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LECTIO DIVINA AGOSTO DE 2017

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Martes de la 17ª semana del Tiempo ordinario o 1 de agosto, conmemoración de San Alfonso María de Ligorio

 

Alfonso nació en Nápoles el año 1696 y murió en Nocera dei Pagani (Salerno) el 1 de agosto de 1787. Era abogado del foro de Nápoles, pero dejó la toga para abrazar la vida eclesiástica.

Fue obispo de S. Ágata dei Goti (entre 1762 y 1775) y fundador de los redentoristas (1732); atendió con gran celo a las misiones populares y se dedicó a los pobres y a los enfermos. Es maestro de las ciencias morales, a las que inspira criterios de prudencia pastoral, basada en la búsqueda sincera y objetiva de la verdad, aunque también se muestra sensible a las necesidades y a las situaciones de la conciencia. Compuso escritos ascéticos de gran resonancia. Como apóstol del culto a la eucaristía y a la Virgen, guió a los fieles a la meditación de los novísimos, a la oración y a la vida sacramental.

LECTIO

Primera lectura: Éxodo 33,7-11; 34,5-9.28

En aquellos días,

33.7 Moisés tomó la tienda y la plantó fuera del campamento, a cierta distancia de él, y la llamó tienda del encuentro. Todo el que quería dirigirse al Señor tenía que salir fuera del campamento y dirigirse a la tienda del encuentro.

8 Cuando salía Moisés, todo el mundo se ponía de pie y, situándose cada uno a la puerta de su propia tienda, seguían a Moisés con la mirada hasta que entraba en la tienda.

9 En cuanto Moisés entraba en la tienda, la columna de nube descendía y permanecía a la entrada de la tienda mientras el Señor hablaba con Moisés.

10 El pueblo contemplaba la columna de nube, que permanecía a la entrada de la tienda; entonces, todo el mundo se postraba, cada uno en la entrada de su tienda.

11 El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como un hombre habla con su amigo. Luego Moisés volvía al campamento, pero Josué, su ayudante, hijo de Nun, no se movía de la tienda.

34 5 El Señor descendió sobre una nube y se quedó allí junto a él, y Moisés invocó el nombre del Señor.

6 Entonces pasó el Señor delante de Moisés clamando: -El Señor, el Señor: un Dios clemente y compasivo, paciente, lleno de amor y fiel;

7 que mantiene su amor eternamente, que perdona la iniquidad, la maldad y el pecado, pero que no los deja impunes, sino que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y nietos hasta la tercera y cuarta generación.

8 Inmediatamente, Moisés cayó rostro a tierra

9 y le dijo: -Mi Señor, si gozo de tu protección, que venga mi Señor entre nosotros, aunque éste sea un pueblo obcecado. Perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y tómanos como heredad tuya.

28 Moisés permaneció allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches; no tomó alimento alguno ni bebió. Y escribió sobre las tablas las diez cláusulas de la alianza.

 

**• Los dos breves textos de los que se compone la lectura de hoy se remontan a los tiempos del reino de Judá: el primero pertenece al documento elohísta y el segundo al yahvista. Tratan de la alianza renovada por parte del Señor a través de un acto de renovación permanente del culto. A pesar del pecado del pueblo, el Señor, siempre misericordioso y lleno de amor, permanece cerca de su gente, a la que eligió a través de Moisés. Éste, en efecto, toma la «tienda del encuentro», o sea, el lugar del culto, y la coloca fuera del campamento, para indicar que Dios no puede vivir en plena armonía con los hombres pecadores, aunque siempre está listo y disponible para los que se dirigen a él con ánimo renovado y penitente. Todos los judíos que reconocían su culpa podían entrar en amistad con Dios, ir a la tienda y hablar con Dios, como hacía el intercesor Moisés, que hablaba con el Señor cara a cara, como un amigo habla con su amigo, y como su ayudante Josué, que «no se movía de la tienda» (v. 11).

En síntesis, Dios, que se revela a Moisés como el Dios de la misericordia, quiere enseñar de este modo a su pueblo que el verdadero ámbito de la alianza no es el Sinaí ni ningún lugar material; el verdadero ámbito del culto se sitúa en el hecho de reconocernos pecadores y acoger su misericordia, que se manifiesta en cada situación concreta y a través de hombres y personas santas y amigas de Dios. Sólo estos mediadores pueden pronunciar el nombre del Señor sobre el pueblo y hacerle así presente con sus atributos de benevolencia, compasión y misericordia.

El Señor ha elegido, a buen seguro, para siempre a su pueblo, pero sigue siendo también aquel que perdona y exige justicia, es decir, que se manifiesta en el castigo y en la gracia y nos llama a volver a la alianza renovada.

 

Evangelio: Mateo 13,36-43

En aquel tiempo,

36 Jesús dejó a la gente y se fue a la casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron: -Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

37 Jesús les dijo: -El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;

38 el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino, y la cizaña, los hijos del maligno;

39 el enemigo que la siembra es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores, los ángeles.

40 Así como se recoge la cizaña y se hace una hoguera con ella, así también sucederá en el fin del mundo.

41 El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su reino a todos los que fueron causa de tropiezo y a los malvados

42 y los echarán al horno de fuego. Allí llorarán y les rechinarán los dientes.

43 Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos que oiga.

 

*•*• La parábola evangélica de la buena semilla y de la cizaña encuentra su explicación en la contraposición entre dos bandos capitaneados por el divino sembrador y por el sembrador malvado. El punto central del mensaje de Jesús, por consiguiente, no es sólo la necesaria convivencia entre el trigo y la cizaña hasta el tiempo de la siega, sino la diferente suerte que corren los buenos, los hijos del Reino de Dios, y los malos, los hijos del maligno.

La pregunta de fondo a la que pretende responder la parábola es la de siempre, tanto la expresada por las primeras comunidades cristianas, como la que vuelven a expresar constantemente nuestras comunidades: ¿porqué hay malos cristianos en la comunidad creyente? Lo responde dando dos razones; la primera es que la siembra ha sido hecha al mismo tiempo tanto por Dios como por el maligno; la segunda es que el tiempo de la separación está reservado sólo para Dios. La vida del hombre es el tiempo en el que todo creyente debe realizar su opción. La convivencia con los malos no debe ser causa de pesimismo para los buenos; Dios la tolera e impide a aquellos que son demasiado exigentes «eliminar» a los malos con la excusa de acabar con el mal; al contrario, los buenos deben compartir a los pecadores y vencer así al mal con el bien. Sólo al final de la vida vendrá la siega (v. 39), esto es, el juicio de Dios. En ese momento aparecerá clara la suerte diferente reservada a «todos los que fueron causa de tropiezo» (v. 41) y a los «justos» (v. 43), cuando el Cristo glorioso se levante como juez supremo con sus ángeles y purifique a su Iglesia del mal. Esta perspectiva final es de aliento para los creyentes, que deben hacer frente en la vida de cada día a dificultades y pruebas de todo tipo.

 

MEDITATIO

La Palabra de Dios encontró una respuesta decidida en san Alfonso. Éste se sintió elegido, llamado, y siguió su vocación humana y cristiana con una disponibilidad plena y constante. Disponibilidad que expresaba con las frases típicas de su ascética: «Hacer la voluntad de Dios»; «Concordancia con la voluntad de Dios». La voluntad de Dios, «el mandamiento nuevo», es el amor al prójimo. Aquí se encuentra el secreto de todas las opciones de Alfonso: fue abogado para defender a los otros, se hizo sacerdote para salvar a las almas, fundó la Congregación de los Redentoristas para anunciar el Evangelio a los abandonados; como obispo, sintió la solicitud pastoral por su Iglesia local y por todas las Iglesias.

Hizo una amplia exposición del mandamiento nuevo en su mejor libro: Práctica del amor a Jesucristo. Del amor brotaba su alegría, una cualidad característica de Alfonso; es la alegría de sentirse amado por Dios, con lo que se vencen todas las adversidades. «Alegremente» es la palabra que se repite en su epistolario. Existe en Alfonso un humor a lo Tomás Moro, templado por el sentido común del napolitano. La alegría procede asimismo de la certeza de que no hay condena alguna para los que han sido salvados por Jesucristo. Aquí se pone de relieve el compromiso fundamental de Alfonso, teólogo y moralista: se sintió llamado a defender el amor misericordioso de Dios contra las nefastas teorías de los jansenistas y de los rigoristas, los cuales, negando la universalidad de la redención y acentuando las exigencias de la justicia de Dios, sumergían a los hombres en la angustia y la desesperación. A ellos opuso Ligorio el mensaje salvífico del Evangelio y la presencia activa del Espíritu Santo, que nos arranca de la esclavitud de la Ley y nos lleva a la libertad de los hijos de Dios.

 

ORATIO

Cristiano, levanta los ojos y mira a Jesús muerto sobre ese patíbulo, con el cuerpo lleno de llagas que todavía manan sangre. La fe te enseña que él es el Creador, tu salvador, tu vida, tu liberador. Es alguien que te ama más que nadie, es alguien que sólo puede hacerte feliz.

Sí, Jesús mío, lo creo: tú eres alguien que me ha amado desde la eternidad, sin ningún mérito por mi parte; es más, previendo mi ingratitud, sólo por tu bondad me diste el ser. Tú eres mi salvador, y con tu muerte me has liberado del infierno que tantas veces he merecido. Tú eres mi vida por la gracia que me has dado, sin la cual yo estaría muerto para siempre. Tú eres mi padre y mi padre amoroso; perdonándome con tanta misericordia las injurias que te he hecho. Tú eres mi tesoro y me enriqueces con muchas luces y favores en vez de los castigos que he merecido. Tú eres mi esperanza, pues fuera de ti no puedo esperar ningún bien de otros. Tú eres mi verdadero y único amador; basta con decir que has llegado a morir por mí. Tú, en suma, eres mi Dios, mi sumo bien, mi todo (Alfonso María de Ligorio, Meditaciones sobre la pasión).

 

CONTEMPLATIO

Ésta es, por tanto, la meta a la que deben tender nuestros deseos, nuestros suspiros, todos los pensamientos y todas nuestras esperanzas: ir a gozar de Dios en el paraíso para amarlo con todas las fuerzas y gozar del gozo de Dios. Gozan, a buen seguro, de su felicidad los bienaventurados en aquel Reino de delicias, mas su gozo principal, el que absorbe todos los otros defectos, será el de conocer la felicidad infinita de que goza su amado Señor, mientras ellos aman a Dios inmensamente más que a sí mismos. Todo bienaventurado, en virtud del amor que tiene a Dios, seguiría estando contento aunque perdiera todos sus goces, y padecería toda pena con tal de que no le faltara a Dios -si es que pudiera faltarle- una mínima parte de la felicidad de que goza. Por eso, en ver que Dios es infinitamente feliz y que esta felicidad nunca puede faltarle, en esto consiste su paraíso.

Así se entiende lo que dice el Señor a toda alma al darle posesión de la gloria: «Toma parte en la alegría de tu señor» (Mt 25,21).

No es ya el gozo el que entra en el bienaventurado, sino que éste entra en el gozo de Dios, mientras que el gozo de Dios es objeto del gozo del bienaventurado. De modo que el bien de Dios será el bien del bienaventurado, la riqueza de Dios será la riqueza del bienaventurado y la felicidad de Dios será la felicidad del bienaventurado (Alfonso María de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo).

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día este pensamiento de san Alfonso: «Quien ora se salva ciertamente, quien no ora ciertamente se condena».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Alfonso es un napolitano maravilloso, y tanto en su vida como en su ingenio aflora más de una vez, e incluso con gran frecuencia, su llaneza con una frescura y una jovialidad increíbles.

