentro de los litorales, la ahogo. Contén el corazón que ladra y se enfurece. Teman las pasiones la presencia de la razón, de la manera que los niños temen cuando hacen alguna travesura, la presencia de algún varón respetable.
 


Ventajas de la ira cuando es dócil a la razón

        ¿Y cómo evitaremos los funestos danos que trae consigo el irritarse?

        Procurando persuadir a la ira que no se adelante a la razón. De esta manera, la tendremos sujeta a nosotros como a un caballo. Obedecerá a la razón como a un freno. No saldrá jamás de su propio puesto. Se dejara guiar a donde quiera le conduzca la razón. Porque la irritación de nuestro Espíritu es útil para muchas obras de virtud, siempre y cuando sea aliada de la razón contra el pecado. Entonces, viene a ser como el soldado que rindiendo sus armas al general, acude prontamente a prestar auxilio a donde le mandan. De igual manera, la ira cuando está al servicio de la razón.

        La ira es el nervio del alma. Le da energías para emprender buenas obras. Si alguna vez la encuentra debilitada por el placer, la fortalece como un baño de hierro. La convierte de blanda y muelle, en austera y varonil.

        Ciertamente que si no te irritas contra el diablo, no te será posible odiarle como merece. Así, pues, conviene a mi parecer, amar la virtud con el mismo entusiasmo con que se debe odiar el pecado. Para esto es muy útil la ira, siempre que se mantenga dócil a la razón y la siga, como al pastor el perro. En efecto, muéstrase el perro, apacible y bueno ante el amo que le acaricia y le obedece a la menor indicación. Sin embargo, ladra y se enfurece al llamado de voz extraña, aunque parezca que la voz trae agasajos. Ante el grito del amigo o del amo, por el contrario, se atemoriza y se calla. Este es el mejor y más apto auxilio que a la parte razonable del alma, proporciona la ira. Porque el que así procede, no se aplacara ni hará alianzas con los que ponen asechanzas. Nunca admitirá la amistad con cosa alguna dañosa, sino que siempre ladrara y despedazara como un lobo al placer engañador.
 


Exhortación para no torcer en daño nuestro lo que Dios nos concedió para nuestro bien

        Esta es la utilidad que se obtiene de la ira para los que saben valerse de ella. Según el modo como se use de esta y otras energías, resulta un mal o un bien para el que las tiene.

        Por ejemplo; el que abusa de la parte concupiscible del alma para gozar de la carne y de los deleites impuros, es abominable y lascivo; pero el que la vuelve hacia Dios y hacia el deseo de los goces eternos, es digno de imitación, y dichoso.

        De igual manera, quien dirige bien la parte racional, es prudente y sabio: pero el que aguza el entendimiento para daño del prójimo, es taimado y malhechor.

        No convirtamos, pues, para nosotros, en ocasión de pecado, lo que el Creador nos dio para nuestro bien.

        La ira excitada cuando conviene y como conviene, produce la fortaleza, la paciencia y la continencia. Sin embargo, si obra alejada de la recta razón, se convierte en locura. Por eso nos amonesta el Salmo: "Irritaos y no pequéis" (23). Y el Señor amenaza con su juicio al que se enoja sin causa (24); pero no prohíbe que usemos de la ira como una medicina. Porque aquellas palabras: "Pondré enemistad entre ti y la serpiente" (25), son propias de quien enseña que se ha de usar la ira como un arma. Por eso Moisés, el más manso de todos los hombres (26), para castigar la idolatría (27) armo las manos de los levitas con intención de que diesen muerte a sus hermanos: "Ponga, dijo, cada uno la espada a su cintura, y pasad de puerta en puerta y volved por los campamentos, y mate cada uno a su hermano, cada uno a su vecino, cada uno a su allegado" (28). Y poco después, dice: "Y dijo Moisés: Llenasteis hoy vuestras manos para el Señor (29), cada uno en vuestro hijo y en vuestro hermano, para que sobre vosotros venga bendición" (30).

        ¿Qué fue lo que santifico a Finés? ¿No fue su justa ira contra los lascivos? En efecto, siendo sumamente manso y apacible, después que vio el pecado de Zambro y la Madianita, cometido desvergonzadamente y a la vista de todos sin que ocultasen el infame espectáculo de su torpeza, no pudiéndolo tolerar, uso oportunamente la ira, atravesando a los dos con una lanza (31).

        Y Samuel, ¿no mato con justa ira, sacándole del medio, a Agag, rey de Amalec, salvado por Saúl contra el mandato de Dios? (32).

        Por lo tanto, la ira es, muchas veces, medio para las buenas obras. El celoso Elías dio muerte, para bien de todo Israel, con ira sabía y prudente, a 450 varones, sacerdotes de la confusión (33) y a 400 sacerdotes de los bosques (34), que comían a la mesa de Jezabel (35).

        Tu, empero, te irritas sin razón contra tu hermano. Porque ¿cómo no ha de ser sin razón cuando siendo uno el que provoca, tú te irritas contra otro? Haces como los perros, que muerden las piedras cuando no alcanzan al que las arroja. El que es provocado es digno de compasión; pero el que provoca, de odio.

        Desfoga tu ira contra el enemigo de los hombres, contra el padre de la mentira, contra el autor del pecado. Mas compadécete de tu hermano, quien si aun así permaneciere en el pecado, será entregado a fuego eterno con el diablo.

        Así como son distintos los nombres de indignación e ira, así también debe distinguirse lo que estos nombres significan. La indignación es como un incendio y repentina inflamación del afecto. La ira es un dolor constante y una continua ansia de pagar con la misma moneda a los que nos injurian, como si el alma tuviera sed de venganza. Es necesario saber, pues, que por ambas partes pecan los hombres: o excitándose furiosa y temerariamente contra los que les irritan, o persiguiendo con engaños y acechanzas a los que les ofenden. Y de ambas cosas debemos guardarnos.
 


Como frenar la ira

        Y ¿qué se deberá hacer a fin de que esta pasión no ultrapase los límites?

        Para ello aprende primero la humildad, la cual el Señor aconsejo con sus palabras y mostró con sus obras. Porque unas veces dice: "El que quiera ser el primero entre vosotros, sea el último de todos" (36); otras, tolera manso y sin inmutarse al que le hiere (37).

        El Hacedor y Señor del cielo y de la tierra, el que es adorado por todas las criaturas tanto racionales como irracionales, "él que todo lo sostiene con la palabra de su poder" (38), no arrojo vivo al infierno al que le hirió, haciendo que abriese la tierra para que tragase al impío; sino que le amonesta y le enseña: "Si he hablado mal, da testimonio de ello; pero si bien, ¿por qué me hieres?" (39).

        Si conforme al precepto del Señor, acostumbras a considerarte como el último de todos, ¿cuándo te enfurecerás como si ultrajasen tu dignidad? Cuando te injuria un niño pequeño te causan risa sus ultrajes. Cuando un loco te dice palabras afrentosas, por más digno le tienes de compasión que de odio. No son, pues, las palabras las que suelen excitar los disgustos, sino la soberbia que se levanta contra el que nos injurio, y la estima que cada uno tiene de sí mismo. Por lo tanto, si arrojas estas dos cosas de tu alma, las injurias que vengan serán estrépitos que meten ruido en vano.

        "Deja la ira y arroja la indignación" (40), para que así evites el peligro de este vicio, "que se descubre desde los cielos, sobre toda impiedad e injusticia de los hombres" (41).

        Si con prudente determinación logras arrancar la amarga raíz de la ira, extirparas con tal comienzo muchos vicios. Porque los engaños, las sospechas, la infidelidad, la malicia, las acechanzas, la audacia, y todo el enjambre de semejantes males, son frutos de este vicio.

        Procuremos, pues, no atraernos un mal tan grande: enfermedad del alma, obscuridad de la razón, alejamiento de Dios, ignorancia de la amistad, principio de la guerra, colmo de calamidades, demonio malo que se engendra en vuestras mismas almas, y se apodera como desvergonzado huésped de nuestro interior, y cierra las puertas al Espíritu Santo. Porque donde hay enemistades, litigios, riñas, contiendas, disputas, que producen en el alma horribles desasosiegos, allí no descansa jamás el Espíritu de mansedumbre.

        Obedeciendo, pues, el consejo del apóstol San Pablo, destiérrese de nosotros toda ira, indignación y gritería con toda maldad (42). Seamos afables y misericordiosos unos con otros, esperando el cumplimiento de la dichosa esperanza prometida a los mansos: "Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra" (43) en nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por todos los siglos. Amén.

Notas

(1) Pr 15,1.

(2) Ep 4,51.

(3) Mt 5,23.

(4) Pr 11,25.

(5) Is 56,10.

(6) Mt 23,33.

(7) Rm 12,17.

(8) Gn 3,19.

(9) Gn 28,27.

(10) Ps 21,7.

(11) Mt 10,22.

(12) Ps 38,2.

(13) Jb 1,21.

(14) Jb 1,21.

(15) 2Co 8,9.

(16) Jn 8.

(17) Jn 18.

(18) Mc 15,19 Is 50,6.

(19) Mt 11,7.

(20) Ps 118,60.

(21) 2S 16,10.

(22) Ps 142,4.

(23) Ps 4,5.

(24) Mt 5,22.

(25) Gn 3,15.

(26) Nb 25,17.

(27) Nb 12,3.

(28) Ex 32,27.

(29) Es decir: "Habéis consagrado hoy vuestras manos al Señor". Porque aunque en hebreo se lea llenar, bien puede traducirse por "iniciar" o "consagrado"; pues como expone Pagnino, a ninguno era lícito ejercer el cargo de sacrificar sin que llenase antes sus manos con partes de los sacrificios.

(30) Ex 22,29.

(31) Nb 25,2.

(32) 1S 15,33.

(33) O "sacerdotes de Baal", como se lee en hebreo y en la Vulgata.

(34) "Los sacerdotes de los bosques", o de otros dioses a quienes se ofrecían sacrificios en las selvas y bosques, como comenta el P. Comelio a Lapide. Calmet dice que eran los sacerdotes de la diosa de los bosques, es decir, de Astarté, a los cuales favorecía especialmente Jezabel.

(35) 1R 18,22-40.

(36) Mc 9,34.

(37) Jn 18,22.

(38) He 1,3.

(39) Jn 18,23.

(40) Ps 36,8.

(41) Rm 1,18.

(42) Ep 4,31.

(43) Mi 5,4.

 


C) LA AMBICIÓN Y LA HUMILDAD
 


        Entre las obras de San Basilio figuran veintitrés discursos "a Simone magistro ac sacri palatii quaestore, ex eius scriptis olim in unum congestae". En realidad, son una selección de pensamientos, copiados literalmente y unidos por materias que forman distintos sermones. Usamos los discursos 17 y 20 e indicamos los lugares de las obras del santo Doctor de donde han sido elegidos los párrafos correspondientes. Los textos seleccionados se relacionan con las tentaciones de soberbia y ambición.

        "Es muy difícil que quien no se resigna nunca a ocupar el último puesto ni a ser el menor de todos, pueda resistir los ataques de la ira o sufrir con paciencia los contratiempos. En cambio, el humilde, que, cuando se ve menospreciado, confiesa ser todavía inferior, difícilmente se turbará, y si un día le llaman pobre, sabe muy bien que lo es, porque lo necesita todo, y porque no puede vivir sin la ayuda diaria de Dios". Si le echan en cara su humilde origen, se acuerda del barro. "Lo mismo de difícil es no aplanarse en la desgracia como no ensoberbecerse en la prosperidad, porque los hombres fatuos, si se ven honrados y observados, se engríen más todavía" (cf. Hom. 7, ex comm. in Ps 61). "Dícese ambicioso aquel que habla u obra movido por ese miserable y vacío honor de este mundo, dando, por ejemplo, limosnas para ser alabado. Como quiera que este tal busca su propia utilidad, no podemos decir de él ni que es misericordioso ni que hace el bien a sus semejantes". Tal fue el delito de Ananías, al que no se le dio tiempo siquiera para arrepentirse (Ac 5,1-10). "El Señor, que resiste a los soberbios y exalta a los humildes, ha dado su palabra de que derribará por tierra la virtud de los fatuamente hinchados. Por lo tanto, todo el que se dedica a confundir la soberbia de estos tales, en realidad los libra y borra la semejanza que tenían con el demonio, padre de todo fasto y soberbia, persuadiéndoles a que sean verdaderos discípulos del que se nos propuso como modelo de mansedumbre y humildad" (ibid., Ex comm. in Ep.). "Y si alguna vez observas que tu hermano ha incurrido en algún delito, no detengas en eso tu pensamiento; examina despacio todo lo bueno que ha hecho y hace, y a buen seguro comprobarás que es mejor que tú. Las personas deben juzgarse no por un detalle, sino por el conjunto, como hace el mismo Dios". Así juzgó al rey Josafat, a quien perdonó un grave delito por otras buenas obras (). No te juzgues nunca superior a nadie, no sea que, absuelto por tu propia sentencia, vengas a ser castigado por otra muy justa del cielo. Si crees haber hecho algo bueno, da gracias a Dios, pero no te creas superior a nadie..., no te ocurra lo que al demonio, que quiso subir por encima del hombre, y Dios lo derribó de tal forma que ahora lo podemos pisotear' (cf. Hom. 17, Ex cont. de humilitate).

 

D) EL GOBIERNO Y EL PODER


        Es necesario que gobiernen los más dignos, aunque muchas veces la necedad de los hombres procure lo contrario. Deben los jefes sobresalir en toda clase de virtudes, pues como sean ellos, así, por lo general, serán los ciudadanos. Si muchos pintores copian el mismo rostro, todos reproducirán idénticos rasgos. "La verdadera y perfecta obediencia de los súbditos a sus superiores consiste no sólo en evitar el mal que se prohíbe, sino en no llevar a cabo ni aún lo que es laudable, fuera de su dirección..." "El príncipe y todo el que gobierna ha de procurar no dejarse ensoberbecer por su cargo, para no perder el premio que merece la humildad. Y el que sirva al rey, tampoco se engría pensando si ocupa tales o cuales puestos... Bástenos la gran dignidad de podernos llamar siervos de tan gran Señor. Del mismo modo que no hemos de tributar culto más que a Dios, tampoco debemos colocar nuestra esperanza sino en el Señor de todas las cosas. El que espera de los hombres o se ufana de cualquier negocio temporal, como el poder, la riqueza o alguna nadería de las que tanto estima el vulgo, ya no puede decir: Yavé, mi Dios, a ti me acojo (Ps 7,2), pues se nos ha avisado que no coloquemos nuestra esperanza en los príncipes (Ps 145,3)..." (cf. Hom. 20, Ex ascético).

 

LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
(El Espíritu Santo, IX,22-23)
 


        Quien haya escuchado los nombres que se dan al Espíritu Santo, ¿no elevará en su interior el pensamiento a la suprema naturaleza? Pues al Espíritu de Dios se le llama también Espíritu de verdad, que procede del Padre; Espíritu recto, Espíritu principal. Pero Espíritu Santo es su nombre propio y peculiar, porque ciertamente es el nombre que expresa, mejor que ningún otro, lo incorpóreo, lo limpio de toda materia e indiviso. Por eso el Señor, enseñando que lo incorpóreo no se puede comprehender, dijo a aquella mujer que pensaba que Dios es adorado en un lugar: Dios es Espíritu (Jn 4,24).

        Por tanto, al oír Espíritu, no es lícito moldear en el entendimiento la idea de una naturaleza circunscrita a un lugar, sujeta a cambios y alteraciones, en todo semejante a una criatura; sino que escudriñando con el pensamiento hacia lo más elevado que hay dentro de nosotros, se debe pensar forzosamente en una sustancia inteligente, infinita en cuanto a su poder, no situada en un lugar por su magnitud, no sujeta a la medida de los tiempos ni de los siglos, que da generosamente las cosas buenas que posee.

        Hacia el Espíritu Santo converge todo lo que necesita de santificación. Es apetecido por todo lo que tiene vida, ya que con su soplo refresca y socorre a todos los seres para que alcancen su fin propio y natural. Es el que perfecciona todas las cosas, pero sin faltarle nada; no vive por renovación, sino que mantiene la vida; no aumenta con añadidos, sino que constantemente está lleno, firme en sí mismo, se encuentra en todas partes.

        El Espíritu Santo es origen de la santificación, luz inteligible que a toda potencia racional confiere cierta iluminación para buscar la verdad. Inaccesible por naturaleza, pero alcanzable por benignidad. Todo lo llena con su poder, pero solo es participable por los que son dignos. No todos participan de Él en la misma medida, sino que reparte su fuerza en proporción a la fe. Simple en esencia, múltiple en potencia. Esta presente por entero en cada cosa, y todo en todas partes. Se divide sin sufrir daño, y de Él participan todos permaneciendo integro. Así como el rayo de sol alumbra la tierra y el mar y se mezcla con el aire, pero se entrega al que lo disfruta como si fuera para él solo; así también el Espíritu Santo infunde la gracia suficiente e íntegra en todos los que son aptos para recibirle, ya sean muchos o uno solo; y los que de Él participan, le gozan en la medida que les es permitido por su naturaleza, no en cuanto a Él le es posible.

        La unión del Espíritu Santo con el alma no se realiza por cercanía de lugar (¿cómo Podrías acceder corporalmente a lo incorpóreo?), sino por el apartarse de las pasiones, que, añadidas más tarde al alma por su amistad con la carne, se hicieron extrañas a la intimidad con Dios.

        Solamente si el hombre se purifica de la maldad que había contraído con el pecado, si retorna a la natural belleza y, como imagen de un rey, vuelve por la pureza a la primitiva forma, solo entonces podrá acercarse al Paráclito. Y El, como el sol, alcanzando al ojo que está limpio, te mostrara en sí mismo la imagen del que no se puede ver. En la bienaventurada contemplación de su imagen veras la inefable hermosura del arquetipo.

        Por El los corazones se levantan hacia lo alto, los enfermos son llevados de la mano y se perfeccionan los que están progresando. Dando su luz a los que están limpios de toda mancha, les vuelve espirituales gracias a la comunión que con El tienen. Y del mismo modo que los cuerpos nítidos y brillantes, cuando les toca un rayo de sol, se tornan ellos mismos brillantes y desprenden de si otro fulgor, así las almas que llevan el Espíritu son iluminadas por el Espíritu Santo y se hacen también ellas espirituales y envían la gracia a otras. De ahí viene entonces la presciencia de las cosas futuras, la comprensión de las secretas, la percepción de las ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía del cielo, las danzas con los ángeles; de ahí surge la alegría sin fin, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y lo más sublime que se puede pedir: el endiosamiento.

 

CONFIGURARSE CON CRISTO
(El Espíritu Santo, XV; 35-36)
 


        La economía de nuestro Dios y Salvador acerca de los hombres consiste en volver a llamarnos después de la caída y en reconducirnos a su amistad después de la separación producida por la desobediencia. Por esto, la venida de Cristo en la carne, su predicación evangélica, sus sufrimientos, la cruz, la sepultura, la resurrección, ha hecho posible que el hombre, salvado por la imitación de Cristo, recupere su primitiva filiación adoptiva.

        Para el perfeccionamiento de tal vida es, pues, necesario imitar a Cristo no solo en los ejemplos de benignidad, humildad y paciencia que nos mostró con su vida; sino también en el de su propia muerte, como dijo Pablo, el imitador de Cristo: asemejándome a su muerte, de modo que al cabo pueda arribar a la resurrección de los muertos (Ph 3,10-11).

        ¿Cómo nos haremos imitadores de su muerte? Sepultándonos con El en el Bautismo (cf. Rm 6,4-5). ¿De qué modo es la sepultura y qué fruto se deriva de tal imitación? Primero es necesario cortar radicalmente con la vida pasada. Y esto solo es posible mediante una nueva generación, según las palabras del Señor (cf. Jn 3,3): la misma palabra regeneración significa el principio de una segunda vida, de modo que, antes de alcanzarla, es necesario dar fin a la anterior. Pues así como los que han llegado al final del estadio, antes de dar la vuelta, se paran y descansan un momento, así también parecía necesario que mediara la muerte en el cambio de las vidas, de manera que acabe primero una y comience después la siguiente.

        ¿Cómo realizamos el descenso a los infiernos? Imitando por el Bautismo la sepultura de Cristo, pues los cuerpos de los que se bautizan son sepultados en el agua. Y es que el Bautismo manifiesta simbólicamente la deposición de las obras de la carne, según dice el Apóstol: vosotros también habéis sido circuncidados con circuncisión no hecha por mano que cercena la carne, sino con la circuncisión de Cristo, al ser sepultados con Él por el Bautismo (Col 2,11-12). En cierto modo sucede que, por el Bautismo, el alma se limpia de la suciedad procedente de los sentidos carnales, según lo que está escrito (Ps 50,9): me lavarás y quedaré más blanco que la nieve.

        De ahí que somos limpiados de todas y cada una de las manchas, no según la costumbre judía sino por el único Bautismo salvador que conocemos, puesto que una sola es la muerte en beneficio del mundo y una sola la resurrección de entre los muertos, y el Bautismo es figura de las dos. Para este fin, el Señor, que se preocupa de nuestra vida, estableció para nosotros la alianza del Bautismo, figura de la muerte y tipo de la vida: imagen de la muerte porque el agua cubre completamente, y prenda de la vida porque esta contenido el Espíritu Santo.

        Y así se nos hace evidente lo que nos preguntábamos: por qué el agua fue unida al Espíritu Santo. Porque, encontrándose dos fines en el Bautismo -que el cuerpo quede libre del pecado para que no produzca más frutos de muerte, y que viva por el Espíritu Santo y dé fruto de santificación-, el agua manifiesta la imagen de la muerte, acogiendo al cuerpo como en un sepulcro, y el Espíritu Santo envía la fuerza vivificadora, devolviendo nuestras almas de la muerte a la primitiva vida.

        Esto es nacer de nuevo del agua y del Espíritu (cf. Jn 3,5), porque la muerte se completa en el agua y nuestra vida se fortalece por el Espíritu. Por ello, el gran misterio del Bautismo se realiza con tres inmersiones y otras tantas invocaciones, para dar a entender la figura de la muerte y para que las almas de los bautizados sean iluminadas mediante la entrega de la ciencia divina. Por tanto, si hay gracia en el agua, no procede de su naturaleza, sino de la presencia del Espíritu Santo, pues el Bautismo no es la eliminación de la suciedad corporal, sino la promesa de la buena conciencia para con Dios (cf. 1P 3,21).

        El Señor, para prepararnos a esta vida que surge de la resurrección propone toda la predicación evangélica y prescribe la serenidad, la resignación, el amor puro libre de los deleites de la carne, el desapego del dinero, a fin de que todo cuanto el mundo posee según la naturaleza, nosotros, al recibirlo, lo pongamos en su sitio con nuestra elección. Por esto, si alguno dice que el Evangelio es figura de la vida que surge de la resurrección, a mi parecer, no se equivocaría.

        Por el Espíritu Santo se nos da la recuperación del paraíso, el ascenso al Reino de los Cielos, la vuelta a la adopción de hijos, la confianza de llamar Padre al mismo Dios, el hacernos consortes de la gracia de Cristo, el ser llamado hijo de la luz, el participar de la gloria del Cielo; en un palabra, el encontrarnos en la total plenitud de bendición tanto en este mundo como en el venidero, pues al contemplar como en un espejo la gracia de las cosas buenas que se nos han asegurado en las promesas, las disfrutamos por la fe como si ya estuvieran presentes. Si la prenda es así, ¿de qué modo será el estado final? Y si tan grande es el inicio, ¿cómo será la consumación de todo?

 


RECOGIMIENTO-INTERIOR
(Epístola 11,2-4)
 


        Si alguien quiere venir en pos de mi, dice el Señor, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16,24). Para eso hay que procurar que el pensamiento se aquiete. No es posible que los ojos, si se mueven continuamente de un lado para otro, arriba y abajo, vean con claridad los objetos. Solo cuando se fija la mirada la visión es clara. Del mismo modo, es imposible que la mente de un hombre que se deje llevar por las infinitas preocupaciones de este mundo, contemple clara y establemente la verdad. Quien no está sujeto por los lazos del matrimonio se ve turbado por ambiciones, impulsos desenfrenados y amores locos; a quien ya tiene sobre si el vínculo conyugal, no le faltan un tumulto de inquietudes: si no tiene hijos, el anhelo de tenerlos; si los tiene, la preocupación de educarlos, el cuidado de su mujer y de la casa, el gobierno de sus criados, la tensión que los negocios traen consigo, las riñas con los vecinos, los pleitos en los tribunales, los riesgos del comercio, las fatigas de la agricultura. Cada día que alborea trae consigo particulares cuidados para el alma; y cada noche, heredera de las preocupaciones del día, inquieta el ánimo con los mismos pensamientos.

        Hay un solo camino para liberarse de estos afanes: aislarse. Pero esta separación no consiste en estar físicamente fuera del mundo, sino en aliviar el ánimo de sus lazos con las cosas corporales, estando desprendido de la patria, de la casa, de las propiedades, de los amigos, de las posesiones, de la vida, de los negocios, de las relaciones sociales, del conocimiento de las ciencias humanas; y preparándose para recibir en el corazón las huellas de la enseñanza divina. Esta preparación se alcanza despojando el corazón de lo que, a causa de un hábito malo y muy enraizado, lo monopoliza. No es posible escribir sobre la cera si no se borran los caracteres precedentes; tampoco se pueden imprimir en el alma las enseñanzas divinas, si antes no desaparecen las costumbres que estaban.

        El recogimiento procura grandes ventajas. Adormece nuestras pasiones, y otorga a la razón la posibilidad de desarraigarlas completamente. ¿Cómo se puede vencer a las fieras, sino con la doma? Así la ambición, la ira, el miedo y la ansiedad, pasiones nocivas del alma, cuando se aplacan con la paz privándolas de continuos estímulos, pueden ser derrotadas más fácilmente.

        El ejercicio de la piedad nutre el alma con pensamientos divinos. ¿Qué cosa más estupenda que imitar en la tierra al coro de los ángeles? Disponerse para la oración con las primeras luces del día, y glorificar al Creador con himnos y alabanzas. Más tarde, cuando el sol luce en lo alto, lleno de esplendor y de luz, acudir al trabajo, mientras la oración nos acompaña a todas partes, condimentando las obras -por decirlo de algún modo- con la sal de las jaculatorias. Así tenemos el ánimo dispuesto para la alegría y la serenidad. La paz es el principio de la purificación del alma, porque ni la lengua parlotea palabras humanas, ni los ojos se detienen morosamente a contemplar los bellos colores y la armonía de los cuerpos, ni el oído distrae la atención del alma en escuchar los cantos compuestos para el placer o palabras de hombres, que es lo que más suele disipar al alma. La mente no se dispersa hacia el mundo exterior. Si no es llevada por los sentidos a derramarse sobre el mundo, se retira dentro de sí misma, y de allí asciende hasta poner el pensamiento en Dios (...). Entonces, libre de preocupaciones terrenas, pone toda su energía en la adquisición de los bienes eternos. ¿Cómo Podrían alcanzarse la sabiduría y la fortaleza, la justicia, la prudencia y todas las demás virtudes que señalan al hombre de buena voluntad el modo más conveniente de cumplir cada acto de la vida?

        La vía maestra para descubrir nuestro camino es la lectura frecuente de las Escrituras inspiradas por Dios. Allí, en efecto, se hallan todas las normas de conducta. Además, la narración de la vida de los hombres justos, transmitida como imagen viva del modo de cumplir la voluntad de Dios, se nos pone ante los ojos para que imitemos sus buenas acciones. Y así cada uno, considerando aquel aspecto de su carácter que más necesita de mejora, encuentra la medicina capaz de sanar su enfermedad, como en un hospital abierto a todos.

