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LECTIO DIVINA Mes de Diciembre de 2012

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-.

 

DOMINGO LUNES MARTES MIÉRCOLES JUEVES VIERNES SÁBADO
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LECTIO DIVINA de los Santos

San Francisco Javier (3 de diciembre)

San Ambrosio (7 de diciembre)

Inmaculada concepción de María (8 de diciembre)

Nuestra Señora de Guadalupe (12 de diciembre)

Santa Lucía (13 de diciembre)

San Esteban (26 de diciembre)

San Juan Evangelista (27 de diciembre)

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Día 1

Sábado 34ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 22,1-7

1 Me mostró entonces el ángel un río de agua viva, transparente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero.

2 En medio de la plaza de la ciudad, a uno y otro lado del río, había un árbol de vida que daba doce cosechas, una cada mes, cuyas hojas servían de medicina a las naciones.

3 Ya no habrá nada maldito. Será la ciudad del trono de Dios y del Cordero, en la que sus servidores le rendirán culto,

4 contemplarán su rostro y llevarán su nombre escrito en la frente.

5 Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámparas ni la luz del sol; el Señor Dios alumbrará a sus moradores, que reinarán por los siglos de los siglos.

6 Y alguien me dijo: -Éstas son palabras verdaderas y dignas de crédito. El mostrar a sus servidores lo que ha de ocurrir en breve.

7 Mira que estoy a punto de llegar. ¡Dichoso el que preste atención a las palabras proféticas de este libro!

 

**• La última visión del libro del Apocalipsis nos presenta «un río de agua viva» (v. 1) y «un árbol de vida» (v. 2) sorprendentemente fructífero, cuyas hojas tienen también un poder terapéutico. Las imágenes son extremadamente claras; más aún, la claridad se hace cada vez mayor al final de este libro. El evangelio que de él procede, la bienaventuranza prometida, la perspectiva de gran bienestar, están delante de todos nosotros, están a nuestra disposición: «Ya no habrá nada maldito... Ya no habrá noche... el Señor Dios alumbrará a sus moradores» (w. 3.5): aquí se indica el paso de las imágenes a la realidad.

La luz que necesita el creyente es su Dios; la medicina que necesita es su Redentor; la vida que anhela sólo puede ser don de Dios.

El libro del Apocalipsis no puede dejar de acabar con una perspectiva profética: «Mira que estoy a punto de llegar» (v. 7a). A esta promesa le sigue una bienaventuranza: «¡Dichoso el que preste atención a las palabras proféticas de este libro!» (v. 7b; cf. 1,3). Es fácil intuir que la bienaventuranza del creyente está ligada, en parte, a las palabras de Jesús consignadas en el evangelio y, en parte, a esta promesa.

Estamos, efectivamente, en camino, entre el ya y el todavía no, sostenidos por la fe y animados por la esperanza: por eso nuestra bienaventuranza sigue estando incompleta, hasta que vuelva el Señor para llevar a cabo un encuentro de comunión y de paz perennes.

 

Evangelio: Lucas 21,34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

34 Procurad que vuestros corazones no se emboten por el exceso de comida, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, porque entonces ese día caerá de improviso sobre vosotros.

35 Ese día será como una trampa en la que caerán atrapados todos los habitantes de la tierra.

36 Velad, pues, y orad en todo tiempo, para que os libréis de todo lo que ha de venir y podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre.

 

*• Dos son los aspectos que pone Jesús de relieve en esta parte final del «discurso escatológico»: negativamente, pone en guardia contra el debilitamiento interior; positivamente, invita a tener ánimo y fuerza en vistas al testimonio. Ahora bien, la intención primaria de Jesús es preparar a sus discípulos para la lucha espiritual que no dejará de caracterizar su experiencia histórica. En las palabras de Jesús podemos intuir que, si han de ser temibles los ataques del exterior, no lo serán menos las debilidades interiores. La fidelidad al Evangelio exige vigilancia sobre nosotros mismos y fuerza de resistencia con los otros.

«Velad, pues, y orad en todo tiempo» (v. 36): en esta doble invitación vemos sintetizadas las actitudes necesarias -más aún, indispensables- para quien pretenda considerarse discípulo de Jesús. Estas dos actitudes, bien consideradas, no tienen que ver sólo con la vida personal, sino también con la comunitaria; son, sobre todo, el indicador de una expectativa y una esperanza que deben consumarse todavía. Con la certeza de que todos deberemos comparecer «ante el Hijo del hombre» (v. 36), nos indica Jesús la necesidad de proceder a algunas opciones decisivas, sin las cuales sería incierto nuestro camino. En primer lugar, vigilancia: ésta implica un examen crítico del tiempo en el que vivimos, una presencia crítica en el tejido social en el que trabajamos y discernimiento crítico de las propuestas de salvación que vienen de otras orillas. En segundo lugar, renuncia: a fin de prepararnos para el encuentro con el Señor, para mantenernos en una actitud de pureza interior y exterior, y no mostrarnos indulgentes con las seducciones del mundo y del Maligno.

 

MEDITATIO

Quien quiera seguir a Jesús por el camino de la salvación ha de saber que es ciertamente importante creer en él y mantener fijo el corazón en sus enseñanzas, pero es igualmente importante perseverar por ese camino hasta el final. El tema de la perseverancia caracteriza todo el «discurso escatológico» de Jesús y, en consecuencia, nuestra vida de creyentes. No es difícil entrever la dimensión dramática de la vida cristiana: en primer lugar, porque existe la posibilidad de que seamos encontrados sin estar preparados para el momento en el que vuelva el Señor. Esta posibilidad podría suscitarnos también sentimientos de desconfianza y de desesperación; en realidad, puede ponernos en una actitud de humildad, de expectativa y, por ello, de oración.

En esto consiste el valor de la oración cristiana y de su enlace con la actitud de la vigilancia: la asiduidad a la oración nos mantiene cada vez más vigilantes; por otra parte, la vigilancia nos permite dar tiempo a la oración. De este modo, la vida cristiana cobra una unidad profunda que nos ayuda a superar toda dicotomía o confusión. El tiempo en que vivimos es dramático también para nuestra debilidad personal: por ese motivo alude Jesús a la fuerza necesaria para escapar a todo lo que va a suceder. Esa fuerza es don de Dios y ha de ser pedida en la oración, pero esa fuerza crece asimismo con el ejercicio de la fidelidad evangélica en la perseverancia a toda costa.

 

ORATIO

«Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámparas ni la luz del sol; el Señor Dios alumbrará a sus moradores, que reinarán por los siglos de los siglos». Estoy contento, Señor, porque he comprendido que la alegría de creer está comprometida en ocasiones por la alegría de vivir; porque mientras saboreo todo el sentido de mi fragilidad me encuentro sumergido en una realidad infinita y eterna.

Estoy contento porque he comprendido que el secreto de la alegría consiste más en dar que en recibir; porque me haces comprender que la alegría no consiste en saciar mis deseos, sino en responder a tus planes. Estoy contento porque he comprendido que la alegría no se puede comprar: es un modo de ser; porque voy experimentando que un estado de alegría contagia cada experiencia y transforma nuestra propia vida y la de los otros.

Es pecado, Señor, que el mundo no crea e insista en buscarte en el sepulcro entre los muertos. Pero tú has resucitado... y saberlo es nuestra alegría.

 

CONTEMPLATIO

Que ninguno de vosotros diga que nuestra carne no será juzgada ni resucitará; reconoced, por el contrario, que ha sido por medio de esta carne en la que vivís como habéis sido salvados y habéis recibido la visión.

Por ello, debemos mirar nuestro cuerpo como si se tratara de un templo de Dios. Pues, de la misma manera que habéis sido llamados en esta carne, también en esta carne saldréis al encuentro del que os llamó. Si Cristo, el Señor, el que nos ha salvado, siendo como era espíritu, quiso hacerse carne para podernos llamar, también nosotros, por medio de nuestra carne, recibiremos la recompensa.

Amémonos, pues, mutuamente, a fin de que podamos llegar todos al Reino de Dios. Mientras tenemos tiempo de recobrar la salud, pongámonos en manos de Dios, para que él, como nuestro médico, nos sane, y demos los honorarios debidos a este nuestro médico. ¿Qué honorarios? El arrepentimiento de un corazón sincero.

Porque él conoce de antemano todas las cosas y penetra en el secreto de nuestro corazón. Tributémosle, pues, nuestras alabanzas no solamente con nuestros labios, sino también con todo nuestro corazón, a fin de que nos acoja como hijos. Pues el Señor dijo: Mis hermanos son los que cumplen la voluntad de mi Padre (de la homilía de un autor del siglo II).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mira que estoy a punto de llegar» (Ap 22,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los grandes hombres nos parecen grandes atrevidos, pero, en realidad, son hombres que obedecen más que los otros. Les guía la voz soberana. Y puesto que les guía un instinto procedente de esa voz, toman, siempre con valor -y, en ocasiones, con una gran humildad- el puesto que la posteridad les otorgará más tarde, atreviéndose a realizar esos gestos y a arriesgar esas invenciones que con tanta frecuencia contrastan con su ambiente, sin miedo a afrontar sus sarcasmos. No tienen miedo porque, si bien parecen aislados, no se sienten solos. Tienen de su parte lo que al final decide todo. Presagian su destino futuro.

Nosotros, que debemos concebir, sin duda, una humildad bien diferente, debemos inspirarnos, sin embargo, en el mismo objetivo. La alteza juzga a la pequeñez. Quien no tiene el sentido de las grandezas se exalta o se abate con facilidad, algunas veces al mismo tiempo. Puesto que no siente el viento de las grandes empresas, el transeúnte duda perezosamente de los declives.

Siempre conscientes de la inmensidad de lo verdadero y del carácter exiguo de nuestros recursos, nunca emprenderemos nada que esté por encima de nuestra capacidad y llegaremos hasta el límite de la misma. Seremos felices, por tanto, con lo que se nos haya concedido en proporción a nuestras fuerzas (A. D. Sertillanges).

 

 

Día 2

Primer domingo de adviento Año C

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 33,14-16

14 Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel.

15 Entonces, en aquellos días, suscitaré a David un germen de justicia, que practicará el derecho y la justicia en la tierra.

16 En aquellos días se salvará Judá, Jerusalén vivirá en paz, y le llamarán así: «Señor-nuestra-justicia».

 

**• La lectura es un breve extracto de los "oráculos de esperanza" de Jeremías (Jer 30-33) y contienen palabras de confianza para el futuro. Podemos pensar que fueron pronunciadas hacia el año 587 a.C, cuando la ciudad de Jerusalén estaba a punto de caer en manos del enemigo.

«Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel» (v. 14): Jeremías había pronunciado palabras de amenaza sobre la ciudad de Jerusalén infiel, pero ahora que el castigo es inminente, proclama que Dios tiene en su mente "palabras buenas", es decir, la promesa y el proyecto de una ciudad nueva donde habite la justicia. Jeremías, a continuación, quiere indicar que no se tratan de palabras hueras o de ideales utópicos o nebulosos, sino de palabras que cobran consistencia en la historia de la ciudad y del pueblo.

Para convertir en realidad esta promesa de bien enviará a un descendiente de David, un Mesías «germen de justicia» (v. 15), expresión que no se reduce al sentido de vástago legítimamente descendiente de David, sino como promesa de un rey que tendrá de verdad la justicia como programa. En el desarrollo de este programa se manifestará el rostro de Dios como "justo". A Jerusalén se le impondrá un nombre nuevo ideal: «Señor-nuestra-justicia», es decir, será el testimonio vivo de la justicia de Dios. El nombre quizás haga alusión al último rey, Sedecías, quien no supo estar a la altura del proyecto que manifiesta su nombre (en hebreo significa "justicia del Señor"). Dios, sin embargo, se manifestará precisamente en el momento en que aparecerá su fidelidad a la promesa de edificar un pueblo nuevo, fundado en la justicia.

 

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 3,12-4,2

Hermanos:

12 ¡Que el Señor os haga crecer y sobreabundar en un amor de unos hacia otros y hacia todos, tan grande como el que nosotros sentimos por vosotros!

13 En fin, que cuando Jesús, nuestro Señor, se manifieste junto con todos sus santos, os encuentre interiormente fuertes e irreprochables como consagrados delante de Dios, nuestro Padre.

4.1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y os exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que pongáis en práctica lo que aprendisteis de nosotros en lo que al comportaros y agradar al Señor se refiere, para que progreséis más y más cada día.

2 Sabéis qué normas os dimos de parte de Jesús, el Señor.

 

*»• La comunidad espera la parusía, cuando «Jesús, nuestro Señor, se manifieste junto con todos sus santos» (v. 13). Todas las exhortaciones de Pablo tiene sentido bajo esta luz.

La iglesia de Tesalónica no es muy problemática para el Apóstol, por eso los consejos se dirigen al día a día de la vida del creyente. Exhorta a esos cristianos a seguir comportándose como ya lo hacen, pero tratando de mejorar constantemente su conducta. La exhortación fundamental es la de mantener viva la caridad (v. 12), ya que constituye el núcleo esencial de la santidad y es la auténtica "forma" de la tensión del cristiano por la venida de Jesús (v. 13).

Otro principio de fondo que, según Pablo, debe configurar toda la vida cristiana es el deseo de «agradar al Señor» (4,1). No hay que tener como norma la aprobación de los hombres, sino lo que agrada a Dios. En el mismo versículo encontramos una invitación que puede pasar desapercibida, aunque sea bastante rara en Pablo: «Para que progreséis más y más cada día».

El Apóstol piensa en una vida cristiana en continuo crecimiento y en constante profundización, ya que la hondura del amor de Dios que nos llama es inagotable.

 

Evangelio: Lucas 21,25-28.34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

25 Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos, asustados por el estruendo del mar y de sus olas.

26 Los hombres se morirán de miedo, al ver esa conmoción del universo; pues las potencias del cielo quedarán violentamente sacudidas.

27 Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y majestad.

28 Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.

34 Procurad que vuestros corazones no se emboten por el exceso de comida, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, porque entonces ese día caerá de improviso sobre vosotros.

35 Ese día será como una trampa en la que caerán atrapados todos los habitantes de la tierra.

36 Velad, pues, y orad en todo tiempo, para que os libréis de todo lo que ha de venir y podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre.

 

*» El relato litúrgico del evangelio se compone de dos fragmentos del llamado "discurso apocalíptico" de Jesús en la versión de Lucas.

En la primera parte (w. 25-28) el discurso se centra en la venida del Hijo del hombre. El Hijo del hombre es el que ha sido humillado y ha padecido por toda la humanidad y al que Dios ha resucitado de entre los muertos, reconociéndolo como Hijo, salvador universal. El cristiano espera el día de su manifestación «con gran poder y majestad» (v. 27), espera que aparezca, plenamente visible, su victoria sobre el mal y su señorío universal.

Según Lucas, el día del Hijo del hombre se anuncia con ciertos signos: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos...» (v. 25). No se trata de manifestaciones que nos permitan calcular con anticipación el momento de la venida de Jesús. Se trata, por el contrario, de acontecimientos que se darán siempre, en cualquier tiempo. De hecho, siempre sucederán catástrofes naturales o desórdenes y acontecimientos dolorosos, lo cual indica que el hombre siempre debe estar a la espera de la venida de Jesús.

Con todo, se darán dos modos de leer los signos: el del que espera con miedo el final de un mundo encaminado a la desaparición y la nada (de ahí la angustia, la locura, el miedo: w. 25-26); y la del que, creyendo, no infravalora el mal, pero a pesar de todo "levanta la cabeza" y abre el corazón a la esperanza porque está seguro de la liberación (v. 28).

En la segunda parte el evangelista resalta dos imperativos:

«Procurad» (v. 34), y «velad y orad» (v. 36). Es preciso tener cuidado con lo que embota el corazón y apaga la esperanza. Hay que vigilar -y aquí aparece la añadidura de la preciosa invitación a la oración- para evitar la perversa fascinación del mal y estar lúcidos para esperar al único que da sentido a nuestra historia: al Hijo del hombre.

 

MEDITATIO

Sin duda, tenemos momentos en que nos centramos en los graves problemas que nos afectan directamente, o a nuestra familia o comunidad. La comunidad creyente con frecuencia precisa echar mano de los consejos más ordinarios, como los que da Pablo a los tesalonicenses. Todos necesitamos fortalecer nuestra fidelidad cotidiana al estilo que nos marca el evangelio, conscientes de que, aunque no tengamos problemas graves, no debemos vivir con una fe encogida ni debemos dar por supuesta la caridad.

Las lecturas bíblicas son una invitación a esperar la venida del Señor con caridad y justicia. El amor del que habla Pablo es un amor "desbordante": «05 haga crecer y rebosar». Si ponemos límites o diques a nuestro amor, no es amor; nuestra caridad cristiana debe encontrar su mejor imagen en la de un río cuyas aguas no se pueden contener.

Además se trata de un amor "recíproco", visible dentro de la Iglesia, y un amor "a todos", expresando así también amor hacia el exterior. No olvidemos que esta llamada a la caridad se da para una Iglesia donde las relaciones con la ciudad no son fáciles. Nuestra caridad con los más próximos y con los lejanos tiene una misma procedencia y una puede ser, hoy para nosotros, la medida de la autenticidad de la otra.

Además es un amor que se debe manifestar más si se desempeña un ministerio en la comunidad; Pablo ha dado ejemplo: «Lo mismo que nosotros os amamos».Finalmente, aparece la caridad que nos lleva a una fe sólida y a la santidad, una solidez que resiste hasta la venida de Cristo: «Para que cuando Jesús nuestro Señor se manifieste, os encuentre interiormente fuertes e irreprochables» (1 Tes 3,13). Reconocemos y confesamos que Jesús es el Señor, sabiendo que su señorío se extiende ya ahora en el mundo donde nos encontramos viviendo su amor.

 

ORATIO

«A ti, Señor, levanto mi alma»: al comienzo del adviento renace en mí la esperanza de volver a caminar por tus sendas que con frecuencia he abandonado. Tu invitación a levantar la cabeza para ver la cercana liberación es lo que mueve mi esperanza. Por eso, a ti levanto mi alma. La promesa de tu venida sostenga de nuevo mi compromiso por obrar el bien.

«Señor, enséñame tus caminos»: al pedirte que endereces mi camino, comprendo que no puedo nada si tú mismo no me enseñas tus caminos. No sólo eso, tú mismo eres el Camino, tú eres el «germen de justicia» capaz de hacer justos nuestros caminos, tú eres el único por el que pueda decidir de nuevo gastar mis días en la caridad.

«Enseñas el camino justo a los pecadores»: Quiero ser sincero, Señor. Ante tu promesa siento todavía más fuerte el tirón de mis distracciones y los afanes que embotan el corazón, observo la capa opresora de males que afligen al mundo en el que vivo y que nos llevan con frecuencia a contentarnos con una vida ordinaria, sin relieve.

Ábrenos a la esperanza, para que no dejemos de pensar noblemente y para que, en definitiva, podamos agradarte.

 

CONTEMPLATIO

Esperamos el día del aniversario del nacimiento de Cristo: levántese nuestro espíritu rebosante de gozo, salga al encuentro de Cristo que viene, siempre adelante con ardor impaciente, casi incapaz de contenerse o de soportar la tardanza... Pido para vosotros, hermanos, que el Señor, antes de aparecer para todo el mundo, venga a visitar vuestro interior. Esta venida del Señor es oculta pero admirable y pone al alma que contempla en la admiración dulcísima de la adoración. Bien lo saben los que lo han experimentado; quiera Dios que quienes no lo han experimentado lo obtengan por el deseo (Guerrico de Igny, Sermones de Adviento, II).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No queda defraudado quien en ti espera» (Sal 24,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tendrá lugar entonces, sin duda, la Parusía sobre una Creación llevada al paroxismo de sus aptitudes para la unión. Revelándose al cabo la acción única de asimilación y de síntesis que se proseguía desde el origen de los tiempos, el Cristo universal brotará como un rayo en el seno de las nubes del Mundo lentamente consagrado.

Las trompetas angélicas no son más que un débil símbolo. Agitadas por la más poderosa atracción orgánica que pueda conocebirse (¡la fuerza misma de cohesión del universo!), las mónadas se precipitarán al lugar en que la maduración total de las cosas y la implacable irreversibilidad de la Historia entera del Mundo las destinarán irrevocablemente; las unas, materia espiritualizada, en el perfeccionamiento sin límites de una eterna comunión; las otras, espíritu materializado, en las ansias conscientes de una interminable descomposición.

De este modo se hallará constituido el complejo orgánico: Dios y Mundo, el Pleroma, realidad misteriosa que no podemos decir sea más bella que Dios solo, puesto que Dios podía prescindir del Mundo, pero que tampoco podemos pensar como absolutamente accesoria sin hacer con ello incomprensible la Creación, absurda la Pasión de Cristo y falto de interés nuestro esfuerzo.

Entonces será el final.

Como una marea inmensa, el Ser habrá dominado el temblor de los seres. En el seno de un Océano tranquilizado, pero que en cada gota tendrá conciencia de seguir siendo ella misma, terminará la extraordinaria aventura del mundo. El sueño de toda mística habrá hallado su manifestación plena y legítima. Dios será todo en todos (P. Teilhard de Chardin, El porvenir del hombre, Madrid 1965, 378- 379).

 

 

Día 3

San Francisco Javier (3 de diciembre)

 

Francisco Javier nació el 7 de abril en Javier (Navarra). Ya maestro de Filosofía y profesor en la Universidad de París, abandonó una prometedora carrera para seguir a Ignacio en la fundación de la Compañía de Jesús. Tras ser ordenado sacerdote, fue enviado como misionero a la India. Desde 1542 ejerció una inmensa actividad apostólica a lo largo de las costas de la India, en Malaca, en las islas Molucas (Indonesia) y en Japón. Murió el 3 de diciembre de 1552 en la isla de Sanciono, frente a China, a donde quería entrar para llevar el Evangelio. El amor a Dios y el celo apostólico cualificaron su vida y le convirtieron en el mayor apóstol de los tiempos modernos. Es patrono de las misiones y modelo de los misioneros.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 9,16-19.22ss

Hermanos:

16 Porque anunciar el Evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo, ¡y pobre de mí si no anunciara el Evangelio!

17 Merecería recompensa si hiciera esto por propia iniciativa, pero si cumplo con un encargo que otro me ha confiado

18 ¿dónde está mi recompensa? Está en que, anunciando el Evangelio, lo hago gratuitamente, no haciendo valer mis derechos por la evangelización.

19 Siendo como soy plenamente libre, me he hecho esclavo de todos, para ganar a todos los que pueda.

22 Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles. He tratado de adaptarme lo más posible a todos, para salvar como sea a algunos.

23 Y todo esto lo hago por el Evangelio, del cual espero participar.

 

**• Dos son los pensamientos que aparecen en este fragmento de la primera Carta a los Corintios. El primero es la obligación que siente Pablo de «anunciar el Evangelio»: ¡pobre de mí si no lo anunciara! (v. 16). Es un encargo que le ha sido confiado y que debe llevar adelante del mismo modo que un siervo sigue las órdenes del patrón. Y por ello no se le debe recompensa alguna.

Lo que él añade como extra es procurarse él mismo su propio mantenimiento, aunque tenga derecho a recibir de los evangelizados lo que le es necesario para vivir.

El segundo pensamiento tiene que ver con el modo como Pablo predica el Evangelio: se ha adaptado lo más posible a todos (v. 22); más aún, se ha hecho esclavo de todos (v. 19), renunciando a su propia libertad, a fin de ganarlos para el Evangelio: «débil con los débiles». En el fragmento omitido por el leccionario, el apóstol añade que se h a hecho judío con los judíos y, con otras palabras, griego con los griegos, a fin de ganar a todos para Cristo (vv. 20ss). De este-modo, se convierte en el modelo de todo misionero llamado por Dios a evangelizar.

 

Evangelio: Marcos 16,15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once

15 y les dijo: -Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura.

16 El q u e crea y se bautice se salvará, pero el que no crea se condenará.

17 A los que crean les acompañarán estas señales: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán en lenguas nuevas,

18 agarrarán serpientes con sus manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos se curarán.

19 Después de hablarles, el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.

20 Ellos salieron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos, confirmando la palabra con las señales que la acompañaban.

 

**• También en esta lectura son dos los elementos puestos de relieve. El primero es, naturalmente, el mandamiento que da Cristo a toda la Iglesia (no sólo a los apóstoles en sentido estricto): id, predicad, entregad la fe, bautizad, llevad la salvación de Dios a toda criatura.

El otro elemento es éste: Jesús «fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes» (vv. 19b-20). La frase conclusiva del evangelio de Marcos expresa la prontitud con la que los Once acogieron el mandato, hasta el punto de verlo ya realizado incluso en su fase final.

Sin embargo, lo más sorprendente es lo que sigue: el Jesús asumido al cielo, el Señor, en realidad se ha quedado con ellos, se convierte en su cooperador, confirmando su palabra con prodigios: así, expulsan demonios, curan a los enfermos y no les hacen mal los venenos (vv. 17ss). También es consolador para los evangelizadores de hoy saber que el Señor camina junto a ellos y que pueden contar con su omnipotencia para vencer a los demonios y todo mal.

 

MEDITATIO

Francisco Javier se quedaría, a buen seguro, de piedra al ver que hoy ninguna parte del mundo dista más de treinta horas de vuelo de otra y que la comunicación telemática es prácticamente instantánea, siendo que él tenía que viajar durante meses sólo para desplazarse de una ciudad a otra de la India y que recibía una carta al año de su superior san Ignacio. Ahora bien, tras esa primera impresión, y con la tenacidad que le caracterizaba,

unida a sus modales tan amables, probablemente nos recordaría nuestro primer compromiso como cristianos: la difusión del Evangelio.

En un mundo donde los ídolos del dinero y del poder encuentran cada día a personas dispuestas a matar y a morir, ¿estamos nosotros preocupados de verdad por dar testimonio del Evangelio con nuestra vida? ¿Es importante para nosotros que todos puedan saborear la Buena Noticia? ¿Estamos animados, como el santo misionero jesuíta cuya memoria celebramos hoy, por el deseo irrefrenable de dar a conocer a Cristo Salvador en los lugares donde transcurren nuestros días, en el trabajo, en la escuela, en la familia, en el mundo? Se trata de una tarea difícil, pues nuestra fe se muestra a menudo débil frente al miedo de vernos ridiculizados en público por nuestro vivir, que ya no está de moda.

Francisco Javier tampoco nació santo, también él estuvo marcado como nosotros por el pecado, y su santa obra en la difícil tierra asiática no estuvo, ciertamente, exenta de errores. Sin embargo, Francisco se dejó iluminar por el Espíritu Santo, permitió a Cristo habitar en su corazón inquieto y fue conducido por Dios Padre por los caminos del mundo, sintiéndose capaz de todo «en aquel que me da la fuerza». Nuestra fe, a menudo tan opaca y apagada, recibe brillantez y pasión de la figura y el ejemplo de este santo, ¿que nos incita a convertir nuestra vida en un testimonio viviente de la Buena Noticia: Dios, que lo puede todo, nos llama a ser sus hijos.

 

ORATIO

Os ruego, ángel bienamado a cuya custodia he sido confiado, que estéis siempre dispuesto a socorrerme. Presentad mis oraciones al oído misericordioso de Dios, nuestro Señor. Que él me conceda, por vuestra mediación, la gracia de hacer el bien y de perseverar hasta el fin. Alejad de mí, por la fuerza de Dios omnipotente, toda tentación de Satanás, y que lo que no merecen mis acciones, viciadas siempre por algún mal, me lo obtengan vuestras plegarias ante Dios. Y que cuando esta vida haya llegado a su término, no permitáis que los demonios me aferren ni me dejéis caer en la desesperación. No me dejéis sin haberme conducido a la visión beatífica de Dios, para gozarme siempre con vos, con la bienaventurada María, Madre de Dios, y con todos los santos. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Me he debatido en muchos peligros durante esta travesía [...]. He visto derramar muchas lágrimas a bordo. Dios nuestro Señor quería someternos a prueba a través de estos peligros, demostrarnos que por nuestra parte somos impotentes si confiamos sólo en nuestras fuerzas o si basamos nuestra confianza en las cosas terrenas, y demostrarnos también todo nuestro poder cuando, abandonando fatuas esperanzas, nos dirigimos con fe al Creador del mundo, que nos hace fuertes, hasta el punto de poder hacer frente a los peligros a los que su amor nos ha expuesto.

Los que se encuentran frente a tales peligros y los afrontan en su nombre se dan cuenta, sin el menor asomo de duda, de que todo lo creado obedece al Creador y saben que el consuelo divino en esos momentos es mayor que el temor a la muerte, pues la vida del hombre debe tener también un fin. Cuando los temores y los peligros han pasado, no es posible describir los momentos vividos, aunque queda el recuerdo de que no podremos dejar de servir a tal maestro, ni en el presente ni en el futuro, esperando que el Señor, cuya misericordia no conoce límites, nos dé siempre la fuerza de servirle (J. Brodrick, San Francesco Saverio, Parma 1961, p. 211 [edición española: San Francisco Javier, Espasa-Calpe, Madrid, s.f).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Todo lo puedo en aquel que me da fuerza» (Flp 4,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Pero la respuesta raramente resulta difícil al primer llamamiento. La dificultad llega más tarde, cuando los errores, el cansancio, los fracasos y el decaimiento han invadido el alma del apóstol. Se había disparado como una flecha: «Vais a ver lo que vais a ver. Ellos (los viejos) no comprendieron nada». Pero un día, como el profeta Elias, se comienza a murmurar: «Basta, Yavé! Lleva ya mi alma, que no soy mejor que mis padres» (1 Re 19,4). [...] Al apóstol le sucede lo mismo que al profeta: su verdadera respuesta, su verdadero compromiso, no vienen sino en un segundo tiempo. [...]

[...] Lejos de ser una contraindicación, la prueba del acerbo descubrimiento de nuestra incapacidad fundamental constituye el auténtico punto de partida: lo anterior no había sido más que un galope de ensayo, cuyo aspecto brillante ocultaba su fragilidad.

Dios tiene su método, y raramente lo cambia. [...]

Es capital para los apóstoles comprender la necesidad de esta purificación: Dios prende en nosotros una llama, pero es preciso que ésta consuma primero b más humano de cuanto hay en nosotros, nuestras atracciones, nuestra naturaleza, nuestras inclinaciones. No es que la naturaleza y la inclinación de nuestras actitudes sean malas; Dios elige a sus servidores y los califica, pero es necesario que todo eso desaparezca en una alquimia misteriosa hasta tener como único motivo de acción el llamamiento de Dios, que envía: «In nomine Domini» (la divisa de Pablo VI) (J. Loew, Perfil del apósfol de hoy, Verbo Divino, Estella 31969, pp. 32-34, passim).

 

 

 

Día 4

Martes de la primera semana de adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 11,1-10

1 Saldrá un renuevo del tronco de Jesé, un vástago brotará de sus raíces.

2 Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de inteligencia y sabiduría, espíritu de consejo y valor, espíritu de conocimiento y temor del Señor.

3 (Lo inspirará el temor del Señor). No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas.

4 Juzgará con justicia a los débiles, sentenciará a los sencillos con rectitud; herirá al violento con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado.

5 Será la justicia el ceñidor de sus lomos; la fidelidad, el cinturón de sus caderas.

6 Habitará el lobo junto al cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el ternero y el leoncillo pacerán juntos; un muchacho pequeño cuidará de ellos.

7 La vaca vivirá con el oso, sus crías se acostarán juntas; el león comerá paja, como el buey,

8 el niño de pecho jugará junto al escondrijo de la serpiente, el recién destetado meterá la mano en la hura del áspid.

9 Nadie causará ningún daño en todo mi monte santo, porque la sabiduría del Señor colma esta tierra como las aguas colman el mar.

10 Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

 

*•• En un escenario desolador, en una selva talada y algunos árboles tronchados, nace un «renuevo» (v. 1), signo de vida y de bendición. El tronco del que brota es la familia davídica, probada por las tragedias de la historia y la infidelidad del pecado. Pero Dios es fiel y recuerda la promesa hecha a David de establecer por siempre su trono. La alusión al «tronco de Jesé», padre de David, recuerda que Dios lleva a cabo sus maravillas no con el David poderoso, sino con el David pequeño, insignificante a los hombres, pero amado por Dios y elegido por él (cf. 1 Sm 16,1-13).

La promesa de Dios se sintetiza en el don divino por excelencia: el Espíritu (v. 2). El Espíritu que era el don de Dios a los jefes libertadores de Israel, a los jueces carismáticos, a los profetas y sacerdotes, a los sabios; aunque todavía no era un don pleno y estable. Sin embargo, según el oráculo presente, el Espíritu se concederá de modo pleno y estable al descendiente de David, a este renuevo del «tronco de Jesé»: «Sobre él reposará el Espíritu del Señor» (v. 2). La plenitud del Espíritu, manifestada en nuestro texto por la cuádruple aparición del término "espíritu", confiere al pequeño rey la totalidad de dones y carismas traducidos en un gobierno justo.

La última parte del texto se ensancha con dimensiones universales: el reino de este niño no se limitará a Jerusalén, sino a toda la humanidad y toda la creación. Con él aparecerá un mundo renovado radicalmente reconciliado, una especie de "nuevo paraíso", cuyo centro es el monte santo de Dios, con la presencia de Dios pacificadora y victoriosa sobre todo mal. De este modo el país será objeto de una inundación, no de hordas enemigas armadas, sino del sabroso fruto del Espíritu que es la «sabiduría del Señor» (v. 9).

 

Evangelio: Lucas 10,21-24

21 En aquel momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo:

-Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

22Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; y quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.

23 Volviéndose después a los discípulos, les dijo en privado:

-Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis.

24 Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

 

**• Jesús reconoce la verdad de su propia vocación de Hijo a través de la fe de los pequeños, es decir, de los que -aun siendo desfavorecidos al parecer de los hombres de religión- han acogido con gratitud y humildad la predicación de los setenta y dos discípulos. Es una realidad que se descubre y celebra con la fuerza del Espíritu, el único que permite al hombre poder leer, en las situaciones más diversas, la voluntad de Dios.

Su grito de «júbilo en el Espíritu» (v. 21) permite intuir el tenor de los acontecimientos por los que se manifiesta la vocación filial de Jesús. Él, a pesar del fracaso de su propia misión y el éxito parcial de la de los discípulos, da gracias al Padre por sus designios insondables, que revelan el misterio del reino a los últimos, los humildes, y los oculta a los soberbios. Esta acción de gracias es reconocer la obra maravillosa de Dios, su acción que confunde la sabiduría humana.

Ahondando más, Jesús admira el "conocimiento" que de él tiene el Padre y, a la vez, exalta el conocimiento que le ha concedido del plan de Dios. Pero hay algo más: en este conocimiento del verdadero rostro de Dios da entrada a sus propios amigos, los que aceptan participar en la familiaridad íntima que lo une al Padre (v. 22). La verdadera felicidad de los discípulos consiste en la participación en esta familiaridad que le hace vivir no ya en el tiempo de la espera, sino en el de la presencia de la salvación (v. 23), ansiada por Israel a lo largo de los siglos.

 

MEDITATIO

Dios actúa de modo imprevisible, desconcertando nuestra sabiduría humana. Ciertamente, los caminos que nos hace recorrer para llevarnos a la salvación son inéditos, nuevos, inesperados, como sugiere el tema del "renuevo de Jesé". El retoño que comienza a despuntar en tronco talado, en medio de un bosque desolado, me recuerda su fidelidad, su promesa inquebrantable y el privilegio de los humildes y pequeños a sus ojos.

También yo seré un privilegiado si acojo el don del Espíritu, que se posó sobre Jesús, el renuevo mesiánico. Y como Jesús, con la fuerza del Espíritu, ha podido descubrir en los éxitos controvertidos de su propia misión el plan sabio del Padre, también yo podré gozar de la atención delicada y llena de ternura que Dios reserva a los pobres y sencillos.

Entonces me encontraré entre aquellos a los que el Hijo revela el misterio de amor de su Padre dándoles entrada en su misma relación de comunión e intimidad.

El Hijo amado del Padre viene a regalarme la vida filial, la verdadera sabiduría, el don del Espíritu con el que Dios quiere colmarme y al mundo entero para superar los desgarrones y divisiones, que parecen ser la triste herencia de los humanos.

 

ORATIO

Señor Jesús, renuevo de Jesé, el Padre ha posado sobre ti el Espíritu. Derrama en nosotros el Espíritu que nos guíe en la búsqueda de la verdadera sabiduría para saber vivir bien y lograr la felicidad verdadera. Derrama en nosotros tu Espíritu, para que nos conceda el comprender nuestra historia en el plan de Dios Padre. Derrama en nosotros el Espíritu de consejo y valentía, para poder tomar decisiones juiciosas y concretizarlas en hechos con perseverancia, paciencia y tenacidad.

Derrama en nosotros el Espíritu de conocimiento, para poder tener contigo una profunda familiaridad que nos permita penetrar los secretos de tu corazón manso y humilde.

Derrama en nosotros el Espíritu del temor del Señor, para que la voluntad del Padre sea verdaderamente el centro de nuestros pensamientos, deseos y proyectos.

Derrama en nosotros el Espíritu con el que revelas al Padre a los pequeños, a los pobres, para que nos haga pobres, gozosos y libres a imitación tuya, el Hijo que nos colma de alegría.

 

CONTEMPLATIO

Soy consciente, Padre omnipotente, de que tú debes ser el fin principal de mi vida, de suerte que mis palabras y sentimientos te expresen. Permíteme dirigirme a ti, Señor, que te hable con toda libertad. Soy un pequeño en la tierra, pero encadenado por tu amor.

Antes de conocerte, estaba oculto el sentido de mi vida y carecía de significado mi existencia. Gracias a tu misericordia he comenzado a vivir: he disipado mi ambigüedad.

He sido instruido en la fe, inmerso en ella sin remedio. Señor, perdóname, no puedo librarme de ti, pero podría morir de ti.

A lo largo del tiempo han surgido infinidad de teorías, pero han llegado tarde; antes de darles oído te he dado mi fe. Ahora soy tuyo (Hilario de Poitiers, La Trinidad, I).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo te alabo, Padre, porque has revelado estas cosas a los sencillos» (Le 10,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No nos lamentemos demasiado fácilmente de la falta de tiempo para leer y no la hagamos responsable de un estado espiritual imputable con frecuencia a nuestra falta de decisión (la decisión de llevar las cosas a la práctica). Volvamos asiduamente al evangelio, a cualquier libro sólido, y tratemos de asimilarlo para vivirlo. No dejemos que se vaya agrandando la fisura entre verdad buscada y meditada y el llevar a la práctica sus exigencias. Es preciso exponer nuestra vida a la luz del Espíritu de Jesús, esforzándonos por practicar el sermón de la montaña, el discurso de la última Cena, el Vía Crucis, las parábolas de la oración y de la fe, y sobre todo el mandamiento del amor: ahí encontraremos la verdadera ciencia de Cristo, la que poseían los apóstoles.

Cualquier momento del día se nos brinda como algo único e irrepetible; por eso, los que no se han abandonado suficientemente al Espíritu y dependen de modo muy rígido de un ideal moral especulativo, no llegan a la santidad perfecta, viva, en consonancia con las exigencias de la vida. Su santidad es artificial, rígida, careciendo del impulso y espontaneidad del amor; son incapaces de un acto de locura en la pobreza, en el amor al prójimo; no viven el Evangelio del Salvador (...).

La lectura de una biografía o de los escritos de los santos con frecuencia son más eficaces para una auténtica vida espiritual que la lectura de libros doctrinales. Velad constantemente por mantener un gran equilibrio en vuestra vida, para conservarla siempre en la sencillez del momento presente y para llevar a la práctica el Evangelio (R. Voillaume, Come loro, Turín s.f.).

 

 

 

Día 5

Miércoles de la primera semana de adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 25,6-10a

6 El Señor todopoderoso preparará en este monte para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados.

7 Arrancará en este monte el velo que cubría la faz de todos los pueblos, el sudario que tapa a todas las naciones.

8 Destruirá la muerte para siempre, secará las lágrimas de todos los rostros, y borrará de la tierra el oprobio de su pueblo -lo ha dicho el Señor-.

9 Aquel día dirán: «Éste es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación, éste es el Señor en quien confiábamos; alegrémonos y hagamos fiesta pues él nos ha salvado».

10 Se ha posado en este monte la mano del Señor.

 

**• La imagen del banquete constituye uno de los símbolos fundamentales para expresar la comunión, el diálogo, la fiesta, la victoria. El banquete anunciado por el profeta Isaías para el final de los tiempos celebra la victoria de Dios sobre los poderes que esclavizan al hombre, proclamando su realeza universal. El lugar de este banquete, abierto a todos los pueblos, es también bastante significativo: se trata de Sión, lugar simbólico de la elección de Israel.

En el banquete el Rey ofrece regalos a los invitados, a la usanza de los reyes y príncipes al ser entronizados. El primer regalo es su presencia, su manifestación a los pueblos que antes caminaban como ciegos: «Arrancará en este monte el velo que cubría la faz de todos los pueblos» (v. 7). A este don sigue otro más llamativo: aniquilará la muerte. A continuación Dios, amorosamente, enjugará las lágrimas de todos los rostros, consolará a todos de su dolor. ¡Éste es un tercer regalo personalizado!

Esta esperanza estriba exclusivamente en la promesa de Dios y no en las conjeturas del hombre sobre su futuro, como subraya el v. 8: «Lo ha dicho el Señor». En este punto desborda el himno de alabanza por la victoria del Señor quien, aun antes de derrotar a los enemigos, se constituye en salvación del pueblo que ponga en Dios su esperanza: «Éste es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación» (v. 9).

 

Evangelio: Mateo 15,29-37

29 Jesús partió de allí y se fue a la orilla del lago de Galilea; subió al monte y se sentó allí.

30 Se le acercó mucha gente trayendo cojos, ciegos, sordos, mancos y otros muchos enfermos; los pusieron a sus pies y Jesús los curó.

31 La gente se maravillaba al ver que los mudos hablaban, los mancos quedaban sanos, los cojos caminaban y los ciegos recobraban la vista; y se pusieron a alabar al Dios de Israel.

32 Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:

-Me da lástima de esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan por el camino.

33 Los discípulos le dijeron:

-¿De dónde vamos a sacar en un despoblado pan para dar de comer a tanta gente?

34 Jesús les preguntó:

-¿Cuántos panes tenéis?

Ellos respondieron:

-Siete, y unos pocos pececillos.

35 Entonces Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo.

36Tomó los siete panes y los peces, dio gracias, los partió y se los iba dando a los discípulos, y éstos a la gente.

37 Comieron todos hasta saciarse, y recogieron siete cestos llenos de los trozos sobrantes.

 

*•• El marco que encuadra el episodio de la segunda multiplicación de los panes es el de Jesús misericordioso que cura a los enfermos (v. 30) y que da a todos su alimento, signo del banquete mesiánico.

Su misericordia es la que se da cuenta de lo que los discípulos no advierten: el hambre y debilidad de sus oyentes. Por eso Jesús, antes de actuar, convoca a sus discípulos, para que participen en su visión compasiva con los pobres y necesitados (v. 32).