Quien le convierte en un santo pedante, petulante, aburrido, cruel, no le conoce ni de vista. Quien le convierte, en virtud de su moral, en una especie de casuista monomaniaco y sin aliento, no conoce a san Alfonso.

Fue músico, pintor, poeta, un hombre de espíritu y de garbo, capaz de resolver una cuestión con una salida y de enderezar un mundo invertido con una sonrisa; tuvo algo de la dolorida profundidad de Vico y algo de la vivacidad profunda de Galian¡.

En sus acciones y en sus obras aparece siempre superior a lo que hace y a lo que dice, dueño de sí y de lo que trata. Entre las muchas vías abiertas que se presentan a quien actúa y escribe, toma siempre la suya propia, una que se abre a él por vez primera. Despierto, despejado, resuelto y resolutivo, sigue su camino sin la mínima vacilación, y este camino se abre a muchos.

Por lo que respecta a la moral, sabido es que la Iglesia camina justamente por el camino abierto por san Alfonso. Por lo que respecta a la devoción, durante ciento cincuenta años cientos de miles de almas se han puesto a caminar por el camino trazado por Alfonso.

Esta agilidad, gracia y sencillez hacen de él alguien cordialísimo, alguien al que se trata con placer. Habría que verlo. Habría que saber verlo y hacerlo ver entre los recuerdos que de él nos quedan, entre sus libros, en su correspondencia: hallaríamos gestos bellísimos y originales, reflexiones agudas y divertidas, fragmentos cálidos y brillantes, salidas de una milagrosa bonhomía y profundidad, tomaduras de pelo caritativas pero tremendas, réplicas vivaces y repentinas, como se da una bofetada a un bribón.

 

 

 

Día 2

Miércoles de la 17ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Éxodo 34,29-35

En aquel tiempo,

29 Moisés bajó del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano. Moisés no sabía, al bajar del monte, que su rostro irradiaba luminosidad por haber hablado con el Señor.

30 Aarón y los israelitas miraban a Moisés; su rostro era luminoso, y temieron acercarse a él.

31 Moisés los llamó. Aarón y los jefes de la comunidad lo rodearon;

32 después se acercaron todos los israelitas. Entonces les comunicó todo cuanto el Señor le había dicho en el monte Sinaí.

33 Cuando Moisés terminó de hablar con ellos, puso sobre su rostro un velo.

34 Cada vez que Moisés entraba en el santuario a hablar con el Señor se quitaba el velo hasta que salía. Y cuando salía para comunicar a los israelitas lo que se le había ordenado,

35 éstos quedaban admirados ante el resplandor que despedía la cara de Moisés. Entonces Moisés volvía a ponerse el velo hasta que volvía a hablar con el Señor.

 

**• El fragmento que acabamos de leer, compuesto durante el período postexílico (siglos VI-V a. de C), pertenece al documento sacerdotal y concluye el tema de la lejanía/proximidad de Dios de Ex 32-34, presentándonos la imagen de Moisés con el rostro radiante y luminoso.

Éste baja del monte Sinaí llevando en las manos las dos tablas de la ley y manifestando en su persona, sin saberlo, el lugar privilegiado de la revelación de Dios. El pueblo, al verlo, no se atreve a acercarse a él, presa de un sagrado temor y respeto (v. 30). Sin embargo, Moisés llama a Aarón y a los representantes del pueblo para comunicarles las órdenes de Dios. Se cubre el rostro con un velo cuando se encuentra entre su gente y, al contrario, se quita el velo cuando entra en la tienda para dialogar con Dios (cf. Eclo 45,2.7ss; 50,5-13).

Moisés, el gran caudillo, es aquí el signo revelador de Dios. Lo revela no sólo con el esplendor que emana de su persona, sino también con las tablas de la ley, que contienen la Palabra de Dios. Así pues, acercarse a Moisés y escuchar sus enseñanzas significa hacer la experiencia de lo divino (w. 31-34) y entrar en el misterio de Dios, que está escondido para el pueblo, aunque él esconde su esplendor con un velo ante los israelitas. Moisés, por consiguiente, como figura carismática, encarna todas las mediaciones de la revelación divina: a él se le atribuye la promulgación de la ley y la autoridad de la Palabra de Dios. No es difícil ver evocada en este fragmento, en el que brilla la luz de Dios en el rostro de Moisés, la figura del Cristo glorioso en la transfiguración, manifestación verdadera del Salvador de los hombres e imagen viva y luminosa del Dios invisible (cf. Me 9,2-8; 2 Cor4,6;Heb 1,3; Col 1,15).

Evangelio: Mateo 13,44-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre:

44 Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo deja oculto y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo.

45 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con un mercader que busca ricas perlas y que,

46 al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

 

**• Las dos parábolas gemelas -la del tesoro y la de la perla- ponen de manifiesto el valor absoluto del Reino de Dios anunciado por Jesús, por el que vale la pena vender cualquier otra cosa. En la primera se habla de un campesino que, al encontrar un tesoro y querer hacerlo suyo, compra con alegría el campo, aun a costa de vender todo lo que tiene. Sabe muy bien, en electo, que, según la ley judía, quien compra un terreno se vuelve dueño del suelo y del subsuelo. La segunda parábola tiene como protagonista a un mercader de perlas, que, al encontrar una de gran belleza y rara, vende todo lo que tiene y la compra, porque sabe muy bien que no hay nada de más valor que esa perla.

La enseñanza de Jesús es iluminadora y fundamental: el Reino de Dios y todo lo que éste comporta exige una entrega completa e incondicionada a su causa. Este Reino, en efecto, no es algo, sino alguien; es haber encontrado a la persona de Jesús. Por eso hay que optar por él con la prontitud y la alegría del que ha comprendido el valor del Reino de Dios. Y la alegría es tan profunda y tan sentida que hace posible vender cualquier otro bien, con tal de alcanzar el fin deseado, esto es, la posesión de tal tesoro y de tal perla, frente a los cuales cualquier otra cosa pierde valor y no resulta excesivo ningún esfuerzo.

Más allá de esta finalidad, las parábolas nos presentan la exigencia de radicalismo en la opción por el Reino de Dios. Es preciso eliminar cualquier otro compromiso, si queremos alcanzar el amor como don de un Dios que nos ama en la comunión con él. Al hombre le compete la correspondencia y la disponibilidad frente a la iniciativa de Dios Padre.

 

MEDITATIO

En la parábola del hombre que encuentra el tesoro en el campo, parece que Jesús se describe a sí mismo. Él fue, verdaderamente, el hombre que descubrió algo que le llevó a «vender todo lo que tenía» para adquirirlo.

De la lectura de los evangelios se desprende, en efecto, la figura de un Jesús profundamente recogido y unificado en torno a un centro de atracción, que ha entregado todo lo que es, todas sus energías y capacidades a algo que le ha fascinado. Jesús, para decirlo con una comparación, no aparece como un «hombre-veleta», en constante cambio, sino como un «hombre-roca», anclado tenazmente en un punto estable e inamovible que da sentido a su vida.

Este centro de atracción, este punto firme e inamovible fue lo que él, con el lenguaje propio de su tiempo, llamó «Reino de Dios». Dice, en efecto, el evangelio de Marcos al introducir el comienzo de su actividad: «Después que Juan fue arrestado, marchó Jesús a Galilea, proclamando la Buena Noticia de Dios. Decía: "Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio"» (Me 1,14ss).

Jesús vivió con pasión esta «Buena Noticia» y anunció este «tesoro» que encontró en el campo. A ella dedicó, con entusiasmo y generosidad incomparable, todo lo que era y todo lo que tenía, hasta su propia vida, cuando llegó el momento de la entrega de sí mismo. Quería que Dios, ese Dios al que invocaba tiernamente como «Abbá» (Me 14,36), a pesar de todos los usos contrarios de su pueblo, pudiera establecer su soberanía benévola sobre todos y cada uno, pudiera ser verdaderamente rey en este mundo. Así habría desaparecido de él todo lo que no permitía a sus hermanos y hermanas ser verdaderamente felices. Anhelaba, en definitiva, que todos «tuvieran vida, y la tuvieran en abundancia» (Jn 10,10).

El suyo no era un anhelo puramente sentimental e ineficaz, sino que se traducía en una actividad incontenible encaminada a la realización de aquello que anhelaba. Podemos imaginar que, como se dice de Moisés en la primera lectura, también el rostro de Jesús estuviera radiante, precisamente porque en él se transparentaba aquella alegría irrefrenable que le había llevado a «vender todo lo que tenía» para «comprar aquel campo» en el que se encontraba su «tesoro».

 

ORATIO

¡Cómo quisiéramos ser como tú, Jesús! ¡Cómo quisiéramos que toda nuestra vida estuviera recogida y concentrada en torno a ese centro que unificaba toda tu vida! Por desgracia, nosotros nos dejamos seducir por muchas otras cosas que nos atraen. Estamos constantemente sacudidos de aquí para allá como por las olas del mar. Nuestro corazón está con frecuencia en otra parte, no allí donde se encuentra el tesoro que tú habías encontrado. No buscamos siempre el Reino de Dios, no amamos de una manera suficiente la «vida abundante» para todos.

Ayúdanos tú, Señor. Si, como hiciste un día con tus discípulos, nos miras a los ojos y nos dices: «Sígueme», nos quedaremos fascinados por tu voz y por tu propuesta y te seguiremos. Si nos lo dices una vez más, con vigor, seremos capaces de seguirte todavía y siempre. Y también nuestro rostro estará radiante de alegría e iremos detrás de ti con valor, confiando sólo en tu Palabra de vida, y nos dejaremos quemar en nuestro interior por el fuego de tu Espíritu y de tu amor.

 

CONTEMPLATIO

Realmente puedo alegrarme, y nadie podrá arrebatarme este gozo. Tengo ya lo que anhelé tener bajo el cielo: veo cómo tú, sostenida por una admirable prerrogativa de la sabiduría de la boca del mismo Dios, superas triunfalmente, de modo pasmoso e impensable, las astucias del artero enemigo, y la soberbia que arruina la naturaleza humana, y la vanidad que infatúa los corazones de los hombres; y cómo has hallado el tesoro incomparable, escondido en el campo del mundo y de los corazones de los hombres (Mt 13,44), con el cual se compra nada menos que a Aquel por quien fueron hechas todas las cosas de la nada; y cómo lo abrazas con la humildad, con la virtud de la fe, con los brazos de la pobreza. Lo diré con palabras del mismo apóstol: te considero cooperadora del mismo Dios y sostenedora de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable (1 Cor 3,9; Rom 16,3). Dime: ¿quién no se alegraría de gozos tan envidiables? Pues alégrate también tú siempre en el Señor (Flp 4,1.4), carísima, y no te dejes envolver por ninguna tiniebla ni amargura, oh señora amadísima en Cristo, alegría de los ángeles y corona de las hermanas.

Fija tu mente en el espejo de la eternidad, fija tu alma en el esplendor de la gloria (Heb 1,3), fija tu corazón en la figura de la divina sustancia (2 Cor 3,18), y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad. Así experimentarás también tú lo que experimentan los amigos al saborear la dulzura escondida que el mismo Dios ha reservado desde el principio para sus amadores. Deja de lado absolutamente todo lo que en este mundo engañoso e inestable tiene atrapados a sus ciegos amadores, y ama totalmente a quien totalmente se entregó por tu amor (Clara de Asís, «Tercera carta a santa Inés de Praga», VII, 12-14, en Fuentes franciscanas, edición electrónica).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vosotros que habéis dejado todo por el Evangelio, recibiréis cien veces más y heredaréis la vida eterna» (cf. Mt 19,27.29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo que mina y envenena en general nuestra felicidad es sentir tan cerca el fondo y el fin de todo lo que nos atrae: el sufrimiento de las separaciones y del deterioro, la angustia del tiempo que discurre, el terror frente a la fragilidad de los bienes poseídos, la decepción producida por alcanzar tan pronto el final de lo que somos y de lo que amamos...