        El que desea la continencia, medita largamente la historia de José y aprende de él a vivir la templanza, pues se da cuenta de que José no solo fue continente, sino que estuvo dispuesto a ejercitar la virtud en todo, gracias a un hábito bien radicado. Se aprende la valentía de Job, cuando las circunstancias de su vida cambiaron radicalmente, y de un solo golpe dejo de ser rico para convertirse en pobre, y siendo padre de una familia feliz, se encontró de repente sin hijos. Entonces, no solo permaneció constante manteniendo siempre el sentido sobrenatural, sino que ni siquiera se enfado contra los amigos que, pretendiendo consolarle, le insultaban, haciendo más intenso su dolor.

        Cuando alguien desea ser manso y magnánimo al mismo tiempo, y así manifestar intransigencia contra los errores y comprensión con los hombres, encontrara que David era valeroso en las nobles empresas de la guerra, pero dulce y manso en el trato con los enemigos. Así era también Moisés, cuando se encolerizaba grandemente con las ofensas de los que pecaban contra Dios, y soportaba serenamente las calumnias dirigidas a él mismo.

        (...) Las oraciones, en fin, además de la lectura, hacen el ánimo más joven y más maduro, ya que le mueven al deseo de poseer a Dios. Es bonita la oración que hace más presente a Dios en el alma. Precisamente en esto consiste la presencia de Dios: en tener a Dios dentro de sí mismo, reforzado por la memoria. De este modo nos convertimos en templo de Dios: cuando la continuidad del recuerdo no se ve interrumpida por preocupaciones terrenas, cuando la mente no es turbada por sentimientos fugaces, cuando el que ama al Señor esta desprendido de todo y se refugia solo en Dios, cuando rechaza todo lo que incita al mal y gasta su vida en el cumplimiento de obras virtuosas.

 

EL DEBER DE TRABAJAR
(Reglas más amplias 37,1-2)
 


        Dice Nuestro Señor Jesucristo que quien trabaja merece su sustento (Mt 10,10); (el alimento), por tanto, no es simplemente un derecho debido a todos sin distinción, sino de justicia para quien trabaja. El Apóstol también nos manda trabajar con nuestras propias manos para tener con qué ayudar a los necesitados (cf. Ep 4,28). Es claro, por tanto, que hay que trabajar, y hacerlo con diligencia. No podemos convertir nuestra vida de piedad en un pretexto para la pereza o para huir de la obligación. Todo lo contrario. Es un motivo de mayor empeño en la actividad y de mayor paciencia ante las tribulaciones, para que podamos repetir: con trabajos y fatigas, en frecuentes vigilias, con hambre y sed (2Co 11,27). Este tenor de vida no solo nos sirve para mortificar el cuerpo, sino también para demostrar nuestro amor al prójimo, y que, mediante nuestras manos, Dios conceda lo necesario a los hermanos más débiles según el ejemplo del Apóstol, que dice en los Hechos: os he enseñado en todo que trabajando así es como debemos socorrer a los necesitados (Ac 20,35); y también: para que tengáis con qué ayudar al necesitado (Ep 4,28). De esta manera, un día seremos dignos de escuchar estas palabras: venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber (Mt 25,34-35).

        ¿Hace falta insistir en que el ocio es malo, si el mismo Apóstol dice abiertamente que el que no trabaja no ha de comer? Igual que el alimento diario es necesario, también lo es el trabajo cotidiano. No en vano, Salomón ha escrito esta alabanza (de la mujer laboriosa): el pan que come no es fruto de pereza (Pr 31,27). El Apóstol dice de sí mismo: ni comimos gratis el pan de nadie, sino trabajando día y noche con cansancio y fatiga (2Th 3,8) a pesar de que, como predicador del Evangelio, tenía derecho a vivir de su predicación. El Señor unió la malicia a la pereza cuando dijo: siervo malo y perezoso (Mt 25,26). Y también el sabio Salomón, no solo alaba a quien trabaja, sino que condena al vago enviándolo junto al animal más pequeño: ¡vete donde la hormiga, perezoso!, le dice (Pr 6,6). Por tanto, hemos de temer que estas palabras nos sean dirigidas en el día del juicio, porque quien nos ha dado energías para trabajar exigirá que nuestras obras sean proporcionales a esas fuerzas. A quien mucho se le ha dado, mucho le será exigido (Lc 12,48) (...).

        Mientras movemos nuestras manos en el trabajo, debemos dirigirnos a Dios con la lengua-si es posible o útil para edificar nuestra fe-, o al menos con el corazón, mediante salmos, himnos y cantos espirituales, y así rezar también durante nuestra ocupación, dando gracias a quien pone en nuestras manos la fuerza para trabajar, da a nuestra mente la capacidad de conocer y nos proporciona la materia, tanto de los instrumentos como de los objetos que fabricamos. Y todo esto, suplicando que nuestras obras sean del agrado de Dios.

 

 

EL AYUNO

 

        A) Escogemos los pensamientos fundamentales de dos homilías del santo Doctor (cf. Ad Populum variis argumentis homiliae XIX. Homiliae I et II de ieiunio Divi Basilii Magni... omnia quae in hunc diem latino sermone donata sunt opera. Apud Philippum Nuntium Antuerpiae, MDLXVIII, p. 128).

        a) EXHORTACIÓN Entonad un canto, tocad los címbalos, la dulce citara y el arpa; haced resonar en este mes las trompetas, en el plenilunio, en nuestra fiesta (Ps 80,3-4). Nuestra pascua se acerca también y hemos de resonar las trompetas de la Escritura, que nos invitan al ayuno (uf. Hom. 1 initio). Sube a un alto monte y anuncia a Sión la buena nueva (Is 40,9). El militar arenga a sus soldados y los inflama, de tal modo que desafían a la muerte; el entrenador pone delante de sus atletas la corona del premio, y al oírle no se arredran ya por ningún esfuerzo. Dejadme a mí que os dirija la palabra para alentaros a esta batalla del ayuno, preparatorio de la gran fiesta. ¡Animo, soldados de Cristo, vamos a luchar contra las potestades invisibles! Los soldados y atletas robustecen su cuerpo para pelear. Nosotros, por el contrario, lo enflaquecemos para vencer. Lo que los masajes de aceite son para los músculos es la mortificación para el alma. El ayuno es útil en todo tiempo e impide siempre los ataques del demonio. Pero, sobre todo, se promulga por él en el orbe entero el edicto penitente. Soldados y caminantes, maridos y mercaderes, lo reciben con gozo. Nadie, pues, se excluya del censo que los ángeles van formando por las ciudades, viendo quién ayuna. ¿Eres rico? No creas al ayuno indigno de tu mesa. ¿Pobre? No digas que es el campanero eterno de la tuya. ¿Nino? ¿Qué mejor escuela? (Hom. 2). Alegrad, pues, vuestros rostros. Los histriones representan el papel de los hipócritas asumiendo el tipo de personajes que no son. No lo hagas tú; ayuna, y ayuna con alegría (Hom. 1).

        b) EJEMPLOS DE AYUNO "Todo lo que se distingue por su antigüedad es venerable". Nada más antiguo que el ayuno. En el paraíso, el pequeño precepto impuesto por Dios no consistió sino en una muestra de abstinencia (Gn 3,3). "Por no ayunar fuimos expulsados del edén; ayunemos, pues, para que se vuelvan a abrir sus puertas". Elegid entre Eva y Lázaro (Lc 16,21); la una se perdió por gula y el otro se salvo por sus privaciones. Moisés, antes de subir al monte, se preparo con un largo ayuno (Ex 24,18), y allí, mientras continuaba privado de todo alimento, Dios le fue escribiendo con su dedo los mandamientos en dos tablas. ¿Qué ocurrió entre tanto al pie del monte? Que el pueblo se sentó para comer y se levanto para jugar, y de la comida y el juego vino a caer en la idolatría. Esaú perdió la primogenitura por su ansiedad de comida (Gn 25,29-34). Samuel nació en premio de la oración y del ayuno de su madre (1S 1,10). El ayuno convirtió en inexpugnable a Sansón (Jc 13,24-25). Los profetas eran grandes ayunadores, como Eliseo, cuyo escaso y sencillo alimento en casa de la Sunamitide nos describe la Escritura (2R 4,8-10). Los jóvenes del horno y Daniel, vencedores del fuego y de los leones, dieron asimismo ejemplo de la abstinencia. El ayuno apago las llamas y cerro las fauces del león (Da 3,19ss Da 6,16-23). San Juan, el mayor entre todos los nacidos; San Pablo, que enumera el ayuno entre todos las demás sufrimientos de que se gloria... Pero ¿a qué seguir, si tenemos ahí a nuestra cabeza y Señor, que, para darnos ejemplo, ayuno cuarenta días? (Serm 1 y 2).

 

        c) EL AYUNO, ÚTIL PARA EL CUERPO Y PARA EL ALMA: No busques pretextos para excusarte, porque estás hablando con Dios, que lo sabe todo. ¿Que no puedes ayunar y, en cambio, te regalas con grandes comilonas? Mas perjudican éstas a la salud que el ayuno. El cuerpo que se embota a diario con demasiada comida, es como un buque cargado en exceso, y en peligro de hundirse al menor soplo de las olas. A juzgar por la vida de muchos, no parece sino que es más cómodo correr que descansar, luchar que vivir tranquilo, pues prefieren las enfermedades a una parquedad saludable Y si venimos al orden Espiritual, "el ayuno es quien da alas a la oración para que pueda subir al cielo; es la firmeza de la familia, la salud de la madre y el maestro de los hijos". Después de ponderar la sana alegría de una comida decerosa, tras la práctica del ayuno, porque el sol brilla más claro al cesar la tormenta, y las continuas delicias vuelven insípido al mismo placer, continua San Basilio: "Añade a todo esto que el ayuno no solo te libra de la condenación futura; sino que te preserva de muchos males y sujeta tu carne, de otro modo indómita... Ten cuidado, no sea que, por despreciar ahora el agua, tengas después que mendigar una gota desde el infierno". Vivís en la crápula y os olvidáis de alimentar el alma con los dogmas y la doctrina, "como si no supierais que vivimos en batalla perpetua y que quien abastece a una de las partes influye en la derrota de su contraria, y, por lo tanto, el que sirve a la carne aniquila al Espíritu, mientras que quien le ayuda reduce a servidumbre al cuerpo... Si quieres robustecer al alma, habrás de domar la carne con el ayuno, conforme a la sentencia del Apóstol, el cual nos enseñaba que cuanto más se corrompe el hombre exterior, más se renueva el interior... (Ep 4,22-24). ¿Quién es el que ha conseguido participar de la mesa eterna, repleta de dones espirituales, viviendo aquí en espléndida abundancia? Moisés para recibir la ley necesito del ayuno, y ni no hubieran recurrido a él los ninivitas (Jn 3,10), habrían perecido,. ¿Quiénes dejaron sus huesos en el desierto, sino los que recordaban ansiosos las carnes de Egipto?" El ayuno es el pan de los ángeles y nuestra armadura contra los Espíritus inmundos, que no son arrojados sino por él (Mt 17,20) y por la oración (Hom. 1). ¿Cuándo habéis visto que el ayuno engendre la lujuria? ¿No veis como en nuestra ciudad cesan las canciones meretricias y los bailes impúdicos en cuanto nos dedicamos a ayunar? El ayuno nos asemeja a los ángeles (Hom. 2). Pero tened cuidado de no mezclar otros vicios con vuestra abstinencia. Extiéndese aquí largamente San Basilio sobre los que ayunan, pero beben inmoderadamente, y añade: Perdonad al prójimo y componed los pleitos, no sea que ayunéis de carne y devoréis a vuestros hermanos.

 

LA TENTACIÓN


a) INTERROGATORIO 75: "¿Podemos atribuir al demonio todos los pecados, tanto de pensamiento como de palabra y de obra?"

b) RESPUESTA: "En general opino que Satanás no puede obligar a nadie a pecar, sino que, utilizando las inclinaciones de cada uno y los deseos prohibidos, consigue arrastrar a los que viven descuidados hacia las vicios que les son propios. Sírvese como de ayuda de las tendencias naturales, tal y como ocurrió con Cristo, cuando, al verlo hambriento, se le acerco para decirle: Si eres Hijo de Dios... En el caso de Judas se sirvió de los deseos perniciosos, pues al percibir su inclinación a la avaricia, le empujo a vender al Señor por treinta dineros"... "Pero es evidente también que el mal nace muchas veces de nosotros mismos, y lo atestigua Cristo cuando dijo que los pensamientos malos salen del corazón" (Mt 15,19). "El alma es como una vina, la cual, descuidada por la pereza, no produce sino abrojos" (cf. Regulae breviores, o.c., p.442).

 

EL TESORO ESPIRITUAL de SAN BASILIO EL GRANDE (329-379)

LA PERFECCIÓN CRISTIANA

EL CAMINO DE SANTIDAD DE LOS MONJES. CONSEJOS EVANGÉLICOS Y SUS VIRTUDES

 

LA PERFECCIÓN CRISTIANA

 

El amor perfecto al prójimo.
El mandamiento del amor a Dios.
El amor a Dios se profundiza en la meditación de las verdades de la fe.
La oración nos une con Dios.
La comunión del cuerpo y la sangre de Cristo da la vida eterna.
El mandamiento del amor al prójimo.
El amor al prójimo mejor se evidencia en la vida comunitaria.
La vida común corresponde mejor a la naturaleza humana.
La vida común facilita el cumplimiento de los mandamientos de Cristo.
Vida común: signo de la unidad de la Iglesia.
En la Vida común se aprovechan los carismas de los otros.
La vida común: Imitación de los primeros cristianos.
Vida común: cumplir las obligaciones en común.
Vida común: Servir a Cristo.

 

EL CAMINO DE SANTIDAD DE LOS MONJES. CONSEJOS EVANGÉLICOS Y SUS VIRTUDES


Renuncia
La pobreza evangélica.
La virginidad evangélica.
La obediencia evangélica.
La virtud de la humildad.
La virtud de la paciencia.
La virtud de la templanza.
Trabajo con sacrificio.
Proclamar la Palabra de Dios.
Ser ejemplo para el prójimo.
La luz de la fe.
La paz Espiritual.
La seguridad del premio eterno.

 

 

CIRILO DE JERUSALÉN Y SUS ENSEÑANZAS

Introducción

Escritos

Catequesis Benedicto XVI

 

 

Introducción

La enseñanza de la Religión a los adultos en el gran siglo de la patrística

Cirilo de Jerusalén

Las Catequesis

 


La enseñanza de la Religión a los adultos en el gran siglo de la patrística

        El siglo de oro de la patrística es el período comprendido entre los concilios de Nicea y Calcedonia (325-451). Es, desde luego, el período en el que la actividad literaria de los Padres de la Iglesia alcanza los mayores niveles. En parte, esa notable actividad escritora responde a las discusiones teológicas y al interés en combatir lo que la Iglesia fue calificando como herejías. También en el siglo IV se celebran los dos primeros concilios ecuménicos, el de Nicea, en el año 325, y el I de Constantinopla, en el 381. El concilio de Nicea fijo en su Credo la identidad de naturaleza (homoousia) del Hijo con el Padre: el Hijo es homoousios con el Padre, "de la misma naturaleza" que el Padre, con las características que además declara el Credo de Nicea. En la lucha contra el arrianismo se destaca sobre todo la figura de Atanasio, obispo de Alejandría. Arrio había sostenido una semejanza, pero no identidad de naturaleza entre el Hijo y el Padre. Por su parte, el Concilio I de Constantinopla (a. 381), aunque está en línea de continuidad con Nicea, desarrolla más el credo de éste, especialmente en lo referente al Espíritu Santo, la Iglesia, el bautismo, la resurrección de los muertos y la vida eterna. Por la continuidad y relación entre ambos concilios, el Credo o Símbolo que aprobó el Concilio I de Constantinopla suele ser llamado niceno-constantinopolitano y ha figurado desde entonces en la liturgia romana, la más extendida en toda la Iglesia.

        Por otra parte, en el siglo IV continúa practicando la Iglesia el bautismo de adultos, aunque sea cada vez más frecuente el bautismo de niños hijos de padres cristianos. Aunque el siglo III es la época en que alcanzo su mayor auge el catecumenado de adultos, es en el siglo IV cuando se da mayor abundancia de testimonios literarios de este tipo clásico de catequización. En realidad, junto a una incipiente decadencia en la actividad pastoral, quizá porque ya no se está en los tiempos gloriosos y heroicos de las persecuciones, se ha progresado en el estudio y la exposición teológica del cristianismo. Los siglos IV y V serán también, tanto en Oriente como en Occidente, aunque con características diferentes, la época de las mayores disputas teológicas.

        Nicea y Constantinopla elaboraron sus confesiones de fe, llamadas también símbolos. Pero junto a los símbolos de estos concilios se elaboraron también otros muchos (1), antes o después de ellos. Estos credos eran como una "regla de fe", de tal manera que quienes los profesaban podrían ser considerados cristianos en el camino adecuado: profesaban un "recto parecer" u ortodoxia. Los credos han sido siempre señas de identidad de las comunidades cristianas.

        Los credos tuvieron una extraordinaria importancia y por eso los ha conservado la Iglesia. Al tratarse de formulaciones muy ajustadas, expresaban con una precisión terminológica típicamente griega especialmente lo que se refiere a la ontología de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. A estos se fueron añadiendo otras afirmaciones, que también formaban parte del depósito de la fe, sobre la Iglesia, el bautismo y la segunda venida de Cristo. De la importancia de las afirmaciones de los símbolos de la fe pueden darse algunas explicaciones breves. Si, por ejemplo -por mencionar lo fundamental de las afirmaciones de Nicea-, se afirmara que Cristo no es de la misma naturaleza o sustancia que el Padre (los latinos, con total exactitud, tradujeron en seguida "consustancial al Padre"), se admitiría un estado de subordinación y de dependencia como creatural del Hijo al Padre que haría que Jesucristo no fuera en realidad el Hijo de Dios, salvador y redentor del hombre, sino a lo sumo un instrumento que Dios utiliza o quizá como una especie de Dios de segunda categoría, todo lo cual llevaría al absurdo de destruir el cristianismo. Por otra parte, y por motivos semejantes, fue necesario añadir enseguida al Credo un tercer artículo sobre el Espíritu Santo.

        Pero no se trata de explicar ahora todos los detalles. Si es necesario decir que, en el conjunto del catecumenado y de las catequesis conducentes al bautismo, la praxis de la Iglesia llevó a ésta a hacer entrega, traditio, del Credo, traditio Symboli, a los que pedían el bautismo. En esta entrega del Credo se le confiaba al catecúmeno, cuando ya faltaba poco para el bautismo, el Símbolo (o contenido, que es lo que originariamente significa la palabra) de la fe. Esta entrega de la fe de la Iglesia se hacía durante la cuaresma y terminaba con la devolución, redditio Symboli que terminaba pocos días antes de la Pascua con la profesión pública de la fe cristiana. En la Pascua recibían el bautismo y la unción del Espíritu Santo (la confirmación) los catecúmenos que habían profesado su fe mediante el Símbolo.

        Lógicamente en esa misma celebración se incorporaban plenamente a la Eucaristía, más allá de la escucha de la palabra de la Escritura proclamada (lo que posteriormente se llamo "Misa de los catecúmenos" y a la que antes del bautismo ya podían asistir éstos). Con el bautismo recibido en la Pascua se les abría a los recién bautizados, neófitos, la puerta para participar en toda la liturgia.

        Todo el periodo enmarcado por la traditio y la redditio Symboli estaba ocupado por una intensa etapa de catequización. En las catequesis de san Cirilo de Jerusalén, la primera de ellas, Procatequesis, y las dieciocho siguientes, son catequesis sobre el Credo y van recorriendo cada uno de sus artículos. Se añaden después cinco catequesis mistagógicas, de las que luego se hablara, pronunciadas ante los recién bautizados en la semana de Pascua.



Cirilo de Jerusalén

        Cirilo de Jerusalén, declarado doctor de la Iglesia en 1882, fue obispo de la ciudad durante un largo periodo. Nació hacia el año 314 en Jerusalén o en sus alrededores. Fue hombre de amplia cultura, como manifiesta el uso que hace del lenguaje, de la filosofía y de sus conocimientos -en los moldes de la época- de ciencias naturales. Debió estar muy bien dotado para la oratoria. La obra más conocida suya son precisamente estas Catequesis, pronunciadas en Jerusalén el año 347 o 348. Entre estas fechas y el año 351 debe colocarse su ordenación como obispo de Jerusalén, de modo que no se sabe con certeza si las catequesis las impartió siendo ya obispo o solo presbítero.

Pero desde algún momento próximo al año 350 y hasta su muerte, el 18 de marzo del 387, ocupó la sede episcopal de Jerusalén. Sin embargo esos casi cuarenta años fueron con frecuencia agitados en la vida y el ministerio de Cirilo. Se dieron, en efecto, varias circunstancias complejas: recibió la ordenación episcopal del obispo arriano de Cesarea, Acucio, lo que a algunos les despertó la sospecha de arrianismo en su persona. El texto de las Catequesis, como podrá observarse, anula estas sospechas, pero hubo quienes se sintieron fuertes en ellas por cuanto Cirilo no menciona en las catequesis a Arrio ni utiliza el célebre adjetivo homoousios tan característico de Nicea. Los conflictos, por otra parte, se desataron entre el mencionado Acacio y Cirilo. Un sínodo de Jerusalén le depuso en el 357. Rehabilitado en el 359, fue desterrado una segunda vez, por obra de Acacio, en el 360. Un par de años después pudo de nuevo a Jerusalén, donde reanudo sus tareas hasta que en el año 367 fue enviado por el emperador Valente al destierro por tercera vez. Solo once años más tarde, en el 379, bajo el emperador Teodosio, pudo volver de nuevo a Jerusalén, donde ya desarrollo el ministerio hasta su muerte en el 387. El año 381 había participado en el concilio I de Constantinopla.


Las Catequesis

No estamos ante un teólogo creativo, sino ante un catequista, un excelente expositor y un divulgador de la conciencia dogmática de la Iglesia en la época de las catequesis catecumenales. Se trata, en primer lugar, de catequesis sobre el Credo, utilizándose el que parece haber estado en uso en Jerusalén, que también se reproduce tras la catequesis V. Es, en general, el orden de las afirmaciones del Símbolo el que señala la temática de las catequesis. La Procatequesis y las catequesis I-III ponen a los oyentes ante la situación en que se encuentran, disponiéndose de manera ya muy próxima a la recepción del bautismo y como quienes tendrán que hacer antes profesión publica de su fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Una visión de conjunto de las creencias cristianas la da, por otra parte, la Catequesis IV, sobre los "diez dogmas". En ella la concepción virginal de Cristo, su resurrección, el juicio venidero, lo referente a cuerpo y alma y la resurrección de los muertos, además del valor de la Sagrada Escritura, completan lo que en las catequesis VI-XVII será la imagen cristiana del Dios en el que se cree. Dos catequesis, XVI y XVII, se dedican al Espíritu Santo. La XVIII expone la resurrección de los muertos y la vida eterna. Las Catequesis de Cirilo son un indicador muy preciso del desarrollo alcanzado a mediados del siglo IV por la conciencia dogmática
 eclesial. En esa época la Iglesia articula perfectamente, ya desde Nicea como igualmente lo hará con algo más de detalle en I Constantinopla, los enunciados de una fe que con el desarrollo de la teología se ha sabido objetivar a sí misma y ha sabido dar cuenta de por qué los acontecimientos de la salvación, a partir de la Escritura y de la predicación, han sido y son de una manera determinada. Por otra parte, las cinco últimas catequesis son mistagógicas, es decir, conducen a la comprensión de los "misterios" (sacramentos) que los recién nacidos a la nueva vida, "neófitos", acaban de vivir de modo efectivo al recibirlos en la celebración de la Pascua. Las cinco catequesis mistagógicas están dedicadas a Bautismo, Confirmación y Eucaristía, que configuran la iniciación cristiana. Constituyen estas catequesis un valiosísimo testimonio litúrgico.

En su conjunto, pues, esta obra de Cirilo constituye uno de los documentos catequéticos más importantes de la época patrística. Dada la importancia que tuvo el desarrollo de los distintos Credos, pero que fueron idénticos en lo esencial, es muy lógica la estructura general de las Catequesis que aquí se encontraran. Por otra parte, es sorprendente el detalle con que se cita la Escritura. La excelente trabazón del desarrollo argumental, aunque a veces lleve a Cirilo a ciertas digresiones quizá no necesarias, permite percibir una extraordinaria agilidad en el manejo de la Escritura. Tal vez un lector que conozca a fondo la teología de Pablo y sus ejes centrales: el cristocentrismo, la antropología cristiana, el pecado y la gracia, fe y justificación, etc., eche de menos una mayor influencia del Apóstol en las exposiciones de Cirilo. Pero es que Cirilo es más bien un testigo de hasta donde había llegado la conciencia dogmática de la Iglesia, en la cual había sido necesario consumir demasiadas energías en las disputas cristológicas y trinitarias.

Por último, algunas observaciones sobre la presente edición. No es necesario decir que los epígrafes no pertenecen al texto de las Catequesis. Por otra parte, se han introducido muchas notas explicativas, de desigual extensión pero en cualquier caso muy frecuentes. En algunas ocasiones tienen carácter filológico, pero más a menudo se refieren al contenido.

El trabajo de traducción se ha hecho sobre la versión latina, publicada junto con el original griego en el volumen 33 de la Patrologia graeca de Migne, (a menudo se citara: PG 33, mas la indicación de la correspondiente columna). Se ha procurado, sin embargo, tener presente el texto griego cuando la versión latina, por lo demás excelente, perdía algún matiz. Se han tenido también en cuenta las observaciones que con frecuencia se encuentran en el Migne sobre el estado de textos y códices. Conviene tener en cuenta que el original fue propiamente transmitido de modo oral. Los taquígrafos, como es frecuente en las piezas de oratoria clásica, copiaban lo mejor que podían lo que estaba pronunciándose en un estilo muy vivo, directo y, en ocasiones, en cierto modo coloquial.

En cuanto a las citas bíblicas, se ha procurado seguir el texto de la versión castellana de la Biblia de Jerusalén. Han sido también con frecuencia muy útiles, e incluso en ocasiones se han citado literalmente, las notas de esa misma Biblia. A veces, sin embargo, sobre todo en pasajes del Antiguo Testamento, el recurso de Cirilo a la versión griega de los LXX hacia inevitable traducir de acuerdo con esa versión. No obstante, en bastantes casos se han mantenido los textos traducidos por la Biblia de Jerusalén desde el original hebreo. Para las referencias de siglas, capítulos y versículos han sido utilísimos los datos, en general muy precisos, contenidos en la edición de la Patrología graeca.

Notas

(1) Cf. S. SABUGAL, Credo. La fe de la Iglesia. El símbolo de la fe: Historia e interpretación. Zamora (Ediciones Monte Casino), 1986 J.N.D. KELLY, Primitivos credos cristianos, Salamanca, Secretariado Trinitario, 1980.

