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LECTIO DIVINA AGOSTO DE 2015

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

San Alfonso María de Ligorio (1 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Alfonso nació en Nápoles el año 1696 y murió en Nocera dei Pagani (Salerno) el 1 de agosto de 1787. Era abogado del foro de Nápoles, pero dejó la toga para abrazar la vida eclesiástica.

Fue obispo de S. Ágata dei Goti (entre 1762 y 1775) y fundador de los redentoristas (1732); atendió con gran celo a las misiones populares y se dedicó a los pobres y a los enfermos. Es maestro de las ciencias morales, a las que inspira criterios de prudencia pastoral, basada en la búsqueda sincera y objetiva de la verdad, aunque también se muestra sensible a las necesidades y a las situaciones de la conciencia. Compuso escritos ascéticos de gran resonancia. Como apóstol del culto a la eucaristía y a la Virgen, guió a los fieles a la meditación de los novísimos, a la oración y a la vida sacramental.

 

LECTIO

Primera lectura: Levítico 25,1-8-17

En aquellos días,

1 el Señor dijo a Moisés en el monte Sinaí:

8 Contarás siete semanas de años, siete por siete, o sea, cuarenta y nueve años.

9 El día diez del séptimo mes harás sonar la trompeta. El día de la expiación haréis que resuene la trompeta por toda vuestra tierra.

10 Declararéis santo este año cincuenta y proclamaréis la liberación para todos los habitantes del país. Será para vosotros año jubilar y podréis volver cada uno a vuestra propiedad y a vuestra familia.

11 El año cincuenta será para vosotros año jubilar; no sembraréis, no segaréis las mieses crecidas espontáneamente ni vendimiaréis las viñas sin cultivar,

12 pues es año jubilar, y será santo para vosotros; comeréis en él lo que crezca espontáneamente en los campos.

13 En el año jubilar cada uno recobrará sus propiedades.

14 Si vendéis o compráis alguna cosa a vuestro prójimo, no os defraudaréis entre hermanos.

15 Comprarás a tu prójimo en proporción al número de años transcurridos después del año jubilar y, en razón de los años de cosecha que le quedan, él te fijará el precio de venta;

16 cuantos más queden, más le pagarás; cuantos menos queden, menos le pagarás, porque es un determinado número de cosechas lo que te vende.

17 No os defraudéis entre hermanos; temed a vuestro Dios. Yo soy el Señor, vuestro Dios.

 

** Además de las fiestas judías, la «ley de santidad» enumera también las normas de orden social para los años santos, es decir, tanto para el año sabático de cada siete años (una semana de años) como para el año jubilar de cada cincuenta años (siete semanas de siete años), realzando así el valor del día del sábado y el esquema septenario de la semana. En esta estructura económico-social subyacen, sin embargo, algunos elementos teológicos que ponen de relieve el desarrollo de la revelación divina. Al concepto religioso de Dios, creador y señor de la historia y del mundo, se vinculan los temas del rescate y de la remisión de las deudas.

Sobre el año jubilar, de carácter social aunque con un fundamento religioso, se habla sólo en este texto, en Nm 36,4 y en Ez 46,17. Éste había ido madurando tras la experiencia positiva del año sabático. La ley judía prescribía, en efecto, algunas normas relativas a la liberación de los esclavos, a la condonación de la deuda y a la misma restitución de las tierras a sus respectivos dueños, cosas que permitían vivir como hombres libres.

Estas normas tendían a resolver y a corregir algunos males y disfunciones sociales inherentes a la vida agrícola y urbana. Se deseaba eliminar, por ejemplo, el desequilibrio práctico sobre el problema de la riqueza caída en manos de unos pocos y la pobreza extendida, por el contrario, a la mayoría. Muchos de estos fenómenos, con frecuencia fruto de extorsiones y robos, creaban malestar entre el pueblo y desequilibrios en la sociedad, que se extendían asimismo al campo de la vida religiosa.

El fundamento religioso de estas leyes sociales, que se revelaron sabias, aunque no siempre se llevaron a la práctica de modo pleno, estaba en la concepción judía según la cual los bienes del mundo son iguales para todos: la tierra pertenece a Dios, que liberó al pueblo de la esclavitud de Egipto; los hombres son hermanos, y la libertad de la persona es un bien inalienable. Estos temas encuentran su verdadera realización en Jesús,  que será quien libere a la humanidad del mal y conceda el perdón de los pecados.

 

Evangelio: Mateo 14,1-12

1 Por entonces, el tetrarca Herodes oyó hablar de Jesús

2 y dijo a sus cortesanos: -Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos; por eso actúan en él los poderes milagrosos.

3 Es que Herodes había detenido a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo.

4 Pues Juan le decía: -No te es lícito tenerla por mujer.

5 Y, aunque quería matarlo, tuvo miedo al pueblo, que lo tenía por profeta.

6 Un día que se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en público y agradó tanto a Herodes

7 que éste juró darle lo que pidiese.

8 Ella, azuzada por su madre, le dijo: -Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

9 El rey se entristeció, pero, por no romper el juramento que había hecho ante los comensales, mandó que se la dieran,

10 después de enviar emisarios para que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel.

11 Trajeron la cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, la cual a su vez se la llevó a su madre.

12 Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús.

 

**• El relato del martirio de Juan el Bautista se inserta en la historia del tiempo de Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande. El precursor del Mesías, profeta de una fuerte personalidad moral, había denunciado, en nombre de Dios, el pecado de Herodes. Herodías, amante de este último, recurriendo a una intriga sutil y perversa, consigue hacer ajusticiar al Bautista, aprovechando un juramente que su hija Salomé, muy grata al rey, había obtenido de Herodes. Mateo lleva buen cuidado en destacar que la figura del profeta, defensor de la Ley de Dios, perseguido y muerto, estará modelada a partir del mismo camino que recorrerá Cristo, cuya muerte anuncia (cf 17,2).

Ambos profetas, en efecto, fueron condenados por haber dado testimonio de la verdad, sin descender ni a compromisos ni a componendas de ningún tipo. La muerte de Juan el Bautista, que los mismos discípulos del Bautista comunicaron a Jesús, es la conclusión lógica de una vida empleada de modo coherente con su propia misión de precursor: «Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús» (v. 12). Y este anuncio constituye para Jesús un indicio cierto de que él realizará su propia misión recorriendo el mismo camino de incomprensión y de muerte, siguiendo la lógica de los profetas rechazados por el pueblo. El hecho de que los discípulos se dirigieran a Jesús significa, por otra parte, para el evangelista Mateo, que Jesús se queda como el verdadero punto de referencia, como el testigo fiel del Padre.

 

MEDITATIO

La Palabra de Dios encontró una respuesta decidida en san Alfonso. Éste se sintió elegido, llamado, y siguió su vocación humana y cristiana con una disponibilidad plena y constante. Disponibilidad que expresaba con las frases típicas de su ascética: «Hacer la voluntad de Dios»; «Concordancia con la voluntad de Dios». La voluntad de Dios, «el mandamiento nuevo», es el amor al prójimo. Aquí se encuentra el secreto de todas las opciones de Alfonso: fue abogado para defender a los otros, se hizo sacerdote para salvar a las almas, fundó la Congregación de los Redentoristas para anunciar el Evangelio a los abandonados; como obispo, sintió la solicitud pastoral por su Iglesia local y por todas las Iglesias.

Hizo una amplia exposición del mandamiento nuevo en su mejor libro: Práctica del amor a Jesucristo. Del amor brotaba su alegría, una cualidad característica de Alfonso; es la alegría de sentirse amado por Dios, con lo que se vencen todas las adversidades. «Alegremente» es la palabra que se repite en su epistolario. Existe en Alfonso un humor a lo Tomás Moro, templado por el sentido común del napolitano. La alegría procede asimismo de la certeza de que no hay condena alguna para los que han sido salvados por Jesucristo. Aquí se pone de relieve el compromiso fundamental de Alfonso, teólogo y moralista: se sintió llamado a defender el amor misericordioso de Dios contra las nefastas teorías de los jansenistas y de los rigoristas, los cuales, negando la universalidad de la redención y acentuando las exigencias de la justicia de Dios, sumergían a los hombres en la angustia y la desesperación. A ellos opuso Ligorio el mensaje salvífico del Evangelio y la presencia activa del Espíritu Santo, que nos arranca de la esclavitud de la Ley y nos lleva a la libertad de los hijos de Dios.

 

ORATIO

Cristiano, levanta los ojos y mira a Jesús muerto sobre ese patíbulo, con el cuerpo lleno de llagas que todavía manan sangre. La fe te enseña que él es el Creador, tu salvador, tu vida, tu liberador. Es alguien que te ama más que nadie, es alguien que sólo puede hacerte feliz.

Sí, Jesús mío, lo creo: tú eres alguien que me ha amado desde la eternidad, sin ningún mérito por mi parte; es más, previendo mi ingratitud, sólo por tu bondad me diste el ser. Tú eres mi salvador, y con tu muerte me has liberado del infierno que tantas veces he merecido. Tú eres mi vida por la gracia que me has dado, sin la cual yo estaría muerto para siempre. Tú eres mi padre y mi padre amoroso; perdonándome con tanta misericordia las injurias que te he hecho. Tú eres mi tesoro y me enriqueces con muchas luces y favores en vez de los castigos que he merecido. Tú eres mi esperanza, pues fuera de ti no puedo esperar ningún bien de otros. Tú eres mi verdadero y único amador; basta con decir que has llegado a morir por mí. Tú, en suma, eres mi Dios, mi sumo bien, mi todo (Alfonso María de Ligorio, Meditaciones sobre la pasión).

 

CONTEMPLATIO

Ésta es, por tanto, la meta a la que deben tender nuestros deseos, nuestros suspiros, todos los pensamientos y todas nuestras esperanzas: ir a gozar de Dios en el paraíso para amarlo con todas las fuerzas y gozar del gozo de Dios. Gozan, a buen seguro, de su felicidad los bienaventurados en aquel Reino de delicias, mas su gozo principal, el que absorbe todos los otros defectos, será el de conocer la felicidad infinita de que goza su amado Señor, mientras ellos aman a Dios inmensamente más que a sí mismos. Todo bienaventurado, en virtud del amor que tiene a Dios, seguiría estando contento aunque perdiera todos sus goces, y padecería toda pena con tal de que no le faltara a Dios -si es que pudiera faltarle- una mínima parte de la felicidad de que goza. Por eso, en ver que Dios es infinitamente feliz y que esta felicidad nunca puede faltarle, en esto consiste su paraíso.

Así se entiende lo que dice el Señor a toda alma al darle posesión de la gloria: «Toma parte en la alegría de tu señor» (Mt 25,21).

No es ya el gozo el que entra en el bienaventurado, sino que éste entra en el gozo de Dios, mientras que el gozo de Dios es objeto del gozo del bienaventurado. De modo que el bien de Dios será el bien del bienaventurado, la riqueza de Dios será la riqueza del bienaventurado y la felicidad de Dios será la felicidad del bienaventurado (Alfonso María de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo).

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día este pensamiento de san Alfonso: «Quien ora se salva ciertamente, quien no ora ciertamente se condena».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Alfonso es un napolitano maravilloso, y tanto en su vida como en su ingenio aflora más de una vez, e incluso con gran frecuencia, su llaneza con una frescura y una jovialidad increíbles.

Quien le convierte en un santo pedante, petulante, aburrido, cruel, no le conoce ni de vista. Quien le convierte, en virtud de su moral, en una especie de casuista monomaniaco y sin aliento, no conoce a san Alfonso.

Fue músico, pintor, poeta, un hombre de espíritu y de garbo, capaz de resolver una cuestión con una salida y de enderezar un mundo invertido con una sonrisa; tuvo algo de la dolorida profundidad de Vico y algo de la vivacidad profunda de Galian¡.

En sus acciones y en sus obras aparece siempre superior a lo que hace y a lo que dice, dueño de sí y de lo que trata. Entre las muchas vías abiertas que se presentan a quien actúa y escribe, toma siempre la suya propia, una que se abre a él por vez primera. Despierto, despejado, resuelto y resolutivo, sigue su camino sin la mínima vacilación, y este camino se abre a muchos.

Por lo que respecta a la moral, sabido es que la Iglesia camina justamente por el camino abierto por san Alfonso. Por lo que respecta a la devoción, durante ciento cincuenta años cientos de miles de almas se han puesto a caminar por el camino trazado por Alfonso.

Esta agilidad, gracia y sencillez hacen de él alguien cordialísimo, alguien al que se trata con placer. Habría que verlo. Habría que saber verlo y hacerlo ver entre los recuerdos que de él nos quedan, entre sus libros, en su correspondencia: hallaríamos gestos bellísimos y originales, reflexiones agudas y divertidas, fragmentos cálidos y brillantes, salidas de una milagrosa bonhomía y profundidad, tomaduras de pelo caritativas pero tremendas, réplicas vivaces y repentinas, como se da una bofetada a un bribón.

 

 

 

Día 2

18° domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Éxodo 16,2-4.12-15

En aquellos días,

2 la comunidad de los israelitas comenzó a murmurar contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:

3 -¡Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y nos hartábamos de pan! Pero vosotros nos habéis traído a este desierto para hacer morir de hambre a toda esta muchedumbre.

4 El Señor dijo a Moisés: -Mira, voy a hacer llover del cielo pan para vosotros. El pueblo saldrá todos los días a recoger la ración diaria; así los pondré a prueba, a ver si actúan o no según mi ley.

12 -He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: Por la tarde comeréis carne y, por la mañana, os hartaréis de pan, y así sabréis que yo soy el Señor, vuestro Dios.

13 Por la tarde, en efecto, cayeron tantas codornices que cubrieron el campamento, y por la mañana había en torno a él una capa de rocío.

14 Cuando se evaporó el rocío, observaron sobre la superficie del desierto una cosa menuda, granulada y fina, parecida a la escarcha.

15 Al verlo, se dijeron unos a otros: -¿Manhu? (es decir, ¿qué es esto?). Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: -Éste es el pan que os da el Señor como alimento.

 

*» El pueblo judío fue liberado de la esclavitud egipcia gracias a la intervención de Dios por medio de Moisés (Ex 13,17-15,21). Tras el paso del mar Rojo, empieza el camino por el desierto, que al principio se hizo difícil a causa de tres problemas: la falta de agua potable, la falta de alimento y la presencia de pueblos adversarios que salían a combatir contra Israel. Cuando llega la dificultad, el pueblo parece echar la culpa a Moisés y a Aarón: sólo a causa de los frágiles sueños de libertad de estas dos personas habían abandonado la seguridad de la esclavitud egipcia y habían emprendido el peligroso camino de la liberación: «¡Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y nos hartábamos de pan!» (v. 3).

Parece una rebelión contra los jefes. Moisés comprende que, en realidad, «no van contra nosotros vuestras murmuraciones, sino contra el Señor» (v. 8). En el fondo, el verdadero problema no es la falta de alimento o de agua, sino la duda: «¿Está el Señor en medio de nosotros o no?» (Ex 17,7). A pesar de todo, Dios provee: con las fuentes de Elín (Ex 15,22-27) y con el agua que mana de la roca (Ex 17); llegan del cielo el maná y las codornices (Ex 16); los amalecitas son derrotados (Ex 17,8-16). En la relectura practicada por el salmista, el maná es un don del Dios fiel a «una generación rebelde y obstinada, una generación de corazón inconstante y espíritu infiel» (Sal 78,8).

El maná es una sustancia natural que tiene el aspecto de granos blancos dulces: se trata de la linfa que cae de la corteza de las ramas de una especie de tamarisco picadas por ciertos insectos que se alimentan de ella. El alimento del desierto «sabía como a torta de miel» (Ex 16,31). La dulzura de la que se habla aquí no es «culinaria», sino teológica, según el libro de la Sabiduría: «Aquel sustento manifestaba a tus hijos tu dulzura, ya que se acomodaba al gusto de quienes lo tomaban y se transformaba según los deseos de cada uno» (Sab 16,21).

 

Segunda lectura: Efesios 4,17.20-24

Hermanos:

17 Os digo, pues, y os recomiendo encarecidamente en el nombre del Señor, que no viváis como viven los no creyentes: vacíos de pensamiento. 20 ¡No es eso lo que vosotros habéis aprendido sobre Cristo!

21 Porque supongo que habéis oído hablar de él y que, en conformidad con la auténtica doctrina de Jesús, se os enseñó como cristianos

22 a renunciar a vuestra conducta anterior y al hombre viejo, corrompido por apetencias engañosas.

23 De este modo os renováis espiritualmente

24 y os revestís del hombre nuevo creado a imagen de Dios, para llevar una vida verdaderamente recta y santa.

 

*»• El apóstol prosigue su exhortación a vivir en la verdad, conservando la unidad del espíritu en el cuerpo de Cristo (Ef 4,1-6, cf. 17° domingo, ciclo B) y acogiendo la acción de la cabeza, que edifica su cuerpo, la Iglesia (Ef 4,7-16). El texto analiza la tarea del cristiano, contraponiendo la situación pagana con la cristiana (vv. 17-24): «Si un tiempo estabais muertos por vuestras culpas, sin esperanza, alejados, extranjeros, huéspedes, tiniebla [...], ahora sois luz en el Señor, cercanos, conciudadanos de los santos y familia de Dios (cf. Ef 2,1.12-13.19-22; 5,8).

Abandonar la vida pagana significa rechazar la propia autosuficiencia, la mala voluntad que mantiene prisionera la verdad, o sea, la vaciedad de pensamiento (cf. v. 17). Significa liberarse de todo lo que aleja la vida de la realidad humana, pensada y querida por el Creador; volver a encontrar como don un corazón sensible a todas las llamadas del bien, de la verdad, de la belleza (v. 18). De otro modo, el hombre queda consumido por una «avidez, insaciable» (v. 19), por la codicia de la posesión, con la que el hombre espera colmar su vacío. La vida cristiana, en cambio, consiste en «aprender sobre Cristo» (v. 20), poniendo su persona en el centro de la vida. Se trata de «aprender» y de ponerse en camino. No se trata de limitarse a los gestos materiales, sino de adoptar una conducta de vida conforme con el proyecto de Dios y con su voluntad (cf. Ef 1,10). Los cristianos ya han sido revestidos en el bautismo del «hombre nuevo» (v. 24). Ahora se trata de hacer aparecer, de una manera personal y concreta, este ser y esta vida, de un modo que corresponda a la realidad divina que han recibido: «Y eso no procede de vosotros, sino que es don de Dios» (Ef 2,8).

«Cristo, que es nuestro cordero pascual, ha sido ya inmolado. Así que celebremos fiesta, pero no con levadura vieja, que es la de la maldad y la perversidad, sino con los panes pascuales de la sinceridad y la verdad» (1 Cor 5,7-8).

 

Evangelio: Juan 6,24-35

En aquel tiempo,

24 cuando se dieron cuenta de que ni

Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y se dirigieron a Cafarnaún en busca de Jesús.

25 Lo encontraron al otro lado y le dijeron: -Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?

26 Jesús les contestó: -Os aseguro que no me buscáis por los signos que habéis visto, sino porque comisteis pan hasta saciaros.

27 Esforzaos no por conseguir el alimento transitorio, sino el permanente, el que da la vida eterna. Este alimento os lo dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, le ha acreditado con su sello.

28 Entonces ellos le preguntaron: -¿Qué debemos hacer para actuar como Dios quiere?

29 Jesús respondió: -Lo que Dios espera de vosotros es que creáis en aquel que él ha enviado.

30 Ellos replicaron: -¿Qué señal puedes ofrecernos para que, al verla, te creamos? ¿Cuál es tu obra?

31 Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio a comer pan del cielo.

32 Jesús les respondió: -Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo. Es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo.

33 El pan de Dios viene del cielo y da la vida al mundo.

34 Entonces le dijeron: -Señor, danos siempre de ese pan.

35 Jesús les contestó: -Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed.

 

*+• Tras la multiplicación de los panes, el evangelista Juan alude a la búsqueda de Jesús por parte de la muchedumbre. Lo encuentran junto a Cafarnaún y le dirigen esta pregunta: «Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?» (v. 25). Jesús no responde a lo que le preguntan, pero revela las verdaderas intenciones que han impulsado a la gente a buscarle, desenmascarando una mentalidad demasiado material (v. 26). Todos siguen a Jesús por el pan material, sin comprender la señal hecha por el profeta.

Buscan más las ventajas materiales y pasajeras que las ocasiones de adhesión y de amor. Ante esta ceguera espiritual, Jesús proclama la diversidad que existe entre el pan material y corruptible y ese otro «que da la vida eterna» (v. 27). Invita a la gente a superar el estrecho horizonte en el que vive, para pasar a la fe. Los interlocutores de Jesús le preguntan entonces: «¿Qué debemos hacer para actuar como Dios quiere?» (v. 28). Jesús exige una sola cosa: la adhesión al plan de Dios, es decir, «lo que Dios espera de vosotros es que creáis en aquel que él ha enviado» (v. 29).

La muchedumbre no está satisfecha (v. 30). El milagro de los panes no es suficiente; quieren un signo particular y más estrepitoso, el nuevo milagro del maná (cf. Sal 78,24), para reconocer al profeta de los tiempos mesiánicos.

Jesús, en realidad, da verdaderamente el nuevo maná, porque su alimento es muy superior al que comieron los padres en el desierto: él da a todos la vida eterna. Pero sólo el que tiene fe puede recibir ese don. El verdadero alimento no está en el don de Moisés ni en la ley, sino en el don del Hijo, que el Padre ofrece a los hombres, porque él es «el verdadero pan del cielo» (v. 33). La muchedumbre parece haber comprendido: «Señor, danos siempre de ese pan» (v. 34). Pero, en realidad, no comprende el valor de lo que pide y anda lejos de la verdadera fe. Entonces Jesús, evitando todo equívoco, precisa: « Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre» (v. 35). Él es el don amoroso hecho por el Padre a cada hombre. Él es la Palabra que han de creer: quien se adhiere a él da un sentido a su propia vida y consigue su propia felicidad.

 

MEDITATIO

Es menester ponerse en el lugar de los interlocutores de Moisés, de Aarón y de Jesús y comprender sus dificultades, unas dificultades reales. Los israelitas estaban cargados de razones para murmurar: ¿qué vida es esta que nos hacéis llevar en el desierto? ¿Valía la pena? ¿No estábamos mejor cuando estábamos peor? ¿Quién podría decir que están equivocados? Se trata de una vida de miseria y sin perspectivas, de una vida que se desarrolla en una inseguridad total. Una vida en la que se juegan la supervivencia.

También los interlocutores de Jesús tenían más de un motivo para mostrarse perplejos, dado que un hombre, aunque fuera prestigioso, se autoproclama «el pan de la vida». ¿No es un poco demasiado? ¿No se está exaltando? ¿No está exagerando, visto el éxito del milagro? Es cierto que es capaz de dar pan para comer; ahora bien, para llegar a considerarse el «pan bajado del cielo», el pan definitivo, queda todavía mucho trecho. Es preciso reconocer que los que murmuraban o se mostraban perplejos tenían sus buenas razones para hacerlo.

Y debo reconocer que también yo, si me hubiera encontrado en las mismas circunstancias, habría tenido más o menos las mismas reacciones, precisamente porque pienso normalmente que es necesario ser concretos, mantenerse con los pies en el suelo, no dejarse fascinar ni arrastrar por fáciles entusiasmos que, después, se revelan ilusorios. Y conmigo, también la gente de hoy, quizás la gran mayoría, habría tenido las mismas  reacciones razonables, sensatas, casi obvias. Y tanto más por el hecho de que nuestra sociedad nos ha educado para prever, calcular, usar la razón.

Sin embargo...

 

ORATIO

Fíjate, Señor, cómo ciertos pasos resultan difíciles. Y tú lo sabes bien, porque has puesto en nosotros el instinto de conservación, que es una de las fuerzas más poderosas que rigen la vida. Hoy te pido que hagas más poderoso aún este instinto, a saber: que lo extiendas a la Vida, a la vida que tú prometes, a la vida que debe durar para siempre, de suerte que pueda sentir dentro de mí las razones del corazón, las razones de la Vida, la pregunta sobre el cómo alimentarla.

Te pido que me hagas percibir este instinto vital superior al menos con la misma fuerza que el natural, para que mis decisiones sean prudentes y sabias, no ligadas sólo al sentido común, y tampoco estén dictadas por la facilidad para creer cualquier propuesta milagrera.

Otra cosa te pido aún: concédeme el espíritu de discernimiento, para que sepa distinguir entre la verdadera fe y las ilusiones, el carácter razonable de mi modo de pensar y la apertura a tu posible acción en el mundo.

Haz, oh Señor, que no desista nunca de ser un hombre bien arraigado en la realidad y, al mismo tiempo, abierto también a tu Realidad, a ti, que puedes sorprenderme y venir a mi encuentro en cualquier momento; a ti, que puedes dar la vuelta en un instante a la marcha normal de las cosas, para plantearme la pregunta radical sobre en qué pongo mi confianza.

 

CONTEMPLATIO

«Descarga en el Señor tus inquietudes y él te sostendrá» (Sal 55,23). ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Por qué andas afligido? El que te ha hecho se ocupa de ti. El que ya cuidaba de ti antes de que existieras ¿no cuidará de ti ahora que eres lo que él quiso que fueras? ¿No cuidará de ti el que «hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45). ¿Se desentenderá, te abandonará, te dejará solo a ti, que eres justo y vives en la fe? Al contrario, te colma de beneficios, te ayuda, te da aquí lo que es necesario, te defiende de las adversidades.

Concediéndote dones te consuela para que perseveres, quitándotelos te corrige para que no perezcas. El Señor cuida de ti, puedes estar tranquilo; te sostiene aquel que te ha hecho: no caerás de la mano de tu Creador (Agustín, Comentarios sobre los salmos, 38,18).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, ¡ayúdame a creer!».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cada día trae consigo una sorpresa, pero sólo podemos verla, oírla, sentirla cuando llega, si la esperamos. No debemos tener miedo de acoger la sorpresa de cada día, tanto si llega como un dolor o como una alegría. Ella abrirá un nuevo espacio en nuestro corazón, un lugar en el que podremos acoger nuevos amigos y celebrar de un modo más pleno nuestra humanidad compartida.

Con todo, el optimismo y la esperanza son dos actitudes radicalmente diferentes. El optimismo significa esperar que las cosas -el tiempo, las relaciones humanas, la economía, la situación política y otras cosas como éstas- mejoren. La esperanza es la verdadera confianza en que Dios cumplirá las promesas que nos ha hecho de conducirnos a la verdadera libertad. El optimista habla de cambios concretos en el futuro. La persona de esperanza vive en el momento presente sabiendo que en la vida todo está en buenas manos. Todos los grandes de la historia han sido personas de esperanza. Abrahán, Moisés, Rut, María, Jesús, Rumi, Gandhi..., todos ellos vivieron guardando en su corazón la promesa que les guiaba hacia el futuro, sin necesidad de saber exactamente cómo habría de ser (H. J. M. Nouwen, Pane per il viaggio, Brescia 1997, pp. 10.25 [edición española: Pan para el viaje: una guía de sabiduría y de fe para cada día del año, Ediciones Obelisco, Barcelona 2001]).

 

 

 

Día 3

Lunes de la 18ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Números 11,4b-15

4 En aquellos días, los israelitas se pusieron a llorar diciendo: -¡Ojalá tuviéramos carne para comer!

5 ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos y melones, de los puerros, cebollas y ajos!

6 y ahora languidecemos, pues sólo vemos maná.

7 El maná era como la semilla del coriandro, y su color, como el del bedelio.

8 El pueblo se esparcía para recogerlo, y lo molían en molinos o lo machacaban en el almirez. Después lo cocían en una caldera y hacían tortas que sabían a pasta amasada con aceite.

9 Cuando el rocío caía sobre el campo por la noche, caía sobre él el maná.

10 Oyó Moisés cómo el pueblo se quejaba, reunido por familias a las puertas de las tiendas, provocando gravemente la ira del Señor, y muy contrariado se dirigió al Señor diciendo:

11 -¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué me has retirado tu confianza y echas sobre mí la carga de todo este pueblo?

12 ¿Acaso lo he concebido yo o lo he dado a luz para que me digas: «Llévalo sobre tu regazo como lleva la nodriza a su criatura y condúcelo hacia la tierra que prometí a sus padres?

13 ¿Dónde puedo yo encontrar carne para todo este pueblo, que  viene a mí llorando y me dice: «Danos carne para comer»?.

14 Yo solo no puedo soportar a este pueblo; es demasiada carga para mí.

15 Si me vas a tratar así, prefiero morir. Pero si todavía gozo de tu confianza, pon fin a mi aflicción.

 

**• Reemprendemos el camino de Israel por el desierto. El pueblo, liberado de la esclavitud de Egipto, está cansado. No ha llegado aún a la tierra prometida. El desierto se convierte en el lugar de la tentación y de la prueba, de la murmuración y de la revuelta. Más que tener la mirada puesta en la salvación obtenida y en el don recibido de Dios, mira hacia atrás con nostalgia, hasta adoptar la inverosímil actitud de añorar los alimentos que comían en Egipto. ¡Mejor esclavos en Egipto que libres en el desierto con el maná de Dios! Un alimento ligero que sabía a pasta amasada con aceite y no llenaba el estómago; un pueblo descontento, prácticamente incapaz de reconocer los dones de Dios: la libertad y el alimento que viene del cielo.

Y con el pueblo, precisamente porque está ligado visceralmente a su destino, aparece la profunda crisis de Moisés, el caudillo decepcionado por su gente, que se queja a Dios. Es la suerte del mediador que debe identificarse con el destino de su pueblo y permanecer fiel a su Dios. La oración de Moisés, que anticipa los lamentos del salmista y de los profetas, es significativa también por su realismo. El amigo de Dios también puede enfadarse con él. Y es que el pueblo es del Señor, no de Moisés. Por esa razón, el audaz lamento del caudillo de Israel pone en tela de juicio, como una razón extrema, la fidelidad paterna y materna de Dios. Moisés le pide a Dios, de una manera indirecta, que sea padre y madre del pueblo que ha engendrado.

 

Evangelio: Mateo 14,13-21

En aquel tiempo,

13 Jesús, al enterarse de lo sucedido, se retiró de allí en una barca a un lugar tranquilo para estar a solas. La gente se dio cuenta y le siguió a pie desde los pueblos.

14 Cuando Jesús desembarcó y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos que traían.

15 Al anochecer, sus discípulos se acercaron a decirle: -El lugar está despoblado y es ya tarde; despide a la gente, para que vayan a las aldeas y se compren comida.

16 Pero Jesús les dijo: -No necesitan marcharse; dadles vosotros de comer.

17 Le dijeron: -No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.

18 Él les dijo: -Traédmelos aquí.

19 Y después de mandar que la gente se sentase en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, se los dio a los discípulos y éstos a la gente.

20 Comieron todos hasta hartarse, y recogieron doce canastos llenos de los trozos sobrantes.

21 Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

 

**• El fragmento evangélico presenta a Jesús en medio del trabajo cotidiano de su ministerio: entre la soledad del desierto y la presencia en medio de las muchedumbres; entre el diálogo con el Padre, en el desierto, y el ministerio de la evangelización. Mateo subraya asimismo el aspecto subjetivo de la experiencia de Jesús, su compasión, que se hace efectiva a través de la manifestación concreta de una salvación que sale al encuentro de los deseos de quienes le siguen y esperan un milagro de él. Jesús, médico del cuerpo y del espíritu, cura a los enfermos (v. 14).

En medio del desierto, o bien en algún lugar solitario, fuera de los pueblos y de las ciudades, se presenta un problema humano, muy concreto: dar de comer a la muchedumbre de gente que le sigue. Enviarlos a sus casas es la respuesta obvia de los discípulos. Darles de comer la respuesta del corazón de Cristo. Ésa es también la respuesta de su omnipotencia de Mesías. Cinco panes y dos peces, sólo para comenzar, constituyen la base para un insólito milagro de multiplicación de los alimentos, un milagro destinado a saciar a una muchedumbre de más de cinco mil personas (v. 21).

Aparece aquí todo el sabor de una comida sagrada, de una comunión viva con Jesús, el Mesías, y, a través de él, con el Dios de la creación y de la vida. La acción de Jesús, típica de la tradición judía de la comida sagrada, que es reconocimiento del don de Dios, es litúrgica y eucarística: toma con sus manos los panes y los peces; pronuncia la bendición u oración de acción de gracias; parte los panes y los distribuye a los discípulos, que aprenden de Jesús el gesto del reparto. Una acción simbólica, un hecho real de largo alcance. Una acción que tiene que ver con nuestra eucaristía diaria, pan partido y multiplicado en todo el mundo.

 

MEDITATIO

Aunque no están ligadas entre sí de una manera estructural, ambas lecturas dejan entrever una unidad temática que recorre el mensaje bíblico de hoy.

En la lectura del libro de los Números encontramos un pueblo en camino, sometido al cansancio y a la prueba; un pueblo al que le resulta fácil ceder a la nostalgia del pasado cuando no se deja dirigir por el espíritu de fidelidad a la alianza estipulada con YHWH, sino por ese instinto mucho más fuerte del hambre y del placer que producen los alimentos, aunque se trate de ajos y cebollas.

El camino de Israel por el desierto fue considerado siempre por los Padres de la Iglesia un paradigma del itinerario del cristiano y de la Iglesia. El futuro produce espanto; el alimento «ligero» del espíritu no basta. La nostalgia del pasado está al acecho. El pueblo no capta la delicadeza de las exigencias de Dios. Todo camino cristiano tiene sus pruebas. Pero ¡ay del que mira hacia atrás! Al cristiano no le falta el alimento cotidiano, ni tampoco ese alimento ligero y cotidiano de la Palabra y del pan y el vino eucarísticos. Pero ¿qué es este alimento ligero para hacer frente a la pesadez de la vida diaria? Sin embargo, Dios no tiene otro alimento definitivo para darnos.

El episodio evangélico presenta a Jesús, cual nuevo  Moisés en el desierto, en medio de una muchedumbre cansada, hambrienta, enferma, a la que tal vez le cuesta un poco seguir a un Mesías del que lo espera todo, incluso una liberación política. La respuesta de Jesús es eficaz, milagrosa. Pero, en el fondo, Jesús no hace milagros cada día. Los signos que realiza necesitan también ser recibidos con fe, lo mismo que su persona. Por lo demás, Jesús no vive sino de la comunión diaria con el Padre y de la sencillez con la que comparte todo con sus discípulos. Y esto es suficiente. En el caso del cristiano, el maná cotidiano de la Palabra y de la eucaristía es también pan para el camino, viático para la jornada.

 

ORATIO

Nos sentimos reflejados, Señor, en la actitud del pueblo de Israel en el desierto También nosotros, aun recibiendo cada día el maná que nos ofrece la salvación, sentimos en el fondo de nuestro corazón nostalgias inconfesables de otros alimentos y de otras bebidas. La ligereza del alimento celestial a menudo no nos basta y, aun habiendo experimentado la libertad y la liberación con el éxodo del pecado, mirarnos hacia atrás, soñando con los ojos abiertos al pasado y olvidándonos casi del don de la liberación. Nuestro desierto se vuelve en ocasiones árido, y el camino por él se hace pesado, y de este modo nos dejamos engañar por espejismos, por paisajes absolutamente imaginarios. Señor Jesús, queremos ser peregrinos por el desierto de la vida, pero sin sentir nostalgia del pasado, sino tendiendo más bien hacia el futuro de una tierra de promisión. Más aún: deseamos no sólo no aumentar el número de los murmuradores decepcionados, sino expresarte nuestro agradecimiento por el alimento diario de la Palabra y de la eucaristía. Y contigo, como en la multiplicación de los panes y los peces, dirigir la mirada al Padre, darle gracias por su dones, compartiendo con todos la alegría de sentirnos amados por un Padre providente.

 

CONTEMPLATIO

Así pues, Jesús, en virtud de la fuerza que había dado a sus discípulos para alimentar también a los otros, les dijo: «Dadles vosotros de comer». Y ellos, sin negar que podían dar algunos panes, pero creyendo que eran muy pocos e insuficientes para alimentar a todos los que habían seguido a Jesús, no tenían en cuenta que, al tomar cualquier pan o palabra, Jesús los hace aumentar cuanto quiere, haciendo que sean suficientes para todos aquellos a quienes quiere alimentar, y dicen: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Cinco, porque tal vez entendían de una manera enigmática que los cinco panes son los discursos sensibles de las Escrituras, y por eso tienen el mismo número que los cinco sentidos; los peces, en cambio, son dos, y representan la palabra pronunciada y la interior, como «condumio» para los sentidos escondidos en las Escrituras, o bien tal vez la palabra llegada hasta ellos sobre el Padre y el Hijo Hasta que llevaron a Jesús estos cinco panes y estos dos peces, no aumentaron, no se multiplicaron, ni pudieron alimentar a muchos; pero cuando el Salvador los cogió, en primer lugar levantó los ojos al cielo, como para hacer descender, con los rayos de sus ojos, un poder que habría penetrado en aquellos panes y aquellos peces, destinados a alimentar a cinco mil hombres; en segundo lugar, bendijo los cinco panes y los dos peces, haciendo que aumentaran y se multiplicaran con la palabra y la bendición; y, en tercer lugar, los dividió, los partió y los dio a sus discípulos para que se los dieran a la muchedumbre [...]. Hasta este momento -me parece y hasta el fin del mundo, los doce canastos, llenos del pan de vida que las muchedumbres no fueron capaces de comer, están junto a los discípulos (Orígenes, Commento al vangelo di Matteo, Roma 1998, I, pp. 175-179, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Basta con tomar una palabra de allí para tener un viático para toda la vida» (Juan Crisóstomo).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Palabra de Dios es venerable como el cuerpo de Cristo. La mesa de las Escrituras, como la de la eucaristía, ofrece a los fieles un mismo y único Señor. Quien comulga la Palabra, como quien comulga el Pan de vida participa de Cristo Jesús. Del mismo modo que, cuando se distribuye el cuerpo de Cristo, llevamos buen cuidado de que no caiga nada en tierra, así también debemos tener el mismo cuidado de no dejar escapar de nuestro corazón la Palabra de Dios que nos es dirigida, hablando y pensando en otra cosa. Y es que quien escucha la Palabra de Dios de manera negligente no será menos culpable que el que, por negligencia, deja caer en tierra el cuerpo del Señor.

Palabra y eucaristía tienen la misma importancia, ambas son «venerables». Y la veneración que les debemos es la misma que adora al Señor presente en la Palabra y presente en la eucaristía. Aquí está presente bajo las especies del pan y el vino; allí, bajo la especie de las palabras humanas. Podemos hablar de una presencia real de Cristo en la Escritura, real como la presencia en la eucaristía, aun siendo esta última sacramental.

La escucha de la Palabra constituye siempre un excelente catecumenado que nos enseña a vivir según el Evangelio. Constituye asimismo una eficaz preparación - la mejor- para la liturgia eucarística propiamente dicha. Ahora bien, es infinitamente más que un arado que prepara la tierra de nuestro corazón para que pueda fructificar en ella, y, a buen seguro, más que una escuela de vida cristiana: es, esencialmente, celebración de Cristo presente en su Palabra, puesto que cuando en la iglesia se leen las Sagradas Escrituras es él quien habla (L. Deiss, Vivere la Parola ¡n comunitá, Turín 1976, pp. 304-306 [edición española: Celebración de la Palabra, Ediciones San Pablo, Madrid 1992]).

 

 

 

Día 4

San Juan María Vianney (4 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Juan María Vianney nació cerca de Lyon (Francia) el 8 de mayo de 1786. Descubrió pronto su vocación para el sacerdocio, pero fue excluido del seminario por falta de aptitud para los estudios. Le ayudó el párroco de Ecully y, cuando ya estaba casi en los treinta años, fue ordenado sacerdote en Grenoble. En 1819 fue destinado a la parroquia de Ars, a la que transformó con su bondad, abnegación pastoral y santidad de vida. Murió el 4 de agosto de 1859. Es patrono de los párrocos desde 1929.

 

LECTIO

Primera lectura: Números 12,1-13

En aquellos días,

1 María y Aarón murmuraban contra Moisés a causa de la mujer cusita que éste había tomado por esposa.

2 Decían: -¿Acaso ha hablado el Señor sólo con Moisés? ¿No ha hablado también con nosotros? El Señor lo oyó.

3 Moisés era el hombre más humilde y sufrido del mundo.

4 El Señor dijo a Moisés, a Aarón y a María: -Id los tres a la tienda del encuentro. Así lo hicieron.

5 El Señor descendió en la columna de nube y se detuvo a la entrada de la tienda. Llamó a Aarón y a María, y ambos se acercaron.

6 El Señor les dijo: -Oíd mis palabras: Cuando hay entre vosotros un profeta, yo me revelo a él en visión y le hablo en sueños.

7 Pero con mi siervo Moisés no hago esto, porque él es mi hombre de confianza.

8 A él le hablo cara a cara, a las claras y sin enigmas. Moisés contempla el semblante del Señor. ¿Cómo os habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?

9 El Señor se irritó contra ellos y se fue.

10 Apenas había desaparecido la nube de encima de la tienda, María apareció cubierta de lepra, blanca como la nieve. Aarón se volvió hacia María y la encontró cubierta de lepra.

11 Aarón dijo a Moisés: -Perdón, mi Señor. No nos hagas responsables del pecado que neciamente hemos cometido.

12 No dejes a María como un aborto, que sale ya medio consumido del vientre de su madre.

13 Moisés clamó entonces al Señor diciendo: -¡Oh Dios, sánala, por favor!

 

*•• El presente fragmento del libro de los Números introduce a los tres personajes clave del éxodo: Moisés, Aarón y María, su hermana. En medio de ellos está presente Dios como juez, amigo y protector de Moisés.

Tampoco entre los grandes hombres faltan piedras de tropiezo, habladurías y envidias. Éste es el caso de Aarón y María, incapaces de considerar a Moisés en toda su grandeza, como elegido de Dios, por el simple hecho de que había tomado como esposa a una mujer etíope. Quieren ser como él, tal vez más que él; ser investidos también ellos de un poder profético como el del caudillo de Israel. Pero Dios viene en ayuda de su siervo, le defiende y realiza un juicio solemne. El lugar de esta teofanía de YHWH es la «tienda del encuentro», lugar de la presencia (Shehinah) del mismo Dios, donde está presente con su gloria (kabod), simbolizada por la columna de nube y por la nube misma, que marca la presencia y el ausentarse de Dios (cf. w. 5.10).

Allí tiene lugar un juicio tan severo como sincero. Dios toma la defensa de Moisés. Entre la multitud de profetas presentes en el pueblo, es Moisés el profeta por excelencia; más aún, es el amigo y confidente de Dios. Las palabras con las que YHWH toma la defensa de Moisés son emotivas y ponen de manifiesto su singular elección como amigo y confidente: «A él le hablo cara a cara, a las claras y sin enigmas. Moisés contempla el semblante del Señor» (v. 8). El texto transmite la convicción del pueblo sobre la grandeza de Moisés, el amigo de Dios, del mismo modo que se revela en otros fragmentos del Pentateuco.

El castigo infligido a María nos parece excesivo. Sin embargo, se trata de un signo. Y, de nuevo, la oración confiada de Moisés, la audacia que muestra al pedir a Dios la curación, manifiesta de verdad que habla a Dios con la audacia confiada de un amigo.

 

Evangelio: Mateo 14,22-36

En aquel tiempo, después de haber saciado a la muchedumbre,

22 Jesús mandó a sus discípulos que subieran a la barca y fueran delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

23 Después de despedirla, subió al monte para orar a solas. Al llegar la noche estaba allí solo.

24 La barca, que estaba ya muy lejos de la orilla, era sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

25 Al final ya de la noche, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago.

26 Los discípulos, al verlo caminar sobre el lago, se asustaron y decían: -Es un fantasma. Y se pusieron a gritar de miedo.

27 Pero Jesús les dijo en seguida: -¡Animo! Soy yo, no temáis.

28 Pedro le respondió: -Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas.

29 Jesús le dijo: -Ven. Pedro saltó de la barca y, andando sobre las aguas, iba hacia Jesús.

30 Pero al ver la violencia del viento se asustó y, como empezaba a hundirse, gritó: -¡Señor, sálvame!

31 Jesús le tendió la mano, lo agarró y le dijo: -¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?

32 Subieron a la barca, y el viento se calmó.

33 Y los que estaban en ella se postraron ante Jesús, diciendo: -Verdaderamente, eres Hijo de Dios.

34 Terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret.

35 Al reconocerlo los hombres del lugar, propagaron la noticia por toda aquella comarca y le trajeron todos los enfermos.

36 Le suplicaban que les dejara tocar siquiera la orla de su manto, y todos los que la tocaban quedaban sanos.

 

*• El evangelio de hoy nos presenta otra jornada de la vida de Jesús. En este pasaje se narran aspectos de su vida diaria que la tradición sinóptica ha recogido. Nos referimos a los momentos de oración y de soledad que pueblan la vida del Maestro. «Después de despedirla [a la muchedumbre], subió al monte para orar a solas. Al llegarla noche estaba allí solo» (v. 23). La semejanza con la perícopa referida a Moisés, como orante y amigo de Dios, nos sugiere la aproximación de ambos personajes.

Ahora bien, aquí se trata de Jesús; no de un amigo, sino del Hijo mismo orando. Una oración intensa, que dura toda una noche. Un fragmento paralelo de Lucas (6,12), en el que se alude a que Jesús pasó una noche en oración antes de la elección de los discípulos, confirma esta costumbre del Señor, una costumbre que despertaba admiración en los discípulos.

Sobre el fondo de esta presentación del Maestro, que vive el misterio de su relación orante con Dios, se manifiesta asimismo su trascendencia divino-humana, caminando sobre las aguas. Las palabras del Maestro tranquilizan a los discípulos, que están llenos de miedo. El instintivo Pedro, acostumbrado a su mar de Galilea, quiere caminar sobre las aguas como Jesús. Prueba a hacerlo, pero está a punto de hundirse. El miedo a la muerte hace brotar de él una oración sentida y profunda, una oración en la que implora la salvación: «¡Señor, sálvame!» (v. 30). Con su reacción, Jesús, que reprocha a Pedro su miedo y denuncia su falta de fe (v. 31), se presenta a nuestros ojos como Salvador, a la luz de la revelación de su superioridad divina.

 

MEDITATIO

Los dos fragmentos de la Escritura ponen el acento en la presencia y en la intervención de Dios en la vida cotidiana. Es una presencia fuerte, que podríamos definir muy bien como teofánica, «manifestadora de Dios».

Una presencia majestuosa en la que nos demuestra que él se encuentra situado en el centro de la vida y de la historia y que le alcanzamos, siempre a una equidistancia entre su presencia y su trascendencia, a través del diálogo de la oración. Moisés aparece, en la primera lectura, como el confidente de Dios. La tienda aparece como el lugar visible donde Dios viene al encuentro de su pueblo y se deja encontrar. El Dios afable, dialogante, que toma la defensa de Moisés, manifiesta también su calidad de Dios amigo, dispuesto a defender a su elegido. Y también solícito a la hora de escuchar su oración.

Jesús, el Hijo predilecto, más grande que Moisés, es también un orante; más aún, es el lugar de la oración, la nueva tienda del encuentro donde Dios se hace presente, el nuevo templo donde Dios se reúne con los hombres. Jesús, mientras ora durante la noche, se convierte en la tienda del encuentro, misteriosamente iluminada por la columna de nube, por la gloria del Señor. Una gloria que le envuelve, aunque sea en pocos momentos -como en la Transfiguración-, y en la que se manifiesta

a los ojos de sus discípulos en toda su grandeza. El Jesús que camina sobre las aguas es el Dios del éxodo liberador, el Creador que domina sobre su criatura. Y es también el Dios que se manifiesta con el realismo de un hombre, no de un fantasma, a pesar del estupor que despierta verle caminar sobre las aguas del lago. De ahí que Jesús, ante esta revelación, pida fe en él, confianza en su persona. En la oración de Moisés se manifiesta nuestra oración de intercesión, que nos hace amigos y confidentes. En la oración de Pedro se manifiesta nuestra necesidad de salvación.