Para quien ha descubierto, en un Ideal o en una Causa, el secreto de colaborar e identificarse, de cerca o de lejos, con el Universo en progreso, todas las sombras desaparecen. La alegría de adorar, refluyendo, para dilatarlas y consolidarlas, en absoluto para disminuirlas o destruirlas, sobre la alegría de ser y la de amar (Curie, Termier, han sido admirables amigos, padres y esposos), comporta y aporta, en su plenitud, una maravillosa paz. El objeto que la alimenta es inagotable, puesto que se confunde, poco a poco, con la misma consumación del mundo a nuestro alrededor. Por eso escapa a toda amenaza de muerte y de corrupción. Por último, en cierto modo, está continuamente a nuestro alcance, puesto que el mejor modo que tenemos de alcanzarlo es, simplemente, nacer lo mejor posible, cada uno en nuestro sitio, lo que podamos hacer.

La alegría del elemento convertido en consciente de la Totalidad a la que sirve y en la que se realiza, la alegría alcanzada por el átomo reflexivo en el sentimiento de su función y de su consumación en el seno del universo que lo contiene: ésa es, en la teoría y en la práctica, la forma más elevada y más progresiva de felicidad que me es posible proponeros y desearos. A nuestro alrededor, la mística de la búsqueda, las místicas sociales, se precipitan con una fe admirable a la conquista del porvenir. Ahora bien, ningún vértice preciso ni, lo que es aún más grave, ningún objeto amable se presenta a su adoración. Y he aquí la razón de que, en el fondo, la alegría y las entregas que suscitan sean duras, secas, frías, tristes, o sea, preocupantes para quien las observa y, en último extremo, no del todo beatificantes para quienes las siguen.

Sin embargo, junto a y, hasta hoy, en los márgenes de tales místicas humanas, la mística cristiana no cesa nunca, desde hace dos milenios, de impulsar cada vez más lejos (sin que muchos lo sospechen) sus perspectivas de un Dios personal, no sólo creador, sino también animador y totalizador de un Universo que él vuelve a llevar a sí mismo a través del concurso de todas las fuerzas que reagrupamos bajo el nombre de Evolución. Con el esfuerzo persistente del pensamiento cristiano, la enormidad angustiosa del mundo va convergiendo poco a poco hacia lo alto, hasta transfigurarse en un foco de energía amante... (P. Teilhard de Chardin, Sulla felicita, Brescia 1990, pp 37ss y 44ss [edición española: Sobre el amor y la felicidad, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1997]).

 

 

Día 3

Jueves de la 17ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Éxodo 40,16-21.34-38

En aquellos días:

16 Moisés hizo todo cuanto el Señor le había ordenado.

17 El día primero del primer mes del año segundo fue montada la morada.

18 Moisés levantó la morada, asentó las basas, colocó los tableros y los varales y puso en pie los soportes.

19 Y sobre la morada extendió la cubierta tal como el Señor le había ordenado.

20 Tomó las tablas del testimonio y las colocó dentro del arca, puso los varales al arca y situó la plancha de oro encima del arca;

21 metió el arca en la morada, colgó el velo de separación y con él ocultó el arca del testimonio, como el Señor le había ordenado.

34 Entonces la nube cubrió la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó la morada.

35 Moisés no podía entrar en la tienda del encuentro, porque la nube estaba encima de ella, y la gloria del Señor llenaba la morada.

36 Durante el tiempo que duró su caminar, los israelitas se ponían en marcha cuando la nube se levantaba de la morada.

37 Si la nube no se levantaba, no partían hasta el día en que se levantaba,

38 porque la nube del Señor se posaba de día sobre la morada, y de noche brillaba como fuego a la vista de todo Israel, durante todas las etapas de su camino.

 

*+• El texto que hemos leído pertenece a la tradición sacerdotal y, cuando lo examinamos atentamente, hace pensar en el ordenamiento del culto de la comunidad del segundo templo, aunque la matriz sigue siendo la fuente sinaítica. Estamos frente al santuario del desierto, en sintonía con la marcha del pueblo tras la experiencia del Sinaí. Moisés, siguiendo lo que le había mandado, construye la tienda (la Morada) para el Señor (w. 16-21) y Dios se establece en medio de su pueblo elegido (w. 34-38). Tras el Sinaí, ahora será la tienda la que constituya la continuidad de la revelación de Dios a los hombres.

Aquí se fija el lugar ideal en el que cada individuo puede entrar en contacto con el Señor y dialogar con él. Dios, Padre de la tierra y del cielo, decide ubicarse, habitar en la «morada» (cf. v. 35; Ex 25,8; Ez 37,27; Jl 4,17), entre las tiendas de su pueblo, y comunicarse con Moisés, mediador carismático. De este modo, Moisés podía hacer llegar a su pueblo todo lo que Dios le había ordenado.

El signo visible del Dios invisible, aunque presente y operante entre los hombres, era la «nube», que regulaba las etapas del camino del pueblo en el desierto hacia la tierra prometida. La presencia de Dios, que llenaba la tienda del santuario, recibía el nombre de «gloria», esto es, manifestación del amor salvífico de Dios en su poder y santidad, por parte de la tradición sacerdotal. En el judaísmo posterior, la «presencia» de Dios en el templo de Jerusalén recibirá el nombre de Shekhinah, «la Presencia» por excelencia. Pues bien, las tres letras fundamentales de esta palabra hebrea, s-k-n, figuran también en la raíz del verbo griego usado por el cuarto evangelista: eskénosen. En efecto, para Juan, la humanidad de Cristo es la nueva tienda santa, el nuevo templo en el que reside toda la plenitud de la sabiduría, la gracia y la verdad, en donde se manifiesta la presencia perfecta del Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Y nosotros, nuevo pueblo en camino, ¿estamos dispuesto a seguirle cada vez que el Señor nos invite a ir detrás de él?

 

Evangelio: Mateo 13,47-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre:

47 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con una red que echan al mar y recoge toda clase de peces;

48 una vez llena, los pescadores la sacan a la playa, se sientan, seleccionan los buenos en cestos y tiran los malos.

49 Así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos

50 y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes.

51 Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Habéis entendido todo esto? Ellos le contestaron: -Sí.

52 Y Jesús les dijo: -Todo maestro de la Ley que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas.

53 Cuando Jesús acabó de contar estas parábolas, se marchó de allí.

 

**• Mateo refiere la parábola de la red echada al mar que recoge todo tipo de peces, buenos y no buenos, como en la parábola de la cizaña y la buena semilla. Ahora bien, la reflexión del evangelista en nuestro texto pone el acento en la situación que se creará al final del mundo. El Reino de Dios será cribado en todos sus componentes, se arrastrará la red a la orilla y se examinará el contenido de la pesca. Entonces la suerte de los malvados recibirá su justo castigo y quedará eliminado el mal; esto equivale a decir que todos los hombres pecadores deben reflexionar, mientras tienen tiempo, sobre esta realidad futura y obrar en consecuencia de cara a una adecuada conversión de vida.

La enseñanza de Jesús es clara: «Todo maestro de la Ley que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas» (v. 52); es decir, que el nuevo discípulo del Reino de Dios debe atesorar los bienes recibidos. Y discípulo de Jesús es aquel que ha escuchado la Palabra y comprende los misterios del Reino. Por consiguiente, es como la tierra buena que recibe la semilla y la hace fructificar después de haber acogido el don de la Palabra del Padre. Posee, en efecto, no sólo la revelación de las Escrituras relativas a la primera alianza, sino también el conocimiento del misterio del Reino y la vida misma del Reino, que es la palabra del Evangelio. De todo este inmenso tesoro debe servirse tanto para ser personalmente un testigo creíble de la voluntad salvífica de Dios como para conducir a los otros al conocimiento de la verdad plena y hacerla vivir en la obediencia de la fe.

 

MEDITATIO

«La gloria del Señor llenó la morada», dice la primera lectura, refiriéndose a la presencia de Dios en la tienda que Moisés había preparado. Más tarde, Salomón construyó el templo en Jerusalén, y la gloria de Dios vino a habitar en él y a llenarlo con su presencia {cf. 1 Re 8,11). El pueblo de Israel estaba profundamente convencido de que Dios habitaba en el templo, de que su gloria lo llenaba, y a él acudía para encontrarle y rendirle culto.

Jesús, en su diálogo con la samaritana junto al pozo, innovó profundamente esta perspectiva: «Créeme, mujer, está llegando la hora -mejor dicho, ha llegado ya- en que para dar culto al Padre no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén. [...] Ha llegado la hora en que los que rindan verdadero culto al Padre lo harán en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad (Jn 4,21-24). Como es sabido, los primeros cristianos no tenían templos. Celebraban su culto, especialmente el acto más peculiar de su fe, la eucaristía, en las casas (cf. Hch 2,46). Sólo más tarde empezaron a tener lugares reservados para sus liturgias.

La morada de la gloria de Dios ya no es, por consiguiente, el templo material, sino todo el mundo, abierto a Cristo y al Espíritu. En efecto, para Jesús, como nos hizo comprender por medio de la parábola de Mt 25,31-46, Dios está presente sobre todo en el hermano pequeño y menesteroso. En él es donde lo podemos encontrar y rendirle honores, saliendo al encuentro de esta pequeñez y esta necesidad. Se trata de un culto que tiene su fuente en el Espíritu de amor derramado en los corazones de los creyentes, que les impulsa a glorificar a Dios haciendo vivir a los otros al calor de lo que decía el obispo mártir san Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre vivo».

Tal vez los «peces malos» de los que habla la parábola del evangelio de hoy sean también esos cristianos que piensan honrar a Dios realizando actos de culto ritual, pero sin preocuparse de rendirle el culto «en espíritu y en verdad» que él espera. ¿Tenemos esta confiada apertura a la novedad del Espíritu que nos interpela?

 

ORATIO

Oh Padre, nosotros quisiéramos glorificarte como tú deseas y mereces. Por eso, quisiéramos darte culto no tanto a través de la materialidad de los actos rituales como a través de nuestra vida diaria vivida «en espíritu y en verdad» (Jn 4,24).

Sabemos que tú moras particularmente en los hermanos y en las hermanas necesitados, en los que tienen hambre y sed, en quienes están solos y tristes, en quienes están enfermos y privados de lo necesario, y en ellos esperas tu glorificación. Ellos son, de un modo absolutamente particular, la morada que te has elegido para ser honrado y glorificado. Nos lo dijo tu Hijo, Jesús, que fue el primero en darte gloria entregando la vida por todos nosotros, sus hermanos.

Tú sabes lo débiles que somos y cuánto nos cuesta, en ocasiones, darte el culto que tú esperas de nosotros. Nos resulta más fácil repetir ritos, incluso bellamente ejecutados y perfectos, que comprometernos en la vida concreta en favor de nuestros hermanos y de nuestras hermanas. Sálvanos de esta debilidad nuestra. Haz que seamos «peces buenos» cogidos por tu red para tu Reino. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Se da orden a todo el pueblo, a cada uno según sus fuerzas, de construir el tabernáculo, a fin de que, en cierto modo, todos juntos formen un único tabernáculo. Ahora bien, la contribución misma no tiene lugar de una manera forzosa, sino espontánea. [...] El motivo por el que era preciso construir el tabernáculo lo encontramos afirmado antes, cuando el Señor dice a Moisés: «Me construirás un santuario y desde él me mostraré a vosotros» (cf Ex 25,8 LXX).

