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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-
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Jueves de la 17ª semana del Tiempo ordinario o 1 de agosto, conmemoración de San Alfonso María de Ligorio
Alfonso nació en Nápoles el año 1696 y murió en Nocera dei Pagani (Salerno) el 1 de agosto de 1787. Era abogado del foro de Nápoles, pero dejó la toga para abrazar la vida eclesiástica. Fue obispo de S. Ágata dei Goti (entre 1762 y 1775) y fundador de los redentoristas (1732); atendió con gran celo a las misiones populares y se dedicó a los pobres y a los enfermos. Es maestro de las ciencias morales, a las que inspira criterios de prudencia pastoral, basada en la búsqueda sincera y objetiva de la verdad, aunque también se muestra sensible a las necesidades y a las situaciones de la conciencia. Compuso escritos ascéticos de gran resonancia. Como apóstol del culto a la eucaristía y a la Virgen, guió a los fieles a la meditación de los novísimos, a la oración y a la vida sacramental.
LECTIO Primera lectura: Éxodo 40,16-21.34-38 En aquellos días: 16 Moisés hizo todo cuanto el Señor le había ordenado. 17 El día primero del primer mes del año segundo fue montada la morada. 18 Moisés levantó la morada, asentó las basas, colocó los tableros y los varales y puso en pie los soportes. 19 Y sobre la morada extendió la cubierta tal como el Señor le había ordenado. 20 Tomó las tablas del testimonio y las colocó dentro del arca, puso los varales al arca y situó la plancha de oro encima del arca; 21 metió el arca en la morada, colgó el velo de separación y con él ocultó el arca del testimonio, como el Señor le había ordenado. 34 Entonces la nube cubrió la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó la morada. 35 Moisés no podía entrar en la tienda del encuentro, porque la nube estaba encima de ella, y la gloria del Señor llenaba la morada. 36 Durante el tiempo que duró su caminar, los israelitas se ponían en marcha cuando la nube se levantaba de la morada. 37 Si la nube no se levantaba, no partían hasta el día en que se levantaba, 38 porque la nube del Señor se posaba de día sobre la morada, y de noche brillaba como fuego a la vista de todo Israel, durante todas las etapas de su camino.
*+• El texto que hemos leído pertenece a la tradición sacerdotal y, cuando lo examinamos atentamente, hace pensar en el ordenamiento del culto de la comunidad del segundo templo, aunque la matriz sigue siendo la fuente sinaítica. Estamos frente al santuario del desierto, en sintonía con la marcha del pueblo tras la experiencia del Sinaí. Moisés, siguiendo lo que le había mandado, construye la tienda (la Morada) para el Señor (w. 16-21) y Dios se establece en medio de su pueblo elegido (w. 34-38). Tras el Sinaí, ahora será la tienda la que constituya la continuidad de la revelación de Dios a los hombres. Aquí se fija el lugar ideal en el que cada individuo puede entrar en contacto con el Señor y dialogar con él. Dios, Padre de la tierra y del cielo, decide ubicarse, habitar en la «morada» (cf. v. 35; Ex 25,8; Ez 37,27; Jl 4,17), entre las tiendas de su pueblo, y comunicarse con Moisés, mediador carismático. De este modo, Moisés podía hacer llegar a su pueblo todo lo que Dios le había ordenado. El signo visible del Dios invisible, aunque presente y operante entre los hombres, era la «nube», que regulaba las etapas del camino del pueblo en el desierto hacia la tierra prometida. La presencia de Dios, que llenaba la tienda del santuario, recibía el nombre de «gloria», esto es, manifestación del amor salvífico de Dios en su poder y santidad, por parte de la tradición sacerdotal. En el judaísmo posterior, la «presencia» de Dios en el templo de Jerusalén recibirá el nombre de Shekhinah, «la Presencia» por excelencia. Pues bien, las tres letras fundamentales de esta palabra hebrea, s-k-n, figuran también en la raíz del verbo griego usado por el cuarto evangelista: eskénosen. En efecto, para Juan, la humanidad de Cristo es la nueva tienda santa, el nuevo templo en el que reside toda la plenitud de la sabiduría, la gracia y la verdad, en donde se manifiesta la presencia perfecta del Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Y nosotros, nuevo pueblo en camino, ¿estamos dispuesto a seguirle cada vez que el Señor nos invite a ir detrás de él?
Evangelio: Mateo 13,47-53 En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: 47 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con una red que echan al mar y recoge toda clase de peces; 48 una vez llena, los pescadores la sacan a la playa, se sientan, seleccionan los buenos en cestos y tiran los malos. 49 Así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos 50 y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes. 51 Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Habéis entendido todo esto? Ellos le contestaron: -Sí. 52 Y Jesús les dijo: -Todo maestro de la Ley que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas. 53 Cuando Jesús acabó de contar estas parábolas, se marchó de allí.
**• Mateo refiere la parábola de la red echada al mar que recoge todo tipo de peces, buenos y no buenos, como en la parábola de la cizaña y la buena semilla. Ahora bien, la reflexión del evangelista en nuestro texto pone el acento en la situación que se creará al final del mundo. El Reino de Dios será cribado en todos sus componentes, se arrastrará la red a la orilla y se examinará el contenido de la pesca. Entonces la suerte de los malvados recibirá su justo castigo y quedará eliminado el mal; esto equivale a decir que todos los hombres pecadores deben reflexionar, mientras tienen tiempo, sobre esta realidad futura y obrar en consecuencia de cara a una adecuada conversión de vida. La enseñanza de Jesús es clara: «Todo maestro de la Ley que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas» (v. 52); es decir, que el nuevo discípulo del Reino de Dios debe atesorar los bienes recibidos. Y discípulo de Jesús es aquel que ha escuchado la Palabra y comprende los misterios del Reino. Por consiguiente, es como la tierra buena que recibe la semilla y la hace fructificar después de haber acogido el don de la Palabra del Padre. Posee, en efecto, no sólo la revelación de las Escrituras relativas a la primera alianza, sino también el conocimiento del misterio del Reino y la vida misma del Reino, que es la palabra del Evangelio. De todo este inmenso tesoro debe servirse tanto para ser personalmente un testigo creíble de la voluntad salvífica de Dios como para conducir a los otros al conocimiento de la verdad plena y hacerla vivir en la obediencia de la fe.
MEDITATIO La Palabra de Dios encontró una respuesta decidida en san Alfonso. Éste se sintió elegido, llamado, y siguió su vocación humana y cristiana con una disponibilidad plena y constante. Disponibilidad que expresaba con las frases típicas de su ascética: «Hacer la voluntad de Dios»; «Concordancia con la voluntad de Dios». La voluntad de Dios, «el mandamiento nuevo», es el amor al prójimo. Aquí se encuentra el secreto de todas las opciones de Alfonso: fue abogado para defender a los otros, se hizo sacerdote para salvar a las almas, fundó la Congregación de los Redentoristas para anunciar el Evangelio a los abandonados; como obispo, sintió la solicitud pastoral por su Iglesia local y por todas las Iglesias. Hizo una amplia exposición del mandamiento nuevo en su mejor libro: Práctica del amor a Jesucristo. Del amor brotaba su alegría, una cualidad característica de Alfonso; es la alegría de sentirse amado por Dios, con lo que se vencen todas las adversidades. «Alegremente» es la palabra que se repite en su epistolario. Existe en Alfonso un humor a lo Tomás Moro, templado por el sentido común del napolitano. La alegría procede asimismo de la certeza de que no hay condena alguna para los que han sido salvados por Jesucristo. Aquí se pone de relieve el compromiso fundamental de Alfonso, teólogo y moralista: se sintió llamado a defender el amor misericordioso de Dios contra las nefastas teorías de los jansenistas y de los rigoristas, los cuales, negando la universalidad de la redención y acentuando las exigencias de la justicia de Dios, sumergían a los hombres en la angustia y la desesperación. A ellos opuso Ligorio el mensaje salvífico del Evangelio y la presencia activa del Espíritu Santo, que nos arranca de la esclavitud de la Ley y nos lleva a la libertad de los hijos de Dios.
ORATIO Cristiano, levanta los ojos y mira a Jesús muerto sobre ese patíbulo, con el cuerpo lleno de llagas que todavía manan sangre. La fe te enseña que él es el Creador, tu salvador, tu vida, tu liberador. Es alguien que te ama más que nadie, es alguien que sólo puede hacerte feliz. Sí, Jesús mío, lo creo: tú eres alguien que me ha amado desde la eternidad, sin ningún mérito por mi parte; es más, previendo mi ingratitud, sólo por tu bondad me diste el ser. Tú eres mi salvador, y con tu muerte me has liberado del infierno que tantas veces he merecido. Tú eres mi vida por la gracia que me has dado, sin la cual yo estaría muerto para siempre. Tú eres mi padre y mi padre amoroso; perdonándome con tanta misericordia las injurias que te he hecho. Tú eres mi tesoro y me enriqueces con muchas luces y favores en vez de los castigos que he merecido. Tú eres mi esperanza, pues fuera de ti no puedo esperar ningún bien de otros. Tú eres mi verdadero y único amador; basta con decir que has llegado a morir por mí. Tú, en suma, eres mi Dios, mi sumo bien, mi todo (Alfonso María de Ligorio, Meditaciones sobre la pasión).
CONTEMPLATIO Ésta es, por tanto, la meta a la que deben tender nuestros deseos, nuestros suspiros, todos los pensamientos y todas nuestras esperanzas: ir a gozar de Dios en el paraíso para amarlo con todas las fuerzas y gozar del gozo de Dios. Gozan, a buen seguro, de su felicidad los bienaventurados en aquel Reino de delicias, mas su gozo principal, el que absorbe todos los otros defectos, será el de conocer la felicidad infinita de que goza su amado Señor, mientras ellos aman a Dios inmensamente más que a sí mismos. Todo bienaventurado, en virtud del amor que tiene a Dios, seguiría estando contento aunque perdiera todos sus goces, y padecería toda pena con tal de que no le faltara a Dios -si es que pudiera faltarle- una mínima parte de la felicidad de que goza. Por eso, en ver que Dios es infinitamente feliz y que esta felicidad nunca puede faltarle, en esto consiste su paraíso. Así se entiende lo que dice el Señor a toda alma al darle posesión de la gloria: «Toma parte en la alegría de tu señor» (Mt 25,21). No es ya el gozo el que entra en el bienaventurado, sino que éste entra en el gozo de Dios, mientras que el gozo de Dios es objeto del gozo del bienaventurado. De modo que el bien de Dios será el bien del bienaventurado, la riqueza de Dios será la riqueza del bienaventurado y la felicidad de Dios será la felicidad del bienaventurado (Alfonso María de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo).
ACTIO Repite y medita a menudo durante el día este pensamiento de san Alfonso: «Quien ora se salva ciertamente, quien no ora ciertamente se condena».
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL San Alfonso es un napolitano maravilloso, y tanto en su vida como en su ingenio aflora más de una vez, e incluso con gran frecuencia, su llaneza con una frescura y una jovialidad increíbles. Quien le convierte en un santo pedante, petulante, aburrido, cruel, no le conoce ni de vista. Quien le convierte, en virtud de su moral, en una especie de casuista monomaniaco y sin aliento, no conoce a san Alfonso. Fue músico, pintor, poeta, un hombre de espíritu y de garbo, capaz de resolver una cuestión con una salida y de enderezar un mundo invertido con una sonrisa; tuvo algo de la dolorida profundidad de Vico y algo de la vivacidad profunda de Galian¡. En sus acciones y en sus obras aparece siempre superior a lo que hace y a lo que dice, dueño de sí y de lo que trata. Entre las muchas vías abiertas que se presentan a quien actúa y escribe, toma siempre la suya propia, una que se abre a él por vez primera. Despierto, despejado, resuelto y resolutivo, sigue su camino sin la mínima vacilación, y este camino se abre a muchos. Por lo que respecta a la moral, sabido es que la Iglesia camina justamente por el camino abierto por san Alfonso. Por lo que respecta a la devoción, durante ciento cincuenta años cientos de miles de almas se han puesto a caminar por el camino trazado por Alfonso. Esta agilidad, gracia y sencillez hacen de él alguien cordialísimo, alguien al que se trata con placer. Habría que verlo. Habría que saber verlo y hacerlo ver entre los recuerdos que de él nos quedan, entre sus libros, en su correspondencia: hallaríamos gestos bellísimos y originales, reflexiones agudas y divertidas, fragmentos cálidos y brillantes, salidas de una milagrosa bonhomía y profundidad, tomaduras de pelo caritativas pero tremendas, réplicas vivaces y repentinas, como se da una bofetada a un bribón. |
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Viernes de la 17ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Levítico 23,1.4-11.15-16.27.34b-37 El Señor dijo a Moisés: 4 Éstas son las fiestas del Señor, las asambleas santas que convocaréis en las fechas establecidas. 5 El día catorce del mes primero, al atardecer, es la pascua del Señor. 6 Y el día quince del mismo mes es la fiesta de los panes ácimos en honor del Señor. Durante siete días comeréis pan sin levadura. 7 El primer día tendréis asamblea santa y no haréis ningún trabajo servil. 8 Durante siete días ofreceréis sacrificios en honor del Señor. El día séptimo será día de asamblea santa y no haréis en él ningún trabajo servil. 9 El Señor dijo a Moisés: 10 Di a los israelitas: Cuando hayáis entrado en la tierra que os voy a dar y seguéis la mies, llevaréis al sacerdote una gavilla de espigas como primicia de vuestra cosecha. 11 El sacerdote la ofrecerá delante del Señor con el rito de balanceo para que sea aceptada; hará el balanceo el día siguiente al sábado. 15 A partir del día siguiente al sábado, esto es, del día en que hayáis ofrecido la gavilla del balanceo, contaréis siete semanas completas. 16 Contaréis cincuenta días hasta el día siguiente al séptimo sábado y, entonces, ofreceréis al Señor una ofrenda de granos nuevos. 34 El día diez del mismo mes séptimo es el día de la expiación; tendréis asamblea santa, ayunaréis y ofreceréis sacrificios en honor del Señor. El día quince de este mes séptimo se celebrará durante siete días la fiesta de las tiendas en honor del Señor. 35 El primer día habrá asamblea santa y no haréis en él ningún trabajo servil. 36 Durante siete días ofreceréis sacrificios en honor del Señor; el día octavo tendréis asamblea santa y ofreceréis sacrificios al Señor; es día de asamblea solemne; no haréis en él ningún trabajo servil. 37 Éstas son las fiestas del Señor, en las cuales convocaréis asambleas santas, para ofrecer sacrificios en honor del Señor, holocaustos con ofrendas, sacrificios de comunión y libaciones: cada una en el día prescrito.
*•• El texto considera el ciclo litúrgico de las diferentes fiestas anuales según la redacción sacerdotal, vinculada con los medios de Jerusalén y encuadrada en la «ley de santidad». Consideradas bajo esta luz, las fiestas judías aparecen como asambleas del pueblo en el lugar santo, en presencia del Dios tres veces santo, y recuerdan su sucesión durante el ciclo anual para su digna celebración. Estas fiestas tienen la finalidad de hacer salir al individuo de su autosuficiencia, para insertarlo en una vida de dimensión comunitaria: cada hombre, en efecto, pertenece al pueblo, es una expresión del mismo y, a través de él, pertenece a Dios. Los elementos constitutivos de las fiestas de Israel son, esencialmente, dos: la convocación de la santa asamblea del pueblo y el descanso del trabajo. El primero marca el ritmo de la vida del pueblo y hace revivir, especialmente en la celebración litúrgica, el recuerdo de las maravillas llevadas a cabo por Dios en la historia judía; el segundo aleja al pueblo de las cosas materiales y cotidianas y lo introduce en el tiempo fuerte de Dios, donde toma conciencia del discurrir de la vida y de su significado de salvación. Las fiestas judías, herencia cananea, siguen el ritmo agrario de las cosechas. La fiesta de la pascua es la fiesta que se celebra en honor de Dios a fin de asegurar la prosperidad de los rebaños, pero celebra todavía más la salvación que el pueblo ha conocido en su historia. El Señor, que cada año concede los frutos de la tierra y del ganado, es el mismo que ha manifestado su poder salvador para liberar a Israel. De este modo, la fiesta pascual se funde con los ácimos a fin de recordar la liberación de la esclavitud y la posesión de la tierra fértil. La fiesta de las semanas o de Pentecostés celebra la cosecha del trigo y también la entrega de la Ley por parte de Dios. La fiesta de las chozas recuerda la vendimia y el paso de Israel a través del desierto. En realidad, todas las fiestas cristianas se inspiran en las fiestas judías, aunque enriquecidas con el nuevo contenido cristiano.
Evangelio: Mateo 13,54-58 En aquel tiempo, 54 fue Jesús a su pueblo y se puso a enseñarles en su sinagoga. La gente, admirada, decía: -¿De dónde le vienen a éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? 55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Santiago, José, Simón y Judas? 56 ¿No están todas sus hermanas entre nosotros? ¿De dónde, pues, le viene todo esto? 57 Y los tenía escandalizados. Pero Jesús les dijo: -Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y en su casa. 58 Y no hizo allí muchos milagros por su falta de fe.
**• Tras el «discurso de las parábolas» {cf. 13,1-52), Mateo nos presenta a Jesús en la sinagoga de su pueblo, en Nazaret, rechazado por sus paisanos (cf. Me 6,1-6). Éstos, desde la admiración inicial por su sabia enseñanza (v. 54), pasan a preguntarse por la predicación del «hijo del carpintero», por María, su madre, por sus hermanos y hermanas (w. 55ss), e incluso se escandalizan de él. Con las palabras «y los tenía escandalizados» (v. 57), Mateo nos introduce en el misterio de la persona de Jesús. Sus paisanos quieren comprender a Jesús partiendo únicamente del aspecto humano, como habían hecho también, en otras circunstancias, sus mismos parientes (cf. Me 3,21). Su conocimiento humano se vuelve para los naturales de Nazaret un obstáculo para penetrar en la persona de Jesús y acogerle, para creer en él como el mesías esperado: «¿De dónde, pues, le viene todo esto?» (v. 56b). Frente a este rechazo explícito, Jesús constata la verdad del proverbio: « Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y en su casa» (v. 57b). La suerte que le espera a cada profeta verdadero, como la de Jesús y la de todo verdadero discípulo, es la incomprensión, el desprecio, el escarnio y la persecución, llevada hasta el sacrificio de la muerte a causa de la verdad. Serán precisamente la incomprensión y la falta de fe de sus paisanos las que impedirán a Jesús hacer allí muchos milagros, porque sólo la fe permite la comprensión del misterio de su persona de mesías e hijo de Dios.
MEDITATIO El evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre la necesidad de captar la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana. Es probable que los paisanos de Jesús estuvieran acostumbrados a encontrar a Dios en las grandes solemnidades festivas y en medio de las convocaciones de las que habla la primera lectura. En ellas, entre el incienso de las imponentes celebraciones y la sangre de los sacrificios ofrecidos en su honor, captaban la majestuosa presencia del Dios que había liberado a sus antepasados de la esclavitud de Egipto y les había guiado paso a paso, a través del desierto, en la conquista de la tierra prometida. Por otra parte, también estaban acostumbrados desde hacía años al trato familiar con «el hijo del carpintero», Jesús, a quien habían visto crecer entre ellos como uno de tantos. Conocían a su madre, a sus hermanos y hermanas. Y ahora le veían ante ellos, pronunciando en la sinagoga unos discursos que les dejaban desconcertados. No conseguían conectar la vida cotidiana de un Jesús «ordinario y común» con la manifestación de su Dios. No conseguían ir más allá de lo habitual para captar lo que no era habitual en él. Y así andaban escandalizados por su causa, sin llegar a la fe en él. Con ello perdieron la ocasión de un encuentro de salvación con Dios, un encuentro que habría podido cambiar definitivamente su vida. Esto mismo supone también un riesgo constante para nosotros: esperar encontrar a Dios sólo en circunstancias extraordinarias, en aquello que, según cierto modo de pensar, nos puede parecer que está más de acuerdo con su modo divino de ser, y no captar su presencia en la vida diaria. Sin embargo, precisamente por medio de Jesús, Dios nos ha hecho saber que manifiesta su presencia en la totalidad de la existencia, que hasta las cosas más pequeñas están penetradas por su presencia, porque él no es un Dios lejano, sino muy próximo. El desafío que brota de aquí es el de conseguir descubrirle y acogerle con gozo. Lo que en apariencia es obvio y se da por descontado, lo que pertenece a la vida de todos los días, lo que ya no llama la atención en las personas y en las cosas a las que estamos acostumbrados, es, para quien cree, como una especie de «sacramento» de la presencia benévola de Dios. La vigilancia a la que tantas veces nos invita Jesús en el Evangelio se refiere también a esto: es preciso que mantengamos los ojos bien abiertos, para no dejar escapar la dimensión divina que tienen todas las cosas. La fe las hace todas transparentes, mientras que su falta las hace todas opacas.
ORATIO Te pedimos, oh Señor, que nos des unos ojos para ver tu presencia y tu acción salvífica dirigida a cada uno de nosotros en las realidades más comunes y ordinarias de la vida. Captar tu presencia en ciertos momentos extraordinarios de la vida no es demasiado difícil; es algo que se impone en cierto modo por sí mismo. Lo difícil es descubrirte en «el hijo del carpintero», en aquel a quien la vida nos ha acostumbrado y ya no nos llama la atención. Es una tarea difícil, pero también muy fecunda y gozosa para quien, en la fe, se confía a tu misterio. Con tu ayuda, con el «colirio» que puedes aplicar a nuestros ojos (cf. Ap 3,18), «recuperaremos la vista» y podremos descubrirte hasta en las más pequeñas y acostumbradas cosas de la vida. Y entonces celebraremos una fiesta, como hicieron Jesús y nuestros hermanos y hermanas santos. Señor, danos un corazón sencillo y humilde que consiga captar tu paso en la brisa ligera, en el rostro de un pobre y de un niño, igual que en el cielo silencioso de una noche plena de estrellas y de tu presencia inconfundible y llena de paz.
CONTEMPLATIO Dame, Señor, a conocer y entender qué es primero, si invocarte o alabarte, o si es antes conocerte que invocarte. Mas ¿quién habrá que te invoque si antes no te conoce? Porque, no conociéndote, fácilmente podrá invocar una cosa por otra. ¿Acaso, más bien, no habrá de ser invocado para ser conocido? Pero ¿y cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán si no se les predica? Ciertamente, alabarán al Señor los que le buscan, porque los que le buscan le hallan y los que le hallan le alabarán. Que yo, Señor, te busque invocándote y te invoque creyendo en ti, pues me has sido ya predicado. Invócate, Señor, mi fe, la fe que tú me diste e inspiraste por la humanidad de tu Hijo y el ministerio de tu predicador (Agustín de Hipona, Las confesiones, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 51968, pp. 73-74).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo» (Le 7,23).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL En su ambiente [Jesús] chocaba con muchas almas acostumbradas que creían conocer a Dios porque habían oído hablar mucho de él. La gran paradoja de la historia cristiana consiste en esto: cuando Dios se manifestó al pueblo que se estaba preparando desde hacía dos mil años, casi nadie le reconoció, le recibió y le siguió hasta el final. Creían desde hacía tanto tiempo que ya no creían. El hábito de creer se había ido cambiando, de una manera insensible, en el hábito de no creer. Rezaban desde hacía tanto tiempo que ya no hacían otra cosa más que recitar oraciones. Esperaban desde hacía tanto tiempo que ya estaban seguros de que nada vendría a descomponer esa costumbre de esperar que se había ido convirtiendo, poco a poco, en una costumbre de no esperar nada. Hay en esto una advertencia terrible para todos aquellos que, como nosotros, se creen familiarizados con las cosas divinas, piensan que están garantizados por su ascendencia o por su educación, se imaginan que la frecuentación de las iglesias o la práctica de los sacramentos constituyen un testimonio seguro de su pertenencia a Dios.
Nadie
puede poner su confianza en las estructuras religiosas [...]. Ahora bien, todo
el problema consiste en saber si somos nosotros quienes servimos a estas
estructuras, las conservamos, las respetamos, o si, en cambio, nos servimos de
ellas de una manera activa y personal. Ninguna estructura, por muy santa que
sea, puede salvar por sí misma. Las estructuras son indispensables. A buen
seguro, repugna una institución sin inspiración, pero toda inspiración engendra
una institución. No hay matrimonio sin amor, pero un verdadero amor crea un
verdadero matrimonio. No hay Iglesia sin Espíritu vivificador, pero el Espíritu
se muestra visible y activo sólo en una comunidad fraterna: «Mirad cómo se
aman» (L Evely, Meditazioni sul vangelo, Asís 1975, pp. 224-226). |
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Sábado de la 17ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Levítico 25,1-8-17 En aquellos días, 1 el Señor dijo a Moisés en el monte Sinaí: 8 Contarás siete semanas de años, siete por siete, o sea, cuarenta y nueve años. 9 El día diez del séptimo mes harás sonar la trompeta. El día de la expiación haréis que resuene la trompeta por toda vuestra tierra. 10 Declararéis santo este año cincuenta y proclamaréis la liberación para todos los habitantes del país. Será para vosotros año jubilar y podréis volver cada uno a vuestra propiedad y a vuestra familia. 11 El año cincuenta será para vosotros año jubilar; no sembraréis, no segaréis las mieses crecidas espontáneamente ni vendimiaréis las viñas sin cultivar, 12 pues es año jubilar, y será santo para vosotros; comeréis en él lo que crezca espontáneamente en los campos. 13 En el año jubilar cada uno recobrará sus propiedades. 14 Si vendéis o compráis alguna cosa a vuestro prójimo, no os defraudaréis entre hermanos. 15 Comprarás a tu prójimo en proporción al número de años transcurridos después del año jubilar y, en razón de los años de cosecha que le quedan, él te fijará el precio de venta; 16 cuantos más queden, más le pagarás; cuantos menos queden, menos le pagarás, porque es un determinado número de cosechas lo que te vende. 17 No os defraudéis entre hermanos; temed a vuestro Dios. Yo soy el Señor, vuestro Dios.
** Además de las fiestas judías, la «ley de santidad» enumera también las normas de orden social para los años santos, es decir, tanto para el año sabático de cada siete años (una semana de años) como para el año jubilar de cada cincuenta años (siete semanas de siete años), realzando así el valor del día del sábado y el esquema septenario de la semana. En esta estructura económico-social subyacen, sin embargo, algunos elementos teológicos que ponen de relieve el desarrollo de la revelación divina. Al concepto religioso de Dios, creador y señor de la historia y del mundo, se vinculan los temas del rescate y de la remisión de las deudas. Sobre el año jubilar, de carácter social aunque con un fundamento religioso, se habla sólo en este texto, en Nm 36,4 y en Ez 46,17. Éste había ido madurando tras la experiencia positiva del año sabático. La ley judía prescribía, en efecto, algunas normas relativas a la liberación de los esclavos, a la condonación de la deuda y a la misma restitución de las tierras a sus respectivos dueños, cosas que permitían vivir como hombres libres. Estas normas tendían a resolver y a corregir algunos males y disfunciones sociales inherentes a la vida agrícola y urbana. Se deseaba eliminar, por ejemplo, el desequilibrio práctico sobre el problema de la riqueza caída en manos de unos pocos y la pobreza extendida, por el contrario, a la mayoría. Muchos de estos fenómenos, con frecuencia fruto de extorsiones y robos, creaban malestar entre el pueblo y desequilibrios en la sociedad, que se extendían asimismo al campo de la vida religiosa. El fundamento religioso de estas leyes sociales, que se revelaron sabias, aunque no siempre se llevaron a la práctica de modo pleno, estaba en la concepción judía según la cual los bienes del mundo son iguales para todos: la tierra pertenece a Dios, que liberó al pueblo de la esclavitud de Egipto; los hombres son hermanos, y la libertad de la persona es un bien inalienable. Estos temas encuentran su verdadera realización en Jesús, que será quien libere a la humanidad del mal y conceda el perdón de los pecados.
Evangelio: Mateo 14,1-12 1 Por entonces, el tetrarca Herodes oyó hablar de Jesús 2 y dijo a sus cortesanos: -Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos; por eso actúan en él los poderes milagrosos. 3 Es que Herodes había detenido a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. 4 Pues Juan le decía: -No te es lícito tenerla por mujer. 5 Y, aunque quería matarlo, tuvo miedo al pueblo, que lo tenía por profeta. 6 Un día que se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en público y agradó tanto a Herodes 7 que éste juró darle lo que pidiese. 8 Ella, azuzada por su madre, le dijo: -Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista. 9 El rey se entristeció, pero, por no romper el juramento que había hecho ante los comensales, mandó que se la dieran, 10 después de enviar emisarios para que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel. 11 Trajeron la cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, la cual a su vez se la llevó a su madre. 12 Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús.
**• El relato del martirio de Juan el Bautista se inserta en la historia del tiempo de Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande. El precursor del Mesías, profeta de una fuerte personalidad moral, había denunciado, en nombre de Dios, el pecado de Herodes. Herodías, amante de este último, recurriendo a una intriga sutil y perversa, consigue hacer ajusticiar al Bautista, aprovechando un juramente que su hija Salomé, muy grata al rey, había obtenido de Herodes. Mateo lleva buen cuidado en destacar que la figura del profeta, defensor de la Ley de Dios, perseguido y muerto, estará modelada a partir del mismo camino que recorrerá Cristo, cuya muerte anuncia (cf 17,2). Ambos profetas, en efecto, fueron condenados por haber dado testimonio de la verdad, sin descender ni a compromisos ni a componendas de ningún tipo. La muerte de Juan el Bautista, que los mismos discípulos del Bautista comunicaron a Jesús, es la conclusión lógica de una vida empleada de modo coherente con su propia misión de precursor: «Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús» (v. 12). Y este anuncio constituye para Jesús un indicio cierto de que él realizará su propia misión recorriendo el mismo camino de incomprensión y de muerte, siguiendo la lógica de los profetas rechazados por el pueblo. El hecho de que los discípulos se dirigieran a Jesús significa, por otra parte, para el evangelista Mateo, que Jesús se queda como el verdadero punto de referencia, como el testigo fiel del Padre.
MEDITATIO Una de las cosas que sorprende en la narración evangélica es el poco valor que los poderosos atribuyen a la vida humana: para satisfacer la veleidad de una mujer, a la que estaba unido de manera adúltera, y para salvar la cara ante unos invitados, Herodes no dudó en hacer decapitar a Juan el Bautista. Precisamente, lo contrario que anunciaba ya en el Antiguo Testamento un salmo que esboza la figura ideal del rey de Israel: «Porque él librará al pobre que suplica, al humilde que no tiene defensor; tendrá piedad del pobre desvalido y salvará la vida de los pobres. Los librará de la violencia y la opresión, pues sus vidas valen mucho para él» (Sal 72,12-14). Jesús, tal como se deduce de los evangelios, se batió hasta el final para defender la vida y la dignidad de todos y cada uno de los hijos de Dios, en particular de cada uno de los que menos tenían en la vida y no gozaban de una dignidad reconocida: los pecadores, que eran excluidos y marginados automáticamente por los llamados justos (cf. Le 18,8; Mt 9,13); los pobres y los sencillos, a quienes los ricos y los poderosos desatendían con indiferencia o incluso explotaban (cf. Le 16,19-21; 20,47); las mujeres, cuya igualdad en dignidad respecto al hombre era ignorada y estaba ofuscada de muchos modos (cf. Mt 19,3; 22,24-26)... Jesús intentó rescatarlos «de la violencia y del abuso», porque verdaderamente «su sangre era preciosa ante sus ojos». Al hacer suya la espiritualidad del jubileo proclamado en la primera lectura de hoy (cf. Le 4,18), llegó hasta el punto de derramar su propia sangre en la cruz por ellos. Su mensaje fue un mensaje de fraternidad universal, que daba la vuelta a toda actitud que estuviera en línea con la de Caín, asesino de su hermano. A la pregunta lanzada de una manera insolente a Dios por este último: «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9), Jesús respondió con la parábola del buen samaritano: ¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? [...] Vete y haz tú lo mismo» (cf. Le 10,36ss). Hoy hemos crecido, indiscutiblemente, en sensibilidad hacia la vida y la dignidad de todos, y, en particular, de los más débiles y excluidos. El Concilio Vaticano II, en el documento Dignitatis humanae, sancionó con claridad esta nueva sensibilidad también en el interior de la Iglesia. Diferentes tomas de posición del Magisterio eclesial de estos últimos años están claramente impregnadas por esta visión evangélica. Con todo, queda aún mucho por hacer en este campo. Hay todavía millones y millones de personas cuya vida y dignidad «no cuenta», hombres y mujeres que son pisoteados en su dignidad más elemental y cuya sangre no es «preciosa» a los ojos del mundo... ¿Puede quedarse tranquilo ante esta realidad quien se considera discípulo de Jesús?
ORATIO Haz que no nos quedemos tranquilos, oh Padre santo, ante el inmenso campo de trabajo que tenemos frente a nuestros ojos. Haz que, como Jesús, también nosotros asumamos la «espiritualidad del jubileo» y nos comprometamos seriamente, sin abandonos, en la defensa de la vida y la dignidad de todos nuestros hermanos y hermanas, sin excepción. Queremos ser solidarios en particular, oh Señor, con tus pobres, o sea, con aquellos -todavía muchos- cuya sangre no es preciosa a los ojos del mundo, como sí lo es, en cambio, a tus ojos. Señor, Dios nuestro, tus profetas, como Juan el Bautista y tantos otros, pagaron un precio elevado por la fidelidad a su misión de servicio a los hermanos, y el valor que esa misión les imponía les llevó al sacrificio de su vida. Concédenos el coraje de la verdad, aunque tenga que costamos caro, y, siguiendo el ejemplo de Jesús, nuestro hermano, haz que le imitemos en la franqueza con la verdad y la justicia.
