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LECTIO DIVINA NOVIEMBRE DE 2015

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Todos los Santos 1 de noviembre

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14

Yo, Juan,

2 ví otro ángel que subía del oriente; llevaba consigo el sello del Dios vivo y gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar:

3 -No hagáis daño a la tierra, ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente con el sello a los servidores de nuestro Dios.

4 Y oí el número de los marcados con el sello: eran ciento cuarenta y cuatro mil procedentes de todas las tribus de Israel.

9 Después de esto, miré y ví una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie delante del trono y del Cordero. Vestían de blanco, llevaban palmas en las manos

10 y clamaban con voz potente, diciendo: A nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero se debe la salvación.

11 Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono, alrededor de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, cayeron rostro a tierra delante del trono y adoraron a Dios,

12 diciendo: Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.

11 Entonces, uno de los ancianos tomó la palabra y me preguntó: -¿Estos que están vestidos de blanco quiénes son y de dónde han venido?

14 Yo le respondí: -Tú eres quien lo sabe, Señor. Y él me dijo: - Éstos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero.

 

**- La historia se va desarrollando poco a poco y está llegando a su término final. La apertura de los «siete sellos » -tal como se describe en el Apocalipsis- impone un ritmo a esta duración y va mostrando sus componentes a medida que se revelan (capítulos 6ss). El fragmento de hoy se inserta entre el sexto y el séptimo -o sea, el último- sellos como una gran liturgia que, al mismo tiempo, crea expectativas y promesas para el futuro.

        Esta liturgia celebra, en efecto, la salvación ya presente. Esa salvación está destinada a una «muchedumbre enorme» (v. 9), a todos los «que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero» (v. 14). Se trata, por consiguiente, de una salvación universal, abierta a todos, en particular a todos los que se han visto sometidos de algún modo por la persecución {thlipsis, «tribulación», se convierte en el signo de toda persecución) y salen de ella purificados.

        Como premonición y como signo de esta salvación, aparece un grupo elegido marcado con «el sello del Dios vivo». No está claro lo que significa este sello (¿se trata de una cita de Ez 9,4?, ¿de la unción bautismal?, ¿de la cruz?). Probablemente resulta más fácil identificar a los «ciento cuarenta y cuatro mil» (v. 4) que están marcados con él: son la plenitud del nuevo pueblo de Dios, el Israel renovado en todos sus componentes y puesto en la historia como signo de que el poder de Dios se revela en sus «servidores» (v. 3).

 

Segunda lectura: 1 Juan 3,1-3

Carísimos:

1 considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo ha conocido a él.

2 Queridos, ahora somos ya hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

3 Todo el que tiene en él esta esperanza se purifica a sí mismo, como él es puro.

 

**• El presente fragmento forma parte de la sección de la primera carta de Juan centrada en la justicia de Dios (2,29-4,6). El distintivo que permite reconocer al que ha «nacido de Dios» es la capacidad de obrar la justicia y de no cometer pecado (2,29; 3,9). La adecuación de la vida a la justicia de Dios podría parecer una tarea desmesurada, pero esta carta nos ayuda a comprender que eso no es simple fruto de la ascesis o de luchas gloriosas: el hijo del Justo tiene la capacidad de obrar la justicia no por simple mérito suyo; la recibe más bien de quien le engendra a la vida (2,29), del mismo modo que quien recibe la luz es iluminado interiormente por ella y puede ver incluso cómo es Dios, sosteniendo su mirada (3,2ss).

La experiencia de la filiación divina, la experiencia de deber al Padre la propia vida de fe y de amor en los cielos (cf. 5,1-4) se repite varias veces a lo largo de la carta (tékna, téknia: 2,1.12.28; 3,1.2.7.10.18; 4,4; 5,2, mientras que el término hyiós ha asumido ahora una connotación técnica destinada a expresar la persona del Hijo de Dios: cf. 1,3.7; 2,22.23; 3,8.23; 4,9.10.14.15) y se revela, por tanto, como experiencia originaria de los cristianos.

Si parece oscuro lo que falta aún para la consumación de esta filiación, es porque será revelada cuando se reconstruya nuestra semejanza con Dios (3,2).

 

Evangelio: Mateo 5,l-12a

En aquel tiempo,

1 al ver a la gente, Jesús subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos.

2 Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras:

3 Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

4 Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará.

5 Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra.

6 Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciará.

7 Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos.

8 Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios.

9 Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

10 Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

11 Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por mi causa.

12 Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos.

 

** El evangelio según Mateo puede ser estructurado en torno a cinco grandes discursos que acompasan el discurrir de los capítulos. El primer gran discurso, que tiene su comienzo en este fragmento, amplifica y despliega el anuncio profético originario de Jesús: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 4,17; cf. 3,2; 10,7). Es como una gran incrustación en la que temas y palabras se reclaman formando un cuadro global de gran efecto.

En nuestro fragmento se puede subrayar, en primer lugar, la fórmula de las bienaventuranzas: todas están construidas siguiendo un modelo semejante. Se parte de la proclamación de la bienaventuranza, que se dirige siempre a categorías «débiles» en la historia, para anunciar que esta debilidad está puesta en las manos de Dios (éste es el sentido de la forma pasiva y del tiempo futuro de los verbos). En todas ellas, en efecto, la promesa contenida en la segunda parte corresponde a la expectativa de la primera. A los que lloran les corresponde el consuelo de Dios (v. 4); a los humildes, Dios les entregará la tierra (v. 5); a quienes tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios (de justicia, según otras traducciones), Dios los saciará; con los que tienen un corazón misericordioso, Dios se mostrará misericordioso (v. 7); se mostrará plenamente transparente a los que tienen limpio el corazón (v. 8); tomará como hijos e hijas a quienes construyen la paz (v. 9).

De este esquema general se apartan, en cierto modo, la primera y la octava bienaventuranzas, que forman una gran inclusión, puesto que ambas prometen a «los pobres en el espíritu» (v. 3) y a «los perseguidos por hacer la voluntad de Dios» (la justicia, según otras traducciones) (v.10) el Reino de los Cielos. Estas dos bienaventuranzas adquieren así una densidad especial, mientras que la última aplica este anuncio evangélico a la situación de persecución por la que pasa la comunidad cristiana (vv. 11ss). El «Reino de los Cielos» se convierte de este modo en el código que permite comprender las bienaventuranzas y, además, todo el Evangelio (cf., a título de ejemplo, las parábolas que se encuentran en Mt 13).

Finalmente, podemos subrayar el hecho de que haya una última expresión ligada al Reino de los Cielos: se trata de la expresión «voluntad de Dios» («justicia», según otras traducciones) (5,10; cf. 6,33). Su sentido no corresponde a ninguna actitud legalista, que, en 5,20, está incluso condenada expresamente. Voluntad de Dios o justicia remiten, aquí y en otros lugares, al designio del Padre sobre la historia y a la transformación que Dios mismo provoca en la misma; de ahí que la exhortación final de esta primera parte del evangelio, a primera vista excesiva, sea en realidad anuncio de la verdad del cristiano como hijo de Dios: «Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (v. 48).

 

MEDITATIO

La santidad pertenece únicamente a Dios, y nadie puede reclamarla nunca para sí. La distancia entre nuestro carácter de criaturas y el Creador, la fractura entre nuestros deseos y nuestras realizaciones, la necesidad de ajustar las cuentas con los compromisos y dolores de la historia nos impiden creer que nuestra filiación divina sea algo que se nos debe. Desde este punto de vista, el balance de la historia es aún ruinoso: no somos santos.

Con todo, podemos construir la santidad en parte, armonizando nuestra propia vida con el designio de justicia que Dios ha pensado para el mundo. Lo hacen «los pobres en el espíritu», que no consiguen encontrar en ellos mismos motivos para ir hacia delante y se confían al grano de mostaza del Reino de Dios. Lo hacen los «servidores» del Señor, que intentan imitar el obrar misericordioso de Dios en la historia para convertirse en un posible signo de salvación, en un poco de levadura del Reino de Dios.

Se trata de tareas desmesuradas, que nadie consigue llegar a término por sí solo. Únicamente si nos confiamos a aquella parte todavía no revelada de nosotros mismos, a la semejanza que nos hace hijos e hijas de Dios y amados por él, sólo si creemos y nos confiamos con fe y amor a la promesa de nuestro bautismo, llegaremos a comprender cómo la salvación forma parte ya de nuestra vida y que es propio de la santidad de Dios sostener nuestra santidad.

 

ORATIO

Padre santo, tú nos has llamado hijos tuyos. Nosotros te damos gracias por tu santidad, que conduce la historia. No comprendemos todavía hasta el fondo lo que significa sentirse amados por tu santidad, pero tú mantienes viva en nosotros la imagen que has proyectado para cada uno.

Hijo justo del Padre, tú nos has abierto un paso en la historia, donde conseguimos ver cómo actúa el Padre en la historia y cómo obra en ella el Hijo. Ayúdanos a imitar tu única filiación, haznos capaces de confiarnos al Padre.

Espíritu de justicia y de santidad, si tú no purificas nuestros corazones nunca seremos capaces de abrir nuestros ojos a la mirada de Dios, nunca seremos capaces de cantar las alabanzas de Dios en la liturgia, no conseguiremos llamarnos hijos. Infunde en nuestro corazón la capacidad de escuchar la voz del Padre que nos llama hijos suyos amados.

 

CONTEMPLATIO

También nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Y lo que produce en nosotros la imagen divina no es otra cosa que la santificación, esto es, la participación en el Hijo en el Espíritu. Así que, después de que la naturaleza humana se hubiera encaminado a la perversión y se hubiera corrompido la belleza de la imagen, fuimos restaurados en el estado original, porque mediante el Espíritu ha sido reformada la imagen del Creador, es decir, del Hijo, a través del cual viene todo del Padre.

También el sapientísimo Pablo dice: «¡Hijos míos, por quienes estoy sufriendo de nuevo dolores de parto hasta que Cristo llegue a tomar forma definitiva en vosotros!» (Gal 4,19). Y él mismo mostrará que la figura de la formación de la que se habla aquí ha sido imprimida en nuestras almas por medio del Espíritu, proclamando: «Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Por nuestra parte, con la cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosa, como corresponde a la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,17ss) (Cirilo de Alejandría, Dialoghi sulla Trinitá, Roma 1982, pp. 302ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: « Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tu verdadera identidad es ser hijo de Dios. Esa es la identidad que debes aceptar. Una vez que la hayas reivindicado y te hayas instalado en ella, puedes vivir en un mundo que te proporciona mucha alegría y, también, mucho dolor. Puedes recibir tanto la alabanza como el vituperio que te lleguen como ocasiones para fortalecer tu identidad fundamental, porque la identidad que te hace libre está anclada más allá de toda alabanza y de todo vituperio humano. Tú perteneces a Dios y, como hijo de Dios, has sido enviado al mundo.

Dado que ese lugar profundo que hay dentro de ti y donde se arraiga tu identidad de hijo de Dios lo has desconocido durante mucho tiempo, los que eran capaces de afectarte han tenido sobre ti un poder repentino y a menudo aplastante. Pero no podían llevar a cabo aquel papel divino, y por eso te dejaron, y te sentiste abandonado. Pero es precisamente esta experiencia de abandono la que te ha atraído a tu verdadera identidad de hijo de Dios.

Sólo Dios puede habitar plenamente en lo más hondo de ti. Puede ser que haga falta mucho tiempo y mucha disciplina para volver a unir tu yo profundo, escondido, con tu yo público, que es conocido, amado y aceptado, aunque también criticado por el mundo; sin embargo, de manera gradual, podrás empezar a sentirte más conectado a él y llegar a ser lo que verdaderamente eres: hijo de Dios (H. J. M. Nouwen, La voce dell'amore, Brescia 21997, pp. 98ss, passim).

 

 

 

Día 2

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Creemos por fe que la muerte no es el final de la existencia humana, sino la entrada en una condición de vida nueva y definitiva: en Dios y ¡unto con todos los redimidos. La realidad de la comunión de los santos nos da la certeza de que los hermanos todavía no purificados del todo pueden recibir ayuda y consuelo por medio de nuestra oración. Por eso la Iglesia, acogiendo una antigua tradición monástica, ha dedicado un día entero a la oración de sufragio por los fieles difuntos, fijando su fecha en el 2 de noviembre, inmediatamente después de la fiesta de Todos los santos.

 

LECTIO

Primera lectura: Job 19,l-23-27a

1 Job tomó la palabra y dijo:

23 ¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en el bronce!

24 ¡Ojalá con punzón de hierro y plomo se esculpieran para siempre en la roca!

25 Pues yo sé que mi defensor está vivo y que él, al final, se alzará sobre el polvo;

26 y después que mi piel se haya consumido, con mi propia carne veré a Dios.

27 Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño, y en mi interior suspirarán mis entrañas.

 

*•• No resulta fácil compartir el sufrimiento de otro. Los amigos de Job no le ofrecen más que discursos hechos a partir de tópicos y frustrados por una sabiduría demasiado fácil. Muy distintas son las palabras de su respuesta. En efecto, cuando se encuentra casi en el umbral de la muerte y la soledad le destroza el corazón (vv. 19-22), Job intuye que Dios es su redentor, su go'el, o sea -siguiendo la práctica jurídica judía-, el pariente cercano que debe comprometerse a rescatar corriendo con los gastos (o vengar) a su pariente en caso de esclavitud, de pobreza, de asesinato. Así pues, Job puede apelar a Dios como a su último defensor, como al ser vivo que se compromete a sí mismo en favor del hombre que muere, puesto que entre Dios y el hombre existe una especie de parentesco, un vínculo indisoluble.

Job lo afirma con vigor (vv. 26ss): sus ojos contemplarán a Dios con la familiaridad de quien no es extraño a su vida.

 

Segunda lectura: Romanos 5,5-11

Hermanos:

5 Una esperanza que no engaña porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones.

6 Estábamos nosotros incapacitados para salvarnos, pero Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado.

7 Es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien, aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir.

8 Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores.

9 Con mayor razón, pues, a quienes ha puesto en camino de salvación por medio de su sangre los salvará definitivamente del castigo.

10 Porque si siendo enemigos Dios nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, nos salvara para hacernos partícipes de su vida.

11 Y no sólo esto, sino que nos sentimos también orgullosos de un Dios que ya desde ahora nos ha concedido la reconciliación por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

*•• La esperanza del hombre frente al enigma de la muerte no es vana. Como ya había intuido Job, Dios es realmente nuestro «Redentor», porque nos ama. Se ha comprometido a rescatarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte pagando el precio de la sangre de su Hijo (vv. 6-9), de un modo absolutamente gratuito. Nosotros, en efecto, éramos pecadores, impíos, enemigos, pero el Señor nos ha reconocido como «suyos» y ha muerto por nosotros, arrancándonos de la muerte eterna.

Por medio del bautismo, y participando en el misterio pascual de Cristo, es como acogemos esta gracia. Su muerte nos ha reconciliado con el Padre, su resurrección nos permite vivir como salvados. Rompiendo continuamente los lazos con el pecado y dejándonos guiar por el Espíritu derramado en nuestros corazones, actualizamos cada día la gracia de nuestro nuevo nacimiento.

 

Evangelio: Juan 6,37-40

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre:

37 Todos los que me da el Padre vendrán a mí, y yo no rechazaré nunca al que venga a mí.

38 Porque yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.

39 Y su voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día.

40 Mi Padre quiere que todos los que vean al Hijo y crean en él tengan vida eterna, y yo los resucitaré en el último día.

 

**• El verdadero centro de esta perícopa es la voluntad de Dios, a cuyo cumplimiento está orientada por completo la misión de Jesús (v. 38). Esa voluntad es un designio de vida y de salvación ofrecido a todo hombre («todos»: v. 40) a través de la mediación de Cristo, a fin de que nadie se pierda (v. 39). El designio de Dios manifiesta así su ilimitada gratuidad y, al mismo tiempo, la afectuosa atención de su caridad con cada uno. Para recibirla, es preciso responder con el libre consentimiento de la fe: quien cree en el Hijo tiene ya desde ahora la vida eterna, porque se adhiere a aquel que es la resurrección y la vida, y sólo él puede llevarnos consigo más allá del insuperable límite de la muerte.

 

MEDITATIO

Ante la muerte se impone el silencio, ese silencio que, haciéndonos entrar en el diálogo de la eternidad y revelándonos el lenguaje del amor, nos pone en una comunicación profunda con este insondable misterio. Existe un vínculo fortísimo entre aquellos que han dejado de vivir en el espacio y en el tiempo y los que se encuentran aún inmersos en ellos. Si bien la desaparición física de las personas queridas nos hace sufrir su inalcanzable lejanía, mediante la fe y la oración experimentamos una más íntima comunión con ellos. Cuando parece que nos dejan es en realidad el momento en el que se establecen más firmemente en nuestra vida: siguen estando presentes en nosotros, forman parte de nuestra interioridad, los encontramos en esa patria que ya llevamos en el corazón, allí donde habita la Trinidad.

San Pablo nos anima a vivir de una manera positiva el misterio de la muerte, haciéndole frente día tras día, aceptándola como una ley de la naturaleza y de la gracia, para ser despojados progresivamente de lo que debe perecer hasta encontrarnos ya milagrosamente transformados en aquello en que debemos convertirnos. La «muerte cotidiana» se revela así más bien como un nacimiento: el lento declinar y el ocaso desembocan en un alba luminosa. Todos los sufrimientos, las fatigas y las tribulaciones de la vida presente forman parte de este necesario, de este cotidiano morir, a fin de pasar a la vida inmortal. Debemos vivir fijando nuestra mirada en el objeto de la bienaventurada esperanza, apoyándonos únicamente en la fidelidad del Señor, que nos ha prometido la eternidad.

Si vivimos así, cuando lleguemos al ocaso de esta vida no veremos caer las tinieblas de la noche, sino que aparecerá ante nosotros -una expectativa sorprendente, no obstante-, el alba de la eternidad y tendremos la inefable alegría de sentirnos una sola cosa con el Señor.

Después de una larga fatiga seremos plenamente suyos y esa pertenencia será plenitud de bienaventuranza en la visión cara a cara.

 

ORATIO

Señor, cada día se eleva desde la tierra una acongojada oración por aquellos que han desaparecido en el misterio: la oración que pide reposo para el que expía, luz para el que espera, paz para quien anhela tu amor infinito.

Descansen en paz: en la paz del puerto, en la paz de la meta, en tu paz, Señor. Que vivan en tu amor aquellos a los que he amado, aquellos que me han amado. No olvides, Señor, ningún pensamiento de bien que me haya sido dirigido, y el mal, oh Padre, olvídalo, cancélalo.

A los que pasaron por el dolor, a los que parecieron sacrificados por un destino adverso, revélales, contigo mismo, los secretos de tu justicia, los misterios de tu amor. Concédenos esa vida interior para que en la intimidad nos comuniquemos con el mundo invisible en el que están: con ese mundo fuera del tiempo y del espacio que no es lugar, sino estado, y no está lejos de nosotros, sino a nuestro alrededor; que no es de muertos, sino de vivos (Primo Mazzolari).

 

CONTEMPLATIO

Señor, Señor Jesús, tú eres la vida eterna de la patria verdadera y eterna, puesto que tú nos la has procurado.

Tú eres la lámpara de la casa paterna que ilumina suavemente, tú eres el sol de la justicia en la tierra, tú eres el día que no llega nunca al término, tú eres el lucero del alba. Allí sólo tú eres el templo, el sacerdote y la víctima.

Tú sólo el rey y el jefe, el Señor y el maestro; tú eres el sendero de la unificación, tú eres el manantial y la paz, tú eres la dulzura infinita. Allí todos los que te pertenecen te siguen, y tú estás siempre, no te vas nunca, diriges la casta danza sobre los prados de la alegría...

Por eso, cuando se despierta en nosotros la nostalgia de la vida eterna, de la patria verdadera, de la comunión con todos los santos allá arriba en la ciudad que está sobre los montes elevados, entonces debemos convertirnos aquí abajo en humildemente pequeños en la casa del Señor, debemos cargar sobre nosotros la aflicción junto con nuestra Madre dolorosa, la Iglesia (Quodvultdeus de Cartago, cit. en K. Rahner, Mater Ecclesiae, Milán 1972, p. 108).

 

ACTIO

        Repite hoy con frecuencia esta oración: «Dales, Señor, el descanso eterno; brille para ellos una luz perpetua. Descansen en paz- Amén».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No se debe morir cuando se ama. La familia no debería conocer la muerte. Se unen para la eternidad, y para la eternidad dan la vida a otras personas. La muerte no es sólo el huésped que no se puede evitar. Se podría decir que es un miembro de la familia, un miembro celoso que, cuando llega, aleja a otros.

Sea quien sea la persona que veamos alejarse, la vida queda cambiada. Toda muerte lacera la carne común. La familia, precisamente porque es preparación para la vida, es también preparación para la muerte, y en esta cita común con el misterio no es posible saber quién será llamado el primero.

¿Por qué no se nos permite morir al mismo tiempo? Éste sería el deseo más vivo del amor, una nueva bendición nupcial a la que consentiríamos con alegría. Pero ese caso es muy raro. La Providencia tiene otros fines. Algunos de ellos son evidentes, otros se nos escapan. Por eso es difícil la fe. Nos creemos víctimas de la fatalidad, y no pensamos que, también con la muerte, sigue siendo el amor un don insigne. En una casa hay desgracias mucho más graves que la muerte. ¡Cuántas tragedias ocurren sin que nadie haya desaparecido, y cuánta ternura conservada en ausencia de las personas queridas!

La muerte no es siempre una enemiga. Mientras la padece, el amor es capaz de vencerla. Vivir significa con frecuencia separarse; morir significa, en cambio, reunirse. No es una paradoja: para aquellos que han llegado al amor más grande, la muerte es una consagración y no una ruptura. En el rondo, nadie muere verdaderamente, porque nadie puede salir de Dios. Ese que nos parece haberse detenido de improviso continúa su camino. Ha sido como pasar una página, mientras escribía su vida. De él hemos perdido lo que poseíamos de una manera temporal, pero se posee para la eternidad sólo lo que se ha perdido. La vida y la muerte no son más que aspectos diferentes de un único destino; cuando se entra en él con el corazón, ya no se distingue (A. G. Sertillanges, Nos disparus, París 1970, pp. 5-10, passím). 

 

 

Día 3

Martes de la 31ª semana del Tiempo ordinario o San Martín de Porres (3 de noviembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

San Martín de Porres nació en Lima, Perú, el 9 de diciembre de 1579. Sus padres fueron Juan, un caballero español, y Ana, una negra libre panameña. Pasó unos años de su infancia en Ecuador. De regreso con su madre en Lima, a los 12 años trabaja de aprendiz de peluquero y asistente de sacamuelas. Conoce al dominico fray Juan de Lorenzana y éste le invita a entrar en el convento. La legislación de entonces le impedía ser religioso por el color y por la raza. Martín ingresa como donado. En una visita que hace su padre al convento, habla con el padre superior y fray Martín pasa a ser hermano cooperador. El 2 de junio de 1603 se consagra a Dios con la profesión religiosa en la orden de Predicadores. Su anhelo es «pasar desapercibido y ser el último». La escoba y la cruz serán las compañeras inseparables de su vida conventual.

Muere el 3 de noviembre de 1639. El 6 de mayo de 1963, 300 años después de su muerte, fue canonizado por su buen devoto el papa Juan XXIII.

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 12,5-16a

Hermanos:

5 Así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo, y somos miembros los unos de los otros.

6 Puesto que tenemos dones diferentes, según la gracia que Dios nos ha confiado, el que habla en nombre de Dios hágalo de acuerdo con la fe;

7 el que sirve, entréguese al servicio; el que enseña, a la enseñanza;

8 el que exhorta, a la exhortación; el que ayuda, hágalo con generosidad; el que atiende, con solicitud; el que practica la misericordia, con alegría.

9 Que vuestro amor no sea una farsa; detestad lo malo y abrazaos a lo bueno.

10 Amaos de verdad unos a otros como hermanos y rivalizad en la mutua estima.

11 No seáis perezosos para el esfuerzo; manteneos fervientes en el espíritu y prontos para el servicio del Señor.

12 Vivid alegres por la esperanza, sed pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración.

13 Compartid las necesidades de los creyentes; practicad la hospitalidad.

14 Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis.

15 Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran.

16 Vivid en armonía unos con otros y no seáis altivos; antes bien, poneos al nivel de los sencillos.

 

       *•• Del anuncio de gracia -la buena noticia de que Cristo ha muerto y resucitado por nosotros, la novedad del amor gratuito del Padre- hace derivar Pablo el código de la nueva humanidad: si Dios es amor gratuito, también los hombres deben concebir su vida como don... De la gracia a la gratuidad, de la cháris a los charísmata.

       Los cristianos constituyen, en Cristo, los muchos y diversos miembros de un único cuerpo. A cada uno de ellos se le da un don, una manifestación diferente de la gracia, un modo específico de vivir la gratuidad. Lo que importa es entender el don como don, no como posesión: como algo dado para la utilidad común (cf. 1 Cor 12,7), para edificar la comunidad en la caridad, para que cada uno camine con los otros hacia la plena humanidad de Cristo (cf. Ef 4,11-16). Es preciso cultivar, por tanto, la humildad y la caridad. La «humildad» (v. 16) consiste en tener una justa valoración de nosotros mismos (cf. Rom 12,3), para servir al Señor en la comunidad llevando a cabo lo que nos corresponde con pasión y con sencillez. La «caridad» es el modo y el fin del servicio: una actitud bendecidora respecto a cada hombre, una compasión que comparte los «sentimientos » del otro acogiendo sus alegrías y sus dolores, una confianza serena y perseverante en la oración que atraviesa las estaciones de la tribulación y de la esperanza. La caridad excluye la hipocresía (v. 9: farsa) para animar de manera auténtica las fibras de nuestra existencia.

 

Evangelio: Lucas 14,15-24

En aquel tiempo,

15 uno de los convidados le dijo a Jesús: -Dichoso el que pueda participar en el banquete del Reino de Dios.

16 Jesús le respondió: -Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos.

17 A la hora de la cena, envió a su criado a decir a los invitados: «Venid, que ya está todo preparado».

18 Pero todos, uno tras otro, comenzaron a excusarse. El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses».

19 Otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me excuses».

20 Y otro dijo: «Acabo de casarme y, por tanto, no puedo ir».

21 El criado regresó y refirió lo sucedido a su señor. Entonces el señor se irritó y dijo a su criado: «Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos».

22 El criado dijo: «Señor, se ha hecho como mandaste, y todavía hay sitio».

23 El señor le dijo entonces: «Sal por los caminos y las veredas y convence a la gente para que entre, hasta que se llene mi casa.

24 Pues os digo que ninguno de aquellos que habían sido invitados probará mi cena».

 

       **• En la comida a la que le habían invitado en casa del fariseo, Jesús, apoyándose en las palabras de uno de los comensales, se inspira una vez más en el contexto de la comida para contar una parábola que trata del tema de la urgencia de responder a la llamada del Reino. La parábola habla de un hombre que dio una «gran cena e invitó a muchos» (v. 16). Todos los invitados, sin embargo, se justifican «a la hora de la cena» y no se presentan (cf. w. 17ss). El señor se irritó y, como deseaba que su casa se llenara, mandó llamar «a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos» (v. 21).

       La cena preparada (v. 17) puede muy bien referirse a la Pascua preparada para los discípulos antes de la pasión y, en definitiva, al banquete del Reino (cf. Le 22,7ss): si todo está preparado y la invitación es gratuita, sólo es preciso estar disponible. La hora de la cena (v. 17) es el hoy de la salvación - un tema entrañable al evangelista Lucas-, que pide una respuesta pronta a la llamada del Señor.

       Hay mucho «sitio» (v. 22) en la sala del banquete, pero es fácil encontrar excusas, aducir pretextos. Así, muchos se dejan tentar por la invitación (Lc 9,57-62), pero luego sienten otras voces más fuertes, dan prioridad a otros bienes, materiales o afectivos: campos, bueyes, mujer (cf w. 18-20). De éstos dice Jesús, en otro lugar: «Nadie que haya puesto la mano en el arado y vuelva la vista atrás es apto para el Reino de Dios»; sólo el que paga el precio de la renuncia recibirá cien veces más (cf. Le 18,28-30).

       Los que no responden a la invitación son reemplazados con facilidad por otros, recogidos por las calles y plazas e incluso por las «veredas» (v. 23: ¿alusión a los que estaban fuera de Jerusalén?): vendrán de todas partes y «se sentarán a la mesa en el Reino de Dios» (Lc 13,29). Está claro que la bienaventuranza de quien come el pan del Reino (v. 15) es para todos: no es un privilegio, sino algo puramente gratuito que sólo espera ser acogido. Pero ninguno de los que la rechazan (v. 24) podrá saborear la alegría del convite.

 

MEDITATIO

No es necesario ser fariseo ni tener mala voluntad para dejarnos llevar por la tentación de separar el amor a Dios y el amor al prójimo. La parábola del buen samaritano, tan conocida y meditada, es fundamental para captar la experiencia religiosa que nos trae Jesús.

En este relato descubrimos enseguida lo fundamental de su contenido:

- No podemos separar el amor a Dios y el amor al prójimo. Son las dos caras de la misma moneda. «Tuve hambre»... «Tuve sed»... «Estuve enfermo»... «Cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».

- Mi prójimo no es aquel que se acerca a mí, sino aquel a quien yo me acerco. ¿Quién de estos tres –pregunta Jesús- se hizo prójimo del herido? Soy yo quien debe aproximarse.

- ¿De quién tengo que hacerme prójimo, a quién tengo que acercarme? La parábola lo expresa con mucha claridad: a cualquiera que esté caído, marginado, atropellado en los caminos o en los juzgados, despojado de

sus derechos...

- No nos andemos con rodeos... Los dos personajes, representantes oficiales del templo y el culto, que dieron un rodeo para cumplir con Dios, abandonando al prójimo, quedan descalificados en esta parábola.

- Otro punto clarísimo que descubrimos en este relato es la apertura a los extranjeros, a los que en aquel tiempo eran tenidos por herejes o de otra religión: los samaritanos. Al jurista le da grima pronunciar su nombre, y dice simplemente «aquel». Sin embargo, Jesús le dice: «Anda y haz tú lo mismo».

Todo esto me hace pensar que san Martín de Porres, el sencillo «fray escoba», no sabía mucho de leyes, ni de normas escritas en los papeles. Él se dejaba mover más por la ley del amor escrita en los corazones. ¡Y ahí lo tenemos de modelo!

 

ORATIO

Señor, Dios nuestro, que has querido conducir a san Martín de Porres por el camino de la humildad a la gloria del cielo, concédenos la gracia de seguir sus ejemplos, para que merezcamos ser contados con él en la gloria.

 

CONTEMPLATIO

Martín nos demuestra, con el ejemplo de su vida, que podemos llegar a la salvación y a la santidad por el camino que nos enseñó Cristo Jesús: a saber, si en primer lugar amamos a Dios con todo nuestro corazón, con  toda nuestra alma y con todo nuestro ser y si, en segundo lugar, amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Él sabía que Cristo Jesús padeció por nosotros y, cargado con nuestros pecados, subió al leño, y por esto tuvo u n amor especial a Jesús crucificado, de modo que, al contemplar sus atroces sufrimientos, no podía evitar el derramar abundantes lágrimas. Tuvo también una singular devoción al santísimo sacramento de la eucaristía, al que dedicaba con frecuencia largas horas de oculta adoración ante el sagrario, deseando nutrirse de él con la máxima frecuencia que le era posible.

Además, san Martín, obedeciendo al mandamiento del divino Maestro, se ejercitaba intensamente en la caridad       con sus hermanos, caridad que era fruto de su fe íntegra y de su humildad. Amaba a sus prójimos porque los consideraba verdaderos hijos de Dios y hermanos suyos, y los amaba aún más que a sí mismo, ya que, por su humildad, los tenía a todos por más justos y perfectos que él.

Disculpaba los errores de los demás; perdonaba las más graves injurias, pues estaba convencido que era mucho más lo que merecía por sus pecados; ponía todo su empeño en retornar al buen camino a los pecadores; socorría con amor a los enfermos; procuraba comida, vestido y medicinas a los pobres; en la medida que le era posible, ayudaba a los agricultores y a los negros y mulatos, que, por aquel tiempo, eran tratados como esclavos de la más baja condición, lo que le valió, por parte del pueblo, el apelativo de «Martín de la caridad».

Este santo varón, que con sus palabras, su ejemplo y sus virtudes impulsó a sus prójimos a una vida de piedad, ahora goza de un poder admirable para elevar nuestras mentes a las cosas celestiales. No todos, por desgracia, son capaces de comprender estos bienes sobrenaturales, no todos los aprecian como es debido; al contrario, son muchos más los que, enredados en sus vicios, los menosprecian, los desdeñan o los olvidan completamente. Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos la dulzura y la felicidad que se encuentran en el seguimiento de Jesucristo y en la sumisión a sus divinos mandatos. (De la homilía del papa Juan XXIII en la canonización de san Martín de Porres.)

 

ACTIO

A san Martín de Porres popularmente se le llama con cariño «fray Escoba». Parece que era su instrumento de trabajo. Con él servía a su comunidad. Pues yo hoy, al barrer, al servir con humildad a los demás, le voy a pedir que me haga sencillo y humilde, como lo fue él por amor a Cristo.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Martín ve confirmado en su persona el Evangelio: «El que se humilla será ensalzado». Este hombre, que sintonizaba con la oscuridad de su piel y disfrutaba en Dios al verse humillado y postergado, pasados los siglos será un santo que centre en su persona dos continentes: Europa y América. San Martín es querido por todos, invocado por ricos y pobres,  enfermos y menesterosos, por hombres de ciencia y por ignorantes. Juan XXIII sentía verdadera devoción por san Martín de Porres: una pequeña imagen de marfil presidía la mesa de su despacho y él mismo lo canonizó el 6 de mayo de 1962.

Su imagen o su estampa va en los viajes, está en las casas y en los hospitales, en los libros de rezo y en los de estudio. Todo porque fue humilde, obediente y, como dijera Juan XXIII, «es Martín de la caridad». A nadie extraña que sea patrono de los Hermanos Cooperadores Dominicos, del gremio de los peluqueros, de la limpieza pública, los farmacéuticos y los enfermeros.  Una congregación sudafricana le tiene por abogado: son las Hermanas Dominicas de San Martín de Porres. Todos se gozan de que fray Escoba sea su patrono y su ejemplo. 

 

 

 

 

Día 4

San Carlos Borromeo

Liturgia de las Horas de hoy

San Carlos Borromeo, un santo que tomó muy en serio las palabras de Jesús; "Quien ahorra su vida, la pierde, pero el que gasta su vida por Mí, la ganará". Era de familia muy rica. Su hermano mayor, a quien correspondía la mayor parte de la herencia, murió repentinamente al caer de un caballo. El consideró la muerte de su hermano como un aviso enviado por el cielo, para estar preparado porque el día menos pensado llega Dios por medio de la muerte a pedirnos cuentas. Renunció a sus riquezas y fue ordenado sacerdote y mas tarde Arzobispo de Milán. Aunque no faltan las acusaciones de que su elección fue por nepostismo (era sobrino del Papa), sus enormes frutos de santidad demuestran que fue una elección del Espíritu Santo. Como obispo, su diócesis que reunía a los pueblos de Lombardía, Venecia, Suiza, Piamonte y Liguria. Los atendía a todos. Su escudo llevaba una sola palabra: "Humilitas", humildad.  El, siendo noble y riquísimo, vivía cerca del pueblo, privándose de lujos. Fue llamado con razón "padre de los pobres". Decía que un obispo demasiado cuidadoso de su salud no consigue llegar a ser santo y que a todo sacerdote y a todo apóstol deben sobrarle trabajos para hacer, en vez de tener tiempo de sobra para perder. Para con los necesitados era supremamente comprensivo. Para con sus colaboradores era muy amigable y atento, pero exigente. Y para consigo mismo era exigentísimo y severo. Fue el primer secretario de Estado del Vaticano (en el sentido moderno). Fue blanco de un vil atentado, mientras rezaba en su capilla, pero salió ileso, perdonando generosamente al agresor. Fundó seminarios para formar sacerdotes bien preparados, y redactó para esos institutos unos reglamentos tan sabios, que muchos obispos los copiaron para organizar según ellos sus propios seminarios. Fue amigo de San Pío V, San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Félix de Cantalicio y San Andrés Avelino y de varios santos más. Murió joven y pobre, habiendo enriquecido enormemente a muchos con la gracia. ……murió diciendo: "Ya voy, Señor, ya voy". En Milán casi nadie durmió esa noche, ante la tremenda noticia de que su queridísimo Cardenal arzobispo, estaba agonizando

LECTIO

Primera lectura: Romanos 13,8-10

Hermanos:

8 Con nadie tengáis deudas, a no ser la del amor mutuo, pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley.

9 En efecto, los preceptos de no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro que pueda existir, se resumen en éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

10 El que ama no hace mal al prójimo; en resumen, el amor es la plenitud de la ley.

 

       *•• Tras haber recordado que es bueno dar a cada uno lo que se le debe {cf. Rom 13,7), Pablo nos recuerda la existencia de una «deuda» que nunca puede ser liquidada y que no es preciso cansarse en pagar: el amor recíproco. El amor «resume» los mandamientos y «es la plenitud de la ley». Según el Talmud, también Hillel, padre de Gamaliel, maestro de san Pablo -en el comentario a Tob 4,15-, enseñaba lo siguiente (aunque de forma negativa): «Lo que detestes para ti, no se lo hagas al prójimo: en eso consiste toda la ley; el resto no es más que explicación».

       San Pablo dedica un gran espacio a valorar críticamente la función de la ley; ahora bien, para que se cumpla la justicia de la ley no hay, en última instancia, más que un camino: el amor gratuito de Cristo, que, precisamente, ha venido para darle cumplimiento y no para aboliría. Consiste este amor en mostrarse sencillo a la hora de hacer el bien, en no cerrar los ojos a las contiendas y los celos devolviendo mal por mal, que es dejarse vencer por el mal, pues se vence al mal con el bien (cf. 12,17-21). Amor al otro (v. 8), a cualquier otro (cf Gal 3,28): un amor del que Cristo, en quien Dios ha querido resumirlo todo, nos ha dado ejemplo y con el que es necesario que conformemos nuestra propia vida para participar en la plenitud de Dios (cf. Ef 1,10; 3,17-19). Porque, si el amor resume y cumple la ley, es Cristo quien resume y realiza de manera cabal nuestra humanidad.

 

Evangelio: Lucas 14,25-35

En aquel tiempo,

25 como le seguía mucha gente, Jesús se volvió a ellos y les dijo:

26 -Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

27 El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío.

28 Si uno de vosotros piensa construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos y a ver si tiene para acabarla?

29 No sea que, si pone los cimientos y no puede acabar, todos los que le vean se pongan a burlarse de él,

30 diciendo: «Éste comenzó a edificar y no pudo terminar».

31 O si un rey está en guerra contra otro, ¿no se sienta antes a considerar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que le va a atacar con veinte mil?

32 Y si no puede, cuando el enemigo aún está lejos, enviará una embajada para negociar la paz.

33 Del mismo modo, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío.

 

       **• La Palabra de Jesús y las «maravillas que realizó» (Lc 13,17) le procuraron que le siguiera mucha gente: ahora le vemos insistiendo en las exigencias que implica el seguimiento. En primer lugar, es preciso volver a apostar por la gratuidad y poner en cuestión nuestros propios vínculos afectivos e incluso nuestra propia vida (v. 26: nuestro texto traduce «renunciar» en vez del «odiar» que aparece literalmente en el texto original, porque «odiar» es un hebraísmo que implica un desprendimiento radical). El hombre de la parábola de Le 14,15-24 había comprendido bien que estaba justificado no poder corresponder a una invitación a cenar: «Acabo de casarme y, por tanto, no puedo ir» (Lc 14,20). Es preciso renunciar, además, «a todo lo que tiene» (v. 33).

       Si lo más urgente es buscar el Reino de Dios (cf. Lc 12,31), el seguimiento asume entonces la forma de la pobreza (pobreza de afectos, pobreza de bienes materiales): dejarlo «todo» (característica del relato de la llamada a los discípulos de Le 5,1-11) para ponerse «detrás» de uno (cf. 9,23), llevando la propia cruz (v. 27). No se trata de odiar, sino -como explica de manera adecuada Le 16,13- de la imposibilidad de servir a dos señores, de tener dos absolutos en nuestra propia vida. Parecerá que estamos perdiendo la vida, pero es el único modo de salvarla, y esto, en efecto, resulta evidente si nos preguntamos qué es aquello de lo que depende la vida: a buen seguro, no de los bienes (Lc 12,15).

       Es verdad, sin embargo, que la decisión de seguir a Cristo debe ser meditada de manera adecuada: del mismo modo que es necesario valorar los recursos disponibles para construir una torre y la oportunidad de hacer frente a un enemigo declarándole la guerra o preparando la paz (w. 28-32). Es preciso calcular nuestra propia fuerza/capacidad (w. 28-32), pero sabiendo - a ejemplo del Maestro, del fuerte que tuvo necesidad de consuelo (cf. Lc 3,16; 22,43)- que «lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (Lc 18,27).

 

MEDITATIO

       La Palabra del Señor interpela mi libertad y me provoca a elegir: ¿por quién y por qué vivo? Estoy invitado a hacer que brille la verdad dentro de mí, a decirme cuál es el valor absoluto que jerarquiza mi vida. Jesús nos dice claramente que la opción por él no puede estar subordinada a nada más. No se trata de una pretensión por parte del Señor, sino de una indicación preciosa: el hombre se convierte en tal cuando se unifica a sí mismo en torno a un polo; si no lo hace, se dispersa, asume mil rostros y se encuentra dividido. El radicalismo que el Señor me propone es la condición necesaria para llevar una vida auténtica.

       Pero me dice algo más: que es preciso que yo sea consciente de la opción que realizo. En esto consiste la invitación a conocerme a mí y a conocerle a él. No tiene sentido elegir «al azar» o hacerlo siguiendo la onda emotiva de cualquier experiencia «fuerte», por exaltadora o decepcionante que sea.

       Jesús quiere ser seguido por personas libres y responsables, que asuman de una manera coherente las consecuencias de la opción que han tomado. En el seguimiento de Jesús está implicado todo lo que soy, porque se trata de una cuestión de amor, de un amor que no es ciego, sino inteligente, de un amor auténtico y no de un amor trivial, de un amor que sabe atravesar los amplios espacios de la fidelidad, de la perseverancia, de

la gratuidad.

       Fidelidad, perseverancia, gratuidad: son palabras que con excesiva frecuencia me dejan turbado, palabras que tengo miedo de llevar a la práctica, palabras con las que me parece que casi pierdo la vida. Jesús me repite que precisamente este amor es la realización cabal –no la pérdida- de la vida. ¿Qué elijo?

 

ORATIO

       Oh Dios, concédeme el valor de experimentar el amor que tú nos has mostrado con tu ejemplo. Me ves titubeante, reacio a soltar las amarras con las que acostumbro a anclar mis días en una seguridad hecha a mi medida. El amor que tú propones lo conoce el que te sigue, porque tú lo has dado a conocer con tus palabras y tu ejemplo; ese amor me parece como el océano, cuyos límites no logro ver y me parece imposible surcar.

       Te doy gracias, Dios mío, porque me hablas con claridad, porque no me engañas ni, más aún, me invitas a engañarme a mí mismo, con mis fáciles entusiasmos y los igualmente fáciles derrotismos. Quieres que reflexione antes de decirte: «Aquí estoy, Señor», porque me quieres como protagonista responsable de mi historia.

       Pero, precisamente porque quieres para mí un bien infinito, me recuerdas -y me lo recuerdas siempre- que sólo el amor me hace persona humana, que sólo el amor me da esa plenitud que tanto busco: el amor que aprendo de ti, siguiéndote.

 

CONTEMPLATIO

       Quien sólo se posee a sí mismo no posee nada, porque no subsiste sin muchos (otros).

       En efecto, sin los miembros, no subsiste el alma en el cuerpo, y sin ellos no recibe la recompensa por sus fatigas.

       El alma tiene necesidad de los miembros, aunque sea alma.

       El hombre aún tiene más necesidad del otro.

       El hombre lleva a cabo el camino de la justicia con el otro, y si es justificado sin el otro no es un hombre.

       El hombre no puede llegar a ser hombre sin el otro, y la justicia sin el hombre no es justicia.

       Tú, hombre, que intentas ser justo y bueno: haz a tus compañeros lo que deseas que te hagan a ti.

       Quieres recibir el salario por tus fatigas en el día de la recompensa: paga a tu compañero la deuda del amor y recibirás la recompensa.

       Deseas encontrar al esposo celestial revestido de luz: haz resplandecer tu rostro ante tus amigos y lo habrás encontrado.

       Quieres entrar con los sabios en esta felicidad: instruye a los necios y estarás a la cabeza de los sabios.