Dios quiere, por tanto, que le hagamos un santuario y nos promete que, si se lo hacemos, podrá mostrarse a nosotros. De ahí que también el apóstol diga a los judíos: «Buscad la paz y la santificación, sin la cual nadie verá a Dios» (Heb 12,14). [...] Construyamos, pues también nosotros un santuario para el Señor todos juntos y cada uno en particular (Orígenes, Omelie sull'Esodo, Roma 21991, pp. 173-175 [edición española: Homilías sobre el Éxodo, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1992]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Abre, Señor, mi corazón y comprenderé las palabras de tu Hijo» (cf. Hch 16,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Es posible atraer a Dios al mundo? ¿No es éste un modo de ver arrogante y pretencioso? Nosotros creemos que la gracia de Dios consiste precisamente en esta voluntad suya de dejarse conquistar por el hombre, en este, por así decirlo, entregarse a él. Dios quiere entrar en este mundo, que es suyo, pero quiere hacerlo a través del hombre: en eso consiste el misterio de nuestra existencia, en eso consiste la oportunidad sobrehumana del género humano.

Un día en que el rabí Mendel de Kosk recibía a unos huéspedes eruditos, les sorprendió preguntándoles a quemarropa: «¿Dónde habita Dios?». Ellos se rieron de él: «¡Qué cosas se le ocurren! ¿Acaso no está el mundo lleno de su gloria?». Sin embargo, fue el mismo rabí quien dio la respuesta a la pregunta: «Dios habita allí donde le dejamos entrar».

Eso es lo que cuenta en última instancia: dejar entrar a Dios. Pero sólo podemos dejarle entrar allí donde nos encontramos, donde nos encontramos realmente, donde vivimos, y donde vivimos una vida auténtica. Si instauramos una relación santa con el pequeño mundo que nos ha sido confiado, si, en el ámbito de la creación con la que vivimos, ayudamos a la santa esencia espiritual a llegar a su consumación, entonces preparamos a Dios una morada en nuestro lugar, entonces dejamos entrar a Dios (M. Buber, // cammino dell'uomo, Magnano 1990, pp. 63ss).

 

 

Día 4

Viernes de la 17ª semana del Tiempo ordinario o 4 de agosto, conmemoración de San Juan María Vianney

 

Juan María Vianney nació cerca de Lyon (Francia) el 8 de mayo de 1786. Descubrió pronto su vocación para el sacerdocio, pero fue excluido del seminario por falta de aptitud para los estudios. Le ayudó el párroco de Ecully y, cuando ya estaba casi en los treinta años, fue ordenado sacerdote en Grenoble. En 1819 fue destinado a la parroquia de Ars, a la que transformó con su bondad, abnegación pastoral y santidad de vida. Murió el 4 de agosto de 1859. Es patrono de los párrocos desde 1929.

LECTIO

Primera lectura: Levítico 23,1.4-11.15-16.27.34b-37

El Señor dijo a Moisés:

4 Éstas son las fiestas del Señor, las asambleas santas que convocaréis en las fechas establecidas.

5 El día catorce del mes primero, al atardecer, es la pascua del Señor.

6 Y el día quince del mismo mes es la fiesta de los panes ácimos en honor del Señor. Durante siete días comeréis pan sin levadura.

7 El primer día tendréis asamblea santa y no haréis ningún trabajo servil.

8 Durante siete días ofreceréis sacrificios en honor del Señor. El día séptimo será día de asamblea santa y no haréis en él ningún trabajo servil.

9 El Señor dijo a Moisés:

10 Di a los israelitas: Cuando hayáis entrado en la tierra que os voy a dar y seguéis la mies, llevaréis al sacerdote una gavilla de espigas como primicia de vuestra cosecha.

11 El sacerdote la ofrecerá delante del Señor con el rito de balanceo para que sea aceptada; hará el balanceo el día siguiente al sábado.

15 A partir del día siguiente al sábado, esto es, del día en que hayáis ofrecido la gavilla del balanceo, contaréis siete semanas completas.

16 Contaréis cincuenta días hasta el día siguiente al séptimo sábado y, entonces, ofreceréis al Señor una ofrenda de granos nuevos.

34  El día diez del mismo mes séptimo es el día de la expiación; tendréis asamblea santa, ayunaréis y ofreceréis sacrificios en honor del Señor. El día quince de este mes séptimo se celebrará durante siete días la fiesta de las tiendas en honor del Señor.

35 El primer día habrá asamblea santa y no haréis en él ningún trabajo servil.

36 Durante siete días ofreceréis sacrificios en honor del Señor; el día octavo tendréis asamblea santa y ofreceréis sacrificios al Señor; es día de asamblea solemne; no haréis en él ningún trabajo servil.

37 Éstas son las fiestas del Señor, en las cuales convocaréis asambleas santas, para ofrecer sacrificios en honor del Señor, holocaustos con ofrendas, sacrificios de comunión y libaciones: cada una en el día prescrito.

 

*•• El texto considera el ciclo litúrgico de las diferentes fiestas anuales según la redacción sacerdotal, vinculada con los medios de Jerusalén y encuadrada en la «ley de santidad». Consideradas bajo esta luz, las fiestas judías aparecen como asambleas del pueblo en el lugar santo, en presencia del Dios tres veces santo, y recuerdan su sucesión durante el ciclo anual para su digna celebración. Estas fiestas tienen la finalidad de hacer salir al individuo de su autosuficiencia, para insertarlo en una vida de dimensión comunitaria: cada hombre, en efecto, pertenece al pueblo, es una expresión del mismo y, a través de él, pertenece a Dios. Los elementos constitutivos de las fiestas de Israel son, esencialmente, dos: la convocación de la santa asamblea del pueblo y el descanso del trabajo. El primero marca el ritmo de la vida del pueblo y hace revivir, especialmente en la celebración litúrgica, el recuerdo de las maravillas llevadas a cabo por Dios en la historia judía; el segundo aleja al pueblo de las cosas materiales y cotidianas y lo introduce en el tiempo fuerte de Dios, donde toma conciencia del discurrir de la vida y de su significado de salvación.

Las fiestas judías, herencia cananea, siguen el ritmo agrario de las cosechas. La fiesta de la pascua es la fiesta que se celebra en honor de Dios a fin de asegurar la prosperidad de los rebaños, pero celebra todavía más la salvación que el pueblo ha conocido en su historia. El Señor, que cada año concede los frutos de la tierra y del ganado, es el mismo que ha manifestado su poder salvador para liberar a Israel. De este modo, la fiesta pascual se funde con los ácimos a fin de recordar la liberación de la esclavitud y la posesión de la tierra fértil. La fiesta de las semanas o de Pentecostés celebra la cosecha del trigo y también la entrega de la Ley por parte de Dios. La fiesta de las chozas recuerda la vendimia y el paso de Israel a través del desierto. En realidad, todas las fiestas cristianas se inspiran en las fiestas judías, aunque enriquecidas con el nuevo contenido cristiano.

 

Evangelio: Mateo 13,54-58

En aquel tiempo,

54 fue Jesús a su pueblo y se puso a enseñarles en su sinagoga. La gente, admirada, decía: -¿De dónde le vienen a éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos?

55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Santiago, José, Simón y Judas?

56 ¿No están todas sus hermanas entre nosotros? ¿De dónde, pues, le viene todo esto?

57 Y los tenía escandalizados. Pero Jesús les dijo: -Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y en su casa.

58 Y no hizo allí muchos milagros por su falta de fe.

 

**• Tras el «discurso de las parábolas» {cf. 13,1-52), Mateo nos presenta a Jesús en la sinagoga de su pueblo, en Nazaret, rechazado por sus paisanos (cf. Me 6,1-6). Éstos, desde la admiración inicial por su sabia enseñanza (v. 54), pasan a preguntarse por la predicación del «hijo del carpintero», por María, su madre, por sus hermanos y hermanas (w. 55ss), e incluso se escandalizan de él. Con las palabras «y los tenía escandalizados» (v. 57), Mateo nos introduce en el misterio de la persona de Jesús. Sus paisanos quieren comprender a Jesús partiendo únicamente del aspecto humano, como habían hecho también, en otras circunstancias, sus mismos parientes (cf. Me 3,21). Su conocimiento humano se vuelve para los naturales de Nazaret un obstáculo para penetrar en la persona de Jesús y acogerle, para creer en él como el mesías esperado: «¿De dónde, pues, le viene todo esto?» (v. 56b).

Frente a este rechazo explícito, Jesús constata la verdad del proverbio: « Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y en su casa» (v. 57b). La suerte que le espera a cada profeta verdadero, como la de Jesús y la de todo verdadero discípulo, es la incomprensión, el desprecio, el escarnio y la persecución, llevada hasta el sacrificio de la muerte a causa de la verdad. Serán precisamente la incomprensión y la falta de fe de sus paisanos las que impedirán a Jesús hacer allí muchos milagros, porque sólo la fe permite la comprensión del misterio de su persona de mesías e hijo de Dios.

 

MEDITATIO

La particular solicitud por la salvación de los otros, por la verdad, por el amor y la santidad de todo el pueblo de Dios, por la unidad espiritual de la Iglesia, que nos ha sido confiada por Cristo junto con la potestad sacerdotal, se explica de varias maneras [...].

Sois portadores de la gracia de Cristo, Eterno Sacerdote, y del carisma del buen pastor. No lo olvidéis jamás; no renunciéis nunca a esto; debéis actuar conforme a ello en todo tiempo, lugar y modo. En esto consiste el arte máxima a la que Jesucristo os ha llamado. «Arte de las artes es la guía de las almas», escribía san Gregorio Magno.

Os digo, por tanto, siguiendo sus palabras: esforzaos por ser los «maestros» de la pastoral. Ha habido ya muchos en la historia de la Iglesia. ¿Es necesario citarlos?

Nos siguen hablando a cada uno de nosotros, por ejemplo, san Vicente de Paúl, san Juan de Ávila, el santo cura de Ars, san Juan Bosco, el beato Maximiliano María Kolbe y tantos otros (Juan Pablo II, Carta a los obispos y a los sacerdotes, Jueves Santo de 1979, 6).

 

ORATIO

Te amo, oh mi Dios.

Mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida.

Te amo, oh infinitamente amoroso Dios, y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti.

Te amo, oh mi Dios, y mi único temor es ir al infierno porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor.

Oh mi Dios, si mi lengua no puede decir a cada instante que te amo, por lo menos quiero que mi corazón lo repita cada vez que respiro.

Ah, dame la gracia de sufrir mientras te amo y de amarte mientras sufro, y el día que me muera no sólo amarte, sino sentir también que te amo.

Te suplico que, mientras más cerca esté de mi hora final, aumentes y perfecciones mi amor por Ti. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Algunos dichos del santo:

«La mayor de las tentaciones es no tener ninguna».

«Es nuestro orgullo lo que nos impide ser santos».

«Los santos se conocían a sí mismos mejor de lo que conocían a los otros: por esa razón eran humildes».

«El hombre tiene una hermosa tarea: orar y amar».

«La Santa Virgen es como una madre que tiene muchos hijos: está continuamente ocupada yendo de uno a otro».

«Los pecados que se esconden volverán a salir todos a flote».

«El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús».

«El hombre, creado por amor, no puede vivir sin amor: o ama a Dios, o ama al mundo».

