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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-
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1 de enero: Santa María, Madre de Dios LECTIO Primera lectura: Números 6,22-27 22 El Señor dijo a Moisés: 23 -Di a Aarón y a sus hijos: Así bendeciréis a los israelitas: 24 El Señor te bendiga y te guarde; 25 el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor; 26 el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz. 27 Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré.
** El primer día del año civil la Iglesia celebra la fiesta de María, Madre de Dios, y, a pesar de que las lecturas bíblicas, además de concentrarse sobre María, ponen de relieve a su Hijo y su nombre, lo cual, lejos de reducir la función de María en la vida de la Iglesia, la subrayan justamente al colocarla como madre junto al Hijo. Esta lectura recuerda la antigua bendición que los sacerdotes impartían al pueblo la víspera de las solemnidades litúrgicas, especialmente en la fiesta del año nuevo. Bendecir al pueblo era prerrogativa del rey (cf. 2 Sm 6,18; 1 Re 8,14-55) y del sacerdote (cf. Dt 10,8; 21,5), que actuaban en nombre de Dios. La fórmula recuerda los favores que Dios concederá al pueblo que está en su presencia. Particularmente significativos son los dos términos que abren y cierran la fórmula: bendición («te bendiga»: v. 4) y paz («te conceda la paz»: v. 26). El primero indica la acción de Dios hacia el pueblo, que es benevolencia, protección y favor (cf. Sal 4,7; 31,17) y significa invocar sobre ellos su nombre (v. 27), para que el Señor sea fuente de salvación. El segundo indica el contenido de los dones de Dios, y se resume en el don mesiánico de la paz, esto es, de la plenitud de la felicidad (cf. Sal 121,6- 7; Jn 14,27). La palabra shalom tiene un significado bastante amplio y comprende plenitud, integridad de la vida, pero sobre todo el estado del hombre que vive en armonía con Dios, consigo mismo y con la naturaleza. En realidad es el hombre nuevo, plenamente abierto a Dios, de quien Jesús es figura y modelo, porque en él se realiza el encuentro de las libertades humana y divina. Y Dios la concede a quien la busca en la solidaridad entre los hombres.
Segunda lectura: Gálatas 4,4-7 Hermanos: 4 Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su propio Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, 5 para liberarnos de la sujeción a la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios. 6 Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «Abba», es decir, «Padre». 7 De suerte que ya no eres siervo, sino hijo, y como hijo, también heredero por gracia de Dios.
*+ El célebre texto paulino es un fragmento cristológico que nos habla de Jesús, de María, terreno fecundo que ha acogido al Hijo de Dios, y de la experiencia cristiana. La venida de Jesús al mundo ha señalado la plenitud del tiempo y ha cumplido las antiguas promesas de un retorno del hombre a la vida de comunión con Dios: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para liberarnos de la sujeción de la ley» (w. 4-5). Dios tuvo la iniciativa de enviar a su Hijo y el hombre ha sido elevado de nuevo a la dignidad de hijo. Jesús entró históricamente así a formar parte de la humanidad a título pleno, sometiéndose a las leyes y a las condiciones humanas, y la humanidad, de algún modo, se ha identificado con Cristo formando con él una realidad única (cf. Rom 1,3). Y todo esto a través del vientre de una mujer, como un hombre cualquiera, en plena y normal humanidad. Pablo nos presenta aquí el esquema de toda acción liberadora: inmersión de Cristo en la pobreza humana, autoliberación con su fuerza divina y atracción a sí de la humanidad. Esta misión del Hijo ha tenido un único objetivo: revelar el auténtico sentido de la vida y posibilitarnos el llegar a ser realmente hijos adoptivos del mismo Padre (v. 7; cf. Rom 8,15-17). Y los signos que el Apóstol evidencia de esta real transformación son la plegaria confiada que el Espíritu Santo suscita en el corazón del creyente, haciéndole decir: «Abba, Padre» (v. 6) y haciéndolo sentirse ante Dios no siervo sino libre, con la libertad del Hijo de Dios. Y, en este divino proyecto, María ha sido el instrumento privilegiado. Llamar a María "Madre de Dios" significa, pues, conocer el corazón del misterio de la encarnación y de la misma historia de la salvación.
Evangelio: Lucas 2,16-21 16 Los pastores fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. 17 Al verlo, contaron lo que el ángel les había dicho de este niño. 18 Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban admirados. 19 María, por su parte, guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón. 20 Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios porque todo lo que habían visto y oído correspondía a cuanto les habían dicho. 21 A los ocho días, cuando lo circuncidaron, le pusieron el nombre de Jesús, como lo había llamado el ángel ya antes de la concepción.
**• De nuevo se proclama en la liturgia el evangelio de la misa de la aurora de Navidad, con el añadido del v. 21 referente a la circuncisión de Jesús. El tema de la lectura es una reflexión posterior sobre el misterio de la encarnación. Los pastores van a la gruta de Belén, encuentran al Niño en el pesebre y, luego de adorarlo, refieren el hecho y todos quedan maravillados (w. 16- 18). Después se vuelven a sus rebaños en la alegría y la alabanza por la extraordinaria experiencia vivida (v. 20). Pasados los ocho días del nacimiento del Niño, fue celebrado el rito de la circuncisión, mediante el cual él entró a formar parte del pueblo elegido (cf. Gn 17,2-17) y se le impuso el nombre «Jesús», que quiere decir: «Dios salva» (cf. Mt 1,21). Ante todos estos acontecimientos María conserva todo en su corazón y medita todas estas cosas, dándoles el justo sentido: «María guardaba todos esos recuerdos y los meditaba en su corazón» (v. 19). María aparece así como la Madre que sabe interpretar los hechos del Hijo. Hay, pues, diversas actitudes que se pueden asumir ante el Cristo: la búsqueda pronta y gozosa de los pastores, el asombro y la alabanza de aquellos que intervienen en el hecho, el relato a otros de la experiencia vivida. Para el evangelista sólo María adopta la postura del verdadero creyente, porque ella sabe guardar con sencillez lo que escucha y meditar con fe lo que ve, para ponerlo todo en su corazón y transformar en plegaria la salvación que Dios le ofrece.
MEDITATIO Desde hace varios años, el primer día del año civil se celebra en todo el mundo "la jornada de la paz" en nombre de María, madre de Dios y madre de la Iglesia. La paz (= Shalom) es el don mesiánico por excelencia que Jesús resucitado ha traído a sus discípulos (cf. Jn 20,19- 21); es la salvación de los hombres y la reconciliación definitiva con Dios. Pero la paz de Cristo es también la paz del hombre, rica en valores humanos, sociales y políticos, que encuentra su fundamento, para decirlo con la Pacem in terris de Juan XXIII, en las condiciones de verdad, de justicia, de amor y de libertad, que son los cuatro pilares sobre los que se erige el edificio de la paz. La constante bendición de Dios en la primera alianza, la acción de Cristo realizada en favor de toda la humanidad y de cada uno de sus componentes, el mismo nombre impuesto a Jesús, que evoca su misión de salvador, todos son hechos orientados en la línea de la paz, de la alianza, de la fraternidad. Dios no ha creado al hombre para la guerra, sino para la paz y la fraternidad. El mal en todas sus múltiples formas se contrarresta sólo con una constante educación en la paz. Aquella paz que la Virgen María, Reina de la paz, nos puede obtener del Padre: la shalom bíblica viene de Dios y está ligada a la justicia. La raíz de la paz, no obstante, reside en el corazón del hombre, esto es, en el rechazo de la idolatría, porque no hay paz sin verdadera conversión, no hay paz sin tensiones (cf. Mt 10,34). La paz de Cristo no es como la del mundo, porque la de Cristo exige que nos alejemos de la mentalidad mundana. Con la venida de Cristo la paz nos ha sido ofrecida a cada uno de nosotros, porque brota del corazón de Dios, que es amor.
ORATIO Al inicio de este nuevo año, Señor, te rezamos volviendo la mirada hacia María, a la que, siendo la madre de tu Hijo y madre nuestra, puede hacer posible la civilización del amor y de la paz para toda la humanidad. Primeramente te queremos agradecer el don precioso de María: tú la elegiste, como flor incomparable y preciosa de la humanidad, para que Jesús pudiera venir a nosotros a traernos tu Palabra de vida, a darnos el Espíritu Santo consolador de los corazones y para que nos pudiéramos dirigir a ti llamándote Padre. Haznos capaces de seguir los caminos del evangelio de la paz, como ha caminado María en su peregrinaje terreno, viviendo en el silencio y oculta en el hogar doméstico, permaneciendo abiertos al anuncio de la "alegre noticia" que nos ha traído tu Hijo, sabiendo afrontar las pruebas de la vida con humildad y fe profundas, y confiando en ti en la hora de nuestro retorno a la casa del Padre donde tú nos esperas. Te rogamos de modo especial por la paz del mundo, convencidos de que es un deber de todos conocer los problemas que están detrás de las graves divisiones actuales para compartir y sostener todo camino y toda propuesta de paz y de justicia. Suscita gobernantes y hombres de paz que sepan actuar de manera que el desarrollo sea posible a todas las gentes por igual, y que la solidaridad sea tal que los países ricos prevean intervenciones capaces de elevar económicamente incluso a los países más pobres. Pero haz capaz a cada hombre de comprender que la auténtica paz y la verdadera felicidad vienen de ti, que eres el Dios de la paz.
CONTEMPLATIO ¡Cantadlo a la espera del alba, cantadlo suave, en el duro oído del mundo! Cantadlo de rodillas, cantadlo como envueltos en un velo, como cantan las mujeres encinta: el Poderoso se ha hecho dócil, el Infinito pequeño, el Fuerte sereno, el Altísimo humilde (...). ¡Niño que vienes de la eternidad, quiero elevar un canto a tu Madre! ¡Mi canto debe ser bello como la nieve iluminada por el alba! ¡Alégrate, virgen María, hija de mi tierra, hermana de mi alma, alégrate, gozo de mi gozo! ¡Soy como un vagabundo en la noche, pero tú eres mi techo bajo el firmamento! ¡Soy una copa sedienta, pero tú eres el mar abierto del Señor! ¡Alégrate, virgen María! Dichosos los que te proclaman dichosa! ¡Ya ningún corazón humano temerá! Tengo un único deseo, quiero repetirlo a todos: ¡una de vosotras ha sido elegida por el Señor! ¡Dichosos aquellos que te proclaman dichosa! (Gertrud Von le Fort, Himnos a la Iglesia, Madrid 1995).
ACTIO Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «María guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón» (Lc 2,19).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL María Virgen, que por el anuncio del ángel acogió al Verbo de Dios en su corazón y en su vientre y entregó la vida al mundo, es conocida y honrada como verdadera Madre de Dios Redentor. Redimida de manera tan eminente, en atención a los futuros méritos de su Hijo y a El unida con estrecho e indisoluble vínculo, está enriquecida con esta suma prerrogativa y dignidad: ser la Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas. Al mismo tiempo ella está unida a la estirpe de Adán con todos los hombres que han de ser salvados; más aún, es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son «miembros de aquella cabeza», por lo que también es saludada como miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia, su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y caridad y a quien la Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como Madre amantísima (LG 53). |
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Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno
Basilio de Cesárea de Capadocia, su hermano Gregorio de Nisa y su amigo Gregorio de Nacianzo son conocidos como los «padres capadocios». Ellos llevaron a la práctica las enseñanzas del Concilio de Nicea sobre la doctrina trinitaria. Basilio (329-379) nació en una familia profundamente cristiana y recibió una esmerada preparación humanística. Hizo amistad en Atenas con Gregorio de Nacianzo y con él abandonó el mundo, dando origen a una nueva forma de vida comunitaria (monacato basiliano). Ordenado sacerdote y consagrado después obispo de Cesárea, se prodigó en obras caritativas y dio esplendor al culto divino. Ha dejado un rico patrimonio de obras teológicas, espirituales y homiléticas y un precioso epistolario. También Gregorio de Nacianzo (330-389/390), como Basilio, respiró el cristianismo desde su nacimiento, momento en el que su piadosísima madre lo ofreció al Señor. Fue educado en las mejores escuelas y se convirtió en un excelente retórico. Le esperaban los más altos cargos civiles cuando abandonó el mundo. Ordenado sacerdote y, después, obispo de Constantinopla, siguió siendo siempre, en primer lugar, un místico, cantor apasionado de la Santísima Trinidad; como poeta y teólogo, revela en sus escritos la experiencia y la inteligencia de los misterios de Cristo.
LECTIO Primera lectura: 1 Juan 2,22-28 Hermanos: 22 ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Mesías? Ése es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. 23 Todo el que niega al Hijo, se queda sin el Padre; y todo el que acepta al Hijo, tiene también al Padre. 24 Vosotros debéis permanecer fíeles a lo que oísteis desde el principio. Si sois fieles a lo que oísteis desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre. 25 Y ésta es la promesa que él nos ha hecho: la vida eterna. 26 Os he escrito estas cosas para poneros en guardia contra los que intentan seduciros. 27 En cuanto a vosotros, el Espíritu que habéis recibido de él permanece en vosotros y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; antes bien, ese Espíritu, que es fuente de verdad y no de mentira, os enseña todas las cosas. Así pues, permaneced en él, conforme a lo que os enseñó. 28 Sí, hijos míos, permaneced en él, para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no nos veamos avergonzados ante él el día de su gloriosa venida.
** El fragmento revela las líneas esenciales de la falsa doctrina divulgada por los "anticristos" en una época atormentada del final del siglo primero: Jesús no es el Mesías, el Hijo de Dios. Esta herejía cristológica consideraba imposible que el Verbo se hubiese encarnado a la manera humana, auténtico escándalo para la mentalidad gnóstica. Pero para el apóstol Juan negar la divinidad de Jesús significaba no tener comunión con el Padre y la verdadera vida (w. 22-23); negar la unión de lo divino y lo humano en Jesús significaba ser "anticristo", porque lo humano en Jesús es el reflejo perfecto de lo divino, es el reflejo del Padre (cf. Jn 14,9). El cristiano debe permanecer fiel a la Palabra oída desde el principio, es decir, al misterio pascual en su integridad (muerte-resurrección) enseñado por los apóstoles. Sólo esta Palabra acogida en la fe, interiorizada y vivida en el Espíritu permite conservar la auténtica comunión con el Hijo y con el Padre (v. 24). Así pues, vivir en comunión con Dios significa poseer la promesa que Cristo ha hecho, es decir, «la vida eterna» (v. 25; 3,15; Jn 3,36). Y el creyente puede resistir al, seductor que enseña el error, vivir las radicales exigencias del evangelio y permanecer en la Palabra a la espera de la venida de Cristo porque ha recibido «la unción» del Espíritu Santo en el bautismo (v. 27). El Espíritu, fuerza interior que da la sabiduría, hace invencible y fuerte en la tentación al discípulo de Jesús, lo impulsa a la evangelización y lo hace confiado en el retorno del Señor (v. 28).
Evangelio: Juan 1,19-28 19 Los judíos de Jerusalén enviaron una comisión de sacerdotes y levitas para preguntar a Juan: -Tú, ¿quién eres? 20 Su testimonio fue éste: -Yo no soy el Mesías. 21 Ellos le preguntaron: -Entonces, ¿qué? ¿Eres tú, acaso, Elias? Juan respondió: -No soy Elias. Volvieron a preguntarle: -¿Eres el profeta que esperamos? Él contestó: -No. 22 De nuevo insistieron: -Pues, ¿quién eres? Tenemos que dar una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo? 23 Entonces él, aplicándose las palabras del profeta Isaías, se presentó así: -Yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad el camino del Señor. 24 Algunos miembros de la comisión eran fariseos. 25 Éstos le preguntaron: -Si no eres ni el Mesías, ni Elias, ni el profeta esperado, ¿por qué razón bautizas? 26 Juan afirmó: -Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros hay uno a quien no conocéis. 27 Él viene detrás de mí, aunque yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. 28 Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.
*» El texto es el testimonio del Bautista ante la delegación enviada por las autoridades de Jerusalén a Betania, al otro lado del Jordán (v. 28). A la pregunta: «Tú, ¿quién eres?» (v. 19), el Bautista confiesa, evitando cualquier malentendido acerca de su propia persona y de su propia misión, que no es el Cristo, el Salvador escatológico esperado. Este testimonio negativo en boca del Bautista es una auténtica confesión de fe en el mesianismo de Jesús. Siguen otras preguntas de los enviados a las que el Testigo responde diciendo no ser ni Elias (cf. Mal 3,1-3.23; Me 9,11; Mt 7,10) ni el profeta (cf. Dt 18,15; 1 Mac 14,41), personajes esperados para el tiempo mesiánico. El desconcierto de sus interlocutores es grande. El Bautista continúa explicando su propia identidad, definiéndose a sí mismo con las palabras del Segundo Isaías: «Voz que clama en el desierto» (v. 23) y prepara el camino al Cristo (cf. Is 40,3). Él no es la luz, es sólo la lámpara que arde y que testimonia la luz verdadera. Él no es la Palabra encarnada, es sólo la voz que prepara el camino con la purificación de los pecados y la conversión del corazón. Y a la ulterior insistencia de los fariseos sobre el motivo de su bautismo, Juan replica: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros hay uno a quien no conocéis» (v. 26). El bautismo de Juan no es el del tiempo de la salvación, sino un rito de iniciación para prepararse a la acogida del Mesías, que se encuentra ya entre el pueblo. El Bautista acerca su propia persona a la de Cristo para poner de relieve la dignidad y grandeza de Jesús, cuya vida tiene dimensiones de eternidad: Juan no es digno de prestarle el más humilde de los servicios: desatarle las sandalias. El testimonio del Bautista pretende, pues, suscitar la fe en todo hombre hacia el gran desconocido, el portador de la salvación, que vive entre los hombres.
MEDITATIO Si es verdad que cada santo es una ilustración viva del Evangelio, esto vale de modo particular en el caso de los amigos capadocios Basilio y Gregorio, testigos de la fidelidad y de la belleza del ideal cristiano vivido y realizado en plenitud. Basilio, con su fuerte personalidad de líder, de hombre de acción, y Gregorio, elevadísimo poeta y teólogo, nos muestran con su vida qué significa asistir a la escuela de la verdadera sabiduría y recibir como don el Espíritu, que escruta también las profundidades de Dios. «El mundo tiene necesidad de santos dotados de genio» (S. Weil): los dos grandes amigos, a los que veneramos en esta memoria como obispos y doctores de la Iglesia, han alcanzado por la caridad de Cristo lo que les ha hecho obradores del bien al servicio de los hermanos y cantores admirados de la belleza de Dios. Desde su juventud habían afirmado: «Para nosotros era una cosa grande y un gran nombre ser cristianos y ser llamados cristianos», y mantuvieron durante toda su vida la fe en su amistad porque vivieron «acrecentando el misterio santo y nuevo de Cristo, de quien habían recibido el nombre con que eran llamados». Esto les convirtió de verdad en sal y luz no sólo para su tiempo, sino para toda la Iglesia, en todos los tiempos.
ORATIO «¡Oh tú, el más allá de todo!, ¿cómo llamarte con otro nombre? No hay palabra que te exprese ni espíritu que te comprenda. Ninguna inteligencia puede concebirte. Sólo tú eres inefable, y cuanto se diga ha salido de ti. Sólo tú eres incognoscible, y cuanto se piense ha salido de ti. Todos los seres te celebran, los que hablan y los que son mudos. Todos los seres te rinden homenaje, los que piensan y los que no piensan. El deseo universal, el gemido de todos, suspira por ti. Todo cuanto existe te ora, y hasta ti eleva un himno de silencio todo ser capaz de leer tu universo. Cuanto permanece, en ti solo permanece. En ti desemboca el movimiento del universo. Eres el fin de todos los seres; eres único. Eres todos y no eres nadie. No eres un ser solo ni el conjunto de todos ellos. ¿Cómo puedo llamarte, si tienes todos los nombres? ¡Oh tú, el único a quien no se puede nombrar!, ¿qué espíritu celeste podrá penetrar las nubes que velan el mismo cielo? Ten piedad, oh tú, el más allá de todo: ¿cómo llamarte con otro nombre?».
CONTEMPLATIO Hacia el Espíritu Santo dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos como un riego que les ayuda en la consecución de su fin propio y natural. Por él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y quien, al comunicarse a ellos, los vuelve espirituales. Como los cuerpos limpios y transparentes se vuelven brillantes cuando reciben un rayo de sol y despiden de ellos mismos como una nueva luz, del mismo modo las almas portadoras del Espíritu Santo se vuelven plenamente espirituales y transmiten la gracia a los demás (Basilio Magno, Sobre el Espíritu Santo IX, 22ss, passim).
ACTIO Repite con frecuencia hoy, orando con san Basilio: «Obremos fielmente la verdad en la caridad» (Basilio, Moraba, Reg. LXXX, 22).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Llevando en el corazón los interrogantes, las aspiraciones y las experiencias a las que he aludido, mi pensamiento se dirige al patrimonio cristiano de Oriente. No pretendo describirlo ni interpretarlo: me pongo a la escucha de las Iglesias de Oriente que sé que son intérpretes vivas del tesoro tradicional conservado por ellas. Al contemplarlo aparecen ante mis ojos elementos de gran significado para una comprensión más plena e íntegra de la experiencia cristiana y, por tanto, para dar una respuesta cristiana más completa a las expectativas de los hombres y mujeres de hoy. En efecto, con respecto a cualquier otra cultura, el Oriente cristiano desempeña un papel único y privilegiado, por ser el marco originario de la Iglesia primitiva. La tradición oriental cristiana implica un modo de acoger, comprender y vivir la fe en el Señor Jesús. En este sentido, está muy cerca de la tradición cristiana de Occidente que nace y se alimenta de la misma fe. Con todo, se diferencia también de ella, legítima y admirablemente, puesto que el cristiano oriental tiene un modo propio de sentir y de comprender, y, por tanto, también un modo original de vivir su relación con el Salvador. Quiero aquí acercarme con respeto y reverencia al acto de adoración que expresan esas Iglesias, sin tratar de detenerme en un punto teológico específico, surgido a lo largo de los siglos en oposición polémica durante el debate entre occidentales y orientales. Ya desde sus orígenes, el Oriente cristiano se muestra multiforme en su interior, capaz de asumir los rasgos característicos de cada cultura y con sumo respeto por cada comunidad particular. No podemos por menos de agradecer a Dios, con profunda emoción, la admirable variedad con la que nos ha permitido formar, con teselas diversas, un mosaico tan rico y hermoso. En la divinización y sobre todo en los sacramentos, la teología oriental atribuye un papel muy particular al Espíritu Santo: por el poder del Espíritu que habita en el hombre, la deificación comienza ya en la tierra, la criatura es transfigurada y se inaugura el Reino de Dios. La enseñanza de los padres capadocios sobre la divinización ha pasado a la tradición de todas las Iglesias orientales y constituye parte de su patrimonio común. Se puede resumir en el pensamiento ya expresado por san Ireneo al final del siglo II: Dios se ha hecho hijo del hombre para que el hombre llegue a ser hijo de Dios. Esta teología de la divinización sigue siendo uno de los logros más apreciados por el pensamiento cristiano oriental. En este camino de divinización nos preceden aquellos a quienes la gracia y el esfuerzo por la senda del bien hizo «muy semejantes» a Cristo: los mártires y los santos. Y entre éstos ocupa un lugar muy particular la Virgen María, de la que brotó el Vástago de Jesé (cf. Is 11, 1). Su figura no es sólo la Madre que nos espera, sino también la Purísima que como realización de tantas prefiguraciones veterotestamentarias es icono de la Iglesia, símbolo y anticipación de la humanidad transfigurada por la gracia, modelo y esperanza segura para cuantos avanzan hacia la Jerusalén del cielo (Juan Pablo II, Oriéntale lumen, nn. 5 y 6). |
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3 de Enero, Santísimo Nombre de Jesús
LECTIO Primera lectura: 1 Juan 2,29-3,6 29 Si sabéis que Él es justo, reconoced también que todo el que practica la justicia ha nacido de Él. 1 Considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo ha conocido a Él. 2 Queridos, ahora somos ya hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. 3 Todo el que tiene en Él esta esperanza se purifica a sí mismo, como Él es puro. 4Todo el que peca, se hace culpable de la iniquidad, porque el pecado es la iniquidad. 5 Sabéis que Él se ha manifestado para borrar los pecados, y que en Él no hay pecado. 6 El que permanece en Él, no peca. Todo el que peca, ni lo ha visto ni lo ha conocido.
*•• El tema de la perícopa es Jesús justo, sin pecado, que ha sido obediente a la voluntad del Padre y es modelo para el cristiano (2,29; 3,3). También el fiel, que vive en la justicia, es hijo de Dios (3,1) y no comete pecado (3,9; 4,7; 5,1.4.18). El obrar cristiano demuestra el nuevo nacimiento. Para Juan las expresiones «hijo de Dios» (w. 1-2) y «haber nacido de Dios» (v. 29) significan ser hombre nuevo, llamado a caminar por una vida nueva, imitando al Padre en una progresiva asimilación y comunión con él, que se convertirá en identificación en la visión cara a cara (cf. 1 Cor 13,12). El valor de nuestra fe reside y aumenta en el hecho de que somos hijos de Dios, salvados por un Padre que nos ama y que nos inspira confianza. El mundo que lo rechaza con el pecado, aliándose con el anticristo, desprecia y no comprende a Jesús, no ama a sus discípulos, actúa contra la ley de Dios (v. 4), pertenece a la esfera del maligno y se opone al reino mesiánico. El que, por el contrario, se adhiere al Señor, que se ha hecho pecado por nosotros, está libre de pecado, recibiendo de Cristo la fuerza para superar el mal y vencerlo (v. 6). Pero, ¿cuándo puede decir el creyente que experimenta auténticamente el amor de Dios? La respuesta del Apóstol es clara: cuando no comete pecado, obra con justicia y se mantiene puro, siguiendo el camino que Cristo ha recorrido: el de la cruz, o sea el del amor llevado hasta amar al enemigo.
Evangelio: Juan 1,29-34 29 Al día siguiente, Juan vio a Jesús, que se acercaba a él, y dijo: -Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 30 éste me refería yo cuando dije: «Detrás de mí viene uno que ha sido colocado delante de mí, porque existía antes que yo». 31 Yo mismo no lo conocía; pero la razón de mi bautismo era que él se manifestara a Israel. 32 Juan prosiguió: -Yo he visto que el Espíritu bajaba desde el cielo como una paloma y permanecía sobre él. 33 Lo mismo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, ése es quien bautizará con Espíritu Santo». 34 Y como lo he visto, doy testimonio de que él es el Hijo de Dios.
*» La escena está caracterizada por el encuentro del Bautista con Jesús. La atención del fragmento se vuelca sobre el contenido de la solemne proclamación del Testigo, en un contexto de revelación mesiánica. Es el hombre de Dios que "ve" por primera vez a Jesús. Éste "viene" del Padre y camina desconocido entre la multitud, a la que le une su condición humana, y el Bautista exclama: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (v. 29b). El símbolo del cordero reclama varios textos: el cordero pascual (cf. Ex 12,1-28; 29,38-46), el Siervo doliente (cf. Is 42,1-4; 52,13-53,12). Jesús es el Cordero-Siervo obediente al Padre, el que cancela las culpas de los hombres y les comunica la vida nueva con sus sufrimientos y su muerte en la cruz. El testimonio del Bautista se refiere, además, al modo en que ha visto al Espíritu Santo bajar sobre el Mesías. Es el Testigo mismo el que ve al Espíritu sobre Jesús «bajar del cielo como una paloma» (v. 32). La imagen de la paloma, en el ambiente judaico-antiguo, indicaba a Israel: el Espíritu que baja en forma de paloma es anuncio de la generación del nuevo Israel de Dios, que comienza con Jesús y constituye el fruto maduro de la venida del Espíritu. Ésta es la época de la purificación y del verdadero conocimiento de Dios a través del Espíritu. El Espíritu baja sobre Jesús y "permanece" en él de un modo pleno y estable (cf. Is 11,2-3). Él es la nueva morada de Dios, el templo del Espíritu, fuente perenne de salvación para todos. Es durante la teofanía del bautismo de Jesús cuando el Bautista reconoce al Mesías. Ahora puede testimoniar que Jesús es el Hijo de Dios (v. 34), el que «bautiza con el Espíritu Santo» (v. 33), esto es, da el Espíritu a todo discípulo y lo llena de este don, prometido para la era de la salvación.
