Dedícate a la Contemplación.....y recibirás los dones del Espíritu Santo


Inicio

Vida

Vocación

Biblioteca

La imagen

La Comunidad

Videoteca

 

LECTIO DIVINA OCTUBRE DE 2014

Si quiere recibirla diariamente, por favor, apúntese aquí

Domingo Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
      01 02 03 04
05 06 07 08 09 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31  

 

Oraciones

Liturgia de las Horas

Lectio Divina

Devocionario

Adoración

Oficio de Lecturas

 

 

El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Santa Teresa del Niño Jesús (1 de octubre)

 

Teresa Martin, hija de Luis Martin y de Celia Guerin –ambos en proceso de beatificación-, nació en Alecon (Normandía), el 2 de enero de 1873. Entró a los 15 años en el Carmelo de Lisieux e hizo su profesión el 8 de septiembre de 1890. Murió el 30 de septiembre de 1897.

Teresa, que llevó una intensa vida espiritual, centrada toda ella en el descubrimiento de la sencillez y totalidad del Evangelio y en la ofrenda al Amor misericordioso, brilló en la Iglesia de su tiempo, y sigue brillando en la del nuestro, como una contemplativa, apóstol de los apóstoles, a través de una experiencia de vida evangélica en la que no faltaron ni las tinieblas de la noche oscura de la fe ni la luminosa comunión con todos y con todo, por ser el Amor en el corazón de la Iglesia.

Nos ha dejado, entre sus escritos, los Manuscritos autobiográficos, muchas Cartas, Poesías, Oraciones y Recreaciones piadosas llenas de sabiduría, que pregonan un mensaje nuevo y universal.

Fue canonizada por Pío XI el 17 de mayo de 1925 y proclamada patrono de las misiones el 14 de diciembre de 1927.

En virtud de la autoridad de su doctrina, llena de sabiduría evangélica, acogida de una manera unánime en la Iglesia, actual por sus mensajes, Juan Pablo II la declaró doctora de la Iglesia el 19 de octubre de 1997.

 

LECTIO

LECTIO

Primera lectura: Job 9,1-12.14-16

1 Job tomó la palabra y dijo:

2 De acuerdo, sé muy bien que es así: que nadie es irreprochable ante Dios.

3 Si alguien pretende litigar con él, ni un argumento entre mil le podrá rebatir.

4 Sabio y fuerte como es, ¿quién le resiste y queda impune?

5 Él traslada los montes sin que se den cuenta y los remueve cuando se enfurece;

6 hace que la tierra tiemble en sus cimientos y que se tambaleen sus columnas.

7 Si él lo prohíbe, el sol no se levanta, ni las estrellas dan su resplandor.

8 Sólo él extiende los cielos y camina sobre las espaldas del mar.

9 Él ha creado la Osa y el Orion, las Pléyades y la Constelación del Sur.

10 Hace cosas grandes e insondables y maravillas sin número.

11 Pasa junto a mí y no l o veo, se desliza a mi lado y n o me doy cuenta.

12 Si arrebata una presa, ¿quién se lo impedirá?

13 ¿Quién le dirá: «Qué es lo que haces»?

14 ¡Cuánto menos podré yo replicarle, encontrar palabras contra él!

15 Aunque tuviera razón, no debo replicar. Sólo puedo suplicar al que me acusa.

16 Aunque le llamara y él me respondiera, no creo que hiciera caso a mi llamada.

 

**• El texto que hoy nos propone la liturgia, tomado del capítulo 9 de Job, es la respuesta que da el patriarca a las palabras de consuelo del tercer amigo, Bildad de Suaj (cf. capítulo 8). Éste había dicho que la desproporción entre Dios y el hombre es tan grande que no es posible ninguna discusión entre ellos. Dios siempre tiene razón. Job rebate su discurso con un elogio de la sabiduría y de la omnipotencia de Dios tal como aparece en su creación. Si Dios es tan grande e inaccesible en su creación -piensa Job-, tanto más lo será en el orden sobrenatural y moral: «De acuerdo, sé muy bien que es así: que nadie es irreprochable ante Dios» (v. 2). En los versículos siguientes, se lamenta Job, una vez más, de la manera arbitraria y prepotente que tiene Dios de comportarse: «Si arrebata una presa, ¿quién se lo impedirá? ¿Quién le dirá: "Qué es lo que haces"?» (v. 12). De una manera un tanto irónica, da a entender Job que es inútil discutir con Dios, dado que nadie puede resistir ante él, puesto que siempre tiene razón en todo. Observa: «¡Cuánto menos podré yo replicarle, encontrar palabras contra él!» (v. 14). Frente a Dios no hay nada que hacer. Sólo, dejar que se hundan las montañas, que los vientos lo barran todo, que se abra la tierra, que el mar se desconcierte y que la tragedia se abata sobre el hombre.

Las palabras de Job son las de un hombre que sufre y protesta porque no consigue saber qué es justo y qué no. Hemos de señalar que Job no acepta soluciones que sean simples reducciones al pasado: sería mejor llamarlas actos de pereza, seguir la regla del mínimo esfuerzo.

Job quiere ver claro. Pero ¿eso es posible? Mientras dura nuestra peregrinación subsiste el problema del dolor. Está, sin embargo, la cruz de Cristo y su altísimo grito al Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Me 15,33). La muerte de Jesús es dramática y él se precipita en el abismo doloroso de la maldad humana. Jesús no suprime el dolor, pero nos ha dicho lo suficiente sobre el valor salvífico del sufrimiento.

 

Evangelio: Lucas 9,57-62

En aquel tiempo,

57 mientras iban de camino, uno le dijo: -Te seguiré adondequiera que vayas.

58 Jesús le contestó: -Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

59 A otro le dijo: -Sígueme. Él replicó: -Señor, déjame ir antes a enterrar a mi padre.

60 Jesús le respondió: -Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios.

61 Otro le dijo: -Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme primero de mi familia.

62 Jesús le contestó: -El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es apto para el Reino de Dios.

 

*» Vimos ayer en el evangelio que con Lc 9,51 da comienzo una nueva parte del tercer evangelio. Se produce un cambio de ruta de Jesús: de la misión en Galilea a la-marcha hacia Jerusalén (9,51-56). Este nuevo camino, tal como decíamos, n o es nuevo sólo en un sentido topográfico, sino también en sentido teológico y místico.

Es un camino que culmina en la muerte y resurrección de Jesús. Esta perspectiva se vuelve paradigmática también para los discípulos. No hay vida cristiana sin compromiso con Cristo en la muerte. No basta, en efecto, con que el discípulo concentre la mirada en la gloria de Cristo; es preciso también que fije su mirada en el rostro de aquel que, tras haber muerto en la cruz, fue hecho perfecto y ha llegado a la gloria (cf. Heb 5,8ss).

Los tres diálogos referidos en el evangelio nos hacen ver que, además de los Doce, había también otros que querían seguir a Jesús, aunque no siempre sabían con claridad lo que significaba en el fondo «seguirle». Las exigencias del seguimiento de Cristo sólo se vuelven claras después de la pascua. Lucas no dice quiénes son estos tres interlocutores. Por Mateo, no obstante, sabemos que uno de ellos era un escriba o maestro de la Ley y el otro era un discípulo (8.19.21). En Lucas vemos que los tres se echan atrás intimidados por la «desnudez» que requiere Jesús para seguirle. El primero se había presentado a Jesús por propia iniciativa, pero Jesús le muestra el vacío que significa seguirle: «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (v. 58). El segundo es un discípulo del Señor, como dice Mateo. Recibe la orden de seguirle que le da Jesús, pero le pide permiso para ir antes a sepultar a su padre. Jesús le responde: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (v. 60).

Para el Señor está muerto todo lo que no es el Dios vivo (cf. Jn 14,6). El tercero ha preparado un programa y se lo muestra a Jesús: «Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme primero de mi familia» (v. 61). Sin embargo, le responde el Señor de este modo: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (v. 62). No sabemos cómo acabaron estos tres. El evangelio sólo nos dice lo que ofrece Jesús a quienes le acompañan, o sea, el camino de la cruz. Pero aquí se requiere valor.

 

MEDITATIO

Teresa de Lisieux se ha vuelto para la Iglesia de nuestro tiempo la imagen de una testigo de la pureza del Evangelio y del mensaje sencillo y gozoso de la nueva evangelización. Si, apenas entrada en la gloria, la difusión de sus escritos autobiográficos conocidos como Historia de un alma suscitó admiración y consenso por todas partes, nuestro tiempo ha redescubierto en ella la fuerza del testimonio del Evangelio y la misión incisiva de presentar el rostro de Dios de una manera renovada a los hombres y a las mujeres de hoy.

Como creció, tras la muerte prematura de su madre, a la sombra de un padre que manifestaba la fuerza de la naturaleza paterna y también la naturaleza de una madre, no le resultó difícil a Teresa descubrir al mismo tiempo el seno genuino del Dios cercano y misericordioso, con rasgos paternos y maternos. Probada en lo más vivo de su aguda sensibilidad por la enfermedad de su padre y por la suya propia, supo captar en la kenosis de la fe el sentido más genuino de la pobreza evangélica, del compartir la mesa de la amargura junto con los hermanos pecadores, alejados de Dios, aunque amados siempre por un Dios de misericordia y de ternura, el cual, del mismo modo que se inclinó sobre el rostro doliente de su Hijo amado, se inclina amoroso sobre todas sus criaturas, sin excluir a ninguna.

Ya en su nombre religioso, Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, resume Teresa la kenosis de la encarnación y la kenosis de la pasión, la pequeñez del niño de Belén y el vaciamiento del Cristo de la cruz. Mas en el amor a Cristo y a los hermanos, Teresa descubre el secreto de su vida, lo descubre en un amor probado en el crisol, pero que el Espíritu Santo pone incandescente de ansias apostólicas, hasta convertirse en una vocación: ser en la Iglesia el amor. El amor infinito del Dios del Antiguo Testamento, que Teresa acoge con alegría, como una niña del Reino, y el amor de Jesús por los pequeños son dos palabras de vida de su existencia, que han forjado su imagen de santidad. Una imagen que atrae a todos, incluso fuera de la Iglesia católica, porque revela el verdadero rostro de nuestro Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que ama infinitamente a todas sus criaturas.

 

ORATIO

Tus palabras son mías y yo puedo servirme de ellas para atraer sobre las almas que están unidas a mí las gracias del Padre celestial. Pero, Señor, cuando digo que deseo que los que tú me diste estén también donde yo esté, no pretendo que ellos no puedan llegar a una gloria mucho más alta de la que quieras darme a mí. Quiero simplemente pedir que un día nos veamos todos reunidos en tu hermoso cielo. Tú sabes, Dios mío, que yo nunca he deseado otra cosa que amarte. No ambiciono otra gloria. Tu amor me ha acompañado desde la infancia, ha ido creciendo conmigo, y ahora es un abismo cuyas profundidades no puedo sondear.

El amor llama al amor. Por eso, Jesús mío, mi amor se lanza hacia ti y quisiera colmar el abismo que lo atrae. Pero, ¡ay!, no es ni siquiera una gota de rocío perdida en el océano... Para amarme como tú me amas, necesito pedirte prestado tu propio amor. Sólo entonces encontraré reposo.

Jesús mío, tal vez sea una ilusión, pero creo que no podrás colmar a un alma de más amor del que has colmado la mía. Por eso me atrevo a pedirte que ames a los que me has dado como me has amado a mí. Si un día en el cielo descubro que los amas más que a mí, me alegraré, pues desde ahora mismo reconozco que esas almas merecen mucho más amor que la mía. Pero aquí abajo no puedo concebir una mayor inmensidad de amor del que te has dignado prodigarme a mí gratuitamente y sin mérito alguno de mi parte (Teresa del Niño Jesús, Manuscrito C, versión electrónica).

 

CONTEMPLATIO

Jesús ha querido darme luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde violeta su perfume ni a la margarita su encantadora sencillez... Comprendí que si todas las flores quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florecillas...

Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos...

Comprendí también que el amor de Nuestro Señor se revela lo mismo en el alma más sencilla, que no opone resistencia alguna a su gracia, que en el alma más sublime.

Y es que, siendo propio del amor el abajarse, si todas las almas se parecieran a las de los santos doctores que han iluminado a la Iglesia con la luz de su doctrina, parecería que Dios no tendría que abajarse demasiado al venir a sus corazones. Pero él ha creado al niño, que no sabe nada y que sólo deja oír débiles gemidos, y ha creado al pobre salvaje, que sólo tiene para guiarse la ley natural. ¡Y también a sus corazones quiere él descender!

Éstas son sus flores de los campos, cuya sencillez le fascina... Abajándose de tal modo, Dios muestra su infinita grandeza. Así como el sol ilumina a la vez a los cedros y a cada florecilla, como si sólo ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa también Nuestro Señor de cada alma personalmente, como si no hubiera más que ella. Y así como en la naturaleza todas las estaciones están ordenadas de tal modo que en el momento preciso se abra hasta la más humilde margarita, de la misma manera todo está ordenado al bien de cada alma (Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, versión electrónica).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día estas palabras de la santa de Lisieux: «Mi vida es un instante, una hora de paso. ¡Oh Dios mío, sabes que para amarte en la tierra no dispongo más que de hoy» (Teresa del Niño Jesús, Poesía n. 5)

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Teresa del Niño Jesús es una figura que me es muy entrañable, que siento cercana y compañera de camino porque, cuanto más profundizamos en su «pequeña vía», tanto más nos damos cuenta de que se trata en realidad de la única vía. Fe pura y amor puro, con la aceptación consciente de no ver nada, de ser débil e imperfecta; como otros santos, Teresa empieza allí donde la mayoría de los cristianos se detiene. Pero hay un aspecto de su experiencia que quisiera subrayar, la experiencia de la laceración interior, indicada por ella con estas palabras: «Nieblas que me rodean, penetran en el alma», «tormento que se redobla», «no quiero continuar escribiendo de ello; temería blasfemar», «tinieblas cada vez más densas», «lucha y tormento no durante algunos días, no durante algunas semanas».

Es el sufrimiento de quien se siente unido con Dios y no puede poner en tela de juicio este vínculo, pero al mismo tiempo se siente solidario con el hombre, con sus propios hermanos, con las personas cuya suerte, esperanzas y angustias comparte hasta el final. Teresa vive atraída irresistiblemente hacia la patria luminosa y al mismo tiempo envuelta  completamente por las tinieblas de una tierra opaca y afligida por nieblas impenetrables. Más aún, la imagen que usa es la de sentirse sentada a la mesa llena de amargura en la que comen los pecadores, los incrédulos [...].

Teresa es santa porque aceptó esta laceración interior y la vivió con la seguridad de que, en Cristo muerto en la cruz, esta laceración se recompondría en unidad. Escribe: «Atráenos, Jesús, con el fuego de tu amor, únenos a ti tan estrechamente que seas tú mismo quien viva y goce en nosotros...» (C. M . Martini, «Presentazione», en Teresa de Lisieux, dottoredella Chiesa, / miei pensierí, Milán 1997, 7-9).

 

 

 

Día 2

Santos ángeles custodios (2 de octubre)

 

Los ángeles -criaturas puramente espirituales y dotadas de inteligencia y voluntad- son servidores y mensajeros de Dios. «Contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10). Son «poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra» (Sal 103,20). Dios les confía el encargo de proteger a la humanidad. 

San Francisco de Asís, según nos cuenta su biógrafo Tomás de Celano, «tenía en muchísima veneración y amor a los ángeles, que están con nosotros en la lucha y van con nosotros entre las sombras de la muerte. Decía que a tales compañeros había que venerarlos en todo lugar; que había que invocar, cuando menos, a los que son nuestros custodios. Enseñaba a no ofender la vista de ellos y a no osar hacer en su presencia lo que no se haría delante de los hombres. Y porque en el coro o capilla se salmodia en presencia de los ángeles, quería que todos cuantos hermanos pudieran se reunieran en el coro y salmodiaran allí con devoción» (2 Cel 197).

El pueblo de Dios ha sentido siempre espontáneamente la exigencia de corresponder a su silenciosa y benévola compañía honrándoles de una manera especial. Esta celebración dedicada a ellos entró en el calendario romano en el año 1615.

 

LECTIO

Primera lectura: Job 19,21-27

Dijo Job:

21 Tened piedad de mí, vosotros, mis amigos, que es la mano de Dios la que me ha herido.

22 ¿Por qué me acosáis como me acosa Dios y no os cansáis de atormentarme?

23 ¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en el bronce!

24 ¡Ojalá con punzón de hierro y plomo se esculpieran para siempre en la roca!

25 Pues yo sé que mi defensor está vivo y que él, al final, se alzará sobre el polvo,

26 y, después que mi piel se haya consumido, con mi propia carne veré a Dios.

27 Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño, y en mi interior suspirarán mis entrañas.

 

*»• «Job tomó la palabra y dijo: "¿Hasta cuándo me afligiréis y me acribillaréis con vuestras palabras?"». Llegamos así, en el capítulo 19, a la cima de los diálogos entre Job y sus tres amigos. Estos últimos no hacen más que repetir la tesis, ya esgrimida en otras ocasiones, de que las pruebas son el signo de que Job es culpable ante Dios. A su vez, Job sigue confesando su inocencia. Para Job no hay mayor tormento que tener que resistir a las excesivas palabras de sus amigos. El diálogo, prolongado durante diversos días, ha extenuado verdaderamente a Job. El sufrimiento más fuerte con que se enfrenta ahora es no conseguir proclamar su inocencia.

Su prueba consiste en considerarse inocente, pero no poder probarlo ni ante Dios ni ante sus amigos: «Grito: "¡Violencia!", y nadie me responde. Pido auxilio y nadie me defiende. Dios me ha cerrado el camino para que no pase, ha envuelto en tinieblas mis senderos» (19,7ss).

Entonces es cuando piensa Job en dejar por escrito su defensa, para que, un día, tal vez nosotros mismos que leemos hoy sus palabras, le hagamos justicia: «¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en el bronce! ¡Ojalá con punzón de hierro y plomo se esculpieran para siempre en la roca!» (w. 23ss). Pero esta solución no le convence. Piensa también en apelar al supremo «defensor» para que le haga justicia: «Pues yo sé que mi defensor (Go'el) está vivo» (v. 25). Este Go'el, según la Ley judía, es el único testigo que puede ser oído como defensa. Después de haber insultado a Dios, le llama ahora «defensor, redentor». Nosotros, que conocemos el Evangelio, apelamos, en cambio, al amor, a la caridad, al Dios omnipotente y misericordioso salvador.

 

Evangelio: Mateo 18,1-5.10

1 En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron:

-¿Quién es el más importante en el Reino de los Cielos?

2 Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos

3 y dijo: -Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos.

4 El que se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos.

5 El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge.

10 Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial.

 

*• En este fragmento, Jesús nos invita y nos enseña a contemplar la realidad de un modo más penetrante y más conforme con el suyo. La lógica humana tiene sed de grandezas y de prestigio, se liga a las apariencias y pisotea lo que no se muestra con bella apariencia. La lógica del Reino de los Cielos va en una dirección opuesta y para acogerla es preciso cambiar de mentalidad, o sea, convertirse. Es verdaderamente grande quien es sencillo, inocente y carece de pretensiones; quien se confía con gratitud al cuidado y al amor de Otro. Estos «pequeños» son los predilectos del Señor: sus ángeles custodios -de apariencia invisible- ven siempre el rostro de Dios y están muy próximos a él. Dado que el Padre rodea a los niños dándoles los ángeles más espléndidos, los discípulos de Jesús deberán abstenerse de despreciar a los pequeños e intentar más bien llegar a ser como ellos.

 

MEDITATIO

A comienzos del mes de octubre, la Iglesia nos hace celebrar en la liturgia la memoria de los ángeles custodios, como para recordar al hombre perdido y desanimado que no está solo en su camino. Existe, en efecto, una creación visible que podemos ver, al menos en parte, con los ojos de la cara; existe, a continuación, una creación invisible -y, sin embargo, realísima- que sólo podemos percibir con los sentidos espirituales, mediante la fe, la oración y la iluminación interior que nos viene del Espíritu Santo.

¿Qué son, pues, los ángeles? Son, en primer lugar, un signo luminoso de la divina Providencia para nosotros, un signo de la bondad paternal de Dios, que no deja que falte a sus hijos nada de cuanto es necesario. Como intermediarios entre la tierra y el cielo, son criaturas invisibles puestas a nuestra disposición para guiarnos en el camino de retorno a la casa del Padre. Vienen del Cielo para volver a llevarnos al Cielo y para hacernos pregustar, ya desde ahora, algo de las realidades celestiales.

En ocasiones es posible experimentar de manera concreta y sensible la custodia de los ángeles, con tal que sepamos reconocerla. Se trata de encuentros «casuales» (que se vuelven, no obstante, fundamentales y determinantes en la vida de una persona) o de una ayuda imprevista e inesperada que recibimos en una situación de peligro; o de una intuición fulminante que nos permite darnos cuenta de un error, de un olvido...: ¿cómo no sentirnos guiados, protegidos y amablemente socorridos?

Los ángeles nos protegen de muchos peligros de los que ni siquiera nos damos cuenta. Sobre todo, del peligro de volvernos impíos, de no escuchar al Señor y de no obedecer a su Palabra; nos sugieren siempre pensamientos rectos y humildes, buenos sentimientos.

También nosotros estamos llamados a prestarnos los unos a los otros un servicio semejante al de los ángeles y a hacernos buena compañía a lo largo del camino de la vida, para llegar juntos a contemplar el rostro de Dios.

 

ORATIO

Santos ángeles, custodios nuestros, quitad el velo de los ojos de nuestro corazón, para hacernos capaces de recibir vuestra silenciosa presencia en nuestra vida. Sed para nosotros guías seguros y amables compañeros a lo largo del cotidiano peregrinar por la tierra. Encended en nosotros un vivo deseo de contemplar el rostro de Aquel que brilla en su bienaventuranza infinita. Que vuestra protección nos libere del mal, que vuestro consejo nos sugiera cuanto ayuda a la verdadera vida, que vuestro consuelo nos sostenga para que, con el corazón colmado de dulzura, nada pueda separarnos de tender incesantemente a la eterna morada; y enseñadnos a ser también nosotros unos para otros amables compañeros de viaje. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Los ángeles velan no sólo sobre toda la Iglesia tomada en su conjunto, sino también sobre cada uno de nosotros. De ellos habla el Salvador cuando dice: «Sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10). Hay dos Iglesias: la de los hombres y la de los ángeles. Si lo que decimos es conforme al pensamiento divino y a la intención de las Escrituras, los ángeles gozan con ello y ruegan por nosotros... Se trata de ángeles que asisten a los santos y se alegran en la Iglesia, ángeles que nosotros no vemos, porque el fango del pecado nos cubre los ojos, pero que ven los apóstoles de Jesús, a los que dice el Señor: «Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre» (Jn 1,51) (Orígenes, Comentario a Lucas XXIII, 8, Roma 1969).

 

ACTIO

Repite a menudo hoy esta oración de la tradición cristiana: «Ángel de Dios, bajo cuya custodia me puso el Señor con amorosa piedad, a mí que soy vuestro encomendado, alumbradme hoy, guardadme, regidme y gobernadme. Amén».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Pocas verdades de la religión producen tanto alivio como ésta, humanísima, del ángel custodio, una alegre invención de Dios. Y el saber que lo tiene muy cerca el rey cuando escribe la ley, sentado en el trono de oro, y que lo tiene el pelagatos sentado en la piedra del cementerio para comer el pan de la caridad, es cosa que ennoblece la vida y la exalta. La poesía pagana apenas lo ha entrevisto. La literatura hebrea está llena de mensajeros alados, y sus páginas se estremecen de escalofríos luminosos.

La teología cristiana, que es la profundización de aquélla, es toda ella un fresco estremecido. Nadie sabe los aspectos que puede tomar su ángel custodio según los tiempos y las necesidades de su vida. Entras en un camino solitario y un tipo te acompaña y hace el camino contigo, intercambiando palabras con aire familiar. Tal vez sea él tu ángel, que, tomando forma humana, quiere hacerte compañía...

No todos los aleteos que oyes a lo largo de las filas o bajo el alero de casa son pajarillos y palomas; y el murmullo que te agita en ciertos momentos imprevistos no es siempre el viento que tienes delante. En la divina economía del bien en que está establecido el mundo, hemos de esperarnos siempre que sea ésa la revelación sensible del alado asistente. Como la experimenté yo mismo una vez, al caer la noche, en el umbral de una vieja abadía, al oír cantar por aquellos monjes graves el oficio de completas; y oí al padre prior recitando la oración final, que es un himno a los ángeles: «Visita, Señor, esta habitación y ahuyenta de ella todas las asechanzas del enemigo. Estén aquí tus santos ángeles, que nos guarden en paz». En ese momento, bajo el toque de la última campana, me pareció ver muchos ángeles que, saliendo de lo alto, se recogían en todas las familias como la última bendición de la ¡ornada. Y vuelto a mi habitación desnuda como una celda, al cerrar la puerta y entornar los postigos, me estremecí por la alegría que me proporcionaba saber, casi ver, que había un ángel encerrado todo para mí (C. Angelini, «Discorso con l'angelo custode», en Ritorno degli angelí?, Vicenza 1988, pp. 43-46, passim).

 

 

Día 3

Viernes 26ª semana del Tiempo ordinario o San Francisco de Borja

 

          San Francisco Borja nació en Gandía (Valencia) el 28 de octubre de 1510, primogénito de Juan de Borja y entró muy joven al servicio de la corte de España, como paje de la hermana de Carlos V, Catalina. A los veinte años el emperador le dio el título de marqués. Se casó a los 19 años y tuvo ocho hijos. En Barcelona se encontró con San Pedro de Alcántara y con el Beato Pedro Favre de la Compañía de Jesús. Este último encuentro fue decisivo para su vida futura. En 1546, después de la muerte de la esposa Eleonora, hizo la piadosa práctica de los ejercicios espirituales de san Ignacio y el 2 de junio del mismo año emitió los votos de castidad, de obediencia, y el de entrar a la Compañía de Jesús, donde efectivamente ingresó en 1548, y oficialmente en 1550, después de haberse encontrado en Roma a San Ignacio de Loyola y haber renunciado al ducado de Gandía. El 26 de mayo de 1551 celebraba su primera Misa.

         Les cerró las puertas a los honores y a los títulos mundanos, pero se le abrieron las de las dignidades eclesiásticas. En efecto, casi inmediatamente Carlos V lo propuso como cardenal, pero Francisco renunció y para que la renuncia fuera inapelable hizo los votos simples de los profesos de la Compañía de Jesús, uno de los cuales prohíbe precisamente la aceptación de cualquier dignidad eclesiástica. A pesar de esto, no pudo evitar las tareas cada vez más importantes que se le confiaban en la Compañía de Jesús, siendo elegido prepósito general en 1566, cargo que ocupó hasta la muerte, acaecida en Roma el 30 de septiembre de 1572.

         Fue un organizador infatigable (a él se le debe la fundación del primer colegio jesuita en Europa, en su sierra natal de Gandía, y de otros veinte en España), y siempre encontró tiempo para dedicarse a la redacción de tratados de vida espiritual. Se destacó por su gran devoción a la Eucaristía y a la Santísima Virgen. Incluso dos días antes de morir, ya gravemente enfermo, quiso visitar el santuario mariano de Loreto. Fue beatificado en 1624 y canonizado en 1671, uno de los primeros grandes apóstoles de la Compañía de Jesús.

 

LECTIO

Primera lectura: Job 38,1.12-21; 40,3-5

38,1 El Señor respondió a Job desde la tormenta y dijo:

12 ¿Has mandado en tu vida a la mañana o has asignado su puesto a la aurora

13 para que agarre a la tierra por sus bordes y sacuda de ella a los malvados?

14 El da forma a la tierra, como el sello a la arcilla, y se tiñe de color como un vestido,

15 pero niega la luz a los malvados y el brazo altanero queda roto.

16 ¿Has llegado hasta las fuentes de los mares? ¿Has pisado en las honduras del abismo?

17 ¿Te han mostrado las puertas de la muerte? ¿Has visto los umbrales de las sombras?

18 ¿Has abarcado la anchura de la tierra? Habla, si es que lo sabes todo.

19 ¿Sabes dónde habita la luz y cuál es la mansión de las tinieblas,

20 para que puedas llevarlas a su sitio, y enseñarles el camino de su casa?

21 Lo sabrás, pues tienes tantos años que para entonces ya habrías nacido.

40,3 Y Job respondió al Señor:

4 Hablé a la ligera, ¿qué puedo responderte? No diré una palabra más.

5 Hablé una vez, pero no volveré a hacerlo; dos veces, pero no insistiré.

 

**• Hemos llegado a descubrir que toda la búsqueda de Job está basada en una esperanza indestructible. Aquel a quien busca Job existe y nos ama. La búsqueda es, ciertamente, fatigosa y doliente. Hay mucha soledad y mucha noche en esta búsqueda, pero, al final, el descubrimiento de Dios suscita alegría, paz, entusiasmo.

Leyendo el libro de Job, tenemos la impresión de que el autor sagrado describe el juego del amor que atraviesa toda la existencia. En el amor está la ausencia o, mejor dicho, la ocultación y la presencia juntas. Es como la madre que se retira para que el niño tenga la sorpresa de encontrarla junto a él. En los últimos versos del poemita emerge, entre ambos diálogos, el tema fundamental del Cantar de los Cantares: «Mi amado es para mí, y yo para él» (Cant 2,16).

Hemos visto en el libro de Job que éste apela a menudo al juicio de Dios: «¡Ojalá que alguien me escuchara!» (31,35). Por fin, en los capítulos 38-42 responde Dios a los requerimientos de Job. Se trata de una respuesta que, a su vez, es también una interpelación. Dios presenta a Job la inmensidad y el carácter grandioso de la creación. Le hace ver que el mundo es un inmenso proyecto divino que suscita admiración y estupor por su carácter grandioso y su belleza. Las preguntas que dirige Dios a Job las dirige asimismo a cada uno de nosotros.

Dios ha creado el mundo movido únicamente por la alegría de dar. No nos es posible contemplar el mundo permaneciendo encerrados en el cálculo egoísta de quien lo valora exclusivamente sobre la base de la utilidad personal.

        Job, que antes había luchado y polemizado con Dios y con sus amigos, permanece ahora en silencio, confuso. Renuncia a hablar. Renuncia a proseguir la discusión. Reconoce que ha hablado demasiado y de manera superficial. Job ha sido siempre sincero. Ha buscado con seriedad, pero no ha encontrado. Ahora puede afirmar: «Ahora te han visto mis ojos», mientras que antes «te conocía sólo de oídas» (42,5). Job, a través de la prueba y permaneciendo fiel a Dios, ha penetrado por fin en el misterio profundo de Dios.

 

Evangelio: Lucas 10,13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús:

13 ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados en vosotras, hace tiempo que, vestidas de saco y sentadas sobre ceniza, se habrían convertido.

14 Por eso, será más tolerable el día del juicio para Tiro y Sidón que para vosotras.

15 Y tú, Cafarnaún, ¿te elevarás hasta el cielo? ¡Hasta el abismo te hundirás!

16 Quien os escucha a vosotros a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza, y el que me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado.

 

**• El evangelio de hoy concluye el mensaje con el que Jesús envía en misión a los «setenta y dos discípulos», sobre el que hemos reflexionado en el pasaje precedente (10,1-12). ¿Por qué habla Jesús con tanta dureza de Corozaín, de Betsaida, de Cafarnaún? ¿Qué quiere decir Jesús? La condena de estas tres ciudades ha de ser entendida en diferentes ámbitos.

Jesús subraya, en primer lugar, que estas ciudades no han escuchado la Palabra que él ha predicado, o sea, la gracia del Evangelio, la invitación a la conversión que él ha traído. En segundo lugar, Jesús pone de relieve, trágicamente, que los suyos le han abandonado. Quizás advierte la hostilidad del pueblo. Las antiguas ciudades paganas de Tiro y Sidón tendrán un juicio menos severo que el pueblo de Israel. Por último, en un tercer ámbito, Jesús prevé también que el Evangelio superará las fronteras de Galilea, que llegará a los gentiles, mientras que -por desgracia- las ciudades que fueron las primeras en recibir su mensaje se quedarán encerradas en un judaísmo anticristiano.

El texto se convierte en un aviso no sólo para todo el pueblo de Israel, sino también para todas aquellas personas que se excluyen de la gracia del Señor y caen en la hipocresía y en la resistencia puestas de manifiesto por los «ayes». Puede decirse que Jesús pretende censurar el único gran pecado, el imperdonable, ése contra el Espíritu Santo: cerrar los ojos a la manifestación de la gracia, a la oferta de perdón. Ése es el gran riesgo que corre la misión cristiana. Jesús lo ha dicho con claridad: «Quien os escucha a vosotros a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza» (v. 16).

 

MEDITATIO

Job, en medio de su terrible desgracia, la había emprendido con Dios: «¿Por qué ocultas tu rostro y me consideras tu enemigo? ¿Vas a asustar a una hoja que se la lleva el viento o a perseguir una paja seca? Pronuncias contra mí amargas acusaciones y me imputas pecados de juventud» (Job 13,24ss). Al final del libro, sin embargo, oímos a Dios interpelando a Job: «¿Has mandado en tu vida a la mañana o has asignado su puesto a la aurora?... ¿Has llegado hasta las fuentes de los mares? ¿Has pisado en las honduras del abismo? ¿Te han mostrado las puertas de la muerte?» (cf. 38,12.16ss).

¡Cuántas cosas ignora Job! ¡Cuántas cosas se le escapan y no podrá aferrar nunca! Aunque poseyera la ciencia más refinada, desconocería aún muchas cosas. Llegado a este punto, reconoce Job que debe mostrarse pequeño y humilde ante Dios; más aún, «ligero», como dice en 40,3: «Hablé a la ligera, ¿qué puedo responderte?». Job reconoce que no lo sabe todo. Sólo Dios es el depositario de toda la ciencia. Job comprende que debe confiarse a Dios, abandonarse a él. Renuncia, por consiguiente, a interrogar: «No diré una palabra más. Hablé una vez, pero no volveré a hacerlo; dos veces, pero no insistiré» (40,4ss). La humildad consiste en «no saber», en carecer de pretensiones ante Dios. Sólo a través de la humildad, y de puntillas, entramos en el misterio de Dios: «Así que me puse a pensar para entenderlo, pero me resultaba muy difícil. Hasta que entré en los secretos de Dios y comprendí el destino que les aguarda [a los malvados] [...]. Yo era un estúpido y no lo comprendía, era como un animal ante ti. Pero yo estaré contigo siempre» (cf. Sal 73,16-23). Job nos enseña que lo que vale es estar siempre con Dios.

Señor Jesús, ante tu misterio de amor, frente al sufrimiento insondable que experimentaste en tu corazón, nos quedamos sin palabras. Nos sentimos impotentes y mudos, sin fuerzas. Nos descubrimos incapaces de experimentar tu infinita potencia de amor por nosotros. Sucumbimos fácilmente ante tu entrega inerme. Haznos comprender qué hay en el fondo de nuestros tormentos, qué hay dentro de los problemas que tanto nos hacen sufrir. Ayúdanos a estar siempre contigo. A poner nuestras manos en las manos de Dios, de suerte que podamos alcanzar su misterio, que no suprime el sufrimiento, sino que lo hace servir para que lleguemos a Él. Muéstranos que el secreto profundo de la realidad no se encuentra tanto en las grandes especulaciones como en la sobreabundancia del amor por ti.

 

CONTEMPLATIO

Job, ese hombre de tantas admirables virtudes, se conocía él mismo y era conocido por Dios, pero habría permanecido desconocido por nosotros si no hubiera sido golpeado y puesto a prueba. Ejercía también su virtud cuando vivía tranquilo, pero la fama de la misma se difundió sólo cuando se vio sacudido por el sufrimiento.

Mientras vivía en paz, conservaba dentro de él lo que era; cuando se vio sacudido, hizo llegar a todos el buen olor de su fortaleza. Del mismo modo que un perfume no se puede oler de lejos si no es agitado y el incienso no expande su aroma más que cuando lo queman, así el perfume de las virtudes de los santos no se expande más que en medio de las tribulaciones. Ésa es la razón de que se diga en el evangelio: «Si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte: "Trasládate allá", y se trasladaría» (Mt 17,20). Si no se muele el grano de mostaza, no es posible conocer la fuerza de su propiedad (Gregorio Magno, Tratados morales sobre el libro de Job, Pref., 6).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No diré una palabra más» (Job 40,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Que las dificultades no asustaron al beato Giovanni Battista Piamarta aparece asimismo en sus cartas: «Las contradicciones, en vez de remover nuestra constancia, deben revigorizarla fuertemente, porque la contradicción es señal de éxito de la obra».

Piamarta vio incluso en las tribulaciones y en las contrariedades un signo de la bondad de la obra: es obvio, por tanto, que debemos resistir, ser fuertes, no perder el valor, perseverar, aguantar, tener paciencia, porque las obras que están destinadas a dejar una huella y que quieren decir algo nuevo progresan y se imponen de este modo.

Le escribe a la madre Elisa Baldo: «He dado comienzo a mi obra, y los contrastes y los dolores, las desilusiones y las indiferencias y los abandonos, incluso por parte de personas de las que podía esperar con fundamento todo el apoyo moral y material, fueron mi pan de cada día y continúan siéndolo todavía más que nunca. La naturaleza se rebela ante tales tratos, pero el espíritu se encuentra a sus anchas, porque sabe que es precisamente con esos caracteres con los que el Dios bendito quiere marcar sus obras» (P. G. Cabra, Piamarta, Brescia 21997, p. 258).

 

 

 

Día 4

San Francisco de Asís (4 de octubre)

 

Francisco, hijo de un rico comerciante de Asís, nació en 1181 (o 1182). Disuadido de sus ideales de gloria caballeresca a raíz de las experiencias decisivas de su encuentro con los leprosos y de la oración ante el crucifijo en la iglesia de San Damián, Francisco abandonó su familia y comenzó una vida evangélica de penitencia. Con los numerosos compañeros que muy pronto se unieron a él, comprendió que estaba llamado a vivir el Evangelio sine glossa, como fraternidad de menores a ejemplo de Jesús y de sus discípulos. Al año siguiente a la aprobación de la Regla y vida de los hermanos menores en  1223 por el papa Honorio III, Francisco recibió los estigmas del Crucificado, sello de la conformidad con su único Señor y Maestro. Cuando murió, en 1226, Francisco era un hombre extenuado por la fatiga y por las enfermedades y, al mismo tiempo, un hombre reconciliado con el sufrimiento, consigo mismo y con toda criatura. Fue canonizado en 1228 y es patrono de Italia y de los ecologistas.

 

LECTIO

Primera lectura: Job 42,1-3.5-6.12-17

1 Job respondió al Señor y dijo:

2 Sé que todo lo puedes, que ningún plan está fuera de tu alcance.

3 «¿Quién es ése que enturbia mi consejo con palabras sin sentido?»

4 Así he hablado yo, insensatamente, de maravillas que me superan y que ignoro.

5 Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos.

6 Por eso me retracto, y me arrepiento cubierto de polvo y ceniza.

12 Y el Señor bendijo el final de la vida de Job más que su comienzo: llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas.

13 Tuvo además siete hijos y tres hijas.

14 A una le puso el nombre de «Paloma», a otra el de «Acacia» y a otra el de «Frasco de Perfumes».

15 No había en todo aquel país mujeres tan bellas como las hijas de Job. Y su padre les dio parte en la herencia junto con sus hermanos.

16 Después de todo esto, Job vivió todavía hasta la edad de ciento cuarenta años y vio a sus hijos y a sus nietos, hasta la cuarta generación.

17 Job murió anciano y colmado de días.

 

*+• Los últimos versículos del libro de Job constituyen un acto de confianza y de abandono en Dios. Ya ante el espectáculo de la creación y de sus maravillas, había hecho Job una primera confesión a Dios: «Hablé a la ligera, ¿qué puedo responderte? No diré una palabra más. Hablé una vez, pero no volveré a hacerlo; dos veces, pero no insistiré» (40,3-5). Ahora, en esta segunda confesión, Job no sólo reconoce el desorden de su mente, sino que confiesa la sabiduría y la omnipotencia de Dios. Retira todas las acusaciones que había movido antes contra Dios: «Sé que todo lo puedes, que ningún plan está fuera de tu alcance» (42,2).

Job ha hecho un largo recorrido. Se ha adentrado, en situaciones de práctica desesperación, a través de la noche de los sentidos y del espíritu, en una experiencia que figura entre las más terribles de la vida. Ha comprendido que Dios se esconde para hacerse buscar y para que podamos encontrarle: este ingreso subraya su camino místico, el gran dinamismo de su vida espiritual. En consecuencia, puede afirmar Job: «Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (42,5). Te conozco, ahora he entrado en lo profundo de tu misterio.

El conocimiento de Dios que ahora ha madurado en Job ya no es «de oídas», sino un conocimiento de quien se ha acercado a él y ha buscado asemejarse al Hijo de Dios, que dio su vida por el hombre. Ahora comprendemos bien que el problema de Job es, sobre todo, un gran problema de amor. El amor de quien, aun sintiéndose rechazado, no desiste a pesar de todo de continuar buscando y gritando a Dios su propia fidelidad. Satán había apostado con Dios que no había ningún amor gratuito. Job ha conseguido probar que, cuando el amor del hombre es atraído por el de Dios, es capaz de alcanzar una entrega total.

 

Evangelio: Lucas 10,17-24

En aquel tiempo,

17 los setenta [y dos] volvieron llenos de alegría, diciendo: -Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.

18 Jesús les dijo: -He visto a Satanás cayendo del cielo como un rayo.

19 Os he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones, y para dominar toda potencia enemiga, y nada os podrá dañar.

20 Sin embargo, no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo.

21 En aquel momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo: -Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

22 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.

23 Volviéndose después a los discípulos, les dijo en privado: -Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis.

24 Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

 

*+• El evangelio nos pone hoy de manifiesto el significado de la misión de los «setenta y dos discípulos». Vuelven éstos «llenos de alegría» (v. 17) y Jesús les descubre el contenido profundo de lo que han realizado.

El tema está desarrollado en dos secciones ligeramente diferentes, aunque unitarias (w. 17-20 y w. 21-24). Éstas incluyen: a) en primer lugar, la misión, considerada como una victoria que consiguen los setenta y dos en la lucha contra Satanás (v. 18); b) en segundo lugar, la victoria sobre Satanás, que pone de manifiesto que los discípulos son capaces de vencer al mal que hay en el mundo; por eso se les considera en el evangelio «dichosos» (v. 23) y sus nombres están escritos en el Reino de los Cielos (cf. v. 20); c) en tercer lugar y prosiguiendo, el evangelio hace observar que los «sencillos» (v. 21) están abiertos al misterio y reciben la verdad de Jesús; d) por último, Jesús alaba al Padre por el don concedido a los «sencillos» y revela la unión de amor entre él y el Padre: «Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre...» (v. 22).

Puede afirmarse que la misión es concebida en el evangelio como irradiación del amor que une al Padre y al Hijo. Este amor revelado a los «sencillos» es la fuerza que destruye el mal. Los discípulos son considerados «dichosos» porque ven y gustan ya desde ahora el amor del Padre y del Hijo.