El hecho de que poco antes el evangelista nos haya narrado un viaje de Jesús a tierra extranjera (cf. Mt 14,13-21) nos hace pensar que el gentío le sigue desde lejos y pertenecía al mundo pagano. Mateo, aun siendo consciente de que la misión universal es postpascual (cf. Mt 28,18-20), quiere subrayar la misericordia de Dios que se manifiesta en Jesús y se proyecta a todos los pueblos.

En la primera multiplicación (Mt 14,13-21) Jesús se manifestó como el buen Pastor de Israel, haciendo visible la fidelidad de Dios con su pueblo. Ahora son todos los que son invitados al banquete mesiánico, incluso los paganos por la misericordia de Dios.

El pan que reparte recuerda el banquete en el que hay sitio para todos: el número «siete» de las cestas de pan sobrante, como el número «cuatro mil» de los comensales (los cuatro puntos cardinales), simboliza también el tema de la salvación universal que lleva a cabo Jesús.

 

MEDITATIO

Las lecturas bíblicas nos ofrecen una ilustración coherente del rostro de Dios, que viene a sanar nuestra humanidad herida y a saciar nuestras ansias de salvación.

Aparece el retrato de la espera de esa salvación que sólo Dios puede conceder, iluminando nuestros corazones asediados por la ignorancia de Dios y por el desaliento. De hecho, nos reconocemos en el hambre de salvación de la multitud de pobres y enfermos que se agolpan en torno a Jesús. Aparece la imagen de un Dios anfitrión que prepara el banquete para todos y nos ama a cada uno de nosotros con un amor personal que llega hasta a enjugar las lágrimas de cada rostro.

El misterio de la misericordia divina asume para nosotros los rasgos del rostro y gestos de Jesús que sana a los enfermos y sacia con su pan a la multitud hambrienta que le sigue desde hace días. En la hondura de esta compasión de Jesús se nos hace visible el rostro de un Dios médico que cura nuestra humanidad cansada, desmayada y enferma. En él encuentro al divino y generoso anfitrión que me acoge a su mesa y me declara lo importante y precioso que soy a sus ojos.

 

ORATIO

Señor Jesús, venimos a ti, fatigados por nuestras limitaciones, afligidos por nuestras culpas, desilusionados de tantas "mesas" en las que no saciamos nuestra hambre ni apagamos nuestra sed. Te pedimos nos consueles y cures con tu amor, que nos sacies con tu pan y que apagues nuestra sed en la fuente de tu Espíritu.

Acrecienta en nosotros la feliz esperanza, la tensión por el banquete de vida plena y definitiva que, con el Padre, preparas para todos los pueblos. Te bendecimos por tu compasión con los pobres y enfermos con la que nos revelas la bondad misericordiosa del Padre.

Te bendecimos también por el pan de cada día, signo de tu solicitud con nosotros.

Te pedimos que refuerces nuestra caridad para que, en nuestro compartir y en el servicio, podamos ser auténticos testigos de tu gran corazón de pastor que sana y apacienta sus ovejas.

 

CONTEMPLATIO

¡Oh pan dulcísimo!, cura el paladar de mi corazón para que guste la suavidad de tu amor. Sánalo de toda enfermedad, para no guste otra dulzura fuera de ti, no busque oro amor fuera de ti ni ame otra belleza fuera de la tuya, Señor hermosísimo.

Pan purísimo que contiene en sí toda dulzura y todo sabor, que siempre nos fortaleces sin que disminuyas: haz que pueda alimentarse de ti mi corazón y la intimidad de mi alma se colme de tu dulce sabor. Que se alimente de ti el hombre que peregrina todavía, para que, recreado con este viático, no desfallezca a lo largo del camino. Que pueda llegar con tu auxilio por la senda recta a tu Reino: allí ya no te contemplaremos en el misterio, como ahora, sino cara a cara. Y nos saciaremos de modo maravilloso sin que volvamos a tener hambre o sed por toda una eternidad (Juan de Fécamp, Oración para recitarla antes de Misa, 10-11, passim).

 

ACTIO

Repite frecuentemente y vive hoy la Palabra: «Me da lástima de esta gente» (Mt 15,32).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Buscas maneras de encontrar a Jesús. Intentas conseguirlo, no sólo en tu mente sino también en tu cuerpo. Buscas su afecto y sabes que éste implica a su cuerpo lo mismo que al tuyo. Se hizo carne por ti, para que tú pudieras encontrarle en la carne y recibir su amor en ella.

Pero hay algo en ti que impide ese encuentro. Hay todavía mucha vergüenza y mucho sentido de culpabilidad en tu cuerpo, bloqueando la presencia de Jesús. Cuando estás en tu cuerpo, no te sientes realmente en casa; vives como arrojado en él, como si no fuera un lugar suficientemente bueno, suficientemente bello o suficientemente puro para encontrarte con Jesús.

Cuando examinas con atención tu vida, te das cuenta de hasta qué punto se ha visto llena de miedos, especialmente de miedo a las personas con autoridad: tus padres, profesores, obispos, directores espirituales, incluso de miedo a tus amigos. Nunca te consideras igual a ellos y te colocas debajo cuando te encuentras delante de ellos. Durante la mayor parte de tu vida has sentido como si necesitaras su permiso para ser tú mismo (...).

No podrás encontrarte con Jesús en tu cuerpo mientras éste siga con montones de dudas y miedos. Jesús vino para librarte de esos lazos y crear en ti un espacio en el que pudieras estar con él. Quiere que vivas la libertad de los hijos de Dios.

No desesperes pensando que no puedes cambiar después de tantos años. Sencillamente entra en la presencia de Jesús como eres y pídele que te dé un corazón libre de todo miedo en el que él pueda estar contigo. No puedes hacerte a ti mismo diferente. Jesús vino para darte un corazón nuevo, un espíritu nuevo, una mente nueva y un cuerpo nuevo. Deja que él te transforme por su amor y te permita recibir su afecto en todo tu ser (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1997, 54-55).

 

 

 

Día 6

Jueves de la primera semana de adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 26,1-6

1 Aquel día se cantará este cantar en la tierra de Judá:

«Tenemos una ciudad fuerte; Dios la ha protegido con fortificaciones y murallas.

2 ¡Abrid las puertas, para que entre el pueblo justo, que se ha mantenido fiel!

3 Está firme su ánimo, mantiene la paz, porque ha puesto en ti su confianza.

4 ¡Confiad siempre en el Señor, que el Señor es la roca perpetua!

5 Doblegó a los que habitaban en lo alto; derribó a la ciudad encumbrada, la derribó hasta el suelo, la arrojó en el polvo,

6 y será pisoteada por los humildes, por los pasos de los pobres».

 

**• El himno de acción de gracias del profeta es muy denso teológicamente hablando y se expresa en la doble proclamación del auxilio del Señor que da un sólido sostén a la ciudad «fuerte» de Jerusalén (v. 1), en oposición a la soberbia Babilonia.

El himno lo cantan los habitantes de la ciudad, que necesita ser reconstruida y levantar murallas garantes de su seguridad. Pero a veces las "murallas" no sólo defienden de los enemigos; pueden convertirse en una especie de defensa del propio bienestar, en barrera contra los humildes.

Aparece una imagen muy bella en la que el profeta invita a abrir las puertas de la ciudad donde mora un pueblo no encerrado en sus propias seguridades, sino abierto al mundo. La ciudad se convierte en refugio también para otros, llamados «pueblo justo» (v. 2). La descripción de la gente que puede entrar en la ciudad en busca de refugio nos lleva a pensar que los moradores, sus habitantes, no son habitualmente ni justos, ni fieles, ni interiormente seguros.

Se invita a ese grupo étnico unido por vínculos de sangre, de autoridad e historia común a abrirse al «pueblo justo», «que se ha mantenido fiel» (v. 2). Solamente así, con esta apertura al otro, al pobre, los habitantes de la ciudad encontrarán la verdadera salvación y seguridad.

 

Evangelio: Mateo 7,21.24-27

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

21 -No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

24 El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca.

25 Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca.

26 Sin embargo, el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, es como aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena.

27 Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, se abatieron sobre la casa, y ésta se derrumbó. Y su ruina fue grande.

 

*» Las dos imágenes evangélicas antitéticas del hombre prudente y del hombre necio y de los dos resultados contrapuestos corresponden a las fórmulas de la alianza de Dios con Israel, fórmulas que -según los diversos testimonios del Antiguo Testamento- concluyen siempre con una serie de bendiciones y maldiciones. Las frases conclusivas del sermón de la montaña nos dan a entender que bendición y maldición, salvación o destrucción no nos vienen dadas del exterior; son más bien la manifestación de la diversa consistencia del actuar humano y del cimiento en que se funda. Naturalmente que cuesta más construir sobre roca (v. 27), es mucho más cómodo edificar sobre extensas llanuras de arena, pero tales construcciones sin cimientos sólidos están destinadas a ser arrasadas por aguaceros y ventoleras (v. 27), Por consiguiente, es capital la calidad del cimiento; sólo apoyando las obras propias en una Palabra imperecedera de verdad es como la vida humana logra su realización, prescindiendo de exterioridades: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos» (v. 21). Ésta fue la tentación por parte de los carismático-entusiastas de la comunidad primitiva tendente a buscar obsesivamente milagros y manifestaciones espectaculares. Estos grupos olvidan que sólo una obediencia filial y seria a la voluntad del Padre indica la calidad del seguimiento de los discípulos de Jesús (cf. Mt 7,21-23).

 

MEDITATIO

Sólo viviré auténticamente mi discipulado escuchando y llevando sinceramente a la práctica la Palabra del Señor. Contra la tentación de hacer coincidir la vida cristiana con lo extraordinario -llámense exorcismos, curaciones o milagros- debo tratar de buscar los fundamentos de su firmeza: la obediencia cotidiana a la palabra del Señor encarnada en mi vida. El texto evangélico describe dos modos contrapuestos en los que puedo cimentar mi trabajo. Por una parte la búsqueda de lo sensacional, de la apariencia o vanidad de mis efímeras realizaciones.

Es un modo de enmascarar la inconsistencia de mi vida, ignorando que incluso la mínima acción buena que pueda ejecutar es un don de la gracia que exige humildad y agradecimiento. Al manifestarse la fragilidad de mi cometido, me aterrorizará lo mismo que el desplome repentino de una casa. Todavía no tengo morada en la «ciudad fuerte» habitada exclusivamente por «un pueblo justo que observa la lealtad» y que pone el cimiento de su existencia en el Señor, la roca eterna.

En la dirección opuesta aparece la firme decisión de no pretender apoyarme en palabras, en el peligroso juego del aparentar, sino cimentarme en la Palabra del Señor, fuente de seguridad y protección. Entonces incluso podré olvidar mis obras buenas: «Tuve hambre y me disteis de comer, sed y me disteis de beber» (Mt 25,35), manteniéndome lejos de cualquier autocomplacencia. De este modo experimentaré la verdad de lo que dice el Apocalipsis: «Dice el Espíritu, podrán descansar de sus trabajos, porque van acompañados de sus obras» (Ap 14,13). De hecho, a quien se gloría únicamente en la bondad del Señor se le abren las puertas de la «ciudad fuerte» y el Padre le concede la entrada en el Reino, como hijo amado.

 

ORATIO

¡Señor, eres la roca eterna y tus palabras son verdad y vida!

Ayúdame a construir mi vida en tus palabras, sólo así descubriré el cimiento que no vacila, un roca en la que estaré firme, un refugio seguro en las vicisitudes de mi existencia, una lámpara para mis pasos y luz en mi camino.

Perdona mi necedad por cuantas veces he buscado mi plenitud en otra parte, mi cimiento lejos de ti; por cuantas veces he construido sobre arenas movedizas mis proyectos sin confrontarlos con los tuyos, ilusionándome con la autosuficiencia de mis palabras en vez de con una amorosa y gozosa obediencia a tu voluntad.

Señor, acepta mi alma arrepentida y mi corazón humillado, ya que deseo ser y no aparentar, quiero llegar a ser, contando con tu ayuda, un miembro vivo de tu pueblo y anhelo caminar contigo en humildad y justicia, para poder morar en tu ciudad santa.

 

CONTEMPLATIO

«Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los albañiles» (Sal 126,1). Sois templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. Ésta es la casa y éste el templo de Dios, lleno de enseñanzas y prodigios de Dios, morada capaz de la santidad del corazón de Dios. Dios es quien debe construir esta casa (...). Debe levantarse con piedras vivas, aglutinada por la piedra angular, crecer con el cemento de la comprensión mutua, hacia el estado del hombre perfecto a la medida del cuerpo de Cristo, y adornada con la hermosura y esplendor de las gracias espirituales.

El sencillo comienzo de la edificación está lejos de su final, pero continuando en la construcción se llegará al culmen de la perfección (Hilario de Poitiers, Tratado sobre los salmos, 126,7-10, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mt 7,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Es el tiempo del adviento del Señor, en el que Dios viene al encuentro del hombre para redimirlo, liberarlo, justificarlo, hacerle feliz.

Por eso en este tiempo sagrado debemos practicar el bien con mayor celo para merecer con su gracia ser visitados más intensamente.

Esforcémonos, hermanos, por penetrar en la casa de nuestro corazón, apresurémonos a abrir las ventanas, limpiar las telarañas con la humillación de nuestro orgullo, barrer la era con la confesión de las culpas, poner tapices en las paredes con el ejercicio de la virtud, a revestirnos de gala con la práctica de las buenas obras, y preparar un banquete con la lectura y meditación de la Sagrada Escritura (Hugo de San Víctor, Sermón quinto de Adviento).

 

Día 7

San Ambrosio (7 de diciembre)

Ambrosio, miembro de una noble familia cristiana de origen romano, nació en Tréveris (en la antigua Galia) en torno a los años 337-339. Tras la muerte de su padre, fue a Roma y se dedicó con pasión a los estudios e ingresó en la administración pública. Hacia el año 370, fue enviado a Milán, donde, a la muerte del obispo arriano Ausencio, se habían encendido ásperos tumultos por el nombramiento del sucesor. La obra de pacificación de Ambrosio fue tan persuasiva que fue aclamado obispo por todo el pueblo, tanto por los católicos como por los arríanos. Siendo todavía catecúmeno, recibió el bautismo, y una semana más tarde, la consagración episcopal: era el año 374. Como pastor ejemplar, se mostró incansable a la hora de alimentar al rebaño con el pan de la Palabra de Dios, asiduo en la atención a la liturgia, indómito en la defensa de la libertad de la Iglesia. Figura entre los grandes doctores de la Iglesia de Occidente. Murió en Milán el año 397.

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 44,16-17.19-20.23; 45,l-4.15ss

44,16 Enoc agradó al Señor y fue arrebatado, ejemplo perpetuo de conversión.

17 Noé fue íntegro y justo, y en el tiempo de la ira fue preservado: gracias a él quedó en la tierra un resto, cuando se desencadenó el diluvio.

19 Abrahán fue ilustre padre de muchos pueblos, y no hubo quien lo superara.

20 Observó la ley del Altísimo e hizo alianza con él; en su carne selló esta alianza, y en la prueba se mostró fiel.

23 La bendición de todos los hombres y la alianza las hizo descansar sobre la cabeza de Jacob; lo confirmó en sus bendiciones, le dio la tierra en herencia, la dividió en porciones y la repartió entre las doce tribus.

45.1 Hizo salir de Israel un hombre de bien que alcanzó el favor de todos, amado de Dios y de los hombres: Moisés, de bendita memoria.

2 Le dio gloria semejante a los santos, y para terror de los enemigos lo hizo fuerte.

3 Con sus palabras hizo cesar los prodigios, y lo glorificó en presencia de los reyes, le dio mandamientos para su pueblo y le dejó ver algo de su gloria.

4 Lo consagró por su fidelidad y su humildad, y lo escogió entre todos los vivientes;

15 Moisés lo consagró ungiéndolo con el óleo santo. Ésta fue una alianza eterna para él, y para su descendencia mientras dure el cielo: presidirá el culto, ejercerá el sacerdocio y bendecirá al pueblo en nombre del Señor.

16 Lo escogió entre todos los vivientes, para ofrecer el sacrificio al Señor, el incienso y el aroma como memorial, y para hacer la expiación por el pueblo.

 

* La segunda parte del libro del Eclesiástico, o Sirácida, de donde está tomada la primera lectura de la liturgia de hoy, es una contemplación admirada de la gloria de Dios, que se vuelve manifiesta en las maravillas de la naturaleza y todavía más en la historia sagrada.

El autor recorre las etapas fundamentales del largo camino realizado por el pueblo elegido obedeciendo a un misterioso designio divino, y lo hace reevocando las grandes figuras del Antiguo Testamento, desde Enoc hasta

Nehemías. De ahí resulta un apasionado «elogio de los hombres ilustres, de nuestros antepasados por generaciones », pero al mismo tiempo también -y tal vez todavía más- una exaltación del «Dios de nuestros Padres», admirable en sus santos.

La breve perícopa bíblica, construida con una sabia selección de versículos significativos, recoge -tras una breve alusión a Enoc (44,16)- los rasgos más característicos de los grandes patriarcas, como Noé (44,17), Abrahán (44,20), Jacob (44,23), Moisés (45,1-4) y Aarón (45,15ss), y los funde para definir la figura completa de un «hombre de Dios» ideal.

 

Evangelio: Juan 10,11-18

En aquel tiempo, dijo Jesús:

10 Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas;

11 no como el asalariado, que ni es verdadero pastor ni propietario de las ovejas.

12 Éste, cuando ve venir al lobo, las abandona y huye. Y el lobo hace presa en ellas y las dispersa.

13 El asalariado se porta así porque trabaja únicamente por la paga y no tiene interés por las ovejas.

14 Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí,

15 lo mismo que mi Padre me conoce a mí y yo lo conozco a él; y yo doy mi vida por las ovejas.

16 Pero tengo otras ovejas que no están en este redil; también a éstas tengo que atraerlas, para que escuchen mi voz. Entonces se formará un rebaño único, bajo la guía de un solo pastor.

17 El Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo.

18 Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la doy por mi propia voluntad. Yo tengo poder para darla y para recuperarla de nuevo. Ésta es la misión que debo cumplir por encargo de mi Padre.

 

        *» El pasaje del buen pastor (10,21) está colocado, en el evangelio de Juan, en la magna sección que va desde 7,1 a 10,42. Jesús está en Jerusalén para la fiesta de las Chozas, y en el templo, corazón del judaísmo, revela su identidad (7,37-8,59), manifiesta las obras de Dios con la curación del ciego de nacimiento (capítulo 9) y se declara mediador y verdadero guía de Israel.

Jesús se sirve de la imagen del buen pastor para desvelar su identidad mesiánica. Esta imagen, que recoge una serie de riquísimas y sugestivas resonancias bíblicas, nos ayuda a comprender la naturaleza de la relación entre Dios y su pueblo. Baste aquí con traer a la memoria los grandes oráculos de los profetas Ezequiel y Jeremías, las bellísimas composiciones en forma de salmo entre las que sobresale el Sal 22, así como la definitiva revelación apocalíptica del Cordero-Pastor. El pacto de alianza entre YHWH, el Dios único, e Israel, su pueblo, entre Cristo y la Iglesia, entre el «Esposo» (el Espíritu) y el alma, se configura como una relación de amor que es conocimiento, pertenencia recíproca, comunión, fidelidad, ternura, seguimiento, entrega de nosotros mismos hasta el sacrificio de nuestra propia vida...  La descripción podría continuar sin jamás agotar la serie: es imposible encerrar en los límites de las pobres palabras humanas el misterio del amor infinito de Dios.

Sólo Cristo, el Verbo hecho carne, la poderosa Palabra divina aniquilada en el silencio de la muerte, lo ha revelado, puesto que «Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por él» (Jn 4,9).

 

MEDITATIO

Jesús es el buen pastor, el único: sólo él apacienta el rebaño, pero lo hace personificándose en cada pastor  (Agustín de Hipona). Ambrosio constituye, indudablemente, una de las más luminosas imágenes de Cristo por su incansable entrega pastoral. Él, que con impulso apasionado irrumpe con el arrollador «Cristo es todo para nosotros», no vacila en dirigirse a sus fieles exclamando: «Vosotros lo sois todo para nosotros». Totalidad de un amor que abarca, sin distinciones, a Cristo y a la Iglesia, la Cabeza y los miembros: un único cuerpo místico.

Ambrosio ha contemplado el misterio de la Iglesia con una inteligencia de fe y de amor, y la ha visto bella en las almas, santa en la asamblea reunida en oración, fuerte en los mártires, resplandeciente de gracia en las vírgenes, revestida de humildad y debilidad en los pobres y en los pecadores. Y así la ha amado, con los mismos sentimientos de Cristo, y se «ha dado a sí mismo por ella, para santificarla y presentársela a sí mismo, el único Esposo, como virgen casta», íntegra en la fe, inmaculada en la caridad, libre de todo vínculo mundano.

Fiel imagen del buen pastor, se mostró implacable y firme en defender el rebaño de los asaltos de la herejía, de la inmoralidad pagana y de todo tipo de tiranía, pero al mismo tiempo supo mostrarse como un padre tiernísimo, humilde y sencillo, atento y paciente sobre todo con las ovejas débiles y descarriadas. Su caridad pastoral todavía resplandece en la historia de la espiritualidad cristiana con el rostro benigno de la misericordia.

Concédeme, Señor, la gracia de compartir con una comunión íntima el dolor de los pecadores: ésta es la virtud más elevada. Cada vez que se trate del pecado de quien ha caído, concédeme experimentar compasión, no reprocharle de manera altanera, sino gemir y llorar con él de suerte que sufra por otro y llore por mí mismo.

 

ORATIO

En Cristo lo tenemos todo.

Somos todos del Señor y Cristo es todo para nosotros:

si deseas sanar tus heridas, él es médico;

si estás angustiado por la sed de la fiebre, él es fuente;

si te encuentras oprimido por la culpa, él es justicia;

si tienes necesidad de ayuda, él es poder;

si tienes miedo de la muerte, él es vida;

si deseas el paraíso, él es vía;

si aborreces las tinieblas, él es luz;

si andas en busca de comida, él es alimento.

(Ambrosio de Milán, «Sobre la virginidad» 99.)

 

CONTEMPLATIO

Bebe primero el Antiguo Testamento, para beber también después el Nuevo Testamento [...]. Bebe los dos cálices, el del Antiguo y el del Nuevo Testamento, porque en ambos bebes a Cristo. Bebe a Cristo, que es la vid; bebe a Cristo, que es la roca de donde ha brotado el agua. Bebe a Cristo, que es la fuente de vida; bebe a Cristo, que es el río cuya corriente fecunda la ciudad de Dios; bebe a Cristo, que es la paz; bebe a Cristo, que es el vientre de donde brotan veneros de agua viva; bebe a Cristo para beber su discurso. Su discurso es el Antiguo Testamento, su discurso es el Nuevo Testamento. La Escritura divina se bebe, la Escritura divina se devora, cuando el jugo de l a palabra eterna desciende a las venas de la mente y a las energías del alma (Ambrosio de Milán, Comentario al salino I).

Yo te esperaba, Señor Jesús, y por fin has llegado; has dirigido mis pasos con el Evangelio, has infundido en mi boca u n canto nuevo: el Nuevo Testamento (Ambrosio de Milán, «Comentario al salmo XXXIX», 3).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día esta frase de san Ambrosio: «Cristo es todo para nosotros».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Por encima de su rica aportación doctrinal, Ambrosio fue sobre todo pastor y guía espiritual. Sus orientaciones de vida nos ayudan también a caminar con más soltura hacia el objetivo que he señalado como prioritario en la celebración del primer año de preparación para el tercer milenio: el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos. Al respecto, escribí: «Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración cada vez más intensa y de solidaria acogida del prójimo».

En función de este exigente ideal de perfección, al que todos estamos llamados, deseo detenerme añora específicamente a reflexionar sobre la enseñanza espiritual del obispo de Milán. Para ilustrar el camino espiritual propuesto a la Iglesia y a cada cristiano, san Ambrosio recurre a las ricas imágenes que nos brinda el Cantar de los cantares: en el amor de los dos esposos ve representado tanto el matrimonio de Cristo con la Iglesia como la unión del alma con Dios. Dos escritos dedicó, en particular, a este tema: la amplia Expositio psalmi CXVIIIye\ breve tratado De Isaac ve/ anima. En el primero, comentando en íntima relación el salmo 118, con su prolongada meditación sobre la Ley de Dios, y amplios pasajes del Cantar de los cantares, el obispo enseña que la mística de la unión esponsal con Dios debe ser preparada por la disciplina de una vida virtuosa y que, al mismo tiempo, el compromiso moral del cristiano no es algo cerrado en sí mismo, sino que tiene como finalidad el encuentro místico con Dios (Carta apostólica del sumo pontífice Juan Pablo II en el XVI centenario de la muerte de san Ambrosio, IV, 23-24).

 

Día 8

 

Inmaculada concepción de María (8 de diciembre)

 

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 3,9-15.20

9 Pero el Señor Dios llamó al hombre diciendo:

-¿Dónde estás?

El hombre respondió:

10 -Oí tus pasos en el huerto, tuve miedo y me escondí, porque estaba desnudo.

El Señor Dios replicó:

11 -¿Quién te hizo saber que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?

12 Respondió el hombre:

-La mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto del árbol, y comí.

13 Entonces el Señor Dios dijo a la mujer:

-¿Qué es lo que has hecho?

Y ella respondió:

-La serpiente me engañó, y comí.

14 Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente:

-Por haber hecho eso, serás maldita entre todos los animales y entre todas las bestias del campo.

Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida.

15 Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, pero tú sólo herirás su talón.

20 El hombre puso a su mujer el nombre de Eva -es decir. Vitalidad-, porque ella sería madre de todos los vivientes.

 

**• En el capítulo tercero del Génesis se describe el drama más profundo de la humanidad: la caída original que introduce la muerte en la creación. Tras la consumación del pecado por Adán y Eva, hay un momento de silencio en el que se oye sólo a Dios acercarse por el jardín.

No es precisamente motivo de fiesta y encuentro. Ahora Adán se oculta. Pero la voz le interpela: «¿Dónde estás?» (v. 9b). Adán sale de su escondite, pero no responde a la pregunta, mostrando que no está a la altura, no está ya en Dios. Sus palabras dan testimonio de esta triste realidad. En primer lugar declara abiertamente que le domina el miedo y la vergüenza: la criatura hasta hace bien poco libre se siente ahora esclava. Luego, indirectamente, manifiesta el estado de soledad en el que vive: la relación con la mujer y la creación, antes fundada en la amistad y la ayuda recíproca, ahora está sujeta al engaño, la sospecha, la oposición. Frente al Creador, que había gozado con la belleza de la creación, aparece un universo hecho trizas, radicalmente afectado por el mal.

Después de escuchar a los tres culpables, Dios pronuncia la sentencia. El lector que ha seguido desde el comienzo el desarrollo del drama sagrado, esperaría la condena a muerte (de acuerdo con Gn 2,17). Por el contrario, se propone un castigo que aparece como un camino de purificación con vistas a una salvación prometida (v. 15). Dios, que comienza a revelarse como el Misericordioso, se ha puesto de parte del hombre contra la serpiente -símbolo del mal- que recibe la maldición.

La humanidad será ciertamente herida, pero sólo en el calcañar, es decir, en una parte no vital y fácil de curar; la serpiente, por el contrario, será herida en la cabeza, derrotada definitivamente. Por eso se ha definido al v. 15 como "protoevangelio", primer anuncio de la victoria del hombre sobre el pecado y la muerte.

La victoria se atribuye al «linaje de la mujer». La versión griega de los Setenta comprendió "linaje" en sentido individual y el primitivo cristianismo legó el texto en clave mesiánica, como profecía de la encarnación de Cristo. La Vulgata atribuye directamente la victoria a la mujer; de ahí la difundida representación de María aplastando con el pie la cabeza de la serpiente.

Notemos, finalmente, el nombre nuevo que el hombre da a la mujer: Eva, madre de los vivientes (no de los mortales). Podemos ver aquí la prefiguración de María, la nueva Eva que cooperará en la obra de la restauración de la humanidad pecadora y Jesús la consignará como madre de la Iglesia naciente, justo en el momento de su muerte en la cruz.

 

Segunda lectura: Efesios 1,3-6.11-12

3 Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que desde lo alto del cielo nos ha bendecido por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales.

4 Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor. Llevado de su amor,

5 él nos destinó de antemano, conforme al beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo,

6 para que la gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su Hijo querido, se convierta en himno de alabanza a su gloria.

11 En ese mismo Cristo también nosotros hemos sido elegidos y destinados de antemano, según el designio de quien todo lo hace conforme al deseo de su voluntad.

12 Así nosotros, los que tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, seremos un himno de alabanza a su gloria.

 

**• La carta a los Efesios se abre con lo que se ha definido como el Magníficat de Pablo. Él que está viviendo sus duros años de prisión por la fe, en cuanto tiene ocasión de escribir a otros cristianos, deja brotar de su corazón un canto de bendición y alabanza a Dios, invocado no como «Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob», sino como «Padre de nuestro Señor Jesucristo». Cristo es el único Mediador. Cristo es el Mesías, plenitud de la espera de Israel. En el himno se exalta el plan de salvación, contemplado no siguiendo una exposición ordenada y doctrinal, sino cantado y admirado en sus múltiples facetas por quien experimenta su actuación a partir de la propia historia personal.

Cuanto Pablo refiere de sí mismo, vale para cualquier cristiano y de modo preeminente para María. En ella se realiza en plenitud el plan divino de hacernos «santos e irreprochables ante él por el amor», es decir, consagrados exclusivamente a su servicio («santos»), separados de todo lo que es mundano y pecaminoso («irreprochables»). Todo esto no por la capacidad humana, sino por puro don. Ningún mérito, esfuerzo o ascesis podrían jamás reparar el mal que corrompe la humanidad desde sus raíces. La reparación sólo puede recibirse como «herencia», o sea, como un bien recibido gratuitamente, pero que nos hace responsables.

María, la Virgen Inmaculada, no es un ser suprahumano, es la elegida para ser morada del Verbo, ha sido preservada del pecado original «en previsión a los méritos de Cristo Redentor» -como reza la definición del dogma- en razón de su propia vocación. Por María llega a cumplimiento el plan del que nos ha «predestinado a ser sus hijos adoptivos». Se trata de una expresión paulina, que recoge una buena noticia: la vida del hombre no ha sido abandonada a su suerte, ni está destinada a la nada; tiene un sentido: es vida de comunión con Dios, vida de plena libertad, en el amor, en la alabanza, en la gloria.

 

Evangelio: Lucas 1,26-38

26 Al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret,

27 a una joven prometida a un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la joven era María.

28 El ángel entró donde estaba María y le dijo: -Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

29 Al oír estas palabras, ella se turbó y se preguntaba qué significaba tal saludo.

30 El ángel le dijo: -No temas, María, pues Dios te ha concedido su favor.

31 Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús.

32 Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre,

33 reinará sobre la estirpe de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin.

34 María dijo al ángel:

-¿Cómo será esto, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?

35 El ángel le contestó:

-El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios.

36 Mira, tu pariente Isabel también ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que todos tenían por estéril;

37 porque para Dios nada hay imposible.

38 María dijo:

-Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices.

Y el ángel la dejó.

 

**• Leyendo la perícopa de la anunciación en la solemnidad de la Inmaculada concepción, merecen particular atención dos expresiones del saludo del ángel Gabriel a María. Entrando en su presencia, la llama: «Llena de gracia». El término griego, kecharitoméne, explica bien el significado de la palabra: literalmente significa "la agraciada", que ha sido colmada de gracia. María es la criatura humana redimida por Dios de modo radical, perfecto. Su inmaculada concepción es obra de la gracia del Redentor, que en ella ofrece a todos los hombres la imagen y modelo de la vocación de la humanidad.

Luego el ángel dice a María: «El Señor está contigo», usando la expresión tan frecuente en el Antiguo Testamento y que ha acompañado el caminar del pueblo elegido a lo largo de los siglos. El Señor siempre ha estado con su pueblo, aunque el pueblo no siempre ha estado con su Dios. Frecuentemente se alejó, dudó, se sintió abandonado, como en la ocasión emblemática de la rebelión en el desierto, llegando a su culmen en aquella pregunta: «¿Está Dios con nosotros, o no?» (Ex 17,7b).

Aquí estas palabras asumen un sentido pleno, como si el ángel dijera: «Tú estás siempre con el Señor; tú estas unida a él en la medida en que es posible a una criatura». No se trata de un momento de gracia particular, que lentamente se debilita; al contrario, es una unión que se va haciendo más y más íntima.

A las palabras del ángel -indica el evangelista- María «se turbó» (v. 29). No es el temor que tuvo Adán, consciente de su pecado; aquí se trata del sagrado temor ante la misteriosa realidad de Dios; es el sentimiento que invade tanto más a la criatura cuanto más pura es. En su perfecta humildad, María comprende la grandeza de la misión recibida, la gratuidad del don, la desproporción entre la propia debilidad y la omnipotencia divina.

El sí que María da como respuesta resuena como la alabanza perfecta de la criatura, eco fiel del «aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad» (Sal 39,8) con el que el mismo Jesús se adhiere a la voluntad salvífica de Dios.

En el encuentro de estas dos obediencias se cumple el plan de salvación.

 

MEDITATIO

En la fiesta de la Inmaculada, más que hablar de María, sentimos el deseo de acercarnos a ella para que nos introduzca en el misterio de su virginidad, que es un misterio de silencio; en el misterio de su inocencia absoluta, que es un misterio de gozo.

María ya está revestida con vestiduras de salvación, tiene su vestido blanqueado en la sangre del cordero antes de su nacimiento. El Padre, de algún modo, la ha bautizado de antemano en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo para presentarla al mundo tota pulchra, toda hermosa. La fascinación de María está en ignorar su propia belleza: su humildad, su transparencia que la hacen vivir mirando fuera de sí misma, toda donación.

María, virgen y madre, imprime al misterio cristiano su aspecto más sugestivo y fascinante; es un nostálgico reclamo a la pureza, a la inocencia. Incluso el hombre más experimentado en el mal difícilmente puede sustraerse a la fascinante atracción de la inocencia y la virginidad.

Nuestro amor a María esencialmente debe traducirse en el deseo de vivir profundamente, sinceramente, su misterio; deseo siempre más vivo, más hondo, de sumergirnos en su pureza, como un bautismo en su inocencia para salir purificados, revestidos con vestiduras de salvación.

Para cualquier alma, el contacto con la Virgen santa es un contacto que purifica y salva. De algún modo, es ya un contacto con la humanidad del Señor que tomó carne en ella. Nosotros, que nos sentimos tan pobrecillos y frágiles, debemos lograr, por la fe, descubrir cada vez más el milagro de la presencia de María entre nosotros.

 

ORATIO

Oh María, toda santa, todo el paraíso se goza en ti. Con tu belleza consoladora reafirma nuestro corazón para que sepamos comprender la esperanza a la que Dios nos ha llamado, el tesoro de gloria que nos espera en la eterna comunión de los santos.

Oh María, icono de la interioridad, te miramos en tu humilde y fiel permanecer recogida bajo la mirada de Dios, abandonada al poder del Altísimo. Por tu maternal intercesión haz que se derrame abundantemente la gracia del Señor sobre nosotros que contemplamos el inefable misterio de tu belleza, para vivir también nosotros profundamente, allí donde mana con perenne juventud la fuente del amor.

Oh Virgen purísima, que nos has engendrado en el Hijo unigénito de Dios, hijos tuyos de adopción, enséñanos el camino de la caridad sincera, del humilde servicio y del celo infatigable, para que también nuestra vida sea fecunda en la gracia a fin de que todos lleguemos a la presencia del Altísimo «santos e irreprochables por el amor».

 

CONTEMPLATIO

Inmaculada es tanto como decir fulgor de aurora. Preservada inmune de la contaminación original, María fue llena de gracia desde el primer instante de su concepción. Ya desde el seno materno, el alma de María estuvo penetrada de luz divina; tras la noche de largos siglos transcurridos desde la culpa de los progenitores, se alza esta estrella matutina, límpida y pura, transparente e inviolada, mientras en el cielo apunta la promesa del inminente día.

Inmaculada significa visión del paraíso. Aquella gracia, que a ella le fue concedida en grado perfecto y sobreeminente desde el primer instante de su existencia terrena y que a nosotros también nos es dada, si bien en medida ciertamente inferior, es solamente en prenda de la beatitud eterna; para el día en que caerán los velos de la fe, que esconden la visión de Dios, y contemplaremos cara a cara al Señor. La Inmaculada preanuncia el alba de aquel día eterno, y nos guía y sostiene en el camino que todavía nos separa de Él.

A este último fin, coronación de la vida de gracia, deben tender los anhelos de nuestro corazón y los más generosos esfuerzos de fidelidad cristiana (Juan XXIII, Discurso del 7 de diciembre de 1959).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La aurora es un momento fabuloso: el que precede inmediatamente al salir el sol. Antes sólo eran tentativas. Un leve palidecer el cielo por oriente, apenas visible en la noche. Sigue un clarear creciente, lentamente al comienzo, luego más rápidamente, siempre más rápidamente. Finalmente un instante en el que el surgir de la luz es tan victorioso y ardiente, el esplendor tan cegador a los ojos habituados a la noche, que nos podríamos creer ante el mismo sol: apenas un instante después, como una llamarada, su luz arde en el hilo del horizonte. Y finalmente el sol. Hasta ese momento, nos podíamos haber engañado, pues ya se transparentaba en lo que sólo era la aurora. Lo mismo la Inmaculada concepción. Primero, a lo largo de los siglos precedentes, se trataba del alba de Cristo, de los comienzos de su pureza y santidad, ya maravillosos considerando que se realizaban en la naturaleza humana, pero aún oscuros respecto a El. María es el culmen de la aurora, el surgir del día. Pero su luz ilumina a todos. La Inmaculada concepción distingue a María de los demás humanos sólo para unirla más a Cristo, que pertenece a todos (...).

Tras el decreto que estableció la venida de Cristo, se da esta larga preparación que ya la realiza ¡nicialmente y que llena toda la historia antigua de la humanidad. Ahora bien, toda esta preparación lleva a María, porque ella (...) es portadora de Cristo. La preparación es inmensa: es la única obra de Dios mismo en este mundo; se compromete con todo su amor: haciendo confluir, en virtud de su gracia, todo lo que en nuestros esfuerzos humanos hay de verdaderamente bueno: se plasma una naturaleza humana que será la suya.

Llega un día en que todo está preparado. En la Virgen todo se reúne para pasar de ella al Hijo (...). María es la figura absoluta y total, y lo es para siempre, porque, siendo Madre de Dios, es la que une el Hombre-Dios con la humanidad (É. Mersch, La théologie duCorps mystique, I, Tournai 1944, 219-221).

 

Día 9

Segundo domingo de adviento Año C

 

 

LECTIO

Primera lectura: Baruc 5,1-9

1 Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y miseria, y vístete de gala con la gloria que Dios te concede.

2 Ponte el manto de la victoria de Dios, adorna tu cabeza con la diadema gloriosa del Dios: eterno.

3 Porque Dios mostrará tu esplendor a todos los pueblos de la tierra.

4 Dios te dará para siempre este nombre: «Paz en la justicia, Gloria en la piedad».

5 Levántate, Jerusalén, ponte en lo alto y mira hacia oriente; ahí están tus hijos convocados desde donde sale el sol hasta el ocaso, por la palabra del Santo, jubilosos porque Dios se ha acordado de ellos.

6 Salieron de ti a pie, conducidos por el enemigo, pero Dios te los devuelve con honor transportados como en trono real.

7 Porque Dios ha mandado que todo monte elevado y toda colina secular se abajen; que los valles se rellenen y se nivele la tierra, para que Israel avance seguro guiado por la gloria de Dios.

8 Él ha ordenado a los bosques y a todos los árboles aromáticos que den sombra a Israel.

9 Porque Dios conducirá a Israel con alegría al resplandor de su gloria, en medio de su misericordia y de su fuerza salvadora.

 

**• El canto de Baruc forma parte de un poema más amplio y tiene como tema el fin del destierro y la reconstrucción de la capital, Jerusalén. Probablemente se trata de una composición posterior, en la que la situación de la ciudad se convierte en paradigma, en ejemplo aplicable a diversas situaciones. El fragmento se subdivide en dos momentos, marcados por los imperativos. «Jerusalén, despójate de tu vestido de luto, y vístete de gala» (w. 1-4): se dará un cambio radical en la ciudad pasando del luto al gozo, y asumirá nombres nuevos, signo de su nueva situación («paz en la justicia, gloria en la piedad»). Para Baruc la promesa divina conlleva una vida de justicia; ésta traerá la paz y la piedad, es decir, el respeto a Dios, y será motivo de gloria para la ciudad (v. 4). «Levántate, Jerusalén, y mira hacia oriente» (w. 5-9): el renacer de la ciudad consiste en concreto en la vuelta de sus hijos, bajo la guía de Dios que los conduce.

En el v. 2 notamos en particular que a Dios se le llama «El Eterno». Se trata de un apelativo importante porque invita a los oyentes a tener una perspectiva amplia de las circunstancias históricas; el triunfo del mal es pasajero, aunque a veces cause trastornos al hombre.

El autor inspirado enseña que Dios es Señor de la historia y puede resolver a favor del hombre los tiempos de prueba. Es él quien allana el camino de regreso: «Porque Dios ha mandado que todo monte elevado y toda colina secular se abajen; que los valles se rellenen» (v. 7). Para ello somete, a favor de su pueblo, los elementos de la naturaleza (v. 8).

En la página profética aparecen con insistencia algunos términos -como gozo, gloria, justicia- para significar que el encuentro con Dios que viene es gloria para los suyos, para el atribulado que confía en él.

 

Segunda lectura: Filipenses 1,4-6.8-11

Hermanos:

4 Cuando ruego por vosotros lo hago siempre con alegría,

5 porque habéis colaborado en el anuncio del evangelio desde el primer día hasta hoy.

6 Estoy seguro de que Dios, que ha comenzado en vosotros una obra tan buena, la llevará a feliz término para el día en que Cristo Jesús se manifieste.

8 Dios es testigo de lo entrañablemente que os quiero a todos vosotros en Cristo Jesús.

9 Y le pido que vuestro amor crezca más y más en conocimiento y sensibilidad para todo.

10 Así sabréis discernir lo que más convenga, y el día en que Cristo se manifieste os hallará limpios e irreprensibles,

11 cargados del fruto de la salvación que se logra por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

 

*»• Se trata de la página de apertura de la carta a los Filipenses. Nos choca el tono afectivo de Pablo, manifestación de su solicitud pastoral. El tema dominante es el del progreso de los cristianos de Filipos. Dos veces menciona el «día de Cristo Jesús» (w. 6 y 10), prueba clara de que esta espera era muy viva en las primeras comunidades. Esta espera es un estímulo al compromiso, porque el tiempo presente es el tiempo en el que el cristiano puede «crecer», esperando el encuentro definitivo con el Señor.

En cuanto al crecimiento, Pablo recuerda ante todo que Dios mismo lo posibilitará y lo llevará a buen término (v. 6). Se trata sobre todo de un crecimiento en el «amor», que a su vez nos hace profundizar en el «conocimiento», mayor agudeza en el discernimiento, la tensión constante hacia lo mejor, la transparencia e integridad de costumbres: «ruego que vuestro amor siga creciendo más y más en conocimiento y en sensibilidad» (v. 9).