MEDITATIO El testimonio del Bautista no tiene su finalidad en sí mismo. Tiene por objetivo suscitar la fe del discípulo en la persona de Jesús. El Bautista ha visto al Espíritu "permanecer" sobre Jesús. Esta certeza provoca el anuncio de que Jesús es verdaderamente el Mesías, el Elegido de Dios (cf. Is 42,1). El testimonio de Jesús "Hijo de Dios" se hace eco de las palabras pronunciadas por el Padre en el bautismo: «Éste es mi Hijo amado» (cf. Me 1,11; Mt 3,17; Le 3,22). El testimonio de Juan ha caracterizado dos épocas: la del bautismo «con agua» (v. 31) y la del bautismo «en el Espíritu» (v. 33). El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en las aguas del Jordán es el inicio de la salvación y de los tiempos nuevos: ha comenzado para la humanidad su camino de retorno al Padre, se ha puesto en marcha la creación del nuevo Israel. Hasta el evento del Jordán el Espíritu moraba en Jesús, escondido en el silencio y desconocido; sólo ahora, con la confirmación de lo alto, el Padre lo consagra en su misión profética y mesiánica. Cada creyente es el hijo esperado sobre el que se posa el Espíritu del Señor y está llamado a dar testimonio de que el único camino de salvación para el hombre es el recorrido por Cristo y no las fáciles ilusiones prometidas por otros libertadores de movimientos políticos, sociales y religiosos. Quien nace del misterio de Cristo muerto y resucitado puede anunciar a los hermanos el camino de la salvación y proponerla con eficacia a través del signo del amor y de la entrega de sí.
ORATIO Señor, enviándonos a tu Hijo como Salvador has hecho posible nuestra liberación del pecado y de la muerte y has restablecido nuestra comunión contigo. Con sólo nuestras fuerzas no nos hubiera sido posible obtener todo esto, y tú, sabiendo bien de qué pasta estamos hechos, nos has enviado a Cristo, tu Hijo unigénito, que nos ha hecho de nuevo hijos tuyos y sus hermanos. Has hecho bajar a tu Espíritu sobre Jesús para que él pudiese iniciar su misión en la tierra y borrar todas nuestras iniquidades. Nosotros hoy somos conscientes de todos estos dones y, en especial, del don del bautismo con el que nos hemos convertido en verdaderos hijos tuyos. Señor, haznos comprender cada vez más este inmenso don y que lo hagamos crecer en nosotros con un camino espiritual que nos haga adultos en la fe, generosos en el amor a nuestros hermanos y testigos creíbles de tu evangelio entre aquellos que aún no han acogido tu salvación. Te pedimos en nombre de Jesús tu Hijo, el Cordero sin mancha, que los que viven en la indiferencia y en el ateísmo sean sacudidos de su aparente tranquilidad y reconozcan en Jesús el auténtico sentido de la vida y, hechos hijos tuyos por medio del Espíritu Santo, experimenten tu ternura de Padre. Sabemos, Señor, que por la muerte de Jesús nos has dado la vida y que todos nosotros podemos continuar la misión de tu Hijo en el mundo para crear una humanidad nueva, más fraterna, sin divisiones ni guerras, unida en el signo del amor que nos ha enseñado Jesús.
CONTEMPLATIO «Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos» (1 Cor 9,22). Por esto él quiere ser un niño pequeño: para que tú puedas llegar a ser un hombre perfecto. Él fue envuelto en pañales, para que tú fueses liberado de los lazos de la muerte; Él en el establo, para ponerte a ti sobre altares; Él en la tierra, para que tú alcanzases las estrellas; Él no encontró sitio en la posada, para que tú tuvieses en el cielo muchas moradas. «De rico que era», está escrito, «se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos con su pobreza» (2 Cor 8,9). Aquella indigencia es, por tanto, mi riqueza y la debilidad del Señor es mi fuerza. Ha preferido para sí las privaciones, para tener qué dar en abundancia a todos. El llanto de su infancia en vagidos es un lavado para mí, aquellas lágrimas han lavado mis pecados. Señor Jesús, me siento más en deuda contigo por tus ultrajes para mi redención, que por tu poder para mi creación. Nos hubiera sido inútil nacer, si no hubiera sido la ocasión para ser redimidos (San Ambrosio, Tratado sobre el evangelio de Lucas, II, 41).
ACTIO Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos» (1 Jn 3,1).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Hemos sido bautizados. Dios no nos ha conquistado sólo mediante ideas y teorías o mediante piadosas disposiciones de ánimo y sentimientos, sino mediante la acción corpórea realizada con su fuerza, mediante la acción realizada sobre nosotros a través de sus ministros en el bautismo. Este es nuestro consuelo y nuestra confianza: Dios se ha comprometido con nosotros solemne y públicamente y ha derramado su Espíritu de amor en nuestros corazones desde los primeros días de nuestra vida. Este claro testimonio de Dios es más importante que el testimonio ambiguo de nuestro corazón cansado, débil y amargamente vacío. Dios nos ha dicho en el bautismo: Tú eres hijo mío y templo de mi Espíritu. ¿Qué vale frente a semejantes palabras nuestra experiencia cotidiana, según la cual parecemos ser pobres criaturas abandonadas por Dios y por el Espíritu? Creemos en Dios más que en nosotros mismos. Somos bautizados. Y el suave Espíritu del buen Dios reside en lo más profundo de nuestro ser, quizás allí donde no logramos penetrar con nuestra deficiente sicología. Allí, el Espíritu clama al Dios eterno: Abba, Padre. Allí, el Espíritu nos dice a nosotros: Hijo, hijo verdaderamente amado con amor infinito. ¡Somos bautizados! (K. Rahner, El año litúrgico, Barcelona 1968). |
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Epifanía del Señor: 6 de enero
LECTIO Primera lectura: Isaías 60,1-6 1 Levántate y brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti. 2 Es verdad que la tierra está cubierta de tinieblas y los pueblos de oscuridad, pero sobre ti amanece el Señor y se manifiesta su gloria. 3 A tu luz caminarán los pueblos, y los reyes al resplandor de tu aurora. 4 Alza la vista y mira a tu alrededor: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. 5 Al verlo te pondrás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón porque volcarán sobre ti las riquezas del mar, y te traerán los tesoros de las naciones. 6 Te inundará un tropel de camellos, y dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo oro e incienso y proclamando las alabanzas del Señor. **• La profecía, canto poético y glorioso, es una visión de universalismo y de unidad de todos los pueblos en camino hacia Jerusalén (cf. Jr 12,15-16; 16,19-21; Miq 4,1-3; Sof 3,9-10; Zac 8,20-23). El profeta ve una caravana que avanza hacia la ciudad santa en dos grupos bien diferenciados: uno formado por los hijos y las hijas de Israel que vuelven del exilio (v. 4), y el otro formado por las naciones extranjeras atraídas por la luz y la gloria de Dios, que ilumina la colina de Sión. Isaías, entonces, se dirige al pueblo que escucha diciendo: «Levántate, revístete de luz... alza los ojos en tomo y mira» (w. 1-4). Ha terminado el tiempo del cansancio y del lamento y ha comenzado el de la alegría y la esperanza. Es preciso que la humanidad salga del propio individualismo y pesimismo y entre en la certeza de una vida nueva, que se alcanza dejando las tinieblas y caminando hacia la ciudad luminosa, cuyo esplendor procede de Dios: «Sobre ti resplandece el Señor, su gloria aparece sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz» (w. 2-3; Ap 21,9-27). El plan de Dios concierne a todos los pueblos, llamados a ser envueltos por la luz de la Jerusalén celeste y por la transparencia de la presencia de Dios que habita en medio de su pueblo. Dios mismo será el faro que orienta y atrae los pasos de los pueblos, de las gentes y de los reyes hacia su Señor. Y en Jerusalén tendrá lugar la gran manifestación y será desvelado lo escondido. En el nacimiento de Jesús los evangelistas verán la revelación de Dios y el cumplimiento de la profecía.
Segunda lectura: Efesios 3,2-3a.5-6 Hermanos: 2 Os supongo enterados de la misión que Dios en su gracia me ha confiado con respecto a vosotros: 3 Se trata del misterio que se me dio a conocer por revelación . 5 Un misterio que no fue dado a conocer a los hombres de otras generaciones y que ahora ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas; 6 un misterio que consiste en que todos los pueblos comparten la misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo y participan de la misma promesa hecha por Cristo Jesús a través del evangelio. **• Pablo reconoce que la misión que se le ha confiado es la de llevar el evangelio a los gentiles, y explica que el designio salvífico de Dios, concerniente a la humanidad entera llamada a caminar a la luz del único Dios y Padre, ha llegado ya a su plenitud. Y este secreto del misterio de Dios es la llamada a la universalidad y a la unidad de los pueblos: «los pueblos comparten la misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo» (v. 6). Y el Apóstol se siente impulsado, como colaborador de esta misión de Jesús, a trabajar por la difusión del evangelio. El verdadero signo e instrumento de esta visión universal de la salvación querida por Dios es la Iglesia. Ésta tiene como tarea la unidad de los pueblos, sea llevando a todos a la fe en Jesús mediante el anuncio del evangelio, sea tratando de crear vínculos de comunión y de fraternidad, a pesar de las apariencias y de las múltiples diversidades. Ante un mundo todavía dividido, pero deseoso de comunión, se proclama con alegría y con fe que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, que él llama a todos a participar en la comunión trinitaria. En efecto, mediante la comunión con Jesús, cabeza de la Iglesia, es posible la comunión auténtica entre los hombres. Esta unidad y paz universal, que siempre ha buscado el hombre de todos los tiempos, está ahora al alcance de todos por el nacimiento del Hijo de Dios. Es él el que ha hecho realidad el misterio de Dios, esto es, reunir a todas las gentes. Porque a esto hemos sido llamados: a vivir en la paz como verdaderos hermanos y a permanecer unidos como hijos del mismo Padre.
Evangelio: Mateo 2,1-12 1 Jesús nació en Belén, un pueblo de Judea, en tiempo del rey Herodes. Por entonces unos sabios de oriente se presentaron en Jerusalén, 2 preguntando: -¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo. 3 Al oír esto, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. 4 Entonces convocó a todos los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. 5 Ellos le respondieron: -En Belén de Judea, pues así está escrito en el profeta: 6 Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, ni mucho menos, la menor entre las ciudades principales de Judá; porque de ti saldrá un jefe, que será pastor de mi pueblo, Israel. 7 Entonces Herodes, llamando aparte a los sabios, hizo que le informaran con exactitud acerca del momento en que había aparecido la estrella, 8 y los envió a Belén con este encargo: -Id e informaos bien sobre ese niño; y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarlo. 9 Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y la estrella que habían visto en oriente los guió hasta que llegó y se paró encima de donde estaba el niño. 10 Al ver la estrella, se llenaron de una inmensa alegría. 11 Entraron en la casa, vieron al niño con su madre María y lo adoraron postrados en tierra. Abrieron sus cofres y le ofrecieron como regalo oro, incienso y mirra. 12 Y advertidos en sueños de que no volvieran donde estaba Herodes, regresaron a su país por otro camino.
**• La epifanía es la manifestación pública de la salvación traída por Jesús, Rey universal. Mateo ilumina el relato bíblico con algunos elementos históricos y con referencias del Antiguo Testamento (cf. Is 60,1-6; Nm 23-24; 1 Re 10,1-13; Miq 5,1), y nos habla de una revelación extraordinaria que conduce a los Magos o sabios a descubrir al Rey de los Judíos, como Rey del universo. Respecto a los Magos, sólo en el siglo V fue fijado su número (en base a los dones ofrecidos) y en el siglo VIII les fueron dados los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. Pero para Mateo, los Magos son personajes ilustres, primicia de los paganos, que exaltan la dignidad de Jesús, protagonista del evangelio: ellos lo buscan («¿Dónde está el rey de los Judíos, que acaba de nacer?»: v. 2), reconocen al Mesías {«Postrándose en tierra lo adoraron »: v. 11) y apreciaron su sencillez y pobreza («Abrieron sus cofres y le ofrecieron oro (al rey), incienso (a Dios) y mirra (al hombre)»: v. 1 lbc). Por el contrario, Herodes y Jerusalén se turban ante la noticia del nacimiento del Mesías (v. 3) y lo buscan para matarlo. El niño nacido en Belén es el portador de la buena nueva. Pero asume, sin embargo, el rostro de un prófugo, porque se ve obligado a huir a Egipto. Es el Mesías buscado y rechazado, porque su bandera será la cruz. Jesús es signo de contradicción: marginado por su pueblo y buscado con esperanza por los de lejos. Belén, entonces, será la nueva Sión, la ciudad universal de las naciones (w. 5-6.8), y Jerusalén será descartada. El nuevo pueblo de Dios, heredero de las antiguas promesas, es la continuación del antiguo, pero estará formado por todos aquellos que buscan y reconocen «la estrella de la mañana» (2 Pe 1,19) con disponibilidad interior.
MEDITATIO Epifanía quiere decir "manifestación" y la Palabra de Dios en esta solemnidad está centrada toda sobre Jesús Mesías, Rey y Salvador universal de las naciones. No ha venido sólo para Israel, sino también para los paganos, es decir, para toda la familia humana. La venida de los Magos es el inicio de la unidad de las naciones, que se realizará plenamente en la fe en Jesús, cuando todos los hombres se sientan hijos del mismo Padre y hermanos entre ellos. Los Magos, como primeros "escuchadores" y testigos de Cristo, son tipo y preludio de una más grande multitud de "verdaderos adoradores", que constituirá la mies espiritual de los tiempos mesiánicos. Jesús es el sembrador, que trae la buena semilla, de la Palabra para todos; el Espíritu ha hecho madurar la semilla y la Iglesia está invitada a recoger el abundante fruto sembrado con la revelación de Jesús y fecundado con su muerte. Como de la vida de comunión y de amor entre el Padre y el Hijo ha derivado la misión de Jesús, así de la intimidad entre Jesús y la Iglesia surge la misión de los discípulos: crear la unidad entre las razas, pueblos y lenguas. Es la Palabra la que crea la unidad en el amor entre los creyentes de todos los tiempos. A través de ella nace la fe y se establece en el corazón del hombre abierto a la verdad en una existencia vital en Dios, que hace al hombre contemporáneo pertenencia de Cristo. A quienes lo buscan con corazón sincero, Jesús les ofrece unidad en la fe y en el amor. En este ambiente vital todos se hacen "uno" en la medida en que acogen a Jesús y creen en su palabra: «Seremos una sola cosa no por poder creer sino porque habremos creído» (san Agustín). En Jesús todos pueden ser una sola cosa y descubrir que la plenitud de la vida consiste en entregarse a Cristo y a los hermanos, y esto es amar en la unidad.
ORATIO Padre santo, que nos has enviado a tu Hijo como salvador universal de los pueblos, te alabamos por la manifestación de Jesús, nuestro rey. Es un rey sin corona, o más aún, con corona de espinas, porque es en su pasión donde se puede comprender el auténtico significado de su soberanía, una realeza bastante distinta de la que buscan los hombres. Te bendecimos, Padre, por Jesús salvador universal. Vino para salvar a todos y para reunir a los hijos de Dios dispersos. No más ya una comunidad dividida y contrapuesta, sino una familia reunida, que camina en la luz y el esplendor de tu gloria. Todos, judíos y paganos, estamos «llamados en Cristo a participar de la misma herencia, a formar un mismo cuerpo» (Ef 3,6), y la venida de los Magos constituye el inicio de esta paz universal de las naciones. Señor, queremos comprender cada vez mejor que la solución de la tensión entre universalidad y elección que tantas veces nos ha puesto unos contra otros se resuelve en el entender que la elección es servicio a todo hombre. Haz, Señor, que la Iglesia entera sepa, como los Magos, caminar siempre hacia Belén para adorar al rey universal de las gentes pero, al mismo tiempo, sepa desde Belén dirigirse al mundo para desempeñar la misión que Jesús le ha confiado, esto es, la de ir al encuentro de todos. Para que la comunidad cristiana, mientras va en busca de los alejados y de quienes se sienten excluidos, sepa llamarlos a la esperanza y a la vida, sin olvidar que la violencia que pueda sufrir de parte de los hombres forma parte de la misma misión.
CONTEMPLATIO La estrella se detuvo sobre el lugar en que se encontraba el Niño. Al ver la estrella de nuevo, los Magos se llenaron de inmensa alegría. Acojamos también nosotros en nuestro corazón ese gran gozo. La misma alegría anuncian los ángeles a los pastores. Adorémosle junto con los Magos, démosle gloria con los pastores, exultemos con los ángeles, «porque nos ha nacido un Salvador: Cristo, el Señor» (Le 2,11). «Dios, el Señor, es nuestra luz» (Sal 118,27): no en la forma de Dios, para no aterrorizar nuestra debilidad, sino en forma de siervo, para traer la libertad a quien yacía en la esclavitud. Es fiesta para toda la creación: el cielo ha sido dado a la tierra, las estrellas miran desde el cielo, los Magos dejan su país, la tierra se concentra en una gruta. No hay uno que no lleve algún presente, ninguno que no vaya agradecido. Celebremos la salvación del mundo, la Navidad del género humano. Unámonos a cuantos acogieron festivos al Señor. Y sea concedido también a nosotros encontrarnos con ellos para contemplar con mirada pura, como reflejada en un espejo, la gloria del Señor, para ser transformados también nosotros de gloria en gloria, por gracia y bondad de nuestro Señor Jesucristo. A él la gloria y la soberanía por los siglos de los siglos. Amén (San Basilio Magno, Homilías, 6).
ACTIO Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «¡Levántate, brilla, porque viene tu luz!» (Is 60,1).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Tú que estás por encima de nosotros, Tú que eres uno de nosotros, Tú que estás también en nosotros, puedan todos verte también en mí, pueda yo prepararte el camino, pueda yo darte gracias por cuanto me sucede. Pueda yo no olvidar en ello las necesidades de los otros. Móntenme en tu amor como quieres que todos vivan en el mío. Que todo en mi ser se encamine a tu gloria y que yo no desespere jamás. Porque estoy en tus manos, y en ti todo es fuerza y bondad. Dame sentidos puros, para verte... Dame sentidos humildes, para oírte... Dame sentidos de amor, para servirte... Dame sentidos de fe, para morar en ti... (Dag Hammarskjóld). |
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Lunes 1ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Hebreos 1,1-6 1 Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas; 2 ahora, en este momento final nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo. 3 El Hijo que, siendo resplandor de su gloria e imagen perfecta de su ser, sostiene todas las cosas con su Palabra poderosa y que, una vez realizada la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de Dios en las alturas 4 y ha venido a ser tanto mayor que los ángeles cuanto más excelente es el título que ha heredado. 5 En efecto, ¿a qué ángel dijo Dios alguna vez: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Y también: Yo seré padre para él y él será hijo para mí? 6 Y, de nuevo, cuando introduce a su Hijo primogénito en el mundo, dice: Que lo adoren todos los ángeles de Dios.
**• Los cristianos procedentes del judaísmo, a quienes va dirigida la carta a los Hebreos, están acechados por dos pruebas que podrían inducirles a la apostasía: la nostalgia de los ritos del templo de Jerusalén, de los que han sido excluidos, y el presagio de nuevas e inminentes persecuciones. El autor, a fin de confirmarlos en la fe, les presenta la belleza y la profundidad del misterio de Cristo, haciendo una continua referencia al culto judío; por otra parte, alterna la exposición doctrinal con exhortaciones a la perseverancia y a la fidelidad. El exordio (w. 1-4), donde presenta el esbozo de los temas que va a desarrollar en la carta, tiene casi el tono de una doxología. Está centrado en la novedad cristiana fundamental: el Dios de los Padres es único, pero no un solitario; en la perfecta comunión de las personas es, eternamente, Padre de un Hijo cuyo misterio se ha hecho presente entre nosotros «ahora». El autor traza, de una manera sintética, sus rasgos: el Hijo es creador junto con el Padre, le revela plenamente y participa de su soberanía (w. lss). En él mora todo el resplandor de Dios, que se hace así perceptible al hombre (v. 3a): el templo era un símbolo de esta realidad que se cumple en Jesús. Éste, que es el verdadero templo, es asimismo el verdadero sacerdote que ha llevado a cabo «la purificación de los pecados» con la ofrenda sacrificial de sí mismo: éste es el culto definitivo que nos abre el acceso a Dios, a cuya diestra está sentado ahora el Hijo (v. 3b). Aunque ha asumido nuestra naturaleza (v. 6a), Cristo es muy superior a los ángeles: tiene, en efecto, una relación de origen absolutamente única con Dios (v. 5), que le ha constituido primogénito de toda criatura (v. 6; cf. Col 1,15-18) y le ha dado su mismo «nombre»: Señor, Kyrios (v. 4; Flp 2,9-11).
Evangelio: Marcos 1,14-20 14 Después de que Juan fue arrestado, marchó Jesús a Galilea, proclamando la Buena Noticia de Dios. 15 Decía: -Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio. 16 Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que estaban echando las redes en el lago, pues eran pescadores. 17 Jesús les dijo: -Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres. 18 Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron. 19 Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan. Estaban en la barca reparando las redes. 20 Jesús los llamó también, y ellos, dejando a su padre, Zebedeo, en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.
*• La liturgia del tiempo ordinario nos pone en camino con Jesús, «detrás» de él (v. 17), a fin de ir descubriendo, de una manera progresiva, su misterio y nuestra auténtica identidad. El fragmento de hoy recoge en síntesis el comienzo de su ministerio público. Jesús se inserta en el surco preparado desde los profetas hasta Juan el Bautista, precursor de Cristo incluso en el desenlace de su misión (v. 14, literalmente: «entregado»). Sin embargo, su novedad es absoluta, porque Jesús no anuncia ya lo que Dios quiere llevar a cabo, sino que realiza el cumplimiento de las promesas divinas y de las expectativas humanas: el Reino de Dios y la salvación se vuelven una realidad presente con él. Su misma persona es el Reino, es el Evangelio (1,1); él inaugura el tiempo favorable (kairós) en el que Dios somete a las fuerzas que disminuyen la vida del hombre (v. 15a). Se trata de un mensaje espléndido y, al mismo tiempo, comprometedor, puesto que la obra de Dios solicita nuestra respuesta, una respuesta que se compone de conversión (cambiar de mentalidad y de orientación nuestros propios pasos) y de adhesión de fe a la alegre noticia. La vocación de los primeros discípulos nos ofrece un ejemplo práctico. A diferencia de la costumbre judía, en la que eran los discípulos quienes escogían a su «rabí», ahora la iniciativa corresponde, significativamente, a Jesús: es él quien llama a algunos para que le sigan, para que sean discípulos suyos. Jesús pasa por la vida cotidiana de los hombres, ve con una intensa mirada de amor y de conocimiento, invita y promete una condición nueva. Esta llamada se repite: es una invitación que se extiende, una alegría que se multiplica, un acontecimiento que también nos llega a nosotros, hoy. El que cree en el mensaje de Jesús cambia de estilo de vida, deja el pasado, las seguridades, los afectos: «Se ha cumplido el plazo», es preciso aprovechar la ocasión de gracia. «Está llegando el Reino de Dios»: a nosotros nos corresponde elegir si entramos en él. «Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron» (vv. 18.20b).
MEDITATIO Un encuentro, una invitación. Una mirada que ha penetrado hasta el alma, y, desde entonces, la mirada del corazón quisiera posarse para siempre sobre ti. ¿Quién eres, Jesús? Tú nos llamas para que te sigamos, y nosotros apenas te conocemos... Los profetas de los tiempos antiguos nos han anunciado las cosas de Dios, pero hoy es por medio de ti como nos habla el Padre. Y la Palabra poderosa, creadora, eres tú. El Dios al que nadie había visto lo revelas tú en ti mismo: eres su imagen perfecta, el resplandor de su gloria, su Hijo amado. Tú nos llamas para que te sigamos, pero nosotros nos sentimos muy inadecuados, lejanos... Con todo, por eso has venido a nosotros: para purificarnos de los pecados, ofreciéndote a ti mismo, y preparar así a cada hombre -hermano tuyo- un lugar junto al Padre. Nosotros, como los primeros cristianos, advertimos tu mirada sobre nuestro presente y comprendemos: si nos dejamos aferrar por la fascinación de tu persona, nos sentiremos libres de cualquier otra cosa. «Se ha cumplido el plazo»: queremos seguirte. «Está llegando el Reino de Dios»: para que reine en nosotros únicamente tu amor, ayúdanos a abandonar todo lo que se opone a él. Hoy, detrás de ti, comienza un camino que puede llevarnos lejos, un camino que atraviesa las calles del hombre y conduce a la diestra de Dios.
ORATIO Jesús, Hijo eterno del Padre, que has recorrido los senderos del tiempo, tú irradias la gloria de Dios en el gris fluir de los días. Concédenos, oh Señor, una mirada capaz de entrever tu continua presencia entre nosotros. Tú eres la Palabra, la Buena Noticia que el Padre nos envía: concédenos escuchar con fe el Evangelio que puede cambiar nuestra vida. Primogénito elevado por encima de los ángeles, tú has venido a los hombres para buscar a tus hermanos: haz que acojamos la invitación a seguirte a la casa de tu Padre. Ayúdanos a aprovechar la ocasión de gracia que hoy -siempre hoy- nos ofreces, lavando nuestros pecados con tu sacrificio. «Se ha cumplido el plazo»: queremos ir detrás de ti, Señor.
CONTEMPLATIO He aquí la magnífica prerrogativa del sacerdocio de Cristo y de sus ministros: ofrecer a la Trinidad, en nombre de la humanidad y del universo, un cántico de alabanza agradable a Dios; asegurar, esencialmente, el retorno integral de la criatura al Señor de todas las cosas. El Padre engendra al Hijo y, desde toda la eternidad, le comunica el don supremo: la vida y las perfecciones de la divinidad, haciéndole partícipe de todo lo que es él mismo. El Verbo, imagen perfecta y sustancial, es «resplandor de la gloria del Padre». Como nacido de la fuente de toda luz, él mismo es luz, y refluye como un cántico sin fin hacia aquél de quien emana: «Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío» (Jn 17,10). El sacerdocio es un don del Padre a la humanidad de Cristo, puesto que, en cuanto el Verbo se hizo carne, el Padre celestial contempló a su Hijo con una complacencia infinita; le reconoció como único mediador entre el cielo y la tierra, como pontífice para siempre. Jesús, como hombre-Dios, tendrá la prerrogativa de concentrar en sí mismo a toda la humanidad para purificarla, santificarla y reconducirla al abrazo de la divinidad, rindiéndole así, por medio del Señor, una gloria perfecta en el tiempo y en la eternidad. El Hijo recibió desde el primer instante de la encarnación esta misión de mediador y de pontífice. El consummatum est pronunciado por Cristo al morir era, al mismo tiempo, el último suspiro de amor de la víctima que ha expiado todo y el solemne testimonio del pontífice que consuma la acción suprema de su sacerdocio (C. Marmion, Cristo idéale del sacerdote, Milán 1959, pp. 3-8, passim). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Me has llamado, Señor, aquí estoy» (cf. 1 Sm 3,4ss).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL En la raíz de nuestra vocación cristiana se encuentra el hecho de que Cristo nos dio su vida en la cruz. La vida que él nos ha dado es una vida que ha pasado a través de la muerte y la ha vencido; es la vida resucitada; es la vida eterna. Esta vida es la misma que mana de Cristo para salvarnos, del mismo modo que brota de una manera incesante para continuar creándonos. Esta vida es imparable. Inundados por ella, debemos salvarnos por medio de ella, en ella, con ella. Ahora bien, cuando el Reino de los Cielos quiere traspasar el mundo, cuando el amor de Dios quiere buscar a alguien que está perdido, cuando este alguien es una multitud, importa mucho más quién se es que lo que se es; importa mucho más cómo se hace que lo que se hace. Se puede ser vendedor de pescado, farmacéutico o empleado de banca; se puede ser hermanito de Foucauld o hermanita de la Asunción; se puede ser scout o miembro de la Acción Católica... A cada uno le corresponde su puesto. Sin embargo, hay un puesto que no se puede dejar de ocupar, un puesto que está destinado a cada uno de nosotros, sin excepción: amar al Señor antes que nada como a un Dios que rige el mundo; amar al Señor por encima de todo como a un Dios que ama a los hombres; amar a cada ser humano hasta el fondo; amar a todos los hombres, amarlos porque el Señor los ama y como él los ama.