 

ORATIO

Señor, nos gustaría vivir en tu presencia, como Moisés, tu siervo amigo; como Jesús, tú Hijo amadísimo. Sabemos que, para Moisés, la tienda era el lugar del encuentro.

Mas para Jesús, también el cosmos era la tienda cubierta por la bóveda celeste, iluminada por las estrellas brillantes, lugar de la presencia de nuestro inmenso Padre y Creador.

Concédenos experimentar en la oración, prolongada también algunas veces durante la noche, tu viva participación en los acontecimientos de nuestra vida cotidiana; concédenos sentir que siempre estás despierto para escuchar y acoger nuestra súplica. Queremos ser como Moisés, que hablaba contigo como un amigo habla con su amigo. Más aún, como Jesús, inmerso en tu corazón de Padre.

Concédenos la sabiduría de una oración de súplica como la de Pedro: «¡Señor, sálvame!». Pero también la generosa intercesión de la oración de Moisés por todas aquellas personas a las que amamos y queremos que se salven en el cuerpo y en el espíritu: «¡Oh Dios, sánalas, por favor!».

 

CONTEMPLATIO

Y Jesús subió a la montaña, a orar en un lugar apartado. ¿A orar por quién? Por las muchedumbres, a fin de que, después de haber comido los panes de la bendición, no hicieran nada contrario a la despedida que habían recibido de Jesús; y también por los discípulos, a fin de que, obligados por él a subir a la barca y a precederle en la orilla opuesta, no tuvieran que sufrir ningún mal en el mar, ni por parte de las olas que sacudían la barca, ni por parte del viento contrario.

Y me atrevería a decir que, gracias a la oración de Jesús, dirigida al Padre por sus discípulos, éstos no sufrieron ningún mal, a pesar de la furia del mar, de las olas y del viento que soplaba en contra suya [...]. Si un día tenemos que debatirnos en medio de pruebas ineludibles, recordemos que fue Jesús quien nos obligó a subir a la barca porque quería que le precediéramos en la otra orilla. No es posible, en efecto, llegar a la otra orilla sin sostener las pruebas de las olas y de los vientos contrarios. Después, cuando nos veamos rodeados de muchas y penosas dificultades y estemos cansados de navegar entre ellas durante tanto trecho con nuestras modestas fuerzas, deberemos pensar que nuestra barca está, precisamente en ese momento, en medio del mar, agitada por olas que quieren hacernos naufragar en la fe o en cualquier otra virtud [...]. Y cuando veamos que se nos aparece el Logos, nos sentiremos turbados hasta que hayamos comprendido claramente que el Salvador ha venido a nosotros [...].

Él nos hablará enseguida y nos dirá: «¡Animo! Soy yo, no temáis». Inmediatamente después, mientras Pedro esté todavía hablando y diciendo: «¡Señor, sálvame!», el Logos extenderá su mano, le ayudará, lo cogerá en el momento en que empieza a hundirse y le reprenderá por su poca fe y por haber dudado. Con todo, observa que no dice: «Incrédulo», sino: «¡Hombre de poca fe!», y que añade también: «¿Por qué has dudado y, aun teniendo la fe, te has inclinado hacia el lado contrario? (Orígenes, Commento al vangelo di Matteo I, Roma 1998, pp. 194-197, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Practicamos con una gran frecuencia la intercesión; oramos por nuestros padres, por aquellos que nos aman. Sin embargo, nuestra intercesión se limita, con excesiva frecuencia, a una llamada dirigida a Dios, aunque se trate de una llamada afligida y sincera: «¡Mira, Señor!», «¡Señor, ten piedad!», «¡Señor, ayúdanos! ¡Ven en ayuda de los que están necesitados!» [...]. Lo que hacemos es una especie de recordatorio, dirigido a Dios, de lo que sigue siendo imperfecto en este mundo. Pero ¿cuántas veces estamos dispuestos a hablar como hace Isaías cuando oye preguntar a Dios: «¿A quién enviaré?» (Is 6,8)? ¿Cuántas veces estamos dispuestos a levantarnos y a decir: «Aquí estoy, Señor, envíame»? Sólo de este modo puede convertirse nuestra intercesión en lo que es por naturaleza.

Interceder no quiere decir hablar al Señor en favor de aquellos que se encuentran en necesidad; significa dar un paso, un paso que nos lleva al corazón mismo de una situación, que nos leva allí de una manera definitiva y hace que no podamos echarnos atrás de ninguna manera, porque ahora nos hemos entregado y pertenecemos a esta situación. En una situación de máxima tensión, el corazón es el punto donde el choque se vuelve más violento y el tormento más cruel: ahí es donde se sitúa el acto de intercesión. Todo compromiso que se vuelve intercesión implica una solidaridad de la que ya no queremos prescindir.

Esta solidaridad la encontramos en Dios: él se compromete en el mismo instante en que nos llama con su Palabra a la existencia, sabiendo que le abandonaremos, que le perderemos y que será él quien deba encontrarnos de nuevo no allí donde él está, sino allí donde nos encontremos nosotros, con todo lo que eso implica (de una conferencia del metropolita A. Bloom, citado en E. Bianchi [ed.], Letture per ogni giorno, Leumann 1980, pp. 412ss).

 

 

Día 5

Miércoles de la 18ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Números 13,1-3a.25b-14,1-26-30ss

En aquellos días,

1 el Señor dijo a Moisés:

2 -Envía a algunos hombres, un jefe de cada tribu, para que exploren la tierra de Canaán que voy a dar a los israelitas.

3 Moisés los envió desde el desierto de Farán, según la orden del Señor. 25 A los cuarenta días regresaron los exploradores de la tierra.

26 Se presentaron a Moisés, a Aarón y a toda la comunidad de los israelitas en el desierto de Farán, en Cades; les informaron detalladamente y les mostraron los frutos de la tierra.

27 Éste fue su informe: -Fuimos a la tierra a la que nos enviasteis. Es una tierra que mana leche y miel; fijaos en sus frutos.

28 Pero el pueblo que la habita es fuerte y las ciudades están fortificadas y son grandes; hemos visto, incluso, descendientes de Anac.

29 Los amalecitas ocupan el desierto del Négueb; los hititas, los jobuseos y los amorreos habitan la montaña; y los cananeos, la costa y la ribera del Jordán.

30 Caleb hizo callar al pueblo ante Moisés diciendo: -Iremos a conquistarla, pues somos capaces de ello.

31 Pero los que habían ido decían: -No podemos combatir contra ese pueblo; es más fuerte que nosotros.

32 Y empezaron a hablar mal entre los israelitas de la tierra que habían explorado diciendo: -La tierra que hemos explorado devora a sus habitantes. Los hombres que hemos visto son de gran estatura.

33 Hemos visto gigantes, descendientes de Anac. Nosotros a su lado parecíamos saltamontes, y así nos veían ellos.

14,1 Entonces toda la comunidad empezó a gritar, y el pueblo se pasó la noche llorando.

26  El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

27 -He oído las murmuraciones de los israelitas, ¿hasta cuándo tendré que soportar a esta comunidad malvada que murmura contra mí?

28 Respóndeles: Por mi vida, Palabra del Señor, que os trataré como merecen vuestras murmuraciones.

29 En este desierto caerán los cadáveres de todos los mayores de veinte años que fuisteis registrados y habéis murmurado contra mí.

30 Ninguno de vosotros entrará en la tierra en la que había jurado estableceros con mi poder; sólo entrarán Caleb, hijo de Jefoné, y Josué, hijo de Nun.

31 Cargaréis con vuestra culpa durante cuarenta años, es decir, tantos como días estuvisteis explorando la tierra: año por día. Sabréis por experiencia lo que significa haberos alejado de mí.

32 Yo, el Señor, lo he dicho. Así trataré yo a esta comunidad perversa que se ha confabulado contra mí.

 

**• La forma fragmentaria con la que el leccionario nos presenta este pasaje nos invita a una lectura personal de toda la perícopa bíblica. Se trata de una perícopa compuesta de diferentes tradiciones y que presenta algunas contradicciones con el conjunto de los textos paralelos. Sobresalen aquí cuatro momentos: el envío de representantes de las doce tribus de Israel, por parte de Moisés, para que exploren la tierra prometida y la realización del mandato; la vuelta de los exploradores que traen los frutos de la tierra prometida y el relato de los mismos; el miedo del pueblo a causa de los aspectos negativos y exagerados relacionados con los habitantes de la tierra de Canaán y sus ciudades (tendrán que enfrentarse con hombres fuertes y con ciudades fortificadas, elementos que desaniman al pueblo a seguir su marcha hacia adelante); el lamento del pueblo y la nuevas nostalgias de la tierra de Egipto, con la consiguiente falta de confianza en Dios y en sus promesas.

En medio de las contradicciones, Moisés mantiene su fidelidad al Señor, señala al pueblo la tierra prometida y sus frutos, y pronuncia las palabras-clave de este relato -no incluidas en la lectura propuesta por el leccionario-, unas palabras que suponen una exhortación a la confianza basada en la fidelidad de Dios: «El Señor está de nuestra parte; él nos hará entrar en ella y nos la dará; es una tierra que mana leche y miel. No os rebeléis contra el Señor ni temáis a los habitantes de esa tierra, pues serán para nosotros pan comido. Ellos se han quedado sin defensa, y con nosotros está el Señor; no los temáis» (Nm 14,8ss). En estas palabras se manifiesta toda la confianza de Moisés en la fidelidad de Dios, capaz de vencer todo temor ante el oscuro panorama descrito por los exploradores, a pesar de la apetecible conquista de aquel territorio por los magníficos frutos que produce; un territorio presentado como una «tierra que mana leche y miel», la fórmula clásica para describir la tierra prometida.

 

Evangelio: Mateo 15,21-28

En aquel tiempo,

21 Jesús se marchó de allí y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

22 En esto, una mujer cananea venida de aquellos contornos se puso a gritar: -Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David; mi hija vive maltratada por un demonio.

23 Jesús no le respondió nada. Pero sus discípulos se acercaron y le decían: -Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros.

24 Él respondió: -Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

25 Pero ella fue, se postró ante Jesús y le suplicó: -¡Señor, socórreme!

26 Él respondió: -No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos. Ella replicó:

27 -Eso es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

28 Entonces Jesús le dijo: -¡Mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides. Y desde aquel momento quedó curada su hija.

 

**• El fragmento evangélico que hemos leído prolonga la visión de la predicación de Jesús y de sus destinatarios, dirigida a una tierra prometida que se encuentra más allá de los confines de la nación y de los habitantes que hasta ahora han escuchado la voz de Jesús. Tiro y Sidón están situadas en los confines de Galilea, más allá de la frontera que hoy recibe el nombre de Rash-en-Naqura, en la frontera entre Israel y el Líbano. Es tierra de paganos, de fenicios. Jesús se desplaza hacia el norte, buscando tal vez un momento de distensión y de descanso tras el intenso ritmo de la predicación en Galilea. Se trata de un desplazamiento simbólico que anuncia la universalidad de la salvación. El encuentro con la mujer cananea, en este marco general, constituye un episodio emblemático. Es un encuentro entre un rabí y una mujer, una mujer que, por añadidura, es pagana. La actitud del Maestro expresa, al comienzo, la distancia y la desconfianza normal entre el pueblo elegido y los pueblos paganos. La insistente petición de la mujer cananea, absolutamente preocupada por la salud física y psíquica de su hija, expresa afecto materno y, al mismo tiempo, confianza en Jesús.

A las tres intensas imploraciones de la mujer le siguen tres actitudes de distanciamiento por parte de Jesús, actitudes casi incomprensibles para nosotros, a no ser por su alcance pedagógico. A la invocación de la mujer: «Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David» (v. 22), Jesús no le responde ni con una palabra. Al segundo intento insistente de mediación por parte de los discípulos sólo le responde con un rechazo que acentúa las distancias entre Israel y los demás pueblos (w. 23b-24). A la renovada petición de la cananea, que se postra ante Jesús, le corresponde una respuesta dura y enigmática: «No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos» (v. 26). Sin embargo, el instinto materno capta en el duro lenguaje empleado por Jesús una rendija de esperanza, y transforma la objeción del Maestro en una razón ineludible para obligarle a hacer el milagro: «También los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos» (v. 27). Su fe ha quedado probada. Ha superado el examen de amor. «¡Mujer, qué grande es tu fe!» (v. 28). El Reino de Dios se dilata con el amor de aquellos que han acogido, acogen y acogerán a Jesús más allá de todo límite terreno.

 

MEDITATIO

Los dos fragmentos de la Escritura que nos presenta la liturgia de hoy nos ofrecen la posibilidad de meditar sobre algunos aspectos de la realidad de nuestro Dios: su fidelidad y nuestra confianza. Dios es fiel a sus promesas; más aún, a fin de que no esperemos al último momento para ser confirmados en las pruebas por parte de su fidelidad, Dios anticipa en nuestra vida el goce de los bienes prometidos. Del mismo modo que los israelitas, cuando todavía estaban en el árido desierto, pudieron gozar de los frutos de la tierra prometida, gracias a los exploradores que confirmaron la verdad de las promesas de Dios, también con nosotros se muestra el Señor espléndido en sus dones definitivos y nos los hace probar de manera anticipada. Tenemos las primicias y la prenda de nuestra esperanza ya en este mundo. Sin embargo, todavía no hemos llegado a la meta; queda margen para la esperanza, puesto que los bienes prometidos no los poseemos plenamente, y delante de nosotros se presenta todavía un arduo camino, lleno de asechanzas y dificultades.

La confianza ilimitada de la cananea, la mujer extranjera que se confía a Jesús y desafía con su decidida perseverancia al corazón del Maestro, también supone para nosotros un motivo de ánimo. Dios espera de nosotros que mostremos una gran esperanza en él. Las primeras respuestas, aunque no sean definitivas, son ya un camino propedéutico para atrevernos a más. También las pruebas ahondan en nosotros el verdadero sentido de la confianza y purifican las motivaciones egoístas de nuestras preguntas, para convertirse en preguntas de salvación.

 

ORATIO

Señor, a menudo, en la experiencia cotidiana de nuestra vida, tenemos necesidad de saborear los frutos que nos tienes prometidos, de tener un anticipo de los signos de tu presencia en nuestra vida. En un mundo que se nos presenta todavía hoy frecuentemente como un desierto y no nos permite vislumbrar la tierra prometida, como un desierto vacío de tu presencia, hostil al mismo Evangelio, tenemos necesidad de alguna prueba efectiva de que estás con nosotros. Con todo, sabemos que «la esperanza no defrauda», porque tú mismo has infundido en nuestro corazón el Espíritu Santo, que es prenda de los bienes futuros.

Concédenos creer constantemente en tu amor, un amor que se revela siempre más grande que nuestro corazón. Haz que nuestro deseo engendre una fe más grande, como la fe de la mujer cananea, a la que tú mismo reconociste con admiración como merecedora del don que había implorado. Que también la prueba suponga para nosotros un motivo de esperanza y el incomprensible rechazo de nuestras oraciones por tu parte sea un motivo de purificación y de renovada audacia en nuestro creer en tu amor.

 

CONTEMPLATIO

Muchas veces he pensado si, como el sol estándose en el Cielo, que sus rayos tienen tanta fuerza que no mudándose él de allí de presto llegan acá, si el alma y el espíritu, que son una misma cosa, como lo es el sol y sus rayos, puede, quedándose ella en su puesto, con la fuerza del calor que le viene del verdadero Sol de Justicia, alguna parte superior salir sobre sí misma. En fin, yo no sé lo que digo, lo que es verdad es que con la presteza que sale la pelota de un arcabuz cuando le ponen el fuego, se levanta en lo interior un vuelo, que yo no sé otro nombre que le poner, que, aunque no hace ruido, se hace movimiento tan claro que no puede ser antojo en ninguna manera; y muy fuera de sí misma, a todo lo que puede entender, se le muestran grandes cosas; y cuando torna a sentirse en sí, es con tan grandes ganancias y teniendo en tan poco todas las cosas de la tierra, para en comparación de las que ha visto, que le parecen basura; y desde ahí adelante vive en ella con harta pena, y no ve cosa de las que le solían parecer bien que no le haga dársele nada de ella. Parece que le ha querido el Señor mostrar algo de la tierra adonde ha de ir, como llevaron señas los que enviaron a la tierra de promisión los del pueblo de Israel, para que pase los trabajos de este camino tan trabajoso, sabiendo adonde ha de ir a descansar.

Aunque cosa que pasa tan de presto no os parecerá de mucho provecho, son tan grandes los que deja en el alma que si no es por quien pasa no se sabrá entender su valor. Por donde se ve bien no ser cosa del Demonio; que de la propia imaginación es imposible, ni el Demonio podría representar cosas que tanta operación y paz y sosiego y aprovechamiento dejan en el alma, en especial tres cosas muy en subido grado: conocimiento de la grandeza de Dios, porque mientras más cosas viéremos de ella, más se nos da a entender: propio conocimiento y humildad de ver cómo cosa tan baja, en comparación del Criador de tantas grande/as, la ha osado ofender, ni osa mirarle; la tercera, tener en muy poco todas las cosas de la tierra, si no fueren las que puede aplicar para servicio de tan gran Dios (Teresa de Avila, «Moradas del castillo interior», VI, 5,9-10, en Obra completa de santa Teresa de Jesús, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 91998, pp. 542-543).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis» (Mt 7,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Es preciso pasar a través del desierto y morar en él para recibir la gracia de Dios; es allí donde nos vaciamos, donde expulsamos de nosotros todo lo que no es Dios y donde se vacía esta pequeña casa de nuestra alma para dejarle todo el sitio a Dios. Los judíos atravesaron el desierto. Moisés vivió en él antes de recibir su misión. San Pablo, cuando salió de Damasco, fue a pasar tres años en Arabia. También san Jerónimo y san Juan Crisóstomo se prepararon en el desierto. Es indispensable [...]. Es un tiempo de gracia. Es un período a través del que debe pasar necesariamente toda alma que quiera dar fruto [...]. Le hacen falta este silencio, este recogimiento y este olvido de todo lo creado en medio de los cuales pone Dios en el alma su Reino y forma en ella el espíritu interior: la vida íntima con Dios, la conversación del alma con Dios a través de la fe, de la esperanza, de la caridad [...]. Los frutos que pueda producir el alma más tarde serán exactamente proporcionales a la medida en que se haya formado en ella el nombre interior (Ch. de Foucauld, Opere spirítuali, Milán 1960, p. 761, passim [edición española: Obras espirituales, Ediciones San Pablo, Madrid 1998]).

 

 

 

Día 6

Transfiguración del Señor (6 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Del mismo modo que el episodio de la transfiguración prepara en el evangelio a los apóstoles para entrar en la comprensión del misterio de la pasión-muerte de Jesús, así también en la Iglesia, casi con el mismo propósito, se celebra la fiesta de la Transfiguración cuarenta días antes de la correspondiente a la Exaltación de la Cruz. La fiesta de la Transfiguración ya aparece desde el siglo V en el calendario de la liturgia oriental para recordar la subida de Jesús al monte Tabor con Pedro, Santiago y Juan, testigos privilegiados de su gloria. El episodio está atestiguado de manera concorde por los evangelios sinópticos. La fiesta se difundió rápidamente también en la Iglesia romana, pero no fue  introducida oficialmente hasta el año 1457, con ocasión de una victoria obtenida contra los turcos.

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 7,9-10.13ss

9 Mientras yo continuaba observando, alguien colocó unos tronos y un anciano se sentó. Sus vestiduras eran blancas como la nieve y sus cabellos como lana pura; su trono eran llamas; sus ruedas, un fuego ardiente;

10 fluía un río de fuego que salía de delante de él; miles de millares lo servían y miríadas de miríadas estaban de pie ante él. El tribunal se sentó y se abrieron los libros.

13 Seguía yo contemplando estas visiones nocturnas y ví venir sobre las nubes alguien semejante a un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y fue conducido por él.

14 Se le dio poder, gloria y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su Reino jamás será destruido.

 

*•• Al profeta se le revela, en una visión nocturna, el designio de Dios sobre la historia. Ve la sucesión de los grandes imperios y de sus violentos dominadores (7,2-8), mas este espectáculo de la altivez humana se interrumpe: a Daniel se le ha concedido contemplar los acontecimientos desde el punto de vista del Señor de la historia. Él es el Juez omnipotente {cf. v. 10), que conoce y valorará definitivamente la obra de los hombres, pero es también alguien que interviene en el tiempo para rescatarlo: en efecto, a los reinos terrenos se contrapone el Reino que el «Anciano» confía a la obra de un misterioso «Hijo de hombre» que viene sobre las nubes (vv. 13ss). El autor sagrado indica así que este personaje es un hombre, aunque es de origen divino, celeste.

Ya no se trata del Mesías davídico esperado para restaurar con poder el Reino de Israel, sino de su transfiguración sobrenatural: el Hijo del hombre inaugurará un Reino que, aunque se inserta en el tiempo, «no es de este mundo» (Jn 18,36).

Éste triunfará al final sobre los imperialismos mundanos, llevando la historia a su cumplimiento escatológico. Entonces «los santos del Altísimo» participarán plenamente en la soberanía del Hijo del hombre y constituirán una sola cosa con él y en él (Dn 7,18.22.27). Con esta figura bíblica se identificará Jesús a menudo en su predicación y, en particular, en la hora decisiva del proceso ante el Sanedrín que le condenará a morir en la cruz.

 

O bien, la Segunda lectura: 2 Pedro 1,16-19

Queridos:

16 Cuando os dimos a conocer la venida en poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos inspirados por fantásticas leyendas, sino porque fuimos testigos oculares de su grandeza.

17 Él recibió, en efecto, honor y gloria de Dios Padre cuando se escuchó sobre él aquella sublime voz de Dios: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco».

18 Y ésta es la voz, venida del cielo, que nosotros escuchamos cuando estábamos con él en el monte santo.

19 Tenemos también la palabra de los profetas, que es firmísima, y hacéis bien en dejaros iluminar por ella, pues es como una lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y el lucero matutino se alce en vuestros corazones.

 

**• Pedro y sus compañeros han contemplado la grandeza de Jesús, han oído la voz celestial que le proclamaba Hijo predilecto, por eso se reconocen portadores de una gracia mayor que la de los profetas. En efecto, pueden confirmar por experiencia personal la veracidad de las profecías a las que Jesús da cumplimiento. La palabra del Antiguo Testamento, sin embargo, no ha agotado su tarea de «lámpara que alumbra en la oscuridad» (v. 19): deberá seguir siempre alumbrando los pasos de los creyentes que avanzan en medio de las tinieblas de la historia hasta el día sin ocaso de la venida de Cristo en la gloria {cf. v. 19). En este camino, la visión radiante de Jesús transfigurado, que los apóstoles nos atestiguan, sostiene nuestra fe y enciende de deseo nuestra esperanza: el «lucero de la mañana» se alza ya en el corazón de quien vela expectante.

 

Evangelio: Mc 9, 2-10 
2 Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos,

3 y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.

4 Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús.

5 Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»;

6 - pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados -.

7 Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.»

8 Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.

9 Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

10 Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de entre los muertos.»

 

*» Marcos conecta la transfiguración con la promesa que hace Jesús a sus discípulos:  «Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios.» (9,1). La promesa se cumple, al menos como prenda, «seis días después» (9,2). La transfiguración viene a confirmar así la fe de los apóstoles expresada por Pedro en Cesárea de Filipo (16,16), y a superar su oposición a la perspectiva de la pasión predicha por Jesús. Éste pide a quien quiera seguirle la participación en sus sufrimientos (16,21-27). El desenlace del camino es, no obstante, glorioso, y este acontecimiento extraordinario lo prueba. Pedro, Santiago y Juan pueden ver con sus propios ojos que Jesús es verdaderamente el Hijo del hombre glorioso, que concluirá la historia inaugurando el Reino de Dios. Pueden constatar que, en Jesús, llegan a su cumplimiento las expectativas de Israel: junto a él aparecen Moisés y Elías, testigos privilegiados de Dios en el Sinaí, que han forjado y sostenido la fe del pueblo.

Mientras la nube luminosa de la presencia de YHWH envuelve a los presentes, una voz revela la identidad absolutamente única e incomparable de Jesús. La invitación a escucharle es así extraordinariamente comprometedora: la palabra del Hijo predilecto será más vinculante que las palabras de la Ley de Moisés, más penetrante que las palabras de los profetas que invitan a la conversión... En efecto, Marcos presenta aquí a Jesús como el nuevo Moisés que asciende al monte a encontrarse con Dios: Moisés recibe la llamada a entrar en la nube «tras seis días de espera» (Ex 24,15-18a) y, tras haber hablado con Dios, la piel del rostro se le vuelve radiante (Ex 34,28-35). Se comprende bien así el sagrado temor de los apóstoles frente a esta teofanía que manifiesta a Jesús como el Revelador de Dios (v. 5), y cuya palabra es la ley perfecta y definitiva: «No vieron a nadie más que a Jesús» (v. 8). Ahora bien, esta anticipación de la gloria del Maestro no debe hacer olvidar a los apóstoles el camino ya trazado: el Hijo del hombre atravesará las tinieblas de la muerte y será su radiante vencedor (v. 9).

  

MEDITATIO

Existe una llama interior que arde en las criaturas y canta su pertenencia a Dios, y gime por el deseo de él.

Existe un hilo de oro sutil que une los acontecimientos de la historia en la mano del Señor, a fin de que no caigan en la nada, y los conectará finalmente en un bordado maravilloso. El rostro de Cristo está impreso en el corazón de cada hombre y le constituye en amado de Dios desde la eternidad. Y están, a continuación, nuestros pobres ojos ofuscados..., acostumbrados a dispersarse en la curiosidad epidérmica e insaciable, trastornados por múltiples impresiones; nosotros no sabemos ya orientar la mirada al centro de cada realidad, a su fuente. Nos volvemos incapaces de asumir la mirada de Dios sobre las cosas, porque nuestra lógica y nuestra práctica se orientan en dirección opuesta a la suya, en su esfuerzo por no perder nuestra vida, por no tomar nuestra cruz. Sólo cuando Jesús nos deja entrever algo de su fulgurante misterio nos damos cuenta de nuestra habitual ceguera.

La luz de la transfiguración viene a hendir hoy, si lo queremos, nuestras tinieblas. Ahora bien, debemos acoger la invitación a retirarnos a un lugar apartado con Jesús subiendo a un monte elevado, es decir, aceptar la fatiga que supone dar los pasos concretos que nos alejan de un ritmo de vida agitado y nos obligan a prescindir de los fardos inútiles. Si fuéramos capaces de permanecer un poco en el silencio, percibiríamos su radiante Presencia. La luz de Jesús en el Tabor nos hace intuir que el dolor no tiene la última palabra. La última y única Palabra es este Hijo predilecto, hecho Siervo de YHWH por amor. Escuchémoslo mientras nos indica el camino de la vida: vida resucitada en cuanto dada. Escuchémoslo mientras nos indica con una claridad absoluta los pasos diarios. Escuchémoslo mientras nos invita a bajar con él hacia los hermanos. Entonces el lucero de la mañana se alzará en nuestros corazones e, iluminando nuestra mirada interior, nos hará vislumbrar -en la opacidad de las cosas, en la oscuridad de los acontecimientos, en el rostro de cada nombre- a Dios «todo en todos», eterna meta de nuestra peregrinación en el tiempo.

 

ORATIO

Jesús, tú eres Dios de Dios, luz de luz. Nosotros lo creemos, pero nuestros ojos son incapaces de reconocer tu belleza en las humildes apariencias de que te revistes.

Purifica, oh Señor, nuestros corazones, porque sólo a los limpios de corazón has prometido la visión de Dios.

Concédenos la pobreza interior que nos hace atentos a su Presencia en la vida diaria, capaces de percibir un rayo de tu luz hasta en los lugares donde todo aparece oscuro e incomprensible. Haznos silenciosos y orantes, porque tú eres la Palabra salida del silencio que el Padre nos pide que escuchemos. Ayúdanos a ser tus verdaderos discípulos, dispuestos a perder la vida cada día por ti, por el Evangelio; haz crecer tu amor en nosotros para ser contigo siervos de los hermanos y ver en cada hombre la luz de tu rostro.

 

CONTEMPLATIO

Antes de tu cruz preciosa, antes de tu pasión, tomando contigo a los que habías elegido entre tus sagrados discípulos, subiste al monte Tabor, oh Soberano, queriendo mostrarles tu gloria. Y ellos, al verte transfigurado y más resplandeciente que el sol, caídos rostro en tierra, se quedaron atónitos frente a la soberanía, y aclamaban: «Tú eres, oh Cristo, la luz sin tiempo y la irradiación del Padre, aunque, voluntariamente, te hagas ver en la carne, permaneciendo inmutable».

Tú, Dios Verbo, que existes antes de los siglos, tú que te revistes de luz como de un manto, transfigurándote delante de tus discípulos, oh Verbo, refulgiste más que el sol. Estaban junto a ti Moisés y Elías, para indicar que eres el Señor de vivos y de muertos y para dar gloria a tu economía inefable, a tu misericordia y a tu gran condescendencia, por la que salvaste al mundo, que se perdía por el pecado.

Nacido de nube virginal y hecho carne, transfigurado en el monte Tabor,  Señor, y envuelto por la nube luminosa, mientras estaban contigo tus discípulos, la voz del Padre te manifestó distintamente como Hijo amado, consustancial y reinante con él. De ahí que Pedro, lleno de estupor, exclamara: «¡Qué bien estamos aquí!», sin saber lo que decía, oh misericordiosísimo Benefactor (Anthologhion di tutto l'anno, Roma 2000, IV, pp. 871ss).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «A tu luz vemos la luz» (Sal 35,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si supiéramos reconocer el don de Dios, si supiéramos experimentar estupor, como el pastor Moisés, ante todas las zarzas que arden en los bordes de nuestros caminos, comprenderíamos entonces que la transfiguración del Señor -la nuestra- empieza con un cierto cambio de nuestra mirada. Fue la mirada de los apóstoles la que fue transfigurada; el Señor permanece el mismo.

La cotidianidad de nuestra vida, trivial y extraordinaria, debería revelar entonces su deslumbrante profundidad. El mundo entero es una zarza ardiente, todo ser humano -sea cual sea la impresión que suscita en nosotros- es esta profundidad de Dios.

Todo acontecimiento lleva en él un rayo de su luz. Nosotros, que hemos aprendido a mirar hoy tantas cosas, ¿hemos aprendido los datos elementales de nuestro oficio de hombres? Se vive, en efecto, a la medida del amor, pero se ama a la medida de lo que se ve. Ahora, en la transfiguración, nuestra visión participa en el misterio, de ahí que el amor esté en condiciones de brotar de nuestros corazones como fuego que arde sin consumir, y así puede enseñarnos a vivir.

Debemos pasar de la somnolencia de la que habla el evangelio a la auténtica vela, a la vigilancia del corazón. Cuando despertemos se nos dará la alegría inagotable de la cruz. Al ver, por fin, en la fe, al hombre en Dios y a Dios en el hombre -Cristo- nos volveremos capaces de amar y el amor saldrá victorioso sobre toda muerte.

El Señor se transfiguró orando; también nosotros seremos transfigurados únicamente en la oración. Sin una oración continua, nuestra vida queda desfigurada. Ser transfigurados es aprender a ver la realidad, es decir, a nuestro Dios, a Cristo, con los ojos abiertos de par en par. Ciertamente, en este mundo de locos, siempre tendremos necesidad de cerrar los ojos y los oídos para recuperar un cierto silencio. Es necesario, es como una especie de ejercicio para la vida espiritual. Sin embargo, la vida, la que brota, la vida del Dios vivo, es contemplarlo con los ojos abiertos. Él está en el hombre, nosotros estamos en él. Toda la creación es la zarza ardiente de su parusía. Si nosotros «esperásemos con amor su venida» (2 Tim 4,8), daríamos un impulso muy diferente a nuestro servicio en este mundo (J. Corbon, La gioia del Padre, Magnano 1997).

 

 

Día 7

Viernes de la 18ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 4,32-40

En aquellos días, habló Moisés al pueblo diciendo:

32 Pregunta, si no, a los tiempos pasados que te han precedido desde el día en que Dios creó al hombre en la tierra: ¿Se ha visto jamás algo tan grande, se ha oído cosa semejante desde un extremo a otro del cielo?

33 ¿Qué pueblo ha oído la voz de Dios en medio del fuego, como la has oído tú, y ha quedado con vida?

34 ¿Ha habido un dios que haya ido a buscarse un pueblo en medio de otro con tantas pruebas, milagros y prodigios en combate, con mano fuerte y brazo poderoso, con portentosas hazañas, como hizo por vosotros el Señor, vuestro Dios, en Egipto ante vuestros propios ojos?

35 El Señor te ha hecho ver todo esto para que sepas que él es Dios y que no hay otro fuera de él.

36 Desde el cielo te dejó oír su voz para enseñarte, en la tierra te mostró su gran fuego y has oído las palabras que salían del fuego.

37 Porque amó a tus antepasados y eligió a su descendencia después de ellos, te sacó de Egipto con su gran poder,

38 expulsando delante de ti a naciones más numerosas y fuertes que tú, para llevarte a su tierra y dártela en posesión, como sucede hoy.

39 Reconoce, pues, hoy y convéncete de que el Señor es Dios allá arriba en los cielos y aquí abajo en la tierra, y de que no hay otro.

40 Guarda sus leyes y mandamientos, que yo te prescribo hoy, para que seas feliz tú y lo sean tus hijos después de ti, y prolongues tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre.

 

**• Se trata de las palabras que dirigió Moisés al pueblo como conclusión de su primer discurso, con el que comienza el libro del Deuteronomio. El tono es altamente teológico y está cargado de palabras clave de la teología del Antiguo Testamento. Es el discurso de la memoria. El  pueblo debe recordar y transmitir todo lo que ha visto y oído, debe ser testigo viviente de cuanto Dios ha hecho. La historia pasada, cargada de la presencia y la acción de Dios, pide fidelidad. Moisés recuerda las maravillas del Dios creador, cosas nunca oídas desde los comienzos de la existencia del hombre sobre la tierra.

El pueblo ha escuchado la voz de Dios en el fuego; ha visto con sus propios ojos la predilección del Dios que lo ha elegido, que ha obrado signos y prodigios y ha manifestado la fuerza de su brazo con la liberación de Egipto. Este Dios es como un padre: educa con su palabra, se muestra lleno de amor con la fuerza de la elección, cercano con su presencia y su poder, fiel en el don de la tierra prometida.

¿Qué respuesta se debe dar a un Dios así, al mismo tiempo próximo con su presencia en la tierra, y lejano y majestuoso en los cielos? Antes que nada, debemos responderle con la confesión del Dios único, lo que constituye ya una alusión a la plegaria del Shema Yisra'el, confesión de la fe del pueblo en el Dios único {cf. Dt 6,4-9; 11,13-21; Nm 15,37-51). A continuación, con la fidelidad a los mandamientos que Dios mismo entregó al pueblo en el Sinaí. Más tarde, con la fidelidad en la transmisión de este recuerdo a los hijos, a fin de que el pueblo goce de las promesas de su Dios de generación en generación. Estamos, en suma, ante un texto de gran valor, en el que el mediador de la alianza, que es Moisés, pide una respuesta de fidelidad en nombre de YHWH: recordar, celebrar, vivir. Aquí se encuentra reunida toda la espiritualidad del Antiguo Testamento: recuerdo de las palabras y de los hechos, celebración de las obras de la misericordia divina, fidelidad activa a la hora de observar las leyes dadas por un Padre educador y lleno de amor por su pueblo.

 

Evangelio: Mateo 16,24-28

En aquel tiempo,

24 dirigiéndose a sus discípulos, añadió Jesús: -Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.

25 Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la conservará.

26 Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida? ¿O qué puede dar a cambio de su vida?

27 El Hijo del hombre está a punto de venir con la gloria de su Padre y con sus ángeles. Entonces tratará a cada uno según su conducta.

28 Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin ver al Hijo del hombre venir como rey.

 

*+• El texto de Mateo que hemos leído hoy se encuentra situado en el marco de la lectura evangélica de ayer. Está conectado con la profecía o anuncio de la suerte final de Jesús: ir a Jerusalén, sufrir, morir, resucitar. Una suerte que Pedro rechaza, a pesar de la perspectiva final de victoria -la resurrección-, que, a buen seguro, el discípulo no capta en su auténtico sentido.

Jesús vuelve a afirmar, por consiguiente, que la confesión de fe debe estar guiada también por una fidelidad en la vida. Las palabras pronunciadas por el Maestro tienen, pues, seriedad evangélica: son unas palabras basadas en las exigencias ascéticas más radicales y que sólo es posible cumplir si son captadas en la triple dimensión del discipulado: vivir como el Maestro, a causa de él, en comunión con él. Sólo entonces es cuando la fuerza de las palabras adquiere su lógica de gracia: seguir a Jesús, negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz, perder nuestra propia vida.

Estas difíciles exigencias no pueden ser comprendidas en todo lo que encierran, incluso en su misma formulación, antes de la resurrección de Jesús. ¿Cómo hablar, por ejemplo, de cargar con la cruz, con el añadido de «cada día» (en el texto paralelo de Lucas), sin haber visto a Jesús cargando con la cruz? ¿O cómo hacer comprender la lógica del perder la vida para ganarla sin la clave de bóveda que constituye la victoria de Jesús sobre la muerte? Con todo, aunque no puedan ser comprendidas hasta el final estas exigencias, Jesús pide fidelidad a los discípulos; que estén atentos a recorrer con él el mismo camino; que estén dispuestos a seguirle, también después de la resurrección, por este sendero.

 

MEDITATIO

La historia de Israel, más que escrita en libros, está grabada en el corazón. La memoria agradecida de lo que Dios ha realizado se renueva con la oración que acoge la Palabra y con los salmos, que ayudan a rumiar en el corazón y a expresar con los labios las alabanzas del Señor.

En todo acontecimiento se puede cantar: «Porque es eterna su misericordia». En cada etapa progresiva se puede decir, como en la oración de la noche de Pascua: «¡Dayenü!», esto nos habría bastado.

A nosotros, hombres y mujeres de la posmodernidad, a causa de la frágil y no convencida memoria del pasado, a causa del carácter efímero de lo cotidiano, que parece desplomarse constantemente en la nada, la lección que nos da el pueblo de la memoria nos resulta preciosa: re-cor-dar, volver a dar al corazón, como necesaria oxigenación teológica, el recuerdo de los hechos de Dios en nuestra historia personal y comunitaria, es una actitud preciosa del espíritu. Y es también una preciosa indicación pedagógica en la transmisión de la fe en el seno de la familia. Recuerdo de las obras de Dios ya realizadas, recuerdo de las promesas de Dios que nos orientan hacia un futuro de gloria. También Jesús nos anuncia palabras cargadas de sentido, incluso a través de la contradicción humana que encierra su significado. Dice la verdad; no engaña ni lisonjea.

La invitación a cargar con la cruz y a perder la vida no es la lección estoica de un maestro de la sospecha de los que afirman que todo es vanidad. Es palabra anticipada que debe permanecer en el corazón cuando las circunstancian aclaren lo que significa tomar la cruz de cada día y perder la vida. Las palabras se vuelven hechos, el conocimiento se convierte en sabiduría con la experiencia.

Para los cristianos, las palabras de Jesús son una clave de comprensión que hemos de mantener siempre en el corazón. Ahora bien, también se hace necesario llevarlas en la memoria, a fin de obtener una renovada esperanza que se apoya en el anuncio de su definitiva venida gloriosa.

 

ORATIO

Recordamos, Señor, con alegría tus maravillas. Cada uno de nosotros podría contar a los otros su propia historia de salvación, una historia compuesta de personas, palabras, encuentros, gracias, que van marcando un sendero de vida. Nuestro corazón, Señor, quisiera tener la profundidad espiritual del corazón de María, modelo de una Iglesia que medita y conserva en su corazón acontecimientos y palabras, los discierne en su vida diaria y escruta su sentido profundo.

Mi oración es hoy alabanza que te bendice por lo que has hecho en mi vida desde su comienzo, porque todo está envuelto de amor paterno y materno hacia mí. Haz, oh Señor, que en mi memoria pesen más que cualquier otra cosa las palabras alentadoras, la confianza que nace del recuerdo agradecido, a fin de que me muestre fiel en las pruebas y en las exigencias que tú, con ese sentido de la realidad propio del Maestro que no defrauda, me propones.

Cargar con la cruz es levantarla como trofeo glorioso. Perder la vida es abrir nuestro sepulcro a la alegría y a la gloria de la resurrección.

 

CONTEMPLATIO

Desear sufrir no equivale simplemente al piadoso recuerdo de los sufrimientos del Señor. El sufrimiento aceptado voluntariamente como expiación es lo que nos une de verdad al Señor, y realmente lo hace hasta el fondo. Pero éste nace sólo de una unión con Cristo que ya esté en acto [...].

El amor a la cruz no está en absoluto en contradicción con la alegría de nuestro ser hijos de Dios. Brindar nuestra contribución a llevar la cruz de Cristo es fuente de una alegría vigorosa y pura, y aquellos a quienes se les ha concedido y lo hacen -los constructores del Reino de Dios- son hijos de Dios en el sentido más verdadero y más pleno. De ahí que sentir predilección por el camino de la cruz no signifique en absoluto negar que el viernes santo haya pasado ni que la obra de la redención ya esté realizada. Sólo pueden llevar la cruz los redimidos, los hijos de la gracia. El sufrimiento humano toma su poder reparador sólo de la unión con nuestra Cabeza divina. Sufrir y, en medio del sufrimiento, ser felices (E. Stein, «L'amore della croce», en Edith Stein. Store davanti a Dios per tutti, Roma 1991, pp. 280ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Quiero llevar contigo, oh Señor, mi cruz».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La cruz ha sido siempre un signo de contradicción y un principio de selección entre los hombres. Con excesiva frecuencia se presenta la cruz a nuestra adoración como un símbolo de tristeza, de restricción, de remoción, más que como una meta sublime que sólo alcanzaremos superándonos a nosotros mismos.

Ahora bien, este modo de hablar acaba dando la impresión de que el Reino de Dios sólo se puede realizar con el luto, y tomando siempre por principio la dirección opuesta, a contracorriente de las energías y de las aspiraciones humanas. Siendo fieles a la Palabra, nada es menos cristiano, en el fondo, que esta perspectiva.

Considerada del modo más general, la doctrina de la cruz es aquella a la que se adhiere todo hombre convencido de que, en presencia de la agitación humana, se le abre un camino hacia alguna salida y de que este camino sube. La vida tiene un término; por consiguiente, impone una dirección a la marcha [...]. Hacia las cimas, envueltas por nuestras miradas en la niebla, a donde nos invita a subir eí Crucificado, nos elevamos a través de un sendero que es el mismo camino del progreso universal. La vía real de la cruz es precisamente el camino del esfuerzo humano. El que entiende plenamente el sentido de la cruz ya no corre el riesgo de considerar triste y fea la vida. Sólo se ha vuelto más atento a su incomprensible gravedad (P. Teilhard de Chardin, ¡.'ambiente divino, Milán 1968, pp. 1 lOss [edición española: El medio divino, Taurus Ediciones, Madrid 1967]).

 

 

Día 8

 

Santo Domingo (8 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Nació en Caleruega (Burgos), en España, en 1172. Hacia 1196 se convirtió en canónigo del capítulo de la catedral de El Burgo de Osma (Soria). Acompañó al obispo Diego en una importante misión por el norte de Europa. Al pasar por el sur de Francia, vio claramente el daño que la herejía cátara estaba haciendo entre los fieles y maduró el designio de reunir a algunas personas que se dedicaran a la evangelización a través de la predicación pobre, estable y organizada del Evangelio.

Este proyecto, aprobado por vez primera por Inocencio III, fue reconocido definitivamente por Honorio III el 22 de diciembre de 1216. Este último llamó «Hermanos Predicadores» a sus miembros. Domingo diseminó de inmediato a los hermanos que le siguieron por las regiones más remotas de Europa. Solía decir: «No es bueno que el grano se amontone y se pudra».

Precisó en dos congregaciones generales los fundamentos y los elementos arquitectónicos de su familia religiosa: vida en común pobre y obediente, la oración litúrgica, el estudio asiduo de la Verdad ordenado a la predicación, entendida como contemplación en voz alta, participación en la misión propia de la Iglesia, sobre todo en las tierras todavía no  evangelizadas.

Hombre genial, sabio, misericordioso, era «tierno como una madre y fuerte como el diamante» (Lacordaire). Murió en Bolonia el 6 de agosto de 1221. Gregorio IX lo canonizó el 3 de julio de 1234.

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 6,4-13

En aquellos días, habló Moisés al pueblo diciendo:

4 Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno.

5 Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

6 Guarda en tu corazón estas palabras que hoy te digo.

7 Incúlcaselas a tus hijos y háblales de ellas estando en casa o yendo de viaje, acostado o levantado;

8 átalas a tu mano como signo, ponías en tu frente como señal,

9 escríbelas en las jambas de tu casa y en tus puertas.

10 Cuando el Señor, tu Dios, te haya introducido en la tierra que ha de darte según juró a tus antepasados Abrahán, Isaac y Jacob, una tierra con grandes y hermosas ciudades que tú no edificaste,

11 con casas repletas de toda clase de bienes que tú no llenaste, con cisternas excavadas que tú no excavaste, con viñas y olivos que tú no plantaste, entonces comerás y te saciarás.

12 Cuídate de no olvidar al Señor que te sacó de Egipto, de aquel lugar de esclavitud.

13 Respetarás al Señor, tu Dios; a él le servirás y en su nombre jurarás.

 

*•»> «Shema Yisra'el: 'Adonay 'Hohénü, 'Adonay ehadh...» Éste es uno de los textos más sagrados y más conocidos del Antiguo Testamento, la confesión de fe que Moisés enseña de los mismos labios de Dios al pueblo elegido. Son unas frases que todo judío piadoso debe decir tres veces al día, vuelto hacia Jerusalén. Unas palabras sagradas que acompañan la vida cotidiana del pueblo de la alianza y que fueron repetidas por millones de judíos en su triste peregrinación hacia la muerte en los hornos crematorios...

Primera afirmación: invitación a la confesión de fe en Dios, «nuestro Dios», «uno». De ahí se sigue, como consecuencia teológica más que lógica -porque se trata de algo vital, divino-, que debemos poner a Dios en el primer lugar, amándole «con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas».

La importancia de Dios en la vida del israelita piadoso, la fuerza educativa y ética de sus preceptos, se ponen aún más de relieve en los versículos siguientes. Éstos dibujan algo así como el habitat de su vida: definen la atmósfera vital en la que está inmerso, el tema sagrado del que tiene que hablar siempre, la conciencia que debe mantener día y noche, en casa y en el trabajo. Es un precepto que se convierte en proyecto educativo para los hijos. Y para que no se le olvide, el israelita piadoso materializa, por así decirlo, la exhortación de Moisés escribiendo los sagrados preceptos en las jambas de la puerta de casa. De esta severa amonestación procede asimismo el uso de llevar escritos en una cajita, sobre la frente y sobre los brazos, junto al corazón, los preceptos del Señor.

Y, como fondo, una promesa, no realizada todavía pero que se convierte en motor de esperanza para transformarse, a continuación, en memoria perenne: los dones de la tierra prometida. Y en un signo de fidelidad: el temor de Dios, su servicio, la proclamación de la alianza en su nombre.

 

Evangelio: Mateo 17,14-20

En aquel tiempo,

14 cuando llegaban a donde estaba la gente, se acercó un hombre, que se arrodilló ante Jesús,

15 diciendo: -¡Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene ataques y está muy mal! Muchas veces se cae al fuego y otras al agua;

16 se lo he traído a tus discípulos, pero no han podido curarlo.

17 Jesús respondió: -¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo aquí.

18 Jesús le increpó, y el demonio salió del muchacho, que quedó curado en el acto.

19 Después, los discípulos se acercaron en privado a Jesús y le preguntaron: -¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?

20 Él les dijo: -Por vuestra falta de fe; os aseguro que si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte: «Trasládate allá», y se trasladaría; nada os sería imposible.