 

MEDITATIO

Los «pequeños» que acogen la invitación de Jesús a seguir su ejemplo de sencillez y humildad experimentan el amor divino. Se descubren amados por Jesús, que no ha dudado en dar su propia vida a fin de que todos los hombres pudieran vivir eternamente la amistad con él y con el Padre. El Espíritu Santo nos ha hecho en el bautismo criaturas nuevas y nos ha introducido en la familiaridad con Dios. Somos del Señor, estamos llamados a dejarnos animar por el mismo pálpito de amor por el que él se entregó totalmente a nosotros hasta el fin.

Francisco de Asís respondió a esta llamada: se hizo «pequeño», menor, humilde y pobre, satisfecho sólo con Dios. Descubrió que el Evangelio, vivido sin rebajas, nos hace criaturas nuevas, personas resucitadas, partícipes de la verdadera humanidad del Hijo de Dios y, por consiguiente, auténticos servidores de los hermanos, de todos los hermanos. En Francisco, esta humanidad redimida, forjada por las exigencias y por la ternura del amor a Dios y a los demás, se volvió visible en los signos de la crucifixión. Y el mismo Francisco se convirtió en la bendición viva del Padre, puesto que no se apropió de nada, sino que -como menor- todo se lo restituyó, reconociéndole como el Dador de todo bien.

 

ORATIO

¡Santísimo Padre nuestro: creador, redentor, consolador y salvador nuestro! Hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra: para que te amemos con todo el corazón (cf. Lc 10,27), pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas, empleando todas nuestras energías y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio, no de otra cosa, sino del amor a ti; y para que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos, atrayendo a todos, según podamos, a tu amor, alegrándonos de los bienes ajenos como de los nuestros y compadeciéndolos en los males y no ofendiendo a nadie (Francisco de Asís, «Paráfrasis del Padre nuestro», en Fuentes franciscanas, versión electrónica).

 

CONTEMPLATIO

Donde hay caridad y sabiduría, no hay temor ni ignorancia.

Donde hay paciencia y humildad, no hay ira ni desasosiego. Donde hay pobreza con alegría, no hay codicia ni avaricia. Donde hay quietud y meditación, no hay preocupación ni disipación. Donde hay temor de Dios que guarda la entrada {cf. Lc 11,21), no hay enemigo que tenga modo de entrar en la casa. Donde hay misericordia y discreción, no hay superfluidad ni endurecimiento (Francisco de Asís, «Admoniciones, en Fuentes franciscanas», versión electrónica).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día la invocación de san Francisco: «¿Qué eres tú, oh dulcísimo Dios mío? ¿Qué soy yo, vilísimo gusano e inútil siervo tuyo?»

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Su vida estuvo enteramente caracterizada -hasta el momento de la conversión- por la búsqueda de un modelo que pudiera educar y plasmar su natural propensión al canto.

Lo encontró de repente en el Señor Jesús, en la belleza de su vida narrada por el Evangelio y, en particular, en el luminoso canto nuevo de su muerte en la cruz.

Dejó que la pasión marcara cada uno de sus pasos y afinara de manera progresiva todas las fibras de su persona con la humanidad del Hijo de Dios, que se entregó por completo a sí mismo por nosotros.

Francisco oró así: «Te ruego, oh Señor, que la ardiente y dulce fuerza de tu amor arrebate mi mente de todas las cosas que hay bajo el cielo, para que muera yo de amor por tu amor, como tú te dignaste morir por amor a mi amor» (oración Absorbeat).

Su camino estuvo siempre acompañado por confirmaciones y consuelos. Su predicación y su ministerio tocaron el corazón de las personas y suscitaron decisiones de conversión y de reconciliación.

Su manera de seguir radicalmente al Señor se volvió, cada vez más, casa hospitalaria para otros muchos hermanos y hermanas, que encontraron en su itinerario personal una modalidad radical y actual de interpretar y vivir el Evangelio de la nueva estación histórica que avanzaba. Sin embargo, en el tiempo del monte Alverna, parece apagarse el canto fluente.

En esta estación encuentra Francisco la prueba más terrible: las fatigas originadas por un movimiento que se institucionaliza -que pierde en intensidad evangélica y llega incluso a dudar sobre la posibilidad de que sea integralmente practicable su estilo de vida- repercuten en su misma fe.

La pregunta sobre la verdad de sus intuiciones más profundas y la duda sobre el origen divino de su proyecto de vida resuenan en un silencio opresor en el que Dios no parece hablarle ya, a pesar de haberlo buscado con tanta tenacidad.

Francisco experimenta el abandono de Dios y se retira de los hermanos para no mostrar su semblante, que ha perdido la serenidad habitual. El canto nuevo, por consiguiente, no le fue dado en un momento de paz y consolación, sino en un momento en el que -como dice el salmista- «fallan los cimientos» (Sal 11,3) y todas las seguridades parecen hundidas (C. M. Martini - R. Cantalamessa, La cruz como raíz de la perfecta alegría, Verbo Divino, Estella 2002, pp. 15-16).

 

 

 

Día 5

27º domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 5,1-7

1 Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor dedicado a su viña: Mi amigo tenia una viña en una fértil colina.

2 La cavó y despedregó, plantó cepas selectas, levantó en medio una torre y excavó también un lagar. Esperaba que diera uvas, pero dio agrazones.

3 Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, juzgad entre mí y mi viña.

4 ¿Qué cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho? ¿Por qué esperando uvas dio agrazones?

5 Pues os voy a decir lo que haré con mi viña: le quitaré su cerca y servirá de pasto, derribaré su tapia y será pisoteada.

6 La convertiré en un erial, no la podarán ni la escardarán, crecerán cardos y abrojos y prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.

7 La viña del Señor todopoderoso es el pueblo de Israel, y los hombres de Judá, su plantel escogido. Esperaba de ellos derecho y no hay mas que asesinatos, esperaba justicia y solo hay lamentos.

 

• El profeta nos presenta en la parábola al <<amigo», imagen de Dios, y <<su viña», estampa de Israel. El profeta entona para <<su amigo>> un <<cántico>> (vv. 1ss). El tema del canto es el amor que siente el amigo por su viña, A continuación prosigue con las acciones personales del amigo, implicando a los <<habitantes de Jerusalén, hombres de Judá» (v. 3), para que sean jueces entre él y su viña (<<¿Qué cabía hacer por mi viña; que yo no haya hecho?», v 4) y dicten sentencia. El profeta apunta que el amigo convertirá la viña en un erial» (v. 6) y concluye con la hermenéutica de la parábola (v. 7).

Dios puede trazar tanto una viña como un jardín. La evocación del Génesis es evidente. En esta ocasión, el proyecto de Dios es <<el pueblo de Israel». Los habitantes de Judá son el <<plantel escogido». Y ahora, la responsabilidad del jardín es del pueblo elegido. Si Israel no vive en la viña-jardín con corazón agradecido y no produce los frutos esperados, Dios convertirá el jardín en un desierto.

A Israel no solo le ha faltado la sensibilidad suficiente para reconocer la bondad y la generosidad de Dios y mostrarle gratitud, sino que le ha negado a Dios hasta los frutos de la justicia y el derecho. En la viña-jardín no hay mas que sangre derramada y gritos de lamento.

La parábola es un canto al amor y al mimo de Dios por Israel y una denuncia de la dureza de corazón del pueblo de Israel. En el fondo, siempre hay una llamada amorosa de Dios, que escucha y atiende el grito de los oprimidos.

 

Segunda lectura: Filipenses 4,6-9

6 Que nada os angustie; al contrario, en cualquier situación presentad vuestros deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias.

7 Y la paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos por medio de Cristo Jesús.

8 Por último, hermanos, tomad en consideración todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de laudable, de virtuoso y de encomiable.

9 Practicad asimismo lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con vosotros.

 

Pablo, a punto de concluir la Carta a los Filipenses, les propone unas recomendaciones finales. Ante todo, no caer en la <<angustia». No sucumbir ante los apuros que la vida impone por tantos y tantos motivos, y que producen, dentro y fuera, tantas y tantas preocupaciones cotidianas, hasta el punto de arrebatar la paz y la tranquilidad. Pablo aconseja: <<Que nada os angustie» (v. 6). El creyente tiene un clarísimo método evangélico para superar esas miserias: hacer de Dios el referente primero de las oraciones, súplicas, intercesiones y acciones de gracias. Todo un precioso abanico de posibilidades, de distintas formas de orar, expresado con un vocabulario de rica inspiración bíblica. Basta con pensar en los salmos.

Quien se fía de Dios y confía en él encomendándole continuamente peticiones, dialogando y entablando coloquios filiales, recibirá el regalo de la paz (v. 7). La paz <<que supera cualquier razonamiento»; esto es, cualquier pensamiento, proyecto o iniciativa de paz humana. Porque la fuente de la verdadera paz es Dios mismo: el Padre que ha enviado al mundo a su hijo Jesucristo, <<nuestra paz>>.

 

Evangelio: Mateo 21,33-43

Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

33 Escuchad esta otra parábola: Había un hacendado que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se ausentó.

34 Al llegar la vendimia, envió sus criados a los labradores para recoger los frutos,

35 Pero los labradores agarraron a los criados, hirieron a uno, mataron a otro y al otro lo apedrearon.

36 De nuevo envió otros criados, en mayor número que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo,

37 Finalmente les envió a su hijo, pensando: <<A mi hijo lo respetarán,>>

38 Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: <<Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia».

39 Le echaron mano, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

40 ¿Qué os parece? Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿que hará con esos labradores?

41 Le respondieron:

- Acabará de mala manera con esos malvados y arrendaré la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.

42 Jesús les dijo:

- ¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que rechazaron las constructores se ha convertido en piedra ungular; esta es obra del Señor y es realmente admirable?

43 Por eso os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que al Reino corresponden.

 

• La parábola de los labradores homicidas, en el evangelio de Mateo (presente en los tres sinópticos, aunque con algunas diferencias y con elementos Comunes; por ejemplo, la muerte del hijo fuera de la viña), viene a continuación de aquella de los dos hijos que el padre envía a trabajar en la viña, la lectura del domingo anterior propuesta por la liturgia.

El dueño tiene la viña extraordinariamente cuidada. Ha transformado un terreno laborable en un auténtico jardín. Seto, lagar y torre no son precisamente elementos frecuentes en una viña (cf v. 33). En ésta, si. Y aún hay más. Arrienda la viña a unos labradores para que la gestionen con plena libertad. Confía en ellos y se ausenta. Y en el tiempo de la vendimia, prudentemente, envía unos criados (según el texto, en numero de tres) a los labradores <<para recoger los frutos» (v 34), pero a uno lo hirieron, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. E1 dueño vuelve a enviar a otros criados, <<en mayor número que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo» (v. 36). Entonces, el dueño de la viña tomó la decisión, do1orosa y responsable, y mas arriesgada, si se considera el comportamiento precedente de los labradores, de enviar a <<su hijo». <<A mi hijo lo respetarán>> (v. 37), pensaba. A1 verlo, los labradores manifiestan la intención que inicialmente les había movido y que ahora les empuja hasta el extremo de matar al hijo. <<Este es el heredero. Vamos a matarlo» (v. 38).

En este punto, Jesús, mediante una inflexión, involucra a los presentes y pasa de la parábola a la historia: <<¿Que os parece? Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con esos labradores?» (v. 4o). Y honestamente, aunque, quizá, sin pensar en las consecuencias, se la dan: <<Acabará de mala manera con esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo» (v. 41). Entonces Jesús trae a colación la Palabra de Dios para que dé testimonio. La viña es el Reino de Dios. Los jornaleros homicidas son los oyentes que se le acercaron, los representantes de los judíos. La piedra rechazada será él mismo, Jesús. En el horizonte, <<un pueblo que dé a su tiempo los frutos que al Reino corresponde>> (v. 43). Los presentes, sumos sacerdotes y fariseos, comprendieron el sentido de la parábola de Jesús y querían <<echarle mano» (v. 46). Pero no lo hicieron por temor a la gente (cf v. 45).

 

MEDITATIO

Releamos dos frases que resumen la lectura profética y el pasaje evangélico: <<La viña del Señor todopoderoso es el pueblo de Israel, y los hombres de Judá, su plantel escogido. Esperaba de ellos derecho y no hay mas que asesinatos, esperaba justicia y solo hay lamentos» (Is 1,7). <<Jesús les dijo: ¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en piedra angular; esto es obra del Señor y es realmente admirable? Por eso os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que al Reino corresponden» (Mt 21, 42-43).

Dios se ha manifestado y ha hablado con los patriarcas, les ha propuesto establecer una alianza con ellos y, para proveer al pueblo, le ha elegido un terreno, la tierra prometida, y una descendencia futura, numerosa, <<como las estrellas del cielo y la arena del mar».

Abrahán, Isaac y Jacob, a pesar de sus <<crisis», pero confiando en Dios y guardando la alianza, han encaminado los pasos de su vida hacia la constitución del <<pueblo de Israel». con el Éxodo, guiado por Moisés, y la instalación en la tierra prometida, realizada por Josué, aparece visiblemente el <<pueblo de Israel». Superado el periodo de los jueces, surge David y, con él, el reino unido de Judá e Israel, tipo del <<Reino mesiánico». Rápidamente sobreviene la división y con ella, la débil fidelidad a la alianza del pueblo elegido. El <<pueblo de Israel » y el <<Reino de Dios» siempre han mantenido una relación difícil y conflictiva. Los profetas en vano han vociferado apasionadamente la fidelidad de Dios y la infidelidad del pueblo. Después de la caída del Reino del Norte y posteriormente, la del Reino del Sur la situación ha sido de un sufrimiento difícil de aliviar.

        La responsabilidad colectiva de los labradores y, según la conclusión de la parábola, de Israel, emerge con fuerza. Dios, el <<amigo» y el <<dueño», ha dicho y ha hecho cuanto podía para que fructificase la viña y los labradores asumieran la responsabilidad. Los resultados son amargos e Israel es responsable. Sin embargo, Dios no se da por vencido: como en otras ocasiones, no se rinde ante el pasado.

Jesús denuncia el pecado del pueblo elegido con la parábola de los labradores homicidas. El auténtico final, expresión de la misericordia del Padre celeste, es la urgencia y apremio de la invitación de Oseas: <<Vuelve, Israel, al Señor; tu Dios, pues tu iniquidad te ha hecho caer. Buscad las palabras apropiadas y volved al Señor decidle: “Perdona todos nuestros pecados; como ofrenda te presentamos las palabras de nuestros labios"» (Os 14,2-3).

 

ORATIO

Señor, Señor, tu que abarcas con tu mano inmaculada el orbe entero, ten paciencia. con nosotros y compadécete de nuestras iniquidades, recuerda tu compasión y piedad. Visiíanos con tu bondad y concédenos, ayudados con tu gracia, huir el resto de este día de las múltiples tramas del Maligno y, con la gracia del Espíritu Santo, ampara nuestras vidas de sus insidias.

Por la misericordia y la bondad de tu Hijo unigénito, con el que eres bendecido, junto con el Espíritu Santo vivificante. Ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén (<<La liturgia delle ore. Quinta preghiera», en S. Pricoco - M. Simonetti [eds.], La preghiera dei cristiani, Milán 2000, 305).

 

CONTEMPLATIO

Ven, luz verdadera. Ven, vida eterna. Ven, misterio oculto. Ven, tesoro escondido. Ven, realidad inenarrable. Ven, persona inconcebible. Ven, regocijo inconmensurable. Ven, luz sin ocaso. Ven, esperanza verdadera de los que serán salvados. Ven, despertar de quienes duermen. Ven, resurrección de los muertos. Ven, omnipotente, con voluntad hacedora, renueva y transforma todas las cosas. Ven, invisible, intangible e impalpable. Ven, tu que ni cambias ni te mudas y en cada momento nos visitas y vienes a quienes yacemos en el infierno, tu que estas en las alturas. Ven, sumamente deseado y continuamente repetido, inefable e indecible. Ven, alegría eterna. Ven, corona inmarcesible. Ven, púrpura divina y rey nuestro. Ven, cinturón límpido, repujado de piedras preciosas. Ven, diestro consejero, purpúreo y soberano. Ven, tu que has deseado y deseas mi alma infeliz.

Ve junto al que esté solo, y yo lo estoy, ven. Ven, me separaste de los demás y solitario estoy en esta tierra. Ven, tu que te has convertido en deseo dentro de mi y te has hecho desear por mi, incluso siendo totalmente inaccesible. Ven, mi oxigeno y mi vida. Ven, consuelo de mi pobre vida humana. Ven, mi alegría y mi delicia ilimitada (Simeón el Nuevo Teólogo, Invocación al Espíritu Santo).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Somos tu viña y tu pueblo, Señor ten piedad de nosotros».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ahora te amo o ti sólo, o ti sólo sigo y busco, a ti solo estoy dispuesto a servir; porque tu solo justamente señoreas; quiero pertenecer o tu jurisdicción. Manda y ordena, te ruego, lo que quieras, pero sana mis oídos para oír tu voz; sana y obre mis ojos poro ver tus designios; destierra de mi todo ignorancia paro que te reconozca o ti. Dime adónde debo dirigir la mirada para verte o ti, y espero hacer todo lo que mandes. Recibe, te pido, a tu fugitivo, Señor, clementísimo Padre; basta ya con lo que he sufrido; basta con mis servicios a tu enemigo, hoy puesto bajo tus pies, basta ya de ser juguete de las apariencias falaces. Recíbeme ya siervo tuyo, que vengo huyendo de tus contrarias, que me retuvieron sin pertenecerles, cuando vivía lejos de ti. Ahora comprendo la necesidad de volver a ti; ábreme la puerta, porque estoy llamando; enséñame el camino para llegar hasta ti. Solo tengo voluntad; sé que lo caduco y transitorio debe despreciarse para ir en pos de Io seguro y eterno. Esto hago, Padre, porque esto solo sé, y todavía no conozco el camino que lleva hasta ti. Enséñamelo tu, muéstramelo tu, dame la fuerza para el viaje. Si con la fe llegan a ti los que te buscan, no me niegues la fe; si con la virtud, dame la virtud; si con la ciencia, dame la ciencia. Aumenta en mi la fe, aumenta la esperanza, aumenta la caridad. ¡Oh, cuan admirable y singular es tu bondad! (Agustín de Hipona, <<Soliloquios», 1,1,5, en Obras de san Agustín, I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1979, 440).

 

 

Día 6

Témporas de Acción de Gracias y de Petición

         Días de acción de gracias y petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al reemprender la actividad habitual. Son una ocasión que presenta la Iglesia para rogar a Dios por las necesidades de los hombres , principalmente por los frutos de la tierra y por los trabajos de los hombres, dando gracias a Dios públicamente

LECTIO

Primera Lectura: Deuteronomio 8, 7-18

7 Pues Yahveh tu Dios te conduce a una tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y hontanares que manan en los valles y en las montañas,

8 tierra de trigo y de cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel,

9 tierra donde el pan que comas no te será racionado y donde no carecerás de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas montañas extraerás el bronce.

10 Comerás hasta hartarte, y bendecirás a Yahveh tu Dios en esa tierra buena que te ha dado.

11 Guárdate de olvidar a Yahveh tu Dios descuidando los mandamientos, normas y preceptos que yo te prescribo hoy;

12 no sea que cuando comas y quedes harto, cuando construyas hermosas casas y vivas en ellas,

13 cuando se multipliquen tus vacadas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todos tus bienes,

14 tu corazón se engría y olvides a Yahveh tu Dios que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre;

15 que te ha conducido a través de ese desierto grande y terrible entre serpientes abrasadoras y escorpiones: que en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura;

16 que te alimentó en el desierto con el maná, que no habían conocido tus padres, a fin de humillarte y ponerte a prueba para después hacerte feliz.

17 No digas en tu corazón: «Mi propia fuerza y el poder de mi mano me han creado esta prosperidad»,

18 sino acuérdate de Yahveh tu Dios, que es el que te da la fuerza para crear la prosperidad, cumpliendo así la alianza que bajo juramento prometió a tus padres, como lo hace hoy.

 

         *»La historia nos ofrece lecciones importantes.  Recordémoslas y apliquémonos más.  En tiempos de riqueza y de bienestar, los seres humanos tendemos a confiar en nosotros mismos.  Tendemos a volvernos independientes, y muchos hasta se vuelven arrogantes.  Esta actitud la vemos expresada en Dt. 8:17, lo cual implica olvidar a Dios.

         A cada persona Dios le otorga la habilidad para prosperar, ya sea un israelita de los tiempos del Antiguo Testamento, o un cristiano del Nuevo Testamento.  Ninguno debe olvidar que es Dios el que provee la capacidad para prosperar.  Jesús nos enseñó una hermosa actitud de dependencia diaria, cuando nos instruyó para que oráramos diciendo: “Danos hoy nuestro pan cotidiano”.  Como cristianos no podemos darnos el lujo de olvidar a Dios, de la misma forma que tampoco podía hacerlo el israelita en la vida diaria.  Esta actitud viene a identificarnos que pueblo suyo somos y ovejas de su parado

 

Segunda lectura: 2 Corintios 5,6-10

Hermanos:

6 Así pues, en todo momento tenemos confianza. Sabemos que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos lejos del Señor,

7 y caminamos a la luz de la fe y no de lo que vemos.

8 Pero estamos llenos de confianza y preferimos dejar el cuerpo para ir a habitar junto al Señor.  

9 Sea como sea, en este cuerpo o fuera de él, nos esforzamos en serle gratos,

10 ya que todos nosotros hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el premio o castigo que le corresponda por lo que hizo durante su existencia corporal.

 

*» El texto de la segunda lectura prosigue con los estímulos (presentes ya en la segunda lectura del domingo precedente) dirigidos a los cristianos para que mantengan firme la mirada en los bienes «invisibles», que son «eternos». La perspectiva del que ha optado por ponerse a seguir a Cristo no es, en efecto, de este mundo: la fe y la esperanza en Cristo resucitado llevan a mirar hacia un horizonte que está «más allá» de la dimensión terrena.

Esta conciencia se traduce, en el pasaje que acabamos de leer, en tres tipos de pensamientos: en primer lugar, tenemos una comprensión de nuestro «habitar en el cuerpo» como si viviéramos en un exilio «lejos del Señor» (v. 6). Lo que caracteriza la existencia terrena del cristiano es la fe, no aún la visión. De esta dialéctica fe-visión brota la actitud propia del creyente: la confianza.

Éste es el término fundamental (aparece dos veces en las líneas iniciales del texto), y resume la identidad del creyente: éste es alguien que se «confía» plenamente; mejor aún, alguien que se «confía» al único que considera digno de confianza. La vida del creyente está orientada así hacia su destino de consumación en Dios.

En segundo lugar, se levanta acta de que lo que cuenta en el hoy terreno, vivido a la luz de la fe, es el esfuerzo por «serle gratos» (v. 9b). No se trata de una simple lógica de prestaciones o de confianza en nuestros méritos: no son éstos, en efecto, los que nos procuran la salvación.

La expresión remite más bien al compromiso activo de llevar nuestra propia vida siempre bajo la mirada de Dios. Y por último, en tercer lugar, está el pensamiento de tener que «comparecer ante el tribunal de Cristo» (v. 10). Pero ésta ya no es una perspectiva que engendre ansia o miedo; es sólo la expectativa de la consumación esperada y la conclusión de una vida vivida en el abandono en Dios.

 

Evangelio: Mateo 7,7-12

Dijo Jesús:

7 Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis! llamad, y os abrirán.

8 Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren.

9 ¿Acaso si a alguno de vosotros su hijo le pide pan le da una piedra

10 o si le pide un pez ¿le da una serpiente?

11 Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!

12 Así pues, tratad a los domas como queráis que ellos os traten a vosotros, porque en esto consisten la Ley y los profetas.

 

**• Con una argumentación seria que, desde el punto de vista formal, se asemeja a la de los rabinos de su tiempo, Jesús enseña la necesidad de la oración de petición, declarando la certeza de ser escuchada. ¿Se da una contradicción con lo indicado poco antes (Mt 6,7s) Ciertamente, no; en la oración no es preciso ser palabrero, porque el Padre "conoce", pero es necesario asumir la actitud interior del mendigo, es decir, saber ubicarse en la verdad de la propia condición humana.

Dios mismo da al que pide y abre al que llama: de hecho, los verbos usados -"se os dará", "se os abrirá"- tienen la forma de lo que se llama "pasivo divino", expresión semántica para evocar el nombre de Dios -impronunciable- sin nombrarlo de modo explícito (vv. 7s). Si a un hijo que pide alimento su padre no le dará cualquier cosa que se le parezca en su aspecto externo pero que en sustancia sea muy diferente (vv. 9s), mucho más Dios, el único bueno, el padre más solícito, dará "cosas buenas" a todos los que le piden.

El Padre escucha siempre las súplicas de sus hijos y da lo que realmente es mejor al que lo invoca. El v. 12 recuerda un dicho rabínico: "Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo. En esto está toda la ley, el resto sólo es una explicación". Jesús lo relata en forma positiva, y esto es mucho más exigente: no se trata de un "no hacer", sino de algo concreto que nos exige estar siempre atentos por el bien de los demás; por esta razón, cambia completamente la vida del que lo toma en serio, le lleva a la verdadera conversión: descentrarse de nosotros mismos para que nuestro centro sean los demás.

 

MEDITATIO

Jesús nos enseña a orar con perseverancia confiada, revelándonos al mismo tiempo cómo es el corazón de Dios y cómo debe ser el corazón del orante. Se nos va conduciendo a la verdad más sencilla y más profunda: Dios es nuestro Padre y nos ama con amor eterno, sin arrepentirse, sin reservas. Quizás no creemos de veras en este amor, o tal vez estamos ya tan acostumbrados a decir y oír que Dios nos ama, que apenas prestamos atención a esta realidad desconcertante.

Jesús hoy nos invita a entrar en comunión viva con Dios Padre, y ésta es una experiencia que nos puede cambiar interiormente: pedid..., buscad..., llamad..., no quedaréis defraudados. El Padre, fuente inagotable de bondad, dará sólo cosas buenas a los que se las pidan. ¿Hemos orado ya de veras, dirigiéndonos a él o, tal vez, hemos manifestado nuestros deseos en voz alta, haciéndolos girar en torno a nosotros mismos? Además, ¿eran de verdad "cosas buenas" las que hemos pedido? La oración humilde y sencilla, la oración de un corazón amante, comienza con un acto de contemplación gratuita, teniendo fija la mirada interior en el rostro del Padre bueno. Olvidemos nuestras muchas peticiones y, poco a poco, sentiremos nacer en nosotros una única súplica que brota de una exigencia realmente necesaria.

Después de haber contemplado en la fe el rostro de Dios, ya no podremos dudar ni ignorar que somos hijos de Padre, impulsados por su amor a todo ser humano, nuestro hermano, para brindar esa bondad que sin cesar mana de la fuente y viene a saciar nuestra indigencia para que rebose hacia todos y llegue a cada uno.

 

ORATIO

Oh Padre, tú que eres el único bueno y das cosas buenas a los que te las piden, escucha nuestra oración. Antes de nada danos un corazón sencillo, humilde, confiado, que sepa abandonarse sin pretensiones y sin reservas a tu amor. Haznos pobres de espíritu y ven, tú que eres el Rey, a ensanchar en nosotros tu reino de paz. Ayúdanos a suplicarte incesantemente para que, siendo portavoces de toda criatura, podamos llevar a todos el auxilio de tu amor. Tú das al que pide: danos tu Espíritu bueno. Tú concedes que encuentre el que busca: que busquemos siempre tu rostro. Tú abres al que llama: ábrenos la puerta de tu corazón a nosotros y a todos los hombres. Estrechados en tu eterno abrazo, no pediremos más. Oh Padre, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

 

CONTEMPLATIO

El Evangelio nos asegura que son muchas las causas por las que somos escuchados. Una condición: que dos almas se unan en su oración; otra una fe firme; también la limosna, la enmienda de vida [...]. Convencido estoy de nuestras miserias, y quiero, incluso, admitir que estamos completamente desprovistos de las virtudes de las que hemos hablado antes. Y, sin embargo, el Señor promete concedernos los bienes celestiales y eternos; nos exhorta a una dulce violencia con nuestra insistencia. Nada más lejos de él que el desprecio de los importunos: los invita, los alaba, les promete concederles con gusto todo. Que nos anime la insistencia de los importunos. Sin exigir un gran mérito ni grandes fatigas, está en nuestra mano. No dudemos de la Palabra del Señor, que dice: "Todo lo que pidáis con fe lo obtendréis" (Juan Casiano, Colaciones, IX, 34, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él le escucha" (Sal 33,6s).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Antes de saber cómo hay que orar, importa mucho más saber cómo "no cansarse nunca", no desanimarse nunca, ni deponer las armas ante el silencio aparente de Dios: "Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer" (Le 18,1).

Que la intrepidez se adueñe de ti como de la viuda ante el juez. Vete a encontrar a Dios en plena noche, llama a la puerta, grita, suplica e intercede. Y si la puerta parece cerrada, vuelve a la cara, pide, pide hasta romperle los oídos. Será sensible a tu llamada desmesurada, pues ésta grita tu confianza total en él.

Déjate llevar por la fuerza de tu angustia y el asalto de tu impetuosidad. En algunos momentos, el Espíritu Santo formulará él mismo las peticiones en lo más íntimo de tu corazón con gemidos inefables. ¿Has oído gemir a un enfermo presa de un intenso sufrimiento? Nadie puede permanecer insensible a esta queja, a menos que tenga un corazón de piedra. En la oración, Dios espera que pongas esta nota de violencia, de vehemencia y de súplica para volcarse sobre ti, y escuchará tu petición. En el fondo, no haces más que dar alcance al amor infinito comprimido en su corazón, que espera tu oración para desencadenarse en respuesta de ternura y misericordia. Si supieses lo atento que está Dios al menor de tus clamores, no dejarías de suplicarle por tus hermanos y por ti. El se levantaría entonces y colmaría tu espera mucho más allá de tu Oración. Se puede esperar todo de una persona que ora sin cansarse y que ama a sus hermanos con la ternura misma de Dios (J, Lufrance, Ora a tu Padre, Madrid 1981, 173-174).

 

Día 7

Nuestra Señora la Virgen del Rosario (7 de octubre)

 

La liturgia de Nuestra Señora la Virgen del Rosario forma parte de las memorias que, celebradas originariamente por familias religiosas particulares, pueden ser consideradas verdaderamente eclesiales por la difusión que han alcanzado (Marialis cultus, 8). El rosario apareció y se difundió entre los siglos XV y XVI. La orden dominicana se erigió en paladina del mismo. La memoria -en un primer momento fiesta- entró en la liturgia por disposición del papa dominico Pío V en 1572, como acto de reconocimiento a Nuestra Señora, a cuya intervención se atribuyó la victoria de la flota cristiana sobre la turca, más poderosa, el 7 de octubre de 1571, denominada entonces «conmemoración de Nuestra Señora la Virgen de la Victoria».

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 1,13-24

Hermanos:

13 Habéis oído, sin duda, hablar de mi antigua conducta en el judaísmo: con qué furia perseguía yo a la Iglesia de Dios intentando destrozarla.

14 Incluso aventajaba dentro del judaísmo a muchos compatriotas de mi edad como fanático partidario de las tradiciones de mis antepasados.

15 Pero cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por pura benevolencia,

16 tuvo a bien revelarme a su Hijo y hacerme su mensajero entre los paganos, inmediatamente, sin consultar a hombre alguno

17 y sin subir a Jerusalén para ver a quienes eran apóstoles antes que yo, me dirigí a Arabia y, después, otra vez a Damasco.

18 Luego, al cabo de tres años, subí a Jerusalén para conocer a Pedro y permanecí junto a él quince días.

19 No vi a ningún otro apóstol, fuera de Santiago, el hermano del Señor.

20 En esto que os escribo, Dios es testigo de que no miento.

21 Fui después a las regiones de Siria y Cilicia.

22 Por entonces las Iglesias cristianas de Judea no me conocían aún personalmente;

23 únicamente oían decir que el perseguidor de otro tiempo anunciaba ahora la fe que antes combatía.

24 Y daban gloria a Dios por mi causa.

 

*+• Tras haber declarado con una apretada argumentación que su evangelio es el de Jesucristo, Pablo presenta -por así decirlo- sus credenciales de apóstol. Se trata de una perícopa importante, de corte decididamente autobiográfico. El apóstol recuerda a los gálatas lo repentino y radical que fue su cambio. De tenaz defensor de la Ley (como vía de salvación) y furioso perseguidor de la Iglesia de Cristo, se convirtió en su audaz defensor.

El Evangelio que predica Pablo no encuentra en su pasado de judío unas raíces psicológicas y sociológicas razonables. No ha «florecido» de sus profundas convicciones ni de su práctica de fariseo más celoso que sus mismos correligionarios (v. 14), aferradísimos en su adhesión a la Ley. La revelación en el camino de Damasco (cf. Hch 9,1-19; 22,1-21; 26,9-18) da literalmente la vuelta a su pensamiento y a su acción. No ha habido en ello ninguna mediación, ninguna intervención humana: éste es el quid de la cuestión.

Pablo es consciente de que el Padre lo eligió y lo llamó, desde el seno de su madre, en vistas a un acontecimiento absolutamente gratuito: anunciar a los paganos la revelación de Jesús (cf. w. 15 y 16). La traducción literal dice: «... revelar a su Hijo en mí», y expresa mejor la revolución existencial que, a partir de su interioridad, experimenta Pablo, aunque sus ojos quedaron cegados por la luz de Jesucristo resucitado. La suya es, por tanto, una vocación profética (como la de Jeremías), a la que no opone resistencia. «Sin consultar a hombre alguno» (literalmente, el v. 16 dice «sin consultar carne y sangre»), salió Pablo para Arabia, dejándose comprometer de inmediato en la aventura de anunciar a Jesús.

La absoluta independencia del Evangelio de Pablo respecto a cualquier influencia judía o de la Iglesia de Jerusalén aparece destacada por el hecho de que sólo en un segundo momento sintió la necesidad de «conocer a Pedro», cuando fue a Jerusalén, donde sólo se quedó «quince días» (v. 18). Lo que dice Pablo tiene todo el sabor de la verdad profundamente acogida y toda la luz de un acontecimiento vivido en plenitud.

 

Evangelio: Lucas 10,38-42

En aquel tiempo,

38 según iban de camino, Jesús entró en una aldea, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa.

39 Tenía Marta una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

40 Marta, en cambio, estaba atareada con los muchos quehaceres del servicio. Entonces Marta se acercó a Jesús y le dijo: -Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en la tarea? Dile que me ayude.

41 Pero el Señor le contestó: -Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas,

42 cuando en realidad una sola es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará.

 

*• Esta perícopa ha suscitado gran interés a lo largo de los siglos. Es posible que el motivo de fondo sea haber «cristalizado» en Marta la figura-tipo de la vida activa y en María la de la vida contemplativa. Sin embargo, no se trata de dos estados de vida; la clave de lectura del texto se encuentra más bien en captar dos actitudes interiores.

Jesús va de viaje con los suyos hacia Jerusalén. El suyo es un caminar hacia el epílogo dramático de su propia misión, hacia el misterio pascual de nuestra salvación. El testo dice «según iban de camino» y, después, «entró».

        Cuando se encuentra en Betania, entra sólo en casa de Lázaro, donde Marta, la hermana de Lázaro y de María, le recibe. Hay audacia innovadora en este entrar de Jesús en una casa donde el hombre, si es que lo hay, ni siquiera es nombrado. Verdaderamente, para Jesús «no cuenta ya ser judío o griego, hombre o mujer»; cuenta la «nueva criatura» (cf. Gal 6,15) que se afirma en relación con él.

Marta recibe a Jesús; María se sienta a sus pies y escucha su Palabra. El tono descriptivo no se refiere aquí al Señor, que habla, sino a la «mujer-verdadera-discípula», que está acurrucada a sus pies con un olvido de todo lo que no sea él y su Palabra. Marta, en cambio, «estaba atareada con los muchos quehaceres del servicio» (v. 40). El verbo del texto original se emplea únicamente aquí; Lucas lo utiliza para expresar la gran tensión y agitación -digamos también la alienación- que hay en las cosas por hacer. Marta «se acercó» (v. 40, al pie de la letra en griego: «Se echó encima»), intervino con una cierta petulancia, molestando a la quietud contemplativa de las palabras de Jesús y de la escucha de María. El suyo es casi un reproche dirigido al Señor, que, según su restringido punto de vista, no se preocupa de su «ahogamiento» entre las muchas tareas de las que se ocupa.

Y es aquí donde Jesús aprovecha la oportunidad para censurar, no su útilísima entrega a la tarea, sino el afán y la preocupación que marcan de manera negativa su quehacer. ¿Acaso no había dicho ya Jesús en otro lugar: no os afanéis, no os preocupéis ni por el vestido ni por el alimento, no os afanéis por nada? (cf. Mt 6,25-34). En cambio, a propósito de María, afirma el Maestro que su elección tiene que ver con lo único que cuenta. Esta única cosa es la escucha de la Palabra (que en otro lugar es comparada con la semilla sofocada por las zarzas de las preocupaciones y de la avidez ansiosa). La parte mejor que nunca será quitada al que ama es el amor mismo: el Señor-Amor.

 

MEDITATIO

La secuencia histórica de los acontecimientos referidos por Lucas, evangelista documentado, cronista digno de crédito, discípulo convencido, ofrecidos a la meditación del devoto de María en la memoria de Nuestra Señor del Rosario comienza por la perícopa del evangelio y pasa a la perícopa de los Hechos de los apóstoles.

Son dos estaciones a lo largo de la peregrinación de la devoción del rosario: la primera, que da comienzo a los cinco «misterios gozosos» y el segmento entre la segunda y la tercera estación en la meditación sobre los «misterios gloriosos». Tal colocación representa un mensaje y proporciona una metodología para la meditación.

Estos misterios se pueden circunscribir en el paso de la individualidad a la comunidad, de la contemplación a la acción. El anuncio constituye una personalísima experiencia de Dios para la Virgen María, una estación en la abismal contemplación de la Palabra de Dios junto a Dios mismo: es un acontecimiento gozado en la soledad. Esa soledad o experiencia individual no equivale a aislamiento; en efecto, la «anunciada» comparte las jornadas de la comunidad, la espera de la manifestación poderosa y gloriosa del Espíritu Santo. Pone en común su propia experiencia de Dios.

El anuncio constituye para María como una subida a las cimas de la contemplación de los misterios de Dios, un acercamiento guiado por la luz de la Palabra divina al conocimiento del proyecto que Dios pretende realizar mediante su disponibilidad. Esa contemplación sostiene su obediente conciencia. La «anunciada» no se queda inmóvil en su sitio con el libro entre las manos, no se queda pasiva y recogida en el reclinatorio imaginado por los pintores: obra en sí misma según la palabra recibida, meditada, contemplada y, a buen seguro, orada; también ella -como los otros discípulos de entonces y de siempre- actúa en la comunidad nacida del amor de Jesús y de la fe en el Cristo resucitado, de modo asiduo y en un clima de concordia, a través de la indispensable oración.

 

ORATIO

Santa María, íntegra en la fe, firme en la esperanza, sincera en la caridad, salve.

Virgen alegre en el fiel servicio a Jesús, tu hijo: sostén nuestra fe en los días de la desgana y en los días del deseo de multiplicar nuestra fe.

Madre dolorosa en la participación en la pasión de Cristo, benéfica para nosotros: obtén misericordia para la pequeñez de nuestra caridad y para todo aumento de dolores ajenos ocasionados por nuestros pecados.

Reina gloriosa en la participación en la vida nueva con el Señor del universo: conserva firme nuestra esperanza de unos cielos nuevos y una tierra nueva, hacia los cuales nos encamina esta existencia terrena.

Virgen de Nazaret, Mujer del Calvario, Señora de Pentecostés: acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

Después de habérsele prometido el hijo, preguntó cómo podía suceder eso, puesto que no conocía varón. En efecto, sólo conocía un modo de concebir y dar a luz; aunque personalmente no lo había experimentado, había aprendido de otras mujeres -la naturaleza es repetitiva- que el hombre nace del varón y de la mujer. El ángel le dio por respuesta: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nazca de ti será santo y será llamado Hijo de Dios. Tras estas palabras del ángel, ella, llena de fe y habiendo concebido a Cristo antes en su mente que en su seno, dijo: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Cúmplase, dijo, el que una virgen conciba sin semen de varón; nazca del Espíritu Santo y de una mujer virgen aquel en quien renacerá del Espíritu Santo la Iglesia, virgen también. Llámese Hijo de Dios a aquel santo que ha de nacer de madre humana, pero sin padre humano, puesto que fue conveniente que se hiciese hijo del hombre el que de forma admirable nació de Dios Padre sin madre alguna; de esta forma, nacido en aquella carne, cuando era pequeño, salió de un seno cerrado, y en la misma carne, cuando era grande, ya resucitado, entró por puertas cerradas.

Estas cosas son maravillosas, porque son divinas; son inefables, porque son también inescrutables; la boca del hombre no es suficiente para explicarlas, porque tampoco lo es el corazón para investigarlas. Creyó María, y se cumplió en ella lo que creyó. Creamos también nosotros, para que pueda sernos provechoso lo que se cumplió (san Agustín, Sermón 215, 4).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día la Palabra: «Dios te salve, María, llena de gracia: el Poderoso ha hecho grandes cosas en ti» (cf. Lc 1,28 y 1,49).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Surge de manera espontánea pasar de la oración del ángelus a la del rosario. Las avemarías forman su trama. El método de meditación de los misterios, evocados brevemente y que forman la base del rosario, está estrechamente ligado al modo con que las tres pequeñas frases del ángelus vuelven a evocar el misterio de la encarnación. Entre las oraciones y las devociones en honor de María, es ciertamente el rosario la más popular y, al mismo tiempo, una de las devociones en la que más se resalta el sentido de la Iglesia. El rezo del rosario orienta a Cristo por medio de María. La Virgen nos ayuda a penetrar y a vivir el misterio de Cristo tal como ella lo vivió [...].

La simplicidad [del rosario], su atmósfera de pura y auténtica contemplación, cuando se medita los misterios como partes de un solo todo, hacen del rosario una vía fácil para extender la contemplación litúrgica a toda la vida diaria y para conducir continuamente toda nuestra vida a su fuente celestial (V. Noé, «Le devozioni mariane in armonio con la liturgia», en AA. W., La Madonna nel culto della Chiesa, Brescia 1966, 288ss).

 

Día 8

 

Miércoles 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 2,1-2.7-14

Hermanos:

1 Pasados catorce años, subí otra vez a Jerusalén junto con Bernabé, llevando también conmigo a Tito.

2 Subí impulsado por una revelación y, en conversación privada con los principales dirigentes, les di cuenta del Evangelio que anuncio a los paganos, no fuera que ahora y entonces me estuviera afanando inútilmente.

7 Al contrario, vieron que a mí se me había confiado la evangelización de los paganos, lo mismo que a Pedro la de los judíos,

8 ya que el mismo Dios que constituyó a Pedro apóstol de los judíos me constituyó a mí apóstol de los paganos.

9 Reconociendo, pues, la misión que se me había confiado, Santiago, Pedro y Juan, tenidos por columnas de la Iglesia, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de comunión: nosotros evangelizaríamos a los paganos, y ellos a los judíos.