 



San Cirilo de Jerusalén
CATEQUESIS DE NUESTRO PADRE SAN CIRILO, ARZOBISPO DE JERUSALÉN
 

PROCATEQUESIS
CATEQUESIS I, INVITACIÓN AL BAUTISMO
CATEQUESIS II, INVITACIÓN A LA CONVERSIÓN
CATEQUESIS III, EL BAUTISMO
CATEQUESIS IV: LOS DIEZ DOGMAS
CATEQUESIS V, LA FE
SÍMBOLO JEROSOLIMITANO
CATEQUESIS VI, El SEÑORÍO DEL DIOS ÚNICO
DIOS PADRE
CATEQUESIS VIII, OMNIPOTENCIA Y PROVIDENCIA DE DIOS
CATEQUESIS IX, DIOS CREADOR DE TODAS LAS COSAS
CATEQUESIS X, UN SOLO SEÑOR JESUCRISTO
CATEQUESIS XI, EL HIJO UNIGÉNITO DE DIOS
CATEQUESIS XII, LA ENCARNACIÓN DE CRISTO
CATEQUESIS XIII, CRISTO CRUCIFICADO Y SEPULTADO
CATEQUESIS XIV, RESURRECCIÓN Y ASCENSIÓN DE JESUCRISTO
CATEQUESIS XV, LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO
CATEQUESIS XVI, EL ESPÍRITU SANTO (I)
CATEQUESIS XVII, EL ESPÍRITU SANTO (II)
CATEQUESIS XVIII, LA RESURRECCIÓN UNIVERSAL, LA IGLESIA CATÓLICA, LA VIDA ETERNA
CATEQUESIS XIX, (MISTAGÓGICA I)
CATEQUESIS XX, (MISTAGÓGICA II)
CATEQUESIS XXI, (MISTAGÓGICA III)
CATEQUESIS XXII, (MISTAGÓGICA IV) aqui
CATEQUESIS XXIII, (MISTAGÓGICA V)
 

 

 

 

 

PROCATEQUESIS

No ir al bautismo solo por curiosidad
Entrar al banquete con el vestido apropiado
Disponerse rectamente
La misma Iglesia purificará tu intención
CATECÚMENO: Considera con qué dignidad te regala Jesús.
Solo hay un bautismo
Buena disposición de ánimo
Perseverancia en las catequesis
La exposición será progresiva
Guardar el secreto de lo que se escucha
Estar atentos a todos los detalles
Mantener el interés
Exhortación al proceso en el que se va a entrar


 

Procatequesis, o palabra previa a las catequesis, de nuestro santo Padre Cirilo, arzobispo de Jerusalén

1. Ya exhaláis, iluminados (1), el olor de la felicidad. Son ya flores de mayor calidad las que buscáis para tejer las coronas celestes. Ya despedís la fragancia del Espíritu Santo. Estáis ya en el vestíbulo del palacio real: ¡Ojala seáis también introducidos por el mismo Rey! Brotaron ya las flores de los árboles: esperemos que se dé también el fruto maduro.

Anteriormente habéis dado el nombre (2), ahora se os llama a la milicia. Tened en las manos las lámparas para salir a buscar a la esposa: tenéis el deseo de la ciudad celeste, el buen propósito y la lógica esperanza. Pues es veraz el que dijo: "A los que aman a Dios todo les contribuye al bien" (3). Pues Dios es generoso para hacer el bien y, por lo demás, espera la sincera voluntad de cada uno; por eso añade el Apóstol: "A aquellos que han sido llamados según su designio". Cuando existe un propósito sincero, hace que seas llamado; pero si solo tienes dispuesto el cuerpo, pero estás ausente con la mente, perderás el tiempo.

No ir al bautismo solo por curiosidad

2. Al bautismo se acercó también en cierta ocasión Simón Mago, pero no se sintió iluminado: y realmente bañó su cuerpo en el agua, pero no dejó que el Espíritu iluminase su corazón; el cuerpo bajó a la piscina; pero el alma no quedó sepultada con Cristo ni resucitó juntamente con él. Pongo este caso como ejemplo para que tú no caigas. Pues todo esto les sucedía a ellos en imagen (4) y ha sido escrito para enseñanza de los que viven hasta el día de hoy. Que nadie de vosotros se vuelva intrigante con las cosas de la gracia para que no le turbe ningún germen de amargura. Que nadie de vosotros entre diciendo: veamos qué hacen los fieles; una vez dentro, veré lo que hacen. ¿Es que crees que veras sin que tú seas visto? ¿O es que piensas que te enteraras de lo que allí se hace, pero que Dios no escrutara tu corazón?

Entrar al banquete con el vestido apropiado

3. Se cuenta en los evangelios que alguien fue a curiosear en unas bodas, pero entró con un vestido inapropiado, se acomodó y comió. El esposo lo había permitido. Pero al ver las vestiduras blancas de todos, lo oportuno hubiera sido vestirse del mismo modo. Y realmente tomaba los mismos alimentos que los demás, pero se diferenciaba en el vestido y en la intención. Entonces el esposo, aunque magnánimo, era hombre de criterio. Y al dar una vuelta contemplando a cada uno de los comensales, ponía su atención no en el hecho de que comían sino en el modo de comportarse. Al ver a un extraño vestido con traje que no era de fiesta, le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado hasta aquí?" (5) ¿Con qué vestido? ¿con qué conciencia? Pase que el portero no te lo haya prohibido por la liberalidad del dueño. Pásese también por alto que ignorabas con qué vestido era preciso entrar al banquete. Pero, una vez dentro, viste los vestidos resplandecientes de los comensales. ¿No debías haber aprendido de tus propias observaciones? ¿No debiste entrar del modo adecuado para poder salir también adecuadamente? Pero entraste de manera intempestiva y fuiste también intempestivamente expulsado. (El dueño) ordena a sus servidores: "Atadlo de pies", pues con ellos entró temerariamente; "atadlo de las manos", con las que no supo ponerse un vestido resplandeciente, y "arrojadlo a las tinieblas exteriores", pues es indigno del banquete nupcial. Ves lo que le sucedió a aquel hombre; mira, pues, con cautela por tus cosas.
 


Disponerse rectamente

4. De hecho nosotros somos ministros de Cristo y acogemos a cualquiera y, haciendo las veces de portero, franqueamos la entrada. Puede ser que entres con un alma de pecador manchada en fango. Entraste, fuiste admitido, tu nombre quedo inscrito ¿Te das cuenta del aspecto venerable de la Iglesia? ¿Ves el orden y la disciplina? ¿Ves la lectura de las Escrituras canónicas, el constante recuerdo de las personas señaladas en los catálogos eclesiásticos, el orden y la formalidad en la enseñanza. Deben instruirte tanto el respeto al lugar como la contemplación de lo que ves. Mejor si ahora sales oportunamente, para luego entrar en un momento mucho más oportuno. Si ahora entraste con el vestido interior de la avaricia, deberás volver a entrar con otro; despójate y no te cubras con el vestido que llevaste. Desvístete, te ruego, del libertinaje y la inmundicia y cúbrete con la estola resplandeciente del pudor. Yo te lo advierto antes de que entre el esposo de las almas, Jesús, y examine las vestiduras. Tienes tiempo a tu disposición: se te concede la penitencia de los cuarenta días; tienes una grandísima oportunidad de desvestirte y lavarte, y de vestirte de nuevo y entrar. Pero si te mantienes en el mal propósito de tu alma, la culpa no será de quien te esta advirtiendo: no esperes recibir la gracia. Te recibirá el agua, pero no te acogerá el Espíritu. Quien se haga consciente de su propia herida, recibirá un bálsamo; si alguno esta caído, se levantara. Que nadie sea entre vosotros como el mencionado Simón, que no haya simulación alguna, ni interés en averiguaciones inoportunas.
 


La misma Iglesia purificará tu intención

5. Es posible que te guie también otro pretexto. Alguna vez sucede que un hombre viene aquí para granjearse el amor de una mujer o algo semejante: y también puede decirse lo mismo a la inversa. Igualmente, tal vez es el siervo el que ha querido agradar a su amo, o un amigo a su amigo. Pero acepto la atracción de este cebo y te acojo, aunque vengas con una intención torcida, con la buena esperanza de que te salves. Acaso no sabias a donde venias ni cual era la red que te cogía. Caíste en las redes de la Iglesia: con vida serás cogido; no huyas; es Jesús quien te ha echado el anzuelo, y no para destinarte a la muerte, sino para, entregándote a ella, recobrarte vivo: pues es necesario que tu mueras y resucites, si es cierto lo dicho por el Apóstol: "Muertos al pecado, pero vivos para la justicia" (7). Muere a los pecados y vive para la justicia; hazlo desde hoy.



6. CATECÚMENO: Considera con qué dignidad te regala Jesús.

Te llamaban catecúmeno porque en ti resonaba el eco de una campana exterior: oías en esperanza, pero no veías (8), oías los misterios, pero sin comprenderlos; oías las Escrituras, aunque sin entender su profundidad. Ya no es necesario hacer que nada resuene en tus oídos, pues solo existe el sonido interior a ti: pues el Espíritu que habita en ti (9) hace de tu corazón una morada divina.

Cuando oigas lo que está escrito de los misterios, entenderás lo que ignorabas. Y no creas que lo que recibirás es de escaso valor. Pues siendo tú un hombre miserable, será Dios quien te pondrá nombre. Escucha a Pablo cuando dice: "Fiel es Dios" (10). Oye el otro pasaje de la Escritura: "Dios fiel y justo" (11). Viendo esto anticipadamente, el salmista dijo de parte de Dios y previendo que los hombres recibirían de Dios un nombre: "Yo dije: dioses sois e hijos todos del Altísimo" (12). Pero guárdate de llevar un nombre insigne con un propósito torcido. Has entrado en la lucha, soporta el esfuerzo de la carrera; no dispones de otra oportunidad semejante (13). Si lo que se te propusiese fuese la fecha de la boda, ¿acaso no te ocuparías en la preparación del banquete dejando otras cosas? ¿Serás capaz de ocuparte de lo corporal, olvidándote de lo Espiritual, justo cuando estas preparando tu alma para consagrarla al esposo celestial?
 


Solo hay un bautismo

7. No es posible recibir el bautismo (14) una segunda o tercera vez, pues si así fuese, se Podría decir: lo que salió mal una vez, lo arreglaré en otra ocasión. Pues si una vez salió mal, la cosa no admite arreglo (15), pues "uno es el Señor, una es la fe y único el bautismo" (16). Solo los herejes son bautizados de nuevo cuando en realidad no se hubiese dado este bautismo.



Buena disposición de ánimo

8. Pero Dios pide de nosotros otra cosa que una buena disposición de ánimo. No digas: ¿Cómo se me perdonaran los pecados? Te respondo: con que quieras y creas. ¿Qué hay que sea más sencillo que esto? Pero si tus labios expresan el deseo, pero no lo expresa tu corazón, sábete que el que puede juzgar es conocedor de los corazones. Abandona desde este día toda maldad; que no profieras palabras gruesas con tu lengua; que no peque más tu ojo ni vague tu pensamiento entre realidades vanas.


Perseverancia en las catequesis

9. Estén prontos tus pies para las catequesis. Recibe con buen ánimo los exorcismos: al ser insuflado o exorcizado, que ello te sirva para la salvación. Piensa que el oro es algo infecto y adulterado, mezclado con diversas materias como el cobre, el hierro y el plomo (17). Lo que deseamos es oro solo, pero sin el fuego no puede ser expurgado de los elementos ajenos mezclados con él: así, el alma no puede ser purificada sin los exorcismos que son de origen divino y deducidos de las Escrituras. Tu rostro fue cubierto con un velo para que tu mente pudiese estar más atenta y para que tu mirada dispersa no hiciese que también se distrajese tu corazón. Pero aunque los ojos estén velados, nada impide que los oídos reciban la ayuda de la salvación. Pues como los que expurgan el oro soplando al fuego con finos instrumentos funden el oro que está dentro del crisol, y al avivar la llama consiguen mejores resultados (18), así los exorcizados expulsan su temor gracias al Espíritu divino y hacen revivir su alma alojada en su cuerpo como en un crisol. De ese modo huye el diablo hostil, pero se asienta la salvación y permanece la esperanza de una vida eterna. El alma, liberada del pecado, obtiene la salvación. Permanezcamos, pues, en la esperanza, hermanos; esforcémonos y esperemos para que el Dios de todas las cosas, viendo el propósito de nuestra mente, nos limpie de los pecados, nos permita esperar lo mejor de nuestras cosas y nos conceda una saludable penitencia. Dios es el que ha llamado y tu el que has sido llamado.

10. Persevera en las catequesis: Aunque nuestra oratoria posterior será más amplia, que tu animo no decaiga nunca. Pues recibirás armas contra los poderes enemigos; recibirás armas contra los herejes, los judíos, los samaritanos y los gentiles. Tienes múltiples enemigos: recibe dardos múltiples, pues contra muchos habrás de luchar; has de aprender como vencer al griego, como luchar contra el hereje, contra el judío y contra el samaritano (19). Las armas están preparadas, y está plenamente dispuesta la espada del Espíritu (20). Las manos deben luchar valerosamente para combatir la batalla del Señor, para vencer a las potestades que se oponen, para que permanezcas invicto de todas las asechanzas de los herejes.



La exposición será progresiva

11. Pero te doy un consejo. Aprende lo que se diga y guárdalo para siempre. No creas que éstas son las homilías acostumbradas: son de calidad y dignas de fe. Pero si en ellas hay en un día determinado algo que no se dice, lo aprenderemos al día siguiente. Pero la doctrina, ordenadamente expuesta, acerca del bautismo de la regeneración (21), ¿cuándo se transmitirá otra vez si hoy se descuida? Piensa que es tiempo de plantar árboles; si no cavamos y penetramos hasta el fondo, ¿cuándo será posible plantar otra vez de modo correcto lo que ya en una ocasión se ha plantado mal? Piensa que la catequesis es un edificio; si no cavamos y ponemos los cimientos, y si no se traba ordenada y adecuadamente la estructura de la casa, de modo que nada quede suelto o cortado y el edificio se convierta en ruinas, todo el trabajo realizado será inútil. Conviene poner ordenadamente una piedra junto a otra y situar un ángulo frente a otro; al suprimir los salientes, surgirá un edificio proporcionado. Del mismo modo, te traemos hasta aquí como las piedras de la ciencia: habrá que oír lo que se refiere al Dios vivo; lo que se refiere al juicio; es necesario oír acerca de Cristo y acerca de la resurrección. Se dicen también ordenadamente otras muchas cosas que ahora (22) se mencionan de modo disperso, pero que se expondrán en su lugar adecuado. Estas cosas debes entenderlas unitariamente, relacionando en la memoria afirmaciones anteriores y posteriores. En caso contrario, el arquitecto construirá bien, pero el edificio será frágil y a punto de caer.



Guardar el secreto de lo que se escucha

12. Cuando se dé una catequesis, si un catecúmeno te pregunta qué han dicho los doctores, no cuentas nada al exterior (23). Es el misterio y la esperanza de la vida futura lo que te transmitimos. Guárdale el secreto a aquél que te da sus dones. Que nadie te diga nunca: ¿qué mal te causa esto si también yo lo habré de aprender? Porque también los enfermos suelen pedir vino; pero si se les da cuando no se debe, se les ocasiona un delirio, con lo que se origina un doble mal: muere el enfermo y se critica al médico. Lo mismo sucede al catecúmeno que oye de quien tiene fe en los misterios: el delirio lo padece el catecúmeno (pues al no conocer lo que ha oído, lo denigra haciéndolo objeto de burla), pero a la vez el fiel es condenado como traidor. Tú ya estás en la divisoria (24); procura no hablar de modo temerario. No es que lo que se dice sea indigno de ser contado, sino que ciertas cosas no deben ser confiadas a algunos. También tú fuiste catecúmeno, y no te contaba lo que yo aquí decía; cuando conozcas por tu experiencia la sublimidad de lo que se enseña, entonces entenderás claramente que los catecúmenos no deben oír todavía todo eso.



Estar atentos a todos los detalles

13. Todos los que os habéis inscrito habéis sido engendrados como hijos e hijas de una misma madre (25). Cuando entréis poco antes del momento de los exorcismos, hable cada uno de vosotros lo referente a la piedad. Y mirad si falta alguno de vosotros. Cuando se te invita a un banquete, ¿es que no esperaras a quien está invitado juntamente contigo? Y si tienes un hermano, ¿acaso no buscaras lo que es bueno para ese hermano? No indagues después lo que no te atañe, ni te intereses por lo que sucede en la ciudad o en el pueblo, ni por lo que hacen el emperador, el obispo o el presbítero. Mira hacia arriba: es lo que pide tu "kairos" (26). ¡Basta ya; sabed que yo soy Dios! (27). Si ves a algunos fieles ociosos y libres de preocupaciones, es porque se sienten seguros, son conscientes de lo que han recibido y tiene la gracia consigo. Tu estas todavía en la duda de si serás o no admitido; no imites a los despreocupados (28), pues no debes abandonar el temor.

14. Cuando se haga el exorcismo, mientras se acercan los que han de recibirlo, estén juntos los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres. Hago referencia con esto al arca de Noé, en la cual estaban Noé y sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos (29). Y aunque una era el arca, con su puerta cerrada, todo se dispuso con decencia. Igualmente, aunque la iglesia esté cerrada y todos vosotros dentro, esté todo separado para que estén los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres, de modo que lo que quiere ser ayuda para la salvación no se convierta en ocasión de perdición. Pues aunque sea hermoso sentarse unos junto a otros, debe quedar lejos el peligro de turbación. Y entonces, sentados los hombres, tengan algún libro útil en las manos. Que uno lea y el otro escuche. Si no tienen libro, uno ore y el otro hable algo útil. Esté también agrupado el conjunto de las vírgenes, que deben salmodiar o leer, pero en silencio: deben hablar los labios, pero no debe llegar la voz a oídos ajenos. No tolero que la mujer hable en la asamblea (30). y la casada actúe también de modo semejante: que ore y mueva sus labios, pero no se oiga su voz, imitando lo dicho por Samuel de que del alma estéril brote la salvación de Dios benévolos (31), pues a eso es a lo que se refiere Samuel.



Mantener el interés

15. Veré el interés de cada hombre y la piedad de cada mujer. Inflámese la mente de piedad, puesto que cada alma será moldeada. Humíllese y macháquese la dureza de la infidelidad, despréndanse las escorias superfluas del hierro quedando solo lo que es puro: que se pierda la herrumbre para que aparezca el material noble. Que Dios os muestre en alguna ocasión aquella noche y las tinieblas convertidas en luz de las que se dice: "Ni la misma tiniebla es tenebrosa para ti, y la noche es luminosa como el día" (32). A cada uno de vosotros se le abrirá entonces la puerta del paraíso (33). Entonces gozaréis de las aguas llenas de fragancia y que os traen a Cristo. Que percibáis entonces la llamada de Cristo y la fuerza de las realidades divinas (34). Mirad ya ahora hacia arriba con los ojos abiertos de la mente: contemplad en vuestro animo los coros de los ángeles, al Padre señor de todas las cosas en su trono, al Hijo unigénito sentado con él a su derecha y al Espíritu presente junto a ellos, y a los tronos y dominaciones como siervos. E imaginad que cada uno de vosotros ya haya conseguido la salvación. Vuestros oídos lo habrán escuchado: desead oír aquella voz hermosa con que os aclamaran los ángeles al recibir vosotros la salvación: "¡Dichoso el que es perdonada su culpa, y le queda cubierto su pecado! (35). Entraréis entonces como astros de la Iglesia resplandecientes en vuestro cuerpo y en vuestra alma.



Exhortación al proceso en el que se va a entrar

16. Y realmente es algo grande el bautismo de que hablamos: rescate de los cautivos, perdón de los pecados, muerte del pecado, nuevo nacimiento del alma, vestidura luminosa, santo sello imborrable (36), vehículo al cielo, delicias del paraíso, medio para el reino, don de la adopción como hijos. Por lo demás, ten en cuenta que el dragón observa junto al camino a quienes pasan: procura que no te muerda por tu infidelidad; él ve a los muchos que se salvan y busca a quien devorar (37). Te acercas al Padre de los Espíritus (38), pero es necesario pasar por aquel dragón. ¿Cómo le evitaras? Calza tus pies con el celo por el evangelio de la paz (39), para que, aunque te clave el diente, no te hiera: ten la fe en tu interior y una esperanza firme. Cálzate bien para que entres hasta el Señor aunque el acceso esté ocupado por el enemigo (40). Prepara tu corazón para recibir la enseñanza y para la participación en los santos misterios. Ora frecuentemente para que Dios te regale con los misterios celestes e inmortales, y no le dejes ni de día ni de noche. Y cuando el sueño se aparte de tus ojos, que tu mente se ocupe en la oración. Si ves que algún torpe pensamiento asalta tu alma, que te ayude la idea del juicio, que te recordará la salvación; ten ocupada tu mente en aprender para que olvide los pensamientos depravados. Si ves a alguien diciéndote: ¿Entraras allí para bajar al agua? ¿Acaso no tiene baños la nueva ciudad? (41), sábete que el dragón marino maquina estas cosas contra ti (42); no atiendas a las voces de quienes te hablen, sino al Dios que actúa (43). Guarda tu alma para que no puedas ser cogido por artimañas, de modo que, manteniéndote en la esperanza, llegues a ser heredero de la salvación eterna.

17. En verdad anunciamos y enseñamos estas cosas en cuanto hombres: no construyáis este edificio nuestro con heno, pajas y rastrojos, para evitar sufrir daño si llega a arder. Haced la obra con oro, plata y piedras preciosas (44). Yo te lo digo, pero es a ti a quien toca poner manos a la obra, que es Dios quien debe rematarla. Afirmemos nuestra mente, pongamos en tensión nuestra alma, preparemos el corazón: nos va en ello la vida, pues esperamos las realidades eternas (45). Pero poderoso es Dios (que ha escrutado vuestros corazones y ha percibido quién es veraz y quién es falso) como para proteger al sincero y hacer fiel al hipócrita y al simulador. Pues Dios puede hacer fiel al infiel con tal de mostrarle el corazón.

Que sea él quien borre el protocolo que existe contra vosotros (46) y que se olvide de vuestros anteriores delitos, alistándoos en la Iglesia y haciéndoos soldados suyos mientras os cine las armas de la justicia: que os llene de las realidades celestiales de la nueva Alianza y os conceda eternamente el sello imborrables (47) del Espíritu Santo: en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos (48). Amén.

Notas

(1) Se prefiere la traducción "iluminados", los que han de ser iluminados, por responder al sentido de la expresión griega, ser traducción literal de la versión latina y referirse de hecho a quienes con el bautismo en la próxima Pascua habrían de recibir la máxima iluminación de su vida. La expresión es frecuente entre los Padres para designar a quienes recibirían en pocas semanas (por ejemplo, en la siguiente Pascua) el bautismo.

(2) Referencia a la inscripción del nombre, requisito previo al comienzo de las catequesis cuaresmales sobre el credo.

(3) Cf. Rm 8,28.

(4) 1Co 10,6.

(5) Mt 8,28.

(6) Mt 22,13.

(7) Cf. Rm 6,11.

(8) El original griego es más expresivo, pero la traducción necesariamente ha de traicionar el sentido exacto. El griego "catecúmeno" viene del también griego "echos", eco. En realidad, semánticamente, catecúmeno es aquél en quien se hace resonar un eco. Catequesis, sustantivo abstracto, es la acción de que algo resuene en el interior del oyente. La resonancia es aquí la del anuncio del mensaje de la salvación en Jesucristo.

(9) Cf. Rm 8,9.

(10) Cf. 1Co 1,10.

(11) Dt 32,4.

(12) Ps 82,6.

(13) Como "oportunidad" se traduce kairos; el tiempo oportuno de la salvación (2Co 6,2). Con ello, el periodo catequético a que se va a dar comienzo es presentado como una extraordinaria posibilidad de salvación para el catecúmeno.

(14) Bautismo, griego aquí loutron, lavado.

(15) Con todo esto la afirmación fundamental es que el bautismo no puede repetirse.

(16) Ep 4,5

(17) Cf. Ez 22,18.

(18) Cf. catequesis 16, n. 18; cf. infra, núm. 15.

(19) Las cuatro clases de enemigos representan maneras diferentes de oponerse religiosamente o ideológicamente a la verdad del Evangelio.

(20) Cf. Mt 26,41 Ep 6,17.

(21) peri toû loutroû tês palingenesias, liter. "acerca del lavado de la regeneración" o, quizá incluso mejor, acerca del "nuevo nacimiento" o del "nuevo ser dado a luz". Por primera vez en las catequesis se afirma que el bautismo es un lavatorio en el que el hombre nace de nuevo.

(22) En las homilías de costumbre mencionadas más arriba.

(23) Cf. cat. 5,12 y cat. 6,29. Cirilo considera que es muy distinta la situación del catecúmeno y del iluminando. Se trata, de acuerdo con lo que se dijo en la introducción, de una etapa diferente, pues en el plazo que va desde el comienzo de la cuaresma hasta el tiempo pascual fueron pronunciadas estas catequesis, que intentan proporcionar una vivencia (y un conocimiento) de los misterios más íntimos de la fe. La imposición de no contar nada fuera no hace más que poner en práctica la disciplina del arcano. En el fondo se admite que incluso quien está comenzando a ser catequizado de cara a la iniciación cristiana, no es capaz de asimilar vitalmente en este momento lo que será el contenido de las catequesis de esta última cuaresma y del tiempo pascual.

(26) Cf. más arriba, nota 13, Cf. además sobre el kairos los vocabularios y manuales de teología bíblica.

(27) Sal 26,11.

(28) Cirilo es plenamente consciente de que el que dejara de ser catecúmeno y pasara al grupo de los que tienen fe es mucho lo que se está jugando. Una vez que uno es "fiel" (tiene fe), puede descansar en esa fe. Pero el que no ha recibido el bautismo no debe vivir en la despreocupación. La edición de Migne PG 33,354, nota 9, comenta: "No culpa Cirilo a los fieles porque estén sin preocupaciones. Dice solamente que, una vez recibido el bautismo, están ya libres de la preocupación que acerca de su futuro debe existir en el todavía no bautizado".

(29) Cf. Gn 7,9.

(30) Cf. 1Tm 2,12 1Co 14,34.

(31) Referencia al episodio de la suplica de Ana, 1S 1,10ss.

(32) Ps 139,12.

(33) Vid., cat. 19, n. 9.

(34) Vid. cat. 3, núms. 3 y 13.

(35) Ps 32,1. Cf. Ps 65,3-4: "Hasta ti toda carne viene con sus obras culpables; nos vence el peso de nuestras rebeldías, que tu las borras".

(36) Por "sello" se traduce la expresión griega sfragis, de donde los teólogos deducirán más tarde la doctrina del "carácter" sacramental, que expresa, aplicado al bautismo y con los matices propios de este sacramento, que quien se hace bautizar es propiedad de aquel que le ha sellado, Jesucristo. Con el "carácter" se expresa también una garantía de la salvación recibida en el bautismo. Cf. al respecto, además de los tratados sobre los sacramentos del bautismo, confirmación y orden, también los diccionarios bíblicos: art. Sello, en X. LEON-DUFOUR, Vocabulario de teología bíblica, Barcelona, ed. revisada, 1973, 841-842.

(37) Cf. 1P 5,8.

(38) He 12,9 contrapone, todo el versículo, la situación anterior al encuentro con Jesucristo, que supuso el comienzo del catecumenado, y la nueva realidad en que se está a punto de entrar al culminar la iniciación cristiana: "Además, teníamos a nuestros padres según la carne, que nos corregían, y les respetábamos. ¿No nos someteríamos mejor al Padre de los Espíritus para vivir?" Cf. Nb 27,16 2M 3,24 habla de Dios como "el Soberano de los Espíritus y de toda Potestad".

(39) Cf. Ep 6,15 (y su contexto).

(40) Cf. cat. 1, núm. 5.

(41) Se refiere a baños públicos construidos entonces recientemente en la ciudad de Jerusalén. En cualquier caso, la pregunta está pensada como una posible burla hacia el candidato al bautismo de parte de quienes pensaran que, no siendo el bautismo nada superior a los baños humanos, la ciudad tenía mejores instalaciones que las piscinas bautismales de las iglesias. La expresión supone el bautismo de inmersión.

(42) Sin entrar ahora en mayores detalles, cf. sobre "el dragón marino", las alusiones de Is 27,1 Jb 3,8 Ap 12,3 (donde el "gran Dragón rojo" es referencia a Satanás). Cf. también Gn 3,15, en el contexto del primer anuncio del Evangelio. Por eso la afirmación aquí de Cirilo lleva adjunto el anuncio de un Dios en definitiva victorioso frente al diablo como enemigo personal del hombre.

(43) Cf. cat. 3, n. 3; cat. 17, n. 35.

(44) Cf. 1Co 3,12-15.

(45) Cf. cat. 1, n. 5.

(46) Cf. Col 2,14; "Cancelo la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables...".