 

*•• Estamos ante un típico fragmento evangélico que presenta una vez más a Jesús en su actividad milagrosa curadora, aspecto que produjo un fuerte impacto en las primeras comunidades cristianas. Éstas, inmersas en el ambiente judío y pagano, exaltaron la figura de Cristo como médico. Aquí se trata de un caso especial. La enfermedad reviste formas patológicas de carácter psíquico, achacables, por consiguiente, a fuerzas malignas y superiores que no es difícil atribuir en este contexto religioso a la acción de Satanás, el enemigo de Dios y, por tanto, enemigo del hombre.

Para nuestra mentalidad científica, los síntomas descritos por el padre de este desgraciado muchacho presentan las características de una crisis de epilepsia. Jesús aparece una vez más, como sucede con frecuencia en estas primicias de su evangelización, en contraste implacable con el diablo, origen del mal y de todos los males.

La indicación de que los discípulos no han conseguido curar al muchacho sirve para dejar bien claro que Jesús cuenta con una evidente superioridad sobre ellos. Para estar a la altura de Jesús, para realizar sus mismos milagros, es preciso contar con una fe auténtica, fuerte, que permite a los discípulos identificarse con él, con su persona, su misión y su fuerza. Sin embargo, su fe es todavía débil e insuficiente. Jesús, con unas palabras que tienen el sabor de la retórica y el lenguaje típicamente orientales, les invita a mostrarse atrevidos a la hora de pedir, a creer en su poder, hasta el absurdo. Les pide una fe capaz de trasladar montañas; y, en primer lugar, las de sus propios corazones.

 

MEDITATIO

Domingo, fiel a la consigna del Señor, exigía que la predicación de sus hermanos brotara de la comunión en la verdad y de la contemplación. Pedía realizar la verdad, configurarse a ella en la vida y en el anuncio, no como se acostumbra a hacerlo en un lugar o en otro, sino como lo exige la Palabra de Dios transmitida por la Iglesia. Quería que antepusieran la verdad a la oportunidad, de modo que la verdad amada, contemplada, celebrada, estudiada, anunciada, alabada, constituyera el marco de su vida.

La verdad tiene sus exigencias imprescindibles. Se abre camino por convencimiento, no por constricción, y por eso exige una profunda comunión de vida, celebración ferviente de su belleza, asiduo estudio de sus expectativas, vida ejemplar. La convicción es fruto de una inteligencia amorosa y desemboca en el obrar por el deseo de semejanza con el ser amado. No pasa de una persona a otra; se engendra en cada persona que llega a ella bajo el estímulo de la palabra y del ejemplo. Esto hace, ciertamente, que el mensajero del Evangelio sea un mendicante de verdad, con todo el rigor del término.

La verdad que anuncia no es suya, no puede hacer lo que quiera con ella; implora que le sea dada, la admira, la estudia, la contempla, hace todo para que sea amada, realizada. Ora e implora a fin de que los corazones humanos no se cierren a la escucha, aunque sabe que esto deriva preponderantemente del consentimiento de la persona a la gracia. Cuando lo ha hecho todo se siente un siervo inútil y, junto a la persona que cree, alaba al Dios de la misericordia y de la luz. Esta orientación de vida ha sido traicionada con frecuencia. Los resultados negativos de esta omisión agudizan la nostalgia de que el anuncio del Evangelio se inspire siempre en el ejemplo de los apóstoles vivificados por el Espíritu y vaya acompañado por la imploración del perdón y de la misericordia.

 

ORATIO

En tu Providencia, oh Dios, enviaste a la humanidad sedienta a santo Domingo, heraldo de tu verdad, tomada de la fuente del Salvador. Sostenido siempre por la Madre de tu Hijo y abrasado de celo por las almas, asumió para sí y para sus discípulos, recogidos por el Espíritu Santo, el ministerio del Verbo, llevando a Cristo con la doctrina y con el ejemplo a innumerables hermanos.

Atento a hablar contigo y de ti, creció en la sabiduría y, haciendo brotar el apostolado de la contemplación, se consagró totalmente a la renovación de la Iglesia...

Para el esplendor y la defensa de la misma, quisiste que restableciera la vida de los apóstoles. Él, siguiendo las huellas del Cristo pobre, con la predicación volvió a llamar a los errantes a la verdad evangélica y conquistó para Cristo a innumerables hermanos; reunió con sabiduría en torno a sí a otros discípulos, a fin de que sostenidos por la luz de la ciencia se consagraran a la salvación de la humanidad (de los dos Prefacios del rito dominicano, que celebran la gloria de santo Domingo).

 

CONTEMPLATIO

[Habla Dios Padre:] Y si miras la barquilla de tu padre Domingo, hijito mío amado, él la ordenó con un orden perfecto y quiso que atendiera sólo a mi honor y a la salvación de las almas con la luz de la ciencia. Sobre esta luz quiso constituir su principio, sin estar privada, no obstante, de la pobreza verdadera y voluntaria. Incluso la tuvo, y en señal de que la tenía y le disgustaba lo contrario, dejó en testamento a los suyos como herencia su maldición, si poseían o tomaban posesión alguna, en particular o en general, como señal de que había elegido como esposa a la reina de la pobreza.

Sin embargo, como su objeto más propio tomó la luz de la ciencia, a fin de extirpar los errores que se habían levantado en aquel tiempo. Tomó el ministerio de mi Hijito el Verbo unigénito. Aparecía directamente en el mundo un apóstol que con mucha verdad y luz sembraba mi palabra, levantando las tinieblas y dando la luz. Fue una luz que se puso en el mundo por medio de María, puesto en el cuerpo místico de la santa Iglesia como extirpador de las herejías. ¿Por qué dije «por medio de María»? Porque le dio el hábito, el ministerio de mi bondad encomendado a ella... Hizo que su barquilla estuviera atada con estas tres cuerdas: la obediencia, la continencia y la verdadera pobreza; la hizo completamente generosa, alegre, olorosa: un jardín repleto de todo deleite en sí mismo (Catalina de Siena, Diálogo, Siena 1995, pp. 539ss [edición española: El diálogo, Ediciones Rialp, Madrid 1956]).

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día esta expresión gemidora de santo Domingo: «Ten piedad, Señor, de tu pueblo; si no, ¿qué será de los pecadores?».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar como si Cristo, representado en él, estuviera allí real y personalmente, y no sólo a través del símbolo. Se comportaba así en conformidad al siguiente fragmento del libro de Judit: Te ha agradado siempre la oración de los mansos y humildes (Jdt 9,1 ó). Por la humildad obtuvo la cananea cuanto deseaba (Mt 15,21-28), y lo mismo el hijo pródigo (Le 15,11-32). También se inspiraba en estas palabras: Yo no soy digno de que entres en mi casa (Mt 8,8); Señor, ante ti me he humillado siempre (Sal 146,61). Y así, nuestro Padre, manteniendo el cuerpo erguido, inclinaba la cabeza y, mirando humildemente a Cristo, le reverenciaba con todo su ser, considerando su condición de siervo y la excelencia de Cristo. Enseñaba a hacerlo así a los frailes cuando pasaban delante del crucifijo, para que Cristo, humillado por nosotros hasta el extremo, nos viera humillados ante su majestad.

Mandaba también a los frailes que se humillaran de este modo ante el misterio de la Santísima Trinidad, cuando se cantara el Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. [...]

Después de esto, santo Domingo, ante el altar de la iglesia o en la sala capitular, se volvía hacia el crucifijo, lo miraba con suma atención y se arrodillaba una y otra vez; hacía muchas genuflexiones, a veces, tras el rezo de completas y hasta la media noche, ora se levantaba, ora se arrodillaba, como hacía el apóstol Santiago, o el leproso del evangelio que decía, hincado de rodillas: Señor, si quieres, puedes curarme (Mt 8,2); o como Esteban, que, arrodillado, clamaba con fuerte voz: No les tengas en cuenta este pecado (Hcfi7,60). El padre santo Domingo tenía una gran confianza en l a misericordia de Dios, en favor suyo,  en bien de todos los pecadores y en el amparo de los frailes jóvenes que enviaba a predicar. [...] Enseñaba a los frailes a orar de esta misma manera, más con el ejemplo que con las palabras (I. Taurisano,  Il nove mod¡i di pregare di san Dominico, ASOP 1922, pp. 96ss).

 

Día 9

19° domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

  

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 19,4-8

En aquel tiempo,

4 Elías se adentró por el desierto un día de camino, se sentó bajo una retama y, deseándose la muerte, decía: -¡Basta, Señor! Quítame la vida, que no soy mejor que mis antepasados.

5 Se tumbó y se quedó dormido, pero un ángel le tocó y le dijo: -Levántate y come.

6 Elías miró y vio a su cabecera una hogaza cocida, todavía caliente, y un vaso de agua. Comió, bebió y se volvió a dormir.

7 De nuevo, el ángel del Señor le tocó y le dijo: -Levántate y come, pues te queda todavía un camino muy largo.

8 Él se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento anduvo cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb.

 

*» En tiempos de Elías reinaba Ajab en Israel: el soberano «ofendió con su conducta al Señor más que todos sus predecesores. No contento con imitar los pecados Jeroboán, hijo de Nabat, se casó con Jezabel, hija de Etbaal -un sacerdote de Astarté-, rey de los sidonios, y dio culto a Baal, adorándolo» (1 Re 16,30ss). A causa de la idolatría que se había extendido en el pueblo, Dios, por boca de Elías, anuncia y envía tres años de sequía.

La lluvia vuelve sólo después de que Elías haya avergonzado a los profetas de Baal, mostrando que hay realmente un solo Dios. Jezabel jura vengarse de Elías y le amenaza de muerte: «Elias se llenó de miedo y huyó para salvar su vida» (1 Re 19,3).

Como hiciera Moisés, tras la enésima lamentación del pueblo, se desahoga con el Señor: «¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué me has retirado tu confianza y echas sobre mí la carga de todo este pueblo? ¿Acaso lo he concebido yo [...]? Yo solo no puedo soportar a este pueblo; es demasiada carga para mí. Si me vas a tratar así, prefiero morir» (Nm 11,11-12.14-15). Elías acaba de comer y pide quedarse solo, alejado también de su criado (1 Re 19,3): no le queda otra cosa más que la invocación desesperada de la plegaria. Huye al desierto del sur para salvar su propia vida; sin embargo, una vez llegado allí, ora, paradójicamente, pidiendo la muerte: en su comportamiento se puede vislumbrar una particular ambivalencia.

La intervención del ángel produce un vuelco de la situación: el enviado de Dios no le habla de huida o de muerte, sino de «levantarse, comer y caminar» (vv. 5.7). Elias continúa huyendo (en efecto, Dios le preguntará: «¿Qué haces aquí, Elias?», deberías encontrarte en Israel), pero la hogaza que recibe es «pan del cielo» (Sal 104,40); el agua recuerda a la recibida como don por Israel cuando acababa de salir de Egipto (Ex 15; 17); los cuarenta días y las cuarenta noches recuerdan el tiempo transcurrido en el desierto antes del don de la tierra prometida; «el monte de Dios, el Horeb» (v. 8), hacia el que Elías se pone a caminar, es el lugar de las teofanías experimentadas por Moisés pero ahora ya no se trata de una fuga, sino de un éxodo que le conducirá al encuentro con Dios (1 Re 19,9-18).

 

Segunda lectura: Efesios 4,30-5,2

Hermanos:

30 no causéis tristeza al Espíritu Santo de Dios, que es como un sello impreso en vosotros para distinguiros el día de la liberación.

31 Que desaparezca de entre vosotros toda agresividad, rencor, ira, indignación, injurias y toda suerte de maldad.

32 Sed más bien bondadosos y compasivos los unos con los otros y perdonaos mutuamente, como Dios os ha perdonado por medio de Cristo.

5,1 Sed, pues, imitadores de Dios como hijos suyos muy queridos.

2 Y haced del amor la norma de vuestra vida, a imitación de Cristo, que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios.

 

*»• ¿Le es posible a un hombre «hacer del amor la norma de su vida» {cf v. 2)? Sí, gracias al hecho de haber recibido como don en el bautismo el sello del Espíritu Santo que había sido prometido (cf. Ef 1,13; 4,30): es ésta una «idea fija» de la carta a los Efesios. El Espíritu se hace presente de un modo tan personal y respetuoso de la libertad que las decisiones del cristiano pueden «causarle tristeza» (v. 30). En el orden concreto, las cosas que disgustan al Espíritu enumeradas en el pasaje son aspectos que podemos encontrar en otros pasajes del Nuevo Testamento (por ejemplo, en Rom 1,29-31; Gal 5,19-21) o incluso en las obras helenísticas de tema moral. La «maldad» es la raíz que provoca toda división y todo mal; vibra interiormente en la «agresividad, rencor, ira»; se precipita contra los hermanos con la «indignación » y las «injurias» (v. 31). En este contexto se refiere Pablo, de modo particular, a los vicios que resquebrajan la vida comunitaria.

El crecimiento de la caridad pasa de la «bondad» a la «compasión» y a la cumbre del «perdón mutuo» (v. 32).  Entre las quince características de la caridad citadas en el «Himno a la caridad» (1 Cor 13,4-7), hay ocho negativas (lo que no hace la caridad: «No tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia») y otras seis que tienen que ver con la caridad en acción: «Todo lo aguanta» («es paciente y bondadosa [...] Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta»). ¿Qué es lo específico del perdón cristiano, dónde está el límite ante el que podríamos pretender detenernos? «A cada uno de nosotros, sin embargo, se le ha dado la gracia según la medida [literalmente, el metro] del don de Cristo» (Ef 4,7); «Los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).

Y vosotros «sed misericordiosos como también es misericordioso vuestro Padre» (Lc 6,36; cf. Mt 5,48). Así es para Juan (cf. 1 Jn 3,16), para Pablo (cf. Gal 2,20), para cada cristiano que quiera ser causa de alegría para el Espíritu Santo.

 

Evangelio: Juan 6,41-51

En aquel tiempo,

41 los judíos comenzaron a murmurar de él porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo».

42 Decían: -Éste es Jesús, el hijo de José. Conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo se atreve a decir que ha bajado del cielo?

43 Jesús replicó: -No sigáis murmurando.

44 Nadie puede aceptarme si el Padre, que me envió, no se lo concede, y yo lo resucitaré el último día.

45 Está escrito en los profetas: Y serán todos instruidos por Dios. Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza me acepta a mí.

46 Esto no significa que alguien haya visto al Padre. Solamente aquel que ha venido de Dios ha visto al Padre.

47 Os aseguro que el que cree tiene vida eterna.

48 Yo soy el pan de la vida.

49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto y, sin embargo, murieron.

50 Éste es el pan del cielo, y ha bajado para que quien lo coma no muera.

51 Jesús añadió: -Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo.

 

**• Las precedentes revelaciones de Jesús sobre su origen divino -«Yo soy el pan de vida» (v. 35) y «yo he bajado del cielo» (v. 38)- habían provocado el disentimiento y la protesta entre la muchedumbre, que empieza a murmurar y se muestra hostil. Es demasiado duro superar el obstáculo del origen humano de Cristo y reconocerle como Dios (v. 42). Jesús evita entonces una discusión inútil con los judíos y les ayuda a reflexionar sobre su dureza de corazón, enunciando las condiciones necesarias para creer en él.

La primera es ser atraídos por el Padre (v. 44), don y manifestación del amor de Dios a la humanidad. Nadie puede ir a Jesús si no es atraído por el Padre. La segunda condición es la docilidad a Dios (v. 45a). Los hombres deben darse cuenta de la acción salvífica de Dios respecto al mundo. La tercera condición es la escucha del Padre (v. 45b). Estamos frente a la enseñanza interior del Padre y a la de la vida de Jesús, que brota de la fe obediente del creyente a la Palabra del Padre y del Hijo.

Escuchar a Jesús significa ser instruidos por el mismo Padre. Con la venida de Jesús, la salvación está abierta a todos, pero la condición esencial que se requiere es la de dejarse atraer por él escuchando con docilidad su Palabra de vida. Aquí es donde precisa el evangelista la relación entre fe y vida eterna, principio que resume toda regla para acceder a Jesús. Sólo el hombre que vive en comunión con Jesús se realiza y se abre a una vida duradera y feliz. Sólo «el que come» de Jesús-pan no muere. Es Jesús, pan de vida, el que dará la inmortalidad a quien se alimente de él, a quien interiorice su Palabra y asimile su vida en la fe.

 

MEDITATIO

No es raro oír la expresión: «¡Basta, no puedo más!». La vida, en determinados momentos, es verdaderamente dura. ¿Y quién la siente difícil, desagradable, insoportable durante años y años? La experiencia de Elías está presente como nunca en la condición humana, especialmente en los que se toman en serio la tarea a favor o en apoyo de los otros que les ha sido confiada: «¡Basta, Señor! Quítame la vida, que no soy mejor que mis antepasados».

Esta experiencia, típica de la condición humana, marcada por el límite y por la precariedad, por la vulnerabilidad y por la fragilidad, puede ser el comienzo de una invocación que se abre al misterio de Dios. Dios quiere que sus hijos tomen conciencia de que él está presente en sus vidas. Elías le mandó un ángel con un pan; a nosotros nos envía a su Hijo, que se hace pan de vida, pan para nuestra vida, pan para sostenernos en el camino, pan para no dejarnos solos en las misiones difíciles.

El pan que nos ofrece contiene todas las atenciones que tiene con nosotros. Es el punto de llegada de la acción creadora del Padre, de la obra de reconstrucción llevada a cabo por el Hijo; es pan siempre tierno por la obra del Espíritu. Ese pan es memorial de una historia infinita de amor: con él también nos sostiene, nos alienta, nos invita a reemprender el camino, con el mismo corazón y la misma audacia recordada y encerrada en el pan de vida.

 

ORATIO

Ilumina, Señor, mi mente para que pueda comprender que la eucaristía es «memorial de la muerte del Señor». En ese pan has puesto «todo deleite», porque en él has puesto toda tu historia de amor conmigo y con el mundo. Con ese pan quieres recordarme todo el amor que sientes por mí, un amor que ha llegado a su cumbre insuperable en la muerte y resurrección de tu Hijo, de suerte que yo no pueda dudar ya nunca.

Oh Señor, ese pan que recibo con tanta ligereza contiene verdaderamente todo tu amor por mí, contiene el recuerdo de tus maravillas y la cumbre de las maravillas de tu amor. Y contiene asimismo el recuerdo de que este amor tuyo te ha costado mucho y me sugiere que, si deseo amarte a ti y a mis hermanos, no debo reparar en costes.

Refuerza mi pequeño corazón, demasiado pequeño para comprender; ilumínale sobre los costes del amor, para que no se desanime, para que se reanime, reemprenda el camino, no se achique y esté seguro de que contigo y por ti vale la pena caminar y sudar aún un poco, especialmente cuando tenemos que desarrollar tareas delicadas. ¡Todavía un poco, que la meta no está lejos!

 

CONTEMPLATIO

Los que, cayendo en las insidias que les tienden, han tomado el veneno extinguen su poder mortífero con otro fármaco. Así también, del mismo modo que ha entrado en las vísceras del hombre el principio mortal, debe entrar asimismo en ellas el principio saludable, a fin de que se distribuya por todas las partes de su cuerpo la virtud salvífica. Dado que habíamos probado el alimento disgregador de nuestra naturaleza, tuvimos necesidad de otro alimento que reúna lo que está disgregado, para que, entrado en nosotros, obre este medicamento de salvación como antídoto contra la fuerza destructora presente en nuestro cuerpo. ¿Y qué es este alimento? Ninguna otra cosa que aquel cuerpo que se reveló más potente que la muerte y fue el comienzo de nuestra vida (Gregorio de Nisa, La gran catequesis, 37, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Levántate y come, pues te queda todavía un camino muy largo» (1 Re 19,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La vida vivida eucarísticamente es siempre una vida de misión. Vivimos en un mundo que gime bajo el peso de sus pérdidas: las guerras despiadadas que destruyen pueblos y países, el hambre y la muerte de hambre que diezman poblaciones enteras, el crimen y la violencia que ponen en peligro la vida de millones de personas, el cáncer y el sida, el cólera y otras muchas enfermedades que devastan los cuerpos de incontables personas; terremotos, aluviones y desastres del tráfico... es la historia de la vida de cada día que llena los periódicos y las pantallas de los televisores [...]. Este es el mundo al que hemos sido enviados a vivir eucarísticamente, esto es, a vivir con el corazón ardiente y con los ojos y los oídos abiertos. Parece una tarea imposible.

¿Qué puede hacer este reducido grupo de personas que lo han encontrado por el camino [...] en un mundo tan oscuro y violento? El misterio del amor de Dios consiste en que nuestros corazones ardientes y nuestros oídos receptivos estarán en condiciones de descubrir que aquel a quien habíamos encontrado en la intimidad continúa revelándose a nosotros entre los pobres, los enfermos, los hambrientos, los prisioneros, los refugiados y entre todos los que viven en medio del peligro y del miedo (H. J. M. Nouwen, La forza delta sua presenza, Brescia 52000, pp. 82ss).

 

 

Día 10

San Lorenzo (10 de agosto)

 

Diácono de la Iglesia de Roma. Según la tradición, era de origen español, concretamente de Huesca. Sufrió el martirio durante la persecución del emperador Valeriano el 10 de agosto del año 258, cuatro días después que el papa Sixto II y sus otros diáconos. Acusado de administrar incalculables bienes, declaró ante los jueces que la única riqueza de la Iglesia eran los pobres, atendidos solícitamente con las limosnas de la comunidad cristiana. Fue condenado a morir a fuego lento en la parrilla, y hasta el último momento puso de manifiesto su entereza y buen humor. Su sepulcro y la basílica a él dedicada se hallan en el Campo Verano de Roma, en el cementerio que luego tomó su nombre, y su culto se difundió pronto en toda la Iglesia.- Oración: Señor Dios nuestro, encendido en tu amor, san Lorenzo se mantuvo fiel a tu servicio y alcanzó la gloria en el martirio; concédenos, por su intercesión, amar lo que él amó y practicar sinceramente lo que nos enseñó. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 9,6-10

Hermanos:

6 Tened esto presente: el que siembra con miseria, miseria cosecha; el que siembra generosamente, generosamente cosecha.

7 Que cada uno dé según su conciencia, no de mala gana ni como obligado, porque Dios ama al que da con alegría.

8 Dios, por su parte, puede colmaros de dones, de modo que teniendo siempre y en todas las cosas lo suficiente, os sobre incluso para hacer toda clase de obras buenas.

9 Así lo dice la Escritura: Distribuyó con largueza sus bienes a los pobres, su generosidad permanece para siempre.

10 El que proporciona simiente al que siembra y pan para que se alimente, os proporcionará y os multiplicará la simiente y hará crecer los frutos de vuestra generosidad.

 

*»• Son muchas las pobrezas humanas: espirituales, materiales, culturales, morales. Mas no hay ninguna a la que no pueda llegar y colmar la caridad. Dios mismo se muestra siempre espléndido, como fuente de su seno trinitario, en todo impulso dinámico y consiguiente fecundidad de frutos. La criatura se convierte en su instrumento.

Cuanto más da, más goza del amor divino, porque éste se trasvasará aún en mayor cantidad y se verterá en ella al encontrar una plena consonancia. Por eso recogerá con largueza: Dios mismo cultivará cuanto siembra y hará fructificar la obra del justo realizada con su amor.

 

Evangelio: Juan 12,24-26

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

24 Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante.

25 Quien vive preocupado por su vida, la perderá; en cambio, quien no se aferré excesivamente a ella en este mundo, la conservará para la vida eterna.

26 Si alguien quiere servirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquel que me sirva será honrado por mi Padre.

 

**• Unirse al Hijo es entrar en la dinámica de amor que le hace una sola cosa con el Padre. «Servir» al Hijo significa «reinar» en él y con él en el corazón del Padre, y constituirá la complacencia de su paternidad divina.

Servir al Hijo es asociarse a él y a su obra redentora. Jesús no deja sobrentendidos a la exigencia de tal seguimiento: por amor al Padre y al hombre, el Hijo se entrega por completo, da su propia vida en una muerte destinada al misterio de una fecundidad que inserta la inmediatez histórica en un horizonte trascendente. También el discípulo se ve llamado así a perpetuar en el tiempo un acto de amor de valor eterno y divino.

 

MEDITATIO

Cuando el emperador le ordenó entregar las riquezas de la Iglesia, el diácono Lorenzo se presentó al juez con los pobres de Roma, declarando: «¡Aquí están los tesoros de la Iglesia!». De inmediato dio la orden de torturarle hasta la muerte. La Passio cuenta que, invitado aún a sacrificar a los dioses, respondió: «Me ofrezco a Dios como sacrificio de suave olor, porque un espíritu contrito es un sacrificio a Dios». El papa Dámaso (384) escribió en la inscripción que hizo poner en la basílica dedicada al mártir: «Sólo la fe de Lorenzo pudo vencer los azotes del verdugo, las llamas, los tormentos, las cadenas. Por la súplica de Dámaso, colma de dones estos altares, admirando el mérito del glorioso mártir».

El papa Juan Pablo II, en la memoria jubilar de los mártires del siglo XX, dijo en el Coliseo comentando el texto de Jn 12,25: «Se trata de una verdad que frecuentemente el mundo contemporáneo rechaza y desprecia, haciendo del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia. Pero los testigos de la fe, que también esta tarde nos hablan con su ejemplo, no buscaron su propio interés, su propio bienestar, la propia supervivencia, como valores más grandes que la fidelidad al Evangelio. Incluso en su debilidad, ellos opusieron firme resistencia al mal. En su fragilidad resplandeció la fuerza de la fe y de la gracia del Señor» (Juan Pablo II, Homilía, 7 de mayo de 2000).

 

ORATIO

El Soberano y Señor te ha dado, oh mártir, como ayuda el carbón ardiente: quemado por él, dejaste pronto la tienda de barro y heredaste la vida y el Reino inmortales. Por eso celebramos nosotros, con gozo, tu fiesta, oh bienaventurado Lorenzo coronado.

Resplandeciendo por el Espíritu divino como carbón encendido, Lorenzo victorioso, archidiácono de Cristo, quemaste la espina del engaño: por eso fuiste ofrecido en holocausto como incienso racional a aquel que te exaltó, llegando a la perfección con el fuego. Protege, por tanto, de toda amenaza a cuantos te honran, oh hombre de mente divina {de un antiguo texto de la Iglesia bizantina).

 

CONTEMPLATIO

[San Lorenzo], como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia [la de Roma]. En ella administró la sangre sagrada de Cristo; en ella, también, derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. [...] Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si amarnos de verdad a Cristo, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. [...]

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. [...] Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar (Agustín de Hipona, Sermón 304).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día la Palabra: «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Jn 12,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El perfume agradable corresponde, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, a la dimensión estrictamente constitutiva de la teología del sacrificio. En Pablo, es expresión de una vida que se ha vuelto pura, de la que no se desprende ya el mal olor de la mentira y de la corrupción, de la descomposición de la muerte, sino el soplo refrescante de la vida y del amor, la atmósfera que es conforme a Dios y sana a los hombres. La imagen del perfume agradable está unida también a la del hacerse pan: el mártir se ha vuelto como Cristo; su vida se ha convertido en don. De él no procede el veneno de la descomposición del ser vivo por el poder de la muerte; de él emana la fuerza de la vida: edifica vida, del mismo modo que el buen pan nos hace vivir. Su entrega en el cuerpo de Cristo ha vencido el poder de la muerte: el mártir vive y da vida precisamente con su muerte y, de este modo, entra él mismo en el misterio eucarístico. El mártir es fuente de fe.

La representación más popular de esta teología eucarística del martirio la encontramos en el relato de san Lorenzo sobre la parrilla, que ya desde tiempos remotos fue considerado como la imagen de la existencia cristiana: las angustias y las penas de la vida pueden convertirse en ese fuego purificador que lentamente nos va transformando, de suerte que nuestra vida llegue a ser don para Dios y para los hombres (J. Ratzinger, Conferenza per ¡I XXIII Congresso eucarístico nazionale, Bolonia 1997).

 

Día 11

Santa Clara de Asís (11 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Clara nació en Asís el año 1193 (o 1194). Hija de noble familia, fue educada por su madre en la fe cristiana, pero al escuchar y ver a su conciudadano Francisco en la nueva vida evangélica que éste había emprendido  comprendió que quería llevar la misma forma de seguimiento de Jesús. Con su hermana, que la seguirá quince días después de su huida del palacio, vive en el monasterio de San Damián, situado fuera de los muros de Asís, «según la forma del santo Evangelio», obteniendo de los papas el singular «privilegio de la pobreza». Fueron muchas las compañeras que la imitaron. Juntas constituyeron la primera comunidad de «Hermanas pobres», para las cuales, y ya en sus últimos años, escribió Clara -primera mujer que lo hizo en la historia de la Iglesia- una Regla. Esta fue aprobada por Inocencio IV en 1254, pocos días antes de la muerte de Clara. Se conserva el Proceso de su canonización, que tuvo lugar en 1255. Es un documento de excepcional valor para conocer la experiencia de la «plantita de Francisco».

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 31,1-8

En aquellos días,

1 Moisés dirigió estas palabras a todo Israel: -Ya tengo ciento veinte años y no puedo moverme. Además, el Señor me ha dicho: «No pasarás el Jordán».

3 El Señor, tu Dios, irá delante de ti; él aniquilará ante ti a estas naciones, para que puedas expulsarlas. A la cabeza, como te ha dicho el Señor, irá Josué.

4 El Señor los destruirá, como hizo con Sijón y con Og, reyes de los amorreos, y con su país;

5 os entregará estas naciones y las trataréis como yo os he mandado.

6 Tened ánimo y valor, no las temáis ni os asustéis ante ellas, porque el Señor, tu Dios, va contigo; no te dejará ni te abandonará.

7 Después, Moisés llamó a Josué y le dijo en presencia de todo Israel:

-Ten ánimo y valor, porque tú vas a introducir a este pueblo en la tierra que el Señor juró dar a sus antepasados; tú harás el reparto de su heredad.

8 El Señor irá delante de ti y estará contigo, no te dejará ni te abandonará; no temas ni te acobardes.

 

*+• Estamos en las escenas finales de la vida de Moisés, tal como nos las cuenta el libro de Deuteronomio. Manteniéndose siempre en un clima teologal que remite a Dios, Moisés, tejedor de la trama de la historia del pueblo, habla de su vejez y de su muerte inminente. La tierra prometida está cerca, al otro lado del Jordán, pero sabe que no pasará el límite, según la Palabra del Señor: «No pasarás el Jordán» (v. 2). Sin embargo, Dios estará siempre con el pueblo, le abrirá caminos y le procurará la victoria. Aun en ausencia de su caudillo, al pueblo le acompañará constantemente una certeza: Dios estará presente. YHWH es aquel que está cerca, precede y acompaña al pueblo, precisamente como ha hecho hasta ese momento.

Es la hora de las consignas. Josué, elegido también por Dios para conducir al pueblo a la tierra prometida, será el heredero de Moisés. Pasan los mediadores humanos, pero Dios permanece. Esta certeza, que Moisés ha experimentado a lo largo de toda su vida, pretende dar seguridad a Josué. Las promesas hechas al pueblo también valen para él. Dios sigue siendo el protagonista de una historia que lleva adelante entre las contradicciones de los hombres y su probada fidelidad. Moisés garantiza a Josué esta presencia tras haberle impuesto las manos, signo de la transmisión de poderes, junto con el don del espíritu de sabiduría (Dt 34,9).

Dios es siempre aquel que camina delante. Siempre estará presente, junto al pueblo y a su cabeza. Será fiel. Es una garantía que abre un futuro de esperanza.

 

Evangelio: Mateo 18,1-5.10.12-14

1 En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: -¿Quién es el más importante en el Reino de los Cielos?

2 Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos

3 y dijo: -Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos.

4 El que se haga pequeño, como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos.

5 El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge.

10 Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial.

12 ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve e irá a buscar la descarriada?

13 Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se extraviaron.

14 Del mismo modo, vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

 

**• En el fragmento evangélico de hoy se enlazan dos temas con dos géneros literarios de catequesis. En el primero encontramos una acción demostrativa de Jesús, que responde de manera clara e inesperada a una pregunta, un poco fuera de lugar, de los discípulos. Éstos no han comprendido todavía las exigencias del Reino. Quieren saber quién será el más grande en ese Reino de los Cielos que el Maestro está anunciando como próximo e incluso como ya presente.

La respuesta visual es la acción profética de Jesús, que acompaña su Palabra con un gesto elocuente: pone en el centro a un niño -un ser pequeño, menesteroso, sin malicia-, y lo pone como modelo efectivo de acogida al Reino de los Cielos; la acogida en él se produce por don y no por mérito, lo cual significa volver a una pobreza ontológica, original, para dejarse formar también por la novedad inédita del Reino que Jesús proclama. 

Volver a ser niño es convertirse a Dios. La figura del niño se une aquí a la doctrina paulina del nuevo nacimiento, al mensaje joáneo de los hijos nacidos de Dios. Existe armonía entre la teología joánea, la de los sinópticos y la de Pablo. Ahora bien, la visión del niño suscita en Jesús una doble enseñanza que tiene que ver con el niño mismo como figura simbólica de todo ser menesteroso, pobre, frágil, al que debemos brindar nuestra acogida. Hasta tal punto que quien acoge a uno de estos pequeños acoge al mismo Jesús, que se ha identificado con los últimos. Viene, a continuación, la advertencia de que no debemos despreciar a los que se hacen como niños. Dios se ocupa de su defensa, y los ángeles que los custodian cuidan de ellos. En este contexto, aunque como una enseñanza añadida, presenta Mateo la parábola del buen pastor que va en busca de la oveja perdida, parábola que está descrita mejor en el evangelio de Lucas. La bienaventuranza del Reino pertenece también a los últimos, a quienes Dios busca con todo el corazón, como un pastor que no quiere que se pierda ninguno. Jesús, buen pastor, constituye una esperanza para todos.

 

MEDITATIO

Le place a Dios confiar sus tesoros a quienes no se consideran con derecho a recibirlos y a quienes no parecen ser especialmente idóneos para la tarea. ¡Extraña lógica la de Dios! De hecho, a menudo no la comprendemos, y ahí están nuestras opciones para demostrarlo. Para nosotros, es absurdo no perseguir el poder, la riqueza, el prestigio, no intentar afirmarnos sobre los otros.

Dios ha recorrido un camino diferente, aun siendo omnipotente y omnisciente y origen de todas las cosas. De este modo, el Padre nos quiere hacer comprender que él no puede ser asido ni poseído por el hombre, sino recibido como don. Cuanto más llenos estemos de nosotros mismos, en peores condiciones de acogerlo nos encontraremos.

Mirando a Francisco de Asís, Clara comprendió la verdad de este modo de ser del Dios de Jesús, comprendió su belleza. Su vida pobre, defendida con pasión y humilde tenacidad, se nos ofrece ahora a nosotros como ejemplo. Clara escogió la pobreza porque es el medio que eligió primeramente el Señor Jesús para hacernos conocer su amor y el del Padre sin posibilidad de equívocos.

Este amor fue vivido por Clara con las hermanas que se le unieron, y lo irradiaba por encima de los muros del monasterio: «Clara callaba, mas su fama era un clamor. Se recataba en su celda, mientras su nombre y su vida se pronunciaban en las ciudades», escribía el papa en la bula de canonización. Pobre de bienes, débil por la larga enfermedad, Clara encontró reposo en el Señor vivo y presente, como ella misma dijo al final de su vida: «Desde que conocí la gracia de Dios por medio de su siervo Francisco, ninguna tribulación ha sido dura, ninguna fatiga...».

 

ORATIO

«Vete segura en paz, porque tendrás buena escolta: el que te creó, antes te santificó y, después de que te creó, puso en ti el Espíritu Santo, y siempre te ha mirado como la madre al hijo a quien ama». Y añadió: «¡Bendito seas Tú, Señor, porque me has creado!» («Proceso de canonización de santa Clara», 3,20, en Fuentes franciscanas, Padua 1982, 2.332).

 

CONTEMPLATIO

Oh reina nobilísima: Observa, considera, contempla, con el anhelo de imitarle, a tu Esposo, el más bello entre los hijos de los hombres (Sal 43,3), hecho por tu salvación el más vil de los varones: despreciado, golpeado, azotado de mil formas en todo su cuerpo, muriendo entre las atroces angustias de la cruz.

Porque, si sufres con él, reinarás con él (Rom 8,17); si con él lloras, con él gozarás; si mueres con él en la cruz de la tribulación, poseerás las moradas eternas en el esplendor de los santos, y tu nombre, inscrito en el libro de la vida, será glorioso entre los hombres (2 Tim 2,11-12).

Y así obtendrás para siempre, por los siglos de los siglos, la gloria del Reino celestial en lugar de los honores terrenos y transitorios, participarás de los bienes eternos a cambio de los perecederos y vivirás por los siglos de los siglos (Clara de Asís, «Segunda carta a Inés de Praga», 20-23, en Fuentes franciscanas, Padua 1982, 2.288).

 

ACTIO

    Repite a menudo durante el día la oración de santa Clara: «¡Bendito seas Tú, Señor, porque me has creado!».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tanto para Clara como para Francisco, el primado se lo lleva el señorío de Dios sobre toda la vida y todas las cosas; la centralidad de toda la vida, la voluntad y la acción está constituida por Cristo; la dinámica de la vida de penitencia o de conversión sólo la da y sólo hemos de buscarla en el Espíritu Santo; pero esto es más que suficiente para definir la contemplación auténticamente cristiana [...].

Clara no hace coincidir nunca contemplación y clausura, la contemplación como conocimiento amoroso de Cristo y un hecho material como la clausura. Tanto para Clara como para Francisco (es cierto, no obstante, que los acentos de Clara son femeninos), la contemplación es asiduidad con la palabra leída en las sagradas Escrituras, aunque también escuchada y recibida por los hermanos como comida y alimento de la fe y del alma; la contemplación es oración continua atendiendo al Señor y a todas las criaturas.

Es propio y específico de Clara haber dado a la contemplación una dimensión propiamente evangélica: no era para ella una actividad extraordinaria, reservada a una élite, a los privilegiados de la cultura, sino una actitud cotidiana en el ámbito de la humilde realidad de las cosas, de las labores cotidianas. La contemplación, para Clara, es vida en Cristo, es sacrificio vivo y espiritual ofrecido al Señor. Es significativo que la única referencia que hace Clara a la página del encuentro de Jesús con María y Marta [cf. Lc 10,38-42), que se había convertido en su tiempo en un lugar clásico para afirmar el primado de la vida contemplativa sobre la activa, determina lo único necesario de este culto de la vida a Dios [cf. Rom 12,1) y no entrevé ninguna oposición entre acción y contemplación.

La contemplación, por tanto, para Clara y Francisco, no es sólo conocer a Dios, sino también ver a los hombres y a las criaturas como los ve Dios. Clara llama a Inés «alegría de los ángeles » [Carta tercera 3, 11) y registra de un modo nuevo las cosas de Dios, las criaturas de las que siempre ve brotar una alabanza, una acción de gracias al Dios altísimo y creador (E. Bianchi, La cont&nplazione ¡n Francesco e Chiara a'Asshi, Magnano 1995).

 

Día 12

Miércoles de la 19ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 34,1-12

En aquellos días,

1 Moisés subió desde los llanos de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisga, enfrente de Jericó, y el Señor le mostró toda la tierra: desde Galaad hasta Dan.

2 Todo Neftalí, la tierra de Efraín y Manases, toda la tierra de Judá hasta el mar Mediterráneo,

3 el Négueb, el distrito del valle de Jericó, la Ciudad de las Palmeras, hasta Segor,

4 y le dijo: -Ésta es la tierra que prometí a Abrahán, Isaac y Jacob, diciendo: Se la daré a tu descendencia. Te la hago ver con tus ojos, pero no entrarás en ella.

5 Moisés, siervo del Señor, murió allí, en la tierra de Moab, como había dispuesto el Señor.

6 Lo enterraron en el valle, en tierra de Moab, enfrente de Bet Peor. Nadie hasta hoy conoce su sepultura.

7 Moisés tenía ciento veinte años cuando murió. No se habían apagado sus ojos, ni se había debilitado su vigor.

8 Los israelitas lloraron a Moisés durante treinta días en los llanos de Moab, cumpliendo así los días de luto por su muerte.

9 Josué, hijo de Nun, estaba lleno de espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos. Los israelitas le obedecieron, como el Señor había mandado a Moisés.

10 No ha vuelto a surgir en Israel un profeta semejante a Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara.

11 Nadie ha vuelto a hacer los milagros y maravillas que el Señor le mandó hacer en el país de Egipto contra el faraón, sus siervos y su territorio.

12 No ha habido nadie tan poderoso como Moisés, pues nadie ha realizado las tremendas hazañas que él realizó a la vista de todo Israel.

 

*•• Las alturas del monte Nebo, desde donde se divisa el bellísimo y extenso panorama de la tierra prometida, se nos han vuelto familiares desde que, el 20 de marzo de 2000, Juan Pablo II, en su peregrinación jubilar a Tierra Santa, se asomó desde las alturas del templo dedicado a Moisés para conmemorar lo que hoy nos propone la Escritura. Por parte del Señor, que habla una vez más a Moisés, la tierra es como el sello de la fidelidad a él, al pueblo, pero también a los patriarcas que han recibido las promesas: Abrahán, Isaac, Jacob...

También en este momento se muestra Dios fiel a sí mismo y a sus propias palabras y promesas: «Te la hago ver con tus ojos, pero no entrarás en ella» (v. 4b). A continuación, tiene lugar la muerte y la sepultura de Moisés. Éste es el «siervo del Señor», en la doble acepción que tiene este término en la Escritura: el honor de la elección para servir al Señor y ejecutar sus designios; la entrega total y efectiva a su plan de salvación. El libro sagrado sella la narración de la muerte del gran caudillo con el elogio típico dedicado a los hombres que han dejado huella en la historia, pero con los rasgos característicos e irrepetibles de Moisés, aquel «con quien el Señor trataba cara a cara» (v. 10), signo máximo de familiaridad.

Moisés fue el hombre de los grandes signos y milagros, en especial el hombre del éxodo, de la pascua de la libertad y de la liberación. Su tumba queda como un memorial, y su persona se acerca ahora a la estirpe de los antiguos patriarcas. El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob es también el Dios de Moisés. Y Josué asume ahora la responsabilidad de conducir al pueblo hasta la tierra prometida.

 

Evangelio: Mateo 18,15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

15 Por eso, si tu hermano te ofende, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

16 Si no te escucha, toma contigo uno o dos, para que cualquier asunto se resuelva en presencia de dos o tres testigos.

17 Si no les hace caso, díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

18 Os aseguro que lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

19 También os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial.

20 Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

 

**• El capítulo 18 de Mateo lleva, en algunas ediciones de la Biblia, el significativo título de «discurso eclesiástico». Este capítulo introduce, en efecto, temas típicamente eclesiales, en el sentido primitivo de cuestiones referentes a la comunidad de Jesús, a la nueva comunidad que él ha fundado. Tras las instrucciones encaminadas a acoger el Reino como los niños y a la conversión -ésta es la condición para entrar en la familia de Jesús y vivir según sus enseñanzas- y el discurso sobre la salvación de todos, encontramos algunas enseñanzas esenciales y progresivas.

La primera tiene que ver con la corrección fraterna en la comunidad de Jesús, un momento importante en una comunidad de pecadores para llegar a la conversión. Se trata de una actitud que manifiesta el cuidado que los hermanos y las hermanas de la familia de Jesús deben tener los unos de los otros en un clima de amor verdadero, exento de hipocresía y que llega incluso a la corrección fraterna. Aparecen tres momentos progresivos de gran finura psicológica: la corrección en privado, la corrección en compañía de un testigo, a fin de reforzar la autoridad de la corrección con la presencia de un hermano, y, por último, el recurso a la asamblea. El límite final es la expulsión de la persona indigna de la comunión como un remedio medicinal extremo, casi para provocar -en la soledad y en la lejanía- la nostalgia del retorno a la comunión fraterna.

La segunda enseñanza refuerza la conciencia de una comunidad en la que la autoridad del amor de Cristo se transmite a los responsables. Con las palabras clásicas, de indudable sabor semítico, «atar» y «desatar» indica Jesús el poder que transmite a los suyos. Por último, Jesús habla de la oración en común, una oración que será escuchada por el Padre si se hace en su nombre, en unión con Él y en Él. A esta oración unánime y unida le garantiza Jesús su presencia y la eficacia de su intercesión celestial.

 

MEDITATIO

El sugestivo final del fragmento de Mateo constituye una fuente de meditación. Jesús promete su presencia espiritual en medio de aquellos que se hayan reunido en su nombre: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (v. 20). Estas palabras hacían exclamar a Orígenes que donde dos o más estén reunidos en nombre de Cristo, aunque sean laicos, allí está la Iglesia. Muchos cristianos, en tiempos de persecuciones, tanto ayer como hoy, han experimentado esta sencilla y esencial constitución de la Iglesia en virtud de la presencia de Cristo. Juan Crisóstomo, por su parte, exaltaba estas palabras de Jesús a fin de hacer reconocer su presencia en medio de la asamblea litúrgica, y para expresar que con esa presencia toda celebración es una fiesta.

Estar unidos en nombre de Jesús significa estar unidos en fidelidad a su enseñanza, en comunión con su persona, siendo fieles a su ejemplo, especialmente en el amor recíproco. De este modo se crea una atmósfera espiritual completamente repleta de la presencia de Cristo, que une por la certeza de constituir un lugar habitado, o un espacio teologal donde vive el Resucitado. Esta presencia asegura la unidad entre el cielo y la tierra, la eficacia de la oración, la alegría del Padre celestial. Eso significa que la primera condición que hemos de buscar necesariamente, en la vida cotidiana, en toda relación con aquellos que comparten nuestra misma fe, es la misma unidad en el nombre de Cristo. Pero significa también que la condición de todo testimonio y toda misión es garantizar por nuestra parte a los otros la comunión con el Señor, a fin de que él se haga presente y sea escuchada y vivida la Palabra del Evangelio.

 

ORATIO

Señor, tú has convertido a la Iglesia en el lugar de tu presencia. Qué grato es habitar en tu casa, aunque seamos indignos; recibir de los hermanos la ayuda necesaria para caminar en tu presencia, incluso la gracia de la corrección fraterna cuando nos encontramos en el error. Con tu Iglesia estamos seguros de contar con tu presencia y tu gracia, incluso por medio de aquellos que te representan, a los cuales les has dado el poder atar y desatar en tu nombre, con un amor que procede de ti.

Pero, sobre todo, vemos en la Iglesia una anticipación de la vida celestial, una tierra de promisión que como a Moisés -más aún, más que a Moisés desde el monte Nebo- tú mismo nos haces ver y gozar, en una Iglesia que ya es también un poco del cielo en la tierra, en virtud de tu presencia que une el cielo, donde estás con el Padre, y la tierra, donde estás con nosotros. Concédenos la gracia de asegurar siempre entre nosotros el amor recíproco que nos convierte en ámbito donde moras.

 

CONTEMPLATIO

Si nos mantenemos unidos, Jesús está entre nosotros. Y esto es valioso. Vale más que cualquier otro tesoro que pueda poseer nuestro corazón: más que la madre, que el padre, que los hermanos, que los hijos. Vale más que la casa, que el trabajo, que la propiedad; más que las obras de arte de una ciudad como Roma; más que nuestros negocios; más que la naturaleza que nos rodea con flores y prados, el mar y las estrellas; más que nuestra alma.

Es él quien, inspirando a sus santos con sus eternas verdades, hizo época en cada época. También ésta es su hora: no tanto de un santo, sino de él; de él entre nosotros, de él vivo en nosotros, edificando -en unidad de amor- su Cuerpo místico. Pero es preciso dilatar a Cristo, hacerle crecer en otros miembros; hacernos portadores de fuego como él. Hacer uno de todos y en todos el Uno. Y entonces viviremos la vida que él nos da momento a momento en la caridad.

