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LECTIO DIVINA FEBRERO DE 2014

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Sábado de la 3ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 12,1 -7a. 10-17

En aquellos días,

1 el Señor envió al profeta Natán, que se presentó a David, y le dijo: - Había en una ciudad dos hombres, uno rico y otro pobre.

2 El rico tenía muchas ovejas y vacas.

3 El pobre no tenía nada más que una corderilla que había comprado. La había criado, y había crecido con él y con sus hijos; comía de su bocado, bebía de su vaso y dormía en su seno; era como una hija para él.

4 Un día llegó un huésped a casa del rico y éste no quiso tomar de sus ovejas ni de sus vacas para servir al viajero, sino que robó al pobre la corderilla y se la sirvió al huésped.

5 David se enfureció contra aquel hombre y dijo a Natán: - Vive el Señor que el que ha hecho tal cosa merece la muerte,

6 y pagará cuatro veces el valor de la corderilla por haber hecho esto y haber obrado sin piedad.

7 Entonces Natán dijo a David: - ¡Ese hombre eres tú! Así dice el Señor, Dios de Israel: la espada no se apartará nunca de tu casa, por haberme despreciado y haber tomado a la mujer de Urías, el hitita.

8 Así dice el Señor: Yo haré que el mal te venga de tu propia familia; a tus propios ojos tomaré a tus mujeres y se las daré a tu prójimo para que se acueste con ellas a la luz del sol que nos alumbra.

12 Tú lo has hecho en secreto, pero yo lo haré a la vista de todo Israel y a la luz del sol que nos alumbra.

11 David dijo a Natán: - He pecado contra el Señor. Entonces Natán le respondió: - El Señor perdona tu pecado. No morirás.

14 Pero, por haber ultrajado al Señor de este modo, morirá el niño que te ha nacido. Y Natán se marchó a su casa.

15 El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y se puso muy malo.

16 David rogó a Dios por el niño: ayunó, se retiró y pasó la noche acostado en el suelo.

17 Los ancianos de su casa le insistieron para que se levantara del suelo, pero él no quiso ni tomó alimento alguno con ellos.

 

        **• Tras haber hecho morir a Urías, David tomó a Betsabé como mujer. Pero el Señor no deja impune el delito y envía al profeta Natán para que mueva el corazón del rey a la conversión. Natán le cuenta la célebre parábola del hombre rico que toma para sí la única corderilla del vecino (w. 1-4). David es un rey justo y pronuncia con indignación la inmediata condena del hombre: debe morir (v. 5). Pero se produce entonces el giro dramático del relato: Natán no se demora más en relatos simbólicos, sino que habla con dura claridad: «¡Ese hombre eres tú!» (v. 7). La palabra del profeta obtiene el efecto para el que ha sido pronunciada: David reconoce su pecado y la plegaria de arrepentimiento que brota de su corazón encuentra su expresión en el salmo 50.

        Con todo, el drama no ha concluido. David no es rechazado por el Señor, que se mantiene fiel a la promesa de no alejarse de él como se había alejado de Saúl; sin embargo, llega el castigo, un castigo terrible que Davidpadece impotente y postrado por el dolor: el niño, fruto del adulterio, enferma y muere.

 

Evangelio: Marcos 4,35-41

35 Aquel mismo día, al caer la tarde, les dijo: - Pasemos a la otra orilla.

36 Ellos dejaron a la gente y lo llevaron en la barca, tal como estaba. Otras barcas lo acompañaban.

37 Se levantó entonces una fuerte borrasca y las olas se abalanzaban sobre la barca, de suerte que la barca estaba ya a punto de hundirse.

38 Jesús estaba a popa, durmiendo sobre el cabezal, y le despertaron, diciéndole: - Maestro, ¿no te importa que perezcamos?

39 Él se levantó, increpó al viento y dijo al lago: - ¡Cállate! ¡Enmudece! El viento amainó y sobrevino una gran calma.

40 Y a ellos les dijo: - ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis te?

41 Ellos se llenaron de un gran temor y se decían unos a otros: - ¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?

 

        *• La tempestad calmada sigue al discurso sobre las parábolas (Mc 4,1-34) e inaugura una sección que incluye cuatro milagros (4,35-5,43). El arranque (w. 35ss) inserta el episodio en la situación espacio-temporal precedente: es el mismo día, estamos aún en el lago. La iniciativa parte de Jesús, que decide «pasar a la otra orilla». Sin embargo, los discípulos son sujetos activos. Éstos «lo llevaron en la barca» y se quedaron después solos luchando contra la tempestad, mientras Jesús dormía.

        La primera parte del relato (w. 35-37) contempla un ritmo creciente de los acontecimientos hasta el drama. El v. 38 es central, y subraya el contraste entre la serenidad de Jesús y el ansia de los discípulos.

        Casi se han invertido las relaciones: Jesús se confía, tranquilo, a la pericia de los marineros, pero los angustiados discípulos no confían en la presencia de Jesús, incluso le lanzan reproches: «¿No te importa que perezcamos? » (v. 38). En la segunda parte (w. 39ss), la decidida intervención de Jesús resuelve el drama. Basta una orden y callan tanto el fragor de la tempestad como el vocear aterrorizado de los discípulos: la pregunta de Jesús (v. 40) queda sin respuesta. El miedo que se ha apoderado de los discípulos es síntoma de falta de fe.

        La manifestación del poder de Jesús sobre los elementos transforma el miedo en temor de Dios: los discípulos no tienen todavía claro quién es Jesús y sólo intuyen que hay en él algo que les llena de espanto.

 

MEDITATIO

        La pregunta sobre la identidad de Jesús es una constante en el evangelio de Marcos (cf. Me 1,27). La familiaridad con él no facilita mucho las cosas a los discípulos; más aún, habituarse a tenerlo como compañero de camino, tomarlo con ellos en su propia barca, puede engendrar la ilusión de haberse apoderado de él. Pero la inesperada tempestad supone para ellos un brusco despertar, un despertar que pone en crisis la confianza en el Maestro, y casi oímos la decepción en sus voces: «¿No te importa que perezcamos?».

        Cuántas veces nos sentimos tranquilos, al amparo de nuestras comunidades bien organizadas, protegidos por la asiduidad a los ritos y tranquilizados por lecturas edificantes. Incluso cuando nos aventuramos a salir al exterior, creemos seguir teniendo con nosotros al Señor, aunque, en realidad, no nos fiamos hasta el fondo de él: a la primera adversidad, a los primeros fracasos, le reprochamos habernos abandonado.

        La fragilidad, la incertidumbre, la duda, nos parece que son sólo de los otros: nosotros conocemos bien el catecismo, ¡qué diantre! Sin embargo, también temblamos apenas se levanta el viento: somos nosotros los discípulos desconcertados y temerosos, somos nosotros David el pecador. «¡Ese hombre eres tú!», nos dice también a nosotros el profeta.

 

ORATIO

        Socorre nuestra fragilidad, Señor, y humilla nuestro orgullo. Abre nuestros ojos para que reconozcamos nuestro pecado. Nos jactamos ante los otros, como si el don de formar parte de tu rebaño fuera una garantía y no una gracia inmerecida. Ayúdanos a comprender que el conocimiento de tu Evangelio es un don que debemos comunicar a los otros, y no una posesión que debemos guardar celosamente.

        Sostennos en las pruebas, para que no caigamos en la tentación de considerar el mal como un desmentido de tu bondad. Te acusamos a menudo de estar lejos, de no ver ni oír nuestros lamentos; merecemos tus reproches mucho más que tus discípulos: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

        No eres tú el que duerme, Señor. Somos nosotros los que no conseguimos verte. Perdónanos y ten piedad de nuestra poca fe.

 

CONTEMPLATIO

        Es bueno no caer, o bien caer y volver a levantarse. Y si llegamos a caer, es bueno no desesperar y no volvernos extraños al amor que tiene el Soberano por el hombre.

        Si lo quiere, puede tener, en efecto, misericordia de nuestra debilidad. Tan solo hemos de limitarnos a no alejarnos de él, a no sentirnos angustiados si nos sentimos forzados por los mandamientos, y no hemos de sentirnos abatidos si no llegamos a nada. [...] No debemos tener prisa ni replegarnos, sino volver a empezar siempre de nuevo. [...] Espéralo, y él tendrá misericordia de ti, bien con la conversión, bien con pruebas, bien con cualquier otra providencia que ignoras (Pedro Damasceno, Libro secondo. Ottavo discorso, en La filocalia, Turín 1982, I, p. 94 [edición española: La filocalia de la oración de Jesús, Sígueme, Salamanca 51998]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «David dijo: "He pecado contra el Señor"» (2 Sm 12,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        [La historia de David] llena de sensatez, no es lejana para nosotros, porque David es un gran modelo para todos los tiempos. Nos enseña cómo a partir de pequeñas desatenciones puede entrar el hombre en graves dificultades, y si no mantiene la mirada fija en Dios cae en errores cada vez más grandes para cubrir los precedentes. Dios, sin embargo, es rico en misericordia e interviene para ayudarnos a volver a encontrar lo mejor de nosotros, a volver a encontrar lo que el Espíritu ha puesto como don en nuestro corazón: el amor a la verdad, a la justicia, a la lealtad.

        Nos reconocemos en David porque en cada uno de nosotros está el corazón malvado del que procede el desorden. Por eso nos invitan el salmo 50 y el relato [del segundo libro de Samuel] a reflexionar en serio: no podemos presumir de estar exentos de la culpa sólo porque no seamos reyes o no tengamos el poder de David. Es nuestra condición humana la que se encuentra en un destino de desorden y, por eso, corre el riesgo de convertirnos, al menos en las pequeñas circunstancias, en prisioneros de nosotros mismos, incapaces de reconocernos y de confesarnos pecadores. Sólo la gracia de Dios, continuamente invocada y acogida, vuelve a ponernos cada día en la verdad.

         [Reflexionemos] sobre todo el contexto de la historia de Betsabé y de Urías, preguntándonos en la oración por qué los libros sagrados han querido contar tales acontecimientos y otorgar tanto espacio a la descripción de este pecado de David y tanta importancia a la sucesión (cf. 1 Reyes). Sólo así nos será posible comprender la figura de David en todo su significado y, en consecuencia, comprender la historia de la salvación, comprender que en el rostro de Cristo resplandecen la luz de Dios y la esperanza de los hombres (C. M. Martini, David peccatore e creciente, Milán - Cásale Monf. 1989, pp. 75-78, passim [edición española: David, pecador y creyente, Editorial Salterrae, Santander 1996]).

 

 

 

Día 2

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO Y PURIFICACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

        Esta celebración, a la que sería más propio llamar «fiesta del encuentro» (del griego Hypapánte), se desarrollaba ya en Jerusalén en el siglo IV. Con Justiniano, en el año 534, se volvió obligatoria en Constantinopla, y con el papa Sergio I, de origen oriental, también en Occidente, con una procesión a la basílica de Santa María la Mayor que se celebraba en Roma. La bendición de las candelas (de donde proviene la denominación de «candelaria») se remonta al siglo X. Celebra el episodio que narra san Lucas. Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, a los 40 días del parto, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor y así cumplir su santa Ley. En el templo les salió al encuentro el anciano Simeón, hombre justo y que esperaba la consolación de Israel. El anciano anunció a María su participación en la Pasión de su Hijo, y proclamó a éste "luz para alumbrar a las naciones". De ahí que los fieles, en la liturgia de hoy, salgan al encuentro del Señor con velas en sus manos y aclamándolo con alegría. Es una fiesta fundamentalmente del Señor, pero también celebra a María, vinculada al protagonismo de Jesús en este acontecimiento por el que es reconocido como Salvador y Mesías

 

LECTIO

Primera lectura: Malaquías 3,1-4

Así dice el Señor:

1 Mirad, yo envío mi mensajero a preparar el camino delante de mí, y de pronto vendrá a su templo el Señor, a quien vosotros buscáis; el ángel de la alianza, a quien tanto deseáis; he aquí que ya viene, dice el Señor todopoderoso.

2 ¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién se mantendrá en pie en su presencia? Será como fuego de fundidor y como lejía de lavandera.

3 Se pondrá a fundir y a refinar la plata. Reinará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata, para que presenten al Señor ofrendas legítimas.

4 Entonces agradarán al Señor las ofrendas de Judá y de Jerusalén, como en los tiempos pasados, como en los años remotos.

 

        **• Dos son los mensajeros presentados por el profeta, y el uno introduce al otro: el que prepara el camino al Señor que viene y el de la alianza, el Esperado. Ángel significa «mensajero» en griego: es interesante que la traducción se refiera al primero como mensajero y reserve el término «ángel», atribuido por lo general a una criatura celeste, al segundo. Con ello se pretende ayudar a distinguir entre el que es sólo precursor y el Mesías suspirado, de origen divino. A través de la sombra elocuente de la figura se pretende señalar, en perspectiva, al Bautista y a Cristo. Uno realizará la tarea del Redentor, el otro la de su Precursor. Uno entrará en el templo, el otro sólo le preparará el acceso. Y Aquel que entrará en el templo santificará en sí mismo los ministros y el culto mediante la ofrenda pura de la nueva alianza.

 

Segunda lectura: Hebreos 2,14-18

14 Y, puesto que los hijos tenían en común la carne y la sangre, también Jesús las compartió, para poder destruir con su muerte al que tenía poder para matar, es decir, al diablo,

15 y librar a aquellos a quienes el temor a la muerte tenía esclavizados de por vida.

16 Porque, ciertamente, no venía en auxilio de los ángeles, sino en auxilio de la raza de Abrahán.

17 Por eso tenía que hacerse en todo semejante a sus hermanos, para ser ante Dios sumo sacerdote misericordioso y digno de crédito, capaz de obtener el perdón de los pecados del pueblo.

18 Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba.

 

        *» «Carne» y «sangre» fueron reducidos por el enemigo al poder de la «muerte». Carne y sangre vienen de Cristo, Dios hecho hombre, divinizados y liberados de tal esclavitud. La raza de Abrahán queda así restituida a la vida. Y no sólo eso, sino que, como alianza perenne del misterio de la fe, misterio de la redención y misterio de la resurrección de la carne para la vida eterna, he aquí que el divino Hijo unigénito se presenta no sólo como el primero entre muchos hermanos, sino que se hizo para ellos también sumo sacerdote, mediador en su ser humano-divino de la fidelidad de Dios, Padre de la vida. El sumo sacerdote es definido, en efecto, como «misericordioso», porque viene y lo hace «por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación».

 

Evangelio: Lucas 2,22-40

22 Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la Ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,

23 como prescribe la Ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor.

24 Ofrecieron también en sacrificio, como dice la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones.

25 Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él

26 y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías enviado por el Señor.

27 Vino, pues, al templo, movido por el Espíritu y, cuando sus padres entraban con el niño Jesús para cumplir lo que mandaba la ley,

28 Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:

29 Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar que tu siervo muera en paz.

30 Mis ojos han visto a tu Salvador,

31 a quien has presentado ante todos los pueblos,

32 como luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel.

33 Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de él.

34 Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: -Mira, este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción,

35 y a ti misma una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las intenciones de todos.

36 Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, que era ya muy anciana. Había estado casada siete años, siendo aún muy joven;

37 después había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, dando culto al Señor día y noche con ayunos y oraciones.

38 Se presentó en aquel momento y se puso a dar gloria a Dios y a hablar del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.

39 Cuando cumplieron todas las cosas prescritas por la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

40 El niño crecía y se fortalecía; estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios.

 

        **• Se presenta en el texto una secuencia interesante con el verbo «ver»: ver la muerte, ver al Mesías, ver la salvación. El anciano Simeón, iluminado por el Espíritu Santo, se convierte en testigo de que «todas las cosas se cumplieron» según la ley, para que surja el Evangelio.

        Un Niño «signo de contradicción», una Madre llamada a una maternidad mesiánica de dolor junto a su redentor, y un anciano temeroso de Dios son los protagonistas del resumen de todo el Evangelio. Antigua y nueva alianza, Navidad y Pascua: aquí se encuentran en figura todos los misterios de la salvación, aquí se recapitula la historia, se le da cumplimiento en el tiempo, respondiendo a la colaboración y a la expectativa de los justos de todos los tiempos: José y Ana.

 

MEDITATIO

        Podemos considerar la fiesta que hoy celebramos como un puente entre la Navidad y la Pascua. La Madre de Dios constituye el vínculo de unión entre dos acontecimientos de la salvación, tanto por las palabras de Simeón como por el gesto de ofrenda del Hijo, símbolo y profecía de su sacerdocio de amor y de dolor en el Gólgota. Esta fiesta mantiene en Oriente la riqueza bíblica del título «encuentro»: encuentro «histórico» entre el Niño divino y el anciano Simeón, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la profecía y la realidad y, en la primera presentación oficial, entre Dios y su pueblo.

        En un sentido simbólico y en una dimensión escatológica, «encuentro» significa asimismo el abrazo de Dios con la humanidad redimida y la Iglesia (Ana y Simeón) o la Jerusalén celestial (el templo). En efecto, el templo y la Jerusalén antigua ya han pasado cuando el Rey divino entra en su casa  llevado por María, verdadera puerta del cielo que introduce a Aquel que es el cielo, en el tiempo nuevo y espiritual de la humanidad redimida.

        A través de ella es como Simeón, experto y temeroso testigo de las divinas promesas y de las expectativas humanas, saluda en aquel Recién nacido la salvación de todos los pueblos y tiene entre sus brazos la «luz para iluminar a las naciones» y la «gloria de tu pueblo, Israel».

 

ORATIO

        ¿Por qué, oh Virgen, miras a este Niño? Este Niño, con el secreto poder de su divinidad, ha extendido el cielo como una piel y ha mantenido suspendida la tierra sobre la nada; ha creado el agua a fin de que hiciera de soporte al mundo. Este Niño, oh Virgen purísima, rige al sol, gobierna a la luna, es el tesorero de los vientos y tiene poder y dominio, oh Virgen, sobre todas las cosas. Pero tú, oh Virgen, que oyes hablar del poder de este Niño, no esperes la realización de una alegría terrena, sino una alegría espiritual (Timoteo de Jerusalén, siglo VI).

 

CONTEMPLATIO

        Añadimos también el esplendor de los cirios, bien para mostrar el divino esplendor de Aquel que viene, por el que resplandecen todas las cosas y, expulsadas las horrendas tinieblas, quedan iluminadas de manera abundante por la luz eterna; bien para manifestar en grado máximo el esplendor del alma, con el que es necesario que nosotros vayamos al encuentro de Cristo. En efecto, del mismo modo que la integérrima Virgen y Madre de Dios llevó encerrada con los pañales a la verdadera luz y la mostró a los que yacían en las tinieblas, así también nosotros, iluminados por el esplendor de estos cirios y teniendo entre las manos la luz que se muestra a todos, apresurémonos a salir al encuentro de Aquel que es la verdadera luz (Sofronio de Jerusalén, f 638).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra del Señor: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ¿Cómo se comporta Simeón ante la grandiosa perspectiva que ve abrirse para su pueblo, en el despuntar de los nuevos tiempos mesiánicos? Con pocas palabras, nos enseña el desprendimiento, la libertad de espíritu y la pureza de corazón.

        Nos enseña cómo afrontar con serenidad ese momento delicado de la vida que es la jubilación. Simeón mira su muerte con serenidad. No le importa tener una parte y un nombre en la incipiente era mesiánica; está contento de que se realice la obra de Dios; con él o sin él, es asunto que carece de importancia.

        El Nunc dimittis no nos sirve sólo para la hora de nuestra muerte o de nuestra jubilación. Nos incita ahora a vivir y a trabajar con este espíritu, a liberar la casa que construimos, pequeña o grande, de modo que podamos dejarla con la serenidad y la paz de Simeón. A vivir con el espíritu de la pascua: con la cintura ceñida, el bastón en la mano, puestas las sandalias, preparados para abrir al mismo Señor cuando llame a la puerta.

        Para poder hacer esto, es necesario que también nosotros, como el anciano Simeón, «estrechemos al niño Jesús en nuestros brazos». Con él estrechado contra nuestro corazón, todo es más fácil. Simeón mira con tanta serenidad su propia muerte porque sabe que ahora también volverá a encontrar, más allá de la muerte, al mismo Señor y que será un estar todavía con él, de otro modo (R. Cantalamessa, / misten di Cristo nella vita della Chiesa, Milán 1992, pp. 75-78, passim [edición española: Los  misterios de Cristo en la vida de la Iglesia, Edicep, Valencia 1993]).

 

 

 

Día 3

Lunes de la 4ª semana del Tiempo ordinario o San Blas

 

        San Blas fue obispo de Sebaste (Armenia, en la actual Turquía) en los comienzos del siglo IV. Aunque nos deja un tanto perplejos la incertidumbre histórica de lo que tiene que ver con su vida, nos habla de ella la fuerte densidad de la tradición relacionada con él. Su culto, en efecto, es popularísimo, y está ligado sobre todo a la tradicional bendición de la garganta.

        Se lee en su «pasión» que, mientras le conducían al martirio, salió una mujer entre la muchedumbre de los curiosos para poner a su hijito, que se estaba ahogando a causa de una espina de pescado que se le había clavado en la garganta, a los pies del obispo Blas. Éste oró poniendo sus manos en la garganta del niño, que, de inmediato, quedó curado.

        Por otra parte, han florecido otras amenas leyendas en torno a la figura del santo. Este, en efecto, tras haber encontrado refugio en una cueva antes de haber sido hecho prisionero y conducido al martirio, habría curado también la garganta de un león y de otros animales salvajes, expresando así esa benevolencia universal -incluso cósmica que brilla en el corazón de todo verdadero seguidor de Jesús.

       San Blas estaría incluido entre los mártires caídos bajo la  persecución de Licinio. La fecha de su decapitación, el año 316, oscila entre la historia y la leyenda. Estamos al final de la era de los mártires.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 15,13-14.30;16,5-13a

En aquellos días,

15,13 vinieron a informar a David y le dijeron: - Los israelitas se han puesto de parte de Absalón.

14 Entonces, David dijo a todos los servidores que estaban con él en Jerusalén: - Levantaos y huyamos, porque, si no, no podremos escapar de Absalón. Salid inmediatamente, no sea que se dé prisa, nos sorprenda y nos cause una gran desgracia, pasando a cuchillo la ciudad.

30 David subía llorando la pendiente del monte de los Olivos; iba con la cabeza cubierta y los pies descalzos, y todo el pueblo que lo acompañaba subía también con la cabeza cubierta y llorando.

16,5 Cuando el rey David llegó a Bajurín, salió de allí un hombre de la familia de Saúl, llamado Semey, hijo de Güera. Salía echando maldiciones

6 y tiraba piedras a David y a todos sus servidores, mientras todo el ejército y los valientes iban a los flancos del rey.

7 Semey lo maldecía así: - ¡Vete, vete, hombre sanguinario y malvado!

8 El Señor te ha castigado por todas las muertes de la familia de Saúl, a quien usurpaste el trono, y ha puesto el reino en manos de tu hijo Absalón. Ahí tienes la desgracia que mereces, porque eres un hombre sanguinario.

9 Entonces Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: - ¿Por qué insulta ese perro muerto al rey, mi señor? Déjame que vaya y le corte la cabeza.

10 Pero el rey dijo: - No os entrometáis en mis asuntos, hijos de Seruyá. Si el Señor le ha mandado que maldiga a David, nadie puede reprochárselo.

11 Y añadió David a Abisay y a todos sus servidores: - Si un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, con mayor razón lo hará este hijo de Benjamín. Dejadlo maldecir, si el Señor se lo ha mandado.

12 Tal vez el Señor vea mi aflicción y cambie en bendición esta maldición de hoy.

13 David y sus hombres continuaron su camino, mientras Semey iba por la falda del monte, frente a David, insultándole, tirando piedras y levantando polvo.

 

        *•• La conjura de Absalón es uno de los dramáticos episodios que forman parte del atormentado declinar del reinado de David. Los w. 13ss recogen la reacción de David al enterarse de la rebelión de su hijo. Absalón venía preparando con cuidado, desde hacía tiempo, la conjura y había sabido seducir con lisonjas a los israelitas (15,lss), que se pusieron de su parte más por interés que por afecto (v. 13). David huye: su huida, más que una retirada estratégica, parece resignación, como si quisiera evitar un choque directo con su hijo. El rey parte al exilio, aunque el v. 30 describe más bien una peregrinación penitencial, la humilde aceptación de un castigo divino.

El oscuro episodio de la maldición de Semey (16,5-13a) acentúa la sensación de encontrarnos ante una derrota irreparable, atribuida a la voluntad del Señor. Semey pertenece a la familia de Saúl (v. 5), que, con la amenaza de una secesión del norte, constituía un permanente peligro para David.

        La maldición del v. 8 da en el blanco: en cierto modo, David usurpó el reinado de Saúl y teme ahora que Absalón pueda hacer lo mismo. David teme que Dios le haya abandonado, del mismo modo que había abandonado a Saúl (v. 11): por eso rechaza la ayuda del que quiere matar a Semey y acepta la afrenta como una prueba. El rey se siente implicado, si no responsable, en la cadena de los delitos que ensangrientan su casa, desde la violencia cometida por Amnón sobre Tamar al fratricidio de Absalón. Su esperanza es que el sufrimiento de hoy pueda ser ocasión de bien para mañana (v. 12).

 

Evangelio: Marcos 5,1-20

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos

1 llegaron a la otra orilla del lago, a la región de los gerasenos.

2 En cuanto saltó Jesús de la barca, le salió al encuentro de entre los sepulcros un hombre poseído por un espíritu inmundo.

3 Tenía su morada entre los sepulcros y ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo.

4 Muchas veces había sido atado con grilletes y cadenas, pero él había roto las cadenas y había hecho trizas los grilletes. Nadie podía dominarlo.

5 Continuamente, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras.

6 Al ver a Jesús desde lejos, echó a correr y se postró ante él,

7 gritando con todas sus fuerzas: - ¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.

8 Es que Jesús le estaba diciendo: - Espíritu inmundo, sal de este hombre.

9 Entonces le preguntó: - ¿Cómo te llamas? El le respondió: - Legión es mi nombre, porque somos muchos.

10 Y le rogaba insistentemente para que no los echara fuera de la región.

11 Había allí cerca una gran piara de cerdos, que estaban hozando al pie del monte,

12 y los demonios rogaron a Jesús: - Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.

11 Jesús se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron, entraron en los cerdos, y la piara se lanzó al lago desde lo alto del precipicio, y los cerdos, que eran unos dos mil, se ahogaron en el lago.

14 Los porquerizos huyeron y lo contaron por la ciudad y por los caseríos. La gente fue a ver lo que había sucedido.

15 Llegaron donde estaba Jesús y, al ver al endemoniado que había tenido la legión sentado, vestido y en su sano juicio, se llenaron de temor.

16 Los testigos les contaron lo ocurrido con el endemoniado y con los cerdos.

17  Entonces comenzaron a suplicarle que se alejara de su territorio.

18 Al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía que le dejase ir con él.

19 Pero no le dejó, sino que le dijo: - Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti.

20 El se fue y se puso a publicar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se quedaban maravillados.

 

        *»• El pasaje es una típica historia de exorcismo, enriquecida por numerosos detalles de no siempre fácil explicación, que hacen pensar en el relato de un testigo ocular. El episodio está ambientado en el este del lago de Tiberíades, en territorio pagano: eso explica la presencia de la piara de cerdos, animales impuros para Israel. La descripción del endemoniado acentúa el carácter dramático de la situación: el caso se presenta de inmediato como grave, y las condiciones en que se encuentra el hombre, como desesperadas. El grito de los demonios irrumpe con fuerza, anticipado además con respecto a la orden de Jesús que lo provoca; como en Mc 1,24, los demonios reconocen a Jesús; más aún, proclaman su divinidad y le piden que los deje estar, porque temen su poder. La descompuesta reacción del desventurado y la furia de los demonios hacen resaltar, por contraste, la imperturbabilidad de Jesús, que les pregunta el nombre como para obligarles a entregarse a él, y les permite refugiarse en los cerdos porque sabe que no tendrán escapatoria.  La imagen de la piara que se precipita en el lago es tal vez simbólica: indica el retorno de los demonios a Satanás, rey de los abismos. La reacción de los presentes, sin embargo, está dominada por el terror: los porquerizos huyen, los paisanos del que había recibido el milagro le ruegan a Jesús que se vaya.

        Quizás era demasiado pronto para que la Palabra de Jesús fuera acogida en un territorio extranjero, no preparado para su venida. Es necesaria la mediación del testigo y del apóstol: en sentido contrario al silencio impuesto normalmente en el evangelio de Marcos, aquí el endemoniado curado recibe la orden de anunciar la noticia a los suyos y proclama en la Decápolis la obra de Jesús.

 

MEDITATIO

        En esta época nuestra en la que se idolatra el cuerpo  y se le hace objeto de una excesiva preocupación por su salud o es maltratado en el remolino de una vida superexcitada y de superempleo, la clara lección de san Blas traduce, en el orden concreto de los hechos, lo que dicen los dos fragmentos bíblicos. Sustancialmente, el espantajo, exorcizado continuamente de todas las maneras posibles en nuestros días, es la muerte. El mártir, por el contrario, no tiene miedo de esta ineludible «hermana nuestra muerte corporal», precisamente porque tiene en el corazón una «esperanza [...] llena de inmortalidad» y porque el «no temáis» de Jesús, unido a la persuasión de que «vosotros valéis más que todos los pájaros », les infunde una fuerza y una audacia que no son temerarias, sino serenas.

        San Blas, que se esconde en una cueva para escapar de las persecuciones, subraya el hecho de que el verdadero cristiano no está por el exhibicionismo heroico de la resistencia al dolor físico. El mártir no es alguien que desprecia el cuerpo y esta vida terrena. Ahora bien, ante a las decisiones en las que se trata de escoger entre Dios, con las alegres pero exigentes propuestas del Evangelio de Cristo, y las seductoras pero equívocas e ilusorias propuestas del que tiene poder para perder a todo el hombre en la Gehena, el mártir (¡testigo!) escoge a Dios.

        A un precio elevado, es cierto, pero sólo el alborear ya de un sol de ilimitada felicidad de amor para siempre, más allá del breve y fugaz padecimiento, puede decirnos cuánto vale la pena.

 

ORATIO

        Oh Señor, que nos has dado en el obispo san Blas no sólo un pastor, amigo de los hombres y ayuda benéfica incluso de los animales, sino un animoso testigo de la fe, ayúdame a vivir a lo largo de este día dando testimonio de tu amor. Hazme fuerte en las pruebas grandes y en las pequeñas, para que las afronte como este mártir, unido a Jesús, en virtud de su misterio pascual. Por la intercesión de san Blas, bendíceme y líbrame de todo mal.

 

CONTEMPLATIO

        El Señor ha dicho: «Seréis como corderos en medio de lobos». Respondió Pedro: «¿Y si los lobos devoran a los corderos?». Pero Jesús dijo a Pedro: «Los corderos, después de su muerte, ya no tienen nada que temer de los lobos. Tampoco vosotros, pues, debéis temer a los que os maten pero no puedan, a continuación, haceros ningún otro daño. Temed, por el contrario, al que, después de vuestra muerte, tiene poder para echar vuestra alma y vuestro cuerpo a la Gehena del fuego. Sabed también [...] que la promesa de Cristo es grande, tanto como la bienaventuranza del Reino (Evangelio apócrifo de Tomás).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra del Señor: «No temáis; vosotros valéis más que todos los pájaros» (Mt 10,31).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En las Actas del martirio de san Justino se cuenta que el prefecto Rústico puso a Justino y a sus compañeros ante esta alternativa: hacer sacrificios a los dioses o ser torturados y decapitados. Justino fue el primero en negarse a hacer sacrificios. Lo mismo dijeron todos los demás mártires: «Haz lo que quieras; nosotros somos cristianos y no hacemos sacrificios a los ídolos». La condena fue la decapitación «con arreglo a la ley»

        La decisión de los mártires de morir antes que renegar de su fe y de su amor a Cristo es locura a los ojos de los hombres. Así la consideraba un hombre de gran envergadura moral, el emperador Marco Aurelio. Pero también puede hacer reflexionar sobre el valor de la fe, tan grande que a ella se sacrifica la vida.

        Escribe Blaise Pascal en sus Pensamientos: «Creo sólo en las historias cuyos testigos se dejarían degollar» (n. 593). Dicho con otras palabras, si la fe es para los cristianos un valor tan grande que por ella están dispuestos a morir, es algo que no puede no hacer reflexionar sobre la verdad del cristianismo. No sacrifica la vida por una ilusión o por una fábula cuando lo que lo hacen no son unos ¡lusos o unos fanáticos, sino personas normales, razonables, de alta envergadura moral y, a menudo, incluso de elevada cultura y de sano juicio.

        El 7 de mayo de 2000, Juan Pablo II, en una ceremonia  ecuménica desarrollada en el Coliseo, quiso que la Iglesia -no sólo la Iglesia católica, sino también las otras Iglesias y comuniones cristianas- recordara que el martirio es una realidad que forma parte de la naturaleza de la misma Iglesia y que el siglo XX ha sido, más que otras épocas, «el siglo de los mártires». De este modo, quiso dar un «signo» tanto a los cristianos como a los no cristianos y a los no creyentes, para invitarles a reflexionar no sólo sobre la trágica realidad del martirio -en lo que se refiere al siglo XX, se llegó a 12.692 mártires, de los que 2.351 eran laicos, 5.353 sacerdotes y seminaristas, 4.872 religiosos y religiosas y 126 obispos-, sino también sobre el significado que el martirio tiene para la vida de los cristianos e incluso para aquellos que no son cristianos pero dan culto a los valores que hacen la vida digna de ser vivida y, si fuere necesario, entregada (// senso del martirio cristiano, editorial de La Civiltá Cattolica del 15 de julio de 2000).

 

 

 

Día 4

Martes de la 4ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 18,9-10.14.24-25a.30-19,4

En aquellos días,

18,9 Absalón se encontró frente a frente con los hombres de David; iba montado en un mulo, y al pasar el mulo por debajo de las ramas de una gran encina, la cabeza de Absalón se enredó en las ramas de la encina y quedó colgando en el aire, mientras el mulo que montaba continuó adelante.

10 Le vio uno y se lo fue a decir a Joab: - He visto a Absalón colgando de una encina.

14 Dijo Joab: - No quiero perder el tiempo discutiendo contigo. Y tomando tres flechas, las clavó en el corazón de Absalón, que estaba aún vivo colgado de la encina.

24 David estaba sentado entre las dos puertas de entrada. El centinela, que estaba en la terraza que hay a la entrada, por encima de la muralla, miró, y al ver a un hombre que venía corriendo solo,

25 gritó para anunciárselo al rey.

30 El rey dijo: - Retírate y quédate aquí. Él se retiró a un lado y se quedó allí.

19,4 Entonces llegó el cusita y dijo: - Traigo buenas noticias para el rey, mi señor. El Señor te ha hecho justicia librándote de todos los que se habían sublevado contra ti.

32 El rey preguntó al cusita: - ¿Está bien el joven Absalón? El cusita contestó: - ¡Que corran la suerte de ese joven los enemigos del rey, mi señor, y todos los que se han sublevado contra ti para hacerte daño!

19,1 El rey se estremeció y, subiendo a la habitación que hay encima de la entrada de la ciudad, se echó a llorar; decía sollozando: - ¡Hijo mío, Absalón! ¡Hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!

2 Informaron a Joab de que el rey lloraba y se lamentaba por Absalón;

3 y aquel día la victoria se cambió en luto para toda la tropa, porque oyeron decir que el rey estaba afligido por su hijo.

4 Por eso aquel día la tropa entró a escondidas en la ciudad, como entran los que vuelven avergonzados por haber huido en la batalla.

 

        *•• El reinado de David se vio afligido en su ocaso por la rebelión de su hijo Absalón, una rebelión en la que tuvo que intervenir el ejército. El rey ha ordenado respetar la vida de su hijo; sin embargo, el joven, en su huida, queda colgado entre las ramas de un árbol y lo mata Joab, que cree ganar de este modo el favor del rey por haber eliminado al usurpador.

        El relato, del que la liturgia sólo lee hoy algunos fragmentos, es intensamente dramático: el rey espera con ansias las noticias de la batalla, dividido entre el deseo de la victoria y la angustia por la suerte de su hijo (w. 24-27); los criados le comunican primero las buenas noticias, fingiendo ignorar el fin de Absalón (w. 28-31).

        El drama estalla cuando, ante la pregunta explícita de David, «¿Está bien el joven Absalón?», no queda escapatoria posible y es preciso revelarle que su hijo ha muerto. Estalla entonces el dolor del rey: el hijo muerto ya no es un enemigo y un rival, sino sólo un muchacho; la exultación por la victoria se transforma en luto, el pueblo siente vergüenza como por una derrota (19,1-4).

 

Evangelio: Marcos 5,21-43

En aquel tiempo,

21 al regresar Jesús, mucha gente se aglomeró junto a él a la orilla del lago.

22 Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies

23 y le suplicaba con insistencia, diciendo: - Mi niña está agonizando; ven a poner las manos sobre ella para que se cure y viva.

24 Jesús se fue con él. Mucha gente lo seguía y lo estrujaba.

25 Una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años

26 y que había sufrido mucho con los médicos y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, yendo más bien a peor,

27 oyó hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto.

28 Pues se decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, quedaré curada».

29 Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y sintió que estaba curada del mal.

30 Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se volvió en medio de la gente y preguntó: - ¿Quién ha tocado mi ropa?

31 Sus discípulos le replicaron: - Ves que la gente te está estrujando ¿y preguntas quién te ha tocado?

32 Pero él miraba alrededor a ver si descubría a la que lo había hecho.

33 La mujer, entonces, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le contó toda la verdad.

34 Jesús le dijo: - Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal.

35 Todavía estaba hablando cuando llegaron unos de casa del jefe de la sinagoga diciendo: - Tu hija ha muerto; no sigas molestando al Maestro.

36 Pero Jesús, que oyó la noticia, dijo al jefe de la sinagoga: - No temas; basta con que tengas fe.

37 Y sólo permitió que le acompañaran Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

38 Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y, al ver el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos,

39 entró y les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida.

40 Pero ellos se burlaban de él. Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que le acompañaban, y entró donde estaba la niña.

41 La tomó de la mano y le dijo: - Talitha kum (que significa: «Niña, a ti te hablo, levántate»).

42 La niña se levantó al instante y echó a andar, pues tenía doce años. Ellos se quedaron atónitos.

43 Y él les insistió mucho en que nadie se enterase de aquello, y les dijo que dieran de comer a la niña.

 

        **• El pasaje forma parte de la sección de los milagros, que va desde Mc 4,35 a 6,6a. Dos episodios, al parecer independientes, han sido encajados de tal modo que se resaltan con habilidad tanto las diferencias como los puntos de contacto. El versículo inicial (v. 21) conecta el relato con la sección de las parábolas: Jesús vuelve a la otra orilla del lago tras una excursión a territorio pagano. El episodio de la hija de Jairo (w. 22-24.35-43) presenta, en la primera parte, la súplica del padre y la pronta disponibilidad de Jesús. El relato queda, a continuación, bruscamente interrumpido por la inserción de un nuevo personaje y de su historia (w. 25-28). Resalta el contraste entre Jairo, hombre influyente que implora de manera insistente a Jesús delante de todos, y la mujer anónima que se le acerca de modo furtivo, escondida entre la gente. Sin embargo, son iguales su confianza en Jesús y la inmediata respuesta del mismo. El milagro de la hemorroísa tiene lugar en dos tiempos: primero en secreto, sólo la mujer y Jesús se dan cuenta del prodigio; a continuación, la pregunta de Jesús y el estupor de los discípulos provocan un nuevo prodigio: la mujer habla, sale de sí misma, entra en relación con Jesús. No ha sido curada simplemente de la enfermedad (v. 29), sino que ha sido salvada (v. 34).