10 Tan sólo nos pidieron que nos acordásemos de sus pobres, cosa que yo he procurado cumplir con gran solicitud.

11 Pero cuando Pedro llegó a Antioquía, tuve que enfrentarme, abiertamente con él a causa de su inadecuado proceder.

12 En efecto, antes de que vinieran algunos de los de Santiago, no tenía reparo en comer con los de origen pagano, pero, cuando vinieron, comenzó a retraerse y apartarse por miedo a los partidarios de la circuncisión.

13 Los demás judíos le imitaron en esta actitud, y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar por ella.

14 Viendo, pues, que su proceder no se ajustaba a la verdad del Evangelio, dije a Pedro en presencia de todos: Si tú, que eres judío, vives como pagano y no como judío, ¿por qué obligas a los de origen pagano a comportarse como judíos?

 

**• En la perícopa de hoy continúa el tono autobiográfico. Pasados catorce años, Pablo se dirige a Jerusalén acompañado por un levita de Chipre llamado José, a quien los apóstoles le habían puesto el nombre de Bernabé (= hijo de la consolación). Éste acompañó después a Pablo durante todo el primer período de su actividad evangelizadora. Aquí el apóstol lleva consigo también a Tito, un griego cristiano que reconcilió a Pablo con la Iglesia de Corinto (cf. 2 Cor 3,13; 7,6.13ss) y que no estaba circuncidado.

La espinosa cuestión de la circuncisión -que Pablo decía que no había que imponer a los nuevos cristianos, mientras que en Jerusalén había quien sostenía lo contrario- encuentra en su persona su expresión fundadora: libertad en todo aquello que no forma parte de la primera enseñanza de Cristo. En consecuencia, Pablo expone a los jefes de Jerusalén su Evangelio. Lo expone porque no quiere «afanarse inútilmente» (v. 6). Es un grave momento el que vive la Iglesia de los orígenes a través de la venida de Pablo a Jerusalén. Es un momento de comunión. El texto lo expresa con el hecho de darles la mano Pedro, Santiago y Juan, llamados «las columnas» (styloi: v. 9) tal vez porque gobernaban colegiadamente la Iglesia-madre que estaba en Jerusalén.

Existe, por tanto, un pleno acuerdo en el reparto de las áreas de evangelización: para las «columnas», los circuncisos; para Pablo y sus compañeros, los paganos. Si existe una recomendación, es la relacionada con mostrarse atentos con los pobres, cosa que Pablo tuvo muy en cuenta (v. 10).

Viene ahora el acalorado enfado del convertido de Damasco. No puede aprobar que Pedro, llegado después a Antioquía, se deje dominar por el miedo a los cristianos judaizantes y empiece -dejándose casi esclavizar con ello- a no frecuentar la mesa de los cristianos convertidos del paganismo, que se consideraban justamente libres de tomar cualquier tipo de alimento. También aquí emergen dos realidades: la primera es la toma de posición de Pablo, tan franca y libre de toda simulación a la hora de decirle su verdad al mismo Pedro, el cual «cojea» en esta ocasión en cuanto a su práctica de creyente; la segunda es la espléndida realidad del mensaje de Cristo, que es siempre libertad respecto a todo formalismo, exterioridad, hipocresía y constricción.

 

Evangelio: Lucas 11,1-4

1 Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

2 Jesús les dijo: -Cuando, oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre; venga tu Reino;

3 danos cada día el pan que necesitamos;

4 perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en la tentación.

 

*• Se habla aquí de un tiempo y de un lugar indeterminados en los que Jesús está orando. En efecto, es posible orar en todo lugar y en todo tiempo, aun cuando haya tiempos y lugares expresamente propicios para la oración. Apenas terminó, uno de los discípulos le pide que les enseñe a orar.

Lo que sorprende en comparación con el texto de Mateo es la invocación de apertura: «Padre», y no «Padre nuestro». Lucas pone, por tanto, el acento en la palabra Padre, que en el texto original es Abbá, tiernísimo término arameo que significa «papá» -«papi», diríamos hoy-. No es casual que este término aparezca unas veces en los evangelios. Introduce, por consiguiente, un modo de relacionarse con Dios marcado por la mayor confianza, por la confianza típica del niño respecto a sus padres. Dirigirse a Dios llamándole «Padre» es dejarse configurar con Jesús, el Hijo por excelencia; es entrar en su íntima relación de amor con el tiernísimo Abbá. Para nosotros los cristianos, esto es la oración por excelencia.

- «Santificado sea tu nombre» es pedir que Dios, Creador y Padre, sea glorificado por todos y en todos: tanto por los que son inteligentes y cultos como por los que no lo son, en el mundo de los hombres y en todo el cosmos. Es potenciar al hombre, que, sólo buscando la gloria de Dios y no la propia, se realiza a sí mismo y entra en comunión con Dios, con los hombres, con el cosmos.

- «Venga tu Reino». Toda la historia -de manera consciente o inconsciente- es aspiración a este Reino, que «no consiste en lo que se come o en lo que se bebe; consiste en la fuerza salvadora, en la paz y la alegría que proceden del Espíritu Santo» (Rom 14,17).

- Viene, a continuación, la petición del «pan que necesitamos». El pan es el elemento vital. Si permanece sólo «mío» se vuelve fuente de muerte. En cambio, si, aunque haya sido ganado con el sudor de la frente (cf. Gn 3,19; 2 Ts 3,6-13), es compartido, hace crecer. Tanto más cuando se trata del pan «supersustancial» que se rompe en el memorial de la asamblea eucarística (cf. Hch 2,14), alimentando en todos nosotros la espera del retorno de Cristo.

- «Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende». El perdón de Dios se vincula a nuestra actitud de perdón, como la raíz al árbol. La raíz de nuestra capacidad de perdonar está en sabernos perdonados siempre por Dios, con una misericordia que sobrepasa todo lo que nos es posible imaginar y desear. Por otra parte, sólo nuestra actitud de perdón hacia los hermanos hace posible que la vida de Dios fluya en nosotros.

«No nos dejes caer en la tentación» es una expresión típicamente aramea. Dios es padre y no cabe imaginar que quiera cogernos en la trampa de la tentación. Nuestra petición es más bien no sucumbir cuando seamos probados y tentados en nuestro estado de gran debilidad. Sabemos que el Padre nos escucha porque «podéis confiar en que Dios no permitirá que seáis puestos a prueba por encima de vuestras fuerzas» (1 Cor 10,13).

 

MEDITATIO

Lo que más me provoca en la perícopa de la Carta a los Gálatas es la libertad con respecto a todo lo que no sea el Evangelio de Cristo y su enseñanza -precisamente - liberadora. Todo formalismo, constricción y oportunismo o tradicionalismo vacíos de alma son quemados por su fuego. Existe en Pablo una apasionada adhesión a Cristo y a su verdad. Nada ni nadie le ata. Ni siquiera el temor a perder su prestigio en su confrontación con Pedro. Ejerce sin más la corrección fraterna con el mismo Pedro no para hacer triunfar su idea, sino más bien para que triunfe el esplendor de la coherencia entre el Evangelio y la vida. También es urgente que nosotros instauremos en el interior de las comunidades cristianas y religiosas esta parresía, esta franqueza de relaciones, esta apasionada búsqueda de la verdad de Cristo, como escucha de las urgencias del Reino y no de nuestros pequeños y mezquinos intereses.

Está claro que sólo en espacios y tiempos precisos de oración se consigue el coraje necesario para hacer saltar trabas, vínculos, así como viejas incrustaciones y confusiones que contaminan la verdad pura del Evangelio y esclavizan nuestro corazón. Si oro al Abbá, al tiernísimo Padre mío y de los hermanos, si le pido que sea glorificado como conviene y que su Reino de justicia, de amor y de paz venga también por medio de mi pequeña vida, tendré ciertamente la fuerza para llegar a ser cada vez más, en la parte de la Iglesia en que vivo, el que hoy estoy llamado a ser. A buen seguro, no un elemento de polémica soberbia dinamitera, que sólo destruye en sí mismo y en los otros, sino una persona tan unida a Jesús, tan embebida de todo su humilde amor, que no teme el posible resentimiento de quien es corregido por amor. Repetir también a menudo durante el día «Venga tu Reino», la ardiente petición del Padre nuestro, es un secreto de energía espiritual para querer el Reino y buscarlo en toda actitud personal y de relación.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú nos dijiste que si escuchamos y vivimos tu Palabra conoceremos la verdad, «y la verdad nos hará libres» (cf. Jn 8). Concédenos, pues, orar y vivir la ardiente petición: «Venga tu Reino», que es verdad y libertad tanto de Dios como del hombre. Concédenos pedirlo con tal perseverancia que se convierta no sólo en la respiración-deseo del corazón, sino también en el coraje y el compromiso liberador de todo nuestro modo de obrar y de relacionarnos con aquellos que, como nosotros, serán Iglesia en camino hacia los esplendores del Reino.

 

CONTEMPLATIO

Los fundamentos espirituales del futuro deben encarnarse en un nuevo estilo de vida, hecho simultáneamente de humildad y de orgullo, de ascesis y de fantasía, de verdad en medio de la caridad más incondicionada. Un estilo real, aunque sin olvidar que ser cristiano en el mundo, tal como es y tal como será, exigirá siempre cierta «locura» [...]. Un estilo que exigirá la más elevada ascesis, porque será necesaria toda la fuerza del Espíritu para que el hombre pueda tener poder sobre su propio poder [...]. Un estilo en el que se respire el Espíritu, en el que se dance la no-muerte, porque Cristo ha resucitado (O. Clément, Fondamenti spirituali del futuro, Roma 1997, p. 102).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Venga tu Reino» (Lc 11,2c).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuando, a solas o con otros, no sabemos cómo orar, nos tranquiliza saber que se puede orar con casi nada. A veces nuestros labios permanecen cerrados, nos quedamos en silencio, pero nuestra alma está abierta ante Dios, le habla, y el Espíritu Santo ora en nosotros.

¿Hay otros valores que hagan bella la vida? Está la sencillez del corazón, que lleva a la sencillez de vida. Un día, oyó Cristo a un creyente que le decía: «Creo, pero ven en ayuda de mi incredulidad ». Cristo comprende estas dudas y esta petición de ayuda, puesto que ya había dicho en el evangelio: «¿Quién de vosotros, por más que se preocupe, puede añadir una sola hora a su vida?». Así comprendemos que lo esencial es vivir con toda sencillez lo poco, sí, lo poquísimo que hayamos cogido del evangelio.

Con mis hermanos, tanto los que viven aquí en Taizé como los que viven entre los más pobres en distintas partes del mundo, tengo conciencia de que nuestra vocación nos llama a ser sencillos, como pobres del Evangelio. Eso significa no imponernos, no ser maestros espirituales, sino hombres que escuchan para comprender a los otros y discernir en ellos la belleza profunda del espíritu humano. Una de las afirmaciones más luminosas de nuestro tiempo ha sido pronunciada en el último concilio del Vaticano: «Cristo está unido a todo ser humano sin excepciones, aunque éstos no tengan conciencia de ello». En efecto, hay en la tierra multitudes de personas que ignoran que Dios nos busca incansablemente.

¿Lo sabemos bastante? Todos podemos hacer bella la vida a aquellos que están cerca o lejos de nosotros. ¿Cómo? Con nuestra acogida, con la sencillez de nuestro corazón y de nuestra vida (tomado de Atelliers et presses de Taizé, 1999).

 

Día 9

Jueves 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 3,1-5

1 ¡Gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado? ¿No os puse ante los ojos a Jesucristo clavado en una cruz?

2 Solamente quisiera saber esto de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por haber cumplido la Ley o por haber respondido con fe?

3 ¿Tan insensatos sois que, después de haber comenzado confiando en el Espíritu, acabáis ahora confiando en vuestras propias fuerzas?

4 ¿Habrán sido baldíos tantos dones? Porque, de hecho, serían baldíos.

5 ¿Acaso cuando Dios os comunica el Espíritu y realiza prodigios entre vosotros lo hace porque habéis cumplido la Ley, y no más bien porque habéis respondido con fe?

 

*» Para comprender la invectiva de Pablo, tan airado con los gálatas, es preciso recordar que este padre y maestro de su fe vive para comunicar su convicción fundamental: «Sabemos, sin embargo, que Dios salva al hombre no por el cumplimiento de la Ley, sino a través de la fe en Jesucristo. Así que nosotros hemos creído en Cristo Jesús para alcanzar la salvación por medio de esa fe en Cristo y no por el cumplimiento de la Ley. En efecto, por el cumplimiento de la Ley ningún hombre alcanzará la salvación» (2,16). Pablo interpela a los gálatas para que reflexionen sobre su insensatez: la de volver a ser deudores de la Ley como si no hubieran conocido «a Jesucristo clavado en una cruz» (3,1), fuente única de la salvación.

Pablo sabe que es posible vivir en este mundo, que es posible vivir en la carne (o sea, plenamente encarnados en la propia realidad física, psíquica y sociocultural), aunque viviendo al mismo tiempo «creyendo en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (2,20).  Y el horizonte cambia por completo. Es como pasar de una cámara en la que estamos obligados a accionar una manivela para poder respirar a un lugar abierto inundado por el sol y por el vivificante aire del mar.

Precisamente por eso el Dios que concede el Espíritu y obra maravillas (cf. 3,5) también entre los gálatas obra en orden a un creer que se vuelve operativo, a continuación, en la caridad, aunque nunca en virtud de un voluntarista «justificarse» por las obras prescritas por la Ley. Está claro que el hecho de que los gálatas crean en Cristo y en su Evangelio, anunciado por Pablo, no significa que deban omitir el cumplimiento de los mandamientos de la Ley (no robar, no levantar falso testimonio, no atentar contra nuestra propia vida ni contra la de los otros, etc.). Creer significa -como dice Pablo- ser crucificados en nuestra propia parte egoísta hasta poder decir: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (2,20).

Es evidente, por tanto, que, en virtud de él y con él, no sólo omitiremos hacer el mal, sino que intentaremos, con el amor del Espíritu, realizar todo el bien posible.

 

Evangelio: Lucas 11,5-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

5 -Imaginaos que uno de vosotros tiene un amigo y acude a él a media noche, diciendo: «Amigo, préstame tres panes,

6 porque ha venido a mi casa un amigo que pasaba de camino y no tengo nada que ofrecerle».

7 Imaginaos también que el otro responde desde dentro: «No molestes; la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme  a dártelos».

8 Os digo que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos para que no siga molestando se levantará y le dará cuanto necesite.

9 Pues yo os digo: Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y os abrirán.

10 Porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que llama le abren.

11 ¿Qué padre, entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le va a dar en vez del pescado una serpiente?

12 ¿O si le pide un huevo, le va a dar un escorpión?

13 Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

 

**• No es casualidad que Lucas inserte esta reflexión de Jesús sobre la oración inmediatamente después del Padre nuestro, la oración por excelencia del cristiano.

En efecto, ahora se trata de aprender cuál debe ser la actitud interior del que se dirige a un Dios que es Padre y profundamente amigo del hombre. La enseñanza está coloreada con dos pequeñas, aunque vivaces, parábolas: la primera es la del que va a media noche a casa de un amigo. La petición a esa hora, en condiciones incómodas para quien debe abrir la puerta de su casa, no puede ser atendida de inmediato. El acento del relato está puesto en la insistencia de quien sabe que llama al corazón (más que a la puerta) de un gran amigo con confianza, con la certeza confiada de obtener. El mensaje está aquí.

La segunda parábola profundiza en la categoría de la paternidad usando vivas imágenes de contraste: pan/piedra, pez/serpiente, huevo/escorpión. El pez, como el pan, es símbolo de Cristo; la serpiente evoca a la serpiente de Gn 3, el enemigo por excelencia del hombre. El huevo es símbolo de la vida; el escorpión, que lleva el veneno en la cola, evoca la muerte. La serie de verbos, fuertemente correlacionados entre sí, que aparecen después de la primera parábola -«Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y os abrirán»- quiere persuadirnos a fondo de que la oración nunca es una pérdida de tiempo ni un desafío a un dios lejano y sordo. La oración tiene siempre una respuesta positiva.

Con todo, debe ser perseverante (cf. Le 18,1). La pregunta de Jesús que aparece después de la segunda parábola supone una interpelación a nuestra sensibilidad más profunda. Sabemos que no somos buenos por naturaleza; sin embargo, el vínculo de la paternidad es tal que un padre, por el hecho de serlo, no puede más que dar cosas buenas y positivas a su hijo. ¡Ojo! Lo más positivo, el bien por excelencia, es el don de los dones: el Espíritu Santo, que se concede siempre a quien ora.

Eso es lo que dice Lucas, a diferencia de Mateo, que habla, en cambio, de «cosas buenas» (Mt 7,11). Aunque la oración parezca no tener respuesta según nuestra lógica, siempre excesivamente «terrena», en realidad siempre es escuchada. Y el hecho de que Dios dé su Santo Espíritu a quien ora significa que el don incluye todo verdadero bien en orden a la salvación.

 

MEDITATIO

Un exasperado antropocentrismo y un secularismo que gesticula sin resultado alguno dentro de un afanoso «traficar» exclusivamente humano marcan en nuestros días un ambiente sociocultural en el que faltan puntos de referencia y los ejes estructurales del pensamiento y de la acción. Pablo la emprendería también con nosotros cuando, según las imposiciones de los medios de comunicación en que estamos sumergidos, creemos salvarnos a fuerza de correr para hacer esto o lo otro, proyectando y verificando por nosotros mismos, ciegos seguidores con excesiva frecuencia de un mundo tecnologizado, pero no iluminado, penetrado y sostenido por el Espíritu del Señor y por sus tiempos de oración.

Sin embargo, es posible -y urgente- renovar ahora este rancio y pernicioso abdicar de la autenticidad del propio Evangelio dilatando el corazón a una fe que sea un confiado y confidente gritar a Dios. Lo que nos hace falta para vivir esa novedad de vida, que se juega toda ella en el «no» a las perspectivas del egoísmo y en el «sí» a la verdadera expansión de nuestro «sí», que es el compromiso de amar, sólo lo obtendremos si nos mostramos decididos y serios a la hora de tener tiempos precisos de oración. Querer ser realistas y concretos constituye precisamente la aportación de lo que predica también, hoy, el mundo del materialismo más asfixiante. La realidad es creer que, si busco junto a Dios, encontraré ciertamente; si le pido a él, que es Padre, obtendré; si llamo a la puerta de su corazón, me abrirá y entraré en las perspectivas de su Espíritu, que consisten en creer de verdad que «él nos amó primero» (1 Jn 4,19), que me salvó con independencia de mi santidad y de mis fallos.

Cultivar la fe porque solamente de ella procede la salvación (cf. Gal 2,16), orando siempre, sin cansarse nunca (Le 18,1), es encontrar los ejes reales y concretos para innovar el hoy en Cristo y prever un mañana de autenticidad cristiana.

 

ORATIO

Señor, te ruego que aumentes mi fe. En un mundo, por una parte, ebrio de sus propios éxitos científicos y tecnológicos y, por otra, incierto, desesperado en sus propios egoísmos, concédeme fundamentar plenamente en ti mi pensamiento y mi acción.

Concédeme la lucidez de un pensamiento fuerte y verdadero por estar sostenido por la verdad de tu Espíritu Santo y, también, la audacia de un obrar honesto y bueno, todo él penetrado por la fuerza de la caridad, que sólo tu Espíritu puede derramar en mi corazón, si estoy libre del orgullo de creerme bueno.

 

CONTEMPLATIO

Ser como niño ante Dios es reconocer nuestra propia nada y esperarlo todo de él, como un niño que lo espera todo de su padre; es no inquietarse por nada, no querer ganar riquezas [...]. Ser pequeño significa también no atribuirse en absoluto las virtudes que practicamos, creyéndonos capaces de algo, sino reconocer que el buen Dios pone todo este tesoro en las manos de su hijo para que se sirva de él cuando tenga necesidad. Con todo, es siempre un tesoro del buen Dios.

Por último, no hay que desanimarse en absoluto por nuestras propias culpas, porque los niños caen a menudo, pero son excesivamente pequeños para hacerse demasiado mal (Teresa de Lisieux, Opere complete, Ciudad del Vaticano 1997, pp. 1060ss [edición española: Obras completas, Monte Carmelo 1990]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús, me fío de ti. Obtenme del Padre el Espíritu Santo».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Llamar a Dios «Abbá, Padre» (cf. Rom 8,15; Gal 4,6) es algo diferente a darle a Dios un nombre familiar. Llamar a Dios Abbá significa entrar en la misma relación íntima, libre de miedo, confiada y rica, que Jesús mantenía con su Padre. Esa relación se llama Espíritu, y ese Espíritu nos ha sido dado por Jesús y nos hace capaces de gritar con él: «Abbá, Padre». Llamar a Dios

Padre «Abbá, Padre» es un grito del corazón, una plegaria que brota de lo más íntimo de nuestro ser. No tiene nada que ver con el hecho de darle un nombre a Dios, sino que es proclamar a Dios como fuente de nuestro ser. Esta declaración no procede de una intuición inesperada o de una convicción adquirida, sino que es la declaración de que el Espíritu de Jesús está en comunión con nuestro espíritu. Y... una declaración de amor.

El Espíritu, a continuación, no nos revela sólo que Dios es «Abbá, Padre», sino también que pertenecemos a Dios como hijos suyos amados. El Espíritu nos restablece así en la relación de la que todas las otras relaciones toman su significado. Abbá es una palabra muy íntima. Expresa confianza, seguridad, confidencia, pertenencia y el máximo de la intimidad. No tiene la connotación de autoridad, de poder y de dominio que evoca a menudo la palabra padre. Al contrario, Abbá implica un amor que nos envuelve y alimenta. Este amor incluye y trasciende infinitamente todo el amor que nos viene de nuestros padres, madres, hermanos, hermanas, esposos y seres amados. Es el don del Espíritu (H. J. M. Nouwen, Pane per ¡I viaggio, Brescia 1997, pp. 178ss [edición española: Pan para el viaje: una guía de sabiduría y de fe para cada día del año, Ediciones Obelisco, Barcelona 2001]).

 

 

Día 10

Santo Tomás de Villanueva (10 de octubre)

 

Tomás, hijo de Tomás García y Lucía Martínez, naturales de Villanueva de los Infantes, nació en 1486 en Fuenllana, Ciudad Real, el primero de seis hermanos. Su vida estuvo marcada por el origen sencillo del pueblecito manchego donde nació y por su tiempo, caracterizado por una búsqueda de nuevos caminos en lo teológico, lo espiritual, lo social y eclesial: es la hora de las nuevas definiciones de lo antiguo y de abrir caminos al nuevo y apasionante mundo que emerge. A los 30 años, tras ocho de profesor, se le ofrece la cátedra en Filosofía en Salamanca. Allí se traslada, pero, al año siguiente, sin embargo, se siente llamado a la vida religiosa, y el 1 de noviembre toma el hábito de san Agustín en el convento del mismo nombre en Salamanca. Se ordena  sacerdote al año siguiente. El propio emperador que le promovió antes para arzobispo de Granada, cargo que Tomás pudo eludir, le obligó a aceptar el Arzobispado de Valencia, tras haber renunciado al primero. Era el año 1544. Llegó a dar su cama antes de morir y murió en el suelo el año 1555.

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 3,7-14

Hermanos:

7 Entended, por tanto, que los que viven de la fe son la verdadera descendencia de Abrahán.

8 Ya la Escritura, previendo que Dios salvaría a los paganos por medio de la fe, predijo a Abrahán esta buena nueva: Por medio de ti serán bendecidas todas las naciones.

9 Así que los que viven de la fe reciben la bendición junto con Abrahán, el creyente.

10 En cambio, los que viven pendientes del cumplimiento de la Ley están sujetos a maldición, pues dice la Escritura: Maldito todo el que no persevere en el cumplimiento de cuanto está escrito en el libro de la Ley.

11 Que en virtud de la Ley nadie alcanza de Dios la salvación es manifiesto, pues: Quien alcance la salvación por la fe, ése vivirá.

12 Y la Ley no es fruto de la fe, sino que: El que cumpla los preceptos, por ellos vivirá.

13 Pero Cristo nos ha liberado de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición, pues dice la Escritura: Maldito todo el que cuelga de un madero.

14 De esta manera, la bendición de Abrahán alcanzará a los paganos por medio de Cristo Jesús, y nosotros, por medio de la fe, recibiremos el Espíritu prometido.

 

*•• Inmediatamente antes de las cosas que dice aquí, Pablo ha recordado a los gálatas que el hecho de haber creído en Dios, por parte de Abrahán, «le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación-» (3,6). Es el pasaje de Gn 13,6 el que, a modo de fundamento de la fe israelita, se recuerda tanto aquí como en Rom 4,3. En efecto, Abrahán es «padre en la fe» precisamente porque aceptó peregrinar con Dios fiándose por completo y exclusivamente de su palabra; de este modo, se convirtió en instrumento de la bendición de Dios no sólo para su pueblo, sino para todas las naciones (v. 8).

Está claro, por consiguiente, que todos aquellos que, como los gálatas, se llaman «hijos de Abrahán» (v. 7) deberían fundamentar como él su propia vida únicamente en la fe en Dios; por tanto, en su Palabra escuchada y vivida.

Con el rigor de quien conoce a fondo la Escritura, Pablo no tiene miedo de remachar que serán malditos aquellos que piensen salvarse comprometiéndose de una manera voluntarista en la observancia de la Ley (cf. Dt 27,26). Ahora bien, la maldición no tiene lugar a buen seguro por el hecho de querer hacer cosas positivas y santas, escritas en la Ley y queridas por Dios, sino solamente por buscar realizarlas de modo autónomo, como si el Señor estuviera al margen de nuestra existencia, como un frío espectador y juez remunerador.

De hecho, como dice Pablo en Rom 7,7ss, nos descubrimos incapaces por nosotros mismos de realizar el bien al advertir la profunda divergencia que media entre nuestras aspiraciones y nuestras insuficientes posibilidades para darles cumplimiento. Y no sólo en el sentido más pleno, el que leíamos ya en el profeta Habacuc (2,4), confirmado aquí y presentado por Pablo en Rom 1,17: el hombre justo vivirá en virtud de la fe (cf. v. 11), es decir, vivirá santamente sus días por haberse fiado plenamente de un Dios que es «autor y perfeccionados de su fe (Heb 12,2).

En los w. 13ss, Pablo profundiza ulteriormente en su argumentación, tocando la ardiente profundidad del misterio cristiano. Cristo nos ha liberado de la maldición que supone vivir el clima opresor de la sola Ley, tomando sobre sí, en la cruz, la maldición del pecado.

En otro lugar dirá Pablo que Jesús, la inocencia infinita, se hizo pecado por nosotros (cf. 2 Cor 5,21). Nos amó verdaderamente hasta ese punto, abriendo las puertas de par en par a todas las naciones a la antigua bendición de Abrahán y a la promesa del Espíritu.

 

Evangelio: Lucas 11,15-26

En aquel tiempo, después de que Jesús hubiera expulsado a un demonio,

15 algunos dijeron: -Expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios.

16 Otros, para tenderle una trampa, le pedían una señal del cielo.

17 Pero Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: -Todo reino dividido contra sí mismo queda devastado, y sus casas caen unas sobre otras.

18 Por tanto, si Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Pues eso es lo que vosotros decís: que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú.

19 Ahora bien, si yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos ¿con qué poder los expulsan? Por eso ellos mismos serán vuestros jueces.

20 Pero si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.

21 Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros.

22 Pero si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte sus despojos.

23 El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

24 Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda por lugares áridos buscando descanso y, al no encontrarlo, se dice: Volveré a mi casa, de donde salí.

25 Al llegar, la encuentra barrida y adornada. 26 Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, entran y se instalan allí; de modo que la situación final de este hombre es peor que la del principio.

 

*•• Lucas nos hace entrar aquí en el encarnizamiento contra Jesús no sólo por parte de sus enemigos, sino también del Adversario por excelencia: Satanás, llamado aquí con un término de origen sirofenicio, Belzebú (Beelzebul significa «el señor del monte», mientras que la acepción de Beelzebub significaría «rey de las moscas»). El hecho del que parte toda la argumentación es la expulsión del demonio llevada a cabo por Jesús. De modo malicioso, sus adversarios insinúan la idea de que Jesús habría obtenido el poder de curar del mismo jefe de los demonios. Otros, agudizando la fricción, pretenden que realice un milagro como «señal del cielo» (v. 16) para confirmar su pertenencia a Dios. Es la acostumbrada trampa-tentación en la que, totalmente ofuscados, quisieran coger a Jesús: al margen de todo itinerario de fe auténtica.

«Sabiendo lo que pensaban» (v. 17), Jesús los desbarata con una lógica inequívoca: ¿cómo podría permitirle Satanás combatir a los demonios a él sometidos? Sería como si quisiera el hundimiento de su mismo reino.

Además, si fuera verdadera esta acusación, iría también contra los exorcistas judíos, porque -dice Jesús con ironía- quizás expulsarían a los demonios con la ayuda de su propio jefe. Pero la apretada argumentación del Señor encuentra su baricentro cuando advierte a los interlocutores que, si él expulsa a los demonios con el poder de Dios («dedo» significa «poder»: cf. Sal 8,13), eso quiere decir que su presencia equivale a la presencia del Reino en medio de ellos (cf. 11, 17-26).

Viene a continuación la pequeña parábola del hombre fuerte y del otro más fuerte, donde se pone de manifiesto la victoria de Cristo sobre Satanás. Quien no le reconoce y se pone de su lado, se pone en contra. Y es que, respecto a Jesús, no hay sitio para la neutralidad. O estás con él y recoges para la vida eterna, o estás contra él y desparramas todos los verdaderos bienes.

Aparece, por último, una llamada a la vigilancia. Satanás no es alguien que encuentre reposo dándose por vencido, sino que allí donde ve la casa «barrida y adornada » (v. 24), esto es, a una persona decidida a seguir a Jesús, lanza un ataque total (expresado por el número siete: v. 26), porque, por envidia (cf Sab 2,24), le apremia la ruina del hombre.

 

MEDITATIO

No es lo esencial la funcionalidad, el servicio concreto de las ovejas. No hay pastores porque somos muchos los hombres y hay que cubrir muchas tareas. Lo esencial es ver y tocar a una persona que hace presente la palabra viviéndola, no sólo proclamándola. La condición del Evangelio frente a toda doctrina es su carácter de «entrañable»: lo es el afecto con el que Pablo habla a Timoteo, lo es el amor entrañable de Cristo cuando se define vinculándose vitalmente a los hombres.

No hablan desde el mensaje, sino desde la experiencia vivida. Pablo habla como quien ha vivido todo lo que dice; Cristo ha vivido, simplemente, como el Hijo. Lo que nos transmiten los evangelios es, sobre todo, la experiencia entrañable de haber gustado y palpado, visto y oído al buen Dios entre nosotros: al Hijo. Así nos trató Él, parecen decir los evangelios, como un buen pastor. La experiencia, luego, se hace palabra transmitida en el seno de la comunidad como oración, gozo y testimonio. Así hemos recibido a san Juan: desde la experiencia vivida; así se transformó el mundo pagano en cristiano por la locura de hombres y mujeres nuevos y disponibles.

Nuestro santo Tomás asumió la elección difícil de mantener la doctrina en la Iglesia, no crispándose en época de crisis, sino que la propuso convirtiéndose él mismo en modelo del mensaje: no es fácil olvidar un arzobispo casi harapiento repartiendo en la puerta de su casa limosna a los pobres; más difícil es sentarlos a su mesa y servirles: él lo hizo. Pero aún es más difícil organizar, antes, la misma Iglesia visible para que ese gesto sea posible siempre como el auténtico modo de ser pastor. Lo primero podría no pasar de ser un llamativo gesto de imagen; lo segundo es permanente: aún podemos encontrar a Cristo entre nosotros en los pastores.

 

ORATIO

Padre, pastor de mi vida, que me deje encontrar, conocer por ti. Tú acoges el movimiento de mi espíritu antes que mis obras, palabras, promesas y oraciones. Sabes, Señor, que mis deseos no son siempre de ti. Hay otros que me halagan con formas de estar «agresivas y eficaces» y casi siempre siento que en ellos encontraré más paz y armonía personal, que hay que estar con los tiempos y no desentonar.

Mi historia contigo es la de tus búsquedas de mí mismo, de tus curaciones. Hazme transmitir esta experiencia de ti: que aprenda a manifestarme como vulnerable poniéndome siempre más bajo que mis hermanos. Que les transmita tu doctrina, pero también lo bien que me has tratado cuando yo me he perdido. ¿Cómo, si no, se acercarán a ti las ovejas dispersas? Cuántos estragos he podido hacer por creerme alguien ante los demás, perfecto y seguro. Señor, buen pastor, si no soy distinto a los demás, al menos que pueda aportarles lo que vivo y Tú has hecho en mí.

 

CONTEMPLATIO

El pastor no debe disminuir su atención o lo interior por las ocupaciones exteriores, ni debe abandonar el cuidado de lo exterior por la solicitud de lo interior; de modo que no se derrumbe interiormente al entregarse a lo exterior, ni impida aquello que por fuera debe a sus prójimos ocupándose sólo de lo interior.

Pues, a menudo, algunos, olvidándose de que son prelados en la causa de sus hermanos, se entregan con todo el esfuerzo de su corazón a los cuidados seculares: cuando están presentes, se ensoberbecen realizándolos y, cuando faltan, los anhelan día y noche con la agitación de su mente desordenada. De modo que, cuando hallan un respiro, quizás porque haya desaparecido una oportunidad, se sienten más cansados por su misma quietud. Y así, consideran una satisfacción estar oprimidos por las ocupaciones y un infortunio el no trabajar en asuntos terrenales. Sucede entonces que mientras se alegran de estar agobiados por vanos esfuerzos mundanos, ignoran aquellos secretos interiores que deberían enseñar a otros.

A causa de esto, claro está, la vida de los fíeles se debilita, porque cuando pretenden progresar espiritualmente tropiezan en su camino con el obstáculo que es para ellos el ejemplo de su prelado. Y es que, languideciendo la cabeza, en vano crecen los miembros, e inútilmente avanza un ejército para explorar al enemigo si se equivoca el guía mismo del camino.

Ninguna exhortación eleva ya la mente de los fieles, ninguna amonestación castiga sus pecados. Porque cuando el pastor de las almas se dedica a ejercer el oficio de juez terreno, el cuidado pastoral por la custodia de la grey se debilita. Con ello, los fieles no desean ya alcanzar la luz de la Verdad, pues, al estar ocupada la mente del pastor en los afanes terrenos, el polvo provocado por el viento de la tentación ciega los ojos de la Iglesia (Gregorio Magno, La regla pastoral. Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1993, pp. 214-215).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Alumbre así vuestra luz a los hombres y den gloria a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5,16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

De amar propusimos, que no de disputar; amar, que no entender: por lo cual tornemos al propósito. Consideremos, pues, cómo nuestro Dios, grande, bueno y poderoso y lleno de riquezas, anda entre sus criaturas buscando algún amador, y no le halla; da muchas cosas y promete al que Te amare, y ninguno quiere ni aun mirarle; y así es que «determinaron los mortales e abajar sus ojos a la tierra». Míralo en los Cantares, cómo ruega a su criatura y la provoca e incita a su amor: «Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, inmaculada mía, ábreme»; y si no quiere abrir por mí, ábreme por ti; porque mi cabeza está llena de rocío; mi divinidad está llena de suavidad y dulzura; pues luego ábreme y cenaré contigo, y no a costa tuya, que yo haré todo el gasto y te pondré delante manjares suavísimos.

Y ella con todo esto responde de la cama con indignación grande diciendo: «Heme despojado de mi vestidura, y ¿téngole de tornar a vestir? Láveme mis pies, ¿cómo me los ensuciaré ahora?». ¡Olí ingrata, mísera y ciega!, ¿así respondes a tu amado,  así menosprecias a tu Creador? Abre, mísera, que no te ensuciarás, antes te lavarás; no trabajarás, sino descansarás. Ni la dejó el piadosísimo y gran amador suyo en su dureza, antes la tocó con su misericordiosa mano; y aquella que primero había despreciado la voz, se levanta con diligencia a abrir a su amado; más él ya se había desaparecido y pasado; y justamente por cierto, pues que así ella le había primero despreciado; y verla has a la infeliz y desventurada discurriendo por las calles y plazas voceando y llorando y conjurando a las hijas de Sión que, si hallaren a su amado, que le anuncien y digan su amor. Búscale y no le halla; llama y ninguno le abre; llama y no hay quien responda; por lo cual toda llorosa se derrite de amor. Así, Señor, así lo hacéis: tocáis para que seáis conocido y huís para que seáis buscado; llamáis y escondeisos; provocáis y vaisos, convidáis y partisos; no menos piadoso cuando os vais que cuando os venís... Mas no quieras cesar, quienquiera que eres; no desmayes cerca de la ciudad; conjura a las hijas de Jerusalén, solicita a los ciudadanos, pregunta a las guardas y éstas te saldrán al encuentro, ellos te harán dar priesa; y por más que ligeramente corras, te quitarán la vieja vestidura; y como los hubieres pasado un poco, hallarás al que tu ánima desea (Tomás de Villanueva, «Sermón segundo del Amor de Dios», Sermones de la Virgen María y Obras castellanas, BAC, Madrid 1952, pp. 609-610).

 

Día 11

Santa Soledad Torres Acosta (11 de octubre)

 

Nació el día 2 de diciembre de 1826 en Madrid y murió también en Madrid el 11 de octubre de 1887. Su nombre de pila fue Bibiana Antonia Manuela. A los 25 años oyó hablar de una idea alimentada por un sacerdote de la parroquia de Chamberí, don Miguel Martínez. Éste quiere reunir a unas cuantas mujeres para que cuiden y atiendan en sus propios domicilios a los enfermos desamparados y les dispongan a bien morir. Bibiana Antonia Manuela se ofrece voluntaria para este servicio. Su cuerpo pequeño y enclenque parecía desaconsejar tal empresa, pero ante su insistencia fue admitida, junto con otras seis compañeras.

Tomó el hábito del nuevo instituto el 15 de agosto de 1851, cambiando su nombre de pila por el de María Soledad. Ese día nació el Instituto de las Siervos de María, Ministras de los Enfermos. Fue beatificada por el papa Pío XII el día 5 de febrero de 1950 y canonizada por Pablo VI el 25 de enero de 1970.

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 3,22-29

Hermanos:

22 La Escritura presenta todas las cosas bajo el dominio del pecado, para que la promesa hecha a los creyentes se cumpla por medio de la fe en Jesucristo.

23 Antes de que llegara la fe, éramos prisioneros de la Ley y esperábamos encarcelados que se nos revelara la fe.

24 La Ley nos sirvió de pedagogo para conducirnos a Cristo y alcanzar así la salvación por medio de la fe.

25 Pero, al llegar la fe, ya no necesitamos pedagogo.

26 Efectivamente, todos vosotros sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús,

27 pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo habéis sido revestidos.

28 Ya no hay distinción entre judío o no judío, entre esclavo o libre, entre varón o mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.

29 Y si sois de Cristo, sois también descendencia de Abrahán, herederos según la promesa.

 

**• En su argumentación en favor de la economía del amor gratuito de Dios, al que se accede mediante la fe, Pablo intenta aclarar ulteriormente la función de la Ley.

Ésta sirve, en el plan de Dios, para sumergir al hombre en la plena conciencia de la imposibilidad en que se encuentra para practicarla por sí solo, de ahí el carácter inevitable del pecado (v. 23). En la Carta a los Romanos (7,7-25) prosigue Pablo esta tesis de una manera todavía más detallada.

La Ley -nos dice aquí- ha realizado la función del «pedagogo» (w. 24ss), a saber, la de aquel que, en la sociedad grecorromana, se encargaba de la custodia de los niños. Era alguien duro y severo, que desarrollaba su tarea a golpes de vara y reprimendas, sin el menor atisbo de amor. Si comprendemos bien esta imagen del pedagogo, estaremos en condiciones de comprender la fuerza liberadora de la fe. Pablo la exalta con un «pero» que separa la vieja y la nueva economía: «Pero al llegar la fe, ya no necesitamos pedagogo. Efectivamente, todos vosotros sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (w. 25-26).Y la belleza de este tiempo nuevo, mediante la irrupción de Dios en Cristo Jesús, que nos ha liberado en virtud del amor, está expresada con dos conceptos vigorosos.

El primero tiene que ver con el salto cualitativo de nuestro «ser» en el momento del bautismo, que es, de hecho, el poder participar en la vida de Cristo. Más aún, Pablo hace todavía más vivida esta afirmación mediante una metáfora: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo habéis sido revestidos» (v. 27). No se trata, a buen seguro, de un revestimiento exterior, sino de la unión profunda con él, de la que habla Pablo asimismo en Rom 6,5.

El segundo concepto tiene que ver con la novedad absoluta del ser en Cristo, que suprime -como consecuencia inmediata- toda discriminación: Ser «uno en Cristo Jesús» (v. 28) significa no sólo que los creyentes forman una sola persona en Cristo (es el concepto de la Iglesia como cuerpo místico), sino que, al formar uno solo con Cristo, la unidad no se realiza en la exterioridad de la Ley, sino en el mismo Cristo, en la fe en él, que, si es auténtica, cambia la vida. Se trata de percibirse, en efecto, como verdaderos descendientes de Abrahán, herederos de las bendiciones prometidas, revistiéndonos, a continuación, del compromiso de los sentimientos de misericordia, bondad, humildad, etc. (cf. Col 3,12).

 

Evangelio: Lucas 11,27 ss

En aquel tiempo,

27 cuando estaba diciendo esto, una mujer de entre la multitud dijo en voz alta:

-Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron.

28 Pero Jesús dijo:

-Más bien, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica.

 

**• Tras el austero discurso sobre la realidad del demonio, Lucas inserta esta breve, aunque intensa, perícopa sobre la bienaventuranza. Según la mujer que eleva la voz entre la multitud, es una «dicha» o «bienaventuranza» ser madre de un hijo como Jesús, dotado de la fuerza de una palabra que sorprende y te introduce en el misterio de las realidades espirituales. En cambio, según Jesús, la «dicha» o «bienaventuranza» (es decir, la alegría profunda del corazón) consiste en la disponibilidad para la escucha de la Palabra de Dios y ponerla en práctica.

La adversativa adverbial «más bien» parece contradecir lo que dice la mujer: es casi como querer relegar a la sombra a María, su madre. Ahora bien, si «ahondamos» en esta perícopa con la ayuda de otros pasajes de la Palabra de Dios, nos percataremos de lo contrario. Justamente la Madre de Jesús es proclamada «bienaventurada», en Le 1,42-45, por haber creído y obedecido a la Palabra (cf. 1,38). Ella misma, en el Magníficat, predijo que todas las generaciones la proclamarían bienaventurada (cf. 1,48) por su rendición plena a la Palabra que compromete su fe y su vida.

Por otro lado, ya había aprovechado Jesús otra ocasión en que habían venido su madre y sus hermanos a buscarlo para proclamar con vigor que su madre y sus hermanos son «los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Le 8,19-21). En consecuencia, ésta es la identidad profunda de María que se nos propone también a nosotros. El ser dichoso o bienaventurado es el secreto de este escuchar y practicar la Palabra de Jesús, que es el Verbo, la Palabra sustancial del Dios vivo.