CONTEMPLATIO Consagrémonos a la lectura de la santa Biblia, atraquemos en ella nuestras almas como en un muelle. De hecho, es un puerto al abrigo de la violencia de las olas, un muro que nada puede destruir, una torre que nunca puede caer, una gloria que nadie nos arrebatará, una armadura que resiste todos los golpes, una paz imperturbable, una alegría sin fin. La Escritura nos preserva del desánimo, mantiene el alma serena, hace al pobre más rico que el rico, da la santidad a los pecadores y ayuda a los santificados. En nuestro caso, la Escritura nos ilumina sobre la riqueza y sobre la pobreza, de suerte que la riqueza no abra en nosotros la herida de la envidia y la pobreza no nos espante. Esto es así porque la Biblia, haciéndonos conocer la auténtica naturaleza de las cosas, nos impulsa a dejar de lado las sombras para abrazar la verdad. La sombra, aunque parece más grande que el cuerpo, sigue, no obstante, siendo sombra. Su misma grandeza no es sino apariencia: depende de los rayos del sol. Es tanto más grande cuanto más lejos están los rayos. A mediodía, cuando el sol brilla justamente sobre nuestras cabezas, la sombra se hace más pequeña, hasta desaparecer. Lo mismo cabe decir de las cosas de la vida humana. Mientras están lejos de la Escritura, parecen grandes; sin embargo, cuando nos ponemos bajo la luz de la Palabra de Dios, parecen mezquinas y caducas, semejantes al agua del río, que apenas vemos un instante porque se va. Nos lo dice aquí el salmista. Se dirige a los desdichados, a los abatidos, a los pobres, que experimentan estupor ante el fasto y miedo ante los ricos. Para liberarlos de este temor, para inspirarles desprecio hacia esos pretendidos tesoros, escribe estas palabras (Juan Crisóstomo, «La Palabra de Dios es como el sol de mediodía», en El buen uso del dinero, Desclée de Brouwer, Bilbao 1995, pp. 71-72).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Señor tenga piedad de nosotros y nos bendiga» (Sal 66,2).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL ¡Ay de mí!, todavía una vez más, todos los días, se derrama sangre inocente a nuestro alrededor. Celebramos la eucaristía cada día, pero todos debemos recuperar el valor de ofrenda de nosotros mismos implícito en estas palabras de Jesús: «Mi cuerpo ofrecido por vosotros; mi sangre derramada por vosotros» [cf. Me 14,22-24). Con demasiada frecuencia, desde hace cuatro años, hemos encontrado, en la comunidad cristiana o en la sociedad argelina, hombres y mujeres que salían por la mañana para ir a su puesto de trabajo o que volvían a sus casas por la noche asumiendo valerosamente un riesgo asimilable al «cuerpo ofrecido y a la sangre derramada». Y eso porque esas personas se negaban a someterse a una presión contraria a su conciencia y querían asumir sus fidelidades cotidianas, a pesar de los riesgos. Y, lo que es más doloroso aún, ¿qué decir de aquellos que deben aceptar los mismos riesgos no por lo que respecta a ellos mismos, sino por lo que respecta a la vida de alguno de sus vecinos, a la de su marido, de su mujer, de un hermano o una hermana, de un hijo o una hija? La ofrenda de la propia vida hecha por Jesús se convierte entonces para nosotros, los cristianos, en el signo y el tipo de la multitud de «pasiones» infligidas a los inocentes por los conspiradores de la violencia. ¡Qué valor de verdad colectiva asume entonces la eucaristía en los actuales desórdenes del mundo que acontecen en muchos países, sobre todo en el continente africano!
Jesús
vio crecer la oposición a su alrededor porque su libertad interior ponía en
peligro las tradiciones religiosas de su pueblo. Permaneció fiel a sí mismo. No
podía hacer otra cosa, si no quería renegar de sí mismo. Esta religión «en
espíritu y en verdad» era, en efecto, su mismo ser. También ella nació del
mismo amor por sus hermanos que le llevará a la entrega de sí mismo y que
expresa el discurso de después de la cena: «Padre, que el amor con que me
amaste pueda estar también en ellos» (Jn 17,26) Afortunadamente, hay vidas
que se ofrecen sin derramamiento de sangre. Sin embargo, entre el sacrificio de
Jesús y los ofrecimientos de nuestra vida diaria existe continuidad. La
celebración eucarística de la ofrenda de sí mismo aceptada por Jesús nos
arrastra en su movimiento interior de «entrega al Padre y a los hermanos». Aquí
es donde nace la Iglesia «en espíritu y en verdad», la que manifiesta el
mundo nuevo, cuya plena venida anticipamos cuando asumimos su sabor compartiendo
el pan del Reino y viviendo la comunión con Cristo y con todos los hermanos. Sin
embargo, la nueva creación es un don de Dios para todo el pueblo, porque es una
ofrenda a todos los hombres «con los medios que Dios conoce» (H. Teissier,
Accanto a un amico, Magnano 1998, pp. 41 y 44ss).
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18º domingo del tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Eclesiastés 1,2; 2,21-23 1,2 Vanidad de vanidades, dice Qohélet, vanidad de vanidades; todo es vanidad. 2,21 Porque hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto y tiene que dejar su heredad a quien no la ha trabajado. También esto es vanidad y grave daño. 22 Pues ¿qué le queda al hombre de todos los trabajos y afanes que persiguió bajo el sol? 23 Todos sus días son sufrimiento, disgusto sus fatigas, y ni de noche descansa. También esto es vanidad.
**• «Vanidad» (en hebreo, hevel) es la palabra característica de Qohélet. La sitúa al comienzo del libro y la repite cinco veces en el primer versículo después del título (v. 2). El término se repite setenta y tres veces en el Antiguo Testamento, de las que treinta y ocho (por consiguiente, más de la mitad) corresponden al libro de este sabio que vivió unos doscientos años antes de Cristo. La palabra significaba en su origen «soplo de viento» o «exhalación»; en sentido traslaticio significa «realidad inconsistente y transitoria». Decir que las cosas son «vanidad» significa que son evanescentes, caducas o efímeras. La palabra ya era conocida por la tradición: «El hombre es como un soplo», se dice, por ejemplo, en Sal 39,6; 62,10; 144,4; pero Qohélel la convierte en un estribillo en sus reflexiones sobre el hombre, sobre sus obras y sobre las cosas en general: «Todo es vanidad» (1,2); «He observado todas las obras que se hacen bajo el cielo y me he dado cuenta de que todo es vanidad y caza de viento» (1,14); «¿Quién sabe lo que es bueno para el hombre en la vida, en los días contados de su frágil vida, que pasan como una sombra?» (6,12). El ámbito en el que «vanidad» significa vacuidad, ilusión y engaño, como cuando se aplica a los falsos dioses, es el de quien trabaja mucho y se apega a las riquezas como a un ídolo, pues «tiene que dejar su heredad a quien no la ha trabajado» (2,21). Es el texto que hemos leído como primera lectura, y prepara el evangelio, pero el tema está desarrollado también en otros pasajes (cf. 2,17.19.26; 4,7.8; 5,9; 6,2). Después de esta reflexión se vuelve más apremiante la búsqueda de lo que verdaderamente cuenta.
Segunda lectura: Colosenses 3,1-5.9-11 Hermanos: 3,1 Así pues, ya que habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. 2 Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; 4 cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él. 5 Destruid, pues, lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, liviandad, malos deseos y codicia, que es una especie de idolatría. 9 No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo y de sus acciones 10 y revestíos del hombre nuevo que, en busca de un conocimiento cada vez más profundo, se va renovando a imagen de su creador. 11 Ya no existe distinción entre judíos y no judíos, circuncidados y no circuncidados, más y menos civilizados, esclavos y libres, sino que Cristo es todo en todos.
**• Señalemos tres momentos de nuestra unión con el Señor Jesús: «Habéis resucitado con Cristo», «vuestra vida está escondida con Cristo», «también vosotros apareceréis gloriosos con él». El bautismo nos hace partícipes de la resurrección de Cristo, nos hace morir al pecado y compartir la vida humilde y escondida de Cristo, y, por último, tomar parte en su glorificación: «Apareceréis gloriosos con él». Durante esta vida tenemos el compromiso de desarrollar los dos primeros momentos: el que nos hace morir «a las cosas de la tierra», a los comportamientos malos que derivan de la naturaleza humana corrupta (v. 5), y el que busca «las cosas de arriba», mediante el cual el cristiano se renueva de continuo y se convierte en «imagen» viva cada vez más semejante al Padre, junto al cual se ha sentado el Señor resucitado (w. 1.10). Señalemos en particular dos cosas negativas que debemos evitar. La primera es mentirnos recíprocamente. Ese modo de actuar ya no tiene ninguna razón de ser: los otros no son extraños, como eran los griegos para los judíos y los bárbaros para los griegos, sino que en virtud del bautismo son hermanos, en los que está presente Cristo que «es todo en todos» (w. 9.11). Los cristianos, a través de sus relaciones fraternas, deben cultivar la sinceridad y la lealtad. La segunda realidad negativa que debemos hacer morir es la «codicia, que es una especie de idolatría» (v. 5). La amonestación es un punto de conexión entre esta perícopa y las otras dos lecturas litúrgicas.
Evangelio: Lucas 12,13-21 En aquel tiempo, 13 uno de entre la gente le dijo: -Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia. 14 Jesús le dijo: -Amigo, ¿quién me ha hecho juez o árbitro entre vosotros? 15 Y añadió: -Tened mucho cuidado con toda clase de avaricia; que aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas. 16 Les dijo una parábola: -Había un hombre rico, cuyos campos dieron una gran cosecha. 17 Entonces empezó a pensar: «¿Qué puedo hacer? Porque no tengo donde almacenar mi cosecha». 18 Y se dijo: «Ya sé lo que voy a hacer; derribaré mis graneros, construiré otros más grandes, almacenaré en ellos todas mis cosechas y mis bienes, 19 y me diré: Ahora ya tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y pásalo bien». 20 Pero Dios le dijo: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién va a ser todo lo que has acaparado?». 21 Así le sucede a quien atesora para sí, en lugar de hacerse rico ante Dios.
*• Un hombre le dice a Jesús: «Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia» (v. 13). Una mujer le había pedido que interviniera ante su hermana: «Dile, pues, que me ayude» (Lc 10,40). Dos contextos diferentes, pero una petición análoga. En ambos casos se niega Jesús a hacer de «mediador». Sin embargo, aprovecha la ocasión para dar al hombre y a la mujer una lección referente, en el fondo, a la misma «preocupación», que puede presentarse con formas diferentes: «La semilla que cayó entre cardos se refiere a los que escuchan el mensaje pero luego se ven atrapados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a la madurez» (Lc 8,14). Aquí, los cardos que amenazan con apagar la vida del hombre son la «avaricia», la avidez del tener. Jesús nos indica el motivo por el que debemos evitarla: porque «la vida no depende de las riquezas» (v. 15). Lo explica con una parábola donde quien ha alcanzado la abundancia y proyecta gozar de ella -«descansa, come, bebe y pásalo bien» (v. 19)- de repente se ve privado de la vida, con una amarga consecuencia: «¡Insensato! [...] ¿Para quién va a ser todo lo que has acaparado?» (v. 20). Se repite la triste situación vista ya por Qohélet (2,21): «Porque hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto y tiene que dejar su heredad a quien no la ha trabajado. También esto es vanidad y grave daño». Los bienes, y la vida para obtenerlos y gozarlos, son ambos «un don de Dios» (Ecl 5,17ss). Ese hombre ha hecho las cuentas para él solo, no «ante Dios». Ha olvidado al dueño de la vida y se ha encerrado en la abundancia de los bienes. Ésta ha demostrado ser incapaz de garantizarle la vida, que está en las manos de Dios. Sólo él es la roca sobre la que es posible apoyarse. Dios establece también los criterios de cómo usar la riqueza: los tiene en cuenta quien se enriquece «ante Dios», se olvida de ellos el que acumula tesoros «para sí» (12,21). En esta parábola, «un hombre rico» (v. 16) olvida la dimensión vertical de la vida. En Le 16 aparecen otras dos parábolas que ilustran la dimensión horizontal de la riqueza: uno la usa en beneficio del prójimo y el otro la goza olvidando a los pobres. Un hombre rico tenía un administrador astuto, que pensó tiempo atrás qué haría cuando fuera despedido y, haciendo descuentos a los deudores de su dueño, se aseguró el futuro: con ello se muestra que haciendo el bien a los otros con las riquezas puestas a nuestra disposición nos aseguramos un porvenir feliz junto a Dios. El otro «hombre rico» es el epulón, que no se da cuenta del pobre Lázaro que está a la puerta de su casa y pretende en el más allá que Lázaro sobrevuele por encima del abismo para venir a refrescarle la lengua.
MEDITATIO En la primera lectura y en el evangelio vamos a poner de relieve dos mensajes que iluminan nuestra vida. El primero es el de la vanidad de los bienes de este mundo y hasta de las mismas obras humanas, aunque estén realizadas «con sabiduría, ciencia y acierto» (Ecl 2,21). No prolongan la vida del que las hace; ellas mismas están condenadas a perecer. La arqueología descubre fatigosamente ciudades y civilizaciones que durante un tiempo fueron lamosas y de las que después han desaparecido hasta sus mismas huellas. Grandes catástrofes naturales muestran la fragilidad de obras maestras y de monumentos considerados como imperecederos. Una enfermedad imprevista hace añicos los proyectos de un hombre o de una familia, como una estatua de bronce con pie de barro golpeada por una piedra (cf. Dn 2,31-34). A veces, basta con una circunstancia imprevisible para hacer partir en humo un sueño, para dejar en nada una enorme inversión financiera. Son muchos los que, cuando llegan a determinada edad, experimentan un profundo sentido de inutilidad y de frustración en sus distintas actividades -incluido el ministerio pastoral-, en las que se habían comprometido con entusiasmo. Y todo ello antes incluso de que lleguen «los días tristes» de la vejez, cuando digamos: «No me gustan» (Ecl 12,1). El término «vanidad» puede atravesar, por tanto, como una nube oscura las experiencias de nuestra vida. Ahora bien, esa reflexión es ambivalente. Puede engendrar depresión y dejar sin motivación cualquier iniciativa, pero puede llevar también a la «sabiduría del corazón» (Sal 90,12), por lo que aparece justamente como un estribillo en un libro sapiencial como es el Eclesiastés. Ahora bien, con tal de que se lea hasta el final, donde se encuentra la clave para proceder a una reflexión equilibrada: «Conclusión del discurso: Todo está oído. Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque en esto consiste ser hombre» (12,13). Éste es el segundo mensaje, que nos viene sobre todo del evangelio: el hombre no debe ser «insensato», como el agricultor rico. Había olvidado que la vida depende de Dios (Lc 12,20) y no esperaba a su señor vigilando «con la cintura ceñida y las lámparas encendidas» (12,35). Ése es el riego que corremos nosotros en la actual sociedad consumista: «Acumular tesoros para sí» teniendo puestos los ojos en los bienes de la tierra. El Creador no está contra la tierra, que confió al hombre «para que la cultivara» (Gn 2,15). Sin embargo, el dueño sigue siendo Dios, que busca en el hombre «un administrador fiel y prudente», capaz de hacer fructificar los talentos. La relación con Dios, el obrar según sus leyes, da un sentido positivo a las realidades terrenas, aunque sean caducas, y convierte el trabajo en un instrumento de felicidad: «Dichoso el siervo a quien su señor, cuando llegue, le encuentre trabajando» (Lc 12,43). El hombre no está condenado a la vanidad y a la pobreza, sino que está llamado a «enriquecerse ante Dios» (12,21). Eso no significa acumular riquezas ante los ojos de un Dios «lejano» e indiferente, sino administrar todo lo que sirve para vivir, pero buscando por encima de todo el Reino de Dios y su justicia, confiando en la Providencia y abriendo el corazón a la solidaridad (12,29-34).
ORATIO Aplicándonos a nosotros mismos las reflexiones precedentes, se nos invita a alabar al Padre por la luz que difunde sobre nuestra vida. Le damos gracias por habernos hecho comprender el sentido positivo que le ha dado. Le pedimos perdón si hemos gastado el tiempo casi únicamente en acumular bienes para nosotros, «sin temor de Dios», planteando nuestro modo de vivir como si él no existiera y no nos hubiera dirigido nunca su palabra de amor y de orientación para nuestra vida. Si es así, pidámosle el don de convertirnos, de cambiar de mentalidad. Imploremos «la sabiduría del corazón», que nos proporciona el sentido de la relatividad de las cosas humanas y, al mismo tiempo, de su importancia como instrumentos de nuestra relación con Dios. El «nuevo humanismo», que incluye ser sabios en la administración responsable de las realidades de este mundo según la ley de Dios, para nuestra utilidad y para la de los hermanos, es una gracia que debemos impetrar {cf. GS 31.55).
CONTEMPLATIO La primera lectura y el evangelio nos ofrecen estímulos no sólo para la meditación y la oración, sino también para obtener una visión más amplia de las cosas en Dios. El drama de la «vanidad» consiste en el hecho de que las cosas tienen su belleza y su bondad, que atraen el ojo y el corazón del hombre, el cual, en un segundo momento, experimenta con decepción su falacia. De este proceso habla el autor del libro de la Sabiduría. Para él, está claro el principio fundamental: «Por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre, por analogía, a su Creador» (13,5). Sin embargo, los hombres corren el riesgo de mostrarse miopes: «Se dejan seducir por la apariencia» y «maravillados por su belleza, las tomaron por dioses». De ahí el reproche: «Verdaderamente necios...» (13,1.3.6.7). El espíritu humano, «si se libera de la esclavitud de las cosas» (GS 57), puede pasar de una manera expedita de la admiración por ellas a la contemplación del Creador: «Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad» (Rom 1,20). El Dios creador es el mismo Dios salvador que nos ha enviado a su Hijo. En el evangelio de hoy, meditado a la luz de su contexto inmediato y el del capítulo siguiente (16), Jesús nos abre de una manera gradual los ojos hacia un horizonte cada vez más extenso, un horizonte que nos introduce en la visión de Dios y de su plan sobre el hombre. Si Qohélet se inclinaba a equiparar a hombres y bestias -«No ha superioridad del hombre sobre las bestias, porque todo es vanidad» (3,19)-, Jesús nos revela, en cambio, que existe una gran diferencia: «La vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido.. y vosotros valéis mucho más que los pajarillos» (12,23ss). Nos muestra sobre todo que la administración de esta vida, aunque esté revestida de fragilidad, es decisiva para la futura: «Enriquecerse ante Dios» significa tratar con desprendimiento los bienes de la tierra para hacernos «un tesoro inagotable en los cielos» (12,33). Jesús no nos pide que despreciemos las riquezas de este mundo, sino que las valoremos en relación con un bien inmensamente mayor: la vida eterna. Dios nos ha mostrado que la vida del hombre es preciosa a sus ojos al dejar que su Hijo diera su vida por nosotros. De este modo, el Hijo ha liberado de la «vanidad» a los hijos de Dios y a toda la creación, indicando su sentido último (cf. Rom 8,19-25). Al bordar con «las obras buenas» el tejido de las frágiles realidades humanas, nos preparamos una «feliz esperanza» (Tit 2,13ss). Ahora bien, el arco iris que une la vida presente con la futura sólo es visible para quien cree en el Señor Jesús, muerto y resucitado: el Padre «por su gran misericordia, a través de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho renacer para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable» (1 Pe l,3ss). Realizar la experiencia de la contemplación a partir de las lecturas de hoy, tras haber meditado y orado sobre ellas, significa, por tanto, pasar de la reflexión sobre la Palabra de Jesús, que nos ilumina sobre la necia y la prudente administración de los bienes, a la visión de la «extraordinaria riqueza de la gracia» de Dios preparada «para nosotros en Cristo Jesús» (Ef 2,7).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Nuestra vida no depende de nuestros bienes» (cf. Lc 12,15).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Muy presto será contigo este negocio; mira cómo te has de componer. Hoy es el hombre y mañana no parece. En quitándolo de la vista, presto se va también de la memoria. ¡Oh torpeza y dureza del corazón humano, que solamente piensa en lo presente y no se cuida de lo por venir! Así habías de conducirte en toda obra y pensamiento, como si hoy hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia, no temerías mucho la muerte. Mejor fuera evitar los pecados que huir de la muerte. Si no estás dispuesto hoy, ¿cómo lo estarás mañana? Mañana es día incierto, ¿y qué sabes si amanecerás mañana? ¿Qué aprovecha vivir mucho, cuando tan poco nos enmendamos? ¡Ah! La larga vida no siempre nos enmienda; antes muchas veces añade pecados. ¡Ojalá hubiéramos vivido siquiera un día bien en este mundo! Muchos cuentan los años de su conversión, pero muchas veces es poco el fruto de la enmienda. Si es temeroso el morir, puede ser que sea más peligroso el vivir mucho. Bienaventurado el que tiene siempre la hora de la muerte delante de sus ojos y se dispone cada día a morir. Si has visto alguna vez morir un a hombre, piensa que por aquella carrera has de pasar. Cuando fuere de mañana, piensa que no llegarás a la noche; y cuando fuere de noche, no te atrevas a prometerte la mañana. Por eso, estáte siempre prevenido y vive de tal manera que nunca te halle la muerte inadvertido. Muchos mueren de repente, porque «en la hora que no se piensa vendrá el Hijo del Hombre» (Lc 12,40). Cuando viniere aquella hora postrera, de otra suerte comenzarás a sentir de toda tu vida pasada y te dolerás mucho de haber sido tan negligente y perezoso. ¡Qué bienaventurado y prudente es el que vive de tal modo cual desea que lo halle Dios en la muerte! Porque el perfecto desprecio del mundo, el ardiente deseo de aprovechar en las virtudes, el amor de la observancia, el trabajo de la penitencia, la prontitud de la obediencia, la abnegación de sí mismo, la paciencia en toda adversidad por amor deCristo, aran confianza te darán de morir felizmente. Muchas cosas buenas puedes hacer cuando estás sano, pero, cuando enfermo, no sé qué podrás. Pocos se enmiendan en la enfermedad, y los que andan en muchas romerías, tarde se santifican. No confíes en amigos ni en vecinos, ni dilates para después tu salvación, porque más presto de lo que piensas estarás olvidado de los hombres. Mejor es ahora, con tiempo, prevenir algunas buenas obras que envíes adelante, que esperar en el socorro de otros. S¡ tú no eres solícito para ti ahora, ¿quién tendrá cuidado de ti después? Ahora es el tiempo muy precioso; «ahora son los días de salud; ahora es el tiempo aceptable» (2 Cor 6,2). Pero, ¡ay dolor!, que lo gastas sin aprovecharte, pudiendo en él ganar con qué vivir eternamente. Vendrá cuando desearías un día o una hora para enmendarle, y no sé si te será concedida. ¡Oh hermano! ¡De cuánto peligro te podrías librar y de cuan grave espanto salir si estuvieses siempre temeroso de la muerte y preparado para ella! Trata ahora de vivir de modo que en la hora de la muerte puedas más bien alegrarte que temer. Aprende ahora a morir al mundo, para que entonces comiences a vivir con Cristo. Aprende ahora a despreciarlo todo, para que entonces puedas libremente ir a Cristo. Castiga ahora tu cuerpo con penitencia, para que entonces puedas tener confianza cierta. ¡Oh necio! ¿Por qué piensas vivir mucho, no teniendo un día seguro? ¡Cuántos se han engañado y han sido separados del cuerpo cuando no lo esperaban! ¿Cuántas veces oíste contar que uno murió a cuchillo, otro se ahogó, otro cayó de lo alto y se quebró la cabeza, otro comiendo se quedo pasmado, a otro jugando le vino su fin? Uno murió con fuego, otro con hierro, otro de peste, otro pereció a mano de ladrones, y así la muerte es fenecimiento de todos, y la vida de los hombres se pasa como sombra rápidamente. ¿Quién se acordará de ti, y quién rogará por ti después de muerto? Haz ahora, hermano, haz lo que pudieres, que no sabes cuándo morirás; no sabes lo que te acaecerá después de la muerte. Ahora que tienes tiempo, atesora riquezas inmortales. Nada pienses fuera de tu salvación y cuida solamente de las cosas de Dios. «Granjéate ahora amigos», venerando a los santos de Dios e imitando sus obras, «para que cuando salieres» de esta vida «te reciban en las moradas eternas» (Lc 16,9). Trátase como huésped y peregrino sobre la tierra a quien no le va nada en los negocios del mundo.
Guarda
tu corazón libre y levantado a Dios, porque aquí «no tienes domicilio
permanente» (Heb 13,14) (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, I, 23).
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Lunes de la 18ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Números 11,4b-15 4 En aquellos días, los israelitas se pusieron a llorar diciendo: -¡Ojalá tuviéramos carne para comer! 5 ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos y melones, de los puerros, cebollas y ajos! 6 y ahora languidecemos, pues sólo vemos maná. 7 El maná era como la semilla del coriandro, y su color, como el del bedelio. 8 El pueblo se esparcía para recogerlo, y lo molían en molinos o lo machacaban en el almirez. Después lo cocían en una caldera y hacían tortas que sabían a pasta amasada con aceite. 9 Cuando el rocío caía sobre el campo por la noche, caía sobre él el maná. 10 Oyó Moisés cómo el pueblo se quejaba, reunido por familias a las puertas de las tiendas, provocando gravemente la ira del Señor, y muy contrariado se dirigió al Señor diciendo: 11 -¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué me has retirado tu confianza y echas sobre mí la carga de todo este pueblo? 12 ¿Acaso lo he concebido yo o lo he dado a luz para que me digas: «Llévalo sobre tu regazo como lleva la nodriza a su criatura y condúcelo hacia la tierra que prometí a sus padres? 13 ¿Dónde puedo yo encontrar carne para todo este pueblo, que viene a mí llorando y me dice: «Danos carne para comer»?. 14 Yo solo no puedo soportar a este pueblo; es demasiada carga para mí. 15 Si me vas a tratar así, prefiero morir. Pero si todavía gozo de tu confianza, pon fin a mi aflicción.
**• Reemprendemos el camino de Israel por el desierto. El pueblo, liberado de la esclavitud de Egipto, está cansado. No ha llegado aún a la tierra prometida. El desierto se convierte en el lugar de la tentación y de la prueba, de la murmuración y de la revuelta. Más que tener la mirada puesta en la salvación obtenida y en el don recibido de Dios, mira hacia atrás con nostalgia, hasta adoptar la inverosímil actitud de añorar los alimentos que comían en Egipto. ¡Mejor esclavos en Egipto que libres en el desierto con el maná de Dios! Un alimento ligero que sabía a pasta amasada con aceite y no llenaba el estómago; un pueblo descontento, prácticamente incapaz de reconocer los dones de Dios: la libertad y el alimento que viene del cielo. Y con el pueblo, precisamente porque está ligado visceralmente a su destino, aparece la profunda crisis de Moisés, el caudillo decepcionado por su gente, que se queja a Dios. Es la suerte del mediador que debe identificarse con el destino de su pueblo y permanecer fiel a su Dios. La oración de Moisés, que anticipa los lamentos del salmista y de los profetas, es significativa también por su realismo. El amigo de Dios también puede enfadarse con él. Y es que el pueblo es del Señor, no de Moisés. Por esa razón, el audaz lamento del caudillo de Israel pone en tela de juicio, como una razón extrema, la fidelidad paterna y materna de Dios. Moisés le pide a Dios, de una manera indirecta, que sea padre y madre del pueblo que ha engendrado.
Evangelio: Mateo 14,13-21 En aquel tiempo, 13 Jesús, al enterarse de lo sucedido, se retiró de allí en una barca a un lugar tranquilo para estar a solas. La gente se dio cuenta y le siguió a pie desde los pueblos. 14 Cuando Jesús desembarcó y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos que traían. 15 Al anochecer, sus discípulos se acercaron a decirle: -El lugar está despoblado y es ya tarde; despide a la gente, para que vayan a las aldeas y se compren comida. 16 Pero Jesús les dijo: -No necesitan marcharse; dadles vosotros de comer. 17 Le dijeron: -No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces. 18 Él les dijo: -Traédmelos aquí. 19 Y después de mandar que la gente se sentase en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, se los dio a los discípulos y éstos a la gente. 20 Comieron todos hasta hartarse, y recogieron doce canastos llenos de los trozos sobrantes. 21 Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
**• El fragmento evangélico presenta a Jesús en medio del trabajo cotidiano de su ministerio: entre la soledad del desierto y la presencia en medio de las muchedumbres; entre el diálogo con el Padre, en el desierto, y el ministerio de la evangelización. Mateo subraya asimismo el aspecto subjetivo de la experiencia de Jesús, su compasión, que se hace efectiva a través de la manifestación concreta de una salvación que sale al encuentro de los deseos de quienes le siguen y esperan un milagro de él. Jesús, médico del cuerpo y del espíritu, cura a los enfermos (v. 14). En medio del desierto, o bien en algún lugar solitario, fuera de los pueblos y de las ciudades, se presenta un problema humano, muy concreto: dar de comer a la muchedumbre de gente que le sigue. Enviarlos a sus casas es la respuesta obvia de los discípulos. Darles de comer la respuesta del corazón de Cristo. Ésa es también la respuesta de su omnipotencia de Mesías. Cinco panes y dos peces, sólo para comenzar, constituyen la base para un insólito milagro de multiplicación de los alimentos, un milagro destinado a saciar a una muchedumbre de más de cinco mil personas (v. 21). Aparece aquí todo el sabor de una comida sagrada, de una comunión viva con Jesús, el Mesías, y, a través de él, con el Dios de la creación y de la vida. La acción de Jesús, típica de la tradición judía de la comida sagrada, que es reconocimiento del don de Dios, es litúrgica y eucarística: toma con sus manos los panes y los peces; pronuncia la bendición u oración de acción de gracias; parte los panes y los distribuye a los discípulos, que aprenden de Jesús el gesto del reparto. Una acción simbólica, un hecho real de largo alcance. Una acción que tiene que ver con nuestra eucaristía diaria, pan partido y multiplicado en todo el mundo.
MEDITATIO Aunque no están ligadas entre sí de una manera estructural, ambas lecturas dejan entrever una unidad temática que recorre el mensaje bíblico de hoy. En la lectura del libro de los Números encontramos un pueblo en camino, sometido al cansancio y a la prueba; un pueblo al que le resulta fácil ceder a la nostalgia del pasado cuando no se deja dirigir por el espíritu de fidelidad a la alianza estipulada con YHWH, sino por ese instinto mucho más fuerte del hambre y del placer que producen los alimentos, aunque se trate de ajos y cebollas. El camino de Israel por el desierto fue considerado siempre por los Padres de la Iglesia un paradigma del itinerario del cristiano y de la Iglesia. El futuro produce espanto; el alimento «ligero» del espíritu no basta. La nostalgia del pasado está al acecho. El pueblo no capta la delicadeza de las exigencias de Dios. Todo camino cristiano tiene sus pruebas. Pero ¡ay del que mira hacia atrás! Al cristiano no le falta el alimento cotidiano, ni tampoco ese alimento ligero y cotidiano de la Palabra y del pan y el vino eucarísticos. Pero ¿qué es este alimento ligero para hacer frente a la pesadez de la vida diaria? Sin embargo, Dios no tiene otro alimento definitivo para darnos. El episodio evangélico presenta a Jesús, cual nuevo Moisés en el desierto, en medio de una muchedumbre cansada, hambrienta, enferma, a la que tal vez le cuesta un poco seguir a un Mesías del que lo espera todo, incluso una liberación política. La respuesta de Jesús es eficaz, milagrosa. Pero, en el fondo, Jesús no hace milagros cada día. Los signos que realiza necesitan también ser recibidos con fe, lo mismo que su persona. Por lo demás, Jesús no vive sino de la comunión diaria con el Padre y de la sencillez con la que comparte todo con sus discípulos. Y esto es suficiente. En el caso del cristiano, el maná cotidiano de la Palabra y de la eucaristía es también pan para el camino, viático para la jornada.
ORATIO Nos sentimos reflejados, Señor, en la actitud del pueblo de Israel en el desierto También nosotros, aun recibiendo cada día el maná que nos ofrece la salvación, sentimos en el fondo de nuestro corazón nostalgias inconfesables de otros alimentos y de otras bebidas. La ligereza del alimento celestial a menudo no nos basta y, aun habiendo experimentado la libertad y la liberación con el éxodo del pecado, mirarnos hacia atrás, soñando con los ojos abiertos al pasado y olvidándonos casi del don de la liberación. Nuestro desierto se vuelve en ocasiones árido, y el camino por él se hace pesado, y de este modo nos dejamos engañar por espejismos, por paisajes absolutamente imaginarios. Señor Jesús, queremos ser peregrinos por el desierto de la vida, pero sin sentir nostalgia del pasado, sino tendiendo más bien hacia el futuro de una tierra de promisión. Más aún: deseamos no sólo no aumentar el número de los murmuradores decepcionados, sino expresarte nuestro agradecimiento por el alimento diario de la Palabra y de la eucaristía. Y contigo, como en la multiplicación de los panes y los peces, dirigir la mirada al Padre, darle gracias por su dones, compartiendo con todos la alegría de sentirnos amados por un Padre providente.