El fin último de toda esta gran tensión espiritual del cristiano es para Pablo: «la gloria y alabanza de Dios» (v. 11).

 

Evangelio: Lucas 3,1-6

1 El año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la región Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene,

2 en tiempos de los sumos sacerdotes Anas y Caifas, la Palabra de Dios vino sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto.

3 Y fue por toda la región del Jordán predicando que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonaran los pecados,

4 como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:

Voz del que grita en el desierto:

preparad el camino al Señor;

allanad sus senderos;

5 todo valle será rellenado

y toda montaña o colina será rebajada;

los caminos tortuosos se enderezarán

y los ásperos se nivelarán.

6 Y todos verán la salvación de Dios.

 

**• Lucas tiene algunos aspectos originales al presentar la predicación del Bautista que permiten captar mejor su mensaje. Pone de manifiesto en primer lugar el acontecimiento de gracia de la «palabra» que viene a él: «vino la Palabra de Dios sobre Juan en el desierto». El desierto de Marcos aparece aquí como el lugar donde la Palabra divina llega al hombre convirtiéndolo en profeta (la expresión es similar a la de Jer 1,4).

Al "acontecimiento" de la Palabra Lucas antepone un cuadro histórico con tono muy solemne: «El año quince del emperador Tiberio César...» (w. 1-2). Esta página no sólo es importante por sí misma, sino también porque enmarca la efusión de la Palabra sobre el Bautista, y cuando sobreviene la Palabra de Dios, la historia humana se convierte en historia de salvación.

Lucas distingue a continuación los dos lugares en los que actúa el Bautista: el «desierto» y el «Jordán». El desierto es el lugar donde "recibe" la Palabra; el Jordán es el lugar donde proclama esta Palabra a los demás invitándolos a la conversión. Habiendo escuchado la Palabra de Dios en el desierto, Juan puede hacer resonar su invitación como oferta de salvación a todos.

La palabra del Bautista se inspira en la magnífica predicación de Isaías (40,3ss): «En el desierto preparad el camino al Señor», pero a Lucas le gusta proseguir con la cita de Isaías hasta el texto en que proclama: «todos verán la salvación de Dios» (Le 3,6) porque Dios desea verdaderamente llegar a todos.

 

MEDITATIO

El comienzo de la época cristiana está marcado con el reaparecer de la profecía. Para Lucas, en Hechos, también el acontecimiento Iglesia comenzará con el don del Espíritu que nos hace profetas a todos los cristianos, hombres de la Palabra, capacitándonos, como al Bautista, para escuchar las urgencias de nuestro tiempo y proclamar la Palabra de salvación que enderece nuestros senderos humanos.

¿Qué quiere decir, para nosotros, ser profetas? Ante todo y fundamentalmente significa recibir un anuncio de esperanza de parte de Dios. «Todo valle será rellenado y todo monte abajado» y Dios es el sujeto de estas acciones.

Él será quien rebajará los montes y rellenará los valles de nuestra soberbia, de la injusticia social, de la incredulidad de nuestro corazón y allanará para cada uno de nosotros el camino de la conversión antes de que nos mande recorrerlo. Ciertamente que no nos faltarán cansancios cuando colaboremos responsablemente en enderezar los caminos. Pero si es Dios quien interviene, quiere decir que ninguna de nuestras situaciones, por duras que sean, carecen de esperanza; precisamente nuestro compromiso "profético" está para que se pueda realizar nuestra esperanza.

Además al profeta nunca le falta el desierto. Decir desierto significa silencio, búsqueda de la esencialidad, lucha contra la propia soberbia y contra los múltiples enemigos del alma, escucha atenta de la Palabra, distancia crítica de las "modas" y juicios demasiado precipitados.

Quizás no resulte fácil pensar que ante una multitud bulliciosa sea más probable encontrar a alguno que escuche, pero el Bautista no parece que pensaba así. Juan nos enseña a amar el desierto, aunque conlleve no pocas situaciones de pobreza, indiferencia, injusticia, en las que se nos invita a hacer resonar la Palabra del consuelo y la fraternidad.

 

ORATIO

Me sorprende también este año tu promesa, Señor: mientras voy caminando con la Iglesia para preparar la Navidad, escucho que eres tú quien me abres el camino de la conversión.

Me abres un camino alcanzándome con tu Palabra, mientras yo con frecuencia la escucho distraídamente y sin entusiasmo, tú me recuerdas que el encuentro con tu Palabra es más fuerte que la potencia de los imperios y que los grandes de este mundo transformando mi vida en historia de salvación. Enséñame a escuchar, enséñame el silencio.

Me abres un camino prometiendo rebajar los montes y rellenar los valles. Si no fuera porque tú me lo dices, estaría tentado de pensar que tengo la batalla perdida de antemano: que no cese, Señor, de luchar contra las montañas del orgullo, de la ira, de los vicios y no me asuste por los fallos de mi respuesta poco generosa.

Me abres un camino indicándome tantos desiertos que encuentro a mi alrededor y los espacios vacíos que nuestra caridad no sabe cómo llenar: que pueda, Señor, hacer lo que esté de mi parte, sin desanimarme por tantas cosas como no puedo o no sé hacer.

 

CONTEMPLATIO

El amor divino sana todas las enfermedades del alma, arranca las raíces de todos los vicios, es el comienzo de todas las virtudes: ilumina la inteligencia, purifica la conciencia, serena el espíritu, revela a Dios.

Quien posee el amor divino, piensa siempre en su encuentro con Dios; trata de evitar los escándalos y de encontrar la auténtica paz. Su corazón está siempre orientado a lo alto, a los bienes del cielo: en el trabajo o en el reposo, en cualquier circunstancia su corazón no se aleja nunca de Dios. En el silencio piensa en Dios, en las conversaciones sólo desea hablar de Dios y de su amor. Cuando exhorta a otros, inflama sus sentimientos, y al exaltar ante todos el amor divino, demuestra cuan dulce es con las palabras y con el ejemplo.

Ven a nuestras almas, amor divino, ensancha los corazones, acrecienta los santos deseos, amplía la capacidad del espíritu para que pueda acoger a Dios como su eterno huésped (Hugo de San Víctor, In lode del divino amore, Milán 1987, 284-286).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Preparad el camino del Señor. Todos verán la salvación de Dios» (Le 3,4-6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La soledad es el horno de la transformación. Sin soledad seguimos siendo víctimas de nuestra sociedad, seguimos enredados en las ilusiones de nuestro falso yo. Jesús mismo entró en este horno Para entender el verdadero significado de la soledad, es necesario desenmascarar algunas ideas deformadas de la misma. Todos admitimos la necesidad de algunos ratos de soledad. Sin embargo, lo que queremos a veces decir es la necesidad que tenemos de un tiempo y un lugar para nosotros mismos, un tiempo y un lugar en que nadie nos moleste. Soledad es a menudo para nosotros sinónimo de privado.

Es más, pensamos en la soledad como una especie de estación de servicio en la que podemos cargar nuestras baterías, o como el rincón de un ring de boxeo en el que ponen aceite en nuestras heridas, dan masaje a nuestros músculos y nos animan a seguir en la lucha mediante eslóganes apropiados. Para ser breves, pensamos en la soledad como en el lugar en que reparamos nuestras fuerzas para proseguir la competencia incesante de nuestras vidas.

No es ésta la soledad de Juan Bautista, san Antonio o san Benito, de Carlos de Foucauld o los hermanos de Taizé. Para ellos, la soledad no es un lugar terapéutico privado, sino el lugar de la conversión, el lugar donde muere el viejo yo y nace uno nuevo, el lugar donde emerge el hombre nuevo y la mujer nueva (H. J. M. Nouwen, El camino del corazón, Madrid 1986, 21 -23).

 

Día 10

Lunes de la segunda semana de adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 35,1-10

1 Se alegrarán el desierto y el yermo, la estepa se regocijará y florecerá; florecerá como el narciso,

2 se regocijará y dará gritos de alegría; le han dado la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón; y verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios.

3 Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes,

4 decid a los cobardes: «¡Ánimo, no temáis!; mirad a vuestro Dios: trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvaros».

5 Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán,

6 brincará el cojo como un ciervo, la lengua del mudo cantará.

Brotarán aguas en el desierto y arroyos en la estepa;

7 el páramo se convertirá en estanque, la tierra sedienta en manantial.

En el cubil de los chacales brotarán cañas y juncos.

8 Cruzará por allí una calzada cuyo nombre será «Vía Sacra». Los impuros no pasarán por ella.

Él mismo guiará al caminante, y los inexpertos no se extraviarán.

9 No habrá en ella leones, ni se acercarán las bestias feroces. Los rescatados caminarán por ella,

10 por ella volverán los liberados del Señor.

Llegarán a Sión entre gritos de júbilo; una alegría eterna iluminará su rostro, gozo y alegría los acompañarán, la tristeza y el llanto se alejarán.

 

*»• En la breve escatología profética de este capítulo isaiano encontramos un auténtico "canto a la alegría" por la renovación cósmica y sobre todo antropológica que afecta a la debilidad del cuerpo mutilado y del ánimo apocado. Se trata de una renovación que lleva a cabo el Señor, creador y salvador. No se trata simplemente de una celebración de la vuelta de los deportados, sino de una proclamación de fe que reconoce en el actuar del Señor el cumplimiento de los más auténticos deseos humanos, ese anhelo de felicidad que alberga en lo hondo del corazón.

Este regocijo contrasta con el árido desierto y la estepa. Es la oposición entre el gozo que viene del Señor y que atraviesa, riega y vivifica toda la existencia, y el dolor y la aflicción que han pesado sobre el pueblo durante el destierro. El motivo último de la alegría es la intervención del Señor, que ha dado un vuelco a la historia y ahora guía a su pueblo por un sendero seguro.

Con la ayuda del Señor, el camino del pueblo es ágil, hasta tal punto que los cojos no sólo caminan, sino que «brincan», y los mudos no sólo hablan sino que «cantan». La belleza poética del texto va a la par con su profundidad teológica al releer el texto a la luz del Nuevo Testamento. Dios mismo se ha acercado a nosotros, ha cargado con nuestras miserias, ha dado un vuelco a la historia muriendo por los hombres.

 

Evangelio: Lucas 5,17-26

17 Un día, mientras Jesús enseñaba, estaban allí sentados algunos fariseos y maestros de la ley que habían venido de todas las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén. Y el poder del Señor lo impulsaba a realizar curaciones.

18 En esto, aparecieron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y querían introducirlo para ponerlo delante de Jesús;

19 pero, como no veían la manera de hacerlo a causa del gentío, subieron a la terraza, lo bajaron por el techo en la camilla y lo pusieron en medio, delante de Jesús.

20 Viendo la fe que tenían, Jesús dijo:

-Hombre, tus pecados quedan perdonados.

21 Los maestros de la ley y los fariseos empezaron a pensar:

«¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?».

22 Pero Jesús, dándose cuenta de lo que pensaban, les dijo:

-¿Qué es lo que estáis pensando?

23 ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados quedan perdonados; o decir: Levántate y anda?

24  Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió hacia el paralítico y le dijo:

-Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

25 Él se levantó en el acto delante de todos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa, alabando a Dios.

26 Todos quedaron atónitos y alababan a Dios, llenos de temor, diciendo:

-Hoy hemos visto cosas extraordinarias.

 

*•• Los espectadores del presente episodio evangélico se quedan sorprendidos por el hecho de que Jesús, ante este enfermo, que le presentaron de un modo un tanto rocambolesco, no lo curara inmediatamente, sino que le dirigiera unas palabras de perdón: «Hombre, tus pecados quedan perdonados» (v. 20). Sin embargo, el mismo texto evangélico proporciona un indicio que ayuda a superar el asombro: «Jesús, viendo la fe que tenían, dijo...».

El evangelista nos indica con este detalle que es a la «fe» de estos camilleros que no se detienen ante ningún obstáculo a los que Jesús puede decir algo semejante. Sólo quien tiene fe sabe reconocer que el problema más grave del hombre es el pecado.

Para eliminar de los hombres esta ceguera Jesús está como obligado a hacer el milagro (v. 22). Ciertamente la objeción secreta de los escribas parece oportuna, pero enmascara su indiferencia, su sentirse superiores a los demás. A juicio de los escribas, Jesús es un blasfemo porque se arroga un poder que compite sólo a Dios (v. 21). Pero tales pensamientos y su reto interior a Jesús les impiden ver dos cosas: cuál es el verdadero mal que aflige al enfermo y el hecho de que Dios no es celoso de su poder de perdón. Con la venida de su Reino desea provocar una práctica profunda y universal de perdón, teniendo como modelo y fuente el perdón que el Hijo del hombre ha venido a traer (v. 24). Esto es lo que debe suscitar la alabanza, indicada puntualmente por Lucas, el evangelista de la oración.

 

MEDITATIO

El hecho de que Jesús responda con palabras de perdón a la búsqueda de los camilleros que llevan confiados al paralítico, quizás me resulte también a mí un tanto decepcionante. Y, sin embargo, si tuviese de verdad fe en Jesús, aprendería a compartir su modo de enfocar los "problemas" de la humanidad y comprendería que el perdón es más urgente que cualquier otra cosa, porque el pecado es la mayor de las desgracias que atenazan a la humanidad. Su Reino se manifiesta sobre todo como reconciliación de mi ser con Dios, como nueva posibilidad, dándome la gracia de volver a emprender el camino después de la parálisis de mi libertad causada por mi culpa.

«¿Qué es más fácil?» (v. 23). Los que no tienen fe en Jesús quizás siguen pensando que son otros y más serios los problemas humanos: la defensa de la salud, la economía, la gestión del poder, el subdesarrollo, los desequilibrios ecológicos, etc. La Palabra de Dios resuena como condena de mi ceguera espiritual, que vuelve mi corazón incapaz de descubrir los auténticos signos del actuar divino en nuestra historia. La Palabra no se limita a denunciar mi pecado, sino que me brinda a la vez la gran noticia del perdón. Por esta razón mi desierto florece y la estepa árida pulula con nueva vida.

 

ORATIO

«Dios de la libertad y de la paz, que en el perdón de los pecados nos das un signo de la nueva creación, haz que toda nuestra vida, reconciliada en tu amor, sea alabanza y anuncio de tu misericordia».

Hoy, Señor, quiero unirme con mis hermanos y hermanas a la alabanza del paralítico, perdonado y sanado por ti, y proclamar la grandeza de tu don: el perdón de mis pecados. Con frecuencia también yo he pensado que mis problemas fuesen de otro tipo. ¡Era un necio sin comprender! Ahora tu Palabra me ha manifestado mi verdadero mal y me ha llevado a ti, mi salvación y mi guía. Ahora mi desierto ha florecido y mi estepa abunda de tu agua. Con el salmista también puedo proclamar: «Dichoso el que ve olvidada su culpa y perdonado su pecado... Te reconocí mi pecado, no te encubrí mi falta; me dije: "confesaré al Señor mis culpas", y tú perdonaste mi falta y mi pecado» (Sal 32).

 

CONTEMPLATIO

Tú, el más pequeño de los humanos, ¿quieres encontrar la vida? Mantén la fe y la humildad y (...) ahí encontrarás al que te custodia y vive secretamente junto a ti (...). Cuando te presentas a Dios en la oración, sea tu pensamiento como la hormiga, como uno que se arrastra por tierra, como un niño que balbucea. Y no digas nada ante él que pretendas saber. Acércate a Dios con corazón de niño.

Ponte ante él para recibir los cuidados de padres que velan por sus niñitos. Se ha dicho: «El Señor guarda a los sencillos» (...). Cuando Dios vea que te fías más de él que de ti mismo (...), una fuerza desconocida te penetrará interiormente. Y sentirás en todo tu ser el poder del que está contigo (Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 19 passini).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Ánimo! Nuestro Dios viene a salvarnos» (Is 35,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Señor Jesús no vendrá rápidamente más que si lo esperamos con ardor. Lo que hará estallar la Parusía es una acumulación de deseos. Cristianos, encargados tras Israel de conservar viva sobre la tierra la llama del deseo, tan sólo veinte siglos después de la Ascensión, ¿qué hemos hecho de la espera?

¿Cuál es el cristiano en el que la nostalgia impaciente por Cristo llega no a hundir (como debiera ser), sino tan siquiera a equilibrar sus cuidados de amor y sus humanos intereses? ¿Dónde está el católico tan apasionadamente vertido (por convicción y no por convención) a la esperanza de la Encarnación, que ha de extenderse, como lo están muchos humanitaristas a los sueños de una Ciudad nueva? Seguimos diciendo que velamos en expectación del Señor. Pero en realidad, si queremos ser sinceros, hemos de confesar que ya no esperamos nada.

Hay que reavivar la llama a cualquier precio. A toda costa hay que renovar en nosotros el deseo y la esperanza del gran Advenimiento (P. Teilhard de Chardin, El medio divino, Madrid 61967, 171-172).

 

Día 11

Martes de la segunda semana de adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 40,1-11

1 Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios,

2 hablad al corazón de Jerusalén, gritadle que se ha cumplido su condena y que está perdonada su culpa, pues ha recibido del Señor doble castigo por todos sus pecados.

3 Una voz grita: «Preparad en el desierto un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios».

4 Que se eleven los valles, y los montes y colinas se abajen; que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane.

5 Entonces se revelará la gloria del Señor y la verán juntos todos los hombres -lo ha dicho la boca del Señor-.

6 Una voz dice: «¡Grita!» Y yo pregunto: «¿Qué he de gritar?» «Toda carne es como hierba, todo su encanto como flor del campo».

7 Se seca la hierba, se marchita la flor, al pasar sobre ellas el soplo del Señor;

8 se seca la hierba, se marchita la flor, pero permanece para siempre la palabra de nuestro Dios.

9 Súbete a un monte elevado, mensajero de Sión; alza tu voz con brío, mensajero de Jerusalén; álzala sin miedo y di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios,

10 aquí está el Señor; viene con poder y brazo dominador; viene con él su salario, le precede la paga.

11 Apacienta como un pastor a su rebaño y amorosamente lo reúne; lleva en brazos los corderos y conduce con delicadeza a las recién paridas».

 

**• Durante el destierro de Babilonia la desconfianza y la tristeza oprimen el corazón de los deportados. Se preguntan si el Señor se ha olvidado de su pueblo, si es válida todavía su Palabra, si subsiste un hilo de esperanza para Jerusalén. Es entonces cuando el Señor suscita un profeta anónimo, cuyos oráculos se añadieron al libro del profeta Isaías, porque de algún modo prolongan su mensaje. De estos oráculos (Is 40-55) la lectura de hoy es el pórtico, anticipando el tema de todo el contenido de su actividad profética. Dios pide al profeta y a sus discípulos que sean portadores de la buena noticia que les confía (v. 9). La consoladora noticia consiste en una relación renovada con el Señor, en una alianza restaurada.

Y para el segundo Isaías un signo visible de esta renovada relación amorosa con el Señor es el regreso a la patria de los desterrados, que se llevará a cabo no en tono menor, sino de modo triunfal, en medio de una creación festiva, con el Señor que camina a la cabeza del pueblo, como triunfante guerrero y cariñoso pastor.

El papel del profeta y de los que se adhieran a su mensaje será precisamente preparar esta venida del Señor (v. 3). El ánimo del pueblo -rendido como un terreno accidentado por las pruebas, sufrimientos, desilusiones e infidelidades- podrá ahora acoger la revelación de la gloria de Dios igual y más que la gloria manifestada en el camino del éxodo (v. 5). Y aunque el hombre sea frágil y sus promesas efímeras (w. 6-8), la Palabra del Señor es estable y su compromiso con la humanidad es eterno: el pueblo deportado deberá confiar en esta estabilidad de la promesa del Señor.

 

Evangelio: Mateo 18,12-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

12 ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve e irá a buscar la descarriada?

13 Y si logra encontrarla, os aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se extraviaron.

14 Del mismo modo vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

 

**• La parábola de la oveja perdida en Lucas (15,3-7) es una exhortación a compartir la alegría del perdón que Dios otorga a los pecadores que se convierten y a la vez a disponernos al perdón. En el texto de Mateo, la misma parábola forma parte del discurso eclesial (cap. 18), en el que Jesús comunica a los discípulos algunas indicaciones preciosas acerca de la vida comunitaria: el esfuerzo por hacerse pequeños, disponibilidad a la acogida, atenciones para el que vacila en la fe...

En coherencia con dicho contexto, para el primer evangelista la parábola de la oveja perdida no habla directamente de Dios que se pone a buscar la oveja, sino de la comunidad, que debe ser "signo del rostro de Dios", de Dios que va a la búsqueda de la oveja perdida con una solicitud pastoral por el "pequeño" y más aún por el que se ha extraviado, por el pecador.

Dejar las noventa y nueve ovejas para buscar una es una locura; pero así es la locura de Jesús y debe ser la locura de la comunidad (v. 14). La comunidad no debe dejarse guiar por criterios de eficiencia, sino por el "cuidado" con el pequeño, con el insignificante, con el marginado o lejano, por el motivo que fuere. No se asegura automáticamente el éxito (v. 13: «Si logra encontrarla...»), pero se exhorta a la comunidad a no olvidar nunca el buscar la oveja perdida, porque será fuente de gran alegría: «05 aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se extraviaron» (v. 13).

 

MEDITATIO

Una de las imágenes más bucólicas y profundas del Dios bíblico es la del "buen Pastor". Nos sugiere su solicitud y la fuerza de su intervención para vencer a los enemigos de la libertad y dignidad de su pueblo; nos dice que es un guía seguro para el difícil y espinoso camino de nuestra vida.

En nuestro vivir como comunidad de discípulos experimentamos directamente el consuelo de nuestro Dios, el ser llevados delicadamente sobre los brazos de su tierna solicitud pastoral. Ésta es la razón última para espolearnos a buscar constantemente al que se ha perdido.

De hecho, nosotros somos los primeros en sentir el consuelo del Señor, y experimentamos la fidelidad del Padre con el pequeño y descarriado.

En cuanto comunidad de discípulos, estamos llamados a manifestar a todos el rostro del Padre misericordioso, buscando a quien en las vicisitudes de la vida ha perdido la fe y la esperanza. Somos consolados que deben ser consoladores, haciéndonos compañeros de viaje de quien tiene el corazón abatido, fatigado por el dolor o la culpa. Lo podemos hacer en la conciencia de que el consuelo no procede de nosotros, que somos carne, frágiles como hierba y flor del campo, sino que proviene de la Palabra de Dios, que es la única que permanece para siempre (Is 40,8).

 

ORATIO

Tu anuncio, Señor, es "evangelio" porque nos trae el consuelo, a nosotros débiles, descarriados, esclavos de tantos otros señores.

«Súbete a lo alto de un monte, tú que llevas buenas noticias a Sión» (Is 40,9). También hoy diriges este mensaje de amor al corazón de tu pueblo, porque eres el Dios de la alianza. Eres el divino Amante que nos dirige su invitación amorosa y nos habla a lo profundo de nuestro corazón.

Tú, Señor, eres el Padre de todo consuelo, que a nosotros, peregrinos en la tierra, nos prometes el cielo y la tierra nueva. Haz que también nosotros podamos consolar a los demás con el mismo consuelo con que tú nos consuelas. Espolea nuestros corazones para que nos pongamos contigo a la búsqueda de lo que estaba perdido: tú eres el Pastor que quiere salvar a la oveja perdida, infinitamente amada por tu corazón. Y si estamos perdidos, si estamos lejos de ti, concédenos escuchar las llamadas de la voz de tu Hijo, manso y humilde de corazón, que nos exhorta a volver a tu redil, a la verdadera vida que sólo es posible contigo.

 

CONTEMPLATIO

Ven, Señor Jesús, busca a tu siervo, busca a tu oveja inválida, se ha ido errando tu oveja para que tú anduvieras recorriendo los montes. Deja las noventa y nueve y ven a buscar a esa que está perdida. Ven sin perros, ven que ya hace tiempo que espero tu venida. Ya sé que estás para llegar. Ven sin bastón, pero con amor y actitud clemente. Ven a mí que he estado vagando, lejos de tu rebaño, por los montes.

Búscame, porque yo te busco. Rodéame, encuéntrame, levántame, llévame. Tú puedes encontrar lo que buscas. Tú aceptas llevar sobre ti lo que has encontrado. No te da fastidio un peso de amor. Ven, pues, Señor, porque tú eres el único que puedes hacer volver a una oveja vagabunda sin contristar a las que has dejado, porque también ellas se alegran del retorno del pecador.

Ven a ejecutar la salvación a la tierra, la gloria en el cielo (San Ambrosio, Comentario al Salmo 118, XXII, 27-29).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños» (Mt 18,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Gracias, Señor.

Si me hubiese contentado con el deseo que me llevaba a buscarte, sin saber dónde te hubiera podido encontrar, estaría todavía caminando con mi deseo insatisfecho o con la ilusión de haber encontrado.

Te he encontrado de verdad porque tú has salido a mi encuentro en mis caminos de pecado: nombre entre los hombres, cuerpo bendito al que yo mismo ayudaba a despojar o flagelar: rostro santo, al que mis labios como los de Judas besaron: corazón que atravesé...

Ninguna sed creó nunca las fuentes ni hizo brotar agua de la arena. Tu sed, por el contrario, me ha saciado, porque si tú no hubieras venido por mis caminos, si tú no te hubieras dejado crucificar por mí, te nabría quizás buscado, pero no te habría encontrado nunca (Primo Mazzolari).

 

Día 12

Nuestra Señora de Guadalupe (12 de diciembre)

 

En 1531, una Señora del Cielo se apareció a un pobre indio en un cerro al noroeste de la actual ciudad de México; se identificó como la Madre del verdadero Dios, le encargó que hiciera que el obispo construyera un templo en ese lugar y dejó una imagen de sí misma milagrosamente impresa en su tilma, un tejido de cactus.

En 1999, el papa Juan Pablo II, en su homilía durante la misa solemne en la basílica de Guadalupe, en su tercera visita al santuario, declaró la fecha del 12 de diciembre con el rango litúrgico de fiesta para todo el continente de las Américas.

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 7,10-14

10 El Señor se dirigió otra vez a Acaz y le dijo:

11 «Pide al Señor, tu Dios, una señal, aunque sea en las profundidades del abismo o en las alturas del cielo».

12 Acaz respondió: «No la pediré, no quiero tentar al Señor».

13 Isaías dijo: Escuchad, pues, casa de David: ¿os parece poco cansar a los hombres, para que queráis también cansar a mi Dios?

14 El Señor mismo os dará una señal. Mirad: la virgen encinta da a luz un hijo, a quien ella pondrá el nombre de Emanuel.

 

**• En unas circunstancias históricas en las que el reino de David está amenazado por la invasión de otros reyes ajenos, Dios quiere intervenir, pero Ajaz prefiere prescindir de esa ayuda. Entonces Dios mismo toma la iniciativa y, a través del profeta Isaías, anuncia una señal de esperanza: un niño, que nacerá de una joven, heredará y salvará la dinastía davídica.

Ciertamente, es un pequeño signo que exige fe. ¿Qué puede significar un niño frágil frente a los ejércitos que avanzan?

La interpretación cristiana ha tomado siempre a la joven-virgen como María, y al niño Emmanuel, el Dios con nosotros, como Jesucristo. Él es el Salvador!

 

Segunda lectura: Gálatas 4,4-7

4 Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley,

5 para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la condición de hijos adoptivos.

6 Y como prueba de que sois hijos, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba, Padre!

7 De suerte que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por la gracia de Dios.

 

**• Pablo ve realizada en María y Jesús la promesa hecha a Acaz en tiempos de Isaías. La venida de Jesús al mundo ha señalado la plenitud del tiempo y h a cumplido las antiguas promesas. Dios tuvo la iniciativa de enviar a su Hijo, nacido de una mujer, y así el hombre ha sido elevado de nuevo a la dignidad de hijo.

Pablo, con las figuras domésticas de una familia y su servidumbre, nos revela el auténtico sentido de la vida y la posibilidad que tenemos de llegar a ser hijos adoptivos del mismo Padre. No siervos, sino libres, con la libertad de los hijos d e Dios. Además, con la confianza que inspira el Espíritu Santo para poder llamarle a Dios «papá».

Y la mujer elegida como instrumento privilegiado para todo este proyecto divino fue María.

 

Evangelio: Lucas 1,39-48

39 Unos días después, María se dirigió presurosa a la montaña, a una ciudad de Judá.

40 Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

41 Cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo.

42 Y dijo alzando la voz: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!

43 ¿Y cómo es que la madre de mi Señor viene a mí? 44 Tan pronto como tu saludo sonó en mis oídos, el niño saltó de alegría en mi seno.

45 ¡Dichosa tú, que has creído que se cumplirán las cosas que te ha dicho el Señor!».

46 María dijo: «Mi alma glorifica al Señor " y mi espíritu se regocija en Dios, mi salvador,

48 porque se ha fijado en la humilde condición de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones.

 

*+• Se nos narra aquí el prodigioso y feliz encuentro entre dos madres y sus hijos en la montaña de Judá, encuentro que se repetirá en la historia de María y Juan Diego en el cerro Tepeyac de México. María, desde Nazaret, hizo la primera marcha misionera. Había sido visitada por Dios y va a encontrarse con Isabel. Ambas han sido llamadas para dar vida. Dios ha entrado en sus vidas, y se regocijan, y se lo comunican.

La fuente del gozo de cada una es el Espíritu. Increíble, pero cierto. Cuando Dios visita, llena de vida a quien lo recibe. Con su llegada, se hace posible lo imposible, la esterilidad se vuelve fecunda, lo que en la persona y en el mundo era improductivo, como tierra sin cultivar o rosal sin florecer, se vuelve vida, bendición, y despierta vida en otros. Dios ha entrado en nuestra historia y la hace dichosa de generación en generación.

 

MEDITATIO

El elogio de Isabel a María nos invita a reflexionar sobre nuestra fe. La fe de María se caracteriza por su adhesión al proyecto de Dios. Ella quiere lo que quiere Dios. El misterio de Dios se oculta en aquel niño de la promesa. Fiándose, ha comenzado a constatar cómo Dios es fiel en realizar su promesa. También esto es cierto para nosotros: si no creemos, no experimentaremos nunca cómo el don de Dios, misteriosamente, puede ir formándose en nosotros.

La fe de María se manifiesta también en el hecho de ir a visitar a Isabel; no tanto por si necesita ayuda en su embarazo, sino, sobre todo, para contemplar lo que Dios está haciendo en los otros. ¡Cuánto debemos asimilar nosotros de esta actitud! Debemos abrir más los ojos y mirar en lo profundo de los demás para ver y reconocer lo que Dios hace en la historia de los demás. Si acudimos a Tepeyac, que no sea por mera curiosidad, sino para contemplar la bondad de Dios realizada en el encuentro de Juan Dieguito y la Señora del Cielo.

María y su prima Isabel tienen esto en común: saben dialogar sobre lo que Dios hace en ellas. Ninguna habla de sí misma, sino de lo que Dios ha hecho en la otra. Ese reconocimiento las lleva al grandioso himno del Magníficat.

La fe de María nos exhorta a insertarnos en el clima propio de los pobres de Yavé, es decir de las personas humildes y sencillas que se fían de Dios, aceptan su voluntad y cumplen su Palabra.

 

ORATIO

Santa María, madre de Dios, ruega p o r nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

 

CONTEMPLATIO

La misión maternal de María hacia los hombres no oscurece ni disminuye de ninguna manera la única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia.

Porque todo el influjo salvífico de la bienaventurada Virgen en favor de los hombres nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo.

La bienaventurada Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo, desde toda la eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la divina providencia,  fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor y, de forma singular, la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor.

Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación y lo mantuvo sin vacilación al pie de la cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación.

Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la bienaventurada Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de abogada, auxiliadora, socorro, mediadora.

La Iglesia no duda en atribuir a María ese oficio subordinado: lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador (Del Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 60-62).

 

ACTIO

Repite hoy con frecuencia: ¡María, bendita eres entre todas las mujeres!

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cómo sucedió la aparición de la Virgen en Guadalupe (escrito del indio Nican Mopohua, del siglo XVI):

Un sábado de 1531, a principios de diciembre, un indio llamado Juan Diego iba muy de madrugada del pueblo en el que residía a la ciudad de México a asistir a clase de catecismo y a oír la santa misa. Al llegar ¡unto al cerro llamado Tepeyac amanecía, y escuchó que le llamaban desde arriba del cerro diciendo: «Juanito, Juan Dieguito».

El subió a la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual, con palabras muy amables y atentas, le dijo: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. ¡Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los amadores míos que me invoquen y en mí confíen. Vas donde el señor obispo y le manifiestas que deseo un templo en este llano. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo».

El se arrodilló y le dijo: «Señora mía, voy corriendo a cumplir lo que me has mandado. Yo soy tu humilde siervo». Y se fue de prisa a la ciudad y en derechura al palacio del obispo, que era fray Juan de Zumárraga, religioso franciscano. Cuando el obispo oyó lo que le decía el indiecito Juan Diego, no le creyó. Solamente le dijo: «Vienes otro día y te oiré despacio».

Juan Diego se volvió muy triste, porque no había logrado que se realizara su mensaje. Se fue derecho a la cumbre del cerro y encontró allí a la Señora del Cielo, que le estaba aguardando. Al verla, se arrodilló delante de ella y le dijo: «Señora, la más pequeña de mis hijas, niña mía, expuse tu mensaje al señor obispo, pero parece que no lo tuvo por cierto. Comprendí por la respuesta que me dio que pensó que quizás es una invención mía que tú quieres que te hagan aquí un templo, y que eso no es una orden tuya. Por lo cual te ruego que le encargues a alguno de los principales que le lleve tu mensaje, para que le crean, porque yo soy un pobre hombrecillo, el último de todos. Perdóname que te cause esta gran pesadumbre, señora y dueña mía». Ella le respondió: «Oye, hijo mío, el más pequeñito, es preciso que tú mismo solicites y ayudes a que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te ruego, hijo mío, y aún te mando, que otra vez vayas mañana a ver al señor obispo. Dile que yo en persona, la siempre Virgen María, Madre de Dios, te envía, para hacerle saber mi voluntad: que deben hacer aquí el templo que les pido».

Pero, al día siguiente, el obispo tampoco le creyó a Juan Diego y le dijo que era necesaria alguna señal maravillosa para que se pudiera creer que era cierto que lo enviaba la misma Señora del Cielo. Y lo despidió.

El lunes, Juan Diego no volvió al sitio donde se le aparecía nuestra Señora, porque su tío Bernardino se puso muy grave y le rogó que fuera a la capital y le llevara un sacerdote para confesarse. El dio la vuelta por otro lado del Tepeyac, para que no lo detuviera la Señora del Cielo y así pudiera llegar más pronto a la capital. Mas ella le salió al encuentro en el camino por donde iba y le dijo: «Ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que no es tan importante lo que te asusta y aflige. No se entristezca tu corazón ni te llenes de angustia. ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿Acaso no soy tu ayuda y protección? No te aflijas por la enfermedad de tu tío, que en ese momento ha quedado sano. Sube ahora a la cumbre del cerro y hallarás distintas flores. Córtalas y tráelas».

Juan Diego subió a la cumbre del cerro y se asombró muchísimo al ver tantas y exquisitas rosas de Castilla, pues era aquel un tiempo de mucho hielo, en el que no aparece rosa alguna por allí, y menos en esos pedregales. Llenó su poncho o larga ruana blanca con todas aquellas bellísimas rosas y se presentó a la Señora del Cielo. Ella le dijo: «Hijo mío, ésta es la prueba que llevarás de parte mía al señor obispo. Te considero mi embajador, muy digno de mi confianza. Ahora te ordeno que sólo delante del señor obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás todo lo que viste y admiraste, para que puedas inducir al prelado, con objeto de que se construya el templo que he pedido».

Juan Diego se puso en camino, ya contento y seguro de salir bien. Al llegar a la presencia del obispo, le dijo: «Señor, hice lo que me mandaste hacer: pedí a la Señora del Cielo una señal. Ella aceptó. Me despachó a la cumbre del cerro y me mandó cortar allá unas rosas y me dijo que te las trajera. Así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad. Helas aquí».

Desenvolvió luego su blanca manta y, así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la Virgen María, Madre de Dios, tal cual se venera hoy en el templo de Guadalupe en Tepeyac.

 

Día 13

Santa Lucía (13 de diciembre)

 

Santa Lucía, originaria de Siracusa, vivió entre finales del siglo III (nació alrededor del año 286) y comienzos del IV. El descubrimiento, en 1894, de una inscripción griega en la catacumba de San Juan de la misma ciudad demuestra que la devoción por la santa y su fiesta litúrgica estaban difundidas ya a finales del siglo IV. Su martirio, acaecido durante la persecución de Diocleciano, ha sido cantado en la célebre Pasión, que, siguiendo los estereotipos propios de la tradición hagiográfica, reconstruye la vida de Lucía, una virgen testigo de lo absoluto de Dios. Su nombre fue introducido, tal vez por obra de san Gregorio Magno, en el canon romano.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 10,17-11,2

Hermanos:

10.17 Pues el que quiera presumir, que lo haga en el Señor.

18 Porque no es quien se alaba a sí mismo el que es aceptado como justo, sino aquel a quien alaba el Señor.

11 ¡Ojalá me disculpéis si desvarío un poco! Estoy seguro de que lo haréis,

11.2 pues mis celos por vosotros son celos a lo divino, ya que os he desposado con un solo marido, presentándoos a Cristo como si fuerais una virgen casta.

 

*» Las adversidades que encontró Pablo durante su ministerio entre los corintios reciben, en el fragmento que nos propone la liturgia de hoy, una respuesta adecuada.

El apóstol, apoyándose en su arraigo en Dios y en su voluntad, tiene razones válidas para presumir (vv. 17ss) y defenderse de las acusaciones de algunos calumniadores presentes en la comunidad de Corinto (cf. 2 Cor 2,2.5; 7,12).

Animado por los mismos sentimientos de Dios, Pablo no vacila en presentarse como privado de sentido común -hasta el punto de que es él mismo quien hace su propio elogio-, a fin de impedir que los cristianos de la comunidad engendrada por él en la fe se alejen del Evangelio.

El apóstol se presenta como el amigo del esposo (cf. Jn 3,29) que debe ocuparse de la tarea de presentarle a la esposa prometida. La alegoría nupcial, empleada ya otras veces en el Antiguo Testamento (cf. Os 2,21; Is 54,5ss; 62,5; Jr 3,1; Ez 16,6-43) como imagen del intenso amor de YHWH por su pueblo, Jesús se la aplica a sí mismo (Mt 9,15) y es retomada por las cartas paulinas (cf. Ef 5,25-27) y por el Apocalipsis (Ap 21,2-9; 22,17). Se trata de la Iglesia-esposa, asamblea reunida y vivificada por el Espíritu, que está llamada a vivir en fidelidad su adhesión a Cristo-Esposo,

 

Evangelio: Mateo 10,28-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

28 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden quitar la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno.

29 ¿No se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre.

30 En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados.

31 No temáis, vosotros valéis más que todos los pájaros.

32 Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a su favor delante de mi Padre celestial,

33 pero a quien me niegue delante de los hombres yo también lo negaré delante de mi Padre celestial.

 

*•• El fragmento evangélico que la Iglesia nos propone hoy está situado en el interior del «discurso misionero » dirigido por Jesús a sus discípulos (Mt 10). Se trata de una reagrupación de dichos del Señor que el evangelista ha puesto por escrito, teniendo ante sus ojos la situación de persecución contra la Iglesia naciente, a la que el evangelista quiere acompañar y apoyar. El recorrido de los seguidores del Maestro no será diferente del que el mismo Jesús ha realizado. En este camino, al discípulo se le pide una actitud de confianza total en Dios, que está al corriente y provee y que, a buen seguro, no le privará de su solicitud paterna (vv. 29ss). Al valor del discípulo que profese su fe en Cristo ante los hombres (v. 32), por encima de todo temor y aun a costa de perder su propia vida (v. 28), le corresponderá la defensa de Cristo ante el Padre en favor del que le ha sido fiel (v. 33).

 

MEDITATIO

El valor para el testimonio y la confianza en Dios tienen su fuente en la experiencia transformadora, en nuestra historia, de su amor por nosotros. El descubrimiento personal de un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que envuelve nuestra existencia de misericordia y ternura nos impulsa a gritar a los hermanos el anuncio del Evangelio: Jesús es el Señor, enviado por el Padre, para darnos la vida eterna.

Ahora bien, la fe en él, fuente de alegría profunda y serena, será sometida a prueba continuamente: cuando vivir el amor nos pida pagar en persona; cuando se burlen de nosotros por nuestras opciones evangélicas, que van a contracorriente; cuando, ante el dolor y la desesperación, nos tienten la desconfianza y el miedo paralizador...

En todas las posibles situaciones de la vida, recordando la palabra del Señor, que nos repite: «No tengáis miedo», podremos abrirnos a la confianza plena en él, confesándole como el único Señor y Salvador de nuestra historia. Experimentaremos entonces que, al elegir pasar con él a través de la oscuridad de la muerte, compartiremos con él la vida verdadera de los hijos redimidos, miembros vivos de la Iglesia, su esposa.

Santa Lucía realizó, antes que nosotros, el recorrido de la fe y de la confianza hasta el final. A fin de permanecer fiel al Dios de nuestro Señor Jesucristo, no se sustrajo a la violencia de los perseguidores y padeció el martirio. El mismo Señor, hoy, la reconoce ante su Padre, y la Iglesia nos propone su testimonio de radicalidad evangélica como ejemplo y luz para nuestro camino.

 

ORATIO

Señor, amante apasionado del hombre, fuente de vida y verdad, haz que yo me deje alcanzar y transformar por tu Palabra. Que tu Espíritu, que habita y ora en mí, me haga descubrirme como hijo amado y buscado, infunda en mi corazón la confianza de los niños y me sostenga en el camino.

En la hora de la prueba, cuando más fatigoso y arduo sea custodiar y dar testimonio de la fe y la esperanza, que sienta yo tu presencia y tu fuerza en mí y contigo, que eres el Resucitado, que viva yo también la victoria de la pascua.

 

CONTEMPLATIO

Se cuenta que su madre la prometió a un joven apuesto de la ciudad, sin el consentimiento de ella. Su madre, Eutiquia, enfermó gravemente y la joven se dedicó rápidamente al cuidado de ella. Gracias al impulso de Lucía, las dos se dirigieron a un pequeño santuario donde se veneraba a santa Águeda, en la población de Catania, con la esperanza de que, por la intercesión de dicha santa, Eutiquia recuperase la salud. Postradas ante el sepulcro de santa Águeda, empezaron a suplicarle y rezarle durante varias horas hasta que, presa de fatiga, Lucía cayó en un profundo sueño, en el cual se le apareció santa Águeda, que le dijo: «Lucía, queridísima hermana, ¿por qué pides por intercesión de otra lo que tú misma, por la fe que tienes en Jesucristo, puedes obtener para tu madre? Has de saber que tu fe le ha dado la salud y que, así como Jesucristo ha hecho célebre a la ciudad de Catania por consideración a mí, de la misma manera hará célebre y gloriosa a la ciudad de Siracusa por tu causa, porque le has preparado una agradable morada en tu corazón virginal».