 

ACTIO

    Repite y medita a menudo durante el día esta enseñanza del santo: «El pecado es el verdugo del buen Dios y el asesino del alma».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Se dice que el sacramento de la penitencia está en crisis, pero ¿está en crisis porque los que deben ser perdonados no se preocupan y no se dan cuenta, o está en crisis porque los ministros ya no viven la pasión y la muerte del Señor que perdona?

Acudamos al ejemplo del santo cura de Ars. Éste era su  tormento: quería confesar, y una de las pruebas más grandes de su vida fue que, cuando fue enviado como párroco a Ars, se dio cuenta de que no se confesaba nadie. No dijo: «Peor para ellos», no hizo una estadística. No; se consumía ante el sacramento de día y de noche, porque quería que los pecadores se confesaran y tenía un sentido tan vivo del pecado de estas criaturas que no vivía en paz. El sufrimiento por el pecado significaba que era, en el fondo, la matriz de este carácter ministerial que se expresaba después con la asiduidad al sacramento del perdón. Al final de su vida estaba totalmente identificado con el confesionario, incluso con la materialidad del habitáculo, en el que estaba prisionero día y noche.

Poco antes de morir, confesó a dos personas intemperantes e insensatas que no se detuvieron ni siquiera ante un moribundo. Él no se negó: vivir no era importante, confesar era esencial (A. Ballestrero, Alia scuola del Curato d'Ars, Cásale Monf. 1995, pp. 50ss).

 

 

 

Día 5

Sábado de la 17ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Levítico 25,1-8-17

En aquellos días,

1 el Señor dijo a Moisés en el monte Sinaí:

8 Contarás siete semanas de años, siete por siete, o sea, cuarenta y nueve años.

9 El día diez del séptimo mes harás sonar la trompeta. El día de la expiación haréis que resuene la trompeta por toda vuestra tierra.

10 Declararéis santo este año cincuenta y proclamaréis la liberación para todos los habitantes del país. Será para vosotros año jubilar y podréis volver cada uno a vuestra propiedad y a vuestra familia.

11 El año cincuenta será para vosotros año jubilar; no sembraréis, no segaréis las mieses crecidas espontáneamente ni vendimiaréis las viñas sin cultivar,

12 pues es año jubilar, y será santo para vosotros; comeréis en él lo que crezca espontáneamente en los campos.

13 En el año jubilar cada uno recobrará sus propiedades.

14 Si vendéis o compráis alguna cosa a vuestro prójimo, no os defraudaréis entre hermanos.

15 Comprarás a tu prójimo en proporción al número de años transcurridos después del año jubilar y, en razón de los años de cosecha que le quedan, él te fijará el precio de venta;

16 cuantos más queden, más le pagarás; cuantos menos queden, menos le pagarás, porque es un determinado número de cosechas lo que te vende.

17 No os defraudéis entre hermanos; temed a vuestro Dios. Yo soy el Señor, vuestro Dios.

 

** Además de las fiestas judías, la «ley de santidad» enumera también las normas de orden social para los años santos, es decir, tanto para el año sabático de cada siete años (una semana de años) como para el año jubilar de cada cincuenta años (siete semanas de siete años), realzando así el valor del día del sábado y el esquema septenario de la semana. En esta estructura económico-social subyacen, sin embargo, algunos elementos teológicos que ponen de relieve el desarrollo de la revelación divina. Al concepto religioso de Dios, creador y señor de la historia y del mundo, se vinculan los temas del rescate y de la remisión de las deudas.

Sobre el año jubilar, de carácter social aunque con un fundamento religioso, se habla sólo en este texto, en Nm 36,4 y en Ez 46,17. Éste había ido madurando tras la experiencia positiva del año sabático. La ley judía prescribía, en efecto, algunas normas relativas a la liberación de los esclavos, a la condonación de la deuda y a la misma restitución de las tierras a sus respectivos dueños, cosas que permitían vivir como hombres libres.

Estas normas tendían a resolver y a corregir algunos males y disfunciones sociales inherentes a la vida agrícola y urbana. Se deseaba eliminar, por ejemplo, el desequilibrio práctico sobre el problema de la riqueza caída en manos de unos pocos y la pobreza extendida, por el contrario, a la mayoría. Muchos de estos fenómenos, con frecuencia fruto de extorsiones y robos, creaban malestar entre el pueblo y desequilibrios en la sociedad, que se extendían asimismo al campo de la vida religiosa.

El fundamento religioso de estas leyes sociales, que se revelaron sabias, aunque no siempre se llevaron a la práctica de modo pleno, estaba en la concepción judía según la cual los bienes del mundo son iguales para todos: la tierra pertenece a Dios, que liberó al pueblo de la esclavitud de Egipto; los hombres son hermanos, y la libertad de la persona es un bien inalienable. Estos temas encuentran su verdadera realización en Jesús,  que será quien libere a la humanidad del mal y conceda el perdón de los pecados.

 

Evangelio: Mateo 14,1-12

1 Por entonces, el tetrarca Herodes oyó hablar de Jesús

2 y dijo a sus cortesanos: -Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos; por eso actúan en él los poderes milagrosos.

3 Es que Herodes había detenido a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo.

4 Pues Juan le decía: -No te es lícito tenerla por mujer.

5 Y, aunque quería matarlo, tuvo miedo al pueblo, que lo tenía por profeta.

6 Un día que se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en público y agradó tanto a Herodes

7 que éste juró darle lo que pidiese.

8 Ella, azuzada por su madre, le dijo: -Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

9 El rey se entristeció, pero, por no romper el juramento que había hecho ante los comensales, mandó que se la dieran,

10 después de enviar emisarios para que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel.

11 Trajeron la cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, la cual a su vez se la llevó a su madre.

12 Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús.

 

**• El relato del martirio de Juan el Bautista se inserta en la historia del tiempo de Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande. El precursor del Mesías, profeta de una fuerte personalidad moral, había denunciado, en nombre de Dios, el pecado de Herodes. Herodías, amante de este último, recurriendo a una intriga sutil y perversa, consigue hacer ajusticiar al Bautista, aprovechando un juramente que su hija Salomé, muy grata al rey, había obtenido de Herodes. Mateo lleva buen cuidado en destacar que la figura del profeta, defensor de la Ley de Dios, perseguido y muerto, estará modelada a partir del mismo camino que recorrerá Cristo, cuya muerte anuncia (cf 17,2).

Ambos profetas, en efecto, fueron condenados por haber dado testimonio de la verdad, sin descender ni a compromisos ni a componendas de ningún tipo. La muerte de Juan el Bautista, que los mismos discípulos del Bautista comunicaron a Jesús, es la conclusión lógica de una vida empleada de modo coherente con su propia misión de precursor: «Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús» (v. 12). Y este anuncio constituye para Jesús un indicio cierto de que él realizará su propia misión recorriendo el mismo camino de incomprensión y de muerte, siguiendo la lógica de los profetas rechazados por el pueblo. El hecho de que los discípulos se dirigieran a Jesús significa, por otra parte, para el evangelista Mateo, que Jesús se queda como el verdadero punto de referencia, como el testigo fiel del Padre.

 

MEDITATIO

Una de las cosas que sorprende en la narración evangélica es el poco valor que los poderosos atribuyen a la vida humana: para satisfacer la veleidad de una mujer, a la que estaba unido de manera adúltera, y para salvar la cara ante unos invitados, Herodes no dudó en hacer decapitar a Juan el Bautista. Precisamente, lo contrario que anunciaba ya en el Antiguo Testamento un salmo que esboza la figura ideal del rey de Israel: «Porque él librará al pobre que suplica, al humilde que no tiene defensor; tendrá piedad del pobre desvalido y salvará la vida de los pobres. Los librará de la violencia y la opresión, pues sus vidas valen mucho para él» (Sal 72,12-14).

Jesús, tal como se deduce de los evangelios, se batió hasta el final para defender la vida y la dignidad de todos y cada uno de los hijos de Dios, en particular de cada uno de los que menos tenían en la vida y no gozaban de una dignidad reconocida: los pecadores, que eran excluidos y marginados automáticamente por los llamados justos (cf. Le 18,8; Mt 9,13); los pobres y los sencillos, a quienes los ricos y los poderosos desatendían con indiferencia o incluso explotaban (cf. Le 16,19-21; 20,47); las mujeres, cuya igualdad en dignidad respecto al hombre era ignorada y estaba ofuscada de muchos modos (cf. Mt 19,3; 22,24-26)... Jesús intentó rescatarlos «de la violencia y del abuso», porque verdaderamente «su sangre era preciosa ante sus ojos». Al hacer suya la espiritualidad del jubileo proclamado en la primera lectura de hoy (cf. Le 4,18), llegó hasta el punto de derramar su propia sangre en la cruz por ellos. Su mensaje fue un mensaje de fraternidad universal, que daba la vuelta a toda actitud que estuviera en línea con la de Caín, asesino de su hermano. A la pregunta lanzada de una manera insolente a Dios por este último: «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9), Jesús respondió con la parábola del buen samaritano: ¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? [...] Vete y haz tú lo mismo» (cf. Le 10,36ss).

Hoy hemos crecido, indiscutiblemente, en sensibilidad hacia la vida y la dignidad de todos, y, en particular, de los más débiles y excluidos. El Concilio Vaticano II, en el documento Dignitatis humanae, sancionó con claridad esta nueva sensibilidad también en el interior de la Iglesia. Diferentes tomas de posición del Magisterio eclesial de estos últimos años están claramente impregnadas por esta visión evangélica. Con todo, queda aún mucho por hacer en este campo. Hay todavía millones y millones de personas cuya vida y dignidad «no cuenta», hombres y mujeres que son pisoteados en su dignidad más elemental y cuya sangre no es «preciosa» a los ojos del mundo... ¿Puede quedarse tranquilo ante esta realidad quien se considera discípulo de Jesús?

 

ORATIO

Haz que no nos quedemos tranquilos, oh Padre santo, ante el inmenso campo de trabajo que tenemos frente a nuestros ojos. Haz que, como Jesús, también nosotros asumamos la «espiritualidad del jubileo» y nos comprometamos seriamente, sin abandonos, en la defensa de la vida y la dignidad de todos nuestros hermanos y hermanas, sin excepción. Queremos ser solidarios en particular, oh Señor, con tus pobres, o sea, con aquellos -todavía muchos- cuya sangre no es preciosa a los ojos del mundo, como sí lo es, en cambio, a tus ojos.

Señor, Dios nuestro, tus profetas, como Juan el Bautista y tantos otros, pagaron un precio elevado por la fidelidad a su misión de servicio a los hermanos, y el valor que esa misión les imponía les llevó al sacrificio de su vida. Concédenos el coraje de la verdad, aunque tenga que costamos caro, y, siguiendo el ejemplo de Jesús, nuestro hermano, haz que le imitemos en la franqueza con la verdad y la justicia.

 

CONTEMPLATIO

Consagrémonos a la lectura de la santa Biblia, atraquemos en ella nuestras almas como en un muelle. De hecho, es un puerto al abrigo de la violencia de las olas, un muro que nada puede destruir, una torre que nunca puede caer, una gloria que nadie nos arrebatará, una armadura que resiste todos los golpes, una paz imperturbable, una alegría sin fin.

La Escritura nos preserva del desánimo, mantiene el alma serena, hace al pobre más rico que el rico, da la santidad a los pecadores y ayuda a los santificados. En nuestro caso, la Escritura nos ilumina sobre la riqueza y sobre la pobreza, de suerte que la riqueza no abra en nosotros la herida de la envidia y la pobreza no nos espante. Esto es así porque la Biblia, haciéndonos conocer la auténtica naturaleza de las cosas, nos impulsa a dejar de lado las sombras para abrazar la verdad. La sombra, aunque parece más grande que el cuerpo, sigue, no obstante, siendo sombra. Su misma grandeza no es sino apariencia: depende de los rayos del sol. Es tanto más grande cuanto más lejos están los rayos. A mediodía, cuando el sol brilla justamente sobre nuestras cabezas, la sombra se hace más pequeña, hasta desaparecer.