        Sin solución de continuidad, reemprende el otro relato. Se precipita el drama: la niña ha muerto, la intervención del taumaturgo parece inútil (v. 35). Sin embargo, Jesús da un vuelco a la situación: no está muerta, duerme. La actitud del Maestro es completamente distinta: la mujer se le había acercado en secreto y él la había impulsado a mostrarse ante todos; Jairo le ha rogado en público y Jesús deja a la gente fuera de la estancia, ordenando no decir nada de lo sucedido.

 

MEDITATIO

        Son muchas y diferentes las formas en que las personas se dirigen, en el evangelio, a Jesús; diferentes también, aunque al mismo tiempo semejantes, son sus respuestas. A veces da la impresión de que no quiere escuchar, y el que lo invoca debe insistir bastante tiempo; otras veces, incluso previene la petición.

        Jairo es un hombre que ocupa un lugar de prestigio en la sociedad, y no vacila en implorar humildemente la ayuda de un rabino. La hemorroísa, en cambio, tiene vergüenza, porque su enfermedad la excluía del contacto con los otros, y teme asimismo una nueva decepción, después de haber padecido tantas. Jesús escucha a ambos con prontitud: no existe una técnica, para obtener el milagro, que excluya a otras; basta con la fe, de cualquier forma que se exprese.

        Sin embargo, hay algo que va más allá del milagro. La mujer se ve como obligada a mostrarse: Jesús quiere mostrar tal vez que ninguna enfermedad, ninguna condición humana, puede ser considerada infamante, con tal de que se confíe en él. Jairo, a su vez, con su familia, se ve como llamado a la sobriedad y a la discreción: sólo unos pocos discípulos asisten a la resurrección de la niña y, sobre todo, no tienen que dar publicidad al hecho. Es posible que Jesús quiera mostrar una atención a los pequeños, un respeto hacia los sentimientos de la niña que podían quedar desatendidos en ese momento. Es preciso desviar la curiosidad morbosa de la gente de la personalidad en formación de una niña de doce años; es menester volver a introducir lo más pronto posible a la pequeña en la normalidad: dadle de comer.

        ¡Cuánto hemos de aprender hoy, trastornados como estamos por el bombardeo obsesivo de las telecrónicas del corazón que ninguna ley sobre la privacidad consigue frenar!

 

ORATIO

        Señor, pon en mis labios la invocación silenciosa de la mujer enferma. Pon en mi corazón su confianza: basta con tocar tu manto para curar.

        Concédeme, Señor, la humildad de Jairo. Por culpa de mi orgullo, no sé pedir ayuda, no soy capaz de reconocer que necesito a los demás. Escucha, Señor, las palabras que no sé decirte. Tú sabes mejor que yo lo que me ocurre. No me dejes vagar de un sitio a otro, donde no pueda encontrar socorro.

        Haz, Señor, que no busque grandes cosas, sino sólo la paz de tu reino. Aleja de mí el deseo de lo que no es esencial y condúceme en lo secreto del corazón a buscar sólo tu proximidad. Señor, enséñame a rogarte.

 

CONTEMPLATIO

        Antes de que la Palabra evangélica revele el misterio del significado, quisiera detenerme un poco en los sufrimientos afrontados y soportados por los padres a causa del afecto y del amor que sienten por sus hijos.

        Es peor aún el día de la muerte, cuando son los hijos quienes les preceden. [El archisinagogo] creyó en Dios, dado que pidió que la misma mano por quien sabía que había sido creada su hija la vuelva a crear y la restituya a la vida. La lectura de hoy ha recogido, por una parte, todo lo que es propio de la esperanza y, por otra, ha excluido cualquier cosa que tenga que ver con la desesperación.

        Como el aire se convierte en torbellino, así estaba turbada la mujer por tempestades de pensamientos. Luchaban la fe con la razón, la esperanza con el temor, la necesidad con el pudor. Así pues, con semejante estado de ánimo, llegó merecidamente la mujer del extremo de un pedazo de tela a la plenitud de la divinidad de Jesús.

        [Esta] mujer, mostrándonos que hay algo muy grande en el borde del manto de Cristo, nos ha enseñado lo que vale el Cuerpo de Cristo.

        Escuchen los cristianos, que tocan cada día el Cuerpo de Cristo, qué medicina pueden recibir del mismo cuerpo, si una mujer obtuvo toda la salud con sólo tocar el borde del manto de Cristo (Pedro Crisólogo, Omelie per la vita quotidiana, Roma 21990, pp. 109-117, passim [existe edición española de Homilías escogidas, Ciudad Nueva, Madrid 1998]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, quedaré curada» (Mc 5,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Muchas personas pasan por la misma experiencia de la mujer que sufría hemorragias. Se han agotado, su fuerza vital se ha consumido, han gastado todo su patrimonio sólo para ganarse la simpatía y el reconocimiento, el amor y la estima. Sin embargo, su condición se vuelve cada vez peor. Todo este dispendio de dinero no les ha permitido encontrar una amistad verdadera.

        No se puede comprar nuestro propio valor con dinero. [...] Puesto que [Jesús] desprendía confianza, amor y simpatía, esta mujer consiguió encontrar el coraje necesario para decir toda la verdad. No podemos arrancar la verdad adoptando metodologías de diálogo, sino sólo si hemos creado una atmósfera de amor y confianza. [...] «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal» Aquí se ha instaurado una relación verdadera. Jesús le desea la paz a la mujer y le da la esperanza de estar curada de su enfermedad. La mujer, tras haber experimentado su valor a través del encuentro, ya no puede sangrar. Al entrar en contacto con este hombre que la acepta sin reservas, se detiene su flujo de sangre, ya no tiene necesidad de continuar consumiéndose para ser aceptada y amada.

        Frente a la hemorroísa no puedo dejar de pensar en las muchas personas que se sacrifican por los otros, aunque lo hacen, de manera inconsciente, por una necesidad de tranquilidad y de reconocimiento. Ponen su patrimonio a disposición de los otros, dan su dinero para beneficencia, lo gastan todo. Sin embargo, esta generosidad no se traduce en una mayor interioridad y libertad. Esto no les produce satisfacción; es más, se sienten vacías y agostadas. Al final se sienten excluidas de la vida. Lo han entregado todo y ahora nadie las tiene en consideración; están vacías y agotadas. Han «bypassado» la vida. Su sacrificio no estaba dictado por un amor verdadero, sino por un deseo de gratificación, por el deseo de ser premiadas, de ser, finalmente, alguien. No es posible curar a estas personas pretendiendo aún más de ellas, mayores sacrificios, mayor compromiso a favor de la familia. En su encuentro con nosotros deben advertir ante todo que valen simplemente por lo que son. En este encuentro deben «tocar» a un ser humano, de suerte que fluya la energía, que experimenten el flujo vital. Si el encuentro tiene lugar simplemente entre seres humanos, no hay necesidad de nacerse más interesante aportando problemas; las dificultades se trasladan a un nivel razonable. En este fragmento del evangelio de Marcos no se habla sólo de la mujer que padece hemorragias y que, al encontrarse con Jesús, toma conciencia de su valor cuando encuentra estima y simpatía, se habla asimismo de la hija de Jairo, que, evidentemente, no puede vivir en la casa de su padre, uno de los jefes de la sinagoga. Jesús cura a esta muchacha, que se había ido extinguiendo cada vez más hasta yacer inmóvil y rígida como muerta en el lecho, cogiéndole la mano y ordenándole que se levante. No continúa reteniéndole la mano, sino que la deja ir, deja que encuentre su camino. Y ordena que le den de comer. Comer es, bajo ciertos aspectos, un signo de sociabilidad. La muchacha es de nuevo capaz de entrar en la vida social. Este relato nos dice que no debemos atar a nosotros a las personas con un cuidado excesivo que no les permita crecer en libertad. No debemos tener [a una persona] de la mano durante toda la vida; de lo contrario, la haríamos permanecer en su enfermedad. Debemos reforzar su vitalidad y enseñarle a dar por sí sola los pasos necesarios (Anselm Grün, Scopríre la ricchezza della vita, Brescia 2000, pp. 46-49, passim [edición española: Descubrir la riqueza de la vida, Editorial Verbo Divino, Estella 1999]).

 

 

 

Día 5

Miércoles de la 4ª semana del Tiempo ordinario o Santa Águeda

       SANTA ÁGUEDA. Es una de las más famosas vírgenes y mártires de la antigüedad cristiana, y su nombre fue incluido en el canon romano de la misa. Nació en Catania o Palermo hacia el año 230, de padres cristianos, nobles y ricos. En su juventud consagró su virginidad al Señor. Durante la persecución de Decio, Quinciano, gobernador de la isla de Sicilia, sometió a Águeda a los más crueles y vejatorios tormentos porque se negó ella a las pretensiones amorosas de él, no quiso sacrificar a los dioses y se mantuvo firme en su fe cristiana. Según cuenta la tradición, Quinciano, despechado y furioso, ordenó que le cortaran los pechos; sobrevivió ella milagrosamente. Por fin, condenada a la hoguera, murió virgen y mártir en Catania el 5 de febrero del año 251.. Un año después, durante una violenta erupción del Etna, los habitantes de Catania la invocaron para detener la lava exponiendo su velo. 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 24,2.9-17

En aquellos días,

2 el rey dijo a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él: - Recorred todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, y haced el censo del pueblo para que sepa yo cuántos son.

9 Joab informó al rey sobre el resultado del censo del pueblo; había en Israel ochocientos mil hombres aptos para la guerra y diestros con la espada, y en Judá, quinientos mil.

10 Después de hacer el censo del pueblo, David sintió remordimientos de conciencia, y dijo al Señor: - ¡He cometido un gran pecado al hacer esto! Pero dígnate, oh Señor, perdonar el pecado de tu siervo, porque me he portado como un insensato.

11 Al día siguiente, cuando se levantó David, el Señor dirigió esta palabra al profeta Gad, vidente de David:

12 - Vete a decir a David: Así dice el Señor: tres castigos te pongo delante; elige uno de ellos y yo lo llevaré a cabo.

13 Gad se presentó a David y le dijo: - ¿Qué prefieres? ¿Que venga una carestía de tres años a tu tierra, que tengas que huir durante tres meses perseguido por tu enemigo o que haya tres días de peste en tu tierra? Piensa y decide la respuesta que debo dar al que me envía.

14 David dijo a Gad: - Me veo en un gran aprieto. Pero es preferible caer en manos de Dios, cuya misericordia es grande, a caer en manos de los hombres.

15 Y David eligió la peste. Era el tiempo de la siega del trigo. El Señor envió la peste desde la mañana hasta el tiempo fijado, y murieron desde Dan hasta Berseba setenta mil hombres del pueblo.

16 El ángel extendió su mano sobre Jerusalén para exterminarla. Entonces el Señor se retractó del mal y dijo al ángel que exterminaba al pueblo: - Basta; que cese el castigo. El ángel del Señor estaba junto a la era de Arauná, el jebuseo.

17 Cuando David vio al ángel que azotaba al pueblo, dijo al Señor: - Soy yo quien ha pecado y quien ha hecho el mal, pero el pueblo es inocente. Castígame a mí y a mi familia.

 

        **• Los últimos capítulos del segundo libro de Samuel interrumpen la historia de la sucesión de David para insertar, como en apéndice, algunos episodios. El censo dispuesto por David (v. 2) va contra la Ley, según la cual sólo Dios puede cuantificar la consistencia de su pueblo. Por eso David siente remordimientos (v. 10) y el profeta Gad le preanuncia el castigo (v. 13).

        David sólo puede escoger entre la carestía, la derrota y la peste: son los castigos previstos por la Ley para la traición a la Alianza (cf. Dt 28,21-26). David prefiere la peste a la guerra, no sólo por su menor duración, sino

porque un castigo de la mano de Dios permite confiar en la misericordia divina (v. 14), lo que no ocurre cuando el castigo lo aplica la mano del hombre.

        En efecto, el Señor siente piedad y perdona a Jerusalén (v. 16); también el rey siente compasión e intercede por el pueblo inocente, asumiendo la responsabilidad de lo sucedido (v. 17).

 

Evangelio: Marcos 6,1-6

En aquel tiempo, Jesús

1 salió de allí y fue a su pueblo, acompañado de sus discípulos.

2 Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La muchedumbre que lo escuchaba estaba admirada y decía: - ¿De dónde le viene a éste todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por él?

3 ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿No están sus hermanas aquí entre nosotros? Y los tenía escandalizados.

4 Jesús les dijo: - Un profeta sólo es despreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

5 Y no pudo hacer allí ningún milagro. Tan sólo curó a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos.

6 Y estaba sorprendido de su falta de fe.

 

        **• Esta breve perícopa concluye la sección de los milagros e introduce una serie de peregrinaciones de Jesús dentro y fuera de Galilea. La expresión genérica «pueblo» (v. 1) era suficiente para indicar Nazaret; es más precisa la determinación del tiempo: es importante que la manifestación de Jesús tenga lugar el sábado (v. 2). En Israel, cualquier hombre adulto podía comentar la Escritura en la sinagoga: sin embargo, la enseñanza de Jesús es diferente a la de todos los rabinos de aquel tiempo. Aunque sin citar (entre los sinópticos sólo lo hace Lucas [4,17ss]) los versículos de Isaías comentados en Nazaret, Marcos registra el estupor de los presentes. Tres son los motivos de admiración: el origen de las palabras pronunciadas por Jesús; la sabiduría que posee; los prodigios que realiza. Todo esto parece contrastar con la familiaridad que los nazarenos creían tener con él, dado que conocían a sus padres y hermanos.

        La verdadera identidad de Jesús se revela aquí a través de su ser signo de contradicción, piedra de tropiezo, motivo de escándalo (v. 3). Esto mismo constituía ya una característica de los profetas, perseguidos con mayor frecuencia precisamente por aquellos que hubieran debido comprenderles mejor (v. 4). Por esa desconfianza, no pudo realizar Jesús milagros entre sus paisanos: él mismo se muestra sorprendido de esta falta de fe, del mismo modo que los suyos estaban admirados de su autoridad.

 

MEDITATIO

        De este fragmento se desprende la ambigua relación que mantuvo Jesús con su ciudad: los nazarenos, asombrados por sus palabras, se escandalizan de él, y él se sorprende de su incredulidad. Entre líneas parece manifestarse el desconcierto del mismo evangelista: ¿cómo es que los suyos, aquellos que hubieran debido serles más próximos, no creen en él? ¿Cómo es que, precisamente en su ciudad, realiza poco prodigios? Sin embargo, esto no debía sorprender a los israelitas, que conocían bien la historia de los profetas, perseguidos y despreciados a menudo precisamente por su mismo pueblo. Y tampoco debe sorprendernos a nosotros, que nos encontramos, por así decirlo, en la condición de los nazarenos: ¿por qué precisamente las comunidades cristianas se encuentran con frecuencia tan alejadas de la Palabra de Dios? ¿Por qué sucede que los no creyentes conocen mejor la Biblia? ¿Por qué tampoco en nuestros días son escuchadas las voces «proféticas» o, lo que es peor, son marginadas, ridiculizadas, acusadas de herejía?

        En el segundo libro de Samuel es el Señor quien sugiere a David el censo (2 Sm 24,1), mientras que el primer libro de las Crónicas atribuye la idea a Satanás (1 Cr 21,1). En realidad, se trata de una lectura teológica especular: Satanás no es más que un instrumento en manos de Dios (cf. Job 1,6), que pone a prueba la fe de los suyos. David cree seguir una sugerencia exterior, pero no hace más que obedecer a su sed de dominio, que quiere hacerle controlar al pueblo; olvida que es sólo el administrador, no el dueño, del pueblo de Dios.

        El problema, tanto en el caso de David como en el de los nazarenos, consiste en dejarse llevar por la Palabra de Dios sin pretender saber más que ella o juzgar si en el hijo de un carpintero puede manifestarse o no la sabiduría de Dios.

 

ORATIO

        Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz [...]. Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta «esponsal», que expresa maravillosamente la comunión que Él quiere establecer con su criatura [...]. Te doy gracias, mujer, por el hecho mismo de ser mujer. Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas (Juan Pablo II, Carta a las mujeres, Roma 1995, passim).

 

CONTEMPLATIO

        Esta mujer virgen, que hoy os ha invitado a nuestro convite sagrado, es la mujer desposada con un solo esposo, Cristo, para decirlo con el mismo simbolismo nupcial que emplea el apóstol Pablo.

        Una virgen que, con la sangre siempre encendida, enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua con la púrpura de la sangre del verdadero y divino Cordero, y que no dejaba de recordar y meditar continuamente la muerte de su ardiente enamorado, como si la tuviera presente ante sus ojos.

        De este modo, su mística vestidura es un testimonio que habla por sí mismo a todas las generaciones futuras, ya que lleva en sí la marca indeleble de la sangre de Cristo, de la que está impregnada, como también la blancura resplandeciente de su virginidad.

        Águeda hizo honor a su nombre, que significa «buena». Ella fue en verdad buena por su identificación con el mismo Dios; fue buena para su divino Esposo y lo es también para nosotros, ya que su bondad provenía del mismo Dios, fuente de todo bien (Metodio de Sicilia, «Sermón sobre santa Águeda»,t en Analecta Bollandiana, 68, 76-78).

 

ACTIO

        Durante esta jornada, medita y repite la exclamación de santa Águeda: «Mi coraje está arraigado en Cristo».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En el Espíritu de Cristo, la mujer puede descubrir el significado pleno de su femineidad y, de esta manera, disponerse al don sincero de sí misma a los demás y encontrarse también a sí misma.

        En el año mariano, la Iglesia desea dar gracias a la Santísima Trinidad por el misterio de la mujer y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina, por las maravillas de Dios que en la historia de la humanidad se han cumplido en ella y por medio de ella. En definitiva, ¿no se ha obrado en ella y por medio de ella lo más grande que existe en la historia del hombre sobre la tierra, es decir, el acontecimiento de que Dios mismo se ha hecho hombre?

        La Iglesia, por consiguiente, da gracias por todas las mujeres y por cada una: por las madres, las hermanas, las esposas; por las mujeres consagradas a Dios en la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres humanos que esperan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el ser humano en la familia, la cual es el signo fundamental de la comunidad humana; por las mujeres que trabajan profesionalmente, mujeres cargadas a veces con una gran responsabilidad social; por las mujeres «perfectas» y por las mujeres «débiles».

        Por todas ellas, tal como salieron del corazón de Dios en toda la belleza y riqueza de su femineidad, tal como han sido abrazadas por su amor eterno; tal como, junto con los hombres, peregrinan en esta tierra que es la patria de la familia humana, que a veces se transforma en «un valle de lágrimas»; tal como asumen, juntamente con el hombre, la responsabilidad común por el destino de la humanidad en las necesidades de cada día y según aquel destino definitivo que los seres humanos tienen en Dios mismo, en el seno de la Trinidad inefable.

        La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del «genio» femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina (Juan Pablo II, Carta apostólica Mulieris dignitatem, n. 31)

 

 

Día 6

Jueves de la 4ª semana del Tiempo ordinario o San Pablo Miki y compañeros

 

        Pablo Miki, jesuita japonés, fue uno de los veintiséis mártires que, el 5 de febrero de 1597, murieron crucificados en la colina de Tateyama -llamada después «colina santa»-, cerca de Nagasaki, a causa de su fe católica. La evangelización de Japón había empezado con san Francisco Javier (1549-1551) y se había desarrollado gracias a la acción de sus hermanos de religión, hasta el punto de que, en 1587, los cristianos formaban ya una Iglesia numerosa de 250.000 miembros.

        Pocos años después empezaron graves dificultades, y el emperador, que al principio había favorecido a los misioneros, decretó la expulsión de los misioneros jesuitas, encarceló a seis franciscanos españoles -llegados entretanto- y a tres jesuitas japoneses. La represión fue dura.

        Pablo Miki era hijo de un oficial. Había sido educado en el colegio jesuita de Anziquaiama y en 1580 entró en la compañía de Jesús. Era conocido por la calidad de su vida y por su capacidad de comunicar el Evangelio. Todavía no era sacerdote. Murió crucificado junto a otros veinticinco cristianos: seis misioneros franciscanos españoles, un escolástico y un hermano ¡esuita japonés y diecisiete laicos también de esta nacionalidad. Fueron los primeros mártires del Extremo Oriente inscritos en el martirologio. Fueron canonizados por Pío IX el 8 de junio de 1862.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 2,1-4.10-12

1 David, a punto ya de morir, dio a su hijo Salomón estas instrucciones:

2 - Yo voy a morir, ten ánimo y pórtate varonilmente.

3 Sé fiel al Señor, tu Dios, y camina por sus sendas; observa sus mandamientos, preceptos, dictámenes y normas como está escrito en la Ley de Moisés, para que triunfes en todas tus empresas,

4 y el Señor cumpla la promesa que me hizo: «Si tus hijos hacen lo que deben y caminan fielmente en mi presencia con todo su corazón y toda su alma, no te faltará jamás un sucesor en el trono de Israel».

10 David se adormeció con sus padres y fue sepultado en la ciudad de David.

11 Había reinado en Israel cuarenta años; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.

12 Salomón sucedió a su padre, David, en el trono y su reino se consolidó firmemente.

 

        **• El primer libro de los Reyes narra la muerte de David como la muerte de los antiguos patriarcas de Israel: «David se adormeció con sus padres» (v. 10). Es el signo de que David, a pesar de sus errores y de sus pecados, «caminó por los senderos del Señor», según la expresión característica del Deuteronomio y de los libros históricos. Del estilo de la obra histórica deuteronómica son asimismo las últimas recomendaciones del rey a su hijo Salomón, que le sucedió en el trono y que llevó el reino de Israel a su máximo esplendor. El compromiso principal que debe asumir Salomón es seguir la Ley del Señor, entregada a Moisés en el Sinaí (v. 3), y para la que se usan los términos del Deuteronomio: estatutos, mandamientos, preceptos, dictámenes y normas. No se trata sólo de los «Diez mandamientos», sino también de las disposiciones contenidas en los códigos del Pentateuco y de los preceptos rituales que, poco a poco, fueron enriqueciendo la legislación de Israel. La Ley vincula al rey del mismo modo que a todos los demás, con esta diferencia respecto a las otras teocracias de la antigüedad: en Israel, el rey es un hombre y no una divinidad.

        Consecuencia de esta fidelidad a la Ley será el éxito de todos los proyectos del rey (w. 3ss) y, en particular, la permanencia de la casa de David sobre el trono de Israel, según la promesa del profeta Natán: de la estirpe de David, en efecto, nacerá el Mesías.

 

Evangelio: Marcos 6,7-13

En aquel tiempo,

7 llamó Jesús a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos.

8 Les ordenó que no tomaran nada para el camino, excepto un bastón. Ni pan, ni zurrón, ni dinero en la faja.

9 Que calzaran sandalias, pero que no llevaran dos túnicas.

10 Les dijo además: - Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de aquel lugar.

11 Si en algún sitio no os reciben ni os escuchan, salid de allí y sacudid el polvo de la planta de vuestros pies, como testimonio contra ellos.

12 Ellos marcharon y predicaban la conversión.

13 Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

 

        **• Tras la visita a Nazaret, y antes de seguir su camino hacia otros territorios, envía Jesús en misión a los Doce (cf. 3,14ss), dándoles el poder de expulsar a los espíritus inmundos (v. 7).

        Podemos distinguir tres pasajes. En el primero, Jesús da disposiciones sobre el estilo de vida (w. 8ss): los enviados no deben llevar provisiones consigo, porque sólo podrán contar con la generosidad de aquellos a quienes se dirijan. En el segundo pasaje, el mandato precisa el método de la predicación: quedarse en la casa que los reciba, pero abandonarla sin añoranza si no les escuchan (w. lOss). Por último, al mandato de Jesús le sigue la ejecución: los discípulos parten, predican la conversión y su obra de exorcismo y de curación resulta eficaz (w. 12ss).

        Esta narración, en su sencillez, sigue un desarrollo lógico. La reducción de la vida a lo esencial, apoyada en una absoluta confianza en el Señor, es condición para poder estar por completo al servicio de la Palabra. La predicación de la Palabra de la verdad y la conformidad con sus dictámenes son, a su vez, dos condiciones para la eficacia de la actividad apostólica.

 

MEDITATIO

        La elección del texto de la Carta a los Gálatas para celebrar la memoria de los mártires del Japón replantea hoy a la Iglesia la verdad del «Evangelio de Dios» (Rom 1,1) y la invita a una renovada opción por Cristo, tanto en las situaciones de serenidad y de paz, como en las de incomodidad, sufrimiento y prueba y, en particular, en las situaciones dolorosas de persecución violenta o solapada.

        «Ahora, en mi vida mortal, vivo creyendo en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20). El testimonio de los mártires japoneses y de sus comunidades cristianas es palabra y consuelo para los hermanos y es anuncio y luz transformadora para la humanidad.

        La vida nace de la vida que se consuma en la entrega de sí misma. En la raíz de la Iglesia está el martirio de la sangre y de la fidelidad, esto es, el amor. La Iglesia nace del agápe divino y vive de él. El agápe es el principio vital de su existir y de su obrar, y lo irradia y lo comunica.

        El Evangelio hace explotar gratitud y alabanza porque conduce a tocar con la mano la realización del mandato confiado por el Cristo resucitado a los suyos.

        La Iglesia lo contempla en las tierras de Japón, donde el Espíritu ha abierto corazones y mentes y ha agregado nuevos miembros al pueblo nuevo; todos, en efecto, «todos los pueblos comparten la misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo y participan de la misma promesa» (Ef 3,6ss). Con esta mirada del corazón apasionado hemos de ver al hombre y a las sociedades de hoy. Abiertos a todos, entregados a todos.

        Las comunidades cristianas envuelven el mundo con el amor de Cristo crucificado, atestiguan el señorío de Cristo, la universalidad del mandato y del amor del Padre y son, a su vez, su imagen entre los hombres» porque son miembros de su cuerpo, animados por el mismo Espíritu.

 

ORATIO

        Padre, fuente de todo bien, con ánimo lleno de emoción nos dirigimos a ti por la belleza de nuestra vocación de hijos, por el atrevimiento y el amor de estos hermanos nuestros cuya vida es consuelo, sostén y luz gracias a la presencia operante del Espíritu, que transforma la debilidad humana en cátedra de amor y camino  que conduce a ti. El ánimo calla ante estos mártires crucificados como tu Hijo y por él. Pausa sedienta, en la larga peregrinación de la vida, a fin de alcanzar la fuente pura y proseguir el camino con valor, movidos por el amor y por la pasión por el Reino. Infunde en nosotros la sabiduría de la cruz que iluminó el corazón de estos hermanos nuestros y de los mártires de todos los tiempos. Ven en ayuda de nuestra debilidad para que podamos adherirnos plenamente a Cristo, tu Hijo, y cooperemos con él en la redención del mundo.

 

CONTEMPLATIO

        «He sido condenado a muerte por haber difundido la noble enseñanza de Jesucristo. No tengo pecado alguno excepto éste. No tengo miedo de decir que he difundido la enseñanza de Cristo. Doy gracias de corazón con inmensa alegría por poder morir crucificado por este motivo. Declaro la verdad ante la muerte: creedme, no hay ningún camino mejor de salvación que el seguido por los cristianos. Soy siervo de Cristo, y le sigo; por eso, imitando a Cristo, perdono a todos los que me han perseguido.  No odio a nadie. Dios tenga misericordia de todos. Deseo que mi sangre se convierta en una lluvia de gracias que dé fruto abundante en todos vosotros». Así habló Pablo Miki desde la cruz.

        Juan Soán, al ver a su padre junto a la cruz en la que había sido atado, se dirigió a él con estas palabras: «Estás viendo, padre, que hemos de preferir la salvación del alma a todo lo demás. Lleva cuidado en no descuidar nada para asegurártela». Y su padre le respondió: «Hijo mío, te agradezco tu exhortación. Y soporta tú también ahora con alegría la muerte, porque la padeces por nuestra santa fe. En cuanto a mí y a tu madre, estamos dispuestos a morir por la misma causa». Juan le dio a su padre su rosario y, haciendo que le quitaran la faja que le cubría la frente, pidió que se la dieran a su madre. Tenía diecinueve años.

 

ACTIO

        Repite con frecuencia con el corazón y con alegría a lo largo de la jornada: «Ahora, en mi vida mortal, vivo creyendo en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto» (Jn 12, 24). Con estas palabras, Jesús, la víspera de su pasión, anuncia su glorificación a través de la muerte [...]. Cristo es el grano de trigo que muriendo ha dado frutos de vida inmortal. Y sobre las huellas del rey crucificado han caminado sus discípulos, convertidos a lo largo de los siglos en legiones innumerables «de toda lengua, raza, pueblo y nación»: apóstoles y confesores de la fe, vírgenes y mártires, audaces heraldos del Evangelio y silenciosos servidores del Reino [...].

        «Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5,11 -12). Qué bien se aplican estas palabras de Cristo a los innumerables testigos de la fe del siglo pasado, insultados y perseguidos, pero nunca vencidos por la fuerza del mal. Allí donde el odio parecía arruinar toda la vida, sin posibilidad de huir de su lógica, ellos manifestaron que «el amor es más fuerte que la muerte». Bajo terribles sistemas opresivos que desfiguraban al hombre, en los lugares de dolor, entre durísimas privaciones, a lo largo de marchas insensatas, expuestos al frío, al hambre, torturados, sufriendo de tantos modos, ellos manifestaron admirablemente su adhesión a Cristo muerto y resucitado [...].

        «El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna» (Jn 12,25). Hemos escuchado hace poco estas palabras de Cristo. Se trata de una verdad que frecuentemente el mundo contemporáneo rechaza y desprecia, haciendo del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia. Pero los testigos de la fe, que también esta tarde nos hablan con su ejemplo, no buscaron su propio interés, su propio bienestar y la propia supervivencia como valores mayores que la fidelidad al Evangelio. Incluso en su debilidad, ellos opusieron una firme resistencia al mal. En su fragilidad resplandeció la fuerza de la fe y de la gracia del Señor.

        Queridos hermanos y hermanas, la preciosa herencia que estos valientes testigos nos han legado es un patrimonio común de todas las Iglesias y de todas las comunidades eclesiales. Es una herencia que habla con una voz más fuerte que la de los factores de división. El ecumenismo de los mártires y de los testigos de la fe es el más convincente: indica el camino de la unidad a los cristianos del siglo XXI. Es la herencia de la cruz vivida a la luz de la Pascua: herencia que enriquece y sostiene a los cristianos mientras se dirigen al nuevo milenio [...].

        Que permanezca viva la memoria de estos hermanos y hermanas nuestros a lo largo del siglo y del milenio recién comenzados. Más aún, ¡que crezca! Que se transmita de generación en generación para que de ella brote una profunda renovación cristiana. Que se custodie como un tesoro de gran valor para los cristianos del nuevo milenio y sea la levadura para alcanzar la plena comunión de todos los discípulos de Cristo.

        Expreso este deseo con el espíritu lleno de íntima emoción.

        Elevo mi oración al Señor para que la nube de testigos que nos rodea nos ayude a todos nosotros, creyentes, a expresar con el mismo valor nuestro amor por Cristo, por Él, que está vivo siempre en su Iglesia: como ayer, así hoy, mañana y siempre (Juan Pablo II, Conmemoración ecuménica de los testigos de la fe del siglo XX, homilía del santo padre, tercer domingo de pascua, 7 de mayo de 2000, passim)

 

Día 7

Viernes de la 4ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 47,2-11

2 Como se separa la grasa del sacrificio salvífico, así David fue separado de entre los hijos de Israel.

3 Jugaba con leones como con cabritos, con osos como con corderos.

4 Bien joven aún, ¿no mató al gigante y quitó así el oprobio de su pueblo, lanzando con la honda la piedra que abatió la soberbia de Goliat?

5 Porque él invocó al Señor Altísimo, que hizo fuerte su diestra para matar a un guerrero potente y devolver el honor a su pueblo.

6 Por eso celebraron su triunfo sobre diez mil, y lo alabaron como bendito del Señor, ciñéndole una corona de gloria.

7 Porque él destruyó a los enemigos del contorno y aniquiló a los filisteos, sus adversarios, machacando para siempre su poder.

8 Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo, con palabras de alabanza; con todo su corazón le cantó himnos, mostrando que amaba a su Creador.

9 Puso arpas para el servicio del altar, para que acompañaran con su música el canto.

10 Dio esplendor a las fiestas y ordenó perfectamente las solemnidades, haciendo que alabaran el santo nombre del Señor, llenando de cánticos el santuario desde el amanecer.

11 El Señor perdonó sus pecados y afianzó su poder para siempre, le otorgó una alianza real y un trono de gloria en Israel.

 

        *» El libro del Eclesiástico o del Sirácida, compuesto probablemente a comienzos del siglo II antes de Cristo, era conocido hasta el siglo pasado sólo en su versión griega, realizada antes del año 132 antes de Cristo por un nieto del autor. Se trata de un libro sapiencial, y en su última parte muestra que la Sabiduría de Dios se ha manifestado en la historia de Israel. Entre otros, se habla también de David, presentado como el hombre elegido previamente por Dios para constituir el reino de Israel (v. 2).

        Las empresas de David están narradas de una forma poética y épica, como empresas de un héroe casi sobrehumano, un héroe que es tal sólo porque ha sido guiado por la mano de Dios. La grandeza de David consiste precisamente en someterse al Señor y en invocar su protección: «Porque él invocó al Señor Altísimo» (v. 5), «Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo» (v. 8), «Puso arpas para el servicio del altar» (v. 9).

        Por esta fidelidad que mantuvo, y no por su fuerza de bandolero, le perdonó el Señor sus pecados y le concedió el reino, la victoria y, sobre todo, la descendencia mesiánica (v. 11).

 

Evangelio: Marcos 6,14-29

En aquel tiempo,

14 la fama de Jesús se había extendido, y el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían que era Juan el Bautista resucitado de entre los muertos y que por eso actuaban en él poderes milagrosos;

15 otros, por el contrario, sostenían que era Elías; y otros, que era un profeta como los antiguos profetas.

16 Herodes, al oírlo, decía: - Ha resucitado Juan, a quien yo mandé decapitar.

17 Y es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien él se había casado.

18 Pues Juan le decía a Herodes: - No te es lícito tener la mujer de tu hermano.

19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía,

20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con gusto.

21 La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofreció un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea.

22 Entró la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la joven: - Pídeme lo que quieras y te lo daré.

23 Y le juró una y otra vez: - Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.

24 Ella salió y preguntó a su madre: - ¿Qué le pido? Su madre le contestó: - La cabeza de Juan el Bautista.

25 Ella entró en seguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta petición: - Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza

de Juan el Bautista.

26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales, no quiso desairarla.

27 Sin más dilación, envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel,

28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre.

29 Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

 

        *•• La redacción que nos presenta Marcos del martirio de Juan el Bautista es la más extensa, comparada con las de Mateo y Lucas. Nos refiere primero las opiniones de la gente sobre la identidad de Jesús, en respuesta a las preguntas de Herodes (el tema se repite en Mc 8,27ss, donde es el mismo Jesús quien interroga a sus discípulos). Herodes, atormentado por los remordimientos, cree reconocer en el Nazareno al profeta que él había hecho matar (v. 16): así es como queda introducida la narración.

        Se habla, en primer lugar, del arresto de Juan a causa de Herodías: el relato entra de inmediato en el meollo, señalando la valiente acusación al rey como causa del martirio del profeta (w. 18-20). Sigue la narración dramática de las intrigas de Herodías, con la figura de Salomé reducida a instrumento por su pérfida madre (w. 21-25). Herodes aparece aquí más como un hombre débil que como un malvado, súcubo de su mujer, incapaz de resistir a su instinto. Víctima de su mismo imprudente juramento, debe ordenar contra su propia voluntad la decapitación del profeta (w. 26-28). Sin embargo, el remordimiento le perseguirá. El relato se cierra con un toque de piedad: se entrega el cuerpo del profeta a sus discípulos, que le dan sepultura (v. 29).

 

MEDITATIO

        La grandeza de un hombre, según los criterios de la Biblia, se mide por su fidelidad a la Ley del Señor. En esto, las figuras, por otra parte tan diferentes, de David y Juan el Bautista pueden ser asociadas.

        Fidelidad al Señor significa asimismo claridad de juicio y valor en el testimonio. David muestra su fuerza de ánimo cuando hace frente al gigante y cuando combate a los enemigos de Israel, pero sobre todo cuando reconoce, con humildad, su pecado. Se le recuerda no tanto por haber unificado las tribus de Israel bajo su trono, sino por haberse sometido a la palabra del profeta que le fue dirigida en nombre de Dios. Juan no tuvo miedo ante el poderoso Herodes y no vaciló en pronunciar el juicio que le sugería la inspiración del Señor.

        La fe es un don frágil y pesado al mismo tiempo. Frágil, porque basta con poco para ahogarla dentro de nosotros; pesado, porque implica un cambio radical en nuestros criterios y en toda nuestra vida. Ahora bien, la palabra pesado tiene en hebreo la misma raíz que la palabra gloría: la gloria del Señor, que acoge junto a sí a David y al Bautista, es la contrapartida de un «peso» llevado con alegría, porque es «un yugo suave y ligero» (cf. Mt 11,30).

 

ORATIO

        Líbrame, Señor, de la tentación de buscar la gloria humana y de creer en las lisonjas del poder terreno. Son demasiadas las veces que el deseo de sobresalir, de asegurarme privilegios, de entrar en familiaridad con las personas «importantes», me lleva a olvidar la coherencia y la fidelidad a tus enseñanzas.

        Señor, hazme firme en la fe. Concédeme el coraje que no tengo. Hazme superar el respeto humano que me impide dar testimonio de ti frente al mundo.

        Haz que no vacile ante el deber de elegir. El débil Herodes, la oportunista Herodías, la superficial Salomé, están muy cerca de mí: concédeme, Señor, la fuerza de ponerme de parte de Juan el Bautista, de parte de la verdadera vida. Haz que no tenga más que tu Palabra en mi cabeza.

 

CONTEMPLATIO

        El que se mira sólo a sí mismo vive con poco temor de Dios, no observa la justicia; más aún, la traspasa y comete muchas injusticias; se deja contaminar por las lisonjas de los hombres unas veces por dinero, otras por complacer a quienes le piden un favor que será una injusticia obtenerlo; otras veces, para huir del castigo por la falta que había cometido, será liberado, allá donde la vara de la justicia debía caerle encima. Ése ha obrado como hombre inicuo. [...] ¿Cuál es el motivo? Tener amor propio, que es de donde brotan las injusticias. [...]