       Nadie entra en ese sitio hasta que no lleva a alguien con él: eso es lo que se pide a lo que entran (Narsai di Edessa, L'olio della misericordia, Magnano 1997, p. 33).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Con nadie tengáis deudas, a no ser la del amor mutuo» (Rom 13,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El amor, para llegar a su cabal realización, exige la entrega mutua de las personas. Sólo de este modo puede ser el amor un «sí» pleno, porque una persona sólo se abre a la otra en la entrega. Sólo cuando llegan a ser una sola cosa es posible el verdadero conocimiento de las personas. El amor en esta forma suya, que es la más elevada, incluye por e so el conocimiento. Es, al mismo tiempo, recepción y acción libre; por consiguiente, incluye asimismo la voluntad y es satisfacción del deseo [...]. Ahora bien, debe ser siempre entrega para ser amor auténtico. Un deseo que sólo quiera sacar ventajas para sí, sin entregarse, no merece el nombre de amor. Podemos decir, tranquilamente, que el espíritu finito alcanza su vida más elevada y más plena en el amor...

       Si, en su realización más elevada, el amor es entrega mutua y un llegar a ser una sola cosa, eso incluye una pluralidad de personas. El «apego» a nuestra propia persona y la autoafirmación de nosotros mismos -típicos del amor a nosotros mismos equivocado- constituyen exactamente lo contrario de la esencia divina, que es entrega de sí. La única realización perfecta del amor es la misma vida divina, la mutua entrega de las personas divinas. Aquí cada persona encuentra en la otra a sí misma, y puesto que su vida es, como su esencia, una, así el amor recíproco es, al mismo tiempo, amor de sí mismas, es un «sí» dicho a la propia esencia y a la propia persona (E. Stein, // mistero della vita interiore, Brescia 1999, pp. 75-77, passim).

 

 

 

Día 5

Jueves de la 31ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 14,7-13

Hermanos:

7 Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo;

8 si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor.

9 Para eso murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

10 Entonces, ¿cómo te atreves a juzgar a tu hermano? ¿Cómo te atreves a despreciarlo, si todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios?

11 Porque dice la Escritura: Por mi vida, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y todos darán gloria a Dios.

12 Así pues, cada uno de nosotros rendirá cuentas a Dios de sí mismo.

13 Por tanto, dejemos ya de criticarnos los unos a los otros. Procurad, más bien, no ser ocasión de caída y de pecado para el hermano.

 

       **• «Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor» (v. 8): la vida nueva del cristiano brota de un sentido de pertenencia {cf. también 1 Cor 3,23), de la decisión de estar de Yaparte de Cristo, acogido como Señor de nuestros propios días. En los pasajes de Is 45,23 y 49,18 leemos el reconocimiento del señorío de Dios, que se extiende a todo el universo: un señorío de misericordia y escucha, al que el pueblo de Israel gozaba con volver.

       La necesidad de dar cuentas ante el «tribunal de Dios» se convierte así en una invitación a mirar con ojos profundos nuestra propia existencia, reorientándola en virtud de una pasión (vivir para el Señor, morir para el Señor: v. 8), que es lo único que le puede dar sentido.

       La calidad de una vida que se desarrolla enteramente ante el Señor induce, por consiguiente, a superar el prejuicio mediante la acogida de la diversidad y de la debilidad. La modalidad más profunda de hospitalidad (Rom 12,13) es la acogida del otro icf. 14,1; 15,7). El prójimo es hermano.

       De la pertenencia a Cristo Señor, de la conciencia de que con su muerte y resurrección ha rescatado nuestra vida del absurdo, a la pertenencia cultivada en la vida de un modo cada vez más totalizador: ninguna vida puede encerrarse y replegarse en sí misma, sino que –en un clima de respeto a los caminos personales- cada uno de nosotros está llamado a abrirse a unas relaciones de caridad de las que Cristo mismo es fuente en última instancia.

 

Evangelio: Lucas 15,1-10

En aquel tiempo,

1 todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle.

2 Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban: -Éste anda con pecadores y come con ellos.

3 Entonces Jesús les contó esta parábola:

4 -¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la descarriada hasta que la encuentra?

5 Y cuando da con ella, se la echa a los hombros lleno de alegría

6 y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!».

7 Pues os aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

8 O ¿qué mujer, si tiene diez monedas y se le pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y la busca con todo cuidado hasta encontrarla?

9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había extraviado!».

10 Os aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta.

 

       **• Jesús, que se junta con pecadores y come con ellos (v. 2), se atrae las críticas y las murmuraciones de los fariseos y de los maestros de la Ley. Por tanto, las tres parábolas que forman el capítulo 15 del evangelio de Lucas van dirigidas a ellos: son las llamadas «parábolas de la misericordia», porque ilustran la misericordia de Dios, que acoge a cuantos se acercan para escuchar su Palabra (v. 1) y, además, es el primero en salir en busca del hombre.

       De estas tres parábolas hemos leído hoy dos. La primera (w. 4-7) narra la recuperación de una «oveja» por parte de un pastor; la segunda (w. 8-10), la recuperación de una moneda, concretamente un dracma (moneda griega que corresponde al denario romano y equivale al salario de una jornada de trabajo de un jornalero agrícola). La estructura de ambas es análoga. De «cien» ovejas se pierde «una»; de diez «dracmas» se pierde «uno». Es digno de señalar el cuidado con el que se lleva a cabo la búsqueda del bien perdido, olvidando todo lo demás; el evangelista lo subraya describiendo las acciones del que se pone a buscar: el pastor «deja» las otras ovejas (por otra parte, el lugar donde pastan normalmente los rebaños en Palestina es el desierto) y «va a buscar» a la descarriada; la mujer «enciende» la lámpara, «barre» la casa y «busca con cuidado». La reacción ante la recuperación es idéntica: el pastor vuelve a casa «alegre» con la oveja sobre los hombros (Is 49,22 describe de la misma forma el regreso de los hijos de Israel del exilio), y la mujer llama a sus amigas y vecinas para invitarlas a compartir la alegría del feliz desenlace de la búsqueda.

       Algunos breves rasgos, de una buena eficacia plástica, expresan el cuidado amoroso y la preocupación sincera de Dios, que va en busca del hombre que se ha perdido, así como la alegría porque uno -uno sólo- se haya convertido y haya vuelto a dirigir su mirada al Padre. Está también la alegría del que escucha, de quien ya tiene experiencia de este Dios que no sabe quedarse esperando, sino que sale al encuentro, se conmueve, corre (cf. Le 15,20) «a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10).

 

MEDITATIO

       Vivimos: es un hecho que damos por descontado, tan por descontado que no es raro trivializarlo o incluso sentirnos aburridos, de suerte que, sin llegar a gestos extremos, sobrevivimos sin «ganas de vivir». Si no consigo apreciar mi vida, muy difícilmente podré estimar y valorar la de los otros.

       La imagen del pastor atento a su oveja pretende comunicarme la pasión de Dios por mi vida. No se siente en paz hasta que no me ha recuperado, después de que yo me haya alejado de él, y desborda de alegría apenas me dejo abrazar. Tal vez sea éste precisamente el mensaje que estoy esperando: que alguien se interesa por mí. Más aún, alguien, mi Creador, no desea otra cosa sino que esté vivo y me sienta seguro.

       Necesito estar disponible para dejarme buscar, para «ver» la alegría que Dios siente por mí. Así podré captar algo de la belleza de la vida, que no es un terreno de rapiña para explotar lo más posible, sino un don para celebrar.

       Dios me ha dado la vida y recurre a todo para que yo la viva en plenitud. Ésa es su misericordia. Es inútil que me engañe a mí mismo: viviendo con él y para él es como la vida tiene sentido y sabor. Junto a él aprendo a no poner obstáculos a la vida de los otros y, más aún, a ser yo mismo «dador» de misericordia. Es posible que entonces la vida se vuelva consistente también para mí, y no será ése un valor evanescente, ese ave fénix que aparece a veces, sino que será la experiencia de la comunión.

 

ORATIO

       He recorrido senderos escarpados, Señor, en mi huida... Una carrera afanosa e inquieta la mía. Pero ¿hacia dónde?

       A tientas agarro tu mano, la descubro siempre tendida hacia mí; y me aplaco. Dejo que mi corazón se caliente con la chispa de alegría de tus ojos, Señor de mi vida. Ahora te reconozco: tú eres mi respiración, mi luz, mi quietud, mi alegría. Si vivo es porque tú me mantienes en la vida. ¿Qué tengo que no haya recibido? En mi rendimiento a tu misericordia, me descubro con una mirada diferente hacia los otros: también eres la respiración, la luz, la quietud y la alegría para ellos.

       Y te ruego: ayúdanos, a todos, a no juzgarnos. Haz que sepamos darnos, recíprocamente, el bien más precioso que hemos recibido: tu misericordia. Haz que sepamos gozar de la alegría que sientes por cada uno de nosotros.

 

CONTEMPLATIO

       Esta manera de amar es la que yo querría que tuviésemos nosotras; aunque a los principios no sea tan perfecta, el Señor la irá perfeccionando. Comencemos en los medios, que aunque lleve algo de ternura, no dañará, como sea en general.

       Es bueno y necesario algunas veces mostrar ternura en la voluntad, y aún tenerla, y sentir algunos trabajos y enfermedades de las hermanas, aunque sean pequeños; que algunas veces acaece dar una cosa muy liviana tan gran pena como a otra daría un gran trabajo, y a personas que tienen de natural apretarle mucho pocas cosas. Si vos le tenéis al contrario, no os dejéis de compadecer. Y por ventura quiere nuestro Señor reservarnos de esas penas y las tememos en otras cosas; y de las que para nosotras son graves -aunque de suyo lo sean- para la otra serán leves. Ansí que en estas cosas no juzguemos por nosotras ni nos consideremos en el tiempo que, por ventura sin trabajo nuestro, el Señor nos ha hecho más fuertes, sino considerémonos en el tiempo que hemos estado más flacas.

       Mirad que importa este aviso para sabernos condoler de los trabajos de los prójimos, por pequeños que sean, en especial a almas de las que quedan dichas: que ya éstas, como desean los trabajos, todo se les hace poco, y es muy necesario traer cuidado de mirarse cuando era flaca y ver que si no lo es, no viene de ella; porque podría por aquí el demonio ir enfriando la caridad con los prójimos y hacernos entender es perfección lo que es falta. En todo es menester cuidado y andar despiertas, pues él no duerme; y en los que van en más perfección, más, porque son muy más disimuladas las tentaciones, que no se atreve a otra cosa, que no parece que se entiende el daño hasta que está ya hecho, si -como digo no se trae cuidado. En fin, que es menester siempre velar y orar, que no hay mejor remedio para descubrir estas cosas ocultas del demonio y hacerle dar señal que la oración. Procurad también holgaros con las hermanas cuando tienen recreación, con necesidad de ella, y el rato que es de costumbre, aunque no sea a vuestro gusto, que, yendo con consideración, todo es amor perfecto (Teresa de Jesús, Camino de perfección, 7, 5-6 (códice de Valladolid), Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 91997, p. 269).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Os aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta» (Lc 15,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Es, pues, de importancia suprema que consintamos en vivir para otros y no para nosotros mismos. Cuando hagamos esto, podremos enfrentarnos a nuestras limitaciones y aceptarlas. Mientras nos adoremos en secreto, nuestras deficiencias seguirán torturándonos con una profanación ostensible. Pero si vivimos para otros, poco a poco descubriremos que nadie cree que somos «dioses». Comprenderemos que somos humanos, iguales a cualquiera, que tenemos las mismas debilidades y deficiencias, y que estas limitaciones nuestras desempeñan el papel más importante en nuestras vidas, pues por ellas tenemos necesidad de otros y los otros nos necesitan. No todos somos débiles en los mismos puntos, y por eso nos complementamos y nos suplementamos mutuamente, cada uno rellenando el vacío del otro [...].

       Todo hombre es un pedazo de mí mismo, porque yo soy parte y miembro de la humanidad. Todo cristiano es parte de mi cuerpo, porque somos miembros de Cristo. Lo que hago, para ellos y con ellos y por ellos lo hago también. Lo que hacen, en mí y por mí y para mí lo hacen. Con todo, cada uno de nosotros permanece responsable de su participación en la vida de todo el cuerpo. La caridad no puede ser lo que se pretende que sea si yo no comprendo que mi vida representa mi participación en la vida de un organismo totalmente sobrenatural al que pertenezco.

       Únicamente cuando esta verdad ocupa el primer sitio, encajan las otras doctrinas en su contexto adecuado. La soledad, la humildad, la negación a uno mismo, la acción y la contemplación, los sacramentos, la vida monástica, la familia, la guerra y la paz: nada de esto tiene sentido sino en relación con la realidad central que es el amor de Dios viviendo y actuando en aquellos a quienes él ha incorporado en su Cristo (Th. Merton, Nessun uomo é un'isola, Milán 1956, 19ss, passim [versión española tomada de www.feyrazon.org]).

 

 

Día 6

Mártires del siglo XX en España

Liturgia de las Horas de hoy

 

Los santos y beatos mártires del siglo XX son 1523 reconocidos por la Iglesia: el total de eclesiásticos asesinados en los años treinta está en torno a los siete mil, de los cuales 12 eran obispos, unos 4000 sacerdotes seculares y cerca de 3000 religiosos y religiosas. Los laicos que fueron muertos por el hecho de ser católicos se cuentan también por miles.

Los mártires del siglo XX son personas de la misma fibra espiritual que los de los primeros siglos y los de todas la épocas. Son cristianos que, llegada la hora de la verdad, prefirieron morir a traicionar su fe. En 1936, al joven sacerdote menorquín, Juan Huget, de 23 años, el militar llegado a su pueblo de Ferreríes le exigió que, si no quería morir, escupiera el crucifijo que llevaba en la sotana que le acaban de arrancar. No lo hizo, y fue asesinado a sangre fría, de un tiro en la cabeza.

Los perseguidores siempre tienen una excusa política: puede ser "traición a Roma" o "traición a la revolución", pero siempre hay en el corazón de los mártires un amor más fuerte que la muerte y en la intención de los verdugos, un odio objetivo a la fe profesada por sus víctimas. Para los romanos, la fe cristiana era causa nefanda de corrupción del civismo de los súbditos de Roma y de disolución del Imperio. Los revolucionarios de la Europa del siglo XX pensaban que la fe cristiana era "el opio del pueblo", o bien, un veneno para el "superhombre". Tanto la Roma pagana, "feliz y madre", como el Estado totalitario, supuestamente creador del "hombre nuevo", ocupaban de hecho el lugar de Dios y violentaban, por tanto, la conciencia de quienes no podían reconocer otra divinidad que la de Aquél que ha creado el cielo y la tierra, y revelado plenamente su omnipotencia en la debilidad de la Cruz.

La veneración de los mártires acompaña a la Iglesia desde sus orígenes. "Si a mí me han perseguido, también lo harán con vosotros". Jesús hace referencia con estas palabras al misterio de la iniquidad. El mal no puede ser vencido con el mal, sino con el bien. Por eso, el Salvador aceptó la persecución y la anunció a sus discípulos. La Iglesia venera a los mártires más que a los otros santos. Ellos se han configurado con Jesucristo en su muerte salvadora. Sobre los sepulcros de los mártires se celebra el sacrificio de la Misa que actualiza el sacrificio de la Cruz. Ellos completan de modo muy especial "lo que falta" a la pasión salvadora del Señor. ¿Y qué le falta? El testimonio supremo del amor que los bautizados ofrecen al Señor aceptando la muerte y ofreciendo perdón, como el mismo Cristo.

La sociedad de nuestros días está muy necesitada de fuentes profundas de humanidad. El hastío de vivir que embarga a tantos jóvenes y mayores no viene sólo ni principalmente de las malas condiciones económicas impuestas por la crisis. Del hastío a los odios sociales la distancia puede ser corta. Al beatificar a los mártires, la Iglesia no apunta a los culpables de sus muertes; apunta al potencial de humanidad que se encierra en aquellas vidas entregadas. Los mártires son ejemplo de generosidad, porque son ejemplo de fe. Ellos habían encontrado el tesoro de su vida en el amor de Dios: lo tenían todo. No tenían que buscar nada más. Podían dar la vida y otorgar perdón. Pero no son sólo ejemplo, son también poderosos intercesores en el combate de la fe y en la búsqueda de la paz.

LECTIO

Primera lectura: Romanos 15,14-21

14 Estoy convencido, hermanos míos, de que estáis llenos de bondad, repletos de todo conocimiento, preparados para amonestaros unos a otros. 15 Con todo, os he escrito un tanto atrevidamente, con la intención de recordaros algunas cosas. Lo hago en virtud de la gracia que Dios me ha concedido,

16 de ser ministro de Cristo Jesús entre los paganos, ejerciendo el oficio sagrado de anunciar el Evangelio, a fin de que la ofrenda de los paganos, consagrada por el Espíritu Santo, sea agradable a Dios.

17 Podría enorgullecerme en Cristo Jesús de la tarea llevada a cabo al servicio de Dios,

18 pero sólo me atreveré a hablar de lo que Cristo ha realizado sirviéndose de mí, para que, con la palabra o con la acción,

19 a través de signos y prodigios, y con la fuerza del Espíritu Santo, los paganos acogieran la fe. Así que desde Jerusalén y en todas direcciones hasta llegar a Iliria he dado a conocer el Evangelio de Cristo.

20 Eso sí, he procurado no proclamar el Evangelio allí donde Cristo ya era conocido, para no edificar sobre fundamento ajeno,

21 pues como dice la Escritura: Los que nada conocían de él, lo verán y los que nada habían oído, entenderán.

 

       *»• Con extrema delicadeza justifica san Pablo, en la conclusión de su carta dirigida a los cristianos de Roma, el atrevimiento {cf v. 15) con el que se ha dirigido a ellos. Reconoce, por consiguiente, que también ellos son ricos en «bondad» y «conocimiento», capaces de crecer en la ayuda mutua para edificarse recíprocamente según el pensamiento del Señor, e interpreta su ministerio como el de quien ayuda a recordar lo que ya se ha aprendido.

       Apelando a la «gracia» que Dios le ha concedido de ser predicador del Evangelio entre los paganos, describe su propio ministerio empleando términos propios de un auténtico ministerio litúrgico (v. 16): Pablo es el liturgo de Cristo, alguien que ejerce el «oficio sagrado», y aquellos a quienes ha llegado su predicación constituyen la «oblación» a Dios. La liturgia del apóstol {cf Rom 1,9) presenta el modo propio en el que da culto a Dios con su vida, algo que ya había exhortado a hacer a los cristianos de Roma {cf. 12,1). Ese culto nace de la conciencia de estar en «deuda» {cf 1,14): la deuda de quien sabe que ha recibido de Cristo una gracia particular a la que intenta corresponder prestando su propia «debilidad» al «poder» del Evangelio. De este modo, el apóstol Pablo se convierte en instrumento de Dios, «con la palabra y con la acción», confirmado «a través de signos y prodigios», «con la fuerza del Espíritu Santo» (w. 18s).

       San Pablo predicó el Evangelio de Cristo en la zona comprendida entre la frontera extrema de Jerusalén (sudeste) y la Iliria (noroeste), para llevar a todos a la «obediencia», a la escucha de la Palabra, esforzándose por llegar en particular a cuantos todavía no habían sido evangelizados por otros (cita a Is 52,15, en el v. 21; cf. 2 Cor 10,15s). La comunidad cristiana de Roma, a decir verdad, había sido fundada por otros -y eso había constituido un impedimento para una eventual visita del apóstol {cf Rom 1,13; 15,22)-, pero, ahora que tiene la ocasión, desea ir a visitar a los romanos para recoger algún fruto entre ellos (Rom 1,13), recibir ayuda y gozar de su presencia (15,24), descansando entre ellos (15,32) antes de salir para España.

 

Evangelio: Lucas 16,1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

1 -Había un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante su amo de malversar sus bienes.

2 El amo lo llamó y le dijo: «¿Qué es lo que oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque no vas a poder seguir desempeñando ese cargo».

3 El administrador se puso a pensar: «¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita la administración? Cavar ya no puedo; pedir limosna me da vergüenza.

4 Ya sé lo que voy a hacer para que alguien me reciba en su casa cuando me quiten la administración».

5 Entonces llamó a todos los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?».

6 Le contestó: «Cien barriles de aceite». Y él le dijo: «Toma tu recibo, siéntate y escribe en seguida cincuenta».

7 A otro le dijo: «Y tú ¿cuánto debes?». Le contestó: «Cien sacos de trigo». Él le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta».

8 Y el amo alabó a aquel administrador inicuo, porque había obrado sagazmente. Y es que los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su propia gente que los que pertenecen a la luz.

 

       *» Tras haberse dirigido en particular a los maestros de la Ley y a los fariseos {cf Le 15,3), Jesús habla ahora también a sus discípulos (16,1) y les cuenta ellos la parábola del hombre rico y de su administrador. Este último, acusado de haber malversado los bienes de su amo (v. 1), reflexiona (v. 3) sobre lo que debe hacer en caso de que sea despedido del cargo. Fruto de esta reflexión, decide llamar a los que tienen deudas contraídas con su señor, para condonarles una parte de ellas; de este modo, se asegura su reconocimiento y la posibilidad de ser acogido en sus casas (w. 4-7) cuando lo necesite. Es posible que la deuda condonada correspondiera al interés que el administrador retenía habitualmente para él -y es en esta especulación donde debemos buscar la raíz de la injusticia y de la malversación-, pero la renuncia a los barriles de aceite (lit. bat: ¿entre 21 y 45 litros?) y a los sacos de trigo (lit.: kor: ¿corresponde a unos 10 bat?) constituye una actitud astuta.

       Del mismo modo que es preciso evaluar los gastos para la construcción de una torre o la oportunidad de declarar la guerra o pactar la paz (Lc 14,28-32), el administrador evalúa sus propias fuerzas (v. 3) y se procura amigos (cf 16,9) con su clemencia (imitación, aunque sea también interesada, de la misericordia de Dios; cf.7,41ss).

       Lejos de parecerse al rico necio (12,29) al que la muerte cogió sin estar preparado, se puede decir de este administrador que es astuto, aunque no sea «fiel» (cf. 12,42), pues en el limitado horizonte en el que se mueve (v. 8: «con su propia gente») sabe hacerse amar, pensando en el futuro: así, aunque no sepan mirar lejos, «los que pertenecen a este mundo son más sagaces» que «los que pertenecen a la luz» (Dios es luz: cf. 1 Jn 1,5), puesto que son capaces de darse cuenta de la urgencia del momento y comportarse con prudencia (= de manera previsora; cf. Mt 10,16).

 

MEDITATIO

       La Palabra de Dios nos puede dejar desconcertados: ¿acaso nos está diciendo que el fin justifica los medios? ¿Que los pillos son los que salen ganando? ¿Qué debemos preferir el arte de buscar arreglos a la honestidad? En ese caso, nuestro mundo sería ejemplar en más aspectos.

       Las provocadoras palabras de Jesús nos «obligan» a escucharlas de manera profunda. Está el modo de proceder ingenioso de quien obra de manera deshonesta y en- ganosa, que es una actitud que implica análisis, inventiva, abnegación. Es posible que los discípulos de Jesús no se caractericen por el mismo grado de compromiso, porque en ocasiones ceden en seguida frente a los imprevistos, a las dificultades, y se presentan con el rostro demacrado, con el paso apático...

       Tenemos que sentirnos interpelados: se trata de una invitación a verificar la calidad de nuestro apostolado. La Palabra del Señor que hemos escuchado hoy nos ofrece un modelo: Pablo y su apasionada y agotadora carrera evangelizadora. Ser discípulos del Señor significa ser hombres y mujeres vivos y creativos, que se han reconocido a sí mismos en la relación vital con Jesucristo, una relación nueva y renovada cada día. Se trata de dejarle vivir a él en nosotros y de arreglárnoslas para estar activamente con él y con los hermanos en él. Entonces, todos los fragmentos cotidianos de nuestra existencia se compondrán con armonía; como escribió santa Clara de Asís, «que, al vivir, tu vida sea una alabanza al Señor».

 

ORATIO

       ¡Ven, Espíritu Santo, fuerza creadora de Dios, fuente siempre fluyente! Enséñanos la fantasía del amor: que seguir a Jesús sea lo que me tome más a pecho y para ello esté dispuesto a todo.

       ¡Ven, Espíritu Santo, sabiduría fecunda de Dios, luz que brilla para siempre! Hazme comprender qué es el bien y cómo puedo conseguirlo, sin reparar en medios, poniendo en juego las capacidades que me has dado. Espíritu Santo, Espíritu santificador, que mi vida sea restituida a Dios y que, gracias también a mi contribución, puedan conocer los hermanos qué bello y deseable es ser discípulos tuyos.

 

CONTEMPLATIO

       Estar arraigados y fundados en el amor, ésta es, a mi modo de ver, la condición para cumplir dignamente mi oficio de Laudem gloriae [...].

       Para que pueda realizar personalmente este plan divino, una vez más viene san Pablo en mi ayuda y me traza él mismo mi regla de vida: «Camina en Jesucristo, me dice, arraigada en él, edificada sobre él, consolidada en la fe, creciendo de continuo en él mediante la acción de gracias». Caminar en Jesucristo me parece que equivale a salir de sí, perderse de vista, desprenderse de uno mismo para entrar más profundamente en él en cada instante que pase, de un modo tan profundo que estemos arraigados en él y poder lanzar en cada acontecimiento, en cada cosa, este hermoso desafío: «¿Quién me separará de la caridad de Cristo?». Cuando el alma está fijada en él a tales profundidades, cuando todas sus raíces han penetrado en él, la linfa divina fluye de manera copiosa en ella y todo lo que es vida imperfecta, trivial, natural, queda destruido. Entonces, según el lenguaje del apóstol, «lo que es mortal es absorbido por la vida». Despojada así de ella misma y revestida de Jesucristo, el alma no tiene que temer ya ni los contactos de fuera ni las dificultades de dentro.

       Estas cosas, lejos de serle un obstáculo, no hacen más que «arraigarla más profundamente en el amor» de su Maestro [...]. Ahora bien, estoy convencida de que el «cántico nuevo» capaz de hacer las delicias y cautivar a mi Dios por encima de cualquier otra cosa es el de un alma despojada y libre de sí misma en la que pueda reflejar todo lo que es y hacer todo lo que quiere. Esta alma se mantiene bajo el toque de su mano como una lira, y todos sus dones son otras tantas cuerdas que vibran para cantar día y noche la alabanza de su gloria (Isabel de la Trinidad, «Ultimo ritiro di Laudem gloriae», en id., Opere, Roma 1967, pp. 646.656-658, passim [edición española: Obras completas, Editorial de Espiritualidad, Madrid 21964]).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que tu Espíritu, Señor, actúe también por medio de nosotros» (cf. Rom 15,18).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       ¿Qué se nos dice sobre el contenido del seguimiento? Sígueme, ven detrás de mí. Esto es todo. Ir detrás de él es algo desprovisto de contenido. Realmente, no es un programa de vida cuya realización podría aparecer cargada de sentido, no es un fin, un ideal, hacia el que habría que tender. No es una causa por la que, desde un punto de vista humano, merecería la pena comprometer algo, incluso la propia persona.

       ¿Y qué pasa? El que ha sido llamado abandona todo lo que tiene no para hacer algo especialmente valioso, sino simplemente a causa de la llamada, porque, de lo contrario, no puede marchar detrás de Jesús. A este acto no se le atribuye el menor valor. En sí mismo sigue siendo algo completamente carente de importancia, indigno de atención. Se cortan los puentes y, sin más, se continúa avanzando. Uno es llamado y debe salir de la existencia que ha llevado hasta ahora; tiene que «existir», en el sentido más estricto de la palabra.

       Lo antiguo queda atrás, completamente abandonado. El discípulo es arrancado de la seguridad relativa de la vida y lanzado a la inseguridad total (es decir, realmente, a la seguridad y salvaguarda absolutas en la comunidad con Jesús); es arrancado del dominio de lo previsible y calculable (o sea, de lo realmente imprevisible) y lanzado al de lo totalmente imprevisible, al puro azar (realmente, al dominio de lo único necesario y calculable); es arrancado del dominio de las posibilidades finitas (que, de hecho, son infinitas) y lanzado al de las posibilidades infinitas (que, en realidad, constituyen la única realidad liberadora).

       Esto no es una ley general; más bien, es exactamente lo contrario de todo legalismo. Insistamos en que sólo significa la vinculación a Jesucristo, es decir, la ruptura total de toda programática, de toda abstracción, de todo legalismo. Por eso no es posible ningún otro contenido: porque Jesucristo es el único contenido. Al fado de Jesús no hay otro contenido. Él mismo es el contenido (D. Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Sígueme, Salamanca 51999, p. 27).

 

Día 7

Sábado de la 31ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 16,3-9.16.22-27

Hermanos:

3 Saludad a Prisca y Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús,

4 quienes, por salvar mi vida, se jugaron la suya. Y no sólo tengo que agradecérselo yo, sino todas las iglesias de procedencia pagana.

5 Saludad también a la iglesia que se reúne en su casa. Saludad a Epéneto, tan querido para mí, el primero en creer en Cristo de la provincia de Asia.

6 Saludad a María, que tanto se ha fatigado por vosotros;

7 a Andrónico y a Junias, mis paisanos y compañeros de prisión, insignes entre los apóstoles, y cristianos incluso antes que yo.

8 Saludad también a Ampliato, a quien tanto aprecio en el Señor;

9 a Urbano, que ha colaborado con nosotros como auténtico cristiano, y a mi querido Estaquis.

16 Saludaos, en fin, unos a otros con el beso santo. Os saludan, a su vez, todas las iglesias de Cristo.

22 Y yo, Tercio, que he escrito esta carta, os saludo también en el Señor.

23 Os saluda Gayo, en cuya casa me hospedo y en la que se reúne toda la iglesia. Saludos de Erasto, el tesorero de la ciudad, y del hermano Cuarto.

25 Al Dios que tiene poder para consolidaros en la fe según el Evangelio que yo anuncio y según la proclamación que hago de Cristo Jesús; al Dios que ha revelado el misterio mantenido en secreto desde la eternidad,

26 pero manifestado ahora  por medio de las Escrituras proféticas según la disposición del Dios eterno, y dado a conocer a todas las naciones de modo que respondan a la fe;

27 a ese Dios, el único sabio, sea la gloria por siempre a través de Jesucristo. Amén.

 

       *• Es característico del apóstol saludar, en la conclusión de sus cartas, a las personas con las que mantiene alguna relación: de afecto, de colaboración en el apostolado, de comunidad de estirpe y de suerte. Así sucede también en este caso, en el que la hipótesis es que se trata de un postscriptum, aunque para algunos exégetas está sometida a discusión la inclusión del capítulo 16 -al que pertenece el pasaje que hemos leído hoy- en la primitiva Carta a los Romanos. Entre otros, se nombra a Prisca y Aquila, matrimonio que hospedó a Pablo en Corinto (1 Cor 16,19) y, más tarde, en Éfeso (Hch 18,2-3.26) -y aquí posiblemente arriesgaron su vida por él, con motivo de la revuelta de los orfebres (Hch 19,23-20,1)-. En la trama de relaciones aparece una referencia constante a Cristo: «en Cristo» y «a través de Cristo» aparecen constantemente en los saludos, así como el recuerdo de lo que ha originado el vínculo con el apóstol. Es digno de señalar el saludo que une a toda la Iglesia de Cristo y, símbolo de solidaridad, el «beso santo» (v. 16) -tal vez un gesto litúrgico- que los creyentes están invitados a intercambiar. De Cristo brota y por él se mantiene la nueva fraternidad, que penetra también la sencillez de las relaciones cotidianas.

       Concluye el fragmento con una doxología -canto de alabanza a Dios- centrada en el misterio del proyecto divino de salvación que, subsistiendo en el silencio de la eternidad, fue preanunciado por la Escritura y plenamente revelado en Cristo «y dado a conocer a todas las naciones de modo que respondan a la fe» (v. 26: vuelve al tema de la carta). Es Dios quien confirma a los creyentes en la fe y rige con sabiduría el universo: a él sea elevada la alabanza «a través de Jesucristo» (v. 27), expresión máxima de la sabiduría divina y lugar improrrogable de la fe, y, por eso, del sentido de la existencia creyente.

 

Evangelio: Lucas 16,9-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

9 Haceos amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengáis que dejarlos, os recibirán en las moradas eternas.

10 El que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho. Y el que es injusto en lo poco, lo es también en lo mucho.

11 Pues si no fuisteis de fiar en los bienes de este mundo, ¿quién os confiará el verdadero bien?

12 Y si no fuisteis de fiar administrando bienes ajenos, ¿quién os confiará lo que es vuestro?

13 Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.

14 Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús.

15 El les dijo: -Vosotros queréis pasar por hombres de bien ante la gente, pero Dios conoce vuestros corazones, porque, en realidad, lo que parece valioso para los hombres es despreciable para Dios.

 

       **• Jesús, al valorar la perspectiva del administrador deshonesto, preocupado por tener a alguien que le reciba en su casa (cf. Le 16,4), nos invita a considerar la riqueza en su valor de instrumento mediante el que podemos procurarnos amigos que nos reciban «en las moradas eternas» (v. 9): se trata de los pobres de Le 14,12-14, un tesoro indefectible (cf. asimismo 12,33) de intercesión en los cielos, cuando nos falte la misma riqueza.

       Es menester elegir el señor al que hemos de servir (v. 13) o bien el absoluto hacia el que orientar nuestra vida: una vez realizada la elección, todo lo demás -y así la riqueza, si hemos elegido a Dios- debe concurrir a este servicio. En los w. 10 ss el servicio, en cuanto asunción del primado de Dios en nuestra vida, se traduce en la fidelidad que no se puede ejercer en la riqueza «verdadera » si no la ejercemos primero en la «inicua» (que no garantiza la vida: cf. 12,22-31), no en la propia (el bien de la vida verdadera) si no la ejercemos antes en la «ajena» (los bienes exteriores que no son propios del hombre): en definitiva, es preciso ser fieles en lo «poco» para poder serlo en lo «mucho» (cf. también Mt 25,21). Así pues, la riqueza es «mammona» de injusticia (cf. Eclo 27,2: «Entre la compra y la venta se insinúa el pecado»). Es necesario replantear nuestra propia esperanza (fiarse, construir = 'aman en hebreo, que tiene una curiosa asonancia con el vocablo de origen fenicio mammona) en Dios, no en la riqueza insegura, y enriquecernos con obras buenas para adquirir la vida verdadera (cf 1 Tim 6,17-19).

       En conclusión (w. 14ss), Jesús condena la presunción de justicia de los fariseos que, por ser «amigos del dinero», veían en sus riquezas un signo de predestinación: Dios, que conoce los corazones, desenmascarará su hipocresía, y, así, el que ahora es «exaltado» será «humillado»; la burla (cf. Le 23,35) se volverá en contra del que se burla (cf. Sant 1,9).

 

MEDITATIO

       Los grandes ideales toman cuerpo en los pequeños gestos ordinarios. Sabemos bien que no son las proclamas altisonantes las que hacen mejor el mundo, sino la fiel y constante obra de los que intentan poner en práctica, en los ámbitos propios de su vida, los valores en los que creen. La concreción del saludo enviado por Pablo a unos amigos lejanos, signo de un recuerdo vivo y afectuoso, nos hace comprender que la caridad -amor de Dios vertido en nuestro corazón- toma forma en las relaciones humanas; nos recuerda que el mandamiento nuevo debe ser encarnado entre las paredes domésticas del cotidiano fluir de la existencia.

       Lo «poco» que tenemos a diario entre las manos es, en realidad, un espacio precioso en el que se revela la gloria del Señor, en el que actualizamos la obediencia de fe en él. Dios no «salta» la humanidad: la ha asumido en él. Somos nosotros quienes continuamente hacemos discrepar materia y espíritu y los obligamos a contraponerse entre sí. Sin embargo, podemos hacer la experiencia de la unificación interior en lo «poco» que

se nos ha confiado. Vivir así -lo descubriremos- es la verdadera e incorruptible riqueza, a la que debemos «servir» con todas nuestras fuerzas y la que hemos de perseguir a toda costa.

 

ORATIO

       Pienso en ti, Jesús, que recorriste los caminos de Galilea, te encontraste con gente, tejiste relaciones de amistad y las viviste con la intensidad única de tu humanidad. Pienso en ti, que comprendiste cómo hablarnos del amor infinito del Padre implicándote en relaciones de amor con tu familia, con tus vecinos, con tus discípulos...

       ¡Que la belleza de todo esto me fascine cada vez más, Señor! ¡Que yo vislumbre la presencia del amor inimaginable del Dios Uno y Trino en gestos de amor cotidianos! Que yo sea capaz de ser fiel a este regalo que me has hecho y puesto en mis manos para que lo comparta. Y así también yo podré cantarte por la eternidad, como Francisco de Asís: «Tú eres toda nuestra riqueza de manera suficiente».

 

CONTEMPLATIO

       El que se muestra digno de Dios, cuando hace desaparecer el amor a sí mismo mediante la caridad, hace desaparecer al mismo tiempo toda la multitud de los vicios, que no tienen en él otro motivo para existir ni otro fundamento [...] e introduce, en cambio, todas las modalidades de la virtud que lleva a su realización cabal el poder de la caridad. Ésta reunifica lo que está dividido, recompone al hombre en un solo pensar y obrar, iguala y allana en todos toda desigualdad y diferencia de voluntad, y conduce justamente, en cambio, a esa otra laudable desigualdad, por la que cada uno atrae hacia sí a propósito al prójimo y lo prefiere a sí mismo en la misma medida en que antes estaba dispuesto a rechazarlo y a ponerse por delante de él. Por la caridad, cada uno se libera voluntariamente de sí mismo, separándose de los pensamientos y disposiciones personales conformes con su propia voluntad, y es reconducido a una única simplicidad e identidad, por la que nadie es separado en cosa alguna de lo que es común, sino que cada uno para cada uno, todos para todos, y todavía más para Dios, para quien los unos para los otros somos un solo ser, por haber hecho visible en nosotros mismos el único logos, unicísimo tanto en la naturaleza como en la voluntad, y Dios, que está incluido en él.

       En Dios debe ser contemplado y a él debe ser referido, como a su causa y a su artífice, el logos de las cosas, el cual permanece custodiado en nosotros con toda atención, puro e inmaculado, purificado de las pasiones que se rebelan contra él mediante nuestro sabio celo por las virtudes y por las fatigas que las acompañan (Máximo el Confesor, Lettera sulla canta, Magnano 1994, pp. 15ss, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Concédenos, Señor, ser fieles en lo "poco" que nos has confiado» (cf. Le 16,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        [Desde la cárcel de Tegel, 20 de mayo de 1944,Ad Eberhard Bethge] ...Dios y su eternidad quieren ser amados con todo el corazón; no de manera que resulte comprometido o debilitado el amor terreno, sino, en cierto modo, como cantus fírmus, respecto al cual las otras voces de la vida suenan como contrapunto; uno de estos temas contrapuntistas, que tienen su plena autonomía y que están relacionados, sin embargo, con el cantus fírmus, es el amor terreno [...]. Allí donde el cantus fírmus es claro y distinto, puede desplegarse el contrapunto con el máximo vigor [...].

       ¿Comprendes lo que pretendo? Quería rogarte que hicieras sonar con claridad ¡untos en vuestra vida el cantus fírmus, y sólo después se producirá un sonido pleno y completo, y el contrapunto se oirá siempre sostenido, no podrá desviarse ni separarse, y seguirá siendo, no obstante, algo específico, total, completamente autónomo. Sólo cuando nos encontramos en esta polifonía la vida es total, y, al mismo tiempo, sabemos que no puede suceder nada funesto mientras se mantiene el cantus fírmus.

       Tal vez se volverán más fáciles de soportar muchas cosas en estos días de vida juntos y en los de la separación que probablemente vendrán (D. Bonhoeffer, Resistenza e resa, Cinisello B. 1988, 373ss, passim [edición española: Resistencia y sumisión, Ediciones Sígueme, Salamanca 1983]).

 

Día 8

 

32° domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 17,10-16

En aquellos días,

10 Elías se levantó y se fue a Sarepta. Cuando entraba por la puerta de la ciudad, vio a una viuda recogiendo leña. La llamó y le dijo: -Por favor, tráeme un vaso de agua para beber.

11 Cuando ella iba por el agua, Elías le gritó: -Tráeme también un poco de pan.

12 Ella le dijo: -¡Vive el Señor, tu Dios, que no tengo una sola hogaza; sólo me queda un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza! Precisamente estaba recogiendo estos palos para preparar algo para mi hijo y para mí; lo comeremos y luego moriremos.

13 Elías le dijo: -No temas; vete a casa y haz lo que has dicho, pero antes hazme a mí una hogaza pequeña y tráemela. Para ti y para tu hijo la harás después.

14 Porque así dice el Señor, Dios de Israel: No faltará harina en la tinaja ni aceite en la orza hasta el día en que el Señor haga caer la lluvia sobre la tierra.

15 Ella fue e hizo lo que le había dicho Elías, y tuvieron comida para él, para ella y para toda su familia durante mucho tiempo.

16 No faltó harina en la tinaja ni aceite en la orza, según la palabra que el Señor pronunció por medio de Elías.

 

        *» Este episodio manifiesta la eficacia de la fe en la Palabra de Dios. Es la Palabra la que empuja al profeta Elías, perseguido por la reina Jezabel, a refugiarse en la tierra de origen de su enemiga: el Señor ha predispuesto, en efecto, que otra mujer fenicia, viuda y paupérrima, sea para Elías instrumento de salvación en el tiempo de carestía (vv. 8ss). A la petición de alimento por parte del profeta le responde la mujer declarando su propia indigencia: le queda sólo el sustento de un día para ella y para su hijo; sin embargo, fiándose de Elías, que le predice una intervención prodigiosa del Señor, es capaz de renunciar a lo que le aseguraría la supervivencia para ese día. La fe de la viuda se hace caridad generosa y se vuelve para ella verdadera riqueza: en la experiencia cotidiana del milagro puede constatar que verdaderamente «el Señor protege [...] al huérfano y a la viuda» (Sal 146,9) y que quien confía en él no queda decepcionado (1 Re 17,15ss). Precisamente mientras los israelitas se dejan descarriar por los cultos paganos introducidos por Jezabel y no escuchan ya la Palabra de YHWH, triunfa la fe auténtica en la humilde caridad de una extranjera que no vacila en privarse de lo necesario para obedecer a la Palabra que Elías le comunica. Ofrece el alimento de un día al hombre de Dios y recibe de la mano del Señor el alimento para la vida del cuerpo y del espíritu.

 

Segunda lectura: Hebreos 9,24-28

24 Cristo no entró en un santuario construido por hombres -que no pasa de ser simple imagen del verdadero-, sino en el cielo mismo, a fin de presentarse ahora ante Dios para interceder por nosotros.

25 Tampoco tuvo que ofrecerse a sí mismo muchas veces, como el sumo sacerdote, que entra en el santuario una vez al año con sangre ajena.

26 De lo contrario, debería haber padecido muchas veces desde la creación del mundo, siendo así que le bastó con manifestarse una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para destruir el pecado con su sacrificio.

27 Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, después de lo cual vendrá el juicio,

28 así también Cristo se ofreció una sola vez para tomar sobre sí los pecados de la multitud, y por segunda vez aparecerá, ya sin relación con el pecado, para dar la salvación a los que le esperan.

 

        **• La descripción de algunos detalles del culto judío en el capítulo 9 pone de manifiesto la superioridad de la nueva alianza, cuyo único sacerdote (vv. llss), mediador (v. 15) y víctima (v. 28) es Cristo. En esta perícopa subyace, en particular, la comparación con el ritual del gran «día de la expiación». Una vez al año, en electo, entraba el sumo sacerdote, él solo, en el santo de los santos para expiar los pecados del pueblo mediante la aspersión del arca de la alianza con la sangre de animales sacrificados; sin embargo, Cristo «en la plenitud de los tiempos» dio cumplimiento a los ritos antiguos, que eran sólo una figura del sacrificio perfecto: entró en el verdadero santuario, en la dimensión trascendente («cielo») de Dios, «una sola vez», ofreciéndose a sí mismo «para tomar sobre sí los pecados de la multitud», como el siervo de YHWH profetizado por Isaías (53,12). El don de su amor es tan sobreabundante que el pecado no sólo queda perdonado, sino «destruido» (v. 26): por eso el hombre es hecho de nuevo, queda libre, está salvado.

        Esta ofrenda sacrificial, sin embargo, no nos priva de la presencia de Cristo: siempre vivo «para interceder» en nuestro favor (7,25), él se manifestará una vez más en la historia. Y no será ya para liberar a la humanidad del pecado -dado que su sacrificio tiene un valor perenne (v. 28)-, sino para conducirla a su desenlace definitivo, a un final que será de salvación y de gloria (2,10) para cuantos le esperen con vigilancia perseverante.

 

Evangelio: Marcos 12,38-44

En aquel tiempo,

38 decía Jesús a la gente mientras enseñaba: -Tened cuidado con los maestros de la Ley, a quienes les gusta pasearse lujosamente vestidos y ser saludados por la calle.

39 Buscan los puestos de honor en las sinagogas y los primeros lugares en los banquetes.

40 Estos, que devoran los bienes de las viudas con el pretexto de largas oraciones, tendrán un juicio muy riguroso.

41 Jesús estaba sentado frente al lugar de las ofrendas y observaba cómo la gente iba echando dinero en el cofre. Muchos ricos depositaban en cantidad.

42 Pero llegó una viuda pobre que echó dos monedas de muy poco valor.

43 Jesús llamó entonces a sus discípulos y les dijo: -Os aseguro que esa viuda pobre ha echado en el cofre más que todos los demás.