CONTEMPLATIO Así pues, Jesús, en virtud de la fuerza que había dado a sus discípulos para alimentar también a los otros, les dijo: «Dadles vosotros de comer». Y ellos, sin negar que podían dar algunos panes, pero creyendo que eran muy pocos e insuficientes para alimentar a todos los que habían seguido a Jesús, no tenían en cuenta que, al tomar cualquier pan o palabra, Jesús los hace aumentar cuanto quiere, haciendo que sean suficientes para todos aquellos a quienes quiere alimentar, y dicen: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Cinco, porque tal vez entendían de una manera enigmática que los cinco panes son los discursos sensibles de las Escrituras, y por eso tienen el mismo número que los cinco sentidos; los peces, en cambio, son dos, y representan la palabra pronunciada y la interior, como «condumio» para los sentidos escondidos en las Escrituras, o bien tal vez la palabra llegada hasta ellos sobre el Padre y el Hijo Hasta que llevaron a Jesús estos cinco panes y estos dos peces, no aumentaron, no se multiplicaron, ni pudieron alimentar a muchos; pero cuando el Salvador los cogió, en primer lugar levantó los ojos al cielo, como para hacer descender, con los rayos de sus ojos, un poder que habría penetrado en aquellos panes y aquellos peces, destinados a alimentar a cinco mil hombres; en segundo lugar, bendijo los cinco panes y los dos peces, haciendo que aumentaran y se multiplicaran con la palabra y la bendición; y, en tercer lugar, los dividió, los partió y los dio a sus discípulos para que se los dieran a la muchedumbre [...]. Hasta este momento -me parece y hasta el fin del mundo, los doce canastos, llenos del pan de vida que las muchedumbres no fueron capaces de comer, están junto a los discípulos (Orígenes, Commento al vangelo di Matteo, Roma 1998, I, pp. 175-179, passim).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Basta con tomar una palabra de allí para tener un viático para toda la vida» (Juan Crisóstomo).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La Palabra de Dios es venerable como el cuerpo de Cristo. La mesa de las Escrituras, como la de la eucaristía, ofrece a los fieles un mismo y único Señor. Quien comulga la Palabra, como quien comulga el Pan de vida participa de Cristo Jesús. Del mismo modo que, cuando se distribuye el cuerpo de Cristo, llevamos buen cuidado de que no caiga nada en tierra, así también debemos tener el mismo cuidado de no dejar escapar de nuestro corazón la Palabra de Dios que nos es dirigida, hablando y pensando en otra cosa. Y es que quien escucha la Palabra de Dios de manera negligente no será menos culpable que el que, por negligencia, deja caer en tierra el cuerpo del Señor. Palabra y eucaristía tienen la misma importancia, ambas son «venerables». Y la veneración que les debemos es la misma que adora al Señor presente en la Palabra y presente en la eucaristía. Aquí está presente bajo las especies del pan y el vino; allí, bajo la especie de las palabras humanas. Podemos hablar de una presencia real de Cristo en la Escritura, real como la presencia en la eucaristía, aun siendo esta última sacramental.
La escucha de la
Palabra constituye siempre un excelente catecumenado que nos enseña a vivir
según el Evangelio. Constituye asimismo una eficaz preparación - la mejor- para
la liturgia eucarística propiamente dicha. Ahora bien, es infinitamente más que
un arado que prepara la tierra de nuestro corazón para que pueda fructificar en
ella, y, a buen seguro, más que una escuela de vida cristiana: es,
esencialmente, celebración de Cristo presente en su Palabra, puesto que cuando
en la iglesia se leen las Sagradas Escrituras es él quien habla (L. Deiss,
Vivere la Parola ¡n comunitá, Turín 1976, pp. 304-306 [edición española:
Celebración de la Palabra, Ediciones San Pablo, Madrid 1992]). |
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Transfiguración del Señor (6 de agosto)
Del mismo modo que el episodio de la transfiguración prepara en el evangelio a los apóstoles para entrar en la comprensión del misterio de la pasión-muerte de Jesús, así también en la Iglesia, casi con el mismo propósito, se celebra la fiesta de la Transfiguración cuarenta días antes de la correspondiente a la Exaltación de la Cruz. La fiesta de la Transfiguración ya aparece desde el siglo V en el calendario de la liturgia oriental para recordar la subida de Jesús al monte Tabor con Pedro, Santiago y Juan, testigos privilegiados de su gloria. El episodio está atestiguado de manera concorde por los evangelios sinópticos. La fiesta se difundió rápidamente también en la Iglesia romana, pero no fue introducida oficialmente hasta el año 1457, con ocasión de una victoria obtenida contra los turcos.
LECTIO Primera lectura: Daniel 7,9-10.13ss 9 Mientras yo continuaba observando, alguien colocó unos tronos y un anciano se sentó. Sus vestiduras eran blancas como la nieve y sus cabellos como lana pura; su trono eran llamas; sus ruedas, un fuego ardiente; 10 fluía un río de fuego que salía de delante de él; miles de millares lo servían y miríadas de miríadas estaban de pie ante él. El tribunal se sentó y se abrieron los libros. 13 Seguía yo contemplando estas visiones nocturnas y ví venir sobre las nubes alguien semejante a un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y fue conducido por él. 14 Se le dio poder, gloria y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su Reino jamás será destruido.
*•• Al profeta se le revela, en una visión nocturna, el designio de Dios sobre la historia. Ve la sucesión de los grandes imperios y de sus violentos dominadores (7,2-8), mas este espectáculo de la altivez humana se interrumpe: a Daniel se le ha concedido contemplar los acontecimientos desde el punto de vista del Señor de la historia. Él es el Juez omnipotente {cf. v. 10), que conoce y valorará definitivamente la obra de los hombres, pero es también alguien que interviene en el tiempo para rescatarlo: en efecto, a los reinos terrenos se contrapone el Reino que el «Anciano» confía a la obra de un misterioso «Hijo de hombre» que viene sobre las nubes (vv. 13ss). El autor sagrado indica así que este personaje es un hombre, aunque es de origen divino, celeste. Ya no se trata del Mesías davídico esperado para restaurar con poder el Reino de Israel, sino de su transfiguración sobrenatural: el Hijo del hombre inaugurará un Reino que, aunque se inserta en el tiempo, «no es de este mundo» (Jn 18,36). Éste triunfará al final sobre los imperialismos mundanos, llevando la historia a su cumplimiento escatológico. Entonces «los santos del Altísimo» participarán plenamente en la soberanía del Hijo del hombre y constituirán una sola cosa con él y en él (Dn 7,18.22.27). Con esta figura bíblica se identificará Jesús a menudo en su predicación y, en particular, en la hora decisiva del proceso ante el Sanedrín que le condenará a morir en la cruz.
O bien: Segunda lectura: 2 Pedro 1,16-19 Queridos: 16 Cuando os dimos a conocer la venida en poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos inspirados por fantásticas leyendas, sino porque fuimos testigos oculares de su grandeza. 17 Él recibió, en efecto, honor y gloria de Dios Padre cuando se escuchó sobre él aquella sublime voz de Dios: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco». 18 Y ésta es la voz, venida del cielo, que nosotros escuchamos cuando estábamos con él en el monte santo. 19 Tenemos también la palabra de los profetas, que es firmísima, y hacéis bien en dejaros iluminar por ella, pues es como una lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y el lucero matutino se alce en vuestros corazones.
**• Pedro y sus compañeros han contemplado la grandeza de Jesús, han oído la voz celestial que le proclamaba Hijo predilecto, por eso se reconocen portadores de una gracia mayor que la de los profetas. En efecto, pueden confirmar por experiencia personal la veracidad de las profecías a las que Jesús da cumplimiento. La palabra del Antiguo Testamento, sin embargo, no ha agotado su tarea de «lámpara que alumbra en la oscuridad» (v. 19): deberá seguir siempre alumbrando los pasos de los creyentes que avanzan en medio de las tinieblas de la historia hasta el día sin ocaso de la venida de Cristo en la gloria {cf. v. 19). En este camino, la visión radiante de Jesús transfigurado, que los apóstoles nos atestiguan, sostiene nuestra fe y enciende de deseo nuestra esperanza: el «lucero de la mañana» se alza ya en el corazón de quien vela expectante.
Evangelio: Lucas 9,28b-36 En aquel tiempo, 28 Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar. 29 Mientras oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente. 30 En esto aparecieron conversando con él dos hombres. Eran Moisés y Elías, 31 que, resplandecientes de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén. 32 Pedro y sus compañeros, aunque estaban cargados de sueño, se mantuvieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos que estaban con él. 33 Cuando éstos se retiraban, Pedro dijo a Jesús: -Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pedro no sabía lo que decía. 34 Mientras estaba hablando, vino una nube y los cubrió, y se asustaron al entrar en la nube. 35 De la nube salió una voz que decía: -Este es mi Hijo elegido; escuchadlo. 36 Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto.
**• El evangelista Lucas, al referir el acontecimiento de la transfiguración, señala que Jesús se retira a la soledad para orar, como sucederá en otro momento fundamental de su misión (en el Getsemaní). La transfiguración, en efecto, representa un preanuncio de la pasión, pero supone ya también el primer resplandor de la gloría divina del Hijo, llamado a ser el Siervo de YHWH para la salvación de los hombres. Es en medio de la oración cuando Jesús se transfigura y deja aparecer su identidad sobrenatural; y la gloria que habita en él se vuelve espacio abierto para la comunicación con las figuras gloriosas de la historia sagrada de Israel (vv. 30ss). Moisés y Elías son los protagonistas de un éxodo muy diferente en las circunstancias, aunque idéntico en su motivación: la fidelidad absoluta a Dios. Ellos son los interlocutores más autorizados para hablar con Jesús «de su éxodo» (v. 31 al pie de la letra) que se habría de producir en Jerusalén. La luz que irradia de la transfiguración (v. 29) representa, por tanto, para Jesús una claridad interior sobre su camino terreno. Esta luz cubre también finalmente a los apóstoles, espectadores atónitos del acontecimiento. Mientras Moisés y Elías se separan de Jesús, y Pedro parece querer detener el tiempo (v. 33), la presencia de lo sobrenatural «cubrió» a los tres discípulos en forma de nube. Se trata de la nube traslúcida de la presencia de Dios, que oculta y despeja al mismo tiempo. Es el misterio que se revela permaneciendo incognoscible. Desde su inaprensible oscuridad, Pedro, Santiago y Juan reciben la luz más fúlgida: la voz divina proclama la identidad de Jesús, Hijo y Siervo de YHWH (el «elegido»: cf. Is 42,1). Con la invitación a escucharle cesa la voz, desaparecen los extraordinarios interlocutores: se queda Jesús solo, Palabra salida del seno del Silencio. Y en absorto silencio, los apóstoles reemprenden con él el camino (v. 36).
MEDITATIO Existe una llama interior que arde en las criaturas y canta su pertenencia a Dios, y gime por el deseo de él. Existe un hilo de oro sutil que une los acontecimientos de la historia en la mano del Señor, a fin de que no caigan en la nada, y los conectará finalmente en un bordado maravilloso. El rostro de Cristo está impreso en el corazón de cada hombre y le constituye en amado de Dios desde la eternidad. Y están, a continuación, nuestros pobres ojos ofuscados..., acostumbrados a dispersarse en la curiosidad epidérmica e insaciable, trastornados por múltiples impresiones; nosotros no sabemos ya orientar la mirada al centro de cada realidad, a su fuente. Nos volvemos incapaces de asumir la mirada de Dios sobre las cosas, porque nuestra lógica y nuestra práctica se orientan en dirección opuesta a la suya, en su esfuerzo por no perder nuestra vida, por no tomar nuestra cruz. Sólo cuando Jesús nos deja entrever algo de su fulgurante misterio nos damos cuenta de nuestra habitual ceguera. La luz de la transfiguración viene a hendir hoy, si lo queremos, nuestras tinieblas. Ahora bien, debemos acoger la invitación a retirarnos a un lugar apartado con Jesús subiendo a un monte elevado, es decir, aceptar la fatiga que supone dar los pasos concretos que nos alejan de un ritmo de vida agitado y nos obligan a prescindir de los fardos inútiles. Si fuéramos capaces de permanecer un poco en el silencio, percibiríamos su radiante Presencia. La luz de Jesús en el Tabor nos hace intuir que el dolor no tiene la última palabra. La última y única Palabra es este Hijo predilecto, hecho Siervo de YHWH por amor. Escuchémoslo mientras nos indica el camino de la vida: vida resucitada en cuanto dada. Escuchémoslo mientras nos indica con una claridad absoluta los pasos diarios. Escuchémoslo mientras nos invita a bajar con él hacia los hermanos. Entonces el lucero de la mañana se alzará en nuestros corazones e, iluminando nuestra mirada interior, nos hará vislumbrar -en la opacidad de las cosas, en la oscuridad de los acontecimientos, en el rostro de cada nombre- a Dios «todo en todos», eterna meta de nuestra peregrinación en el tiempo.
ORATIO Jesús, tú eres Dios de Dios, luz de luz. Nosotros lo creemos, pero nuestros ojos son incapaces de reconocer tu belleza en las humildes apariencias de que te revistes. Purifica, oh Señor, nuestros corazones, porque sólo a los limpios de corazón has prometido la visión de Dios. Concédenos la pobreza interior que nos hace atentos a su Presencia en la vida diaria, capaces de percibir un rayo de tu luz hasta en los lugares donde todo aparece oscuro e incomprensible. Haznos silenciosos y orantes, porque tú eres la Palabra salida del silencio que el Padre nos pide que escuchemos. Ayúdanos a ser tus verdaderos discípulos, dispuestos a perder la vida cada día por ti, por el Evangelio; haz crecer tu amor en nosotros para ser contigo siervos de los hermanos y ver en cada hombre la luz de tu rostro.
CONTEMPLATIO Antes de tu cruz preciosa, antes de tu pasión, tomando contigo a los que habías elegido entre tus sagrados discípulos, subiste al monte Tabor, oh Soberano, queriendo mostrarles tu gloria. Y ellos, al verte transfigurado y más resplandeciente que el sol, caídos rostro en tierra, se quedaron atónitos frente a la soberanía, y aclamaban: «Tú eres, oh Cristo, la luz sin tiempo y la irradiación del Padre, aunque, voluntariamente, te hagas ver en la carne, permaneciendo inmutable». Tú, Dios Verbo, que existes antes de los siglos, tú que te revistes de luz como de un manto, transfigurándote delante de tus discípulos, oh Verbo, refulgiste más que el sol. Estaban junto a ti Moisés y Elías, para indicar que eres el Señor de vivos y de muertos y para dar gloria a tu economía inefable, a tu misericordia y a tu gran condescendencia, por la que salvaste al mundo, que se perdía por el pecado. Nacido de nube virginal y hecho carne, transfigurado en el monte Tabor, Señor, y envuelto por la nube luminosa, mientras estaban contigo tus discípulos, la voz del Padre te manifestó distintamente como Hijo amado, consustancial y reinante con él. De ahí que Pedro, lleno de estupor, exclamara: «¡Qué bien estamos aquí!», sin saber lo que decía, oh misericordiosísimo Benefactor (Anthologhion di tutto l'anno, Roma 2000, IV, pp. 871ss).
ACTIO Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «A tu luz vemos la luz» (Sal 35,10).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Si supiéramos reconocer el don de Dios, si supiéramos experimentar estupor, como el pastor Moisés, ante todas las zarzas que arden en los bordes de nuestros caminos, comprenderíamos entonces que la transfiguración del Señor -la nuestra- empieza con un cierto cambio de nuestra mirada. Fue la mirada de los apóstoles la que fue transfigurada; el Señor permanece el mismo. La cotidianidad de nuestra vida, trivial y extraordinaria, debería revelar entonces su deslumbrante profundidad. El mundo entero es una zarza ardiente, todo ser humano -sea cual sea la impresión que suscita en nosotros- es esta profundidad de Dios. Todo acontecimiento lleva en él un rayo de su luz. Nosotros, que hemos aprendido a mirar hoy tantas cosas, ¿hemos aprendido los datos elementales de nuestro oficio de hombres? Se vive, en efecto, a la medida del amor, pero se ama a la medida de lo que se ve. Ahora, en la transfiguración, nuestra visión participa en el misterio, de ahí que el amor esté en condiciones de brotar de nuestros corazones como fuego que arde sin consumir, y así puede enseñarnos a vivir. Debemos pasar de la somnolencia de la que habla el evangelio a la auténtica vela, a la vigilancia del corazón. Cuando despertemos se nos dará la alegría inagotable de la cruz. Al ver, por fin, en la fe, al hombre en Dios y a Dios en el hombre -Cristo- nos volveremos capaces de amar y el amor saldrá victorioso sobre toda muerte. El Señor se transfiguró orando; también nosotros seremos transfigurados únicamente en la oración. Sin una oración continua, nuestra vida queda desfigurada. Ser transfigurados es aprender a ver la realidad, es decir, a nuestro Dios, a Cristo, con los ojos abiertos de par en par. Ciertamente, en este mundo de locos, siempre tendremos necesidad de cerrar los ojos y los oídos para recuperar un cierto silencio. Es necesario, es como una especie de ejercicio para la vida espiritual. Sin embargo, la vida, la que brota, la vida del Dios vivo, es contemplarlo con los ojos abiertos. Él está en el hombre, nosotros estamos en él. Toda la creación es la zarza ardiente de su parusía. Si nosotros «esperásemos con amor su venida» (2 Tim 4,8), daríamos un impulso muy diferente a nuestro servicio en este mundo (J. Corbon, La gioia del Padre, Magnano 1997). |
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Miércoles de la 18ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Números 13,1-3a.25b-14,1-26-30ss En aquellos días, 1 el Señor dijo a Moisés: 2 -Envía a algunos hombres, un jefe de cada tribu, para que exploren la tierra de Canaán que voy a dar a los israelitas. 3 Moisés los envió desde el desierto de Farán, según la orden del Señor. 25 A los cuarenta días regresaron los exploradores de la tierra. 26 Se presentaron a Moisés, a Aarón y a toda la comunidad de los israelitas en el desierto de Farán, en Cades; les informaron detalladamente y les mostraron los frutos de la tierra. 27 Éste fue su informe: -Fuimos a la tierra a la que nos enviasteis. Es una tierra que mana leche y miel; fijaos en sus frutos. 28 Pero el pueblo que la habita es fuerte y las ciudades están fortificadas y son grandes; hemos visto, incluso, descendientes de Anac. 29 Los amalecitas ocupan el desierto del Négueb; los hititas, los jobuseos y los amorreos habitan la montaña; y los cananeos, la costa y la ribera del Jordán. 30 Caleb hizo callar al pueblo ante Moisés diciendo: -Iremos a conquistarla, pues somos capaces de ello. 31 Pero los que habían ido decían: -No podemos combatir contra ese pueblo; es más fuerte que nosotros. 32 Y empezaron a hablar mal entre los israelitas de la tierra que habían explorado diciendo: -La tierra que hemos explorado devora a sus habitantes. Los hombres que hemos visto son de gran estatura. 33 Hemos visto gigantes, descendientes de Anac. Nosotros a su lado parecíamos saltamontes, y así nos veían ellos. 14,1 Entonces toda la comunidad empezó a gritar, y el pueblo se pasó la noche llorando. 26 El Señor dijo a Moisés y a Aarón: 27 -He oído las murmuraciones de los israelitas, ¿hasta cuándo tendré que soportar a esta comunidad malvada que murmura contra mí? 28 Respóndeles: Por mi vida, Palabra del Señor, que os trataré como merecen vuestras murmuraciones. 29 En este desierto caerán los cadáveres de todos los mayores de veinte años que fuisteis registrados y habéis murmurado contra mí. 30 Ninguno de vosotros entrará en la tierra en la que había jurado estableceros con mi poder; sólo entrarán Caleb, hijo de Jefoné, y Josué, hijo de Nun. 31 Cargaréis con vuestra culpa durante cuarenta años, es decir, tantos como días estuvisteis explorando la tierra: año por día. Sabréis por experiencia lo que significa haberos alejado de mí. 32 Yo, el Señor, lo he dicho. Así trataré yo a esta comunidad perversa que se ha confabulado contra mí.
**• La forma fragmentaria con la que el leccionario nos presenta este pasaje nos invita a una lectura personal de toda la perícopa bíblica. Se trata de una perícopa compuesta de diferentes tradiciones y que presenta algunas contradicciones con el conjunto de los textos paralelos. Sobresalen aquí cuatro momentos: el envío de representantes de las doce tribus de Israel, por parte de Moisés, para que exploren la tierra prometida y la realización del mandato; la vuelta de los exploradores que traen los frutos de la tierra prometida y el relato de los mismos; el miedo del pueblo a causa de los aspectos negativos y exagerados relacionados con los habitantes de la tierra de Canaán y sus ciudades (tendrán que enfrentarse con hombres fuertes y con ciudades fortificadas, elementos que desaniman al pueblo a seguir su marcha hacia adelante); el lamento del pueblo y la nuevas nostalgias de la tierra de Egipto, con la consiguiente falta de confianza en Dios y en sus promesas. En medio de las contradicciones, Moisés mantiene su fidelidad al Señor, señala al pueblo la tierra prometida y sus frutos, y pronuncia las palabras-clave de este relato -no incluidas en la lectura propuesta por el leccionario-, unas palabras que suponen una exhortación a la confianza basada en la fidelidad de Dios: «El Señor está de nuestra parte; él nos hará entrar en ella y nos la dará; es una tierra que mana leche y miel. No os rebeléis contra el Señor ni temáis a los habitantes de esa tierra, pues serán para nosotros pan comido. Ellos se han quedado sin defensa, y con nosotros está el Señor; no los temáis» (Nm 14,8ss). En estas palabras se manifiesta toda la confianza de Moisés en la fidelidad de Dios, capaz de vencer todo temor ante el oscuro panorama descrito por los exploradores, a pesar de la apetecible conquista de aquel territorio por los magníficos frutos que produce; un territorio presentado como una «tierra que mana leche y miel», la fórmula clásica para describir la tierra prometida.
Evangelio: Mateo 15,21-28 En aquel tiempo, 21 Jesús se marchó de allí y se retiró a la región de Tiro y Sidón. 22 En esto, una mujer cananea venida de aquellos contornos se puso a gritar: -Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David; mi hija vive maltratada por un demonio. 23 Jesús no le respondió nada. Pero sus discípulos se acercaron y le decían: -Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros. 24 Él respondió: -Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. 25 Pero ella fue, se postró ante Jesús y le suplicó: -¡Señor, socórreme! 26 Él respondió: -No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos. Ella replicó: 27 -Eso es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. 28 Entonces Jesús le dijo: -¡Mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides. Y desde aquel momento quedó curada su hija.
**• El fragmento evangélico que hemos leído prolonga la visión de la predicación de Jesús y de sus destinatarios, dirigida a una tierra prometida que se encuentra más allá de los confines de la nación y de los habitantes que hasta ahora han escuchado la voz de Jesús. Tiro y Sidón están situadas en los confines de Galilea, más allá de la frontera que hoy recibe el nombre de Rash-en-Naqura, en la frontera entre Israel y el Líbano. Es tierra de paganos, de fenicios. Jesús se desplaza hacia el norte, buscando tal vez un momento de distensión y de descanso tras el intenso ritmo de la predicación en Galilea. Se trata de un desplazamiento simbólico que anuncia la universalidad de la salvación. El encuentro con la mujer cananea, en este marco general, constituye un episodio emblemático. Es un encuentro entre un rabí y una mujer, una mujer que, por añadidura, es pagana. La actitud del Maestro expresa, al comienzo, la distancia y la desconfianza normal entre el pueblo elegido y los pueblos paganos. La insistente petición de la mujer cananea, absolutamente preocupada por la salud física y psíquica de su hija, expresa afecto materno y, al mismo tiempo, confianza en Jesús. A las tres intensas imploraciones de la mujer le siguen tres actitudes de distanciamiento por parte de Jesús, actitudes casi incomprensibles para nosotros, a no ser por su alcance pedagógico. A la invocación de la mujer: «Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David» (v. 22), Jesús no le responde ni con una palabra. Al segundo intento insistente de mediación por parte de los discípulos sólo le responde con un rechazo que acentúa las distancias entre Israel y los demás pueblos (w. 23b-24). A la renovada petición de la cananea, que se postra ante Jesús, le corresponde una respuesta dura y enigmática: «No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos» (v. 26). Sin embargo, el instinto materno capta en el duro lenguaje empleado por Jesús una rendija de esperanza, y transforma la objeción del Maestro en una razón ineludible para obligarle a hacer el milagro: «También los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos» (v. 27). Su fe ha quedado probada. Ha superado el examen de amor. «¡Mujer, qué grande es tu fe!» (v. 28). El Reino de Dios se dilata con el amor de aquellos que han acogido, acogen y acogerán a Jesús más allá de todo límite terreno.
MEDITATIO Los dos fragmentos de la Escritura que nos presenta la liturgia de hoy nos ofrecen la posibilidad de meditar sobre algunos aspectos de la realidad de nuestro Dios: su fidelidad y nuestra confianza. Dios es fiel a sus promesas; más aún, a fin de que no esperemos al último momento para ser confirmados en las pruebas por parte de su fidelidad, Dios anticipa en nuestra vida el goce de los bienes prometidos. Del mismo modo que los israelitas, cuando todavía estaban en el árido desierto, pudieron gozar de los frutos de la tierra prometida, gracias a los exploradores que confirmaron la verdad de las promesas de Dios, también con nosotros se muestra el Señor espléndido en sus dones definitivos y nos los hace probar de manera anticipada. Tenemos las primicias y la prenda de nuestra esperanza ya en este mundo. Sin embargo, todavía no hemos llegado a la meta; queda margen para la esperanza, puesto que los bienes prometidos no los poseemos plenamente, y delante de nosotros se presenta todavía un arduo camino, lleno de asechanzas y dificultades. La confianza ilimitada de la cananea, la mujer extranjera que se confía a Jesús y desafía con su decidida perseverancia al corazón del Maestro, también supone para nosotros un motivo de ánimo. Dios espera de nosotros que mostremos una gran esperanza en él. Las primeras respuestas, aunque no sean definitivas, son ya un camino propedéutico para atrevernos a más. También las pruebas ahondan en nosotros el verdadero sentido de la confianza y purifican las motivaciones egoístas de nuestras preguntas, para convertirse en preguntas de salvación.
ORATIO Señor, a menudo, en la experiencia cotidiana de nuestra vida, tenemos necesidad de saborear los frutos que nos tienes prometidos, de tener un anticipo de los signos de tu presencia en nuestra vida. En un mundo que se nos presenta todavía hoy frecuentemente como un desierto y no nos permite vislumbrar la tierra prometida, como un desierto vacío de tu presencia, hostil al mismo Evangelio, tenemos necesidad de alguna prueba efectiva de que estás con nosotros. Con todo, sabemos que «la esperanza no defrauda», porque tú mismo has infundido en nuestro corazón el Espíritu Santo, que es prenda de los bienes futuros. Concédenos creer constantemente en tu amor, un amor que se revela siempre más grande que nuestro corazón. Haz que nuestro deseo engendre una fe más grande, como la fe de la mujer cananea, a la que tú mismo reconociste con admiración como merecedora del don que había implorado. Que también la prueba suponga para nosotros un motivo de esperanza y el incomprensible rechazo de nuestras oraciones por tu parte sea un motivo de purificación y de renovada audacia en nuestro creer en tu amor.
CONTEMPLATIO Muchas veces he pensado si, como el sol estándose en el Cielo, que sus rayos tienen tanta fuerza que no mudándose él de allí de presto llegan acá, si el alma y el espíritu, que son una misma cosa, como lo es el sol y sus rayos, puede, quedándose ella en su puesto, con la fuerza del calor que le viene del verdadero Sol de Justicia, alguna parte superior salir sobre sí misma. En fin, yo no sé lo que digo, lo que es verdad es que con la presteza que sale la pelota de un arcabuz cuando le ponen el fuego, se levanta en lo interior un vuelo, que yo no sé otro nombre que le poner, que, aunque no hace ruido, se hace movimiento tan claro que no puede ser antojo en ninguna manera; y muy fuera de sí misma, a todo lo que puede entender, se le muestran grandes cosas; y cuando torna a sentirse en sí, es con tan grandes ganancias y teniendo en tan poco todas las cosas de la tierra, para en comparación de las que ha visto, que le parecen basura; y desde ahí adelante vive en ella con harta pena, y no ve cosa de las que le solían parecer bien que no le haga dársele nada de ella. Parece que le ha querido el Señor mostrar algo de la tierra adonde ha de ir, como llevaron señas los que enviaron a la tierra de promisión los del pueblo de Israel, para que pase los trabajos de este camino tan trabajoso, sabiendo adonde ha de ir a descansar. Aunque cosa que pasa tan de presto no os parecerá de mucho provecho, son tan grandes los que deja en el alma que si no es por quien pasa no se sabrá entender su valor. Por donde se ve bien no ser cosa del Demonio; que de la propia imaginación es imposible, ni el Demonio podría representar cosas que tanta operación y paz y sosiego y aprovechamiento dejan en el alma, en especial tres cosas muy en subido grado: conocimiento de la grandeza de Dios, porque mientras más cosas viéremos de ella, más se nos da a entender: propio conocimiento y humildad de ver cómo cosa tan baja, en comparación del Criador de tantas grande/as, la ha osado ofender, ni osa mirarle; la tercera, tener en muy poco todas las cosas de la tierra, si no fueren las que puede aplicar para servicio de tan gran Dios (Teresa de Avila, «Moradas del castillo interior», VI, 5,9-10, en Obra completa de santa Teresa de Jesús, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 91998, pp. 542-543).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis» (Mt 7,7).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
Es preciso pasar a
través del desierto y morar en él para recibir la gracia de Dios; es allí donde
nos vaciamos, donde expulsamos de nosotros todo lo que no es Dios y donde se
vacía esta pequeña casa de nuestra alma para dejarle todo el sitio a Dios. Los
judíos atravesaron el desierto. Moisés vivió en él antes de recibir su misión.
San Pablo, cuando salió de Damasco, fue a pasar tres años en Arabia. También san
Jerónimo y san Juan Crisóstomo se prepararon en el desierto. Es indispensable
[...]. Es un tiempo de gracia. Es un período a través del que debe pasar
necesariamente toda alma que quiera dar fruto [...]. Le hacen falta este
silencio, este recogimiento y este olvido de todo lo creado en medio de los
cuales pone Dios en el alma su Reino y forma en ella el espíritu interior: la
vida íntima con Dios, la conversación del alma con Dios a través de la fe, de la
esperanza, de la caridad [...]. Los frutos que pueda producir el alma más tarde
serán exactamente proporcionales a la medida en que se haya formado en ella el
nombre interior (Ch. de Foucauld, Opere spirítuali, Milán 1960, p. 761,
passim [edición española: Obras espirituales, Ediciones San Pablo,
Madrid 1998]). |
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Jueves de la 18ª semana del Tiempo ordinario o día 8 de agosto, conmemoración de Santo Domingo
Nació en Caleruega (Burgos), en España, en 1172. Hacia 1196 se convirtió en canónigo del capítulo de la catedral de El Burgo de Osma (Soria). Acompañó al obispo Diego en una importante misión por el norte de Europa. Al pasar por el sur de Francia, vio claramente el daño que la herejía cátara estaba haciendo entre los fieles y maduró el designio de reunir a algunas personas que se dedicaran a la evangelización a través de la predicación pobre, estable y organizada del Evangelio. Este proyecto, aprobado por vez primera por Inocencio III, fue reconocido definitivamente por Honorio III el 22 de diciembre de 1216. Este último llamó «Hermanos Predicadores» a sus miembros. Domingo diseminó de inmediato a los hermanos que le siguieron por las regiones más remotas de Europa. Solía decir: «No es bueno que el grano se amontone y se pudra». Precisó en dos congregaciones generales los fundamentos y los elementos arquitectónicos de su familia religiosa: vida en común pobre y obediente, la oración litúrgica, el estudio asiduo de la Verdad ordenado a la predicación, entendida como contemplación en voz alta, participación en la misión propia de la Iglesia, sobre todo en las tierras todavía no evangelizadas. Hombre genial, sabio, misericordioso, era «tierno como una madre y fuerte como el diamante» (Lacordaire). Murió en Bolonia el 6 de agosto de 1221. Gregorio IX lo canonizó el 3 de julio de 1234.
LECTIO Primera lectura: Números 20,1-13 En aquellos días, 1 la comunidad de Israel en su totalidad llegó al desierto de Sin el primer mes, y el pueblo acampó en Cades. Allí murió María, y allí fue sepultada. 2 No había agua para la comunidad, y ésta se amotinó contra Moisés y Aarón. 3 El pueblo se quejaba contra Moisés diciendo: -¡Ojalá hubiéramos muerto con nuestros hermanos ante el Señor! 4 ¿Por qué habéis traído a la asamblea del Señor a este desierto, para que muramos nosotros y nuestros ganados? 5 ¿Por qué nos sacasteis de Egipto para traernos a este lugar maldito, donde no hay semillas, ni higueras, ni viñas, ni ganados, ni siquiera agua para beber? 6 Moisés y Aarón se apartaron de la comunidad hacia la entrada de la tienda del encuentro. Cayeron rostro a tierra y se les manifestó la gloria del Señor. 7 El Señor dijo a Moisés: 8 -Toma el bastón y reúne a la comunidad. Cuando esté reunida, ordenad a la roca tú y tu hermano Aarón que dé agua, y harás brotar para ellos agua de la roca, y les darás de beber a ellos y a sus ganados. 9 Moisés tomó el bastón que estaba ante el Señor, como él le había ordenado, 10 convocó, junto con Aarón, a la comunidad delante de la roca y les dijo: -¡Oíd, rebeldes! ¿Podremos nosotros hacer brotar agua de esta roca? 11 Entonces Moisés alzó el brazo y golpeó dos veces la roca con el bastón. Brotaron de ella aguas en abundancia, y bebieron todos, junto con sus ganados. 12 El Señor dijo a Moisés y a Aarón: -Por no haber creído en mí, por no haber reconocido mi santidad en presencia de los israelitas, no seréis vosotros quienes introduzcan a este pueblo en la tierra que yo le doy. 13 Éstas son las aguas de Meribá (es decir, de la Querella), donde los israelitas se querellaron con el Señor y él les mostró su santidad.
*•• Prosiguiendo el camino del pueblo de Israel por el desierto, según la narración sacerdotal del libro de los Números, nos encontramos con un conocido episodio del que también se habla en Ex 17,1-17. Es diferente el lugar: aquí se trata de Cades, donde fue sepultada María; según la versión del libro del Éxodo, fue Masa y Meribá, literalmente el lugar de la murmuración y de la prueba. Los dos caudillos, Moisés y Aarón, tienen que vérselas con las murmuraciones del pueblo: esta vez, después de aquella otra relacionada con el maná, la murmuración está relacionada con la subsistencia del pueblo por la falta de agua, cosa obvia en el largo trayecto que recorrieron por el desierto. De nuevo aparecen lamentaciones y maldiciones, la insoportable acusación contra los dos jefes que les llevaron al desierto, aunque en realidad la protesta va dirigida contra YHWH. También esta vez se dirigen Moisés y Aarón al Señor, presente en la tienda del encuentro, lugar visible de la presencia y la proximidad de Dios. También esta vez el Dios condescendiente y compañero de viaje ofrece un remedio milagroso a la sequía: ordena a Moisés que golpee la roca con el bastón y brota de ella agua en abundancia tanto para el pueblo como para el ganado. Pero, esta vez, al episodio de Ex 17,1-17 se le añade un detalle: la duda de Moisés y de Aarón al ejecutar la orden del Señor (aunque el texto no lo diga de una manera explícita). Se habla, en efecto, del castigo por su incredulidad y se anticipa ahora la suerte futura de Moisés y de Aarón: no entrarán en la tierra prometida. La conclusión de este episodio, señalada por el texto en el v. 13, es importante: los israelitas se han atrevido a contender con su Dios, pero éste es un Dios santo y fiel. Pablo recuerda la lección enlazando el episodio del maná y el del agua de la roca, y los aplica a la vida cristiana: «Todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual; [...] Sin embargo, la mayor parte de ellos no agradó a Dios y fueron por ello aniquilados en el desierto» (1 Cor 10,3-5). Se trata de una invitación a permanecer fieles al Señor hasta el final.