(47) Cf. lo dicho en nota 36.

(48) La edición de las catequesis en PG 33 contiene un nota final "al lector", cuyo texto señala: "Estas catequesis a los que han de ser iluminados muéstralas a los que han de recibir el bautismo y a los que ya lo recibieron. Pero no se las entregues en modo alguno a los catecúmenos y a los que no sean cristianos, pues en caso contrario habrás de dar cuenta a Dios. Y si sacas copia de un ejemplar de las mismas, hazlo como en la presencia de Dios" (PG 33,365-366).

 

CATEQUESIS I, INVITACIÓN AL BAUTISMO

Dios os aguarda
Nuevo nacimiento desde el pecado al hombre nuevo
Aprestarse a escuchar a Dios
Del catecumenado a los frutos de la fé
Reconocer los pecados para cambiar de vida
Perdón de los demás y fidelidad en la asistencia a las asambleas


Pronunciada en Jerusalén, contiene una introducción a los que se aproximan al bautismo. El punto de partida es Is 1,16: "Lavaos, purificaos, quitad de delante de mis ojos las fechorías de vuestras almas" (1).



Dios os aguarda

Sois ya discípulos de la nueva Alianza y participes de los misterios de Cristo, ahora por vocación, pero dentro de poco también como un don: haceos un corazón nuevo y un Espíritu nuevo (2) para que se alegren los moradores del cielo. Pues si, como dice el evangelio, "habrá alegría por un solo pecador que se convierte" (3), ¿cuánto más no moverá a la alegría a los habitantes del cielo la salvación de tantas almas? Habiendo entrado por un camino ancho y hermoso, recorred cautelosamente la senda de la piedad. Pues el unigénito Hijo de Dios está plenamente dispuesto para vuestra redención y señala: "Venid todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré" (4). Los que lleváis el pernicioso vestido de vuestras ofensas (5) y estáis oprimidos por las cadenas de vuestros pecados, escuchad la voz del profeta que dice: "Lavaos, purificaos, quitad de delante de mis ojos las maldades de vuestra alma" (6), de modo que os aclame el coro de los ángeles: "Dichoso el que es perdonado de su culpa, y le queda cubierto su pecado" (7). Los que habéis encendido hace poco por primera vez las lámparas de la fe (8), sostenedlas en las manos sin que se apaguen, para que aquel que en otro tiempo abrió por la fe el paraíso al ladrón en este santísimo monte del Gólgota (9) os conceda también a vosotros cantar el cántico nupcial.



Nuevo nacimiento desde el pecado al hombre nuevo

2. Si alguno es ahora esclavo del pecado, prepárese mediante la fe para la regeneración liberadora de la adopción filial. Y abandonada la funesta servidumbre de los pecados, una vez dedicado al dulce servicio del Señor será juzgado digno de disfrutar la herencia del reino celestial. Desvestíos por medio de la confesión del hombre viejo, que se corrompe por las concupiscencias del error, para revestiros del hombre nuevo, que se renueva por el conocimiento de aquel que le creo (10). Recibid por la fe las arras del Espíritu (11) para que podáis ser recibidos en las moradas eternas (12). Acercaos (a recibir) el sello Espiritual para que podáis ser reconocidos favorablemente por vuestro dueño (13). Seréis contados en la santa y fiel grey de Cristo a fin de que, como en otro tiempo fuisteis separados a su derecha, ahora consigáis la vida eterna que se os ha preparado. Quienes sufren todavía la aspereza de sus pecados (como la de una piel con vello), se quedarán en pie a la izquierda, puesto que todavía no han tenido acceso a la gracia de Dios, que se da por medio de Cristo en el lavatorio de la regeneración. Pero no me refiero a la regeneración de los cuerpos, sino al nuevo nacimiento del alma por el Espíritu. Pues los cuerpos son engendrados por padres visibles, pero las almas vuelven a nacer de nuevo por la fe; ya que "el Espíritu sopla donde quiere" (Jn 3,8) (14). Si se te considera digno, te será lícito oír: "Bien, siervo bueno y fiel" (Mt 25,21), lo que sucederá cuando tu conciencia no te pueda acusar en absoluto de simulación.


Aprestarse a escuchar a Dios

3. Si alguno de los que están aquí cree que podrá tentar a la gracia de Dios, se engaña a sí mismo e ignora la fuerza de las cosas. Ten, hombre, un ánimo sincero y libre de engaño por causa de aquel que escruta corazones y entrañas (cf. Ps 7,10 Jr 11,20). Quienes hacen alistamientos de soldados, examinan la edad (15) y los cuerpos; así, cuando Dios hace un alistamiento de las almas, examina las voluntades y, si alguien vive en la hipocresía, lo rechaza por inadecuado para una verdadera milicia. Pero si lo encuentra digno, le otorga su gracia de manera muy rápida (16). No da lo santo a los perros (Mt 7,6), sino que, cuando ve una conciencia honesta, le confiere el sello saludable y admirable (17) temido por los demonios y que reconocen los ángeles; de manera que aquellos huyen expulsados, pero éstos lo abrazan como por un parentesco familiar. Por consiguiente, quienes reciben aquel sello Espiritual y saludable, es necesario que se esfuercen también personalmente. Del mismo modo que quienes se sirven de una pluma para escribir o de una flecha también tienen que esforzarse, asimismo la gracia necesita del esfuerzo de los que creen.



Del catecumenado a los frutos de la fé

4. No recibes armas corruptibles sino espirituales. Serás introducido en un paraíso racional, recibiendo un nuevo nombre que antes no tenías (probable alusión a Ap 2,7) (18). Antes eras catecúmeno, ahora serás llamado fiel (19). Eres trasplantado a buenos olivares, desde un olivo silvestre a un buen olivo (Rm 11,24); de los pecados a la justicia, de la suciedad a la pureza. Eres hecho participe de una vid santa: si permaneces en la miel, crecerás como un sarmiento fructífero; pero si no permaneces, serás consumido por el fuego. Así pues, produzcamos fruto dignamente. Que no nos suceda lo mismo que a aquella vid infructuosa, no sea que, al venir Jesús, la maldiga por su esterilidad (Mt 21,10). Que todos puedan, en cambio, pronunciar estas palabras. "Pero yo, como verde olivo en la casa de Dios, confío en el amor de Dios para siempre jamás" (Ps 52,10). No se trata de un olivo sensible, sino inteligible, portador de la luz. Lo propio de él es plantar y regar (cf. tal vez 1Co 3,6); pero a ti te corresponde aportar el fruto. Por ello, no desprecies la gracia de Dios: guárdala piadosamente cuando la recibas.



Reconocer los pecados para cambiar de vida

5. El tiempo presente es tiempo de confesión. Confiesa todo lo que hiciste, de palabra o de obra, tanto de noche como de día. Reconócelo en el tiempo aceptable, y recibe el tesoro celestial en el día de la salvación (2Co 6,12). Entra con interés en los exorcismos. Sé asiduo a las catequesis y graba en tu memoria lo que allí se diga. Pues no se hablara solo para que lo oigas, sino para que selles mediante la fe (20) lo escuchado. Suprime de tu pensamiento toda preocupación humana, pues se trata de una carrera con tu propia alma. Abandona completamente lo que es del mundo. Pues se trata de cosas pequeñas; en cambio, son grandes los dones del Señor. Abandona lo que tienes delante y ten fe en lo que ha de venir. Tantos años has vivido inútilmente en la órbita del mundo. ¿No te dedicaras durante cuarenta días a la oración por tu alma? "Rendíos y reconoced que yo soy Dios", dice la Escritura (Ps 46,11). Deja de hablar muchas cosas inútiles y deja de murmurar o de escuchar con agrado a quien murmura (21). Manifiéstate más bien pronto y dispuesto a la suplica. Muestra, por la práctica de una vida más austera, la fortaleza y los nervios de tu alma. Limpia tu copa (Mt 23,26) para que quepa en ella una gracia más abundante; pues el perdón de los pecados se da a todos por igual pero la comunión del Espíritu Santo se concede según la medida de la fe de cada uno (Rm 12,6). Si poco trabajas, recibirás poco; pero si haces mucho, mucha será tu paga. Corres para ti mismo, mira tu propia conveniencia.



Perdón de los demás y fidelidad en la asistencia a las asambleas

6. Si tienes algo contra alguien, perdónale. Vas a recibir el perdón de los pecados: es necesario que también tú perdones a quien peco contra ti. De otro modo, ¿cómo te atreverías a decirle al Señor: Perdóname mis muchos pecados cuando tu ni siquiera unas pocas cosas perdonas a quien es consiervo tuyo (Mt 18,23-35)? Manifiesta interés en las sinaxis (22), y no solo ahora cuando los miembros del clero te exigen ese interés, sino también una vez que hayas recibido la gracia. Pues si ello es bueno y laudable antes de que la recibas, ¿dejara de ser bueno después de que se haya otorgado? Si antes de que estuvieses injertado había que regarte y cuidarte con esmero, ¿no era esto mucho mejor una vez plantado? Sostén el combate por tu propia alma, sobretodo en estos días. Alimenta tu alma con la lectura Espiritual, pues un banquete Espiritual te ha preparado el Señor. Di tu también con el salmista: "El Señor es mi pastor, nada me faltara: él me ha colocado en la tienda, en el aprisco. Hacia las aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma" (Ps 23,1-3). Con ello se alegrarán a la vez los ángeles y el mismo Cristo, el gran sumo sacerdote, viendo confirmado el propósito de vuestra voluntad, ofreciéndoos él también a todos vosotros, dirá al Padre: "Henos aquí a mí y a los hijos que Dios me ha dado" (Is 8,18 He 2,13), y os custodiara a todos vosotros como agradables a él. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.


Notas

(1) Por estas palabras introductorias y por el contenido mismo, se observa que la presente catequesis es una invitación al bautismo.

(2) Ez 18,31b.

(3) Lc 15,31.

(4) Mt 11,28.

(5) Cf. Procatequesis, n. 3; cat. 15, n. 25.

(6) De nuevo Is 1,16.

(7) Ps 32,1. Se trata de un característico salmo penitencial.

(8) Procat. 1, ya señalaba: "Tened en las manos las lámparas para ir a buscar a la esposa". A ese mismo hecho hace alusión otra vez la presente catequesis; los catecúmenos que en breve habrían de recibir el bautismo llevaban lámparas encendidas.

(9) Cf. Lc 23,43.

(10) Cf. Ep 4,22-25 Col 3,10.

(11) Cf. 2Co 5,5.

(12) C Lc 16,9.

(13) Cf. Procatequesis, nota 36. Cf. cat. 15, núm. 25.

(14) En las frecuentes alusiones concretas, ahora a Jn 3,8, pero constantemente con la mención del nuevo nacimiento, etc., se ve toda la influencia de Jn 3,1-21, conversación de Jesús con Nicodemo, en las catequesis de Cirilo. En el fondo se da a entender con ello la idea frecuentísima en la catequesis patrística de que por la fe y el bautismo el hombre es engendrado de nuevo: la iniciación cristiana como creación de una humanidad nueva.

(15) También puede traducirse por "las medidas".

(16) Vid. cat. 3, núm. 1.

(17) En esta misma catequesis, núm. 2, se ha hecho, ya mención de este "sello Espiritual...". También se ha hecho mención de la anterior nota 36 y de cat. 15, núm. 21. No se volverá a insistir más sombre esto, únicamente, recordar que la ed. de Migne, PG 33,373 vuelve a mencionar la semejanza entre el "sello" y el "carácter del bautismo" con las marcas impresas en los ganados para distinguir quiénes eran sus dueños, o también con las señales grabadas con hierro candente en los soldados. Una cierta tosquedad en la comparación permite hacer entender de modo bastante plástico que el bautizado será ahora siervo solo de Cristo.

(18) Se reproduce aquí integra la nota que inserta la mencionada edición de PG 33, col. 374; "Serás introducido en un nuevo paraíso racional, recibiendo un nuevo nombre". No me resisto apenas a pensar que aquí se alude a dos pasajes del Apocalipsis, c, II, quería. 7: "Al vencedor le daré a comer del leño de la vida, que está en el paraíso de mi Dios", y quería. 17: "Al vencedor le daré una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo". Pues aunque Cirilo no utiliza el libro del Apocalipsis como canónico, menciono en sus catequesis algunas de sus afirmaciones. Afirma que al bautizado se le ha de abrir el paraíso, cat. 13,9, cuando, hechas las renuncias mirando desde el poniente y vuelto hacia el oriente, hace un pacto con Cristo. Pero es injertado en el verdadero olivo que es Cristo cuando es ungido antes del bautismo con el aceite exorcizado, cat. 20, n. 3. En Cristo somos, por último, injertados como en una viña cuando por el bautismo comulgamos (cat. 19, n. 7) con su muerte y su sepultura (por la que se ha plantado en la tierra la vid verdadera, cat. 14, n. 11)".

(19) Cf. Procat., n. 4; cat. 5, n. 1.

(20) Cf. en esta catequesis, núm. 6, procat., núm. 17.

(21) Cf. Procat., núm. 16.

(22) Asambleas o reuniones sagradas.

 

CATEQUESIS II, INVITACIÓN A LA CONVERSIÓN


Pronunciada en Jerusalén, trata sobre la conversión y el perdón de los pecados, y acerca del enemigo. La lectura de base es de Ez 18,20-21:

"Al justo se le imputara su justicia y al malvado su maldad. En cuanto al malvado, si se aparta de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y practica el perpetua derecho y la justicia, vivirá sin duda, no morirá" (1).

Realidad del pecado
El origen del pecado en el interior del hombre
El diablo y el pecado
Esperanza para el pecador
Misericordia y amor de Dios hacia el pecador
La bondad de Dios es mayor que el pecado
El ejemplo de la conversión de David
Otros ejemplos de penitencia
Confiar en la posibilidad de la conversión. Ezequías
Los tres jóvenes y Nabucodonosor
Exhortación final



Realidad del pecado

1. Realidad temible es el pecado y gravísima enfermedad del alma es la iniquidad: le secciona los nervios y además la dispone al fuego eterno. La maldad se da cuando hay delectación libre, un germen que lleva voluntariamente al mal. Ya el profeta señala con claridad que el pecado se comete de modo espontáneo y libre: "Yo te había plantado de la cepa selecta, toda entera de simiente legítima. Pues ¿cómo te has mudado en sarmiento de vid bastarda?" (Jr 2,21). La plantación es buena, pero el fruto es malo, malo por la libre voluntad: el que plantó está libre de culpa, pero la viña será aniquilada por el fuego; plantada para el bien, produjo el mal por su propio deleite. Pues, según el Eclesiastés, "Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con muchas razones" (Si 7,29). Y el Apóstol dice: "Hechura suya somos, creados... en orden a las buenas obras" (Ep 2,10). Pues siendo bueno el creador, creó "en orden a las buenas obras", pero la creatura se volvió al mal por su propio arbitrio. Grave mal es, según esto, el pecado. Pero no es irremediable: es grave para quien permanece en él. Pero es fácil de sanar a aquel que lo rechaza en la conversión. Imagínate que alguien tiene fuego en sus manos. Sin duda se abrasará mientras retenga el carbón, pero si lo arroja fuera de sí, suprime la causa de su quemadura. Pero si alguien piensa que no se quema al pecar, a ese tal le dice la Escritura: "¿Puede uno meter fuego en su regazo sin que le ardan los vestidos?" (Pr 6,27). Así pues, el pecado abrasa los nervios del alma.



El origen del pecado en el interior del hombre

2. Pero dirá alguno ¿Qué es el pecado? ¿Es un animal, un ángel o un demonio? ¿Qué es lo que lo produce? (2). Atiende bien: no es un enemigo que te invada desde fuera, sino algo que brota de ti mismo. "Miren de frente tus ojos" (Pr 4,25) y no experimentarás la pasión. Ten lo tuyo, no te apoderes de lo ajeno y no existirá en ti la rapiña. Acuérdate del juicio y no existirán en ti la fornicación ni el adulterio ni el homicidio ni nada que sea pecaminoso. Pero si te olvidas de Dios, comenzarás a pensar en el mal y a realizar lo ilícito.



El diablo y el pecado

3. Pero no solo tú eres origen y autor de lo que haces: hay también un depravado instigador, el diablo (3). El tienta a todos, pero no puede con los que no consienten. Por ello dice el Eclesiastés: "Si el Espíritu del que tiene poder se abate sobre ti, no abandones tu puesto" (4). Cierra tu puerta y hazlo huir lejos de ti para que no te cause daño. Pero si das entrada con indiferencia al pensamiento libidinoso, oponiéndose a tu ánimo, plantará en ti sus raíces, atará tu mente y te arrastrará hasta la cueva de los malvados. Y si acaso dices: Soy fiel, no podrán conmigo los malos deseos, aunque frecuentemente los tenga en mi ánimo. ¿Ignoras tal vez que la raíz que permanece tiempo ligada a la piedra acaba siempre rompiéndola? No aceptes siquiera el germen, porque hará añicos tu fe. Arranca de raíz el mal antes de que florezca, no sea que, actuando negligentemente desde un comienzo, tengas luego que pensar en el fuego (Jr 23,29) y en el hacha (Mt 3,10). Cúrate a tiempo la inflamación de ojos, para que no te quedes ciego y busques entonces médico.

4. Causante primero del pecado es el diablo, origen de la maldad. Esto no lo he dicho yo, sino el Señor: "Porque el diablo peca desde el principio" (5). Antes que él nadie pecó. Pero no pecó por fuerza de la naturaleza (6), como si hubiese estado obligado al pecado (en ese caso, habría incurrido en pecado quien le hubiese hecho tal), sino que, creado bueno, se convirtió en diablo tomando nombre de su actuación (7). Pues, habiendo sido arcángel (8), se le ha llamado posteriormente diablo (o calumniador, Satanás), habiéndosele considerado después así en virtud de la cosa misma. Satanás es, pues, lo mismo que adversario (9). Las pruebas no las aporto yo, sino el profeta Ezequiel: "Eras el sello de una obra maestra y corona de hermosura, engendrado en el paraíso divino" (Ez 28,12 var.). Y poco más abajo: "Fuiste perfecto en tu conducta desde el día de tu creación, hasta el día en que se halló en ti iniquidad" (Ez 28,15) (10). Esto no te vino de fuera, sino que tú mismo engendraste el mal. Poco más abajo señala la causa: "Tu corazón se ha pagado de tu belleza, has sido herido por la muchedumbre de tus pecados, sí, por tus pecados. Yo te he precipitado en tierra" (Ez 28,17 var.). Lo mismo dice el Señor en el Evangelio en el mismo sentido: "Veía a Satanás caer del cielo como un rayo" (Lc 10,18). Ya ves la consonancia entre ambos Testamentos. Al caer aquél, arrastró a muchos consigo. A quienes le siguen les sugiere malos deseos, de lo que se siguen el adulterio, la fornicación y cualquier clase de mal. Por causa suya fue expulsado nuestro primer padre Adán del paraíso y cambió éste, del que brotaban frutos admirables, por una tierra que le ofrecía espinas.



Esperanza para el pecador

5. Entonces, dirá alguno, ¿hemos perecido engañados? ¿no habrá salvación alguna? Caímos, ¿podremos levantarnos? (Jr 8,4). Hemos quedado ciegos ¿podremos recuperar la vista? Estamos cojeando, ¿no hay esperanza de que caminemos correctamente alguna vez? Diré en resumidas cuentas: ¿No podremos alzarnos después de haber caído? (cf. Ps 41,9) ¿Es que acaso quien resucitó a Lázaro, con hedor ya de cuatro días (Jn 11,39), no te resucitará vivo también a ti? Quien derramó su preciosa sangre por nosotros nos liberará del pecado para que no claudiquemos de nosotros mismos (cf. Ep 4,19) (11), hermanos, cayendo en un estado de desesperación. Mala cosa es no creer en la esperanza de la conversión. Quien no espera la salvación acumula el mal sin medida; pero el que espera la curación, fácilmente es misericordioso consigo mismo. Igualmente el ladrón que no espera que se le haga gracia llega hasta la insolencia; pero, si espera el perdón, a menudo termina por hacer penitencia. Si incluso una serpiente puede mudar la piel, ¿no depondremos nosotros el pecado? También la tierra que produce espinas se vuelve feraz si se la cultiva con cuidado: ¿Acaso podremos obtener nosotros de nuevo la salvación? La naturaleza es, pues, capaz de recuperación, pero para ello es necesaria la aceptación voluntaria.



Misericordia y amor de Dios hacia el pecador

6. Dios ama a los hombres, y no en escasa medida. No digas tu entonces: He sido fornicario y adúltero, he cometido grandes crímenes, y ello no solo una vez sino con muchísima frecuencia. ¿Me perdonará, o más bien se olvidará de mi? Escucha lo que dice el salmista: "¡Qué grande es tu bondad, Señor!" (Ps 31,20). Tus pecados acumulados no vencen a la multitud de las misericordias de Dios. Tus heridas no pueden más que la experiencia del médico supremo. Entrégate sencillamente a él con fe; indícale al médico tu enfermedad; dí tu también con David: "Si, mi culpa confieso, acongojado estoy por mi pecado" (Ps 38,19). Y se cumplirá en ti lo que también se dice: "Y tú has perdonado la malicia de mi corazón" (Ps 32,5) (12).

7. ¿Quieres ver el amor de Dios al hombre tú, que hace poco que vienes a las catequesis? ¿Quieres contemplar la benignidad de Dios y la enormidad de su paciencia? Mira el caso de Adán. Es el primer hombre que Dios creó, y pecó: ¿no pudo advertirle de que a continuación moriría? Pero mira lo que hace el Dios que tanto ama a los hombres. Lo arroja del paraíso (pues por el pecado no era digno de vivir allí). Y lo coloca en cualquier lugar fuera de allí (cf. Gn 3,24), para que, al ver de dónde ha caído y a dónde ha sido arrojado, consiga luego la salvación mediante la conversión. Caín, primer hombre dado a la luz, se convirtió en fratricida; maquinador del mal, autor y causante de asesinatos, y primer envidioso, quitó después de en medio a su hermano. ¿A qué pena se le condena?: "Vagabundo y errante serás en la tierra" (Gn 4,12) Grande fue el pecado, pero leve el castigo.

8. Y ésta fue verdaderamente la clemencia de Dios, pero pequeña todavía con respecto a lo que siguió. Pues piensa en lo que sucedió en tiempo de Noé. Pecaron los gigantes y la maldad se extendió grandemente sobre la tierra (Os 4,2) (13). Por ella se provocó el diluvio: en el año quinientos profirió Dios su amenaza (cf. Gn 6,13) (14). ¿No crees que la benignidad de Dios se extendió durante cien años cuando se podía haber infligido el castigo al momento? Todo lo alargó para dar lugar a la conversión. ¿Acaso no ves la bondad de Dios? Ni siquiera aquellos hombres, si hubiesen recobrado entonces el buen sentido, habrían notado que les faltaba la clemencia divina.



La bondad de Dios es mayor que el pecado

9. Hablemos ahora de aquellos que se han salvado a través de la conversión. Habrá entre las mujeres quien diga: soy una prostituta, he sido adúltera, manché mi cuerpo con toda clase de lujuria. ¿Qué posibilidad existe de salvación? Observa, mujer, el caso de Rahab, que también para ti hay salvación. Pues si la que se dedicaba a la prostitución abierta y públicamente obtuvo su salvación mediante la conversión, ¿acaso quien abusó de su cuerpo alguna vez antes de haber recibido la gracia no obtendrá la salvación por la penitencia y el ayuno? Date cuenta de cómo se salvo, pues simplemente dijo: "Yahveh, vuestro Dios, es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra" (Jc 2,11) (15). No se atrevía por pudor a decir que era suyo. Pero si deseas recibir el testimonio recogido en las Escrituras acerca de su salvación, tienes escrito en los Salmos: "Cuento a Rahab y a Babilonia entre los que me conocen" (Ps 87,4). Grande es la benignidad de Dios, que en las Escrituras hace memoria incluso de las meretrices. Y no dice simplemente "cuento a Rahab y a Babilonia", sino que añadió lo de "entre los que me conocen". Así pues, los hombres y mujeres pueden obtener la salvación mediante la conversión.

10. Y aunque todo el pueblo hubiese pecado, ello no supera a la benignidad divina. El pueblo había fabricado un becerro, pero Dios no se arrepintió de su clemencia. Negaron los hombres a Dios, pero Dios no se negó a sí mismo (2Tm 2,13). "Entonces ellos exclamaron: 'Estos son tus dioses, Israel'" (Ex 32,4); y sin embargo, según su modo de actuar, el Dios de Israel los custodió. Tampoco fue el pueblo el único que pecó, pues también pecó Aarón, el sumo sacerdote. Moisés, en efecto, dice: "También contra Aarón estaba Yahvé violentamente irritado... Intercedí también entonces en su favor y Dios le perdonó" (Dt 9,20). Ya Moisés, suplicando en favor del sumo sacerdote pecador, suavizó la ira de Dios. ¿Y Jesús, el Hijo único que ora por nosotros, no aplacará a Dios? No le impidió a Aarón, a pesar de su culpa, que llegase a ser sumo sacerdote. ¿Te obstaculizara a ti que, por provenir de los gentiles, entres en la salvación? Haz igualmente penitencia tú también, oh hombre: no se te negará la gracia. Adopta después una vida irreprensible: Dios ama verdaderamente a los hombres y nadie puede explicar su clemencia a causa de su dignidad personal: incluso aunque se juntasen todas las lenguas de los hombres, ni siquiera así podrían explicar una parte de su benignidad, es decir, ni siquiera una parte de lo que se ha escrito acerca de la benignidad de Dios para con los hombres. Pero tampoco sabemos además cuanto perdonó a los ángeles, pues también a ellos les perdona, pues realmente solo existe uno que esté sin pecado, el que nos libra de éste, Jesús (16). Pero ya se ha dicho suficiente acerca de los ángeles.
 


El ejemplo de la conversión de David

11. Pero si lo deseas, te presentaré también otros ejemplos que se refieren a nosotros: piensa en el bienaventurado David, claro ejemplo de conversión. Gravemente pecó cuando, después de acostarse, paseó en las horas de la tarde por la terraza mirando descuidadamente y cayendo en su debilidad humana (2S 11,2). Cometió el pecado, pero, al confesarlo, no desapareció totalmente el brillo de su alma. Se presentó el profeta Natán, que le corrigió diligentemente y fue el médico de sus heridas (2S 12,1 2S 5a). "Se ha airado el Señor y has pecado" (17). Esto se lo decía un particular al rey. Pero el rey, pese a la dignidad de la púrpura, no se indignó. Pues no tenía en cuenta a quien hablaba, sino al que le había enviada a éste. No le cegó la cohorte de soldados que le rodeaba, pues pensaba en el ejército de los ángeles del Señor y temblaba "como si viese al invisible". Y respondió al enviado, o más bien, al Dios que le enviaba: "He pecado contra el Señor" (2S 12,13). Ya ves la sumisión y la confesión del rey: ¿Acaso alguien le había declarado convicto? ¿Había muchos que conociesen el delito? El hecho se había producido rápidamente, pero el profeta se había presentado pronto como acusador. Apenas producida la ofensa, se confiesa el pecado. Al ser reconocido con claridad y sencillez, fue sanado rapidísimamente. Pues el profeta Natán, que le había conminado, le dice al momento: "También Yahvé perdona tu pecado" (ibid.). Observa cómo cambia muy rápidamente el Dios que ama a los hombres. Dice, no obstante: "Provocando (a Dios), has provocado a los enemigos del Señor" (2S 12,14, según versiones). Tenías muchos enemigos a causa de la justicia, pero te protegía la castidad. Pero cuando has descuidado esta protección, tienes a tus enemigos en pie para alzarse contra tí. Esta fue la forma como le consoló el profeta.