Al oír estas palabras, Lucía se despertó y vio llena de júbilo cómo su madre se recuperaba de la enfermedad que padecía. Eutiquia comprendió cuál era el camino que deseaba el Señor para su hija, y las dos regresaron a Siracusa con la intención de consagrarse a él y de distribuir sus bienes entre los pobres.

Denunciada como cristiana por su novio pagano, el cónsul Pascasio, fue condenada a permanecer en un prostíbulo.

-Tus palabras se acabarán cuando pasemos a los tormentos.

-A los siervos de Dios -respondió Lucía- no les pueden faltar las palabras, ya que les tiene dicho nuestro Señor Jesucristo: «No os preocupe cómo hablaréis cuando seáis llevados ante los gobernadores y reyes, porque se os dará en esa hora lo que habéis de decir. No seréis vosotros los que habléis, sino que será el Espíritu Santo quien hable en vosotros».

-¿Crees, pues, que el Espíritu Santo está en ti y que es él quien te inspira lo que dices?

-Lo que yo creo es que los que viven piadosa y castamente son templos del Espíritu Santo.

Pascasio, sin comprender todo el alcance de estas palabras, le dijo:

-Pues yo te haré conducir a un lugar infame, para que te abandone el Espíritu Santo.

-Si por fuerza mandas que mi cuerpo sea profanado -respondió Lucía-, mi castidad será honrada con doble corona.

Dicen las actas del martirio que, cuando los soldados quisieron arrastrar a la santa para llevarla a un prostíbulo y de esta manera deshonrar su castidad, no pudieron, ya que una fuerza superior la retuvo inmóvil. Un potente tiro de cuatro bueyes no consiguió hacerla avanzar ni un paso hacia allí. Esto es lo que evoca un himno en el que se califica a la santa de «columna inamovible». Ante tal fracaso, ensayaron un nuevo tormento y mandaron que allí mismo fuera cubierta de resina y rodeada de una gran hoguera. Ante tal bestialidad, a Lucía aún le sobraron fuerzas para decir:

-He rogado a mi Señor para que no me domine este fuego y he conseguido un aplazamiento a mi martirio. Y, efectivamente, cuando las llamas desaparecieron, se pudo comprobar que Dios había realizado lo que Lucía predijo: el fuego no le había causado el menor daño.

La conmoción de las gentes fue enorme. Y al prefecto aún le entró más odio. Se acercaba el final de su combate.

El prefecto mandó que su garganta fuera atravesada por una espada. Era el 13 de diciembre del año 300, día que se celebra su onomástica (De la leyenda de santa Lucía, en iglesiaendaimiel.com).

 

ACTIO

Repite a menudo durante el día esta Palabra: «Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a su favor delante de mi Padre celestial» (Mt 10,32).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La virginidad que resplandece, junto con el martirio, en santa Lucía (como en Águeda, Cecilia, Inés, celebradas en las pasiones legendarias de los siglos V-VI) nos invita a captar el significado teológico de este tema, que, con Orígenes, ya se volvió relevante en el siglo III: la virginidad está puesta en el tercer lugar (después de los apóstoles y los mártires). En efecto, con la aparición y la expansión del monacato en el siglo IV, tras haber cesado la persecución, la virginidad, convirtiéndose en la forma más elevada posible de la vida cristiana, asume el reflejo de la luz heroica y competitiva atribuida al martirio. Si, para el cristiano, el martirio asume el valor cristológico de revelación del poder de Dios, que vence a través de la cruz de Cristo contra las potencias satánicas desencadenadas contra él y con la resurrección muestra la gloria de Dios, la virginidad, asociada al martirio, asume el significado de una réplica de la dinámica de la persecución que corresponde a la negación de la fe, y las torturas físicas forman una sola cosa con las tentaciones contra la castidad; hasta el punto de que a los dos tipos de pasión corresponden de manera idéntica resistencias prodigiosas, castigo de tentadores, maravilla de presentes.

En la conjunción de la virginidad con el martirio en una mujer joven como Lucía, la comunidad cristiana, a través de la pasión, ha conseguido superar la concepción de la mujer como criatura débil y frágil; es esta fuerza misteriosa del Espíritu la que impide el desplazamiento de Lucía, a pesar de ser arrastrada por una yunta de bueyes, y supera la fortaleza de los hombres más poderosos. Esto hace pensar a los verdugos que se trata de maleficios misteriosos. «¿Cuál es la causa por la que una débil muchacha no puede ser desplazada cuando es tirada por mil hombres?», pregunta Pascasio a Lucía. Ella le respondió con estas palabras inspiradas: «Y si me enviaras a otros diez mil, que escuchen por mi voz al Espíritu Santo, que dice: "Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu derecha" (Sal 90,7)» (E. Lodi, / santi del Calendario romano, Milán 1990, 669s. [edición española: Los santos del calendario romano, San Pablo, Madrid 1999).

 

Día 14

San Juan de la Cruz (14 de diciembre)

 

Juan de Yepes, hijo de Gonzalo de Yepes y de Catalina Álvarez, nació en Fontiveros (Ávila) en el año 1542. Tras una niñez llena de miseria, entró en 1563 en el Carmelo. En 1567, año de su ordenación sacerdotal, conoció a Teresa de Jesús en Medina del Campo y decidió seguirla en la fundación de la nueva familia del Carmelo. Fue primero carmelita descalzo en Duruelo, en 1568, y ocupó a continuación el cargo de maestro y formador.

En 1572 lo reclamó Teresa para confesor del monasterio de la Encarnación del que era priora. Fue perseguido y encerrado, entre diciembre de 1577 y agosto de 1578, en la cárcel conventual de Toledo, donde realizó una fuerte experiencia del sufrimiento y de la «noche oscura». Tras salir de la cárcel, se incorporó a la vida de la naciente Reforma y ocupó el cargo de superior en Segovia. Murió en Ubeda el 14 de diciembre de 1591. Fue canonizado por Benedicto XIII en 1726 y proclamado doctor de la Iglesia por Pío XI el 24 de agosto de 1926.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 2,1-10a

1 En lo que a mí toca, hermanos, cuando vine a vuestra ciudad para anunciaros el designio de Dios, no lo hice con alardes de elocuencia o de sabiduría.

2 Pues nunca entre vosotros me he preciado de conocer otra cosa sino a Jesucristo, y a éste crucificado.

3 Me presenté ante vosotros débil, asustado y temblando de miedo.

4 Mi palabra y mi predicación no consistieron en sabios y persuasivos discursos; fue más bien una demostración del poder del Espíritu,

5 para que vuestra fe se fundara no en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios.

6 Sin embargo, también nosotros tenemos una sabiduría para adultos en la fe, aunque no es una sabiduría de este mundo, ni de los poderes que gobiernan este mundo y están abocados a la destrucción.

7 De lo que hablamos es de una sabiduría divina, misteriosa, escondida; una sabiduría que Dios destinó para nuestra gloria antes de los siglos

8 y que ninguno de los poderosos de este mundo ha conocido, pues, de haberla conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria.

9 A nosotros, en cambio, como dice la Escritura: lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni al hombre se le ocurrió pensar que Dios podía tenerlo preparado para los que lo aman,

10 eso es lo que nos ha revelado Dios por medio de su Espíritu.

 

**• Pablo nos ofrece en este fragmento, leído en su  contexto global, la proclamación del «mensaje de la cruz»- Por una parte, el apóstol se presenta como el mensajero de la cruz de Cristo ante las exigencias de sabiduría, que son las pretensiones de los griegos, y la petición de manifestaciones de poderes milagrosos que proponen los judíos. La cruz de Cristo es a los ojos de los hombres necedad y debilidad y, al mismo tiempo, la verdadera sabiduría y la fuerza poderosa del Evangelio.

Ahora bien, la cruz se convierte en sabiduría, revelación, camino necesario del conocimiento de Cristo y de la comunión con él. Es la ciencia de la cruz –scientia crucis- de la que habla Edith Stein, discípula de Juan de la Cruz; debilidad humana que abre el corazón a la revelación del Espíritu Santo, que sobrepasa en el amor de Dios la lógica del poder y d e la ciencia, para abrirse a las sorpresas de Dios y saciar su sed en la «fuente secreta» más grande, la del Crucificado, que es plena revelación del amor del Padre y es poder de salvación y de revelación para todos.

Primero Pablo y después todos los místicos que han contemplado y vivido al Crucificado como cima de la sabiduría y de la fortaleza de Dios, son capaces de sondear, con nuevos sentidos espirituales, los secretos escondidos del Dios que se revela a los pobres. Estas palabras de la Escritura convienen también a Juan de la Cruz, contemplativo del misterio del Crucificado, asimilado a él en el sufrimiento de la noche oscura del espíritu.

 

Evangelio: Juan 15,9-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

9 Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros. Permaneced en mi amor.

10 Pero sólo permaneceréis en mi amor si obedecéis mis mandamientos, lo mismo que yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

11 Os he dicho todo esto para que participéis en mi gozo y vuestro gozo sea completo.

12 Mi mandamiento es éste: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado.

13 Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos.

14 Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.

15 En adelante, ya no os llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre.

16 No me elegisteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a vosotros. Y os he destinado para que vayáis y deis fruto abundante y duradero. Así, el Padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre.

17 Lo que yo os mando es esto: que os améis los unos a los otros.

 

**• La vida de los discípulos de Jesús es como una continuidad de la vida trinitaria. El amor del Padre a Jesús continúa en el amor de Jesús a los discípulos, como agua viva de la caridad trinitaria que desde el Padre por Cristo en el Espíritu llega a los corazones de los creyentes.

Se trata de una caridad que, a modo de savia divina, une la vid y los sarmientos y fluye como vínculo de comunión con Dios y con los hermanos. La invitación a permanecer en Cristo es condición para la comunión perfecta en su Palabra y en sus mandamientos, y lleva consigo los frutos de las obras y el don de la alegría. En la rica serie de enseñanzas del fragmento joáneo encontramos una síntesis de la vida cristiana con palabras- clave como el mandamiento del amor recíproco, hasta la entrega de la vida y la invitación a permanecer en Cristo observando sus mandamientos. Todo está envuelto por el sentido de la divina amistad que, en Jesús, supone compartir plenamente los secretos del Padre, por la conciencia de haber sido elegidos por parte de un amor gratuito, por la conciencia de tener que ser al mismo tiempo discípulos que permanecen unidos al Maestro y apóstoles que proclaman y realizan su mensaje.

Las resonancias de estas palabras en la figura de Juan de la Cruz son evidentes. El místico español cantó la dimensión trinitaria de la comunión con Dios como participación en la vida misma de la Trinidad. Como fiel discípulo de Jesús, Juan señala en el mandamiento del amor la síntesis de la vida cristiana: «Cuanto más crece este amor, tanto más crece el de Dios, y cuanto más el [de] Dios, tanto más este del prójimo; porque de lo que es en Dios es una misma la razón y una misma la causa» {Subida al Monte Carmelo, III, 23, 1).

 

MEDITATIO

El nombre de Juan de la Cruz, tomado por el santo cuando optó por seguir el ideal de Teresa de Jesús, conviene bien a su experiencia y a su carisma. Estuvo marcado por la cruz desde niño, sufrió hambre y orfandad

por la mueite prematura de su padre, junto a su madre, Catalina, que se vio obligada a dejar la casa de Fontiyeros para trasladarse a Medina del Campo. Aquí, nuestro santo, abierto a la vida y a la acción con su inteligencia y su capacidad práctica, ejerció muy pronto muchos oficios, y conoció el dolor de los enfermos trabajando de enfermero en el hospital local de las enfermedades infecciosas.

La cruz siguió a Juan en su opción por el Carmelo, en los primeros pasos de la incipiente reforma, forjando su carácter austero y decidido, aunque abriéndolo constantemente a lo esencial: la contemplación de Cristo crucificado, palabra definitiva del Padre, como el todo de la existencia. La contemplación de la cruz y del Crucificado abre de par en par su inteligencia y su corazón a la sabiduría, la poesía, el conocimiento sublime del misterio. Encerrado durante nueve meses en la cárcel conventual de Toledo, en unas condiciones humanas absolutamente precarias, privado de los sacramentos, conoció el abandono de Cristo en la cruz y participó de la «noche oscura» del dolor espiritual. Pero su corazón se abre aún a la luz de la sabiduría.

Muchas de sus poesías más sublimes nacieron como rayos de luz en medio de la oscuridad de esta prueba. La cruz le acompañará hasta el final de sus días, incluso en la persecución y el desprecio de sus hermanos. Ante una imagen de Cristo cargado con la cruz, expresa su deseo de «sufrir y ser despreciado» por el Señor. Sin embargo, la cruz abre horizontes infinitos de luz, permite recorrer al místico los senderos de la noche bienaventurada, como la noche de pascua en la que se unió con Cristo, y le prepara para la fiesta del Espíritu y para la sublime experiencia de la comunión trinitaria.

 

ORATIO

        ¡Señor Dios, amado mío! Si todavía te acuerdas de mis pecados para no hacer lo que te ando pidiendo, haz en ellos, Dios mío, tu voluntad, que es lo que yo más quiero, y ejercita tu bondad y misericordia y serás conocido en ellos. Y si es que esperas a mis obras para por ese medio concederme mi ruego, dámelas tú y óbramelas, y las penas que tú quisieras aceptar, y hágase [...] No me quitarás, Dios mío, lo que una vez me diste en tu único Hijo Jesucristo, en que me diste todo lo que quiero. Por eso me holgaré que no te tardarás si yo espero. Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre.

Sal hiera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón (san Juan de la Cruz, «Oración del alma enamorada», en Dichos de luz y amor).

 

CONTEMPLATIO

Decía san Juan de la Cruz que san Dionisio Areopagita escribió esa sentencia maravillosa que afirma: «La más divina de todas las obras divinas es cooperar con Dios en el bien de las almas», es decir, que la suprema perfección de cualquier ser en s u jerarquía y en su grado es ascender y crecer, según su propio talento y sus propias capacidades, en la imitación de Dios y - l o que es más admirable y divino- en ser cooperadores d e él en la conversión y en la redención de las almas. En efecto, en esto brillan las obras propias de Dios, que es gran gloria imitar, y por eso Cristo nuestro Señor las llamó obras del Padre, cuidados de su Padre [...].

Añadía que es una verdad evidente que la compasión con el prójimo crece más cuanto más se une el alma a Dios por amor. En efecto, cuanto más ama, más desea que este mismo amor sea amado y honrado por todos.

        Y cuanto más lo desea, más trabaja para ello, tanto en la oración corno en todos los otros ejercicios necesarios que a ella le son posibles. Tanto es el fervor y la fuerza de su caridad que estos tales, poseídos por Dios, no se pueden restringir o contentar con su propia y sola ganancia; más aún, al parecerles poca cosa ir al cielo solos, buscan con ansias, afectos celestiales y diligencias exquisitas, conducir con ellos a muchos. Eso nace del gran amor que tienen por Dios y es fruto y efecto propio de la oración y la contemplación perfectas («Insegnamenti spirituali de san Giovanni della Croce», n. 10, en Opere, Roma 1963, pp. 1.152ss).

 

ACTIO

        Repite y medita a menudo durante el día estas palabras de san Juan de la Cruz: «Y donde no hay amor, ponga amor, y sacará amor...» (carta n. 27 a la M. María de la Encarnación).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Juan de la Cruz es un enamorado de Dios. Trataba familiarmente con él, hablaba constantemente de él. Lo llevaba en el corazón y en los labios, porque constituía su verdadero tesoro, su mundo más real. Antes de proclamar y cantar el misterio de Dios, es su testigo; por eso habla de él con pasión y con dotes de persuasión no comunes: «Ponderaban los que le oían, que así hablaba de las cosas de Dios y de los misterios de nuestra fe, como si los viera con los ojos corporales». Gracias al don de la fe, los contenidos del misterio llegan a formar para el creyente un mundo vivo y real. El testigo anuncia lo que ha visto y oído, lo que ha contemplado, a semejanza de los profetas y de los apóstoles (cf. 1 Jn 1,1-2).

Como ellos, el santo posee el don de la palabra eficaz y penetrante; no sólo por la capacidad de expresar y comunicar su experiencia en símbolos y poesías transidos de belleza y lirismo, sino por la exquisitez sapiencial de sus dichos de luz y amor, por su propensión a hablar «palabras al corazón, bañadas en dulzor y amor», «de luz para el camino y de amor en el caminar».

La viveza y el realismo de la fe del doctor místico estriban en la referencia a los misterios centrales del cristianismo. Una persona contemporánea del santo afirma: «Entre los misterios que me parece tenía grande amor era al de la Santísima Trinidad y también al del Hijo de Dios humanado». Su fuente preferida para la contemplación de estos misterios era la Escritura, como tantas veces atestigua; en particular, el capítulo 17 del evangelio de san Juan, de cuyas palabras se hace eco: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3).

Teólogo y místico, hizo del misterio trinitario y de los misterios del Verbo Encarnado el eje de la vida espiritual y el cántico de su poesía. Descubre a Dios en las obras de la creación y en los hechos de la historia, porque lo busca y acoge con fe desde lo más íntimo de su ser: «El Verbo Hijo de Dios, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser del alma... Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca. Ahí le desea, ahí le adora».

¿Cómo consigue el místico español extraer de la fe cristiana toda esa riqueza de contenidos y de vida? Sencillamente, dejando que la fe evangélica despliegue todas sus capacidades de conversión, amor, confianza, entrega. El secreto de su riqueza y eficacia estriba en que la fe es la fuente de la vida teologal: fe, caridad, esperanza. «Estas tres virtudes teologales andan en uno».

Una de las aportaciones más valiosas de san Juan de la Cruz a la espiritualidad cristiana es la doctrina acerca del desarrollo de la vida teologal. En su magisterio escrito y oral centra su atención en la trilogía de la fe, la esperanza y el amor, que constituyen las actitudes originales de la existencia cristiana. En todas las fases del camino espiritual son siempre las virtudes teologales el eje de la comunicación de Dios con el hombre y de la respuesta del hombre a Dios.

La fe, unida a la caridad y a la esperanza, produce ese conocimiento íntimo y sabroso que llamamos experiencia o sentido de Dios, vida de fe, contemplación cristiana. Es algo que va más allá de la reflexión teológica o filosófica. Y la reciben de Dios, mediante el Espíritu, muchas almas sencillas y entregadas.

Al dedicar el Cántico espiritual a Ana de Jesús, anota el autor: «Aunque a Vuestra Reverencia le falte el ejercicio de teología escolástica con que se entienden las verdades divinas, no le falta el de la mística que se sabe por amor en que no solamente se saben, mas juntamente se gustan». Cristo se les revela como el Amado; aún más, como el que ama con anterioridad, como canta el poema de «El pastorcico» (carta apostólica Maestro en la fe, en el IV centenario de la muerte de san Juan de la Cruz, 8-10).

 

Día 15

Sábado de la segunda semana de adviento

 

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 48,1-4.9-11

1 Entonces surgió el profeta Elias como un fuego, su palabra quemaba como antorcha.

2 Él hizo venir sobre ellos el hambre, y en su celo los diezmó.

3 Por la palabra del Señor cerró los cielos e hizo también bajar fuego tres veces.

4 ¡Qué glorioso fuiste, Elias, con tus prodigios! ¿Quién pretenderá parecerse a ti?

9 Fuiste arrebatado en torbellino ardiente, en un carro con caballos de fuego.

10 De ti está escrito que en los castigos futuros aplacarás la ira antes que estalle, para reconciliar a los padres con los hijos y restaurar las tribus de Jacob.

11 Felices los que te vieron y murieron fíeles al amor, porque también nosotros viviremos.

 

*» El elogio de los padres es la sección más original de toda la obra del Sirácida. El autor relee el pasado con una función didáctica para el presente y nos pinta una galería de "medallones" de los grandes personajes, buenos y malos, de la historia bíblica. Entre estos héroes, recoge la figura del profeta Elias. A Elias se le parangona al fuego por su celo, por su pasión ardiente por la causa del Señor, el Dios de Israel. Su vida, de hecho, la dedicó totalmente al servicio del Dios de Israel, en cuya presencia Elias vivía continuamente (cf. 1 Re 18,15).

Además de su ardiente predicación para llevar al pueblo al único Dios, los rasgos trazados por el Sirácida subrayan los aspectos taumatúrgicos, de acuerdo con las tradiciones populares de su época (w. 2-4). Pero el culmen del elogio de Elias está en la consideración de su destino singular (el rapto en el carro de fuego: v. 9), visto como una victoria sobre la muerte por obra del amor de Dios. Su figura es, pues, acicate para esperar una vida más allá de la muerte, una bienaventuranza plena que espera a los que, como Elias, «mueren fieles al amor».

Al motivo de su arrebato al cielo en la tradición judía (cf. Mal 3,24) se asocia el de la espera de su regreso, preparando a los hijos de Israel a la llegada de los tiempos mesiánicos (v. 10). El Nuevo Testamento heredará esta tradición judía del regreso de Elias viendo su cumplimiento en la persona de Juan Bautista.

 

Evangelio: Mateo 17,10-13

10 Los discípulos le preguntaron:

-¿Por qué dicen los maestros de la ley que primero tiene que venir Elias?

11 Jesús les respondió:

-Sí, Elias tenía que venir a disponerlo todo.

12 Pero os digo que Elias ha venido ya y no lo han reconocido, sino que han hecho con él lo que han querido. Del mismo modo van a hacer padecer al Hijo del hombre.

13 Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.

 

** Después de la transfiguración, Jesús, bajando del monte, mantiene con sus discípulos una conversación que trata de uno de los personajes de la visión: Elias. Refiriéndose a las discusiones rabínicas del papel de Elias, sobre la verdad y el significado de su regreso anunciado por Malaquías (3,23-24), Jesús declara aceptar la tesis de los que afirman la necesidad de una venida de Elias antes del juicio. Por otra parte, Jesús niega cualquier visión fantástica, comúnmente difundida, de un regreso de Elias e invita a los discípulos a discernir el plan de Dios que está manifestándose ante sus propios ojos. Por consiguiente, afirma que Elias ya ha venido, pero no lo han conocido, y que la suerte de Elias anuncia la del Hijo del hombre (v. 12).

Para llevar a los discípulos a la comprensión de la urgencia de la conversión, de la sanación de las relaciones intrapersonales y de la relación con Dios, Jesús identifica expresamente a Elias con el Bautista. Los discípulos comprenden tal identificación (v. 13). Resulta así claro que tal identificación no se desprende automáticamente de las Escrituras, sino que se revela a quien, desde la docilidad de la fe, está dispuesto a acoger la predicación de Juan con su invitación a convertirse y prepararse al encuentro del que viene. Por un momento, los discípulos parecen, pues, comprender; aunque muy pronto caerán de nuevo en la incomprensión, en su obstinada incredulidad (cf. Mt 15,20).

 

MEDITATIO

La figura del Bautista predomina en las lecturas litúrgicas de estos días de adviento. Más que ponerme a considerar cuestiones históricas del personaje, hoy me siento llamado a meditar en el significado de su persona para mi vida, su parangón con el profeta Elias manifestado en el texto evangélico. La misión del Bautista trata, en analogía con la de Elias, dos puntos capitales también para mi vida: mi relación con Dios (que me pide volver a él) y el sanar mis relaciones con el prójimo.

Debo dejarme interpelar por el Bautista, cuya voz proclamaba con valentía, como el profeta Elias, el derecho de Dios sobre nuestra humanidad: darle a él sólo culto y buscar una adhesión integral de vida a la alianza con el Señor. En este sentido Juan es, como Elias, fuego irresistible, profeta cuya palabra ilumina mi camino y el de mi comunidad y se alza como juicio severo contra el pecado, contra cualquier infidelidad a la alianza.

Además, el hecho de que Elias y Juan fuesen perseguidos por los poderosos y no comprendidos por sus contemporáneos me plantea el serio riesgo que corro yo también de poner obstáculos al camino de la Palabra divina, a veces incómoda y desestabilizadora, pero me recuerda además que, a pesar de todas nuestras oposiciones humanas, la Palabra de Dios saldrá victoriosa.

 

ORATIO

«¡Dichosos los que te vieron, Elias, y murieron fieles al amor! También nosotros ciertamente viviremos».

Señor, te damos gracias por la esperanza que ilumina nuestras vidas y que da sentido a nuestras fatigas y esfuerzos por amar. Saber que vienes a encarnarte en nuestra frágil humanidad para posibilitarnos una vida llena y eterna contigo nos colma de aliento y gratitud.

Señor, te damos gracias porque eres el Dios que vienes a nuestro auxilio para traernos salvación y felicidad.

Señor, te damos gracias porque no has permitido que faltasen en nuestras vidas personas que, como Elias y el Bautista, han preparado de mil maneras nuestro encuentro contigo.

Te damos gracias por su constancia en los esfuerzos a pesar de las desilusiones, y te pedimos perdón si hemos sido sordos a tus llamadas, que nos diriges por medio de las palabras y vida de estos hermanos y hermanas.

Señor, te damos gracias por estos testimonios que nos han hablado de ti y que con el fuego de su amor han iluminado nuestro camino.

Que tu Espíritu nos inflame, para que también nosotros podamos ser fuego tuyo en el mundo.

 

CONTEMPLATIO

Si entramos con un corazón dócil en la Escritura, caminaremos de claridad en claridad bajo el firmamento de la Palabra sagrada, alegrándonos con ella por los designios eternos que descubren a nuestros ojos, admirando cada vez más a Jesucristo que se acerca, esperándolo con los patriarcas, viéndolo venir con los profetas.

Bajo este prisma, el cristiano logra una comprensión de la vida que ninguna otra experiencia podría darle. Dios nunca se aleja de su obra. Se sienta cobijado en la tienda de Abrahán, lo mismo que escala el Sinaí, entre relámpagos que anuncian su presencia (...). Todo está lleno de él.

¿Es posible volver de esta peregrinación sin sentirse conmovidos? ¿Es posible, para quien ha seguido estas huellas a la luz de la fe, no ser mejor? La Biblia es la fuente profunda de los consuelos de la humanidad, la boca de Dios que habla a su corazón; y, sobre todo, es el Cristo Hijo de Dios que le ha dado la salvación (H.-D. Lacordaire, Deuxiéme lettre á Emmanuel, en Études religieuses 758, Bruselas 1962, 66-67).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Felices los que te vieron y muñeron fieles al amor» (Eclo 48,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Estás muy preocupado por elegir bien tu trabajo. Tienes tantas opciones que estás constantemente abrumado por la pregunta: «¿Qué es lo que debo o no hacer?». Se te pide que respondas a muchas necesidades concretas (...).

De muchas formas todavía quieres decidir tu propio orden del día. Actúas como si tuvieras que escoger entre muchas cosas, todas igualmente importantes. Pero no te has rendido completamente a la dirección de Dios. Te empeñas en pelear con Dios sobre quién tiene el control.

Intenta entregar tu orden del día a Dios. Di constantemente: «Que se haga tu voluntad, no la mía». Entrega tu corazón entero y todo tu tiempo a Dios: adonde ir, cuándo y cómo responder. Dios no quiere que te destruyas. El agotamiento total, el sentirse quemado y la depresión no son signos de que estás haciendo la voluntad de Dios. Él es todo amor. Desea darte un sentido profundo de seguridad en su amor. Una vez que consientas en experimentar ese amor completamente, podrás discernir con más exactitud a quién has sido enviado en nombre de Dios.

No es fácil entregar tu orden del día a Dios. Pero, cuanto más lo hagas, el «tiempo de tu reloj» se convertirá más en «tiempo de Dios», y éste es siempre la plenitud del tiempo (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1997, 117-118).

 

Día 16

Tercer domingo de adviento Año C

  

LECTIO

Primera lectura: Sofonías 3,14-18a

14 ¡Da gritos de alegría, hija de Sión, exulta de júbilo, Israel, alégrate de todo corazón, Jerusalén!

15 El Señor ha anulado la sentencia que pesaba sobre ti, ha barrido a tus enemigos; el Señor es rey de Israel en medio de ti, no tendrás que temer ya ningún mal.

16 Aquel día dirán a Jerusalén: «No tengas miedo, Sión, que tus brazos no flaqueen;

17 el Señor tu Dios en medio de ti, es un salvador poderoso.

Él se goza y se complace en ti, su amor te renovará, por tu causa danzará y se regocijará,

18 como en los días de fiesta».

 

*» El profeta Sofonías, que precede algunos años al profeta Jeremías, interpreta con estas palabras el deseo de renacer de la ciudad de Jerusalén tras el período del rey Manases, idólatra y violento. Se trata de un renacer a la vez espiritual y civil. La destinataria de las palabras es la «hija de Sión» o «hija de Jerusalén», que de ambos modos se designa a la misma ciudad de Jerusalén, pero que tal vez aluden también a algo nuevo que va a hacer el Señor.

En el texto profético se cruzan diversos temas, todos se repiten al menos dos veces, y es que la repetición subraya la urgencia de la exhortación a fiarse de esta palabra de esperanza. La invitación a la alegría da el tono fundamental. El profeta recurre a todos los vocablos posibles para manifestarlo: gozo, alegría, regocijo, fiesta, danza... es ese gozo interior que se manifiesta exteriormente con la participación de toda la comunidad. Pero el aspecto más interesante de este sentimiento es que no sólo se trata de un gozo humano, sino también del de Dios (v. 17 «Él se goza y se complace en ti»). El fragmento se abre con el gozo del pueblo y se cierra con el gozo de Dios.

El motivo del gozo es la venida de Dios, que, cancelada toda condena, habita ahora en medio de la ciudad como salvador: «El Señor tu Dios en medio de ti» (w. 15.17). La salvación a su vez se realiza como una renovación en el amor («su amor te renovará»: v. 17). Para Sofonías la salvación está en el reafirmar el amor originario de Dios, en volver a encontrar el amor perdido. Es un amor que expulsa al temor, porque ya no hay motivo para temer cuando Dios manifiesta su amor. Precisamente en este texto se inspirará la escena de la anunciación en Lucas: «Alégrate... El Señor está contigo... No temas...».

 

Segunda lectura: Filipenses 4,4-7

Hermanos:

4 Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres.

5 Que todo el mundo os conozca por vuestra bondad. El Señor está cerca.

6 Que nada os angustie; al contrario, en cualquier situación presentad vuestros deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias.

7 Y la paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos por medio de Cristo Jesús.

 

*» La invitación a la alegría, como la recomendación a no temer («Que nada os angustie»: v. 6), encuentran, para Pablo, su fundamento en el hecho de que: «El Señor está cerca». "Señor" indica aquí no sólo a Dios, sino a Jesús, porque en él Dios se acerca a la humanidad. La carta a los Filipenses muestra cómo la esperanza del cristiano es diferente de la esperanza del que quiere ser optimista a toda costa. Ésta no se basa en un sentimiento de voluntad personal, en una disposición interior al optimismo, sino en la persona de Jesús, que es garantía de la espera para el futuro. Tres palabras resumen los aspectos personales y comunitarios de la esperanza: gozo, confianza, paz.

El gozo: brota del hecho de vivir en comunión con Jesús y los demás. El que afirma esto no es un vividor, sino un apóstol que sufre, prisionero, que invita reiteradamente a los filipenses al gozo.

La confianza: «Que nada os angustie; al contrario, en cualquier situación presentad vuestros deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias» (v. 6). Abandonarse en Dios no es indigno del hombre, no es un refugiarse en un mundo irreal, sino que forma parte de la verdadera sabiduría, porque «el Señor protege el camino de los justos» (1 Sm 2,9).

La paz - resultado de cuanto precede. De las escasas palabras de Pablo se deduce que la paz no es ausencia de preocupaciones, sino fruto del poder de Dios, que guarda el corazón y pensamientos de los creyentes en Cristo Jesús (v. 7), lo cual es muy distinto del simple "no tener pensamientos". La verdadera paz no es superficial, sino que se afianza en el hombre ahí donde decide por sí mismo, en la mente y el corazón, y, de este modo, también sus acciones y relaciones serán acciones y relaciones de paz.

 

Evangelio: Lucas 3,10-18

10 La gente preguntaba a Juan:

-¿Qué debemos hacer?

11 Y les contestaba:

-El que tenga dos túnicas, que le dé una al que no tiene ninguna, y el que tenga comida que haga lo mismo.

12 Vinieron también unos publícanos a bautizarse y le dijeron:

-Maestro, ¿qué tenemos que hacer?

13 Él les respondió:

-No exijáis nada fuera de lo fijado.

14 También los soldados le preguntaban:

-¿Y nosotros qué tenemos que hacer?

Juan les contestó:

-No uséis la violencia, no hagáis extorsión a nadie, y contentaos con vuestra paga.

15 El pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías.

16 Entonces Juan les dijo:

-Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

17 En su mano tiene el bieldo para aventar su parva y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará en un fuego que no se apaga.

18 Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena noticia.

 

**• Después del acontecimiento de la Palabra sobre el Bautista que anuncia la salvación (Le 3,2), Lucas relata los temas éticos de la predicación de Juan en los que precisa los caminos que hay que enderezar y ajustar según los caminos de Dios. Se presentan al Bautista diversas categorías de personas.

Por tres veces (w. 10.12.14) la gente pregunta al Bautista: «¿Qué debemos hacer?». En la respuesta no pide cosas desorbitadas, sino que recomienda modos de atención con el otro, respeto a todos en la justicia. El Bautista, hombre del desierto, a quien le pregunta sobre qué debe hacer no le pide imitarle en la vida eremítica o ascética del desierto. Les da unas respuestas para que las realice cada uno en su vida normal, ya que es precisamente en ese ámbito donde todos debemos enderezar los caminos de Dios.

A algunos interlocutores les sugiere el compromiso del compartir: «El que tenga dos túnicas, que le dé una al que no tiene ninguna» (v. 11). Luego se acercan los publicanos y los soldados, dos categorías «sospechosas». Pero también pueden abrirse a la salvación viviendo una vida honesta y renunciando a algunos fraudes.

Cuando venga Jesús, precisamente los publicanos y los soldados (cf. el centurión) serán los testigos de una salvación que se les ofrece sin condiciones previas, salvación recibida gratuitamente, capaz de cambiar la vida.

Finalmente el evangelista indica que «el pueblo estaba a la expectativa» (v. 15), y se preguntaban si no sería Juan el Cristo. De la pregunta del «hacer» se pasa a la del «Mesías», es decir, a la pregunta de «¿Quién nos puede salvar?». El Bautista remite -más allá de sí mismo- a «aquel que viene», el único que podrá cambiar la vida vieja, quemando la paja y regalando el Espíritu.

 

MEDITATIO

La Palabra de Dios me invita a la alegría como nota cualificada de mi testimonio cristiano. «Alegrarse en el Señor»: en el lenguaje cotidiano nunca decimos "alegrarse en una persona", sino más bien "alegrarse con una persona", o "por una persona". La Escritura, sin embargo, me dice: «Alegrarse en el Señor». Estoy llamado a esta singular alegría: puedo alegrarme en cuando vivo unido a otro, al Señor. Mi alegría verdadera sólo brotará de una experiencia de relación, de comunión con el Señor Jesús.

La alegría arraigada en la esperanza de la venida de Jesús se expresa en la afabilidad con los otros, en la mansedumbre en las relaciones con mis hermanos, en el buscar siempre lo conveniente, lo adaptado a cada situación, en el esfuerzo por lograr la medida justa con cada hermano que encuentro.

Mi alegría debe manifestarse también en las obras de justicia, en las obras de una vida "salvada". Para poder encontrar hoy paz, el evangelio no me deja sólo con la pregunta: «¿Qué debo hacer?». Quiere ayudarme además a plantearme una pregunta más profunda: «¿A quién debo dar mi corazón? ¿Quién puede decirme una palabra verdadera que suscite y refuerce en mí el querer el bien?». El Bautista, maestro de moral y de justicia, me amonesta a no abandonar esta pregunta y me indica también la respuesta, es decir, me orienta hacia el Único que vale la pena mirar, para apostar por él todo el sentido de mi existencia.

 

ORATIO

Te miramos a ti, Señor Jesús, aquel que Juan llama «más fuerte»: y tú lo eres porque haces presente y operante la potencia de Dios Padre, para nuestra salvación; lo eres también porque sabes vencer todas nuestras debilidades, todas nuestras resistencias; lo eres porque nos libras del mal y das la paz a nuestro corazón.

Te miramos a ti, Señor Jesús, que bautizas en el Espíritu Santo: tú nos sumerges en la vida misma de Dios, nos comunicas el Espíritu que habita en ti, el Espíritu cuyo fruto es la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la benevolencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, el dominio de sí.

Te miramos a ti, Señor Jesús, que vienes a juzgar el mundo. Actúa también hoy con "fuego": danos a conocer la santidad de Dios, su amor exigente que nos purifica y que es insostenible para nosotros que tenemos la fragilidad de la paja. Mientras, dispersos entre la gente del Jordán, reconocemos nuestro pecado y nuestras ligerezas, acércate a nosotros y danos fuerza para volver a Dios.

Te miramos a ti, Señor Jesús: mientras buscamos la alegría en otra parte, te acercas y nos repites: «Tu Dios se alegra y exulta por ti».

 

CONTEMPLATIO

Abriendo nuestros ojos a la luz de Dios, escuchemos atónitos lo que cada día nos advierte la voz divina que clama: «Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones».

Y, buscándose el Señor un obrero entre la multitud ala que lanza su grito de llamamiento, vuelve a decir:«¿Hay alguien que quiera vivir y desee pasar días prósperos?». Si tú, al oírle, respondes: «Yo», otra vez te dice Dios: «Si quieres gozar de una vida verdadera y perpetua, guarda tu lengua del mal; tus labios de la falsedad; apártate del mal y obra el bien, busca la paz y corre tras ella». Y, cuando cumpláis todo esto, tendré mis ojos fijos sobre vosotros, mis oídos atenderán vuestras súplicas, y antes de que me interroguéis os diré yo: «Aquí estoy». Hermanos amadísimos, ¿puede haber algo más dulce para nosotros que esta voz del Señor, que nos invita? Mirad cómo el Señor, en su bondad, nos indica el camino de la vida.

Si se considera necesario algo un poco más severo con el fin de corregir los vicios o mantener la caridad, no abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios (Benito de Nursia, Prólogo a la Regla).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres» (Fil 4,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La alegría es oración. La alegría es fuerza. Es como una red de amor que coge a las almas. Dios ama al que da con alegría. El que da con alegría, da más. No hay mejor manera de manifestar nuestra gratitud a Dios y a los hombres que aceptar todo con alegría. Un corazón ardiente de amor es necesariamente un corazón alegre. No dejéis nunca que la tristeza se apodere de vosotros hasta el punto de olvidar la alegría de Cristo resucitado. Continuad dando Jesús a los demás, no con palabras sino con el ejemplo, por el amor que os une a él, irradiando su santidad y difundiendo su amor profundo, id por todas partes. Que vuestra fuerza no sea otra que la alegría de Jesús. Vivid felices y en paz. Aceptad todo lo que él da y dad todo lo que él toma con una gran sonrisa (Madre Teresa).

 

Día 17

Lunes de la tercera semana de adviento

 

 

LECTIO

Primera lectura: Números 24,2-7.15-17a

2 En aquellos días, Baloán levantó los ojos y vio a Israel acampado por tribus, el espíritu de Dios vino sobre él,

3 y pronunció este oráculo: Oráculo de Balaán, hijo de Beor; oráculo del varón clarividente;

4 oráculo del que escucha palabras de Dios, del que ve la visión del Poderoso, y cae en éxtasis con los ojos abiertos.

5 ¡Qué bellas son tus tiendas, Jacob, y tus moradas, Israel!

6 Son como torrentes que se alargan, como jardines junto al río, como áloes plantados por el Señor, como cedros junto a la corriente.

7 Los cántaros rebosan de agua, y aguas abundantes riegan su semilla.

Su rey es más alto que Agag y su reinado crece en poderío.

15 Y pronunció este oráculo: Oráculo de Balaán, hijo de Beor; oráculo del varón clarividente;

16 oráculo del que escucha palabras de Dios y conoce los designios del Altísimo; que ve la visión del Poderoso, y cae en éxtasis con los ojos abiertos.

17 Lo veo, pero no para ahora; lo contemplo, pero no de cerca: una estrella sale de Jacob, un cetro surge de Israel.

 

**• En una larga y compleja narración acerca del tiempo del camino por el desierto, el libro de los Números cuenta cómo Balaak, rey de Moab, para oponerse al paso de Israel, alquiló a un potente adivino pagano, Balaán, para que soltase sus sortilegios contra Israel y lo maldijera. Éste, sin embargo, en vez de aniquilar al pueblo, como indica su nombre "devorador", es confundido por el Señor y obligado a profetizar en favor de Israel.

La presente lectura propone algunos versículos del tercer y cuarto oráculos que pronunció. El primero anuncia la prosperidad y fecundidad de Israel, con la imagen de un campamento enorme de hermosas y ricas tiendas y la de un paisaje con plantas frondosas y abundancia de agua que indican la vitalidad (w. 5-7). El cuarto añade a los precedentes (w. 16-17) la descripción de una realeza ideal, que es una visión idealizada de la monarquía davídica, en cuanto destinataria de la promesa divina comunicada por el profeta Natán (cf. 2 Sm 7), y constituye el origen del mesianismo real. Balaán, en sustancia, debe profetizar el gran futuro de Israel, signo concreto de la fidelidad divina a la promesa dada a David.

«Una estrella sale de Jacob, un centro surge de Israel» (v. 17). El cetro es claramente símbolo de la realeza; la estrella, sin embargo, hay que vincularla a una idea difusa de la antigüedad: la aparición de un nuevo astro significaría o el nacimiento de un rey o un gran acontecimiento de la historia. Comienza aquí en el Antiguo Testamento el motivo difundido en el mundo judaico intertestamentario de la estrella como símbolo del Mesías, el "hijo de la estrella".

 

Evangelio: Mateo 21,23-27

23 Jesús entró en el templo, y mientras enseñaba, se le acercaron los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo y le dijeron:

-¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado esa autoridad?

24 Jesús les respondió:

-También yo os voy a hacer una pregunta. Si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto.

25 El bautismo de Juan, ¿de dónde venía, de Dios o de los hombres?

Ellos discutían entre sí y comentaban: «Si decimos que de Dios, nos dirá: ¿Por qué no le creísteis?

26 Y si decimos que de los hombres, hay que temer a la gente, porque todos piensan que Juan era un profeta».

27 Así que respondieron a Jesús: -No sabemos.

Entonces Jesús les dijo: -Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.

 

*»• El evangelista muestra a los adversarios de Jesús que protestan, por considerarla pretensión ilegítima, su juicio sobre el templo y la expulsión de los vendedores.

Preguntan en nombre de qué autoridad ha actuado de tal modo y sentenciado sobre la relación del pueblo con Dios. Jesús, por su parte, contraataca, pidiéndoles que se decidan en su postura sobre el bautismo de Juan (v. 25), y es que el bautizar había sido la acción más llamativa del Bautista. El Nazareno exige una alternativa clara y decidida. A través de la pregunta se ven obligados a hacer una seria reflexión de su propia actitud equivocada frente a Dios.

La pregunta de Jesús no es, como podría parecer al lector, una escapatoria táctica, un modo de desplazar el campo de atención evitando así dar una respuesta comprometedora. Se trata más bien de hacer una seria invitación a la conversión; pide tomar partido respecto a la predicación de Juan el Bautista, que había sido precisamente una llamada a la conversión.