Lo mismo cabe decir de las cosas de la vida humana. Mientras están lejos de la Escritura, parecen grandes; sin embargo, cuando nos ponemos bajo la luz de la Palabra de Dios, parecen mezquinas y caducas, semejantes al agua del río, que apenas vemos un instante porque se va. Nos lo dice aquí el salmista. Se dirige a los desdichados, a los abatidos, a los pobres, que experimentan estupor ante el fasto y miedo ante los ricos. Para liberarlos de este temor, para inspirarles desprecio hacia esos pretendidos tesoros, escribe estas palabras (Juan Crisóstomo, «La Palabra de Dios es como el sol de mediodía», en El buen uso del dinero, Desclée de Brouwer, Bilbao 1995, pp. 71-72).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Señor tenga piedad de nosotros y nos bendiga» (Sal 66,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¡Ay de mí!, todavía una vez más, todos los días, se derrama sangre inocente a nuestro alrededor. Celebramos la eucaristía cada día, pero todos debemos recuperar el valor de ofrenda de nosotros mismos implícito en estas palabras de Jesús: «Mi cuerpo ofrecido por vosotros; mi sangre derramada por vosotros» [cf. Me 14,22-24). Con demasiada frecuencia, desde hace cuatro años, hemos encontrado, en la comunidad cristiana o en la sociedad argelina, hombres y mujeres que salían por la mañana para ir a su puesto de trabajo o que volvían a sus casas por la noche asumiendo valerosamente un riesgo asimilable al «cuerpo ofrecido y a la sangre derramada».

Y eso porque esas personas se negaban a someterse a una presión contraria a su conciencia y querían asumir sus fidelidades cotidianas, a pesar de los riesgos. Y, lo que es más doloroso aún, ¿qué decir de aquellos que deben aceptar los mismos riesgos no por lo que respecta a ellos mismos, sino por lo que respecta a la vida de alguno de sus vecinos, a la de su marido, de su mujer, de un hermano o una hermana, de un hijo o una hija? La ofrenda de la propia vida hecha por Jesús se convierte entonces para nosotros, los cristianos, en el signo y el tipo de la multitud de «pasiones» infligidas a los inocentes por los conspiradores de la violencia. ¡Qué valor de verdad colectiva asume entonces la eucaristía en los actuales desórdenes del mundo que acontecen en muchos países, sobre todo en el continente africano!

Jesús vio crecer la oposición a su alrededor porque su libertad interior ponía en peligro las tradiciones religiosas de su pueblo. Permaneció fiel a sí mismo. No podía hacer otra cosa, si no quería renegar de sí mismo. Esta religión «en espíritu y en verdad» era, en efecto, su mismo ser. También ella nació del mismo amor por sus hermanos que le llevará a la entrega de sí mismo y que expresa el discurso de después de la cena: «Padre, que el amor con que me amaste pueda estar también en ellos» (Jn 17,26) Afortunadamente, hay vidas que se ofrecen sin derramamiento de sangre. Sin embargo, entre el sacrificio de Jesús y los ofrecimientos de nuestra vida diaria existe continuidad. La celebración eucarística de la ofrenda de sí mismo aceptada por Jesús nos arrastra en su movimiento interior de «entrega al Padre y a los hermanos». Aquí es donde nace la Iglesia «en espíritu y en verdad», la que manifiesta el mundo nuevo, cuya plena venida anticipamos cuando asumimos su sabor compartiendo el pan del Reino y viviendo la comunión con Cristo y con todos los hermanos. Sin embargo, la nueva creación es un don de Dios para todo el pueblo, porque es una ofrenda a todos los hombres «con los medios que Dios conoce» (H. Teissier, Accanto a un amico, Magnano 1998, pp. 41 y 44ss).

 

 

Día 6

Transfiguración del Señor (6 de agosto)

 

Del mismo modo que el episodio de la transfiguración prepara en el evangelio a los apóstoles para entrar en la comprensión del misterio de la pasión-muerte de Jesús, así también en la Iglesia, casi con el mismo propósito, se celebra la fiesta de la Transfiguración cuarenta días antes de la correspondiente a la Exaltación de la Cruz. La fiesta de la Transfiguración ya aparece desde el siglo V en el calendario de la liturgia oriental para recordar la subida de Jesús al monte Tabor con Pedro, Santiago y Juan, testigos privilegiados de su gloria. El episodio está atestiguado de manera concorde por los evangelios sinópticos. La fiesta se difundió rápidamente también en la Iglesia romana, pero no fue  introducida oficialmente hasta el año 1457, con ocasión de una victoria obtenida contra los turcos.

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 7,9-10.13ss

9 Mientras yo continuaba observando, alguien colocó unos tronos y un anciano se sentó. Sus vestiduras eran blancas como la nieve y sus cabellos como lana pura; su trono eran llamas; sus ruedas, un fuego ardiente;

10 fluía un río de fuego que salía de delante de él; miles de millares lo servían y miríadas de miríadas estaban de pie ante él. El tribunal se sentó y se abrieron los libros.

13 Seguía yo contemplando estas visiones nocturnas y ví venir sobre las nubes alguien semejante a un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y fue conducido por él.

14 Se le dio poder, gloria y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su Reino jamás será destruido.

 

*•• Al profeta se le revela, en una visión nocturna, el designio de Dios sobre la historia. Ve la sucesión de los grandes imperios y de sus violentos dominadores (7,2-8), mas este espectáculo de la altivez humana se interrumpe: a Daniel se le ha concedido contemplar los acontecimientos desde el punto de vista del Señor de la historia. Él es el Juez omnipotente {cf. v. 10), que conoce y valorará definitivamente la obra de los hombres, pero es también alguien que interviene en el tiempo para rescatarlo: en efecto, a los reinos terrenos se contrapone el Reino que el «Anciano» confía a la obra de un misterioso «Hijo de hombre» que viene sobre las nubes (vv. 13ss). El autor sagrado indica así que este personaje es un hombre, aunque es de origen divino, celeste.

Ya no se trata del Mesías davídico esperado para restaurar con poder el Reino de Israel, sino de su transfiguración sobrenatural: el Hijo del hombre inaugurará un Reino que, aunque se inserta en el tiempo, «no es de este mundo» (Jn 18,36).

Éste triunfará al final sobre los imperialismos mundanos, llevando la historia a su cumplimiento escatológico. Entonces «los santos del Altísimo» participarán plenamente en la soberanía del Hijo del hombre y constituirán una sola cosa con él y en él (Dn 7,18.22.27). Con esta figura bíblica se identificará Jesús a menudo en su predicación y, en particular, en la hora decisiva del proceso ante el Sanedrín que le condenará a morir en la cruz.

 

Segunda lectura: 2 Pedro 1,16-19

Queridos:

16 Cuando os dimos a conocer la venida en poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos inspirados por fantásticas leyendas, sino porque fuimos testigos oculares de su grandeza.

17 Él recibió, en efecto, honor y gloria de Dios Padre cuando se escuchó sobre él aquella sublime voz de Dios: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco».

18 Y ésta es la voz, venida del cielo, que nosotros escuchamos cuando estábamos con él en el monte santo.

19 Tenemos también la palabra de los profetas, que es firmísima, y hacéis bien en dejaros iluminar por ella, pues es como una lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y el lucero matutino se alce en vuestros corazones.

 

**• Pedro y sus compañeros han contemplado la grandeza de Jesús, han oído la voz celestial que le proclamaba Hijo predilecto, por eso se reconocen portadores de una gracia mayor que la de los profetas. En efecto, pueden confirmar por experiencia personal la veracidad de las profecías a las que Jesús da cumplimiento. La palabra del Antiguo Testamento, sin embargo, no ha agotado su tarea de «lámpara que alumbra en la oscuridad» (v. 19): deberá seguir siempre alumbrando los pasos de los creyentes que avanzan en medio de las tinieblas de la historia hasta el día sin ocaso de la venida de Cristo en la gloria {cf. v. 19). En este camino, la visión radiante de Jesús transfigurado, que los apóstoles nos atestiguan, sostiene nuestra fe y enciende de deseo nuestra esperanza: el «lucero de la mañana» se alza ya en el corazón de quien vela expectante.

 

Evangelio : Mateo 17,1-9

En aquel tiempo,

1 tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó a un monte alto a solas.

2 Y se transfiguró ante ellos. Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

3 En esto, vieron a Moisés y a Elías que conversaban con Jesús.

4 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: -Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres hago tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

5 Aún estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió, y una voz desde la nube decía: -Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo.

6 Al oír esto, los discípulos cayeron de bruces, aterrados de miedo.

7 Jesús se acercó, los tocó y les dijo: -Levantaos, no tengáis miedo.

8 Al levantar la vista no vieron a nadie más que a Jesús.

9 Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: -No contéis a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

 

*» Mateo conecta la transfiguración con la promesa que hace Jesús a sus discípulos: «Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin ver al Hijo del hombre venir como rey» (16,28). La promesa se cumple, al menos como prenda, «seis días después» (17,1). La transfiguración viene a confirmar así la fe de los apóstoles expresada por Pedro en Cesárea de Filipo (16,16), y a superar su oposición a la perspectiva de la pasión predicha por Jesús. Éste pide a quien quiera seguirle la participación en sus sufrimientos (16,21-27). El desenlace del camino es, no obstante, glorioso, y este acontecimiento extraordinario lo prueba. Pedro, Santiago y Juan pueden ver con sus propios ojos que Jesús es verdaderamente el Hijo del hombre glorioso, que concluirá la historia inaugurando el Reino de Dios. Pueden constatar que, en Jesús, llegan a su cumplimiento las expectativas de Israel: junto a él aparecen Moisés y Elías, testigos privilegiados de Dios en el Sinaí, que han forjado y sostenido la fe del pueblo.

Mientras la nube luminosa de la presencia de YHWH envuelve a los presentes, una voz revela la identidad absolutamente única e incomparable de Jesús. La invitación a escucharle es así extraordinariamente comprometedora: la palabra del Hijo predilecto será más vinculante que las palabras de la Ley de Moisés, más penetrante que las palabras de los profetas que invitan a la conversión... En efecto, Mateo presenta aquí a Jesús como el nuevo Moisés que asciende al monte a encontrarse con Dios: Moisés recibe la llamada a entrar en la nube «tras seis días de espera» (Ex 24,15-18a) y, tras haber hablado con Dios, la piel del rostro se le vuelve radiante (Ex 34,28-35). Se comprende bien así el sagrado temor de los apóstoles frente a esta teofanía que manifiesta a Jesús como el Revelador de Dios (v. 5), y cuya palabra es la ley perfecta y definitiva: «No vieron a nadie más que a Jesús» (v. 8). Ahora bien, esta anticipación de la gloria del Maestro no debe hacer olvidar a los apóstoles el camino ya trazado: el Hijo del hombre atravesará las tinieblas de la muerte y será su radiante vencedor (v. 9).

 

MEDITATIO

Existe una llama interior que arde en las criaturas y canta su pertenencia a Dios, y gime por el deseo de él.