12. Pero el bienaventurado David, a pesar de haber oído lo de que "Dios ha perdonado tu pecado", no descuidó hacer penitencia aunque fuese rey, sino que, en lugar de la púrpura, se vistió de saco, y se sentaba no en asientos de oro, sino sobre ceniza y en el suelo (18). Pero no solo se sentaba en la ceniza, sino que también se alimentaba de ella, como dice él mismo: "El pan que como es la ceniza" (Ps 102,10). Su ojo lujurioso lo colmó de lágrimas, según dice: "Baño mi lecho cada noche, inundo de lágrimas mi cama" (Ps 6,7). Cuando los príncipes le exhortaban a que probase el pan, no asintió y continuó su ayuno hasta el séptimo día (2S 12,17-20). Si el rey se manifestaba así, ¿no harás lo mismo tú que eres un simple particular? Después de la rebelión de Absalón, al ofrecérsele (al rey) diversos caminos para la huída, eligió hacerlo a través del monte de los Olivos (2S 15,23), como invocando en su mente al Libertador, que desde aquí había de ascender a los cielos (19). Y como le hiriese Semei con duras maldiciones, respondió: "Dejadlo" (20), pues sabía que a quien perdona se le dará el perdón (21).
 


Otros ejemplos de penitencia

13. Ves que es cosa buena el confesar. Y ves que es la salvación para los que se convierten. También Salomón había caído (1R 11,4), pero, ¿cuál es la razón de decir: "Después hice penitencia" (22)? También Ajab, rey de Samaria era un malvado adorador de ídolos, de notoria maldad, asesino de profetas, impío, codicioso de campos y viñas ajenas (1R 20-21). Pero cuando hizo perecer a Nabot por instigación de Jezabel, y una vez llegado el profeta Elías que quiso amenazarle, rasgó sus vestidos y se vistió de saco. ¿Qué dice entonces el Dios misericordioso a Elías?: "¿Has visto como Ajab se ha humillado en mi presencia?" (1R 21,29), como queriendo calmar el genio del profeta inclinándolo hacia el penitente. Y dice: "No traeré el mal en vida suya" (ibid.; para todo el episodio, cf. 1R 21,17-29). Y aunque el rey, después del perdón, no habría de apartarse del pecado, Dios le perdona incondicionalmente, no porque desconociese el futuro, sino concediendo su misericordia en el momento en que está mostrando la conversión. Propio de un juez justo es dictar sentencia ajustada a cada uno de los hechos.

14. En otra ocasión estaba en pie Jeroboam ofreciendo sobre un altar sacrificios a los ídolos: su mano sufrió una parálisis por haber mandado apresar al profeta que le recriminaba. Pero al experimentar por sí mismo la potestad de aquel hombre, exclamó: "Aplaca, por favor, el rostro de Yahvé tu Dios" (1R 13,6; cf. 1R 13,1ss.). Y en virtud de esta palabra le fue restablecida totalmente la mano. Pero si un profeta curó a Jeroboam, ¿acaso no podrá Cristo liberarte sanándote de tus pecados? También Manasés cometió numerosos crímenes: fue el que hizo matar a Isaías, se contaminó con todo género de idolatrías y llenó a Jerusalén de muertes de inocentes (2R 21,16). Pero, conducido cautivo a Babilonia, por la experiencia de su propio mal utilizó la medicina de la conversión. Pues dice la Escritura que Manasés se humilló profundamente en presencia del Dios de sus padres y "oró a él y Dios accedió, oyó su oración y le concedió el retorno a Jerusalén, a su reino" (2Ch 33,12). Si éste, que había hecho aserrar al profeta (23), se salvó mediante la conversión, ¿no te salvarás también, tu, que no has cometido nada tan grave?



Confiar en la posibilidad de la conversión. Ezequías

15. No desconfíes sin motivo de la fuerza de la conversión. ¿Quieres saber realmente la fuerza que tiene la penitencia? ¿Quieres conocer a fondo esta fortísima espada de la salvación y aprender el valor que tiene la confesión? (24). Por la conversión aniquiló Ezequías a ciento ochenta y cinco mil enemigos (2R 19,35). Y esto es realmente admirable, pero es poco en comparación con el hecho de haber cambiado mediante la conversión la sentencia divina que ya había sido pronunciada contra él. Pues Isaías le había dicho en su enfermedad "Da órdenes acerca de tu casa, porque vas a morir y no vivirás" (1S 20,1). Y no había, pues, expectativas, una vez que el profeta había dicho "vas a morir". Sin embargo, no revocó Ezequías su conversión, acordándose de lo que está escrito: "Por la conversión y calma seréis liberados" (Is 30,15) (25). Se volvió a la pared y elevando desde el lecho su mente al cielo (el grosor de las paredes no podía impedir sus devotas preces), exclamó: "¡Señor, acuérdate de mí!" (Is 38,3), como si dijera: "Para mi salud me basta que te acuerdes de mi, tú que no estás sometido al tiempo, sino que has creado las leyes de la vida. La razón de nuestra vida no está en el origen ni el tamaño de cada uno de los astros, como algunos sueñan, sino que eres tu quien rige la vida y su duración según los planes de tu voluntad". A causa del anuncio del profeta (Is 38,1) había perdido (Ezequías) la esperanza de vivir, pero el tiempo de su vida le fue prorrogado en quince años, de lo que se le ofreció como signo el retroceso del sol (Is 38,8). El sol volvió atrás por Ezequías. E igualmente llegó a faltar el sol a causa de Cristo, no retrocediendo sino apagándose (26), mostrando así la diferencia entre Ezequías y Jesús. Pero si aquel pudo anular la sentencia de Dios, ¿no podrá Jesús conceder el perdón de los pecados? Apártate de ellos y llóralos en tu alma; cierra las puertas y ora para que te sean perdonados (Mt 6), de modo que Dios sofoque las llamas ardientes que brotan de ti, pues la confesión (27) puede extinguir el fuego y amansar a los leones.



Los tres jóvenes y Nabucodonosor

16. Pero si no crees, piensa en lo que les sucedió a Ananías y a sus compañeros. ¿Cuántos sextarios de agua (28) se necesitaban para apagar una llama que se elevaba hasta los cuarenta y nueve codos (Da 3,47)? Pero donde más alta era la llama, allí se derramo la fe como si fuese un rio, y señalaban el remedio de los males: "Eres justo en todo lo que nos has hecho... Si, pecamos, obramos inicuamente" (Da 3,27). Y la penitencia disolvió las llamas. Pero si desconfías de que la conversión pueda apagar el fuego de la gehena, aprende de lo que les sucedió a Ananías y a sus compañeros. Aunque algún oyente agudo podrá decir: "Dios los liberó entonces justamente". Puesto que no quisieron dar culto al ídolo, les concedió Dios la fuerza y el poder. Y como verdaderamente fue así, pasaré ahora a otro ejemplo de conversión.

17. ¿Qué opinión tienes acerca de Nabucodonosor? ¿No has oído por las Escrituras que fue sanguinario y fiero como un león? ¿No has oído que sacó los huesos de los reyes de sus sepulcros para arrojarlos al aire? (Jr 8,1ss)? ¿No has oído que se llevó al pueblo al destierro y que cegó los ojos del rey tras hacerle contemplar la degollación de sus hijos? (2R 25,7) ¿Y qué destrozó a los querubines? No me refiero a los querubines que solo con la mente se contemplan. ¡Quita esta idea de tu cabeza! Me refiero a los querubines que estaban esculpidos, pero también al propiciatorio desde el cual Dios hablaba (Ex 25,17-18,22). También profanó el velo del santuario. Tomando el incensario, lo llevó al templo de los ídolos (29). Transformó todos los objetos de la ofrenda, arrasó el templo desde sus cimientos. Mereció innumerables castigos por los reyes muertos y por los santos a los que injurió. Y puesto que había reducido al pueblo a servidumbre y había colocado los vasos sagrados en los templos de los ídolos, ¿acaso no era digno de padecer mil muertes?

18. Has visto la magnitud de los crímenes. Vuélvete ahora a la clemencia de Dios. Era (Nabucodonosor) como una fiera: vivía de modo solitario y tenía que ser golpeado para ser domesticado. Tenía las garras de un león, con las cuales agarraba a los santos, y las crines de los leones. Era, en efecto, un león rápido y rugiente. Comía heno como el buey y era como un jumento que no sabía quién le había dado el reino (30). Su cuerpo se cubrió de rocío, pero no creyó al ver el fuego apagado por ese mismo rocío. ¿Y qué es lo que sucedió?: "Al cabo del tiempo fijado, yo, Nabucodonosor, levanté los ojos al cielo... y bendije al Altísimo, alabando y exaltando al que vive eternamente" (Da 4,31). Cuando reconoció al Altísimo y dirigió a Dios estas palabras de su ánimo agradecido, se arrepintió de sus acciones confesando su propia debilidad. Dios le restituyó entonces el honor del reino.



Exhortación final

19. ¿Qué, pues? A Nabucodonosor, que tantos males había hecho, Dios le dió, al haber confesado, el perdón y el reino: y a ti, si te conviertes, ¿no te dará el perdón de los pecados y el reino de los cielos, si te conduces dignamente? Dios es clemente, pronto en perdonar y tardo para la venganza. Así pues, que nadie desespere de su propia salvación. Pedro, el príncipe de los Apóstoles, negó tres veces al Señor ante una sierva cualquiera. Pero, tocado por el arrepentimiento, lloró amargamente: al llorar, manifiesta la conversión íntima del corazón; y por ello no solo recibió el perdón por su negación, sino que también conservó la dignidad de Apóstol.

20. Hay, pues, hermanos, multitud de pecadores que se convirtieron y consiguieron la salvación, confesad también vosotros ardientemente al Señor para que recibáis el perdón de los pecados precedentes y, hechos dignos del don celestial, podáis heredar el reino de los cielos con todos los santos, en Cristo Jesús, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén (31)

Notas

(1) El tema de la catequesis es la conversión que se requiere antes del bautismo. La catequesis exhorta a la penitencia que pide el artículo del Credo "un único bautismo de conversión para el perdón de los pecados". Cf. sobre este particular la cat. 18, núm. 22. Es necesario también señalar que en ciertos códices se dice "trata sobre la conversión y el perdón de los pecados", pero en la explicación frontal del tema no se añade "acerca del enemigo", es decir, el diablo. Realmente el examen de la catequesis aclara que el tema es esencialmente la conversión y el perdón de los pecados, no siendo el diablo aquí más que un tema secundario.

(2) Cf. cat. 4, núm. 21.

(3) Cat. 4, núms. 21,24.

(4) Si 10,4, que completa el consejo con las palabras: "que la flema libra de graves yerros". Es la versión de la Biblia de Jerusalén, y el versículo parece ser de por si un consejo de prudencia ante los errores de la autoridad. La interpretación que hace el texto de la catequesis supone otro contexto diferente, el de la tentación, pero la intención es válida: mantenerse firme en las dificultades de la tentación.

(5) En realidad la frase no es del Evangelio, sino de 1Jn 3,8: "Quien comete el pecado es del Diablo, pues el diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo". Pero en una línea semejante si existe en Jn 8,44, puesta en boca de Jesús, esta afirmación: "Este (el diablo) era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira".

(6) Probablemente, al negar la posibilidad de pecar "por fuerza (mejor, "por necesidad") de la naturaleza", como si el pecado fuese una exigencia ontológica del ser del diablo, está pensando Cirilo en la afirmación al respecto extendida entre gnósticos y maniqueos (cf. PG 33,386, nota 8).

(7) La palabra griega diábolos, significa "calumniador", "detractor", "acusador", funciones que realiza sobre y contra el hombre.

(8) Esta idea del origen angélico del diablo se repite también en Cirilo, por ejemplo, en cat. 8, n. 4.

(9) Variante también posible: "Satanás significa pues diablo" (o calumniador). De hecho, en las versiones griegas de la Biblia la expresión hebrea "Satán" se traduce a menudo por diábolos.

(10) El oráculo profético se refiere propiamente a la caída del rey de Tiro. En realidad, el pasaje entero, Ez 28,1-19, es un poema-oráculo contra aquel. Una nota de la Biblia de Jerusalén a 28,11, donde comienza la predicción de la mencionada caída, señala: "Por una acomodación espontánea, la tradición cristiana ha aplicado a menudo este poema a la caída de Lucifer".

(11) Esta versión de Ep 4,19, es más próximo a la traducción que hace la Vulgata del versículo, examinando el cual y su contexto se percibe la idea paulina de que, privado el hombre del contacto con Cristo, se termina por caer en una situación de desenfreno que perjudica al mismo ser humano como tal: Ep 4,17. Es una idea afín a Rm 1,18-32.

(12) Todo el Salmo 32 es importante como expresión del perdón tras el reconocimiento del pecado. El versículo 5, completo, señala: "Mi pecado te reconocí, y no oculté mi culpa; dije: "Me confesaré a Yahveh de mis rebeldías". Y tu absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado".

(13) A la iniquidad extendida sobre Israel, según Oseas, hace aquí referencia la edición de PG 33,391, nota 62. Pero más bien habría que pensar en Gn 6,1-4, pasaje sobre el que tiene un indudable valor sintético la nota general de la Biblia de Jerusalén.

(14) La mención del año "quinientos" y "seiscientos" se refiere a años de la vida de Noé, si se toman al pie de la letra Gn 5,32 Gn 7,6.

(15) Comentario de este versículo: "Rajab se ha salvado por su fe, He 11,31, y justificado por sus obras, Jc 2,25. Esta extranjera, que con su fe y su caridad consigue la salvación de toda su casa, se ha convertido entre los Padres en imagen de la Iglesia".

(16) Sobre la difícil afirmación de Cirilo acerca del pecado de los ángeles, cf. PG 33,394-395.

(17) Esas palabras no son propiamente de la Escritura. Según PG 33,396, pueden ponerse en relación con Isaías 64,4: "He aquí que estuviste enojado, pero es que fuimos pecadores", en el contexto de una meditación-suplica a la vista de la historia de Israel.

(18) Interpretación de 2S 12,16.

(19) Cirilo hace aquí alusión a Lc 24,50-51, la Ascensión, en combinación con Ac 1,12: "... se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos".

(20) Mas exactamente: "Dejadle que maldiga, pues se lo ha mandado Yahvé" (2S 16,11).

(21) Cf. de hecho 2S 16,12: "Acaso Yahvé mire mi aflicción (tal vez "mi falta") y me devuelva Yahvé bien por las maldiciones de este día".

(22) La frase es traducción tanto del original griego como de la versión latina. Parece hacer referencia a Pr 24,32, pero aquí Cirilo, como observa PG 33,390, utiliza un débil y complicado argumento para hablar de la conversión de Salomón, interpretando como tal el contexto por Pr 24,30-34.

(23) Es una traducción judía la que menciona esta forma de martirio de Isaías, aunque los datos no son plenamente seguros.

(24) La "confesión" mencionada aquí es la confesión de fe. Debe tenerse en cuenta que tras la "entrega", traditio del Símbolo de la fe tiene que venir la "confesión" de fe en la "devolución" o redditio del Credo. Cirilo se refiere a la fuerza que tiene la confesión de la fe en el camino que conduce a la iniciación cristiana.

(25) Por otra parte, la enfermedad, la curación y el subsiguiente cantico de acción de gracias de Ezequías aparece también en Is 38.

(26) Sobre Ezequías cf. también Si 48,26. En el caso de Jesús, cf. el oscurecimiento del sol en Mc 15,33 par.

(27) El tema al que se apunta sigue siendo la confesión de fe que se hará en la devolución del credo.

(28) Sextario: medida de capacidad equivalente a poco más de medio litro en nuestro sistema de medidas.

(29) Cf. una descripción general en Da 1,2.

(30) Es la afirmación de que el poder viene de Dios. Cf. cat. 8, n. 5. Sobre el tema, en el Nuevo Testamento, cf. Jn 19,11 y Rm 13,1-8.

(31) Las ediciones de las catequesis de Cirilo de Jerusalén, presentan con frecuencia un segundo ejemplar de esta segunda catequesis, deducido de los códices existentes y en parte a base de conjeturas sobre los mismos (por ejemplo, PG 33,407-424). No se ha creído aquí necesario ofrecer ninguna de esas versiones, porque son variantes que probablemente se deben a que están transcritas en ocasiones diferentes en que se pudo pronunciar la misma catequesis sobre la conversión.

 

CATEQUESIS III, EL BAUTISMO


Pronunciada en Jerusalén, trata sobre el bautismo. Toma pie de la Carta a los Romanos 6,3-4:

¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados con el bautismo en la muerte, etc. (Rm 6,3-4).

Os encamináis hacia el bautismo
Estar bien dispuestos
Estar preparados
Renacer en el cuerpo y el alma por el agua y el Espíritu
La salvación a través del agua, en la historia de Israel
La figura de Juan el Bautista
La predicación de Juan
Dar frutos de conversión
Bautismo "en Espíritu Santo y fuego"
El martirio puede ser bautismo
El bautismo de Jesús
También tú descenderás al agua del bautismo
El bautismo te dará la fuerza para la lucha
Jesús comienza tras el bautismo su tarea de evangelización
Convertirse para hacerse bautizar y recibir el don del Espíritu Santo
Confianza en la misericordia de Dios



Os encamináis hacia el bautismo

1. "¡Aclamad cielos, y exulta, tierra!" (Is 49,13) por aquellos a los que habrá que asperger con el hisopo y que serán purificados con el hisopo intelectual por la fuerza de aquel que en su pasión acepto el hisopo y la cana (Jn 19,29). Y alégrense las potencias de los cielos; prepárense las almas que habrán de ser desposadas por el divino esposo, pues está escrito "voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor" (Is 40,3 Mt 3,3 par). No se trata de algo sin importancia, ni de la unión ordinaria y temerosa de los cuerpos, sino del Espíritu que todo lo escruta según la fe (1) haciendo las delicias de cada cual. Pues los desposorios y los acuerdos humanos no siempre se hacen con el debido juicio, pues un esposo se inclina siempre con mayor rapidez hacia donde parece haber riquezas o prestancia de la figura. Aquí, por el contrario, no se mira a la hermosura de los cuerpos, sino a si existe una conciencia experta en apercibir al alma; no se atiende a las riquezas de la condenación sino a las que ha preparado la piedad.



Estar bien dispuestos

2. Por tanto, hijos de la justicia, dirigid vuestro modo de obrar a Juan, que exhorta diciendo: "Rectificad el camino del Señor" (Jn 1,23). Quitad todos los impedimentos y tropiezos para encaminaros derechos a la vida eterna. Por la fe sincera del alma preparaos unos vasos limpios para recibir al Espíritu Santo. Comenzad a lavar vuestros vestidos mediante la conversión para que, llamados al tálamo del esposo, seáis hallados limpios. Pues el esposo llama a todos sin distinción, ya que se trata de una gracia abundante (2). Todos son reunidos por la llamada en voz alta de quienes hacen el anuncio (3), pero él discierne después quiénes entran en esta boda que ya estaba prefigurada (4). Que no suceda ahora que alguno de los que dieron el nombre oiga aquello de: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?" (Mt 22,12). Ojala se os conceda a todos vosotros oír: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor!" (Mt 25,21). Pues hasta ahora os quedabais fuera de la puerta; que ahora podáis decir todos: "El Rey me ha introducido en sus mansiones" (Ct 1,3). "Exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación y con la túnica de la alegría. Me ha puesto, como un esposo, una diadema, como la novia se adorna con sus aderezos" (Is 61,10) (5). Para que el alma de todos vosotros sea encontrada "sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada" (Ep 5,27). No me refiero a antes de que consigáis la gracia (pues habéis sido llamados precisamente a recibir el perdón de los pecados), sino a que, cuando la gracia se os conceda, no haya nada condenable en vuestra conciencia que se oponga al bautismo.
 


Estar preparados

3. Pues se trata de una gran cosa, hermanos, y a ella debéis acercaros con singular cuidado. Póngase cada uno de vosotros ante Dios en presencia de las miríadas de los muchos ejércitos de los ángeles. El Espíritu Santo sellara vuestras almas, pues habréis de ser seleccionados para la milicia del gran rey (6). Preparaos, pues, y estad dispuestos, no revestidos de blanquísimos vestidos materiales, sino de un alma penetrada por la piedad (7). No te acerques a este lavatorio como si fuera pura y simplemente agua, sino por atención a la gracia del Espíritu Santo, que se otorga conjuntamente con el agua. Pues los dones que se ofrecen en los altares de los gentiles, al no ser otra cosa que lo que son por naturaleza, quedan contaminados por la invocación de los ídolos. Pero, en nuestro caso, el agua, al invocarse sobre ella al Espíritu Santo, a Cristo y al Padre, adquiere la fuerza de la santidad (8).



Renacer en el cuerpo y el alma por el agua y el Espíritu

4. Al estar el hombre compuesto de alma y cuerpo, la purificación es doble: incorpórea para la parte no corporal, corporal para el cuerpo. Pues a la vez que el agua limpia al cuerpo, así el Espíritu sella el alma, para que, asperjados, con el corazón a través del Espíritu y, lavados por el agua, también con el cuerpo tengamos acceso a Dios (9). El descenderá al agua. Por eso no debes fijarte en la pobreza del elemento material, pues habrás de recibir con eficacia la salvación: sin ambas cosas no puedes recibir la salvación. No soy yo quien lo dice, sino el señor Jesucristo, que es quien tiene la potestad sobre este asunto, pues él dice: "El que no nazca de nuevo" (10), añadiendo "de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Jn 3,5). Tampoco posee perfectamente la gracia quien es bautizado con agua, pero no recibe el Espíritu Santo. Incluso si alguien, estando instruido en las obras de las virtudes, no recibe el sello a través del agua, tampoco entrara en el reino de los cielos (11). Esta afirmación parece atrevida, pero no es mía, pues es Jesús quien la ha pronunciado: la prueba para ella tómala tú de la Sagrada Escritura. Cornelio era hombre justo, tenido por digno de contemplar a los ángeles, que adecuadamente había hecho llegar hasta Dios sus suplicas y sus limosnas. Pedro vino hasta él y fue derramado el Espíritu sobre los que creían, hablaron en lenguas y profetizaron (Ac 10,34) y, sin embargo, después de esta gracia del Espíritu, dice la Escritura: "Y mando (Pedro) que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo" (Ac 10,48) (12), para que, una vez regenerada ya el alma por la fe, también el cuerpo recibiese la gracia a través del agua.



La salvación a través del agua, en la historia de Israel

5. Pero si alguien desea saber por qué razón se da la gracia a través del agua, y no por algún otro elemento, lo averiguara examinando las Escrituras. Ciertamente es gran cosa el agua, el más hermoso de los cuatro elementos fundamentales del mundo (13). Pues la morada de los ángeles es el cielo; pero los cielos se componen de agua, la tierra es la sede del hombre y también la tierra ha brotado de las aguas: formada antes de la constitución en seis días de todas las cosas creadas, "el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas" (Gn 1,2). Principio del mundo es el agua y principio de los evangelios es el Jordán. La liberación del Faraón tuvo lugar para Israel a través del mar: la liberación de los pecados la obtiene el mundo por el lavatorio del agua en la palabra de Dios (cf. Ep 5,26). Donde quiera que se establezca una alianza entre quienes sea, allí interviene el agua. Fue después de un diluvio cuando se sanciono la alianza con Noé (Gn 9,9). La alianza con Israel se abordo desde el monte Sinaí, pero con lana escarlata e hisopo (He 9,19 Ex 24,6-8) (14). Elías fue tomado, pero no sin agua, pues primeramente se acerca al Jordán, pero después penetra en el cielo en un carro y transportado en un torbellino (2R 2,7). Primero se lava el sumo sacerdote, y después ofrece el incienso, pues Aarón fue lavado antes de ser hecho sumo sacerdote (Lv 8,6). Pues, ¿cómo oraría por los demás el que antes no hubiese sido purificado por el agua? Símbolo del bautismo era también la pila colocada en el tabernáculo (15).
 


La figura de Juan el Bautista

6. El bautismo es el fin de la Antigua y el comienzo de la Nueva Alianza. Pues el primer personaje importante fue Juan, el mayor entre los nacidos de mujer (Mt 11,11), que fue el último de los profetas: "Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron" (Mt 11,13). Pero él mismo fue el comienzo de las realidades evangélicas. Dice, en efecto, "comienzo del Evangelio de Jesucristo", (Mc 1,1), indicando que es entonces cuando "apareció Juan bautizando en el desierto" (Jn 1,4). Aunque recuerdes a Elías, el Tesbita, el que, tomado al cielo, tampoco él es mayor que Juan. También fue transportado Henoc, y tampoco es mayor que Juan. Moisés es mayor legislador y todos los profetas son admirables, pero no son mayores que Juan. No es mi intención hacer comparaciones entre profetas, pero tanto de aquellos como de nosotros dijo el Señor Jesús: "No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan" (Mt 11,11), y no se refiere a nacidos de vírgenes, sino de mujeres. Y si la comparación se hace entre consiervos y el siervo mayor, mucho mayor es la superioridad y la gracia del hijo frente a los siervos. ¿Ves a qué gran hombre eligió Dios como dador de esta gracia? Fue alguien que nada poseía y era amante de la soledad, pero no aborrecía el trato con los hombres; comía langostas, pero dejaba volar su alma (Is 40,30-31), saciaba su hambre con miel, mientras hablaba palabras sabias y más dulces que la miel. Iba vestido con pelo de camello, mientras daba en sí mismo ejemplo de vida ascética. Cuando era gestado en el seno de su madre, fue santificado por el Espíritu Santo (Lc 1,15). Del mismo modo fue santificado Jeremías (Jr 1,5), pero no fue profeta ya antes de salir del útero. Solo Juan salto de gozo en el interior del útero (Lc 1,44) y, al no ver con los ojos del cuerpo, reconoció en el Espíritu a su Señor. Puesto que era grande la gracia del bautismo, grande tenía que ser también su autor.



La predicación de Juan

7. Juan bautizaba en el Jordán y toda Jerusalén se acercaba hasta él gozando de las primicias de los bautismos (16). Es en Jerusalén donde tienen su comienzo todos los bienes. Sabed vosotros, jerosolimitanos, como los que se acercaban se dejaban bautizar por él. "Confesando sus pecados", dice (Mt 3,6). Primeramente mostraban sus heridas, y después él aplicaba la medicina, confiriendo a los que creían el rescate del fuego eterno. Si quieres que se te demuestre que el bautismo de Juan libraba de la amenaza del fuego, óyele a él mismo: "Raza de víboras, ¿quién os ha ensenado a huir de la ira que os amenaza? (Mt 3,7). No seas, pues, víbora. Pero si has sido alguna vez raza de víbora, despójate -está queriendo decir- de tu primitiva condición pecadora. Pues si una serpiente, al sentir la angustia del envejecimiento, cambia su piel y, renovándose, se rejuvenece con un nuevo cuerpo, también tú debes entrar por la puerta estrecha (Mt 7,13-14) mediante el ayuno que te libra de la perdición. Despójate del hombre viejo con sus obras (Col 3,9b) y di aquello del Cantar de los Cantares: "Me he quitado mi túnica, ¿cómo ponérmela de nuevo?". Pero tal vez hay entre vosotros algún simulador al acecho del favor de los hombres, que simule piedad pero no crea de corazón, sino que más bien imita la hipocresía de Simón Mago. Ese no viene hasta aquí para recibir la gracia, sino para husmear qué se le va a dar. Escuche también éste a Juan: "Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles. Todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego" (Mt 3,10). Suprime la simulación, pues el juez es inexorable.



Dar frutos de conversión

8. ¿Qué es, pues, lo que hay que hacer? ¿Cuáles son los frutos de la penitencia? "El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene" (Lc 3,11) (17) y "el que tenga para comer, que haga lo mismo". ¿Deseas disfrutar de la gracia del Espíritu Santo, y no te consideras digno de los que son pobres en alimentos sensibles? ¿Quieres las cosas grandes y no te comunicas en las pequeñas? Aunque hayas sido publicado y te hayas dado a la fornicación, ten esperanza en la salvación. "Los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios" (Mt 21,31). De ello es testigo también Pablo cuando dice: "Ni los impuros, ni los idolatras, etc..., heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados" (1Co 6,9-11). No dice: "Algunos habéis sido", sino "esto habéis sido". Se puede perdonar el pecado cometido por ignorancia, pero será condenando quien persevere en el mal.