        Y, sin embargo, os digo que quisiera que fuerais justos, que reluciera en vuestro pecho la perla de la justicia (Catalina de Siena, Le lettere, Milán 1987, pp. 393ss [edición española: Obras de santa Catalina de Siena, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1996]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo» (Eclo 47,8).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Los periódicos están repletos de noticias alarmantes: corrupción, administradores que no respetan las leyes, juntas que caen, funcionarios envueltos en tormentas de escándalo, instituciones inoxidables corrompidas por la herrumbre de la sospecha.

        Dichosos vosotros si, en el asedio de los problemas comunitarios que os acosan, en el tráfico de las preocupaciones políticas que os angustian, en la encrucijada de los delicadísimos equilibrios que os mantienen como funámbulos suspendidos en el vacío, sois lo suficientemente testarudos para encontrar el espacio necesario para descongestionaros del afán de las cosas y para reconstruiros, en el interior de la familia, gruesas capas de humanidad. Lo sabéis: el pueblo os propone muchos problemas (la casa, el trabajo, la enseñanza, la salud) para que se los resolváis, y debéis hacerlo dando siempre prioridad a la parte más indefensa de vuestra gente. Con todo, existe la impresión de que, en ocasiones, el timonel de la barca sigue rumbos impuestos por los jeques locales, no por la gente pobre, y que las velas recogen sólo los vientos de quienes tienen más resuello en el cuerpo, y no los suspiros de quienes jadean porque carecen de todo.

        Tened el coraje de oponeros, pagando incluso con vuestra propia persona, cuando en la distribución de los cargos, en la asignación de las contratas de trabajo, en la elaboración de planes de fabricación, en la destinación de las áreas urbanas, se tienen presentes los intereses de los que están bien y se pisotean los derechos primarios de los que están sumidos en la desesperación o, en todo caso, se suplantan las exigencias de la comunidad.

        Frente [a la tragedia] que se consuma ante la indiferencia general, ¿cuáles deben ser las actitudes de las personas civiles que apenas quieren comenzar a deletrear el alfabeto de la solidaridad? En primer lugar, es menester denunciar los daños ya ocasionados (A. Bello, Vegliare nella notte, Cinisello B. 1995, pp. 9, 32ss, 164 [edición española: Asoma la esperanza, Ediciones Sígueme, Salamanca 1997]).

 

Día 8

 

Sábado de la 4ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 3,4-13

En aquellos días,

4 el rey fue a sacrificar a Gabaón, el altozano más importante, y ofreció mil víctimas en holocausto sobre aquel altar.

5 Allí, el Señor se le apareció en sueños durante la noche y le dijo: - Pídeme lo que quieras, que yo te lo daré.

6 Salomón respondió: - Tú favoreciste mucho a mi padre, David, tu siervo, porque caminó en tu presencia con fidelidad, justicia y rectitud de corazón, y le has conservado tu favor dándole un hijo que se sienta en su trono, como hoy sucede.

7 Y ahora, Señor, Dios mío, tú me has hecho rey a mí, tu siervo, como sucesor de mi padre, David, pero yo soy muy joven y no sé cómo gobernar.

8 Tu siervo está en medio del pueblo que te has elegido, un pueblo numeroso, que no se puede contar y cuya multitud es incalculable.

9 Da, pues, a tu siervo un corazón sabio para gobernar a tu pueblo y poder discernir entre lo bueno y lo malo. Porque ¿quién, si no, podrá gobernar a un pueblo tan grande?

10 Agradó mucho al Señor esta petición de Salomón,

11 y le dijo: - Ya que me has pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para obrar con justicia,

12 te concederé lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio y prudente, como no ha habido antes de ti ni lo habrá después.

13 Pero además te añado lo que no has pedido: riquezas y gloria en tal grado que no habrá en tus días rey alguno como tú.

 

        **• El fragmento narra el sueño de Salomón siguiendo la estructura de la fábula popular. El protagonista aparece como el héroe positivo que sigue la Ley y ofrece sacrificios al Señor, por lo cual puede pedir algo como don (w. 4ss).

        En este punto, aparece la grandeza de Salomón en el núcleo del fragmento (w. 6-9): tras haber recordado los beneficios concedidos por el Señor a David (v. 6), confiesa el rey su propia juventud e inexperiencia (v. 7) y pide sabiduría para gobernar al pueblo según la justicia (w. 8ss). Las expresiones usadas por Salomón son típicas del lenguaje sapiencial y profético: «un corazón sabio» para gobernar al pueblo y poder para «discernir entre lo bueno y lo malo». El «corazón», según la antropología bíblica, es la sede del pensamiento y el lugar donde se toman las decisiones profundas.

        Como en las fábulas, la petición complace a su destinatario y no sólo es escuchada, sino que éste añade también aquello que el joven no ha pedido: además de la sabiduría, la riqueza y la gloria en mayor medida que cualquier otro rey (vv. 11-13).

 

Evangelio: Marcos 6,30-34

En aquel tiempo,

30 los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

31 Él les dijo: - Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer.

32 Se fueron en la barca, ellos solos, a un lugar despoblado.

33 Pero los vieron marchar y muchos los reconocieron y corrieron allá, a pie, de todos los pueblos, llegando incluso antes que ellos.

34 Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

 

        **• Tras el paréntesis sobre el martirio del Bautista, el fragmento enlaza de nuevo con el envío en misión de los Doce (Mc 6,7-13). Se trata de un breve momento de intimidad entre Jesús y los suyos. A la vuelta de la misión, refieren los discípulos al Maestro cómo les ha ido. Éste les invita a descansar con él en un lugar solitario (v. 31). Es raro que el grupo de Jesús consiga separarse de la multitud, e incluso esta vez la soledad dura poco de hecho: el espacio que ocupa un versículo (v. 32), el más breve, que, de manera significativa, se encuentra en el centro del pasaje. Inmediatamente después, la gente, que había hecho a pie el trayecto a lo largo de la orilla del lago, alcanza a Jesús. Éste, compadecido de ella, la acoge.

        La perícopa tiene una estructura en quiasmo, esto es, en forma de «X». Al v. 30, acción y enseñanza de los discípulos, le corresponde el v. 34, la enseñanza de Jesús; al v. 31, propuesta de alejarse de la multitud, le corresponde el v. 33, donde la multitud vuelve a ser protagonista con un movimiento de nueva aproximación a Jesús. La atención se concentra en el v. 32, puesto en el centro, cuando el grupo se dirige en barca hacia un lugar apartado: la comunidad de los Doce se reagrupa y reanima, en vistas a la nueva y magna sección de los milagros con la doble multiplicación de los panes.

        El milagro de los panes, con su hondo significado, es anunciado previamente por la doble alusión a la necesidad insatisfecha de alimento, material y simbólico: los discípulos «no tenían ni tiempo para comer» (v. 31), las muchedumbres «eran como ovejas sin pastor» (v. 34).

 

MEDITATIO

        Lo esencial en la vida no es lo que parece más importante a los ojos de los hombres. El poder y la gloria del más grande entre los reyes de Israel es nada frente a la Palabra del Señor: Salomón no es grande, en la historia de la salvación, por sus riquezas, por sus relaciones con los imperios del tiempo, ni siquiera por la sensatez de sus juicios. Salomón es grande porque supo dirigir al Señor la oración justa. No se consideró a sí mismo como sabio, sino que imploró, como un don de lo alto, la sabiduría, y la obtuvo gracias a esta humildad suya.

        Cuando los discípulos vuelven con Jesús a contarle el éxito de su misión («expulsaban a los demonios y curaban a los enfermos»: Me 6,13), el Maestro no hace caso a lo que cuentan, sino que los llama para algo más esencial aún que el éxito: «Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco» (6,31). En el mundo convulso en el que nos hemos acostumbrado a vivir, hemos perdido la dimensión del reposo; nos creemos generosos y buenos porque nos dispensamos sin reserva, sin conservar ya espacio alguno para nosotros, sin casi tener tiempo para «comer».

        Jesús nos recuerda que no es posible vivir sin alimento. Nos recuerda la simple realidad de nuestra condición humana, donde mostrarse demasiado activo tal vez signifique presunción y orgullo. Pero nos recuerda, sobre todo, el alimento del que no podemos prescindir, so pena de la nulidad de todo lo demás: sin retirarnos aparte para la oración, sin acercarnos a la mesa de la Palabra y de la eucaristía, se seca nuestro corazón y se marchita nuestra fe.

 

ORATIO

        La oración, Señor, no resulta tan fácil. Es preciso hacer silencio dentro de nosotros, retirarnos aparte, si no físicamente, sí al menos con el pensamiento y en lo que atañe a las preocupaciones.

        Ayúdame, Señor, porque no sé buscar la soledad donde pueda estar solo contigo. No sé ni siquiera buscar el reposo, y el «tiempo libre» me dispersa en mil distracciones. Libérame tú, Señor, del apremio que supone tener siempre algo que hacer, del frenesí de estar siempre en medio de la gente, de la búsqueda extenuante de rumores y confusión. Ya no sabemos escuchar el silencio, y hasta en los templos, durante las celebraciones, llenamos todos los huecos de músicas y cantos.

        Concédeme la capacidad de descubrir tu voz en las cosas pequeñas: en el reposo, en el sueño, cuando todo lo demás está en silencio y sólo tú puedes entrar en lo íntimo de los corazones. Hazme atento, Señor, y haz que también yo, como Salomón, te pida sabiduría.

 

CONTEMPLATIO

        Si quisieres que te respondiese yo alguna palabra de consuelo, mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor y afligido y verás cuántas te responde. Si quisieres que te declare yo algunas cosas ocultas o casos, pon solos los ojos en él y hallarás ocultísimos misterios y sabiduría y maravillas de Dios, que están encerradas en él, según mi apóstol dice: In quo sunt omnes thesauri sapientiae et scientiae Dei absconditi; esto es: En el cual Hijo de Dios están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia de Dios (Col 2,3); los cuales tesoros de sabiduría serán para ti muy más altos y sabrosos y provechosos que las cosas que tú querías saber (san Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid l41994, libro 2, capítulo 22, nn. 3-4, p. 368).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Da, pues, a tu siervo un corazón sabio» (1 Re 3,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Día tras día tenemos que tomar gran cantidad de decisiones. Hablar o callar, optar por uno u otro extremo de una alternativa, elegir entre más posibilidades, aceptar o declinar una invitación o una llamada, hacer una cosa o simplemente omitirla: son algunos de los múltiples aspectos de esa experiencia elemental que es la capacidad de decidir, característica fundamental de nuestra condición humana. Son muchas las opciones que forman parte de cualquier hábito casi automático, de esos que no exigen ninguna atención especial; ahora bien, en la vida se presentan momentos fuertes que nos ponen frente a situaciones difíciles. Algunas veces la decisión es de gran alcance: sus consecuencias son tal vez irreversibles y afectan a lo profundo de nuestra vida o, en ocasiones, al destino de muchos [...] [La] dimensión central de la vida del Salvador, que es vivir en un contexto de oración la toma de sus decisiones, constituye un dato evangélico primario, al que debemos estar atentos en nuestro esfuerzo de autoevangelización y de crecimiento en la fe.

        Las grandes decisiones que debe tomar un cristiano en su vida no pueden perder de vista los ejes de referencia de su propia opción fundamental. Por eso no deben ser el resultado puro y simple de un proceso desvinculado, funcionalmente, de aquello que da alimento y significado existencial a la vocación cristiana. Para un cristiano, decidir es esforzarse por encontrar y hacer explícita por sí mismo la voluntad del Señor, y eso no es fácil. No lo es, sobre todo, cuando se amplía la gama de las posibles opciones o cuando gozamos de libertad plena para inclinar la balanza de un lado o de otro, por ser ambos buenos y recomendables. Y es que aquí estamos hablando precisamente de ese tipo de decisiones cuyo objeto es siempre bueno. No considero aquí el caso de la elección entre un bien y un mal: hablo de la opción entre bienes reales, eventualmente tan buenos que nos hacen difícil llegar a una conclusión límpida sobre la orientación que hemos de tomar. [...]

        Sólo una rectitud total, en presencia del Señor, nos permite localizar poco a poco el subsuelo profundo de nuestra voluntad y de nuestro obrar. Intentar hacerlo ya es, en parte, caminar hacia la libertad. Con la fuerza del Espíritu en nosotros, y a través de su acción sobre nosotros en la oración, empezaremos a comprender en lo más íntimo de nosotros mismos y llegaremos a percibir, en la verdad, cuan relativo es todo lo que no es Dios en nuestra vida.

        Las grandes decisiones que hemos de tomar en nuestra vida forman parte de la manifestación y del incremento del Reino de Dios: en consecuencia, deben ser tomadas en el ámbito de la conciencia cristiana, a saber: en el ámbito de la orientación y de la referencia de todo nuestro ser a Dios y a los hermanos, a la luz de los criterios y los valores fundamentales que nos explica Jesús en su vida y en su mensaje. Eso no es posible si no vivimos el discernimiento de la decisión en un contexto de oración; sólo ésta, en efecto, nos hace libres para referir nuestra verdad a la verdad de Dios, condición imprescindible de paz y de rectitud frente a la decisión. Discernir en la oración es abrirse sin reservas, en medio de la libertad y de la verdad, para buscar lo que Dios quiere. Decidir, practicando el discernimiento y la oración, es disponerse a expresar, en la vida y con la vida, la voluntad del Señor tal como la hemos reconocido y hecho nuestra (M. Azevedo, La preghiera nella vita, Milán 1989, pp. 219-228, passim [edición española: La oración en la vida, desafío y don, Editorial Verbo Divino, Estella 1990)].

 

Día 9

5° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 58,7-10

Así dice el Señor

7 Comparte tu pan con el hambriento, da albergue a los pobres sin techo, proporciona vestido al desnudo y no te desentiendas de tus semejantes.

8 Entonces brillará tu luz como la aurora y tus heridas sanarán en seguida, tu recto proceder caminará ante ti y te seguirá la gloria del Señor

9 Entonces clamarás y te responderá el Señor, pedirás auxilio y te diré: <<Aquí estoy». Si alejas de ti toda opresión, si dejas de acusar con el dedo y de levantar calumnias,

10 si repartes tu pan al hambriento y satisfaces al desfallecido, entonces surgiré tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volveré mediodía.

 

¤» El autor de los cc. 56-66 de Isaías, un profeta anónimo del siglo VI—V a. de C., dirigiéndose al pueblo que ha vuelto del exilio, profiere una serie de oráculos condenatorios y liberadores. El regreso a la tierra de Judá, después del entusiasmo inicial, alimentado por las expectativas de una inminente y definitiva liberación, ha conducido a Israel a un progresivo desaliento, causado, en buena medida, por una repatriación difícil y desilusionante.

Como mensaje central del Tercer Isaías brota un renovado anuncio de salvación (cc. 6o-62), enmarcado en un cuadro temático - al que pertenece también este texto - del que emergen tonos de denuncia áspera ante un culto falso e hipócrita. Como en un pleito apasionado, Dios acusa a Israel de practicar un ayuno exterior desprovisto de autenticidad (ayuno/ayunar, en el c. 58, son palabras claves y aparecen siete veces).

El pueblo esta convencido de que hasta con ayunar para ganarse la benevolencia divina y frente a la aparente lejanía de Dios (58,3), en lugar de poner en tela de juicio su ambigua actitud, le reprocha a Dios que no ve ni considera los sacrificios realizados. En este tipo de ayuno no tiene espacio lo auténticamente necesario: las obras de justicia y misericordia.

En la relación de gestos requeridos (vv. 7.1o) para reemplazar una practica formal con una adhesión coherente del corazón, Dios apunta hacia un <<denominador común»: la compasión. Solo quien sabe asumir el sufrimiento y las limitaciones del otro, quien sabe comprometerse luchando contra cualquier tipo de injusticia, sin hacer distinción de personas, descubrirá la verdadera luz de Dios y se convertirá en un manantial permanente. Las obras de misericordia que el creyente esta llamado a practicar implican dos opciones fundamentales: tienen que alcanzar a las victimas de las injusticias, sin distinguir entre paisanos y extranjeros (es la perspectiva universal de la obra del Tercer Isaías, y señalada aquí en el v. 7b), y tienen que comportar un empeño personal - compartir el pan (vv. 7 y 1o)- con quienes ayunan no por elección, sino porque estén hambrientos debido a las vejaciones de los ricos.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 2,1-5

1 En lo que a mi toca, hermanos, cuando vine a vuestra ciudad para anunciaros el designio de Dios, no lo hice con alardes de elocuencia o de sabiduría.

2 Pues nunca entre vosotros me he preciado de conocer otra cosa sino a Jesucristo, y a este crucificado.

3 Me presenté ante vosotros débil, asustado y temblando de miedo.

4 Mi palabra y mi predicación no consistieron en sabios y persuasivos discursos; fue más bien una demostración del poder del Espíritu,

5 para que vuestra fe se fundara no en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios.

 

*• La acción salvífica de Dios es totalmente gratuita; en Jesucristo, el Padre ha ofrecido la salvación a todos. La lógica escandalosa de la cruz modifica los criterios de mérito y privilegio e invierte el horizonte de la sabiduría humana. Desde un primer momento, Pablo evidencia esta perspectiva hablando de la fuerza de la locura de la cruz (1,18-25); a continuación, pone como ejemplo a la comunidad de Corinto (1,26-31) y, por último, propone su propio comportamiento misionero (2,1-5).

Pablo no se ha servido de raciocinios elocuentes o de hábiles argumentaciones (2,1): en el centro de su anuncio está únicamente Jesucristo, y éste crucificado. El apóstol funda y refuerza su proclamación en la fuerza del Espíritu. Sólo esta acción potente y el contenido del mensaje, despojado de cualquier estrategia persuasoria, conducen a una adhesión de fe auténtica, que no depende de las capacidades intelectivas y lógicas del predicador.

Según este principio, anunciar el Evangelio significa confiar por entero en la obra de Dios.

 

Evangelio: Mateo 5,13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús:

13 Vosotros sois la sal de la tierra, pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué se salará? Para nada vale ya, sino para tirarla fuera y que la pisen los hombres.

14 Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte.

15 Tampoco se enciende una lámpara para taparla con una vasija de barro, sino que se pone sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa.

16 Brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres que, al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre, que esta en los cielos.

 

¤» Mateo ensambla dos imágenes (en los otros dos evangelios sinópticos se encuentran separadas; cf Mc 9,49 y Lc 14,34ss para la <4sal»; Mc 4,21 y Lc 8,16; 11,33 para la <<luz») y las utiliza para crear, en el contexto del <<sermón de la montaña», una especie de engranaje entre el texto de las bienaventuranzas (5,1-12) y el de la Ley (5,17-46). Se quiere poner el acento en la tarea confiada a los discípulos, que deben vivir en referencia a tiempo-mundo, de modo no distinto y separado, sino como alternativa. El empleo del <<vosotros sois», al inicio del v. 13, resalta la unión entre las dos metáforas de nuestro texto y la ultima bienaventuranza precedente (5,1 1-12).

La primera imagen, la de la sal, sugiere los diferentes modos conocidos de utilizar este elemento natural e indispensable: sazona las comidas, conserva y preserva los alimentos y, en el terreno específicamente religioso, esta relacionada con los sacrificios de oblación (Lv 2,13; Ez 43,24). Si la sal se desvirtúa (eventualidad posible, puesto que la sal se obtenía con técnicas rudimentarias e imperfectas, y sin mayor control de calidad), no sirve para nada, <<para tirarla fuera y que la pisen». En estas dos ultimas expresiones, es evidente que la referencia al juicio de Dios, bien sea con <<echar>>/»tirar», que Mateo también usa en otros contextos (3,10; 7,19; 5,25; 5,29; etc.), o <<pisotear», término utilizado por Isaías para describir la suerte reservada a los impíos (10,6; 25,10; etc.), esta dirigida al discípulo que no realiza debidamente su vocación y se vuelve <<insípido>> (el verbo moraino del v. 13 expresa tanto la pérdida de sabor como el ser necio>>;   Mt 25,1-I3).

La segunda indicación dada a los discípulos a través de la imagen de la luz, y relacionada con la de la ciudad, se enlaza con la idea profética de la peregrinación de los pueblos, quienes de ahora en adelante serán atraídos no por Jerusalén (cf Is 2,2-5), sino por la luz de Cristo irradiada mediante los discípulos. El horizonte de esta <<difusión» se expande para que alcance a todos los pueblos; no se puede circunscribir igual que no se puede ocultar el resplandor difundido por una lámpara colocada en el centro de la casa. Un imperativo, <<brille» (v 16), cierra la perícopa e invita al oyente a depurar su adhesión personal al Evangelio conforme a la facultad de realizar <<buenas obras» (no mencionadas aquí, aunque si explicitadas en Mt 25,35ss), que den gloria al Padre celestial.

Sin esta praxis, el seguimiento resulta insípido, y el camino, incierto, envuelto en tinieblas.

 

MEDITATIO

Para las personas que buscan el sentido que anime su vida, la Palabra de Jesús abre perspectivas siempre inéditas, añade colores sorprendentes e impensables y proporciona el deseo de un proyecto de vida radicalmente diferente del que pueden ofrecer las realidades del <<mundo», Una vez degustado el <<sabor» nuevo de una existencia iluminada por Cristo, no hay mas posibilidad para aquello que a menudo, y de modo mediocre, satisface fugazmente nuestros deseos de felicidad, dejándonos insatisfechos y decepcionados. Cuando permitimos que se avive el anhelo de una vida plena y <<en abundancia» (cf Jn 10,10), que de sentido auténtico a nuestro ser y a nuestro obrar permitimos que una fuerza, la del Espíritu, que trasciende nuestra valía, se manifieste al mundo a través de nosotros. <<Sal» y <<luz», tesoro valioso que llevamos en vasijas de barro, son dones no para retenerlos, sino para verterlos en los lugares donde se ha perdido el gusto y la esperanza de una vida digna de ser vivida o cuando alguien ha apagado la confianza.

Ninguna ritualidad exterior puede reemplazar las implicaciones más que comprometedoras descritas por Isaías: los gestos de compartir, la opción en favor de quienes sufren la privación injusta y forzada de aquellos bienes necesarios para vivir y que hacen visible y creíble la fe. La misión, y con ella el discípulo del Evangelio, conoce los tiempos del mensaje gritado desde las azoteas y la difusión de la Palabra escandalosa de la cruz hasta los confines del mundo, y también sabe reconocer los momentos silenciosos, discretos, extraordinariamente potentes de una caridad solidaria de la que hablan las <<buenas obras» que dan gloria al Padre, que esta en los cielos. La comunidad cristiana no vive separada del mundo, sino inmersa en los acontecimientos de su tiempo, en los que esta llamada a obrar como la sal, que en si no es ninguna comida y solo unida, mezclada, deshecha en los alimentos, puede desarrollar su cometido de la misma forma, la Palabra que el creyente anuncia tiene que penetrar y vivificar desde dentro los ambientes en los que es sembrada. Es un quehacer fiel y constante que debe hacerse presente en un testimonio de vida sencillo y sobrio, a veces trémulo y <<débil», pero revestido de la fuerza de Dios, quien asegura su validez y eficacia.

 

ORATIO

Padre, fuente de misericordia y de justicia, que cuidas de todos tus hijos, escucha el grito de los pobres, sé refugio del afligido y desconsolado. También en nuestros días hay desposeídos de bienes, privados de dignidad, hambrientos de pan y de amor Y hartos y satisfechos, con almacenes repletos y casas vacías, envanecidos con sus rezos y ayunos, que huelen a incienso y no perfuman la vida.

En tu Hijo Jesús nos has revelado tu predilección por los pequeños, te has mostrado compasivo y misericordioso con quienes confían en ti. El, desnudo y crucificado, le indica a quien quiere seguirle un camino serio y arriesgado, una puerta estrecha por donde no se puede pasar si no nos liberamos de las ataduras que suponen el patrimonio, los bienes, la cultura, las estrategias pastorales.

Padre, no queremos poseer mayor honor ni tener mayor gloria que el nombre de tu Hijo crucificado y resucitado, mas preciado y valioso que el oro y la plata, para levantar y hacer andar a quien tiene necesidad de esperanza. Su Palabra es la luz que nos confías para reavivar los lugares aprisionados por las tinieblas; el Evangelio es la lámpara que no se consume, el sabor incorruptible para incorporar a la existencia. Entonces brillarán nuestras buenas obras como un sol sin ocaso, porque ha prendido tu resplandor

 

CONTEMPLATIO

No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín. ¿Qué beneficio se obtiene tapando la llama de la lámpara?.   En realidad, Dios se ha servido del celemín como símil apropiado para la sinagoga, pues ésta acumuló para si los frutos producidos y mantuvo fija la medida a observar. No obstante, ahora, con la llegada del Señor, se encuentra vacía, sin frutos e incapaz de ocultar la luz. Desde este momento, la lámpara de Cristo no puede ponerse debajo de ninguna vasija, ni ocultarse bajo la tapadera de la sinagoga; al contrario, suspendida del leño de la pasión, tiene que irradiar la luz eterna a todos los que habitan en la Iglesia. Los apóstoles son exhortados a brillar con una luz semejante para que, viendo sus obras, alaben a Dios, de modo que nuestras obras, aunque no les prestemos atención, resplandezcan entre quienes vivimos (Hilario de Poitiers, Comentario a Mateo IV, 13).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Encomienda al Señor tu camino, confía en él, que él actuará» (Sal 37,5ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Y lo que le sucede a la Iglesia nos sucede también a cada uno de nosotros en particular. Sus peligros son nuestros peligros. Sus combates son nuestros combates. Si la Iglesia fuera en cada uno de nosotros más fiel a su misión, ella sería, sin duda ninguna, lo mismo que su mismo Señor, mucho más amada y mucho más escuchada; pero también, sin duda alguna, sería, como él, más despreciada y más perseguida <<Yo les he dado Tu Palabra y el mundo los aborreció>> (Jn 17,iA; ci i5,10-2]   Si los corazones se manifestaran más claramente, el escándalo sería mucho más evidente, y este escándalo supondría un nuevo impulso para el cristianismo, porque <<adquiere un poder mayor cuando es aborrecido por el mundo>> (san Ignacio de Antioquía, Ad Ro- manos Ill, 3). El que el anticlericalismo esté <<en baja>>, cosa de lo que solemos felicitarnos, puede no ser siempre una señal feliz. Es verdad que este fenómeno puede ser debido o un cambio en la situación objetiva o a un mejoramiento tanto de una parte como de la otra, pero también podría significar que aquellos por quienes se conoce a la Iglesia, aun proponiendo todavía al mundo algunos valores dignos de estimación, se hubiesen acomodado a él, a sus ideales, a sus cláusulas y a sus costumbres.

En ese caso, dejarían de ser embarazosos. Que la sal se puede desazonar es cosa que nos repite el Evangelio. Y si vivimos —me refiero a la mayor parte de los hombres - relativamente tranquilos en medio del mundo, esto quizá sea debido a que somos tibios (H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Ediciones Encuentro, Madrid °1988, 162; traducción, Luis Zorita).

 

 

Día 10

Lunes de la 5ª semana del Tiempo ordinario o Santa Escolástica

 

        Era hermana de san Benito, nació en Umbría a finales del siglo V y se consagró a Dios ya en la niñez. Su vida, envuelta de humildad y silencio, sería desconocida por completo si san Gregorio Magno no hubiera narrado en sus Diálogos el episodio que la hizo ser estimada por los místicos. Una vez al año iba al monasterio de Montecassino a visitar a su hermano y, en esta circunstancia, obtuvo con la fuerza de la oración prolongar el diálogo sobre las realidades celestiales durante toda la noche. Tres días después, Benito vio volar su alma al cielo desde su celda en forma de candida paloma y comprendió así que había entrado en la gloria eterna.

  

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 8,1-7.9-13

En aquellos días,

1 Salomón convocó en Jerusalén a los ancianos de Israel y a todos los jefes de tribu y cabezas de familia de los israelitas, para trasladar el arca de la alianza del Señor desde la ciudad de David (es decir, Sión).

2 Se reunieron en torno al rey Salomón todos los israelitas el mes de Etanín, que es el mes séptimo, con motivo de la fiesta.

3 Cuando llegaron los ancianos de Israel, los sacerdotes tomaron el arca

4 y la subieron junto con la tienda del encuentro y todos los utensilios sagrados que había en ella.

5 La subieron los sacerdotes y los levitas.  El rey Salomón y toda la asamblea de Israel con él inmolaron ante el arca ovejas y toros en gran cantidad.

6 Los sacerdotes dejaron el arca de la alianza del Señor en su lugar, en el camarín del templo, es decir, en el lugar santísimo, bajo las alas de los querubines.

7 Los querubines tenían las alas extendidas sobre el lugar en el que se encontraba el arca, cubriendo el arca y sus varales.

9 En el arca no había más que las dos losas de piedra, depositadas en ella por Moisés en el Horeb, cuando el Señor hizo la alianza con los israelitas a su salida de Egipto.

10 Mientras los sacerdotes salían del lugar santo, una nube llenó el templo del Señor,

11 de modo que los sacerdotes no podían oficiar, por causa de la nube. La gloria del Señor llenaba el templo.

12 Entonces, Salomón exclamó: Tú, Señor, dijiste que habitarías en una nube oscura.

13 Pero yo te he construido una casa para que vivas en ella, un lugar donde habites para siempre.

 

        *• Se trata de una etapa importante de la historia de la salvación, de esas que marcan el cumplimiento de una larga espera y prefiguran la venida de una realidad ulterior.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, y mientras relee la historia de Israel a la luz de Cristo, Esteban nos habla así: «Nuestros antepasados tenían en el desierto la tienda del testimonio, como había dispuesto el que mandó a Moisés hacerla según el modelo que había visto. Después de recibirla, nuestros antepasados la introdujeron, bajo la guía de Josué, en la tierra conquistada a los paganos, a quienes Dios expulsó delante de ellos. Así hasta los días de David. Esto agradó a Dios y suplicó el favor de encontrar un santuario para la estirpe de Jacob. Con todo, fue Salomón quien le edificó una casa» (Hch 7,44-47).

        La construcción del templo de Salomón representa, por consiguiente, la culminación de esta historia que parte de la promesa de Dios en el Sinaí: «Me harán un santuario y habitaré entre ellos» (Ex 25,8).

        Es la historia del éxodo: un pueblo que se va constituyendo en torno a la alianza, cuya memoria itinerante es el arca; un camino guiado por el Dios-Presente, el Dios a quien la nube oculta y revela; una relación cada vez más profunda y personal entre Dios y el hombre, una relación de la que la gloria del Señor es signo luminoso, esplendor consistente que brilla en el rostro de quien ha encontrado a Dios. Ésta es la historia que, como signo, encierra el templo.

 

Evangelio: Marcos 6,53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos,

53 terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret y atracaron.

54 Al desembarcar, lo reconocieron en seguida.

55 Se pusieron a recorrer toda aquella comarca y comenzaron a traer a los enfermos en camillas a donde oían decir que se encontraba Jesús.

56 Cuando llegaba a una aldea, pueblo o caserío, colocaban en la plaza a los enfermos y le pedían que les dejase tocar siquiera la orla de su manto, y todos los que lo tocaban quedaban curados.

 

        *•• Encontramos a Jesús tras la enésima travesía del lago, casi ha cosido las dos orillas: la del este, orilla de los paganos; la del oeste, orilla de los judíos. Una vez llegado a Galilea -y la gente lo reconoce-, nos describe el evangelista Marcos una escena que, de modo figurativo, muestra el cumplimiento de las promesas de salvación mesiánica anunciadas por los profetas. Desde Isaías: «Al final de los tiempos estará firme el monte del templo del Señor; sobresaldrá sobre los montes, dominará sobre las colinas. Hacia él afluirán todas las naciones, vendrán pueblos numerosos. Dirán: "Venid, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob. Él nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus sendas"» (Is 2,2-3), a Zacarías: «Todavía han de venir gentes y habitantes de ciudades populosas. Los habitantes de una ciudad irán a decir a los de la otra: "Vamos a invocar al Señor todopoderoso y a pedir su protección. Yo también voy contigo"» (Zac 8,21-22).

        Convergen a Jesús todos los que se reconocen menesterosos de salvación: «gente que tiene cualquier mal», todos los que estaban «enfermos». La enfermedad y la debilidad quedan expuestas «en la plaza», sin vergüenza, en presencia de Jesús y con la confianza de que bastará con tocarle, aunque sólo sea «siquiera la orla de su manto », para quedar curado. Zacarías había profetizado: «En aquellos días, diez extranjeros agarrarán a un judío por el manto y le dirán: "Queremos ir con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros"» (Zac 8,23). El que acude a Jesús lo ha intuido: Dios está con él. Ahora bien, después de haberlo encontrado, puede comprender de veras que, en Jesús, Dios está con nosotros y para nosotros.

 

MEDITATIO

        Escolástica es una figura en la que se pone de manifiesto al máximo el primado de la contemplación y del amor. Su hermano Benito la vio entrar en las alturas del cielo en forma de paloma, símbolo de inocencia y de sencillez. En este paso suyo deja en quien la contempla desde la tierra una estela para seguirla: la nostalgia del Cielo, que se alcanza únicamente con las alas del amor.

        En efecto, sólo quien ama conoce a Dios, porque el verdadero conocimiento es comunión. El amor que brota de Dios nos hace partícipes de su misma vida. Por nosotros mismos nunca hubiéramos sido capaces de conocerlo, pero el Padre, en su gran amor, envió a su Hijo, que, entregándose hasta el extremo, nos hizo capaces de entregarnos y de amar.

        Escolástica vivió completamente de cara al cielo, esperando el encuentro definitivo con su Señor. Todos los creyentes están llamados a hacer cada día este itinerario, separándose de las orillas del río del tiempo, para entrar en el día sin fin, en la comunión de los santos.

        Que su ejemplo nos ayude a creer que el amor lo puede todo, incluso lo que parece imposible.

 

ORATIO

        Oh santa Escolástica, resplandeces cual estupenda flor de gracia e inocencia; seguiste fielmente las huellas de tu santo hermano Benito: os unió en vida la comunión espiritual, os unen ahora el sepulcro y la gloria.

        Cristo estipuló contigo, desde la tierna infancia, una alianza eterna, seguro de que habrías de corresponder al don de tanta predilección.

        Herida en el corazón, ardes de celo por la vida monástica y brillas por un amor más ardiente. Paloma purísima, con rápido vuelo llegaste a las alturas del cielo, tú que con ánimo, mente y palabras anhelaste las eternas moradas. Obtennos también a nosotros llegar a la alegría de las bodas del Cordero y cantarle gloria. Amén.

 

CONTEMPLATIO

        Oh Dios amor, que me has creado, recréame en tu amor. Oh Dios amor, que me adquiriste para ti con la sangre de tu Hijo, santifícame en la verdad. Oh Dios amor, que me has adoptado como hija, haz que crezca según tu corazón. Oh Dios amor, que me has amado gratuitamente, concédeme amarte con todo el corazón, con toda el alma, con todas mis fuerzas. Oh Dios, amor infinitamente poderoso, confírmame en tu amor. Oh Amor sumamente sabio, concédeme amarte con sabiduría.

        Oh Amor infinitamente querido, concédeme vivir sólo para ti. Oh Amor eternamente fiel, consuélame en todas mis tribulaciones. Oh Amor siempre maravillosamente victorioso, concédeme perseverar en ti hasta el final.

En la hora de la muerte, acógeme, llámame a ti diciendo: «Hoy estarás conmigo; sal ahora del exilio para entrar en el solemne mañana de la eternidad; allí me encontrarás, verdadero hoy del divino esplendor» (Gertrudis de Helfta, Exertitia V, 363ss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy estas palabras referidas a santa Escolástica: «Obtuvo más de su amado Señor porque amó más» (del responsorio del oficio de lecturas).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El rostro de santa Escolástica ha sido esculpido para siempre por estas últimas palabras del relato de san Gregorio: «Obtuvo más de su amado Señor, porque amó más». Amor, oración y deseo del Cielo constituyen el encanto espiritual de esta mujer.

        En el relato de los Diálogos, sorprende la personalidad de Escolástica. Es verdaderamente mujer, con todas las características de la feminidad: dulzura y afectividad, constancia y hasta audacia en el intento de obtener lo que desea. Pero presenta también una vena de simpática hilaridad, cuando del río de lágrimas pasa a la radiante sonrisa por el milagro acaecido. Dios, en efecto, obedece con prontitud a los que le han sometido totalmente su propia voluntad.

        Escolástica consumó su existencia en absoluta fidelidad a la vocación que le había brotado en el corazón desde la infancia. Ahora, llegada a la plena madurez, demuestra que ha conservado la misma fe sencilla y segura con un ánimo fresco como el manantial de agua de donde surgía. En ella se encarna espléndidamente la tensión escatológica que recorre toda la Regla benedictina. Decir Escolástica es sumergir la mirada en las misteriosas profundidades azules del cielo donde su alma, bajo la candida apariencia de paloma, ha penetrado, atraída por la fuerza del Amor eterno. La vida de Escolástica concluye con el «milagro» signo de la «perfecta caridad» alcanzada. Caridad con Dios, ardientemente deseado, y caridad con los hermanos, tiernamente amados. La oración -escuchada de inmediato por el Señor- aparece como el puro y eficaz lenguaje del Amor. ¿No es acaso éste el mensaje esencial que nos viene, todavía hoy, de la santa hermana del patriarca de los monjes de Occidente? (A. M. Cánopi, Monachesimo benedettino femminile, Seregno 1994, pp. 21-27, passim).

 

Día 11

Martes de la 5ª semana del Tiempo ordinario o Nuestra Señora de Lourdes

 

        La memoria facultativa en el misal romano denominada Nuestra Señora de Lourdes forma parte de las celebraciones «ligadas a razones de culto local y que han adquirido un ámbito más extenso y un interés más vivo» [Maríalis cultus, 8).

        Es la única memoria incorporada al calendario universal que hace referencia a una «aparición» mariana, la que recibió, en 1858, Bernadette Soubirous (1844-1879), en la que oyó este mensaje: «Yo soy la Inmaculada Concepción». La memoria litúrgica fue extendida, en 1907, a toda la Iglesia latina. La introducción en la liturgia no equivale a una declaración magisterial que le comprometa sobre la verdad histórica de la aparición con la presencia real de la Inmaculada.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 8,22-23.27-30

En aquellos días,

22 Salomón se colocó ante el altar del Señor a la vista de toda la asamblea de Israel y, levantando sus manos al cielo,

23 dijo: - Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú ni en los cielos ni en la tierra. Tú guardas fielmente la alianza hecha con tus siervos, si caminan en tu presencia de todo corazón.

27 Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra? Si el universo en toda su inmensidad no te puede contener, ¡cuánto menos este templo construido por mí!

28 No obstante, atiende, Señor, Dios mío, la oración y la súplica que tu siervo te dirige hoy;

29 ten tus ojos abiertos noche y día sobre este templo, al que te referiste diciendo: «Aquí se invocará mi nombre». Escucha la plegaria que tu siervo te hace en este lugar.

30 Escucha las súplicas que tu siervo y tu pueblo Israel te hagan en este lugar; escúchalas desde el cielo, lugar de tu morada, atiéndelas y perdona.

 

        *•• Ahora que la construcción del templo de Jerusalén ha terminado y la gloria del Señor ha tomado posesión del mismo, presenta Salomón su plegaria. En el corazón de la misma, como la chispa de fuego de donde brotan la alabanza y la invocación, está el estupor que experimenta el hombre ante el Dios-presente, ante un Dios que quiere habitar en la tierra. «Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra?» (v. 27a). En efecto, la realidad más preciosa que custodia el templo -más que el oro con el que Salomón ha hecho revestir el altar y las puertas, más que las columnas de bronce y más que todos los adornos sagrados- es la presencia de Dios, es la alianza con la que el Señor ha elegido unirse a su pueblo.