El del amor fraterno es un mandamiento de base. Por él vale todo lo que es expresión de sincera caridad fraterna. Nada de lo que hacemos vale si no está presente en ello el sentimiento del amor a los hermanos: Dios es Padre y en el corazón tiene siempre y únicamente hijos (C. Lubich, L'attrattiva del mondo moderno. Scritti spirituali, Roma 1978, I, 50 [edición española: El atractivo de nuestro tiempo, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1995]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Qué admirables son tus obras!» (Sal 65,3a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Mateo refiere esta promesa de Jesús: «Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Aquí no hemos de pensar sólo en la asamblea litúrgica, sino en toda situación en la que dos o más cristianos están unidos en el Espíritu, en la caridad de Jesús. Y tampoco hemos de pensar sólo en la simple omnipresencia del Cristo resucitado en todo el cosmos.

Escribe un exégeta de nuestros días: «Mateo piensa en una presencia "personalizada". Jesús está presente como crucificado resucitado, es decir, en la apertura de donación total vivida en la cruz, donde él, con toda su humanidad, se abre a la acción divinizante del Padre y se entrega totalmente a nosotros, comunicándonos su espíritu, el Espíritu Santo. La presencia del Resucitado no es, pues, una presencia estática, un estar-aquí y nada más, sino una presencia relacional, una presencia que reúne y unifica y que, en consecuencia, espera nuestra respuesta, la fe.

Brevemente, la proximidad de Cristo reúne a "los hijos de Dios dispersos" para hacer de ellos la Iglesia». Desde la alianza sellada en el Sinaí con Israel, Yahvé se revela como el que interviene eficazmente en la historia. El liberó a los hebreos de la esclavitud de Egipto, hizo de ellos su pueblo. «Yo estoy en medio de vosotros», es la palabra que identifica la primera alianza: una presencia que protege, guía, consuela y castiga...

Con la llegada del Nuevo Testamento, esta presencia adquiere una densidad especial y nueva. La promesa de la presencia definitiva de Dios, o sea, la promesa ae la Alianza definitiva, halla su cumplimiento en la resurrección de Jesús. En la comunidad cristiana, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, es «el salvador de su Cuerpo», la Iglesia (cf. Ef 5,23). Presente en medio de los suyos, él convoca y reúne no sólo a Israel, sino a toda la humanidad [cf. Mt 28,19-20). Vivir con Jesús «en medio», según la promesa de Mt 1 8,20, significa actualizar desde ahora el designio de Dios sobre toda la historia de la humanidad. Pero ¿cómo hacer visible la presencia permanente del Resucitado?

Cuando, tras la caída del Muro de Berlín, se reunió la primera asamblea especial del Sínodo de Obispos para Europa y se preguntó sobre la nueva evangelización del continente, un religioso húngaro subrayó que la única Biblia que leen los llamados «alejados» es la vida de los cristianos. Y podríamos añadir: somos nosotros, es nuestra vida, la única eucaristía de la que se alimenta el mundo no cristiano. Por la gracia del bautismo, y especialmente por la eucaristía, estamos injertados en Cristo, pero es en la fraternidad vivida donde la presencia de Jesús en la Iglesia se manifiesta y resulta operante en la existencia cotidiana.

En el silencio, dos o tres creyentes pueden testimoniar en el amor recíproco lo que constituye su identidad profunda: ser Iglesia en la atención a los débiles, en la corrección fraterna, en la oración en unidad, en el perdón sin límites (F. X. Nguyen Van Thuan, Testigos de esperanza, Ciudad Nueva 52001, pp. 155-157).

 

 

Día 13

Jueves de la 19ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Josué 3,7-10a.1.13-17

En aquellos días,

7 el Señor dijo a Josué: -Hoy voy a comenzar a engrandecerte a la vista de todo Israel, para que sepan que estaré contigo como estuve con Moisés.

8 Darás esta orden a los sacerdotes que llevan el arca de la alianza: Cuando lleguéis a la orilla del Jordán, os detendréis.

9 Y Josué dijo a los israelitas: -Acercaos y escuchad las palabras del Señor, vuestro Dios.

10 Y añadió: -Ésta es la señal de que el Dios vivo está en medio de vosotros y de que expulsará ante vosotros a los cananeos:

11 el arca de la alianza del dueño de toda la tierra va a atravesar delante de vosotros el Jordán.

13 En cuanto los sacerdotes que llevan el arca del Señor, dueño de toda la tierra, pisen las aguas del Jordán, éstas quedarán cortadas, y las que bajan de arriba se detendrán formando un muro.

14 Cuando el pueblo levantó el campamento para pasar el Jordán, los sacerdotes llevaban el arca de la alianza delante del pueblo.

15 Y en cuanto éstos llegaron al Jordán y metieron sus pies en el agua (el Jordán se desborda por sus orillas en el tiempo de la siega),

16 las aguas que venían de arriba se detuvieron formando un embalse que llegaba muy arriba, hasta Adán, la ciudad que está cerca de Sartán, y las que bajaban al mar de Araba, el mar Muerto, quedaron separadas de las otras mientras el pueblo pasaba a la altura de Jericó.

17 Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza del Señor estuvieron en medio del Jordán como en tierra seca, mientras todo Israel atravesaba por el cauce seco, hasta que pasó todo el pueblo.

 

*• La entrada del pueblo de Israel en la tierra prometida está descrita en el libro de Josué como una solemne procesión litúrgica. En el centro se encuentra el arca de la alianza: es el lugar de la presencia de YHWH en medio de su pueblo, el memorial de la alianza, puesto que el arca contiene las tablas de la ley. La repetición del nombre del arca por seis veces en este fragmento -llamada también en el texto «arca de la alianza del dueño de toda la tierra» (v. 11)- marca casi rítmicamente el paso de la presencia de Dios a la cabeza de su pueblo. Es siempre el Dios fiel quien precede y acompaña al pueblo. Habla a Josué, como antes hablaba a Moisés, y el nuevo caudillo interpreta y transmite la voz de Dios.

Ante la tierra prometida se repite lo mismo que sucedió en el paso del mar Rojo. Las aguas se detienen y el pueblo al que acompaña el arca de la alianza cruza el río a través de un sendero seco. Así, de una manera simétrica, el paso de la esclavitud de Egipto a la libertad, aunque fuera en el desierto, y la entrada en la tierra prometida están marcados por la intervención maravillosa de YHWH.

El salmo 113, salmo responsorial de la liturgia de la Palabra de hoy, asocia el recuerdo del mar Rojo y del río Jordán, implicados en un prodigio semejante: «El mar, al verlos, huyó, el Jordán se echó atrás... ¿Qué te pasa, mar, que huyes; a ti, Jordán, que te echas atrás?» (w. 3.5). Es el Dios soberano que pasa y, con su pueblo, atraviesa ahora el umbral de la tierra prometida.

 

Evangelio: Mateo 18,21-19,1

En aquel tiempo

18.21 se acercó Pedro y le preguntó: -Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces?

22 Jesús le respondió: -No te digo siete veces, sino setenta veces siete.

23  Porque con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.

24 Al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos.

25 Como no podía pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para pagar la deuda.

26 El siervo se echó a sus pies suplicando: «¡Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo!».

27 El señor tuvo compasión de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda.

28 Nada más salir, aquel siervo encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios; lo agarró y le apretaba el cuello diciendo: «¡Paga lo que debes!».

29 El compañero se echó a sus pies, suplicándole: «¡Ten paciencia conmigo y te pagaré!».

30 Pero él no accedió, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda.

31 Al verlo, sus compañeros se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor todo lo ocurrido.

32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné aquella deuda entera, porque me lo suplicaste.

33 ¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?».

34 Entonces su señor, muy enfadado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagase toda la deuda.

35 Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros.

19.1 Cuando Jesús terminó este discurso, se marchó de Galilea y se dirigió a la región de Judea, a la otra orilla del Jordán.

 

*+• El presente texto evangélico nos transmite una enseñanza esencial. Toda la sustancia del discurso se encuentra precisamente en la pregunta que hace Pedro a Jesús a propósito de las veces que debemos perdonar al hermano que nos ofende. Se trata de un hermano, y por eso tiene que ser perdonado siempre, hasta la paradoja. No sólo «siete veces», un número que indica plenitud, sino incluso un número inverosímil de «setenta veces siete», que es como un número infinito, que significa «siempre», sin poner límites a la misericordia. Ahora bien, en realidad la clave de comprensión de la enseñanza de Jesús se encuentra no sólo en el número ilimitado de las veces que se debe conceder el perdón al hermano que nos ofende, sino en la calidad misma del perdón que hemos de conceder. Se trata de un perdón que no se reduce a una fórmula o a una mal disimulada obligación de perdonar porque no se puede hacer otra cosa. La calidad del perdón incide en su mismo sentido Debe tener la calidad del perdón de Dios, y debe llegar al corazón, lugar de la verdad, de los sentimientos y de las venganzas, del amor verdadero y del perdón sincero. Un corazón que perdona es un corazón misericordioso. Perdonar «de corazón» (v. 35) significa sellar con el amor verdadero el perdón que se concede. Dado que alguien nos ha perdonado así, sin límite en el número de veces, no podemos nosotros poner límites al amor misericordioso del perdón.

 

MEDITATIO

La magna procesión con el arca de la alianza que precede a la entrada del pueblo en la tierra prometida nos habla de la presencia de Dios en medio del pueblo y, también, del pacto de amor de Dios con el mismo. Es un pacto gratuito, en el que Dios tiene la iniciativa de la caridad superabundante, pero también un pacto que exige por parte del pueblo la fidelidad a la alianza a través del cumplimiento del doble mandato del amor a Dios y del amor al prójimo, con los preceptos de las tablas de la ley, que son como la presencia de la fidelidad de Dios, encerrada en el arca. Delante de esta presencia de Dios se renuevan los prodigios del éxodo.

Nosotros sabemos que la crisis en el cumplimiento de la alianza por parte del pueblo, a lo largo de la historia de Israel, acaeció sobre todo por una negligencia en la observancia tanto del amor a Dios como del amor al prójimo. Aun cuando el pueblo permaneció fiel en cierto modo a unos ritos que honraban a Dios, los profetas le reprochaban la falta de atención al prójimo, al huérfano, a la viuda, a los pequeños. Dios no pide sacrificios, sino misericordia.

La enseñanza de Jesús se sitúa en el mismo plano de continuidad de la predicación profética, aunque con una propuesta inaudita, la del perdón ofrecido al hermano sin condiciones de tiempo y de número: perdonar siempre, perdonar a todos, perdonar sin pedir cuentas, perdonar de corazón. En el fondo de la enseñanza de la parábola está la lógica divina de la imitación del Padre celestial, que nos ofrece a nosotros, si no tenemos el corazón endurecido, un perdón sin límites. Perdonar es la última palabra del amor. Es amor gratuito, el único que, junto con la misericordia, puede ir más allá de la justicia.

 

ORATIO

Señor, cada día te pedimos, con las palabras que tu Hijo nos enseñó, que nos perdones nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Esta petición, a la que san Agustín llamaba «nuestra medicina cotidiana» -porque necesitamos ser perdonados y abrir el corazón al perdón-, es como un bálsamo para nuestras heridas.

Estamos heridos cuando pecamos y sentimos la necesidad de una efusión de caridad, del Espíritu Santo que nos vuelve a sanar, porque él es la remisión de nuestros pecados. Pero tenemos endurecido el corazón y, por consiguiente, una herida escondida, una esclerosis oculta, cuando nos negamos a perdonar a alguien, a acogerle en nuestro amor.

Concédenos, Señor, recitar siempre las palabras de tu Hijo con toda sinceridad, contar siempre en el corazón con un suplemento de caridad para ir más allá de la lógica de la venganza, de la condena, de la autojustificación.

No sabemos perdonar ni podemos perdonar sin ese suplemento de caridad divina que es la gracia del Espíritu Santo. Tú, que manifiestas tu omnipotencia con la misericordia y el perdón, amplía nuestra capacidad de amar y de perdonar, extendiendo también de corazón el perdón a aquellos que nos han hecho daño.

 

CONTEMPLATIO

Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13,1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (cf. Mt 18,23-35), acaba con esta frase: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano». Es, en efecto, en el fondo «del corazón» donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla, pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión [...].

No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf. Mt 18,21-22; Le 17,3-4). Si se trata de ofensas (de «pecados» según Le 11,4, o de «deudas» según Mt 6,12), de hecho nosotros somos siempre deudores: «Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor» (Rom 13,8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf. 1 Jn 3,19-24). Se vive en la oración y sobre todo en la eucaristía (cf. Mt 5,23-24): Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión y los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel (san Cipriano, Dom. oral. 23: PL 4, 535C-536A) (Catecismo de la Iglesia católica nn. 2843.2845).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cristo subraya con tanta insistencia la necesidad de perdonar a los demás que a Pedro, que le había preguntado cuántas veces debería perdonar al prójimo, le indicó la cifra simbólica de "setenta veces siete", queriendo decir con ello que debería saber perdonar a todos y siempre. Es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las objetivas exigencias de la justicia. La justicia rectamente entendida constituye por así decirlo la finalidad del perdón. En ningún paso del mensaje evangélico el perdón, y ni siquiera la misericordia como su fuente, significan indulgencia con el mal, con el escándalo, la injuria, el ultraje cometido. En todo caso, la reparación del mal o del escándalo, el resarcimiento por la injuria, la satisfacción del ultraje como condición del perdón.

Así pues, la estructura fundamental, de la justicia penetra siempre en el campo de la misericordia. Esta, sin embargo, tiene la fuerza de conferir a la justicia un contenido nuevo, que se expresa de la manera más sencilla y plena en el perdón (Juan Pablo II, carta encíclica Dives in misericordia, del 30 de noviembre de 1980, n. 14).

 

 

Día 14

San Maximiliano María Kolbe 

Liturgia de las Horas de hoy

Nació en Polonia en 1894. A los 13 años entró en los menores conventuales. Una vez terminados sus estudios filosóficos y teológicos en Roma, instituyó en ella la «Milicia de la Inmaculada», en 1917. Tras ser ordenado sacerdote en 1927, fundó en su patria la «Ciudad de la Inmaculada», centro de vida espiritual y de actividad editorial. Ejerció como misionero en Japón y volvió a Polonia en 1936, donde prosiguió su intensa obra de apostolado. Durante la Segunda Guerra Mundial fue deportado al campo de concentración de Auschwitz, donde murió al ofrecer su vida por la de un compañero de prisión, el 14 de agosto de 1941. Fue beatificado por Pablo VI en 1971 y canonizado con el título de mártir por Juan Pablo II en 1 982.

 

LECTIO

Primera lectura: Josué 24,1-13

En aquellos días,

1 Josué reunió a todas las tribus de Israel en Siquén y convocó a los ancianos de Israel, a sus jefes, jueces y oficiales. Todos se presentaron ante Dios.

2 Josué dijo a todo el pueblo: -Así dice el Señor, Dios de Israel: Vuestros antepasados, Teraj, padre de Abrahán y de Najor, vivían antiguamente en Mesopotamia y servían a otros dioses.

3 Pero yo tomé a vuestro padre Abrahán de Mesopotamia y le hice recorrer toda la tierra de Canaán; multipliqué su descendencia y le di a Isaac.

4 A Isaac le di a Jacob y a Esaú. A Esaú le di en posesión la montaña de Seír, mientras que Jacob y sus hijos bajaron a Egipto.

5 Envié después a Moisés y a Aarón, y castigué a Egipto realizando prodigios. Después os saqué de allí.

6 Saqué de Egipto a vuestros padres y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con carros y caballos hasta el mar Rojo.

7 Ellos clamaron al Señor, y él interpuso densas tinieblas entre vosotros y los egipcios e hizo irrumpir contra ellos el mar, que los anegó. Con vuestros propios ojos habéis visto lo que yo hice en Egipto. Después vivisteis mucho tiempo en el desierto.

8 Os introduje en la tierra de los amorreos, que viven al otro lado del Jordán; ellos combatieron contra vosotros, pero yo os los entregué; ocupasteis su tierra, porque yo los exterminé ante vosotros.

9 Balac, hijo de Sipor, rey de Moab, salió a combatir contra Israel y mandó llamar a Balaán, hijo de Beor, para que os maldijese.

10 Pero yo no escuché a Balaán, y él no tuvo más remedio que bendeciros; así os libré de su poder.

11 Después, pasasteis el Jordán y llegasteis a Jericó; los jefes de Jericó combatieron contra vosotros, así como los amorreos, pereceos, cananeos, hititas, guergueseos, jeveos y jebuseos, pero yo os los entregué.

12 Mandé delante de vosotros tábanos que pusieron en fuga a los dos reyes amorreos. Esto no se lo debéis a vuestra espada ni a vuestro arco.

13 Os he dado una tierra por la que vosotros no habíais sudado, unas ciudades que no edificasteis y en las que ahora vivís; coméis los frutos de las viñas y de los olivos que no habéis plantado.

 

**• Memoria, reconocimiento, gratuidad. En los libros sagrados del Antiguo Testamento se recuerda a menudo la historia del pueblo a partir de Abrahán, que es su padre en la fe y en torno al cual se vuelven a enlazar constantemente los hilos de la memoria. En la magna asamblea de Siquén, celebrada cuando el pueblo se ha adentrado ya en la tierra prometida, se renueva de manera solemne la alianza con YIIWII. Con cierta estructura ritual, y antes de la renovada adhesión de fe por parte del pueblo, Josué traza las grandes líneas de la historia de Israel, presidida siempre por la presencia del Señor; transmite la memoria de las admirables obras realizadas por el Señor, en su nombre, como una historia llevada a cabo por Dios mismo con sus siervos. Se trata del relato de todo lo que YIIWII ha ido haciendo a lo largo de una peregrinación que arranca con los antepasados de Abrahán, hasta el momento presente, en el que se ven realizadas las promesas que le fueron hechas al amigo de Dios, a nuestro padre en la fe. En una síntesis vertiginosa se pasa revista a los padres y a los patriarcas de la historia del pueblo: Abrahán, Isaac, Jacob y sus hijos, que bajaron a Egipto. Después se recuerda el acontecimiento maravilloso de la liberación de Egipto, presente siempre en la memoria, como acontecimiento clave de la historia de Dios con el pueblo, la entrada en la tierra prometida y las dificultades superadas como los habitantes de esta tierra.

Todo es historia de Dios en favor del pueblo, que debe captar siempre y en todo la gratuidad de los dones de Dios, a fin de responder también con un corazón repleto de gratitud. Con este sentimiento se concluye la profesión de fe, memoria histórica de las obras de Dios. El pueblo tiene ahora una tierra que no ha sudado, habita en ciudades que no ha edificado, come el fruto de viñas y olivos que no ha plantado (v. 13).  Todo es don de Dios.

 

Evangelio: Mateo 19,3-12

En aquel tiempo,

3 se acercaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: -¿Puede uno separarse de su mujer por cualquier motivo?

4 Jesús respondió: -¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra,

5 y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos uno sólo?

6 De manera que ya no son dos, sino uno sólo. Por tanto, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

7 Replicaron: -Entonces, ¿por qué mandó Moisés que el marido diera un acta de divorcio a su mujer para separarse de ella"?

8 Jesús les dijo: -Moisés os permitió separaros de vuestras mujeres por vuestra incapacidad para entender, pero al principio no era así.

9 Ahora yo os digo: El que se separa de su mujer, excepto en caso de unión ilegítima, y se casa con otra comete adulterio.

10 Los discípulos le dijeron: -Si tal es la situación del hombre con respecto a su mujer, no tiene cuenta casarse.

11 Él les dijo: -No todos pueden hacer esto, sino sólo aquellos a quienes Dios se lo concede.

12 Algunos no se casan porque nacieron incapacitados para ello; otros, porque los hombres los incapacitaron; y otros eligen no casarse por causa del Reino de los Cielos. Quien pueda poner esto en práctica que lo haga.

 

*+• No falta en la predicación de Jesús una precisión relativa a los temas más fundamentales de la vida. Jesús no rehúye la confrontación con la realidad humana, sino que ilumina con una nueva luz los puntos críticos de la vida de los hombres.

En el caso que nos ocupa se trata del matrimonio en el proyecto original del Creador. El Maestro, a la luz del relato fundacional del Génesis, recuerda la dualidad y la reciprocidad de la naturaleza humana creada por Dios en la pareja complementaria: «varón y hembra». La pareja es signo de un don recíproco, manifestado en la unión conyugal, que expresa la entrega total de ambas personas, la una a la otra. Se trata de un proyecto de Dios que no puede separar el hombre. En la práctica, es la afirmación del proyecto original de un matrimonio único e indisoluble.

Jesús ratificó esta misma doctrina siguiendo el itinerario de lo que había venido a realizar: cumplir la ley y no aboliría. Ahora bien, se trata de un reconocimiento que no siempre se ha llevado a cabo; es más, una sociedad demasiado machista ha hecho prevalecer sobre la debilidad de la mujer el repudio de ésta, como si sólo ella pudiera ser culpable. El restablecimiento del equilibrio de los derechos y de los deberes entre el hombre y la mujer en el matrimonio es también propio de Jesús.

Por otra parte, el Maestro -célibe por decisión propia, aunque esto era un hecho muy singular en su cultura afirma de su propia cosecha, con fórmulas que encierran algo de enigmático, que se puede optar también por el celibato: no por la comodidad de no tener problemas, sino para dedicarse por completo al servicio del Reino. Sin embargo, esta opción, según nos explica Jesús, es un don que viene de lo alto.

 

MEDITATIO

Dar la vida es manifestar la cumbre del amor, dijo Jesús. Eso es lo que hizo él, y a eso mismo nos llama a nosotros. Aparecen los vértigos, como si estuviéramos al borde de un abismo. Estamos así instintivamente aferrados a nuestra vida, una vida que sentimos muy breve y frágil... La retenemos de una manera tenaz entre nuestras manos. De la vida como posesión a la vida como don: ése es el gran desafío, que revela - a nosotros mismos antes que a los otros- «quiénes somos» y «quiénes queremos ser».

«Podríamos decir que el banco de prueba del valor y, por consiguiente, del significado de una persona es, para el hombre contemporáneo, la "cotidianidad". En el caso del padre Kolbe, ¿cuántos son capaces de pensar, frente a una experiencia tan extraordinaria, que ésta estuvo preparada por toda una vida llevada bajo la enseña de una "cotidianidad extraordinaria", que, tal vez, sea la única que está en condiciones de madurar para los grandes momentos?» (G. Barra). Dar la vida no es cuestión de un momento, sino una opción fundamental repetida cada día: la de decir «sí» a la oferta de amistad que Dios nos propone. No es cuestión de un impulso del corazón en algún momento especial, sino de gestos concretos ordinarios que saben de calor, de compartir con los demás, de entrega verdadera. Esto es posible para todos, para cada uno que acoja la llamada del Señor y le responda con el amor a los hermanos. Es «en el marco de una vida entregada y empleada realmente por un ideal tan arrollador donde puede madurar y donde se puede comprender el acto sublime que coronó la existencia del padre Maximiliano, la consumación cruenta de una oblación constante realizada a lo largo de toda una vida, el sello a una fidelidad indefectible a lo "terrible cotidiano"» (G. Barra).

 

ORATIO ( Algunas invocaciones de san Maximiliano María Kolbe )

«Reina en mí, oh Dios mío, y permíteme difundir en todos tu Reino a través de la  Inmaculada».

«Oh María, concebida sin pecado, ora por nosotros, los que recurrimos a ti, y por cuantos no lo hacen; en particular, por los enemigos de la santa Iglesia y por aquellos que te han sido encomendados».

«¡Gloria a la Inmaculada por todo!»

«¡Oh Inmaculada, soy tuyo!»

«Virgen Inmaculada, Madre mía, María, te renuevo, hoy y para siempre, la consagración de toda mi persona, a fin de que dispongas de mí para el bien de las almas. Sólo te pido, oh Reina mía y Madre de la Iglesia, cooperar fielmente en tu misión para la venida de Jesús al mundo. Te ofrezco, por tanto, oh Corazón Inmaculado de María, las oraciones, las acciones y los sacrificios de este día» (Consagración cotidiana a María de la Milicia de la Inmaculada).

 

CONTEMPLATIO (Algunos dichos de san Maximiliano María Kolbe:)

 «Lo primero que tenemos que hacer es trabajar en nuestro propio perfeccionamiento».

«La humildad es lo más difícil de conquistar en el trabajo por nuestra propia santificación».

«La oración es una condición indispensable para la regeneración y para la vida de toda alma».

«Todo lo puedo en Aquel que me da fuerza a través de la Inmaculada».

«Sin un espíritu de penitencia y de renuncia de nosotros mismos no se puede ser amor».

«Sin amor, no puede haber virtud alguna; con amor, todas».

«Busca sólo la gloria de Dios, con serenidad».

«El amor mutuo es lo principal».

«Trabaja, a través de la Inmaculada, por la salvación de las almas».

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y medita durante el día esta expresión típica de Maximiliano María Kolbe: «Sólo el amor crea».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En todos los continentes, o casi, es conocida y notoria la figura de san Maximiliano María Kolbe. Y quien ha recibido el don de acercarse a él, queda profundamente conquistado por el santo. Porque se quedará tan presente en su propia vida, que sentirá la necesidad de invocarlo, imitarlo y enamorarse de su poliédrica figura de hombre, sacerdote, religioso, apóstol y mártir.

«Sólo el amor crea», había repetido miles y miles de veces el padre Kolbe durante su vida. «Sólo el amor crea», cantaban las obras que iba ideando y concretando una tras otra, a fin de llevar la vida de la verdad a cada hombre con la imprenta; para llevar las ondas de la vida a cada casa por medio de la radio; para dar un signo de la vida eterna a través de las esculturas y las pinturas délos hermanos. Y en sus largos viajes no perdía la ocasión de acercarse al ateo, al masón, al judío, al incrédulo, al cristiano adormecido en su fe, para que el nuevo destello de la vida iluminara el camino que lleva a la salvación.

«Sólo el amor crea», ha ido repitiendo el papa «venido de lejos », cada vez que se detiene a hablar de este hombre: el hombre de nuestro tiempo, el hombre de la magna y profunda herencia.  La herencia espiritual de san Maximiliano María Kolbe no tiene límites. La consagración total a la Inmaculada con propósitos apostólicos, que él vivía y promovía, es y debe ser una verdadera espiritualidad. Indudablemente, es una herencia muy comprometedora, porque se trata de imitar a aquel que nos la ha dejado. A saber: se trata no de tener «algo» de él (posibles reliquias, algún autógrafo, su biografía, etc.), sino de poseer su espíritu, porque de los santos queda sobre todo lo que han hecho, actuando según la voluntad de Dios. Recoger su herencia significa permitir a Dios que obre en nosotros como obró en ellos. Como obró en san Maximiliano María Kolbe y en muchos de sus seguidores (L. Faccenda [ed.], «Un cuore donato. San Massimiliano María Kolbe», suplemento a Milizia Mariana 4 [1994] 11; 51ss; 75).

 

Día 15

Asunción de la Virgen María

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 11,19a; 12,l-6a.l0a-b

11  Se abrió entonces en el cielo el templo de Dios y dentro de él apareció el arca de su alianza.

12,1 Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

2 Estaba encinta y las angustias del parto le arrancaban gemidos de dolor.

3 Entonces apareció en el cielo otra señal: un enorme dragón de color rojo con siete cabezas y diez cuernos y una diadema en cada una de sus siete cabezas.

4 Con su cola barrió la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se puso al acecho delante de la mujer que iba a dar a luz, con ánimo de devorar al hijo en cuanto naciera.

5 La mujer dio a luz un hijo varón, destinado a regir todas las naciones con vara de hierro, el cual fue puesto a salvo junto al trono de Dios,

6 mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios.

10 Y en el cielo se oyó una voz potente que decía: Ya está aquí la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios. Ya está aquí la potestad de su Cristo.

 

**• El pasaje que hemos leído presenta una visión del apocalipsis. En ella se mezclan figuras y realidades de tal modo que no siempre es fácil interpretar con exactitud el significado de las imágenes empleadas. Por otra parte, en el lenguaje profético y apocalíptico conviene con frecuencia detenerse en el nivel de la sugerencia, a fin de comprender mejor el texto mismo. Este último puede ser presentado así como uno de nuestros sueños reveladores, un sueño en el que salen a flote nuestros miedos y nuestras certezas, nuestras necesidades y nuestros deseos...

Este sueño está compuesto antes que nada de cielo. Se está llevando a cabo algo que está por encima de nosotros, algo que nos incluye. La lucha entre la mujer, el niño, el dragón y los ejércitos angélicos no tienen que ver con acontecimientos al margen de nosotros, sino que se cumplen en nuestro mismo cielo. Más aún, se trata de una lucha final, porque en ella se juega nuestra vida o la muerte. Lo muestra bien la señal de la mujer (12,lss). Ésta es casi una reina, soberana sobre la luna (es decir, sobre el «otro» lado de nuestra conciencia, sobre nuestra naturaleza más inconsciente) y sobre las estrellas (las doce estrellas se refieren a las doce tribus de Israel, o sea, que esta figura también es soberana de la historia, que, aun sin saberlo nosotros, está a nuestra espalda). Esta señal constituye el lado vivo de nuestra realidad; más aún, el lado más fecundo, el lado que nos impulsa a continuar la vida, la señal que nos permite albergar la esperanza de un día nuevo.

Sin embargo, esta señal no está exenta de dolor y de peligro (12,3ss). La mujer grita por los dolores del parto y, al mismo tiempo, teme al dragón que quiere devorar al niño. Si nos dejamos cautivar por este sueño, sentiremos lo que significa que nuestro sueño de una vida nueva esté en peligro, nos daremos cuenta de hasta qué punto están temblando por dentro nuestros deseos, nos preguntaremos si conseguiremos ver de verdad la luz,  experimentaremos el dolor que la nueva vida provoca en nosotros... La lucha se está produciendo precisamente en nuestro instante de vida.

Y el niño nace y, contrariamente a las expectativas negativas, es arrebatado al cielo para defenderlo deldragón, que es derrotado por los ejércitos angélicos (12,5ss). Podría parecer un consuelo barato en nuestro sueño. Sin embargo, si creemos que nuestro sueño expresa una verdad, comprenderemos de inmediato que no se trata de esto: se trata de la exacta percepción, del presentimiento confiado de que, de verdad, precisamente en nuestra vida, «ya está aquí la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios» (12,10).

 

Segunda lectura: 1 Corintios 15,20-26

Hermanos:

20 Cristo ha resucitado de entre los muertos como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte.

21 Porque lo mismo que por un hombre vino la muerte, también por un hombre ha venido la resurrección de los muertos.

22 Y como por su unión con Adán todos los hombres mueren, así también por su unión con Cristo todos retornarán a la vida.

23 Pero cada uno en su puesto: como primer fruto, Cristo; luego, el día de su gloriosa manifestación, los que pertenezcan a Cristo.

24 Después tendrá lugar el fin, cuando, destruido todo principado, toda potestad y todo poder, Cristo entregue el reino a Dios Padre.

25 Pues es necesario que Cristo reine hasta que Dios ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.

26 El último enemigo a destruir será la muerte.

 

**• Pablo subraya también en otras ocasiones que el anuncio de la resurrección se encuentra en el centro del mensaje cristiano (cf. Rom 1,4; Gal 1,2-4; etc.): «Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe» (1 Cor 15,17).

También en este caso, después de haber vuelto a llamar a los fieles a compartir un mismo camino de fe, les vuelve a presentar el evangelio inicial, el que anuncia que «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, fue sepultado y resucitó el tercer día según las Escrituras» (1 Cor 15,3ss). Como corolario, intenta dar posibles explicaciones de la resurrección, frente a posibles objeciones.

En el fragmento que nos presenta la liturgia de hoy, la resurrección está vinculada con su acontecimiento primero: Jesucristo. En efecto, el «primer» hombre, Adán, es figura de un ser para la muerte, que introduce la muerte-pecado en la naturaleza humana; el hombre «nuevo» Jesús, en cambio, trae la vida y a través de él tiene lugar la resurrección. La lectura cristológica de la resurrección no es obvia; más aún, sirve para valorarla como un acontecimiento de gracia y evitar lecturas simplemente naturalistas o moralistas. La resurrección es el don de la vida de Dios en Cristo: no se trata de un premio para quien se ha portado bien o de la evolución natural de las cosas... La resurrección es la Vida nueva que irrumpe en nuestra vida, es la Vida de la gracia, que transforma todo nuestro ser y hace que nuestro espíritu y nuestro cuerpo puedan ver el rostro de Dios y seamos elevados al cielo. Éste es el verdadero anuncio de la derrota definitiva de la muerte, que ya no es considerada como pecado y dolor, sino que se convierte en la puerta santa, en el último paso hacia el encuentro con el Señor de nuestra vida.

 

Evangelio: Lucas 1,39-56

39 Por aquellos días, María se puso en camino y se fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá.

40 Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

41 Y cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño empezó a dar saltos en su seno. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo,

43 exclamó a grandes voces: -Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

43 Pero ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme? 44 Porque en cuanto oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de alegría en mi seno.

45 ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

46 Entonces María dijo:

47 Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador,

48 porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,

49 porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso. Su nombre es santo,

50 y es misericordioso siempre con aquellos que le honran.

51 Desplegó la fuerza de su brazo y dispersó a los de corazón soberbio.

52 Derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes.

53 Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada.

54 Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia,

55 como lo había prometido a nuestros antepasados, en favor de Abrahán y de sus descendientes para siempre.

56 María estuvo con Isabel unos tres meses; después volvió a su casa.

 

*»• El encuentro entre dos madres se convierte, en los relatos de la infancia del evangelio según Lucas, en un momento importante de conexión y de continuidad entre la historia de la salvación contada en el Antiguo Testamento y la nueva historia que está a punto de empezar con el nacimiento de Jesús; por eso, Isabel saluda en María a la madre «de su Señor» (cf. v. 43) y la proclama bienaventurada por su fe, exultando junto con su propio hijo por impulso del Espíritu Santo (w. 41-45). La presencia misteriosa del Espíritu nos muestra ya que ambas madres forman parte de un mismo plan de salvación, mediante el cual el designio de Dios sobre el mundo encuentra su cumplimiento no a través de las grandes gestas de la historia -aunque sí en su interior-, no a través de las glandes intuiciones de los filósofos o de los matemáticos griegos -aunque sí junto a ellos-, sino a través de la esperanza de dos mujeres de Israel, que reconocen en lodo lo que les está pasando una obra que les supera. No por nada se convierte el cántico mariano en elenco de esta historia que está por detrás y frente a la historia de los manuales, exaltando a su Autor misterioso (v. 47).

La «humildad de su sierva», a la que el Señor dirige su mirada (cf. w. 48-50), no se queda en una simple indicación exterior. Se trata de la humildad de quien está tan bajo que ve mejor la semilla que está a punto de nacer, de quien se pone en una posición de pura acogida (cf. Lc 1,38), de modo que consigue ver la profundidad de todo lo que está sucediendo y no se deja distraer por otros acontecimientos más ruidosos pero menos reales.

En el fondo, se trata de la humildad de quien acoge en sí la verdad de la historia. Precisamente por eso, la humildad de María no le impide reconocerse incluso como destinataria privilegiada del amor de Dios y profetizar que la historia la recordará por esto (y con ello se inserta una vez más en el ejército de todos los orantes del Antiguo Testamento). De esta perspectiva parte el recuerdo de las obras realizadas por el verdadero Señor de la historia (w. 51-53).

Y esta historia se cumple en la salvación llevada a quienes históricamente no tienen salvación -los humildes, los hambrientos- y en la dispersión de cuantos tienen una salvación confeccionada por ellos a su medida y, por eso, no pueden confiar en la obra de Otro (como los soberbios, los poderosos, los ricos...). Estos dos aspectos de la historia parecen combatirse recíprocamente: Desplegó la fuerza de su brazo» (v. 51) es una expresión dotada de connotaciones militares (cf. Sal 118,16); sin embargo, la profecía de María descubre, en realidad, en la historia un único aspecto de salvación; a saber: la proximidad del Señor. Tanto más por el hecho de que este Señor demuestra ser fiel también a sus propias promesas (w. 54ss) y, por consiguiente, digno asimismo de confianza. Para quien tiene ojos humildes, capaces de ver la humildad de la historia de la salvación, el Dios en quien se puede confiar permanece como confirmación de la bendición que él mismo ha dirigido a Israel y a su pueblo, de la promesa que el niño que da saltos en el seno de Isabel y el niño que está creciendo en el seno de María llevan con ellos.

 

MEDITATIO

La persona de María encierra y realiza en sí misma un camino particular de fe a pesar de la elección que la consideró no afectada por el pecado original y que la hizo Madre de Dios, «la que avanzaba "en la peregrinación de la fe"» (Redemptoris Mater 25). Este avanzar por el camino de la fe la convierte también en un posible modelo para todo el que quiere comprender lo que significa reconocer el total señorío de Dios sobre su propia vida.

Este señorío encuentra su realización ya en el ámbito de nuestro camino de crecimiento humano. A medida que el señorío de Dios entra en nuestra historia conseguimos ver con unos ojos nuevos la realidad que nos rodea. Nuestros ojos no ven ya sólo los abusos, las injusticias de quienes oprimen al débil, las mentiras de quienes tienen la soberbia en su propia lengua, la riqueza que se convierte en muerte del pobre... Poco a poco nuestros ojos se vuelven semejantes a los de María, a esos ojos que la hacen capaz de reconocer el poder de Dios que actúa en la historia en favor de la justicia y de la paz, y nos damos cuenta de cómo nosotros mismos podemos volvernos, a nuestra vez, historia de liberación, precisamente como María, si nos confiamos a este anuncio.

El señorío de Dios encuentra también su realización en nuestro camino de fe. Con María nos damos cuenta de que somos «siervos del Señor», llamados a proclamar la obra del Señor y sus maravillas, llamados a «engrandecer» su presencia en nuestra vida. Con María no tenemos miedo a reconocer frente al mundo nuestra elección, no tenemos miedo a llamarnos siervos e hijos de Dios, no tenemos miedo a la obra que el Espíritu Santo está realizando en nosotros. Este camino se realiza a través de la oración, a través del servicio y a través del testimonio, junto con María, que fue capaz de hacer efectivos, en su propia carne, su oración del Magníficat, su servicio a los otros (la visitación fue antes que nada respuesta a una necesidad de Isabel) y su anuncio de liberación.

El último anuncio de este señorío de Dios sobre nuestra vida tiene lugar cuando conseguimos comprender que éste no permanece extraño a nuestra corporeidad. Lo podemos intuir ya en el anuncio de la encarnación o sentirlo en nuestra vida a través de la corporeidad de los distintos sacramentos. La realidad de la resurrección, que para nuestra naturaleza humana se vuelve ya eficaz en la asunción de María al cielo, es la última llamada a abandonar asimismo nuestro cuerpo al poder del Reino de Dios. Hasta nuestro cuerpo, con sus necesidades ínfimas y con sus deseos más elevados, con sus gritos de «¡tengo hambre!» y sus «¡te amo!», está incluido en el Reino de Dios. El cuerpo de María, que llevó en él el cuerpo del Verbo encarnado e hizo frente también al dolor de la historia, se vuelve en su asunción la promesa y la realización del hecho de que nuestros sueños, nuestros deseos, nuestras necesidades, no puedan apartarse de la presencia divina que ha tocado nuestra vida.

 

ORATIO

Te doy gracias, oh Padre, porque has elegido a María, mujer humilde y pobre, para dar cumplimiento a tus promesas, a las promesas que hiciste a Abrahán, que «tuvo fe y esperó contra toda esperanza» (cf. Rom 4,18). En ella nos has mostrado cómo obras, puesto que no miras el exterior o la grandeza, sino que actúas simplemente por tu amor. Ayúdame a darme cuenta de que también yo estoy llamado a este amor y a confiarme a este anuncio sin miedos.

Te doy gracias, Verbo eterno, porque en María, con tu encarnación, has tocado nuestro cuerpo mortal y, en ti, lo has hecho capaz de acoger la santidad de Dios. Todo lo que has hecho en la historia, con tus palabras y con tus acciones, se convierte para nosotros en llamada y promesa de un mundo nuevo, de un mundo que sea de verdad el reino del Padre. Ayúdanos a creer en ti, ayúdanos a sentir que tu historia es la historia verdadera del mundo, la historia capaz de vencer nuestras ansias, nuestras necesidades.

Te doy gracias, Espíritu del Padre y del Hijo, porque tu acción misteriosa ha cambiado el sentido de la historia. Tu poder tocó el seno de María y la preparó para la venida del Verbo de Dios. Tu poder ha transformado las palabras de una pobre mujer en un anuncio capaz de revolucionar la historia, en una profecía de verdadera liberación. Tu poder santificó un cuerpo destinado al polvo y lo convirtió en un cuerpo glorioso, capaz de lo infinito. Que tu poder nos ayude también a nosotros a confiar nuestros sueños y nuestros deseos a este anuncio de resurrección, para que consigamos rea lizar también en nuestra vida el acto de fe total que fue el de María.

 

CONTEMPLATIO

Nuestra celebración consiste, en realidad, más en la indicación del misterio que en su explicación. Y aunque yo quisiera anteponer el silencio al habla, ésta última se ve forzada por el afecto, dando lugar a las palabras, y cede a éstas, aunque no tengan coraje y no ignoren su debilidad, que es demasiado grande respecto a la posibilidad de satisfacer de una manera adecuada el arcano del prolongado silencio [...].

Por eso, ¡ánimo!, obedecedme a mí, que soy buen consejero, y corred al encuentro con la Madre de Dios. Y mientras ahora estáis relucientes por la acción y por la palabra, y resplandecéis por todos lados gracias a la belleza de la virtud, quiera el mismo Cristo recogeros y recibiros al mismo tiempo en el místico banquete. Y os lo muestra claramente con el hecho de que hoy traslada a su Madre siempre virgen, de cuyo seno, y aun siendo Dios, tomó arcanamente nuestra forma, de los lugares terrenos como reina de nuestra naturaleza, dejando el poder del misterio sin anuncio, aunque no del todo incomunicable.

En efecto, ella vino en el nacimiento y, sin embargo, tuvo una condición extraordinaria. Aquella que procuró la vida, sube para un viaje de nueva vida y se traslada al lugar incorruptible, principio de vida (Andrés de Creta,Omelie mañane, Roma 1987, pp. 133, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Señor ha mirado la humildad de su sierva» (Lc 1,48).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

María, en su canto de alabanza, no engrandeció a Dios sólo de una manera abstracta por haber «levantado a los humildes» y haber «llenado de bienes a los hambrientos», sino que lo hizo indudablemente también porque conocía esta bajeza ante Dios mejor que cualquier otra criatura: Dios, el poderoso, en efecto, «ha mirado la humildad de su sierva», y por esa mirada proyectada sobre ella, no por su ensalzamiento, ella se alegra por «la grandeza del Señor». Si bien María era materialmente pobre, no se alegra por los dones materiales que le fueron concedidos [...], sino por el don inaudito de una maternidad mesiánica, que no era tanto un don hecho a ella personalmente como un acto de misericordia hacia su «siervo Israel», que ha obtenido la «semilla de Abrahán»por la que había suspirado tanto tiempo. En su opción en favor de los pobres, María es perfectamente ella misma, no se ha alienado en absoluto en «otra María».

Sabe que ha llegado a ser Madre de una manera única e incomparable por pura gracia, y Madre no sólo de su único Hijo, sino, en él, de todos aquellos que mediante él y en él se han convertido en hijos e hijas de Dios en la Iglesia. (Y cuando aquí hablamos de Iglesia, sus confines permanecen indefinidos, porque la gracia de la redención de Cristo ha llegado, en efecto, a todos los hombres que nacieron antes que él y después de él.) «La mediación de María está ligada, efectivamente, a su maternidad, posee un carácter específicamente materno»(Redemptoris Mater 38) y, por eso, ella es el centro de la «comunión de los santos», «está como envuelta por toda la realidad de la comunión de los santos» (Redemptoris Mater 41), de esa capacidad de ser-para-los-otros en el Reino de Dios como coronamiento sobrenatural de la estupenda posibilidad ya en el plano natural, o sea, de la capacidad de poderse apoyar y ayudar recíprocamente (H. U. von Balthasar, «Commento all'enciclica "Redemptoris Mater"», en H. U. von Balthasar - J. Ratzinger, María. II si di Dios all'uomo. Introduzione e commento alfencíclica «Redemptoris Mater», Brescia 31988, pp. 5óss, passim).

 

Día 16

20° domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Proverbios 9,1-6

1 La sabiduría se ha edificado una casa,  ha tallado sus siete columnas,

2 ha sacrificado víctimas, ha mezclado el vino y hasta ha preparado la mesa.

3 Ha enviado a sus criadas a proclamar en los lugares más altos de la ciudad:

4 «El que sea inexperto que venga acá». Y al hombre sin seso le dice:

5 «Venid a comer de mi pan, bebed del vino que he mezclado.

6 Dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia».

 

        **• En el capítulo 9 del libro de los Proverbios aparecen, uno a continuación del otro, dos personajes femeninos. El primero es la Sabiduría (vv. 1-6); el segundo, la Necedad (vv. 13-18). La Sabiduría y la Necedad son dos maestras del arte de la vida que invitan a los hombres a su propia escuela. Todo el mundo debe escoger uno de los dos caminos: la vida o la muerte. El pasaje que hemos leído hoy, deteniéndose en el primer personaje, activo y laborioso, nos presenta la casa de la Sabiduría, acogedora y austera a la vez, donde ha preparado un suculento banquete. La Sabiduría envía a sus criadas para que inviten a comensales, inexpertos y carentes de sabiduría, y participen en su rica mesa. Invitar a alguien a nuestra mesa significa compartir, con la invitación, el alimento y la amistad.

        A buen seguro, la parábola está dotada de un significado sapiencial. Con la imagen del banquete, el maestro de sabiduría manifiesta la íntima relación de comunión que debe existir entre él y los invitados. No es difícil vislumbrar en el personaje de la Sabiduría la figura de Dios, que repite la enseñanza de la Ley y los profetas, aunque por medio de una modalidad más escolar y con representaciones intelectuales. Invita a los comensales discípulos suyos, a los que ha convertido en su familia, a vivir en comunión con él y a saborear el sentido común en el pensar, y la prudencia en la acción. Esto vuelve la vida más serena y alegre, la arraiga en los verdaderos valores humanos y religiosos, fuente de sincero compartir entre los hombres (cf. 1,20-33; 8,1-21).

 

Segunda lectura: Efesios 5,15-20

Hermanos:

15 Poned, pues, atención en comportaros no como necios, sino como sabios,

16 aprovechando el momento presente, porque corren malos tiempos.

17 Por lo mismo, no seáis insensatos; antes bien, tratad de descubrir cuál es la voluntad del Señor.

18 Tampoco os emborrachéis, pues el vino fomenta la lujuria. Al contrario, llenaos del Espíritu

19 y recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados. Cantad y tocad para el Señor con todo vuestro corazón

20 y dad continuamente gracias a Dios Padre por todas las cosas en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

 

        **• «En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor» (Ef 5,8; cf. Jn 3,20ss; Col l,12ss; 1 Tes 5,4-8). Vivir como «hijos de la luz» significa producir los frutos de la luz (vv. 8-10); llevar a la luz a los que se encuentran en las tinieblas (vv. 11-14); buscar con sabiduría la voluntad de Dios vigilando nuestra propia conducta (vv. 15-17); dejarnos llenar del Espíritu Santo (vv. 18-20).

        «Aprovechando el momento presente» (v. 16): la palabra griega empleada, kairós, tiene un valor más rico que nuestro término tiempo. Incluye también el contenido de este tiempo, la situación que crea y las posibilidades que ofrece. No se trata de una realidad anónima o indiferente, sino de un momento favorable, de un tiempo oportuno. El cristiano posee este tiempo decisivo. Como hombre del Espíritu, posee la capacidad de reconocer la presencia de Dios y de realizar su voluntad (Gal 6,10), viendo la posibilidad de cumplir las exigencias del Espíritu.

        «Tampoco os emborrachéis, pues el vino fomenta la lujuria. Al contrario, llenaos del Espíritu» (v. 18). La amonestación para que no se emborrachen con vino resulta verdaderamente sorprendente. Y además, si prosiguiera la serie de las exhortaciones particulares iniciada más arriba (Ef 4,25), cabría esperar, contra el alcoholismo, una invitación a la templanza. Lo que Pablo le opone, sin embargo, es que se llenen del Espíritu (o que se «embriaguen del Espíritu», según algunas traducciones). A continuación, habla de actividades que no es posible imaginar más que en el contexto de una comunidad litúrgica. El paso no se da de una manera explícita, pero si hemos de arriesgar una interpretación, nos viene a la mente pensar que -de vez en cuando- el hombre necesita ser aliviado de las preocupaciones de todos los días y vivir en «otro mundo». Ahora bien, ha de ser en un mundo en el que el Espíritu pueda aliviarle, dándole un pequeño anticipo de la vida en Dios, hacia la cual nos dirigimos.