44 Pues todos han echado de lo que les sobraba; ella, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir.

 

        **• Jesús ofrece los criterios para distinguir entre los verdaderos y los falsos maestros en la enseñanza que dispensa en el templo. Tras largas discusiones con maestros de la Ley, sacerdotes y jefes del pueblo (capítulos 11 y 12), censura su comportamiento, movido por la vanagloria (vv. 38ss), por la avidez sin escrúpulos y por la ostentación de una piedad puramente exterior (v. 40).

        Jesús es capaz de captar la verdad de la persona más allá de las apariencias, observando la conducta de cada uno en la vida diaria. Por eso, cuando encuentra un verdadero maestro, lo pone como ejemplo a sus discípulos: se trata de una pobre viuda que se acerca al cofre del tesoro del templo para echar una suma irrisoria -las dos moneditas de la viuda equivalían a la octava parte de la ración que se distribuía a diario a los pobres de Roma-; sin embargo, esta ofrenda representa para la viuda «todo lo que tenía para vivir» (v. 44). La humilde mujer ha echado, por tanto, su vida en el tesoro del templo, porque ha encontrado en Dios su sostén para hoy y para el día de mañana, para este tiempo y para la eternidad. Esta «verdadera maestra», más rica que los acomodados que echan muchas monedas como ofrenda, puede enseñar sin presunción el camino de la fe, un camino que pasa a través del abandono confiado en las manos de Dios.

 

MEDITATIO

        La palabra que hemos escuchado nos invita a reflexionar sobre la fe. Ésta consiste, simplemente, en creer que Dios es Dios y en fiarse por eso de él, abandonarse en sus manos, darle por completo a nosotros mismos sin cálculos ni preocupaciones por el mañana. Esta «oblatividad» es desconsiderada y loca -o al menos imprudente- para quien afirma que está bien creer, sí, pero «con los pies en la tierra», sin dejar de lado una humana prudencia; sin embargo, esta fe la encontramos a menudo precisamente en quienes no tienen ninguna seguridad para hacer frente al hoy ni al mañana.

        Estas dos viudas tan pobres presentadas en la Sagrada Escritura nos enseñan a no tener miedo de ofrecer a Dios todo lo que tenemos y somos, nos invitan a consagrarle nuestra vida: si hacemos que llegue a ser «suyo» lo que es nuestro, será después tarea suya la preocupación por ello. Mi familia, mi trabajo, mis pocos o muchos recursos de todo tipo pueden ser sometidos a la lógica de la fe y ser confiados y entregados por completo al Señor. No se trata de una elección de despreocupación ni del sentimiento de un instante; al contrario, se convierte en el compromiso cotidiano de administrar como nuestros -y, por consiguiente, con un corazón conforme al nuestro los que eran «nuestros» bienes: afectos, ocupaciones, dotes. La palabra es hoy casi un desafío: probemos a echar con fe nuestra vida en el tesoro de la comunión de los santos, día tras día. El Señor dispondrá de ella para bien de cada uno de sus hijos, y dispondrá un mayor beneficio también para nosotros. Podemos darle, sobre todo, lo que tenemos como más «nuestro»: la pobreza existencial, el pecado. Esto es lo que ha venido a buscar en la humanidad, para tomarlo sobre sí y transformarlo en sacrificio de amor.

        Si somos capaces de poner en sus manos también nuestra miseria, sentiremos la alegría de vivir de él, por él, en él.

 

ORATIO

        Señor Jesús, que de rico como eras te hiciste pobre para enriquecernos con tu pobreza, aumenta nuestra fe.  Es siempre muy poco lo que tenemos que ofrecerte, pero ayúdanos tú a entregarlo sin vacilación en tus manos. Tú eres el tesoro del Padre y el tesoro de la humanidad: en ti está depositada la plenitud de la divinidad; sin embargo, sigues esperando aún de nosotros el óbolo de lo que somos, hasta nuestro mismo pecado. Creemos que puedes transformar nuestra miseria en bienaventuranza para muchos, pero tienes que enseñarnos la generosidad y el abandono confiado de los pobres en el espíritu.

        Queremos aceptar el desafío de tu Palabra y darte todo, hasta lo que necesitamos para hoy y para el día de mañana: tú mismo eres desde ahora la Vida para nosotros.

 

CONTEMPLATIO

        Es grande el que toma de lo poco de que dispone, puesto que en la balanza de la justicia divina no se pesa la cantidad de los dones, sino el peso de los corazones.

        La viuda del evangelio depositó en el tesoro del templo dos moneditas y superó los dones de todos los ricos.

        Ningún gesto de bondad queda privado de sentido ante Dios, ninguna misericordia queda sin fruto. Son diversas, a buen seguro, las posibilidades que él ha dado a los hombres, pero no son diferentes los sentimientos que reclama de ellos. Valore cada uno con diligencia la entidad de sus propios recursos, y que los que más han recibido den más (León Magno, Sermón sobre el ayuno, 90,3).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es él Reino de los Cielos» (Mt 5,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Dios es absolutamente más rico que nadie, porque es absolutamente el más pobre. No tiene nunca nada para sí, sino siempre para el otro. El Padre para el Hijo, el Hijo para el Padre, el Padre y el Hijo para el Espíritu Santo común. Pero tampoco el Espíritu tiene nada para sí, sino todo para el Padre y para el Hijo. Esto no es tampoco un egoísmo a dos o a tres, puesto que en Dios cada uno piensa verdaderamente sólo en el otro y quiere enriquecer al otro. Y toda la riqueza de Dios consiste en este darse y recibir el Tú.

        La pobre viuda, que ha dado todos sus haberes, está muy cerca de este Dios. ¿Acaso no se puede decir que Dios ha echado todos sus haberes en el cepillo de las ofrendas del mundo, cuando nos dio a aquel hombre sin apariencia, escondido, apenas localizable en la historia del mundo, llamado Jesús de Nazaret?

        ¿No se puede decir que en este casi nada nos ha entregado Dios más que con el rico y gigantesco universo, puesto que así nos ofreció «todo lo que necesitaba para vivir», a fin de que nosotros, aunque él muriera, pudiéramos vivir de su vida eterna? (H. U. von Balthasar, Tu coroni l'anno con la tua grazia, Milán 1990, p. 177 [edición española: Tú coronas el año con tu gracia, Encuentro, Madrid 1997]).

 

Día 9

Dedicación de la basílica de Letrán (9 de noviembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

La basílica del Santísimo Salvador y de San Juan fue fundada por el papa Melquíades (311 -314) sobre la colina romana de Letrán, en un terreno cedido para tal fin por el emperador Constantino. Desde el siglo XII se viene celebrando el aniversario de su dedicación con una fiesta litúrgica, primero sólo en Roma y después en todas las Iglesias de rito romano, por ser considerada la «iglesia madre de todas las iglesias de la urbe y del orbe».

 

LECTIO.

Primera lectura: 1 Cor 3, 9c-11. 16-17

9 ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios.

10 Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima. ¡Mire cada cual cómo construye!

11 Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo.

16 ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?

17 Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario.

             

           Este texto se inserta en el marco de uno de los mayores males que aflige a la comunidad de Coritio: es una comunidad dividida, de ahí su advertencia clara: “mire cada uno cómo construye”. Se trata de ver si se construye para el bien propio o para el bien del conjunto. Si lo que interesa es el bien personal, o de mi grupo, o de mi congregación, o de mi movimiento particular, y no el bien del conjunto, la amenaza de desplome del edifico es real.

           La metáfora del “templo” la ha usado Pablo con frecuencia. La comunidad alberga a Dios y a su Espíritu cuando se construye con las premisas del Evangelio que no son otras sino la entrega, la generosidad, el desprendimiento y, en definitiva, el amor. Un templo sin amor no es el templo de Dios; una comunidad sin Espíritu de entrega mutua no es la comunidad de Jesús.

           Pablo advierte contra la “destrucción” de este templo que no es obra de una demolición de un edificio, sino del socavamiento de las relaciones comunitarias, de las relaciones sociales que, según el Evangelio, habrían de ser fraternas y humanizadoras. Por eso mismo las envidias, los medres a costa de otro, las divisiones, las postergaciones, cualquier opresión son maneras de destruir el templo de la comunidad creyente. Es preciso estar siempre atentos al bien del conjunto, pasando del horizonte de unos al horizonte de todos.

 

Evangelio: Juan 2, 13-22

13 Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.

14 Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos.

15 Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas;

16 y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.»

17 Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: " El celo por tu Casa me devorará. "

18 Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?»

19 Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré.»

20 Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

21 Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo.

22 Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

              

           Jesús amaba el templo porque era la casa de su Padre. Sin embargo, ese lugar, que estaba destinado al encuentro con Dios, se hallaba repleto de vendedores y cambistas. Lo que sucedía es que la gente iba a comprar los animales que se destinaban a los sacrificios y no podían usar las monedas que tenían figuras de los emperadores, por eso, era necesario cambiarlas por otras, pero todo lo realizaban en el templo. Lo anterior lo podemos trasladar a nuestra vida: Jesús nos ama profundamente, quiere encontrarse con nosotros en el templo de nuestra alma, pero para ello, necesitamos darle su espacio y su tiempo. Quizá haya en nuestra vida muchas cosas que ocupan el lugar que deberíamos darle a Dios. Puede ser que haya en el atrio de nuestro corazón poco silencio para la oración y se den algunas idolatrías. ¿Hemos dejado entrar en nuestra vida algún tipo de codicia buscando el provecho propio, en lugar de la caridad? ¿Estamos dispuestos a dejar que Jesús eche fuera de nosotros todo lo que es contrario a Él?

MEDITATIO

       La vida no nos pertenece. Somos simplemente sus administradores y nos ha sido confiada por un amo exigente, que nos pedirá cuentas de cómo la hemos empleado.

       Ahora bien, es también un amo liberal y generoso: será él quien nos pague los intereses, quien nos restituya la posesión perpetua de lo que hayamos sido capaces de rendirle al final del depósito. La parábola de las minas sorprende por la desproporción del trato, un trato que no se corresponde con nuestros criterios de justicia: el amo da al siervo más rico lo que quita al siervo miedoso.

       ¿Qué es lo que se premia aquí: la iniciativa económica, la eficiencia, la despreocupación? Nos ilumina la comparación con la historia ejemplar de los siete hermanos mártires con su madre en tiempos de la insurrección macabea. Su comportamiento es irresponsable y necio a los ojos de los paganos: se juegan la vida, «invierten» los talentos que han recibido, al apostar por lo que parece una pérdida segura, pues serán torturados y muertos. Sin embargo, la lúcida conciencia de la madre apunta a un «título» que no les defraudará: precisamente por arriesgarlo todo, el Dios de la vida les devolverá todo, ¡y con intereses!

       El siervo holgazán no es castigado por desconocer cómo se opera en la bolsa; es castigado porque no confía en el Señor, le imagina cruel y despiadado y prefiere mantenerse aferrado a su mina: quiere conservar su vida para sí mismo, como si fuera suya, pero por eso la perderá. En cambio, dar la vida, sin temores ni cálculos, generosamente, nos permitirá recibirla como don, para siempre, «en el día de la misericordia».

 

ORATIO

       Señor, tengo miedo.

       Tengo miedo de sufrir, tengo miedo de arriesgar y perder, tengo miedo de no estar a la altura de mis tareas, tengo miedo de fracasar. No sé cuántas monedas me has confiado, Señor, y me afano en contarlas: no quisiera perder un solo instante de mi vida, me gustaría realizar grandes empresas...

       Ayúdame, Señor. Hazme comprender que todas estas preocupaciones no tienen ninguna razón de ser. Hazme capaz de realizar, día a día, con sencillez, las pequeñas cosas que pueden contentar a las personas con las que me encuentro. Hazme capaz de recorrer cada día el pedacito de camino que me pones por delante, sin pretender ser un héroe, sin cálculos ni temores. Hazme capaz de confiarte mi vida con generosidad y seguridad, porque tú eres el Señor de la vida.

 

CONTEMPLATIO

       El justo, sembrando en el espíritu, recogerá la vida eterna. El justo, en efecto, pertenece a Dios. Diremos, pues, así: el justo ha sembrado, ha dado a los hombres, y el Señor recogerá para sí todo lo que el justo ha sembrado de este modo. Cosechando lo que no ha sembrado y recogiendo lo que no ha esparcido, juzgará como ofrendas para él todas las cosas que han sido sembradas o esparcidas entre los pobres, diciendo a los que han beneficiado a su prójimo: «Venid, benditos de mi Padre...» (Mt 25,34ss). Y puesto que quiere cosechar donde no ha sembrado y recoger donde no ha esparcido, cuando no encuentre nada dirá a los que no le han dado esta posibilidad: «Apartaos de mí...» (Mt 25,41ss). Se muestra verdaderamente duro, como dice Mateo, y severo, como lo define Lucas (19,21), pero con los que abusan de la misericordia de Dios por su propia negligencia.

       Si alguien, sin embargo, está convencido de que Dios es bueno y espera ser perdonado si se convierte a él, Dios se muestra bueno con ése. Ahora bien, con el que lo considera tan bueno que no se preocupa de los pecados de los hombres, Dios no se mostrará bueno, sino severo. Así pues, Cristo cosechará lo que no hayamos sembrado y recogerá lo que no hayamos esparcido. Sembremos en el espíritu, distribuyamos nuestros bienes a los pobres y no escondamos bajo tierra el talento de Dios. Este temor no es bueno ni nos libera de las tinieblas exteriores, donde seremos condenados como siervos malvados e indolentes.

       Malvados, por no haber usado la preciosa moneda de las palabras del Señor, con las que podríamos haber podido difundir la doctrina del cristianismo y penetrar en los profundos misterios de la bondad de Dios; indolentes, por no haber negociado con la Palabra de Dios para nuestra salvación y la de los otros. En efecto, toda riqueza, es decir, toda palabra que lleva la impronta real de Dios y la imagen de su Verbo, es un auténtico tesoro (Orígenes, Commento su Matteo 68ss,passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Creador del mundo os devolverá misericordiosamente la vida» (cf. 2 Mac 7,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Los hombres, en las pocas páginas del evangelio, son bastante numerosos: son paganos e hijos de Israel, son jóvenes y hombres maduros, tal vez incluso ancianos, hombres del culto y hombres que sólo tienen la religión del poder y del dinero. Sobre todo, hay hombres afligidos por enfermedades... Hay hombres que tienen necesidad o, por el contrario, están satisfechos de sí mismos. En el fondo, se pueden dividir en hombres que entran en relación con Cristo y hombres que la rechazan. Parece que es precisamente ésta, fundamentalmente, la diferencia entre ellos. Pueden negarse por orgullo, resistirse a la atracción de la persona de Cristo, alejarse porque es demasiado lo que les pide.

       Por el contrario, pueden amarle, implorar su ayuda, seguirle. Él mismo proclama que es el camino, la luz del mundo, la verdad, la vida y hasta la resurrección. Es el pan, la fuente de agua viva, el esposo que ha venido a la fiesta de las bodas. Quienes le acogen experimentan lo que dice de sí mismo.

       El Evangelio es el mensaje de la salvación, un mensaje que se identifica prácticamente con la persona de Cristo. Ahora bien, así como la obra de Cristo es su presencia, la obra del hombre es creer en él; ninguna obra del hombre podría sustituir esa fe por la que se adhiere a Cristo y se confía a él. Cuando el hombre descubre que la razón de su vida es Dios, abandona cualquier otra búsqueda.

       Lo afirmaba ya el anciano Simeón al comienzo del evangelio: está puesto como «señal de contradicción». La relación con él puede ser positiva en la fe, en el amor, y puede ser negativa en la resistencia a ultranza, en el odio mortal. De este modo, el evangelio nos descubre, el drama de la vida humana que se desarrolla en el tiempo. Ésta es la verdadera realidad de la vida, éste es el contenido verdadero de la historia, éste es el combate que se desarrolla en el corazón de cada hombre, en el corazón e la humanidad (D. Barsotti, L'uomo nel Vangelo, Roma 1998, Pp. 127-130).

 

  

Día 10

San León Magno (10 de noviembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

León Magno, de origen toscano, subió a la cátedra de Pedro en el año 440 y desarrolló una acción decisiva sobre el destino de la Iglesia y del Imperio. En el año 451, por tanto durante su pontificado, se celebró el Concilio de Calcedonia, que definió la naturaleza humana y divina de la única persona de Cristo.

Salvó a Roma de la invasión de los hunos, guiados por Atila, y consiguió mitigar el saqueo de los vándalos. Como orador y escritor, comentó las principales solemnidades litúrgicas y dejó una colección de sermones, preludio del «magisterio» papal que habría de tener después tanta importancia en la dirección de la Iglesia. Murió en el año 461 y fue reconocido con el sobrenombre de «Grande».

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 2,23-3,9

2,23 Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser,

24 mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y tienen que sufrirla los que le pertenecen.

31 Pero las almas de los justos están en las manos de Dios y ningún tormento los alcanzará.

2 Los insensatos piensan que están muertos; su tránsito les parece una desgracia,

3 y su salida de entre nosotros, un desastre, pero ellos están en paz.

4 Aunque a juicio de los hombres han sufrido un castigo, su esperanza estaba llena de inmortalidad,

5 y por una leve corrección recibirán grandes bienes. Porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de él.

6 Los probó como oro en el crisol y los aceptó como un holocausto.

7 En el juicio de Dios aparecerá su resplandor y se propagarán como chispas en un rastrojo.

8 Dominarán sobre naciones, gobernarán pueblos y su Señor reinará sobre ellos para siempre.

9 Los que ponen en él su confianza comprenderán la verdad, y los fieles permanecerán junto a él en el amor, pues la gracia y la misericordia son para sus elegidos.

 

        ** «Dios creó al hombre para la inmortalidad» (2,23), y la esperanza de «los que ponen en él su confianza» (3,9) «estaba llena de inmortalidad» (3,4): éste es el mensaje del fragmento de hoy, que trata sobre la suerte aparente/real de los justos. El destino originario del hombre es la inmortalidad -o sea, la experiencia de una vida que no conoce la muerte-, puesto que está hecho «a imagen» (2,23) de Dios, aunque «por envidia del diablo» (2,24) la muerte se asoma cual espectro sobre la existencia.

        Por primera vez, con un lenguaje filosófico (eco de la cultura helenística del autor del libro) y ahondando en la cuestión de la retribución (el justo debe ser recompensado y el malvado castigado), se habla de vida eterna, y eso tiene lugar casi comentando los primeros capítulos (2 y 3) del Génesis: el relato de cómo, ya desde los orígenes, vida y muerte se cruzan, en desgarradora tensión, en el camino del hombre.

        Es preciso confiar en el Señor, rechazando elegir la carne como propio apoyo (cf. Jr 17,5-8). Es necesario ir más allá de lo que se presenta a los ojos de los necios (cf. Sab 3,2.4), de los que miran con la mirada miope y superficial del tiempo que acaba. Es necesario aceptar atravesar el tiempo de la prueba (que se presenta a cada uno, aunque en los w. 5ss se alude, probablemente, al martirio del pueblo judío en la época de los Macabeos, en tiempos del rey Antíoco Epífanes). Entonces se verá satisfecha la confianza del justo, de cada hombre que haya esperado contra toda esperanza, a pesar de las apariencias (como ya profetizaba Isaías a propósito del Siervo de YHWH: cf. Is 52,13-53,12). Los justos «recibirán..., aparecerá su resplandor..., gobernarán...», etc. (w. 5-9), porque verdaderamente «están en paz» (v. 3), «están en las manos de Dios» (v. 1): en el tiempo breve y para la eternidad.

 

Evangelio: Lucas 17,7-10

En aquel tiempo, dijo Jesús:

7 ¿Quién de vosotros que tenga un criado arando o pastoreando le dice cuando llega del campo: «Ven, siéntate a la mesa»?

8 ¿No le dirá más bien: «Prepárame la cena y sírveme mientras como y bebo; y luego comerás y beberás tú»?

9 ¿Tendrá quizás que agradecer al siervo que haya hecho lo que se le había mandado?

10 Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os mande, decid: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer».

 

        *•• Tras haber tratado el tema de la vigilancia sobre nosotros mismos, el evangelista Lucas, en el itinerario que conduce a una caridad que es fe recibida y responsablemente vivida, investiga sobre otra actitud que se pide a los discípulos de Jesús: la conciencia de la propia inutilidad (v. 10). Somos siervos de los que no hay necesidad.

        Jesús condena la presunción de justicia de los fariseos (cf. Le 18,9) que, con una religiosidad de fachada basada en la acumulación de obras, esperan su recompensa de Dios: no espera recompensa alguna el pobre que se sabe por completo en manos de Dios (humildad de los siervos del Magníficat).

        No debemos esperar recompensa, pues no hay motivo de gloria en lo que hacemos: como dirá san Pablo, «anunciar el Evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo» (1 Cor 9,16). Quien es consciente de estar constantemente en deuda de amor con Dios (v. 10), quien sabe que su vida es fruto de un don exagerado (perdón), no espera ninguna gracia de aquel a quien presta servicio, porque su misma existencia es gracia recibida (v. 9: el señor no está «obligado» respecto al siervo). 

         También el siervo podrá comer y beber después (v. 8), participar en la alegría de su señor (cf. Mt 25,21), pero no en seguida (cf. v. 7): antes es preciso estar preparados «con la cintura ceñida y la lámpara encendida», en actitud de servicio, esperando a su señor (cf. Le 12,36-40).

 

MEDITATIO

Al acercarnos a san León Magno es significativo señalar que no poseemos de él más datos biográficos que los ligados a su ministerio. Podemos decir que el hombre ha sido absorbido completamente por la misión que le confío el Señor. Como el apóstol Pablo, también León vivió la entrega de sí mismo a Dios por la Iglesia, y tuvo un vivísimo sentido de ser el sucesor de aquel Pedro que -por revelación del Padre- fue capaz de reconocer en Jesús al Mesías esperado. El misterio de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, del que fue apasionado defensor, volvió cálida y profunda su palabra, le suscitó un vivísimo amor por la liturgia y le hizo capaz de convertir toda su vida -parafraseando una expresión que le era muy querida- en una espléndida realización de cuanto celebraba en el sacramento.

 

ORATIO

Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con la que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación.

Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al Reino de Dios.

Gracias al sacramento del bautismo, te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped. (León Magno, «Sermón primero en la Natividad del Señor», 3.)

 

CONTEMPLATIO

Por tanto, todo lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó con miras a la reconciliación del mundo no sólo lo conocemos por el relato de sus hechos pretéritos, sino que también lo experimentamos por la eficacia de sus obras presentes.

El mismo, nacido de la Virgen Madre por obra del Espíritu Santo, es quien fecunda con el mismo Espíritu a su Iglesia incontaminada, para que, mediante la regeneración bautismal, sea engendrada para Dios una multitud innumerable de hijos, de los cuales se afirma que traen su origen no de la sangre, ni del deseo carnal, ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios. Es en él mismo en quien es bendecida la posteridad de Abrahán por la adopción del mundo entero, y en quien el patriarca se convierte en padre de las naciones, cuando los hijos de la promesa nacen no de la carne, sino de la fe. Él mismo es quien, sin exceptuar pueblo alguno, constituye, de cuantas naciones hay bajo el cielo, un solo rebaño de ovejas santas, cumpliendo así día tras día lo que antes había prometido: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, y oirán mi voz, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor.

        Aunque dijo a Pedro, en su calidad de jefe: Apacienta mis ovejas, en realidad es él solo, el Señor, quien dirige a todos los pastores en su ministerio; y a los que se acercan a la piedra espiritual él los alimenta con un pasto tan abundante y jugoso que un número incontable de ovejas, fortalecidas por la abundancia de su amor, están dispuestas a morir por el nombre de su pastor, el buen pastor, que se dignó dar la propia vida por sus ovejas.

Y no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo, por el hecho mismo de su regeneración, participa en sus sufrimientos. Así es como celebramos de manera adecuada la Pascua del Señor, con ázimos de pureza y de verdad: cuando, rechazando la antigua levadura de maldad, la nueva creatura se embriaga y se alimenta del Señor en persona. La participación del cuerpo y de la sangre del Señor, en efecto, nos convierte en lo mismo que tomamos y hace que llevemos siempre en nosotros, en el espíritu y en la carne, a aquel junto con el cual hemos muerto, bajado al sepulcro y resucitado.  (León Magno, «Sermón 12, sobre la pasión del Señor», 3, 6-7; PL 54, 355-357.)

 

ACTIO

Repite a menudo y medita hoy esta sentencia de san León Magno:

«Reconoce, cristiano, tu dignidad».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San León no es un teólogo especulativo, sino más bien el doctor que encuentra la formulación adecuada, precisa, destinada a fines catequéticos en la doctrina católica. Su actividad doctrinal brota de la tarea pastoral y del gobierno de la Iglesia. Se trata de una exposición clara y sencilla, exenta de artificio, que no tiene la finalidad de atraer la atención con imágenes y especulaciones maravillosas. Está dirigida a la fe del fiel y quiere llegar a él límpida como un rayo de sol y sencilla como Palabra de Dios.

El trabajo espiritual es el cultivo del campo de Dios, que es el alma: se trata de una batalla que el cristiano, que forma parte de lo milicia de Cristo, entabla contra el diablo, usando como armo la cruz; es una preparación para el encuentro con el Señor; es adorno pascual del templo de Dios; es camino y progreso, constante e ininterrumpido, por el camino angosto y difícil que lleva a Dios y aleja del camino ancho y fácil que San León Magno conduce a la perdición; al camino estrecho le corresponde el amor a Dios y al prójimo, como indefectible energía que nos hace correr y volar por los senderos de Cristo; al segundo le corresponde el amor a sí mismo y a las creaturas. El trabajo espiritual es asimismo victoria de la buena voluntad sobre todas las pasiones y enemigos espirituales; es embriaguez, es insuperable deleite en la práctica de la virtud; es bienaventuranza o, mejor, es la escalada a la bienaventuranza a través de los escalones indicados por Cristo en el Evangelio: pobreza, sufrimiento, misericordia, sencillez, pureza, paz (A. Valeriani, en León Magno, L'osservanza cristiana, Alba 1965, pp. 34.53).

 

Día 11

San Martín de Tours (11 de noviembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Martín, nacido en Panonia (Hungría) en el año 316, fue destinado por su padre a la carrera militar. Siendo todavía catecúmeno, dio pruebas de coherencia cristiana y de amor a los pobres. Dejó las armas, bajo la guía de san Hilario de Poitiers, y se consagró a Dios profesando la vida monástica. Llevó, primero, una vida eremítica; más tarde, por consejo del mismo Hilario, fundó en Ligugé el primer monasterio de Occidente. En el año 373 fue elegido obispo de Tours, y hasta su muerte, acaecida el 397, se consagró con una solicitud incansable a la formación del clero, a la pacificación de los pueblos y a la evangelización. Fue uno de los primeros santos no mártires en ser honrado en la liturgia de la Iglesia.

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 6,1-11

1 Escuchad, pues, reyes, y entended; aprended quienes regís los confines de la tierra.

2 Prestad oído los que domináis a muchedumbres y os sentís orgullosos de la multitud de vuestros pueblos.

3 Porque el Señor os ha dado el poder, y la soberanía procede del Altísimo. El juzgará vuestras acciones y examinará vuestros designios.

4 Porque, siendo ministros de su Reino, no gobernasteis rectamente, no respetasteis la ley ni pusisteis en práctica la voluntad de Dios.

5 Terrible y repentino caerá él sobre vosotros, porque un juicio inexorable espera a los grandes.

6 Al pequeño se le perdona por piedad, pero los grandes serán examinados con rigor.

7 Pues el Señor de todos no retrocede ante nadie, ni la grandeza lo intimida, porque él hizo al pequeño y al grande, y cuida de todos por igual;

8 pero a los poderosos les espera un riguroso examen.

9 A vosotros, pues, soberanos, se dirigen mis palabras, para que aprendáis sabiduría y no pequéis.

10 Porque los que se conducen según las leyes santas serán reconocidos como santos, y los que se dejen instruir por ellas tendrán en ellas su defensa.

11 Así pues, desead mis palabras, anheladlas y seréis instruidos.

 

        *•• El autor, renovando la invitación lanzada ya al comienzo del libro, se dirige a los que gobiernan la tierra y dominan a las muchedumbres (w. ls) para que escuchen: esa escucha -que es principio de sabiduría- tiene por objeto la ley/sabiduría (según la identificación recogida, por ejemplo, en Bar 4,1), y es una escucha eficaz, que realiza lo que ha oído, configurando la vida a la Palabra del Señor (v. 4).

        La perspectiva en la que se sitúa esta exhortación es la del juicio de Dios (v. 3): toda autoridad viene de Dios (cf. 1 Cro 29,12: «La riqueza y la gloria proceden de ti. Tú eres el dueño de todo, en tu mano están la fuerza y el poder, la estabilidad y consistencia de todo»), y los soberanos son «ministros» -o sea, servidores- «de su Reino», de modo que serán juzgados según la fidelidad al servicio prestado, que, en última instancia, es el servicio al hombre. El juicio de Dios es imparcial -Job diría que él «no prefiere el pobre al rico» (Job 34,19), pues «ha creado al pequeño y al grande» (v. 7)-, pero su rigor está proporcionado a la responsabilidad de cada uno.

        Así pues, Dios «cuida» (v. 7) de todos, garantiza la justicia a los pequeños, pero mira con amor vigilante todo camino y, precisamente por eso, pide a cada uno según el poder (de servir) que se le ha concedido: por eso el mensaje, la invitación a la sabiduría que aparece en este fragmento, va dirigido a todos.

        La «defensa» (v. 10) y la «instrucción» (v. 11) del sabio es la Sabiduría, esposa ideal {cf. Sab 8,2ss), porque su compañía abre el camino de la inmortalidad, de la vida.

        No sorprende, por tanto, leer, en los versículos de la conclusión del fragmento (w. 9-12), los verbos del deseo y de la búsqueda amorosa: la sabiduría, mucho más que una filosofía, es un itinerario místico; encuentra y se hace encontrar, dejando satisfecha la pasión de quien «vela por ella» (6,15).

 

Evangelio: Lucas 17,11-19

11 De camino hacia Jerusalén, Jesús pasaba entre Samaría y Galilea.

12 Al entrar en una aldea, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia

13 y comenzaron a gritar: -Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros.

14 Él, al verlos, les dijo: -Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino quedaron limpios.

15 Uno de ellos, al verse curado, volvió alabando a Dios en voz alta,

16 y se postró a los pies de Jesús dándole gracias. Era un samaritano.

17 Jesús preguntó: -¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve?

18 ¿Tan sólo ha vuelto a dar gracias a Dios este extranjero?

19 Y le dijo: -Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

 

        *» El evangelista Lucas nos propone en la perícopa de hoy el relato de un milagro hecho por Jesús: la curación de diez leprosos. La indicación «de camino hacia Jerusalén» (v. 11) recuerda a las que aparecen en Lc 9,51 y 13,22: el episodio narrado se desarrolla en el camino que conduce a Jesús hacia la cruz y la gloria de la resurrección, hacia la consumación de su vida; a lo largo de este recorrido, no cesa de enseñar a sus discípulos, de palabra y con obras.

        Diez leprosos salen al encuentro de Jesús y, gritando a voces (habla el dolor del hombre: cf. Le 4,33; 8,28; 23,46), piden su intervención piadosa (w. 12ss). Le llaman «maestro», nombre típico empleado por los discípulos, que, frecuentemente, es invocación y reconocimiento del poder de Jesús (cf. Le 5,5; 8,33; 9,33-49).

        Mientras van «a los sacerdotes» (v. 14), según el ritual de la purificación de Lv 14,2), quedan curados. Sin embargo, sólo uno vuelve y se echa a los pies de Jesús para darle las gracias (w. 15ss). Se trata de «un samaritano» (v. 16), de un «extranjero», por tanto (v. 18): para subrayar la condición de marginalidad en la marginación experimentada ya en la vida (v. 12: según Lv 13,45ss, los impuros estaban excluidos de la comunidad). Únicamente de él se dice que, por su «fe», no sólo ha sido curado, sino también y sobre todo «salvado» (v. 19). Como él, también los discípulos están llamados a vivir la fe como reconocimiento: con la capacidad de reconocer y, por consiguiente, de agradecer al Señor que se hace presente en la vida y en las muchas curaciones que realizó, venciendo la ignorancia que se abandona al goce de la saciedad del presente (cf. Jn 6,26).

 

MEDITATIO

Martín es verdaderamente hijo bendito del Padre, y es venerado en todas partes. Colmado del Espíritu del Señor, amó a los hermanos con el corazón de Cristo. Por eso fue capaz de dar sin medida, con una caridad intuitiva y preveniente, todo lo que había recibido, y antes que nada la vida de gracia.

Como monje, deseó entregarse enteramente a la oración; como obispo, se prodigó en el servicio a los enfermos y a los pobres, que le esperaban en el umbral de la iglesia para obtener de él la curación y recibir limosnas; y una vez llegó incluso a darles su capa, cuando acababa de ponerse las vestiduras litúrgicas. El alegre anuncio le llegó cuando prestaba el servicio militar: desde entonces, toda su vida se convirtió en una milicia por el Evangelio. Se mostró infatigable a la hora de llevar alegría a los afligidos, en conducir a los contendientes al perdón y a la paz, en señalar con su ejemplo la meta a la que todo hombre tiende: el Cielo, el Reino de Dios.

 

ORATIO

Haz, Señor, que, como san Martín, nadie pueda vernos nunca en cólera, que nadie nos encuentre turbados o desconsolados; enséñanos a estar constantemente serenos y pacificados, de modo que nuestro rostro se muestre siempre radiante, con una alegría, por así decirlo, celestial. Que no se encuentre en nuestros labios a nadie, sino a Cristo; ninguna otra cosa en nuestro corazón, sino el amor, la paz, la misericordia. Concédenos mantener en nosotros la calma en las dificultades e incluso llorar los pecados de quienes nos persiguen (cf Sulpicio Severo, Vita di san Martirio [existe edición española de sus Obras completas, Tecnos, Madrid 1987).

 

CONTEMPLATIO

Los méritos de Martín son demasiado grandes para que podamos formularlos con palabras. Nunca pasó un solo instante en el que no se entregara a la oración o no se aplicara a la lectura de las Sagradas Escrituras, y ni en la lectura ni en cualquier otra cosa que hiciera disminuía la intensidad de la oración en su alma. Nada hay de extraordinario en ello: del mismo modo que acostumbran los herreros, que en el intervalo de su trabajo, para aliviarse un poco de la fatiga, golpean el yunque, así Martín, incluso cuando parecía hacer cualquier otra cosa, oraba sin pausa. Oh varón verdaderamente santo, en el que no hubo fraude; a nadie juzgaba, a nadie condenaba, a nadie devolvía mal por mal. Mostró tanta paciencia en la defensa de las criaturas que hasta podía ser ultrajado impunemente hasta por los últimos clérigos, siendo él el sumo sacerdote, sin que por ello les retirara su afecto (Sulpicio Severo, Vita di san Martino XXVI, 3-5 [existe edición española de sus Obras completas, Tecnos, Madrid 1987).

 

ACTIO

Repite hoy la frase que pronunció san Martín cuando se le acercaba la muerte: «Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehuyo el trabajo; hágase tu voluntad» («Carta a Bassula», 6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si alguna vida de santo ha influido en la historia de las mentalidades es la de san Martín. Este personaje de ayer tiene la sorprendente capacidad de plantear las preguntas de siempre según el modo de pensar evangélico. Martín fue un perenne emigrante, como tanta gente de nuestros días, y lo fue, esencialmente, por razones «profesionales», antes de serlo por motivos religiosos. Esta impresionante migración en la larga vida de este hombre no fue nunca en él origen de ninguna desestabilización: sus raíces se encuentran claramente fuera de la tierra de los hombres. Por eso, en los lugares por donde se movió o vivió, dio siempre la impresión de estar de paso, de modo semejante a los patriarcas, que iban en busca de una patria.

Martín lo hacía todo guiado por el Espíritu Santo. La calidad de una vida espiritual se mide por los frutos de la gracia y, especialmente, por la práctica de la caridad con humildad. Las características de su vida mística son las de un hombre resuelto, con la voluntad de un soldado, la fe de un niño, la obediencia de un monje, el ardor de un misionero y la seguridad de un sabio.

Martín es, de manera incontestable, un santo para nuestro tiempo: frente al desarraigo, nos anima a echar nuestras raíces en otra tierra, la de Dios. Ya siendo un catecúmeno muy ¡oven, orientaba a todos los que se preparaban para el bautismo, para el sacramento de la confirmación y para su primera comunión eucarística, en la búsqueda de su propia vocación. Como hombre que compartía y hombre de caridad, despertó la responsabilidad de cada uno frente a todo tipo de rechazo del pobre y del enfermo. Como monje antes que nada, permitió mirar la vida religiosa con ojos nuevos. Como obispo, invitó a encontrar al hombre en su integridad, a destruir los ídolos que lo mantienen esclavo para devolverlo a la vida. Como místico, es un guía segurísimo que conduce a Dios, siempre a la escucha del Verbo bajo la inspiración del Espíritu (J.-P. Longeat, «Saint-Martín hier et au¡ourd'hui», en Lettre de Ligugé, 1996).

 

Día 12

San Josafat

Liturgia de las Horas de hoy

          La nación de Lituania es ahora de gran mayoría católica. Pero en un tiempo en ese país la religión era dirigida por los cismáticos ortodoxos que no obedecen al Sumo Pontífice. Y la conversión de Lituania al catolicismo se debe en buena parte a San Josafat. Pero tuvo que derramar su sangre, para conseguir que su país aceptara el catolicismo. 

          En 1595 los principales Jefes religiosos ortodoxos de Lituania habían propuesto unirse a la Iglesia Católica de Roma, pero los más fanáticos ortodoxos se habían opuesto violentamente y se habían producido muchos desórdenes callejeros. Ahora llegaba al convento el que más iba a trabajar y a sacrificarse por obtener que su nación se pasara a la Iglesia Católica. 

          Cuando sus enemigos se lanzaron contra él, le atravesaron de un lanzazo, le pegaron un balazo, y arrastraron su cuerpo por las calles de la ciudad y lo echaron al río Divina. Era el 12 de noviembre de 1623. Meses después los verdugos se convirtieron a la fe católica y pidieron perdón de su terrible crimen. 

          El Papa ha declarado a San Josafat, Patrono de los que trabajan por la unión de los cristianos. La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos (Tertuliano).

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 7,22-8,1

7,22 La sabiduría posee un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, penetrante, límpido, diáfano, impasible, amante del bien, agudo,

23 expedito, benéfico, amigo de los hombres, estable, firme, libre de inquietudes, que todo lo puede, todo lo vigila y penetra en todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles.

24 Pues más móvil que todo movimiento es la sabiduría, y con su pureza todo lo atraviesa y lo penetra.

25 Es ella un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente; por eso nada manchado entra en ella.

26 Es una irradiación de la luz eterna, un espejo inmaculado de la actividad de Dios, una imagen de su bondad.

27 Aunque es una, lo puede todo; sin salir de sí, todo lo renueva, y, entrando en cada época en las almas santas, hace amigos de Dios y profetas.

28  Porque Dios sólo ama al que vive con la sabiduría.

29 Ella es más bella que el sol y supera a todas las constelaciones. Comparada con la luz sale vencedora,

30 porque la luz tiene que dejar paso a la noche, pero no hay maldad que prevalezca sobre la sabiduría.

8.1 Ella despliega su fuerza de un extremo a otro, y todo lo gobierna acertadamente.

 

        *• El autor, en la línea de algunos precedentes veterotestamentarios y con el respaldo de la tradición profético-sapiencial (véase, por ejemplo, Prov 8,22), procede a la personificación de la sabiduría, de la que elabora un elogio multiforme.

        La describe, de entrada, con una sucesión de veintiún atributos (w. 22ss), cifra simbólica que expresa la perfección absoluta, dado que se obtiene de multiplicar siete (número de la perfección) por tres (plenitud). Hay quien ha leído en el Nuevo Testamento la atribución a Cristo de las mismas características: pensemos, entre otras, en la agudeza (Ap 1,16), en el poder benéfico (Hch 10,38), en la filantropía (Tit 3,4)...

        En consecuencia, se ponen de manifiesto el origen y la naturaleza divinos de la sabiduría, utilizando (w. 25ss), en parte, la terminología bíblica y, en parte, la filosófica: en particular, hálito, emanación e irradiación expresan, aunque sea con diferentes matices, el origen y la consustancialidad con Dios; espejo e imagen expresan la identidad de la naturaleza (en la distinción). Por último, se trata de la actividad de la sabiduría, que se explica o bien haciendo «amigos de Dios y profetas», o bien (creando) renovando y gobernando «todo», puesto que la sabiduría lo mantiene todo unido {cf. Sab 1,7).

        En la teología posterior, el «espíritu de sabiduría» (Is 11,2) informará la acción de Cristo, a quien se atribuirá el primado en la creación (cf. Col 1,15-29) con las mismas funciones indicadas aquí y de quien se señalará su existencia, iluminada por el escándalo de la cruz, como «sabiduría de Dios» (cf. 1 Cor 1,24.30).

 

Evangelio: Lucas 17,20-25

En aquel tiempo,

20 a una pregunta de los fariseos sobre cuándo iba a llegar el Reino de Dios, respondió Jesús: -El Reino de Dios no vendrá de forma espectacular,

21 ni se podrá decir: «Está aquí o allí», porque el Reino de Dios ya está entre vosotros.

22 Después, dijo a sus discípulos: -Llegará el día en el que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo veréis.

23 Entonces os dirán: «Está aquí, está allí»; no vayáis ni los sigáis.

24 Porque como el relámpago brilla desde un punto a otro del cielo, así se manifestará el Hijo del hombre en su día.

25 Pero antes es preciso que sufra mucho y sea rechazado por esta generación.

 

        **• La perícopa de Lc 17,20-37, a la que pertenece el fragmento que acabamos de leer, constituye una especie de «pequeño apocalipsis lucano» (en Le 21,5-36 se encuentra una intervención más amplia) que se ocupa de la cuestión de la venida del Reino de Dios (w. 20ss) y del Hijo del hombre (w. 22-25).

        Ya está cerca Jerusalén, la meta del viaje de Jesús, y los discípulos «creían que el Reino de Dios debía manifestarse de un momento a otro» (Lc 19,11). Sin embargo, son los fariseos quienes interrogan a Jesús respecto al «cuándo» (v. 20): tras la experiencia del exilio de Babilonia (cf. Jr 25,11; 29,10) lo esperaban evaluando los tiempos y los signos (cf. Dn 9,2; 12,lss). En lo que respecta al Hijo del hombre, hay que mantener un discurso análogo.

        Con todo, tanto en un caso como en el otro -y ésta es la advertencia de Jesús- nadie puede decir: «Está aquí o está allí» (v. 21 y también en el v. 23). Es una invitación a acoger el Reino que ya está presente «entre vosotros» (v. 23) en la persona de Cristo («dedo de Dios»: Le 11,20), aunque no sea fácil reconocer la visita del Señor dentro de la historia, en los acontecimientos.

        Por lo que se refiere al retorno escatológico de Cristo, se llevará a cabo de improviso -especialmente para los que se dejen coger sin estar preparados-, pero será visible «desde un punto a otro del cielo» (v. 24). Ahora bien, antes es preciso que se cumpla el tiempo de la pasión y del rechazo por parte de los hombres (como está preanunciado en Le 9,22 y ratificado en 18,31-33).

        Hemos de recorrer todos los días de la vida, con su carga de sufrimientos y contradicciones: no puede haber historia de la salvación fuera de la misma historia.

 

MEDITATIO

        Dios está en medio de nosotros y está como Señor de lo que existe, porque él lo ha creado todo, porque lo ha redimido todo en la Pascua de Jesús. Sin embargo, el mundo funciona y sigue adelante sin él. Por otra parte, no hay necesidad de Dios como justificación de la realidad; ya Dietrich Bonhoeffer declaraba el final del «Dios-tapaagujeros».

        Con todo, precisamente ese mundo «autónomo» respecto a Dios, confiado a la técnica como nuevo espacio de «salvación», siente una gran voracidad de milagrería, de anuncios apocalípticos y corre allí donde el «santón» de turno proclama algo extraordinario. Viejos y nuevos milenarismos siguen atrayendo con gran fragor.

        La Escritura nos dice hoy que Dios está presente y actúa: nada ni nadie está excluido de su acción salvadora. La suya es una obra de amor, una acción que da valor de eternidad a lo que nosotros hacemos en el tiempo. Es una obra en favor nuestro: hace más significativo nuestro vivir y afirma nuestra dignidad de hijos suyos. ¡Dios está aquí! No para sustituirnos a nosotros, sino para hacer eterno nuestro vivir en el tiempo. Dios está aquí  no para poner un remiendo a nuestras insuficiencias, sino para que no se pierdan ni siquiera las migajas de nuestra existencia.

        Abramos los ojos, el corazón y las manos a él, que con la fuerza suavísima de su Espíritu colma de sí mismo toda realidad y la lleva a su consumación definitiva.

 

ORATIO

        Señor Dios, que acoges cada deseo de tus hijos y haces que dé frutos de vida, concédeme tu sabiduría, amante del bien, para que yo sepa reconocer el bien que hay en mí y a mi alrededor, semilla fecunda de tu Reino que está aquí.