El
cristiano está destinado a sufrir sabiendo por qué sufre. El sufrimiento no es
injusto para él: es su fatiga. El sufrimiento de Cristo y la redención de Cristo
son inseparables para el cristiano. Este sabe que la redención de Cristo no ha
eliminado el pecado, y por consiguiente el mal, del mundo, sabe que la redención
de Cristo no na vuelto a los hombres inocentes, sino que los ha convertido en
perdonados en potencia (M. Delbrél, Indivisibile amore, Cásale Monf.
1994, pp. 22-24, passim). |
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Martes 1ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Hebreos 2,5-12 5 Porque no fue a los ángeles a quienes sometió el mundo futuro del que hablamos. 6 Así lo ha testimoniado alguien en algún lugar de la Escritura: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que te preocupes por él? 7 Lo hiciste un poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y honor; 8 todo lo sometiste bajo sus pies Al someterle todas las cosas, no dejó nada sin someter. Es cierto que ahora no vemos que le estén sometidas todas las cosas, 9 pero a aquel que fue hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos coronado de gloria y honor por haber padecido y muerto. Así, por disposición divina, gustó él la muerte en beneficio de todos. 10 Pues era conveniente que Dios, que es origen y meta de todas las cosas, y que quiere conducir a la gloria a muchos hijos, elevara por los sufrimientos al más alto grado de perfección al cabeza-de fila que los iba a llevar a la salvación. 11 Porque, santificador y santificados, todos proceden de uno mismo. Por eso Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos 12 cuando dice: Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré.
*+• El primer tema desarrollado en la carta a los Hebreos es el de la superioridad de Cristo sobre los ángeles, una superioridad afirmada a partir de la filiación divina de Jesús (1,5-14) y puesta de manifiesto, en esta perícopa, considerando asimismo su condición humana. Sin embargo, esta demostración doctrinal se dilata a través de la contemplación y del anuncio del designio redentor de Dios (vv. 9-11). Esto pasa a través de la humillación del Hijo, que, por amor, se hace partícipe de la naturaleza humana -interior a la angélica, aunque objeto también de la bendición divina (cf. w. 5-8)- hasta las consecuencias extremas del sufrimiento y de la muerte, experimentadas en beneficio de todos. Aquí se revela la maravillosa «justicia» de Dios (v. 10): el que es creador y fin de todas las cosas ha considerado tan importante al hombre que ha querido atraerlo a la comunión filial consigo. Con tal objeto, se ha hecho solidario hasta el fondo con nosotros en su Unigénito, enviado para llevarnos a la «salvación», a la «gloria», al «mundo futuro» (vv. 5.10). Dios, en su infinita gratuidad, lleva a cabo nuestra santificación a través del humilde amor de Jesús, que se entrega a sí mismo para poder llamarnos «hermanos» y anunciarnos el nombre -la realidad- del Padre (w. 1 lss).
Evangelio: Marcos 1,21-28 En aquel tiempo, 21 llegaron a Cafarnaún y, cuando llegó el sábado, entró en la sinagoga y se puso a enseñar a la gente, 22 que estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad, y no como los maestros de la Ley. 23 Había en la sinagoga un hombre con espíritu inmundo, que se puso a gritar: 24 -¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios! 25 Jesús le increpó diciendo: -¡Cállate y sal de ese hombre! 26 El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él. 27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: -¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva llena de autoridad! ¡Manda incluso a los espíritus inmundos y éstos le obedecen! 28 Pronto se extendió su fama por todas partes, en toda la región de Galilea.
**• Al presentarnos una jornada típica del ministerio de Jesús, Marcos nos hace acercarnos ál misterio de su persona a través del impacto que ésta produce en la gente. Jesús enseña los sábados en la sinagoga, como los rabinos, pero la sorprendente autoridad de sus palabras es muy diferente. Jesús no se limita a repetir y a comentar la tradición: la suya es «una doctrina nueva llena de autoridad», que socava las costumbres tranquilizadoras y suscita en los corazones una pregunta inquietante: «¿Qué es esto?...» (v. 27). Sin embargo, hay «alguien» que da muestras de conocer bien al nuevo Maestro y grita fuerte la identidad de Jesús para comprometer el desenlace de su misión forzando sus tiempos y sus modalidades. El «espíritu inmundo» había podido ocupar un hombre sin ser molestado y permanecer sin ser advertido en un lugar de culto hasta que entró en él «el Santo de Dios». Su venida desenmascara al «padre de la mentira» (Jn 8,44), que reconoce en Jesús a su enemigo, su ruina (Me 1,24). Con dos breves, órdenes Jesús libera al hombre poseído por el demonio: es su primer milagro y tiene un valor programático. De este modo indica Marcos que Jesús ha venido a traer el Reino de Dios venciendo el dominio de Satanás y caracteriza toda la misión de Cristo como un encuentro frontal -hasta la muerte y, aún más, hasta la resurrección- contra el mal. Los exorcistas judíos empleaban largas fórmulas, encantamientos, ritos; a Jesús le basta con una palabra para hacer callar el estrépito del demonio y devolverle al hombre su dignidad. Crece el estupor de los presentes y la maravilla inquieta a los corazones acostumbrados también a las cosas de Dios: ¿quién es, pues, Jesús?
MEDITATIO La Palabra nos abre hoy el corazón a la maravilla. Y la maravilla puede llegar a ser en nosotros -tal vez un poco habituados a las realidades de la gracia- un terreno virgen para un encuentro nuevo con Jesús. La autoridad de su persona nos ha sorprendido, y «autoridad» significa capacidad de hacer «crecer» (en latín, augere) a los otros. ¿Por qué tiene Cristo «autoridad»? La respuesta que se nos da en la carta a los Hebreos no es algo que pueda darse por descontado: «Lo vemos coronado de gloria y honor por haber padecido y muerto». En consecuencia, Jesús no tiene autoridad porque está por encima de los ángeles, sino porque, al aceptar el designio del Padre, se ha humillado hasta el extremo. Jesús es amor que entrega su vida para liberarnos y unirnos a él. Ha asumido toda la fragilidad de nuestra naturaleza porque sólo tomando sobre sí el peso aplastante de nuestro mal podía salvarnos Dios. La suya es una compasión sin reservas: es una lucha a muerte que derrota al artífice del pecado, causa del sufrimiento y de la muerte, y su victoria aparece como la pérdida más total. Sin embargo, de este modo nos santifica y nos vuelve a llevar a su mismo origen, al Padre, en cuyo amor «no se avergüenza de llamarlos hermanos». Esta humillación nos confunde y nos plantea interrogantes, y ya no nos es posible permanecer indiferentes: Jesús viene a esclarecer nuestras tinieblas, a introducirnos en la verdad. Podemos rebelarnos e intentar sofocar su voz con el alboroto que llevamos dentro o, bien, guardar silencio y acoger la Palabra que tiene autoridad para liberarnos de nuestras maldades y perezas, porque ha bajado a rescatarnos pagando las consecuencias que ello entraña. Dios se ha hecho compañero del sufrimiento y de la muerte del hombre para llevarlo, libre, a la gloria, al abrazo del Amor.
ORATIO Jesús, hermano y Señor nuestro, nos quedamos atónitos ante tu misterio de humillación en favor de nosotros... Adorando el designio del Padre, le damos gracias a él a través de ti. Danos, Señor, un corazón agradecido, para comprender todo el bien que constantemente recibimos de ti e intuir en el sufrimiento el camino de la gracia que tú nos has abierto y recorres con nosotros. Danos un corazón vigilante, para rechazar el entorpecimiento de la indiferencia y las insidias del mal, y acoger tu novedad en nuestra vida. Danos un corazón compasivo, capaz de hacerse cargo contigo de las penas de los otros. Entonces, una vez que hayamos alcanzado la humildad y la bondad, participaremos también de tu autoridad para hacer crecer en el bien a todos los hermanos y señalar a sus pasos la meta de la gloria, la casa del Padre.
CONTEMPLATIO Dios no tenía ninguna necesidad de salvar al hombre de este modo, sino que era la naturaleza humana la que necesitaba que Dios fuera satisfecho de este modo. Dios no tenía ninguna necesidad de soportar tantos dolores, sino que era el hombre el que necesitaba ser reconciliado de este modo con Dios. Dios no tenía ninguna necesidad de ser humillado hasta ese punto, sino que era el hombre el que necesitaba ser sacado de este modo de las profundidades del infierno. La naturaleza divina no tenía necesidad ni podía ser humillada o sufrir: sí era necesario que la naturaleza humana se humillara y sufriera, para ser llevada al fin para el que había sido creada. Pero ella, como cualquier otra cosa que no fuera el mismo Dios, no podía bastarse para este fin. El hombre no es reconducido a aquello para lo que fue creado si no es elevado a un nivel semejante al de los ángeles, en el que no hay pecado alguno. Ahora bien, esto es imposible que tenga lugar a no ser después de la plena remisión de todos los pecados, que se lleva a cabo sólo mediante su plena satisfacción. Sin embargo, puesto que la naturaleza humana no podía hacer esto por sí sola y, en consecuencia, no podía reconciliarse con Dios mediante la satisfacción debida, a fin de que la justicia de Dios no tuviera que permitir el desorden del pecado en su Reino, intervino la bondad divina y el hijo de Dios asumió en su persona la naturaleza humana, para ser hombre-Dios en esta persona. La naturaleza divina no ha sido humillada por todo esto; en cambio, la naturaleza humana se ha visto exaltada. Aquélla no quedó disminuida, ésta ha sido ayudada misericordiosamente. Y la naturaleza humana no sufrió nada en este hombre por constricción, sino sólo por su libre voluntad. Él no se sometió a la violencia de nadie; sólo por su bondad espontánea, para honor de Dios y para la utilidad de los otros hombres, sostuvo con su alabanza y por su misericordia lo que le fue impuesto con mala voluntad; pero lo hizo sin que nadie se lo impusiera por obediencia, sino con una sabiduría que lo dispone todo de manera poderosa (Anselmo de Canterbury, II Cristo, Milán 1989, III, pp. passim; existe edición de sus obras completas en castellano en la BAC).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú eres mi fortaleza, Dios fiel» (Sal 59,18).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Creer en la gracia de Dios significa no demorarse en hurgar en nuestra miseria, en nuestra culpa, sino salir de nosotros mismos y dirigir la mirada a la cruz, allí donde Dios tomó sobre sí y cargó con la miseria y la culpa, derramando así su amor sobre todos los que tienen que cargar con pesos difíciles de llevar. Miseria y culpa del hombre, gracia y amor misericordioso de Dios, son realidades que se reclaman mutuamente. Allí donde están presentes en gran cantidad la miseria y la culpa, precisamente allí, sobreabundan más que nunca la gracia y el amor de Dios. Allí donde el hombre se muestra pequeño y débil, allí ha manifestado Dios su propia gloria. Allí donde el corazón del hombre está destrozado, allí penetra Dios. Allí donde el hombre quiere ser grande, no quiere estar Dios; allí donde el hombre parece abismarse en las tinieblas, allí mismo instaura Dios el Reino de su gloria y de su amor. Cuanto más débil es el hombre, tanto más fuerte es Dios: esto es cierto; tan cierto como que en la cruz de Cristo se encuentran el amor de Dios y la infelicidad humana.
Allí
donde toda la desesperación de la humanidad, todo su atormentador deseo, toda su
obligación de renunciar, se muestran con toda su crudeza, en la miseria y en el
pecado de nuestras ciudades, en las casas de los publícanos y de los pecadores,
en los asilos de la desesperación y de la miseria humana, en las tumbas de
nuestros seres queridos, en el corazón de aquel a quien se ha arrebatado toda la
alegría de vivir, en el pecho de quien ya no consigue levantarse de su propia
culpa... allí es donde triunfa la Palabra de la gracia divina. Aquí no es
posible descifrarla ni discernirla, allí se muestra espléndida; aquí es
inverosímil, allí se muestra hecha realidad; aquí aparece como un relampaguear
en el horizonte del tiempo, allí luce con el resplandor de la eternidad (D.
Bonhoefrer, Memoria e fedeltá, Magnano 1995, pp. 191 ss, passim). |
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Miércoles 1ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Hebreos 2,14-18 Hermanos: 14 puesto que los hijos tenían en común la carne y la sangre, también Jesús las compartió, para poder destruir con su muerte al que tenía poder para matar, es decir, al diablo, 15 y librar a aquellos a quienes el temor a la muerte tenía esclavizados de por vida. 16 Porque ciertamente no venía en auxilio de los ángeles, sino en auxilio de la raza de Abrahán. 17 Por eso tenía que hacerse en todo semejante a sus hermanos, para ser ante Dios sumo sacerdote misericordioso y digno de crédito, capaz de obtener el perdón de los pecados del pueblo. 18 Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba.
**• El autor de la carta, profundizando en el significado de la solidaridad de Cristo con nosotros, explora, por así decirlo, los confines de la misericordia divina. Jesús ha asumido plenamente la realidad del hombre, marcada por la fragilidad y la muerte a causa del pecado. Aunque no conoció el pecado (cf. 4,5), cargó sobre sí las consecuencias del mismo. De este modo, pudo liberar a la humanidad -sometida al dominio del diablo, artífice del pecado y de la muerte- no desde fuera y desde arriba, sino desde el interior: una liberación «impuesta» no habría sido ni auténtica ni eficaz. El Hijo, sin embargo, se hizo partícipe de nuestra condición, a fin de que nosotros pudiéramos participar de la suya. Como buen samaritano, se inclinó sobre aquel que más necesidad tenía de sus curas: no los ángeles, sino la raza de Abrahán (v. 16); a saber, todos los peregrinos de la fe en este valle de lágrimas. Puesto que esta asimilación total con nosotros por parte de Cristo nos rescata del pecado, Cristo cumple perfectamente la función sacerdotal: él es el verdadero sumo sacerdote, «misericordioso» con los hombres –cuyos sufrimientos conoce por experiencia personal- y «digno de crédito» en las cosas relacionadas con Dios, puesto que ha sido enviado por el Padre para nuestra salvación.
Evangelio: Marcos 1,29-39 En aquel tiempo, 29 al salir de la sinagoga, Jesús se fue inmediatamente a casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Le hablaron en seguida de ella, 31 y él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. La fiebre le desapareció y se puso a servirles. 32 Al atardecer, cuando ya se había puesto el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. 33 La población entera se agolpaba a la puerta. 34 Él curó entonces a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero a éstos no les dejaba hablar, pues sabían quién era. 35 Muy de madrugada, antes del amanecer, se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar. 36 Simón y sus compañeros fueron en su busca. 37 Cuando lo encontraron, le dijeron: -Todos te buscan. 38 Jesús les contestó: -Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para esto he venido. 39 Y se fue a predicar en sus sinagogas por toda Galilea, expulsando los demonios.
**• El evangelista continúa la narración de una jornada típica de Jesús: las apremiantes demandas de los discípulos y de la gente, las muchas y acuciantes necesidades parecen «devorar» su tiempo... Sin embargo, cada uno es a sus ojos una persona única: lo muestra el primer milagro que sigue al primer exorcismo (w. 30ss). La Misericordia «se acerca» a la miseria de una mujer enferma -considerada en nada, según la mentalidad de la época y la «levanta» cogiéndola por la mano: con la ternura de este gesto, Jesús le restituye no sólo la salud, sino también la capacidad de servir, esto es, de amar humildemente. La noticia se difunde enseguida (cf. v. 28) y Jesús se encuentra cargado de trabajo: acabado el descanso sabático con el ocaso del sol, todos le llevan a sus enfermos y endemoniados. Se reúne una muchedumbre de menesterosos, de miserables, sedientos de vida. Y la Misericordia es como un río de gracia que da de su sobreabundancia a cada uno (w. 32-34). Pero ¿cuál es la fuente de este río? También Jesús es como un pobre, necesitado de alcanzar la sobreabundancia del Padre para poderla derramar sobre los otros; la oración nocturna, solitaria y prolongada, es su secreto. Un secreto al que se apega como al de su propia identidad, que los demonios quisieran revelar para forzar su misión haciendo palanca en las expectativas de la gente (un Mesías político, un reino poderoso). Pero Jesús no lo permite, y ni siquiera se deja seducir por su propio éxito (w. 37ss); la oración le mantiene en continua relación con el Padre, en adhesión a su designio. Ha «salido» (v. 38: al pie de la letra) del seno del Padre para manifestar su rostro a los hombres. Por eso, como siervo humilde, como Hijo obediente y amadísimo, no puede detenerse: continúa su peregrinación entre nosotros, dilatando los confines del Reino y venciendo a las fuerzas del mal (v. 39).
MEDITATIO A nosotros, atosigados por mil compromisos o angustiados por tantas tribulaciones, se nos ofrece hoy una Palabra que puede restaurarnos, confortarnos e indicarnos una dirección para la vida. Ésta nos hace detenernos un poco para contemplar la misericordia divina: un designio de amor que nos salva y nos libera de la esclavitud del Maligno a través de la encarnación redentora del Hijo de Dios. Jesús ha querido preocuparse por nosotros, pobres, compartiendo en todo nuestras miserias, nuestros sufrimientos, la fatiga de nuestro camino. Ha salido del seno del Padre para recorrer nuestras calles y anunciarnos este amor admirable, para entrar en nuestras casas y aliviar nuestras enfermedades, para bajar a nuestras plazas y ofrecernos la liberación del mal y de todas sus nefastas consecuencias. En algunas ocasiones, incluso hoy, lo hace con un milagro evidente. Pero, con mayor frecuencia, tiene lugar en lo secreto de las conciencias, tocadas por su gracia. A lo largo del discurrir de los tiempos, el Señor glorioso continúa revelándose en la humildad, en el silencio, en la oración. Y de este modo nos indica el camino: llegar a ser como él, con él, misericordia para los hermanos, ternura infinita que sabe dar, a cada uno de los mil rostros con que se encuentra, la dignidad de ser persona: un hijo amado de Dios, un hermano amado por mí. Jesús viene a dar aliento a nuestros mil compromisos, a dilatar el horizonte de nuestras múltiples angustias, ofreciéndonos el bálsamo de la misericordia para que sepamos darlo a los otros. Nuestras jornadas «más que repletas» tendrán entonces el aliento del amor; nuestro nuevo e infinito horizonte se llamará «compasión». Y será el horizonte de Dios.
ORATIO Te alabamos, oh Padre, porque es eterna tu misericordia: ayúdanos a comprender sus confines inconmensurables y a acoger con fe tu amor, que nos envuelve, nos libera, nos invita a la fiesta de la vida eterna en ti. Te damos gracias, oh Hijo, porque es eterna tu misericordia: ayúdanos a inclinarnos contigo sobre cada hermano que está pasando por la prueba, que sufre, que es humillado. Haz que unos seamos capaces de llevar las cargas de otros, reconociéndonos todos como llevados por tu compasión. Te invocamos, oh Espíritu Santo, porque es eterna tu misericordia: ven a abrirnos a tu gracia, ilumínanos con tu benevolencia, inflámanos con tu caridad. Entonces seremos testigos veraces de Cristo junto a cada hombre amado con el corazón de Dios.
CONTEMPLATIO En esta vida, cuanto más tiempo pueda ser herida la carne mortal por el padecer, tanto más tiempo puede ser tocado el ánimo, vulnerable, por el compadecer [...]. En efecto, así como la debilidad de la carne es padecer, así la debilidad del ánimo es compadecer. Por eso el Dios-hombre vino a suprimir ambas y cargó con ambas. Asumió el padecer en la carne, acogió el compadecer en el ánimo. En ambos quiso ser débil por nosotros, a fin de curarnos a nosotros, que somos débiles, de ambos. Enfermó por el padecer de su pasión; enfermó por el compadecer la miseria de los otros. Y cargó sobre sí el padecer hasta morir por los mortales. Y cargó sobre sí el compadecer hasta llorar por los que se encaminaban a la ruina. A causa de la miseria, entregó su carne a la pasión; a causa de la misericordia, dejó que su alma se turbara hasta la compasión. Sufrió en su carne padeciendo por nosotros; sufrió por nosotros en su ánimo compadeciendo [...]. Y así Jesús llevó, en la humanidad que había asumido, y durante todo el tiempo que quiso cargar con ella, según lo que es propio del ser humano, tanto la pasión en la carne como la compasión en el ánimo... «Pues mis días se disipan como humo, mis huesos se consumen como brasas» (Sal 102,4). Los días se disiparon por la pasión, los huesos ardieron por la compasión. A causa de la pasión, murió la carne; a causa de la compasión, ardió el alma. El dolor de la compasión fue como una quemazón del alma, en la que ardía de misericordia, era impulsada por la compasión, estaba desecada por la desesperación: digo desesperación, pero no a causa de sí misma, sino a causa de los que no podían ni corregirse en el mal ni liberarse de él (Hugo de San Víctor, Miscellanea I, CLXXX: en PL 177, cois. 577ss).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Alabad al Señor, porque es bueno: su misericordia es eterna» (Sal 135,1).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
El
conocimiento que tenías de mí como creador ha sido superado en «calidad» por el
que has adquirido haciéndote hombre. Ahora sabes qué significa vivir como mortal
en esta tierra: sabes qué son los vínculos de sangre, qué es la amistad, qué es
el sueño, qué es cansarse con el trabajo, qué es poder lavarse cuando se está
sudado y sucio, qué es participar en una fiesta, qué es rezar pronto por la
mañana hasta ver blanquear el cielo y nacer el sol, qué es ser traicionado, qué
es tener miedo, qué es ser amado por la gente, qué es enseñar, qué es comer o
beber, qué es el dolor, qué es tener una madre y, por último, qué es morir.
Gracias a todas estas experiencias, ahora me conoces, sabes qué es «ser hombre».
Tú también quieres que yo te conozca, que también yo sepa un poco qué es «ser»
Dios, qué es ser eterno, qué es ser libre, qué es ser amor, ser paz, ser
alegría; qué es, en el fondo, simplemente «ser», y puesto que el Ser eres tú,
qué es, en definitiva, «ser» tú (A. Marchesini, Vieni e vedi, Bolonia
1986, pp. 146ss).
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Viernes 1ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Hebreos 4,1-5.11 Hermanos: 1 Temamos, pues, no sea que, estando aún en vigor la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros quede sin entrar. 2 Porque también nosotros hemos recibido la Buena Nueva como ellos, sólo que a ellos el mensaje no les sirvió de nada, porque no estaban unidos mediante la fe a aquellos que lo escucharon. 3 Pero nosotros, si tenemos fe, podemos entrar en este descanso del que ha dicho: Por eso juré airado: ¡No entrarán en mi descanso! En realidad, sus trabajos terminaron cuando dio fin a la creación del mundo, 4 porque en cierto pasaje se dice acerca del día séptimo: Y Dios descansó de toda su obra el día séptimo. 5 Pero volvamos a nuestro pasaje: No entrarán en mi descanso. 11 Apresurémonos, por tanto, a entrar en este descanso, para que nadie caiga en aquella misma desobediencia.
*+• La Palabra nos exhorta hoy a vivir con santo temor el tiempo presente, tendidos hacia el futuro que Dios nos ofrece: la comunión con él, su «descanso» (v. 1). Esta promesa hecha a Israel es, no obstante, válida para los creyentes en Cristo, pero la «Buena Nueva» anunciada por Dios debe ser acogida con fe. El antiguo pueblo de la alianza se cerró el descanso del Señor precisamente por la incredulidad. Este riesgo amenaza también al nuevo pueblo de Dios: adherirse a Cristo no significa, efectivamente, asumir un conjunto de nociones teóricas, ni estipular de una vez para siempre un contrato ventajoso... Es, más bien, una opción dinámica que requiere un compromiso perseverante, tanto en el ámbito personal, dado que la fe en la Palabra ha de ser constantemente innovada y llevada a la vida (v. 3), como en el ámbito eclesial, puesto que es en la comunidad de los creyentes donde ha de ser transmitida la Palabra. Ésta ha de ser acogida, además, obedeciendo con fe a cuantos la comunican (v. 2b). Entonces podrá caminar el nuevo pueblo de Dios en la unidad, hacia la meta indicada por el Señor. Todos los que deseen entrar en su descanso, deberán vigilar constantemente para dar, con solicitud, los pasos que conducen a este descanso (v. 11).
Evangelio: Marcos 2,1-12 1 Después de algunos días entró de nuevo en Cafarnaún y se corrió la voz de que estaba en casa. 2 Acudieron tantos que no cabían ni delante de la puerta. Jesús se puso a anunciarles el mensaje. 3 Le llevaron entonces un paralítico entre cuatro. 4 Pero, como no podían llegar hasta él a causa del gentío, levantaron la techumbre por encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico. 5 Jesús, viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: -Hijo, tus pecados te son perdonados. 6 Unos maestros de la Ley que estaban allí sentados comenzaron a pensar para sus adentros: 7 -¿Cómo habla éste así? ¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? 8 Jesús, percatándose en seguida de lo que estaban pensando, les dijo: -¿Por qué pensáis eso en vuestro interior? 9 ¿Qué es más fácil? ¿Decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados o decirle: Levántate, carga con tu camilla y vete? 10 Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió hacia el paralítico y le dijo: 11 -Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. 12 El paralítico se puso en pie, cargó en seguida con la camilla y salió a la vista de todos, de modo que todos se quedaron maravillados y daban gloria a Dios diciendo: -Nunca hemos visto cosa igual.
*» Las obras de Jesús dejan aparecer cada vez con mayor claridad su misterio, un misterio que es verdadera «piedra de tropiezo». En efecto, éste suscita admiración, estupor, alabanza a Dios, en quien lo acoge, aunque no comprenda (v. 12), mientras que hace crecer la hostilidad en quien quisiera circunscribir su alcance (w. 6ss). De este modo, la fe activa de los cuatro acompañantes del paralítico se contrapone aquí al inmovilismo de los maestros de la Ley, «sentados» ante este rabí para valorar, juzgar y condenar sus palabras y sus gestos. De todos modos, la fe en Jesús requiere continuas superaciones, puesto que él va mucho más allá de las expectativas depositadas en él; más aún, esas expectativas quedan decepcionadas en un primer tiempo para poder ser trascendidas y -sólo así- plenamente realizadas. El primer milagro hecho al paralítico no es ni evidente ni deseado; sin embargo, es más grande (v. 7b) y más necesario, según el profundo conocimiento espiritual de Aquel que escruta los corazones (v. 8). El pecado es, efectivamente, la verdadera y grave parálisis que inmoviliza al hombre, impidiéndole caminar hacia Dios. ¿Cómo puede ir a Jesús quien está atado por estos «lazos de muerte» (Sal 114,3)? Es imposible. Por consiguiente, es necesario que la fe atenta de otros la supla (v. 5). Además, Cristo ha venido precisamente para liberarnos del pecado: por eso fue reo de pecado en favor de nosotros (2 Cor 5,21): se dejó clavar en el madero de la cruz. Los maestros de la Ley, que están delante de Jesús como jueces, no pueden comprender. Ven la blasfemia precisamente allí donde se revela la verdad más grande: el Hijo del hombre, el Juez apocalíptico de toda criatura (Dn 7,10b-14), no viene a la tierra a condenar, sino a perdonar los pecados. Para demostrar la verdad de sus palabras, realiza Jesús el segundo milagro, que, en este punto, manifiesta no sólo su poder, sino también de dónde procede (w. 9-11). De ahí que los presentes –probables testigos de otros milagros precedentes- puedan decir: «Nunca hemos visto cosa igual». Y el paralítico, libre en sus miembros y en su espíritu, puede recorrer ahora las calles de los hombres y el camino de Dios.