Su predicación ponía a los jefes religiosos en una situación análoga a la deseada por Jesús. Su negativa a responder manifiesta su mala voluntad, su actuar con cálculos políticos de conveniencia (w. 25-26), olvidando que la primera obligación de los jefes, como de cualquier fiel, es la conversión. De lo contrario Dios puede callar ante el incrédulo, como sugiere la perentoria afirmación final de Jesús: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas» (v. 27).

 

MEDITATIO

La promesa mesiánica de la primera lectura nos invita a meditar en la fidelidad de Dios, en las promesas y en el poder del Señor que desbarata cualquier poder que se oponga a su proyecto de liberación, ya se trate de fuerzas humanas o suprahumanas. De hecho, en Balaán, obligado a profetizar en favor de Israel, descubro el ejemplo eficaz y alentador del irresistible triunfo del plan de Dios.

La lectura del evangelio me exige confrontar mis opciones con las exigencias evangélicas, preguntándome si no podré reconocerme a veces en la actitud de los adversarios de Jesús y si su reacción incrédula no será también el retrato de mi condición interior a la no disponibilidad.

¿No soy, tal vez, como los adversarios de Jesús que rechazan la invitación a tomar una decisión responsable frente a Dios? Seré como ellos si no me formo seriamente un juicio personal de fe sobre las vicisitudes de la vida, prefiriendo quedarme en términos de conveniencia y en otras consideraciones. El evangelio desenmascara muchas de mis preocupaciones demasiado humanas, dictadas no por el temor de Dios, sino por el deseo de conservar el poder o, sencillamente porque se cumplan mis apetencias. Mis deseos, si no buscan la voluntad del Señor, tienen la misma consistencia que los proyectos de Balaak y de Balaán confundidos y desbaratados por Dios en un instante.

 

ORATIO

Como hiciste con Balaán, oh Padre, descorre el velo de nuestros ojos, para que podamos admirar las maravillas que haces en medio de tu pueblo y para que se alegre nuestro corazón con y por tu pueblo, que adquiriste y formaste en tu Hijo.

Como hiciste con Balaán, oh Padre, descorre el velo de nuestros ojos para que podamos acoger en la fe a tu Hijo que viene. Que sea él la estrella que nos guía en el camino y que nos colma de gozo. Que su luz disipe las tinieblas de nuestro corazón, cuando damos vueltas a nuestros cálculos y lógicas que ignoran tu soberanía sobre nosotros. Que su luz ponga en claro la calidad de tantas de nuestras preocupaciones que se mueven no por tu santo temor, sino por el deseo miope de conservar nuestros ridículos tesoros y de que se ejecuten nuestros proyectos.

Ahora, como hiciste antaño con Balaán, obligándole a profetizar en favor de tu pueblo, Padre, ayúdanos a recordar que sólo tus planes tienen éxito y que nada se puede oponer a tu querer soberano.

 

CONTEMPLATIO

Lo que les pasa a los que desde la cumbre de una montaña alta miran hacia abajo un mar profundo e insondable, es lo que me pasa a mí cuando bajo los ojos desde la altura de la misteriosa frase del Señor: «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». La promesa de Dios es tan grande que supera los últimos límites de la felicidad. ¿Existe otro bien que se pueda desear? El que ve a Dios ha obtenido todos los bienes, una vida sin ocaso, la bienaventuranza inmortal, un gozo perenne, la verdadera luz, una paz espiritual y dulce, una perpetua alegría. Pero ¿acaso la pureza de corazón no es una de esas virtudes inalcanzables porque supera nuestra naturaleza? Las cosas no son así (...).

Me parece que Dios desea mostrarse cara a cara al que tenga el ojo del alma bien purificado. Si, por consiguiente, remueves las malezas que han cubierto tu corazón, resplandecerá en ti la belleza divina. Este sublime espectáculo ¿en qué consiste? En la santidad, en la simplicidad y en todos los resplandores radiantes de la naturaleza divina por los cuales se ve a Dios (Gregorio de Nisa, Homilías, 6, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «[Dichoso] el que escucha la Palabra de Dios y conoce la ciencia del Altísimo» (Nm 24,4.16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿De verdad quieres convertirte? ¿Quieres ser transformado? ¿O bien mantienes fuertemente con una mano tus viejos modos, mientras con la otra suplicas a la gente que te ayude a cambiar?

La conversión es algo que no puedes regalarte a ti mismo. No es cuestión de fuerza de voluntad. Tienes que confiar en la voz interior que te muestra el camino. Conoces esa voz. Te miras en ella a menudo.

Pero después de haber oído con claridad lo que se te pide que hagas, empiezas a poner pegas y a buscar la opinión de los demás. De esa forma te ves atrapado en una incontable variedad de opiniones, sentimientos e ¡deas contradictorios, y pierdes el contacto con Dios que está contigo. Así terminas por depender de las personas que te has buscado para que estén a tu alrededor. Sólo con una atención constante a la voz interior te convertirás a una nueva vida libre y gozosa (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1997, 20).

 

Día 18

Martes de la tercera semana de adviento

 

 LECTIO

Primera lectura: Sofonías 3,1-2.9-13

Así dice el Señor:

1 ¡Ay de la ciudad rebelde, impura y opresora!

2 No ha escuchado nunca la llamada, no ha aceptado la corrección, jamás ha confiado en el Señor, no ha recurrido a su Dios.

9 Yo daré entonces a los pueblos labios puros, para que todos invoquen el nombre del Señor y le sirvan todos unidos.

10 Desde el otro lado de los ríos de Etiopía, los que me adoraban y yo dispersé, me traerán sus ofrendas.

11 Aquel día no tendrás que avergonzarte de las perversas acciones con las que te rebelaste contra mí.

Extirparé a tus arrogantes fanfarrones de en medio de ti, y no volverás a engreírte en mi monte santo.

12 Yo dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que buscará refugio en el nombre del Señor.

13 El resto de Israel no cometerá más iniquidad, no dirá más mentiras, ni hablará con falsedad.

Se alimentarán y reposarán sin que nadie los inquiete.

 

**• El comienzo de este fragmento litúrgico relata una amenaza del Señor contra los jefes de la nación, que buscan sólo su propio interés en vez de dedicarse a la fe del pueblo. Sin embargo, después del juicio aparece una palabra de esperanza, en la que la purificación del pueblo y de Jerusalén mira a la promesa de la alegría mesiánica y la reunión de los dispersos (cf. Sof 3,14-20). El anuncio de la purificación de los pueblos (v. 9) que abandonan el culto a otras divinidades y elevan su profesión de fe al Señor manifiesta la espera profética de una profunda renovación de la humanidad por obra del Señor.

Esta renovación consiste en la conversión del corazón humano, que se traduce en acoger la ley divina, en el culto al Dios verdadero. Es una transformación antropológica que afecta sobre todo al pueblo de Dios, en el que desaparece todo rastro de soberbia, como síntesis del pecado humano, de un orgullo que tiende a ocupar el puesto de Dios (v. 11). El pueblo del tiempo de la salvación al que se promete el descanso y la paz es un «resto» (v. 13), es decir, un grupo políticamente frágil y culturalmente irrelevante y despreciado, que no puede precisamente presumir de sus propias fuerzas, sino que experimenta con gratitud la fidelidad de su Dios. Está constituido por los "pobres del Señor" (v. 12), o sea, los que tienen a Dios como único recurso de su propia vida y confían plenamente en él traduciendo su humilde confianza en una obediencia práctica de la voluntad divina.

 

Evangelio: Mateo 21,28-32

28 En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Anda, hijo, ve a trabajar hoy en la viña».

29 Él respondió: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue.

30 Luego se acercó al segundo y le dijo lo mismo.

Él respondió: «Voy, señor». Pero no fue.

31 ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?

Le contestaron:

-El primero.

Entonces Jesús les dijo:

-Os aseguro que los publícanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de Dios.

32 Porque vino Juan a mostraros el camino de la salvación y no le creísteis; en cambio los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y vosotros, a pesar de verlo, no os arrepentisteis ni creísteis en él.

 

**• Los jefes del pueblo, que en el contexto precedente aparecían como interlocutores malévolos de Jesús (cf. Mt 21,23-27), no tienen intención de escucharle. Jesús pone al desnudo su incoherencia y los provoca con la perspectiva de una ventaja religiosa de los publicanos y prostitutas con respecto a ellos. Y lo hace con la parábola de los dos hijos distintos, que se aclara teniendo como trasfondo, aceptado tanto por el Bautista como por Jesús, la tradición veterotestamentaria sobre la necesidad de la «justicia», esto es, de una fe que busca llevar a la práctica fielmente la voluntad de Dios en el día a día.

La parábola no exalta a los pecadores y desprecia a los devotos, como puede parecer basándonos en ciertas lecturas sesgadas, sino que anuncia la extraordinaria cercanía de Dios al pecador, al que ofrece siempre un cambio de vida. También aparece la denuncia de la frecuente incoherencia de tantos creyentes, ejemplarizados en el primer hijo, cumplidores sólo de boquilla. La confrontación llamativa entre publicanos y prostitutas y los hombres de religión (w. 31-32) no es tanto una condena de estos últimos por parte de Jesús, cuanto una última llamada apremiante a la conversión.

 

MEDITATIO

La parábola de los dos hijos es una severa admonición para mí si, como el primer hijo, respondo afirmativamente, pero luego no voy a trabajar a la viña. Debo hoy poner sobre el tapete mis incoherencias y la obediencia meramente formal, cuando antepongo a las exigencias del evangelio mi pequeño «yo». El riesgo no es sólo el no cumplimiento, sino también el reducir mi justicia moral y religiosa a una imagen de fachada, mientras mi corazón olvida la amorosa inquietud de la búsqueda sincera de la voluntad de Dios.

Resulta por tanto importante la contemplación del paradójico estilo de nuestro Dios, que llama a la conversión incluso a los más lejanos y derrama sus bendiciones a los pobres, a los que sólo confían en él sin poder presumir de sí mismos ni de sus méritos. La parábola evangélica de los dos hijos diversos me interpela sobre la suma importancia de la humildad como cualidad necesaria de la fe que da acceso al reino de Dios. Y, por otra parte, esta dura palabra evangélica me llena también el corazón de gratitud, recordándome que Dios ama a los que no se apoyan en sus propios méritos, sino que, confiando sólo en su misericordia y su fidelidad, están dispuestos a cambiar realmente de vida.

 

ORATIO

Tu Palabra hoy nos fustiga y nos consuela. Nos fustiga porque cuando nos invitas a trabajar en tu viña, como el hijo mayor de la parábola, con frecuencia respondemos: «Sí, Señor»; pero luego no vamos. Estamos demasiado ocupados y preocupados por nuestro «yo» para estar de veras disponibles a buscar sinceramente tu voluntad. Socórrenos con tu Espíritu, para que podamos velar sobre nosotros mismos con el fin de que nuestra adhesión a tu voluntad no se reduzca a palabras huecas.

Pero, además de fustigarnos, tu Palabra nos consuela, porque nos recuerda que incluso a aquel que esté más aferrado al mal le quieres dirigir una palabra de salvación dándole la oportunidad de arrepentirse, de cambiar de vida, de romper con la obstinación del corazón.

Con humildad y confianza acudimos a ti, Dios que ama a los que no confían en sus propios méritos, y confiamos únicamente en tu misericordia y fidelidad.

 

CONTEMPLATIO

Oh pueblos, oh tierra entera, gritemos al Señor, y escuchará nuestra oración, porque el Señor se alegra del arrepentimiento y de la conversión de los hombres. Todas las potencias celestes esperan que también gocemos de la suavidad de Dios y contemplemos la belleza de su rostro. Cuando los hombres conservan el santo temor de Dios, la vida en la tierra es serena y dulce. Ahora, sin embargo, los hombres han comenzado a vivir según su propia voluntad y su razón, y han abandonado los santos mandamientos, y esperan encontrar felicidad sin el Señor, no sabiendo que sólo el Señor es nuestra verdadera alegría y sólo en el Señor el hombre encuentra felicidad. Él caldea el alma como el sol reaviva las flores del campo y como el viento le acuna, infundiéndole vida.

Señor, dirige tu pueblo hacia ti, para que conozca tu amor y todos vean en el Espíritu Santo la mansedumbre de tu rostro: que todos gocen aquí en la tierra de la visión de tu rostro y -viéndote como eres- se asemejen a ti. Gloria al Señor, porque nos ha concedido el arrepentimiento y por medio del arrepentimiento todos seremos salvados sin excepción (Archimandrita Sofronio, Silvano del Monte Athos, Madrid 1996, 314).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde» (Sof 3,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El pueblo mesiánico, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como de instrumento de redención universal y lo envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16).

Así como el pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (2 Esd 13,1; Nm 20,4 Dt 23,1 ss), así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cf. Heb 13,14), también es designado como Iglesia de Cristo (cf. Mt 16,18), porque fue El quien la adquirió con su sangre (cf. Hch 20,28), la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social. Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús el autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutífera. Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos. Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso (LG, 9).

Día 19

Miércoles de la tercera semana de adviento

 

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 45,6b-8.18.21b-25

6b Yo soy el Señor, y no hay otro.

7 Yo formo la luz y creo las tinieblas, construyo la paz y creo las desdichas.

Yo, el Señor, hago todo esto.

8 Cielos, destilad el rocío; nubes, lloved la liberación; que la tierra se abra, que brote la salvación, y junto con ella germine la justicia.

Yo, el Señor, lo he creado.

18 Así dice el Señor, creador del cielo -él es Dios-, él modeló la tierra, la fabricó y la afianzó; no la creó vacía, sino que la formó habitable:

«Yo soy el Señor, y no hay otro».

No hay otro Dios fuera de mí.

21b Yo soy un Dios justo y salvador, y no existe ningún otro.

22 Volveos a mí y os salvaréis, confines de la tierra, pues yo soy Dios y no hay otro.

23 Por mí mismo lo juro, de mi boca sale una sentencia, una palabra irrevocable:

«Ante mí se doblará toda rodilla, por mí jurará toda lengua».

24 Dirán: «La salvación y el poder vienen sólo del Señor».

Quedarán en ridículo todos los que se enfrentaban a él.

25 Con el Señor triunfará y será grande toda la estirpe de Israel.

 

**• Las palabras del profeta dirigidas a Ciro son un himno a Dios que, a través de su Ungido, ejecuta la salvación (cf. Is 45,1). Se afirma decididamente que sólo el Dios de Israel es el Señor, porque hace todo (luz y tinieblas; salvación y desgracia) y es el creador, es decir, su acción es el origen de todo "radicalmente nuevo", desde el primero al último día. En todo el fragmento aparece una expresión singular: «Yo soy YHWH» (cf. w. 5.6.14.18.22), que es un modo de afirmar la unicidad de Dios, su poder y su señorío absoluto sobre la historia del hombre.

Su poder se manifiesta en la creación del mundo, realidad vacía y sin sentido pero con el fin positivo y altísimo de ser la morada de la humanidad (v. 18). Pero el culmen de su señorío se manifiesta más en su querer y poder salvar a la humanidad (w. 21-22) y en suscitar en la búsqueda sincera de la justicia y el bien (v. 8). Así se revela como «Dios justo» (v. 21), es decir, capaz de instaurar una relación de comunión y de alianza, y por consiguiente es «Dios salvador».

Sobre todas las cosas, mundo y humanidad, Dios domina soberano y nada puede oponerse a su voluntad: el actuar divino en favor de los fieles, aun siendo misterioso e imprevisible, está patente a los ojos de todos y manifiesta su incomparabilidad y unicidad. Éste es el Dios que Israel, como pueblo de Dios, debe dar a conocer a los demás pueblos.

 

Evangelio: Lucas 7,19-23

En aquel tiempo, Juan envió a dos de sus discípulos a preguntar al Señor:

-¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de esperar a otro?

20 Ellos se presentaron a Jesús y le dijeron:

-Juan el Bautista nos envía a preguntarte: ¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de esperar a otro?

21 En aquel momento, Jesús curó a muchos de sus enfermedades, dolencias y malos espíritus, y devolvió la vista a muchos ciegos.

22 Después les respondió:

-Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia;

23 y dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo.

 

*» Lucas, presentando al Bautista, nos muestra la figura de un creyente que ha optado vivir por Dios en cada instante. Él se ha unido a su Dios siempre, lo ha sentido increíblemente cercano y creyó reconocerlo en un misterioso hombre de Galilea, venido a bautizarse por él en el Jordán: Jesús de Nazaret (cf. 3,16-17).

Pero en su soledad y oscuridad de la prisión herodiana, un enorme temor le llena de tristeza: ¿Acaso se equivocó respecto al que señaló como cordero de Dios? A pesar de todo, la fe de Juan es mayor que su duda. Así, en vez de poner en tela de juicio su espera, manda una embajada a Jesús, pidiendo luz y ayuda para comprender. Juan se reduce más a lo esencial, se hace más pobre si cabe, preguntándose simplemente: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?» (v. 19).

Y Jesús responde a la pregunta de Juan, indicando lo que hace ante los ojos de los enviados por el Bautista (v. 21). Pero no son sencillamente los milagros los que responden en su favor remitiéndose a los textos bíblicos del Antiguo Testamento, sino también el hecho de que en sus obras se descubren los signos del comienzo de una humanidad nueva, que sabe acoger la Palabra de Dios, ver sus maravillas y caminar por sus sendas: «Los ciegos ven, los cojos andan... los sordos oyen...» (v. 22ab).

Pero sobre todo contesta al profeta encarcelado: «a los pobres se les anuncia la buena noticia» (v. 22c). Un pobre como el prisionero Juan comprenderá y no se escandalizará ante el estilo paradójico del actuar de Dios en Jesús; antes bien, será realmente «dichoso» (v. 23).

 

MEDITATIO

La palabra evangélica me presenta hoy al Bautista como testigo de Cristo con su vida. En Juan se me presenta la figura del verdadero pobre declarado dichoso por Jesús, el creyente que camina en la paciencia y sabe corregir las propias apreciaciones de la espera según el estilo imprevisible del venir de Dios. Por esta razón, puede ahondar en su propia esperanza hasta el testimonio supremo.

De la figura evangélica del Bautista también aprendo que la fe más fuerte y sincera puede coexistir con la duda y que sólo hay un modo para vencer esta duda que atenaza el corazón. Juan me recuerda que sólo puedo superar la prueba con la oración: renunciando a poner en tela de juicio la promesa de Dios y revisando mis limitados modos de comprender la promesa divina y de esperar su cumplimiento, ahí es donde encuentro la paz.

A esa fe que invoca, Dios responderá regalándome un nuevo modo de ver las cosas que me permite contemplar los signos de su amor en mi vida y los signos de esa humanidad nueva que sigue creando todavía hoy. Descubro así la verdad de la palabra del profeta Isaías, según el cual, más allá de los aparentes desmentidos de la historia, el Señor puede y quiere salvar a su pueblo, aun cuando su actuación no deja de ser en gran parte misteriosa y refractaria a toda comparación con las soluciones humanas para tales problemas.

 

ORATIO

«Cielos, destilad el rocío; nubes, lloved la liberación; ábrase la tierra y brote la salvación». Con el profeta Isaías te invocamos en estos días que preparan el nacimiento de tu Hijo, en los que el cielo y la tierra se encuentran y tu divinidad se une a nuestra humanidad para realizar el admirable intercambio: Dios se hace hijo del hombre, para hacernos a los hombres sus hijos.

Esta certeza de fe no impide que broten en mi corazón dudas y temores. A veces llego a pensar que mi vida sea un camino infinito, sin final. Lo único que me queda es ser yo mismo y dirigirte, Señor, con todo mi ser, una plegaria, pues sólo en ti está la victoria y el poder.

Como el Bautista me dirijo a ti, para que tu luz me ayude a contemplar los signos de la nueva humanidad que estás creando ya ahora en nuestro mundo.

 

CONTEMPLATIO

Dios y Señor mío: atiende a mi corazón y escuche tu misericordia mi deseo, porque no sólo me abrasa en orden a mí, sino también en orden a servir a la caridad fraterna; y que así es, lo ves tú en mi corazón. Dame lo que debo ofrecer porque soy un mendigo necesitado, tú eres «rico con los que te invocan». Tú, libre de toda necesidad, y que seguro cuidas de nosotros.

Señor, Dios mío, luz de los ciegos y fortaleza de los débiles y también luz de los que ven y fortaleza de los fuertes, atiende a mi alma. Porque si no estuviesen aún en lo profundo tus oídos, ¿adonde iríamos, adonde clamaríamos?

Si llamo a la puerta, no la cierres. Apaga mi amor, porque ya amo y esto es don tuyo. No abandones tus dones ni desprecies a tu hierba sedienta. Te conjuro por nuestro Señor Jesucristo, por medio del cual has venido en mi búsqueda; yo que no te buscaba y me has buscado para que te buscase (San Agustín, Confesiones, XI,2).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Volveos a mí y os salvaréis» (Is 45,22).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En el Tiempo de adviento debe movernos una pregunta, la pregunta sobre el que debe venir. ¿Qué significa esta pregunta? ¿Qué se entiende por «el que ha de venir»?

En tiempos del Bautista y de Jesús en todos los corazones del pueblo hebreo estaba muy viva la pregunta sobre el que debía venir y la esperanza en él. Se trata de la esperanza del Mesías, el rey del dichoso fin de los tiempos, que vendrá a poner fin a toda miseria e injusticia en la tierra y a inaugurar el señorío de Dios, señorío de justicia y salvación. Esta esperanza nació de las palabras de los antiguos profetas, cuidadosamente recogidas en la Escritura, y había penetrado en los corazones anhelantes. De tal esperanza nace a su vez la pregunta: ¿Cuándo vendrá el esperado? ¿Quién será? «Centinela, ¿cuánto queda de la noche?» (Is 21,11).

En base a esta esperanza se le hace a Jesús la pregunta: ¿Eres tú aquél? La pregunta brota de tal esperanza. Y sólo la podremos plantear si esa esperanza sigue viva en nosotros. La pregunta carece de sentido para los satisfechos de que el mundo sea como es. Sea porque para ésos el mundo constituye el lugar donde disfrutar de la vida, sin hacer caso de las sombras que lo invaden, ateniéndose sólo a la luz, despreocupando la mente de todo y acogiendo la alegría como llega, día a día. Sea que para ésos el mundo constituya el lugar de la lucha y la fatiga, en que el hombre, los hombres crean en comunidad sus obras, las cuales recompensan por la dedicación y el sacrificio que cuestan y hacen la vida aceptable (R. Bultmann, Prediche di Marburg, Brescia 1973, 213-214).

 

Día 20

Jueves de la tercera semana de adviento

 

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 54,1-10

1 Canta de alegría, estéril, tú que no dabas a luz; rompe a cantar de júbilo, tú que no conocías los dolores de parto, porque serán más los hijos de la abandonada que los hijos de la casada, dice el Señor.

2 Ensancha el espacio de tu tienda, despliega tus toldos sin miedo, hinca tus estacas y alarga tus cuerdas,

3 porque te extenderás a derecha e izquierda; tu descendencia heredará naciones y poblará ciudades desiertas.

4 No temas, no quedarás en ridículo; nadie te afrentará ni te sonrojará.

Olvidarás la vergüenza de tu soltería, dejarás de recordar el oprobio de tu viudez;

5 pues tu esposo es tu Creador, su nombre es el Señor todopoderoso; tu libertador es el Santo de Israel

-se llama Dios de toda la tierra-.

6 El Señor te vuelve a llamar como a mujer abandonada y abatida.

¿Podrá ser repudiada la esposa de juventud?

Esto dice tu Dios:

7 Por un breve instante te abandoné, pero ahora te acojo con inmenso cariño.

8 En un arrebato de ira te oculté mi rostro por un momento, pero mi amor por ti es eterno

-dice el Señor, tu libertador-.

9 Me sucede como en tiempos de Noé, cuando juré que las aguas del diluvio no volverían a anegar la tierra; ahora juro no volver a airarme contra ti, ni amenazarte nunca más.

10 Aunque los montes cambien de lugar, y se desmoronen las colinas, no cambiará mi amor por ti, ni se desmoronará mi alianza de paz, dice el Señor, que está enamorado de ti.

 

**• En la presente profecía Isaías presenta a Sión, es decir, la comunidad engendrada por la muerte del Siervo del Señor (Is 53), que es la que experimenta la renovación de la alianza, el reflorecer un amor conyugal y el alegrarse de una íntima, amorosa relación que une a Dios con su pueblo redimido.

El profeta repasa la historia del pueblo elegido, sirviéndose del simbolismo del amor esponsal entre Dios y Sión. Así el destierro se parangona con la viudez o repudio (v. 4), y la tragedia que había convulsionado a los habitantes de Jerusalén se presenta como la triste condición de esterilidad de una mujer ansiosa de tener numerosos hijos (v. 1). Pero el Señor cambia la suerte de su pueblo y así Jerusalén, con la vuelta de los desterrados y la repoblación de la ciudad, puede experimentar sensiblemente la vitalidad de un amor que parecía irremediablemente acabado. La nueva milagrosa fecundidad será signo de la bendición del esposo divino que, en realidad, nunca rechazó la propia esposa, aunque en los momentos dolorosos y sombríos afrontados por el pueblo hizo pensar a Sión que estaba olvidada y hasta castigada por el mismo Dios. Como, tras el diluvio, Dios se comprometió con Noé en una alianza eterna (cf. Gn 9,9ss), ahora al pueblo de los desterrados les promete una alianza incondicional, eterna, porque no se basa en posibles infidelidades de Sión, sino en el indefectible amor divino (w. 9-10).

 

Evangelio: Lucas 7,24-30

24 Cuando los mensajeros se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a la gente:

-¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?

25 ¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre lujosamente vestido?

Los que visten con lujo y se dan buena vida están en los palacios de los reyes.

26 ¿Qué salisteis entonces a ver? ¿Un profeta? Sí, incluso más que un profeta.

27 Éste es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti; él te preparará el camino.

28 Os digo que entre los nacidos de mujer no hay otro mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.

29 Todos los que escucharon a Juan, incluidos los publicanos, acogieron la oferta de Dios y recibieron su bautismo,

30 pero los fariseos y los doctores de la ley frustraron el plan de Dios para con ellos y rechazaron el bautismo de Juan.

 

**• Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, Jesús comienza a hablar del Bautista a la gente, haciendo preguntas para suscitar el asentimiento de los oyentes. Quiere llevarles a que reconozcan en Juan no sólo un profeta, sino sobre todo el que ha abierto camino a Cristo.

Juan es el profeta auténtico que busca a Dios en el desierto, en la penitencia, con fe firme, no vacilante y ajena a cualquier compromiso con el mundo del poder, del aparentar (w. 24-25). Y, sin embargo, esta interpretación de la figura de Juan, como profeta que ha dedicado toda su vida a la causa de Dios, no llega al nivel más profundo del significado de su misión. Jesús indica a Juan como el mensajero prometido por Malaquías (Mal 3,1), esto es, el que abre camino al Mesías, el que señala una etapa radicalmente nueva de la historia de la salvación, cuando reclama que debemos reconocer la necesidad de conversión.

Pero el elogio del Bautista por parte de Jesús es también una seria reprobación para el que se tiene por justo, sin necesidad de conversión. La sentencia evangélica final es particularmente severa (v. 30). Va dirigida a los hombres de religión que, presumiendo de justos, no han acogido la predicación de Juan ni su bautismo de purificación.

Pues bien, según Jesús, éstos han frustrado, con su comportamiento, el mismo designio salvífico de Dios para con ellos.

 

MEDITATIO

La lectura de Isaías nos lleva a meditar en el amor esponsal del Señor y en el papel positivo que la prueba puede asumir en el camino de la fe. Se nos invita a reconocernos en la figura femenina de Sión, que si bien se sentía «abandonada y con el ánimo afligido», ahora experimenta la alegría de sentirse amada por un esposo fiel, que no repudia a la compañera de la juventud, sino que la ama con mayor ternura. Una vez más debemos reconocer que la prueba de la fe nos abre a una acogida de comunión más profunda, simbolizada en la unión de hombre y mujer, y a una confianza más arraigada en la fidelidad divina.

La lectura evangélica, por su parte, nos estimula al testimonio, por medio de la meditación de la figura de Juan, testigo de Cristo. La firmeza de su persona apunta a la cualidad que requiere nuestro testimonio, que exige fortaleza, valentía y perseverancia.

Finalmente, la condena última de Jesús, dirigida a los que hacen vanos los designios de Dios (Le 7,30), es un aviso saludable para nosotros en el caso de que dejemos pasar la escucha de la Palabra de Dios como ocasión de sincera conversión.

 

ORATIO

«Por un breve instante te abandoné, pero ahora te acojo con inmenso cariño. En un arrebato de ira te oculté mi rostro por un momento, pero mi amor por ti es eterno -dice el Señor, tu libertador-» (Is 54,7-8).

Hoy, Señor, quiero cantar tu fidelidad, tu amor invencible, tu ternura ilimitada. Tú eres el Dios cercano, cuyos caminos son todos verdad, tú el esposo de Sión, tú el redentor de Israel. Tú te has inclinado a nuestra pobreza y nos has enriquecido de ti, has bajado a nuestro pecado y nos has curado, has alejado nuestro sonrojo y nos has revestido de ti mismo.

Tú nos has abierto las puertas del Reino en el que el más pequeño es inmensamente grande porque es tu hijo, por el que tu mismo Hijo unigénito se ha hecho hombre y ha muerto en cruz.

Tú por nosotros has rasgado el cielo y en la plenitud de los tiempos nos has enviado a tu Hijo, que se ha constituido en nuestro compañero de viaje, nuestro hermano y nuestro Señor.

 

CONTEMPLATIO

En el hombre todo era luminoso, sin tinieblas; hermoso, sin fealdad; puro, sin mancilla... Pero ¡oh desgracia sin igual! Ese vaso del todo divino se quiebra en mil pedazos; esta hermosa estrella cae; este hermoso sol se cubre de lodo; el hombre peca, y pecando, pierde la inocencia, la hermosura y la inmortalidad. En fin, pierde todos los bienes recibidos y se ve asaltado por una infinidad de males (...) La Sabiduría eterna conmuévese vivamente ante la desgracia del pobre Adán y de toda su posteridad. Contempla con suma pena el vaso de honor hecho pedazos, rasgado su retrato, aniquilada su obra maestra. Queriendo salvar al hombre desventurado, a quien se sentía inclinada a amar, halló un remedio admirable.

¡Proceder asombroso, amor incomprensible llevado hasta el exceso! Su ofrecimiento es aceptado; su consejo, tomado y decretado: el Hijo de Dios se hará hombre en el momento conveniente y en las circunstancias de antemano señaladas. La Sabiduría eterna, durante todo el tiempo que transcurrió antes de su encarnación, testimonió de mil maneras a los hombres el amor que les profesaba. Ella misma se ha difundido por diversas naciones, en las almas santas, para formar en ellas amigos de Dios y profetas (Luis María Grignion de Montfort, El amor de la Sabiduría eterna, Madrid 1954, 38-47, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mi amor por ti es eterno, dice el Señor» (Is 54,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Pertenecemos al grupo de los que sufren por este mundo? ¿De los que miran más allá de lo invisible, hacia fo invisible? ¿Pertenecemos a los que esperan, aguardan al que debe venir? Éstas son las preguntas del adviento. Si somos de éstos, nuestra pregunta, como la del Bautista, se dirige a Jesús: «¿Eres el que ha de venir?». ¿Es de verdad él, el que trae consigo el reino de la paz? Si fuese él ya se debería haber efectuado. Si es él quien debe venir, ya ha existido desde hace más de 2.000 años. ¿Se ha transformado el mundo?

Esto es lo que afirma la comunidad cristiana: él ya ha venido y ha traído con él el mundo nuevo y, sin embargo, él es todavía uno que debe venir. Gracias a su venida se ha transformado totalmente nuestro modo de ver el mundo y el tiempo. Su venida no es un acontecimiento de la historia del mundo que aconteció y pasó sin más; se trata más bien de un acontecimiento que significa el final de la historia.

Los que creen en él se sustraen a la corriente del tiempo para sumergirse en la eternidad; poseen la verdad, la pureza, la vida; como la miseria es la muerte, ya no pueden caer en desesperación, ni el mal puede espantarnos ni fuera ni dentro de nosotros: ha desaparecido, absorbido por la gracia de Dios.

De todo esto el cristianismo está seguro por la fe. Y la peculiar situación de los cristianos es tal que, mientras estén en la tierra, deben recorrer su camino en la fe y no en la visión. Ésos, que en Cristo no pertenecen a este mundo ni a este evo, aunque continúan estando en el tiempo. Y dado que la venida de Jesús no es un mero acontecimiento del pasado, sino el fin de toda la historia, el que ha venido es a la vez el que debe venir y será así hasta el fin del mundo y del tiempo. Para nosotros, que continuamos viviendo en la historia, él es siempre el que Viene, el que siempre nos arranca, nos levanta más arriba de la vida y de la actividad temporal y de cuanto en ello existe de perecedero y mísero, del pecado y la muerte (R. Bultmann, Prediche di Marburg, Brescia 1973, 221-222).

 

Día 21

Viernes de la tercera semana de adviento

 

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 56,l-3a.6-8

1 Así dice el Señor: Guardad el derecho, actuad con rectitud, pues ya llega mi salvación y está a punto de revelarse mi liberación.

2 Dichoso el hombre que actúa así, el mortal que se mantiene fiel, que observa el sábado, y no lo profana, y que evita actuar perversamente.

3a Que no diga el extranjero que se ha unido al Señor:

«Sin duda, el Señor me separará de su pueblo».

6 Y a los extranjeros que deciden unirse y servir al Señor, que se entregan a su amor y a su servicio, que observan el sábado sin profanarlo y son fieles a mi alianza,

7 los llevaré a mi monte santo, y haré que se alegren en mi casa de oración.

Aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; pues mi casa será casa de oración para todos los pueblos.

8 Oráculo del Señor, que reúne a los dispersos de Israel y reunirá otros a los ya reunidos.

 

*• El mensaje del profeta Isaías cobra un aire universalista y lleno de entusiasmo por la ciudad de Sión, concebida como el centro universal, desde el que Dios irradia su gloria. La profecía comienza con una exhortación a practicar la justicia (v. 1), porque es el camino que indica la sabiduría capaz de conducir a la dicha (v. 2). A continuación se proponen dos casos extremos, el extranjero y el eunuco, que podría pensarse que están excluidos de las promesas de Dios. Después de la respuesta al eunuco, se dirige al extranjero (w. 6-8) y se indica la necesidad de una síntesis entre culto y vida, como condición para poder acceder al servicio divino.

El profeta Isaías utiliza aquí el mismo lenguaje que el Levítico usa para los levitas, más aún, hace un parangón entre la situación del levita respecto a los sacerdotes de primera fila y la de los extranjeros respecto a la comunidad cultual de Jerusalén. Así como el levita tiene derecho a ser acogido en el cuerpo sacerdotal para servir al Señor, también el extranjero tendrá derecho a entrar en la comunidad cultual. Is 66,21 avanzará más, indicando la elección de sacerdotes y levitas del Señor también entre las naciones.

La única condición para participar en el pueblo de Dios y en la asamblea cultual no es la pertenencia étnica, sino una vida fiel a las exigencias de la alianza, ejemplarizada en el precepto del descanso sabático. Para todos Dios abre su casa, su templo, para que todos los justos experimenten su misericordia (v. 7).

 

Evangelio: Juan 5,33-36

33 En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: Vosotros mismos enviasteis una comisión a preguntar a Juan, y él dio testimonio a favor de la verdad.

34 Y no es que yo tenga necesidad de testigos humanos que testifiquen a mi favor; si digo esto, es para que vosotros podáis salvaros.

35 Juan el Bautista era como una lámpara encendida que alumbraba; vosotros estuvisteis dispuestos, durante algún tiempo, a alegraros con su luz.

36 Pero yo tengo a mi favor un testimonio de mayor valor que el de Juan. Una prueba evidente de que el Padre me ha enviado es que realizo la obra que el Padre me encargó llevar a cabo.

 

*•• Estamos inmersos en una controversia de Jesús contra los jefes judíos que lo acusan de haber violado el sábado, curando al paralítico (cf. Jn 5,16-18). El fondo del debate entre Jesús y los jefes es el de la fe contra la incredulidad.

Después de haber probado que su actuar es participación de la acción del Padre, Jesús se enfrenta con el argumento de testimonios contra él y de la importancia de su revelación sobre el Padre. Su revelación es verdadera porque el Padre testimonia a su favor por medio de sus obras. Aunque sus interlocutores no pueden acceder a este nivel de testimonio, sí pueden referirse al testimonio de Juan Bautista. El cuarto evangelio habla muchas veces del Bautista en su calidad de testigo (Jn 1,6.8.15; 1,19-35; 3,22-30), y aquí también se reconoce, pero a la vez se relativiza. De hecho, aun afirmando que el Bautista fue «lámpara» ardiente y brillante (v. 35), se recuerda que es sólo un hombre cuyo testimonio recibe fuerza de otro, del Padre. Y es el Padre quien testimonia a favor de Jesús, con las Escrituras y con «las obras» mismas de Jesús, mostrando cómo sintonizan su hacer en favor de la vida y de la libertad de la humanidad (cf. v. 17: «Mi Padre trabaja siempre, por eso yo trabajo también»).

 

MEDITATIO

Hoy la palabra del profeta Isaías nos abre al asombro y a la gratitud por la ilimitada misericordia divina que quiere la salvación de todos los hombres, rompiendo las barreras que fácilmente construimos en su nombre. También nos convoca, a nosotros que procedemos de los gentiles y no éramos su pueblo, a entrar como hijos en su casa y poder participar en la intimidad de su vida.

Ya no hay razón que valga para pretender vivir alejados de su amor, aduciendo quizás la excusa de nuestra indignidad. Él no nos exige títulos de nuestros méritos, sólo la búsqueda sincera de su voluntad y el deseo de morar en su «casa de oración».

En su casa encontramos la palabra de la Escritura donde late el corazón de Cristo y que da testimonio de él. A través de ella también resuena la voz del Bautista que nos señala al Esposo que está a punto de venir a nuestras vidas, y brilla para nosotros la luz de su testimonio iluminando nuestro camino hacia Cristo. De este modo empezamos a captar algo del profundísimo misterio de amor y comunión que lega el Hijo al Padre y que hace de la persona de Jesús y de sus obras la manifestación perfecta del rostro del Padre. El Padre no quiere juzgarnos, sino que apuesta incondicionalmente por la vida y la libertad de todos nosotros.

 

ORATIO

«Que tu gracia, Señor, nos preceda y nos acompañe siempre; así, a los que anhelamos vivamente la venida de tu Hijo, nos obtenga la salvación para la vida presente y para la futura». Así, Señor, oro también yo con tu Iglesia, en este día, pidiéndote que me aumentes el deseo de ti. Así podré alegrarme con la voz del Bautista que me anuncia la inminente venida de tu Hijo y gozar de la luz de su lámpara que me hace caminar al encuentro de Jesús, Dios que viene.

Pero sobre todo te alabo porque en Cristo me has concedido tantos hermanos y hermanas, que no eran de la estirpe de Israel, unos labios puros para alabarte y un corazón nuevo para adorarte, y con Jesús hemos obtenido un puesto en tu casa, un puesto como el de los hijos e hijas. Ahora con las palabras del profeta Isaías proclamo que «tu salvación está próxima a llegar; tu justicia, a punto de revelarse».

 

CONTEMPLATIO

El hombre de Dios, el hombre que teme al Señor, no sabe desear otra cosa que la salvación de Dios, que es Cristo Jesús. Es él al que desea ardientemente, hacia él se vuelve con todas sus fuerzas, él caldea el interior de su espíritu, a él abre su corazón y se lo ofrece, y tiene un único temor: el poder perderle. De este modo, cuanto más intensamente se compromete el alma con el anhelo de estar unida a su salvación, tanto más se consume. Y atinadamente dice: «He esperado en tu palabra». Ha esperado en la Palabra el hombre que ha dado fe a la palabra celestial que anuncia la venida de nuestro Señor Jesucristo (...).

Él es la salvación, la verdad, el poder y la sabiduría. Quien se consume por unirse a la verdadera fuerza, pierde lo que es suyo pero adquiere lo que es eterno (San Ambrosio, Comentario al Salmo 118, XI, 5-6, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Así dice el Señor: Guardad el derecho, actuad con rectitud» (Is 56,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Señor, también este año nos prometes andar al encuentro de la luz, de la fiesta de Navidad, que pone ante nuestros ojos la mayor realidad existente: tu amor, con el que has amado al mundo hasta darle tu Hijo único, para que el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna.

¿Qué te vamos a llevar, qué te podemos ofrecer? ¡Cuánta oscuridad en nuestras relaciones humanas y en nuestro interior! ¡Cuántos pensamientos confusos, cuánta frialdad y despecho, cuánta vanidad y odio! ¡Qué cantidad de cosas de las que no puedes estar satisfecho, que nos dividen entre nosotros y no son de ningún provecho!

¡Qué de cosas, en clamoroso contraste con el mensaje de Navidad!

¿Qué harás tú con tales dones y con gente como nosotros? Pero es precisamente esto, en Navidad, lo que quieres de nosotros y deseas arrancar toda esta basura y nosotros mismos como somos, para darnos a Jesús, nuestro Salvador, y, en él, un cielo y una tierra nueva, corazones nuevos y nuevas aspiraciones, una nueva claridad y nueva esperanza para nosotros y para todos los hombres.

Sé tú mismo en medio de nosotros, en este último domingo anterior a la fiesta, en la que nos reunimos para preparar a recibir a tu Hijo como don. Concédenos hablar, escuchar, orar, aquí en el asombro y el agradecimiento, por todo lo que nos preparas, por todo lo que ya has decidido, por todo lo que ya has hecho, Amén (K. Barth, Preghiere, Turín 1987, 233).

 

Día 22

22 de diciembre

 

 LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 1,24-28

24 En aquellos días, cuando Ana hubo destetado a Samuel, subió con él al templo del Señor en Silo, llevando un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino.

25 Cuando inmolaron el novillo y presentaron el niño a Eli,

26 Ana le dijo:

-Señor mío, te ruego que me escuches; yo soy la mujer que estuvo aquí, junto a ti, rezando al Señor.

27 Este niño es lo que yo pedía, y el Señor me ha concedido lo que le pedí.

28 Ahora yo se lo cedo al Señor; por todos los días de su vida queda cedido para el Señor.

Y se postraron allí ante el Señor.

 

*•• Los dones más preciosos no se conquistan, sino que se esperan. Tal es el caso de la madre del joven Samuel, Ana, que acude al santuario del arca en Silo para agradecer al Señor el don de la maternidad después de su insistente súplica. Lleva algunos dones de la tierra, pero sobre todo el don de su hijo Samuel, que ofrece a Dios con generosidad: «Se lo cedo al Señor mientras viva» (v. 28). Ana ofrece primero al Señor un toro, como sacrificio de acción de gracias y alabanza; a continuación presenta a su hijo Samuel al sacerdote Eli, al que le cuenta su historia, recordando la oración que hizo años atrás en su presencia, y cómo Dios había escuchado su petición, concediéndole la gracia tan ansiada del nacimiento del hijo. Ana, pues, está en la casa de Dios para intercambiar el don: «Ahora yo se lo cedo al Señor» (v. 28).