 

Evangelio: Juan 6,51-58

En aquel tiempo,

51 Jesús añadió: -Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo.

52 Esto suscitó una fuerte discusión entre los judíos, los cuales se preguntaban: -¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

53 Jesús les dijo: -Yo os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros.

54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día.

55 Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

56 El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él.

57 El Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por él. Así también, el que me coma vivirá por mí.

58 Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el pan que comieron vuestros antepasados. Ellos murieron, pero el que coma de este pan vivirá para siempre.

 

        *•• Este fragmento, con el que concluye el «discurso del pan de vida», está ligado a todo cuanto el evangelista nos ha dicho precedentemente; sin embargo, el mensaje se hace aquí más profundo y se vuelve más sacrificial y eucarístico. Se trata de hacer sitio a la persona de Jesús en su dimensión eucarística. Jesús es el pan de vida no sólo por lo que hace, sino especialmente en el sacramento de la eucaristía, lugar de unidad del creyente con Cristo. Jesús-pan queda identificado con su humanidad, la misma que será sacrificada para salvación de los hombres en la muerte de cruz. Jesús es el pan -bien como Palabra de Dios o como víctima sacrificial- que se hace don por amor al hombre. La ulterior murmuración de los judíos: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (v. 52), denuncia la mentalidad incrédula de quienes no se dejan regenerar por el Espíritu y no pretenden adherirse a Jesús.

        Jesús insiste con vigor exhortando a consumir el pan eucarístico para participar en su vida: «Yo os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (v. 53). Más aún, anuncia los frutos extraordinarios que obtendrán los que participen en el banquete eucarístico: quien permanece en Cristo y participa en su misterio pascual permanece en él con una unión íntima y duradera. El discípulo de Jesús recibe como don la vida en Cristo, que supera todas las expectativas humanas porque es resurrección e inmortalidad (vv. 39.54.58).

        Esta fue la enseñanza profunda y autorizada que dispensó Jesús en Cafarnaún. Sus características esenciales giran, más que sobre el sacramento en sí, sobre el misterio de la persona y de la vida de Jesús, que se va revelando de manera gradual. Ese misterio abarca en unidad la Palabra y el sacramento. La Palabra y el sacramento ponen en marcha dos facultades humanas diferentes: la escucha y la visión, que sitúan al hombre en una vida de comunión y obediencia a Dios.

 

MEDITATIO

        A mi carne, perecedera y destinada a la muerte, se le ofrece hoy la posibilidad de la vida eterna a través de la carne resucitada y, por consiguiente, incorruptible del Hijo. La vida eterna, la vida de Dios, la vida bienaventurada, la vida feliz, la vida sin sombra, sin duelo y sin lágrimas, llega a mí a través del Hijo, a través de su carne, que se hace pan para comer. La eucaristía me pone en contacto con la vida eterna, me permite vencer la muerte y la infelicidad. ¿Qué don puede haber más deseable? ¿Puedo pedir algo que sea más que la vida eterna? En la eucaristía está presente todo el deseo de comunión de Dios conmigo, su deseo de que yo acepte su don como acto de amor, que comprenda la importancia única que tiene su Hijo para mi vida y para mi realización.

        La vida llega a mí desde el Padre, a través de la carne del Hijo, gracias a la mediación de la Iglesia apostólica, que celebra la eucaristía para que también yo, con mi carne purificada y entregada, me vuelva puente para hacer llegar al mundo la vida. ¡Éste es el misterio de nuestra fe! La carne es verdaderamente «el fundamento de la salvación» (Tertuliano).

 

ORATIO

        ¡Oh mi amado Salvador! Tú eres verdaderamente todo para mí, porque me das la vida eterna en el don de ti mismo. El misterio de la eucaristía es grande e ilimitado, pero hoy tus palabras claras, provocadoras, limpias y decididas lo iluminan de una manera inequívoca. Tú me das tu vida, que es vida eterna, porque un día fuiste capaz de dar la vida. Te doy gracias, te bendigo, alabo tu santa pasión y resurrección, adoro con alegría tu sabiduría, que me sale al encuentro en mis preocupaciones terrenas.

        Tú sabes lo difícil que me resulta alzar la mirada para asumir tus grandes perspectivas. Me dejo engatusar por las cosas que pasan y me arriesgo a poner dentro también tu eucaristía, dándole incluso muchos significados humanos, justos por sí mismos, pero muy alejados del sentido decisivo que hoy me presentas. Tú quieres que yo viva para siempre contigo, porque eres y serás mi realización y, por tanto, mi felicidad. Cada día me sumerges en tu eternidad ofreciéndote como alimento. Tú llevas contigo la vida que te une al Padre y quieres transmitírmela. Abre mis ojos nublados por las cosas de cada día, para que pueda unirme indisolublemente a ti, y llevar a todos conmigo, en tu vida.

 

CONTEMPLATIO

        Nuestro Señor y Salvador dice: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Jesús es puro en todo y para todo: por eso toda su carne es alimento y toda su sangre es bebida. Toda su obra es santa y toda palabra suya es verdadera; por eso también su carne es verdadera comida y verdadera bebida. Con la carne y la sangre de su Palabra da de beber y sacia como con alimento puro y bebida pura a todo el género humano. Así, en segundo lugar, después de su carne, también son alimento puro Pedro y Pablo y todos los apóstoles; en tercer lugar, sus discípulos, y así cada uno, por la calidad de sus méritos o la pureza de sus sentidos, puede hacerse alimento puro para su prójimo [...]. Todo hombre tiene en sí algún alimento: si es bueno y ofrece cosas buenas del cofre de su corazón (cf. Mt 12,35), ofrecerá a su prójimo alimento puro. Si, por el contrario, es malo y ofrece cosas malas, ofrecerá a su prójimo un alimento inmundo (Orígenes, Homilías sobre el Levítico, 7, 5, passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,58).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Decía Agustín: «Oh Dios, mi corazón está inquieto hasta que no repose en ti», pero cuando examino la tortuosa historia de nuestra salvación veo que no sólo nosotros deseamos ardientemente pertenecer a Dios, sino que Dios también anhela pertenecer a nosotros. Parece como si Dios nos estuviera diciendo a grandes voces: «Mi corazón estará inquieto hasta que no pueda reposar en vosotros, mis amadas criaturas» [...]. Dios desea comunión: una unidad que sea vital y viva, una intimidad que proceda de ambas partes, un vínculo que sea verdaderamente mutuo [...].

        Este intenso deseo que siente Dios de entrar en la más íntima relación con nosotros es lo que constituye el núcleo de la celebración y de la vida eucarística. Dios no sólo quiere entrar en la historia humana convirtiéndose en una persona que vive en una época y en un país específico, sino que quiere llegar a ser nuestro alimento y nuestra bebida diarios en todo tiempo y en todo lugar (H. J. M. Nouwen, La forza della sua presenza, Brescia 52000, pp. 61 ss).

 

Día 17

Lunes de la 20ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Jueces 2,11-19

En aquellos días,

11 los israelitas ofendieron al Señor con su conducta y dieron culto a los ídolos.

12 Abandonaron al Señor, Dios de sus antepasados, que les había sacado de Egipto; se fueron tras los dioses de los pueblos vecinos y los adoraron, provocando con ello la ira del Señor.

13 Abandonaron al Señor y dieron culto a Baal y Astarté.

14 La ira del Señor se encendió contra Israel; los entregó en manos de salteadores que los saquearon, los dejó vendidos a sus enemigos del contorno, y no fueron capaces de resistirlos.

15 Siempre que emprendían una expedición, el Señor se ponía en contra de ellos y fracasaban, como el mismo Señor les había dicho y jurado. Llegaron a una situación desesperada.

16 Entonces el Señor suscitó jueces que los libraron de las bandas de salteadores.

17 Pero tampoco hacían caso a los jueces. Se prostituyeron ante otros dioses y los adoraron. Se apartaron pronto del camino que habían seguido sus antepasados; ellos habían sido dóciles a los mandamientos del Señor, pero no les imitaron.

18 Cuando el Señor hacía surgir jueces, él estaba con el juez y los libraba de sus enemigos mientras vivía el juez, porque el Señor se compadecía al oírlos gemir bajo la tiranía de sus opresores.

19 Pero cuando moría el juez, volvían a pecar y se comportaban peor que sus antepasados; se iban tras otros dioses, les daban culto y los adoraban, sin abandonar sus maldades ni su conducta obstinada.

 

**• Comenzamos hoy la lectura del libro de los Jueces, que se prolongará hasta el próximo jueves. Narra la historia del establecimiento de Israel entre las poblaciones de la tierra de Canaán y los cambios que todo esto acarreó: el paso de la vida nómada del desierto al aprendizaje de la agricultura -que requiere estabilidad- y a la red de relaciones con pueblos desconocidos que tenían unas estructuras religiosas, sociales y políticas consolidadas.

La tarea era cualquier cosa menos sencilla: se trataba de encontrar el propio espacio, de custodiar y ahondar la propia identidad, proporcionándole un rostro socialmente significativo, mientras convivían con otros pueblos que, con sus tradiciones, sus cultos sugestivos, sus instituciones, constituían una continua provocación y una invitación a integrarse en su sistema de vida. Vivir en esta situación, sin perder la propia identidad, requeriría antes que nada la transmisión genuina y la acogida sincera del patrimonio constituido por los acontecimientos de la historia del pueblo con Dios, algo que –de hecho- había ido apagándose.

La Palabra de hoy presenta el marco teológico en el que se lee la historia de Israel. El don de la tierra debería reavivar continuamente la conciencia de la alianza, de la fidelidad de YHWH y de la pertenencia a él, como pueblo suyo, con una misión. La realidad, sin embargo, es diferente. Después de la generación de los ancianos, que sobrevivieron a Josué, surgió otra generación «que no conocía al Señor ni lo que había hecho por Israel» (v. 10).

Con una expresión cargada de sufrimiento, se retrata el comportamiento del pueblo de Dios: «Los israelitas ofendieron al Señor con su conducta y dieron culto a los ídolos. Abandonaron al Señor, Dios de sus antepasados»  (w. 1 lss). El pecado -la idolatría- conduce a la disgregación, a las luchas intestinas, a la depravación moral, y engendra todo tipo de dolor, hasta llegar a la pérdida de la libertad y a nuevas experiencias ¿olorosas de esclavitud.

En esta situación, tras probar el castigo, y con una función educativa, madura la exigencia de cambio de vida y nace la oración de invocación a Dios para que salve a su pueblo. Dios escucha la oración, y su intervención liberadora se concreta en la elección y el envío de un «juez» (liberador, salvador).

Sobre este fondo emerge de nuevo el amor misericordioso y la fidelidad de YHWH. Eso es lo que la Palabra transmite, como experiencia que supera los confines del espacio y el tiempo, para reconducir a la comunión con Dios, fuente de vida, de bendición, de futuro. Así es la pedagogía divina: Dios está presente en el dolor del pueblo y de cada uno de sus miembros, y ofrece de nuevo, a su libertad, el bien de la comunión con él, de la justicia y de la paz. El castigo no es sólo retribución por el pecado, sino también lugar de visitación y de revelación del amor misericordioso de Dios.

 

Evangelio: Mateo 19,16-22

En aquel tiempo,

16 se acercó uno a Jesús y le preguntó: -Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?

17 Jesús le contestó: -¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es bueno. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

18 Él le preguntó: -¿Cuáles? Jesús contestó: -No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio;

19 honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo.

20 El joven le dijo: -Todo eso ya lo he cumplido. ¿Qué me falta aún?

21 Jesús le dijo: -Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme.

22 Al oír esto, el joven se fue muy triste porque poseía muchos bienes.

 

*+• Jesús prosigue con decisión el camino hacia Jerusalén junto con los suyos, a quienes ya ha anunciado la pasión y el acontecimiento de la resurrección, pero éstos no comprenden. A lo largo del camino prosigue la obra de formación de sus discípulos. Además, tiene que hacer frente a los escribas y a los fariseos, que, como siempre, intentan cogerle con engaños; acoge a los más pequeños y enseña con autoridad.

El evangelio de hoy nos hace tomar parte en el encuentro de Jesús con un joven rico. Éste lleva en sí mismo la exigencia de una vida cada vez más elevada, pero siente que todavía le falta algo. Su pensamiento, según la educación que ha recibido y según la tradición, sigue  la lógica del hacer, la lógica de las «obras buenas». Le pide al Maestro alguna indicación nueva, adecuada a sus aspiraciones y capaz de saciar su insatisfacción. De ahí la pregunta que plantea: «¿Qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?» (v. 16). Anda buscando. Jesús le ayuda a emprender un camino. Lo esencial no es preguntarse qué se puede hacer de bueno; lo esencial es buscar a aquel que es bueno, a Dios, observando los mandamientos y amando al prójimo como a sí mismo (v. 17). Jesús quiere introducirle en una relación más verdadera con Dios -«entrar en la vida»- proponiéndole de nuevo, entre los mandamientos, punto de referencia para el joven, los que rigen nuestra relación con los otros, y añade lo que se dice en el Levítico (19,18), para hacerle pasar de la atención a sí mismo a la atención a los demás, al prójimo. Ante la insistencia del joven: «¿Qué me falta aún?», Jesús le responde ofreciéndole el don del seguimiento de la criatura nueva: «Ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme».

Se trata de un paso radical: la puerta estrecha que conduce a la vida y hace entrar en el Reino de Dios y participar en la salvación. Jesús habla a la libertad del joven -las dos indicaciones del Maestro están introducidas con un «si quieres»- para que decida en su corazón. La respuesta va acompañada por un adjetivo doloroso: «El joven se fue muy triste». Su tesoro estaba constituido por las riquezas y por todo lo que está ligado a ellas y ellas hacen posible. ¿Acaso no son los bienes un signo de la bendición de Dios, tal como le había enseñado? De hecho, se han convertido en su verdadero ídolo, aunque practique los mandamientos. No es libre por dentro. Da limosna a los pobres, pero no comparte con ellos sus bienes y su vida. Nos viene a la mente el encuentro de Jesús con los pequeños a lo largo del mismo camino que le lleva a Jerusalén: «De los que son como ellos es el Reino de los Cielos» (v. 14).

 

MEDITATIO

El Dios de los Padres no sustrae a su pueblo de los condicionamientos sociales ni de los riesgos de la debilidad humana en su encuentro con otras culturas y religiones.

Educa y perdona: educa en el sufrimiento y en el perdón, para que su pueblo pueda descubrir que la fuente de la libertad, interior y social, se basa en la relación de comunión, confianza y abandono entre sus manos y en el amor al prójimo.

«Escucha, Israel» (Dt 6,4). El pecado de idolatría, que puede tener muchísimos rostros, nos separa de Dios y nos divide a unos de otros. En consecuencia, tanto el hombre como el pueblo caen en la esclavitud de sí mismos y, por eso, se convierten en esclavos de otros. El verdadero peligro no son los pueblos de alrededor, ni sus tradiciones, ni siquiera las mismas riquezas; el peligro está en la división que llevamos en nosotros y que alimentamos entre nosotros. Está en apartar la mirada del Señor. No podemos ser fuente si no estamos unidos al manantial. Ésa es la razón de que no baste con la observancia de los mandamientos: es posible observarlos y no conocer ni a Dios ni su designio.

Y cuando, como dice el evangelista, el Maestro presenta al joven el verdadero rostro de Dios y le invita a seguirle, el joven se aleja porque el ídolo de la riqueza le ha vuelto esclavo e invidente. A causa de sus obras y de sus bienes, se niega a pasar por la «puerta estrecha» que conduce a la vida: «Ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme». Así es como se habría encarnado en el joven el amor al prójimo y al primero de sus prójimos, que era el Maestro a quien se había dirigido y el que le había mirado con una mirada llena de amor.

El mensaje sigue siendo actual. Nos invita a la vigilancia y a la humildad que, en medio del pecado y del dolor, no tiene miedo de elevar una voz sincera que implora la reconciliación y la vida: «Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo» (estribillo del salmo responsorial).

 

ORATIO

Enséñanos, Padre, a amar nuestra época, una época maravillosa y dramática. Haz que, escuchando a tu Hijo, aprendamos a acoger a nuestro prójimo, a dialogar con todas las personas, con todas las culturas y con todas las religiones. La humanidad de hoy es la tierra donde tu habitas y obras, invitándonos a «venderlo» todo para seguirte. Danos unos ojos que sepan ver tu presencia, unos oídos que oigan tu Palabra y los gemidos de los pobres, un corazón colmado de sabiduría y amante, dócil y fuerte. ¡Custódianos! Los ídolos de nuestra sociedad son atrayentes, fascinan y destruyen. Custodia a tu Iglesia y alimenta en todos el fuego que ardía en el corazón de tu Hijo: dar la vida para que la humanidad se transforme en tu familia, rica de alegría y de Espíritu Santo.

 

CONTEMPLATIO

Y como la Ley había enseñado desde antaño a los seres humanos que debían seguir a Cristo, éste lo aclaró a aquel que le preguntaba qué debía hacer para heredar la vida, respondiendo: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Y como él le preguntase: «¿Cuáles?», el Señor continuó: «No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,17-19). De este modo exponía por grados los mandamientos de la Ley, como un ingreso a la vida para quienes quisieran seguirlo: diciéndoselo a uno, se dirigía a todos. Y habiéndole él respondido: «Todo esto he cumplido» -aunque tal vez no lo había hecho, pues le había dicho: «Guarda los mandamientos»-, Jesús lo probó en sus apetitos, diciéndole: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y, luego, ven y sígueme» (Mt 19,20-21).

A quienes esto hicieren les prometió la parte que corresponde a los apóstoles, y no predicó a otro Dios Padre a aquellos que lo seguían, fuera de aquel al que la Ley había anunciado desde el principio; ni a otro Hijo; ni a otra Madre, Entimesis del Eón que provino de la pasión y el desecho; ni la Plenitud de treinta Eones, que, como ya hemos probado, es inconsistente y vacía; ni toda esa fábula que los demás herejes han fabricado. Más bien, les enseñaba a observar los mandamientos que Dios estableció desde el principio, a fin de vencer la concupiscencia con obras buenas y seguir a Cristo. Y como distribuir entre los pobres lo que se posee deshace las viejas avaricias, Zaqueo puso en claro: «Desde hoy doy la mitad de mis bienes a los pobres, y, si en alguna cosa he defraudado a alguno, le devuelvo cuatro veces más» (Lc 19,8) (Ireneo de León, Adversus haereses IV, 12, 5).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón» (Mt6,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo que se indica con el término bíblico «corazón» no coincide en absoluto con el centro emocional de los psicólogos. Los judíos pensaban con el corazón, ya que éste integra todas las facultades del espíritu humano; la razón y la intuición no son nunca extrañas a las opciones y a las simpatías del corazón. El hombre es un ser visitado, la verdad habita en él y lo plasma desde el interior, precisamente en la fuente de su ser. Su relación con el contenido de su propio corazón, lugar de la «inhabitación », constituye su conciencia moral, y es allí donde el Verbo le habla. El hombre puede hacer que su propio corazón se vuelva «lento para creer» (Lc 24,25), cerrado, duro hasta el punto de doblarse a fuerza de dudas (Sant 1,8), y puede llegar incluso a la descomposición demoníaca en «muchos» (cf. Me 5,9). La separación de la raíz trascendente es locura en sentido bíblico.

«Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón» (Mt 6,21). El hombre se define por el contenido de su propio corazón, por el objeto de su propio amor. San Serafín de Sarov llama al corazón «altar de Dios», lugar de su presencia y órgano de su receptividad. Haciéndose eco de Descartes, decía el poeta Baratynskij: «Amo ergo sum». El corazón tiene el primado jerárquico en la estructura del ser humano, sólo si en él se vive la vida posee una intencionalidad originaria imantada como la aguja de una brújula: «Nos has creado para ti, Señor, y sólo en ti encontrará su paz nuestro corazón», dice san Agustín (P. Evdokimov, La donna e la salvezza del mondo, Milán 1989, pp. 46.48 [edición española: La mujer y la salvación del mundo, Ediciones Sígueme, Salamanca 1980])

 

 

Día 18

Martes de la 20ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Jueces 6,11-24a

En aquellos días,

11 el ángel del Señor vino a sentarse bajo el terebinto de Ofrá, que pertenecía a Joás de Abiezer. Su hijo Gedeón estaba desgranando el trigo en el lagar para ocultárselo a Madián.

12 El ángel del Señor se le apareció y le dijo: -El Señor está contigo, valiente guerrero.

13 Gedeón le respondió: -Por favor, mi señor, si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos pasa todo esto? ¿Qué ha sido de todos esos prodigios que nos cuentan nuestros padres cuando nos dicen que el Señor nos sacó de Egipto? Ahora nos ha abandonado y nos ha entregado en poder de Madián.

14 El Señor le miró y le dijo: -Vete, que con tu fuerza salvarás a Israel del poder de Madián. Yo te envío.

15 Gedeón respondió: -Por favor, Señor, ¿cómo salvaré yo a Israel? Mi familia es la más insignificante de Manases y yo soy el último de la familia de mi padre.

16 Respondió el Señor: -Yo estaré contigo, y tú derrotarás a Madián como si fuese un solo hombre.

17 Gedeón insistió: -Si he alcanzado tu favor, dame una señal de que eres tú quien me habla.

18 Por favor, no te vayas de aquí hasta que yo vuelva. Yo traeré mi ofrenda y la depositaré ante ti. Él le dijo: -Me quedaré aquí hasta que vuelvas.

19 Gedeón se fue, aderezó un cabrito y, con una medida de harina, hizo panes sin levadura; puso la carne en su cesta y el caldo en una olla, los llevó bajo el terebinto y se lo presentó.

20 El ángel de Dios le dijo: -Toma la carne y los panes sin levadura, ponlos sobre esta piedra y vierte el caldo. Gedeón lo hizo así.

21 Entonces el ángel del Señor extendió el bastón que tenía en su mano y tocó la carne y los panes sin levadura. Salió fuego de la roca y consumió la carne y los panes sin levadura, y el ángel del Señor desapareció de su vista.

22 Gedeón se dio cuenta de que era el ángel del Señor y dijo: -¡Ah, Señor, Señor! ¿He visto cara a cara al ángel del Señor?

23 El Señor le respondió: -La paz sea contigo. Nada temas, no morirás.

24 Gedeón levantó allí un altar al Señor y lo llamó Señor de la Paz.

 

** «Los israelitas ofendieron al Señor con su conducta, y el Señor los entregó en poder de Madián durante siete años» (6,1). Los acontecimientos relacionados con Gedeón que se narran en la lectura de hoy sacan de nuevo a la luz los criterios de lectura de la historia: pecado-castigo, invocación-salvación, a lo que sigue un períodocde paz. El pecado de los israelitas es la infidelidad a la alianza: no escuchan la voz del Señor y veneran a los dioses de los amorreos (v. 7). El pecado está difundido y habita incluso en la casa de Joás, padre de Gedeón, donde había construido un altar a Baal y plantado un árbol sagrado (v. 25). Las incursiones de los madianitas son leídas como castigos de Dios. Son cada vez más duras y despiadadas, hasta el punto de que, por miedo a ellos, los israelitas «tuvieron que refugiarse en las cuevas, cavernas y refugios que hay en los montes» (v. 2), a fin de poder defenderse; utilizaban, además, lugares escondidos para desgranar el trigo y protegerse de los robos. En este clima de degradación moral y religiosa, de gran pobreza y de miedo, había crecido Gedeón. Sin embargo, también él había vibrado ante las palabras del profeta enviado por Dios para despertar a su pueblo (w. 7-10). Y había invocado a gritos la salvación.

El encuentro de Gedeón con el ángel del Señor tiene lugar en este contexto de dolor y de esperanza. El diálogo en el que se teje la narración de su vocación nos ofrece un ejemplo de la relación de amor de Dios con su pueblo y de confianza, como educador, respecto a la persona que ha elegido para la misión de juez, es decir, para salvar a su pueblo. Invita a Gedeón a derribar el altar construido por su padre, a cortar el árbol sagrado y a construir un nuevo altar «al Señor, su Dios», en la cima de la roca, donde ofrece un cabrito en holocausto, consumido con el fuego de la leña del árbol sagrado. El temor queda vencido por la certeza interior de la presencia del Señor -«Yo te envío», «Yo estaré contigo»-, madurada en la relación con él en momentos significativos: el sacrificio ofrecido bajo el terebinto, el fuego que devora la carne y los panes sin levadura, el altar testigo del encuentro con el ángel del Señor, los signos del vellón de lana y del rocío, la prueba de fe en el poder de Dios, que le pedía que hiciera frente con trescientos hombres al poder de los madianitas. Los israelitas gozaron del bien de la paz durante la vida de Gedeón, pero, después de su muerte, «volvieron a dar culto a los ídolos y eligieron como dios a Baal Berit» (8,33).

 

Evangelio: Mateo 19,23-30

En aquel tiempo,

23 Jesús dijo a sus discípulos: -Os lo aseguro, es difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos.

24 Os lo repito: le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.

25 Al oír esto, los discípulos se quedaron impresionados y dijeron: -Entonces, ¿quién podrá salvarse?

26 Jesús les miró y les dijo: -Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible.

27 Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: -Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos espera?

28 Jesús les contestó: -Os aseguro que vosotros, los que me habéis seguido, cuando todo se haga nuevo y el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

29 Y todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mi causa, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.

30 Hay muchos primeros que serán últimos y muchos últimos que serán primeros.

 

*• El encuentro con el joven y su desenlace reavivan una cuestión que asalta al hombre desde siempre: ¿puede entrar un rico en el Reino de los Cielos? La liturgia de hoy nos proporciona la respuesta de Jesús. Presenta ésta un realismo desconcertante y nos abre a un «más allá» imposible para la mente humana, revelador del poder de Dios. Éste es el horizonte sobre el que están llamados a moverse sus discípulos. La paradoja pone de manifiesto el obstáculo que constituyen las riquezas para entrar en el Reino cuando se convierten en el «amo» del hombre. En el fondo, el obstáculo es la idolatría; al dios-dinero se le puede llegar a rendir «culto» una vez más con sacrificios humanos: ¡el prójimo! ¿Acaso fue por esto por lo que el Maestro le recordó el pasaje de Lv 19,18 al joven rico? También nos viene a la mente Mt 25,31-45. Los discípulos se quedan consternados. ¿Quién podrá salvarse, si se pone en relación la debilidad humana, en la que figura el apego a la riqueza, con las exigencias de radicalismo propias del Reino?

La salvación es un don amoroso por parte de Dios; ningún hombre -por pobre o rico que sea- puede salvarse a sí mismo. El compromiso personal, incluido el dejarlo todo, no puede ser el precio que tiene la conquista de la salvación, sino expresión de acogida del don. No hay lugar en el Reino para una mentalidad fiscal que se preocupa de la recompensa. Los discípulos llevan todavía sobre sí signos de esta mentalidad: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos espera?». ¿Cuál será nuestra recompensa?

El Maestro lleva a los Doce al interior del designio de Dios: el don de la salvación para ellos es la participación en la misma gloria del Hijo del hombre, cuando haya llegado a su plenitud la regeneración del mundo; se sentarán con él a juzgar al pueblo de Israel, porque han compartido su misión con él. Y ya desde ahora tendrán cien veces más, porque lo han dejado todo «por su causa», para ser sus discípulos. Los criterios para evaluar quién será el primero y quién el último no siguen la lógica humana ni la clasificación llevada a cabo por los hombres, sino la del Reino: la relación vital con Cristo, el único verdadero tesoro, el don del Padre.

 

MEDITATIO

«Para Dios todo es posible». Nada es imposible para Dios (cf. Mt 19,26; Gn 18,14; Jr 32,17); ni siquiera el mal que el pueblo hizo ante sus ojos (cf. Jue 6,1) pudo detener su amor ni debilitar su paciente acción de padre que cuida de su propio hijo (cf. Os 11,1-7). La elección de Gedeón, como la de los otros jueces, es expresión de este amor indomable y respetuoso con la libertad. Transforma el sufrimiento en ámbito de llamada a la comunión para la reconquista de nuestra propia dignidad; suscita entre el pueblo a hombres y mujeres repletos de su Espíritu, para que sean apoyo y guía, salvadores de los enemigos y obreros de la paz. Los forma.

Gedeón ha sido guardado ya de las contaminaciones idolátricas en su casa paterna. Dios lo va forjando en la prueba hasta el absurdo de pedirle que crea en la victoria sobre Madián cuando no cuenta con un fuerte ejército, sino sólo con un reducido número de hombres fuertes de su misma fe.

Mateo nos muestra al Maestro en una delicada acción educativa, con la que conduce a sus discípulos a mirar en lo profundo de su corazón y a abrirse a perspectivas de futuro. El Señor Jesús ve a los suyos a la luz del designio del Padre sobre ellos, sentados ya a su lado, porque creen y aman, le siguen a pesar de sus debilidades y de una sensibilidad circunscrita a los confines de la experiencia humana. Estos confines no son el freno, sino que son el lugar de la presencia del médico divino que ha venido a sanar. El obstáculo es la huida («tuvieron que refugiarse en las cuevas, cavernas y refugios que hay en los montes»: Jue 6,2) o bien el «volvieron a dar culto a los ídolos y eligieron como dios a Baal Berit» (8,33), el «corazón endurecido». El canto al Evangelio hace resonar en la comunidad de los creyentes la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» Éste es el camino del discípulo del «corazón nuevo», que conoce, cree y ama.

 

ORATIO

Te pido, Señor, junto con mis hermanos y mis hermanas,  el don del silencio, para acoger tu misterio y tu persona. Concédenos la sabiduría del corazón y danos la fuerza de ánimo para superar la tentación diaria de aprisionar en nuestra inteligencia tu Palabra y tu inmenso amor o de estar hartos de la observancia fría y desinteresada de tus mandamientos.

Tú eres nuestra esperanza, Señor. Concédenos un corazón capaz de acoger cada día tu invitación a venderlo todo para seguirte, capaz de transformar la comunión contigo en servicio a los hermanos. La Iglesia, tu esposa, llama a grandes voces para reavivar la fe de sus hijos y para anunciar con alegría la «Buena Noticia» a todo el mundo. Haz descender sobre nosotros tu Espíritu como descendió sobre los dones ofrecidos por Gedeón y los consumió. Que tu fuego transforme nuestra vida en hostia agradable a ti para la salvación del mundo.

 

CONTEMPLATIO

 La lección evangélica, hermanos, que hace poco resonó en nuestros oídos, más bien que expositor, necesita ejecutor.

¿Hay algo más diáfano que estas luminosas palabras: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos? ¿Qué voy, pues, a decir yo? Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

¿Quién no ama la vida?, pero ¿quién hay con voluntad de guardar los mandamientos? Y si no quieres observar los mandamientos, ¿cómo quieres la vida? Si eres perezoso para el trabajo, ¿por qué te apresuras al salario?

El joven rico dice haber guardado los mandamientos y entonces se le proponen otros mandamientos superiores: Si quieres ser perfecto, una cosa te falta: anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres. Nada perderás en ello; más bien, tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme. ¿De qué te aprovecharía si, haciéndolo, no me siguieres?

Retiróse, pues, mohíno y descontento, según oísteis, por tener grandes riquezas. Ahora, pues, lo que a él se le dice a nosotros se nos dice. Es el Evangelio la boca de Cristo, quien, sentado ya en el cielo, no deja de hablar en la tierra. No seamos nosotros sordos...

Alejóse triste aquel rico, y dijo el Señor: ¡Qué difícil es la entrada en el Reino de los Cielos para quien tiene riquezas!

Y hasta qué punto es ello difícil lo mostró en una semejanza donde la dificultad es verdadera imposibilidad. Porque todo lo imposible es difícil, mas no todo lo difícil es imposible.

La dificultad aquí mírala en la semejanza: Verdaderamente os digo que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que la entrada de un rico en el Reino de los Cielos. ¡Un camello por el ojo de una aguja! Si dijera una pulga, ya sería imposible.

Oyendo esto, los discípulos, se atristaron y dijeron: Si es así, ¿quién podrá salvarse? ¿Quién de los ricos?

Escuchad los pobres a Cristo. En este pueblo de Dios a quien yo hablo son la mayoría pobres. ¡Oh pobres! Entrad, a lo menos vosotros, en el Reino de los Cielos. Oídme, sin embargo, una palabra. Cualesquiera que seáis los que de pobres os gloriáis, huid de la soberbia, para que no se la acaparen los ricos piadosos; guardaos de la impiedad, para que no os venzan los ricos humildes; guardaos de la impiedad, para que no os venzan los ricos piadosos; guardaos de la ebriedad, para que no os venzan los ricos sobrios. Si ellos no deben gloriarse de sus riquezas, no vayáis a gloriaros vosotros de vuestra pobreza.

Oigan los ricos, si alguno hay aquí, oigan al apóstol: Mándales a los ricos de este mundo. Porque hay ricos del otro: los pobres son los ricos del otro mundo; los apóstoles eran ricos, los ricos del otro mundo, pues decían: Como quienes nada tienen y todo lo poseen.

Al objeto de concretar a qué suerte de ricos se refiere, puso lo de este mundo. Oigan, por ende, al apóstol los ricos de este mundo: Mándales, dice, a los ricos de este mundo que no alberguen sentimientos de altanería. La soberbia es el gusano principal de las riquezas, polilla dañosa que todo lo roe y hace polvo. Mándales, pues, que no alberguen sentimientos de altanería ni pongan su esperanza en la riqueza, tan insegura que, a lo mejor, te acuestas rico y te levantas pobre. No pongan su esperanza en la riqueza, tan insegura (son palabras del apóstol), sino en Dios vivo, dice.

El ladrón te quita el oro; a Dios, ¿quién te lo quita? ¿Qué tiene un rico si a Dios no tiene? ¿Qué no tiene un pobre si tiene a Dios? No pongan, en consecuencia, la esperanza en las riquezas, sino en Dios vivo, que nos provee de todo con abundancia para que disfrutemos, y, junto con todas las cosas, se nos da también a sí mismo (san Agustín, «Sermón 85», 1-3, en Servir a los pobres con alegría, Desclée De Brouwer, Bilbao 1995, pp. 70-73).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cada día podemos constatar que el Evangelio se revela con mayor profundidad, gracia y discernimiento a los corazones sencillos que cuentan con una fe firme. El Evangelio, sin embargo, no revela la verdad como una hipótesis global que deba ser aceptada o rechazada en bloque. Al contrario, se dirige a cada corazón de una manera específica y personal, revelando a cada hombre la verdad de un modo adecuado a su estructura espiritual, al nivel de su fe, a su grado de aceptación de la verdad, en un flujo continuo de revelación que crece con el crecimiento de la fe y el paso del tiempo.

Es oportuno que el lector del evangelio se acerque a la verdad contenida en él desde la perspectiva y con el espíritu que adoptaron los evangelistas, de modo que reciba las palabras del Espíritu allí contenidas. No es ciertamente intención nuestra hacer más ardua la tarea del lector; al contrario, le estamos  proporcionando la clave de lectura del misterio del Evangelio. Si el  lector obedece al Espíritu del Evangelio, si se compromete a consentirlo y somete su propia mente a la verdad, entonces es la verdad misma la que se transfigurará ante él, haciéndose igual a la contemplada por el evangelista. Entonces infundirá al lector el soplo del Espíritu del Evangelio y su flujo inefable, que le trasladarán con la mente y con el corazón directamente de la palabra al cara a cara con la persona de Jesucristo.

De esta manera se realiza el milagro del Evangelio: «Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras» (Lc 24,45). Aquí queda transfigurada la historia y Cristo se manifiesta como Dios por el testimonio del Espíritu en nuestros corazones (Matta El Meskin, Comunione nell'amore, Magnano 1999, pp. 85ss).

 

 

 

Día 19

Miércoles de la 20ª semana del Tiempo ordinario o San Juan Eudes

Liturgia de las Horas de hoy

 

Juan Eudes nació en 1601 en Normandía. Fue ordenado sacerdote el día 20 de diciembre de 1625. Centrado en Cristo sacerdote, su deseo era «restaurar en su esplendor el orden sacerdotal ». Con algunos sacerdotes más fundó una congregación dedicada, además de a los ejercicios de las misiones, a la formación espiritual y doctrinal de los sacerdotes y de los candidatos al sacerdocio. Así comenzó la Congregación de Jesús y María. También fundó la orden de Nuestra Señora de la Caridad, para acoger y ayudar a las mujeres y a las jóvenes maltratadas por la vida. Hizo amar a Cristo y a la Virgen María, hablando sin cesar de su corazón. Murió el 19 de agosto de 1680. El papa Pío XI lo canonizó el 31 de mayo de 1925.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Jueces 9,6-15

En aquel tiempo,

6 todos los nobles de Siquén y los de Bet Miló se reunieron y proclamaron rey a Abimélec junto al terebinto que hay en Siquén.

7 Informado de esto, Yotán subió a la cumbre del monte Garizín y desde allí gritó: ¡Oídme, nobles de Siquén, y que Dios os escuche!

8 Una vez, los árboles quisieron elegirse un rey. Dijeron al olivo: «Sé nuestro rey».

9 Pero el olivo les respondió: «¿Voy a renunciar yo al aceite con el cual se honra a Dios y a los hombres para ir a balancearme sobre los árboles?».

10 Entonces dijeron a la higuera: «Ven tú y reina sobre nosotros».

11 Pero la higuera respondió: «¿Voy a renunciar yo a la dulzura de mi fruto para ir a balancearme sobre los árboles?».

12 Entonces dijeron a la vid: «Ven tú y reina sobre nosotros».

13 Pero la vid respondió: «¿Voy yo a renunciar a mi mosto, alegría de Dios y de los hombres, para ir a balancearme sobre los árboles?».

14 Entonces dijeron a la zarza: «Ven tú y reina sobre nosotros».

15 Y la zarza les respondió: «Si de verdad queréis que sea vuestro rey, venid y cobijaos bajo mi sombra; y, si no, que salga fuego de la zarza y devore los cedros del Líbano».

 

**• El deseo de seguridad y de un guía fuerte impulsa a los israelitas a pedir a Gedeón que se convierta en rey (8,22). La respuesta de Gedeón remite a los israelitas a la verdad de su ser como pueblo cuyo único rey es Dios (8,23), pero, a pesar de ello, la presión psicológica ejercida por las poblaciones presentes impulsa a Israel a querer un rey. De ahí surge una dolorosa experiencia: Abimélec, hijo de Gedeón, nacido de una mujer cananea, se hace proclamar rey después de haber matado, «sobre una misma piedra» (9,5), a sus hermanos. Sólo se salvó el hijo pequeño, Yotán, «porque se había escondido». El pasaje que nos propone hoy la liturgia recoge el discurso dirigido por este último a los señores de Siquén.

Yotán intenta convencerles de la inutilidad -más aún, de la peligrosidad- de un rey. Para ello echa mano de una fábula tomada de la sabiduría popular. La negativa del olivo, de la higuera y de la vid y la aceptación de la zarza pretenden demostrar la peligrosidad del tirano y la ruina a la que conduce su dominio. Pero nadie le escuchó. La realeza de Abimélec resultará destructora para la gente de Siquén y será ruinosa para el mismo Abimélec, muerto por la mano de una mujer y por la espada de un joven. La narración recuerda el señorío de Dios, en el que sólo el pueblo goza de plena dignidad y ve atendidos sus propios deseos de paz y de libertad.

 

Evangelio: Mateo 20,1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

1 Por eso, con el Reino de los Cielos sucede lo que con el dueño de una finca que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña.

2 Después de contratar a los obreros por un denario al día, los envió a su viña.

3 Salió a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo

4 y les dijo: «Id también vosotros a la viña y os daré lo que sea justo».

5 Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía y a primera hora de la tarde e hizo lo mismo.

6 Salió por fin a media tarde, encontró a otros que estaban sin trabajo y les dijo: «¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada?».

7 Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». Él les dijo: «Id también vosotros a la viña».

8 Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: «Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros».

9 Vinieron los de media tarde y cobraron un denario cada uno.

10 Cuando llegaron los primeros, pensaban que cobrarían más, pero también ellos cobraron un denario cada uno.

11 Al recibirlo, se quejaban del dueño,

12 diciendo: «Estos últimos han trabajado sólo un rato y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor».

13 Pero él respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario?

14 Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero dar a este último lo mismo que a ti,

15 ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O es que tienes envidia porque yo soy bueno?».

16 Así, los últimos serán primeros, y los primeros, últimos.

 

**• El marco de referencia de la parábola es la misión de Jesús siguiendo el mandato recibido del Padre (cf. Jn 3,15-17). Él, como peregrino, está realizando su «santo viaje» (Sal 84,6) hacia Jerusalén, donde tendrá lugar «su hora». El Maestro, con fino arte pedagógico, partiendo de una experiencia que está a la vista de todos, quiere revelar una vez más el verdadero rostro de Dios, rico en misericordia y bondad. La experiencia es la del dueño que se acerca al lugar de reunión de los pobres que esperan que alguien en busca de obreros los contrate para su viña. En función de la necesidad, llama en diferentes horas, desde muy de mañana hasta media tarde. Ya había convenido con los primeros el salario de la jornada, pero a los últimos les paga lo mismo. Y este comportamiento del dueño suscita una reacción de queja (v. 12): ese comportamiento no es aceptable, es injusto.

El diálogo pone de manifiesto el verdadero problema: en el fondo, no es la cuestión del salario lo que irrita a los obreros que se quejan, sino el verse equiparados a los últimos. Se quejan, por envidia, de la «bondad» del dueño. Ése es el verdadero objeto del conflicto. La parábola cuenta la experiencia de Jesús, que acoge y llama a los pecadores, a los publícanos, a las prostitutas, a los que andan por las calles y las plazas: todos ellos están invitados a entrar en el Reino de Dios, como los fariseos y los maestros de la Ley. Pero éstos, los primeros que fueron contratados para trabajar en la viña, no se quedan; se sienten superiores, se quejan, se niegan por envidia y por celos. Es el misterio del corazón endurecido. Son como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo o de la misericordia (Lc 15,25-32), que no comprende a su padre y no acepta que perdone al hermano tránsfuga y dilapidador. Jesús prosigue mostrando con esta parábola la acción amorosa y salvífica de Dios. Presenta el nuevo mensaje formativo para los suyos.

No olvidemos que Jesús está en camino hacia Jerusalén. Quiere preparar a sus discípulos para entrar en la visión del Padre y para que hagan suya la lógica del amor universal. Inmediatamente después de esta parábola (Mt 20,17-19), Mateo coloca el tercer anuncio de la pasión. Jerusalén, en efecto, va a ser el lugar de la plena manifestación del amor de Dios, el lugar donde el ágape divino, destruyendo todo muro de división, se convierte en el principio vital de una nueva solidaridad entre todos, a la manera de la Trinidad. Ya no hay primeros ni últimos, sino que todos son hijos y obreros corresponsables en la viña del Señor, la humanidad.

 

MEDITATIO

A san Juan Eudes le preocupaban la formación y la actitud de los presbíteros de su tiempo, como a Pablo en el suyo y como a Jesús en todos los tiempos. Dejándonos iluminar por el evangelio de Mateo que hemos leído, meditemos sobre él.

En la primera parte de este discurso, Jesús critica cuatro vicios en los que Dios quiera que nosotros no nos veamos implicados:

- La incoherencia: no hacen lo que dicen. No son las palabras lo que cuenta, sino los hechos: «Por sus frutos los conoceréis».

- La doble moral: cargan fardos insoportables sobre la gente y ellos no mueven un dedo para ayudarles. Se conforman con la moral externa y vacía de vitalidad. Pero a los demás les señalan con el dedo sí no cumplen.

- La hipocresía: usan distintivos para ser vistos y reconocidos. Más adelante, Jesús dirá que son sepulcros blanqueados.

- La vana ostentación: les gustan los primeros puestos y que les reverencien llamándoles maestros, padres, jefes... ¿Qué tipo de Iglesia y comunidad propone la segunda parte del texto?

- Igualitaria y fraternal: fuera honores mundanos, títulos y reverencias. «Todos vosotros sois hermanos». En la comunidad cristiana, todos tienen la misma talla. La auténtica jerarquía sólo destaca como servicio a la fraternidad.

- Cristocéntrica: el único maestro y señor es Jesús, el Mesías. Él es el centro, el jefe de la comunidad.

- Servicial: la grandeza de los ministerios está en eso, en servir.

Volver a los esquemas jerárquicos que sitúan a las personas en escalafones o niveles de más o menos prestigio es, en la perspectiva de Jesús, no haber entendido en qué consiste el Reino de Dios. No se rechaza la función específica de dirección; lo que Jesús propone y lo que él mismo vivió es que el que dirige sea el primero en el servicio...

 

ORATIO

Oración de misericordia a los Corazones de Jesús y María:

Corazón misericordioso de Jesús: Estampa en nuestros corazones una imagen perfecta de tu gran misericordia, para que podamos cumplir el mandamiento que nos diste: «Serás misericordioso como lo es tu Padre».

Madre de la misericordia: Vela sobre tanta desgracia, tantos pobres, tantos cautivos, tantos prisioneros, tantos hombres y mujeres que sufren persecución en manos de sus hermanos y hermanas, tanta gente indefensa, tantas almas afligidas, tantos corazones inquietos. Madre de la misericordia, abre los ojos de tu clemencia y contempla nuestra desolación. Abre los oídos de tu bondad y oye nuestra súplica. Amorosísima y poderosísima abogada, demuéstranos que eres la Madre de la Misericordia.

 

CONTEMPLATIO

El reflejo de una comunidad evangélica y evangelizadora:

Una comunidad dice mucho cuando es de Jesús.

Cuando habla de Jesús y no de sus reuniones.

Cuando anuncia a Jesús y no se anuncia a sí misma.

Cuando se gloría de Jesús y no de sus méritos.

Cuando se reúne en torno a Jesús y no entorno a sus problemas.

Cuando se extiende para Jesús y no para sí misma.

Cuando se apoya en Jesús y no en su propia fuerza.

Cuando vive de Jesús y no vive de sí misma.

Una comunidad dice poco cuando habla de sí misma.

Cuando comunica sus propios méritos.

Cuando da testimonio de su compromiso.

Cuando se gloría de sus valores.

Cuando se extiende en provecho propio.

Cuando vive para sí misma.

Cuando se apoya en sí misma.

Una comunidad no se tambalea por sus fallos, sino por la falta de fe.

No se debilita por los pecados, sino por la ausencia de Jesús.

No se rompe por las tensiones, sino por el olvido de Jesús.

No se ahoga por falta de aire fresco, sino por asfixia de Jesús.

(Patxi Loidi.)

 

ACTIO

Decir hoy de corazón: ¡Sagrados Corazones de Jesús y de María, en vos confío!

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Juan Eudes nos dejó su manera de orar en cuatro movimientos:

Adorar, contemplar, maravillarse, admirar.

Dar gracias: reconocer los dones del Señor, decir ¡gracias!

Vivir el perdón: tomar conciencia de la distancia que existe entre ni propia vida y los maravillas del Amor de Dios.

Darse a Jesús: darse para ser testigo, darse para la misión.

Estos cuatro movimientos son cuatro actitudes interiores que tenemos que desarrollar y que suponen tomar el tiempo para acogerse a sí mismo, acoger al Otro, Dios, y recibirse de Dios.

Adoremos a Dios en el inmenso amor que tiene por todas sus criaturas y por cada uno de nosotros en particular. Bendigámosle, amémosle. Agradezcámosle los innumerables beneficios de su amor. Pidámosle perdón por nuestras ingratitudes hacia Él y por nuestras faltas de amor con el prójimo.

Démonos al amor de Dios, para que Él elimine todas nuestras resistencias y así reine perfectamente en nosotros.