Evangelio: Mateo 16,13-23 En aquel tiempo, 13 de camino hacia la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? 14 Ellos le contestaron: -Unos que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas. 15 Jesús les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? 16 Simón Pedro respondió: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. 17 Jesús le dijo: -Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que está en los cielos. 18 Yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer. 19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. 20 Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías. 21 Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y que tenía que sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley; que lo matarían y al tercer día resucitaría. 22 Entonces Pedro, tomándolo aparte, se puso a recriminarle: -Dios no lo quiera, Señor; no te ocurrirá eso. 23 Pero Jesús, volviéndose, dijo a Pedro: -¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres.
**• Este fragmento evangélico contiene el conocido e importante texto de la confesión de Pedro. Se desarrolla en cuatro momentos, con una fuerte tensión entre ellos. El primero está constituido por la pregunta de Jesús; el segundo, por las respuestas de los apóstoles y de Pedro, que se erige en portavoz de los discípulos con su acto de fe en Cristo, el Hijo de Dios vivo. Viene, a continuación, la solemne promesa hecha a Pedro y, en él, a quien le suceda a la cabeza de la Iglesia. Todo concluye con un episodio de lo más enigmático: al oír las palabras de Jesús referentes a su suerte futura, Pedro, al que poco antes Jesús le había dirigido palabras de revelación de gran honor y responsabilidad, quiere disuadir al Maestro de ese destino y recibe de éste un reproche con palabras duras: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí un obstáculo» (v. 23). He aquí algunas indicaciones para realizar una lectura fructuosa de este conocido pasaje. El marco en el que se desarrolla este episodio es, según muchos exégetas, Banias, lugar situado en las fuentes del Jordán, donde se encuentra una gran roca, evocada por Jesús en la frase que dirige a Pedro. Este último aparece aquí, tal como ocurre en otros episodios del evangelio, como el «corifeo», como el portavoz de la fe de los apóstoles. Las palabras de la confesión son esenciales, y contienen los títulos de Jesús: Mesías e Hijo de Dios (cf. v. 16). Las palabras de la respuesta de Jesús, que son fruto de la gracia del Padre, son solemnes: expresan el aprecio de la confesión del jefe de los discípulos y el cambio del nombre: de piedra, «Pedro». Y, sobre todo, contienen una serie de promesas expresadas con palabras constitutivas: sobre Pedro y sobre la roca de su fe edifica Jesús la casa, el templo de su asamblea o Iglesia (qahal en hebreo, ekklesía en griego). Hay aquí una referencia al nuevo templo {«edificaré»: v. 18) donde se reúne la nueva asamblea del Señor. Por consiguiente, Pedro es el fundamento y centro de la unidad y la comunión. Ahora bien, Pedro, a su vez, tiene como fundamento a Cristo, pues es Cristo el centro de la comunión eclesial. El teólogo ortodoxo S. Boulgakov, muy cercano a la Iglesia católica, decía de este texto que su significado pleno se encuentra en la Iglesia católica, y la única razón que garantiza de hecho la existencia de la Iglesia católica es este texto. Ahora bien, a Pedro, en su confesión de fe, Jesús le pide fidelidad y la aceptación de su destino de cruz y de gloria.
MEDITATIO Domingo, fiel a la consigna del Señor, exigía que la predicación de sus hermanos brotara de la comunión en la verdad y de la contemplación. Pedía realizar la verdad, configurarse a ella en la vida y en el anuncio, no como se acostumbra a hacerlo en un lugar o en otro, sino como lo exige la Palabra de Dios transmitida por la Iglesia. Quería que antepusieran la verdad a la oportunidad, de modo que la verdad amada, contemplada, celebrada, estudiada, anunciada, alabada, constituyera el marco de su vida. La verdad tiene sus exigencias imprescindibles. Se abre camino por convencimiento, no por constricción, y por eso exige una profunda comunión de vida, celebración ferviente de su belleza, asiduo estudio de sus expectativas, vida ejemplar. La convicción es fruto de una inteligencia amorosa y desemboca en el obrar por el deseo de semejanza con el ser amado. No pasa de una persona a otra; se engendra en cada persona que llega a ella bajo el estímulo de la palabra y del ejemplo. Esto hace, ciertamente, que el mensajero del Evangelio sea un mendicante de verdad, con todo el rigor del término. La verdad que anuncia no es suya, no puede hacer lo que quiera con ella; implora que le sea dada, la admira, la estudia, la contempla, hace todo para que sea amada, realizada. Ora e implora a fin de que los corazones humanos no se cierren a la escucha, aunque sabe que esto deriva preponderantemente del consentimiento de la persona a la gracia. Cuando lo ha hecho todo se siente un siervo inútil y, junto a la persona que cree, alaba al Dios de la misericordia y de la luz. Esta orientación de vida ha sido traicionada con frecuencia. Los resultados negativos de esta omisión agudizan la nostalgia de que el anuncio del Evangelio se inspire siempre en el ejemplo de los apóstoles vivificados por el Espíritu y vaya acompañado por la imploración del perdón y de la misericordia.
ORATIO En tu Providencia, oh Dios, enviaste a la humanidad sedienta a santo Domingo, heraldo de tu verdad, tomada de la fuente del Salvador. Sostenido siempre por la Madre de tu Hijo y abrasado de celo por las almas, asumió para sí y para sus discípulos, recogidos por el Espíritu Santo, el ministerio del Verbo, llevando a Cristo con la doctrina y con el ejemplo a innumerables hermanos. Atento a hablar contigo y de ti, creció en la sabiduría y, haciendo brotar el apostolado de la contemplación, se consagró totalmente a la renovación de la Iglesia... Para el esplendor y la defensa de la misma, quisiste que restableciera la vida de los apóstoles. Él, siguiendo las huellas del Cristo pobre, con la predicación volvió a llamar a los errantes a la verdad evangélica y conquistó para Cristo a innumerables hermanos; reunió con sabiduría en torno a sí a otros discípulos, a fin de que sostenidos por la luz de la ciencia se consagraran a la salvación de la humanidad (de los dos Prefacios del rito dominicano, que celebran la gloria de santo Domingo).
CONTEMPLATIO [Habla Dios Padre:] Y si miras la barquilla de tu padre Domingo, hijito mío amado, él la ordenó con un orden perfecto y quiso que atendiera sólo a mi honor y a la salvación de las almas con la luz de la ciencia. Sobre esta luz quiso constituir su principio, sin estar privada, no obstante, de la pobreza verdadera y voluntaria. Incluso la tuvo, y en señal de que la tenía y le disgustaba lo contrario, dejó en testamento a los suyos como herencia su maldición, si poseían o tomaban posesión alguna, en particular o en general, como señal de que había elegido como esposa a la reina de la pobreza. Sin embargo, como su objeto más propio tomó la luz de la ciencia, a fin de extirpar los errores que se habían levantado en aquel tiempo. Tomó el ministerio de mi Hijito el Verbo unigénito. Aparecía directamente en el mundo un apóstol que con mucha verdad y luz sembraba mi palabra, levantando las tinieblas y dando la luz. Fue una luz que se puso en el mundo por medio de María, puesto en el cuerpo místico de la santa Iglesia como extirpador de las herejías. ¿Por qué dije «por medio de María»? Porque le dio el hábito, el ministerio de mi bondad encomendado a ella... Hizo que su barquilla estuviera atada con estas tres cuerdas: la obediencia, la continencia y la verdadera pobreza; la hizo completamente generosa, alegre, olorosa: un jardín repleto de todo deleite en sí mismo (Catalina de Siena, Diálogo, Siena 1995, pp. 539ss [edición española: El diálogo, Ediciones Rialp, Madrid 1956]).
ACTIO Repite y medita a menudo durante el día esta expresión gemidora de santo Domingo: «Ten piedad, Señor, de tu pueblo; si no, ¿qué será de los pecadores?».
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL El primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar como si Cristo, representado en él, estuviera allí real y personalmente, y no sólo a través del símbolo. Se comportaba así en conformidad al siguiente fragmento del libro de Judit: Te ha agradado siempre la oración de los mansos y humildes (Jdt 9,1 ó). Por la humildad obtuvo la cananea cuanto deseaba (Mt 15,21-28), y lo mismo el hijo pródigo (Le 15,11-32). También se inspiraba en estas palabras: Yo no soy digno de que entres en mi casa (Mt 8,8); Señor, ante ti me he humillado siempre (Sal 146,61). Y así, nuestro Padre, manteniendo el cuerpo erguido, inclinaba la cabeza y, mirando humildemente a Cristo, le reverenciaba con todo su ser, considerando su condición de siervo y la excelencia de Cristo. Enseñaba a hacerlo así a los frailes cuando pasaban delante del crucifijo, para que Cristo, humillado por nosotros hasta el extremo, nos viera humillados ante su majestad. Mandaba también a los frailes que se humillaran de este modo ante el misterio de la Santísima Trinidad, cuando se cantara el Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. [...] Después de esto, santo Domingo, ante el altar de la iglesia o en la sala capitular, se volvía hacia el crucifijo, lo miraba con suma atención y se arrodillaba una y otra vez; hacía muchas genuflexiones, a veces, tras el rezo de completas y hasta la media noche, ora se levantaba, ora se arrodillaba, como hacía el apóstol Santiago, o el leproso del evangelio que decía, hincado de rodillas: Señor, si quieres, puedes curarme (Mt 8,2); o como Esteban, que, arrodillado, clamaba con fuerte voz: No les tengas en cuenta este pecado (Hcfi7,60). El padre santo Domingo tenía una gran confianza en l a misericordia de Dios, en favor suyo, en bien de todos los pecadores y en el amparo de los frailes jóvenes que enviaba a predicar. [...] Enseñaba a los frailes a orar de esta misma manera, más con el ejemplo que con las palabras (I. Taurisano, Il nove modi di pregare di san Dominico, ASOP 1922, pp. 96ss). |
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o día 10 de agosto, conmemoración de San Lorenzo
Lorenzo nació en Huesca (España). El papa Sixto II le recibió en Roma. Fue archidiácono al servicio de la Iglesia en tiempos de persecución. Cuando el 6 de agosto del año 258 fue llevado el papa al suplicio, le recomendó que distribuyera entre los pobres los bienes de la Iglesia y le profetizó el martirio, lo que tuvo lugar el 10 de agosto. El emperador Valeriano le condenó a morir en una parrilla. Sus reliquias se encuentran en San Lorenzo Extramuros.
LECTIO Primera lectura: 2 Corintios 9,6-10 Hermanos: 6 Tened esto presente: el que siembra con miseria, miseria cosecha; el que siembra generosamente, generosamente cosecha. 7 Que cada uno dé según su conciencia, no de mala gana ni como obligado, porque Dios ama al que da con alegría. 8 Dios, por su parte, puede colmaros de dones, de modo que teniendo siempre y en todas las cosas lo suficiente, os sobre incluso para hacer toda clase de obras buenas. 9 Así lo dice la Escritura: Distribuyó con largueza sus bienes a los pobres, su generosidad permanece para siempre. 10 El que proporciona simiente al que siembra y pan para que se alimente, os proporcionará y os multiplicará la simiente y hará crecer los frutos de vuestra generosidad.
*»• Son muchas las pobrezas humanas: espirituales, materiales, culturales, morales. Mas no hay ninguna a la que no pueda llegar y colmar la caridad. Dios mismo se muestra siempre espléndido, como fuente de su seno trinitario, en todo impulso dinámico y consiguiente fecundidad de frutos. La criatura se convierte en su instrumento. Cuanto más da, más goza del amor divino, porque éste se trasvasará aún en mayor cantidad y se verterá en ella al encontrar una plena consonancia. Por eso recogerá con largueza: Dios mismo cultivará cuanto siembra y hará fructificar la obra del justo realizada con su amor.
Evangelio: Juan 12,24-26 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: 24 Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante. 25 Quien vive preocupado por su vida, la perderá; en cambio, quien no se aferré excesivamente a ella en este mundo, la conservará para la vida eterna. 26 Si alguien quiere servirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquel que me sirva será honrado por mi Padre.
**• Unirse al Hijo es entrar en la dinámica de amor que le hace una sola cosa con el Padre. «Servir» al Hijo significa «reinar» en él y con él en el corazón del Padre, y constituirá la complacencia de su paternidad divina. Servir al Hijo es asociarse a él y a su obra redentora. Jesús no deja sobrentendidos a la exigencia de tal seguimiento: por amor al Padre y al hombre, el Hijo se entrega por completo, da su propia vida en una muerte destinada al misterio de una fecundidad que inserta la inmediatez histórica en un horizonte trascendente. También el discípulo se ve llamado así a perpetuar en el tiempo un acto de amor de valor eterno y divino.
MEDITATIO Cuando el emperador le ordenó entregar las riquezas de la Iglesia, el diácono Lorenzo se presentó al juez con los pobres de Roma, declarando: «¡Aquí están los tesoros de la Iglesia!». De inmediato dio la orden de torturarle hasta la muerte. La Passio cuenta que, invitado aún a sacrificar a los dioses, respondió: «Me ofrezco a Dios como sacrificio de suave olor, porque un espíritu contrito es un sacrificio a Dios». El papa Dámaso (384) escribió en la inscripción que hizo poner en la basílica dedicada al mártir: «Sólo la fe de Lorenzo pudo vencer los azotes del verdugo, las llamas, los tormentos, las cadenas. Por la súplica de Dámaso, colma de dones estos altares, admirando el mérito del glorioso mártir». El papa Juan Pablo II, en la memoria jubilar de los mártires del siglo XX, dijo en el Coliseo comentando el texto de Jn 12,25: «Se trata de una verdad que frecuentemente el mundo contemporáneo rechaza y desprecia, haciendo del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia. Pero los testigos de la fe, que también esta tarde nos hablan con su ejemplo, no buscaron su propio interés, su propio bienestar, la propia supervivencia, como valores más grandes que la fidelidad al Evangelio. Incluso en su debilidad, ellos opusieron firme resistencia al mal. En su fragilidad resplandeció la fuerza de la fe y de la gracia del Señor» (Juan Pablo II, Homilía, 7 de mayo de 2000).
ORATIO El Soberano y Señor te ha dado, oh mártir, como ayuda el carbón ardiente: quemado por él, dejaste pronto la tienda de barro y heredaste la vida y el Reino inmortales. Por eso celebramos nosotros, con gozo, tu fiesta, oh bienaventurado Lorenzo coronado. Resplandeciendo por el Espíritu divino como carbón encendido, Lorenzo victorioso, archidiácono de Cristo, quemaste la espina del engaño: por eso fuiste ofrecido en holocausto como incienso racional a aquel que te exaltó, llegando a la perfección con el fuego. Protege, por tanto, de toda amenaza a cuantos te honran, oh hombre de mente divina {de un antiguo texto de la Iglesia bizantina).
CONTEMPLATIO [San Lorenzo], como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia [la de Roma]. En ella administró la sangre sagrada de Cristo; en ella, también, derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. [...] Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte. También nosotros, hermanos, si amarnos de verdad a Cristo, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. [...] Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. [...] Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar (Agustín de Hipona, Sermón 304).
ACTIO Repite a menudo y medita durante el día la Palabra: «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Jn 12,8).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL El perfume agradable corresponde, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, a la dimensión estrictamente constitutiva de la teología del sacrificio. En Pablo, es expresión de una vida que se ha vuelto pura, de la que no se desprende ya el mal olor de la mentira y de la corrupción, de la descomposición de la muerte, sino el soplo refrescante de la vida y del amor, la atmósfera que es conforme a Dios y sana a los hombres. La imagen del perfume agradable está unida también a la del hacerse pan: el mártir se ha vuelto como Cristo; su vida se ha convertido en don. De él no procede el veneno de la descomposición del ser vivo por el poder de la muerte; de él emana la fuerza de la vida: edifica vida, del mismo modo que el buen pan nos hace vivir. Su entrega en el cuerpo de Cristo ha vencido el poder de la muerte: el mártir vive y da vida precisamente con su muerte y, de este modo, entra él mismo en el misterio eucarístico. El mártir es fuente de fe. La representación más popular de esta teología eucarística del martirio la encontramos en el relato de san Lorenzo sobre la parrilla, que ya desde tiempos remotos fue considerado como la imagen de la existencia cristiana: las angustias y las penas de la vida pueden convertirse en ese fuego purificador que lentamente nos va transformando, de suerte que nuestra vida llegue a ser don para Dios y para los hombres (J. Ratzinger, Conferenza per ¡I XXIII Congresso eucarístico nazionale, Bolonia 1997). |
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Lunes de la 19ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Deuteronomio 10,12-22 En aquellos días, habló Moisés al pueblo diciendo: 12 Y ahora, Israel, ¿qué es lo que te pide el Señor, tu Dios, sino que le honres, que sigas todos sus caminos, lo ames y sirvas al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y toda tu alma, 13 observando los mandamientos y las leyes del Señor que yo te prescribo hoy para que seas feliz? 14 Del Señor, tu Dios, son los cielos, aun los más altos, la tierra y cuanto hay en ella. 15 Sin embargo, sólo en tus antepasados se fijó el Señor, y esto por amor; y después de ellos eligió a su descendencia, a vosotros mismos, entre todas las naciones, hasta el día de hoy. 16 Circuncidad vuestro corazón y no seáis tercos, 17 pues el Señor, vuestro Dios, es el Dios de los dioses y el Señor de los señores; el Dios grande, fuerte y temible que no hace acepción de personas ni acepta sobornos; 18 que hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al emigrante, suministrándole pan y vestido. 19 Amad vosotros también al emigrante, ya que emigrantes fuisteis vosotros en el país de Egipto. 20 Honrarás al Señor, tu Dios, lo servirás, te adherirás a él y en su nombre jurarás. 21 Él es tu gloria y tu Dios, y ha hecho por ti los terribles portentos que has visto con tus propios ojos. 22 Cuando tus antepasados bajaron a Egipto no eran más que setenta personas, pero ahora el Señor, tu Dios, te ha multiplicado como las estrellas del cielo.
*•• El camino semanal se abre con una lectura fuerte desde el punto de vista teológico y espiritual. Es el segundo discurso dirigido por Moisés a los israelitas, y está totalmente dedicado a confirmar la fidelidad al Señor. La primera parte del fragmento de hoy resume, como es usual en la pedagogía bíblica, la parte central del discurso anterior: amar y servir a Dios con todo el corazón y con toda el alma, observando sus mandamientos. Ahora bien, al primer mandamiento -amar a Dios y observar sus mandamientos- se añade ahora, con toda lógica, el segundo: el amor al prójimo. El discurso está introducido a partir del amor que Dios tiene a todos. Tras una serie de títulos teológicos de YHWH -Dios de los dioses, Señor de los señores, Dios grande, fuerte y temible- aparece la afirmación de su amor universal, especialmente por los más menesterosos: no hace acepción de personas, no acepta sobornos, hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al emigrante, suministrándole pan y vestido (w. 17b-18). Salen aquí a la luz tres categorías de pobreza a las que Dios socorre con su benevolencia: huérfanos, viudas y emigrantes. El comportamiento de Dios es una invitación dirigida al pueblo para que obre del mismo modo, manteniendo siempre vivo el recuerdo de cuanto YHWH ha hecho por Israel (v. 19). Esta imitación del comportamiento de YHWH es expresión de una santidad histórica y social. En el centro del discurso figura, por último, una insinuación de gran valor teológico: no hay que hacer de la circuncisión, signo de la alianza, ni una ocasión de jactancia ni una praxis material que garantiza la pertenencia al Señor y al pueblo. Con una expresión que se remonta más bien a la tradición profética, se habla de la circuncisión del corazón (v. 16): no hay que tener un corazón endurecido, sino un corazón de carne, limpio de toda superficialidad, siempre dispuesto para la alabanza del Señor y para mostrar ternura con los menesterosos.
Evangelio: Mateo 17,22-27 22 Un día que estaban juntos en Galilea, les dijo Jesús: -El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, 23 y le darán muerte, pero al tercer día resucitará. Y se entristecieron mucho. 24 Cuando llegaron a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los que cobraban el impuesto del templo y le dijeron: -¿No paga vuestro maestro el impuesto? 25 Pedro contestó: -Sí. Al entrar en la casa, se anticipó Jesús a preguntarle: -¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra ¿a quiénes cobran los impuestos y contribuciones: a sus hijos o a los extraños? 26 Pedro contestó: -A los extraños. Jesús le dijo: -Por tanto, los hijos están exentos. 27 Con todo, para que no se escandalicen, vete al lago, echa el anzuelo y saca el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás en ella una moneda de plata. Tómala y dásela por mí y por ti.
**• El texto contiene un segundo anuncio de la futura y próxima pasión de Jesús. El Maestro, tanto en los sinópticos como en Juan, se muestra siempre lúcidamente consciente de su propio destino, camina con los ojos abiertos hacia Jerusalén -ésta es la nota típica de Lucas-, es soberanamente libre en su cumplimiento de la voluntad del Padre. No puede decirse que la pasión haya sido para Jesús un incidente político, un precio pagado por su ingenuidad, un fracaso anunciado. En el fondo -no lo olvidemos- se encuentra siempre la perspectiva final de la resurrección, algo que los discípulos ni comprenden ahora ni comprenderán después. No fueron capaces de esperar hasta el fatídico tercer día anunciado. Sobre el fondo de este anuncio se inserta el episodio del pago del impuesto religioso para el mantenimiento del templo, de sus estructuras, de su culto, de los encargados de este último. Jesús, libremente soberano, verdadero templo de Dios e Hijo del Dios vivo (el Dios del templo de Jerusalén), paga el impuesto religioso. El discurso retórico de Jesús dirigido a Pedro da a entender que se trata más de un gesto de condescendencia que de una obligación que tenga que satisfacer. Pero aparece también un signo, una acción profética de Jesús que manifiesta de modo claro su poder, el hecho de que es el Hijo del Dios del templo. Pedro, en efecto, echa el anzuelo y coge un pez que lleva una moneda de plata en la boca. Con ella paga su impuesto y el de Jesús. Éste manda también sobre la naturaleza y demuestra que vive en el templo del cosmos para alabanza de su Padre. Y, en un acto de solidaridad, salda de manera abundante la deuda religiosa en su propio nombre y en el de sus discípulos, que son su nueva familia.
MEDITATIO Amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma significa entrar en plena comunión con sus sentimientos y sus afectos: amar lo que él ama, y hacerlo con la pureza y gratuidad que es propia de su santidad. De este modo, tal como hemos observado en el fragmento del Antiguo Testamento, Israel comprende, siguiendo una lógica divina, la unidad de las dos tablas de la ley –el amor a Dios y el amor al prójimo- con una atención particular dirigida a los más menesterosos. Nosotros, en nuestra experiencia cotidiana, sentimos a menudo la tentación de disociar estos dos preceptos: o bien con una referencia a Dios que no tiene en cuenta a los hermanos, o bien consagrando nuestra atención a los otros sin que haya de por medio una fuerte motivación teologal, un vínculo indisoluble entre Dios y todo lo que es de Dios, sin convenir en que nosotros debemos amar lo que Dios mismo ama. Dios, sin embargo, nos educa para la fraternidad, para la comprensión, para la atención al otro. Jesús se identifica con Pedro porque considera a sus discípulos como su grupo, como su comunidad, como su familia. Nos enseña a vivir esa fraternidad del corazón y esos vínculos de fraternidad que van más allá que los de la sangre; unos vínculos que nos han llevado, de una manera espontánea, a hablar de amor fraterno, de amor «de fraternidad» entre los cristianos. El corazón circunciso es también un corazón en carne viva, capaz de amar y de servir. Como el corazón de Cristo. Se ha dicho que entre los ideales de la modernidad, expresados en la tríada revolucionaria -pero, en el fondo, evangélica- de libertad, igualdad y fraternidad, el más difícil de instaurar es el de la fraternidad. Tal vez sea porque exige toda la fuerza del Evangelio, toda la entrega de la verdadera caridad cristiana.
ORATIO Quisiera, Señor, que tú ocuparas siempre el primer puesto en mi vida. Que fueras el primero en recibir el pensamiento de la alabanza por la mañana y el último en ser recordado con amor al final de la jornada. Quisiera sentir casi de una manera inconsciente, del mismo modo que respiro sin pensar en ello y late mi corazón sin que yo lo procure, que estoy siempre en comunión contigo, en una indisoluble amistad y en una constante presencia. Quisiera pensarte y encontrarte presente en cada persona que me roza, en la gente con que me encuentro, en las personas con las que trabajo. Y especialmente en aquellos que cargan con el peso del sufrimiento y de la decepción, con un corazón de carne que compadece y alivia, que hace compañía y consuela. También quisiera hacer de mi vida una memoria perenne de tu presencia, y de mi oración y mi caridad una alabanza sin fin dirigida a ti, la confesión de que te amo, Señor, con todo mi corazón y todas mis fuerzas. Pero sin olvidar a los hermanos, que constituyen asimismo tu presencia, que son el camino y la vía que nos llevan a la comunión contigo.
CONTEMPLATIO Cuando alguien está unido al prójimo, está igualmente unido a Dios. Quiero presentaros una imagen de los Padres para que comprendáis mejor el sentido de lo que estoy diciendo. Suponed que hay un círculo en el suelo [...]. Pensad que este círculo es el mundo, el centro del círculo es Dios, y las líneas que van desde el círculo al centro son los caminos, o sea, los modos de vivir de los hombres. Así pues, en cuanto los santos avanzan hacia el interior, deseando acercarse a Dios, a medida que van avanzando se acercan a Dios y se acercan entre sí los unos a los otros, y cuanto más se acercan a Dios más se acercan los unos a los otros, y cuanto más se acercan los unos a los otros más se acercan a Dios. Imaginad también, de manera semejante, la separación. En efecto, cuando se alejan de Dios y se dirigen hacia el exterior, está claro que cuanto más se alejan los unos de los otros tanto más se alejan también de Dios. Mirad, ésta es la naturaleza del amor. Cuanto más fuera estemos y no amemos a Dios, igualmente estaremos distantes del prójimo; en cambio, si amamos a Dios, cuanto más nos acerquemos a Dios por medio del amor a él, igualmente nos uniremos al amor al prójimo, y en la medida en que estemos unidos al prójimo tanto más unidos estaremos a Dios (Doroteo de Gaza, Insegnamenti spirituali, Roma 1979, pp. 124ss).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Recordad: a mí me lo habéis hecho» (cf. Mt 25).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Para los cristianos de los primeros siglos, el sacramento del altar y el del hermano constituían las dos caras del mismo misterio. Cristo ha reconstituido la unidad humana, rota por el orgullo del hombre, por su voluntad de apropiarse de la creación y, por consiguiente, de la muerte -del estado de muerte- que deriva de esta separación. Cristo no está separado de nada ni de nadie. Con la eucaristía entramos en esta inmensa unidad, somos miembros los unos de los otros, responsables los unos de los otros, y cada uno de nosotros lleva en sí toda la humanidad.
El «sacramento del
pobre» no sustituye al del altar [...], sino que se arraiga en él, deriva de él,
lo expresa. El pan eucarístico no instaura sólo un vínculo entre el Resucitado y
cada uno de nosotros, no fundamenta sólo la unidad visible de la Iglesia; nos
introduce en la unidad -en el ser de toda la humanidad-. Compartido, hace de
nosotros los hombres del compartir [...]. En la Iglesia primitiva no había una
moral social, sino más bien una concepción sacramental de la solidaridad humana.
Partían de la idea del Cuerpo de Cristo en el que la vida trinitaria, vida en
comunión, debe difundirse para irrigar de una manera misteriosa el género humano
(O. Clément, La rívolta dello Spiríto, Milán 1980, pp. 135ss). |
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Martes de la 19ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Deuteronomio 31,1-8 En aquellos días, 1 Moisés dirigió estas palabras a todo Israel: -Ya tengo ciento veinte años y no puedo moverme. Además, el Señor me ha dicho: «No pasarás el Jordán». 3 El Señor, tu Dios, irá delante de ti; él aniquilará ante ti a estas naciones, para que puedas expulsarlas. A la cabeza, como te ha dicho el Señor, irá Josué. 4 El Señor los destruirá, como hizo con Sijón y con Og, reyes de los amorreos, y con su país; 5 os entregará estas naciones y las trataréis como yo os he mandado. 6 Tened ánimo y valor, no las temáis ni os asustéis ante ellas, porque el Señor, tu Dios, va contigo; no te dejará ni te abandonará. 7 Después, Moisés llamó a Josué y le dijo en presencia de todo Israel: -Ten ánimo y valor, porque tú vas a introducir a este pueblo en la tierra que el Señor juró dar a sus antepasados; tú harás el reparto de su heredad. 8 El Señor irá delante de ti y estará contigo, no te dejará ni te abandonará; no temas ni te acobardes.
*+• Estamos en las escenas finales de la vida de Moisés, tal como nos las cuenta el libro de Deuteronomio. Manteniéndose siempre en un clima teologal que remite a Dios, Moisés, tejedor de la trama de la historia del pueblo, habla de su vejez y de su muerte inminente. La tierra prometida está cerca, al otro lado del Jordán, pero sabe que no pasará el límite, según la Palabra del Señor: «No pasarás el Jordán» (v. 2). Sin embargo, Dios estará siempre con el pueblo, le abrirá caminos y le procurará la victoria. Aun en ausencia de su caudillo, al pueblo le acompañará constantemente una certeza: Dios estará presente. YHWH es aquel que está cerca, precede y acompaña al pueblo, precisamente como ha hecho hasta ese momento. Es la hora de las consignas. Josué, elegido también por Dios para conducir al pueblo a la tierra prometida, será el heredero de Moisés. Pasan los mediadores humanos, pero Dios permanece. Esta certeza, que Moisés ha experimentado a lo largo de toda su vida, pretende dar seguridad a Josué. Las promesas hechas al pueblo también valen para él. Dios sigue siendo el protagonista de una historia que lleva adelante entre las contradicciones de los hombres y su probada fidelidad. Moisés garantiza a Josué esta presencia tras haberle impuesto las manos, signo de la transmisión de poderes, junto con el don del espíritu de sabiduría (Dt 34,9). Dios es siempre aquel que camina delante. Siempre estará presente, junto al pueblo y a su cabeza. Será fiel. Es una garantía que abre un futuro de esperanza.
Evangelio: Mateo 18,1-5.10.12-14 1 En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: -¿Quién es el más importante en el Reino de los Cielos? 2 Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos 3 y dijo: -Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos. 4 El que se haga pequeño, como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. 5 El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge. 10 Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial. 12 ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve e irá a buscar la descarriada? 13 Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se extraviaron. 14 Del mismo modo, vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.
**• En el fragmento evangélico de hoy se enlazan dos temas con dos géneros literarios de catequesis. En el primero encontramos una acción demostrativa de Jesús, que responde de manera clara e inesperada a una pregunta, un poco fuera de lugar, de los discípulos. Éstos no han comprendido todavía las exigencias del Reino. Quieren saber quién será el más grande en ese Reino de los Cielos que el Maestro está anunciando como próximo e incluso como ya presente. La respuesta visual es la acción profética de Jesús, que acompaña su Palabra con un gesto elocuente: pone en el centro a un niño -un ser pequeño, menesteroso, sin malicia-, y lo pone como modelo efectivo de acogida al Reino de los Cielos; la acogida en él se produce por don y no por mérito, lo cual significa volver a una pobreza ontológica, original, para dejarse formar también por la novedad inédita del Reino que Jesús proclama. Volver a ser niño es convertirse a Dios. La figura del niño se une aquí a la doctrina paulina del nuevo nacimiento, al mensaje joáneo de los hijos nacidos de Dios. Existe armonía entre la teología joánea, la de los sinópticos y la de Pablo. Ahora bien, la visión del niño suscita en Jesús una doble enseñanza que tiene que ver con el niño mismo como figura simbólica de todo ser menesteroso, pobre, frágil, al que debemos brindar nuestra acogida. Hasta tal punto que quien acoge a uno de estos pequeños acoge al mismo Jesús, que se ha identificado con los últimos. Viene, a continuación, la advertencia de que no debemos despreciar a los que se hacen como niños. Dios se ocupa de su defensa, y los ángeles que los custodian cuidan de ellos. En este contexto, aunque como una enseñanza añadida, presenta Mateo la parábola del buen pastor que va en busca de la oveja perdida, parábola que está descrita mejor en el evangelio de Lucas. La bienaventuranza del Reino pertenece también a los últimos, a quienes Dios busca con todo el corazón, como un pastor que no quiere que se pierda ninguno. Jesús, buen pastor, constituye una esperanza para todos.
MEDITATIO Podríamos contar toda la historia de la salvación a la luz de la categoría de presencia, tal como hemos podido constatar a lo largo de las páginas del Éxodo y del Deuteronomio. De la presencia de Dios en la creación se pasa a una presencia todavía más próxima en la tienda y en el arca. Dios, cuyo nombre -YHWH- significa también el «Dios presente», «Aquel que precede, sigue y acompaña», es siempre el Dios cercano, hasta el punto de hacer exclamar a Moisés: «Y en efecto, ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? (Dt 4,7). La certeza que posee el pueblo de Israel en atravesar el umbral de la tierra prometida se basa también en la promesa de esta presencia. Una presencia que, a su tiempo, tendrá una sede en el templo, en el Santo de los Santos, y que no cesará ni siquiera con la destrucción del templo. El Señor «emigrará», en efecto, con su pueblo al exilio. En la cima de la presencia de Dios en el Nuevo Testamento tenemos al Verbo encarnado. Él es la tienda y el templo, él es la presencia todavía más cercana, en nuestra carne, en nuestra compañía. Sin embargo, tal como nos enseña el Evangelio, Jesús mismo ha querido trasladar, por así decir, su presencia también al hombre, a todo hombre, a los pequeños del Reino, que deben ser tratados y acogidos como el mismo Cristo. Quien acoge a un pequeño del Reino - a un niño, a un pobre, a un menesteroso- acoge a Jesús, presente en él, porque lo que le hagamos al más pequeño a Jesús mismo se lo hacemos (cf. Mt 25,40).