Bautismo "en Espíritu Santo y fuego"

9. Para una mayor alabanza del bautismo tengo que referirme ya al mismo Hijo de Dios, pues de los hombres no puedo ya decir nada. Grande es realmente Juan, pero no si se le compara al Señor. Fuerte es su palabra, pero no en comparación con la palabra del Verbo. ¿Qué es un ilustre portavoz en comparación al rey? Bueno es quien bautiza en agua, pero ¿qué es en comparación con quien bautiza en Espíritu Santo y fuego? (Mt 3,11). En Espíritu Santo y fuego bautizo el Salvador a los Apóstoles cuando "de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que lleno toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo" (Ac 2,2-4).


El martirio puede ser bautismo

10. Si alguno no recibe el bautismo, no obtiene la salvación. Solo se exceptúan los mártires que, incluso sin el agua, reciben el reino. Pero el que salvó al mundo mediante la cruz dejó brotar sangre y agua de su costado traspasado (Jn 19,34), para que unos, en tiempos de paz, fuesen bautizados con el agua, mientras otros, en épocas de persecución, fuesen bautizados con su propia sangre. Pues también el Salvador dio al martirio el nombre de bautismo al decir: "¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" (Mc 10,38) (18). Y realmente los mártires confiesan, convertidos en "espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres" (1Co 4,9); también poco después confesaras tu. Pero no es tiempo todavía de que oigas hablar de esto.
 


El bautismo de Jesús

11. Jesús santifico el bautismo cuando él fue bautizado. Si el Hijo de Dios se hizo bautizar, ¿quién podrá despreciar el bautismo sin faltar a la piedad? Pues no fue bautizado Jesús para recibir el perdón de los pecados (pues estaba libre del pecado), sino que, a pesar de ello, fue bautizado para otorgar la gracia y la dignidad Divina a quienes se bautizan. Pues "así como los hijos participan de la sangre y de la carne, participo él también de las mismas" (He 2,14), para que, hechos participes de su presencia corporal, también tuviésemos parte en su gracia: para eso se hizo bautizar Jesús, para que por ello la consiguiésemos, por la comunión en la misma realidad, junto con el honor de la salvación. Según el libro de Job, había una bestia en las aguas capaz de engullir el Jordán con su boca (cf. Jb 40,15-24). Al tener que ser machacadas las cabezas del dragón (Ps 74,14) (19), descendiendo (Jesús) al agua, ato al fuerte (Mt 12,29) para que recibiésemos el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones (Lc 10,19). Muy pequeña era la bestia, pero horrenda. Ningún barco de pesca Podría llevar siquiera una escama de su cola; la perdición le precedía, infectando con su contagio a los que se encontraban con ella (20). Apareció la vida para frenar a la muerte, y para que pudiésemos decir que hemos conseguido la salvación: "¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Donde está, oh muerte, tu aguijón?" (1Co 15,55). Pues por el bautismo es destruido el aguijón de la muerte.



También tú descenderás al agua del bautismo

12. Desciendes al agua llevando los pecados, pero el alma queda sellada por la invocación de la gracia. Ello te libra de ser absorbido por la bestia salvaje. Has descendido muerto en tus pecados, pero asciendes vivificado en la justicia (Rm 6,11). Si has sido injertado en una muerte semejante a la del Salvador, también serás considerado digno de su resurrección (Rm 6,5). Pues Jesús murió tomando sobre si todos los pecados del mundo para, tras aniquilar el pecado, resucitarte en la justicia. También tu, descendiendo al agua, y sepultado en cierto modo en ella como él estuvo en el sepulcro, eres resucitado caminando en novedad de vida.



El bautismo te dará la fuerza para la lucha

13. Después, cuando Dios te haya concedido aquella gracia, te hará posible luchar contra las potestades contrarias. Así como él, después del bautismo, fue tentado durante cuarenta días. Y no porque no pudiese salir antes vencedor, sino porque quería hacer todas las cosas ordenada y sucesivamente. También tú, antes del bautismo, temías encontrarte con tus adversarios. Pero después que has recibido la gracia, confiado en las armas de la justicia, lucha ahora y, si quieres, anuncia el Evangelio.



Jesús comienza tras el bautismo su tarea de evangelización

14. Jesucristo era Hijo de Dios. Sin embargo, no evangelizaba antes de recibir el bautismo. Si el mismo Señor administraba los momentos con un cierto orden, ¿acaso debemos nosotros, que somos siervos, atrevernos a algo fuera de ese orden? Jesús comenzó su predicación cuando "descendió sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma" (Lc 3,22). No quiere decir que Jesús fuese el primero en verlo (pues lo conocía antes de que apareciese en forma corporal). Lo importante era entonces que lo viese Juan. Pues dice: "Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es..." (Jn 1,33) (21). Y también sobre ti, si tienes una piedad sincera, descenderá el Espíritu Santo y la voz del Padre descenderá desde lo alto sobre ti; no, "Este es mi Hijo" (Mt 3,17), sino "Ese ha sido hecho ahora hijo mío" (22). Solo de él (Jesús) se ha dicho: "En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios" (Jn 1,1). Es adecuado el verbo es, puesto que el Hijo de Dios existe siempre. Pero lo adecuado para ti es "ha sido hecho ahora", puesto que, el ser hijo, no lo eres por naturaleza, sino que has conseguido por adopción el ser llamado hijo. Él lo es desde toda la eternidad, pero tú adquieres esa gracia como un don.



Convertirse para hacerse bautizar y recibir el don del Espíritu Santo

15. Prepara, pues, el receptáculo de tu alma para que seas hecho hijo de Dios, y ciertamente heredero de Dios, coheredero de Cristo (Rm 8,17). Lo conseguirás si te preparas para lograrlo: acercándote por la fe para conseguir una firme convicción, dejando a un lado el hombre viejo. Pues se te perdonara todo el mal que hayas hecho, la fornicación, el adulterio o cualquier otra clase de maledicencia y pecado. ¿Qué mayor pecado que haber crucificado a Cristo? Pues también esto lo expía el bautismo. Pues al acercase aquellos tres mil que habían crucificado al Señor, les hablaba Pedro (23) y, cuando preguntaron: "¿Que hemos de hacer, hermanos?" (Ac 2,37), nos advertiste, oh Pedro, de nuestra ruina, diciendo: "Matasteis al Jefe que lleva a la vida" (Ac 3,15). ¿Qué emplasto se colocara en la herida? ¿Cómo se limpiara tanta suciedad? ¿Cuál será la salvación para tanta perdición? Respondió él: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Ac 2,38). ¡Oh inenarrable clemencia de Dios! No esperan salvación alguna, pero se les agracia con el don del Espíritu Santo. Ya ves qué poder tiene el bautismo. Si alguno de vosotros crucifico a Cristo con palabras blasfemas, o si alguno por ignorancia lo negó ante los hombres o si, finalmente, alguno por sus malas acciones hizo que se maltratase la verdad, ese tal conviértase y tenga esperanza, pues la gracia permanece activa.



Confianza en la misericordia de Dios

16. "Confía, Jerusalén: el Señor suprimirá tus pecados" (So 3,14-15) (24). "El Señor limpiara la inmundicia de sus hijos e hijas, con viento justiciero y viento abrasador" (Is 4,4). Derramara sobre vosotros agua pura y seréis purificados de todo vuestro pecado (Ez 36,25). Llegaran hasta vosotros los coros angélicos y dirán: "¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado?" (Ct 8,5). El alma que antes era esclava cuenta ahora al Señor como su amado. Y éste, al recibirla, exclamara: ¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres!... tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo" (Ct 4,1), ello como confesión que ha brotado del dictado de la conciencia. Y también se dice: "Todos los partos serán dobles" (Ct 4,2), porque se trata de una doble gracia: me refiero a que se consigue por el agua y el Espíritu, y se anuncia en la antigua y en la nueva Alianza. Haga Dios que todos vosotros, realizando este ayuno (25) y teniendo bien en cuenta lo que se dice, "fructificando en toda obra buena" (Col 1,10), manteniéndoos en pie ante el Esposo con corazón irreprensible, consigáis el perdón de los pecados de parte de Dios, a quien sea la gloria con el Hijo y en el Espíritu Santo por los siglos. Amén.



Notas

(1) Cirilo parece estar aludiendo al conocimiento que Cristo tiene de lo íntimo del hombre y, por consiguiente, el conocimiento que de sí mismo y de los demás tiene el que se acerca a Cristo de modo tan íntimo como puede serlo a través del bautismo. En esta línea es útil recordar 1Co 2, quizá especialmente 2,10-16: "Porque a nosotros nos lo ha revelado Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el Espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el Espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer, pues solo espiritualmente pueden ser juzgadas. En cambio, el hombre de Espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle. Porque "¿quién conoció la mente del Señor para instruirle?" (Is 40,13). Pero nosotros tenemos la mente de Cristo".

(2) El bautismo es considerado aquí como gracia (charis) o don.

(3) La expresión griega habla de "anunciadores" o, mejor, "pregoneros" (la versión latina habla de pracconum), refiriéndose expresamente a quienes anuncian el kerygma (megalofonon kerykon toné).

(4) Vid. procat., núm. 3.

(5) Se tiene en cuenta el texto mismo de las catequesis.

(6) Téngase en cuenta lo dicho ya varias veces sobre el "Carácter", referido al bautismo y a la confirmación (o ambos sacramentos a la vez). Para la comprensión de toda la frase debe incluirse también el hecho de que el "carácter" con el que se podía "sellar" en una tropa a los soldados era expresión del compromiso de un soldado con su señor. En la patrística latina, en la que Tertuliano pone definitivamente en circulación el término sacramentum, este término proviene originariamente, con un importante matiz religioso, del compromiso jurídico-militar contraído por el soldado con su jefe.

(7) Cf. cat. 4, núm. 18.

(8) Probablemente se está refiriendo Cirilo a la bendición del agua previa a la administración propiamente dicha del bautismo. Puede referirse también simplemente al hecho central de la colación del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, pero es tal vez más probable lo anterior.

(9) Cf. He 10,22; "... Acerquémonos con sincero corazón, en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavados los cuerpos con agua pura".

(10) Jn 3,3. Los editores del evangelio de Juan, de acuerdo con los códices, suelen preferir la versión "de lo alto". Sin embargo, entre los Padres es frecuentísima la idea del "nuevo nacimiento" (1P 1,3).

(11) Cf. el caso, sin embargo, del bautismo de los mártires en el núm. 10 de la presente catequesis.

(12) El razonamiento de Pedro había sido previamente (Ac 10,47): "¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?". En esta acción de Pedro es también el sello del bautismo el que reafirma el buen camino en que se encuentra Cornelio, lo cual ya había quedado atestiguado por el descenso del Espíritu sobre él y su gente. Todo el episodio y sus consecuencias es el bautismo de los primeros cristianos procedentes de la gentilidad, en Ac 10,1-11,18. Un cierto parecido guarda el episodio más tardío de Ac 19,1-7.

(13) Mención de la concepción filosófica, muy extendida en la antigüedad y ya vulgarizada más que auténticamente defendida en la época de las catequesis de Cirilo, según la cual son cuatro los elementos del mundo (aire, agua, tierra y fuego). La cuestión es para el dogma cristiano prácticamente irrelevante mientras no lleve a la negación del elemento Espiritual del hombre. Alusión a elementos fundamentales del mundo se encuentra en cat. 9, núm. 5. Evidentemente, en ésta y en otras afirmaciones la concepción cosmológica del mundo es antigua. Lo decisivo, no obstante, en las imágenes de Cirilo es el simbolismo del agua bautismal que se expone inmediatamente a continuación.

(14) Alusión también, según el relato de Éxodo, al rito de lo que sería la Eucaristía a partir de la última Cena.

(15) Ex 40,7: "Pondrás la pila entre la Tienda del Encuentro y el altar, y echaras agua en ella". La pila no se encuentra propiamente dentro del tabernáculo, sino en el atrio del tabernáculo.

(16) Se prefiere dejar el plural "de los bautismos" del original, pues ayuda a comprender la sustancial diferencia entre el "bautismo de conversión" de Juan (Lc 3,2), que se queda más bien en los límites de lo simbólico, y la novedad de la eficacia del bautismo de Jesús. Pero sería un error desconocer la importancia real del bautismo de Juan.

(17) El mismo Cirilo hace aquí, como si se trátese de una nota, la siguiente observación: "Creíble era aquel maestro, puesto que era el primero en practicar lo que ensenaba y no hacia lo que le prohibía su conciencia".

(18) Como recuerda la nota de la Biblia de Jerusalén a Mc 10,38, "según la fuerza original del término griego "bautizar", Jesús será "sumergido" en un bautismo de sufrimientos". En realidad el cristiano sabe que, al hacerse bautizar, es sumergido en la muerte de Jesús. Cf. el conocido pasaje Rm 6,3-11.

(19) Cf. Ez 29,3, donde se menciona a "Faraón, rey de Egipto, gran cocodrilo, recostado en medio de sus Nilos" (la imagen se prolonga en los versículos siguientes; Ez 32,1ss.). Los textos de Ezequiel evocan la victoria en el agua sobre Satanás. Desde ese punto "las cabezas machacadas del dragón" pueden interpretarse como la victoria sobre el diablo que se consigue a través del agua bautismal.

(20) Cf. la descripción del Leviatán en Jb 40,25-41,26.

(21) Cirilo no transcribe completo Jn 1,33, que concluye: "... ése es el que bautiza con Espíritu Santo".

(22) Vid. más abajo cat. III,9.

(23) Los "tres mil" es mención de Ac 2,41. Pero la aseveración de que éstos "habían crucificado al Señor" supone las afirmaciones de Ac 2,23; "... Vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos".

(24) La versión que se da de Sof responde a la forma como Cirilo cita al profeta.

(25) Se trata del ayuno de los cuarenta días de la Cuaresma.



 

CATEQUESIS IV: LOS DIEZ DOGMAS


Pronunciada en Jerusalén, trata de los "diez dogmas". Se parte de Col 2,8:

"Mirad nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosofía, fundada en tradiciones humanas, según los elementos del mundo y no según Cristo" (1).

Finalidad: la catequesis sobre los dogmas es necesaria para evitar la desorientación.
Además de las buenas obras, se requieren creencias correctas
Se procederá ordenadamente
ACERCA DE DIOS (dogma I)
ACERCA DE CRISTO (dogma II)
LA CONCEPCIÓN VIRGINAL (dogma III)
ACERCA DE LA CRUZ (dogma IV)
LA RESURRECCIÓN (dogma V)
EL JUICIO VENIDERO (dogma VI)
EL ESPÍRITU SANTO (dogma VII)
SOBRE EL ALMA (dogma VIII)
SOBRE EL CUERPO (dogma IX)
SOBRE LA RESURRECCIÓN (dogma X)
LAS SAGRADAS ESCRITURAS (dogma XI)



Finalidad: la catequesis sobre los dogmas es necesaria para evitar la desorientación.

1. El vicio imita a la virtud y la cizaña pretende pasar por trigo, porque en el aspecto es ciertamente semejante al trigo, pero los entendidos la distinguen por el gusto. También el diablo se transforma en ángel de luz (2Co 11,14), no para volver a donde estuvo (pues su corazón es inflexible como un yunque, sin posibilidad de un nuevo arrepentimiento), sino para envolver en la niebla de la ceguera y en el pestilente estado de la incredulidad a quienes llevan una vida semejante a la de los ángeles. Muchos van como lobos vestidos de oveja, pero con uñas y dientes de otra clase: vestidos de piel suave, disfrazándose con tal aspecto ante los sencillos, arrojan por sus dientes el mortal veneno de la impiedad. Por eso nos es necesaria la gracia para observar con mirada vigilante y aguda, no sea que, comiendo cizaña en lugar de trigo, caigamos en el vicio por ignorancia o que, creyendo que es oveja quien es lobo, nos convirtamos en su presa. Como también podría ser que, tomándolo por un ángel bienhechor, cuando es en realidad el diablo artífice de la ruina, seamos devorados por él. Pues "esta rondando como león rugiente, buscando a quien devorar", como dice la Escritura (1P 5,8). Por esto hace la Iglesia sus advertencias; por esto se imparte está enseñanza; por este motivo se establecen estas lecturas.
 


Además de las buenas obras, se requieren creencias correctas

2. Pues la piedad consta de dos cosas, los sagrados dogmas y las buenas obras: ni es agradable a Dios la doctrina sin buenas acciones, ni Dios acepta las obras separadas de las creencias religiosas. ¿Qué utilidad tiene el recto sentir acerca de Dios si se fornica deshonestamente? Y, a la inversa, ¿de qué sirve obrar con pudor -lo que en sí es correcto si luego se blasfema impíamente? Por consiguiente, es de gran valor el conocimiento que se pueda tener de los dogmas. Para ello es necesario tener una mente vigilante, como quiera que hay quienes obtienen su botín por medio de la filosofía y vanas falacias (Col 2,8). Los gentiles seducen a diversas realidades mediante un hablar suave, pues "miel destilan los labios de la meretriz" (Pr 5,3). Y quienes provienen de la circuncisión engañan a quienes se les acercan con falsas interpretaciones de la sagrada Escritura (Tt 1,10-11), comentándola desde su infancia hasta su vejez y envejeciendo en la ignorancia de la realidad (2Tm 3,7). Los herejes, por su parte, engañan a los humildes mediante la blandura de su lenguaje y la suavidad en el decir (Rm 16,18), entrelazando con el dulce nombre de Cristo los dardos envenenados de los decretos impíos. De todos ellos a la vez dice el Señor: "Mirad que nadie os lleve a engaño" (Mt 24,4). Por ello se entrega la doctrina de la fe y se hacen exposiciones de la misma (2).



Se procederá ordenadamente

3. Pero antes de transmitiros aquello que pertenece a la fe, creo que haré bien enunciando en un breve compendio los temas fundamentales de las verdades necesarias, no sea que por las muchas cosas que hay que decir o por la misma duración de toda la santa Cuaresma pierdan la memoria del conjunto quienes entre vosotros tengan una mente más sencilla. Enumerando ahora por capítulos, no olvidaremos lo que después se ha de tratar más ampliamente. Llévenlo con paciencia los que tienen hábitos mentales más perfectos y unos sentidos más ejercitados en la distinción entre el bien y el mal, pues oirán un exordio muy simple y una introducción suave, para que a la vez obtengan provecho aquellos que necesitan de la catequesis y quienes ya tienen ciencia se alegren de recuperar en su memoria lo que ya sabían.



ACERCA DE DIOS (dogma I)

4. A modo de fundamento, establézcase firmemente en vuestra alma la verdad acerca de Dios (3). A saber, un Dios que es solamente uno, no engendrado (4) por otro, y sin nadie que vaya a sucederle, que no tuvo principio ni tendrá nunca fin, y que es él mismo bueno y justo. Si alguna vez oyes a un hereje que diga que hay algún otro que sea bueno o justo (5), dándote cuenta al punto de la herejía, reconoce el dardo envenenado. Algunos se atrevieron, mediante un discurso malévolo, a dividir al Dios único: y unos dijeron que el autor y dueño del alma es otro que el de los cuerpos, enseñándolo necia e impíamente. Pues, ¿cómo es posible que un único hombre sea siervo de dos señores si dice el Señor en el Evangelio: "Nadie puede servir a dos señores" (Mt 6,24)? Por consiguiente, solo hay un Dios, autor a la vez de las almas y los cuerpos. Uno es el creador del cielo y de la tierra, hacedor de los ángeles y de los arcángeles, artífice de las múltiples realidades, Padre desde la eternidad de su único Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, por quien hizo todo (Jn 1,3) lo visible y lo invisible (Col 1,16).

5. El Padre de Nuestro Señor Jesucristo no está circunscrito a un lugar ni es menor que el cielo, pero los cielos son obra de sus dedos (Ps 8,4) y toda la tierra se contiene en su puños. Está a la vez en el interior y fuera de todas las cosas. Y no creas que el sol le supera a él en luminosidad o es siquiera igual. Pues quien hizo el sol debe ser sin comparación mucho mayor y luminoso (6). Tiene conocimiento previo de las cosas futuras y es más potente que todas ellas, todo lo sabe y todo lo hace según su voluntad: no está sujeto a la sucesión de las cosas ni a lo que marcan los astros, al azar o a la necesidad del hado. Es perfecto en todas las cosas y posee por igual toda clase de virtud. Ni disminuye ni se agranda, sino que se mantiene siempre igual y del mismo modo. Ha preparado castigo a los pecadores y la corona a los justos.

6. Ahora bien, puesto que muchos se han apartado de modos diversos del único Dios: algunos hicieron Dios al sol para permanecer sin Dios durante la noche; otros a la luna para no tener Dios durante el día; otros hicieron Dios a otras partes del mundo; algunos a las artes y otros a los alimentos o a sus pasiones. Unos enfermaron por el amor de las mujeres, otros consagraron a Venus una imagen solemnemente colocada y, bajo esta apariencia visible, prestaron adoración a los vicios y afectos de su alma. Hubo quienes, atónitos ante el fulgor del oro, juzgaron que éste y otros materiales eran dioses (7). Pero si alguno graba bien en su interior la doctrina de que Dios es el principio único y cree en él de corazón, impedirá el atropello y el ímpetu de los vicios de la idolatría y del error de los herejes (8). Por tanto, pon por la fe este primer dogma (9) en tu alma.



ACERCA DE CRISTO (dogma II)

7. Cree también en el solo y único Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, Dios engendrado de Dios, engendrado como vida de la vida, como luz de luz, semejante en todo al Padre (10), que no comenzó a existir en el tiempo, sino que fue engendrado desde la eternidad antes de todos los siglos y antes de todo lo que se pueda pensar. El es la sabiduría, el poder de Dios y la justicia en persona (11), y está sentado a la derecha del Padre antes de todos los siglos. Pues no fue coronado por Dios, como algunos pensaron después de su pasión ni se sentó a su derecha como premio a su paciencia. En realidad tiene la dignidad regia desde el comienzo de su existencia (aunque ha sido engendrado desde toda la eternidad): siendo Dios, su sabiduría y su potestad, se sienta junto al Padre, como ya se ha dicho; reina juntamente con el Padre y lo gobierna todo con él. Nada absolutamente le falta de la dignidad divina (12) y tiene un conocimiento perfecto de aquel por quien ha sido engendrado como él es a su vez conocido por quien le engendró (Jn 10,15). Para decirlo en resumen, recuérdese lo escrito en los Evangelios: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo" (Mt 11,27).

8. Pero no separes al Hijo del Padre ni creas, al relacionarlos, en una "filio-paternidad" como mezcla de uno y otro. Cree, en cambio, en que es el Hijo unigénito de Dios, Dios-Palabra antes de todos los siglos (13). Pero no es palabra que, una vez pronunciada, se perdió en el aire ni semejante a las palabras que carecen de consistencia sólida y propia: es la Palabra-Hijo, creador de quienes se sirven de la palabra y de la razón; es la Palabra que escucha al Padre y habla él mismo. Si Dios lo permite, hablaremos de estas cosas en su momento, pues no nos olvidamos de nuestro plan, que es ahora enumerar solo los temas de una necesaria introducción a la fe.



LA CONCEPCIÓN VIRGINAL (dogma III)

9. Cree también que el unigénito Hijo de Dios descendió del cielo a la tierra por causa de nuestros pecados, asumiendo nuestra humanidad, sujeta a las mismas debilidades a las que nosotros estamos sometidos; que nació de una santa Virgen, y por obra del Espíritu Santo. Esta humanidad la asumió, no según una apariencia o mediante algún tipo de ficción, sino de modo verdadero. Ni a través de una virgen, como arrastrado a lo largo de un canal, sino habiéndose encarnado verdaderamente desde ella (y verdaderamente alimentado de ella con leche), comiendo y bebiendo además verdaderamente como nosotros. Porque si la asunción de la naturaleza humana fue un fantasma (y un engaño visual), también la salvación habría sido un engaño. (Doble era Cristo: hombre en lo que podía verse, y Dios en lo que quedaba oculto) (15). En cuanto hombre, comía verdaderamente como nosotros, pues experimentaba estados corporales semejantes a los nuestros; pero, en cuanto Dios, alimentaba con cinco panes a cinco mil hombres (Mt 14,17-21). En cuanto hombre, murió verdaderamente, pero en cuanto Dios llamo a la vida a un muerto ya de cuatro días (Jn 11,39-44). Como Dios, camino también tranquilamente sobre las aguas.



ACERCA DE LA CRUZ (dogma IV)

10. Fue verdaderamente crucificado por nuestros pecados (16). Pero si quieres negarlo, te convencerá este conocido lugar, este dichoso Gólgota en el que estamos congregados por causa del que fue clavado en la cruz: todo el orbe está lleno de los pedazos en que ha sido cortado el leño de la cruz. Pero no fue crucificado por sus pecados, sino para que fuésemos liberados de los nuestros propios. Fue entonces despreciado por los hombres, golpeado como hombre con bofetadas (Mt 26,27). Pero la creación lo reconoció como Dios, pues, al ver el sol a Dios sujeto a la ignominia, se ocultó temeroso no pudiendo soportar el espectáculo (Lc 23,45).
 


La sepultura

11. Se le coloco, como hombre, en un monumento en la roca (Mt 27,60), pero las piedras, al temblar, se resquebrajaron (Mt 27,51). Descendió al sheol, para rescatar allí a los justos (17). ¿Querías acaso, te pregunto, que los vivos gozasen de la gracia de Dios sin ser muchos de ellos santos? ¿Que no consiguiesen la libertad quienes estaban prisioneros largo tiempo desde Adán? El profeta Isaías anuncio con voz excelsa muchas cosas acerca de él. ¿No querías, pues, que el rey los liberase descendiendo con su anuncio? Allí estaban David, Samuel y todos los profetas. E incluso el mismo Juan, que decía por sus enviados: "¿Eres tu el que ha de venir, o debemos esperar a otro?" (Mt 11,3). ¿No desearías que, descendiendo, liberase a esos hombres?



LA RESURRECCIÓN (dogma V)

12. Pero quien había descendido a los infiernos (18), subió de nuevo. Y Jesús, que había sido sepultado, resucito verdaderamente al tercer día. Si alguna vez te sientes vejado por los judíos, replícales recordándoles que Jonás salió de la ballena al cabo de tres días (Jon 2,1). Y si también un muerto recobro la vida al contacto con los huesos de Eliseo (2R 13,21), ¿no habrá de ser resucitado (19) con mucha más facilidad el creador de los hombres? Por tanto, realmente resucito y, vuelto a la vida, se dejo ver de nuevo por los discípulos, y los doce discípulos fueron testigos de la resurrección (Ac 2,32 Ac 3,15 1Co 15,5), los cuales dieron testimonio de la resurrección no solo con sus palabras, sino llegando hasta los suplicios y la muerte con la esperanza de una verdadera resurrección. Ciertamente "por declaración de dos o tres testigos será firme una causa", según la Escritura (Dt 19,15 Mt 18,16). Y siendo doce los que testifican acerca de la resurrección de Cristo, ¿sigues todavía sin creer en ella?
 


La Ascensión (20)

13. Una vez que Jesús termino el curso de sus sufrimientos y libero a los hombres de sus pecados, ascendió en una nube (Ac 1,9) recogido de nuevo en los cielos; los ángeles estaban junto al que ascendía y los Apóstoles contemplaban. Pero si alguien desconfía de lo que decimos, crea en virtud y por el poder de las cosas que ahora se ven. Pues cuando los reyes mueren, pierden con la vida su poder, pero Cristo crucificado es adorado por todo el orbe (21). Anunciamos a un crucificado y tiemblan los demonios. Muchos han sido en las diversas épocas clavados a una cruz. Pero ¿acaso hizo huir al demonio la invocación de algún otro crucificado que no fuese él?