        Concédeme tu sabiduría, amiga del hombre, para que yo sepa acoger y ofrecer una amistad sincera y fiel, profecía de tu Reino que está aquí.

        Concédeme tu sabiduría, estable, segura, sin afanes, para que yo sepa arraigarme en la roca de tu Palabra y consiga la certeza y la confianza en tu providencia, signo de tu Reino que está aquí.

 

CONTEMPLATIO

         [...] Este apetito tiene siempre el alma de entender pura y claramente las verdades divinas; y cuanto más ama, más adentro de ellas apetece entrar, y por eso pide lo tercero, diciendo: Entremos más adentro en la espesura.

        En la espesura de tus maravillosas obras y profundos juicios, cuya multitud es tanta y de tantas diferencias que se puede llamar espesura; porque en ellas hay sabiduría abundante y tan llena de misterios que no sólo la podemos llamar espesura; más aún, cuajada, según lo dice David, diciendo: Mons Dei, mons pinguis. Mons coagulatus, mons pinguis, que quiere decir: el monte de Dios es monte grueso y monte cuajado. Y esta espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro, por cuanto es inmensa y sus riquezas incomprehensibles, según lo exclama san Pablo, diciendo: O altitudo divitiarum sapientiae, et scientiae Dei: quam incomprehensibilia sunt judicial ejus, et investigabiles viae ejus! (¡Oh alteza de riquezas de sabiduría y ciencia de Dios, cuan incomprehensibles son sus juicios e incomprehensibles sus vías!). Pero el alma en esta espesura e incomprehensibilidad de juicios desea entrar, porque le mueve el deseo de entrar muy adentro del conocimiento de ellos, porque el conocer en ellos es deleite inestimable que excede todo sentido. De donde, hablando David del sabor de ellos, dijo: Judicia Domini vera, justificata tu semetipsa. Desiderabilia super aurum, et lapidem praetiosum multum: et dulciora super mel, et favum. Etenim servus tuus custodit ea, que quiere decir: los juicios del Señor son verdaderos y en sí mismos tienen justicia. Son más agradables y codiciados que el oro y que la preciosa piedra de gran estima, y son dulces sobre la miel y el panal; tanto, que tu siervo los amó y guardó. Por lo cual desea el alma en gran manera engolfarse en estos juicios y conocer más adentro en ellos, y a trueque de esto le sería gran consuelo y alegría entrar por todos los aprietos y trabajos del mundo y por todo aquello que le pudiese ser medio para esto, por dificultoso y penoso que fuese, y por las angustias y trances de la muerte, por verse más dentro en su Dios. De donde, también por esta espesura en la que aquí el alma desea entrarse, se entiende harto propiamente la espesura y multitud de los trabajos y tribulaciones en que desea esta alma entrar, por cuanto le es sabrosísimo y provechosísimo el padecer, porque ello es medio para entrar más adentro en la espesura de la deleitable sabiduría de Dios, porque el más puro padecer trae más puro e íntimo entender, y por consiguiente más puro y subido gozar, porque es de más adentro saber. Por tanto, no se contentando con cualquier manera de padecer, dice: «Entremos más adentro en la espesura»; es a saber, hasta los aprietos de la muerte por ver a Dios. De donde, deseando el profeta Job este padecer por ver a Dios, dijo: Quis detur veniat petitio mea: et quod expecto, tribuat mihi Deus? Et qui coepit, ipse me conterat: solvat manum suam, et succidat me? Et haec mihi sit consolatio, ut afligens me dolore, nan parcat, que quiere decir: ¿quién me dará que mi petición se cumpla y que Dios me dé lo que espero, y que el que me comenzó ése me desmenuce, y desate su mano y me acabe, y tenga yo esta consolación, que, afligiéndome con dolor, no me perdone? ¡Oh si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, sino es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en esto el alma su consolación y deseo, y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina, desea primero el padecer en la espesura de la cruz para entrar en ella! Que por eso san Pablo amonestaba a los de Efeso que no desfalleciesen en las tribulaciones, que estuviesen fuertes y arraigados en la caridad, para que pudiesen comprehender con todos los santos qué cosa sea la anchura y la largura y la altura y la profundidad, y para saber también la supereminente caridad de la ciencia de Cristo: In chántate radicati, et fundati, ut possitis comprehendere cum ómnibus Sanctis, quae sit latitudo, et longitudo, et sublimitas, et profundum: scire etiam supereminentem scientiae charitatem Christi; y para ser llenos de todo henchimiento de Dios: Ut impleamini in omnem plenitudinem Dei. Porque para entrar en esta riquezas de sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos, mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos (Juan de la Cruz, Cántico espiritual B, estrofa 36, nn. 9-12).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «La sabiduría hace amigos de Dios y profetas» (Sab 7,27).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Cuando yo era joven, la «religiosidad» era para mí la excepción. La «religiosidad» me alejaba por sí misma. Por otra parte estaba la existencia habitual, con sus negocios, aquí, en cambio, imperaba el arrobamiento, la iluminación, el éxtasis, sin tiempo ni causalidad. No tuvo lugar nada de particular: un día, tras una mañana de exaltación «religiosa», recibí la visita de un ¡oven desconocido, sin estar presente allí, no obstante, con toda el alma... No había venido a mí por casualidad, sino enviado por el destino no para una charla, sino para tomar una decisión, y precisamente a mí, precisamente en aquel momento.

        ¿Qué esperamos cuando estamos desesperados, pero buscamos también una persona? Probablemente, una presencia a través de la cual se nos diga que, pese a todo, la cosas tienen sentido. Desde entonces abandoné esa «religiosidad» que es solamente excepción, extrañamiento, evasión, éxtasis, o tal vez fui yo el abandonado por ella. Ahora no tengo más que la vida cotidiana de la que nunca me distraigo. El misterio ya no se pronuncia, se ha sustraído o bien mora aquí, donde todo sucede tal como sucede. Ya no conozco otra plenitud que la de cada hora mortal compuesta de pretensiones y responsabilidades. Muy lejos de estar en las alturas, sé, no obstante, que en la pretensión se me dirige la palabra y que puedo responder de manera responsable. Sé quién habla y me pide una respuesta. No sé mucho más. Si esto es religión, entonces la religión es todo, la totalidad vivida simplemente en su posibilidad de diálogo (M. Buber, Incontro. Frammenti autobiografía, Roma 1994, pp. 73ss, passim).

 

Día 13

Viernes de la 32ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 13,1-9

1 Totalmente insensatos son todos los hombres que no han conocido a Dios, los que por los bienes visibles no han descubierto al que es, ni por la consideración de sus obras han reconocido al artífice.

2 En cambio, tomaron por dioses, rectores del mundo, al fuego, al viento y al aire sutil; a la bóveda estrellada, al agua impetuosa y a los luceros del cielo.

3 Pues, si embelesados con su hermosura los tuvieron por dioses, comprendan cuánto más hermoso es el Señor de todo eso, pues fue el mismo autor de la belleza el que lo creó.

4 Y si tal poder y energía los llenó de admiración, entiendan cuánto más poderoso es quien los formó,

5 pues en la grandeza y hermosura de las criaturas se deja ver, por analogía, su Creador.

6 Éstos, con todo, merecen más ligero reproche, porque quizás se extravían buscando a Dios y queriendo hallarlo.

7 Se mueven entre sus obras y las investigan, y quedan seducidos al contemplarlas, ¡tan hermosas son las cosas que contemplamos!

8 De todas formas, ni siquiera éstos son excusables,

9 porque, si fueron capaces de escudriñar el universo, ¿cómo no hallaron primero al que es su Señor?

 

        **• «Los cielos cuentan la gloría de Dios» (Sal 19,2), pero los hombres no siempre han sido capaces de leer lo que cuenta la creación. Y así, el autor del libro de la Sabiduría, que vive en un contexto en el que la cultura helenística sirve de fondo a los cultos paganos politeístas, se encuentra reflexionando con el lenguaje filosófico de la analogía sobre cómo la grandeza y la belleza de la naturaleza no pueden hacer otra cosa que remitir a su autor. Es posible que se trate de una reflexión nacida de la meditación de los relatos del Génesis sobre el origen del cosmos (el todo armónico y bello), explicitado aquí, no obstante, por vez primera de esta forma. No es nueva la consideración de la grandeza de lo creado y del poder de Dios que a través de ella se expresa (v. 4; cf. Job 36,22-26; Is 40,12-14), pero sí es digno de señalar el acento que se pone en la belleza del mismo (v. 3).

       El autor nos invita a remontarnos al Señor de todas las criaturas, al que ha formado todo lo que existe, puesto que «lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se ha hecho visible desde la creación del mundo, a través de las cosas creadas» (Rom 1,20), y él, aun dejando que «cada pueblo siguiera su camino» (Hch 14,16), ha dejado en la creación sus huellas para que todos puedan encontrarle. Sin embargo, no siempre los hombres le reconocieron (v. 1): no le han encontrado (v. 9), se han equivocado (v. 6) dejándose seducir por las apariencias y por la belleza de las cosas (v. 7), llegando a considerar en ocasiones como dioses a los elementos de la naturaleza (v. 2). Su ignorancia (v. 1) no es, en definitiva, excusable (v. 8), «pues lo que se puede conocer de Dios lo tienen claro ante sus ojos, por cuanto Dios se lo ha revelado» (Rom 1,18).

 

Evangelio: Lucas 17,26-37

       En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

26 Cuando venga el Hijo del hombre sucederá lo mismo que en tiempos de Noé.

27 Hasta que Noé entró en el arca, la gente comía, bebía y se casaba. Pero vino el diluvio y acabó con todos.

28 Lo mismo sucedió en los tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y edificaban.

29  Pero el día en el que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y acabó con todos.

30 Así será el día en el que se manifieste el Hijo del hombre.

31 Ese día, el que esté en la azotea y tenga en casa sus enseres que no baje a tomarlos; igualmente, el que esté en el campo que no vuelva atrás.

32 Acordaos de la mujer de Lot.

33 El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la salvará. 34 Os aseguro que esa noche estarán dos juntos en la misma cama: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán.

35 Estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a otra la dejarán.

37 Ellos le preguntaron: -¿Dónde, Señor? Y les contestó: -Donde esté el cadáver, allí se reunirán los buitres.

 

       *•• En el marco de la reflexión sobre los últimos tiempos, Jesús se remite a los acontecimientos de Noé (cf. Gn 6-8) y de Lot con su consorte (cf. Gn 19,24.26) para caracterizar los días del Hijo del hombre. Como en tiempos de Noé (w. 26ss) y de Lot (w. 28ss) el diluvio y el fuego, respectivamente, sorprendieron a los hombres, ocupados en comer, beber, casarse, trabajar, también es posible que ahora la venida del Señor nos coja sin estar preparados.

       Es preciso mirar bien a qué se dirige principalmente nuestra atención: comer, beber y darse a la alegría es el proyecto -frustrado por la muerte- del rico necio de Lc 12,19. No son los «enseres» (v. 31), las realidades materiales, lo que nos dará la vida; al contrario, tras haber convertido a Dios en el fulcro de nuestra vida, es preciso renunciar a ellas, sin echar la vista atrás, como hizo la mujer de Lot (v. 31; cf. Le 9,62). Recogiendo ahora lo que ya había dicho en Le 9,23, Jesús afirma: «El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la salvará» (v. 33). Nótese que, en el primer caso, salvar (peripoiéomai) tiene el valor de conservar lo que se tiene; en el segundo caso, salvar (zoogonéo) implica no la conservación, sino la generación de una vida nueva que se produce en la pérdida.

       Hombres y mujeres (v. 34) tienen que estar preparados: «dónde» (v. 37), donde cada uno se encuentre, porque allí donde cada uno desarrolla su vida, allí le visita el Señor {cf. Ap 19,17 e Is 18,6; 34,15ss; Jr 7,33; 12,9; 15,3 para la imagen de las aves rapaces).

 

MEDITATIO

       La Palabra de Jesús nos dice hoy que él volverá, aunque no sabemos cuándo. Volverá, y entonces comprenderemos que nuestra vida vale en cuanto la entregamos a él, la gastamos en las ocupaciones diarias junto a él. Estar preparados es un hecho cotidiano: no puede sorprendernos la venida de aquel con quien estamos en continua relación.

       El orden creado, en su multiplicidad de formas y manifestaciones, nos ofrece el espacio de la relación con Dios. Y no sólo eso: las criaturas dicen algo del Creador. De esta suerte, la creación es el primer relato de la belleza y del amor de Dios y es también la primera palabra con la que respondemos a tanto amor. Hoy se habla mucho de «medio ambiente», de «naturaleza», de «ecología », y se habla con razón, porque nuestro sistema económico y nuestro estilo de vida occidental están devastando, alterando, suprimiendo lo que constituye nuestro espacio vital. Con todo, no tiene sentido convertirlo en un ídolo. No es en sí misma una cuestión de fina sensibilidad ecológica -aunque esta atención al orden creado tenga un valor-, sino que está en juego nuestra conciencia de criaturas en relación con el Creador. Estar preparados para el encuentro definitivo con él significa asimismo haber aprendido a encontrarle en las criaturas, respetándolas, admirándolas y promoviendo la vida particular y específica de cada uno.

 

ORATIO

       Hoy, Señor mío, quiero orarte haciendo mías las palabras de san Francisco. Como él, quiero unir mi voz a la de las otras criaturas para alabarte, Creador y Señor del universo.

¡Alabado seas, mi Señor, en todas las creaturas tuyas, especialmente el señor hermano Sol, por quien nos das el día y nos alumbras, y es bello y radiante con grande esplendor: de ti, Altísimo, es significación! ¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana Luna y las estrellas: en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas! ¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Viento, por el Aire y la Nube, por el Cielo sereno y todo Tiempo: por ellos a tus creaturas das sustento! Alabado seas, mi Señor, por la hermana Agua, la cual es muy útil y humilde, preciosa y casta! ¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Fuego: por él nos alumbras la noche, y es bello y alegre, vigoroso y fuerte! ¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre Tierra, que nos mantiene y sustenta, y produce los variados frutos con las flores coloridas y las hierbas!

       Y quiero invocarte: envía tu Espíritu para que nosotros, criaturas humanas, comprendamos la importancia de poner todos los medios para no apagar la voz de los seres que, con nosotros, pueblan este mundo: cada uno

por su parte refleja algo de tu belleza, preparado para estar contigo en la eternidad.

       ¡Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal, de quien ningún hombre viviente puede escapar! ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! ¡Bienaventurados los que encuentre cumpliendo tu muy santa voluntad, pues la muerte segunda no les podrá hacer mal!

 

CONTEMPLATIO

       Dios, a causa de su caridad, hizo de modo que cuantos estaban lejos de él [...] percibieran su caridad con ellos y se [le] acercaran gracias a la mediación de las criaturas, puestas como escritura por su Poder y por su Sabiduría, es decir, por su Hijo y por su Espíritu. A través de las criaturas, pues, no sólo perciben la caridad de Dios Padre con ellas, sino también su Poder y su Sabiduría.

       En efecto, así como el que lee una escritura percibe a través de ella su belleza, junto con la voluntad de su redactor, el poder y la inteligencia de la mano y del dedo que la han escrito, así también quien observa a las criaturas de modo intelectual percibe la mano y el dedo de su creador junto con su voluntad, o sea, su caridad [...].

       Ahora bien... del mismo modo que la cosa escondida en la escritura está oculta a los que no saben leer esta [última], aunque la miren, así también quien carece de inteligencia de las criaturas visibles carece [también] de la percepción intelectual escondida en ellas, aunque las mire. En cambio, el que en virtud de su solicitud y pureza está instruido en ellas, sabe que todas le revelan a él [en su interioridad], y, cuando haya percibido estas cosas, entonces también él anunciará la sabiduría y el poder de su propia constitución y proclamará incesantemente la voluntad de la Caridad incomprensible, a la que sirven el Poder y la Sabiduría [...].

       Y si la escritura, que sirve a los alejados, puede hacer saber lo que ha sucedido y lo que sucederá, cuánto más la Palabra y el Espíritu conocerán y anunciarán todo al intelecto, su «cuerpo». Y digo en verdad: muchas puertas, llenas de diversas distinciones, me han salido al encuentro en este lugar... (Evagrio Póntico, Lo scrigno Della sapienza, Magnano 1997, pp. lóss, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la salvará» (Lc 17,33).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El sentido de lo bello, aunque mutilado, deformado, ensuciado, permanece, a pesar de todo, como un impulso poderoso en el corazón humano. Está presente en todas las preocupaciones de la vida profana. Si se volviera auténtico y puro, transportaría toda la vida profana como un solo bloque a los pies de Dios y así haría posible la encarnación total de la fe. Por lo demás, la belleza del orden creado es, en general, la vía más común, la más fácil y natural. Como Dios se precipita a cada alma en cuanto ella parece abierta, para amar y servir a través de ella a los desventurados, así se precipita también para amar y admirar a través de ella la belleza sensible de su propia creación.

       Con todo, lo contrario es todavía más verdad: la tendencia natural del alma a amar la belleza es la trampa más frecuente de la que se sirve Dios para abrirla al soplo que viene de lo alto. La belleza del orden creado es la sonrisa de ternura que nos dirige Cristo a través de la materia. El está realmente presente en la belleza del universo. También éste, por tanto, se asemeja a un sacramento.

       El amor físico, en todos sus aspectos, desde el más noble -tanto el verdadero matrimonio como el amor platónico- hasta el más bajo, incluso hasta el vicio, tiene por objeto la belleza del orden creado. El deseo de amar en un ser humano la belleza de la creación es, en su esencia, el deseo de la encarnación. El amor físico, en todos sus aspectos, se siente atraído unas veces más y otras menos por la belleza -y las excepciones tal vez sean sólo aparentes-, porque la belleza de un ser humano lo hace aparecer a la imaginación como algo equivalente a la belleza del orden creado. Por eso son graves los pecados en ese campo: constituyen una ofensa a Dios por el hecho mismo de que el alma, sin saberlo, está buscando a Dios (S. Weil, Attesa di Dios, Milán 1991, pp. 123ss, passim [edición española: A la espera de Dios, Editorial Trotta, Madrid 1996]).

 

Día 14

Sábado de la 32ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 18,14-15b; 19,6-9

18,14 Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su veloz carrera,

15 tu omnipotente palabra se lanzó desde el cielo, desde el trono real, cual implacable guerrero, sobre aquella tierra destinada al exterminio.

19,6 porque toda la creación, obediente a tus mandatos, tomaba nuevas formas en su misma naturaleza, para guardar de todo mal a tus hijos:

7 se vio a la nube dar sombra al campamento y de lo que antes era agua emerger la tierra seca. El mar Rojo se convirtió en un camino transitable y el oleaje impetuoso en una llanura verdeante,

8 por donde pasó un pueblo entero, protegido por tu mano, contemplando prodigios admirables.

9 Parecían caballos pastando en la pradera, y retozaban como corderillos mientras te alababan a ti, Señor, su libertador.

 

       *•• El autor del libro de la Sabiduría, recorriendo en sus etapas principales la historia del pueblo de Israel, lee en ella la obra de la Sabiduría, que obra de acuerdo con la voluntad de Dios. En los pasajes que hemos leído hoy, se detiene a considerar los acontecimientos del éxodo. En los w. 14-16 del capítulo 18 relata, en una escena de sabor apocalíptico, la muerte de los primogénitos egipcios, atribuida a Dios por mano del ángel exterminador: signo decisivo que abre el camino a la salida del pueblo de Israel de Egipto (cf. Ex 11-12). Se hace una mención particular del tiempo («la noche llegaba a la mitad»: v. 14; cf. Ex 11,4.12.29) en el que se dio ese signo.

       La Sabiduría es identificada con la Palabra eficaz de Dios {cf. Is 11,4; 55,11): como el guerrero que produce un «exterminio» con su espada afilada (v. 15), la Palabra de la Sabiduría que llena el universo actúa en favor del pueblo de Dios, en una noche de tragedia y libertad.

       En los w. 6-9 del capítulo 19 se pone la atención en la travesía del mar Rojo. Y aparece casi una nueva creación donde al «espíritu» que «aleteaba sobre las aguas» del caos primordial (Gn 1,2) le corresponde la «nube» que acompaña en su camino al pueblo (Nm 9,15-23) y fecunda como «sombra» (cf. Le 1,35) sus etapas: aparecen entonces la «tierra seca», la «llanura verdeante» y el «camino libre» para el paso de los hombres protegidos por la mano de Dios (Ex 14,21ss como en Gn 1,9-12).  En definitiva, no sólo la naturaleza lleva en sí misma las huellas de Dios, que la ha creado, sino que toda la historia está surcada por su presencia, como se dirá, con mirada sintética, al final de este libro: «Por todos los medios, Señor, engrandeciste y cubriste de gloria a tu pueblo y no dejaste de asistirlo en todo tiempo y lugar» (19,22).

 

Evangelio: Lucas 18,1-8

En aquel tiempo,

1 para mostrarles la necesidad de orar siempre sin desanimarse, Jesús les contó esta parábola:

2 -Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres.

3 Había también en aquella ciudad una viuda que no cesaba de suplicarle: «Hazme justicia frente a mi enemigo».

4 El juez se negó durante algún tiempo, pero después se dijo: «Aunque no temo a Dios ni respeto a nadie,

5 es tanto lo que esta viuda me importuna que le haré justicia, para que deje de molestarme de una vez».

6 Y el Señor añadió: -Fijaos en lo que dice el juez inicuo.

7 ¿No hará, entonces, Dios justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche? ¿Les hará esperar?

8 Yo os digo que les hará justicia inmediatamente. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

 

       *» «Velad, pues, y orad en todo tiempo, para que os libréis de todo lo que ha de venir y podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre» (Lc 21,36). Jesús, para ilustrar la necesidad de «orar siempre» (18,1), cuenta la parábola del juez inicuo y la viuda importuna.

       Si la verdadera religión es «socorrer a los huérfanos y las viudas» (Sant 1,27), el juez del relato es verdaderamente un juez inicuo -ni teme a Dios ni se preocupa por nadie (w. 2 y 4)-; sin embargo, la insistencia de la viuda, que, en su necesidad, continúa importunándole (recuerda al amigo importuno de Lc 11,1-8), logra triunfar sobre su indiferencia. Del mismo modo, es preciso que nos dirijamos continuamente (v. 5) a Dios, seguros de que escuchará a quien grita a él «día y noche» (v. 7; cf. La relación que existe entre la justicia divina y la oración del humilde en Eclo 35,11-24). También san Pablo, que se ocupa en diferentes ocasiones del tema de la oración incesante (cf. Ef 6,18; 1 Tes 5,17), subraya que la oración es una auténtica lucha con Dios (cf. Rom 15,30).

       Ahora bien, la condición es que tengamos «fe» (v. 8): el riesgo que se cierne ahora es que estemos tan preocupados por otras cosas (cf. Le 17,27ss: comer, beber...) que olvidemos buscar, en primer lugar, el Reino de Dios. Dios hace justicia (expresión repetida en otras ocasiones: vv. 3,5,7ss) a quien no se cansa de pedirla; escucha y abre la puerta, incluso cuando la noche ya está avanzada, a quien no deja de insistir.

 

MEDITATIO

       No existe -posiblemente- ninguna persona que, en algún momento de su existencia, no haya deseado percibir de una manera sensible la presencia de Dios, tener signos inequívocos que prueben que se interesa por nosotros y que nuestra fatigosa oración llega a él.

       Es posible que también yo lo haya deseado, pero tal vez me he quedado perplejo y decepcionado. ¡Qué difícil es entrar en relación con Dios! ¡Qué difícil es estar en relación con él, una relación en la que me escapa el «tú»... Pero la Palabra de Dios -puesto que él me habla en las Escrituras- me recuerda hoy algo que olvido con frecuencia: Dios me cita en la historia, en ella puedo tejer una relación con él. No son los espacios indefinidos de experiencias esotéricas los que me conducen al encuentro con Dios, sino que son los acontecimientos concretos que forman mi vivir y el vivir humano los que me dicen algo de Dios, los que me revelan algo de él, los que me evocan algo de su acción misericordiosa y salvadora. Dios no «maniobra» en la historia: la custodia y la sostiene, hace que todo concurra a la realización de su obra de salvación.

       Todo esto interpela a mi fe. ¿Acaso pienso que la relación con Dios es algo distinto a la fe? ¿Acaso pienso que la relación con Dios es un hecho que se produce por necesidad, el reflejo de un ímpetu emotivo? El Señor -que tanta importancia a da mi relación con él- me lo repite una vez más: si creo en él, le descubriré presente; si creo en él, me daré cuenta de que me escucha. La fe no inventa algo que no es, sino que nos hace capaces de ver lo que escapa a la mirada presurosa, superficial, encerrada en sí misma, y nos hace capaces de ver lo que es verdaderamente real.

 

ORATIO

       Quisiera tener, oh Dios, la fuerza suficiente para no cesar nunca de importunarte; quisiera esa inquietud que no encuentra reposo hasta que no llega a ti. Sé tú, Señor, el interlocutor de mis peticiones en esta historia que, en ocasiones, parece enloquecida y, muchas otras, me resulta incomprensible. Dime cómo hacer para vislumbrar tus huellas en nuestros caminos envueltos en nieblas, fangosos, tortuosos...

       ¡Dios de la historia, haz crecer mi fe! Te pido esa fe sencilla que no tiene miedo de reconocerte entre las curvas de nuestro andar; que es capaz de verte obrando como roca que sostiene todo el lodo de nuestro vivir; que es capaz de verte vivo, como luz radiante que disipa nuestras nieblas en un destino de vida eterna.

 

CONTEMPLATIO

       La causa también por que el alma no sólo va segura cuando va así a oscuras, sino aun se va más ganando y aprovechando, es porque comúnmente, cuando el alma va recibiendo mejoría de nuevo y aprovechando, es por donde ella menos entiende; antes muy de ordinario piensa que se va perdiendo, porque, como ella nunca ha experimentado aquella novedad que le hace salir y deslumbrar y desatinar de su primer modo de proceder, antes piensa que se va perdiendo que acertando y ganando, como ve que se pierde acerca de lo que sabía y gustaba, y se ve por donde no sabe si gusta. Así como el caminante que, para ir a nuevas tierras no sabidas, va por nuevos caminos no sabidos ni experimentados, que [camina no] guiado por lo que sabía antes, sino en dudas y por el dicho de otros, y claro está que éste no podría venir a nuevas tierras ni saber más de lo que antes sabía si no fuera por caminos nuevos nunca sabidos, y dejados los que sabía. Ni más ni menos el que va sabiendo más particularidades en un oficio o arte, siempre va a oscuras no por su saber primero, porque si aquél no dejase atrás nunca saldría de él ni aprovecharía en más.

       Así, de la misma manera, cuando el alma va aprovechando más, va a oscuras y no sabiendo. Por tanto, siendo (como habernos dicho) Dios [aquí] el maestro y guía de este ciego del alma, bien puede ella -ya que lo ha venido a entender (como aquí [decimos])- con verdad alegrarse y decir: a escuras y segura (Juan de la Cruz, «Noche oscura», II, 16, n. 8, en id., Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 141994, pp. 560-561).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú escuchas, Señor, el grito de nuestra fe» (cf. Lc 18,7ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Es necesario que encontremos el silencio de Dios no sólo en nosotros mismos, sino también en el otro. Si los otros no nos hablan con palabras que proceden de Dios y comunican con el silencio de Dios que hay en nuestras almas, permaneceremos aislados en nuestro mismo silencio, del que Dios tiende a sustraerse.

       Y es que el silencio interior depende de una búsqueda continua, de un arito incesante en la noche, de un repetido inclinarse sobre el abismo. Si nos adherimos a un silencio que pensamos haber encontrado para siempre, desistimos de la búsqueda de Dios y muere el silencio en nosotros. Un silencio en el que ya no buscamos a Dios cesa de hablarnos de él. Un silencio del que Dios no parece ausente amenaza de manera peligrosa su continua presencia. Y es que lo encontramos cuando le buscamos, y cuando no le buscamos huye de nosotros. Lo oímos sólo cuando esperamos oírle, y si dejamos de escucharle, creyendo que nuestra esperanza ya se ha realizado, él deja de hablar; su silencio ya no es vida, sino que se convierte en muerte, aunque lo carguemos de nuevo con el eco de nuestro estrépito emotivo (Th. Merton, Pensieri nella solitudine, Roma 1959, p. 83 [edición española: Pensamientos de la soledad, Edhasa, Madrid 1971]).

 

Día 15

33° domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 12,1-3

1 En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe, protector de tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos de tu pueblo que estén escritos en el libro se salvarán.

2 Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para la vergüenza, para el castigo eterno.

3 Los sabios brillarán como el esplendor del firmamento, y los que guiaron a muchos por el buen camino, como las estrellas por toda la eternidad.

 

        *•• «En aquel tiempo...». El tiempo al que alude el profeta es un tiempo en el que la impiedad ha llegado a su cima: en el capítulo 11, en efecto, se revelan los acontecimientos históricos que habían concluido con la muerte de Antíoco Epífanes, figura del enemigo de Dios; sin embargo, cuando el mal que se propaga parezca triunfar, la historia desembocará en el acontecimiento escatológico: éste es precisamente el mensaje de esperanza ofrecido por este fragmento donde se describe el tiempo final. En él ya no serán posibles ni la ambigüedad ni las componendas: todas las cosas aparecerán en su auténtica realidad. El conflicto contra las fuerzas del mal se convertirá en lucha abierta, y el pueblo de Dios experimentará la protección extraordinaria del arcángel Miguel.

        Será, por tanto, un tiempo de extrema angustia y, a la vez, de salvación para quienes hayan sido fieles. El Señor conoce a los suyos uno a uno, sus nombres están escritos en su libro: no podrá olvidarlos (v. 1). Tendrá lugar, por consiguiente, el traslado del tiempo a la eternidad; se profetiza aquí la resurrección universal («muchos» es un semitismo que significa «todos»), en la que cada uno recibirá su destino eterno de vida o de infamia, según su propia conducta. Los sabios, los justos, o sea, los que hayan recorrido el camino de la santidad y ayudado a otros a recorrerlo, resplandecerán con una gloria perenne.

        La fe en la resurrección, en el juicio y en la vida eterna se va delimitando ya cada vez con mayor claridad ahora que estamos en los umbrales del Nuevo Testamento. Con la resurrección de Cristo comenzará el tiempo del fin, y tendrá su consumación en la parusía.

 

Segunda lectura: Hebreos 10,11-15

11 Cualquier otro sacerdote se presenta cada día para desempeñar su ministerio y ofrecer continuamente los mismos sacrificios que nunca pueden quitar los pecados.

12 Cristo, por el contrario, no ofreció más que un sacrificio por el pecado de una vez para siempre, y está sentado a la derecha de Dios.

13 Únicamente espera ahora que Dios ponga a sus enemigos como estrado de sus pies.

14 Con esta única oblación ha hecho perfectos de una vez para siempre a quienes han sido consagrados a Dios.

15 Ahora bien, donde los pecados han sido perdonados, ya no hay necesidad de oblación por el pecado.

 

        *•• El tema de la perícopa de hoy recupera el del domingo pasado y lo completa. En efecto, el autor de la carta insiste en la unicidad del sacrificio de Cristo en contraposición a los muchos sacrificios judíos: éstos deben repetirse continuamente, porque «nunca pueden quitar los pecados» (v. 11), mientras que la oblación de Cristo es perfecta y salvífica para quien se confía en su mediación sacerdotal (v. 14). No obstante, aquí se añade un elemento nuevo que pone todo este fragmento en estrecha continuidad con la primera lectura y el evangelio de hoy: el sacrificio de Cristo es «de una vez para siempre» y por eso abre una dimensión nueva en el fluir del tiempo («cada día»: v. 11).

        «Ahora» Cristo ha vencido a las fuerzas del mal y está sentado en el trono de Dios, y «únicamente espera» que su victoria se vuelva evidente y definitiva (vv. 12ss): entonces desembocará el tiempo en la eternidad; sin embargo, ya desde ahora, «quienes han sido consagrados» - a saber: quienes acogen su oblación y someten a él la voluntad rebelde que impulsa al pecado- entran en esta dimensión de eternidad («para siempre»: v. 14). Pero mientras el tiempo prosigue su curso, comulgamos ya el pan de la vida «eterna» (cf. Jn 6,48-51) en la celebración eucarística (memorial del sacrificio de Cristo).

 

Evangelio: Marcos 13,24-32

Dijo Jesús a sus discípulos:

24 Pasada la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará resplandor;

25 las estrellas caerán del cielo y las fuerzas celestes se tambalearán.

26 Entonces verán venir al Hijo del hombre entre nubes con gran poder y gloria.

27 Él enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo.

28 Fijaos en lo que sucede con la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, sabéis que se acerca el verano.

29 Pues lo mismo vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que ya está cerca, a las puertas.

30 Os aseguro que no pasará esta generación sin que todo esto suceda.

31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

32 En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre.

 

        *»• Con este fragmento culmina el discurso escatológico de Jesús, que, en el evangelio de Marcos, tiene una extensión sorprendente (capítulo 13). Los «últimos tiempos » están descritos a partir de la predicción de acontecimientos históricos que, efectivamente, podrán constatar los discípulos, puesto que tuvieron lugar en el tiempo de aquella generación (v. 30). Con todo, el horizonte es más amplio: la intensificación de guerras y cataclismos no es más que «el comienzo de los dolores» (así el v. 7 al pie de la letra).

        Será el signo de que tanto para la historia como para la creación empieza un grandioso trabajo de parto, un trabajo que llevará consigo un sufrimiento inaudito (vv. 19-20.24a), pero concluirá con la venida gloriosa del Hijo del hombre profetizado por Daniel, un personaje apocalíptico con el que Jesús se identifica. Como juez de la historia y vencedor de las fuerzas del mal, inaugurará definitivamente el Reino de Dios para todos sus «elegidos», esto es, para los que se hayan mantenido fieles en la persecución (vv. 9-13) y hayan resistido a las seductoras perspectivas ofrecidas por los falsos cristos, que aparecerán numerosos en los últimos tiempos (vv. 21-23).

        En este discurso se entrelazan, pues, acontecimientos históricos y elementos apocalípticos, expresados con imágenes tomadas de los profetas: Jesús quiere hacer comprender que el misterio pascual ahora presente -su «hora» en el lenguaje joáneo- será el comienzo de la fase final de los tiempos. De ahí que invite a los discípulos, ya desde ahora, a la vigilancia, a escrutar los acontecimientos sabiendo captar en ellos la proximidad del Hijo del hombre, es decir, de su retorno glorioso (vv. 28ss) y a adherirse plenamente a su Palabra, más estable que los cielos y la tierra, que también «pasarán»; sin embargo, la pregunta concreta de algunos discípulos: «¿Cuándo...?» (v. 4), queda sin respuesta.

        Jesús, mientras se revela como el Hijo, muestra que no puede disponer ni del día ni la hora del fin. Por eso, en cuanto Hijo y hombre, se confía él mismo por completo al designio de amor y salvación del Padre (v. 32).

 

MEDITATIO

        El encuentro con un cristiano auténtico no cesa de sorprender desde hace dos mil años: ¡qué insólita es su condición! «Extranjero y peregrino en la tierra», transeúnte que atraviesa los senderos del tiempo que tiende a la eternidad, posee ya lo que busca, aunque todavía no de un modo pleno y evidente. Es testigo de una esperanza bienaventurada y posee la prenda de una promesa infinita. Irradia la alegría a su alrededor, aunque ha renunciado a muchas de las alegrías que propone este mundo; sin embargo, no está dispensado del dolor... ¿Cuál es entonces el secreto del verdadero cristiano?

        Lo custodia en lo hondo de su corazón y lo declara con orgullo: su secreto es Cristo, Señor del tiempo y de la historia. La pascua de Jesús ha destrozado la dimensión temporal y ha irrumpido la eternidad entre nosotros: la vida eterna es el Pan en que él se entrega. Quien observa su Palabra que no pasa, quien acoge su sacrificio de salvación y vive con él el dolor como pascua, entra desde ahora en la eternidad y permite que, a través de su propia existencia, ésta transfigure un poco el tiempo.

        El cristiano abre al sol la ventana de su morada para que todo quede inundado de luz. Ahora bien, el conflicto entre las tinieblas y la luz permanece aún en acto en el tiempo: cada discípulo de Jesús conoce esta lucha dentro de sí y a su alrededor; por eso vigila, porque sabe que tiene que combatir el buen combate de la fe. Cristo ya ha vencido, pero continúa luchando en nosotros para que sea derrotado el mal y se extienda el Reino de Dios, hasta el día que sólo el Padre conoce. Que su Espíritu de amor y de fortaleza nos haga a todos cristianos auténticos, tanto más presentes en la historia del hombre cuanto más inclinados al «día de Dios».

 

ORATIO

        Jesús, Señor de la historia, tú ves los males que afligen a nuestra humanidad; sin embargo, nos enseñas que, en su raíz, es uno solo el Mal que hemos de combatir. Tú lo derrotaste ya al morir por nosotros en la cruz; ayúdanos a extender en el tiempo tu victoria pascual.

        Haznos portadores de eternidad allí donde vivimos y trabajamos: que la luz de tu amor perenne inunde a través de nosotros la pequeña porción de la historia que nos has confiado y la transfigure.

        Haz que completemos nuestra peregrinación terrena tendiendo a la patria celestial, para que quien nos encuentre comprenda cuál es la bienaventurada esperanza que nos hace exultar ya desde ahora. Que el Pan de la vida eterna, roto por nosotros, nos sostenga en las pruebas cotidianas, para que podamos ser encontrados fieles y vigilantes en tu día glorioso.

 

CONTEMPLATIO

        El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, el Dios de los cristianos, es un Dios de amor y consolación, es un Dios que llena el alma y el corazón de quienes le poseen. Es un Dios que hace sentir interiormente a los suyos su miseria y su infinita misericordia; que se les une en lo más íntimo de su alma; que les llena de humildad, de alegría, de confianza, de amor; que les hace incapaces de tener otro fin fuera de él. Sin Jesucristo, no subsistiría el mundo, porque debería ser destruido o ser como el infierno.

        Si el mundo subsistiera para instruir al hombre sobre Dios, su divinidad brillaría por todas partes de una manera incontestable, pero puesto que subsiste sólo en Jesucristo y por Jesucristo, y para iluminar a los hombres sobre su pecado y sobre su redención, por todas partes se manifiestan las pruebas de estas dos verdades. Lo que se manifiesta en el mundo no expresa ni exclusión total ni presencia manifiesta de la divinidad, sino la presencia de un Dios que se esconde. Todo lleva esta huella.

        Jesucristo, sin bienes materiales y sin ninguna producción científica, pertenece al orden de la santidad. No ha hecho ningún invento, no ha reinado. Pero es humilde, paciente, santo, santo, santo para Dios, terrible para los demonios, sin pecado. Oh, ha venido con gran pompa y prodigiosa magnificencia a los ojos de los corazones que ven la sabiduría. Para manifestar su Reino de santidad, le hubiera sido inútil a Jesucristo venir como rey; sin embargo, ha venido con el esplendor que le es propio (B. Pascal, Pensieri, Opusculi, Lettere, 602.829, Milán 1984, 666.754, passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Esperemos y apresuremos la venida del día de Dios» (cf. 2Pe3,11b-12a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Nos encontramos una vez más teniendo que decidir: debemos escoger si queremos limitar la fe al ámbito del sentimiento y orientar nuestros pensamientos según los de todos, o bien si pretendemos ser cristianos también en el modo de pensar. El juicio es el último acto de Dios, y lo lleva a cabo ciquel que sigue siendo durante toda la historia el «signo de contradicción», el momento de la decisión tanto para el individuo como para los pueblos. ¿Cómo se lleva a cabo este juicio? En un primer momento, podemos suponer que el objeto del juicio deben ser las acciones y las omisiones del hombre. Veremos, en cambio, que todo está fundido en una sola entidad: el amor. Pero ¿cómo ha sido fijado y se aplica el criterio del amor? Aquí es donde se manifiesta el carácter extraordinario del anuncio cristiano del juicio: el criterio según el cual seremos juzgados es nuestra actitud respecto a Cristo. El bien definitivo es él, Cristo, y obrar bien significa amar a Cristo. En definitiva, «ía verdad» o «eí bien» no son ideas o valores abstractos, sino alguien, Jesucristo. Toda buena acción va hacia Cristo y es un bien para é|, así como toda acción mala, sea cual sea su finalidad, es en el fondo un ataque contra él. La más real de todas las realidades es alguien: el Hijo de Dios hecho hombre. Y nosotros conocemos la tarea que se nos impone al hacernos cristianos: ver a Cristo en su universalidad, conservar en nuestro corazón su imagen con toda su potencia, para que pueda atravesar los confines del mundo, de la historia y de la obra humana (R. Guardini, íe cose ultime, Milán 1997, pp. 92-96, passim).

 

Día 16

Lunes de la 33ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Macabeos 1,10-15.41-43.54.62-64

En aquellos días,

10 de aquellos generales salió un retoño impío, Antíoco Epífanes, hijo del rey Antíoco. Había estado en Roma como rehén, y comenzó a reinar el año 137 de la era de los griegos.

11 Por entonces surgieron israelitas apóstatas que sedujeron a muchos diciendo: -Pactemos con los pueblos de alrededor, pues desde que nos hemos separado de ellos nos han venido muchos males.

12 Les pareció bien la propuesta,

13 y algunos del pueblo - fueron a ver al rey. El rey les autorizó a seguir las costumbres paganas

14 y, siguiendo dichas costumbres, edificaron un gimnasio en Jerusalén,

15 disimularon la circuncisión, abandonaron la alianza santa para asociarse a los paganos y se vendieron para hacer el mal.

41 El rey ordenó que todos sus súbditos formaran un solo pueblo

42 y que cada uno abandonara sus costumbres propias. Todos los gentiles aceptaron la orden del rey,

43 y muchos israelitas se acomodaron a la religión oficial, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado.

54 El quince del mes de Casleu del año ciento cuarenta y cinco, Antíoco mandó colocar un altar sacrílego encima del altar del sacrificio y edificó altares en las ciudades judías de los alrededores.

55 En las puertas de las casas y en las calles se ofrecía incienso;

56 rasgaban y quemaban los libros de la ley que encontraban.

57 Al que le encontraban el libro de la alianza y al que observaba la ley se les condenaba a muerte de acuerdo con el decreto real.

62 Pero hubo muchos israelitas que se mantuvieron firmes y decidieron no comer alimentos impuros.

63 Prefirieron morir antes que contaminarse con tales alimentos y profanar la alianza santa, y efectivamente murieron.

64 Una cólera terrible se abatió sobre Israel.

 

       ** El primer libro de los Macabeos, del que sólo tenemos la versión griega, relata los acontecimientos de la insurrección judía contra Antíoco IV de Siria, en el siglo II a. de C. Los fragmentos que constituyen la lectura de hoy presentan la figura del rey perseguidor, así como la de los impíos que, entre los mismos israelitas, abandonaron la fe de los padres para seguir la idolatría del dominador.

       Antíoco IV es definido, desde el mismo momento de su ascensión al trono, como un «un retoño impío» (y. 10). Sin embargo, la atención se concentra de inmediato en los judíos que se pusieron de parte del rey pagano, que eran, por tanto, todavía más condenables que él: éstos traicionaban esperando obtener ventajas personales, y por eso se dice de ellos que se «vendieron» (v. 15). Fueron ellos quienes introdujeron los usos paganos en la ciudad santa: construyeron el gimnasio, renegaron de la alianza, ocultaron de una manera artificial el signo sagrado de la circuncisión. Los w. 41-43 refieren el decreto del rey que unificaba a los pueblos sometidos aboliendo las leyes particulares y las autonomías: es una unidad buscada en oposición a la voluntad del Señor, como en el mito de la torre de Babel. Fueron muchos los judíos que aceptaron la imposición y abandonaron la ley del Señor, particularmente el precepto del sábado.

       El colmo de la profanación se produjo cuando Antíoco hizo colocar un ídolo sobre el altar del templo de Jerusalén y ordenó hacer sacrificios a los ídolos en todas las ciudades de Judá. La persecución se abatió sobre los judíos fieles: la simple posesión de libros sagrados, que tenían que ser destruidos, era castigada con la muerte (w. 54-57). Con todo, muchos conservaron la fe a pesar de la persecución: siguieron escrupulosamente la observancia de las disposiciones alimentarias por ser el símbolo de una fidelidad que se debía conservar incluso a costa de la vida. Esta perseverancia de los creyentes desencadenó el furor de los perseguidores (w. 62-64).

 

Evangelio: Lucas 18,35-43

35 Cuando se acercaba Jesús a Jericó, un ciego, que estaba sentado junto al camino pidiendo limosna,

36 oyó pasar gente y preguntó qué era aquello.

37 Le dijeron que pasaba Jesús, el Nazareno.

38 Entonces él se puso a gritar: -Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí.

39 Los que iban delante le reprendían diciéndole que se callara. Pero él gritaba todavía más fuerte: -Hijo de David, ten compasión de mí.

40 Jesús se detuvo y mandó que se lo trajesen. Cuando lo tuvo cerca, le preguntó:

41 -¿Qué quieres que haga por ti? El respondió: -Señor, que recobre la vista.