ORATIO Tú eres un Dios presente, Señor. Te complaces en vivir no sólo en tu cielo altísimo, sino también en medio de nosotros. ¿Cómo habrías de ser un Dios de la historia si no marcharas con nosotros por los caminos de la vida? Esta presencia tuya es signo de ilimitada bondad y de amistad divina. Un amigo es una persona que está presente, un rostro cercano, un corazón cuyo latido próximo sentimos y con cuya conversación e intimidad gozamos. Sin embargo, tu presencia está escondida y velada. Necesitamos el suplemento de la luz de la fe para captar tu presencia, que se esconde y se revela a mismo tiempo: en la naturaleza, en la historia, en la Palabra, en la eucaristía. Existe también una presencia a través de la cual quieres ser acogido, amado, reverenciado, servido. Es tu presencia en los pequeños, en los que sufren, en los necesitados. Debes atraer en cierto modo nuestro amor hacia los hermanos, de manera que, aunque siga siendo verdadero en su orientación a ti, se dirija a todos aquellos a quienes tú amas, con quienes te has identificado y en los que quieres ser servido. Concédenos una fe limpia para vislumbrar tus rasgos en el rostro de los hermanos pequeños y pobres, y un amor grande para servirte en aquellos que se han convertido en tu presencia mística: así nos atraerás para que amemos y sirvamos como tu amaste y serviste en nosotros a aquellos que te dio el Padre.
CONTEMPLATIO ¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que sea objeto de desprecio en sus miembros, es decir, en los pobres, que carecen de paños para cubrirse. No lo honres aquí, en la iglesia, con telas de seda mientras que fuera lo olvidas cuando sufre por el frío y la desnudez. El que ha dicho: «Éste es mi cuerpo», confirmando el hecho con la palabra, ha dicho también: «Me visteis hambriento y no me disteis de comer» (cf. Mt 25,35) y «Os aseguro que, cuando dejasteis de hacerlo con uno de estos pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo» (Mt 25,45) [...]. Aprendamos, pues, a pensar en honrar a Cristo como él quiere. En efecto, el honor más agradable que podemos rendir a aquel a quien queremos venerar es el que él mismo quiere, no el que nos inventemos nosotros [...]. Haz que los hombres se beneficien de tus riquezas. Dios no tiene necesidad de vasos de oro, sino de almas de oro [...]. Por consiguiente, mientras adornas el lugar del culto, no cierres tu corazón al hermano que sufre. Éste es un templo vivo más precioso que aquél (Juan Crisóstomo, Homilía sobre el evangelio de Mateo, 50, 3ss: en PG 58, cois. 508ss). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Acoge el Reino de Dios en ti como un niño, acoge a cada niño como al mismo Cristo».
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL De hecho, no es raro que, en el mundo actual, nos sintamos perdedores. Pero la aventura de la esperanza nos lleva más allá. Un día encontré escritas en un calendario estas palabras: «El mundo es de quien lo ama y mejor sabe demostrarlo». ¡Qué verdaderas son estas palabras! En el corazón de las personas hay una sed infinita de amor, y nosotros, con el amor que Dios ha infundido en nuestros corazones (cf. Rom 5,5), podemos saciarla, Pero es preciso que nuestro amor sea «arte», un arte que supera la capacidad de amar simplemente humana. Mucho, por no decir todo, depende de esto. Yo he visto este arte, por ejemplo, en la madre Teresa de Calcuta. Quien la veía, la amaba. También en Juan XXIII, que ha sido proclamado beato recientemente. Aunque han pasado muchos años desde su muerte, su memoria está muy viva en la gente. Al entrar en un convento, en un centro diocesano o en nuestras oficinas, no siempre se encuentra este arte que hace al cristianismo hermoso y atrayente. Se encuentran, por el contrario, caras tristes y aburridas debido a la rutina de todos los días. ¿No dependerá también de esto la falta de vocaciones? ¿Y la escasa incidencia de nuestro testimonio? ¡Sin un amor fuerte no podemos ser testigos de esperanza! Aunque seamos expertos en materia de religión, corremos el riesgo cíe tener una teoría del amor y no poseer suficientemente su arte. Como un médico que tiene ciencia pero no el arte de la relación amable y cordial. La gente le consulta porque lo necesita, pero, cuando se cura, ya no vuelve más.
Jesús era como nadie
maestro en el arte de amar. Igual que un emigrante que se ha marchado al
extranjero, aunque se adapte a la nueva situación, lleva siempre consigo, al
menos en su corazón, las leyes y las costumbres de su pueblo, así él al venir a
la tierra se trajo, como peregrino de la Trinidad, el modo de vivir de su patria
celestial, «expresando humanamente los comportamientos divinos de la Trinidad»
(cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 470) (F. X. Nguyen Van Thuan,
Testigos de es' peranza, Ciudad Nueva 52001, pp. 82-83). |
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Asunción de la Virgen María (15 de agosto)
LECTIO Primera lectura: Apocalipsis 11,19a; 12,l-6a.l0a-b 11 Se abrió entonces en el cielo el templo de Dios y dentro de él apareció el arca de su alianza. 12,1 Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. 2 Estaba encinta y las angustias del parto le arrancaban gemidos de dolor. 3 Entonces apareció en el cielo otra señal: un enorme dragón de color rojo con siete cabezas y diez cuernos y una diadema en cada una de sus siete cabezas. 4 Con su cola barrió la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se puso al acecho delante de la mujer que iba a dar a luz, con ánimo de devorar al hijo en cuanto naciera. 5 La mujer dio a luz un hijo varón, destinado a regir todas las naciones con vara de hierro, el cual fue puesto a salvo junto al trono de Dios, 6 mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios. 10 Y en el cielo se oyó una voz potente que decía: Ya está aquí la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios. Ya está aquí la potestad de su Cristo.
**• El pasaje que hemos leído presenta una visión del apocalipsis. En ella se mezclan figuras y realidades de tal modo que no siempre es fácil interpretar con exactitud el significado de las imágenes empleadas. Por otra parte, en el lenguaje profético y apocalíptico conviene con frecuencia detenerse en el nivel de la sugerencia, a fin de comprender mejor el texto mismo. Este último puede ser presentado así como uno de nuestros sueños reveladores, un sueño en el que salen a flote nuestros miedos y nuestras certezas, nuestras necesidades y nuestros deseos... Este sueño está compuesto antes que nada de cielo. Se está llevando a cabo algo que está por encima de nosotros, algo que nos incluye. La lucha entre la mujer, el niño, el dragón y los ejércitos angélicos no tienen que ver con acontecimientos al margen de nosotros, sino que se cumplen en nuestro mismo cielo. Más aún, se trata de una lucha final, porque en ella se juega nuestra vida o la muerte. Lo muestra bien la señal de la mujer (12,lss). Ésta es casi una reina, soberana sobre la luna (es decir, sobre el «otro» lado de nuestra conciencia, sobre nuestra naturaleza más inconsciente) y sobre las estrellas (las doce estrellas se refieren a las doce tribus de Israel, o sea, que esta figura también es soberana de la historia, que, aun sin saberlo nosotros, está a nuestra espalda). Esta señal constituye el lado vivo de nuestra realidad; más aún, el lado más fecundo, el lado que nos impulsa a continuar la vida, la señal que nos permite albergar la esperanza de un día nuevo. Sin embargo, esta señal no está exenta de dolor y de peligro (12,3ss). La mujer grita por los dolores del parto y, al mismo tiempo, teme al dragón que quiere devorar al niño. Si nos dejamos cautivar por este sueño, sentiremos lo que significa que nuestro sueño de una vida nueva esté en peligro, nos daremos cuenta de hasta qué punto están temblando por dentro nuestros deseos, nos preguntaremos si conseguiremos ver de verdad la luz, experimentaremos el dolor que la nueva vida provoca en nosotros... La lucha se está produciendo precisamente en nuestro instante de vida. Y el niño nace y, contrariamente a las expectativas negativas, es arrebatado al cielo para defenderlo deldragón, que es derrotado por los ejércitos angélicos (12,5ss). Podría parecer un consuelo barato en nuestro sueño. Sin embargo, si creemos que nuestro sueño expresa una verdad, comprenderemos de inmediato que no se trata de esto: se trata de la exacta percepción, del presentimiento confiado de que, de verdad, precisamente en nuestra vida, «ya está aquí la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios» (12,10).
Segunda lectura: 1 Corintios 15,20-26 Hermanos: 20 Cristo ha resucitado de entre los muertos como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte. 21 Porque lo mismo que por un hombre vino la muerte, también por un hombre ha venido la resurrección de los muertos. 22 Y como por su unión con Adán todos los hombres mueren, así también por su unión con Cristo todos retornarán a la vida. 23 Pero cada uno en su puesto: como primer fruto, Cristo; luego, el día de su gloriosa manifestación, los que pertenezcan a Cristo. 24 Después tendrá lugar el fin, cuando, destruido todo principado, toda potestad y todo poder, Cristo entregue el reino a Dios Padre. 25 Pues es necesario que Cristo reine hasta que Dios ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. 26 El último enemigo a destruir será la muerte.
**• Pablo subraya también en otras ocasiones que el anuncio de la resurrección se encuentra en el centro del mensaje cristiano (cf. Rom 1,4; Gal 1,2-4; etc.): «Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe» (1 Cor 15,17). También en este caso, después de haber vuelto a llamar a los fieles a compartir un mismo camino de fe, les vuelve a presentar el evangelio inicial, el que anuncia que «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, fue sepultado y resucitó el tercer día según las Escrituras» (1 Cor 15,3ss). Como corolario, intenta dar posibles explicaciones de la resurrección, frente a posibles objeciones. En el fragmento que nos presenta la liturgia de hoy, la resurrección está vinculada con su acontecimiento primero: Jesucristo. En efecto, el «primer» hombre, Adán, es figura de un ser para la muerte, que introduce la muerte-pecado en la naturaleza humana; el hombre «nuevo» Jesús, en cambio, trae la vida y a través de él tiene lugar la resurrección. La lectura cristológica de la resurrección no es obvia; más aún, sirve para valorarla como un acontecimiento de gracia y evitar lecturas simplemente naturalistas o moralistas. La resurrección es el don de la vida de Dios en Cristo: no se trata de un premio para quien se ha portado bien o de la evolución natural de las cosas... La resurrección es la Vida nueva que irrumpe en nuestra vida, es la Vida de la gracia, que transforma todo nuestro ser y hace que nuestro espíritu y nuestro cuerpo puedan ver el rostro de Dios y seamos elevados al cielo. Éste es el verdadero anuncio de la derrota definitiva de la muerte, que ya no es considerada como pecado y dolor, sino que se convierte en la puerta santa, en el último paso hacia el encuentro con el Señor de nuestra vida.
Evangelio: Lucas 1,39-56 39 Por aquellos días, María se puso en camino y se fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá. 40 Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41 Y cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño empezó a dar saltos en su seno. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo, 43 exclamó a grandes voces: -Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. 43 Pero ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme? 44 Porque en cuanto oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de alegría en mi seno. 45 ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. 46 Entonces María dijo: 47 Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador, 48 porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, 49 porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso. Su nombre es santo, 50 y es misericordioso siempre con aquellos que le honran. 51 Desplegó la fuerza de su brazo y dispersó a los de corazón soberbio. 52 Derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes. 53 Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada. 54 Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia, 55 como lo había prometido a nuestros antepasados, en favor de Abrahán y de sus descendientes para siempre. 56 María estuvo con Isabel unos tres meses; después volvió a su casa.
*»• El encuentro entre dos madres se convierte, en los relatos de la infancia del evangelio según Lucas, en un momento importante de conexión y de continuidad entre la historia de la salvación contada en el Antiguo Testamento y la nueva historia que está a punto de empezar con el nacimiento de Jesús; por eso, Isabel saluda en María a la madre «de su Señor» (cf. v. 43) y la proclama bienaventurada por su fe, exultando junto con su propio hijo por impulso del Espíritu Santo (w. 41-45). La presencia misteriosa del Espíritu nos muestra ya que ambas madres forman parte de un mismo plan de salvación, mediante el cual el designio de Dios sobre el mundo encuentra su cumplimiento no a través de las grandes gestas de la historia -aunque sí en su interior-, no a través de las glandes intuiciones de los filósofos o de los matemáticos griegos -aunque sí junto a ellos-, sino a través de la esperanza de dos mujeres de Israel, que reconocen en lodo lo que les está pasando una obra que les supera. No por nada se convierte el cántico mariano en elenco de esta historia que está por detrás y frente a la historia de los manuales, exaltando a su Autor misterioso (v. 47). La «humildad de su sierva», a la que el Señor dirige su mirada (cf. w. 48-50), no se queda en una simple indicación exterior. Se trata de la humildad de quien está tan bajo que ve mejor la semilla que está a punto de nacer, de quien se pone en una posición de pura acogida (cf. Lc 1,38), de modo que consigue ver la profundidad de todo lo que está sucediendo y no se deja distraer por otros acontecimientos más ruidosos pero menos reales. En el fondo, se trata de la humildad de quien acoge en sí la verdad de la historia. Precisamente por eso, la humildad de María no le impide reconocerse incluso como destinataria privilegiada del amor de Dios y profetizar que la historia la recordará por esto (y con ello se inserta una vez más en el ejército de todos los orantes del Antiguo Testamento). De esta perspectiva parte el recuerdo de las obras realizadas por el verdadero Señor de la historia (w. 51-53). Y esta historia se cumple en la salvación llevada a quienes históricamente no tienen salvación -los humildes, los hambrientos- y en la dispersión de cuantos tienen una salvación confeccionada por ellos a su medida y, por eso, no pueden confiar en la obra de Otro (como los soberbios, los poderosos, los ricos...). Estos dos aspectos de la historia parecen combatirse recíprocamente: Desplegó la fuerza de su brazo» (v. 51) es una expresión dotada de connotaciones militares (cf. Sal 118,16); sin embargo, la profecía de María descubre, en realidad, en la historia un único aspecto de salvación; a saber: la proximidad del Señor. Tanto más por el hecho de que este Señor demuestra ser fiel también a sus propias promesas (w. 54ss) y, por consiguiente, digno asimismo de confianza. Para quien tiene ojos humildes, capaces de ver la humildad de la historia de la salvación, el Dios en quien se puede confiar permanece como confirmación de la bendición que él mismo ha dirigido a Israel y a su pueblo, de la promesa que el niño que da saltos en el seno de Isabel y el niño que está creciendo en el seno de María llevan con ellos.
MEDITATIO La persona de María encierra y realiza en sí misma un camino particular de fe a pesar de la elección que la consideró no afectada por el pecado original y que la hizo Madre de Dios, «la que avanzaba "en la peregrinación de la fe"» (Redemptoris Mater 25). Este avanzar por el camino de la fe la convierte también en un posible modelo para todo el que quiere comprender lo que significa reconocer el total señorío de Dios sobre su propia vida. Este señorío encuentra su realización ya en el ámbito de nuestro camino de crecimiento humano. A medida que el señorío de Dios entra en nuestra historia conseguimos ver con unos ojos nuevos la realidad que nos rodea. Nuestros ojos no ven ya sólo los abusos, las injusticias de quienes oprimen al débil, las mentiras de quienes tienen la soberbia en su propia lengua, la riqueza que se convierte en muerte del pobre... Poco a poco nuestros ojos se vuelven semejantes a los de María, a esos ojos que la hacen capaz de reconocer el poder de Dios que actúa en la historia en favor de la justicia y de la paz, y nos damos cuenta de cómo nosotros mismos podemos volvernos, a nuestra vez, historia de liberación, precisamente como María, si nos confiamos a este anuncio. El señorío de Dios encuentra también su realización en nuestro camino de fe. Con María nos damos cuenta de que somos «siervos del Señor», llamados a proclamar la obra del Señor y sus maravillas, llamados a «engrandecer» su presencia en nuestra vida. Con María no tenemos miedo a reconocer frente al mundo nuestra elección, no tenemos miedo a llamarnos siervos e hijos de Dios, no tenemos miedo a la obra que el Espíritu Santo está realizando en nosotros. Este camino se realiza a través de la oración, a través del servicio y a través del testimonio, junto con María, que fue capaz de hacer efectivos, en su propia carne, su oración del Magníficat, su servicio a los otros (la visitación fue antes que nada respuesta a una necesidad de Isabel) y su anuncio de liberación. El último anuncio de este señorío de Dios sobre nuestra vida tiene lugar cuando conseguimos comprender que éste no permanece extraño a nuestra corporeidad. Lo podemos intuir ya en el anuncio de la encarnación o sentirlo en nuestra vida a través de la corporeidad de los distintos sacramentos. La realidad de la resurrección, que para nuestra naturaleza humana se vuelve ya eficaz en la asunción de María al cielo, es la última llamada a abandonar asimismo nuestro cuerpo al poder del Reino de Dios. Hasta nuestro cuerpo, con sus necesidades ínfimas y con sus deseos más elevados, con sus gritos de «¡tengo hambre!» y sus «¡te amo!», está incluido en el Reino de Dios. El cuerpo de María, que llevó en él el cuerpo del Verbo encarnado e hizo frente también al dolor de la historia, se vuelve en su asunción la promesa y la realización del hecho de que nuestros sueños, nuestros deseos, nuestras necesidades, no puedan apartarse de la presencia divina que ha tocado nuestra vida.
ORATIO Te doy gracias, oh Padre, porque has elegido a María, mujer humilde y pobre, para dar cumplimiento a tus promesas, a las promesas que hiciste a Abrahán, que «tuvo fe y esperó contra toda esperanza» (cf. Rom 4,18). En ella nos has mostrado cómo obras, puesto que no miras el exterior o la grandeza, sino que actúas simplemente por tu amor. Ayúdame a darme cuenta de que también yo estoy llamado a este amor y a confiarme a este anuncio sin miedos. Te doy gracias, Verbo eterno, porque en María, con tu encarnación, has tocado nuestro cuerpo mortal y, en ti, lo has hecho capaz de acoger la santidad de Dios. Todo lo que has hecho en la historia, con tus palabras y con tus acciones, se convierte para nosotros en llamada y promesa de un mundo nuevo, de un mundo que sea de verdad el reino del Padre. Ayúdanos a creer en ti, ayúdanos a sentir que tu historia es la historia verdadera del mundo, la historia capaz de vencer nuestras ansias, nuestras necesidades. Te doy gracias, Espíritu del Padre y del Hijo, porque tu acción misteriosa ha cambiado el sentido de la historia. Tu poder tocó el seno de María y la preparó para la venida del Verbo de Dios. Tu poder ha transformado las palabras de una pobre mujer en un anuncio capaz de revolucionar la historia, en una profecía de verdadera liberación. Tu poder santificó un cuerpo destinado al polvo y lo convirtió en un cuerpo glorioso, capaz de lo infinito. Que tu poder nos ayude también a nosotros a confiar nuestros sueños y nuestros deseos a este anuncio de resurrección, para que consigamos rea lizar también en nuestra vida el acto de fe total que fue el de María.
CONTEMPLATIO Nuestra celebración consiste, en realidad, más en la indicación del misterio que en su explicación. Y aunque yo quisiera anteponer el silencio al habla, ésta última se ve forzada por el afecto, dando lugar a las palabras, y cede a éstas, aunque no tengan coraje y no ignoren su debilidad, que es demasiado grande respecto a la posibilidad de satisfacer de una manera adecuada el arcano del prolongado silencio [...]. Por eso, ¡ánimo!, obedecedme a mí, que soy buen consejero, y corred al encuentro con la Madre de Dios. Y mientras ahora estáis relucientes por la acción y por la palabra, y resplandecéis por todos lados gracias a la belleza de la virtud, quiera el mismo Cristo recogeros y recibiros al mismo tiempo en el místico banquete. Y os lo muestra claramente con el hecho de que hoy traslada a su Madre siempre virgen, de cuyo seno, y aun siendo Dios, tomó arcanamente nuestra forma, de los lugares terrenos como reina de nuestra naturaleza, dejando el poder del misterio sin anuncio, aunque no del todo incomunicable. En efecto, ella vino en el nacimiento y, sin embargo, tuvo una condición extraordinaria. Aquella que procuró la vida, sube para un viaje de nueva vida y se traslada al lugar incorruptible, principio de vida (Andrés de Creta,Omelie mañane, Roma 1987, pp. 133, passim).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Señor ha mirado la humildad de su sierva» (Lc 1,48).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL María, en su canto de alabanza, no engrandeció a Dios sólo de una manera abstracta por haber «levantado a los humildes» y haber «llenado de bienes a los hambrientos», sino que lo hizo indudablemente también porque conocía esta bajeza ante Dios mejor que cualquier otra criatura: Dios, el poderoso, en efecto, «ha mirado la humildad de su sierva», y por esa mirada proyectada sobre ella, no por su ensalzamiento, ella se alegra por «la grandeza del Señor». Si bien María era materialmente pobre, no se alegra por los dones materiales que le fueron concedidos [...], sino por el don inaudito de una maternidad mesiánica, que no era tanto un don hecho a ella personalmente como un acto de misericordia hacia su «siervo Israel», que ha obtenido la «semilla de Abrahán»por la que había suspirado tanto tiempo. En su opción en favor de los pobres, María es perfectamente ella misma, no se ha alienado en absoluto en «otra María». Sabe que ha llegado a ser Madre de una manera única e incomparable por pura gracia, y Madre no sólo de su único Hijo, sino, en él, de todos aquellos que mediante él y en él se han convertido en hijos e hijas de Dios en la Iglesia. (Y cuando aquí hablamos de Iglesia, sus confines permanecen indefinidos, porque la gracia de la redención de Cristo ha llegado, en efecto, a todos los hombres que nacieron antes que él y después de él.) «La mediación de María está ligada, efectivamente, a su maternidad, posee un carácter específicamente materno»(Redemptoris Mater 38) y, por eso, ella es el centro de la «comunión de los santos», «está como envuelta por toda la realidad de la comunión de los santos» (Redemptoris Mater 41), de esa capacidad de ser-para-los-otros en el Reino de Dios como coronamiento sobrenatural de la estupenda posibilidad ya en el plano natural, o sea, de la capacidad de poderse apoyar y ayudar recíprocamente (H. U. von Balthasar, «Commento all'enciclica "Redemptoris Mater"», en H. U. von Balthasar - J. Ratzinger, María. II si di Dios all'uomo. Introduzione e commento alfencíclica «Redemptoris Mater», Brescia 31988, pp. 56ss, passim). |
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Viernes de la 19ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Josué 24,1-13 En aquellos días, 1 Josué reunió a todas las tribus de Israel en Siquén y convocó a los ancianos de Israel, a sus jefes, jueces y oficiales. Todos se presentaron ante Dios. 2 Josué dijo a todo el pueblo: -Así dice el Señor, Dios de Israel: Vuestros antepasados, Teraj, padre de Abrahán y de Najor, vivían antiguamente en Mesopotamia y servían a otros dioses. 3 Pero yo tomé a vuestro padre Abrahán de Mesopotamia y le hice recorrer toda la tierra de Canaán; multipliqué su descendencia y le di a Isaac. 4 A Isaac le di a Jacob y a Esaú. A Esaú le di en posesión la montaña de Seír, mientras que Jacob y sus hijos bajaron a Egipto. 5 Envié después a Moisés y a Aarón, y castigué a Egipto realizando prodigios. Después os saqué de allí. 6 Saqué de Egipto a vuestros padres y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con carros y caballos hasta el mar Rojo. 7 Ellos clamaron al Señor, y él interpuso densas tinieblas entre vosotros y los egipcios e hizo irrumpir contra ellos el mar, que los anegó. Con vuestros propios ojos habéis visto lo que yo hice en Egipto. Después vivisteis mucho tiempo en el desierto. 8 Os introduje en la tierra de los amorreos, que viven al otro lado del Jordán; ellos combatieron contra vosotros, pero yo os los entregué; ocupasteis su tierra, porque yo los exterminé ante vosotros. 9 Balac, hijo de Sipor, rey de Moab, salió a combatir contra Israel y mandó llamar a Balaán, hijo de Beor, para que os maldijese. 10 Pero yo no escuché a Balaán, y él no tuvo más remedio que bendeciros; así os libré de su poder. 11 Después, pasasteis el Jordán y llegasteis a Jericó; los jefes de Jericó combatieron contra vosotros, así como los amorreos, pereceos, cananeos, hititas, guergueseos, jeveos y jebuseos, pero yo os los entregué. 12 Mandé delante de vosotros tábanos que pusieron en fuga a los dos reyes amorreos. Esto no se lo debéis a vuestra espada ni a vuestro arco. 13 Os he dado una tierra por la que vosotros no habíais sudado, unas ciudades que no edificasteis y en las que ahora vivís; coméis los frutos de las viñas y de los olivos que no habéis plantado.
**• Memoria, reconocimiento, gratuidad. En los libros sagrados del Antiguo Testamento se recuerda a menudo la historia del pueblo a partir de Abrahán, que es su padre en la fe y en torno al cual se vuelven a enlazar constantemente los hilos de la memoria. En la magna asamblea de Siquén, celebrada cuando el pueblo se ha adentrado ya en la tierra prometida, se renueva de manera solemne la alianza con YIIWII. Con cierta estructura ritual, y antes de la renovada adhesión de fe por parte del pueblo, Josué traza las grandes líneas de la historia de Israel, presidida siempre por la presencia del Señor; transmite la memoria de las admirables obras realizadas por el Señor, en su nombre, como una historia llevada a cabo por Dios mismo con sus siervos. Se trata del relato de todo lo que YIIWII ha ido haciendo a lo largo de una peregrinación que arranca con los antepasados de Abrahán, hasta el momento presente, en el que se ven realizadas las promesas que le fueron hechas al amigo de Dios, a nuestro padre en la fe. En una síntesis vertiginosa se pasa revista a los padres y a los patriarcas de la historia del pueblo: Abrahán, Isaac, Jacob y sus hijos, que bajaron a Egipto. Después se recuerda el acontecimiento maravilloso de la liberación de Egipto, presente siempre en la memoria, como acontecimiento clave de la historia de Dios con el pueblo, la entrada en la tierra prometida y las dificultades superadas como los habitantes de esta tierra. Todo es historia de Dios en favor del pueblo, que debe captar siempre y en todo la gratuidad de los dones de Dios, a fin de responder también con un corazón repleto de gratitud. Con este sentimiento se concluye la profesión de fe, memoria histórica de las obras de Dios. El pueblo tiene ahora una tierra que no ha sudado, habita en ciudades que no ha edificado, come el fruto de viñas y olivos que no ha plantado (v. 13). Todo es don de Dios.
Evangelio: Mateo 19,3-12 En aquel tiempo, 3 se acercaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: -¿Puede uno separarse de su mujer por cualquier motivo? 4 Jesús respondió: -¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra, 5 y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos uno sólo? 6 De manera que ya no son dos, sino uno sólo. Por tanto, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. 7 Replicaron: -Entonces, ¿por qué mandó Moisés que el marido diera un acta de divorcio a su mujer para separarse de ella"? 8 Jesús les dijo: -Moisés os permitió separaros de vuestras mujeres por vuestra incapacidad para entender, pero al principio no era así. 9 Ahora yo os digo: El que se separa de su mujer, excepto en caso de unión ilegítima, y se casa con otra comete adulterio. 10 Los discípulos le dijeron: -Si tal es la situación del hombre con respecto a su mujer, no tiene cuenta casarse. 11 Él les dijo: -No todos pueden hacer esto, sino sólo aquellos a quienes Dios se lo concede. 12 Algunos no se casan porque nacieron incapacitados para ello; otros, porque los hombres los incapacitaron; y otros eligen no casarse por causa del Reino de los Cielos. Quien pueda poner esto en práctica que lo haga.
*+• No falta en la predicación de Jesús una precisión relativa a los temas más fundamentales de la vida. Jesús no rehúye la confrontación con la realidad humana, sino que ilumina con una nueva luz los puntos críticos de la vida de los hombres. En el caso que nos ocupa se trata del matrimonio en el proyecto original del Creador. El Maestro, a la luz del relato fundacional del Génesis, recuerda la dualidad y la reciprocidad de la naturaleza humana creada por Dios en la pareja complementaria: «varón y hembra». La pareja es signo de un don recíproco, manifestado en la unión conyugal, que expresa la entrega total de ambas personas, la una a la otra. Se trata de un proyecto de Dios que no puede separar el hombre. En la práctica, es la afirmación del proyecto original de un matrimonio único e indisoluble. Jesús ratificó esta misma doctrina siguiendo el itinerario de lo que había venido a realizar: cumplir la ley y no aboliría. Ahora bien, se trata de un reconocimiento que no siempre se ha llevado a cabo; es más, una sociedad demasiado machista ha hecho prevalecer sobre la debilidad de la mujer el repudio de ésta, como si sólo ella pudiera ser culpable. El restablecimiento del equilibrio de los derechos y de los deberes entre el hombre y la mujer en el matrimonio es también propio de Jesús. Por otra parte, el Maestro -célibe por decisión propia, aunque esto era un hecho muy singular en su cultura afirma de su propia cosecha, con fórmulas que encierran algo de enigmático, que se puede optar también por el celibato: no por la comodidad de no tener problemas, sino para dedicarse por completo al servicio del Reino. Sin embargo, esta opción, según nos explica Jesús, es un don que viene de lo alto.
MEDITATIO Uno de los aspectos fundamentales de la oración bíblica es el agradecimiento. El recuerdo agradecido de las obras realizadas por Dios en la historia del pueblo de Israel suscita la alabanza de bendición. Toda modalidad de oración que, con razón, se llama berakhah, «bendición» dirigida a Dios por sus beneficios, es una memoria. Antes incluso de ser una oración de súplica es una invocación de alabanza. Como se dice con frecuencia, la oración judía es narrativa, cuenta la historia de Dios a través de la historia del hombre, a diferencia de la oración de los paganos dirigida a sus dioses, que era una súplica interesada, una invocación destinada a obtener beneficios, dado que, en verdad, poco podían contar de las cosas hechas por los dioses en favor de los hombres. No ocurre así con Israel, un pueblo que sabía orar y que, de hecho, oraba relatando, poniendo ante su Señor y ante el pueblo las maravillas de Dios, las grandes obras realizadas por él. Por eso el «Credo» del pueblo que aparece en la lectura del libro de Josué es una narración de sus obras. Asimismo, sólo a partir de este principio de la gratuidad de Dios se puede comprender la lección que nos presenta el Evangelio. El matrimonio y la virginidad son dos vocaciones, dos proyectos de amor, en el designio de Dios. Tanto el uno como la otra no son opción del hombre, sino proyecto de Dios. Más aún, son un proyecto complementario de dos vocaciones que, si sólo fueran opción del hombre, serían dos deformaciones, sujetas a sus veleidades. Así, quien vive la gracia del matrimonio, único e indisoluble, acepta y respeta la vocación del propio cónyuge. Y quien vive la virginidad por el Reino de Dios no lleva a cabo una opción egoísta o se resigna a un expediente de impotencia de amar. Viven todos, a partir de Dios, una opción de amor y de servicio recíproco en la comunidad que Jesús vino a fundar.
ORATIO Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres. Todas tus obras destinadas a nosotros son acciones de amor y de misericordia. También hoy te bendecimos con nuestra acción de gracias, que tiene la eucaristía como su momento culminante. En realidad, la historia de la salvación tiene como meta y síntesis la encarnación, la pasión y la resurrección de Jesús, tu amadísimo Hijo. En él se han cumplido todas las promesas, nos han sido dados todos los bienes, se han aclarado todos los enigmas, se han realizado todas las profecías. Te damos gracias, oh Padre, por nuestra pequeña historia de salvación, hecha a partir de acontecimientos, de encuentros, de relaciones. Todo nos dice que eres tú quien teje con nosotros una historia de amor y que llevas a su cumplimiento, con la fuerza de tu Espíritu, tu designio de misericordia. Haz que cada uno de nosotros sepa reconocer en cada acontecimiento tu presencia y pueda decir, de verdad, que todo es gracia, porque «es eterna tu misericordia». También te damos gracias por el don precioso del matrimonio y de la virginidad, por las familias y por las personas consagradas. Haz que seamos fieles a tu designio de amor, de un amor que es santo y fecundo.
CONTEMPLATIO En este mundo santo, bueno, reconciliado, salvado -mejor dicho, que ha de ser salvado, ya que ahora está salvado sólo en esperanza, porque en esperanza fuimos salvados-, en este mundo, pues, que es la Iglesia, que sigue a Cristo, el Señor nos dice a todos: El que quiera venir conmigo que se niegue a sí mismo. Este precepto no se refiere sólo a las vírgenes, con exclusión de las casadas; o a las viudas, excluyendo a las que viven en matrimonio; o a los monjes y no a los casados; o a los clérigos, con exclusión de los laicos: toda la Iglesia, todo el cuerpo y cada uno de sus miembros, de acuerdo con su función propia y específica, debe seguir a Cristo. Sígale, pues, toda entera la Iglesia única, esta paloma y esposa redimida y enriquecida con la sangre del Esposo. En ella encuentra su lugar la integridad virginal, la continencia de las viudas y el pudor conyugal. Todos estos miembros, que encuentran en ella su lugar, de acuerdo con sus funciones propias, sigan a Cristo; niéguense, es decir, no se vanaglorien; carguen con su cruz, es decir, soporten en el mundo por amor de Cristo todo lo que en el mundo les aflija. Amen a Aquel que es el único que no traiciona, el único que no es engañado y no engaña; ámenle a Él, porque es verdad lo que promete. Tu fe vacila, porque sus promesas tardan. Mantente fiel, persevera, tolera, acepta la dilación: todo esto es cargar con la cruz (Agustín de Hipona, Sermón 96,9, en PL 38, col. 588).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Porque es eterna su misericordia» (del salmo responsorial).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador, pierde significado la renuncia por el Reino de los Cielos. En efecto, dice acertadamente san Juan Crisóstomo: «Quien condena el matrimonio priva también a la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo alaba hace la virginidad más admirable y luminosa. Lo que parece un bien solamente en comparición con un mal no es un gran bien, pero lo que es mejor aún que bienes por todos considerados tales, es ciertamente un bien en grado superlativo».