 

Día 20

San Bernardo de Claraval (20 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Bernardo, primer abad de Clairvaux (Claraval) y doctor de la Iglesia, nació el año 1090 en el seno de una familia noble de Borgoña. Inflamado por el Espíritu y enardecedor de almas desde su juventud, entró a los 20 años en el monasterio de Cíteaux, conquistando para el ideal monástico a muchos jóvenes nobles.

Tras ser nombrando en 1115 abad de Claraval, convirtió muy pronto su monasterio en un cenáculo de vida espiritual y en un auditorio del Espíritu Santo. Fue llamado por príncipes, obispos y papas, refutó herejías, defendió los derechos de la Iglesia y al papa legítimo. Como doctor de la unión mística con el Verbo y cantor sublime de la Virgen María, es autor de numerosos tratados, cartas y sermones. Murió en 1 153, llorado en Claraval por más de 700 monjes y siendo padre de más de 160 monasterios.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Jueces 11,29-32.33b-39a

En aquellos días,

29 el espíritu del Señor se apoderó de Jefté,  que recorrió Galaad y Manases, llegó a Mispá de Galaad y desde allí pasó al territorio de Amón. 30 Jefté hizo el siguiente voto al Señor: -Si entregas en mi poder a los amonitas,

31 el primero que salga por la puerta de mi casa para venir a mi encuentro,  cuando regrese vencedor, será para el Señor, y lo ofreceré en holocausto.

32 Jefté marchó a la guerra contra los amonitas, y el Señor los entregó en su poder.

33 Fue una gran derrota, y los amonitas quedaron humillados ante los israelitas.

34 Cuando Jefté regresaba a su casa de Mispá, salió a su encuentro su hija danzando y tocando el pandero. Era hija única, pues Jefté no tenía más hijos.

35 Al verla, rasgó sus vestidos y gritó: -¡Ah, hija mía, me has destrozado; tú eres la causa de mi desgracia, porque me he comprometido ante el Señor y no puedo desdecirme!

36 Ella le dijo: -Si te has comprometido ante el Señor, padre mío, cumple tu promesa respecto a mí, ya que el Señor te ha concedido vengarte de tus enemigos, los amonitas.

37 Y añadió: -Concédeme esta gracia: déjame libre dos meses; durante ellos recorreré los montes con mis compañeras, llorando por tener que morir sin hijos. Él le dijo: -Vete.

38 Y la dejó libre durante dos meses. Ella y sus compañeras recorrieron los montes llorando, porque iba a morir sin hijos.

39 Pasados los dos meses, volvió a su casa, y su padre cumplió con ella el voto que había hecho.

 

**• La lectura de hoy suscita en nosotros sentimientos  de incomodidad y de desconcierto frente a la decisión irreflexiva de Jefté. Una vez más, nos encontramos sumergidos en la experiencia de infidelidad del pueblo de Dios y en el sufrimiento que sigue a su pecado: «Los israelitas volvieron a ofender al Señor con su conducta; adoraron a Baal y Astarté, a los dioses de Aram, Sidón, Moab, de los amonitas y de los filisteos. Abandonaron al Señor y no le dieron culto. Entonces, el Señor se encolerizó contra los israelitas y los entregó en poder de los filisteos y de los amonitas. Éstos afligieron y oprimieron durante dieciocho años a todos los israelitas» (Jue 10,6-8). Desde lo hondo del dolor del pueblo se levanta la plegaria de invocación al Señor unida al reconocimiento de su propio pecado y a las acciones de liberación de los falsos dioses (cf. 10,15ss).

La elección de un liberador por parte de Dios recae en Jefté, hijo de una prostituta, convertido en jefe de un grupo de aventureros con los que llevaba a cabo sus correrías, tras haber sido desheredado y expulsado de la casa de los suyos. A él se dirigen los ancianos de Galaad para combatir contra los amonitas. La narración señala que «el espíritu del Señor se apoderó de Jefté» (11,29) y los amonitas fueron humillados ante los israelitas (v. 33).

El voto de Jefté de sacrificar una vida humana nos desconcierta, aunque se puede explicar por la contaminación de los usos del tiempo; es algo que contrasta con la prohibición de los sacrificios humanos según la ley del Señor. Todo esto muestra el largo camino que deberá recorrer el pueblo todavía para liberarse de ciertos tipos de religiosidad peligrosos y equívocos, que no respetan a la persona humana ni la relación con Dios nacida de la alianza del Sinaí. El verdadero culto que Dios acepta, tal como celebra la comunidad en el salmo responsorial, es la obediencia a la Palabra: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio; entonces yo digo: 'Aquí estoy"... Y llevo tu ley en las entrañas» (Sal 40,7.9).

 

Evangelio: Mateo 22,1-14

En aquel tiempo,

1 Jesús tomó de nuevo la palabra y les dijo esta parábola:

2 -Con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que celebraba la boda de su hijo.

3 Envió a sus criados para llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.

4 De nuevo envió otros criados encargándoles que dijeran a los invitados: «Mi banquete está preparado, he matado becerros y cebones, y todo está a punto; venid a la boda».

5 Pero ellos no hicieron caso, y unos se fueron a su campo y otros a su negocio.

6 Los demás, echando mano a los criados, los maltrataron y los mataron.

7 El rey entonces se enojó y envió sus tropas para que acabasen con aquellos asesinos e incendiasen su ciudad.

8 Después dijo a sus criados: «El banquete de boda está preparado, pero los invitados no eran dignos.

9 Id, pues, a los cruces de los caminos y convidad a la boda a todos los que encontréis».

10 Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y la sala se llenó de invitados.

11 Al entrar el rey para ver a los comensales, observó que uno de ellos no llevaba traje de boda.

12 Le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?». El se quedó callado.

13 Entonces el rey dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo fuera a las tinieblas; allí llorará y le rechinarán los dientes».

14 Porque son muchos los llamados, pero pocos los escogidos.

 

*» El fragmento de hoy forma parte de una nueva sección del evangelio de Mateo, la última antes de los acontecimientos de la pasión (Mt 21,1-25,46). Jesús está en el templo. Se dirige a los judíos, que, de una manera malévola, le han preguntado con qué autoridad enseña y realiza sus obras. Les dirige tres parábolas muy fuertes: la parábola de los dos hijos (21,28-32), la de los viñadores homicidas (21,33-46) y, por último, la del banquete de bodas (22,1-14). Esta última es la que hemos escuchado en el evangelio proclamado hoy. Las imágenes a las que hace referencia Jesús son bien conocidas de todo buen israelita: las bodas y el banquete, es decir, las imágenes con las que se describe el Reino anunciado por los profetas, unas imágenes que preludian la comunión gozosa y definitiva de Dios con su pueblo {cf. 25,1-12).

A diferencia de la versión de Lucas (14,16-24), en la de Mateo no se trata ya de una invitación a una «gran cena» (Lc 14,16), sino al banquete organizado por el rey para celebrar las bodas de su propio hijo. Esto hace más grave e injustificada la negativa por parte de los invitados, que rechazan el plan de Dios. El Antiguo Testamento había prometido la unión nupcial entre Dios y su pueblo {cf., por ejemplo, Jr 2,2; 31,3; Ez 16,1-43.59-63); el nombre de «Esposo» es uno de los títulos que Dios se da a sí mismo (Is 54,5). La parábola referida por Mateo presenta a Jesús como el Esposo prometido {cf. 9,15) y pone el acento en la gravedad del comportamiento de los invitados. Las motivaciones del rechazo son mezquinas: mi trabajo es más importante que el banquete. A algunos les fastidia hasta tal punto el banquete que llegan a insultar e incluso matar a los siervos que les llevan la invitación. La indignación del rey y su intervención de castigo no detiene su amor por su hijo. La invitación al banquete de bodas del hijo se dirige ahora a invitados insospechados. Jesús pretende revelar que la salvación, rechazada por su pueblo, se ofrece ahora a los paganos. Este discurso les resulta duro a los judíos, que ni le aceptan a él ni aceptan tampoco su enseñanza ni el universalismo de su invitación a formar parte del Reino.

Mateo llama la atención de la comunidad cristiana sobre un aspecto decisivo: la invitación, la llamada, es gratuita, pero es también exigente. Describe este aspecto mostrando al rey que honra a sus invitados saludando a cada uno y agradeciéndole la asistencia, como es costumbre. Pero uno de los invitados no se ha puesto el traje de boda (w. 11-14). La intervención del rey también aquí se muestra severa. Mateo pretende dar a entender que, para entrar en el mundo nuevo y ser discípulo de Cristo, no basta con recibir la invitación externamente; es preciso revestirse por dentro del traje que expresa la novedad de vida: creer, ser fieles, escuchar la voluntad divina y ponerla en práctica, vigilar, realizar obras de justicia. Eso es lo que recuerda el canto al evangelio {cf 19,7-9), óptima clave de lectura del texto de Mateo para nosotros.

MEDITATIO

Bernardo eligió ser monje, es decir, discípulo de Cristo, y lo fue durante la mayor parte de su propia vida, durante más de cuarenta años. Su experiencia monástica -el deseo de Dios y de ser una sola cosa con él- nos suministra la clave para la interpretación de su vida y de su vastísima obra. Como dice el evangelio, buscando antes que nada el Reino de Dios, todo le fue dado por añadidura: una admirable sabiduría en las cosas divinas y humanas, una capacidad extraordinaria para fascinar a las almas y llevarlas a Cristo, una genialidad sorprendente y un discernimiento iluminado puesto al servicio de la Iglesia.

Bernardo, hombre dotado de dones de la naturaleza y de la gracia, escritor brillante de estilo fascinante e imperecedero, hombre de pensamiento reconocido y apreciado entre los más grandes del siglo, fue antes que nada un amante del silencio del claustro, un enamorado del Verbo, un lector asiduo de la Escritura: la palabra de la Biblia forja su predicación y sus escritos, el amor divino absorbe su contemplación y le hace doctor de la caridad. La largura, la anchura, la altura y la profundidad del misterio de Dios que vive Bernardo y al que conduce tienen un carácter eminentemente vital, místico, y, en este sentido concreto, es siempre actual.

El calor de su humanidad se vuelve transparencia, pedagogía, espejo donde se refleja la proximidad de Dios al camino del hombre, en la vía que conduce al encuentro con Él.

 

ORATIO

Señor Dios mío, ¿por qué no anulas mi pecado? ¿Por qué no eliminas mi iniquidad? Así, tras descargarme del grave peso de mi voluntad, podré respirar bajo el leve peso de la caridad e, impulsado por tu Espíritu, que es espíritu de libertad, recibiré de él el testimonio para mi espíritu de que también yo soy uno de tus hijos y existo sobre esta tierra como imitador tuyo (Bernardo de Claraval, Liber de diligendo Deo, 36).

Dichoso aquel que, en todo lugar, te toma como guía, Señor Jesús. Que nosotros, tu pueblo y ovejas de tu rebaño, te sigamos, por medio de ti y hacia ti, porque tú eres el camino, la verdad y la vida: el camino por el ejemplo que das, la verdad por la promesa que haces, la vida por la recompensa que concedes. Tú tienes, en efecto, las palabras de vida eterna; nosotros reconocemos y creemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo, Dios por encima de todo, bendito por los siglos (Bernardo de Claraval, Sermoni dell'Ascensione 2, 6).

 

CONTEMPLATIO

Algunos dichos de san Bernardo:

«El motivo para amar a Dios es Dios mismo».

«A Dios le buscamos con el deseo».

«No buscarías a Dios si antes no hubieras sido buscado por él, ni amarías a Dios si antes no hubieras sido amado por él».

«Dios mismo infunde en el alma el deseo, que no es otra cosa más que una inspirada avidez de santo amor».

«Quien se adhiere a Dios forma un solo espíritu con él».

«La obediencia vuelve a abrir el ojo que la desobediencia había cegado».

«Ver a Dios no es otra cosa más que ser como él es».

«Ésta es la alegría perfecta: tener una sola voluntad con Dios».

 

ACTIO

Repite a menudo durante el día con san Bernardo: «La medida del amor es amar sin medida».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El fin del hombre es el reconocimiento de la verdad, que es Dios, lo que implica el conocimiento de la relación del hombre con Dios, que es una relación de indigencia. Como el obstáculo es el orgullo, el remedio es la humildad; la condición es la gracia, el encuentro con Dios en Cristo. El resultado es la estima del hombre por su dignidad recuperada de imagen de Dios: mientras que la ignorancia de sí y el orgullo disminuyen el valor del hombre, la humildad, reconocimiento de la necesidad de Dios, pero también de la capacidad de Dios que hay en el hombre, revela a éste lo que él mismo es. De este modo, «sale» de él mismo y se eleva, crece, «se extiende» a nuevas dimensiones, las del amor a Dios y al prójimo. El ser humilde se vuelve manso, misericordioso. Así, la fe vivida y, por así decirlo, transformada en humildad, en caridad, hace, según los modos de hablar de nuestro tiempo, salir al «mí mismo» del «yo»: despierta al yo a la libertad del «mí mismo», le hace convertirse en persona en presencia de Dios, en comunión de solidaridad con todos.

En Bernardo está siempre presente este mensaje de gloria, condicionado por su mensaje de humildad, este realismo extremo en la consideración de la miseria del hombre, y esta confianza indefectible en la gloria que está ya en él y no espera más que manifestar sus efectos. La función de la expresión literaria será hacer ver un poco de esta luz oculta que percibe la mirada de la fe. En Bernardo, como también en otros grandes espirituales que fueron escritores, la intensidad de la experiencia explica el carácter ferviente, apasionado de la expresión y, por consiguiente, la parte de exageración que ésta pueda tener: tanto si evoca las profundidades de nuestra bajeza o la sublimidad de las visitas del Verbo, parece ir a veces demasiado lejos, rebasar los límites de lo razonable y, en todo caso, de lo normal y de lo habitual. A decir verdad, se limita simplemente a revelar, a propósito de él mismo, lo que puede ser el caso de todos.

Sus escritos manifiestan un pensamiento a la vez contemplativo y tan comprometido como es posible. Cada uno de ellos empezó siendo un acto bien preciso, pero en cada uno de ellos alcanza Bernardo lo universal. Cuanto más lúcido es un ser sobre sí mismo, más ilumina a los otros sobre ellos mismos (J. Leclercq, Bernardo de Claraval, Edicep, Valencia 1991, pp. 212-213).

 

Día 21

San Pío X (21 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Giuseppe Sarto nació el 2 de junio de 1835 en Riese, provincia de Treviso, en el seno de una familia campesina. Su madre, viuda con diez hijos, le hizo terminar los estudios en el seminario. Giuseppe fue ordenado sacerdote a los 23 años. En 1875 era canónigo en Treviso; en 1884, obispo de Mantua; en 1893, patriarca de Venecia, y, por último, el 4 de agosto de 1903, papa. Su lema fue «renovar todo en Cristo». Murió el 20 de agosto de 1914. Su Catecismo se hizo célebre.

 

LECTIO

Primera lectura: Rut 1,1.3-8a.14b-16.22

1 Una vez, en tiempo de los jueces, hubo hambre en Palestina, y un hombre de Belén de Judá emigró al país de Moab con su mujer y sus dos hijos.

3 Murió Elimélec, marido de Noemí, y quedó ella sola con sus dos hijos,

4 que se casaron con dos moabitas, una llamada Orfá y la otra Rut. Vivieron allí unos diez años,

5 al cabo de los cuales murieron también Majlón y Kilión, quedando sola Noemí, sin hijos y sin marido.

6 Al enterarse de que el Señor había bendecido a su pueblo, proporcionándole alimento, Noemí se dispuso a abandonar Moab en compañía de sus dos nueras.

7 Partió con las dos del lugar en el que residían y emprendieron el regreso hacia el país de Judá.

8 Entonces Noemí les dijo: -Volveos a casa de vuestra madre.

14 Después, Orfá besó a su suegra y regresó a su pueblo, mientras que Rut se quedó con Noemí.

15 Noemí le dijo: -Mira, tu cuñada se vuelve a su pueblo y a su dios; vete tú también con ella.

16 Rut le dijo: -No insistas más en que me separe de ti. Donde tú vayas, yo iré; donde tú vivas, viviré; tu pueblo es mi pueblo, y tu Dios es mi Dios.

22 Así fue como Noemí regresó de Moab con su nuera Rut. Cuando llegaron a Belén, empezaba la siega de la cebada.

 

*•• El relato del libro de Rut está ambientado en el tiempo de los jueces (v. 1), es decir, en un período en el que el camino del pueblo, nacido de la alianza del Sinaí, conoce graves conflictos en su interior y con las poblaciones de la tierra de Canaán, experimenta las fatigas de la maduración de su propia identidad y carga con las consecuencias de las mezclas religiosas. El contenido de la lectura es la historia de una familia obligada a dejar a su propia gente a causa de una carestía, para buscar refugio y sostén en otra parte. El texto de hoy presenta a Elimélec y Noemí con sus dos hijos, que se casan con dos moabitas, Orfá y Rut. La atención se centra en esta última y en su relación con Noemí después de la muerte del cabeza de familia y de sus dos hijos a continuación. Su prematura desaparición induce a pensar que la descendencia de Elimélec se ha extinguido y que a Noemí no le queda más que el recuerdo de los sueños de futuro.

El relato conduce con delicadeza al lector a seguir los pasos interiores de Rut, las decisiones que la llevan a compartir la fe y la vida de Noemí y de su gente, a descubrir el designio de Dios sobre ella y sobre el pueblo. Rut dará descendencia a la familia de Elimélec, y esta «extranjera» se convertirá en antepasada de David: su hijo Obed se convierte en padre de Jesé, padre de David. Mateo inserta a Rut en la genealogía que conduce a José «el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo » (Mt 1,5.16). Todo nace de una decisión tomada en

un clima de respeto y de amor entre dos criaturas, Rut y Noemí, como signo del resto de Israel fiel a su Señor; se trata de la decisión de Rut de abandonar a su propia gente para ir a donde la lleva el Señor: «Tu pueblo es mi pueblo, y tu Dios es mi Dios» (v. 16).

Rut es una de las figuras bíblicas que causan asombro no sólo por la dignidad de su persona y por su amor atento respecto a Noemí, sino también porque revela el amor universal de Dios, que implica a cada persona en la realización de su designio de amor. El Señor ha puesto su mirada en ella, en una extranjera. Se trata de un acto educativo destinado a ir abriendo poco a poco los horizontes de su pueblo a todas las gentes. Todos son hijos suyos.

 

Evangelio: Mateo 22,34-40

En aquel tiempo,

34 cuando los fariseos oyeron que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron,

35 y uno de ellos, experto en la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

36 -Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?

37 Jesús le contestó: -Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.

38 Éste es el primer mandamiento y el más importante.

39 El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo.

 40 En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas.

 

*+• Jesús se encuentra todavía en el templo. La confrontación con los fariseos se vuelve cada vez más áspera. El contexto del evangelio de hoy está marcado por la voluntad de los fariseos de tender una trampa más a Jesús para obligarle a tomar posición frente a un tema religioso, como ya intentaron hacer con la cuestión del tributo al César (Mt 22,15-22) y, posteriormente, los saduceos con el problema de la resurrección de los muertos (w. 23-33).

Señala Mateo que los fariseos se habían reunido para decidir el argumento; el que interviene es, por consiguiente, su portavoz (w. 34ss). El objeto de la pregunta está tomado de un debate que estaba de actualidad en las escuelas rabínicas: ¿cuál es, entre todos, el primero de los mandamientos? Quieren conocer la opinión del nuevo maestro sobre cuál es el principio que inspira la ley. Nada más simple y correcto, a primera vista. La respuesta de Jesús está montada sobre dos citas: una tomada del Deuteronomio (6,5) y otra del Levítico (19,18). Esos dos textos constituían el corazón de la espiritualidad del pueblo de Israel. El primero, el mandamiento del amor total a Dios, estaba escrito en las jambas de las puertas, bordado en las mangas, y era recitado por la mañana y por la noche, para que estuviera siempre presente en el ánimo del creyente, como celebración continua de la alianza. El auditorio no podía dejar de estar de acuerdo.

La novedad que aporta Jesús se encuentra en los versículos 39 y 40. Se trata del vínculo entre el amor a Dios y el amor al prójimo, a los que declara inseparables y de igual importancia. Por otra parte, está la relación del mandamiento del amor con toda la revelación bíblica de la voluntad de Dios con su pueblo; los dos mandamientos constituyen el punto de apoyo, el centro de donde brota todo lo demás, el que ilumina, purifica y transforma todo.

Una ley tiene valor si está penetrada por el amor. Las buenas obras tienen valor en la medida en que son obras de amor a Dios y al prójimo. Eso es lo que proclamaban los profetas cuando llamaban a la conversión del corazón. Jesús lo puede afirmar porque «conoce al Padre» {cf. Jn 7,29). Él no ha venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento; por consiguiente, es su intérprete autorizado y el realizador de la ley de vida expresada en la voluntad del Padre (cf. Mt 5,17.20; 7,29). Lo mostrará en su entrega en la cruz. El conflicto se convierte, una vez más, en lugar de revelación y en acontecimiento formativo para los suyos.

 

MEDITATIO

Pío X era un hombre de ánimo muy sencillo y dispuesto a ceder cuando la caridad de Cristo pedía un noble sacrificio. Su figura dulce y humilde, animada por una fuerza interior que se manifestaba con una irresistible fuerza interior, le hizo aparecer de inmediato como un santo, y a la santidad llamaba a todos sus hijos, especialmente a los sacerdotes. Toda su vida de sacerdote y de obispo había sido una aspiración continua a convertirse en el buen pastor de las almas. La vida de piedad, a la que el pontífice dio un grandísimo impulso, además de la incitación a la educación catequética, tomaron vigor gracias a los decretos que se refieren al sacramento de la eucaristía. Justamente, Pío X fue llamado el papa de la eucaristía.

La restauración cristiana querida por Pío X respondía a su inmenso deseo de hacer bien a todos. Había sido siempre el hombre de la inagotable caridad material y espiritual, y como pontífice brilló en él aún más viva y universal esta sublime virtud, que le convertía realmente en el «dulce Cristo en la tierra» (A. Saba, Storia della Chiesa, Turín 1945, IV, pp. 350-357, passim).

 

ORATIO

Oración al Sagrado Corazón de Jesús muy estimada por Pío X:

«Oh Corazón amoroso, en vos pongo toda mi confianza, pues de mi debilidad lo temo todo y lo espero todo de vuestra bondad».

 

CONTEMPLATIO

Nadie, por tanto, cuando piensa que sólo con ella, entre todos, estuvo unido Jesús durante treinta años con esas relaciones de intimidad familiar que unen siempre a un hijo con su madre, pondrá en duda que, especialmente por mediación de María, se nos ha abierto el mejor camino para conocer a Jesús. En efecto, los maravillosos misterios del nacimiento y de la niñez de Cristo, y sobre todo el de la Encarnación, que constituye el principio y el fundamento de nuestra fe, ¿a quién podían ser más manifiestos que a su Madre? Ésta no sólo «conservaba en su corazón» lo que había sucedido en Belén o en el templo de Jerusalén, sino que también fue partícipe de los pensamientos de Cristo y de sus deseos escondidos; de modo que puede decirse que ella había vivido la vida misma de su Hijo. Nadie, pues, conoció a Cristo tan íntimamente como ella; por consiguiente, no puede haber maestro o guía más apto que ella para el conocimiento de Cristo (Pío X, carta encíclica Ad diem illum laetissimum, en el 50° aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción, 2 de febrero de 1904).

 

ACTIO

Medita hoy sobre este deseo del papa Pío X: «Deseo que el pueblo rece en medio de la belleza».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La imagen evangélica de Jesús, buen pastor, le resulta entrañable a la tradición cristiana desde los tiempos de las catacumbas; la liturgia la proyecta gustosa sobre las figuras de los obispos que han seguido con fidelidad al Señor. Es la imagen que mejor le sienta a san Pío X, es la clave interpretativa más prometedora de su persona y de su obra. El pontificado de Pío X duró algo más de un decenio, pero se mostró riquísimo en iniciativas y «reformas», encaminadas a hacer más profunda la vida interior de la Iglesia y a un mejor empleo de sus energías apostólicas.

Tal empeño de reforma fue pensado y querido por Pío X como respuesta a su solicitud preponderantemente pastoral. Me complace señalar dos intervenciones particularmente representativas del compromiso apostólico del santo pontífice, ambas dirigidas -no por casualidad- al alimento de las almas: la renovación de la catequesis y las nuevas disposiciones alentaron un acceso más amplio a la eucaristía. Era una firme convicción de nuestro santo que sólo un profundo conocimiento de la verdad cristiana podía alimentar una piedad auténtica en la Iglesia y preservar la fe de hundirse en las erróneas concepciones filosóficas y teológicas de la época. Si bien la defensa del patrimonio auténtico de la fe puesta en práctica por Pío X no estuvo exenta de algunas exageraciones -sobre las que todavía hoy tanto se discute-, no se puede poner en absoluto en duda el ansia y el compromiso pastorales de uno de los más celosos y generosos pastores que ha tenido la Iglesia (M. Ce, «San Pió X, il buon Pastare», en Famiglia cristiana, 5 de junio de 1985, 8-10).

 

Día 22

Santa María Virgen, Reina (22 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

        La inserción de una memoria de María Reina o de la realeza de María en la liturgia fue auspiciada por algunos congresos marianos a partir del celebrado en 1900. Tras la institución de la fiesta de Cristo Rey en 1925 por obra del papa Pío XI, como paralelo mariológico de ésta y en respuesta a múltiples iniciativas devotas, el papa Pío XII, como conclusión del centenario del dogma de la Inmaculada Concepción, el año 1954, anuncia la fiesta litúrgica de María Reina, situada el 31 de mayo como coronación del mes de María. La reforma del calendario romano ha fijado la memoria del 22 de agosto, en la octava de la Asunción.

 

LECTIO

Primera lectura: Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17

2,1 Tenía Noemí, por parte de su marido, Elimélec, un pariente muy rico llamado Booz.

2 Un día, Rut, la moabita, dijo a su suegra: -Déjame ir a espigar al campo de aquel que me lo permita. Ella le respondió: -Vete, hija mía.

3 Fue Rut a espigar a un campo detrás de los segadores y, casualmente, vino a caer en una finca de Booz, de la familia de Elimélec.

8 Booz dijo a Rut: -Escucha, hija mía: no vayas a espigar a otro campo ni te alejes de aquí. Sigue detrás de mis criados.

9 Fíjate en qué campo están segando y ve detrás de ellos. Mandaré a mis criados que no te molesten. Y cuando tengas sed, vas y bebes de sus mismos cántaros.

10 Rut se postró en tierra y le dijo: -¿Por qué te has fijado en mí interesándote por una extranjera?

11 Booz le respondió: -Me han contado cómo te has portado con tu suegra después de la muerte de tu marido y que has dejado a tus padres y a tu patria para venir a un pueblo desconocido para ti.

4,13 Booz se casó con Rut; se unió a ella y el Señor hizo que concibiera y tuviera un hijo.

14 Las mujeres decían a Noemí: -Bendito sea el Señor, que ha hecho que no te faltase un heredero para que el nombre del difunto se conserve en Israel.

15 El niño será tu consuelo y amparo en la vejez, pues te lo ha dado tu nuera, que tanto te quiere, y es para ti mejor que siete hijos.

16 Noemí tomó al niño, lo puso en su regazo y se encargó de criarlo.

17 Las vecinas decían: -A Noemí le ha nacido un hijo. Y le llamaron Obed. Fue el padre de Jesé, padre de David.

 

*» El texto que acabamos de leer está dotado de una belleza única. No sólo por la historia que une a Rut con Booz, sino porque continúa siendo un acontecimiento revelador del amor de Dios, que no hace acepción de personas y quiere hacer participar a su pueblo de su amor de Padre para todos. La comprensión de esto será lenta y progresiva. El acontecimiento de la inserción de una extranjera, en virtud del matrimonio por levirato, en una familia israelita y, lo que es más, en el linaje de David, traza un camino pedagógico concreto en esta dirección.

Podemos distinguir dos partes en el texto. La primera es el encuentro con Booz, sugerido por la intuición femenina, además de ocasionado por la necesidad (2,1-11). El encuentro está envuelto por la fuerza moral de la moabita, que encuentra gracia a los ojos de Booz en virtud del profundo amor que ha demostrado a Noemí (v. 11). La narración del capítulo 3, donde se manifiesta el sentido de la responsabilidad de Noemí respecto a Rut (3,1), sirve de fondo a lo que la liturgia nos propone  en la segunda parte del texto (4,13-17). Por otro lado, nos ayuda a comprender el desarrollo de los acontecimientos, guiados por la confianza en el Señor, que ilumina los sentimientos e inspira las decisiones; esos acontecimientos conducen al matrimonio de Booz con la moabita, elevada por los ancianos a la altura de Raquel y Lía, progenitoras de la casa de Israel (4,11). En el texto no sólo sobresalen Booz y Rut, cuya descendencia prosigue en el hijo que «el Señor hizo que concibiera»,

sino que destaca también la figura de Noemí, bendecida por su gente. Tanto su vida como la de su nuera constituyen el testimonio de un amor fiel y de la presencia activa de Dios.

El libro de Rut se abría con los acontecimientos dolorosos de una familia obligada a dejar Belén para emigrar a la tierra de Moab; ahora se cierra con un cántico de esperanza y de alabanza al Señor, celebrado en el lugar del retorno, en la contemplación gozosa de lo que el Señor ha llevado a cabo en dos mujeres, las verdaderas protagonistas. No es la pertenencia étnica lo que cuenta ni lo que garantiza la paz, la fecundidad, el futuro; son más bien los sentimientos, las actitudes, las decisiones según el corazón del Dios de los Padres, presente en los pliegues de la historia humana. Eso es lo que hace que el relato de Rut tenga una fuerza impresionante en su suavidad y belleza. Dios ha puesto en ella algo de sí mismo, algo que, en su desarrollo cotidiano y sencillo, manifiesta la vida de Rut.

 

Evangelio: Mateo 23,1-12

En aquel tiempo,

1 Jesús, dirigiéndose a la gente y a sus discípulos, les dijo:

2 -En la cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la Ley y los fariseos.

3 Obedecedles y haced lo que os digan, pero no imitéis su ejemplo, porque no hacen lo que dicen,

4 Atan cargas pesadas e insoportables y las ponen a las espaldas de los hombres, pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas.

5 Todo lo hacen para que les vea la gente: ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del manto;

6 les gusta el primer puesto en los convites y los primeros asientos en las sinagogas;

7 que les saluden por la calle y les llamen maestros.

8 Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.

9 Ni llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre: el del cielo.

10 Ni os dejéis llamar preceptores, porque uno sólo es vuestro preceptor: el Mesías.

11 El mayor de vosotros será el que sirva a los demás.

12 Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

 

*•• Mateo registra el crecimiento de la oposición del mundo religioso oficial hacia la persona y la enseñanza del Maestro. La liturgia de hoy propone a nuestra escucha la primera parte de la severa reprimenda de Jesús dirigida contra los maestros de la Ley y los fariseos (23,1-12). Reconoce a los maestros de la Ley y a los fariseos su autoridad magisterial (están sentados en la cátedra de Moisés; por eso han de ser escuchados: w. 2ss), pero advierte al auditorio de que no deben seguirles en sus obras. Jesús contesta con vigor, como pastor que ama a su rebaño, y conoce los peligros en los que incurren, su incoherencia y el haber convertido la tarea que les había sido encomendada en un instrumento de búsqueda de sí mismos, de afirmación de su propio yo, de prestigio, por considerarse superiores a los demás. Un dato ejemplar de esto lo constituye la alteración del significado de los mismos signos -las filacterias y los flecos- que hubieran debido recordarles la Palabra del Señor y «todos sus mandamientos para ponerlos en práctica» (cf. Nm 15,38ss; Dt 6,4-9); sin embargo, «todo lo hacen para que les vea la gente» (v. 5).

El discurso es duro. El perfil que traza del maestro de la Ley y del fariseo es demoledor y da razón de las ásperas invectivas que les lanza (w. 13-37). Sobre este fondo, en el que sólo el amor mueve a Jesús, se puede intuir algo de su profundo dolor y de su apesadumbrado lamento por la ciudad de Jerusalén (w. 37-39). Ésta es la imagen con la que Mateo cierra el capítulo.

El peligro que supone un fariseísmo solapado y enmascarado -el de la fractura entre el decir y el poner en práctica- siempre está presente; va ligado a la fragilidad humana y era el peligro que acechaba a las comunidades cristianas, a las que el Espíritu iba agregando nuevos miembros procedentes tanto del mundo pagano como del judío, en tiempos de Mateo. El evangelio de hoy tiene una función purificadora y de maduración de la comunidad cristiana para conducirla a la plena fidelidad a su Señor. La segunda parte del evangelio (w. 8-12) describe algunos rasgos de la misma: todos son hermanos, porque son hijos de un único Padre; todos son discípulos de un solo Maestro, Cristo Jesús. «El señorío de Dios, la filiación divina y la fraternidad son las categorías fundamentales de la comunidad (y del Evangelio): la autoridad está a su servicio, debe revelarlas, defenderlas, hacerlas resaltar, nunca oscurecerlas» (B. Maggioni).

 

MEDITATIO

En la celebración de Santa María Virgen, reina, contemplamos a aquella que, sentada junto al rey de los siglos, brilla como reina e intercede como madre (cf. Marialis cultas, 6).

La figura de la reina madre permanece en muchísimas culturas populares como prototipo de solemnidad, señorío, cordialidad, benevolencia. El culto y la misma iconografía -el carácter visible de su meditación y contemplación- representan a María espontáneamente en la posición de una reina, cubierta de vestidos preciosos, con enorme frecuencia sentada en un trono y enjoyada con estrellas, siendo ella misma trono para su hijo, el Señor niño, al que tiene en brazos.

La liturgia remarca esta imagen de María como madre y reina. La liturgia lee la conexión de María sierva con el Señor Dios como participación en la realeza de Cristo: una realeza que es servicio, porque el Señor ha traído la salvación a la humanidad, y a ello ha colaborado la madre. El servicio de Jesús, hijo de María, ha costado el paso por la cruz, junto a la cual estuvo presente y en la que participó la madre. La realeza de Cristo se pagó a un precio elevado: la realeza configura a María también como reina afligida.

Las insistentes afirmaciones sobre la participación de María en la realeza de Cristo recuerdan la jaculatoria: «Reina de la paz». Ésta traduce en el orden de la devoción un rasgo de la identidad del personaje pronosticado en el oráculo isaiano como «príncipe de la paz»- Jesucristo es nuestra paz (cf. Ef 2,14). María es la madre del príncipe de la paz. El niño nacido por nosotros, el fruto bendito del seno de María es el Señor, fuente de paz sin fin. La paz es sueño y utopía. Ambos invitan a la acogida de este Señor de la paz, encarnado en Jesucristo, hijo de María, mujer pacificada y obradora de paz; invitan no sólo a creer en él, sino a hacer las obras de la paz, que son su testamento y don del Espíritu.

 

ORATIO

Santa María, generosa madre del Señor del universo, rey de paz y de justicia, salve. Mujer humilde, recibida más allá de nuestra tierra, en el cielo del altísimo amor del Padre, inspira nuestro servicio en la edificación del Reino de Cristo en comunidad de caridad evangélica.

Madre bienaventurada por haber creído, quédate cerca para guardar con nosotros encendida la lámpara de la fe, alimentada por la obediencia a la divina Palabra.

Virgen amiga del Espíritu, enséñanos a perseverar en las obras de bondad, de justicia, de paz. Reina del cielo que proteges nuestro camino cotidiano y el paso a la otra orilla de la vida de aquí abajo, acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

El ángel que anunciaba los misterios, para llevar a la fe mediante algún ejemplo, anunció a la Virgen María la maternidad de una mujer estéril y ya entrada en años, manifestando así que Dios puede hacer todo cuanto le place.

Desde que lo supo María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el ángel, sino con el regocijo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber, presurosa por el gozo, se dirigió a las montañas.

        Llena de Dios de ahora en adelante, ¿cómo no iba a elevarse apresuradamente hacia las alturas? La lentitud en el esfuerzo es extraña a la gracia del Espíritu.

Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia; ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos. El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu Santo (Ambrosio de Milán, Exposición sobre el evangelio según Lucas 2,19-22).

 

ACTIO

Sustituyamos hoy el saludo de costumbre por el deseo evangélico: «La paz del Señor sea contigo».

 

PARA. LA LECTURA ESPIRITUAL

Cada una [de las hermanas del instituto] ¡mita a María en su propio camino hacia Cristo: aprende de su fíat a recibir la Palabra de Dios, y de su vida con Jesús en Nazaret, el sentido de su propia inserción en la sociedad; por su participación en la misión redentora del Hijo se ve llevada a comprender, a elevar y a dar valor a los sufrimientos humanos. Se consagra a que la Virgen, ejemplo ale confianza en el Señor, constituya para todos los hombres inseguros y divididos de nuestro tiempo un signo de esperanza y de unidad.

En ella, expresión de los más altos valores femeninos, se inspira para realizarse plenamente como mujer y para comprometerse en un servicio de amor que llega incluso al sacrificio. A ella se dirige siempre con devoción y confianza filial. Con ella se hace voz de alabanza a Dios por todos los hombres.

Inspírate en el servicio que María prestó y presta al mundo, y obra en medio de la paz, sin el ansia de quien cree sólo en su acción [Regola di vita dell'lstituto secolare «Regnum Maríae», 1994, arts. 7 y 47).

 

Día 23

21° domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Josué 24,1-2a. 15-17.18b

En aquellos días:

1 Josué reunió a todas las tribus de Israel en Siquén y convocó a los ancianos de Israel, a sus jefes, jueces y oficiales. Todos se presentaron ante Dios.

2 Josué dijo a todo el pueblo:

15 -Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados en Mesopotamia o a los dioses de los amorreos, cuya tierra ocupáis. Yo y los míos serviremos al Señor.

16 El pueblo respondió: -Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses.

17 El Señor es nuestro Dios; él fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto a nosotros y a nuestros padres. Él ha hecho ante nuestros ojos grandes prodigios y nos ha protegido durante el largo camino que hemos recorrido y en todas las naciones que hemos atravesado.

18 Así que también nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios.

 

        **• El libro de Josué narra tres acontecimientos: el paso del Jordán y la conquista de la tierra prometida (capítulos 1-12); la distribución del territorio entre las tribus (capítulos 13-21); las acciones con las que concluye la vida de Josué, en particular su último discurso y la asamblea de Siquén (capítulos 22-24). El pueblo ya ha recibido ahora el don de «una tierra por la que vosotros no habíais sudado, unas ciudades que no edificasteis y en las que ahora vivís; coméis los frutos de las viñas y de los olivos que no habéis plantado» (Jos 24,13): Dios se muestra fiel a la promesa que había guiado y sostenido los pasos de Abrahán, Isaac, Jacob... (cf Gn 12,7; 26,3; 28,13...) Josué se despide de Israel y pone al pueblo frente a la responsabilidad de sus propias decisiones. La decisión de adherirse o rechazar a Dios siempre tiene como fundamento la presencia eficaz del Señor. Del mismo modo que en las solemnes profesiones de fe de Dt 6,21-24; 26,5-9 y Neh 9,7-25, también Josué propone a la fe de los presentes el recuerdo de las intervenciones de Dios a favor de su pueblo (vv. 2-13). Por consiguiente, «escoged hoy a quién queréis servir» (v. 15): también podéis rechazar lo que el Señor ha realizado por vosotros (volviendo a los dioses que eran adorados antes de la vocación de Abrahán o escogiendo las divinidades adoradas por los amorreos, a los que vosotros mismos habéis derrotado al conquistar la tierra); por mi parte, yo, con mi casa, escojo y os exhorto a que también vosotros escojáis aceptar la predilección de Dios, sirviéndole «con integridad y fidelidad» (v. 14). La asamblea de Israel escoge a Dios, renueva el acto de fe y concluye una alianza (vv. 16-28).

        Josué, al proponer la renovación de la alianza, subraya el momento de la decisión: «hoy» (v. 15). La respuesta del pueblo y la estipulación de la alianza siguen la cadencia de la repetición del pronombre de primera persona plural «nosotros», «nuestro» (vv. 16-18.21.24.27). Es interesante señalar que tanto la voz de Dios (cf. Nm 14,20-23) como el estudio exegético moderno afirman que quienes sancionaron la alianza en Siquén (v. 1) no eran los mismos que atravesaron realmente el desierto, sino que se trata de sus descendientes. Como en todo acto de fe, el que lo realiza hace presente y actualiza para sí la historia de la salvación.

 

Segunda lectura: Efesios 5,21-32

Hermanos:

21 Guardaos mutuamente respeto en atención a Cristo.

22 Que las mujeres respeten a sus maridos como si se tratase del Señor,

23 pues el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y al mismo tiempo salvador del cuerpo, que es la Iglesia.

24 Y como la Iglesia es dócil a Cristo, así también deben serlo plenamente las mujeres a sus maridos.

25 Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella

26 para hacerla santa, purificándola por medio del agua y la Palabra.  

27 Se preparó así una Iglesia esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida: una Iglesia inmaculada.

28 Igualmente, los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama,

29 pues nadie odia a su propio cuerpo; antes bien, lo alimenta y lo cuida como hace Cristo con su Iglesia,

30 que es su cuerpo, del cual nosotros somos miembros.

31 Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y llegarán a ser los dos uno solo.

32 Gran misterio éste, que yo relaciono con la unión de Cristo y la Iglesia.

 

        *» El texto forma parte de un código de comportamiento destinado a la familia de Dios (Ef 5,21-6,9; cf. Col 3,18; 1 Pe 3,1-6). En los tiempos en que fue escrito pudo haber desempeñado una función de respuesta a ciertas acusaciones dirigidas a los cristianos en el sentido de que amenazaban la estabilidad del tejido social, puesto que exigían cierta igualdad entre todos los fieles.

            A las mujeres se les dice que «respeten a sus maridos» (v. 22); los esposos, a su vez, deberán «amar» a sus consortes.  Pero eso no basta. El fragmento se abre y se cierra con una referencia explícita a Cristo y a la Iglesia (vv. 21.32). Por otra parte, las exhortaciones, apenas enunciadas, están motivadas desde una perspectiva específicamente cristiana: «como si se tratase del Señor» (v. 22), «como Cristo es cabeza y al mismo tiempo salvador del cuerpo, que es la Iglesia» (v. 23), «como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (vv. 25.29). En este caso, «como» no tiene un valor comparativo, sino causal: vivid en la caridad recíproca, «porque» el mismo Señor obró de este modo.

        La Iglesia ha encontrado en Cristo a su «salvador» (v. 23), al que la hace «santa» y «pura» (v. 26), «esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida: una Iglesia inmaculada» (v. 27). En el antiguo Oriente había costumbre de lavar y adornar a la novia, que era presentada a continuación al novio por los amigos de la boda. Ahora bien, aquí es el mismo Cristo quien ha lavado a su Iglesia de toda huella de suciedad «por medio del agua y la Palabra» (v. 26) -esto es, el bautismo- para presentarla a sí mismo. Esta irresistible belleza de la Iglesia se manifestará espléndidamente en la plenitud de los tiempos, pero Pablo nos asegura que es ya una característica que, aunque todavía sombreada, le pertenece como don. Cristo ha querido realizar personalmente respecto a la Iglesia lo que el Génesis describía como la vocación de todo hombre y de toda mujer (Gn 2,24).

 

Evangelio: Juan 6,60-69

En aquel tiempo,

60 muchos de sus discípulos, al oír a Jesús, dijeron: -Esta doctrina es inadmisible. ¿Quién puede aceptarla?

61 Jesús, sabiendo que sus discípulos criticaban su enseñanza, les preguntó: -¿Os resulta difícil aceptar esto?

62 ¿Qué ocurriría si vieseis al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?

63 El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida.

64 Pero algunos de vosotros no creen. Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién lo iba a entregar.

65 Y añadió: -Por eso os dije que nadie puede aceptarme si el Padre no se lo concede.

66 Desde entonces, muchos de sus discípulos se retiraron y ya no iban con él.

67 Jesús preguntó a los Doce: -¿También vosotros queréis marcharos?

68 Simón Pedro le respondió: -Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna.

69 Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.

 

        **• Tras la extensa revelación de Jesús sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaún, los discípulos muestran su malestar por las afirmaciones «irracionales» de su Maestro, unas afirmaciones difíciles de aceptar desde el punto de vista humano. Jesús, frente al escándalo y la murmuración de sus discípulos, precisa que no hay que creer en él sólo después de contemplar su ascensión al cielo, al modo de Elías y de Enoc, porque eso significaría no aceptar su origen divino, algo carente de sentido, puesto que él, el «Preexistente», viene precisamente del cielo (cf. Jn 3,13-15).

        La incredulidad de los discípulos respecto a Jesús, sin embargo, se pone de manifiesto por el hecho de que el «Espíritu es quien da la vida; la cante no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida» (v. 63). Juan afirma que tan real como la carne de Jesús es la verdad eucarística. Ambas son un don que tiene el mismo efecto: dar la vida al hombre. Con todo, muchos discípulos no quisieron creer y no dieron un paso adelante hacia una confianza en el Espíritu, no logrando liberarse de la esclavitud de la carne. A Jesús no le coge por sorpresa esta actitud por parte de los que dejan de seguirle. Conoce a cada hombre y sus opciones secretas. Adherirse a su persona y su mensaje a través de la fe es un don que nadie puede darse a sí mismo. Sólo lo da el Padre. El hombre, que es dueño de su propio destino, siempre es libre de rechazar el don de Dios y la comunión de vida con Jesús. Sólo quien ha nacido y ha sido vivificado por el Espíritu y no obra según la carne comprende la revelación de Jesús y es introducido en la vida de Dios. Es a través de la fe como el discípulo debe acoger al Espíritu y al mismo Jesús, pan eucarístico, sacramento que comunica el Espíritu y transforma la carne.

 

MEDITATIO

        El lenguaje de Jesús es duro no porque sea incomprensible, sino porque resulta difícil de aceptar, sobre todo por las consecuencias que implica. La cuestión del «lenguaje» en la transmisión de la fe es importante, pero la realidad de la fe, aunque sea expuesta en el lenguaje más actualizado, será siempre «dura». En estos años se ha introducido la lengua hablada en la liturgia, aunque no por ello han aumentado los que participan. Y no es sólo por una cierta extrañeza cultural del mundo bíblico, sino porque la Palabra resuena con toda su dureza.

        La Palabra, en su contenido esencial, implica una elección, una alianza del tipo de la propuesta por Josué; implica elecciones no siempre fáciles ni siempre indoloras. Y frente a los compromisos que dan la impresión de echar a perder la vida, nos sentimos tentados, también nosotros los discípulos, a pensar como la mayoría: la Iglesia exagera en sus demandas, quiere complicar la vida, la Palabra ha de ser interpretada, las nuevas condiciones de la sociedad no permiten vivir siguiendo ciertos parámetros del pasado...

        A nosotros, a mí, nos dice hoy el Señor, todavía con mayor claridad y dureza, que es preciso estar con él o dejarle. Ahora bien, a nosotros, a mí, nos ha dado hoy el Padre la posibilidad y el atrevimiento de repetir las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna». Somos frágiles, nuestro corazón vacila con frecuencia, nuestra mente duda, pero hemos de repetir constantemente la afirmación de Pedro, porque sólo el Señor tiene palabras de vida eterna.

 

ORATIO

        Dame, Señor, tu Espíritu para que yo pueda comprender tus palabras de vida eterna. Sin tu Espíritu puedo echar a perder tus realidades, trastornar tu Palabra, cosificar la eucaristía, construirme una fe a mi medida, tener miedo a tus preceptos, considerar tu ley como una moral de esclavos. Dame tu Espíritu para que no me eche atrás, para que no te abandone en los momentos de la prueba, cuando me parezcas inhumano en tus demandas, cuando el Evangelio, en vez de una alegre noticia, se me presente como una amenaza para mi propia realización, cuando la alianza contigo me parezca una cadena opresora. Tú sabes, Señor, que hasta tus santos te hicieron llegar alguna vez sus lamentos. Santa Teresa de Ávila te decía que comprendía por qué tenías tan pocos amigos, dado el trato que les dabas. Con todo, si me dieras tu Espíritu, no digo que no me lamentaré, pero seguramente no te abandonaré, porque estaré arraigado y atado a ti, bien contento de seguirte, aunque quizás con pocos otros. En efecto, «sólo tú tienes palabras de vida eterna».