42 Jesús le dijo: -Recóbrala; tu fe te ha salvado.

43 En el acto recobró la vista y siguió dando gloria a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, se puso a alabar a Dios.

 

       **• Los dos personajes, Jesús y el ciego, se perfilan sobre el fondo de la muchedumbre, que sirve de contraste. El movimiento de ambos es opuesto y convergente: el ciego «estaba sentado» con una actitud de inactividad pasiva y resignada (pide limosna), de marginación y aislamiento (junto al camino); Jesús se hace prójimo, «se acercaba» a la ciudad rodeado por la gente que se apiña, tal vez sólo por curiosidad, a su alrededor.

       El ciego, sin embargo, parece ir despertando de manera progresiva a la vida: de la curiosidad (v. 36) a la petición insistente (v. 38ss), hasta la fe y el seguimiento (vv. 41-43). Se distingue de la muchedumbre no ya por su enfermedad, sino porque toma conciencia de su propia condición y pide ayuda: intentan hacerle callar, pero él grita cada ve/ más fuerte. Jesús, por el contrario, pasa del movimiento a la detención: «se detuvo» para oírle y le escucha casi en sordina, sólo después de su petición (v. 41), sin realizar ninguno de los gestos que acompañan a menudo a los milagros. Parece como si quisiera ceder al ciego el papel principal: «¿Qué quieres que haga por ti?» y «tu fe te ha salvado» son dos expresiones que ponen el acento voluntariamente en la oración y en la fe, más que en las dotes extraordinarias del taumaturgo.

       El protagonista es el ciego, figura y modelo de la humanidad necesitada de salvación: se produce en él un cambio interior, una conversión, más importante que la curación, que es sólo una manifestación externa. La transformación del hombre convertido y salvado tiene consecuencias sobre los que asisten a ella: la muchedumbre de los curiosos, que antes le reprendía por lo molesto de sus gritos, «al verlo, se puso a alabar a Dios» (v. 43).

 

MEDITATIO

       Hay muchos modos de ser ciegos y muchos modos de ver. «Lo esencial es invisible a los ojos», dice el principito de Saint-Exupéry, y tal vez por eso el ciego de Jericó parece tener gancho. Tiene necesidad de los otros para saber quién es el que pasa seguido de tanta gente, pero, a diferencia de los otros, no se detiene en la primera apariencia -«le dijeron que pasaba Jesús, el Nazareno»-, sino que va más allá del reconocimiento de la identidad de Jesús: «Hijo de David, ten compasión de mí».

       Así pues, en la primera lectura, la astucia ilusoria de los impíos, que siguen un «razonamiento» aparentemente clarividente y prudente -«pactemos con los pueblos de alrededor»-, se contrapone a la «locura» de los que prefieren morir antes que romper la alianza con el Señor.

       El Evangelio impone una opción de vida: o con él o contra él. Impone un vuelco, un dar la vuelta a nuestros modos de ver, un cambio radical en el modo de pensar y actuar, una conversión. Ésta es la verdadera vida que los testigos de la fe saben elegir y la que les hace fuertes y capaces de afrontar el martirio. Esta es la curación obrada por Jesús, que abre los ojos al ciego y nos los puede abrir también a nosotros, que somos ciegos sin saber que lo somos.

 

ORATIO

       Te lo ruego, Señor, haz que vea. Que vea quién eres, que sepa reconocerte entre la multitud cuando pases mezclado con los desconocidos de los que no me preocupo, cuando te escondas en el mendigo que me importuna o en la persona cansada a la que no quiero ceder el asiento en el autobús.

       Te lo ruego, Señor, haz que reconozca mi debilidad. Que reconozca que tengo necesidad de ti, que sea capaz de invocar tu ayuda y pedirte perdón cuando te escondes en los hermanos a los que he ofendido, en los que me resultan antipáticos, en los rivales a los que tal vez intento enredar en mi propio beneficio.

       Te lo ruego, Señor, haz que acepte cambiar. Que acepte convertirme, que no pretenda que no tengo necesidad, que siempre acierto en mis convicciones y mis hábitos. Que sea capaz de levantarme del cómodo rincón que me  he creado, para seguirte por tu camino, el único que lleva

a la vida.

 

CONTEMPLATIO

       El ciego es símbolo de todo el género humano, expulsado del paraíso terrenal en la persona de su primer padre, Adán. Desde entonces, los hombres han dejado de ver el esplendor de la luz eterna. A pesar de todo, la humanidad está iluminada por la presencia de su Salvador, de suerte que puede ver -al menos con el deseo- el gozo de la luz interior y caminar con los pasos de las buenas obras por el camino de la vida. Mientras nuestro autor se acerca a Jericó, el ciego recobra la vista. Eso quiere decir que cuando el Señor asume la debilidad de nuestra naturaleza, el género humano recobra la luz que había perdido. La respuesta al gesto de Dios, que empieza a padecer las debilidades humanas, es el nuevo modo de ser del hombre, elevado a alturas divinas.

       El que ignora el esplendor de la luz eterna es ciego, y el que cree en el Redentor se sienta junto al camino. Sin embargo, si, aun creyendo, se olvida de pedir para recibir la luz eterna, es un ciego que se sienta junto al camino sin mendigar. Por eso, todo el que reconoce las tinieblas de su propia ceguera invoca con todas las fuerzas del alma: «Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí».

       Insistamos con vigor en la oración, detengamos en nuestra alma a Jesús, que pasa. Cuando insistimos con fuerza en la oración, Jesús se detiene para volver a darnos la luz. En consecuencia, queridos hermanos, si conocemos ya la ceguera de nuestro peregrinar; si, con la fe en el misterio de nuestro Redentor, ya estamos sentados junto al camino; si, con la oración cotidiana, pedimos la luz de nuestro autor; si, además, después de la ceguera, somos iluminados por el don de la luz que penetra en nosotros, esforcémonos en seguir con las obras al Jesús que conocimos con la inteligencia. Observemos a dónde se dirige el Señor y, con la imitación, sigamos sus huellas. En efecto, sólo sigue a Jesús quien le imita... (Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios II, 1-8, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí» (Lc 18,38ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       La experiencia de la luz en la luz nos hace intuir una presencia que no vemos con sus contornos, puesto que el Señor no tiene limitaciones. Sin embargo, «gustamos» su presencia. Todas las manifestaciones de Dios en la Biblia van en este sentido. Existe una presencia, Dios habla, pero no le vemos (Ex 3,1-6; 33,18-23). El hombre lo siente, participa de su luz, pero no ve al Señor (Ex 34,29; 2 Cor 3,7-4,6). La experiencia de una presencia que no se ve es luz porque se «siente» que el Señor es el Dios «misericordioso y piadoso, lento a la rica y rico en gracia y fidelidad» (Ex 34,6ss). Como a Moisés, esta experiencia nos lleva a invocarle «mientras está cerca» (Is 55,6) con una certeza confiada de que seremos oídos, porque él es «rico en misericordia con los que le invocan» (Sal 85,8; Rom 10,12) y no deja a nadie sin respuesta (Eclo 2,12). De hecho, como su grandeza, así es su misericordia (Ecl 2,18; Sab 7,7).

       Es luz porque se percibe la presencia de una Bondad que nos envuelve y que antes no conocíamos. Por consiguiente, es un nuevo modo de ser, puesto que esta «presencia» nos libera de nuestras tinieblas, de nuestra soledad. Instaura una nueva relación con nosotros mismos. Nos damos cuenta de que somos diferentes porque somos amados, algo que antes no era posible.

       Estábamos ciegos, había una oscuridad en la que estábamos sumergidos. Ahora existe la luz, la luz del amor. «En un tiempo fuisteis tinieblas, ahora sois luz en el Señor.» Y la luz, como decíamos, no se puede expresar en cuanto tal; se percibe en la luz, pero su expresión necesita concretarse. Por eso «el fruto de la luz consiste en toda bondad» (Ef 5,8ss). Se trata de la experiencia de la bondad del Señor, que ilumina el corazón y se difunde en todo nuestro ser.

       La experiencia de esta Bondad se convierte, si así podemos llamarla, en oración. Es oración en el sentido de que el amor quiere crecer, la alegría quiere ser completa y la alabanza quiere ser simplemente exultación. Es oración porque la prenda requiere la compleción (B. Boldini, Dal profondo a te grido, Mondoví 1984, pp. 84ss [edición española: Desde lo hondo a ti grito, Ediciones San Pablo, Madrid 1986]).

 

Día 17

Santo Isabel de Hungría

Liturgia de las Horas de hoy

          Nació en el año 1207, hija del Rey de Hungría. Fue desposada con Luis, hijo de Herman I, margrave de Turingia. Conmovida por la pobreza de su pueblo no tardó en donarle su cuantiosa dote.

          Fallecido su marido por la epidemia que asoló la Cruzada en la que se había embarcado fue expulsada de su propia Corte refugiándose en uno de los castillos de su madre. Asesorada por buena gente consiguió que la Corte de la que le expulsaron le indemnizase cuantiosamente. Inmediatamente, Isabel entregó su fortuna a los pobres ingresando en la tercera Orden Franciscana de la que es su patrona.

LECTIO

Primera lectura: 2 Macabeos 6,18-31

En aquellos días,

18 a Eleazar, uno de los principales maestros de la Ley, de avanzada edad y aspecto venerable, querían obligarle a comer carne de cerdo, abriéndole a la fuerza la boca.

19 Pero él prefirió una muerte gloriosa a una vida infame: escupió la carne y afrontó voluntariamente el suplicio,

20 como deben hacer, aún jugándose la vida, los que tienen el valor de rechazar los alimentos prohibidos.

21 Los que presidían el impío banquete, llevados por la antigua amistad que tenían con él, lo llevaron aparte y le rogaron que trajera manjares permitidos, preparados por él mismo, para simular que había comido de los manjares de los sacrificios, como mandaba el rey.

22 Haciendo esto, se libraría de la muerte. Le hacían este favor por la antigua amistad que tenían con él.

23 Pero él tomó una noble determinación, digna de su edad y de su venerable ancianidad, de sus canas y de su conducta ejemplar desde la infancia y, sobre todo, de las leyes santas establecidas por Dios. Respondió que prefería que lo enviasen pronto al lugar de los muertos.

24 Y añadió: -Es indigno de mi edad simular y fingir, ya que los jóvenes podrían decir que Eleazar, a sus noventa años, se había pasado al paganismo;

25 serían inducidos a error a causa de mi mal ejemplo, y todo por un poco de vida que me queda. Esto me acarrearía vergüenza y oprobio en mi vejez.

26 Pues, aunque pudiera escapar de las manos de los hombres, ni vivo ni muerto escaparía de las manos del Dios Omnipotente.

27 Por tanto, moriré valientemente y me mostraré digno de mi ancianidad,

28 dejando a los jóvenes un ejemplo noble para morir voluntaria y generosamente por nuestras venerables y santas leyes. Dicho esto, se dirigió prontamente al suplicio.

29 Los que lo conducían cambiaron su benevolencia por odio, considerando insensatas las palabras que acababa de pronunciar.

30 A punto de morir por los golpes que le daban, les decía entre gemidos: -El Señor, que todo lo sabe, es testigo de que, habiendo podido librarme de la muerte, estoy sufriendo en mi cuerpo los atroces tormentos de la flagelación, pero todo esto lo sufro con gusto por su santo temor.

31 Eleazar murió, dejando no sólo a los jóvenes sino a todos sus compatriotas un ejemplo de nobleza, un monumento de valentía y un recuerdo de virtud.

 

       **• El segundo libro de los Macabeos cuenta, de una manera absolutamente independiente del primero, la insurrección de Judas Macabeo contra Antíoco IV, con diferentes episodios de heroísmo y martirio.

       El fragmento que vamos a examinar presenta al personaje ejemplar de Eleazar, un anciano irreprensible, que hace frente con serenidad al martirio antes que transgredir las normas alimentarias. Eleazar no se preocupa de su propia salvación, no es víctima de una religiosidad formal y rígida, de un legalismo excesivo: cuando se le propone fingir para salvar su propia vida, sin comer las carnes prohibidas, se niega, por temor a que su ficción pueda constituir un mal ejemplo para los israelitas jóvenes.

       El relato se abre con la noble figura del anciano, que opone un firme rechazo a las imposiciones del rey pagano. Viene, a continuación, la propuesta de los perseguidores, encargados de hacerle comer las carnes de los sacrificios: le sugieren alimentarse de carnes puras, fingiendo comer las prohibidas. Pero ese comportamiento habría parecido una traición a los judíos, y eso es lo que Eleazar no puede permitir: se insiste aquí en la figura del anciano y en la conducta irreprensible seguida por él durante toda la vida {cf. v. 23). El discurso de Eleazar (w. 24-28) es límpido: los jóvenes creerían que se ha pasado a los ídolos, y este ejemplo negativo pesaría sobre su conciencia como una traición. Por consiguiente, prefiere afrontar la muerte.

       Las últimas palabras del mártir contraponen el dolor físico a la alegría del corazón (v. 30). El versículo final (v. 31) se une al primero (18) para proponer a Eleazar como ejemplo para todo el mundo.

 

Evangelio: Lucas 19,1-10

En aquel tiempo,

1 Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.

2 Había en ella un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico,

3 que quería conocer a Jesús. Pero, como era bajo de estatura, no podía verlo a causa del gentío.

4 Así que echó a correr hacia adelante y se subió a una higuera para verlo, porque iba a pasar por allí.

5 Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo: -Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.

6 Él bajó a toda prisa y lo recibió muy contento.

7 Al ver esto, todos murmuraban y decían: -Se ha alojado en casa de un pecador.

8 Pero Zaqueo se puso en pie ante el Señor y le dijo: -Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y, si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más.

9 Jesús le dijo: -Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán.

10 Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

 

       *+• El episodio de Zaqueo está casi calcado del precedente (el ciego de Jericó). También aquí se ve interrumpido un movimiento de Jesús (que atravesaba la ciudad) por la iniciativa de un hombre. Esta vez no se trata de un mendigo, sino de un rico publicano; sin embargo, es también un marginado (los publicanos eran despreciados), golpeado asimismo por una inferioridad física (era pequeño de estatura) y, sobre todo, necesitado también de redención. Zaqueo pasa de una curiosidad inicial (ver quién era Jesús: v. 3) a un movimiento (se subió a una higuera: v. 4), a la acción febril y alegre con la que recibió a Jesús en su casa (v. 6) y, por último, a la conversión y al cambio de vida (v. 8).

       Jesús se detiene, pero en esta ocasión, en vez de una pregunta, dirige a Zaqueo una orden: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa» (v. 5). Zaqueo no pide ningún milagro, exteriormente no parece que se encuentre en ninguna necesidad; sin embargo, Jesús responde a su petición implícita, porque la atención y la premura con las que obra muestran ya el comienzo de la fe. La muchedumbre, con la murmuración en contra de Jesús (v. 7), sirve también aquí de contrapunto, pero no reacciona a la conversión de Zaqueo.

       También este episodio valora la iniciativa humana: el deseo de Zaqueo es algo más que una simple curiosidad: le impulsa a realizar un gesto impropio de un hombre conocido. El poder de Jesús se expresa con su simple presencia y con la palabra: llama a Zaqueo por su nombre (v. 5), y esto basta para suscitar en él la alegría (v. 6), el arrepentimiento y la reparación (v. 8); en pocas palabras, la vida nueva. Con Jesús ha entrado la salvación en casa de Zaqueo, y el mismo Jesús da testimonio de ello.

 

MEDITATIO

       «Hoy ha llegado la salvación a esta casa»: el don de la gracia se muestra sobreabundante, mayor de lo que Zaqueo se habría atrevido a esperar. Sin embargo, el movimiento sincero de su corazón, el deseo de «ver a Jesús», tal vez haya sido el resorte que impulsó a Jesús a salir a su encuentro.

       En la liturgia de hoy aparecen dos figuras muy diferentes. El anciano Eleazar, que había llevado una larga vida irreprensible a la sombra de la Ley, parece que no tiene nada en común con el pequeño funcionario de los impuestos, sometido al extranjero y avezado en las componendas y en los fraudes. Sin embargo, les une el coraje necesario para tomar una decisión importante: la de poner toda su vida y su propia muerte bajo el juicio de la Palabra de Dios. Eleazar podría salvar tanto su propia fidelidad a la Ley como su propia vida: ¿qué importa fingir que se venera a los ídolos, si los ídolos no son nada? Zaqueo podría seguir con su oficio, despreciado pero rentable: ¿qué le importaban a él las discusiones entre los rabinos del judaísmo? Sin embargo, Eleazar sabe que un solo gesto hipócrita, una sola debilidad, anularía años de fidelidad; sabe que prolongar su vida a costa de su propia conciencia significaría condenarse a una muerte peor que la del suplicio. A Zaqueo le basta con cruzar su mirada con la de Jesús -él, pequeño, mira desde arriba, desde la higuera; el Maestro levanta los ojos para encontrar los suyos- para comprender al momento que todo el dinero que ha ganado no vale lo que una sola hora con Jesús en su casa.

 

ORATIO

       Cuántas veces, Señor, me diriges tu mirada y yo no me doy cuenta. Me lamento y protesto porque no escuchas mis oraciones; sin embargo, soy yo el incapaz de levantarme por encima de mi pequeña estatura para intentar verte.

       Señor, concédeme la sencillez de corazón de Zaqueo y la firmeza de Eleazar. Pierdo mi vida corriendo detrás de muchas cosas que me distraen, presto oído a las lisonjas del mundo y a las murmuraciones de los holgazanes, tengo miedo de exponerme al juicio de la gente...

       Señor, hazme comprender lo que quieres de mí, qué es lo verdaderamente importante. Hazme comprender que la vida tiene sentido y nos da alegría sólo si correspondemos a tu voluntad.

 

CONTEMPLATIO

       Reconoce a Cristo: él está lleno de gracia. Quiere verter en ti todo aquello de lo que él está lleno. Te dice esto: busca mis dones, olvida tus méritos, porque si yo buscara tus méritos, no alcanzarías mis dones. No te exaltes; sé pequeño, sé Zaqueo.

       Pero dirás: Si he de ser Zaqueo, no podré ver a Jesús a causa de la muchedumbre. No te pongas triste, sube al árbol donde por ti pendía Jesús y le verás. Ahora mira a mi Zaqueo, obsérvale, te lo ruego, mientras quiere ver a Jesús en medio de la muchedumbre y no puede. Zaqueo era humilde, la muchedumbre era soberbia. La muchedumbre hace que no se vea a Jesús, sirve de obstáculo para que no se vea a aquel que, crucificado, dice: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). En efecto, a causa de la cruz de Cristo, los sabios de este mundo nos insultan y dicen: «¿Qué sabiduría tenéis vosotros, que adoráis a un Dios crucificado?». ¿Qué sabiduría tenemos? A buen seguro, no es la vuestra. La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. No tenemos en verdad vuestra sabiduría, pero vosotros decís que nuestra sabiduría es necedad. Decid también lo que queréis; nosotros podemos subir a la higuera y ver a Jesús. Que se a Ierre Zaqueo a la higuera, que suba humilde a la cruz. Y el Señor vio precisamente a Zaqueo. Fue visto y vio, pero si no hubiera sido visto, no habría visto.«Y a los que desde el principio destinó, también los llamó» (Rom 8,30).

        [...]. Hemos sido vistos para que podamos ver; hemos sido amados para que podamos amar. Ahora, pues, el Señor, que había acogido a Zaqueo en el corazón, se ha dignado ser hospedado en su casa. Dice Zaqueo a Cristo: «Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más». Como si dijera: «Por eso me quedo una mitad no como posesión, sino para tener de qué dar». Eso es en realidad lo que significa recibir a Cristo, acogerle en el corazón (Agustín de Hipona, Sermón 134, 3-5, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Sobre la dura corteza espiritual de la Edad Media, hendida por la gracia de Dios, brotó una de las flores más delicadas de la Cristiandad: Santa Isabel de Hungría. Nació en el año 1207 en uno de los castillos -Saróspatak o Posonio- de su padre, Andrés II, rey de Hungría, que la hubo de su primera mujer, Gertrudis, hija de Bertoldo IV, el cual llevaba en sus venas sangre de Bela I, también rey de Hungría, por lo que la princesita Isabel vino a ser el más preciado florón de la estirpe real húngara.

        Abrió la princesita sus ojos a la luz en un ambiente de lujo y abundancia que, por divino contraste, fue despertando en su sensible corazón ansias de evangélica pobreza. Desde su privilegiado puesto en la corte descendía, desde muy niña, para buscar a los menesterosos, y los regalos que recibía de sus padres pasaban muy pronto a manos de los pobres. En balde la vestían conforme a su rango principesco, porque aprovechaba el menor descuido para quitarse las sedas y brocados, dárselos a los pobres y volver a palacio con los harapos de la más miserable de sus amiguitas.

        Conforme a las costumbres de la época, fue prometida en su más tierna edad a Luis, hijo de Herman I, margrave de Turingia. Este compromiso matrimonial tenía, sin duda, la finalidad política de afianzar la alianza de ambos países contra el rey Felipe de Suabia. Un buen día de primavera -1213-, cuando los campos se desperezaban del gélido sueño invernal, se presentó en el castillo de Posonio una embajada turingia para recoger a la prometida de su príncipe heredero. El rey de Hungría, entonces en la cumbre del poder y riqueza de la dinastía, dotó generosamente a su hija diciendo a los emisarios: «Saludo a vuestro señor y ruego se contente de momento con estas pobres prendas, que, si Dios me da vida, completaré con mayores riquezas». Y revistiendo con palabras tan modestas su jactanciosa exhibición, hizo sacar un cúmulo de tesoros que dejaron admirados a los compromisarios, poco acostumbrados a tales galas en la abrupta y dura comarca de Turingia. El matrimonio tuvo lugar en el año 1221, es decir, al cumplir Isabel sus catorce años, en Wartburg de Turingia. Y de esta manera la princesa, nacida en un país lleno de sol y de abundancia como era Hungría, vino a parar a la dura y pobre tierra germánica.

        La pobreza del pueblo estimuló más aún la caridad de la princesa Isabel. Todo le parecía poco para remediar a los necesitados: la plata de sus arcas, las alhajas que trajo como dote y hasta sus propios alimentos y vestidos. En cuanto podía, aprovechando las sombras de la noche, dejaba el palacio y visitaba una a una las chozas de los vasallos más pobres para llevar a los enfermos y a los niños, bajo su manto, un cántaro de leche o una hogaza de pan. Y hasta el propio manto lo entregó un día crudísimo de invierno a una pobre mendiga que temblaba de frío a la vera del camino, y cuál no sería su asombro que, al tender el armiño sobre la chepa de la anciana, vio transfigurarse aquélla en la adorable imagen de Jesucristo.

        Por mucho que escondiera sus mercedes no es raro que éstas llegasen a herir a los espíritus envidiosos y mezquinos. No faltó quien acusó a la princesa ante el propio duque de estar dilapidando los caudales públicos y dejar exhaustos los graneros y almacenes. El margrave Luis quería a su esposa con delirio, pero no pudo resistir, sin duda, el acoso de sus intendentes y les pidió una prueba de su acusación.

-- Espera un poco -le dijeron- y verás salir a la señora con la faltriquera llena.

Efectivamente, poco tuvo que esperar el duque para ver a su mujer que salía, como a hurtadillas, de palacio cerrando cautelosamente la puerta. Violentamente la detuvo y la preguntó con dureza:

-- ¿Qué llevas en la falda?

-- Nada..., son rosas -contestó Isabel tratando de disculparse, sin recordar que estaba en pleno invierno-.

Y, al extender el delantal, rosas eran y no mendrugos de pan lo que Isabel llevaba, porque el Señor quiso salir fiador de la palabra de su sierva.

        Parece que su suegra, la duquesa viuda Sofía, no miraba a Isabel con buenos ojos, tal vez porque las mercedes que aquélla hacía eran una acusación a su egoísmo o, simplemente, porque creyera que el cariño de Isabel, en el corazón de Luis, había desplazado al suyo. Con más o menos pasión aprovechaba cualquier oportunidad para desvirtuar a Isabel ante los ojos de su marido. Según cuenta la leyenda, volvió en cierta ocasión el margrave Luis de un largo viaje y, ansioso de abrazar a su esposa, fue a buscarla a la alcoba conyugal. Salió a su encuentro la duquesa Sofía, que había escuchado tras de la puerta voces extrañas en la alcoba, y le previno diciendo:

-- Ahora verás, hijo mío, hasta dónde llega la fidelidad de tu esposa.

Forzó la puerta el celoso marido y, al tirar de la cobertura del lecho, vio en él tendida la imagen de Cristo crucificado, en la que se había transfigurado un pobre leproso que Isabel había acostado en su lecho para curarle las llagas.

        El celo de los pobres, en los que ella veía siempre la imagen trasunta de Cristo, fue espiritualizando cada vez más su vida. Su alma generosa se asomaba a sus ojos negros y profundos, que brillaban como candelas de amor en las sombrías casuchas de los pobres de Wartburgo. Por muy severas que fuesen sus penitencias, Isabel las recubría con cariño y donaire para no perder el encanto natural ante los ojos de su enamorado esposo. Pero no pudo, en cambio, conciliar su espíritu franciscano con la frivolidad de la vida cortesana.

        Bajo la influencia de su confesor, extremadamente severo, Conrado de Marburgo, que la prohibió incluso probar ciertos manjares, Isabel vino a ser una viviente acusación contra una corte un tanto licenciosa, que empezó a conspirar contra la princesa extranjera.

        Mientras su marido fue su amparo, nada tuvo que temer la princesa Isabel, pero llegó un día en que en los oídos del príncipe Luis sonó, como llamada irresistible, el clarín convocando a cruzada en nombre de Federico II. Isabel no quiso ser un obstáculo en el camino del príncipe cristiano que ofrecía su lanza para rescatar el Santo Sepulcro. Ya su padre, el rey Andrés II, había regresado sobreviviente de la quinta cruzada, y cada vez era más difícil vencer la desilusión y la indiferencia de los reyes y de los pueblos cristianos por coronar tan caballerosa empresa. El noble corazón de Luis se creyó, sin duda, más obligado a dar ejemplo y, dejando sola a su esposa, partió con sus caballeros, con propósito de embarcarse en Otranto para unirse a la cruzada. Pocos meses después, Isabel recibía, de manos de un emisario turingio, la cruz de su marido, que había muerto víctima de una epidemia.

        Así, pues, a los veinte años -1227- la princesa Isabel quedó viuda y desamparada en una corte extranjera y hostil, y fue entonces cuando realmente empezó su calvario. Su cuñado Herman, queriendo desplazar a los hijos de Luis de la herencia del Ducado, acusó a Isabel de prodigalidad, y en verdad que ella había volcado hasta el fondo de su arca para remediar la miseria del pueblo en el temible «año del hambre» que Europa entera atravesaba. Las acusaciones de Herman encontraron eco en la corte, y la princesa Isabel, expulsada de palacio, tuvo que buscar refugio con sus tres hijos y la compañía de dos sirvientas en Marburgo, la patria de su madre. En tan difícil situación la socorrieron sus tíos, la abadesa Mectildis de Kitzingen y el obispo de Bamberg, que ya había abandonado el proyecto que tuvo de casarla de nuevo.

        El pontífice Gregorio IV nombró a Conrado de Marburgo su «defensor». Los buenos oficios que éste desplegó consiguieron, por fin, que la princesa fuese indemnizada con una importante suma y se le asignasen unas posesiones en la villa de Marburgo. Pero Isabel ya nada tenía que la ligase al mundo, y solemnemente, en la iglesia de los Frailes Menores de Eisenach, renunció a sus bienes, vistió el hábito gris de la Tercera Orden y se consagró enteramente y de por vida a practicar heroicamente la caridad. Años después -1228-29- emprendió la construcción del hospital de Marburgo, cuya capilla puso bajo la advocación del Padre Seráfico, San Francisco de Asís, recientemente canonizado.

        Por aquel entonces regresaban los cruzados de los Santos Lugares ardiendo en fiebres y con sus carnes maceradas por la lepra, y a ellos dedicaba Isabel sus más amorosos cuidados, en recuerdo, sin duda, de su marido, muerto muy lejos del alcance de sus manos.

        Isabel, firme en su propósito de dedicar su vida a los pobres y enfermos, buscando en ellos al propio Jesucristo, rechazó una y otra vez la llamada de su padre, el rey de Hungría, que, valiéndose de nobles emisarios y hasta de la autoridad episcopal, trataba de convencerla de que regresase a su país. En cambio, acudió solícita a la llamada de su Señor, y a los veinticuatro años -1231- subió al cielo a recibir el premio merecido por haber aplicado el agua a tantos labios sedientos, curado tantas heridas ulceradas y consolado tantos corazones oprimidos.

        La fama de su santidad quedó bien patente en el entierro, que conmovió toda la comarca. Poco después de su muerte, las jerarquías religiosas de tres países y Conrado de Turingia, gran maestre que fue de la Orden Teutónica, promovieron en la Santa Sede la declaración de sus heroicas virtudes, y el proceso terminó con la solemne ceremonia de la canonización el 27 de mayo de 1235 en Perusa, todavía en vida de su padre, Andrés II de Hungría. Su festividad fue fijada para el 19 de noviembre [pero, en la actualidad, se celebra el 17 del mismo mes]. Unos meses más tarde fue colocada la primera piedra de la catedral gótica de Marburgo y en ella se rindió el primer testimonio de veneración a la santa princesa por el emperador Federico II al frente de su pueblo.

        Santa Isabel de Hungría ha sido erigida como Patrona de la Tercera Orden Franciscana y son muchas las congregaciones religiosas dedicadas a la caridad que llevan su nombre, y más de setenta los templos que la tienen por Patrona.

Javier Martín Artajo, Santa Isabel de Hungría, en Año Cristiano, Tomo IV, Madrid, Ed. Católica (BAC 186)

 

Día 18

Dedicación de las basílicas de San Pedro y San Pablo (18 de noviembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Es el aniversario de las basílicas de los santos apóstoles, protectores de la ciudad de Roma, meta de peregrinaciones a lo largo de los siglos. La basílica de San Pedro fue construida por el emperador Constantino hacia el año 350, en la colina Vaticana, sobre el sepulcro que guarda las cenizas venerables del Apóstol, y la consagró el papa san Silvestre; la basílica actual fue consagrada por el papa Urbano VIII el año 1626. El mismo Constantino mandó edificar la basílica de San Pablo, junto a la vía Ostiense, extramuros de la ciudad de Roma, en el lugar donde se cree que fue decapitado el apóstol; fue consagrada por el papa Siricio y está regida desde el siglo VIII por monjes benedictinos; la basílica actual, construida tras el incendio de la anterior, fue consagrada por Pío IX en 1854. La conmemoración conjunta expresa simbólicamente la fraternidad de los Apóstoles y la unidad de la Iglesia. El recuerdo de los dos apóstoles debe fortalecer la fe que nos transmitieron con su palabra y su martirio

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Macabeos 7,1.20-31

En aquellos días,

2,7 siete hermanos apresados junto con su madre fueron forzados por el rey a comer carne de cerdo prohibida por la ley y fueron azotados con látigos y nervios de toro.

20 La madre, mujer admirable y digna de gloriosa memoria, al ver morir a sus siete hijos en un día, lo soportaba con valor, gracias a su esperanza en el Señor.

21 Exhortaba a cada uno en la lengua materna llena de un noble valor y, uniendo la fuerza varonil a la ternura femenina, les decía:

22 -Yo no sé cómo habéis aparecido en mi seno, pues no he sido yo la que os he dado el aliento vital, ni he tejido yo los miembros de vuestro cuerpo.

23 Dios, creador del universo, que hizo el género humano y ha creado todo lo que existe, os devolverá misericordiosamente la vida, ya que por sus santas leyes la despreciáis.

24 Antíoco pensó que le insultaba y que se burlaba de él con esas palabras. Y como todavía quedaba con vida el más joven, intentó convencerlo, prometiéndole con juramento que lo haría rico y feliz, que lo haría su amigo y le daría un alto cargo si renegaba de sus tradiciones.

25 Pero como el muchacho no le hacía caso, el rey llamó a la madre y la exhortó para que le diese consejos saludables.

26 Tanto le insistió el rey, que la madre accedió a convencer a su hijo.

27 Se inclinó hacia él y, burlándose, del cruel tirano, dijo al niño en su lengua materna: -Hijo mío, ten piedad de mí, que te he llevado en mi seno nueve meses, te he amamantado tres años, te he alimentado y te he educado hasta ahora.

28 Te pido, hijo mío, que mires al cielo y a la tierra y lo que hay en ella; que sepas que Dios hizo todo esto de la nada y del mismo modo fue creado el hombre.

29 No temas a este verdugo; muéstrate digno de tus hermanos y acepta la muerte, para que yo te recobre con ellos en el día de la misericordia.

30 Cuando ella terminó de hablar, el joven exclamó: -¿Qué esperáis? No obedezco las órdenes del rey, sino a la ley dada a nuestros antepasados por Moisés.

31 Tú, autor de todos estos males contra los hebreos, no podrás huir del castigo de Dios.

 

       **• De nuevo, un relato de martirio de tiempos de la insurrección de Judas Macabeo. El personaje en el que se concentra aquí la atención es el de la madre de los siete mártires, que soporta heroicamente asistir a su muerte antes de morir ella a su vez. «La madre, mujer admirable y digna de gloriosa memoria» (v. 20), sufrió, en efecto, por cada uno de sus hijos más que por sí misma, pero no cedió y hasta exhortó y animó a sus hijos hablándoles en la lengua sagrada cuyo uso estaba prohibido.

       El discurso de la mujer (w. 22ss) es una admirable profesión de fe en el Dios de la vida: el Creador, que ha plasmado de una manera misteriosa a los seres humanos, sabrá restituir, a buen seguro, la vida a quienes la han perdido por serle fieles. Esta es la expresión más precisa, en todo el Antiguo Testamento, de la fe en la resurrección. Antíoco IV está irritado por esta resistencia y se encarniza contra el más joven de los hermanos, el único que seguía vivo. Como no le hacen efecto las lisonjas (v. 24), vuelve el rey a la carga con la madre, para que persuada a su hijo a ceder (v. 25). Echando mano a una argucia, el narrador hace creer que ésta acepta (v. 26), para mostrar de inmediato la burla: la mujer dirige en hebreo a su hijo exactamente la misma exhortación opuesta a la petición del rey (w. 27-29). Se afirma una vez más la fe en la resurrección: «Para que yo te recobre con ellos en el día de la misericordia» (v. 29).

       El fragmento concluye con la valiente profesión de fe del joven («No obedezco las órdenes del rey, sino a la ley dada a nuestros antepasados por Moisés»: v. 30) y con el anuncio de la condena del rey («Tú, autor de todos estos males contra los hebreos, no podrás huir del castigo de Dios»: v. 31).

 

Evangelio: Lucas 19,11-28

En aquel tiempo,

11 mientras la gente lo escuchaba, les contó otra parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y ellos creían que el Reino de Dios iba a manifestarse inmediatamente.

12 Les dijo, pues: -Un hombre noble marchó a un país lejano para ser coronado como rey y regresar después.

13 Llamó a diez criados suyos y a cada uno le dio una importante cantidad de dinero, diciéndoles: «Negociad con ello hasta que yo vuelva».

14 Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron tras él una embajada a decir que no lo querían como rey.

15 Cuando regresó, investido del poder real, mandó venir a sus criados, a quienes había dado el dinero, para saber cómo había negociado cada uno.

16 El primero se presentó y dijo: «Señor, tu dinero ha producido diez veces más».

17 Él dijo: «Muy bien, has sido un buen criado; puesto que has sido fiel en lo poco, recibe el gobierno de diez ciudades».

18 Vino el segundo y dijo: «Tu dinero, señor, ha producido cinco veces más».

19 Y también a este le dijo: «Tú recibirás el mando sobre cinco ciudades». 20 Vino el otro y dijo: «Señor, aquí tienes tu dinero; lo he tenido guardado en un pañuelo

21 por temor a ti, que eres un hombre severo, pues exiges lo que no diste y quieres cosechar lo que no sembraste ».

22 El señor le replicó: «Eres un mal criado, y tus mismas palabras te condenan. ¿Sabías que soy severo, que exijo lo que no he dado y cosecho lo que no he sembrado?

23 Entonces, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco para que, al volver, lo recobrase con los intereses?».

24 Y dijo a los que estaban presentes: «Quitadle lo que le di y dádselo al que lo hizo producir diez veces más».

25 Le dijeron: «Señor, ¡pero si ya tiene diez veces más!».

26 Pues yo os digo: «Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará incluso lo que tiene.

27 En cuanto a mis enemigos, ésos que no me querían como rey, traedlos aquí y degolladlos en mi presencia».

28 Y dicho esto, Jesús siguió su camino, subiendo hacia Jerusalén.

 

       *»• La parábola de las minas («una importante cantidad de dinero» en nuestro texto), comparada con la de los talentos (Mt 25,14-30), se presenta en Lucas más compleja y une dos temas diferentes: el comportamiento de los discípulos obedeciendo las disposiciones recibidas (w. 13.15b-26), y el tema del rey rechazado por sus súbditos (w. 12.14-15a.27). El fragmento está encerrado entre dos versículos (11 y 28) que se refieren a Jerusalén o a la inminente conclusión de la vida terrena de Jesús. La alusión a la manifestación del Reino, que los discípulos creían ya próxima, precisa la clave de lectura escatológica de toda la parábola. El señor que confía el dinero a sus siervos está destinado aquí a recibir la investidura real (v. 12), en contraste con la oposición que le viene de sus mismos conciudadanos (v. 14).

       El contraste queda superado (v. 15), no obstante, y el juicio del rey sobre sus enemigos será terrible (v. 28). Puede tratarse de una referencia histórica inmediata a Arquelao, hijo de Herodes el Grande, que obtuvo el reino de los romanos, a pesar de la oposición de una parte de los judíos, pero el evangelista tiene, seguro, en su mente la segunda venida de Jesús (cf. v. 13b), que establecerá el Reino definitivamente y hará justicia a los cristianos perseguidos y a sus perseguidores.

       En la parábola de Lucas, a diferencia de la de Mateo, cada servidor recibe una mina: existe, por tanto, una igualdad inicial que hace resaltar aún más su diferente comportamiento. El premio y la alabanza del señor van dirigidos a los que han trabajado con empeño, mientras que el siervo perezoso es condenado no tanto por la pereza como por el miedo, que le hace perder la confianza en el señor. El siervo es juzgado por sus mismas palabras (v. 22): el señor, como ha sido considerado como un hombre «severo», muestra toda su severidad. La conclusión de la parábola es sorprendente: la mina arrebatada al siervo holgazán pasa a enriquecer al más rico de los otros, lo que parece injusto desde el punto de vista humano. Pero así funciona la «banca» de la gracia: sobreabunda y se multiplica en quien la recibe y la acoge, y se seca hasta desaparecer en quien se aleja de ella.

 

MEDITATIO

       La vida no nos pertenece. Somos simplemente sus administradores y nos ha sido confiada por un amo exigente, que nos pedirá cuentas de cómo la hemos empleado.

       Ahora bien, es también un amo liberal y generoso: será él quien nos pague los intereses, quien nos restituya la posesión perpetua de lo que hayamos sido capaces de rendirle al final del depósito. La parábola de las minas sorprende por la desproporción del trato, un trato que no se corresponde con nuestros criterios de justicia: el amo da al siervo más rico lo que quita al siervo miedoso.

       ¿Qué es lo que se premia aquí: la iniciativa económica, la eficiencia, la despreocupación? Nos ilumina la comparación con la historia ejemplar de los siete hermanos mártires con su madre en tiempos de la insurrección macabea. Su comportamiento es irresponsable y necio a los ojos de los paganos: se juegan la vida, «invierten» los talentos que han recibido, al apostar por lo que parece una pérdida segura, pues serán torturados y muertos. Sin embargo, la lúcida conciencia de la madre apunta a un «título» que no les defraudará: precisamente por arriesgarlo todo, el Dios de la vida les devolverá todo, ¡y con intereses!

       El siervo holgazán no es castigado por desconocer cómo se opera en la bolsa; es castigado porque no confía en el Señor, le imagina cruel y despiadado y prefiere mantenerse aferrado a su mina: quiere conservar su vida para sí mismo, como si fuera suya, pero por eso la perderá. En cambio, dar la vida, sin temores ni cálculos, generosamente, nos permitirá recibirla como don, para siempre, «en el día de la misericordia».

 

ORATIO

       Señor, tengo miedo.

       Tengo miedo de sufrir, tengo miedo de arriesgar y perder, tengo miedo de no estar a la altura de mis tareas, tengo miedo de fracasar. No sé cuántas monedas me has confiado, Señor, y me afano en contarlas: no quisiera perder un solo instante de mi vida, me gustaría realizar grandes empresas...

       Ayúdame, Señor. Hazme comprender que todas estas preocupaciones no tienen ninguna razón de ser. Hazme capaz de realizar, día a día, con sencillez, las pequeñas cosas que pueden contentar a las personas con las que me encuentro. Hazme capaz de recorrer cada día el pedacito de camino que me pones por delante, sin pretender ser un héroe, sin cálculos ni temores. Hazme capaz de confiarte mi vida con generosidad y seguridad, porque tú eres el Señor de la vida.

 

CONTEMPLATIO

       El justo, sembrando en el espíritu, recogerá la vida eterna. El justo, en efecto, pertenece a Dios. Diremos, pues, así: el justo ha sembrado, ha dado a los hombres, y el Señor recogerá para sí todo lo que el justo ha sembrado de este modo. Cosechando lo que no ha sembrado y recogiendo lo que no ha esparcido, juzgará como ofrendas para él todas las cosas que han sido sembradas o esparcidas entre los pobres, diciendo a los que han beneficiado a su prójimo: «Venid, benditos de mi Padre...» (Mt 25,34ss). Y puesto que quiere cosechar donde no ha sembrado y recoger donde no ha esparcido, cuando no encuentre nada dirá a los que no le han dado esta posibilidad: «Apartaos de mí...» (Mt 25,41ss). Se muestra verdaderamente duro, como dice Mateo, y severo, como lo define Lucas (19,21), pero con los que abusan de la misericordia de Dios por su propia negligencia.

       Si alguien, sin embargo, está convencido de que Dios es bueno y espera ser perdonado si se convierte a él, Dios se muestra bueno con ése. Ahora bien, con el que lo considera tan bueno que no se preocupa de los pecados de los hombres, Dios no se mostrará bueno, sino severo. Así pues, Cristo cosechará lo que no hayamos sembrado y recogerá lo que no hayamos esparcido. Sembremos en el espíritu, distribuyamos nuestros bienes a los pobres y no escondamos bajo tierra el talento de Dios. Este temor no es bueno ni nos libera de las tinieblas exteriores, donde seremos condenados como siervos malvados e indolentes.

       Malvados, por no haber usado la preciosa moneda de las palabras del Señor, con las que podríamos haber podido difundir la doctrina del cristianismo y penetrar en los profundos misterios de la bondad de Dios; indolentes, por no haber negociado con la Palabra de Dios para nuestra salvación y la de los otros. En efecto, toda riqueza, es decir, toda palabra que lleva la impronta real de Dios y la imagen de su Verbo, es un auténtico tesoro (Orígenes, Commento su Matteo 68ss,passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Creador del mundo os devolverá misericordiosamente la vida» (cf. 2 Mac 7,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Los hombres, en las pocas páginas del evangelio, son bastante numerosos: son paganos e hijos de Israel, son jóvenes y hombres maduros, tal vez incluso ancianos, hombres del culto y hombres que sólo tienen la religión del poder y del dinero. Sobre todo, hay hombres afligidos por enfermedades... Hay hombres que tienen necesidad o, por el contrario, están satisfechos de sí mismos. En el fondo, se pueden dividir en hombres que entran en relación con Cristo y hombres que la rechazan. Parece que es precisamente ésta, fundamentalmente, la diferencia entre ellos. Pueden negarse por orgullo, resistirse a la atracción de la persona de Cristo, alejarse porque es demasiado lo que les pide.

       Por el contrario, pueden amarle, implorar su ayuda, seguirle. Él mismo proclama que es el camino, la luz del mundo, la verdad, la vida y hasta la resurrección. Es el pan, la fuente de agua viva, el esposo que ha venido a la fiesta de las bodas. Quienes le acogen experimentan lo que dice de sí mismo.

       El Evangelio es el mensaje de la salvación, un mensaje que se identifica prácticamente con la persona de Cristo. Ahora bien, así como la obra de Cristo es su presencia, la obra del hombre es creer en él; ninguna obra del hombre podría sustituir esa fe por la que se adhiere a Cristo y se confía a él. Cuando el hombre descubre que la razón de su vida es Dios, abandona cualquier otra búsqueda.

       Lo afirmaba ya el anciano Simeón al comienzo del evangelio: está puesto como «señal de contradicción». La relación con él puede ser positiva en la fe, en el amor, y puede ser negativa en la resistencia a ultranza, en el odio mortal. De este modo, el evangelio nos descubre, el drama de la vida humana que se desarrolla en el tiempo. Ésta es la verdadera realidad de la vida, éste es el contenido verdadero de la historia, éste es el combate que se desarrolla en el corazón de cada hombre, en el corazón e la humanidad (D. Barsotti, L'uomo nel Vangelo, Roma 1998, Pp. 127-130).