 

MEDITATIO

Desde que el mundo es mundo y la fe en Dios ha entrado en nuestros corazones, hemos tenido la tentación de separar el amor a Dios y el amor al prójimo. Esta parábola del buen samaritano tan conocida y meditada, es fundamental para captar la experiencia religiosa que nos trae Jesús. Recorriendo, como de puntillas, este relato descubriremos enseguida lo fundamental de su contenido:

- No podemos separar el amor a Dios y el amor al prójimo. Son las dos caras de la misma moneda. «Tuve hambre»... «Tuve sed»... «Estuve enfermo»... «Cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».

- Mi prójimo no es el que se acerca a mí, sino aquel a quien yo me acerco. ¿Quién de estos tres, pregunta Jesús, se hizo prójimo del herido? Soy yo quien debe aproximarse.

- ¿De quién tengo que hacerme prójimo, a quién tengo que acercarme? La parábola lo expresa con mucha claridad: a cualquiera que esté caído, marginado, atropellado en los caminos o en los juzgados, despojado de sus derechos...

- No nos andemos con rodeos... Los dos personajes, representantes oficiales del templo y el culto, que dieron un rodeo para cumplir con Dios, abandonando al prójimo, quedan descalificados en esta parábola.

- Otro punto clarísimo que descubrimos en este relato es la apertura a los extranjeros, a los que en aquel tiempo eran tenidos por herejes o de otra religión: los samaritanos. Al jurista le da grima pronunciar su nombre; sin embargo, Jesús le dice: «Anda y haz tú lo mismo».

Todo esto me hace pensar que Miguel Martínez, sacerdote de la parroquia de Chamberí, no dio un rodeo, sino que se rodeó de personas como Soledad Torres Acosta para aproximarse a las casas donde alguien sufría y moría en la más absoluta soledad. Se hicieron prójimos de los necesitados de su tiempo.

 

ORATIO

Señor, tú que concediste a santa Soledad Torres Acosta la gracia de servirte con amor generoso en los enfermos que visitaba, concédenos tu luz y tu gracia para descubrir tu presencia en los que sufren y merecer tu compañía en el cielo.

 

CONTEMPLATIO

María Soledad se inserta en un grupo de mujeres santas e intrépidas que en el siglo XIX hicieron brotar en la Iglesia ríos de santidad y laboriosidad; procesiones interminables de vírgenes consagradas al único y sumo amor de Cristo, y mirando todas ellas al servicio inteligente, incansable, desinteresado del prójimo.

Por eso, contaremos a las Siervas de los enfermos en el heroico ejército de las religiosas consagradas a la caridad corporal y espiritual; pero no debemos olvidar un rasgo específico, propio del genio cristiano de María Soledad, el de la forma característica de su caridad; es decir, la asistencia prestada a los enfermos en su domicilio familiar; forma ésta que ninguno, así nos parece, había ideado en forma sistemática antes de ella, y que nadie antes de ella había creído posible confiar a religiosas pertenecientes a institutos canónicamente organizados.

La fórmula existía, desde el mensaje evangélico, sencilla, lapidaria, digna de los labios del divino Maestro: «Estuve enfermo, y me visitasteis», dice Cristo místicamente personificado en la humanidad doliente. He aquí el descubrimiento de un campo nuevo para el ejercicio de la caridad; he aquí el programa de almas totalmente consagradas a la visita del prójimo que sufre. (De la homilía pronunciada por Pablo VI en la canonización de santa Soledad Torres Acosta.)

 

ACTIO

Visitar a un enfermo.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Las enormes dificultades que a otras hicieron desfallecer, revelaron el temple heroico de la madre Soledad, fundadora de las Siervas de María, y que sus virtudes estaban fundadas sobre la roca firme. Por su dedicación a los enfermos, a quienes servía como a Cristo, por su tesón y esperanza jamás desmentida, por sus relevantes virtudes, bien pronto fue reconocida como cabeza de todo el grupo la que en su propia humildad y según las apariencias externas era la más insignificante de todas.

Nombrada superiora a los cinco años de la fundación, cual experto piloto guiará con serenidad y pericia la frágil navecilla del reciente instituto en medio de las más espantosas borrascas.

En su gobierno demostró sus dotes de exquisita prudencia y de una caridad sin límites y, al mismo tiempo, una humildad y mansedumbre avasalladoras, con lo que supo captarse el amor sincero y la correspondencia voluntariosa de sus hijas. Dios le envió abundantes vocaciones y la santa se consagró a formarlas espiritualmente, infundiéndoles su ardiente caridad a Dios y al prójimo, y a darles una capacitación técnica como exigía su delicada tarea. Como otra santa Teresa, recorrió los caminos de España en circunstancias a veces dificilísimas, sufrió incomodidades sin cuento y emprendió grandes trabajos, siempre unida a Dios. A Él se lo ofrecía todo. Con Él contaba para todo. Su paso por este mundo se redujo a 61 años cargados de sencillez, de amor y de valentía frente al dolor, abandonada siempre en las manos de su Dios.

 

Día 12

28º domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 25,6-10a

6 El Señor todopoderoso preparará en este monte para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados.

7 Y en este monte destruirá la mortaja que cubre todos los pueblos, el sudario que tapa a todas las naciones.

8 Destruirá la muerte para siempre, secará las légrimas de todos los rostros y borrará de la tierra el oprobio de su pueblo - lo ha dicho el Señor -.

9 Aquel día dirán; <<Éste es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación, éste es el Señor en quien confiábamos; alegrémonos y hagamos fiesta, pues él nos ha salvado».

10 Se ha posado en este monte la mano del Señor.

 

El texto de Isaías nos presenta el banquete mesiánico que el Señor de los ejércitos preparará en lo alto de un monte, en Jerusalén. Se trata de un festín espléndido, con manjares que satisfacen el apetito y sacian el hambre, dispuesto por el Señor para todos los pueblos, incluso para aquellos que todavía no han podido contemplar el rostro del Señor porque lo tenia cubierto.

En otro lugar del libro de Isaías figura: <<Aquel día habrá una calzada de Egipto a Asiria: los asirios entrarán en Egipto y los egipcios en Asiria, y egipcios y asirios adorarán juntos al Señor: Aquel día, Israel, junto con Egipto y Asiria, será bendito en medio de la tierra, porque el Señor todopoderoso los bendice diciendo: "Bendito sea mi pueblo, Egipto; y Asiria, obra de mis marzos; e Israel, mi heredad"» (Is 19,23-25). El Señor, destruyendo la muerte, la última enemiga, enjugará las lágrimas del rostro de todos los pueblos.

Israel, su pueblo y su heredad, podrá expresar su gozo y su alegría porque su afligida y atormentada esperanza ha conseguido lo prometido. El señor ha sido fiel a su palabra, a pesar de la larga espera. Sin embargo, Moab, pertinaz en su soberbia, no participará del banquete (cf la Segunda parte del v. 10, omitido en la lectura litúrgica).

 

Segunda lectura: Filipenses 4,12-14.19-20

Hermanos:

12 Sé pasar estrecheces y vivir en la abundancia. A todas y cada una de estas cosas estoy acostumbrado: a la hartura y al hambre, a que me sobre y a que me falte.

13 De todo me siento capaz, pues Cristo me da la fuerza.

14 Sin embargo, habéis tenido un hermoso gesto al solidarizaros conmigo en la tribulación.

19 Mi Dios, que es rico, atenderé con largueza todas vuestras necesidades por medio de Cristo Jesús.

20 A nuestro Dios y Padre sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

• Pablo inicia este texto usando términos antitéticos: estrechez y abundancia, hartura y hambre, sobrar y faltar son palabras opuestas o contrarias, con las que se expresa la idea de totalidad. Así, dice: <<A todas y cada una de estas cosas estoy acostumbrado» (u 12). Y añade que la iniciativa y la capacitación proceden de Cristo: <<Pues Cristo me da la fuerza» (v. 13). Dios es Todo, y quien se sumerge en él se sumerge en el Todo. Teresa de Ávila dirá; <<Nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta».

La vida, en su totalidad, no excluye las adversidades. Los filipenses socorren a Pablo en los momentos de tribulación y colaboran con él. Pablo se lo agradece, y diré que la ayuda prestada ha sido Kuna ofrenda de suave olor y sacrificio que Dios acepta con agrado» (v 18, omitido por la liturgia). Dios - añade Pablo - no se deja ganar en generosidad. Atenderá cualquier necesidad de los filipenses, según su riqueza y conforme a su magnificencia por medio de Cristo Jesús. Pues: <<A nuestro Dios y Padre, sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (V. 2o).

 

Evangelio: Mateo 22,1-14

1 Jesús tomó de nuevo la palabra y dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola:

2 - Con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que celebraba la boda de su hijo.

3 Envió a sus criados para llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.

4 De nuevo envió otros criados encargándoles que dijeran a los invitados: <<Mi banquete esta preparado; he matado becerros y cebones, y todo esta a punto; venid a la boda».

5 Pero ellos no hicieron caso y se fueron unos a su campo y otros a su negocio.

6 Los demás, echando mano a los criados, los maltrataron y los mataron.

7 El rey entonces se enojó y envió sus tropas para que acabasen con aquellos asesinos e incendiasen su ciudad.

8 Después dijo a sus criados: <<El banquete de boda esta preparado, pero los invitados no eran dignos.

9 Id, pues, a los cruces de los caminos y convidad a la boda a todos los que encontréis»,

10 Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala se llenó de invitados.

11 Al entrar el rey para ver a los comensales, observó que uno de ellos no llevaba traje de boda,

12 Le dijo: <<Amigo, ¿como has entrado aquí sin traje de boda?», El se quedó callado.

13 Entonces el rey dijo a los servidores: <<Atadlo de pies y manos y echadlo fuera a las tinieblas; allí llorará y le rechinarán los dientes».

14 Porque son muchos los llamados, pero pocos los escogidos.

 

·• La parábola ha sido contada por Jesús en Jerusalén, en las vísperas de su pasión y muerte. El Reino de los Cielos, dice Jesús, se parece a un rey que organiza el banquete de bodas de su hijo. Cuando todo está listo, manda a unos criados para que <<llamen a los invitados» (<<llamar a los llamados», es como se expresa el texto griego). Quizá quiera subrayar que el rey ha confeccionado una lista de huéspedes que, de alguna manera, ostentan algún título para ser invitados. De todas formas, esta claro el título (trato) de reconocimiento y benevolencia concedidos por el rey. La <<voluntad» de los invitados no es solo de rechazo. Algunos tienen otros intereses en los que pensar —atender los asuntos personales— y no quieren perder tiempo. Y otros tienen intenciones hostiles: maltratan y matan a los criados del rey Estos últimos no solo le muestran indiferencia al rey, sino que actúan violentamente. Y, a su vez, el rey reacciona con dureza (cf v. 7).

Entonces comienza la Segunda parte de la parábola (vv. 8-1o). El rey actúa con una sensibilidad bien diferente a la mostrada con los primeros invitados. Amplía la invitación, extensiva a <<todos los que encontréis» (v 9), y los criados invitaron <<a todos los que encontraron, buenos y malos» (v. 1o). La parábola desvela el corazón del <<Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45). El banquete pierde el sentido elitista y la <<llamada>> adquiere decididamente un alcance universal. La sala se llena de comensales.

Para comprender la tercera parte de la parábola (vv. 1 1-14), el rey que entra para <<ver» a los comensales y encuentra a uno de ellos sin traje de boda, es necesario recordar que, en Oriente, el anfitrión (rey que <<invitaba a los invitados») les proporcionaba habitualmente el traje de boda. Si este es el caso, el invitado no ha aceptado la vestidura y ha entrado rechazando el gesto amigable del rey, casi imponiéndole su presencia.

 

MEDITATIO

En la primera lectura leemos: <<El Señor todopoderoso preparará en este monte para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados>>i Y en el evangelio <<Jesús tomó de nuevo la palabra y les dice esta parábola: Con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que celebraba la boda de su hijo...».

La Palabra de este domingo se centra en los banquetes (cf también el salmo responsorial). La Iglesia nos ofrece datos y noticias de banquetes extraordinarios organizados por personajes importantes: el señor de los ejércitos (primera lectura) o un rey (evangelio). Cuentan con un programa detallado: se trata de un banquete que tendrá lugar en Jerusalén (primera lectura) o de otro, con ocasión de unas bodas reales, que se celebrará en un edificio regio (evangelio). Y un menú: excelente y exquisito en ambos casos: manjares suculentos y vinos de solera (primera lectura), cebones y capones (evangelio). Los invitados al convite son agasajados espléndidamente por los anfitriones. Invitados todos los pueblos, sean muchos o pocos, todos los que se encuentren en las encrucijadas, sean hombres o mujeres.

Tanto en la primera lectura (el caso de Moab) como en la parábola del evangelio (el invitado sin vestido), los comensales invitados al banquete se han debido preparar responsable y concienzudamente, Moab es uno de los pueblos enemigos, ancestral y de siempre, de Israel. Sus orígenes son narrados como incestuosos, y su rey Balac (Nm 21ss.) intentó maldecir a Israel contratando al profeta Balaán. Sin embargo, Rut, una moabita, nuera de Noemí, ha entrado en la genealogía de David y, por lo tanto, del Mesías. El invitado, sorprendido sin traje de boda, no lo ha revestido el rey, como era costumbre en Oriente, sino que se lo ha ofrecido para que honre a todos los comensales.

No podemos - y no debemos - comportarnos ni como el infiel moabita (soberbio) ni como los ingratos invitados al banquete que respondieron hostilmente al rey, incluso matándole al hijo, ni tampoco como el comensal que no quiso vestirse de fiesta. Hagamos nuestros los sentimientos del salmo 23 y prolonguemos el momento del banquete <<en la casa del Señor por días sin término». ¡Dios es realmente grande y enormemente generoso!

 

ORATIO

Tu, que quieres que venzamos el mal con el bien y que oremos por quienes nos persiguen, apiádate, Señor de mis enemigos y de mi y condúcenos a tu celestial Reino.

Tu, que agradeces las oraciones de tus siervos, que pidamos unos por otros, recuerda tu gran benevolencia y apiádate de nosotros, Señor; de quienes tenemos presentes a los demás en nuestras oraciones, ellos en las suyas y yo en las mías. Tu, que ves la buena voluntad y las obras buenas, recuerda, Señor a quienes por cualquier razón, por pequeña que sea, no dedican tiempo a la oración. Apiádate de quienes padecen extrema necesidad, socórrelos, Señor. Apiádate de nosotros, de ellos y de mi, Piedad.

Recuerda, Señor a los niños, a los adultos y a los jóvenes, a los ancianos y a los venerables, a los hambrientos, a los sedientos y a los desnudos, a los prisioneros y a los extranjeros, a los que no tienen ni amigos ni sepulturas, a los delicados y a los enfermos, a los posesos, a los propensos al suicidio, a los atormentados, a los desesperados y a los confusos, a los débiles, a los afligidos y a los apesadumbrados, a los condenados a muerte, a los huérfanos, a las viudas, a los vagabundos, a las parturientas y a los niños de pecho, a los que se arrastran esclavizados en las minas, en las cárceles o en soledad (Lancelot Andrewes, en Le preghiere dellhmanitd, Brescia 1993).

 

CONTEMPLATIO

Santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo —Dios omnipotente en tres personas iguales y coeternas—, ten misericordia de mi. Delante de tu Majestad reconozco humildemente, desde lo hondo de mi miseria y mezquindad de pecador que he afanado mi vida en el pecado, desde mi infancia hasta hoy

Y ahora, Señor bueno y misericordioso, que me has concedido la gracia de reconocer mis pecados, concédeme la gracia de arrepentirme no solo de palabra, sino de corazón, con el dolor y pesar de la contrición. Y distanciarme para siempre. Perdóname los pecados de mi mente, ofuscada en afanes terrenos, en inclinaciones maléficas y costumbres dañinas, todo por mi insuficiencia para reconocerlo como pecado. Ilumina mi corazón, Señor misericordioso, y otórgame la gracia de mantener el conocimiento y tener conciencia. Perdóname los pecados que por descuido he olvidado y refréscame la mente para que pueda reconocerlos claramente.

Dios glorioso, que por tu gracia, y desde ahora, ponga en ti mi corazón y no dé mas valor a las cosas terrenas, y así, con tu santo apóstol Pablo, pueda decir: <<El mundo está crucificado para mi y yo para el mundo» (Gal 6,14). <<Para mi la vida es Cristo, y morir una ganancia. Deseo la muerte para estar con Cristo» (Flp 1,21.23).

Dame la gracia de corregir mi vida y de esperar sin aversión a la muerte, que para aquellos que mueren en ti; Señor, es una puerta abierta a la feliz vida (Tomas Moro, en Preghiere dellhmanita, Brescia 1993, 631).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Ven, Señor Jesús, busca a tu siervo, busca a tu oveja perdida>>.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ven, Señor Jesús, y busca o tu siervo, busca o tu oveja perdida.

Ven, pastor, busca, como José buscaba a las ovejas. Se ha extraviado tu oveja mientras tardabas deambulando por los montes. Deja las noventa y nueve y ven a buscar a la oveja que esta perdida. Ven sin perros, sin siervos ni asalariados, que no entrón por la puerta. Ven sin zagal y sin mensajero. Desde hace tiempo espero tu llegada. Sé que vendrás, pues <<no he olvidado tus mandamientos». Ven no con vara, sino con caridad y Espíritu de mansedumbre.

No titubees en dejar por los cerros a las noventa nueve ovejas; los lobos feroces no atacarán hasta que no lleguen a los montes. La serpiente, en el paraíso, solo consiguió hacer daño una vez; sin embargo, después de la expulsión de Adán, ha perdido el gancho de la seducción y sin él no puede dañar. Ven, que esta atormentado por el ataque de lobos peligrosos. Ven, que me han expulsado del paraíso y mi infortunio está mordido con el veneno de la serpiente. Ven, que me encuentro errando lejos del rebaño por estos collados. Yo también era de tu rebaño, pero el lobo nocturno me ha alejado de tu redil. Búscame, pues yo te busco; búscame y encuéntrame, tómame y llévame. Tu encuentras al que buscas, tomas al que encuentras, y cargas sobre tus hombros al que has tomado. No sientes molestia por un peso que te inspira piedad, no te pesa una carga que consideras justa. Ven, pues, Señor, que aunque estoy extraviado, sin embargo <<no he olvidado tus mandamientos» y conservo la esperanza de la medicina.

Ven, Señor, porque sólo tu eres capaz de hacer volver a la oveja perdida. No entristezcas a quienes se han alejado de ti. También ellos se alegrarán por la vuelta del pecador. Ven y trae la salvación a la tierra y la alegría al cielo. Acógeme no como a Sara, sino como a Maria, para que sea no solo virgen intacta, sino virgen inmaculada, por efecto de tu gracia, de cualquier mancha de pecado. Ponme bajo la cruz que da la salvación a los extraviados donde encuentran reposo los cansados y vivirán todos los que mueren (Ambrosio de Milán, <<Comentario al salmo 128», XXII, 28-30, en S. Pricoco - M. Simanehi [eds.], La preghiera dei crisriani, MiIan 2000, 169).    

 

Día 13

Lunes 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 4,22-24.26-27.31-5,1

Hermanos:

22 Porque está escrito que Abrahán tuvo dos hijos: uno de la esclava y otro de su esposa, que era libre.

23 El de la esclava nació conforme a las leyes naturales; el de la libre, en cambio, en virtud de la promesa.

24 Esto es una alegoría, pues las dos mujeres simbolizan las dos alianzas:

25 una proviene del monte Sinaí y engendra hombres para la esclavitud; es la simbolizada por Agar.

26 En cambio, la otra, la Jerusalén de arriba, es libre, y ésa es nuestra madre.

27 Pues dice la Escritura: Alégrate, estéril, tú que no das a luz; prorrumpe en gritos de júbilo, tú que no conoces los dolores de parto, porque son más los hijos de la abandonada que los de la que tiene marido.

31 Así pues, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre.

5,1 Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo. Permaneced, pues, firmes y no os dejéis someter de nuevo al yugo de la esclavitud.

 

*» En la carta remitida por Pablo a las Iglesias de Galacia se anticipan los temas desarrollados con mayor extensión en la Carta a los Romanos. Tras la autopresentación en defensa del Evangelio, Pablo reprueba a los que siguen fácilmente la doctrina de los judaizantes, esto es, de los partidarios de la circuncisión y de la Ley mosaica. La justificación no viene de la Ley, sino de la gracia de Cristo.

A través de la alegoría de las dos mujeres que le engendran hijos a Abrahán se contrapone la economía de la Ley a la economía de la fe. Agar es esclava y su hijo es engendrado en la esclavitud de la carne: la antigua alianza del Sinaí, representada por Agar, es un yugo de esclavitud. Sara, la mujer libre, engendra a Isaac, el hijo de la promesa: nosotros, convertidos en hijos de Dios, en Cristo, hemos sido liberados porque en él ha llegado la promesa a su cumplimiento. La alegoría, sin insistir en su contraposición litigiosa tal como se describe en Gn 16 y Gn 21, dibuja sobre el fondo de las dos mujeres dos montañas, ambas también simbólicas. Detrás de la esclava se levanta el Sinaí, el monte en el que, entre truenos y relámpagos, recibió Moisés las tablas de los diez mandamientos. Es la Ley sobre la que se funda la antigua alianza entre Dios y su pueblo. Dios ha prometido su fidelidad de amor nupcial. Su pueblo ha prometido observar la Ley, pero de inmediato ha iniciado una historia de componendas y transgresiones. Detrás de Sara resplandece el monte Sión, la ciudad de Jerusalén que baja del cielo «ataviada como una novia que se adorna para su esposo» (Ap 21,2) para volver a llevar a Dios a los hijos de la nueva alianza. Exulte de alegría y alégrese la «Jerusalén de arriba» (Gal 4,26): muchos de sus hijos son regenerados para la vida nueva en Cristo.

 

Evangelio: Lucas 11,29-32

En aquel tiempo,

29 la gente se apiñaba en torno a Jesús y él se puso a decir:

-Ésta es una generación malvada; pide una señal, pero no se le dará una señal distinta de la de Jonás.

30 Pues así como Jonás fue una señal para los ninivitas, así el Hijo del hombre lo será para esta generación.

31 La reina del sur se levantará en el juicio junto con los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino desde el extremo de la tierra a escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más importante que Salomón.

32 Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio contra esta generación y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia por la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más importante que Jonás.

 

** Lucas pone en labios de Cristo, que va de camino hacia el misterio pascual que se consumará en Jerusalén, una serie de enseñanzas, exhortaciones, respuestas y reproches. Ahora le toca el turno a un grupo de ese pueblo de «dura cerviz» que tiene dificultades para acoger la Palabra de Dios. ¿Qué señal ofrece este mesías para que le creamos? ¿Qué ofrece de seguro? Se trata de una muchedumbre no muy diferente a la de Nínive, que no sabía distinguir entre el bien y el mal (cf. Jon 4,11); no muy diferente de los paganos, recién llegados a la fe, a los que se dirige Lucas; tal vez no muy diferente a nosotros, que siempre andamos a la búsqueda de algo extraordinario y, al mismo tiempo, inmediato.

El tono de la respuesta de Jesús es drástico. Habla de juicio y condena. Sin embargo, por detrás de la referencia a Jonás, a quien toma Jesús como símbolo de su muerte y resurrección, está todo el peso de la misericordia salvífica de Dios. Ésta les había sido ofrecida a los ninivitas a cambio de una humilde conversión, a la reina del sur por su generosa búsqueda de la sabiduría.

La Palabra de salvación pide tanto a los judíos como a los griegos un espíritu abierto: «Más bien, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 11,28). Este anuncio de bienaventuranza contrasta todavía más con el juicio y la condena, que están reservados a quienes han recibido el tesoro de la Palabra revelada y, esclavos de una falsa fidelidad a la Ley, no saben reconocer las señales de la presencia del Salvador, y a quienes no son capaces de aceptar el duro lenguaje de la cruz ni se atreven a esperar en la resurrección.

 

MEDITATIO

Las dos lecturas de hoy nos obligan a considerar de nuevo episodios y figuras del Antiguo Testamento: Abrahán junto con Sara y Agar, Jonás junto con los ninivitas, la reina de Saba junto con Salomón. Parecen proponernos, por otra parte, problemas ahora un tanto distantes de nosotros, como la circuncisión o la ventaja que puede suponer ser griego en vez de judío. Con todo, el mensaje es extremadamente actual, porque siempre es actual la tentación de anclarnos en esquemas fijos sobre las propuestas de Dios y sobre las condiciones para justificarnos ante sus ojos.

El Señor no se desmiente. Quiere respuestas libres, una actitud confiada y filial. Si bien, prácticamente siempre, nos hace falta el ejercicio de la fe y el creer más allá de la evidencia, es sólo la persuasión de que el Señor nos ama y de que su amor supera infinitamente todas nuestras expectativas lo que abre nuestros estrechos horizontes, situados entre el legalismo y nuestro interés.

¡Qué triste es pensar que, pasados ya dos mil años desde que el Hijo del hombre, Jesucristo, nos ofreció un signo mucho más elocuente y eficaz que el signo de Jonás, todavía vayamos en busca de señales y confirmaciones en las absurdas respuestas de la astrología, de la magia (pagando un precio elevado) y de las abstrusas fantasías de sectas pseudorreligiosas! Tal vez sea demasiado sencillo creer en el amor o demasiado hermoso abandonarse como hijos en los brazos del Padre...

 

ORATIO

«Dichosa tú, que has creído», María. Primera hija de Abrahán no por ascendencia de la sangre, sino por la autenticidad de tu fe. Tú engendraste al verdadero Hijo de la promesa, al Hijo libre que hace libres a los que le siguen y creen en él.

Te pido, María, que apoyes mi débil fe y, sobre todo, que me ayudes a purificarla de tantas incrustaciones que la mantienen esclava. Enséñame a escuchar con sencillez la Palabra del Señor. Enséñame a acoger con asombro y entusiasmo la libertad que se me ofrece cuando me adhiero con amor a sus propuestas concretas, sin vanas discusiones ni resistencias. María, repite hoy por mí y conmigo tu maravilloso «sí».

 

CONTEMPLATIO

Si no se impone ninguna ley al justo, porque, previniendo la ley y sin necesidad de ser llamado al orden por ella, cumple la voluntad de Dios por el instinto de caridad que reina en su alma, ¿cuánto deberemos estimar a los bienaventurados del paraíso, libres y exentos de toda clase de mandamientos, dado que del goce de la suma belleza y bondad de Dios en que se encuentran fluye y deriva una dulcísima, aunque absoluta, necesidad en sus espíritus de amar eternamente a la santísima divinidad? En el cielo, Teótimo, amaremos a Dios no obligados o constreñidos por la ley, sino atraídos y arrebatados por la alegría que tal objeto, perfectamente amable, proporcionará a nuestros corazones; entonces cesará la fuerza del mandamiento, para hacer sitio a la alegría, que será el fruto y la cima de la observancia del mandamiento. Nosotros estamos destinados, por tanto, a la alegría que nos ha sido prometida en la vida inmortal, durante la cual, en verdad, estaremos obligados a observarlo con gran rigor, porque es la ley fundamental que Jesucristo nuestro rey ha dado a los ciudadanos de la Jerusalén militante, para hacerles merecer la plenitud y la alegría de la Jerusalén triunfante (Francisco de Sales, Teotimo, ossia Trattato dell'amor di Dios, X, 2 [edición española: Tratado del amor de Dios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices» (Lc 1,38).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los judíos buscan en las Escrituras la vida eterna; por consiguiente, buscan en ellas a Dios y a su Hijo. Pero no buscan con la fe, sino con sus ¡deas prefabricadas [...]. Buscan la vida eterna en la prolongación de sus propios deseos e ideas y no comprenden que, para alcanzarla, deberían hacer exactamente lo contrario: plasmar su vida terrena según el plan de Dios o, mejor aún, dejarla plasmar por su amor. No comprenden que su actividad principal debería ser la contemplación y abrirse a Dios a través de ella para dejarle obrar solo y secundarlo después –lo bien o lo mal que puedan- en su acción. La obra de los judíos debería consistir en dejar obrar en ellos mismos, aunque no de una manera pasiva y sin participar, sino ofreciéndose sin hablar, entregándose callando [...]. En el fondo están llenos de sí mismos y, por eso, ciegos para las Escrituras de Dios.

La Escritura da testimonio del Señor. En la antigua alianza deja entrever su esencia y la predice [...]. Los judíos, siguiendo la orientación de la Escritura, deberían llegar a él. En él encontrarían la vida. Es el Señor, no el hombre mismo, quien provee a la vida eterna de los hombres. Por eso el Señor pide sólo la fe, no la acción humana ni la acción humana autónoma. El sentido de la vida humana no debe ser ya el sentido que ésta se da por sí sola, sino el sentido que le da el Señor. Todo esto es visible también en la antigua alianza (A. von Speyr, S. Giovanni. Esposizione contemplativa del suo vangelo, I: El Verbo s¡ fa carne, Milán 1985).

 

Día 14

Martes 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 5,1-6

Hermanos:

1 Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo. Permaneced, pues, firmes y no os dejéis someter de nuevo al yugo de la esclavitud.

2 Soy yo, Pablo, el que os lo digo: Si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada.

3 De nuevo lo afirmo tajantemente: Todo aquel que se deja circuncidar queda obligado a cumplir enteramente la Ley.

4 Los que tratáis de alcanzar la salvación mediante la Ley os separáis de Cristo, perdéis la gracia.

5 Por nuestra parte, esperamos ardientemente alcanzar la salvación por medio de la fe, mediante la acción del Espíritu.

6 Porque, en cuanto seguidores de Cristo, lo mismo da estar circuncidados que no estarlo; lo que vale es la fe que actúa por medio del amor.

 

**• El tema principal de la perícopa de hoy es el de la libertad ofrecida por Cristo. Pablo, animado de celo apostólico, llama a los gálatas a la realidad, poniéndoles claramente en guardia contra el peligro en que incurren al querer volver bajo el pesado «yugo de la esclavitud» (v. 1) de la Ley. Pablo no pretende proponer la transgresión de la Ley o su abrogación. Jesús afirma en el evangelio  (cf. Le 16,17; Mt 5,17ss) que no abolió ni siquiera una pequeña letra de la Ley escrita naturalmente en el corazón del hombre y expresada en el decálogo y en la tradición mosaica. Se trata de no acartonarse en la observancia de unas prescripciones puramente exteriores y de no convertir en absolutos cosas que han sido establecidas en vistas y como preparación a las exigencias más vigorosas del Evangelio. «La Ley y los profetas llegan hasta Juan; esde entonces se anuncia la buena noticia del Reino de Dios, aunque todos se opongan violentamente» (Le 16,16).

La verdadera libertad consiste en seguir al Espíritu de Cristo y, a través de él, abrirse a una vida nueva, no sometida ya a los ritos judíos -como si de ellos pudiera derivar una justificación más firme-, a una vida fundamentada en la «fe que actúa por medio del amor» (Gal 5,6).

Sólo en Cristo, que «para que seamos libres nos ha liberado» (v. 1), encuentra la Ley su propio significado, y sólo la fe en él nos permite permanecer firmes y perseverar en la gracia. Volver a la circuncisión representa para los gálatas separarse del mismo Cristo y, con ello, decaer de su gracia y de su amor. El peligro para nosotros consiste en confiarnos a prácticas exteriores o en buscar vanas seguridades que nos desarraigan de la esperanza de la justificación que debemos y podemos esperar únicamente de la fe.

 

Evangelio: Lucas 11,37-41

En aquel tiempo,

37 al terminar de hablar, un fariseo le invitó a comer. Jesús entró y se puso a la mesa.

38 El fariseo se extrañó al ver que no se había lavado antes de comer.

39 Pero el Señor le dijo: -Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras que vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad.

40 ¡Insensatos! El que hizo lo de fuera ¿no hizo también lo de dentro?

41 Pues dad limosna de vuestro interior, y todo lo tendréis limpio.

 

**• Jesús se aparta de la muchedumbre. Su discurso sobre la honestidad del pensamiento y sobre la pureza de las intenciones prosigue en un contexto que se vuelve plástico y más real por la escena convival en la casa de un fariseo. Jesús se comporta con una extrema libertad y parece provocar adrede la extrañeza y el desdén del fariseo. El Rabí, sin esperar su crítica por haber dejado de observar uno de los muchos preceptos fariseos y sin justificarse por ello, la emprende contra el formalismo y la vanidad de quien se considera justo porque cumple los ritos puntualmente. De la observación sobre la limpieza de la vajilla pasa Jesús directamente al corazón del hombre. La regla de la «higiene evangélica» exige la exclusión de la avidez y del egoísmo, que engendran la rapiña y la maldad (cf v. 39).

La actitud contraria, la que califica la «pureza del corazón » -ni que decir tiene-, es la caridad. De la caridad viene la generosidad que sabe dar como limosna cuanto reconoce haber recibido gratuitamente de Dios (v. 41).

En el pasaje paralelo de Marcos, los discípulos provocan una explicación sobre esta pureza del corazón: «Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre. [...] Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre» (Me 7,15.21-23).

 

MEDITATIO

Los diez mandamientos, las leyes y las prescripciones -incluidas las de la Iglesia- tienen sentido y valor en la medida en que nos ponen en guardia contra las malas inclinaciones, contra los instintos frecuentemente perversos que se ocultan en nosotros. Sin embargo, no tienen que ser ellos los que determinen en cada uno de nosotros el grado de realización del ideal de pureza al que nos invita y desea para nosotros la santidad de Dios. La raíz originaria del pecado se desarrolla en lo íntimo de nuestro espíritu, en nuestro corazón, aunque Dios nos ha hecho bellos por dentro y por fuera, y así es como nos quiere.

No sirve, por tanto, de nada, e incluso es peligroso, confiarse a la ficción de un perfeccionismo exterior. Si ponemos en movimiento «la fe que obra por medio de la caridad», si damos limosna desde nuestro interior, quemando en la caridad todo lo que acabaría por pudrirse si lo dejamos fermentar en el egoísmo del corazón, entonces «todo estará limpio», entonces podremos esperar «de la fe la justificación que esperamos».

 

ORATIO

Abre, Padre, mi corazón a la luz de tu verdad. Que yo no tenga miedo de dejarla penetrar en mí para reconocer todo el bien que puedo poner a tu servicio y al del prójimo. Que la franqueza y la sinceridad marquen mi pensamiento y mi acción, a fin de que no caiga en la hipocresía disfrazándome de justicia y de perfección, hasta creerme, yo mismo, justo y santo.

Padre, concédenos a mí y a toda tu Iglesia tu Espíritu de verdad, a fin de que la fe produzca realmente obras de caridad y se realice sugestivamente ante el mundo aquella libertad que Cristo nos dio «para que permanezcamos libres».

 

CONTEMPLATIO

Debemos vigilar nuestra conciencia desde diferentes aspectos. Es preciso vigilarla, en efecto, en relación con Dios, en relación con el prójimo y en relación con las cosas. En relación con Dios, para no acabar despreciando sus mandamientos, ni siquiera en aquellas cosas que nadie ve y de las que nadie pide cuentas. No vigilamos la conciencia en lo secreto ante Dios cuando, por ejemplo, descuidamos la oración; tampoco nos mostramos vigilantes de la santidad de Dios cuando nos dejamos vencer por un pensamiento pasional que sube al corazón y consentimos en él, y cuando sospechamos y condenamos al prójimo sobre la base de apariencias al oírle decir o verle hacer algo. En suma, debemos vigilar todo lo que acontece en lo secreto y nadie ve, excepto Dios y nuestra conciencia. En esto consiste vigilar la conciencia en relación con Dios (Doroteo de Gaza, Insegnamenti spirituali).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tu Ley, Señor, es mi alegría» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La denuncia del mal constituye sólo el punto de partida, la conditio sine qua non. Lo que cuenta es el deseo ardiente de Dios, la confianza total e ¡ncondicionada en él y, sobre todo, el cambio del corazón. A propósito de este último, leemos en el Sal 119: «Te busco de corazón, no dejes que me desvíe de tus mandatos. Dentro del corazón guardo tu promesa» (w. 1 Oss). Y en el Sal 40,9: «Amo tu voluntad, Dios mío, llevo tu Ley en mi corazón».

Con buscar al Señor no basta. Lo importante es buscarlo en una atmósfera cargada, saturada, de amor. Lo mismo cumple decir en orden al cumplimiento de la Ley. La observancia puramente exterior de los preceptos sigue estando fuera de la «dinámica» de la conversión si no nos preocupamos con el mismo empeño de la calidad de las disposiciones interiores, si no tenemos el coraje de pasar de la fase de la mera «ejecución» a la fase de la «coparticipación». En este sentido, son claras y categóricas las palabras del salmista: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, renueva dentro de mí un espíritu firme» (Sal 51,12), «Instrúyeme para que observe tu Ley y la guarde de todo corazón. Guíame por el camino de tus mandatos, que son mi delicia. Inclina mi corazón hacia tus preceptos, apártalo del lucro» (119,34-36).

La Ley adquiere el derecho de entrar en el espacio de la conversión cuando está en condiciones de dejarse esculpir no en la piedra, sino en lo íntimo del espíritu; cuando, dicho con otras palabras, es acogida por el hombre de manera libre y en un clima de incontenible alegría (V. Pasquetto, «Messaggio spirituale del vangeli», en Rivista di vita spirítuale [1978]).

 

Día 15

Santa Teresa de Jesús (15 de octubre)

 

Teresa de Jesús nació en Ávila el 28 de marzo de 1515. Tras una infancia precozmente religiosa y una difícil adolescencia, atraída por la lectura del evangelio y por la oración entró en el Carmelo de la Encarnación en 1535. Después de un prolongado período de tibieza, comienza su «conversión» -acaecida en 1554-, una intensa vida mística en contacto con Cristo, que desemboca en un intenso deseo de servir a la Iglesia de su tiempo, lacerada por la Reforma protestante. A fin de contribuir a la renovación de la Iglesia con la oración y la vida perfecta, fundó en Ávila, el año 1562, el monasterio de San José, primera casa de la Reforma teresiana. En 1567 encuentra a Juan de la Cruz, que se convertirá en su colaborador y director espiritual. Hasta la víspera de su muerte funda diversos monasterios en Castilla y en Andalucía. Declarando en su lecho de muerte que era «hija de la Iglesia», entró en la gloria el 4 de octubre de 1582 en Alba de Tormes. Fue canonizada el 12 de marzo de 1623 por Gregorio XV y declarada por Pablo VI primera mujer doctora de la Iglesia el 27 de septiembre de 1970.

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 15,1-6

1 Así hace el que teme al Señor, y el que abraza la ley alcanza la sabiduría.

2 Ella le saldrá al encuentro como una madre, y lo recibirá como una esposa virgen.

3 Lo alimentará con pan de prudencia, le dará a beber agua de sabiduría.

4 Si se apoya en ella no vacilará, si se abraza a ella no quedará avergonzado;

5 ella lo exaltará sobre sus compañeros, y en medio de la asamblea lo llenará de elocuencia.

6 En ella encontrará dicha y corona de alegría, y recibirá en herencia un nombre eterno.

 

**• El Sirácida se ocupa aquí del tema de la búsqueda y conquista de la sabiduría. La actitud que se requiere para obtenerla es el temor del Señor, concebido como fe, como fidelidad a la Tora (v. 1). Ésta, mucho más que una ley, es la misma revelación de Dios a su pueblo.

A la sabiduría se le aplican las categorías matrimoniales que usan los profetas para hablar de la relación entre Dios e Israel: además de «madre», es «esposa», compañera de vida (v. 2; cf. Sab 8,2.9). No traiciona nunca y sale continuamente al encuentro de los hombres (cf. Sab 6,16), aunque, en realidad, quien la desea no debe cesar de buscarla nunca (cf. 6,27). No le defraudará en sus expectativas y en su confianza, sino que será para él alimento (v. 3) y apoyo (v. 4), le dará autoridad y supremacía (v. 5; cf. Sab 8,10-12.14ss) y le permitirá gozar siempre de sus frutos: nombre eterno (cf. Sab 8,13), contento y alegría, sentimiento importante este último para Ben Sirá, que presenta una concepción serena y optimista de la vida (v. 6; cf. 1,10; 4,12; 6,28).

 

Evangelio: Mateo 11,25-30

En aquel tiempo dijo Jesús:

25 Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has dado a conocer a los sencillos.

26 Sí, Padre, así te ha parecido bien.

27 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.

28 Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré.

29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas.

30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

 

*•• La plegaria de bendición que dirige Jesús al Padre exalta la sabiduría divina, tan diferente a la humana.

Dios, en su libertad (que coincide con el amor: v. 26), ha manifestado en Jesús el misterio de su voluntad, es decir, la comunión trinitaria en la que desea hacer participar al hombre. Esta voluntad amorosa, conocida sólo por el Hijo, ha sido revelada ahora a quien opta por escuchar sus palabras (v. 27).

Jesús bendice al Padre, que no coarta la libertad del hombre, y constata que sólo «los pequeños» -esto es, los que están abiertos a recibir el don- lo acogen, mientras que «los sabios y los prudentes» se quedan encerrados en su presunción, autoexcluyéndose del conocimiento del amor divino (v. 25).

La obra de Jesús es conforme a la del Padre (cf. Jn 5,19). De hecho (vv. 28-30), se dirige a los «fatigados y agobiados» (v. 28) por los fardos de la Ley, interpretada de una manera rígida por las autoridades judías para aplicarla a la gente (cf. Mt 23,4), y les ofrece el «alivio» de la auténtica Ley («mi yugo»: v. 29) que él proclama, que es la consumación de la antigua (cf. Mt 5,17; 7,29).

Los sentimientos de quienes ponen en práctica la Ley -que, según las Escrituras, expresa la voluntad de Dios- no serán la presunción ni el atropello, sino la humildad y la mansedumbre, a ejemplo del mismo Jesús (v. 29b).

 

MEDITATIO

Teresa de Jesús nos ha dejado el testimonio de su vida en sus escritos. En el libro de su Vida, como en una confesión hecha ante toda la Iglesia, nos hace recorrer las etapas de su existencia: una infancia precoz desde el punto de vista religioso, una juventud vivida en crisis, su recuperación vocacional a los 20 años, seguida de una experiencia de vida religiosa entre altos y bajos, hasta su «conversión» definitiva casi a los 40 años. Es el lento proceder de una historia de salvación que, desde el límite del pecado, se desarrolla en una conversión sincera y total, en una determinada determinación, en una opción total y definitiva por el Señor, que deja espacio a una experiencia mística en la que Dios obra maravillas en ella.

En efecto, Teresa es testigo del trabajo mismo que supone la transformación de la persona, del deseo de salvación, del efectivo cambio de vida, de la gracia del Espíritu que la penetra y la conduce a una intensa experiencia de las más grandes verdades del dogma cristiano; la gracia mística como iluminación interior y como experiencia de salvación y transformación: la presencia de Dios, la fuerza de la Palabra y de los sacramentos, la revelación de Cristo, el Resucitado, en su santa humanidad, la efusión del Espíritu Santo y de sus dones.