 

CONTEMPLATIO

        Los que se retiraron no eran pocos; eran muchos. Eso tiene lugar tal vez para consuelo nuestro: puede suceder, en efecto, que alguien diga la verdad y no sea comprendido y que incluso los que le escuchan se alejen escandalizados. Este hombre podría arrepentirse de haber dicho la verdad: «No hubiera debido hablar así, no hubiera debido decir estas cosas». Al Señor le pasó esto: habló y perdió a muchos discípulos, y se quedó con pocos. Pero no se turbó, porque desde el principio sabía quién habría de creer y quién no. Si a nosotros nos sucede algo semejante, nos quedamos turbados.

        Encontraremos consuelo en el Señor, sin dispensarnos, a pesar de todo, de la prudencia en el hablar (Agustín, Comentario al evangelio de Juan, 27, 8).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Sólo tú, Señor, tienes palabras de vida eterna» (cf. Jn 6,68b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La experiencia de los que se encuentran en misión es que sólo rara vez es posible ofrecer el pan que da la vida y curar verdaderamente un corazón que ha sido destrozado. Ni siquiera el mismo Jesús curó a todos, ni tampoco cambió la vida cíe todos.

        La mayor parte de la gente simplemente no cree que sean posibles los cambios radicales. Los que se encuentran en misión sienten el deber de desafiar persistentemente a sus compañeros de viaje a escoger la gratitud en vez del resentimiento, y la esperanza en vez de la desesperación. Las pocas veces en que se acepta este desafío son suficientes para nacer su vida digna de ser vivida. Ver aparecer una sonrisa en medio de las lágrimas significa ser testigo de un milagro: el milagro de la alegría. Desde el punto de vista estadístico, nada de todo esto es demasiado interesante. Los que te preguntan: ¿cuántas personas habéis reunido? ¿Cuántos cambios habéis aportado? ¿Cuántos males habéis curado? ¿Cuánta alegría habéis creado?, recibirán siempre respuestas decepcionantes. Ni Jesús ni sus seguidores tuvieron gran éxito. El mundo sigue siendo todavía un mundo oscuro, lleno de violencia, de corrupción, opresión y explotación. Probablemente, lo será siempre.

        La pregunta no es «¿a qué velocidad y cuántos?», sino «¿dónde y cuándo?». ¿Dónde se celebra la eucaristía? ¿Dónde están las personas que se reúnen en torno a la mesa partiendo el pan ¡untas? ¿Cuándo tiene lugar esto? [...] ¿Hay personas que, en medio de este mundo que se encuentra bajo el poder del mal, viven con la conciencia de que él vive y mora dentro de nosotros, de que él ha superado el poder de la muerte y ha abierto el camino de la gloria? ¿Hay personas que se reúnen alrededor de la mesa y que hacen en memoria suya lo que él hizo? ¿Hay  personas que continúan contándose sus historias de esperanzas y que marchan juntas a ocuparse de sus semejantes, sin pretender resolver toaos los problemas, sino llevar una sonrisa a un moribundo y una pequeña esperanza a un niño abandonado? (H. J. M. Nouwen, La forza aella sua presenza, Brescia 52000, pp. 85ss)

 

 

Día 24

San Bartolomé (24 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

A Bartolomé, de Cana de Galilea, uno de los Doce, se le identifica habitualmente con Natanael, el amigo del apóstol Felipe (Jn 1,43-51; 22,2). Carecemos de noticias históricas precisas sobre su actividad apostólica. Diversas tradiciones le sitúan en diferentes regiones del mundo y eso hace pensar que, efectivamente, su radio de acción fue muy amplio. Una tradición refiere que Bartolomé habría sido desollado vivo, según la costumbre penal de los persas, y que de este modo habría consumado su martirio. Recibe veneración en Roma, en la isla Tiberina.

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 21,9b-14

El ángel se dirigió a mí y me dijo:

9 «¡Ven! Te mostraré la novia, la esposa del Cordero».

10 Me llevó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo enviada por Dios,

11 resplandeciente de gloria. Su esplendor era como el de una piedra preciosa deslumbrante, como una piedra de jaspe cristalino.

12 Tenía una muralla grande y elevada y doce puertas con doce ángeles custodiando las puertas, en las que estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel.

13 Tres puertas daban al oriente y tres al septentrión; tres al mediodía y tres al poniente.

14 La muralla de la ciudad tenía doce pilares, en los que estaban grabados los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.

 

*»• El libro del Apocalipsis define a la Iglesia como la ciudad santa, como don de Dios: en ella se recogen las doce tribus de Israel, esto es, el nuevo Israel de Dios.

Las murallas de esta ciudad se apoyan sobre el cimiento de los doce apóstoles. Según el mismo Juan, la Iglesia puede ser llamada también «la novia, la esposa del Cordero», para indicar el vínculo de amor único e irrepetible que une a Dios con la humanidad, a Cristo con la Iglesia.

El apóstol, todo apóstol, participa asimismo de este amor y se convierte en testigo de él con su ministerio apostólico, pero sobre todo con la entrega de su sangre.

Esa es la razón de que, al final de la lectura, se llame expresamente a los Doce «apóstoles del Cordero»: si la Iglesia es apostólica, lo es no sólo por el ministerio confiado por Jesús a los Doce, sino también y sobre todo por la participación de los Doce en el misterio pascual de Jesús.

 

Evangelio: Juan 1,45-51

En aquel tiempo,

45 Felipe se encontró con Natanael y le dijo: -Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en el libro de la Ley, y del que hablaron también los profetas: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.

46 Exclamó Natanael: -¿Nazaret? ¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno? Felipe le contestó: -Ven y lo verás.

47 Cuando Jesús vio a Natanael, que venía hacia él, comentó: -Éste es un verdadero israelita, en quien no hay doblez alguna.

48 Natanael le preguntó: -¿De qué me conoces? Jesús respondió: -Antes de que Felipe te llamara, te ví yo, cuando estabas debajo de la higuera.

49 Entonces Natanael exclamó: -Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.

50 Jesús prosiguió: -¿Te basta para creer el haberte dicho que te ví debajo de la higuera? ¡Verás cosas mucho más grandes que ésa!

51 Y añadió Jesús: -Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre.

 

*•• El elogio de Natanael formulado por Jesús es claro e inequívoco: «Éste es un verdadero israelita, en quien no hay doblez alguna» (v. 47). Del contexto inmediato se infiere el significado más amplio y más profundo que posee esta afirmación de Jesús. En Natanael no se excluye sólo la doblez, sino que se afirma sobre todo el amor a la verdad. De este modo, Jesús nos ofrece también a nosotros una rendija para comprender el fondo del alma de este apóstol.

Natanael se revela ante todo como un hombre que busca: se manifestará también así con ocasión de la primera aparición del Señor resucitado. De la búsqueda pasa Natanael enseguida al acto de fe. Su inteligencia se abre al misterio que se desvela; su ánimo se abre al descubrimiento de un bien mayor, un bien del que desde hace tiempo está sediento.

Natanael se convierte así en imagen viviente de todo verdadero creyente que, a la luz de la Palabra de Dios, aguza su capacidad visual interior y, por medio de la fe, reconoce en Jesús a su único Salvador.

 

MEDITATIO

También Natanael, como otros apóstoles antes que él, llega al descubrimiento de Jesús no sin una cierta fatiga.

En su caso, debe superar, en primer lugar, el handicap de su excesivo conocimiento veterotestamentario. Es justamente verdad -como leemos en el Eclesiastés- que el saber excesivo engendra dolor: sólo cuando haya alcanzado a la sencillez y a la transparencia del encuentro personal, podrá reconocer Natanael en Jesús al Hijo de Dios.

En segundo lugar, Natanael debe superar asimismo una especie de desconcierto, el que provocó en él su primer encuentro con Jesús, quien demuestra conocerle muy bien. Mas Natanael tiene necesidad de entablar un diálogo con aquel que le sorprende y, al mismo tiempo, le cautiva. Sólo el diálogo interpersonal es la vía segura para el conocimiento recíproco, el conocimiento que lleva a la experiencia y a la entrega de nosotros mismos en el amor.

Ahora bien, yo diría que Natanael debe superar también la mediación del amigo Felipe, respecto a la cual, de primeras, muestra cierto escepticismo. Sólo cuando haya tomado la decisión de ir al encuentro del Nazareno, le reconocerá por lo que Jesús es verdaderamente. La amistad puede ser, a buen seguro, una gran ayuda para el descubrimiento de la verdad, pero, cuando la verdad es Alguien, sólo el encuentro personal puede satisfacer la búsqueda.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú naciste en Belén, «la más pequeña de las cabezas de partido de Judea». Allana ante mí el camino que conduce hasta ti, pequeño entre los pequeños, verdadero hombre entre los hombres, hijo de María y José.

Señor Jesús, te criaste en Nazaret, un pueblo del que nadie esperaba nada bueno. Enséñame también a mí, como revelaste a tus otros discípulos, el secreto de la espiritualidad de Nazaret, pueblo donde viviste durante treinta años, secreto del que se desprende el mensaje del silencio, del amor, del trabajo.

Señor Jesús, tú quisiste elegir Jerusalén como ciudad de tu martirio y de tu pascua: dame el valor de subir contigo y detrás de ti hasta la ciudad santa, en donde deben morir los verdaderos profetas, ciudad amada por todos tus discípulos.

Señor Jesús, tú recorriste los caminos de Palestina, país pequeño e insignificante a los ojos de los grandes, pero elegido, amado y privilegiado por ti. Enséñame a valorar las cosas según tus criterios, según tus proyectos.

 

CONTEMPLATIO

Ved ahí cómo, según los preceptos del Evangelio, debéis portaros con los apóstoles y profetas. Recibid en nombre del Señor a los apóstoles que os visitaren, en tanto permanecieren un día o dos entre vosotros: el que se quedare durante tres días, es un falso profeta. Al salir el apóstol, debéis proveerle de pan para que pueda ir a la ciudad donde se dirija: si pide dinero, es un falso profeta. Al profeta que hablare por el espíritu, no le juzgaréis, ni examinaréis [...], porque Dios es su juez: lo mismo hicieron los antiguos profetas.

Velad por vuestra vida; [...] los que perseveren en la fe serán salvos de esta maldición. Entonces aparecerán las señales de la verdad. Primeramente será desplegada la señal en el cielo, después la de la trompeta y, en tercer lugar, la resurrección de los muertos, según se ha dicho: «El Señor vendrá con todos sus santos». ¡Entonces el mundo verá al Señor viniendo en las nubes del cielo! (Didaché,  según la versión de E. Backhouse y C. Tylor, Historia de la Iglesia primitiva, Editorial Clie, www.clie.es).

 

ACTIO

Repite y medita durante el día esta Palabra: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Jn 1,49).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El cristiano cree, gracias a la Palabra de Dios, que el hombre es inmortal, que toda la humanidad está destinada a la eternidad.

El cristiano cree en la resurrección de todos los muertos de la humanidad, de todos los cuerpos. Cree en la humanidad inmortal. Pero cree en virtud de la Palabra de Dios, no de una especie de prestidigitación mágica... y grotesca. Cree en la prolongación de los misterios de la vida más allá de la muerte, en la consumación de la vida mediante la muerte; cree que la misma muerte tiene una razón de ser; cree que la muerte sigue siendo atroz, pero no que sea absurda.

Como todo hombre razonable, el cristiano ve su propia vida, desde el nacimiento a la muerte, como un devenir continuo acompañado de una destrucción continua. Sin embargo, el cristiano cree que en este y por este devenir se consuma la germinación, el desarrollo del hombre inmortal que hay en él, pero que se va haciendo en él cada día y que permanecerá tal como haya llegado a ser, en la eternidad, para la eternidad.

Este hombre inmortal se hace en cada uno a través de sus opciones. Aquello por lo que opta es lo que fija al hombre inmortal en su pleno vigor o en lo peor de la miseria humana. En la hora de su muerte, el hombre se habrá convertido en alguien que vivirá con Dios para siempre o en alguien que existirá lejos de Dios para siempre (Madeleine Delbréf).

 

 

 

Día 25

San José de Calasanz (25 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

San José de Calasanz nació en Huesca en el año 1557. Era tal su devoción a la Virgen que él quería llamarse José de la Madre de Dios. Sus padres pudieron y le dieron una esmerada educación y formación. Se doctoró en Teología en la Universidad de Lérida y fue ordenado sacerdote. En el año 1592, se fue a Roma persiguiendo un puesto honorífico y se encontró con la miseria infantil en los barrios de la ciudad. Dejó de perseguir honores y fundó las Escuelas Pías (escuelas gratuitas). Con la enseñanza del catón y del ábaco introducía también el catecismo y la oración de la corona de doce estrellas pidiendo la protección de la Virgen.

           El 25 de agosto del año 1648, a la edad de 92 años, este gran apóstol pasó a la eternidad. Pío XII le declaró celestial patrono ante Dios de todas las escuelas populares cristianas del mundo.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Tesalonicenses 1,1-8

1 Pablo, Silvano y Timoteo a la iglesia de los tesalonicenses, que es la Iglesia de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor.

2 Gracia y paz a vosotros de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Señor.

3 Hermanos, continuamente debemos dar gracias a Dios por vosotros. Es justo que así lo hagamos, porque crece vuestra fe y aumenta el amor que todos vosotros os tenéis unos a otros.

4 Esto hace que nos sintamos orgullosos de vosotros en medio de las iglesias de Dios; orgullosos de vuestra constancia y vuestra fe en medio de todas las persecuciones y sufrimientos que soportáis.

5 Todo eso es una demostración del justo juicio de Dios, que quiere haceros dignos de su Reino, por el que padecéis.

6 Porque es propio de la justicia de Dios el pagar con tribulación a los que os atribulan,

7 y a vosotros, los atribulados, con el descanso junto con nosotros, cuando el Señor Jesús se revele desde el cielo con sus poderosos ángeles,

8 en medio de " una llama de fuego, y tome venganza " de los que " no conocen a Dios " y de los que " no obedecen " al Evangelio de nuestro Señor Jesús.

 

**• El encabezamiento de la segunda Carta a los Tesalonicenses repite el de la primera. En el saludo inicial Pablo desea a la comunidad «gracia y paz» (v. 2). Este binomio, muy apreciado por Pablo y empleado ahora en los ritos introductorios de nuestra celebración eucarística, presenta una síntesis admirable de toda la vida cristiana en su doble vertiente de don divino y de acogida humana: la gracia, el don del amor de Dios, es acogida y experimentada por el hombre como paz, salvación y alegría. Como es costumbre en las cartas paulinas, al saludo le sigue la expresión de reconocimiento a Dios. Aquí dice Pablo «es justo» dar gracias a Dios (v. 3). Esto nos hace pensar también en nuestra plegaria eucarística. En el diálogo del prefacio, ante la invitación del celebrante: «Demos gracias al Señor, nuestro Dios», responde la asamblea con convicción: «Es justo y necesario».

Pablo indica, a continuación, los motivos específicos del agradecimiento: fe, amor, constancia en las persecuciones y sufrimientos que soportan (w. 3b-5). Son elementos que van unidos entre sí. La vitalidad de la fe se expresa en el amor y hace fuerte a la comunidad para afrontar a los desafíos y los sufrimientos. El saludo y el agradecimiento culminan en la oración. Pablo intercede con confianza por los tesalonicenses, para que el Señor apoye todos sus buenos propósitos. Está convencido de que toda la existencia cristiana –el comienzo del camino de la fe y su consumación en la gloria- se encuentra bajo el signo del don de Dios ofrecido en Jesucristo.

 

Evangelio: Mateo 23,13-22

En aquel tiempo, habló Jesús diciendo:

13 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que cerráis a los demás la puerta del Reino de los Cielos!

14 Vosotros no entráis, y a los que quieren entrar no les dejáis.

15 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un discípulo y, cuando llega a serlo, lo hacéis merecedor del fuego eterno, el doble peor que vosotros!

16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: «Jurar por el santuario no compromete, pero si uno jura por el oro del santuario queda comprometido!».

17 ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más, el oro o el santuario que santifica el oro?

18 También decís: «Jurar por el altar no compromete, pero si uno jura por la ofrenda que hay sobre él queda comprometido».

19 ¡Ciegos! ¿Qué es más, la ofrenda o el altar que la santifica?

20 Pues el que jura por el altar, jura por él y por todo lo que hay encima;

21 el que jura por el santuario, jura por él y por quien lo habita;

22 el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por el que está sentado en él.

 

*•• La serie de denuncias con el «ay de vosotros», repetido siete veces (23,13.15.16.23.25.27.29), contiene algunas de las palabras más cortantes salidas de la boca de Jesús. Aquel que se define como «manso y humilde de corazón», que se conmueve ante los sufrimientos de los otros, que se muestra afable con los pecadores y tierno con los pobres y los sencillos, que llora pensando en la destrucción de Jerusalén, condena ahora con tono severo la hipocresía religiosa de los fariseos. Los «¡ayes!, en el lenguaje profético, expresan una amenaza de castigo y de juicio y manifiestan al mismo tiempo el dolor del que habla por un mal deplorable.

Tenemos aquí tres «ayes». El primero está motivado por el hecho de que los maestros de la Ley y los fariseos, rechazando a Jesús y su mensaje, impiden también a los otros entrar a formar parte del Reino, don de Dios para todos los hombres. El segundo está ligado al primero.

Los esfuerzos misioneros de estos hipócritas también tienen que ser condenados, porque tienen como único resultado sustraer a otras personas de la perspectiva de la salvación, volviéndolas cerradas, rígidas, fanáticas y peligrosas -como ellos y más que ellos-. En el tercero los llama Jesús «guías ciegos» (v. 16). Con las sutilezas de su casuística oscurecen el sentido más profundo de la Ley. Invierten la jerarquía de los valores: el oro vale más que el templo, la ofrenda más que el altar. Les falta discernimiento e interioridad. Su religiosidad tiene que ver a lo sumo con las cosas de Dios, pero no con Dios mismo. Son ciegos y no lo reconocen; más aún, pretenden guiar a otros.

 

MEDITATIO

Acoger al que no cuenta es acoger a Jesús y a Dios. Es la opción prioritaria por los pobres y marginados. La comunidad alternativa que Jesús trae trastoca los esquemas de la sociedad, siempre inclinada a la  competitividad: aplaudir al primero y abuchear al último. Él lo vivió de tal manera que fue una de las acusaciones públicas: «Se junta con pecadores, prostitutas y gente de la calle». Afirmó también que no había venido a ser servido, sino a servir. Y ésta es la norma que inculca a sus seguidores. Siguiendo su ejemplo, el cristiano, igual que la Iglesia, tiene una misión de servicio, de entrega y amor, de vivir para los demás.

En nuestra sociedad encontramos con frecuencia lemas comerciales como éstos: «Estamos a su servicio», «Es un placer poder servirle», «Servirle es nuestra especialidad...», pero después pasan factura. No es esa servicialidad la que propone Jesús a sus discípulos, sino un servicio sin factura. Podíamos decir que la frase de Jesús no es «su seguro servidor», sino «su humilde servidor».

 

ORATIO

Señor, Dios nuestro, que enriqueciste a san José de Calasanz con la caridad y la paciencia, para que pudiera entregarse sin descanso a la formación humana y cristiana de los niños, concédenos, te rogamos, imitar en su servicio a la verdad al que veneramos hoy como maestro de sabiduría

 

CONTEMPLATIO

Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú.

Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú.

Donde haya un esfuerzo que todos esquiven, acéptalo tú.

Sé el que apartó del camino la piedra, el odio de los corazones y las dificultades del problema.

Hay la alegría de ser sano y justo, pero hay, sobre todo, la inmensa alegría de servir.

Qué triste sería el mundo si todo él estuviera hecho, si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender...

No caigas en el error de que sólo se hacen méritos con los grandes trabajos.

Hay pequeños servicios que nos hacen grandes: poner una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña...

El servir no es una faena de seres inferiores. Dios, que es el fruto y la luz, sirve. Y me pregunta cada día: ¿Serviste hoy?

(Gloria Fuertes.)

 

ACTIO

Fíjate hoy con atención contemplativa en los niños que veas.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Algunos pensamientos de san José de Calasanz:

Es mejor ser pocos y buenos que muchos e imperfectos.

Hay que tener mucha paciencia y caridad con los niños, para enderezarlos por el buen camino.

Cuando los alumnos ven amor de padre en el maestro e interés de su aprovechamiento, van con gusto a la escuela.

Es necesario que recurramos al auxilio de Dios y a la intercesión de la Santísima Virgen, bajo cuya protección se fundó la obra.

Hagan todas las tardes alguna devoción a la Santísima Virgen, para que con su intercesión nos libre a todos de las adversidades.

Estimo mucho el honor de la religión y de las personas particulares que a ella pertenecen, más que ninguna otra cosa.

Si a su tierna edad los niños son imbuidos con amor en la piedad y en las letras, puede esperarse un curso feliz de toda su vida.

Ayudar en la edad más tierna a los pobres con la cultura unida al santo temor de Dios es un servicio tan útil como necesario.

El provecho es indudable. Se toca con las manos.

Sé por experiencia que quienes, desde la primera edad, fueron educados con la doctrina cristiana y bebieron desde niños juntamente la piedad y las letras, terminaron por ser perfectos.

El servicio de la enseñanza es el más razonable para tener ciudadanos hábiles para santificarse y engrandecerse en el cielo, pero igualmente capaces de ilustrarse y ennoblecerse a sí propios como también a sus patrias, con sus gobiernos y dignidades de la tierra.

Hemos de castigar con mucha piedad, que así lo requieren el nombre y la caridad que profesamos.

En cuanto a recibir alumnos pobres, obra usted santamente admitiendo a cuantos vienen. Porque para ellos se fundó nuestro instituto. Y lo que se hace por ellos se hace por Cristo. No se dice otro tanto de los ricos.

Procure atraer a los niños con toda caridad a la frecuencia de los sacramentos de la confesión y comunión, y conozca que procura su bien como verdadero padre.

El Señor proveerá cuanto sea necesario, con tal que nosotros procuremos atender con toda diligencia a los niños.

Si tiene amor, no digo al instituto, sino a Dios y a sí mismo, se ingeniará para aprender lo que no sabe, a fin de hacer bien a los pobres o para hallar mejor a Cristo en los pobres.

No dejen de ayudarse con la oración de personas devotas, y especialmente de los alumnos pequeños. Con la esperanza de que Dios mandará su ayuda cuando le parezca tiempo oportuno.

 

 

Día 26

Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars (26 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Teresa Jornet e Ibars nació en Aytona (Lérida), en el año 1843, en el seno de una familia de labradores de recia fe cristiana. Siendo aún adolescente, se sintió llamada a ayudar a la sociedad de su tiempo, cuyo ambiente racionalista y anticlerical tuvo que padecer. La ciudad aragonesa de Fraga fue clave en su formación: en ella cursó los estudios de Magisterio, que empezó a ejercer en Argensola, pueblecito de la diócesis de Vich (Barcelona). Ingresó en las Clarisas de Briviesca  (Burgos). Una figura clave en su vocación fue la del padre Saturnino López Novoa: él concibió el proyecto que llevó a cabo la fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados junto con un grupo de jóvenes en Barbastro (Huesca) el 11 de octubre de 1872. A su muerte, acaecida en Liria (Valencia) en 1897, la orden ya contaba con 103 asilos en España y América. La «sembradora de amor» fue beatificada por Pío XII en 1958 y canonizada por Pablo VI en 1974. Ha sido declarada patrona de la ancianidad.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 2,9-13

9 Recordad, hermanos, nuestras penas y fatigas; recordad cómo trabajamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros mientras os anunciábamos el Evangelio de Dios.

10 Vosotros sois testigos, y Dios lo es también, de que nuestra conducta fue limpia, justa e irreprochable con vosotros los creyentes.

11 Sabéis que tuvimos con cada uno de vosotros la misma relación que un padre tiene con sus hijos,

12 exhortándoos, animándoos y urgiéndoos a llevar una vida digna del Dios que os ha llamado a su Reino y a su gloria.

13 Por todo ello, no cesamos de dar gracias a Dios, pues, al recibir la Palabra de Dios que os anunciamos, la abrazasteis no como palabra de hombre, sino como lo que es en realidad, como Palabra de Dios, que sigue actuando en vosotros los creyentes.

 

**• Estas palabras del apóstol Pablo ponen claramente de manifiesto que la predicación del Evangelio entre los tesalonicenses se ha convertido ahora en una experiencia común de vida, en una especie de «libro abierto» capaz de hablar a los creyentes el lenguaje de Dios.

Pablo no tiene necesidad de recurrir a argumentaciones refinadas, a demostraciones de tipo filosófico. Le basta con traer a la memoria de sus hermanos en Cristo lo que ha sufrido y trabajado entre ellos, su oficio humilde (tejedor de tiendas) pero digno, que le ha permitido no tener necesidad del favor de nadie, para estar libre de todo y al servicio del Evangelio. Del mismo modo que los discípulos y las muchedumbres habían sido testigos de los «signos» realizados por Jesús, así también la vida misma del apóstol se convierte en signo que da testimonio de la misión que ha recibido de Dios ante los hombres de su tiempo.

Como sello de la autenticidad de tal misión están la gratitud y la alabanza que brotan del corazón de Pablo: el apóstol contempla la obra del Señor que se lleva a cabo a través de su trabajo entre los hombres, restituyéndolos a la dignidad de hijos de Dios. Ésta es la recompensa para quien anuncia el Evangelio, la alegría de las bodas de Cana, del agua transformada en vino, palabra de hombre que el Espíritu transforma, dentro de los corazones, en Palabra que salva.

 

Evangelio: Mateo 23,27-32

En aquel tiempo habló Jesús diciendo:

27 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados: por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muerto y podredumbre!

28 Lo mismo pasa con vosotros: por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de maldad.

29 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y adornáis los mausoleos de los justos!

30 Decís: «Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros antepasados, no habríamos colaborado en la muerte de los profetas».

31 Pero lo que atestiguáis es que sois hijos de quienes mataron a los profetas.

32 ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros antepasados!

 

*• Los sepulcros de los que habla el evangelio de hoy eran en realidad los llamados «osarios», o sea, los lugares donde se guardaban los restos mortales de los difuntos aproximadamente un año después de haber sido enterrados; en esas «moradas» el hombre había perdido ya por completo sus propios rasgos: era sólo un montoncito de huesos, sin forma.

La imagen recuerda de manera poderosa la visión de los «huesos secos» del profeta Ezequiel (cf. Ez 37,1-14), con la diferencia de que aquí los restos mortales están ocultos a la vista por la blancura de la cal de los sepulcros. Del mismo modo, el aspecto imponente de los monumentos levantados a los profetas intenta ocultar las injusticias y las abominaciones realizadas contra ellos por los antepasados. Sepulcros para esconder, monumentos para no recordar, para desviar la atención de algo que, sin embargo, puede ser aún Palabra poderosa de Dios que llama a la conversión, la palabra de los profetas.

 

MEDITATIO

Es necesario volver a redefinir de vez en cuando en nuestra mente y alma lo que el desgaste del lenguaje va reduciendo a pasajeros o acalorados sentimientos ante necesidades puntuales del prójimo. Éste es el caso del «amor» que nos evocan las lecturas de hoy. Meditar en el Amor, más que en mi necesidad de amar, ha de ser una constante en la vida cristiana. Es volver al Amor de la fuente, del origen. Hasta el amor, que parece que nos nace, hemos de aprender a recibirlo. Si nos nace, no es divino, porque amar no es grato en principio; el amor a lo divino es otra cosa. El amor en el hombre es fruto de una transformación y un arrobamiento previos que Dios mismo produce cuando se da a conocer a una persona.

Hay que retorcer el propio modo de ser, dejarse cambiar, sufrir -si es preciso- antes de estar preparado para amar como Dios ama. Así fue en los profetas y santos y en el mismo Hijo.

La experiencia cristiana enseña que lo que le cuesta al hombre conseguir es cosa que Dios ha de dar. Y por lo mismo, lo que Dios regala por su inmensa misericordia es lo que al hombre más le cuesta acoger. Vivir en el amor no es «sentirme realizado»; es abrir en mí caminos del Espíritu por los que el prójimo transite con la dignidad que Dios le ha otorgado. Y al tiempo, con el prójimo me llega Dios mismo. Este amor supone un nuevo giro en mis «sentimientos» espontáneos. La vida de las hermanitas fundadas por Teresa Jornet tiene esta esencial razón de ser: nace y se da como un camino entre la asistencia (estar presente para lo que falta) a Dios y la religión (re-ligarse con alguien) con el hermano. En la vida de Teresa Jornet se entrecruzan con diáfana claridad el Amor con que se siente amada por Dios y la necesidad de corresponderle, pero ¿cómo?: haciendo nacer lo mismo en los ancianos. No es una asistencia social: es amar al anciano abandonado con el mismo Amor con el que Dios le ama para que él mismo lo acoja. Por eso funda una familia de consagradas a Dios, «por» llamada de Dios, en el servicio a los más abandonados en su momento. No «para» resolver una concreta necesidad social del siglo XLX, que hoy quedaría más o menos resuelta por los servicios sociales. Motivo de más para definir bien la vocación de Hermanita de Ancianos Desamparados cuando los diversos grupos e iniciativas sociales asumen sus deberes con los mayores y ancianos. Su vocación es consagrarse a Dios, y eso permanecerá aunque un día (¡ojalá!) todos los ancianos estén debidamente atendidos por la sociedad civil.

 

ORATIO

Que la eucaristía sea el centro de vuestra vida y de toda vuestra actividad; que la presencia de Jesús sacramentado sea vuestro imán de atracción íntima y renovadora; que la participación en su santo sacrificio, como actualización de su misterio pascual de pasión, muerte y resurrección constituya el momento culminante y renovador de vuestra vida; que la comunión eucarística condicione y transforme toda vuestra personalidad en la mayor semejanza con Cristo (de los sermones del padre López Novoa).

 

CONTEMPLATIO

Hoy más que nunca, en esta época de gigantescos progresos, estamos asistiendo al drama humano, a veces desolador, de tantas personas llegadas al umbral de la tercera edad que ven aparecer a su alrededor las densas nieblas de la pobreza material o de la indiferencia, del abandono, de la soledad. Nadie mejor que vosotras, amadísimas hijas, Hermanitas de los Ancianos Desamparados, conoce lo que ocultan los pliegues recónditos de tan triste realidad. Vosotras habéis sido y sois las confidentes de esa especie de vacío interior q u e no pueden llenar, ni siquiera con la abundancia de recursos materiales, quienes están desprovistos y necesitados de afecto humano, de calor familiar. Vosotras habéis devuelto al rostro angustiado de personas venerables por su ancianidad la serenidad y la alegría de experimentar de nuevo los beneficios de un hogar. Vosotras habéis sido elegidas por Dios para reiterar ante el mundo la dimensión sagrada de la vida, para repetir a la sociedad con vuestro trabajo, inspirado en el espíritu del Evangelio y no en meros cálculos de eficiencia o comodidad humanas, que el hombre nunca puede considerarse bajo el prisma exclusivo de un instrumento rentable o de un árido utilitarismo, sino que es entitativamente sagrado por ser hijo de Dios y merece siempre todos los desvelos por estar predestinado a un destino eterno.

¡Oh! Si pudiéramos penetrar en vuestras comunidades y residencias, allí sorprenderíamos a tantas hijas de la nueva santa que, como ella, están difundiendo caridad: caridad encerrada en un gesto de bondad, en una palabra de consuelo, en la compañía comprensiva, en el servicio incondicional, en la solidaridad que solicita de otros una ayuda para el más necesitado (Pablo VI, homilía de la canonización de santa Teresa Jornet e Ibars)

 

ACTIO

Repite y medita durante el día estas palabras de la primera carta de san Juan: «El mensaje que habéis oído desde el principio es que debemos amarnos los unos a los otros» (1 Jn 3,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Sí, la espiritualidad de la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados es cristocéntrica. Toda la existencia de Teresa Jornet gravitó en torno a Jesucristo y la misión que el Espíritu confió a la joven de Aytona. Jesús fue su amor preferente.

Creyó y amó a Jesús como mediador y revelador del amor misericordioso. Ella ha decidido ser su mediadora ¡unto a los ancianos. La espiritualidad de Teresa es verdaderamente cristocéntrica.

«Hay que vivir cada día y hacerse fuertes en el amor de Dios». La santa fundadora vivía en armonía con la Iglesia: «Podemos decir que la vida espiritual, entendida como vida en Cristo, vida según el Espíritu, es como un itinerario de progresiva fidelidad, en la que la persona consagrada es guiada por el Espíritu y conformada por Él a Cristo, en total comunión de amor y de servicio a la Iglesia» (Juan Pablo II, exhortación apostólica Vita Consecrata, n. 93c).

Es indudable que Teresa y su congregación, guiadas por el  Espíritu, sirven con amor a Cristo y a l a «Iglesia de los pobres». La santa catalana alimentaba su espiritualidad escuchando, conociendo y amando a Jesucristo, Palabra de Dios y revelación de su Amor universal. Ya en su tiempo vivía lo que nos recuerda la Iglesia: «Estar a la escucha de la Palabra de Dios, que es la primera fuente de toda espiritualidad cristiana, sobre todo de los evangelios, que son el corazón de todas las Escrituras» [ibíd. n. 94). Este encuentro con Jesucristo consolidaba su espiritualidad y le hacía ponerse en contacto directo con «la humanidad doliente»: los ancianos. Junto a ellos se curtía y templaba y se mostraba la verdad de la espiritualidad de la santa fundadora: «Cuiden con esmero a los ancianos y háganlo con el recto fin de agradar a Dios. No hagan las cosas por respeto humano».

No lo dudemos, la vida de Teresa, su espiritualidad, su «biografía personal», es una historia de amor a Jesucristo y de compasión misericordiosa hacia los ancianos. Ése fue el fruto de su espiritualidad auténtica. Para entretejer y escribir esa «biografía», Teresa se entregó ella misma. Su salud, su tiempo, su cultura, su trabajo, sus «talentos»... fueron los hilos de su bordado de amor en beneficio de los ancianos. Así rubricó ella su verdadero amor a Jesucristo. Esa misma actitud de entrega generosa es lo que pide y espera de sus hijas: «Una cosa les encargo, y es que amen y quieran mucho a nuestro amadísimo Jesús, que tanto sufrió Él por nosotras». Y en las Constituciones leemos: «Recuerden las hermanitas que nuestro Señor Jesucristo, Maestro y Modelo divino de perfección, predicó la santidad...» (Const. n. 3) (T. de Bustos, o. p., Hermanitas de los ancianos desamparados: «Su carísma y su espiritualidad», Palencia 2003, pp. 42-43).

 

Día 27

Santa Mónica (27 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Mónica nació en Tagaste, la actual Souk Aliarás (Argelia), el año 331 o 332, en el seno de una familia cristiana y de buena condición social. Siendo aún adolescente, fue entregada como esposa a Patricio, que todavía no era cristiano. Tenía éste un modesto patrimonio y era miembro del consejo municipal de Tagaste.

Mónica era una mujer africana del bajo imperio romano, madre de uno de los más grandes padres de la Iglesia, san Agustín. Era, podríamos decir, una mujer paleocristiana, muy alejada de nosotros en el tiempo y, sin embargo, enormemente actual. «Con traje de mujer, fe de varón, seguridad de anciana, caridad de madre y piedad cristiana» [Confesiones IX, 4,8), se ganó a su marido para Cristo y obtuvo también la conversión del «hijo de tantas lágrimas».

Estuvo presente en el bautismo de Agustín en Milán y participó de una manera activa en su primera experiencia monástica en Cassiciaco. Mientras regresaba a África con su hijo y los amigos de éste, murió en Ostia Tiberina, cerca de Roma, antes del 13 de noviembre de 387. Dos semanas antes de que esto se produjera, madre e hijo tuvieron el dulce éxtasis de Ostia»: «Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella [la Sabiduría], llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón; y suspirando y dejando allí prisioneras las primicias de nuestro espíritu» (/feícUX, 10,24).

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 3,7-13

7 Por eso, hermanos, en medio de todas las tribulaciones y congojas que hemos tenido que soportar por vosotros, nos hemos sentido confortados por vuestra fe,

8 hasta el punto de que ahora comenzamos a vivir de nuevo, al saber que vosotros os mantenéis fieles al Señor.

9 ¿Cómo podremos agradecer a Dios suficientemente esta alegría desbordante con la que, gracias a vosotros, nos regocijamos delante de nuestro Dios?

10 Día y noche rogamos a Dios con insistencia que nos conceda veros personalmente para completar lo que aún falta a vuestra fe.

11 ¡Que Dios, nuestro Padre, y Jesús, nuestro Señor, dirijan nuestros pasos hacia vosotros!

12 ¡Que el Señor os haga crecer y sobreabundar en un amor de unos hacia otros y hacia todos tan grande como el que nosotros sentimos por vosotros!

13 En fin, que cuando Jesús, nuestro Señor, se manifieste junto con todos sus elegidos os encuentre interiormente fuertes e irreprochables como consagrados delante de Dios, nuestro Padre.

 

*•• Por fin, al regreso de Tito de la «visita pastoral» a los cristianos de Tesalónica, Pablo consigue tener la confirmación del progreso realizado por éstos en el camino de la fe. Sólo entonces las nubes que oscurecían su ánimo con presentimientos angustiosos dejan el sitio al consuelo, el mismo que puede experimentar el corazón de un padre al saber que sus hijos están bien, que están seguros.

Hay, con todo, un deseo en el corazón de Pablo que espera aún ser escuchado: no estará en paz hasta que haya podido ver de nuevo en persona a la comunidad, reemprendiendo el hilo del diálogo que ciertas circunstancias dolorosas interrumpieron (probablemente fue a causa de la hostilidad de los judíos) al obligar a los misioneros a dejar la ciudad. El amor que el anuncio del Evangelio ha suscitado en el corazón del apóstol es como una espada que lo traspasa día y noche: su mente, sus sentimientos, su memoria, están habitados por una inquietud irreprimible por el bien de aquellos a quienes la Palabra engendró en un tiempo a la vida de la gracia. Ahora lo pone todo en manos de Dios, dándole gracias e intercediendo entre lágrimas, puesto que es el Señor de todo.

Dado que tal amor no procede del hombre, sino que es la presencia misma del Señor en la tierra, la medida de su santidad entre los hombres, Pablo invita a los cristianos de Tesalónica a que se conviertan en imitadores suyos, como él lo es de Cristo: en su caridad todos serán transformados a su imagen, de día en día, hasta que venga el Señor.

 

Evangelio: Mateo 24,42-51

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

42 Así que velad, porque no sabéis qué día llegará vuestro Señor.

43 Tened presente que si el amo de casa supiera a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no le dejaría asaltar su casa.

44 Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora en que menos penséis vendrá el Hijo del hombre.

45 Portaos como el criado fiel y sensato, a quien el amo pone al frente de su servidumbre para que les dé de comer a su debido tiempo.

46 Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe.

47 Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

48 Sin embargo, si ese criado es malo y piensa: «Mi amo tarda»,

49 y se pone a golpear a sus compañeros y a comer y a beber con los borrachos,

50 cuando su amo llegue, el día en que menos lo espera y a la hora en que menos piensa,

51 le castigará con todo rigor y le tratará como se merecen los hipócritas. Entonces llorará y le rechinarán los dientes.

 

**• El tema de la parábola contenida en el capítulo 24 de Mateo es el de la vigilancia, un tema particularmente entrañable al primer evangelio, puesto que la comunidad mateana advierte con preocupación la cuestión del retraso de la parusía. Como ocurre con los cristianos de Pablo, la expectativa de una venida inminente de Cristo glorioso está contradicha por el discurrir del tiempo, marcado por los acontecimientos dolorosos a los que la Iglesia todavía tiene que hacer frente. De ahí que la comunidad pospascual elabore una serie de motivos y topos (de los que las parábolas de los capítulos 24 y 25 de Mateo constituyen un ejemplo) útiles para comunicar el sentido del tiempo que discurre entre la resurrección y la venida del Cristo glorioso.

La parábola se dirige en particular al que ha sido nombrado sustituto por su amo durante el tiempo en que esté ausente. Es un tiempo de prueba en la relación entre el criado y su Señor. La parábola presenta en momentos sucesivos los dos desenlaces opuestos, ambos posibles y separados por un límite sutilísimo. El criado fiel es calificado también de «sensato» (v. 45); en suma, no parece impulsado por motivos morales particulares y no se fía de proceder como si el amo no estuviera, sino que obra como si éste tuviera que volver de un momento a otro.

Sin embargo, es superficial el comportamiento de quien piensa que podrá contar con un tiempo a su propia disposición, en el que podrá disponer de los bienes para su propio disfrute. El momento en el que deberá rendir cuentas vendrá -antes o después- para cada uno (v. 50), y entonces tendrá lugar la recompensa o el castigo, sin términos medios y sin posibilidad de apelación: bienaventuranza para unos, que serán admitidos para el papel de administradores de todos los bienes (v. 47), y desesperación para los otros, a quienes el amo les quitará para siempre todo lo que creían poseer (v. 51).

 

MEDITATIO

Mónica es una «santa»; por tanto, una «mujer» verdadera.

En ella convergen y se encarnan la belleza virginal de la «mujer virtuosa» del libro del Eclesiástico y la materna compasión de la «viuda» del Nuevo Testamento, que convierte su vida en una intercesión por la vida de su hijo. La santidad de Mónica nos lleva al corazón de la vocación y de la misión de la mujer (léase Mulieris dignitatem VIII, 30). Esta misión de «guardián del hombre» la realizó Mónica a fondp. Hizo frente con una gran dignidad e inteligencia, con esa «genialidad absolutamente femenina», a las dificultades de una convivencia matrimonial con un hombre «pagano» dotado de un carácter muy difícil, «al que -dice de manera cruda Agustín- «fue entregada» (Confesiones IX, 9,19). Sin perder nunca el gusto por el bien, incluso en las adversidades (un arte más que difícil), «se esforzó por ganarle para ti, hablándole de ti con sus costumbres, con las que la hacías hermosa y reverentemente amable y admirable ante sus ojos» (ibíd.).

Desplegando «las grandes energías del espíritu femenino», sostuvo, con las lágrimas y la oración de una vida totalmente consagrada a Dios, una verdadera y propia lucha por la fe de su hijo Agustín. La lucha que es «la lucha a favor del hombre, de su verdadero bien, de su salvación [...], la lucha por su fundamental "sí" o "no" a Dios y a su designio eterno sobre el hombre» {Mulieris dignitatem VIII, 30).

El mismo Agustín, que también fue su mayor biógrafo, dirá más tarde de ella: «Creo sin la menor incertidumbre que por tus oraciones, madre, Dios me concedió no querer, no pensar, no amar otra cosa que la consecución de la verdad» {De Ordine II, 50,52). Mónica es la madre, por tanto, de una «doble maternidad»: «Me engendró en la carne, para que naciera a la luz temporal, y en su corazón, para que naciera a la luz eterna» {Confesiones VIII, 17).

Si, en la relación hombre-mujer, la mujer representa el punto de encuentro de la humanidad con Dios, precisamente por la humanidad de que es portadora, en Mónica, en su ser madre en plenitud, la paternidad de Dios ha podido actuar con una maravillosa alianza.

 

ORATIO

Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abráseme en tu paz.

¡Oh casa luminosa y bella!, amado de tu hermosura y el lugar donde mora la gloria de mi Señor, tu hacedor y tu poseedor. Por ti suspire mi peregrinación, y dígale al que te hizo a ti que también me posea a mí en ti, porque también me ha creado en ti. [...] Acordándome de Jerusalén, alargando hacia ella, que está arriba, mi corazón, de Jerusalén la patria mía, de Jerusalén la de mi madre, y de ti, su Rey sobre ella, su iluminador, su padre, su tutor, su marido, sus castas y grandes delicias, su sólida alegría y todos los bienes inefables, a un tiempo todos; porque tú eres el único, el sumo y verdadero bien. Que no me aparte más de ti hasta que, recogiéndome, cuanto soy, de esta dispersión y deformidad, me conformes, y confirmes eternamente, ¡oh Dios mío, misericordia mía! {Confesiones X, 27,38; XII, 16, 21.23).

 

CONTEMPLATIO

Estando ya inminente el día en que había de salir de esta vida -que tú, Señor, conocías y nosotros ignorábamos-, sucedió a lo que yo creo, disponiéndolo tú por tus modos ocultos, que nos hallásemos solos yo y ella apoyados sobre una ventana, desde donde se contemplaba un huerto o jardín que había dentro de la casa, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de las turbas, después de las fatigas de un largo viaje, cogíamos fuerzas para la navegación.

Allí solos conversábamos dulcísimamente, y olvidando las cosas pasadas, ocupados en lo por venir, nos preguntábamos los dos, delante de la verdad presente, que eres tú, cuál sería la vida eterna de los santos, que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre concibió.

Abríamos anhelosos la boca de nuestro corazón hacia aquellos raudales soberanos de tu fuente -de la fuente de vida que está en ti- para que, rociados según nuestra capacidad, nos formásemos de algún modo una idea de algo tan grande. Y como llegara nuestro discurso a la conclusión de que cualquier deleite de los sentidos carnales, aunque sea el más grande, revestido del mayor esplendor corpóreo, ante el gozo de aquella vida no sólo no es digno de comparación, sino ni siquiera de ser mencionado, levantándonos con un afecto más ardiente hacia el que es siempre el mismo, recorrimos gradualmente todos los seres corpóreos, hasta el mismo cielo, desde donde el sol y la luna envían sus rayos a la tierra.

Y subimos todavía más arriba, pensando, hablando y admirando tus obras; y llegamos hasta nuestras almas y las sobrepasamos también, a fin de llegar a la región de la abundancia  que no se agota, en donde tú apacientas a Israel eternamente con el pasto de la verdad, y la vida es la Sabiduría, por quien todas las cosas existen, tanto las ya creadas como las que han de ser, sin que ella lo sea por nadie; siendo ahora como fue antes y como será siempre, o más bien, sin que haya en ella fue ni será, sino sólo es, por ser eterna, porque lo que ha sido o será no es eterno. Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella, llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón; y suspirando y dejando allí prisioneras las primicias de nuestro espíritu, regresamos al estrépito de nuestra boca, donde el verbo humano tiene principio y fin, en nada semejante a tu Verbo, Señor nuestro, que permanece en sí sin envejecer, y renueva todas las cosas (Agustín de Hipona, Confesiones IX, 10,23-24,passim).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día estas palabras de Agustín: «Quien es feliz tiene a Dios» {De vita beata II, 11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Entre finales de octubre y primeros de noviembre del año 386 se retiró Agustín con su madre, Mónica, su hermano Navigio, su hijo Adeodato, su amigo Alipio [...] a la villa de su amigo Verecundo en Cassiciaco. En la paz campestre de Brianza, entre el susurrar de las hojas y de los arroyos, con los Alpes como paisaje, se preparó Agustín para el bautismo. La comitiva africana vivía en un clima de intensa espiritualidad, ocupando gran parte de su tiempo en disputas de filosofía, de una filosofía sometida ahora a la fe y deseosa de conocer su contenido.

En esta comitiva, Mónica hacía un poco de madre de todos, hacía unas veces de solícita y enérgica ama de casa, otras de maestra sabía y experta. Cuando los que discutían se olvidaban de comer, Mónica les invitaba a hacerlo y, si era necesario, les impulsaba con tanta fogosidad que les obligaba a interrumpir la discusión. Cuando la invitaban a tomar parte en la misma discusión, daba respuestas tan discretas que suscitaba la admiración de todos. Como cuando declaró que la verdad es el alimento del alma; o, sin saberlo, definió la felicidad con las mismas palabras de Cicerón; o sostuvo que sin sabiduría nadie puede ser feliz; o recordó, por último, que sólo la fe, la esperanza y la caridad pueden conducirnos a la vida bienaventurada.