        Una alianza de la que el templo es memoria estable, así como silencioso y elocuente relato. A continuación, la plegaria, tal como se presenta, descubre el fondo de la realidad: la «casa» que Salomón ha hecho construir para el Señor no es una morada que pueda contenerlo-capturarlo.

        La presencia de Dios no está condicionada a aquel lugar y a aquel espacio, porque Dios está presente allí donde se vive la alianza.

 

Evangelio: Marcos 7,1-13

En aquel tiempo,

1 los fariseos y algunos maestros de la Ley procedentes de Jerusalén se acercaron a Jesús

2 y observaron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavárselas

3 (es de saber que los fariseos y los judíos en general no comen sin antes haberse lavado las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus antepasados;

4 y al volver de la plaza, si no se lavan, no comen; y observan por tradición otras muchas costumbres, como la purificación de vasos, jarros y bandejas).

5 Así que los fariseos y los maestros de la Ley le preguntaron: - ¿Por qué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?

6 Jesús les contestó: - Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me dan culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos.

8 Vosotros dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a la tradición de los hombres.

9 Y añadió: - ¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios para conservar vuestra tradición!

10 Pues Moisés dijo: «Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre será reo de muerte».

11 Vosotros, en cambio, afirmáis que si uno dice a su padre o a su madre: «Declaro corbán, es decir, ofrenda sagrada, los bienes con los que te podía ayudar»,

12 ya le permitís que deje de socorrer a su padre o a su madre, anulando así el mandamiento de Dios con esa tradición vuestra que os habéis transmitido. Y hacéis otras muchas cosas semejantes a ésta.

 

        **• La progresiva revelación de la identidad de Jesús, en la que nos va introduciendo con su evangelio Marcos, incluye asimismo la revelación de una relación nueva entre los discípulos del Nazareno y las reglas que observan los hombres a fin de estar preparados para el encuentro con Dios (ser puros). «¿Porqué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados» (v. 5). Antes incluso de que Jesús pronuncie una respuesta, él mismo, su persona, se pone frente a nosotros como la respuesta.

        El «porqué», en efecto, es precisamente él. Jesús, al revelarse como el Hijo de Dios, como el mediador entre Dios y los hombres, relativiza de un golpe todas las reglas y preceptos humanos. No los anula, sino que nos muestra que son válidos si están en relación con él; con él, que es la norma, la encarnación del mandamiento de Dios, la Palabra viva. Aquí está en juego el contenido de la tradición, a saber: lo que se ha de transmitir de la fe; lo que cuenta de verdad y resulta indispensable para entrar en comunión con Dios, y lo que puede ser también bueno, pero siempre es relativo. Los preceptos de los fariseos son «tradición de los antiguos», «tradición de los hombres», «tradición vuestra». Que es como decir: vosotros os transmitís a vosotros mismos.

 

MEDITATIO

        La introducción de las dos perícopas en la misma celebración litúrgica nos autoriza a sondear recónditas consonancias. En una memoria mariana, la representación de Jerusalén en femenino, bosquejada en el oráculo de Isaías, deja espontáneamente su sitio a la figura y al acontecimiento de María. La perícopa lucana completa los rasgos de la personalidad de María con la elección de algunas palabras esenciales: bendita, o bien merecedora, junto con el fruto de su seno, de la benevolencia divina; dichosa, o sea, puesta entre los discípulos del Señor; humildad, a saber: reconocimiento de su propia identidad en relación con el Dios salvador; misericordia, o presencia de la justicia y del amor divinos que envuelven a las personas y guían la historia.

        La imagen profética y las palabras evangélicas son como una paleta en manos del devoto, inducido a describir con detalle su propia imagen mariana elaborada con pensamientos procedentes de la meditación. El núcleo focal de semejante imagen es la abundancia.

        Ambas lecturas manifiestan que tal abundancia es dada. El profeta entrevé la abundancia de los dones mediante imágenes de generosa maternidad y exuberancias de bienestar; el evangelista particulariza la realidad de la abundancia en dones auténticos, que María custodia, como la fe y la confianza, la encarnación y la experiencia del Dios misericordioso y amoroso.

        La imagen de la abundancia se completa con la irradiación de los dones: la figura del oráculo y la persona del Evangelio se extienden, se mueven a un solícito y amoroso servicio. El servicio, recíproco de las dos madres es el hecho de compartir la experiencia de Dios y la oración.

 

ORATIO

        Salve, santa María, mujer humilde y pobre, bendita del Altísimo.

        Virgen de la esperanza, profecía de los tiempos nuevos, asocia a tu canto nuestras voces y acompáñanos en nuestro camino para anunciar la venida del Reino y la liberación total del hombre; para llevar a Cristo a los hermanos y alcanzar una comunión de vida más intensa con ellos; para engrandecer contigo la misericordia del Señor y cantar la alegría de la vida y la salvación.

        Virgen, arca de la nueva alianza, primicia de la Iglesia, acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

        Las imágenes y el lenguaje de las dos lecturas bíblicas, asociadas en la memoria litúrgica de nuestra Señora de Lourdes, nos elevan a la contemplación de la figura de María y sugieren interpretaciones de su iconografía. El retrato mariano que se eleva ante los ojos de la fe y de la devoción hace visible una efigie exterior aludida en la imagen de una exuberante maternidad y una representación de su identidad interior o espiritual iluminada por las palabras evangélicas o por la efigie de la visión de Lourdes. La abundancia del seno de María no es otra cosa que la maternidad del Hijo de Dios redentor; la imagen de los niños llevados en brazos repite la imagen tradicional de María que sostiene a su hijo, Jesús, y abre un escorzo sobre la contemplación de María madre de la Iglesia. Las palabras de bendición, de bienaventuranza, de una humildad visitada por el Omnipotente, de las grandes cosas realizadas por el Señor, perfilan la personalidad interior de la santa virgen y madre, que aparece en la visión de Lourdes como inmaculada, palabra que resuena en la catequesis en que se insistía en tiempos de este acontecimiento y confirmada en la oración litúrgica de la memoria de nuestra Señora de Lourdes, «María, madre inmaculada del Hijo de Dios Padre».

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive el cántico de la Virgen María: «Es misericordioso siempre con aquellos que le honran» (Le 1,50).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El Magníficat se nos presenta como modelo de oración por sus contenidos y sus aspectos formales: es un cántico de acción de gracias y de alabanza; es memoria de las maravillas llevadas a cabo por Dios; expresión de concreción y de arraigo en la hora presente; mirada proyectada hacia el futuro. Es ejemplo de cómo, al dirigirnos a Dios, debemos conjugar el sentido de la trascendencia absoluta de Dios (él es el Señor, el Omnipotente, el Santo) con el de su sorprendente proximidad (dirige la mirada a los humildes, extiende su misericordia a los que fe temen, se acuerda de sus promesas). En el Magníficat, aquel a quien los teólogos llaman el «Totalmente Otro» se manifiesta muy próximo al hombre: el Dios inaccesible de la zarza ardiente se ha convertido ya en el Enmanuel, en el Dios-con-nosotros, en el seno de la virgen de Nazaret (Capítulo general de los hermanos Siervos de María, Serví di Magníficat, Roma 1996, n. 65 [edición española: Siervos del Magníficat: el cántico de la Virgen a la vida consagrada, Publicaciones Claretianas, Madrid 1997])

 

Día 12

Miércoles de la 5ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 10,1-10

En aquellos días,

1 la reina de Sabá, al oír la fama de Salomón, vino para ponerle a prueba con enigmas.

2 Hizo su entrada en Jerusalén con un gran séquito y con camellos cargados de perfumes, oro y piedras preciosas en cantidad fabulosa. Se presentó a Salomón y le manifestó todo lo que tenía pensado decirle.

3 Salomón contestó a todas sus preguntas; no hubo ninguna cuestión tan oscura que el rey no pudiera resolver.

4 Cuando la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón y el palacio que se había construido,

5 los manjares de su mesa, las casas de sus cortesanos, el porte de sus servidores y sus uniformes, sus provisiones de bebidas y los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó maravillada,

6 y dijo al rey: - Era verdad lo que yo había oído en mi país acerca de ti y de tu sabiduría.

7 Yo no quería creerlo, hasta que he venido y lo he visto con mis propios ojos, pero veo que no me habían dicho ni la mitad. Tu sabiduría y tus riquezas superan la fama que había llegado a mis oídos.

8 ¡Feliz tu gente, felices tus servidores, que están siempre a tu lado y escuchan tu sabiduría!

9 ¡Bendito el Señor, tu Dios, que ha tenido a bien sentarte en el trono de Israel! Por su amor eterno a Israel, te ha constituido su rey, para administrar el derecho y la justicia.

10 La reina obsequió al rey con cuatro mil kilos de oro, perfumes y piedras preciosas en cantidad fabulosa. Jamás se vio tanta cantidad de perfumes como la ofrecida al rey Salomón por la reina de Sabá.

 

        **• Este fragmento nos presenta el marco conclusivo de la primera parte del primer libro de los Reyes, en donde se narra la historia del rey Salomón. Se trata de la descripción del esplendor, de la riqueza y de la estabilidad que alcanzó el reino con Salomón, tal como se nos había anticipado algunos capítulos antes: «Salomón sucedió a su padre, David, en el trono, y su reino se consolidó firmemente» (1 Re 2,12).

        En estos versículos se pone de relieve la floreciente actividad comercial entre Israel y los pueblos del Oriente Próximo, y a este respecto resulta significativo que sea precisamente una «desconocida» reina de Sabá, probablemente la regente de alguna de las lejanas tribus sabeas que se habían establecido en el norte de Arabia, la que emprendiera un viaje tan largo, hasta Jerusalén, para conocer a Salomón. La sabiduría de la que habla el texto, según la mentalidad de todo el Oriente antiguo, es la del buen gobierno, de acuerdo al cual la primera cualidad que debe tener un rey es la de ser justo. Salomón la ha pedido y Dios se la ha concedido (cf. 3,5-15; 5,9-14), de suerte que la reina de Sabá puede exclamar: «¡Feliz tu gente, felices tus servidores, que están siempre a tu lado y escuchan tu sabiduría!» (v. 8).

        La imagen del gran movimiento de las tribus sabeas hacia Jerusalén vuelve en los libros de los profetas (cf Is 60,6): Sabá representa a los pueblos que se convierten y vienen al verdadero Dios, tal como canta también el salmista: «Que los reyes de Tarsis y de los pueblos lejanos le traigan presentes; que los monarcas de Arabia y de Sabá le hagan regalos» (Sal 72,10). Por último, en el Nuevo Testamento, Mateo utiliza esta referencia como llamada a la fe en Jesucristo. Se trata de una llamada dirigida a todos: a las jóvenes comunidades cristianas, aunque de manera especial a los judíos. Estos últimos, al revés que los paganos, rechazan la salvación traída por Jesús y no reconocen que «aquí hay uno que es más importante que Salomón» (Mt 12,42).

 

Evangelio: Marcos 7,14-23

En aquel tiempo,

14 llamando Jesús de nuevo a la gente, les dijo: - Escuchadme todos y entended esto:

15 Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre.

16 Quien tenga oídos para oír que oiga.

17 Cuando dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de la comparación.

18 Jesús les dijo: - ¿De modo que tampoco vosotros entendéis? ¿No comprendéis que nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo,

19 puesto que no entra en su corazón, sino en el vientre, y va a parar al estercolero? Así declaraba puros todos los alimentos.

20 Y añadió: - Lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre.Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez.

21 Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre.

 

        **• Estamos en plena discusión con los fariseos sobre «la tradición de los antiguos». La palabra y la atención se dirigen ahora de nuevo a la gente común, al pueblo: volvemos a encontrar, en efecto, a Jesús adoctrinando a la gente y, en un segundo momento, se dirige aparte a los discípulos. Toda la argumentación gira en torno a cuestiones legales muy delicadas para la mentalidad del piadoso judío observante. El tema está relacionado con la cuestión de lo puro y de lo impuro, con una referencia particular a los alimentos. Se trata de una cuestión central para la tradición judía, hasta el punto que constituye uno de los problemas más candentes por los que habían pasado las primeras comunidades de los creyentes. Podemos subdividir el texto en tres escenas: la enseñanza de Jesús a la gente (w. 14-16); el dicho de Jesús (v. 15); la enseñanza a los discípulos (w. 17-23): la verdadera impureza, el corazón, el catálogo de vicios.

        El tema central de toda la perícopa es el comportamiento de los hombres respecto a las exigencias del Reino de Dios. Los fariseos reclaman la pureza a propósito de las abluciones, y Jesús responde tomando en consideración el problema más general de la impureza atribuida por la Ley a ciertos alimentos. Traslada el problema y lo sitúa en su centro: el corazón del hombre.

        Los últimos versículos, por último, constituyen un catálogo de vicios que podemos encontrar, ampliamente documentados, en toda la literatura paulina. Y es precisamente el eco de san Pablo lo que resuena entre líneas: «No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior» (Rom 12,2).

        «Renunciad a vuestra conducta anterior y al hombre viejo, corrompido por apetencias engañosas. De este modo, os renováis espiritualmente y os revestís del hombre nuevo creado a imagen de Dios, para llevar una vida verdaderamente recta y santa» (Ef 4,22-24).

 

MEDITATIO

        «Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre.» Estamos frente a un nuevo principio de la moral cristiana: todo lo que hago es puro en la medida en que está en relación con la persona del Señor Jesús. San Pablo habría dicho: «Lo que hagáis, hacedlo con el mayor empeño, buscando agradar al Señor y no a los hombres» (Col 3,23ss).  Se trata de una invitación explícita: «Escuchadme todos y entended esto».

        El hombre, de una manera casi subversiva, queda puesto frente a sí mismo, frente a las actitudes y deseos de su corazón; en una palabra, frente a las intenciones profundas que motivan sus opciones y sus decisiones. Queda colocado de nuevo en la posición justa: bajo la mirada de Dios. Frente a su Señor no puede esconderse, aunque puede no conocerse a fondo. Por eso hay aquí, ante todo, una invitación a «comprender », una invitación que tiene que ver, principalmente, con el conocimiento de nosotros mismos. Una invitación a recibir como don de Dios una comprensión más profunda de la realidad. Es la invitación a derribar la pretensión farisaica presente en nosotros y que nos lleva a intentar poseer y administrar el misterio de Dios; la invitación a dejarnos más bien investir y transformar por la desconcertante novedad que es Dios cuanto entra en nuestra vida.

        La Palabra de Dios que nos alcanza nos sitúa en un principio nuevo de obediencia: «Escuchadme todos», poniendo así el principio de la escucha como criterio de juicio y de discernimiento. Escucha de la historia contemporánea y de la Iglesia; escucha de los más débiles e indefensos en la sociedad y en la comunidad; escucha de las verdaderas necesidades del hombre; escucha del grito de los que sufren y de los oprimidos; escucha de la Palabra de Dios que es Cristo, presencia resucitada y viva en medio de nosotros; escucha como raíz del seguimiento de Cristo-Verdad, que supera los esquemas que cada uno de nosotros es muy capaz de construir y justificar y que nos llama a ser sus verdaderos discípulos en la escuela de la Verdad por el camino de la interioridad.

 

ORATIO

        ¡Oh Verdad, lumbre de mi corazón, no me hablen mis tinieblas! Me incliné a éstas y me quedé a oscuras, pero desde ellas, sí, desde ellas te amé con pasión. Erré y me acordé de ti. Oí tu voz detrás de mí, que volviese; pero apenas la oí por el tumulto de los sin-paz. Mas he aquí que ahora, abrasado y anhelante, vuelvo a tu fuente. Nadie me lo prohiba: que beba de ella y viva de ella. No sea yo mi vida; mal viví de mí; muerte fui para mí. En ti comienzo a vivir; habíame tú, sermonéame tú. He dado fe a tus libros, pero sus palabras son arcanos profundos (Agustín de Hipona, Las confesiones, XII, 10, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1968, pp. 515-516).

 

CONTEMPLATIO

        No salgas fuera de ti, vuelve a ti mismo: la verdad habita en el hombre interior. Y si encontraras que tu naturaleza es mutable, pasa también por encima de ti mismo. [...] Obremos de manera que nuestra religión no consista en vacías representaciones. Cualquier cosa, en efecto, con tal de que sea verdadera, es mejor que todo lo que pueda ser imaginado por el albedrío.

        Obremos de suerte que nuestra religión no consista en el culto a las obras humanas, que no consista en el culto a animales, que no consista en el culto a los muertos, ni a los demonios, ni a los cuerpos etéreos y celestes, ni siquiera a la misma perfecta y sabia alma racional.

        La religión, por consiguiente, nos une al Dios único y omnipotente. Él es el principio al que volvemos, la forma que seguimos y la gracia por la que somos reconciliados (cf Agustín de Hipona, La verdadera religión).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Escuchadme» (cf. Me 7,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Desde que el Señor insertó en el mundo como fermento «incomodador » el principio del amor fraterno, se ha introducido en las estructuras sociales una levadura de permanente revolución.

        Ahora, en ocasiones -incluso a menudo-, sucede esto: hasta los cristianos nos adherimos a ciertos valores relativos como si fueran absolutos y no nos damos cuenta de que esos valores, que eran considerados como absolutos antes de Cristo, no pueden ser considerados ya como tales después de la venida de Cristo.

        Bajo la acción fermentadora -aunque invisible- del amor, han sido purificados de una manera gradual; se ha resquebrajado la corteza que esconde su núcleo sustancial; de un modo lento, aunque indefectible, han sido colocados en su verdadero sitio en la jerarquía de los valores. Aparece aquel incómodo precepto del amor fraterno: esclavos y libres son ¡guales; el orden está subordinado al amor; la patria está ordenada a la amplia familia humana y sus intereses han de ser subordinados a los de la familia colectiva de las naciones; la potestad familiar ha de ser transformada en su raíz; la personalidad de cada uno –hombre y mujer, adulto o pequeño, esclavo o libre- ha de ser respetada como sagrada, como reflejo de la misma personalidad divina.

        Todo se desbarajusta, todo se revoluciona, todo se tambalea: los perezosos y los temerosos hacen sonar la alarma, pero el amor procede de manera inexorable en su obra «corrosiva»: donde es posible se corrige, donde no lo es se abate. ¡Qué extraño es este Cristo! ¿Cuáles son los límites de la autoridad? ¿Cuáles los del amor familiar y los del amor patrio? ¿Cuáles los del orden? ¿Cuál es la única dirección en la que es lícito decir que alguien puede inmolarse por un ideal? ¿Cuándo puede decirse de verdad que una acción es heroica y virtuosa? ¿Entre qué límites tiene fundamento la propiedad? La respuesta de Cristo es inflexiblemente sencilla: todo define y califica el amor al otro: al otro en cuanto tal, prescindiendo de cualquier esquema en el que este pueda encontrarse encasillado. Libre o esclavo, bárbaro o escita, rico o pobre, etc. (G. La Pira, «Sull'ottimismo cristiano», en L'Osservatore Romano, 1941).

 

Día 13

Jueves de la 5ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 11,4-13

4 Cuando Salomón se hizo viejo, desviaron hacia otros dioses su corazón, que ya no perteneció al Señor, como el de su padre, David.

5 Dio culto a Astarté, diosa de los sidonios, y a Moloc, el ídolo de los amonitas.

6 De este modo, Salomón ofendió con su conducta al Señor y no fue tan fiel como su padre, David.

7 En el monte que hay frente a Jerusalén erigió un altar a Camós, ídolo de Moab, y otro a Moloc, ídolo de Amón.

8 Otro tanto hizo para los dioses de todas sus mujeres extranjeras, que quemaban en ellos perfumes y ofrecían sacrificios a sus dioses.

9 El Señor se irritó contra Salomón porque apartó su corazón del Señor, Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces,

10 ordenándole que no fuese tras otros dioses, pero él no cumplió esta orden.

11 Entonces, el Señor dijo a Salomón: - Por tu mal comportamiento, porque has roto mi alianza y no has guardado mis mandamientos, te quitaré el reino y lo daré a uno de tus servidores.

12 Pero, en atención a tu padre, David, no lo haré mientras tú vivas, sino que se lo quitaré a tu hijo.

13 Sin embargo, no le quitaré todo el reino; le dejaré una tribu, en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que yo elegí.

 

        **• El motivo por el que en tiempos de Salomón estaban prohibidos en Israel los matrimonios con mujeres extranjeras era evitar el pecado de la idolatría. En él cayó Salomón. En la vejez, subraya el texto, y siguiendo a los ídolos de sus numerosas mujeres, construyó altares para adorar a todas las divinidades de los pueblos vecinos. Se menciona incluso el monte donde construyó estos altozanos, el monte situado frente a Jerusalén, llamado «de los escándalos». Salomón había apartado su corazón del Señor, Dios de Israel, y el Señor se indignó contra él. La consecuencia de la infidelidad al Dios único fue la división del reino.

        Es útil tener en cuenta el hecho de que estos pasajes del primer libro de los Reyes son textos tardíos, pues fueron escritos en la época del exilio o después, cuando la situación de gran sufrimiento en que se encontraba hacía vivir a Israel un replanteamiento en clave teológica de toda la historia del pueblo. Era acuciadora la pregunta sobre el porqué del exilio, de la dispersión del reino y de la vejación que sufría, acuciadora como el deseo de revivir la unidad y la paz del reino davídico. Este deseo se funda en la certeza de que, a pesar de la infidelidad del hombre -la Biblia no esconde, en efecto, los defectos y pecados de Salomón, como tampoco escondió los de David, su padre-, Dios permanece fiel a su alianza y a su promesa de paz.

 

Evangelio: Marcos 7,24-30

En aquel tiempo, Jesús

24 salió de allí y se fue a la región de Tiro y Sidón. Entró en una casa, y no quería que nadie lo supiera, pero no logró pasar inadvertido.

25 Una mujer, cuya hija estaba poseída por un espíritu inmundo, oyó hablar de él e inmediatamente vino y se postró a sus pies.

26 La mujer era pagana, sirofenicia de origen, y le suplicaba que expulsara de su hija al demonio.

27 Jesús le dijo:- Deja que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.

28 Ella le replicó: - Es cierto, Señor, pero también los perrillos, debajo de la mesa, comen las migajas de los niños.

29 Entonces Jesús le contestó: - Por haber hablado así, vete, que el demonio ha salido de tu hija.

30 Al llegar a su casa, encontró a la niña echada en la cama, y el demonio había salido de ella.

 

        **• Una vez que se fue de la llanura de Genesaret, donde había curado a muchos y donde se había desarrollado la disputa con los fariseos, prosigue Jesús su viaje fuera de Galilea, en territorio pagano, y allí realiza dos curaciones: la de la hija de una mujer pagana y la de un sordomudo. Estamos en la región de Tiro, en la costa mediterránea. Se adelanta una mujer. Es una cananea, sinónimo de idólatra, y, por si fuera poco, de origen griego, es decir, pagana. ¡Un verdadero golpe de escena! Pero Jesús no se esconde de esta mujer. En el diálogo que ambos mantienen aflora toda la tensión entre el papel preeminente de Israel en la historia de la salvación, una tensión que se expresa con la metáfora de los «hijo» y de los «perros», y el universalismo de la salvación, anunciado en la respuesta de la mujer, que con una confesión de fe, única en Marcos, reconoce a Jesús como «Señor-Kynos». La tensión se resuelve con la liberación de la hija de esta mujer del espíritu inmundo. El contexto en el que nos encontramos todavía es el de la magna «sección de los panes», que abarca los capítulos 6,30-8,10.

        Volvemos a encontrar, en efecto, una referencia explícita al tema del «pan» en las réplicas (w. 27 y 28) entre Jesús y la mujer, donde se habla del «pan de los hijos» y de las migajas que comen los perrillos. Por otra parte, el episodio está en estricta continuidad con la disputa con el legalismo judío, pero aquí se dirige la atención hacia el mundo y la cultura paganos (hemos de tener en cuenta que Marcos escribe para una comunidad cristiana griega). No se trata de un relato de milagros ni de un apotegma, sino de un fragmento que se inserta en el ardor de la controversia mantenida con los judíos y destinada a confirmar el hecho de que, en Cristo, el concepto de puro-impuro ha quedado anulado, que la Buena Noticia, la salvación obrada por él, es para todos los hombres.

 

MEDITATIO

        Precisamente con esta mujer, extranjera en tierra extranjera, es con quien se identifica la Iglesia, misionera y católica. En una palabra, universal. Frente a este evangelio se descubre que la catolicidad de la Iglesia no es un hecho institucional, como estamos acostumbrados a pensar, sino que tiene que ver profundamente con su esencia, con su llamada y con su misión. En efecto, la Iglesia, extranjera entre los extranjeros, pobre entre los pobres, prosigue la obra de la encarnación a través de los cristianos.

        De igual modo que Cristo ha asumido en sí mismo toda la humanidad, así también la Iglesia se inserta y se somete profundamente, casi suplicante, al esfuerzo de la humanidad que tiende a su plenitud, al movimiento del espíritu humano que tiende a Cristo. Se trata de una inversión o conversión que constituye la catolicidad de la Iglesia, para que todo el esfuerzo humano converja en ella hacia su punto de atracción y de comprensión. Y lo haga con un movimiento de inclusión, de integración, de asimilación de la humanidad a la humanidad de Cristo. La «católica» es esa mujer extranjera del evangelio que busca a Cristo en tierra extranjera, que no permite que siga siendo desconocido, que se sitúa frente a la verdad de sí misma, humilde entre los humildes, no se defiende, hasta ser capaz de reírse de ella misma, y descubre al mundo la verdad que Cristo le revela sobre sí misma: «Sí, Señor». Implora para todos que las migajas, los elementos parciales de la humanidad, su hija -herida, enferma, desconcertada, confusa-, sean reorientadas, recompuestas, asumidas, integradas, curadas, ensalzadas, entregadas de nuevo a la plenitud de Cristo.

 

ORATIO

        Oh Dios, todo está invadido por tu aliento y lleno de tu misterio. De ahí derivan las imágenes y los pensamientos sobre lo divino que se encuentran en los pueblos y en los individuos. Esas imágenes y esos pensamientos contienen con frecuencia un profundo significado que toca el corazón y promete salvación, aunque también algo confuso y malo que conduce al error. Por eso, te lo ruego, abre mi corazón al misterio que por doquier da testimonio de sí, protégelo contra los descarríos que nos desvían de él.

        Da seguridad a mi conocimiento, de suerte que siempre llame bueno al bien y malo al mal. Ilumina mi espíritu, a fin de que pueda distinguir entre lo que conduce a ti, entre lo que es santo de verdad y lo que de ti desvía, a través del error y del engaño. Amén (R. Guardini, Preghiere teologiche, Brescia 1986 [edición española: Oraciones teológicas, Ediciones Cristiandad, Madrid 1966]).

 

CONTEMPLATIO

        [...] en cierto lugar, dice [el Señor]: Otras ovejas tengo fuera del redil este; conviene traerlas a mí, para que sea uno solo el rebaño, y el pastor uno solo. Al número de estas últimas pertenecía la cananea; por ello no se la despreciaba: se la dejaba para más adelante. La cosa parece evidente en la respuesta dada a la mujer: No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perros. Tú eres un perro, una gentil; adoras a los ídolos, ¿y hay causa más ordinaria en los perros que lamer las piedras? No está, pues, bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perros. Si ella, oyendo estas palabras, se hubiera retirado, perro habría venido y perro se habría ido; pero siguió llamando y fue trocada de perro en hombre. Insistió en pedir y aun tomó pie de aquella especie de ultraje para sacar a la luz su gran humildad y seguir implorando misericordia. Ni se turbó ni se quemó de oírse llamar perro cuando pedía un favor e imploraba misericordia; antes bien, dijo: Es verdad, Señor; llamásteme perro, y lo soy de cuerpo entero; tal es mi nombre, lo dice la misma Verdad; mas no por ello se me debe rechazar el beneficio. Perra soy de arriba abajo, mas también los perros comen las migajas caídas de la mesa de su dueño. Lo que yo deseo es una gracia insignificante, poquita cosa: no me subo a la mesa; me contento con las migas (Agustín de Hipona, Sermón 77, 8.9.10  [edición española de Amador del Fueyo, BAC, Madrid 1952]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Mujer, qué grande es tu fe!» (Mt 15,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Lo que dijeron Justino y Clemente de Grecia puede ser aplicado muy bien a la India. El Logos preparaba de una manera misteriosa el camino para su propia venida, y el Espíritu Santo estimulaba desde el interior la búsqueda de los más puros entre los sabios griegos. El Logos y el Espíritu Santo siguen obrando aún, de un modo análogo, en las profundidades del alma india. Por desdicha, la sabiduría india está contaminada (afectada) por errores y no parece que haya encontrado su propio equilibrio.

        Algo así ocurría con la sabiduría griega antes de que Grecia hubiera encontrado humildemente el mensaje pascual de Cristo resucitado. El hombre, fuera de la única revelación y de la única Iglesia, se muestra siempre y en todas partes incapaz de discernir entre la verdad y el error, entre el bien y el mal.

        Ahora bien, una vez cristianizada, Grecia rechaza sus ancestrales errores y, bautizada en la sangre de sus mártires, se vuelve maestra del mundo en filosofía, teología y mística. Del mismo modo, nosotros, confiando en la indefectible dirección de la Iglesia, esperamos que la India, una vez bautizada en la profundidad de su «búsqueda del Brahmán», que dura ya muchos siglos, rechazará sus propias tendencias panteístas y, descubriendo en el esplendor del Espíritu la verdadera mística, engendrará para bien de la humanidad y de la Iglesia, y, en definitiva, para gloria de Dios, galaxias incomparables de santos y de doctores (J. Monchanin, Eremitti del Saccidananda, cit. en H. de Lubac, Paradosso e mistero della Chiesa, Milán 1979, p. 172 [edición española: Paradoja y misterio de la Iglesia, Ediciones Sígueme, Salamanca 1967]).

 

Día 14

Viernes de la 5ª semana del Tiempo ordinario o Santos Cirilo y Metodio

 

        Los santos Cirilo y Metodio eran de formación bizantina. Ambos nacieron en Salónica (Cirilo, en el año 827 o en el 828; Metodio, entre los años 812 y 820) y se convirtieron en los apóstoles de los pueblos eslavos. Fueron enviados por el emperador de Constantinopla Miguel III a Moravia. Allí llevaron a cabo un maravilloso trabajo apostólico, emprendiendo las traducciones de las Escrituras y de los libros litúrgicos a la lengua paleoeslava y formando discípulos. Llamados a Roma para justificarse por esta novedad, fueron recibidos con honor por el papa Adriano II, que aprobó su método misionero.

        Sin embargo, Cirilo, enfermo, falleció allí mismo el 14 de febrero del año 869 y fue sepultado en la iglesia de San Clemente. Metodio, ordenado arzobispo en Roma, volvió a Moravia, y allí murió el 6 de abril del año 885. Sus discípulos, expulsados de este país, se refugiaron en Bulgaria. Desde allí pasaron la liturgia y la literatura eslava al reino de Kiev, a Rusia y a todos los países eslavos de rito bizantino.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 11,29-32; 12,19

11,29 Un día que Jeroboán salía de Jerusalén, se encontró en el camino con el profeta Ajías de Silo. Llevaba éste un manto nuevo y estaban los dos solos en el campo.

30 Ajías se quitó el manto nuevo y lo rasgó en doce trozos. Y dijo a Jeroboán: - Toma para ti diez trozos, porque así dice el Señor, Dios de Israel: «Voy a arrancar el reino de manos de Salomón y a ti te daré diez tribus.

32 A él le dejaré una tribu en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que elegí entre todas las tribus de Israel».

12,19 Así se consumó la separación entre Israel y la dinastía de David hasta el día de hoy.

 

        **• El desenlace final de la infidelidad a Dios por parte de Salomón es la división del reino. La causa del cisma se explica en el capítulo siguiente, aunque -no hace falta una gran fantasía para intuirlo-, como de costumbre, se trata de una cuestión de impuestos. Jeroboán, uno de los funcionarios de Salomón, a la muerte del rey, le pide a Roboán, hijo suyo y heredero del trono, que alivie la presión fiscal, pero la respuesta es desconcertante: «Mi padre puso sobre vosotros un yugo pesado, pero yo lo haré más pesado; mi padre os azotó con látigo, pero yo lo haré con escorpiones» (1 Re 12,11.14). Roboán rechaza la petición del pueblo y abre la puerta a la división política.

        El episodio del profeta Ajías de Silo, que precede inmediatamente a estos hechos, tiene un doble significado: por una parte, el gesto profético de rasgar el manto en doce trozos es una advertencia y una denuncia, representada de una manera eficaz, de las consecuencias de la injusticia social que hereda Roboán de su padre junto con el reino; por otra, nos orienta para considerar la figura del profeta en cuanto tal. Éste es signo de la presencia de Dios y anuncio de su intervención en la historia del pueblo. Se trata de una intervención salvífica: Dios no es alguien que se divierte estropeando los «mantos nuevos» de los profetas, sino alguien que quiere hacer nuevas todas las cosas.

 

Evangelio: Marcos 7,31-37

En aquel tiempo,

31 dejó el territorio de Tiro y marchó de nuevo, por Sidón, hacia el lago de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.

32 Le llevaron un hombre que era sordo y apenas podía hablar, y le suplicaron que le impusiera la mano.

33 Jesús lo apartó de la gente y, a solas con él, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva.

34 Luego, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: - Effatha (que significa «ábrete»).

35 Y al momento se le abrieron sus oídos, se le soltó la traba de la lengua y comenzó a hablar correctamente.

36 Él les mandó que no se lo dijeran a nadie, pero cuanto más insistía, más lo pregonaban.

37 Y en el colmo de la admiración, decían: - Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

 

        **• Jesús cura aquí al hombre entero. La palabra aramea effatha no se dirige, en efecto, a los órganos enfermos, sino al enfermo: «¡Ábrete!» (v. 34). Es el segundo milagro obrado por Jesús en territorio pagano, y este texto, propio de Marcos, pretende continuar la descripción de la actividad misionera de la primera comunidad cristiana e indicar la apertura de los paganos a la fe en Jesucristo. Todo está descrito con sus mínimos detalles, y la acción simbólica de Jesús, que mete los dedos en los oídos del hombre y le toca la lengua, ha pasado después a formar parte del rito del bautismo.

        En cuanto al grito de admiración sorprendida de los que habían llevado al sordomudo a Jesús, recuerda, por una parte, el estribillo de Gn 1: «Yvio Dios que era bueno», y, por otra, la profecía de Isaías: «La lengua del mudo cantará» (Is 35,6). Aunque en Marcos el hombre sanado habla sólo «correctamente» (v. 35), en realidad el anuncio contenido en el episodio es el cumplimiento de la promesa de salvación.

 

MEDITATIO

        San Cirilo eligió desde joven como esposa mística a la sabiduría divina, que se le apareció en sueños, y, como Salomón, la consideró más preciosa que los otros dones.

        Meditemos, pues, iluminados por las lecturas bíblicas y por el ejemplo vivo de estos santos, sobre quién puede ser considerado verdaderamente «sabio». Acostumbramos a llamar «docto» a quien conoce muchas cosas, consideramos «inteligente» al hombre que comprende lo que son las cosas; el sabio, sin embargo, es el que comprende el significado que las cosas y los acontecimientos deben tener para su vida.

        Ahora bien, las cosas y los acontecimientos pueden tener diferentes significados en la vida. Un comerciante adivina cuánto dinero puede ganar con ellas. Quien tiene como fin supremo su carrera busca cómo explotarlas para alcanzar el éxito en el trabajo. El sabio, por su parte, sabe aprovecharlo todo para ganar la amistad de Dios. «El comienzo de la sabiduría es el temor de Dios» (Sal 110,10).

        Todos observamos el mundo que nos rodea. Para un curioso, esto es ocasión de distracción, porque ve muchas cosas diferentes. El hombre de ciencia está obligado a elegir en su «campo visual» lo que tiene que ver con su especialización. El sabio consigue ver todo como la única imagen de la sabiduría de Dios, como un grandioso mosaico en el que cada piedrecita es preciosa, y, por consiguiente, todo lo que ve y aprende adquiere un valor inmenso y se vuelve fuente de alegría.

 

ORATIO

        Haz que resplandezca en nuestros corazones, oh Señor, que amas a los hombres, la luz incorruptible de tu sabiduría: te lo pedimos en nombre de los santos hermanos Cirilo y Metodio. Abre los ojos de nuestra mente para que podamos entender tus preceptos evangélicos. A fin de que, aplastados los deseos carnales, podamos llevar una vida espiritual, pensando y realizando todo lo que es de tu agrado, e invoquemos la fuerza de tu Espíritu de la sabiduría.

 

CONTEMPLATIO

        San Cirilo escogió como patrono especial de su vida a san Gregorio Nacianceno, llamado «el Teólogo», quien abandonó sus cargos en el mundo para dedicarse a escribir sermones y poesías, a fin de que Cristo, a través de él, pudiera «hablar en griego».Por eso recibió el sobrenombre de «Boca de Cristo». San Cirilo, que le imitó, decidió ofrecer al Salvador su conocimiento de las lenguas, a fin de que Dios, por medio de él, hablara en el idioma de los pueblos eslavos. Ambos santos se daban cuenta de que la capacidad de hablar constituye un gran privilegio humano. El hombre, que expresa su pensamiento con las palabras, es imagen de Dios Padre, el cual -precisamente por la Palabra, que es su Hijo- crea y gobierna el universo.

        En consecuencia, constituyen una gran responsabilidad para nosotros las palabras que salen de nuestra boca. Con ellas podemos hacer un enorme bien, pero, desgraciadamente, en ocasiones causan también mal. Crean las amistades o las destruyen. Con la palabra somos capaces de dirigirnos en la oración a Dios, el cual nos escucha y a menudo se digna acceder a lo que le pedimos. Por otra parte, también Dios se dirige a nosotros por medio de su Palabra, contenida en la Sagrada Escritura y en la predicación de la Iglesia. Escuchemos, pues, a Dios y Dios nos escuchará a nosotros.

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra de la Escritura: «Dame la sabiduría que comparte tu trono» (Sab 9,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Cuando el niño [Cirilo] tenía siete años, tuvo un sueño, que le contó a su padre y a su madre de este modo: «El alcalde de la ciudad, después de haber convocado a todas las muchachas de la ciudad, me dijo: "Elige entre ellas a la que quieres como esposa y como ayuda que te convenga" (Gn 2,18). Entonces, tras mirarlas bien a todas, ví una que era más bella que las demás: tenía un rostro luminoso y estaba toda ella adornada de collares de oro y de gemas, y revestida de toda belleza; se llamaba Sofía, es decir, Sabiduría. La elegí a ella». Tras oír estas palabras, dijeron los generosos padres: «Dice la Sagrada Escritura: "Di a la sabiduría: 'Tú eres mi hermana'" (Prov 7,4), y si la llevas junto a ti, para tenerla como esposa, por medio de ella serás liberado de muchos males».