 

 

Día 19

Jueves de la 33ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Macabeos 2,15-29

En aquellos días,

15 los emisarios del rey, encargados de promover la apostasía y organizar los sacrificios, llegaron a Modín.

16 Muchos israelitas se unieron a ellos, pero Matatías y sus hijos se mantuvieron apartados.

17 Entonces los emisarios del rey dijeron a Matatías: -Tú eres un personaje importante y famoso en esta ciudad y estás respaldado por tus hijos y parientes.

18 Acércate, pues, tú el primero y cumple el decreto del rey, como hacen todos los hombres, incluidos los de Judá y los que residen en Jerusalén. Tú y los tuyos seréis amigos del rey y él os recompensará con plata, oro y muchos regalos.

19 Matatías les respondió enérgicamente: -Aunque todos los pueblos del reino obedezcan al rey, renuncien a la religión de sus antepasados y cumplan vuestras órdenes,

20 yo, mis hijos y mis parientes seremos fieles a la alianza de nuestros antepasados.

21 Dios nos libre de abandonar la ley y sus preceptos.

22 No obedeceremos las órdenes del rey ni nos apartaremos lo más mínimo de nuestra religión.

23 Cuando terminó de hablar, se acercó un judío al altar para ofrecer un sacrificio delante de todos, conforme al decreto real.

24 Matatías, al verlo, se indignó, se estremeció y, en un arrebato de santa ira, se abalanzó sobre él y lo mató sobre el altar.

25 Al mismo tiempo, mató al emisario del rey que obligaba a ofrecer sacrificios y, después destruyó el altar.

26 Su afán por defender la ley fue como el de Pinjas con Zimrí, hijo de Salú.

27 Después, Matatías hizo esta proclama en la ciudad: -El que quiera defender la ley y ser fiel a la alianza que me siga.

28 Él y sus hijos huyeron a los montes, abandonando todo lo que tenían en la ciudad.

29 Entonces, muchos que deseaban vivir rectamente de acuerdo con la ley se fueron al desierto.

 

       *• Estamos en la cima de la dominación de Antíoco IV Epífanes sobre Judá, en su intento de erradicar la religión de Israel y de establecer el culto pagano en Jerusalén. Matatías y su familia se han establecido en Modín, cuando llegan allí los mensajeros del rey para obligar a la apostasía a los israelitas. La táctica de los perseguidores es siempre la misma: comienzan por las lisonjas, intentando atraerse a los hombres influyentes de la ciudad, para pasar a continuación a las amenazas y a la fuerza.

       Tenemos, por consiguiente, un elogio de Matatías y la promesa de ciertos beneficios por parte del rey (w. 17ss) y, de inmediato, la respuesta indignada y firme del israelita (w. 19-22): aunque todos siguieran al rey, Matatías y su familia permanecerían fieles a la alianza, sin desviarse de los caminos del Señor. El lenguaje empleado recuerda al del Deuteronomio.

       Sigue, a continuación, el golpe de efecto que da comienzo a la insurrección. Un judío se acerca al altar para sacrificar a los ídolos, y Matatías, estremecido por la indignación, no puede contenerse: mata al apóstata y a los mensajeros del rey y destruye el altar (w. 24ss). Llegados a este punto, se toma la decisión: Matatías y los suyos escapan: no por miedo, sino para organizar la resistencia en los montes (v. 28). Sus palabras son una verdadera declaración de guerra: «El que quiera defender la ley y ser fiel a la alianza que me siga» (v. 27). Y fueron muchos los que le siguieron (w. 29ss).

 

Evangelio: Lucas 19,41-44

En aquel tiempo,

41 cuando Jesús se fue acercando, al ver la ciudad, lloró por ella

42 y dijo: -¡Si en este día comprendieras tú también los caminos de la paz! Pero tus ojos siguen cerrados.

43 Llegará un día en el que tus enemigos te rodearán con trincheras, te cercarán y te acosarán por todas partes;

44 te pisotearán a ti y a tus hijos dentro de tus murallas. No dejarán piedra sobre piedra en tu recinto, por no haber reconocido el momento en el que Dios ha venido a visitarte.

 

       *•• El lamento de Jesús por Jerusalén, muy arcaico en el tono y en la lengua, parece remontarse a una fuente muy próxima al Jesús histórico. Es uno de los poquísimos episodios en los que Jesús llora, mostrando la profunda humanidad de sus sentimientos. El destino de la ciudad santa, que simboliza el destino de todo el pueblo, es considerado como el cumplimiento de una voluntad superior, de un juicio divino ineluctable («tus ojos siguen cerrados» para el camino de la paz: en la pasiva del lenguaje bíblico se sobreentiende que Dios es el sujeto activo de la acción).

       El lenguaje escatológico de Jesús, que recuerda las invectivas proféticas, contrapone «este día», el de la posible salvación, a los «días» del juicio que vendrán. Salvación y juicio se conjugan en la expresión «el momento en el que Dios ha venido a visitarte» (v. 44): la «visita», en efecto (episcopé) puede significar en su raíz hebrea paqadh «castigo», pero también «gracia».

       La destrucción de Jerusalén es claramente una profecía ex eventu: Lucas escribe después del año 70. Sin embargo, eso no disminuye su valor: Jesús fue ejecutado, como ya lo habían sido muchos profetas, también a causa de sus palabras sobre la suerte del templo y del pueblo (cf. Mt 26,61). El episodio tiene valor no como demostración de una capacidad adivinatoria, sino como clave de lectura para interpretar el significado de la historia vivida por la comunidad a la que se dirige el evangelista.

 

MEDITATIO

       El cuadro apocalíptico de la destrucción de Jerusalén, castigada por su infidelidad, se contrapone a la figura ejemplar de Matatías, que escoge la lucha armada contra el opresor antes que transgredir la ley del Señor.

       Se trata de unas imágenes crudas, imágenes que nuestra sensibilidad tiende a rechazar: la ciudad santa, cegada por una decisión divina que la condena de una manera inexorable; el gesto sanguinario de Matatías, que golpea con la misma violencia contra el altar profanado y contra los profanadores... Ahora bien, por encima del lenguaje, es el radicalismo de la decisión de fe lo que cuenta.

       El «día de la salvación» y el «día del juicio» coinciden: es el día de la elección absoluta, día que corresponde en nuestro caso a toda la vida y se condensa en el instante de la muerte. Se trata del día en el que hemos de decidir si estamos «con él» o «contra él», y no valen medias tintas, componendas, vacilaciones, distinciones. La persecución es gracia siempre que se convierta en ocasión de un testimonio de fe. El Señor «visita» para salvar. Si su visita se transforma en condena, es sólo obra nuestra.

 

ORATIO

       Lloraste por tu ciudad, Señor. Lloraste por tu gente. Señor, que yo te encuentre como amigo junto a mí en el día de tu «visita». Que yo no cierre ni el corazón ni la mente, de suerte que no sea capaz de leer en los acontecimientos el signo de tu voluntad. Haz que te reconozca presente en los hermanos, a lo largo de los caminos y en los acontecimientos de este mundo atormentado, para que el juicio no recaiga sobre mí como recayó sobre la ciudad que fue incapaz de reconocer a tus profetas. Haz que yo opte siempre por ti, incluso cuando esta opción exija una buena dosis de valor. Haz que no pierda ni la confianza ni la esperanza aunque se presenten graves obstáculos a la manifestación de mi fe.

 

CONTEMPLATIO

       El hombre había sido creado para servir a su Creador. ¿Qué puede haber más justo para ti que servir a aquel por el que has sido creado y sin el cual no puedes existir? ¿Y qué puede ser más bello y sublime, si servir es reinar? «No serviré», dijo el hombre a su Creador.

       «Pues bien, te serviré yo», dijo el Creador al hombre. «Reposa, tomaré sobre mí tus males, me cargaré con tus debilidades. Usa de mí como te plazca, según tus necesidades; no sólo como de tu esclavo, sino incluso como de un asno... Si estás cansado, yo te llevaré para ser el primero en cumplir mi ley, que dice: "Llevad los unos las cargas de los otros». Si te reducen a esclavitud o si quieren venderte, aquí estoy, véndeme... Si estás enfermo y temes la muerte, yo moriré en tu lugar y con mi sangre tendrás el remedio que da vida».

       ¡Oh siervo bueno y fiel! Has servido realmente; has servido con fidelidad y realidad; has servido con paciencia y longanimidad; sin tibieza, puesto que te has lanzado como un gigante a correr por el camino de la obediencia; sin murmuración, puesto que, flagelado, no abriste la boca. ¡Qué detestable es el orgullo humano que desdeña servir! No podía ser doblegado de ningún otro modo que con el ejemplo del servicio -¡y qué servicio!- rendido por nuestro Señor. ¡Oh, si al menos hubiera valido ese ejemplo! ¡Si se diera gracias por tanta humildad y bondad! Sin embargo, aún me parece oír el lamento del Señor, que llora por la ingratitud... Ciertamente, Señor mío, has sufrido mucho por servirme. Sería verdaderamente justo y una obligación que al menos de ahora en adelante tú reposaras y tu siervo te sirviera: ha llegado tu turno. Tú has triunfado, Señor; has triunfado sobre los rebeldes. Tiendo mis manos a las tuyas y pongo mi cuello bajo tu yugo. Permíteme servirte y poder sufrir algunas penas por ti (Guerrico dlgny, Primer sermón para el domingo de Ramos, 1-3, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dios nos libre de abandonar la ley y sus preceptos» (1 Mac 2,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       «Convertirse» significa seguir a Jesús, ir con él, por su camino. Consiste, esencialmente, en esta decisión, en que el hombre cesa de ser su propio creador, cesa de buscarse sólo a sí mismo y de buscar su autorrealización, y acepta su dependencia del verdadero Creador. Fundamentalmente, existen sólo estas dos posibilidades: la autorrealización, en la que el hombre intenta crearse a sí mismo para poseer su ser completamente para él, y la opción de la fe y del amor. Esta opción es, al mismo tiempo, la decisión en pro de la verdad. Por ser criaturas, no lo somos por nosotros mismos; sólo si «perdemos» la vida, podemos ganarla.

       Esta alternativa corresponde a la elección fundamental entre la muerte y la vida: una civilización del tener y una civilización de la muerte; sólo una cultura del amor es también una cultura de la vida: «Quien quiera salvar su propia vida la perderá, pero quien la pierda la salvará» (Me 8,35). Podemos decir asimismo que la alternativa entre autorrealización y amor corresponde a la alternativa entre el poder terreno y la cruz, entre una redención que consiste sólo en el bienestar y una redención que se abre y se confía a la infinidad del amor divino. La conversión exige que no sólo de una manera general, sino día a día, en las pequeñas cosas, la verdad, la fe y el amor se vuelvan más importantes que nuestra vida biológica, que el bienestar, que el éxito, que el prestigio y que la tranquilidad de nuestra vida. De hecho, el éxito, el prestigio, la tranquilidad y la comodidad son los falsos dioses que mayormente impiden la verdad y el verdadero progreso en la vida personal y en la vida social (J. Ratzinger, // cammino pasquale, Milán 1985, pp. 19ss,  oassim [edición española: El camino pascual, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1990]).

 

Día 20

Viernes de la 33ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Macabeos 4,36-37.52-59

En aquellos días,

36 Judas y sus hermanos dijeron: -Nuestros enemigos han sido vencidos; vayamos a purificar y consagrar el templo.

37 Reunieron todo el ejército y fueron al monte Sión.

52 El veinticinco del mes de Casleu del año ciento cuarenta y ocho, se levantaron de madrugada

53 y ofrecieron un sacrificio según la ley en el altar de los holocaustos que habían hecho.

54 El altar fue inaugurado al son de himnos, cítaras, arpas y címbalos, en el mismo día y hora en que había sido profanado por los paganos.

55 Todo el pueblo se postró rostro en tierra, adoró y bendijo a Dios, que les había dado la victoria,

56 y celebraron la dedicación del altar durante ocho días, ofreciendo con alegría holocaustos y sacrificios de comunión y de acción de gracias.

57 Adornaron la fachada del templo con coronas de oro y con escudos; restauraron las entradas y salas y pusieron puertas;

58 el pueblo se alegró muchísimo y quedó borrado el oprobio causado por los paganos.

59 Judas, sus hermanos y toda la asamblea de Israel acordaron que la dedicación del altar se celebrase con alegría y regocijo cada año, durante ocho días, a partir del veinticinco de Casleu.

 

       **• El fragmento cuenta la purificación y la nueva consagración del templo después de las primeras victorias de Judas Jacobeo (vv. 36ss). Tras el lamento y el luto por la desolación a la que había sido reducido el santuario, se decide lo que van a hacer y se procede a los trabajos de reconstrucción.

       Por último, llega el momento del rito. Por la mañana se ofrecen sacrificios sobre el altar reconstruido, consagrado de nuevo con cantos y músicas (w. 52-54). El pueblo se postra en adoración dando gracias al Señor (v. 55) y prosiguen los ritos durante ocho días (v. 56). El templo ha sido renovado por completo y ha quedado cancelada la vergüenza de la dominación pagana (w. 57ss). Judas establece que la fiesta se celebre cada año, durante ocho días, con alegría (v. 59).

 

Evangelio: Lucas 19,45-48

En aquel tiempo,

45 Jesús entró en el templo e inmediatamente se puso a expulsar a los vendedores,

46 diciéndoles: -Está escrito: Mi casa ha de ser casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones.

47 Jesús enseñaba todos los días en el templo. Los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los principales del pueblo trataban de acabar con él.

48 Pero no encontraban el modo de hacerlo, porque el pueblo entero estaba escuchándolo, pendiente de su palabra.

 

       **• Los sinópticos colocan el episodio de la purificación del templo casi para introducir los relatos de la última cena y de la pasión. En este pasaje evangélico de Lucas se distinguen dos unidades: la expulsión de los vendedores (w. 45ss) y la enseñanza de Jesús, que provoca la reacción de sus adversarios (w. 47ss). En ambos casos entra Jesús en el templo como cualquier judío observante, pero actúa con una autoridad que sorprende y desconcierta. Lucas no insiste en la descripción de los detalles particulares, sino que se limita simplemente a decir «los vendedores», reuniendo así todos los comportamientos que, aunque no estén prohibidos, representan un ultraje para el lugar sagrado. Jesús los expulsa con dos citas proféticas, una de Isaías y otra de Jeremías. En la segunda parte, se dice simplemente que Jesús «enseñaba todos los días»: la normalidad de su presencia en el templo y la serenidad de su actividad de maestro hacen resaltar el contraste entre los jefes y el pueblo. En efecto, mientras este último le escucha y le sigue, los jefes buscan un pretexto para condenarle a muerte, aunque no saben cómo arreglárselas. La Palabra de Jesús es, una vez más, el «signo de contradicción» que revela los pensamientos secretos de los corazones y distingue a los creyentes de los incrédulos.

 

MEDITATIO

       Los documentales y las adaptaciones de los relatos evangélicos favorecen la creación de una imagen edulcorada y desteñida de la actividad pública de Jesús, una imagen que nos ha sido transmitida más por la costumbre que por la tradición. Nos sorprende que también Lucas, el más dócil de los evangelistas, muestre, sin embargo, en Jesús una actitud firme e incluso ruda, una decisión que desorienta a sus adversarios y los reduce al silencio.

       Mantenerse fieles a la Palabra, sin ceder a componendas, impone decisiones difíciles: el Reino de los Cielos se conquista con la violencia, dice Mateo (11,12), y precisamente Lucas afirma, en el momento decisivo, la necesidad de no sustraerse al combate: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome, y lo mismo el que tenga alforja, y el que no tenga espada que venda su manto y se la compre» (22,36).

       Nos impresiona Judas Macabeo, que consagra el templo casi con las manos aún sucias de la sangre de los enemigos. También nos impresiona Jesús cuando no vacila en molerse contra los poderosos, sabiendo que también el pueblo lo dará la espalda en seguida. Se requiere valor y fuerza para sostener posiciones impopulares, pero dictadas por la conciencia y por el Evangelio. Se requiere discernimiento, humildad y un prolongado trato con la Palabra de Dios para conjugar el rigor de los principios con la atención a las personas.

 

ORATIO

       Señor, hazme fuerte.

       Haz que no enmascare mi cobardía con la mansedumbre, que no confunda el respeto a las opiniones ajenas con la incapacidad de dar testimonio del Evangelio.

       Concédeme el discernimiento necesario para reconocer lo que es sagrado porque tú lo has querido, distinguiéndolo de lo que nosotros hemos revestido de un carácter sagrado porque así convenía a nuestros intereses humanos.

       Concédeme el valor de hablar cuando es necesario y de callar cuando es bueno hacerlo, sin que mi palabra y mi silencio estén guiados por el miedo o por el deseo de obtener ventajas para mí.

       Guíame tú, Señor, en todo instante de mi vida y en todo lugar, porque el mundo entero es sagrado para ti, como y más que los templos o las iglesias.

 

CONTEMPLATIO

       La oración auténtica es oración de la Iglesia: una oración sincera obra algo en la Iglesia y es la Iglesia misma la que ora, porque el Espíritu Santo que la anima es también el que en cada alma «intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26). Ésta es la verdadera oración, porque «nadie puede decir: "Jesús es Señor" si no está movido por el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). ¿Qué sería la oración de la Iglesia si no fuera don de los que aman con un gran amor al Dios que es amor? El don total de nuestro corazón a Dios es el estado más elevado accesible a nosotros, el grado más alto de la oración. Las almas que lo han alcanzado constituyen verdaderamente el corazón de la Iglesia: en ellas vive el amor sacerdotal de Jesús. Difunden en otros corazones el amor divino que las posee y colaboran así a la perfección de todos.

       Todo es unitario para las almas bienaventuradas que han llegado a la unidad profunda de la vida divina: reposo y acción, contemplar y actuar, callar y hablar. Mientras estamos en camino, y más aún mientras la meta está lejana, permanecemos bajo la ley de la vida temporal y, sin embargo, estamos seguros de que, en el Cuerpo místico, la vida divina en plenitud llegará a ser realidad para nosotros en virtud del mutuo y recíproco progresar de los miembros.

       Las formas tradicionales de oración también son necesarias, y debemos participar en el culto público, tal como lo establece la Iglesia, para que nuestra vida interior se sienta estimulada, permanezca en su justo equilibrio y se exprese del modo adecuado. La alabanza solemne de Dios debe tener sus santuarios en la tierra, para ser celebrada con toda la perfección de la que los hombres son capaces.

       En ellos y en nombre de toda la Iglesia, puede subir al cielo, actuar sobre todos los miembros, mantener despierta la vida interior y estimular su esfuerzo fraterno (E. Stein, Lapriére de l'Église, París 1965, pp. 51-55).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mi casa ha de ser casa de oración» (Lc 19,46).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       La Iglesia tiene como única misión hacer presente a Jesucristo en medio de los hombres. Debe anunciarlo, mostrarlo, darlo a todos. El resto está de sobra. Sabemos que no puede faltar a esta misión. La Iglesia es y será siempre, con toda verdad, la Iglesia de Cristo: «Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Ahora bien, es menester que lo que la Iglesia es en sí misma lo sea también en sus miembros. Lo que ella es para nosotros debe serlo también por medio de nosotros. También nosotros debemos ser anunciadores de Cristo, dejándole aparecer continuamente a través de nuestro ser. Todo esto es algo más que una obligación; es, podemos decir, una necesidad orgánica.

       ¿Responden siempre a ello nuestros hechos? ¿Anuncia la Iglesia, verdaderamente, a Jesucristo a través de nosotros? [...]. ¿Ha conservado nuestro mensaje la pureza de los primeros anunciadores? No por ello está siempre, necesariamente, iluminado o libre de consideraciones humanas un celo activo y sincero.

       La fe de quien procede puede no ser suficientemente pura [...]. Creamos, y sostenemos después, obras de todo tipo, y cada una de ellas responde a una necesidad indiscutible. Están las técnicas para cristianizar, técnicas que, por consiguiente, hemos de conocer antes que nada [...]. Hay una imponente variedad de tareas especializadas que requieren dotes adecuadas y requieren entrega, oscura o brillante. Todas estas cosas tal vez sean necesarias. Sin embargo, hemos de estar atentos siempre a presentar la Iglesia - y antes que nada a comprenderla- en su verdad total. En la Iglesia y a través de ella nos preocupamos constantemente por escuchar a aquel a quien ella anuncia, de remontarnos hasta aquel que es la única razón de su existencia.

       Cada uno de nosotros es miembro del único Cuerpo. Cada uno de nosotros, en el modesto sector en el que se mueve, es la Iglesia. La Iglesia debe anunciar el Evangelio por medio de cada uno de nosotros; debe hacer brillar su luz a los ojos de cada hombre que viene a este mundo, como el candelabro que sostiene la antorcha (H. de Lubac, Meditazioni sulla Chiesa, Milán 1993 [edición española: Meditación sobre la Iglesia, Encuentro Ediciones, Madrid 1980]).

 

Día 21

Presentación de la Santísima Virgen María

Liturgia de las Horas de hoy

 

Sólo los apócrifos imaginan y se extienden en la descripción de la presentación de María en el templo de Jerusalén. Junto a este templo decretó construir el emperador Justiniano una iglesia mariana, que fue dedicada el 21 de noviembre del año 543 y destruida setenta años después.

Esta memoria se instauró como celebración litúrgica en Constantinopla en el siglo VIII. Su difusión en Occidente fue lenta y tuvo lugar primero en el ámbito local; en 1472, fue extendida a toda la Iglesia latina. Ésta figura entre las memorias que, «prescindiendo del aspecto apócrifo, proponen contenidos de alto valor ejemplar, continuando venerables tradiciones» (Marialis cultus, 8).

LECTIO

Primera lectura: 1 Macabeos 6,1-13

En aquellos días,

1 el rey Antíoco recorría las regiones del norte, cuando se enteró de que Elimaida, en Persia, era una ciudad famosa por su riqueza en oro y plata

2 y de que había en ella un templo riquísimo, con armaduras de oro, corazas y armas que había dejado Alejandro, hijo de Filipo, rey de Macedonia, primer rey de los griegos.

3 Fue e intentó apoderarse de la ciudad y saquearla, pero no pudo, porque los de la ciudad se enteraron de sus planes

4 y salieron contra él para atacarlo. Antíoco tuvo que huir, contrariado, para volver a Babilonia.

5 Estando en Persia, le llegó la noticia de las derrotas que habían sufrido los ejércitos enviados a Judea;

6 que Lisias, aunque había ido con un ejército poderosísimo, había sido puesto en fuga, y que los judíos se habían reforzado con las armas y el abundante botín tomado a los ejércitos vencidos;

7 que habían derribado el altar sacrílego levantado por él sobre el altar de los holocaustos que está en Jerusalén y habían rodeado el templo de altas murallas, igual que antes, así como la ciudad de Betsur, ciudad que pertenecía al rey.

8 Al oír esto, se aterró, se conmovió profundamente y cayó enfermo en cama con una gran depresión, porque las cosas no le habían salido como quería.

9 Así estuvo muchos días, profundamente deprimido. Dándose cuenta de que se iba a morir,

10 llamó a sus amigos y les dijo:  -El sueño ha huido de mis ojos y mi corazón desfallece de angustia.

11 Me pregunto: ¿A qué estado de tribulación he llegado y en qué mar de tristeza me encuentro, yo, que era feliz y amado cuando era poderoso?

12 Ahora me acuerdo de los males que hice en Jerusalén, de los objetos de plata y oro que robé y de los habitantes de Judea que exterminé sin motivo.

13 Por eso me han venido estas desgracias y me muero de tristeza en tierra extraña.

 

       **• El fragmento narra la derrota y la muerte de Antíoco IV, presentada, según el estilo del primer libro de los Macabeos, como manifestación del juicio divino. El comienzo (w. lss) insiste en la codicia del rey, que intenta apoderarse de una rica ciudad, seguro de que se apropiará

en seguida de ella, pero el v. 3 muestra de inmediato la inversión de la suerte de Antíoco: «No pudo porque los de la ciudad se enteraron de sus planes». Es una primera derrota (v. 4), a la que pronto siguen otras malas noticias: tras vencer a las tropas de Lisias en Judá (w. 5ss), los israelitas han destruido los ídolos y fortificado el santuario (v. 7).

       La derrota golpea al rey como una enfermedad (w. 8ss): Antíoco es la personificación del mal, anulado por completo en su misma vida física cuando ya no consigue llevar a buen fin sus malvados proyectos. El rey, sintiéndose a punto de morir, toma conciencia del merecido castigo (w. 10-13). No es un verdadero arrepentimiento el que muestra a sus amigos, sino más bien la resignación y el reconocimiento de que la desgracia que se abate sobre él es la justa consecuencia de la profanación cometida contra Israel: «Por eso me han venido estas desgracias y me muero de tristeza en tierra extraña» (v. 13).

 

Evangelio: Lucas 20,27-40

En aquel tiempo,

27 se acercaron entonces unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

28 -Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si el hermano de uno muere dejando mujer sin hijos, su hermano debe casarse con la mujer para dar descendencia a su hermano.

29 Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos.

30 El segundo

31 y el tercero se casaron con la viuda, y así hasta los siete. Todos murieron sin dejar hijos.

32 Por fin murió también la mujer.

33 Así pues, en la resurrección, ¿de quién de ellos será mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella.

34 Jesús les dijo: -En la vida presente existe el matrimonio entre hombres y mujeres;

35 pero los que logren alcanzar la vida futura, cuando los muertos resuciten, no se casarán,

36 y es que ya no pueden morir, pues son como los ángeles, son hijos de Dios porque han resucitado.

37 Y el mismo Moisés da a entender en el episodio de la zarza que los muertos resucitan, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob.

38  No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él.

39 Entonces unos maestros de la Ley intervinieron diciendo: -Maestro, has respondido muy bien.

40 Y ya nadie se atrevía a preguntarle nada.

 

       **• Los saduceos que se acercan a Jesús para plantearle una pregunta tendenciosa eran uno de los grupos religiosos que existían en aquellos tiempos en Israel. Ligados a la clase sacerdotal y al culto del templo, y más tradicionalistas que los fariseos en el cumplimiento de la ley, los saduceos desaparecieron tras la destrucción del año 70 d. de C. Lucas observa que no creían en la resurrección (v. 27), una doctrina surgida hacía poco en la historia de Israel.

       La pregunta (w. 28-33) está planteada con el estilo típico de las disputas rabínicas, presentando un caso y pidiendo al rabí, aquí Jesús, que proponga la solución; se trata, claro está, de un caso límite, pensado a propósito para poner en dificultades a Jesús: ¿de quién será esposa la mujer que se ha casado con siete maridos?

       Jesús, como suele hacer con frecuencia, responde trasladando el ámbito de la cuestión a otra dimensión, la suya, la del Reino de los Cielos: después de la resurrección, las relaciones humanas ya no son comparables

a las de esta vida (vv. 34-36). En la segunda parte de su respuesta (w. 37ss) Jesús expone un argumento bíblico en favor de la resurrección, remitiendo de este modo a los saduceos a lo que ya deberían saber, si leyeran con espíritu puro las palabras de Moisés (cf. Ex 3,2-6): el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob no es un Dios de muertos, y esto significa que Abrahán, Isaac y Jacob viven en él.

       Ante la respuesta de Jesús, los que le habían interrogado enmudecen y ya no se atreven a dirigirle otras preguntas (w. 39ss): una observación característica de Lucas.

 

MEDITATIO

       La muerte es la línea divisoria que separa, sin posibilidad de confusión, lo verdadero de lo falso. Es el momento culminante de la vida, más importante que el mismo nacimiento, del que no éramos conscientes, crisol en el que se templan las decisiones fundamentales que determinan nuestro destino. La vida de cada uno de nosotros dura lo necesario para prepararnos a morir, y el modo como lo hayamos hecho decidirá la calidad de la vida nueva que nos está preparada desde siempre.

       La «novela» de los Macabeos lo muestra a su manera, con la tardía toma de conciencia de Antíoco IV: «Por eso me han venido estas desgracias y me muero de tristeza en tierra extraña», reconocimiento de una justicia cruel, pero irreprochable. La palabra liberadora del Evangelio le ha quitado a la muerte su «aguijón» {cf 1 Cor 15,55), restituyéndole su auténtica característica de paso de una vida imperfecta y precaria a la vida plena y eterna según el proyecto del Creador.

 

ORATIO

       Señor, ayúdame a vivir esperándote.

       Tengo miedo de la muerte, Señor. Tengo miedo de la muerte de los otros, de las personas queridas de las que no podré prescindir. Dame unos ojos puros para que sea capaz de ver más allá de las apariencias, más allá del «muro de sombra» que me separa de ti. Concédeme un corazón sencillo para que no sucumba ante las preguntas sin respuesta.

       No busco, Señor, razonamientos profundos ni soluciones geniales. Pero tengo necesidad de encontrar un sentido a la vida y a la muerte, la tengo cada vez que la mirada de un hermano que sufre se cruza con la mía. Ayúdame a aceptar el silencio y la falta de respuestas. Ayúdame a creer que eres tú el Señor de la vida, aun cuando la vida sea una cosa frágil y se me escape de las manos.

 

CONTEMPLATIO

       Oh Jerusalén celestial, casa luminosa y espléndida, amo desde siempre tu belleza y el lugar donde habita la gloria de mi Señor. Por ti suspira mi peregrinación. He ido errante como oveja perdida, pero sobre los hombros de mi pastor -de tu arquitecto- espero ser llevado de nuevo a ti. Jerusalén, morada eterna de Dios, que no se olvide de ti mi alma; sé tú mi alegría; que el dulce recuerdo de tu nombre dichoso me alivie de la tristeza y de lo que me oprime. No está, en efecto, aquí abajo nuestra ciudadanía estable: nuestra patria está en los cielos, de donde esperamos al Señor Jesucristo, que transfigurará nuestro miserable cuerpo mortal para configurarlo con su cuerpo glorioso.

       Jerusalén santa, te suplico por la caridad de la que eres madre que no te olvides nunca de la Iglesia que anda todavía peregrina por la tierra. No te canses de rezar por esta parte de ti y sostenía con tu protección para que un día consiga unirse a ti para siempre.

       Felices santos de Dios que ya habéis cruzado el mar turbulento de esta condición mortal y ya habéis llegado al puerto de la quietud infinita, de la seguridad y de la paz: vosotros, que ahora estáis seguros, tened cuidado de nosotros. Os lo suplico: acordaos de nosotros, miserables, sacudidos todavía en el mar de esta vida por las olas que se levantan a nuestro alrededor. Interceded y rogad por nosotros, y que en los brazos de vuestras oraciones podamos ser llevados también nosotros a nuestro Dios. Somos frágiles, hombres de nada, sin virtud. Lo sabéis bien. Nos sostiene en realidad el leño de la cruz, y en él tenemos la esperanza de realizar la travesía hasta el puerto. Que, por vuestros méritos y vuestras santas oraciones, se nos conceda llevar salva la nave e íntegra su carga hasta la entrada en el puerto tranquilo de la gloria eterna. Tú sobre todo. Reina del cielo y Señora de la tierra, siempre Virgen santísima, Madre de Dios y de nuestro Señor Jesucristo, ora por nosotros e intercede asiduamente por tus hijos (Juan de Fécamp, Confessione teológica, Milán 1986).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él» (Lc 20,38).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Ante nosotros se impone esta alternativa: o persuadirnos de que, más allá del tiempo, no existe una eternidad que nos espera, y entonces este caminar nuestro sobre la tierra -más aún, este correr nuestro- se quedaría sin meta y por consiguiente sin justificación y sentido, o convencernos de que, más allá del tiempo, hay para nosotros un atracadero, un destino de plenitud, una casa última y segura tras la continua mudanza del espíritu, y entonces sólo a la luz de la eternidad debemos valorar todos los actos y todos los acontecimientos.

       Hay quien considera que el pensamiento de la vida eterna impide saborear plenamente las alegrías de la vida presente. La verdad es lo contrario: encuentro más gusto en vivir los días que me son dados aquí abajo cuando sé que tienen un sentido y un objetivo, cuando sé que no constituyen una carrera hacia la nada; vivo con mayor placer cuando estoy persuadido de que no vivo para nada.

       Nunca ha estado el hombre sumergido como hoy en lo llamativo y en lo efímero, y nunca como hoy ha tenido necesidad de lo que es sustancioso y no perecedero. Se deja trastornar por ritmos y sonidos que le quitan la capacidad de reflexionar, se deja encaminar de una manera pasiva y estólida hacia la catástrofe de la muerte, y nunca como hoy ha sentido tantos deseos de vivir. Tiene necesidad de una vida verdadera, no de un frenesí que remedie sólo exteriormente la exuberancia del espíritu; tiene necesidad de una vida plena, no de sensaciones epidérmicas que proporcionan la ilusión de la satisfacción, mientras que el corazón permanece árido y la mente está desierta de toda verdad y toda certeza.       La «vida eterna» -esa que ya puede ser nuestra desde ahora-, según nos ha dicho el Señor, es ésta: «Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a aquel que has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). No se trata de dos conocimientos: es el mismo e idéntico conocimiento que conduce, a quien ha descubierto de una manera existencial al Señor Jesús y se ha entregado a él, a la comunión de vida con el Creador de todo, principio y meta de toda aventura humana (G. Biffi, La meraviglia del)'evento cristiano, Cásale Monf. 199ó, pp. 436-438). 

 

Día 22

Jesucristo, rey del universo 34° domingo

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 7,13ss

13 Seguía yo contemplando estas visiones nocturnas y ví venir sobre las nubes alguien semejante a un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y fue conducido por él.

14 Se le dio poder, gloria y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su Reino jamás será destruido.

 

        **• El significado profundo de este fragmento aparece cuando lo consideramos en el contexto del capítulo 7 de Daniel. Al profeta se le ha revelado el misterio de la historia. Ve la sucesión de diferentes reinos, representados simbólicamente por cuatro fieras espantosas, pero su prepotencia está destinada a desaparecer. Mientras los acontecimientos se suceden en el tiempo, en la dimensión copresente al mismo de la eternidad, la historia es juzgada por Dios sobre la base de las acciones de los hombres (vv. 9ss).

Las potencias de este mundo han sido condenadas y algunas ya sufren la pena (v. 11); otras, en cambio, la ven diferida «sólo hasta un determinado momento» (v. 12). Y he aquí que aparece en la trascendencia divina («sobre las nubes») «un hijo de hombre», a quien Dios le da un poder eterno y un reino invencible, que abarcará a todos los pueblos. Eso significa que su persona y su señorío son celestiales y terrenos, divinos y humanos al mismo tiempo. Contra su reino, que coincide con el Reino de los santos del Altísimo (vv. 17.32), se levantará aún la violencia de los poderosos de este mundo y parecerá victoriosa (vv. 24ss). Ahora bien, cuando el juicio de Dios se haga definitivo, el Reino del Hijo del hombre, o bien de los santos del Altísimo, triunfará para siempre (v. 26). Para expresar de manera eficaz esta realidad, Pablo adoptará la imagen del cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo y los fieles sus miembros.

El Reino de Cristo es, por consiguiente, también nuestro; nosotros también estamos llamados a participar en su realeza venciendo al pecado que nos asedia. Sumergidos como estamos en la historia, se nos pide que juzguemos los acontecimientos con el sentido de la fe y que vivamos en conformidad con la ley fundamental del amor, para que todo hombre pueda entrar por fin en el Reino de Dios.

 

Segunda lectura: Apocalipsis 1,5-8

5 Jesucristo es el testigo fidedigno, el primero en resucitar de entre los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos liberó de nuestros pecados con su propia sangre,

6 al que nos ha constituido en reino y nos ha hecho sacerdotes para Dios, su Padre, a él la gloria y el poder para siempre. Amén.

7 ¡Mirad cómo viene entre las nubes! Todos lo verán, incluso quienes lo traspasaron, y las razas todas de la tierra Jesucristo, rey del universo tendrán que lamentarse por su causa. Así será. Amén.

8 «Yo soy el alfa y la omega -dice el Señor Dios- el que es, el que era y el que está a punto de llegar, el todopoderoso».

 

        **• En estos versículos, tomados del prólogo del Apocalipsis, se presenta esencialmente la realeza de Jesucristo como la realeza del Hijo del hombre («viene entre las nubes»: v. 7a). Aludiendo a la profecía de Daniel, el vidente puede afirmar, por tanto, que Jesús es el revelador del Padre digno de fe («testigo fidedigno»), puesto que procede de Dios mismo. En cuanto Resucitado, es el arquetipo de una nueva estirpe destinada a la vida eterna. Por último, es «soberano de los reyes de la tierra», porque ha venido a traer a la tierra el Reino de Dios al que todos estarán sometidos al final.

El Hijo del hombre, Jesús, es el crucificado, «traspasado » por la incredulidad y por la violencia de muchos. Y precisamente de este modo ha manifestado su amor por nosotros y nos ha liberado de los pecados 0-(v. 5), dándonos la posibilidad de que se cumpla la antigua promesa: «Si me obedecéis y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía; seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa» (Ex 19,6).

Cuando llegue la hora, siempre inminente de su venida gloriosa, hasta los que le han rechazado deberán reconocerle y comprender el mal que han cometido. Ahora bien, los que desde ahora acogen el señorío de Cristo en su vida participan de su función real y sacerdotal.

De este modo entran en comunión con Dios, principio y fin de todo lo que existe, origen eterno del tiempo, que, sin embargo, viene a la historia para asumir la fatiga de todas las criaturas y llevarlas con el poder del amor a la libertad y a la salvación (v. 8).

 

Evangelio: Juan 18,33b-37

En aquel tiempo,

33 dijo Pilato a Jesús -¿Eres tú el rey de los judíos?

34 Jesús le contestó: -¿Dices eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?

35 Pilato replicó: -¿Acaso soy yo judío? Son los de tu propia nación y los jefes de los sacerdotes los que te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?

36 Jesús le explicó: -Mi Reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis seguidores hubieran luchado para impedir que yo cayese en manos de los judíos. Pero no, mi Reino no es de este mundo.

37 Pilato insistió: -Entonces, ¿eres rey? Jesús le respondió: -Soy rey, como tú dices. Y mi misión consiste en dar testimonio De la verdad. Precisamente para eso nací y para eso vine al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha la voz.

 

        *•• El relato del proceso de Jesús ante Pilato tiene un gran relieve en el evangelio de Juan. La reflexión sobre el tema de la realeza está presente en todo el episodio, incluso en la declaración de Pilato: «¡Aquí tenéis a vuestro rey!» (19,14). Ahora bien, la «pretensión» de ser Hijo de Dios (19,7) es demasiado elevada para los judíos; ellos prefieren que este Mesías sea crucificado, y, obrando de este modo, reniegan de la historia de Israel y de sus mismas expectativas: «No tenemos otro rey que el César» (19,15).

Esta perícopa representa el centro teológico del relato joáneo. Se confrontan aquí conceptos muy diferentes de realeza: Pilato tenía el concepto político-militar que se podía hacer un romano (v. 37), pero aparece también el teocrático y a la vez político de los judíos (vv. 33ss);

        Sin embargo, la realeza de Jesús pertenece a otra esfera: Jesucristo, rey del universo «no es de este mundo»; más aún, puede dejarse aplastar por éste y resultar, de todos modos, vencedora (v. 36). Jesús es verdaderamente rey, pero no «de aquí abajo». Ha venido a este mundo a traer su Reino sobrenatural sin imponer su absoluta superioridad, asumiendo nuestra condición («para eso nací y para eso vine al mundo») para iluminarla con la luz de la verdad y hacer al hombre capaz de elegir el Reino de Dios.

La venida de Cristo obra, por consiguiente, una discriminación entre los que acogen su testimonio y los que lo rechazan. Es un testimonio verdadero sobre Dios -cuyo rostro revela Jesús en sí mismo- y, al mismo tiempo, sobre el hombre, tal como es según el designio del Padre («¡Ecce homo!»: 19,5): acogerlo significa entrar ya desde ahora en su Reino. En cambio, el que lo rechaza se somete al príncipe de este mundo (12,31): no es posible mantenerse en un escepticismo neutral como intenta hacer Pilato (18,38). Quien reconoce a Jesus como rey no se preocupa de triunfar en este mundo, sino más bien de escuchar la voz de su Señor y de seguirle (v. 37b), para extender aquí abajo su Reino de verdad y de amor.

 

MEDITATIO

La liturgia de hoy nos invita a reavivar en nosotros el deseo de que Cristo reine verdaderamente en nuestra vida. Para que esto tenga lugar, es menester renovar nuestra adhesión a él, que nos amó primero y libró por nosotros la gran batalla hasta dejarse herir de muerte para destruir en su cuerpo clavado en la cruz nuestro pecado. Cristo venció así. Su triunfo es el triunfo del amor sobre el odio, sobre el mal, sobre la ingratitud.

<*• Cristo es un rey crucificado; sin embargo, su poder está precisamente en la entrega de sí mismo hasta el extremo: es un rey coronado de espinas, colgado en la cruz, y sigue como tal para siempre, incluso ahora que está en la presencia del Padre, a donde ha vuelto después de la resurrección. Se trata de una realeza difícil de comprender desde el punto de vista humano, a no ser que emprendamos el camino del amor humilde, de la vida que se hace servicio y entrega. Si emprendemos ese camino, el mismo Espíritu nos hará capaces de configurarnos con el humilde rey de la gloria, de quien todo cristiano está llamado a ser discípulo enamorado.

Esto traerá consigo, necesariamente, una sombra de muerte, de muerte a todo un mundo de egoísmos, de pasiones, de vanos deseos y de arrogancias indebidas: una muerte que, sin embargo, se traduce en libertad para nosotros mismos y en crecimiento para los otros, en vida verdadera y en plenitud de alegría. Nuestro camino en la historia prosigue con sus cansancios, pero nuestro corazón puede saborear de manera anticipada la dulzura de este Reino de luz infinita en el que sólo se entra por la puerta estrecha de la cruz.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú te escondiste a los ojos de todos para orar al Padre en secreto, cuando la muchedumbre, maravillada y admirada por los milagros que realizabas, te buscaba para proclamarte, Sólo en la hora de la pasión, cuando todos te habían abandonado y ser proclamado rey ya no era motivo de jactancia, sino que se había vuelto para ti causa de condena, sólo entonces declaraste tu señorío universal. Obrando de este modo nos enseñaste con tu misma muerte que reinar es servir amando hasta la entrega total de nosotros mismos.

Concédenos también reconocer tu realeza no de palabra, sino dejando crecer y dilatarse en nosotros tu Reino, para que seamos, en la historia, irradiación de tu presencia de paz y motivo de consuelo y esperanza para todos nuestros hermanos.

 

CONTEMPLATIO

Tú, oh Cristo, eres el Reino de los Cielos la tierra prometida a los humildes; tú, eres el pasto del paraíso, el cenáculo para el banquete divino; tú, la sala de las nupcias inefables, la mesa suntuosamente preparada para todos.

Oh Cristo, no me abandones en medio de este mundo, puesto que sólo te amo a ti, aunque todavía no te he conocido; yo, que estoy completamente a merced de las pasiones; yo, que no te conozco, pues ¿acaso tiene necesidad de los placeres del mundo quien te ha conocido? ¿Quién, que te haya amado, irá en busca de cualquier otro placer? ¿O se sentirá apremiado a ir en busca de cualquier otro amigo?

Dios, creador del universo, que me has dado lo que tengo de bueno, ten benévola compasión de mi pobre alma; concédeme un correcto discernimiento para que me deje atraer por tus bienes eternos y sólo por ellos.

Te amaré con todo el corazón, persiguiendo sólo tu gloria sin preocuparme en absoluto de la gloria de los hombres, a fin de llegar a ser uno contigo ya ahora y después de la muerte, obteniendo así, oh Cristo, reinar contigo, que aceptaste por mi amor la más infamante de las muertes. Entonces seré el más feliz entre todos los hombres. Amén, así sea, oh Señor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos (Simeón el Nuevo Teólogo, en C. Berselli [ed.], Inni a Cristo nel primo millennio delta Chiesa, Roma 1981, pp. 168-170).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Venga a nosotros, Señor, tu Reino de luz».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús, que está a punto de subir al patíbulo, sin que se intente un solo gesto, de la tierra o del cielo, para defenderle, este mismo Jesús afirma con una calma suprema: «Yo soy rey». Rey, es decir, no sólo libre (y está atado), sino también Señor (y están a punto de matarle).

Aquel instante exigía la fe más firme, porque era el de la oscuridad más profunda, era el momento en que daba la impresión de que del Dios-nombre ya no quedaba nada de Dios y, dentro de muy poco, tampoco quedaría nada del hombre. No era difícil creer en el poder de Jesús cuando mandaba sobre las enfermedades, sobre la tempestad, sobre la muerte. Ahora bien, para pensar como Rey y como Dios a uno que ha sido vencido, aplastado, reducido a nada, es preciso recurrir a una lógica que invierta cualquier pensamiento humano, es preciso dejar que se hunda nuestra propia inteligencia en las tinieblas más densas; en una palabra, renunciar a cualquier otra luz que no sea la de la confianza ciega, propia del amor [...].

En aquel momento era menester el amor mismo de Dios para comprender que el despojo total podría constituir la ofrenda suprema del amor, para descubrir en la aniquilación de la cruz la manifestación más sublime de la omnipotencia de Dios.