MEDITATIO La fe es un camino que conduce al descanso de Dios. Un camino arduo en ocasiones; sin embargo, quien lo recorre hace reposar, ya desde ahora, su propio corazón en el Corazón de Dios. Con todo, muchas veces nos sentimos incapaces de dar ni un paso: somos paralíticos espirituales, nos mostramos inertes a los estímulos de la gracia o estamos atados por compromisos estresantes, tal vez asumidos precisamente para colmar con el activismo el vacío del «estancamiento» interior. La fiesta preparada desde siempre para nosotros nos espera: ¿cómo llegar a ella? Hoy la Palabra nos anima: Si te sientes demasiado débil, únete a la cordada, permanece unido a los testigos de la fe, déjate conducir por la obediencia. También esta confianza en la fe eclesial es ya un paso -¡y cuan necesario!- de la fe. Tal vez nos encontremos precisamente impotentes, cautivos por los lazos del pecado; el orgullo y el egoísmo pueden atenazar también el alma de quien va diciendo: «Nunca he hecho nada malo»... También ahora viene en nuestra ayuda la Palabra: Déjate llevar a Cristo por la fe de los hermanos. Por su fe, él podrá desatarte, liberarte de los pecados, restituirte a una vida plena y responsable: «Levántate y anda». La experiencia del perdón nos volverá a poner en marcha. Corramos con perseverancia en la fe, apresurémonos a entrar en el descanso de la comunión con Dios. La alegría de sentirnos amados y perdonados por él dilatará nuestro corazón. Y desde ahora comenzará ya la fiesta.
ORATIO Gracias, Señor, por la fe de quien me ha llevado a ti. Gracias porque has conocido mi miseria, el pecado que me paraliza, sin haberme condenado. Gracias por la mirada de infinita ternura que has posado sobre mí, inerte. Gracias por esa palabra que no buscaba y que me ha vuelto a dar también la vida: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Gracias por la nueva libertad que ha «soltado» las cadenas que mantenían cautivo mi corazón y me ha dado un impulso antes desconocido. Gracias, Señor, por la alegría de la fe que tú mismo has suscitado en mí. Y ahora que me has dado la posibilidad de caminar, sostenme, para que no disminuya por el camino. Haz que, estrechamente unido a los hermanos en la fe, también aprenda yo a llevar a los otros a ti, hasta que lleguemos todos juntos a ese descanso eterno al que nos invitas, a la bienaventurada fiesta del Amor.
CONTEMPLATIO Hermanos y padres muy queridos: He aquí que pasamos de un año a otro, de una estación a otra, de una fiesta a otra, sin encontrar ninguna estabilidad en esta vida; debemos dejar esta vida nuestra para entrar en el descanso eterno. Leemos en la Escritura: «Y el que entre en el descanso de Dios descansará también él de sus trabajos, como Dios descansa de los suyos» (Heb 4,10). ¿Y cuál es este descanso? A buen seguro, el Reino de los Cielos. Mirad: del mismo modo que Dios prometió a los israelitas la entrada en la Tierra prometida, pero los que no creyeron y le exasperaron no pudieron entrar en ella, tampoco a nosotros, si no obedecemos sus preceptos, se nos abrirá la entrada del Reino de los Cielos. Pero ¿cuáles fueron las culpas que impidieron a los judíos la entrada en la Tierra prometida? La incredulidad, la murmuración, la calumnia, la contestación, la dureza de corazón, la soberbia, la fornicación: estos vicios fueron su ruina. Por eso, también nosotros, hermanos, debemos huir como del fuego de estos vicios mortíferos, no dudando de las promesas de Dios, sino creyendo firmemente «que Dios tiene poder para cumplir lo que promete» (cf. Rom 4,21). No murmuremos, no vituperemos a los otros, no nos opongamos, no endurezcamos nuestro corazón, no nos ensoberbezcamos; busquemos más bien «ser benévolos unos con otros, misericordiosos, perdonándonos recíprocamente como Dios nos ha perdonado en Cristo». Si pasamos así nuestra vida, entraremos, sin duda, en la región de los mansos de corazón, donde desemboca la fuente de la vida y de la inmortalidad, donde resplandece la belleza de la Jerusalén celestial, donde reinan la alegría y la exultación (Teodoro Estudita, Piccola Catechesi, 34).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ya que habéis acogido a Cristo Jesús, el Señor, vivid como cristianos. Enraizados y cimentados en él» (Col 2,6-7).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Nuestra fe es un movimiento hacia Dios, una fe que nos sacude y nos arrastra, una fe que es éxodo de nosotros mismos y penetración en Dios. Una fe semejante constituye un trastorno radical: el hombre está invitado a salir de sí mismo, aprende a olvidarse y a abandonarse para dejarse alcanzar por la palabra viva y omnipotente de Dios, con todas las consecuencias que esto implica. Una de ellas es que, en virtud de la fe, recibimos el mismo poder de Dios. La fe, en efecto, no es sólo el camino por el que podemos adherirnos a Dios y alcanzarle; es también el camino que Dios abre a su poder y a su fuerza para obrar maravillas en todo el mundo. Éste es el maravilloso diálogo de la fe entre Dios y el hombre: Dios es el primero en hablar y espera de nosotros que nos abandonemos a su Palabra cuando ésta nos haya asido. En cuanto esto tiene lugar, Dios se vuelve, por así decirlo, el humilde servidor de quien lo ha abandonado todo por él. Desde ese momento, Dios deja de ser el único omnipotente: quien cree y se confía a esta omnipotencia lo es igualmente. María fue la primera en abandonarse así a la Palabra de Dios que le fue dirigida por el ángel Gabriel: «Hágase en mí según tu palabra» (Le 1,38).
Ahora
bien, en el corazón del diálogo de fe, Dios le da la vuelta a esta frase y nos
la envía: «Que os suceda según vuestra fe» (Mt 9,29); «Que te suceda
lo que pides» (Mt 15,28). De este modo, nuestra fe se parece a un seno
fecundado por el poder de la Palabra de Dios, que a su vez participa del poder
de Dios en cuanto esta Palabra es acogida con un abandono total. Entonces ya
nada es imposible; al contrario, «todo es posible para el que tiene fe»
(A. Louf, Sotto la guida dello Spiríto, Magnano 1990, pp. 39-41,
passim). |
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Sábado 1ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Hebreos 4,12-16 Hermanos: 12 La Palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. 13 Así que no hay criatura que esté oculta a Dios. Todo está al desnudo y al descubierto a los ojos de Aquel a quien hemos de rendir cuentas. 14 Y ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un sumo sacerdote eminente que ha penetrado en los cielos, mantengámonos firmes en la fe que profesamos. 15 Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que las ha experimentado todas, excepto el pecado. 16 Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar la gracia de un socorro oportuno.
*•*• Este fragmento presenta dos consideraciones, que concluyen y sintetizan una sección de la carta a los Hebreos y abren desarrollos ulteriores. La primera (w. 12ss) está unida a las exhortaciones precedentes (3,7-4,11), que se apoyan en las promesas y en las amenazas contenidas en algunos pasajes de la Escritura. Tras haber mostrado su cumplimiento, el autor puede afirmar la incoercible energía de la Palabra de Dios. Ésta es «viva, eficaz» y discierne la verdad incluso en esas profundidades interiores que el hombre es incapaz de sondear. Aunque intentemos engañarnos a nosotros mismos y a los demás, no es posible mentir a Dios. Su Palabra tiene, por tanto, el poder de llegar a lo más íntimo de nosotros mismos para desenmascararnos e iluminarnos, a fin de que, «al vernos» con la mirada misma del Señor, podamos «enmendarnos», puesto que a él «hemos de rendir cuentas». La segunda consideración recupera el tema de Jesús «sumo sacerdote misericordioso» (señalado en 2,17ss): hasta ahora se ha explicado el alcance del adjetivo «misericordioso»; esta alusión prepara ahora otros desarrollos que van a seguir sobre el sacerdocio de Cristo. Estas dos breves reflexiones son dos aspectos de un único mensaje: estamos invitados a caminar con santo temor bajo la guía verdadera de la Palabra de Dios y, al mismo tiempo, con plena confianza, puesto que Cristo, constituido en sumo sacerdote en favor de nosotros, ha experimentado nuestra debilidad y puede compartirla plenamente. Por consiguiente, si a la luz de la Palabra nos reconocemos frágiles y pecadores, no por ello ha de disminuir nuestra confianza: el trono de Dios es «trono de gracia», su realeza es misericordiosa, y Cristo mismo, sentado a la diestra del Padre, pide por nosotros la ayuda necesaria en la hora de la prueba (v. 15).
Evangelio: Marcos 2,13-17 En aquel tiempo, 13 Jesús volvió a la orilla del lago. Toda la gente acudía a él, y él les enseñaba. 14 Al pasar vio a Leví, el hijo de Alfeo, que estaba sentado en su oficina de impuestos, y le dijo: -Sígueme. Él se levantó y le siguió. 15 Después, mientras Jesús estaba sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publícanos y pecadores se sentaron con él y sus discípulos, pues eran ya muchos los que le seguían. 16 Los maestros de la Ley del partido de los fariseos, al ver que Jesús comía con pecadores y publícanos, decían a sus discípulos: -¿Por qué come con publícanos y pecadores? 17 Jesús lo oyó y les dijo: -No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.
**• La persona y la misión de Jesús figuran en el centro de cualquier pasaje del evangelio de Marcos como una provocación, como una invitación a tomar posición respecto a él y, en virtud de ello, a reconocernos a nosotros mismos en la verdad. Los episodios precedentes habían mostrado ya que Jesús ha venido a arrancar al hombre del mal y del pecado; la perícopa de hoy nos hace ver la perfecta libertad de que goza y que, en consecuencia, puede ofrecer a los otros. La muchedumbre acude a él porque intuye esta posibilidad de vida nueva y plena que ofrece Jesús, que es Jesús. Pero incluso los que no van a él advierten la fascinación de su paso, la fuerza de su presencia. Leví está «sentado», atento a cumplir su odioso oficio. Sin embargo, a la luz de la llamada de Jesús, al eco de su llamada, consigue liberarse de las cadenas interiores de la avidez, «se levantó» (en el griego original se emplea el mismo verbo que para designar la resurrección) y le siguió (v. 14), abriéndole el corazón, la casa y... un paso para llegar a muchos otros de su misma categoría. Se trata de gente sin escrúpulos, explotadores profesionales, vendidos al dominador extranjero. Sin embargo, Jesús, sin preocuparse de la contaminación ritual, comparte con ellos la comida, símbolo de la comunión de vida. Una libertad excesiva a los ojos de la élite religiosa, una provocación para todos: «¿Por qué come con Publiocanos y pecadores?» (v. 16). Jesús comparte la vida incluso con quienes no han optado aún por romper con el pecado: viene precisamente para dar la fuerza y la gracia necesarias para poder hacerlo, y, entretanto, busca al hombre allí donde se encuentra, acercándose a él, haciéndose hermano suyo, comensal. Sin embargo, el que se siente justo no ha comprendido que el médico se pone al servicio de los enfermos y que la misericordia se vierte sobre quien es miserable. La peor enfermedad, la mayor miseria, es el pecado; por eso Jesús busca, llama, cura a los pecadores con amor de predilección. ¿A qué categoría pertenezco yo?
MEDITATIO Verdad y misericordia: el mensaje de la liturgia de hoy se resume en estos dos términos y en otro que es como la resultante de ambos: libertad. «La Palabra de Dios es viva y eficaz»; la Palabra es Jesús mismo, que pasa siempre por nuestra vida, que ve siempre las oscuras profundidades de nuestro corazón y, sin embargo, nos invita: «Sígueme». La Palabra es «más cortante que una espada de dos filos», porque con la verdad corta nuestra mentira y con la misericordia expulsa todo orgullo y desaliento. Sí, Jesús nos hace reconocernos tal como somos, pecadores, y, después, nos envuelve con el manto de su compasión, nos reviste de su santidad. A menudo nos encontramos encadenados por malas costumbres, por inclinaciones al mal que ni siquiera queremos admitir o que mimamos, disfrazándolas según la moda. Nos mentimos a nosotros mismos y a los demás, aunque no conseguimos engañar al Señor. Y es a él «a quien hemos de rendir cuentas». Sin embargo, el Juez verdadero se hace comensal nuestro: si hoy nos decidimos a abrirle nuestro corazón y nuestra casa, su libertad nos liberará, su plenitud de vida hará de nosotros hombres y mujeres resucitados, su amistad se convertirá dentro de nosotros en fuente de alegría para muchos. «Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia», donde Cristo está sentado junto al Padre y nos prepara un sitio: quiere tenernos como comensales suyos en el banquete eterno, en la fiesta de la misericordia. El Médico ha cargado con nuestras debilidades, y «por sus llagas hemos sido curados».
ORATIO Señor, Dios de verdad, ilumina nuestros corazones con tu Palabra. Penetra las profundidades de nuestro ser para acabar con la mentira que no queremos rechazar. No nos resulta fácil reconocernos y mostrarnos tal como somos: pecadores, enfermos en el espíritu. Cristo, Dios de misericordia, pasa hoy por nuestra vida y míranos: sentados, atados a nuestros mezquinos intereses, no somos capaces de levantarnos e ir a ti si tú no nos llamas. Señor, Dios de libertad, arráncanos de las insidias del Mal. Ven a compartir la mesa de nuestra vida cotidiana y danos plena confianza: gracias a tu perenne intercesión ante el trono de Dios, nos sentaremos un día junto a ti en el banquete eterno. Fiesta de pecadores perdonados, jolgorio del Amor que salva.
CONTEMPLATIO Jesús está con nosotros en sus palabras, pero eso significa, de un modo absolutamente claro y preciso, que está con nosotros en lo que quiere y en lo que piensa de nosotros. Está con nosotros con su voluntad en sus palabras, y sólo a través de la frecuentación de esta Palabra de Jesús presagiamos su proximidad. Ahora bien, la palabra es el medio expresivo más claro y significativo a través del cual pueden entrar en contacto entre sí los seres espirituales. Si poseemos la palabra de un hombre, conocemos su voluntad y toda su persona. La Palabra de Jesús es siempre una y siempre la misma y, no obstante, es siempre y nuevamente diferente. Nos dice: estás bajo el amor de Dios, Dios es santo y también vosotros debéis ser santos; Dios quiere daros el Espíritu Santo a fin de que seáis santos. Y dice esto de una manera diferente a cada uno y en todo momento; la Palabra de Dios es una para el niño y una para el adulto, una para el muchacho, una para la muchacha; una para el hombre, una para la mujer: tampoco hay edad, ni instante de la vida en la que la Palabra de Dios no tenga algo que decirnos. En la medida en que nuestra vida esté bajo su Palabra, será santificada por ella. La Palabra de la Iglesia acompaña a los hombres desde el bautismo hasta la tumba, pone al hombre bajo la certeza de la Palabra: «Mirad, yo estoy con vosotros» (D. Bonhoeffer, Lo straordinario sifa evento, Brescia 1998, pp. 121ss).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «La misericordia y la verdad se encuentran» (Sal 85,11).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La Palabra es un espejo y una espada. En primer lugar, un espejo. ¿En qué sentido? En el sentido obvio de que la Palabra refleja nuestra imagen. Es el instrumento para realizar un diagnóstico despiadado de nuestra vida. Pone al desnudo nuestros pensamientos secretos y nos revela nuestro corazón. Junto al símbolo del espejo está el de la espada, que ratifica el primero. La imagen es de una rara eficacia. La Palabra debe herir: debe abrir una llaga, o sea, poner en crisis situaciones falsas, provocar un cambio de opinión, suscitar una metanoia. Una lectura en que la Palabra roce la epidermis del alma sin ni siquiera hacerle un rasguño al pensamiento, al corazón, a la vida, es una lectura que se resuelve en un formalismo. Es una Palabra que procede de los abismos de la vida divina y quiere aferrar nuestra vida, llegando a las raíces profundas del ser: a la «médula». Los profetas han dicho esto mismo haciendo gala de un gran realismo: «Hijo del hombre, come este libro». Esta manducación es el acto con el que queda sellada la vocación de Ezequiel (Ez 2). También Jeremías siente la Palabra «como un fuego devorador encerrado en mis huesos» (Jr 20,9); y allí se muestra como lava explosiva de volcán que se abre con una fuerza viva una vía de salida: «Intentaba sofocarlo y no podía». Una Palabra sufrida íntimamente, que va a traspasar el corazón de los otros, después de haber traspasado el mío: «Hablaré, sí, hablaré... para que la espada de la Palabra de Dios por medio de mí llegue a traspasar también el corazón del prójimo. Hablaré, pero oiré que la Palabra de Dios se dirige también contra mí»: son palabras de Gregorio Magno [Homilías sobre Ezequiel XI, 1,5].
De
estas palabras se hace eco una novela moderna, en la que un sacerdote se dirige
a un hermano en el sacerdocio de este modo: «La Palabra de Dios es un hierro al
rojo vivo, y tú, que debes enseñarla a los otros, ¿quieres cogerla con las
tenazas por miedo a que te queme? ¿No la cogerás más bien con las dos manos?
[...]. Quiero que cuando el Señor saque de mi interior en cualquier ocasión una
palabra útil para las almas, pueda sentirla por el mal que me hace dentro» [G.
Bernanos, Diario de un cura rural] (M. Magrassi, Bibbia e preghiera,
Milán 1980, pp. 154-157, passím). |
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2° domingo del tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Isaías 62,1-5 1 Por amor a Sión no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré hasta que su liberación brille como luz y su salvación llamee como antorcha. 2 Los pueblos verán tu liberación y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo pronunciado por la boca del Señor. 3 Serás corona espléndida en manos del Señor, corona real en la palma de tu Dios. 4 Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Desolada», sino que te llamarán «Mi preferida», y a tu tierra, «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo. 5 Como un joven se casa con su novia, así se casará contigo tu constructor; como goza el esposo con la esposa, así gozará contigo tu Dios.
*»• Estamos en tiempos del edicto de Ciro. En él se concede a los exiliados judíos la vuelta a su patria y la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén (538 a. de C). El texto recoge la visión del profeta sobre la ciudad santa, envuelta por el amor de Dios. Está descrita con una terminología tomada de una fiesta de bodas. Se trata de un anuncio salvífico de consolación y de esperanza: Dios es fiel, perdona y vuelve a acoger a su pueblo, aun cuando sea pecador y se haya alejado del pacto de la alianza. El encuentro del Señor con Jerusalén es «liberación», esto es, signo de la acción salvífica de Dios; es «gloria», signo de su presencia amorosa en medio de su pueblo; es «salvación», puesto que Dios se ha acordado del «resto de Israel» y ha manifestado la fidelidad de su amor (cf. Os 2,15-25). El pasaje de Isaías tiene cierta sintonía con el evangelio (Jn 2,1-12). Primero viene el motivo de la alianza, descrita con la imagen de unos esponsales: «Serás corona espléndida en manos del Señor, corona real en la palma de tu Dios» (v. 3); a continuación está el motivo de la gloria: «Los pueblos verán tu liberación y los reyes tu gloria» (v. 2). Estos dos motivos, presentes asimismo en el texto de Juan, los aplica la liturgia a Cristo.
Segunda lectura: 1 Corintios 12,4-11 Hermanos: 4 Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo. 5 Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. 6 Hay diversidad de actividades, pero uno mismo es el Dios que activa todas las cosas en todos. 7 A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos. 8 Porque a uno el Espíritu le capacita para hablar con sabiduría, mientras a otro el mismo Espíritu le otorga un profundo conocimiento. 9 Este mismo Espíritu concede a uno el don de la fe, a otro el carisma de curar enfermedades, 10 a otro el poder de realizar milagros, a otro el hablar en nombre de Dios, a otro el distinguir entre espíritus falsos y verdaderos, a otro el hablar un lenguaje misterioso, y a otro, en fin, el don de interpretar ese lenguaje. 11 Todo esto lo hace el mismo y único Espíritu, que reparte a cada uno sus dones como él quiere.
*•• La Iglesia de Corinto era una comunidad vivaz y carismática, pero la acechaban dos peligros: el de hacerse la ilusión de que la presencia del Espíritu era suficiente para garantizar la fidelidad a la tradición, la corrección moral, la unión comunitaria; y el de sobrevalorar, de una manera indebida, algunos carismas -como el de las lenguas- a costa de otros -como los carismas del servicio-. Pablo, al intervenir en esta situación, comunica a la comunidad de Corinto una afirmación fundamental, válida para todas las comunidades cristianas: la variedad de los dones procede del Espíritu. Éste es rico y no puede manifestarse de un solo modo. A renglón seguido realiza una segunda afirmación fundamental. La variedad de los dones, para que sea signo del Espíritu, debe cumplir una condición: la edificación común. Detrás de la variedad del don de cada uno está la caridad, el carisma mejor y común. Sólo con esta condición se puede hablar de la presencia del Espíritu en la comunidad. La caridad es capacidad de colaboración entre creyentes, es amor a Cristo, antes que entre nosotros, y conduce a acuerdos dinámicos, de conversión, y no simplemente estáticos, de sistematización.
Evangelio: Juan 2,1-12 En aquel tiempo, 1 hubo una boda en Cana de Galilea. La madre de Jesús estaba invitada. 2 También lo estaban Jesús y sus discípulos. 3 Se les acabó el vino y, entonces, la madre de Jesús le dijo: -No les queda vino. 4 Jesús le respondió: -Mujer, no intervengas en mi vida; mi hora aún no ha llegado. 5 La madre de Jesús dijo entonces a los que estaban sirviendo: -Haced lo que él os diga. 6 Había allí seis tinajas de piedra, de las que utilizaban los judíos para sus ritos de purificación, de unos ochenta o cien litros cada una. 7 Jesús dijo a los que servían: -Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. 8 Una vez llenas, Jesús les dijo: -Sacad ahora un poco y llevádselo al maestresala. Ellos cumplieron sus órdenes. 9 Cuando el maestresala degustó el vino nuevo sin saber su procedencia (sólo lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua), llamó al novio 10 y le dijo: -Todo el mundo sirve al principio el vino de mejor calidad y, cuando los invitados ya han bebido bastante, saca el más corriente. Tú, en cambio, has reservado el de mejor calidad para última hora. 11 Esto sucedió en Cana de Galilea. Fue el primer signo realizado por Jesús. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él. 12 Después, Jesús bajó a Cafarnaún, acompañado de su madre, sus hermanos y sus discípulos, y se quedaron allí unos cuantos días.
*•• El gesto realizado por Jesús en Cana es una manifestación mesiánica, una epifanía en la que el mismo Jesús se manifiesta, a diferencia del bautismo en el Jordán, donde es el Padre quien revela el significado profundo de Cristo. El episodio tiene una gran importancia en Juan, porque es el primero y el modelo de todos los «signos», el que encierra el sentido de los distintos gestos de Jesús. El doble significado del «signo» está indicado al final del relato: revela la gloria de Cristo y conduce a la fe (v. 11). Algunos detalles de la manifestación de Jesús en Cana, como la abundancia del vino, su óptima calidad y el hecho de que sustituye al agua preparada para las abluciones rituales, son rasgos mesiánicos que sacan a la luz a Jesús como Mesías, que inaugura la nueva alianza y la nueva ley. También el marco de la fiesta nupcial, en el que tiene lugar el milagro, pone de manifiesto a Jesús como esposo mesiánico, que celebra las bodas mesiánicas con la Iglesia, su esposa, simbolizada por María, la mujer de la verdadera fe. Estas bodas mesiánicas, por otra parte, tienden absolutamente hacia la «hora» de la cruz y la resurrección. Desde esta perspectiva es como se comprende la naturaleza de la «gloria» que se manifiesta en Cana. Para Juan, es en la cruz donde se manifiesta la gloria. Esta última no es otra cosa que el esplendor y el poder del amor de Dios, que se entrega. En consecuencia, para el discípulo, abandonarse a Jesús significa abandonarse a la lógica del amor hasta sus consecuencias más radicales, como la fe de María, que acepta la aparente negativa y se deja llevar hacia una expectativa superior.
MEDITATIO Todos los textos de hoy nos hablan de la extraordinaria novedad que nos ha traído Jesús con su presencia y su acción mesiánica. En el «signo» de Cana nos entrega el mejor vino e inaugura, de manera simbólica, los tiempos nuevos queridos por Dios y anunciados por los profetas (cf. Is 62,1-5). La gran novedad que ha traído Jesús al mundo, tal como atestiguan los evangelios, es la entrega de su Espíritu, del que cada uno tiene una manifestación en la comunidad para el servicio del bien común, como nos recuerda Pablo. El Espíritu de Jesús es la fuente viva del amor filial a Dios y del amor fraterno a los otros. Y este amor es la antítesis del egoísmo que nos encierra en nosotros mismos y nos lleva a considerarnos el centro del universo. Ésta es la convicción evangélica confirmada por la experiencia: sin el Espíritu que nos comunica Jesús somos incapaces de salir de nosotros mismos y de abrirnos a Dios y a los olios. En consecuencia, somos viejos, en el sentido evangélico del término, y permanecemos anclados en el petado y en la muerte. Como nos recuerda la Gaudium el sprs, el que nos hace «nuevos» -es decir, capaces de amar de una manera desinteresada a los otros- es el Espíritu que Dios infunde, por medio de Cristo resucitado, en el corazón de cada hombre de buena voluntad (CS 22 y 38). Él nos hace nuevos en el corazón, el centro mas profundo de nuestro ser, cumpliendo así las antiguas profecías (cf. Ez 11,19; 36,26). Jesús decía a los fariseos que el vino nuevo debe ponerse «en odres nuevos» (cf Mt 9,17; Me 2,22; Le 3,37ss), porque sólo éstos pueden contenerlo. Debemos preguntarnos hasta qué punto somos nosotros, efectiva mente, «odres nuevos», capaces de ofrecer espacio al «vino nuevo» del Espíritu que él nos ofrece. Es probable que volvamos a recaer más de una vez en el viejo régimen del egoísmo y que nuestros corazones alberguen actitudes y modos de sentir que no pertenecen al Reino de la novedad querida por Dios. A nosotros nos corresponde pedir insistentemente al Padre el Espíritu que nos renueva (Lc 11,13).
ORATIO Oh Padre, que has querido hacer de tu Hijo el hombre nuevo, colmado de tu Espíritu, y por medio de él lo derramas en los corazones de los hombres, renovándolos de una manera radical, te pedimos con confianza e insistencia, tal como él mismo nos ha enseñado a hacerlo, que te dignes llenar nuestros corazones de su presencia y de su fuerza. Si tú nos lo otorgas, podremos salir de la condición de hombres viejos, movidos por el egoísmo que nos encierra en nosotros mismos, y podremos llegar a ser de verdad hombres nuevos. Seremos capaces de amarte a ti como hijos y a los otros hombres y mujeres como hermanos y hermanas. Y la alegría profunda que nos proporcionará nuestra nueva condición llenará cada momento de nuestra jornada. No dejes que entren en nuestros corazones otros espíritus: el espíritu del orgullo, de la vanidad, de la envidia, de la avidez... Estos espíritus pertenecen al mundo viejo y llevan a la muerte, pero nosotros queremos vivir. Tú, que «amas la vida», arranca de nosotros esos espíritus, para que el Espíritu vivificante, que viene de ti a través de tu Hijo amado, pueda ocupar todo nuestro espacio interior.
