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1. Acerca de las palabras: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios», etc., hasta estas otras: «Las tinieblas no le recibieron» (Jn. 1, 1-5)
2. Acerca de estas palabras: «Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan», etc., hasta estas otras: «Lleno de gracia y de verdad» (Jn. 1, 6-14)
3. Acerca de estas palabras: «Juan da testimonio de Él», etcétera, hasta estas otras: «El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, Él mismo nos lo ha dado a conocer» (Jn. 1, 15-17)
4. Acerca de las palabras: «Y éste es el testimonio de Juan cuando los judíos de Jerusalén enviaron sacerdotes», etc., hasta: «Él es el que bautiza en el Espíritu Santo» (Jn. 1, 19-33)
5. Acerca de lo mismo: «Y yo no lo conocía», etc. ¿Qué novedad vio Juan en el Señor por la paloma? (Jn. 1, 33)
6. Acerca del mismo pasaje del Evangelio: por qué quiso Dios mostrar el Espíritu Santo en figura de paloma (Jn. 1, 32-33)
7. Acerca del texto: «Y yo lo vi y di testimonio de que éste es el Hijo de Dios», etc., hasta estas palabras: «En verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre» (Jn. 1, 34-51)
8. Acerca del texto: «Tres días después celebráronse unas bodas en Caná de Galilea», etc., hasta: «Mujer, ¿qué se nos da a ti y a mí? Aún no ha llegado mi hora» (Jn. 2, 1-4)
9. Sobre la misma lección del Evangelio: qué misterio encierra el milagro hecho en las bodas de Caná de Galilea (Jn. 2, 1-11)
10. Acerca del texto: «Después de esto baja a Cafarnaún», etcétera, hasta: «Pero Él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn. 2, 12-21)
11. Acerca del texto: «Estando Él en Jerusalén en la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en Él», hasta: «Si uno no renace de nuevo, no puede entrar en el reino de Dios» (Jn. 2, 23 - 3, 5)
12. Acerca del texto del Evangelio: «Lo que ha nacido de la carne es carne», hasta esto: «El que hace la verdad viene a la luz, para que se manifiesten las obras que han sido hechas en Dios» (Jn. 3, 6-21)
13. Desde estas palabras: «Después de esto vino Jesús a la tierra de Judea», etc., hasta aquellas otras: «Mas el amigo del esposo, que está de pie y escucha, se llena de gozo cuando oye la voz del esposo» (Jn. 3, 22-29)
14. Desde este lugar del Evangelio: «Mi gozo es completo», etcétera, hasta este otro: «El que no cree en el Hijo, no verá la vida, sino que permanece siempre sobre él la ira de Dios» (Jn. 3, 29-36)
15. Desde aquel pasaje del Evangelio: «Así que supo Jesús que los fariseos habían oído que Él hacía más discípulos», etc., hasta aquel otro: «Sabemos que éste es el Salvador del mundo» (Jn. 4, 1-42)
16. Desde aquellas palabras: «Dos días después se fue de allí para Galilea», hasta aquellas otras: «y creyó él y toda su familia» (Jn. 4, 45-53)
17. Desde aquellas palabras: «Celebrábase una fiesta de los judíos y sube Jesús a Jerusalén», hasta aquellas otras: «Los judíos le buscaban para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios (Jn. 5, 1-38)
18. Sobre este texto del Evangelio: «En verdad, en verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que viere hacer al Padre. Lo que Él hace, lo hace el Hijo igualmente» (Jn. 5, 19)
19. Desde aquellas palabras: «No puede el Hijo hacer por sí solo cosa alguna que no haya visto hacer a su Padre», hasta aquéllas: «No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn. 5, 19-30)
20. Otra vez acerca de aquellas palabras: «En verdad, en verdad os digo que no puede el Hijo hacer por sí mismo cosa alguna, sino lo que ve hacer al Padre, ya que todo lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo» (Jn. 5, 19)
21. Desde esta escritura: «El Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace», hasta esta otra: «Quienes no honran al Hijo, no honran al Padre, que le envió» (Jn. 5, 20-23)
22. Desde estas palabras: «En verdad, en verdad os digo que quien oye mi palabra y cree en aquel que me envió, tiene la vida eterna», hasta aquéllas: «No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn. 5, 24-30)
23. Acerca de este texto del Evangelio: «Si yo doy testimonio de mí», etc., hasta aquél: «y no queréis venir a mí para poseer la vida» (Jn. 5, 19-40)
24. Desde este pasaje: «Después de esto se fue Jesús al otro lado del mar de Galilea, que es el lago de Tiberíades», hasta aquél: «Éste es, sin duda, el gran profeta que ha de venir al mundo» (Jn. 6, 1-14)
25. Desde este pasaje: «Y Jesús, conociendo que iban a venir para arrebatarle», hasta éste: «y yo le resucitaré en el último día» (Jn. 6, 15-44)
26. Desde este pasaje: «Murmuraban los judíos porque había dicho: Yo soy el pan que bajó del ciclo», hasta este otro: «El que come este pan, vivirá eternamente» (Jn. 6, 41-59)
27. Desde este pasaje: «Esto lo dijo en una sinagoga de Cafarnaún», hasta este otro: «Porque éste, uno de los doce, le había de entregar» (Jn. 6, 60-72)
28. Desde este texto del Evangelio: «Después de esto andaba Jesús por Galilea», hasta este otro: «Sin embargo, nadie hablaba abiertamente de Él por temor de los judíos» (Jn. 7, 1-13)

29. Sobre estas palabras del Evangelio: «Mediada ya la fiesta, subió Jesús al templo», hasta aquellas otras: «El que le ha enviado, ése es veraz y no hay en él injusticia» (Jn. 7, 14-18)

30. Desde aquel texto: «¿No os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley?», hasta este otro: «No juzguéis según las apariencias, juzgad según la justicia» (Jn. 7, 19-24)
31. Desde aquel texto: «Decían, pues, algunos de Jerusalén: ¿Acaso no es este a quien buscaban para matarlo?», hasta éste: «Me buscaréis y no me hallaréis; y a donde estoy yo, no podéis venir vosotros» (Jn. 7, 25-36)
32. Desde estas palabras: «El último día de la fiesta estaba Jesús en pie y clamaba: Si alguien tiene sed, venga a mí y beba», hasta aquellas otras: «Aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn. 7, 37-39)
33. Desde aquel texto del Evangelio: «Muchas de aquellas gentes, como oyesen estas palabras suyas», etc., hasta: «Ni yo te condenaré; vete y no peques más» (Jn. 8, 1-11)
34. Acerca de aquel texto: «Yo soy la luz del mundo; quien me sigue, no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn. 8, 12)
35. Desde estas palabras: «Dijéronle, pues, los fariseos: Tú das testimonio de ti mismo», etc., hasta estas otras: «Mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde vengo y adónde voy» (Jn. 8, 13-14)
36. Desde las palabras: "Vosotros juzgáis según la carne. Yo no juzgo a nadie", hasta éstas: "Yo soy quien da testimonio de mí, y también da testimonio de mí el Padre, que me envió"
37. Desde las palabras: "Decían, pues, ¿dónde está tu Padre?", hasta aquéllas: "Y nadie puso en El las manos, porque aún no era llegada su hora"
38. Desde las palabras: "Díjoles, pues, Jesús: Yo me voy, y vosotros me buscaréis", hasta aquéllas: "Díjoles Jesús: Yo soy el Principio, que os estoy hablando"
39. Desde las palabras: "Muchas cosas tengo que deciros y juzgar", hasta estas otras: "Y no entendieron que llamaba su Padre a Dios"
40. Desde las palabras: "Díjoles, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado en alto al Hijo del hombre", hasta aquéllas: "Y conoceréis la verdad, y la verdad os salvará"
41. Más sobre las palabras: "Decía, pues, Jesús a los que habían creído", hasta las palabras: "Si, pues, el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres"
42. Desde las palabras: "Sé que sois hijos de Abrahán, pero tratáis de matarme", hasta éstas: "Por eso vosotros no escucháis, porque no sois de Dios"
43. Desde las palabras: "Respondieron, pues, los judíos y dijéronle", hasta éstas: "Cogieron piedras los judíos para tirarlas contra El, pero Jesús se escondió y salió del templo"
44. Desde las palabras: "Y al pasar vio a un ciego de nacimiento", hasta éstas: "Ahora decís: Vemos; por eso vuestro pecado permanece"
45. Desde estas palabras: "En verdad, en verdad os digo que quien no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otro lado, es un ladrón y salteador", hasta éstas: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan más abundante"
46. Desde las palabras: "Yo soy el buen pastor", hasta: "Mas el mercenario huye, porque es mercenario y no le importan las ovejas"
47. Desde: "Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas"..., hasta: "¿Acaso el demonio puede dar vista a los ciegos?"
48. Desde aquel punto: "Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la Dedicación", hasta: "Todo cuanto Juan dijo de éste, era verdadero, y muchos creyeron en El"
49. Desde: "Había un enfermo llamado Lázaro", hasta: "Se fue a una región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efrén, y allí vivía con sus discípulos"
50. Desde aquel pasaje: "Estaba próxima la Pascua de los judíos", hasta este otro: "Muchos por su causa se apartaban de ellos y creían en Jesús"
51. Desde aquello que está escrito: "Al día siguiente, una gran multitud de gentes que habían venido a la fiesta", etcétera, hasta esto: "Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará"
52. Desde las palabras: "Ahora mi alma está turbada, y ¿qué os diré?", hasta estas otras: "Estas cosas habló Jesús, y se marchó y se escondió de ellos"
53. Desde las palabras: "Habiendo hecho tantos milagros a su vista, no creían en El", hasta éstas: "Prefirieron la gloria de los hombres a la gloria de Dios"
54. Desde estas palabras de Jesús: "Quien cree en mí no cree en mí, sino en Aquel que me envió", hasta estas otras: "Las cosas que yo hablo las digo como me las ha dicho mi Padre"
55. Desde aquel pasaje: "Antes del día festivo de la Pascua, sabiendo Jesús que era llegada su hora", hasta éste: "Y comenzó a lavar los pies de sus discípulos y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido"
56. Desde aquello que está escrito: "Vino a Simón Pedro", etc., hasta: "Quien está lavado no tiene necesidad de lavar más que los pies, pues está todo limpio"
57. En qué sentido teme la Iglesia manchar sus pies mientras camina hacia Cristo
58. Desde aquello que dice el Señor: "Y vosotros estáis limpios, pero no todos", hasta éstas: "Ejemplo os he dado para que vosotros hagáis lo que yo he hecho con vosotros"
59. Desde estas palabras del Señor: "En verdad, en verdad os digo que no es mayor el siervo que su señor", hasta éstas: "Quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me envió"
60. Sobre las palabras: "Habiendo dicho Jesús estas cosas, se turbó en su alma"
61. Desde estas palabras del Señor: "En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará", hasta éstas: "Aquél es a quien yo alargare el pan mojado"

62. Desde este pasaje: "Y habiendo mojado el pan, se lo dio a Judas", hasta este otro: "Ahora es glorificado el Hijo del hombre"

63. Desde estas palabras del Señor: "Ahora es glorificado el Hijo del hombre", hasta éstas: "Y en seguida le glorificará"
64. Sobre estas palabras del Señor: "Hijitos, aún estoy con vosotros un poco de tiempo; vosotros me buscaréis, y, como dije a los judíos, a donde yo voy, no podéis venir vosotros; lo mismo os digo ahora a vosotros"
65. Sobre estas palabras del Señor: "Un mandato nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, así os améis vosotros también. Por esto conocerán todos que sois discípulos míos, si os amáis unos a otros"
66. Desde las siguientes palabras: "Dícele Simón Pedro: ¿Adonde vas, Señor?", hasta éstas: "En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo hasta que me niegues tres veces

67. Desde estas palabras del Señor: "No se turbe vuestro corazón", hasta éstas: "Volveré otra vez y os llevaré conmigo"

68. Sobre el mismo asunto
69. Desde aquello que dice el Señor: "Sabéis adonde voy y sabéis también el camino", hasta: "Nadie viene al Padre sino por mí"
70. Acerca de esto que dice el Señor: "Si me conocieseis a mí, sin duda conocierais también a mi Padre", hasta: "¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?"
71. Acerca de esto que dice el Señor: "Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo", hasta: "Si alguna cosa pidiereis al Padre en mi nombre, yo lo haré"
72. Sobre el mismo pasaje
73. Más sobre el mismo asunto
74. Acerca de las palabras: "Si me amáis, observad mis mandatos", hasta: "Permanecerá con vosotros y estará dentro de vosotros"
75. Acerca de las palabras de Jesús: "No os dejaré huérfanos", hasta éstas: "Y yo le amaré y me manifestaré a él".
76. Sobre las palabras siguientes: "Dícele Judas, no el Iscariotes", etc., hasta éstas: "La doctrina que habéis oído, no es mía, sino del Padre, que me envió"
77. Desde estas palabras que siguen: "Estas cosas os he dicho estando entre vosotros", hasta éstas: "Mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo"
78. Sobre las palabras del Señor: "No se turbe ni tema vuestro corazón"
79. Sobre estas palabras suyas: "Y os lo he dicho ahora antes de que suceda", hasta éstas: "Levantaos, vámonos de aquí".
80. Acerca de aquello que dijo: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el agricultor", hasta éstas: "Vosotros estáis ya limpios en virtud de la doctrina que os he predicado"
81. Sobre aquellas palabras: "Permaneced en mí y yo permaneceré en vosotros", hasta éstas: "Pediréis cuanto quisiereis, y Os será dado"
82. Sobre aquellas palabras del Señor: "Mi Padre es glorificado si vosotros lleváis mucho fruto", hasta estas otras: "Y permanezco en su amor"
83- Sobre estas palabras: "Os he dicho estas cosas para que mi gozo esté con vosotros, y el vuestro será colmado. Este es mi precepto: que os améis unos a otros como yo os he amado"
84. Sobre aquellas palabras: "Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos"
85. Sobre estas palabras suyas: "Vosotros sois mis amigos si cumplís lo que os ordeno. Ya no os llamo siervos, porque el siervo ignora lo que hace su señor"
86. Sobre las palabras del Señor: "A vosotros os he llamado amigos", hasta estas otras: "Para que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo dé"
87. Desde aquellas palabras de Jesús: "Estas cosas os mando: que os améis mutuamente", hasta éstas: "Yo os he elegido del mundo; por eso el mundo os odia"
88. Desde estas palabras de Jesús: "Acordaos de mis palabras", hasta: "Todas estas cosas os harán por mi nombre, porque no han conocido a Aquel que me envió"
89. Desde estas palabras del Señor: "Si yo no hubiese venido y no les hubiese hablado", hasta éstas: "Quien me odia a mí, odia a mi Padre"
90. Sobre estas palabras: "Quien me odia a mí, odia a mi Padre"
91. Sobre estas palabras: "Si no hubiese hecho en ellos obras que ninguno otro ha hecho, no tuvieran pecado", etc…
92. Sobre estas palabras: "Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de parte del Padre, y que es Espíritu de verdad", etc…
93. Sobre esto que dice el Señor: "Os he dicho estas cosas para que no os escandalicéis", hasta: "Y os he dicho estas cosas para que, cuando venga su hora, os acordéis de que yo os las he dicho"
94. Desde estas palabras de Jesús: "No os dije estas cosas desde el principio porque estaba yo con vosotros", hasta éstas: "Si yo me fuere, os lo enviaré"

95. Sobre estas palabras de la lectura anterior: "Cuando El venga, argüirá al mundo en orden al pecado, a la justicia y al juicio", etc.

96. Sobre estas palabras: "Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no podéis entenderlas; mas, cuando venga el Espíritu de verdad, os enseñará toda la verdad"
97. Sobre el mismo tema
98 Sobre el mismo asunto
99. Sobre aquellas palabras: "No hablará de sí mismo, mas dirá lo que ha oído"
100. Sobre las últimas palabras de la lección anterior
101. Acerca de aquello que dice el Señor: "Un poco más de tiempo y ya no me veréis", hasta: "En aquel día no me pediréis nada"
102. Sobre estas palabras del Señor: "En verdad, en verdad os digo: si algo pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará", hasta éstas: "Otra vez dejo al mundo y me voy al Padre"
103. Desde lo que sigue: "Dícenle sus discípulos: Ahora hablas abiertamente", hasta éstas: "Mas tened confianza, porque yo he vencido al mundo"
104. Sobre las palabras siguientes: "Estas cosas dijo Jesús, y, levantados los ojos al cielo, exclamó: Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti"
105. Desde estas palabras del Señor: "Para que tu Hijo te glorifique", hasta éstas: "Con la claridad que tuve en ti antes que fuese el mundo"
106. Acerca de esto que dice el Señor: "Manifesté tu nombre a los hombres", hasta: "Y creyeron que tú me enviaste".
107. Desde estas palabras de Jesús: "Yo ruego por ellos", hasta éstas: "Para que tengan mi gozo cumplido dentro de sí mismos"
108. Desde estas palabras de Jesús: "Yo les he comunicado tu doctrina", hasta éstas: "Para que ellos sean santificados en la verdad"
109. Sobre estas palabras: "Mas no ruego por éstos solamente, sino también por aquellos que por su palabra han de creer en mí"
110. Desde las palabras siguientes: "Para que todos sean", etc., hasta éstas: "Y los has amado como me has amado a mí".
111. Desde estas palabras del Señor: "Padre, quiero que donde yo estoy estén conmigo también aquellos que me has dado", hasta éstas: "Para que el amor que me has tenido a mí esté también en ellos"
112. Acerca de lo que sigue: "Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos", etc., hasta éstas: "Prendieron a Jesús y lo ataron"
113. Desde la lectura de estas palabras: "Y lo condujeron primeramente a Anas", hasta éstas: "Otra vez lo negó Pedro y al punto cantó el gallo"
114. Desde aquel pasaje: "Le conducen de Caifás al pretorio", hasta éste: "Para que se cumpliese lo que Jesús dijo, manifestando con qué muerte había de morir"
115. Desde esta frase: "Por segunda vez entró Pilato en el pretorio", hasta ésta: "Era Barrabás un ladrón"
116. Acerca de esto que sigue: "Entonces tomó Pilato a Jesús y lo azotó", hasta esto: "Tomaron a Jesús y lo sacaron"
117. Desde las palabras siguientes: "Y llevando a cuestas su cruz, salió para el lugar llamado de la Calavera", hasta éstas: "Respondió Pilato: Lo escrito, escrito"
118. Sobre estas palabras: "Los soldados, después de haberle crucificado, tomaron sus vestidos", etc.
119. Desde estas palabras que siguen: "Y esto es lo que hicieron los soldados", hasta éstas: "E inclinada la cabeza, entregó el espíritu"
120. Desde esto que sigue: "Los judíos, como era la Parasceve", etc., hasta esto: "No conocían aún la Escritura, que convenía que El resucitase de entre los muertos" ...
121. Desde esto que sigue: "Los discípulos volvieron otra vez a reunirse con les suyos", hasta esto: "Bienaventurados quienes no vieron y creyeron"
122. Desde esto que sigue: "Otras muchas señales hizo Jesús", hasta esto: "Y con ser tantos, no se rompió la red".
123. Desde lo que dijo Jesús: "Venid y comed", hasta: "Es619
124. Desde este pasaje: "Y habiendo dicho esto, le dice: Sígueme", hasta el final del evangelio

 

 

TRATADO 1

Comentario a Jn 1,1-5, predicado en Hipona el domingo 9 de diciembre de 406

Introducción. ¿Quién podrá tratar estos misterios como ellos son?

1. Estoy pensando en las palabras del Apóstol que acabamos de escuchar, que el hombre animal no comprende lo que es del Espíritu de Dios; y al darme cuenta de que en el presente auditorio de Vuestra Caridad inevitablemente habrá muchos que están a este nivel, y que sólo gustan las cosas en sentido carnal, sin poderse levantar todavía hasta su sentido espiritual, me entran fuertes dudas de qué palabras usar, con la ayuda de Dios, y cómo explicaros lo que se ha leído del evangelio: En el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios.

El hombre animal no comprende esto. ¿Qué hacer entonces, hermanos? ¿Nos callaremos? ¿Y para qué leerlo si luego viene el silencio? ¿Para qué oírlo si nadie lo explica? Y también, ¿para qué explicarlo si no hay quien lo entienda? Pero tengo una convicción: que algunos de los que estáis aquí entenderéis la explicación; es más, lo entendéis antes de explicarlo. Por eso no voy a defraudar a los que son capaces de entender, aun a riesgo de perder el tiempo con los demás. En último extremo contamos con la ayuda amorosa de Dios. Quizá así quedemos todos satisfechos, entendiendo cada uno hasta donde lleguen sus posibilidades, y el orador exponiendo hasta donde él puede. Porque ¿quién podrá hablar de estos misterios como ellos son? Me atrevo a decir más, hermanos míos: quizá ni el mismo Juan habló de estas realidades como son en sí, sino como le fue posible. Él es un hombre que habla de Dios. Inspirado por Dios, es verdad, pero sólo un hombre. Por estar inspirado pudo decir algo. Sin la inspiración no habría podido decir nada. Pero al ser un hombre inspirado, expresó no toda la realidad, sino aquella que es capaz de decir el hombre.

Juan, un monte alto

2. Era este Juan, queridos hermanos, era uno de aquellos montes de los que está escrito: Los montes reciban paz para tu pueblo, y los collados justicia. Montes son las almas grandes; collados, las pequeñas. Y reciben la paz los montes, para que puedan recibir la justicia los collados. ¿Qué justicia es ésta? La fe: El justo vive de fe. No podrían conseguir la fe estas almas más pequeñas, si las otras mayores, llamadas aquí montañas no fuesen iluminadas por la misma Sabiduría para con esta luz poder transmitir a las pequeñas lo que éstas sean capaces de entender. No podrán los collados vivir de la fe si los montes no reciben la paz. Desde estos montes se dijo a la Iglesia: Paz con vosotros. Fueron estos mismos montes los que, en su mensaje de paz a la Iglesia, no se separaron de aquel que es la fuente de su paz. Así se convirtieron en mensajeros de paz verdaderos, no fingidos.

Los montes que son escollos

3. Hay otros montes que son causa de naufragios. No se puede dirigir hacia ellos la nave sin estrellarse. ¡Con qué facilidad los navegantes, en peligro de naufragio, se dirigen urgentemente hacia la tierra divisada! Pero sucede a veces que esta tierra es la cima de un monte que oculta escollos en su base, y cuando uno impulsa la nave hacia el monte, queda atrapada en los escollos. Su final no ha sido el puerto, sino el lamento. Como éstos ha habido algunos montes de apariencia importante a los ojos humanos. Y luego dieron origen a cismas y herejías, dividieron la Iglesia de Dios. Pero no son éstos los montes de quienes se dijo: Los montes reciban paz para tu pueblo. ¿Cómo podrán recibir la paz quienes han roto la unidad?

Ascender, como Juan, de nuestra bajeza

4. Los que han recibido la paz para anunciársela al pueblo contemplaron la Sabiduría misma en cuanto la capacidad humana puede llegar a tocar lo que ni ojo vio ni oído oyó ni a corazón de hombre ascendió. Y si no ascendió a corazón de hombre, ¿cómo ha ascendido al de Juan? ¿O no era hombre Juan? ¿Quizá será mejor decir que no ascendió a la mente de Juan, sino que fue su mente la que ascendió hasta esta sabiduría? Porque lo que asciende hasta el hombre es inferior a él; en cambio, si es la mente humana quien se eleva hasta ella está por encima del hombre. Se puede, sin embargo, hermanos, hablar así. Porque, si se puede decir que subió hasta la mente de Juan, en tanto ascendió hasta ella, en cuanto Juan no era hombre. ¿Qué quiere decir: Juan no era hombre? Que de alguna manera comenzaba a ser ángel. Sí, porque todos los santos son ángeles. Lo son porque anuncian a Dios. Por eso, a los de un nivel puramente carnal y animal, incapaces de comprender las cosas de Dios, ¿qué les dice el Apóstol? Cuando decís: «Yo soy de Pablo, yo de Apolo», ¿acaso no sois hombres?¿Qué quería hacer de esos a quienes reprendía ser hombres? ¿Queréis saber qué quería hacer de ellos? Escuchad este salmo: Yo dije: «Sois dioses e hijos del Altísimo todos». A esto nos llama Dios, para que no nos quedemos en ser hombres. Pero nunca mejoraremos nuestra condición de hombres si antes no reconocemos que lo somos. En otras palabras, si de nuestra bajeza no ascendemos hasta aquella altura. No suceda que, por creernos algo, sin ser nada, no solamente no recibamos lo que aún no somos, sino que perdamos incluso lo que somos.

5. Hermanos, Juan era uno de estos montes y dijo: En el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios. Había recibido la paz este monte, contemplaba la divinidad de la Palabra. ¿Cómo era este monte? ¿Qué altura tenía? Sobrepasaba todas las cimas de la tierra, sobresalía por encima de todas las regiones del aire, por encima de las alturas siderales, sobresalía por encima de los coros y las legiones de ángeles. Si no hubiera sobrepasado todo lo creado, no habría podido llegar a aquel mediante el cual se hizo todo. No podéis conocer lo que ha sobrepasado, sin saber adónde ha llegado. ¿Preguntas por el cielo y la tierra? Han sido hechos. ¿Preguntas por lo que hay en cielo y tierra? Con mucha más razón ha sido hecho también. ¿Preguntas por las criaturas de orden espiritual, los ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, virtudes, principados? También ellas han sido hechas. Un salmo, después de enumerar todas las cosas, concluye: Dijo él y fueron hechas; mandó él y fueron creadas. Si dijo y fueron hechas, mediante la Palabra fueron hechas; pero, si mediante la Palabra fueron hechas, no pudo Juan llegar con su mente hasta donde dice: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios», a menos que trascendiera todas las cosas que mediante la Palabra fueron hechas. Entonces, ¿qué clase de monte es éste, qué excelsa su santidad, cuán elevada su altura entre aquellos montes que recibieron la paz para el pueblo de Dios, para que los collados puedan recibir la justicia?

Levantemos la mirada a este monte

6. Ved, pues, hermanos, si Juan no es de aquellos montes de los que hace un momento hemos cantado: Levanté mis ojos a los montes de donde me vendrá el auxilio. Por tanto, hermanos míos, si queréis llegar a entender, levantad vuestros ojos a este monte, erguíos hacia el evangelista, erguíos hacia su pensamiento. Pero, porque estos montes reciben la paz y, por otra parte, no puede estar en paz quien pone su esperanza en el hombre, no elevéis vuestros ojos al monte, creyendo que vuestra esperanza debe descansar en un hombre, y decid «Levanto mis ojos a los montes de donde me vendrá el auxilio», añadiendo en seguida: El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. Levantemos, pues, los ojos a los montes de donde nos vendrá el auxilio; pero no es en ellos donde debe reposar nuestra esperanza, pues los montes reciben lo que han de servirnos. Es, pues, en la fuente de donde les viene a ellos, donde nosotros debemos poner nuestra esperanza.

Porque las Escrituras son servidas mediante hombres, cuando levantamos nuestros ojos a las Escrituras, levantamos nuestros ojos a los montes de donde nos vendrá el auxilio; pero, porque eran hombres esos mismos que escribieron las Escrituras, no brillaban con luz propia, sino que la verdadera Luz era ese mismo que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Monte era también aquel Juan Bautista que, para que nadie, por poner la esperanza en el monte, se cayese de quien ilumina los montes, dijo: «Yo no soy el Mesías», y él mismo declaró también: De su plenitud todos hemos recibido. Debes decir: «Levanto mis ojos a los montes de donde me vendrá el auxilio», sin atribuir a los montes la ayuda que te viene, sino diciendo a continuación: El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

7. Os he hecho esta observación, hermanos, para que al erguir vuestro corazón hacia las Escrituras cuando el Evangelio dejaba oír: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios», y lo demás que se ha leído, entendáis que habéis levantado los ojos a los montes. En efecto, si los montes no lo hubieran dicho, seríais incapaces de llegar a la fuente de estos pensamientos. De los montes, pues, os ha venido la ayuda, para que al menos lo hayáis oído; pero todavía no podéis entender lo que habéis oído. Invocad el auxilio del Señor, que hizo el cielo y la tierra, porque los montes han podido hablar, sin poder ellos mismos iluminar, porque ellos mismos, oyendo, han sido iluminados. Aquel Juan, hermanos, que se recostaba sobre el pecho del Señor, es quien nos ha dicho estas cosas. De esa fuente bebió él lo que después nos ha propinado. Pero ha propinado palabras; en cambio, la comprensión debes tomarla de donde había bebido el mismo que te dio a beber, para que levantes los ojos a los montes de donde te vendrá el auxilio, para de ahí recibir una copa, digamos; esto es, para que recibieras la palabra propinada; y, sin embargo, porque tu auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra, llenases tu corazón de la misma fuente de que él llenó el suyo. Y puesto que dijiste: «El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra», que lo llene quien puede hacerlo. Esto os digo, hermanos: que cada uno levante su corazón, según le alcance su capacidad para comprender lo que digo. Pero quizá podáis decir que mi persona os está mucho más presente que la de Dios. De ninguna manera. Dios está mucho más presente: yo me presento ante vuestros ojos; él rige vuestras conciencias. A mí dirigís vuestros oídos; a él dirigid vuestro corazón y ambos recibirán la plenitud. Vuestros ojos y vuestros sentidos corporales los fijáis en mí, mejor dicho, no en mí, yo no soy uno de aquellos montes, sino en el evangelio, en la persona del evangelista: el corazón, en cambio, elevadlo al Señor. Él lo llenará. Que cada uno lo eleve, fijándose en qué eleva y adónde lo eleva. ¿Qué quiero decir con esto? Que se fije a ver qué corazón levanta, puesto que lo levanta hacia el Señor, no sea que, antes de haberlo levantado, caiga oprimido por el peso del placer carnal. ¿Quizá os veis todos cargados con el peso de la carne? Esforzaos en purificar por la continencia lo que vais a elevar al Señor. Dichosos los limpios de corazón, porque ésos verán a Dios.

La palabra humana

8. Pero ¿qué valor tiene el sonido de las palabras: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios? También yo he pronunciado palabras al hablar. ¿Era como éstas la Palabra que estaba con Dios? Las palabras que yo he dicho, ¿no han desaparecido después de haberlas pronunciado? ¿Luego la Palabra de Dios habrá desaparecido también, tras haberse oído? ¿Cómo se hizo todo mediante ella, y sin ella nada se hizo? ¿Cómo se rige mediante ella lo que mediante ella fue creado, si sonó y pasó? ¿Qué clase de palabra, pues, es esta que se pronuncia y no pasa? Atienda Vuestra Caridad; se trata de algo importante.

A diario, cuando hablamos, las palabras se nos quedan en nada. A fuerza de sonar palabras y desaparecer, su valor se degrada y no nos parecen sino meras palabras. Pero hay en el hombre una palabra que permanece dentro, porque el sonido sale de la boca. Y hay otra palabra que realmente se pronuncia con el espíritu, lo que entiendes por medio del sonido, no el sonido mismo. Cuando yo digo «Dios», pronuncio una palabra. Bien breve es lo que he pronunciado: cuatro letras y una sílaba. ¿Acaso Dios es en total una sílaba de cuatro letras? ¿O quizá cuanto menos vale este sonido, tanto más precioso es lo que por él entendemos? ¿Qué ocurre en mi interior cuando yo digo «Dios»? He pensado en un ser supremo, que trasciende toda criatura mudable, carnal y animal. Y si yo te preguntase: «¿Dios es mudable o inmutable?», inmediatamente responderías: «Lejos de mí creer o pensar en Dios como mudable: Dios es inmutable». Tu alma, aunque pequeña, quizá carnal todavía, no pudo menos de responderme que Dios en inmutable, puesto que toda criatura es mudable. ¿De dónde te pudo venir la chispa que te ha iluminado este misterio, para responderme sin titubear que Dios es inmutable? ¿Qué hay en tu interior, cuando piensas en una sustancia viva, eterna, omnipotente, infinita, presente toda ella en todas partes, y no contenida por límites algunos? Cuando esto piensas, es la Palabra de Dios lo que hay en tu interior. ¿Es esto aquel sonido que consta de una sílaba y cuatro letras? Todo lo que se pronuncia y desaparece son sonidos, sílabas. La palabra que suena es la que pasa; pero la significada por el sonido está en el pensamiento de quien la dijo, permanece en la inteligencia de quien la ha oído, aunque desaparezcan las palabras.

La Palabra de Dios

9. Dirige tu espíritu a aquella palabra. Si tú puedes tener una palabra en tu interior, como un pensamiento nacido en tu mente, es como si tu mente alumbrara el pensamiento y allí está como un hijo de tu mente, como hijo de tu corazón. Primero, en tus adentros engendras el pensamiento de construir una obra, de edificar algo extenso. Ya ha nacido la idea, y la obra todavía no se ha realizado. Tú ya estás viendo lo que vas a hacer, pero los demás no la pueden admirar más que cuando la hayas realizado, cuando hayas levantado su mole, y cuando hayas plasmado y terminado la obra. Los hombres se fijan en el edificio, digno de admiración, y alaban la idea del constructor. Se admiran de lo que ven, y aman lo que no ven. ¿Quién puede ver el pensamiento? Si a partir de una gran obra alabamos el pensamiento humano, ¿quieres ver cómo es el pensamiento de Dios, que es el Señor Jesucristo, la Palabra de Dios? Fíjate en estos dos órdenes de cuerpos, el cielo y la tierra: ¿quién explicará con palabras la hermosura del cielo? ¿Quién explicará con palabras la fecundidad de la tierra? ¿Quién elogiará dignamente la variedad de los cambios climáticos? ¿Quién elogiará dignamente la fuerza de las semillas? Veis cuántas cosas me callo. No quiero recordar muchas y quedarme corto en comparación con las que podéis pensar. Por esta obra de arte, pues, caed en la cuenta de cómo será la Palabra mediante la que ha sido hecha. Pero no es ella sola la que ha sido hecha. En efecto, se ve todo esto, porque llegan hasta nuestros sentidos corporales. Mediante esa Palabra han sido hechos también los ángeles; mediante esa Palabra han sido hechos también los arcángeles, las potestades, los tronos, las dominaciones, los principados. Mediante esa Palabra se hizo todo. Deducid de aquí cómo será esta Palabra.

10. Alguien podrá replicarme ahora: «¿Y quién piensa esta Palabra?». No te imagines algo vulgar cuando oyes el nombre «palabra», ni pienses en las palabras que oyes a diario: «Ése dijo tales palabras»; «pronunció tales palabras»; «me cuentas tales palabras». De tanto pronunciar palabras, terminan por devaluarse. Pero cuando oyes: «En el principio existía la Palabra», cuidado con estimarla algo vulgar, como estás acostumbrado a pensar cuando sueles oír palabras humanas. Atención a lo que debes pensar: La Palabra era Dios.

El error de Arrio

11. Preséntese ahora no sé qué infiel arriano y diga que la Palabra de Dios ha sido hecha. ¿Cómo puede ser que la Palabra de Dios haya sido hecha, cuando es Dios quien hace todo mediante la Palabra? Si también la Palabra de Dios ha sido hecha, ¿mediante qué otra palabra lo ha sido? Y si afirmas que es así por ser la palabra de la Palabra mediante la que ésa se hizo, a ésta la llamo yo el Hijo único de Dios. Pero, si no la llamas palabra de la Palabra, admite que no ha sido hecha aquella por medio de la cual se hizo todo. En efecto, no es posible que se haga mediante sí misma aquella mediante la que se hizo todo. Cree, pues, al evangelista. Podía, en efecto, decir: «En el principio Dios hizo la Palabra», como Moisés dijo: «En el principio Dios hizo el cielo y la tierra», y enumera todas las cosas así: Dijo Dios «Hágase», y se hizo. Si dijo, ¿quién dijo? Dios, sí. ¿Y qué se hizo? Alguna criatura. Entre Dios que dice y la criatura hecha, ¿qué hay, mediante lo cual se hizo, sino la Palabra? Porque Dijo Dios: Hágase, y se hizo. Esta Palabra es inmutable. Aunque mediante la Palabra sean hechas las cosas mudables, ella es inmutable.

Ser recreado por la Palabra

12. No creas, pues, que ha sido hecha aquella mediante la que se hizo todo, no vayas a quedarte sin la restauración que nos viene mediante la Palabra mediante la que todo es restaurado. Efectivamente, has sido hecho mediante la Palabra. Pero es necesario ser recreado mediante la Palabra. Pero si tu fe acerca de la Palabra es falsa, no podrás ser recreado mediante la Palabra. Y si has tenido la suerte de ser hecho mediante la Palabra, por ti quedas deshecho. Y si por ti te deshaces, que te rehaga el que te hizo. Si por ti viene el degradarte, que te recree el que te creó. ¿Y cómo te recreará mediante la Palabra, si en algún aspecto piensas mal de la Palabra? El evangelista dice: «En el principio existía la Palabra», mas tú dices: En el principio fue hecha la Palabra. Él dice: «Todo se ha hecho mediante ella», mas tú dices que incluso la Palabra misma ha sido hecha. Podía haber dicho el evangelista: «En el principio fue hecha la Palabra»; pero ¿qué dice? En el principio existía la Palabra. Si existía, no fue hecha; así todo se haría mediante ella, y sin ella, nada. Si, pues, en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios, si no puedes comprender de qué se trata, espera a que crezcas. Él es alimento. Toma leche para nutrirte hasta que seas capaz de recibir el alimento.

Todo ha sido hecho por la Palabra

13. Y atención a lo que sigue: Todo se hizo mediante ella, y sin ella nada se hizo, no vayáis a pensar que la nada es algo. Muchos, por una deficiente interpretación del texto «sine ipso factum est nihil» (sin ella la nada se hizo), piensan que la nada es algo. El pecado ciertamente no fue hecho por ella, y el pecado es la nada, evidentemente, y a la nada vuelven los hombres cuando pecan. Tampoco los ídolos han sido hechos por la Palabra. Tienen, es verdad, una apariencia humana, pero es el hombre el que ha sido hecho por la Palabra, puesto que la forma humana del ídolo no ha sido hecho por la Palabra; y así leemos en la Escritura: Sabemos que un ídolo no es nada. Luego esto no ha sido hecho por la Palabra. En cambio, sí lo han sido todos aquellos seres que tiene una naturaleza y que existen en la creación, tanto los que están fijos en el cielo y brillan en las alturas como los que vuelan bajo el cielo o se mueven en la naturaleza entera; toda criatura sin excepción. Lo diré más claro, para que lo entendáis, hermanos: desde el ángel hasta el último gusano. Entre las criaturas ¿hay algo más excelso que el ángel? ¿O algo inferior a un gusanillo? Pues bien, por quien ha sido hecho el ángel, por él mismo ha sido hecho el gusanillo. Pero al ángel le corresponde el cielo, y al gusano la tierra. Quien los creó, así lo ha dispuesto. Si hubiera puesto al gusano en el cielo, lo censurarías; si hubiera dispuesto que los ángeles brotasen de las carnes descompuestas, también lo censurarías; y, sin embargo, algo así hace Dios y no es censurable: todos los hombres, nacidos de la carne, ¿qué son sino gusanos? Pues hasta de los gusanos hace ángeles. Si el mismo Señor dice «Yo soy un gusano y no un hombre», ¿quién dudará afirmar lo que está escrito en el libro de Job: Cuánto más el hombre, ese montón de podredumbre, y el hijo del hombre, ese gusano?Primero llama al hombre una podredumbre y, a continuación, un gusano al hijo del hombre. Claro, como el gusano nace de la podredumbre, por eso llama al hombre podredumbre y gusano al hijo del hombre.

Mira lo que quiso hacerse por ti aquel que en el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. ¿Por qué quiso hacerse esto por ti? Para darte un alimento de lactante a ti que no podías aún masticar. Así que éste y no otro, hermanos, es el sentido de esta frase: Todo se hizo mediante ella, y sin ella nada se hizo. Todas las criaturas han sido hechas por ella: la mayor y las más pequeñas; por su medio se hicieron las superiores y las inferiores, las espirituales y las corporales. Toda forma, cohesión, armonía de las partes, toda naturaleza que pueda tener número, peso y medida tienen su existencia sólo por medio de aquella Palabra, su origen en aquella Palabra creadora, a la que se le dice: Todo lo has dispuesto con medida, número y peso.

También los insectos son obra de Dios

14. Nadie, pues, os engañe cuando sufráis quizá el fastidio de las moscas. Porque el diablo se ha burlado de algunos, haciendo que caigan en el lazo por las moscas. Los cazadores de aves suelen poner moscas en los cepos, para que caigan las aves hambrientas. De igual manera el diablo ha engañado a éstos con las moscas. En cierta ocasión, alguien estaba molesto por las moscas y Manes lo vio con ese fastidio; él le dijo que no podía aguantar las moscas, que las aborrecía profundamente. Inmediatamente le dice Manes: «¿Quién las ha creado?». El otro, que estaba asqueado y lleno de odio hacia ellas, no tuvo valor para decir: «Dios las ha creado». Y eso que era católico. Enseguida Manes añadió: «Si Dios no las ha hecho, ¿quién las hizo?». «Sin duda, dijo él, supongo que el diablo hizo las moscas». Continúa Manes: «Si el diablo es el autor de la mosca, como veo que confiesas porque discurres con acierto, ¿quién es el autor de la abeja, que es un poco mayor que la mosca?». Y no se atrevió a decir que Dios hizo la abeja y no la mosca, puesto que son tan parecidas. Y de la abeja pasó a la langosta, y de ésta al lagarto, y del lagarto al pájaro, y del pájaro a la oveja, y de la oveja al buey, y del buey al elefante, y por fin llegó hasta el hombre. Y lo convenció de que el hombre no fue creado por Dios. Y así fue como este pobre hombre, asqueado de las moscas, acabó siendo una mosca atrapada por el diablo. Belcebú, en efecto, significa, según parece, «príncipe de las moscas»; de ellas está escrito: Las moscas muertas corrompen el ungüento perfumado.

¿Por qué nos molestan los insectos?

15. ¿A qué viene esto, hermanos? ¿Por qué he dicho estas cosas? Cerrad los oídos de vuestro corazón a todas las astucias del enemigo. Caed en la cuenta de que Dios lo ha hecho todo y puso a cada cosa en el lugar que le corresponde. ¿Cuál será la causa de que padezcamos muchos males de una criatura hecha por Dios? Que le hemos ofendido. Pero ¿acaso los ángeles sufren estas molestias? También nosotros podríamos quizá estar en esta vida exentos de este temor. De tu castigo no culpes al juez; culpa a tu delito. Por nuestra soberbia puso Dios esta criatura tan pequeña y despreciable, para que nos atormentase. Así, cuando el hombre, en su soberbia, se yergue frente a Dios, y cuando, mortal como es, siembra el terror entre otros mortales y, siendo hombre, no quiere reconocer como prójimo a otro hombre; cuando, en fin, se yergue sobre sí mismo, queda sometido bajo las pulgas. ¿Por qué te hinchas, humana soberbia? Un hombre te insultó y te hinchas de rabia. Tendrás que enfrentarte con las pulgas para poder dormir; reconoce quién eres. Ya sabéis, hermanos: Dios ha creado estos seres molestos para rendir nuestra soberbia. A aquel pueblo del Faraón, Dios pudo haberlo rendido con osos, leones o serpientes; les mandó moscas y ranas, para que las cosas más viles domasen la soberbia.

En la Palabra todo es vida

16. Por tanto, hermanos, todo, absolutamente todo se hizo mediante ella, y sin ella nada se hizo. Pero ¿de qué modo se hizo todo mediante ella? Lo que ha sido hecho, en ella es vida. Puede también leerse así: Lo que ha sido hecho en ella, es vida. Luego todo es vida si utilizásemos esta lectura. ¿Hay algo que no haya sido hecho en ella? Ella es la Sabiduría de Dios. Dice el salmo: Todo lo hiciste con sabiduría. Si, pues, Cristo es la Sabiduría de Dios y el salmo dice: «Todo lo hiciste con sabiduría», todo ha sido hecho en él, así como lo ha sido por él. Entonces, queridos hermanos, si en él todo, y lo hecho en él es vida, resulta que la tierra es vida, y un leño es vida. Es verdad que decimos que el leño es vida, pero entendiendo que se trata del leño de la cruz, de donde nos brotó la vida. Incluso una piedra sería vida, según esto.

Pero no es acertado este modo de interpretar. Podríamos dar pie a que la inmunda secta de los maniqueos nos dijera astutamente que tienen alma una piedra y una pared y un trocito de cuerda y la lana y el vestido. Suelen disparatar ellos así. Y cuando se les hace frente y se los rechaza, citan a su modo la Escritura, diciendo: «¿Por qué se dijo entonces Lo que se hizo en ella, es vida?» Si todo ha sido hecho en ella, luego todo es vida». Que no te engañen; tú lee así: «Lo que ha sido hecho», haciendo una pausa aquí, y luego sigue: en ella es vida. ¿Cuál es el sentido de esta frase? La tierra fue creada. Pero la tierra en sí no es vida, sino que en la Sabiduría misma hay una idea o forma de orden espiritual, mediante la cual fue hecha la tierra. Esta idea sí es vida.

17. Me explicaré lo mejor que pueda a Vuestra Caridad. Un carpintero fabrica un arca. Primeramente tiene el arca en su imaginación, puesto que, si no la tuviese en ella, ¿cómo la iba a expresar construyéndola? Pero el arca está allí no como ella es, visible externamente. En el talento del artesano es invisible, y la realización la hará visible. Y ahora ya la tenemos construida; ¿acaso dejó de estar en el talento del carpintero? Ya es una obra realizada y sigue estando en la mente del artesano. Puede muy bien llegar a corromperse, y de nuevo hacer otra según el modelo de la que hay en la mente del artesano. Fijaos bien en el arca como idea artística y en el arca ya construida. Ésta no es vida; en cambio, la idea artística sí lo es, porque vive en el alma del artífice, donde está todo esto antes de su expresión externa.

De la misma manera, hermanos queridos, la Sabiduría de Dios, por la cual se hizo todo, contiene todas las cosas como una concepción artística, antes de fabricarlas. De aquí que lo realizado según esta concepción artística no por eso va a ser vida, sino que todo lo realizado es vida en ella. La tierra que ves, es tierra en la mente del artífice, y lo mismo el cielo y el sol y la luna. Todos están en la concepción del artífice. En su ser externo son cuerpos, y en la idea artística son vida. Tratad de comprenderlo de algún modo. Hemos dicho algo muy importante. No ha salido de mí ni ha venido por mi medio, que yo no soy importante; pero viene quien lo es. No he dicho yo estas cosas; yo soy pequeño. Para poder decirlas miro a aquel que no es pequeño. Comprenda cada uno como pueda, en cuanto pueda. Y quien no pueda, nutra el corazón hasta que pueda. ¿Cómo lo nutrirá? Nútralo con leche para llegar al alimento. No se aparte de Cristo nacido mediante la carne, hasta llegar a Cristo nacido de un único Padre, Palabra Dios con Dios, mediante la que se hizo todo, porque es esa vida que en aquélla es la luz de los hombres.

La vida es la luz de los hombres

18. Sigue, en efecto, esto: Y la vida era la luz de los hombres. De esta vida reciben los hombres la iluminación. Los animales no reciben la iluminación, porque los animales no tienen mentes racionales que puedan ver la sabiduría. En cambio, el hombre ha sido hecho a imagen de Dios, tiene mente racional mediante la que pueda percibir la sabiduría. Esa vida, pues, mediante la que todo se hizo, esta misma vida es la luz; no la luz de cualesquiera seres vivos, sino la luz de los hombres. Por eso dice poco después: Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Esa luz iluminó a Juan Bautista, ésta también a Juan Evangelista mismo. De esa misma luz estaba lleno quien dijo: No soy yo el Mesías, sino quien viene detrás de mí, la correa de cuyo calzado no soy digno de desatar. Por esta luz estaba iluminado quien dijo: En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Aquella vida, pues, es la luz de los hombres.

Sólo los limpios de corazón ven la Luz

19. Pero corazones quizá necios no pueden captar esta luz, porque los oprime el peso de sus pecados, para que no puedan verla. Pero no piensen que la luz está ausente, precisamente porque ellos no pueden verla. Ellos, en efecto, son tinieblas por sus pecados. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Es lo que ocurre, hermanos, con un ciego puesto al sol. El sol está presente, pero él está ausente para el sol. Esto es lo que sucede con todo el que tiene un corazón necio, injusto, impío o ciego. Presente está la sabiduría, pero para uno que es ciego es como si estuviera ausente de sus ojos. No porque ella no le acompañe, sino porque él está distante de ella. ¿Y qué ha de hacer éste? Purificarse hasta poder ver a Dios. Como si alguien tuviese ceguera por tener sucios y enfermos sus ojos, porque le ha caído polvo o por irritación o por el humo, y el médico le dijese: «Debes asear tu ojo de todo lo que le molesta, hasta que puedas ver con claridad». El polvo, la irritación ocular y el humo son los pecados y las injusticias. Quita de tu corazón todo esto y verás la sabiduría, porque está presente. Dios es la Sabiduría misma; y está escrito: Dichosos los de corazón limpio, porque ésos verán a Dios.

 

TRATADO 2

Comentario a Jn 1,6-14, predicado en Hipona, probablemente el domingo 16 de diciembre de 406

Trataré de daros mi propio alimento

1. Es bueno, hermanos, que, en lo posible, examinemos atentamente el texto de las Divinas Escrituras, máxime del santo evangelio, sin omitir pasaje alguno. Yo, según mi capacidad, trataré de alimentarme de esa fuente, y luego os serviré a vosotros el mismo alimento. Recuerdo que el pasado domingo se trató el párrafo primero, esto es: En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios; ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo mediante ella, y sin ella nada se hizo. Lo que ha sido hecho es vida en ella, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Hasta aquí, creo, llegó el comentario. Recordadlo quienes asististeis, y los que no, creedme a mí y a quienes quisieron asistir. Ahora no estaría bien repetir todo lo anterior, por aquellos que tienen interés en oír lo que sigue; les resultaría pesado, si volvemos sobre lo anterior, omitiendo el pasaje siguiente. Quienes, pues, estuvieron ausentes hagan el favor de no exigir la explicación anterior; que escuchen, junto con quienes asistieron, lo que ahora vamos a explicar.

La cruz de cristo nos conduce a la estabilidad

2. Sigue: Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan. Lo anteriormente dicho, hermanos carísimos, se ha dicho sobre la inefable divinidad de Cristo y casi inefablemente. ¿Quién, en efecto, comprenderá: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios»? Y, para que por el uso diario de nuestras palabras no se te deprecie el nombre de «palabra», dice: Y la Palabra era Dios. Esta Palabra es la misma sobre la que el pasado día hemos hablado mucho. Quiera Dios que, después de tanto hablar, algo haya llegado a vuestros corazones. En el principio existía la Palabra. Es ella misma, es de idéntica manera, como es siempre, así es, no puede cambiarse; esto significa «es». A su siervo Moisés dijo este nombre suyo: Yo soy el que soy, y: El que es me ha enviado.

¿Quién, pues, captará esto, cuando todo lo que veis es mortal, cuando estáis viendo las mutaciones cualitativas no sólo de los cuerpos en el nacer, crecer, envejecer y morir, sino incluso las mutaciones del alma; cuando las diversas inclinaciones de la voluntad la llevan de un sitio para otro y hasta la dividen; cuando veis cómo los hombres son capaces de alcanzar la sabiduría si se acercan a su luz y a su calor, y cómo también pueden perderla si se alejan de ella por un afecto desordenado? Cuando, pues, veis que todo esto es mudable, ¿qué es lo que es, sino lo que trasciende todo lo que existe, pero cuyo ser es como si no existiera? ¿Y quién entenderá esto? ¿O quién, a fuerza de concentrar de algún modo todo el poder de su inteligencia, será capaz de llegar a tocar lo que realmente es? Y después de haberlo tocado, dentro de su capacidad, ¿quién será capaz de alcanzarlo? Es como si alguien divisara desde lejos su patria, pero un mar se interpusiera entre los dos: ve a dónde ir, pero ignora el camino. Así nos ocurre a nosotros: anhelamos alcanzar nuestra condición estable, donde el ser realmente es, porque seguirá siendo siempre lo que es; pero está por medio el mar de este mundo, por donde caminamos, aunque ya vemos a dónde caminamos. Muchos ni siquiera saben a dónde van. Pero para enseñarnos el camino, vino el mismo a quien queríamos ir. ¿Y qué hizo? Nos puso el leño con el que poder atravesar el mar. Nadie es capaz de pasar el mar de este mundo si no lo lleva la cruz de Cristo. A veces abraza al árbol de la cruz incluso el de ojos enfermos. Y quien de lejos no ve a dónde va, no se aparte de ella, y ella misma lo llevará.

3. Me gustaría, pues, hermanos míos, que penetrase esto en vuestros corazones: si queréis vivir una vida cristiana y fervorosa, uníos a Cristo en aquello que se hizo por nosotros. Así llegaréis a lo que él es y a lo que él era. Se acercó a nosotros hasta el punto de hacerse hombre. Y se hizo precisamente para servir de vehículo a los débiles, y que puedan atravesar el mar de este mundo y llegar a la patria. Allí no habrá necesidad de nave alguna, porque no hay mar que atravesar. Y mejor es no llegar a descubrir con la inteligencia el Ser por excelencia, permaneciendo unidos a la cruz de Cristo, que descubrirlo y despreciar la cruz de Cristo. Lo mejor de todo, si es posible, está en ver a dónde hay que ir, y mantenerse firmes en el vehículo que nos lleva.

Aquí llegaron aquellas almas grandes, llamadas montes, iluminadas con grandes resplandores por la luz de la justicia. Aquí llegaron y vieron aquello que es el Ser. Juan decía al verlo: En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Divisaron este misterio y, para llegar a lo que de lejos veían, no se apartaron de la cruz de Cristo, no menospreciaron la humildad de Cristo. Los pequeños, incapaces de entender esta realidad, que no se aparten de la cruz, de la pasión y de la resurrección de Cristo; llegarán a encontrarse con la realidad que no ven, conducidos en la misma nave que lleva a los que la ven.

La soberbia, gran obstáculo para llegar a Dios

4. Hubo algunos filósofos de este mundo y mediante la criatura buscaron al Creador, porque puede ser hallado mediante la criatura. Con toda claridad dice el Apóstol: Pues desde la constitución del mundo, mediante lo que ha sido hecho se percibe entendido lo invisible de él, también su fortaleza sempiterna y su divinidad, de forma que son inexcusables. Y sigue: Porque, aunque habían conocido a Dios. No dijo «por no haberlo conocido», sino: Porque, aunque habían conocido a Dios, no le glorificaron ni dieron gracias como a Dios, sino que se desvanecieron en sus proyectos y su insensato corazón se oscureció. ¿Por qué se oscureció? Sigue y dice con toda claridad: Pues, aunque decían que ellos eran sabios, fueron hechos estultos. Vieron a dónde había que llegar. Pero, ingratos hacia quien les dio lo que vieron, quisieron atribuirse lo que vieron y, hechos soberbios, perdieron lo que veían y, consiguientemente, se volvieron a los ídolos e imágenes y a los cultos de los demonios; a adorar a la criatura y despreciar al Creador. Estrellados ya, hicieron éstos esto; pero para estrellarse se ensoberbecieron; ahora bien, por haberse ensoberbecido dijeron que ellos eran sabios. Éstos, pues, de quienes dice Pablo: «los cuales, aunque habían conocido a Dios», han visto lo que dice Juan: que todo se hizo mediante la Palabra de Dios. En efecto, en los libros de los filósofos se encuentra también esto y que Dios tiene un Hijo unigénito, mediante quien todo existe. Pudieron ver «Lo que es», pero lo vieron de lejos. No quisieron mantener la condición baja de Cristo, nave en que llegarían seguros a lo que pudieron ver a lo lejos, y despreciaron la cruz de Cristo.

¿Tienes que atravesar el mar, y desprecias el madero? ¡Oh sabiduría orgullosa! Te mofas de Cristo crucificado; es él a quien veías de lejos: En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios. Pero ¿por qué fue crucificado? Porque te era necesario el madero de su humildad, pues te habías hinchado de soberbia, habías sido arrojado lejos de aquella patria, el camino está interrumpido por el oleaje de este mundo y no hay por dónde se pase a la patria, si no te lleva el madero. ¡Ingrato! Te burlas del que ha venido a ti, para que regreses. Él se ha hecho camino, y esto por el mar. Anduvo en el mar precisamente para mostrar que en el mar hay camino. Pero tú, que no puedes andar en el mar como él, déjate llevar por la nave, déjate llevar por el madero: cree en el Crucificado y podrás llegar. Por ti ha sido crucificado, para enseñar humildad y porque, si viniera como Dios, no sería reconocido, ya que, si viniera como Dios, no vendría para esos que no podían ver a Dios. Por cierto, ya que está presente por doquier y ningún lugar lo contiene, no viene o se aleja en cuanto Dios. Entonces ¿cómo vino? Porque se presentó como hombre.

Un hombre anuncia al que es más que hombre

5. Porque, pues, era hombre de forma que en él se ocultaba Dios, ante él fue enviado un hombre importante, mediante cuyo testimonio se descubriese que era más que hombre. Y ¿quién es éste? Hubo un hombre. Y ¿cómo éste podría decir la verdad acerca de Dios? Enviado por Dios. ¿Cómo se llamaba? Su nombre era Juan. ¿Por qué vino? Este vino para testimonio, a dar testimonio de la luz, para que todos creyeran mediante él. ¿De qué clase era éste, para dar testimonio de la luz? ¡Algo grande, este Juan; mérito ingente, gran gracia, gran celsitud! Admíralo, sí, admíralo, pero como a un monte. Ahora bien, el monte está en tinieblas, si no se viste de luz. Admira, pues, a Juan sólo de forma que oigas lo que sigue —No era él la luz—, no sea que, por suponer que el monte es la luz, en el monte naufragues en vez de hallar solaz. Pero ¿qué debes admirar? El monte como monte. En cambio, yérguete hacia ese que ilumina el monte que está erguido para esto: para recibir, el primero, los rayos y comunicarlos a tus ojos. El, pues, no era la luz.

La luz iluminada

6. Así pues, ¿por qué vino? Sino para dar testimonio de la luz. ¿Por qué esto? Para que todos creyeran mediante él. ¿De qué luz daría testimonio? Era la luz verdadera. ¿Por qué añade verdadera? Porque al hombre iluminado también se le llama luz; pero luz verdadera es la que ilumina. Verdaderamente, también a nuestros ojos se les llama luceros; y, sin embargo, si o de noche no se enciende una lámpara o de día no sale el sol, en vano están abiertos estos luceros. Juan, pues, era también luz así, pero no la luz verdadera, porque, no iluminado, era tinieblas, mas la iluminación lo hizo luz. Sin ella seguía siendo tinieblas, como todos los impíos. De ellos habló el Apóstol, una vez que habían abrazado la fe: Otrora fuisteis tinieblas. Y ahora que ya han creído, ¿qué? Pero ahora, dice, luz en el Señor. Si no añadiera «en el Señor», no entenderíamos. Luz, dice, en el Señor; tinieblas erais al no estar en el Señor. Pues otrora fuisteis tinieblas: ahí no ha añadido «en el Señor». Tinieblas, pues, en vosotros; luz en el Señor. Así, ocurría con Juan: El no era la luz, sino para dar testimonio de la luz.

Juan, reflejo de la luz verdadera

7. Pero ¿dónde está es luz? Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Si a todo hombre, también a Juan mismo. Él, pues, iluminaba a ese por quien quería darse a conocer. Entienda Vuestra Caridad, pues venía a mentes débiles, a corazones maltrechos, a inteligencias legañosas. A esta cosa había venido. Y ¿cómo podría el alma ver lo que es perfectamente? Como sucede tantas veces, conocemos la salida del sol en un cuerpo bañado por sus rayos, ya que a él no lo podemos mirar. También quienes tienen maltrechos los ojos son idóneos para ver un muro iluminado y hecho patente por el sol o un monte o un árbol; o son idóneos para ver algo por el estilo. En objetos iluminados se les puede mostrar la salida de aquel astro que no están aptos todavía para ver.

Esto sucede con todos aquellos hombres a quienes Cristo vino. Ellos no eran capaces de descubrirlo; pero irradió sobre Juan, y a través de su testimonio, que insiste en no ser él quien irradia e ilumina, sino quien recibe los rayos de esa luz, se conoce al que ilumina, se conoce al que brilla, se conoce al que todo lo llena. ¿Quién es? El que ilumina, dice, a todo hombre que viene a este mundo. Si el hombre no se hubiera alejado de ahí, no tendría que ser iluminado. Pero ha de ser iluminado aquí, precisamente porque se apartó de ahí donde el hombre podía estar siempre iluminado.

Necesitamos la lámpara para ver el día

8. ¿Y qué decir ahora? Si vino hasta aquí, ¿dónde estaba? Estaba en este mundo. Estaba aquí y hasta aquí vino. Aquí estaba por la divinidad, hasta aquí vino mediante la carne porque, aunque estaba aquí por la divinidad, no podían verle los insensatos, ciegos e inicuos. Estos inicuos son las tinieblas de las que está dicho: La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. He aquí que ahora está aquí, aquí estaba, siempre está aquí y nunca se va, de ningún sitio se va. Es preciso que tengas con qué ver lo que nunca se te va; es preciso que no te vayas de ese que de ninguna parte se va; es preciso que no lo abandones, y no serás abandonado.

No caigas y nunca llegará para ti la caída de este sol. Tu caída será su ocaso. En cambio, si tú te mantienes, él está contigo. Pero no te mantuviste. Recuerda entonces de dónde te caíste, de dónde te arrojó el que cayó primero que tú. Porque no te precipitó por la fuerza o violentamente, sino por tu propia voluntad. Si no hubieras consentido en el mal, te habrías mantenido en pie y no habrías perdido tu luz. Pero ahora que ya has caído y tienes llagas en el corazón, que es el que tiene ojos para ver esta luz, ha venido a ti de tal forma que puedas verle, y se presentó como un hombre que busca el testimonio de otro hombre. Al hombre pide Dios el testimonio y Dios tiene por testigo a un hombre; tiene Dios por testigo a un hombre, pero por el hombre: ¡tan débiles somos! Mediante la lámpara buscamos el día, porque a Juan mismo se le ha llamado lámpara, pues dice el Señor: Él era la lámpara que ardía y lucía, y vosotros quisisteis gozar un momento de su luz. Yo, en cambio, tengo un testimonio mayor que Juan.

9. Muestra él, pues, que por los hombres quiso ser mostrado mediante una lámpara a la fe de los creyentes, para que mediante esa lámpara quedasen confundidos sus enemigos. Por cierto, esos enemigos que le tentaban y de cían: Dinos con qué poder haces esto. Replica: Os interrogaré yo también una sola cuestión. Decidme: el bautismo de Juan ¿de dónde procede: del cielo o de los hombres? Y se turbaron y dijeron entre ellos: Si decimos «Del cielo», va a decirnos: ¿Por qué, pues, no le creísteis? (porque Juan había dado testimonio de Cristo y había dicho: Yo no soy el Mesías, sino él). Si, en cambio, decimos «De los hombres», tememos al pueblo, no sea que nos apedree, porque tenían a Juan por profeta. Temían ser apedreados, pero más temían confesar la verdad. Por eso, su respuesta fue mentir a la verdad: La maldad se engañó a sí misma. Y respondieron: No sabemos. El Señor, al haberse cerrado ellos la puerta para su mal, fingiendo desconocer lo que sabían, tampoco se la abrió, porque no aldabearon. Está dicho, en efecto: Aldabead y se os abrirá. Y no solamente ellos no aldabearon para que se les abriese, sino que, negando, contra sí tapiaron la puerta. Y el Señor les contestó: Pues yo tampoco os digo con qué poder hago esto. Mediante Juan quedaron cubiertos de confusión y en ellos se cumplió: Preparé una lámpara para mi Cristo, vestiré de confusión a sus enemigos.

¿Como está Dios en el mundo?

10. En el mundo estaba, y el mundo se hizo mediante él. No supongas que estaba en el mundo como en el mundo está la tierra, en el mundo está el cielo, en el mundo están el sol, la luna y las estrellas, en el mundo están los árboles, los animales, los hombres. No así estaba él en el mundo. Entonces ¿cómo estaba? Como artífice que gobierna lo que ha hecho. Por cierto, no ha obrado como obra un artesano. El cofre que está fabricando el artesano está fuera de él, puesto en otro lugar. Y aunque él esté a su lado, se sitúa fuera del cofre que fabrica. Dios, en cambio, crea el mundo dentro de él, presente en todas partes, sin separarse de ninguna, y no está a un lado, como quien está moldeando un objeto cuando lo fabrica. Con su presencia majestuosa realiza Dios lo que realiza, con su presencia gobierna lo realizado. Así era su presencia en el mundo: la de alguien por cuyo medio el mundo ha sido realizado. Mediante él, en efecto, se hizo el mundo, mas el mundo no le conoció.

Doble sentido de «mundo»

11. ¿Qué significa «El mundo se hizo mediante él»? Se llama mundo al cielo, la tierra, el mar y a todo lo que hay en ellos. También mundo tiene otro sentido, el de los amadores del mundo: El mundo fue hecho mediante él, mas el mundo no le conoció. Por cierto, ¿acaso los cielos no han conocido a su Creador, o los ángeles no han conocido a su Creador, o los astros no han conocido a su Creador, a quien confiesan los demonios? Todo ha dado testimonio por doquier. Pero ¿quiénes no le han reconocido? Quienes, porque aman al mundo, reciben el nombre de mundo. En efecto, el amor hace que habitemos con el corazón. Ahora bien, su amor los hizo merecedores de llamarse lo mismo que habitaban. Así es como decimos: «Ésta es una mala casa»; «aquélla es una buena casa». Ni acusamos a las paredes en la mala ni las elogiamos en la buena. Es por sus habitantes por lo que llamamos buena o mala una casa. Y así sucede también con el mundo: son los que por su amor pueblan el mundo. ¿Quiénes son? Quienes aman el mundo; en efecto, con el corazón habitan en el mundo. Ciertamente, quienes no aman el mundo están en el mundo corporalmente, pero con el corazón habitan el cielo, como dice el Apóstol: Nuestra residencia está en los cielos. El mundo, pues, se hizo mediante él, mas el mundo no le conoció.