Todo ello coronado - a partir de la gracia del matrimonio espiritual, recibida en noviembre de 1572- por la experiencia de la inhabitación trinitaria, de la comunión total con Cristo esposo, destinada al servicio de la Iglesia, meta ideal de la santidad cristiana.

Todo ello en un itinerario en el que la oración interior, la divina amistad con Dios, constituye la clave de comprensión. Todo desemboca en una mística del servicio, en una vigorosa unidad de vida vivida y enseñada por la santa, en un gran amor por la Iglesia demostrado concretamente en la promoción de la santidad de vida y en el servicio a la vida contemplativa para la renovación de la Iglesia. Marta y María juntas a los pies de Cristo, el Señor, con la fuerza de la contemplación y la generosidad del servicio.

 

ORATIO

Acuérdome algunas veces de la queja de aquella santa mujer, Marta, que no sólo se quejaba de su hermana, antes tengo por cierto que su mayor sentimiento era pareciéndole no os dolíais Vos, Señor, del trabajo que ella pasaba, ni se os daba nada que ella estuviese con Vos.

Por ventura le pareció no era tanto el amor que la teníais como a su hermana; que esto le debía hacer mayor sentimiento que el servir a quien ella tenía tan gran amor, que éste hace tener por descanso el trabajo. Y parécese en no decir nada a su hermana, antes con toda su queja fue a Vos, Señor, que el amor la hizo atrever a decir que cómo no teníais cuidado. Y aun en la respuesta parece ser y proceder la demanda de lo que digo; que sólo amor es el que da valor a todas las cosas; y que sea tan grande que ninguna le estorbe a amar, es lo más necesario (Teresa de Ávila, Las exclamaciones, 5,2).

 

CONTEMPLATIO

De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima hermosura, y la tengo hoy día, porque para esto bastaba sola una vez, ¡cuánto más tantas como el Señor me hace esta merced! [...] Comenzóme mucho mayor amor y confianza de este Señor en viéndole, como con quien tenía conversación tan continua. Veía que, aunque era Dios, que era hombre, que no se espanta de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra miserable compostura, sujeta a muchas caídas por el primer pecado que Él había venido a reparar. Puedo tratar como con amigo, aunque es señor.

¡Oh Rey de gloria y Señor de todos los reyes! ¡Cómo no es vuestro reino armado de palillos, pues no tiene fin! ¡Cómo no son menester terceros para Vos! Con mirar vuestra persona, se ve luego que es sólo el que merecéis que os llamen Señor, según la majestad mostráis.

No es menester gente de acompañamiento ni de guarda para que conozcan que sois Rey. Porque acá un rey solo mal se conocerá por sí. Aunque él más quiera ser conocido por rey, no le creerán, que no tiene más que los otros; es menester que se vea por qué lo creer, y así es razón tenga estas autoridades postizas, porque si no las tuviese no le tendrían en nada. Porque no sale de sí el parecer poderoso. De otros le ha de venir la autoridad.

¡Oh Señor mío, oh Rey mío! ¡Quién supiera ahora representar la majestad que tenéis! Es imposible dejar de ver que sois gran Emperador en Vos mismo, que espanta mirar esta majestad; mas más espanta, Señor mío, mirar con ella vuestra humildad y el amor que mostráis a una como yo. En todo se puede tratar y hablar con Vos como quisiéramos, perdido el primer espanto y temor de ver vuestra majestad, con quedar mayor para no ofenderos; mas no por miedo del castigo, Señor mío, porque éste no se tiene en nada en comparación de no perderos a Vos (Teresa de Ávila, Libro de su vida, XXXVII, 4-6, passim).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita hoy esta expresión de santa Teresa: «No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho» (Castillo interior, «Cuartas moradas», 1,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El primado contemplativo no nace en Teresa de Jesús de las categorías aristotélicas o platónicas de la contemplación, sino que brota de una dimensión de apertura que tiene en ella. Es una criatura hecha para algo grande e infinito que pueda realizarla, completarla, colmaría. Esa actitud frente a Dios es fundamental en su vida; de ella brota el sentido del señorío de Dios: no sólo por una soberanía de amor al que se abandona, sino también porque el Señor la sobrepasa: él es el único dueño de toda su persona y de toda su vida. El primado de Dios en dimensión contemplativa, en una experiencia absolutamente femenina, caracteriza su actitud ante el Señor; Teresa está hecha para él. Por eso no se siente frente a Dios ni atemorizada ni incómoda, aunque sabe que es el Señor de la gloria. Trata con él con una gran libertad.

«¡Oh Creador mío», exclama Teresa, «cuando estabais en la tierra, lejos de sentir desprecio por las mujeres, hasta buscasteis favorecerlas con gran benevolencia...». Está segura de que Dios acoge y ama a las mujeres y de que Cristo les concede ampliamente ese amor. Para afirmarlo, pone el ejemplo de la Virgen María, a la que Dios eligió como Madre, el de las pecadoras a las que Jesús perdonó, el de la amistad que sentía hacia Marta y María. Éstos son los argumentos de los que se sirve para sentirse a sus anchas con el Señor (A. Ballestrero, «La donna in santa Teresa», en AA. W, Teresa d'Avila. Introduzione storico-teologica, Turín 1982, p. 63).

 

Día 16

Jueves 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 1,1-10

1 Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, al pueblo de Dios que está en Efeso y cree en Cristo Jesús.

2 A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor.

3 Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que desde lo alto del cielo nos ha bendecido por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales.

4 Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia. Llevado de su amor,

5 él nos destinó de antemano, conforme al beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo,

6 para que la gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su Hijo querido, se convierta en himno de alabanza a su gloria.

7 Con su muerte, el Hijo nos ha obtenido la redención y el perdón de los pecados, en virtud de la riqueza de gracia

8 que Dios derramó abundantemente sobre nosotros en un alarde de sabiduría e inteligencia.

9 Él nos ha dado a conocer sus planes más secretos, los que había decidido realizar en Cristo,

10 llevando la historia a su plenitud al constituir a Cristo en cabeza de todas las cosas, las del cielo y las de la tierra.

 

** La Carta a los Efesios, que nos presenta la liturgia a partir de hoy, nació probablemente como carta circular dirigida a las diferentes Iglesias de la provincia de Asia por el apóstol Pablo durante el período de su primera prisión en Roma (61-63 d. C), o bien por alguno de sus discípulos. El autor propone en ella su propia visión de la historia humana y cósmica: la historia es, inequívocamente, historia de salvación, un grandioso proyecto de amor del Padre, que, en su Hijo Jesucristo, redime a todos los hombres y vuelve a atraer hacia sí, de una manera irresistible, todo lo creado. En él obra ahora la fuerza invencible de la resurrección, que, tras haber derrotado al pecado y la muerte, engendra la nueva humanidad, la Iglesia; esta última, aprendiendo a reconciliar todas las divisiones, va creciendo progresivamente como único y armónico cuerpo cuya cabeza es Cristo.

Tras el acostumbrado saludo, prorrumpe el autor en un himno de alabanza donde bendice al Padre, que ha vuelto a colmar a los hombres con la sobreabundancia de sus bienes. El himno contempla previamente la increíble bondad de Dios, que, desde toda la eternidad, ha soñado y deseado hacer partícipes a todas sus criaturas de su misma vida divina (v. 4); contempla, a continuación, su inefable misericordia, que, sin rendirse frente

al pecado del hombre, le ha restablecido en la condición de hijo gracias a Cristo redentor, que nos ha obtenido con su sangre la remisión de los pecados (w. 5-7). Ahora bien, la redención es un misterio que se despliega a lo largo de la historia. Dios es creador y ama la multiplicidad de formas de lo creado, pero es también en sí mismo comunión de amor y ama la unidad: en Cristo va realizando esta voluntad suya de restaurar en todos los hombres la semejanza originaria con él y los va haciendo miembros de un único cuerpo -miembros con fisonomía diferente, pero profundamente unidos (v. 10)-. «Dios ha dado a Jesucristo como cabeza a todas las criaturas, a los ángeles y a los hombres. De este modo se va formando la unión perfecta, cuando todas las cosas estén bajo una cabeza y reciban de lo alto un vínculo indisoluble» (Juan Crisóstomo).

 

Evangelio: Lucas 11,47-54

En aquel tiempo, dijo el Señor:

47 ¡Ay de vosotros, que construís mausoleos a los profetas asesinados por vuestros propios antepasados!

48 De esta manera, vosotros mismos sois testigos de que estáis de acuerdo con lo que hicieron vuestros antepasados, porque ellos los asesinaron y vosotros les construís mausoleos.

49 Por eso dijo la sabiduría de Dios: «Les enviaré profetas y apóstoles; a unos los matarán, y a otros los perseguirán».

50 Pero Dios va a pedir cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas vertida desde la creación del mundo,

51 desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, a quien mataron entre el altar y el santuario. Os aseguro que se le pedirán cuentas a esta generación.

52 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia! No habéis entrado vosotros y a los que querían entrar se lo  habéis impedido.

53 Cuando Jesús salió de allí, los maestros de la Ley y los fariseos comenzaron a acosarlo terriblemente y a proponerle muchas cuestiones,

54 tendiéndole trampas con intención de sorprenderlo en alguna de sus palabras.

 

*•• Los doctores de la Ley de tiempos de Jesús no eran mejores que sus padres. Jesús, con una profunda ironía, desenmascara su falsedad. Por un lado, pone de manifiesto que su veneración por los profetas es hipócrita, porque en estos momentos muestran que no están dispuestos a escuchar las llamadas de Dios, exactamente igual que hicieron sus padres en el pasado. Del mismo modo que los profetas fueron rechazados y muertos por ser incómodos, así también es rechazado ahora Jesús, Palabra definitiva del Padre: es exactamente el mismo comportamiento. Los «sabios», que construyen mausoleos a los profetas, no por ello se convierten en seguidores de los mismos, como quieren dar a entender -y tal vez ellos mismos crean-, sino en cómplices de quienes los mataron. El Gólgota confirmará este análisis de Jesús, apoyado por la «sentencia del juicio profético (w. 49-51), que concibe la historia de Israel, incluido el período postexílico, como una historia de porfiada obstinación» (Josef Ernst), que ha producido constantemente sus víctimas, «desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías» (la primera y la última muerte relatadas en la Biblia hebrea).

A modo de inciso, notemos que la culpa evocada de nuevo permanece totalmente en el ámbito del Antiguo Testamento: da la impresión de que Lucas quiera sugerir que la misericordia del Padre no pretende pedir cuentas de la sangre de su Hijo, que también está a punto de ser derramada; en efecto, «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él» (Jn 3,17). Sin embargo, «Dios va a pedir cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas vertida desde la creación del mundo», porque «el que no cree en él ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios» (Jn 3,18).

Con el mismo vigor se lanza Jesús contra la arrogancia intelectual y religiosa de los doctores de la Ley, que, aun disponiendo de los instrumentos necesarios, no han seguido ni siquiera reconocido el camino que conduce a Dios, indicado por la Ley y por los profetas; al contrario, lo han hecho inaccesible también al pueblo, privando a los preceptos y las normas de su auténtico significado.

 

MEDITATIO

¡Qué contraste entre la conmovida contemplación del grandioso proyecto de salvación «ideado» y puesto pacientemente en práctica por la benevolencia de Dios y las violentas y dramáticas invectivas de Jesús contra los doctores de la Ley y sus padres, que opusieron siempre un firme rechazo a las llamadas divinas. La Iglesia, sometiendo a confrontación estas «obstinaciones», nos lanza por lo menos una doble llamada.

El plan de la salvación es maravilloso: contemplémoslo; con ello obtendremos un profundísimo consuelo y alegría, que serán nuestra fuerza para los inevitables momentos de dificultad y para los tiempos -a menudo largos- de crecimiento y maduración, que con facilidad someten a una dura prueba nuestra perseverancia, aunque son necesarios para que se realice en nosotros el plan de Dios; ahora bien, también hemos de estar vigilantes, porque muchos a quienes Dios lo confió antes que a nosotros, en vez de colaborar, le opusieron resistencia y perdieron de vista la meta. ¡Que no nos suceda lo mismo a los que escuchamos esta palabra!

La segunda llamada es: No somos responsables sólo de nosotros mismos. Dios nos ha revelado a los cristianos el misterio de su voluntad, a saber: que todos los hombres se salven en Cristo, para que nosotros manifestemos este misterio y todos puedan entrar en él. Eso significa, por una parte, vigilar para no escandalizar con nuestros comportamientos y respetar a los que son diferentes, sin pretender imponer nuestra fe o nuestras formas culturales, a fin de convertirnos para los otros en lugar de encuentro con Cristo, y, por otra, significa también no escondernos, sino tener el valor de mostrarnos y actuar claramente como cristianos, a fin de llegar a ser vehículos de su amor.

 

ORATIO

Bendito seas, Dios, que, en tu Hijo amado, nos has dado «la redención por medio de su sangre» y nos invitas a contemplar en ella tu gran amor de Padre. Nuestro corazón debería estar repleto de gratitud, pero no somos demasiado capaces de darte las gracias, sobre todo por un acontecimiento que parece tan alejado de nosotros y de nuestra vida. Tal vez nos sintamos también algo incómodos: ¿qué podemos darte nosotros a cambio?

Nuestro amor es débil: tenemos miedo hasta del menor sufrimiento, tenemos deseos de amarte, pero eso no basta. Sólo tenemos para ofrecerte nuestros pecados: acéptalos y ejerce sobre ellos tu misericordia.

 

CONTEMPLATIO

Dios ha sabido desde toda la eternidad que podía crear una cantidad sin número de seres a los que hubiera podido comunicarse a sí mismo; y considerando que entre todos los modos de comunicarse a sí mismo no había ninguno tan grande como el unirse a una naturaleza creada, de tal modo que la criatura fuera asumida e insertada en la divinidad para constituir con ella una sola persona, su infinita bondad, que en sí misma y por sí misma está inclinada a la comunicación, decidió actuar de este modo. Ahora bien, entre todas las criaturas que la suma omnipotencia podía producir, eligió a la humanidad, que por eso fue unida a la persona de Dios Hijo y a la que destinó el honor incomparable de la unión personal a su divina Majestad, a fin de que gozara para la eternidad, de un modo especial, de los tesoros de su gloria infinita. La suma providencia dispuso, a continuación, no limitar su bondad sólo a la persona de su amadísimo Hijo, sino dilatarla por medio de él a otras muchas criaturas para que le adoraran y alabaran toda la eternidad (Francisco de Sales, Teotimo, ossia Trattato dell'amor di Dios, I, 2 [edición española: Tratado del amor de Dios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El amor del Señor abarca el universo» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Qué significa «antes de la creación del mundo»? Significa que todavía no había nada: no existía el cielo, no existía la tierra y tampoco existía yo. Pero existía él, que pensaba ya en mí y me envolvía con su amor. Pensó en mí desde siempre y me amó desde siempre: el amor de Dios por mí es eterno. Es un pensamiento que da vértigo. No había todavía nada, pero existía ya, en el origen primigenio de las cosas, una ternura infinita que me envolvía: ahora se complace en mí, porque al verme ve a su Hijo y dice: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1,11). Al principio no había nada y él amó esta nada. Es esta nada la que fundamenta la gratuidad de su amor. El Señor me amó por nada, sin porqué. Lo ha dicho de una manera estupenda santo Tomás: «La raíz última del amor de Dios está en su gratuidad». Me ama por nada. Esto va unido a otro principio enunciado también por santo Tomás: «No me ama porque yo sea bueno, sino que me hace bueno al amarme». Es ésta una certeza que da a nuestro corazón una gran paz y una gran fuerza.

Si Dios me amara por algo, siempre podría pensar que, si este algo dejara de existir, dejaría de amarme. Sin embargo, los cielos y la tierra pueden hundirse, pero no así el amor de Dios, nunca. Es un amor que no se rinde nunca, ya que está fundado sobre la nada. El amor de Dios no supone nada en mí y me transforma. La santidad depende por completo del creer que somos amados de este modo y de nuestro abandono a este amor.

Yo soy una pobre y frágil criatura, soy nada, pero sobre esta nada se posa la mirada de Dios, se posa su amor. Y la nada florece ante él porque su amor realiza en mí maravillas. Es un amor omnipotente, que se derrama sobre el abismo de mi miseria y realiza grandes cosas (M. Magrassi, Amare con il cuore di Dios, Cinisello B. 1983)

 

Día 17

San Ignacio de Antioquía (17 de octubre)

 

En los albores del siglo II fue llevado el obispo Ignacio de Antioquía a Roma para ser devorado por las fieras. Fruto de este viaje hacia el martirio son las célebres siete cartas que el mártir apenas tuvo tiempo de redactar. Son cartas escritas con sangre, verdaderos trozos de existencia, que contienen el grito ardiente de un místico que anhela el martirio. A nadie se le escapa la importancia única de este impresionante diario del alma. Aunque recientemente algunas voces aisladas han intentado mellar su autenticidad, la inmensa mayoría de los estudiosos la han reafirmado con argumentos válidos. Las siete cartas de Ignacio nos han conservado, mejor que cualquier historiador, los rasgos vivos y luminosos de una de las personalidades más sobresalientes y vigorosas del cristianismo primitivo.

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 1,11-14

Hermanos:

11 En ese mismo Cristo también nosotros hemos sido elegidos y destinados de antemano, según el designio de quien todo lo hace conforme al deseo de su voluntad.

12 Así nosotros, los que tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, seremos un himno de alabanza a su gloria.

13 Y vosotros también, los que acogisteis la Palabra de la verdad, que es la Buena Noticia que os salva, al creer en Cristo habéis sido sellados por él con el Espíritu Santo prometido,

14 prenda de nuestra herencia, para la redención del pueblo de Dios y para ser un himno de alabanza a su gloria.

 

**• Estos versículos son la parte conclusiva del magno himno al plan de la salvación llevado a cabo por Dios mediante la sangre de Jesucristo (cf. Ef 1,1-10). El autor presenta aquí un concepto clave: el de predestinación («destinados de antemano»), que ha generado controversias dramáticas en la historia de la Iglesia.

Tal vez sea menos ambiguo el término si lo explicamos a partir del concepto «herencia». Estamos predestinados a la salvación en el sentido de que Dios nos ha redimido en Jesucristo, sin mérito alguno por nuestra parte, haciéndonos así herederos de su misma vida. En consecuencia, todos estamos salvados; ahora bien, puesto que somos libres, podemos rechazar esta herencia y sustraernos con ello a la salvación que se nos ha dado gratuitamente. Predestinados no significa, por tanto, necesariamente salvados. «Dios, que nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros» (Agustín de Hipona).

Sin embargo, la eficacia de la voluntad salvífica de Dios se manifiesta de todos modos con claridad cada vez que la fe está dispuesta a acogerla. Así, tanto judíos («nosotros, los que tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo»: v. 12) como paganos («vosotros también»: v. 13a), por haber escuchado «la Palabra de la verdad» (v. 13) y haber creído en el Evangelio, se han convertido en herederos, recibiendo, sin distinción, a través del bautismo, el anticipo de los bienes futuros: el Espíritu Santo, que hace posible ya en esta tierra la vida que viviremos en plenitud sólo después de la muerte. El himno concluye después con otro término-clave: la «gloria» de Dios, que tiene un significado muy preciso en la Biblia.

Se trata de la manifestación de su presencia y de lo que él es. Los cristianos están llamados a ser «un himno de alabanza a su gloria» (v. 14c), o sea, a dejar aparecer, a través de la santidad de su vida, la belleza de Dios: «Mi Padre recibe gloria cuando producís fruto en abundancia» (Jn 15,8a).

 

Evangelio: Lucas 12,1-7

En aquel tiempo,

1 la gente se aglomeraba por millares, hasta pisarse unos a otros. Entonces Jesús, dirigiéndose principalmente a sus discípulos, les dijo:

-Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.

2 Pues nada hay oculto que no haya de manifestarse, nada secreto que no haya de saberse.

3 Por eso, todo lo que digáis en la oscuridad será oído a la luz, y lo que habléis al oído en una habitación será proclamado desde las azoteas.

4 A vosotros, amigos míos, os digo esto: No temáis a los que matan el cuerpo y no pueden hacer nada más.

5 Yo os diré a quién debéis temer: Temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al fuego eterno. A ése es a quien debéis temer.

6 ¿No se venden cinco pájaros por muy poco dinero? Y, sin embargo, Dios no se olvida ni de uno solo de ellos.

7 Más aún, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis: vosotros valéis más que todos los pájaros.

 

*•• El fragmento de hoy une, por comunidad temática, algunas sentencias que tienen un origen autónomo y pertenecen al género mashal, esto es, pequeñas parábolas que toman su significado del contexto en el que han sido insertadas. Los «ayes» dirigidos por Jesús a los fariseos y a los doctores de la Ley al final del capítulo 11 representan la ocasión para invitar a los discípulos a guardarse de la hipocresía farisea.

La intención de esta advertencia no es sólo de naturaleza moral. Lucas dirige su evangelio a comunidades que están viendo terminar el tiempo apostólico sin que se haya producido la parusía (la venida final de Jesús para instaurar el Reino de Dios) y que se ven amenazadas por las persecuciones y por la difusión de falsas doctrinas. En consecuencia, se plantea el problema de la perseverancia y de la fidelidad. Lucas hace frente a este problema pidiendo a los cristianos una actitud de autenticidad y claridad (w. 2ss) y ofreciéndoles una palabra de consuelo que se convierte en invitación a la confianza en Dios (w. 4-7).

Alienta a los cristianos a que no obren como los fariseos, cuyas palabras no corresponden a lo que tienen en el corazón y en la mente. Los cristianos deben, más bien, profesar abiertamente y sin temor su fe, cueste lo que cueste, porque, de todos modos, «nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de saberse y ponerse al descubierto» (8,17). Cuando vuelva el Hijo del hombre, quedarán desenmascaradas las astucias y las mentiras y se revelarán vanas: serán causa de condena, antes que de salvación.

El riesgo real, el que corren los cristianos tentados de esconderse o incluso de renegar del Señor Jesucristo por miedo a las persecuciones, no es perder la vida corporal, sino perder la vida verdadera, que es eterna y depende del juicio de Dios. Como ya había recordado Lucas a los discípulos, al presentar las condiciones para seguir a Jesús, «el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí [por Jesús], ése la salvará» (9,24). Por otra parte, ¿cómo no abandonarse confiadamente a este Dios que se preocupa con amor hasta de sus criaturas más insignificantes (w. 6ss)?

 

MEDITATIO

Algunos pensamientos de san Ignacio, a punto de padecer el martirio, pueden ayudamos:

- «¡Bello es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, trasponga en Dios, a fin de que en él yo amanezca!» (A los romanos, 2, 2).

- «Dejadme que sea entregado a las fieras, puesto que por ellas puedo llegar a Dios. Soy el trigo de Dios, y soy molido por las dentelladas de las fieras, para que pueda ser hallado pan puro. Antes, atraed a las fieras, para que puedan ser mi sepulcro, y que no deje parte alguna de mi cuerpo detrás, y así, cuando pase a dormir, no seré una carga para nadie. Entonces seré un verdadero discípulo de Jesucristo (A los romanos, 4, 1).

- «Ahora empiezo a ser discípulo» (A los romanos, 5,3).

- «De nada me aprovecharán los confines del mundo ni los reinos todos de este siglo. Para mí, mejor es morir en Jesucristo que ser rey de los términos de la tierra. A Aquel quiero que murió por nosotros. A Aquel quiero que por nosotros resucitó. Y mi parto es ya inminente. Perdonadme, hermanos: no me impidáis vivir; no os empeñéis en que yo muera; no entreguéis al mundo a quien no anhela sino ser de Dios: no me tratéis de engañar con lo terreno. Dejadme contemplar la luz pura. Llegado allí, seré de verdad hombre. Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios. Si alguno lo tiene dentro de sí, que comprenda lo que yo quiero, y si sabe lo que a mí me apremia, que haya lástima de mí» (A los romanos, 6,1-3).

 

ORATIO

Algunas oraciones breves salidas del corazón de san Ignacio:

- «Orad incesantemente por todos los hombres» (A los efesios, 10, 1).

- «Permaneced en la concordia y en la oración recíproca» (A los tralianos, 12, 2).

- «Acordaos de la Iglesia en vuestra oración» (A los tralianos, 13, 1).

- «Orad para que yo sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho» (A los romanos, 3, 2).

- «Había en mí un agua viva y me dice por dentro: "Ven al Padre"» (A los romanos, 7, 3).

- «Mientras tengamos tiempo, convirtámonos a Dios» (A los esmirniotas, 9, 1),

- «Ruego para que se me dé la gracia perfecta de Dios, a fin de que c o n vuestra oración pueda alcanzar yo a Dios» (A los esmirniotas, 11, 1).

 

CONTEMPLATIO

Algunas elevaciones originales del santo mártir: «Vosotros sois piedras del templo del Padre, preparados para la construcción de Dios Padre, elevados hasta lo alto por la palanca de Jesucristo, que es la cruz, sirviendo como soga el Espíritu Santo; vuestra fe os tira hacia lo alto y la caridad es el camino que os eleva hacia Dios» (A los efesios, 9, 1).

«Aquel que posee en verdad la Palabra de Jesús puede entender también su silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar por su palabra y hacerse conocido por su silencio» (A los efesios, 15, 2).

«Si el Señor ha recibido una unción sobre su cabeza, es a fin de exhalar para su Iglesia un perfume de incorruptibilidad» (A los efesios, 17, 1).

«Rompiendo un mismo pan que es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir y alimento para vivir en Jesucristo por siempre» (A los efesios, 20, 2).

«Dejaos salar en Él, a fin de que nadie se corrompa entre vosotros, pues por vuestro olor seréis convictos» (A los magnesios, 10, 2).

«Por tu parte, mantente firme, como un yunque golpeado por el martillo. De grande atleta es ser desollado y, sin embargo, vencer» (A Policarpo, 3, 1).

 

ACTIO

Repite durante el día y vive la invitación de san Ignacio: «Ama la unidad, huye de las divisiones, sé imitador de Jesucristo» (A los filadelfios, 7, 2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Estas eran, y muchas más sobre éstas, las enseñanzas que Ignacio, de camino, daba con sus obras, bien así como un sol que se levanta de Oriente y corre a Poniente. Y aún puede ser tenido Ignacio por más brillante que el mismo sol, porque éste corría desde lo alto trayendo luz sensible, pero Ignacio brillaba desde abajo, infundiendo en las almas luz inteligible. Aquél, por otra parte, en llegando a las partes de Occidente, se esconde y nos trae al punto la noche; mas éste, llegado que hubo a las partes de Occidente, se levantó de allí más esplendoroso después de haber hecho los mayores beneficios a cuantos antes hallara en su camino. Y apenas entró en la ciudad de Roma, también a ésta enseñó una divina filosofía. Porque tal fue el fin por el que permitió Dios que allí terminara Ignacio su vida, a saber: para que su muerte fuera una escuela de religión para todos los que moraban en Roma (Juan Crisóstomo, «Panegírico en honor de san Ignacio», en Padres apostólicos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 21968, p. 626).

 

Día 18

San Lucas (18 de octubre)

 

        De las cartas de Pablo se desprende que Lucas fue médico (Col 4,14) se desprende asimismo que Pablo le quería mucho, dado que le facilitó la actividad apostólica en calidad de colaborador suyo (Flm 24). También las llamadas «secciones-nosotros» de los Hechos de los apóstoles -ésas en las que Lucas emplea el pronombre de la primera persona del plural, con lo que deja entrever su presencia junto a Pablo en el ejercicio de su apostolado- dicen que Lucas es uno de los responsables de la acción misionera de los primeros tiempos cristianos.

Como es bien conocido, Lucas es el único de los evangelistas que sintió la necesidad de escribir, además de un evangelio, también los Hechos de los apóstoles, en una obra unitaria que deja aparecer la concepción teológica de la historia propia de Lucas: una historia que une, íntimamente, a Jesús con la Iglesia, y a la Iglesia con Jesús. Es patrono de los médicos (junto con San Cosme y San Damián) y también de los pintores porque, aparte la leyenda según la cual habría pintado la imagen o icono de María, es el evangelista que mejor ha trazado la fisonomía de la Virgen. El evangelio de Lucas es el evangelio del rostro misericordioso del Padre, el de Jesús amigo de los pecadores, el de la preferencia de Dios por los pobres, el de la comunión y el universalismo cristiano

LECTIO

Primera lectura: 2 Timoteo 4,10-17

Querido hermano:

10 Dimas me ha abandonado por amor a las cosas de este mundo y se ha ido a Tesalónica; Crescente se ha ido a Galacia; Tito, a Dalmacia.

11 Solamente Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráetelo contigo, pues me es muy útil para el ministerio.

12 A Tíquico lo he mandado a Éfeso.

13 Cuando vengas, tráeme la capa que me dejé en Tróade, en casa de Carpo, y también los libros, sobre todo los pergaminos.

14 Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho mal. El Señor le pagará según su conducta.

15 Ten cuidado con él, pues se ha opuesto tenazmente a nuestra predicación.

16 En mi primera defensa nadie me asistió; todos me abandonaron. ¡Que Dios los perdone!

17 El Señor me asistió y me confortó, para que el mensaje fuera plenamente anunciado por mí y lo escucharan todos los paganos. Fui librado de la boca del león.

 

*•• Este fragmento nos presenta a Lucas junto a Pablo. Otros han abandonado al apóstol por cansancio o por miedo; Lucas, sin embargo, no, y esto infunde un gran consuelo en el corazón de Pablo. Con todo, el verdadero consuelo del apóstol no es tanto la presencia de una persona como, sobre todo, la de su Señor, que le renueva en el corazón su intrépido coraje en la predicación del Evangelio a los paganos, manteniéndole fiel a su vocación originaria.

Aunque consolado por la presencia de Lucas, Pablo no puede dejar de recordar el abandono en el que se encuentra, justo en el momento en que ha sido arrastrado al tribunal y ha tenido que preparar solo su defensa. A este respecto, contamos con numerosas y preciosas noticias en los últimos capítulos de los Hechos de los apóstoles, donde, cinco veces en cinco ocasiones diferentes (cf. Hch 22-26), tuvo que defender Pablo no a sí mismo, sino a Jesús y la fe que había abrazado, con intrépido valor, con un genial espíritu polémico, con una sorprendente capacidad apologética.

De este modo y con este estilo, Pablo tiene la alegría de poder afirmar que, por medio de él, se ha llevado a cabo la proclamación del Evangelio en beneficio sobre todo de los paganos. Lo que le había sido planteado en Damasco se cumple ahora felizmente. Lo que le había sido confiado en Damasco -la misión entre los paganos llega ahora a su cumplimiento.

 

Evangelio: Lucas 10,1-9

En aquel tiempo,

1 el Señor designó a otros setenta [y dos] y los envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar.

2 Y les dio estas instrucciones: -La mies es abundante, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

3 ¡En marcha! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos.

4 No llevéis bolsa, ni alforjas ni sandalias, ni saludéis a nadie por el camino.

5 Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa.

6 Si hay allí gente de paz, vuestra paz recaerá sobre ellos; si no, se volverá a vosotros.

7 Quedaos en esa casa y comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa.

8 Si al entrar en un pueblo os reciben bien, comed lo que os pongan.

9 Curad a los enfermos que haya en él y decidles: Está llegando a vosotros el Reino de Dios.

 

*» Después de haber enviado en misión a los Doce (Le 9,lss), Jesús envía a los setenta [y dos] discípulos a una misión que Lucas -y sólo él- nos ha hecho conocer.

Es el mismo evangelista que, también en el desarrollo del relato de los Hechos de los apóstoles, encontrará la manera de transmitir recuerdos relativos no sólo a la misión de Pedro y de Pablo, sino también de Esteban, de Felipe y de otros discípulos del Señor.

Jesús envía a sus discípulos después de haberles recomendado que rueguen al dueño de la mies que envíe obreros a la misma (v. 2). De ahí que la oración no haya de ser entendida sólo como un apoyo a la misión, sino que es también y sobre todo parte integrante de la misma misión. Para un auténtico apóstol, la oración significa ya estar en misión, y la misión tiene su comienzo en la oración.

Al enviar a sus discípulos en misión, Jesús les señala una metodología muy concreta: la imagen de los «corderos en medio de lobos» (v. 3) no deja lugar a ningún equívoco. Del mismo modo que Jesús, pastor, se hizo cordero por amor a nosotros, también todo verdadero pastor de la comunidad debe estar dispuesto a hacerse cordero, dispuesto para el sacrificio, ofrecido por amor.

El mensaje esencial que el mismo Jesús pone en boca de sus discípulos suena así por tanto: «decidles: Está llegando a vosotros el Reino de Dios» (v. 9). Conocemos bien la gran densidad del significado de la expresión «Reino de Dios»: indica, en primer lugar, que los tiempos en los que resuena el alegre mensaje son escatológicos, es decir, están llenos de Dios y revelan la presencia del Dios que salva. Esta expresión señala sobre todo la presencia de Jesús en el mundo, porque a través de su persona y de su enseñanza es como Dios se hace presente en medio de nosotros con su voluntad salvífica universal.

 

MEDITATIO

Una mirada de conjunto a la obra lucana (evangelio y Hechos de los apóstoles) nos pone al tanto de algunas características fundamentales del tercer evangelista, sobre las que interesa centrar nuestra meditación.

Dante caracteriza a Lucas como «el escriba de la mansedumbre de Cristo». En efecto, toda su obra converge en torno a este mensaje, que puede ser considerado como el «Evangelio dentro de su evangelio». Ésa es la Buena Noticia, la única verdadera y la única buena, y Lucas siente el deber de transmitirla a toda la humanidad, y al servicio de la misma pone toda su minuciosidad de historiador, su arte literario, su fe de discípulo.

Pero Lucas se nos presenta también como el teólogo de la dimensión misionera: así como Jesús puede ser definido como el misionero del Padre (véase su evangelio), así la Iglesia es también esencialmente misionera, porque participa de la dimensión misionera de Jesús (véanse los Hechos de los apóstoles). El carácter unitario de la obra lucana puede deducirse asimismo de esta plena correspondencia entre la misión de Jesús y la misión de la Iglesia. Desde esta perspectiva, toda opción y toda actividad misionera debe ser concebida por nosotros como signo sacramental de la misión que Jesús recibió del Padre.

Por último, la presencia de Lucas al lado de Pablo nos lleva de nuevo a la necesidad de que todo verdadero cristiano sea no sólo receptor del consuelo que se desprende del Evangelio, sino también portador de ese don de la consolación que es fruto del Espíritu Santo, el consolador divino.

 

ORATIO

[...] Desde antiguo ardo en deseos de meditar tu ley y «confesarte en ella mi ciencia y mi impericia, las primicias de tu iluminación y las reliquias de mis tinieblas», hasta que la flaqueza sea devorada por la fortaleza. [...]

Tus Escrituras sean mis castas delicias: ni yo me engañe en ellas ni con ellas engañe a otros. Atiende, Señor, y ten compasión; Señor, Dios mío, luz de los ciegos y fortaleza de los débiles y luego luz de los que ven y fortaleza de los fuertes, atiende a mi alma, que clama desde lo profundo, y óyela. Porque si no estuvieren aún en lo profundo de tus oídos, ¿adonde iríamos, adonde clamaríamos? [...]

[...] Dame espacio para meditar en los entresijos de tu ley y no quieras cerrarla contra los que pulsan, pues no en vano quisiste que se escribiesen los oscuros secretos de tantas páginas. ¿O es que estos bosques no tienen sus ciervos, que en ellos se alberguen, y recojan, y paseen, y pasten, y descansen, y rumien? ¡Oh Señor!, perfeccióname y revélamelos. Ved que tu voz es mi gozo; tu voz sobre toda afluencia de deleites. Dame lo que amo, por que ya amo, y esto es don tuyo. No abandones tus dones ni desprecies a tu hierba sedienta (Agustín de Hipona, Confesiones, XI, 2,2ss).

 

CONTEMPLATIO

«Desde nuestra Patria, y para invitarnos al retorno, se nos han enviado cartas que cada día se leen a la gente» El núcleo de todo lo que debemos comprender es esto: la plenitud y el fin de la Ley y de todas las divinas Escrituras es el amor. Por consiguiente, si alguien cree haber comprendido las divinas Escrituras o cualquier parte de las mismas y mediante esa comprensión no consigue levantar el edificio de la doble caridad, a Dios y al prójimo, es que todavía no las ha comprendido (Agustín de Hipona, De doctrina christiana, I, 36.40).

 

ACTIO

        Repite y medita durante el día esta Palabra: «Señor, quédate con nosotros, porque cae la tarde» (Lc 24,29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En la Iglesia de Lucas se hablaba de Jesús no sólo al hilo de los relatos históricos, sino que también se le anunciaba con la finalidad de que su recuerdo suscitara en los oyentes la fe en él. Para responder a cada una de estas finalidades -la memoria histórica y el anuncio ordenado a la fe-, Lucas compuso un evangelio en el que figurar la parte de historia que sirve para conectar fe con el acontecimiento-Cristo y la parte de teología que capta en la historia el mensaje que suscita la fe.

A pesar de ciertas alusiones a la historia (1,5; 2,1 ss; 3,lss), Lucas no es propiamente un historiador; tampoco puede decirse que sea propiamente un teólogo. Lucas es más bien un «hombre de Iglesia» que, al final de los tiempos apostólicos, pretende asegurar a la Iglesia «la solidez» (1,4) de la tradición evangélica, que él recibe y al mismo tiempo transmite. Lucas es un recolector de recuerdos evangélicos; también es ordenador de los mismos, a fin de que éstos asuman todo su propio valor: el de ser fuentes v fundadores de la fe de la Iglesia. En un tiempo en el que, por la evaporación en las brumas del tiempo de las raíces de las tradiciones originarias presentes en las Iglesias judeocristianas y etnicocristianas, la realidad físico-histórica de Jesús empezaba a ser objeto de discusión por ciertas teologías ambiguas configuradas en la primera carta de Juan (4,1-6) y que conducirán, a comienzos del siglo II, al docetismo -cuyos defensores están marcados a fuego por san Ignacio de Antioquía (siglos l-ll) como «sepultureros» de Cristo (A los esmirniotas, 5,2)-, y cuando la realidad mistérica de Jesús empezaba a ser diluida por las especulaciones judeo-helenísticas-cristianas vigorosamente combatidas por las cartas a los Colosenses (2,8-23) y a los Efesios (3,4-12), Lucas fijó el carácter real de Jesús componiendo un evangelio que salía garante de la realidad histórica de la verdad teológica de Jesús para todas las Iglesias.

La intención que guiaba a Lucas en la redacción de sus escritos era dar consistencia al pasado de Jesús en el presente de la Iglesia. Para conseguirlo Lucas estableció una serie de conexiones en las que intervienen de manera sinérgica la historia, la fidelidad a la tradición, la experiencia de fe, el anuncio de Jesús llevado a cabo mediante la Palabra y su puesta por escrito (Mario Masini).

 

 

Día 19

29º domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 45,1.4-6

4 Así dice el Señor a Ciro, su ungido: Te he tomado de la mano para someter ante ti las naciones y destronar a los reyes; para hacer que las ciudades se te rindan sin que nadie pueda cerrarte sus puertas,

5 Por causa de Jacob, mi siervo, y por amor a Israel, mi elegido, te llamé por tu nombre, te dí un título, aunque no me conocías.

6 Yo soy el Señor y no hay otro; no hay dios fuera de mí. Te he dado autoridad, aunque no me conoces,

7 para que sepan de oriente a occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor; y no hay otro.

 

» De las palabras del profeta, activo durante el destierro babilónico y conocido como el <<Segundo Isaías», se deduce el vigoroso plan de YHWH, el Señor de la historia. Para cumplir su proyecto utiliza todos los medios, incluso los más impensables e ilógicos que pudiera imaginar nadie. Así, Ciro, un rey pagano y persa, sin saberlo, es elegido por YHWH como instrumento de su plan de liberación en favor del pueblo de Israel (cf v. 4). La investidura real de Ciro es un acontecimiento querido por Dios. Si algo se opusiese, será neutralizado por la voluntad divina (así que nadie puede cerrarte sus puertas»). El Señor ha decidido que el pueblo de Israel recobre la libertad, Jerusalén sea reconstruida y el templo restaurado.

En la historia del pueblo elegido, es la primera vez que Dios se dirige a un rey extranjero con un oráculo favorable y que el rey pagano es mencionado con el título de ungido, <<consagrado>>. Dios introduce a este extranjero —que ni siquiera conoce su nombre (v 5)- en la dinámica de la historia de la liberación de su pueblo. El Señor se muestra —sirviéndose de Ciro, instrumento de la nueva liberación— como el supremo árbitro de la historia y del tiempo.

El pueblo elegido aparece en medio de la historia de la salvación, pero no es el centro. Dios, Señor de la historia, actúa a través de los acontecimientos y de las personas dirigiendo su propio proyecto, Esta claro que la centralidad no la ocupa el pueblo de Israel, sino el Señor, Dios (no hay dios fuera de mí>> (v. 6), único e incomparable en su proceder como Creador y Salvador potente.

 

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 1,1-5

1 Pablo, Silvano y Timoteo a la iglesia de los tesalonicenses, que es la iglesia de Dios Padre y de Jesucristo, el Señor A vosotros, gracia y paz.

2 Damos gracias continuamente a Dios por todos vosotros y siempre os recordamos en nuestras oraciones,

3 Ante Dios, que es nuestro Padre, hacemos sin cesar memoria de la actividad de vuestra fe, del esfuerzo de vuestro amor y de la firme esperanza que habéis puesto en nuestro Señor Jesucristo.

4 Conocemos bien, hermanos amados de Dios, como se realizó vuestra elección.

5 Porque el Evangelio que os anunciamos No se redujo a meras palabras,  sino que estuvo acompañado de la fuerza y plenitud del Espíritu Santo.

 

¤• Son los primeros renglones escritos de la primera página del Nuevo Testamento. Pablo se dirige a los ciudadanos de Tesalónica convertidos del paganismo y los define, sin ninguna dificultad, con el término iglesia, es decir, <<asamblea» (v. 1), igual que la comunidad cristiana de Jerusalén. Forman una comunidad de salvados por el Padre y Jesús, destinatarios del mismo gesto de predilección y elección; pertenecen al pueblo de la llamada de Dios a la salvación y viven la experiencia originaria de iglesia participando de la nueva vida de Cristo resucitado, el Señor, y de Dios Padre, el Dios de los cristianos. Toda la carta esta escrita bajo la Señal del agradecimiento, gratitud a Dios —el origen de la llamada a la fe de los tesalonicenses (vv. 3ss)— y gratitud a los tesalonicenses, que han perseverado en el Evangelio recibido y viven- en las tres virtudes teologales especificas de la vida cristiana: fe, esperanza y caridad (v 3). Son amados por Dios, y de este amor procede su empeño en la fe, que no se reduce a una mera actitud contemplativa, sino que esta acompañada de caridad eficiente, de la cual se desprende una firme esperanza que no es fuga del presente, sino ánimo para soportar las tribulaciones.