CONTEMPLATIO El corazón de María es un tesoro inmenso; su boca es su canal; sin embargo, no se abre con frecuencia: por eso es menester dilatar nuestro propio ánimo, a fin de recibir con avidez algunas palabras y considerarlas bien. En este momento María ruega a su Hijo en cuanto madre. Es preciso que prestemos atención a esto: desde que María dijo: «He aquí la esclava del Señor», ya no ora como esclava, sino como madre. Tenemos que contemplar los ojos de María cuando mira con humilde modestia a su amado Hijo para hacerle esta petición. Es preciso que consideremos su corazón y sus sentimientos. En esta circunstancia quiere dos cosas: la manifestación de la gloria del Hijo, y el bien y el consuelo de los convidados; dos deseos y dos voluntades dignos del amor perfecto del corazón de María. La caridad perfecta intenta procurar también los bienes temporales no por lo que son en sí, sino para el consuelo espiritual de las almas. María es omnipotencia suplicante: «No tienen vino», dice. La segunda cosa que debemos observar es ésta: la vida de María es una vida de silencio. Cuando tenía necesidad de hablar, lo hacía con el menor número de palabras posible; también con su Hijo hablaba sólo en el silencio. La conversación de Jesús con María era absolutamente interior: sus palabras exteriores se pueden contar con los dedos de las manos. Aquí María está obligada a hablar, y lo hace empleando sólo tres palabras. En tercer lugar, María demuestra que conoce el gran mandamiento de nuestro Señor sobre la oración; a saber: que ésta no consiste en hablar mucho. Indicando lo que era necesario, nos enseña un modo extraordinario de orar, y Jesús ha visto su deseo en su corazón y en sus ojos. He aquí una manera más que perfecta de orar: abrir los pliegues del corazón ante nuestro dulcísimo Maestro y reposar, después, nuestro ánimo en él, abandonándonos a su gran amor y a su infinita misericordia y esperando, en una contemplación de amor, el efecto de su ternura con nosotros (F.-M. Libermann, Commentaire de Saint Jean, Brujas 1958, pp. 118ss).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19,9).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL No conseguiremos nunca agotar la riqueza de significados de los «signos» del evangelista Juan. En el primero de ellos se nos revela Jesús como alguien que da vino a los esposos de Cana. Las bodas necesitan alegría: «¿Acaso pueden ayunar los invitados a la boda cuando el esposo está con ellos?», dice Jesús. El vino está en su sitio en una fiesta de bodas, porque el vino simboliza todo lo que la vida puede tener de agradable: la amistad, el amor humano y, en general, toda la alegría que puede ofrecer la tierra, aunque con su ambigüedad. Quisiéramos que este vino, que es la alegría de vivir, «el vino que alegra el corazón del hombre», no faltara nunca. Se lo deseamos a todos los esposos. Pero falta en algunas ocasiones. Les faltó a los esposos de Cana: «No tienen vino». Jesús hubiera podido responder: si no tienen, que lo compren. El hecho es que el vino es la alegría de vivir, algo que no se puede comprar ni fabricar, y es difícil estar sin ella. Y este vino, del que los esposos tienen necesidad, pero que nunca podrían darse a sí mismos, este vino –decíamoslo «crea» Jesús del agua, porque se trata de un vino nuevo. Juan quiere decirnos que el vino nuevo es bueno, nunca probado hasta entonces: es Jesús mismo. El vino se muestra significativo como don de Jesús: está al final, es bueno, es abundante. Es signo del tiempo de la salvación. El vino es así «la sangre derramada» de Cristo por nosotros, es el sino de la caridad, de la entrega de sí, algo tan importante para poder vivir como cristianos. El vino de las bodas de Cana, ese esperado vino bueno, es el don de la caridad de Cristo, el signo de la alegría que trae la venida del Mesías. Las fiestas de los hombres acaban de esa forma que tan bien describe el maestresala: la tristeza del lunes.
Jesús,
en cambio, es «el sábado sin noche», como decía san Agustín: cuando pensamos que
la fiesta se acaba -«No tienen vino»-, aparece el vino bueno, conservado
hasta ese momento, el vino nuevo jamás probado antes (A. S. Bessone, Prediche
Della domenica. Ánno C, Biella 1992, pp. 185-190, passim). |
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Lunes 2ª semana del Tiempo ordinario y 21 de enero, conmemoración de Santa Inés La Depositio martyrum es el primer documento donde se menciona el culto a santa Inés en Roma, en la vía Nomentana, el 21 de enero. Impaciente por sacrificarse a Cristo, la niña murió mártir cuando apenas tenía doce años de edad, en ía segunda mitad del siglo III o, más probablemente, a comienzos del IV. Su nombre, Inés, que viene de Agnes («agnella», «corderita») y es la transcripción latina del adjetivo griego hagné («pura», «casta»), fue presagio de su mismo martirio. San Ambrosio en el De Virginibus y en el carmen, el papa Dámaso en el célebre epígrafe y Prudencio en el XIV himno del Perístéphanon presentan versiones que contrastan sobre el suplicio que se le infligió, aunque están de acuerdo en la edad y en el doble mérito de la joven santa.
LECTIO Primera lectura: Hebreos 5,1-10 Hermanos: 1 Todo sumo sacerdote, en efecto, es tomado de entre los hombres y puesto al servicio de Dios en favor de los hombres, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados. 2 Es capaz de ser comprensivo con los ignorantes y los extraviados, ya que él también está lleno de flaquezas, 3 y a causa de ellas debe ofrecer sacrificios por los pecados propios, a la vez que por los del pueblo. 4 Nadie puede arrogarse esta dignidad, sino aquel a quien Dios llama, como ocurrió en el caso de Aarón. 5 Así también Cristo no se apropió la gloria de ser sumo sacerdote, sino que Dios mismo le había dicho: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy 6 O como dice también en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec. 7 El mismo Cristo, que en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado en atención a su actitud reverente, 8 y precisamente porque era Hijo aprendió a obedecer a través del sufrimiento. 9 Alcanzada así la perfección, se hizo causa de salvación eterna para todos los que le obedecen 10 y ha sido proclamado por Dios sumo sacerdote a la manera de Melquisedec.
*•• El pasaje cuya lectura se nos propone hoy está construido con un gran esmero. En primer lugar, señala las características del sumo sacerdote del Antiguo Testamento. De él sabemos que estaba llamado a intervenir en favor de los hombres en sus relaciones con Dios (v. 1); los comprende profundamente porque es uno de ellos (v. 2); debe recibir este encargo de parte de Dios. A continuación, empezando por la última y ascendiendo hasta la primera, aplica el autor estas características a Jesús, mostrando que él es verdaderamente el único y sumo sacerdote. En cuanto elegido por Dios, es también el Hijo, depositario de un sacerdocio que dura para siempre; es misericordioso con los hombres hasta el punto de ofrecer, aunque no tenía pecado, no sacrificios externos, sino a sí mismo, abriendo así el camino a todos los hombres a la salvación eterna. Nos encontramos en el punto central de la carta a los Hebreos, que nos muestra a Cristo en el momento en que ofrece al Padre su voluntad de compartir el sufrimiento humano hasta la muerte en la cruz. Cristo, con «oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas» (v. 7a), presentó su ofrenda y agradó al Padre por su respetuosa sumisión a su divina voluntad. Así alcanzó «la perfección» (v. 9) y pudo obtener la salvación para todos los que acogen su Palabra.
Evangelio: Marcos 2,18-22 18 Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban, fueron a decir a Jesús: -¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan y los tuyos no? 19 Jesús les contestó: -¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos, no tiene sentido que ayunen. 20 Llegará un día en que el novio les será arrebatado. Entonces ayunarán. 21 Nadie cose un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo, porque lo añadido tirará de él, lo nuevo de lo viejo, y el rasgón se hará mayor. 22 Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos, porque el vino reventará los odres, y se perderán vino y odres. El vino nuevo en odres nuevos.
*>•• El comportamiento de los discípulos ofrece el motivo para una polémica ulterior de los maestros de la Ley contra Jesús. ¿Por qué no ayunan ellos como hacen, en cambio, los discípulos de Juan y de los fariseos? El ataque lanzado contra Jesús, en vez de perjudicarle, le brinda una nueva posibilidad de revelarnos su misterio. Jesús es «el Esposo», extensamente prefigurado en el Antiguo Testamento (Is 62,5; 61,10; Os; Cant; Ez 16), que, por fin, está en medio de su pueblo. Por consiguiente, ha llegado el tiempo de la salvación, y el tiempo del ayuno ha dejado de tener sentido, puesto que la presencia de Cristo abre el tiempo de la fiesta y de la alegría. Habrá todavía días en que será arrebatado el Esposo, con violencia, a la compañía de sus hermanos (cf. Me 14,43ss), pero ahora ha hecho irrupción en la historia la novedad absoluta. Con la presencia de Jesús ha entrado en el tiempo algo irreductiblemente diferente. El vestido de la ley no puede tolerar el paño nuevo representado por Jesús. En el banquete de bodas de Dios con la humanidad, del que Cristo nos ha hecho partícipes, está ahora el vino nuevo del Espíritu, que rompe los odres viejos de los corazones endurecidos.
MEDITATIO Las dos lecturas que nos han sido propuestas constituyen una clara invitación a fijar la mirada de nuestro corazón en Jesús. Él es el sumo sacerdote que, verdaderamente, puede sentir justa compasión por nosotros, dado que pagó con «con grandes gritos y lágrimas» su solidaridad con nosotros y «aprendió a obedecer a través del sufrimiento». Por eso permanece ahora siempre vivo en presencia del Padre como memorial santo y agradable a Dios por todos nosotros. Se nos ha abierto, por fin, el camino para acceder al corazón del Padre, con la certeza de que seremos escuchados más allá de nuestro deseo. En efecto, no sólo él nos representa a todos ante Dios, sino que es también la presencia viva de Dios en medio de los hombres, es el Esposo que nos hace sentar a cada uno de nosotros en su banquete de alegría y de fiesta, donde no está permitido ayunar, porque ahora está con nosotros para siempre, hasta el final de los días. Estamos, por tanto, ante una palabra que nos afecta profundamente y constituye un verdadero «evangelio», la Buena Noticia que esperábamos. Nuestra ignorancia y nuestro error -nuestro extravío- han encontrado al final a alguien que está en condiciones de darles un nombre y cambiarlos, con la certeza de que nada de cuanto es nuestro carece de valor. Dios nos ama, Dios me ama. Él es quien recoge nuestras lágrimas en su odre -pues son preciosas para él- y cambia nuestro lamento en danza (cf. Sal 55,9; 29,12).
ORATIO Señor Jesús, tu recuerdo irrumpe en la monotonía de nuestras jornadas como un toque de fiesta. Mientras a nuestro alrededor parece imperar la mordaza de un despiadado egoísmo, tú sabes decir aún la palabra que abre los corazones a la alegría y a la esperanza. Tú eres la novedad absoluta, el vino nuevo y espumoso que rompe los odres endurecidos de nuestras presuntas certezas. Hoy quisiéramos no sentirnos bien en el vestido viejo de nuestras ideas preconcebidas. Envía de nuevo al Espíritu del Padre para que permitamos al paño nuevo y robusto de tu divina humanidad revestirnos con los vestidos de la salvación. Será el vestido festivo que nos permitirá sentarnos contigo en el banquete de bodas, saborear el vino de la alegría, comer ese pan que no tiene otra cosa sino la perpetuación de tu entrega de amor por nosotros. Haz que tengamos parte en tu mesa, conscientes del precio de los «gritos y lágrimas» que tú derramaste por nosotros. Haz que también nosotros, viviendo contigo y en el Espíritu en obediencia al Padre, llevemos a cumplimiento su designio de salvación y lleguemos a ser testigos de su amor eterno para todos los hermanos.
CONTEMPLATIO La mortificación del alma consiste en que uno no desee en su corazón los bienes de este mundo y sus satisfacciones pasajeras, ni se complazca en vagar con su pensamiento en la codicia de las cosas terrenas, sino que su espíritu anhele continuamente, con impaciencia y con una expectativa incesante, la esperanza de las realidades futuras, de la vida nueva. En verdad es ésta la mortificación de quien está muerto con Cristo, nuestra resurrección. Con todo, no es posible alcanzar esta mortificación sin la ayuda del Espíritu Santo. Oh Cristo, que en tu amor moriste por mí, hazme morir al pecado y despójame del hombre viejo, a fin de que me encuentre en todo momento en novedad de vida ante ti, como en el mundo nuevo. Tú, el Dios a quien los cielos y los cielos de los cielos no pueden contener; tú, que has elegido un templo entre nosotros para morada, hazme digno de convertirme en lugar donde habite tu caridad. Los santos, atraídos por tu amor, se olvidaron de sí mismos, se volvieron locos detrás de ti y, en su ebriedad, se unieron a ti en todo momento sólo por amor, y ya nunca se volvieron atrás. Tú has embriagado, en efecto, con el estupor de tus misterios a quienes habían bebido de esta dulce fuente, para que tuvieran sed de tu caridad (Isaac de Nínive, Capitoli sulla conoscenza di Dio I, 87ss).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Has cambiado mi lamento en danza» (Sal 29,12).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La eucaristía protege al mundo y, de una manera secreta, lo ilumina. El hombre encuentra en ella su filiación perdida, alcanza su propia vida en la de Cristo, el amigo fiel que comparte con él el pan de la necesidad y el vino de la fiesta. El pan es su cuerpo, y el vino es su sangre; y en esta unidad ya nada nos separa de nada ni de nadie. ¿Qué puede ser más grande? Es la alegría de la pascua, la alegría de la transfiguración del universo. Y nosotros recibimos esta alegría en comunión con todos nuestros hermanos, vivos y muertos, en la comunión de los santos y con la ternura de la Madre. Por eso ahora ya nada puede darnos miedo. Hemos conocido el amor que Dios siente por nosotros, hemos llegado a ser «dioses». Ahora todo tiene un sentido. Tú, tú también, tienes un sentido. No morirás. Aquellos a quienes amas, aunque los creas muertos, no morirán. Todo lo que vive, todo lo que es bello, hasta la última brizna de hierba, incluso ese breve momento en que has sentido palpitar la vida en tus venas, todo estará vivo, para siempre. Hasta el dolor, hasta la muerte, tienen un sentido, se convierten en senderos de la vida. Todo está ya vivo. Porque Cristo ha resucitado.
Existe
aquí abajo un lugar en el que ya no hay separación, sino sólo el gran amor, la
magna alegría. Ese lugar es el cáliz, en el corazón de la Iglesia. Y desde allí
también en tu corazón (Patriarca Atenágoras I, cit. en Dialoghi con
Atenagora, entrevista realizada por O. Clément, Turín 1972, p. 337).
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Miércoles 2ª semana del Tiempo ordinario o 23 de Enero, conmemoración de San Ildefonso
Nacido en el 607, durante el reinado de Witerico en Toledo,de estirpe germánica, era miembro de una de las distintas familias regias visigodas, fue sobrino del obispo de Toledo San Eugenio III, quien comenzó su educación. Estando ya en el monasterio, funda un convento de religiosas dotándolo con los bienes que hereda, y en fecha desconocida (650?), es elegido abad. Muerto el obispo Eugenio III es elegido obispo de Toledo el a. 657. La noche del 18 de diciembre del 665 San Ildefonso junto con sus clérigos y algunos otros, fueron a la iglesia, para cantar himnos en honor a la Virgen María. Encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que sintieron temor. Todos huyeron excepto Ildefonso y sus dos diáconos. Estos entraron y se acercaron al altar. Ante ellos se encontraba la Virgen María, sentada en la silla del obispo, rodeada por una compañía de vírgenes entonando cantos celestiales. María al ir hizo una seña con la cabeza para que se acercara. Habiendo obedecido, ella fijó sus ojos sobre él y dijo: "Tu eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería." Habiendo dicho esto, la Virgen misma lo invistió, dándole las instrucciones de usarla solamente en los días festivos designados en su honor. Esta aparición y la casulla fueron pruebas tan claras, que el concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. Los árabes, durante la dominación musulmana, al convertirse la Basílica cristiana en Mezquita respetaron escrupulosamente este lugar y la piedra allí situada por tratarse de un espacio sagrado relacionado con la Virgen Maria a quien se venera en el Corán. LECTIO Primera lectura: Hebreos 7,1-3.15-17 Hermanos: 1 Melquisedec era rey de Salem y sacerdote del Dios altísimo. Cuando Abrahán volvía de vencer a los reyes, Melquisedec le salió al encuentro y lo bendijo. 2 Abrahán, por su parte, le dio el diezmo de todo. Melquisedec, cuyo nombre significa en primer lugar rey de justicia y luego rey de Salen, es decir, rey de paz, 3 se presenta sin padre, ni madre, ni antepasados; no se conoce el comienzo ni el fin de su vida, y así, a semejanza del Hijo de Dios, es sacerdote para siempre. 15 Esto es aún más evidente si surge otro sacerdote que, a semejanza de Melquisedec, 16 no lo es en virtud de un sistema de leyes terrenas, sino por la fuerza de una vida indestructible, 17 pues así está testificado: Tú eres sacerdote para siempre, igual que Melquisedec.
*•• En el pasaje que nos propone la liturgia de hoy sobresale un personaje misterioso: Melquisedec. Su nombre significa «rey de justicia» y se le califica de «sacerdote del Dios altísimo». A diferencia de los protagonistas del Antiguo Testamento, cuya ascendencia siempre se detalla de una manera minuciosa, Melquisedec «se presenta sin padre, ni madre, ni antepasados». ¿Quién es, pues, este rey de paz {Salem), superior incluso a Abrahán, a cuyo encuentro sale en el valle del Rey y a quien bendice ofreciendo pan y vino, y al que Abrahán paga el diezmo? Es «figura», es decir, casi un esbozo y una anticipación, que perfila los rasgos de Jesús, nuestro único, sumo y santo sacerdote, constituido como tal para siempre no según una descendencia carnal, sino porque es Hijo de Dios. Su sacerdocio le hará para siempre único auténtico mediador entre la humanidad y su Creador; como verdadero hombre y verdadero Dios, le habla al Padre con palabras de hombre y le es acepto porque es el único santo e inmaculado. Su sacerdocio, en efecto, y su culto al Padre son tan nuevos que llevan a su consumación, de un modo inesperado, tanto la realeza de David - a cuya descendencia pertenece Jesús según la carne- como el más antiguo sacerdocio del Antiguo Testamento, representado por Melquisedec. Ahora, en Cristo, todo el pueblo de Dios puede acceder al culto nuevo y perfecto inaugurado por Jesús en su cuerpo inmolado en la cruz.
Evangelio: Marcos 3,1-6 En aquel tiempo, 1 entró de nuevo Jesús en la sinagoga y había allí un hombre que tenía la mano atrofiada. 2 Le estaban espiando para ver si lo curaba en sábado y tener así un motivo para acusarlo. 3 Jesús dijo entonces al hombre de la mano atrofiada: -Levántate y ponte ahí en medio. 4 Y a ellos les preguntó: -¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o destruirla? Ellos permanecieron callados. 5 Mirándoles con indignación y apenado por la dureza de su corazón, dijo al hombre: -Extiende la mano. Él la extendió, y su mano quedó restablecida. 6 En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para planear el modo de acabar con él.
*• Es sábado. Jesús entra en la sinagoga. Hay un hombre enfermo, pero, sobre todo, hay alguien que espera coger al Rabí en algún fallo. El Maestro bueno que pasa haciendo el bien está siendo espiado en realidad por quienes desean desembarazarse de aquel incómodo personaje. Jesús advierte la hostilidad contra su persona -una hostilidad enmascarada por el amor a la Ley de Dios- y les hace frente a rostro descubierto. Hace poner en medio al hombre que tiene la mano atrofiada y lanza una pregunta a sus adversarios sobre la licitud de hacer el bien o el mal en sábado. Se produce un silencio muy elocuente después de su pregunta. Jesús se apena, se indigna frente a la doblez y la dureza de corazón de los que buscan atrincherarse detrás de aquel silencio hostil. Jesús restablece la mano de aquel hombre: hace el bien a pesar de todo. Sabe que eso le costará la vida, pero ha venido precisamente para asumir nuestras durezas, nuestras flaquezas, nuestras lepras, y para quemarlas en el don supremo de un amor que no se detiene frente a ninguna ingratitud.
MEDITATIO Nuestro corazón tiene sed de comunión con Dios; quisiéramos encontrarle, hallarle, hablarle; recuperar la unidad y la armonía con los otros, con el orden creado. No hay ningún hombre que no haya sentido, al menos de una manera fugaz, un resplandor de estos deseos buenos y santos. Y no hay deseo humano que no encuentre en Jesús su cumplimiento y su realización. Él vino a nosotros para ser el santo y sumo sacerdote -prefigurado misteriosamente por Melquisedec- y para darnos su maravillosa dignidad, Ahora, después de haber consumado Jesús en la cruz su santo sacrificio, todo hombre puede ofrecer al Padre, por medio de él y participando de su sacerdocio, el único y perfecto sacrificio. Cada hombre ha recuperado la inesperada dignidad que le permite hablar con Dios, ofrecerle toda la creación y, lo que es aún más, ser a sus ojos una viva imagen del Hijo amado en el que ha puesto su complacencia. Para eso ha venido Jesús, en efecto.
ORATIO Señor Jesús, gracias por haber venido a nosotros para abrirnos de nuevo el camino hacia el Padre. No te canses de nuestra ingrata dureza, de nuestros rechazos. Ten piedad de la parálisis que nos atrofia la mano y, todavía más, el corazón. Siempre nos pones en el centro de tu atención y vuelves a dar soltura a nuestras manos encogidas, para que podamos abrirlas por fin y acoger el don que eres tú mismo, convertido por nuestro amor en pan y vino. Con tu ejemplo nos enseñas a no cerrar más nuestra mano como una garra sobre tus dones, aferrándolos y poseyéndolos sólo para nosotros mismos, y con el poder de tu Espíritu de amor nos haces entrar contigo en el movimiento de gratuidad y de ofrenda que nos hace libres y felices.
CONTEMPLATIO Que, como en la ley vieja, sobre la cabeca de aquel animal con que limpiava sus peccados el pueblo, en nombre del, ponía las manos el sacerdote y dezía que cargava en ella todo lo que su gente peccava, ansi él, porque era también sacerdote, puso sobre sí mismo las culpas y las personas culpadas, y las ajuntó con su alma, como en lo passado se dixo, por una manera de unión espiritual e ineffable, con que suele Dios juntar muchos en uno, de que los hombres espirituales tienen mucha noticia. Con la cual unión encerró Dios en la humanidad de su hijo a los que, según su ser natural, estavan della muy fuera; y los hizo tan unos con él que se comunicaron entre sí y a vezes sus males y sus bienes y sus condiciones; y muriendo él, morimos de fuerca nosotros; y padeciendo el Cordero, padecimos en él y pagamos la pena que devíamos por nuestros peccados, los cuales peccados, juntándonos Cristo consigo, por la manera que he dicho, los hizo como suyos proprios, según que en el psalmo dize: Cuan lexos de mi salud las vozes de mis delictos; que llama delitos suyos los nuestros, porque se echó ansi a ellos, como a los autores dellos tenía sobre los hombros puestos, y tan allegados a sí mismo y tan juntos, que se le pegaron las culpas dellos, y le sujetaron al agote y al castigo y a la sentencia contra ellos dada por la justicia divina. Y pudo tener en él assiento lo que no podía ser hecho ni obrado por él. En que se consideran con nueva maravilla dos cosas: la fuerca del amor y la grandeca de la pena y dolor. [...] Y esso mismo, que fue hazerse Cordero de sacrificio, y poner en sí las condiciones y cualidades devidas al Cordero, que, sacrificado, limpiava, fue en cierta manera un gran sacrificio, y disponiéndose para ser sacrificado, se sacrificava de hecho con el fuego de la congoxa, que de tan contrarios extremos en su alma nascía, y antes de subir a la cruz le era cruz essa misma carga que para subir a ella sobre sus hombros ponía. Y subido y enclavado en ella, no le rasgavan lauto ni lastimavan sus tiernas carnes los clavos cuanto traspassavan con pena el coracón la muchedumbre de malvados y de maldades, que, ayuntados consigo y sobre sus hombros tenía; y le era menos tormento el desatarse su cuerpo que el aj untarse en el mismo templo de la sanctidad tanta y tan grande torpeza. A la cual, por una parte, su sancta ánima la abracava y recogía en sí para deshazerla por el infinito amor que nos tiene, y por otra esquivava y rehuya su vezindad y su vista, movido de su infinita limpieza, y ansi peleava y agonizava y ardía como sacrificio aceptíssimo, y en el fuego de su pena consumía esso mismo que con su vezindad le penava, ansi como lavava con la sangre que por tantos vertía esas mismas manzillas que la vertían, a que, como si fueran proprias, dio entrada y assiento en su casa. De suerte que, ardiendo él, ardieron en él nuestras culpas, y bañándose su cuerpo de sangre, se bañaron en sangre los peccadores, y muriendo el Cordero, todos los que estavan en él por la misma razón, pagaron lo que el rigor de la ley requería. Que como fue justo que la comida de Adam, porque en sí nos tenía, fuesse comida nuestra, y que su peccado fuesse nuestro peccado, y que emponzoñándose él, nos emponzoñásemos todos, ansi fue justíssimo que, ardiendo en la ara de la cruz, y sacrificándose este dulce Cordero, en quien estavan encerrados y como hechos uno todos los suyos, cuanto es de su parte quedassen abrasados todos y limpios (Fray Luis de León, De los nombres de Cristo, Espasa-Calpe, Clásicos castellanos, vol. III, Madrid 1969, pp. 243-247).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Te compadeces de todos, oh Señor, amante de la vida»
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Sólo Cristo se ofreció perfectamente como hostia viva, como sumando su vida por amor en el misterio de la cruz; únicamente él realizó perfectamente el culto espiritual, que nosotros mismos podemos ofrecer en unión con él. ¿Qué es, pues, este culto? 1. Es exigente y pascual. El creyente no puede eludir la exigencia de la cruz, muerte al egoísmo y vida para Dios. Del mismo modo que el muchacho prueba su amor a su amada aceptando por ella exigencias y una constante conversión, con mayor razón el que piensa haber descubierto a Dios le alcanza mediante la muerte a sí mismo y la vida ofrecida gozosamente. El sacerdocio del creyente se consuma en sacrificio, es decir, en don de sí por amor. El Cristo resucitado hace brillar la luz a la salida del paso estrecho de la pascua. El encuentro brilla como un rayo de luz a través del bosque, esta luz guía nuestros pasos, sin que por ello nuestra marcha se vuelva menos fatigosa. No habrá nunca ningún manual para alcanzar «la santidad sin esfuerzo»; la vía de la infancia espiritual que nos propone santa Teresa de Lisieux no es un camino de facilidades. Hace falta mucho coraje para volverse niño. 2. El culto espiritual es liberador y fuente de humanización. Rebasa las rigideces del ritualismo. Sabe elegir lo que es posible en cada circunstancia y somete las observancias, ya sea la de una reala escrita o la de un ideal personal, a la exigencia superior de la caridad. Nos libera también de una falsa comprensión el pecado relativizando todas as cosas frente a la verdad del amor: «En esto conoceremos que somos de la verdad, y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo» (1 Jn 3,19-20). 3. El culto espiritual es crístico y espiritual. Es entrar en comunión con las actitudes de Cristo en la libertad innovadora del Espíritu. No soporta ni un apego demasiado rígido al testimonio de Jesús, ni un olvido de Cristo en beneficio de una edad del Espíritu que justificara la fantasía. El creyente consagrado al culto espiritual sabe que tiene que atarse a Cristo y, al mismo tiempo, dejarse guiar por el Espíritu de libertad.
4.
El culto espiritual es filial y eterno. Como vinculación a Cristo y como
docilidad al Espíritu, planifica al hombre que busca a Dios a través de la
aceptación del misterio del Padre. El buscador llega al término de su búsqueda
reconociendo que este ser absoluto, creador y providencia, es el Padre
amantísimo. Yo soy criatura, por supuesto, y no existo más que a partir de la
potencia vivificante del Ser, pero soy el hijo que subsiste en las palabras
dichas al Hijo: tú eres mi hijo bienamado, tú tienes todo mi favor. Estas
palabras son eternas, puesto que se apoyan en el diálogo trinitario; lo son
también en el sentido de que nuestra vocación se realizará a través de la
aceptación bienaventurada de esta verdad. En el cielo no se nos dirán palabras
diferentes a las de la tierra. Pero tomaremos plena conciencia de ellas, las
aceptaremos y nos gozaremos con ellas. Toda nuestra búsqueda se verá colmada no
en una satisfacción beata y perezosa, sino cuando dancemos de alegría con todos
nuestros hermanos junto a la fuente de la vida (Ph. Ferlay, Compendio de la
vida espiritual, Edicep, Valencia 1990, pp. 212-213).