Los suyos no lo recibieron

12. Vino a lo suyo propio: propio porque mediante él se hizo todo esto. Mas los suyos no lo recibieron. ¿Quiénes son? Los hombres que ha hecho; los judíos, a quienes originariamente hizo estar sobre todas las naciones, porque las otras naciones adoraban ídolos y servían a los demonios; en cambio, ese pueblo había nacido de la raza de Abrahán. Éstos eran eminentemente suyos, también por ser incluso parientes por la carne que se dignó tomar. Vino a lo suyo propio, mas los suyos no lo recibieron. ¿No lo recibieron en absoluto, ninguno lo recibió? ¿Ninguno, pues, fue hecho salvo? Nadie, en efecto, será hecho salvo, sino quien reciba a Cristo que viene.

El Hijo único quiso tener muchos hermanos

13. Pero ha añadido: En cambio, a cuantos lo recibieron. ¿Qué les ha otorgado? ¡Gran benevolencia! ¡Gran misericordia! Único nació y no quiso permanecer solo. Muchos hombres, al no haber tenido hijos, una vez que se les pasa la edad, los adoptan y por decisión hacen lo que por naturaleza no pudieron; esto hacen los hombres. En cambio, si alguien tiene un hijo único, en él concentra todas sus alegrías, porque él solo poseerá todo y no tendrá a alguien que con él divida la herencia, dejándolo más empobrecido. Pero no es así como Dios obra. A su Hijo único en persona, al que había engendrado y mediante el que había creado todo, lo ha enviado a este mundo, para que él no estuviese solo, sino que tuviera hermanos adoptados. En efecto, nosotros somos no nacidos de Dios como el Unigénito, sino adoptados mediante éste. Él, en efecto, Unigénito, ha venido a aniquilar los pecados, esos pecados que nos enredaban, de forma que a causa de su impedimento no nos adoptase. A los que él deseaba hacer hermanos suyos, él mismo los soltó e hizo coherederos. En efecto, el Apóstol dice así: Ahora bien, si hijo, también heredero, mediante Dios. Y también: Herederos, sí, de Dios; por otra parte, coherederos de Cristo. Porque su herencia no deviene estrecha, incluso si muchos la poseyesen, no ha temido tener coherederos. Ciertamente, poseedor él, ellos mismos son hechos heredad de él y él es hecho, a su vez, heredad de ellos. Oye cómo ellos son hechos herencia de él: El Señor me ha dicho: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré en herencia tuya las naciones». Él ¿cómo es hecho heredad de ellos? Dice en un salmo: El Señor, lote de mi heredad y de mi copa. ¡Poseámosle nosotros y poséanos él! Poséanos como Señor; poseámosle como salvación, poseámosle como luz. ¿Qué, pues, ha dado a quienes lo recibieron? Les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios a esos que creen en su nombre. Así podrán abrazarse al madero y atravesar el mar.

El nacimiento de los nuevos hijos

14. Y ¿cómo nacen ésos? Éstos, porque son hechos hijos de Dios y hermanos de Cristo, nacen realmente porque, si no nacen, ¿cómo pueden ser hijos? Ahora bien, los hijos de hombres nacen de la carne y de la sangre, por voluntad de un varón y de la unión conyugal. Aquéllos, en cambio, ¿cómo le nacen? Los cuales no de las sangres, de la del varón y la de la mujer, digamos. Sanguines (sangres) no es latino. Pero, porque en griego está en plural, el que traducía prefirió poner así, hablar de modo menos latino, digamos, según los gramáticos, y empero explicar la verdad según el oído de los débiles. En efecto, si dijera «sangre», en singular, no explicaría lo que quería, pues que los hombres nacen de las sangres del varón y de la mujer. Hablemos así nosotros, no temamos las férulas de los gramáticos, con tal que empero lleguemos a la verdad sólida y por entero cierta. Reprende quien entiende, ingrato porque ha entendido. No de las sangres ni de voluntad de la carne ni de voluntad de varón. En vez de mujer ha puesto «carne» porque, cuando fue hecha de una costilla, Adán dijo: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne», y el Apóstol afirma: Quien ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie odió jamás su carne. En vez de esposa, pues, se pone «carne» como a veces «espíritu» en vez de marido. ¿Por qué? Porque éste rige, aquélla es regida; aquél debe mandar, ésta servir. Efectivamente, cuando la carne manda y el espíritu está sometido, la casa está trastocada. ¿Qué hay peor que una casa donde la mujer tiene el mando sobre el varón? En cambio, una casa está en orden cuando el varón manda, la mujer obedece. En orden, pues, está el hombre mismo cuando el espíritu manda, la carne sirve.

Nosotros nacemos de Dios y Dios nace de los hombres

15. Éstos, pues, nacieron no de voluntad de la carne ni de voluntad de varón, sino de Dios. Ahora bien, para que los hombres nacieran de Dios, primeramente nació de ellos Dios, pues Cristo es Dios y Cristo nació de los hombres. Ciertamente, nacido de Dios para que mediante él fuésemos hechos, y nacido de mujer para que mediante él fuésemos rehechos, en la tierra no buscó sino madre, porque ya tenía Padre en el cielo. No te asombres, pues, oh hombre, de que por gracia seas hecho hijo, porque de Dios naces según su Palabra. La Palabra misma quiso primero nacer de hombre, para que tú tuvieras la seguridad de nacer de Dios y te dijeras: «Por algo quiso Dios nacer de hombre, porque en algo me estimó para hacerme inmortal y nacer él mortalmente por mí». Por eso, tras haber dicho: «Nacen de Dios», como para que no nos asombrásemos y horrorizásemos de gracia tan inmensa, que nos pareciera increíble que de Dios hayan nacido hombres, como dándote seguridad añade: Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. ¿Por qué, pues, te asombra que los hombres nazcan de Dios? Vuelve tu mirada a Dios mismo nacido de los hombres: Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

La carne te había cegado y la carne te sana

16. En verdad, porque la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, del nacimiento mismo hizo un colirio con que se limpiasen los ojos de nuestro corazón y pudiéramos ver su majestad mediante su humildad. Por eso se hizo carne la Palabra y habitó entre nosotros. Sanó nuestros ojos. ¿Y qué sigue? Y vimos su gloria. Nadie podría ver su gloria si no lo curase la humildad de la carne. ¿Por qué no podíamos ver? Atienda, pues, Vuestra Caridad y ved lo que digo. Al hombre le había caído al ojo una especie de polvo, le había caído tierra, había herido seriamente su ojo, no podía ver la luz. Ahora, a este ojo seriamente herido se aplica un ungüento. Tierra lo había herido seriamente y, para que sea sanado, se envía allí tierra, pues todos los colirios y medicamentos no son nada, sino de la tierra. Por el polvo te cegaste, por el polvo eres sanado; la carne, pues, te había cegado, la carne te sana. En efecto, carnal se había hecho el alma por consentir con los afectos carnales; por eso se había cegado el ojo del corazón. La Palabra se hizo carne: este médico te hizo un colirio. Y, porque vino de forma que con la carne extinguiera los vicios de la carne y con la muerte matase a la muerte, por eso ha sucedido en ti que, porque la Palabra se hizo carne, tú puedes decir: Y vimos su gloria. ¿Qué gloria? ¿La de hacerse Hijo del hombre? Ésta es su humildad, no su gloria. Pero ¿hasta dónde fue llevada la vista del hombre, curada mediante la carne? Vimos, dice, su gloria, gloria como de Hijo único nacido del Padre, lleno de gracia y verdad. De la gracia y la verdad trataremos más ampliamente, con el favor del Señor, en otro lugar del evangelio mismo. Ahora baste esto y dejaos edificar en Cristo, robusteceos en la fe, vigilad con obras buenas y no os apartéis del leño mediante el que podáis atravesar el mar.

 

 

TRATADO 3

Comentario a Jn 1,15-18, predicado en Hipona, en diciembre ¿el domingo 23?

Introducción al tema de la gracia

1. Porque la gracia y verdad de Dios, lleno de la cual apareció a los santos el unigénito Hijo, Señor y Salvador nuestro, Jesucristo, es cosa del Nuevo Testamento, asumí en nombre del Señor y prometí a Vuestra Caridad distinguirla del Antiguo Testamento. Asistid, pues, atentos, para que Dios me dé en la medida en que comprendo, y oigáis en la medida en que comprendéis. Por cierto, si, tras sumarse la lluvia de las exhortaciones cotidianas y vuestros planes buenos, que en el corazón hacen lo que los rastrillos en el campo —que la gleba se rompa, la semilla quede cubierta y pueda germinar—, las aves no se llevan ni las espinas sofocan ni el calor agosta la semilla que se esparce en vuestros corazones, faltará aún que deis fruto del que goce y se alegre el agricultor. Pero, si a cambio de la buena semilla y de la buena lluvia producimos no fruto, sino espinas, no se acusará a la semilla ni se incriminará a la lluvia, sino que a las espinas se les prepara el fuego debido.

El peso de la Ley antigua

2. Somos hombres cristianos, de lo cual no creo que haya que persuadir largo tiempo a Vuestra Caridad; y, si cristianos, pertenecientes a Cristo, según indica, sí, el nombre mismo. Llevamos en la frente su señal y de ella no nos ruborizamos si la llevamos también en el corazón. Esta señal es su humildad. Los magos lo conocieron mediante una estrella, y esta señal celeste y preclara venía del Señor. Quiso que en la frente de los fieles su señal fuese no una estrella, sino su cruz. Por ser humillado, fue glorificado. Levantó a los humildes de donde él descendió humillándose. Nosotros pertenecemos al Evangelio, pertenecemos al Nuevo Testamento. La Ley se dio mediante Moisés, pero la gracia y la verdad acontecieron mediante Jesucristo.

Preguntemos al Apóstol y nos dirá que no estamos bajo ley, sino bajo gracia. Envió, pues, Dios a su Hijo, hecho de mujer, hecho bajo ley, para redimir a los que estaban bajo ley, para que recibiéramos la adopción de hijos. He aquí que Cristo vino para redimir a los que estaban bajo ley, para que ya no estemos bajo ley, sino bajo gracia. ¿Quién, pues, dio la Ley? Dio la Ley el mismo que dio la gracia; pero envió la Ley mediante un siervo, con la gracia descendió él en persona. ¿Y por qué los hombres estaban bajo el peso de la Ley? Por no cumplirla. En efecto, quien cumple la Ley está no bajo la ley, sino con la Ley; a quien, en cambio, está bajo la Ley, la Ley no lo levanta, sino que lo oprime. Así pues, a todos los hombres constituidos bajo la Ley, los hace reos la Ley y la tienen sobre su cabeza para delatar los pecados, no para quitarlos. La Ley, pues, ordena; el dador de la Ley se compadece mediante lo que la Ley preceptúa. Empeñados los hombres en cumplir con sus fuerzas lo que la Ley ha preceptuado, por su temeraria e impulsiva presunción misma han caído y no están con la Ley, sino que se han hecho reos bajo la Ley. Y, porque no podían cumplir la Ley con sus fuerzas, hechos reos bajo la Ley, imploraron el auxilio del Libertador y el reato de la Ley produjo enfermedad a los soberbios. La enfermedad de los soberbios se trocó en confesión de los humildes. Ya confiesan los enfermos estar enfermos: venga el médico y sane a los enfermos.

Jesús, ejemplo de paciencia

3. ¿Quién es el médico? Nuestro Señor Jesucristo. ¿Quién es nuestro Señor Jesucristo? El que vieron aun quienes lo crucificaron. El que fue arrestado, abofeteado, azotado, embadurnado de esputos, coronado de espinas, suspendido en una cruz, muerto, herido por la lanza, bajado de la cruz, colocado en un sepulcro, ése es nuestro Señor Jesucristo, simple y llanamente él en persona, y él mismo es el entero médico de nuestras heridas, el crucificado aquel a quien se insultó, colgado el cual, los perseguidores sacudían la cabeza y decían: Si es Hijo de Dios, baje de la cruz. Ese mismo es nuestro entero médico, simple y llanamente ése mismo. ¿Por qué, pues, no mostró a los que le insultaban que él en persona era el Hijo de Dios? Y, ya que consintió ser levantado a la cruz, ¿por qué, al menos cuando le gritaban: «Si es Hijo de Dios, baje de la cruz», no les demostró, bajando, que él era el verdadero Hijo de Dios, de quien habían tenido la osadía de burlarse? No quiso. ¿Por qué no quiso? ¿Acaso porque no pudo? Simple y llanamente pudo. En efecto, ¿qué es más, bajar de la cruz o levantarse del sepulcro? Pero soportó a los insultantes, porque la cruz fue aceptada no como prueba de poder, sino como ejemplo de paciencia. Curó tus llagas allí donde soportó largo tiempo las suyas; te sanó de la muerte eterna allí donde se dignó morir temporalmente. Y ¿murió o, más bien, la muerte murió en él? ¿Qué clase de muerte es la que mata la muerte?

La Palabra es luz y vida

4. Sin embargo, ese al que se veía y se le sujetaba y crucificaba, ¿era nuestro Señor Jesucristo entero? ¿Acaso ése mismo es, entero, esto? Sí, es él mismo; pero lo que vieron los judíos no es todo él, no es esto Cristo entero. ¿Y qué es? En el principio existía la Palabra. ¿En qué principio? La Palabra estaba con Dios. ¿Qué clase de Palabra? Y la Palabra era Dios. ¿Acaso esta Palabra ha sido quizá hecha por Dios? No, pues Ésta estaba en el principio con Dios. ¿Qué, pues? ¿Las otras cosas que ha hecho Dios no son similares a la Palabra? No, porque Todo se hizo mediante ella, y sin ella nada se hizo. ¿Cómo se hizo todo mediante ella? Porque lo que se hizo, era vida en ella y antes de ser hecho era vida. Lo que ha sido hecho no es vida; pero en el ingenio artístico, esto es, en la Sabiduría de Dios, era vida antes de ser hecho. Lo que ha sido hecho, pasa; lo que existe en la Sabiduría, no puede pasar. En ella, pues, era vida lo que se hizo. ¿Y qué clase de vida? Porque el alma también es la vida del cuerpo: nuestro cuerpo tiene su vida y, cuando la pierde, es la muerte del cuerpo. ¿Era, pues, de esta clase aquella vida? No, sino que la vida era la luz de los hombres. ¿Acaso la luz de los ganados? Porque esta luz es tanto de los hombres como de los ganados. Hay cierta luz de los hombres. Veamos en qué distan de los ganados los hombres, y entonces entenderemos qué es la luz de los hombres. No distas del ganado sino por la inteligencia: no te enorgullezcas de otras diferencias. ¿Presumes de fuerzas?; te vencen las bestias. ¿De velocidad presumes?; te vencen las moscas. ¿Presumes de belleza?; ¡cuánta belleza hay en las plumas del pavo real! ¿A qué se debe, pues, que seas mejor? A la imagen de Dios. ¿Dónde está la imagen de Dios? En la mente, en la inteligencia. Si, pues, eres mejor que el ganado, precisamente porque tienes mente con la que en tiendas lo que el ganado no puede entender, y, por otra parte, eres hombre por ser más perfecto que el ganado, la luz de los hombres es la luz de las mentes. La luz de las mentes está sobre las mentes y excede a todas las mentes. Esto era aquella vida mediante la que todo se hizo.

La luz brilla en las tinieblas

5. ¿Dónde estaba? ¿Estaba con el Padre y aquí no estaba? O, lo que es totalmente verdadero, ¿estaba con el Padre y aquí estaba? Si, pues, estaba aquí, ¿por qué se veía? Porque la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Oh hombres, no seáis tinieblas, no seáis infieles, injustos, inicuos, ladrones, avaros, amantes del mundo: éstas son las tinieblas. La luz no está ausente, pero vosotros estáis ausentes de la luz. Un ciego, al sol, tiene presente al sol, pero él mismo está ausente del sol. No seáis, pues, tinieblas. Efectivamente, la gracia de que voy a hablaros es quizá ésta: que no seamos ya tinieblas y el Apóstol nos diga: «Pues otrora fuisteis tinieblas; ahora, en cambio, sois luz en el Señor. Porque, pues, la luz de los hombres, esto es, la luz de las mentes, no se veía, era necesario que de la luz diera testimonio un hombre no tenebroso, sino ya iluminado. Sin embargo, no por estar iluminado era por eso la luz misma, sino para dar testimonio de la luz. Porque él no era la luz. ¿Y cuál era la luz? Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. ¿Y dónde estaba ésa? Estaba en este mundo ¿Y cómo estaba en este mundo? ¿Acaso como esta luz del sol, de la luna, de las antorchas, así está también en el mundo esa luz? No, porque el mundo se hizo mediante él, y el mundo no lo conoció; esto es: La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. El mundo es, en efecto, las tinieblas, porque el mundo son los amantes del mundo. Por cierto, ¿acaso la criatura no ha reconocido a su Creador? El cielo ha dado testimonio mediante la estrella; ha dado testimonio el mar, transportó al Señor que caminaba; han dado testimonio los vientos, se calmaron a su mandato; ha dado testimonio la tierra, se estremeció, crucificado él. Si todos estos elementos han dado testimonio, ¿cómo el mundo no lo conoció, sino porque el mundo son los amantes del mundo, que con el corazón habitan el mundo? Y es malo el mundo, porque son malos los habitantes del mundo, como mala es una casa: no las paredes, sino quienes viven dentro.

Ser hijos de Dios

6. Vino a lo propio, esto es, a lo suyo, y los suyos no le recibieron. Pero queda una esperanza, sí, y es que a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios. Si son hechos hijos, nacen; si nacen, ¿cómo nacen? No de la carne, no de las sangres ni de voluntad de la carne ni de voluntad de varón, sino que nacieron de Dios. Alégrense de haber nacido de Dios; presuman de pertenecer a Dios; tomen la prueba de que han nacido de Dios: Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Si la Palabra no se ruborizó de nacer de hombre, ¿ruborizarán los hombres de nacer de Dios? Ahora bien, porque hizo esto, curó; porque curó, vemos. En efecto, esta Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros, se hizo nuestra medicina para que, porque la tierra nos cegaba, fuésemos sanados gracias a la tierra y, sanados, viéramos ¿qué? Responde: Y vimos su gloria, gloria como de Hijo único nacido del Padre, lleno de gracia y de verdad.

El engendrado antes del lucero

7. Juan da testimonio de ése mismo y clama, diciendo: Éste es de quien dije: El que viene detrás de mí ha sido hecho antes de mí. Viene detrás de mí, pero me precedió. ¿Qué significa ha sido hecho delante de mí? Me precedió. No que haya sido hecho antes que yo fuese hecho, sino que ha sido antepuesto a mí. Esto significa «Ha sido hecho antes de mí». ¿Por qué ha sido hecho antes de ti, si ha venido después de ti? Porque estaba primero que yo. ¿Antes que tú, Juan? ¿Qué hay de extraordinario en él, para estar antes que tú? Bien, ya que tú das testimonio de él, oigamos sus palabras: Y antes de Abrahán existo yo. Pero también Abrahán surgió en medio del género humano: muchos delante de él, muchos detrás de él. Oye la voz del Padre al Hijo: Te engendré antes del lucero. Quien ha sido engendrado antes del lucero, ése ilumina a todos. Por cierto, a un quídam que cayó se le ha llamado Lucero (Lucifer), pues era ángel y se hizo diablo y de él dijo la Escritura: Cayó el lucero que salía de mañana. ¿Por qué lucero? Porque brillaba iluminado. Ahora bien, ¿por qué se hizo tenebroso? Porque no permaneció en la verdad. Aquél, pues, es antes del lucero, antes de todo iluminado, puesto que es necesario que, antes que todo iluminado, exista ese por quien son iluminados todos los que pueden ser iluminados.

Primera gracia: la fe

8. Por eso sigue esto: Y de su plenitud recibimos todos nosotros. ¿Qué recibisteis? Y gracia por gracia. Así, en efecto, son las palabras evangélicas, comparadas con los códices griegos. No afirma: «Y de su plenitud recibimos todos nosotros gracia por gracia», sino que afirma así: Y de su plenitud todos nosotros recibimos, y gracia por gracia. No entiendo qué ha querido dar a entender con la expresión «haber recibido de su plenitud y además gracia por gracia». Recibimos, en efecto, de su plenitud, primero gracia, y nuevamente recibimos gracia, gracia por gracia.

¿Qué gracia recibimos primero? La fe. Quienes andamos en la fe andamos en la gracia. Por cierto, ¿cómo merecimos esto?, ¿con qué méritos nuestros precedentes? Nadie se envanezca, regrese a su conciencia, busque las tinieblas de sus pensamientos, repase la historia de su vida; fíjese no en lo que él es, si ya es algo, sino en lo que ha sido para ser algo: hallará que él no había sido digno sino de castigo. Si, pues, fuiste digno de castigo y vino no aquel que castigaría los pecados, sino que perdonaría los pecados, se te ha dado una gracia, no se te ha pagado un salario. ¿Por qué se llama gracia? Porque se da gratis, pues no has comprado con méritos precedentes lo que has recibido. El pecador, pues, ha recibido esta primera gracia: que fueran perdonados sus pecados. ¿Qué ha merecido? Interrogue a la justicia; como respuesta encontrará «castigo»; interrogue a la misericordia; como respuesta hallará «gracia». Pero Dios había prometido también esto mediante los profetas. Por eso, cuando vino a dar lo que había prometido, dio no sólo la gracia, sino también la verdad. ¿Cómo se ha manifestado la Verdad? Porque se ha hecho lo que se prometió.

Una gracia por otra gracia

9. ¿Qué significa, pues, gracia por gracia? La fe nos hace acreedores de Dios y se llama gracia porque, quienes no éramos dignos de recibir el perdón de los pecados, recibimos, indignos, tan gran don. ¿Qué significa «gracia»? Dada gratis. ¿Qué significa «dada gratis»? Regalada, no pagada. Si se debía, es salario pagado, no gracia regalada. Ahora bien, si realmente se debía, fuiste bueno. Si, en cambio, como es verdad, fuiste malo, pero has creído en el que justifica al impío —¿qué significa «que justifica al impío»?,convertir en piadoso al impío—, piensa qué debía amenazarte mediante la Ley y qué has conseguido mediante la gracia. Ahora bien, tras conseguir esta gracia de la fe, eres un justo por la fe, pues el justo vive por la fe, y viviendo de la fe te harás acreedor de Dios; cuando viviendo de la fe te hayas hecho acreedor de Dios, recibirás como premio la inmortalidad y la vida eterna. También ésta es gracia, porque ¿en virtud de qué méritos recibes la vida eterna? Por gracia. Sin duda, si la fe es gracia y la vida eterna es como un salario de la fe, parece realmente que Dios otorga la vida eterna como debida —¿debida a quién?, al fiel, porque mediante la fe se ha hecho acreedor a ella—; pero, porque la fe es gracia, también la vida eterna es gracia por gracia.

Segunda gracia: la vida eterna

10. Oye al apóstol Pablo confesar la gracia y después exigir lo debido. ¿Cuál es en Pablo la confesión de la gracia? Yo que primeramente fui blasfemo y perseguidor e injurioso; pero he conseguido, dice, misericordia. Ha dicho que era indigno de conseguirla, pero que la ha conseguido no por sus méritos, sino por la misericordia de Dios. Óyele reclamar ya lo debido, él, que primeramente había recibido la gracia inmerecida: Pues yo, dice, soy inmolado ya, y el tiempo de mi partida es inminente. He combatido noblemente mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me está reservada la corona merecida. Ya reclama lo debido, ya exige lo debido. Efectivamente, ve tú las palabras siguientes: Con que el Señor, justo juez, me premiará aquel día. Para recibir antes la gracia, tenía necesidad de un Padre misericordioso; para recibir el premio de la gracia, necesita un justo juez. Quien no condenó al impío, ¿condenará al fiel? Pero si bien lo piensas, él ha dado primeramente la fe con que te has hecho acreedor a él, pues no se debe a ti el haberte tú hecho acreedor a que se te debiera algo. Porque, pues, otorga después el premio de la inmortalidad, corona sus dones, no tus méritos.

De su plenitud, pues, hermanos, todos hemos recibido: de la plenitud de su misericordia, de la abundancia de su bondad hemos recibido ¿qué? La remisión de los pecados, para quedar justificados por la fe. ¿Y qué más? Y gracia por gracia, es decir, por esta gracia en que vivimos de fe, recibiremos otra. ¿Qué empero, sino gracia? Porque, si digo que también esto se me debe, me asigno algo como si se me debiera. Pero no es así. Dios en nosotros corona los dones de su misericordia, pero si caminamos perseverantemente en esa gracia primera que hemos recibido.

Culpables bajo la antigua ley

11. Pues mediante Moisés fue dada la ley que los declaraba culpables. ¿Qué dice el Apóstol? La ley penetró subrepticiamente para que abundara el delito. Para esto servía a los soberbios: para que abundara el delito. En efecto, estaban muy pagados de sí mismos y confiaban mucho, digámoslo así, en sus fuerzas. Pero no podían cumplir la justicia si no ayudaba quien la había prescrito. Dios, queriendo domar su soberbia, promulgó la Ley, como diciendo: «Ahí la tenéis, cumplidla. No vayáis a pensar que no hay quien la mande». No falta quien mande, pero falta quien cumpla.

Justificados en Cristo

12. Si, pues, falta quien cumpla, ¿por qué no cumple? Porque ha nacido con el mugrón del pecado y la muerte. Nacido de Adán, ha arrastrado consigo lo que ahí se concibió. Cayó el primer hombre, y todos los que de él han nacido, de él han arrastrado la concupiscencia de la carne. Era preciso que naciese otro hombre que no ha arrastrado concupiscencia alguna. Hombre y hombre: hombre para la muerte, y hombre para la vida. Así dice el Apóstol: Porque ciertamente mediante un hombre la muerte, y mediante un hombre la resurrección de los muertos. ¿Mediante qué hombre la muerte, y mediante qué hombre la resurrección de los muertos? No te apresures; el texto sigue diciendo: Pues como en Adán todos mueren, así también todos serán vivificados en el Mesías. ¿Quiénes pertenecen a Adán? Todos los que han nacido de Adán. ¿Quiénes a Cristo? Todos los que han nacido mediante Cristo. ¿Por qué todos en pecado? Porque todos, sin excepción, descienden de Adán. Ahora bien, que nacieran de Adán fue necesario por condena; nacer mediante Cristo es voluntario y gratuito. No se fuerza a los hombres a nacer mediante Cristo; de Adán han nacido, no porque quisieron. Sin embargo, todos los que han nacido de Adán son pecadores con pecado; todos los que han nacido mediante Cristo, justificados y justos son, no en sí, sino en él. Efectivamente, si preguntas por el sentido de «en sí», son de Adán; si preguntas por el sentido de «en él», son de Cristo. ¿Por qué? Porque el Señor nuestro Jesucristo, cabeza, no vino con el mugrón del pecado, aunque vino con carne mortal.

La muerte liberadora de Cristo

13. La muerte era pena de los pecados. En el Señor era regalo de misericordia, no pena del pecado, pues el Señor no tenía nada por lo que muriera justamente. Dice él mismo: Mirad que llega el príncipe de este mundo y no encuentra nada en mí. «¿Por qué entonces mueres?». Pero para que todos sepan que cumplo la voluntad de mi Padre, levantaos, vámonos de aquí. No tenía él por qué morir, y murió; tú tienes por qué, ¿y te niegas a morir? Dígnate padecer con ánimo sereno por mérito tuyo lo que él se dignó padecer para liberarte de la muerte sempiterna. Hombre y hombre; pero aquél, solamente hombre; éste, Dios hombre. Aquél, hombre de pecado; éste, de justicia. Has muerto en Adán, resucita en Cristo, porque ambas cosas se te deben. Ya has creído en Cristo; pagarás empero lo que por Adán debes; mas las cadenas del pecado no te retendrán eternamente, porque la muerte temporal de tu Señor ha matado a tu muerte eterna. Ésta es la gracia, hermanos míos, ésta misma es también la verdad, porque ha sido prometida y mostrada.

La ley antigua y la medicina de Cristo

14. No existía ésa en el Antiguo Testamento, porque la Ley amenazaba, no ayudaba; mandaba, no sanaba; mostraba la enfermedad, no la quitaba; pero hacía preparativos para el médico que vendría con la gracia y la verdad, como un médico envía primeramente su criado a alguien a quien quiere curar, para encontrarlo atado. No estaba sano, no quería ser sanado y, para no ser sanado, se jactaba de estar sano. Fue enviada la Ley, lo ató; se reconoce reo, ya grita por la atadura. Viene el Señor, cura con medicamentos algo amargos y agrios. Dice, en efecto, al enfermo: «Soporta»; dice: «Aguanta»; dice: No ames el mundo, ten paciencia, cúrate el fuego de la continencia, aguanten tus heridas el bisturí de las persecuciones. Aunque atado, te asustabas. Él, libre y no atado, bebió lo que te daba; sufrió el primero para consolarte, como diciendo: «Sufro el primero por ti lo que temes padecer por ti». Ésta es la gracia. ¡Y gran gracia! ¿Quién la elogia dignamente?

La humildad de Cristo

15. De la humildad de Cristo hablo, hermanos míos, ¿Quién podrá hablar de la majestad y divinidad de Cristo? Me siento totalmente incapaz de hablar y explicar de algún modo la humildad de Cristo. Por eso, más que satisfacer a mis oyentes, lo encomiendo a vuestra meditación. Meditad en la humildad de Cristo. Pero ¿quién nos la explicará, preguntas, si tú te callas? Que sea él quien interiormente os hable. Sabe mejor expresarlo quien habita dentro que quien grita fuera. Que os descubra la gracia de su humildad quien ha comenzado a habitar en vuestros corazones. Pero, si fallo en explicar debidamente su humildad, ¿quién podrá hablar de su majestad? Si nos conturba «la Palabra hecha carne», ¿quién explicará: «En el principio existía la Palabra»? Mantened, pues, hermanos, esta solidez.

La Ley y la gracia

16. La Ley fue dada mediante Moisés, la gracia y la verdad acontecieron mediante Jesucristo. La Ley fue dada mediante un siervo, hace reos; la indulgencia fue dada mediante el Emperador, libró a los reos. La Ley fue dada mediante Moisés. Que el siervo no se atribuya más de lo realizado mediante él. Elegido para un servicio importante, como siervo leal en la casa, pero siervo al fin, puede obrar según la Ley, pero no puede librar del reato de la Ley. La Ley fue dada mediante Moisés, la gracia y la verdad acontecieron mediante Jesucristo.

Nadie ha visto a Dios

17. Y, quizá para que alguien no diga: «Y la gracia y la verdad ¿no acontecieron mediante Moisés, que vio a Dios?», inmediatamente ha añadido: Nadie ha visto nunca a Dios. Y ¿cómo se manifestó Dios a Moisés? Porque el Señor hizo una revelación a su siervo. ¿Qué Señor? Cristo en persona, que mediante un siervo envió por delante la Ley, para venir él mismo con la gracia y la verdad, pues nadie ha visto nunca a Dios. Y ¿cómo se mostró a aquel siervo, en la medida en que éste podía comprender? Afirma: pero un Hijo unigénito que está en el seno del Padre, ése mismo lo contó. ¿Qué significa «en el seno del Padre»? En lo íntimo del Padre. Dios, en efecto, no tiene seno, como nosotros tenemos en el vestido ni ha de pensarse que se sienta como nosotros ni quizá se ciñe para tener seno. Más bien, porque nuestro seno está dentro, a lo íntimo del Padre se le llama el seno del Padre. El que conoce al Padre en lo íntimo del Padre, ése mismo lo contó, porque nadie ha visto nunca a Dios. Él, pues, vino en persona y contó todo lo que ha visto.

¿Qué vio Moisés? Moisés vio una nube, vio un ángel, vio el fuego; todo eso es criatura; ejercía de figura de su Señor, no mostraba la presencia del Señor en persona. En efecto, explícitamente tienes en la Ley: Y Moisés hablaba con el Señor cara a cara, como un amigo con su amigo. Continúas esa misma Escritura y hallas a Moisés, que dice: Si he encontrado gracia en tu presencia, muéstrateme claramente, para que te vea. Pero hay más; recibió respuesta: No puedes ver mi rostro. Hablaba, pues, con Moisés, hermanos míos, el ángel que ejercía de figura del Señor, y todo lo que allí se realizó mediante el ángel prometía esa gracia y verdad venideras. Lo saben quienes escrutan bien la Ley. Y cuando es oportuno que, en la medida en que el Señor revela, yo os diga algo sobre este punto, no lo ocultaré a Vuestra Caridad.

Las apariciones y la invisibilidad de Dios

18. Pues bien, sabed que todo lo que fue visto corporalmente, eso no era la sustancia de Dios. En efecto, con los ojos de carne vemos aquello; la sustancia de Dios ¿cómo se ve? Interroga al evangelio: Dichosos los de corazón limpio, porque ésos verán a Dios. Hubo hombres que, seducidos por la vaciedad de su corazón, decían: el Padre es invisible; el Hijo, en cambio, es visible. ¿Por qué visible? Si por la carne, porque tomó la carne, está claro. Por cierto, quienes vieron la carne de Cristo, unos creyeron, otros le crucificaron; y quienes creyeron, crucificado él, vacilaron y, si después de la resurrección no hubieran palpado su carne misma, la fe no habría sido hecha volver a ellos. Si, pues, por la carne es visible el Hijo, también nosotros lo concedemos y es la fe católica. Si, en cambio, como afirman ésos, era visible antes de la carne, esto es, antes de encarnarse, mucho desatinan y mucho yerran. En efecto, mediante la criatura acontecieron corporalmente aquellas apariciones, para que en ellas se mostrase una figura; de ninguna manera se dejaba ver ni se manifestaba la sustancia misma. Fíjese Vuestra Caridad en esta sencilla prueba: los ojos no pueden ver la Sabiduría de Dios. Hermanos, si Cristo es Sabiduría de Dios y fuerza de Dios, si Cristo es la Palabra de Dios, y si los ojos no ven la palabra del hombre, ¿puede ser vista así la Palabra de Dios?

Los preceptos de ambos Testamentos

19. Expeled, pues, de vuestros corazones los pensamientos carnales, para que estéis verdaderamente bajo gracia, para que pertenezcáis al Nuevo Testamento. Por eso se promete en el Nuevo Testamento la vida eterna. Leed el Antiguo Testamento y ved que a un pueblo todavía carnal se preceptuaba ciertamente lo que a nosotros. Efectivamente, también se nos preceptúa adorar al único Dios; también se nos preceptúa: «No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios», que es el segundo mandamiento; «Observa el día de descanso» se nos preceptúa más, porque se preceptúa observarlo espiritualmente, pues los judíos observan servilmente el día de descanso, para el desenfreno, para la embriaguez. ¡Cuánto mejor estarían sus mujeres hilando durante ese día, en lugar danzar por las terrazas! Lejos de nosotros, hermanos, afirmar que los judíos observan el descanso. Espiritualmente observa el cristiano el descanso, pues se abstiene de trabajo servil. ¿Qué significa, en efecto, «de trabajo servil»? De pecado. ¿Y cómo lo demostramos? Interroga al Señor: Todo el que hace el pecado es siervo del pecado. También a nosotros, pues, se preceptúa espiritualmente la observancia del descanso. Todos esos preceptos se nos preceptúan ya más y han de observarse: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás testimonio falso, honra padre y madre, no desearás cosa de tu prójimo, no desearás la mujer de tu prójimo. ¿Acaso no se preceptúa también a nosotros todo esto? Pero pregunta por la recompensa y hallarás que allí se dice: Para que los enemigos sean expelidos de tu faz, y recibáis la tierra que Dios prometió a vuestros padres. Porque podían comprender lo invisible, los sujetaba mediante lo visible. ¿Para qué los sujetaba? Para que no perecieran totalmente y cayesen en la idolatría. De hecho, hermanos míos, como se lee, esto hicieron olvidados de tantas maravillas que Dios hizo ante sus ojos. El mar se rasgó, se hizo un camino en medio del oleaje, las mismas aguas a través de las que pasaron cubrieron a sus enemigos que los seguían. Y, como Moisés, hombre de Dios, se hubiese apartado de su vista, pidieron un ídolo y dijeron: Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque ese hombre nos ha abandonado. Toda su esperanza estaba puesta en un hombre, no en Dios. Al fin el hombre murió. ¿Ha muerto acaso Dios, que los había sacado del país de Egipto? Y, como se hubieran hecho la imagen de un becerro, la adoraron y dijeron: Éstos son tus dioses, Israel, que te han librado del país de Egipto. ¡Qué pronto olvidaron 21 gracia tan manifiesta! ¿Con qué modos sería sujetado pueblo tal sino con promesas carnales?

Las promesas de ambos Testamentos

20. Allí, en el decálogo de la Ley se manda lo que también a nosotros; pero no se promete lo que a nosotros. A nosotros ¿qué se promete? La vida eterna. Ahora bien, la vida eterna es ésta: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo. El conocimiento de Dios se promete; eso es gracia por gracia. Hermanos, de momento creemos, no vemos; el premio por esta fe será ver lo que hemos creído. Conocían esto los profetas, pero estaba oculto antes que llegase. Efectivamente, en los salmos cierto amante dice entre sollozos: Una he pedido al Señor, ésa buscaré. Y preguntas qué pide. En efecto, quizá pide una tierra que mane carnalmente leche y miel, aunque ésta ha de buscarse y pedirse espiritualmente; o quizá la rendición de sus enemigos o la muerte de los enemigos o imperios y riquezas de este mundo. De hecho, arde de amor y mucho solloza, se abrasa y anhela. Veamos qué pide: Una he pedido al Señor, ésa buscaré. ¿Qué es esto que busca? Habitar, dice, en la casa del Señor por todos los días de mi vida. Y supón que habitas en la casa del Señor; ¿cuál será la fuente de tu gozo? Para contemplar, afirma, la delectación del Señor.

La recompensa prometida en el Nuevo Testamento

21. Hermanos míos, ¿por qué clamáis, por qué exultáis, por qué amáis, sino porque en vosotros hay una chispa de esta caridad? ¿Qué deseáis?, decidme. ¿Pueden verlo los ojos? ¿Puede tocarse? ¿Es alguna belleza que recrea los ojos? A los mártires se los ama ardientemente y, cuando los recordamos, ¿no nos encendemos en su amor? ¿Qué amamos en ellos, hermanos? ¿Los miembros desgarrados por las fieras? ¿Hay algo más horrible a los ojos carnales? En cambio, para los del corazón nada hay más hermoso. ¿Qué te parece un bellísimo joven ladrón? ¿Cómo es que se horrorizan tus ojos? ¿Acaso se horrorizan tus ojos carnales? Si les preguntas, no hay nada más armonioso, nada más ordenado; la proporción de los miembros y lo agradable del color atraen las miradas, y, empero, cuando oyes que es ladrón, lo rechazas interiormente. Ves, por otra parte, a un anciano encorvado, apoyado en un bastón, que se mueve con dificultad, por doquier surcado de arrugas. ¿Qué ves que deleite los ojos? Oyes que es justo; lo amas y abrazas.

Hermanos míos, premios tales se nos han prometido: amad algo de esa clase, suspirad por un reino de esa clase, desead una patria de esa clase, si queréis llegar a eso con que vino nuestro Señor, es decir, a la gracia y la verdad. Si, en cambio, deseas de Dios premios corporales, aún estás bajo ley, y por ello no cumplirás la Ley misma. En efecto, cuando ves que esto temporal abunda en esos que ofenden a Dios, vacilan tus pasos y te dices: «He aquí que yo adoro a Dios; corro todos los días a la iglesia; mis rodillas están trituradas de tanto rezar, pero asiduamente me enfermo. Los hombres cometen homicidios, cometen robos; exultan y tienen en abundancia, les va bien. ¿Es esto, pues, lo que pedías a Dios?

Ciertamente pertenecías a la gracia. Si Dios te ha dado la gracia precisamente porque te la dio gratis, ámalo gratis. No ames a Dios por el premio. Sea él mismo tu premio. Diga tu alma: Una he pedido al Señor, ésa buscaré: Habitar en la casa del Señor por todos los días de mi vida, para contemplar la delectación del Señor. No temas que el hastío te canse: aquella delectación de la belleza será tal, que te estará siempre presente y nunca te saciarás; mejor dicho, siempre te saciarás y nunca te saciarás. En efecto, si digo que no te saciarás, habrá hambre; si digo que te saciarás, temo el hastío; del lugar donde no habrá hastío ni hambre, no sé qué decir. Pero Dios tiene que mostrar a quienes no hallan cómo decirlo y creen que han de recibirlo.

 

 

TRATADO 4

Comentario a Jn 1,19-33, predicado en Hipona, en diciembre de 406 ¿domingo 30?

La humildad de Juan Bautista y de Cristo

1. Frecuentísimamente ha oído Vuestra Santidad, y lo sabéis muy bien, que Juan el Bautista, cuanto más preclaro era entre los nacidos de mujeres y cuanto más débil para conocer al Señor, tanto más mereció ser amigo del Novio, celoso del Novio, no de sí mismo, pues buscaba no su honor, sino el de su juez, a quien precedía como heraldo. Así pues, se concedió a los profetas precedentes predecir el futuro sobre Cristo; a ése, en cambio, señalarlo con el dedo. En efecto, como ignoraban a Cristo quienes, antes que viniera, no creyeron a los profetas, así, incluso presente, lo ignoraban. En efecto, primeramente vino humildemente y oculto, tanto más oculto cuanto más humilde. Por su parte, las gentes que por su soberbia despreciaron la condición baja de Dios, crucificaron a su Salvador y lo convirtieron en su condenador.

El silencio actual de Cristo

2. Pero quien primeramente vino oculto porque vino humilde, ¿acaso no va a venir después manifiesto, porque vendrá excelso? Acabáis de oír el salmo: Dios vendrá manifiesto, nuestro Dios, y no callará. Calló para ser juzgado, no callará cuando empiece a juzgar. No se diría: «Vendrá manifiesto», si primeramente no hubiese venido oculto; ni se diría: «No callará», sino porque primeramente calló. ¿Cómo calló? Interroga a Isaías: Fue llevado como oveja al matadero y, como estuvo sin voz un cordero ante quien lo esquilase, así no abrió su boca. Pues bien, vendrá manifiesto y no callará. «Manifiesto» ¿cómo? Fuego irá por delante de él y a su alrededor tempestad violenta. Esa tempestad tiene que retirar de la era toda la paja que ahora se trilla, y el fuego, quemar lo que la tempestad se haya llevado. Ahora, en cambio, se calla; calla en cuanto al juicio, pero no en cuanto al precepto. Por cierto, si Cristo calla, ¿qué significan estos evangelios?, ¿qué significan estas voces apostólicas?, ¿qué los cánticos de los salmos?, ¿qué los oráculos de los profetas? En efecto, en todo esto no calla Cristo. Pero de momento calla para no castigar; no calla de forma que no amoneste. Pues bien, vendrá preclaro a castigar, y aparecerá a todos, incluso a los que no creen en él. Pero de momento, porque, aun presente, estaba oculto, era preciso que fuese despreciado, ya que, si no fuese despreciado, no sería crucificado; si no fuese crucificado, no derramaría la sangre, precio con que nos ha redimido. Pues bien, para dar por nosotros el precio, fue crucificado; para ser crucificado fue despreciado; para ser despreciado apareció en condición baja.

Juan Bautista y su importancia

3. Sin embargo, porque cual en la noche apareció en cuerpo mortal, encendió para sí una antorcha para ser visto. Esa antorcha misma era Juan, de quien ya habéis oído muchas cosas. También la presente lectura del evangelio contiene palabras de Juan, quien primeramente, y esto es lo principal, confiesa que él no era el Mesías. Ahora bien, en Juan había tanta excelencia, que podía ser creído como el Mesías, y su humildad quedó demostrada precisamente porque dijo que él no lo era, cuando podía creerse que era. Éste es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Tú, quién eres?». Ahora bien, no los enviarían si, porque osó bautizar, la excelencia de su autoridad no los impresionase. Y confesó y no negó. ¿Qué confesó? Y confesó: «Que no soy yo el Mesías».

Los judíos tropezaron en la humildad de Cristo

4. Y, pues sabían que Elías había de preceder al Mesías, le preguntaron: «Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». Entre los judíos nadie ignoraba el nombre de Mesías. A Cristo no lo tuvieron por tal, aunque absolutamente siguieron creyendo que vendría. Al seguir esperando en su venida, tropezaron con él ya presente, tropezaron como contra una piedra insignificante. En efecto, pequeña era aún esa piedra; desprendida ya, sí, de un monte sin intervención de manos, como dice el profeta Daniel que él vio desprenderse de un monte sin intervención de manos una piedra. Pero ¿qué sigue? Creció, afirma, esa piedra y se convirtió en un monte grande y llenó toda la haz de la tierra. Vea, pues, Vuestra Caridad lo que digo: ante los judíos, Cristo se había desprendido ya de un monte. El monte significaba el reino judío. Pero el reino de los judíos no había llenado toda la haz de la tierra. De allí se desgajó aquella piedra, porque de ahí ha nacido ahora el Señor. ¿Y por qué sin manos? Porque la Virgen parió a Cristo sin colaboración de varón. Esa piedra, pues, ante los ojos de los judíos estaba ya desprendida sin manos; pero era insignificante. Y con razón, porque esa piedra todavía no había crecido ni llenado el orbe de la tierra. Esto muestra en su reino, que es la Iglesia, con la que ha llenado toda la haz de la tierra.

Porque, pues, aún no había crecido, tropezaron con él como en una piedra y sucedió en ellos lo que está escrito: Quien caiga sobre esta piedra será destrozado, y esa piedra triturará a esos sobre quienes caiga. Cayeron primero sobre él, de condición baja; excelso vendrá sobre ellos; pero para triturarlos quien vendrá excelso, primero los destrozó en condición baja. Tropezaron con él y fueron destrozados; no triturados, sino destrozados. Vendrá excelso y los triturará. Pero los judíos tienen disculpa por haber tropezado en la piedra que aún no había crecido. ¿Cómo son quienes han tropezado con el monte mismo? Ya sabéis de quiénes hablo. Quienes niegan que la Iglesia esté difundida por el orbe entero tropiezan no con una piedra insignificante, sino con el monte mismo, que es en lo que se convirtió la piedra aquella al crecer. Ciegos, los judíos, no vieron la piedra insignificante; ¡qué gran ceguera es no ver un monte!

Cómo conciliar la afirmación de Jesús con la negación de Juan

5. Vieron, pues, y no conocieron al Humilde. Se les mostraba mediante una antorcha. En efecto, aquél, mayor que el cual nadie había surgido entre los nacidos de mujeres, dijo: Yo no soy el Mesías. Y se le dijo: ¿Acaso eres tú Elías? Respondió: No soy. Efectivamente, Cristo envió delante de sí a Elías, y dijo Juan: «No soy», y planteó un problema. En efecto, es de temer que los de pocos alcances supongan que Juan dijo lo contrario que Cristo. Efectivamente, en cierto pasaje, al decir el Señor Jesucristo en el evangelio algo sobre sí, le respondieron los discípulos: ¿Cómo, pues, dicen los escribas, esto es, los peritos en la Ley, que es preciso que primero venga Elías? Y el Señor afirma: Elías ya vino, y le hicieron lo que quisieron. Y si queréis saberlo, ése es Juan Bautista. El Señor Jesucristo dijo: Elías ya vino y ése es Juan Bautista; Juan, en cambio, interrogado, confesó por igual que no era Elías ni el Mesías. Y, como confesó, sí, la verdad de que él no era el Mesías, así confesó la verdad de que él tampoco era Elías. ¿Cómo, pues, acoplaremos los dichos del heraldo con los dichos del juez? ¡Ni hablar de que el heraldo mienta, pues habla lo que oye al juez. ¿Por qué, pues, aquél dice: «No soy Elías», y el Señor: «Ése mismo es Elías»? Porque el Señor Jesucristo quiso prefigurar en ése su venida futura y decir esto: que Juan tenía el espíritu de Elías, y que lo que Juan era respecto a la primera venida, esto será Elías respecto a la segunda venida. Como hay dos venidas del Juez, así hay dos heraldos. Sí, el Juez era él; los heraldos, en cambio, dos; los jueces no eran dos. Por cierto, era preciso que el Juez viniera primeramente a ser juzgado. Envió delante de sí al primer heraldo; lo llamó Elías, porque Elías será en la segunda venida lo que Juan en la primera.

Elías y Juan Bautista

6. De hecho, atienda Vuestra Caridad a qué cosa tan verdadera digo. Cuando Juan fue concebido, o mejor, cuando nació, el Espíritu Santo profetizó que respecto a ese hombre se cumpliría esto: Y será, afirma, precursor del Altísimo, con el espíritu y fuerza de Elías. No Elías, pues, sino con el espíritu y fuerza de Elías. ¿Qué significa «con el espíritu y fuerza de Elías? En vez de Elías, con el mismo Espíritu Santo. ¿Por qué en vez de Elías? Porque lo que será Elías en la segunda venida, esto fue Juan en la primera. Correctamente, pues, responde Juan ahora en sentido propio, porque el Señor decía figuradamente: «Ese Elías es Juan»; éste, en cambio, como he dicho, afirma en sentido propio: Yo no soy Elías. Si te fijas en la figura de la precursión, Juan mismo es Elías, ya que lo que aquél fue respecto a la primera venida, esto será éste respecto a la segunda. Si preguntas por la persona en sentido propio, Juan es Juan, Elías es Elías. El Señor, pues, respecto a la prefiguración dice correctamente: «Ése mismo es Elías»; Juan, a su vez, respecto al sentido propio dice correctamente: No soy Elías. Ni Juan dice falsedad ni el Señor dice falsedad; ni el heraldo dice falsedad ni el juez dice falsedad; pero si entiendes.

Ahora bien, ¿quién entenderá? Quien imite la humildad del heraldo y conozca la excelsitud del juez. En efecto, nada más humilde que el heraldo mismo. Hermanos míos, Juan no tuvo ningún mérito tan grande como el nacido de esta humildad, porque, aunque podía engañar a los hombres, ser considerado el Mesías y ser tenido por el Mesías —pues fue de tanta gracia y de tanta excelencia—, confesó empero abiertamente y dijo: «Yo no soy el Mesías». ¿Acaso eres tú Elías? Si dijera ya: «Soy Elías», consiguientemente juzgaría Cristo, al venir en la segunda venida; no sería juzgado ahora en la primera. Afirma: «No soy Elías», como diciendo: Elías está por venir. Pero, para que no experimentéis al Excelso antes del cual va a venir Elías, observad al Humilde antes del cual vino Juan. Efectivamente, el Señor concluyó así: Ése mismo, Juan Bautista, es quien va a venir. Su venida es prefiguradamente lo que propiamente será la venida de Elías. Elías será entonces con propiedad Elías; ahora es Juan por semejanza. De momento, Juan es con propiedad Juan, por semejanza Elías. Ambos heraldos se intercambiaron sus semejanzas y conservaron su personalidad. En cambio, el juez es uno solo, el Señor, sea éste o aquél el heraldo que le precede.

La voz del heraldo

7. Y le interrogaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». Y dijo: «No». Y le dijeron: ¿Eres tú el Profeta? Y respondió: «No». Le dijeron, pues: «Para que demos una respuesta a quienes nos han enviado, ¿quién eres tú? ¿Qué dices de ti mismo?» Contestó: Yo soy voz del que clama en el desierto. Isaías dijo esto. En Juan se cumplió esta profecía: Yo soy voz del que clama en el desierto. Del que clama ¿qué? Enderezad el camino del Señor; haced rectas las sendas de nuestro Dios. ¿No os parece propio de un heraldo decir: «¡Salid! Dejad libre el camino»? Con la diferencia de que un heraldo dice «Salid» y Juan dice «Venid». El heraldo aparta del juez; Juan llama hacia el juez. Mejor dicho, Juan invita a acercarse al Humilde para no experimentar al Excelso Juez. Yo soy voz del que clama en el desierto: «Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». No dijo: «Yo soy Juan; yo soy Elías; yo soy el Profeta». Pero ¿qué dijo? «Me llamo esto: Voz del que clama en el desierto: «Enderezad el camino para el Señor; yo soy esta misma profecía».

Más que profeta

8. Y quienes fueron enviados eran de entre los fariseos, esto es, de entre los príncipes de los judíos. E interrogaron y le dijeron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres el Mesías ni Elías ni el Profeta?» Parecía casi una osadía bautizar. Como si dijesen: «¿A quién representas? Preguntamos si tú eres el Mesías; tú dices que tú no eres. Preguntamos si quizá eres su precursor, porque sabemos que antes de la llegada del Mesías va a venir Elías; niegas serlo. Preguntamos si acaso eres uno de los heraldos que vendrán con mucha antelación, esto es, un profeta, y si has recibido esta potestad; dices que tú tampoco eres profeta». Y Juan no era un profeta; era mayor que un profeta. El Señor dio de él tal testimonio: Salisteis al desierto a ver qué: ¿que el viento agita una caña? Sobreentiendes seguramente que no lo agitaba el viento, porque Juan no era esto, cual uno a quien moviera el viento; en efecto, a quien el viento mueve, sobre él sopla el espíritu seductor por todas partes. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas delicadas? Por cierto, Juan se vestía con ropas bastas, esto es, una túnica hecha con pelo de camello. He aquí que quienes visten con ropas delicadas están en las casas de los reyes. No salisteis, pues, a ver un hombre vestido con ropas delicadas. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? También os digo: éste es mayor que un profeta, porque los profetas prenunciaron mucho antes a quien Juan mostraba presente.

El que se humilla será ensalzado

9. ¿Por qué, pues, bautizas tú, si no eres el Cristo ni Elías ni el Profeta? Juan les respondió y dijo: Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros se puso uno a quien vosotros desconocéis. En efecto, no se veía al Humilde, y por eso se encendió una antorcha. Fijaos cómo cede el puesto quien podía pasar por otra cosa. Este mismo es quien viene detrás de mí: el que ha sido hecho antes de mí, esto es, como ya he dicho, ha sido antepuesto a mí. La correa de cuya sandalia no soy yo digno de desatar. ¡Cuánto se rebaja! Y se lo levanta mucho, precisamente porque el que se humilla será ensalzado. Por ende debe ver Vuestra Santidad que, si Juan se humilló hasta decir: «No soy digno de desatar la correa», cómo tienen que humillarse quienes dicen: «Nosotros bautizamos, lo que damos es nuestro, y lo que nuestro es, santo es». Dice él: «Yo no, sino él»; ellos dicen: «Nosotros». Juan no es digno de desatar la correa de su sandalia; pero, si dijese que él era digno, ¿cuán humilde sería? Aunque dijera que él era digno y se expresase así: «Viene detrás de mí el que ha sido hecho antes de mí, la correa de cuya sandalia soy digno de desatar», mucho se habría humillado. Cuando, en cambio, dice que ni siquiera de esto es digno él, verdaderamente estaba lleno del Espíritu Santo quien así, como siervo, ha reconocido al Señor y merecido ser hecho, de siervo, amigo.

Éste es el Cordero de Dios

10. Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando. Al día siguiente vio Juan venir a Jesús hacia él y dijo: He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo. Nadie se arrogue y diga que él retira el pecado del mundo. Atended ya contra qué soberbios estiraba Juan el dedo. Aún no habían nacido los herejes y ya eran delatados. Desde el río clamaba entonces contra esos contra los que ahora clama desde el evangelio. Viene Jesús, y aquél ¿qué dice? He aquí el Cordero de Dios. Si un cordero es inocente, Juan es también cordero. ¿O acaso no es inocente también él? ¿Pero quién será inocente?¿Y hasta qué punto? Todos vienen del mugrón y del linaje sobre los que David cantaba con gemidos: Yo fui concebido en medio de iniquidad, y entre pecados me alimentó mi madre en el útero. Cordero, pues, es sólo aquel que no ha venido así, pues no fue concebido en medio de iniquidad, porque no fue concebido a partir de la condición mortal; tampoco entre pecados alimentó su madre en el útero a ese que concibió virgen y virgen parió, porque lo concibió por la fe y por la fe lo recibió. He aquí, pues, el Cordero de Dios. Ése no tiene de Adán el mugrón; de Adán tomó sólo la carne, no asumió el pecado. Quien de nuestra masa no asumió el pecado, ése es el que quita nuestro pecado. He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo.

¿Quién quita el pecado del mundo?

11. Sabéis que algunos hombres dicen a veces: «Nosotros, que somos santos, quitamos a los hombres los pecados, ya que, si no fuese santo el que bautiza, ¿cómo quita el pecado de otro, siendo él hombre lleno de pecado?». Contra estas disputas no digamos palabras nuestras, leamos a éste: He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo. De los hombres no presuman los hombres; no transmigre el pájaro a los montes, confíe en el Señor y, si levanta los ojos a los montes de donde le vendrá el auxilio, entienda que su auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. ¡Qué grandeza la de Juan! Se le dice: «¿Eres tú el Mesías?». Dice: «No». «¿Eres tú Elías?». Dice: «No». «¿Eres tú el Profeta?». Dice: «No». ¿Por qué, pues, bautizas? He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo. Éste es de quien dije: Detrás de mí viene un varón que ha sido hecho antes de mí porque estaba primero que yo. Viene detrás de mí, porque ha nacido después; ha sido hecho antes de mí, porque ha sido preferido a mí; estaba primero que yo, porque En el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios.

El bautismo de Juan

12. Yo no le conocía, dijo; pero, para que fuese manifestado a Israel, por eso he venido yo a bautizar con agua. Y Juan dio testimonio, diciendo que «he visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y se quedó sobre él; y yo no le conocía; pero, quien me envió a bautizar con agua, él me dijo: «Sobre quien veas al Espíritu descender y quedarse sobre él, éste es quien bautiza con Espíritu Santo». Y yo he visto y he testificado que éste es el Hijo de Dios». Atienda un poco Vuestra Caridad. ¿Cuándo conoció Juan a Cristo? Fue enviado, en efecto, a bautizar con agua. Y surge la pregunta: ¿para qué? Para que fuese manifestado a Israel, dijo. ¿Para qué sirvió el bautismo de Juan? Hermanos míos, si sirvió de algo, subsistiría incluso en este momento, los hombres se bautizarían con el bautismo de Juan y así vendrían al bautismo de Cristo. Pero ¿qué dice? Para que fuese manifestado a Israel. Esto es, vino a bautizar con agua, para que Cristo fuese manifestado a Israel mismo, al pueblo de Israel. Recibió Juan el ministerio del bautismo con agua de penitencia, para preparar el camino al Señor, cuando el Señor no existía. Pero, cuando el Señor se dio a conocer, superfluamente se le preparaba el camino, porque él se hizo el Camino para quienes le conocieron; así pues, no duró mucho el bautismo de Juan. Pero ¿cómo se manifestó el Señor? En condición baja, para que, por eso, Juan recibiera el bautismo con que sería bautizado el Señor en persona.

¿Por qué quiso el Señor ser bautizado?

13. Y ¿necesitaba el Señor ser bautizado? También preguntado, respondo yo inmediatamente: ¿Necesitaba el Señor nacer? ¿Necesitaba el Señor ser crucificado? ¿Necesitaba el Señor morir? ¿Necesitaba el Señor ser sepultado? Si, pues, por nosotros recibió tamañas humillaciones, ¿no iba a recibir el bautismo? ¿Para qué sirvió que recibiese el bautismo del siervo? Para que tú no te desdeñes de recibir el bautismo del Señor. Atienda Vuestra Caridad. Iban a aparecer en la Iglesia algunos catecúmenos con gracia muy excelente. En efecto, a veces sucede que ves a un catecúmeno abstenerse de todo contacto carnal, decir adiós al mundo, renunciar a todo lo que poseía, distribuirlo a los pobres, y es un catecúmeno instruido quizá en la doctrina salvadora, incluso más que muchos fieles. Es de temer que éste, al pensar en los fieles casados o quizá ignorantes o que tienen y poseen sus cosas, que él ya ha distribuido a los pobres, respecto al santo bautismo mediante el que son perdonados los pecados, diga para sus adentros: «¿Qué más voy a recibir? He aquí que yo soy mejor que este y aquel fiel»; y, al suponer que él es mejor que aquél, que ya está bautizado, se desdeñe de venir al bautismo, diciendo: «Voy a recibir lo que tienen éste y aquél», y ponga ante sí a los que desprecia, y que para él no tenga valor recibir lo que han recibido quienes, porque él se considera ya mejor, son inferiores y, sin embargo, todos los pecados están sobre él y, si no viniere al bautismo salvador, donde se disuelven los pecados, con toda su excelencia no puede entrar al reino de los cielos.

Pero el Señor, para invitar a su bautismo a esa excelencia, para que se le perdonasen los pecados, vino en persona al bautismo de su siervo y, aunque no tenía nada que se le perdonase ni que se lavase en él, de un siervo recibió el bautismo. Parece como si hablase a un hijo que se ensoberbece, se encumbra y que quizá se desdeña de recibir con ignorantes aquello de donde pueda venirle la salvación, y que le dijera: «¿Cuánto te creces? ¿Cuánto te encumbras? ¿Cuánta es tu excelencia? ¿Cuánta tu gracia? ¿Puede ser mayor que la mía? Si yo vine al siervo, ¿te desdeñas tú de venir al Señor? Si yo recibí el bautismo del siervo, ¿te desdeñas tú de que te bautice el Señor?»

Misión del bautismo de Juan

14. Y, para que sepáis, hermanos míos, que el Señor venía a Juan mismo no por necesidad de algún vínculo de pecado, al venir el Señor a ser bautizado, Juan, como dicen otros evangelistas, pregunta: ¿Tú vienes a mí? Yo debo ser bautizado por ti. ¿Y qué le respondió él? Deja ahora; cúmplase toda justicia. ¿Qué significa «cúmplase toda justicia»? He venido a morir por los hombres; no tengo que ser bautizado por los hombres? ¿Qué significa «cúmplase toda justicia»? Cúmplase toda clase de abajamiento. ¿Qué, pues? ¿De un siervo bueno no iba a recibir el bautismo quien de siervos malvados recibió la pasión? Atended, pues. Si Juan bautizó precisamente para que en su bautismo mostrase el Señor el abajamiento, ¿ningún otro iba a ser bautizado con el bautismo de Juan, una vez bautizado el Señor? Ahora bien, muchos fueron bautizados con el bautismo de Juan. Fue bautizado el Señor con el bautismo de Juan, y cesó el bautismo de Juan. En seguida fue enviado Juan a la cárcel; desde entonces, de nadie se sabe que haya sido bautizado con ese bautismo.

Si, pues, Juan vino a bautizar precisamente para que se nos mostrase el abajamiento del Señor y así, porque él recibió de un siervo el bautismo, nosotros no nos desdeñáramos de recibirlo del Señor, ¿debía Juan bautizar al Señor solo? Pero, si Juan bautizase sólo al Señor, no faltarían quienes juzgasen que el bautismo de Juan era más santo que el de Cristo, como si Cristo y nadie más hubiese merecido ser bautizado con el bautismo de Juan y, en cambio, con el bautismo de Cristo, el género humano. Atienda Vuestra Caridad. Con el bautismo de Cristo estamos bautizados no sólo nosotros, sino el mundo entero, y se seguirá bautizando hasta el final. ¿Quién de nosotros puede compararse en algo con Cristo, la correa de cuya sandalia Juan dijo ser indigno de desatar? Si, pues, este Cristo de tamaña excelencia, Hombre-Dios, fuese el único bautizado con el bautismo de Juan, ¿qué iban a decir los hombres? «¿Qué bautismo tuvo Juan? ¡Gran bautismo tuvo, sacramento inefable! Ve que solo Cristo mereció ser bautizado con el bautismo de Juan». Y así parecería mayor el bautismo del siervo que el bautismo del Señor. También otros fueron bautizados con el bautismo de Juan, para que el bautismo de Juan no pareciera mejor que el de Cristo; ahora bien, el Señor fue también bautizado, para que, tras recibir el Señor el bautismo del siervo, los otros siervos no se desdeñasen de recibir el bautismo del Señor. Para esto, pues, había sido enviado Juan.

¿Conocía Juan al Señor?

15. ¿Pero Juan conocía a Cristo, o no? Si no lo conocía, ¿por qué, cuando Cristo llegó al río, dijo: «Yo debo ser bautizado por ti», esto es: «Sé quién eres»?. Si, pues, ya lo conocía, lo conoció ciertamente cuando vio a la paloma bajar. Es manifiesto que la paloma no descendió sobre el Señor, sino después de subir él del agua del bautismo. Bautizado, el Señor ascendió del agua; los cielos se abrieron y vio la paloma sobre él. Si, pues, tras el bautismo descendió la paloma y, antes que fuese bautizado el Señor, le dijo Juan:«¿Tú vienes a mí? Yo debo ser bautizado por ti», antes conocía a ese a quien dijo: ¿Tú vienes a mí? Yo debo ser bautizado por ti». ¿Cómo, pues, dijo: Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, ése me dijo: «Sobre quien veas al Espíritu descender como una paloma y permanecer sobre él, ése es quien bautiza con Espíritu Santo?» No es pequeña cuestión, hermanos míos. Si habéis visto la cuestión, no habéis visto poco; resta que el Señor dé la solución de ella. Sin embargo, digo esto: si habéis visto la cuestión, no es poco.