La narración bíblica es el anuncio extraordinario de lo que Dios realizará en plenitud con María. Lo mismo que en el caso de Isaac (cf. Gn 18,9-14), Sansón (cf. Jue 13,2-25) y Juan Bautista (cf. Le 1,5-25), el nacimiento de un hijo por obra de Dios, de una mujer estéril, fue el signo de una vocación particular, también lo fue para Samuel, destinado a ser el primer gran profeta de Israel (cf. Hch 3,24) y el guía espiritual del pueblo. Es preciso seguir la trayectoria marcada por Dios en la historia de la salvación de cada uno. Es necesario respetar los tiempos de crecimiento de cada uno sin pretender manipular a Dios en la realización de nuestros proyectos personales y humanos.

 

Evangelio: Lucas 1,46-55

46 Entonces María dijo:

47 Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador,

48 porque ha mirado la humildad de su sierva.

Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,

49 porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso.

Su nombre es santo,

50 y es misericordioso siempre con aquellos que le honran.

51 Desplegó la fuerza de su brazo y dispersó a los de corazón soberbio.

52 Derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes.

53 Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada.

54 Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia,

55 como lo había prometido a nuestros antepasados, en favor de Abrahán y de sus descendientes para siempre.

 

*•• El Magníficat, canto de los pobres, es una de las más bellas oraciones del Nuevo Testamento, con múltiples reminiscencias veterotestamentarias (cf. 1 Sm 2,1- 18; Sal 110,9; 102,17; 88,11; 106,9; Is 41,8-9). Es significativo que el texto se ponga en labios de María, la criatura más digna de alabar a Dios, culmen de la esperanza del pueblo elegido. El cántico celebra en síntesis toda la historia de la salvación que, desde los orígenes de Abrahán hasta el cumplimiento en María, imagen de la Iglesia de todos los tiempos, siempre es guiada por Dios con su amor misericordioso, manifestado especialmente con los pobres y pequeños.

El cántico se divide en tres partes: María glorifica a Dios por las maravillas que ha hecho en su vida humilde, convirtiéndola en colaboradora de la salvación cumplida en Cristo su Hijo (w. 46-49); exalta, además, la misericordia de Dios por sus criterios extraordinarios e impensables con que desbarata situaciones humanas, manifestada con seis verbos («Desplegó, dispersó, derribó, ensalzó, colmó, auxilió...»), que reflejan el actuar poderoso y paternal de Dios con los últimos y menesterosos (w. 50-53); finalmente recuerda el cumplimiento amoroso y fiel de las promesas de Dios hechas a los Padres y mantenidas en la historia de Israel (w. 54-55). Dios siempre hace grandes cosas en la historia de los hombres, pero sólo se sirve de los que se hacen pequeños y procuran servirle con fidelidad en el ocultamiento y en el silencio de adoración en su corazón.

 

MEDITATIO

La unión existente entre la lectura de Samuel y la del Magníficat de María es significativa: las dos madres, Ana y María, viven el gozo y la alabanza agradecida por el don de la vida que está en ellas, signo de la bondad de Dios y se confían con un corazón sencillo en el Señor, porque «es misericordioso siempre con aquellos que le honran» (v. 50). ¿Somos nosotros conscientes de que la pobreza y la sencillez de corazón son las condiciones esenciales para agradar a Dios y ser colmados de su riqueza? Los frutos de las obras de Dios se desarrollan no en la agitación ni con violencia, sino lentamente y en silencio. Dios actúa siempre en el secreto y no con ostentación, sin que por ello el resultado deje de ser eficaz y extraordinario.

No se puede obligar a una planta a que florezca por la fuerza; precisa germinar lentamente e ir creciendo hasta su punto de madurez y esplendor. Tampoco se pueden forzar los tiempos del Espíritu. Dios sabe ir llevando a la madurez el proyecto de cada uno, de acuerdo con los tiempos y momentos que sólo él conoce. Como María, se nos invita, próxima ya la Navidad, a compartir esta ternura del Señor confiando nuestros proyectos y nuestra misma vida a aquel que nos ha amado primero y sólo desea nuestro bien, dirigiéndole nuestra alabanza porque «ha escogido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes... de este modo, nadie puede presumir delante de Dios» (1 Cor 1,27-29).

 

ORATIO

Señor misericordioso y fiel, tú has puesto en labios de las dos madres, Ana y María, la oración de alabanza y agradecimiento, haciendo germinar en su corazón la alegría, fruto de tu visita amorosa y paternal: concédenos también a nosotros, deseosos de recorrer el mismo camino, descubrir en la oración la actitud de alabanza agradecida, por los múltiples beneficios que nos concedes sin mérito alguno de nuestra parte, y el agradecimiento gozoso por las maravillas que continuamente permites pregustar en tu Iglesia y en el contacto con nuestros hermanos en la fe.

Eres Padre de todos y no quieres que ninguno viva sumido en la tristeza sin experimentar tu amor: haz que, sobre todo los pobres de cuerpo y espíritu, los últimos y los pecadores, experimenten tu presencia misericordiosa y sepan confiar en ti en los momentos difíciles de su vida sin descorazonarse o alejarse de ti.

Te pedimos además que cada uno de nosotros pueda escribir en su vida su propio Magníficat siguiendo el modelo del de María, para poder descubrir en la oración que las riquezas que nos confías superan en mucho nuestra pobreza y que los dones que pones en nuestras manos y en las de nuestros hermanos son un signo de que siempre cuidas de nosotros con amor de Padre.

 

CONTEMPLATIO

La humildad de corazón es la madre de todas las virtudes; en ella y de ella se generan y derivan las demás virtudes, como de la raíz sabemos ponderar la riqueza del árbol. Y como es el más firme y arraigado cimiento sobre el que se eleva todo el edificio de la vida espiritual, Dios quiere ser su maestro y modelo exclusivo. Y por la Virgen María se complace sólo de esta virtud, afirmando que sólo por eso Dios se encarnó en ella diciendo: «Porque miró la humildad de su esclava. Y por esto y no por otra cosa, me proclamarán dichosa todas las generaciones».

Oh hijos míos, manteneos en esta humildad, para que podáis lograr la verdadera paz de vuestras almas. Oh hijos míos, ¿dónde podrá encontrar reposo y paz la criatura sino en aquel que es la paz suma, en aquel que pacifica todo, el puerto sereno de las almas? ¿Y cómo podrá llegar a él el alma que no vuele con las alas de la humildad, sin las cuales las demás virtudes corren hacia Dios, pero sin fuerza para levantar el vuelo? Carísimos, esta humildad de corazón que Dios-hombre quiere enseñarnos y darnos, es una luz radiante y clara que abre los ojos del alma al doble abismo: el de la nada humana y el de la ilimitada bondad de Dios (Angela de Foligno, Le istruzioni, Florencia 1926, 256-257).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Le 1,47).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Para comprender bien este canto de alabanza, debemos notar que la bienaventurada virgen María habla por propia experiencia, habiendo sido iluminada y adoctrinada por el Espíritu Santo: y es que nadie puede comprender rectamente a Dios ni la Palabra de Dios, si no se lo concede directamente el Espíritu Santo. El recibir este don del Espíritu Santo significa experimentarlo como en una escuela, fuera de la cual sólo hay palabras y charlas. Así pues, la santa Virgen, habiendo experimentado en sí misma que Dios había hecho obras grandes en ella, humilde, pobre y despreciada, el Espíritu le enseña este precioso arte y sabiduría, según el cual Dios es el Señor que se complace en elevar lo que es humilde y en humillar lo elevado; resumiendo, a derribar lo construido y a construir lo derribado.

Como al principio de la creación creó el mundo de la nada, así su modo de actuar sigue esta misma constante, lleva a cabo todas sus obras hasta el fin del mundo sacando de la nada, de lo pequeño, despreciado, miserable, muerto, algo precioso, honrado, dichoso, vivo, lo reduce a nada, pequeño despreciable, mísero y efímero (Martín Lutero, introducción al Magníficat).

 

Día 23

Cuarto domingo de adviento Año C

  

LECTIO

Primera lectura: Miqueas 5,1-4

Así dice el Señor:

1 En cuanto a ti, Belén Errata, la más pequeña entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser soberano de Israel: sus orígenes se remontan a los tiempos antiguos, a los días de antaño.

2 Por eso el Señor abandonará a los suyos hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz.

Entonces los que aún queden volverán a reunirse con sus hermanos israelitas.

3 Se mantendrá firme y pastoreará con la fuerza del Señor, y con la majestad del nombre del Señor su Dios.

Ellos vivirán seguros, porque extenderá su poder hasta los confines de la tierra.

4 Él mismo será la paz.

Cuando Asiría invada nuestra tierra y entre en nuestros palacios, nos enfrentaremos a ella con siete pastores y ocho príncipes,

5 que pastorearán a Asiría con la espada, y al país de Nemrod con el acero.

Porque cuando Asiría invada nuestras fronteras, él será quien nos libre.

 

*•• Miqueas, contemporáneo de Isaías, vive en un período dramático para el reino de Judá, amenazado por el poder asirio y gobernado por descendientes de David, dedicados más a sus propios intereses que a los de sus súbditos. En este contexto aparece el presente oráculo de renacimiento. Para el profeta hay que volver a comenzar desde el principio. Dios hará renacer a su pueblo por medio de un rey justo, pero provendrá no de Jerusalén, sino del pequeño Belén (v. 1), patria chica de David. Es necesario recuperar la humildad de los orígenes, de «los días remotos», cuando David fue elegido el último, después de pasar sus siete hermanos, que -a los ojos de los hombres parecían más adecuados que él; no habrá nuevo nacimiento si no se comienza desde abajo, desde los últimos.

De momento es necesario un tiempo de purificación (v. 2), un tiempo en el que Israel será sometido a otras potencias y terminará con el nacimiento del nuevo rey.

El profeta no da el nombre pero enumera las características esenciales (v. 3): gobernará con firmeza y a la vez con el cariño con que un pastor sigue a su propio rebaño; sobre todo actuará en nombre del «Señor su Dios». El "nombre" (YHWH) nos recuerda el relato de la revelación en el Sinaí a Moisés; así pues, el rey actuará con el espíritu de la alianza de Dios con su pueblo; de este modo el pueblo recobrará la paz (v. 4).

Esta profecía se ha conservado en Israel pero nunca se ha realizado en ninguno de los reyes que se sucedieron en el trono de Jerusalén. En el Nuevo Testamento, Mateo la ve realizada en Jesús, nacido en Belén (cf. Mt 2,6), verdadero pastor que se preocupa por su rebaño disperso y agotado.

 

Segunda lectura: Hebreos 10,5-10

Hermanos:

5 Por eso, al entrar en este mundo, dice Cristo: No has querido sacrificio ni ofrenda, pero me has formado un cuerpo; no has aceptado holocaustos ni sacrificios expiatorios.

7 Entonces yo dije: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.

Así está escrito de mí en un capítulo del libro.

8 En primer lugar dice: No has querido ni te agradan los sacrificios, ofrendas, holocaustos ni víctimas por el pecado, que se ofrecen según la ley.

9 Después añade: Aquí estoy para hacer tu voluntad. De este modo anula la primera disposición y establece la segunda.

10 Por haber cumplido la voluntad de Dios, y gracias a la ofrenda que Jesucristo ha hecho de su cuerpo una vez para siempre, nosotros hemos quedado consagrados a Dios.

 

*+• Se trata de uno de los pasajes más densos de la carta a los Hebreos en el que se presenta a Jesús como el que viene a cumplir en todo la voluntad de Dios, como el rey-Mesías que se somete completamente a la voluntad de Dios.

El autor de la carta nos propone una meditación sobre el misterio de la encarnación. Jesús viene, asume un cuerpo humano, para poder santificar la vida de los hombres: «Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados» (y. 10).

Para santificarnos, Cristo no ofreció a Dios un sacrificio ritual, sino que ha querido que su cuerpo, su condición humana fuese el lugar donde se realizase plena y cabalmente la voluntad de Dios: «No quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has formado un cuerpo...; entonces yo dije: Aquí estoy, ¡Oh Dios!, para hacer tu voluntad» (w. 5-7). Es el sentido profundo de la encarnación: Cristo ha elegido para sí la condición humana para someterla totalmente al servicio de la voluntad de Dios. Su corazón ha estado enteramente orientado a Dios, su voluntad, su cuerpo, sus acciones perfectamente armonizadas en el cumplir la voluntad del Padre. En su obediencia también el hombre es capaz de obedecer.

 

Evangelio: Lucas l,39-48a

39 Por aquellos días, María se puso en camino y se fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá.

40 Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

41 Y cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño empezó a dar saltos en su seno. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo,

42 exclamó a grandes voces: -Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

43 Pero ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme?

44 Porque en cuanto oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de alegría en mi seno.

45 ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

46 Entonces María dijo:

47 Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador,

48 porque ha mirado la humildad de su sierva.]

 

*» Uno de los temas principales de la página de Lucas sobre la visitación es la alegría del encuentro entre las dos madres y la del Bautista al oír la voz de la «madre del Señor» que lleva en su seno al Hijo. En la alegría del Bautista se percibe una alusión a la alegría de David bailando por la llegada del arca de la alianza, signo de la presencia de Dios (cf. 2 Sm 6). El Bautista goza –incluso «da saltos» (v. 41)- porque María, como arca santa, lleva en su seno al Señor.

En el Bautista que goza por la presencia de María y Jesús está representado el Antiguo Testamento que espera y acoge la manifestación del Nuevo. Isabel, por su parte, es la mujer anciana y estéril que ve las maravillas de Dios, el cual acoge los sufrimientos y deseos de la humanidad.

En esta escena está retratada la humanidad entera que espera a Cristo y saluda su llegada porque, encontrándolo, comprende que era él al que esperaba sin saberlo. El Hijo de Dios que se hace carne es la fuente de la alegría porque dice la verdad a la que todo humano está llamado: ser hijo como él.

En cuanto a María, ella recibe el saludo de Isabel que la proclama «bendita» (v. 42) y el elogio que la declara «dichosa» (v. 45) por haber creído en la promesa de Dios. Mientras da a la humanidad al Hijo de Dios, María nos enseña también a responder con fe a la oferta divina.

Fe y humildad: «Ha mirado la humillación de su esclava» (v. 48). En María se ejecuta el programa de Dios (anunciado por Miqueas) que comienza por los últimos.

 

MEDITATIO

La bienaventuranza de la fe: el elogio dirigido por Isabel a María nos lleva a reflexionar, en este tiempo de espera, sobre nuestra fe. La fe de María se caracteriza como una adhesión a la promesa de Dios. María está totalmente segura de que Dios quiere y sabe ser fiel a la palabra dada. El misterio de Dios se oculta en aquel niño que, como todos los niños, se va formando en el seno de su madre. Creyendo, ha comenzado a constatar cómo Dios es fiel en realizar su promesa. También esto es cierto para nosotros: si no creemos, no experimentaremos nunca cómo el don de Dios, misteriosamente, puede ir formándose en nosotros.

La fe de María se manifiesta también en el hecho de ir a visitar a Isabel: un viaje inspirado por la premura de su prima que necesita ayuda -como suele decirse comúnmente y con razón-, pero también un viaje para ir a contemplar lo que Dios está haciendo en los otros.

También nuestra fe tiene mucho que aprender de esta actitud, ya que debemos tratar de darnos cuenta de lo que Dios hace en la historia de los demás. María e Isabel tienen esto en común, de lo que nos podemos aprovechar nosotros hoy: saben dialogar sobre lo que Dios hace en ellas. Ninguna de las dos habla de sí, sino de la otra, o de lo que Dios ha hecho, hasta el culmen del Magníficat.

La fe de María nos exhorta a insertarnos en el clima propio de los «pobres del Señor», es decir, de las personas humildes y sencillas que confían en Dios sabiendo reconocer su obra. Se nos invita a vivir en una actitud general de disponibilidad al plan de Dios que nos invita a volver a las palabras del salmo (39,8) que el autor de la carta a los Hebreos pone en boca de Cristo: «Aquí estoy para hacer tu voluntad» (Heb 10,7).

 

ORATIO

Has salido a mi encuentro, Señor Jesús, y me has concedido la gracia de conocerte. Llevado por la Iglesia, como por María tu madre, me has visitado y me has dado la fe. Gracias, Señor.

Concédeme que, como el Bautista, pueda alegrarme, porque sigues viniendo a mí, porque continúa la gracia de tu visitación e incesantemente se renueva la sorpresa del encuentro.

Renueva en mí el don de tu Espíritu, para que, como Isabel, esté dispuesto a acoger al que habla de ti y, sobre todo, ser constante en buscarte donde te dejas encontrar, en la Iglesia. Visitada por ti, Señor, también mi pequeña historia se convierte en una historia donde el Padre sigue hablando.

Como María, que te llevó en el seno y te engendró, te pido que te formes en mí; engendrado como hijo de Dios a tu imagen, hazme de veras cada vez más ese hombre nuevo que eres tú.

«Mi alma glorifica al Señor»: mientras vamos preparándonos a celebrar tu nacimiento, concédenos reconocernos todos en las palabras de María, contar lo que el Padre sigue haciendo hoy con los humildes que le temen.

 

CONTEMPLATIO

Llevando en su seno al Señor, la Virgen corre a Isabel, y de repente el niño de ésta gozó reconociendo el saludo y con saltos de gozo aclamaba a la madre de Dios:

Alégrate, germen de una cepa llena de vida.

Alégrate, tierra fecunda de un fruto inmortal.

Alégrate, tú que cultivas al cultivador amigo de los hombres.

Alégrate, tú que das vida al autor de la vida.

Alégrate, campo donde florece el gozo de todas las gracias.

Alégrate, mesa que ofreces abundancia de manjares.

Alégrate, porque haces florecer un pasto de felicidad.

Alégrate, porque preparas un puerto seguro a las almas.

Alégrate, incienso agradable de oración.

Alégrate, expiación de todo el universo.

Alégrate, benevolencia de Dios con los mortales.

Alégrate, seguridad de los mortales ante Dios.

Alégrate, virgen esposa.

(Himno Akathistos, estrofa quinta).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Le 1,45).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si la vida espiritual es una vida en la que esperamos, ¿cómo podemos esperar? Esperar es antes que nada esperar ¡untos.

Uno de los pasajes más bellos de la Escritura es el de la visitación de María a Isabel. ¿Qué sucede cuando María recibe las palabras de la promesa? Se pone en camino a casa de Isabel. Algo le estaba pasando a Isabel, lo mismo que a María. ¿Cómo podrían vivirlo hasta el final? Se me antoja el encuentro de estas dos mujeres muy importante, porque Isabel y María se encontraron ayudando una la espera de la otra. La visita de María hizo más consciente a Isabel de lo que estaba esperando. El niño suscitó su alegría. María confirmó la espera de Isabel. Entonces Isabel dijo a María: «Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Y María responde: «Proclama mi alma la grandeza del Señor». Rebosa exultante de gozo. Estas dos mujeres se han creado recíprocamente el espacio para esperar. Se han confirmado mutuamente de que algo estaba pasando que merecía la pena esperar.

Aquí tenemos un modelo de la comunidad cristiana. Es una comunidad de apoyo mutuo, de celebración y proclamación, de crecimiento de lo comenzado en nosotros. La visita de María a Isabel es una de las expresiones más hermosas de lo que significa formar comunidad, estar ¡untos, reunidos en torno a una promesa, proclamando lo que acontece en nosotros (H. J. M. Nouwen, The Pafh of Waiting, Nueva York 1995).

 

Día 24

Navidad del Señor Misa vespertina en la vigilia

Navidad del Señor Misa de medianoche

 

Navidad del Señor Misa vespertina en la vigilia

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 62,1-5

1 Por amor a Sión no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré hasta que su liberación brille como luz y su salvación llamee como antorcha.

2 Los pueblos verán tu liberación y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo pronunciado por la boca del Señor.

3 Serás corona espléndida en manos del Señor, corona real en la palma de tu Dios.

4 Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada», sino que te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo.

5 Como un joven se casa con su novia, así se casará contigo tu constructor; La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.

 

*» La visión entusiasta del Tercer Isaías se refiere a la ciudad de Jerusalén, la colina santa de Sión, que el profeta contempla ya reconstruida y objeto de la ternura y del amor de Dios. Tras el providencial edicto del rey Ciro (538 a.C), el «resto de Israel» ha regresado a la patria, ha reedificado el templo al Señor y la ciudad ha vuelto a ser el centro propulsor de la historia religiosa de la nación y el lugar de la salvación del pueblo.

El profeta describe este renovado contrato de alianza entre Dios y Jerusalén con imágenes y símbolos típicamente nupciales: «Serás corona espléndida en manos de Señor, corona real en la palma de tu Dios» (v. 3), porque la ciudad será sede de la «justicia», lugar de la acción salvífica de Dios y faro luminoso de paz y liberación entre las gentes que reconozcan su «gloria» por la renovada presencia de Dios entre su pueblo (v. 2; 1 Re 8,10-11).

El Señor mismo dará a Jerusalén un nombre nuevo, por el cual no se hablará más de tierra «Abandonada» y «Devastada», sino que se la llamará «mi favorita» y tierra «Desposada» (v. 4; Os 2,15-25; Ez 16,58-62). Esta grandiosa visión del profeta, en el contexto de la fiesta de Navidad se refiere a la nueva alianza y a la salvación perenne que Dios, a través del nacimiento de Jesús, establece con la humanidad en un matrimonio de verdadero amor.

 

Segunda lectura: Hechos 13,16-17.22-25

Habiendo llegado a Antioquía de Pisidia,

16 Pablo se levantó, impuso silencio con la mano y dijo:

-Israelitas y los que teméis a Dios,

17 escuchad. El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros antepasados, y engrandeció al pueblo durante su permanencia en Egipto; después los sacó de allí con brazo fuerte.

22 Depuesto Saúl, les puso como rey a David, de quien hizo esta alabanza: He hallado a David, hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, el cual hará siempre mi voluntad.

23 De su posteridad, Dios, según su promesa, suscitó a Israel un Salvador, Jesús.

24 Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión;

25 y, cuando estaba para acabar su vida, decía: «Yo no soy el que pensáis. Detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar las sandalias».

 

**• La predicación de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia es rica en golpes de escena: primero, la acogida entusiasta de la Palabra, cuando el Apóstol recorre las etapas principales de la historia de la salvación que desde los patriarcas presenta la esclavitud y la liberación de Egipto con la experiencia del desierto, la conquista de la Tierra Prometida, Saúl, el rey David, hasta el «bautismo de conversión» de Juan ofrecido al pueblo (v. 24), y de éstos a Jesús el Salvador; luego, el rechazo opuesto a la Palabra y la persecución del anunciante, cuando falta un corazón abierto a la conversión y a la novedad del Espíritu. Pero tal rechazo fue providencial para la conversión del mundo pagano y de aquellos que no se escandalizaron de la cruz. El Precursor del Mesías fue el primero en acoger su venida: «Detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar las sandalias» (v. 25), y detrás de él una multitud de hombres y mujeres se abrieron al don del Espíritu y a la conversión.

En todo tiempo de la historia de la Iglesia el anuncio de la "buena noticia" está siempre unido a la persecución. El niño que nace en Belén, envuelto en la gloria celeste, es Aquel que trae consigo los emblemas reales de la pasión. También el discípulo de Jesús está llamado a dar pruebas de fidelidad y amor, en la paz pero sobre todo en el sufrimiento, porque el mundo lo rechaza cuando su anuncio se hace incómodo por la denuncia de una vida incoherente y materialista.

 

Evangelio: Mateo 1,1-25

1 Genealogía de Jesús, Mesías, Hijo de David, Hijo de Abrahán:

2 Abrahán engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob; Jacob engendró a Judá y a sus hermanos.

3 Judá engendró de Tamar, a Farés y a Zara; Farés engendró a Esrón; Esrón engendró a Aran;

4 Aran engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Naasón; Naasón engendró a Salmón.

5 Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé;

6 Jesé engendró al rey David. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón.

7 Salomón engendró a Roboán; Roboán engendró a Abías; Abías engendró a Asá;

8 Asá engendró a Josafat; Josafat engendró a Jorán; Jorán engendró a Ozías;

9 Ozías engendró a Joatán; Joatán engendró a Acaz; Acaz engendró a Ezequías;

10 Ezequías engendró a Manases; Manases engendró a Amón; Amón engendró a Josías.

11 Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la cautividad de Babilonia.

12 Después de la cautividad de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel; Salatiel engendró a Zorobabel;

13 Zorobabel engendró a Abiud; Abiud engendró a Eliaquín; Eliaquín engendró a Azor;

14 Azor engendró a Sadoc; Sadoc engendró a Ajín; Ajín engendró a Eliud;

15 Eliud engendró a Eleazar; Eleazar engendró a Matan; Matan engendró a Jacob.

16 Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Mesías.

17 Así pues, son catorce las generaciones desde Abrahán hasta David, catorce desde David hasta la cautividad de Babilonia, y catorce desde la cautividad de Babilonia hasta el Mesías.

18 El nacimiento de Jesús, el Mesías, fue así: su madre María estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo.

19 José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto.

20 Después de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

-José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo.

21 Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jsús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

22 Todo esto suedió para que se cumpliera lo que había anunciado el Señor por el profeta:

23 "La virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel. (que significa: Dios con nosotros)

24 Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado: recibió a su esposa

25 y, sin tener relaciones conyugales, ella dio a luz un hijo, al que José puso por nombre Jesús.

 

**• A primera vista, la genealogía con que Mateo abre su evangelio crea un cierto disgusto por el relato árido y sin sentido, pero, en realidad, esconde una gran riqueza de enseñanzas teológicas, expresadas en un lenguaje lleno de artificios exegéticos. El evangelista, injertando a Jesús en un árbol genealógico, pretende decirnos que viene de Israel y es Hijo de David, pero que, al mismo tiempo, es mucho más. Observando, pues, la genealogía, se advierte que está construida de modo simétrico con tres períodos de catorce nombres.

¿Por qué este modo de proceder? La apocalíptica judía nos enseña que el actuar de Dios, como el camino de la historia, es misterioso y numéricamente fijo en la periodicidad; esto es: la venida de Jesús a nosotros tiene lugar en el tiempo fijado por Dios, cuando la historia llega a su plenitud. Pero el centro sobre el que converge el texto bíblico es el v. 16: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús llamado Mesías». Este versículo, si se observa bien, constituye una ruptura en la genealogía: la generación, de hecho, es quitada a José, porque el verbo no está en forma activa: «engendró», sino en pasiva: «fue engendrado». Es evidente, pues, como afirman los w. 18-25, que Jesús no es sólo hijo de David, sino que procede de Dios. Éste es el misterio de Jesús; sorpresa para algunos y escándalo para otros. Jesús está ciertamente injertado en la historia humana y en la hebrea, pero la supera, porque viene de lo alto, su origen está en el Padre.

 

MEDITATIO

Acoger en nuestra existencia el mensaje bíblico de la Navidad significa dejar que nuestra vida se convierta, en el sentido más verdadero y amplio de la palabra, en una vida referida a Dios, una vida de relación nupcial con él. Dios ha establecido un vínculo esponsal con la humanidad, un matrimonio de verdadero amor. «La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo» (Is 62,5). La revelación fundamental de la Biblia es la presencia dominante y arrolladora de Dios, es la invitación a encontrarlo para una vida de comunión con él. Y sólo se le encuentra en el silencio.

Encontrarlo quiere decir encontrar la soledad, porque «la auténtica soledad es espíritu y todas nuestras soledades humanas son solamente un modo de encaminarnos hacia la fe, que es la perfección de la soledad. La verdadera soledad no es la ausencia de los hombres, es la presencia de Dios» (M. Delbrel). Dios, de hecho, ha venido a nosotros revestido de niño, con un vagido que fácilmente puede ser sofocado por nuestro excesivo y estéril activismo. Hoy, la escucha silenciosa de este Dios hecho hombre parece ser negada a nuestra sociedad de consumo y de derroche. El frenesí de los regalos, para que nada falte sobre la mesa dispuesta con luces y con rojo estrellado, nos ha hecho olvidar la única Palabra de vida que nos permite crecer en un camino de fe y de sentirnos felices.

El misterio de la encarnación nos desvela un Dios que se hace uno de nosotros por amor; pero que para cumplir sus designios se sirve también de la colaboración de los hombres. ¿Cuál es nuestra parte en esta Navidad

para que él nazca de verdad en el corazón de nuestros hermanos?

 

ORATIO

Jesús, tú te has hecho nuestro hermano y amigo y no has vacilado en hacerte hombre como nosotros para restablecer la amistad entre Dios y la humanidad. Nosotros queremos, ante todo, agradecer al Padre tuyo y Padre nuestro (cf. Jn 20,17) porque no ha vacilado en mandarte a ti, que eres el mayor don que hemos recibido, eligiendo así el camino más bello para llevar a cabo nuestra salvación.

Tú eres la transparencia personal del amor del Padre y lo eres sólo en virtud de tu unión con Dios y de tu ser Hijo: y nosotros te damos gracias por la obediencia con que has respondido a su proyecto de amor y por el modo con que nos lo has hecho conocer desvelándonos su rostro interior. Pero es tu ejemplo de vida quien nos ha conquistado, porque es una página abierta sobre la que se puede leer cómo nos ha amado Dios. Todo ha partido del amor y a través del amor torna al amor.

Jesús, tú estás siempre a la escucha del Padre con mirada de contemplación interior y transmites sus palabras, más aún, comunicas tan bien la palabra del Padre que tú mismo eres la Palabra. Queremos en esta Navidad entrar en el silencio y en el estupor de la gruta de Belén. Ésta es muy distinta de aquella en la que tú naciste hace tantos años, pero todavía nos dice que para venir a nosotros no escogiste el camino del poder sino el de la humildad y el ocultamiento; no escogiste la riqueza sino la pobreza, privilegiando a los pobres y a los últimos; no escogiste el camino del éxito y de los honores sino el de la humillación y la cruz. Que esta Navidad sea una nueva visita tuya a nuestro corazón para vivir con todos nuestros hermanos el amor, que tú nos has enseñado.

 

CONTEMPLATIO

Ninguna lengua humana podrá jamás glorificar bastante a aquella de la que tomó carne «el mediador entre Dios y los hombres» (1 Tim 2,5). Ningún elogio humano puede estar a la altura de aquella cuyo vientre purísimo dio el fruto que es el alimento de nuestra alma.

Es prerrogativa de la Virgen María haber concebido a Cristo en su seno, pero es patrimonio universal de todos los elegidos llevarlo con amor en el propio corazón. Dichosa, pues, dichosísima, la mujer que llevó en su vientre a Jesús durante nueve meses. Pero dichosos también nosotros si nos tomamos el cuidado de llevarlo constantemente en nuestro corazón. Maravilló de modo grandioso la concepción de Cristo en el seno de María, pero no debe maravillar menos verlo hacerse huésped de nuestro corazón.

En este punto, hermanos míos, reconsideremos cuál es nuestra dignidad y nuestra semejanza con María. La Virgen concibió a Cristo en sus vísceras de carne, y nosotros lo llevamos en las de nuestro corazón. María alimentó

a Cristo dando a sus labios la leche de su pecho, y nosotros podemos ofrecerle el alimento siempre variado de las buenas acciones que son sus delicias (Pier Damiani, Sermón 45).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Será llamado Emmanuel, Dios-con-nosotros» (Mt 1,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Oh Señor, nuestro Dios y nuestro Padre, concede a muchos, a todos y, por supuesto, también a nosotros, poder celebrar la Navidad caminando con reconocimiento, humildad, alegría y confianza hacia tu enviado en el que tú mismo has venido a nosotros. En el momento en que llega la hora, ven a despejar en nosotros, apartando todo lo que se ha hecho imposible, todo lo que no puede tener ya interés, todo lo que está llamado a desaparecer cuando tu amado Hijo, nuestro Señor y Salvador, haga su entrada en nosotros y nos ponga en orden.

¡Ten piedad de todos aquellos que aún no conocen o te conocen mal a ti y a tu Reino, de aquellos que quizás un día supieron todo, pero luego lo han olvidado, mal interpretado o incluso renegado! ¡Ten piedad de esta humanidad hoy tan atormentada y tan amenazada, entristecida por tanta insensatez! ¡Ilumina los pensamientos de aquellos que en oriente y en occidente detentan el poder y que, según parece, no saben dónde tienen la cabeza! ¡Concede a los hombres de gobierno, a los representantes de los pueblos, a los jueces, a los profesores y a los funcionarios, a los periodistas de nuestro país, el discernimiento y la imparcialidad que necesitan para una acción responsable! ¡Ponte tú mismo en los labios de los que en este Tiempo de Navidad deberán predicar las palabras justas, las palabras necesarias, las palabras que ayudan, y abre también los oídos y los corazones de quienes los escucharán!

¡Consuela y anima a cuantos en los hospitales sufren en el cuerpo y en el alma, a los prisioneros, a los afligidos, a los abandonados y a los desesperados. Socórrelos con lo único que puede ayudarnos a todos: con la claridad de tu Palabra y con la acción silenciosa de tu Santo Espíritu!

Te damos gracias, porque sabemos que no te suplicamos ni te surcaremos en vano jamás. Te damos gracias, porque has hecho rotar tu luz, porque tu luz brilla en las tinieblas y porque las tinieblas nunca podrán apagarla. Te damos gracias, porque eres nuestro Dios y porque nos has concedido ser fu pueblo. Amén (K. Barth, Oración).

 

Navidad del Señor Misa de medianoche

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 9,1-3.5-6

1 El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras una luz les ha brillado.

2 Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se alegran ante ti con la alegría de la siega, como se regocijan al repartirse un botín.

3 Porque, como hiciste el día de Madián, has roto el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el bastón opresor que los hería.

5 Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.

Sobre sus hombros descansa el poder, Y es su nombre: «Consejero prudente, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz».

6 Dilatará su soberanía en medio de una paz sin límites, asentará y afianzará el trono y el reino de David sobre el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre.

El amor ardiente del Señor todopoderoso lo realizará.

 

*•• Todas las lecturas bíblicas de las misas de Navidad, si bien con perspectivas diversas, intentan responder a una pregunta: ¿cuál es el sentido de la Navidad? Iniciamos el recorrido desde los antiguos profetas. El oráculo de Isaías presupone una situación dramática para el país de Israel, porque el estrépito de las armas resuena por doquier. La invasión asiría (siglo VIII a.C.) comenzada en Galilea amenaza ya la misma Judea y Jerusalén, y el pueblo, bajo el terror enemigo, camina en la oscuridad y no sabe adonde dirigirse. A esta gente sin esperanza anuncia el profeta: «El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz». Luego, dirigiéndose a Dios, exclama: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (v. 2).

¿Qué es lo que permite a los hombres pasar de las tinieblas a la luz, de la tristeza a la alegría? La alusión de Isaías se refiere a la huida de los Asirios, pero el profeta de Dios habla también de fuga de todo enemigo.

Anuncia la alegría por el que será: «Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz» (v. 5), el que, verdadero héroe de Israel, cumplirá todo esto. Pero ¿cómo será posible todo esto? Isaías responde: «El amor ardiente del Señor todopoderoso lo realizará» (v. 6). He aquí, pues, el sentido y el mensaje más antiguo de la Navidad: el fin del miedo, la liberación de la dominación enemiga y todo ello gracias a que: «un niño nos ha nacido» (v. 5: cf. Is 7,14; Miq 5,1- 3; 2 Sm 7,12-16), un descendiente de David que dará vida a una sociedad en la que habrá justicia, paz, alegría y que dará a todos el coraje de vivir.

 

Segunda lectura: Tito 2,11-14

11 Porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.

12 Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad,

13 aguardando la feliz esperanza: la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,

14 el cual se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de que seamos su pueblo escogido, siempre deseoso de practicar el bien.

 

*» Pablo escribe a Tito, su discípulo convertido del paganismo y ahora obispo de Creta, explicándole el sentido de la venida de Jesús a nosotros con palabras llenas de esperanza: «Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (v. 11). La universalidad de la salvación es una dimensión esencial de la Navidad, y su verdadero mensaje es el anuncio de salvación y de vida nueva para toda la humanidad sin distinciones de razas ni colores, de clases sociales, ni de dotes intelectuales ni ninguna otra cosa. El Salvador que nos ha sido dado no es sólo un niño que ha elegido nacer en un pobre establo, entre incomodidades y queridos silencios, es sobre todo la sonrisa de Dios que se

ha hecho visible, porque no ha perdido su esperanza en los hombres.

Ha venido para enseñarnos el camino del bien, de la sobriedad y de la justicia, el desprecio de los atractivos malos e ilusorios del mundo, a la espera del retorno glorioso del Señor (v. 13). Libremente, dirá Pablo, «se entregó a sí mismo por nosotros» (v. 14), primero habiéndonos del Padre y llamándonos amigos, y después, al final, muriendo en la cruz por amor, nos ha liberado de toda esclavitud para reconducir al Padre, de una vez para siempre, a la humanidad reconciliada con él. Sólo la fe ayuda a descubrir el poder de Dios en la vivencia de un pobre. Desde que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, quiere ser acogido y reconocido como hombre: aquí es posible la búsqueda de Dios, porque él se ha quedado entre nosotros.

 

Evangelio: Lucas 2,1-14

1 En aquellos días apareció un decreto del emperador Augusto ordenando que se empadronasen los habitantes del imperio.

2 Este censo fue el primero que se hizo durante el mandato de Quirino, gobernador de Siria.

3 Todos iban a inscribirse a su ciudad.

4También José, por ser de la estirpe y familia de David, subió desde Galilea, desde la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén,

5 para inscribirse con María, su esposa, que estaba encinta.

6 Mientras estaban en Belén le llegó a María el tiempo del parto,

7 y dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada.

8 Había en aquellos campos unos pastores que pasaban la noche al raso velando sus rebaños.

9 Un ángel del Señor se les apareció, y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Entonces les entró un gran miedo,

10 pero el ángel les dijo:

-No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será también para todo el pueblo:

11 Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor.

12 Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

13 Y de repente se juntó al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo:

14 «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!».

 

*» Sobre el fondo de los anuncios proféticos (cf. Miq 5,1-4; 1 Sm 16,1-3), Lucas en el evangelio nos habla del nacimiento histórico de Jesús. El relato es simple, pero sugestivo, lleno de matices teológicos y construido sobre el modelo del anuncio misionero, que comprende tres momentos. Primero la narración del acontecimiento: el edicto de César Augusto en tiempos de Quirino, gobernador de Siria, y el nacimiento de Jesús en Belén, en la pobreza, en un país sometido a una potencia extranjera (w. 1-7); después el anuncio hecho por los ángeles a los pastores, primeros testigos del evento de la salvación (w. 8-14); y, por último, la acogida del anuncio, con los pastores que van a la gruta, encuentran a Jesús, y sucesivamente el relato de su experiencia a otros (w. 15-20).

El punto central del relato, sin embargo, son las palabras de los ángeles a los pastores, que consideran con respeto el sentido gozoso del acontecimiento y la fe en Jesús Salvador en la figura de un niño pobre, «envuelto en pañales, acostado en un pesebre» (v. 12). Dos motivos, pues, se iluminan uno a otro en el texto: la visible pobreza en la vivencia humana de Jesús y la gloria de Dios escondida en su presencia entre los hombres. Sólo unos cuantos pastores, representantes de gente pobre y humilde, reconocen al Mesías esperado: éste es el signo divino extraordinario del inicio de una época nueva en la historia de los hombres.

 

MEDITATIO

Para contemplar el misterio de Navidad necesitamos, sobre todo, simplicidad para asombrarnos ante su mensaje. Capacidad de asombro y mirada de niño son los medios necesarios para gustar el anuncio lleno de alegría de esta noche santa. Y esta alegría tiene una motivación clara: el nacimiento de un niño, Salvador universal, que trae motivos de esperanza para todos, que son paz, justicia y salvación. Y ¿qué signos cualifican a este niño? La debilidad, la pobreza, la impotencia y la humildad, cosas que el mundo ha rechazado siempre y que, por el contrario, ha hecho propias el Hijo de Dios.

Con la venida de Jesús las falsas seguridades de los hombres han zozobrado, porque Dios ha elegido no a los fuertes ni a los sabios, ni a los poderosos de este mundo, sino a los débiles, a los pequeños, a los necios, a los últimos: ha elegido «un niño acostado en un pesebre» (Le 2,7.12.16; cf. 1 Cor 1,27; Mt 11,26), pobre, marginado y desestimado. Precisamente sobre esta pobreza se despliega el esplendor del mundo del Espíritu, mientras nosotros estamos complicados en dramas de conciencia, porque nos tienta seguir principios de fuerza, de poder, de violencia. El niño de Belén nos dice que el milagro de la paz de la Navidad es posible para aquellos que acogen sus dones.

A esta luz el acontecimiento de esta noche no es sólo una fecha para conmemorar, sino evento capaz, también hoy, de contagio y de transformación. Cuatro son las noches históricas de la humanidad, según una antigua tradición rabínica: la noche de la creación (Gn 1,3), la de Abraham (Gn 15,1-6), la del Éxodo (Ex 12,1-13) y la de Belén, es decir, esta noche, que es la más importante, porque el Hijo de Dios ha traído su paz, distinta de la pax augusta, y es el fundamento de la «civilización del amor»

(Pablo VI). ¿Somos capaces de vivir el misterio?

 

ORATIO

Te damos gracias, Señor del universo y de los hombres, porque en Jesús niño, que vino a la tierra portador de tus dones -la paz, la alegría, la justicia y la salvación-, se ha manifestado tu amor a todos. Queremos comprender, si bien con la pequeñez de nuestra mente, algo del misterio del Verbo encarnado, porque con ello se iluminará nuestro misterio humano.

Para los judíos era absurdo pensar que la Palabra definitiva de Dios apareciese en la debilidad del hombre Jesús. Para los paganos era escándalo aceptar la plena humanidad del Hijo de Dios, lugar indigno de la divinidad.

Nosotros, por el contrario, creemos que la Palabra, en un momento histórico muy preciso, «se hizo carne» en la fragilidad e impotencia como toda criatura, naciendo de una mujer, María (cf. 1 Jn 4,2-3), y creemos que en Cristo Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, reside la revelación definitiva del Padre y el anuncio de la fe que nos salva.

El hombre del tercer milenio tiene necesidad de Jesús, revelador de tu amor de Padre, para escapar de su individualismo y de su superficialidad, que lo privan de los verdaderos valores en que se puede encontrar la esperanza de vivir. Señor, el nacimiento de tu Hijo nos revela

que también nosotros en Jesús hemos sido hechos hijos tuyos y te podemos conocer. Haz que toda nuestra vida, sobre el modelo de la de Cristo, se vuelva en actitud de docilidad filial hacia ti y, para ello, en la noche de Navidad nos ponemos de rodillas, en adoración ante el rostro humano del Jesús-Niño, tu Hijo unigénito, en el que resplandece e irradia tu rostro invisible de Padre, para ver nuestro rostro divino.

 

CONTEMPLATIO

Pero ¿quién soy yo? ¿Podré decir algo digno de lo que se ve? Me faltan las palabras: la lengua y la boca no son capaces de describir las maravillas de esta solemnidad divina. Por eso yo con los coros angélicos grito y gritaré siempre: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!».

