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LECTIO DIVINA

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-.

La Lectio Divina en la vida cristiana: ¿Qué es y cómo se hace?              Descargas

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La lectio divina en la vida cristiana

Introducción
Lee la Palabra de Dios (= Lectio)
Medita la Palabra de Dios (= meditatio)
Ora la Palabra de Dios (= oratio)
Contempla la Palabra de Dios (= contemplatio)
Actúa y conserva la Palabra en la vida (= actio)

  

 

 

 

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Introducción

El Concilio Vaticano II, en su Constitución Dogma de la Iglesia Lumen Gentium (capitulo V), afirmó lo que la Iglesia siempre ha enseñado, que todo cristiano esta llamado a la santidad. Jesús dijo "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5:48), sin embargo, nosotros sabemos como lograrlo mediante la lectio divina, que es verdaderamente «capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente».

La Lectio Divina, como decía Guido II el Cartujo en su libro "Scala Claustralium" es "la escalera de los monjes por la que se elevan de la tierra al cielo, compuesta en realidad de pocos peldaños, pero de inmensa e increíble magnitud. Su parte inferior se apoya en la tierra, mientras que la superior penetra las nubes y escruta los secretos del cielo y consta de cuatro escalones: La lectura busca la dulzura de la vida feliz, la meditación la halla, la oración la pide, la contemplación la experimenta. Porque el mismo Dios dice: Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (Mt 7, 7)".

        Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos. Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros?Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Se llega sucesivamente al momento de la oración(oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia. La lectio divina continua con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? .Por último, la lectio divina concluye con dejar la actuación y coonservación de la Palabra de Dios en nosotros mismos (actio)

 

Lee la Palabra de Dios (= Lectio)

    Te sugiero un modo práctico y sencillo de vida espiritual, basado en la Palabra de Dios, para hacer del leccionario ferial y festivo tu libro de educación en la fe y de oración de cada día: el camino de la lectio divina.

Esta práctica no es para una élite, es algo que interesa a todo cristiano y a toda la Iglesia: la Palabra de Dios es para todos. Es el momento de confrontarse personalmente con Dios. Es vivir tu vida como prolongación de la Palabra escuchada, interiorizada y orada, viviéndola en los actos de la jornada en presencia de Dios.

Esta "lectura de las Sagradas Escrituras" cotidiana y familiar ha sido vivamente recomendada por la Tradición de la Iglesia y más recientemente por el concilio Vaticano II afirmando: El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran «la ciencia suprema de Jesucristo » (Fil 3,8), «pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo»... [los fieles] recuerden, que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues «a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos los oráculos divinos» (DV 25).

Esta etapa de la lectura corresponde a la de tu búsqueda del sentido literal-histórico, tratando de ser respetuoso con el texto. Pero recuerda siempre que en esta fase la condición fundamental para "entrar" en la Palabra es ponerte a la escucha del Señor: cuando lees los textos sagrados es Él quien te habla. El silencio inicial que debes observar no es sólo un silencio físico o psicológico: se trata del silencio de tu vida ante el don que Dios te hace y que es Él mismo. El silencio es el preámbulo de la escucha. En el silencio te ejercitarás en conjugar la Palabra con la escucha, irás adquiriendo esa capacidad de recogimiento vigilante, primer requisito para comprometerte en ese proceso complejo que es la escucha de Dios. Si comienzas a leer así las Sagradas Escrituras, «Dios vuelve a pasear en el paraíso terrenal contigo», según indica san Ambrosio.

 

Medita la Palabra de Dios (= meditatio)

La siguiente etapa es la meditación. Meditar es reflexionar en los valores permanentes del texto bíblico; es buscar el sabor de la Palabra y no lo científico; es "rumiar" la Palabra tratando de asimilarla con un esfuerzo de interioridad y concentración; es cerrar los ojos ante el Señor y confrontar el texto con la vida indicando las actitudes y sentimientos que la Palabra de Dios te transmite.

De hecho, puedes ayudarte planteándote preguntas sobre la página que has leído: ¿cuál es la idea y el valor fundamental de la perícopa?, ¿qué importancia tiene para mí?, ¿qué me sugiere y cómo me interpela?, ¿qué comportamientos y sentimientos me transmite?, ¿cómo puedo iluminarlos con mi vida? Se trata de que la Palabra penetre profundamente en lo íntimo de tu corazón y aplicar todas tus energías para confrontarte y "penetrar" en la Palabra y "convertirte" a la Palabra.