He aquí a Juan, puesto ante vuestros ojos, Juan Bautista de pie junto al río. He aquí que el Señor viene, todavía por bautizar, aún no bautizado. Oye la voz de Juan: ¿Tú vienes a mí? Yo debo ser bautizado por ti. He aquí que ya conoce al Señor, por quien quiere ser bautizado. Bautizado, el Señor ascendió del agua; se abren los cielos, desciende el Espíritu, en este momento le conoce Juan. Si en este momento le conoce, ¿por qué dijo antes: Yo debo ser bautizado por ti? Si, en cambio, porque ya lo conocía, no le conoce en este momento, ¿qué significa lo que dijo: No le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, ése me dijo: «Sobre quien veas al Espíritu descender y permanecer sobre él, como paloma, ése es quien bautiza con Espíritu Santo?

Planteamiento del problema y promesa de solución

16. Hermanos, no dudo que, porque ya he dicho muchas cosas, os abruma que se solucione hoy esta cuestión. Sabed empero que esta cuestión es tal, que ella sola puede suprimir el partido de Donato. Como suelo hacer otras veces, he dicho esto a Vuestra Caridad para estimular vuestra atención; al mismo tiempo, para que oréis por mí y por vosotros, para que el Señor me dé decir cosas dignas, y vosotros merezcáis comprender cosas dignas. Dignaos, entre tanto, diferirla. Pero, entre tanto, hasta que se solucione, os digo brevemente esto: interrogad pacíficamente, sin riña, sin discusión, sin altercados, sin enemistades; consultad con vosotros, interrogad a otros y decid: «Nuestro obispo nos ha propuesto hoy esta cuestión, que resolverá, si Dios se lo concediere, en otra ocasión». Pero, se resuelva o no se resuelva, pensad que he propuesto algo que me preocupa. En efecto, estoy muy preocupado.

Dice Juan: «Yo debo ser bautizado por ti», como si conociera a Cristo, ya que, si no conocía a ese por quien quería ser bautizado, temerariamente decía: Yo debo ser bautizado por ti. Le conocía, pues. Si le conocía, ¿qué significa lo que dice: No le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, ése me dijo: «Sobre quien veas al Espíritu descender y permanecer sobre él, como paloma, ése es quien bautiza con Espíritu Santo? ¿Qué vamos a decir? ¿Que no sabemos cuándo vino la paloma? Por si acaso están ahí escondidos, léanse los otros evangelistas que lo han dicho con todas las letras, y hallamos clarísimamente que la paloma descendió cuando el Señor subió del agua. En efecto, sobre él bautizado se abrieron los cielos y vio al Espíritu descender. Si le conoció ya bautizado, ¿cómo, al venir al bautismo, dice: Yo debo ser bautizado por ti? Entre tanto, rumiad con vosotros esta cuestión, consultadla con vosotros, tratadla con vosotros. El Señor Dios nuestro tenga a bien, antes de que me oigáis la solución, revelarla primero a alguno de vosotros. Sin embargo, hermanos, sabed esto: que, mediante la solución de esta cuestión, el partido de Donato, si tienen vergüenza, absolutamente no tendrán voz, absolutamente se cerrarán sus bocas respecto a la gracia del bautismo, en la que extienden tinieblas ante los ignorantes y tienden redes a las aves voladoras.

 

 

TRATADO 5

Comentario a Jn 1,33, predicado en Hipona, en enero de 407, ¿domingo 6?

Aparente contradicción en las palabras de Juan

1. Como el Señor ha querido, hemos llegado al día de mi promesa; también otorgará que pueda llegar al cumplimiento de esa promesa. En efecto, lo que digo, si es útil para mí y para vosotros, de él viene; en cambio, lo que del hombre viene, son mentiras, como dijo nuestro Señor Jesucristo en persona: Quien dice la mentira, de lo suyo habla. Nadie tiene de suyo sino mentira y pecado. Si, en cambio, el hombre tiene algo de verdad y justicia, viene de esa fuente de la que en este desierto debemos tener sed para que, como rociados por ella cual por ciertas gotas y consolados mientras tanto en esta peregrinación para no desfallecer en el camino, podamos llegar a su descanso y saciedad. Si, pues, de lo suyo habla quien dice la mentira, quien dice la verdad habla de lo de Dios.

Veraz es Juan, la Verdad es Cristo; veraz Juan, pero todo veraz es veraz gracias a la Verdad; si, pues, Juan es veraz y el hombre no puede ser veraz sino gracias a la Verdad, ¿gracias a quién era veraz sino gracias a quien dijo: Yo soy la verdad? No podría, pues, la Verdad hablar contra el veraz, ni el veraz contra la Verdad. La Verdad envió al veraz; y veraz era precisamente porque había sido enviado por la Verdad. Si la Verdad había enviado a Juan, Cristo lo había enviado. Pero el Padre hace lo que Cristo hace con el Padre, y Cristo hace lo que el Padre hace con Cristo. Ni el Padre hace algo aparte sin el Hijo, ni aparte hace algo el Hijo sin el Padre. Inseparable es la caridad, inseparable la unidad, inseparable la majestad, inseparable la potestad, según estas palabras que él ha propuesto: Yo y el Padre somos una única cosa. ¿Quién, pues, envió a Juan? Si decimos «el Padre», decimos la verdad; si decimos «el Hijo», decimos la verdad; más claro empero es que digamos «el Padre y el Hijo». Ahora bien, porque el Hijo ha dicho: «Yo y el Padre somos una única cosa», el único Dios envió a quien enviaron el Padre y el Hijo.

¿Cómo, pues, no conocía a ese por quien fue enviado?, pues dijo: Yo no le conocía; pero quien me envió a bautizar con agua, ése me dijo. Interrogo a Juan: «Quien te envió a bautizar con agua, ¿qué te dijo?». Sobre quien veas al Espíritu descender como una paloma y permanecer sobre él, ése es quien bautiza con Espíritu Santo. ¿Esto, oh Juan, te dijo quien te envió? Es evidente que dijo esto. ¿Quién, pues, te envió? Quizá el Padre. Verdadero Dios es el Padre, y Dios Verdad el Hijo. Si te envió el Padre sin el Hijo, Dios te envió sin la Verdad. Ahora bien, si eres veraz precisamente porque dices la verdad y en virtud de la Verdad hablas, no te envió el Padre sin el Hijo, sino que a una te envió el Padre y el Hijo. Si, pues, te envió el Hijo con el Padre, ¿cómo no conocías a ese por quien fuiste enviado? Al que habías visto en la Verdad, ése te envió para que fuese reconocido en la carne y dijo: Sobre quien veas al Espíritu descender como una paloma y permanecer sobre él, ése es quien bautiza con Espíritu Santo.

Cuánto conocía Juan al Señor

2. ¿Oyó esto Juan para conocer al que no conocía, o para conocer más plenamente de lo que ya le conocía? Pues si no le conociese totalmente, no le diría al venir al río a ser bautizado: Yo debo ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Luego le conocía. Por otra parte, ¿cuándo descendió la paloma? Bautizado ya el Señor y al ascender del agua. Pero, si el que lo envió dijo: «Sobre quien veas al Espíritu descender como una paloma y permanecer sobre él, ése es quien bautizará con Espíritu Santo», y no le conocía, sino que le conoció al descender la paloma, y, por otra parte, Juan había conocido al Señor entonces, cuando el Señor venía al agua, se nos manifiesta que Juan conocía al Señor en un aspecto, aún no le conocía en otro. Ahora bien, si no entendemos esto, era mendaz. Quien dice: «Tú vienes a mí para ser bautizado, y yo debo ser bautizado por ti», ¿cómo era veraz al reconocerle? ¿Es veraz cuando dice esto? E inversamente, ¿cómo es veraz cuando dice: Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, ése me dijo: «Sobre quien veas al Espíritu descender como paloma y permanecer sobre él, ése es quien bautiza con Espíritu Santo»? Mediante la paloma se dio el Señor a conocer no a quien no le conocía, sino quien respecto a él conocía algo y no conocía algo. Nos toca, pues, averiguar qué no conocía aún Juan respecto a él y mediante la paloma aprendió.

La misión de Juan el Bautista

3. ¿Por qué fue enviado Juan a bautizar? Recuerdo haberlo dicho ya a Vuestra Caridad, según mis posibilidades. En efecto, si el bautismo de Juan era necesario para nuestra salvación, también ha debido ser administrado ahora, ya que ni dejan de ser salvados ahora los hombres ni dejan de ser salvados ahora en gran número ni la salvación era entonces una y ahora otra. Si Cristo ha cambiado, ha cambiado también la salvación; si la salvación está en Cristo y Cristo mismo es idéntico, tenemos idéntica salvación. Pero ¿por qué fue enviado Juan a bautizar? Porque era necesario que Cristo fuese bautizado. ¿Por qué era necesario que Cristo fuese bautizado? ¿Por qué era necesario que Cristo naciera? ¿Por qué era necesario que Cristo fuera crucificado? Porque, si había venido a mostrar el camino de la humildad y a hacerse él personalmente el camino mismo de la humildad, en todo había él de cumplir la humildad. Se dignó con este gesto dar autoridad a su bautismo, para que los siervos conociesen con cuánta rapidez debían correr al bautismo del Señor, siendo así que él no se desdeñó de recibir el bautismo del siervo. Ése, en efecto, había sido dado a Juan, para que fuese denominado bautismo suyo.

Bautismo propio de Juan

4. Atienda, distinga y conozca esto Vuestra Caridad. El bautismo que Juan recibió fue denominado bautismo de Juan. Él solo recibió tal don. Ningún justo antes de él, ninguno después de él hubo para recibir el bautismo que llevara su nombre. Ciertamente se le encomendó, pues por sí nada podía, ya que, si alguien habla por sí, de suyo dice la mentira. ¿De dónde lo recibió sino del Señor Jesucristo? Recibió poder bautizar de aquel a quien luego bautizó. No os extrañéis, pues Cristo hizo esto con Juan, como en su madre hizo cierta cosa. En efecto, de Cristo está dicho: Todo se hizo mediante él; si todo mediante él, también mediante él fue hecha María, de la que luego nació Cristo. Atienda Vuestra Caridad: como creó a María y fue creado mediante María, así dio el bautismo a Juan y fue bautizado por Juan.

Bautismo del Señor y bautismo del siervo

5. Para esto, pues, recibió de Juan el bautismo: para que, al recibir de un inferior lo que era inferior, exhortase a los inferiores a recibir lo que era superior. Pero ¿por qué no fue bautizado por Juan él solo, si Juan, mediante el cual Cristo sería bautizado, había sido enviado a preparar el camino al Señor, esto es, a Cristo mismo? También lo he dicho ya, pero lo recuerdo, porque es necesario para la presente cuestión. Si con el bautismo de Juan hubiera sido bautizado nuestro Señor Jesucristo solo —retened lo que digo; no tenga el mundo tanta fuerza, que de vuestros corazones borre lo que ahí ha escrito el Espíritu de Dios; no tengan las espinas de las preocupaciones tanta fuerza que sofoquen la semilla que se siembra en vosotros; en efecto, ¿por qué me veo obligado a repetir las mismas cosas, sino porque no me fío de la memoria de vuestro corazón?—; si, pues, con el bautismo de Juan hubiera sido bautizado el Señor solo, no faltarían quienes lo tratasen de forma que supusieran que el bautismo de Juan era más excelente de lo que es el bautismo de Cristo. Dirían, en efecto: «Ese bautismo es más excelente, hasta el punto de que mereció ser bautizado con él Cristo solo». Para darnos, pues, el Señor ejemplo de humildad con el fin de que recibiéramos la salvación bautismal, Cristo recibió lo que no le era necesario, pero era necesario por nosotros. Y asimismo se permitió también a otros ser bautizados por Juan, para que lo que Cristo recibió de Juan no fuese antepuesto al bautismo de Cristo. Pero a quienes Juan bautizó no les bastó, pues fueron bautizados con el bautismo de Cristo, porque el bautismo de Cristo no era el bautismo de Juan. Quienes reciben el bautismo de Cristo no buscan el bautismo de Juan; quienes recibieron el bautismo de Juan buscaron el bautismo de Cristo. Bastó, pues, a Cristo el bautismo de Juan. ¿Cómo no le bastaría, siendo así que ni siquiera ése le era necesario? En efecto, ningún bautismo le era necesario; pero para exhortarnos a su bautismo recibió el bautismo del siervo. Y, para que el bautismo del siervo no fuese antepuesto al bautismo del Señor, otros fueron bautizados con el bautismo del consiervo. Pero era necesario que fuesen bautizados con el bautismo del Señor quienes fueron bautizados con el bautismo del consiervo; en cambio, no necesitan el bautismo del consiervo quienes son bautizados con el bautismo del Señor.

6. Porque, pues, Juan había recibido un bautismo al que propiamente denominarían de Juan, y el Señor Jesucristo, por su parte, no quiso dar su bautismo a nadie, no para que nadie fuese bautizado con el bautismo del Señor, sino para que bautizase siempre el Señor en persona, esto se hizo para que el Señor bautizase mediante ministros, esto es, para que a quienes iban a bautizar los ministros del Señor, los bautizase el Señor, no ellos. En efecto, una cosa es bautizar por ministerio, otra bautizar por potestad, pues el bautismo es tal cual es aquel en virtud de cuya potestad se da, no cual es ese mediante cuyo ministerio se da. El bautismo de Juan era como era Juan: bautismo justo por venir de un justo, pero hombre, el cual empero había recibido del Señor esta gracia, ¡y gracia tan grande!: ser digno de preceder al juez, mostrarlo con el dedo y cumplir la palabra de aquella profecía: Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor. En cambio, el bautismo del Señor es cual el Señor; el bautismo del Señor, pues, es divino porque el Señor es Dios.

Cristo no cedió la autoridad sobre su bautismo a nadie

7. Ahora bien, el Señor Jesucristo pudo, si quería, dar a algún siervo suyo la potestad de dar su bautismo como en vez suya, transferir de su persona la potestad de bautizar, establecerla en algún siervo suyo y dar al bautismo trasladado al siervo tanta eficacia cuanta tendría el bautismo dado por el Señor. No lo quiso, precisamente para que la esperanza de los bautizados estuviera en ese por quien se reconocerían bautizados. No quiso, pues, que el siervo pusiera en el siervo la esperanza. Y, por eso, el Apóstol, como viera que los hombres querían poner en él mismo la esperanza, clamaba: ¿Acaso Pablo fue crucificado por vosotros, o fuisteis bautizados en el nombre de Pablo? Bautizó, pues, Pablo como ministro, no como la potestad misma; el Señor, en cambio, bautizó como potestad.

Fijaos. Pudo dar esta potestad a los siervos y no quiso, porque, si daba a los siervos esta potestad, esto es, que fuese de ellos lo que era del Señor, habría tantos bautismos cuantos fuesen los siervos, de forma que, como se habló del bautismo de Juan, así se hablase del bautismo de Pedro, así del bautismo de Santiago, del bautismo de Tomás, de Mateo, de Bartolomé, pues aquel bautismo fue denominado de Juan. Pero quizá alguien se opone y dice: «Pruébanos que aquel bautismo fue denominado de Juan». Lo probaré, pues la Verdad en persona lo dice cuando preguntó a los judíos: El bautismo de Juan, ¿de dónde viene, del cielo o de hombres? Para que, pues, no se hablase de tantos bautismos cuantos serían los siervos que bautizasen con la potestad recibida del Señor, se guardó el Señor la potestad de bautizar, a los siervos dio el ministerio. El siervo dice que él bautiza; correctamente habla, como el Apóstol dice: «Por mi parte, he bautizado a la casa de Estefanía», pero como ministro. Por eso, si es malo y le toca en suerte tener el ministerio, y si los hombres no le conocen, pero Dios le conoce, Dios, que se ha guardado la potestad, permite que sean bautizados mediante él.

Cumplamos toda justicia

8. Ahora bien, Juan no sabía esto del Señor. Sabía que era el Señor; sabía y confesó que debía ser bautizado por él; sabía que aquél era la Verdad y que por la Verdad había sido enviado él como veraz. Pero ¿qué no sabía de aquél? Que había de retener para sí la potestad de su bautismo, y que no iba a transmitirla ni transferirla a algún siervo; que, en cambio, ora bautizase ministerialmente un siervo bueno, ora bautizase ministerialmente un siervo malo, quien fuese bautizado supiese que no le bautizaba sino quien se guardó la potestad de bautizar. Y, para que sepáis, hermanos, que Juan no sabía esto de aquél y lo aprendió mediante la paloma —pues conocía al Señor, pero aún no sabía que iba a retener para sí la potestad de bautizar y no iba a darla a ningún siervo—, según esto dijo: Y yo no le conocía. Y, para que sepáis que allí aprendió esto, atended a lo que sigue: Pero el que me envió a bautizar con agua, ése me dijo: «Sobre quien veas al Espíritu descender como paloma y permanecer sobre él, ése es». ¿Qué es ése? El Señor.

Pero ya conocía al Señor. Suponed, pues, que Juan hubiera dicho hasta aquí: Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, ése me dijo. Preguntamos qué dijo. Sigue: Sobre quien veas al Espíritu descender como paloma y permanecer sobre él. No digo lo siguiente; entre tanto atended: Sobre quien veas al Espíritu descender como paloma y permanecer sobre él, ése es. Pero ¿qué es ése?«Quien me envió, ¿qué quiso enseñarme mediante la paloma? ¿Que ése era el Señor? Ya conocía a quien me había enviado; ya conocía a ese a quien dije: ¿Tú vienes a mí a ser bautizado? Yo debo ser bautizado por ti. Conocía, pues, al Señor hasta tal punto, que yo quería ser bautizado por él, no bautizarlo yo a él. Y me dijo entonces: «Deja de momento; cúmplase toda justicia. He venido a padecer, ¿no vengo a ser bautizado? Cúmplase toda justicia, me dijo mi Dios; cúmplase toda justicia, enseñaré la plena humildad. Conozco a quienes en mi pueblo futuro se ensoberbecerán; sé que habrá algunos hombres con alguna gracia tan excelente que, cuando vean que son bautizados algunos ignorantes, ellos, por creerse mejores o en continencia o en limosnas o en doctrina, quizá se desdeñen de recibir lo que recibieron los inferiores. Es preciso que los sane para que, porque yo he venido al bautismo del siervo, no se desdeñen de venir al bautismo del Señor».

Lo que Juan ignoraba del bautismo del Señor

9. Juan, pues, ya sabía esto y conocía al Señor. ¿Qué le enseñó, pues, la paloma? Mediante la paloma, esto es, mediante el Espíritu Santo que así venía, ¿qué quiso enseñar quien había enviado a ese a quien dijo: Sobre quien veas al Espíritu descender como paloma y permanecer sobre él, ése es? ¿Quién es ése? El Señor. «Lo sé». Pero ¿sabías también que este Señor que tiene potestad de bautizar no va a dar a ningún siervo esta potestad, sino que va a reservársela, para que todo el que mediante el ministerio de un siervo es bautizado atribuya el bautismo no al siervo, sino al Señor? ¿Acaso sabías ya esto? «No lo sabía. Más aún, ¿qué me dijo? Sobre quien veas al Espíritu descender como paloma y permanecer sobre él, ése es quien bautiza con Espíritu Santo». No dice «Ése es el Señor»; no dice «Ése es el Mesías; no dice «Ése es Dios»; no dice «Ése es Jesús»; no dice «Ése, posterior a ti, anterior a ti, es quien nació de la Virgen María». No dice esto, pues Juan ya lo sabía. Pero ¿qué no sabía? Que el Señor en persona —o presente en la tierra o ausente con el cuerpo en el cielo y presente por majestad— iba a tener y a reservarse la potestad tan grande del bautismo; que iba a reservarse la potestad del bautismo, para que Pablo no dijese: «Mi bautismo»; para que Pedro no dijese: «Mi bautismo». Por tanto, ved, atended a las palabras de los apóstoles. Ningún apóstol dijo: «Mi bautismo». Aunque el Evangelio de todos era único, sin embargo, hallas que uno dijo: «Mi Evangelio»; no hallas que alguno dijera: «Mi bautismo».

Como Juan aprendamos de la paloma

10. Esto, pues, aprendió Juan, hermanos míos. Lo que Juan aprendió mediante la paloma, aprendámoslo también nosotros, pues la paloma no enseñó a Juan, mas no enseñó a la Iglesia, Iglesia a la que se dijo: Única es mi paloma. La paloma enseñe a la paloma; sepa la paloma lo que Juan aprendió mediante la paloma. El Espíritu Santo descendió en forma de paloma. Ahora bien, esto que Juan aprendía en la paloma, ¿por qué lo aprendió en ella? Porque necesitaba aprenderlo, mas quizá era preciso que no lo aprendiese sino mediante la paloma. ¿Qué diré de la paloma, hermanos míos, o cuándo la facultad del corazón o de la lengua me bastará para decirlo como quiero? Y quizá no quiero decirlo dignamente como ha de decirse; si empero no puedo decirlo como quiero, ¿cuánto menos como ha de decirse? Querría yo oírselo a uno mejor, no decíroslo.

Ningún ministro tiene la autoridad de Cristo en el bautismo

11. Juan aprende a conocer al que conocía; pero aprende respecto a eso en lo que no le conocía; no aprende respecto a eso en que le conocía. ¿Y qué conocía? Al Señor. ¿Qué no conocía? Que la potestad del bautismo del Señor no iba a pasar del Señor a ningún hombre, pero el ministerio sí iba a pasar: del Señor, a nadie pasaría la potestad; el ministerio, a buenos y a malos. La paloma no se horrorice del ministerio de los malos; mire la potestad del Señor. ¿Qué te hace un ministro malo, cuando es bueno el Señor? ¿Qué te impide un heraldo malicioso, si el juez es benévolo? Mediante la paloma aprendió Juan esto. ¿Qué es lo que aprendió? Repita él. Ése me dijo, afirma: «Sobre quien veas al Espíritu descender como paloma y permanecer sobre él, éste es quien bautiza con Espíritu Santo. No te engañen, pues, ¡oh paloma!, los seductores que dicen: «Nosotros bautizamos». Paloma, reconoce qué enseñó la paloma: Éste es quien bautiza con Espíritu Santo. Mediante la paloma se aprende que es éste, ¿y tú supones que eres bautizado por la potestad de ese por cuyo ministerio eres bautizado? Si esto supones, aún no estás en el cuerpo de la paloma; y, si no estás en el cuerpo de la paloma, no es de extrañar que no tengas sencillez, pues la sencillez se representa principalmente mediante la paloma.

Los donatistas, halcones contra la paloma

12. ¿Por qué mediante la sencillez de la paloma aprendió Juan que éste es quien bautiza con Espíritu Santo, hermanos míos, sino porque no eran de la paloma quienes han destrozado la Iglesia? Halcones eran, milanos eran. La paloma no despedaza. Y los ves acarrearnos envidia, por las persecuciones, llamémoslas así, que han sufrido. Ciertamente han sufrido persecuciones, llamémoslas así, corporales, aunque eran flagelos del Señor que les daba manifiestamente una enseñanza temporal, para no condenarlos eternamente si no la reconocían ni se corregían. Persiguen verdaderamente a la Iglesia quienes la persiguen con engaños; muy violentamente hieren el corazón quienes hieren con el puñal de la lengua; muy cruelmente derraman sangre quienes, en cuanto de ellos depende, matan a Cristo en el hombre. Parecen aterrados cual por la sentencia de las autoridades. ¿Qué te hace la autoridad si eres bueno? Si, en cambio, eres malo, teme a la autoridad, pues no en vano lleva la espada, dice el Apóstol. No saques tu espada con que golpeas a Cristo. Cristiano, ¿qué persigues en un cristiano? ¿Qué ha perseguido en ti el emperador? La carne ha perseguido; en un cristiano persigues el espíritu. No matas tú la carne. Y, sin embargo, ni con la carne tienen miramiento; a golpes han asesinado a cuantos han podido y no han tenido miramiento ni con los suyos ni con los extraños. De todos es conocido esto. Odio provoca la autoridad porque es legítima; obra provocando odio quien obra según derecho. No suscita odios quien obra fuera de la ley.

Atienda cada uno de vosotros, hermanos míos, qué tiene el cristiano. Con muchos tiene en común ser hombre; porque es cristiano se distingue de muchos; pero ser cristiano le pertenece más que ser hombre. Efectivamente, en cuanto cristiano es renovado a imagen del Dios por el que el hombre ha sido hecho a imagen de Dios; en cambio, en cuanto hombre podría ser malo, podría ser pagano, podría ser idólatra. Persigues tú en el cristiano lo mejor que tiene, pues quieres quitarle aquello por lo que vive. En efecto, vive temporalmente según el espíritu de vida que anima al cuerpo; en cambio, vive para la eternidad según el bautismo que ha recibido del Señor. Quieres quitarle esto que ha recibido del Señor; quieres quitarle aquello por lo que vive. A esos a quienes los bandidos quieren despojar, quieren despojarlos de forma que ellos tengan más y aquéllos no tengan nada; tú se lo quitas a éste, pero nunca tendrás más en tu casa, pues no se te acrecienta por quitárselo a él. Pero hacen verdaderamente lo que estos que quitan la vida: se la quitan a otro, pero ellos no tienen dos vidas.

Jamás se pierde el bautismo de Cristo

13. ¿Qué quieres robar, pues? ¿En qué te disgusta ese a quien quieres rebautizar? No puedes darle lo que ya tiene, pero haces que niegue lo que tiene. ¿Qué crueldades mayores cometían los paganos al perseguir a la Iglesia? Blandían la espada contra los mártires, les soltaban las fieras, les aplicaban fuego. ¿Con qué fin? Para que quien sufría esto dijera: «No soy cristiano». ¿Y qué enseñas tú a quien quieres rebautizar sino que diga primeramente: «No soy cristiano»? Donde el perseguidor aplicaba la llama, tú aplicas tu lengua; seduciendo, haces lo que el otro no hizo matando. ¿Y qué es lo que vas a dar y a quién? Si te dice la verdad y, sin dejarse seducir por ti, no miente, dirá: «Lo tengo». Preguntas: «¿Tienes el bautismo?» «Lo tengo», dice. Piensas: «Mientras dice “lo tengo”, no voy a dárselo». «No me lo des, pues lo que quieres darme no puede grabarse en mí, porque no puede serme quitado lo que he recibido. Pero ¡aguarda! Veré qué quieres enseñarme». Responde el otro: «Primero di “No lo tengo”». «Pero lo tengo; si digo “no lo tengo”, miento, pues tengo lo que tengo». Replica: «No lo tienes». «Prueba que no lo tengo». «Te lo ha dado un malvado». «Si Cristo es malvado, me lo ha dado un malvado». Contesta: «Cristo no es malvado, pero no te lo ha dado Cristo». «¿Quién, pues, me lo ha dado?». Responde tú: «Yo sé que yo lo he recibido de Cristo». «Te lo ha dado no Cristo —replica—, sino no sé qué traidor». «Veré quién ha sido el ministro, veré quién ha sido el heraldo. No discuto sobre el oficial; me fijo en el juez. Quizá mientes incluso en lo que achacas al oficial. Pero no quiero discutir. El Señor de ambos instruya la causa del oficial. Si exijo que pruebes, quizá no pruebes o, por mejor decir, mientas. Está probado que tú no has podido probar. Pero no pongo en eso mi causa, para que, cuando comienzo a defender acaloradamente a hombres inocentes, no supongas que yo he puesto esperanza ni siquiera en hombres inocentes. Hayan sido los hombres como quieran, yo lo he recibido de Cristo; yo he sido bautizado por Cristo». «No —replica—, sino que te ha bautizado aquel obispo, y ese obispo está en comunión con aquéllos». «Cristo me ha bautizado; yo lo sé». «¿Cómo lo sabes?». «Me lo ha enseñado la paloma que vio Juan. ¡Oh milano cruel! No me desgarrarás de las entrañas de la paloma. Me cuento entre los miembros de la paloma, porque sé lo que la paloma ha enseñado. Tú me dices: «Te bautizó éste o te bautizo aquél»; mediante la paloma se nos dice a mí y a ti: Éste es quien bautiza. ¿A quién creo, al milano o a la paloma?».

La confusión de los enemigos

14. Dímelo con certeza para que quedes confundido mediante la lámpara que dejó confundidos también a los anteriores enemigos, iguales que tú, los fariseos, a los que, tras preguntar al Señor con qué autoridad hacía eso, respondió: Os interrogaré yo también esa palabra; decidme, el bautismo de Juan, ¿de dónde es, del cielo o de los hombres? Y ellos, que preparaban disparar trampas, fueron cazados por la pregunta; comenzaron a darle vueltas entre ellos y a decir: Si decimos que es del cielo, va a decirnos: ¿Por qué no le creísteis? Juan, en efecto, había dicho del Señor: He aquí el cordero de Dios; he aquí el que quita el pecado del mundo. «¿Por qué, pues, me preguntáis con qué autoridad actúo?» ¡Oh lobos! Con la autoridad del Cordero hago lo que hago. Pero para conocer al cordero, ¿por qué no habéis creído a Juan, que dijo: He aquí el cordero de Dios; he aquí el que quita el pecado del mundo? Porque, pues, ellos sabían qué había dicho Juan del Señor, dijeron entre sí: Si decimos que el bautismo de Juan es del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? Si decimos «de los hombres», el pueblo nos lapidará, porque tienen a Juan por profeta. Por un lado, temían a los hombres; por otro, les daba vergüenza confesar la verdad. Las tinieblas respondieron a las tinieblas, pero la luz las ha vencido. En efecto, ¿qué respondieron? No sabemos. Respecto a lo que sabían, dijeron: No sabemos. Y el Señor replicó: Tampoco yo os digo con qué autoridad hago eso. Y quedaron confundidos los primeros enemigos. ¿Cómo? Por la lámpara. ¿Quién era la lámpara? Juan. ¿Demostramos que era una lámpara? Lo demostramos, pues el Señor dice: Él era la lámpara que ardía y lucía. ¿Demostramos que también mediante él quedaron confundidos los enemigos? Oye el salmo: He preparado una lámpara para mi Cristo; vestiré de confusión a sus enemigos.

El don de Cristo permanece intacto

15. Todavía en las tinieblas de esta vida, caminamos a la lámpara de la fe; agarremos también nosotros la lámpara, Juan, y con ella confundamos a los enemigos de Cristo; mejor dicho, confunda él mediante su lámpara a sus enemigos. Preguntemos también nosotros lo que el Señor a los judíos; preguntemos y digamos: El bautismo de Juan, ¿de dónde es, del cielo o de los hombres? Por si también ellos mediante la lámpara quedan confundidos como enemigos, ved qué van a decir. ¿Qué van a decir? Si dicen «de los hombres», los lapidarán incluso los suyos mismos; si, en cambio, dicen «del cielo», digámosles: ¿Por qué, pues, no le creísteis? Quizá dicen: «Le creemos». ¿Cómo, pues, decís que bautizáis vosotros, y Juan dice: Éste es quien bautiza? Replican: «Pero conviene que sean justos los ministros de juez tan importante». También yo digo y todos decimos que conviene que sean justos los ministros de juez tan importante. Sean justos los ministros, si quieren; pero, si no quieren ser justos quienes se sientan en la cátedra de Moisés, me da seguridad mi Maestro, de quien su Espíritu dijo: Éste es quien bautiza. ¿Cómo me da seguridad? Los escribas y los fariseos, afirma, se sientan en la cátedra de Moisés; haced lo que dicen, pero no hagáis lo que hacen, pues dicen, pero no hacen.

Si el ministro es justo, lo cuento con Pablo, lo cuento con Pedro. Con éstos cuento a los ministros justos, porque los ministros verdaderamente justos no buscan su gloria, pues son ministros, no quieren ser tenidos por jueces, se horrorizan de que se ponga en ellos la esperanza; cuento, pues, con Pablo al ministro justo. En efecto, ¿qué dice Pablo? Yo planté, Apolo regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Ni quien planta ni quien riega es algo, sino quien da el crecimiento, Dios. A quien, en cambio, es ministro orgulloso se le cuanta con el diablo. Pero no se contamina el don de Cristo: lo que a través de aquél fluye puro, lo que por aquél pasa límpido, llega a la tierra fértil. Supón que aquél es de piedra porque del agua no puede sacar fruto: por un canal también de piedra pasa el agua, pasa el agua a los arriates; en el canal de piedra nada engendra; en cambio trae a los huertos muchísimo fruto. En efecto, el vigor espiritual del sacramento es como la luz: pura la reciben esos a quienes va a iluminar y, aunque pase por inmundos, no se ensucia. Los ministros sean simple y llanamente justos y busquen no su gloria, sino la de ese cuyos ministros son. No digan: «El bautismo es mío», porque no es de ellos. Fíjense en Juan mismo. He aquí que Juan estaba lleno del Espíritu Santo y recibido del cielo, no de hombres, tenía el bautismo. Pero ¿hasta qué punto lo tenía? Él dijo: Preparad el camino al Señor. Pero, cuando el Señor fue conocido, él en persona se hizo el Camino. Ya no hacía falta el bautismo de Juan para preparar el camino al Señor.

Falsas razones para rebautizar

16. Sin embargo, ¿qué suelen decirnos? «He aquí que después de Juan se ha bautizado». Efectivamente, antes de que esta cuestión se tratase bien en la Iglesia católica, muchos de ella, incluso importantes y buenos, erraron; pero, porque eran de los miembros de la paloma, no se desgajaron y se realizó en ellos lo que dijo el Apóstol: Si en algo pensáis de otra manera, esto también os lo revelará Dios. Por tanto, estos que se han separado, se han hecho rebeldes. ¿Qué suelen, pues, decir? «He aquí que después de Juan se ha bautizado; después de los herejes ¿no se bautiza?». Es que Pablo mandó que algunos que tenían el bautismo de Juan fuesen bautizados, pues no tenían el bautismo de Cristo. ¿Por qué, pues, exageras el mérito de Juan y como que abaratas la infelicidad de los herejes? También yo te concedo que los herejes son criminales; pero los herejes dieron el bautismo de Cristo, bautismo que no dio Juan.

17. Recurro a Juan y digo: Éste es quien bautiza. En efecto, Juan es mejor que un hereje, como Juan es mejor que un borracho, como Juan es mejor que un homicida. Si, porque los apóstoles bautizaron después de uno mejor, debemos bautizar después de uno peor, todos los que entre los donatistas han sido bautizados por un borracho —no digo por un homicida, no digo por el satélite de algún criminal, no digo por un raptor de cosas ajenas, no digo por un opresor de huérfanos, no por un separador de casados; no digo nada de esto; digo lo que es habitual, lo que es cotidiano digo, eso a que todos son llamados, y en esta ciudad, cuando se les dice: «¡Vamos a divertirnos, vamos a pasarlo bien, no tienes por qué ayunar en tal fiesta de enero!»; digo estas cosas leves, cotidianas—; cuando, pues, bautiza un borracho, ¿quién es mejor, Juan o el borracho? Responde, si puedes, que tu borracho es mejor que Juan. Nunca lo osarás. Tú, pues, porque eres sobrio, bautiza después de tu borracho, ya que, si después de Juan bautizaron los apóstoles, ¡cuánto más debe bautizar un sobrio a quien bautizó un borracho! ¿Quizá dices: «El borracho está en unidad conmigo»? Juan, pues, el amigo del Novio, ¿no estaba en unidad con el Novio?

Aunque bautice Judas, bautiza Cristo

18. Pero a ti mismo, cualquiera que seas, te digo: «¿Eres mejor tú o Juan?». No osarás decir: «Yo soy mejor que Juan». Bauticen, pues, después de ti los tuyos, si son mejores que tú. Efectivamente, si después de Juan se bautizó, sonrójate de que después de ti no se bautiza. Vas a decir: «Pero yo tengo y enseño el bautismo de Cristo». Reconoce, pues, alguna vez al Juez, y no seas heraldo soberbio. Das el bautismo de Cristo; por eso no se bautiza después de ti. Después de Juan se bautizó, precisamente porque daba no el bautismo de Cristo, sino el suyo, porque lo había recibido de forma que fuese suyo. Tú, pues, no eres mejor que Juan; pero el bautismo que se da por medio de ti es mejor que el de Juan, pues ése es de Cristo; éste, en cambio, de Juan. Y lo que daba Pablo y lo que daba Pedro es de Cristo; y si lo dio Judas, de Cristo era. Lo dio Judas, y no se bautizó después de Judas; lo dio Juan, y se bautizó después de Juan, porque, si el bautismo fue dado por Judas, era de Cristo; el que, en cambio, fue dado por Juan, de Juan era. Rectamente no anteponemos Judas a Juan, sino el bautismo de Cristo, incluso dado mediante las manos de Judas, al bautismo de Juan, incluso dado también mediante las manos de Juan. Efectivamente, del Señor, antes que padeciera, se dijo que bautizaba a más que Juan. A continuación se añade: Aunque no bautizaba él en persona, sino sus discípulos. Él y no él: él por potestad, ellos por ministerio; ellos aplicaban el servicio para bautizar, la potestad de bautizar permanecía en Cristo. Bautizaban, pues, los discípulos, y allí estaba todavía Judas entre sus discípulos. No fueron, pues, bautizados de nuevo esos a quienes bautizó Judas, ¿y a los que bautizó Juan han sido bautizados de nuevo? De nuevo, simple y llanamente; pero sin iterar el bautismo, ya que Juan bautizó a los que bautizó Juan; en cambio, Cristo bautizó a los que bautizó Judas. Del mismo modo, pues, a los que bautizó un borracho, a los que bautizó un homicida, a los que bautizó un adúltero, si era el bautismo de Cristo, Cristo los bautizó. No temo al adúltero ni al borracho ni al homicida, porque presto atención a la paloma, por medio de la que se me dice: Éste es quien bautiza.

Santidad inviolable del bautismo

19. Por lo demás, hermanos míos, es una locura decir que —no digo Judas, sino cualquier hombre— ha sido superior en méritos a aquel de quien se dijo: Entre los nacidos de mujeres nadie ha surgido mayor que Juan el Bautista. Se antepone, pues, a este bautismo, incluso del siervo amigo, no un siervo, sino el bautismo del Señor, incluso dado mediante un siervo malo. Oye qué clase de falsos hermanos recuerda el apóstol Pablo, los cuales por envidia predicaban la palabra de Dios, y qué dice de ellos: Y de esto me alegro; pero me alegraré también. De hecho, anunciaban a Cristo; por envidia, sí, mas a Cristo empero. Mira no por qué, sino a quién. ¿Por envidia se te predica a Cristo? Mira a Cristo, evita la envidia. No imites al predicador malo, sino imita al Bueno que se te predica. Algunos, pues, predicaban a Cristo por envidia. ¿Y qué es envidiar? Un mal horrendo. Este mal precipitó de lo alto al diablo, lo precipitó una peste muy maligna; y la tenían ciertos predicadores de Cristo, a quienes, no obstante, el Apóstol permite que prediquen. ¿Por qué? Porque predicaban a Cristo. Ahora bien, quien envidia, odia; y quien envidia, ¿qué se dice de él? Oye al apóstol Juan: El que odia a su hermano es homicida. He aquí que después de Juan se ha bautizado, después de un homicida no se ha bautizado, porque Juan dio un bautismo suyo, el homicida dio el bautismo de Cristo. Este sacramento es tan santo, que no queda mancillado ni aunque lo administre un homicida.

Agustín promete ampliar el tema

20. No rechazo a Juan, sino que, más bien, creo a Juan. ¿Qué creo a Juan? Lo que aprendió mediante la paloma. ¿Qué aprendió mediante la paloma? Éste es quien bautiza con Espíritu Santo. Hermanos, retened, pues, ya y grabad esto en vuestros corazones, ya que, si quisiera decir hoy con todas las letras por qué mediante la paloma, no habría tiempo. Efectivamente, hasta donde estimo, he expuesto a Vuestra Santidad que a Juan fue insinuada mediante la paloma la cosa por aprender, la cual Juan no conocía en Cristo, aunque ya conociese a Cristo; pero, si pudiera decirse brevemente, diría por qué fue preciso que esta misma cosa se mostrase mediante la paloma. Pero, porque ha de decirse durante largo rato y no quiero cansaros, como vuestras oraciones me han ayudado a cumplir lo que prometí, con la ayuda insistente de la atención piadosa y de los deseos buenos os quedará claro por qué Juan no debió aprender, sino mediante la paloma, lo que en el Señor aprendió: que él es quien bautiza con Espíritu Santo, y que a ningún siervo suyo legó en herencia la potestad de bautizar.

 

 

TRATADO 6

Comentario a Jn 1,32-33, predicado en Hipona, en enero de 407, ¿domingo 13?

Introducción. Cristo, motivo de la mutua caridad

1. Confieso a Vuestra Santidad haber temido que este frío os enfriase respecto a acudir. Pero, porque con esta concurrencia y afluencia demostráis que vosotros hervís en el espíritu, no dudo que también habéis orado por mí para que os pague la deuda. Efectivamente, porque la brevedad de tiempo impidió entonces que pudiera exponerlo con explicaciones, en nombre de Cristo prometí desarrollar hoy por qué Dios ha querido mostrar el Espíritu Santo mediante la forma de paloma. El día de hoy nos ha amanecido, para que esto sea explicado. Y percibo que en mayor número os habéis congregado con avidez de oír y piadosa devoción. De mi boca llene Dios vuestra expectación, pues para venir amáis. Pero amáis ¿qué? Si a mí, también esto está bien, porque quiero que me améis, pero no quiero que me améis en mí. Porque, pues, en Cristo os amo, en Cristo correspondedme al amor, y nuestro mutuo amor gima hacia Dios, pues de la paloma es este gemido mismo.

El gemido de la paloma y el gemido del cuervo

2. Si, pues, el gemido es de la paloma, como todos conocemos, y las palomas gimen por amor, oíd qué dice el Apóstol y no os extrañéis de que el Espíritu Santo quiso manifestarse en forma de paloma: No sabemos, dice, qué pidamos, como conviene; pero el Espíritu mismo interpela por nosotros con gemidos inenarrables. ¿Qué, pues, hermanos míos? ¿Vamos a decir que el Espíritu gime donde tiene perfecta y eterna felicidad con el Padre y el Hijo, pues el Espíritu Santo es Dios, como el Hijo de Dios es Dios y el Padre es Dios? Tres veces he dicho «Dios», pero no he dicho «tres dioses»; en efecto, Dios, más que tres dioses, es tres veces Dios porque el Padre y el Hijo y Espíritu Santo son —lo sabéis muy bien— un único Dios. El Espíritu Santo, pues, no gime en sí mismo cabe sí mismo en la Trinidad, en la dicha, en la eternidad de sustancia, sino que gime en nosotros porque nos hace gemir. Y no es cosa pequeña que el Espíritu Santo nos enseña a gemir, pues nos sugiere que estamos desterrados y nos enseña a suspirar por la patria. Y por este deseo gemimos.

A quien le va bien en este mundo, o mejor dicho, quien supone que le va bien, quien exulta por la alegría de cosas carnales, abundancia de bienes temporales y felicidad vana, tiene voz de cuervo, pues la voz del cuervo es chillona, no gemebunda. Quien, en cambio, sabe que él está en la presión de esta mortalidad, y que él vive en el extranjero lejos del Señor, que aún no posee la dicha perpetua que nos ha sido prometida, sino que la tiene en esperanza para tenerla en realidad, cuando venga deslumbrador en manifestación el Señor que primeramente vino oculto en condición baja; quien esto sabe, gime. Y mientras gime por esto, gime bien: el Espíritu le ha enseñado a gemir, de la paloma ha aprendido a gemir. Muchos, en efecto, gimen por la infelicidad terrena o destrozados por daños o abrumados por una enfermedad corporal o encerrados en cárceles o ligados por cadenas o zarandeados por las olas del mar, o gimen asediados por algunas insidias de enemigos, pero no gimen con el gemido de la paloma, no gimen por amor a Dios, no gimen con el espíritu. Por eso, cuando tales personas se ven libres de estas presiones, exultan con grandes gritos. Y aquí aparece que son cuervos, no palomas.

Con razón fue enviado desde el arca un cuervo y no regresó; fue enviada una paloma y regresó. Noé envió esas dos aves. Allí tenía un cuervo; tenía también una paloma. El arca aquella contenía uno y otro género. Y, si el arca figuraba a la Iglesia, veis, sí, que es necesario que en este diluvio del mundo la Iglesia contenga uno y otro género: cuervo y paloma. ¿Quiénes son cuervos? Quienes buscan lo suyo. ¿Quiénes palomas? Quienes buscan lo que es de Cristo.

La paloma y el fuego

3. Por eso, pues, cuando envió al Espíritu Santo, lo manifestó visiblemente de dos modos, mediante la paloma y mediante el fuego: mediante la paloma, sobre el Señor bautizado; mediante el fuego, sobre los discípulos congregados. En efecto, como hubiese ascendido el Señor al cielo tras la resurrección, pasados con sus discípulos cuarenta días, cumplido el día de Pentecostés, les envió el Espíritu Santo, como había prometido. El Espíritu, pues, al venir entonces, llenó ese lugar y, tras producirse primeramente, desde el cielo, un ruido como si se pusiera en movimiento un viento vehemente, como leemos en los Hechos de los Apóstoles, se les aparecieron distribuidas, dice, lenguas como de fuego, el cual también se asentó sobre cada uno de ellos, y comenzaron a hablar en lenguas, según el Espíritu les daba expresarse. En una parte hemos visto la paloma sobre el Señor; en otra, lenguas distribuidas sobre los discípulos congregados; allí se muestra la sencillez, aquí el hervor. Hay efectivamente quienes son calificados de sencillos, y son perezosos; los llaman sencillos, pero son indolentes. No era así Esteban, lleno de Espíritu Santo 4. Era sencillo porque a nadie dañaba; era hirviente porque denunciaba a los impíos. En efecto, no se calló ante los judíos. De él son estas inflamadas palabras:¡De dura cerviz y no circuncidados en el corazón y los oídos, vosotros siempre habéis puesto resistencia al Espíritu Santo! ¡Gran ímpetu! Pero la paloma se enfurece sin hiel.

En verdad, para que sepáis que se enfurecía sin hiel, oídas estas palabras, quienes eran cuervos corrieron de inmediato a las piedras contra la paloma; comenzaron a lapidar a Esteban, y quien, bramando e hirviendo en el espíritu poco antes, había arremetido, digamos, contra los enemigos y violento, digamos, había atacado con palabras ígneas y, como habéis oído —¡De dura cerviz y no circuncidados en el corazón y los oídos!—, tan inflamadas que quien oyera estas palabras supondría que Esteban, si le fuese lícito, quería consumirlos inmediatamente, mientras de las manos de ellos venían contra él las piedras, fija la rodilla, dijo: Señor, no les asignes este delitoSe había adherido a la unidad de la paloma, ya que, el primero, había hecho eso el Maestro sobre quien descendió la paloma, el cual, colgado en la cruz, dijo: Padre, perdónalos, porque desconocen qué hacen.

Gracias a la paloma, pues, se ha mostrado que los santificados por el Espíritu no han de tener dolo; en el fuego se ha mostrado que la sencillez no ha de quedarse fría. No preocupe que las lenguas se hayan distribuido; las lenguas, en efecto, difieren; por eso apareció, distribuidas las lenguas. Distribuidas, dice, lenguas como de fuego, el cual también se asentó sobre cada uno de ellos. Difieren entre sí las lenguas, pero diferencia de lenguas no son cismas. En las lenguas distribuidas no temas la dispersión; en la paloma conoce la unidad.

Palomas y cuervos

4. Así, así convenía, pues, que el Espíritu Santo se mostrase al venir sobre el Señor, para que cada uno, si tiene al Espíritu Santo, entienda que debe ser sencillo como una paloma: tener paz verdadera con los hermanos, significada por los besos de las palomas. En efecto, los cuervos también besan, pero su paz es falsa, y la de la paloma es verdadera. Por tanto, no a todo el que dice: «Paz con vosotros», hay que oírlo como a una paloma. ¿Cómo, pues, se distinguen de los besos de las palomas los besos de los cuervos? Besan los cuervos, pero desgarran; la naturaleza de las palomas es inocente de desgarro; donde, pues, hay desgarro, no hay en los besos paz verdadera; paz verdadera tienen los que no han desgarrado a la Iglesia. Ciertamente, los cuervos se alimentan de la muerte; la paloma no tiene esto: de los frutos de la tierra vive, inofensivo es su alimento, y esto, hermanos, es verdaderamente de admirar en la paloma. Hay pájaros pequeñísimos, al menos matan moscas; la paloma, nada de esto, pues no se alimenta de la muerte. Quienes han desgarrado a la Iglesia se alimentan de muertos. Poderoso es Dios; roguemos para que revivan quienes, sin darse cuenta, son devorados por ellos. Muchos caen en la cuenta, porque reviven; de verdad, a su llegada nos felicitamos a diario en el nombre de Cristo. Vosotros sed sencillos, sólo de forma que seáis hirvientes, y vuestro hervor esté en las lenguas. No os calléis; al hablar con lenguas ardientes, encended a los fríos.

Los donatistas cierran los ojos

5. En efecto, ¿qué, hermanos míos? ¿Quién no ve lo que ellos no ven? No es de extrañar, porque quienes no quieren regresar de ahí son como el cuervo al que se dejó salir del arca. En efecto, ¿quién no ve lo que no ven ellos? Y son ingratos al Espíritu Santo en persona. He aquí que la paloma desciende sobre el Señor, y sobre el Señor bautizado. Y apareció allí esa santa y verdadera Trinidad que es para nosotros el único Dios. En efecto, ascendió del agua el Señor, como leemos en el evangelio, y he aquí que se le abrieron los cielos y vio al Espíritu descender como paloma y se quedó sobre él, y al momento siguió una voz: Tú eres mi hijo querido en quien me he complacido. Aparece manifiestísima la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la paloma. Veamos lo que vemos, a dónde fueron enviados en esta Trinidad los apóstoles, y que es extraño que ellos no vean, pues no es que realmente no lo ven, sino que cierran los ojos a lo que les hiere el rostro; a dónde fueron enviados los discípulos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo por el mismo de quien se dijo: Éste es quien bautiza. En efecto, lo dijo a los ministros quien se reservó esta potestad.

Una sola paloma, un solo bautismo

6. Por cierto, esto vio Juan en él y conoció lo que no conocía, no porque no conocía que él era el Hijo de Dios, o cuando no conocía que era el Señor o no conocía que era el Mesías o tampoco conocía verdaderamente que ese mismo iba a bautizar con agua y Espíritu Santo; en verdad, conocía también esto; más bien, lo que mediante la paloma aprendió es esto: que ése iba a bautizar reservándose esa potestad y no traspasándola a nadie de los ministros. De hecho, mediante esta potestad que Cristo se reservó para sí solo y que, si bien se dignó bautizar mediante sus ministros, no trasvasó a ningún ministro, mediante ésta se mantiene en pie la unidad de la Iglesia, simbolizada en la paloma de la que se dice: Única es mi paloma, única es para su madre. En efecto, hermanos míos, si, como ya he dicho, el Señor transfiriese al ministro la potestad, habría tantos bautismos cuantos fuesen los ministros, y ya no se mantendría en pie la unidad del bautismo.

Siempre es Cristo quien bautiza

7. Atended, hermanos. Porque tras el bautismo descendió la paloma gracias a la que Juan conoció algo especial, pues se le dijo: «Sobre quien veas al Espíritu descender como paloma y permanecer sobre él, ése es quien bautiza con Espíritu Santo»; antes que nuestro Señor Jesucristo viniera al bautismo conocía que ése mismo bautiza con Espíritu Santo; pero allí aprendió esto: que bautiza con peculiaridad tal, que la potestad, aun dándola él, no pasaría de él a otro. Y que Juan conocía ya esto también —que el Señor iba a bautizar con Espíritu Santo—, ¿cómo lo probamos de forma que se entienda que gracias a la paloma había aprendido esto: que el Señor iba a bautizar con Espíritu Santo, sin que esa potestad pasase a ningún otro hombre? ¿Cómo lo probamos?

La paloma descendió, bautizado ya el Señor. Ahora bien, por las palabras en que dice: «¿Tú vienes a mí a ser bautizado? Yo debo ser bautizado por ti», he dicho que lo conocía antes de venir el Señor a ser bautizado por Juan en el Jordán. Pero he aquí que conocía que era el Señor, conocía que era el Hijo de Dios. ¿Cómo probamos que ya conocía que él bautizaría con Espíritu Santo? Antes de venir al río, cuando muchos acudían a Juan a ser bautizados, les dijo: Yo os bautizo con agua, sí; quien, en cambio, viene tras de mí, es mayor que yo, la correa de cuyo calzado no soy digno de desatar; él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Ya sabía esto también. ¿Qué aprendió, pues, mediante la paloma —no vaya luego a quedar él como mentiroso, cosa que no permita Dios que opinemos—, sino que en Cristo habría cierta propiedad tal, que, aunque muchos ministros, justos o injustos, iban a bautizar, la santidad del bautismo no se atribuiría sino a aquel sobre quien descendió la paloma, del cual está dicho: Éste es quien bautiza con Espíritu Santo? Bautice Pedro, éste es quien bautiza; bautice Pablo, éste es quien bautiza; bautice Judas, éste es quien bautiza.

La santidad del ministro no cambia la gracia del sacramento

8. De hecho, si el bautismo es santo según la diversidad de méritos, habrá bautismos diversos porque los méritos son diversos, y se supone que cada uno recibe algo tanto mejor cuanto parece haberlo recibido de alguien mejor. Los santos mismos, entended, hermanos, los buenos, que pertenecen a la paloma, que pertenecen al lote de aquella ciudad de Jerusalén, los mismos buenos de la Iglesia, de quienes dice el Apóstol: «Conoce el Señor a quienes son suyos», son de gracias diversas, no todos tienen méritos análogos: unos son más santos que otros, unos son mejores que otros. ¿Por qué, pues, si, verbigracia, bautiza a uno un ministro justo, santo, a otro alguien de mérito inferior ante Dios, de grado inferior, de continencia inferior, de vida inferior, lo que han recibido es empero uno, par e igual, sino porque Éste es quien bautiza? Como, pues, cuando bautizan el bueno y mejor, no por eso recibe éste algo bueno y aquél algo mejor, sino que, aunque los ministros sean bueno y mejor, lo que han recibido es uno e igual, no es mejor en aquél e inferior en éste, así también, cuando el malo bautiza por alguna ignorancia o tolerancia de la Iglesia —los malos son, en efecto, ignorados o tolerados; la paja se tolera hasta que al final sea aventada la era—, lo que se ha dado es uno; no desigual en atención a ministros desiguales, sino par e igual en atención a «Éste es quien bautiza».

La unidad de Dios

9. Veamos, pues, queridísimos, lo que ellos no quieren ver, no porque no ven, sino porque les duele verlo; está como cerrado frente a ellos. ¿A dónde fueron enviados los discípulos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, para bautizar como ministros? ¿A dónde fueron enviados? Id, dijo, bautizad a las gentes. Habéis oído, hermanos, cómo vino esa herencia: Pídeme y te daré en herencia tuya las naciones, y en posesión tuya los confines de la tierra. Habéis oído cómo de Sión salió la Ley, y de Jerusalén la palabra del Señor, pues allí oyeron los discípulos: Id, bautizad a las gentes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Se nos ha hecho atender cuando hemos oído: Id, bautizad a las gentes. ¿En el nombre de quién? En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Ése es el único Dios, porque han de bautizar no en los nombres del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, sino en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Donde oyes un único nombre, hay un único Dios, como de la descendencia de Abrahán está dicho y expone el apóstol Pablo: En tu descendencia serán bendecidas todas las gentes; no ha dicho «en descendencias» como en muchas, sino como en una única, «y en tu descendencia», que es Cristo. Como, pues, el Apóstol ha querido enseñarte que Cristo es único porque allí no dice «en descendencias», así también aquí, cuando está dicho «en el nombre», no «en los nombres», como allí «en descendencia», no «en descendencias», se prueba que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son un único Dios.

La unidad de las naciones

10. «Pero», dicen los discípulos al Señor, «he aquí que hemos oído en qué nombre hemos de bautizar; nos has hecho ministros y nos has dicho: «Id, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; ¿a dónde iremos?» «¿A dónde? ¿No habéis oído? A mi herencia. Preguntáis: “¿a dónde iremos?”. A lo que he comprado con mi sangre». «¿A dónde, pues?» «A las naciones», responde. Supuse que dijo: «Id, bautizad a los africanos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» ¡Gracias a Dios! El Señor ha resuelto la cuestión, la paloma la ha enseñado. ¡Gracias a Dios! A las naciones han sido enviados los apóstoles; si a las gentes, a todas las lenguas. Esto significó el Espíritu Santo repartido en lenguas, unido en la paloma. Por una parte, las lenguas se reparten; por otra, la paloma une. Las lenguas de las naciones han concordado, ¿y sola la lengua de África discuerda? ¿Hay algo más evidente, hermanos míos? En la paloma, unidad; en las lenguas de las naciones, sociedad.
 

Efectivamente, alguna vez las lenguas discordaron por soberbia y entonces las lenguas se hicieron de una única muchas. En efecto, tras el diluvio, ciertos hombres soberbios, como si intentase fortificarse contra Dios, como si para Dios hubiese algo elevado, o algo seguro para la soberbia, erigieron una torre, como para que no los destruyera un diluvio, si se producía después. Efectivamente, habían oído y recontado que el diluvio había destruido toda iniquidad. De la iniquidad no querían abstenerse; contra el diluvio necesitaban la altura de la torre; edificaron una torre elevada. Vio Dios su soberbia e hizo que penetrase en ellos este error, el de no entenderse hablando; y por la soberbia se hicieron diversas las lenguas.

Si la soberbia hizo las diferencias de lenguas, la humildad de Cristo ha congregado las diferencias de lenguas. La Iglesia reúne ya lo que aquella torre había disociado. De una única lengua surgieron muchas; no te extrañes, la soberbia lo hizo. De muchas lenguas surge una única; no te extrañes, la caridad lo ha hecho porque, aunque los sonidos de las lenguas son diversos, en el corazón se invoca al único Dios, se custodia la única paz. ¿Cómo, pues, carísimos, debió el Espíritu Santo mostrarse para significar cierta unidad, sino mediante la paloma, para que se dijese a la Iglesia sosegada: Mi paloma es una sola? ¿Cómo debió mostrarse la humildad, sino mediante un ave sencilla y gimiente, no mediante un ave soberbia y presuntuosa como el cuervo?

¿Fuera de la paloma no hay bautismo?

11. Quizá dirán: «Porque, pues, existe la paloma y una única paloma, fuera de la única paloma no puede haber bautismo; si, pues, contigo está la paloma o tú eres la paloma, cuando vengo a ti dame tú lo que no tengo». Sabéis que dicen esto; en seguida os quedará claro que no viene de la voz de paloma, sino del grito del cuervo. De hecho, atienda un poco Vuestra Caridad y temed las insidias, mejor dicho, poneos en guardia y recibid las palabras de los contradictores para rechazarlas, no para tragarlas y darlas a los intestinos. Haced con ellas lo que hizo el Señor cuando le ofrecieron la bebida amarga: la gustó y rechazó. Así también vosotros: oídlas y tiradlas. En efecto, ¿qué dicen? Veamos. Dice: «He aquí que tú, oh Católica, eres la paloma; se te ha dicho: “Única es mi paloma, única es para su madre”; ciertamente se te ha dicho». Aguarda, no me interrogues; demuestra primero que se me ha dicho a mí; quiero oír pronto si a mí se ha dicho. Afirma: «A ti se ha dicho». Respondo en nombre de la Católica: «A mí». Ahora bien, hermanos, esto que ha sonado sólo en mi boca, procede también, como supongo, de vuestros corazones y todos hemos dicho igualmente: «A la Iglesia católica se ha dicho: “Única es mi paloma, única es para su madre”». Replica: «Fuera de esa paloma no hay bautismo; yo fui bautizado fuera de esa paloma; luego no tengo el bautismo; si no tengo el bautismo, ¿por qué no me lo das cuando vengo a ti?».

Cuidado con los sofismas donatistas

12. También yo interrogo; de momento prescindamos de a quién se ha dicho: Única es mi paloma, única es para su madre. Todavía preguntamos: o se ha dicho a mí, o se ha dicho a ti; prescindamos de a quién se ha dicho. Esto, pues, pregunto; si la paloma es sencilla, inocente, sin hiel, sosegada en los besos, no cruel en las garras, pregunto si a los miembros de esta paloma pertenecen los avaros, rapaces, truhanes, borrachos, escandalosos; ¿son miembros de esta paloma? «Ni hablar», responde. Y, en verdad, hermanos, ¿quién diría esto? Por no decir otra cosa: si nombro a solos los rapaces, pueden ser miembros del gavilán, no miembros de la paloma. Los milanos son rapaces, los gavilanes son rapaces, los cuervos son rapaces; las palomas no son rapaces, no despedazan; luego los rapaces no son miembros de la paloma. ¿No ha habido entre vosotros siquiera un ladrón? ¿Por qué permanece el bautismo que dio el gavilán, no la paloma? ¿Por qué entre vosotros mismos no bautizáis después de los rapaces, adúlteros, borrachos, avaros de entre vosotros mismos? ¿Acaso todos ésos son miembros de la paloma? Deshonráis a vuestra paloma hasta el punto de ponerle miembros de buitre.
 

¿Qué, pues, hermanos, qué digo? En la Iglesia católica hay malos y buenos; allí, en cambio, hay malos solos. Pero quizá digo esto con ánimo hostil; también lo veremos después. Al menos dicen que también allí hay buenos y malos; por cierto, si dicen que ellos no tienen más que buenos, créanles los suyos y firmo. Digan: «Entre nosotros no hay sino santos, justo, castos, sobrios; no adúlteros, no usureros, no defraudadores, no perjuros, no beodos». Díganlo, pues no atiendo a sus lenguas, sino que hablo de sus corazones. Ahora bien, porque son conocidos para mí, para vosotros y para los suyos, como en la Católica vosotros sois conocidos para vosotros y para ellos, no los reprendamos ni ellos se lisonjeen. Nosotros confesamos que en la Iglesia hay buenos y malos, pero como los granos y la paja. A veces es paja quien es bautizado por el grano, y es grano quien es bautizado por la paja; de no ser así, si vale quien es bautizado por el grano, pero no vale quien es bautizado por la paja, es falso «Éste es quien bautiza». Si, en cambio, es verdad «Éste es quien bautiza», vale lo que aquél da, y bautiza como la paloma. En efecto, aquel malo no es la paloma ni pertenece a los miembros de la paloma; de éste no puede decirse que está en la Católica ni entre aquéllos, si ellos dicen que su Iglesia es la paloma. ¿Qué entendemos, pues, hermanos? Que es manifiesto y sabido para todos —y de ello se les convence aunque no quieran— que ni allí, cuando los malos dan el bautismo, se bautiza después de ellos, ni aquí, cuando lo dan los malos, se bautiza después de ellos. La paloma no bautiza después del cuervo; ¿por qué quiere el cuervo bautizar después de la paloma?

Fuera de la Católica no aprovecha el bautismo

13. Atienda Vuestra Caridad. Como quiera que, bautizado el Señor, vino una paloma, esto es, el Espíritu Santo en forma de paloma, y permaneció sobre él, ¿por qué, aunque gracias a la venida de la paloma conocía Juan esto, que en el Señor hay cierta potestad propia para bautizar, mediante la paloma se indicó también no sé qué? Porque, como he dicho, mediante esta potestad propia queda consolidada la paz de la Iglesia. Puede también suceder que fuera de la paloma tenga alguien el bautismo; no puede suceder que fuera de la paloma le aproveche el bautismo. Atienda Vuestra Caridad y entienda lo que digo, porque con este sofisma seducen con frecuencia a hermanos nuestros que son perezosos y fríos. Seamos muy sencillos e hirvientes. Preguntan: «Bueno, ¿he recibido yo el bautismo o no lo he recibido?». Respondo: «Lo has recibido». «Si, pues, lo he recibido, no tienes nada que darme; estoy seguro incluso por tu testimonio, pues yo digo que lo he recibido y tú confiesas que yo lo he recibido; la lengua de ambos me da seguridad. ¿Qué me prometes, pues? ¿Por qué quieres hacerme católico, si no vas a darme nada más y confiesas que ya he recibido lo que dices que tú tienes? Yo, en cambio, cuando digo: «Ven a mí», digo que tú, que confiesas que lo tengo, no lo tienes. ¿Por qué dices: «Ven a mí»».

Sin la caridad, de nada sirve el bautismo

14. La paloma nos enseña, pues desde la cabeza del Señor responde y dice: «Tienes el bautismo; pero no tienes la caridad con que gimo». Replica: «¿Qué significa esto: tengo el bautismo, no tengo la caridad; tengo los sacramentos y la caridad no?». No grites. Muéstrame cómo tiene la caridad quien divide la unidad. «Yo tengo el bautismo», afirma. «Lo tienes; pero sin la caridad no te aprovecha el bautismo ese, porque sin caridad tú no eres nada. El bautismo ese, aun en quien nada es, es verdaderamente algo; el bautismo ese es, sí, algo y algo grande por ese de quien está dicho: Éste es quien bautiza. Pero, para que no supongas que eso que es grande te aprovecha algo, si no estuvieses en la unidad, sobre el Bautizado descendió la paloma, como diciendo: «Si tienes el bautismo, permanece en la paloma; fuera no te aprovecha lo que tienes». «Ven, pues, a la paloma», decimos, no para que comiences a tener lo que no tenías, sino para que comience a aprovecharte lo que tenías. En efecto, fuera tenías el bautismo para perjuicio; si lo tienes dentro, comienza a aprovecharte para salvación.