        Le enviaron a la escuela y progresaba más que todos sus condiscípulos. Pero muy pronto tuvo el muchacho otra experiencia. Un buen día, según la costumbre de los hijos ricos de divertirse saliendo de caza, se fue con ellos al campo, llevando un halcón con él. Ya le había hecho emprender el vuelo cuando un viento levantado por la Providencia divina hizo que el halcón se perdiera por completo. Al muchacho le entró tal disgusto y tal tristeza que, durante dos días, no tocó alimento alguno. Pero después se arrepintió, diciendo: «¿Acaso no es esta vida de tal género que a la alegría le sucede la tristeza? Desde hoy en adelante, tomaré un camino mejor que éste». Se aplicó al estudio de las letras y aprendió de memoria los escritos de san Gregorio, el Teólogo. Y escribió sobre él la siguiente poesía: «Oh Gregorio, hombre en el cuerpo, te has mostrado ángel, porque tu boca glorifica a Dios como uno de los serafines e ilumina el mundo entero al explicar la fe. Acógeme también a mí, que a ti me acerco con amor y fe, y sé para mí maestro y fuente de luz» (de la Vida eslava de Constantino Cirilo).

 

Día 15

Sábado de la 5ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 12,26-32; 13,33ss

En aquellos días,

12,26 Jeroboán pensaba para sí: «Tal como están las cosas, el reino terminará por volver a la casa de David.

27 Si la gente continúa subiendo a Jerusalén a ofrecer sacrificios en el templo del Señor, acabarán poniéndose de parte de su señor Roboán, rey de Judá, y me matarán a mí para unirse a él».

28 Después de aconsejarse, construyó dos becerros de oro y  dijo al pueblo: - ¡Se acabó el subir a Jerusalén! Israel, aquí tienes a tu Dios, el que te sacó de Egipto.

29 Y puso uno en Betel y otro en Dan.

30 Esto fue ocasión continua de pecado, porque el pueblo iba en peregrinación hasta Betel y hasta Dan para adorarlos.

31 También levantó santuarios en los altozanos y nombró sacerdotes de entre la gente del pueblo que no pertenecía a la tribu de Leví.

32 Declaró fiesta el día quince del mes octavo, a imitación de la que se celebraba en Judá, y subió a ofrecer sacrificios sobre el altar de Dan. En Betel hizo lo mismo: ofreció sacrificios a los becerros que había fabricado, trajo sacerdotes para los santuarios que había edificado en los altos.

13,33 Después de esto, Jeroboán no se apartó de su mal camino. Siguió nombrando de entre el pueblo sacerdotes para los santuarios de los altozanos. A todo el que se lo pedía lo consagraba sacerdote de los altozanos.

34 Éste fue el pecado de la dinastía de Jeroboán, por el que fue destruida y borrada de la tierra.

 

        ** El reino de Salomón está ahora dividido: Jeroboán guía a las diez tribus del norte, mientras que las tribus de Judá y Benjamín se quedan con Roboán. Al cisma político le sigue muy pronto el religioso. Su astuto inventor fue Jeroboán, que sabe muy bien el papel fundamental que desarrolla el factor religioso en la vida de Israel. Las visitas y las peregrinaciones al templo de Jerusalén habrían vuelto a llevar seguramente el corazón del pueblo -y, por consiguiente, el reino- a la casa de David, además de reforzar desde el punto de vista económico al reino del sur. Pensando así en su corazón y temiendo por su propia vida, actuó Jeroboán con un sorprendente ingenio político: reorganizó santuarios en su reino, dando nueva vida a los que ya eran estimados en la memoria del pueblo: Betel, donde Abrahán había levantado un altar al Señor -y también Jacob después del sueño de la escalera-, y Dan, ciudad-santuario desde los tiempos de los jueces.

        Por otra parte, Dan y Betel, al delimitar el reino por el norte y por el sur, recogerían, respectivamente, las tribus aisladas del norte y atraerían, desviándolos, a los peregrinos que iban hacia el sur, hacia Jerusalén. Colocó en cada santuario un becerro de oro, conectando con la antigua tradición de tiempos de Moisés que atribuía al becerro la función de pedestal de la divinidad invisible, precisamente del mismo modo que el arca constituye el trono de YHWH en el templo de Jerusalén. Incitó el orgullo del pueblo escogiendo libremente a los sacerdotes al prescindir de la descendencia de Leví. Por último, previo la posible nostalgia de la «fiesta de la Chozas», que atraía al pueblo en peregrinación al templo de Salomón, e instituyó una fiesta análoga en sus santuarios. Todo esto llevó a cabo Jeroboán por haber escuchado las razones de su corazón: un amor ciego en sí mismo, que vicia su reino desde el nacimiento, destinándolo a la destrucción.

 

Evangelio: Marcos 8,1-10

1 Por aquellos días se congregó de nuevo mucha gente y, como no tenían nada que comer, llamó Jesús a los discípulos y les dijo:

2 - Me da lástima esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen nada que comer.

3 Si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán por el camino, pues algunos han venido de lejos.

4 Sus discípulos le replicaron: - ¿De dónde vamos a sacar pan para todos éstos aquí, en un despoblado?

5 Jesús les preguntó: - ¿Cuántos panes tenéis? Ellos respondieron: - Siete.

6 Mandó entonces a la gente que se sentara en el suelo. Tomó luego los siete panes, dio gracias, los partió y se los iba dando a sus discípulos para que los repartieran. Ellos los repartieron a la gente.

7 Tenían además unos pocos pececillos. Jesús los bendijo y mandó que los repartieran también.

8 Comieron hasta saciarse y llenaron siete cestos con los trozos sobrantes.

9 Eran unos cuatro mil. Jesús los despidió,

10 subió en seguida a la barca con sus discípulos y se marchó hacia la región de Dalmanuta.

 

        **• En este pasaje evangélico nos refiere Marcos una segunda multiplicación de los panes. Sigue abierta la pregunta de si se trata de una segunda versión del único episodio ya narrado (Mc 6,30-44) o, bien, se trata, efectivamente, de un nuevo milagro. Con todo, es importante subrayar la particular tonalidad teológica conferida a cada una de ambas narraciones.

        Aquí da la impresión de que Marcos quiere poner de manifiesto que la multiplicación de los panes, prefiguración de la eucaristía cristiana, ha tenido lugar a favor de los paganos. Lo hace suponer, entre otros elementos que aparecen en filigrana, esta anotación: «Algunos han venido de lejos». Por otra parte, la compasión que siente aquí Jesús está suscitada por la miseria física de esa gente que ya lleva tres días con él. Es precisamente esta íntima y entrañable coparticipación de Jesús en la incomodidad de la gente lo que provoca la multiplicación de los panes.

 

MEDITATIO

        La lectura en paralelo de los dos textos orienta al pensamiento a detenerse en la diferente «mirada» que figura en la base del obrar de Jeroboán y de Jesús y a remontar desde aquí a su fuente: el corazón. De aquí brota esa fuerza que es el amor, motor y timón de toda acción.

        Jeroboán se mira a sí mismo, teme la precariedad de su posición y orquesta toda una serie de intervenciones orientadas a inducir al pueblo, desde «detrás de los bastidores», para que siga su juego, sin preocuparse de atraerlo así a un pecado que le conducirá a la destrucción.

        Una mirada de este tipo es la que está en la base de eso que llamamos «estructuras de pecado». La mirada de Jesús, en cambio, se dirige al hombre. Se posa y se une a su necesidad actual, material y espiritual. La mirada que nace de la compasión se convierte en gesto, y el gesto en don para la vida del otro. ¿No es acaso ésta la mirada que inaugura la «nueva civilización del amor», «la ciudad de Dios»?

 

ORATIO

        Señor, Dios de piedad, compasivo, lento a la ira y lleno de amor, Dios fiel, vuélvete a mí y posa sobre tu siervo tu mirada de misericordia (cf. Sal 86,15ss). Alcanza y toca lo profundo de mi ser. Pon al desnudo los pensamientos angostos y mezquinos de mi corazón, capaz de oír y seguir sólo la voz insistente de mi yo.

        Quema y purifica todo residuo de esta esclavitud mía, para que habite en mí un nuevo sentir, un auténtico compadecer -el de Jesús-. Sólo tu mirada puede encender, Señor, esta vida nueva en mí para llevarme a seguir a Jesús en su ministerio de compasión.

        Dos amores [...] han construido dos ciudades: el amor de Dios, impulsado hasta el desprecio de uno mismo, ha construido la ciudad celeste; el amor a uno mismo, impulsado hasta despreciar a Dios, ha construido la ciudad terrena (Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, XIV, 28).

        De estos dos amores uno es puro e impuro el otro. Uno es social, el otro privado. Uno se muestra solícito en servir al bien común en vistas a la ciudad celeste, el otro está dispuesto a subordinar incluso el bien común a su propio poder en vistas a una dominación arrogante.  Uno está sometido a Dios, el otro es enemigo de Dios. Tranquilo uno, turbulento el otro; pacífico uno, litigioso el otro; amistoso uno, envidioso el otro. Uno quiere para el prójimo lo que quiere para él, el otro quiere someter al otro a sí mismo. Uno gobierna al prójimo para utilidad del prójimo; el otro, por su propio interés (Agustín de Hipona, De Genesi ad litteram, XI, 15,20).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Me da lástima esta gente» (Mc 8,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En la ciudad se cruzan cada día hombres y mujeres que, cada vez más numerosos, piden ayuda... Lo que podemos hacer... es comportarnos de tal modo que esa mujer, ese hombre, se den cuenta de que los veis... Un día me dijo uno de ellos: «Lo peor en esos momentos es su mirada. No distingue entre el ser humano que mendiga y el cartel que hay en la pared detrás de él»... Todo esto explota dentro de mí con la violencia de una bomba, dado que estoy herido por la herida del parado, por la herida de la muchacha de la calle... como una madre está enferma por la enfermedad de su hijo. Eso es la caridad..., estar herido por la herida del otro. Y unir también todas mis fuerzas a las fuerzas del otro para curar juntos su mal, que se ha vuelto mío (Abbé Pierre, Testamento, Cásale Monf. 1994, pp. 143, 148).

 

Día 16

6° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 15,15-21

15 Si quieres, guardarás los mandamientos; de ti depende el permanecer fiel.

16 Fuego y agua he puesto ante ti, alarga tu mano a lo que quieras.

17 Ante el hombre están vida y muerte; lo que él quiera se le dará.

18 Porque grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder y lo ve todo.

19 Sus ojos miran a los que lo temen, él conoce las acciones de los hombres.

20 A ninguno obligo a ser impío, a ninguno ha dado permiso para pecar

 

¤> El autor escribe en Jerusalén alrededor del año 180 a. de C. Se siente heredero de la fecunda tradición teológica sapiencial y quiere ofrecer, como testigo, una actualización de la nueva y compleja situación. Su enseñanza sobre la sabiduría, sobre Dios y sobre el mundo hunde sus raíces en los surcos de la tradición patriarcal; el profeta se autodefine como un <<rebuscador tras los vendimiadores>> (33,16) y al mismo tiempo, se presenta como un <<conservador iluminado», abierto al desafío que suponen los influjos procedentes de los nuevos escenarios culturales de estilo helenístico. El presente texto pertenece a la primera colección del libro, los cc. 1-23. Los vv. 11 y 12 del c. 15 recogen dos críticas que Ben Sira utiliza para introducir su reflexión sobre la libertad del hombre: <<No digas: "El Señor me incitó a pecar”>>; <<no digas: “el Señor me ha extraviado"». La fuerza del mensaje del texto propuesto hoy por la liturgia de la Palabra gira en torno al tema de los dos caminos, el del pecado y el de la muerte, formulado en Dt 3o,15-2o; Jr 21,8 y, en ámbito sapiencial, Prov 2,8-9,12-2o. Según este sabio maestro, Dios no puede ser el origen del pecado, puesto que <<él no hace lo que detesta» (v. 1 1, ni quiere violentar la libertad del hombre. Solo desde la libertad es como el creyente puede afianzar su fidelidad a la Ley. Dios manifiesta su omnipotencia y su profunda sabiduría sin coaccionar la elección que el hombre realiza responsablemente.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 2,6-10

Hermanos:

6También nosotros tenemos una sabiduría para adultos en la fe, aunque no es una sabiduría de este mundo, ni de los poderes que gobiernan este mundo y estén abocados a la destrucción.

7 De lo que hablamos es de una sabiduría divina, misteriosa, escondida; una sabiduría que Dios destino para nuestra gloria antes de los siglos

8 y que ninguno de los poderosos de este mundo ha conocido, pues, de haberla conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria.

9 A nosotros, en cambio, como dice la Escritura: lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni al hombre se le ocurrió pensar que Dios podía tenerlo preparado para los que lo aman,

10 eso es lo que nos ha revelado Dios por medio de su Espíritu. El Espíritu, en efecto, lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios.

 

El segundo capitulo de la primera Carta a los Corintios presenta una reflexión sobre el tema de la sabiduría articulada en dos panes, ofreciendo antitéticamente un cuadro doctrinal unitario, Si en la primera sección (vv 1-5) Pablo hablaba de la necedad de la cruz oponiéndola a la sabiduría autosuficiente del hombre, en la segunda (vv 6-16) traza los rasgos que caracterizan la verdadera sabiduría cristiana, ya sea por los destinatarios que están en actitud de acogerla o por el contenido especifico que encierra. Así, Pablo habla de cristianos <<perfectos», <<adultos en la fe» (cf 14,2o; Flp 3,15; Col 1,28), a quienes Dios les ha manifestado una sabiduría <<misteriosa>>, <<escondida» y eterna, como Dios que es, destinada <<para nuestra gloria antes de los siglos» y distinta de la sabiduría <<de este mundo», descrita por Pablo en un lenguaje de carácter apocalíptico (v. 7ss).

Por este motivo, frente a aquellos corintios que se tenían por <<Espirituales» porque poseían una gnosis o conocimiento superior los creyentes que han recibido el anuncio del apóstol no tienen que considerarse inferiores. Al revés, gozan de un don inmenso y gratuito: haber conocido en Cristo el plan de Dios para la salvación del mundo. Y quien anuncia esta sabiduría a los <<adultos en la fe» no entrega un don obtenido por méritos propios, sino que hace participe a otros de cuanto le ha sido revelado <<por medio del Espíritu» (v. 1o), lo que Dios <<tenía preparado para los que lo aman» (v. 9). La puerta de acceso que conduce a las <<profundidades de Dios» (v. 1o) no es un conocimiento—gnosis fundado en presuntas capacidades humanas, sino en el amor

 

Evangelio: Mateo 5,17-37

17 No penséis que he venido a abolir las enseñanzas de la Ley y los profetas; no he venido a abolirlas, sino a llevarlas hasta sus ultimas consecuencias.

18 Porque os aseguro que, mientras duren el cielo y la tierra, la más pequeña letra de la Ley estará vigente hasta que todo se cumpla.

19 Por eso, el que descuide uno de estos mandamientos mas pequeños y enseñe a hacer lo mismo a los demás será el mas pequeño en el Reino de los Cielos. Pero el que los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos.

20 Os digo que, si no sois mejores que los maestros de la Ley y los fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

21 Habéis oído que se dijo a nuestros antepasados: No matarás, y el que mate será llevado a juicio.

22 Pero yo os digo que todo el que se enfade con su hermano será llevado a juicio; el que le llame estúpido será llevado a juicio ante el sanedrín, y el que le llame impío será condenado al fuego eterno.

23 Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti,

24 deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda.

25 Trata de ponerte a buenas con tu adversario mientras vas de camino con el, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel.

26 Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

27 Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio.

28 Pero yo os digo que todo el que mira con malos deseos a una mujer ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.

29 Por tanto, si tu ojo derecho es ocasión de pecado para ti, arráncatelo y arrójalo lejos de ti; te conviene mas perder uno de tus miembros que ser echado todo entero al fuego eterno.

30 Y si tu mano derecha es ocasión de pecado para ti, córtatela y arrójala lejos de ti; te conviene mas perder uno de tus miembros que ser arrojado todo entero al fuego eterno.

31 También se dijo: El que se separe de su mujer que le dé un acta de divorcio.

32 Pero yo os digo que todo el que se separa de su mujer salvo en caso de unión ilegitima, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una separada comete adulterio.

33 También habéis oído que se dijo a nuestros antepasados <<No jurarás en falso, sino que cumplirás lo que prometiste al Señor con juramento

34 Pero yo os digo que no juréis en modo alguno; ni por el cielo, que es el trono de Dios;

35 ni por la tierra, que es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran rey

36 Ni siquiera jures por tu cabeza, porque ni un cabello puedes volver blanco o negro.

37 Que vuestra palabra Sea <<sí» cuando es Sí, y <<No>> cuando es No. Lo que pasa de ahí viene del maligno.

 

• El v. 17 introduce un nuevo argumento que será expuesto hasta la conclusión del c. 5. Tenemos la presentación del tema (vm 17-2o), o la relación de Jesús con la Ley y los profetas, y seis lógia (vv. 21-48) con el mismo esquema, donde Jesús es el intérprete de las prescripciones del Antiguo Testamento. Dos afirmaciones negativas abren el pasaje evangélico (v 17a) y acentúan el contenido del anuncio: Jesús ha venido a dar cumplimiento, a llevar hasta sus últimas consecuencias la Ley y la profecía bíblica, ya que nada ha sido abrogado (el verbo “plérosai” indica, aquí, dar cumplimiento a través de la enseñanza): su misión tiene como objetivo no abolir lo que ya ha sido revelado, sino promulgar definitivamente la voluntad de Dios.

La nueva justicia no se volverá a medir mas en términos <<cuantitativos», como observancia externa de unos preceptos; sera valorada en virtud de la adhesión del corazón a las exigencias del Reino. Jesús enumera seis ejemplos y los presenta de manera antitética (en este domingo leemos los cuatro primeros, vv. 21-37). Los dichos comienzan con la fórmula estereotipada <<Habéis oído que se dijo [a nuestros antepasados]», seguidos de una cita del Pentateuco, y concluyen con esta expresión de Jesús: <<Pero yo os digo... ». El procedimiento utilizado, por el estilo, es el de las escuelas rabínicas, que contraponían las distintas interpretaciones de la Ley.

La primera antítesis (vv. 21-26) se refiere al mandato de <<No matar», presente en el <<decálogo» (cf Ex 2o,13; Dt 5,17) y reinterpretado por Jesús: también la ira y el insulto manifiestan un conflicto y un juicio que amenazan y trastornan la vida de la comunidad. Las penas son presentadas gradualmente - tribunal, sanedrín y Geenna -, pasando de una perspectiva jurídica a una religioso-escatológica: la autenticidad del culto se verificara según la capacidad de vivir reconciliados (vv. 23ss).

El adulterio (vv. 26-3o) también es sometido a consideración: la unión con la mujer de otro hombre, incluso antes de quebrantar el derecho a la propiedad del marido, tiene su raíz <<en el corazón», sede de los sentimientos profundos y de la personalidad moral del individuo. Quien <<desea», en la acepción del verbo hebreo correspondiente (hamad), quiere adueñarse con violencia de lo que no le pertenece, y, para evitar un destino mortal, tiene que estar dispuesto a sacrificar una parte de si mismo (vv. 29ss).

La tercera antitesis es sobre el matrimonio (vv. 31ss) y nos remite al texto de Dt 24,1. Comete adulterio, según el dicho de Jesús, tanto quien se separa de su mujer como quien se casa con una separada. La excepción del v. 32, salvo en el caso de “poméia”, ha sido objeto de una pluralidad de interpretaciones: una solución apropiada es la que atribuye la cláusula de Mateo a los casos de uniones ilegitimas entre consanguíneos, algo no infrecuente dentro de su comunidad. La exclusión de cualquier tipo de juramento (vv 33-37), que volverá a aparecer en 23,16-22, pretende desenmascarar la costumbre de abusar de la autoridad de Dios: es una llamada a la verdad y a la sinceridad (véase la sentencia del v. 37) y un rechazo de cualquier forma de hipocresía.

 

MEDITATIO

<<Pondré mi Ley en su interior, la escribiré en su corazón» (Jr 31,33), Si escudriñamos qué esconde la profundidad de nuestro corazón, si nos empleamos a fondo para descifrar lo escrito por una mano sabia y discreta, descubrimos que <<lo que el ojo no vio», a veces misterioso hasta para nosotros, Dios lo ha preparado, lo ha diseñado, como un proyecto viable para nuestra vida; un proyecto que nos invita a vivir la única ley que nos hace libres, la del amor Guiados por el Espíritu vivimos en el mundo anunciando una <<Buena Noticia» que nos anima a vivir como cristianos adultos, a superar esas faltas de madurez que podrían llevarnos a una fe construida sobre una obediencia estéril y formal: <<Cuando yo era niño, hablaba como niño, razonaba como niño; al hacerme hambre, he dejado las cosas de niño>> (1 Cor 13,11). Para entrar en el Reino de los Cielos, Jesús pide una justicia superior a la observancia mecánica y desencarnada; solicita una adhesión capaz de interiorizar la norma y manifestar las verdaderas intenciones del corazón.

Esta nueva justicia transforma las dimensiones más profundas y personales de la relación con Dios en la cualidad de las relaciones que el discípulo establece con los hermanos. Dios <<conoce las acciones de los hombres» y sabe que en una ofensa también se puede ocultar la voluntad de destruir al otro, que en una mirada, a veces, esta latente el deseo de poseer, incluso con prepotencia, lo que no nos pertenece. Dios, que lo <<ve todo», no acepta que el hombre reemplace con prácticas cultuales la exigencia de construir caminos de reconciliación, porque la misericordia vale mas que los sacrificios.

Vivir según este estilo de vida nuevo, que Jesús ha inaugurado y que el Espíritu mantiene vivo, significa comprender la voluntad de Dios inmersos en la lógica del mundo, una lógica que parece sobrepasar la sabiduría oculta en nuestro interior. Entre el <<si» al camino evangélico y el <<no» pronunciado a los <<dominadores de este mundo», entre la vida y la muerte, pidamos que nuestra elección sea sin titubeos, inclinada al compromiso y no confusa o tibia.

 

ORATIO

Padre, Dios del cielo y de la tierra, te alabamos por el misterio escondido en tu Hijo, Jesús. El se ha hecho uno de nosotros, ha compartido nuestra vida, se ha mostrado atento a nuestras necesidades y ha cargado con nuestros pecados. Dios misericordioso, quieres que seamos un pueblo libre, libre para aman y por eso -en Cristo- nos entregas una nueva Ley escrita en el corazón del hombre. Tu lo ves todo, sondeas y conoces nuestros pensamientos y sabes leer nuestras mas secretas intenciones en los gestos que realizamos. No queremos sentirte como un huésped indeseado que viola nuestra intimidad, sino como el amigo que nos brinda la mano para llevarnos hasta la vida eterna con la libertad de los hijos de Dios zarparemos mar adentro y, guiados con tu Palabra y el Espíritu, marcaremos la ruta de la verdadera paz,

 

CONTEMPLATIO

Por todas partes, pues, resulta que, si Cristo no mantiene la antigua Ley, no es porque sea mala, sino porque había llegado el momento de preceptos superiores. El hecho de que sea más imperfecta que la nueva no prueba tampoco que sea de suyo mala, pues, en ese caso, lo mismo habría que decir de la nueva. El conocimiento que ésta nos procura, comparado con el de la otra vida, es también parcial e imperfecto y, venido el otro, desaparecerá. Porque <<cuando venga lo perfecto -dice el apóstol— desaparecerá lo imperfecto» (1 Cor 13,1o), lo mismo que sucedió con la antigua Ley al venir la nueva.

Mas no por eso despreciaremos la nueva Ley, aunque también haya de ceder el paso y retirarse cuando alcancemos el Reino de los Cielos. Porque entonces —dice— <<desaparecerá lo imperfecto». Y sin embargo, decimos que es grande. Ahora bien, como son mayores los premios que se nos prometen y mayor la gracia del Espíritu Santo, también se nos exigen combates mayores. Ya no se nos promete una tierra que mana leche y miel, ni pingue vejez, ni muchedumbre de hijos, ni trigo y vino, ni rebaños mayores y menores, sino el cielo y los bienes del cielo: la filiación divina y la hermandad con el Unigénito y tener parte en su herencia y ser juntamente con El glorificados y reinar a par suyo, y los infinitos galardones que allí nos esperan. Ahora que también gozamos de mayor ayuda, oye como lo dice Pablo; <<Ya no pesa, par tanto, condenación alguna sabre las que viven en Cristo Jesús. La ley del Espíritu vivificador me ha liberado por medio de Cristo Jesús de la ley del pecado y de la muerte>> (Rom 8,1ss) (Juan Crisóstomo, <<Homilías sobre el evangelio de san Mateo», 16,5, en Obras de san Juan Crisóstomo, I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1955, 3 19-32o).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hay la Palabra: <<El Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad» (2 Cor 3,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Respecto a la totalidad que nos manifiesta la sabiduría, las formas provisionales necesariamente se encuentran ligadas al principio de la coacción, de la constricción, y la constricción no es la ley del corazón. Esta condición de la existencia es una condición dura y ha que vivirla con la esperanza de que un día pasará este mundo, anclado en el pecado. Tenemos que preparar aquel mundo y, dentro de lo posible, anticiparlo ahora entre nosotras, sabiendo que se trata de una breve lluvia benéfica, de un fugaz rayo solar, ya que la verdadera estación esta por llegar Debemos, de alguna manera insertar la levadura futuro dentro del presente. Esta es nuestra tarea, en lo pequeño y en lo grande. Estas son las nuevas formas propuestas clara y límpidamente, can la maravillosa y misteriosa música de las palabras evangélicas: <<Habéis oído que se dijo, pero yo os digo».

Nos encontramos en esta oscilación y es muy importante vivirla conscientemente, sin bandazos, sin fanatismos místicos que destruyen la antinomia de este mundo provisional, y sin mundanalidad —enorme en numerosos cristianos—, sino integrando las dos dimensiones y convirtiendo las palabras de la sabiduría en principio normativo de la saciedad, en regla de vida social.

Ninguna sociedad responderá jamás, hasta que salgamos de este mundo transitorio, a las esperas y esperanzas que brotan de lo profundo. La respuesta que nos viene del Espíritu es una respuesta que brilla en el futuro, y sólo llega a nuestros días el reflejo de la luz (E. Balducci, Gli ulfimi Iempi, Roma 1998, 1 15).

 

Día 17

Siete santos fundadores de la orden de los Siervos de la Virgen María

 

        La orden de los hermanos Siervos de María nació en Florencia en 1233 y fue aprobada en 1304. Su comienzo fue singular: los fundadores fueron siete laicos florentinos, conocidos por los nombres de Bonfiglio (Monaldi), Bonagiunta (Manetti), Manetto (de ios Ante(ía), Amadio (de (os Amidei), Uguccione (de los Uguccioni), Sostegno (de los Sostegni) y Alessio (Falconieri). Su canonización tuvo lugar en 1888 -578 años después de la muerte del último de ellos- con la fórmula «a modo de uno solo», como ratificación del valor de la puesta en marcha y de la prosecución de un proyecto de vicia en comunión fraterna. Su inspiración originaria fue el seguimiento penitencial del Evangelio, la fraternidad, el servicio y la consagración de cada uno y de la orden a santa María, la gloriosa Domina.

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 1,1-11

1 Santiago, siervo de Dios y de Jesucristo, el Señor, saluda a todos los miembros del pueblo de Dios dispersos por el mundo.

2 Considerad como gozo colmado, hermanos míos, el estar rodeados de pruebas de todo género.

3 Tened en cuenta que, al pasar por el crisol de la prueba, vuestra fe produce paciencia,

4 y la paciencia alcanzará su objetivo, de manera que seáis perfectos y cabales, sin deficiencia alguna.

5 Si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídasela a Dios, y Dios, que da a todos generosamente y sin echarlo en cara, se la concederá.

6 Pero que pida con fe, sin dudar, pues el que duda se parece a una ola del mar agitada por el viento y zarandeada con fuerza.

7 Un hombre así no recibirá nada del Señor;

8 es un hombre de doble vida, un inconstante en todo cuanto hace.

9 Que el hermano de humilde condición se sienta orgulloso de su dignidad

10 y que el rico se haga humilde, porque pasará como flor de heno:

11 salió el sol con su ardor y secó el heno, y su flor cayó y se desvaneció su bella apariencia. Así también se marchitarán los proyectos del rico.

 

        **• Empieza hoy la proclamación de la Carta de Santiago. Este documento puede ser considerado como un conjunto de exhortaciones dominadas por dos preocupaciones principales: por una parte, revelar a los pobres el valor de prueba que tiene la angustia por la que están pasando y, de modo paralelo, revelar a los acomodados el sentido del peligro que se encuentra en sus riquezas, y, por otra parte, poner en guardia a todos contra una fe que no se traduzca en obras prácticas de misericordia.

        El clima de sabiduría veterotestamentaria y las perspectivas típicamente judías están iluminados, aunque no de un modo demasiado directo, por la luz proyectada por Cristo. Este género literario encuentra dificultades para plegarse al estilo epistolar, aunque comienza con el encabezamiento clásico de las cartas apostólicas; la Carta de Santiago se comprende mejor como una homilía de estilo sinagogal típica de las asambleas judeocristianas del siglo I.

        El pasaje de hoy recoge el encabezamiento (v. 1) y el comienzo de la exhortación introductoria (w. 2-18), que será retomada de distintos modos en el cuerpo de la carta. Los temas señalados son el carácter providencial de la prueba (w. 2-4), la necesidad de la oración para alcanzar la sabiduría y para saber moverse en medio de las dificultades de la vida (w. 5-8), así como el carácter ilusorio de la riqueza (w. 9-11).

 

Evangelio: Marcos 8,11-13

En aquel tiempo,

11 se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con la intención de tenderle una trampa.

12 Jesús, dando un profundo suspiro, dijo: - ¿Por qué pide esta generación una señal? Os aseguro que a esta generación no se le dará señal alguna.

13 Y dejándolos, embarcó de nuevo y se dirigió a la otra orilla.

 

        ** El contexto más general en el que se inserta esta breve perícopa es el constituido por la «sección de los panes» (Mc 6,30-8,26) y, más en particular, el marco de la reacción a la revelación cristológica de todo el conjunto por parte de los fariseos (8,11-13) y de los discípulos (8,14-21). La petición de «una señal del cielo», situada en este contexto, tiene el significado provocador de no reconocer el valor del milagro del maná renovado por el «profeta» de Nazaret. La intención de los fariseos, destacada por el autor sagrado, es también la de «tenderle una trampa». Eso permite comprender la respuesta categórica de Jesús, con la que se niega a conceder «serial» alguna.

        Marcos emplea, por lo general, el término dynamis («prodigio») para designar el milagro; aquí emplea el término sémeion («señal»). Por eso podemos situar la petición de una señal en el contexto más amplio de los portentos prodigiosos de Marcos, que llevan a percibir el poder y la capacidad de compartir de Jesús de Nazaret y a invadir la problemática de los criterios de credibilidad, nunca suficientes para quienes no quieren creer.

        «Esta generación» (v. 12) es una expresión que va acompañada, a veces, por adjetivos como «adúltera y pecadora» (8,38; cf. Mt 12,39.45; 16,4) o, bien, «infiel y perversa» (9,19; cf. Mt 17,17) y designa en la literatura profética al pueblo de Israel infiel a la alianza, que pone continuamente a prueba a su Dios y reclama siempre nuevas manifestaciones de su poder {cf Dt 32,5-20; Is 1,2; Sal 78,8; 95,10); aquí parece dirigirse Jesús no sólo a los fariseos con los que habla, sino también a todos aquellos que nunca encuentran suficientes signos de credibilidad.

 

MEDITATIO

        En el calendario litúrgico propio de la orden, la celebración de los siete santos fundadores se eleva a la categoría de solemnidad, y, por consiguiente, las lecturas, colocadas en dos series, son seis, todas ellas tendentes a interpretar las experiencias, los acontecimientos y las inspiraciones de los orígenes a la luz de la Palabra de Dios. La primera serie se dirige a los componentes de la orden -hermanos, monjas, hermanas, institutos seculares, laicos-, hermanados en una identidad de inspiración a través de la diversidad de la institución. A través de Si 44,1-2.10-15 se teje el elogio de los padres fundadores, hombres ilustres, sensatos y virtuosos, dignos de posteridad. Mediante Ef 4,1-6.15-16 se estimula a los seguidores de los siete santos fundadores a continuar las convicciones y la visibilidad de la unidad en la fe y en la caridad en el nombre de un único Señor, Jesucristo, y de un único Padre. En la perícopa de Jn 17,20-24, el proyecto de unión y de unidad se hace oración con las palabras de Jesús al Padre: el estar unidos es signo de que Cristo es el enviado y el testigo del amor paterno de Dios.

        En la segunda serie, más adaptada a las celebraciones fuera de los confines de la orden, se proponen otras tres lecturas, o sea, las dos que hemos comentado más arriba, a las que se añade Is 2,2-5: esta última es una perícopa que recuerda la ascensión de los siete santos al monte Senario, en torno a 1245, donde maduró su conciencia obediencial a la inspiración mariana de la prosecución de una comunidad dedicada al servicio del Señor y de la santísima Virgen María, Madre de Dios, y de donde bajaron y se hicieron también siervos de paz.

        La abundancia de lecturas bíblicas cubre el ámbito de una experiencia evangélica múltiple. Como un estribillo se manifiesta la centralidad de la unión y de la unidad, de la comunidad en la fraternidad y en el servicio a Dios y al prójimo: hasta tal punto que los siete santos fundadores figurarían óptimamente como protectores de toda empresa de unidad y de cuantos llevan a cabo juntos intentos de construir unidades benéficas en la Iglesia y en la ciudad secular.

 

ORATIO

        A vosotros acudimos, santos hermanos y padres antiguos, para aprender de vosotros, vivas imágenes de Cristo, cómo cantar juntos las alabanzas de Dios y romper el pan de vida, como hermanos reunidos en torno a la mesa del Padre; cómo se anuncia el Evangelio de la paz y cómo se vive, se sufre y se muere por la Iglesia.

        A vosotros acudimos para aprender cómo se ama a Dios por encima de todo y se da la vida por los hermanos; cómo el perdón vence a la ofensa y cómo se devuelve el bien por el mal; cómo se tiende la mano al necesitado, cómo se alivia la pena al afligido, cómo se abre el corazón al amigo.

        A vosotros acudimos para aprender cómo se sirve a Dios en la alegría, con manos inocentes y corazón puro, día y noche, con amor vigilante; cómo servir a Cristo es seguirle: subir con él a la cruz para reinar con él en la gloria; cómo es una ley para nosotros llevar los unos el peso de los otros y prestarnos recíprocamente un libre servicio; cómo se repite el gesto de la humilde Sierva: convertir la vida en un servicio de amor al Hijo de Dios y a todos los hermanos.

 

CONTEMPLATIO

        [Los siete fundadores], dado el temor que sentían por su imperfección, tomaron una sabia decisión: se fueron humildemente a los pies de la Reina del cielo, la gloriosísima Virgen María, con todo el amor de su corazón, para que ella, que es mediadora y abogada, les reconciliara y les recomendara a su Hijo y, supliendo con su generosísima caridad sus imperfecciones, obtuviera, piadosa, abundancia de méritos. Por eso, en honor de Dios, se pusieron al servicio de la Virgen, su Madre, y desde aquel momento quisieron llamarse Siervos de Santa María, con un estilo de vida sugerido por personas sabias (Legenda de origine Ordinis fratrum Servorum Virginis Mariae [año 1317], n. 18).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la palabra de la liturgia: «Concédenos, Señor, la caridad ardiente de los siete santos fundadores».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Bonfiglio te llamaron en la fuente bautismal, profetizando que te convertirías en el mejor de todos los hijos. Por eso te eligieron como primer guía de aquella familia religiosa de la que fuiste el primer siervo [...]. Vuestro programa era sencillo: «Ante todo y sobre todo, amar a Dios y, a continuación, al prójimo: éste es el mandamiento principal dado a cada uno». Primero Dios, porque Dios está dentro. Es él quien te lleva, el que te mantiene en pie, el que te hace caminar. A continuación, el prójimo, el otro, cada uno, que debe convertirse en otro «tú mismo». Pero se trata de un solo mandamiento, y tampoco en dos tiempos, sino en un solo tiempo [...].

Sencillo, pero sustancial, es vuestro mandamiento: «Id y predicad a todas las gentes la pasión de mi Hijo y mi dolor, de suerte que convirtáis al mundo». Era el mandamiento de la Madre que os había llamado, precisamente, en un día de viernes santo, el gran día en el que «se oscureció toda la tierra». Ésta era la razón de que os hubierais convertido en hermanos «Siervos de María»: el mandato de Cristo y la consigna de la Madre; a saber: el Evangelio (como ya lo fuera para Francisco) según la interpretación de la Madre; de ella, que había dado carne a la Palabra, convirtiéndose en imagen viva de la Iglesia. Evangelio y piedad: ésta es vuestra única regla. Como san Pablo, que no sabía más que de Cristo, «y éste crucificado» (D. M. Turoldo, Come i primi Trovadori, Liscate-Milán 1988, pp. 15 y 16ss).

 

Día 18

Martes de la 6ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 1,12-18

12 Dichoso el hombre que aguanta en la prueba, porque, una vez acrisolado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman.

13 Ninguno, al verse incitado a pecar, diga: «Es Dios quien me está incitando a pecar», pues nadie puede incitar a Dios para que haga el mal, y él no incita a nadie a pecar.

14 Cada uno es incitado a pecar por su propia pasión, que lo arrastra y lo seduce.

15 Después, la pasión concibe y da a luz al pecado, y el pecado, una vez consumado, origina la muerte.

16 No os engañéis, mis queridos hermanos.

17 Toda dádiva buena, todo don perfecto, viene de arriba, del Padre de las luces, en quien no hay cambios ni períodos de sombra.

18 Por su libre voluntad nos engendró, mediante la Palabra de la verdad, para que seamos los primeros frutos entre sus criaturas.

 

        *•• Esta perícopa puede constituir la parte final de la exhortación introductoria con un tema en el que insistirá el cuerpo de la carta: «Dichoso el hombre que aguanta en la prueba» (v. 12). El tema de la prueba o tentación está recogido en este versículo con el mismo carácter positivo de los w. lss; allí se subrayaba la necesidad de que las cosas preciosas sean probadas y la importancia que tiene para los cristianos la oportunidad de ser incitados a alcanzar la perfección de la obra. La proclamación de un «macarismo» o de una bienaventuranza está destinada a los que entran en un camino que, al comienzo, requiere esfuerzo y paciencia, y sólo en un segundo momento conduce a algo grande.

        No carece de finura psicológica la descripción de la labor lenta y continua de la concupiscencia, que lleva adelante la «prueba» mediante el halago y la seducción.  El mal, que ha conseguido entrar en el hombre a través de la seducción y el halago, da a luz el pecado, y éste, a su vez, engendra la muerte.

        La finalidad de estas consideraciones no parece ser llevar a cabo una meditación sobre la naturaleza de Dios, sino más bien una revelación de lo que la pureza divina engendra en nosotros. En efecto, como es propio de la fuente luminosa comunicarse, nosotros somos partícipes de la irrigación divina, rica no sólo de luz iluminadora, sino determinada por la voluntad, capaz de engendrar «mediante la Palabra de la verdad» (que es el Evangelio, según Col 1,5).

 

Evangelio: Marcos 8,14-21

En aquel tiempo,

14 los discípulos se habían olvidado de llevar pan y sólo tenían un pan en la barca.