La meditación es, pues, la reflexión de la Palabra escuchada o leída para que surja el valor, masticarla lentamente confrontándola con la vida. La Palabra no se "rumia" sólo en el tiempo dedicado a la meditación, sino a lo largo de la jornada, haciéndola resonar dentro de ti y desmenuzándola en tus acciones cotidianas. De este modo la meditación te ayuda a captar el "sentido espiritual" de las Escrituras, es decir, el sentido que el Espíritu de Dios te desea comunicar hoy por su Palabra.

San Juan Casiano decía: Instruidos por lo que nosotros mismos sentimos, ya no nos fijamos en el texto como algo meramente escuchado, sino algo que experimentamos y palpamos; no como historia extraña e inaudita, sino como algo que toca lo más hondo del corazón, como si se tratase de sentimientos que forman nuestro propio ser. Repetimos: no es la lectura la que nos introduce en el sentido de las palabras, sino la experiencia adquirida anteriormente en la vida.

 

Ora la Palabra de Dios (= oratio)

Si se ejecuta bien la meditación de la Palabra de Dios, necesariamente desemboca en la oración, que es la etapa siguiente en el proceso de la lectio divina. Orar es responder a Dios después de escucharle; es decir sí a su voluntad y al proyecto que tiene sobre ti. San Agustín afirmaba: «En tu oración hablas a Dios. Cuando lees la Sagrada Escritura, Dios te habla; cuando oras, tú hablas a Dios». En la meditación descubres lo que te dice Dios en el secreto de la conciencia. Ahora te toca a ti responder a su Palabra con la oración. En otras palabras: cuando la Palabra se ha incorporado a tu mundo interior, la oración la hace "rebotar" a Dios en vocativo. La oración es el momento en el que te empapas de los sentimientos religiosos que el texto te sugiere y suscita en tu interior. La Palabra de Dios, hecha oración, se convierte en ti motivo de alabanza de gratitud, de súplica, de confianza, de compunción, de bendición. Decía san Agustín: Si el texto ora, orad; si llora, llorad; si es gratitud, agraceded; si es un texto de esperanza, esperad; si muestra temor, temed. Las cosas que escucháis en el texto bíblico son vuestro propio espejo.

La oración es devolver a Dios la Palabra que él nos ha dado. Transformar la Palabra en oración significa reflejarte por la Escritura en tus realidades cotidianas, tejidas de gozos y amarguras, conquistas y derrotas, y confrontarlas con la voluntad de Dios. Es pedir con confianza filial y perseverante la fuerza de Dios para sacar adelante las obligaciones y situaciones, como Dios quiere, deseando realmente lo que pides.

Mientras exista divorcio entre oración y acción no será posible lograr una oración encarnada ni una acción vivida en profundidad espiritual. De hecho sólo el que ama sinceramente transforma en la oración las realidades de la vida, puesto que orar es prepararse a la acción; orar no se reduce a sentimentalismo, sino que consiste en buscar la voluntad de Dios y practicarla con alegría y generosidad.

 

Contempla la Palabra de Dios (= contemplatio)

No te debes preocupar por llegar a esta etapa de la lectio. Si has procedido correctamente en el camino anterior, será el mismo Señor quien te introduzca en ella.

La contemplación no es una técnica ni una añadidura externa; es un don del Espíritu que brota de la experiencia de la lectio bien hecha: es el momento pasivo de la intimidad, en el que la acción corresponde a Dios; es conocer a Dios con la experiencia del corazón, como lo hicieron los Padres y Maestros de vida espiritual cuyo patrimonio espiritual utilizamos en este libro al presentar la etapa de la contemplación.

El Señor te introducirá, cuando crea oportuno, en la contemplación de su misterio de Padre, de Hijo y de Espíritu Santo. Contemplar la Palabra es olvidar los detalles para llegar a lo esencial. Entonces descubrirás, con el corazón y no con la mente, tu vida y misterio en el de Dios, en un diálogo sencillo, de adoración, de conocimiento y experiencia de un Padre que te ama como hijo. Sentirás la necesidad de mirar sólo a Jesús, de descansar en él, de abrirte al amor que te tiene, de acoger el reino de Dios dentro de ti con la certeza de estar en comunión de vida con el Señor.