14. Por consiguiente, no nos avergoncemos de la cruz de Cristo y, si ves a alguien que la esconda, haz tu con ella la señal en tu frente para que los demonios, viendo el signo regio, huyan lejos aterrados (22). Haz este signo al comer y al beber, cuando te sientes, te acuestes y te levantes, al hablar y cuando estés andando; en una palabra, en toda circunstancia. Pues aquel que aquí fue crucificado, está ahora arriba en los cielos (23). Pues si, después de crucificado y sepultado, se hubiese quedado en el sepulcro, tal vez habría que ruborizarse; pero el que fue clavado en el Gólgota a la cruz, desde la tumba mirando al Oriente en el monte de los Olivos (Za 14,4) ascendió en el monte al cielo (Lc 24,50-51 Ac 1,12, "Desde el monte llamado de los Olivos"(Lc 19,29). Descendiendo de la tierra a los infiernos (24) y vuelto de allí hasta nosotros, retorno desde nosotros de nuevo al cielo, aclamándole el Padre y diciendo: "Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies" (Ps 110,1).



EL JUICIO VENIDERO (dogma VI)

15. Este Jesucristo que ascendió vendrá de nuevo del cielo, no de la tierra. He dicho "no de la tierra", pues de la tierra si han de venir en este tiempo muchos anticristos (1Jn 2,18). De hecho, como veis, muchos han comenzado a decir (25): "Yo soy el Cristo" (Mt 24,5), después de lo cual ha de venir la "abominación de la desolación" (Mt 24,15 par.; Da 9,27 Da 11,31 Da 12,11), usurpando para sí en falso el nombre de Cristo. Pero tu -hazme el favor- no esperes que el verdadero Cristo, Hijo unigénito de Dios, tenga que venir de la tierra, sino de los cielos, y habrá de ser visto por todos con el máximo fulgor y el máximo resplandor, rodeado de una escolta de ángeles, para juzgar a vivos y muertos. Así obtendrá el reino celeste, sempiterno y carente de todo fin. Ten certeza de todo esto y sé cauto cuando muchos digan que se acerca el final del reino de Cristo.



EL ESPÍRITU SANTO (dogma VII)


16. Cree también en el Espíritu Santo y piensa de él lo que has aceptado del Padre y del Hijo, y no según los que enseñan cosas erróneas sobre él (26). Aprende por tanto que este Espíritu Santo es uno y, además, indiviso y omnipotente. Al realizar muchas cosas, no obstante, no se divide. Conoce los misterios, todo lo escruta, hasta las profundidades de Dios; descendió sobre el Señor Jesucristo en forma de paloma (Lc 3,22), había estado actuante en la ley y los profetas, pero también ahora sella tu alma con ocasión del bautismo (27): de su santidad necesita ahora toda la naturaleza racional y, si alguien se atreviere a blasfemar contra él, no se le perdonara ni en este mundo ni en el venidero (Mc 3,29 par.). Juntamente con el Padre y el Hijo posee el honor y la gloria de la divinidad; también de él necesitan los tronos y las dominaciones, los principados y las potestades (28). Pues solo hay un Dios, Padre de Cristo; y hay un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios; y un solo Espíritu Santo, que todo lo santifica y lo deifica, y que hablo en la Ley y los Profetas, en la antigua y en la nueva Alianza.

17. Ten siempre esta señal en tu mente, pues a ella se le está anunciando todo esto de modo sumario; pero si Dios lo permite, todo lo explicaremos más ampliamente, según nuestras fuerzas, demostrándolo según las Escrituras. Pues, acerca de los divinos y santos misterios de la fe, no debe transmitirse nada sin las Sagradas Escrituras, ni deben aducirse de modo temerario cosas simplemente probables y apoyadas en argumentos construidos con palabras artificiosas. Y no creas, pues, que voy a proceder de este modo, sino probando por las Escrituras lo que te anuncio. Pues esta fe, a la cual debemos nuestra salvación, no recibe su fuerza de los comentarios y las disputas, sino de la demostración por medio de la Sagrada Escritura.



SOBRE EL ALMA (dogma VIII)

18. Tras el conocimiento de esta venerable, gloriosa y santísima fe, debes conocerte también a ti mismo: ¿Quién eres tú? (29). Como hombre, tú has sido hecho compuesto de alma y cuerpo y, según se ha dicho poco antes (30), el mismo Dios es autor de tu alma y de tu cuerpo. Debes saber también que tienes un alma libre que es obra maestra de Dios, hecha a imagen de su creador: inmortal por causa de Dios que le confiere la inmortalidad; un ser vivo dotado de razón y libre de la corrupción por causa de quien le otorgo todo ello; con capacidad de hacer lo que desee.

Pues tu no pecas por la posición de los astros cuando naciste (31) ni te ves enredado en la fornicación de modo fatal, ni tampoco, según deliran algunos, te fuerza la conjunción de los astros a caer en la lascivia contra tu voluntad. ¿Por qué, al no querer reconocer tus propios males, atribuyes tu culpa a los astros inocentes? Y no me hables, después de todo esto, de los astrólogos, pues dice de ellos la Escritura: "Que vengan ahora y que te salven los que hacen la carta del cielo", para añadir poco más abajo: "Helos ahí como briznas de paja, que serán consumidos por el fuego; no podrán escapar de los brazos de las llamas" (Is 47,13). Pero aprende también esto: antes de que el alma viniese a este mundo, no cometió pecado. Pero habiendo venido inocentes, pecamos ahora voluntariamente (32). No pienses que estoy interpretando mal aquello de: "Pero si hago lo que no quiero..." (Rm 7,16), sino recuerda aquello otro: "Si vosotros queréis, si sois dóciles, comeréis los bienes de la tierra; si no queréis y os rebeláis, seréis devorados por la espada" (Is 1,19-20) y, por otra parte: "Como ofrecisteis vuestros miembros al servicio de la impureza y de la iniquidad para la iniquidad, así ahora entregad vuestros miembros al servicio de la justicia para la santidad" (Rm 6,19). Acuérdate también de lo que dice la Escritura: "Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios..." (Rm 1,28) y "lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto" (Rm 1,19) y, por otra parte, "han cerrado sus ojos" (Mt 13,15, citando Is 6,9-10). Acuérdate de Dios cuando increpa y dice: "Yo te había plantado de la cepa selecta, toda entera de simiente legítima. Pues, ¿cómo te has mudado en sarmiento de vid bastarda?" (Jer 2,21).

20. El alma es inmortal. Y son semejantes todas las almas: tanto de los hombres como de las mujeres. Solo son diferentes los miembros de los cuerpos. No existe una clase de almas pecadoras por naturaleza y otras que actúen debidamente, pues todas actúan según su voluntad y el albedrio de cada una, mientras no hay diversidad en la sustancia de las almas y es semejante en todas ellas.

En fin, me doy cuenta de que he dicho muchas cosas y que se nos está pasando el tiempo. Pero, ¿qué deberá anteponerse a la salvación? ¿No serás capaz de esforzarte un poco para obtener fuerzas frente a los herejes? ¿Y no quieres conocer los desvíos del camino para no caer, por imprudencia, en el precipicio? Quienes estas cosas te ensenan, no piensan obtener la más mínima ganancia con que tu las aprendas. Y tú, que eres el que las aprendes, ¿no deberás acoger de buen grado la multitud de cosas que se dicen?

21. El alma es libre y dueña de sí misma. El diablo puede ciertamente sugerir, pero no puede forzarla a actuar privándola de la voluntad. Cuando viene a ti el pensamiento de la fornicación, si quieres, lo admites, pero no si lo rechazas. Pues si tuvieras necesariamente que fornicar, ¿por qué motivo habría preparado Dios la gehena? Si por naturaleza hace lo recto, y no libremente, ¿con qué fin habría dispuesto Dios premios inefables? Mansa es la oveja, pero nunca ha sido coronada por su mansedumbre, puesto que esa mansedumbre no le viene por determinación de su voluntad, sino por su modo de ser.



SOBRE EL CUERPO (dogma IX)

22. Ya has oído, querido, bastantes cosas acerca del alma; si puedes, escucha ahora también acerca del cuerpo. Y no pienses lo que algunos dicen de que el cuerpo no lo ha hecho Dios, y creen que el alma habita en él como en un recipiente que le es ajeno, inclinándose por tal motivo a la práctica de la fornicación (33). ¿Qué es lo que ellos recriminan al cuerpo admirable? ¿Qué es lo que le falta de decencia y armonía? ¿Qué es lo que carece de estética en su estructura? ¿No deberán caer en la cuenta tanto de la espléndida configuración de los ojos como de la posición oblicua de los oídos, para poder oír sin dificultad, o del olfato capaz de distinguir olores o también los aromas suaves, o en la doble capacidad de la lengua para gustar de las cosas y para poder hablar, sin olvidar la capacidad pulmonar para respirar el aire sin cesar? ¿Quién dio al corazón su movimiento continuo? ¿Quién anudo los nervios a los huesos de modo tan sabio? ¿Quién asigno una parte del alimento a la reparación de las fuerzas de la naturaleza, destinando otra a la defecación, haciendo cubrir pudorosamente las partes menos nobles? ¿Quién es el que hizo que la débil naturaleza humana pudiese perpetuarse mediante una sencilla unión?

23. Y no me digas que el cuerpo es causa del pecado (34). Pues si el cuerpo es la causa del pecado, ¿por qué no pecan los muertos? Coloca una espada a la derecha de un hombre que haya muerto hace poco, no matara a nadie. Ya pueden desfilar, ante un joven recientemente muerto toda clase de hermosuras; no experimentara ninguna lascivia. ¿Por qué? Porque el cuerpo no peca por sí mismo; es el alma quien peca por medio del cuerpo. El cuerpo es como el instrumento del alma, como si fuese vestido y su abrigo: se hace inmundo si es ella la que lo mueve a la fornicación; pero si se une a un alma santa, se convierte en templo del Espíritu Santo. Y no lo digo esto yo, sino el apóstol Pablo: "¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros?" (1Co 6,19). Respeta, por tanto, tu cuerpo como templo del Espíritu Santo. No manches tu carne con la fornicación; no ensucies este vestido tuyo hermosísimo. Pero si lo ensuciaste, lávalo ahora por la penitencia: hazlo mientras todavía hay tiempo.

24. En lo referente a la castidad, ponga atención sobre todo el orden de los monjes y de las vírgenes (35), que viven en el mundo una vida semejante a la de los ángeles, pero escuche también todo el pueblo de la Iglesia. Grande es, hermanos, la corona que os está preparada y, para que no cambiéis tan gran dignidad por un placer mezquino, oíd al Apóstol cuando dice: "Que no haya ningún fornicario o impío como Esaú, que por una comida vendió su primogenitura" (He 23,26). Y, escrito en los libros evangélicos tu nombre a causa del propósito de pureza, cuida de que después no se tenga que borrar a causa de la torpeza cometida.

25. Tampoco debes, si cumples perfectamente el deber de la castidad, engreírte frente a los que, unidos en matrimonio, siguen un inferior estado de vida. Como dice el Apóstol, "tened todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal sea inmaculado" (He 13,4). Además, tú que vives íntegramente la castidad, ¿acaso no has nacido de padres casados? No porque poseas oro, desprecies la plata, sino que posean esperanza plena también los que viven legítimamente en matrimonio, puesto que no viven licenciosamente su unión en la pasión y el desenfreno, sino de acuerdo con lo que debe ser, concediéndose a veces tiempos para dedicarse a la oración (1Co 7,5); estos tales ofrecen sus cuerpos puros, juntamente con su vestimenta, en las asambleas de la Iglesia, pues contrajeron nupcias no por disfrutar de las pasiones, sino por la procreación de los hijos.

26. No hay que reprobar, defendiendo un matrimonio único, a quienes se deciden por segundas nupcias. Pues aunque la continencia es cosa hermosa y admirable tampoco hay que ignorar la debilidad de la carne, lo que se puede remediar con un segundo matrimonio. El Apóstol dice, en efecto: (A los débiles y a las viudas) "bien les está quedarse como yo. Pero si no pueden contenerse, que se casen; mejor es casarse que abrasarse" (1Co 7,8-9). Y deséchese todo lo demás, la fornicación, el adulterio y toda clase de lascivia; pero consérvese el cuerpo puro para el Señor, para que también el Señor respete el cuerpo. Nútrasele (al cuerpo) con alimentos para vivir y dénsele los cuidados adecuados, pero no para que se entregue a los placeres.



Sobre los alimentos

27. Estas deben ser vuestras normas sobre los alimentos; de hecho hay muchos que tienen problemas con esa cuestión. Pues unos se manejan sin problemas con lo sacrificado a los ídolos, otros se abstienen, por razones de práctica de la vida ascética, de algunas de las cosas ofrecidas y condenan a quienes las comen (36), y así se mancha de modos diversos el alma de algunos con respecto a los alimentos (1Co 8,7), al ignorar las causas validas para comer o abstenerse. Ayunamos de vino y nos abstenemos de carnes, no porque por motivos religiosos los aborrezcamos, sino en la expectativa de la gratuidad, de modo que, despreciando lo sensible, gocemos del banquete Espiritual y verdadero. De modo también que, sembrando ahora en lágrimas, recojamos la cosecha de la alegría en el mundo venidero (Ps 126,5-6). No despreciéis, por tanto, a los que comen, pues toman alimento por la debilidad de sus cuerpos; tampoco reprendas a los que toman un poco de vino por su estomago y sus frecuentes enfermedades (37), ni los condenes como pecadores; tampoco odies las carnes, pues algunos tales había conocido el Apóstol cuando decía que "prohíben el matrimonio y el uso de alimentos que Dios creó para que fueran comidos con acción de gracias por los creyentes" (1Tm 4,3). Por consiguiente, si tú te abstienes de estas cosas, no lo hagas como si fuese abominable, pues si así fuese no obtendrías la gracia; más bien déjalas, aun siendo buenas, por lo más auténtico que se te propone, que es mucho mejor.

28. Evita totalmente comer lo que fue ofrecido a los ídolos, pues no se trata de que lo diga yo actualmente, sino que de tales alimentos se preocuparon los mismos Apóstoles y, en aquella época, incluso Santiago, obispo de esta Iglesia; pues los Apóstoles y presbíteros escribieron una epístola a todos los gentiles con la finalidad de que se abstuviesen primera y principalmente de lo inmolado, pero también de la sangre y de lo ahogado (Ac 15,20-29,38). Pues muchos hombres de fiera índole que viven como perros lamen la sangre como bestias salvajes y se hinchan de animales ahogados. Pero tú, que eres siervo de Cristo, observa esto cuando comas para hacerlo piadosa y religiosamente. Con esto basta acerca de los alimentos.

 

Sobre el vestido

29. Lleva un vestido sencillo, y no como ornato sino para cubrirte lo necesario; no para deleitarte con molicie, sino para calentarte en invierno y cubrir pudorosamente tu cuerpo; pero no caigas en la complicación innecesaria del vestido, con el pretexto de que te has de cubrir, o en cualquier otra necedad.



SOBRE LA RESURRECCIÓN (dogma X)

30. De este cuerpo usa, por favor, moderadamente; sábete que habrás de ser resucitado de entre los muertos para ser juzgado precisamente con ese cuerpo (38) (39). Pero si te viniere cualquier pensamiento de desconfianza, como si ello no pudiese suceder, juzga por otras cosas tuyas que tampoco parecen reales. Pues tu mismo, dime, piensa dónde estabas hace cien años o más. Y, si partiste de ser una realidad tan pequeña y vil, ¿cómo es que has llegado a tal desarrollo con tal armonía de tu figura externa? El que hizo que existiera lo que no existía anteriormente, ¿acaso no podrá resucitar a lo que ya fue y murió? El que cada año, en favor nuestro, levante el trigo que, sembrado, perece y se pudre, ¿tendrá dificultad en resucitarnos a nosotros mismos por quienes él mismo resucito? Ves como los árboles se mantienen ahora durante tantos meses sin fruto y sin hojas; pero todos ellos, pasado el invierno, recobran la vida tras haber estado como muertos. ¿No seremos nosotros, mucho más y mucho más fácilmente, llamados de nuevo a la vida? La vara de Moisés se transformo, por voluntad de Dios, en algo muy diferente de ella misma, en una serpiente. ¿No podrá, pues, el hombre caído en la muerte ser restituido a sí mismo?

31. No hagas caso de los que dicen que no resucita este cuerpo, pues resucitara. Testigo de ello es Isaías cuando dice: "Resucitaran los muertos, y se levantaran los que están en los sepulcros" (Is 26,19) (40) y, según Daniel: "Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertaran, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno" (Da 12,2).

Por lo demás, la resurrección es para todos los hombres, pero no será para todos igual. Pues todos recibiremos cuerpos eternos, pero no todos iguales. Los justos lo recibirán para unirse eternamente al coro de los ángeles, y los pecadores para sufrir eternamente las penas por sus pecados.



El bautismo

32. Por todo lo cual, el Señor, por su bondad para con los hombres, les concedió a éstos la conversión del bautismo, para que, arrojando la mayor parte del peso de los pecados, e incluso todo el lastre (He 12,1), por la obtención del sello por medio del Espíritu Santo lleguemos a ser herederos de la vida eterna. Pero, puesto que ya antes hablamos suficientemente acerca del bautismo, pasemos ahora a los temas de instrucción que quedan.



LAS SAGRADAS ESCRITURAS (dogma XI)

33. Todo esto nos lo enseñan las Escrituras de la antigua y de la nueva Alianza, inspiradas por Dios. Uno mismo es el Dios de ambas alianzas, que en la antigua preanuncio que Cristo se manifestaría en la nueva y que nos condujo por la Ley y los Profetas como pedagogo hasta Cristo. "Antes de que llegara la fé, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la Ley" (Ga 3,23), y "la Ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo. Pero si alguna vez oyes a alguno de los herejes denigrando a la Ley o los profetas, replícale con aquella palabra saludable que dice: "No vino Jesús a abolir la Ley, sino a cumplirla" (41). Aprende también de la Iglesia con afán cuales son los libros del Antiguo Testamento y cuáles del Nuevo, y hazme el favor de no leer ninguno de los apócrifos (42), Pues si no estás al tanto de lo que todo el mundo conoce y confiesa, ¿por qué pierdes lastimosamente el tiempo con cuestiones dudosas y controvertidas? Lee las Sagradas Escrituras, o sea, estos veintidós libros del Antiguo Testamento que tradujeron los setenta y dos intérpretes (43).

34. Después que murió Alejandro, rey de los Macedonios, dividido su reino en cuatro principados, Babilonia, Macedonia, Asia y Egipto, uno de los que reinaron en Egipto, Ptolomeos Filadelfo, príncipe estudiosísimo de las letras, hacía acopio de libros de cualesquiera lugares. Oyó hablar a su bibliotecario Demetrio Falereo sobre las Escrituras de la Ley y los Profetas. Pensaba rectamente que por la fuerza no se obtienen los libros, sino que uno se gana a sus poseedores más bien por los regalos y la amistad. Sabiendo que, al forzar violentamente, lo que se da contra la voluntad propia queda frecuentemente corrompido por el engaño, mientras que lo que se enseña de modo espontáneo se regala con toda sinceridad, envió al entonces sumo sacerdote Eleazar numerosos presentes para adornar el templo de Jerusalén, haciendo venir a él a seis hombres por cada una de las doce tribus de Israel. Después, con la finalidad de comprobar si los libros estaban o no inspirados por Dios, buscando que los intérpretes enviados no se pusiesen de acuerdo entre sí, los hizo colocar a cada uno de ellos en estancias propias en donde está el Faro de Alejandría (44), ordenando a cada uno traducir toda la Escritura. Terminaron el trabajo en el lapso de setenta y dos días, y el rey reunió todas las versiones, elaboradas en lugares separados y sin contacto entre los autores, comprobando que coincidían completamente no solo en cuanto al sentido, sino en los términos mismos. La obra, pues, no era una creación verbal ni artificio de humanos sofismas, sino una versión de las Sagradas Escrituras, dictadas por el Espíritu Santo y con la inspiración de ese mismo Espíritu.

35. Lee, pues, los veintidós libros, pero no quieras saber nada de los apócrifos. Medita y estudia solo aquellos, que son los que en la Iglesia leemos con confianza cierta; mucho más prudentes y piadosos que tu eran los Apóstoles, así como los antiguos obispos de la Iglesia que nos los transmitieron; por tanto, tu, que eres hijo de la Iglesia, no conculques sus leyes. Medita en serio los veintidós libros del Antiguo Testamento, cuyos nombres esfuérzate en grabártelos de memoria tal como te los diré ahora. Los cinco primeros son los libros de la Ley, de Moisés: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio. Después, el libro de Josué y el de los Jueces, el séptimo y que se considera conjuntamente con Rut. De los restantes libros históricos, el primero y segundo de los Reinos se consideran uno entre los hebreos, y lo mismo sucede con el tercero y el cuarto (45). De modo semejante sucede entre ellos con el primero y el segundo de los Paralipomenos, a los que consideran un único libro; también los dos libros de Esdras (46) son contados como uno. El de Ester es el libro duodécimo. Estos son los históricos. Cinco están escritos en verso: Job, el libro de los Salmos, Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los cantares, que es el libro diecisiete. Siguen cinco proféticos: un libro de los Doce profetas (47) y la Epístola (48), mas los libros de Ezequiel y Daniel, el vigésimo segundo del Antiguo Testamento.

36. Los Evangelios del Nuevo Testamento son solo cuatro, pues los demás son apócrifos y perjudiciales. También los maniqueos escribieron un "Evangelio según Tomás" que, revestido del buen olor de la denominación de "Evangelio", corrompió las almas de la gente más sencilla. Acepta también los Hechos de los doce Apóstoles y, además, las siete epístolas católicas de Santiago, Pedro, Juan y Judas. Por fin, lo que sirve a todos de señal y es obra última de los discípulos: las catorce epístolas de Pablo. Todo lo demás déjese fuera, en un segundo plano. Todo aquello que no se lee en las Iglesias, tampoco lo leas privadamente, como ya oíste (49). Pero de todo esto ya es suficiente.

37. Huye de toda maquinación diabólica y no creas al dragón caído, que por propia voluntad mudo en otra su naturaleza buena; es capaz de persuadir a quienes consientan en ello, pero no puede quitar a nadie su libertad. Tampoco hagas caso de las predicciones de los astrólogos ni a quienes observan las aves, como asimismo tampoco escuches a cualquiera ni a las imaginativas adivinaciones de los griegos. A los filtros mágicos, los encantamientos y las perniciosas evocaciones de los muertos ni siquiera les prestes oído. Apártate de toda clase de intemperancia, y no te des a la gula ni ames la voluptuosidad. Mantente por encima de toda avaricia y usura. No asistas a los espectáculos de los gentiles. No utilices nunca amuletos en caso de enfermedad. No frecuentes ninguna taberna puerca o sórdida. Tampoco practiques la religiosidad samaritana o judía, pues para algo superior te libero Jesucristo. Mantente alejado de toda observancia del Sábado y no consideres puros o limpios a alimentos que de por si son indiferentes. Pero sobre todo odiaras todas las reuniones de los herejes infractores; pon todos los medios para favorecer tu alma con los ayunos, las limosnas y las lecturas de los oráculos divinos para que, por la temperancia y la guarda de los sagrados dogmas, goces, por el tiempo que te quede de vivir en la carne, de la única salvación, la cual se otorga por el bautismo. Y así, adscrito por Dios Padre al ejército celestial, merezcas también la corona del cielo: en Jesucristo nuestro Señor, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Notas

(1) El titulo de la catequesis expresa perfectamente su contenido, pues se trata de exponer nuclearmente diez "contenidos" de la fe, que pueden enunciarse así: Dios, Cristo, nacimiento virginal, la cruz, la resurrección, la segunda venida de Cristo, el Espíritu Santo, el alma, el cuerpo, la resurrección del hombre, las sagradas Escrituras. En esta enumeración, el tema de la Escritura seria el undécimo de los expuestos. Si se cuenta de este modo, estamos ante once, y no ante diez dogmas. Por eso algunos códices hablan de catequesis "de los once dogmas". La exposición de cada uno de los dogmas puede con frecuencia a su vez, de acuerdo con el contenido, subdividirse de modo diverso. Pero esto son cuestiones secundarias. Más importante es señalar la importancia que se da al "dogma" en estas catequesis de Jerusalén, elaboradas veinte años después del concilio de Nicea. Representan un importante testimonio del edificio dogmatico que se desprende de aquel primer concilio ecuménico. Por ello y porque el conjunto de estas catequesis siempre respeta la estructura dogmática
 cronológicamente previa a ellas, pero posterior al Nuevo Testamento, las catequesis de Cirilo son no solo un testimonio catequético importante, sino un reflejo de la fe dogmática
 y objetiva (lo que los teólogos han llamado fides quae) de la Iglesia de su época. Más observaciones concretas se harán en las notas que se añaden. Como observaciones generales son importantes las que se contienen en PG 33,449-454.

(2) El original griego habla de la "enseñanza (didaskalia) de la fe" en lo cual se hace "exégesis". En último término, ésta y las siguientes catequesis se apoyan, en cuanto a sus contenidos, en el "Símbolo", el Credo en el que se agrupan las afirmaciones de la fe "objetiva".

(3) Como "verdad" acerca de Dios se ha traducido aquí la palabra griega "dogma".

(4) O "ingénito", sin origen en momento determinado alguno.

(5) Quizá es útil recordar aquí Mt 23,8-10.

(6) Vid, las poéticas expresiones de Is 40,12.

(7) Por la descripción detallada y drástica del pecado, este pasaje recuerda la que Pablo hace en Rm 1,18-32.

(8) Toda esta insistencia en que Dios es el único recuerda el credo bíblico contenido en el "Escucha, Israel" de Dt 6,4-9.

(9) Se continúa utilizando la terminología adoptada al principio del punto 2.

(10) "Semejante en todo", homoion kata panta. El término "homoion" se encontró en el núcleo de la condena del arrianismo por el concilio de Nicea, no demasiados años antes de ser pronunciadas las presentes catequesis La precisión del credo niceno al respecto consiste en señalar que Jesucristo es de la misma naturaleza, "consustancial" (homoousion quería no homoioousion con el Padre). Cirilo no parece hacerse aquí eco exacto -sin ponerla tampoco en duda- de la formula de Nicea. Sin embargo, que la doctrina de Cirilo es acorde con la enseñanza del concilio lo prueba el resto del punto 7.

(11) En la persona de Jesús están porque son subsistentes en la unicidad de su persona la sabiduría, el poder, e incluso la justicia de Dios. Como "justicia" emplea Cirilo el conocido término paulino de dikaiosyne.

(12) Es formula claramente antiarriana.

(13) Cf. catequesis 11, n. 10.

(14) En la catequesis 11.

(15) Las palabras que se acaban de transcribir en el último paréntesis no se encuentran en todos los códices.

(16) La insistencia en la realidad de la crucifixión está presente por todas partes en las catequesis de Cirilo. Esta insistencia es aun más comprensible en la ciudad en la que habían tenido lugar los acontecimientos de la Pasión.

(17) El oyente de las catequesis esta aquí ante la afirmación de lo que el credo y la dogmática llamaran el "descenso a los infiernos". En la afirmación del descenso a los infiernos debe distinguirse entre la expresión, como modo de hablar, de la materialidad de un "descenso" a las regiones inferiores de la tierra (con lo que se utiliza como imagen la del sheol judío) y lo que se quiere realmente expresar: la liberación de Cristo es eficaz para los hombres de cualquier época. Ello se expresa mediante la afirmación de que todos estuvieron "esperando" físicamente. Pero el tema, pues, es la universalidad de la redención. En el Nuevo Testamento se expresa bellamente todo esto en 1P 3,18ss.

(18) Téngase en cuenta que infierno viene de "inferior". En todo esto no se trata de una afirmación sobre el estado de condenación, sino sobre la universalidad del valor de la muerte de Cristo. Ver lo dicho en la nota 17.