Fuera de la unidad, los sacramentos son perjudiciales

15. «En efecto, el bautismo no sólo no te aprovechaba; incluso te perjudicaba». Hasta las cosas santas pueden perjudicar, pues para salvación están en los buenos las cosas santas, para condena en los malos. En efecto, hermanos, sabemos ciertamente qué recibimos; y lo que recibimos es santo, sí, y nadie dice que eso no es santo. ¿Y qué afirma el Apóstol? Ahora bien, quien come y bebe indignamente, se come y bebe la condena. No afirma que esa cosa es mala, sino que el malo, por recibirla mal, para condena recibe el bien que recibe. Efectivamente, ¿acaso era malo el bocado que el Señor entregó a Judas? En absoluto. El médico nunca daría veneno. La salud dio el médico; pero por recibirla indignamente, para perjuicio la recibió quien la recibió no en paz. Pues así también quien es bautizado. «Lo tengo en mi favor», dice. Reconozco que lo tienes; observa lo que tienes: eso mismo que tienes te condenará. ¿Por qué? Porque fuera de la paloma tienes una cosa de la paloma. Si en la paloma tienes la cosa de la paloma, seguro la tienes. Supón que eres militar: si tienes dentro la marca de tu emperador, seguro militas; si la tienes fuera, esa marca no sólo no te aprovecha para la milicia, sino que incluso serás castigado como desertor. Ven, pues; ven y no digas: «Ya lo tengo, ya me basta». Ven; la paloma te llama; gimiendo te llama.

Invitación a la unidad

Hermanos míos, os digo: llamadlos gimiendo, no riñendo; llamadlos orando, llamadlos invitando, llamadlos ayunando; por la caridad comprendan que os doléis por ellos. No dudo, hermanos míos, que si ven vuestro dolor, se avergonzarán y revivirán. Ven, pues, ven. No temas; teme si no vienes; o mejor dicho, no temas, sino llora. Ven, te alegrarás si vinieres. Gimes, sí, entre las tribulaciones de la peregrinación, pero te alegrarás con la esperanza . Ven adonde está la paloma a la que está dicho: Única es mi paloma, única es para su madre. Sobre la cabeza de Cristo ves una única paloma; ¿no ves las lenguas en todo el orbe de las tierras? Idéntico Espíritu mediante la paloma, idéntico también mediante las lenguas; si mediante la paloma idéntico Espíritu y mediante las lenguas idéntico Espíritu, el Espíritu Santo ha sido dado al orbe de las tierras del que te has separado; así, gritas con el cuervo; así, no gimes con la paloma. Ven, pues.

16. Pero quizás estás preocupado y dices: «Bautizado fuera, temo ser reo precisamente de haberlo recibido fuera». Ya has comenzado a conocer por qué cosa hay que gemir; dices la verdad, que eres reo no por haberlo recibido, sino por haberlo recibido fuera. Mantén, pues, lo que has recibido; enmienda haberlo recibido fuera. Fuera de la paloma has recibido una cosa de la paloma. Dos cosas son las que oyes: «has recibido» y «fuera de la paloma has recibido». Apruebo que hayas recibido; repruebo que hayas recibido fuera. Mantén, pues, lo que has recibido; no se cambia, sino que se reconoce. Es la marca de mi Rey, no seré sacrílego. Corrijo al desertor, no cambio la marca.

Condiciones para que el bautismo produzca sus efectos

17. No te gloríes del bautismo porque digo: «Es ése mismo». He aquí que digo: «Es ése mismo», la entera Católica dice: «Es ése mismo». La paloma advierte y reconoce que lo tienes fuera, y gime. Ve allí lo que puede reconocer; ve también lo que ha de corregir. Es ése mismo, ven. ¿Te glorías de que es ése mismo, y no quieres venir? Los malos, pues, que no pertenecen a la paloma, ¿qué? Te dice la paloma: «Los malos entre los que gimo, que no pertenecen a mis miembros y es necesario que gima entre ellos, ¿acaso no tienen también lo que tú te glorías de tener? ¿Acaso muchos borrachos no tienen el bautismo?, ¿acaso no muchos avaros?, ¿acaso no muchos idólatras y, lo que es peor, furtivamente? ¿Acaso los paganos no van o iban públicamente a los ídolos? Ahora, los cristianos buscan ocultamente adivinos, consultan a astrólogos. También éstos tienen el bautismo, pero la paloma gime entre los cuervos. ¿Por qué, pues, te alegras de tenerlo? Tienes lo que tiene también el malo. Ten humildad, caridad, paz. Ten el bien que aún no tienes, para que te aproveche el bien que tienes.

El caso de Simón el mago

18. Por cierto, el mago Simón tuvo también lo que tienes; testigos son los Hechos de los Apóstoles, ese libro canónico al que cada año ha de darse lectura pública en la Iglesia. Sabéis que en la solemnidad aniversaria, tras la pasión del Señor, se da lectura pública a ese libro donde está escrito cómo se convirtió el Apóstol y de perseguidor fue hecho predicador; donde también, el día de Pentecostés, el Espíritu Santo fue enviado en lenguas repartidas como de fuego. Allí leemos que en Samaría muchos creyeron mediante la predicación de Felipe, sea éste uno de los apóstoles o de los diáconos, porque allí leemos que fueron ordenados siete diáconos, entre los cuales está también el nombre de Felipe. Mediante la predicación de Felipe, pues, creyeron los samaritanos. Samaría comenzó a abundar en fieles. Allí estaba ese mago, Simón. Mediante sus habilidades mágicas había vuelto loco al pueblo, hasta suponerlo una fuerza de Dios. Impresionado empero por los signos que hacía Felipe, también él creyó; pero los acontecimientos que siguieron, demostraron cómo creyó. Pues bien, Simón fue también bautizado. Oyeron esto los apóstoles, que estaban en Jerusalén; les enviaron a Pedro y a Juan; encontraron a muchos bautizados y, porque ninguno de ellos había recibido aún el Espíritu Santo como entonces descendía —de forma que, para mostrar la significación de las naciones que iban a creer, hablasen en lenguas esos a quienes descendía el Espíritu Santo—, les impusieron las manos mientras oraban por ellos, y recibieronel Espíritu Santo.

El tal Simón, que en la Iglesia era no paloma, sino cuervo, porque buscaba lo que es suyo, no lo de Jesucristo, razón por la que en los cristianos había amado más el poder que la justicia, vio que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo —no que ellos lo daban, sino que al orar ellos fue dado—, y preguntó a los apóstoles: ¿Qué dinero queréis recibir de mí, para que también por la imposición de mis manos se dé el Espíritu Santo? Y Pedro le contesta: Tu dinero esté contigo para perdición, porque supusiste que el don de Dios ha de comprarse con dinero. ¿A quién dice: Tu dinero esté contigo para perdición? A un bautizado, sí. Ya tenía el bautismo, pero no se adhería a las entrañas de la paloma. Oye que no se adhería; advierte las palabras mismas del apóstol Pedro, pues sigue: No tienes parte ni lote en esta fe, pues veo que tú estás en hiel de amargura. La paloma no tiene hiel; Simón la tenía; por eso estaba separado de las entrañas de la paloma. El bautismo ¿de qué le aprovechaba? No te gloríes, pues, del bautismo, como si te bastase la salvación procedente de él. No te aíres, tira la hiel, ven a la paloma. Aquí te aprovechará lo que fuera no sólo no aprovechaba, sino que incluso perjudicaba.

Traer de nuevo al arca a los que están fuera

19. Y no digas: «No vengo porque he sido bautizado fuera». ¡Mira, comienza a tener caridad, comienza a tener fruto, que se halle fruto en ti; la paloma te hará ir adentro! En la Escritura lo encontramos: el arca había sido fabricada con leños incorruptibles. Leños incorruptibles son los santos, los fieles que pertenecen a Cristo. En efecto, como, respecto al templo, a los hombres fieles se los llama piedras vivas con que se edifica el templo, así a los hombres que perseveran en la fe se los llama leños incorruptibles. En esa arca, pues, los leños eran incorruptibles, ya que el arca es la Iglesia; ahí bautiza la paloma, pues el arca era llevada en medio del agua; los leños incorruptibles han sido bautizados dentro. Encontramos algunos leños bautizados fuera, todos los árboles que había en el mundo. Ahora bien, el agua era la misma, no era otra; toda había venido del cielo y de las profundidades de las fuentes. El agua en que han sido bautizados los leños incorruptibles que estaban en el arca, era esa en que han sido bautizados los leños de fuera. Fue enviada una paloma y primeramente no encontró reposo para sus pies; regresó al arca, pues todo estaba lleno de agua, y prefirió regresar antes que ser rebautizada. Por otra parte, fue soltado el cuervo antes de que el agua se secara; rebautizado, no quiso regresar; murió en esas aguas. Líbrenos Dios de la muerte de ese cuervo. Verdaderamente, ¿por qué no regresó sino porque las aguas lo eliminaron? La paloma, en cambio, al no encontrar reposo para sus pies, regresó al arca, aunque el agua le gritaba por todas partes: «Ven, ven, sumérgete aquí», como gritan esos herejes: «Ven, ven, aquí tienes el bautismo». Y Noé la envió de nuevo, como el arca os envía a que les habléis. ¿Y qué hizo después la paloma? Porque los leños de fuera estaban bautizados, trajo al arca un ramo de olivo. El ramo tenía hojas y fruto: no haya en ti palabras solas, no haya en ti hojas solas; haya fruto, y regresas al arca, no por ti mismo; la paloma te hace volver. Gemid fuera para que los hagáis volver dentro.

Donato, sin la caridad, no es nada

20. El hecho es que, si se examina el fruto este del olivo, encontrarás qué significaba. El fruto del olivo significa la caridad. ¿Cómo lo pruebo? Porque, como el aceite no es hundido por ningún líquido, sino que, reventados todos, emerge y descuella, así tampoco la caridad puede ser hundida en el fondo; necesariamente se alce hacia lo alto. Por eso, el Apóstol dice de ella: Todavía os muestro un camino muy descollante. Del aceite he dicho que descuella; por si queda alguna duda de que el Apóstol haya dicho de la caridad: «Os muestro un camino muy descollante», oigamos qué sigue: Si hablo en las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo caridad, he venido a ser como sonante objeto de bronce, o címbalo tintineante.

Donato, vete ahora y grita: «Soy elocuente»; vete ahora y grita: «Soy docto». Elocuente, ¿cuánto? Docto, ¿cuánto? ¿Has hablado acaso en las lenguas de los ángeles? Y, sin embargo, si sin tener caridad hablases en las lenguas de los ángeles, oiría yo metales sonantes y címbalos retiñentes. Busco alguna solidez, quiero hallar fruto entre el follaje. No estén solas las palabras: tengan oliva, regresen al arca.

21. «Pero tengo el sacramento», replicarás. Dices la verdad: el sacramento es divino; tienes el bautismo; también yo reconozco esto. Pero, para que no dijeses también esto: «He creído, me basta», ¿qué dice el mismo Apóstol? Si conociera todos los sacramentos y tuviese profecía y toda la fe, hasta el punto de trasladar montes. Pero ¿qué dice Santiago? También los demonios creen y se estremecen. Grande es la fe, pero nada aprovecha si no tiene caridad. También los demonios confesaban a Cristo. Creyendo, pues, pero no amando, decían: ¿Qué tenemos que ver nosotros y tú? Tenían fe, no tenían caridad; por eso eran demonios. No te gloríes de la fe: aún estás a la altura de los demonios. No digas a Cristo: «¿Qué tenemos que ver tú y yo?», pues la unidad de Cristo: te habla: «Ven, conoce la paz, regresa a las entrañas de la paloma. Has sido bautizado fuera; ten fruto y regresas al arca».

22. Y tú dices: «¿Por qué nos buscáis, si somos malos?». Para que seáis buenos. Os buscamos precisamente porque sois malos, ya que, si no fueseis malos, os habríamos encontrado, no os buscaríamos. Por eso os buscamos; regresad al arca. «Pero ya tengo el bautismo». Si conociera todos los sacramentos y tuviese profecía y toda la fe, hasta el punto de trasladar montes, pero no tengo caridad, nada soy. Vea yo ahí el fruto, vea ahí la oliva, y te hacen volver al arca.

Los falsos mártires de Donato

23. Pero ¿qué replicas? «He aquí que nosotros padecemos muchos males». ¡Ojalá los padecierais por Cristo, no por vuestros honores! Oíd lo que sigue. En efecto, a veces se jactan de que hacen muchas limosnas, dan a los pobres; de que padecen molestias; pero por Donato, no por Cristo. Ve cómo padeces, porque, si por Donato padeces, por un soberbio padeces; no estás en la paloma si por Donato padeces. Él no era amigo del Novio, porque, si fuese amigo del Novio, buscaría la gloria del Novio, no la suya. Ve al amigo del Novio decir: Éste es quien bautiza. Ese por quien padeces no era amigo del Novio. No tienes el traje nupcial y, si has venido al convite, tienes que ser echado fuera. Mejor dicho, eres desdichado precisamente por haber sido echado fuera. Regresa por fin y no te gloríes. Oye qué dice el Apóstol: Si distribuyera a los pobres todo lo mío y entregase mi cuerpo a arder, pero no tengo caridad. He aquí lo que no tienes. Si entregase, dice, mi cuerpo para arder incluso por el nombre de Cristo, sí; pero, porque hay muchos que lo hacen por jactancia, no por caridad, por eso: Si entregase mi cuerpo a arder, pero no tengo caridad, de nada me aprovecha. Por caridad lo hicieron los mártires que padecieron en tiempo de persecución; por caridad lo hicieron. Ésos, en cambio, lo hacen por orgullo y por soberbia porque, cuando no hay perseguidor, ellos mismos se despeñan. Ven, pues, para que tengas caridad. «Pero nosotros tenemos mártires». ¿Qué mártires? No son palomas; por eso intentaron volar y se han caído de la roca.

24. Veis, pues, hermanos míos, que todo clama contra ellos: todas las Divinas Páginas, toda profecía, el Evangelio entero, todas las cartas apostólicas, todos los gemidos de la paloma; y todavía no se despiertan, todavía no se despabilan. Pero si somos la paloma, gimamos, toleremos, esperemos. La misericordia de Dios asistirá, para que el fuego del Espíritu Santo hierva en vuestra sencillez, y vendrán. No hay que perder la esperanza; orad, predicad, amad. Absolutamente poderoso es el Señor. Ya han empezado a conocer su desvergüenza; muchos la han conocido, muchos se han ruborizado. Cristo asistirá para que la conozcan también los demás. Sí, hermanos, hay que recoger todo el grano, y en su era quedará solamente la paja. Lo que allí ha fructificado regrese al arca mediante la paloma.

Quejas de los donatistas y respuesta de Agustín

25. Ahora que por todas partes están en retirada, ¿de qué nos acusan, al no hallar qué decir? «Han robado nuestras fincas rústicas, han robado nuestras propiedades». Presentan los testamentos de los hombres. «Aquí hay uno en el que Gayuseyo donó una propiedad a la Iglesia que presidía Faustino». ¿De qué Iglesia era obispo Faustino? ¿Qué es la Iglesia? «A la Iglesia, dijo, que presidía Faustino». Pero Faustino no presidía la Iglesia, sino que presidía un partido. En cambio, la Iglesia es la paloma. ¿Por qué gritas? No hemos devorado las fincas rústicas; téngalas la paloma; aclaremos qué significa la paloma y que ella las tenga. En verdad sabéis, hermanos míos, que estas fincas rústicas no son de Agustín. Y si no lo sabéis y suponéis que gozo con la posesión de fincas, Dios conoce, él sabe mis sentimientos acerca de esas fincas y lo que por ellas he tenido que aguantar; él conoce mis gemidos, si se dignó hacerme partícipe en algo de la paloma. Aquí están las fincas, ¿con qué derecho defiendes las fincas, con el divino o con el humano? ¡Respondan!

En las Escrituras tenemos el derecho divino; el humano en las leyes de los reyes. ¿En virtud de qué posee cada uno lo que posee? ¿Acaso no por derecho humano? En realidad, por derecho divino: Del Señor es la tierra y su plenitud. De un único barro ha hecho Dios a pobres y ricos, y una única tierra soporta a pobres y ricos. Sin embargo, por derecho humano dice uno: «Esta finca es mía, esta casa es mía, este esclavo es mío». Por derecho humano, pues, por derecho de los emperadores. ¿Por qué? Porque mediante los emperadores y reyes distribuye Dios al género humano esos derechos humanos. ¿Queréis que leamos las leyes de los emperadores y según ellas tratemos de las fincas? Si queréis poseerlas por derecho humano, demos lectura pública a las leyes de los emperadores; veamos si quisieron que los herejes posean algo. «Pero ¿qué me importa el emperador?». Según su derecho posees tierra. O suprime los derechos de los emperadores, y ¿quién osa decir: «Mía es esa finca o mío es ese esclavo o esta casa es mía»? Si, en cambio, para que los hombres mantengan estas cosas, han recibido los derechos de los reyes, ¿queréis que demos lectura pública a las leyes, para que gocéis de tener siquiera un huerto, y no imputéis sino a la mansedumbre de la paloma el que, al menos, se os permite permanecer allí? En efecto, se leen leyes manifiestas, en que los emperadores han preceptuado que en nombre de la Iglesia nada osen poseer esos que fuera de la comunión de la Iglesia católica usurpan para sí el nombre cristiano y no quieren dar culto en paz al autor de la paz.

26. «Pero ¿qué tenemos que ver nosotros y el emperador?». Pero ya he dicho que se trata del derecho humano. Y, sin embargo, un apóstol quiso que se sirva a los reyes, quiso que se honre a los reyes, y dijo: Reverenciad al rey. No digas: «¿Qué tenemos que ver el rey y yo?». ¿Qué tenéis, pues, que ver tú y la propiedad? Mediante los derechos de los reyes se poseen las posesiones. Has dicho: «¿Qué tenemos que ver el rey y yo?». No llames tuyas a las propiedades, porque has renunciado a esos derechos humanos gracias a los que se poseen las posesiones. Pero replica: «Yo trato del derecho divino». Leamos, pues, públicamente el evangelio; veamos hasta qué punto la Iglesia católica es de Cristo, sobre quien vino la paloma que enseñó: Éste es quien bautiza. ¿Cómo, pues, poseerá por derecho divino quien dice: «Yo bautizo», siendo así que la paloma dice «Éste es quien bautiza», siendo así que la Escritura dice: Única es mi paloma, única es para su madre? ¿Por qué habéis desgarrado la paloma? Mejor dicho, habéis desgarrado vuestras entrañas, porque la desgarráis para vosotros; la paloma persevera íntegra. Si, pues, hermanos míos, en ninguna parte tienen qué decir, yo digo qué deben hacer: vengan a la Católica, y tendrán con nosotros no sólo la tierra, sino también al que hizo el cielo y la tierra.

 

TRATADO 7

Comentario a Jn 1,34-51, predicado en Hipona el domingo 17 de febrero de 407

Introducción: invectiva contra los espectáculos públicos

1. A una con vuestra concurrencia gozo, porque habéis acudido con entusiasmo muy superior al que podía esperar. Lo que en todos los trabajos y peligros de esta vida me alegra y consuela es esto: vuestro amor a Dios, vuestro afán piadoso, vuestra esperanza cierta y vuestro hervor de espíritu. Cuando se leía el salmo, habéis oído que el indigente y pobre clama a Dios en este mundo. En efecto, como habéis oído muy frecuentemente y debéis recordar, es la voz no de un único hombre y empero de un único hombre: no de uno, porque los fieles son muchos, muchos los granos que gimen entre las pajas, esparcidos por el orbe entero; de uno empero porque todos son miembros de Cristo y, por eso, un único cuerpo. Este pueblo, pues, menesteroso y pobre no sabe gozar del mundo: su dolor está dentro y su gozo está dentro, donde no ve sino el que escucha a quien gime, y corona a quien espera. La alegría del mundo es vaciedad: con gran ansiedad se espera que venga; pero, una vez que ha venido, no puede ser retenida. En efecto, ese día que para los perdidos de nuestra ciudad es hoy alegre, mañana, por cierto, no existirá; tampoco ésos mismos serán mañana lo que son hoy. Todo pasa, todo se va volando y se desvanece como humo. Y ¡ay, quienes aman tales cosas! En efecto, toda alma sigue lo que ama. Toda carne es heno, y todo el ornato de la carne, cual flor de heno; el heno se secó, la flor se cayó; en cambio, la palabra del Señor permanece para siempre. He ahí lo que has de amar si quieres permanecer para siempre. Pero tenías que decir: «¿Cómo puedo aprehender la palabra de Dios?» La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

2. Por eso, carísimos, concierna a nuestra indigencia y pobreza dolernos también de esos que se creen nadar en la abundancia, pues su gozo es cual el de los locos. Ahora bien, como el loco ordinariamente goza en medio de la demencia y ríe, pero quien está cuerdo llora por él, así también nosotros, carísimos, si hemos recibido la medicina que viene del cielo —porque también todos nosotros éramos locos—, como hechos salvos porque no amamos lo que amábamos, gimamos ante Dios por esos que aún hacen locuras. Poderoso es, en efecto, para hacerlos salvos también a ellos. Es también necesario que se miren y no se gusten. Quieren asistir a espectáculos y no saben asistir al espectáculo de su persona. De verdad, si vuelven algo los ojos hacia sí, ven su desorden. Hasta que esto suceda, sean otros nuestros afanes, otras sean las diversiones de nuestra alma. Nuestro dolor vale más que el gozo de ellos. Por lo que se refiere al número de hermanos, es difícil que alguno de los varones haya sido arrastrado por ese festejo; al contrario, en cuanto al número de hermanas, me contrista y es deplorable esto: que más bien ellas, a quienes, si no el temor, sí el pudor debía apartar de los lugares públicos, no corren a la Iglesia. Vea esto quien ve, y su misericordia asista para sanar a todos. En cambio, nosotros, que hemos acudido, alimentémonos con los manjares de Dios, y sea nuestro gozo su palabra, pues nos ha invitado a su evangelio y él en persona es nuestra comida, más dulce que ninguna otra, pero si alguien tiene sano el paladar del corazón.

El fruto del bautismo es la caridad

3. Además, opino bien que Vuestra Caridad recuerda que este evangelio se está leyendo públicamente por orden mediante lecturas adecuadas, y supongo que no se os ha escapado lo que ya se ha tratado, máxime lo más reciente sobre Juan y la paloma; es decir, sobre Juan, porque ya conocía al Señor, qué novedad aprendió acerca del Señor mediante la paloma. En efecto, con la inspiración del Espíritu de Dios se descubrió esto: Juan ya conocía al Señor, sí; pero que el Señor en persona iba a bautizar sin trasvasar desde sí a nadie la potestad de bautizar, lo aprendió mediante la paloma, porque se le había dicho: Sobre quien veas al Espíritu descender como paloma y permanecer sobre él, éste es quien bautiza con Espíritu Santo. ¿Qué significa «éste es»? No otro, aunque mediante otro.

Ahora bien, ¿por qué mediante la paloma? Mucho ha quedado dicho; no puedo ni es preciso aclarar todo; sin embargo, principalmente por la paz: porque la paloma trajo al arca, por haber hallado en ellos fruto, los leños que han sido bautizados fuera; según recordáis, la paloma enviada por Noé desde el arca que flotaba en el diluvio y era lavada por el bautismo, no se hundía. Como, pues, fuese enviada, trajo un ramo de olivo; pero éste no tenía hojas solas, tenía también fruto. Así pues, a nuestros hermanos que son bautizados fuera, ha de deseárseles esto: que tengan fruto. No los dejará fuera la paloma, sino que los devolverá al arca. Ahora bien, el fruto entero es la caridad, sin la que el hombre no es nada, aunque tenga todo lo demás. También he recordado y repasado que el Apóstol lo ha dicho elocuentísimamente, pues afirma: Si hablo en las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo caridad, he venido a ser como sonante objeto de bronce, o címbalo tintineante; y, si tuviese todo el saber y todos los misterios y tengo toda profecía y tuviese toda la fe —pero ¿en qué sentido ha dicho «toda»?—, hasta el punto de trasladar yo montes, pero no tengo caridad, nada soy. Y si distribuyese a los pobres todo lo mío, y si entregase mi cuerpo para arder yo, pero no tengo caridad, de nada me aprovecha. Ahora bien, de ningún modo pueden decir que tienen caridad esos que dividen la unidad. Esto queda dicho; veamos lo siguiente.

4. Juan dio testimonio porque vio. ¿Qué testimonio dio? De que ése es el Hijo de Dios. Era preciso, pues, que bautizase el que es el único Hijo de Dios, no adoptado. Los hijos adoptados son ministros del Único; el Único tiene la potestad; los adoptivos, el ministerio. Aunque bautice un ministro no perteneciente al número de los hijos porque vive mal y obra mal, ¿qué nos consuela? Éste es quien bautiza.

Jesús, el verdadero cordero

5. Al día siguiente estaba de pie Juan y dos de sus discípulos, y al mirar a Jesús que caminaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Ése es el Cordero en singular, sí; en verdad, también los discípulos han sido llamados corderos: He aquí que yo os envío como a corderos en medio de lobos. También ellos han sido llamados luz —Vosotros sois la luz del mundo; pero de otro modo ese de quien está dicho: Era la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Así también, el Cordero en singular, el único sin mancha, sin pecado; no cuyas manchas hayan sido limpiadas, sino cuya mancha fue nula. De hecho, ¿qué significa que Juan decía del Señor: He ahí el Cordero de Dios? ¿Juan mismo no era cordero? ¿No era varón santo? ¿No era el amigo del Novio? En singular, pues, él —éste es el Cordero de Dios—, porque con sola la sangre de este Cordero en singular han podido ser redimidos los hombres.

El espectáculo cristiano frente a los espectáculos paganos

6. Hermanos míos, si reconocemos que nuestro precio es la sangre del Cordero, ¿quiénes son esos que hoy celebran la fiesta de la sangre de no sé qué mujer? ¡Y cuán ingratos son! Se arrebató, dicen, de la oreja de una mujer el oro, corrió la sangre, fue puesto el oro en una balanza o romana, y pesó mucho más por causa de la sangre. Si la sangre de una mujer tuvo peso para inclinar el oro, ¿qué peso tiene para inclinar el mundo la sangre del Cordero mediante el que ha sido hecho el mundo? Y, ciertamente, ese espíritu, no sé cuál, se aplacó con la sangre para sobrecargar el peso. Los espíritus impuros sabían que iba a venir Jesucristo, lo habían oído a los ángeles, lo habían oído a los profetas y esperaban que viniera, porque, si no lo esperaban, ¿por qué gritaron: ¿Qué tenemos que ver nosotros y tú? ¿Has venido a destruirnos antes de tiempo? Sabemos quién eres: el Santo de Dios. Sabían que iba a venir, pero ignoraban el tiempo.

Pero, sobre Jerusalén, ¿qué habéis oído en un salmo? Porque tus siervos tuvieron como beneplácito sus piedras y se compadecerán de su polvo; al levantarte, dice, tú te compadecerás de Sión, porque ha venido el tiempo de compadecerte de ella. Cuando vino el tiempo de que Dios se compadeciera, vino el Cordero. ¿Qué clase de Cordero es al que temen los lobos? ¿Qué clase de Cordero que, matado, mató al león? Se llama, en efecto, al diablo león merodeador y rugiente, que busca a quién devorar. ¡La sangre del Cordero venció al león! He ahí los espectáculos de los cristianos. Y lo que es más, ellos ven con los ojos carnales la vaciedad; nosotros, con los ojos del corazón, la Verdad. No supongáis, hermanos, que el Señor nuestro Dios nos ha dejado sin espectáculos; de hecho, si no hay espectáculo alguno, ¿por qué habéis acudido hoy? Habéis visto lo que he dicho y habéis exclamado; no exclamaríais si no lo hubierais visto. Grande es también esto: contemplar vencido al león en toda la redondez de la tierra por la sangre del Cordero; a los miembros de Cristo, sacados de los dientes de los leones y agregados al cuerpo de Cristo.

No sé, pues, qué semejanza ha imitado cierto espíritu, para querer que su imagen se compre con sangre, porque conocía que en algún momento el género humano había de ser redimido con sangre preciosa. Los malos espíritus forjan, en efecto, en provecho propio ciertas apariencias de honor para así embaucar a quienes siguen a Cristo, hasta el punto, hermanos míos, de que ellos mismos seducen mediante amuletos, mediante encantamientos, mediante ardides del enemigo; mezclan con sus encantamientos el nombre de Cristo; porque ya no pueden seducir a los cristianos para darles veneno, añaden algo de miel, para que mediante lo que es dulce se esconda lo que es amargo y se beba para perjuicio; hasta el punto de que yo en una ocasión supe que el sacerdote de aquel Pileato solía decir: «Pileato mismo es también cristiano». ¿Por qué esto, hermanos, sino porque de otro modo no pueden ser seducidos los cristianos?

No temer ni seguir al diablo

7. No busquéis, pues, a Cristo en otra parte que donde Cristo ha querido que os sea predicado; y, como ha querido que se os predique, conservadlo así, escribidlo así en vuestro corazón. Es muro contra todos los ataques y contra todas las insidias del enemigo. No temáis; él no ha de agarrar si no se le permite; consta que él nada hace si no se le permite o se le envía. Lo envía como ángel malo la potestad dominante; se le permite cuando pide algo; y esto, hermanos, no sucede sino para probar a los justos y castigar a los injustos. ¿Por qué, pues, temes? Camina en el Señor tu Dios, estate seguro: no padecerás lo que no quiere que tú padezcas; lo que permite que padezcas es azote de quien corrige, no pena de quien condena. Se nos educa para una herencia sempiterna, ¿y desdeñamos ser flagelados? Hermanos míos, si un niño recusara que su padre le golpease con bofetadas o azotes, ¡cómo dirían de él que es soberbio, irrecuperable, ingrato a la educación paterna? Y ¿para qué educa un padre hombre al hijo hombre? Para que pueda no perder los bienes temporales que para él ha adquirido, que para él ha reunido, que no quiere que él pierda, que no pudo aferrar eternamente ese que los ha dejado. Enseña no a un hijo con quien posea, sino a uno que posea después de él.

Hermanos míos, si el padre enseña al hijo sucesor, y ese a quien enseña va a pasar similarmente por todo eso por donde pasó también quien aconsejaba, ¿cómo queréis que nos eduque nuestro Padre, al que no vamos a suceder, sino al que vamos a acercarnos, y con quien eternamente vamos a permanecer en la heredad que no se marchita ni muere ni sabe de granizo? Él es la heredad y él es asimismo el Padre. Le poseeremos, ¿y no debemos dejarnos educar? Suframos, pues, la educación del Padre. Cuando nos duele la cabeza no corramos a los encantadores, a los adivinos y a los remedios vacuos. Hermanos míos, ¿no he de llorar por vosotros? Todos los días encuentro estos casos, y ¿qué voy a hacer? ¡Aún no persuado a los cristianos de que la esperanza ha de ponerse en Cristo! Supongamos que muera uno de estos a quienes se han aplicado estos remedios —¡cuántos, de hecho, han muerto con los remedios, y cuántos han vivido sin los remedios!—; ¿con qué frente salió hacia Dios el alma? Perdió la señal de Cristo, recibió la señal del diablo. ¿O dirá quizá: «No he perdido la señal de Cristo»? Has conservado, pues, la señal de Cristo con la señal del diablo. Cristo no quiere comunión, sino que quiere poseer él solo lo que ha comprado. Lo ha comprado tan caro para poseerlo solo. Tú haces copropietario con él al diablo, a quien te habías vendido mediante el pecado. ¡Ay del corazón taimado, quienes en su corazón hacen una parte para Dios, otra parte para el diablo! Airado Dios porque allí se hace una parte para el diablo, se aleja y el diablo poseerá todo. Por eso, el Apóstol no dice en vano: No dejéis lugar al diablo. Conozcamos, pues, al Cordero, hermanos, conozcamos nuestro precio.

El encuentro con el Cordero de Dios

8. Estaba de pie Juan y dos de sus discípulos. Ahí tenemos a dos discípulos de Juan. Porque Juan era tan amigo del Novio, no buscaba su propia gloria, sino que daba testimonio a favor de la verdad. ¿Acaso quiso que sus discípulos se quedasen con él en lugar de seguir al Señor? Al contrario, él mismo muestra a sus discípulos a quién han de seguir. De hecho, lo tenían por el Cordero; mas él dice: «¿Por qué os fijáis en mí? Yo no soy el Cordero; He ahí el Cordero de Dios, del que había dicho antes: “He ahí el Cordero de Dios”». «¿Y qué nos aprovecha el Cordero de Dios?». He ahí, afirma, el que quita el pecado del mundo. Le siguieron, oído esto, losdos que estaban con Juan.

9. Veamos lo que sigue. Dice Juan: He ahí el Cordero de Dios. Y le oyeron hablar los dos discípulos y siguieron a Jesús. Por su parte, Jesús, al volverse y ver que lo seguían, les dice: «¿Qué buscáis?». Ellos dijeron: Rabí —que traducido quiere decir «Maestro»—, ¿dónde habitas? No lo seguían como si ya le estuvieran adheridos, porque es manifiesto cuándo se le adhirieron porque los llamó de la barca. Entre estos dos, en efecto, estaba Andrés, como habéis oído hace un momento. Ahora bien, Andrés era hermano de Pedro y por el evangelio sabemos que de la barca llamó el Señor a Pedro y Andrés, diciendo: Venid tras de mí, y os haré pescadores de hombres. Y desde entonces se le adhirieron ya, para no retroceder. Respecto a que estos dos, pues, le siguen al instante, no le siguen como para no retroceder, sino que quieren ver dónde vive y hacer lo que está escrito: Tu pie desgaste el umbral de sus puertas; levántate para venir a él asiduamente y sé instruido por sus preceptos. Él les mostró dónde permanecía; vinieron y estuvieron con él. ¡Qué feliz día pasaron, qué feliz noche! ¿Quién hay que nos diga lo que ellos oyeron al Señor? También nosotros edifiquemos y hagamos una casa en nuestro corazón, para que venga él y nos enseñe; converse con nosotros.

La hora décima

10. ¿Qué buscáis? Ellos dijeron: Rabí —que traducido quiere decir «Maestro»—, ¿dónde habitas? Les dice: Venid y ved. Y vinieron y vieron dónde permanecía, y permanecieron con él aquel día; ahora bien, era aproximadamente la hora décima. ¿Suponemos que el evangelista no tenía ninguna intención al decirnos qué hora era? ¿Puede suceder que no quisiera que ahí nos fijásemos en algo, que no buscáramos algo? Era la hora décima. Este número significa la Ley, porque en diez preceptos fue dada la Ley. Ahora bien, había venido el tiempo de que por amor se cumpliera la Ley, porque los judíos no podían cumplirla por temor. Por ende dice el Señor: No he venido a destruir, sino a cumplir la Ley. Con razón, pues, esos dos, ante el testimonio del amigo del Novio, le siguieron a la hora décima y a la hora décima oyó: Rabí, que se traduce «Maestro». Si a la hora décima el Señor oyó «Rabí» y el número diez se refiere a la Ley, maestro de la Ley no es sino el dador de la Ley. Nadie diga que uno dio la Ley y otro enseña la Ley; la enseña ese que la dio; él es maestro de su Ley y la enseña. Y misericordia hay en su lengua; por eso enseña misericordiosamente la Ley, como está dicho de la sabiduría: Ahora bien, ley y misericordia lleva en la lengua. No temas no poder cumplir la Ley; huye a la misericordia. Si cumplir la Ley es mucho para ti, usa aquel pacto, usa el recibo, usa las preces que para ti ha establecido y compuesto el jurisperito celeste.

Jesús, el mejor abogado

11. En efecto, quienes tienen una causa y quieren suplicar al emperador, buscan algún jurisperito de escuela, que les componga las preces, no sea que quizá, si piden de forma distinta a como conviene, no sólo no logren lo que piden, sino que, en vez de un beneficio, consigan además una pena. Como, pues, los apóstoles necesitasen suplicar y no hallasen cómo acudir al emperador Dios, dijeron a Cristo: «Señor, enséñanos a orar»; esto es, jurisperito, asesor nuestro, mejor dicho, compañero de asiento de Dios, componnos unas preces. Y el Señor enseñó con el libro del derecho celeste, enseño cómo orasen y en eso que enseñó puso cierta condición: Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si no pides según ley, serás reo. Hecho reo, ¿tiemblas ante el emperador? Ofrece el sacrificio de la humildad, ofrece el sacrificio de misericordia, di en las preces: Perdóname, porque también yo perdono. Pero si lo dices, hazlo, pues ¿qué vas a hacer, a dónde vas a ir si mientes en las preces? No es que, como se dice en el foro, carecerás del beneficio del rescripto, sino que ni siquiera lograrás el rescripto. Al derecho forense pertenece, en efecto, que, a quien ha mentido en las preces, no le aprovecha lo que ha logrado. Pero esto entre hombres, porque un hombre puede ser engañado. Ha podido ser engañado el emperador cuando has enviado las preces, pues has dicho lo que has querido y a quien lo has dicho no sabe si es verdad; ha dejado a tu adversario demostrar que has faltado, de forma que, si ante el juez quedas convicto de mentira porque él, al no saber si habías mentido, no pudo sino proporcionar el rescripto, carecerás de ese beneficio del rescripto, allí adonde has llevado el rescripto. Dios, en cambio, que sabe si mientes o dices la verdad, no hace que en el juicio no te aproveche el rescripto, sino que ni lograrlo te permite, porque osaste mentir a la Verdad.

El evangelio y la sanación

12. Dime qué vas a hacer, pues. Cumplir de todo punto la ley sin faltar en nada, es difícil; el reato, pues, es seguro. ¿No quieres usar el remedio? He aquí, hermanos míos, qué remedio ha puesto el Señor contra las enfermedades del alma. ¿Cuál, pues? Cuando te duele la cabeza, loamos que hayas puesto junto a la cabeza el evangelio y no hayas corrido a un amuleto. En efecto, hasta esto ha sido llevada la debilidad de los hombres; y los hombres que corren a los amuletos son tan dignos de lágrimas, que gozamos cuando vemos que un hombre postrado en cama es agitado por fiebre y dolores, pero no ha puesto la confianza en ninguna otra cosa, sino en poner junto a la cabeza el evangelio, no porque el evangelio haya sido hecho para esto, sino porque ha sido preferido a los amuletos. Si, pues, se pone junto a la cabeza para que cese el dolor de cabeza, ¿no será puesto junto al corazón para que sea sanado de los pecados? Hágase, pues. Hágase ¿qué? Sea puesto junto al corazón; sea sanado el corazón. Bueno es, bueno, que no te preocupes de la salud del cuerpo, sino que la pidas a Dios. Si sabe que te conviene, la dará; si no te la diere, no aprovechaba tenerla. ¿Cuantísimos están enfermos, inofensivos en cama y, si estuvieren sanos, proceden a cometer crímenes? ¿A cuantísimos les daña la salud? Al bandido que avanza hacia un desfiladero para matar a un hombre, ¡cuánto mejor le era estar enfermo! Al que de noche se levanta a perforar pared ajena, ¡cuánto mejor para él si unas fiebres lo agitasen! De modo por entero inofensivo estaría enfermo, mas con salud es un criminal. Sabe, pues, Dios qué nos conviene; ocupémonos sólo de esto: de que nuestro corazón esté sano de pecados, y de que, cuando quizá somos flagelados en el cuerpo, le pidamos clemencia. El apóstol Pablo le rogó que retirase el aguijón de la carne, mas no quiso retirarlo. ¿Acaso se perturbó? ¿Acaso dijo contristado que él había sido abandonado? Más bien, porque no fue retirado lo que, para que esa debilidad fuese sanada, quería que fuese retirado, dijo que él no había sido abandonado. En efecto, en la voz del médico halló esto: Te basta mi gracia, porque la fuerza se realiza en la debilidad.

¿Cómo, pues, sabes que Dios no quiere sanarte? Todavía te conviene ser flagelado. ¿Cómo sabes cuán podrido está lo que el médico saja al mover el bisturí a través de lo pútrido? ¿Acaso no sabe el modo, qué hacer y hasta dónde hacer? ¿Acaso el aullido de ese que es sajado retrae la mano del médico que saja hábilmente? Uno grita, el otro saja. ¿Cruel quien no escucha al que grita, o, más bien, misericordioso quien persigue la herida para sanar al enfermo? Hermanos míos, he dicho esto precisamente para que, cuando nos encontramos quizá en alguna corrección del Señor, nadie busque algo, excepto el auxilio de Dios. Ved que no perezcáis, ved que no retrocedáis del Cordero y seáis devorados por el león.

El encuentro de Andrés y Pedro con Jesús

13. He dicho, pues, por qué a la hora décima; veamos lo siguiente. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y le habían seguido. Éste encuentra a su hermano Simón y le dice: Hemos encontrado al Mesías, nombre que traducido significa «Cristo» . «Mesías», en hebreo, es, en griego, Cristo; en latín, ungido, pues por la unción se le llama Cristo. Χρίσμα significa en griego unción; Cristo, pues, ungido. Él, ungido de manera singular, ungido principalmente; de donde todos los cristianos reciben la unción, él principalmente. Oye cómo dice en un salmo: Por eso Dios, tu Dios, te ungió con aceite de exultación más que a tus compañeros. Compañeros suyos son, en efecto, todos los santos; pero él es singularmente el Santo de los santos, singularmente ungido, singularmente Cristo.

14. Y lo llevó a Jesús. Ahora bien, Jesús dijo mirándolo: Tú eres Simón, el hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, nombre que se traduce «Pedro». No es gran cosa que el Señor dijese de quién era hijo éste. ¿Qué hay grande para el Señor? Sabía todos los nombres de sus santos, a quienes ha predestinado antes de la constitución del mundo, ¿y te admiras de que dijo a un único hombre: Tú eres hijo de fulano y te llamarás así? ¿Es gran cosa haberle cambiado el nombre y de Simón haberlo hecho Pedro? Ahora bien, Pedro viene de piedra y piedra es la Iglesia; en el nombre de Pedro, pues, está figurada la Iglesia. ¿Y quién está seguro sino quien edifica sobre piedra? Y ¿qué afirma el Señor? Quien oye estas mis palabras y las practica, lo compararé a varón prudente que edifica sobre piedra —no cede a tentaciones—; descendió la lluvia, vinieron los ríos, soplaron los vientos y arremetieron contra aquella casa, pero no se derrumbó, pues estaba fundada sobre la piedra. Quien oye mis palabras y no las practica —tema ya y tome precauciones cada uno de nosotros—,lo compararé a varón necio que edificó su casa sobre la arena; descendió la lluvia, vinieron los ríos, soplaron los vientos y arremetieron contra la casa, y se derrumbó y su ruina fue hecha enorme.

¿De qué aprovecha que entre en la Iglesia quien quiere edificar sobre la arena? Efectivamente, oyendo y no practicando, edifica, sí, pero sobre la arena. En efecto, si nada oye, nada edifica; en cambio, si oye, edifica, pero pregunto dónde, ya que, si oye y practica, sobre la piedra; si oye y no practica, sobre la arena. Dos son los géneros de edificadores: sobre la piedra o sobre la arena. ¿Y aquellos que no oyen? ¿Están seguros? ¿Dice que están seguros porque nada edifican? Desvalidos están bajo la lluvia, ante los vientos, ante los ríos: cuando esto venga, se los llevará antes de derribar las casas. Una única seguridad hay, pues: edificar, y edificar sobre la piedra. Si quieres oír y no practicar, edificas, pero edificas una ruina; ahora bien, cuando venga la prueba, derribará la casa y te llevará con esa ruina tuya. Si, en cambio, no oyes, desvalido estás, esas pruebas te arrastrarán a ti mismo. Oye, pues, y practica; es el único remedio.

¿Cuántos quizá, oyendo hoy y no practicando, serán arrebatados por la corriente de esta fiesta? En efecto, oyendo y no practicando, viene como una corriente esta fiesta anual, se ha henchido el torrente, va a pasar y a secarse; ¡pero ay de aquel a quien se lleve! Sepa, pues, Vuestra Caridad esto: a no ser que uno escuche y practique, no edifica sobre roca ni pertenece a ese nombre tan grande que así ha encomiado el Señor. En efecto, te ha puesto sobre aviso porque, si Pedro se hubiera llamado así antes, no verías el misterio de la piedra y supondrías que él fue llamado así casualmente, no según la providencia de Dios. Ésta quiso que él se llamase antes de otra forma, precisamente para que por el cambio de nombre se encomiase la vivacidad del misterio.

Felipe, Natanael y Jesús de Nazaret

15. Y al día siguiente quiso salir a Galilea y encuentra a Felipe. Le dice: Sígueme. Ahora bien, era de la ciudad de Andrés y Pedro. Y Felipe encuentra a Natanael, llamado ya Felipe por el Señor, y le dijo: Hemos encontrado a ese de quien escribió Moisés en la Ley y los Profetas, a Jesús, hijo de José. Se le llamaba hijo de ese con quien estaba desposada su madre. Verdaderamente, por el evangelio saben bien los cristianos que fue concebido y nació intacta ella. Esto dijo Felipe a Natanael; añadió también el lugar: el de Nazaret. Y le dijo Natanael: De Nazaret puede haber algo bueno. ¿Cómo entender esta frase, hermanos? No como algunos la pronuncian; de hecho, porque la voz de Felipe sigue y dice: «Ven y ve», suele pronunciarse también así: ¿De Nazaret puede haber algo bueno? Ahora bien, esa voz puede seguir a ambas pronunciaciones, ora pronuncies así, como si confirmases, De Nazaret puede haber algo bueno, y él: «Ven y ve», ora así, dubitativo e interrogante todo entero: «¿De Nazaret puede haber algo bueno? Ven y ve». Porque, pues, ora se pronuncie de un modo, ora de otro, no repugnan las palabras siguientes; nos toca investigar, más bien, qué hemos de entender en estas palabras.

16. En lo siguiente demostraré de qué clase era este Natanael. Oíd de qué clase era; el Señor en persona da testimonio. ¡Grande el Señor, conocido gracias al testimonio de Juan; dichoso Natanael, conocido gracias al testimonio de la Verdad! Que el Señor, aunque no lo encomiase el testimonio de Juan, él daba testimonio de sí mismo, porque la Verdad se basta para su testimonio; pero, porque los hombres no podían captar la verdad, mediante una antorcha buscaban la verdad y, por eso, fue enviado Juan para que mediante él fuese mostrado el Señor. Oye al Señor dar testimonio de Natanael: Y le dijo Natanael: «De Nazaret puede haber algo bueno». Le dice Felipe: «Ven y ve». Vio Jesús a Natanael venir hacia sí y dice de él: «He ahí verdaderamente un israelita en quien no hay dolo». ¡Gran testimonio! Ni a Andrés se dijo ni a Pedro se dijo ni a Felipe se dijo esto que está dicho de Natanael: He ahí verdaderamente un israelita en quien no hay dolo.

Dios elige lo débil del mundo

17. ¿Qué concluir de esto, hermanos? ¿Deberá ser ése el primero entre los apóstoles? Natanael, de quien el Hijo de Dios, al decir: «He ahí verdaderamente un israelita en quien no hay dolo», dio tan importante testimonio, no sólo no se halla como primero entre los apóstoles, sino que entre los doce no es el central ni el último. ¿Se busca la causa? Probablemente la encontraremos en la medida en que el Señor la dé a conocer. En efecto, debemos entender que Natanael mismo había sido erudito y perito en la Ley; el Señor no quiso ponerlo entre los discípulos, precisamente porque eligió a ignorantes, con lo que avergonzase al mundo. Oye al Apóstol decirlo: Ved, en efecto, afirma, vuestra vocación; que no muchos poderosos, no muchos nobles; sino que Dios ha elegido lo débil del mundo para confundir lo fuerte, y ha elegido Dios lo plebeyo y despreciable del mundo y lo que no es, como lo que es, para que sea destruido lo que es.

Si hubiese sido elegido un docto, quizá diría él que había sido elegido precisamente porque en virtud de su doctrina mereció ser elegido. Nuestro Señor Jesucristo, porque quería romper la cerviz de los soberbios, no buscó mediante un orador al pescador, sino que con el pescador obtuvo al emperador. Gran orador Cipriano; pero primero el pescador Pedro, mediante el cual creyera no sólo el orador, sino también el emperador. Ningún noble fue elegido primeramente, ningún docto, porque Dios ha elegido lo débil del mundo para confundir lo fuerte. Ése, pues, era importante y sin dolo; por esto solo no fue elegido: para que a nadie pareciese que el Señor había elegido doctos. Y del conocimiento mismo de la Ley venía el hecho de que, tras haber oído «De Nazaret» —había, en efecto, escrutado las Escrituras y sabía que de ahí había que aguardar al Salvador, cosa que otros escribas y fariseos no conocían fácilmente—; ese doctísimo en la Ley, pues, tras haber oído a Felipe decir: «Hemos encontrado a Jesús de Nazaret, hijo de José, de quien escribió Moisés en la Ley y los Profetas», él, que conocía óptimamente las Escrituras, oído el nombre «Nazaret», se reanimó respecto a la esperanza y dijo: De Nazaret puede haber algo bueno.

18. Veamos ya lo demás sobre él. He ahí verdaderamente un israelita en quien no hay dolo. ¿Qué significa «en quien no hay dolo»?¿Quizá no tenía pecado? ¿Quizá no estaba enfermo? ¿Quizá no le era necesario el Médico? ¡De ninguna manera! Nadie ha nacido aquí sin tener necesidad de ese Médico. ¿Qué significa, pues, «en quien no hay dolo»? Busquemos muy atentamente; al instante aparecerá, en el nombre del Señor. «Dolo», dice el Señor. Y todo el que entiende las palabras latinas sabe que hay dolo cuando se hace una cosa y se finge otra. Atienda Vuestra Caridad. «Dolo» no es «dolor»; lo digo precisamente porque muchos hermanos muy desconocedores de la latinidad hablan, diciendo: «Lo tortura un dolo», en vez de «dolor». Dolo significa fraude, significa simulación. Cuando alguien cubre algo en el corazón y dice otra cosa, hay dolo y tiene, digamos, dos corazones: tiene un seno del corazón, digamos, donde él ve la verdad, y otro seno donde concibe la mentira. Y, para que sepáis que el dolo es esto, está dicho en Salmos: Labios dolosos. ¿Qué significa «labios dolosos»? Sigue: Con corazón y corazón han dicho maldades. ¿Qué significa «con corazón y corazón» sino con corazón doble? Si, pues, en ése no había dolo, el médico lo juzgó sanable, no sano. Efectivamente, una cosa es sano, otra sanable, otra insanable; se llama sanable a quien con esperanza está enfermo; insanable, a quien con desesperanza está enfermo; en cambio, quien ya está sano no necesita médico. El Médico que había venido a sanar vio, pues, que ése era sanable, porque en él no había dolo. ¿Cómo no había dolo en él? Si es pecador, se confiesa pecador, ya que, si es pecador y dice que él es justo, hay dolo en su boca. Loó, pues, en Natanael la confesión del pecado, no juzgó que no era pecador.

Necesitan médico los enfermos, no los sanos

19. Por eso, cuando los fariseos, que se tenían por justos, criticaron al Señor porque, Médico, se mezclaba con enfermos, y dijeron: «He ahí con quiénes come, con los recaudadores y pecadores», el Médico respondió a los locos: No necesitan médico los sanos, sino quienes se encuentran mal; he venido a llamar no a justos, sino a pecadores. Esto equivale a decir: Porque vosotros decís que sois justos aunque sois pecadores, y pregonáis que estáis sanos aunque estáis enfermos, rechazáis la medicina, no conserváis la salud.

Por ende, aquel fariseo que había invitado al Señor a comer, se tenía por sano. En cambio, aquella mujer enferma irrumpió en la casa adonde no estaba invitada y, hecha descarada por el deseo de salud, se acercó no a la cabeza del Señor, no a las manos, sino a los pies; los lavó con lágrimas, los enjugó con los cabellos, los besó, los ungió con perfume: la pecadora hizo las paces con las huellas del Señor. Como si estuviera sano, aquél, el fariseo que se recostaba allí, criticó al Médico y dijo para sí: Éste, si fuese profeta, sabría qué clase de mujer le ha tocado los pies. Ahora bien, había sospechado que él lo ignoraba, precisamente por no haberla rechazado como para no ser tocado por manos inmundas. Pero él lo sabía, permitió que lo tocase, para que el tacto mismo la sanase.

El Señor, porque veía el corazón del fariseo, propuso una semejanza: Dos deudores tenía cierto prestamista. Uno le debía cincuenta denarios, otro quinientos. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos. ¿Quién lo amó más? Y él: «Creo, Señor, que aquel a quien más perdonó». Y, vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré a tu casa, no me diste agua para los pies; ella, en cambio, con lágrimas lavó mis pies y con sus cabellos los enjugó. No me diste un beso; ella no dejó de besar mis pies. No me diste óleo; ella ungió con perfume mis pies. Por eso te digo: Se le perdonan los muchos pecados, porque amó mucho; a quien, en cambio, se perdona poco, poco ama. Esto equivale a decir: «Estás más enfermo, pero te crees sano; crees que se te perdona poco, aunque eres más deudor. Ésa, porque no había en ella dolo, ha merecido la medicina». ¿Qué significa «no había en ella dolo»? Confesaba los pecados. En Natanael loa esto también, que en él no había dolo, porque muchos fariseos que abundaban en pecados decían que ellos eran justos y aducían dolo, a causa del cual no podían ser sanados.

La misericordia de Dios nos ha visto antes

20. Vio, pues, ya a ese en quien no había dolo, y afirmó: He ahí verdaderamente un israelita en quien no hay dolo. Le dice Natanael: ¿De dónde me conoces? Jesús respondió y dijo: Antes que Felipe te llamase, te vi cuando estabas bajo la higuera, esto es, bajo el árbol del higo. Natanael le respondió y afirmó: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres rey de Israel. En eso que está dicho: Cuando estabas bajo el árbol del higo te vi, antes que te llamase Felipe, ese Natanael pudo entender algo grande, porque profirió una frase, tú eres el Hijo de Dios, tú eres rey de Israel, como la que mucho después profirió Pedro, cuando el Señor le dijo: «Dichoso eres, Simón Barjoná, porque no te lo ha revelado carne y sangre, sino mi Padre que está en el cielo», y allí lo llamó «piedra» y en esa fe loó el fundamento de la Iglesia. Aquí dice ya: Tú eres el Hijo de Dios, tú eres rey de Israel. ¿Por qué? Porque le fue dicho: Antes que Felipe te llamase, cuando estabas bajo el árbol del higo, te vi.

21. Hay que averiguar si ese árbol del higo significa algo. Oíd, en efecto, hermanos míos. Sabemos que un árbol del higo fue maldecido porque tuvo hojas solas y no tuvo fruto. En el origen del género humano, cuando Adán y Eva pecaron, se hicieron de hojas de higuera unos taparrabos; las hojas de higuera, pues, significan los pecados. Ahora bien, Natanael estaba bajo el árbol del higo, como bajo sombra de muerte. Lo vio el Señor, de quien está dicho: Para quienes se sentaban bajo sombra de muerte salió una luz. ¿Qué se ha dicho, pues, a Natanael? «¿Me dices, oh Natanael, de qué me conoces? Ahora hablas conmigo, porque te llamó Felipe». Quien mediante un apóstol ha llamado, ha visto que pertenecía ya a su Iglesia. ¡Oh tú, Iglesia; oh tú, Israel, en quien no hay dolo, si eres el pueblo de Israel en quien no hay dolo, ya en este instante has conocido a Cristo mediante los apóstoles, como Natanael conoció a Cristo mediante Felipe. Pero su misericordia te vio antes que tú le conocieses, cuando yacías bajo el pecado! En efecto, ¿acaso hemos buscado primero nosotros a Cristo, y no nos ha buscado él antes? ¿Acaso nosotros hemos venido, enfermos, al Médico, y no el Médico a los enfermos? ¿No había perecido aquella oveja y, dejadas las noventa y nueve, el pastor buscó y halló a la que volvió a traer, alegre, en los hombros? ¿No había perecido aquella dracma y la mujer encendió una lámpara y buscó por toda su casa hasta hallarla? Y como la hubiese hallado, dice a sus vecinas: Alegraos conmigo, porque hallé la dracma que había perdido.

Así también nosotros habíamos perecido como la oveja y habíamos perecido como la dracma. Y nuestro pastor halló la oveja, pero buscó a la oveja; la mujer halló la dracma, pero buscó la dracma. ¿Quién es la mujer? La carne de Cristo. ¿Qué lámpara es ésta? He preparado una lámpara para mi Cristo. Hemos sido, pues, buscados para ser hallados; hallados hablamos. Porque antes de ser hallados habíamos perecido si no fuésemos buscados, no nos ensoberbezcamos. No nos digan, pues, esos a quienes amamos y queremos ganar para la paz de la Iglesia católica: «¿Por qué nos queréis? ¿Por qué nos buscáis, si somos pecadores?”. Os buscamos precisamente para que no perezcáis; os buscamos, porque hemos sido buscados; queremos hallaros, porque hemos sido hallados.

22. Así pues, cuando Natanael dijo «¿De dónde me conoces?», le contestó el Señor: Antes que te llamase Felipe, cuando estabas bajo el árbol del higo, te vi. ¡Oh tú, Israel sin dolo, quienquiera que seas! ¡Oh tú, pueblo que vives de fe! Antes de llamarte mediante mis apóstoles, cuando estabas bajo sombra de muerte y tú no me veías, yo te vi. Después le dice el Señor: Crees porque te dije: «Te vi bajo el árbol del higo»; cosa mayor que éstas verás. ¿Qué significa esto, cosa mayor que éstas verás? Y le dice: En verdad, en verdad os digo: Veréis abierto el cielo y a los ángeles subir y bajar sobre el Hijo del hombre. Hermanos, ha dicho no sé qué mayor que «Te vi bajo el árbol del higo», pues el hecho de que ha justificado el Señor a los llamados es más que haber visto a quienes yacían bajo sombra de muerte. En efecto, ¿de qué nos aprovechaba haber permanecido allí donde nos vio? ¿Acaso no yaceríamos? ¿Qué hay mayor que esto? ¿Cuándo hemos visto a los ángeles subir y bajar sobre el Hijo del hombre?

Subir y bajar los ángeles sobre el Hijo del hombre

23. Ya he hablado alguna vez de estos ángeles que suben y bajan; pero, para que no os olvidéis, hablo brevemente como recordándooslo, pues hablaría con muchas más palabras si en vez de recordároslo lo diera ahora a conocer. Jacob vio en sueños unas escaleras y en esas mismas escaleras vio a ángeles que subían y bajaban, y ungió la piedra que para sí había puesto junto a la cabeza. Habéis oído que «Mesías» significa «Cristo», habéis oído que Cristo significa «ungido». Por supuesto, no puso la piedra ungida, de forma que viniese y la adorase; de lo contrario, sería idolatría, no significación de Cristo. Hubo, pues, una significación, hasta donde convino que hubiera significación, y fue significado Cristo. Piedra ungida, pero no ídolo. Piedra ungida. Piedra, ¿por qué? He aquí que pongo en Sión una piedra elegida, preciosa, y quien crea en ella no será confundido. Ungida, ¿por qué? Porque Cristo viene de crisma. Por otra parte, ¿qué vio entonces en las escaleras? Ángeles que subían y bajaban. Así también la Iglesia, hermanos: ángeles de Dios son los predicadores buenos, que predican a Cristo. Esto quiere decir que suben y bajan sobre el Hijo del hombre. ¿Cómo suben y cómo bajan? De uno tenemos un ejemplo: oye al apóstol Pablo; lo que en él hallemos, creámoslo respecto a los demás predicadores de la verdad.

Ve a Pablo subir: Sé que un hombre según Cristo fue arrebatado, hace catorce años, hasta el tercer cielo —no sé si con el cuerpo o fuera del cuerpo, Dios lo sabe— y que oyó palabras inefables que no es lícito al hombre decir. Acabáis de oír al que subió; oíd al que bajó: No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales; como a pequeñines en Cristo, os di leche que beber, no comida. He aquí que baja quien había subido. Pregunta a dónde había subido: Hasta el tercer cielo. Pregunta a dónde bajó: hasta dar leche a los pequeñines. Oye que bajó: Me hice pequeñín en medio de vosotros, dice, como si una nodriza acaricia a sus hijos. Vemos, en efecto, a nodrizas y madres bajar hacia los pequeñines, y, aunque sepan las palabras latinas, las truncan y en cierto modo destrozan su idioma, para que de un idioma elocuente puedan resultar caricias pueriles, porque, si las dicen así, el bebé no entiende, pero ni siquiera progresa el bebé. Y un padre elocuente, aunque sea orador de tal categoría que por su lengua resuenen los foros y se estremezcan los tribunales, si tiene un hijo pequeñín, cuando regresa a casa relega la elocuencia forense adonde había subido, y con lengua pueril baja al pequeñín. En un único lugar oye al Apóstol en persona subir y bajar, en una única frase: Pues, si estuvimos desatinados, fue por Dios; si somos moderados, por vosotros. ¿Qué significa «Estuvimos desatinados por Dios»? Que veamos eso que no es lícito al hombre decir. ¿Qué significa «Somos moderados por vosotros»? «¿Acaso juzgué que entre vosotros sabía yo algo, sino a Jesucristo, y a éste crucificado?». Si el Señor en persona subió y bajó, es manifiesto que sus predicadores suben por la imitación, bajan por la predicación.

Conclusión: sermón largo para suplir el teatro

24. Y, si os he retenido mucho tiempo, ha sido adrede, para que pasaran las horas dañinas. Supongo que ellos han terminado su frivolidad. Nosotros, en cambio, hermanos, puesto que nos ha alimentado el festín salvador, hagamos lo que resta, de forma que solemnemente completemos el día del Señor con gozos espirituales y comparemos los gozos de la verdad con los gozos de la frivolidad. Y, si nos horrorizamos, sintamos pena; si sentimos pena, oremos; si oramos, seamos escuchados; si somos escuchados, los ganamos.

 

TRATADO 8

Comentario a Jn 2,1-4, predicado en Hipona, en 407, ¿viernes 22 de febrero?

Introducción: convivimos diariamente con el milagro

1. El milagro de nuestro Señor Jesucristo con que de agua hizo vino, ciertamente no es extraño para quienes saben que Dios lo hizo. En efecto, aquel día, en la boda, hizo el vino en las seis hidrias que preceptuó que se llenasen de agua ese mismo que cada año lo hace en las viñas. Efectivamente, como lo que los servidores echaron en las hidrias se convirtió en vino por obra del Señor, así lo que las nubes derraman se convierte en vino también por obra del mismo Señor. Ahora bien, de esto no nos admiramos, porque sucede cada año; por asiduidad ha perdido extrañeza. Por cierto, consigue consideración mayor que la que consigue lo que sucedió en las hidrias de agua. ¿Quién es, en efecto, el que considera las obras de Dios, con que rige y gobierna entero este mundo, y no se queda atónito y abrumado por los milagros? Si considera la fuerza de un solo grano de cualquier semilla, es cierta cosa grande; estremece a quien la considera. Pero, porque los hombres, atentos a otra cosa, han perdido la consideración de las obras de Dios mediante la que diariamente dieran alabanza al Creador, Dios se ha reservado, digamos, ciertos hechos insólitos, como para despertar mediante maravillas a los hombres dormidos, para que lo adoren. Resucitó un muerto, se admiraron los hombres. ¡Tantos nacen cada día y nadie se admira! Si reflexionamos muy sagazmente, existir quien no existía es milagro mayor que revivir quien existía. Sin embargo, idéntico Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, hace todo esto mediante su Palabra y lo rige quien lo ha creado. Los ha realizado. Mediante su Palabra, Dios junto a él, hizo los milagros primeros; mediante esa misma Palabra encarnada y hecha hombre por nosotros, hace los milagros posteriores. Como admiramos lo que fue hecho mediante el hombre Jesús, admiremos lo que fue hecho mediante el Dios Jesús. Mediante el Dios Jesús fueron hechos el cielo y la tierra, el mar, todo el equipo del cielo, la opulencia de la tierra, la fecundidad del mar; todo esto que está próximo a los ojos ha sido hecho mediante Jesús Dios. Lo vemos y, si en nosotros está su Espíritu, nos agrada de forma que el artífice sea alabado, no de modo que, girándonos hacia las obras, desviemos del artífice la atención y, volviendo en cierto modo la cara hacia lo que hizo, volvamos la espalda a quien lo hizo.

2. Vemos esto y está próximo a nuestros ojos. ¿Qué decir de lo que no vemos, como son los Ángeles, las Virtudes, las Potestades, las Dominaciones y todos los habitantes de este edificio supracelestial, no próximo a nuestros ojos, aunque a menudo también los ángeles, cuando convino, se aparecieron a los hombres? ¿Acaso Dios no ha hecho todo esto también mediante su Palabra, esto es, su único Hijo, Jesucristo nuestro Señor? ¿Qué decir del alma humana, que no se ve, mas mediante las obras que muestra en la carne causa admiración grande a quienes reflexionan bien? ¿Quién la hizo sino Dios? Y ¿mediante quién fue hecha sino mediante el Hijo de Dios? No hablo aún del alma humana. El alma de cualquier animal, ¡cómo rige a su cuerpo! Manifiesta todos los sentidos: ojos para ver, oídos para oír, nariz para percibir olores, el juicio de la boca para distinguir sabores; en fin, los miembros mismos para cumplir sus funciones. ¿Acaso realiza estas cosas el cuerpo y no el alma, esto es, la habitante del cuerpo? Sin embargo, no la ven los ojos y por lo que hace causa admiración. Tu consideración dedíquese ya al alma humana, a la que Dios ha otorgado inteligencia para conocer a su Creador, para discernir y distinguir entre el bien y el mal, esto es, entre lo justo y lo injusto; ¡cuántas cosas realiza mediante el cuerpo! Fijaos en el universo orbe de las tierras que en la sociedad humana misma está ordenado, ¡con qué gestiones, con qué jerarquías de poderes, acuerdos entre las ciudades, leyes, costumbres, artes! Mediante el alma se gestiona todo esto, mas esta fuerza del alma no se ve. Cuando se ausenta del cuerpo, yace un cadáver; en cambio, cuando está presente al cuerpo, mitiga en cierto modo su putrefacción. De hecho, toda carne es corruptible, se desvanece en putrefacción, si no la sujeta cierto condimento del alma. Pero esto le es común con el alma del animal.