Dios está en la tierra; ¿quién no será celeste? Dios viene a nosotros, nacido de una Virgen; ¿quién no se hará divino hoy y anhelará la santidad de la Virgen, y no buscará con celo la sabiduría, para hacerse más cercano a Dios? Dios está envuelto en pobres pañales; ¿quién no se hará rico de la divinidad de Dios si acoge algo humilde? Exulto como los pastores y me sobresalto escuchando estas voces divinas: ansío ir al pesebre que acoge a Dios y deseo llegar a la celestial gruta: anhelo ver el misterio manifestado en ella y allí, en presencia del Engendrado, levantar la voz cantando: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!» (Sofronio de Jerusalén, Le Omelie, Roma 1991, 55-57).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En aquella noche de Navidad una multitud del ejército celeste se apareció en Belén a los pastores, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!»; en este mismo momento nosotros celebramos ¡untos el nacimiento de nuestro Señor y su pasión y muerte. Según el mundo, este modo de comportarse es extraño. Porque ¿quién en el mundo puede llorar y alegrarse al mismo tiempo y por el mismo motivo? En efecto, o la alegría será dominada por la aflicción, o la aflicción será aniquilada por la alegría; solamente en nuestros misterios cristianos podemos alegrarnos y llorar al mismo tiempo y por la misma razón. Pero pensad un poco en el significado de la palabra «paz». ¿No os parece extraño que los ángeles hayan anunciado la paz mientras el mundo está incesantemente azotado por la guerra o por el miedo de la guerra? ¿No os parece que las voces angélicas se hayan equivocado y que la promesa fue una desilusión y un engaño?

Reflexionad ahora sobre cómo habló de la paz nuestro Señor mismo. Dijo a sus discípulos: «Mi paz os dejo, mi paz os doy». ¿Entendía Él la paz como nosotros la entendemos: el reino de Inglaterra está en paz con sus vecinos, los barones están en paz con el rey, el jefe de familia que cuenta sus pacíficas ganancias, la casa bien limpia, su mejor vino sobre la mesa para el amigo, su mujer que canta a sus hijos? Aquellos hombres que eran sus discípulos no conocían nada de esto: ellos salieron a hacer un largo viaje, a sufrir por tierra y por mar, a encontrar la tortura, la desilusión, a sufrir la muerte con el martirio. ¿Qué cosa quería, pues, decir Él? Si queréis saberlo, recordad que dijo también: «No os la doy como la da el mundo». Así pues, Él dio la paz a sus discípulos, pero no como la da el mundo (T. S. Eliot, Asesinato en la catedral Madrid 1996).

 

 

Día 25

Navidad del Señor Misa de la aurora

Navidad del Señor Misa del día

 

 

 

Navidad del Señor Misa de la aurora

 

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 62,11-12

11 Esto es lo que proclama el Señor hasta el confín de la tierra: Decid a la ciudad de Sión: «Mira, ya viene tu salvador; viene con él su recompensa, le precede el premio».

12 Se los llamará «pueblo santo» y «rescatados del Señor» y a ti te llamarán «Buscada», «Ciudad no abandonada».

 

**• Isaías pronunció estas alentadoras palabras a los ancianos de Israel reunidos en Jerusalén a la espera del retorno a la patria de sus hermanos israelitas, "el resto de Israel" deportado en Babilonia. El texto profético se compone de dos versículos: el primero contiene un anuncio dirigido a Jerusalén, «la hija de Sión» y, por tanto, a toda la nación, de la inminente liberación de los exiliados por parte de Dios, que vendrá como «Salvador» del pueblo, trayendo consigo el don precioso y tantas veces invocado de la libertad (v. 11); el segundo versículo, por su parte, contiene los nuevos títulos de gloria de estos hermanos, que serán llamados «pueblo santo», y también de los otros pueblos «rescatados del Señor», así como de Jerusalén, que, como joven esposa, será llamada «Buscada» y «Ciudad no abandonada» (v. 12).

Es siempre el Señor el primero que toma la iniciativa, busca a su pueblo, lo rescata y lo liga a Sí con su amor renovado y fiel. El texto de Isaías es utilizado por la liturgia navideña porque es leído como profecía de otro gran encuentro, el que el Señor realiza, a través de su Hijo unigénito, con la humanidad en Belén junto a la cuna de Jesús-niño, verdadero salvador y libertador de los hombres. Por Él también nosotros somos llamados «pueblo santo» de Dios y por los pueblos «rescatados del

Señor»: a nosotros nos ha manifestado su ternura.

 

Segunda lectura: Tito 3,4-7

4   Pero ahora ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres.

5 Él nos salvó, no por nuestras buenas obras, sino en virtud de su misericordia, por medio del bautismo regenerador y la renovación del Espíritu Santo,

6 que derramó abundantemente sobre nosotros por Jesucristo nuestro Salvador.

7 De este modo, salvados por su gracia, Dios nos hace herederos conforme a la esperanza que tenemos de heredar la vida eterna.

 

*» También esta lectura de la Palabra de Dios, como la de Isaías, es más simple y breve de lo acostumbrado, justo para decirnos que el misterio que contemplamos en este día es tan grande que no podemos encerrarlo en palabras humanas. Todo cuanto el Señor ha hecho por la humanidad entera es exclusivamente obra de su providente bondad. El apóstol Pablo, en efecto, dirigiéndose a su discípulo Tito afirma, con palabras fruto de su personal experiencia pastoral, que somos salvados no por las buenas acciones que hayamos realizado (v. 5a; cf. Rom 9,30-32; 10,3.5; Flp 3,9), sino porque el Espíritu de Dios ha sido rico en dones en nuestro favor; (v. 5b; Rom 3,24; Jn 3,16-18). Especialmente, cuando ha venido a nosotros el Salvador por libre iniciativa de su amor misericordioso, Él de enemigos nos ha hecho amigos, haciéndonos sus hijos mediante el sacramento del bautismo (cf. 1 Pe 1,3).

Si en Navidad Dios nos ha hecho el don de su Hijo, podemos decir que en el bautismo nos trae el don de su Espíritu, que nos da, además, la certeza de que hemos sido hechos herederos de algo que no se corrompe y no tendrá fin: la «vida eterna» (v. 7), esto es, la experiencia del conocimiento personal de Dios. Tantos y tan grandes dones del Señor abren nuestro corazón a la admiración por cuanto ha hecho por nosotros y a la gratitud filial por tanta generosidad gratuita.

 

Evangelio: Lucas 2,15-20

15 Cuando los ángeles se marcharon al cielo, los pastores se decían unos a otros:

-Vamos a Belén a ver eso que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado.

16 Fueron deprisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre.

17 Al verlo, contaron lo que el ángel les había dicho de este niño.

18 Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban admirados.

19 María, por su parte, guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón.

20 Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios porque todo lo que habían visto y oído correspondía a cuanto les habían dicho.

 

*» Este evangelio de la "misa de la aurora" es la continuación del de la noche, que Lucas nos ha presentado con los tres momentos del esquema del anuncio misionero: narración del hecho, anuncio a los pastores y acogida del acontecimiento. El evangelista, en efecto, se detiene sobre este último momento en que los pastores se dirigen inmediatamente a Belén y encuentran en la gruta, como les había sido anunciado por los ángeles, al niño Jesús con María y José.

Estamos ante un verdadero itinerario de fe con sus etapas, en las que aparece claro que la decisión interior se traduce inmediatamente en gestos concretos de vida: primero la búsqueda («fueron deprisa»: v. 16a), después el hallazgo y la experiencia humana y espiritual («encontraron al Niño»: v. 16b), por último el testimonio de vida («contaron lo que del Niño se les había dicho»: v. 17). Del testimonio nace, pues, la reacción de asombro y de fe en los que habían escuchado el relato («se quedaban admirados de lo que decían los pastores»: v. 18), y así la fe comienza a propagarse.

El texto termina con una preciosa referencia a María: («ella conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón»: v. 19), lo que significa que la Virgen permanece pensativa en la contemplación de los hechos narrados y de las palabras de los pastores sobre el pequeño Jesús. Ya la historia del Hijo, que va del vientre materno al vientre-tumba de la resurrección, forma un todo con la historia de María, porque, desde el fiat de la anunciación, ella ha aceptado en la fe servir dócilmente los caminos de Dios.

 

MEDITATIO

Toda la Palabra de Dios de este día de Navidad es una invitación a no detenerse en las explicaciones, sino a abandonarse a la contemplación de las palabras: «Hoy ha nacido para nosotros el Señor» (antífona de entrada) y del misterio de un Dios hecho hombre. Jesús ha traído a la humanidad el don más precioso, como dice san Ireneo: «Ha traído todo lo nuevo al traerse a Sí mismo».

¿Cómo robustecer nuestra fe ante este Niño silencioso? Tomando la decisión de "ir a Belén" también nosotros, como los pastores, porque esta tierra es el icono de la simplicidad y de la transparencia, de la alegría y de la vida, del silencio y de la contemplación.

Necesitamos volvernos niños de corazón para descubrir las raíces de nuestra fe; necesitamos la alegría festiva que nos haga creer que la vida es un gran don de Dios que no debe ser malgastado; tenemos necesidad de silencio contemplativo. Cuando queremos expresar nuestro amor a los otros, ¿qué otra cosa podemos dar, en efecto, sino nuestro silencio? «El silencio ilumina nuestras almas, susurra en nuestros corazones y los une. El silencio nos separa de nosotros mismos, nos hace volar por el firmamento del Espíritu y nos acerca al cielo» (M. Dellbrel). Esta experiencia nos permitirá volver a nuestras casas y a nuestro trabajo alabando a Dios por la Palabra contemplada, como María, seguros de conservarla en el corazón para anunciar a los demás lo que significa para nosotros.

 

ORATIO

Acepta, Señor, nuestra oración silenciosa y adorante porque en este día queremos hacerla con los labios y el corazón de María, tu Madre, que largamente en el silencio ha contemplado tu rostro y ha escuchado antes que nadie tus palabras: «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (Le 11,28). Te damos gracias, Señor, por tu persona que se ha hecho Palabra, por tu Espíritu que ora en nosotros, por las pocas y tantas cosas que nos has dicho desde tu pesebre de Belén con tu silencio. También nosotros quisiéramos callar y únicamente contemplar tu rostro, porque él nos habla y eso nos basta. Contemplar y callar, conservando y meditando en el corazón.

Te pedimos sólo que cada uno de nosotros busque, hoy y en el futuro, no las cosas que se ha propuesto hacer, sino aquellas que tú quieres que haga, lo que tú, amorosamente, nos invitas a hacer. Ayúdanos, por un momento, a acallar nuestras preocupaciones inmediatas para dejarnos llevar por ti hacia las preocupaciones verdaderas y así, olvidando las cosas "urgentes", nos ocuparemos, por fin, de lo auténticamente importante.

Y tú, María, que meditabas en tu corazón las palabras y los hechos de Jesús, haz que te imitemos con sencillez, con tranquilidad, con paz. Aparta de nosotros todo afán, preocupación y esfuerzo, y haznos atentos escuchadores de la Palabra, como has hecho tú, para que nazca en nosotros el fruto del evangelio, tu Hijo Jesús, que llevaste en tu seno.

 

CONTEMPLATIO

Cristo nace: ¡glorificadlo! Cristo baja de los cielos: ¡salid a su encuentro! Cristo está en la tierra: ¡levantaos!

Cristo se ha encarnado: ¡exultad! De nuevo las tinieblas se disuelven, nuevamente se alza la luz. Ésta es nuestra fiesta, esto celebramos hoy: la venida de Dios a los hombres, para que, a nuestra vez, nosotros vayamos a Dios; para que nos despojemos del hombre viejo y nos vistamos el nuevo.

Salta de gozo; honra a la pequeña Belén, que te ha hecho remontar al paraíso; adora el pesebre, por medio del cual tú eres alimentado por el Verbo. Conoce, como el buey, al que es tu Señor; conoce, como el asno, el pesebre de tu Amo. Corre, junto a la estrella, lleva dones junto con los Magos, oro, incienso y mirra, al que es el Rey y Dios y ha muerto por ti. Glorifícalo con los pastores, cántalo con los ángeles, haz coro con los arcángeles. Sea común la fiesta en el cielo y en la tierra. Estoy convencido, en efecto, de que también las potencias celestiales exultarán y celebrarán hoy la fiesta con nosotros, porque aman a Dios, pero aman también a los hombres (Gregorio Nazianceno, Homilías sobre la natividad, Madrid 21992; Discurso 38, passim).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Le 1,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Al aproximarse la Navidad el año 1223, Francisco de Asís llamó a si a su amigo Ser Giovanni Vellita y le dijo: «Hay en los bosques de Greccio una gruta que me recuerda la de Belén. He pensado celebrar allí la santa noche». Entiende Ser Giovanni y lo organiza todo según el deseo del santo.

Cuando llegó la noche los fieles, acudieron en masa desde los alrededores cantando salmos adentrándose en la floresta. A la luz de las antorchas llegaron a la gruta, donde estaba para celebrarse la misa. El altar estaba dispuesto sobre un pesebre y ¡unto a él yacían un asno y un buey.

Cuando el sacerdote se disponía a repartir el Cuerpo de Cristo a los fieles se vio una luz deslumbrante en torno al Santo. En sus descarnados brazos, que salían de las mangas del sayal, sostenía un niñito frágil y adormecido; pero como Francisco, en un acto de amor, atrajo contra su pecho el cuerpo tembloroso del pequeño, este se despertó, le sonrió y le acarició la descarnada mejilla. Los que lo vieron comprendieron que aquel niño era Jesús que, adormecido en el corazón de muchos, Francisco, con el ejemplo de su vida, había despertado (De la tradición franciscana).

 

 

Navidad del Señor Misa del día

 

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 52,7-10

7 ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y proclama la salvación, que dice a Sión: «Ya reina tu Dios».

8 Tus centinelas alzan la voz, cantan a coro, porque ven con sus propios ojos que el Señor vuelve a Sión.

9 Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén.

10 El Señor manifiesta su poder a la vista de todas las naciones, y los confines de la tierra contemplan la victoria de nuestro Dios.

 

^ Las lecturas de la tercera misa dejan el relato del evento natalicio con el anuncio de Jesús-luz, salvación y gozo y nos presentan el mensaje más profundo de la solemnidad a través de una meditación riquísima del acontecimiento.

El profeta Isaías expone el contenido salvífico del mensaje comenzando con la presentación de los centinelas de la ciudad santa, que divisan a Dios volviendo a Jerusalén para salvarla. Estos centinelas anuncian «alegres noticias» de paz y salvación al pueblo, diciendo que el Señor ha vuelto y ha retomado su puesto sobre la colina de Sión, estableciendo su morada definitiva entre los suyos (w. 7-8; cf. Rom 10,15; Ez 43,1-5). Pero el Señor no sólo vive con el pueblo; también, como un esposo atento y solícito obra y actúa por su esposa. De hecho, Isaías expone la actividad salvífica de Dios utilizando tres verbos significativos: «Consuela, rescata, manifiesta su poder» (w. 9-10). Estos tres verbos iluminan la acción amorosa, providente y vigilante en defensa del pueblo, especialmente contra los enemigos que lo hostigan.

El anuncio profético concluye con la constatación de que todos los pueblos de la tierra han podido ver que el Señor no abandona a su pueblo, sino que está siempre dispuesto para salvarlo (v. 10; Mt 28,28). La Iglesia, utilizando este texto estalla de alegría porque ve que el Señor ha cumplido la espera del nacimiento del Mesías, anunciada en los siglos precedentes.

 

Segunda lectura: Hebreos 1,1-6

1 Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas;

2 ahora en este momento final nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo.

3 El Hijo que, siendo resplandor de su gloria e imagen perfecta de su ser, sostiene todas las cosas con su palabra poderosa y que, una vez realizada la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de Dios en las alturas 4 y ha venido a ser tanto mayor que los ángeles, cuanto más excelente es el título que ha heredado.

5 En efecto, ¿a qué ángel dijo Dios alguna vez:

Tú eres mi hijo,

Yo te he engendrado hoy.

Y también:

Yo seré padre para él

y él será hijo para mí?

6 Y, de nuevo, cuando introduce a su Hijo primogénito en el mundo, dice:

Que lo adoren todos los ángeles de Dios.

 

**• El prólogo de la Carta a los Hebreos, que contiene todos los temas que el autor piensa desarrollar seguidamente para reforzar la fe de los cristianos procedentes del hebraísmo, es una invitación a la comunidad cristiana a fijar su mirada sobre el misterio de Cristo desde su nacimiento, punto culminante de la revelación de Dios(cf. Jn 1,18; Gal 4,4).

Jesús, el Hijo, es, en efecto, la plena y completa revelación del Padre (v. 2). Él, como el Padre, es Dios y creador, es «irradiación de su gloria e impronta de su ser» (v. 3) y por esto es superior a todas las instituciones religiosas antiguas, a los profetas y a los ángeles (w. 4-13; cf. Fil 2,9) y heredero de todas las cosas (cf. Rom 8,17; Mt 21,38). Por la misión que ha recibido del Padre y ha realizado entre los hombres con el anuncio de la Palabra de verdad (cf. Jn 14,6), ha cancelado el pecado del mundo, ha restablecido la comunión entre Dios y la humanidad, y con su muerte y resurrección ha sido ensalzado sobre todas las cosas, «se ha sentado a la derecha de Dios en el alto de los cielos» (v. 3; cf. Rom 3,24-25; Col 1,13-14; Flp 2,9-11) y ha sido reconocido por el Padre como Hijo unigénito.

Éste es el misterio de Jesús que ha sido revelado, que está presente y vivo en la Iglesia y que cada creyente debe imitar para ser manifestación de Dios entre los hombres y tener parte en la intimidad de Dios.

 

Evangelio: Juan 1,1-18

1 Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

2 Ya al principio ella estaba junto a Dios.

3 Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir.

4 En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres;

5 la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron.

6 Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan.

7 Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él.

8 No era él la luz, sino testigo de la luz.

9 La Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre.

10 Estaba en el mundo, pero el mundo, aunque fue hecho por ella, no la reconoció.

11 Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron.

12 A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios.

13 Éstos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios.

14 y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

15 Juan ha dado testimonio de él, proclamando:

-Éste es aquel de quien yo dije: «El que viene detrás de mí ha sido colocado por delante de mí, porque existía antes que yo».

16 En efecto, de su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia.

17 Porque la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por Cristo Jesús.

18 A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer.

 

*» El prólogo de Juan es una síntesis meditativa de todo el misterio de Navidad, porque el Niño de Belén es la revelación de Dios, la verdad de Dios y del hombre, y reflexionando sobre este evento nos ponemos en tesitura de comprender quién es el que ha nacido y quienes somos nosotros.

El núcleo del prólogo está en el v. 14: «Y la Palabra se hizo carne», que contiene el hecho de la encarnación y, por tanto, de Navidad: el Hijo de Dios se ha hecho hombre con la fragilidad e impotencia de toda criatura. Para comprenderlo Juan se remonta al misterio trinitario y luego vuelve a descender hasta el hombre. El inicio, pues, es la afirmación que nos sitúa fuera del tiempo en el misterio de Dios: «En el principio era la Palabra» (v. la) y nos habla de una existencia sin comienzo ni devenir.

Después en la frase: «La Palabra estaba junto al Padre» (v. Ib), el evangelista precisa la situación del Logos (= la Palabra), que existe desde siempre, en parangón con Dios: el Verbo, en su ser más profundo, está en actitud de escucha y obediencia, completamente vuelto hacia el Padre. Jesús, la Palabra encarnada, hace a Dios visible y cercano al hombre, siendo su reflejo. Así pues, toda la historia y la realidad humana tienen vida por la Palabra: «En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres» (v. 4), porque en Jesús todo encuentra consistencia, significado, fin y especialmente la salvación de todo hombre. Todas estas afirmaciones de Juan son importantes para comprender el papel de Jesús como revelador y testigo veraz de Dios. Por esto «de su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia» (v. 16), es decir, de su vida filial todos podemos recibir abundantemente.

 

MEDITATIO

La lectura de la Palabra de Dios en el misterio adorable de la Navidad converge sobre la memoria de que el Hijo de Dios ha venido a nosotros, un Dios con nosotros y para nosotros. Dios trascendente e invisible ha dejado su lejanía e invisibilidad y ha tomado un rostro humano haciéndose visible, concreto y asequible: «Se ha hecho lo que somos, para hacernos partícipes de lo que Él es» (Cirilo de Alejandría). Esta fe nuestra se funda sobre una explicación que el evangelista Juan encuentra colocando la raíz de la existencia de Jesús en el seno del Padre (Jn 1,1-3). La reflexión bíblica, sin embargo, va más lejos y nos impulsa a contemplar quién es Jesús para nosotros: es Dios de salvación para todo hombre.

Pero la Navidad es también la memoria de la modalidad histórica en la que se ha realizado la encarnación. Ha elegido la vida del pobre y del derrotado para que nosotros pudiésemos vislumbrar el poder de Dios en su elección de la pobreza y de la kenosis (despojo). Porque Él quiere ser buscado, reconocido y acogido: como un pobre necesitado y sufriente, porque no sólo se ha hecho hombre, sino que se ha quedado entre los hombres.

Con su nacimiento, además, nos ha hecho también el don de ser hijos: «A cuantos la recibieron, les dio poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12). La Navidad de Jesús es también nuestra Navidad, la de nuestro renacer a una vida nueva. En Él también nosotros hemos sido «destinados a ser hijos adoptivos» del Padre celestial (Ef 1,5); cf. 1 Jn 3,1). Si Dios mismo nos dice: «¡Tú eres mi hijo!», a nosotros no nos queda sino agradecerle y alegrarnos por nuestra participación en la vida divina.

 

ORATIO

Padre nuestro, en estos días hemos escuchado muchas palabras sobre la Navidad y estamos saciados de ellas pero, en realidad, no hemos comprendido a fondo el sentido de aquellas verdades. Juan Pablo II ha hecho esta reflexión: «El Niño alienta. ¿Quién oye el vagido del Niño? Por Él, empero, habla el cielo y es el cielo el que revela la enseñanza de este nacimiento. Es el cielo el que la explica con estas palabras: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!». Es preciso que nosotros, tocados por el hecho del nacimiento de Jesús, escuchamos este grito del cielo». ¿Cómo acoger y escuchar el vagido de este Niño?

Ésta es la pregunta que tú, Señor, suscitas en nuestro corazón. Nuestra respuesta quiere ser pronta y generosa, sobre todo con la escucha de tu Palabra que se presenta educadora de sensibilidad cristiana para hacer la experiencia de que tú eres «Emmanuel». Queremos, además, corresponder a los dones, como el grandísimo que nos has hecho al nacer entre nosotros. Nuestro don es nada respecto al tuyo, pero continúa esta donación por solidaridad y participación plena de la vivencia humana.

Tu Navidad nos propone también la consciencia de la fraternidad universal. Cada uno de nuestros gestos navideños pretende ser no sólo privado o familiar, sino abierto a la solidaridad y a la bondad, especialmente con los más necesitados de ellas, como los pobres, los inmigrantes, los explotados, los que viven en soledad o son olvidados, porque justicia social y solidaridad van siempre juntas.

 

CONTEMPLATIO

Alégrese la esposa amada por Dios. He aquí al esposo mismo, que avanza hacia nosotros. A nosotros, creyentes, el Esposo se nos presenta siempre bello. Bello es Dios, Verbo junto a Dios; bello en el seno de la Virgen, donde no pierde la divinidad y asume la humanidad; bello es el Verbo nacido niño, porque mientras era bebé, mientras mamaba la leche, mientras era llevado en brazos los cielos han hablado, los ángeles han cantado alabanzas, la estrella ha señalado el camino a los Magos, ha sido adorado en el pesebre, alimento para los mansos.

Es bello, pues, en el cielo, bello en la tierra; bello en el seno, bello entre los brazos de sus padres; bello en los milagros, bello en el suplicio; bello en el invitar a la vida, bello en el no preocuparse de la muerte; bello en el abandonar la vida y bello en el recuperarla, bello en la cruz, bello en el sepulcro, bello en el cielo. Escuchad, pues, el cántico sin apartar jamás vuestros ojos del esplendor de su belleza (San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 44,3).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El sentido de la fiesta navideña es la Palabra, de la que el himno de Juan (cf. Jn 1) dice que al principio estaba ¡unto a Dios. De esta Palabra se dice también que se hizo carne y habitó entre nosotros.

Este es el acontecimiento que celebramos cada año en Navidad: Dios ha venido a nosotros. El nos quita la falta de sentido y las monótonas repeticiones de nuestra vida cotidiana. El mismo es el sentido que da contenido a nuestra vida. Estamos acostumbrados a traducir así la primera frase del evangelio de Juan: «En el principio ya existía la Palabra». Pero el término griego logos que se encuentra en nuestro texto, es mucho más amplio. Logos no connota tanto a la pura palabra sino más bien el sentido que viene expresado mediante la palabra. En logos, sentido y palabra son inseparables: el sentido, pues, que captamos en cualquier acontecimiento, supera siempre el episodio concreto que puede ser expresado solamente con palabras. Si uno dice: «Te deseo muchas felicidades» o «Feliz Navidad», no se dirige cordialmente a otro solamente en este momento, sino que con estas palabras expresa algo que trasciende el momento. Así cada sentido supera el momento y el concreto evento en que se produce el encuentro.

Cuando en Navidad oímos decir: «Nos ha nacido un niño», pensamos en el Niño del pesebre y en todos los demás niños, si bien diferenciándolo de toaos, porque él no ha nacido sólo para sus padres, sino también para todos nosotros. También así el sentido del acontecimiento supera siempre el episodio particular, a través del cual ha entrado en nuestra vida. Quien ve sólo lo que tiene ante los ojos no capta el sentido, ni el de la Navidad ni el de la vida en general. El sentido, es decir, la profundidad de la realidad que constituye su contenido. Y porque el sentido de cada acontecimiento trasciende lo que está ante los ojos, para captarlo tenemos necesidad de la palabra.

Si ahora decimos que: «En el principio era el Sentido», queremos expresar que en el principio era lo que da contenido y significado a toda vida. Ésta es la profundidad de la realidad, cíe la que se habla cuando se usa la Palabra de Dios. Este sentido último, que confiere contenido y significado a cualquier otro evento, ha sido participado al mundo en el acontecimiento de Navidad (W. Pannenberg, Presenza di Dio, Brescia 1974, 119-120).

 

 

Día 26

San Esteban 26 de diciembre

  

LECTIO

Primera lectura: Hechos 6,8-10; 7,54-60

8 Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes signos y prodigios en medio del pueblo,

9 algunos de la sinagoga llamada «de los libertos», a la que pertenecían cirenenses y alejandrinos, y algunos de Cilicia y de la provincia de Asia, se pusieron a discutir con él,

10 pero no pudieron hacer frente a la sabiduría y el espíritu con que hablaba,

54 Oyendo sus palabras, se recomían de rabia en su corazón y rechinaban los dientes contra él.

55 Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, mirando fijamente al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios,

56 y exclamó: -Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios.

57 Ellos, dando grandes gritos, se taparon los oídos y se arrojaron a una sobre él.

58 Lo echaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos habían dejado sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo.

59 Mientras lo apedreaban, Esteban oraba así:

-Señor Jesús, recibe mi espíritu.

60 Luego cayó de rodillas y gritó con voz fuerte: -Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y dicho esto, expiró.

 

**• Esta página de los Hechos narra la muerte de Esteban, primer mártir de la Iglesia. Hombre de fe y de Espíritu Santo, fue elegido diácono para el servicio de la comunidad cristiana, a fin de que la comunión de vida fuese visible incluso en la distribución de los bienes (cf. Hch 6,1-6). Lleno de dones carismáticos, de sabiduría contemplativa en la predicación y de fuerza evangélica en la evangelización, fue intrépido testigo de Cristo resucitado con la fuerza de su Espíritu (w. 8-10). La parte final del valiente discurso de Esteban, hecho ante los ancianos y los jefes del pueblo, y la sucesiva narración de su martirio (w. 54-60) son un magnífico ejemplo de catequesis bíblica. El discurso, en efecto, concluye por una parte con la profesión de fe en Jesús, hecha por Esteban y, por otra, con la falsa acusación de los jefes contra él por haber pecado contra la Ley de Moisés y el templo y, por tanto, con la decisión de su condena a muerte.

La lapidación del protomártir Esteban es narrada por Lucas según el modelo de la muerte de Jesús, porque también él murió confiándose al Señor y perdonando a sus verdugos (cf. w. 59-60; Le 23,34-46). El testimonio de Esteban no es otro sino que la vida de Cristo continúa en la vida de la Iglesia por la disponibilidad al Espíritu, la predicación, la coherencia evangélica y la muerte misma. Es preciso estar abiertos al paso del Espíritu por la propia existencia para comprender los tiempos nuevos que Jesús ha inaugurado, porque ahora su persona es la plenitud de la ley que ninguna persecución podrá eliminar jamás.

 

Evangelio: Mateo 10,17-22

Dijo Jesús a sus apóstoles:

17 Tened cuidado, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas.

18 Seréis llevados por mi causa ante los gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los paganos.

19 Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo hablaréis, ni de qué diréis. Dios mismo os sugerirá en ese momento lo que tenéis que decir,

20 pues no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará a través de vosotros.

21 El hermano entregará a su hermano a la muerte y el padre a su hijo. Se levantarán hijos contra padres y los matarán.

22 Todos os odiarán por causa mía, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará.

**• El evangelio de Mateo se coloca en el contexto de las persecuciones y refiere algunas enseñanzas de Jesús a sus discípulos acerca de las pruebas que la Iglesia deberá sufrir en el curso de su historia. Jesús expone esta situación con tanta claridad y tanto detalle concreto, que parece estar describiendo la Iglesia primitiva después de los años 70, que debió afrontar diversas pruebas internas y externas en su vida y fácilmente hubiera podido caer en el desaliento y haber perdido la fe en Él. Jesús provee así a la continuidad de su obra en el tiempo y en el espacio, anticipando acontecimientos y signos que la comunidad cristiana deberá afrontar en el mundo, para ayudar a sus discípulos a superar el escándalo de la cruz, que permanece siempre como verdadero obstáculo en el camino de fe de todo creyente.

La palabra repetida por Jesús en el texto -«no os preocupéis» y «no tengáis miedo» (w. 19.26.28.31)- son el alivio del Señor al miedo de los suyos, real impedimento al alegre anuncio del evangelio que, por el contrario, debe ser proclamado con entusiasmo y muestras de alegría. Ante los reyes y en los tribunales es «el Espíritu del Padre» el que hablará por vosotros (v. 20). También el odio de parientes y amigos «a causa del nombre» de Jesús (v. 22) será recompensado porque el Padre lo ve y concederá a los suyos la salvación y la verdadera vida.

 

MEDITATIO

¿Cuál es el sentido cristiano del sufrimiento y de la muerte del texto bíblico que considera la liturgia de hoy? La respuesta a interrogantes tan fundamentales de la vida humana se encuentra sólo en el dejarse iluminar totalmente por la enseñanza y el testimonio vividos por Jesús. «Humanamente hablando, la muerte es el fin de todo» escribe S. Kierkegaard, «y humanamente hablando hay esperanza sólo mientras hay vida». Pero para el cristiano el sufrimiento y la muerte no son en modo alguno el fin de todo; son solamente pequeños acontecimientos comprendidos en el todo que es la vida eterna.

En el sentido cristiano, pues, hay infinitamente más esperanza en la muerte que hablando en un mundo meramente humano, en el que no sólo hay vida, sino una vida en plena salud y fuerza física».

La muerte de Esteban o de tantos primeros testigos de la fe cristiana no tendrá la última palabra sobre la vida de estos discípulos de Jesús, porque Cristo es el Señor de la vida y de la muerte. La resurrección de Jesús muestra la verdadera gloria, como única realidad de la verdadera vida, hacia la que se encamina todo creyente. Esta prevé, sin embargo, que la gloria de Jesús y de cada uno de sus discípulos pasa justamente a través del Gólgota y la muerte en cruz. El sufrimiento y la muerte de Jesús y de todo discípulo suyo ofrecen un signo que habla a la fe. El plan de Dios es más grande que el pequeño y estrecho del hombre. El amor de Dios supera con mucho el interés particular de cada uno de sus hijos.

Sólo Jesús, signo del amor de Dios a los hombres es capaz de liberar al hombre de la muerte y de hacer brotar en el corazón del discípulo la fe como respuesta radical a la salvación ofrecida por Dios.

 

ORATIO

Señor de la vida y de la muerte que, con tu enseñanza y ejemplo de coherencia y de vida, nos has enseñado a afrontar el sufrimiento e incluso la muerte, nosotros deseamos alzar la mirada, como dice la Escritura, hacia ti, que eres «el que traspasaron» (Jn 19,37). Ésta es una invitación dirigida a todos los hombres para que vean y crean a tu corazón traspasado con una mirada interior y contemplativa que los introduzca en el misterio de la salvación.

Nosotros, como el primer mártir Esteban y tras él todos los mártires y los santos, queremos hacernos partícipes de la experiencia y de la fe del primer testigo, que ha visto durante su martirio tu gloria, aquella gloria que el Padre te ha reservado por tu dócil obediencia hasta la cruz. También para nosotros esta mirada hacia el cielo debe hacerse contemplación de fe, experiencia interior, posesión permanente. Esto quiere ser también un compromiso para celebrar contigo la obra del Padre y de penetrar en la contemplación tu vida divina con un testimonio de fe y de amor.

Sabemos que el único remedio válido contra el miedo es la fe. Señor, tú has pedido a tus discípulos superar el grave momento del dolor y de la prueba, no tanto acogiéndose con la mente a tus palabras, cuanto creyéndote a tí con el corazón y con la vida entera, a ti que comunicas la palabra del Padre, la única que salva y elimina toda turbación. No hay, pues, verdadera fe en Dios sin fe en ti, porque Dios se ha revelado como tu Padre y tú nos has revelado su rostro luminoso.

 

CONTEMPLATIO

San Esteban, bienaventurado Esteban, Esteban bueno, fuerte soldado de Dios, primero de la serie de sus mártires: he sabido y creo y abrazo con alegría el hecho de que tú, todavía en esta tierra hayas tenido santidad tan luminosa que tu rostro venerable resplandecía como el de los ángeles. En efecto, cuando tus enemigos se encarnizaban contra ti, tú, de rodillas, exclamaste en un grito: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado».

Hombre dichoso, ¡cuanta esperanza das a tus amigos pecadores al escuchar que te has preocupado tanto de enemigos arrogantes! «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». ¿Cómo responderá cuando es invocado aquel que, provocado respondía de esa manera? ¿Qué bondad sabrá usar con los humildes ahora que es ensalzado, aquel que socorría de ese modo a los soberbios cuando era humillado?

Anda, dime, bienaventurado Esteban, ¿qué cosa te caldeaba el corazón para derramar al exterior tantas bondades juntas? No hay duda de que estabas colmado de todas, adornado de todas, iluminado por todas.

Te suplico, caritativo Esteban, ruega para que mi alma endurecida se llene de caridad generosa. Haz que mi alma insensible, por don de Aquel que la ha creado, arda en el fuego de la caridad (Anselmo D'Aosta, Ovacione a santo Stefano, in Orazioni e Meditazioni, Milán 1997, 318-333).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hch 7,60).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Desde ahora ningún honor del mundo o de la iglesia me puede tentar. Llevo conmigo la confusión de cuanto el Santo Padre ha querido hacer por mí enviándome a París. Tener un alto cargo en la jerarquía o no tenerlo me es del todo indiferente. Esto me da una paz grane.

Y me deja más libre para el cumplimiento de mi deber, a toda costa y a todo riesgo. Es bueno que esté preparado a alguna gran mortificación o humillación. Este será el signo de mi predestinación.

Quiera el cielo que signifique el inicio de mi verdadera santificación, como ha ocurrido con almas más selectas, que recibieron en los últimos años de su vida el toque de la gracia que los hizo santos auténticos. La idea del martirio me da miedo. Temo por mi resistencia al dolor físico. Sin embargo, podría dar a Jesús el testimonio de sangre, ¡oh que gracia y que honor para mí! (Juan XXIII, Diario del alma, Madrid 1998).

 

Día 27

San Juan Evangelista 27 de diciembre

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 1,1-4

Queridos hermanos:

1 Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca de la palabra de la vida,

2 -pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó,

3 Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que también vosotros estáis en comunión con nosotros. Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo.

4 0s escribimos estas cosas para que vuestro gozo sea completo.

 

*+ El breve prólogo de la carta de Juan, que expone los diversos criterios para entrar en comunión con Dios, nos presenta un itinerario de fe sobre los compromisos de la vida cristiana que emanan de la caridad y sobre las precauciones contra el pecado.

El evangelista fundamenta la fe cristiana sobre el argumento de su testimonio ocular que es la «palabra de la vida» y sobre algunos episodios esenciales descritos de modo sintético y concreto. Juan, sin embargo, aquí pone el acento no tanto sobre la «Palabra», como en el prólogo de su evangelio (cf. Jn 1,1-18), sino sobre la «vida» que Jesús posee y dona. Todo tiene comienzo en la experiencia del apóstol vivida en contacto directo con Jesús, que Juan presenta con hechos históricos documentables: «Nosotros hemos oído... visto... tocado... contemplado la palabra de la vida» (v. 1). Esta experiencia llega a ser más tarde en el Apóstol testimonio y ejemplo coherente (v. 2 a); este testimonio se hace anuncio valiente a los otros para que participen del mismo don (v. 2b); además, el anuncio genera la comunión entre los hermanos de la comunidad, comunión que, en realidad, es auténtica participación en la vida trinitaria con el Padre y el Hijo Jesús (v. 3). Por último, esta comunión hace brotar el fruto de la alegría que colma el corazón (v. 4). Pero un elemento importante, subrayado por Juan, es el reiterativo «nosotros», que nos pone ante la tradición de la escuela de Juan: tradición que desarrolla el testimonio del discípulo amado, basado en la «vida divina» hecha visible en Jesús y que el testigo nos ha hecho conocer.

 

Evangelio: Juan 20,2-8

El primer día de la semana, María Magdalena

2 se volvió corriendo a la ciudad para contárselo a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús tanto quería. Les dijo:

-Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto.

3 Pedro y el otro discípulo se fueron rápidamente al sepulcro.

4 Salieron corriendo los dos juntos, pero el otro discípulo adelantó a Pedro y llegó antes que él.

5 Al asomarse al interior vio que las vendas de lino estaban allí; pero no entró.

6Siguéndole los pasos llegó Simón Pedro que entró en el sepulcro,

7 comprobó que las vendas de lino estaban allí. Estaba también el paño que habían colocado sobre la cabeza de Jesús, pero no estaba con las vendas, sino doblado y colocado aparte.

8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. Vio y creyó.

 

**• En estos pocos versículos se nos narran los hechos ocurridos la mañana de Pascua, que tienen como protagonista primera a María Magdalena y después a Pedro y Juan. La noche espiritual en la que los discípulos están hundidos cederá el puesto a la experiencia de la fe, que toma el relevo junto a la tumba vacía, signo de la presencia del Resucitado (v. 2). Ante la noticia de que la piedra ha sido retirada del sepulcro y de que el cuerpo de Jesús no estaba allí, Pedro y el discípulo amado corren al sepulcro (w. 3-4). Su carrera revela su amor y veneración y hace pensar en el ansia de la Iglesia que busca signos visibles del Señor, especialmente cuando se encuentra en dificultades por su ausencia y no logra verlo. Los responsables de la Iglesia de los orígenes viven la experiencia de la búsqueda de los signos visibles del Señor. Juan llega antes que Pedro al sepulcro por su intuición de discípulo amado, pero Pedro entra primero por su función eclesial (w. 5-7). Observados el orden y la paz que reinaban en él, el discípulo amado se abre a la visión de la fe, creyendo en los signos visibles del Señor: «Vio y creyó» (v. 8). No es aún la fe perfecta en la resurrección. Para esto será necesario que el espíritu del discípulo se abra a la inteligencia de la Escritura (cf. Lc 24,45), que vea al Señor en persona y que reciba de él el don del Espíritu Santo.

 

MEDITATIO

La figura de Juan es de fundamental importancia en la Iglesia primitiva, no sólo por su condición de discípulo amado por el Señor, sino sobre todo por habernos dado con su contemplación el Jesús más íntimo, el que se revela Hijo de Dios hecho carne, venido a desvelarnos el rostro del Padre y el camino que lleva a la comunión con él. Entre los varios títulos que la tradición antigua atribuye a Juan destaca el de teólogo, porque el objetivo de sus escritos es creer en Jesús, Mesías e Hijo de Dios (cf. Jn 20,31). El símbolo del evangelista es el águila, porque, como declara un dicho rabínico, es como el único pájaro que puede mirar el sol (que para Juan es Cristo) sin quedar deslumbrado. Y su presencia en la comunidad cristiana, que en todo tiempo debe estar a la búsqueda de los signos visibles del Señor, es la de la contemplación y la comprensión penetrante de la Palabra de vida.

Son muchos los carismas en la Iglesia, todos preciosos y necesarios, como, por ejemplo, el carisma de la institución de Pedro o el de la profecía de Juan. Sólo el respeto recíproco y la búsqueda común en el compartir sincero y atento a los dones del Espíritu, permite adentrarse en el misterio. El ejemplo de la búsqueda común y de la ayuda entre hermanos de la misma fe, de que claramente nos habla el discípulo amado, lleva necesariamente a reencontrarse juntos, reunidos en el reconocimiento de los signos del Resucitado.

 

ORATIO

Señor Jesús, que revelaste los misteriosos secretos de la Palabra al discípulo amado, Juan, da también hoy a tu Iglesia una nueva inteligencia espiritual de las Escrituras.

El Espíritu Santo, a través de las palabras del concilio, nos ha recordado que «la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras como el Cuerpo mismo de Cristo» y que la Palabra de Dios es «fuente pura y perenne de la vida espiritual» (DV 21). Por esto nosotros queremos iluminar cada vez más nuestra vida espiritual con tu Palabra, para aprender «la sublime ciencia de Jesucristo» (Flp 3,8). Sentimos cada vez más verdadera, sin embargo, la afirmación conciliar según la cual la Escritura «debe ser leída e interpretada con la ayuda del mismo Espíritu con que ha sido inspirada» (DV 12).

Da, Señor, a tu Iglesia pastores sabios y santos que sepan captar el sentido espiritual y profundo de tus Escrituras e introducir al pueblo entero de Dios en tu intimidad para conocer mejor tu pensamiento, las profundidades del Espíritu y como guías a tu Iglesia. Pero haznos comprender también que tantas crisis de nuestras comunidades religiosas se superan sólo con la frecuente lectura y meditación de tu Palabra «acompañadas por la oración, para que pueda brotar el coloquio entre Dios y el hombre» (DV 25), lugar donde se opera en nosotros la conversión del corazón nuevo y la apertura a la fraternidad universal.

 

CONTEMPLATIO

Señor Jesús, quien escoge amarte no queda defraudado porque nada se puede amar mejor y más provechosamente que a ti, y esta esperanza nunca decae. No hay miedo de excederse en la medida, porque en amarte a ti no está prescrita ninguna medida. No hay que temer a la muerte, que pone fin a las amistades del mundo, porque la vida no puede morir. En el amarte a ti no hay que temer ofensa alguna, porque no puede haberlas, si no se desea otra cosa que el amor. No se insinúa sospecha alguna, porque tu juzgas según el testimonio de la conciencia que ama. Ésta es la suavidad que excluye el temor.