(19) La afirmación, en sentido pasivo, de resucitar no indica que Jesús no fuese agente activo de su propia resurrección, sino que ésta se produce en unión con el Padre. Por eso es exacta la afirmación de Hch 3,15 de que "Dios le resucito (a Jesús) de entre los muertos". Se trata de una confirmación más de la unión de Jesús con el Abba, el Padre. Para una profundización de la unión de Jesús y el Padre, cf. los estudios publicados por J. Jeremías, especialmente Abba. El mensaje central del Nuevo Testamento, Salamanca 1981.

(20) El texto original y la versión latina del mismo emplean la palabra "Asunción", pero el contenido se refiere a lo que en la Iglesia de Occidente se llama "Ascensión", término que se utiliza por tanto en la presente traducción.

(21) Cf. cat. 13, núms. 3,36,39.

(22) Cat. 13, núm. 16.

(23) Cat. 13, núm. 4.

(24) Vid. más arriba, nota 17.

(25) Probablemente es una alusión al hecho de que, hasta la época de Cirilo de Jerusalén, la historia de las herejías ha tenido ya tiempo de escribir en el cristianismo algunas de sus páginas.

(26) Con lo cual Cirilo afirma la identidad de naturaleza del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo.

(27) El momento del bautismo es presentado por el texto original como un kairos, es decir, como una oportunidad salvífica. Por otra parte, el empleo del verbo "sellar" (de nuevo, sfragidsein) remite a lo que anteriormente se señaló varias veces sobre la teología del "carácter", referido tanto al bautismo como al don del Espíritu y a la confirmación. Cf. Procatoquesis, nota 36.

(28) Al aplicar al Espíritu Santo todo lo que se dice del Hijo, se le atribuye lógicamente también a aquél lo que se dice sobre el triunfo y la supremacía de Cristo en Col 1,16 y Ep 1,2. También en esto se observa que, si bien Cirilo de Jerusalén no es, propiamente hablando, creativo en teología trinitaria, es al menos un buen testigo de la misma.

(29) El tema ya se menciono en la catequesis 3, núm. 4.

(30) Ibid.

(31) En este, como en otros momentos, las catequesis se manifiestan contra la astrología y la creencia en los horóscopos.

(32) Vid. cat. 6, núms. 27,28.

(33) El autor quiere defender, con razón, la dignidad del cuerpo, procurando evitar que una justa valoración del alma, lo más especifico y característico del hombre creado, redunde en detrimento de la realidad somática del hombre. La enseñanza posterior de la unidad sustancial de alma y cuerpo explicara todo esto con mayor claridad, además del mejor conocimiento que hoy día se tiene de la antropología neotestamentaria con sus conceptos de soma, psyché, etc., especialmente en las cartas de Pablo. Sobre todo esto puede consultarse con provecho el estudio de F.P. FIORENZA y J.-B. METZ, El hombre como unidad de cuerpo y alma, Mysterium Salutis II/2, Madrid 1970,661-715. El interés del presente párrafo de la catequesis está centrado especialmente en defender que, puesto que el cuerpo es una realidad del hombre con dignidad plena, "no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo" (1Co 6,13).

(34) Probable alusión al maniqueísmo que, entendiendo mal la relación entre alma y cuerpo, colocó en éste, entendiéndolo peyorativamente como materia innoble, la causa o la ocasión exclusiva del pecado.

(35) La institución de los "continentes", de los monjes y de las vírgenes es ya muy apreciada en la Iglesia de mucho tiempo antes de estas catequesis. Es posible que entre los oyentes se encontrasen quienes ya practicaran una vida monástica o viviesen en la virginidad. Debe tenerse en cuenta que la expresión "monje" en la Iglesia antigua se aplica con frecuencia a quienes viven en la continencia, pero no necesariamente haciendo vida común con otros de su mismo estado, sino en sus domicilios en las ciudades (monachos, de monos: solo).

(36) Explicando el problema (Rm 14,1-15 1Co 8 1Co 10,14-33), Pablo, aun teniendo el criterio de que no importa comer carne previamente sacrificada a los ídolos, quiere que se respeten por todos las opiniones de cada uno. Cf. p. ej., Rm 14,3: "El que come, no desprecie al que no come; y el que no come, tampoco juzgue al que come".

(37) La frase está tomada del caso en realidad diferente de 1Tm 5,23.

(38) Cirilo parece considerar la importancia que para su época tienen todavía las prescripciones de la asamblea de Jerusalén. Ésta (Ac 15,5-35) se reunió para resolver si la adopción de la circuncisión y de la Ley judías eran un paso previo a la entrada de los gentiles en la Iglesia. Pero, en el fondo, el tema que se ventilaba era si era justa la predicación paulina (el "evangelio de Pablo"), según el cual la justificación del pecador no se conseguía por las obras (y, en ellas, las obras de la Ley), sino por la fe. El tema, capital en Pablo, se aborda con sumo detalle especialmente en sus cartas a Gal y Rm. El papel moderador de Pedro fue decisivo en la asamblea (Ac 15,7-12) a favor de que el hombre se justifica gratuitamente en Cristo. Sin negar esto, pero a causa de Santiago, cultural y religiosamente muy próximo a las observancias judías, se adopto una solución de cierto compromiso, "no imponeros más cargas que estas indispensables: abstenerse de los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza" (Ac 15,28-29). Aparte de la cuestión de "la impureza", que con toda probabilidad se refiere a la fornicación y cuyo rechazo moral es normal, es lógico que las otras prescripciones cayeran muy pronto en desuso, especialmente en las Iglesias de Occidente, en las que muy poco después de los años centrales de la predicación de Pablo ya no se haría cuestión de que la ley judía había caducado en todos sus aspectos litúrgicos y jurídicos. Pero no parece extraño que en la Iglesia de Jerusalén, por una cierta memoria histórica que la catequesis de Cirilo parece reflejar, todavía se mantuviese cierto respeto a aquel circunstancial decreto jerosolimitano. Podría decirse, por otra parte, que en las presentes catequesis no está, todo lo presente que Podría, el influjo de la antropología teológica paulina. Para algunos detalles sobre este pasaje de las catequesis, cf. PG 33,491-492, nota 1.

(39) Vid. cat. 18, núm. 9.

(40) Se respeta la versión de Cirilo, aunque otras versiones de la Biblia darían una traducción incluso más expresiva.

(41) La frase, en labios de Jesús, es: "No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas" (Mt 5,17).

(42) Libros bíblicos no auténticos, aunque la expresión se aplica especialmente a los llamados "evangelios apócrifos". Se trata de libros no aceptados en el canon bíblico.

(43) Los "setenta y dos" intérpretes son comúnmente conocidos en números redondos, como "Los Setenta". Los datos, sobre ellos y su trabajo, son en gran parte legendarios en la forma como se explican en el párrafo 34 de la catequesis. No se puede precisar el número de traductores y se debe admitir que seguramente en la época en que se hizo la traducción en el reinado de Tolomeo II, rey de Egipto entre el 285 y el 247 a. C., ya existían al menos versiones griegas parciales del AT. Por lo demás, la versión de los LXX fue muy apreciada por los mismos autores del NT, que se sirven de ella con frecuencia. Fue utilísima en el judaísmo de la diáspora y, ya en el Cristianismo, ejerció un enorme influjo en la Patrística. A esta versión se refiere aquí en gran parte la catequesis de Cirilo. También hay que decir que el número de libros del AT depende de cómo éstos se cuenten. En nuestro cómputo son alrededor de cuarenta y cinco.

(44) El célebre faro se construyo en la época de Tolomeo II.

(45) En la clasificación griega y en la cristiana antigua, adaptada también por la versión de San Jerónimo, los libros de Samuel y de los Reyes reciben el nombre de "Libros de los Reinos".

(46) Aquí, Esdras y Nehemías.

(47) Los doce profetas menores.

(48) La "Carta de Jeremías" se encuentra en Bar 6.

(49) Libros bíblicos son los que "se leen" en las comunidades cristianas, es decir, la norma o el "canon" que se utiliza para saber que un libro forma parte de la Escritura es el hecho de que su utilización litúrgica y en la predicación es fructuosa y alimenta la fe. Este consenso de la Iglesia universal se fue formando propiamente durante siglos y no puede decirse que estuviese ya completamente cerrado en la época de Cirilo de Jerusalén. De ahí que no se mencionen libros del Antiguo o del Nuevo Testamento que solo más tarde entrarían a formar parte definitivamente del canon bíblico. Los libros que se integraron en un segundo momento en el número de los canónicos reciben el nombre de "deuterocanónicos". Pero, en cualquier caso, sin descender a pormenores, toda esta valoración de los libros bíblicos debe entenderse desde la asistencia del Espíritu a la Iglesia.



 

CATEQUESIS V, LA FE


Pronunciada en Jerusalén, sobre "la fe". El punto de partida es Hebr 11,1-2:

"La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. Por ella fueron alabados nuestros mayores" (1).
 

El paso del orden de los catecúmenos al de los fieles
La fe genera comunión y confianza y es expresión de ellas
Fuerza de la fe en situaciones diversas
La fe en la historia de Abraham, Padre de las naciones
De nuevo, la fuerza de la fe
Algunos se han salvado por la fe de otros
La fe "objetiva" junto con la fe como actitud
Los carismas que brotan de la fe
La confesión de la fe en el Símbolo
Guardar celosamente la fe que se entrega en el Símbolo


El paso del orden de los catecúmenos al de los fieles

1. La grandeza de la dignidad que Dios os ha otorgado al haceros pasar del orden de los catecúmenos al de los fieles la expresa el apóstol Pablo al decir: "Fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo" (1Co 1,9). Pero, si a Dios se le llama "fiel", también tú recibes este calificativo al haber crecido en dignidad. Pues así como a Dios se le llama bueno, justo, omnipotente (además de señor de todo) y creador de todas las cosas, también se le llama "fiel". Piensa, por tanto, a qué dignidad eres promovido, puesto que habrás de participar de este apelativo divino.

2. Aquí se busca si hay alguno entre vosotros que ya sea fiel en lo íntimo de su conciencia (2). Pues, "un hombre fiel, ¿quién lo encontrara?" (Pr 20,6). No se trata de que me descubras tu conciencia, pues has de ser juzgado en circunstancias humanas, sino de que muestres la sinceridad de tu fe al Dios que escruta los riñones y los corazones (Ps 7,10) y "conoce los pensamientos del hombre" (Ps 94,13). Gran cosa es ciertamente un hombre fiel, y es más rico que todos los ricos aunque se encuentre privado de todas las riquezas (3), y todo ello precisamente por el hecho de despreciarlas. Pues los que son ricos en lo exterior, aunque posean muchas cosas, son torturados por su pobreza interior: cuantas más cosas reúnen, mas les mortifica el deseo de poseer lo que les falta. Pero el hombre fiel -y esto es lo más admirable- es rico en su pobreza sabiendo que lo único necesario es vestirse y alimentarse y, contento con ello (1Tm 6,8), desprecia las riquezas.



La fe genera comunión y confianza y es expresión de ellas

3. Tampoco hay que pensar que el prestigio de la fe solo se da entre quienes nos amparamos bajo el nombre de Cristo, sino que todo lo que se hace en el mundo, incluso por parte de quienes están lejos de la Iglesia, queda penetrado por la fe (4). Por medio de una fe, dos personas extrañas se unen por las leyes nupciales; personas ajenas una a otra entran en la comunión de cuerpos y bienes mediante la fe que se hace presente en el contrato matrimonial. También en una cierta fe se apoya el trabajo agrícola, pues no comienza a trabajar quien no tenga esperanza de recibir frutos. Con fe recorren los hombres el mar cuando, confiando en un pequeño leño, cambian la solidez de la tierra por la agitación de las olas, entregándose a inciertas esperanzas y mostrando una confianza más segura que cualquier ancora. En la confianza, finalmente, se apoyan los negocios de los hombres, y esto no solo sucede entre nosotros, sino también, como se ha dicho, entre quienes son ajenos a lo nuestro. Pues, aunque no aceptan las Escrituras, tienen doctrinas propias que aceptan con confianza (5).


Fuerza de la fe en situaciones diversas

4. A la verdadera fe os llama también la lectura de hoy indicándoos el camino por el que podéis agradar a Dios, pues señala que "sin fe es imposible agradarle" (He 11,6). Pero, ¿cómo se resolverá el hombre a servir a Dios si no cree en él como remunerador? ¿Cómo mantendrá una muchacha su propósito de virginidad o será casto un joven si no creen en la corona inmarcesible de la castidad? La fe es el ojo que ilumina toda la conciencia y favorece la intelección, pues dice el profeta: "Si no creéis, no entenderéis" (6).La fe, según Daniel, cierra la boca de los leones (He 11,33), pues de él dice la Escritura: "Sacaron a Daniel del foso y no se le encontró herida alguna, porque había confiado en su Dios" (Da 6,24).

¿Hay acaso algo más terrible que el diablo? Pues contra él no tenemos otra clase de armas que la fe (1P 5,9): un escudo incorpóreo frente a un enemigo invisible, que lanza múltiples venablos y acribilla con saetas a quienes, en la noche oscura, no están vigilantes. Pero, aunque reine la oscuridad y el enemigo no esté a la vista, tenemos como armadura la fe, como dice el Apóstol: "embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno" (Ep 6,16). A menudo lanza el diablo el dardo encendido del deseo voluptuoso, pero la fe lo extingue iluminando nuestro juicio y aligerando nuestra mente (7).
 


La fe en la historia de Abraham, Padre de las naciones

5. Muy ampliamente Podría hablarse de la fe y nunca habría tiempo suficiente para terminar de hablar de ella. Pero, de las figuras de la antigua Ley, nos bastara con Abraham, puesto que hemos sido adoptados como hijos también por su fe (Rm 4,11b). El no fue justificado solo por sus obras, sino también por su fe (Jc 2,24; cf. Jc 2,14-26) (8). Pues había hecho muchas cosas correctamente, pero nunca había sido llamado "amigo de Dios" hasta después de que creyó (9), y toda su actuación alcanzo su consumación mediante la fe. Por la fe abandono a sus parientes; por la fe dejo patria, región y casa (He 11,8-10). Y, como él fue justificado, también tú serás justificado (10). Su cuerpo estaba ya agotado, pero así habría de recibir posteriormente hijos: siendo él mismo anciano, tenía una esposa anciana, Sara, pero ya sin esperanza de hijos. Pues bien, es a este anciano a quien Dios promete una futura prole. Pero él "no vacilo en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor" (Rm 4,19), sino que atendió al poder del que se lo prometía, "pues tuvo como digno de fe al que se lo había asegurado" (He 11,11). Por ello, como de unos cuerpos muertos y en contra de lo pensado, recibió un hijo (He 11,12 Rm 4,18-22). Después, al recibir la orden de ofrecer el hijo recibido (Gn 22), a pesar de que había oído aquello de "por Isaac llevara tu nombre una descendencia" (Gn 21,12b), ofreció a su hijo único a Dios, pues "pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos" (He 11,19). Y después de haber atado a su hijo y colocarlo sobre la leña, lo sacrifico ciertamente en su voluntad, pero recobro vivo a su hijo por la bondad de Dios que en el mismo lugar puso un cordero que sustituyera a su hijo. Y así, teniendo verdaderamente fe, "recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia de la fe que poseía siendo incircunciso" (Rm 4,11, que utiliza Gn 17,11), una vez aceptada la promesa de que se convertiría en padre de muchas naciones (cf. Gn 12,2-3 Gn 15,5) (11).

6. Veamos ahora como Abraham fue padre de muchas naciones. Claramente lo es de los judíos, según la descendencia de la carne. Pero si, al explicar la profecía, atendiéramos a la descendencia carnal, nos veríamos obligados a entender equivocadamente el oráculo; pues no es, según la carne, padre de todos nosotros. Sin embargo, el ejemplo de su fe nos hizo a todos hijos de Abraham (Rm 4,12). ¿Por qué así? Entre los hombres es increíble que alguien resucite de entre los muertos, del mismo modo que es igualmente increíble que brote descendencia de un seno estéril. Pero cuando se anuncia que Cristo, que fue crucificado en el madero, resucito de entre los muertos, lo creemos. Por la semejanza de la fe llegamos a ser hijos adoptivos de Abraham. Y entonces, después de la fe, recibimos el sello Espiritual. Somos circuncidados en el lavatorio por medio del Espíritu Santo, pero no en el prepucio sino en el corazón, según lo que afirma Jeremías: "Circuncidaos para Yahvé y extirpad los prepucios de vuestros corazones" (Jr 4,4) o, según el Apóstol, de quien son estas expresiones: "Por la circuncisión en Cristo... Sepultados con él en el bautismo" (Col 2,11-12), etc.
 


De nuevo, la fuerza de la fe

7. Si guardamos esta fe, nos veremos libres de la condenación y adornados de todo género de virtudes. Pues la fe tiene poder para mantener a los hombres andando sobre las aguas. Pedro era un hombre semejante a nosotros, formado de carne y sangre y que se alimentaba con los mismos alimentos. Pero cuando Jesús le dijo: "Ven", por la fe "se puso a caminar sobre las aguas" (Mt 14,29-31), teniendo sobre ellas en la fe un cimiento más firme que cualquier otro; el peso del cuerpo era suprimido por la agilidad de la fe. Y mientras creyó, anduvo con paso firme sobre las aguas; pero cuando dudo, comenzó a hundirse (Mt 14,30). Al alejarse y disminuir poco a poco la fe, era arrastrado hacia el fondo. Cuando Jesús se dio cuenta de la dificultad, él, que es capaz de curar las aflicciones íntimas del alma, exclamo: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" (Mt 14,31). Y con la fuerza de él, que le cogió la mano derecha, con lo que recobro la fe, llevado de esta mano por el Señor, continuo como antes andando sobre las aguas. Indirectamente habla de esto último el Evangelio cuando señala: "Subieron a la barca..." (Mt 14,32). No dice que Pedro subiera después de nadar, sino que nos insinúa que el espacio que recorrió hasta Jesús lo hizo andando y, tras recorrerlo de nuevo, subió a la barca.

8. La fe tiene tanta energía como para no solo salvar a quien cree, sino para que se salven unos por la fe de otros. Pues no tenía fe aquel paralítico de la ciudad de Cafarnaún, pero si tenían fe quienes lo transportaban o introdujeron a través del tejado. El alma del enfermo sufría juntamente con el cuerpo la enfermedad. No creas que temo que él me acuse, pues el mismo Evangelio dice: "Viendo Jesús", no la fe de él, sino "la fe de ellos, dice al paralítico: Levántate" (12). Los que lo llevaban (al paralítico) eran quienes creían y la curación sobrevino al que estaba paralítico (13).

 

Algunos se han salvado por la fe de otros

9. ¿Quieres conocer todavía con mayor seguridad que algunos se salvan por la fe de otros?: Murió Lázaro y habían pasado un día, un segundo día y un tercero; al muerto se le habían debilitado los nervios y la putrefacción ya hacia mella en el cuerpo. ¿Cómo podía creer un muerto de cuatro días y suplicar para sí un libertador? Pero lo que en vida le falto al difunto, lo suplieron sus hermanas. Pues una de ellas, al llegar el Señor, se inclino a sus pies y, cuando él dijo: "¿Donde lo habéis puesto?" y ella respondió: "Ya hiede de cuatro días", él exclamo: "Si crees, veras la gloria de Dios" (Jn 11,17ss). Es como si dijera: haz tu las veces del muerto en lo que respecta a la fe. Y tanto pudo la fe de las hermanas como para sacar al muerto de las fauces del hades. Así, pues, teniendo fe unos por otros, pudieron resucitar muertos. Y tú, teniendo fe para ti mismo, ¿no sacaras un provecho mucho mayor? Pero si no tienes ninguna fe, o la tienes escasa, clemente es el Señor para volverse propicio hacia ti cuando te conviertes. Con sencillez y de corazón, di simplemente: "Creo, Señor, ayuda a mi incredulidad" (Mc 9,23). Pero si crees que tienes fe, aunque todavía de modo imperfecto, es necesario que tu también digas con los Apóstoles: "Señor, auméntanos la fe" (Lc 17,5). Pues ya tienes algo en ti, pero recibirás algo de lo mucho que en él se contiene.
 


La fe "objetiva" junto con la fe como actitud

10. Por su nombre la fe es única, pero es en realidad de dos clases. Hay una clase de fe que se refiere a los dogmas, que incluye la elevación y la aprobación del alma con respecto a algún asunto. Ello reporta utilidad para el alma, como dice el Señor: "El que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio" (Jn 5,24) y, además: "El que cree en él (en el Hijo), no es juzgado" (Jn 3,18), "sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Jn 5,24) (14). ¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los justos agradaron a Dios con el trabajo de muchos años. Pero lo que ellos consiguieron esforzándose en un servicio a Dios durante largo tiempo, esto te lo concede a ti Jesús en el estrecho margen de una sola hora. Si crees que Jesucristo es Señor (Rm 10,9 Ph 2,11) y que Dios le resucito de entre los muertos, serás salvo (Rm 10,9 1Co 12,3) y serás llevado al paraíso por quien en él introdujo al buen ladrón (Lc 23,43). Y no desconfías de que esto pueda hacerse, pues el que salvo en este santo Gólgota al ladrón tras una fe de una sola hora, ese mismo te salvara a ti también con tal de que creas.



Los carismas que brotan de la fe

11. Pero hay otra clase de fe, que es dada por Cristo al conceder ciertos dones. "Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones..." (1Co 12,8). Esta fe, dada como una gracia por el Espíritu, no es solo dogmática, sino que crea posibilidades que exceden las fuerzas humanas. Pero quien tenga esta fe, dirá "a este monte: "Desplázate de aquí allá", y se desplazara" (Mt 17,20). Y cuando alguno, al decir esto mismo, "crea que va a suceder lo que dice" "y no vacile en su corazón" (Mc 11,23), recibirá aquella gracia. De esta fe se dice: "Si tuviereis fe como un grano de mostaza" (Mt 17,20). Pues el grano de mostaza es de un volumen muy reducido, pero dotado de una fuerza como fuego y, sembrado en un espacio estrecho, hace crecer grandes ramas y se desarrolla, pudiendo albergar a las aves del cielo (Mt 13,32). Del mismo modo, también la fe obra grandes cosas en el alma en rapidísimos instantes. Pues, una vez que se le ha infundido la luz de la fe, se hace una imagen acerca de Dios y piensa en cómo es en la medida en que puede entenderlo. Abarca los extremos de la tierra y, antes de la consumación de este mundo, ya ve el juicio y la concesión de los bienes prometidos. Ten, pues, esta fe que está en ti y a él se refiere, para que también de él recibas la que está en él y que actúa por encima de las fuerzas humanas (15).
 


La confesión de la fe en el Símbolo

12. Al aprender y confesar la fe (16), debes abrazar y guardar como tal solo la que ahora te es entregada por la Iglesia con la valla de protección de toda la Escritura. Pero, puesto que no todos pueden leer las Escrituras -a unos se lo impide la impericia y a otros sus ocupaciones-, para que el alma no perezca por la ignorancia, compendiamos en pocos versículos todo el dogma de la fe. Quiero que todos vosotros lo recordéis con esas mismas palabras y que os lo recitéis en vuestro interior con todo interés, pero no escribiéndolo en tablillas, sino grabándolo de memoria en tu corazón (17). Y cuando penséis en esto meditándolo, tened cuidado de que en ninguna parte nadie de los catecúmenos escuche lo que se os ha entregado.

Os encargo de que esta fe la recibáis como un viático para todo el tiempo de vuestra vida y que, fuera de ella, no recibáis ninguna otra: aunque nosotros mismos sufriésemos un cambio, y hablásemos cosas contrarias a lo que ahora enseñamos o aunque un ángel contrario, transformado en ángel de luz (2Co 11,14), quisiera inducirte a error. Pues "aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!" (Ga 1,8) (18).

La fe que ahora estáis oyendo con palabras sencillas, retenedla en vuestra memoria; considera cuando sea oportuno, a la luz de las Sagradas Escrituras, el contenido de cada una de sus afirmaciones. Esta suma de la fe no ha sido compuesta por los hombres arbitrariamente, sino que, seleccionadas de toda la Escritura las afirmaciones más importantes, componen y dan contenido a una única doctrina de la fe (19). Y así como la semilla de mostaza desarrolla numerosos ramos de un grano minúsculo, también esta fe envuelve en pocas palabras, como en un seno, todo el conocimiento de la piedad contenido tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Así, pues, hermanos considerad y conservad las tradiciones que ahora recibís y grabadlas en la profundidad de vuestro corazón (cf. 2Th 2,15).

En este momento parece entregar Cirilo el Símbolo, pero se transcribe al terminar totalmente la catequesis y aparte. El Símbolo jerosolimitano no se encuentra directamente en el texto de las catequesis.



Guardar celosamente la fe que se entrega en el Símbolo

13. Vigilad piadosamente que en ninguna parte el enemigo asalte a ninguno por estar pasivo o perezoso; que ningún hereje corrompa nada de lo que os ha sido entregado. Porque la fe (20) es como plata que os habíamos prestado y que se devuelve al prestamista. Pero Dios os pedirá razón del depósito. Os "conjuro", como dice el Apóstol, "en presencia de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que ante Poncio Pilato rindió tan solemne testimonio, a que conservéis sin mancha esta fe que os ha sido entregada hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo" (21).

"Manifestación que a su debido tiempo hará ostensible el Bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y el Señor de los señores, el único que posee inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver. A él el honor y el poder por siempre. Amén". (1Tm 6,15-16)

Notas

(1) El tema de esta catequesis suele definirse como "sobre la fe y el símbolo", pero con frecuencia se le llama "Sobre la fe". Un símbolo en uso en la Iglesia de Jerusalén se transcribe tras la presente catequesis.

(2) Cf. 1Co 4,2-4.

(3) Pr 17,5, según la versión de los Setenta

(4) Las líneas que siguen tienen como objetivo más directo explicar que también existe una fe humana, en los contratos, etc., que es utilizada aquí para dar una idea explicativa de lo que puede ser la fe en el ámbito cristiano. Todo el resto del párrafo 3 deja entrever, por otra parte, con bastante claridad la conciencia de distinción que existe entre el cristiano y los que viven fuera de la Iglesia.

(5) Doctrinas filosóficas, religiones, sectas, etc.

(6) Cf. Is 7,9, versión de los Setenta. Sobre la dificultad del versículo, es muy útil, de modo resumido, la nota de la Biblia de Jerusalén. A un teólogo la versión de los LXX, utilizada aquí por Cirilo, le recuerda inevitablemente el planteamiento del teólogo medieval Anselmo de Canterbury sobre la fe como medio que posibilita la penetración en el misterio de Dios (Fides quaerens intellectum).

(7) Vid. procat., n. 10, y cat. 16, n. 19.

(8) Sobre el tema de la justificación por la fe es determinante, dentro del canon neotestamentario, la amplísima exposición de Pablo en Rm (el núcleo de la carta es tal vez Rm 3,21-32) y Gal. La exposición de Jc 2,14-26 necesita una adecuada exégesis y es, en parte, una respuesta a las exageraciones de ciertos seguidores de Pablo para quienes serian innecesarias las obras de vida eterna, necesaria manifestación de la fe que en rigor, es la única realidad que justifica al hombre. Sobre el tema son muy interesantes los trabajos de O.H. Pesch y F. Mussner contenidos en la exposición de la dogmática  Mysterium Salutis, t. IV/2, Madrid 2 1984

(9) Gn 15,6: "Y creyó él en Yahvé, el cual se lo reputo por justicia".

(10) Rm 4,23: "Y la Escritura no dice solamente por él que le fue reputado, sino también por nosotros, a quienes ha de ser imputada la fe...". Sobre los acontecimientos del AT como figura o "tipo" de las realidades cristianas, cf. 1Co 10,1-13.

(11) Toda la concepción de Pablo sobre la fe de Abraham tiene relación con el proceso de fe del cristiano. Si se atiende a