15 Jesús, entonces, se puso a advertirles, diciendo: - Abrid los ojos y tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la levadura de Herodes.

16 Ellos comentaban entre sí, pensando que les había dicho aquello porque no tenían pan.

17 Jesús se dio cuenta y les dijo: - ¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Es que tenéis embotada vuestra mente?

18 Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís. ¿Es que ya no os acordáis?

19 ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis cuando repartí los cinco panes entre los cinco mil? Le contestaron: - Doce.

20 Jesús insistió: - ¿Y cuántos cestos llenos de trozos recogisteis cuando repartí los siete entre los cuatro mil? Le respondieron: - Siete.

21 Jesús añadió: - ¿Y aún no entendéis?

 

        **• El marco literario de esta perícopa es también el de la «sección de los panes» (Mc 6,30-8,26) y, más en particular, la reacción a la revelación cristológica por parte de los fariseos (8,11-13) y, ahora, por parte de los discípulos (8,14-21). El endurecimiento del corazón es un tema profético y veterotestamentario, dramático y complejo. Aparece en los evangelios a propósito de la comprensión-aceptación del misterio del Reino propuesto en parábolas (Mc 4,10-12; Mt 13,10-14; Le 8,9ss; cf. Jn 12,37-41).

        La insistencia en el tema por parte de Marcos pretende subrayar la novedad y la profundidad del mensaje propuesto; los fariseos lo han intuido, pero han preferido provocar al Mesías a tomar una opción diferente; la dificultad para entrar en él, en el caso de los discípulos, indica la opción radical a la que está llamada su fe.

        Esa dificultad, para decirlo con los términos de nuestro pasaje, consiste en no alinearse con la levadura de los fariseos y en comprender, en cambio, la lógica de la multiplicación repetida de los panes. Es ésta un misterio de reparto; el pan que se parte para ser multiplicado, la carne que debe ser «masticada» a fin de que se convierta en fuente de vida eterna para los que participan en el banquete, trae a colación el misterio de la necesidad de pasar a través de la muerte para ser fuente de vida.  Esto por lo que respecta a Jesús, por lo que respecta a la cristología en sí misma y también por lo que se refiere a los discípulos, en virtud de una lógica eclesial que sea conforme con la enseñanza del Maestro.

 

MEDITATIO

        En el pasaje de ayer, Santiago nos hacía pedir a Dios la sabiduría, a fin de ver las pruebas desde su justa perspectiva.

        El libro de los Proverbios se refiere al valor de la sabiduría cuando recuerda que «la necedad del hombre tuerce su camino e irrita su corazón contra el Señor» (19,3). Santiago se muestra categórico: «Nadie puede incitar a Dios para que haga el mal, y él no incita a nadie a pecar» (1,13). En consecuencia, nuestra atención debe detenerse en otro punto: el hombre-criatura. En él está presente la concupiscencia y, si la sigue, se encamina a la muerte. Ahora bien, el hombre dispone también de la posibilidad real de ser «los primeros frutos entre las criaturas de Dios» (1,18), engendradas por su voluntad «mediante la Palabra de la verdad».

        Ante la «fijación» de los discípulos en una preocupación superficial y material, Jesús no sólo los amonesta, sino que les hace practicar una anamnesis por medio de una serie de preguntas - «¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Es que tenéis embotada vuestra mente? Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís»- y los lleva a releer la «señal» de la multiplicación de los panes. Jesús se muestra provocador en el empleo que hace de la terminología de los antiguos profetas. De este modo revela también que «la levadura de los fariseos y de Hewdes», esto es, la falta de disponibilidad para acoger lo que han visto, está presente asimismo en sus discípulos, que permanecen ligados al «pan» y no llegan a él, «Palabra de la verdad». En nuestro caso, tampoco nos hará daño una anamnesis de este tipo, puesto que abriendo los «ojos» y los «oídos» también llegaremos nosotros a reconocer que «todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces».

 

ORATIO

        Piadosísimo Dios mío, te ruego que me libres del embarazo excesivo de las preocupaciones de esta vida; de que las varias necesidades corporales me hagan prisionero de los placeres; de que todos los impedimentos del alma quebranten mi ánimo con sus molestias y llegue a desmayar.

        No quiero decir que me libres de esas cosas que la mundanal vanidad ambiciona con toda su alma. No, Señor, me refiero a esas miserias que al alma de tu siervo molestan y embarazan, por castigo, por esa maldición común a todos los mortales, para no poseer la libertad de espíritu siempre que quieren (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, III, 26, Apostolado Mariano, Sevilla, s i . , p. 152).

 

CONTEMPLATIO

        Sí, ví además que nuestro Señor se alegra de la tribulación de los suyos con piedad y compasión; y a toda persona que quiere llevar con amor a su felicidad le envía algo que, a sus ojos, no constituye un defecto, pero a causa del cual esas personas son humilladas y despreciadas en este mundo, ultrajadas, sometidas a burlas, puestas aparte. Y hace esto para impedir el daño que les produciría el fasto, el orgullo y la vanagloria de esta mísera vida, y hacer más expedito el camino que les llevará al cielo, a la alegría infinita y eterna. Por eso dice: «Yo os arrancaré por completo de vuestros afectos vanos y de vuestro orgullo malvado, y os reuniré después y os haré humildes y apacibles, puros y santos, uniéndoos a mí».

        Y entonces vi que toda compasión natural que tiene el hombre por sus hermanos cristianos, unida a la caridad, es Cristo en él. Por otra parte, todo tipo de anonadamiento mostrado por Jesús en su pasión revela dos aspectos de la intención de nuestro Señor: uno es la felicidad a la que seremos llevados y en la que quiere que nos alegremos; el otro es el consuelo en nuestro dolor, porque quiere que sepamos que todo se transformará en gloria y ganancia para nosotros en virtud de su pasión, y que sepamos también que nosotros no sufrimos solos, sino con él, y que lo veamos como nuestro apoyo. Y desea que veamos que todos sus sufrimientos y tribulaciones superan con mucho todo cuanto nosotros podamos sufrir, hasta tal punto que no podemos tener una comprensión cabal del mismo. Y si consideramos bien esta voluntad suya nos salvaremos de lamentarnos y de la desesperación cuando experimentemos dolor; y si pensamos correctamente que nuestro pecado nos merece las penas, su amor nos excusa aún. Y por su gran cortesía elimina todo reproche y nos mira con compasión y piedad, como niños inocentes y sin culpa (Juliana de Norwich, Libro delle rivelazioni, Milán 1984, p. 168).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Toda dádiva buena, todo don perfecto, viene de arriba, del Padre de las luces» (Sant 1,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La historia de la salvación no está marcada sólo por las repetidas llamadas de Dios, sino también por los repetidos rechazos por parte del hombre a tomar el camino de la vida. El mismo Verbo de Dios, nos recuerda el evangelista Juan, «vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Jesús, en el evangelio de Juan, nos indica la raíz profunda del rechazo, de la incredulidad, y lo hace empleando un lenguaje duro, que requiere ser descifrado: «Yo hablo de lo que he visto estando junto a mi Padre; vuestras acciones manifiestan lo que habéis oído a vuestro padre. [...] El que es de Dios acepta las palabras de Dios, pero vosotros no sois de Dios, y por eso no las aceptáis» (Jn 8,38-47). La raíz de la fe bíblica está en la escucha, actividad vital, aunque también exigente. Y es que escuchar significa dejarse transformar, poco a poco, hasta ser conducidos por caminos a menudo diferentes de aquellos que hubiéramos podido imaginar encerrándonos en nosotros mismos. Los caminos que nos indica Jesús están marcados por la belleza –porque la vida de comunión es bella, bello el intercambio de dones y de misericordia-, pero son caminos que comprometen. De ahí la tentación de no abrirle la puerta, de dejarlo fuera de nuestra existencia real. La historia del pecado, en efecto, echa siempre sus raíces en la historia de la falta de escucha. Aunque -y hay que decirlo con fuerza- ninguno de nosotros pueda juzgar la escucha de los otros, ni siquiera la de los que se declaran alejados de la fe (Comunicar el Evangelio en un mundo que cambia, n. 13, Roma 2001).

 

 

Día 19

Miércoles de la 6ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 1,19-27

19 Sabéis, mis queridos hermanos, que todo hombre ha de ser diligente para escuchar, parco en hablar y lento a la cólera,

20 pues el hombre encolerizado no hace lo que Dios quiere.

21 Por eso, abandonad toda inmundicia, todo exceso vicioso, y acoged con mansedumbre la Palabra que, injertada en vosotros, tiene poder para salvaros.

22 Poned, pues, en práctica la Palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos.

23 Pues el que la oye y no la cumple se parece al hombre que contempla su rostro en un espejo

24 y, después de mirarse, se marcha, olvidándose al punto de cómo era.

25 En cambio, dichoso el hombre que se dedica a meditar la ley perfecta de la libertad y no se contenta con oírla, para luego olvidarla, sino que la pone en práctica.

26 Si uno piensa que se comporta como un hombre religioso y no sólo no refrena su lengua, sino que conserva pervertido su corazón, su religiosidad es falsa.

27 La religiosidad auténtica y sin tacha a los ojos de Dios Padre consiste en socorrer a huérfanos y viudas en su tribulación y en mantenerse incontaminado del mundo.

 

        *» La perícopa de hoy (w. 19-27) se inserta en el fragmento más amplio delimitado por los w. 16-27, que se articulan, desde el punto de vista literario, en tres tiempos: empiezan con una exhortación de estilo directo y prosiguen con algunas consideraciones de tipo sapiencial y de carácter impersonal.

        A pesar de esta estructura, la conexión de las ideas no es demasiado inmediata, y obedece más a un estilo rabínico de yuxtaposición de conceptos diferentes que al desarrollo lineal de una idea: en los diferentes aspectos de la «Palabra revelada» podemos señalar un pensamiento de fondo: la Palabra nos engendra para ser los primeros frutos de las obras de Dios (v. 18); esa Palabra, sembrada en nosotros, tiene la capacidad de salvar nuestras almas (v. 21) y, llevada a cumplimiento en las obras concretas, nos conduce a la experiencia de la bienaventuranza evangélica (w. 26ss).

        Aparecen aquí con claridad huellas de catequesis bautismal. Se plantea aquella libertad que es prerrogativa de la ley nueva, tema entrañable a Pablo (Rom 3,27; 16,15; 7,1; Gal 4,21ss). O sea, y recogiendo las expresiones del prólogo de Juan, que nos parecen también muy adecuadas en este contexto: los que han recibido en el bautismo el don de haber sido engendrados como hijos han recibido la iluminación de la fe y la habilitación para obrar: «Éstos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios» (Jn 1,13).

 

Evangelio: Marcos 8,22-26

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos

22 llegaron a Betsaida y le presentaron un ciego, pidiéndole que lo tocara.

23 Jesús tomó de la mano al ciego, lo sacó de la aldea y, después de haber echado saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: - ¿Ves algo?

24 Él, abriendo los ojos, dijo: - Veo hombres; son como árboles que caminan.

25 Jesús volvió a poner las manos sobre sus ojos; entonces el ciego comenzó ya a ver con claridad y quedó curado, de suerte que hasta de lejos veía perfectamente todas las cosas.

26 Después le mandó a su casa, diciéndole: - No entres ni siquiera en la aldea.

 

        *+• Este fragmento refiere el milagro de la curación del ciego de Betsaida, propio de la tradición de Marcos. El pasaje se presenta rico en rasgos particulares de su estilo y de su concepción cristológica. Aparece como conclusión de toda la composición de la «sección de los panes» (Mc 6,30-8,26), composición que no es difícil distribuir en dos dípticos (que se desarrollan siguiendo un módulo compositivo semejante) y encuentra un paralelo en la curación del sordomudo del primer díptico (7,31-37).

        El segundo díptico (8,1-26) empieza con la descripción de la segunda multiplicación de los panes, alude a la travesía del lago para llegar a Dalmanuta, donde está ambientada la discusión con los fariseos sobre la señal del cielo, y desde aquí describe la salida en barca con los discípulos: éstos son los interlocutores de la discusión sobre los panes de la nueva levadura. Y, por último, se refiere la curación del ciego en Betsaida.

        Ésta, siempre en el marco de un remachado secreto mesiánico, prepara la magna revelación cristológica de ese bloque particular en la construcción del evangelio de Marcos que llaman los exégetas el canal de confluencia de las dos vertientes de su obra (8,27-9,13). Éste encuentra su cima en la escena de la transfiguración.

        No resulta difícil ver la curación de un ciego por parte del Hijo del hombre como una discreta alusión a la necesidad de ser reintegrados en nuestras propias capacidades cognoscitivas para poder comprender y estar preparados para «ver» la gloria del Hijo de Dios en Jesús.

 

MEDITATIO

        El hecho de «ser diligente para escuchar, parco en hablar y lento a la cólera» revela un corazón pacificado y, por ello, capaz de acoger la Palabra que ha sido sembrada en nosotros. Sin embargo, resulta fácil hacernos ilusiones de que somos corazones acogedores, oyentes fieles. ¿Cómo saber si tenemos en nosotros esta Palabra que, injertada en nosotros, tiene poder para salvarnos? Si la ponemos en práctica.

        La Palabra acogida es la Palabra que se encarna; estamos llamados a hacerla visible en nosotros haciéndola operante a nuestro alrededor. La Palabra de Dios ya ha sido sembrada en nosotros, pero aún tenemos necesidad de una intervención de la gracia para ver con limpidez la «gloria del Hijo de Dios», para tener una «religiosidad auténtica y sin tacha a los ojos de Dios Padre».

        Después de haberlo llevado fuera de la aldea y de haberle devuelto la vista, Jesús dice al ciego de Betsaida que no entre en la aldea; con ello volvemos a encontrarnos aún ante el «secreto mesiánico» de Marcos. También nosotros estamos invitados a hacer el mismo recorrido: estamos ciegos; nos llevan fuera de la aldea; nos llaman a convertirnos en oyentes de la Palabra de Jesús y a ver. Sin embargo, en nuestro caso ya no existe el secreto mesiánico: ha llegado para nosotros el tiempo de volver a entrar en la aldea a fin de ser epifanía de la Palabra que habita en nosotros, la «Palabra de la verdad» que lleva a ver hasta de lejos perfectamente todas las cosas, a verlas a la luz de la verdad, sin alterarlas, sin confundir los árboles con los hombres.

 

ORATIO

        Abre, Señor, mi corazón para que, con ojos nuevos, pueda ver la belleza de las cosas que creaste y sepa reconocer en mí y en los otros la imagen del hombre tal como tú la pensaste. Abre, Señor, mi corazón a la escucha de tu Palabra para que le permanezca fiel, no como oyente desmemoriado, sino como alguien que la pone en práctica. Abre, Señor, mi corazón a una religiosidad sincera, pura y sin mancha, para que encuentre mi alegría y mi felicidad en la realización de lo que es justo ante ti, Dios, nuestro Padre.

 

CONTEMPLATIO

        Y, además, el Señor nos ha proporcionado una comprensión y una doctrina especiales sobre la obra y la revelación de los milagros, así: «Es sabido que antes de ahora he hecho milagros, muchos, nobilísimos y maravillosos, gloriosos y grandes, y lo mismo que hice, lo hago y lo seguiré haciendo en el tiempo futuro». Es sabido que antes de los milagros hay dolores, angustia y tribulación, y esto es así para que podamos conocer nuestra debilidad y la maldad en la que nos ha hecho caer el pecado, y para volvernos humildes y hacernos invocar la ayuda y la gracia de Dios. Vienen después grandes milagros, y esto por el poder, la sabiduría y la bondad sublimes de Dios, que revela su virtud y las alegrías del cielo en la medida en que ello es posible en esta vida transitoria, a fin de reforzar nuestra fe y aumentar nuestra esperanza en la caridad. Ésta es la razón por la que le complace ser conocido y honrado en los milagros. Esto es lo que él pretende: no quiere que nosotros caigamos en la depresión a causa de los dolores y tempestades que se abaten sobre nosotros, porque así fue siempre antes de que llegaran los milagros (Juliana de Norwich, Libro delle Rivelazioni, Milán 1984, p. 184).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús tomó de la mano al ciego» (Mc 8,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Creer y escuchar la Palabra de Dios es la misma e idéntica cosa. Creer es la capacidad de percibir, más allá de nuestra propia «verdad», humano-mundana y personal, la verdad absoluta del Dios que se revela y se ofrece a nosotros, y dejarla y hacerla valer como la verdad más grande, como la verdad que decide también sobre nosotros. Quien cree, quien se considera creyente, dice que está en condiciones de oír la Palabra de Dios.

        Y quien quiere creer sin contradicciones internas, o sea, el que afirma incluso interiormente lo que cree y quiere poseer en su verdad, el que, en suma, también ama y espera, no necesita reflexionar demasiado para comprender que una fe sin amor está «muerta», es un despojo de su interna vitalidad, porque ha sido como robada de sí misma. Un hombre que cree en serio que Dios es amor y que se ha sacrificado por nosotros en una cruz, y que lo ha hecho porque nos ama y nos ha elegido desde la eternidad y destinado a una eternidad feliz, ¿cómo podrá considerar este mensaje, esta palabra que viene de Dios como justa y válida, y, al mismo tiempo, querer que sea inválida con la misma seriedad, es decir, con sus acciones, al menos para él, al menos en este momento o mientras esté determinado a pecar?

        Dispone de esta posibilidad incomprensible e «imposible», pero la tiene como la posibilidad de contradecir cuanto él mismo ha puesto y afirmado, y por eso es alguien que se contradice a sí mismo, se elimina a sí mismo y se prende fuego. Quien de algún modo dice sí a la fe, aunque sólo sea del modo vago de quien reconoce en el fondo a la verdad de Dios (o bien de un absoluto, divino, universal) un dominio sobre su verdad personal, ése dice «sí» a esta verdad, la ama y espera en ella; es un oyente de la Palabra, no importa que sea de manera abierta o escondida (H. U. von Balthasar, Nella preghiera di Dio, Milán 1997, p. 24).

 

Día 20

Jueves de la 6ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 2,1-9

1 Hermanos míos, no mezcléis con favoritismos la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado.

2 Supongamos que en vuestra asamblea entra un hombre con sortija de oro

y espléndidamente vestido, y entra también un pobre con traje raído.

3 Si os fijáis en el que va espléndidamente vestido y le decís: «Siéntate cómodamente aquí», y al pobre le decís: «Quédate ahí de pie o siéntate en el suelo a mis pies»,

4 ¿no estáis actuando con parcialidad y os estáis convirtiendo en jueces que actúan con criterios perversos?

5 Escuchad, mis queridos hermanos, ¿no eligió Dios a los pobres según el mundo para hacerlos ricos en fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?

6 ¡Pero vosotros menospreciáis al pobre! ¿No son los ricos los que os oprimen y os arrastran a los tribunales?

7 ¿No son ellos los que deshonran el hermoso nombre que ha sido invocado sobre vosotros?

8 Así pues, si cumplís la suprema ley de la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, hacéis bien.

9 Pero si os dejáis llevar por los favoritismos, cometéis pecado y la ley os condena como transgresores.

 

        **• Con un ejemplo vivo y concreto, que afecta al aspecto cotidiano de la vida comunitaria, ilustra Santiago lo que debemos entender por una fe activa. Está marcada por una connotación esencial: la capacidad para acoger al pobre. La fe auténtica no rechaza a nadie por el aspecto con el que se presenta, no se deja impresionar por él. Es significativo señalar que el término empleado, favoritismos, corresponde al utilizado por Pablo en Rom 2,11 y Col 3,25 a propósito de Dios para indicar que no tiene preferencias personales. Sólo quien se comporta con esa ecuanimidad tiene una fe recta en Jesús, a quien se le atribuye el título, tal vez litúrgico, de «Señor de la gloria».

El ejemplo que aparece en los w. 2-4 muestra, por el contrario, lo fácil que resulta también para los cristianos honrar a las personas importantes y despreciar, sin embargo, al «pordiosero», es decir, al que está necesitado de todo. No es éste el modo de obrar de Dios.

        Santiago lo recuerda introduciendo lo que dice con un verbo muy importante: «Escuchad, mis queridos hermanos ». Escuchad, prestad atención a los caminos de Dios, que no son los vuestros. Dios prefiere a los pobres «que le aman» y que, de este modo, pueden llegar a ser «ricos» en la fe. Encontramos aquí un eco de la primera bienaventuranza (Mt 5,3), que recoge un tema muy querido en toda la Biblia. Santiago no habla, en efecto, de la pobreza material como condición para la elección divina, ni de la riqueza como motivo de condena. Al rico se le reprueba cuando sus bienes se convierten en motivo de injusticia con el pobre.

        Esa opresión es equiparada a una blasfemia contra el «hermoso nombre»; probablemente, se trata de una referencia al nombre de Jesús, que todo cristiano lleva desde el momento de su bautismo. Con él ha sido injertado en la vida nueva, cuya única ley es el amor que abarca de manera indistinta a cada hombre, porque en cada uno de ellos está Cristo; en el momento del juicio (Mt 25,31-46), se nos preguntará precisamente si hemos sabido reconocerlo. Éste será el mejor fruto de la divina sabiduría en nosotros.

 

Evangelio: Marcos 8,27-33

En aquel tiempo,

27 Jesús salió con sus discípulos hacia las aldeas de Cesárea de Filipo y por el camino les preguntó: - ¿Quién dice la gente que soy yo?

28 Ellos le contestaron: - Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los profetas.

29 Él siguió preguntándoles: - Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Pedro le respondió: - Tú eres el Mesías.

30 Entonces Jesús les prohibió terminantemente que hablaran a nadie acerca de él.

31 Jesús empezó a enseñarles que el Hijo del hombre debía padecer mucho, que sería rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley; que lo matarían y, a los tres días, resucitaría.

32 Les hablaba con toda claridad. Entonces Pedro lo tomó aparte y se puso a increparle.

33 Pero Jesús se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro diciéndole: - ¡Ponte detrás de mí, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.

 

        *•• En el fragmento que hemos leído encuentra su clarificación el misterio respecto a la persona de Jesús. La primera parte del evangelio de Marcos está atravesada por la pregunta que suscita la persona de Jesús: «¿Quién es ése?». Ahora es el mismo Jesús quien plantea la pregunta para llegar a un primer balance de lo que dice la gente de él. Le consideran no sólo un profeta, sino el mayor de ellos, el precursor de los tiempos mesiánicos.

        Sin embargo, Jesús no se contenta con las respuestas de la gente. Quiere saber lo que piensan de él sus discípulos. Sólo a Pedro le ha sido concedido «ir más allá» y reconocer en él al Mesías, al Cristo, al Ungido de Dios. Pero Jesús impone de nuevo lo que se ha dado en llamar el «secreto mesiánico». En efecto, el Maestro, en el mismo momento en el que acoge y confirma la intuición de Pedro, habla a los discípulos del misterio de la cruz, un misterio que ha de figurar en el corazón de su mesiazgo: él es el Siervo de Yahvé venido a cargar con nuestros pecados para llevar a cabo la verdadera Pascua, para hacernos pasar con él de la muerte a la vida (cf. Is 53).

        En el momento en que Jesús se revela como el Hijo del hombre que ha de padecer se vuelve claro también lo que le pide al discípulo: seguirle por el camino de la cruz. Pedro, que parece haber captado el misterio de Jesús, es el primero también en manifestar su escándalo ante el desconcertante camino que se le anuncia. Jesús lo trae de nuevo al orden. Al pie de la letra le dice: «Pasa detrás de mí, Sígueme». Ésta es la posición justa a la que nos reconduce siempre la Palabra para no hacer vana la venida de Cristo a nosotros. Cuanto más aumenta el conocimiento de él, tanto más estamos llamados a convertirnos en partícipes del misterio de su cruz, que es misterio de amor.

 

MEDITATIO

        «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Ésta es la pregunta a la que se nos pide, continuamente, que demos una respuesta en la vida de cada día si queremos ser, de verdad, discípulos de Jesús. Él es nuestro Señor Jesucristo, el Señor de la gloria, como nos sugiere la Carta de Santiago, pero no podemos contentarnos con invocarlo sólo con los labios.

        No basta, en efecto, con decir: «Señor, Señor». Reconocerle como el soberano de nuestra vida significa creerle también vivo y presente en los hermanos, justamente en cada uno de ellos, según el magno realismo que se ha llevado a cabo en el misterio de la encarnación.

        En efecto, el Hijo de Dios, el Dominador del universo por quien todo fue creado, quiso asumir por amor a nosotros el rostro del Siervo de Yahvé, del Varón de dolores que «no tiene apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas» (Is 53, 2). Y de este modo nos ha revelado nuestra incomparable grandeza.

También a nosotros, como a Pedro, se nos puede conceder intuir en algunos momentos de gracia el misterio del Dios vivo en su esplendor, aunque la comprobación de nuestra fe se lleva a cabo cuando no nos dejamos vencer -como Pedro- por el escándalo de la cruz. Reconocer al Señor Jesús significa saber que su camino pasa, de manera inevitable, por el camino de la cruz y que también nosotros debemos pasar por él, abrazando nuestra cruz.

        No hay otro modo de que se abran los ojos de nuestro corazón y, sin dejarnos desviar por el aspecto exterior, por la riqueza o por la pobreza, por la seguridad o por la necesidad, veamos en cada hombre el misterio de una presencia, el esplendor de un rostro, de su rostro.

 

ORATIO

        Te rogamos, oh Padre, en el hermoso nombre de Jesús, tu Hijo y Señor de la gloria, que hagas límpida y fuerte nuestra fe, no contaminada por favoritismos personales. Abre nuestros ojos para que veamos en cada hombre a un hermano que Jesús ha rescatado al precio de su sangre. Danos una mirada buena, capaz de ver en cada rostro los rasgos del tuyo.

        Él vino a nosotros humilde y pobre, se hizo por nosotros Siervo de Yahvé y cargó con nuestros pecados para darnos la alegría de llegar a ser ricos de tu gloria eterna. Ensancha nuestros corazones para que en ellos sea acogido y amado cada hombre con ese amor de predilección que sientes por cada uno de nosotros, haciéndonos hijos en tu amadísimo Hijo.

 

CONTEMPLATIO

        Hermanos y compañeros de pobreza, recibid este discurso mío sobre el amor a los pobres y orad al mismo tiempo conmigo a fin de que alimente con la Palabra vuestras almas y parta el pan espiritual para aquellos que tienen hambre.

        No es fácil en absoluto encontrar entre las virtudes una que venza a las otras y darle a ésta el primer puesto y el premio de la victoria, del mismo modo que tampoco resulta fácil encontrar en un prado lleno de flores y de perfumes la flor más bella y más perfumada, puesto que ahora una y después otra atraen el olfato y la vista e intentan persuadirnos de que las cojamos en primer lugar.

        Sin embargo, si bien es preciso considerar la caridad como el primero y el mayor de los mandamientos, me parece que la parte más considerable de ésta consiste en el amor a los pobres y en la capacidad de conmovernos y de sufrir con todo nuestro corazón junto con aquellos que son nuestros hermanos. En efecto, Dios no recibe honor de ninguna otra cosa como de la misericordia, puesto que no hay ninguna otra cosa más semejante que ésta a Dios.

        Es menester, por tanto, abrir el corazón a todos los pobres y a los que sufren por cualquier causa, según el precepto que nos ordena alegrarnos con quien está alegre y llorar con los que lloran: y dado que también nosotros somos hombres, es preciso llevar como contribución a los hombres el beneficio de la humanidad; allí donde sea mayor la necesidad a causa de la viudez, de la pérdida de los padres, del exilio, de la crueldad, de la sed de beneficio, de los malhechores, de la insaciabilidad de los ladrones: de todos éstos debemos tener asimismo piedad, porque miran a nuestras manos como nosotros miramos a las manos de Dios en busca de aquello de lo que tenemos necesidad.

        ¿Quién es el sabio que comprenderá esto? Sabe de dónde te viene el existir, el respirar, el conocer a Dios, el esperar el Reino de los Cielos... ¿Quién te ha regalado todas esas prerrogativas gracias a las cuales supera el hombre a los otros seres animados? ¿No es aquel que te pide ahora, antes que todo y en lugar de todo, la humanidad? Y si él no se avergüenza de ser llamado nuestro Padre, aun siendo Dios y Señor, ¿renegaremos nosotros de nuestra parentela? (Gregorio Nacianceno, «Orazione 14», lss, passim; en id., Tutte le orazioni, Milán 2000, pp. 333-337).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Me dice el corazón: "Busca su rostro". Sí, tu rostro, Señor, es lo que busco» (Sal 27,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El pobre es profético. Grita. Nos llama a cambiar, a abandonar nuestros egoísmos, para abrirnos al compartir. ¿Qué es lo que pide? Ser reconocido como una persona, como tú y como yo, y ser amado con un amor que no sea sentimentalismo, sino compromiso. El pobre espera un encuentro repleto de gratuidad y de amor, en el que sea reconocido y no tengamos miedo de «perder el tiempo» ¡untos. Busca una relación que incluya algo de absoluto, un compromiso. Sin embargo, por nuestra parte, tenemos miedo de amar, porque amar es comprometerse con las personas y hacer morir algo de nosotros mismos: bienestar, comodidades, riquezas, empleo de nuestro propio tiempo, distracciones, cultura, reputación, éxito y, tal vez, nuestras propias amistades. El grito del pobre es exigente. Pero nosotros no tenemos tiempo. El pobre es profético. Nos invita a cambiar. Nos invita a un nuevo estilo de vida. Nos llama al encuentro y a la fiesta, al reparto y al perdón. El rico, sin embargo, tiene miedo y se cierra en su riqueza y en su soledad, en su hiperactividad y en sus distracciones. Para salir de la soledad, de la prisión en la que se ha encerrado, necesita el rico al pobre. El pobre le molesta. Si se deja molestar, entonces puede tener lugar el milagro. El pobre penetra a través de los barrotes de su prisión. La mirada del pobre penetra en su corazón para despertarlo a la vida. Se produce el encuentro. Si el rico, tocado en su intimidad, se deja llevar por la llamada del pobre, va descubriendo poco a poco una fuerza, una energía escondida, más profunda que sus conocimientos y que sus capacidades de acción. Descubre el poder de su corazón, un corazón hecho para el encuentro, para el servicio y para ser signo del amor de Dios. Descubre el poder de la ternura, de la bondad, de la paciencia, del perdón, de la alegría y de la celebración. Empieza a manar una fuente oculta hasta entonces.

        Jesús vino a habitar en la tierra con hombres y mujeres pobres. Y pide a sus discípulos que le sigan, que vayan al encuentro de los pobres, que se dejen formar por ellos, que les den su corazón. Entonces reciben un don precioso, el amor del corazón del pobre, reflejo del corazón del pobre que es Jesús, y quedan colmados. Haciéndose «acogida», viviendo en relación con el pobre, se descubre la dimensión contemplativa del amor (J. Vanier, Dietro ¡I pavero, Gesú, Padua 1985, pp. 8-23, passim).

 

Día 21

Viernes de la 6ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 2,14-24.26

14 ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo la fe?

15 Si un hermano o una hermana están desnudos y faltos del alimento cotidiano,

16 y uno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos y saciaos», pero no les da lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve?

17 Así también la fe: si no tiene obras, está muerta en sí misma.

18 También se puede decir: «Tú tienes fe, yo tengo obras; muéstrame tu fe sin las obras, que yo por las obras te haré ver mi fe».

19 ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien, pero también los demonios creen y se estremecen.

20 ¿Por qué no te enteras de una vez, pobre hombre, de que la fe sin obras es estéril?

21 ¿Acaso no alcanzó Abrahán, nuestro antepasado, el favor de Dios por sus obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?

22 Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y por las obras se hizo perfecta su fe.

23 Así se cumplió la Escritura, que dice: Creyó Abrahán a Dios, y ello le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación, y fue llamado amigo de Dios.

24 Ved cómo por las obras alcanza el hombre la salvación y no sólo por la fe.

26 Como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.

 

        *» La carta prosigue su reflexión sobre la relación fe-obras. No se trata tanto de dar una definición de la fe en sí misma -una realidad bien conocida por los cristianos de la comunidad de Santiago- como de mostrar que ésta no puede existir sin manifestarse en una acción consecuente. En su argumentación apremiante y repleta de preguntas que implican la escucha, Santiago pone el ejemplo de esos creyentes que presumen de despedir en paz a los hermanos menesterosos de todo sin ofrecerles lo que necesitan. ¿No es acaso esto algo absurdo? Eso mismo es también la fe sin obras. Es un cadáver. La fe y las obras son inseparables. En efecto, no es suficiente una fe proclamada sólo de palabra. La afirmación de la carta es muy fuerte y siempre actual. No basta con que alguien diga que cree para que sea cristiano: también los demonios creen por conocimiento intelectual que «Dios es uno» (v. 19), pero eso puede correr el riesgo de seguir siendo precisamente sólo una fe «diabólica». El creyente, como Abrahán, atestigua con sus obras lo que conoce, porque -lo remacha una vez más Santiago- «la fe sin obras está muerta» (v. 26), es como un cuerpo inanimado.

        El pasaje en cuestión ha dado pie a las más diversas interpretaciones y controversias, en especial a partir de la lectura que hizo Lutero, contraponiendo el pensamiento de Santiago al de Pablo. Los exégetas actuales están de acuerdo en sostener que se trata, sin embargo, de formulaciones complementarias que nacen de mentalidades y posiciones diferentes. Pablo (cf. Rom 4,2ss y 3,28) tiene ante sí a judeocristianos que buscan la salvación en las «obras de la Ley». A éstas contrapone Pablo la salvación obrada por Cristo y acogida en la fe. Santiago subraya, en cambio, la necesidad de que la fe no se quede en una teoría, sino que se exprese de modo activo y laborioso. Éste es el mensaje que hoy nos vuelve a proponer la Palabra y sobre el que nos pide que nos interroguemos.

 

Evangelio: Marcos 8,34-9,1

En aquel tiempo,

8,34 Jesús reunió a la gente y a sus discípulos y les dijo: - Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga.

35 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

36 Pues ¿de qué le sirve a uno ganar todo el mundo si pierde su vida?

37 ¿Qué puede dar uno a cambio de su vida?

38 Pues si uno se avergüenza de mí y de mi mensaje en medio de esta generación infiel y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.

9,1  Y añadió: - Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto antes que el Reino de Dios ha llegado ya con fuerza.

 

        **• Jesús no se deja condicionar por el rechazo opuesto por Pedro (8,32) al primer anuncio de su camino de sufrimiento; es más, con una iniciativa soberana llama a «la gente», además de a «los discípulos», a que le sigan.

        Hemos de señalar que Jesús se encuentra en tierra pagana; por consiguiente, quiere que todos escuchen lo que tiene que decir: el futuro que le espera a todo discípulo. El que quiera seguirle debe dejar de poner el centro de su vida en sí mismo, porque quien pone por encima de todo su propia vida no puede conocer de verdad a Jesús. El discípulo debe cargar con su cruz, seguir los pasos de Cristo y salir con él del lugar habitado hacia el suplicio en medio del escarnio de la gente.

        El cristiano está llamado, en efecto, a un destino paradójico. Sigue a Jesús -que es la Vida-, pero esto tiene lugar sólo al precio de la renuncia plena y total a la propia autoafirmación. Sólo quien sea capaz de esta pérdida radical de sí mismo por amor a Cristo lo encontrará y tendrá la verdadera vida. ¿De qué nos sirve, en efecto, tener todo si no «ganamos» nuestra propia vida? Ahora bien, ésta es un bien que sólo se puede adquirir amando a Cristo más que a nosotros mismos. Las palabras de Jesús han de ser recibidas en su totalidad, sin descuentos y sin decaimientos delante de una generación que es siempre pecadora y adúltera, acechada por la tentación de fabricarse otros dioses y adorarlos.

        Ahora es el momento de poner sobre nosotros el sello de la cruz, porque éste es el tiempo en el que se está jugando el destino eterno del hombre. Si nosotros no renegamos de él, cuando Cristo vuelva en su gloria nos reconocerá como suyos. De este modo, se hace posible ver ya el comienzo glorioso del Reino de Dios, ese que pudieron pregustar algunos discípulos en la transfiguración (cf. Mc 9,2ss).

 

MEDITATIO

        «¿De qué sirve?» La misma pregunta aparece repetida en la Carta de Santiago y, después, en el evangelio. Recojamos la pregunta con la que hoy nos apremia la Palabra y nos invita a considerar si nos estamos comportando o no de modo que beneficie a nuestro verdadero interés. Sería trágico darnos cuenta de que no hemos aprovechado el tiempo presente llevando a cabo en él todo lo que vale para la eternidad. Sin embargo, ésta es la tentación que se repite: hacer las cosas a medias. Tener, por ejemplo, la fe, pero no desarrollarla por completo en el orden concreto. Seguir a Cristo, pero intentar salvar asimismo muchas otras cosas junto con él. El evangelio de hoy nos recuerda que Jesús llama a la gente, nos llama precisamente a todos, para confirmarnos que no se puede vivir el compromiso como discípulos medrosos. La fe está viva cuando se concreta en obras; de otro modo, está muerta en nosotros, que estamos vivos sólo en apariencia. En efecto, quien no es capaz de amar a Cristo y a los hermanos más que a sí mismo, anteponiéndolos en cada instante a su propio egoísmo, se dará cuenta de que ha pasado junto a la vida sin haberla degustado nunca y, al final, se dará cuenta de que no ha conseguido salvar sus propios días. Éstos, en efecto, se consumirán de manera inexorable antes de que él se haya decidido a entrar en la fiesta del amor que ya ha comenzado.

 

ORATIO

        Concédenos, oh Dios, la sabiduría del corazón que nos permita comprender lo que nos ayuda de verdad para la eternidad. Haz crecer en nosotros una fe sincera que se traduzca en obras valientes para ayudar a nuestros hermanos. Concédenos una fe sólida que, en toda prueba, nos guíe como luz a seguir a Jesús, tu Hijo, por su camino de humildad y de servicio, un camino muy distinto de lo que el mundo aprecia. Haz que, como don del Espíritu, gustemos ya desde ahora en nosotros la alegría de tu reino de amor en unidad con Cristo y con los santos.

 

CONTEMPLATIO

        Hoy mismo debes darte cuenta de que estás muerto para el mundo, para sus obras y para sus deseos, y que -como dice el apóstol- tú estás crucificado para el mundo, así como el mundo está crucificado para ti (cf. Gal 6,14). Considera, por tanto, las exigencias de la cruz, porque deberás vivir de ahora en adelante bajo este signo y a su luz: ahora ya no serás tú el que viva, sino que vivirá en ti aquel que por ti fue crucificado (cf. Gal 2,20). En esta vida debemos configurarnos con el comportamiento y con la imagen que él nos ofreció cuando estuvo colgado en la cruz por nosotros. [...] Sólo así obedeceremos el precepto del Señor que dice: «Quien no tome su cruz y me siga, no es digno de mí» (Mt 10,38). Ahora bien, quizás puedas decirme: «¿Cómo puede llevar un hombre continuamente la cruz y cómo podría seguir viviendo, una vez crucificado? Voy a explicarte la razón con pocas palabras.