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Jueves 2ª semana del Tiempo ordinario o 24 de Enero, conmemoración de San Francisco de Sales Nació en Thorans, un pueblecito de Saboya, en 1567, en el castillo de los señores de Sales. Educado en las virtudes cristianas por su madre, estudió, primero, con los jesuitas de París y, después, en Padua, donde se licenció en Derecho. Contrariamente a las expectativas de su padre, que soñaba con que fuera abogado y senador, abrazó el estado eclesiástico y se dedicó, con éxito, a la difícil evangelización de la región de Chablais. Tras ser nombrado obispo de Ginebra, vivió en Annecy, donde, además de una iluminada acción pastoral y de la dirección espiritual de muchas almas, escribió, entre otras, la muy afortunada obra Filotea y también el Teotimo o tratado sobre el amor de Dios, convirtiéndose en uno de los grandes maestros de la espiritualidad cristiana tanto para los laicos como para las personas consagradas. Junto con santa Juana de Chantal, fundó la Visitación. Murió en 1622 y fue proclamado doctor de la Iglesia en 1877.
LECTIO Primera lectura: Hebreos 7,25-8,6 Hermanos: Cristo 7.25 puede perpetuamente salvar a los que por su medio se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos. 26 Tal es el sumo sacerdote que nos hacía falta: santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores y más sublime que los cielos. 27 Él no tiene necesidad, como los sumos sacerdotes, de ofrecer cada día sacrificios por sus propios pecados antes de ofrecerlos por los del pueblo, porque esto lo hizo de una vez para siempre ofreciéndose a sí mismo. 28 Y es que la ley constituye sumos sacerdotes a hombres débiles, pero la palabra del juramento, que vino después de la ley, hace al Hijo perfecto para siempre. 8.1 Esto es lo más importante de lo que venimos diciendo: que tenemos un sumo sacerdote que está sentado en los cielos a la derecha del trono de Dios, 2 como ministro del santuario y de la verdadera tienda de la presencia erigida por el Señor, y no por el hombre. 3 Todo sumo sacerdote, por haber sido instituido para ofrecer oblaciones y sacrificios, necesariamente debe tener algo que ofrecer. 4 Si sólo fuera para la tierra, Jesús no sería ni siquiera sacerdote, pues ya existen sacerdotes encargados por la ley de ofrecer oblaciones. 5 Estos sacerdotes celebran un culto que es sólo una imagen, una sombra de las realidades celestes, según la advertencia divina hecha a Moisés cuando se disponía a construir la tienda de la presencia: Mira -le dijo- hazlo todo conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte. 6 Por eso, Jesús ha recibido un ministerio tanto más elevado cuanto que es mediador de una alianza superior y fundada en promesas mejores.
**• Ocupándose de un tema aparentemente lejano y obsoleto, el autor de la carta a los Hebreos nos presenta un pasaje repleto de contenidos que nos afectan de cerca. Jesús es el sumo sacerdote que necesitamos, «santo, inocente, inmaculado» (7,26). En efecto, a diferencia de los sumos sacerdotes del Antiguo Testamento, Jesús no tiene que ofrecer, antes, nada por sus propios pecados y, después, por los nuestros, porque se ha ofrecido a sí mismo, de una manera perfecta y cumplida, de una vez por todas, inmolándose en la cruz. Estamos en el punto capital de lo que se va diciendo en la carta: Jesús, que ha asumido en plenitud la naturaleza humana, es y sigue siendo para siempre el Hijo sentado a la diestra del Padre, siempre vivo para interceder a favor nuestro. Todo lo que en el Antiguo Testamento era sólo sombra y figura ha encontrado, finalmente, una realización inesperada, porque, en Jesús, Dios mismo nos ha salido al encuentro para acercarnos a él. En Cristo coinciden el que ofrece el sacrificio y lo que se ofrece como tal, y con ello realiza una mediación única y extraordinaria entre Dios y el hombre.
Evangelio: Marcos 3,7-12 En aquel tiempo, 7 Jesús se retiró con sus discípulos hacia el lago y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, 8 de Jerusalén, de Idumea, de TransJordania y de la región de Tiro y Sidón acudió a él una gran multitud, al oír hablar de lo que hacía. 9 Como había mucha gente, encargó a sus discípulos que le preparasen una barca, para que no lo estrujaran. 10 Pues había curado a muchos, y cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. 11 Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban: -Tú eres el Hijo de Dios. 12 Pero él les prohibía enérgicamente que lo descubriesen.
*•• El texto se abre con uno de los llamados «resúmenes», esto es, una síntesis de muchos hechos que hace de charnela entre diferentes pasajes. Estas conexiones son importantes porque el autor nos revela en ellas sus intenciones teológicas y nos ofrece la clave interpretativa del relato. En este resumen vemos a una gran multitud que acude a Jesús. Éste se retira con los discípulos junto al mar. La multitud se le echa encima hasta el punto de poner en peligro la incolumidad de Jesús, lo que le obliga a pedir a los discípulos que pongan a su disposición una barca para liberarse del asalto del gentío. Se trata de enfermos de todo tipo que se le echan literalmente encima (v. 9), casi para arrancarle, tocándole, una energía benéfica y sanadora. La fama de las curaciones que había realizado se había difundido rápidamente por las regiones que Marcos enumera al comienzo del relato. Es el mejor momento para que los espíritus inmundos pongan en escena una gran propaganda sobre Jesús: «Tú eres el Hijo de Dios», proclaman. Es la verdad, pero anunciada de una manera que la hace vana. En efecto, Satanás quiere anticipar la gloria de Jesús para hacerle evitar la cruz, que es lo único que la hace verdadera. También Pedro, más tarde y por una amistad mal entendida, intentará ahorrar al Maestro la prueba suprema y recibirá una dura reprimenda de Jesús: «¡Aléjate de mí, Satanás!» (cf. 8,31-33). También cuando nosotros intentamos huir de la cruz servimos de obstáculo a la realización del designio divino de salvación. Ahora bien, Jesús quiere ser fiel al Padre, que le llama a convertirse en el Siervo de YHWH; por eso resiste con firmeza a los que le tientan y les impide manifestar su identidad. Y es que todo conocimiento de Jesús sin amor a la cruz se vuelve una mentira tergiversadora.
MEDITATIO Jesús ha venido como hombre para realizar un acto único, perfecto y agradable al Padre, ofreciéndose a sí mismo a través de la debilidad, del sufrimiento, de la muerte. Toda su vida, culminada en la entrega total de sí mismo en la cruz, nos afecta de cerca. A él están asociados ahora nuestros acontecimientos cotidianos, los trabajos, las mil ocasiones de renuncia y de muerte que forman la trama de nuestros días. ¿Cómo vivirlos? ¿Dejándolos hundirse en un lamento estéril, en una insatisfacción mal reprimida, o echándolos alegremente en el tesoro de su generoso padecer por amor, en ese acto perenne que le hace vivir para siempre intercediendo por nosotros? En efecto, no hay ocupación, circunstancia o adversidad que pueda impedirnos volver a levantar interiormente la mirada del corazón hacia su cruz, a fin de alcanzar de él la fuerza de un acto de renovada adhesión a la voluntad del Padre. Sólo así gustaremos la dulzura de haber sido sanados por las llagas de nuestro descontento, a fin de encontrar la alegría de ser hijos en el Hijo.
ORATIO Señor Jesús, no puedo ponerme verdaderamente ante ti sino contemplándote colgado en una cruz. Tú eres el amante pobre, humillado, ofrecido totalmente de una vez por todas. Sin embargo, tu sacrificio, el que ahora hace que te sientes a la diestra del Padre, me interpela y me inquieta, porque prosigue hoy en mis hermanos enfermos, explotados, en los que sufren. Me parece que no puedo hacer nada por este mal que se propaga, que me atropella por todas partes y acaba casi por molestarme, empujándome a acorazar mi corazón para no ser herido. Concédeme, te ruego, comprender que también yo puedo hacer algo si me uno más profundamente a ti, a tu incesante intercesión por nosotros, con una ofrenda humilde y renovada de los pequeños inconvenientes que ni me molestan, de las inevitables contrariedades que encuentro en el camino. Enséñame a atesorar todo para unirme a la ofrenda plena y total que tú consumaste generosamente por todos nosotros.
CONTEMPLATIO Cristo nos espera, nos quiere, nos llama, nos atrae. Este rey del universo se interesa por mis actos, por mis fatigas, por mis virtudes, por mis pecados, por las vibraciones de mi vida moral, por mis propósitos, por lo que dejo de cumplir. Su ojo vigila y de cada acto exhala un reflejo de fidelidad, un reverbero de amor que dice que entre él y yo pasa -sí, pasa- el amor. Un amor auténtico, no puro sentimiento, algo primigenio, absolutamente auténtico, fuerte, inconfundible... En este punto es preciso que nos hagamos «alumnos» de san Pablo, el gran maestro de quien quiere verdaderamente amar a Cristo, porque nos enseña que nadie, sino sólo Cristo, es verdaderamente necesario para la salvación humana, para la economía universal que va desde Adán hasta el último hombre. El que vino bajo Poncio Pilato es necesario a todo el que quiera alcanzar su propio destino. La función de Jesucristo, antes incluso de definirse como salvadora, es mediadora: Jesús se sitúa como el puente, como el camino entre nosotros y el Padre celestial. Es el único revelador, el camino que nos lleva de la tierra al cielo; si queremos llegar a Dios no con la religión que es intento, anhelo, deseo, grito dirigido al cielo y que no sabemos si llega, sino con la religión que nos da la vida eterna y el pan de la vida eterna, que llena nuestra vida de una plenitud que no falla, pongámonos a seguir a Cristo, mediador entre nosotros y Dios (Pablo VI, Meditazioni, Roma 1994, pp. l l l s s ).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, con sencillez de corazón, te ofrezco todo con alegría» (cf. 1 Cr 29,14).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
¿Quién
nos hará comprender el pecado? Quisiera, oh Señor, que me lo hicieras
comprender. Lo quisiera para aprender, por fin, a odiarlo en mí y en los demás.
Quisiera que grabaras tan profundamente en mi alma la comprensión de lo que es
el pecado, que brotara de mí, oh Señor, una perenne fuente de lágrimas y una sed
insaciable de reparar también el que cometen los otros [...]. Comprendo también
que si no tengo la comprensión del pecado es porque no tengo amor. Sólo a la luz
del amor puede ser comprendido [...]. Tu amor abraza, de manera perenne, a todas
las criaturas: éstas están sumergidas, aunque lo ignoran o lo niegan o no lo
quieren, en este océano de tu caridad y se mueven en él. Y mientras el amor las
rodea por todas partes para atraerlas a sus profundidades, ellas lo odian, lo
repudian, quisieran salir de sus aguas dulcísimas [...]. Y tú, omnipresente,
omnividente, abarcas con tu mirada todos sus pecados pasados y futuros, sientes
subir hacia ti su rebelión, la nuestra, y detestas con una detestación perenne
esta locura colectiva, esta injuria inconcebible. Pero hemos de acercarnos al
Verbo para comprender la profundidad de este dolor divino por el pecado. Es
preciso verte cubierto, Señor Jesús, del sudor de sangre para comprender lo que
es no corresponder al amor, revelarse contra el amor […]. Es, sobretodo el Amor
el que pagará el pecado contra el Amor. (Mela) |
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La conversión de San Pablo
Saulo de Tarso, antes de su conversión, era un judío convencido de su religión y totalmente contrario a la nueva fe que empezaba a difundirse por Palestina y sus alrededores. Tuvo alguna responsabilidad también en el martirio de san Esteban, protomártir, del que se habla en los Hechos de los apóstoles. Saulo encontró a Jesús resucitado en el camino de Damasco y este acontecimiento cambió de manera radical su modo de creer y de pensar. El Señor resucitado se convirtió en el centro de su espiritualidad y de su teología. Una vez apóstol del Evangelio, Pablo estableció en Antioquía de Siria el punto de partida de sus viajes misioneros, donde aparece como testigo infatigable de la fe en Jesús resucitado. Estos viajes le incitaron a escribir diversas cartas a las distintas comunidades cristianas que había fundado. Pablo, verdadero y auténtico apóstol, siempre llevó buen cuidado en «volver» a Jerusalén, con el deseo de confrontarse con los apóstoles de Jesús a fin de no correr en vano.
LECTIO Primera lectura: Hechos de los apóstoles 22,3-16 En aquellos días, Pablo dijo al pueblo: 3 -Yo soy judío. Nací en Tarso de Cilicia, pero me eduqué en esta ciudad. Mi maestro fue Gamaliel; él me instruyó en la fiel observancia de la Ley de nuestros antepasados. Siempre he mostrado un gran celo por Dios, como vosotros hoy. 4 Yo perseguí a muerte este camino, encadenando y encarcelando a hombres y mujeres. 5 Y de ello pueden dar testimonio el mismo sumo sacerdote y todos los miembros del consejo. Después de recibir de ellos mismos cartas para los hermanos, me dirigía a Damasco, con ánimo de traer a Jerusalén encadenados a los creyentes que allí hubiera, para que fueran castigados. 6 Iba, pues, camino de Damasco y, cuando estaba ya cerca de la ciudad, hacia el mediodía, de repente brilló a mi alrededor una luz cegadora venida del cielo. 7 Caí al suelo y oí una voz que me decía: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?». 8 Yo respondí: «¿Quién eres, Señor?». Y me dijo: «¡Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues!». 9 Los que venían conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. 10 Yo dije: «¿Qué debo hacer, Señor?». Y el Señor me dijo: «Levántate y vete a Damasco; allí te dirán \o que debes hacer». 11 Como no veía nada, debido al resplandor de aquella luz, entré en Damasco de la mano de mis compañeros. 2 Un cierto Ananías, hombre piadoso según la ley, bien acreditado ante todos los judíos que allí vivían, 13 vino a verme y me dijo: «Hermano Saúl, recobra la vista». Y en aquel mismo instante pude verlo. 14 El añadió: «El Dios de nuestros antepasados te ha escogido para que conozcas su voluntad, para que veas al Justo y oigas su voz. 15 Porque has de ser testigo suyo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. 16 No pierdas tiempo, ahora; levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre».
*•• Estamos ante uno de los tres relatos de la conversión de Pablo (cf. también Hch 9 y 26) con los que Lucas adorna la historia de la primitiva comunidad cristiana. En su carácter extraordinario, el acontecimiento de Damasco se articula en tres momentos. En primer lugar, el diálogo entre el Señor resucitado y Saulo de Tarso. Ambos personajes se comunican su identidad y se reconocen recíprocamente. Es un primer paso hacia el acuerdo posterior. Viene después el acontecimiento extraordinario de la conversión, que Lucas resume simplemente en una pregunta: «¿Qué debo hacer, Señor?» (v. 10). Saulo está ahora subyugado por el poder de Jesús, su salvador y maestro. Y sólo desea configurar por completo su vida según la voluntad y el proyecto del Resucitado. Al final, se encuentra la misión: el que ha conocido la voluntad de Dios y ha visto al Justo percibiendo la palabra de su misma boca, se vuelve ahora testigo de las cosas que ha visto y oído ante todos los hombres. Ser misionero es ahora el único modo de vivir para Pablo.
Evangelio: Marcos 16,15-18 En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once 15 y les dijo: -Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura. 16 El que crea y se bautice se salvará, pero el que no crea se condenará. 17 A los que crean, les acompañarán estas señales: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán en lenguas nuevas, 18 agarrarán serpientes con sus manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos se curarán.
** La liturgia aplica también a Pablo el mandato misionero que Jesús resucitado dirigió a los Once. Aunque Pablo no pertenece a los Doce, es verdadero y auténtico apóstol de Jesús: estas palabras también se dirigen a él. El Jesús resucitado enuncia, en primer lugar, un mandato: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura» (v. 15). La orden no deja sitio a ninguna tergiversación. Pide sumisión y espera obediencia. Dios ha querido salvar a la humanidad por medio de unos colaboradores y Jesús tiene necesidad de misioneros testigos. El acontecimiento de la salvación -éste es el segundo dato- es fruto de la predicación y se lleva a cabo mediante el acto de fe del que escucha: «El que crea y se bautice se salvará» (v. 16a). Sin la escucha de la fe no hay ninguna posibilidad de salvarse (v. 16b). Dios, que nos ha creado sin nuestro consentimiento, no quiere salvarnos sin nosotros. Las últimas palabras del Resucitado contienen, por último, una promesa, formulada en futuro (vv. 17ss): los beneficios que recibirán los creyentes, múltiples y extraordinarios, serán los signos a través de los cuales cada ser humano podrá reconocer la presencia consoladora de Dios en medio de nosotros.
MEDITATIO No acabamos nunca de ahondar en el conocimiento de Saulo-Paulo, incluso después de haber meditado una y otra vez sobre las páginas que hablan de él y las que escribió él mismo. Sin embargo, hay algo que aparece de inmediato con una gran evidencia: su itinerario de fe es símbolo del nuestro. Creer implica, ante todo, encontrar personalmente a una persona, al Dios hecho hombre, Jesús de Nazaret. No se cree en una doctrina, en una fórmula, en un sistema, sino en una persona, la única digna de ser creída. La fe es un encuentro que no se agota en un momento determinado de nuestra propia vida, sino que continúa siempre, hasta la muerte. Quien encuentra a Jesús se da cuenta de que ya no puede vivir sin él y debe profundizar en su conocimiento personal. Del encuentro se pasa al diálogo: la fe es, precisamente, un encuentro entre personas inteligentes y libres. Por un lado, Dios se da a conocer en lo que es, revela su voluntad, da a conocer sus proyectos. De este modo, entabla el diálogo con todo el que está dispuesto a escuchar y a reaccionar. Por otro, el creyente, en la medida en que presta una escucha sincera y auténtica a la Palabra de Dios, se siente implicado en un diálogo que no se desarrolla sólo en torno a conceptos y verdades, sino que se entrelaza con experiencias, confidencias, comunión de vida. Se trata de un diálogo vital que implica a dos seres vivos y llega a una forma de vida cada vez más elevada. Ahora bien, la fe cristiana es también obediencia, sumisión, abandono total de la criatura al Creador, del hombre a Dios, del pecador al Justo. Para el creyente, obedecer no significa en absoluto abdicar de su propia libertad, ni siquiera de sus propios derechos; significa captar la infinita distancia que media entre él y su propio interlocutor y, al mismo tiempo, intuir que la adhesión a la voluntad de éste conduce a la plena y más satisfactoria realización de sí mismo. Semejante acto de abandono está sostenido por una promesa que no deja ningún espacio a la duda: cuando Dios promete, se compromete por completo en beneficio de su interlocutor, le llena el corazón de certezas sobrenaturales y abre ante él unos horizontes ilimitados. Por último, la fe cristiana se traduce en misión: el ejemplo de Pablo es claro y decisivo. No puede privatizarse un bien que, por su propia naturaleza, es comunitario. Quien ha recibido el don de la salvación en Cristo se siente impulsado íntimamente a darlo a los otros.
ORATIO Oh Padre, Dios de infinita bondad y misericordia, concédenos caminar fielmente, a ejemplo de san Pablo, por el camino que nos has abierto en Cristo Jesús. Haz, oh Dios, que nuestros caminos -como el de Saulo- se crucen con el tuyo, el que nos has indicado en Cristo, tu Hijo, y en el cristianismo. Que, como el apóstol Pablo, queramos caminar con Jesús y seguir sus pasos hasta que lleguemos a ti, meta última de nuestra vida, meta suspirada y esperada. Concédenos, oh Padre, andar juntos por este camino bendecido por ti, a fin de que ninguno de nosotros se pierda y nuestra comunión eclesial pueda ser, en el tiempo, signo manifestativo de aquella comunión que gozaremos junto a ti en la denudad bienaventurada.
CONTEMPLATIO «Y me llamó por su gracia» (Gal 1,15). Dios, quiere decir, le llamó por su virtud. Decía [el Señor] a Ananías: «íiste es un instrumento elegido para llevar mi nombre a todas las naciones, a sus gobernantes» (Hch 9,15), es decir, es idóneo para ejercer el ministerio y para manifestar una obra tan grande. [El Señor] indica este motivo para la llamada, mientras que el apóstol afirma por doquier que todo deriva de la gracia y de la inefable bondad divina, expresándose en estos términos: «Y si encontré misericordia -no porque fuera digno de ella y la mereciera- fue para que en mí, el primero, manifestase Jesucristo toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener vida eterna» (1 Tim 1,16). ¡Fíjate en su inmensa humildad! Por eso, dice, obtuvo misericordia, a fin de que nadie desesperara, dado que el peor entre todos los hombres había obtenido beneficio de la bondad divina (Juan Crisóstomo, Commento alia lettera ai Galati, Roma 21996, pp. 55ss [edición española: Comentario a la Carta a los Gálatas, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1996]).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy estas palabras de san Pablo: «Para mí, la vida es Cristo, y el morir, una ganancia» (Flp 1,22).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL El edificio espiritual construido por san Pablo, con su profundidad profética y sus escarpadas ascensiones, emerge alto sobre el plano de nuestra apacible piedad cristiana. ¿Quién fue este grande, que obró a la sombra de Uno inmensamente más grande que él? ¿Quién fue este atrevido pionero, este «errante entre dos mundos»? Dos ciudades ejercieron una influencia decisiva en el ciclo de su formación: Tarso y Jerusalén. «Soy un judío de Tarso de Cilicio...»: así se calificó Pablo ante el comandante romano cuando fue encarcelado. Dos corrientes de antigua civilización afluían, pues, y se fundían en él: la educación judía en familia y la formación griega que absorbía en la capital de su provincia natal, dotada de universidad. Está escrito, ciertamente, en los designios de la Providencia que este hombre, destinado a que en su vida actuara como misionero en medio de los paganos, debería recibir su primera educación en un centro mundial del paganismo. Aquel para quien ya no debería existir diferencia alguna entre judíos y paganos, entre griegos y bárbaros, entre libres y esclavos [cf. Col 3,11; 1 Cor 12,13), no debía nacer entre las idílicas colinas de Galilea, sino en el tumulto de un rico emporio comercial donde afluían y se mezclaban gentes de todas las naciones sometidas al Imperio romano. «Soy de Tarso, una ciudad no oscura de Cilicio». Parece que se refleja en esta respuesta un sentimiento de genuino orgullo griego por su propia ciudad de nacimiento. Tarso competía, en efecto, con Alejandría y Atenas por la conquista del primado en el campo de la cultura; en ella se elegían los maestros para los príncipes imperiales de Roma, y es natural que un centro de cultura tan eminente influyera en la formación de la personalidad del futuro apóstol... En Tarso dominaban la espiritualidad y la lengua griega junto a las leyes romanas y a la austeridad de la sinagoga judía (J. Holzner, ['Apostólo Pao/o, Brescia 21987 [edición española: San Pablo, Editorial Herder, Barcelona 1989]). |
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Sábado 2ª semana del Tiempo ordinario o día 26 de enero, conmemoración de San Timoteo y San Tito Las noticias que de ellos tenemos vienen de las Cartas de San Pablo, ya que se trata de dos de sus más cercanos discípulos. También nos hablan de ellos los Hechos delos Apóstoles.
De Tito, sólo habla Pablo en sus cartas. El perfil que de ellas resulta es el de
un cristiano procedente del paganismo, firme en la fe, activo y generoso en la
evangelización, hombre de paz que ama y se hace amar, dotado de buenas aptitudes
de organización. La carta a él dirigida le presenta como responsable de la
comunidad de Creta.
LECTIO Primera lectura: 2 Timoteo 1,1-8 1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, para anunciar la promesa de la vida que está en Jesucristo, 2 a Timoteo, mi hijo querido; gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo. 3 Doy gracias a Dios, a quien sirvo con una conciencia limpia, según me enseñaron mis mayores, y me acuerdo de ti constantemente, noche y día, en mis oraciones. 4 Tengo vivos deseos de verte, al acordarme de tus lágrimas, para llenarme de alegría. 5 Pues evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti. 6 Por ello te aconsejo que reavives el don de Dios que te fue conferido cuando te impuse las manos. 7 Porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de ponderación. 8 No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; antes bien, con la confianza puesta en el poder de Dios, sufre conmigo por el Evangelio.
*•• La segunda Carta a Timoteo parece ser que fue la última que escribió Pablo antes de morir. En consecuencia, tiene todo el sabor de un auténtico «testamento espiritual» en el que se respira una trémula, aunque también serenísima, espera del final inminente. Pablo está en la cárcel y escribe en unos términos apesadumbrados a Timoteo, su discípulo predilecto, por el que ora noche y día, y le aconseja que «reavive» (literalmente, «atice») el don de Dios. En el pasaje de hoy, tras el saludo (w. 1-3), viene una primera parte (w. 6-12, aunque continúa hasta 2,13), en la que Pablo exhorta a Timoteo a luchar y a sufrir por el Evangelio. Para Pablo, la «Buena Noticia» es «la promesa de la vida que está en Jesucristo» (v. 1), «que ha destruido la muerte y ha hecho irradiar la vida y la inmortalidad» (v. 10). El apóstol es un hombre elegido por Dios para llevar al mundo este evangelio de la vida no con «un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de ponderación». A causa de este anuncio, debe esperarse la hostilidad del mundo, hasta el punto de verse privado de la misma libertad. Pablo no se avergüenza de ello e invita a Timoteo a no avergonzarse de sus cadenas; éstas son el precio del testimonio fiel, de la vocación santa, de la gracia otorgada en Cristo Jesús y revelada ahora en el misterio de su encarnación. Constituyen el signo paradójico de una libertad nueva, la que nace de la fe en él y de la certeza de su fidelidad hasta el último día, el día en el que la vida destruirá a la muerte para siempre.
Evangelio: Marcos 3,20-21 En aquel tiempo, 20 volvió Jesús a casa y, de nuevo, se reunió tanta gente que no podían ni comer. 21 Sus parientes, al enterarse, fueron para llevárselo, pues decían que estaba trastornado.
**• Sólo dos versículos, y desconcertantes. Jesús entra en una casa y la gente, una vez más, se apiña hasta tal punto que ni siquiera le permiten comer. Jesús está en el momento culminante de su actividad de Maestro, que enseña y se entrega a manos llenas a cuantos están dispuestos a escucharle o le buscan para que los cure. Pero están asimismo «sus parientes» más allegados (¿no se nos describe aquí también a nosotros?), que, «al enterarse», fueron para llevárselo porque, según su valoración y su juicio, «estaba trastornado». Por una parte, Jesús vive la entrega plena y total a todos, educando en este sentido también a los discípulos; por otra parte, están los más íntimos, que, en vez de secundarle y seguirle, quieren que sea Jesús quien adopte lo que ellos consideran como el sentido común, sus medidas y prudencias humanas. En el fondo, nos encontramos frente a la acostumbrada opción radical impuesta por la vida cristiana: o seguir a Jesús, que se entrega sin cálculos, hasta no reservarse ya nada para sí, o tratar de apoderarse de él de algún modo, como harán sus enemigos, intentando que se pliegue a nuestros mezquinos puntos de vista, cambiándole o incluso vendiéndole a bajo precio.