Es mucho más admirable lo que acabo de decir, lo relativo a la mente y al entendimiento, donde se renueva a imagen del Creador, acuya imagen fue hecho el hombre. ¿Qué será esta fuerza del alma cuando también este cuerpo se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad? Si tanto puede mediante la carne corruptible, ¿qué podrá mediante el cuerpo espiritual, tras la resurrección de los muertos? Sin embargo, esta alma, como he dicho, de naturaleza y sustancia admirables, es una realidad invisible e inteligible, y ésta ha sido empero hecha mediante Jesús Dios, porque él es la Palabra de Dios. Todo se ha hecho mediante ella, y sin ella nada se ha hecho.

Entremos en el misterio: Jesús, el esposo

3. Viendo tantas cosas hechas mediante el Dios Jesús, ¿por qué nos extraña que mediante el hombre Jesús el agua haya sido convertida en vino? No se hizo hombre, en efecto, perdiendo el ser Dios; se le añadió el hombre, no se perdió Dios. Hizo esto el mismo que hizo todo aquello. Así pues, no nos extrañe que Dios lo hizo; más bien amemos que lo haya hecho en medio de nosotros y que por nuestra restauración lo haya hecho. Algo, en efecto, ha querido indicar también con los hechos mismos. Supongo que no sin causa vino a la boda. Exceptuado el milagro, en ese mismo hecho se esconde algún secreto y misterio. Aldabeemos para que abra y nos embriague del vino invisible, porque también nosotros éramos agua y nos ha transformado en vino, nos ha hecho sabios, pues saboreamos su fe quienes antes éramos ignorantes. Y quizá concierne a esa sabiduría misma entender qué se ha realizado en este milagro con honor de Dios, con alabanza de su majestad y con la caridad de su potentísima misericordia.

4. Invitado vino a la boda el Señor. ¿Qué tiene de extraño que a aquella casa venga a la boda el que a este mundo vino a una boda? En efecto, si no vino a una boda, no tiene aquí esposa. ¿Y qué significa lo que afirma el Apóstol: Os he adaptado a un único marido, para presentar a Cristo una virgen casta? ¿Qué significa que tema que mediante la astucia del diablo se corrompa la virginidad de la esposa de Cristo? Temo, asevera, que como la serpiente sedujo con su astucia a Eva, así sean también corrompidas vuestras mentes respecto a la sencillez y castidad que se refieren al Mesías. Tiene, pues, aquí a la novia que redimió con su sangre y a la que dio en prenda el Espíritu Santo. La ha arrancado de la esclavitud del diablo: murió por los delitos de ella, resucitó por su justificación. ¿Quién ofrecería tanto a su novia? Ya pueden los hombres ofrecer títulos honoríficos terrenos, oro, plata, piedras preciosas, caballos, esclavos, propiedades, haciendas; ¿acaso alguien ofrecerá su sangre? De hecho, si diere a la novia su sangre, ya no podrá casarse con ella. En cambio, el Señor, al morir, seguro, dio su sangre por esa a la que al resucitar tendrá, a la que ya había unido consigo en el seno de la Virgen. En efecto, la Palabra es el novio, y la carne humana la novia. Ambas cosas es el único Hijo de Dios, Hijo del hombre también él mismo. De donde se hizo cabeza de la Iglesia, el seno de la Virgen María, tálamo de él, de ahí salió cual de su tálamo un novio, como predijo la Escritura: Y él, cual novio que sale de su tálamo, exultó como un héroe para recorrer su camino. Del tálamo salió cual novio, e invitado vino a la boda.

¿Por qué “mujer” y no “madre”?

5. En razón de cierto misterio, parece no reconocer a la madre de donde salió como un novio, y decirle: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Aún no llega mi hora. ¿Qué significa esto? ¿Acaso vino a la boda para enseñar a despreciar a las madres? El novio a cuya boda había venido se casaba precisamente, sí, para procrear hijos, y deseaba, sí, que le honrasen. Aquél, pues, ¿había venido a la boda para deshonrar a la madre, aunque se celebran las bodas y los hombres se casan para tener hijos, a los que Dios ordena que honren a sus padres? Sin duda, hermanos, aquí se esconde algo. De hecho, es cosa tan importante, que algunos que quitan crédito al evangelio, y dicen que Jesús no nació de María Virgen, intentaron tomar de aquí una prueba de su error, para decir: «¿Cómo era madre de ese a quien dijo “¿Qué tengo yo contigo, mujer?”»; como arriba he recordado, el Apóstol previene que los evitemos, diciendo: Temo, dice, que como la serpiente sedujo a Eva con su astucia, así se corrompan también vuestras mentes apartándose de la sencillez y la castidad que existen respecto al Mesías. Hay que responderles, pues, y exponer por qué dijo esto el Señor, no vayan a creer, enloquecidos, haber hallado contra la sana fe algo con que se corrompa la castidad de la esposa virgen, esto es, con que se viole la fe de la Iglesia.

En efecto, hermanos, se corrompe de verdad la fe de quienes anteponen la mentira a la verdad. De hecho, esos que, negando que tomó carne, creen honrar a Cristo, no predican otra cosa sino que él es un embustero. Quienes, pues, en los hombres edifican la mentira, ¿qué desalojar de ellos sino la verdad? Les meten el diablo, expulsan a Cristo, meten al adúltero, expulsan al Novio; son padrinos, o mejor, alcahuetes de la serpiente, pues hablan para que la serpiente sea propietaria y se expulse a Cristo. ¿Cómo es propietaria la serpiente? Cuando es propietaria la mentira. Cuando es propietaria la falsedad, es propietaria la serpiente; cuando es propietaria la verdad, Cristo es propietario, pues él dijo: «Yo soy la verdad». Y de aquélla, en cambio: Y no se ha mantenido en la verdad, porque no hay verdad en ella. Pero Cristo es la Verdad, de forma que entiendas que en Cristo es verdadero todo: verdadera Palabra, Dios igual al Padre, verdadera el alma, verdadera la carne, verdadero hombre, verdadero Dios, verdadero el nacimiento, verdadera la pasión, verdadera la muerte, verdadera la resurrección. Si dices que algo de esto es falso, entra la podredumbre, del veneno de la serpiente nacen los gusanos de las mentiras, y nada permanecerá íntegro.

6. ¿Qué significa, pues, pregunta, lo que afirma el Señor: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? En lo que sigue, quizá nos muestra el Señor por qué lo dijo; afirma: Aún no llega mi hora. Esto es lo que dice: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Aún no llega mi hora. Y hay que investigar por qué está dicho esto. Primero, pues, resistamos a los herejes partiendo de esas palabras. ¿Qué dice la serpiente enervada, la silbadora venenosa, la antigua instigadora? ¿Qué dice? «Jesús tuvo a una mujer por madre». ¿Cómo lo pruebas? Responde: «Porque dijo: ¿Qué tengo yo contigo, mujer?». ¿Quién lo ha narrado, para que creamos que lo dijo? ¿Quién lo ha narrado? «Como todo el mundo sabe, Juan Evangelista». Pero Juan Evangelista mismo dijo: Y estaba allí la madre de Jesús. En verdad, ha narrado así: Al día siguiente tuvo lugar una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Ahora bien, había venido allí invitado a la boda con sus discípulos.

Tenemos dos afirmaciones proferidas por el evangelista. Estaba allí la madre de Jesús, ha dicho el evangelista; el evangelista mismo ha dicho qué dijo Jesús a su madre. Y, porque primero dice: «Le comunica su madre», para que tengáis defendida contra la lengua de la serpiente la virginidad del corazón, ved, hermanos, cómo ha dicho que respondió Jesús a su madre. Ahí, en ese evangelio mismo, según narración del evangelista mismo, se dice: «Estaba allí la madre de Jesús», y «Su madre le dijo». ¿Quién ha narrado esto? Juan Evangelista. Y ¿qué responde Jesús a la madre? «¿Qué tengo yo contigo, mujer?». ¿Quién lo narra? Idéntico evangelista, Juan en persona. ¡Oh evangelista fidelísimo y veracísimo! Tú me narras que Jesús dijo: «¿Qué tengo yo contigo, mujer?»; ¿por qué le has asignado una madre a la que no reconoce? Efectivamente, tú has dicho que allí estaba la madre de Jesús, y que le dijo su madre. ¿Por qué no dijiste, más bien: «Allí estaba María», y «María le dijo»? Una y otra cosa narras tú: «Su madre le dijo», y «Le responde Jesús: ¿Qué tengo yo contigo, mujer?». ¿Por qué esto, sino porque una y otra son verdad? Aquéllos, en cambio, quieren creer al evangelista en eso que narra que Jesús dijo a la madre: «¿Qué tengo yo contigo, mujer?»; pero no quieren creer al evangelista lo que afirma: «Estaba allí la madre de Jesús», y «Le dijo su madre». Ahora bien, ¿quién es el que resiste a la serpiente y mantiene la verdad, la virginidad de cuyo corazón no corrompe la astucia del diablo? Quien cree que una y otra cosa son verdad: que la madre de Jesús estaba allí, y que Jesús respondió eso a la madre. Pero, si aún no entiende cómo dijo Jesús: «Qué tengo yo contigo, mujer?», crea, entre tanto, que lo dijo, y que lo dijo a la madre. Haya primero piedad en quien cree, y habrá fruto en quien entiende.

7. Os interrogo, oh cristianos fieles: ¿Estaba allí la madre de Jesús? Responded: Estaba. ¿Cómo lo sabéis? Responded: Lo dice el evangelio. ¿Qué respondió Jesús a la madre? Responded: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Aún no llega mi hora. Y ¿cómo lo sabéis? Responded: Lo dice el evangelio. Nadie os corrompa esta fe, si queréis conservar para el Novio la virginidad casta. Si, en cambio, se os pregunta por qué respondió esto a la madre, hable quien entiende; quien, en cambio, aún no entiende, crea, sin embargo, firmísimamente que Jesús respondió esto y que empero respondió a la madre. Si orando aldabea y sin disputar se acerca a la puerta de la Verdad, con esta piedad merecerá también entender por qué respondió así. Mientras supone que él sabe o se sonroja de no saber por qué respondió así, cuide sólo de no verse forzado a creer que mintió el evangelista que afirma: «Estaba allí la madre de Jesús», o que Cristo mismo padeció por nuestros delitos con muerte falsa, que mostró cicatrices falsas por nuestra justificación, y que dijo una falsedad: Si permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente discípulos míos y conoceréis la verdad, y la verdad os librará. En efecto, si la madre es falsa, falsa la carne, falsa la muerte, falsas las heridas de la pasión, falsas las cicatrices de la resurrección, librará a cuantos crean en él no la verdad, sino la falsedad. Pero, más bien, la falsedad ceda a la verdad, y confúndanse todos los que, precisamente porque intentan demostrar que Cristo es falaz, quieren pasar por veraces y no quieren que, pues dicen que la Verdad ha mentido, se les diga: «No os creemos, porque mentís». Si empero les decimos: «¿Cómo sabéis que Cristo dijo: “¿Qué tengo yo contigo, mujer?”», responden que ellos han creído al evangelio. ¿Por qué no creen al evangelio que dice «Estaba allí la madre de Jesús» y «Le dijo su madre»? O, si el evangelio miente en esto, cómo se le cree que Jesús dijera: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? ¿Por qué, más bien, esos desgraciados no creen fielmente también que el Señor respondió así no a una extraña, sino a la madre, e investigan piadosamente por qué respondió así? Mucha es, en efecto, la diferencia entre quien dice: «Quiero saber por qué Cristo respondió esto a la madre», y quien dice: «Sé que Cristo no respondió esto a la madre». Una cosa es querer entender lo que está oscuro, otra no querer creer lo que está claro. Quien dice: «Quiero saber por qué Cristo respondió así a la madre», quiere que se le aclare el evangelio al que ha creído; quien, en cambio, dice: «Sé que Cristo no respondió esto a la madre», acusa de falsedad a ese evangelio mismo según el cual ha creído que Cristo respondió así.

La hora de Jesús. Herejes y astrólogos

8. Si, pues, os place, hermanos, rechazados ellos y mientras yerran siempre en su ceguera si no son sanados humildemente, nosotros investiguemos ya por qué nuestro Señor respondió así a la madre. Él, caso único, del Padre nació sin madre, de la madre sin padre; Dios sin madre, hombre sin padre, sin madre antes de los tiempos, sin padre el final de los tiempos. Lo que respondió, lo respondió a la madre, porque estaba allí la madre de Jesús, y porque su madre le dijo. Todo esto dice el evangelio. Sabemos que estaba allí la madre de Jesús, por la misma fuente por la que sabemos que le dijo: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Aún no llega mi hora. Creamos todo e investiguemos lo que aún no entendemos. Y primero ved esto: que como los maniqueos hallaron ocasión para su perfidia, porque dijo: «¿Qué tengo yo contigo, mujer?», los astrólogos no encuentren asimismo ocasión para su falacia, porque dijo: Aún no llega mi hora. Y si lo dijo según los astrólogos, hemos cometido un sacrilegio quemando sus códices; si, en cambio, hemos obrado rectamente, como sucedió en tiempo de los apóstoles, el Señor no dijo según los astrólogos: «Aún no llega mi hora». En efecto, charlatanes y seductores seducidos, dicen: «Ves que bajo el destino estaba Cristo, que dice: Aún no llega mi hora». ¿A quiénes, pues, hay que responder primero, a los herejes o a los astrólogos? Unos y otros proceden, en efecto, de aquella serpiente, pues quieren corromper la virginidad del corazón de la Iglesia, que ella tiene con fe íntegra. Si os place, comencemos por esos de quienes ya he hablado, a los cuales he respondido ciertamente en gran parte. Pero, para que no supongan que nada tenemos que decir de estas palabras que respondió el Señor a la madre, os instruyo más contra ellos, porque supongo que para desmentirlos basta lo que ya se ha dicho.

9. ¿Por qué, pues, dice el hijo a la madre: Qué tengo yo contigo, mujer. Aún no llega mi hora? Nuestro Señor Jesucristo era Dios y asimismo hombre; en cuanto que era Dios, no tenía madre; en cuanto que era hombre, la tenía. Era, pues, madre de la carne, madre de la humanidad, madre de la debilidad que él asumió por nosotros. En cambio, el milagro que iba a hacer, iba a hacerlo según la divinidad, no según la debilidad; en cuanto que era Dios, no en cuanto que había nacido débil. Pero lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. La madre, pues, exigía un milagro; pero él, que iba a realizar obras divinas, parece no reconocer las entrañas humanas, como diciendo: «Tú no engendraste lo que de mí hace el milagro, tú no engendraste mi divinidad; pero, porque engendraste mi debilidad, te conoceré cuando esa debilidad misma cuelgue en la cruz». Esto, en efecto, significa: «Aún no llega mi hora», pues la conoció entonces quien absolutamente siempre la había conocido. Y antes de nacer de ella, en la predestinación había conocido a la madre; y antes de que él crease en cuanto Dios a esa de quien en cuanto hombre sería creado él, había conocido a la madre. Pero misteriosamente, a cierta hora no la reconoce y, a la inversa, misteriosamente, a cierta hora que aún no había llegado, la reconoce. La reconoció, en efecto, en el momento en que moría lo que ella parió. Por cierto, no moría aquello mediante lo que María había sido hecha, sino que moría lo que había sido hecho a partir de ella; no moría la eternidad de la divinidad, sino que moría la debilidad de la carne. Respondió, pues, aquello, para distinguir según la fe de los creyentes quién y por dónde había venido, pues mediante una mujer madre vino el Dios y Señor del cielo y de la tierra. En cuanto Señor del mundo, porque es Señor del cielo y de la tierra, es también, sí, Señor de María; en cuanto creador del cielo y de la tierra, es también creador de María; en cambio, según lo que está dicho: Hecho de mujer, hecho bajo ley, es hijo de María. Él, Señor de María; él, hijo de María; él, creador de María; él, creado de María.

No te asombres de que sea hijo y Señor, ya que, como se le ha llamado hijo de María, así también de David, e hijo de David precisamente por serlo de María. Oye al Apóstol decir claramente: El cual, según la carne, le fue hecho de la descendencia de David.Oye también que él es Señor de David; dígalo David mismo: Dijo el Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». También Jesús mismo propuso esto a los judíos y mediante ello los dejó convictos. Como, pues, es hijo y Señor de David —hijo de David, según la carne; Señor de David, según la divinidad—, así, según la carne, es hijo María, y según la majestad, Señor de María.

Porque, pues, ella no era madre de la divinidad y en virtud de la divinidad iba a acontecer el milagro que pedía, le respondió: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Pero, para que no supongas que niego que seas madre, Aún no ha llegado mi hora, pues te reconoceré cuando comience a colgar en la cruz la debilidad cuya madre eres». Comprobemos si es verdad. Cuando padeció el Señor, como dice idéntico evangelista, que conocía a la madre del Señor y que con ocasión de esta boda nos ha notificado que es madre del Señor, él narra: Estaba allí, afirma, cerca de la cruz la madre de Jesús. Y dice a su madre: «Mujer, he aquí tu hijo», y al discípulo: He ahí tu madre». Encomienda la madre al discípulo; encomienda la madre el que iba a morir antes que la madre, y a resucitar antes de la muerte de la madre; hombre él, encomienda un hombre a un hombre. Esto había parido María. Ya había llegado la hora de la que había dicho entonces: Aún no llega mi hora.

10. Hasta donde estimo, hermanos, se ha respondido a los herejes. Respondamos a los astrólogos. Y ésos ¿cómo intentan convencer de que Jesús estaba bajo el hado? Porque, afirman, él mismo dijo: Aún no llega mi hora. Le creemos, pues; y si hubiera dicho: «No tengo hora», habría eliminado a los astrólogos. «Pero he aquí», replican, «que él mismo ha dicho: Aún no ha llegado mi hora». Si, pues, hubiera dicho: «No tengo hora», habría eliminado a los astrólogos; no habría con qué hiciesen esa interpretación capciosa. Ahora, en cambio, porque ha dicho: «Aún no ha llegado mi hora», ¿qué podemos decir contra las palabras de él? Es extraño que los astrólogos, creyendo a las palabras de Cristo, intenten convencer a los cristianos de que Cristo vivía bajo una hora fatal. Crean, pues, a Cristo cuando dice: Tengo potestad para deponer mi vida y tomarla de nuevo; nadie me la quita, sino que por mí mismo la depongo yo y de nuevo la tomo. ¿Conque esta potestad está bajo el hado? Muestren un hombre que tenga potestad sobre cuándo va a morir, cuánto tiempo va a vivir; en absoluto, no lo mostrarán. Crean, pues, a Dios que dice: «Tengo potestad para deponer mi vida y tomarla de nuevo», e investiguen por qué está dicho: «Aún no llega mi hora», y, precisamente porque, aun si hubiese hado venido de los astros, no podría estar bajo la necesidad de los astros el fundador de los astros, no pongan ya bajo el hado al fundador del cielo, al creador y ordenador de los astros. Añade tú que Cristo no sólo no tuvo lo que llamas hado, sino tampoco tú ni yo ni aquél ni ningún hombre.

11. Sin embargo, seducidos, seducen y ponen falacias ante los hombres; las tienden para cazar a los hombres, y esto en las plazas. En verdad, quienes las tienden para cazar fieras, lo hacen en los bosques y en el desierto; ¡qué infelizmente inconsistentes son los hombres, para cazar a los cuales se tiende una trampa en el foro! Cuando los hombres se venden a hombres, reciben dinero. Ésos dan dinero para venderse a fraudes, pues entran donde el astrólogo a comprarse amos, de la laya que al astrólogo le plazca dar: Saturno, Júpiter, Mercurio o cualquier otra cosa de sacrílego nombre. Entró libre, para, dado el dinero, salir esclavo. Mejor dicho, más bien no entraría si fuese libre, sino que entró adonde lo arrastraron el amo error y el ama codicia. Por eso dice también la Verdad: Todo el que comete pecado es esclavo del pecado.

Tengo poder para entregar mi vida

12. ¿Por qué, pues, dijo: Aún no llega mi hora? Más bien, porque tenía en su poder cuándo moriría, veía que aún no era oportuno usar ese poder. Como, verbigracia, hermanos, nosotros hablamos así: «Es la hora exacta de salir a celebrar los sacramentos». Si salimos antes de lo preciso, ¿no somos inoportunos e intempestivos? Porque, pues, no actuamos sino cuando es oportuno, al hacer estas cosas, ¿tenemos por eso en cuenta el hado cuando hablamos así? ¿Qué significa, pues: «Aún no llega mi hora»? Aún no llega esa hora, cuando yo sé que es oportuno que yo padezca, cuando mi pasión será útil. Entonces sufriré por decisión. Así mantendrás: «Aún no llega mi hora» y «Tengo potestad para deponer mi vida y tomarla de nuevo».

Había venido, pues, teniendo en su poder cuándo moriría. Pero si muriese antes de elegir discípulos, sería ciertamente intempestivo. Si fuese un hombre que no tuviera en su poder su hora, podría morir antes de haber elegido discípulos, y, si quizá muriese elegidos ya e instruidos los discípulos, esto se le daría, no lo haría él mismo. Pero quien había venido teniendo en su mano cuándo irse, cuándo regresar, hasta dónde desplegarse él, ante quien, para mostrarnos la esperanza de su Iglesia en la inmortalidad, estaban abiertos los abismos no sólo al morir sino también al resucitar, mostró en la cabeza lo que los miembros debían aguardar: resucitará también en los demás miembros quien resucitó como cabeza. No había, pues, llegado aún la hora, no era aún la oportunidad. Había que llamar a los discípulos, había que anunciar el reino de los cielos, había que realizar prodigios, había que hacer valer con milagros la divinidad del Señor, había que hacer valer con el sufrimiento común de la condición mortal la humanidad del Señor. En efecto, quien porque era hombre tenía hambre, porque era Dios alimentó con cinco panes a otros tantosmillares; quien porque era hombre dormía, porque era Dios daba órdenes a los vientos y las olas. Había que hacer valer primero todo esto, para que hubiese qué escribieran los evangelistas, qué se predicase a la Iglesia. Ahora bien, cuando hizo tanto cuanto juzgó suficiente, llegó la hora no de la necesidad, sino de la voluntad; no de la condición, sino de la potestad.

13. ¿Qué, pues, hermanos? Porque he respondido a unos y otros, ¿no diré nada sobre qué significan las hidrias, qué el agua convertida en vino, qué el maestresala, qué el novio, qué la madre de Jesús en este misterio, qué la boda misma? Todo ha de decirse, pero no hay que cansaros. En nombre de Cristo quise, sí, tratarlo con vosotros incluso ayer, día en que, como de costumbre, hablo por obligación a Vuestra Caridad, pero me lo impidieron algunas necesidades. Si, pues, parece bien a Vuestra Santidad, difiramos para mañana lo que concierne al misterio y no abrumemos vuestra debilidad y la mía. Quizá hay hoy aquí muchos que han acudido por la solemnidad del día, no para oír el sermón. Quienes vendrán mañana, vengan a oírlo. Así no defraudaré a los interesados ni cansaré a los desganados.

 

TRATADO 9

Comentario a Jn 2,1-11, predicado en Hipona, en 407, ¿sábado 23 de febrero?

Introducción: finalidad de los milagros

1. El Señor Dios nuestro me asista y conceda cumplir lo que prometí. Ayer, si recuerda Vuestra Santidad, no pude concluir mi sermón por falta de tiempo, dejando para hoy, con la ayuda de Dios, la explicación ya comenzada de los misterios puestos místicamente en este episodio de la lectura evangélica. Por tanto, no es preciso detenerse más en hacer valer el milagro de Dios, pues es Dios en persona quien a lo ancho de toda la creación hace milagros cotidianos que para los hombres se han depreciado no por su facilidad, sino por su frecuencia. En cambio, los hechos insólitos que ha realizado el mismo Señor, esto es, la Palabra encarnada por nosotros, produjeron a los hombres estupor mayor, no porque eran mayores de lo que son los que hace a diario en la creación, sino porque esos que suceden a diario se realizan como por su curso normal; en cambio, los otros parecen presentados a los ojos de los hombres por la eficacia de un poder presente, por así calificarlo. Como recordáis, dije: resucitó un único muerto, los hombres se quedaron estupefactos, aunque nadie se extraña de que a diario nazcan quienes no existían. Así, ¿quién no se extraña del agua convertida en vino, aunque todos los años hace Dios esto en las vides? Pero, porque todo lo que hizo el Señor Jesús es capaz no sólo de excitar nuestros corazones mediante los milagros, sino también edificarlos en la doctrina de la fe, es preciso que escrutemos qué quiere decir todo aquello, esto es, qué significa. En efecto, como recordáis, diferí para hoy los significados de todo esto.

Jesús consagra el matrimonio

2. Porque el Señor vino invitado a la boda, aun dejado a un lado el significado místico, quiso confirmar que él hizo el matrimonio. En efecto, iba a haber quienes prohibirían casarse, de los que habló el Apóstol, y dirían que el matrimonio es un mal y que lo hizo el demonio, aunque el mismo Señor, preguntado si es lícito al hombre despedir a su esposa por cualquier causa, en el evangelio dice que no le es lícito, a no ser por motivo de fornicación. En esa respuesta, si recordáis, asevera esto: No separe el hombre lo que Dios ha unido. Y quienes están bien formados en la fe católica saben que Dios es el autor del matrimonio y que, como la unión viene de Dios, así el divorcio viene del diablo. Pero en caso de fornicación es lícito despedir a la esposa, precisamente por haber sido ella, que no guardó la fidelidad conyugal al marido, la primera en no querer ser esposa. Las que prometen a Dios virginidad, aunque en la Iglesia ocupan un rango más ilustre de honor y santidad, no están sin boda, porque con toda la Iglesia tienen que ver también ellas con una boda: la boda en que el novio es Cristo. El Señor, pues, vino invitado a la boda, precisamente para consolidar la castidad conyugal y mostrar el misterio del matrimonio, porque el novio de aquella boda, al cual se dijo «Has reservado hasta ahora el vino bueno», representaba la persona del Señor, pues Cristo reservó hasta ahora el vino bueno, esto es, su Evangelio.

Sin Cristo, el Antiguo Testamento es agua

3. En la medida en que lo da aquel en cuyo nombre os hice la promesa, comencemos ya a desvelar los secretos mismos de los misterios. Profecía había en tiempos antiguos, y en ningún tiempo se interrumpió la dispensación de la profecía. Pero esa profecía, cuando en ella no se entendía a Cristo, era agua, pues de alguna forma el vino está latente en el agua. El Apóstol dice qué hemos de entender en esa agua: Hasta el día de hoy, afirma, mientras se lee a Moisés, está puesto sobre el corazón de ellos el mismo velo, que no se descorre, porque en Cristo desaparece. Mas cuando pases al Señor, afirma, será retirado el velo. Llama velo a la cubierta de la profecía, puesta aquélla para que ésta no se entienda. Se quita el velo cuando pases hacia el Señor. Así, cuando pases hacia el Señor, se quita la ignorancia y lo que era agua se te vuelve vino. Lee todos los libros proféticos: sin entender a Cristo, ¿qué hallarás tan insípido y soso? Entiende allí a Cristo: no sólo cobra sabor lo que lees, sino que incluso embriaga, pues desplaza del cuerpo a la mente, de forma que, mientras olvidas lo pasado, te extiendes a lo que está delante.

Todas las profecías hablan de Cristo

4. La profecía, pues, desde tiempos antiguos, desde que corre hacia adelante la sucesión de quienes nacen en el género humano, no ha callado sobre Cristo; pero allí había un secreto, pues ella era aún agua. ¿Cómo probamos que en todos los tiempos anteriores, hasta la era en que vino Cristo, no faltó profecía sobre él? Porque lo dice el Señor en persona. En efecto, cuando resucitó de entre los muertos, encontró que los discípulos dudaban de él, a quien habían seguido. Efectivamente, lo vieron muerto, no esperaron que iba a resucitar y se derrumbó toda su esperanza. ¿Por qué el bandido loado mereció estar en el paraíso aquel día mismo? Porque fijo en la cruz confesó a Cristo, mientras los discípulos dudaron de él. Los halló, pues, vacilantes e inculpándose en cierto modo por haber esperado la redención gracias a él. Sin embargo, porque sabían que era inocente, se lamentaban de que lo hubiesen matado sin culpa. Tras la resurrección, también ellos dijeron esto, cuando en el camino halló tristes a algunos de ellos:¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, y no te has enterado de lo ocurrido en ella estos días? Él, por su parte, les dijo: ¿Qué? Ellos, por su parte, dijeron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue varón profeta, poderoso en hechos y dichos, en presencia de Dios y de todo el pueblo: cómo nuestros sacerdotes y jefes lo entregaron a condena de muerte y lo fijaron a una cruz. Nosotros, por nuestra parte, esperábamos que él era quien iba a redimir a Israel; mas ahora se cumple hoy el día tercero desde que esto sucedió. Estas y otras cosas dijo uno de los dos que encontró en el camino, mientras iban a una aldea próxima. Entonces les contestó así: ¡Oh insensatos y torpes de corazón para creer en todo lo que han hablado los profetas! ¿No era preciso que el Mesías padeciera todo esto y entrase en su claridad? Y comenzando por Moisés y todos los profetas, estuvo interpretándoles lo que en todas las Escrituras había acerca de él7. También en otro pasaje, cuando, para que creyesen que había resucitado corporalmente, quiso que le palpasen las manos de los discípulos, afirma: Éstas son las palabras que os he hablado cuando aún estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que de mí está escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos. Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras y les dijo que así está escrito que el Mesías padecerá y de entre los muertos resucitará al tercer día y en su nombre se predicará a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, enmienda y perdón de los pecados.

El vino de la presencia de Cristo

5. Entendidas estas cosas tomadas del evangelio, que realmente son claras, quedarán patentes todos los misterios que en este milagro del Señor están latentes. Mirad qué asevera: que era preciso que se cumpliera en Cristo lo que está escrito de él. ¿Dónde está escrito? En la Ley, afirma, y en los Profetas y Salmos. No omitió nada de las Escrituras Antiguas. Ésa era agua; y el Señor los llama insensatos, precisamente porque aún les sabía a agua, no a vino. Ahora bien, ¿cómo del agua hizo vino? Cuando les abrió la inteligencia y, a lo largo de todos los profetas, comenzando por Moisés, les expuso las Escrituras. Por eso, embriagados ya, decían: «¿En el camino, no estaba ardiendo nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras?», pues entendieron a Cristo en estos libros en que no le habían conocido. Nuestro Señor Jesucristo cambió, pues, el agua en vino, y tiene sabor lo que no tenía, embriaga lo que no embriagaba.
 

Por cierto, si hubiese ordenado que derramasen de allí el agua, y así él echaría vino desde los ocultos senos de la creación, de donde hizo también el pan cuando sació a tantos millares —pues los cinco panes no tenían la saciedad de cinco millares de hombres ni siquiera doce canastas llenas, sino que la omnipotencia del Señor era cual fuente de pan; así podría también, derramada el agua, echar vino—; si hubiese hecho esto, parecería reprobar las Escrituras viejas. En cambio, cuando convierte en vino el agua misma, nos muestra que también la Escritura vieja procede de él, porque por orden suya fueron llenadas las hidrias. Del Señor, sí, procede también esa Escritura; pero no sabe a nada si allí no se entiende a Cristo.

Las seis hidrias y las seis edades del mundo

6. Ahora bien, atended a lo que él dice: Lo que de mí está escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos. Sabemos, por otra parte, que la Ley, a partir de qué tiempos narra, desde el comienzo del mundo: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra. Desde ahí hasta este tiempo en que ahora vivimos hay seis eras, como frecuentemente habéis oído y conocéis. Efectivamente, la primera era se computa de Adán hasta Noé; la segunda, de Noé hasta Abrahán, y, como el evangelista Mateo sigue y distingue por orden, la tercera, de Abrahán hasta David; la cuarta, de David hasta la deportación a Babilonia; la quinta, de la deportación a Babilonia hasta Juan Bautista; la sexta, desde ahí hasta el fin del mundo.

Precisamente porque en esta edad sexta se manifiesta mediante el Evangelio la reforma de nuestra mente según la imagen de ese que nos ha creado, hizo Dios al hombre a su imagen el día sexto, y, para que saboreemos a Cristo, manifestado ya en la Ley y los Profetas, el agua es convertida en vino. Por eso estaban allí seis hidrias que mandó llenar de agua. Esas seis hidrias significan, pues, las seis eras en que no faltó la profecía. Esos seis tiempos, pues, distribuidos, por así decirlo, y divididos en partes, serían como recipientes vacíos, si no los hubiese llenado Cristo. ¿Qué he dicho? ¿Tiempos que correrían sin contenido, si en ellos no se predicaba al Señor Jesús? Se han cumplido las profecías, llenas están las hidrias; pero, para que el agua sea convertida en vino, en esa profecía entera ha de entenderse a Cristo.

El misterio de la Trinidad

7. ¿Qué significa, pues, «Cogían dos o tres metretas»? Esta locución hace valer para nosotros, sobre todo, un misterio, pues denomina metretas a ciertas medidas, como si dijera cubos, ánforas o algo parecido. «Metreta» es nombre de medida, y del vocablo «medida» recibe nombre esta medida, pues los griegos denominan Μέτρον a la medida; de ahí se ha dado nombre a las metretas. Cogían, pues, dos o tres metretas. ¿Qué diremos, hermanos? Si dijera sólo tres, nuestro ánimo no correría sino al misterio de la Trinidad. Pero quizá, ni siquiera así debemos en seguida descartar de ahí este sentido, porque ha hablado de dos o tres; en efecto, nombrados el Padre y el Hijo, ha de entenderse consiguientemente también el Espíritu Santo, pues el Espíritu Santo es no sólo del Padre ni Espíritu sólo del Hijo, sino Espíritu del Padre y del Hijo. En efecto, está escrito: Si alguien amase el mundo, no está en él el Espíritu del Padre. Asimismo está escrito: Ahora bien, cualquiera que no tiene el Espíritu de Cristo, éste no es suyo. Pues bien, idéntico es el Espíritu del Padre y del Hijo. Así pues, nombrados el Padre y el Hijo, se entiende también el Espíritu Santo, porque es el Espíritu del Padre y del Hijo. Ahora bien, cuando se nombra al Padre y al Hijo, se nombran, digamos, dos metretas; cuando, en cambio, se entiende ahí al Espíritu Santo, tres metretas. Por eso no se dice «unas, que cogían dos medidas; otras, tres», sino que esas seis hidrias cogían dos o tres metretas. Como si dijera: Cuando digo dos, quiero que con éstas se entienda también al Espíritu del Padre y del Hijo; y cuando digo tres, enuncio de manera por entero manifiesta la misma Trinidad.

8. Así pues, es preciso que cualquiera que nombra al Padre y al Hijo entienda ahí la recíproca caridad, digamos, del Padre y del Hijo, cosa que es el Espíritu Santo. En efecto, quizá las Escrituras, examinadas —no digo esto de forma que hoy pueda enseñaros, o como si no pueda hallarse otra cosa—; pero, en todo caso, las Escrituras, escrutadas, quizá indican que el Espíritu Santo es caridad. Y no supongáis que la caridad es barata. Al contrario, ¿cómo es barata, cuando se llama caro a todo lo que se califica de no barato? Si, pues, lo que no es barato es caro, ¿qué hay más caro que la caridad misma? Ahora bien, el Apóstol encomia la caridad de forma que dice: Os muestro un camino muy descollante. Si hablo en las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo caridad, he venido a ser como sonante objeto de bronce o címbalo tintineante; y, si supiera todos los sacramentos y todo el saber, y tuviese profecía y toda la fe hasta el punto de trasladar yo montes, pero no tengo caridad, nada soy; y si distribuyera todo lo mío a los pobres y entregase mi cuerpo para arder yo, pero no tengo caridad, de nada me aprovecha. ¿Cuán valiosa, pues, es la caridad, que, si falta, en vano se tiene lo demás; si está presente, se tiene directamente todo? Sin embargo, al loar copiosísima y abundantemente la caridad el apóstol Pablo, de ella ha dicho menos de lo que el apóstol Juan, de quien es este evangelio, afirma brevemente, pues no dudó decir: Dios es caridad. También está escrito: Porque la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que nos ha sido dado.

¿Quién, pues, nombrará al Padre y al Hijo, y no entenderá ahí la caridad del Padre y del Hijo? Cuando empiece a tenerla, tendrá al Espíritu Santo; si no la tuviere, estará sin el Espíritu Santo. Y como tu cuerpo, si estuviere sin espíritu, lo cual es tu alma, está muerto, así tu alma, si estuviere sin el Espíritu Santo, esto es, sin la caridad, será reputada por muerta. Las hidrias, pues, cogían dos metretas, porque en la profecía de todos los tiempos se predica al Padre y al Hijo; pero ahí está también el Espíritu Santo y por eso se ha añadido: O tres. Yo y el Padre, dice, somos una única cosa; pero ni hablar de que falta el Espíritu Santo, cuando oímos: Yo y el Padre somos una única cosa. Sin embargo, porque ha nombrado al Padre y al Hijo, cojan las hidrias dos metretas; pero oye: O tres. Id, bautizad a las naciones en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así pues, cuando se dice «dos», no se expresa la Trinidad, pero se entiende; en cambio, cuando se dice «o tres», también se expresa.

La salvación alcanza a todos los pueblos

9. Pero tampoco ha de dejarse pasar otra interpretación, y la diré. Cada uno elija lo que le plazca. Yo no sustraigo lo que se me sugiere, pues es la mesa del Señor y es preciso que el servidor no defraude a los convidados, sobre todo, tan hambrientos que se ve vuestra avidez. La profecía que desde tiempos antiguos se dispensa, se refiere a la salvación de todas las gentes. Al solo pueblo de Israel fue ciertamente enviado Moisés, por medio de él fue dada la Ley a este solo pueblo; los profetas mismos procedieron también de ese pueblo y la distribución misma de los tiempos fue diversificada según este mismo pueblo; por ende se dice también de las hidrias: Según la purificación de los judíos. Pero en todo caso está claro que aquella profecía se anunciaba también a las demás naciones, puesto que Cristo estaba oculto en aquello en que se bendice a todas las naciones, como se prometió a Abrahán, al decir el Señor: En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones. Ahora bien, aún no se entendía, porque el agua aún no había sido convertida en vino. A todas las naciones, pues, se dispensaba la profecía. Para que esto aparezca de modo por entero agradable, sobre cada era, como cual sobre cada hidria, recordaré algo, según el tiempo que queda.

El primer Adán, imagen de Cristo

10. En el inicio mismo, Adán y Eva eran padres de todas las naciones, no sólo de los judíos; y todo lo que en Adán estaba figurado sobre Cristo, se refería absolutamente a todas las naciones, que en Cristo tienen salvación. Del agua de la hidria primera ¿qué diré principalmente, sino lo que de Adán y Eva afirma el Apóstol? Nadie, en efecto, me dirá que he entendido mal, cuando profiero la interpretación no mía, sino del Apóstol. ¡Qué gran misterio, pues, contiene sobre Cristo aquella unidad que el Apóstol recuerda, al decir: Y existirán los dos en una única carne; este sacramento es grande! Y, para que nadie entendiese que esta grandeza del sacramento se dice respecto a cada uno de cualesquiera hombres que tienen esposas, afirma: Ahora bien, yo hablo respecto a Cristo y a la Iglesia. ¿Cuál es este sacramento grande: existirán los dos en una única carne? Ese pasaje desde el que, cuando la Escritura del Génesis hablaba de Adán y Eva, se llegó a estas palabras: Por eso el hombre dejará al padre y a la madre y se adherirá a su esposa y existirán los dos en una única carne.

Si, pues, Cristo se adhirió a la Iglesia de forma que los dos existen en una única carne, ¿cómo abandonó al Padre? ¿cómo a la madre? Abandonó al Padre porque, aunque existía en forma de Dios, no consideró rapiña ser igual a Dios, sino que se vació a sí mismo, al tomar forma de esclavo. Efectivamente, «dejó al Padre» significa no que lo abandonó y se separó del Padre, sino que se manifestó a los hombres no en la forma en que es igual al Padre. ¿Cómo dejó a la madre? Dejando la sinagoga de los judíos, de la que nació según la carne, y uniéndose a la Iglesia que ha congregado de todas las naciones. La primera hidria tenía, pues, una profecía sobre Cristo; pero, cuando no se predicaba entre los pueblos lo que estoy diciendo, era aún agua, aún no había sido mudada en vino. Y, porque el Señor nos ha iluminado mediante el Apóstol para mostrarnos qué hemos de buscar en esa única frase —Existirán los dos en una única carne; sacramento grande respecto a Cristo y a la Iglesia—, ya nos es lícito buscar por doquier a Cristo y beber vino de todas las hidrias.

Duerme Adán, para que Eva sea hecha; muere Cristo para que sea hecha la Iglesia. Del costado es hecha Eva para Adán durmiente: una lanza perfora el costado a Cristo muerto, para que desciendan los sacramentos con que será formada la Iglesia. ¿Para quién no es evidente que en los hechos de entonces están figurados los futuros, toda vez que el Apóstol dice que Adán en persona es forma del futuro? El cual, afirma, es forma del futuro. Todo estaba prefigurado místicamente. Dios, en efecto, podía sacar a Adán despierto una costilla y formar la mujer. ¿O acaso era preciso que él durmiese, precisamente para que no doliese el costado cuando fue sacada la costilla? ¿Quién hay que duerma de forma que sin despertarse le sean arrancados los huesos? ¿O, porque Dios la arrancaba, el hombre no sentía? Quien, pues, pudo arrancarla a Adán durmiente, podía también arrancarla sin dolor a Adán despierto. Pero, sin duda, era llenada la primera hidria; acerca de este tiempo futuro se dispensaba una profecía de aquel tiempo.

Noé, Abrahán y David

11. Cristo está figurado también en Noé, y en aquella arca, el orbe de las tierras; pues ¿por qué fueron encerrados en el arca todos los animales sino para significar a todas las naciones? De hecho, no faltaba a Dios cómo crear de nuevo toda especie de animales, ya que, cuando no existía ninguno, ¿acaso no dijo «Produzca la tierra», y la tierra produjo? De donde, pues, los hizo entonces, de ahí volvería a hacerlos; con la palabra los hizo, con la palabra los reharía. Pero hacía valer un misterio y llenaba la segunda hidria de la dispensación profética, para que mediante el leño fuese liberada la figura del orbe de las tierras, porque en un leño había de ser clavada la vida del orbe de las tierras.

12. Respecto a la tercera hidria, ya se dijo a Abrahán en persona lo que ya he recordado: En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones. ¿Y quién no verá de quién tenía figura su único, que para sí llevaba a espaldas la leña para el sacrificio, al que él era conducido para ser inmolado? En efecto, el Señor llevó a espaldas su cruz, como dice el evangelio. Baste haber recordado esto sobre la tercera hidria.

13. Por otra parte, ¿por qué diré de David que su profecía se refería a todas las naciones, si acabamos de oír el salmo y es difícil que se diga un salmo donde ella no suene? Pero ciertamente, como he dicho, acabamos de cantar: Levántate, Dios, juzga la tierra, porque tú heredarás en todas las naciones. Y por eso los donatistas, pues no quieren estar en armonía con la voz de quien era el amigo del Novio y dijo: «Éste es quien bautiza», son cual expulsados de una boda, como el hombre que no tenía traje nupcial: fue invitado y vino, pero fue expulsado del número de llamados, porque no tenía traje nupcial adecuado a la gloria del Novio, ya que quien busca su gloria, no la de Cristo, no tiene traje nupcial. No sin razón, a quien no tenía traje nupcial se le echó en cara a modo de increpación lo que no era: Amigo, ¿por qué has venido aquí? Y, como él enmudeció, así también éstos, pues ¿qué aprovecha el estrépito de la boca, mudo el corazón? Ciertamente saben dentro, en sí mismos, que no tienen qué decir. Dentro han enmudecido, fuera alborotan. Quieran o no, oyen que también entre ellos se canta: «Levántate, Dios, juzga la tierra, tú heredarás en todas las naciones»; mas, por no estar en comunión con todas las naciones, ¿que otra cosa conocen sino que ellos están desheredados?

El nombre de Adán y su significado

14. Lo que, pues, decía yo, hermanos, que a todas las naciones se refiere la profecía —de hecho, quiero mostrar otro sentido en eso que está dicho: «Las cuales cogían dos o tres metretas»; insisto: a todas las naciones se refiere la profecía—, acabo de recordaros que se muestra en Adán, el cual es forma del futuro. Ahora bien, ¿quién no sabe que de él se han originado todas las naciones, y que las cuatro letras de su nombre muestran mediante denominaciones griegas las cuatro partes del orbe de las tierras? En efecto, si en griego se dijera oriente, occidente, norte y sur, como en casi todos los lugares los recuerda la Santa Escritura, en las iniciales de esas palabras hallas ADAM, pues las cuatro parte del mundo mencionadas se dicen en griego ἀνατολή, δύσις, ἅρκτος, μεσημβρία. Si escribes estos cuatro nombres cual cuatro versos uno debajo de otro, en sus iniciales se lee ADAM. En atención al arca en que estaban todos los animales, que significaban a todas las naciones, esto estuvo figurado en Noé; esto, en Abrahán, a quien se dijo con toda claridad: «En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones»; esto, en David, de cuyos salmos, por no citar otros, acabamos de cantar: Levántate, Dios, juzga la tierra, porque heredarás en todas las naciones. En efecto, ¿a qué Dios se dice: «Levántate», sino al que se durmió? Levántate, Dios, juzga la tierra. Como si se dijera: Dormiste, juzgado por la tierra; levántate para que juzgues la tierra. ¿Y a dónde se extiende esa profecía? Porque heredarás en todas las naciones.

Daniel y su profecía

15. Por otra parte, en la era quinta, cual en la quinta hidria, Daniel vio que del monte era cortada sin manos una piedra, que hizo pedazos todos los reinos de las tierras, que esa piedra creció, se hizo un monte grande hasta llenar toda la haz de la tierra. ¿Qué más claro, hermanos míos? La piedra es cortada del monte; ella es la piedra que desecharon los constructores y fue convertida en piedra angular. ¿De qué monte es cortada sino del reino de los judíos, de donde nuestro Señor Jesucristo nació según la carne? Y es cortada sin manos, sin obra humana, porque sin abrazo marital nació de la Virgen. El monte de donde fue cortada no había llenadotoda la faz de la tierra, pues el reino judío no había tenido en su poder a todas las naciones. En cambio, vemos que el reino de Cristo ocupa todo el orbe de las tierras.

Juan Bautista, el último profeta

16. Por otra parte, a la era sexta pertenece Juan Bautista, mayor que el cual nadie ha surgido entre los nacidos de mujeres, del cual está dicho: Mayor que un profeta. ¿Cómo muestra él también que Cristo ha sido enviado a todas las naciones? Cuando los judíos vinieron a él a ser bautizados y, para que no se ensoberbecieran del nombre de Abrahán, decía: «Generación de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? Dad, pues, fruto digno de la enmienda», esto es, sed humildes, pues hablaba a orgullosos. Ahora bien, ¿de qué estaban orgullosos? De la estirpe de la carne, no del fruto de la imitación del padre Abrahán. ¿Qué les dice? No digáis: «Por padre tenemos a Abrahán», pues Dios es potente para de estas piedras suscitar hijos a Abrahán. Llama piedras a todos los gentiles, no por su solidez, como se lo llamaron a la piedra que desecharon los constructores, sino por su estupidez y necedad inflexible, porque se habían hecho similares a esos a los que adoraban, pues a ídolos insensatos adoraban los igualmente insensatos. ¿Por qué insensatos? Porque se dice en un salmo: Similares a ellos vengan a ser quienes los hacen y todos los que confían en ellos. Por eso, cuando los hombres comiencen a adorar a Dios, ¿qué oyen? Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y envía lluvia sobre justos e injustos.

Por tanto, si el hombre se hace similar a ese a quien adora, ¿qué significa: Dios es potente para de estas piedras suscitar hijos a Abrahán? Preguntémonos a nosotros mismos y veremos que eso ha sucedido. En efecto, nosotros venimos de los gentiles; ahora bien, no vendríamos de los gentiles si de las piedras no le hubiera Dios suscitado hijos a Abrahán. Hemos sido hechos hijos de Abrahán por imitar su fe, no por nacer mediante la carne. Efectivamente, como ellos fueron desheredados por degenerar, así nosotros hemos sido adoptados por imitar. A todas las naciones, pues, hermanos, se refería también la profecía de esta hidria sexta y, por eso, de todas está dicho: Las cuales cogían dos o tres metretas.

Conclusión: las profecías, dirigidas a todos los pueblos

17. Pero ¿cómo muestro que todas las naciones tienen que ver con las dos o tres metretas? De hecho, fue en cierto modo cosa del tasador, para hacer valer el misterio, contar como dos las que había contado como tres. ¿Cómo son dos las metretas? Circuncisión y prepucio. La Escritura recuerda estos dos pueblos y no omite ninguna raza humana cuando dice: Circuncisión y prepucio. En estos dos nombres tienes a todas las naciones: son las dos metretas. Cristo fue hecho piedra angular, cuando estas dos paredes vinieron en sentido contrario a hacer la paz en él mismo.

En esas mismas naciones todas mostraré también las tres metretas. Tres eran los hijos de Noé, mediante los que fue recomenzado el género humano. Por ende afirma el Señor: El reino de los cielos es semejante a levadura que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentase. ¿Quién es esta mujer sino la carne del Señor? ¿Qué es la levadura sino el Evangelio? ¿Cuáles son las tres medidas sino todas las naciones, en atención a los tres hijos de Noé?

Las seis hidrias, pues, que cogían dos o tres metretas son las seis eras de los tiempos, que cogían la profecía relativa a todas las naciones, significadas o en dos especies de hombres, judíos y griegos, como frecuentemente menciona el Apóstol, o en tres, en atención a los tres hijos de Noé. Efectivamente, la profecía que llega hasta todas las naciones está figurada porque, en cuanto que llega, se la ha denominado metreta, como dice el Apóstol: «Hemos recibido la medida de llegar hasta vosotros». De hecho, mientras anuncia la buena noticia a las naciones dice esto: La medida de llegar hasta vosotros.

 

TRATADO 10

Comentario a Jn 2,12-21, predicado en Hipona, en 407, ¿domingo 24 de febrero?

Dios te escucha desde tu interior

1. En el salmo habéis oído el gemido del Pobre cuyos miembros padecen tribulaciones por la tierra entera hasta el final del mundo. Poned empeño, hermanos míos, por estar entre estos miembros y ser de estos miembros, porque la tribulación es, toda, transitoria. ¡Ay de los que gozan! La Verdad dice: Dichosos los que lloran, porque ésos serán consolados. Dios se ha hecho hombre. ¿Qué llegará a ser el hombre por quien Dios se ha hecho hombre? En toda tribulación y tentación de esta vida consuélenos esta esperanza, pues el enemigo no cesa de perseguir y, si no se ensaña abiertamente, actúa con insidias. En efecto, ¿qué hace? Y además de ira, actuaban dolosamente. Por eso se le ha llamado león y dragón. Pero ¿qué se dice de Cristo? Y conculcarás león y dragón. León, por la ira evidente; dragón, por las ocultas insidias. El dragón echó del paraíso a Adán; león él mismo, persiguió a la Iglesia, según Pedro dice: Porque vuestro adversario, el diablo, como león rugiente merodea, buscando a quién devorar. No te parezca que el diablo ha perdido su saña; cuando halaga, entonces hay que precaverse más de él. Pero, entre todas estas insidias y tentaciones suyas, ¿qué haremos sino lo que ahí hemos oído: Yo, en cambio, cuando me eran molestos, me vestía de saco y humillaba con ayuno mi alma? Hay quien escuche, no dudéis en orar; ahora bien, dentro permanece quien escucha. No dirijáis a monte alguno los ojos; no elevéis el rostro a las estrellas, al sol o a la luna. No supongáis que sois oídos cuando oráis a la orilla del mar; al contrario, detestad tales oraciones. Limítate a limpiar la alcoba del corazón; donde estuvieres, doquiera ores, dentro está quien escucha; dentro, en el lugar apartado que denomina seno cuando dice: Y mi oración girará en mi seno8. Quien te escucha no está fuera de ti. No vayas lejos ni te empines como para tocarlo con las manos. Más bien, si te empinas caerás; si te abajas, él se acercará. Éste es el Señor Dios nuestro, Palabra de Dios, Palabra hecha carne, Hijo del Padre, Hijo de Dios, Hijo del hombre, excelso para nos, humilde para rehacernos, que caminó entre los hombres, padeció lo humano, escondió lo divino.

Los hermanos de Jesús

2. Descendió, como dice el evangelista, a Cafarnaún él y su madre y sus hermanos y sus discípulos, y allí se quedaron no muchos días.He aquí que tiene madre, tiene hermanos, tiene también discípulos. Hermanos, porque tiene madre. Efectivamente, nuestra Escritura suele llamar hermanos no sólo a los que nacen de idénticos varón y mujer o de idéntico útero o de idéntico padre aunque de diversas madres, o ciertamente de idéntico grado, como los primos hermanos, paternos o maternos; no sólo a éstos acostumbra a denominar hermanos nuestra Escritura. Como habla, así ha de entenderse. Tiene su lenguaje; cualquiera que no conoce este lenguaje, se turba y dice: «¿Cómo tiene hermanos el Señor? ¿Acaso María parió de nuevo?» ¡Ni hablar! En ella comenzó la dignidad de las vírgenes. Ella, fémina, pudo ser madre, no pudo ser mujer; pero se la denominó mujer, según el sexo femenino, no según la corrupción de la integridad; y esto, con el lenguaje de la Escritura misma. En efecto, sabéis que Eva, inmediatamente después de haber sido hecha del costado de su marido, aún no tocada por su marido, fue denominada «mujer»: Y la formó como mujer. ¿Cómo, pues, tiene hermanos? Los parientes de María, parientes en cualquier grado, son hermanos del Señor. ¿Cómo lo pruebo? Por la Escritura misma. Hermano de Abrahán se llama a Lot; era hijo de su hermano. Lee y hallarás que Abrahán era tío de Lot, y se los llamó; hermanos. ¿Por qué, sino porque eran parientes? Asimismo, Jacob tuvo un tío materno, el sirio Labán, pues Labán era hermano de la madre de Jacob, esto es, Rebeca, esposa de Isaac. Lee la Escritura y hallarás que se llama hermanos al tío y al hijo de la hermana. Conocida esta norma, hallarás que todos los consanguíneos de María son hermanos de Cristo.

María es más dichosa por cumplir la palabra

3. Pero aquellos discípulos eran hermanos, más bien porque aquellos parientes no serían hermanos si no fueran discípulos, y sin razón serían hermanos, si no reconociesen como hermano al Maestro. Efectivamente. En cierto pasaje, tras habérsele comunicado que su madre y hermanos estaban fuera —por su parte, él hablaba con los discípulos—, preguntó: ¿Qué madre o qué hermanos tengo? Y, extendiendo la mano sobre sus discípulos, dijo: «Éstos son mis hermanos», y: «Todo el que hiciere la voluntad de mi Padre, ése es para mí madre y hermano y hermana»; también, pues, María, que hizo la voluntad del Padre. Esto ha alabado en ella el Señor: que hizo la voluntad del Padre, no que la carne engendró la carne. Atienda Vuestra Caridad. Por eso, cuando el Señor se manifestaba admirable entre la turba porque hacía signos y prodigios, y al mostrar qué se escondía en la carne, ciertas personas dijeron admiradas: «Feliz el vientre que te llevó», y él: Más bien, felices quienes oyen y custodian la palabra de Dios. Esto equivale a decir: también mi madre, a quien habéis calificado de feliz, es feliz precisamente porque custodia la palabra de Dios; no porque en ella la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, sino porque custodia la Palabra misma de Dios mediante la que ha sido hecha y que en ella se hizo carne. No se alegren los hombres por la prole temporal; exulten si mediante el espíritu están unidos a Dios. He dicho esto en atención a lo que el evangelista afirma: que en Cafarnaún habitó pocos días con su madre, sus hermanos y discípulos.

El templo, casa de oración

4. ¿Qué sigue después? Y estaba cerca la Pascua de los judíos y subió a Jerusalén. Narra otra cosa, como la recordaba el informador. Y encontró en el templo a los que vendían bueyes y ovejas y palomas y, sentados, a los cambistas; y, como hubiese hecho cual un látigo de cuerdas, a todos echó del templo, también las ovejas y los bueyes, y desparramó el dinero de los cambistas y volcó las mesas y a quienes vendían las palomas dijo: Quitad eso de aquí y no convirtáis la casa de mi Padre en casa de negocio. ¿Qué hemos oído, hermanos? He aquí que el templo ese era aún figura, y de ahí echó el Señor a todos los que buscaban lo suyo, los que habían venido a los mercados. ¿Y qué vendían allí ellos? Lo que los hombres necesitaban para los sacrificios de aquel tiempo. Sabe, en efecto, Vuestra Caridad que a aquel pueblo, conforme a su carnalidad y corazón pétreo aún, se habían dado sacrificios tales que le impidieran pasarse poco a poco a los ídolos, e inmolaban allí sacrificios —bueyes, ovejas y palomas—; lo sabéis porque lo habéis leído. No había, pues, pecado grande si en el templo vendían lo que se compraba para ser ofrecido en el templo. Y, sin embargo, los echó de allí. Si a quienes vendían lo que es lícito y no es contra justicia —pues lo que honestamente se compra, no se vende ilícitamente—, los expulsó empero y no soportó que la casa de oración se convirtiera en casa de negocio, ¿qué haría el Señor si encontrase allí borrachos, qué? Si la casa de Dios no debe convertirse en casa de negocio, ¿debe convertirse en casa de bebidas? En cambio, cuando digo esto rechinan con sus dientes contra mí. Mas me consuela el salmo que habéis oído: Sobre mí rechinaron con sus dientes. También yo sé oír dónde ser curado, aunque se redoblen los azotes a Cristo, porque es flagelada su palabra. Dice: Se han congregado contra mí azotes y no lo supieron. Lo flagelaron los látigos de los judíos, lo flagelan las blasfemias de los cristianos falsos; multiplican los azotes a su Señor y no lo saben. En la medida en que él nos ayuda, hagamos esto: Yo, en cambio, cuando me eran molestos, me vestía de saco y humillaba con ayuno mi alma.

Cada uno teje un látigo con sus pecados

5. Sin embargo, hermanos, pues tampoco él les tuvo consideración —quien había de ser flagelado por ellos los flageló el primero—, digo: nos muestra cierto signo, porque hizo un látigo de cuerdas y con él flageló a los indisciplinados que hacían del templo de Dios una empresa comercial. El hecho es que cada uno se ha tejido con sus pecados una soga. Un profeta dice: ¡Ay de quienes arrastran los pecados como soga larga! ¿Quién hace una soga larga? Quien a pecado agrega pecado. ¿Cómo se agregan pecados a pecados? Cuando unos pecados cubren los pecados que se han cometido. Alguien ha cometido un hurto; para que no se descubra que lo ha cometido, busca a un adivino. Bastaría haber cometido el hurto; ¿por qué quieres añadir pecado a pecado? He ahí dos pecados. Cuando el obispo te prohíbe acudir al astrólogo, injurias al obispo; he ahí tres pecados. Cuando oyes: «Échalo fuera de la Iglesia», dices: «Me paso al partido de Donato». He ahí que añades el cuarto. Crece la soga; teme a la soga. Bueno es para ti que, a partir del instante en que eres flagelado, te corrijas, para que al final no se diga: Atadle pies y manos y arrojadlo a las tinieblas exteriores. Efectivamente, sujetan a cada uno las trabas de sus pecados. El Señor dice lo primero, otra Escritura lo segundo, pero una y otra cosa dice el Señor. Por sus pecados son ligados los hombres y enviados a las tinieblas exteriores.

Los que todo lo ponen en venta

6. Y, para que busquemos el misterio de lo hecho en figura, ¿quiénes son los que venden bueyes, quiénes son los que venden ovejas y palomas? Son esos mismos que en la Iglesia buscan lo suyo, no lo de Jesucristo. Por venal tienen todo quienes no quieren ser redimidos; no quieren ser comprados, mas quieren vender. En efecto, es bueno para ellos que los redima la sangre de Cristo para que lleguen a la paz de Cristo. ¿Qué aprovecha, en efecto, adquirir en este mundo cualquier cosa temporal y transitoria, ora sea dinero, ora sea el placer del vientre y el gaznate, ora sea el honor en la alabanza humana? ¿Acaso todo no es humo y viento? ¿Acaso no pasa todo y corre? Y ¡ay de quienes se hubiesen adherido a lo pasajero, porque pasan juntamente! ¿Acaso no es todo una corriente precipitada que corre al mar? Y ¡ay quien hubiese caído, porque será arrastrado al mar! Debemos, pues, mantener todos los afectos lejos de tales concupiscencias.

Hermanos míos, quienes buscan tales cosas, venden. Ciertamente, el célebre Simón también quería comprar el Espíritu Santo porque quería vender el Espíritu Santo y suponía que los apóstoles eran mercaderes de la misma clase que esos a quienes el Señor echó del templo con el látigo. Efectivamente, él era de esa clase y quería comprar lo que vendería; era de esos que venden palomas, pues como paloma apareció el Espíritu Santo. ¿Quienes, pues, venden palomas, hermanos, quiénes son sino los que dicen: «Nosotros damos el Espíritu Santo»? De hecho, ¿por qué lo dicen y a qué precio venden? Al precio de su honor. Aceptan como precio sedes episcopales temporales, para que se vea que ellos venden palomas. ¡Cuídense del látigo de cuerdas! La Paloma no es venal; se da gratis, porque se llama Gracia. Por eso, hermanos míos, cada cual loa lo que vende, como veis que hacen quienes venden, los chamarileros. ¡Cuántas propuestas han hecho! En Cartago tiene Primiano una propuesta, Maximiano tiene otra, en Mauritania tiene otra Rogato, en Numidia tienen otra éstos y aquéllos, a los que ya no soy capaz ni siquiera de nombrar. Alguien, pues, va de acá para allá a comprar la Paloma: a favor de su propuesta loa cada cual lo que vende. El corazón de aquél aléjese de todo vendedor, venga adonde se recibe gratis. ¡Ni aun así se ruborizan, hermanos, de haber hecho de sí tantas facciones mediante esas mismas disensiones suyas, amargas y maliciosas, cuando se atribuyen lo que no son, cuando se ensalzan al suponer que, aunque son nada, ellos son algo! Y, porque no quieren corregirse, ¿qué se cumple en ellos sino lo que habéis oído en el salmo: Se han desgarrado, pero no se han compungido?

7. ¿Quiénes pues, venden bueyes? Por bueyes se entiende a quienes nos han dispensado las Santas Escrituras. Bueyes eran los apóstoles, bueyes eran los profetas. Por ende dice el Apóstol: No enfrenarás la boca a buey que trilla. ¿Acaso Dios se preocupa de los bueyes? ¿O lo dice por nosotros? Por nosotros, en efecto, lo dice, porque con esperanza debe arar quien ara, y quien trilla, con esperanza de participar. Esos bueyes, pues, nos han dejado la memoria de las Escrituras, ya que, porque buscaron la gloria del Señor, repartieron de lo que no era suyo.

Efectivamente, ¿qué habéis oído en ese salmo? Y digan siempre: «Sea engrandecido el Señor», quienes quieren la paz de su siervo. Siervo de Dios es el pueblo de Dios, la Iglesia de Dios. Quienes quieren la paz de su Iglesia glorifiquen al Señor, no al siervo y digan siempre: Sea engrandecido el Señor. ¿Quiénes han de decirlo? Quienes quieren la paz de su siervo. De este pueblo, de este siervo es aquella voz clara que como lamentaciones habéis oído en el salmo, y os conmovíais al oírla, porque vosotros sois de ahí. Lo que uno solo cantaba, resonaba desde todos los corazones. ¡Felices quienes en esas voces se conocían como en un espejo! ¿Quiénes, pues, quieren la paz de su siervo, la paz de su pueblo, la paz de una sola a la que denomina única y que quiere que sea arrancada del león, pues dice: Arranca de la mano del perro mi única? Los que dicen siempre: Sea engrandecido el Señor. Esos bueyes, pues, glorificaron al Señor, no a sí mismos. Ved al buey engrandecer a su Señor, porque reconoció el buey a su propietario; fijaos en el buey que teme que se abandone al propietario del buey y se presuma del buey; ¡cómo se asusta de quienes quieren poner en él la esperanza!: «¿Acaso Pablo ha sido crucificado por vosotros, o habéis sido bautizados en el nombre de Pablo? Lo que os he dado, no os lo he dado yo; gratis lo habéis recibido; la Paloma descendió del cielo». Yo, afirma, planté, Apolo regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Ni quien planta es algo, ni quien riega, sino quien da el crecimiento, Dios. Y digan siempre: «Sea engrandecido el Señor», quienes quieren la paz de su siervo.

8. Ésos, en cambio, con Escrituras mismas engañan a los pueblos para recibir de ellos honores y loas, y que los hombres no se conviertan a la verdad. Pero, porque con las Escrituras mismas engañan a los pueblos a los que exigen honores, venden bueyes, venden también las ovejas, esto es, la plebe misma. Y ¿a quién las venden sino al diablo? De hecho, hermanos míos, si la Iglesia de Cristo es única y es una sola, ¿quién se lleva cualquier cosa que de ahí se desgaja sino el león aquel rugiente y merodeador, que busca a quién devorar? Porque la Iglesia permanecerá íntegra, pues el Señor conoce a quienes son suyos. ¡Ay de quienes se desgajan! Sin embargo, en lo que de ellos depende, venden bueyes y ovejas, venden también palomas. ¡Observen el látigo de sus pecados! Al menos cuando por esas iniquidades suyas sufren algo así, reconozcan que el Señor hizo un látigo de sogas y los estimula a cambiar de vida, a que no sean negociantes. En verdad, si no cambian de vida, al final oirán: Atadles pies y manos y arrojadlos a las tinieblas exteriores.