El estilo de vida de los tesalonicenses es el fruto preciado del Evangelio que, como fuerza del Espíritu, alcanza el corazón del hombre y lo transforma. Se entiende por qué Pablo agradece que su evangelio no haya sido en vano, no se haya reducido a simple ruido, a meras palabras, sino Palabra de Dios que los tesalonicenses han acogido como tal, <<escuchándola». El evangelio, acogido como Palabra de Dios, <<estuvo acompañado de la fuerza y la plenitud del Espíritu» (cf v 5), capaz de transformar la voluntad y los deseos de las personas y suscitar la plena convicción de vivir una auténtica vida cristiana y dar un testimonio eficaz.

 

Evangelio: Mateo 22, 15-21

15 Entonces los fariseos se pusieron de acuerdo para buscar algún motivo de acusación en sus palabras,

16 y le enviaron discípulos suyos con los partidarios de Herodes a decirle:

—Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas con verdad el camino de Dios y que no te dejas influir por nadie, pues no miras las apariencias de las personas.

17 Dinos, pues, tu parecer: ¿estamos obligados a pagar tributo al Cesar o no?

18 Jesús se dio cuenta de su mala intención y les dijo:

—¿Por qué me ponéis a prueba, hipócritas?

19 Mostradme la moneda del tributo.

Ellos le presentaron un denario,

20 y él les preguntó

—¿De quién es esta imagen y la inscripción?

21 Le respondieron:

-Del César

Jesús les replicó:

-Pues dad al César lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios.

 

·» Fe y Política. A lo largo de la historia del cristianismo, las distintas respuestas a la cuestión de la relación de los dos temas abarcan un amplio abanico de posibilidades. La importancia del problema lleva a Mateo a recoger el episodio del tributo al César que se coloca dentro de las controversias de Jesús con los representantes de los diferentes grupos religiosos y políticos del judaísmo de la época (cf Mt 21,23-22,40).

Jesús no rehúye la trampa tramada por los fariseos y los herodianos (¡insólita asociación!) ofreciendo una improbable respuesta que satisfaga a unos, sin inquietar a los otros. Sabe perfectamente que los integristas judíos niegan a los romanos el derecho de cobrar impuestos y que los herodianos, colaboracionistas del régimen imperial, no pueden oponerse al pago del tributum capitis. Jesús sitúa el planteamiento a un nivel mas profundo: Dios y el hombre, el problema de la relación humana con Dios. Pide que le muestren la moneda del tributo —un denario, acuñado con la efigie del emperador- y le digan de quién es la imagen y la inscripción grabada (vv. 19ss). Clarísimamente invierte la situación y hace zozobrar las expectativas de sus interlocutores (M 21). Desbaratada la mala intención del increíble consorcio y desplaza la respuesta del plano ideológico al práctico, poniendo en el primerísimo puesto la decisión religiosa de la relación con Dios: sin tal opción, la solución de la interrelación de fe y poder resulta ambigua.

La célebre respuesta de Jesús (<<Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», m 21) recuerda la necesidad de distinguir los dos planos y denuncia cualquier tipo de mezcolanza teocrática, ya sea por divinización (culto al emperador) o por injerencia del dominio religioso en el ámbito político. La reacción de quienes buscaban algún motivo de acusación en sus palabras (<<Al oír esto, se quedaron asombrados, lo dejaron y se fueron», v 22) refleja confusión y perplejidad; han fallado en el intento de encontrar un pretexto para encarcelar a Jesús. Sin embargo, si quieren escuchan han encontrado un mensaje: anteponer a cualquier táctica política la búsqueda de la voluntad de Dios y someterse sinceramente a ella.

 

MEDITATIO

La primera lectura nos recuerda que, a pesar de todas las apariencias, las autoridades de este mundo reciben el poder de Dios, que es el Señor de la historia. Esto no quiere decir que se trate de un poder absoluto, de derecho divino y, por lo tanto, inopinable, sino todo lo contrario: quiere decir que todo poder esta llamado, siempre y en todo momento, a responder ante Dios de la veracidad y justicia de su propio ejercicio. Este es el reclamo de la celebre sentencia evangélica sobre el tributo debido al Cesar y la entrega completa a Dios.

Inspirarse en la Palabra de Jesús para tratar la problemática del poder y la responsabilidad del cristiano en el mundo significa distinguir dos planos distintos, el de Dios y el de los hombres, y saberlos interrelacionar Significa separar la cuestión del poder terreno —legítimo e ilegítimo— de las exigencias de la voluntad de Dios. El evangelio nos recuerda que no solo se debe responder de las decisiones públicas ante los hombres, sino que todos son responsables de sus decisiones, públicas y privadas, ante Dios.

Como el poder del Cesar alcanza exactamente hasta donde llegan las monedas con su efigie, Así el poder de Dios llega hasta donde alcanza su imagen. Y puesto que el hombre es la criatura modelada por Dios a imagen y semejanza (Gn 1,26), se sigue que, en cuanto <<imagen» de Dios, pertenecemos plenamente a Dios, que cualquier dimensión de nuestra vida se refiere a él, incluida la política. Esto no nos mengua, sino mas bien nos ayuda a liberamos de espejismos ante el poder y de colisiones frente a regimenes económicos, políticos y militares que impidan a la humanidad realizar con libertad y justicia su vocación de ser imagen de Dios. Distinguir los dos planos, indicados claramente por Jesús también nos pone en guardia frente a las recurrentes tentaciones integristas que anidan solapadamente bajo formas de <<fundamentalismo cristiano».

 

ORATIO

Señor, tu eres el Rey de la historia y todo lo que haces es para bien de los que te aman: incluso en las pruebas más difíciles. Te pedimos que con la ayuda del Espíritu veamos con la luz de la fe los complejos acontecimientos de la historia y contemplemos la mano amorosa que dirige el maravilloso proyecto de salvación de tu pueblo y de toda la humanidad. Te damos gracias porque nos llamas a colaborar en tus designios y nos pides que asumamos responsabilidades civiles y políticas. La Palabra de tu Hijo es esclarecedora: nos enseña a tomar conciencia de que el poder humano no puede ser ni <<demonizado» ni divinizado, sino que en él se debe manifestar la orientación de nuestra libertad.

Te damos gracias por crearnos a tu imagen y descubrirnos la grandeza de la vocación cristiana. Gracias porque podemos responderte con pequeñas y grandes cosas en la vida cotidiana, en el trabajo, en la política, en el voluntariado, en los asuntos sociales y mundanos, sin evadirnos del compromiso, la fatiga, ni las pruebas del tiempo: la fidelidad y la perseverancia, Gracias porque con tu ayuda podremos vivir todo esto, dándole al Cesar lo que es del César y a ti, nuestro Dios, cuanto es tuyo: nuestras vidas.

 

CONTEMPLATIO

Y así, si les pregunta, no es que él ignore lo que pregunta, sino que quiere condenarlos por sus mismas respuestas. Les preguntó, pues, el Señor: <<¿De quién es esta imagen y esta leyenda?». Y ellos le respondieron: <<Del César>>, Y les replicó: <<Pues dad al Cesar lo que es del César. Porque aquí no se trata de dar; sino de pagar y esto se demuestra por la imagen y la leyenda de la moneda, Mas por que no pudieran echarle en cara: ¿Luego tu nos sometes a los hombres?, prosiguió: <<Y a Dios lo que es de Dios». Posible es, en efecto, cumplir lo que toca a los hombres y dar a Dios lo que a Dios le debemos. De ahí que también Pablo diga: <<Dad, pues, a cada uno lo que le corresponda: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto, y al que honor; honor» (Rom 13,7). Por lo demás, cuando se os dice; <<Dad al César lo que es del César», entended que habla e1 Señor solo de aquellas cosas que no pugnan con la religión, pues, en caso contrario, ya no seria tributo pagado al César sino al diablo (Juan Crisóstomo, <<Homilías sobre el evangelio de san Mateo», 70,2, en Obras de san Juan Crisóstomo, II, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1950, 425-420).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Yo soy el Señor; y no hay otro» (Is 45,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir pora establecer y consolidar la comunidad humana según la ley [...].

El concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, o cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el Espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que a propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que éstos se reducen meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinados obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época. Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprendían con vehemencia semejante escándalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo personalmente conminaba graves penos contra él. No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religioso por otro. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, o sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación. Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo octual, nn. 42-43, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1970, 319-322).

 

Día 20

Lunes 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 2,1-10

Hermanos:

1 En cuanto a vosotros, estabais muertos a causa de vuestros delitos y pecados.

2 Eran tiempos en que seguíais las corrientes de este mundo, sometidos al príncipe de las potestades aéreas, ese espíritu que prosigue eficazmente su obra entre los rebeldes a Dios.

3 Y entre éstos estábamos también todos nosotros, los que en otro tiempo hemos vivido bajo el dominio de nuestras apetencias desordenadas, siguiendo los dictados de la carne y de nuestra imaginación pecadora y viniendo a ser, como los demás, destinatarios naturales de la ira divina.

4 Pero Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor,

5 aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo -¡Por pura gracia habéis sido salvados!-,

6 nos resucitó y nos sentó con él en el cielo.

7 De este modo quiso mostrar a los siglos venideros la excelsa riqueza de su gracia, hecha bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

8 Por la gracia, en efecto, habéis sido salvados mediante la fe, y esto no es algo que venga de vosotros, sino que es un don de Dios;

9 no viene de las obras, para que nadie pueda presumir.

10 Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras que Dios nos señaló de antemano como norma de conducta.

 

**• Pablo ha concluido el capítulo 1 de su carta con la estupenda oración que termina con tonos descriptivos y admirados por la realidad de Cristo. Ahora, de una manera directa, se dirige a los cristianos de Efeso y les hace conscientes de haber vivido intrínsecamente en una realidad de muerte espiritual siguiendo a Satanás, llamado aquí «príncipe de las potestades aéreas» (v. 2) porque, según una creencia judía, se pensaba que esos espíritus malignos vivían en el aire, desde donde podían influir en la vida de los hombres. Inmediatamente, sin embargo, incluye Pablo entre los que seguían las corrientes de este mundo a él mismo y a todos los demás, que durante un tiempo fueron «rebeldes a Dios» por estar movidos por «nuestras apetencias desordenadas, siguiendo los dictados de la carne y de nuestra imaginación pecadora» (v. 3).

«Carne» es un término que aparece a menudo en el Nuevo Testamento, y debe ser comprendido bien. A veces significa la naturaleza humana en sus aspectos de gran fragilidad y debilidad. A veces significa las pasiones que más inclinan al hombre al mal. A veces alude a un estilo de vida completamente negativo y que conduce a la muerte espiritual. Con todo, hay que subrayar que, en el Nuevo Testamento, este término no alude nunca al «cuerpo» (o a la materia en general) como si se tratara de una realidad negativa en sí misma. Los «dictados de la carne» son, por tanto, actitudes negativas de todo el hombre, que emanan de un uso equivocado de voluntad libre. De ahí procede el hecho de que tanto los israelitas como los paganos («como los demás»: v. 3; cf. Rom 3,9) fueran «destinatarios naturales de la ira divina». No se alude a una pasión destructora en Dios, sino a su juicio de condena, dado que Dios nunca puede aprobar el mal.

En la argumentación de Pablo salta en este punto un «pero». Con él expresa el contraste entre seguir las corrientes de este mundo y la intervención de un «Dios que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor» (v. 4) y por ello nos ha trasladado de la muerte a la vida, en Cristo Jesús. Pablo subraya una vez más que todo el proceso de la salvación (ser perdonados, regenerados, tener una heredad en el cielo) tiene lugar en Cristo y por Cristo. Por la fe hemos sido salvados y vivimos como salvados, no por eventuales méritos nuestros.

Con todo, la fe no excluye las buenas obras; en efecto, Dios quiere que las realicemos, y nos da la posibilidad de hacerlas (v. 10).

 

Evangelio: Lucas 12,13-21

En aquel tiempo,

13 uno de entre la gente le dijo:

-Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia.

14 Jesús le dijo:

-Amigo, ¿quién me ha hecho juez o árbitro entre vosotros?

15 Y añadió:

-Tened mucho cuidado con toda clase de avaricia; que aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas.

16 Les dijo una parábola:

-Había un hombre rico, cuyos campos dieron una gran cosecha.

17 Entonces empezó a pensar: «¿Qué puedo hacer? Porque no tengo donde almacenar mi cosecha».

18 Y se dijo: «Ya sé lo que voy a hacer; derribaré mis graneros, construiré otros más grandes, almacenaré en ellos todas mis cosechas y mis bienes

19 y me diré: Ahora ya tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y pásalo bien».

20 Pero Dios le dijo: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién va a ser todo lo que has acaparado?».

21 Así le sucede a quien atesora para sí en lugar de hacerse rico ante Dios.

 

*•• El corazón de la perícopa está constituido por la parábola engastada entre un hecho narrativo y dos afirmaciones sapienciales: la primera al principio y la otra al final. El hecho narrativo consiste en la petición que se formula a Jesús para que intervenga a propósito de una herencia. Justamente para estos asuntos se requería también a menudo la intervención de los rabinos.

Jesús, aunque no se deja enredar en asuntos de este tipo, aprovecha la ocasión al vuelo para recordar la necesidad de mantener el corazón libre de la codicia de tener muchos bienes, porque no son ellos los que pueden garantizar la calidad y la prolongación de la vida. Y aquí viene la parábola. El protagonista es un rico que, tras haber obtenido una abundante cosecha, decide almacenarla en unos nuevos y grandiosos graneros, saboreando ya el placer tanto de poseer muchos bienes como de disponer de muchos años para gozarlos alegremente. Sin embargo, Dios le despierta de su estupidez haciéndole consciente de que no es él el dueño de su vida y de que, de un momento a otro (siempre muy pronto), será llamado a entregarla al Señor.

La afirmación sapiencial que cierra la perícopa es fuerte: quien piensa en acumular bienes para enriquecerse en vistas a un interés sólo personal es un necio, porque es ante Dios, realizando el precepto del amor, como se enriquece el hombre. En efecto, sólo dando es como nos enriquecemos del amor de Dios y de su premio eterno.

 

MEDITATIO

No sólo para los israelitas y los paganos convertidos de Efeso, sino también para mí, que vivo en una sociedad que ha vuelto a ser pagana, es importante que el camino de crecimiento espiritual se desarrolle sobre todo bajo la enseña de la vigilancia. Sólo si vigilo los «deseos» y los «apetitos de la carne» (siempre dispuestos a levantarse desde la raíz amarga de la codicia que anida en los rincones de mi corazón) podré ser un hombre libre, una mujer libre. Sólo si, a la luz del Espíritu Santo, me ejercito en discernir en mí entre los deseos buenos y los deseos malos, entre la voluntad buena y la voluntad mala, sabré administrar los dones de Dios -tanto materiales como espirituales-: no en virtud de la avidez egoísta o del orgullo espiritual, sino en virtud del Reino de Dios y de su justicia que es santidad.

Jesús nos ha recomendado que no acumulemos tesoros en la tierra, sino en el cielo, y nos ha hecho conscientes de que allí donde consideremos que está nuestro tesoro, allí estará constantemente nuestro corazón (cf. Mt 6,19ss). En consecuencia, es importante que, especialmente en las profundidades del corazón, nos mantengamos libres de los «apetitos de la carne», aprendiendo a comprender -como decía Isaac de Nínive- «cuánta amargura hay escondida en la dulzura del mundo» (Cent. 1,35). Entonces, revigorizados por el Espíritu, nos será posible «crecer» en la vida espiritual, que consiste en «hacerse rico ante Dios», es decir, en aprender el arte de vivir amando, en la entrega generosa y alegre de nosotros mismos.

 

ORATIO

Señor, te ruego que limpies con tu Espíritu Santo mi corazón. Haz que no habiten en él «los apetitos de la carne», sino sólo los del Espíritu. Recuérdame que mi vida pasa como la flor de la hierba (cf. 1 Pe 1,24) y que la codicia es una gran estupidez.

Concédeme, oh Señor, un corazón libre del apego y de la avidez del «tener», para dedicarme a «ser» tal como tú me has creado, «a imagen y semejanza» de ti, que eres amor.

 

CONTEMPLATIO

Discípulo: ¿Cómo puede desembarazar el hombre su corazón de la mundanería?

Maestro: Mediante el deseo suscitado por el recuerdo de los bienes futuros: esos que la sagrada Escritura siembra en el corazón con la suavidad de sus versículos repletos de esperanza. En efecto, el corazón no puede despreciar su amor de antes hasta que un deseo más excelente no se contraponga a las cosas que considera gloriosas y agradables por las que está poseído el hombre.

Lo que desea cada hombre puede ser conocido por sus obras. Se sentirá inclinado a pedir en la oración lo que tiene en el corazón; y aquello por lo que ora, llevará buen cuidado de manifestarlo también en las obras exteriores («Isaac de Nínive», en S. Chialá [ed.], Un'umile speranza, Magnano 1999, p. 120).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Enamórame de ti, Señor, y quedaré libre de toda codicia».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La vía de acceso a las profundidades del corazón, a saber, la interioridad, nos la enseña de una manera ejemplar santa Teresa de Ávila con todo lo que ella pone en el ámbito de la oración de recogimiento. El recogimiento es para la santa la oración personal, pero ya bajo el influjo del Espíritu Santo y tal que nos vuelve atentos a la presencia de Jesús vivo en el fondo de nuestra alma. Esta forma de oración, más allá de todo esfuerzo de la imaginación, debe ponernos en contacto profundo con Jesús, que hace revivir y actualiza en nosotros cada uno de los misterios de su amor salvador.

Con todo, el término recogimiento indica de un modo aún más marcado las condiciones prácticas necesarias para acceder a la interioridad espiritual, es decir, a un desprendimiento de todo lo que no es Dios. Una mirada de amor constantemente renovada sobre Jesús obra en nosotros la purificación del corazón a través de la renuncia a todo lo que no sea la voluntad del Padre. Para que eso tenga lugar, el recogimiento debe formar una sola cosa con la libertad del espíritu de posesión y la aceptación de la pobreza personal. El hombre interior no es la reflexión sobre una estructura abstracta, sino la expresión de la presencia de Dios en el corazón y, por consiguiente, el camino hacia la pureza del corazón a imitación de Jesús (J. C. Sagné).

 

Día 21

Martes 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 2,12-22

Hermanos: recordad

12 que en otro tiempo estuvisteis sin Cristo, sin derecho a la ciudadanía de Israel, ajenos a la alianza y su promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.

13 Ahora, en cambio, por Cristo Jesús y gracias a su muerte, los que antes estabais lejos os habéis acercado.

14 Porque Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el muro de enemistad que los separaba.

15 Él ha anulado en su propia carne la Ley, con sus preceptos y sus normas. Él ha creado en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad, restableciendo la paz.

16 Él ha reconciliado a los dos pueblos con Dios, uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad.

17 Su venida ha traído la buena noticia de la paz: paz para vosotros, los que estabais lejos, y paz también para los que estaban cerca;

18 porque gracias a él unos y otros, unidos en un solo Espíritu, tenemos acceso al Padre.

19 Por tanto, ya no sois extranjeros o advenedizos, sino conciudadanos dentro del pueblo de Dios; sois familia de Dios,

20 estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular,

21 en quien todo el edificio, bien trabado, va creciendo hasta formar un templo consagrado al Señor,

22 y en quien también vosotros vais formando conjuntamente parte de la construcción, hasta llegar a ser, por medio del Espíritu, morada de Dios.

 

        *»- El hecho de que los efesios fueran de origen pagano proporciona a Pablo la ocasión para subrayar su situación precedente de gran pobreza por la falta de Cristo. En efecto, no tenerle a él significa «estar lejos» de Dios; tenerle significa estar «cerca» gracias a la sangre que ha derramado por nosotros. Históricamente, pues, los paganos vivían una situación desfavorable respecto a los israelitas: como no pertenecían al pueblo de Dios, no podían participar, en consecuencia, de las promesas (v. 12). El punto focal de la perícopa es la afirmación de que «Cristo es nuestra paz» (v. lss). Es preciso captar el doble sentido de la palabra paz. Por una parte, se trata de la abolición de aquello que, en lo tocante a la Ley, separaba a judíos y paganos. Por otra, es la paz de todo hombre con Dios, entendida como una reconciliación que tiene lugar por el hecho de que ha sido eliminado el pecado.

Es Cristo -él solo- quien ha llevado a cabo tanto una como otra paz. Verdaderamente, la separación era una enemistad tan profunda que formaba como un «muro» que separaba al hombre de Dios y a los hombres entre ellos. La observancia de la Ley, caída en un ciego legalismo formalista, impedía la obediencia a Dios de una manera sustancial; esa obediencia es ahora posible por la pacificación que tiene lugar con la encarnación del Verbo y el rescate de su muerte en la cruz. En virtud de esta paz nuestra nace el «hombre nuevo» (v. 16). El camino, tanto para los que proceden del paganismo como para los que fueron israelitas, es ahora un sereno ir al Padre con la fuerza unificadora del Espíritu.

Pablo coloca, a continuación, la premisa de nuestra identidad como Iglesia. Ahora somos «conciudadanos dentro del pueblo de Dios; [...] familia de Dios» (v. 19), sólidamente «edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas» (v. 20). Nuestra piedra angular es Jesús. De él nos viene la posibilidad de evolucionar espiritualmente hasta llegar a ser, caminando con los hermanos, verdadero templo de Dios, su morada por intervención del Espíritu.

 

Evangelio: Lucas 12,35-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

35 Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas.

36 Sed como los criados que están esperando a que su amo vuelva de la boda, para abrirle en cuanto llegue y llame.

37 Dichosos los criados a quienes el amo encuentre vigilantes cuando llegue. Os aseguro que se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos.

38 Si viene a media noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.

 

*•• Una invitación perentoria: «Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas» (v. 35); y una exclamación reconfortante: «Dichosos ellos» (v. 38). Insertada en medio, una pequeña parábola dividida en dos partes: una en la que los siervos esperan al amo, y otra, igualmente sorprendente en su brevedad, en la que el amo, a su vuelta de la boda, en vez de querer restaurarse y reposar, invita a los siervos a que se sienten a la mesa y él mismo se pone a servirles.

Llama la atención el tema de la vigilancia, que resulta familiar en la enseñanza de Jesús. La imagen de las lámparas encendidas recuerda a las vírgenes vigilantes de la parábola narrada por Mateo (25,1-13) y encuentra su contrapunto en el pesado sueño de Pedro, Santiago y Juan, en absoluto dispuestos a compartir la angustia mortal de Jesús en el huerto de los olivos. Dormían, en efecto, porque «sus ojos estaban cargados» (Me 14,40).

La invitación de Jesús: «Velad y orad para que podáis hacer frente a la prueba» (Me 14,38), había caído completamente en el vacío. El gesto de tener ceñida la cintura y las lámparas encendidas expresa el hecho de estar dispuesto a quedarse o ir allí donde el amo quiera. Jesús recoge, del vestuario típico de los hombres de Palestina de aquellos tiempos cuando se preparaban para el trabajo o para emprender el camino de noche, la evidencia de un estado de vela espiritual, de gran importancia para un verdadero crecimiento en los ámbitos humano y cristiano.

No por casualidad recoge Lucas otra invitación perentoria de Jesús: «Procurad que vuestros corazones no se emboten por el exceso de comida, la embriaguez y las preocupaciones de la vida» (Le 21,34). En efecto, nada como el embotamiento entorpece los ojos del corazón, atranca el crecimiento y siembra la vida de falsas ilusiones. El embotamiento espiritual hace perder el sentido de esta vida y de la que vendrá, en la que el Señor nos invitará al banquete servido por su amor, para siempre.

 

MEDITATIO

En nuestra época nos urge más que nunca descubrir a Jesús como «nuestra paz», como alguien que «ha reconciliado a los dos pueblos con Dios, uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad». Son, en efecto, demasiadas las propuestas de falsas paces ofrecidas en el hipermercado de la sociedad en la que vivimos. En el torbellino de las muchas «cosas que hemos de hacer» y de las pseudoseguridades con las que ponernos a cubierto del dolor y de la muerte, vamos cayendo poco a poco y con facilidad en el embotamiento espiritual. En vez de vivir con la conciencia de que esta vida es sólo la «preparación» del poema de amor y de plena felicidad que Dios nos ha preparado en Cristo, convertimos la vida presente en un absoluto, como si el bienestar actual -de todo tipo- lo fuera todo.

Pero cuando no salen las cuentas y nos encontramos heridos y decepcionados, ¿a qué vamos a recurrir, sino a psicofármacos o a otras soluciones «paliativas»? Aquí es donde se revela la formidable actualidad de vivir existencialmente a Cristo como «nuestra paz». Es menester pedirle que destruya la enemistad dentro de nuestro corazón: esa enemistad que nos impide aceptarnos a fondo a nosotros mismos y nuestra historia personal; esa que nos hace diferentes a los otros, competitivos y hostiles; esa que cierra sustancialmente nuestros ojos frente al único fulgor en el que adquieren sentido la fatiga y la belleza del existir: la cruz de Cristo. Entonces, manteniendo bien encendida la lámpara de una fe que se vuelve cada vez más confianza, nos mantendremos vigilantes, es decir, bien despiertos y preparados. Se trata de estar trabajando cuando venga el Señor, esto es, de vivir en una actitud plenamente humana y digna del seguidor de Cristo: en una actitud de disponibilidad, impulso, espera y confianza total. Si nos encuentra, el Señor no se dejará ganar en generosidad: se convertirá en nuestro siervo, introduciéndonos en el banquete donde la vida se transformará en una eterna fiesta nupcial.

 

ORATIO

Tú eres, Señor Jesús, mi paz. Ayúdame a comprenderlo no sólo con la mente, sino de un modo existencial, en el orden concreto de las horas vividas no sólo para ti, sino junto a ti. Que yo no caiga en el embotamiento, seducido por seguridades sólo materiales. No permitas tampoco que me deje esclavizar por el legalismo y el formalismo.

Concédeme un corazón sereno, vigilante y despierto en el cumplimiento de todo lo que complace al Padre. Derriba en mí todo muro de división, toda intolerancia y enemistad, toda forma -aunque sea larvada- de prevaricación y desamor. Con tu muerte en la cruz has acogido a todos los hombres en tu corazón, reconciliándolos con Dios dentro del único cuerpo que es la Iglesia. Hazme vivir, pues, reconciliado, en la alegría de llegar a ser «morada de Dios por medio del Espíritu».

 

CONTEMPLATIO

Ven, luz verdadera.

Ven, vida eterna.

Ven, misterio escondido.

Ven, realidad inexpresable.

Ven, perenne exultación.

Ven, espera veraz de cuantos serán salvados.

Ven, resurrección de los muertos.

Ven, alegría eterna.

Ven, corona inmarcesible.

Ven, tú a quien mi corazón ha codiciado y codicia.

Ven, tú que te has convertido en mi deseo

y has hecho que yo pueda desearte.

Ven, respiración y vida mía.

Ven, consuelo mío.

Ven, alegría y gloria y delicia sin fin

(Simeón el Nuevo Teólogo, Inni epreghiere, Roma 1996, pp. 75ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ven, Jesús. Separa mí paz y alegría».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nosotros creemos que Jesús es verdaderamente el enviado de Dios, ese que traza el camino de la paz y de la alegría auténticas.

Creemos que es verdaderamente el Enviado de Dios que viene a liberar a, la humanidad de todo lo que puede estropearla y destruirla. El encarna el sueño secular de los hombres y mujeres que tienen que hacer frente a las duras realidades de una vida en la que se confunden de un modo inextricable la alegría, el amor, el odio.

El mensaje de Jesús, el mensaje de su vida, consiste en manifestar que el amor y la vida tienen la última palabra. Ahora bien, para que la vida tenga la última palabra, será menester que seamos «concreadores» que continuamos su obra, y para que prevalezca el amor sobre el odio será menester que amemos hasta dar nuestra propia vida en una lucha cotidiana de la que ni el mismo Cristo salió indemne. Concrear significa rebelarse contra la fatalidad, no caer en la resignación.

Con todo, no debemos convertirnos en presa de fáciles esperanzas. La crisis es profunda. Más que en la vertiente económica y política, sufrimos una cierta degradación en el aspecto humano. Ahora bien, quien dice «crisis» dice elección: todavía es posible que, en Cristo -«nuestra paz»- nazca «un hombre nuevo». Nuestra fe nos hace creer que la creación «sufre y gime con dolores de parto», como dice san Pablo (Rom 1,22). Los tiempos han cambiado, pero siempre sigue siendo el tiempo de la paciencia de Dios y de la nuestra (Lettere dall'Algeria di Pierre Claverie, assassinato per ¡I dialogo con i musulmán!, Milán 1998, p. 123)

 

Día 22

Miércoles 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 3,2-12

Hermanos:

2 Os supongo enterados de la misión que Dios en su gracia me ha confiado con respecto a vosotros:

3 se trata del misterio que se me dio a conocer por revelación y sobre el que os he escrito brevemente más arriba.

4 Por su lectura podréis comprobar el conocimiento que yo tengo del misterio de Cristo,

5 un misterio que no fue dado a conocer a los hombres de otras generaciones y que ahora ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas;

6 un misterio que consiste en que todos los pueblos comparten la misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo y participan de la misma promesa hecha por Cristo Jesús a través del Evangelio,

7 del que la gracia y la fuerza poderosa de Dios me han constituido servidor.

8 A mí, el más insignificante de todos los creyentes, se me ha concedido este don de anunciar a las naciones la insondable riqueza de Cristo

9 y de mostrar a todos cómo se cumple este misterioso plan, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todas las cosas.

10 De esta manera, los principados y potestades que habitan en el cielo tienen ahora conocimiento, por medio de la Iglesia, de la múltiple sabiduría de Dios,

11 contenida en el plan que desde la eternidad proyectó realizar en Cristo Jesús, Señor nuestro.

12 Mediante la fe en él y gracias a él, nos atrevemos a acercarnos a Dios con plena confianza.

 

**• Antes de dejar que se convierta en oración la profunda meditación del capítulo precedente, se abre Pablo confidencialmente a sus destinatarios. Le concede una gran importancia a decir cuál es el ministerio que Dios le ha confiado: anunciar el misterio de Cristo a los paganos.

Pablo es consciente de la grandeza del designio de Dios, que sólo ahora, en Cristo, se ha manifestado del todo. Por eso anuncia a los efesios y celebra la eficacia de un poder que no viene de él, sino de la insondable riqueza de Cristo (v. 8). Los cristianos de Éfeso están llamados, precisamente como los judíos, a formar el mismo cuerpo místico de Jesús que es la Iglesia, a participar en las mismas promesas divinas, en la misma herencia, que es la vida eterna en la alegría. Sí, Pablo llama también a los paganos, a todos los hombres, por voluntad del Altísimo, a gozar de la magnanimidad de un Dios en el que, desde siglos, estaba escondido el misterio de la salvación total que ahora, precisamente a él, el más pequeño (= «ínfimo»: v. 8) entre los santos, o sea, entre los creyentes, le corresponde anunciar como pleno cumplimiento de las antiguas promesas de Dios.

        La inagotable riqueza del misterio de Cristo, expresado por su Iglesia, no corresponde, en efecto, sólo a los hombres; es mucho más amplio. Hasta las realidades angélicas (principados, potestades) están implicadas en orden a la múltiple sabiduría (v. 10) de un Dios que, justamente a través del misterio de su Hijo -encarnado, muerto y resucitado por nosotros-, guía la historia de la salvación. Precisamente esta realidad -concluye Pablo crea en nosotros el coraje de una fe auténtica que se convierte en plena confianza en el Señor.

 

Evangelio: Lucas 12,39-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

39 Tened presente que, si el amo de la casa supiera a qué hora iba a venir el ladrón, no le dejaría asaltar su casa.

40 Pues vosotros estad preparados, porque a la hora en que menos penséis vendrá el Hijo del hombre.

41 Pedro dijo entonces:

-Señor, esta parábola ¿se refiere a nosotros o a todos?

42 Pero el Señor continuó:

-¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el dueño puso al frente de su servidumbre para distribuir a su debido tiempo la ración de trigo?

43 ¡Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!

44 Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

45 Pero, si ese criado empieza a pensar: «Mi amo tarda en venir», y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a emborracharse,

46 su amo llegará el día en que menos lo espere y a la hora en que menos piense, le castigará con todo rigor y le tratará como merecen los que no son fieles.

47 El criado que conoce la voluntad de su dueño, pero no está preparado o no hace lo que él quiere, recibirá un castigo muy severo.

48 En cambio, el que sin conocer esa voluntad hace cosas reprobables, recibirá un castigo menor. A quien se le dio mucho se le podrá exigir mucho, y a quien se le confió mucho se le podrá pedir más.

 

*•• Con esta parábola nos pone en guardia Jesús contra el hecho de llevar una vida espiritualmente soñolienta, sin tener en ninguna consideración el hecho de que no se nos avisará de la hora en que el Señor nos llamará para que le demos cuenta de nuestra vida. El tema sigue siendo, por tanto, todavía el de la vigilancia. Pedro, a quien probablemente irrita la pequeña parábola donde aparece la figura del ladrón que asalta la casa de quien no ha estado vigilante, siente la tentación de acomodarse en una paz fingida. Y, en vez de dejarse provocar por la parábola de una manera positiva, le pregunta a Jesús si el relato va por los discípulos o por todos r es como si quisiera insinuar con su pregunta si los que han seguido a Jesús, o sea, los que viven como creyentes y practicantes, pueden estar tranquilos. ¿Por qué dirigirles a ellos, a los privilegiados, un discurso tan inquietante? Jesús, tal como hace con frecuencia, responde con otra pregunta: «¿Quién es el administrador fiel y prudente?» (v. 42).

El Señor Jesús es un gran provocador. Ahora echa mano de otra pequeña parábola para expresar lo que agrada al dueño (= el Señor) que, al volver y encontrar al siervo en su puesto de trabajo cumpliendo honestamente su voluntad, le asciende y le nombra incluso administrador de todas sus riquezas (w. 43ss). En cambio, con el siervo que se aprovecha de su lejanía para entregarse al festín del egoísmo, dando rienda suelta a su violencia prevaricadora y a sus instintos desordenados, el dueño se mostrará a buen seguro severo (w. 45ss). Pero la mayor severidad recaerá sobre aquellos que, por estar en condiciones de conocer más al Señor y penetrar en el sentido de su voluntad, en vez de entregarse a un cumplimiento lleno de amor se han comportando como el siervo infiel (w. 47ss).

 

MEDITATIO

Ciertamente, en ambas lecturas, pero sobre todo en el evangelio, nos avisa el Señor de que el amor de Dios por nosotros es exigente y de que la vida no puede ser vivida bajo el lema de la falta de compromisos. Ahora bien, ¿cómo evitar ese cansancio, esa especie de soñolencia en la vida espiritual que penetra a veces en los pliegues de nuestra vida?

Ante todo, se trata de abrir bien los ojos del corazón a las maravillosas riquezas de la llamada que, arraigada en el misterio de Cristo, libera en nosotros una gran capacidad de asombro y de amor. «A mí, el más insignificante de todos los creyentes -dice Pablo- se me ha concedido este don» (v. 8a). El apóstol percibe la amplitud y la profundidad de este don, y vive su asombro hasta comunicarlo, hasta persuadirme de que el designio del Padre -realizado en Cristo por amor a nosotros- es tal que puedo acercarme a él con plena confianza (cf v. 12).

Eso es: lo que importa es no descuidar la dimensión contemplativa que, por gracia del Espíritu Santo en nosotros, abre los ojos de nuestro corazón a los ricos y maravillosos horizontes de nuestra fe.

Si mi mirada es una mirada rejuvenecida cada día por el asombro producido por «la insondable riqueza de Cristo», no llegaré a sobrecargarme de ocupaciones y preocupaciones, ni me ahogaré de una manera eufórica en el éxito ni con signos de depresión en el fracaso, ni perseguiré consensos e intereses personales. Si me dejo aferrar por el maravilloso misterio de Cristo, que día tras día me revela y me narra la Palabra, no seré como el siervo descuidado que se olvida del regreso del Señor, no me entregaré a las incitaciones del egoísmo y de sus delirios, sino a las de una laboriosidad confiada en la gran fuerza que Jesús me da para que viva la alegría de hacer brillar, también ante los ojos de los hermanos, las maravillas de su amor.

 

ORATIO

Oh Padre, concédeme tu Espíritu, para que me enseñe a descubrir cada día las inenarrables riquezas de Jesús, tu Hijo unigénito, mi hermano mayor y Señor. No permitas que mi vida espiritual se vuelva asfíctica y se anquilose en pequeños espacios de agitado activismo, sin apertura de horizontes a las maravillas de tu proyecto, que es salvación para mí y para todos, en Cristo Señor.

Concédeme querer a cualquier precio espacios contemplativos en mis días frecuentemente quemados por el demasiado «hacer» en el interior del aparato de las lógicas mundanas. Fascíname de tal modo que el asombro que me produzcas me permita vivir trabajando con solicitud en la entrega de mí mismo, pero sólo por ti y por tu Reino.

 

CONTEMPLATIO

Con la ascensión, el cuerpo de Cristo, entrelazado con nuestra carne y con toda la carne de la tierra, ha entrado en el ámbito trinitario. Ahora lo creado está en Dios; es «su zarza ardiente», como dice Máximo el Confesor.

Al mismo tiempo, sigue sepultado en la muerte, en la opacidad y en la separación a causa del odio, de la crueldad y de la inconsciencia de los hombres. Hacerse santo es desplazar estas pesadas cenizas y hacer aflorar la incandescencia secreta, permitir a la vida, en Cristo, absorber la muerte.

Dice, en efecto, san Ambrosio: «En Cristo lo tenemos todo. Si quieres curar tus heridas, él es médico. Si ardes de fiebre, él es fuente. Si temes a la muerte, él es vida. Si aborreces las tinieblas, él es luz. Dichoso el hombre que espera en él» (O. Clément, Alie fonti con i Padri, Roma 1999, pp. 54ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «.Que resplandezca en mis acciones, oh Señor, tu misterio de vida y salvación».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La educación progresiva de nuestro pensamiento cristiano y su correlativo obrar (en proporción al estado y a la llamada recibida por cada uno) con respecto a todos los grandes problemas de la vida y de la historia, tiene que ver con lo que podríamos llamar la «sabiduría de la praxis». Esta última consiste sobre todo en la adquisición de hábitos virtuosos: unos hábitos que son necesarios todos ellos no sólo para actuar, sino también y en primer lugar para pensar correcta y exhaustivamente sobre los juicios y las consiguientes acciones que puedan exigir los problemas de las vicisitudes de la vida individual, familiar, social, política e internacional que el hoy presenta a la conciencia de cada uno y de la comunidad cristiana.

Es preciso reconocer que los resultados poco brillantes de las experiencias de los cristianos en la vida social y política no se deben tanto a la malicia de los adversarios, ni tampoco únicamente a las propias deficiencias culturales, como sobre todo a deficiencias de los hábitos virtuosos adecuados, y no sólo en el sentido de carencias de las dotes sapienciales necesarias para ver las direcciones concretas de la acción social y política. Justamente, creo que la causa de muchos fracasos ha sido, en primer lugar, la falta de sabiduría de la praxis: esa sabiduría que -supuestas las esenciales premisas teologales de la fe, la esperanza y el amor cristiano- requiere además un delicadísimo equilibrio de probada prudencia y de fortaleza magnánima; de luminosa templanza y afinada justicia, tanto individual como política; de humildad sincera y de mansa, aunque real, independencia en el juicio; de sumisión y, al mismo tiempo, deseo veraz de unidad, aunque también de espíritu de iniciativa y sentido de la propia responsabilidad; de capacidad de resistencia y, al mismo tiempo, mansedumbre evangélica (G. Dossetti, La parola e ¡I silenzio, Bolonia 1997, p. 93).

 

Día 23

Jueves 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 3,14-21

Hermanos:

14 Doblo mis rodillas ante el Padre,

15 de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra,

16 para que, conforme a la riqueza de su gloria, os robustezca con la fuerza de su Espíritu, de modo que crezcáis interiormente.

17 Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que viváis arraigados y fundamentados en el amor.

18 Así podréis comprender, junto con todos los creyentes, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad

19 del amor de Cristo, un amor que supera todo conocimiento y que os llena de la plenitud misma de Dios.

20 A Dios, que tiene poder sobre todas las cosas y que, en virtud de la fuerza con la que actúa en nosotros, es capaz de hacer mucho más de lo que nosotros pedimos o pensamos,

21 a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por siempre y para siempre. Amén.

 

**• Pablo nos anunciaba ayer las maravillas del misterio del amor de Dios que, escondido durante siglos, ha sido revelado en Cristo. Hoy, del asombro que ejercía sobre él este misterio brota una vibrante oración de amor. El apóstol cae de rodillas ante el Padre, origen de toda familia en el cielo y en la tierra (v. 15), y le pide que los cristianos de Efeso sean robustecidos con poder en su interior por el Espíritu Santo (v. 16). Pablo pide en sustancia que su fe sea auténtica y vigorosa, para que Cristo habite en sus corazones y, por esta razón, pueda crecer en ellos el elemento típico y fundador de la pertenencia a Dios en Cristo Jesús: la caridad.

Pablo sabe que sólo los que están «arraigados y fundamentados en el amor» (v. 17), en comunión con los otros creyentes, se encuentran en condiciones de comprender «la anchura, la longitud, la altura y la profundidad» del amor que supera con mucho toda medida y categoría humanas (v. 18). Y es que, efectivamente, es por Dios y con la energía de Dios como podemos llevar a cabo nuestra estupenda vocación: la de ser colmados «de la plenitud misma de Dios» (v. 19).

Siempre con el impulso de una profunda admiración, Pablo expresa su alabanza a un Dios que tiene el poder de obrar cosas mucho más grandes de lo que requieren nuestras peticiones y nuestras mismas aspiraciones.

Sentimos vibrar en toda la perícopa un conocimiento del misterio de Dios que no es fruto del esfuerzo intelectual, sino de un amor estupefacto, que brota de una actitud profundamente interior y contemplativa.

 

Evangelio: Lucas 12,49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

49 He venido a prender fuego a la tierra, y ¡cómo desearía que ya estuviese ardiendo!

50 Tengo que pasar por la prueba de un bautismo, y estoy angustiado hasta que se cumpla.

51 ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división.

52 Porque de ahora en adelante estarán divididos los cinco miembros de una familia, tres contra dos, y dos contra tres.

53 El padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera, y la nuera contra la suegra.

 

**• Por si acaso la oración de Pablo, leída en clave espiritualista, nos hubiera conducido por caminos aéreos no fundamentados en la realidad, la perícopa del evangelio de hoy está hecha adrede para hacernos caer de toda ilusión. No estamos dispuestos «naturalmente» a acoger toda «la plenitud misma de Dios»; la dilatación de nuestro corazón a las dimensiones de la vocación cristiana no es algo que tenga lugar por un proceso espontáneo. A esta plenitud no se llega sin el combate espiritual.

Jesús, que se declaró hasta tal punto por la paz que la convirtió en su saludo y en su don cada vez que se aparece como resucitado, está, sin embargo, decididamente en contra del pacifismo: contra ese pacifismo falso que es hijo de la equivocidad, de la confusión, de la cobardía, de la tristeza.

«¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división» (v. 51). ¿Cómo? ¿No es el mismo Maestro y Señor el que, en su última intercesión por los suyos, oró al Padre para que estuvieran tan unidos que formaran «un solo corazón y una sola alma» (cf. Jn 17)? No se trata de una contradicción, sino de una profundización destinada a obtener una mayor claridad.