Existe un hilo de oro sutil que une los acontecimientos de la historia en la mano del Señor, a fin de que no caigan en la nada, y los conectará finalmente en un bordado maravilloso. El rostro de Cristo está impreso en el corazón de cada hombre y le constituye en amado de Dios desde la eternidad. Y están, a continuación, nuestros pobres ojos ofuscados..., acostumbrados a dispersarse en la curiosidad epidérmica e insaciable, trastornados por múltiples impresiones; nosotros no sabemos ya orientar la mirada al centro de cada realidad, a su fuente. Nos volvemos incapaces de asumir la mirada de Dios sobre las cosas, porque nuestra lógica y nuestra práctica se orientan en dirección opuesta a la suya, en su esfuerzo por no perder nuestra vida, por no tomar nuestra cruz. Sólo cuando Jesús nos deja entrever algo de su fulgurante misterio nos damos cuenta de nuestra habitual ceguera.

La luz de la transfiguración viene a hendir hoy, si lo queremos, nuestras tinieblas. Ahora bien, debemos acoger la invitación a retirarnos a un lugar apartado con Jesús subiendo a un monte elevado, es decir, aceptar la fatiga que supone dar los pasos concretos que nos alejan de un ritmo de vida agitado y nos obligan a prescindir de los fardos inútiles. Si fuéramos capaces de permanecer un poco en el silencio, percibiríamos su radiante Presencia. La luz de Jesús en el Tabor nos hace intuir que el dolor no tiene la última palabra. La última y única Palabra es este Hijo predilecto, hecho Siervo de YHWH por amor. Escuchémoslo mientras nos indica el camino de la vida: vida resucitada en cuanto dada. Escuchémoslo mientras nos indica con una claridad absoluta los pasos diarios. Escuchémoslo mientras nos invita a bajar con él hacia los hermanos. Entonces el lucero de la mañana se alzará en nuestros corazones e, iluminando nuestra mirada interior, nos hará vislumbrar -en la opacidad de las cosas, en la oscuridad de los acontecimientos, en el rostro de cada nombre- a Dios «todo en todos», eterna meta de nuestra peregrinación en el tiempo.

 

ORATIO

Jesús, tú eres Dios de Dios, luz de luz. Nosotros lo creemos, pero nuestros ojos son incapaces de reconocer tu belleza en las humildes apariencias de que te revistes.

Purifica, oh Señor, nuestros corazones, porque sólo a los limpios de corazón has prometido la visión de Dios.

Concédenos la pobreza interior que nos hace atentos a su Presencia en la vida diaria, capaces de percibir un rayo de tu luz hasta en los lugares donde todo aparece oscuro e incomprensible. Haznos silenciosos y orantes, porque tú eres la Palabra salida del silencio que el Padre nos pide que escuchemos. Ayúdanos a ser tus verdaderos discípulos, dispuestos a perder la vida cada día por ti, por el Evangelio; haz crecer tu amor en nosotros para ser contigo siervos de los hermanos y ver en cada hombre la luz de tu rostro.

 

CONTEMPLATIO

Antes de tu cruz preciosa, antes de tu pasión, tomando contigo a los que habías elegido entre tus sagrados discípulos, subiste al monte Tabor, oh Soberano, queriendo mostrarles tu gloria. Y ellos, al verte transfigurado y más resplandeciente que el sol, caídos rostro en tierra, se quedaron atónitos frente a la soberanía, y aclamaban: «Tú eres, oh Cristo, la luz sin tiempo y la irradiación del Padre, aunque, voluntariamente, te hagas ver en la carne, permaneciendo inmutable».

Tú, Dios Verbo, que existes antes de los siglos, tú que te revistes de luz como de un manto, transfigurándote delante de tus discípulos, oh Verbo, refulgiste más que el sol. Estaban junto a ti Moisés y Elías, para indicar que eres el Señor de vivos y de muertos y para dar gloria a tu economía inefable, a tu misericordia y a tu gran condescendencia, por la que salvaste al mundo, que se perdía por el pecado.

Nacido de nube virginal y hecho carne, transfigurado en el monte Tabor,  Señor, y envuelto por la nube luminosa, mientras estaban contigo tus discípulos, la voz del Padre te manifestó distintamente como Hijo amado, consustancial y reinante con él. De ahí que Pedro, lleno de estupor, exclamara: «¡Qué bien estamos aquí!», sin saber lo que decía, oh misericordiosísimo Benefactor (Anthologhion di tutto l'anno, Roma 2000, IV, pp. 871ss).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «A tu luz vemos la luz» (Sal 35,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si supiéramos reconocer el don de Dios, si supiéramos experimentar estupor, como el pastor Moisés, ante todas las zarzas que arden en los bordes de nuestros caminos, comprenderíamos entonces que la transfiguración del Señor -la nuestra- empieza con un cierto cambio de nuestra mirada. Fue la mirada de los apóstoles la que fue transfigurada; el Señor permanece el mismo.

La cotidianidad de nuestra vida, trivial y extraordinaria, debería revelar entonces su deslumbrante profundidad. El mundo entero es una zarza ardiente, todo ser humano -sea cual sea la impresión que suscita en nosotros- es esta profundidad de Dios.

Todo acontecimiento lleva en él un rayo de su luz. Nosotros, que hemos aprendido a mirar hoy tantas cosas, ¿hemos aprendido los datos elementales de nuestro oficio de hombres? Se vive, en efecto, a la medida del amor, pero se ama a la medida de lo que se ve. Ahora, en la transfiguración, nuestra visión participa en el misterio, de ahí que el amor esté en condiciones de brotar de nuestros corazones como fuego que arde sin consumir, y así puede enseñarnos a vivir.

Debemos pasar de la somnolencia de la que habla el evangelio a la auténtica vela, a la vigilancia del corazón. Cuando despertemos se nos dará la alegría inagotable de la cruz. Al ver, por fin, en la fe, al hombre en Dios y a Dios en el hombre -Cristo- nos volveremos capaces de amar y el amor saldrá victorioso sobre toda muerte.

El Señor se transfiguró orando; también nosotros seremos transfigurados únicamente en la oración. Sin una oración continua, nuestra vida queda desfigurada. Ser transfigurados es aprender a ver la realidad, es decir, a nuestro Dios, a Cristo, con los ojos abiertos de par en par. Ciertamente, en este mundo de locos, siempre tendremos necesidad de cerrar los ojos y los oídos para recuperar un cierto silencio. Es necesario, es como una especie de ejercicio para la vida espiritual. Sin embargo, la vida, la que brota, la vida del Dios vivo, es contemplarlo con los ojos abiertos. Él está en el hombre, nosotros estamos en él. Toda la creación es la zarza ardiente de su parusía. Si nosotros «esperásemos con amor su venida» (2 Tim 4,8), daríamos un impulso muy diferente a nuestro servicio en este mundo (J. Corbon, La gioia del Padre, Magnano 1997).

 

Día 7

Lunes de la 18ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Números 11,4b-15

4 En aquellos días, los israelitas se pusieron a llorar diciendo: -¡Ojalá tuviéramos carne para comer!

5 ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos y melones, de los puerros, cebollas y ajos!

6 y ahora languidecemos, pues sólo vemos maná.

7 El maná era como la semilla del coriandro, y su color, como el del bedelio.

8 El pueblo se esparcía para recogerlo, y lo molían en molinos o lo machacaban en el almirez. Después lo cocían en una caldera y hacían tortas que sabían a pasta amasada con aceite.

9 Cuando el rocío caía sobre el campo por la noche, caía sobre él el maná.

10 Oyó Moisés cómo el pueblo se quejaba, reunido por familias a las puertas de las tiendas, provocando gravemente la ira del Señor, y muy contrariado se dirigió al Señor diciendo:

11 -¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué me has retirado tu confianza y echas sobre mí la carga de todo este pueblo?

12 ¿Acaso lo he concebido yo o lo he dado a luz para que me digas: «Llévalo sobre tu regazo como lleva la nodriza a su criatura y condúcelo hacia la tierra que prometí a sus padres?

13 ¿Dónde puedo yo encontrar carne para todo este pueblo, que  viene a mí llorando y me dice: «Danos carne para comer»?.

14 Yo solo no puedo soportar a este pueblo; es demasiada carga para mí.

15 Si me vas a tratar así, prefiero morir. Pero si todavía gozo de tu confianza, pon fin a mi aflicción.

 

**• Reemprendemos el camino de Israel por el desierto. El pueblo, liberado de la esclavitud de Egipto, está cansado. No ha llegado aún a la tierra prometida. El desierto se convierte en el lugar de la tentación y de la prueba, de la murmuración y de la revuelta. Más que tener la mirada puesta en la salvación obtenida y en el don recibido de Dios, mira hacia atrás con nostalgia, hasta adoptar la inverosímil actitud de añorar los alimentos que comían en Egipto. ¡Mejor esclavos en Egipto que libres en el desierto con el maná de Dios! Un alimento ligero que sabía a pasta amasada con aceite y no llenaba el estómago; un pueblo descontento, prácticamente incapaz de reconocer los dones de Dios: la libertad y el alimento que viene del cielo.

Y con el pueblo, precisamente porque está ligado visceralmente a su destino, aparece la profunda crisis de Moisés, el caudillo decepcionado por su gente, que se queja a Dios. Es la suerte del mediador que debe identificarse con el destino de su pueblo y permanecer fiel a su Dios. La oración de Moisés, que anticipa los lamentos del salmista y de los profetas, es significativa también por su realismo. El amigo de Dios también puede enfadarse con él. Y es que el pueblo es del Señor, no de Moisés. Por esa razón, el audaz lamento del caudillo de Israel pone en tela de juicio, como una razón extrema, la fidelidad paterna y materna de Dios. Moisés le pide a Dios, de una manera indirecta, que sea padre y madre del pueblo que ha engendrado.

 

Evangelio: Mateo 14,13-21

En aquel tiempo,

13 Jesús, al enterarse de lo sucedido, se retiró de allí en una barca a un lugar tranquilo para estar a solas. La gente se dio cuenta y le siguió a pie desde los pueblos.

14 Cuando Jesús desembarcó y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos que traían.

15 Al anochecer, sus discípulos se acercaron a decirle: -El lugar está despoblado y es ya tarde; despide a la gente, para que vayan a las aldeas y se compren comida.

16 Pero Jesús les dijo: -No necesitan marcharse; dadles vosotros de comer.

17 Le dijeron: -No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.

18 Él les dijo: -Traédmelos aquí.

19 Y después de mandar que la gente se sentase en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, se los dio a los discípulos y éstos a la gente.

20 Comieron todos hasta hartarse, y recogieron doce canastos llenos de los trozos sobrantes.

21 Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

 

**• El fragmento evangélico presenta a Jesús en medio del trabajo cotidiano de su ministerio: entre la soledad del desierto y la presencia en medio de las muchedumbres; entre el diálogo con el Padre, en el desierto, y el ministerio de la evangelización. Mateo subraya asimismo el aspecto subjetivo de la experiencia de Jesús, su compasión, que se hace efectiva a través de la manifestación concreta de una salvación que sale al encuentro de los deseos de quienes le siguen y esperan un milagro de él. Jesús, médico del cuerpo y del espíritu, cura a los enfermos (v. 14).

En medio del desierto, o bien en algún lugar solitario, fuera de los pueblos y de las ciudades, se presenta un problema humano, muy concreto: dar de comer a la muchedumbre de gente que le sigue. Enviarlos a sus casas es la respuesta obvia de los discípulos. Darles de comer la respuesta del corazón de Cristo. Ésa es también la respuesta de su omnipotencia de Mesías. Cinco panes y dos peces, sólo para comenzar, constituyen la base para un insólito milagro de multiplicación de los alimentos, un milagro destinado a saciar a una muchedumbre de más de cinco mil personas (v. 21).