El celo de tu casa me devora

9. Entonces, porque por el celo de la casa de Dios echó del templo a ésos el Señor, los discípulos recordaron que está escrito: El celo de tu casa me devora. Hermanos, el celo de la casa de Dios devore a cada cristiano de entre los miembros de Cristo. ¿A quién devora el celo de la casa de Dios? A quien procura que se corrija y desea que se enmiende todo lo defectuoso que quizás viere allí; no descansa; si no puede enmendarlo, lo tolera, gime. El grano no se expulsa de la era, soporta a la paja para entrar en el granero cuando la paja sea separada. Antes que se abra el granero, tú, si eres grano, no quieras ser expulsado de la era, no sea que las aves te recojan antes de ser congregado en el granero. En efecto, las aves del cielo, las potestades aéreas, aguardan a arrebatar de la era algo, y no arrebatan sino lo que haya sido expulsado de allí. Devórete, pues, el celo de la casa de Dios; devore a cada cristiano el celo de la casa de Dios, casa de Dios en que es miembro. Tu casa, en efecto, no es más que la casa donde tienes salvación sempiterna. A tu casa entras por el descanso temporal; a la casa de Dios entras por el descanso sempiterno. Si, pues, procuras que en tu casa no suceda algún desorden, en la casa de Dios, donde están servidos salvación y descanso sin fin, si vieses algún desorden, ¿debes soportarlo, en cuanto esté de tu parte? Verbigracia, ¿ves a un hermano acudir al teatro? Oponte, amonéstalo, contrístate, si el celo de la casa de Dios te devora. ¿Ves a otros correr y querer emborracharse y querer en los lugares santos esto que en ningún sitio está bien? Oponte a los que puedas, detén a los que puedas, aterroriza a los que puedas, halaga a los que puedas; pero no descanses. ¿Es un amigo? Sea amonestado suavemente. ¿Es la esposa? Sea refrenada severísimamente. ¿Es una criada? Sea reprimida incluso con azotes. Haz lo que puedas, según la función que desempeñas, y realizarás lo de el celo de tu casa me devora.

Si, en cambio, eres frío, débil, que miras sólo a ti, como si contigo tuvieras bastante y dijeras en tu corazón. «¿Por qué tengo yo que cuidar pecados ajenos? Me basta mi alma, ¡consérvela yo íntegra para Dios!», ¡ea! ¿no te viene a la mente el siervo aquel queescondió el talento y no quiso gastar? Efectivamente, ¿se le acusó acaso de haberlo perdido, y no de haberlo guardado sin ganancia? Escuchad, pues, hermanos míos, de forma que no descanséis. Yo voy a daros un consejo —lo dé quien está dentro, porque, aunque lo diese por medio de mí, él lo da; sabéis qué hacéis cada uno en su casa con su amigo, con su inquilino, con su protegido, con un superior, con un inferior—: como Dios da los medios, como abre la puerta a su palabra, no descanséis de ganar para Cristo, porque habéis sido ganados por Cristo.

Derribad este templo

10. Le dijeron los judíos: Porque haces esto, ¿qué señal nos muestras? Y el Señor: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron, pues, los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, y tú dices: «En tres días lo levantaré»? Carne eran, comprendían lo carnal; pero él hablaba en sentido espiritual. Ahora bien, ¿quién podría entender de qué templo hablaba? Pero no investigamos mucho; mediante el evangelista nos ha aclarado y dicho de qué templo decía: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». En cuarenta y seis años fue edificado el templo, y en un triduo lo levantarás? Pero hablaba, afirma el evangelista, del templo de su cuerpo. Y es manifiesto que tras un triduo resucitó el Señor asesinado. De este modo conocemos las cosas todos nosotros, y, si para los judíos están cerradas porque se mantienen fuera, para nosotros, en cambio, están abiertas porque sabemos en quién hemos creído. Vamos a celebrar la destrucción y reedificación de ese templo en la solemnidad aniversaria, a prepararos para la cual os exhorto, si algunos sois catecúmenos, para recibir la gracia; ahora ya es tiempo; engéndrese ya ahora lo que entonces ha de nacer. Eso, pues, sabemos.

11. Pero quizá se me pregunta si el templo edificado en cuarenta y seis años tiene algún misterio. Ciertamente es mucho lo que puede decirse al respecto; pero esta vez digo lo que puede decirse brevemente y entenderse fácilmente. Hermanos, ya dije ayer, si no me equivoco, que Adán fue un único hombre y que él es el género humano entero. En verdad, así dije, si recordáis. Se fraccionó, digamos; esparcido, la sociedad y concordia espiritual lo recogen y funden en uno. Y en este momento un único pobre, Adán en persona, gime; pero en Cristo es renovado porque éste, Adán sin pecado, ha venido a destruir en su carne el pecado de Adán y a que Adán restaure para sí la imagen de Dios. De Adán, pues, la carne de Cristo; de Adán, pues, el templo que destruyeron los judíos y que resucitó el Señor en un triduo, pues resucitó su carne; ved que era Dios igual al Padre. Hermanos míos, el Apóstol dice: El cual lo hizo salir de entre los muertos. ¿De quién habla? Del Padre: Hecho, afirma, obediente hasta la muerte; ahora bien, muerte de cruz. Por eso, Dios lo levantó de entre los muertos y le dio el nombre que está sobre todo nombre. Fue resucitado y exaltado el Señor. Lo ha resucitado. ¿Quién? El Padre, a quien en los Salmos dijo: Levántame y les daré su merecido. El Padre, pues, lo ha resucitado. ¿No él a sí mismo? Ahora bien, ¿qué hace el Padre sin la Palabra? ¿Qué hace el Padre sin su Único? Por cierto, oye tú que también él en persona era Dios: Destruid este templo, y lo levantaré en tres días. ¿Dijo acaso: «Destruid el templo que en un triduo pondrá el Padre de nuevo en pie»? Más bien, como cuando el Padre levanta, también el Hijo levanta, así, cuando el Hijo levanta, también el Padre levanta, porque el Hijo ha dicho: Yo y el Padre somos una única cosa.

Los cuarenta y seis años del templo

12. ¿Qué significa, pues, el número cuarenta y seis? De momento, a propósito de cuatro letras griegas de cuatro palabras griegas, ayer ya oísteis que Adán mismo está por el entero orbe de las tierras. De hecho, si escribes una debajo de otra estas palabras, los nombres de las cuatro partes del mundo: oriente, occidente, aquilón y sur, lo cual es el orbe entero y por ende dice el Señor que de los cuatro vientos va a reunir él a sus elegidos cuando venga al juicio; si, en efecto, formas estos cuatro nombres griegos —ἀνατολή, que es oriente, δύσις, que es occidente, ἅρκτος, que es septentrión, y μεσημβρία, que es mediodía; anatolé, dysis, arctos, mesembría—, las iniciales de las palabras tienen ADAM. ¿Cómo, pues, encontramos aquí el número cuarenta y seis? Porque la carne de Cristo venía de la carne de Adán. Los griegos computan los números según las letras. Lo que nosotros formamos como letra «a», ellos en su lengua ponen alfa y se llama alfa al uno. Donde, por otra parte, con números escriben beta, que es su «b», en números se llama dos. Donde escriben gamma, en sus números se llama tres. Donde escriben delta, en sus números se llama cuatro; y así mediante todas las letras tienen los números. Lo que nosotros llamamos «m» y ellos «my», significa cuarenta, pues llaman «my» aτεσσαράκοντα. Ved ya qué número tienen estas letras y ahí hallaréis que el templo fue edificado en cuarenta y seis años. Efectivamente, ADAM tiene el alfa, que es uno; tiene la delta, que son cuatro —tienes cinco—; de nuevo tiene el alfa, que es uno —tienes seis—; tiene también la «my», que es cuarenta: tienes cuarenta y seis. Hermanos míos, también nuestros anteriores mayores han dicho esto, y este número cuarenta y seis fue hallado en las letras. Y, porque de Adán ha recibido nuestro Señor Jesucristo el cuerpo, pero de Adán no ha adquirido pecado, de allí ha tomado el templo corporal, no la iniquidad que hay que arrojar del templo. Ahora bien, pues María viene de Adán y de María la carne del Señor, los judíos crucificaron esa carne que de Adán ha adquirido, y él iba a resucitar en un triduo esa carne que ellos iban a matar en la cruz. Ellos destruyeron el templo edificado en cuarenta y seis años, y él en un triduo lo puso de nuevo en pie.

Conclusión: que nuestros deseos sean de vida eterna

13. Bendecimos al Señor nuestro Dios, que nos ha congregado para la alegría espiritual. Estemos siempre en la humildad de corazón y nuestro gozo esté en él. No nos inflemos por ninguna prosperidad de este mundo, sino sepamos que nuestra felicidad no existe sino cuando esto haya pasado. Por ahora, hermanos míos, nuestro gozo esté en la esperanza; por así decirlo, nadie goce en la realidad presente, no sea que se adhiera al camino. El gozo entero sea por la esperanza futura, el deseo entero sea el de la vida eterna. Todos los suspiros anhelen a Cristo; sea deseado el único bellísimo, que amó incluso a los feos para hacerlos bellos; córrase hacia él solo, sean por él los gemidos, y quienes quieren la paz de su siervo dirán siempre: «Sea engrandecido el Señor».

 

 

TRATADO 11

Comentario a Jn 2,23-25; 3,1-5, predicado en Hipona el domingo 1º de cuaresma, 3 de marzo de 407

Introducción: el catecúmeno debe liberarse cuanto antes de sus pecados

1. Oportunamente nos ha procurado el Señor en el día de hoy el orden de esta lectura. En efecto, creo que Vuestra Caridad habrá advertido que he emprendido el considerar y explicar por orden el evangelio según Juan. Oportunamente, pues, coincide hoy que del evangelio hayáis oído: Si alguien no hubiese renacido de agua y Espíritu no verá el reino de Dios. Ya es, en efecto, tiempo de que os exhorte a vosotros que aún sois catecúmenos, que habéis creído en Cristo de forma que aún acarreáis vuestros pecados. Ahora bien, nadie cargado de pecados verá el reino de los cielos porque, si no le fueren perdonados, no reinará con Cristo; mas no pueden perdonarse sino a quien hubiese renacido de agua y Espíritu Santo. Pero advirtamos qué quieren decir todas las palabras, para que quienes son indolentes hallen con cuánta solicitud han de apresurarse a deponer la carga. Porque, si llevasen un fardo pesado de piedra, leña o de algún valor; si acarreasen trigo, vino o dinero, correrían a deponer las cargas; acarrean el fardo de los pecados y tienen pereza para correr. Hay que correr a quitarse este fardo; oprime y hunde.

Jesús no se confiaba a ellos

2. He aquí que habéis oído que, como el Señor Jesucristo estuviese en Jerusalén, por la Pascua, en el día festivo, muchos creyeron en su nombre, al ver los signos suyos que hacía. Muchos creyeron en su nombre. ¿Y qué sigue? Jesús mismo empero no se confiaba a ellos.¿Qué quiere decir esto: ellos creyeron en su nombre, Jesús mismo empero no se confiaba a ellos? ¿Acaso no le habían creído y fingían haber creído y por eso Jesús no se confiaba a ellos? Pero no diría el evangelista: «Muchos creyeron en su nombre», si no diera respecto a ellos un testimonio verdadero. Cosa grande, pues, y cosa y extraña: creen los hombres en Cristo, y Cristo no se confía a los hombres. Padeció porque quiso, sí, sobre todo por ser el Hijo de Dios, y, si no quisiera, nunca padecería; si él no quisiera, tampoco nacería; ahora bien, si quisiera esto sólo, nacer sólo y no morir, cualquier cosa que quisiera también, la haría porque es el Hijo omnipotente del omnipotente Padre. Probémoslo con los hechos mismos. Porque, cuando quisieron detenerlo, se alejó de ellos; dice el evangelio: aunque quisieron despeñarlo de la cima del monte, ileso se alejó de ellos. Y cuando vinieron a apresarlo, vendido ya por Judas el traidor, aunque él creía tener en su mano el entregar a su Maestro y Señor, también allí mostró el Señor que él padece por su voluntad, no por necesidad. En efecto, como los judíos quisieran apresarlo, les dijo: ¿A quién buscáis? Por su parte, dijeron: A Jesús el Nazareno. Y él: Yo soy. Al oír esta voz, retrocedieron y cayeron. En el hecho de haberlos derribado al responder, muestra la potestad para mostrar la voluntad en el hecho de que ellos le apresasen. El hecho, pues, de haber padecido fue misericordia. Fue entregado por nuestros delitos y resucitó por nuestra justificación. Oye sus palabras: Tengo potestad para deponer mi vida y tengo potestad para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la depongo por mí mismo para tomarla de nuevo7. Como, pues, tuviera tanta potestad, como la predicase con dichos y la mostrase con hechos, ¿qué quiere decir que Jesús no se confiaba a ellos —como si fueran a dañar en algo a quien no quería, o fuesen a hacer algo a quien no quería—, sobre todo porque ya habían creído en su nombre? «Creyeron en su nombre» dice el evangelista acerca de esos mismos de quienes dice: Jesús mismo empero no se confiaba a ellos. ¿Por qué? Porque conocía a todos y porque no necesitaba que nadie diese testimonio sobre el hombre, pues él sabía qué había en el hombre.

Más conocía el artífice qué había en su obra que la obra propia qué había en sí misma. El creador del hombre conocía qué había en el hombre, cosa que ese mismo hombre creado no conocía. ¿Acaso por Pedro no probamos esto, que no conocía qué había en él cuando dijo: Contigo hasta la muerte? Oye tú que el Señor sabía qué había en el hombre: ¿Tú conmigo hasta la muerte? En verdad, en verdad te digo: Antes que el gallo cante, tres veces me negarás. El hombre, pues, no sabía qué había en su persona, pero el creador del hombre conocía qué había en el hombre. Muchos creyeron en su nombre, mas Jesús mismo no se confiaba a ellos. ¿Qué digo, hermanos? Tal vez lo que sigue nos indicará qué significa el misterio de estas palabras. Que los hombres habían creído en él es manifiesto, es verdad; nadie lo duda, lo dice el evangelio, lo atestigua el evangelista veraz. Asimismo, que Jesús mismo no se confiaba a ellos, también esto es manifiesto y ningún cristiano lo duda, porque lo dice el evangelio y lo atestigua idéntico evangelista veraz. ¿Por qué, pues, ellos creyeron en su nombre, mas Jesús no se confiaba a ellos? Veamos lo que sigue.

Éstos son los catecúmenos

3. Por otra parte, había un hombre de entre los fariseos, Nicodemo de nombre, un jefe de los judíos. Éste vino a él de noche y le dijo: Rabí—ya conocéis que Rabí significa maestro—, sabemos que de Dios has venido como maestro, pues nadie puede hacer estos signos que tú haces si Dios no estuviera con él. Ese Nicodemo, pues, era de estos que habían creído en su nombre, al ver los signos y prodigios que hacía. En efecto, más arriba dijo esto: Como, por otra parte, estuviese en Jerusalén, por la Pascua, en el día festivo, muchos creyeron en su nombre. ¿Por qué creyeron? Dice a continuación: Al ver los signos suyos que hacía. ¿Y qué dice de Nicodemo? Había un jefe de los judíos, Nicodemo de nombre. Éste vino a él de noche y le dijo: Rabí, sabemos que de Dios has venido como maestro. También éste, pues, había creído en su nombre. ¿Por qué motivo? Sigue diciendo: Pues nadie puede hacer estos signos que tú haces si Dios no estuviera con él. Si, pues, Nicodemo era de esos muchos que habían creído en su nombre, a propósito de ese Nicodemo observemos por qué no se confiaba a ellos. Respondió Jesús y le dijo: En verdad, en verdad te digo: si alguien no hubiese nacido de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Jesús, pues, se confía a esos que hubieran nacido de nuevo.

Ved que ellos habían creído en él, mas Jesús no se confiaba a ellos. Tales son todos los catecúmenos: ésos creen ya en el nombre de Cristo, pero Jesús no se confía a ellos. Atienda y entienda Vuestra Caridad. Si dijéramos a un catecúmeno: «¿Crees en Cristo?», responde: «Creo», y se signa. Ya lleva en la frente la cruz de Cristo, y no se ruboriza de la cruz de su Señor. Ved que ha creído en su nombre. Interroguémosle: «¿Comes la carne del Hijo del hombre y bebes la sangre del Hijo del hombre?». No sabe qué decimos, porque Jesús no se le ha confiado.

El bautismo, puerta hacia Cristo

4. Como, pues, Nicodemo fuese de este grupo, vino al Señor; pero de noche vino, y esto dice quizá relación con el asunto. Al Señorvino y de noche vino; a la Luz vino y en tinieblas vino. En cambio, los renacidos de agua y Espíritu, ¿qué oyen al Apóstol? Fuisteis otrora tinieblas; ahora, en cambio, luz en el Señor; caminad como hijos de la luz. Y asimismo: En cambio, nosotros que somos del día, seamos sobrios. Quienes, pues, han renacido, fueron de la noche, pero son del día; fueron tinieblas, pero son luz. Jesús se les confía ya y no vienen a Jesús de noche, como Nicodemo; buscan el día, pero no en tinieblas, pues los tales incluso confiesan públicamente que Jesús se acercó a ellos y obró en ellos la salvación porque él dijo: Si uno no comiere mi carne y bebiere mi sangre, no tendrá en vida. Y, porque los catecúmenos tienen en la frente la señal de la cruz, son ya de una casa importante; pero de esclavos sean hechos hijos, pues quienes pertenecen a una casa importante son algo.

Por otra parte, ¿cuándo comió el maná el pueblo de Israel? Después de haber pasado el mar Rojo. Ahora bien, oye al Apóstol que significa el mar Rojo: No quiero empero que vosotros, hermanos, ignoréis que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube y todos pasaron por el mar. ¿Para qué pasaron por el mar? Como si le preguntases, continuó diciendo: Y mediante Moisés todos fueron bautizados en la nube y en el mar. Si, pues, la figura del mar tuvo tanto valor, ¿cuánto valdrá la realidad del bautismo? Si lo que tuvo lugar en figura condujo hasta el maná al pueblo al que se hizo pasar al otro lado, en la verdad de su bautismo ¿qué mostrará Cristo a su pueblo, al que se ha hecho pasar por él? Por su bautismo hace pasar a los creyentes, matados todos los pecados cual enemigos perseguidores, como perecieron todos los egipcios en aquel mar. ¿A dónde hace pasar, hermanos míos? Por el bautismo ¿a dónde hace pasar Jesús, cuya figura representaba entonces Moisés, quien hacía pasar por el mar? ¿A dónde hace pasar? Al maná. ¿Qué es el maná? Yo, dice, que he bajado del cielo, soy el pan vivo. Reciben el maná los fieles, hechos ya pasar por el mar Rojo. ¿Por qué «mar Rojo»? «Mar»; ya; ¿por qué también «Rojo»? Aquel mar Rojo significaba el bautismo de Cristo. ¿Cómo enrojece el bautismo de Cristo sino consagrado por la sangre de Cristo? ¿A dónde, pues, conduce a los creyentes y bautizados? Al maná. Mirad que digo «maná». Conocido es qué recibieron los judíos, este pueblo de Israel; conocido es qué hizo Dios llover del cielo para ellos; y los catecúmenos no saben qué reciben los cristianos. Ruborícense, pues, de no saberlo; pasen por el mar Rojo, coman el maná para que, como creyeron en el nombre de Jesús, así Jesús se confíe a ellos.

Entender según el Espíritu

5. Por eso, hermanos míos, atended a lo que responde ese de noche vino a Jesús. Aunque vino a Jesús, sin embargo, porque de noche vino, todavía habla a partir de las tinieblas de su carne. No entiende lo que le oye al Señor, no entiende lo que le oye a la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Ya le dijo el Señor: Si uno no naciera de nuevo, no verá el reino de Dios. Le dice Nicodemo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? Le habla el Espíritu y él piensa en la carne. Piensa en su carne, porque todavía no ha gustado la carne de Cristo. En efecto, cuando el Señor Jesús dijo: «Si uno no comiese mi carne y bebiese mi sangre no tendrá en sí vida», se escandalizaron algunos que le seguían, y dijeron para sus adentros: Dura es esta palabra, ¿quien puede oírla?Suponían, en efecto, que Jesús decía esto: que podían cocerlo y comerlo como a un cordero troceado. Horrorizados de sus palabras, se fueron y no le siguieron más. El evangelista habla así: Pero el Señor mismo se quedó con los doce; ellos le dijeron «Señor, he aquí que ellos te han abandonado»; y él, porque quería mostrar que él les era necesario y que ellos no eran necesarios a Cristo, dijo:¿Acaso queréis marcharos también vosotros? Nadie, cuando se le dice que sea cristiano, aterrorice a Cristo, como si Cristo fuese más feliz si tú fueses cristiano. Bueno para ti es que seas cristiano, porque, si no lo fueses, no será malo para Cristo. Oye la voz del salmo: Dije al Señor: «Tú eres mi Dios, porque no necesitas mis bienes». Tú eres mi Dios precisamente porque no necesitas mis bienes. Si estuvieses sin Dios, serás menor; si estuvieses con Dios, Dios no será mayor. No es mayor él gracias a ti, pero sin él tú eres menor. Crece, pues, en él, no te retires para que, por así decirlo, él desfallezca. Te recuperarás si te acercas; si te apartas, desfallecerás. Íntegro permanece al acercarte tú, íntegro permanece también al caer tú.

Cómo, pues, hubiese dicho a los discípulos «¿Acaso queréis marcharos también vosotros?», Pedro, la roca aquella, respondió por la voz de todos: Señor, ¿a quién iremos? Palabras de vida eterna tienes. ¡Bien supo en su boca la carne del Señor! Por su parte, el Señor, tras haber dicho: «Si uno no comiese mi carne y bebiese mi sangre no tendrá en sí vida», les expuso y dijo: El Espíritu es quien vivifica. Para que no lo entendieran carnalmente, afirma: El Espíritu es quien vivifica; la carne, en cambio, nada aprovecha. Las palabras que os he hablado son espíritu y vida.

Nicodemo y el nuevo nacimiento

6. Ese Nicodemo que de noche vino a Jesús no gustaba este espíritu ni esta vida. Le dice Jesús: Si uno no hubiere nacido de nuevo, no verá el reino de Dios. Y, porque pensaba en su carne ese en cuya boca aún no tenía sabor la carne de Cristo, pregunta: ¿Cómo, siendo viejo, puede un hombre nacer otra vez? ¿Acaso puede entrar otra vez al vientre de su madre y nacer? Ése no conocía sino un único nacimiento, el que proviene de Adán y Eva; aún no conocía el que proviene de Dios y de la Iglesia. No conocía sino a los padres que engendran para la muerte; aún no conocía a los padres que engendran para la vida. No conocía sino a los padres que engendran a quienes van a sucederlos; aún no conocía a los que, porque viven siempre, engendran a quienes van a permanecer. Aunque, pues, hay dos nacimientos, él entendía uno solo. Uno viene de la tierra; el otro, del cielo; uno viene de la carne; el otro, del Espíritu; uno viene de la mortalidad; el otro, de la eternidad; uno viene del varón y de la mujer; el otro, de Dios y de la Iglesia. Pero los dos son únicos: ni uno ni otro pueden repetirse. Muy bien entendió Nicodemo el nacimiento de la carne. ¡Entiende tú el nacimiento del espíritu, como Nicodemo entendió el nacimiento de la carne! ¿Qué entendió Nicodemo? ¿Acaso puede un hombre entrar de nuevo al vientre de su madre y nacer? Así, a cualquiera que te dijese que nazcas otra vez espiritualmente, responde lo que dijo Nicodemo: ¿Acaso puede un hombre entrar otra vez al vientre de su madre y nacer? Ya he nacido de Adán, no puede Adán engendrarme otra vez; ya he nacido de Cristo, no puede Cristo engendrarme otra vez. Como el parto no se puede repetir, así tampoco el bautismo.

Misterio del nombre que Dios elige para sí

7. Quien nace de la Iglesia católica, nace, digamos, de Sara, nace de la libre; quien nace de la herejía, nace, digamos, de la esclava, aunque de la estirpe de Abrahán. Advierta Vuestra Caridad qué gran misterio. Dios testifica y declara: Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. ¿No había otros patriarcas? ¿No existía antes que ellos Noé, único que entre todo el género humano mereció ser librado del diluvio con toda su casa, en el cual y en cuyos hijos está figurada la Iglesia? Escapan del diluvio gracias al madero que los lleva. Además, existieron después los grandes personajes que conocemos, a quienes elogia la Santa Escritura: Moisés, leal en toda su casa. Pero se nombran aquellos tres, como si hubiesen sido los únicos que le merecieron: Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; éste es mi nombre para siempre. ¡Misterio grande! Potente es el Señor para abrir mi boca y vuestros corazones, de forma que yo pueda decirlo como se ha dignado revelarlo, y podáis comprender como os conviene.

Los tres patriarcas, figura del pueblo cristiano

8. Tres, pues, son esos patriarcas: Abrahán, Isaac y Jacob. Ya conocéis que los hijos de Jacob fueron doce y de allí se originó el pueblo de Israel, porque ese Jacob es Israel y el pueblo de Israel son las doce tribus, pertenecientes a los doce hijos de Israel. Abrahán, Isaac y Jacob: tres padres y un solo pueblo. Tres padres en el origen del pueblo, digamos; tres padres en los que se figuraba el pueblo; y ese pueblo anterior es el pueblo presente, pues en el pueblo de los judíos está figurado el pueblo de los cristianos. Allí la figura, aquí la verdad; allí la sombra, aquí el cuerpo, pues dice el Apóstol: Ahora bien, estas cosas les sucedían en figura. Es frase del Apóstol: Están escritas, afirma, en atención a nosotros, a quienes ha salido al encuentro el final de los siglos.

Vuelva ahora vuestro ánimo a Abrahán, Isaac y Jacob. Respecto a esos tres hallamos que parieron las libres y parieron las esclavas; hallamos allí partos de libres y hallamos allí partos de esclavas. «Esclava» no significa nada bueno: Echa a la esclava, dice, y a su hijo, pues el hijo de la esclava no será heredero con el hijo de la libre. El Apóstol recuerda esto y el Apóstol dice que en aquellos dos hijos de Abrahán estaba la figura de los dos Testamentos: el Viejo y el Nuevo. Pertenecen al Viejo Testamento los amantes de lo temporal, los amantes del mundo; al Nuevo Testamento, los amantes de la vida eterna. Por eso, aquella Jerusalén de la tierra era sombra de la Jerusalén celeste, madre de todos nosotros, que está en el cielo. También éstas son palabras del Apóstol. De esa ciudad de donde estamos desterrados, muchas cosas conocéis, muchas habéis oído ya.

Por otra parte, en estos partos, esto es, en estos fetos, en estas generaciones de libres y esclavas, hallamos una cosa extraña, o sea, cuatro clases de hombres. En esas cuatro clases se cumple la figura del futuro pueblo cristiano, de forma que no es extraño lo que respecto a aquellos tres está dicho: Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Efectivamente, entre todos los cristianos —atended, hermanos—, mediante los malos nacen buenos, o mediante los buenos nacen malos, o buenos mediante los buenos, o malos mediante los malos; no podéis hallar más que estas cuatro clases. Las repetiré otra vez; poned atención, retenedlas, sacudid vuestros corazones, no seáis perezosos; para no ser cazados, captad cómo son cuatro las clases de todos los cristianos: o mediante los buenos nacen buenos, o mediante los malos nacen malos, o malos mediante los buenos, o buenos mediante los malos. Supongo que está claro. Buenos mediante los buenos, si quienes bautizan son buenos, y quienes son bautizados creen rectamente y rectamente son contados entre los miembros de Cristo. Malos mediante los malos, si quienes bautizan son malos, y quienes son bautizados se acercan a Dios con doblez de corazón y no guardan esas costumbres que oyen en la Iglesia para ser ahí no paja, sino trigo. Vuestra Caridad conoce cuán numerosos son de hecho. Buenos mediante los malos: a veces bautiza un adúltero, pero quien es bautizado queda justificado. Malos mediante los buenos: a veces quienes bautizan son santos, pero quienes son bautizados no quieren guardar el camino de Dios.

Cuatro categorías de personas en la Iglesia

9. Pienso, hermanos, que en la Iglesia se conoce, y que ejemplos cotidianos manifiestan lo que digo. Pero considerémoslo en nuestros padres anteriores, porque también ellos tuvieron estas cuatro clases. Buenos mediante los buenos: Ananías bautizó a Pablo. Malos mediante los malos, ¿por qué? Habla el Apóstol de ciertos predicadores del Evangelio, de los que dice que solían anunciar el Evangelio no honradamente, a los que tolera en la sociedad cristiana y dice: ¿Pues qué? Mientras Cristo sea anunciado de todas formas, ora por un motivo falso, ora de verdad, me alegro aun de ello. ¿Acaso era malévolo y se alegraba del mal ajeno? Más bien, se alegraba porque aun mediante los malos se predicaba la verdad y mediante las bocas de los malos se predicaba a Cristo. Si ésos bautizaban a algunos semejantes suyos, malos bautizaban a malos. Si ésos bautizaban a personas tales cuales esas a las que el Señor avisa cuando dice: «Haced lo que dicen, pero no hagáis lo que hacen», malos bautizaban a buenos. Buenos bautizaban a malos, como Felipe, santo, bautizó a Simón, mago. Conocidas, son, pues, estas cuatro clases, hermanos míos. He aquí que las repito otra vez. Retenedlas, contadlas, fijaos en ellas, guardaos de las que son malas, retened las que son buenas. Buenos nacen mediante buenos, cuando mediante santos son bautizados los santos; malos mediante malos, cuando quienes bautizan y quienes son bautizados viven inicua e impíamente; buenos mediante malos, cuando son malos quienes bautizan, pero buenos quienes son bautizados; malos mediante buenos, cuando quienes bautizan son buenos, y malos quienes son bautizados.

Ya en los patriarcas se prenuncia la Iglesia

10. ¿Cómo las hallamos en esos tres nombres, Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Por esclavas entendemos los malos; por libres entendemos los buenos. Las libres paren a los buenos: Sara parió a Isaac. Las esclavas paren a los malos: Agar parió a Ismael. En un único Abrahán tenemos tanto una clase, cuando mediante los buenos nacen buenos, cuanto la otra clase, cuando mediante los malos nacen malos. ¿Dónde están figurados los malos nacidos mediante buenos? Libre era Rebeca, esposa de Isaac. Leed: parió gemelos; uno era bueno, el otro malo. Tienes la Escritura que con la voz de Dios dice claramente: Amé a Jacob; en cambio, aborrecí a Esaú. Rebeca engendró a esos dos, Jacob y Esaú. Después, uno es elegido, otro es reprobado; uno suplanta a su hermano en la herencia, el otro es desheredado. Dios hace a su pueblo no a partir de Esaú, sino que lo hace a partir de Jacob. Linaje único, diversos quienes fueron concebidos; útero único, diversos quienes nacieron. ¿Acaso la que, libre, parió a Esaú no parió, libre, a Jacob? Luchaban en el vientre de su madre y, cuando allí luchaban, se dijo a Rebeca: Dos pueblos hay en tu vientre. Dos hombres, dos pueblos; el pueblo bueno, el pueblo malo; pero en todo caso luchan en un único vientre. ¡Cuántos malos hay en la Iglesia, y los lleva un único útero, hasta que al final sean separados! Los buenos gritan contra los malos, asimismo los malos responden con gritos contra los buenos, y unos y otros luchan en las entrañas de una sola. ¿Acaso estarán siempre juntos? Al final se sale a la luz, se pone de manifiesto el nacimiento que aquí se representa misteriosamente, y entonces será evidente lo de amé a Jacob; en cambio, aborrecí a Esaú.

11. Ya hemos hallado, pues, hermanos, a buenos nacidos de buenos, Isaac de libre; a malos nacidos de malos, de esclava Ismael; y a malos nacidos de buenos, Esaú de Rebeca. ¿Dónde hallaremos a buenos nacidos de malos? Queda Jacob, para que en los tres patriarcas se concluya la realización completa de estas cuatro clases. Jacob tuvo esposas libres, las tuvo también esclavas; paren las libres, paren también las esclavas y resultan los doce hijos de Israel. Si cuentas de quiénes nacieron todos, no todos de libres, no todos de esclavas; pero, en cualquier caso, todos de un único linaje. ¿Qué, pues, hermanos míos? ¿Acaso quienes nacieron de esclavas no poseyeron junto con sus hermanos la tierra de promisión? Hallamos allí hijos buenos de Jacob nacidos de esclavas, e hijos buenos de Jacob nacidos de libres. En nada les dañó el nacimiento de úteros de esclavas, dado que en el padre conocieron su linaje y consiguientemente ocuparon el reino con los hermanos. Como, pues, a los que entre los hijos de Jacob nacieron de esclavas en nada les fue esto obstáculo para ocupar el reino y, en igualdad de condiciones, recibir con los hermanos la tierra de promisión —no los dañaron las procedencias de esclavas, sino que prevaleció el linaje paterno—, así cualesquiera que son bautizados mediante los malos parecen como nacidos de esclavas; pero, en todo caso, porque han nacido del germen de la palabra de Dios, el cual está figurado en Jacob, no se entristezcan: junto con los hermanos poseerán la herencia. Seguro, pues, esté quien nace de germen bueno; sólo no imite a la esclava, si de la esclava nace. No imites a la mala esclava ensoberbecida. ¿Por qué, pues, los hijos de Jacob nacidos de las esclavas poseyeron con los hermanos la tierra de promisión, Ismael, en cambio, nacido de esclava, ha sido expulsado de la herencia? ¿Por qué, sino porque éste era soberbio, aquéllos humildes? Él irguió la cerviz y quiso engañar a su hermano, mientras jugaba con él.

Ismael e Isaac, figuras del donatismo y catolicismo

12. Gran misterio hay ahí. Jugaban juntos Ismael e Isaac; los vio Sara jugar y dijo a Abrahán: Echa a la esclava y a su hijo, pues el hijo de la esclava no será heredero con mi hijo Isaac. Y, como Abrahán se hubiera entristecido, Dios le ratificó el dicho de su esposa. Aquí es ya evidente un misterio, porque ese suceso estaba preñado de no sé qué futuro. Los ve jugar y dice: Echa a la esclava y a su hijo. ¿Qué es esto, hermanos? En efecto, ¿qué mal había hecho Ismael al niño Isaac porque jugaba con él? Pero aquel juego era un engaño. Aquel juego significaba un fraude. En verdad, esté atenta Vuestra Caridad al gran misterio. Persecución lo llama el Apóstol; persecución llama al juego mismo, a la diversión misma, pues afirma: Pero como el que había nacido según la carne perseguía entonces al que había nacido según el espíritu, así también ahora. Esto es, quienes han nacido según la carne, persiguen a los que han nacido según el espíritu. ¿Quiénes han nacido según la carne? Los amantes del mundo, los enamorados del siglo. ¿Quiénes han nacido según le espíritu? Los enamorados del reino de los cielos, los amantes de Cristo, los que desean la vida eterna, los que adoran a Dios gratis.

Juegan y el Apóstol habla de persecución. Efectivamente. Después de que el Apóstol dijo estas palabras —Y como el que había nacido según la carne perseguía entonces al que había nacido según el espíritu, así también ahora, siguió y mostró de qué persecución hablaba: Pero ¿qué dice la Escritura? Echa a la esclava y a su hijo, pues el hijo de la esclava no será heredero con mi hijo Isaac. Para ver si precedió alguna persecución de Ismael contra Isaac buscamos dónde habla de esto la Escritura, y hallamos que Sara dijo eso cuando vio a los niños jugar juntos. Al juego del que la Escritura dice que lo vio Sara, el Apóstol lo llama persecución. Más, pues, os persiguen quienes os seducen riéndose de vosotros: «Ven, ven, bautízate aquí, aquí tienes el verdadero bautismo». No juegues, uno solo es el verdadero; el otro es una burla. Te seducirán y esta persecución te será malsana. Para ti era mejor que ganaras para el reino a Ismael; pero Ismael no quiere porque quiere jugar. Retén tú la herencia del Padre y oye: Echa a la esclava y a su hijo, pues el hijo de la esclava no será heredero con mi hijo Isaac.

Justificación de las intervenciones civiles contra los donatistas

13. También ésos osan decir que suelen sufrir persecución de parte de los reyes católicos o de los príncipes católicos. ¿Qué persecución toleran? La aflicción del cuerpo. Ellos sabrán empero si la han sufrido alguna vez o cómo la han sufrido; interroguen también a sus conciencias. Aun así, han sufrido aflicción del cuerpo. Más dañina es la persecución que hacen. Toma precauciones cuando Ismael quiere jugar con Isaac, cuando te acaricia. Cuando te ofrece otro bautismo, responde: «Ya tengo el bautismo». Efectivamente, si este bautismo es el verdadero, quien quiere darte otro quiere burlarse de ti. Guárdate del perseguidor del alma. En verdad, si alguna vez el partido de Donato ha sufrido algo de parte de los príncipes católicos, ha sufrido según el cuerpo, no según el engaño del espíritu. Oíd y en los mismos hechos antiguos ved todos los signos e indicios de las realidades futuras.

Se descubre que Sara afligía a la esclava Agar. Sara es libre. Después que la esclava empezó a ensoberbecerse, Sara se quejó a Abrahán y dijo: Echa a la esclava; ha erguido contra mí su cerviz. Y, como si Abrahán hubiera hecho esto, de Abrahán se queja la mujer. Pero Abrahán, al que retenía en la esclava no el ansia de usar sin control, sino el deber de engendrar, le replicó: He ahí a tu esclava; haz de ella como quieras. Y Sara la afligió pesadamente y huyó de su vista. He ahí que la libre afligió a la esclava, pero el Apóstol no habla de persecución. No se llama persecución a esta aflicción, mas se llama persecución a aquel juego. ¿Qué os parece, hermanos? ¿Acaso no entendéis qué se ha significado?

Cuando, pues, Dios quiere incitar así a los poderes políticos contra los herejes, contra los cismáticos, contra los destructores de la Iglesia, contra los que exorcizan a Cristo, contra los blasfemadores del bautismo, no se extrañen, ya que Dios incita a que Sara azote a Agar. Conózcase Agar a sí misma, baje la cerviz porque, cuando humillada se apartó de su señora, le salió al paso un ángel y dijo: ¿Qué hay, Agar, esclava de Sara? Cuando se quejó de la señora ¿qué oyó al ángel? Regresa a tu señora. Se la aflige, pues, para esto: para que regrese. Y ojalá regrese, porque su prole, como los hijos de Jacob, retendrá la herencia con los hermanos.

14. En cambio se extrañan de que los poderes políticos cristianos se ponen en movimiento contra los detestables destructores de la Iglesia. ¿No habrán, pues, de ponerse en movimiento? ¿Y cómo darían a Dios cuenta de su gobierno? Atienda Vuestra Caridad qué digo: a los reyes cristianos del mundo compete querer que en su época esté en paz su madre Iglesia, de la que han nacido espiritualmente.

Leemos las visiones y hechos proféticos de Daniel. Tres jóvenes loaron en el fuego al Señor. El rey Nabucodonosor se extrañó de que los jóvenes loasen a Dios y del fuego inofensivo a su alrededor. Y, como se hubiera extrañado, ¿qué dice el rey Nabucodonosor —ni siquiera judío o circunciso, el que había erigido su estatua y había forzado a todos a adorarla, impresionado empero por las loas de los tres jóvenes—; cuando ve la majestad de Dios presente en el fuego, qué dice? «También yo propondré un decreto a todas las razas y lenguas de toda la tierra». ¿Qué decreto? Cualesquiera que digan una injuria contra el Dios de Sidrac, Misac y Abdénago pararán en destrucción y su casa en ruina.

He aquí cómo un rey extranjero se enfurece para que no se injurie al Dios de Israel porque pudo liberar del fuego a los tres jóvenes. ¿Y no quieren que los reyes cristianos se enfurezcan porque es burlado Cristo, quien del fuego de los infiernos libra no a tres jóvenes, sino al orbe de las tierras con esos reyes mismos? Efectivamente, hermanos míos, los tres jóvenes fueron librados del fuego temporal. ¿Acaso el Dios de los Macabeos no es el mismo que el de los tres jóvenes? Del fuego liberó a aquéllos; éstos acabaron con el cuerpo en los tormentos ígneos, pero con el espíritu permanecieron en los mandatos legítimos. Aquéllos fueron librados claramente; éstos fueron coronados ocultamente. Es más ser liberado de la llama de los infiernos que del horno de la autoridad humana. Si, pues, el rey Nabucodonosor loó, predicó y dio gloria a Dios porque libró del fuego a los tres jóvenes, y le dio tanta gloria que por su reino promulgó el decreto: «Cualesquiera que digan una injuria contra el Dios de Sidrac, Misac y Abdénago pararán en destrucción y su casa en ruina», esos reyes, que consideran no que tres jóvenes han sido liberados del fuego, sino que ellos mismos han sido librados del infierno, ¿cómo no van a moverse cuando ven que Cristo, que los ha librado, es burlado entre cristianos; cuando oyen que se dice a un cristiano: «Di que tú no eres cristiano»? ¡Quieren hacer cosas tales y no quieren padecer siquiera tales cosas!

Los pretendidos mártires donatistas

15. Efectivamente, ved qué clase de cosas hacen y qué clase de cosas padecen. Matan a las almas, son castigados en el cuerpo; causan muertes sempiternas y se quejan de soportar las temporales. Y, sin embargo, ¿cuáles padecen? Nos presentan a no sé qué mártires suyos en la persecución: «He aquí que Márculo fue precipitado de una roca; he aquí que el bagayense Donato fue arrojado a un pozo». ¿Cuándo las autoridades romanas han decretado suplicios tales, como que se despeñe a las personas? Ahora bien, ¿qué responden los nuestros? Desconozco qué pasó; sin embargo, ¿qué responden los nuestros? Que ellos mismos se precipitaron e infamaron a las autoridades. Recordemos la costumbre de las autoridades romanas y veamos a quién hay que creer. Los nuestros dicen que aquéllos se precipitaron. Si ésos no son discípulos de los mismos que ahora, sin que nadie los persiga, se precipitan de los peñascos, no los creamos. ¿Qué hay de extraño si ellos hicieron lo que suelen? Lo cierto es que las autoridades romanas nunca han usado tales suplicios. ¿Acaso no podían, en efecto, matarlos públicamente? Pero quienes querían ser venerados después de muertos, no encontraron muerte más famosa. En fin, cualquier cosa que esto sea, no la sé. Pero si de la Iglesia católica has padecido, oh partido de Donato, aflicción corporal, de Sara la has padecido en condición de Agar; regresa a tu señora.

Este pasaje inevitablemente me ha detenido bastante tiempo para poder explicar mínimamente todo el texto de la lectura evangélica. Hermanos, baste por ahora a Vuestra Caridad, no sea que, diciendo otras cosas, sean expulsadas de vuestros corazones estas que he dicho. Conservadlas, decid tales cosas, llameando salid allí, inflamad a los indiferentes.

 

 

TRATADO 12

Comentario a Jn 3,6-21, predicado en Hipona, en 407, entre el lunes 4 y el sábado 9 de marzo

Concurrencia de la asamblea

1. Sé que vosotros habéis acudido con más ardor y en mayor número, porque en el día de ayer conseguí que Vuestra Caridad atendiese. Pero, si os place, de momento paguemos a la lectura evangélica, según el orden, el sermón debido. Después oirá Vuestra Caridad qué he hecho o qué espero hacer aún respecto a la paz de la Iglesia. Llévese, pues, ahora hacia el evangelio la atención entera del corazón; nadie piense en otra cosa, ya que, si quien está presente todo él apenas capta, ¿acaso quien se divide entre diversos pensamientos no derrama aun lo que había captado? Por otra parte, Vuestra Caridad recuerda que el domingo pasado, en la medida en que el Señor se dignó ayudar, diserté sobre la regeneración espiritual, lectura que he hecho que se os lea otra vez para con la ayuda de vuestras oraciones, completar en el nombre del Señor lo que entonces no se dijo.

Sólo hay un nacimiento espiritual

2. La regeneración espiritual es única, como la generación carnal es única. Y, respecto a lo que respondió Nicodemo al Señor, dijo la verdad: Cuando un hombre es viejo no puede regresar otra vez al útero de su madre y nacer. Él ciertamente dijo que cuando un hombre es viejo no puede esto, como si pudiera aunque fuese un recién nacido. De hecho no puede en absoluto regresar otra vez a las entrañas maternas y nacer, ora nada más salir del útero, ora en edad ya añosa. Ahora bien, como en cuanto al nacimiento carnal las entrañas femeninas tienen vigor para parir a uno sólo una vez, así en cuanto al nacimiento espiritual las entrañas de la Iglesia tienen vigor para que cada uno sea bautizado sólo una vez. Por eso, para que nadie diga quizá: «Pero éste nació en la herejía y aquél nació en el cisma», quedaron suprimidas, si recordáis, todas las dificultades que se os aclararon sobre nuestros tres padres, Dios de los cuales quiso Dios ser llamado no porque eran los únicos, sino porque en ellos solos se ha logrado significar íntegramente al pueblo futuro.

Efectivamente, hallamos desheredado al nacido de esclava, heredero al nacido de libre; al revés, hallamos desheredado al nacido de libre, heredero al nacido de esclava: nacido de esclava el desheredado Ismael, nacido de libre el heredero Isaac; nacido de libre el desheredado Esaú, nacidos de esclavas los herederos hijos de Jacob. Así pues, en estos tres padres se ha contemplado la figura de todo el pueblo futuro y no sin razón afirma Dios: Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Éste es mi nombre para siempre, afirma. Por otra parte, recordemos lo que fue prometido a Abrahán mismo, pues esto fue prometido a Isaac, esto fue prometido también a Jacob. ¿Qué hallamos? En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones. Uno solo creyó entonces lo que aún no veía; lo ven los hombres y se quedan ciegos. Se ha realizado en las naciones lo que se prometió a uno solo, y se separan de la comunión de las naciones quienes no quieren ver ni lo que se ha cumplido. Pero ¿de qué les sirve no querer ver? Ven, quieran o no quieran; la verdad abierta hiere incluso los ojos cerrados.

Exhortación a los catecúmenos

3. Se respondió a Nicodemo, que era de esos que habían creído en Jesús, pero a los que Jesús mismo no se confiaba. En efecto, no se confiaba a algunos, aunque habían creído ya en él. Así tienes escrito: Muchos creyeron en su nombre, al ver los signos que hacía. Jesús mismo, empero, no se confiaba a ellos. Efectivamente, no tenía necesidad de que nadie diese testimonio sobre el hombre, pues él sabía qué había en el hombre. He aquí que ellos creían ya en Jesús, pero Jesús no se confiaba a ellos. ¿Por qué? Porque todavía no habían nacido de agua y Espíritu. Por ende, he exhortado y exhorto a nuestros hermanos catecúmenos. En efecto, si les preguntas, ya han creído en Jesús. Pero, porque todavía no reciben su carne y su sangre, todavía Jesús no se les confía. ¿Qué deberán hacer para que Jesús se les confíe? Renazcan de agua y Espíritu; la Iglesia dé a luz a quienes está gestando. Han sido concebidos; sean hechos salir a la luz. Tienen pechos que los amamanten; no teman ser sofocados una vez nacidos; no se aparten de los pechos maternos.

Importa la vida, no el nacimiento

4. Ningún hombre puede regresar a las entrañas de la madre y nacer otra vez. Pero no sé quién nació de esclava. ¿Acaso quienes entonces nacieron de esclavas regresaron al seno de las libres para nacer de nuevo? El linaje de Abrahán está también en Ismael, mas la esposa fue responsable de que de la esclava pudiera Abrahán hacer un hijo: nació del linaje del marido, mas no del seno de la esposa, sino por solo el consentimiento. ¿Acaso porque nació de esclava fue por eso desheredado? Si fue desheredado por haber nacido de esclava, ninguno de los hijos de esclavas sería admitido a la herencia. Los hijos de Jacob fueron admitidos a la herencia; Ismael, en cambio, fue desheredado no por haber nacido de esclava, sino porque fue soberbio hacia la madre, soberbio contra el hijo de su madre. De hecho, madre suya fue Sara más bien que Agar: el seno de ésta fue prestado, se sumó la decisión de aquélla; jamás haría Abrahán lo que Sara no quisiera; aquél, pues, es más bien hijo de Sara. Pero, porque fue soberbio contra su hermano, y soberbio jugando porque se burlaba, ¿qué dice Sara? Echa a la esclava y a su hijo, pues el hijo de la esclava no será heredero con mi hijo Isaac. Lo echó, pues, fuera no la sangre de esclava, sino la osadía de siervo. A propósito, si uno libre es soberbio, es esclavo y, lo que es peor, de una mala ama: la soberbia misma.

Así pues, hermanos míos, responded al hombre que un hombre no puede nacer otra vez; seguros responded que un hombre no puede nacer otra vez. Cualquier cosa que se hace por segunda vez es engaño; cualquier cosa que se hace por segunda vez es juego. Ismael juega: sea echado fuera. En efecto, Sara, cuenta la Escritura, se dio cuenta de que ellos jugaban y dijo a Abrahán: Echa a la esclava y a su hijo. Disgustó a Sara el juego de los niños: algo raro vio en que los niños jugasen. ¿Acaso las que tienen hijos no desean esto: ver jugar a sus hijos? Ella lo vio y reprobó. No sé qué vio en el juego: engaño vio en aquel juego, se dio cuenta de la soberbia del siervo, le disgustó, lo echó fuera. Los nacidos de esclavas, si son malvados, son echados fuera; también es echado fuera Esaú, nacido de libre. Nadie, pues, presuma de nacer de buenos, nadie presuma de ser bautizado mediante santos. Quien es bautizado mediante santos, vigile para no ser Esaú en lugar de Jacob.

Esto, pues, hermanos, querría deciros: ser bautizado por hombres que buscan lo suyo y aman el mundo —esto significa el nombre de esclava—, y buscar espiritualmente la heredad de Cristo de forma que haya un hijo de Jacob, digamos, nacido de esclava, es mejor que ser bautizado mediante santos y ensoberbecerse de forma que, aun nacido de libre, haya un Esaú, digamos, al que arrojar fuera; quedaos, hermanos, con esto. No os halago, ninguna esperanza vuestra esté en mí. Ni me lisonjeo ni os lisonjeo; cada uno lleva su propio fardo. Lo mío es hablar para no ser juzgado negativamente; lo vuestro es oír y oír con el corazón, para que no se os exija lo que doy, mejor dicho, para que cuando se os exige, se halle ganancia, no detrimento.

Nacer del espíritu

5. El Señor dice a Nicodemo y le explica: En verdad, en verdad te digo: «Si alguien no hubiese renacido de agua y Espíritu no puede entrar al reino de Dios». Tú, afirma, entiendes la generación carnal, cuando dices: ¿Acaso puede un hombre regresar a las entrañas de la madre? De agua y Espíritu es preciso nacer en atención al reino de Dios. Si se nace por la herencia temporal de padre humano, názcase de las entrañas de madre carnal; si por la herencia sempiterna del Padre Dios, názcase de las entrañas de la Iglesia. Un padre, que ha de morir, engendra mediante la esposa un hijo sucesor; de la Iglesia engendra Dios hijos que no le sucederán, sino que con él permanecerán.

Y sigue: Lo que ha nacido de la carne es carne; mas lo que ha nacido del Espíritu es espíritu. Espiritualmente, pues, nacemos y en el Espíritu nacemos por la palabra y el sacramento. Asiste el Espíritu, para que nazcamos; invisiblemente asiste el Espíritu del que naces, porque también tú naces invisiblemente. Sigue, en efecto, y dice: No te extrañes de que te he dicho: «Es preciso que vosotros nazcáis de nuevo». El Espíritu sopla donde quiere y oyes su voz, mas no sabes de dónde viene ni a dónde va. Nadie ve al Espíritu. ¿Y cómo oímos la voz del Espíritu? Suena un salmo: voz es del Espíritu; suena el evangelio: voz es del Espíritu; suena la palabra divina: voz es del Espíritu. Oyes su voz, mas no sabes de dónde viene ni a dónde va. Pero, si también tú naces del Espíritu, serás esto, de forma que quien aún no ha nacido del Espíritu no sepa sobre ti de dónde vienes ni a dónde vas. En efecto, a continuación dijo esto: Así es todo el que ha nacido del Espíritu.

La humildad, condición indispensable

6. Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede suceder esto? En verdad, carnalmente no entendía. En él sucedía lo que había dicho el Señor: oía la voz del Espíritu, mas no sabía de dónde había venido ni a dónde iba. Respondió Jesús y le dijo: ¿Tú eres el maestro en Israel e ignoras esto? ¡Oh, hermanos! ¿Qué? ¿Suponemos que el Señor ha querido como insultar a este maestro de los judíos? Sabía el Señor lo que hacía, quería que aquél naciese de Espíritu. Nadie nace de Espíritu si no es humilde, porque la humildad misma nos hace nacer del Espíritu, porque el Señor está cerca de los triturados en cuanto al corazón. Aquél estaba inflado de magisterio y se daba alguna importancia, porque era doctor de los judíos. Jesús le tira por los suelos la soberbia, para que pueda nacer de Espíritu; le escarnece como a indocto, no porque el Señor quiera parecer superior. ¿Qué grandeza pretenderá Dios frente al hombre, la Verdad frente a la mentira? ¿Debe decirse, puede decirse, hay que pensar que Cristo es superior a Nicodemo? Ya que ese mediante quien ha sido hecha toda criatura es incomparablemente mayor que toda criatura, sería ridículo si se dijera que Cristo es mayor que los ángeles. Pero fustiga la soberbia del hombre —¿Tú eres el maestro en Israel e ignoras esto?— como diciendo: «He aquí que no sabes nada, jefe soberbio; nace de Espíritu, ya que, si nacieses de Espíritu, te atendrás a los caminos de Dios de forma que sigas la humildad de Cristo». En efecto, está elevado sobre todos los ángeles así: porque, como existiese en forma de Dios, no consideró rapiña ser igual a Dios, sino que se vació a sí mismo al tomar forma de esclavo, hecho a semejanza de hombres; y hallado como hombre en el porte, se rebajó a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte; y para que no te plazca algún género de muerte: ahora bien, muerte de cruz.

Colgado estaba y se le escarnecía. Podía descender de la cruz, pero lo aplazaba para resurgir del sepulcro. El Señor soportó a los esclavos soberbios, el médico a los enfermos. Si esto hizo él, ¿qué deberán hacer los que es preciso que nazcan de Espíritu, si esto hizo quien en el cielo es verdadero maestro no sólo de los hombres, sino también de los ángeles? En efecto, si los ángeles han sido enseñados, la Palabra de Dios les ha enseñado; si la Palabra de Dios les ha enseñado, buscad cómo han sido enseñados y hallaréis: En el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios. Se le quita al hombre la cerviz, pero la áspera y dura, para que haya una cerviz blanda para llevar el yugo de Cristo, del que se dice: Mi yugo es blando y mi fardo es ligero.

Las cosas de la tierra

7. Y sigue: Si os he dicho cosas terrenas y no creéis, ¿cómo creeréis, si os digo cosas celestes? ¿Qué cosas terrenas ha dicho, hermanos? ¿Es terrenal «Si alguien no hubiere nacido de nuevo»? ¿Es terrenal «el Espíritu sopla donde quiere y oyes su voz, mas no sabes de dónde viene ni a dónde va»? En efecto, si hablase de este viento, como algunos entendieron cuando se les preguntó qué cosa terrena dijo el Señor mientras afirma: «Si os he dicho cosas terrenas y no creéis, ¿cómo creeréis si os digo cosas celestes?»;cuando, pues, se preguntó a algunos qué cosa terrena dijo el Señor, padeciendo aprietos dijeron: «De este viento dijo lo que afirma: El Espíritu sopla donde quiere y oyes su voz, mas no sabes de dónde viene ni a dónde va». Por cierto, ¿qué cosa terrena ha dicho, si hablaba de la generación espiritual, pues siguió diciendo: Así es todo el que ha nacido del Espíritu?
 

Además, hermanos, ¿quién de nosotros no ve, verbigracia, al bochorno ir del sur al norte, o a otro viento venir de oriente a occidente? ¿Cómo, pues, no sabemos de dónde viene ni a dónde va? ¿Qué cosa terrena, pues, dijo, que no creían los hombres? ¿Acaso lo que había dicho sobre volver a levantar el templo? Efectivamente, de la tierra había recibido su cuerpo y se preparaba para resucitar esta tierra tomada de cuerpo terreno. No se le creyó que iba él a resucitar la tierra. Si os he dicho cosas terrenas y no creéis, afirma, ¿cómo creeréis si os digo cosas celestes? Esto es, si no creéis que puedo volver a levantar el templo derribado por vosotros, ¿cómo creeréis que los hombres pueden ser reengendrados mediante el Espíritu?

El Hijo del hombre que está en el cielo

8. Y sigue: Y nadie ha ascendido al cielo, sino quien ha descendido del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. Fijaos, estaba aquí y estaba en el cielo; aquí estaba por la carne, en el cielo estaba por la divinidad; mejor dicho, por la divinidad en todas partes. Nació de la madre sin separarse del Padre. Conocemos dos nacimientos de Cristo: uno divino, otro humano; uno mediante el que fuésemos hechos, otro mediante el que fuésemos rehechos; ambos admirables; éste sin madre, aquél sin padre. Pero, porque de Adán había recibido el cuerpo, pues María viene de Adán, y porque él iba a resucitar ese cuerpo, había dicho cierta cosa terrenal: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. En cambio, dijo cierta cosa celestial: Si alguien no hubiere renacido de agua y de Espíritu, no verá el reino de Dios. ¡Ea, hermanos! Dios ha querido ser el Hijo del hombre y ha querido que los hombres sean hijos de Dios. Él ha descendido por nosotros; subamos nosotros por él.

Por cierto, solo ha descendido y ascendido quien ha afirmado esto: Nadie ha ascendido al cielo, sino el que ha descendido del cielo. ¿No van a subir, pues, al cielo esos a quienes hace hijos de Dios? ¡Claro que van a subir! Esta promesa tenemos: Serán iguales a ángeles de Dios. ¿Cómo, pues, nadie ha ascendido, sino el que ha descendido? Porque uno solo ha descendido, uno solo ha ascendido. De los demás, ¿qué? ¿Qué ha de entenderse sino que serán miembros suyos, de forma que un solo individuo ascienda? Por eso sigue: Nadie ha ascendido al cielo, sino el que ha descendido del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. ¿Te extraña que estuviese aquí y también en el cielo? Tales ha hecho a sus discípulos. Oye al Apóstol decir: Ahora bien, nuestra residencia está en el cielo. Si un hombre, el apóstol Pablo, andaba con su carne en la tierra y residía en el cielo, el Dios de cielo y tierra ¿no podía estar en el cielo y en la tierra?

Ser uno para subir al cielo

9. Si, pues, nadie sino él ha descendido y ascendido, ¿qué esperanza tienen los demás? Los demás tienen la esperanza de que ha descendido precisamente para que en él y con él fuesen un solo individuo quienes mediante él iban a subir. El Apóstol afirma: No dice «y a las descendencias», como respecto a muchas; sino, como respecto a una sola, «y a tu descendencia», que es Cristo. Y a los fieles dice: Por vuestra parte sois de Cristo; ahora bien, si sois de Cristo, sois, pues, descendencia de Abrahán. Ha dicho que todos nosotros somos ese «uno» de que ha hablado. A veces, en los salmos cantan varios, precisamente para que se muestre que de varios se hace un único individuo; a veces canta uno solo, para que se muestre qué se hace de varios. Por eso era sanado uno solo en aquella piscina, y cualquier otro que descendía no era sanado. Este único encomia, pues, la unidad de la Iglesia. ¡Ay de quienes odian la unidad y para sí hacen bandos entre los hombres! Oigan a quien, para que fuesen una única realidad, quería hacerlos un único individuo en el Único; óiganle decir: No os hagáis muchos; yo planté, Apolo regó, pero Dios ha dado crecimiento; ahora bien, ni quien planta es algo ni quien riega, sino quien da crecimiento, Dios. Ellos decían: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas. Y él: ¿Está dividido el Mesías? Estad en el Único, sed una sola realidad, sed un único individuo. Nadie ha ascendido al cielo, sino el que del cielo ha descendido. «He aquí que queremos ser tuyos», decían a Pablo. Y él: «No seáis de Pablo; más bien, de aquel de quien es Pablo con vosotros».

Libres de muerte

10. Efectivamente ha descendido, ha muerto y con la muerte nos ha liberado de la muerte. Matado por la muerte, a la muerte ha matado. Y sabéis, hermanos, que esa muerte entró al mundo por envidia del diablo. Dios no ha hecho la muerte, dice la Escritura, ni se alegra, afirma, en la ruina de los vivos, pues creó todo para que existiera. Pero ¿qué dice allí? Ahora bien, por envidia del diablo ha entrado la muerte al orbe de las tierras. A la muerte propinada por el diablo no vendría traído por la fuerza el hombre, pues el diablo tenía no poder para forzar, sino astucia para seducir. Si no consentías, el diablo nada ocasionaba. Tu consentimiento, oh hombre, te ha conducido a la muerte. De mortal nacidos mortales, de inmortales hemos sido hechos mortales. Por Adán son mortales todos los hombres. En cambio, Jesús, el Hijo de Dios, la Palabra de Dios mediante la que todo se ha hecho, el Único igual al Padre, se hizo mortal, porque la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

11. Cogió, pues, la muerte, en la cruz colgó a la muerte y de esa muerte misma son liberados los mortales. El Señor recuerda lo que en figura sucedió entre los antiguos: Y como Moisés, afirma, levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Conocen un misterio grande también quienes lo han leído. Óiganlo además o quienes no lo han leído, o quienes quizá han olvidado lo leído u oído. Los mordiscos de las serpientes abatían en el desierto al pueblo de Israel, gran estrago de muchas muertes sucedía, pues era castigo de Dios, quien, para enseñar, corregía y flagelaba. Aparece allí el gran misterio de una realidad futura; el Señor en persona lo atestigua en esta lectura, para que nadie pueda interpretar otra cosa, sino la que la Verdad en persona indica acerca de sí.

El Señor, en efecto, dijo a Moisés que hiciera una serpiente de bronce, en el desierto la levantase sobre un palo y avisase al pueblo de Israel que, si una serpiente mordía a alguien, se fijase en la serpiente levantada en el palo. Sucedió: los hombres eran mordidos, miraban y eran sanados. ¿Qué son las serpientes mordedoras? Los pecados nacidos de la condición mortal de la carne. ¿Qué es la serpiente levantada? La muerte del Señor en la cruz. Efectivamente, porque la muerte viene de la serpiente, fue figurada mediante la efigie de una serpiente. Letal el mordisco de la serpiente; vital la muerte del Señor. Se presta atención a la serpiente, para que la serpiente no tenga fuerza. ¿Qué significa esto? Se presta atención a la muerte, para que la muerte no tenga fuerza. Pero ¿la muerte de quién? La muerte de la vida, si puede decirse; la muerte de la vida. Mejor aún, porque se puede decir, se dice admirablemente. Pero ¿acaso no había que decir lo que iba a ser hecho? ¿Dudaré yo en decir lo que el Señor se dignó hacer por mí? ¿No es Cristo la Vida? Y, sin embargo, Cristo está en la cruz. ¿No es Cristo la Vida? Y, sin embargo, Cristo murió. Pero en la muerte de Cristo murió la muerte, porque la vida muerta mató a la muerte, la plenitud de la vida se tragó la muerte; engullida en el cuerpo de Cristo quedó la muerte. Así lo diremos también nosotros en la resurrección, cuando cantemos triunfadores: ¿Dónde está, muerte, tu conato? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

Mientras tanto, hermanos, para ser sanados del pecado, miremos de momento a Cristo crucificado, porque como Moisés, afirma,levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Como quienes miraban la serpiente no perecían por las mordeduras de las serpientes, así también quienes con fe miran la muerte de Cristo son sanados de las mordeduras del pecado. Pero para una vida temporal eran sanados de la muerte aquéllos; éste, en cambio, dice: Para que tengan vida eterna. De hecho, esta diferencia hay entre la imagen figurada y la realidad misma: la figura ofrecía vida temporal; la realidad misma, de la que era la figura, ofrece vida eterna.