MEDITATIO Quien ama, sale de sí y se entrega. Cuanto mayor es el amor, tanto mayor se hace la fuerza que éste libera en un movimiento imposible de detener. Así, Jesús, el amor, no puede hacer otra cosa que estar verdaderamente «trastornado», fuera de sí, porque ha asumido una actitud de entrega total al Padre y a los hermanos a través de una entrega de sí mismo que sólo se detendrá cuando haya derramado la última gota de sangre y haya salido de su costado la última gota de agua. A esta entrega en el Espíritu también estamos llamados nosotros, aunque seamos medrosos y calculadores. Esto puede resultarnos desconcertante. Ahora bien, ¿no es propio de nuestro innato «sentido común» quitarle a la vida cristiana la fuerza y la audacia de su testimonio? Sólo si nos quedamos verdaderamente con Jesús, como los discípulos, podremos permanecer en una actitud oblativa y gratuita, y esto se hace posible si nos comprometemos a la asidua familiaridad con la escucha de la Palabra, a la meditación, a la adoración eucarística, a una vida sacramental auténticamente participada. Pero en cuanto nos distanciemos de la frecuentación asidua de su compañía, todo cambiará. Hablaremos, sí, todavía de él, aunque poco o sólo buscando someterlo a nosotros, encerrarlo dentro de nuestros esquemas, dentro de nuestras medidas ya probadas, que no nos permiten ser en absoluto «sal de la tierra».
ORATIO Señor Jesús, sabes que poseo una gran habilidad para conciliar todo: el misterio de tu locura de amor con el tiempo que tengo previamente asignado para darte cada día. A buen seguro, son cosas santas y buenas las que hago, y en todas ellas -o casi- entras también tú con tu Reino; sin embargo, a menudo me sorprendo diciéndote: no exageres conmigo. Sabes que me tomo muy a pecho pasar por una persona discreta y equilibrada. Sin embargo, Señor, hoy quisiera dirigirte una oración diferente. Concédeme, Señor Jesús, al menos un poco de tu santa locura para que me permita romper el esquema seguro de mi tranquilo vivir. Quema la falsa prudencia para la que, ciertamente, soy generoso siempre que sea yo quien establezca la medida de mi generosidad. Que el fuego de tu Espíritu me arrolle como arrolló a tus santos y rompa los diques de mi pequeño sentido común para que también yo, tu apasionado discípulo, pueda dejarme arrollar por tu desmesurado amor por el Padre y por los hermanos.
CONTEMPLATIO La vida de Cristo debe sernos sumamente querida. Por muchos motivos. Nos procura el perdón de los pecados. Pero, a continuación, cuando nos esforzamos por caminar en el seguimiento de Cristo, meditando sobre su ejemplo, siempre salimos más purificados, porque «nuestro Dios es un fuego devorador» (Heb 12,29). Quien se adhiere a él queda lavado de todas sus manchas. Esta vida divina nos ilumina para que contemplemos al que es la luz que brilla en las tinieblas. Alumbrados por esta Luz, divisamos la justa orientación que debemos dar a nuestra vida en relación con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo. Meditar sobre la existencia de Cristo, que ha expiado nuestros pecados, nos ofrece el medio de reparar las faltas cotidianas. El Señor vuelve a levantar siempre a los que fijan en él la mirada. La vida de Cristo encierra en sí misma la fuente de las más suaves dulzuras para el espíritu. Es el único camino para conocer la majestad del Padre. Para concluir, la vida del Salvador es el atracadero seguro para nuestra peligrosa peregrinación terrena. La vida de Cristo vivifica. Cual rocío fecundo, purifica y transforma a los que se unen a ella, los hace conciudadanos de los santos, los admite a formar parte de la familia de Dios. Es una vida que suscita amor y ternura; es una vida suave que hace las delicias del corazón: quien la haya gustado, por poco que sea, encuentra insípido y aburrido todo lo que no se la recuerda. La vida de Cristo es consuelo continuo, la mejor compañía, fuente de alegría, de alivio y de consuelo. La vida de Jesús es el camino llano y fácil por el que se llega a contemplar al Creador (Guigo du Pont, Della contemplazione II, 2-4).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La santidad ha de ser considerada en todos los tiempos como la trama de la vida cristiana. El santo no es un superhombre; el santo es un hombre verdadero. La santidad es así «lo único necesario ». Vivir el misterio de la comunión con Dios en Cristo nos hace aprender a ver todas las cosas referidas a un valor único. De esta riqueza brota una visión de la vida de una grandísima simplicidad: una sola realidad confiere su luz a todas las cosas. Sólo la compañía del Hijo de Dios da a la vida de un hombre la capacidad de conseguir la realización proporcionada a su destino: el afecto a Cristo constituye el rasgo más respetable y sorprendente de la fisonomía del santo. En cierto sentido, lo que codicia el santo no es la santidad como perfección; lo que codicia es la santidad como encuentro, apoyo, adhesión, identificación con Jesucristo. El encuentro con Cristo le proporciona la certeza de una presencia cuya fuerza le libera del mal y hace que su libertad sea capaz del bien. No hay ninguna consecuencia más radical, necesaria y absoluta que ésta: la certeza de ser transformados y, en consecuencia, poder cambiar. Y no se trata de la certeza de una salvación que tenga lugar después de la muerte, sino de la certeza de una salvación que ya está aconteciendo en mi vida: antes de que yo muera, penetra en mí la santidad, me posee su justicia. Se trata de una certeza que desafía el tiempo de mi miseria, porque su motivo reside en la omnipotencia de una Persona que me ha elegido para entregarse a mí. Adrienne von Speyr observa: «La santidad no consiste en el hecho de que el hombre lo dé todo, sino en el hecho de que el Señor lo toma todo»; en cierto sentido, incluso a despecho de aquel a quien el Señor elige. «Entre ofrenda y concesión existe siempre algo así como un contraste, un error, una inadvertencia.
El
hombre lo ofrece todo tal vez de palabra, pronuncia la ofrenda con medias
palabras. Pero el Señor la escucha como si hubiera sido pronunciada como es
debido; la gracia de la santidad consiste, precisamente, en el hecho de que el
Señor permite la inadvertencia» (Luigi Giussani, en C. Martindale, Santi,
Milán 1976, IX-XVII, passim [edición española: Los santos,
Encuentro, Madrid 1988]).
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Lunes 3ª semana del Tiempo ordinario o 28 de Enero, conmemoración de Santo Tomás de Aquino
LECTIO Primera lectura: Hebreos 9,15.24-28 Hermanos: 15 Cristo es el mediador de la nueva alianza, pues él ha borrado con su muerte las transgresiones de la antigua alianza, para que los elegidos reciban la herencia eterna que se les había prometido. 24 Por eso Cristo no entró en un santuario construido por hombres -que no pasa de ser simple imagen del verdadero-, sino en el cielo mismo, a fin de presentarse ahora ante Dios para interceder por nosotros. 25 Tampoco tuvo que ofrecerse a sí mismo muchas veces, como el sumo sacerdote, que entra en el santuario una vez al año con sangre ajena. 26 De lo contrario, debería haber padecido muchas veces desde la creación del mundo, siendo así que le bastó con manifestarse una sola vez, al fin de los siglos, para destruir el pecado con su sacrificio. 27 así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, después de lo cual vendrá el juicio, 28 así también Cristo se ofreció una sola vez para tomar sobre sí los pecados de la multitud, y por segunda vez aparecerá, ya sin relación con el pecado, para dar la salvación a los que le esperan.
**• En continuidad con las precedentes afirmaciones sobre la «novedad» traída por Cristo a la historia, el autor de la carta a los Hebreos considera ahora un ulterior aspecto de la doctrina cristiana, refiriéndose siempre a la ley antigua. Así como el sumo sacerdote entraba, en nombre de todo el pueblo, en relación directa con Dios mediante los sacrificios de víctimas animales, le presentaba las ofrendas y llevaba a la asamblea la bendición divina en señal de reconciliación, así también Cristo es mediador entre Dios y la humanidad. Sin embargo, la continuidad termina aquí y comienza la novedad. En efecto, Jesús es al mismo tiempo sacerdote y víctima. Él -puro de toda mancha de pecado- se entrega en su pasión a Dios por los pecadores; no ofrece una sangre ajena, sino la suya propia. De la perfección del sacrificio deriva su unicidad y la unicidad de la alianza que, mediante él, se establece. Con su muerte en la cruz, Jesús consuma su actividad sacerdotal; con su ascensión entra no en el «Santo de los santos», no en un templo construido por mano de hombres, sino en el mismo cielo, y allí permanece como Cordero erguido ante Dios para interceder en favor de nosotros (cf. Ap 5,6). Ahora le ha sido arrebatada toda la fuerza al pecado y se nos ha abierto a cada uno el «camino nuevo» (cf. Heb 10,20) para volver al Padre.
Evangelio: Marcos 3,22-30 En aquel tiempo, 22 los maestros de la Ley que habían bajado de Jerusalén decían: -Tiene dentro a Belzebú. Y añadían: -Con el poder del príncipe de los demonios expulsa a los demonios. 23 Jesús los llamó y les propuso estas comparaciones: -¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? 24 Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. 25 Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no puede subsistir. 26 Si Satanás se ha rebelado contra sí misino y está dividido, no puede subsistir, sino que está llegando a su fin. 27 Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear su ajuar si primero no ata al fuerte; sólo entonces podrá saquear su casa. 28 Os aseguro que todo se les podrá perdonar a los hombres, los pecados y cualquier blasfemia que digan, 29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será reo de pecado eterno. 30 Decía esto porque le acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.
**• Jesús, desde el comienzo de su vida pública, «pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio » (Hch 10,38). Esto, sin embargo, suscita la envidia de los maestros de la Ley y de los fariseos, que buscan a toda costa algún pretexto para acusarle. La acusación referida en el pasaje de hoy es gravísima: el Hijo de Dios, reconocido y atestiguado por Juan el Bautista como Cordero inocente que carga sobre sí el pecado del mundo, es acusado de estar poseído por un espíritu inmundo. La incomprensión es absoluta. Jesús toma entonces la palabra y, siguiendo el método de los rabinos, plantea una pregunta, como si dijera: «¿Estáis seguros de haber hablado con rectitud de conciencia y no movidos por otros fines que os incapacitan para ver el bien y adheriros a él?». Está en tela de juicio la libertad humana y se le ha dejado un amplio espacio para considerar quién es, verdaderamente, este Hijo del hombre que no quiere la muerte del pecador, sino su conversión para que viva. La conversión -éste es el segundo mensaje- siempre es posible, con tal de que no nos cerremos a la acción del Espíritu Santo, o sea, de que no «blasfememos» contra él. Tal vez una imagen nos ayude a comprender mejor. Pongamos en uno de los dos platillos de una balanza todos los pecados cometidos por los hombres a lo largo de toda la historia -y es preciso que nos detengamos un momento a considerar bien lo que estamos diciendo- y en el otro el sacrificio de Cristo, sumo sacerdote: pues bien, el peso de este último platillo es decididamente superior, porque es el peso de un amor infinito. Con todo, puede suceder una cosa: que voluntariamente se bloquee el astil de la balanza; entonces, el peso del pecado se vuelve aplastante. La salvación es un don, pero sólo puede darse a quien tiene deseos de ser salvado.
MEDITATIO ¿Cuál es el destino del hombre? Éste es el tema fundamental que unifica las dos lecturas, en las cuales se nos pone ante la única gran alternativa: la salvación eterna o la condenación eterna. El hombre, aparentemente frágil como la hierba del campo, no ha sido creado en realidad sólo para un breve momento sobre la tierra, sino para siempre. Siempre: una palabra extraordinariamente comprometedora y, por eso, tan temida, así como pisoteada, violada y despreciada de muchas maneras. Basta pensar -breve inciso de vastas resonancias- en la extrema facilidad con la que se rompen los vínculos más sagrados: matrimonio, sacerdocio, consagración religiosa... La desproporción entre nuestra pequeñez y la grandeza de nuestro destino es tal que espanta, y por ello la redimensionamos de una manera mezquina. Un buen trabajo, relaciones honestas con los demás..., esto parece bastarnos. Sin embargo, no es así. Aunque sofocado, en nuestro corazón alienta el deseo de infinito: el Espíritu que inhabita en nosotros grita dentro de nosotros que estamos hechos para un amor sin medida. El hombre es verdaderamente un condenado: tiene que optar entre la santidad o la desesperación. ¿Y qué es la santidad, si estamos llamados a ella? El Evangelio nos dice a este respecto algo muy sencillo y hermoso: la santidad es comunión con Jesús. Entonces todo se transfigura: cuando rezo, estoy con Jesús ante el Padre para adorar, interceder, dar gracias; cuando trabajo, estoy con Jesús al servicio de mi prójimo; cuando sufro, participo en la pasión de Jesús para la salvación del mundo; cuando me llegue la hora de la muerte, estaré unido a la muerte redentora de Cristo, entraré en su pascua y pregustaré la alegría de ver, sin velos, el rostro de aquel que me amó y se dio a sí mismo por mí.
ORATIO Padre santo, que nos llamas a ser santos porque nos ha hecho a tu imagen, tú sabes que mientras seamos extranjeros sobre la tierra llevaremos sobre nosotros el peso del pecado y nos ofuscará el hollín del mundo. Lávanos continuamente con la sangre preciosa de tu Hijo, Cordero sin defecto ni mancha. Míranos en él, santo y obediente, puesto que únicamente por medio de él nos atrevemos a dirigir a ti nuestra mirada, a través de la fe y de la esperanza. Sólo en él podemos amarnos los unos a los otros de verdadero corazón, reconociéndonos hermanos. Nosotros, frágiles como la hierba y la flor del campo, desapareceríamos en el rápido discurrir del tiempo si tu Palabra viva y eterna no nos regenerase constantemente a nueva vida. Concédenos un corazón humilde y dócil, que sepa escuchar, para que tu gracia pueda renovarnos y hacernos santos iconos de tu presencia. Amén.
CONTEMPLATIO Ha comenzado el reino de la vida y se ha disuelto el imperio de la muerte. Han aparecido otro nacimiento, otra vida, otro modo de vivir, la transformación de nuestra misma naturaleza. ¿De qué nacimiento se habla? Del de aquellos que no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. ¿Preguntas que cómo es esto posible? Lo explicaré en pocas palabras. Este nuevo ser lo engendra la fe; la regeneración del bautismo lo da a luz; la Iglesia, cual nodriza, lo amamanta con su doctrina e instituciones y con su pan celestial lo alimenta; llega a la edad madura con la santidad de vida; su matrimonio es la unión con la sabiduría; sus hijos, la esperanza; su casa, el reino; su herencia y sus riquezas, las delicias del paraíso; su desenlace no es la muerte, sino la vida eterna y feliz en la mansión de los santos. Éste es el día en que actuó el Señor, día totalmente distinto de aquellos otros establecidos desde el comienzo de los siglos y que son medidos por el paso del tiempo. Este día es el principio de una nueva creación, porque, como dice el profeta, en este día Dios ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva. ¿Qué cielo? El firmamento de la fe en Cristo. ¿Y qué tierra? El corazón bueno que, como dijo el Señor, es semejante a aquella tierra que se impregna con la lluvia que desciende sobre ella y produce abundantes espigas. En esta nueva creación, el sol es la vida pura; las estrellas son las virtudes; el aire, una conducta sin tacha; el mar, el abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios; las hierbas y semillas, la buena doctrina y las enseñanzas divinas en las que el rebaño, es decir, el pueblo de Dios, encuentra su pasto; los árboles que llevan fruto son la observancia de los preceptos divinos. En este día es creado el verdadero hombre, ese que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. ¿No es, por ventura, un nuevo mundo el que empieza para ti en este día en que actuó el Señor? ¿No habla de este día el profeta al decir que será un día y una noche que no tienen semejante? Pero aún no hemos hablado del mayor de los privilegios de este día de gracia: lo más importante de este día es que él destruyó el dolor de la muerte y dio a luz al primogénito de entre los muertos, a aquel que hizo este admirable anuncio: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro (Jn 20,17). ¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre semejante a nosotros, siendo el Unigénito del Padre, quiere convertirnos en sus hermanos y, al llevar su humanidad al Padre, arrastra tras de sí a todos los que ahora son ya de su raza (Gregorio de Nisa, Sobre la resurrección de Cristo, 1).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2,11).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La alegría no es un estado espontáneo del hombre, sino el resultado de una concepción de la vida y una fatigosa conquista hecha posible por la gracia de Dios. Los enemigos de la alegría son más numerosos de lo que a primera vista podría parecer. El camino hacia la alegría requiere con frecuencia que abdiquemos de nuestros propios derechos, con la firme certeza de que arriba hay alguien que se preocupa de ellos y que los hará valer, pero del modo y en el momento que considere más oportuno. La fe no elimina los obstáculos que el hombre encuentra en su camino, pero ayuda a superarlos a la luz de la paternidad de Dios. No se trata tanto de tener una simple visión superior de la realidad como de conseguir una profunda comunión con Dios, dejándonos ¡luminar por la fuerza penetrante de su Espíritu. La alegría cristiana es siempre una participación en la alegría de Dios. En medio de las sombras y de las oscuridades de la vida presente, el ánimo se eleva sobre las alas de la alegría para superarlas. El don de la vida, la alianza, la promesa, las bendiciones, la salvación, son «acontecimientos» que inundan el ánimo del creyente. La seguridad de la alegría cristiana se fundamenta en el abandono en Dios-Padre, en la certeza de que Dios nos ama. Si cualquier «buena noticia vigoriza el cuerpo» (Prov 15,30), el Evangelio hace estremecerse al ánimo con una alegría inefable e inenarrable, porque anuncia no una simple doctrina consoladora, sino un acontecimiento real de salvación, que tiene su inicio en la alianza y concluye en la encarnación, en la resurrección y, finalmente, en el Reino de los Cielos. La alegría no es, para un cristiano, un simple sentimiento, sino una persona: Jesucristo.
Él ha
muerto y resucitado por todos los hombres. Jesús, al remover la piedra del
sepulcro, disipaba para siempre las tinieblas del mal y de la muerte y abría a
todos las puertas de la bienaventuranza eterna (F. Gioia, // libro delta
gioia, Cásale Monf. 1997, pp. 201-206, passim). |
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Martes 3ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Hebreos 10,1-10 Hermanos: 1 La ley no es más que una sombra de los bienes futuros, y no la realidad misma de las cosas. Por eso, no puede hacer perfectos a través de estos mismos sacrificios a quienes todos los años sin falta se acercan a ofrecerlos. 2 En caso contrario, ¿no se habrían dejado de ofrecer, dado que quienes los ofrecen, una vez purificados, ya no tendrían conciencia alguna de pecado? 3 Sin embargo, estos sacrificios hacen patente cada año la memoria de los pecados, 4 porque es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. 5 Por eso, al entrar en este mundo, dice Cristo: No has querido sacrificio ni ofrenda, pero me has formado un cuerpo; 6 no has aceptado holocaustos ni sacrificios expiatorios. 7 Entonces yo dije: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad. Así está escrito de mí en un capítulo del libro. 8 En primer lugar dice: No has querido ni te agradan los sacrificios, ofrendas, holocaustos ni víctimas por el pecado, que se ofrecen según la ley. 9 Después añade: Aquí vengo para hacer tu voluntad. De este modo anula la primera disposición y establece la segunda. 10 Por haber cumplido la voluntad de Dios, y gracias a la ofrenda que Jesucristo ha hecho de su cuerpo una vez para siempre, nosotros hemos quedado consagrados a Dios.
** Como consecuencia de la caída original, la naturaleza del hombre está inclinada al mal y, de hecho, la inclinación se convierte en pecado realizado, que, a su vez, hace todavía más fácil el hundimiento. De ahí deriva un estado de esclavitud permanente. Por eso, la ley antigua prescribía complicados ritos de purificación, exigía la ofrenda repetida de víctimas sacrificiales: sangre de toros y de machos cabríos. Estos conseguían mantener viva la conciencia del pecado, pero eran absolutamente insuficientes para extirparlo de raíz y devolver la auténtica libertad. Un rito exterior no puede poner remedio de manera automática a una herida interior que tiene su origen en un acto de desobediencia a Dios, en una soberbia rebelión contra su voluntad. El verdadero antídoto está, pues, en la humilde obediencia al designio divino de salvación. Jesús vino al mundo a construir, por vez primera, este camino de retorno, abriendo así a los hombres la única vía que puede conducir a la salvación. Aunque era Hijo de Dios, se rebajó a la condición humana y se hizo obediente hasta morir en la cruz. Toda su vida terrena encuentra una síntesis perfecta en esta afirmación: «Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me ha enviado-» (Jn 4,34). En esta obediencia consiste el culto perfecto en espíritu y en verdad, el que no se agota en prácticas exteriores, sino que se convierte en comunión con Dios y en salvación para todos.
Evangelio: Marcos 3,31-35 En aquel tiempo, 31 llegaron su madre y sus hermanos y, desde fuera, le mandaron llamar. 32 La gente estaba sentada a su alrededor, y le dijeron: -¡Oye! Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan. 33 Jesús les respondió: -¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? 34 Y mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: -Éstos son mi madre y mis hermanos. 35 El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.
**• El pasaje de la carta a los Hebreos ha subrayado que la encarnación de Jesús marca el final de la antigua ley e inaugura el nuevo culto en espíritu y en verdad, la obediencia amorosa al designio del Padre. El fragmento evangélico nos ofrece la misma enseñanza, poniendo incluso más de relieve su radicalismo. Mientras Jesús está enseñando, alguien viene a decirle que su madre y sus hermanos le buscan. Es una buena ocasión para perfilar los rasgos del verdadero cristiano, del auténtico discípulo. «El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre», dice Jesús. Otros evangelistas refieren una afirmación todavía más incisiva: «Quien no odia a su padre y a su madre, no es digno de mí». Es la carta magna que funda la familia sobrenatural. El cristiano debe ser capaz de poner a Cristo en el centro de su propia vida y anteponerlo a todo y a todos, exactamente como hizo María, Madre de Cristo según la carne, pero aún más discípula de Cristo en el espíritu. Ella no se limitó a decir su sí decisivo para la historia de la humanidad -ese sí que abrió a Jesús la entrada en el mundo- en el momento de la anunciación, sino que vivió después esta obediencia momento a momento, hasta la entrega suprema del Hijo al Padre, mientras por obediencia de amor estaba junto a la cruz y su corazón era traspasado por una espada. Entonces se convirtió María en Madre de la Iglesia: misteriosa fecundidad de una vida totalmente abandonada a la voluntad de Dios.
MEDITATIO «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.» «El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» Sólo dos versículos, pero contienen todo el misterio de nuestra salvación. La liturgia de la Palabra de hoy presenta dos lecturas que tienen que ver con el punto más profundo de la vida cristiana; dos lecturas que, unidas de este modo, parecen escogidas para liberar el corazón del hombre de una visión estrecha de la obediencia y de extraños preconceptos sobre la voluntad de Dios, entendida, con excesiva frecuencia, casi como el capricho de un tirano o como una ley férrea y anónima. Para descubrir el verdadero significado de estas dos luminosas afirmaciones, preguntemos, aunque sólo sea por medio de brevísimas alusiones, a la Sagrada Escritura. En el salmo 17 leemos: «El día de mi desgracia me asaltaron, pero el Señor fue mi apoyo. Me liberó, me dio respiro, me salvó, porque me amaba», y la versión latina -fiel al original hebreo dice simplemente: quia me voluit, «porque me quiso»: la voluntad de Dios es su quererme. En la plenitud de su revelación, Jesús declarará: «Y su voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día» (Jn 6,39). Si la voluntad de Dios consiste en el deseo de nuestro bien, ¿qué será, entonces, la obediencia? Desde el aquí estoy de Abrahán {cf. Gn 22,2) hasta el aquí estoy de María, desde el aquí estoy de Jesús al aquí estoy de todos los que han seguido sus huellas, la obediencia se revela como un canto nupcial que brota de un corazón deseoso de cooperar con el designio divino de salvación. La obediencia no es la fría ejecución de unas órdenes severas, sino un apasionado compromiso de toda la persona en un confiado abandono a aquel que es, a buen seguro, omnipotente, pero también Padre; Altísimo, pero también Emmanuel, Dios-con-nosotros. El hombre y la mujer obedientes encontrarán momentos de cansancio en su camino, pero siempre sentirán junto a ellos los pasos de aquel que nos precede llevando por amor a nosotros su-nuestra cruz.
ORATIO Señor Jesús, Hijo obediente del Padre, atraídos por la misteriosa fascinación de tu persona y cautivados por la fuerza penetrante de tu Palabra, nos apretamos a tu alrededor, míseros y pobres, mendigando la paz y el perdón. Somos muchos, pero nos sentimos solos; quisiéramos mirarte a la cara, pero la vergüenza nos hace bajar la cabeza. Estamos aquí con el peso de nuestra nada, con la esperanza de una vida nueva. Posando tu mirada sobre nosotros, nos dices: «Quien hace la voluntad de mi Padre es para mí hermano, hermana, madre...». Estábamos solos, ahora somos tu familia, somos hermanos entre nosotros; nos sentimos unidos entre nosotros con una dulce y fuerte solidaridad. Que tu amor nos sostenga y nos impulse siempre a vivir contigo para todos.
CONTEMPLATIO Si me preguntas dónde puedes encontrar la obediencia, cuál es la causa que te la quita y cuál el signo de que la tienes o no, te responderé que la encuentras de una manera consumada en el dulce y amoroso Verbo unigénito mi Hijo. Estuvo tan dispuesta esta virtud en él que, para cumplirla, corrió a la oprobiosa muerte de cruz. ¿Quién te la puede quitar? Considera al primer hombre y verás cuál es la causa que le quitó la obediencia: la soberbia engendrada por el amor propio. La señal para saber si tienes o no esta virtud es la paciencia. No hay ningún hombre que pueda llegar a la vida eterna si no es obediente. Obligado por mi infinita bondad, puesto que veía que el hombre, a quien yo tanto amaba, no podía volver a mí, que soy su fin, cogí las llaves de la obediencia y las puse en las manos del dulce y amoroso Verbo, y él, como portero, abrió esta puerta del cielo. Cuando volvió a mí, os dejó esta dulce llave de la obediencia. ¿Cuál fue la razón de la grandísima obediencia de este Verbo? La razón fue el amor que consagró a mi honor y a vuestra salvación. El amor no está nunca solo, sino que acompaña a todas las virtudes. Por eso, su madre, que es la caridad, le ha dado por hermana a la obediencia la virtud de la paciencia. Esta virtud tiene una nodriza que la alimenta; a saber, la verdadera humildad, por lo que el alma es tan obediente como humilde, y tan humilde como obediente (Catalina de Siena, Dialogo della divina Provvidenza, Bolonia 1989, nn. 154ss, passim [edición española en Obras de santa Catalina de Siena, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1996]).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Correré tras tus mandatos, pues me colmas de gozo» (Sal 118,32).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La obediencia a Dios -objetará alguno- es fácil: a Dios no le vemos, no le oímos; podemos hacerle decir lo que queramos [...]. Es verdad [...]. Sin embargo, la Escritura nos ofrece el criterio para discernir entre la verdadera y la falsa obediencia a Dios. Hablando de Jesús, dice que «aprendió a obedecer a través del sufrimiento» (Heb 5,8). La medida y el criterio de la obediencia a Dios es el sufrimiento. Cuando dentro de ti todo grita: «Dios no puede querer esto de mí» y, sin embargo, te das cuenta de que quiere precisamente esto... y te encuentras ante su voluntad como ante una cruz en la que debes extenderte, entonces descubres lo seria, concreta y cotidiana que es esta obediencia. Para obedecer a Dios, haciendo nuestros sus pensamientos y sus voluntades, es preciso morir un poco cada vez. En efecto, nuestros pensamientos empiezan siendo diferentes a los de Dios no algunas veces, como por casualidad, sino siempre, por definición. La obediencia a Dios requiere, en cada ocasión, una auténtica conversión. Pongamos un pequeño ejemplo que vale tanto para la vida de comunidad como para la de familia. Alguien ha tomado para sí o ha cambiado o violado un objeto que te pertenecía: una pieza del vestuario o alguna otra cosa que pertenecía a tu uso particular. Estás firmemente decidido a señalar el asunto y a reclamar lo tuyo. Ningún superior interviene para prohibírtelo. Pero he aquí que, sin nabería buscado, te sale al encuentro con fuerza la Palabra de Jesús, o te la encuentras sin más delante, por casualidad, al abrir la Biblia: «Da a quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames» (Le 6,30).