Precisamente para abrir su corazón y el ambiente en que vive a la paz de Cristo, que supera todo entendimiento, el seguidor de Jesús debe separarse de cuantos pertenecen, en la mente y en el corazón, a ese mundo que «yace bajo el poder del maligno» (1 Jn 5,19). «No es posible servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24), dijo Jesús.

Pero aquí no se habla sólo del dinero, sino de cualquier otro ídolo que, hospedado a veces en la mente y en el corazón de sus mismos familiares, le impide al discípulo crecer en el Reino de Dios, fuente de la paz y del amor.

 

MEDITATIO

En una sociedad como la nuestra, en grave trance, donde reinan el alboroto y la superficialidad, es preciso que nos fortalezca el Espíritu en nuestra propia interioridad.

El riesgo que nos amenaza constantemente es el del aplanamiento, el de hacer oídos sordos a una llamada estupenda, como la que nos invita a colmarnos de toda la plenitud de Dios. Sin el asombro y la alegría que suponen el tomar conciencia de que estamos llamados a tan alta dignidad, sin el Espíritu, que -pedido en perseverante oración- viene a hacernos tomar conciencia en nuestro corazón de nuestras enormes riquezas, el ámbito de nuestra vida espiritual se convierte en un ámbito de esclavos.

Por otro lado, para que refulja en nosotros este tesoro adquirido y anunciado con la vida, es menester que la dimensión contemplativa de la Palabra respirada y vivida se haga concretamente posible a lo largo de nuestras jornadas. ¿Cómo? Con la espada de la que nos habla Jesús en el evangelio: nuestro libre y querido separarnos de la mentalidad corriente. Si la paz no equivale a pacifismo, tendré que hacer frente en ocasiones a la contradicción. En ciertos casos, deberé contradecir a los hombres para agradar a Dios. Allí donde se murmura de los ausentes, allí donde se hacen proyectos familiares o comunitarios «inclinados» a la mentalidad mundana dejando de lado la evangélica, allí donde se «roban» haberes sofocando al «ser» y privándole de tiempos y espacios para estar en silencio de adoración con Cristo..., en todos estos casos es preciso tener el coraje de la división.

Sin embargo, con mayor frecuencia tendremos que usar la espada sólo dentro de nosotros: contra el deseo de sobresalir, de ser el centro de afecto y de consensos, contra el desencadenamiento de las pasiones, que, si les damos rienda suelta, obnubilan la mente y el corazón, impidiendo la alegría de la contemplación, de la verdadera vida, que, en cierta medida, ya es bienaventuranza aquí abajo y remisión a aquel amor que ya no tendrá límites en la vida eterna.

 

ORATIO

Me arrodillo ante ti, oh Padre, de quien procede todo don en el cielo y en la tierra. Y te pido que derrames en mí tu Espíritu, para que me despierte a una fe viva que, por la gracia del Señor Jesús, inhabitando en lo más hondo de mi corazón, me permita comprender algo del amor de mi Dios, que supera toda posibilidad humana de conocer.

Concédeme, oh Padre, cada día el asombro y la veneración de este amor desmesurado. Concédeme la certeza de que tú, con el poder que ya obra en mí y en toda la Iglesia, recibes gloria: incluso a través de mi pequeñez, más allá y por encima de todas mis aspiraciones, si persevero en la lucha contra mi ego y sus mezquinas exigencias, sostenido por tu Espíritu que es Amor.

 

CONTEMPLATIO

Decía santa María Magdalena de Pazzi a sus hermanas: «¿No sabéis que mi Jesús no es otra cosa que amor; más aún, un loco de amor? Sí, un loco de amor en su entregarse en la cruz. Y siempre lo diré. Eres absolutamente amable, fuerte y alegre. Confortas, alimentas y unes.

Eres pena y refrigerio; fatiga y reposo; muerte y vida al mismo tiempo. Por último, ¿qué es lo que no hay en ti? Eres sabio y alegre, grande, inmenso, admirable, impensable, incomprensible, inexpresable. ¡Oh amor, amor!».

Y, dirigiéndose al cielo, decía: «Dame tanta voz, oh Señor mío, que, al llamarte, sea oída desde Oriente a Occidente, para que seas conocido y amado como el verdadero amor. Tú, que eres el único que penetras, traspasas y rompes, ligas, riges y gobiernas todas las cosas, tú eres cielo, tierra, fuego, aire, sangre y agua; tú, Dios y hombre» (M. Buber, Confessioni estatiche, Milán 1987, p. 74).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Aumenta mi fe, Señor: hazla operante en la caridad».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El poder de la fe suscitará un nuevo tipo de hombre capaz de dominar su propio poder. Para ello hace falta la fuerza desnuda del espíritu animado por el Espíritu; es necesario crear, siguiendo la estela de la fe y la contemplación, un auténtico estilo de humilde y fuerte soberanía. Una nueva santidad, una santidad hecha de ruptura ascética y transfiguración cósmica, nos permitirá, con el ejemplo y también con una misteriosa transfusión, un cambio progresivo de las mentalidades y la posibilidad de una cultura que sirva de mediación entre el Evangelio y la sociedad, entre el Evangelio y el orden político.

En el fondo, no se trata de negar la violencia, sino de canalizarla y transfigurarla, como hizo la Iglesia en la alta Edad Media al transformar al guerrero salvaje en caballero, al ¡efe cruel y despótico en «santo príncipe». Para esto se hacen necesarias la ascesis y la aventura, «la lucha interior más dura que una batalla entre hombres», el gusto por servir y crear, la exigencia de iluminar la vida con la belleza «que engendra toda comunión», como decía Dionisio el Areopagita (O. Clément, Il potere crocifisso, Magnano 1999, pp. 55ss).

 

Día 24

San Antonio María Claret (24 de octubre)

 

Antonio María Claret nace el 23 de diciembre del 1807 en Sallent, Barcelona. Después de los estudios primarios en su pueblo natal, sus padres lo mandan a estudiar a la capital para que en el futuro perfeccionara y acrecentara la industria textil de la familia. Pero Tonet siente otras inquietudes. El mismo decía: «El continuo pensar en máquinas y talleres me tenía agobiado...  Cuando iba a misa, tenía más máquinas en la cabeza que santos en los altares». A los 21 años decide ingresar en el seminario de Vic y es ordenado sacerdote en 1835. Su inquietud misionera le lleva a Roma para ingresar en la Congregación de la Propagación de la Fe. Á causa de una repentina enfermedad, regresa a Barcelona. Comienza su labor pastoral en una parroquia, pero lo suyo es evangelizar toda la comarca, a ejemplo de Jesús. Se da cuenta de que no basta predicar con la palabra hablada y se dedica también a la palabra escrita. Tras predicar por Cataluña, Canarias, Cuba y en el palacio de la reina Isabel II, muere con fama de santidad en un monasterio cisterciense. Pío XII lo declaró santo el 7 de mayo de 1950.

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 4,1-6

Hermanos:

1 Así pues, yo, el prisionero por amor al Señor, os ruego que os comportéis como corresponde a la vocación con que habéis sido llamados.

2 Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos los unos a los otros con amor.

3 Mostraos solícitos en conservar, mediante el vínculo de la paz, la unidad que es fruto del Espíritu.

4 Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como también es una la esperanza que encierra la vocación a la que habéis sido llamados;

5 un solo Señor, una fe, un bautismo;

6 un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos.

 

**• Si hasta aquí el tono de la carta era el de un admirado asombro contemplativo, desde esta perícopa en adelante prevalece el tono de la exhortación. Pablo se presenta como «el prisionero por amor al Señor» (v. 1), cuya autoridad deriva no sólo de ser apóstol, sino de haber aceptado también las «cadenas» (6,20), obedeciendo lo que puede exigir la vocación cristiana.

Su invitación no obedece a situaciones particulares de los destinatarios, sino que va dirigida al cristiano en cuanto tal, sin que importe la condición sociopolítica y temporal a la que pertenezca. Responde, por consiguiente, también a nuestras condiciones y a las exigencias de nuestros días. Se trata, ante todo, de la invitación a dar una respuesta plena y coherente a la belleza y nobleza de la vocación que acaba de describir.

Es interesante señalar que las cualidades de una vida comprometida con la realización de esta vocación están ordenadas a la unidad. La humildad, la amabilidad, la paciencia, la aceptación recíproca y cordial (v. 2), son elementos absolutamente necesarios para hacer este camino que es, a renglón seguido, obra de unificación perseguida por el Espíritu, en cada uno y en todos, en todos los ámbitos: el personal, el comunitario y el eclesial.

El apóstol insiste en este fascinante tema del «uno», pero, a diferencia de los filósofos neoplatónicos, lo hace en clave trinitaria. Uno es «el cuerpo» místico (la Iglesia), una es «la esperanza» -horizonte de luz abierto en nosotros por la llamada-, uno es «el bautismo» y una «la fe»; uno es, a continuación, «el Señor» Jesús, uno es «el Espíritu» y uno solo «el Padre de todos», fuente de amor que obra en todos y por medio de todos. La unidad en la Trinidad es fundamento y exigencia de la unidad visible, práctica a la que deben tender los cristianos bajo todos los cielos y en cualquier época.

 

Evangelio: Lucas 12,54-59

En aquel tiempo,

54 se puso Jesús a decir a la gente: -Cuando veis levantarse una nube sobre el poniente decís en seguida: «Va a llover», y así es.

55 Y cuando sentís soplar el viento del sur, decís: «Va a hacer calor», y así sucede.

56 ¡Hipócritas! Si sabéis discernir el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis discernir el tiempo presente?

57 ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?

58 Cuando vayas con tu adversario para comparecer ante el magistrado, procura arreglarte con él por el camino, no sea que te arrastre hasta el juez, el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel.

59 Te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

 

**• Jesús reprocha vigorosamente a la gente de su tiempo que sepa interpretar los signos meteorológicos anunciadores del buen tiempo y del malo, pero ande muy lejos de comprender el signo por excelencia de su tiempo, que es él mismo, el Unigénito enviado por el Padre para la salvación de todos.

Comprender el tiempo que se está viviendo significa comprender las intenciones de Dios, que, en cada tiempo, especialmente por el misterio de la Iglesia y de sus sacramentos, hace actual el misterio de Jesús con toda su eficacia de salvación.

Ser capaz de prever a partir de un determinado elemento meteorológico -por ejemplo, a partir del viento del sur- que hará calor comporta una atención específica e interesada. Ahora bien, si el corazón no presta atención a atisbar la importancia del tiempo como tiempo para ejercitar la justicia y la caridad dentro de las propias relaciones personales, se corre un gran riesgo. Es una invitación a reconciliarnos de inmediato y a fondo con aquellos con los que no estamos en paz, porque, si nos dejamos atrapar en el remolino de la falta de perdón, no saldremos indemnes. Es como si Jesús dijera que el signo del tiempo por excelencia, que es Jesús, es signo de salvación, pero sólo para quien se compromete con una vida reconciliada: de paz, de justicia y bondad.

 

MEDITATIO

La verdad es que los discípulos no estaban todavía muy preparados. En los versículos anteriores a la Ascensión, Marcos señala que no creían que el Señor estaba vivo. El mismo les echa en cara su incredulidad y su terquedad. No parecen, humanamente, ser los mejores agentes para pregonar la Buena Noticia. Sin embargo, ellos son los elegidos. La historia se repite con demasiada frecuencia. Muchos cristianos de hoy también somos tercos e incrédulos. Pensamos que la misión es cosa de otros, de gente más preparada y con dotes de palabra. Y nos equivocamos, pues todos los creyentes somos misioneros. No somos nosotros los que le hemos elegido; ha sido él quien nos ha elegido y nos ha enviado.

 

ORATIO

Señor y Padre mío,

que te conozca y te haga conocer,

que te ame y te haga amar,

que te sirva y te haga servir,

que te alabe y te haga alabar

por todas las criaturas.

(Del padre Claret.)

 

CONTEMPLATIO

Inflamados por el fuego del Espíritu Santo, los misioneros apostólicos han llegado, llegan y llegarán hasta los confines del mundo, desde uno y otro polo, para anunciar la Palabra divina; de modo que pueden decirse con razón a sí mismos las palabras del apóstol san Pablo: nos apremia el amor de Cristo.

El amor de Cristo nos estimula y apremia a correr y volar con las alas del santo celo. El verdadero amante ama a Dios y a su prójimo; el verdadero celador es el mismo amante, pero en grado superior, según los grados de amor; de modo que, cuanto más amor tiene, por tanto mayor celo es compelido. Y si uno no tiene celo, es señal cierta de que tiene apagado en su corazón el fuego del amor, la caridad. Aquel que tiene celo desea y procura, por todos los medios posibles, que Dios sea siempre más conocido, amado y servido en esta vida y en la otra, puesto que este sagrado amor no tiene ningún límite.

Lo mismo practica con su prójimo, deseando y procurando que todos estén contentos en este mundo y sean felices y bienaventurados en el otro; que todos se salven, que ninguno se pierda eternamente, que nadie ofenda a Dios y que ninguno, finalmente, se encuentre un solo momento en pecado. Así como lo vemos en los santos apóstoles y en cualquiera que esté dotado de espíritu apostólico.

 

ACTIO

Imitando la devoción de los claretianos a la Virgen María, repetir con ellos: «Inmaculado Corazón de María, en vos confío».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Parábola del aprendiz de brujo Una meditación en tomo a la posmodernidad.

Cuenta esta historia que un ¡oven aprendiz, en ausencia de su sabio maestro, puso en funcionamiento el artefacto inventado. El funcionamiento fue perfecto. Aquella maquinaria prodigiosa, en justa exhibición del talento que la había creado, iba destrozando todo lo que encontraba a su alrededor. La angustia del joven aprendiz fue creciendo más y más por no saber desactivar los mecanismos que detuvieran el invento. Las consecuencias de aquella curiosidad imprudente y la moraleja de la historia son fáciles de sacar.

Algo parecido le sucede al joven posmoderno. Por un lado se considera heredero de un ingente legado de posibilidades que le posibilitan vivir con el menor esfuerzo. Ahora bien, el manual de instrucciones no se tiene ni se sabe interpretar o no se leen las contradicciones. Aquí está la danza maravillosa de la posmodernidad: los jóvenes disfrutan de todo lo que no se han esforzado en producir, pero también padecen sus más duras consecuencias. (De las fábulas del padre Claret.)

 

 

Día 25

Sábado 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 4,7-16

Hermanos:

7 A cada uno de nosotros, sin embargo, se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo.

8 Por eso dice la Escritura: Al subir a lo alto llevó consigo cautivos, repartió dones a los hombres.

9 Eso de «subió» ¿no quiere decir que también bajó a las regiones inferiores de la tierra?

10 Y el que bajó es el mismo que ha subido a lo alto de los cielos para llenarlo todo.

11 Y fue también él quien constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas y a otros pastores y doctores.

12 Capacita así a los creyentes para la tarea del ministerio y para construir el cuerpo de Cristo,

13 hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo.

14 Así que no seamos niños caprichosos, que se dejan llevar por cualquier viento de doctrina, engañados por esos hombres astutos, que son maestros en el arte del error.

15 Por el contrario, viviendo con autenticidad el amor, crezcamos en todo hacia aquel que es la cabeza, Cristo.

16 A él se debe que todo el cuerpo, bien trabado y unido por medio de todos los ligamentos que lo nutren según la actividad propia de cada miembro, vaya creciendo y construyéndose a sí mismo en el amor.

 

*• Pablo acaba de hablar hace un momento de la belleza y la importancia que tiene sentirnos partícipes de un solo cuerpo, la Iglesia, y ha exaltado la dimensión de la unidad. Ahora, en cambio, despliega su argumentación en favor de la variedad y riqueza de los dones que, distribuidos por Cristo en su ascensión al cielo, quedan personalizados.

El apóstol ejemplifica diciendo que Jesús, después de haber subido por encima de todo para «llenar» -de vida y gracia sobreabundante, como es obvio- todas las cosas, ha llamado a algunos para entregarles el don de constituirles apóstoles, ha llamado a otros para constituirles profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y doctores. Cada uno tiene un don relacionado con su tarea específica, pero todos y todo está ordenado, a continuación, al crecimiento armónico del «cuerpo de Cristo» (v. 12), que es la Iglesia. Los individuos están dotados de su carisma para beneficio de toda la comunidad cristiana. En la medida en que cada uno los administre como es debido, obrando «con autenticidad el amor» (v. 15), todos y cada uno realizarán en «plenitud la talla de Cristo» (v. 13), que procede del tender constantemente a él, «que es la cabeza» (v. 15b).

Pablo subraya la belleza de la consecución de la plenitud de esta talla que procede de vivir de manera solidaria, en beneficio del crecimiento de todo el cuerpo presidido por la caridad. Lo contrario, que el apóstol denuncia y contra lo que pone en guardia, es el desordenado e infantil dejarse llevar por todas las olas y todos los vientos de pensamiento que estén de moda, arrastrados por hombres que obran el engaño con tal astucia que, casi sin que medie pensamiento alguno, lleva al error (v. 14).

También se puede ahondar en este tema de la tensión entre la diversidad y la unidad leyendo 1 Cor 12,4-21, donde Pablo habla de carismas más extraordinarios.

 

Evangelio: Lucas 13,1-9

En aquel tiempo,

1 llegaron unos a contarle lo de aquellos galileos a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían.

2 Jesús les dijo: -¿Creéis que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás?

3 Os digo que no; más aún, si no os convertís, también vosotros pereceréis del mismo modo.

4 Y aquellos dieciocho que murieron al desplomarse sobre ellos la torre de Siloé, ¿creéis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?

5 Os digo que no, y, si no os convertís, todos pereceréis igualmente.

6 Jesús les propuso esta parábola:

-Un hombre había plantado una higuera en su viña, pero, cuando fue a buscar fruto en la higuera, no lo encontró.

7 Entonces dijo al viñador: Hace ya tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. ¡Córtala! ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?

8 El viñador le respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono,

9 a ver si da fruto en lo sucesivo; si no lo da, entonces la cortarás».

 

*+• Jesús está muy atento a la vida, a la historia. En efecto, la ocasión de la enseñanza que ofrece aquí se la brinda una doble noticia de sucesos (w. 2.4). Pilato ha hecho matar a unos galileos mientras ofrecían sacrificios en el templo. Es probable que la causa que desencadenó esa orden fuera la oposición de los galileos a su disposición de usar los fondos del tesoro del templo para construir un acueducto.

De esta noticia y de la otra, referente a la muerte de dieciocho personas por el desplome de la torre de Siloé, extrae Jesús dos consideraciones importantes: en primer lugar, el hecho de que urge siempre, de todos modos, convertirse (w. 3.5). De lo contrario, el punto de llegada es la perdición. No hay escapatoria. La segunda consideración es que Dios no es un «castigador» que esté esperando un fallo nuestro para castigarnos. Sería, pues, necio por nuestra parte «interpretar» los hechos calamitosos de la existencia -la nuestra y la de los otros- en clave de castigo divino. El tiempo de la vida es el que es. No sabemos cuándo acabará el nuestro. En consecuencia, siempre es tiempo de «dar fruto» de buenas obras, precisamente mientras tengamos tiempo.

La otra pequeña parábola, la del hombre que busca frutos en la higuera que ha plantado en su viña, completa la enseñanza sobre la conversión, manifestando otro aspecto importantísimo: la paciencia de Dios, su inmensa misericordia y su voluntad de salvación. Ciertamente, la higuera alude a Israel, que se muestra infructuoso en su constante alejamiento de Dios (cf. Is 5,1-7; Jr 8,13). Pero la prolongación del plazo para cortarla y los amorosos cuidados («déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono»: v. 8) expresan la mediación salvífica llevada a cabo por Jesús y por su intercesión ante el Padre: no sólo por Israel, sino por todos nosotros.

 

MEDITATIO

Para que «dé fruto», es menester que el árbol haya llegado a su plena madurez. Ésta es la conexión entre el evangelio de hoy y la primera lectura, en la que Pablo presenta la enseñanza de la continua conversión al hilo de la adquisición de la plena madurez (a la talla de Cristo) abriéndose al misterio de Cristo. En un mundo que se ha vuelto opaco por tanto egoísmo y está encerrado en el cálculo más mezquino y en el individualismo, es importante que yo descubra los «dones» que Dios me ha dado.

Me sentiré amado y enriquecido por lo que es específico de mi persona, me sentiré amado y llamado. Lejos de seguir los caminos de la lógica mundana, que está a favor de la isla feliz del «hago lo que quiero y me place», actualizaré la invitación que me lanzan a que aproveche mis días y la misericordia de Dios para convertirme. ¿Convertirme a qué? Al misterio de Cristo como cuerpo místico del que yo soy miembro. Convertirme a vivir «con autenticidad el amor» (v. 15), pero en solidaridad con los otros miembros del cuerpo de Jesús, colaborando al bien de todos con la energía que me da el Espíritu Santo, potenciando mis dones naturales.

Hoy intentaré hacer balance. ¿Me demoro tal vez aún como un niño «traqueteado» por cualquier lógica mundana o me dejo «llenar» de gracia, identificando bien cuál es mi llamada personal, que, sin embargo, percibo cada vez mejor como un don destinado al desarrollo armónico de la totalidad del cuerpo: la Iglesia?

 

ORATIO

Señor Jesús, me considero un árbol granuja: tardo siempre mucho en dar frutos de conversión. Me asombra la belleza de tu misterio y me siento repleto de gratitud cuando pienso en mi vocación personal y en tus dones. Tú, no obstante, ayúdame a reconocerlos como tales y a vivirlos en el interior d e una dinámica de verdadera conversión.

Hazme, pues, respirar y obrar con autenticidad el amor. Siempre, en todas partes y con todos. Y hazme crecer en todo dirigido a ti, aprovechando la energía de tu Espíritu, para que pueda «romper» con las lógicas de este mundo y abrirme de par en par al espíritu de plena colaboración, solidario con c a d a hermano que busque el bien, a fin de que crezca tu Reino: levadura, sal y luz del mundo.

 

CONTEMPLATIO

Señor,

te lo suplico,

llámame a tu juicio.

Que tu juicio me libere,

que tu luz separe la luz de la noche,

que tu espada separe la vida de la muerte,

que tu Palabra me diga lo que eres

y lo que no eres,

que tu mirada aleje de mí lo que no eres tú.

Que tu fuego destruya, funda y queme

el mal entretejido en mí, que me martiriza;

el mal reprimido en mí en la raíz y en las fibras

de tu vida crucificada.

Que tu amor llame, suscite

mi rostro en el que puedo reconocer tu vida.

Señor,

te lo suplico,

libérame

(M. Emmanuelle, Seníieri ddl'Invisibile, Milán 1997, p. 95).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Hazme vivir, Señor, la autenticidad en la caridad».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Evangelio se difunde por contagio: uno que ha sido llamado llama a otro. Si he conocido a Jesús y su inmenso amor por mí, el cuidado que tiene de mi vida, intentaré vivir el «sermón de la montaña», el espíritu de las bienaventuranzas, el perdón, la gratuidad; y la gente que vive a mi alrededor, antes o después, me preguntará: ¿cómo es que vives así? Un estilo de vida que no excluye a nadie, que no rechaza a nadie, que es camino de seguimiento de Jesús, es el primer modo de contagiar a los otros.

Por eso depende de mí, de cada uno de vosotros, que la Iglesia sea cada vez más expresión de la incansable carrera que el Evangelio desarrolla en la historia. Depende de nuestro vivir el Evangelio como don interior que hace la vida bella y luminosa, que hace gustar la paz y la calma en el espíritu. Y es que, desde lo íntimo del corazón, el Evangelio se difunde a la totalidad de nuestra propia vida personal cual fuente de sentido y de valores para la vida cotidiana, y con ello las acciones de cada día se enriquecen de significado, los gestos que realizamos adquieren verdad y plenitud.

Las páginas de la Escritura iluminan los acontecimientos de la jornada, lá oración nos conforta y nos sostiene en el camino, los sacramentos nos hacen experimentar el gusto de estar en Jesús y en la Iglesia. Se abre aquí el espacio cíe una caridad que me impulsa a amar como Jesús me ha amado, y el espacio de la vida de la comunidad cristiana se convierte en lugar de significados y de valores que despejan el camino y de gestos que llenan la vida. Nace la posibilidad de entretejer relaciones auténticas, de crecer en la verdadera comunión y en la amistad (C. M. Martini, // Padre di tutti, Bolonia-Milán 1 999, p. 466).

 

 

Día 26

30° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO ·

Primera lectura: Éxodo 22,20-26

Así dice el Señor:

20 No molestes ni oprimas al forastero, porque vosotros también fuisteis forasteros en Egipto.

21 No maltrates a la viuda y al huérfano;

22 si los maltratas, clamará a mí y yo escucharé su clamor;

23 mi ira se encenderé y os haré morir a espada; entonces vuestras mujeres quedarán también viudas, y huérfanos vuestros hijos.

24 Si prestas dinero a alguno de mi pueblo, a un pobre vecino tuyo, no te portes con él como un usurero, exigiéndole intereses.

25 Si tomas en prenda el manto de tu prójimo se lo devolverás antes de la puesta de sol,

26 porque es lo único que tiene para cubrir su cuerpo. Si no, ¿con qué va a dormir? Si recurre a mi, yo lo escucharé, porque soy misericordioso.

 

¤• La venganza - o, dicho con otros términos equivalentes, el <<rescate» o la <<redención» (véase la raíz hebrea g'l)— era en el Antiguo Testamento un deber moral y un modo de practicar la justicia en una sociedad sin estructuras jurídicas adecuadas; sin embargo, y con frecuencia, degeneraba y resultaba incontrolable. A pesar de los prejuicios, incluso la ley del talión (Ex 21,23-25) expresa el Espíritu del <<código de la alianza» (Ex 20,22-23,33), que es una ley de misericordia.

El presente texto es una prueba de esta afirmación. Su lectura muestra que la Ley debe ser entendida como signo de la presencia del Señor que es misericordioso con su pueblo (cf v. 2ó) y cuida especialmente, con esmero y amor; de aquellos miembros mas desasistidos e indigentes, desprovistos de defensor <<vindicador» o <<redentor»: de quienes carecen y estén faltos de un <<clan», los extranjeros; de un padre o marido, el huérfano o la viuda; de un abogado, el pobre. De estas personas Dios se presenta como el defensor, o sea, como abogado, marido, padre y familia.

Las relaciones entre los hombres —si no empañasen la verdad del Dios que se ha revelado a Israel— no deberían impregnarse ni de criterios egoístas ni de intereses económicos personales o grupales (v. 24), sino de Espíritu de solidaridad, compasión y comprensión, como Israel ha podido experimentar con Dios. El versículo inicial de la lectura trae a la memoria la liberación de la esclavitud de Egipto (v 20) y continúa con unas enseñanzas que transpiran este Espíritu de misericordia. No son simples normas de filantropía interracial o interclasista, sino expresiones de una exigencia teológica: quien ha conocido a Dios debe actuar conforme a la verdad de este Dios misericordioso y cariñoso que sale a su encuentro como liberador.

 

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 1,5b-10

Hermanos:

5 Sabéis de sobra que todo lo que hicimos entre vosotros fue para vuestro bien.

6 Por vuestra parte, seguiréis nuestro ejemplo y el del Señor recibiendo la Palabra en medio de grandes tribulaciones, pero con el gozo que viene del Espíritu Santo.

7 De esta manera habéis llegado a ser modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya.

8 Y no solo en Macedonia y Acaya habéis hecho resonar la Palabra del Señor sino que por todas partes se ha extendido la fama de vuestra fe, de suerte que nada tenemos que añadir por nuestra parte.

9 Ellos mismos refieren la acogida que nos dispensasteis y cómo os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero

10 y para vivir con la esperanza de que su Hijo Jesús, a quien resucité de entre los muertos, se manifieste desde el cielo y nos libere de la ira que se acerca.

 

La comunidad de Tesalónica es una iglesia muy joven. Hace poco tiempo que ha recibido el mensaje del Evangelio y vive la frescura y la novedad de la vida de Cristo resucitado. Pablo se siente orgulloso y ve revivida su propia experiencia en la de esta comunidad (v 6).

Bajo la acción del único Espíritu, Jesús y los apóstoles, Pablo y sus comunidades, están embarcados en el mismo destino y se encuentran unidos por la misma vocación; son solidarios en el camino de la cruz y copartícipes de la alegría de los frutos de la resurrección. Por esta razón, como Pablo, la iglesia de Tesalónica <<ha llegado a ser modelo», punto de referencia y foco de irradiación del Evangelio. Es una iglesia que imita de Pablo la <<alegría» de vivir según el Evangelio: la alegría es un don del Espíritu, del Espíritu Santo que ha guiado a Jesús hasta la entrega de si mismo y que ahora conduce a Pablo en medio de las pruebas y tribulaciones. La comunidad también imita la entereza con la que Pablo acoge la persecución y los contratiempos por causa del Evangelio. Y justo por esto, los tesalonicenses se han convertido en un ejemplo a imitar para los cristianos de Grecia: <<De esta manera habéis llegado a ser modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya» (v. 7). La iglesia de Tesalónica ha seguido de Pablo el ejemplo de la misma acogida entusiasta del Evangelio y se ha encargado de evangelizar al resto de Grecia con palabras y hechos, con la propia vida: <<Y no sélo en Macedonia y Acaya habéis hecho resonar la Palabra del Señor» (v. 8).

Cuanto ha sucedido en la conversión de los tesalonicenses es un poco el paradigma del kerygma cristiano a los paganos: pasar del politeísmo idolátrico al monoteísmo confiado, <<abandonar los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero» (v. 9) y adherirse a la revelación cristológica, que espera su pleno cumplimiento en la parusía, es decir, el regreso glorioso de Cristo (wa 10). Este argumento constituiré uno de los temas fundamentales de la carta.

 

Evangelio: Mateo 22,34-40

34 Cuando los fariseos oyeron que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se reunieron,

35 y uno de ellos, experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

36  —Maestro, ¿cuál es el mandamiento mas importante de la Ley?

37 Jesús le contestó:

—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.

38 Este es el primer mandamiento y el más importante.

39 El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo.

40 En estos dos mandamientos se basa toda la Ley y los profetas.

 

La pregunta del escriba, <<experto en la Ley» (v. 34), no es solo un recuerdo histérico de la confrontación entre Jesús y sus adversarios, siempre dispuestos a acabar con él, sino un reflejo de las preocupaciones de la comunidad a la que se dirige Mateo. La comunidad a la que Mateo escribe el evangelio quiere saber qué precepto resume todas las enseñanzas de la Ley y los profetas y evitar la confusión que supone el cumplimiento de una miríada de obligaciones y deberes. Los interlocutores de Jesús no le preguntan, como en Marcos, cuál es el primer mandamiento, sino cuál es <<el mas grande» (v 30), un semitismo para expresar <<el más importante».

La respuesta de Jesús a la pregunta del escriba se articula en dos momentos: primero, se refiere al shemá Israel (<<Escucha, Ismel», Dt 6,4ss,), la oración cotidiana de los judíos; después, la asocia con el precepto del amor al prójimo (Lv 19,18). Al final, añade: <<En estos dos mandamientos se basa toda la Ley y los profetas>>, (v. 40). El amor es la única respuesta verdaderamente adecuada que el creyente puede darle al Dios que lo ha amado primero y que le ofrece su amistad. Un amor, como ya enseñaba el Antiguo Testamento, único e indiviso, aglutinador de todos los componentes del ser: la inteligencia, la voluntad y las fuerzas vitales. Un amor Así necesita salir de la dispersión y encontrar la integración, una unidad de vida consciente y libre.

El verdadero amor a Dios, síntesis de la Ley, posee un nexo inseparable con el amor al prójimo; <<El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo coma a ti mismo» (wz 39). En caso contrario, hay que denunciar el carácter hipócrita, tal como lo han hecho con insistentes avisos los profetas de Israel, de un culto formalista que no practique la justicia y la misericordia con el prójimo. La unidad inherente entre los dos mandamientos es indudablemente el corazón de la predicación profética y de la Torah, como muestra, por ejemplo, la primera lectura, tomada del antiguo código de la alianza.

 

MEDITATIO

La respuesta de Jesús al escriba con la cita del <<Escucha, Israel» nos ayuda a aclarar qué conlleva amar a Dios, una actitud que no puede entenderse como el mero sentimiento con el que una persona ama a otra para hacerle el bien. En el Antiguo Testamento, <<amar a Dios» es escucharlo, es confiar en su palabra prometedora, es condicionar la vida a la Palabra. Amar a Dios equivale a decidirse por Dios con la totalidad del ser; sin reservas. La actualidad de la respuesta de Jesús a la cuestión propuesta por el escriba sobre el precepto mas importante de la Ley ilustra aspectos de hoy día. Por ejemplo, numerosos bautizados vacilan y se preguntan qué hacer en situaciones particulares, y todo porque no han decidido en realidad qué es lo mas urgente o conveniente en la vida. Solo Dios es la causa por la cual vale la pena invertir todos los recursos vitales, la única en la que tiene sentido gastar la existencia.

La verdad del primer mandamiento depende de cómo se viva el segundo, el amor al prójimo. ¿Y qué es amar al prójimo según la perspectiva de Jesús? Jesús introduce una novedad en el concepto del prójimo que supera toda barrera: no es solo el amigo o el consanguíneo, sino también el extraño o extranjero, e incluso el enemigo (cf Mt 5,43-48). El prójimo no viene determinado ni definido por un listado de principios generales, sino por el amor concreto que descubre al otro y lo que puede hacer por él. Jesús nos enseña la realización perfecta de este amor concreto con su profunda compasión por cualquier persona necesitada, sana o enferma. En Jesús descubrimos el modelo supremo para hacemos próximos, el ejemplo donde inspiramos en las situaciones de <<proximidad». Podemos enumerarlas bajo una triple tipología: el amor al prójimo como atención solicita ante las necesidades del otro, como perdón y reconciliación con el enemigo, y como servicio al amigo o al hermano.

 

ORATIO

Señor, te bendecimos porque nos muestras el sendero de la vida con el mandamiento del amor cuya practica nos acerca cada vez mas a ti y nos conforma mejor con Jesucristo, tu amadísimo Hijo.

Ayúdanos a amarte, destronando de nuestro corazón los ídolos y dejando que tu Palabra plasme en nosotros la criatura nueva, que te pertenece por entero. Te hacemos hueco en nuestra vida. Queremos amarte, Dios nuestro, como el único y reconocer que eres el guía de la vida. Tu nos permites superar las indecisiones en las pequeñas y grandes elecciones y nos ayudas a vencer nuestro pequeño yo <<autárquico», que continuamente nos dice que para vivir hasta con nuestros propios recursos y que somos autónomos para amar. Que tu Palabra nos libere de la seducción de este yo <<diminuto», chato de ideales, encorvado sobre si mismo y privado de amor y solidaridad con el prójimo.

Te pedimos que nos concedas la gracia de tu Espíritu para que podamos servirte fielmente amando a nuestros hermanos, especialmente a los necesitados y humildes, tus preferidos.

 

CONTEMPLATIO

¿Qué pensáis, hijas, que es su voluntad? Que seamos del todo perfectas; que para ser unos con El y con el Padre, como su Majestad le pidió, mirad qué nos falta para llegar a esto. Acá solas estas dos que nos pide el Señor: amor de su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar; guardándolas con perfección, hacemos su voluntad, y Así estaremos unidos con El. Mas ¡qué lejos estamos de hacer como debemos a tan gran Dios estas dos cosas, como tengo dicho! Plega a Su majestad nos dé gracia para que merezcamos llegar a este estado, que en nuestra mano esta si queremos.

La mas cierta Señal que - a mi parecer - hay de si guardamos estas dos cosas es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que lo amamos), mas el amor del prójimo, si. Y estad ciertas que mientras mas en este os viereis aprovechadas, mas lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene que en pago del que tenemos al prójimo hará que crezca el que tenemos a Su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar (Teresa de Jesús, << Moradas del castillo interior», V, 3,7-8, en Obras completas de santa Teresa, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1902, 380-381).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y al prójimo como a ti mismo» (cf Mt 22,37.39).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Antes de la venido de Jesús, los imprecaciones de los profetas recordaban que los sacrificios no le agradaban o Dios y que era imposible darle culto sin un corazón humilde que no practicara la justicia con el prójimo   Un por de frases sólidas de los labios de Cristo nos bastan para que sepamos qué meditar y qué hacer hasta el final del mundo: <<Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros. Como yo os he amada, así también amaos los unos o tos otros». ¡Y es todo!

¿Por qué este mandamiento es nuevo? Antes de pronunciar estas palabras, a la pregunta: << Cual es el mandamiento mas importante de la Ley?>a>, Jesús no hace otra cosa que recordar la Ley: <<Amarás at Señor tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu alma y con todo tu mente. Este es el primer mandamiento y el más importante. El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como o ti mismo. En estos dos mandamientos se basó toda  la <<Ley y los profetas>>. Después de recordar que en el Antiguo Testamento esté escrito: <<Amarás a tu prójimo, odiarás a tu enemigo>>, <<Ojo por ojo, diente por diente>>, Jesús añade: << Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen; a quien os abofetee en la mejilla derecha presentadle también la otra». Entiéndase: esto no es una aplicación, sino una consecuencia,

Lo nuevo en el mandamiento de amarnos unos a otros es, desde ahora, amar a nuestros hermanos como Jesús nos ama [..,]. Y aun hoy otro aspecto de este mandamiento del Señor, no siempre bien comprendido, sobre el que debemos reflexionar brevemente. En efecto, en el mandamiento de la Ley tenemos que amar al prójimo <<como a ti mismo». Se ha visto en esta  término uno especie de <<minimización» del amor o los otros y casi la justificación de una solapada prudencia egoísta. Y ciertamente, no estamos obligados a amar o nuestros hermanos mas que a nosotros mismos. No tenemos que pretender excesivos cosos con los otros, yo que es necesario empezar por nosotros mismos. Y se acaba con una filosofía de la vida muy mediocre y con una concepción muy humana y egoísta del amor al prójimo. El Señor repite este mandamiento y lo asume como propio (R, Voillome, Con Gesu nel deserto, Brescio i969, 103ss.).   

 

Día 27

Lunes 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 4,32-5,8

Hermanos:

32 Sed más bien bondadosos y compasivos los unos con los otros y perdonaos mutuamente, como Dios os ha perdonado por medio de Cristo.

5,1 Sed, pues, imitadores de Dios como hijos suyos muy queridos.

2 Y haced del amor la norma de vuestra vida, a imitación de Cristo, que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios.

3 En cuanto a la lujuria o cualquier clase de impureza o avaricia, que ni siquiera se nombren entre vosotros, pues así corresponde a creyentes.

4 Y lo mismo hay que decir de las palabras torpes y las conversaciones estúpidas o indecentes que están fuera de lugar. Ocupaos más bien de dar gracias a Dios.

5 Porque habéis de saber que ningún lujurioso o avaro -que es como si fuera idólatra- tendrá parte en la herencia del Reino de Cristo y de Dios.

6 Que nadie os seduzca con razonamientos vanos; son precisamente estas cosas las que encienden la ira de Dios contra los hombres rebeldes.

7 No os hagáis, pues, cómplices suyos.

8 En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Portaos como hijos de la luz.

 

*• El bautizado vive en Cristo (cf. Ef 2,10), es morada del Espíritu (cf. 2,22); sus acciones deben estar en armonía con la verdad y la caridad (cf. 4,15) y deben corroborar la unidad de la comunidad (cf. 4,16). La benevolencia, la misericordia, el perdón recíproco, son las actitudes que califican las relaciones entre cristianos.

Éstos son conscientes de haber recibido gratuitamente el amor de Dios en Cristo (4,32). Pablo exhorta a los creyentes a actuar como actúa Dios. Nos vienen a la mente aquellas palabras de Jesús: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Le 6,36). Los cristianos, convertidos en hijos adoptivos de Dios, han de vivir ese amor del que Jesús dio ejemplo con su entrega total (Ef 5,2; cf. Jn 15,13).

Dicho de manera negativa, la auténtica vida nueva en Cristo comporta el abandono de las costumbres y tendencias que no se corresponden con el amor. Pablo enumera aquí una serie de acciones que, por manifestar una relación desordenada con la sexualidad y con los bienes, ignoran el único señorío de Jesucristo y del Padre (w. 3-5). El placer y el tener, convertidos en ídolos, las palabras torpes y las conversaciones estúpidas que llevan a la vulgaridad: todo eso no puede ser más que objeto de condena por parte de Dios y motivo de exclusión de su Reino. De ahí la invitación apremiante del apóstol, a fin de que los efesios que se han hecho cristianos no sigan a los que intentan asociarlos a su propia rebelión contra Dios y volver a llevarlos al primitivo estado prebautismal en el que antes se encontraban (w. 6ss). Tras haber sido iluminados por la gracia del sacramento, ya no han de vivir en las «tinieblas» de la lejanía de Dios, sino en la «luz» de la comunión con él, de quien ahora son hijos (v. 8; cf. Jn 8,12).

 

Evangelio: Lucas 13,10-17

En aquel tiempo,

10 estaba Jesús enseñando en una sinagoga un sábado

11 y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años estaba poseída por un espíritu que le producía una enfermedad; estaba encorvada y no podía enderezarse del todo.

12 Jesús, al verla, la llamó y le dijo:

-Mujer, quedas libre de tu enfermedad.

13 Le impuso las manos y, en el acto, se enderezó y se puso a alabar a Dios.

14 El jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba en sábado, empezó a decir a la gente:

-Hay seis días en que se puede trabajar. Venid a curaros en esos días y no en sábado.

15 El Señor le respondió:

-¡Hipócritas! ¿No suelta cada uno de vosotros su buey o su asno del pesebre en sábado para llevarlo a beber?

16 Y a ésta, que es una hija de Abrahán a la que Satanás tenía atada hace dieciocho años, ¿no se la podía soltar de su atadura en sábado?

17 Al hablar así, quedaban confusos todos sus adversarios, pero toda la gente se alegraba por los milagros que hacía.

 

*•• Jesús está en marcha hacia Jerusalén (cf Le 9,51), lugar donde tuvo comienzo su manifestación (cf. 2,22ss; 2,4 lss) y donde se consumará su misión salvífica (cf. 13,33; 19,28ss). Lucas sitúa en el interior de este gran viaje las enseñanzas de Jesús a sus discípulos. Éstos están llamados a recorrer de nuevo su mismo camino, volviendo a partir de Jerusalén (cf. 24,47; Hch 1,8).

El milagro de la curación de la mujer encorvada sólo lo narra Lucas. La curación realizada en sábado presenta la ocasión de afirmar el aspecto central del mensaje evangélico: el amor de Dios revelado por Jesús libera al hombre de las estrecheces de una ley que, entregada para asegurar la libertad, había terminado por hacerlo esclavo. Se trata de un amor gratuito, como la curación de esta mujer, que no la había pedido (v. 12).