Agustín, que estaba alegremente sorprendido de tanta sabiduría, afirma que su madre ha «alcanzado la cumbre de la filosofía» y se declara discípulo suyo. La «filosofía» de Mónica es la sabiduría del Evangelio, una sabiduría que no ha conquistado con el estudio, sino con la virtud, la oración, la docilidad al Espíritu. La posee ahora en un grado eminente. Es intrépida. No teme ni la desventura ni la muerte. A saber: ha llegado a una disposición interior dificilísima, aunque importantísima, que constituye -por consenso unánime- la cima de la sabiduría. Rica de amor a Dios y al prójimo, que es el fundamento de la sabiduría evangélica, puede prescindir de la ciencia de los filósofos y recoger sus frutos. Por eso Agustín se declara discípulo suyo y confía a las oraciones de ella la consecución del ideal de sabiduría al que aspira (A. Trape, S. Agostino. Mia madre).

NO LLORES SI ME AMAS...(S. Agustín)

¡Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo!
¡Si pudieras oír el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos!

¡Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos los horizontes,
los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso!

¡Si por un instante pudieras contemplar, como yo, 
la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!

¡Cómo! ¿Tú me has visto, me has amado en el país de las sombras y no te resignas a verme y amarme en el país de las inmutables realidades?

Créeme; cuando la muerte venga a romper las ligaduras,  como ha roto las que a mí me encadenaban, y cuando un día, que Dios ha fijado y conoce, tu alma venga a este Cielo en que te ha precedido la mía, ese día volverás a ver a aquel que te amaba y que siempre te ama, y encontrarás tu corazón con todas sus ternuras purificadas.

Volverás a verme, pero transfigurado, extático y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando contigo, que me llevarás de la mano por los senderos nuevos de la luz y de la vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás.

Enjuga tu llanto y no llores si me amas...

Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo.

La muerte no es nada.

No he hecho nada más que pasar al otro lado.

Yo sigo siendo tú.

Tú sigues siendo yo.

Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo.

Dame el nombre que siempre me diste.

Háblame como siempre me hablaste.

No emplees un tono distinto.

No adoptes una expresión solemne, ni triste, sigue riendo de lo que nos hacia reír juntos.

Reza, sonríe, piensa en mí, reza conmigo.

Que mi nombre se pronuncie en casa como siempre lo fue, sin énfasis alguno, sin huella alguna de sombra.

La vida es lo que siempre fue: el hilo no se ha cortado,

¿Por qué habría de estar yo fuera de tus pensamientos?

¿sólo porque estoy fuera de tu vista?. No estoy lejos... tan solo a la vuelta del camino.

 

Lo ves, todo está bien…

Volverás a encontrar mi corazón, volverás a encontrar su ternura acendrada. Enjuga tus lágrimas y no llores si me amas.

 

Con todo mi cariño, con toda tu alegría

 

S Agustín. (Tu amado)

 

 

Día 28

San Agustín de Hipona (28 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Agustín nació en Tagaste el 13 de noviembre del año 354. Fue educado siguiendo los hábitos cristianos de su madre, Mónica, y, como se reveló enseguida como un ¡oven de prometedoras cualidades, fue encaminado a la carrera de retórica. Ya desde los tiempos de estudio en Cartago estuvo marcado por una incomodidad interior que le llevaría lejos. La primera respuesta a esta sed de totalidad fue una vida mundana tejida por varios vínculos, más o menos límpidos. Ahora bien, la inquietud es también sed y búsqueda de la verdad: se apasiona con la lectura del Ortensio de Cicerón, lee la Sagrada Escritura, pero no se entusiasma con ella y acaba por adherirse al racionalismo y al materialismo de la secta de los maniqueos. Tras haber enseñado en Tagaste y en Cartago, se traslada primero a Roma (383) y después a Milán (384). Aquí su viaje espiritual da un viraje decisivo: conoce y escucha al obispo Ambrosio, revisa sus posiciones sobre la Iglesia católica, vuelve a leer la Sagrada Escritura y, en medio de la lucha entre sus antiguos hábitos de vida y los nuevos impulsos interiores, al final se abre a la luz y a la riqueza de Cristo.

Fue bautizado el año 387 por Ambrosio. Decidido a volver a África, se establece en Tagaste y funda allí su primera comunidad monástica, siguiendo el modelo de la comunidad cristiana de Jerusalén. En el año 391 fue ordenado sacerdote por el obispo Valerio, a quien en el 395 le sucede en la guía de la diócesis de Hipona. Desde entonces se dedicó por completo a la vida de la Iglesia -ministerio de la Palabra, defensa de la fe-, aunque prosigue con la experiencia de vida común con un grupo de hermanos monjes, a los que traslada al episcopio. Escribió más de doscientos libros y casi un millar de documentos, entre sermones y cartas. Murió el 28 de agosto del año 430. Hasta tal punto fue hijo de la Iglesia que se convirtió en padre... y doctor.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 4,1-8

1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y os exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que pongáis en práctica lo que aprendisteis de nosotros en lo que al comportaros y agradar al Señor se refiere, para que progreséis más y más cada día.

2 Sabéis qué normas os dimos de parte de Jesús, el Señor.

3 Porque ésta es la voluntad de Dios: que viváis como consagrados a él y huyáis de la impureza.

4 Que cada uno de vosotros viva santa y decorosamente con su mujer,

5 sin dejarse arrastrar por la pasión, como se dejan arrastrar los paganos, que no conocen a Dios.

6 Y que en este punto nadie haga injuria o agravio a su hermano, porque el Señor toma venganza de todo esto,  como ya os lo dejamos dicho y recalcado.

7 Pues no nos llamó Dios a vivir impuramente, sino como consagrados a él. 8 Por tanto, el que desprecia esta norma de conducta no desprecia a un hombre, sino a Dios, que es quien os da su Espíritu Santo.

 

**• Tras haber recordado el pasado, agradeciendo a Dios todo lo que ha tenido a bien obrar en la comunidad, Pablo mira ahora hacia el futuro. Para ello recurre sobre todo al lenguaje de la exhortación.

La «santificación» (haghiasmós) de la que se habla en este fragmento de la carta consiste precisamente en el proceso que tiene como resultado final la haghiosyne, o sea, la «santificación» auténtica. Nos encontramos en la definición de una actividad que todavía está en pleno desarrollo, en la que concurren, por un lado, el compromiso y la libre adhesión del creyente y, por otro, la obra del Espíritu Santo, que interviene configurando a la criatura a imagen de Dios. Todo esto tiene lugar en el «cuerpo» del hombre, está inscrito en su carne y habla el lenguaje que le corresponde desde la creación.

El santo, por consiguiente, no es alguien que viva fuera de la realidad terrena, en una dimensión inmaterial. Es más bien alguien que toma sobre sí, día a día, la voluntad de Dios, haciendo que toda su vida se adhiera a ella. El tema de la pornéia se refiere a todo lo que tiene que ver con las pasiones carnales en el ámbito sexual; se trata, por tanto, de algo muy concreto en lo que el cristiano está llamado a practicar una opción que va a contracorriente, según la mentalidad del tiempo, y a custodiar su cuerpo como un don recibido de Dios, preparándolo ya desde ahora para recibir en plenitud el Espíritu Santo en la vida eterna.

 

Evangelio: Mateo 25,1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

1 Sucede con el Reino de los Cielos lo que con aquellas diez jóvenes que salieron con sus lámparas al encuentro del esposo.

2 Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas.

3 Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite,

4 mientras que las sensatas llevaron aceite en las alcuzas, junto con las lámparas.

5 Como el esposo tardaba, les entró sueño y se durmieron.

6 A medianoche se oyó un grito: «Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro».

7 Todas las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.

8 Las necias dijeron a las sensatas: «Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan».

9 Las sensatas respondieron: «Como no vamos a tener bastante para nosotras y vosotras, será mejor que vayáis a los vendedores y os lo compréis».

10 Mientras iban a comprarlo, vino el esposo. Las que estaban preparadas entraron con él a la boda y se cerró la puerta.

11 Más tarde llegaron también las otras jóvenes diciendo: «Señor, señor, ábrenos».

12 Pero él respondió: «Os aseguro que no os conozco».

13 Así pues, vigilad, porque no sabéis el día ni la hora.

 

 

**• También esta parábola gira en torno al tema de la vigilancia, como confirma la invitación final: «Así pues, vigilad, porque no sabéis ni el día ni la hora» (v. 13). Sin embargo, ésta, en su procedimiento narrativo, contiene ciertas particularidades que la hacen única.

En primer lugar, el escenario nupcial: la fiesta por excelencia, en el Antiguo Oriente, es la que se celebra con ocasión de las bodas. En ella todo debe concurrir a comunicar el lenguaje de la alegría y de la vida. El banquete, las luces, los trajes, la música, las danzas y, no precisamente en último lugar, el cortejo nupcial que acompaña al esposo a lo largo del camino: todo está al servicio de los esposos, todo se hace en su honor. Sabemos por el evangelio que la falta de vino (cf. el episodio de las bodas de Cana: Jn 2,lss) podía representar un grave motivo de vergüenza y de vituperio para la familia recién constituida, pues era como decir que no estaba en condiciones de ocupar el puesto que se le había asignado en la comunidad.

No era anormal que el esposo se retrasara bastante; tal como discurren las cosas en Oriente, no es posible prever con certeza en estas ocasiones un tiempo para su llegada, y por eso era justificable el adormecimiento después de horas y horas de espera en el camino. Pero la luz de las lámparas debía permanecer encendida para salir al encuentro del esposo en el momento en que se señalara su presencia. Sólo las jóvenes sensatas estarán preparadas en el momento oportuno, mientras que las otras, al ver languidecer la luz de sus lámparas, no podrán hacer otra cosa que ir en busca de aceite, en un último intento desesperado... aunque inútil.

Llega el esposo, se forma el cortejo, entra en el banquete, se cierra la puerta. El llanto de las excluidas obtiene como respuesta un «os aseguro que no os conozco» (v. 12), expresión que subraya la distancia, la interrupción de las relaciones, la no comunión entre ellas y el esposo.

 

MEDITATIO

Las palabras de Agustín son palabras de un amor apasionado. Una inquietud del corazón, una nostalgia y un deseo que se traducen en una búsqueda incansable, posible y fecunda sólo en el interior de una oración interminable, que es su misma existencia.

De la nostalgia del corazón asoman los rasgos de la belleza interior: un deseo de verdad y de amor que Agustín comprende como «suspiro de identidad»; es la divina semejanza. Y Agustín abre a Dios todo su ser: el pasado, el presente, el futuro, consciente de que sólo Dios puede vencer sus resistencias, sus miedos, todas sus debilidades de hombre, y satisfacer su sed. «Nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti» (Agustín de Hipona, Confesiones I, 1). A la luz de la verdad encontrada, Agustín ve con mayor claridad su pecado y la necesidad de la gracia, de la intervención divina, y comprende toda la orgullosa pretensión de su yo. Pero eso es lo que tiene lugar ahora en el corazón de su ininterrumpido diálogo con Dios, el Padre de su despertar. El Padre le ama, y nada puede apartar a Agustín de la confiada certeza de que la gracia de Cristo vencerá sobre el pecado; se restaurará en él «el orden del amor» y, con él, la bienaventuranza de la paz y de la libertad.

 

ORATIO

A ti te invoco, Dios Verdad, en quien, de quien y por quien son verdaderas todas las cosas verdaderas. Dios, Sabiduría, en ti, de ti y por ti saben todos los que saben.

Dios, verdadera y suma vida, en quien, de quien y por quien viven las cosas que suma y verdaderamente viven. Dios bienaventuranza, en quien, de quien y por quien son bienaventurados cuantos hay bienaventurados.

Dios, Bondad y Hermosura, principio, causa y fuente de todo lo bueno y hermoso. Dios, Luz inteligible, en ti, de ti y por ti luce inteligiblemente todo cuanto inteligiblemente luce. Dios, cuyo Reino es todo el mundo, que no alcanzan los sentidos. Dios, la ley de cuyo Reino también en estos reinos se describe. Dios, de quien separarse es caer, a quien volver es levantarse, permanecer en ti es hallarse firme. Dios, darte a ti la espalda es morir, volver a ti es revivir, morar en ti es vivir. Dios, a quien nadie pierde sino engañado, a quien nadie busca sino avisado, a quien nadie halla sino purificado. Dios, dejarte a ti es perderse, seguirte a ti es amar, verte es poseerte.

Dios, a quien nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad. Te invoco a ti, Dios, por quien vencemos al enemigo. Dios, por cuyo favor no hemos perecido nosotros totalmente. Dios que nos exhortas para que vigilemos.

Dios, por quien discernimos los bienes de los males. Dios, por quien evitamos el mal y seguimos el bien. Dios, por quien no sucumbimos a las adversidades.

Dios, a quien se debe nuestra buena obediencia y buen gobierno. Dios, por quien aprendemos que es ajeno lo que alguna vez creímos nuestro y nuestro lo que creímos ajeno. Dios, gracias a ti superamos los estímulos y halagos de los malos. Dios, por quien las cosas pequeñas no nos empequeñecen. Dios, por quien lo mejor de nosotros no está sujeto a lo peor. Dios, por quien la muerte será absorbida con la victoria. Dios, que nos conviertes.

Dios, que nos desnudas de lo que no es y vistes de lo que es. Dios, que nos haces dignos de ser oídos. Dios, que nos defiendes. Dios, que nos guías a toda verdad.

Dios, que nos muestras todo bien, dándonos la cordura y librándonos de la estulticia ajena. Dios, que nos vuelves al camino. Dios, que nos llevas hasta la puerta. Dios, que haces que sea abierta a los que llaman. Dios, que nos das el Pan de la vida. Dios, que nos das la sed de la bebida que nos sacia. Dios, que arguyes al mundo de pecado, de justicia y juicio. Dios, por quien no nos arrastran los que no creen. Dios, por quien reprobamos el error de los que piensan que las almas no tienen ningún mérito delante de ti. Dios, por quien no somos esclavos de los serviles y pobres elementos. Dios, que nos purificas y preparas para el divino premio, acude propicio en mi ayuda (Agustín de Hipona, Soliloquios I, 3).

 

CONTEMPLATIO

No con conciencia dudosa, sino cierta, Señor, te amo yo. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Mas también el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame; ni cesan de decírselo a todos, a fin de que sean inexcusables.

Sin embargo, tú te compadecerás más altamente de quien te compadecieres y prestarás más tu misericordia con quien fueses misericordioso: de otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a sordos.

Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manas ni mieles, no miembros gratos a los amplexos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto amplexo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y amplexo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios (Confesiones X, 6,8).

 

ACTIO

Repite y medita con frecuencia durante el día esta expresión de san Agustín: «Ama y haz lo que quieras» {Comentario a la primera carta de Juan VII, 8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En Agustín no vivió un solo hombre: vivió en él la criatura de carne y hueso, de nervios y sangre, con su desarrollo misterioso, múltiple; vivió el escritor, conjuntamente sumo escritor, sumo filósofo, sumo teólogo, y sobre cualquier otra cosa poeta sumo de los afectos y de las verdades; vivió el cristiano y el monje, el sacerdote y el obispo, el santo. Recibió de Dios toaos los clones más altos: una juventud tempestuosa, la palabra creadora, el silencio inenarrable de la oración, la fuerza necesaria para gobernar su ánimo en la navegación ultraterrena y en el aura de lo divino. Experiencia de hijo y de padre, de pecador desbandado y de obispo muy rígido, de escolar y profesor y, por tanto, de maestro de su pueblo y de todo el Occidente; de mundano y de monje, de escritor y de filósofo, de polemista y de amigo, de pensador y de contradictor y orador.

En todos esos pasajes no perdáis nada de su riquísima y potentísima humanidad: todo lo llevó consigo y lo fundió en el ardor y en la luz única de su santidad doloroso y extática. Amó, y de su experiencia de amor surgirá un amor a Dios, tal vez el más elevado que jamás haya salido de corazón humano [...].

Cuando moría Agustín en su ciudad asediada, no moría nada: nacía, para él, en los cielos amados sin paz y deseados sin tregua; nacía, para nosotros, en nuestra historia y en nuestra alma. Desde aquel día hay algo de agustiniano tanto en la historia de todos los hombres como en la historia de cada uno de ellos (G. de Luca, Sant'Agostino. Scrítti d'occasione e traduzioni).

 

Día 29

Martirio de san Juan Bautista (29 de agosto)

Liturgia de las Horas de hoy

 

El «más grande de entre los nacidos de mujer» murió mártir, víctima de la fe y de la misión que había desarrollado. Su decapitación tuvo lugar en la fortaleza de Maqueronte, en el mar Muerto, lugar de vacaciones del vicioso rey Herodes. La sangre de Juan el Bautista selló su testimonio en favor de Jesús: con su misma muerte completó su misión de precursor. La fecha de hoy recuerda tal vez la dedicación de la antigua basílica erigida en Sebaste (Samaría) en honor del precursor del Mesías.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 4,9-12

Hermanos:

9 Sobre el amor fraterno no tenéis necesidad de que os diga nada por escrito, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios a amaros los unos a los otros.

10 Y así lo practicáis con todos los hermanos que residen en Macedonia. Sin embargo, hermanos, os exhortamos a que progreséis más y más

11 y a que os apliquéis a vivir pacíficamente, ocupándoos cada uno en lo vuestro y trabajando con vuestras propias manos como os lo tenemos recomendado.

12 Así os ganaréis el respeto de los que no son cristianos y no tendréis necesidad de nadie.

 

** La caridad descrita por Pablo en este pasaje de la primera carta a los Tesalonicenses tiene un carácter específico que dice mucho sobre la naturaleza de la santidad cristiana. Amarse los unos a los otros, poner en práctica el «amor fraterno», significa, en primer lugar, «vivir pacíficamente» (v. 11), o sea, no ir en busca de pretextos para litigios y choques en el interior de la comunidad. Más concretamente aún, «ocuparse cada uno de lo suyo» (cf v. 11): la enemistad surge con frecuencia de  las habladurías, de la intromisión en los asuntos de los otros, del hablar fútil de la gente.

«.Trabajando con vuestras propias manos» (v. 11) significa hacer que vayan bien las cosas que tienen que ver con nosotros, de modo particular en el oficio que se nos ha encargado. La anotación «con vuestras propias manos » podría pretender poner el acento en la nobleza del trabajo manual, el mismo que desarrollaba Pablo (probablemente, tejía tiendas), a pesar de ser despreciado por los que lo consideraban cosa de esclavos y preferían dedicarse al ocio para no ensuciarse las manos. Es el ocio lo que engendra las malas tendencias en la comunidad, como en cualquier otra sociedad humana. Pablo lo sabe y por eso da una orden precisa al respecto. Motivo: dar testimonio, ante los no creyentes, de la integridad de la opción cristiana, con una vida ordenada y activa, y dar testimonio del amor, ante los hermanos en la fe, de una manera concreta, que empieza por no ser una carga para nadie.

 

Evangelio: Marcos 6,17-29

En aquel tiempo,

17 Herodes había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien él se había casado.

18 Pues Juan le decía a Herodes: -No te es lícito tener la mujer de tu hermano.

19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía,

20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con gusto.

21 La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofrecía un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea.

22 Entró la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la joven: -Pídeme lo que quieras y te lo daré.

23 Y le juró una y otra vez: -Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.

24 Ella salió y preguntó a su madre: -¿Qué le pido? Su madre le contestó:

-La cabeza de Juan el Bautista.

25 Ella entró enseguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta petición: -Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales no quiso desairarla.

27 Sin más dilación envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel,

28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre.

29 Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

 

**• El relato evangélico del martirio de Juan el Bautista está situado en el camino de Jesús hacia Jerusalén como una etapa fundamental. Con él no sólo se concluye el ciclo de la vida del Bautista, sino que también es preludio del martirio de Jesús.

No debemos dejarnos impresionar sólo por los detalles narrativos, muy sugestivos p o r otra parte, que nos presenta esta página de Marcos. Al evangelista no le interesa poner de manifiesto ni el vicio de Herodes ni la malicia de Herodías, ni siquiera la ligereza de su hija.

Su intención es proporcionar el debido relieve a la figura de Juan el Bautista, el «mentor» -podríamos decir del Nazareno, y mostrar cómo este gran profeta pone término a su vida del mismo modo y por los mismos motivos que morirá Jesús.

Éste es el pequeño «misterio pascual» de Juan el Bautista, el cual, tras haber conocido la adversidad de los enemigos del Evangelio, conoce ahora el silencio del sepulcro en espera de la resurrección.

 

MEDITATIO

Los recuerdos bíblicos relativos a Juan el Bautista nos invitan a meditar sobre el don de la profecía, en particular sobre la figura del profeta. ¿Cuál es exactamente su función en el pueblo de Dios? ¿Cuáles son las opciones que le califican claramente como profeta? ¿De qué modo se sitúa ante sus contemporáneos como signo de una presencia superior, como portavoz de una Palabra divina?

El profeta se manifiesta como tal por su modo de hablar, por el estilo que caracteriza su predicación. La palabra no lo es todo, pero ya es capaz de manifestar el sentido de una presencia, incómoda pero ineludible, con la que todos deben contar. El profeta se manifiesta como tal, también y sobre todo, con las opciones de vida que lleva a cabo. De este modo demuestra que ha percibido que el tiempo en el que vive es precisamente aquel en el que Dios le llama a ser-para-los-otros. No se puede sustraer a esta llamada (deberíamos leer, a este respecto, el c. 17 de Jeremías), so pena de ser infiel a su misión. Por último, el profeta manifiesta la autenticidad de su misión con el valer de dar la vida por aquel que le ha llamado y por aquellos a quienes ha sido enviado. O se es profeta con la vida, con la vida entregada por amor, o no se es profeta en absoluto.

 

ORATIO

«Levántate y les dirás todo lo que te ordene».

«No tengas miedo: he aquí que te pongo como ciudad fortificada».

«Yo estoy contigo para salvarte».

«Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

«No te es lícito tener la mujer de tu hermano».

«¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente?».

«Dad frutos que prueben vuestra conversión».

«El amigo del esposo exulta de alegría a la voz del esposo».

«Ahora mi alegría es completa».

«Él debe crecer; yo, en cambio, disminuir».

 

CONTEMPLATIO

Todo lo que [Juan] dijo dio testimonio de la verdad o  sirvió de reproche a los que se le oponían; sus obras de justicia las respetaban incluso los que no le amaban.

¿Acaso el respeto del modo de vida de los hombres le hizo desviarse, ni siquiera un poco, a él, que llevó una vida solitaria desde niño, de la vía de la virtud? Y, sin embargo, ese hombre acabó su vida derramando su sangre, tras pasar un largo tormento de cárcel.

Predicaba la libertad de la patria celestial y fue encarcelado por los impíos; había venido a dar testimonio de la luz, había merecido que le llamaran lámpara ardiente y resplandeciente precisamente de la luz que es

Cristo, y fue encerrado en la oscuridad de la cárcel; nadie entre los nacidos de mujer había sido más grande que él, y fue decapitado a petición de unas mujeres sumamente perversas, y fue bautizado con su propia sangre aquel a quien se le había dado bautizar al Redentor del mundo, escuchar la voz del Padre sobre él, ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él (Beda el Venerable, Omelie sulvangelo, Roma 1990, pp. 492ss).

 

ACTIO

Repite y medita con frecuencia durante el día estas consoladoras palabras: «Yo estoy contigo para salvarte» (Jr 1,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Vos estáis obligado -añadió el arzobispo de Canterbury- a deponer la duda de vuestra insegura conciencia que recusa el juramento, y a tomar el partido seguro de obedecer a vuestro príncipe, y jurar».

Entonces, aunque yo era de la opinión de que este argumento no podía adaptarse a mi caso, se me presentó, no obstante, de improviso tan sutil y, sobre todo, sostenido por tanta autoridad, al venir de la boca de un tan noble prelado, que no pude replicar nada, a no ser que estaba íntimamente seguro de que así no habría obrado bien, porque en mi conciencia era éste uno de esos casos en que mi deber era no obedecer a mi príncipe, sea cual fuere la opinión de los otros (cuya conciencia y doctrina no habría condenado ni habría aceptado juzgar) a este respecto: en mi conciencia la verdad se me presentaba diferente.

Entonces el abad de Westminster me dijo que de cualquier modo que la cuestión apareciera en mi mente, tenía motivos para temer que precisamente mi mente estuviera en el error, con sólo que considerara que el Parlamento del reino se pronunciaba en sentido opuesto, y que, por consiguiente, debía cambiar la posición de mi conciencia. A esto respondí que si sólo fuera yo el que sostenía mi tesis y todo el Parlamento sostuviera la otra, verdaderamente tendría miedo de apoyarme en mi parecer, yo solo contra tantos. Mas, por otra parte, sucede que para algunos de los motivos por los que me niego a jurar tengo yo de mi parte -como confío tener- un consejo igualmente grande, e incluso más, y entonces no estoy ya obligado a cambiar mi conciencia y conformarla al consejo de un reino, contra el consejo general de la cristiandad (Tomás Moro).

 

Día 30

22° domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 4,1-2.6-8

Moisés habló al pueblo y dijo:

1 Y ahora, Israel, escucha las leyes y los preceptos que os enseño a practicar para que viváis y entréis en posesión de la tierra que os da el Señor, Dios de vuestros antepasados.

2 No añadiréis nada a lo que yo os mando ni quitaréis nada, sino que guardaréis los mandamientos del Señor, vuestro Dios, que yo os prescribo.

6 Guardadlos y ponedlos en práctica; eso os hará sabios y sensatos ante los demás pueblos, que al oír todas estas leyes dirán: «Esta gran nación es ciertamente un pueblo sabio y sensato».

7 Y en efecto, ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella, como lo está el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?

8 Y ¿qué nación hay tan grande que tenga leyes y preceptos tan justos como esta ley que yo os promulgo hoy?

 

        **• El fragmento está tomado del libro del Deuteronomio, cuyos autores se encuentran entre los miembros de los círculos levíticos, atentos a la historia y perspicaces custodios de la tradición religiosa y cultural, próximos al profetismo y conscientes de los peligros que amenazan al pueblo, marcado por desequilibrios sociales y olvidado de los compromisos de la alianza. El libro se presenta como la colección de tres grandes discursos pronunciados por Moisés la víspera de su muerte y de la entrada de Israel en la tierra prometida. El propósito de los autores es recordar a sus contemporáneos la historia de la elección y de la alianza que le une a YHWH: si la fidelidad a ella es prenda de vida (cf. Dt 4,1), la infidelidad -en la que están viviendo- lo es de muerte.

        Nuestro pasaje se sitúa, en el libro, inmediatamente después de la reevocación de las etapas del viaje por el desierto. La primera palabra: «Escucha», es una palabra clave en todo el Deuteronomio y, en cierto sentido, en toda la piedad judía. «Escucha, Israel...» (Dt 6,4) recita el comienzo de la profesión de fe repetida a diario por el israelita piadoso. Israel ha sido llamado, en virtud de la elección divina, a escuchar la ley que YHWH le da y a ponerla en práctica, sin alterarla (v. 2). Como efecto de la obediencia, Israel vivirá y tendrá fama entre los otros pueblos. Se distinguirá de ellos y eso será motivo de gloria: será reconocido como «pueblo sabio y sensato» (v. 6), cuyas leyes y normas son justas (v. 8). Más todavía, la fidelidad a la alianza, manifestada en la observancia de la Ley, hará evidente la proximidad de Dios a su pueblo (v. 7): una realidad impensable para el hombre, fuente de estupor y de gratitud (cf. Sal 34,19; 46; 145,18).

 

Segunda lectura: Santiago l,17-18.21b-22.27

Hermanos míos queridísimos:

17 Toda dádiva buena, todo don perfecto, viene de arriba, del Padre de las luces, en quien no hay cambios ni períodos de sombra.

18 Por su libre voluntad nos engendró, mediante la Palabra de la verdad, para que seamos los primeros frutos entre sus criaturas. Acoged con mansedumbre la Palabra que, injertada en vosotros, tiene poder para salvaros.

22 Poned, pues, en práctica la Palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos.

27 La religiosidad auténtica y sin tacha a los ojos de Dios Padre consiste en socorrer a huérfanos y viudas en su tribulación y en mantenerse incontaminado del mundo.

 

        **• Este domingo empezamos a leer algunos fragmentos de la carta de Santiago. La atribución de este texto inspirado es objeto de controversia. Los exégetas parecen estar de acuerdo en considerar que el autor puso el escrito bajo el nombre de Santiago, «hermano del Señor» y primer responsable de la comunidad de Jerusalén (cf. Hch 12,17; 15,13ss; Gal 1,19), para conferirle autoridad. Es posible que hubiera recogido en él palabras o contenidos que procedían efectivamente de Santiago.

        El pasaje que hemos leído se compone de diferentes versículos cuyo punto de convergencia es la «la Palabra de la verdad». Por medio de la Palabra, Dios Padre engendró a los cristianos (v. 18) no sólo en el acto creador, sino -tal como aquí se entiende- en el momento del renacimiento en el bautismo. Éste es por excelencia el don que nos ha otorgado el Padre, el cual no cambia, ni en sí mismo ni en su libre obrar (v. 17). Él ha hecho a los cristianos hijos suyos y ellos son los primeros entre todas las criaturas que experimentan ya esa vida nueva (v. 18b), que rebosará cuando se consume la bienaventuranza eterna.

        Santiago sabe que la Palabra de Dios, que revela la verdad sobre Dios y sobre el hombre, tiene una fuerza intrínseca, pero sólo da fruto en plenitud con la colaboración del creyente. Es menester que la Palabra encuentre sitio en el corazón del hombre, un corazón que esté disponible para escucharla y ponerla en práctica, exento de espíritu de polémica. Entonces se convierte en portadora de salvación; sin embargo, si la Palabra es escuchada pero no acogida, entonces se alimenta en el hombre una falsa relación con Dios que crea la ilusión de lo contrario (vv. 21b-22).

        Está muy claro -afirma el autor sagrado- en qué consiste la auténtica manifestación de la fe: en cuidar de todos los que están desamparados, indefensos, oprimidos, en no seguir la mentalidad mundana ni sus pseudovalores. Contra la tentación, que acecha al creyente de todos los tiempos, de separar el culto y el estilo de vida (cf. Is 1,11-15; Am 5,21-24), la carta de Santiago «traduce » con términos prácticos e inequívocos el perenne dicho del Señor: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca. [...] Sin embargo, el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica es como aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena» (Mt 7,24ss).

 

Evangelio: Marcos 7,1 -8a. 14-15.21-23

En aquel tiempo,

1 los fariseos y algunos maestros de la Ley procedentes de Jerusalén se acercaron a Jesús

2 y observaron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavárselas

3 -es de saber que los fariseos y los judíos en general no comen sin antes haberse lavado las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus antepasados;

4 y al volver de la plaza, si no se lavan, no comen, y observan por tradición otras muchas costumbres, como la purificación de vasos, jarros y bandejas-.

5 Así que los fariseos y los maestros de la Ley le preguntaron: -¿Por qué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?

6 Jesús les contestó: -Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito:

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

 En vano me dan culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos.

8 Vosotros dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferrais a la tradición de los hombres.

14 Y llamando de nuevo a la gente, les dijo: -Escuchadme todos y entended esto:

15 Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre.

21 Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios,

22 adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez.

23 Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre.

 

        **• El capítulo 7 del evangelio de Marcos recoge una enseñanza de importancia capital, una enseñanza que por sí misma constituye una de las cumbres de la historia religiosa de todos los tiempos. El pasaje que hemos leído toma como punto de partida la pregunta que le hacen a Jesús los fariseos y los maestros de la Ley –las personas calificadas del ambiente religioso y cultural de aquel tiempo- relacionada con el uso judío de las abluciones. A la ley mosaica sobre la pureza ritual (cf. vv. 3ss; Lv 11-15; Dt 14,3-21) habían ido añadiéndose cada vez más prescripciones, que, transmitidas oralmente, eran consideradas vinculantes, con la misma fuerza que la ley escrita y, como ésta, reveladas por YHWH. A Jesús se le interroga sobre la inobservancia de tales prescripciones («la tradición de los antepasados»: v. 5) por parte de sus discípulos. Jesús no responde directamente, sino que, citando Is 29,13, saca a la luz lo falso y vacío que es el modo de obrar de los fariseos: su culto es sólo formal, dado que a la exterioridad de los ritos y de la observancia de la Ley no le corresponden el sentimiento interior y la práctica de vida coherente. La tradición de los hombres acaba así por sobreponerse y cubrir el mandamiento de Dios (v. 8).

        En los vv. 14ss se afirma el criterio básico de la moral universal, introducido por la invitación: «Escuchadme todos». Todas las cosas creadas son buenas, según el proyecto del Creador (cf. Gn 1), y, por consiguiente, no pueden ser impuras ni volver impuro a nadie. Lo que puede contaminar al hombre, haciéndole incapaz de vivir la relación con Dios, es su pecado, que radica en el corazón. El corazón del hombre, por tanto, es el centro vital y el centro de las decisiones de la persona humana, del que depende la bondad o la maldad de las acciones, palabras, decisiones. No corresponde a la voluntad de Dios ni se está en comunión con él multiplicando la observancia formal de leyes con una rigidez escrupulosa, sino purificando el corazón, iluminando la conciencia de manera que las acciones que llevemos a cabo manifiesten la adhesión al mandamiento de Dios, que es el amor.

 

MEDITATIO

        La Palabra que hemos escuchado hoy nos invita a mirar en nuestro corazón con sinceridad. ¿Qué es lo que lo ocupa? ¿Por qué se afana? Son preguntas que liquidamos con excesiva facilidad porque «tenemos muchas cosas que hacer».

        La Palabra de Dios pide ser escuchada con el corazón, pide un espacio, pide un poco de tiempo. Nuestro obrar, en verdad, no es especialmente cuestión de brazos o de mente, sino de corazón. Es el corazón el que anima lo que decimos, hacemos, decidimos. El corazón es la sede de la conversión, de la decisión fundamental de acoger la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Y la Palabra de Dios, cuando habita en el corazón, lo cura, lo libera de los sentimientos egoístas, de la rivalidad, del desinterés por el otro: sentimientos que nos impiden experimentar la realidad más grande y determinante: el Señor está cerca. La Palabra de Dios, si le dejamos sitio en nuestro corazón, nos enseña a invocar al Señor y a ver al prójimo. Nos hace conscientes de que estamos bautizados y nos da la fuerza necesaria para vivir de manera coherente.

        Nos hace comprender cómo hemos de obedecer a la ley de Dios, la ley definitiva del amor, ese amor con el que Jesús fue el primero en amarnos.

 

ORATIO

        Venimos a ti, Señor, con el corazón que tenemos, repleto de sentimientos que nos esforzamos en reconocer y purificar a la luz de tu Palabra. No somos gente que te sea extraña: somos tus hijos, somos miembros del cuerpo de Cristo en virtud del bautismo que hemos recibido, formamos parte de tu Iglesia; sin embargo, cuántas veces estamos lejos de ti con el corazón y no nos damos cuenta de que tú estás siempre cerca de nosotros, tú, el único de quien tenemos una atormentadora necesidad.

        Repítenos una vez más que no te encontraremos multiplicando prácticas religiosas, sino abriendo el corazón a tu Palabra, orientando la vida según lo que te agrada, preocupándonos del hermano y de la hermana. Repítenos que el amor -y sólo el amor- nos hace puros. Y nosotros, acogiendo tu don, renovados en la mente y en el corazón, te diremos: «Tú eres nuestro Señor».

 

CONTEMPLATIO

        Es el corazón el que engendra tanto los pensamientos buenos como los que no lo son, pero no es porque produzca por su propia naturaleza conceptos que no son buenos, que provienen del recuerdo del mal cometido una sola vez a causa del primer engaño, un recuerdo que se ha convertido ahora casi en habitual. También parecen proceder del corazón los pensamientos que, de hecho, son sembrados en el alma por los demonios; por lo demás, los hacemos efectivamente nuestros cuando nos complacemos en ellos voluntariamente. Eso es lo que el Señor censura.

        La gracia esconde su presencia en los bautizados mientras espera que el alma una a ella su propósito. Es voluntad [de Dios] que nuestro libre albedrío no esté ligado por completo al vínculo de la gracia, ya sea porque el pecado no ha sido derrotado nunca, sino después de luchar, ya sea porque el hombre debe progresar siempre en la experiencia espiritual (Diadoco de Foticé, Cento considerazioni sulla fede, Roma 1978, pp. 92-95, passim [edición española: Obras completas, Ciudad Nueva, Madrid 1999; también existe edición catalana en Claret, Barcelona 1981]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú estás junto a nosotros, Señor, Dios nuestro, cada vez que te invocamos» (cf. Dt 4,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La lucha espiritual es un movimiento esencial de la vida espiritual cristiana. Se trata de una lucha interior, no dirigida contra seres exteriores a uno mismo, sino contra las tentaciones, los pensamientos, las sugestiones y las dinámicas que llevan a la consumación del mal. Pablo, sirviéndose de imágenes bélicas y deportivas (la carrera, el boxeo), habla de la vida cristiana como de un esfuerzo, de una tensión interior por permanecer en la fidelidad a Cristo, que implica desenmascarar las dinámicas a través de las cuales se abre camino el pecado en el corazón del hombre, para poder combatirlo en el mismo momento en que surge. El lugar de esta batalla es, en efecto, el corazón. Vigilancia y atención son la «fatiga del corazón» (Barsanufio) que permite al creyente llevar a cabo su purificación: es del corazón, en efecto, de donde brotan las intenciones malvadas y es el corazón el que debe transformarse en morada de Cristo gracias a la fe.

        En este sentido, la «custodia del corazón» constituye la obra por excelencia del hombre espiritual, la única verdaderamente esencial. En esta lucha es menester ejercitarse: es preciso, en primer lugar, saber discernir nuestras propias tendencias pecaminosas, nuestras propias debilidades, las tendencias negativas que nos marcan de un modo particular; en consecuencia, Tiernos de llamarlas por su nombre, asumirlas y no removerlas y, por último, sumergirnos en la larga y fatigosa lucha dirigida a hacer reinar en nosotros la Palabra y la voluntad de Dios.

        El órgano de esta lucha es el corazón, entendido en sentido bíblico como órgano de la decisión y de la voluntad, no sólo de los sentimientos. La capacidad de lucha espiritual, el aprendizaje del arte de la lucha (Sal 144,1; 18,35), resulta esencial para la acogida de la Palabra de Dios en el corazón humano. Los expertos en la vida espiritual saben que esta lucha es más dura que todas las luchas externas, pero conocen asimismo el fruto de la pacificación, de la libertad, de la docilidad y de la caridad que produce (E. Bianchi, Le parole della spiritualitá, Milán 1999).

 

Día 31

 

Lunes de la 22ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 4,13-18

13 No queremos, hermanos, dejaros en la ignorancia acerca de los que han muerto, para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza.

14 Nosotros creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado y que, por tanto, Dios llevará consigo a los que han muerto unidos a Jesús.

15 Y esto es lo que os decimos como palabra del Señor: Que nosotros, los que estamos vivos, los que aún quedamos, cuando venga el Señor no tendremos preferencia sobre los que han muerto.

16 Pues cuando se dé la orden, cuando se oiga la voz del arcángel y resuene la trompeta divina, el Señor mismo bajará del cielo, y los que murieron unidos a Cristo resucitarán en primer lugar.

17 Después nosotros, los que aún quedamos vivos, seremos arrebatados junto con ellos entre nubes y saldremos por los aires al encuentro del Señor. De este modo estaremos siempre con el Señor.

18 Consolaos, pues, unos a otros con estas palabras.

 

**• Con la lectura de hoy, la primera carta a los Colosenses entra de lleno en la cuestión escatológica, cuestión a la que tiende todo el escrito. Pablo realiza uno de los pocos intentos de la literatura neotestamentaria de describir el retorno del Señor, el día de la parusía. El lenguaje al que recurre es el lenguaje estereotipado de la literatura apocalíptica: la voz del arcángel Miguel, que asistirá a Dios en su juicio, el toque de trompeta, la bajada del cielo y la ascensión posterior entre nubes, en el aire, con el cortejo formado por los bienaventurados; como siempre, el lenguaje apocalíptico recurre a una serie de imágenes que han de ser descodificadas como auténticas metáforas. La orden celestial (voz del arcángel y toque de la trompeta divina) indica que el tiempo de la venida de Cristo es un tiempo fijado, un kairós que tendrá lugar en la historia según un designio preciso.

Ese proyecto puede ser intuido, podemos entreverlo por inspiración divina, pero, en última instancia, permanece escondido en las profundidades de Dios. «El Señor mismo (cf. v. 16), Jesús, deberá esperar la señal celestial para iniciar su retorno entre los hombres. La afirmación más problemática contenida en este texto («los que murieron unidos a Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún quedamos vivos, seremos arrebatados...»: w. 16b-17a) trata también la cuestión del tiempo; Pablo, que se encuentra en el comienzo de su ministerio, está convencido de que el fin llegará pronto, de que no pasará esa generación antes de haber visto volver al Señor en la gloria; en sus palabras captamos la urgencia de esa manifestación.

Esta última será la liberación definitiva de todos los que se han mantenido fieles a la Palabra. Por último, la vida eterna está descrita también en relación con el tiempo, en relación con Cristo: «Estaremos siempre con el Señor» (v. 17).

 

Evangelio: Lucas 4,16-30

En aquel tiempo, Jesús

16 llegó a Nazaret, donde se había criado. Según su costumbre, entró en la sinagoga un sábado y se levantó para hacer la lectura.

17 Le entregaron el libro del profeta Isaías y, al desenrollarlo, encontró el pasaje donde está escrito:

18 El espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha ungido para anunciar

la Buena Noticia a los pobres;

me ha enviado a proclamar

la liberación a los cautivos

y dar vista a los ciegos,

a libertar a los oprimidos

19 y a proclamar

un año de gracia del Señor.

20 Después enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó.

Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos clavados en él.

21 Y comenzó a decirles: -Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar.

22 Todos asentían y se admiraban de las palabras que acababa de pronunciar. Comentaban: -¿No es éste el hijo de José?

23 Él les dijo: -Seguramente me recordaréis el proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún hazlo también aquí, en tu pueblo».

24 Y añadió: -La verdad es que ningún profeta es bien acogido en su tierra.

25 Os aseguro que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país;

26 sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en la región de Sidón.

27 Y muchos leprosos había en Israel cuando el profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.

28 Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación;

29 se levantaron, lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que se asentaba su ciudad, con ánimo de despeñarlo.

30 Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó.

 

**• La perícopa del capítulo 4 de Lucas que hemos leído contiene el discurso programático de Jesús y representa una especie de «puerta de entrada», al comienzo de su ministerio, para el relato del Evangelio y de los Hechos. Aquí, en efecto, se encuentran admirablemente concentrados todos los temas típicos de la teología lucana: el cumplimiento de las Escrituras, la proclamación del Evangelio a los pobres, Jesús como profeta cscatológico (comparado con Elías y Eliseo), el anuncio del Reino de Dios a las naciones.

En el centro encontramos la Palabra de Jesús en función interpretativa: «Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura...» (v. 21). ¿Qué Escritura? La de Isaías en la que el profeta es enviado a «proclamar un año de gracia del Señor». Queda claro así que este tiempo de gracia es el hoy de Jesús, su existencia histórica, que realiza el proyecto salvífico de Dios para toda la humanidad: los pobres, los prisioneros, los ciegos y los oprimidos son, en primer lugar, los que no conocen al Señor, su rostro de gracia y de misericordia, que Jesús va a revelar. Ellos son «las ovejas perdidas de la casa de Israel», pero también los paganos, los extranjeros, a quienes está destinado el mensaje, rechazado por los paisanos de Jesús, como atestigua la reacción de los habitantes de Nazaret.

 

MEDITATIO

El tema del tiempo es de nuevo protagonista de la liturgia de la Palabra: tiempo de Dios que ha sido anunciado por los profetas del Antiguo Testamento en su calidad salvífica, que se manifiesta especialmente en relación con los oprimidos, con los que andan lejos de su gracia. Con la venida de Cristo se inaugura el kairós, da comienzo el cumplimiento, se abre el paso al último acto de la historia de la salvación.

El que acoge el anuncio de Jesús el nazareno y reconoce en su persona la venida del Reino de Dios participa desde ahora en la gracia prometida en la antigua alianza, en el jubileo de la historia que se realiza de una vez por todas. A quien no rechaza la revelación del humilde hijo del carpintero, la liberación le llega hoy, en el día de salvación que Cristo ha hecho surgir.

Desde la venida del Señor, los hombres viven en el único día, un día que tiene como aurora su nacimiento en el portal de Belén y por ocaso la parusía. Éste es el hoy de la fe. Cuando más tarde descienda del cielo el Señor y seamos llevados con él, el hoy de la fe dejará su sitio al para siempre de la visión beatífica, en el que él será el Emmanuel, el Dios con nosotros.

 

ORATIO

Te alabamos, Dios de toda gracia.

Como lo hacía tu pueblo liberado del país de Egipto, también nosotros recordamos tus acciones liberadoras en nuestras vidas: nosotros, los pobres: ...cuánta pobreza en el corazón de estos hijos del bienestar a toda costa; nosotros, los prisioneros: ...víctimas de un sistema creado por nosotros mismos para garantizarnos todas las libertades, para permitirnos todos los deseos inútiles; nosotros, los ciegos: ...incapaces de reconocerte como Señor de la historia, a pesar de todo lo que has hecho por nosotros; nosotros, los oprimidos: ...sin fuerzas para levantar la mirada al lugar donde está nuestra verdadera casa, donde tú nos esperas.

Padre de toda gracia, seguimos teniendo necesidad de escuchar tu anuncio de salvación, de oírte pronunciar aquel «Hoy se ha cumplido... para vosotros», a fin de que se vean sacudidas en sus cimientos nuestras débiles y humanas seguridades y, por fin, liberados de todo peso, podamos salir a tu encuentro en tu eterno hoy.

 

CONTEMPLATIO

Es posible que la Sagrada Escritura haya querido esconder un misterio en la frase «proclamar el año del Señor». Los días futuros serán diferentes, incomparables con los que vemos hoy en el mundo, y también serán diferentes los meses y diferente el calendario. Por tanto, si los tiempos serán renovados por completo, nuevo será en el futuro el año portador de gracia. Estas cosas han sido anunciadas a fin de que, después de haber pasado de la ceguera a la clara visión, y de la esclavitud a la libertad, curados de nuestras múltiples heridas, lleguemos al «año de gracia del Señor».

Jesús, después de haber leído estas palabras, «enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos clavados en él» (Lc 4,20). También ahora, si lo queréis, en esta sinagoga, en esta asamblea que formamos, pueden clavarse vuestros ojos en el Salvador. Cuando consigáis dirigir la mirada más profunda de vuestro corazón hacia la contemplación de la Sabiduría, de la Verdad del Hijo único de Dios, entonces vuestros ojos verán a Jesús. Feliz asamblea aquella de la cual atestigua la Escritura que «todos los ojos estaban clavados en él» (Orígenes, Homilías sobre el evangelio de Lucas).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Hoy se ha cumplido esta Escritura» (Lc 4,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Aquí tocamos otro error de fondo. Hay «devotos» que se ilusionan con saltar fuera del presente para zambullirse en la espera del Reino futuro. De este modo, piensan permanecer fieles a lo eterno, descuidando la historia. No se dan cuenta de que lo eterno expresa la misma actualidad en las contingencias históricas. Y que por eso la traición al tiempo equivale a la traición a lo eterno. Esos tales conciben el más allá como algo totalmente separado de la tierra. No captan el nexo que existe entre ambos reinos. ¡Qué equivocación! «La salvación, el Reino de Dios, no sobrevuelan el mundo como nubes entre el cielo y la tierra, sino que están verdaderamente dentro, se preparan dentro del mundo» (Y. Congar). «La eternidad no es una especie de añadido futuro a la vida, de prolongación lineal de nuestra existencia hacia el infinito; la eternidad se encuentra ya en lo íntimo del hombre, es fruto de su obrar espiritual» (K. Rahner) [...].

En consecuencia, el presente, el hoy, contiene ya, para el cristiano, el germen del futuro. Para él ya ha comenzado verdaderamente el futuro. Y su fidelidad al presente se resuelve, en sustancia, en una fidelidad al futuro (A. Pronzato, Vangeli scomodi, Turín 1993 [edición española: Evangelios molestos, Ediciones Sígueme, Salamanca 1997]).