        El que está colgado en el patíbulo de la cruz no se apega a las cosas presentes, no se preocupa por su futuro, no se deja dominar por el deseo de poseer y ni siquiera tiene sentimientos de soberbia, de contienda y de envidia; no le causan pena las injurias que ahora recibe y no se acuerda de las que recibió en el pasado; en resumidas cuentas, aunque se siente vivo aún en el cuerpo, está convencido de que ya está muerto para el mundo, y dirige ahora la mirada de su corazón hacia la meta, una meta que no duda en alcanzar lo más pronto posible (Juan Cassiano, Le istituzione cenobitiche IV, 34-36 [edición española: Instituciones, Ediciones Rialp, Madrid 1957]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo si pierde su vida?» (Mc 8,36).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        «Si salimos de nosotros mismos, ¿a quién encontramos?», pregunta el obispo Teófanes el Recluso, y de inmediato él mismo da la respuesta: «Encontramos a Dios y al prójimo». Ésta es la verdadera razón por la que la renuncia a nosotros mismos es una condición - y la principal además- que debe cumplir aquel que busca la salvación en Cristo: de este modo, el centro de gravedad de nuestro ser se traslada de nosotros a Cristo, que, a un mismo tiempo, es Dios y nuestro prójimo. Mientras no hayamos llevado a cabo esto, todos nuestros intentos en tal sentido estarán falseados en su base, porque son nuestros y proceden del deseo de complacernos a nosotros mismos. Es absolutamente necesario comprender bien esto; de otro modo, corremos el riesgo de caminar con facilidad fuera del camino, comprometiéndonos por el camino de una supuesta dedicación a los otros y con obras bien intencionadas, pero que nos llevan de manera inevitable al pantano de nuestra personal satisfacción. El atarearse, bajo todas sus formas, es un veneno terrible. Sondea tu corazón, examínate con diligencia y deberás reconocer que muchas actividades en las que te parece deshacerte por los otros proceden en realidad de la necesidad de aturdir tu conciencia; su verdadera fuente es nuestra invencible tendencia a buscar lo que nos gusta y nos satisface. ¡No! El Dios del amor, de la paz y del sacrificio total no puede estar allí donde se busca la propia satisfacción, en la agitación y en el atarearse, aunque sea con nobles pretextos.

        He aquí un principio para el discernimiento: si la paz de tu espíritu está turbada, si te encuentras desanimado o un poco irritado porque cualquier razón te ha obligado a renunciar a una obra buena que habías proyectado, eso te muestra que la fuente estaba turbia. Es impensable que Dios pueda encontrar un obstáculo. Ahora bien, un acto verdaderamente desinteresado no es mío; es de Dios. En consecuencia, no puede encontrar obstáculos. Para aquel que ha descubierto la senda estrecha que conduce a la vida, esto es, a Dios, no queda más que un obstáculo posible: su propia voluntad pecadora. Si quiere hacer algo y no logra llevarlo a puerto, ¿por qué habría de ponerse triste? Por lo demás, ya no hace proyectos (cf. Sant 4,13-16). Pero esto es otro secreto de los santos (T. Colliander, // cammino dell'asceta, Brescia 1987, pp. 23-25, passim).

 

Día 22

Cátedra de san Pedro  

        Un antiquísimo martirologio sitúa el nacimiento de la cátedra de Pedro exactamente el 22 de febrero. Esta fiesta litúrgica ha sido señalada por la Iglesia como una maravillosa oportunidad para hacer una memoria viva y actualizadora del primero entre los apóstoles, Simón Pedro.

        Simón, natural de Cafarnaún y pescador de oficio, se encontró con Jesús en el ejercicio de su profesión: lo abandonó todo, casa y padres, para seguir al Maestro de por vida. Su personalidad, tan sencilla como simpática, emerge de manera espontánea y clara en todo el relato evangélico. Jesús lo eligió, más allá de sus méritos, junto con los Doce, y entre éstos lo eligió como el primero.

        La celebración de hoy, con el símbolo de la cátedra, da un gran relieve a la misión de maestro y pastor que Cristo confirió a Pedro: sobre él, como sobre una piedra, fundó Cristo su Iglesia.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Pedro 5,1-4

Queridos hermanos:

1 Para vuestros responsables, yo, que comparto con ellos ese mismo ministerio y soy testigo de los padecimientos de Cristo y partícipe ya de la gloria que está » punto de revelarse, ésta es mi exhortación:

2 Apacentad el rebaño que Dios os ha confiado no a la fuerza, sino de buen grado, como Dios quiere, y no por los beneficios que pueda reportaros, sino con ánimo generoso;

3 no como déspotas con quienes os han sido confiados, sino como modelos del rebaño.

4 Así, cuando aparezca el supremo pastor, recibiréis la corona de la gloría que no se marchita.

 

        *» El carácter autobiográfico de esta primera lectura es evidente: el apóstol habla en primera persona y se presenta como «responsable», «testigo de los padecimientos de Cristo», «partícipe ya de la gloria que está a punto de revelarse» (v. 1). De esta autopresentación podemos deducir la plena y perfecta identidad del discípulo-apóstol.

        Vienen, a continuación, algunas recomendaciones, con las que Pedro desea compartir con los responsables a los que dirige la palabra el peso y el honor de las responsabilidades que Jesús ha puesto sobre sus hombros. Las invitaciones a apacentar, a vigilar y a ser modelos para el rebaño (vv. 2ss) se suceden con machacona insistencia: señal de que el apóstol no transmite algo de su propia cosecha, sino una misión que le ha sido confiada para ser compartida y participada.

        No es el interés, sino el amor, lo que debe animar y sostener a los «responsables», es decir, a los que han sido llamados en la Iglesia a ejercer un ministerio de guía. Su espiritualidad es la del servicio total, la plena entrega y la fidelidad incondicionada. Las últimas palabras de esta lectura contienen una promesa: a los que permanezcan fieles hasta el final se les asegura «la corona de la gloria» (v. 4), y será el Pastor supremo quien corone a los pastores de la Iglesia.

 

Evangelio: Mateo 16,13-19

En aquel tiempo,

13 de camino hacia la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

14 Ellos le contestaron: -Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.

15 Jesús les preguntó: -Y vosotros ¿quién decís que soy yo?

16 Simón Pedro respondió: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

17 Jesús le dijo: -Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que está en los cielos.

18 Yo te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer.

19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

 

        **• Esta página evangélica se subdivide en dos partes: en primer lugar, es Jesús quien quiere saber lo que la gente dice de él, y se lo pregunta a los discípulos (vv. 13ss).

        Conocemos bien las diferentes respuestas que le dan: todas ellas son válidas en parte, pero ninguna es exacta. De este modo, Jesús ha abierto el paso a una pregunta ulterior (v. 15), pero esta vez la respuesta viene personalmente de Pedro (v. 16). La de Pedro es una profesión de fe plena, completa, que tiene todo el sabor de una fe pascual. Al mismo tiempo que define quién es Jesús, Pedro manifiesta plenamente también su propia identidad de creyente, y en esto nos representa a todos.

        La segunda parte de esta página evangélica contiene una serie de enunciados con los que Jesús define su relación personal con Pedro y el ministerio de Pedro respecto a la Iglesia (vv. 17-19). La bienaventuranza de Pedro, solemnemente pronunciada por Jesús, está motivada por el hecho de que Pedro ha hablado bajo la inspiración de Dios: la profesión de fe de Pedro corresponde a una plena revelación divina. El nuevo nombre que Jesús da a Simón ya no es Simón, sino «piedra», firme y sólida, sobre la que el mismo Cristo pretende edificar su Iglesia, la comunidad de los salvados. Por último, Jesús dirige a Pedro una promesa absolutamente especial: a él se le entregarán las llaves del Reino de los Cielos, las llaves que sólo Cristo puede usar y con las que él mismo abre y cierra, ata y desata, entra y sale. Con Pedro y por medio de Pedro, es Cristo mismo el que lleva a cabo la salvación para todos.

 

MEDITATIO

        El apóstol Pedro, desde el primer gran discurso que pronunció el día de Pentecostés (Hch 2,14-41), se presenta en el escenario de la historia como testigo, intérprete y exhortador. Así es como ejerce su ministerio de guía de la primitiva comunidad cristiana.

        Ante todo, es testigo del gran acontecimiento pentecostal, en el que el Padre, por medio del Hijo, envió el don del Espíritu Santo sobre los primeros creyentes. Pedro tiene el derecho-deber de presentarse como testigo ocular de este acontecimiento, precisamente porque él, junto con otros, fue enriquecido con este don. El testimonio cristiano brota siempre de la abundancia del don recibido y se manifiesta como correspondencia generosa al mismo don.

        Pedro, en su predicación, se presenta también como intérprete del acontecimiento histórico de Jesús de Nazaret, especialmente de lo que Jesús hizo durante su ministerio público y de los grandes acontecimientos pascuales que consumaron su misión. A la luz de la Pascua-Pentecostés, Pedro se encarga de interpretar el valor salvífico de la Pascua de Jesús, explicitando para sus oyentes el significado actual, que no permite fugas ni evasiones.

         La tercera tarea de la que se encarga el apóstol es la de exhortar a todos los que le escuchan, a fin de que cada uno se dé cuenta de la necesidad de responder el mensaje revelado y de corresponder a él con la vida. De este modo, el apóstol Pedro se presenta a nosotros como el «evangelista ideal», con una predicación completa y paradigmática, a la que todos estamos llamados a configurarnos.

 

ORATIO

Señor, aléjate de mí, que soy un pecador,

pero por tu palabra echaré las redes;

porque sólo tú, Jesús, eres el Hijo del Dios vivo;

sólo tú, Jesús, tienes palabras de vida eterna;

sólo tú, Jesús, eres la roca y yo sólo la piedra;

sólo tú, Jesús, eres el Señor y el Maestro.

Soy débil, Jesús, mas por tu gracia daré mi vida

por ti, porque tú lo sabes todo, tú sabes que te amo.

 

CONTEMPLATIO

        En Pedro vemos la piedra elegida [...]. En Pedro hemos de reconocer a la Iglesia. En efecto, Cristo edificó la Iglesia no sobre un hombre, sino sobre la confesión de Pedro. ¿Cuál fue la confesión de Pedro? «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Ésta es la piedra, éste es el fundamento, y es aquí donde fue edificada la Iglesia, a la que no vencerán las puertas del infierno (Mt 16,18) [...]. He aquí aquel Pedro negador y amante negador por debilidad humana, amante por gracia divina [...]. Fue interrogado sobre el amor y le fueron confiadas las ovejas de Cristo [...]. Cuando el Señor confiaba sus ovejas a Pedro, nos confiaba a nosotros. Cuando confiaba a Pedro, confiaba a la Iglesia sus miembros.

        Señor, encomienda, pues, tu Iglesia a tu Iglesia y tu Iglesia se encomienda a ti (Agustín de Hipona, Sermoni per i tempi liturgici, Milán 1994, pp. 371ss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy estas palabras del apóstol Pedro: «Dad gloria a Cristo, el Señor, y estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida explicaciones» (1 Pe 3,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Viene con facilidad a la mente de todos esta pregunta: ¿Quién era san Pedro? A esta fácil pregunta no resulta fácil darle una pronta y completa respuesta. La respuesta que parece dispuesta -era el discípulo, el primero que fue llamado «apóstol» con los otros once- se complica con el recuerdo de las imágenes, las figuras y las metáforas de las que se sirvió el Señor para hacernos comprender quién debía ser y llegar a ser este elegido suyo.

        ¡Fijaos! La imagen más obvia es la de la piedra, la de la roca: el nombre de Pedro la proclama. ¿Y qué significa este término aplicado a un hombre sencillo y sensible, voluble y débil?, podríamos decir. La piedra es dura, es estable, es duradera; se encuentra en la base del edificio, lo sostiene todo, y el edificio se llama Iglesia: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Pero hay otras imágenes referidas a san Pedro, que merecen explicaciones y meditaciones: imágenes usadas por el mismo Cristo, llenas de un profundo significado. Las llaves, por ejemplo - o sea, los poderes-, dadas únicamente a Pedro entre todos los apóstoles, para significar una plenitud de facultades que se ejercen no sólo en la tierra, sino también en el cielo. ¿Y la red, la red de Pedro, lanzada dos veces en el evangelio para una pesca milagrosa?

        «Te haré pescador de hombres», dice el evangelio de Lucas (5,10). También aquí la humilde imagen de la pesca asume el inmenso y majestuoso significado de la misión histórica y universal confiada a aquel sencillo pescador del lago de Genesaret. ¿Y la figura del pastor? «Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas» (Jn 21,1 óss), dijo Jesús a san Pedro, para hacernos pensar a nosotros que el designio de nuestra salvación implica una relación necesaria entre nosotros y él, el sumo Pastor. Y así otras.

        Aunque -mirando mejor en las páginas de la Escritura- encontraremos otras imágenes significativas, como la de la moneda (Mt 17,25) [...], como la d é la barca de Pedro (Le 5,3), como la del lienzo bajado del cielo (Hch 10,3), y la de las cadenas que caen de las manos de Pedro (Hch 12,7), y la del canto del gallo para recordarle a Pedro su humana fragilidad (Me 14,72), y la de la cintura que un día -el último, para significar el martirio del apóstol- ceñirá a Pedro (Jn 21,18).

        Todas las imágenes, características del lenguaje bíblico y del evangélico, esconden significados grandes y precisos. Bajo el símbolo hay una verdad, hay una realidad que nuestra mente puede explorar y puede ver inmensa y próxima (Pablo VI).

 

Día 23

7° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Levítico 19,1-2.17-18

1 El Señor dijo a Moisés:

2 Di a toda la comunidad de los israelitas: Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo.

17 No odiarás a tu hermano, sino que lo corregirás para no hacerte culpable por su causa

18 No tomarás venganza ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor

 

¤• A partir del c. 17, después de una primera parte de tipo cultual, el libro del Levítico reúne una colección de leyes (Lv 17-26) conocida comúnmente con el nombre de <<Ley de santidad.» En esta sección, sobre todo en el c. 19, reaparece repetitivamente la declaración en la que Dios fundamenta su petición: <<Yo soy el Señor [vuestro Dios]». Tal afirmación demuestra como la Ley no se basa en si misma, sino que presupone la revelación de un Dios que ama y libera. Junto a esta llamada del Dios liberador se le añade una segunda muletilla, referida al Dios santo (cf 19,2; 2o,3; 2o,26; 21,8; 22,2; 22,32) y extensiva, esa misma santidad, a toda la comunidad de Israel. La santidad de Dios es su absoluta y radical diversidad, no contenida, sino comunicada en virtud de una elección gratuita. Por este motivo, el don otorgado al pueblo le exige una respuesta, no le asegura privilegio alguno ante los demás pueblos: la santidad pertenece de modo exclusivo a Dios, e Israel ha de vivir conforme a la vocación recibida. Hay actitudes irreconciliables con esta llamada, entre otras, el odio y la venganza, mencionadas en los vv 17ss, que resaltan aún mas la invitación conclusiva -<<Amarás a tu prójimo como a ti mismo»- y que Jesús citará junto a Dt 6,5. La solidaridad con los miembros del mismo pueblo y la corrección fraterna, que sana de raíz cualquier conflicto, tendrán cabida mas tarde, cuando, en el L 34, se aluda al inmigrante que el israelita tiene que acoger.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 3,16-23

Hermanos:

16 ¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?

17 Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros.

18 Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros piensa que es sabio según el mundo, hágase necio para llegar a ser sabio.

19 Porque la sabiduría del mundo es necedad a los ojos de Dios. Pues dice la Escritura: Dios es quien atrapa a los sabios en su astucia.

20 Y también: El Señor conoce los pensamientos de los sabios y sabe que son vanos.

21 Por tanto, que nadie presuma de quienes no pasan de ser hombres. Porque todo es vuestro

22 Pablo, Apolo, Pedro, el mundo, la vida, la muerte, lo presente y lo futuro; todo es vuestro,

22 Pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios.

 

» Pablo quiere recalcar a los corintios que algunas actitudes obstaculizan la acción del Espíritu. El orgullo, las divisiones, minan el edificio de Dios, que es la comunidad (3,4-17); profanan la obra que Dios quiere realizar y de la cual se muestra celoso: quien ose atentar contra la propiedad de Dios se acarreará su propia destrucción. Si sobre la iglesia, templo de Dios, no prevalecerá ninguna fuerza (cf Mt 16,18), es igualmente verdad que cualquier comunidad, cualquier iglesia local, tiene que estar atenta a las vicisitudes que amenacen su integridad. Después de esta advertencia, Pablo concluye su reflexión sobre la sabiduría (vv 18-23) recordando que sólo quien acoge con humildad la locura de la cruz podrá ser realmente sabio. Por delante, todo un camino a recorrer: de la sabiduría autosuficiente del hombre viejo, a aquella otra, la de los pequeños, a quienes Dios revela su misterio (Mt 11,25).

        El Señor conoce los pensamientos de los sabios (v 2o): són,como fácilmente puede deducirse, los complots que determinan los conflictos entre los grupos, las camarillas guiadas por cabecillas que se apropian de honores indebidos, El discípulo vinculado a Cristo y dedicado a su causa puede considerarse sabiamente dueño de todo. <<Todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios » (v 23): se trata de una pertenencia exclusiva que abole y demuele cualquier soberanía pretendida por los hombres y que no le permite a nadie en el seno de la comunidad mandonear en la vida de los otros (cf 2 Cor 1,24).

 

Evangelio: Mateo 5,38-48

Jesús dijo a sus discípulos:

38 Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente.

39 Pero yo os digo que no hagáis frente al que os hace mal; al contrario, a quien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra;

40 al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, dale también el manto;

41 y al que te exija ir cargado mil pasos, ve con él dos mil.

42 Da a quien te pida y no vuelvas la espalda al que te pide prestado.

43 Habéis oído que se dijo: <<Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo».

44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen.

45 De este modo, seréis dignos hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos.

46 Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿no hacen también eso los publicanos?

47 Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de mas? ¿no hacen lo mismo los paganos?

48 Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

 

Nos encontramos ante las dos últimas antítesis presentes en Mt 5,21-48. La alusión veterotestamentaria apunta a la llamada <<ley del talión», referencia normativa para otros pueblos del antiguo Oriente. Se basa fundamentalmente en el principio de la proporcionalidad, en la práctica del resarcimiento conforme al bien lesionado. El camino indicado por Jesús para quien sufra algún mal no prevé ningún método violento, sino el rechazo a la <<contraposición» (cf el verbo “anthístemi” del v. 38) basada en la venganza. Los casos señalados (vv. 38b-42) reflejan situaciones emblemáticas del ambiente palestino, desde el humillante <<revés» hasta el préstamo al indigente, y tienen en común la rotura con la lógica que consiente la utilización de las mismas artimañas que el agresor.

El objetivo no es tanto indicar un comportamiento pasivo y no violento como sugerir actitudes y estilos que permitan salir de modo activo y positivo, de la espiral de revanchas y represalias. Sólo así podrá ser recuperado el adversario, De este modo, llegamos a la última antítesis, a la cumbre de esta sección.

Para ser <<mejores» que los escribas y los fariseos (v. 20), es necesario extender el amor al prójimo, incluso a los enemigos. Este es el modo más auténtico de imitar a Dios, su santidad y su perfección (v. 48). No hay excusas que valgan: en el corazón del discípulo, en la médula de las bienaventuranzas, la oración por los perseguidores es la primera respuesta para crear nuevas relaciones con quien se muestra hostil. A la oración le deben acompañar gestos que expresen la relación filial con el Padre, gestos que permitan reconocer y experimentar el rostro paterno de Dios.

Igual que en 5,9, Mateo habla de los <<hijos de Dios», y en ambos casos conecta esta expresión con quienes saben establecer lazos de paz y amor La <<perfección>> (como indica el término teléios, que volverá a aparecer de nuevo en 19,21 en el encuentro de Jesús con el joven rico) es el resultado del amor incondicional y universal que anima este proceso, y no podrá ser nunca el resultado matemático de una obediencia legalista. Es esencialmente don y empeño que el discípulo ve constantemente manifestado en su encuentro con Jesucristo.

 

MEDITATIO

Da la impresión que el evangelio de hoy nos propone algo imposible de practicar. Esta deducción nos parece lógica o, al menos, impregnada de sentido común, pues experimentamos, incluso superficialmente, lo que sucede dentro y fuera de nosotros. Y algo desencantados y quizá, resignados nos preguntamos: ¿el Dios de Jesucristo qué idea tiene del hombre para proponerle semejante osadía»? Inmediatamente podemos invertir la cuestión: ¿qué imagen nos hemos hecho de Dios para considerar utópico el horizonte que nos despliega Jesús?. Destruida la tablilla con el listado de penas calculadas sobre la base de la ofensa cometida y desenmascarados por Dios, nos mostramos titubeantes ante su modo de comportarse: <<¿No puedo hacer lo que quiero con lo mío? ¿O es que tienes envidia porque soy bueno?» (Mt 20,15).

Esta es la santidad de Dios, su radical diversidad respecto a la sabiduría del mundo, Sin embargo, corremos el riesgo de extraviarnos cuando, fascinados y atraídos por su perfección, caminamos fijándonos solo en aquello que estimamos con sano realismo pero que apaga el interés de ese <<sue1io» de Dios, ver las espadas transformadas en arados.

No es posible vivir odiando, en enemistad profunda e irreversible. El daño interior provocado por una relación rota corroe nuestras mejores energías, nos sumerge en la convicción de que, antes o después, el otro pagará por cuanto ha hecho. El templo de Dios en nosotros se deteriora, y sentimientos de revancha lo saquean, lo deforman, lentamente, a veces sin que nos enteremos de ello hasta el momento en que, si no hemos apaciguado constantemente nuestras palabras y nuestros gestos, sentimos desencadenarse en nuestro interior una violencia devastadora. El perdón es el testamento escrito por Jesús en la cruz, la herencia y la bendición otorgadas desde el costado traspasado por donde pasa el odio esparcido a lo largo de las estaciones de la historia humana y de las páginas menores de nuestra historia.

Dios nos cura con su perdón, que desciende como lluvia sobre justos e injustos para devolverles la viveza a nuestras asperezas; un don a imploran procedente de lo alto, que podemos compartir con los otros.

 

ORATIO

Si fuésemos como nos quieres, Señor;

la tierra seria diferente:

estaríamos gozosos de existir

comprender darnos y perdernos.

¡Igual que el Padre, que hace brillar el sol

sobre los campos de buenos y malos:

estaríamos radiantes al vencer por amor

y poner fin a una historia de muerte!

¡Así es, solo así: de otro modo

no podéis salvaros, hombres!

Si matéis a Caín

siete veces os aniquilaré la muerte.

Señor te pedimos

que todos se libren del insidioso deseo de vengarse,

del instinto justiciero a la medida,

de devolver golpe por golpe: éste es el cáncer que nos devora;

que tus creyentes, al menos, extirpen del corazón

la idea del enemigo. Amén

(D, M. Turoldo).

 

CONTEMPLATIO

Dios quiere que seamos perfectos en todos los órdenes y en todas partes. Antiguamente, en la Ley, se decía: <<Amarás al amigo y odiarás al enemigo»; tal precepto fue dado por necesidad, y con carácter provisional, a un pueblo terreno y carnal, por ello se explica este dicho: <<Ojo par ojo, diente por diente». Ahora, a un pueblo evangélico le han sido entregados mandamientos de una doctrina celeste y de una justicia próxima a la perfección; se nos ordena amar a los enemigos, amar a quien nos odia, orar por quienes nos calumnian y persiguen; sólo de este modo mereceremos ser dignos hijos de Dios, quien -bueno como es- al repartir sus dones no hace distinción entre buenos y malos, justos e injustos: se trata de bienes que se gozan aquí abajo, frutos de un don celeste del Padre. El Espíritu Santo, por boca de Isaías, nos espolea a custodiar celosamente tales normas evangélicas cuando proclama: <<Escuchad la Palabra del Señor los que tembláis ante su Palabra. Vuestros hermanos, que os detestan y os rechazan por mi causa, dicen: "Que el Señor muestre su gloria para que veamos vuestra alegría". Pues quedarán confundidos. También David, y con rectitud, lo corrobora en un salmo: <<Señor; mi Dios: si he hecho eso, si he devuelto mal por mal, que quede desamparado frente a mis enemigos» [.,,].

El Señor nos da a entender que es imposible alcanzar un amor perfecto si solo amamos a quienes estamos seguros de conseguir a cambio un amor igual, pues —y no es ningún secreto— un amor parecido lo podemos ver entre los paganos y los pecadores. El Señor quiere que superemos la ley del amor humano mediante la ley del amor evangélico (Cromacio de Aquilea, Comentario al evangelio de Mateo, tratado 26, I,1-II,l).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<La caridad todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta» (1 Cor 13,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Deberíamos realizar un progresivo desarme intelectual, moral y religioso. No justificar lo injustificable. Creer en lo fuerza del amor Sacar de la eucaristía la certeza de curar nuestras heridas profundas. Quisiera detenerme en esta última idea; la fuerza terapéutica de la eucaristía como memoria. Cada vez que hacemos memoria de la muerte y resurrección de Cristo, el mismo Señor nos introduce, por el Espíritu, en la plenitud de su existencia pascual, donde se ha transformado por siempre en don ofrecido y alabanza perenne, incluido su humanidad. La memoria es un gran regalo del Creador y Redentor; nos permite recordar con gratitud el pasado, rememorar las grandes obras realizadas por Dios en favor nuestro, reanimar con atención y discernimiento el momento presente, insertarnos con vigor, esperanza y responsabilidad en lo historia de la salvación.

Durante la misa, cuando el sacerdote extiende las manos sobre el pan y sobre el vino, invoca al Espíritu Santo no sólo para que estos elementos se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino también para que nosotros, unidos con Cristo, nos transformemos en ofrenda agradable, capaces de comprometernos en la historia de la salvación por el reino de amor y de paz. En la eucaristía, el Espíritu actúa en nosotros para que nuestra memoria se cure de cualquier tipo de rencor resentimiento y se colme de recuerdos agradecidos. Uno de los frutos más preciosos es el vivir el presente can la máxima solicitud y caminar hacia el futuro con viva esperanza y fiel empeño como constructores de paz. En una memoria agradecida, moldeada por la espiritualidad eucarística, no cabe el rencor el odio, la venganza, la violencia. Conscientes de nuestra total dependencia de la gracia, pedimos <<vivir en constante oración y súplica, guiados por el Espíritu>> (Et 6,l8). Así crece en nosotros la <<conformidad con la voluntad de Dios>>, aceptamos las cosas como desafío y kairés, como don e invitación para corresponder desde la Fe a nuestro empeño de ser testigos de la paz. La memoria agradecida de lo que Cristo ha hecho por nosotros se convierte en un medio formidable para transformar nuestras eucaristías en una ocasión donde nos revestimos con las armas de la paz, verdad y justicia (B. Haring - V. Salvolcli, Nón violenza. Per osare la pace, Padua 1992, 26ss).

 

Día 24

Lunes de la 7ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 3,13-18

Queridos:

13 ¿Hay entre vosotros algún sabio y experimentado? Pues muestre con su buena conducta que la sabiduría ha llenado su vida de dulzura.

14 Pero si tenéis el corazón cargado de rivalidad y de ambición, ¿por qué os vanagloriáis y falseáis la verdad?

15 Semejante sabiduría no procede de arriba, sino que es terrena, sensual, demoníaca.

16 Porque donde hay envidia y ambición, allí reinan el desorden y toda clase de maldad.

17  En cambio, la sabiduría de arriba es en primer lugar intachable, pero además es pacífica, tolerante, conciliadora, compasiva, fecunda, imparcial y sincera.

18 En resumen, los que promueven la paz van sembrando en paz el fruto que conduce a la salvación.

 

        *• La Carta de Santiago está dirigida a los cristianos procedentes de la sinagoga. Sus destinatarios son hermanos que se reúnen en asamblea constituyendo Iglesias. En éstas, eran muchos los que llegaban a ser maestros (3,1); por eso, tras haberlos amonestado para que dominen la lengua, plantea Santiago esta pregunta: «¿Hay entre vosotros algún sabio y experimentado?» (v. 13). El autor contrapone aquí dos tipos de sabiduría: la de arriba y la terrena; una conduce a la comunión y la otra a la discordia.

        La comunión viene inspirada siempre de arriba, da un buen testimonio y permite vivir en la dulzura y en la paz. La discordia, en cambio, tiene su raíz en el corazón del hombre y hace que crezcan los sentimientos de envidia, de rivalidad, alimentados por la soberbia. Es una sabiduría terrena, mala, que divide, sugerida por el demonio, e invita a realizar toda clase de acciones negativas, veladas por un bien aparente (w. 15ss). La sabiduría que viene de arriba, en cambio, obra siempre el bien y es pacífica, tolerante, conciliadora, compasiva, fecunda, imparcial y sincera. Queda así manifiesto que la paz y la concordia de una comunidad siembran una semilla que dará fruto en el campo de la justicia divina (w. 17ss).

 

Evangelio: Marcos 9,14-29

En aquel tiempo, subió Jesús al monte y,

14 cuando llegó adonde estaban los otros discípulos, vieron mucha gente alrededor y a unos maestros de la Ley discutiendo con ellos.

15 Toda la gente, al verlo, quedó sorprendida y corrió a saludarle.

16 Jesús les preguntó: - ¿De qué estáis discutiendo con ellos?

17 Uno de entre la gente le contestó: - Maestro, te he traído a mi hijo, pues tiene un espíritu que lo ha dejado mudo.

18 Cada vez que se apodera de él, lo tira por tierra y le hace echar espumarajos y rechinar los dientes hasta quedarse rígido. He pedido a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.

19 Jesús les replicó: - ¡Generación incrédula! ¿Hasta cuando tendré que estar entre vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo.

20 Se lo llevaron y, en cuanto el espíritu vio a Jesús, sacudió violentamente al muchacho, que cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos.

21 Entonces Jesús preguntó al padre: - ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? El padre contestó: - Desde pequeño.

22 Y muchas veces lo ha tirado al fuego y al agua para acabar con él. Si algo puedes, compadécete de nosotros y ayúdanos.

23 Jesús le dijo: - Dices que si puedo. Todo es posible para el que tiene fe.

24 El padre del niño gritó al instante: - ¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!

25 Jesús, viendo que se aglomeraba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: - Espíritu mudo y sordo, te ordeno que salgas y no vuelvas a entrar en él.

26 Y el espíritu salió entre gritos y violentas convulsiones. El niño quedó como muerto, de forma que muchos decían que había muerto.

27 Pero Jesús, cogiéndole de la mano, lo levantó y él se puso en pie.

28 Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas: - ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?

29 Les contestó: - Esta clase de demonios no puede ser expulsada sino con la oración.

 

        **• Jesús baja del monte donde se había transfigurado y vuelve con el resto de sus discípulos. Los encuentra rodeados de una muchedumbre que se queda sorprendida con su inesperada llegada. Dejando aparte toda discusión, todos se apresuran a saludar al Maestro. Jesús pregunta el motivo de la reunión de los discípulos, gente sencilla y maestros de la Ley y -tras cierta vacilación- es el padre de un muchacho endemoniado quien toma la palabra. Cuenta el estado de salud en el que se encuentra su hijo y afirma que los discípulos no han podido liberarlo (w. 17ss).

        Jesús se indigna con todos, porque constata que su predicación y los milagros realizados no han consolidado ni la fe de los discípulos ni la fe de la gente. Con todo, y aunque con una nota de rabia y de cansancio, Jesús no abandona a esta gente y le ofrece una vez más su ayuda. El padre del muchacho interviene de nuevo y pone al descubierto la endeblez y la inconsistencia de su fe: «Si algo puedes...» (v. 22b). Esta petición sorprende al Maestro, y responde de inmediato: «Todo es posible para el que tiene fe» (v. 23). Al decir: «Creo» (v. 24b), el padre del muchacho afirma la impotencia del hombre y la gran misericordia de Dios. Entonces Jesús realiza el milagro: libera al muchacho del espíritu mudo y deja pasar un breve intervalo de tiempo, un espacio para que se manifiesten la grandeza y el poder del amor. No, el muchacho no está muerto; está completamente libre (w. 25-27).

        Cuando los discípulos le preguntan a Jesús la razón de su impotencia, se refiere éste a la oración, es decir, al reconocimiento total y humilde de que todo viene de Dios y de que contar únicamente con nuestros propios medios no conduce a ninguna parte.

 

MEDITATIO

        La sabiduría y la fe se entrelazan hasta formar un tejido compacto que recubre a todo el hombre y le da calor. En medio de esta tibieza encuentra el hombre dentro de sí dos elementos que le hacen ir en la dirección del bien y del amor: el primero es una relación con sus semejantes fundada en la acogida y la escucha, que lo hacen pacífico, tolerante, conciliador, compasivo, fecundo, imparcial y sincero; el segundo es el reconocimiento de estar necesitado de Dios y de encontrar en nuestro camino a Jesús, el Verbo hecho carne. Muchas veces nos sentimos dispuestos a desafiar las distintas situaciones de la vida, creyéndonos capaces de mediar y de llevar a cabo las mismas acciones de Dios, pero la presunción de poder hacerlo por nosotros mismos nos hace fracasar también en el bien.

        La fe hace crecer la sabiduría y la sabiduría aumenta nuestra fe: éste es el camino que hemos de recorrer para no caer en la trampa de una justicia sólo terrena, reivindicadora de derechos. La humildad es la fe escondida, es la confianza de aquel que lo espera todo; por eso lo cubre todo con la caridad. De este modo, la oración es también ese pan de cada día que fermenta la masa de la existencia y hace levantar la mirada hacia aquel que es el Señor de la vida, del cual tenemos necesidad para expulsar el mal tormentoso y afanoso de nuestros días.

 

ORATIO

        Señor Jesús, somos débiles y frágiles y tenemos dificultades para conseguir acoger «las cosas de arriba», la sabiduría que viene de lo alto y la fe en ti. Ayúdanos a mantener vivo el deseo de no abandonarte y de vislumbrar tu presencia en la vida diaria. Pon siempre en nuestro corazón ese justo temor que nos permite dirigir los ojos a ti cuando creemos realizar acciones buenas, en particular las dirigidas a nuestro prójimo, a fin de que no se pierda ningún don que el Espíritu haya infundido en nosotros.

 

CONTEMPLATIO

        No compares todas las obras poderosas y los prodigios realizados en el mundo con un hombre que sabiamente more en la quietud. [...] Que lo más perfecto a tus ojos sea soltar tu alma de los vínculos del pecado, antes incluso que soltar a los oprimidos, liberándolos de aquellos que mantienen esclavos sus cuerpos. Prefiere reconciliarte con tu alma en la concordia de la tríada que hay en ti -cuerpo, alma, espíritu-, más que reconciliar a los airados con tu enseñanza.

        Ama la sencillez de las palabras con la ciencia de la experiencia interior, más que ir en busca de un Giscón de doctrina con la agudeza de la mente y el depósito del oído y de la tinta. Preocúpate de resucitar tu alma muerta por las pasiones al movimiento de sus impulsos hacia Dios, más que de resucitar de la muerte a los muertos según la naturaleza.

        Muchos han realizado grandes cosas, han resucitado muertos, se han cansado en favor de los errantes, han llevado a cabo muchos prodigios y han atraído a muchos a Dios con la admiración despertada por las obras de sus manos. Después, precisamente esos mismos que habían salvado a otros han caído en pasiones torpes y reprobables.

        Mientras daban la vida a los otros, se daban la muerte a sí mismos, provocando su propia caída con la contradicción mostrada en sus obras. El hecho es que, mientras estaban aún enfermos en el alma, no se preocuparon de su propia curación, sino que se echaron al mar del mundo para curar las almas de los otros, estando enfermos ellos aún. De este modo, privaron a sus almas de la esperanza en Dios, en el sentido que he dicho, porque la enfermedad de sus sentidos no podía sostener el choque con los rayos de las cosas mundanas, que, por lo general, excitan la vehemencia de las pasiones en aquellos que todavía tienen necesidad de vigilancia (Isaac de Nínive, Discorsi ascetici I, Roma 1984, pp. 87ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Todo es posible para el que tiene fe» (Mc 9,23b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La gracia cambia de raíz la relación con Dios, entre nosotros, y cambia la comprensión que cada uno de nosotros tiene de sí mismo.

        Primero: la gracia cambia de raíz el modo de concebir la relación con Dios, que se convierte, esencialmente, en una relación de acogida y de gratitud. No es el camino del hombre el que asciende a Dios, sino que es el camino de Dios el que baja al hombre. La salvación es don, no conquista. Esto precisamente es el Evangelio, el alegre anuncio que debemos llevar a todos, un anuncio esperado y deseado: Cristo ha muerto y resucitado por nosotros y, en consecuencia, estamos salvados por el amor  gratuito de Dios manifestado en la cruz, no por nuestras obras. Nuestra seguridad se apoya en el amor de Dios, no en nuestra respuesta: por eso es una noticia alegre.

        Segundo: la gracia cambia las relaciones en el interior de la comunidad. En ella debe reinar el orden de la entrega recíproca y no el de la justicia sin más. «No hagáis nada por rivalidad o vanagloria; sed, por el contrarío, humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos. Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás», escribe san Pablo a la comunidad de Filipos. Todo eso es necesario si la comunidad quiere ser la proclamación de la gracia, es decir, de la lógica que llevó a Cristo, que existía en la condición de Dios, a tomar la forma de esclavo, a hacerse obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

        Tercero: la gracia no cambia sólo las relaciones humanas en la comunidad, sino también las relaciones de la comunidad con el mundo. Estas deben ser unas relaciones de servicio, y de ningún modo relaciones de autoglorificación. La salvación está en la fe y no en las culturas, y, por ello, todas las culturas pueden abrirse a Cristo y ningún pueblo puede imponer a todos su propia cultura particular en nombre de Cristo. Si no fuera así, la salvación dejaría de ser gracia, basada únicamente en el amor de Dios, sino que estaría condicionada por una cultura o por otra, esto es, por las obras del hombre.

        Cuarto: el hombre debe concebirse como don gratuito, como una existencia regalada, y, por consiguiente, no puede permanecer encerrado en sí mismo y buscar sólo lo que supone una ventaja para él. Debe abrirse y hacerse don gratuito para todos. Si esto no tuviera lugar, el movimiento de Dios quedaría interrumpido y distorsionado: el amor gratuito que desciende sobre el hombre quedaría transformado por él: ya no sería don, sino posesión; ya no sería servicio, sino poder (B. Maggioni, "Vita consacrata come trasparenza evangélica", en Consacrazione e servicio. Suplemento n. 10/11, Roma 1981, pp. 29ss).

 

 

Día 25

Martes de la 7ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 4,1-10

Queridos:

1 ¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros? ¿No es precisamente de esas pasiones que os han convertido en un campo de batalla?

2 Ambicionáis y no tenéis; asesináis y envidiáis, pero no podéis conseguir nada; os enzarzáis en guerras y contiendas, pero no obtenéis porque no pedís;

3 pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones.

4 ¡Gente infiel! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguno quiere ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios.

5 ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: Dios ama celosamente al espíritu que ha hecho habitar en nosotros?

6 Aunque él da una gracia mayor y por eso dice: Dios resiste a los soberbios, pero concede su favor a los humildes.

7 Por tanto, someteos a Dios, pero resistid al diablo, que huirá de vosotros.

8 Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad vuestras manos; purificad vuestros corazones, los que lleváis doble vida.