En la virginidad, el
hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las bodas escatológicas de
Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de que
Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la vida eterna. La persona virgen
anticipa así en su carne el mundo nuevo de la resurrección futura. En virtud de
este testimonio, la virginidad mantiene viva en la Iglesia la conciencia del
misterio del matrimonio y lo defiende de toda reducción y empobrecimiento.
Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre, «hasta encenderlo
mayormente de caridad hacia Dios y hacia todos los hombres», la virginidad
testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe
preferir a cualquier otro valor aunque sea grande; es más, que hay que buscarlo
como el único valor definitivo. Por esto, la Iglesia, durante toda su historia,
ha defendido siempre la superioridad de este carisma frente al del matrimonio,
por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios. Aun habiendo
renunciado a la fecundidad física, la persona virgen se hace espiritualmente
fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización de la familia
según el designio de Dios (Juan Pablo II, exhortación apostólica Familiaris
consortio, 22 de noviembre de 1981, n. 16).
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Sábado de la 19ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Josué 24,14-19 En aquellos días, dijo Josué a todo el pueblo: 14 Así pues, respetad al Señor y servidle en todo con fidelidad; quitad de en medio de vosotros los dioses a los que sirvieron vuestros antepasados en Mesopotamia y en Egipto, y servid al Señor. 15 Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir, si a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados en Mesopotamia o a los dioses de los amorreos, cuya tierra ocupáis. Yo y los míos serviremos al Señor. 16 El pueblo respondió: -Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. 17 El Señor es nuestro Dios; él fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto a nosotros y a nuestros padres. Él ha hecho ante nuestros ojos grandes prodigios y nos ha protegido durante el largo camino que hemos recorrido y en todas las naciones que hemos atravesado. 18 Él ha expulsado delante de nosotros a todos los pueblos y a los amorreos, que viven en el país. Así que también nosotros serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios. 19 Josué dijo al pueblo: -Vosotros no seréis capaces de servir al Señor, porque él es un Dios santo, un Dios celoso que no tolerará vuestras transgresiones ni vuestros pecados. 20 Si abandonáis al Señor para servir a dioses extraños, Él se volverá contra vosotros y, después de haberos hecho tanto bien, os hará el mal y os exterminará. 21 El pueblo respondió: -Nosotros queremos servir al Señor. 22 Josué les dijo: -Sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido al Señor para servirlo. Ellos respondieron: -Lo somos. 23 Y Josué añadió: -Entonces quitad de en medio de vosotros los dioses extraños e inclinad vuestros corazones al Señor, Dios de Israel. 24 El pueblo respondió: -Serviremos al Señor, nuestro Dios, y obedeceremos su voz. 25 Aquel día, Josué hizo una alianza con el pueblo y le dio leyes y preceptos en Siquén. 26 Josué escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios, tomó una gran piedra y la erigió allí, debajo de la encina que había en el santuario del Señor, 27 y dijo a todo el pueblo: -Esta piedra será un testimonio contra nosotros, porque ella ha oído todo lo que el Señor nos ha dicho; será un testimonio contra vosotros para que no reneguéis de vuestro Dios. 28 Después, Josué despidió al pueblo, y cada uno se volvió a su heredad. 29 Algún tiempo después, murió Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, a la edad de ciento diez años.
*•• Con este episodio concluye el libro de Josué y termina, idealmente, la toma de posesión de la tierra prometida por parte de todo el pueblo que se dirige, según las tribus, al territorio en el que debe habitar. El momento es solemne. Se concluye una alianza que consta de tres momentos esenciales. El primero es la invitación lanzada por Josué al pueblo para que se adhiera por completo al Señor, con integridad y verdad, en un servicio total, renunciando a todos los ídolos, incluso a los ancestrales, que habían permanecido en la memoria colectiva, así como a los nuevos ídolos a los que el pueblo se había dirigido en el desierto (y tal vez también en la nueva tierra). El cabeza da ejemplo en nombre de su casa y de su tribu. Viene a continuación la respuesta del pueblo en una magna purificación de la memoria y con una renuncia colectiva a los ídolos para servir a Dios. Hay aún un segundo momento ritual: Josué anuncia la realidad del Dios de Israel, el Dios de la alianza, que es santo y celoso a la vez, como ha demostrado en otros momentos a lo largo del camino por el desierto. Y lo hace con una amenaza que refuerza el temor de Dios: éste podría dar la espalda al pueblo y, tras haberle procurado sus beneficios, podría repudiarlo. Por último, en un tercer momento, resuena dos veces la profesión de fe del pueblo, referida ya en otro lugar a petición de Moisés. Se trata de una promesa de alianza diligente y concreta de palabra y de obra (v. 24: «Serviremos al Señor, nuestro Dios, y obedeceremos su voz»). A pesar de la fuerza de la adhesión, ésta seguirá siendo débil y endeble, como demostrará la historia posterior. Sin embargo, Dios seguirá siendo fiel a la promesa y al establecimiento de una nueva alianza. El servicio de Dios, el Fiat, el sí de la colaboración incondicionada, el eco fiel de la promesa de los padres, será personificado al final de los tiempos por la Hija de Sión, María, la sierva del Señor, la mujer que representa a todo el Israel de Dios.
Evangelio: Mateo 19,13-15 En aquel tiempo, 13 le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase. Los discípulos les regañaban, 14 pero Jesús dijo: -Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos. 15 Después de imponerles las manos se marchó de allí.
**• El breve pasaje evangélico que acabamos de leer nos presenta a Jesús en contacto con los pequeños, con los niños. Ellos pertenecen al Reino no sólo en virtud de un hecho de carácter sociológico -en cuanto incluidos asimismo en la relación hombre-mujer, como fruto de la paternidad y de la maternidad, en cuanto forman parte del pueblo-, sino precisamente en virtud de su persona, que tiene un gran valor a los ojos de Dios. Presentan a Jesús un grupo de niños, probablemente por sus madres, para que el Maestro les dispense algún gesto de benevolencia y de bendición, una caricia y una oración (v. 13a). La reacción de los discípulos, además de un comportamiento tosco, aunque espontáneo, para intentar liberar al Maestro de una incómoda turba de mocosos (v. 13b), revela tal vez un dato cultural de la época: la poca atención que se prestaba a los pequeños, lo poco que contaban los niños en cuanto niños. En realidad, los adultos despreciaban a los pequeños en la cultura de aquel tiempo. También en lo que respecta a esta categoría social restablece Jesús el sentido de la dignidad original; más aún, se refiere a ella con un trato de predilección: «Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a mí» (v. 14). Jesús confirma su disponibilidad para la acogida del Reino no sólo como una cualidad moral, como quien se hace pequeño y se convierte, sino también por una situación existencial, por su inocencia y su disponibilidad, no resquebrajada por la malicia de ulteriores experiencias personales. También Jesús aceptó vivir una experiencia humana de niño y le dio un sentido a este momento de la vida humana. Hay, por consiguiente, en las palabras del Maestro una advertencia sobre la proximidad entre él y los niños, entre la existencia de los niños en medio de nosotros y el destino de todos, desde pequeños, a la persona de Jesús, a quien pertenecen, y a su Reino.
MEDITATIO «Serviremos al Señor, nuestro Dios». La ratificación de la alianza en Siquén está expresada con una fórmula que indica bien la interioridad del compromiso que asume el pueblo ante Dios. Se trata de la actitud, al mismo tiempo interior y exterior, de una entrega total. «Servir al Señor» supone una donación total de la propia vida, una dedicación de nuestro propio ser y de nuestras propias cualidades a la plena realización de su designio de amor en favor de la humanidad. Es abrir nuestra propia existencia a la voluntad del Señor, expresada en los preceptos de la alianza no como puras normas de conducta, sino más bien como senderos de santidad personal, comunitaria y social. El Señor ha puesto remedio a la insuficiencia de la ley antigua y de la alianza mosaica con la nueva alianza en el Espíritu. El obsequio de la mente y de la voluntad, el suave plegarse de lo humano a lo divino, constituye la novedad de un servicio en el que el amor y el temor, la condición de siervos y de hijos, el mandamiento exterior y la libertad interior, la adhesión plena de amor a la voluntad salvífica de Dios, se manifiestan como la ley nueva del Espíritu en el corazón del creyente. De este modo, la persona humana ofrece a Dios su propia libertad y la hace omnipotente. La dignidad de la persona humana alcanza su cima cuando con amor, con libertad y sin miedo sirve al Señor. El modelo de esta entrega libre lo tenemos en María, la madre y la sierva del Señor.
ORATIO Queremos vivir, Señor, con alegría la espiritualidad del servicio, la amorosa adhesión a tu voluntad. No es un mandamiento despótico el que nos propones, sino la guía amorosa y paterna de una vía real la que tú nos indicas. Doblega con la fuerza amorosa de tu Espíritu la dureza de nuestro corazón, llena de tu soplo divino nuestro ser, para que podamos ofrecerte con libertad y con un profundo sentido de gratitud todo lo que somos. Haznos como niños del Reino, totalmente confiados en tu plan de amor por nosotros, totalmente abiertos a tus inspiraciones. Haz que cada vez que recitemos la oración del Padrenuestro sintamos que se renueva la alianza de nuestro bautismo. Que nuestra oración sea una consagración total de nuestra existencia a servirte con amor, para que venga tu Reino a nosotros y al mundo. Con la mirada dirigida a tu Sierva, también nosotros decimos: «Hágase en mí según tu palabra».
CONTEMPLATIO Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero, unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre (cf. Jn 8,29). Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con él y, así, cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en el cielo (Orígenes). Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo, sino de la gracia de Dios. Él ordena a cada fiel que ora que lo haga universalmente por toda la tierra. Porque no dice: «Que tu voluntad se haga» en mí o en vosotros, sino: «En toda la tierra», para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2825).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Serviremos al Señor, nuestro Dios» (Jos 24,21).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Del mismo modo que una gavilla cogida por el centro se prolonga hacia sus extremos, así la vida de María está concentrada en torno a su «sí», que le confiere sentido y forma, y desde aquí se despliega tanto hacia atrás como hacia adelante. Su «sí» da pleno sentido a cada momento, a cada gesto, a cada oración de la Madre del Señor. Ésta es, en efecto, la naturaleza de un «sí»: liga a quien lo pronuncia, pero le concede al mismo tiempo plena libertad de realización. También la infancia de María está esclarecida por la luz de su «sí». La infancia representa siempre un momento preparatorio de concentración en vistas a la acción decisiva que seguirá en una segunda fase, y será, en el caso de María, nada menos que el «sí» capaz de determinarlo todo. Su «sí» es, sobre todo, gracia. No representa sólo su respuesta humana a la propuesta de Dios; es una gracia tan grande que es, al mismo tiempo, la respuesta divina a toda su vida. María pronuncia la respuesta esperada por la gracia y acepta así la llamada de Dios. Su aceptación significa para ella ponerse a disposición de esta llamada con una entrega plena; entregarse con toda la fuerza y con la profundidad de su ser y de sus facultades.
Dios no ha concedido
a nadie un poder de colaboración más grande que el que concedió a María. La
sierva se vuelve Madre, y la Madre, Esposa. Desde este momento en adelante, el
Fiat se extiende a todos: se convierte en un bien de la Iglesia en forma
de oración al Padre que adquiere su carácter católico y eucarístico; así como en
su difusión cuando el Hijo entrega a los hombres su oración personal al Padre,
recibida de la Madre. Ella está viva en cada Fiat particular que se
pronuncia en la comunidad del Señor (A. von Speyr, L'Ancella del Signore
María,
Milán 1986, pp.
7-10, 15ss, passim [edición española: La esclava del Señor,
Encuentro Ediciones, Madrid 1991 ]).
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Miércoles de la 20ª semana del Tiempo ordinario o día 21 de agosto, conmemoración de San Pío X
Giuseppe Sarto nació el 2 de junio de 1835 en Riese, provincia de Treviso, en el seno de una familia campesina. Su madre, viuda con diez hijos, le hizo terminar los estudios en el seminario. Giuseppe fue ordenado sacerdote a los 23 años. En 1875 era canónigo en Treviso; en 1884, obispo de Mantua; en 1893, patriarca de Venecia, y, por último, el 4 de agosto de 1903, papa. Su lema fue «renovar todo en Cristo». Murió el 20 de agosto de 1914. Su Catecismo se hizo célebre.
LECTIO Primera lectura: Jueces 9,6-15 En aquel tiempo, 6 todos los nobles de Siquén y los de Bet Miló se reunieron y proclamaron rey a Abimélec junto al terebinto que hay en Siquén. 7 Informado de esto, Yotán subió a la cumbre del monte Garizín y desde allí gritó: ¡Oídme, nobles de Siquén, y que Dios os escuche! 8 Una vez, los árboles quisieron elegirse un rey. Dijeron al olivo: «Sé nuestro rey». 9 Pero el olivo les respondió: «¿Voy a renunciar yo al aceite con el cual se honra a Dios y a los hombres para ir a balancearme sobre los árboles?». 10 Entonces dijeron a la higuera: «Ven tú y reina sobre nosotros». 11 Pero la higuera respondió: «¿Voy a renunciar yo a la dulzura de mi fruto para ir a balancearme sobre los árboles?». 12 Entonces dijeron a la vid: «Ven tú y reina sobre nosotros». 13 Pero la vid respondió: «¿Voy yo a renunciar a mi mosto, alegría de Dios y de los hombres, para ir a balancearme sobre los árboles?». 14 Entonces dijeron a la zarza: «Ven tú y reina sobre nosotros». 15 Y la zarza les respondió: «Si de verdad queréis que sea vuestro rey, venid y cobijaos bajo mi sombra; y, si no, que salga fuego de la zarza y devore los cedros del Líbano».
**• El deseo de seguridad y de un guía fuerte impulsa a los israelitas a pedir a Gedeón que se convierta en rey (8,22). La respuesta de Gedeón remite a los israelitas a la verdad de su ser como pueblo cuyo único rey es Dios (8,23), pero, a pesar de ello, la presión psicológica ejercida por las poblaciones presentes impulsa a Israel a querer un rey. De ahí surge una dolorosa experiencia: Abimélec, hijo de Gedeón, nacido de una mujer cananea, se hace proclamar rey después de haber matado, «sobre una misma piedra» (9,5), a sus hermanos. Sólo se salvó el hijo pequeño, Yotán, «porque se había escondido». El pasaje que nos propone hoy la liturgia recoge el discurso dirigido por este último a los señores de Siquén. Yotán intenta convencerles de la inutilidad -más aún, de la peligrosidad- de un rey. Para ello echa mano de una fábula tomada de la sabiduría popular. La negativa del olivo, de la higuera y de la vid y la aceptación de la zarza pretenden demostrar la peligrosidad del tirano y la ruina a la que conduce su dominio. Pero nadie le escuchó. La realeza de Abimélec resultará destructora para la gente de Siquén y será ruinosa para el mismo Abimélec, muerto por la mano de una mujer y por la espada de un joven. La narración recuerda el señorío de Dios, en el que sólo el pueblo goza de plena dignidad y ve atendidos sus propios deseos de paz y de libertad.
Evangelio: Mateo 20,1-16 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: 1 Por eso, con el Reino de los Cielos sucede lo que con el dueño de una finca que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña. 2 Después de contratar a los obreros por un denario al día, los envió a su viña. 3 Salió a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo 4 y les dijo: «Id también vosotros a la viña y os daré lo que sea justo». 5 Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía y a primera hora de la tarde e hizo lo mismo. 6 Salió por fin a media tarde, encontró a otros que estaban sin trabajo y les dijo: «¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada?». 7 Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». Él les dijo: «Id también vosotros a la viña». 8 Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: «Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros». 9 Vinieron los de media tarde y cobraron un denario cada uno. 10 Cuando llegaron los primeros, pensaban que cobrarían más, pero también ellos cobraron un denario cada uno. 11 Al recibirlo, se quejaban del dueño, 12 diciendo: «Estos últimos han trabajado sólo un rato y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor». 13 Pero él respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario? 14 Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero dar a este último lo mismo que a ti, 15 ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O es que tienes envidia porque yo soy bueno?». 16 Así, los últimos serán primeros, y los primeros, últimos.
**• El marco de referencia de la parábola es la misión de Jesús siguiendo el mandato recibido del Padre (cf. Jn 3,15-17). Él, como peregrino, está realizando su «santo viaje» (Sal 84,6) hacia Jerusalén, donde tendrá lugar «su hora». El Maestro, con fino arte pedagógico, partiendo de una experiencia que está a la vista de todos, quiere revelar una vez más el verdadero rostro de Dios, rico en misericordia y bondad. La experiencia es la del dueño que se acerca al lugar de reunión de los pobres que esperan que alguien en busca de obreros los contrate para su viña. En función de la necesidad, llama en diferentes horas, desde muy de mañana hasta media tarde. Ya había convenido con los primeros el salario de la jornada, pero a los últimos les paga lo mismo. Y este comportamiento del dueño suscita una reacción de queja (v. 12): ese comportamiento no es aceptable, es injusto. El diálogo pone de manifiesto el verdadero problema: en el fondo, no es la cuestión del salario lo que irrita a los obreros que se quejan, sino el verse equiparados a los últimos. Se quejan, por envidia, de la «bondad» del dueño. Ése es el verdadero objeto del conflicto. La parábola cuenta la experiencia de Jesús, que acoge y llama a los pecadores, a los publícanos, a las prostitutas, a los que andan por las calles y las plazas: todos ellos están invitados a entrar en el Reino de Dios, como los fariseos y los maestros de la Ley. Pero éstos, los primeros que fueron contratados para trabajar en la viña, no se quedan; se sienten superiores, se quejan, se niegan por envidia y por celos. Es el misterio del corazón endurecido. Son como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo o de la misericordia (Lc 15,25-32), que no comprende a su padre y no acepta que perdone al hermano tránsfuga y dilapidador. Jesús prosigue mostrando con esta parábola la acción amorosa y salvífica de Dios. Presenta el nuevo mensaje formativo para los suyos. No olvidemos que Jesús está en camino hacia Jerusalén. Quiere preparar a sus discípulos para entrar en la visión del Padre y para que hagan suya la lógica del amor universal. Inmediatamente después de esta parábola (Mt 20,17-19), Mateo coloca el tercer anuncio de la pasión. Jerusalén, en efecto, va a ser el lugar de la plena manifestación del amor de Dios, el lugar donde el ágape divino, destruyendo todo muro de división, se convierte en el principio vital de una nueva solidaridad entre todos, a la manera de la Trinidad. Ya no hay primeros ni últimos, sino que todos son hijos y obreros corresponsables en la viña del Señor, la humanidad.
MEDITATIO Pío X era un hombre de ánimo muy sencillo y dispuesto a ceder cuando la caridad de Cristo pedía un noble sacrificio. Su figura dulce y humilde, animada por una fuerza interior que se manifestaba con una irresistible fuerza interior, le hizo aparecer de inmediato como un santo, y a la santidad llamaba a todos sus hijos, especialmente a los sacerdotes. Toda su vida de sacerdote y de obispo había sido una aspiración continua a convertirse en el buen pastor de las almas. La vida de piedad, a la que el pontífice dio un grandísimo impulso, además de la incitación a la educación catequética, tomaron vigor gracias a los decretos que se refieren al sacramento de la eucaristía. Justamente, Pío X fue llamado el papa de la eucaristía. La restauración cristiana querida por Pío X respondía a su inmenso deseo de hacer bien a todos. Había sido siempre el hombre de la inagotable caridad material y espiritual, y como pontífice brilló en él aún más viva y universal esta sublime virtud, que le convertía realmente en el «dulce Cristo en la tierra» (A. Saba, Storia della Chiesa, Turín 1945, IV, pp. 350-357, passim).
ORATIO Oración al Sagrado Corazón de Jesús muy estimada por Pío X: «Oh Corazón amoroso, en vos pongo toda mi confianza, pues de mi debilidad lo temo todo y lo espero todo de vuestra bondad».
CONTEMPLATIO Nadie, por tanto, cuando piensa que sólo con ella, entre todos, estuvo unido Jesús durante treinta años con esas relaciones de intimidad familiar que unen siempre a un hijo con su madre, pondrá en duda que, especialmente por mediación de María, se nos ha abierto el mejor camino para conocer a Jesús. En efecto, los maravillosos misterios del nacimiento y de la niñez de Cristo, y sobre todo el de la Encarnación, que constituye el principio y el fundamento de nuestra fe, ¿a quién podían ser más manifiestos que a su Madre? Ésta no sólo «conservaba en su corazón» lo que había sucedido en Belén o en el templo de Jerusalén, sino que también fue partícipe de los pensamientos de Cristo y de sus deseos escondidos; de modo que puede decirse que ella había vivido la vida misma de su Hijo. Nadie, pues, conoció a Cristo tan íntimamente como ella; por consiguiente, no puede haber maestro o guía más apto que ella para el conocimiento de Cristo (Pío X, carta encíclica Ad diem illum laetissimum, en el 50° aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción, 2 de febrero de 1904).
ACTIO Medita hoy sobre este deseo del papa Pío X: «Deseo que el pueblo rece en medio de la belleza».
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La imagen evangélica de Jesús, buen pastor, le resulta entrañable a la tradición cristiana desde los tiempos de las catacumbas; la liturgia la proyecta gustosa sobre las figuras de los obispos que han seguido con fidelidad al Señor. Es la imagen que mejor le sienta a san Pío X, es la clave interpretativa más prometedora de su persona y de su obra. El pontificado de Pío X duró algo más de un decenio, pero se mostró riquísimo en iniciativas y «reformas», encaminadas a hacer más profunda la vida interior de la Iglesia y a un mejor empleo de sus energías apostólicas. Tal empeño de reforma fue pensado y querido por Pío X como respuesta a su solicitud preponderantemente pastoral. Me complace señalar dos intervenciones particularmente representativas del compromiso apostólico del santo pontífice, ambas dirigidas -no por casualidad- al alimento de las almas: la renovación de la catequesis y las nuevas disposiciones alentaron un acceso más amplio a la eucaristía. Era una firme convicción de nuestro santo que sólo un profundo conocimiento de la verdad cristiana podía alimentar una piedad auténtica en la Iglesia y preservar la fe de hundirse en las erróneas concepciones filosóficas y teológicas de la época. Si bien la defensa del patrimonio auténtico de la fe puesta en práctica por Pío X no estuvo exenta de algunas exageraciones -sobre las que todavía hoy tanto se discute-, no se puede poner en absoluto en duda el ansia y el compromiso pastorales de uno de los más celosos y generosos pastores que ha tenido la Iglesia (M. Ce, «San Pió X, il buon Pastare», en Famiglia cristiana, 5 de junio de 1985, 8-10). |
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22 de agosto, conmemoración de la Bienaventurada Virgen María, Reina La inserción de una memoria de María Reina o de la realeza de María en la liturgia fue auspiciada por algunos congresos marianos a partir del celebrado en 1900. Tras la institución de la fiesta de Cristo Rey en 1925 por obra del papa Pío XI, como paralelo mariológico de ésta y en respuesta a múltiples iniciativas devotas, el papa Pío XII, como conclusión del centenario del dogma de la Inmaculada Concepción, el año 1954, anuncia la fiesta litúrgica de María Reina, situada el 31 de mayo como coronación del mes de María. La reforma del calendario romano ha fijado la memoria del 22 de agosto, en la octava de la Asunción.
LECTIO Primera lectura: Jueces 11,29-32.33b-39a En aquellos días, 29 el espíritu del Señor se apoderó de Jefté, que recorrió Galaad y Manases, llegó a Mispá de Galaad y desde allí pasó al territorio de Amón. 30 Jefté hizo el siguiente voto al Señor: -Si entregas en mi poder a los amonitas, 31 el primero que salga por la puerta de mi casa para venir a mi encuentro, cuando regrese vencedor, será para el Señor, y lo ofreceré en holocausto. 32 Jefté marchó a la guerra contra los amonitas, y el Señor los entregó en su poder. 33 Fue una gran derrota, y los amonitas quedaron humillados ante los israelitas. 34 Cuando Jefté regresaba a su casa de Mispá, salió a su encuentro su hija danzando y tocando el pandero. Era hija única, pues Jefté no tenía más hijos. 35 Al verla, rasgó sus vestidos y gritó: -¡Ah, hija mía, me has destrozado; tú eres la causa de mi desgracia, porque me he comprometido ante el Señor y no puedo desdecirme! 36 Ella le dijo: -Si te has comprometido ante el Señor, padre mío, cumple tu promesa respecto a mí, ya que el Señor te ha concedido vengarte de tus enemigos, los amonitas. 37 Y añadió: -Concédeme esta gracia: déjame libre dos meses; durante ellos recorreré los montes con mis compañeras, llorando por tener que morir sin hijos. Él le dijo: -Vete. 38 Y la dejó libre durante dos meses. Ella y sus compañeras recorrieron los montes llorando, porque iba a morir sin hijos. 39 Pasados los dos meses, volvió a su casa, y su padre cumplió con ella el voto que había hecho.
**• La lectura de hoy suscita en nosotros sentimientos de incomodidad y de desconcierto frente a la decisión irreflexiva de Jefté. Una vez más, nos encontramos sumergidos en la experiencia de infidelidad del pueblo de Dios y en el sufrimiento que sigue a su pecado: «Los israelitas volvieron a ofender al Señor con su conducta; adoraron a Baal y Astarté, a los dioses de Aram, Sidón, Moab, de los amonitas y de los filisteos. Abandonaron al Señor y no le dieron culto. Entonces, el Señor se encolerizó contra los israelitas y los entregó en poder de los filisteos y de los amonitas. Éstos afligieron y oprimieron durante dieciocho años a todos los israelitas» (Jue 10,6-8). Desde lo hondo del dolor del pueblo se levanta la plegaria de invocación al Señor unida al reconocimiento de su propio pecado y a las acciones de liberación de los falsos dioses (cf. 10,15ss). La elección de un liberador por parte de Dios recae en Jefté, hijo de una prostituta, convertido en jefe de un grupo de aventureros con los que llevaba a cabo sus correrías, tras haber sido desheredado y expulsado de la casa de los suyos. A él se dirigen los ancianos de Galaad para combatir contra los amonitas. La narración señala que «el espíritu del Señor se apoderó de Jefté» (11,29) y los amonitas fueron humillados ante los israelitas (v. 33). El voto de Jefté de sacrificar una vida humana nos desconcierta, aunque se puede explicar por la contaminación de los usos del tiempo; es algo que contrasta con la prohibición de los sacrificios humanos según la ley del Señor. Todo esto muestra el largo camino que deberá recorrer el pueblo todavía para liberarse de ciertos tipos de religiosidad peligrosos y equívocos, que no respetan a la persona humana ni la relación con Dios nacida de la alianza del Sinaí. El verdadero culto que Dios acepta, tal como celebra la comunidad en el salmo responsorial, es la obediencia a la Palabra: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio; entonces yo digo: 'Aquí estoy"... Y llevo tu ley en las entrañas» (Sal 40,7.9).
Evangelio: Mateo 22,1-14 En aquel tiempo, 1 Jesús tomó de nuevo la palabra y les dijo esta parábola: 2 -Con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que celebraba la boda de su hijo. 3 Envió a sus criados para llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. 4 De nuevo envió otros criados encargándoles que dijeran a los invitados: «Mi banquete está preparado, he matado becerros y cebones, y todo está a punto; venid a la boda». 5 Pero ellos no hicieron caso, y unos se fueron a su campo y otros a su negocio. 6 Los demás, echando mano a los criados, los maltrataron y los mataron. 7 El rey entonces se enojó y envió sus tropas para que acabasen con aquellos asesinos e incendiasen su ciudad. 8 Después dijo a sus criados: «El banquete de boda está preparado, pero los invitados no eran dignos. 9 Id, pues, a los cruces de los caminos y convidad a la boda a todos los que encontréis». 10 Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y la sala se llenó de invitados. 11 Al entrar el rey para ver a los comensales, observó que uno de ellos no llevaba traje de boda. 12 Le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?». El se quedó callado. 13 Entonces el rey dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo fuera a las tinieblas; allí llorará y le rechinarán los dientes». 14 Porque son muchos los llamados, pero pocos los escogidos.
*» El fragmento de hoy forma parte de una nueva sección del evangelio de Mateo, la última antes de los acontecimientos de la pasión (Mt 21,1-25,46). Jesús está en el templo. Se dirige a los judíos, que, de una manera malévola, le han preguntado con qué autoridad enseña y realiza sus obras. Les dirige tres parábolas muy fuertes: la parábola de los dos hijos (21,28-32), la de los viñadores homicidas (21,33-46) y, por último, la del banquete de bodas (22,1-14). Esta última es la que hemos escuchado en el evangelio proclamado hoy. Las imágenes a las que hace referencia Jesús son bien conocidas de todo buen israelita: las bodas y el banquete, es decir, las imágenes con las que se describe el Reino anunciado por los profetas, unas imágenes que preludian la comunión gozosa y definitiva de Dios con su pueblo {cf. 25,1-12). A diferencia de la versión de Lucas (14,16-24), en la de Mateo no se trata ya de una invitación a una «gran cena» (Lc 14,16), sino al banquete organizado por el rey para celebrar las bodas de su propio hijo. Esto hace más grave e injustificada la negativa por parte de los invitados, que rechazan el plan de Dios. El Antiguo Testamento había prometido la unión nupcial entre Dios y su pueblo {cf., por ejemplo, Jr 2,2; 31,3; Ez 16,1-43.59-63); el nombre de «Esposo» es uno de los títulos que Dios se da a sí mismo (Is 54,5). La parábola referida por Mateo presenta a Jesús como el Esposo prometido {cf. 9,15) y pone el acento en la gravedad del comportamiento de los invitados. Las motivaciones del rechazo son mezquinas: mi trabajo es más importante que el banquete. A algunos les fastidia hasta tal punto el banquete que llegan a insultar e incluso matar a los siervos que les llevan la invitación. La indignación del rey y su intervención de castigo no detiene su amor por su hijo. La invitación al banquete de bodas del hijo se dirige ahora a invitados insospechados. Jesús pretende revelar que la salvación, rechazada por su pueblo, se ofrece ahora a los paganos. Este discurso les resulta duro a los judíos, que ni le aceptan a él ni aceptan tampoco su enseñanza ni el universalismo de su invitación a formar parte del Reino. Mateo llama la atención de la comunidad cristiana sobre un aspecto decisivo: la invitación, la llamada, es gratuita, pero es también exigente. Describe este aspecto mostrando al rey que honra a sus invitados saludando a cada uno y agradeciéndole la asistencia, como es costumbre. Pero uno de los invitados no se ha puesto el traje de boda (w. 11-14). La intervención del rey también aquí se muestra severa. Mateo pretende dar a entender que, para entrar en el mundo nuevo y ser discípulo de Cristo, no basta con recibir la invitación externamente; es preciso revestirse por dentro del traje que expresa la novedad de vida: creer, ser fieles, escuchar la voluntad divina y ponerla en práctica, vigilar, realizar obras de justicia. Eso es lo que recuerda el canto al evangelio {cf 19,7-9), óptima clave de lectura del texto de Mateo para nosotros.
MEDITATIO En la celebración de Santa María Virgen, reina, contemplamos a aquella que, sentada junto al rey de los siglos, brilla como reina e intercede como madre (cf. Marialis cultas, 6). La figura de la reina madre permanece en muchísimas culturas populares como prototipo de solemnidad, señorío, cordialidad, benevolencia. El culto y la misma iconografía -el carácter visible de su meditación y contemplación- representan a María espontáneamente en la posición de una reina, cubierta de vestidos preciosos, con enorme frecuencia sentada en un trono y enjoyada con estrellas, siendo ella misma trono para su hijo, el Señor niño, al que tiene en brazos. La liturgia remarca esta imagen de María como madre y reina. La liturgia lee la conexión de María sierva con el Señor Dios como participación en la realeza de Cristo: una realeza que es servicio, porque el Señor ha traído la salvación a la humanidad, y a ello ha colaborado la madre. El servicio de Jesús, hijo de María, ha costado el paso por la cruz, junto a la cual estuvo presente y en la que participó la madre. La realeza de Cristo se pagó a un precio elevado: la realeza configura a María también como reina afligida. Las insistentes afirmaciones sobre la participación de María en la realeza de Cristo recuerdan la jaculatoria: «Reina de la paz». Ésta traduce en el orden de la devoción un rasgo de la identidad del personaje pronosticado en el oráculo isaiano como «príncipe de la paz»- Jesucristo es nuestra paz (cf. Ef 2,14). María es la madre del príncipe de la paz. El niño nacido por nosotros, el fruto bendito del seno de María es el Señor, fuente de paz sin fin. La paz es sueño y utopía. Ambos invitan a la acogida de este Señor de la paz, encarnado en Jesucristo, hijo de María, mujer pacificada y obradora de paz; invitan no sólo a creer en él, sino a hacer las obras de la paz, que son su testamento y don del Espíritu.
ORATIO Santa María, generosa madre del Señor del universo, rey de paz y de justicia, salve. Mujer humilde, recibida más allá de nuestra tierra, en el cielo del altísimo amor del Padre, inspira nuestro servicio en la edificación del Reino de Cristo en comunidad de caridad evangélica. Madre bienaventurada por haber creído, quédate cerca para guardar con nosotros encendida la lámpara de la fe, alimentada por la obediencia a la divina Palabra. Virgen amiga del Espíritu, enséñanos a perseverar en las obras de bondad, de justicia, de paz. Reina del cielo que proteges nuestro camino cotidiano y el paso a la otra orilla de la vida de aquí abajo, acoge la oración de tus siervos.