Jesús manifiesta su propia realeza y su soberano señorío sirviéndose de la mala voluntad de los hombres para cumplir su voluntad de salvación, utilizando su odio para su obra de amor.

Le crucificaban para quitarle de en medio, y he aquí que lo vuelven a zambullir en la eternidad de donde había venido y que, con su retorno, volverá a abrirla a todos los hombres (I. Riviére, A chaqué jour suffit sa joie, París 1949, pp. 171 ss).

 

Día 23

Lunes de la 34ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 1,1-6.8-21

1 El año tercero del reinado de Joaquín, rey de Judá, Nabucodonosor, rey de Babilonia, se dirigió contra Jerusalén y la sitió.

2 El Señor entregó a Joaquín, rey de Judá, en poder de Nabucodonosor, quien se apoderó también de parte de los utensilios del templo de Dios, los llevó al país de Senaar y los agregó al tesoro del templo de sus dioses.

3 El rey ordenó a Aspenaz, jefe del personal de palacio, que escogiera entre los israelitas de estirpe real o de familias nobles

4 a jóvenes sin ningún defecto físico, de buen parecer, bien instruidos, cultos, inteligentes y aptos para servir en el palacio real, y que les enseñara la lengua y la literatura de los caldeos.

5 El rey les asignó una ración diaria de la mesa real y del vino que él bebía. Ordenó también que fuesen educados convenientemente durante tres años, al cabo de los cuales entrarían al servicio del rey.

6 Entre estos jóvenes estaban Daniel, Ananías, Misael y Azarías, todos ellos de la tribu de Judá.

8 Daniel se propuso no contaminarse con los manjares ni con el vino de la mesa real y suplicó al jefe de palacio que no le obligara a contaminarse.

9 Hizo Dios que Daniel se granjeara la simpatía del jefe del personal de palacio,

10 quien dijo a Daniel: -Tengo miedo de que el rey, mi señor, que os ha asignado lo que debéis comer y beber, encuentre vuestros rostros más flacos que los de los jóvenes de vuestra edad, y así pongáis en peligro mi cabeza ante él.

11 Entonces Daniel dijo al inspector a quien el jefe del personal de palacio había confiado el cuidado de Daniel, Ananías, Misad y Azarías:

12 -Por favor, haz con nosotros una prueba durante diez días: que nos den legumbres para comer y agua para beber.

13 Después, compara nuestro aspecto con el de los jóvenes que comen manjares de los que se sirven al rey y trátanos según el resultado.

14 Él aceptó la propuesta y los puso a prueba durante diez días.

15 Al cabo de diez días tenían mejor y más sano aspecto que todos los jóvenes alimentados con los manjares que se servían al rey.

16 Así que el inspector les retiró su ración de comida y de vino y les daba sólo legumbres.

17 Concedió Dios a estos cuatro jóvenes un profundo conocimiento de la literatura y de todas las ramas del saber; en cuanto a Daniel, era experto en interpretar toda clase de visiones y sueños.

18 Cuando se cumplió el plazo fijado por el rey, el jefe de personal de palacio presentó a los jóvenes ante Nabucodonosor.

19 El rey conversó con ellos y, entre todos, no encontró ni uno que pudiera compararse con Daniel, Ananías, Misael y Azarías, así que fueron admitidos al servicio del rey.

20 En todos los asuntos que requerían sabiduría e inteligencia, y sobre los que el rey les pedía su parecer, los halló diez veces mejor preparados que todos los adivinos y magos de todo su reino.

21 Daniel estuvo allí hasta el año primero del rey Ciro.

 

       **• El libro de Daniel, colocado entre los profetas en el canon católico y entre los «Escritos» en el canon judío, une narraciones de tipo sapiencial y oráculos del género apocalíptico. El protagonista no es un personaje histórico, sino una figura simbólica, modelo de sabiduría y de fidelidad a la Ley. La historia está retrotraída, de una manera ficticia, a la época del exilio, aunque la composición del libro, que incluye también tradiciones anteriores, se remonta al siglo III, aproximadamente.

       El capítulo 1 ambienta los hechos en tiempos de la deportación de Nabucodonosor (w. lss), siguiendo, con algunas incongruencias históricas, los relatos de los libros de las Crónicas. Al autor sólo le interesa presentar

el cuadro sobre el que hacer resaltar la figura de Daniel. El rey ordena escoger a algunos jóvenes israelitas, nobles y bien dotados, e instruirlos para que presten servicio en la corte. Entre ellos está Daniel, junto con otros tres compañeros, todos de la tribu de Judá (w. 3-6). Daniel muestra de inmediato (v. 8) su personalidad y su decisión de no transgredir la ley. En el exilio, era esencial para los judíos mantenerse fieles a los poco preceptos que podían ser observados también fuera de la Tierra Santa, y que los distinguían de los paganos: la circuncisión, el sábado, las prescripciones alimentarias.

       El relato procede como una fábula. El buen aspecto de los cuatro jóvenes, exonerados de los alimentos impuros, es un prodigio que les preserva de transgredir la ley. Se les presenta como «sabios», según la tradición bíblica (v. 17), y entran al servicio del rey, de quien se convertirán en los principales consejeros.

 

Evangelio: Lucas 21,1-4

1 Estaba Jesús en el templo y veía cómo los ricos iban echando dinero en el cofre de las ofrendas.

2 Vio también a una viuda pobre que echaba dos monedas de poco valor.

3 Y dijo: -Os digo en verdad que esa viuda pobre ha echado más que todos los demás,

4 porque ésos han echado de lo que les sobra, mientras que ésta ha echado, de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir.

 

       **• Son cuatro versículos sencillos; el primer par, para mostrar dos comportamientos que contrastan fuertemente entre sí, el segundo, para extraer una enseñanza.

       Jesús «observaba» (anablépsas) y «veía» (éiden, de horáó, dos veces) dos actitudes diferentes frente al cofre de las ofrendas del templo. La primera es la de aquellos que echan de manera habitual sus ofrendas, calificados con un simple adjetivo que, en su carácter genérico, implica un juicio: «ricos». La segunda es un gesto único y ejemplar; a la persona que lo realiza se la califica de inmediato con precisión: una mujer, «viuda», «pobre», que echa dos monedas de poco valor.

       El segundo par de versículos muestra que el «ver» de Jesús no se queda nunca en la superficie, sino que penetra en los corazones hasta descubrir las motivaciones profundas del obrar humano. Al verbo «ver» que se encuentra al comienzo del v. 1 y del v. 2 le corresponde, al comienzo del 3, el verbo «decir», acompañado del adverbio «en verdad»: lo que Jesús ve, y revela, es la verdad del ánimo humano, que ni la hipocresía de los ricos ni la humilde modestia de la viuda logran esconder. Y ésta es la enseñanza: el valor del don no ha de ser medido con criterios contables, sino en función de la generosidad y de las condiciones de partida del donante. La medida es dar sin medida: «Toda la vida que posees» (así, al pie de la letra, el v. 4).

 

MEDITATIO

       La adhesión a la ley no es nunca puro formalismo. Nosotros somos muy acomodaticios, y nos parece excesivo el firme rechazo que Daniel y sus compañeros oponen a la orden de alimentarse con alimentos impuros de la mesa del rey. No sabemos leer el valor simbólico de las normas alimentarias, que ponen aparte al pueblo consagrado al Señor para dar testimonio de la veracidad de su Palabra: nos parecen preceptos de escasa importancia.

       Damos importancia a lo que se ve, no al significado profundo e interior de las cosas: para nosotros, vale más la ofrenda de los ricos, y despreciamos la modesta moneda de la viuda pobre.

       Sin embargo, Jesús y -antes que él- las Sagradas Escrituras de Israel nos enseñan a leer en el interior de los corazones y a considerar el sentido auténtico de cada gesto. Nos hacen comprender que también es posible arriesgar la vida para dar testimonio de la fidelidad a un pequeño precepto, que procede, no obstante, de la boca del Señor; nos hacen comprender que lo importante es darnos a nosotros mismos, dar nuestra vida, y no simplemente el dinero que nos sobra o que no nos sirve, aun cuando se trate de una gran cantidad.

 

ORATIO

       Concédeme, Señor, el discernimiento necesario para reconocer el verdadero valor de las cosas. Es demasiado fuerte la tentación de dejarme llevar por las opiniones que corren, de seguir la moda del «es lo que hacen todos», de ceder al vivir tranquilo.

       La responsabilidad de dar testimonio de tu Palabra me resulta, con frecuencia, demasiado dura. Ayúdame a serte fiel, Señor. También yo tengo miedo de que el seguimiento de tus mandatos me debilite a los ojos del mundo; también yo admiro y sigo a los ricos y no a los pobres. Perdona mi fragilidad y mi incoherencia.

 

CONTEMPLATIO

       Carísimos: no nos mostremos avaros con lo que tenemos como si fuera nuestro, sino hagámoslo producir como si nos hubiera sido dado como préstamo. Nos ha sido confiada, en efecto, la administración y el uso temporal de los bienes comunes, no la posesión eterna de una cosa privada. Recordad a los que, en el Evangelio, habían recibido los talentos del Señor y lo que el padre de familia, a su vuelta, dio a cada uno como recompensa: entonces os daréis cuenta de que es más ventajoso poner en la mesa del Señor el dinero que nos da, para que lo hagamos fructificar, que conservarlo intacto.

       Acordémonos de aquella viuda que, olvidándose de sí misma por amor a los pobres, echó todo cuanto tenía para vivir, pensando sólo en el futuro. Ofreció todo lo que tenía para poseer los bienes invisibles. Aquella pobrecita no despreció las normas establecidas por Dios en orden a la conquista del premio futuro; por eso el mismo legislador no se olvidó de ella; más aún, el juez del mundo anticipó su sentencia y preanunció en el evangelio que sería coronada en el día del juicio.

       Hagamos, pues, deudor a Dios con sus mismos dones. Nada poseemos que él no nos haya dado. Y, sobre todo, ¿cómo podemos pensar que tenemos algo nuestro, nosotros, que no nos pertenecemos a nosotros mismos por tener contraída una obligación particular con Dios, no sólo porque hemos sido creados por él, sino también redimidos? Alegrémonos porque hemos sido comprados de nuevo a un precio elevado (cf. 1 Cor 6,20) con la sangre del mismo Señor y por eso hemos dejado de ser personas viles como esclavos; en efecto, querer ser independientes de la ley divina es una libertad más despreciable que la esclavitud.

       Restituyamos, por consiguiente, al Señor los dones que son suyos; démoselos a él, que recibe en la persona de cada pobre; démoselos con alegría, lo repito, para recibir de él en la exultación, como él mismo dijo (cf. Sal 125,5) (Paulino de Ñola, Lettere 34, 2-4).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ha echado, de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir» (Lc 21,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Dios está inclinado siempre hacia nosotros; es, podríamos decir, alguien que se entrega a sí mismo y se hace clon perfecto, total, eterno, y eso sin tregua. Somos nosotros, los destinatarios del don, los que estamos cerrados, los que no le acogemos, y por eso recibimos o no recibimos en absoluto lo que nunca cesa de ofrecérsenos. Pero él escucha todas las plegarias, realiza todos los milagros, consuma todos los misterios de la salvación.

       Somos nosotros quienes no estamos dispuestos a acogerlos. El don de Dios es infinito, se ofrece siempre, pero nosotros siempre podemos, por así decirlo, anularlo, restringirlo, rechazarlo [...]. No hay grandeza sino en el amor, en la entrega de uno mismo, y amar es, precisamente, vaciarnos de nosotros mismos, ser pobres de nosotros mismos, hacer de nosotros mismos un espacio en el que el otro pueda respirar su propia vida. Ahora bien, precisamente porque esa pobreza en su infinita fuente está en Dios, precisamente porque nosotros nunca podremos ser pobres como Dios, podemos encaminarnos hacia ese despojo y aumentar cada día nuestra generosidad, pero nunca conseguiremos ser pobres como lo es Dios. Por otra parte, si Dios nos llama a la alegría de la entrena total, lo hace justamente porque quiere nuestra grandeza, y la lleva a su colmo cuando nos confía su propia vida, cuando pone en nuestras manos su destino en la historia (M. Zundel, «Salvare Dio da noi stessi», en La Vie Sp/r/W/e725[1997],715ss).

 

Día 24

San Andrés Dunglac y compañeros

Liturgia de las Horas de hoy

      

Son los 117 mártires de Vietnam canonizados por Juan Pablo II el 19 de junio de 1988. En el siglo XVII comenzaron las persecuciones contra los católicos, que habían ido creciendo en Vietnam desde el siglo anterior. Los cristianos martirizados en distintas fechas y regiones fueron cerca de 130.000, de los que se ha introducido la causa de beatificación de casi 1500. Entre los 117 canonizados hay 8 obispos, muchísimos sacerdotes seculares y religiosos, y un gran número de laicos de ambos sexos y de toda edad y condición. 96 son vietnamitas, 11 españoles y 10 franceses. San Andrés, hijo de padres paganos muy pobres, llegó a sacerdote con la ayuda de un catequista, ejerció el ministerio en diferentes localidades y murió decapitado en Hanoi el 21 de diciembre de 1839. Los once españoles, todos ellos dominicos, son los siguientes: Mateo Alonso de Leciniana, de Nava del Rey (Valladolid), decapitado el 22 de enero de 1745. Francisco Gil Federich, de Tortosa (Tarragona), decapitado el 22 de enero de 1745. Jacinto Castañeda, de Játiva (Valencia), degollado el 7 de noviembre de 1773. Ignacio Clemente Delgado, de Villafeliche (Zaragoza), obispo, falleció a causa de los malos tratos el 21 de julio de 1838. Domingo Henares, de Baena (Córdoba), obispo, decapitado el 25 de junio de 1838. José Fernández, de Ventosa de la Cuesta (Valladolid), decapitado el 24 de julio de 1838. Jerónimo Hermosilla, de Santo Domingo de la Calzada (La Rioja), obispo, degollado el 1 de noviembre de 1861. José María Díaz Sanjurjo, de Santa Eulalia de Suegos (Lugo), obispo, decapitado el 20 de julio de 1857. Melchor García Sampedro, de Cortes, parroquia de Cienfuegos (Oviedo), obispo, descuartizado el 28 de julio de 1858. Valentín de Berrio Ochoa, de Elorrio (Vizcaya), obispo, decapitado el 1 de noviembre de 1861. Pedro Almato, de San Feliu Saserra (Barcelona), martirizado el 1 de noviembre de 1861 

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 2,31-45

En aquellos días, dijo Daniel a Nabucodonosor:

31 Tú, rey, tuviste esta visión: una enorme estatua, de extraordinario esplendor y terrible aspecto, comenzó a levantarse frente a ti.

32 Su cabeza era de oro puro; el pecho y los brazos, de plata; el vientre y los lomos, de bronce;

33 las piernas, de hierro, y los pies, parte de hierro y parte de arcilla.

34 Mientras mirabas, una piedra se desprendió de un monte, sin intervención de mano alguna; vino a dar contra los pies de la estatua, que eran de hierro mezclado con arcilla, y los pulverizó.

35 Todo se hizo pedazos: hierro mezclado con arcilla, bronce, plata y oro; todo quedó pulverizado como la paja de la era en verano que el viento arrebata y se lleva sin dejar rastro. Pero la piedra que había chocado contra la estatua se convirtió en una gran montaña que llenó toda la tierra.

36 Éste fue el sueño; ahora se lo interpretaremos al rey.

37 Tú, majestad, rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha dado imperio, poder, fuerza y gloria,

38 en cuyas manos ha dejado todos los hombres, las bestias del campo y los pájaros del cielo, y a quien ha dado dominio sobre todo ello, tú eres la cabeza de oro.

39 Después de ti surgirá otro reino, inferior al tuyo, y luego un tercer reino de bronce, que dominará sobre toda la tierra.

40 Y por fin un cuarto reino, fuerte como el hierro; lo mismo que el hierro destroza y pulveriza todo, así ese reino destrozará y pulverizará a todos los demás.

41 Viste que los pies y los dedos eran parte de arcilla y parte de hierro; eso significa que será un reino dividido: en cierto modo, tendrá la solidez del hierro, pues, aunque mezclado con arcilla, viste hierro.

42 En cuanto a los dedos de los pies, que eran parte de hierro y parte de arcilla, significa que el reino será fuerte y frágil a la vez.

43 Viste el hierro mezclado con la arcilla, y eso significa que distintos linajes se mezclarán entre sí, pero sin llegar a fundirse, del mismo modo que el hierro y la arcilla no pueden fundirse.

44 En tiempo de estos reyes, el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido y cuya soberanía no pasará a otro pueblo. Pulverizará

y aniquilará a todos los otros y él mismo subsistirá por siempre;

45 eso significa la piedra que viste desprenderse del monte, sin intervención de mano alguna y que pulverizó hierro, bronce, arcilla, plata y oro. El gran Dios ha revelado al rey los acontecimientos del futuro. El sueño es verdadero, y su interpretación es fidedigna.

 

       *• Daniel, consejero del rey e intérprete de sueños, se ofrece para explicar al rey un sueño en el que habían fracasado todos los adivinos del reino: Daniel sabe que la revelación del misterio le vendrá de Dios (v. 28). Nabucodonosor pone a prueba a los sabios pidiéndoles que adivinen su sueño antes de explicarlo; ninguno lo consigue, salvo Daniel. Es la visión de una estatua construida con materiales diversos: oro, plata, bronce, hierro y arcilla. Se desprende una piedra desde un monte y se precipita contra los pies de la estatua, pulverizándola. La enorme estatua se hunde y se hace añicos, mientras que la piedra se convierte en un monte que llena la tierra (w. 31-35).

       Sigue la explicación del sueño, o sea, la sucesión de cuatro reinos después de Nabucodonosor. Cada uno de ellos suplantará al anterior, en una progresiva decadencia hasta el último, debilitado por la amalgama imperfecta de hierro y arcilla (w. 36-43). Surgirá entonces, por obra de Dios, un reino eterno que aniquilará a los otros, un reino simbolizado por la piedra. Es posible que el autor piense en la disgregación del imperio de Alejandro Magno en los reinos de sus sucesores; se afirma el señorío eterno de Dios, que pone término a todo dominio humano con la imagen escatológica de la unificación mundial.

 

Evangelio: Lucas 21,5-11

En aquel tiempo,

5 al oír a algunos que hablaban sobre la belleza de las piedras y exvotos que adornaban el templo, dijo:

6 -Vendrá un día en el que todo eso que veis quedará totalmente destruido; no quedará piedra sobre piedra.

7 Entonces le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?

8 Él contestó: -Estad atentos, para que no os engañen. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy, ha llegado la hora». No vayáis detrás de ellos.

9 Y cuando oigáis hablar de guerras y de revueltas, no os asustéis, porque es preciso que eso suceda antes, pero el fin no vendrá inmediatamente.

10 Les dijo además: -Se levantará nación contra nación y reino contra reino.

11 Habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambres, pestes, apariciones terroríficas y grandes portentos en el cielo.

 

       *»• Es el comienzo del «discurso escatológico» del evangelio de Lucas. Jesús se encuentra en el templo, donde enseña públicamente, y ha tenido ya algunas disputas con los maestros de la Ley y con los saduceos. Su discurso se apoya precisamente en la admiración que le produce la belleza del templo (v. 5). La predicción es drástica y fulminante: «Vendrá un día...» (v. 6), hasta tal punto que provoca en sus oyentes la inmediata petición de signos premonitorios (v. 7). La respuesta de Jesús pone primero en guardia contra los falsos signos que pueden inducir a engaño a los discípulos (w. 8-11) y, a continuación, predice la persecución como signo inequívoco (w. 12-19). «Estad atentos, para que no os engañen» (v. 8): se trata de un verbo típico de la terminología apocalíptica. Son muchos, en electo, los que hablarán en nombre de Jesús, pero lo harán en falso; por eso las guerras y revoluciones no deberán asustar a los discípulos (v. 9a).

       Lucas escribe en una época en la que el «retraso de la parusía» supone ya un problema para la comunidad, que padece persecuciones y desgracias, pero no sabe cuándo vendrá el fin: de ahí que sea necesario reforzar la paciencia y la esperanza y tranquilizar respecto al cumplimiento del futuro. Todo esto, dice Jesús, deberá sucede antes del fin, pero el fin no «vendrá inmediatamente» (v. 9b). La descripción de los acontecimientos que precederán al fin es incluso detallada (w. lOss), para hacer entrever la posibilidad de un tiempo intermedio (el tiempo de la Iglesia) muy largo, en el que la comunidad deberá perseverar en el testimonio.

 

MEDITATIO

       Las visiones apocalípticas tienen siempre una fuerte carga simbólica. Es menester ir más allá de las imágenes coloridas para captar su sentido. Jesús nos invita a no quedarnos en las apariencias: por muy grandioso y espléndido que sea el templo, no quedará piedra sobre piedra de él. La enorme estatua aparecida en el sueño de Nabucodonosor se hace añicos, golpeada por una piedra pequeña. No siempre los signos resultan de fácil lectura; es más, también sobre esto nos pone en guardia Jesús.

       Quisiéramos saber siempre por anticipado lo que nos espera, y nos sentimos aterrorizados por los «profetas de mal agüero», como los llamaba el papa Juan XXIII. Jesús nos tranquiliza, pero sin permitirnos que nos hagamos ilusiones: habrá, es cierto, trastornos y desastres, pero el futuro está en manos del Señor y debemos confiarnos con sencillez a él. También el libro de Daniel, con sus descripciones de prodigios tremendos, resulta tranquilizador: la estatua se derrumbará y con ella desaparecerán los reinos de la tierra; la piedra pequeña simboliza el Reino eterno de Dios, preparado desde siempre para los justos. No hay ningún motivo para tener miedo.

 

ORATIO

       Señor, tengo miedo.

       Me gustaría parecer desinhibido y moderno y sonreír ante las terribles previsiones apocalípticas, como si fueran fábulas de otros tiempos. Sin embargo, tengo miedo del mañana, tengo miedo del sufrimiento, tengo miedo de lo que no conozco.

       También me gustaría preguntarte cuándo tendrá lugar todo esto, pero no me atrevo a hacerlo. Concédeme, Señor, unos ojos puros y un corazón sencillo, para que sepa situar cada cosa bajo el juicio de la Palabra y para que sepa leer los signos de los tiempos. Me gustaría pedirte que me ahorraras las calamidades de las que hablas.

       Me gustaría pedirte que alejaras de la tierra las guerras, las destrucciones, las carestías, las pestilencias. Hazme comprender, Señor, por qué es necesario que todo esto tenga lugar. Sostenme, Señor, para que la fe que me has dado me ayude a vencer el miedo.

 

CONTEMPLATIO

       Tiende, oh Padre, una vez más tus manos para acoger al pobre. Ensancha tu seno para acoger en él a un número mayor. Nosotros iremos junto a los que reposan en el Reino de Dios, junto con Abrahán, Isaac y Jacob [...].

       Iremos al lugar donde se encuentra el paraíso de las delicias, allí donde Adán, que tropezó con los bandidos, ya no tiene ninguna razón para llorar por sus heridas, allí donde el mismo ladrón se alegra por haber entrado a formar parte del Reino de los Cielos, allí donde no hay nubes ni truenos ni relámpagos, allí donde no hay tempestades de vientos, ni tinieblas, ni sombras, donde ni el verano ni el invierno cambiarán el curso de las estaciones; allí donde no hará frío, ni granizo o lluvia, ni habrá necesidad de este sol o de esta luna, ni habrá los globos de las estrellas, sino que sólo brillará el fulgor de la gloria de Dios, pues el Señor será la luz de todos, y la luz verdadera que ilumina a cada hombre resplandecerá sobre todos. Iremos al lugar donde el Señor Jesús ha preparado a sus siervos muchas moradas (Ambrosio de Milán, Tratado sobre el bien de la muerte, XII, 53, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Dios del cielo hará surgir un Reino que jamás será destruido» (Dn 2,44).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Durante la persecución que la Iglesia católica vietnamita sufrió durante muchos siglos, nuestra Señora no quiso ser indiferente a esta situación siendo, como es, nuestra mayor intercesora por lo que, en este contexto de gran sufrimiento Ntra Sra de La Vang vino al pueblo de Vietnam. El nombre La Vang se cree se origina por el nombre de una remota foresta en la región central de Vietnam (ahora conocida como Ciudad de Quang Tri) donde abunda un tipo de árbol que lleva el nombre: La' Vang. También se dice que su nombre viene de la palabra vietnamita que significa "Súplica", por los desesperados gritos de auxilio de ese pueblo católico en persecución. 

        La primera aparición de Ntra Sra de La Vang fue conocida en 1798, cuando la persecución de los vietnamitas católicos comenzó. Muchos católicos del cercano pueblo de Quang Tri buscaron refugio en las profundidades de la foresta de La Vang. Un gran número de estas gentes sufrieron del frío, del acecho de las bestias salvajes, enfermedades de la selva y hambruna. Por las noches se congregaban en pequeños grupos para rezar el Santo Rosario y para orar. Inesperadamente, una noche fueron visitados por la aparición de una bella Señora que vestía un largo manto, sostenía un niño en sus brazos y tenía dos ángeles a su lado. Reconocieron a la Señora como a Nuestra Santísima Madre. 

        Nuestra Santísima Madre los confortó y les enseño como hervir las hojas de los árboles a su alrededor para usarlos como medicina. También les dijo que desde ese día en adelante, todo aquel que viniese a ese lugar para orar, sus oraciones serían escuchadas. Esto tomó lugar en un área de prado cerca de unviejo árbol baniano donde los refugiados oraban. Todos los presentes testimoniaron el milagro. Después de esta aparición, la Santísima Madre continuó apareciéndosele muchas veces a los fieles en el mismo lugar por casi un siglo de persecución religiosa. Entre los muchos grupos de católicos vietnamitas que fueron quemados vivos por su fe se encuentra un grupo de 30 fieles que fueron apresados después de salir de su refugio en la foresta de La Vang. Haciendo caso a su súplica fueron llevados a la pequeña capilla de La Vang donde fueron inmolados. La Vang es así tierra de mártires.

        Desde el tiempo en que Ntra. Sra. de La Vang apareció por primera vez, el pueblo que tomó refugio allí levantó una pequeña y desolada capilla en su honor. Durante los años siguientes, su nombre se esparció entre la gente de la región y otros lugares. A pesar de su retirada localidad en las altas montañas, grupos de fieles entraban en las profundidades y los peligros de la selva para honrar a Ntra. Sra. de La Vang. Al principio peregrinos iban con hachas, lanzas, cañas y tambores para ahuyentar a las bestias salvajes. Mas tarde eran mas visibles los estandartes, flores y rosarios. Las peregrinaciones sucedían todos los años a pesar de la continua campaña de persecución.

        En 1886, después que la persecución oficialmente cesó, el obispo Gaspar ordenó edificar una iglesia en honor a Ntra. Sra. de La Vang. A consecuencia de su remota localidad y la limitación de fondos tomó 15 años en completar la iglesia de La Vang. Fue inaugurada por el obispo Gaspar en una ceremonia solemne donde participaron más de 12,000 personas y duró desde agosto 6 a agosto 8 de 1901. El obispo proclamó a Ntra. Sra. de La Vang como Protectora de los Católicos.

 

 

Día 25

Miércoles de la 34ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28

1 El rey Baltasar celebró un gran banquete en honor de sus dignatarios, que eran unos mil, y en el decurso del banquete se sirvió vino en abundancia.

2 Excitado por el vino, mandó traer las copas de oro y plata que su padre, Nabucodonosor, se había llevado del templo de Jerusalén, para que bebieran en ellas el rey, sus dignatarios, sus mujeres y sus concubinas.

3 Se trajeron las copas de oro y plata arrebatadas al templo, es decir, a la casa de Dios en Jerusalén, y el rey, sus dignatarios, sus mujeres y sus concubinas bebieron en ellas.

4 Bebían vino y alababan a sus dioses de oro y plata, bronce, hierro, madera y piedra.

5 En aquel momento aparecieron, frente al candelabro de la sala, unos dedos de mano humana que escribían sobre el revoque de la pared del palacio real. El rey, al ver la mano que escribía,

6 cambió de color, se le turbó la mente, le fallaron las articulaciones de sus caderas, y sus rodillas entrechocaban una con otra.

13 Daniel fue introducido en la presencia del rey, el cual le preguntó: -¿Así que tú eres Daniel, uno de los judíos que mi padre, el rey, trajo cautivos de Judea?

14 He oído decir que posees una inspiración divina, que tienes clarividencia, una inteligencia y una sabiduría superiores.

16 He oído decir que tú puedes dar interpretaciones y resolver problemas. Así pues, si consigues leer e interpretarme lo escrito, serás vestido de púrpura, llevarás al cuello un collar de oro y serás el tercero en el reino.

17 Daniel tomó la palabra y respondió al rey: -Guarda tus regalos y da tus obsequios a otro; en cualquier caso leeré e interpretaré para el rey lo escrito.

18 Te has alzado contra el Señor del cielo. Has mandado traer las copas de su templo, y tú, tus dignatarios, tus mujeres y concubinas habéis bebido en ellas. Has dado alabanza a los dioses de oro, plata, bronce, hierro, madera y piedra, que ni ven ni oyen ni saben nada, y no has glorificado al Dios que tiene en sus manos tu vida y tus caminos.

23 Por eso él envió la mano que escribió esas palabras.

24 Lo escrito es: mene, tequel y peres.

25  Y ésta es la interpretación: Mene, es decir, «contado»: Dios ha contado los días de tu reinado y ha señalado un límite.

26 Tequel, es decir, «pesado»: has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso.

28 Peres, es decir, «dividido»: tu reino ha sido dividido y entregado a los medos y a los persas.

 

       *• Baltasar, señalado como hijo y sucesor de Nabucodonosor, no es una figura histórica. El relato tiene el desarrollo de una parábola. El rey da un banquete y ordena poner en la mesa las copas sagradas que Nabucodonosor había llevado de Jerusalén a Babilonia. La profanación de las copas sagradas, en las que beben el rey y sus invitados, provoca un prodigio que siembra el terror en la sala del banquete: una mano misteriosa escribe en la pared unas palabras incomprensibles (w. 1-6).

       Como sucediera con el sueño de Nabucodonosor, nadie está en condiciones de explicar el prodigio hasta que la reina sugiere llamar a Daniel. El rey reconoce la sabiduría del judío deportado (w. 13ss) y le promete una recompensa (v. 16). Sin embargo, Daniel no ejerce su poder de adivinación, que le viene de Dios, por amor a recompensas (v. 17). El sabio, recorriendo la historia del reino, muestra las consecuencias de la arrogancia y del sacrilegio del que el rey es culpable. El pecado de Baltasar consiste en haberse opuesto al Señor del cielo y haber adorado a los ídolos (v. 23). Por eso Dios ha pronunciado su juicio, un juicio que Daniel interpreta de este modo: el señorío de Baltasar acabará, su poder ya no tiene peso, su reino será dado a otros.

 

Evangelio: Lucas 21,12-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

12 Os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y a las cárceles y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por  causa de mi nombre.

13 Esto os servirá para dar testimonio.

14 Haceos el propósito de no preocuparos por vuestra defensa,

15 porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a los que no podrá resistir ni contradecir ninguno de vuestros adversarios.

16 Seréis entregados incluso por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos, y a algunos de vosotros os matarán.

17 Todos os odiarán por mi causa,

18 pero ni un cabello de vuestra cabeza se perderá.

19 Si os mantenéis firmes, conseguiréis salvar vuestras almas.

 

       **• El segundo de los «signos premonitorios» que precederán al fin es la persecución: también ésta es ya una realidad cuando Lucas escribe su evangelio. Antes que todo lo demás, antes de los cataclismos y de las guerras, los discípulos serán detenidos y llevados a juicio «por causa» del nombre de Jesús (v. 12). Esto les proporcionará, dice Jesús por medio de Lucas, la ocasión de dar testimonio (v. 13): es una lectura positiva de la persecución.

       Lucas dirige a los discípulos desorientados, que no saben cómo defenderse (v. 14), un mensaje de esperanza; más aún, les transmite la certeza de la victoria: Jesús mismo les dará el lenguaje y la sabiduría necesarios para contradecir las acusaciones (v. 15). El contraste entre el v. 12 y el v. 15 es paralelo al que se da entre los w. 16ss y los w. 18ss: a pesar de las traiciones, del odio y del aislamiento, «ni un cabello de vuestra cabeza se perderá», y las «almas» (psychás, las «vidas») de los discípulos se salvarán.

 

MEDITATIO

       El lenguaje imaginativo y fuertemente evocador de los textos apocalípticos infunde terror; sin embargo, su mensaje es de esperanza. Las persecuciones, los abandonos y las traiciones no podrán nada contra quien se confía con sencillez al Señor. Los días del adversario están contados, dice Daniel; yo os daré lenguaje y sabiduría, dice Jesús, para reanimar los corazones desconcertados de los discípulos.

       La Escritura no guarda silencio sobre las pruebas que pondrán en peligro la vida de los testigos, no se muestra engañosa o falsamente consoladora. Cuanto más vivo y realista es el cuadro de la catástrofe, tanto más resalta la firmeza de la fe: palidece de terror el arrogante Baltasar mientras resuenan seguras las palabras de Daniel: «Dios ha contado los días de tu reinado y ha señalado un límite».

 

ORATIO

       Señor, haz que no se turbe mi corazón, que no tiemble cuando se me pida que dé cuenta de mi fe. Me falta el valor, no sé hablar, mi mente está confusa. Necesito la confortación de los otros, no soporto estar abandonado y solo.

       Perdóname, Señor, pero también estoy atormentado por la duda: «Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá».

       Perdóname, Señor, pero tengo miedo de que sea sólo una piadosa ilusión.

       Sólo tú puedes darme fuerza, Señor. Sólo tú puedes darme la fe, volver a dar esperanza a mi ánimo marchito.

       Sólo tú puedes darme «lenguaje y sabiduría» para resistir los ataques de tus adversarios y de los míos.

       Gracias, Señor, por no haberlo dejado todo sobre mis frágiles espaldas. Gracias porque precisamente mi fragilidad prueba que sólo en ti hay vida y salvación.

 

CONTEMPLATIO

       Sedme fieles. No temáis: maestros de la Ley y fariseos, autoridades y poderosos serán vuestros enemigos. Pareceréis abandonados -en realidad, estaréis seguros-. ¿Dónde?  En lo más seguro que el Señor ha ofrecido: en la Providencia. Ya hemos visto una vez lo que significa Providencia: no es el orden de la naturaleza, que se impone de por sí, sino el que el Padre establece en el hombre, que se le da por fe, siempre que el hombre reconozca a Dios como su Padre, se confíe a él y se tome a pecho, como ninguna otra cosa, el celo por su Reino.

       De este modo, los apóstoles no se espantarán frente a la persecución, porque estarán protegidos, y aunque tuvieran que perecer, ni siquiera entonces temerán, pues estarán convencidos de que lo que cuenta es inviolable.

       Quien los mate matará sólo el cuerpo; no pueden perjudicar al alma, pues está recogida en la fe de Jesús.

       También al alma le llega la hora de decidir entre la vida y la muerte: ante Dios, en el tribunal supremo. Dios la puede lanzar a la muerte eterna. Esto es lo único que deben temer los discípulos. Pero si han optado por Jesús, están vivos ante Dios y gozan de la vida eterna. La decisión mediante la que alguien se pone de parte de Jesús se lleva a cabo en lo exiguo de un instante, pero funda la eternidad [...].

       ¿Cómo debe comportarse, entonces, el hombre? Concentrando el espíritu en lo que dura eternamente y dejando que las cosas caducas pasen su tiempo. En Dios, no en el tiempo, debe estar su posesión. Ahora bien, esto sólo es posible cuando se tiene fe en Cristo. Entonces el hombre, viviendo de esta fe, puede obtener frutos de inmortalidad en las mismas cosas terrenas (R. Guardini, II Si^nore, Milán, 1949, pp. 222-224, passim [edición española: El Señor, Rialp, Madrid 1964]).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo os daré lenguaje y sabiduría» (Lc 21,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Frente a la pérdida del sentido, los creyentes están llamados sobre todo a poner a Cristo en el centro, calificándose como discípulos suyos, apasionados por su verdad, lo único que libera y salva. «Ven y Sígueme» es la llamada que resuena hoy más que nunca para los creyentes, porque hoy más que nunca es menester decir con la vida que hay razones para vivir y para vivir juntos, y que estas razones no están en nosotros mismos, sino en ese último horizonte que la fe nos hace reconocer como revelado y dado en Jesucristo. Se trata de redescubrir el primado de Dios en la fe y, por consiguiente, el primado de la dimensión contemplativa de la vida, entendida como fiel unión a Cristo en Dios, manteniendo el corazón atento al horizonte último que se nos ofrece en él. Tenemos necesidad de cristianos adultos, convencidos de su fe, expertos en la vida según el Espíritu, dispuestos a dar razón de su esperanza. En este sentido, la caridad más grande que se pide hoy a los discípulos del Crucificado resucitado es ser, con su vida, discípulos y testigos de aquel que es el verdadero sentido que no defrauda, la verdad que salva. En segundo lugar, los cristianos están llamados, hoy más que nunca, a hacerse siervos por amor, viviendo el éxodo de sí mismos sin retorno, siguiendo al Abandonado, construyendo el camino en comunión, mostrándose solidarios especialmente con los más débiles y los más pobres de sus compañeros de camino. Si Cristo está en el centro de nuestra vida y de la vida de toda la Iglesia, si él es aquel al que estamos suspendidos, atados a su cruz, iluminados por su resurrección, entonces no podemos considerarnos fuera de la historia de sufrimiento y lágrimas a la que él ha venido y donde ha hincado su cruz, para extender en ella el poder de su victoria pascual. Los discípulos de la verdad que salva no están nunca solos; están con él, al servicio del prójimo, viviendo así en la compañía del Dios con nosotros (B. Forte, // laici nella Chiesa e nella societá avile, Cásale Monf. 2000, pp. 77-79, passim).

 

 

Día 26

Jueves de la 34ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 6,12-28

En aquellos días,

12 unos hombres hostiles entraron de repente y sorprendieron a Daniel orando e invocando a su Dios.

13 Inmediatamente se presentaron al rey y le recordaron el decreto real: -¿No has firmado una prohibición según la cual todo aquel que en el espacio de treinta días dirija una oración a cualquier dios u hombre, fuera de ti, majestad, será arrojado al foso de los leones? Respondió el rey: -Sí, así está establecido, según la ley de medos y persas, que es irrevocable.

14 Ellos replicaron: -Pues Daniel, ese deportado judío, no te respeta a ti ni a la prohibición que has firmado, sino que tres veces al día hace su oración.

15 Al oír esto, el rey se disgustó sobremanera y se propuso salvar a Daniel; hasta la puesta del sol estuvo buscando el modo de librarlo.

16 Pero aquellos hombres de nuevo acudieron al rey en tropel y le dijeron:

-Recuerda, rey, que, según la ley de medos y persas, ninguna prohibición o edicto dado por el rey puede ser revocado.

17  Entonces el rey ordenó traer a Daniel y arrojarlo al foso de los leones. El rey dijo a Daniel: -¡Que tu Dios, a quien sirves tan fielmente, te salve!

18 Trajeron una piedra, la colocaron en la boca del foso y el rey la selló con su anillo y con el de sus dignatarios, para que no se cambiara la sentencia dada contra Daniel.

19 El rey regresó a su palacio y no quiso comer ni admitir concubinas en toda la noche, ni pudo conciliar el sueño.

20 Al rayar el alba, el rey se levantó y fue a toda prisa al foso de los leones.

21 Al llegar junto a él, llamó a Daniel con voz angustiada: -Daniel, siervo de Dios vivo, ¿ha podido tu Dios, a quien sirves con tanta fidelidad, librarte de los leones?

22 Daniel respondió al rey: -¡Que el rey viva para siempre!

23 Mi Dios ha mandado a su ángel, que ha cerrado las fauces de los leones, y no me han hecho ningún daño, porque Dios sabe que soy inocente, y tampoco he hecho nada malo contra el rey.

24 Entonces el rey se alegró mucho y mandó sacar a Daniel del foso. Sacaron a Daniel y no tenía ni siquiera un rasguño, porque había confiado en su Dios.

25 Por orden del rey, fueron traídos y arrojados al foso de los leones los hombres que habían calumniado a Daniel, sus mujeres y sus hijos. Y aún no habían tocado el fondo del foso, cuando los leones se abalanzaron sobre ellos y trituraron todos sus huesos.

26 Entonces el rey Darío escribió a las gentes de todos los pueblos, naciones y lenguas que pueblan la tierra: -Que vuestra paz crezca sin cesar.

27 Ordeno que en todo mi imperio sea respetado y temido el Dios de Daniel, porque él es el Dios vivo que subsiste por siempre; su reino no será destruido y su imperio no tendrá fin.

28 El es quien libra y quien salva; el que realiza prodigios y signos maravillosos en el cielo y en la tierra; él ha salvado a Daniel de las garras de los leones.

 

       *•• El célebre episodio del foso de los leones muestra, una vez más, la figura ejemplar de Daniel, que, a pesar de la prohibición del rey, sigue orando al Señor. Sus enemigos le espían y le denuncian al rey (w. 12-14). El rey Darío queda entristecido, pero no puede salvar a Daniel, porque los decretos reales son irrevocables (y precisamente con esto contaban los autores de la denuncia: w. 15ss). Por consiguiente, el héroe es echado, como en las fábulas, en el foso, un foso que el mismo rey sella para evitar cualquier irregularidad, pero deseando que el Dios de Daniel intervenga para salvarle y hasta orando con su ayuno (w. 17-19).

       A la mañana siguiente, el rey se muestra ansioso por conocer el destino de Daniel y éste le responde desde el foso (w. 20-23). La fábula concluye, del modo más tradicional, con la liberación del héroe y el castigo de sus enemigos, que son descuartizados por los leones (w. 24ss).

       El acontecimiento queda sellado por el nuevo decreto del rey, que proclama por todo su reino el culto al Dios de Daniel (w. 26-28). Es el triunfo del monoteísmo de Israel sobre las naciones paganas, que acaban reconociendo, por sus prodigios, al Dios vivo.

 

Evangelio: Lucas 21,20-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

20 Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed que se acerca su devastación.

21 Entonces los que estén en Judea que huyan a los montes; los que estén dentro de la ciudad que se alejen, y los que estén en el campo que no entren en la ciudad.

22 Porque son días de venganza en los que se cumplirá todo lo que está escrito.

23 ¡Ay de las que estén encintas y criando en aquellos días! Porque habrá gran tribulación en la tierra y el castigo vendrá sobre este pueblo.

24 Caerán al filo de la espada e irán cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que llegue el tiempo señalado.

25 Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos, asustados por el estruendo del mar y de sus olas.

26 Los hombres se morirán de miedo al ver esa conmoción del universo, pues las potencias del cielo quedarán violentamente sacudidas.

27 Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y gloria.

28 Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.

 

       *+• La caída de Jerusalén es una clásica profecía ex eventu: sabemos que Lucas escribe después del año 70 d. de C. La descripción, con fuertes tonos apocalípticos, recurre al lenguaje de los profetas y presenta un cuadro terrible de los acontecimientos que se producirán cuando se cumpla el juicio sobre la ciudad santa («días de venganza»: v. 22).

       La desolación golpeará sobre todo allí donde se opone a los signos de vida (las mujeres encintas, los niños de pecho); el destino de muerte atravesará los mismos confines del pueblo de Israel para golpear a los gentiles (v. 24a), «hasta que llegue el tiempo señalado», esto es, el tiempo de la Iglesia de los testigos y de los mártires (v. 24b).

       Los acontecimientos cósmicos se reflejan en la angustia de todas las naciones (v. 25) y en el temor de lo que está por llegar (v. 26). La inspiración universal de este lenguaje, que engloba a toda la creación, aleja la determinación del tiempo preciso en el que todo esto sucederá, y, de este modo, Lucas puede introducir el acontecimiento decisivo, cuyo momento no puede ser conocido: la venida del Hijo del hombre, juicio para algunos, liberación para los creyentes (w. 27ss).

 

MEDITATIO

       Parece que los enemigos de Daniel van a triunfar sobre él, pues provocan su condena, a pesar de la benevolencia del rey. Jerusalén está destruida, y exterminada la población de Judea, aunque se trate de la ciudad santa. Sin embargo, precisamente en lo profundo de estas espantosas desventuras, se invierten las suertes: los leones que han respetado a Daniel devoran a sus adversarios, y, mientras los hombres mueren de miedo, los discípulos de Jesús levantan la cabeza, porque está cerca su liberación.

       No olvidemos que tanto el autor del libro de Daniel como el evangelista Lucas escribieron estas páginas en tiempos de persecución, en unos tiempos en los que la solución positiva y el fin de las tribulaciones se presentaban inciertos y lejanos. Los w. 21-24 del capítulo 21 de Lucas no son fruto de la fantasía, sino más bien un artículo de corresponsal de guerra que describe lo que sucede ante sus ojos. Dejaríamos de llorar por nosotros a causa de nuestras dificultades cotidianas si tuviéramos sólo una brizna de la fe atestiguada por las lecturas de hoy.

 

ORATIO

       Señor, tu Palabra me hace temblar hoy. Estoy entre los perseguidos que huyen a los montes, abandonando la ciudad, aterrorizados por signos celestes y por el estruendo del mar. Huyo porque ahora cae la «ciudad santa» que me daba refugio: la piedad tradicional en la que he crecido ya no me basta, ya no encuentro respuestas a mis dudas.