9 Reconoced vuestra miseria; llorad y lamentaos; que vuestra risa se convierta en llanto y en tristeza la alegría.

10 Humillaos ante el Señor y él os ensalzará.

 

        **• Tras haber considerado, de manera general, los aspectos negativos que nos llevan a dividirnos, penetra Santiago de modo más profundo en el corazón de aquellos que se erigen en maestros de la comunidad. La incorrección de estos conduce a guerras y contiendas suscitadas por las pasiones de la codicia y de la posesión, que matan moralmente y suscitan la envidia. ¿Cómo es posible pensar que se va a obtener lo que se pide si hasta la más pequeña petición está hecha con estos sentimientos? A ésos sólo les corresponde el título de «¡gente infiel!» (v. 4), esto es, los que aman y son amigos de las cosas del mundo, mientras que odian y se hacen enemigos de Dios.

        Para dar razón de lo que dice, cita el apóstol la Escritura y afirma que es Dios quien nos otorga el amor en su plenitud y totalidad. De este amor, justamente definido como «celoso», parte la llamada a la conversión. No más confusión, doblez de corazón, compromisos entre el mundo y Dios, sino transparencia y humildad, a fin de ser reconocidos ante los hombres por lo único que vale ante Dios. Éste sólo exalta a quien se le somete.

 

Evangelio: Marcos 9,30-37

En aquel tiempo,

30 se fueron de allí y atravesaron Galilea. Jesús no quería que nadie lo supiera,

31 porque estaba dedicado a instruir a sus discípulos. Les decía: - El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, le darán muerte y, después de morir, a los tres días, resucitará.

32 Ellos no entendían lo que quería decir, pero les daba miedo preguntarle.

33 Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó: - ¿De qué discutíais por el camino?

34 Ellos callaban, pues por el camino habían discutido sobre quién era el más importante.

35 Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: - El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.

36 Luego tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:

37 - El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge; y el que me acoge a mí no es a mí a quien acoge, sino al que me ha enviado.

 

        **• Servir, en sentido bíblico, es servir a Dios, y por tanto también al prójimo, y tiene como consecuencia la liberación del pecado que domina todo corazón.

        Dice Jesús que quien quiera ser el primero «que sea el último de todos y el servidor de todos» (v. 35). En la predicción de su pasión, ofrece Jesús a sus discípulos una lectura -que no comprenden, a buen seguro, todavía de humillación y entrega de sí mismo por los otros a través del sufrimiento y el dolor, pero, sobre todo, a través del amor oblativo y desinteresado. En consecuencia, el seguimiento del discípulo ha de tener estas características.

        Ahora bien, el Maestro prosigue aún con estas palabras: «El que me acoge a mí no es a mí a quien acoge, sino al que me ha enviado» (v. 37). El que cree ser el primero no hace fructificar los talentos que ha recibido, sino sólo aquellos de los que presume; el último y el siervo saben, sin embargo, que todo les ha sido dado por Dios, por eso se ponen en actitud de acogida.

        La acogida de un niño (w. 36ss) es símbolo de sencillez, humildad y pobreza, de alguien que se confía del todo a la ayuda de Dios, de quien responde cuando le llaman y no hace razonamientos de grandeza porque no sabe hacerlos. Eso no equivale a callar por temor a pedir, sino al abandono confiado a quien se preocupa por él y a la certeza de que existe siempre Alguien que ve en su justa medida aquello de lo que tenemos necesidad.

 

MEDITATIO

        Es muy grande la tentación de ser o hacerse líder. Se trata de una tentación que aparece de una manera sutil y en forma de bien: al comienzo, tal vez ni siquiera nos damos cuenta, pero poco a poco nos va sugiriendo cosas cada vez más alejadas de la verdad de Cristo.

        Charles de Foucauld oyó un día esta frase durante una homilía del padre Huvelin: «Jesucristo ha tomado el último puesto de tal modo que nadie podrá quitárselo jamás». Estas palabras nos hieren y nos proporcionan consuelo al mismo tiempo, porque la experiencia humana de cada día nos lleva a decir que somos nosotros quienes debemos luchar con los condicionamientos y los bombardeos psicológicos que se nos presentan. Sin la humildad, esa virtud que nos permite reconocer a Otro fuera y por encima de nosotros, sólo conseguimos afirmar nuestras pasiones, que no conducen a la unión y al compartir, sino sólo a imposiciones que con el correr del tiempo no concuerdan ya con la sabiduría, don de Dios. Existe una sola pasión, y es aquella que sufrió Jesucristo por cada uno de nosotros, haciéndonos de nuevo niños en el espíritu, últimos en el mundo, pero grandes en su Reino. Jesús «rico como era, se hizo pobre por nosotros» y, de este modo, puso en tela de juicio la raíz del mal que reina dentro de nosotros: hacernos como él.

        Imitar al Señor no significa repetir de manera servil los gestos que él realizó, sino confrontar lo que sale de nuestro corazón con lo que él dijo e hizo. La obediencia al Padre que lo envió le hizo libre de obrar por nosotros y en nosotros, para que no seamos esclavos de nuestras voluntades, sino libres de amar y de entregar a los otros lo que nosotros mismos recibamos.

 

ORATIO

        Señor, estamos en deuda contigo por la vida que nos has dado con tu pasión, muerte y resurrección. No permitas que usemos los dones gratuitos que nos has dado para especular en perjuicio de los pobres o para hacernos grandes ante los otros.

        Recuérdanos, cuando volvamos a ti humillados, lo que hemos tenido miedo de pedirte en los momentos de orgullo y de presunción. Ayúdanos a acoger y a dar antes de ser acogidos y recibir, para no presumir de hacer nuestra voluntad, sino la de nuestro Padre, tal como tú nos enseñaste.

 

CONTEMPLATIO

        En esta vida y en toda tentación, luchan entre sí el amor del mundo y el amor de Dios; el que venza de estos dos amores arrastra con su peso al que ama. En efecto, no vamos a Dios caminando ni volando, sino con nuestros afectos buenos. Y, del mismo modo, nos quedamos cautivos de la tierra, no con cuerdas o cadenas, sino por nuestros malos sentimientos. Vino Cristo a hacer cambiar nuestros afectos y a hacer que se enamoraran del cielo antes que de la tierra. Se hizo hombre por nosotros el que nos creó e hizo hombres. Y tomó él, Dios, la naturaleza humana para hacer a los hombres como dioses. Ésta es la batalla a la que estamos llamados, ésta es nuestra lucha con la carne, con el diablo, con el mundo. Pero confiemos, puesto que quien pregonó esta justa no se queda mirándola sin darnos su ayuda, pues nos recomienda no presumir de nuestras fuerzas. [...]  «No améis al mundo ni lo que hay en él. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Jn 2,15).

        Dos son los amores: el del mundo y el de Dios; donde habita el amor del mundo, no puede entrar el amor de Dios. Si se va de allí el amor del mundo, habitará el amor de Dios en ese lugar: ¡que el afecto mayor obtenga el sitio de manera estable! Tú amaste el mundo; no lo ames más. Cuando hayas expulsado de tu corazón el amor terreno, acogerás en él el divino y empezará a habitar en ti la caridad, de la cual no puede derivarse ningún mal. Oíd, pues, las palabras de quien quiere reducir con discursos vuestros corazones para que den mejores frutos. Se ha puesto a tratarlos como campos. ¿Y de qué modo? Si encuentra todavía boscaje, lo elimina; si encuentra el campo limpio ya de maleza, planta árboles enél; y, precisamente, quiere plantar un árbol: la caridad.  ¿Y de qué boscaje quiere quitar la maleza? Del amor del mundo (Agustín de Hipona).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dios resiste a los soberbios, pero concede su favor a los humildes» (Sant 6,6b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Dichosos los que saben reírse de ellos mismos: nunca acabarán de divertirse. Dichosos los que saben distinguir un monte del montoncillo de un topo: se ahorrarán gran cantidad de preocupaciones.

        Dichosos los que son capaces de reposar y de dormir sin necesidad de buscar excusas: llegarán a sabios.

        Dichosos los que saben callar y escuchar: aprenderán muchas cosas nuevas. Dichosos los que son lo suficientemente inteligentes para no tomarse en serio: serán estimados por sus amigos.

        Dichosos vosotros si sois capaces de mirar en serio las cosas pequeñas y con serenidad las serias: llegaréis lejos en la vida.

        Dichosos vosotros si sois capaces de apreciar una sonrisa y olvidar una burla: vuestro camino estará lleno de sol.

        Dichosos vosotros si sois capaces de interpretar siempre de manera benévola las actitudes de los otros, incluso cuando las apariencias son contrarias: pasaréis por ingenuos, pero ése es el precio de la caridad.

        Dichosos los que piensan antes de actuar y ríen antes de pensar: evitarán cometer gran cantidad de tonterías.

        Dichosos vosotros si sois capaces de callar y sonreír cuando os interrumpen, os contradicen u os pisan los pies: el Evangelio empieza a entrar en vuestro corazón.

        Dichosos sobre todo los que sois capaces de reconocer al Señor en todos aquellos a quienes os encontráis: habéis hallado la verdadera luz, habéis hallado la verdadera sabiduría (J.-F. Six, Le beatitudini oggi, Bolonia 1986, pp. 195ss [edición española: Las bienaventuranzas hoy, Ediciones San Pablo, Madrid 1989]).

 

 

Día 26

Miércoles de la 7ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 4,13-17

11 En cuanto a los que decís: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allí todo el año; traficaremos y nos enriqueceremos»,

12 ¿sabéis acaso lo que será mañana de vosotros? Pues sois vapor de agua que por un instante es perceptible y al punto se disipa.

13 Haríais mejor en decir: «Si el Señor quiere y vivimos, haremos esto o lo otro».

16 Pero no, alardeáis ostentosamente, sin daros cuenta de que tal actitud es reprochable.

17 Por tanto, el que sabe hacer el bien y no lo hace comete pecado.

 

        **• El apóstol Santiago se dirige a los ricos que forman parte de la comunidad cristiana. Son hombres que viajan por negocios, para obtener beneficios que van mucho más allá de las necesidades cotidianas. Se trata de un poseer por avidez; en consecuencia, de una riqueza injusta que los erige en dueños del futuro. Precisamente por esa presunción son «vapor de agua», es decir, algo que sube hacia lo alto, pero que se disuelve muy pronto porque es inconsistente y, por tanto, deja de verse.

        Santiago subraya en este punto la importancia vital y existencial de dirigir la mirada y el pensamiento al Señor para tomar decisiones sensatas incluso en aquellas cosas que pertenecen a la vida diaria -como el trabajo, por ejemplo, que no puede tener como finalidad exclusiva el beneficio personal. Enriquecerse de este modo se convierte casi en un alarde, en una pretensión sobre los otros y en un arrogarse derechos y privilegios. Ahora bien, todo eso es pecado, porque los ricos, conociendo el bien, no lo hacen.

 

Evangelio: Marcos 9,38-40

En aquel tiempo,

38 Juan le dijo a Jesús: - Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.

39 Jesús replicó: - No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí.

40 Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro.

 

        *+• Llegados al final del capítulo 9 del evangelio de Marcos, podemos resumir algunos puntos: la fe de los discípulos es endeble, no están en condiciones de expulsar a los demonios; los mismos discípulos andan a la búsqueda de grandezas, jactándose de cierta pretensión sobre quienes no forman parte del grupo que sigue a Jesús.

        Casi da la impresión de que la acción del Espíritu Santo, que sopla cómo y donde quiere, es limitada. Los discípulos están encerrados todavía en la mentalidad de que sólo los que pertenecen al grupo de Jesús pueden llevar a cabo acciones que respondan a las enseñanzas del Maestro. Ahora bien, Jesús ha venido a traer una novedad para todos, no sólo para unos pocos, de ahí que ni su misión ni su enseñanza tengan ni puertas ni muros.

        Con razón dice: «Nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí» (v. 39). Ese «en mi nombre» indica precisamente libertad de acción, acogida del amor, total dependencia de Dios, que no excluye a nadie que se declare en favor suyo.

 

MEDITATIO

        La verdadera riqueza consiste en la posesión de la felicidad personal y, al mismo tiempo, en tener la mirada dirigida hacia los otros. Ciertamente, no es posible medir, por nuestra parte, lo que conseguimos dar ni, sobre todo, cómo damos, porque los listones o los programas telemáticos tienen una acción limitada dentro de nuestros esquemas. Con todo, podemos saber qué sentimiento nos impulsa a dar gratuitamente, qué hay de verdad en nuestro corazón que hace saltar el muelle del don. Si bien nada ni nadie está en condiciones de evaluar nuestros sentimientos, siempre hay, a pesar de todo, Alguien al que no se le escapa nada que tenga que ver con nosotros.

        Cuando obramos en la caridad de Cristo, de inmediato se nos sugiere el movimiento siguiente, de inmediato entra en acción nuestra fantasía y nos hace realizar cosas que nunca hubiéramos pensado. Con frecuencia, nos sorprende que otros estén en condiciones de llevar a cabo gestos de amor mayores que los nuestros. Es precisamente en este punto donde nace el verdadero sentido de la comunidad, de ese encuentro de personas que -reunidas en el amor oblativo- tienen como dinamismo vital al Espíritu Santo, el cual obra y realiza su verdadera misión: «Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», dice el Señor Jesús. Tenemos grandes ejemplos en nuestra historia de personas que, en apariencia, «nos dejan» para «dedicarse » a los demás. ¡Cuántas vidas escondidas salen a la luz incluso después de haber dejado este mundo!

        El Señor sabe encontrar los modos de no dejarlas para siempre en el silencio. Una mirada de amor hacia el otro, una atención dirigida a quien se encuentra menesteroso y en medio de la necesidad, no pueden ser «arrebatadas» por la racionalidad humana: necesitamos dejar que sea el Señor quien nos revele cuál es el verdadero bien para cada uno de nosotros y para todos.

 

ORATIO

        Oh Señor, perdónanos porque nos mostramos presuntuosos en las acciones que realizamos «en tu nombre ». Nos llenamos la boca, las manos, el corazón y la cabeza de ti, pero, después, nuestros sentimientos persiguen intereses y resultados egoístas. No permitas que los justifiquemos, porque no existe más que una sola justificación: la tuya, la redención llevada a cabo por medio de tu muerte en la cruz. Haz que nuestra única riqueza sea ver la pobreza del otro, para salirle al encuentro, y que nuestra pobreza esté repleta de la riqueza que el otro nos ha dado.

 

CONTEMPLATIO

        Ojalá no caigamos en la mezquindad, en la relajación de los que juzgan como absolutamente imposible pasar la vida sin disponer de inmensos tesoros. [...] Lo que se os pide a vosotros, oh ricos de este mundo, no es inhumano, ni puede resultaros indeseable. Si no es posible exigiros que queráis ser pobres en la tierra, preocupaos al menos de no tener que mendigar por toda la eternidad. Si sentís horror de la indigencia presente, ¿porqué no teméis la futura, la perpetua? Si aborrecéis los males efímeros, esforzaos por evitar las desventuras sin fin, eternas. Mientras estáis en vida, tembláis, os espanta el pensamiento de la miseria; sin embargo, el daño mundano que teméis es con mucho inferior al que os afligirá en el más allá. Si juzgáis insoportable la pobreza terrena, ¿cómo valoraréis aquella que no tendrá nunca fin?

        Las consideraciones que estoy haciendo son muchísimo más conformes con vuestro modo de sentir, con vuestros deseos. Si no queréis separaros de ninguna manera de vuestros tesoros, haced que eso no tenga lugar algún día. Os pedimos algo que debe seros agradable, grato. Vosotros, que no sabéis vivir sin disponer de riquezas, obrad de modo tal que sigáis siendo siempre adinerados. Justamente el Señor dice: «Por consiguiente, soberanos de los pueblos, si os deleitáis con los tronos y los cetros, honrad la sabiduría, para que podáis reinar siempre» (Silvano de Marsella, Contro l'avarízia, Roma 1997, pp. 79ss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El que no está contra nosotros está a favor nuestro» (Mc 9,40).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Afortunadamente, hay una «fábula» que es siempre verdadera, y lo sigue siendo cada día. Una «fábula» vivida por alguien o por algo que, en general, no tiene nombre ni vistosidad, y se propone al libro de la vida desde su escondite lleno de sol. A veces es descubierta y contada por periódicos y libros, aunque es más frecuente que siga siendo desconocida por la publicidad, atareada en temas que no son en absoluto fabulosos.

        La encuentran, como una gracia, los que buscan la luz: o bien porque tienen la mirada iluminada o bien porque sienten la desesperación del vacío. La «fábula» cotidiana confirma en la paz a los primeros y lleva a la paz a los segundos. Es la maravilla que Dios mantiene en la tierra, donde son muchos los que trabajan para que sea cada vez menos maravillosa, aunque su maravilla acaba por imponerse siempre, sin escenarios ni estrépito, en la naturaleza y entre los hombres.

        La llamamos «fábula» de manera inapropiada, dado que es verdadera, aunque le conviene este nombre porque no parece verdadera, por lo mucho que se ha vuelto excepcional y obsoleta, cuando debía ser casi normal por el hecho de que todo hombre está llamado a ser y a obrar, y por el hecho de que está difundida por todas partes en la naturaleza. La «fábula» se llama don, amor, unidad. Se cuenta en las casas de los pobres que se sienten señores y en las casas de los ricos que comparten lo que tienen. Se encuentra en el asfalto, donde, ¡unto con los «viajeros luctuosos», va un peregrino de humanísima libertad; y se encuentra también en la estancia donde sonríe la enfermedad como sobreabundancia de vida. Se lee en el vuelo de las mariposas, en el canto del mirlo, en las conchas de las playas, en el juego de luces de un abetal de montaña. Verla y sentirla, tan difundida en su escondite, hace pensar que el «invierno» de la vida diaria no es, de verdad, la estación dominante (G. Agresti, Le fragole sull'asfalto, Milán 1987, pp. 165-166).

 

Día 27

Jueves de la 7ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 5,1-6

1 Y vosotros los ricos gemid y llorad ante las desgracias que se os avecinan.

2 Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla.

3 Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días?

4 Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos y ha sido retenido por vosotros está clamando y los gritos de los segadores están llegando a oídos del Señor todopoderoso.

5 En la tierra habéis vivido lujosamente, os habéis entregado al placer, y con ello habéis engordado para el día de la matanza.

6 Habéis condenado, habéis asesinado al inocente, y ya no os ofrece resistencia.

 

        *• Santiago retoma en este pasaje las invectivas proféticas comunes a toda la predicación bíblica (cf. Is 5,8-10; Jr 5,26-30; Am 8,4-8) para dirigir una severa advertencia a la sociedad en la que vive, una sociedad donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres se ven cada vez más defraudados.

        El apóstol retoma, de modo más explícito y con tonos más duros, lo que ha indicado ya antes (Sant 2,6ss) sobre el tema pobres-ricos: invita al rico a lamentarse con verbos que expresan sollozos ruidosos, gemidos semejantes a los de las bestias heridas (v. 1). El motivo de este llanto violento y lacerante es la mísera situación del rico, cuyos bienes amasados se están pudriendo, sus vestidos son pasto de las polillas, su oro y su plata se oxidan (w. 2-3a).

        Ahora bien, la verdadera amenaza no consiste tanto en haber puesto su seguridad en lo que se deteriora como en el juicio de Dios que aguarda a todos (v. 3b). Este pensamiento vuelve a aparecer en los versículos posteriores: la injusticia de la que son objeto los obreros defraudados grita y llega a los oídos del Señor (v. 4); su frívola conducta les hace semejantes a los animales que acumulan el alimento sólo con vistas a la matanza (v. 5). En la nota conclusiva del justo (v. 6), Santiago ha querido relacionar la figura del oprimido, privado injustamente de sus derechos, con la figura bíblica del pobre de YHWH, que, a pesar de ser maltratado, no opone resistencia al mal (cf. Is 50,5; se reconocen sus rasgos: indigencia, debilidad, confianza en el Señor). Éste es el pobre a quien ama Dios, del que no aparta su mirada y hacia el cual están siempre atentos sus oídos.

 

Evangelio: Marcos 9,41-50

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

41 Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua en mi nombre porque sois del Mesías no quedará sin recompensa.

42 Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar.

43 Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue.

44 Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno.

47 Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te Vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno,

48 donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.

49 Todos van a ser salados con fuego.

50 Buena es la sal. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué le daréis sabor? Tened sal entre vosotros y convivid en paz.

    

        *» Después del segundo anuncio de la pasión y de la resurrección, llega Jesús a Cafarnaún con sus discípulos (cf. Me 9,30-33). Marcos inserta en este punto de su evangelio una serie de loghia aparentemente inconexos entre sí, aunque en realidad se reclaman recíprocamente a través de las palabras-clave. La expresión «en mi nombre» (v. 41), que figura al comienzo del fragmento de hoy, estaba ya anunciada en el v. 37; la expresión «ser ocasión de pecado» o «escándalo» (v. 42) anticipa toda la sección que viene después (w. 43-48); la sentencia conclusiva de la «sal» (v. 50) recuerda el versículo precedente.

        Todos estos dichos forman una colección de instrucciones dadas a los discípulos para caminar en el seguimiento de su Maestro. En la perícopa litúrgica, Jesús afronta diferentes temáticas. Empieza con la de la acogida: gestos pequeños y sencillos (cf. Mt 25,40) realizados en su nombre; es él, en efecto, quien llena de significado las acciones humanas, confiriéndoles un valor de eternidad (v. 41).

        Prosigue con la cuestión del escándalo: quien pone un obstáculo a aquellos que todavía son débiles en la fe, merece un castigo severo e infamante (v. 42). En los w. 43-47 asume Marcos un lenguaje paradójico, típico, por el radicalismo y por la dureza del juicio, de la mentalidad semítica. Sirve para indicar que -si es necesario es mejor sacrificar ciertos órganos vitales que adherirse al pecado e incurrir en la condena eterna simbolizada por la Gehena. Para confirmar todo esto (v. 48) aparece la cita bíblica tomada del profeta Isaías (Is 66,24).

        El tema del sacrificio de nosotros mismos a fin de preservarnos y purificarnos del pecado aparece también en los w. 49ss con las imágenes de la sal y del fuego. La sabiduría de Cristo que debe buscar el discípulo para dar sabor a todas sus acciones, el fuego del amor con el que debe abrasarse para poner su propia existencia al servicio de la comunión, pasan por el camino de la paradoja cristiana: perder para encontrar (cf. Mc 8,35).

 

MEDITATIO

        Los profetas, apoyados en la Palabra que les ha sido anunciada, tienen el valor de hacer resonar la voz de Dios en la historia. Son ellos quienes nos incitan, nos liberan de la indiferencia en el que caemos a menudo o en la que nos refugiamos. Su voz nos vuelve a llamar y nos hacen levantarnos de las cómodas poltronas de nuestro egoísmo para ponernos en movimiento. Todos los tiempos tienen necesidad de profetas que levanten la antorcha de la esperanza en medio de la oscuridad de la noche que nos rodea, que denuncien las injusticias, que ayuden a los pobres a levantar su grito hacia el cielo.

        Nosotros somos los primeros que necesitamos ser importunados, despertados de nuestro entorpecimiento, para mirar, no ya con nuestros ojos, sino con los de Dios. Los desafíos que marcan toda una época, como en la nuestra supone la globalización para los creyentes, están a la vista de todos: individuos y naciones. También el apóstol Santiago ve desigualdades entre ricos y pobres y se da cuenta del pecado de los primeros y de la grandeza de los otros. Gracias a la perspectiva divina conseguimos vislumbrar lo que permanece invisible a la lógica humana. Dios nos entrega su Palabra en su Hijo hecho carne y nos llama a ser profetas en nuestro tiempo. Dejémonos abrasar por esta Palabra para que nuestros gestos, hasta los más pequeños, sencillos y aparentemente insignificantes, sean realizados en su nombre, dejen su sello. Sólo de este modo dejaremos de ser los falsos profetas que escandalizan a los débiles, que ponen obstáculos en el camino de la Verdad. El Señor es el principio y el fin de nuestro vivir, es la verdadera riqueza de la existencia humana: decidámonos por él. Volvámonos a él para encontrar de nuevo la dimensión justa de las cosas, para liberarnos de nosotros mismos y de nuestros protagonismos, para tener el valor de ser coherentes, aunque ello exija algunas «amputaciones», por dolorosas que sean.

 

ORATIO

        Que tu Espíritu, Señor, ilumine nuestra historia, porque estamos confusos y ya no sabemos distinguir el bien del mal. El pecado se ha acumulado en nosotros y se ha convertido en nuestra riqueza, en el tesoro amontonado en las arcas de nuestro corazón. Que tu Espíritu, Señor, vuelva a arder en nosotros y vuelva a llevarnos a lo esencial; que nos dé unos ojos limpios, capaces de mirar lo creado y a las criaturas; que nos dé unas manos abiertas para acoger a los hermanos y compartir con ellos nuestro bienestar; que nos dé unos pies seguros para recorrer los caminos de la esperanza.

        Entonces también nosotros seremos tus profetas, los anunciadores de la vida nueva que lleva la marca de la sabiduría de tu Hijo.

 

CONTEMPLATIO

        Poseéis bienes que os garantizan la prosperidad para muchos años. No os limitéis a conservarlos. Hacedlos fructificar, para vosotros y para los demás.

        ¿De qué modo? Depositándolos en un lugar inaccesible a los ladrones: encerrándolos en el corazón de los pobres.

        He aquí vuestros cofres: los vientres de los hambrientos.

        He aquí vuestros graneros: las casas de las viudas.

        He aquí vuestros almacenes: las bocas de los huérfanos.

        Dios os concede la prosperidad para vencer vuestra avaricia o, dicho de otro modo, para condenarla.

        Por consiguiente, no tenéis justificación cuando empleáis sólo para vosotros lo que, a través de vosotros, ha querido dispensar Dios a su pueblo.

        Dice el profeta Oseas: «Sembrad semillas de justicia». Echad, pues, vuestras semillas en el corazón de los pobres. Llegados a este punto, quizás me opongáis esa objeción que se ha convertido en un lugar común: no es justo ayudar a los que están en la miseria, puesto que es voluntad de Dios que lo estén; su miseria es signo de que Dios los maldice. De ninguna manera. Los pobres no están malditos. Es justamente lo contrario. Exclama Jesús, en efecto: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». No es al pobre, sino al rico, a quien Dios maldice. Y esto es tan verdad que leemos en el libro de los Proverbios: «Maldito el que acapara el grano». Por otra parte, no os corresponde a vosotros distinguir entre los dignos y los indignos. El amor no acostumbra a juzgar los méritos, sino a proveer a las necesidades: ayuda al pobre sin mirar si es bueno o malo. Nos enseña el salmista: «Bienaventurado el que tiene la inteligencia del pobre y del débil». ¿Quién posee esa inteligencia? El que sufre junto al otro, el que comprende que el justo es su hermano (Ambrosio de Milán, «La viña de Nabot», en El buen uso del dinero, Desclée de Brouwer, Bilbao 1995, pp. 96-97).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si pierde su vida?» (Mc 8,36).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Señor, sálvame de la indiferencia, de esta anonimia de hombre adulto. Es el mal de que sufrimos sin tener conciencia de ello. [...]

        Ahora que la aparición de Cristo no conmueve a nadie, no infunde reverencia o terror, ahora pueden suceder otras cosas más monstruosas, y cada uno diría: «¿Ah sí? ¿Se ha aparecido el Señor?». Ahora podemos amontonar, robar, hacer violencia, y todos continuamos diciendo: «Así es el mundo, así es la vida». Ahora somos hombres sin remordimientos y sin pecados.

        Sin embargo, están los llantos de mi infancia por haber dicho una mentira a mi madre, el dolor por aquellos días en los que no conseguí ser bueno, el disgusto por haberme olvidado de las oraciones de la mañana y de la noche, y la turbación por un pensamiento impuro. Entonces no podía apacentar a mi rebaño en paz en tanto no te hubiera pedido perdón, Señor; no podía mirarme en el espejo de las fuentes, no conseguía mirar a la cara a los hermanos cuando comíamos en la mesa el poco y sabroso pan. Entonces el pobre, cuando venía a pedir un puñado de harina a la puerta, me hacía llorar; ahora, en cambio, decimos que también eso es una necesidad: «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Mt 26,11); de ahí que los soportemos hasta en las puertas de las iglesias, los domingos, cuando, por costumbre, asistimos a tu muerte. Ahora somos todos como el Epulón, con ese bajorrelieve de Lázaro en el umbral del palacio para dar relieve a  nuestra distinción (D. M. Turoldo, Pregare, Sotto iI Monte 1997, pp. 164 y 166ss).

 

Día 28

Viernes de la 7ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 5,9-12

9 Hermanos, no os soliviantéis unos contra otros, para que no seáis condenados, pues el juez está ya a las puertas.

10 Tomad como modelo de constancia y sufrimiento a los profetas que hablaron en nombre del Señor.

11 No en vano proclamamos dichosos a los que han dado ejemplo de paciencia. En concreto, habéis oído hablar de la paciencia de Job y conocéis el desenlace al que le condujo el Señor, porque el Señor es compasivo y misericordioso.

12 Pero, sobre todo, hermanos, no juréis ni por el cielo ni por la tierra, ni hagáis ningún otro tipo de juramento. Que vuestro «sí» sea sí y vuestro «no» sea no, para no incurrir en condenación.

 

        *•• En la parte final de su carta (5,7-20), Santiago se dirige a todos los miembros de la comunidad icf w. 7.9.10.12.19) y les exhorta a vivir en el tiempo presente (cf. v. 7) de modo positivo y confiado icf. 9a. 12). Con su estilo conciso, aunque franco y decidido, fija su mirada de inmediato en aquello que es esencial y da sentido a la vida cristiana, la venida final del Señor: «el juez está ya a las puertas» (v. 9b). Para esta larga espera, durante la cual está llamado el cristiano a pasar por pruebas y adversidades, pone Santiago dos ejemplos del Antiguo Testamento: «los profetas» (v. 10) y «Job» (v. 11).

        Con la cita del Sal 103, 8, colocada como conclusión del v. 11, se nos confirma que así como el Señor no defraudó las expectativas de los que permanecieron fieles a la palabra que debían anunciar y de los que perseveraron en la fe, así tampoco frustrará las nuestras.

        Por último (v. 12), añade Santiago otra recomendación a la que había puesto en la apertura de nuestro fragmento: a fin de que la espera de la parusía sea un tiempo de serenidad y de edificación recíproca, invita a sus lectores a evitar, además de las murmuraciones, el juramento, retomando el texto de Mt 5,33-37: no hemos de dar garantía a nuestra palabra recurriendo a Dios, sino haciendo frente con empeño, seriedad, autenticidad y transparencia a nuestra vida, que no necesita muchos discursos.

 

Evangelio: Marcos 10,1-12

En aquel tiempo,

1 Jesús partió de aquel lugar y se fue a la región de Judea, a la otra orilla del Jordán. De nuevo la gente se fue congregando a su alrededor, y él, como tenía por costumbre, se puso también entonces a enseñarles.

2 Se acercaron unos fariseos y, para ponerle a prueba, le preguntaron si le era lícito al marido separarse de su mujer.

3 Jesús les respondió: - ¿Qué os mandó Moisés?

4 Ellos contestaron: - Moisés permitió escribir un certificado de divorcio y separarse de ella.

5 Jesús les dijo: - Moisés os dejó escrito ese precepto por vuestra incapacidad para entender.

6 Pero desde el principio Dios los creó varón y hembra.

7 Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer

8 y serán los dos uno solo. De manera que ya no son dos, sino uno solo.

9 Por tanto, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre.

10 Cuando regresaron a la casa, los discípulos le preguntaron sobre esto.

11 Él les dijo: - Si uno se separa de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera;

12 y si ella se separa de su marido y se casa con otro, comete adulterio.

 

        *•• En el centro de este pasaje del evangelio de Marcos figura la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio. La ambientación geográfica (v. 1) en la que la inserta el evangelista saca a la luz la continuidad de la instrucción de Jesús y también la revelación progresiva a los discípulos que perseveran en su seguimiento, a pesar de las dificultades de su naturaleza humana. Desde Cesárea de Filipo (8,27), suben Jesús y sus discípulos al elevado monte de la transfiguración (9,2), atraviesan Galilea (9,30), se detienen en Cafarnaún (9,33) y, finalmente, entran en Judea y pasan el Jordán. A la llegada a este territorio nos encontramos ante una controversia (v. 2) provocada por la diabólica pregunta planteada por los fariseos sobre la licitud del repudio o divorcio. Jesús, tal como acostumbra a hacer en estas ocasiones, pone una contrapregunta (v. 3), obligando a sus interlocutores a profundizar en el sentido de su objeción (v. 4).

        Las disposiciones de la ley mosaica (cf. Dt 24,1-4) no son una concesión benévola de Dios a su pueblo, como se creía en las escuelas rabínicas del tiempo. En realidad, revelan la ligereza con la que se practicaba el divorcio en el pueblo hebreo y la indigna situación en la que se encontraba la mujer repudiada, la cual, sin el certificado de divorcio, habría seguido siendo siempre «propiedad» del primer marido. El verdadero problema al que conduce Jesús a sus interlocutores es la incapacidad de amar (v. 5), que nos aleja del proyecto divino originario (w. 6ss). El hombre y la mujer llevan ambos en sí mismos la imagen del Dios que es amor y, aunque en medio de la diversidad, están llamados a ser una sola cosa en el matrimonio (v. 8). En el acto creador se descubre el auténtico sentido del amor y a nadie le está permitido romper la profunda unidad introducida por Dios en la naturaleza humana (v. 9).

        Las precisiones añadidas en privado a los discípulos (w. 10-12) confirman la enseñanza de Jesús sobre la cuestión ya discutida, con una adaptación al marco grecorromano. En este último, a diferencia del semítico (cf. Mt 5,32), también le estaba permitido a la mujer divorciarse del marido.

 

MEDITATIO

        La historia humana se desarrolla entre los dos grandes momentos de la creación y de la venida gloriosa de Jesús. Entre el comienzo y el cumplimiento del tiempo encontramos el sentido profundo de nuestro vivir: Dios, que nos llama y nos quiere en comunión con él. El tiempo presente, que, si vamos detrás de las sugerencias mediáticas imperantes, se nos presenta como el hoy absoluto, parece intentar cortarse del pasado, como si no le perteneciera, y no consigue proyectarse en un futuro posible, con lo que acaba replegándose sobre sí mismo de una manera estéril. La Palabra de Dios nos dice hoy algo preciso a este respecto. Nuestro tiempo es el tiempo de la paciencia, esto es, el de la expectativa laboriosa, confiada, segura de la venida del Señor. El nuestro es también el tiempo en el que damos cuerpo e historia a la «imagen y semejanza» divinas impresas en nosotros en el acto creador, mediante las cuales cada uno realiza el proyecto originario de comunión en la diversidad, de armonía en el amor.

        Al mismo tiempo, estamos llamados a palpitar con la vida misma del Dios Uno y Trino; el hombre y la mujer unidos en matrimonio son «sacramento», signo y realización posible de esa vida misma de Dios, dentro de los límites del lenguaje humano. ¿Cómo dar forma en el orden concreto de las relaciones cotidianas al proyecto originario de Dios sobre nosotros? El apóstol Santiago nos invita a vivir con transparencia, sin doblez ni ambigüedad, de tal modo que nuestras acciones sean creíbles por sí mismas. Y nos recuerda que hay un pasado del que podemos extraer indicaciones útiles para el presente; que el futuro no es una realidad desteñida, lejana, sino algo que se construye ya en el hoy y, en cierto modo, lo pregustamos ya. Es posible que en este tiempo de la «satisfacción inmediata», de los proyectos a corto y a cortísimo plazo, de la memoria evanescente, la Palabra que hoy nos presenta la liturgia sea, más que nunca, un faro luminoso para orientarnos en el camino.

 

ORATIO

        Bendito seas, Señor Dios: tú me recuerdas que vendrás a juzgar a los vivos y a los muertos, y esta perspectiva cambia mi relación con la vida. No estoy caminando sin meta: la mía eres tú. No he llegado aquí por casualidad: mi origen eres tú. Por consiguiente, eres tú, Señor mío, quien da sentido y sabor a las relaciones conmigo mismo y con los demás, unas relaciones sazonadas con sentimientos de afecto y amistad.

        Da vigor a mi voluntad -siempre frágil- de conocer tu proyecto originario para cada hombre y para cada mujer, ese proyecto de amor y de alegría que tu Palabra me revela y que ha tomado carne sin equívocos en Jesús. Y así sepa yo dar el justo valor a lo que es humano y capturar en mi tiempo fugaz fragmentos duraderos, reflejos de la eternidad.

 

CONTEMPLATIO

        Manten siempre delante de tus ojos el punto de partida. Conserva los resultados alcanzados. Lo que hagas, hazlo bien. No te detengas; antes bien, con carrera veloz y paso ligero, con pie firme, que ni siquiera permita al polvo retrasar la marcha, avanza confiado y alegre por el camino de la bienaventuranza que te has asegurado (Clara de Asís, "Lettere", en Fonti francescane, Padua 41996, 2288 [edición española: Escritos de santa Clara y documentos complementarios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1999]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que vuestro "sí" sea sí y vuestro "no" sea no» (Sant5,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La imagen primaria que tienen nuestros contemporáneos del tiempo no es una imagen serena. En la aldea global las esperas son brevísimas: asistimos a los acontecimientos en directo, el poder de los mandos a distancia se ha convertido en el signo de la satisfacción de lo inmediato. El imaginario  de todos, pequeños y adultos, está poblado de figuras de mil colores, aunque efímeras como un meteoro, ya sean las imágenes terribles de la guerra o las del papa cuando realiza un viaje apostólico, asociadas sin distinción de valor a los mensajes publicitarios. Si, por un lado, todo parece bajo control, por otro estos tiempos acelerados y segmentados son fuente de angustia y de amenaza para el hombre. El tiempo en el que vivimos se parece más que nunca al chronos del mito griego que devora a sus hijos, y nosotros nos reconocemos cada vez más en la figura del hombre proskairos del que habla la explicación de la parábola evangélica de la semilla (Mt 1 3,3-23): el hombre inconstante, el hombre de un momento, incapaz de ser constante, de perseverar, de construir una historia que no sea frustratoria e inconexo montón de episodios.

        Si pensamos, en cambio, que la experiencia de la fe necesita proceder de manera gradual, de acompañamiento, de una marcha progresiva, se vuelve aún más urgente una educación encaminada a adquirir aquellas virtudes que están particularmente ligadas al tiempo: la paciencia, la esperanza, la espera, la vigilancia, la perseverancia, entendidas como el arte de permanecer en el tiempo con la conciencia de que es la totalidad de la vida lo que hace de la existencia una obra maestra. [...]

        Me pregunto qué educación recibe nuestra gente para distinguir entre las promesas de Dios y los horóscopos que invaden cada día las páginas de los diarios y de las revistas. Los profetas de Israel nos han transmitido el gusto por las sorprendentes promesas de Dios, promesas que no pueden ser codificadas en el derecho canónico, aunque esperan de la Iglesia y de todos nosotros gestos valientes y libertad para ayudar al mundo de hoy a salir del círculo inexorable de un chronos que está devorando más que nunca a sus hijos (P. Ferrari, «ll mistero del tempo», en AA. W . , Un tempo di grazia. Quale futuro per la Chiesa?, Milán 2000, pp. 40ss, 44ss, 48ss).