¡Verbo devorador, ardiente de justicia, Verbo de amor, Verbo de toda perfección, Verbo de ternura. Verbo devorador a quien nada puede escapar! Verbo que compendias en tí toda la ley y los profetas. Del que tiene tal amor, dice abiertamente la Verdad estas palabras: «El que acepta mis mandatos y los cumple, este me ama» (Jn 14,21). Se debe saber también que el amor de Dios no se mide por sentimientos momentáneos, sino por la perseverancia de la voluntad. El hombre debe unir su voluntad a la de Dios, de modo que la voluntad humana consienta todo lo que dispone la voluntad divina, sin querer esto o aquello si no es porque sabe que lo quiere Dios.

Esto significa amar a Dios de modo absoluto. En efecto, la misma voluntad no es otra cosa que amor (Elredo de Rievoulx, Discurso sobre el amor de Dios).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «La Palabra se hizo carne, y nosotros hemos visto su gloria» (Jn 1,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Sentirse amado es el origen y la plenitud de la vida del Espíritu.

Digo esto porque, apenas comprendemos un destello de esta verdad, nos ponemos a la búsqueda de su plenitud y no descansamos hasta haber logrado encontrarla. Desde el momento en que reivindicamos la verdad de sentirnos amados, afrontamos la llamada a llegar a ser lo que somos. Llegar a sentirnos los amados: he aquí el itinerario espiritual que debemos hacer. Las palabras de san Agustín: «Mi alma está inquieta hasta reposar en ti, Dios mío», definen bien este itinerario.

Sé que el hecho de estar a la constante búsqueda de Dios, en continua tensión por descubrir la plenitud del amor, con el deseo vehemente de llegar a la completa verdad, me dice que he saboreado ya algo de Dios, del amor y de la verdad. Puedo buscar sólo algo que, de algún modo, he encontrado ya (H. J. M. Nouwen, Tú eres mi amado: la vida espiritual en un mundo secular, Madrid s.f.).

 

Día 28

Santos Inocentes 28 de diciembre

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 1,5-2,2

Hermanos:

5 Éste es el mensaje que oímos a Jesucristo y os anunciamos: Dios es luz y no hay en él tiniebla alguna.

6 Si decimos que estamos en comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad.

7 Pero si caminamos en la luz como él, que está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado.

8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

9 Si reconocemos nuestros pecados, Dios, que es justo y fiel, perdonará nuestros pecados y nos purificará de toda iniquidad.

10 Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

11 Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos ante el Padre un abogado, Jesucristo, el Justo.

12 El ha muerto por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino por los del mundo entero.

 

*» La fiesta de los santos inocentes, colocada tan próxima al misterio de Navidad, pone de relieve no sólo el don del martirio, sino la gran verdad que la muerte del inocente revela: la maldad del pecador, como Herodes, siembra odio y muerte, mientras el amor del justo inocente, como Jesús, porta frutos de vida y de salvación.

También la Carta de Juan nos presenta el mundo dividido en dos partes: el de la luz, el mundo de Dios, y el de las tinieblas, el mundo de Satán. Quien «camina en la luz» y «practica la verdad» (w. 7-8) vive en comunión con Dios y con los hermanos y es purificado de todo pecado por la sangre de Jesús derramada en la cruz.

Quien, por el contrario, «camina en las tinieblas» y «no practica la verdad» (w. 6-8) se engaña a sí mismo, no vive en comunión con Cristo ni con los hermanos y está lejos de la salvación. Los verdaderos creyentes, en efecto, reconocen ante Dios y ante sí mismos su pecado, lo confiesan y, confiando en el Señor, «justo y fiel» (v. 9), son salvados. Los malvados, por el contrario, no reconocen sus pecados, hacen vano el sacrificio de Jesús y su Palabra de vida no puede transformarlos interiormente. En conclusión, Juan exhorta al cristiano a recurrir a Jesús como «abogado junto al Padre» (v. 1), porque es El quien expía no sólo los pecados de sus fieles, sino los de la humanidad entera. Cierto, el cristiano no debe pecar, pero en el caso de tener la experiencia del pecado, lo más importante es reconocerse pecador y, confiando en la misericordia de Aquel que puede liberarlo de su pobreza moral, restablecer inmediatamente la comunión

con Dios.

 

Evangelio: Mateo 2,13-18

13 Cuando se marcharon los sabios, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:

-Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te avise; porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.

14 José se levantó, tomó al niño y a su madre de noche, y partió hacia Egipto,

15 donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por el profeta: De Egipto llamé a mi hijo.

16 Entonces Herodes, viéndose burlado por los sabios, se enfureció mucho y mandó matar a todos los niños de Belén y de todo su término que tuvieran menos de dos años, de acuerdo con la información que había recibido de los sabios

17 Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías:

18 Se ha escuchado en Rama un clamor de mucho llanto y lamenteo: es Raquel que llora por sus hijos, y no quiere consolarse porque ya no existe

.

** El fragmento del evangelio de la infancia de Mateo narra una de las muchas pruebas de incomodidad y de sufrimiento vividas por la familia de Nazaret. Partidos los Magos, José, advertido en sueños por el ángel del Señor, lleva a María y al Niño a Egipto para escapar del odio homicida de Herodes que, -en su locura- ha decidido matar a los recién nacidos del territorio de Belén (w. 14-16). La Sagrada Familia experimenta así, integrada en una dolorosa vivencia de persecución, un período de huida de su propia tierra, de incertidumbre acerca del propio destino, de marginación y de rechazo.

El lenguaje escueto de Mateo sugiere que para esta familia no hay especiales privilegios respecto de las otras. Jesús es un Dios venido a nosotros, pero su gloria está encerrada en una apariencia de derrota. En su camino no hay sólo Magos que lo buscan, hay también un Herodes que, a la noticia de su nacimiento se turba. Jesús permanece signo de contradicción: hay quien lo busca para adorarlo y quien lo busca para matarlo.

En realidad, el relato evangélico en su contexto pone de relieve también otro tema: la vivencia humana de Jesús, ya desde su infancia, es leída sobre la falsilla de la vida de Moisés y de su pueblo. El nacimiento de Moisés y de Jesús coincide en la matanza de niños hebreos inocentes (Ex 1,8-2,10 y Mt 2,13-18); ambos van a Egipto (Ex 3,10; 4,19 y Mt 2,13-14), en ambos se cumple la Palabra: «De Egipto llamé a mi hijo» (Ex 4,22; Os 11,1 y Mt 2,15). Por último, la profecía sobre Raquel que llora a sus hijos (Jr 31,15) nos recuerda que Jesús es el Mesías buscado y rechazado, en quien se cumplen las promesas de Dios y las esperanzas de los hombres.

 

MEDITATIO

Para entender la vivencia humana de Jesús a través del relato bíblico es muy necesario conocer la clave de lectura del texto que se mueve en dos niveles: el de la historia y el de la fe. El escritor sagrado, sin traicionar el dato histórico, como el de la matanza de los inocentes y la huida de Jesús a Egipto, sino partiendo de estos, recompone cada uno de los hechos leyéndolos en fe y los transfigura con la luz del profundo misterio que encierran: El Niño Jesús, que se pone en manos de los hombres, no es el que huye del enemigo por miedo, es el verdadero vencedor, porque es en su libre obediencia donde nos revela el rostro del Padre y el amor gratuito con el que se nos ha entregado. Si el mundo con su pecado rechaza al Mesías, en realidad es él el derrotado, porque es Cristo quien lo juzga. Si el rechazo y la marginación son el momento de la humillación y de la debilidad de Cristo, en realidad es aquí donde comienza su triunfo con la glorificación que le devolverá el Padre.

También el cristiano puede rechazar a Cristo y ser culpable de pecado, renegando del amor de Dios, pero cree, a pesar de todo, que sus pecados no son obstáculo permanente a la comunión con Dios. El cristiano sabe que es posible transformar el alejamiento en cercanía, que toda realidad adversa puede ser superada por la acción misteriosa de Dios en Cristo, que es no sólo el verdadero intercesor junto al Padre, sino el medio extraordinario de expiación por los pecados de todos los hombres.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú eres el único intercesor que puede defender nuestra causa junto al Padre, cada vez que hacemos la experiencia negativa del pecado y del alejamiento de ti. Muchas veces la humanidad ha quebrantado tu alianza y otras tantas tú la has reanudado sin cansarte jamás, manifestándote rico en perdón y en bondad. No dejes de ser nuestro defensor, a pesar de las muchas matanzas de inocentes que se repiten en todo tiempo sobre nuestro planeta, los innumerables pecados de escándalo que hieren a nuestra juventud y desconciertan a nuestros ancianos y a tantas personas sencillas, los sufrimientos de todo género que se infligen a muchos inocentes por la voracidad de otros tantos Herodes de hoy que buscan sólo el poder, el éxito y la posesión de bienes materiales.

Señor, tú que has sufrido la marginación, el rechazo y la incomodidad de la falta de un domicilio, haz que todos estos males no se repitan más entre nosotros, que toda la humanidad pueda encontrar en ti, y por medio de tu ejemplo de vida, el sentido de la hermandad y de la unidad. Ciertamente es obra tuya la unión de los dispersados, la justicia absoluta y la concordia, la paz mesiánica que tú has predicado, pero también nosotros queremos colaborar a la construcción de un mundo más justo y fraterno, donde los lazos del egoísmo se rompan, donde todo pacifismo aparente sea superado y toda falsa justicia quebrantada. Señor Jesús, que nuestra vida cristiana nos haga capaces de edificar la nueva familia humana, basada en el amor al otro.

 

CONTEMPLATIO

Con la persecución de los santos el cruel tirano es burlado, porque, mientras cree perder a aquellos que mata, les procura un estado de vida mejor. Ellos transforman en beneficio lo que él trama para su perdición: a través de un daño momentáneo, adquieren por vía rápida la ganancia de la vida eterna. Así estos párvulos se convierten en un instante en mártires. La fiesta de Navidad termina con el coro de ángeles jubilosos en lo alto, pero la alabanza fue perfecta en la boca de los niños y de los lactantes aquí abajo. Las trompetas de su victoria resuenan hasta los cielos. Se transformó en gloria el vagido de los bebés y su luto en júbilo; el ejército de los inocentes no sigue a la estrella, sino al Cordero y lleva la solemne bandera de su gloriosísimo triunfo.

Abiertos sus párpados, contemplaron la Luz y obtuvieron instantáneamente la bienaventuranza prometida a los pacíficos y a los limpios de corazón. Estos, pues, transportados de la cuna al cielo, se han convertido en senadores y jueces del Capitolio celestial. Ellos presencian las decisiones divinas, de misericordia o de castigo, pero más a menudo siguen al Cordero a dondequiera que vaya, con mansedumbre más que con desdén o severidad (Ernaldo di Buonavalle, / misten principali di Cristo, III: La uccisione degli innocenti).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «La sangre de Jesús nos purifica de todo pecado» (1 Jn 1,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Independientemente de los beneficios que de ello derivan para nosotros, es justo y es un deber celebrar así la muerte de los santos inocentes porque Fue una muerte bendita. Acercarse a Cristo, sufrir por El es ciertamente un privilegio indescriptible -sufrir de algún modo, incluso desconociéndolo-. Los niños que Él cogió en brazos no eran conscientes de su afectuosa benevolencia, pero su bendición ¿no fue quizás un privilegio? Cierto que esta masacre contenía en sí la naturaleza de un sacramento; era prenda del amor del Hijo de Dios hacia los interesados. Cuantos se acercaron a El sufrieron en mayor o menor grado por habérsele aproximado, justamente como si el sufrimiento y la tribulación terrena emanaran de Él, como un precioso beneficio para el bien de sus almas - y en este número están incluidos estos niños-. Cierto que su misma presencia era un sacramento. Cada uno de sus movimientos, cada una de sus miradas y cada una de sus palabras llevaban la gracia a quien estaba dispuesto a recibirla y todavía más: el hecho de ser sus compañeros. En consecuencia, en los tiempos antiguos, estos bárbaros homicidios o el martirio eran considerados como una especie de bautismo, un bautismo de sangre, que contenía en sí una fuerza sacramental que sustituía la fuente bautismal para la regeneración. Consideremos a estos pequeños como si, en cierto sentido, fuesen mártires y veamos qué enseñanza podemos sacar del ejemplo de su inocencia (J. H. Newmann, Holy Innocents. The Mind of Uttle Children, PPS, II, 62).

 

Día 29

29 de diciembre

  

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 2,3-11

3 Sabemos que conocemos a Dios, si guardamos sus mandamientos.

4 El que dice: «Yo lo conozco», pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en Él.

5 En cambio, el amor de Dios llega verdaderamente a su plenitud en aquel que guarda su palabra. Ésta es la prueba de que estamos en Él,

6 pues el que dice que permanece en Él, tiene que vivir como vivió Él.

7 Queridos, el mandamiento acerca del que os escribo no es nuevo, sino un mandamiento antiguo, que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que oísteis.

8 Sin embargo, el mandamiento acerca del que os escribo -que se realiza en Él y en vosotros- es nuevo, en el sentido de que las tinieblas pasan y ya brilla la luz verdadera.

9 Quien dice que está en la luz y odia a su hermano, todavía está en las tinieblas.

10 Quien ama a su hermano permanece en la luz y nada le hará tropezar.

11 Sin embargo, el que odia a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.

 

**• ¿Cuál es el camino para conocer a Dios y morar en él? El Apóstol, después de haber presentado el criterio negativo de la comunión (1,5-2,2: «No pecar»), expone el positivo, que consiste en la observancia de los mandamientos y, entre estos, el del amor a Dios (w. 3-6) y a los hermanos (w. 8-11). Para el cristianismo, pues, el conocimiento de Dios comporta exigencias de vida que han de ser observadas. Por el contrario, la filosofía religiosa popular del tiempo, llamada "gnosis", sostenía que la salvación del hombre se obtiene a través del conocimiento de Dios, única cosa que permite alcanzar el verdadero objetivo de la vida humana, esto es, la liberación del mundo visible. En oposición a esta doctrina, que excluía el pecado y la existencia de toda moral, Juan afirma que el auténtico conocimiento de Dios debe estar avalado por la observancia de sus mandamientos. Porque, el que cumple «su palabra» (v. 5) experimenta el amor de Dios y mora en Él, porque vive como ha vivido Jesús y tiene dentro de sí una realidad interior que lo impulsa a imitar a Cristo, cuyo ejemplo de vida ha sido justamente el amor (v. 6), cf. Jn 13,15.34; 15,10).

Este mandamiento del amor, además, es nuevo y antiguo al mismo tiempo: «nuevo», porque ha sido la enseñanza recibida desde el principio del anuncio cristiano.

Entonces, el auténtico criterio de discernimiento del espíritu de Dios reside en la práctica del amor fraterno, porque no se puede estar en la luz de Dios y después odiar al propio hermano. Para el Apóstol el que ama vive en la luz, el que odia vive en las tinieblas.

 

Evangelio: Lucas 2,22-35

22 Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,

23 como prescribe la ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor.

24 Ofrecieron también en sacrificio, como dice la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones.

25 Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él

26 y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías enviado por el Señor.

27 Vino, pues, al templo, movido por el Espíritu y, cuando sus padres entraban con el niño Jesús para cumplir lo que mandaba la ley,

28 Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:

29 Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar que tu siervo muera en paz.

30 Mis ojos has visto a tu Salvador,

31 a quien has presentado ante todos los pueblos,

32 como luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.

33 Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de él.

34 Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: -Mira, este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción,

35 y a ti misma una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las intenciones de todos.

 

**• La escena de la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén sugiere el trasfondo teológico de este fragmento: la antigua alianza cede el puesto a la nueva, reconociendo en Jesús-Niño al Mesías doliente y al Salvador universal de los pueblos. El relato, ambientado en el templo, lugar de la presencia de Dios y de la revelación profética es rico en referencias bíblicas (cf. Mal 3; 2 Sm 6; Is 49,6) y consta de dos partes: la presentación de la escena (w. 22-24) y la profecía de Simeón (w. 25-35).

María y José, obedientes a la ley hebraica, entran en el templo como sencillos miembros pobres del pueblo de Dios para ofrecer su primogénito al Señor y para la purificación de la madre (cf. Ex 13,2-16; Lv 12,1-8). Confianza y abandono en Dios cualifican esta ofrenda de Jesús-Niño, anticipo de la verdadera ofrenda del Hijo al Padre que se cumplirá en el Calvario. Pero el centro de la escena está constituido por la profecía de Simeón «hombre justo y piadoso de Dios, que esperaba el consuelo de Israel» (v. 25). Guiado por el Espíritu va al templo y, reconociendo en Jesús al Mesías esperado, estalla en un saludo festivo unido a una confesión de fe: las antiguas «promesas» se han cumplido; él ha visto al Salvador, gloria del pueblo de Israel, luz y salvación para todas las gentes; ahora su fin está marcado por el triunfo de la vida. Pero esta luz del Mesías tendrá el reflejo del dolor, porque Jesús será «signo de contradicción» (v. 34) y la misma Madre será implicada en el destino de sufrimiento del Hijo (v. 35).

 

MEDITATIO

Amar, según el ejemplo de Cristo, quiere decir darse, olvidarse de sí mismo, procurar el bien del otro hasta sacrificar los propios intereses, las propias ideas y la misma vida. La actitud evangélica que nos sitúa en la verdad es la de la entrega de nosotros mismos a Dios y a los hermanos, es decir, la de la ofrenda que la familia de Nazaret ha practicado. La existencia cristiana no es sólo don, gratuidad, servicio, intimidad de amistad, sino también un algo difuso que impregna el ambiente en que se vive: es amor que se da a todos con generosidad.

El mandamiento del amor universal, llevado hasta el amor al enemigo (cf. Le 6,27-36), para que pueda llegar a ser auténtico como Jesús nos ha enseñado, debe ser vivido primero en la comunidad de los hermanos en la fe. Para Juan, pues, el acento recae más sobre el fundamento del amor que sobre su universalidad. Juan, en efecto, lo pone en el misterio trinitario, y prefiere insistir en la vida de íntima comunión que une al Padre y al Hijo.

Así pues, justamente esta razón nos hace comprender que el auténtico amor fraterno no se agota dentro de los confines de la comunidad cristiana, en la que cada discípulo vive, porque el amor fundado en el del Padre y vivido en plenitud entre los hermanos de fe es un elemento de dinamismo apostólico. Cuanto más en profundidad se viven la fe y el amor, más atraídos se sienten todos a conocer el testimonio del verdadero discípulo de Jesús. Donde reina este amor mutuo los discípulos se convierten en signo histórico y concreto del Dios-amor en el mundo.

 

ORATIO

Señor Jesús, desde niño has querido darnos ejemplo de sencillez y pobreza con tu vida oculta y confundida entre la gente común. Has querido también ser presentado en el templo y someterte a la ley del tiempo como un primogénito cualquiera de tu pueblo. Te has hecho reconocer como Mesías y Salvador universal por Simeón, hombre justo y abierto a la novedad del Espíritu, porque tú siempre te revelas a los sencillos y mansos de corazón y no a los que el mundo considera grandes y poderosos.

Te pedimos que te nos manifiestes también a nosotros, a pesar de nuestra pobreza e incapacidad para acoger el paso de tu Espíritu por nuestra vida, para que podamos reconocerte como «luz» para nosotros y para nuestros hermanos. También nosotros, como el anciano Simeón, queremos bendecirte por las promesas que has cumplido dándonos la salvación y por las muchas maravillas que has realizado entre nosotros y continúas realizando con tu presencia providente y amorosa. Pero, sobre todo, queremos vivir lo que nos has enseñado con el mandamiento del amor fraterno: procurar el bien de los hermanos, llevar sus cargas y desventuras y compartir los sufrimientos de nuestros prójimos. Que nuestro vivir sea una ofrenda generosa de cuanto somos al Padre, para que nuestra pobre humanidad renazca a una vida nueva.

 

CONTEMPLATIO

Seguro que cada uno de nosotros ha experimentado ya la dicha de la Navidad. Pero el cielo y la tierra aún no se han convertido en una sola cosa. La estrella de Belén es una estrella que todavía hoy continúa brillando en una noche oscura (...). ¿Dónde está el júbilo de los ejércitos celestes, dónde la felicidad callada de la santa noche? ¿Dónde está la paz en la tierra? (...). Contra la luz que baja de los cielos resalta, más siniestra y más negra, la noche del pecado. El Niño en el pesebre tiende sus manitas y parece querer decirnos ya con su sonrisa las palabras que brotarán un día de sus labios de adulto: «Venid a mi todos los agobiados y oprimidos» (...). Jesús pronuncia su «Sigúeme» y quien no está con él está contra él. Lo pronuncia también para nosotros y nos sitúa ante la opción entre la luz y las tinieblas (...). Si ponemos nuestras manos entre las del Niño divino y respondemos a su «Sígueme» con un «sí», entonces somos suyos y está libre el camino para que su vida divina pueda derramarse sobre nosotros. Éste es el inicio de la vida divina en nosotros. Vida que no es aún contemplación beatífica de Dios en la luz de la gloria; es todavía oscuridad de la fe, pero ciertamente no es de este mundo y es ya una existencia en el reino de Dios (E. Stein, // mistero del nótale, Brescia 41998, 25-30 passim).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «El que ama a su hermano vive en la luz» (1 Jn 1,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No dudes en amar, y ama profundamente. Podrías tener miedo del dolor que puede causar un amor profundo. Cuando aquellos a quienes amas profundamente te rechazan, te abandonan o mueren, tu corazón se rompe. Pero esto no debe impedirte amar profundamente.

El dolor que emana de un amor profundo hará tu amor todavía más fecundo. Es como el arado que deshace los terrones para permitir que la semilla arraigue y crezca como planta fuerte. Cada vez que experimentas el dolor del rechazo, de la ausencia o de la muerte, te encuentras frente a una elección nueva. Puedes convertirte en presa de la amargura y decidir no amar más, o puedes permanecer erguido en tu dolor y dejar que el suelo en el que estás se haga más rico y más capaz de dar vida a nuevas semillas. Cuanto más has amado y aceptado sufrir a causa de tu amor, tanto más permitirás que tu corazón crezca y se haga más profundo. Cuando tu amor es auténtico dar y auténtico recibir, aquellos que amas no abandonarán tu corazón ni siquiera cuando se alejen. Se harán parte de tu yo, construyendo así gradualmente una comunidad dentro de ti. Aquellos a quienes has amado profundamente se hacen parte de ti. Cuanto más vivas, más serán las personas que amarás y que se harán parte de tu comunidad interior. Mayor será tu comunidad interior y más fácilmente reconocerás hermanos y hermanas en los extraños que se te acerquen. Los que viven dentro de ti reconocerán a los vivos en torno a ti. De este modo el dolor del rechazo, de la ausencia y de la muerte podrá resultar fecundo. Sí, si amas profundamente, la tierra de tu corazón estará cada vez más desmenuzada, pero te alegrarás por la abundancia de frutos que te reportará (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1998).

 

Día 30

30 de diciembre

  

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 2,12-17

12 Os escribo a vosotros, hijos, porque os han sido perdonados vuestros pecados por el poder de su nombre.

13 Os escribo a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio.

Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno.

14 Os escribo a vosotros, hijos, porque habéis conocido al Padre.

Os escribo a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio.

Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la Palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al maligno.

15 No améis al mundo ni lo que hay en Él. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en Él.

16 Porque todo lo que hay en el mundo -los apetitos desordenados, la codicia de los ojos y  el afán de grandeza humana- no viene del Padre, sino del mundo.

17 El mundo y todos sus atractivos pasan. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

 

**• ¿Cómo vivir el amor hacia el Padre? El texto es una exhortación afectuosa a la comunidad cristiana para que sea coherente con el plan de salvación y con las opciones hechas respecto a Dios y al mundo.

El Apóstol, dirigiéndose a los hijos en general, los invita a reflexionar sobre su situación actual de salvación cristiana en la que viven, porque han obtenido el perdón de sus pecados (v. 12) y han conocido al Padre (v. 14a).

Escribiendo a los padres les recuerda que han conocido a Jesús, «el que es desde el principio» (w. 13a. 14b; cf. 1,1; Jn 1,1) a través de su Palabra, por lo que se les exige una fe madura para no dejarse seducir por el mundo. A los jóvenes les recuerda que se han adherido a Jesús y han vencido al mal (v. 13b) y que su fuerza espiritual, reforzada por la Palabra de Dios los excluye de los compromisos con los fáciles atractivos del mundo (v. 14c). Este proyecto de vida espiritual se resume en la práctica en una vida apartada de la lógica del mundo, entendido este como reino del mal que se opone a Dios. Dios y el mundo son dos realidades opuestas. Del mundo, enemigo de Dios, Juan menciona algunos aspectos que pertenecen a la transitoriedad: «Los apetitos desordenados», es decir, las malas tendencias que viven en el hombre viejo e inclinado al pecado; «la codicia de los ojos», esto es, los deseos que pueden venir a través de los ojos, como el ansia de los bienes terrenos; «el afán de grandeza humana», es decir, el orgullo basado en la concepción materialista de la vida (w. 15-16).

Esta separación del mundo tiene su razón de ser: el cristiano vive en el mundo, pero sabe que Dios permanece mientras el mundo pasa (v. 17; cf. 1 Cor 7,31).

 

Evangelio: Lucas 2,36-40

36 Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, que era ya muy anciana. Había estado casada siete años, siendo aún muy joven;

37 después había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, dando culto al Señor día y noche con ayunos y oraciones.

38 Se presentó en aquel momento y se puso a dar gloria a Dios y a hablar del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.

39 Cuando cumplieron todas las cosas prescritas por la ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

40 El niño iba creciendo en saber, en estatura y el favor de Dios lo acompañaba.

 

**• El texto es la conclusión de la escena de la presentación de Jesús en el templo y consta de dos partes. El testimonio de la profetisa Ana (w. 36-38) y el retorno de la familia de Jesús a Nazaret (w. 39-40).

Según la ley hebraica para garantizar la veracidad de un hecho se requería la declaración de dos testigos. Tras el anciano Simeón he aquí a la profetisa Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, viuda, rica en años, mujer de oración y de penitencia (w. 36-37). Es otra persona pobre según Dios, genuina representante de aquellos que esperaban la salvación de Israel. Ana alaba al Señor por haber reconocido en Jesús-Niño, presentado en el templo, al esperado Mesías, y difunde la noticia sobre él a cuantos vivían abiertos al evento de la salvación (v. 38).

Después el evangelista concluye la escena bíblica con la observación sobre el crecimiento de Jesús en Nazaret: «iba creciendo en saber, en estatura y el favor de Dios lo acompañaba» (v. 40). De la vida oculta de Jesús se dice bien poco, pero este poco es suficiente para captar el espíritu y apreciar el ambiente en que vivía el Salvador: sus padres eran obedientes y fieles a la ley y Jesús crecía en sabiduría, lleno como estaba de los dones de gracia con que el Padre lo colmaba (cf. v. 52; 1 Sm 2,26). Una comunidad que se abre al reino de Dios en el respeto a la voluntad del Padre.

 

MEDITATIO

La vocación cristiana es compromiso de vivir en el mundo al servicio del hombre, para dar testimonio de Cristo y llevar a los hermanos su mensaje de salvación, pero sin confundirse con el mundo, sin aceptar sus compromisos y sus modelos de comportamiento, negación del espíritu de humildad, de pobreza, de caridad que debe animar la vida del creyente. Sólo el corazón que se vacía del mundo, de sus propuestas de vida transitoria y del afán de poseer sus bienes efímeros, puede ser colmado por el amor del Padre (1 Jn 2,15).

El discípulo de Jesús, confirma el Apóstol, no será nunca aceptado por el mundo, y el rechazo que las fuerzas del mal alimentan contra los creyentes es consecuencia lógica de una opción de vida: ellos no pertenecen al mundo y el mundo no puede aceptar a quien se opone a sus criterios. Los creyentes, con motivo de su opción de vida hecha a favor de Cristo, son considerados extraños o enemigos. Su existencia es una continua acusación de las obras perversas del mundo y un reproche elocuente al malvado. Por esto el hombre de fe es odiado y rechazado. El mundo rechaza a los discípulos porque no son de los suyos, y él no ama sino lo que es suyo, lo que no turba su paz, no desenmascara su altanería y no lo somete a acusación por su conformismo.

Pero, si para quien sigue la lógica del amor, Cristo es signo de contradicción, es verdad, sin embargo, que tanta oposición llega a ser criterio de autenticidad y de firmeza para los discípulos de Cristo.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú escogiste la opción de vivir con nosotros la experiencia humana en el seno de una familia sin apariencias, ni prestigio, ni riqueza; has querido que tu infancia como la de todo niño estuviese marcada por la debilidad y por el crecimiento normal antes de conocer nuestro mundo y la misma vida de los hombres; has querido experimentar la fatiga del trabajo cotidiano para tener un pan sobre tu mesa; has vivido tu preparación a la vida pública en el ocultamiento y la reflexión silenciosa para poder contrastar el orgullo del mundo que se opone al Padre.

Queremos pedirte nos concedas la gracia de saber aceptar nuestras debilidades humanas y nuestra pobreza espiritual, sin renunciar, sin embargo, a la búsqueda permanente de tu sabiduría y de tu Palabra. No queremos confundirnos con la parte del mundo que te rechaza o te persigue, aunque sabemos que esto exigirá de nosotros no pactar con compromisos, incluso al precio del sufrimiento y la persecución. «La Iglesia no se debilita por las persecuciones, al contrario, sale de ellas reforzada», escribía san León Magno. «La Iglesia es el campo del Señor que se viste de mies abundante siempre rica porque los granos que caen uno a uno renacen multiplicados». Sabemos que la suerte de los discípulos, en el fondo, es idéntica a la tuya. Pero sabemos también que la ceguera y la falta de fe al proyecto del Padre son la verdadera causa de esta oposición del mundo. Señor, no nos dejes caer en la tibieza y en la superficialidad de la fe, sino haznos fuertes con tu Palabra.

 

CONTEMPLATIO

El amor es un bien grande, el más importante de los bienes. El noble amor que se tiene a Jesús impulsa a realizar grandes cosas y lleva a desear una perfección cada vez mayor.

El que ama, vuela, corre, exulta, es libre y nada puede detenerlo: da siempre todo y en toda cosa reencuentra al Todo, porque reposa en el único Bien Supremo del que emana y nace todo bien. A menudo el amor no conoce medida, pero se inflama sobre toda medida; a menudo no siente el peso, no se preocupa de fatigas, querría hacer más de lo que puede, porque piensa que todo le es fácil. Por eso está dispuesto a todo (...).

El amor vela; si está cansado, no pierde su afán.

Como llama viva, como antorcha ardiente se lanza a lo alto y actúa seguro. Quien ama profundamente comprende bien este lenguaje. Señor, abre mi corazón al amor: que yo sea presa del Amor, alzado sobre mí mismo por exceso de fervor y de estupor. Que yo cante el himno del amor; que yo te siga, mi Amado, cada vez más alto, y mi alma se consuma en alabarte, exultando de santo amor (Imitación de Cristo, III, V, 3-6).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «El que cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn2,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ser hijo de Dios no te hace libre de las tentaciones. Podrás tener momentos en que te sientas tan bendecido por Dios, tan en Dios, tan amado, como para olvidar que vives aún en un mundo de potencias y de principados. Pero tu inocencia de hijo de Dios tiene necesidad de ser protegida. De otro modo serás fácilmente catapultado fuera de tu verdadero yo y experimentarás la fuerza devastadora de las tinieblas que te rodean.

Este salir de ti mismo puede sobrevenirte como una gran sorpresa. Antes que seas plenamente consciente podrás encontrarte derrotado por la concupiscencia, por la ira, por el resentimiento o por la avidez. Un cuadro, una persona, un gesto, pueden desencadenar estas emociones fuertes y destructivas y seducir tu yo ¡nocente. Como hijo de Dios, debes ser prudente. No puedes andar sencillamente por el mundo como si nada o nadie pudiese hacerte daño. Continúas siendo extremadamente vulnerable: La mismas pasiones que te hacen amar a Dios pueden ser utilizadas por las potencias del mal.

Los hijos de Dios necesitan apoyo, protección, ayudarse unos a otros cercanos al corazón de Dios. Tú perteneces a una minoría en un mundo grande y hostil. Haciéndote más consciente de tu verdadera identidad de hijo de Dios, distinguirás también más claramente las muchas fuerzas que tratan de convencerte de que todas las realidades espirituales son un falso sustituto de las cosas reales de la vida (...).

No te fíes de tus pensamientos ni de tus sentimientos cuando te encuentras fuera de ti mismo. Vuelve rápidamente a tu centro verdadero y no prestes atención a lo que te na llevado a engaño. Gradualmente llegarás a estar mejor preparado para estas tentaciones y ellas tendrán cada vez menos poder sobre ti. Protege tu inocencia ateniéndote a la verdad: eres hijo de Dios y eres profundamente amado (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1998).

 

Día 31

31 de diciembre

  

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 2,18-21

18 Hijos míos, estamos en la última hora. Habéis oído que iba a venir un anticristo; pues bien, han surgido muchos anticristos.  Ésta es la prueba de que ha llegado la última hora.

19 Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Porque si hubieran sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero así ha quedado claro que no todos son de los nuestros.

20 Vosotros, en cambio, tenéis el Espíritu que viene de Dios y lo sabéis todo.

21 No os he escrito porque no conozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad.

 

**• Este breve fragmento de Juan debe ser comprendido a la luz de la mentalidad del tiempo en que el Apóstol escribe. Juan exhorta a la comunidad cristiana a la vigilancia por la inminente «última hora» de la historia, (v. 8), marcada por un violento ataque del enemigo del pueblo de Dios llamado «anticristo», símbolo de todas las fuerzas hostiles a Dios y personificado en la figura de los herejes. El tiempo final de la historia, cierto, no debe ser entendido en sentido cronológico sino teológico, es decir, como tiempo decisivo y último de la venida de Cristo, tiempo especialmente de lucha, de persecuciones y de prueba para la fe de la comunidad. Cuando las dificultades se hacen más opresoras, advierte el Apóstol, el fin está cerca, el mundo nuevo se perfila en el horizonte y la señal es dada justamente por los herejes que difunden el error (cf. Mt 24,23-24). Éstos, si bien pertenecieron un tiempo a la comunidad, se han mostrado sus enemigos al abandonar la Iglesia y obstaculizando su camino.

Es una experiencia dolorosa conocer que la voluntad de Dios permite que Satán encuentre a menudo sus instrumentos precisamente dentro de la comunidad eclesial. A éstos, sin embargo, se contraponen los auténticos discípulos de Jesús, aquellos que han recibido la «unción del Espíritu Santo» (v. 20), es decir, la Palabra de Cristo y su Espíritu que, a través del bautismo, les enseña la verdad completa (cf. Jn 14,26). Tal verdad se refiere a la persona de Jesús, el Verbo de Dios hecho carne, como aclara el Apóstol y no a un Jesús aparentemente humano, figura de una realidad sólo espiritual, como dicen los herejes.

 

Evangelio: Juan 1,1-18

1 Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

2 Ya al principio ella estaba junto a Dios.

3 Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir.

4 En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres;

5 la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron.

6 Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan.

7 Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él.

8 No era él la luz, sino testigo de la luz.

9 La Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre.

10 Estaba en el mundo, pero el mundo, aunque fue hecho por ella, no la reconoció.

11 Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron.

12 A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios.

13 Éstos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios.

14 Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

15 Juan ha dado testimonio de él, proclamando:

-Éste es aquel de quien yo dije: «El que viene detrás de mí ha sido colocado por delante de mí, porque existía antes que yo».

16 En efecto, de su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia.

17 Porque la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por Cristo Jesús.

18 A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer.

 

**• El prólogo de Juan, a diferencia de los relatos de los evangelios de la infancia, no narra las vivencias históricas del nacimiento y primera infancia de Jesús, sino que describe, en forma poética, el origen de la Palabra en la eternidad de Dios y su persona divina en el amplio horizonte bíblico del plan de salvación que Dios ha trazado para el hombre. Esta presentación de Jesús-Palabra se hace en tres momentos.

Primeramente la «preexistencia» de la Palabra (w. 1-5), real y en comunión de vida con Dios; él nos puede hablar del Padre porque posee la eternidad, la personalidad y la divinidad (v. 1). Después, la venida histórica de la Palabra entre los hombres (w. 6-13) de cuya luz fue testigo el Bautista (w. 6-8); esta luz pone al hombre ante una opción de vida: rechazo o acogida, incredulidad o fe (w. 9-11); sólo la acogida favorable permite la filiación divina, que no procede ni de la carne ni de la sangre, esto es, de la posibilidad humana (w. 12-13). Y finalmente la encamación de la Palabra (v. 14) como punto central del prólogo. Esta Palabra, que había entrado por primera vez en la historia humana con la creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: «Y el Verbo se hace carne», es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrar el amor infinito de Dios. En él la humanidad creyente puede contemplar la gloria del Señor (v. 16), no una gloria como la de Moisés, revelador imperfecto de la Ley que puede hacer esclavos, sino la de Jesús, el Revelador perfecto y escatológico de la Palabra que hace libres, el verdadero Mediador humano-divino entre el Padre y la humanidad, el único que nos manifiesta a Dios y nos lo hace conocer.

 

MEDITATIO

En su historia bimilenaria, la Iglesia ha encontrado siempre falsos profetas y maestros de falsedad, que se han servido del nombre de Cristo para propagar sus propias ideas y doctrinas. Y, muy a menudo, tales adversarios del evangelio han salido de las filas de los creyentes.

También hoy la historia se repite porque no faltan doctores de la mentira, que hacen brillar ante muchos las tinieblas como luz, desconociendo la verdadera luz de Cristo, portadora de gozo y paz interior. Pertenecer a la Iglesia es un don y un misterio que ningún vínculo externo puede garantizar, sino sólo la fidelidad a la Palabra de Cristo en la humilde y constante búsqueda de la verdad. Rechazar a la Iglesia es rechazar a Cristo, la verdad y la vida (cf. Jn 14,6). Rechazar a la Iglesia es no creer en el evangelio y en la Palabra de Jesús, es vivir en las tinieblas y en el absurdo. Por el contrario, el verdadero discípulo de Jesús, habiendo recibido la unción del Espíritu Santo, se deja conducir suavemente por su acción y por su verdad, reconociendo los caminos de Dios y esperando su venida sin alarmismos ni fantasías milenaristas. La encarnación de Cristo ha impregnado toda la historia y la vida de los hombres, porque sólo en él reside toda plenitud de vida y toda aspiración a la felicidad, y el hombre ha entrado a pleno derecho entre los familiares de Dios.

El final de un año civil recuerda al cristiano que la historia humana está guiada por Dios y a él dirigimos nuestro reconocimiento por los dones recibidos y nuestra súplica por la vida nueva que siempre nos ofrece.

 

ORATIO

Padre, Señor omnipotente que gobiernas con infinito amor la historia y la vida de los hombres, te damos gracias por tu Hijo Jesús que nos has enviado como Palabra de verdad a nuestro pobre mundo, hecho de fragilidad, de debilidad y de pecado. Nosotros sólo queremos acoger esta Palabra tuya hecha carne, pero queremos tenerla constantemente ante los ojos como inmutable y único punto de referencia en nuestro peregrinar terreno.

Tú has amado tanto al mundo que nos hablas a través del don de tu Hijo para que el que cree en él tenga la vida (cf. Jn 3,16).

Continúa, Padre, todavía hoy, manifestándote a través de él, para que nos sintamos hijos tuyos y la vida divina que has sembrado en nuestro corazón con el bautismo se refuerce con un camino de fe que nos haga experimentar siempre tus favores y contemplar tu gloria. Toda la vida de Jesús se ha desarrollado como vida filial en una actitud de escucha y de obediencia a ti, Padre, en una relación de amor y como expresión del amor. Ésta es la razón por la que Jesús no se ha buscado nunca a sí mismo ni su propia gloria, sino sólo escucharte a ti para revelarnos tu rostro. Por esto la vida de Jesús es para nosotros la revelación completa, la plenitud de la verdad.

También nosotros, como el apóstol Juan, queremos experimentar que la auténtica identidad de tu Hijo se comprende sólo cuando en la contemplación nos situamos fuera del tiempo y de la historia y encontramos la raíz de la existencia de Jesús en tu intimidad. Sobre esta plenitud queremos fundamentar nuestra fe.

 

CONTEMPLATIO

Señor Dios mío, hazme digna de conocer el altísimo misterio de tu ardiente caridad, el misterio profundísimo de tu encarnación. Tú te has hecho carne por nosotros.

Por esta carne comienza la vida de nuestra eternidad (...). ¡Oh amor que se da entero! Te has alienado a ti mismo, te has anulado a ti mismo para hacerme, has tomado los despojos de siervo vilísimo para darme a mí

un manto real y un vestido divino (...). ¡Por esto que entiendo, que comprendo con todo mi ser -que tú has nacido en mí-, seas bendito, Señor! ¡Oh abismo de luz! Toda la luz está en mí, si veo esto, si comprendo esto, si sé esto: que tú has nacido en mí. En verdad entender esto es una cumbre: la cumbre de la alegría (...). ¡Oh Dios increado, hazme digna de profundizar en este abismo de amor, de mantener en mí el ardor de tu caridad. Hazme digna de comprender la inefable caridad que tú nos comunicaste cuando, por medio de la encarnación, nos manifestaste a Jesucristo como Hijo tuyo, cuando Jesús te nos reveló a ti como Padre.

¡Oh abismo de amor! El alma que te contempla se eleva admirablemente más allá de la tierra, se eleva más allá de sí misma y navega, pacificada, en el mar de la serenidad (Ángela de Foligno, Experiencia de Dios amor, Sevilla 1991).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Ninguna mentira viene de la verdad» (1 Jn 2,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Al ver más claro que tu vocación es la de ser testigo del amor de Dios al mundo, y al crecer tu determinación de vivir esta vocación, aumentarán los asaltos del enemigo. Oirás voces que te dirán: «No eres digno, no tienes nada que ofrecer, no tienes atractivo, no suscitas ni deseo ni amor». Cuanto más sientas la llamada de Dios, más descubrirás en tu propia alma la batalla cósmica entre Dios y Satán. No tengas miedo. Continúa profundizando en la convicción de que el amor de Dios te basta, que estás en manos seguras, y que eres guiado en cada paso de tu camino. No te dejes sorprender por los asaltos del demonio. Aumentarán pero, si los enfrentas sin miedo, descubrirás que son impotentes.

Lo que importa es aferrarse al verdadero, constante e inequívoco amor de Jesús. Cada vez que dudes de este amor, vuelve a tu morada interior y escucha allí la voz del amor. Solamente cuando sabes en tu ser más profundo que eres íntimamente amado, puedes afrontar las oscuras voces del enemigo sin ser seducido por ellas.

El amor de Jesús te dará una visión cada vez más clara de tu vocación, así como de las muchas tentativas de arrancarte de aquella llamada. Cuanto más sientas la llamada a hablar del amor de Dios, más necesidad tendrás de profundizar en el conocimiento de este amor en tu mismo corazón. Cuanto más lejos te lleve el camino exterior, más profundo debe ser tu camino interior. Sólo cuando tus raíces sean profundas, tus frutos podrán ser abundantes, pero tú puedes afrontar sin miedo al enemigo cuando te sabes seguro del amor de Jesús (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1998).