CONTEMPLATIO El ángel que anunciaba los misterios, para llevar a la fe mediante algún ejemplo, anunció a la Virgen María la maternidad de una mujer estéril y ya entrada en años, manifestando así que Dios puede hacer todo cuanto le place. Desde que lo supo María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el ángel, sino con el regocijo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber, presurosa por el gozo, se dirigió a las montañas. Llena de Dios de ahora en adelante, ¿cómo no iba a elevarse apresuradamente hacia las alturas? La lentitud en el esfuerzo es extraña a la gracia del Espíritu. Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia; ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos. El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu Santo (Ambrosio de Milán, Exposición sobre el evangelio según Lucas 2,19-22).
ACTIO Sustituyamos hoy el saludo de costumbre por el deseo evangélico: «La paz del Señor sea contigo».
PARA. LA LECTURA ESPIRITUAL Cada una [de las hermanas del instituto] ¡mita a María en su propio camino hacia Cristo: aprende de su fíat a recibir la Palabra de Dios, y de su vida con Jesús en Nazaret, el sentido de su propia inserción en la sociedad; por su participación en la misión redentora del Hijo se ve llevada a comprender, a elevar y a dar valor a los sufrimientos humanos. Se consagra a que la Virgen, ejemplo ale confianza en el Señor, constituya para todos los hombres inseguros y divididos de nuestro tiempo un signo de esperanza y de unidad. En ella, expresión de los más altos valores femeninos, se inspira para realizarse plenamente como mujer y para comprometerse en un servicio de amor que llega incluso al sacrificio. A ella se dirige siempre con devoción y confianza filial. Con ella se hace voz de alabanza a Dios por todos los hombres. Inspírate en el servicio que María prestó y presta al mundo, y obra en medio de la paz, sin el ansia de quien cree sólo en su acción [Regola di vita dell'lstituto secolare «Regnum Maríae», 1994, arts. 7 y 47). |
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Viernes de la 20ª Semana del Tiempo Ordinario o 23 de agosto, conmemoración de Santa Rosa de Lima (30 de agosto en América)
Santa Rosa de Lima nació en la capital de Perú en 1586. Su nombre de pila es Isabel. Cuando el obispo Toribio de Mogrovejo la confirmó, le impuso el nombre de Rosa. Sus padres, además de ser pobres y humildes, sufrieron un revés de fortuna y Rosa colaboró con todas sus fuerzas al sostenimiento de la familia. Cuando sus padres le instaron a que se casase, ella se resistió. Quería vivir consagrada al Señor e hizo voto de virginidad. Cuando conoció la historia de santa Catalina de Siena, ingresó en la tercera orden de Santo Domingo como ella. Esto le causó no pocas incomprensiones y burlas de sus parientes y conocidos, pero ella todo lo soportaba con benevolencia. Su propia salud se vio dañada por la austeridad con la que vivía. El 24 de agosto de 1617, a los 31 años de edad, murió en casa de un dignatario del gobierno, donde servía desde hacía tres años.
LECTIO Primera lectura: Rut 1,1.3-8a.14b-16.22 1 Una vez, en tiempo de los jueces, hubo hambre en Palestina, y un hombre de Belén de Judá emigró al país de Moab con su mujer y sus dos hijos. 3 Murió Elimélec, marido de Noemí, y quedó ella sola con sus dos hijos, 4 que se casaron con dos moabitas, una llamada Orfá y la otra Rut. Vivieron allí unos diez años, 5 al cabo de los cuales murieron también Majlón y Kilión, quedando sola Noemí, sin hijos y sin marido. 6 Al enterarse de que el Señor había bendecido a su pueblo, proporcionándole alimento, Noemí se dispuso a abandonar Moab en compañía de sus dos nueras. 7 Partió con las dos del lugar en el que residían y emprendieron el regreso hacia el país de Judá. 8 Entonces Noemí les dijo: -Volveos a casa de vuestra madre. 14 Después, Orfá besó a su suegra y regresó a su pueblo, mientras que Rut se quedó con Noemí. 15 Noemí le dijo: -Mira, tu cuñada se vuelve a su pueblo y a su dios; vete tú también con ella. 16 Rut le dijo: -No insistas más en que me separe de ti. Donde tú vayas, yo iré; donde tú vivas, viviré; tu pueblo es mi pueblo, y tu Dios es mi Dios. 22 Así fue como Noemí regresó de Moab con su nuera Rut. Cuando llegaron a Belén, empezaba la siega de la cebada.
*•• El relato del libro de Rut está ambientado en el tiempo de los jueces (v. 1), es decir, en un período en el que el camino del pueblo, nacido de la alianza del Sinaí, conoce graves conflictos en su interior y con las poblaciones de la tierra de Canaán, experimenta las fatigas de la maduración de su propia identidad y carga con las consecuencias de las mezclas religiosas. El contenido de la lectura es la historia de una familia obligada a dejar a su propia gente a causa de una carestía, para buscar refugio y sostén en otra parte. El texto de hoy presenta a Elimélec y Noemí con sus dos hijos, que se casan con dos moabitas, Orfá y Rut. La atención se centra en esta última y en su relación con Noemí después de la muerte del cabeza de familia y de sus dos hijos a continuación. Su prematura desaparición induce a pensar que la descendencia de Elimélec se ha extinguido y que a Noemí no le queda más que el recuerdo de los sueños de futuro. El relato conduce con delicadeza al lector a seguir los pasos interiores de Rut, las decisiones que la llevan a compartir la fe y la vida de Noemí y de su gente, a descubrir el designio de Dios sobre ella y sobre el pueblo. Rut dará descendencia a la familia de Elimélec, y esta «extranjera» se convertirá en antepasada de David: su hijo Obed se convierte en padre de Jesé, padre de David. Mateo inserta a Rut en la genealogía que conduce a José «el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo » (Mt 1,5.16). Todo nace de una decisión tomada en un clima de respeto y de amor entre dos criaturas, Rut y Noemí, como signo del resto de Israel fiel a su Señor; se trata de la decisión de Rut de abandonar a su propia gente para ir a donde la lleva el Señor: «Tu pueblo es mi pueblo, y tu Dios es mi Dios» (v. 16). Rut es una de las figuras bíblicas que causan asombro no sólo por la dignidad de su persona y por su amor atento respecto a Noemí, sino también porque revela el amor universal de Dios, que implica a cada persona en la realización de su designio de amor. El Señor ha puesto su mirada en ella, en una extranjera. Se trata de un acto educativo destinado a ir abriendo poco a poco los horizontes de su pueblo a todas las gentes. Todos son hijos suyos.
Evangelio: Mateo 22,34-40 En aquel tiempo, 34 cuando los fariseos oyeron que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron, 35 y uno de ellos, experto en la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: 36 -Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley? 37 Jesús le contestó: -Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. 38 Éste es el primer mandamiento y el más importante. 39 El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo. 40 En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas.
*+• Jesús se encuentra todavía en el templo. La confrontación con los fariseos se vuelve cada vez más áspera. El contexto del evangelio de hoy está marcado por la voluntad de los fariseos de tender una trampa más a Jesús para obligarle a tomar posición frente a un tema religioso, como ya intentaron hacer con la cuestión del tributo al César (Mt 22,15-22) y, posteriormente, los saduceos con el problema de la resurrección de los muertos (w. 23-33). Señala Mateo que los fariseos se habían reunido para decidir el argumento; el que interviene es, por consiguiente, su portavoz (w. 34ss). El objeto de la pregunta está tomado de un debate que estaba de actualidad en las escuelas rabínicas: ¿cuál es, entre todos, el primero de los mandamientos? Quieren conocer la opinión del nuevo maestro sobre cuál es el principio que inspira la ley. Nada más simple y correcto, a primera vista. La respuesta de Jesús está montada sobre dos citas: una tomada del Deuteronomio (6,5) y otra del Levítico (19,18). Esos dos textos constituían el corazón de la espiritualidad del pueblo de Israel. El primero, el mandamiento del amor total a Dios, estaba escrito en las jambas de las puertas, bordado en las mangas, y era recitado por la mañana y por la noche, para que estuviera siempre presente en el ánimo del creyente, como celebración continua de la alianza. El auditorio no podía dejar de estar de acuerdo. La novedad que aporta Jesús se encuentra en los versículos 39 y 40. Se trata del vínculo entre el amor a Dios y el amor al prójimo, a los que declara inseparables y de igual importancia. Por otra parte, está la relación del mandamiento del amor con toda la revelación bíblica de la voluntad de Dios con su pueblo; los dos mandamientos constituyen el punto de apoyo, el centro de donde brota todo lo demás, el que ilumina, purifica y transforma todo. Una ley tiene valor si está penetrada por el amor. Las buenas obras tienen valor en la medida en que son obras de amor a Dios y al prójimo. Eso es lo que proclamaban los profetas cuando llamaban a la conversión del corazón. Jesús lo puede afirmar porque «conoce al Padre» {cf. Jn 7,29). Él no ha venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento; por consiguiente, es su intérprete autorizado y el realizador de la ley de vida expresada en la voluntad del Padre (cf. Mt 5,17.20; 7,29). Lo mostrará en su entrega en la cruz. El conflicto se convierte, una vez más, en lugar de revelación y en acontecimiento formativo para los suyos.
MEDITATIO La dirección de la vida de Santa Rosa de Lima fue que, conocido Cristo, no quiso saber nada de otros esposos. Luchó contra el deseo de sus padres de que se casara e hizo voto de virginidad para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor. Viendo lo que Cristo sufrió y el valor de la pasión, ella misma dijo: «Nadie se quejaría de sus cruces y sufrimientos si conociera cuál es la balanza con la que los hombres han de ser medidos». Y ella misma se fijó con un alfiler al cuero cabelludo la corona de rosas que su madre le puso en la cabeza un día de fiesta familiar. La unión a Jesús, como el sarmiento a la vid, la llevó a vivir en plenitud el mandamiento del amor. Un día en que su madre le reprendió por atender en casa a pobres y enfermos, Rosa le contestó: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús». Amante de la soledad, dedica gran parte del tiempo a la contemplación y desea introducir también a otros en los arcanos de la «oración secreta», divulgando para ello libros espirituales. Anima a los sacerdotes para que atraigan a todos al amor a la oración. Recluida frecuentemente en la pequeña ermita que se hizo en el huerto de sus padres, abrirá su alma a la obra misionera de la Iglesia con celo ardiente por la salvación de los pecadores y de los «indios». Por ellos desea dar su vida, y se entrega a duras penitencias para ganarlos a Cristo. Durante quince años soportará una gran aridez espiritual como crisol purificador. También destaca por sus obras de misericordia con los necesitados y oprimidos.
ORATIO Señor, tú has querido que santa Rosa de Lima, encendida en tu amor, sin apartarse del mundo, se consagrara a ti en la penitencia; concédenos por su intercesión que, siguiendo en la tierra el camino de la verdadera vida, lleguemos a gozar en el cielo de la abundancia de los gozos eternos.
CONTEMPLATIO «¡Ojalá todos los mortales conocieran el gran valor de la divina gracia, su belleza, su nobleza, su infinito precio, lo inmenso de los tesoros que alberga, cuántas riquezas, gozos y deleites! Sin duda alguna, emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte si conociera las balanzas con que los hombres han de ser medidos» (de los escritos de santa Rosa de Lima).
ACTIO Pide hoy la paz, la justicia y la salud para todos los peruanos y, con santa Rosa de Lima, repite con frecuencia: «Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor».
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL El divino Salvador, con inmensa majestad, dijo: «Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan de que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas. Guárdense las personas de pecar y de equivocarse. Que nadie se engañe: ésta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!». Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: «Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo, y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma». Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces para anunciar la grandeza, la hermosura y la riqueza de la gracia (de los escritos de santa Rosa de Lima al médico Castillo). |
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Martes de la 21ª semana del Tiempo ordinario o día 27 de agosto, conmemoración de Santa Mónica Santa Mónica nació en Tagaste, la actual Souk Aliarás (Argelia), el año 331 o 332, en el seno de una familia cristiana y de buena condición social. Siendo aún adolescente, fue entregada como esposa a Patricio, que todavía no era cristiano. Tenía éste un modesto patrimonio y era miembro del consejo municipal de Tagaste. Mónica era una mujer africana del bajo imperio romano, madre de uno de los más grandes padres de la Iglesia, san Agustín. Era, podríamos decir, una mujer paleocristiana, muy alejada de nosotros en el tiempo y, sin embargo, enormemente actual. «Con traje de mujer, fe de varón, seguridad de anciana, caridad de madre y piedad cristiana» [Confesiones IX, 4,8), se ganó a su marido para Cristo y obtuvo también la conversión del «hijo de tantas lágrimas». Estuvo presente en el bautismo de Agustín en Milán y participó de una manera activa en su primera experiencia monástica en Cassiciaco. Mientras regresaba a África con su hijo y los amigos de éste, murió en Ostia Tiberina, cerca de Roma, antes del 13 de noviembre de 387. Dos semanas antes de que esto se produjera, madre e hijo tuvieron el dulce éxtasis de Ostia»: «Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella [la Sabiduría], llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón; y suspirando y dejando allí prisioneras las primicias de nuestro espíritu» (/feícUX, 10,24).
LECTIO Primera lectura: 1 Tesalonicenses 2,1-8 1 Pues bien sabéis, hermanos, que nuestra estancia entre vosotros no fue estéril. 2 A pesar de los sufrimientos y ultrajes que, como sabéis, padecimos en Filipos, os anunciamos el Evangelio en medio de muchas dificultades, pero llenos de confianza en nuestro Dios. 3 Y es que nuestra exhortación no se inspiraba en el error, en turbias intenciones o en engaños. 4 Por el contrario, puesto que Dios nos ha juzgado dignos de confiarnos su Evangelio, hablamos no como quien busca agradar a los hombres, sino a Dios, que penetra hasta lo más profundo de nuestro ser. 5 Dios es testigo, y vosotros lo sabéis, de que nunca nos movieron la adulación o la avaricia; 6 tampoco hemos buscado glorias humanas, ni de vosotros ni de nadie. 7 Y aunque podríamos haber dejado sentir nuestra autoridad como apóstoles de Cristo, nos comportamos afablemente con vosotros, como una madre que cuida de sus hijos con amor. 8 Tanto os queríamos que ansiábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas. ¡A tal punto llegaba nuestro amor por vosotros!
*+• La primera lectura representa para los destinatarios de Pablo una auténtica lección sobre el modo de transmitir el Evangelio. En tiempo de la primera comunidad cristiana eran muchos los que se presentaban «en nombre de la verdad» para anunciar que el fin estaba cerca y proponer algún camino para conseguir la salvación: retóricos, filósofos ambulantes, seudoprofetas, maestros de toda clase. Lo primero que desea Pablo es demostrar su propia diferencia radical respecto a ellos: su comportamiento no tiene nada que ver con el de quien, en nombre de una reconocida autoridad, adelanta pretensiones de todo tipo. Pablo empieza hablando de sus interlocutores como de personas que le han sido confiadas. Cuida de ellas como una madre (v. 7) que sabe ser amorosa sin tener necesidad de pronunciar palabras de falsa adulación (v. 5), sabiendo a ciencia cierta que todo lo que dice y hace no está guiado por ningún otro interés que el bien de sus hijos, de su crecimiento en Cristo. La autoridad que Pablo hace valer aquí no es la autoridad de un simple ministerio, aunque fuera el más noble entre todos (cf. 1 Cor 12,28), sino la pretensión del amor. El apóstol -parece decir Pablo- es alguien que tiene por modelo a Cristo crucificado, de ahí que no pueda hacer otra cosa que darse a sí mismo con igual absolutidad, sin tener nada para sí. ¿Cuál es entonces esta pretensión? El amor pide ser reconocido, pero no para «agradar a los hombres» (v. 4), y ser restituido, aunque no a sí mismo. La diferencia sustancial consiste, en efecto, en que el «remitente» no es el evangelizador: es un simple testigo. El origen último de todo don es Jesús, que murió y resucitó por nosotros.
Evangelio: Mateo 23,23-26 En aquel tiempo habló Jesús diciendo: 23 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Hay que hacer esto sin descuidar aquello. 24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello! 25 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera el vaso y el plato, mientras que por dentro siguen llenos de rapiña y ambición! 26 ¡Fariseo ciego, limpia primero por dentro el vaso, para que también por fuera quede limpio!
**• Continúa la serie de los «ayes» del evangelio de Mateo, que ya habíamos empezado a meditar ayer. El discurso de Jesús entra hoy en lo específico de algunas prescripciones particulares de las que sólo se encuentra una remota huella en el Antiguo Testamento (cf. Nm 18,12; Dt 14,22; Lv 27,30), pero que conocían muy bien los fariseos de estricta observancia. El diezmo sobre las hierbas era una interpretación de la Ley que indica un celo más que refinado, así como la cuidadosa limpieza de la vajilla para la comida común era un rasgo representativo de la atención profusa dedicada al desarrollo de las prácticas más cotidianas, con el espíritu de la pureza ritual prevista por la antigua alianza. Ahora bien, el corazón de la Tora se encuentra en otra parte: en la regla de oro o en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo (cf. Mt 7,12; 22,40), o bien en la tríada «justicia, misericordia, fe» del v. 23. Cada una de estas formulaciones no es más que la posible expresión de un único y mismo significado, que el auténtico conocedor de la Ley no podía ignorar. El que, entre los «maestros de la Ley», ignora estas cosas no puede ser más que de mala fe, pues no anda en busca de la verdad, sino de su propia vanagloria. Por consiguiente, es un hipócrita y su corazón es como un cáliz cargado de avidez y deseos egoístas («rapiña y ambición»: 26).
MEDITATIO Mónica es una «santa»; por tanto, una «mujer» verdadera. En ella convergen y se encarnan la belleza virginal de la «mujer virtuosa» del libro del Eclesiástico y la materna compasión de la «viuda» del Nuevo Testamento, que convierte su vida en una intercesión por la vida de su hijo. La santidad de Mónica nos lleva al corazón de la vocación y de la misión de la mujer (léase Mulieris dignitatem VIII, 30). Esta misión de «guardián del hombre» la realizó Mónica a fondp. Hizo frente con una gran dignidad e inteligencia, con esa «genialidad absolutamente femenina», a las dificultades de una convivencia matrimonial con un hombre «pagano» dotado de un carácter muy difícil, «al que -dice de manera cruda Agustín- «fue entregada» (Confesiones IX, 9,19). Sin perder nunca el gusto por el bien, incluso en las adversidades (un arte más que difícil), «se esforzó por ganarle para ti, hablándole de ti con sus costumbres, con las que la hacías hermosa y reverentemente amable y admirable ante sus ojos» (ibíd.). Desplegando «las grandes energías del espíritu femenino», sostuvo, con las lágrimas y la oración de una vida totalmente consagrada a Dios, una verdadera y propia lucha por la fe de su hijo Agustín. La lucha que es «la lucha a favor del hombre, de su verdadero bien, de su salvación [...], la lucha por su fundamental "sí" o "no" a Dios y a su designio eterno sobre el hombre» {Mulieris dignitatem VIII, 30). El mismo Agustín, que también fue su mayor biógrafo, dirá más tarde de ella: «Creo sin la menor incertidumbre que por tus oraciones, madre, Dios me concedió no querer, no pensar, no amar otra cosa que la consecución de la verdad» {De Ordine II, 50,52). Mónica es la madre, por tanto, de una «doble maternidad»: «Me engendró en la carne, para que naciera a la luz temporal, y en su corazón, para que naciera a la luz eterna» {Confesiones VIII, 17). Si, en la relación hombre-mujer, la mujer representa el punto de encuentro de la humanidad con Dios, precisamente por la humanidad de que es portadora, en Mónica, en su ser madre en plenitud, la paternidad de Dios ha podido actuar con una maravillosa alianza.
ORATIO Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abráseme en tu paz. ¡Oh casa luminosa y bella!, amado de tu hermosura y el lugar donde mora la gloria de mi Señor, tu hacedor y tu poseedor. Por ti suspire mi peregrinación, y dígale al que te hizo a ti que también me posea a mí en ti, porque también me ha creado en ti. [...] Acordándome de Jerusalén, alargando hacia ella, que está arriba, mi corazón, de Jerusalén la patria mía, de Jerusalén la de mi madre, y de ti, su Rey sobre ella, su iluminador, su padre, su tutor, su marido, sus castas y grandes delicias, su sólida alegría y todos los bienes inefables, a un tiempo todos; porque tú eres el único, el sumo y verdadero bien. Que no me aparte más de ti hasta que, recogiéndome, cuanto soy, de esta dispersión y deformidad, me conformes, y confirmes eternamente, ¡oh Dios mío, misericordia mía! {Confesiones X, 27,38; XII, 16, 21.23).
CONTEMPLATIO Estando ya inminente el día en que había de salir de esta vida -que tú, Señor, conocías y nosotros ignorábamos-, sucedió a lo que yo creo, disponiéndolo tú por tus modos ocultos, que nos hallásemos solos yo y ella apoyados sobre una ventana, desde donde se contemplaba un huerto o jardín que había dentro de la casa, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de las turbas, después de las fatigas de un largo viaje, cogíamos fuerzas para la navegación. Allí solos conversábamos dulcísimamente, y olvidando las cosas pasadas, ocupados en lo por venir, nos preguntábamos los dos, delante de la verdad presente, que eres tú, cuál sería la vida eterna de los santos, que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre concibió. Abríamos anhelosos la boca de nuestro corazón hacia aquellos raudales soberanos de tu fuente -de la fuente de vida que está en ti- para que, rociados según nuestra capacidad, nos formásemos de algún modo una idea de algo tan grande. Y como llegara nuestro discurso a la conclusión de que cualquier deleite de los sentidos carnales, aunque sea el más grande, revestido del mayor esplendor corpóreo, ante el gozo de aquella vida no sólo no es digno de comparación, sino ni siquiera de ser mencionado, levantándonos con un afecto más ardiente hacia el que es siempre el mismo, recorrimos gradualmente todos los seres corpóreos, hasta el mismo cielo, desde donde el sol y la luna envían sus rayos a la tierra. Y subimos todavía más arriba, pensando, hablando y admirando tus obras; y llegamos hasta nuestras almas y las sobrepasamos también, a fin de llegar a la región de la abundancia que no se agota, en donde tú apacientas a Israel eternamente con el pasto de la verdad, y la vida es la Sabiduría, por quien todas las cosas existen, tanto las ya creadas como las que han de ser, sin que ella lo sea por nadie; siendo ahora como fue antes y como será siempre, o más bien, sin que haya en ella fue ni será, sino sólo es, por ser eterna, porque lo que ha sido o será no es eterno. Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella, llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón; y suspirando y dejando allí prisioneras las primicias de nuestro espíritu, regresamos al estrépito de nuestra boca, donde el verbo humano tiene principio y fin, en nada semejante a tu Verbo, Señor nuestro, que permanece en sí sin envejecer, y renueva todas las cosas (Agustín de Hipona, Confesiones IX, 10,23-24,passim).
ACTIO Repite a menudo y medita durante el día estas palabras de Agustín: «Quien es feliz tiene a Dios» {De vita beata II, 11).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Entre finales de octubre y primeros de noviembre del año 386 se retiró Agustín con su madre, Mónica, su hermano Navigio, su hijo Adeodato, su amigo Alipio [...] a la villa de su amigo Verecundo en Cassiciaco. En la paz campestre de Brianza, entre el susurrar de las hojas y de los arroyos, con los Alpes como paisaje, se preparó Agustín para el bautismo. La comitiva africana vivía en un clima de intensa espiritualidad, ocupando gran parte de su tiempo en disputas de filosofía, de una filosofía sometida ahora a la fe y deseosa de conocer su contenido. En esta comitiva, Mónica hacía un poco de madre de todos, hacía unas veces de solícita y enérgica ama de casa, otras de maestra sabía y experta. Cuando los que discutían se olvidaban de comer, Mónica les invitaba a hacerlo y, si era necesario, les impulsaba con tanta fogosidad que les obligaba a interrumpir la discusión. Cuando la invitaban a tomar parte en la misma discusión, daba respuestas tan discretas que suscitaba la admiración de todos. Como cuando declaró que la verdad es el alimento del alma; o, sin saberlo, definió la felicidad con las mismas palabras de Cicerón; o sostuvo que sin sabiduría nadie puede ser feliz; o recordó, por último, que sólo la fe, la esperanza y la caridad pueden conducirnos a la vida bienaventurada. Agustín, que estaba alegremente sorprendido de tanta sabiduría, afirma que su madre ha «alcanzado la cumbre de la filosofía» y se declara discípulo suyo. La «filosofía» de Mónica es la sabiduría del Evangelio, una sabiduría que no ha conquistado con el estudio, sino con la virtud, la oración, la docilidad al Espíritu. La posee ahora en un grado eminente. Es intrépida. No teme ni la desventura ni la muerte. A saber: ha llegado a una disposición interior dificilísima, aunque importantísima, que constituye -por consenso unánime- la cima de la sabiduría. Rica de amor a Dios y al prójimo, que es el fundamento de la sabiduría evangélica, puede prescindir de la ciencia de los filósofos y recoger sus frutos. Por eso Agustín se declara discípulo suyo y confía a las oraciones de ella la consecución del ideal de sabiduría al que aspira (A. Trape, S. Agostino. Mia madre)
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Miércoles de la 21ª semana del Tiempo ordinario o día 28 de agosto, conmemoración de San Agustín de Hipona
Agustín nació en Tagaste el 13 de noviembre del año 354. Fue educado siguiendo los hábitos cristianos de su madre, Mónica, y, como se reveló enseguida como un ¡oven de prometedoras cualidades, fue encaminado a la carrera de retórica. Ya desde los tiempos de estudio en Cartago estuvo marcado por una incomodidad interior que le llevaría lejos. La primera respuesta a esta sed de totalidad fue una vida mundana tejida por varios vínculos, más o menos límpidos. Ahora bien, la inquietud es también sed y búsqueda de la verdad: se apasiona con la lectura del Ortensio de Cicerón, lee la Sagrada Escritura, pero no se entusiasma con ella y acaba por adherirse al racionalismo y al materialismo de la secta de los maniqueos. Tras haber enseñado en Tagaste y en Cartago, se traslada primero a Roma (383) y después a Milán (384). Aauí su viaje espiritual da un viraje decisivo: conoce y escucha al obispo Ambrosio, revisa sus posiciones sobre la Iglesia católica, vuelve a leer la Sagrada Escritura y, en medio de la lucha entre sus antiguos hábitos de vida y los nuevos impulsos interiores, al final se abre a la luz y a la riqueza de Cristo. Fue bautizado el año 387 por Ambrosio. Decidido a volver a África, se establece en Tagaste y funda allí su primera comunidad monástica, siguiendo el modelo de la comunidad cristiana de Jerusalén. En el año 391 fue ordenado sacerdote por el obispo Valerio, a quien en el 395 le sucede en la guía de la diócesis de Hipona. Desde entonces se dedicó por completo a la vida de la Iglesia -ministerio de la Palabra, defensa de la fe-, aunque prosigue con la experiencia de vida común con un grupo de hermanos monjes, a los que traslada al episcopio. Escribió más de doscientos libros y casi un millar de documentos, entre sermones y cartas. Murió el 28 de agosto del año 430. Hasta tal punto fue hijo de la Iglesia que se convirtió en padre... y doctor.
LECTIO Primera lectura: 1 Tesalonicenses 2,9-13 9 Recordad, hermanos, nuestras penas y fatigas; recordad cómo trabajamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros mientras os anunciábamos el Evangelio de Dios. 10 Vosotros sois testigos, y Dios lo es también, de que nuestra conducta fue limpia, justa e irreprochable con vosotros los creyentes. 11 Sabéis que tuvimos con cada uno de vosotros la misma relación que un padre tiene con sus hijos, 12 exhortándoos, animándoos y urgiéndoos a llevar una vida digna del Dios que os ha llamado a su Reino y a su gloria. 13 Por todo ello, no cesamos de dar gracias a Dios, pues, al recibir la Palabra de Dios que os anunciamos, la abrazasteis no como palabra de hombre, sino como lo que es en realidad, como Palabra de Dios, que sigue actuando en vosotros los creyentes.
**• Estas palabras del apóstol Pablo ponen claramente de manifiesto que la predicación del Evangelio entre los tesalonicenses se ha convertido ahora en una experiencia común de vida, en una especie de «libro abierto» capaz de hablar a los creyentes el lenguaje de Dios. Pablo no tiene necesidad de recurrir a argumentaciones refinadas, a demostraciones de tipo filosófico. Le basta con traer a la memoria de sus hermanos en Cristo lo que ha sufrido y trabajado entre ellos, su oficio humilde (tejedor de tiendas) pero digno, que le ha permitido no tener necesidad del favor de nadie, para estar libre de todo y al servicio del Evangelio. Del mismo modo que los discípulos y las muchedumbres habían sido testigos de los «signos» realizados por Jesús, así también la vida misma del apóstol se convierte en signo que da testimonio de la misión que ha recibido de Dios ante los hombres de su tiempo. Como sello de la autenticidad de tal misión están la gratitud y la alabanza que brotan del corazón de Pablo: el apóstol contempla la obra del Señor que se lleva a cabo a través de su trabajo entre los hombres, restituyéndolos a la dignidad de hijos de Dios. Ésta es la recompensa para quien anuncia el Evangelio, la alegría de las bodas de Cana, del agua transformada en vino, palabra de hombre que el Espíritu transforma, dentro de los corazones, en Palabra que salva.
Evangelio: Mateo 23,27-32 En aquel tiempo habló Jesús diciendo: 27 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados: por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muerto y podredumbre! 28 Lo mismo pasa con vosotros: por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de maldad. 29 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y adornáis los mausoleos de los justos! 30 Decís: «Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros antepasados, no habríamos colaborado en la muerte de los profetas». 31 Pero lo que atestiguáis es que sois hijos de quienes mataron a los profetas. 32 ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros antepasados!
*• Los sepulcros de los que habla el evangelio de hoy eran en realidad los llamados «osarios», o sea, los lugares donde se guardaban los restos mortales de los difuntos aproximadamente un año después de haber sido enterrados; en esas «moradas» el hombre había perdido ya por completo sus propios rasgos: era sólo un montoncito de huesos, sin forma. La imagen recuerda de manera poderosa la visión de los «huesos secos» del profeta Ezequiel (cf. Ez 37,1-14), con la diferencia de que aquí los restos mortales están ocultos a la vista por la blancura de la cal de los sepulcros. Del mismo modo, el aspecto imponente de los monumentos levantados a los profetas intenta ocultar las injusticias y las abominaciones realizadas contra ellos por los antepasados. Sepulcros para esconder, monumentos para no recordar, para desviar la atención de algo que, sin embargo, puede ser aún Palabra poderosa de Dios que llama a la conversión, la palabra de los profetas.
MEDITATIO Las palabras de Agustín son palabras de un amor apasionado. Una inquietud del corazón, una nostalgia y un deseo que se traducen en una búsqueda incansable, posible y fecunda sólo en el interior de una oración interminable, que es su misma existencia. De la nostalgia del corazón asoman los rasgos de la belleza interior: un deseo de verdad y de amor que Agustín comprende como «suspiro de identidad»; es la divina semejanza. Y Agustín abre a Dios todo su ser: el pasado, el presente, el futuro, consciente de que sólo Dios puede vencer sus resistencias, sus miedos, todas sus debilidades de hombre, y satisfacer su sed. «Nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti» (Agustín de Hipona, Confesiones I, 1). A la luz de la verdad encontrada, Agustín ve con mayor claridad su pecado y la necesidad de la gracia, de la intervención divina, y comprende toda la orgullosa pretensión de su yo. Pero eso es lo que tiene lugar ahora en el corazón de su ininterrumpido diálogo con Dios, el Padre de su despertar. El Padre le ama, y nada puede apartar a Agustín de la confiada certeza de que la gracia de Cristo vencerá sobre el pecado; se restaurará en él «el orden del amor» y, con él, la bienaventuranza de la paz y de la libertad.
ORATIO A ti te invoco, Dios Verdad, en quien, de quien y por quien son verdaderas todas las cosas verdaderas. Dios, Sabiduría, en ti, de ti y por ti saben todos los que saben. Dios, verdadera y suma vida, en quien, de quien y por quien viven las cosas que suma y verdaderamente viven. Dios bienaventuranza, en quien, de quien y por quien son bienaventurados cuantos hay bienaventurados. Dios, Bondad y Hermosura, principio, causa y fuente de todo lo bueno y hermoso. Dios, Luz inteligible, en ti, de ti y por ti luce inteligiblemente todo cuanto inteligiblemente luce. Dios, cuyo Reino es todo el mundo, que no alcanzan los sentidos. Dios, la ley de cuyo Reino también en estos reinos se describe. Dios, de quien separarse es caer, a quien volver es levantarse, permanecer en ti es hallarse firme. Dios, darte a ti la espalda es morir, volver a ti es revivir, morar en ti es vivir. Dios, a quien nadie pierde sino engañado, a quien nadie busca sino avisado, a quien nadie halla sino purificado. Dios, dejarte a ti es perderse, seguirte a ti es amar, verte es poseerte. Dios, a quien nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad. Te invoco a ti, Dios, por quien vencemos al enemigo. Dios, por cuyo favor no hemos perecido nosotros totalmente. Dios que nos exhortas para que vigilemos. Dios, por quien discernimos los bienes de los males. Dios, por quien evitamos el mal y seguimos el bien. Dios, por quien no sucumbimos a las adversidades. Dios, a quien se debe nuestra buena obediencia y buen gobierno. Dios, por quien aprendemos que es ajeno lo que alguna vez creímos nuestro y nuestro lo que creímos ajeno. Dios, gracias a ti superamos los estímulos y halagos de los malos. Dios, por quien las cosas pequeñas no nos empequeñecen. Dios, por quien lo mejor de nosotros no está sujeto a lo peor. Dios, por quien la muerte será absorbida con la victoria. Dios, que nos conviertes. Dios, que nos desnudas de lo que no es y vistes de lo que es. Dios, que nos haces dignos de ser oídos. Dios, que nos defiendes. Dios, que nos guías a toda verdad. Dios, que nos muestras todo bien, dándonos la cordura y librándonos de la estulticia ajena. Dios, que nos vuelves al camino. Dios, que nos llevas hasta la puerta. Dios, que haces que sea abierta a los que llaman. Dios, que nos das el Pan de la vida. Dios, que nos das la sed de la bebida que nos sacia. Dios, que arguyes al mundo de pecado, de justicia y juicio. Dios, por quien no nos arrastran los que no creen. Dios, por quien reprobamos el error de los que piensan que las almas no tienen ningún mérito delante de ti. Dios, por quien no somos esclavos de los serviles y pobres elementos. Dios, que nos purificas y preparas para el divino premio, acude propicio en mi ayuda (Agustín de Hipona, Soliloquios I, 3).