La contemplación es mirar con admiración, en silencio, el misterio de Dios-Padre, el de Jesús-Amigo y el del Espíritu-Amor. Es encontrar la límpida y transparente participación de la realidad de Dios propia de los puros, los sencillos, los pobres de Dios. No es fruto de carismas especiales ni exige esfuerzos suplementarios, ni mucho menos entrar en éxtasis: es dejar actuar en ti al Espíritu de Dios, consciente de que todo es don y gratuidad.

La contemplación, como resultado de la lectio divina, es la actitud de quien se zambulle en los acontecimientos para descubrir y gustar en ellos la presencia activa y creativa de la Palabra de Dios. Además, es la actitud del que se compromete en el proceso transformador que la Palabra obra en la historia humana. La contemplación realiza y pone en práctica la Palabra con una sabrosa experiencia, anticipando ese gozo que «Dios tiene preparado a los que le aman» (1 Cor 2,9).

En este punto tus situaciones personales pasan a segundo plano y la experiencia objetiva de la contemplación te llevará necesariamente a la praxis, a la evangelización, a la caridad del servicio siguiendo el modelo de la Virgen María, que va al encuentro del hombre para comunicarle a Dios su presencia y los grandes valores de la vida humana y espiritual. Entonces - como indica atinadamente E. Bianchi - la lectio divina llega al umbral de la visión, se hace escatología, prepara a ese momento final que es la venida de Cristo, cuando la contemplación será eterna. La lectio divina produce ese fruto que acelera el acontecimiento final y definitivo, y está junto a la profecía.

 

Actúa y conserva la Palabra en la vida (= actio)

Las etapas precedentes, aunque importantes en sí mismas, tienen la función de orientarse a la vida. Por eso te sugiero vivir una palabra o frase sacada de la Palabra de Dios. No se puede dar por concluido el proceso de la lectio si no logra hacer de la Palabra una escuela de vida.

    Conseguirás esta meta cuando experimentes los frutos del Espíritu, típicos de la lectio. Se trata de la paz interior que desemboca en el gozo y gusto por la Escritura; la capacidad de discernir entre lo que es esencial y obra de Dios y lo que es vano y obra del maligno; la decisión de elegir y actuar en concreto según los valores evangélicos.

    Madeleine Delbrel, hablando de la Escritura, afirma una verdad digna de meditarla y vivirla:  El evangelio es el libro de la vida del Señor y está escrito para que se convierta en el libro de nuestra vida. No se escribió sólo para entenderlo; leerlo es como encaminarse hacia el umbral del misterio. No sólo hay que leerlo, sino interiorizarlo.

    Cada Palabra es Espíritu y vida, está esperando un corazón ávido para precipitarse en él.

    Las palabras de los libros humanos se comprenden y ponderan.

    Las Palabras del evangelio son inesperadas: no las asimilamos; son ellas las que nos asimilan, nos modelan, nos modifican.  La Palabra debe convertirse en forma de tu existencia, como lo fue para Jesús. Se vive en el día a día de tu vida, y es que el evangelio se predica así, se grita con una vida coherente.

    Como puedes comprobar en el modelo de la lectio divina diaria que tienes entre manos, te proponemos también un texto "para la lectura espiritual", sacado de autores contemporáneos o modernos. Lo hacemos con la finalidad de que resuene en tu corazón durante el día la profundidad de la Palabra de Dios. De hecho, la Biblia es la única fuente de la lectio divina. Sin embargo, junto a la Escritura, como una interpretación válida del texto sagrado, no debes olvidar los grandes comentarios escriturísticos que han dejado los Padres de la Iglesia y, además, las enseñanzas de los santos e intérpretes modernos de la historia humana.

    Antes de cerrar la Biblia, haz un propósito concreto que te ayude a crecer en la vida cristiana, luego finaliza tu encuentro con la Palabra de Dios con una oración como la siguiente:

Padre bueno, tú que eres la fuente del amor, te agradezco el don que me has hecho: Jesús, palabra viva y alimento de mi vida espiritual.

Haz que lleve a la práctica la Palabra de tu Hijo que he leído y acogido en mi interior, de suerte que sepa contrastarla con mi vida.

Concédeme transformarla en lo cotidiano para que pueda hallar mi felicidad en practicarla y ser, entre los hermanos y hermanas con los que vivo, un signo vivo y testimonio auténtico de tu evangelio de salvación.

Te lo pido por Cristo nuestro Señor. Amén.