La ley del sábado, convertida durante el período postexílico en el fulcro de la religiosidad judía, había perdido la motivación originaria del tiempo sagrado por la comunión con Dios. La casuística rabínica había asimilado ciertas acciones, como las de llevar a cabo curaciones, a la prohibición de realizar cualquier trabajo, una prohibición sólo derogable en caso de peligro para la supervivencia. Jesús, con su gesto gratuito, afirma que el sábado está al servicio de la vida: para quien ama a Dios, no hacer el bien equivale a hacer el mal. Y, efectivamente, es un «mal» el desdén del jefe de la sinagoga (v. 14), así como los pensamientos rencorosos, fácilmente adivinables, de los adversarios de Jesús, para quienes el anuncio del Reino de Dios se resuelve en vergüenza y confusión (v. 17a).

Jesús, cuya palabra realiza lo que dice y cuyos gestos son sencillos (v. 13) en comparación con los de los taumaturgos orientales, se presenta como el liberador del espíritu maligno -considerado como origen del mal- que deforma la imagen divina del hombre (cf. Gn l,26ss) haciéndolo esclavo, incapaz de levantar la mirada a su Creador (cf. Sal 121,1; 123,1). El hombre, restituido a la dignidad de la relación vital con Dios, está nuevamente colmado de alegría y, viviendo en plenitud su existencia, da gloria a su Señor y Salvador, exaltando su maravilloso obrar (w. 13b. 17b).

 

MEDITATIO

Los cristianos son personas liberadas de la opresión del carácter finito de las criaturas: éste ya no es obstáculo que impida la relación personal con Dios, porque Dios mismo la ha hecho posible y la ha manifestado en el Señor Jesús. Los cristianos han sido liberados de todo vínculo que dificulte la convivencia humana: el único vínculo es el amor, que promueve la vida de todos, porque anima a cada uno a hacer el bien. ¿Cómo atestiguar este don de libertad?

Hay una elección precisa que, en cuanto cristiano, debo llevar a cabo en la vida de cada día: la de comportarme como se comportó Jesús. Misericordia, perdón, benevolencia: ésos son los atributos de Dios que estoy llamado a hacer visibles en mi ambiente. Con todo, me doy cuenta a menudo de que, siendo misericordioso, teniendo un corazón benévolo, intentando perdonar..., me pongo a contracorriente respecto a la mayoría y me encuentro solo. Parece paradójico: ¿es que acaso vivir en comunión con Dios me aleja de los otros?

Es así, porque la propuesta de un amor que se da por completo a sí mismo parece incómoda, mientras que la riqueza y el sexo fáciles parecen seductores. Yo, cristiano de hoy, ¿de qué parte me encuentro?

 

ORATIO

Cuántas veces ni siquiera te pido que me ayudes a mirar hacia arriba, Señor, y finjo estar satisfecho con mi mirada a ras de tierra... Cuántas veces me digo que, después de todo, no es tan malo escarbar en la superficialidad y camuflo el vacío que experimento con ebriedades epidérmicas...

¡Señor, toma tú una vez más la iniciativa! Despierta en mí la conciencia de ser como tú me has hecho con el bautismo: hijo libre de amar, capaz de gestos que son chispas de luz en las tinieblas de la mezquindad y del egoísmo. Señor, salvador de mi vida.

 

CONTEMPLATIO

La perfección de la vida cristiana consiste en unirnos con el alma, con las palabras y con los hechos de la vida misma a todos los términos que explican el nombre de Cristo. Alguien podría objetar que este bien es difícilmente realizable, puesto que sólo el Señor de lo creado es inmutable, mientras que la naturaleza humana es mutable y está inclinada a los cambios. El hombre no es mutable sólo en relación con el mal. La más bella manifestación de la mutabilidad está representada por el crecimiento en el bien: el ascenso a una condición mejor convierte en un ser más divino a quien se transforma en sentido bueno. Lo que nos parece temible (hablo de la mutabilidad de nuestra naturaleza) es, en realidad, un ala adaptada al vuelo hacia las cosas más excelsas.

La verdadera perfección consiste, en efecto, precisamente en esto, en no detenerse nunca en el propio crecimiento y en no circunscribirlo dentro de un límite (Gregorio de Nisa, Fine, professione e perfezione del cristiano, Roma 21996, pp. 113-115, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Cristo me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí» (cf. Ef 5,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Existe una vida escondida en el hombre que sostiene su esperanza. ¿Serás capaz de prestarle atención? Sin esa esperanza, arraigada en el centro de tu corazón, sin ese ir más allá de tu persona, pierdes el gusto de avanzar. No se trata de una esperanza que es pura proyección de tus deseos, sino de esa que conduce a vivir lo inesperado, incluso en situaciones sin vía e salida. Esta esperanza engendra un impulso de creatividad: este impulso destruye los determinismos de la injusticia, del odio, de la opresión. En íntimo coloquio, se trata de una esperanza que procede de Otro y que puede reinventar el mundo.

Cuando pones el centro del universo en ti mismo, te hundes en el egocentrismo y se dispersan las energías de la creatividad y del amor. Para trasladar a otro lugar ese centro y para que en él se encienda el amor, dispones del mismo fuego que cualquier otro hombre posee en la tierra: el Espíritu que está dentro de ti.

Deja que sus impulsos, su espontaneidad, sus inspiraciones, se despierten y verás que tu vida se vuelve fuerte y densa. Una vez situado en las vanguardias de la Iglesia, ¿serás portador de agua viva? ¿Apagarás la sed del que busca la fuente?

No basta con el deseo de ser servidor de la paz y de la justicia para llegar a serlo. Es preciso subir a la fuente y reconciliar en nosotros mismos lucha y contemplación. ¿Quién podría aceptar ser un conformista de la oración, de la justicia o de la paz? ¿Quién podría soportar que se dijera de él: dice, pero no hace? Dice «Señor, Señor», pero no hace su voluntad; dice «Justicia, justicia», pero no la practica; dice «Paz, paz», pero dentro de él está la guerra (R. Schutz, Vivere l'inesperato, Brescia 21978, pp. 7-9, passim).

 

Día 28

San Simón y san Judas (28 de octubre)

 

El evangelista Lucas califica al apóstol Simón de «zelota» (Lc 6,15), probablemente por el hecho de que formó parte del grupo antirromano de los zelotas. Mateo y Marcos, en cambio, le califican de «cananeo» (Mt 10,4; Mc 3,18). Mateo (10,3) y Marcos (3,18) llaman «Tadeo» al apóstol Judas, mientras que Lucas le llama «Judas el hijo de Santiago» (Le 6,16). Este Judas es el que dirigió a Jesús en la última cena estas palabras: «Señor, ¿cuál es la razón de manifestarte sólo a nosotros y no al mundo?» (Jn 14,22). Una carta, muy breve, del Nuevo Testamento lleva el nombre de este apóstol. Según san Fortunato (s. VI), estos dos apóstoles predicaron en distintas regiones de Oriente Medio y murieron mártires en Persia. La fiesta de los dos santos apóstoles aparece en el calendario de san Jerónimo, del siglo VI, y en Roma empezó a celebrarse a partir del siglo IX.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 2,19-22

Hermanos:

19 ya no sois extranjeros o advenedizos, sino conciudadanos dentro del pueblo de Dios; sois familia de Dios,

20 estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular

21 en quien todo el edificio, bien trabado, va creciendo hasta formar un templo consagrado al Señor,

22 y en quien también vosotros vais formando conjuntamente parte de la construcción, hasta llegar a ser, por medio del Espíritu, morada de Dios.

 

**• Para el apóstol Pablo, el misterio de Cristo y el misterio de la Iglesia están íntimamente conectados.

Cristo es nuestra paz: en él todos, tanto los alejados (los paganos) como los cercanos (los judíos), encuentran el camino de la reconciliación y de la unidad. Ya no hay dos pueblos, sino uno sólo, ya no hay separación entre diferentes, sino unidad entre semejantes. Todo esto es don de Dios Padre, por medio de Cristo el Señor, en el Espíritu Santo.

En este contexto, el apóstol imagina a la Iglesia como un gran edificio, como un templo santo, como la morada de Dios. Los fundamentos de ese edificio, en el que todos habitan y viven como «conciudadanos dentro del pueblo de Dios; sois familia de Dios» (v. 19), son los apóstoles y los profetas. La «piedra angular», sin embargo, es «el mismo Cristo Jesús» (v. 20): él es la clave de bóveda que consolida el conjunto, en él encuentra todo el edificio su compactibilidad y puede crecer de una manera ordenada.

Desde esta perspectiva cristológica, la doctrina eclesiológica de Pablo asume una claridad absolutamente particular. En ella la presencia, el papel y el ministerio de los apóstoles asume toda su importancia. La Iglesia de Cristo, por consiguiente, es una, santa, católica y apostólica: en el sentido de que en ella los apóstoles, por voluntad de Dios y por una opción histórica de Jesús, constituyen el fundamento de la comunidad de los creyentes.

 

Evangelio: Lucas 6,12-16

Sucedió que,

12 por aquellos días, Jesús se retiró al monte para orar y pasó la noche orando a Dios.

13 Al hacerse de día, reunió a sus discípulos, eligió de entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles:

14 Simón, a quien llamó Pedro, y su hermano Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé,

15 A Mateo, Tomás y Santiago, el hijo de Alfeo, Simón llamado Zelota,

16 Judas el hijo de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

 

**• Jesús manifiesta una atención absolutamente particular respecto a los Doce, sus discípulos: primero los elige, después los instituye como colegio (Mc 3,13-19) y, más tarde, los envía en misión (Mt 10,1-15). Así pues, dentro del grupo de sus discípulos, Jesús reserva a los Doce un trato absolutamente especial: a buen seguro en vistas a su misión, que es también especial. Para proceder a esta elección decisiva de su ministerio público, Jesús se prepara -y Lucas lo subraya- pasando toda una noche orando en el monte. Por eso, en la tradición de la Iglesia toda gran decisión se prepara con una intensa y prolongada oración.

Antes de elegirlos, Jesús llama a sus discípulos: la vocación figura siempre en el origen de toda institución o ministerio eclesial. Después de haberlos llamado, Jesús les impone el nombre de «apóstoles». Aunque este título les parece tener color y origen pascual a los especialistas, aquí Lucas lo atribuye ante litteram a los Doce con la intención evidente de expresar la importancia que tiene este colegio en el seno de la Iglesia que Jesús va a fundar.

 

MEDITATIO

La liturgia de hoy nos pone ante la relación entre oración y misión. En primer lugar, es Jesús el que aparece como modelo insustituible. Su ejemplaridad está explicitada por el evangelista Lucas de un modo totalmente evidente, y no sólo en ésta, sino también en muchas otras circunstancias. Permanecer en oración antes de decidir, orar para discernir según el plan de Dios, orar en vistas a las grandes decisiones de la vida, tanto en el ámbito personal como en el comunitario: desde esta perspectiva, no hemos de considerar la oración como un momento separado de la vida, sino como una actitud previa que nos introduce en la experiencia personal y eclesial.

Emprender la misión después de que la comunidad y su responsable se hayan recogido en una prolongada oración significa confiar la misión y su desenlace a aquel que es su primer responsable: el dueño de la viña, el pastor del rebaño, el Señor de su pueblo. Cuando se dice que la oración es vida y que la vida puede ser oración no se hace otra cosa más que confirmar la certeza de que, en una visión de fe, todo sucede por voluntad divina, por la voluntad de Aquel a quien nos confiamos precisamente mediante la oración.

 

ORATIO

El mundo tiene necesidad de ti, Señor: envía a tus apóstoles para que lleguen a los últimos confines de la tierra y proclamen en tu nombre la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado.

El mundo tiene necesidad de ti, Señor: elige también hoy entre nosotros a personas capaces de representarte y de hablar en tu nombre con un extremo valor en cualquier situación de vida.

El mundo tiene necesidad de ti. Señor: no sólo la parte de la humanidad que no te conoce todavía, sino también la que, aun conociéndote, no te reconoce como único Señor y maestro.

El mundo tiene necesidad de ti, Señor: te pedimos con todo el impulso de nuestro corazón que tu Iglesia, de una manera valerosa y humilde, se haga portavoz tuyo y te proclame ante toda la humanidad como el único Señor y Salvador.

 

CONTEMPLATIO

Sí, la esperanza. Si esta virtud no nos sostiene, no es cierta nuestra perseverancia y podremos perdernos por el camino, lo que, por desgracia, hoy es muy fácil. Es fácil renunciar a los ideales de la vida cristiana: primero, porque son difíciles y lejanos; segundo, porque la psicología del hombre moderno está dirigida a la consecución, más aún, al goce de bienes fáciles e inmediatos, de bienes exteriores y sensibles, más que a los interiores y morales; tercero, porque el oportunismo está de moda. El éxito cercano y propio ocupa el sitio de los ideales, obligados a duras resistencia y a antipáticas posiciones. El entusiasmo de la resistencia, del coraje, del sacrificio, es sustituido por el cálculo de la utilidad, la aceptación de la moda, la confianza en la mayoría, la molestia de sostener la parte de una precisa, fuerte e incómoda impopularidad; posiciones psicológicas y otras semejantes que no saben vivir la esperanza.

La esperanza es la conciencia que tiene el cristiano de estar inserto ya desde ahora, mediante la gracia del Espíritu Santo, en un gran plan de salvación, para el que su propia suerte está envuelta por una promesa no ilusoria (Pablo VI).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día esta Palabra: «Jesús eligió entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles» (Le 6,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nos desvivimos con frecuencia por disponer dirigentes con la convicción de que es esto sobre todo lo que hace falta para que la cosa funcione, y la cosa sería la Iglesia. Y lo que deberíamos  hacer antes que nada es ser y hacer progresar auténticos «gestos espirituales», como el encuentro con Dios, la conversión al Evangelio, el arrepentimiento, la acción apostólica de cara al prójimo, etc. De bien poco sirve pulir la estructura de un programa o de un trabajo: lo que cuenta es obtener una oración pública o privada que sea una verdadera oración, una metanoia que sea verdaderamente un movimiento de penitencia y de conversión, una comunión que sea una verdadera intimidad, una fe que sea una convicción decisiva.

Sin embargo, son demasiados los que se desviven detrás de una pastoral de las cosas, donde los hombres, valgan mucho o poco, sirven sólo para llenar la casilla que se les ha predispuesto, como si su tarea fuera sólo la de mantener en pie un sistema ajustado de cosas y, si es posible, hacerlo prosperar. Así, dentro de ciertos programas óptimamente pulidos de «religión» falta precisamente lo que es el acto religioso, el gesto espiritual. Es evidente que, en un ambiente semejante, los cristianos deben encontrar muchas dificultades para nacer. Por tanto, en primer lugar, se debe buscar y suscitar el «movimiento espiritual» del hombre, un acto que sea propio de alguien, que se comprometa con toda su espiritualidad y tal que el Espíritu Santo pueda colaborar en él (Yves-Marie Congar).

 

Día 29

Miércoles 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 6,1-9

1 Hijos, obedeced a vuestros padres como es justo que lo hagan los creyentes.

2 Honra a tu padre y a tu madre, tal es el primer mandamiento, que lleva consigo una promesa, a saber:

3 para que seas feliz y goces de larga vida en la tierra.

4 Y vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino educadlos, corregidlos y enseñadles tal como lo haría el Señor.

5 Esclavos, obedeced a vuestros amos terrenos con profundo respeto y con sencillez de corazón, como si de Cristo se tratara.

6 No con una sujeción aparente que busca sólo agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios.

7 Prestad vuestro servicio de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres,

8 sabiendo que el Señor dará a cada uno, sea libre o esclavo, según el bien que haya hecho.

9 Y vosotros, amos, comportaos de la misma manera con ellos; absteneos de amenazas y tened presente que vuestro Señor y el suyo está en los cielos y que en él no hay favoritismos.

 

**• Después de haber exhortado a los cónyuges a vivir su relación matrimonial en conformidad con su identidad cristiana icf. Ef 5,22-33), el apóstol se dirige a los hijos y a los padres. También a ellos les dirige la invitación al mutuo respeto en la común obediencia a Cristo icf. 5,21).

A los hijos les recuerda el mandamiento mosaico: «Honra a tu padre y a tu madre» (Ex 20,12a). La obediencia a los padres tiene que ver con la relación con Dios, el cual liga a esta relación su bendición, expresada en términos de fecundidad, según la doctrina de la retribución temporal (v. 3; cf. Ex 20,12b).

A los padres les ha sido confiada la tarea de educar a los hijos, y la deben llevar a cabo con mansedumbre y premura, no siguiendo sus propios intereses, sino como servidores de la obra de Dios (v. 4): en él debe inspirarse y orientarse la acción educadora. La relación con el Señor y la obediencia a su voluntad califican, pues, las relaciones entre padres e hijos, iluminando y corroborando la paciente y suave firmeza de unos y el respeto de los otros.

También las relaciones entre esclavos y amos reciben nueva luz del anuncio cristiano. Se trata de relaciones entre personas sometidas todas ellas al mismo «Señor» (v. 9b), que, sin favoritismo alguno, reconoce y aprecia el bien realizado por cada uno, no la situación social que tiene (v. 8). Tanto para los esclavos como para los amos vale la misma Palabra de Jesús: «Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Por eso, el esclavo, cuando obedece a su amo, obedece a Cristo: su servicio, realizado con sencillez y generosidad, asume un valor religioso que excluye todo tipo de servilismo y la búsqueda de ambiguas complacencias (w. 5-7). El amo, por su parte, debe tratar al esclavo del mismo modo que trataría a Cristo, con un corazón animado por la caridad, exento de arrogancia y autoritarismo (v. 9a).

 

Evangelio: Lucas 13,22-30

En aquel tiempo,

22 mientras iba de camino hacia Jerusalén, Jesús enseñaba en los pueblos y aldeas por los que pasaba.

23 Uno le preguntó: -Señor, ¿son pocos los que se salvan?. Jesús le respondió:

24 -Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.

25 Cuando el amo de casa se levante y cierre la puerta, vosotros os quedaréis fuera y, aunque empecéis a aporrear la puerta gritando: «¡Señor, ábrenos!», os responderá: «¡No sé de dónde sois!».

26 Entonces os pondréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas».

27 Pero él os dirá: «¡No sé de dónde sois! ¡Apartaos de mí, malvados!».

28 Entonces lloraréis y os rechinarán los dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras vosotros sois arrojados fuera.

29 Pues vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, a sentarse a la mesa en el Reino de Dios.

30 Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

 

*•• Comienza una nueva etapa en el viaje hacia Jerusalén, marcada por la anotación-sumario del paso de Jesús por pueblos y aldeas y su incesante enseñanza (v. 22). La pregunta que abre la nueva sección tiene que ver con los que formarán parte del Reino de Dios (v. 23).

Jesús no da una respuesta directa sobre el número de los que se salvarán, sino que exhorta a estar preparados y a mostrarse solícitos en la acogida del Reino que viene. Se trata de la urgencia ineludible de comprometernos con todo nuestro ser, de concentrar todas nuestras fuerzas, como haríamos si tuviéramos que pasar por una puerta estrecha (v. 24). «Hoy» es el momento oportuno para este compromiso, un compromiso que no hemos de aplazar: la salvación es el don de Dios al que nos adherimos haciendo el bien, no simplemente reivindicando vínculos de familiaridad con Jesús (w. 25ss).

La imagen del banquete escatológico, en el que participan todos los pueblos de la tierra (v. 29), manifiesta la salvación ofrecida a todos los hombres y acogida por muchos paganos. Así éstos, los «últimos» en recibir el anuncio del Evangelio, serán los «primeros» en entrar en el Reino de Dios, mientras que Israel, primero en escuchar el anuncio, se verá excluido si no lo acoge (v. 30). La salvación no es cuestión de pertenencia étnica, sino de fe en Jesús. No es el ser hijo de Abrahán lo que asegura la participación en el Reino (v. 28), sino la realización de las obras de Abrahán (cf. Jn 8,39), el cual, con la esperanza de la redención futura (cf. 8,56), tuvo fe y por esa fe fue reconocido como justo (cf. Sant 2,23).

 

MEDITATIO

Nuestra comunión con el Señor tiene su comienzo ahora, en esta tierra, y durará más allá de la muerte, durante un tiempo sin fin. Se trata de un comienzo muy concreto: se lleva a cabo haciendo el bien y no el mal.

Este modo de proceder se convierte en el signo distintivo que nos hace ser reconocidos como personas que pertenecen a Jesucristo. La fe en él no puede dejar de convertirse en amor que penetra las relaciones con los otros.

No tenemos que mirar muy lejos: la familia es el primer «lugar» donde podemos convertir la fe en Jesús en comportamientos consecuentes. Si invoco el nombre del Señor, ¿acaso puedo pretender apelar a ciertas jerarquías de poder para regular sobre ellas las relaciones con los que viven junto a mí? La salvación toma forma en la entrega, en el respeto, en la delicadeza con que vivo mi rol-servicio familiar y mi rol social. No tiene ninguna salida positiva buscar otros caminos.

 

ORATIO

Señor, me resulta muy fácil demorarme en razonamientos a propósito de tu mensaje de salvación sin comprometerme. Perdóname: me parece «estrecha» la puerta del amor a los que viven más cerca de mí, el único amor en el que verdaderamente estoy dispuesto a poner en juego la verdad de mi fe en ti. Prefiero la puerta «abierta de par en par» de las grandes afirmaciones verbales, que no me exigen un compromiso, de una familiaridad formal con las «cosas de la Iglesia», a las que no me preocupo de dar respuesta en la vida. Dime que la mía es una ilusión y que sólo si amo en serio no a los que están lejos, sino a los que viven junto a mí, a aquellos a los que primero y sobre todo me has confiado, entonces y sólo entonces viviré la salvación que eres tú.

 

CONTEMPLATIO

Acuérdate, hijo mío, de lo que dice la Escritura: « Una buena palabra vale a menudo más que un rico don»...

Acuérdate de que, puesto que soy yo quien recibe todo lo que das, dices o haces a los otros, no basta con decir, hacer o dar cosas buenas; es preciso hacerlas también con suavidad, de una manera tan grata como las harías si yo, Jesús, estuviera delante de tus ojos... Es menester que todas las relaciones con el prójimo, por pequeñas que sean, rebosen de amor (Ch. de Foucauld, La vita nascosta. Ritiri IX/1, Roma 1974, p. 130).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú eres el Señor de todos» (cf. Ef 6,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nuestra misión es una misión de amor. Es una misión de bondad, sobre todo hoy, en que hay tanta hambre de Dios. Noto que, con el tiempo, cada uno de nosotros se transformará en mensajero del amor de Dios. Para obtener esto, debemos ahondar en nuestra vida de amor, de oración, de sacrificio. Es muy difícil dar a Jesús a los otros si no lo tenemos en nuestros corazones.

Si esto no nos interesa, estamos perdiendo el tiempo, porque limitarse a trabajar no es un motivo suficiente: sí lo es, en cambio, llevar la paz, el amor y la bondad al mundo de hoy, y para eso no tenemos necesidad ni de ametralladoras, ni de bombas. Necesitamos un amor profundo y una profunda unión con Cristo para ser capaces de dar a Cristo a los otros. Ahora bien, antes de poder vivir esta vida con el exterior, debemos vivirla en nuestras familias. El amor empieza en casa, y debemos ser capaces de mirar a nuestro alrededor y decir: «Sí, el amor empieza en la familia». Por eso nuestro primer esfuerzo debe ir encaminado a hacer de nuestras familias otros tantos Nazarets donde reinen el amor y la paz. Esto sólo se consigue cuando la familia se mantiene unida y reza unida.

A todos vosotros os ofrece una magnífica oportunidad la aran misión de vivir esta vida de amor, de paz, de unidad. Y, naciendo esto, proclamaréis a los cuatro vientos que Cristo está vivo (Madre Teresa de Calcuta, La gioia di darsi agli altrí, Roma 31981, pp. 82-84, passim [edición española: La alegría de darse a los demás, Ediciones San Pablo, Madrid 1997])

 

Día 30

Jueves 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 6,10-20

Hermanos:

10 termino pidiendo que el Señor os conforte con su fuerza poderosa.

11 Revestíos de las armas que os ofrece Dios para que podáis resistir a las asechanzas del diablo.

12 Porque nuestra lucha no es contra adversarios de carne y hueso, sino contra los principados, contra las potestades, contra los que dominan este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que tienen su morada en un mundo supraterreno.

13 Por eso debéis empuñar las armas que Dios os ofrece, para que podáis resistir en los momentos adversos y superar todas las dificultades sin ceder terreno.

14 Estad, pues, en pie, ceñida vuestra cintura con la verdad, protegidos con la coraza de la rectitud,

15 bien calzados vuestros pies para anunciar el Evangelio de la paz.

16 Tened embrazado en todo momento el escudo de la fe con el que podáis apagar las flechas incendiarias del maligno;

17 usad el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.

18 Vivid en constante oración y súplica guiados por el Espíritu. Y renunciando incluso al sueño para ello, orad con la mayor insistencia por todos los creyentes

19 y también por mí, a fin de que Dios ponga en mis labios la palabra oportuna para dar a conocer con audacia el misterio del Evangelio,

20 del que soy embajador entre cadenas. Que Dios me conceda anunciarlo con la entereza que debo.

 

**• La vida del cristiano es una lucha contra las fuerzas adversas a Dios, unas fuerzas que se oponen a su señorío en el mundo e intentan separar al hombre del Creador (v. 11b). Se trata de unas fuerzas oscuras, no identificables con facilidad, superiores al hombre (v. 12).

Sin embargo, el cristiano que vive en comunión con su Señor recibe de él la fuerza necesaria para el combate (v. 10), para ese combate que se desarrolla en la situación real en que vive. Pablo, empleando imágenes militares, en continuidad con aquellas que presentaban, en el Antiguo Testamento, a YHWH como un guerrero (cf. Is 42,13; Sab 18,15; Sal 35,1-3), exhorta al cristiano, despojado del hombre viejo en el bautismo (cf. Ef 4,22; Col 3,9), a revestirse de las armas para la lucha (w. 1 la-13a). La cintura, la coraza, las sandalias, el escudo, el yelmo, la espada de estas armas espirituales son la verdad, la justicia, la paz, la fe, la salvación, la Palabra de Dios (w. 14-17). Se trata de los dones que Dios distribuye a los bautizados y que éstos están llamados a acoger y poner en práctica para vivir la libertad de los hijos del Padre celestial, liberados de su miedo y de las insidias del maligno, fuertes y perseverantes en las pruebas hasta la consumación de los tiempos escatológicos (v. 13).

La oración es el medio indispensable para poder recibir los dones de Dios y llevar la batalla a buen fin, esto es, para obrar de modo cristiano: una oración incesante, guiada por el Espíritu Santo (v. 18a). Pablo llama la atención a fin de que el cansancio y el desánimo no lleven las de ganar en la difícil lucha: es necesario perseverar (v. 181). A tal fin, recomienda Pablo la oración de los unos por los otros y, en particular, por él mismo, enviado por Dios a anunciar el Evangelio, para que pueda cumplir su mandato con audacia y entereza (w. 18c-20).

 

Evangelio: Lucas 13,31-35

Aquel día,

31 se acercaron unos fariseos y le dijeron: -Sal, márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte.

32 Jesús les dijo: -Íd a decir a ese zorro que expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y que al tercer día acabaré.

33 Por lo demás, hoy, mañana y pasado tengo que continuar mi viaje, porque es impensable que un profeta pueda morir fuera de Jerusalén.

34 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía! Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de las alas y no habéis querido.

35 Pues bien, vuestra casa se os quedará desierta. Y os digo que ya no me veréis hasta que llegue el día en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor.

 

*+• La iniquidad más grande (cf. Le 13,27), compendio de todas las otras, será la muerte de Jesús. Éste resulta incómodo a Herodes (v. 31), pero también y sobre todo a los jefes religiosos de Israel. Sea cual sea la motivación -simpatía o bien hostilidad- por la que algunos fariseos le aconsejan que se aleje del territorio gobernado por Herodes, esto le permite a Jesús afirmar su fidelidad al mandato recibido del Padre: anunciar el tiempo de la salvación definitiva (cf. 2 Cor 6,2), de la que son signos la expulsión de demonios y las curaciones (v. 32). No hay perfidia humana que pueda cambiar el designio del amor de Dios.

El evangelista señala que Jesús es consciente de ir al encuentro de una muerte cruenta (cf. Le 9,22; 9,44; 17,25; 18,31-33), una suerte que no es diferente de la que siguieron los profetas (w. 33-34a; cf. 6,22ss). Eso sucederá precisamente en la ciudad santa de Jerusalén, la cual, en contradicción con su propio nombre -«Ciudad de la paz»-, ha sido el lugar de la masacre de los enviados de Dios. Es un acto deliberado ese con el que Jerusalén, símbolo de los israelitas incrédulos, no ha acogido la Palabra que Jesús le ha anunciado en más ocasiones, manifestando el deseo del Padre de convertirla en centro de unidad de su pueblo elegido (v. 34b).

Jesús predice su ruina (v. 35a), que es, a un tiempo, material (la ciudad será sometida todavía más duramente a los romanos y el templo será destruido) y espiritual. De hecho, Israel, al rechazar a Jesús, no recibe el cumplimiento de la promesa.

Sin embargo, puesto que «los dones y la llamada de Dios son irrevocables» (Rom 11,29), el evangelista entrevé, en el signo de la aclamación triunfal del mesías al final de su viaje (v. 35b; cf. Le 19,28-39), la acogida de Jesús por parte de todo Israel, al final de los tiempos, cuando judíos y paganos, convertidos todos en cristianos, bendecirán juntos el nombre del Señor.

 

MEDITATIO

Hay que sostener una lucha para ser auténticamente cristianos, una lucha entre las muchas sugerencias y persuasivos reclamos que frenan el impulso de adhesión al Señor e intentan marchitar el vigor de la obediencia a su Palabra. El Señor mismo nos sostiene, asegurándonos su presencia poderosa en los signos sacramentales.

Con el don de la fe, de la Palabra, de la capacidad de discernir lo que está bien de lo que está mal, nos atrae hacia él a fin de que, en comunión con él, demos a conocer en el mundo su presencia, que es fuente de vida para todos, sin distinciones entre judíos y griegos.

        Pero tal vez hoy sea más difícil que nunca hacer callar al que se opone a todo esto y nos separa del Señor y délos otros. Quizás la causa resida en que no nos dejamos abrazar por su deseo de recogernos en la unidad -nosotros, seres tan doloridos por las dispersiones interiores, tan fragmentados en nuestras relaciones vitales-.

La oración nos ayuda a volver y a permanecer en el centro de nosotros mismos, en ese lugar donde el Espíritu Santo no cesa de recordarnos el amor del Padre y la ternura del Hijo.

 

ORATIO

Señor, te pedimos, siguiendo la invitación de tu apóstol, que los hermanos y hermanas que viven situaciones de prueba sean capaces de resistir a la tentación del desánimo.

Haz que escuchen tus llamadas y no abandonen la Palabra que han escuchado, la verdad en la que han creído, la justicia que han acogido. Te pedimos en particular, Señor, por los anunciadores del Evangelio: que, siguiendo tu ejemplo, perseveren contra todo opositor, visible o invisible; que sean fieles a tu voluntad, testigos de la verdad que ellos han sido los primeros en recibir como don; que su única preocupación sea que tú seas conocido y amado, alabado y agradecido.

 

CONTEMPLATIO

Dios nos ha otorgado tanta gracia que es nuestro ayudador y nos ha dado buenas armas. Y puesto que él quedó muerto y vencedor en el campo de batalla (muerto fue y, al morir en el leño de la santísima cruz, salió vencedor, y con su muerte nos ha dado la vida), y ha vuelto a la ciudad del Padre eterno con la victoria de su esposa, o sea, de nuestra alma, sigamos, pues, sus vestigios, expulsando el vicio con la virtud; la soberbia con la humildad; la impaciencia con la perfecta humildad y la continencia; la vanagloria con la gloria y el honor de Dios. Que lo que hagamos e ingeniemos sea para gloria, alabanza y honor del nombre de nuestro Jesús.

Hágase una dulce y santa guerra contra estos vicios: y cuanto más miremos al dulce Señor, tanto más animada se verá el alma a emprender mayor guerra (Catalina de Siena, Le lettere, Milán 41987, pp. 439ss [edición española: Obras de santa Catalina de Siena, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1996]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que el Señor nos conforte con su fuerza poderosa» (cf Ef 6,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nuestra presencia es motivo de discordia: algunos la contestan hasta el punto de organizar atentados contra nosotros. Pero los ataques contra nuestra comunidad hacen nuestra presencia todavía más manifiesta. Lo hemos visto claramente después del rapto de los monjes y, más aún, después de su inmolación. La mayor parte de los musulmanes argelinos se ha unido a nosotros en la oración a Dios para que preservase su vida y plegara el corazón de los raptores. Más tarde, tras el anuncio de su muerte, han vuelto a vivir aún con nosotros la consternación, la condena y la vergüenza que semejante crimen ha suscitado. Las pruebas por las que pasamos, vividas sin espíritu de venganza y abiertos al perdón evangélico, asumen un papel en las obras de la reconciliación y de la paz. «... Hemos tenido que permanecer firmes en nuestro rechazo a dejarnos identificar con uno u otro campo, permanecer libres para contestar de manera pacífica a las armas y los medios de la violencia y de la exclusión.

Seguir siendo lo que somos en este contexto significa anunciar de modo concreto un evangelio de amor a todos, un evangelio que implica el respeto a la diferencia. ¡Ésta es una auténtica buena noticia! El incremento de la proximidad de nuestros vecinos) su aceptación de lo que somos hacen que acojamos, ciertamente, su propio mensaje. ¡Una felicidad hecha para crecer!» (Hermano Christian, prior de la Trapa de Tibhrine, en H. Teissier, Accanto o un amico, Magnano 1998, pp. 155ss [edición española: Cartas de Argelia, Encuentro, Madrid 2000]).

 

Día 31

 

Viernes 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 1,1-11

1 Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que vivís en Filipos, junto con los dirigentes y colaboradores,

2 os deseamos gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor.

3 Siempre que me acuerdo de vosotros, doy gracias a mi Dios.

4 Cuando ruego por vosotros lo hago siempre con alegría,

5 porque habéis colaborado en el anuncio del Evangelio desde el primer día hasta hoy.

6 Estoy seguro de que Dios, que ha comenzado en vosotros una obra tan buena, la llevará a feliz término para el día en que Cristo Jesús se manifieste.

7 Está justificado esto que yo siento por vosotros, pues os llevo en el corazón, y todos vosotros participáis de este privilegio mío de estar preso y poder defender y consolidar el Evangelio.

8 Dios es testigo de lo entrañablemente que os quiero a todos vosotros en Cristo Jesús.

9 Y le pido que vuestro amor crezca más y más en conocimiento y sensibilidad para todo.

10 Así sabréis discernir lo que más convenga, y el día en que Cristo se manifieste os hallará limpios e irreprensibles,

11 cargados del fruto de la salvación que se logra por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

 

        **• La carta que Pablo escribe a los filipenses –durante uno de los períodos que pasó en la cárcel (v. 7c; cf. v. 14a), pero cuya datación es insegura- figura entre las más afectuosas del epistolario paulino, según el testimonio de sus óptimas relaciones con la primera comunidad cristiana de Europa. En el saludo del envío (w. lss), Pablo, que se asocia a su discípulo Timoteo, no considera necesario explicitar, como sí lo hace, en cambio, en otros lugares (cf. Gal 1,1), su calidad de apóstol, plenamente reconocida por los filipenses. A ellos, Pablo y Timoteo les desean la plenitud de los dones de Dios Padre y de Jesucristo resucitado y glorioso (v. 2). De toda la comunidad de los bautizados, llamados «santos» (v. la) porque participan de la santidad del Señor Jesús, menciona específicamente a «los dirigentes y colaboradores» (v. Ib), que es como decir obispos y diáconos, a los que ha sido confiado un servicio particular: probablemente el gobierno y la administración a los primeros, y el cuidado de los pobres y el anuncio del Evangelio a los segundos.

En la acción de gracias que Pablo dirige a Dios por los filipenses, manifiesta el afecto profundo que le une a ellos. El recuerdo que tiene de ellos es constante, así como su oración por ellos, y es motivo de alegría porque los filipenses, desde que acogieron la Palabra de Dios gracias a la predicación de Pablo, se han vuelto miembros activos y solícitos misioneros. Eso refuerza en el apóstol la certeza de que el Espíritu del Señor los anima; el mismo Espíritu los hará perseverantes hasta el momento de la parusía, «el día en que Cristo Jesús se manifieste» (v. 6). El fundamento de la estima de Pablo por los cristianos de Filipos es firme: compartieron su misión y no lo abandonaron durante el tiempo que estuvo en la cárcel, tomando parte activa en la evangelización.

Eso ha alimentado en el apóstol la ternura entrañable, arraigada en el amor de Cristo, de la que Dios mismo es testigo (w. 7ss). De la sobreabundancia de sus sentimientos brotan aún una oración y un deseo: que crezca la caridad que anima a los filipenses y les haga capaces de comprender la voluntad de Dios en toda circunstancia; al cumplirla, se volverán cada vez más puros, más ricos en obras buenas. Así los encontrará el Señor Jesús a su vuelta al final de los tiempos. De este modo, a través de una vida auténticamente cristiana como la suya, Dios será glorificado y alabado (w. 9ss).

 

Evangelio: Lucas 14,1-6

1 Un sábado, entró Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos y la gente le observaba.

2 Había allí, frente a él, un hombre enfermo de hidropesía.

3 Jesús preguntó a los maestros de la Ley y a los fariseos:

-¿Se puede curar en sábado o no?

4 Ellos se quedaron callados. Entonces Jesús tomó de la mano al enfermo, lo curó y lo despidió.

5 Después les dijo: -¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey caen en un pozo, no lo saca inmediatamente, aunque sea en sábado?

6 Y a esto no pudieron replicar.

 

**• La comida en casa de un jefe de los fariseos (v. 1 a) brinda a Jesús la ocasión de reafirmar la subordinación de la ley del sábado a la ley del amor (cf. Le 6,1-11; 13,10-17) y de poner en evidencia la reducción hipócrita que los doctores de la Ley y los fariseos hacían de la misma. El evangelista subraya que la atención de todos estaba centrada en Jesús, dado que «la gente le observaba » (v. Ib). Jesús toma de nuevo la iniciativa, como en el caso de la mujer encorvada (cf. 13,12), pero en esta ocasión es él mismo quien suscita la controversia sobre la observancia del precepto sabático, planteando esta pregunta: «¿Se puede curar en sábado o no?» (v. 3).

Una vez realizada la curación, Jesús interpela otra vez a sus interlocutores con una pregunta retórica, una pregunta en la que subyace su observancia no escrupulosa del reposo sabático cuando se veía comprometido su interés personal (v. 5). El silencio (w. 4a.6) con el que reaccionan los doctores de la Ley y los fariseos a las preguntas de Jesús pone de manifiesto el carácter irrebatible de los argumentos aducidos por el Nazareno y las insuficientes razones con las que éstos sostenían la interpretación de la Ley de Moisés.

 

MEDITATIO

Jesús es el Señor. Todos los aspectos de la vida reciben de él un nuevo significado, un nuevo valor, una nueva forma. Pero es menester nuestra libre adhesión a él para que esta realidad se vuelva «carne» en nuestra historia. Podemos desnaturalizar la Ley de Dios, como los fariseos, adaptándola a nuestros intereses, o bien, como los filipenses, escuchar con sencillez y disponibilidad el anuncio del Evangelio y convertirnos en sus testigos. Son dos modos diferentes de usar la libertad. ¿Cuál es su fruto? Mutismo amargo en el primer caso, puesto que la mezquindad deseca el corazón, pone barreras al encuentro con el otro; alegría profunda en el segundo, puesto que acoger a Jesús como Señor dilata y fecunda el espacio de la comunión.

        Descubramos, a despecho de antiguos lugares comunes, que conocer a Jesús, acogerle, seguirle, hace crecer –y no mortificar- nuestra humanidad, libera los sentimientos más profundos y nos hace capaces de expresarlos de verdad, con intensidad y de manera concreta. Allí donde se manifiesta el amor, Dios está presente y recibe gloria.

 

ORATIO

Te pido, Jesús, por los hermanos y hermanas cristianos: todos ellos, en algún momento preciso de su historia, y con frecuencia gracias a la mediación de otros hermanos y hermanas, se han adherido a tu Palabra, han confirmado su fe en ti, te han reconocido como su Señor. Sostenlos, a fin de que en las inevitables pruebas y contradicciones que marcan la existencia, no desistan, sino que, al contrario, se reafirmen en la opción que han tomado.

Libéralos, Señor, de la tentación de convertir tu ley de vida en instrumento a su servicio, reduciéndola a una pragmática «vía al cielo». Libéralos, Señor, del espejismo de una cómoda fe privada. Haz que sepamos gustar la alegría de seguir el soplo del Espíritu, haciendo de su vida un servicio al Evangelio.

 

CONTEMPLATIO

La «ley del Espíritu de vida», como dice el apóstol, es la que obra y habla en el corazón, y la ley de la letra es la que se realiza en la carne. La primera, en efecto, libera el intelecto de la ley del pecado y de la muerte. La otra crea, de manera insensible, un fariseo que piensa y cumple la ley sólo en un sentido corporal y cumple los mandamientos para ser visto. Los mandamientos serían como el cuerpo. Las virtudes, en cuanto cualidades, son los huesos. Y la gracia sería como el alma viva, que se mueve y realiza las operaciones de los mandamientos, casi su cuerpo.

Quien quiera hacer crecer el cuerpo de los mandamientos muéstrese solícito en desear la leche racional y genuina de la gracia madre. Es ahí, en efecto, donde amamanta todo el que busca y desea crecer en Cristo.

Entiende por «ley de los mandamientos» la fe que obra en el Corazón, que es una realidad no mediata. A través de ella, en efecto, es como brota cada mandamiento y opera la iluminación de las almas, cuyos frutos, provenientes de la fe veraz y operante, son la continencia y el amor. El término es la humildad, don de Dios, principio y apoyo del amor (Gregorio Sinaíta, «Utilissime capitoli in acróstico», 19.20.21.24, en La filocalia, Turín

1985, III, 535ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Lleva a buen término, Señor, la obra que has iniciado en mí» (cf. Flp 1,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El pueblo de los creyentes muestra a menudo una actitud de pasividad y aceptación de lo que acontece. Los cristianos carecen de alegría por la fe en Cristo y de entusiasmo por una clara profesión de fe: carecen de esperanza en una acción generosa que tenga impacto en la sociedad y esté destinada a salvar a toda la nación. Hay una gran fe, pero cada uno profesa la suya de manera privada, en casa o en la iglesia, pero no en público, en su lugar de trabajo y en el lugar de la sociedad en que vive. Por eso la fe no se convierte en movimiento, sino que permanece estática y estéril. Existe movimiento cuando dos o tres personas que tienen una clara fe en Cristo se unen y profesan con palabras y actos esa fe en el lugar donde viven y trabajan. Dos o tres de esas personas en una escuela, o en un hospital, o en una oficina, o en un cuartel, o en un partido político... obran con valor para iniciar un cambio en el lugar en el que viven y trabajan. Otra gente de buena voluntad se unirá a ellos (E. Castelli [ed.], La difficile speranza, Milán 1986, pp. 36ss [edición española: Ligando: la difícil esperanza, Encuentro, Madrid 1987]).