CONTEMPLATIO No con conciencia dudosa, sino cierta, Señor, te amo yo. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Mas también el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame; ni cesan de decírselo a todos, a fin de que sean inexcusables. Sin embargo, tú te compadecerás más altamente de quien te compadecieres y prestarás más tu misericordia con quien fueses misericordioso: de otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a sordos. Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manas ni mieles, no miembros gratos a los amplexos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto amplexo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y amplexo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios (Confesiones X, 6,8).
ACTIO Repite y medita con frecuencia durante el día esta expresión de san Agustín: «Ama y haz lo que quieras» {Comentario a la primera carta de Juan VII, 8).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL En Agustín no vivió un solo hombre: vivió en él la criatura de carne y hueso, de nervios y sangre, con su desarrollo misterioso, múltiple; vivió el escritor, conjuntamente sumo escritor, sumo filósofo, sumo teólogo, y sobre cualquier otra cosa poeta sumo de los afectos y de las verdades; vivió el cristiano y el monje, el sacerdote y el obispo, el santo. Recibió de Dios toaos los clones más altos: una juventud tempestuosa, la palabra creadora, el silencio inenarrable de la oración, la fuerza necesaria para gobernar su ánimo en la navegación ultraterrena y en el aura de lo divino. Experiencia de hijo y de padre, de pecador desbandado y de obispo muy rígido, de escolar y profesor y, por tanto, de maestro de su pueblo y de todo el Occidente; de mundano y de monje, de escritor y de filósofo, de polemista y de amigo, de pensador y de contradictor y orador. En todos esos pasajes no perdáis nada de su riquísima y potentísima humanidad: todo lo llevó consigo y lo fundió en el ardor y en la luz única de su santidad doloroso y extática. Amó, y de su experiencia de amor surgirá un amor a Dios, tal vez el más elevado que jamás haya salido de corazón humano [...]. Cuando moría Agustín en su ciudad asediada, no moría nada: nacía, para él, en los cielos amados sin paz y deseados sin tregua; nacía, para nosotros, en nuestra historia y en nuestra alma. Desde aquel día hay algo de agustiniano tanto en la historia de todos los hombres como en la historia de cada uno de ellos (G. de Luca, Sant'Agostino. Scrítti d'occasione e traduzioni). |
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Martirio de san Juan Bautista (29 de agosto)
El «más grande de entre los nacidos de mujer» murió mártir, víctima de la fe y de la misión que había desarrollado. Su decapitación tuvo lugar en la fortaleza de Maqueronte, en el mar Muerto, lugar de vacaciones del vicioso rey Herodes. La sangre de Juan el Bautista selló su testimonio en favor de Jesús: con su misma muerte completó su misión de precursor. La fecha de hoy recuerda tal vez la dedicación de la antigua basílica erigida en Sebaste (Samaría) en honor del precursor del Mesías.
LECTIO Primera lectura: 1 Tesalonicenses 3,7-13 7 Por eso, hermanos, en medio de todas las tribulaciones y congojas que hemos tenido que soportar por vosotros, nos hemos sentido confortados por vuestra fe, 8 hasta el punto de que ahora comenzamos a vivir de nuevo, al saber que vosotros os mantenéis fieles al Señor. 9 ¿Cómo podremos agradecer a Dios suficientemente esta alegría desbordante con la que, gracias a vosotros, nos regocijamos delante de nuestro Dios? 10 Día y noche rogamos a Dios con insistencia que nos conceda veros personalmente para completar lo que aún falta a vuestra fe. 11 ¡Que Dios, nuestro Padre, y Jesús, nuestro Señor, dirijan nuestros pasos hacia vosotros! 12 ¡Que el Señor os haga crecer y sobreabundar en un amor de unos hacia otros y hacia todos tan grande como el que nosotros sentimos por vosotros! 13 En fin, que cuando Jesús, nuestro Señor, se manifieste junto con todos sus elegidos os encuentre interiormente fuertes e irreprochables como consagrados delante de Dios, nuestro Padre.
*•• Por fin, al regreso de Tito de la «visita pastoral» a los cristianos de Tesalónica, Pablo consigue tener la confirmación del progreso realizado por éstos en el camino de la fe. Sólo entonces las nubes que oscurecían su ánimo con presentimientos angustiosos dejan el sitio al consuelo, el mismo que puede experimentar el corazón de un padre al saber que sus hijos están bien, que están seguros. Hay, con todo, un deseo en el corazón de Pablo que espera aún ser escuchado: no estará en paz hasta que haya podido ver de nuevo en persona a la comunidad, reemprendiendo el hilo del diálogo que ciertas circunstancias dolorosas interrumpieron (probablemente fue a causa de la hostilidad de los judíos) al obligar a los misioneros a dejar la ciudad. El amor que el anuncio del Evangelio ha suscitado en el corazón del apóstol es como una espada que lo traspasa día y noche: su mente, sus sentimientos, su memoria, están habitados por una inquietud irreprimible por el bien de aquellos a quienes la Palabra engendró en un tiempo a la vida de la gracia. Ahora lo pone todo en manos de Dios, dándole gracias e intercediendo entre lágrimas, puesto que es el Señor de todo. Dado que tal amor no procede del hombre, sino que es la presencia misma del Señor en la tierra, la medida de su santidad entre los hombres, Pablo invita a los cristianos de Tesalónica a que se conviertan en imitadores suyos, como él lo es de Cristo: en su caridad todos serán transformados a su imagen, de día en día, hasta que venga el Señor.
Evangelio: Marcos 6,17-29 En aquel tiempo, 17 Herodes había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien él se había casado. 18 Pues Juan le decía a Herodes: -No te es lícito tener la mujer de tu hermano. 19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía, 20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con gusto. 21 La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofrecía un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea. 22 Entró la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la joven: -Pídeme lo que quieras y te lo daré. 23 Y le juró una y otra vez: -Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino. 24 Ella salió y preguntó a su madre: -¿Qué le pido? Su madre le contestó: -La cabeza de Juan el Bautista. 25 Ella entró enseguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta petición: -Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista. 26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales no quiso desairarla. 27 Sin más dilación envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel, 28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre. 29 Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.
**• El relato evangélico del martirio de Juan el Bautista está situado en el camino de Jesús hacia Jerusalén como una etapa fundamental. Con él no sólo se concluye el ciclo de la vida del Bautista, sino que también es preludio del martirio de Jesús. No debemos dejarnos impresionar sólo por los detalles narrativos, muy sugestivos p o r otra parte, que nos presenta esta página de Marcos. Al evangelista no le interesa poner de manifiesto ni el vicio de Herodes ni la malicia de Herodías, ni siquiera la ligereza de su hija. Su intención es proporcionar el debido relieve a la figura de Juan el Bautista, el «mentor» -podríamos decir del Nazareno, y mostrar cómo este gran profeta pone término a su vida del mismo modo y por los mismos motivos que morirá Jesús. Éste es el pequeño «misterio pascual» de Juan el Bautista, el cual, tras haber conocido la adversidad de los enemigos del Evangelio, conoce ahora el silencio del sepulcro en espera de la resurrección.
MEDITATIO Los recuerdos bíblicos relativos a Juan el Bautista nos invitan a meditar sobre el don de la profecía, en particular sobre la figura del profeta. ¿Cuál es exactamente su función en el pueblo de Dios? ¿Cuáles son las opciones que le califican claramente como profeta? ¿De qué modo se sitúa ante sus contemporáneos como signo de una presencia superior, como portavoz de una Palabra divina? El profeta se manifiesta como tal por su modo de hablar, por el estilo que caracteriza su predicación. La palabra no lo es todo, pero ya es capaz de manifestar el sentido de una presencia, incómoda pero ineludible, con la que todos deben contar. El profeta se manifiesta como tal, también y sobre todo, con las opciones de vida que lleva a cabo. De este modo demuestra que ha percibido que el tiempo en el que vive es precisamente aquel en el que Dios le llama a ser-para-los-otros. No se puede sustraer a esta llamada (deberíamos leer, a este respecto, el c. 17 de Jeremías), so pena de ser infiel a su misión. Por último, el profeta manifiesta la autenticidad de su misión con el valer de dar la vida por aquel que le ha llamado y por aquellos a quienes ha sido enviado. O se es profeta con la vida, con la vida entregada por amor, o no se es profeta en absoluto.
ORATIO «Levántate y les dirás todo lo que te ordene». «No tengas miedo: he aquí que te pongo como ciudad fortificada». «Yo estoy contigo para salvarte». «Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». «No te es lícito tener la mujer de tu hermano». «¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente?». «Dad frutos que prueben vuestra conversión». «El amigo del esposo exulta de alegría a la voz del esposo». «Ahora mi alegría es completa». «Él debe crecer; yo, en cambio, disminuir».
CONTEMPLATIO Todo lo que [Juan] dijo dio testimonio de la verdad o sirvió de reproche a los que se le oponían; sus obras de justicia las respetaban incluso los que no le amaban. ¿Acaso el respeto del modo de vida de los hombres le hizo desviarse, ni siquiera un poco, a él, que llevó una vida solitaria desde niño, de la vía de la virtud? Y, sin embargo, ese hombre acabó su vida derramando su sangre, tras pasar un largo tormento de cárcel. Predicaba la libertad de la patria celestial y fue encarcelado por los impíos; había venido a dar testimonio de la luz, había merecido que le llamaran lámpara ardiente y resplandeciente precisamente de la luz que es Cristo, y fue encerrado en la oscuridad de la cárcel; nadie entre los nacidos de mujer había sido más grande que él, y fue decapitado a petición de unas mujeres sumamente perversas, y fue bautizado con su propia sangre aquel a quien se le había dado bautizar al Redentor del mundo, escuchar la voz del Padre sobre él, ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él (Beda el Venerable, Omelie sulvangelo, Roma 1990, pp. 492ss).
ACTIO Repite y medita con frecuencia durante el día estas consoladoras palabras: «Yo estoy contigo para salvarte» (Jr 1,19).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL «Vos estáis obligado -añadió el arzobispo de Canterbury- a deponer la duda de vuestra insegura conciencia que recusa el juramento, y a tomar el partido seguro de obedecer a vuestro príncipe, y jurar». Entonces, aunque yo era de la opinión de que este argumento no podía adaptarse a mi caso, se me presentó, no obstante, de improviso tan sutil y, sobre todo, sostenido por tanta autoridad, al venir de la boca de un tan noble prelado, que no pude replicar nada, a no ser que estaba íntimamente seguro de que así no habría obrado bien, porque en mi conciencia era éste uno de esos casos en que mi deber era no obedecer a mi príncipe, sea cual fuere la opinión de los otros (cuya conciencia y doctrina no habría condenado ni habría aceptado juzgar) a este respecto: en mi conciencia la verdad se me presentaba diferente. Entonces el abad de Westminster me dijo que de cualquier modo que la cuestión apareciera en mi mente, tenía motivos para temer que precisamente mi mente estuviera en el error, con sólo que considerara que el Parlamento del reino se pronunciaba en sentido opuesto, y que, por consiguiente, debía cambiar la posición de mi conciencia. A esto respondí que si sólo fuera yo el que sostenía mi tesis y todo el Parlamento sostuviera la otra, verdaderamente tendría miedo de apoyarme en mi parecer, yo solo contra tantos. Mas, por otra parte, sucede que para algunos de los motivos por los que me niego a jurar tengo yo de mi parte -como confío tener- un consejo igualmente grande, e incluso más, y entonces no estoy ya obligado a cambiar mi conciencia y conformarla al consejo de un reino, contra el consejo general de la cristiandad (Tomás Moro). |
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Viernes de la 21ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: 1 Tesalonicenses 4,1-8 1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y os exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que pongáis en práctica lo que aprendisteis de nosotros en lo que al comportaros y agradar al Señor se refiere, para que progreséis más y más cada día. 2 Sabéis qué normas os dimos de parte de Jesús, el Señor. 3 Porque ésta es la voluntad de Dios: que viváis como consagrados a él y huyáis de la impureza. 4 Que cada uno de vosotros viva santa y decorosamente con su mujer, 5 sin dejarse arrastrar por la pasión, como se dejan arrastrar los paganos, que no conocen a Dios. 6 Y que en este punto nadie haga injuria o agravio a su hermano, porque el Señor toma venganza de todo esto, como ya os lo dejamos dicho y recalcado. 7 Pues no nos llamó Dios a vivir impuramente, sino como consagrados a él. 8 Por tanto, el que desprecia esta norma de conducta no desprecia a un hombre, sino a Dios, que es quien os da su Espíritu Santo.
**• Tras haber recordado el pasado, agradeciendo a Dios todo lo que ha tenido a bien obrar en la comunidad, Pablo mira ahora hacia el futuro. Para ello recurre sobre todo al lenguaje de la exhortación. La «santificación» (haghiasmós) de la que se habla en este fragmento de la carta consiste precisamente en el proceso que tiene como resultado final la haghiosyne, o sea, la «santificación» auténtica. Nos encontramos en la definición de una actividad que todavía está en pleno desarrollo, en la que concurren, por un lado, el compromiso y la libre adhesión del creyente y, por otro, la obra del Espíritu Santo, que interviene configurando a la criatura a imagen de Dios. Todo esto tiene lugar en el «cuerpo» del hombre, está inscrito en su carne y habla el lenguaje que le corresponde desde la creación. El santo, por consiguiente, no es alguien que viva fuera de la realidad terrena, en una dimensión inmaterial. Es más bien alguien que toma sobre sí, día a día, la voluntad de Dios, haciendo que toda su vida se adhiera a ella. El tema de la pornéia se refiere a todo lo que tiene que ver con las pasiones carnales en el ámbito sexual; se trata, por tanto, de algo muy concreto en lo que el cristiano está llamado a practicar una opción que va a contracorriente, según la mentalidad del tiempo, y a custodiar su cuerpo como un don recibido de Dios, preparándolo ya desde ahora para recibir en plenitud el Espíritu Santo en la vida eterna.
Evangelio: Mateo 25,1-13 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: 1 Sucede con el Reino de los Cielos lo que con aquellas diez jóvenes que salieron con sus lámparas al encuentro del esposo. 2 Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas. 3 Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite, 4 mientras que las sensatas llevaron aceite en las alcuzas, junto con las lámparas. 5 Como el esposo tardaba, les entró sueño y se durmieron. 6 A medianoche se oyó un grito: «Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro». 7 Todas las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. 8 Las necias dijeron a las sensatas: «Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan». 9 Las sensatas respondieron: «Como no vamos a tener bastante para nosotras y vosotras, será mejor que vayáis a los vendedores y os lo compréis». 10 Mientras iban a comprarlo, vino el esposo. Las que estaban preparadas entraron con él a la boda y se cerró la puerta. 11 Más tarde llegaron también las otras jóvenes diciendo: «Señor, señor, ábrenos». 12 Pero él respondió: «Os aseguro que no os conozco». 13 Así pues, vigilad, porque no sabéis el día ni la hora.
**• También esta parábola gira en torno al tema de la vigilancia, como confirma la invitación final: «Así pues, vigilad, porque no sabéis ni el día ni la hora» (v. 13). Sin embargo, ésta, en su procedimiento narrativo, contiene ciertas particularidades que la hacen única. En primer lugar, el escenario nupcial: la fiesta por excelencia, en el Antiguo Oriente, es la que se celebra con ocasión de las bodas. En ella todo debe concurrir a comunicar el lenguaje de la alegría y de la vida. El banquete, las luces, los trajes, la música, las danzas y, no precisamente en último lugar, el cortejo nupcial que acompaña al esposo a lo largo del camino: todo está al servicio de los esposos, todo se hace en su honor. Sabemos por el evangelio que la falta de vino (cf. el episodio de las bodas de Cana: Jn 2,lss) podía representar un grave motivo de vergüenza y de vituperio para la familia recién constituida, pues era como decir que no estaba en condiciones de ocupar el puesto que se le había asignado en la comunidad. No era anormal que el esposo se retrasara bastante; tal como discurren las cosas en Oriente, no es posible prever con certeza en estas ocasiones un tiempo para su llegada, y por eso era justificable el adormecimiento después de horas y horas de espera en el camino. Pero la luz de las lámparas debía permanecer encendida para salir al encuentro del esposo en el momento en que se señalara su presencia. Sólo las jóvenes sensatas estarán preparadas en el momento oportuno, mientras que las otras, al ver languidecer la luz de sus lámparas, no podrán hacer otra cosa que ir en busca de aceite, en un último intento desesperado... aunque inútil. Llega el esposo, se forma el cortejo, entra en el banquete, se cierra la puerta. El llanto de las excluidas obtiene como respuesta un «os aseguro que no os conozco» (v. 12), expresión que subraya la distancia, la interrupción de las relaciones, la no comunión entre ellas y el esposo.
MEDITATIO Lo que está en juego en una ceremonia nupcial es, en cierto modo, el equilibrio de toda una sociedad, la sociedad tradicional, con su división y respeto de los papeles asignados desde siempre. Ésa es la razón de que las jóvenes del cortejo nupcial que se olvidaron del aceite de reserva para las lámparas sean llamadas «necias»: han olvidado lo que está en juego, han despreciado el sentido del estar juntos. También a los cristianos les acecha fuertemente el riesgo de perder de vista la meta, el fin del camino: la busca afanosa del éxito, la posesión de cosas, la satisfacción de las pasiones, todo lo que atrae a «nuestra carne» nos distrae e induce un sueño profundo en el alma. Hemos olvidado que la vida es expectativa, que debemos vigilar nuestras lámparas, porque lo que está en juego es la salvación definitiva. Olvidarlo significa despreciar a Dios mismo (cf. 1 Tes 4,8). Con el espíritu estamos llamados a determinar la meta: Jesús. Con la mente, a prever lo necesario para la espera o todas las virtudes cristianas. Con el cuerpo, a actualizar la vigilancia en el presente, a través de la renuncia a gestos, palabras e imágenes que nos hagan olvidar quiénes somos, por dónde estamos andando. La santidad consiste en vivir el momento presente como si fuera el último, el instante en que llegará el esposo. Es salirle al encuentro en una carrera que dura toda la vida.
ORATIO Cuando se oiga el grito: «Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro», queremos estar preparados, Señor. Como jóvenes que esperan participar en la fiesta de su vida, la esperada e imaginada desde hace mucho tiempo, no queremos faltar a la cita. Hoy te prometemos, solemnemente, que estaremos allí. Allí nos encontrarás, a lo largo de tu camino, y seremos tu cortejo de honor... Ahora bien, velar es fatigoso, estar preparados en el momento oportuno requiere una atención constante, disciplina del cuerpo y de la mente. Nuestra debilidad es grande; tú conoces, oh Dios, la fragilidad de nuestra carne. Envía, pues, oh Padre, tu santo Espíritu para que vele sobre nosotros, para que no sea en vano nuestra espera del día glorioso de tu Hijo.
CONTEMPLATIO «Llamad y se os abrirá», dice el Señor justamente (Mt 7,7c). El Señor nos ordena que llamemos a la puerta de la vida y a los batientes del Reino de los Cielos. Pues si, al pedir lo que es santo, lo recibimos y, buscando lo que es celestial, lo encontramos, fácilmente –si nos preceden los méritos de la fe- también cuando llamemos se abrirá la puerta del Reino de los Cielos. No se abre, en efecto, a todos, sino sólo a aquellos que están recomendados por justos méritos y por una vida adornada por una conducta íntegra. No por casualidad hemos leído que las bien conocidas vírgenes necias y negligentes llamaron también para entrar. Dijeron, en efecto: «Señor, señor, ábrenos» (Mt 25,11). Pero éste les respondió: «Alejaos de mí. Os aseguro que no os conozco» (Mt 25,12). Así pues, a fin de que el Señor, cuando llamemos a la puerta, se digne abrirnos, hemos de abrirle antes nosotros mismos nuestro corazón a él, que nos llama. El mismo Señor, en efecto, dice así en el Apocalipsis: «Mira que estoy llamando a la puerta. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Por consiguiente, si abrimos con fidelidad nuestros corazones al Señor que llama, no cabe duda de que también él, cuando seamos nosotros quienes llamemos, se dignará abrirnos los batientes del Reino de los Cielos (Cromacio de Aquileya, Comentario al evangelio según Mateo XXXIII, 4ss, passini).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Así pues, vigilad» (Mt 25,13).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Una vez más, se nos presenta el reto de mirar nuestra vida desde arriba. Cuando Jesús ha venido a ofrecernos la plena comunión con Dios, haciéndonos partícipes de su muerte y resurrección, ¿qué otra cosa podemos desear, sino dejar nuestros cuerpos mortales para alcanzar la meta final de nuestra existencia?
La única razón que
puede haber para permanecer en este valle de lágrimas es continuar la misión de
Jesús, que nos ha enviado al mundo como su Padre lo envió al mundo. Mirada desde
arriba, esta vida es una misión corta y a menudo doloroso, llena de ocasiones de
trabajar en favor del Reino de Dios, y la muerte es la puerta abierta que nos
conduce a la sala del banquete, donde el mismo rey nos servirá. Esto parece que
es vivir poniéndolo todo del revés. Pero es el camino de Jesús y el camino que
nosotros tenemos que seguir. No hay nada morboso en esto. Al contrario, es una
visión alegre de la vida y de la muerte. Mientras estemos en nuestro cuerpo,
ocupémonos del cuerpo, de manera que podamos llevar la paz y la alegría del
Reino de Dios a aquellos con quienes nos encontramos a lo largo del viaje. Pero
cuando llegue el momento de nuestra muerte, alegrémonos de poder entrar en casa
y unirnos a quien nos llama «amados» (H. J. M. Nouwen, Aquí y ahora. Viviendo
en el Espíritu, San Pablo, Madrid 41995, pp. 149-150). |
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Sábado de la 21ª semana del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: 1 Tesalonicenses 4,9-12 Hermanos: 9 Sobre el amor fraterno no tenéis necesidad de que os diga nada por escrito, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios a amaros los unos a los otros. 10 Y así lo practicáis con todos los hermanos que residen en Macedonia. Sin embargo, hermanos, os exhortamos a que progreséis más y más 11 y a que os apliquéis a vivir pacíficamente, ocupándoos cada uno en lo vuestro y trabajando con vuestras propias manos como os lo tenemos recomendado. 12 Así os ganaréis el respeto de los que no son cristianos y no tendréis necesidad de nadie.
** La caridad descrita por Pablo en este pasaje de la primera carta a los Tesalonicenses tiene un carácter específico que dice mucho sobre la naturaleza de la santidad cristiana. Amarse los unos a los otros, poner en práctica el «amor fraterno», significa, en primer lugar, «vivir pacíficamente» (v. 11), o sea, no ir en busca de pretextos para litigios y choques en el interior de la comunidad. Más concretamente aún, «ocuparse cada uno de lo suyo» (cf v. 11): la enemistad surge con frecuencia de las habladurías, de la intromisión en los asuntos de los otros, del hablar fútil de la gente. «.Trabajando con vuestras propias manos» (v. 11) significa hacer que vayan bien las cosas que tienen que ver con nosotros, de modo particular en el oficio que se nos ha encargado. La anotación «con vuestras propias manos » podría pretender poner el acento en la nobleza del trabajo manual, el mismo que desarrollaba Pablo (probablemente, tejía tiendas), a pesar de ser despreciado por los que lo consideraban cosa de esclavos y preferían dedicarse al ocio para no ensuciarse las manos. Es el ocio lo que engendra las malas tendencias en la comunidad, como en cualquier otra sociedad humana. Pablo lo sabe y por eso da una orden precisa al respecto. Motivo: dar testimonio, ante los no creyentes, de la integridad de la opción cristiana, con una vida ordenada y activa, y dar testimonio del amor, ante los hermanos en la fe, de una manera concreta, que empieza por no ser una carga para nadie.
Evangelio: Mateo 25,14-30 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: 14 Sucede también con el Reino de los Cielos lo que con aquel hombre que, al ausentarse, llamó a sus criados y les encomendó su hacienda. 15 A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada uno según su capacidad, y se ausentó. 16 El que había recibido cinco talentos fue a negociar en seguida con ellos y ganó otros cinco. 17 Asimismo, el que tenía dos ganó otros dos. 18 Pero el que había recibido uno solo fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. 19 Después de mucho tiempo, volvió el amo y pidió cuentas a sus criados. 20 Se acercó el que había recibido cinco talentos, llevando otros cinco, y dijo: «Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado». 21 Su amo le dijo: «Bien, criado bueno y fiel; como fuiste fiel en cosa de poco, te pondré al frente de mucho: entra en el gozo de tu señor». 22 Llegó también el de los dos talentos y dijo: «Señor, dos talentos me entregaste, aquí tienes otros dos que he ganado». 23 Su amo le dijo: «Bien, criado bueno y fiel; como fuiste fiel en cosa de poco, te pondré al frente de mucho: entra en el gozo de tu señor». 24 Se acercó finalmente el que sólo había recibido un talento y dijo: «Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; 25 tuve miedo y escondí tu talento en tierra; aquí tienes lo tuyo». 26 Su amo le respondió: «¡Criado malvado y perezoso! ¿No sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí? 27 Debías haber puesto mi dinero en el banco y, al volver, yo habría retirado mi dinero con los intereses. 28 Así que quitadle a él el talento y dádselo al que tiene diez. 29 Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá de sobra, pero al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitará. 30 Y a ese criado inútil arrojadlo fuera a las tinieblas. Allí llorará y le rechinarán los dientes».
**• La situación descrita presenta un cuadro bastante familiar en las costumbres domésticas del antiguo Próximo Oriente, a no ser por un detalle particular: la enormidad de las cantidades confiadas a los criados, lo que hace pensar en un Señor grande y confiere más peso al juicio final. Era costumbre que el amo que salía para un largo viaje confiara sus riquezas a los más fieles de sus siervos. El dinero lo confiaba a los más despabilados, a los que pudieran hacer buenos negocios que beneficiaran al señor. No debe extrañarnos que se otorgara tanta confianza a unos simples esclavos: no era raro que éstos fueran personas de cierta cultura y capacidad, como atestigua la misma Biblia (pensemos, por ejemplo, en José en Egipto, que se convirtió en administrador de todos los bienes del faraón: cf. Gn 37ss). El hombre de la parábola distribuye, en efecto, su dinero en función de las capacidades que atribuye a sus criados (v. 15) y es obvio que en los tres casos espera que éstos lo hagan fructificar con los medios lícitos que tienen a su disposición (el más común: una especie de «depósito bancario»; cf. v. 27). Mientras que la obra de los dos primeros criados no suscita ningún asombro particular (hacen lo que el amo esperaba de ellos), la obra del tercero aparece como algo insensato. ¿Qué significa el gesto de enterrar el talento? Según la legislación rabínica, si alguien robaba el dinero enterrado no tenía que ser restituido a su legítimo propietario, por lo que tal vez el criado pensaba ponerse así al abrigo de posibles sorpresas desagradables. Ciertamente, no parece tomarse a pecho la causa de su rico señor. De este siervo no sabemos nada, pero sí sabemos lo que no le interesa: hacer negocios para su Señor. El motivo del miedo (v. 25) parece más bien una excusa aducida para justificar la ineptitud de su comportamiento, pues lo que alega es también contradictorio (cf. v. 26: si el siervo hubiera tenido miedo de verdad, habría tenido un motivo más para despabilarse y desviar de él la ira de su amo). La sentencia final (w. 28-30) proyecta el relato sobre el fondo del juicio escatológico.
MEDITATIO El evangelio de Mateo trata una vez más de la cuestión del tiempo que transcurre entre la pascua y el fin de los tiempos; en particular, del uso que hacemos del mismo. El tiempo de la ausencia del amo no puede ser un pretexto para vivir de manera ociosa, sin hacer nada. No, se trata más bien de un ámbito útil para hacer fructificar los bienes que nos han sido entregados. Una vida entregada al servicio es una vida útil y rica de sentido. La santidad a la que está llamado el creyente consiste en poner en acto las propias capacidades, por pequeñas o grandes que sean, para beneficio de la comunidad. Comunidad de creyentes, antes que nada, donde cada uno está llamado a dar pruebas de la entrega de sí mismo para el bien del hermano. Pero también comunidad civil, en la que el cristiano puede aportar unos valores que confieren sentido al vivir entre los hombres. La historia es testigo de cómo han encarnado los cristianos, en las diferentes épocas, la exhortación bíblica a trabajar con nuestras propias manos. De este trabajo ha resultado la edificación de la sociedad, la impregnación de la cultura, en particular la occidental, de los valores cristianos. Todavía hoy se distinguen los cristianos en el mundo (pensemos en los países del Tercer Mundo) por su participación en el esfuerzo destinado a llevar una vida decorosa para ellos y para sus propios hijos. Todo eso demuestra que quien encarna el espíritu del Evangelio es una persona que se toma a pecho el bien de sus hermanos en la fe y el de todos los hombres, contribuyendo así a la venida del Reino de Dios a la tierra.
ORATIO Oh Padre, te damos gracias por habernos llamado a construir tu Reino: a cada uno de nosotros le has confiado una tarea, según sus capacidades. Sólo nos pides una cosa, no permanecer inertes, no dejarnos vencer por el desánimo y por la desconfianza. «¿Para qué esforzarse tanto, si no sirve para nada?», parecen decir muchos cristianos de hoy, confundidos entre la masa de los que se dejan vivir y piden a los otros que se encarguen de la tarea de construir la sociedad. Tú, en cambio, Señor, nos quieres activos, dispuestos a arriesgar en primera persona en tu lugar, por ti, como los siervos de la parábola que recibieron el mandato de su señor. Sí, porque tú has sido capaz, has querido arriesgar; te pusiste en juego cuando decidiste nacer del seno de una mujer y no te echaste atrás frente al desprecio y a la muerte: hiciste tu parte como hombre, en esta tierra, en tu tiempo. Ahora nos toca a nosotros, para que tu nombre sea glorificado para siempre entre los hombres.
CONTEMPLATIO Si lo consideramos bien, hermanos, nuestro oficio [episcopal] es en verdad un comercio, y la función del ministerio sacerdotal es, en cierto sentido, la de un comercio espiritual [...]. Más aún, la tarea de todos los cristianos es una especie de negocio, y la función de los sacerdotes es un comercio precioso. Todos hemos recibido, en efecto, los dones del Señor, es decir, las palabras del Salvador, para distribuirlas a la gente. Y a estas palabras se refiere el Señor en el Evangelio cuando habla a aquel obstinado e incapaz negociante: «¡Criado malvado y perezoso! Debías haber puesto mi dinero en el banco y, al volver, yo habría retirado mi dinero con los intereses» {cf Mt 25,26ss). Se le reprocha haber custodiado callando los preceptos del Señor que le habían sido confiados, siendo que debía haberlos multiplicado con la predicación. Se le reprocha -repito- no haber sembrado distribuyendo las enseñanzas para poder recoger en la cosecha. Dice, por tanto, el Señor: «Y, al volver, yo habría retirado mi dinero con los intereses». Comprende, pues, que se trata de un comercio, en el que se exige un interés a título de rédito. Pero no el interés mediante el cual se apacigua el ánimo de los avaros con la restitución lucrosa del dinero, en la que se salda la deuda al acreedor sin extinguirla nunca, sino que se exige el interés en el que se computa la calidad de la conducta, en el que se indaga sobre el «capital» de la salvación. Somos, en efecto, deudores, y estamos ligados a la deuda no por una letra de cambio escrita, sino por la de los pecados. De este [tipo de] deudor hace mención el Señor en el evangelio cuando dice que debe ser entregado al recaudador, echado en la cárcel y no ser liberado hasta que no pague el último céntimo {cf. Mt 5,25ss) (Máximo de Lyon, Sermoni XXVII, lss, passim).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Bien, criado bueno y fiel: entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,21.23).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La espera no es una actitud muy popular. La espera no es algo en lo que la gente piensa con gran simpatía. En efecto, la mayoría de la gente considera la espera como una pérdida de tiempo. Para muchos, la espera es un desierto árido que se extiende entre el lugar en que se encuentran y aquel al que quieren ir. Y a la gente no le gusta demasiado un lugar así. En realidad la espera es activa, La mayoría de nosotros piensa en la espera como algo muy pasivo, como un estado sin esperanza determinado por acontecimientos completamente fuera de nuestras manos. ¿Se retrasa el autobús? No podemos hacer nada, no nos queda más remedio que sentarnos y esperar. Sin embargo, no hay nada de esta pasividad cuando se nos habla en la Escritura de espera. Los que están a la espera están llamados a hacerlo de una manera activa. Espera significa estar plenamente presentes en el momento, con la convicción de que algo está sucediendo allí donde te encuentras y que quieres estar presente en ese momento. Una persona que está esperando es alguien que está presente en el momento, que cree que ese momento es el momento. Entonces la espera no es pasiva. Incluye alimentar ese momento, como una madre alimenta al niño que está creciendo en su seno. Es mantenerse vigilantes, atentos a la voz que dice al hablar: «¡No temáis! Va a suceder algo. Prestad atención».
Esperar en tiempo
indeterminado es una actitud enormemente radical hacia la vida. Es tener
confianza en que nos sucederá algo que está mucho más allá de nuestra
imaginación. Es abandonar el control de nuestro futuro y dejar que sea Dios
quien determine nuestra vida. La vida espiritual es una vida en la que
esperamos, en la que estamos a la espera, activamente presentes en el momento,
esperando que nos sucedan cosas nuevas, cosas nuevas que están mucho más allá de
nuestra capacidad de previsión. Esta es la razón por la que Simone Weil, una
escritora judía, ha dicho: «Esperar pacientemente con esperanza es el fundamento
de la vida espiritual» (H. J. M. Nouwen, // sentiero dell'attesa, Brescia
21997, pp. 6-18, pass/m). |