Comprendes con claridad que esa afirmación no valdrá siempre y para todos, pero
que vale ciertamente para ti en esa precisa circunstancia; te encuentras frente
a una obediencia bella y buena que realizar; si no lo haces, sientes que has
dejado perder una ocasión de obedecer a Dios. La obediencia a Dios es una
obediencia que siempre podemos realizar. Cuanto más obedecemos, más se
multiplican las órdenes de Dios, porque él sabe que éste es el don más bello que
puede hacernos, el que hizo a su amado Hijo Jesucristo (R. Catalamessa,
L'obbedienza, Milán, 1986, pp. 52-56, passim [edición española: La
obediencia Edi cep, Valencia 1990]). |
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Miércoles 3ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Hebreos 10,11-18 Hermanos: 11 Cualquier otro sacerdote se presenta cada día para desempeñar su ministerio y ofrecer continuamente los mismos sacrificios que nunca pueden quitar los pecados. 12 Cristo, por el contrario, no ofreció más que un sacrificio por el pecado, y está sentado para siempre a la derecha de Dios. 13 Únicamente espera que Dios ponga a sus enemigos como estrado de sus pies. 14 Con esta única oblación ha hecho perfectos de una vez para siempre a quienes han sido consagrados a Dios. 15 Es lo que también nos atestigua el Espíritu Santo, pues después de haber dicho: 16 Esta es la alianza que yo haré con ellos, después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes en sus corazones y las escribiré en sus mentes, añade: 17 Y no me acordaré más de sus pecados ni de sus iniquidades. 18 Ahora bien, donde los pecados han sido perdonados, ya no hay necesidad de oblación por el pecado.
*•• El tema central del pasaje es el sacerdocio de Cristo, considerado bajo el aspecto de su eficacia salvífíca. También desde este punto de vista el sacrificio realizado por él es, con mucho, superior a los sacrificios de la antigua alianza. El autor de la carta se dirige a una comunidad judeocristiana. Ésta -como veremos en los capítulos siguientes- pasa por un momento de crisis y siente nostalgia por el culto antiguo. El autor establece una comparación directa entre los sacerdotes del templo y el mismo Cristo. Los primeros aparecen sometidos a una continua y vana repetición de ritos que no llegan nunca a purificar las conciencias ni a liberarlas del pecado: son, efectivamente, sacrificios externos, sólo figura del verdadero sacrificio. Frente a ellos se yergue la figura majestuosa de Cristo: éste, tras ofrecer «una sola vez» su propia vida en obediencia al Padre, «está» ahora en su presencia y «está sentado» a su derecha, esperando que lleguen a su madurez todos los frutos de la obra de salvación que ya ha realizado. El camino de acceso al cielo -el verdadero «Santo de los santos»- está ahora abierto, y así queda para siempre. Este carácter definitivo es considerado por el autor como la realización de la profecía de Jeremías (31,33ss) referente a la «nueva alianza»: Dios ha escrito su ley en el corazón del hombre y ha perdonado todos sus pecados. En el Hijo amado, cada hombre es ahora, potencialmente, hijo de Dios. La Iglesia, al ofrecer cada día el sacrificio eucarístico, no repite el acontecimiento de la pasión-muerte de Jesús, sino que renueva para cada hombre, cada día, aquel único sacrificio, ofreciendo así a cada uno la posibilidad de entrar libremente en comunión vital con Cristo y convertirse en miembro vivo de su cuerpo místico.
Evangelio: Marcos 4,1-20 En aquel tiempo, Jesús 1 se puso a enseñar de nuevo junto al lago. Acudió a él tanta gente que tuvo que subir a una barca que había en el lago y se sentó en ella, mientras toda la gente permanecía en tierra, a la orilla del lago. 2 Les enseña muchas cosas por medio de parábolas. Les decía: 3 -¡Escuchad! Salió el sembrador a sembrar. 4 Y suceda que, al sembrar, parte de la semilla cayó al borde del camino Vinieron las aves y se la comieron. 5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra; brotó en seguida porque la tierra era poco profunda, 6 pero en cuanto salió el sol se agostó y se secó porque no tenía raíz. 7 Otra parte cayó entre cardos, pero los cardos crecieron, la sofocaron y no dio fruto. 8 Otra parte cayó en tierra buena y creció, se desarrolla y dio fruto: el treinta, el sesenta y hasta el ciento por uno. 9 Y añadió: -¡Quien tenga oídos para oír que oiga! 10 Cuando quedó a solas, los que lo seguían y los Doce le preguntaron sobre las parábolas. 11 Jesús les dijo: -A vosotros se os ha comunicado el misterio del Reino de Dios, pero a los de fuera todo les resulta enigmático, 12 de modo que: por más que miran, no ven, y, por más que oyen, no entienden, a no ser que se conviertan y Dios los perdone. 13 Y añadió: -¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo vais a comprender entonces todas las demás? 14 El sembrador siembra el mensaje. 15 La semilla sembrada al borde del camino se parece a aquellos en quienes se siembra el mensaje, pero en cuanto lo oyen viene Satanás y les quita el mensaje sembrado en ellos. 16 Lo sembrado en terreno pedregoso se parece a aquellos que, al oír el mensaje, lo reciben en seguida con alegría, 17 pero no tienen raíz en sí mismos; son inconstantes y, en cuanto sobreviene una tribulación o persecución por causa del mensaje, sucumben. 18 Otros se parecen a lo sembrado entre cardos. Son esos que oyen el mensaje, 19 pero como las preocupaciones del mundo, la seducción del dinero y la codicia de todo lo demás les invaden, ahogan el mensaje y éste queda sin fruto. 20 Lo sembrado en la tierra buena se parece a aquellos que oyen el mensaje, lo acogen y dan fruto: uno treinta, otro sesenta y otro ciento.
**• El relato de la parábola va precedido de dos versículos muy importantes. Jesús está sentado -o sea, con la actitud propia de maestro- y a su alrededor se encuentra una enorme muchedumbre; el evangelista señala tres veces que Jesús está enseñando; por otra parte, la parábola comienza y acaba con dos mandatos que invitan a la escucha, o sea -bíblicamente-, a la «obediencia», a dar la propia adhesión. Jesús, por consiguiente, quiere entrar en una relación viva con las personas a las que se dirige. En efecto, Jesús, en la parábola, habla de la misión que ha venido a realizar en la tierra. Él es el sembrador que aparece al comienzo, generoso a la hora de esparcir por doquier la semilla, no por inexperiencia o inoportuna prodigalidad, sino por ese amor excesivo que cree todo, hasta la posibilidad de que el desierto florezca. A continuación, desaparece de escena. Nada más se dice de él, sólo se siente su atenta vigilancia. Empieza, en cambio, la historia de la semilla, que es también Jesús (cf. Jn 12,24). Una vez echado en la tierra, ¿cuál es su destino? Multiforme. Unas veces está nada menos que sofocado: es su muerte en la cruz, coronado de espinas; otras se lo comen las aves y se lo llevan: como cuando le invitan a que se vaya de la región de los gerasenos; otras parece germinar, pero sólo breve tiempo: como cuando muchos discípulos se echan atrás escandalizados. Por último, da fruto: «uno treinta, otro sesenta y otro ciento» por uno. Una proporción enorme, inimaginable: así se difundió el cristianismo después de Pentecostés. Y en este momento empieza su curso la parábola. Ahora el sembrador y la semilla es el cristiano, que, tras recibir la Palabra, está llamado a dejarse transformar por ella para poderla anunciar hasta los confines del mundo. Con esta parábola, Jesús quiere hacernos comprender también que la Palabra debe ser predicada a todos, sin desconfianza, sin miedo a los fracasos. Y, a su tiempo, dará fruto.
MEDITATIO Dios pone su ley en nuestros corazones, olvida nuestros pecados; por medio de Cristo estamos santificados... Casi podríamos tener la impresión de que mientras que en la antigua ley había que hacer «muchas cosas» con poco resultado, en la «nueva y eterna alianza» no hay que hacer nada para obtener el máximo resultado. En cierto sentido esto es verdad, pero el «no hacer nada» debe ser en realidad plena disponibilidad para acoger los dones de Dios. La parábola evangélica completa adecuadamente e ilumina el contenido doctrinal de la primera lectura. Aceptar recibir no es una cosa fácil para el hombre, puesto que requiere una gran humildad. No es fácil reconocerse pobre, hacerse mendigo... En una sociedad como la nuestra, donde reina la abundancia, donde está de moda el mito del hombre infalible, donde la mentalidad dominante difunde una «cultura» basada en el éxito, en el saber y en el poder, en este contexto quien es pobre y tiene hambre de la Palabra de Dios es verdaderamente un extranjero, alguien que vive aislado. Llegamos incluso a ser incapaces de reconocer cuáles son nuestras auténticas necesidades. ¿Qué es, en efecto, la tierra árida de la parábola sino ese vacío, ese deseo de la verdad y del silencio que todo hombre debería redescubrir en el fondo de su propio corazón, para reconocerse, finalmente, mendigo de Dios, buscador de lo absoluto? La Palabra encuentra en este vacío el terreno fecundo para fructificar. Sin embargo, mientras espera, el Señor busca de mil modos, incluso en los corazones aparentemente más cerrados, una mínima grieta donde sembrar su Palabra, una rendija por la que pueda entrar con su luz. Este infinito y paciente amor de Dios, esta indómita esperanza suya, no nos autoriza, sin embargo, a dejar sin cultivar el jardín de nuestra alma; al contrario, nos impulsa a prepararlo con mayor cuidado en la espera trémula de que el divino Sembrador pase y se ponga solícitamente a trabajar para consumar su obra.
ORATIO Señor Jesús, tu Palabra nos impulsa hoy a abrirte el corazón con plena confianza. Cuando, en medio del silencio y del recogimiento, te escuchamos, sentimos brotar irresistible dentro de nosotros un inmenso deseo de santidad. Nos invade una energía nueva; somos un campo sembrado que quiere producir frutos en abundancia; con ánimo confiado, nos abrimos a la nueva jornada. Pero cuando, llegados a la noche, cansados, vemos discurrir ante nuestros ojos las fatigosas horas de la jornada, las muchas ocasiones perdidas, el peso de situaciones dolorosas, el bien omitido, el mal realizado, entonces nos encontramos como quien ha intentado en vano levantarse a sí mismo y a los otros de la tierra al cielo... Precisamente en esta hora es todavía tu Palabra viva, sepultada en nuestros corazones, la que nos hace ponernos humildemente de rodillas ante ti para decirte con sencillez: Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros. Tal vez no exista el fruto que tú esperabas, pero sí existe un vacío más grande en nuestro corazón, una disponibilidad más sincera para escuchar tu Palabra, para vivirla. Mañana saldremos juntos al campo a sembrar; tú irás delante y nosotros te seguiremos.
CONTEMPLATIO Hermanos, nosotros queremos salvarnos durmiendo y por eso nos desanimamos, pero basta con poco trabajo: y entonces nos cansamos, a fin de recibir misericordia. Si uno tiene una facultad y la deja sin cultivar, cuanto más la descuide, tanto más se le llenará de espinas y de abrojos, ¿no es verdad? Y cuando vaya a limpiarla, cuanto más llena esté, más sangre deberán verter sus manos. Por eso, quien desea limpiar su propia facultad debe arrancar bien de raíz, en primer lugar, todos los hierbajos: si no arranca bien las raíces, sino que se limita a cortarlas por encima, aquéllas volverán a crecer; después deberá romper los terrones, arar; entonces podrá sembrar buena semilla. Si, efectivamente, vuelve a dejarla de nuevo en reposo, volverán los hierbajos, pues encuentran la tierra blanda y hermosa, echan raíces profundas y se multiplican en el campo todavía más. Así ocurre también con el alma. Antes que nada, es preciso acabar con las malas costumbres no sólo luchando contra ellas, sino también contra sus causas, que son las raíces. A continuación, es preciso ejercitar bien nuestras propias costumbres; sólo entonces empezaremos a sembrar la buena semilla, que son las obras buenas. Quien quiera salvarse debe no sólo abstenerse de hacer el mal, sino también hacer el bien. Ahora bien, el que siembra, además de echar la semilla, debe sepultarla también en la tierra, para que no vengan las aves a llevársela y así se pierda; y después de haberla escondido espera la misericordia de Dios, hasta que mande la lluvia y crezca la semilla. Así sucede también con nosotros: si alguna vez hacemos algo bueno, debemos esconderlo con la humildad y confiar a Dios nuestra debilidad, pidiéndole que apruebe nuestro trabajo, pues de otro modo será vano. En ocasiones, después de que hayan germinado y crecido, y haya aparecido la espiga, llegan la langosta o el granizo y otras desgracias semejantes y destruyen la cosecha. Así sucede también con el alma, de modo que quien de verdad quiera salvarse no debe quedarse tranquilo hasta el último respiro. Es preciso, pues, esforzarnos, estar muy atentos y pedirle siempre a Dios que nos proteja y nos salve con su bondad, para gloria de su santo nombre. Amén (Doroteo de Gaza, Insegnamenli spirituali XIII, pp. 139-144.148, passim).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «La explicación de tu Palabra es luz que ilumina y proporciona instrucción a los sencillos» (Sal 118,130).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Dios ha creado por amor, y con los fines del amor. Dios no ha creado otra cosa que el amor mismo y los medios del amor. Ha creado seres capaces de amor a todas las distancias posibles.
Él
mismo -puesto que ningún otro podía hacerlo- fue a la distancia máxima, a la
distancia infinita. Esta distancia infinita entre Dios y Dios, desgarro supremo,
dolor que no tiene par, milagro de amor, es la crucifixión. Nada puede estar más
lejos de Dios que lo que fue hecho maldición. Este desgarro, encima del cual
crea el amor supremo el vínculo de la unión suprema, resuena perpetuamente a
través del universo, sobre un fondo de silencio, como dos notas separadas y
fundidas, como una armonía pura y desgarradora. Es la Palabra de Dios. Toda la
creación no es más que su vibración. Cuando hayamos aprendido a escuchar el
silencio, será esto lo que, en medio del silencio, comprendamos con mayor
distinción. Los que se aman, los amigos, tienen dos deseos: uno, amarse hasta el
punto de penetrar el uno en el otro y convertirse en un solo ser; el otro,
amarse hasta tal punto que, aunque estuvieran separados por los océanos, su
unión no quedara debilitada. Todo lo que el hombre desea verdaderamente aquí
abajo es real y perfecto en Dios. Todos estos deseos imposibles son en nosotros
algo así como una señal de nuestro destino y tienen un efecto positivo sobre
nosotros desde el momento en que esperamos alcanzarlos. El amor de Dios es el
vínculo que une a dos seres hasta el punto de hacerlos imposibles de distinguir
y realmente uno solo, y que, tendido por encima de las distancias, triunfa sobre
la separación infinita. Por ese motivo, la cruz es nuestra única esperanza (S.
Weil, Attesa di Dio, Milán 1984, pp. 90-94, passim [edición
española: A la espera de Dios, Editorial Trotta, Madrid 1996]).
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Jueves 3ª semana del Tiempo ordinario o 31 de Enero, conmemoración de San Juan Bosco Nació en Castelnuovo d'Asti en el año 1815, en el seno de una familia pobre. Dio muestras de poseer grandes dotes. Fue educado por su madre en la fe y en la práctica de las virtudes cristianas. A los nueve años intuyó por un sueño que debería dedicarse a la educación de la juventud. Siendo todavía un muchacho, fundó entre sus compañeros la «Sociedad de la alegría» para hacer la guerra al pecado. Ordenado sacerdote en 1841, escogió como programa de vida: Da mihi animas, cetera tolle (Gn 14,21) y dio origen al oratorio bajo la protección de san Francisco de Sales. Su estilo educativo y pastoral se basaba en el sistema preventivo y en la educación en la fe. Fundó la «Sociedad de san Francisco de Sales» (salesianos) y, con santa María Domenica Mazzarello, el «Instituto de las Hijas de María Auxiliadora». Creó también con laicos los cooperadores salesianos. El «padre y maestro de la juventud» murió en Turín el 31 de enero de 1888.
LECTIO Primera lectura: Hebreos 10,19-25 19 Así pues, hermanos, ya que tenemos libre entrada en el santuario gracias a la sangre de Jesús, 20 que ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne, 21 y ya que tenemos un gran sacerdote en la casa de Dios, 22 acerquémonos con corazón sincero, con una fe plena, purificado el corazón de todo mal de que tuviéramos conciencia y lavado el cuerpo con agua pura. 23 Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, pues quien nos ha hecho la promesa es digno de fe. 24 Procuremos estimularnos unos a otros para poner en práctica el amor y las buenas obras; 25 no abandonemos nuestra asamblea, como algunos tienen por costumbre, sino animémonos mutuamente, tanto más cuanto que ya veis que el día se acerca.
**• Una vez concluida la exposición dogmático-teológica sobre el sacerdocio de Cristo, comienza ahora la segunda parte de la carta a los Hebreos, en donde se extraen las consecuencias prácticas de los principios afirmados antes. En este punto, el autor se dirige a sus interlocutores llamándoles «hermanos», denominación cuyo significado específicamente cristiano comprendemos ahora mejor: «hermanos» porque todos hemos sido redimidos por la sangre de Cristo y todos estamos llamados a entrar en comunión vital con él y, en consecuencia, los unos con los otros. Gracias al sacrificio de Cristo, el hombre, que era esclavo de la muerte, es libre de regresar a la casa del Padre; de exiliado -más aún, de condenado- se convierte en peregrino. Delante de él se abre un camino «nuevo» y «vivo», un camino que es la persona misma de Jesús. El camino que hemos de recorrer es, por tanto, el de la conversión, el de la configuración con Cristo. Por eso, el autor nos invita a acercarnos a él con las debidas disposiciones interiores. En primer lugar, está la llamada a la pureza del cuerpo y del espíritu: esta pureza, conferida por el bautismo, ha de ser custodiada celosamente con la santidad de vida, y recuperada con el arrepentimiento y la petición de perdón; en segundo lugar, aparecen la «fe» y la «esperanza»: en medio de los trabajos de su vida, el cristiano, lejos de retroceder, está llamado a dar testimonio de que se apoya sin vacilar en un Dios cuyo nombre es «Fiel y Veraz» (cf. Ap 3,14). Ahora bien, todo esto no debe ser vivido como búsqueda de una perfección individual. De ahí, pues, que la auténtica verificación la proporcione la urgencia de la caridad: es preciso que los unos sean para los otros ejemplo, estímulo y apoyo. El hombre está llamado a preparar y, en cierto sentido, anticipar en la historia la vida de comunión que será también la meta de su peregrinación.
Evangelio: Marcos 4,21-25 En aquel tiempo, 21 decía también a la gente: -¿Acaso se trae la lámpara para taparla con una vasija de barro o ponerla debajo de la cama? ¿No es para ponerla sobre el candelero? 22 Pues nada hay oculto que no haya de ser descubierto; nada secreto que no haya de ponerse en claro. 23 ¡Quien tenga oídos para oír que oiga! 24 Les decía además: -Prestad atención a lo que escucháis. Con la medida con que vosotros midáis, Dios os medirá, y con creces. 25 Pues al que tenga se le dará, y al que no tenga se le quitará incluso lo que tiene.
**• Los breves versículos que componen el pasaje de hoy contienen algunas sentencias que completan e iluminan el mensaje central ofrecido por la parábola de la semilla y del sembrador. Se subraya, en particular, la necesidad de convertirse en anunciadores fieles e incansables de la Palabra recibida: todo don se convierte en un deber. Una comparación tomada de la vida ordinaria sirve para introducir la enseñanza que Jesús quiere proporcionar a sus colaboradores más allegados. «¿Acaso se trae la lámpara para taparla con una vasija de barro?» (v. 21). La pregunta es tan sencilla que hasta un niño podría contestarla sin dificultad; en consecuencia, tanto más claras e inequívocas resultarán también las exigencias del seguimiento de Cristo. A los apóstoles -y a todos los cristianos- les ha sido manifestado el secreto del Reino de los Cielos; ellos, como portadores de la luz divina, se han convertido por eso en lámparas: ya no pueden permanecer escondidos; su tarea concreta es la de iluminar a los otros, guiarles hacia la Luz verdadera. He aquí, pues, que vuelve, apremiante, la invitación -más aún, el compromiso- de escuchar: los apóstoles no pueden anunciar nada de su propia cosecha, sino sólo lo que han recibido, con una fidelidad y humildad extremas: son discípulos del único Maestro. Les ha sido dado un gran tesoro, pero con él se les ha confiado asimismo la responsabilidad de hacerlo fructificar; si llegara a faltar el fruto por un descuido voluntario, sería señal de que se ha rechazado antes que nada al Dador, cerrándose así a la vida y al amor, abocándose a la muerte.
MEDITATIO El cristiano camina incansablemente por un camino nuevo y vivo. Aquí abajo nunca considera que ha llegado, nunca se siente satisfecho con los resultados alcanzados o asegurado contra los peligros y las insidias. Con la mirada fija en la meta, nunca debe detenerse: eso sería retroceder. Por otra parte, esta urgencia insaciable de ir siempre «más allá» es la señal misma de la presencia en él de algo -o Alguien- que le supera infinitamente. Es el amor derramado por el Padre en nuestros corazones el que nos da ojos para descubrir a nuestro alrededor situaciones de pobreza que tienen necesidad de socorro, de consuelo, de esperanza. Estamos todos en camino hacia la morada de paz, pero no llegaremos a ella sino juntos, ayudándonos mutuamente. Y es precisamente la caridad la que nos renueva siempre el camino, porque con su divina intuición es capaz de hacernos descubrir, bajo las más míseras apariencias, la llama de la vida que quiere nacer. Entonces la fatiga deja de contar, puesto que ve brillar la luz allí donde reinan la tristeza y la muerte. Jesús nos invita en el evangelio de Marcos a escuchar atentamente su Palabra, para que nos impregnemos hasta tal punto de ella que la hagamos rebosar fuera de nosotros, que la irradiemos. El autor de la carta a los Hebreos nos propone una manera muy sencilla de ser misioneros del evangelio: animarnos recíprocamente, evangelizarnos unos a otros practicando la caridad fraterna en las situaciones de la vida cotidiana. Es imposible que este amor humilde y sincero no suscite interrogantes en quienes nos ven vivir de un modo tan «diferente» y tan bello. Las historias de muchas conversiones han empezado precisamente así: del encuentro con creyentes que vivían a Jesús. «¿Acaso se trae la lámpara para taparla con una vasija de barro?». A buen seguro que no. La lámpara existe sólo para brillar con un rayo de esperanza en la oscuridad de la noche. Como los cristianos en el mundo.
ORATIO Jesús, al principio tú estabas junto al Padre, dirigido a el en el amor; ahora estás también con nosotros, misericordiosamente inclinado sobre nuestras heridas; caminas con nosotros y nos llevas sobre tus sagrados hombros. No sólo nos indicas la senda, sino que tú mismo eres el Camino hacia la casa del Padre. Estás viendo cómo, a veces, nos sorprende el cansancio, nos aferra el miedo; tú conoces bien nuestras secretas tentaciones, que nos invitan a detenernos, a dirigir la mirada hacia atrás... Y nosotros sentimos, por encima de todo el humano sufrir, tu mirada misericordiosa, que se posa sobre nosotros; en la hora de la prueba sólo en ti ponemos nuestra confianza. Tu Palabra, fiel, siempre nos sostiene, porque creemos que todo tu camino, todo trecho del camino, por muy áspero y escarpado que sea, no es un sendero desconocido, sino que es camino de salvación y quien lo toma encuentra su paz. Todo tu camino, aunque parezca duro e interminable, es un paso a la vida que no tiene límites. Concédenos, Señor, cada día el ánimo para volver a partir todos juntos; no permitas que nunca se quede alguien atrás, sentado en sus ruinas, con el corazón cargado de tristeza. Señor, ven en nuestra ayuda, para que deseemos llegar a contemplar sin velos tu rostro en el Reino de la luz.
CONTEMPLATIO El Señor plasmó al hombre de la tierra, pero nos ama como a verdaderos hijos suyos y nos espera con deseo. El Señor nos ha amado con un amor tal que se encarnó por nosotros y derramó por nosotros su sangre, con la que nos ha dado de beber, y nos ha dado su precioso cuerpo. Y así, por su carne y por su sangre, hemos llegado a ser sus hijos, a semejanza del Señor. Así como los hijos se parecen a su padre, y esto con independencia de la edad, así nosotros nos hemos vuelto semejantes al Señor en su humanidad, y el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que estaremos eternamente con él. El Señor no cesa nunca de llamarnos: «Venid a mí y yo os haré descansar». Nos alimenta con su precioso cuerpo y su preciosa sangre. Nos instruye misericordiosamente con su palabra y por medio del Espíritu Santo. Nos ha revelado sus misterios. Vive en nosotros y en los sacramentos de la Iglesia y nos conduce al lugar donde contemplaremos su gloria. Ahora bien, cada uno contemplará esta gloria según la medida de su amor. Quien ama más se lanza con mayor ardor para estar con el amado Señor, y por eso se le acerca más. Quien ama poco, también desea poco. ¡Qué maravilla! La gracia me ha hecho conocer que todos los que aman a Dios y observan sus mandamientos están llenos de luz y se asemejan al Señor. Y esto es algo natural. El Señor es luz, e ilumina a sus siervos (Archim. Sofronio, Silvano del Monte Athos. Vita, dottrina, scritti, Turín 1978, p. 346).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Jesús vino a la tierra para abrir un camino entre los hombres, para que éstos, a su vez, tomen este camino y sigan a Jesús. No hay otro camino posible para ningún hombre. Antes o después, de un modo o de otro, cada hombre se encuentra en el camino de Jesús, aunque probablemente sólo sea en la hora de su muerte. Jesús habla a menudo de aquellos que le siguen y a los que llama discípulos. Les traza el camino, les indica las condiciones, los riesgos, las insidias. Los modos del seguimiento de Jesús son múltiples, pero todos los caminos tienen como desembocadura la misma entrega total de nosotros mismos a Jesús, a aquella obediencia que fue la suya, una obediencia hasta la muerte en una cruz, precio y camino de la resurrección. Seguir a Jesús es renegar de nosotros mismos, aceptar perder aparentemente nuestra propia vida. Una propuesta así sería no sólo arriesgada, sino también aberrante, si Jesús no hubiera añadido tres breves palabras que cambian radicalmente su sentido: «Por mi causa». A causa de Jesús. Quien se atreve a hablar así lo hace por amor. Y quien habla por amor no propone un itinerario que conduce a la muerte, sino que se abre a la vida. El que ama se ha arrancado a sí mismo del objeto de su amor. Ya no es capaz de vivir replegado sobre sí mismo, porque el amor tiende a desplegar al máximo todas las posibilidades que hay en él. El amor les da dinamismo, decuplica sus fuerzas, fecunda sus palabras, sus acciones. ¿Y qué decir cuando se trata del amor de Jesús? A causa de Jesús, podrá decir san Pablo, y para conocer la sublimidad de su amor se ha atrevido a considerar todas las cosas como basura (cf. Flp 3,8). A causa de Jesús. Estas cuatro breves palabras dicen aún otras cosas. En efecto, el amor no sólo potencia los recursos de aquel que ama, sino que hace entrar también en el misterio de aquel a quien se ama. A causa de Jesús equivale a decir quemados en lo íntimo por el amor que nos arrastra, pero también «como Jesús», o sea, empujados y arrastrados por el amor que él mismo siente por nosotros y cuya poderosa ternura no nos abandona un solo instante.
No hay
ni un solo sufrimiento sembrado en nuestro cuerpo, en nuestro corazón e incluso
en nuestro espíritu que no nos construya, por así decirlo, en plenitud,
conduciéndonos a dar nuestros frutos más bellos. Y aquí se encuentra también la
fuente de nuestra alegría. Sí, haciéndolo todo y soportándolo todo a causa de
Cristo, exultaremos con una alegría inefable y llena de la gloria de Dios
(A. Louf, Seúl l'amour suffirait, París 1982). |