El juicio y la fe

12. Pues Dios envió su Hijo al mundo no para que juzgue al mundo, sino para que el mundo se salve mediante él. En cuanto, pues, depende del médico, ha venido a sanar al enfermo. Se suicida el que no quiere observar los preceptos del médico. Ha venido el Salvador al mundo. ¿Por qué se le ha llamado Salvador del mundo, sino para que salve al mundo, no para que juzgue al mundo? Si no quieres que te salve, serás juzgado por ti mismo. ¿Y por qué diré «serás juzgado»? Mira qué afirma: El que cree en él no es juzgado; quien, en cambio, no cree —¿qué esperas que diga sino que es juzgado?— ya está juzgado, asevera. Aún no ha aparecido el juicio, pero ya está hecho el juicio. El Señor conoce a quienes son suyos: conoce quiénes permanecerán hasta la corona, quiénes permanecerán hasta la llama; en su era conoce el trigo, conoce la paja; conoce la mies, conoce la cizaña. Ya está juzgado quien no cree. ¿Por qué juzgado? Porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

La confesión de los pecados

13. Ahora bien, éste es el juicio: que la luz ha venido al mundo, y los hombres amaron las tinieblas más que la luz, pues eran malas las obras de ellos. Hermanos míos, ¿de quiénes encontró el Señor obras buenas? De nadie. Malas encontró las obras de todos. ¿Cómo, pues, algunos han practicado la verdad y llegado a la luz? En efecto, sigue también esto: Quien, en cambio, hace la verdad viene a la luz para que se manifiesten sus obras, porque están hechas según Dios. ¿Cómo algunos han hecho la buena obra de venir a la Luz, es decir, a Cristo, y cómo algunos amaron las tinieblas? Efectivamente, si pecadores encontró a todos y a todos sana del pecado, y si la serpiente en que está figurada la muerte del Señor sana a esos que habían sido mordidos, y por la mordedura de la serpiente fue erguida la serpiente, esto es, la muerte del Señor por los hombres mortales, a los que halló injustos, ¿cómo se entiende: «Éste es el juicio: que la luz ha venido al mundo, y los hombres amaron las tinieblas más que la luz, pues eran malas las obras de ellos? ¿Qué significa esto? En efecto, ¿de quiénes eran buenas las obras? ¿Acaso no has venido a justificar a los impíos? Pero amaron las tinieblas más que la luz, afirma.

Pues muchos han amado sus pecados y muchos han confesado sus pecados, ha puesto el acento ahí: en que quien confiesa sus pecados y acusa sus pecados ya obra con Dios. Dios acusa tus pecados; si también tú los acusas, te unes con Dios. Hombre y pecador: son como dos realidades. Dios ha hecho lo que oyes nombrar «hombre»; ese hombre mismo ha hecho lo que oyes nombrar «pecador». Para que Dios salve lo que ha hecho, destruye tú lo que has hecho. Es preciso que odies en ti tu obra y ames en ti la obra de Dios. Ahora bien, cuando empiece a disgustarte lo que has hecho, a partir de entonces empiezan tus obras buenas, porque acusas tus obras malas. Inicio de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienes a la luz. ¿Qué significa «haces la verdad»? No te halagas, no te lisonjeas, no te adulas; porque eres inicuo no dices «soy justo», y comienzas a hacer la verdad. Por otra parte, vienes a la luz, para que se manifiesten tus obras, porque están hechas según Dios, ya que esto mismo, que te desagrada tu pecado, no sucedería si Dios no te iluminase y su verdad no te lo mostrase. Pero quien, aun amonestado, ama sus pecados, odia la luz amonestadora y la rehúye, para que no sean argüidas sus malas obras que ama. Quien, en cambio, hace la verdad, acusa en su persona sus males, no se tiene consideración, para que Dios le perdone no se perdona porque él mismo reconoce lo que quiere que Dios perdone, y viene a la luz, a la que agradece haberle mostrado lo que él había de odiar en su persona. Dice a Dios: Aparta de mis pecados tu rostro. Y ¿con qué cara lo dice, si no dijera a su vez: Porque yo reconozco mi fechoría y mi pecado está delante de mí? Esté ante ti lo que no quieres que esté ante Dios. Si, en cambio, pones detrás de ti tu pecado, Dios te lo dirigirá ante tus ojos, y lo dirigirá cuando ya no habrá fruto alguno de la enmienda.

Consejos cotidianos

14. Corred, hermanos míos, para que no os envuelvan las tinieblas. Sin tregua trabajad para vuestra salvación; trabajad sin tregua, mientras hay tiempo: nadie permita que se le impida venir al templo de Dios, nadie permita que se le impida hacer la obra del Señor, nadie permita que se le impida la oración continua, nadie permita que se le distraiga de la devoción habitual. Trabajad, pues, sin tregua, cuando es de día, luce el día: Cristo es el día. Está dispuesto a perdonar, pero a los que reconocen su pecado; en cambio, lo está a castigar a quienes se defienden, se jactan de ser justos y suponen ser algo, aunque son nada. Ahora bien, quien camina en su amor y en su misericordia, liberado también de pecados cuales son crímenes, homicidios, hurtos, adulterios y robos —letales y grandes por relación a los que parecen ser menudos, pecados de la lengua o de los pensamientos o de inmoderación en cosas lícitas—, hace la verdad de la confesión y por las obras buenas viene a la luz, porque muchos pecados menudos matan si se los descuida. Menudas son las gotas que llenan los ríos; menudos son los granos de arena; pero, si se amontona mucha arena, oprime y aplasta. La sentina, si se la descuida, hace lo que al precipitarse hace el oleaje: paulatinamente entra por la sentina; pero, si entra largo rato y no se lo saca, hunde la nave. Ahora bien, ¿qué significa sacar, sino con obras buenas —gimiendo, ayunando, repartiendo, perdonando— tratar de que los pecados no ahoguen?

Por otra parte, el viaje de este mundo es molesto, está lleno de tentaciones: ¡en la prosperidad no encumbre, en la adversidad no desanime! Quien te ha dado la felicidad de este mundo, te la ha dado para tu consuelo, no para tu seducción. A la inversa, quien te flagela en este mundo lo hace para tu enmienda, no para tu condena. Soporta al padre educador, para que no sientas al juez castigador. Cotidianamente os digo estas cosas y han de decirse con frecuencia, porque son buenas y saludables.

 

 

TRATADO 13

Comentario a Jn 3,22-29, predicado en Hipona, poco después del viernes 24 de mayo de 407

Introducción: refrescar la memoria

1. Como podéis recordar quienes veláis por vuestro progreso, el orden de la lectura evangélica según Juan sigue, de forma que se me propone para tratar la que se ha leído hace un momento. Recordáis que ya se ha tratado lo que antes se ha dicho desde el principio mismo hasta la lectura hodierna. Aunque habéis olvidado quizá mucho de ello, en vuestra memoria permanece ciertamente al menos mi deber. Aunque no retenéis todo lo que gracias a ése habéis oído del bautismo de Juan, creo empero que retenéis haberlo oído; también lo que se dijo de por qué el Espíritu Santo apareció en forma de paloma, y cómo se solucionó aquella nudosísima cuestión: mediante la paloma aprendió Juan respecto al Señor, aunque ya le conocía, no sé qué que no conocía, cuando el Señor le respondió: «Por ahora deja que se cumpla toda justicia», cuando al venir a ser bautizado dice: Yo debo ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?

Juan insinúa la divinidad de Cristo

2. El orden de la lectura nos fuerza, pues, a volver ahora al mismo Juan. Ése es quien fue predicho mediante Isaías: Voz de uno que clama en el desierto: «Preparad el camino al Señor, enderezad sus senderos». Tal testimonio rindió a su Señor y, porque éste se dignó, a su amigo; y su Señor y amigo suyo dio también él personalmente testimonio en favor de Juan. En efecto, dijo de Juan: Entre los nacidos de mujeres no ha surgido mayor que Juan el Bautista. Pero, porque se le antepuso, en lo que era más que Juan era Dios: Quien, en cambio, afirma, en el reino de los cielos es el menor, es mayor que él. Menor por nacimiento, mayor en potestad, mayor por la divinidad, por la majestad, por la claridad, como que en el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios.

Ahora bien, en las lecturas anteriores Juan había dado testimonio a favor del Señor, diciendo, sí, que era el Hijo de Dios, no diciendo ni empero negando que fuese Dios; se había callado que era Dios, no había negado que era Dios, pero no se calló del todo que era Dios, pues quizá encontramos esto efectivamente en la lectura hodierna. Le había llamado «el Hijo de Dios»; pero también se llama hijos de Dios a los hombres. Había dicho que era de tanta excelencia, que él no era digno de desatar la correa de su calzado. Éste, mayor que el cual nadie había surgido entre los nacidos de mujeres, da ya mucho a entender la grandeza de ese la correa de cuyo calzado no era digno de desatar, pues era más que todos los hombres y ángeles. Por cierto, hallamos que un ángel prohibió a un hombre caer a sus pies. En efecto, cuando en el Apocalipsis el ángel mostraba ciertas cosas a Juan, quien ha escrito este evangelio, Juan, aterrado por la magnitud de la visión, cayó a los pies del ángel, y éste dice: Levántate, procura no hacer esto; adora a Dios, porque yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos. Un ángel, pues, prohibió a un hombre caer a sus pies. ¿No es manifiesto que está sobre todos los ángeles ese a quien un hombre de tal categoría que entre los nacidos de mujeres nadie ha surgido mayor que él dice que él es indigno de desatarle la correa del calzado?

Ojos carnales y ojos espirituales

3. Sin embargo, con toda evidencia diga Juan que nuestro Señor Jesucristo es Dios. Hallemos esto en la lectura presente, porque quizá también acerca de él hemos cantado, «Ha reinado Dios sobre toda la tierra», contra lo cual están sordos quienes suponen que él reina en África sola. En efecto, cuando se ha dicho: «Dios ha reinado sobre toda la tierra», no se ha omitido hablar de Cristo, pues ¿qué otro es nuestro rey sino nuestro Señor Jesucristo? Él es nuestro Rey. ¿Y qué habéis oído en este salmo, en el verso reciente cantado hace un momento? Salmodiad a nuestro Dios, salmodiad; salmodiad a nuestro rey, salmodiad inteligentemente, de forma que no entiendas que está en una única parte ese a quien salmodias: «Porque rey de toda la tierra es Dios».

Y ¿cómo es rey de toda la tierra quien en una única parte de las tierras, en Jerusalén, en Judea, fue visto caminar entre los hombres, nacer, mamar, crecer, comer, beber, estar despierto, dormir, sentarse fatigado junto a un pozo, apresado, flagelado, embadurnado de esputos, coronado de espinas, colgado de un madero, herido por una lanza, muerto, sepultado? ¿Cómo, pues, es rey de toda la tierra? Lo que se veía en ese lugar era la carne; a ojos de carne se presentaba la carne. En carne mortal se ocultaba la majestad inmortal. ¿Y qué ojos podrían mirar la majestad inmortal, penetrada la trabazón de carne? Hay otro ojo, existe el ojo interior, pues algunos ojos tenía Tobías aun cuando, ciego en los ojos corpóreos, daba al hijo preceptos de vida . Éste agarraba al padre la mano, para que caminase con los pies; el otro daba consejo al hijo, para que mantuviese el camino de la justicia. Ojos veo aquí y ojos entiendo que hay allí. Y mejores los ojos de quien da un consejo de vida que los ojos de quien agarra la mano. Tales ojos buscaba también Jesús cuando dice a Felipe: Tanto tiempo estoy con vosotros, ¿y no me habéis conocido? Tales ojos buscaba cuando dice: Felipe, quien me ha visto, ha visto también al Padre. Estos ojos están en la inteligencia, estos ojos están en la mente. Por eso, tras haber dicho el salmo: «Porque es rey de toda la tierra», inmediatamente ha añadido: Salmodiad inteligentemente. En efecto, porque digo «Salmodiad a nuestro Dios, salmodiad», llamo rey nuestro a Dios. Pero como a hombre habéis visto entre los hombres a nuestro Rey; lo habéis visto padecer, crucificado, muerto. Algo se escondía en la carne que podías ver con ojos carnales. ¿Qué se escondía allí? Salmodiad inteligentemente: no busquéis con los ojos lo que la mente percibe. Salmodiad con la lengua, porque entre vosotros él es carne. Pero, porque la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, dirigid el canto a la carne, dirigid a Dios la mirada de la mente. Salmodiad inteligentemente y veréis que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

Por Cristo hombre a Cristo Dios

4. También Juan diga su testimonio: Después de esto vino Jesús y sus discípulos a la tierra de Judea y allí permanecía con ellos y bautizaba. Bautizado, bautizaba. No bautizaba con el bautismo con que fue bautizado. Para mostrar el camino de la humildad y conducir hasta el bautismo del Señor, esto es, su bautismo, dando ejemplo de humildad porque él no rechaza el bautismo del siervo, el Señor, bautizado por el siervo, da el bautismo. Y con el bautismo del siervo se preparaba el camino al Señor y, bautizado, el Señor se hizo camino para quienes vienen. Oigámosle: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Si buscas la verdad, mantén el camino, porque el Camino es el mismo que la Verdad. Ella en persona es adonde vas, ella en persona es por donde vas; no vas por una realidad a otra, no vienes a Cristo por otra cosa; por Cristo vienes a Cristo. ¿Cómo «por Cristo a Cristo»? Por Cristo hombre a Cristo Dios; por la Palabra hecha carne a la Palabra que en el principio era Dios en Dios; desde eso que el hombre comió, a eso que cotidianamente comen los ángeles. De hecho, así está escrito: Pan del cielo les dio, pan de ángeles comió el hombre. ¿Cuál es el pan de ángeles? En el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios. ¿Cómo comió el hombre pan de ángeles? Y la Palabra se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros.

De Dios hablamos inadecuadamente

5. Pero, porque he dicho que los ángeles comen, no supongáis, hermanos, que sucede a mordiscos, ya que, si entendierais esto, Dios, al que comen los ángeles, es despedazado, digamos. ¿Quién despedaza la Justicia? Pero, a su vez, alguien me dice: «¿Y quién es el que come la Justicia?». ¿Cómo, pues, dichosos quienes tienen hambre y sed de la justicia, porque ésos serán saciados? El alimento que comes mediante la carne se acaba él para que tú te repongas; para reconstituirte se consume. Come la Justicia; te repones, pero ella persevera íntegra. Como estos ojos nuestros, aunque lo que ven los ojos corpóreos es una realidad corpórea, se reponen al ver esta luz corpórea. Efectivamente, por haber estado muchos en tinieblas bastante tiempo, se debilita su mirada como por ayuno de luz. Privados de su alimento los ojos —se alimentan, en efecto, de la luz—, el ayuno los fatiga y debilita, hasta el punto de que no pueden ver la luz que los repone y, si falta bastante tiempo, se extinguen y muere en ellos, digamos, la capacidad de ver la luz. ¿Qué concluir pues? ¿Porque esta luz alimenta cotidianamente a tantos ojos se hace menor? Ellos se reponen, pero ella permanece íntegra. Si mediante la luz corpórea Dios ha podido provocar esto en favor de los ojos corpóreos, ¿no mostrará a los corazones limpios la luz inagotable, que persevera íntegra, sin consumirse bajo ningún aspecto? ¿Qué luz? En el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios.

Veamos si es luz. Porque en ti está la fuente de la vida y en tu luz veremos la luz. En la tierra, una cosa es la fuente, otra la luz. Sediento buscas la fuente y para llegar a la fuente buscas luz; y, si no es de día, enciendes una lámpara para llegar a la fuente. Esa fuente es la luz misma: para el sediento es fuente; para el ciego es luz. Ábranse los ojos para que vean la luz; ábranse las fauces del corazón para que beban la fuente. Lo que bebes, esto ves, esto oyes. Dios se hace todo para ti porque para ti él es todo lo que amas. Si atiendes a lo visible, Dios no es pan, tampoco Dios es agua, tampoco es Dios esta luz, tampoco es Dios un vestido, tampoco es casa Dios. Todo esto, en efecto, es visible y cada cosa es sólo lo que es: lo que es pan no es agua, lo que es vestido no es casa ni lo que son estas cosas es Dios, pues son visibles. Para ti Dios es todo: si tienes hambre, es tu pan; si tienes sed, es tu agua; si estás en tinieblas, es tu luz, porque permanece incorruptible; si estás desnudo, es tu vestido de inmortalidad, cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Todo puede decirse de Dios, mas de Dios nada se dice dignamente. Nada más vasto que esta penuria. Buscas un nombre adecuado: no lo hallas; buscas hablar de él en cualquier modo: hallas todo. ¿Qué tienen de semejante el león y el cordero? De Cristo está dicho lo uno y lo otro: He ahí el cordero de Dios. ¿Cómo es león? Ha vencido el león de la tribu de Judá.

Por qué se bautizó Jesús

6. Oigamos a Juan: Jesús bautizaba. He dicho que Jesús bautizaba. ¿Cómo Jesús?, ¿cómo el Señor?, ¿cómo el Hijo de Dios?, ¿cómo la Palabra? Pero la Palabra se ha hecho carne. Por su parte, también Juan estaba bautizando en Enón, junto a Salín. Enón es cierto lago. ¿De dónde se sabe que era un lago? Porque allí había muchas aguas; y venían y eran bautizados. Juan, en efecto, no había sido aún enviado a la cárcel. Si recordáis —he aquí que lo digo otra vez—, dije por qué bautizaba Juan: porque era preciso que el Señor fuese bautizado. Y ¿por qué era preciso que el Señor fuese bautizado? Porque muchos iban a despreciar el bautismo, porque parecían dotados ya de gracia mayor que esa de que veían dotados a otros fieles. Verbigracia, un catecúmeno que viviera ya continentemente despreciaría a un casado y diría que él es mejor de lo que es aquel fiel. Ese catecúmeno podría decir en su corazón: «¿Por qué necesito recibir el bautismo para tener lo que tiene éste, mejor que el cual soy ya?». Para que, pues, este orgullo no hiciera caer a algunos muy ensoberbecidos por los méritos de su justicia, quiso el Señor ser bautizado por un siervo, como si dijera a esos hijos excelentes: «¿De qué os enorgullecéis? ¿Por qué os engreís? ¿Porque tenéis uno prudencia, otro doctrina, otro castidad, otro la fortaleza del aguante? ¿Acaso podéis tener tanto cuanto yo que os las he dado? Y, sin embargo, yo he sido bautizado por un siervo y vosotros desdeñáis ser bautizados por el Señor». Esto significa que se cumpla toda justicia.

Bautismo de Juan y bautismo de Jesús

7. Pero dirá alguien: «Bastaba, pues, que Juan bautizase al Señor. ¿Por qué era preciso que otros fuesen bautizados por Juan?». También lo he dicho; porque, si solo el Señor era bautizado por Juan, no faltaría a los hombres este pensamiento: que Juan tenía un bautismo mejor que el que tenía el Señor. Efectivamente dirían: «El bautismo que tuvo Juan era tan importante, que solo Cristo fue digno de ser bautizado con él». Para que, pues, se mostrase que el bautismo que iba a dar el Señor era mejor, y se entendiese que uno era como del siervo, el otro como del Señor, fue bautizado el Señor para dar ejemplo de humildad; por otra parte, no fue el único bautizado por él, para que el bautismo de Juan no pareciera mejor que el bautismo del Señor. Ahora bien, como habéis oído, hermanos, nuestro Señor Jesucristo mostró el camino para esto: para que nadie, arrogante porque tiene abundancia de alguna gracia, se desdeñe de ser bautizado con el bautismo del Señor. En efecto, por mucho que un catecúmeno progrese, aún lleva sobre sí el fardo de su iniquidad. No se le perdona sino cuando venga al bautismo. Como el pueblo de Israel no quedó libre del pueblo de los egipcios sino cuando cuando vino al mar Rojo, así nadie queda libre del peso de los pecados sino cuando viene a la fuente del bautismo.

Humildad de Juan

8. Surgió, pues, de los discípulos de Juan una cuestión con los judíos acerca de la purificación. Bautizaba Juan, bautizaba Cristo. Los discípulos de Juan se inquietaron. Se acudía a Cristo, se venía a Juan. De hecho, quienes venían a Juan, los enviaba a Jesús a ser bautizados; no eran enviados a Juan quienes eran bautizados por Jesús. Se turbaron los discípulos de Juan y comenzaron a tratar con los judíos una cuestión, como suele suceder. Has de entender que los judíos habían dicho que Cristo es mayor y que se debía acudir a su bautismo. Aquéllos, por no entender, defendían el bautismo de Juan. Se vino a Juan mismo para que resolviera la cuestión. Entienda Vuestra Caridad. También aquí se reconoce la utilidad de la humildad y se hace ver si, mientras los hombres erraban en esa cuestión, Juan quiso gloriarse ante sí. En efecto, quizá dijo: «Decís la verdad, con razón disputáis; mi bautismo es mejor. Para que sepáis que mi bautismo es ciertamente mejor, yo he bautizado a Cristo mismo». Bautizado Cristo, Juan podía decir esto. Si quisiera engrandecerse, ¡cuánto tenía de qué engrandecerse!

Pero sabía mejor ante quién abajarse. Confesando, quiso ceder ante ese de quien sabía que él le antecedía por nacimiento. Entendía que su salvación está en Cristo. Ya había dicho antes: Todos nosotros hemos recibido de su plenitud. Y esto es confesar que es Dios, pues ¿cómo todos los hombres reciben de su plenitud si él no es Dios? Ciertamente, si él es hombre sin ser Dios, de la plenitud de Dios recibe también él y así no es Dios. Si, en cambio, todos los hombres reciben de su plenitud, él es la fuente, ellos los que beben. Quienes beben de la fuente, pueden tanto tener sed cuanto beber; la fuente nunca tiene sed, la fuente no se necesita a sí misma. Los hombres necesitan la fuente. Secas las entrañas, secas las fauces, corren a la fuente a reponerse. La fuente fluye para reponer; así el Señor Jesús.

9. Veamos, pues, qué respondió Juan. Vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, el que estaba contigo allende el Jordán, de quien tú diste testimonio, he aquí que ése bautiza y todos vienen a él. Esto es: «¿Qué dices? ¿No ha de prohibírseles, para que más bien acudan a ti?». Respondió y dijo: Un hombre no puede recibir algo si no le fuese dado del cielo. ¿De quién suponéis que Juan dijo esto? De sí mismo. Afirma: «Como hombre, he recibido del cielo». Atienda Vuestra Caridad. Un hombre no puede recibir algo si no le fuese dado del cielo. Vosotros mismos dais testimonio de mí, de que he dicho: Yo no soy el Mesías. Como si dijera: «¿Por qué os engañáis? ¿Cómo me habéis propuesto esta cuestión vosotros mismos? ¿Qué me habéis dicho? Rabí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio. Sabéis, pues, qué testimonio he dado de él. ¿Voy a decir ahora que él no es quien dije que era? Porque, pues, he recibido del cielo algo para ser yo algo, ¿queréis que yo sea tan fatuo que hable contra la verdad? Un hombre no puede recibir algo si no le fuese dado del cielo. Vosotros mismos dais testimonio de mí, de que he dicho: Yo no soy el Mesías». Tú no eres el Mesías; pero ¿qué más da, si eres mayor que él, porque tú le bautizaste? He sido enviado; yo soy el heraldo; él es el juez.

Dolor de Agustín frente al donatismo

10. Oye también un testimonio mucho más enérgico, mucho más explícito. Ved qué sucede con nosotros, ved qué debemos amar, ved que amar a algún hombre en lugar de Cristo es adulterio. ¿Por qué digo esto? Atendamos a la voz de Juan. Podía errarse respecto a él, podía suponérsele quien no era. Rechaza de sí un honor falso, para mantener la sólida verdad. Ved qué dice que es Cristo, qué dice que es él: El que tiene a la novia es el novio. Sed castos, amad al Novio. Ahora bien, ¿qué eres tú, que nos dices: Quien tiene a la novia es el novio? Por su parte, el amigo del novio, que está en pie y le oye, con gozo goza por la voz del novio.

Conforme a la emoción de mi corazón, pues está lleno de gran gemido, el Señor Dios nuestro ayude a decir lo que deploro. Pero, pues sé que mi dolor no puede expresarse de modo suficientemente adecuado, por Cristo mismo os ruego que vosotros reflexionéis sobre lo que no pudiere decir. Veo, en efecto, a muchos adúlteros que quieren poseer a la novia comprada a tanto precio, amada fea para que fuese hecha hermosa, por aquel Comprador, aquel Liberador, aquel Hermoseador, y con sus palabras tratan de ser amados en vez del Novio. De él está dicho: Éste es quien bautiza. ¿Quién sale hasta aquí y dice: «Yo bautizo»? ¿Quién sale hasta aquí y dice: «Lo que yo dé, esto es santo»? ¿Quién es el que avanza hasta aquí, el cual dice: «Es bueno para ti que nazcas de mí»? Oigamos al amigo del Novio, no a los adúlteros del Novio; oigamos al que está celoso, pero no a favor de sí.

La esposa encomendada

11. Hermanos, con el corazón regresad a vuestras casas; hablo de cosas carnales, hablo de cosas terrenas, por la debilidad de vuestra carne digo algo humano. Muchos tenéis cónyuges, muchos queréis tenerlos, muchos, aunque no queréis, los tuvisteis, muchos que no queréis en absoluto tener cónyuges habéis nacido de los matrimonios de vuestros padres; no hay corazón al que no toque este afecto; en las cosas humanas nadie hay tan desviado del género humano que no sienta lo que digo. Imaginad que alguien que se ha ido al extranjero encomienda su novia a un amigo: «Eres mi amigo, por favor, cuida de que, ausente yo, no sea amado alguno en vez de mí». ¿De qué laya, pues, es quien, al custodiar a la novia o a la esposa de su amigo, pone empeño, sí, en que ningún otro sea amado, pero, si quisiera ser amado él en vez del amigo y quisiera usar de la a él encomendada, cuán detestable aparece a todo el género humano? Si la ve observar por la ventana o bromear con alguno, se lo impide, como si tuviera celos. Veo que siente celos, pero quiero ver de quién, del amigo ausente o de sí presente.

Suponed que nuestro Señor Jesucristo ha hecho esto. Encomendó su novia a su amigo, se marchó al extranjero a recibir el reino, como dice él en el evangelio, y sin embargo está presente por majestad. Se engaña al amigo que se marchó allende el mar; y, si se le engaña, ¡ay de quien le engaña! ¿Por qué intentan engañar a Dios, al Dios que contempla los corazones de todos y sondea los secretos de todos? Surge algún hereje y dice: «Yo doy, yo santifico, yo justifico; no quiero que vayas a esa secta». Cela bien, sí; pero ve por quién. «No vayas a los ídolos»: cela bien. «Tampoco a los adivinos»: cela bien. Veamos por quién cela. «Lo que yo doy es santo, porque lo doy yo; a quien yo bautizo, queda bautizado; a quien no bautizo, no queda bautizado». Oye al amigo del Novio, aprende a celar por tu amigo; oye la voz de aquél: Éste es quien bautiza. ¿Por qué quieres arrogarte lo que no es tuyo? ¿Tan ausente está el que ha dejado aquí a su novia? ¿No sabes que el que resucitó de entre los muertos se sienta a la derecha del Padre? Si los judíos le despreciaron colgado en el madero, ¿tú le desprecias sentado en el cielo? Sepa Vuestra Caridad que yo sufro gran dolor por este asunto; pero, como he dicho, dejo el resto a vuestras reflexiones. De hecho, no lo expresaré aunque hable el día entero; aunque llore el día entero, no lloraré suficientemente. No digo, como dice un profeta, «aunque tenga una fuente de lágrimas», sino: «aunque me convierta en lágrimas y quede hecho lágrimas, en lenguas y quede hecho lenguas, es poco.

Los verdaderos celos

12. Regresemos, veamos qué dice ése: El que tiene a la novia es el novio; no es mía la novia. ¿Y no gozas con la boda? Claro que gozo, dice: Por su parte, el amigo del novio, que está en pie y le oye, con gozo goza por la voz del novio. No gozo por mi voz, afirma, sino que gozo por la voz del Novio. Yo estoy para oír, él para hablar, pues yo he de ser iluminado, la luz es él; yo estoy a la escucha, él es la Palabra. El amigo del novio, pues, está en pie y le oye. ¿Por qué está en pie? Porque no se cae. ¿Por qué no se cae? Porque está abajado. Míralo estar en pie en terreno seguro: No soy digno de desatar la correa de su calzado. ¡Bien te abajas, con razón no te caes, con razón estás en pie, con razón le oyes y con gozo gozas por la voz del novio. Así, también el Apóstol, amigo del Novio, siente celos también él, no por sí mismo, sino por el Novio. Oye la voz de este celoso; con celo de Dios siento celos por vosotros, ha dicho; no con el mío, no por mí, sino con celo de Dios. ¿Por qué, cómo, cuánto estás celoso o por quién estás celoso? Porque os he desposado con un solo varón para mostrar al Mesías una virgen casta. ¿Qué temes, pues?, ¿por qué estás celoso? Temo, responde, que como la serpiente sedujo con su astucia a Eva, así vuestros sentires sean también corrompidos respecto a la castidad que se refiere al Mesías.

Toda la Iglesia ha sido denominada virgen. Veis que los miembros de la Iglesia son diversos, que destacan y gozan por dones diversos: casados unos, casadas otras, enviudados unos ya no buscan esposas, enviudadas otras ya no buscan maridos, unos conservan la integridad desde su infancia, otras han consagrado a Dios su virginidad. Diversos son los dones, pero todos esos individuos son una única virgen. ¿Dónde está esa virginidad? Ciertamente, no en el cuerpo. De pocas mujeres es y, si puede hablarse de virginidad en los varones, también de pocos varones es en la Iglesia la integridad del cuerpo y ese grupo es un miembro muy honorable. En cambio, los otros miembros conservan todos la virginidad no en el cuerpo, sino en la mente. ¿Cuál es la virginidad de la mente? La fe íntegra, la esperanza sólida, la caridad sincera. Aquel que sentía celos por el novio temía que la serpiente corrompiera esta virginidad, ya que, como un miembro del cuerpo se viola en cualquier lugar, así la seducción de la lengua viola la virginidad del corazón. La que no quiere mantener sin causa la virginidad del cuerpo no se corrompa en la mente.

La verdadera virginidad

13. ¿Qué diré, pues, hermanos? También los herejes tienen vírgenes y muchas son las vírgenes de los herejes. Veamos si aman al Novio, de forma que se custodie esa virginidad. ¿Para quién se custodia? Para el Mesías, dice. Veamos si para el Mesías, no para Donato; veamos para quién se conserva esa virginidad; pronto podréis comprobarlo. He aquí que muestro el Novio, porque él mismo se muestra; Juan da testimonio de él: Éste es quien bautiza. ¡Oh tú, virgen!, si conservas tu virginidad para este novio, ¿por qué corres hacia ese que dice «Yo bautizo», siendo así que el amigo de tu novio dice: Éste es quien bautiza? Además, tu Novio tiene el orbe entero; ¿por qué te corrompes en una parte? ¿Quién es el Novio? Porque rey de toda la tierra es Dios. Tu Novio en persona lo tiene entero porque entero lo ha comprado. Para que entiendas qué ha comprado, ve por cuánto ha comprado. ¿Qué precio dio? La sangre dio. ¿Cuándo dio, cuándo derramó su sangre? En la pasión. Cuando fue comprado el orbe entero, ¿acaso no cantas a tu Novio, o finges cantarle: Taladraron mis manos y pies, contaron todos mis huesos; por su parte, ellos me contemplaron y observaron, se dividieron mis ropas y echaron a suerte mi vestido? Eres la novia: reconoce el vestido de tu Novio. ¿Respecto a qué vestido echaron suerte? Interroga al evangelio; ve con quién estás desposada, ve de quién recibes las arras. Interroga al evangelio; ve qué te dice en la pasión del Señor: Estaba allí la túnica. Veamos cómo era: tejida de arriba abajo. La túnica tejida de arriba abajo ¿qué significa sino la caridad? La túnica tejida de arriba abajo ¿qué significa sino la unidad? Fíjate en esta túnica que ni siquiera los perseguidores de Cristo dividieron. Afirma, en efecto: Dijeron entre ellos: «No la dividamos, sino echemos suerte respecto a ella». He aquí eso acerca de lo cual habéis oído el salmo. Los perseguidores no desgarraron la túnica; los cristianos dividen la Iglesia.

Iglesia es universal, no nacional

14. Pero ¿qué diré, hermanos? Veamos claramente qué ha comprado. En efecto, ha comprado allí donde dio el precio. ¿A cambio de cuánto lo ha dado? Si a cambio de África, seamos donatistas, pero no nos llamemos donatistas, sino cristianos, porque Cristo ha comprado África sola, aunque aquí hay no sólo donatistas. Pero no calló qué ha comprado en su negocio. Hizo libros de cuentas; a Dios gracias, no nos ha engañado. Preciso es que la novia los oiga y ahí entienda a quién ha consagrado la virginidad; ahí, en el mismo salmo donde está dicho: «Taladraron mis manos y pies, contaron todos mis huesos», donde se declara clarísimamente la pasión del Señor; salmo que al atento pueblo entero se lee todos los años en la semana última, próxima la pasión de Cristo; entre nosotros y asimismo entre ellos se lee este salmo. Atended, hermanos, qué ha comprado allí; recítense los libros comerciales de cuentas; oíd qué ha comprado allí: Se acordarán y se volverán al Señor todos los límites de la tierra y adorarán en su presencia todos los países de las naciones, porque de él es el reino y él será dueño de las naciones. He ahí lo que ha comprado. He ahí que Dios, rey de toda la tierra, es tu novio. ¿Por qué, pues, quieres que rico tal sea reducido a harapos? Ha comprado la totalidad, reconócelo; ¿y tú dices: «Tienes parte aquí»? ¡Oh, si complacieras al Novio! ¡Oh, si no hablaras como corrompida, y corrompida no en el cuerpo, sino, lo que es peor, en el corazón! Amas a un hombre en lugar de Cristo; amas al que dice «yo bautizo»; no oyes al amigo del Novio, que dice: «Éste es quien bautiza»; no oyes al que dice: El que tiene a la novia es el novio. Dijo: Yo no tengo a la novia. Entonces, ¿qué soy? Por su parte, el amigo del novio, que está en pie y le oye, con gozo goza por la voz del novio.

Nada es válido fuera de la unidad

15. Evidentemente, pues, hermanos míos, nada aprovecha a éstos guardar virginidad, tener continencia, dar limosnas; todo lo que en la Iglesia se loa, nada les aprovecha, porque desgarran la unidad, esto es, la túnica aquella de la caridad. ¿Qué hacen? Entre ellos hay muchos elocuentes, grandes lenguas, ríos de elocuencia. ¿Acaso hablan de modo angélico? Oigan a un amigo del Novio, celoso por el Novio, no por sí: Si hablase en las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tuviera caridad, me he hecho como sonante objeto de bronce, o címbalo tintineante.

Los sacramentos sin caridad son formas

16. Pero ¿qué dicen? «Tenemos el bautismo». Lo tienes, pero no tuyo. Una cosa es tener, otra ser dueño. Tienes el bautismo porque lo has recibido para estar bautizado. Lo has recibido como quien es iluminado, a no ser que por tu causa estés en tinieblas. Y, cuando lo das, lo das como servidor, no como posesor; clamas como pregonero, no como juez. Mediante el pregonero habla el juez, y empero en las actas no se escribe: «El pregonero ha dicho», sino: «El juez ha dicho». Por ende, ve si por derecho es tuyo lo que das. Si, en cambio, lo has recibido, confiesa con el amigo del Novio: No puede un hombre recibir algo si no le fuese dado desde el cielo. Confiesa con el amigo del Novio: El que tiene a la novia es el novio; por su parte, el amigo del novio está en pie y le oye. Pero, ¡oh si estuvieras en pie, le oyeses y no cayeras para oírte! Efectivamente, oyéndole estarías en pie y le oirías. De hecho, hablas y te inflas la cabeza. «Yo, dice la Iglesia, si soy la novia, si he recibido las arras, si he sido redimida con el precio de su sangre, oigo la voz del Novio; también oigo la voz del amigo del Novio entonces, si da gloria a mi Novio, no a sí mismo». Diga el amigo: El que tiene a la novia es el novio; por su parte, el amigo del novio está en pie y le oye y con gozo goza por la voz del novio. He ahí que tienes los sacramentos; también yo lo concedo. Tienes la forma, pero eres sarmiento cortado de la cepa; tú muestras la forma, yo busco la raíz. El fruto sale no de la forma, sino donde está la raíz; ahora bien, ¿dónde está la raíz sino en la caridad? Oye también la forma de los sarmientos, hable Pablo: Si sé, afirma, todos los sacramentos y tengo toda la profecía y toda la fe —¿y cuánta fe?—, de forma que traslade yo montes, pero no tuviera caridad, no soy nada.

Ni los milagros son válidos fuera de la unidad

17. Nadie, pues, os venda fábulas: «Poncio hizo un milagro; Donato oró y Dios le respondió desde el cielo». Primero, o se engañan o engañan. Después supón que él traslada montes: Pero si no tuviera caridad, dice, no soy nada. Veamos si tiene caridad. Lo creería yo si él no hubiera dividido la unidad. De hecho, también contra estos milagreros, por así llamarlos, mi Dios me ha hecho cauto, al decir: En los últimos tiempos se alzarán profetas falsos, que harán signos y prodigios para, si fuese posible, inducir a error aun a los elegidos. He aquí que os lo he predicho. Cautos, pues, nos ha hecho el Novio, porque no debemos ser engañados ni por milagros. Efectivamente, a veces hasta un desertor amedrenta a un habitante de provincias; pero quien no quiere ser amedrentado y seducido se fija en esto: en si sigue perteneciendo al ejército y en si le sirve de algo la marca con que está señalado. Mantengamos, pues, la unidad, hermanos míos. Fuera de la unidad, aun quien hace milagros no es nada. Efectivamente, en la unidad estaba el pueblo de Israel y no hacía milagros; fuera de la unidad estaban los magos del Faraón y los hacían similares a los de Moisés; el pueblo de Israel, como he dicho, no los hacía: ¿quiénes estaban salvados ante Dios, quienes los hacían o quienes no los hacían? El apóstol Pedro resucitó a un muerto, Simón Mago hizo muchos prodigios, allí había muchos cristianos que no podían hacer ni lo que hacía Pedro ni lo que hacía Simón. Pero ¿de qué se alegraban? De que sus nombres estaban escritos en el cielo. De hecho, al regresar los discípulos, lo aseveró nuestro Señor Jesucristo en atención a la fe de los gentiles. Los mismos discípulos, en efecto, dijeron gloriándose: He aquí, Señor, que aun los mismos demonios se nos han sometido. Ciertamente confesaron bien, dieron honor al nombre de Cristo. Y, sin embargo, ¿qué les contesta? No os gloriéis en esto, en que los demonios se os han sometido; más bien, gozad de que vuestros nombres están escritos en el cielo. Pedro expulsó demonios; no sé qué viejecita viuda, no sé qué hombre laico cualquiera, que tienen caridad, que mantienen la integridad de la fe, no hacen eso. En el cuerpo, Pedro es ojo; aquél, en el cuerpo, es dedo, pero está en el mismo cuerpo en que está Pedro; y, aunque el dedo vale menos que el ojo, no está empero desgajado del cuerpo. Mejor es ser dedo y estar en el cuerpo que ser ojo y ser arrancado del cuerpo.

Conclusión: orar por los separados

18. Por ende, hermanos míos, nadie os engañe, nadie os seduzca. Amad la paz de Cristo que fue crucificado por vosotros, aunque es Dios. Pablo dice: Ni quien planta es algo ni quien riega, sino quien da el crecimiento, Dios. ¿Y alguno de nosotros dice que es algo? Si dijéramos que somos algo y no le diéramos a él la gloria, somos adúlteros: queremos ser amados nosotros, no el Novio. Vosotros quered a Cristo y a mí en él, en quien también yo os quiero. Quiéranse mutuamente los miembros, pero vivan todos sometidos a la cabeza. Con dolor ciertamente, hermanos míos, me siento forzado a decir muchas cosas, mas he dicho pocas. No he podido terminar la lectura. El Señor asistirá para que se termine oportunamente. No quiero, en efecto, cargar más vuestros corazones, respecto a los cuales quiero que se queden libres para los gemidos y oraciones por aquellos que aún están sordos y

 

 

TRATADO 14

Comentario a Jn 3,29-36, predicado en Hipona, algunos días después del tratado anterior

Juan, la luz iluminada

1. Esa lectura del santo evangelio nos enseña la excelencia de nuestro Señor Jesucristo y la modestia del hombre que mereció ser llamado amigo del Novio, para que distingamos la diferencia entre un hombre hombre y el hombre Dios. Porque el hombre Dios, nuestro Señor Jesucristo, Dios antes de todas las eras y hombre en nuestra era, Dios que procede del Padre y hombre nacido de la Virgen, el único y empero el mismo Señor y Salvador Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre; Juan, en cambio, de una gracia excelente, fue enviado delante de él, iluminado por quien es la Luz. De Juan, en efecto, se dice: No era él la Luz, sino para dar testimonio de la luz. Puede ciertamente llamársele luz y bien se le llama luz también a él; pero luz iluminada, no iluminante, pues una es la luz que ilumina y otra la luz que es iluminada, porque también se llama luceros a nuestros ojos y, sin embargo, están abiertos en la oscuridad y no ven. En cambio, la luz iluminante es luz por sí misma, es luz para sí misma y no necesita otra luz para poder lucir, sino que lo demás la necesita a ella misma para lucir.

Juan permanece en la verdad

2. Confesó, pues, Juan como habéis oído que, como Jesús hiciera muchos discípulos y se le narrase como para azuzarlo —pues cual a un envidioso narraron: «He aquí que él hace más discípulos que tú»—, Juan confesó qué era y mereció pertenecer a él precisamente porque no osó decir que él era lo que es aquél. Esto, pues, dijo Juan: No puede un hombre recibir algo si no le fuese dado desde el cielo. Cristo, pues, da, el hombre recibe. Vosotros mismos dais testimonio de mí, de que yo dije: «Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado delante de él». El que tiene a la novia es el novio; por su parte, el amigo del novio, que está en pie y le oye, con gozo goza por la voz del novio. No se procuró gozo de sí mismo. De hecho, quien quiere gozar de sí estará triste; quien, en cambio, quiere gozar de Dios gozará siempre, porque Dios es sempiterno. ¿Quieres tener gozo sempiterno? Adhiérete al que es sempiterno. Juan dijo que él era de esta condición.

Afirma: El amigo del novio goza por la voz del novio, no por la suya, y está en pie y le oye. Si, pues, cae, no le oye, pues de ese quídam que cayó está dicho: No estuvo en pie en la verdad; del diablo está dicho. El amigo del novio debe, pues, estar en pie y oír. ¿Qué significa estar en pie? Permanecer en su gracia que recibió. Y oye la voz de que goza. Juan era así. Sabía de qué se gozaba, no se arrogaba lo que no era; se sabía iluminado, no iluminador. Ahora bien, dice el evangelista: existía la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Si, pues, a todo hombre, también a Juan mismo, porque también él procede de hombres. En efecto, aunque entre los nacidos de mujeres no haya surgido nadie mayor que Juan, sin embargo, también él es uno de quienes han nacido de mujeres. ¿Acaso ha de compararse con quien nació porque quiso, y con un parto nuevo, porque nació nuevo? De hecho, las dos generaciones del Señor son inusitadas, tanto la divina como la humana. La divina no tiene madre, la humana no tiene padre. Juan, pues, uno de tantos, aunque de gracia mayor, de forma que entre los nacidos de mujeres nadie surgiera mayor que él, dio testimonio tan fuerte de nuestro Señor Jesucristo, que lo llama Novio y dice que él es el amigo del Novio, no digno empero de desatar la correa de su calzado. Sobre esto ya ha oído Vuestra Caridad muchas cosas. Veamos lo que sigue; de hecho es un poco difícil de entender. Pero, porque Juan mismo dice que no puede un hombre recibir algo si no le fuese dado desde el cielo, lo que no entendamos, quienes somos hombres y no podemos recibir algo, si no lo diere quien no es hombre, roguemos a quien lo da desde el cielo.

La alegría de Juan

3. Sigue, pues, esto y dice Juan: Este gozo mío está, pues, cumplido. ¿Cuál es su gozo? Gozar por la voz del novio. Está cumplido en mí, tengo mi gracia, no tomo más para mí, por no perder lo que he recibido. ¿Y qué gozo es éste? Con gozo goza por la voz del novio. Comprenda, pues, el hombre que no debe gozarse de su sabiduría, sino de la sabiduría que ha recibido de Dios. No busque nada más y no perderá lo que halló. Muchos, en efecto, se hicieron necios por haber dicho que ellos eran sabios. El Apóstol los reprende y dice de ellos: Porque lo que de Dios es conocido, afirma, está manifiesto para ellos, pues Dios se lo manifestó. Escuchad qué dice de ciertos ingratos, impíos: Pues Dios se lo manifestó, pues desde la creación del mundo, mediante lo que ha sido hecho se percibe entendido lo invisible suyo, también su sempiterna fuerza y divinidad, de manera que son inexcusables. ¿Por qué inexcusables? Porque, aun conociendo a Dios —no dijo «porque no conocieron»—; aun conociendo a Dios no lo glorificaron como a Dios ni dieron gracias, sino que se desvanecieron en sus proyectos y se oscureció su insipiente corazón pues, al decir que ellos eran sabios, se volvieron estultos. Si, en efecto, habían conocido a Dios, a una habían conocido que no los había hecho sabios sino Dios. Deberían, pues, atribuir lo que no tenían por sí mismos no a sí, sino a ese de quien lo habían recibido. Por otra parte, al no darle gracias, se volvieron insipientes. Dios, pues, quitó a los ingratos lo que había dado gratis. Juan no quiso ser esto, quiso ser agradecido; confesó haberlo recibido y dijo que él gozaba por la voz del novio y afirmó: Este gozo mío está cumplido.

Que él crezca y yo disminuya

4. Es preciso que él crezca y yo, en cambio, mengüe. ¿Qué significa esto? Es preciso que él sea exaltado y yo, en cambio, humillado. ¿Cómo crece Jesús? ¿Cómo crece Dios? El Perfecto no crece. Pues bien, Dios no crece ni mengua, pues, si crece, no es perfecto; si mengua, no es Dios. Por su parte, el Dios Jesús ¿cómo crece? Si en cuanto a la edad —porque se dignó ser hombre y fue niño y, aunque es la Palabra de Dios, yació como bebé en un pesebre y, aunque creó a su madre, de la madre mamó la leche de la infancia—; porque, pues, Jesús creció en cuanto a la edad corporal, quizá por eso está dicho: Es preciso que él crezca y yo, en cambio, mengüe. ¿Y por qué también esto? Juan y Jesús, en lo que a la carne atañe, eran coetáneos. Sólo se diferenciaban en seis meses; habían crecido a la par. Y si nuestro Señor Jesucristo hubiera querido estar más tiempo aquí antes de morir y que con él estuviese Juan mismo, como habían crecido a la par, así podían envejecer a la par. ¿Por qué, pues, es preciso que él crezca y yo, en cambio, mengüe? Primero, porque el Señor ya tenía treinta años, ¿acaso alguien, si tiene ya treinta años, es joven para crecer todavía? A partir de esa edad comienzan ya los hombres a estar en su ocaso y declinar hacia una edad más digna y de ahí a la vejez. Pero, aunque ambos fuesen niños, no diría: «Es preciso que él crezca y yo, en cambio, mengüe», sino que diría: «Conviene que nosotros crezcamos a una». Ahora, en cambio, treinta años tenía uno y treinta el otro: los seis meses de intervalo no suponen edad distinta; la lectura, más que la vista, descubre tal diferencia.

Crecer bien

5. ¿Qué significa, pues, Es preciso que él crezca y yo, en cambio, mengüe? ¡Grande es este misterio! Entienda Vuestra Caridad. Antes que viniera Señor Jesús, los hombres se gloriaban de sí; vino ese hombre, para que menguase la gloria del hombre y aumentase, pues vino él sin pecado y halló a todos con pecado. Si vino así para perdonar los pecados, Dios los perdone, el hombre los confiese, pues la confesión del hombre es la humildad del hombre, la compasión de Dios es la altura de Dios. Si, pues, vino él a perdonar al hombre los pecados, reconozca el hombre su vileza, y Dios obre su misericordia. Es preciso que él crezca y yo, en cambio, mengüe; esto es, es preciso que él dé y yo, en cambio, reciba; es preciso que él sea glorificado y yo, en cambio, confiese. Reconozca el hombre su condición, confiésela a Dios y oiga al Apóstol decir al hombre que se ensoberbece y jactancioso, que quiere ensalzarse:¿Qué tienes que no hayas recibido? Ahora bien, si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? El hombre, pues, que quería llamar suyo a lo que no es suyo, entienda que lo ha recibido y disminuya, pues es un bien para él que Dios sea en él glorificado. Mengüe él en sí mismo para que en Dios sea hecho aumentar. Cristo y Juan significaron también con sus pasiones estos testimonios y esta verdad, porque Juan menguó en cuanto a su cabeza y Cristo fue exaltado en la cruz, para que también en eso apareciese qué significa Es preciso que él crezca y yo, en cambio, mengüe. Por otra parte, Cristo nació cuando los días comienzan a crecer; Juan, cuando los días comienzan a menguar. La creación misma y las pasiones mismas confirman las palabras de Juan: Es preciso que él crezca y yo, en cambio, mengüe. Crezca, pues, en nosotros la gloria de Dios y mengüe nuestra gloria, para que también la nuestra crezca en Dios. Esto, en efecto, dice el Apóstol, esto dice la Santa Escritura: Quien se gloríe, gloríese en el Señor. ¿Quieres gloriarte en ti? Quieres crecer; pero para mal tuyo creces mal, pues quien mal crece, justamente mengua. Crezca, pues, Dios, que siempre es perfecto; crezca en ti. De hecho, cuanto más entiendes a Dios y cuanto más lo comprendes, parece que Dios crece en ti; ahora bien, no crece en sí, sino que siempre es perfecto. Entendías ayer un poco, entiendes hoy más, entenderás mañana mucho más: la luz misma de Dios crece en ti; así crece, digamos, Dios, que siempre permanece perfecto. Como si los ojos de alguien se curasen de una antigua ceguera y comenzase a ver un poquito de luz y al día siguiente viera más y al tercer día más, le parecería que la luz crece, la luz empero es perfecta, véala él o no, así es también el hombre interior: adelanta, sí, en Dios y Dios parece crecer en él; él mismo empero mengua, de forma que se cae de su gloria y surge a la gloria de Dios.

De la tierra y del cielo

6. Ahora ya aparece distinta y manifiestamente lo que acabamos de oír. Quien viene de arriba está sobre todos. Mira qué dice de Cristo. De sí, ¿qué? Quien procede de la tierra, de la tierra procede y de la tierra habla. El que viene de arriba está sobre todos: éste es Cristo. Quien, en cambio, procede de la tierra, de la tierra procede y de la tierra habla: es Juan. Pero ¿es esto todo, Juan procede de la tierra y de la tierra habla? ¿El entero testimonio que da de Cristo habla de la tierra? ¿No oye Juan voces de Dios cuando da testimonio de Cristo? ¿Cómo, pues, habla de la tierra? Pero se refería a sí en cuanto hombre. En cuanto a lo que atañe al hombre mismo, procede de la tierra y de la tierra habla; si, en cambio, habla algo divino, está iluminado por Dios, porque, si no estuviera iluminado, la tierra hablaría de la tierra. Cosas bien distintas son, pues, la gracia de Dios y la naturaleza del hombre.

Ahora interroga a la naturaleza humana: nace, crece, aprende esas cosas usuales de los hombres. ¿Qué conoce sino a la tierra a partir de la tierra? Habla de lo humano, conoce lo humano, entiende lo humano; carnal, estima carnalmente, supone carnalmente; he ahí al hombre entero. Venga la gracia de Dios, ilumine sus tinieblas, como dice: Tú iluminarás mi lámpara, Señor; Dios mío, ilumina mis tinieblas. Tome la mente humana, gírela hacia su luz; comienza ya a decir lo que el Apóstol dice: «Ahora bien, no yo, sino la gracia de Dios conmigo», y: Ahora bien, ya no vivo yo; en cambio, vive Cristo en mí. Esto significa: Es preciso que él crezca y yo, en cambio, mengüe. Juan, pues, en cuanto a lo que atañe a Juan, procede de la tierra y de la tierra habla; si oyes a Juan algo divino, es del Iluminador, no del receptor.

¿Qué oye el Hijo al Padre?

7. Quien viene del cielo está sobre todos, y lo que ha visto y oyó, esto testifica, mas nadie acoge su testimonio. Del cielo viene, sobre todos está nuestro Señor Jesucristo, de quien está dicho más arriba: Nadie ha ascendido al cielo sino quien ha descendido del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. Ahora bien, está sobre todos, y de lo que ha visto y oyó, de esto habla. Tiene, en efecto, Padre también el Hijo de Dios; tiene Padre y oye al Padre. ¿Y qué es lo que oye al Padre? ¿Quién lo explicará? ¿Cuándo mi lengua, cuándo mi corazón serán capaces, el corazón de entender o la lengua de proferir qué es lo que el Hijo oyó al Padre? ¿Quizá el Hijo oyó la Palabra del Padre? ¡Más bien el Hijo es la Palabra del Padre! Veis cómo aquí se fatiga todo intento humano; veis cómo aquí falla toda conjetura de nuestro pecho y todo esfuerzo de la mente entenebrecida. Oigo decir a la Escritura que el Hijo habla de lo que oye al Padre; y de nuevo oigo decir a la Escritura que ese Hijo mismo es la Palabra del Padre: En el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios. Nosotros hablamos palabras que vuelan y pasan; apenas haya sonado una palabra en tu boca, pasa, produce su estrépito y pasa al silencio. ¿Puedes acaso seguir tu sonido y detenerlo para que esté quieto? Tu pensamiento, en cambio, permanece, y desde ese pensamiento permanente dices muchas palabras transitorias.

¿Qué quiero decir con esto, hermanos? Dios, al hablar, ¿ha usado la voz, ha usado sonidos, ha usado sílabas? Si ha utilizado esas cosas, ¿en qué lengua ha hablado? ¿Hebrea, griega, latina? Son necesarias las lenguas donde hay pueblos diversos. Pero aquí nadie podrá decir que Dios ha hablado en tal o cual lengua. Observa tu corazón: cuando concibes una palabra que decir —de hecho, diré, si puedo, lo que podamos observar en nosotros, sin pretensiones de entenderlo—, cuando, pues, concibes una palabra que proferir, quieres decir una cosa y la concepción misma de la cosa en tu corazón es ya una palabra. Todavía no ha aparecido, pero ya ha nacido en el corazón y permanece para aparecer. Ahora bien, miras hacia quién aparecerá, con quién vas a hablar. Si es un latino, buscas un vocablo latino; si es un griego, piensas en palabras griegas; si es un púnico, miras a ver si sabes la lengua púnica. Según la diversidad de oyentes, usas lenguas diversas para proferir la concebida. En cambio, lo que en el corazón habías concebido no lo retenía ninguna lengua. Porque, pues, Dios, al hablar, no ha necesitado una lengua ni asumido género de locución, ¿cómo ha sido oído por el Hijo, siendo así que el Hijo mismo es lo que Dios ha dicho? Efectivamente, como tú tienes en el corazón y contigo está la palabra que pronuncias y esa concepción es espiritual —en verdad, como tu alma es espíritu, así también es espíritu la palabra que concebiste, pues aún no ha recibido sonido para dividirse mediante sílabas, sino que permanece en la concepción del corazón y en el espejo de la mente—, así Dios ha proferido la Palabra, esto es, engendrado al Hijo. Del tiempo engendras ciertamente tú una palabra también en el corazón; sin tiempo ha engendrado Dios al Hijo mediante el que ha creado todos los tiempos. Porque, pues, la Palabra de Dios es su Hijo, mas el Hijo nos ha dicho no su palabra, sino la Palabra del Padre, quien decía la Palabra del Padre ha querido decírsenos a sí mismo. Esto, pues, dijo Juan como convino y fue preciso; yo lo he expuesto como pude. Aquel a cuyo corazón no ha llegado aún una digna comprensión de realidad tan sublime, tiene a dónde volverse, tiene dónde aldabear, tiene a quién preguntar, tiene a quién pedir, tiene de quién recibir.

El pueblo fiel

8. Quien viene del cielo está sobre todos, y lo que ha visto y oyó, esto testifica, mas nadie acoge su testimonio. Si nadie, ¿a qué vino? Nadie, pues, de un grupo. Hay cierto pueblo destinado a la ira de Dios, que será condenado con el diablo. De éstos, nadie acoge el testimonio de Cristo. Efectivamente, si absolutamente nadie, ningún hombre. ¿Qué es lo que sigue? Quien acoge su testimonio selló que Dios es veraz . Ciertamente, pues, no nadie, si tú mismo dices: ¿Quien acoge su testimonio selló que Dios es veraz? Juan, interrogado, tal vez respondería y diría: «Sé por qué he dicho “nadie”, pues hay cierto pueblo nacido para la ira de Dios y preconocido para esto». Dios conoce, en efecto, quiénes van a creer y quiénes no van a creer; Dios conoce quiénes van a perseverar en lo que han creído y quiénes van sucumbir, y para Dios están numerados todos los que han de ser para la vida eterna, y conoce que ese pueblo está separado. Y si él lo conoce, y lo ha dado a conocer a los profetas mediante el Espíritu, también lo ha dado a Juan.

Juan, pues, no observaba con su ojo porque, en cuanto a lo que le atañe, es tierra y de la tierra habla; sino que con esa gracia del Espíritu que había recibido de Dios vio a cierto pueblo impío, infiel. Al observarlo en su infidelidad, afirma: Nadie acoge el testimonio de quien viene del cielo. Nadie ¿de quiénes? De quienes estarán a la izquierda, de aquellos a quienes se dirá: Id al fuego eterno que está preparado para el diablo y sus ángeles. ¿Quiénes, pues, lo acogen? Los que estarán a la derecha, a quienes se dirá: Venid, benditos de mi Padre, recibid el Reino que os está preparado desde el origen del mundo. Observa, pues, la división en cuanto al espíritu y, en cambio, la mezcla en el género humano; y separó con la inteligencia, separó con la mirada del corazón lo que aún no está separado en lugares; vio dos pueblos, el de los fieles y el de los infieles. Observa a los infieles y afirma: Quien viene del cielo está sobre todos, y lo que ha visto y oyó, esto testifica, mas nadie acoge su testimonio.

Después se trasladó a la izquierda, miró hacia la derecha y, continuando, afirma: Quien acoge su testimonio selló que Dios es veraz. ¿Qué significa «Selló que Dios es veraz» sino que el hombre es mendaz, mas Dios es veraz? Porque nadie de los hombres puede decir lo que es de la verdad si no lo ilumina quien no puede mentir. Dios, pues, es veraz; Cristo, por su parte, es Dios. ¿Quieres pruebas? Acoge su testimonio y lo verás, pues quien acoge su testimonio selló que Dios es veraz. ¿Quién? Ese mismo que viene del cielo y está sobre todos es el Dios veraz. Pero, si aún no entiendes que él es Dios, aún no has acogido su testimonio. Acógelo y sellas, entiendes provisoriamente, reconoces definitivamente que es Dios veraz.

La caridad en el seno de la Trinidad

9. Pues a quien Dios envió habla las palabras de Dios. Ese mismo es Dios veraz y Dios lo envió. Dios envía a Dios. Une a ambos: un único Dios, el Dios veraz enviado por Dios. Pregunta por cada uno: es Dios; pregunta también por ambos: son Dios. No es cada uno Dios y dioses ambos, sino cada uno por su parte Dios y ambos Dios, pues tanta es allí la caridad del Espíritu Santo, tanta la paz de la unidad que, cuando se pregunta por cada uno, se te responde: «Dios»; cuando se pregunta por la Trinidad, se te responde: «Dios». En efecto, si el espíritu del hombre cuando está pegado a Dios es un único espíritu, pues el Apóstol dice abiertamente: «Quien se adhiere al Señor es un único espíritu», ¿cuánto más el Hijo igual, al estar adherido al Padre, será a una con él un único Dios? Escuchad otro testimonio. Conocéis cuán numerosos creyeron cuando vendían todo lo que tenían y pusieron las ventas a los pies de los apóstoles, para que se distribuyera a cada uno como necesitaba. ¿Y de aquella congregación de santos qué dice la Escritura? Tenían en el Señor un único corazón y una única alma. Si la caridad hizo de tantas almas una única alma y de tantos corazones hizo un único corazón, ¿cuán grande es la caridad entre el Padre y el Hijo? Sin duda, puede ser mayor que la que había entre aquellos hombres que tenían un único corazón. Si, pues, el corazón de muchos hermanos era único por la caridad y el alma de muchos hermanos era única por la caridad, ¿vas a decir que Dios Padre y Dios Hijo son dos? Si son dos dioses, no hay allí suma caridad, pues, si aquí la caridad es tanta que de tu alma y del alma de un amigo hace una única alma, ¿cómo allí no son un único Dios el Padre y el Hijo? Ni hablar de que piense esto la fe no fingida. Por lo siguiente deducid cuánto sobresale aquella caridad: muchas son las almas de muchos de hombres y, si se quieren, hay una única alma; sin embargo, se puede hablar de muchas almas, se puede entre hombres porque la unión no es tanta. En cambio, allí es lícito que hables de un único Dios, no es lícito que hables de dos o de tres dioses. A partir de esto se te encomia tanta sobreeminencia y cumbre de caridad, que no puede haber mayor.

El Espíritu con medida y sin medida

10. Pues a quien Dios envió habla las palabras de Dios. Esto decía de Cristo, sí, para distinguirse de él. «Pues ¿qué? ¿Acaso Dios no envió a Juan mismo? ¿No dijo él mismo: «He sido enviado delante de él», y: «Quien me envió a bautizar con agua», y de él está dicho: He aquí que yo envío mi ángel delante de ti, y preparará tu camino? ¿Acaso no habla las palabras de Dios también ese mismo de quien también está dicho que es más que profeta? Si, pues, Dios también lo envió y habla las palabras de Dios, ¿cómo entendemos que en orden a la distinción dijo él acerca de Cristo: Pues a quien Dios envió habla las palabras de Dios? Pero mira qué añade: Pues Dios no da el Espíritu con medida. ¿Qué significa esto: Pues Dios no da el Espíritu con medida? Descubrimos que Dios da el Espíritu con medida. Escucha al Apóstol decir: Según la medida del don del Mesías. A los hombres lo da con medida, al único Hijo no lo da con medida. ¿Cómo lo da a los hombres con medida? A uno se le da mediante el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia, según idéntico Espíritu; a otro, fe en virtud de idéntico Espíritu; a otro profecía, a otro discernimiento de espíritus, a otro géneros de lenguas, a otro don de curaciones. ¿Acaso son todos apóstoles, acaso todos profetas, acaso todos doctores? ¿Acaso todos tienen poderes, acaso todos tienen dones de curaciones? ¿Acaso hablan todos en lenguas, acaso todos las interpretan? Una cosa tiene éste, otra aquél, éste no tiene lo que tiene aquél. Hay medida, hay cierta repartición de dones. A los hombres, pues, se da con medida, y la concordia hace allí un único cuerpo. Como la mano recibe una cosa para obrar, otra el ojo para ver, otra el oído para oír, otra el pie para caminar, única es empero el alma que gestiona todo, en la mano para obrar, en el pie para caminar, en el oído para oír y en el ojo para ver, así son también los diversos dones de los fieles, distribuidos a cada uno, cual a miembros, con medida. Pero Cristo, que los da, no los recibe con medida.

El amor del Padre al Hijo

11. En efecto, porque del Hijo había dicho: «Pues Dios no da el Espíritu con medida», oye aún qué sigue: El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. Añadió: «Ha puesto todo en su mano», para que conocieses también aquí con qué distinción está dicho: El Padre ama al Hijo. Pues ¿por qué? ¿El Padre no ama a Juan? Y sin embargo no ha puesto todo en su mano. ¿El Padre no ama a Pablo? Y sin embargo no ha puesto todo en su mano. El Padre ama al Hijo, pero como un padre a su hijo, no como un señor a su esclavo; como al Único, no como a un adoptado. Así pues, ha puesto todo en su mano. ¿Qué significa «todo»? Que el Hijo es tan grande como el Padre. De hecho, para la igualdad consigo ha engendrado a ese que no tuvo como rapiña ser igual a Dios en forma de Dios. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. Cuando, pues, se dignó enviarnos al Hijo, no supongamos que se nos envió algo menor de lo que es el Padre. Al enviar al Hijo, se envió a sí mismo en otra persona.

Ver al Padre en Jesús

12. De hecho, los discípulos, cuando aún creían que el Padre es una cosa mayor que el Hijo, porque veían la carne y no entendían la divinidad, le dijeron: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Como si dijeran: «Ya te conocemos a ti y te bendecimos por conocerte, pues te damos gracias por haberte mostrado a nosotros; pero todavía no conocemos al Padre; por eso nuestro corazón arde y se abrasa con cierta santa ansia de ver a tu Padre que te envió; muéstranoslo y de ti no desearemos nada más, pues nos basta con que se haya mostrado ese mayor que el cual nadie puede haber». ¡Buena ansia, buen deseo; pero inteligencia pequeña! En efecto, al observar el Señor Jesús que los pequeños buscaban cosas grandes, y que él mismo era grande entre pequeños y pequeño entre pequeños, a Felipe, uno de los discípulos, el cual había dicho eso, le pregunta: Tanto tiempo estoy con vosotros, y ¿no me habéis conocido, Felipe? Felipe podría responder aquí: «Te conocemos, pero ¿acaso te hemos dicho “Muéstrate a nosotros”? Te conocemos, pero buscamos al Padre». Inmediatamente añade: Quien me ha visto, ha visto también al Padre. Si, pues, el enviado es igual al Padre, no lo juzguemos por la debilidad de la carne; pensemos, más bien, en la majestad vestida de carne, no oprimida por la carne. En efecto, mientras permanece como Dios con el Padre, se hizo hombre con los hombres, para que tú fueses hecho capaz de captar a Dios, gracias a aquel que se hizo hombre junto a ti. De hecho, el hombre no podía captar a Dios; el hombre podía ver a un hombre, no podía captar a Dios. ¿Por qué no podía captar a Dios? Porque no tenía el ojo del corazón con que captarlo. Había, pues, dentro algo enfermo y fuera algo sano: tenía sanos los ojos del cuerpo, tenía enfermos los ojos del corazón. Aquél se hizo hombre adaptado al ojo del cuerpo, para que, creyendo en ese que podía ser visto corporalmente, fueses curado para ver a quien no podías ver espiritualmente. Tanto tiempo estoy con vosotros, y ¿no me habéis conocido, Felipe? Quien me ha visto, ha visto al Padre. ¿Por qué no lo veían ellos? He aquí que lo veían, mas no veían al Padre; veían la carne, pero la majestad se ocultaba. Los judíos que lo crucificaron vieron también lo que veían los discípulos que le amaron. Dentro, pues, estaba entero él, y dentro de la carne de tal modo, que permaneció con el Padre, pues no abandonó al Padre cuando vino a la carne.