       Ayúdame, Señor, a leer tu voluntad incluso dentro de estas calamidades. Ayúdame a hacerles frente con un corazón sereno, como Daniel a los leones: si tú estás conmigo, no me descuartizarán. Ayúdame a mirar más allá de los cielos descompuestos: si tú estas conmigo, mis ojos verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes y me darás la fuerza necesaria para levantar la cabeza.

 

CONTEMPLATIO

       En todo el mundo visible está inscrito el misterio del tránsito. El misterio de la muerte. Nadie duda de que las cosas de aquí abajo padecen la destrucción y que, de este modo, pasa el mundo visible. Nadie duda de que el hombre muere en este mundo - y de este modo pasa el hombre-. A través del pasar del mundo, a través de la muerte del hombre, se revela Dios, aquel que no pasa. Él no está sometido al tiempo. Es eterno. Es aquel que al mismo tiempo «es, era y viene» (cf. Ap 1,8). Aquel que es totalmente trascendente respecto al mundo, como Espíritu infinito, abarca al mismo tiempo todo lo que ha sido creado y todo lo que respira: «En él, en efecto, vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28).

       Por consiguiente, no está sólo fuera del mundo, no está sólo en su inescrutable divinidad. Está al mismo tiempo en el mundo. El mundo está penetrado por su presencia. Y esa presencia habla siempre de su venida. De su venir. Así pues, Dios, como Creador y Señor del mundo, viene eternamente a este mundo, al que ha llamado de la nada a la existencia.

       Siempre vivimos en espera «de lo que deberá suceder sobre la tierra», como dice Cristo en el evangelio. Pues bien, Dios no está sólo «fuera del mundo». Entra en el destino del hombre sobre la tierra. Los hombres le verán como «Hijo del hombre» (Lc 21,27). «Redención» significa, precisamente, la presencia del Justo en medio de los pecadores. «Alcemos y levantemos la cabeza»: en efecto, en esta venida del Justo se encierra «nuestra salvación». La historia del hombre sobre la tierra no es sólo el tránsito hacia la muerte; es, sobre todo, una maduración para la vida en Dios (Juan Pablo II, Homilías, 1 de diciembre de 1985).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Esperar es mucho más que desear, pero nosotros confundimos a menudo lo uno con lo otro. Esperar es aguardar lo que la fe nos hace conocer: se trata, a buen seguro, de cosas oscuras, aunque incomparablemente más plenas. Esperar es aguardar con una confianza ilimitada lo que no conocemos, pero de parte de aquel cuyo amor sí conocemos. Recibimos en la misma medida con la que esperamos. Esperar así es amar, amar con amor de caridad a Dios y a los otros, porque es hacer nuestras las «ideas» de Dios sobre él y sobre lo que cada uno debe recibir de él. O esperar o actuar, según las circunstancias... En ambos casos nos pide el Señor radicalismo, esto es, o esperar a fondo o actuar a rondo. Esperar lo que no depende de nosotros es una buena ocasión para poner en Dios una confianza sin fisura.

       Cuando debemos intervenir en algo que verdaderamente supera nuestras posibilidades, es preciso confiarlo a Dios. Y confiarlo a Dios significa fiarse de él. Para que esta confianza sea real, efectivamente buena, no debemos dejar sitio en nosotros a la inquietud. Lo que el Señor nos pide es creerle Dios, esperar en él, porque él es tan poderoso como Dios. Esperar, de bruces sobre la tierra, inmóviles. Pero esperar con una esperanza vital, indestructible (M. Delbrél, Inaivisibile amore, Cásale Moni. 1994, pp. 77-79, passim).

 

Día 27

Viernes de la 34ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 7,2-14

2 Yo, Daniel, en mi visión nocturna pude ver cómo los cuatro vientos del cielo agitaban el inmenso mar

3 y cómo cuatro bestias gigantescas, diferentes una de otra, salían del mar.

4 La primera era como un león y tenía alas de águila. Mientras yo miraba, le arrancaron las alas, se alzó sobre el suelo, irguiéndose sobre sus dos patas como un hombre, y se le dotó de mente humana.

5 En esto, apareció una segunda bestia, semejante a un oso; se erguía sobre uno de sus costados, llevaba entre las fauces tres costillas y una voz le decía: «¡Anda, levántate, devora toda la carne que puedas!»

6 Después vi otra bestia, como un leopardo, con cuatro alas de ave en su dorso y cuatro cabezas; a ésta se le dio el poder.

7 Vi todavía en mis visiones nocturnas una cuarta bestia; era terrible, espantosa y muy fuerte. Tenía grandes dientes de hierro, lo devoraba y trituraba todo, y con sus pezuñas pateaba las sobras; era diferente de todas las bestias anteriores y tenía diez cuernos.

8 Estaba yo observando los cuernos cuando entre ellos despuntó otro cuerno pequeño; para hacerle sitio hubieron de ser arrancados tres de los diez cuernos anteriores. Y vi que este pequeño cuerno tenía ojos como los de un ser humano y una boca que profería insolencias.

9 Mientras yo continuaba observando, alguien colocó unos tronos y un anciano se sentó. Sus vestiduras eran blancas como la nieve y sus cabellos como lana pura; su trono eran llamas; sus ruedas, un luego ardiente;

10 fluía un río de fuego que salía de delante de él; miles de millares lo servían y miríadas de miríadas estaban de pie ante él. El tribunal se sentó y se abrieron los libros.

11 Estaba yo fascinado por las insolencias que profería aquel cuerno, cuando vi que mataron a la bestia, destrozaron su cuerpo y lo arrojaron a las llamas ardientes.

12 A las otras bestias se les quitó también el dominio, y sólo hasta un determinado momento se les permitió seguir con vida.

13 Seguía yo contemplando estas visiones nocturnas y vi venir sobre las nubes alguien semejante a un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y fue conducido por él.

14 Se le dio poder, gloria y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su reino jamás será destruido.

 

       *•• La visión de Daniel forma parte del género literario apocalíptico. La revelación por medio de sueños es frecuente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

       Daniel describe con una dramática viveza el mar agitado y las cuatro bestias, monstruos terribles, que emergen de él. El mar tiene aquí un valor negativo: simboliza el caos primordial o el conjunto de las fuerzas que se oponen a Dios y a sus justos. También las bestias (el cuatro indica totalidad) representan las fuerzas enemigas o los reinos paganos, que, a pesar de su arrogancia, son simples instrumentos de los que se sirve Dios para llevar a cabo sus juicios. En las bestias podemos identificar el reino de Babilonia, el de los medos, el de los persas y, por último, en la cuarta y más terrible, el de los seléucidas de Siria. Siria se asimilaba antiguamente con Asiría, y aquí, en la visión de los diez cuernos (símbolo de poder) y del cuerno más pequeño y más arrogante, se superpone en la de Antíoco IV la imagen de Asur.

       La visión continúa ahora como una teofanía: aparece una especie de tribunal celestial presidido por un anciano con vestiduras blancas sobre un trono de fuego. La imagen del trono móvil provisto de ruedas remite a Ezequiel. La muchedumbre de los que sirven al anciano es innumerable, se abren los libros del juicio y matan a la cuarta bestia, mientras que a las otras se les deja, misteriosamente, un tiempo limitado de vida: el mal amenaza todavía a los fieles, pero su fin está marcado. La visión teofánica culmina con la aparición del Hijo del hombre, figura mesiánica a la que se entrega el señorío eterno sobre todos los pueblos y las naciones.

 

Evangelio: Lucas 21,29-33

En aquel tiempo,

29 puso Jesús también a sus discípulos esta comparación: -Mirad la higuera y los demás árboles.

30 Cuando veis que echan brotes, os dais cuenta de que está próximo el verano.

31 Así también vosotros, cuando veáis realizarse estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca.

32 Os aseguro que no pasará esta generación antes de que todo esto suceda.

32 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

 

       *»• «¿Cuándo sucederá todo esto?», preguntan los discípulos (21,7). Jesús se toma las cosas con calma, y casi parece querer evitar una respuesta directa; por último, proporciona un criterio muy simple, tomado de la experiencia.

       Una brevísima comparación o parábola en tres versículos relaciona la sabiduría campesina, que reconoce en los fenómenos naturales la llegada de las estaciones (w. 29ss), con la venida del Reino preanunciado por los fenómenos cósmicos que acaba de describir. Lo que cuenta para Lucas no es la previsión exacta de los tiempos, sino la proximidad del Reino (y de la liberación: cf. v. 28): el Reino está cerca, ya está incluso en medio de nosotros.

       La afirmación «os aseguro que no pasará esta generación antes que de todo esto suceda» (v. 32) se refiere, probablemente, a la caída de Jerusalén, de la que tanto Lucas como su comunidad ya han tenido experiencia; sin embargo, paradójicamente, también resulta verdadera aplicada a los acontecimientos escatológicos, porque la medida del tiempo resulta secundaria respecto al deber de la vigilancia y al valor eterno de la Palabra de Jesús (v. 33). La preocupación por conocer de manera anticipada lo que sucederá y cuándo tendrá lugar queda vaciada de sentido: responder a la llamada y adherirse a la Palabra introduce ahora y de inmediato al cristiano en la realidad nueva del Reino.

 

MEDITATIO

       Es sencillo comprender cuándo será el fin del mundo, nos dice Jesús con ironía. Basta con observar cuándo germina la higuera para saber que el verano está cerca.

       Es algo natural, algo que se repite todos los años, algo por lo que el campesino experto no se deja sorprender. No pasará nuestra generación antes de que tenga lugar: no se trata de fantasías milenaristas, sino que se trata de vivir plenamente nuestra vida, que nos ha sido dada precisamente para eso. No es preciso esperar al fin del mundo para convencernos de que su Palabra permanece para siempre y para optar, de una vez por todas, por confiarnos a él, antes que a las potencias de este mundo, que parecen mejor dispuestas.

       Las aterradoras bestias del sueño de Daniel no resisten la visión del trono radiante sobre el que se sienta el anciano de los días; Daniel, en cambio, la resiste muy bien con los ojos puros de la fe, y se le concede ver la conclusión positiva de la visión. El poder de las fuerzas del mal está limitado en el tiempo y en el espacio, a pesar de que infunda terror. Los creyentes han elegido otro poder, un poder que no tiene límites: es innumerable el ejército de los que sirven al anciano de los días, es eterno el reino entregado al Hijo del hombre.

 

ORATIO

       Señor, cada vez me sorprendes más. Me pierdo detrás de un montón de pensamientos enmarañados y no consigo comprender el sentido de las cosas, mientras tú me remites a los pequeños signos cotidianos y a la antigua sabiduría campesina. Hazme capaz de ver los brotes en las ramas, Señor; hazme capaz de volver a dar valor a las cosas sencillas y grandes que has preparado para nosotros.

       Tú has venido a nosotros «semejante a un hijo de hombre»: has llevado en nuestra propia carne el milagro sublime de tu presencia entre nosotros. Hazme capaz, Señor, de mirar a cada «hijo de hombre», a cada hermano, buscando en él tu imagen. Hazme comprender, Señor, que estás ya aquí, en medio de nosotros: no sirven los prodigios extraordinarios, nos basta con tu Palabra.

 

CONTEMPLATIO

       Sólo una vez al año, pero al menos una vez, el mundo que vemos deja aparecer sus posibilidades escondidas, en cierto sentido se manifiesta. Brotan hojas, yemas y flores en los árboles y nacen la hierba y el trigo en los campos.

       Es como una irrupción, imprevista y violenta, de la vida escondida que Dios ha introducido en el mundo material. Pues bien, todo esto es como una pequeñísima demostración de lo que el mundo puede hacer a una orden de Dios cuando él dice una palabra. Del mismo modo que ahora explota esta tierra en una primavera de hojas y yemas, así un día se abrirá, transformándose en un nuevo mundo de luz y de gloria, y veremos allí a los santos y a los ángeles que habitan en él.

       Así será la llegada de esa primavera eterna que todos los cristianos esperan. Vendrá ciertamente, aunque se retrase. Esperémosla, porque «es seguro que vendrá y no tardará» (Heb 10,37). Por eso nos decimos cada día: «Venga a nosotros tu Reino». Y eso significa: «Muéstrate, Señor, manifiéstate; tú que te sientas entre los querubines, muéstrate»; «Despierta tu poder y ven a salvarnos» (Sal 79,3). La tierra que está ante nuestros ojos no nos satisface: es sólo un comienzo, es sólo la promesa de algo que está más allá; incluso cuando está en completa fiesta con sus flores, incluso cuando muestra, de modo conmovedor, todo lo que vive escondido en ella, ni siquiera entonces nos basta. Sabemos que hay mucho más de lo que podemos ver. Un mundo de santos y de ángeles, un mundo lleno de gloria, la morada de Dios, el monte del Dios de los ejércitos, la Jerusalén celestial, el trono de Dios y de Cristo: todas esas maravillas que nunca tendrán fin, todo lo que es precioso, misterioso, incomprensible y está oculto en lo que vemos. Lo que podemos ver no es más que la envoltura de un Reino eterno, y hacia ese Reino se dirigen los ojos de nuestra fe (J. H. Newman, Parochial and Plain Sermons, vol. IV, Sermón 13, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Su Reino jamás será destruido» (Dn 7,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Hay también algo más en este mundo, en este tiempo, en esta vida de vigilia. Dios no se retrasa en el último día, sino que viene ya: existe un futuro y existe un presente, un futuro que es una plenitud y una riqueza de esperanza, y un presente que posee ya una belleza, una plenitud, una felicidad única. Pues bien, estos encuentros, estos momentos de felicidad o de facilidad son momentos de Dios; allí donde hay belleza, riqueza, dulzura, bienaventuranza, tranquilidad, sentido de vida, verdadera claridad, allí hay presencia de Dios, porque Dios es todo eso.

       Debemos administrar bien esos momentos, del mismo modo que el viajante que caminara de noche y lamentara la oscuridad bendeciría la centella de un relámpago. Es un momento, pero a ese momento se le ha dado la certeza que da la luz, la certeza de que el camino por el que va es el bueno, de que no camina en vano.

       Así es la economía de Dios: el Señor concede relámpagos, resplandores, fulgores que orientan el corazón y le dan una advertencia y una orientación: es el toque de Dios, el digitus Dei, que nos indica cómo debemos caminar.

       Y, después, Dios vuelve a estar casi ausente, desaparece y calla. Este Amigo vigilante deja de hablar; está presente y calla. No importa. Si Tiernos gozado bien de los buenos momentos, no debemos temer a los oscuros, pues no son peligrosos. No serán momentos de plenitud, sino de deseo, de fidelidad, de amor no afectivo, sino efectivo; serán los documentos que prueban que deseamos amar al Señor aunque no nos dé sus dones. Le queremos a él, no sus dones. En un cielo que no tiene nombre, en una ebriedad que no tiene confines, en una luz que no tiene parangón posible, el último don es él mismo (G. B. Montini, Meditazioni, Roma 1994, pp. 131-134, passim).

 

Día 28

Sábado de la 34ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 7,15-27

15 Yo, Daniel, me sentí profundamente turbado a causa de las visiones que cruzaban por mi mente.

16 Me acerqué a uno de los que estaban allí y le pedí que me dijera la verdad acerca de todo aquello. Él me respondió y me dio a conocer la interpretación de la visión:

17 -Estas cuatros bestias gigantescas son otros tantos reyes que dominarán el mundo,

18 pero después recibirán el reino los fieles del Altísimo y lo poseerán por toda la eternidad.

19 Entonces quise saber la verdad sobre la cuarta bestia, que era diferente de las otras, extraordinariamente terrible, con dientes de hierro y garras de bronce, que todo lo devoraba y trituraba y que con sus pezuñas pateaba las sobras.

20 Quise saber la verdad sobre los diez cuernos que había en su cabeza y sobre el que despuntó y ante el cual habían caído tres, aquel cuerno que tenía ojos y una boca que profería insolencias y que parecía mayor que los otros cuernos.

21 Yo había visto cómo este cuerno declaraba la guerra a los fieles y estaba a punto de vencerlos,

22 pero entonces vino el anciano e hizo justicia a los fieles del Altísimo, porque había llegado el tiempo en el que los fieles tomasen posesión del reino.

23 Y me dijo: -La cuarta bestia es un cuarto reino que vendrá a la tierra, distinto a los otros, y que devorará toda la tierra, la pisoteará y la triturará.

24 En cuanto a los diez cuernos, son diez reyes que surgirán en ese reino. Después de ellos vendrá otro distinto de los precedentes, que derribará a tres de ellos.

25 Proferirá palabras insolentes contra el Altísimo, oprimirá a los fieles del Altísimo, tratará de cambiar las festividades religiosas y la ley, y los fieles le serán entregados por un periodo de tres años y medio.

26 Pero cuando el tribunal haga justicia, le será arrebatado el poder y será definitivamente destruido y aniquilado.

27 Y la realeza, el poder y el esplendor de todos los reinos de la tierra serán entregados al pueblo de los fieles del Altísimo. Su Reino es un reino eterno y todo poder le servirá y obedecerá.

 

       **• Prosigue la visión escatológica de Daniel, que esta vez no consigue comprender por sí solo su sueño y pide a una de las figuras del tribunal celestial que se lo explique.

       Las cuatro bestias son cuatro reinos que, a pesar de su poder, serán suplantados por el Reino de «los fieles del Altísimo». La cuarta bestia, diferente a las otras, aterroriza a Daniel, que pide aún explicaciones al ángel. El cuarto reino devorará toda la tierra; se sucederán diez reyes y, por último, otro rey -el cuerno pequeño- más feroz y blasfemo que los anteriores. Sustituirá el culto a Dios por el culto a los ídolos. Este rey tendrá manos libres, pero durante un tiempo limitado. Después, será juzgado y aniquilado. El Reino eterno será entregado al final a los fieles del Altísimo, a las potencias angélicas que representan el dominio de Dios. Podemos ver aquí una alusión a la insurrección macabea contra Antíoco IV: a los insurrectos que combaten para salvaguardar la pureza de la fe les está asegurado el consuelo de la previsión de la victoria final.

 

Evangelio: Lucas 21,34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

34 Procurad que vuestros corazones no se emboten por el exceso de comida, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, porque entonces ese día caerá de improviso sobre vosotros.

35 Ese día será como una trampa en la que caerán atrapados todos los habitantes de la tierra.

36 Velad, pues, y orad en todo tiempo, para que os libréis de todo lo que ha de venir y podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre.

 

       **• La exhortación a la vigilancia, que aparece insistentemente en todo el «discurso escatológico», se vuelve explícita aquí, en los versículos conclusivos. Jesús transforma el ansia de los discípulos por el «cuándo» en una atención constante: todo momento es bueno, el juicio llegará de improviso y es preciso estar siempre preparados para que sea un juicio de salvación y no de condena.

       «Que vuestros corazones no se emboten», dice Jesús: se trata de un mensaje de liberación de las trabas que nos atan y nos distraen de lo que verdaderamente cuenta.

       «Ese día» será como un lazo, como una trampa, como el ladrón que intenta sorprender por la noche al dueño de la casa (cf. Le 12,39). Estas palabras de Jesús producen escalofríos; sin embargo, no son amenazadoras: la «vela» y la «oración» nos proporcionarán la fuerza necesaria para escapar de lo que va a suceder, de los peligros que siempre nos acechan -y no sólo al fin del mundo-, y nos permitirán comparecer (stathénai, «estar seguros», «resistir») ante el Hijo del hombre.

       El significado global de este discurso de Jesús es una exhortación a la confianza: suceda lo que suceda, la venida del Hijo del hombre la esperan con nostalgia quienes confían en él como en el momento de la liberación definitiva del mal.

 

MEDITATIO

       «Ese día», el día del Señor, es un tiempo sin tiempo, apenas más allá del instante que estamos viviendo. Es un tiempo de juicio y de salvación que viene cuando menos lo esperas y trae lo que no sabes. Ahora bien, no es un tiempo desconocido o un tiempo fuera de nuestro alcance: es hoy, es ese hoy que vivimos día a día, el momento de nuestra decisión, de todo encuentro que tengamos, de toda alegría que hayamos recibido y de todo sufrimiento con el que seamos medidos.

       Daniel se siente turbado por la visión que ha tenido, pero el ángel le proporciona una explicación tranquilizadora: se celebrará el juicio y al cuerno -el rey- que habla con altivez se le quitará el poder. Velar para que ese día no nos sorprenda no significa, a buen seguro, vivir en la angustia. Al contrario, significa vivir en plenitud cada instante, como si fuera el único o el más significativo para nosotros. Hemos de vivir incluso con alegría, recibiendo cada acontecimiento como un don y como una oportunidad. Vivir con atención, buscando en los otros que pasan a nuestro lado el rostro único y múltiple de aquel que nos llama. Velar y orar en cada momento significa llenar de sentido nuestra vida y la de los otros, e incluso gozarla, transformándola en un canto de alabanza. De este modo, como dice Pablo,

cada acto de nuestra vida, incluso los que parecen más profanos y triviales, se convertirá en oración. Así, su presencia colmará nuestros corazones y nos acompañará hasta presentarnos sin temor ante el Hijo del hombre.

 

ORATIO

       Quisiera velar y orar mientras te espero, Señor. Pero mis ojos están llenos de sueño y me pesa el corazón, fatigado por demasiadas ansias. No soy capaz de velar contigo ni una sola hora, y tú lo sabes, Señor.

       Enséñame a orar, Señor. Como Daniel, siento que desfallecen mis fuerzas y mi mente se siente turbada, porque es duro el sentido de tus palabras. Enséñame a no malgastar el tiempo de vida que me das; haz que sepa servirme de él para preparar mi encuentro contigo.

       Libérame del miedo, Señor. Haz que sienta con alegría  el momento de comparecer ante el Hijo del hombre como la invitación a un banquete de bodas.

 

CONTEMPLATIO

       Los cristianos siempre han esperado a Cristo, siempre han recordado los signos de su retorno, pero nunca han pretendido que ya hubiera vuelto. Han afirmado simplemente que estaba a punto de llegar, que estaba a las puertas. Sus verdaderos discípulos no han pretendido fijar nunca una fecha para su vuelta. Se han contentado con esperar. Así, cuando vuelva, le podrán reconocer [...]. No hay nada de malo ni de ridículo, efectivamente, en pensar que los acontecimientos del mundo se dirigen hacia una meta. Es el modo de interpretar todo a la luz de la Escritura: leer el sentido de todas las cosas, considerarlas como signos y manifestaciones de Cristo, de su providencia, de su voluntad.

       Se podría objetar que este mundo habla con frecuencia un lenguaje adverso a Dios. ¿Cómo podría decirse entonces que lleva en él signos de la presencia de Cristo y, por consiguiente, que se acerca a él? Sin embargo, es así. Pese al carácter opaco de este mundo, Dios está presente en él, Dios nos habla a través del mundo. Cristo está siempre aquí, susurra a nuestros oídos y nos hace señas. Pero el rumor de este mundo es tan ensordecedor, sus signos siguen siendo tan misteriosos, el mundo se muestra tan agitado, que no sabemos reconocer cuándo habla ni qué nos quiere decir (J. H. Newman, Parochial and Plain Sermons, vol. VI, Sermón. 17, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Velad, pues, y orad en todo tiempo» (Lc 21,36).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Puesto que Jesús está siempre a punto de venir, la Iglesia debe velar de manera incesante. Ella misma es vela, vigilia. Ella misma «aguarda con perseverancia» (cf. Rom 8,19.25), para esperar a su Señor y Esposo. En consecuencia, se impone siempre la vigilancia. El día y la noche, la vela y el sueño, constituyen un ritmo cósmico que recibe en Jesús un nuevo significado.

       La noche designa la ausencia de él, mientras que el alba y el día anuncian su venida. La Iglesia, que vive esperando la venida de Jesús con la certeza de su misteriosa presencia, no puede «dormir», sino que vela. En su vela, el cristiano lleva toda el ansia de la Iglesia, que, en el Espíritu Santo, espera a su Señor. La fuerza del Espíritu penetra en su vela hasta tal punto que ésta, de una manera misteriosa, influirá ahora en el ritmo cósmico del tiempo. Este influjo justifica la fuerza de la palabra de Pedro cuando escribe que el cristiano, velando y orando, apresura la llegada del día del Señor.

       Velar con Jesús es siempre velar en torno a su Palabra. La única lámpara de la que disponemos en nuestras tinieblas es la Palabra de Dios. En espera de que apunte el Día, Jesús resplandece ya, por medio de su Palabra, en lo más hondo de nuestro corazón; la venida de Jesús al fin de los tiempos se anticipa en nuestros corazones cuando velamos en torno a su Palabra. En la noche de los tiempos en la que seguimos viviendo hoy, la vela de oración es un primer vislumbre, todavía inseguro, que se eleva sobre el mundo: es la señal de que Jesús está cerca.

       La vela, por tanto, no puede cesar nunca, y la oración debe crecer siempre. La espera y la vela nos arrancan de nosotros mismos y nos dejan en manos de Dios, de quien depende toda consumación, y que tendrá lugar cuando él quiera, cuando el mundo, a fuerza de velar, esté maduro para la cosecha (A. Louf, Lo Spiríto prega ¡n noi, Magnano 1995, pp. 103-107, passim [edición española: El Espíritu ora en nosotros, Narcea, Madrid 1985]).

 

Día 29

Primer domingo de adviento

Liturgia de las Horas de hoy

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 33,14-16

14 Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel.

15 Entonces, en aquellos días, suscitaré a David un germen de justicia, que practicará el derecho y la justicia en la tierra.

16 En aquellos días se salvará Judá, Jerusalén vivirá en paz, y le llamarán así: «Señor-nuestra-justicia».

 

**• La lectura es un breve extracto de los "oráculos de esperanza" de Jeremías (Jer 30-33) y contienen palabras de confianza para el futuro. Podemos pensar que fueron pronunciadas hacia el año 587 a.C, cuando la ciudad de Jerusalén estaba a punto de caer en manos del enemigo.

«Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel» (v. 14): Jeremías había pronunciado palabras de amenaza sobre la ciudad de Jerusalén infiel, pero ahora que el castigo es inminente, proclama que Dios tiene en su mente "palabras buenas", es decir, la promesa y el proyecto de una ciudad nueva donde habite la justicia. Jeremías, a continuación, quiere indicar que no se tratan de palabras hueras o de ideales utópicos o nebulosos, sino de palabras que cobran consistencia en la historia de la ciudad y del pueblo.

Para convertir en realidad esta promesa de bien enviará a un descendiente de David, un Mesías «germen de justicia» (v. 15), expresión que no se reduce al sentido de vástago legítimamente descendiente de David, sino como promesa de un rey que tendrá de verdad la justicia como programa. En el desarrollo de este programa se manifestará el rostro de Dios como "justo". A Jerusalén se le impondrá un nombre nuevo ideal: «Señor-nuestra-justicia», es decir, será el testimonio vivo de la justicia de Dios. El nombre quizás haga alusión al último rey, Sedecías, quien no supo estar a la altura del proyecto que manifiesta su nombre (en hebreo significa "justicia del Señor"). Dios, sin embargo, se manifestará precisamente en el momento en que aparecerá su fidelidad a la promesa de edificar un pueblo nuevo, fundado en la justicia.

 

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 3,12-4,2

Hermanos:

12 ¡Que el Señor os haga crecer y sobreabundar en un amor de unos hacia otros y hacia todos, tan grande como el que nosotros sentimos por vosotros!

13 En fin, que cuando Jesús, nuestro Señor, se manifieste junto con todos sus santos, os encuentre interiormente fuertes e irreprochables como consagrados delante de Dios, nuestro Padre.

4.1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y os exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que pongáis en práctica lo que aprendisteis de nosotros en lo que al comportaros y agradar al Señor se refiere, para que progreséis más y más cada día.

2 Sabéis qué normas os dimos de parte de Jesús, el Señor.

 

*»• La comunidad espera la parusía, cuando «Jesús, nuestro Señor, se manifieste junto con todos sus santos» (v. 13). Todas las exhortaciones de Pablo tiene sentido bajo esta luz.

La iglesia de Tesalónica no es muy problemática para el Apóstol, por eso los consejos se dirigen al día a día de la vida del creyente. Exhorta a esos cristianos a seguir comportándose como ya lo hacen, pero tratando de mejorar constantemente su conducta. La exhortación fundamental es la de mantener viva la caridad (v. 12), ya que constituye el núcleo esencial de la santidad y es la auténtica "forma" de la tensión del cristiano por la venida de Jesús (v. 13).

Otro principio de fondo que, según Pablo, debe configurar toda la vida cristiana es el deseo de «agradar al Señor» (4,1). No hay que tener como norma la aprobación de los hombres, sino lo que agrada a Dios. En el mismo versículo encontramos una invitación que puede pasar desapercibida, aunque sea bastante rara en Pablo: «Para que progreséis más y más cada día».

El Apóstol piensa en una vida cristiana en continuo crecimiento y en constante profundización, ya que la hondura del amor de Dios que nos llama es inagotable.

 

Evangelio: Lucas 21,25-28.34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

25 Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos, asustados por el estruendo del mar y de sus olas.

26 Los hombres se morirán de miedo, al ver esa conmoción del universo; pues las potencias del cielo quedarán violentamente sacudidas.

27 Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y majestad.

28 Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.

34 Procurad que vuestros corazones no se emboten por el exceso de comida, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, porque entonces ese día caerá de improviso sobre vosotros.

35 Ese día será como una trampa en la que caerán atrapados todos los habitantes de la tierra.

36 Velad, pues, y orad en todo tiempo, para que os libréis de todo lo que ha de venir y podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre.

 

*» El relato litúrgico del evangelio se compone de dos fragmentos del llamado "discurso apocalíptico" de Jesús en la versión de Lucas.

En la primera parte (w. 25-28) el discurso se centra en la venida del Hijo del hombre. El Hijo del hombre es el que ha sido humillado y ha padecido por toda la humanidad y al que Dios ha resucitado de entre los muertos, reconociéndolo como Hijo, salvador universal. El cristiano espera el día de su manifestación «con gran poder y majestad» (v. 27), espera que aparezca, plenamente visible, su victoria sobre el mal y su señorío universal.

Según Lucas, el día del Hijo del hombre se anuncia con ciertos signos: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos...» (v. 25). No se trata de manifestaciones que nos permitan calcular con anticipación el momento de la venida de Jesús. Se trata, por el contrario, de acontecimientos que se darán siempre, en cualquier tiempo. De hecho, siempre sucederán catástrofes naturales o desórdenes y acontecimientos dolorosos, lo cual indica que el hombre siempre debe estar a la espera de la venida de Jesús.

Con todo, se darán dos modos de leer los signos: el del que espera con miedo el final de un mundo encaminado a la desaparición y la nada (de ahí la angustia, la locura, el miedo: w. 25-26); y la del que, creyendo, no infravalora el mal, pero a pesar de todo "levanta la cabeza" y abre el corazón a la esperanza porque está seguro de la liberación (v. 28).

En la segunda parte el evangelista resalta dos imperativos:

«Procurad» (v. 34), y «velad y orad» (v. 36). Es preciso tener cuidado con lo que embota el corazón y apaga la esperanza. Hay que vigilar -y aquí aparece la añadidura de la preciosa invitación a la oración- para evitar la perversa fascinación del mal y estar lúcidos para esperar al único que da sentido a nuestra historia: al Hijo del hombre.

 

MEDITATIO

Sin duda, tenemos momentos en que nos centramos en los graves problemas que nos afectan directamente, o a nuestra familia o comunidad. La comunidad creyente con frecuencia precisa echar mano de los consejos más ordinarios, como los que da Pablo a los tesalonicenses. Todos necesitamos fortalecer nuestra fidelidad cotidiana al estilo que nos marca el evangelio, conscientes de que, aunque no tengamos problemas graves, no debemos vivir con una fe encogida ni debemos dar por supuesta la caridad.

Las lecturas bíblicas son una invitación a esperar la venida del Señor con caridad y justicia. El amor del que habla Pablo es un amor "desbordante": «05 haga crecer y rebosar». Si ponemos límites o diques a nuestro amor, no es amor; nuestra caridad cristiana debe encontrar su mejor imagen en la de un río cuyas aguas no se pueden contener.

Además se trata de un amor "recíproco", visible dentro de la Iglesia, y un amor "a todos", expresando así también amor hacia el exterior. No olvidemos que esta llamada a la caridad se da para una Iglesia donde las relaciones con la ciudad no son fáciles. Nuestra caridad con los más próximos y con los lejanos tiene una misma procedencia y una puede ser, hoy para nosotros, la medida de la autenticidad de la otra.

Además es un amor que se debe manifestar más si se desempeña un ministerio en la comunidad; Pablo ha dado ejemplo: «Lo mismo que nosotros os amamos».Finalmente, aparece la caridad que nos lleva a una fe sólida y a la santidad, una solidez que resiste hasta la venida de Cristo: «Para que cuando Jesús nuestro Señor se manifieste, os encuentre interiormente fuertes e irreprochables» (1 Tes 3,13). Reconocemos y confesamos que Jesús es el Señor, sabiendo que su señorío se extiende ya ahora en el mundo donde nos encontramos viviendo su amor.

 

ORATIO

«A ti, Señor, levanto mi alma»: al comienzo del adviento renace en mí la esperanza de volver a caminar por tus sendas que con frecuencia he abandonado. Tu invitación a levantar la cabeza para ver la cercana liberación es lo que mueve mi esperanza. Por eso, a ti levanto mi alma. La promesa de tu venida sostenga de nuevo mi compromiso por obrar el bien.

«Señor, enséñame tus caminos»: al pedirte que endereces mi camino, comprendo que no puedo nada si tú mismo no me enseñas tus caminos. No sólo eso, tú mismo eres el Camino, tú eres el «germen de justicia» capaz de hacer justos nuestros caminos, tú eres el único por el que pueda decidir de nuevo gastar mis días en la caridad.

«Enseñas el camino justo a los pecadores»: Quiero ser sincero, Señor. Ante tu promesa siento todavía más fuerte el tirón de mis distracciones y los afanes que embotan el corazón, observo la capa opresora de males que afligen al mundo en el que vivo y que nos llevan con frecuencia a contentarnos con una vida ordinaria, sin relieve.

Ábrenos a la esperanza, para que no dejemos de pensar noblemente y para que, en definitiva, podamos agradarte.

 

CONTEMPLATIO

Esperamos el día del aniversario del nacimiento de Cristo: levántese nuestro espíritu rebosante de gozo, salga al encuentro de Cristo que viene, siempre adelante con ardor impaciente, casi incapaz de contenerse o de soportar la tardanza... Pido para vosotros, hermanos, que el Señor, antes de aparecer para todo el mundo, venga a visitar vuestro interior. Esta venida del Señor es oculta pero admirable y pone al alma que contempla en la admiración dulcísima de la adoración. Bien lo saben los que lo han experimentado; quiera Dios que quienes no lo han experimentado lo obtengan por el deseo (Guerrico de Igny, Sermones de Adviento, II).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No queda defraudado quien en ti espera» (Sal 24,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tendrá lugar entonces, sin duda, la Parusía sobre una Creación llevada al paroxismo de sus aptitudes para la unión. Revelándose al cabo la acción única de asimilación y de síntesis que se proseguía desde el origen de los tiempos, el Cristo universal brotará como un rayo en el seno de las nubes del Mundo lentamente consagrado.

Las trompetas angélicas no son más que un débil símbolo. Agitadas por la más poderosa atracción orgánica que pueda conocebirse (¡la fuerza misma de cohesión del universo!), las mónadas se precipitarán al lugar en que la maduración total de las cosas y la implacable irreversibilidad de la Historia entera del Mundo las destinarán irrevocablemente; las unas, materia espiritualizada, en el perfeccionamiento sin límites de una eterna comunión; las otras, espíritu materializado, en las ansias conscientes de una interminable descomposición.

De este modo se hallará constituido el complejo orgánico: Dios y Mundo, el Pleroma, realidad misteriosa que no podemos decir sea más bella que Dios solo, puesto que Dios podía prescindir del Mundo, pero que tampoco podemos pensar como absolutamente accesoria sin hacer con ello incomprensible la Creación, absurda la Pasión de Cristo y falto de interés nuestro esfuerzo.

Entonces será el final.

Como una marea inmensa, el Ser habrá dominado el temblor de los seres. En el seno de un Océano tranquilizado, pero que en cada gota tendrá conciencia de seguir siendo ella misma, terminará la extraordinaria aventura del mundo. El sueño de toda mística habrá hallado su manifestación plena y legítima. Dios será todo en todos (P. Teilhard de Chardin, El porvenir del hombre, Madrid 1965, 378- 379). 

 

Día 30

San Andrés (30 de noviembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Andrés, que ya era discípulo de Juan el Bautista, se puso a seguir a Jesús cuando el precursor le señaló como «Cordero de Dios» {cf. Jn 1,35-40). Le comunicó a Pedro, su hermano, que había descubierto al Mesías [cf. Jn l,41ss). Ambos fueron llamados por Jesús a orillas del lago de Genesaret para ser «pescadores de hombres» (Mt 4,18ss). Fue Andrés el que, en la multiplicación de los panes, indicó a Jesús al niño que tenía los cinco panes y los dos peces (Jn ó,8ss). Junto con Felipe, Andrés le dijo al Nazareno que algunos griegos querían verle (Jn 12,20ss). Según la tradición, Andrés murió crucificado en Patras; por eso se venera su memoria de un modo absolutamente especial en la Iglesia griega.

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 10,9-18

Hermano:

9 si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás.

10 En efecto, cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se alcanza la salvación.

11 Pues dice la Escritura: Quienquiera que ponga en él su confianza no quedará defraudado.

12 Y no hay distinción entre judío y no judío, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que lo invocan.

13 En una palabra, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

14 Ahora bien, ¿cómo van a invocar a aquél en quien no creen? ¿Y cómo van a creer en él si no les ha sido anunciado?

15 ¿Y cómo va a ser anunciado si nadie es enviado? Por eso dice la Escritura: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias!

16 Pero no todos han aceptado la Buena Nueva. Isaías lo dice: Señor, ¿quién ha dado crédito a nuestro mensaje?

17 En definitiva, la fe surge de la proclamación, y la proclamación se verifica mediante la palabra de Cristo.

18 Y digo yo: ¿es que no han oído? ¡Todo lo contrario! A toda la tierra ha llegado la voz de los mensajeros y hasta los confines del mundo sus palabras.

 

**• Según el mensaje paulino, es la fe lo que conduce a la salvación, por el simple hecho de que con ella nos abandonamos libre y totalmente a Dios (cf. Dei Verbum 5), reconociéndole como Salvador. Ahora bien, a la fe se llega mediante la escucha de la predicación.

El objeto de ambas, de la fe y de la predicación, es el misterio de Jesús-Señor, muerto y resucitado por el poder de Dios Padre. Por eso, al creer, todo hombre y toda mujer de buena voluntad- se expropia de sí mismo y se convierte en propiedad de Dios, garantía y fundamento de toda posible confianza humana en él. Con todo, y siempre según la enseñanza de Pablo, también la predicación presupone un acontecimiento de gran importancia: un acontecimiento de carácter histórico, que aparece como absolutamente necesario. El que predica debe poder decir que ha sido enviado: la predicación presupone la misión, y ésta constituye el punto de amarre entre el que predica y el que es predicado, entre el enviado y el que envía.

El destino universal del mensaje evangélico pasa, por consiguiente, a través de un hecho histórico completamente particular: la elección que hizo Jesús de sus testigos y el envío de los mismos en misión.

 

Evangelio: Mateo 4,18-22

En aquel tiempo,

18 paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos: Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, que estaban echando la red en el lago, pues eran pescadores.

19 Les dijo:

-Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres.

20 Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron.

21 Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo, reparando las redes. Los llamó también,

22 y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, lo siguieron.

 

*•• Jesús se apresura, al comienzo de su ministerio público, a reunir a su alrededor algunos discípulos, a los que dirige una enseñanza completamente particular, porque quiere que sean sus seguidores y sus testigos. A su tiempo, después de la resurrección de Jesús, serán enviados a todo el mundo, a fin de que el Evangelio pueda seguir su curso hasta el final. Los Doce, de pescadores de peces, se convertirán en pescadores de hombres.

No se trata de un simple juego de palabras, sino de lo que el mismo Jesús les dice: «Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron» (v. 19). Andrés, junto con su hermano Simón, fue uno de los primeros que escuchó la llamada de Jesús y le siguió con prontitud. Mateo otorga un relieve particular a la prontitud con la que Pedro y Andrés respondieron a la llamada de Jesús: «Y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, lo siguieron» (v. 20).

Un poco más adelante (v. 22), el mismo evangelista Mateo afirma que, en realidad, los primeros discípulos de Jesús no dejaron sólo las redes, la barca y su profesión, sino también a su padre. El seguimiento de Jesús, el auténtico que transforma la vida, no deja lugar a tergiversaciones ni concede descuento alguno: es, por propia naturaleza, radical y totalitario.

 

MEDITATIO

Nuestra reflexión se va a detener en un par de detalles que nos ofrece la página evangélica. En primer lugar, el hecho histórico según el cual los primeros discípulos siguieron a Jesús de dos en dos. No parece que haya que desatender esta información que nos ofrecen los evangelistas.

También hoy el seguimiento de Jesús mediante la experiencia de una compañía, de una auténtica amistad humana, es extremadamente positivo; puede favorecer la decisión, la adhesión y la perseverancia. Tal vez el mundo contemporáneo tenga también necesidad de este testimonio, un testimonio con el que los seguidores de Jesús muestran que son capaces de valorar todo lo que hay de bueno y santo en las relaciones amistosas.

La prontitud con la que los primeros discípulos de Jesús siguen a su maestro merece asimismo una atención especial. Decir prontitud significa desprendimiento de todo lo que puede lentificar el paso hacia Jesús, sobre todo de aquello que, en cierto modo, podría despistarnos del camino emprendido. Decir prontitud significa también la voluntad de establecer un atraque fuerte y decisivo en Jesús, único fin de nuestra propia vida, único destinatario de nuestro propio amor. Por eso, decir prontitud significa radicalidad evangélica; con ella, todo resulta bello y ligero al final; sin ella, todo resultaría fatigoso e insoportable en cada instante.

 

ORATIO

¿Por qué, Señor, son tan pocos los que prestan hoy oído a tu voz? ¿Por qué disminuye cada vez más el número de los que están dispuestos a seguirte por el camino de la radicalidad evangélica? ¿Acaso se ha apagado tu voz entre nosotros? ¿O tal vez es menos perceptible tu presencia entre los jóvenes de hoy? ¿Acaso estás tan escondido que es casi imposible reconocerte presente y cercano a cada uno de nosotros?

Sin embargo, oh Señor, tú estás en medio de nosotros, vives a nuestro lado, nos acompañas de una manera discreta, pero real, por los caminos que recorremos.

Haz, oh Señor, que tu Palabra resuene más eficaz que nunca hoy para todos nosotros. Haz, oh Señor, que tu presencia sea advertida y reconocida hoy más que nunca, sobre todo por los jóvenes. De este modo, el espinoso problema de la falta de vocaciones dejará de angustiarnos, porque todos nos abandonaremos a tu solicitud de pastor bueno.

 

CONTEMPLATIO

Ponerse en camino significa exteriorizarse, romper la costra del egoísmo, que intenta encerrarnos en nuestro propio «yo».

Ponerse en camino significa dejar de girar sobre uno mismo como si fuéramos el ombligo del mundo y de la vida.

Ponerse en camino significa no dejarse encerrar en el círculo de problemas del pequeño mundo al que pertenecemos. Por muy importantes que sean, la humanidad es más grande y es precisamente a esta humanidad a la que servimos.

Ponerse en camino no significa devorar kilómetros, atravesar océanos o alcanzar la velocidad supersónica. Significa, ante todo, abrirse a los demás, descubrirles, encontrarse con ellos (Dom Helder Cámara).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive durante la jornada la Palabra: «Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres» (Mt4,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En el hombre actúan múltiples fuerzas: conociéndolas, puede abarcar todas las cosas que hay a su alrededor -estrellas y montañas, mares y ríos, plantas y animales, y toda la humanidad que está cerca de él, y de este modo puede enriquecer su mundo interior. Puede amarlas, puede odiarlas y rechazarlas; puede ponerse contra ellas o bien tender a ellas y atraerlas hacia sí.

Puede actuar sobre el mundo que le rodea y modificarlo según su propia voluntad. Un variado fluctuar de alegría y de codicia, de aflicción y de amor, de calma y de excitación acompaña el ritmo del corazón.

Sin embargo, su fuerza más noble es ésta: reconocer que hay algo más elevado por encima de él, venerar este algo más elevado e insertarse en él. El hombre puede conocer a Dios por encima de él, puede adorarle y puede ofrecerse a sí mismo «a fin de que Dios sea glorificado». Ésta es la ofrenda: que la sublimidad de Dios brille en el espíritu; que el hombre adore esta sublimidad; que no se detenga de una manera egoísta en sus propias posesiones, sino que las trascienda, que se comprometa a sí mismo a fin de que sea glorificado el excelso Dios. La fuerza más profunda del alma es su capacidad de ofrenda. Es en lo íntimo del hombre donde tienen su sede la calma y la limpidez de donde sube la ofrenda a Dios (Romano Guardini).