La ira de Dios

13. El pensamiento carnal no capta lo que digo; difiera la comprensión y comience por la fe; oiga lo que sigue: Quien cree en el Hijo tiene vida eterna; quien, en cambio, es incrédulo respecto al Hijo no verá vida, sino que permanece sobre él la ira de Dios. No dijo «la ira de Dios viene a él», sino: La ira de Dios permanece sobre él. Todos los que nacen mortales tienen consigo la ira de Dios. ¿Qué ira de Dios? La que recibió el primer Adán. De hecho, si pecó el primer hombre y oyó: «De muerte morirás», él pasó a ser mortal, y comenzamos a nacer mortales porque hemos nacido bajo la ira de Dios. Vino después el Hijo sin tener pecado y se vistió de carne, se vistió de mortalidad. Si él participó con nosotros de la ira de Dios, ¿seremos nosotros perezosos en participar con él de la gracia de Dios? Quien, pues, no quiere creer en el Hijo, la ira de Dios permanece sobre él. ¿Qué ira de Dios? Esa de la que dice el Apóstol: Por naturaleza fuimos también nosotros hijos de ira, como también los demás. Todos, pues, somos hijos de ira porque venimos de la maldición de la muerte. Cree en Cristo, hecho mortal por ti, para que comprendas que es inmortal; en efecto, cuando comprendas su inmortalidad, tampoco tú serás mortal. Vivía, morías; murió para que vivas. Trajo la gracia de Dios, se llevó la ira de Dios. Dios ha vencido a la muerte, para que la muerte no venciese al hombre.

 

 

TRATADO 15

Comentario a Jn 4,1-42, predicado en Hipona en junio de 407

Se anuncian cosas sublimes en este mensaje

1. No es nuevo para los oídos de Vuestra Caridad que el evangelista Juan, cual águila, vuela muy alto, trasciende las tinieblas de la tierra y contempla con mirada firmísima la luz de la verdad. De hecho, son muchos ya los pasajes de su evangelio que con la ayuda de Dios y por ministerio mío se han tratado. Ahora bien, por orden sigue esta lectura que hoy se ha recitado. Más para recordarlo que para aprenderlo, vais a oír muchos lo que por donación del Señor voy a decir. Sin embargo, no porque no haya instrucción, sino recuerdo, debe por eso ser perezosa la atención. Se nos ha leído esto y tengo en las manos esta lectura para tratar de ella: junto al pozo de Jacob hablaba con una mujer samaritana el Señor Jesús. De hecho se dijeron allí grandes misterios e imágenes de cosas importantes, que alimentan al alma hambrienta y dan nuevas fuerzas a la enferma.

De nuevo vuelve a Galilea

2. Como el Señor hubiese oído que los fariseos sabían que hacía y bautizaba más discípulos que Juan —aunque bautizaba no Jesús, sino sus discípulos—, abandonó la tierra de Judea y se fue de nuevo a Galilea. Sobre esto no hay que disertar más tiempo, no sea que por detenerme en lo evidente ande falto de tiempo para escrutar y aclarar lo oscuro. Si el Señor supiera que los fariseos conocían de él que hacía más discípulos y que bautizaba a más, de forma que conocer eso les valiera para la salvación de seguirlo, para ser discípulos también ellos y querer ellos ser bautizados por él, más bien no abandonaría la tierra de Judea, sino que por ellos permanecería allí, sí; pero, porque conoció el saber de ellos y a la vez conoció también su envidia —que se enteraron de esto no para seguirle, sino para perseguirle—, se marchó de allí. Ciertamente, porque pudo no nacer si no quería, también podía él, presente, no ser detenido por ellos si no quería; no ser asesinado si no quería. Pero, porque en toda cosa que realizó como hombre daba ejemplo a los hombres que iban a creer en él —porque ningún siervo de Dios peca si, al ver el furor de quienes quizá le persiguen o de quienes buscan su vida para mal, se retira a otro lugar; en cambio, al siervo de Dios le parecería que pecaba si lo hacía, a no ser que el Señor hubiese precedido en hacerlo—, aquel Maestro bueno hizo esto para enseñar, no porque temiera.

Como bautizaba Jesús

3. Tal vez pueda turbar esto también, por qué está dicho: «Jesús bautizaba a más que Juan», y, después de que está dicho«bautizaba», se ha añadió: Aunque bautizaba no Jesús, sino sus discípulos. ¿Qué, pues? «Se había dicho una falsedad y fue corregida cuando se añadió: Aunque bautizaba no Jesús, sino sus discípulos? ¿O una y otra cosa es verdad: Jesús bautizaba y no bautizaba? Bautizaba, en efecto, porque él en persona purificaba; no bautizaba porque él en persona no sumergía en el agua. Los discípulos prestaban el servicio del cuerpo, él prestaba la ayuda de la majestad. ¿Cuándo, en efecto, cesaría de bautizar mientras no cesa de limpiar? De él está dicho por el mismo Juan, mediante la persona de Juan Bautista, que dice: Éste es quien bautiza. Jesús, pues, bautiza todavía y seguirá bautizando hasta que seamos bautizados. Acérquese seguro el hombre al ministro inferior, pues tiene un Maestro superior.

El bautismo: agua y palabra

4. Pero quizá afirma alguien: «Cristo bautiza, sí, pero en el espíritu, no en el cuerpo», como si en el sacramento del bautismo corporal y visible es imbuido alguno por el don de otro que aquél. ¿Quieres saber que él en persona bautiza no sólo con el Espíritu, sino también con el agua? Escucha al Apóstol: Como Cristo, dice, amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para limpiarla con el baño del agua mediante la palabra, para presentar él mismo a sí la Iglesia gloriosa, que no tiene mancha ni arruga ni algo de esta laya. Para limpiarla. ¿Con qué? Con el baño del agua mediante la palabra. ¿Qué es el bautismo de Cristo? Un baño del agua mediante la palabra. Quita el agua: no hay bautismo; quita la palabra: no hay bautismo.

El pozo de Jacob

5. Tras esta introducción mediante la que llega al coloquio con aquella mujer, veamos, pues, lo que resta, lleno de misterios y preñado de sacramentos. Pues bien, afirma, era preciso que él atravesase Samaría. Llegó, pues, a una ciudad de Samaría, que se llama Sicar, junto a la finca que Jacob dio a su hijo José. Ahora bien, allí estaba la fuente de Jacob. Era un pozo, pero todo pozo es una fuente, no toda fuente es un pozo. En efecto, donde el agua mana de la tierra y se ofrece al uso de quienes la sacan, se habla de fuente; pero, si está a la mano y en la superficie, se habla sólo de fuente; si, en cambio, está en lo hondo y profundo, se llama pozo, sin perder el nombre de fuente. Jesús débil y Jesús fuerte

6. Jesús, pues, fatigado del viaje, estaba sentado así sobre la fuente. Era como la hora sexta. Ya comienzan los misterios, pues no en vano se fatiga Jesús; no en vano se fatiga la Fuerza de Dios; no en vano se fatiga quien reanima a los fatigados; no en vano se fatiga quien, si nos abandona, nos fatigamos; si está presente, nos afianzamos. Se fatiga empero Jesús y se fatiga del viaje, se sienta; se sienta junto al pozo, y fatigado se sienta a la hora sexta. Todo eso insinúa algo, quiere indicar algo, llama nuestra atención, nos exhorta a aldabear. Abra, pues, a mí y a vosotros quien se dignó exhortar, diciendo: Aldabead y se os abrirá. Por ti está Jesús fatigado del viaje. Hallamos a Jesús fuerte y hallamos a Jesús débil; a Jesús fuerte y débil: fuerte porque en el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios; ésta existía al principio en Dios. ¿Quieres ver cuán fuerte es ese Hijo de Dios? Todo se hizo mediante ella, y sin ella no se hizo nada y todo se hizo sin esfuerzo. ¿Qué, pues, más fuerte que ese mediante quien todo se hizo sin esfuerzo? ¿Quieres conocer que es débil? La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. La fortaleza de Cristo te creó y la debilidad de Cristo te reanimó. La fortaleza de Cristo hizo que existiera lo que no existía; la debilidad de Cristo hizo que lo que existía no pereciese. Con su fortaleza nos creó, con su debilidad nos buscó.

La debilidad de Jesús

7. Él en persona, débil, nutre a los débiles, como la gallina a sus pollos, pues a ésta se hizo similar: ¡Cuántas veces quise, dice a Jerusalén, congregar a tus hijos bajo las alas, como gallina a sus pollos, y no quisiste! Por vuestra parte, hermanos, veis cómo la gallina se enferma con sus pollos. No se conoce ave ninguna que sea madre. Vemos a varios pájaros hacer el nido ante nuestros ojos; cada día vemos que golondrinas, cigüeñas, palomas hacen su nido, pero sólo al verlos en el nido reconocemos que son padres. La gallina, en cambio, enferma por sus polluelos de tal modo que, aunque ellos mismos no la sigan y no veas a los hijos, sin embargo, reconoces a la madre. Así sucede por las caídas, las plumas erizadas, la voz ronca, todos sus miembros caídos y bajos, de manera que, como he dicho, aunque no veas a los hijos, entiendes que es madre. Así, pues, es Jesús enfermo, fatigado del viaje. Su viaje es la carne asumida por nosotros. Por cierto, ¿cómo está de viaje quien está en todas partes, quien nunca está ausente? ¿A dónde va o por qué va, sino porque no vendría a nosotros si no asumiera la forma de la carne visible? Porque, pues, se ha dignado venir a nosotros, apareciendo, asumida la carne, en forma de esclavo, esa asunción de la carne es su viaje. Por eso, «fatigado del viaje» ¿qué otra cosa significa sino fatigado en la carne? Jesús es débil en su carne; pero tú no te debilites; tú sé fuerte por su debilidad, porque lo que es débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Adán y Cristo

8. Bajo esta imagen de las cosas, Adán, que era forma del futuro, nos ofreció indicio grande de un misterio; mejor dicho, Dios lo ofreció en él. En efecto, mientras dormía, mereció recibir esposa y de su costilla le fue hecha la esposa, porque de Cristo dormido en la cruz iba a proceder de su costado la Iglesia —a saber, del costado de quien dormía—, porque también del costado de quien pendía en la cruz, costado golpeado por una lanza, descendieron los sacramentos de la Iglesia. Pero ¿por qué he querido decir esto, hermanos? Porque la debilidad de Cristo nos hace fuertes. ¡Gran imagen precedió allí! Pudo Dios arrancar al hombre carne con que formar a la mujer; y, más bien, parece que esto pudo ser lógico. Se formaba, en efecto, el sexo muy débil y la debilidad debió ser hecha de carne más que de hueso, pues en la carne los huesos son los más firmes. No arrancó carne con que hacer a la mujer, sino que sacó un hueso y, sacado el hueso, fue formada la mujer y en el lugar del hueso se rellenó la carne. Podía devolver un hueso por otro; para hacer a la mujer podía arrancar no una costilla, sino carne. Por tanto ¿qué significó? La mujer fue hecha fuerte, digamos, en la costilla; en la carne fue hecho Adán débil, digamos. Se trata de Cristo y la Iglesia: su debilidad es nuestra fortaleza.

La hora sexta

9. ¿Por qué, pues, a la hora sexta? Por ser la sexta edad del mundo. Según el evangelio, computa tú como hora primera la primera edad, desde Adán hasta Noé; la segunda, desde Noé hasta Abrahán; la tercera, desde Abrahán hasta David; la cuarta, desde David hasta la deportación a Babilonia; la quinta, desde la deportación a Babilonia hasta el bautismo de Juan; la sexta se desarrolla a partir de ahí. ¿De qué te admiras? Llegó Jesús y rebajándose llegó al pozo. Llegó fatigado porque cargó con la débil carne. A la hora sexta, porque corría la sexta edad del mundo. Al pozo, porque llego hasta la profundidad de esta morada nuestra. Por ende se dice en Salmos: Desde las profundidades clamé a ti, Señor. Se sentó, como he dicho, porque se rebajó.

La samaritana, figura de la Iglesia

10. Y llega una mujer, forma de la Iglesia, no ya justificada, sino por justificar ya, porque de ello trata la conversación. Viene, ignorante, lo halla y con ella se desarrolla algo. Veamos qué, veamos por qué. Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Los samaritanos no pertenecían a la nación de los judíos, pues fueron extranjeros, aunque habitaban tierras vecinas. Es largo relatar el origen de los samaritanos, no sea que nos retengan muchas cosas y no diga lo necesario; basta, pues, que tengamos por extranjeros a los samaritanos. Y, para que no creáis que he dicho esto con más audacia que verdad, escuchad qué dijo el Señor Jesús mismo de aquel samaritano, uno de los diez leprosos que había limpiado, único que regresó a dar gracias: ¿Acaso no han sido limpiados los diez? ¿Y los nueve dónde están? ¿No había otro que diera gloria a Dios sino ese extranjero? Que esa mujer que llevaba el tipo de la Iglesia venga de extranjeros, atañe a la imagen de un hecho, pues la Iglesia iba a venir de los gentiles, extranjera para la raza judía. En ella, pues, oigámonos a nosotros, reconozcámonos en ella y en ella demos gracias a Dios por nosotros. Ella era, en efecto, una figura, no la realidad, porque esa misma envió por delante una figura y sucedió la realidad, porque creyó en ese que, a partir de ella, nos ponía delante la figura. Viene, pues, a sacar agua. Había venido sencillamente a sacar agua, como suelen los varones o las mujeres.

La sed de Jesús

11. Le dice Jesús: Dame de beber. Por cierto, sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar alimentos. Le dice, pues, la mujer samaritana: ¿Cómo tú, aunque eres judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana? Los judíos, en efecto, no se tratan con samaritanos. Veis que son extranjeros: en absoluto usaban sus recipientes los judíos. Y, precisamente porque la mujer llevaba un recipiente con que sacar agua, se extrañó de que un judío le pedía de beber, cosa que no solían hacer los judíos. Ahora bien, quien pedía de beber, tenía sed de la fe de esa misma mujer.

Jesús pide lo que ofrece

12. Finalmente oye quién pide de beber. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios y quién es quien te dice: «Dame de beber», tú le habrías tal vez pedido y él te habría dado agua viva. Pide de beber y promete beber. Necesita como para recibir, y está sobrado como para saciar. Si conocieras, dice, el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero a la mujer habla todavía veladamente y poco a poco entra en su corazón. Tal vez instruye ya, pues ¿qué más suave y amable que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios y quién es quien te dice: «Dame de beber», tú le habrías tal vez pedido y él te habría dado agua viva. Hasta aquí la mantiene en suspenso. Llamamos vulgarmente agua viva a la que sale de la fuente, pues al agua que de la lluvia se recoge en lagunas o cisternas no se la llama agua viva. Y, si manase de una fuente y se estancase en algún lugar y hubiera perdido el reguero venido directamente del manantial, como si estuviera separada de él, tampoco a ésta se la llama agua viva; sino que se llama agua viva la que se recoge tras manar. Tal agua había en aquella fuente. ¿Por qué, pues, promete lo que estaba pidiendo?

La respuesta, una llamada

13. Sin embargo, la mujer afirma indecisa: Señor, no tienes con qué sacar, y el pozo es hondo. Ved cómo entendió ella el agua viva, o sea, el agua que había en aquella fuente: «Tú quieres darme agua viva y yo llevo con qué sacar, mas tú no llevas. El agua viva está ahí; ¿cómo vas a dármela?». Porque entiende y saborea carnalmente otra cosa, aldabea en cierto modo, para que el Maestro abra lo que está cerrado. Aldabeaba con ignorancia, no con afán; todavía es digna de lástima, aún no ha de instruírsela.

El agua invisible

14. Del agua viva habla el Señor con total evidencia. Había dicho, en efecto, la mujer: ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo y de él bebió él mismo y sus hijos y sus ganados? De esta agua viva no puedes darme, porque no tienes pozal. ¿Quizá prometes otra fuente? ¿Puedes ser mejor que nuestro padre, que cavó este pozo y él mismo lo usó con los suyos? El Señor, pues, diga a qué llamó agua viva. Respondió Jesús y le dijo: Todo el que bebiere de esta agua tendrá de nuevo sed; en cambio, quien bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en fuente que salta para vida eterna. Con toda claridad ha dicho el Señor: Se convertirá en él en fuente de agua que salta para vida eterna. Quien bebiere de esta agua no tendrá sed jamás. Es del todo evidente que prometía agua no visible, sino invisible; es del todo evidente que hablaba en sentido no carnal, sino espiritual.

15. Sin embargo, la mujer está aún centrada en la carne. Le complació no tener sed y suponía que el Señor le había prometido esto según la carne. Sí, esto se realizará, pero en la resurrección de los muertos. Ella lo quería ya, pues en cierta ocasión Dios había dado a su siervo Elías no padecer hambre ni sed durante cuarenta días. Quien pudo dar esto durante cuarenta días, ¿no pudo darlo siempre? Suspiraba empero ella, pues no quería necesitar, no quería trabajar. Se veía forzada a venir con frecuencia a esa fuente, a cargarse de peso con que suplir la necesidad y, terminada el agua que había sacado, a regresar de nuevo; ese trabajo era cotidiano para ella, porque la necesidad se aliviaba, pero no se extinguía. Complacida, pues, por tal don, ruega que le dé agua viva.

La sed que vuelve

16. Sin embargo, no pasemos por alto que el Señor prometía algo espiritual. ¿Qué significa: Quien bebiere de esta agua tendrá de nuevo sed? Es verdad según esta agua, y es verdad según lo que significaba esa agua. En efecto, el agua en el pozo es el placer del mundo en tenebrosa profundidad; de ahí la sacan los hombres con la hidria de los deseos nefastos. Se inclinan hacia abajo para hacer bajar el deseo nefasto y llegar al placer sacado de la profundidad; y disfrutan del placer, tras haber precedido y sido enviado por delante el deseo nefasto, porque no puede llegar al placer quien no hubiere enviado por delante el deseo nefasto. Imagina, pues, como hidria el deseo nefasto, y como placer el agua de la profundidad; cuando alguien llegare al placer de este mundo —comida, bebida, baño, espectáculo, unión sexual—, ¿acaso no tendrá de nuevo sed? Quien bebiere de esta agua, afirma, tendrá de nuevo sed; si de mí, en cambio, recibiere agua, no tendrá sed jamás. Nos saciaremos, afirma, con los bienes de tu casa. ¿De qué agua, pues, va a dar sino de la que se dijo: En ti está la fuente de la vida? Pues ¿cómo tendrán sed quienes se embriagarán de la fertilidad de tu casa?

17. Prometía, pues, cierta comida sustanciosa y la saciedad del Espíritu Santo, y ella no entendía aún y, al no entender, ¿qué respondía? Le dice la mujer: Señor, dame esta agua para que no tenga sed ni venga acá a sacar. La carencia forzaba al esfuerzo y la debilidad rehusaba el esfuerzo. ¡Ojalá oyera: Venid a mí todos los que os fatigáis y estáis abrumados, y yo os devolveré las fuerzas!De hecho, se lo decía Jesús para que ya no se fatigase. Pero ella no entendía aún.

Llama a tu marido

18. Finalmente, porque quería que entendiese, le dice Jesús: Anda, llama a tu marido y vuelve acá. ¿Qué significa: Llama a tu marido? ¿Mediante su marido quería darle esa agua? ¿O, porque no entendía, quería enseñarle mediante su marido? ¿Quizá como el Apóstol dice de las mujeres: Ahora bien, si quieren aprender algo, interroguen en casa a sus maridos? Pero se dice: «Interroguen a sus maridos en casa», allí donde no está Jesús para enseñar; además se dice a mujeres a las que el Apóstol prohibía hablar en la Iglesia. Pero, cuando estaba allí el Señor en persona y presente hablaba a quien estaba presente, ¿qué necesidad había de hablarle mediante el marido? ¿Acaso a María, sentada a sus pies y que recogía su palabra, le hablaba mediante el marido, cuando Marta, atareadísima en mucho servicio, refunfuñaba también por la felicidad de su hermana? Oigamos, pues, hermanos míos, y entendamos lo que dice el Señor a la mujer: Llama a tu marido. En efecto, quizá dice también a nuestra alma: Llama a tu marido. Preguntemos también por el marido del alma. ¿Por qué el verdadero marido del alma no es ya Jesús mismo? ¡Acuda el entendimiento, porque lo que voy a decir apenas lo comprenden sino los atentos! ¡Acuda el entendimiento, pues, para que sea comprendido, y tal vez el entendimiento mismo será marido del alma.

El entendimiento y su iluminación

19. Al ver, pues, Jesús que la mujer no entendía y queriendo que entendiese, ordena: «Llama a tu marido», pues desconoces lo que te digo, precisamente porque tu inteligencia no acude. Yo hablo según el espíritu, tú oyes según la carne. Lo que digo no tiene que ver con el placer del oído ni con los ojos ni con el olfato ni con el gusto ni con el tacto. Sola la mente lo comprende, solo el entendimiento lo extrae; ese entendimiento no acude a ti, ¿cómo comprenderás lo que digo? Llama a tu marido, presenta tu entendimiento. ¿De qué te sirve, en efecto, tener alma? No es gran cosa, porque las bestias la tienen también. ¿Por qué eres de más valor? Porque tienes entendimiento, cosa que no tienen las bestias. ¿Qué significa, pues: Llama a tu marido? No me comprendes, no me entiendes. Te hablo del don de Dios; tú, en cambio, piensas en la carne; no quieres sentir sed según la carne, yo hablo al espíritu. Está ausente tu entendimiento: Llama a tu marido. No seas como el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento.

Hermanos míos, tener, pues, alma y no tener entendimiento, esto es, no usarlo ni vivir según él, es vida de bestia. Efectivamente, en nosotros hay algo de bestia, con lo que vivimos en la carne; pero debe ser regido por el entendimiento. En efecto, el entendimiento rige desde un plano superior los impulsos del alma que se mueve según la carne y desea desbordarse inmoderadamente hacia los placeres carnales. ¿A quién debemos llamar marido, al que rige o a quien es regido? Sin duda, cuando la vida está ordenada, el entendimiento, aun perteneciente al alma misma, rige al alma, pues el entendimiento no es otra cosa que alma, sino que algo del alma es el entendimiento, como el ojo no es otra cosa que la carne, sino que algo de la carne es el ojo. Ahora bien, aunque el ojo es algo de la carne, disfruta empero de la luz él solo; en cambio, los demás miembros carnales pueden ser inundados de luz, no pueden percibirla; solo el ojo es inundado por ella y disfruta de ella. Así, en nuestra alma hay algo que llamamos entendimiento. Esto mismo del alma, que es el entendimiento, se llama mente; la ilumina una luz superior. Por otra parte, esa luz superior que ilumina la mente humana es Dios, pues existía la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Tal luz era Cristo; tal luz hablaba con la mujer. Pero ella no acudía con el entendimiento, para ser iluminado por esa luz y que no sólo lo inundase, sino que también disfrutase de ella. El Señor, pues, como si dijera: «Quiero iluminar, pero no hay a quién. Llama, dice, a tu marido. Usa el entendimiento mediante el que seas adoctrinado, para que te rija». Al alma sin entendimiento imagínala, pues, como a una mujer; imagina, en cambio, que tiene como marido al entendimiento. Pero este marido no rige bien a su mujer sino cuando es regido por un superior, pues cabeza de la mujer es el marido, pero la cabeza del marido es Cristo. La cabeza del marido hablaba con la mujer, y no estaba presente el marido. Y, como si el Señor dijera: «Haz venir a tu cabeza para que él acoja a su cabeza, llama, pues, a tu marido y ven acá. Esto es, acude, hazte presente, pues estás como ausente mientras no entiendes el lenguaje de la Verdad presente. Hazte presente, pero no sola; acude con tu marido.

El conocimiento de Jesús

20. Mas ella, sin llamar todavía a ese marido, no entiende; aún está centrada en la carne, pues el marido está ausente: No tengo marido, dice. El Señor continúa y habla de misterios. Entiende tú que, de verdad, esta mujer no tenía entonces marido; pero convivía con no sé qué marido no legítimo, adúltero más que marido. Y el Señor a ella: Bien dijiste que «No tengo marido». «¿Por qué, pues, has dicho: Llama a tu marido?». Oye tú también que el Señor sabía bien que ella no tenía marido. Para que la mujer no supusiera quizá que el Señor le había dicho: «Bien dijiste que “No tengo marido”», precisamente porque lo supo por la mujer, no porque él mismo lo hubiera conocido en razón de la divinidad, le dice también lo demás: «Escucha algo que no has dicho, pues cinco maridos tuviste, y el que ahora tienes no es tu marido; con verdad has dicho esto».

Cinco maridos, cinco sentidos

21. De nuevo me veo forzado a indagar algo más sutil sobre estos cinco maridos. Muchos entendieron, por cierto no absurdamente, que los cinco maridos de esta mujer son los cinco libros de Moisés. Los samaritanos, en efecto, los usaban y estaban bajo idéntica Ley, porque de ella tenían también ellos la circuncisión. Pero, porque me angustia lo que sigue: «Y el que tienes ahora no es tu marido», me parece más fácil que nosotros podamos aceptar que los cinco primeros maridos del alma son los cinco sentidos del cuerpo. De hecho, cuando uno nace, antes de poder usar la mente y la razón, no lo rigen sino los sentidos de la carne. En un niño pequeñín el alma apetece o rehúye esto: lo que se oye, lo que se ve, lo que tiene olor, lo que tiene sabor, lo que se siente por el tacto. Apetece cualquier cosa que encanta, rehúye cualquier cosa que molesta a estos cinco sentidos. De hecho, encanta a estos cinco sentidos el placer, les molesta el dolor. El alma, al principio, vive según estos cinco sentidos, como cinco maridos, porque la rigen. Ahora bien, ¿por qué se los ha llamado maridos? Porque son legítimos. Dios, en efecto, los ha hecho y Dios los ha dado al alma. Es débil todavía la que rigen esos cinco sentidos y actúa bajo el dominio de esos cinco maridos. Pero, cuando llegue a los años de ejercitar la razón, si se encargan de aquélla la disciplina y la doctrina de la sabiduría, a los cinco maridos no les sucede en el gobierno sino el auténtico marido legítimo, mejor que todos ellos, para regirla mejor y guiarla a la eternidad, cultivarla para la eternidad, instruirla para la eternidad. De hecho, estos cinco sentidos nos guían no a la eternidad, sino a apetecer o rehuir esas cosas temporales. Pero, cuando el entendimiento, imbuido en sabiduría, comienza a regir al alma, sabe ya no sólo rehuir el hoyo y caminar por tierra llana —cosa que los ojos muestran al alma débil—, ni escuchar sólo los sonidos agradablemente armoniosos y rechazar los disonantes, o deleitarse en olores seductores y repeler los pestilentes, o ser captada por la dulzura y molestarse por la amargura, o dejarse encantar por lo suave y sentirse herido por lo áspero. Todo eso, en efecto, es necesario al alma débil. ¿Qué gobierno, pues, se proporciona mediante el entendimiento? Distinguir no lo blanco y lo negro, sino lo justo y lo injusto, el bien y el mal, lo útil e inútil, la castidad y la indecencia, para amar a aquélla y evitar ésta; la caridad y el odio, para estar en aquélla y no estar en éste.

22. En esa mujer todavía este marido no había sustituido a los cinco maridos, pues donde él no ha llegado, domina el error. En verdad, cuando el alma es capaz de razonar, se rige por una mente sabia o por el error. Pero el error no rige, arruina. Aquella mujer, pues, todavía erraba tras esos cinco sentidos, y el error la llevaba de acá para allá. Por su parte, ese error era marido no legítimo, sino adúltero. Por eso le dice el Señor: Bien dijiste que «No tengo marido», pues cinco maridos tuviste; primero te rigieron los cinco sentidos de la carne; viniste a la edad de usar la razón, mas no llegaste a la sabiduría, sino que caíste en el error. Tras esos cinco maridos, pues, ese que ahora tienes no es tu marido. Y, si marido no era, ¿qué era sino un adúltero? Llama, pues, no al adultero, sino a tu marido, para que me entiendas con el entendimiento y por error no pienses de mí algo falso. En efecto, erraba la samaritana que pensaba en aquella agua, aunque el Señor hablaba ya del Espíritu Santo. ¿Por qué erraba, sino porque tenía no marido, sino a un adúltero? Quita, pues, de aquí a ese adúltero que te corrompe, y anda, llama a tu marido. Llámalo y ven a entenderme.

El templo y el monte

23. Le dice la mujer: Señor, veo que tú eres profeta. Comenzó a llegar el marido. Aún no ha venido del todo. Tenía al Señor por profeta. Ciertamente era también profeta, porque de sí mismo afirma: No hay profeta sin honor sino en su patria. Y también de él está dicho a Moisés: Les suscitaré de entre sus hermanos un profeta similar a ti. Similar, evidentemente, en cuanto a la forma de la carne, no en cuanto a la eminencia de su majestad. Hemos hallado, pues, que al Señor Jesús se le ha llamado profeta. Por tanto, esta mujer ya no yerra mucho. Veo, dice, que tú eres profeta. Y comienza a llamar al marido, a expulsar al adúltero. Veo que tú eres profeta. Y comienza a preguntar lo que suele preocuparle. En efecto, entre judíos y samaritanos había una discusión: los judíos adoraban a Dios en el templo construido por Salomón; los samaritanos, lejos de esto, no lo adoraban en él. Los judíos se jactaban de ser mejores precisamente porque adoraban en el templo a Dios. Los judíos, en efecto, no se tratan con samaritanos porque les decían: «¿Cómo os jactáis y aseguráis que vosotros sois mejores que nosotros precisamente por tener un templo que nosotros no tenemos? ¿Acaso nuestros padres, que agradaron a Dios, adoraron en ese templo? ¿No adoraron en ese monte donde estamos nosotros? Con mayor razón, dicen, rogamos, pues, nosotros a Dios en este monte donde lo hicieron nuestros padres. Unos y otros, ignorantes porque no tenían marido, disputaban; unos a favor del templo, otros a favor del monte, se ensoberbecían unos contra otros.

Adorar en espíritu y verdad

24. El Señor, sin embargo, ¿qué enseña a la mujer, como si su marido hubiese comenzado a estar presente? Le dice la mujer: Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que es en Jerusalén donde es preciso adorar. Le dice Jesús: Créeme, mujer. Vendrá, en efecto, la Iglesia, como está dicho en el Cantar de los Cantares, vendrá y pasará desde el comienzo de la fe. Vendrá para pasar; pero no puede pasar sino desde el comienzo de la fe. Presente ya el marido, con razón oye: «Mujer, créeme, pues hay ya alguien en ti que crea, porque está presente tu marido. Comenzaste a estar presente con el entendimiento cuando me llamaste profeta». Mujer, créeme, porque si no creéis no entenderéis. Así que, mujer, créeme, que vendrá la hora cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis. Nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero vendrá la hora —¿cuándo?— y es ahora. ¿Qué hora, pues? Cuando los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y verdad; no en un monte, no en un templo, sino en espíritu y verdad. Porque también el Padre busca a tales que lo adoren. ¿Por qué busca el Padre a tales que lo adoren no en un monte, no en un templo, sino en espíritu y verdad? Dios es espíritu. Si Dios fuese un cuerpo, sería preciso adorarlo en un monte, porque el monte es corpóreo; sería preciso adorarlo en un templo, porque el templo es corpóreo. Dios es espíritu y es preciso que quienes lo adoran adoren en espíritu y verdad.

Acercarse a Dios

25. Lo hemos oído y está bien claro: habíamos ido fuera, hemos sido metidos dentro. ¡Si pudiera encontrar, decías, algún monte alto y solitario! Como yo creo que Dios está en las alturas, me oiría mejor desde las alturas. ¿Crees que por estar en un monte estás más cerca de Dios? ¿Crees que te va a escuchar en seguida, como si le llamases desde cerca? Dios habita en las alturas, pero se fija en lo de abajo. Cerca está el Señor. ¿De quiénes? ¿Quizá de los elevados? De quienes trituraron el corazón. Cosa admirable: habita en las alturas y se acerca a lo de abajo; se fija en lo de abajo; en cambio, de lejos conoce lo excelso. Desde lejos ve a los soberbios, tanto menos se les acerca cuanto más altos se creen. ¿Buscabas, pues, un monte? Desciende para llegar. Pero ¿quieres ascender? Asciende, no busques un monte. Dice un salmo: En el valle del llanto, ascensiones en su corazón. El valle tiene bajura. Dentro, pues, haz todo. Y, si acaso buscas un lugar alto, un lugar santo, dentro ofrécete a Dios como templo, pues santo es el templo de Dios, que sois vosotros. ¿Quieres orar en un templo? Ora en ti. Pero sé primero templo de Dios, porque él escuchará en su templo al orante.

Dios no rechazó a los samaritanos

26. Viene, pues, la hora, y es ahora cuando los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y verdad. Nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Mucho dio a los judíos, pero no entiendas que ésos son réprobos. Entiende el muro aquel al que se ha añadido otro para que se unan, pacíficos en la piedra angular que es Cristo. En efecto, un muro viene de los judíos, otro de los gentiles. Alejados entre sí están esos muros, pero hasta que se unan en un ángulo. Los extranjeros, en cambio, eran huéspedes y extraños a los testamentos de Dios. Según esto, pues, está dicho: Nosotros adoramos lo que sabemos. En representación de los judíos está dicho, pero no de todos los judíos, no de los judíos réprobos, sino de esos de entre los que fueron los apóstoles, cuales fueron los profetas, cuales fueron todos aquellos santos que vendieron todo lo suyo y colocaron el precio de sus cosas a los pies de los apóstoles. Dios, en efecto, no rechazó a su pueblo que había preconocido.

El Mesías

27. Oyó esto esa mujer y añadió. Ya antes le había llamado profeta. Vio que ese con quien hablaba decía tales cosas que eran ya demasiado para un profeta, y ved qué respondió: Le dice la mujer: Sé que vendrá un Mesías, que se llama Cristo; cuando, pues, venga él, nos mostrará todo. ¿Qué significa esto? Ahora, dice, los judíos discuten acerca del templo y nosotros discutimos acerca del monte. Cuando venga él, despreciará el monte y destruirá el templo. Ése nos enseñará todo, para que sepamos adorar en espíritu y en verdad. Sabía quién podía enseñarle, pero no reconocía aún a quien ya enseña. Era, pues, digna ya de que se le manifestase. Por otra parte, mesías significa ungido; ungido en griego se dice cristo, en hebreo mesías. Por eso en púnico messe significa unge tú. Afines, en efecto, y vecinas son esas lenguas, la hebraica, la púnica y la siríaca.

28. La mujer, pues, le dice: Sé que vendrá un Mesías, que se llama Cristo; cuando, pues, venga él, nos anunciará todo. Jesús le dice: Soy yo, el que hablo contigo. Llamó a su marido, su marido se convirtió en cabeza de la mujer, Cristo se convirtió en cabeza del marido. La mujer está ya ordenada en la fe y es regida para vivir bien. Después de haber oído esto: «Soy yo, el que hablo contigo», ¿qué más diría ya, cuando Cristo el Señor ha querido manifestarse a la mujer a quien había dicho «Créeme»?

29. Inmediatamente llegaron sus discípulos y se extrañaban de que hablaba con una mujer. Les extrañaba que, quien había venido a buscar lo que había perecido, buscaba a la perdida. Se extrañaban, en efecto, de un bien, no sospechaban un mal. Sin embargo, nadie dijo: ¿Qué buscas o por qué hablas con ella?

La samaritana apóstol

30. Dejó, pues, la mujer su hidria. Oído: «Soy yo, el que hablo contigo», y recibido en el corazón Cristo el Señor, ¿qué haría sino dejar ya la hidria y correr a evangelizar? Arrojó sus pasiones y se lanzó a anunciar la verdad. Aprendan quienes quieren evangelizar, arrojen la hidria junto al pozo. Recordad qué he dicho anteriormente sobre la hidria: era una vasija con que se sacaba el agua. En griego se llama «hydria», porque agua se dice en griego ὕδωρ; como si dijéramos aguadera. Arrojó, pues, la hidria que, más que servirle, le era una carga; ávida, deseaba ciertamente saciarse del agua aquella. Para anunciar a Cristo, tirada la carga, corrió a la ciudad y dice a aquellos hombres: Venid y ved un hombre que me dijo todo lo que hice. ¡Con precaución, para que ellos no se airasen, digamos, ni se indignasen ni la persiguieran! Venid y ved un hombre que me dijo todo lo que hice. ¿Acaso ese mismo es el Mesías? Salieron de la ciudad y venían a él.

Tengo otro alimento

31. Y mientras tanto los discípulos le rogaban diciendo: Rabí, come. Habían ido, en efecto, a comprar alimentos y habían venido. Pero él dijo: Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis. Decían, pues, unos a otros los discípulos: ¿Acaso alguien le trajo de comer? ¿Qué tiene de extraño que la mujer no entendiera lo del agua? He aquí que los discípulos aún no entendieran lo de la comida. Ahora bien, oyó sus pensamientos y ya instruye como maestro; no con rodeos, como a aquella por cuyo marido preguntaba aún, sino abiertamente ya: Mi alimento, afirma, es hacer la voluntad de quien me envió. La bebida misma, pues, respecto a aquella mujer era que cumpliera la voluntad de quien lo había enviado. Por eso decía: «Tengo sed, dame de beber», a saber, para realizar en ella la fe, beber su fe y trasvasar a la mujer a su cuerpo, pues su cuerpo es la Iglesia. Afirma, pues: ése es mi alimento: hacer la voluntad de quien me envió.

Sembradores y segadores

32. ¿Acaso no decís vosotros que aún hay cuatro meses y viene la siega? Con ardor hervía por su obra y decidía enviar obreros. Vosotros contáis cuatro meses hasta la siega, yo os muestro otra mies blanca y preparada. He aquí que os digo: Levantad vuestros ojos y ved que los campos están ya blancos para la siega. Va a enviar, pues, segadores. Efectivamente, respecto a esto es verdadero el proverbio: que uno es quien siega, otro quien siembra. Así, quien siembra se alegra a la vez que quien siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado; otros han trabajado y vosotros habéis entrado en su labor.

¿Qué, pues? ¿Envió segadores, no sembradores? Segadores ¿a dónde? Adonde ya otros han trabajado. Porque donde ya se había trabajado, se había sembrado, sí, y lo que se había sembrado había ya madurado, deseaba la hoz y la trilla. ¿A dónde, pues, había que enviar segadores? Adonde los profetas habían ya predicado, pues ellos son los sembradores porque, si no lo fueran, ¿cómo había llegado a la mujer lo de «Sé que un Mesías vendrá? Esa mujer era ya fruto maduro, las mieses estaban blancas y pedían la hoz. Os envié, pues. ¿A qué? A segar lo que no habéis sembrado. Otros sembraron y vosotros habéis entrado en sus labores. ¿Quiénes trabajaron? Abrahán mismo, Isaac y Jacob. Leed sus labores: en todas sus labores hay profecía de Cristo; por eso son sembradores. Moisés, los demás patriarcas y todos los profetas, ¡cuánto aguantaron en el frío cuando sembraban! En Judea, pues, la siega estaba ya preparada. Con razón hubo allí como una cosecha madura, cuando tantos miles de hombres llevaban el precio de sus cosas y, tras ponerlo a los pies de los apóstoles, expeditos los hombros de los fardos del mundo, seguían a Cristo el Señor. ¡Mies verdaderamente madura!

¿Qué ocurrió después? De la cosecha misma se arrojaron pocos granos, sembraron el orbe de las tierras y surge otra mies que ha de segarse al final del mundo. De esa cosecha se dice: Quienes siembran con lágrimas, segarán con gozo. A esa siega, pues, serán enviados no los apóstoles, sino los ángeles. Los segadores, afirma, son los ángeles. Esa mies, pues, crece entre la cizaña y aguarda ser purificada al final. En cambio, estaba ya madura la mies adonde primero fueron enviados los apóstoles: donde trabajaron los profetas. Pero en todo caso, hermanos, ved qué está dicho: Quien siembra se alegra a la vez que quien siega. Tuvieron labores dispares en tiempo, pero disfrutarán igualmente de gozo, a una van a recibir en pago la vida eterna.

Primero la palabra, luego la presencia

33. Pues bien, muchos samaritanos de la ciudad aquella creyeron en él por la palabra de la mujer que daba el testimonio de que «Me dijo todo lo que hice». Ahora bien, como los samaritanos hubiesen venido a él, le rogaron que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Y muchos más creyeron por su palabra y decían a la mujer que «Ya no creemos por tus dichos, pues nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo. Sobre esto hay poco que advertir, porque la lectura se ha terminado. Primero, la mujer dio la noticia y ante el testimonio de la mujer creyeron los samaritanos y le rogaron que se quedara con ellos y se quedó allí dos días y creyeron muchos y, después de haber creído, decían a la mujer: Ya no creemos por tu palabra, sino que nosotros mismos hemos conocido y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo; primero mediante la fama, después mediante la presencia. Así sucede hoy con quienes están fuera y aún no son cristianos: Cristo es anunciado mediante amigos cristianos; como gracias a la mujer, esto es, a la Iglesia anunciadora, vienen a Cristo, creen mediante esa fama. Se queda con ellos dos días, esto es, les da los dos preceptos de la caridad y en él creen muchos más y con más fuerza que verdaderamente él mismo es el Salvador del mundo.

 

 

TRATADO 16

Comentario a Jn 4,43-53, predicado en Hipona al día siguiente del tratado anterior

Jesús vuelve a Galilea

1. A la lectura del día de ayer sigue la lectura evangélica que se nos propone para examinar. En ella, los sentidos son ciertamente no difíciles de investigar, sino dignos de ser predicados, dignos de admiración y alabanza. Por tanto, os recordaré con encomio ese lugar del evangelio, en vez de tratarlo con dificultad. El hecho es que, tras los dos días que pasó en Samaría, Jesús se marchó a Galilea, donde se había criado. Pues bien, el evangelista afirma a continuación: Pues Jesús mismo dio testimonio de que no se rinde honor a un profeta en su patria. No se retiró Jesús de Samaría a los dos días porque no se le rendía honor en Samaría, pues su patria era no Samaría, sino Galilea. Tras haber, pues, dejado tan pronto a ésa y haber venido a Galilea, donde se había criado, ¿cómo atestigua que no se rinde honor a un profeta en su patria? Parece, más bien, haber podido atestiguar que no se rendía honor a un profeta en la patria, si desdeñase marchar a Galilea y hubiese permanecido en Samaría.

Aparente contradicción

2. Si el Señor, pues, me sugiere y dona lo que yo diga, atienda Vuestra Caridad al no pequeño misterio que se nos ha insinuado. Conocéis la dificultad propuesta; indagad la solución. Pero repitamos la proposición para hacer deseable la solución. Me inquieta por qué el evangelista ha dicho: Pues Jesús mismo dio testimonio de que no se rinde honor a un profeta en su patria. Muy inquieto por esto, he repetido las palabras anteriores, para hallar por qué quiso el evangelista decir esto. Y hallamos que las palabras anteriores son del que así narra que tras dos días se marchó de Samaría a Galilea. ¿Dijiste, oh evangelista, que Jesús dio testimonio de que nose rinde honor a un profeta en su patria, precisamente porque tras dos días dejó Samaría y se dio prisa en llegar a Galilea? Al contrario, como que me parece más lógico entender que, si a Jesús no se rendía honor en su patria, no se apresuraría hacia ella, dejada Samaría. Pero, si no me engaño —mejor dicho, porque es verdad y no me engaño, pues el evangelista vio mejor que yo qué decía—, mejor que yo veía la verdad quien la bebía del pecho del Señor, pues Juan evangelista mismo es quien de entre todos los discípulos se recostaba sobre el pecho del Señor, y a quien el Señor, aun debiendo a todos caridad, quería empero más que a los demás. ¿Se habrá, pues, equivocado él, y voy a tener yo razón? Mejor dicho, si juzgo piadosamente, oiré obedientemente lo que dijo, para merecer entender lo que entendió.

Los samaritanos, presagio de la gentilidad

3. Así pues, carísimos, aceptad mi opinión sobre este punto, sin menoscabo de que vosotros opinéis algo mejor. De hecho, todos tenemos un único Maestro y somos condiscípulos en una única escuela. Esto, pues, opino, y ved si no es verdadero o se acerca a la verdad lo que opino. Dos días estuvo en Samaría, y creyeron en él los samaritanos; ¡tantos días estuvo en Galilea, y los galileos no creyeron en él! Rehaced o repasad con la memoria la lectura y el sermón del día de ayer: llegó a Samaría, donde lo había predicado primero la mujer con quien había hablado de misterios grandes junto al pozo de Jacob. Tras verlo y oírlo, los samaritanos creyeron en él por la palabra de la mujer, y por la palabra de él creyeron con más firmeza y en mayor número. Así está escrito. Empleados allí dos días —número de días por el que se encomia el número de los dos preceptos, de los cuales dos preceptos pende la Ley entera y los Profetas, como recordáis que en el día de ayer encomié—, partió a Galilea y vino a la ciudad de Caná de Galilea, donde del agua hizo vino.

Pues bien, cuando convirtió allí el agua en vino, sus discípulos, como escribe Juan mismo, creyeron en él. Y, sin embargo, la casa estaba llena de una multitud de convidados. Sucedió un milagro tan grande y no creyeron en él sino sus discípulos. A esta ciudad de Galilea regresó ahora Jesús. Y he aquí que cierto funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo, vino a él y comenzó a rogarle que descendiera a la ciudad o a la casa, y sanase a su hijo, pues comenzaba a morir. Quien rogaba ¿no creía? ¿Qué aguardas que diga yo? Interroga al Señor qué opinaba de él, ya que, una vez rogado, respondió cosas de este calibre: Si no veis signos y prodigios, no creéis. Inculpa al hombre de ser tibio o frío en cuanto a la fe, o de nula fe y, más bien, de desear ponerlo a prueba con motivo de la salud de su hijo: quién era, cuánto podía. Hemos oído, en efecto, las palabras de quien rogaba; las pronunció quien oyó las palabras e inspeccionó el corazón. Finalmente, el evangelista mismo testifica con el testimonio de su relato que aún no había creído quien deseaba que el Señor viniese a su casa a curar a su hijo. En efecto, después que se le notificó que su hijo estaba sano, y descubrió que fue sanado en esa hora —la hora en que el Señor había dicho: «Vete, tu hijo vive»—, creyó él, afirma, y su casa entera. Si, pues, creyó él y su casa entera, precisamente porque se le notificó que su hijo estaba sano, y comparó la hora de los mensajeros con la hora de quien prenunciaba, cuando rogaba no creía aún.

Los samaritanos no habían aguardado signo alguno; sólo habían creído a su palabra; en cambio, sus conciudadanos merecieron oír: Si no veis signos y prodigios, no creéis; y, sin embargo, hecho tan gran milagro, allí no creyó sino él y su casa. Ante la palabra sola creyeron muy numerosos samaritanos; ante aquel milagro, creyó sola la casa donde se realizó. Por tanto ¿qué, hermanos, qué hace el Señor valer para nosotros? Entonces Galilea de Judea era la patria del Señor, porque allí se crió. Ahora, en cambio, porque aquel hecho presagia algo —en efecto, no sin motivo se habla de prodigios, sino porque presagian algo, ya que «prodigio» se llama, por así decirlo, a un prenuncio, a lo que habla por delante, a lo que significa por delante y presagia que algo sucederá—; porque, pues, todo aquello presagiaba algo, todo aquello predecía algo, pongamos de momento nosotros como patria de nuestro Señor Jesucristo, según la carne —de hecho no tuvo patria en la tierra, sino según la carne que recibió en la tierra—; pongamos, pues, como patria del Señor el pueblo de los judíos. He aquí que no se le rinde honor en su patria. Observa ahora a las turbas de los judíos, observa ya a la nación aquella dispersa por todo el orbe de las tierras y arrancada de sus raíces; observa las ramas rotas, cortadas, dispersas, secas, rotas las cuales mereció ser injertado el acebuche. Ve qué dice ahora la turba de los judíos. «A quien dais culto, a quien adoráis era nuestro hermano». Y nosotros respondamos: No se rinde honor a un profeta en su patria. En fin, ellos vieron al Señor Jesús andar en la tierra, hacer milagros, iluminar a los ciegos, abrir los oídos a los sordos, soltar las bocas de los mudos, sujetar los miembros de los paralíticos, andar sobre el mar, dominar los vientos y el oleaje, resucitar muertos, hacer tantos signos, y apenas unos pocos de ellos creyeron.

Hablo al pueblo de Dios: tantos que hemos creído, ¿qué signos hemos visto? Lo que, pues, ocurrió entonces presagiaba esto que acontece ahora. Los judíos fueron o son similares a los galileos; nosotros, similares a los samaritanos. Hemos oído el Evangelio, hemos dado nuestro consentimiento al Evangelio, mediante el Evangelio hemos creído en Cristo; no vemos ningún signo, no exigimos ninguno.

Tomás, presagio de nuestra Iglesia

4. Tomás, el que deseaba meter los dedos en los lugares de las heridas, aunque de hecho era uno de los doce elegidos y santos, fue empero israelita, o sea, de la raza del Señor. El Señor le inculpa como a ese funcionario real. A éste dijo: Si no veis signos y prodigios, no creéis; a aquél, en cambio: Has creído porque has visto. Había venido a los galileos, después de dejar a los samaritanos que habían creído a su palabra, entre los cuales no había hecho ningún milagro, a los que, seguro, rápidamente había dejado firmes en la fe porque no los había dejado en cuanto a la presencia de la divinidad. Cuando, pues, el Señor decía a Tomás:«Ven, mete tu mano y no seas incrédulo, sino fiel», y como él, tocados los lugares de las heridas, exclamase y dijese: «Señor mío y Dios mío», se le increpa y se le dice: Has creído porque has visto. ¿Por qué, sino porque no se rinde honor a un profeta en su patria? Pero, porque entre extranjeros se rinde honor a este profeta, ¿qué sigue? Dichosos quienes no han visto y han creído. Es una predicción sobre nosotros, y el Señor se ha dignado cumplir en nosotros lo que antes elogió. Lo vieron quienes lo crucificaron, palparon, y, con todo, pocos creyeron; nosotros no lo hemos visto ni tocado, hemos oído, hemos creído. Hágase en nosotros, la dicha que prometió realícese en nosotros aquí, porque se nos ha preferido a su patria, y en el siglo futuro, porque hemos sido injertados en el lugar de las ramas rotas.

Ramas cortadas y nuevo injerto

5. Efectivamente, mostraba que él iba a romper estas ramas y a injertar este acebuche, cuando, conmovido por la fe del centurión que le dijo: «No soy digno de que entres bajo mi techo; pero di sólo de palabra y mi criado se sanará; de hecho, también yo soy hombre establecido bajo autoridad, que tengo soldados a mis órdenes, y digo a uno “Ve”, y va, y a otro “Ven”, y viene, y a mi esclavo “Haz esto”, y lo hace», tras girarse hacia quienes le seguían, dijo: En verdad os digo: No hallé tanta fe en Israel. ¿Por qué no halló tanta fe en Israel? Porque no se rinde honor a un profeta en su patria. ¿Acaso el Señor no podía haber dicho al centurión lo que le dijo a este funcionario real: Vete, tu hijo vive? Ved la diferencia: ese funcionario deseaba que el Señor bajara a su casa; el centurión decía que él era indigno; se decía a uno: «Yo voy y lo curaré»; al otro está dicho: Vete, tu hijo vive; a uno prometía la presencia, de palabra sanaba al otro; ése, sin embargo, obtenía por la fuerza su presencia; aquél decía ser indigno de su presencia; aquí se cedió a la altanería, allí hubo una concesión a la humildad, como si dijera a éste: «Vete, tu hijo vive, no me canses; si no veis signos y prodigios, no creéis; quieres mi presencia en tu casa, puedo dar de palabra una orden; no creas tú por los signos; el centurión extranjero creyó que yo podía actuar de palabra y creyó antes que yo actuase; vosotros, si no veis signos y prodigios, no creéis».

Si, pues, es así, rómpanse las ramas soberbias, sea injertado el humilde acebuche; quede empero la raíz, cortadas aquéllas, acogidas éstas. ¿Dónde queda la raíz? En los patriarcas, pues la patria de Cristo es el pueblo de Israel, porque de ellos viene según la carne; pero la raíz de este árbol son Abrahán, Isaac y Jacob, los santos patriarcas. ¿Y dónde están ésos? En el descanso junto a Dios, con gran honor, para que, ayudado, aquel pobre fuese elevado al seno de Abrahán y en el seno de Abrahán lo viera de lejos el rico soberbio. Queda, pues, la raíz, es elogiada la raíz; pero las ramas soberbias han merecido ser cortadas y secarse; el humilde acebuche, en cambio, gracias a la poda de aquéllas, encontró un lugar.

6. Oye, pues, por ese mismo centurión respecto al que he supuesto que había que recordar por comparación con este funcionario real, cómo son cortadas las ramas naturales, cómo es injertado el olivo acebuche. En verdad os digo, afirma: No hallé tanta fe en Israel; por eso os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente. ¡Qué ampliamente había ocupado el acebuche la tierra! Este mundo fue selva amarga; pero, a causa de la humildad, a causa de «No soy digno de que entres en mi casa», vendrán muchos de Oriente y Occidente. Y supón que vendrán; ¿qué será de ellos? De hecho, si vienen, ya han sido cortados de la selva; ¿dónde han de ser injertados para que no se sequen? Se recostarán, afirma, con Abrahán, Isaac y Jacob. ¿En qué convite, no sea que invites no a vivir siempre, sino a beber mucho? ¿Se recostarán con Abrahán, Isaac y Jacob. ¿Dónde? En el reino de los cielos, afirma. ¿Y qué será de quienes vinieron de la estirpe de Abrahán? ¿Qué será de las ramas de que estaba lleno el árbol? ¿Qué, sino que serán cortadas, para que esos sean injertados? Enseña tú que serán cortadas: En cambio, los hijos del reino irán a las tinieblas exteriores.

Honor al profeta no honrado en su patria

7. Ríndase, pues, entre nosotros honor al Profeta, porque no se le rindió honor en su patria. No se le rindió honor en la patria en que fue creado; ríndasele honor en la patria que ha creado. Por cierto, en aquélla fue creado el creador de todo, creado en ella fue según la forma de esclavo, porque esa ciudad misma en que fue creado, Sión misma, esa nación judía misma, esa Jerusalén misma creó él en persona cuando la Palabra existía en el Padre, pues todo se hizo mediante ella y sin ella nada se hizo. De ese hombre de quien hoy hemos oído, único mediador de Dios y de los hombres, Cristo Jesús hombre, también un salmo había hablado anticipadamente, diciendo: «¡Madre Sión!» dirá un hombre. Cierto hombre, mediador de Dios y de los hombres, dice: «¡Madre Sión!». ¿Por qué dice «¡Madre Sión!»? Porque de ahí recibió carne, de ahí la Virgen María, de cuyo seno fue asumida la forma de esclavo en la que se dignó aparecer humildísimo. Un hombre dice: «¡Madre Sión!», y este hombre que dice «¡Madre Sión!» se hizo en ella, se hizo hombre en ella. Cierto, era Dios antes de ella, y se hizo hombre en ella. El hombre que se hizo en ella es el Altísimo mismo que la fundó, no el humildísimo. En ella se hizo hombre humildísimo, porque la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; la fundó el Altísimo mismo, porque en el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios; todo se hizo mediante ella. En verdad, porque él creó esa patria, ríndasele aquí honor. Lo rechazó la patria en que fue engendrado; acójalo la patria a la que ha regenerado.

 

TRATADO 17

Comentario a Jn 5,1-18, predicado en Hipona en julio de 414

Jesús busca más la salud del alma que la del cuerpo

1. No debe ser extraño que Dios haga un milagro, pues sería extraño si lo hubiese hecho un hombre. Debemos alegrarnos más que extrañarnos de que nuestro Señor y Salvador Jesucristo se haya hecho hombre, y no tanto de que Dios hizo entre los hombres obras divinas. Para nuestra salvación, lo que hizo por los hombres es, en efecto, más que lo que hizo entre los hombres, y haber curado los vicios de las almas es más que haber curado los defectos de cuerpos que iban a morir. Pero, porque el alma misma no conocía a quien había de sanarla y tenía en la carne ojos con que ver hechos corporales, pero aún no los tenía sanos en el corazón, con que conociera al Dios escondido, hizo lo que el hombre podía ver, para que se sanase aquello con que no podía ver. Entró en un lugar donde yacía gran multitud de enfermos, ciegos, cojos, secos, y, aunque era médico de almas y cuerpos y era quien había venido a sanar todas las almas de quienes iban a creer, para significar la unidad elige de entre aquellos enfermos a uno solo que sanar. Si con corazón ordinario y como con capacidad e ingenio humanos consideramos a quien lo hizo, en cuanto atañe al poder no realizó algo grande y en cuanto atañe a la benignidad hizo poca cosa. ¡Tantos yacían, mas uno solo fue curado, aunque con una sola palabra podía poner en pie a todos!

¿Qué, pues, ha de entenderse sino que aquel poder y aquella bondad expresaban qué debían entender en sus hechos en pro de la salvación sempiterna las almas, y no qué merecían los cuerpos en pro de la salud temporal? En efecto, la salud auténtica de los cuerpos que del Señor se aguarda, sucederá al final, en la resurrección de los muertos. Lo que entonces vivirá no morirá; lo que entonces será sanado no enfermará; lo que entonces será saciado no tendrá hambre ni sed; lo que entonces será renovado no envejecerá. Ahora, en cambio, respecto a las obras del Señor y Salvador nuestro Jesucristo, los ojos abiertos de los ciegos fueron cerrados por la muerte, los miembros sujetos de los paralíticos fueron soltados por la muerte y cuanto fue sanado temporalmente en los miembros mortales falló al final; en cambio, ha hecho el tránsito a la vida eterna el alma que ha creído. Al alma, pues, que iba a creer, cuyos pecados había venido a perdonar, a cuyas enfermedades se había abajado para sanarlas, le dio mediante este enfermo sanado un gran signo. Del profundo misterio de este hecho y de este signo hablaré como pueda, en la medida en que el Señor se digne donarlo, atentos vosotros y ayudando mi debilidad con la oración. Ahora bien, ese mismo con cuya ayuda hago lo que puedo suplirá en vosotros lo que no puedo.

La Ley sólo diagnostica la enfermedad

2. Recuerdo haber tratado con frecuencia de esta piscina a la que ceñían cinco pórticos en los que yacía gran multitud de enfermos, y voy a decir una cosa que muchísimos reconocerán, más que conocerán. Pero no está fuera de lugar repetir también lo conocido; así se instruirán quienes no lo conocían, y se afianzarán quienes lo conocían. Por ende, como conocido, ha de referirse brevemente, no inculcarse ociosamente.

Me parece que la piscina y el agua significaban el pueblo de los judíos. De hecho, el Apocalipsis de Juan nos indica abiertamente que el nombre de aguas designaba a los pueblos, donde, como se le mostrasen muchas aguas e interrogase qué significaban, recibió la respuesta de que significaban a los pueblos. Al agua aquella, pues, esto es, al pueblo aquel, la encerraban los cinco libros de Moisés como cinco pórticos. Pero los libros ponían delante a los enfermos, no los sanaban; pues la Ley demostraba que eran pecadores, no los absolvía. Por eso, la letra sin la gracia hacía reos a quienes, tras confesar, liberaba la gracia. En efecto, dice el Apóstol: Pues, si se hubiese dado una ley que pudiera vivificar, la justicia existiría enteramente en virtud de la ley. ¿Por qué, pues, se dio la Ley? Sigue y dice: Pero la Escritura encerró todo bajo el pecado, para que en virtud de la fe de Jesucristo se diera a los creyentes la promesa. ¿Qué hay algo más evidente? ¿Acaso estas palabras no nos han expuesto los cinco pórticos y la multitud de enfermos? Los cinco pórticos son la Ley. ¿Por qué los cinco pórticos no sanaban a los enfermos? Porque, si se hubiese dado una ley que pudiera vivificar, la justicia existiría enteramente en virtud de la ley. ¿Por qué, pues, contenían a quienes no sanaban? Porque la Escritura encerró todo bajo el pecado, para que en virtud de la fe de Jesucristo se diera a los creyentes la promesa.

Fuera de la unidad no hay curación

3. ¿Qué, pues, ocurría para que se sanasen en aquella agua agitada quienes en los pórticos no podían sanarse? El hecho es que de repente el agua parecía agitada, mas no se veía a quien la agitaba. Cree tú que un poder angélico solía hacerlo, no empero sin algún misterio significativo. Una vez agitada el agua, se arrojaba el primero que podía y era el único que se sanaba; cualquiera que se arrojase después de él, lo haría en vano. ¿Qué, pues, significa esto, sino que vino Cristo, nadie más, al pueblo de los judíos y, haciendo cosas grandes, enseñando cosas útiles, agitó a los pecadores, agitó con su presencia el agua y la excitó a su pasión. Pero la agitó oculto, ya que, si lo hubiesen conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria. Bajar, pues, al agua agitada es esto: creer humildemente en la pasión del Señor. Allí se sanaba uno solo, para significar la unidad; cualquiera que viniese después no se sanaba, porque cualquiera que estuviere fuera de la unidad no podrá sanarse.

Los números cuarenta y cincuenta

4. Veamos, pues, qué quiso significar en aquel único al que incluso él, para conservar, como he dicho antes, el misterio de la unidad, se dignó sanar, único entre tantos enfermos. Encontró en sus años de enfermedad cierto número: Treinta y ocho años llevaba en la enfermedad. Ha de explicarse un poco más diligentemente cómo este número se refiere más a la enfermedad que a la salud. Atentos os quiero; el Señor acudirá para que hable yo adecuadamente y oigáis suficientemente. El sagrado número cuarenta se nos encomia por cierta perfección. Creo que Vuestra Caridad lo sabe. Lo testifican frecuentísimamente las Divinas Escrituras. El ayuno está consagrado por este número, bien lo sabéis. En efecto, Moisés ayunó cuarenta días, Elías otros tantos y nuestro Señor y Salvador Jesucristo mismo cumplió este número de ayuno. Mediante Moisés se significa la Ley, mediante Elías se significan los Profetas, mediante el Señor se significa el Evangelio. Por eso aparecieron los tres en el monte donde se mostró a los discípulos con la claridad de su rostro y vestido. En efecto, apareció en medio de Moisés y Elías, como si de la Ley y los Profetas tuviera testimonio el Evangelio. Ora, pues, en la Ley, ora en los profetas, ora en el Evangelio se nos recomienda respecto al ayuno el número cuarenta. Ahora bien, el ayuno grande y general es abstenerse de iniquidades y de los placeres mundanos ilícitos. Éste es el ayuno perfecto: que, tras rechazar la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, recta y piadosamente. ¿Qué recompensa añadió el Apóstol a este ayuno? Sigue y dice: Mientras aguardamos la dichosa esperanza y la manifestación de la gloria del dichoso Dios y Salvador nuestro Jesucristo. En este mundo, pues, celebramos como una cuaresma de abstinencia cuando vivimos bien, cuando nos abstenemos de iniquidades y de placeres ilícitos. Pero, porque esta abstinencia no quedará sin paga, aguardamos la dichosa esperanza y la revelación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo. Por esa esperanza, cuando de la esperanza resulte la realidad, recibiremos un denario como paga. Esa misma paga se da, en efecto, según el evangelio, a los obreros que trabajan en la viña, cosa que creo que vosotros recordáis. Por cierto, no ha de hacerse recordar todo como a ignorantes y primerizos. Se paga, pues, un denario, que del número diez recibe nombre y unido al cuarenta forma el cincuenta. Por eso celebramos con fatiga la cuaresma antes de pascua; en cambio, con alegría, como recibida la paga, la cincuentena después de pascua, porque a esta fatiga saludable de las buenas obras, que se refiere al número cuarenta, se añade el denario del descanso y de la felicidad, transformándose en el número cincuenta.

El consuelo de las Escrituras

5. También el Señor Jesús significó esto mucho más claramente cuando tras la resurrección convivió en la tierra con sus discípulos cuarenta días, y, por otra parte, tras haber ascendido al cielo el día cuadragésimo, pasados diez días, envió la paga del Espíritu Santo. Estos acontecimientos están significados y ciertas significaciones han precedido a las realidades mismas. Nos nutrimos de significaciones para poder llegar a las perdurables realidades mismas. Somos, en efecto, obreros y todavía trabajamos en la viña. Terminado el día, terminado el trabajo, se restituye la paga. Pero ¿qué obrero perdura para recibir la paga sino el que se alimenta mientras trabaja? Tampoco tú vas a dar a tu obrero la paga sola; ¿no le llevarás también con qué reponga fuerzas en la fatiga? Alimentas, sí, a quien vas a dar la paga. Por tanto, también el Señor alimenta con esas significaciones de las Escrituras a quienes nos fatigamos, porque, si se nos quita la alegría de entender esos misterios, desfallecemos en la fatiga y no habrá quien llegue a la paga.

La caridad, plenitud de la Ley

6. ¿Cómo, pues, el número cuarenta lleva a término la obra? Tal vez porque la Ley está dada en los diez preceptos y debía ser predicada por el mundo entero, mundo entero que se hace valer en cuatro partes: oriente, occidente, mediodía y aquilón; por eso, multiplicado por cuatro, el diez llega al cuarenta. O porque mediante el Evangelio, que tiene cuatro libros, se cumple la Ley, porque se dice en un