Aparece aquí todo el sabor de una comida sagrada, de una comunión viva con Jesús, el Mesías, y, a través de él, con el Dios de la creación y de la vida. La acción de Jesús, típica de la tradición judía de la comida sagrada, que es reconocimiento del don de Dios, es litúrgica y eucarística: toma con sus manos los panes y los peces; pronuncia la bendición u oración de acción de gracias; parte los panes y los distribuye a los discípulos, que aprenden de Jesús el gesto del reparto. Una acción simbólica, un hecho real de largo alcance. Una acción que tiene que ver con nuestra eucaristía diaria, pan partido y multiplicado en todo el mundo.

 

MEDITATIO

Aunque no están ligadas entre sí de una manera estructural, ambas lecturas dejan entrever una unidad temática que recorre el mensaje bíblico de hoy.

En la lectura del libro de los Números encontramos un pueblo en camino, sometido al cansancio y a la prueba; un pueblo al que le resulta fácil ceder a la nostalgia del pasado cuando no se deja dirigir por el espíritu de fidelidad a la alianza estipulada con YHWH, sino por ese instinto mucho más fuerte del hambre y del placer que producen los alimentos, aunque se trate de ajos y cebollas.

El camino de Israel por el desierto fue considerado siempre por los Padres de la Iglesia un paradigma del itinerario del cristiano y de la Iglesia. El futuro produce espanto; el alimento «ligero» del espíritu no basta. La nostalgia del pasado está al acecho. El pueblo no capta la delicadeza de las exigencias de Dios. Todo camino cristiano tiene sus pruebas. Pero ¡ay del que mira hacia atrás! Al cristiano no le falta el alimento cotidiano, ni tampoco ese alimento ligero y cotidiano de la Palabra y del pan y el vino eucarísticos. Pero ¿qué es este alimento ligero para hacer frente a la pesadez de la vida diaria? Sin embargo, Dios no tiene otro alimento definitivo para darnos.

El episodio evangélico presenta a Jesús, cual nuevo  Moisés en el desierto, en medio de una muchedumbre cansada, hambrienta, enferma, a la que tal vez le cuesta un poco seguir a un Mesías del que lo espera todo, incluso una liberación política. La respuesta de Jesús es eficaz, milagrosa. Pero, en el fondo, Jesús no hace milagros cada día. Los signos que realiza necesitan también ser recibidos con fe, lo mismo que su persona. Por lo demás, Jesús no vive sino de la comunión diaria con el Padre y de la sencillez con la que comparte todo con sus discípulos. Y esto es suficiente. En el caso del cristiano, el maná cotidiano de la Palabra y de la eucaristía es también pan para el camino, viático para la jornada.

 

ORATIO

Nos sentimos reflejados, Señor, en la actitud del pueblo de Israel en el desierto También nosotros, aun recibiendo cada día el maná que nos ofrece la salvación, sentimos en el fondo de nuestro corazón nostalgias inconfesables de otros alimentos y de otras bebidas. La ligereza del alimento celestial a menudo no nos basta y, aun habiendo experimentado la libertad y la liberación con el éxodo del pecado, mirarnos hacia atrás, soñando con los ojos abiertos al pasado y olvidándonos casi del don de la liberación. Nuestro desierto se vuelve en ocasiones árido, y el camino por él se hace pesado, y de este modo nos dejamos engañar por espejismos, por paisajes absolutamente imaginarios. Señor Jesús, queremos ser peregrinos por el desierto de la vida, pero sin sentir nostalgia del pasado, sino tendiendo más bien hacia el futuro de una tierra de promisión. Más aún: deseamos no sólo no aumentar el número de los murmuradores decepcionados, sino expresarte nuestro agradecimiento por el alimento diario de la Palabra y de la eucaristía. Y contigo, como en la multiplicación de los panes y los peces, dirigir la mirada al Padre, darle gracias por su dones, compartiendo con todos la alegría de sentirnos amados por un Padre providente.

 

CONTEMPLATIO

Así pues, Jesús, en virtud de la fuerza que había dado a sus discípulos para alimentar también a los otros, les dijo: «Dadles vosotros de comer». Y ellos, sin negar que podían dar algunos panes, pero creyendo que eran muy pocos e insuficientes para alimentar a todos los que habían seguido a Jesús, no tenían en cuenta que, al tomar cualquier pan o palabra, Jesús los hace aumentar cuanto quiere, haciendo que sean suficientes para todos aquellos a quienes quiere alimentar, y dicen: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Cinco, porque tal vez entendían de una manera enigmática que los cinco panes son los discursos sensibles de las Escrituras, y por eso tienen el mismo número que los cinco sentidos; los peces, en cambio, son dos, y representan la palabra pronunciada y la interior, como «condumio» para los sentidos escondidos en las Escrituras, o bien tal vez la palabra llegada hasta ellos sobre el Padre y el Hijo Hasta que llevaron a Jesús estos cinco panes y estos dos peces, no aumentaron, no se multiplicaron, ni pudieron alimentar a muchos; pero cuando el Salvador los cogió, en primer lugar levantó los ojos al cielo, como para hacer descender, con los rayos de sus ojos, un poder que habría penetrado en aquellos panes y aquellos peces, destinados a alimentar a cinco mil hombres; en segundo lugar, bendijo los cinco panes y los dos peces, haciendo que aumentaran y se multiplicaran con la palabra y la bendición; y, en tercer lugar, los dividió, los partió y los dio a sus discípulos para que se los dieran a la muchedumbre [...]. Hasta este momento -me parece y hasta el fin del mundo, los doce canastos, llenos del pan de vida que las muchedumbres no fueron capaces de comer, están junto a los discípulos (Orígenes, Commento al vangelo di Matteo, Roma 1998, I, pp. 175-179, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Basta con tomar una palabra de allí para tener un viático para toda la vida» (Juan Crisóstomo).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Palabra de Dios es venerable como el cuerpo de Cristo. La mesa de las Escrituras, como la de la eucaristía, ofrece a los fieles un mismo y único Señor. Quien comulga la Palabra, como quien comulga el Pan de vida participa de Cristo Jesús. Del mismo modo que, cuando se distribuye el cuerpo de Cristo, llevamos buen cuidado de que no caiga nada en tierra, así también debemos tener el mismo cuidado de no dejar escapar de nuestro corazón la Palabra de Dios que nos es dirigida, hablando y pensando en otra cosa. Y es que quien escucha la Palabra de Dios de manera negligente no será menos culpable que el que, por negligencia, deja caer en tierra el cuerpo del Señor.

Palabra y eucaristía tienen la misma importancia, ambas son «venerables». Y la veneración que les debemos es la misma que adora al Señor presente en la Palabra y presente en la eucaristía. Aquí está presente bajo las especies del pan y el vino; allí, bajo la especie de las palabras humanas. Podemos hablar de una presencia real de Cristo en la Escritura, real como la presencia en la eucaristía, aun siendo esta última sacramental.

La escucha de la Palabra constituye siempre un excelente catecumenado que nos enseña a vivir según el Evangelio. Constituye asimismo una eficaz preparación - la mejor- para la liturgia eucarística propiamente dicha. Ahora bien, es infinitamente más que un arado que prepara la tierra de nuestro corazón para que pueda fructificar en ella, y, a buen seguro, más que una escuela de vida cristiana: es, esencialmente, celebración de Cristo presente en su Palabra, puesto que cuando en la iglesia se leen las Sagradas Escrituras es él quien habla (L. Deiss, Vivere la Parola ¡n comunitá, Turín 1976, pp. 304-306 [edición española: Celebración de la Palabra, Ediciones San Pablo, Madrid 1992]).

 

Día 8

 

Martes de la 18ª semana del Tiempo ordinario o 8 de agosto, conmemoración de Santo Domingo

 

Nació en Caleruega (Burgos), en España, en 1172. Hacia 1196 se convirtió en canónigo del capítulo de la catedral de El Burgo de Osma (Soria). Acompañó al obispo Diego en una importante misión por el norte de Europa. Al pasar por el sur de Francia, vio claramente el daño que la herejía cátara estaba haciendo entre los fieles y maduró el designio de reunir a algunas personas que se dedicaran a la evangelización a través de la predicación pobre, estable y organizada del Evangelio.

Este proyecto, aprobado por vez primera por Inocencio III, fue reconocido definitivamente por Honorio III el 22 de diciembre de 1216. Este último llamó «Hermanos Predicadores» a sus miembros. Domingo diseminó de inmediato a los hermanos que le siguieron por las regiones más remotas de Europa. Solía decir: «No es bueno que el grano se amontone y se pudra».

Precisó en dos congregaciones generales los fundamentos y los elementos arquitectónicos de su familia religiosa: vida en común pobre y obediente, la oración litúrgica, el estudio asiduo de la Verdad ordenado a la predicación, entendida como contemplación en voz alta, participación en la misión propia de la Iglesia, sobre todo en las tierras todavía no  evangelizadas.

Hombre genial, sabio, misericordioso, era «tierno como una madre y fuerte como el diamante» (Lacordaire). Murió en Bolonia el 6 de agosto de 1221. Gregorio IX lo canonizó el 3 de julio de 1234.

 

LECTIO

Primera lectura: Números 12,1-13

En aquellos días,

1 María y Aarón murmuraban contra Moisés a causa de la mujer cusita que éste había tomado por esposa.

2 Decían: -¿Acaso ha hablado el Señor sólo con Moisés? ¿No ha hablado también con nosotros? El Señor lo oyó.

3 Moisés era el hombre más humilde y sufrido del mundo.

4 El Señor dijo a Moisés, a Aarón y a María: -Id los tres a la tienda del encuentro. Así lo hicieron.

5 El Señor descendió en la columna de nube y se detuvo a la entrada de la tienda. Llamó a Aarón y a María, y ambos se acercaron.

6 El Señor les dijo: -Oíd mis palabras: Cuando hay entre vosotros un profeta, yo me revelo a él en visión y le hablo en sueños.

7 Pero con mi siervo Moisés no hago esto, porque él es mi hombre de confianza.

8 A él le hablo cara a cara, a las claras y sin enigmas. Moisés contempla el semblante del Señor. ¿Cómo os habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?

9 El Señor se irritó contra ellos y se fue.

10 Apenas había desaparecido la nube de encima de la tienda, María apareció cubierta de lepra, blanca como la nieve. Aarón se volvió hacia María y la encontró cubierta de lepra.

11 Aarón dijo a Moisés: -Perdón, mi Señor. No nos hagas responsables del pecado que neciamente hemos cometido.

12 No dejes a María como un aborto, que sale ya medio consumido del vientre de su madre.

13 Moisés clamó entonces al Señor diciendo: -¡Oh Dios, sánala, por favor!

 

*•• El presente fragmento del libro de los Números introduce a los tres personajes clave del éxodo: Moisés, Aarón y María, su hermana. En medio de ellos está presente Dios como juez, amigo y protector de Moisés.

Tampoco entre los grandes hombres faltan piedras de tropiezo, habladurías y envidias. Éste es el caso de Aarón y María, incapaces de considerar a Moisés en toda su grandeza, como elegido de Dios, por el simple hecho de que había tomado como esposa a una mujer etíope. Quieren ser como él, tal vez más que él; ser investidos también ellos de un poder profético como el del caudillo de Israel. Pero Dios viene en ayuda de su siervo, le defiende y realiza un juicio solemne. El lugar de esta teofanía de YHWH es la «tienda del encuentro», lugar de la presencia (Shehinah) del mismo Dios, donde está presente con su gloria (kabod), simbolizada por la columna de nube y por la nube misma, que marca la presencia y el ausentarse de Dios (cf. w. 5.10).

Allí tiene lugar un juicio tan severo como sincero. Dios toma la defensa de Moisés. Entre la multitud de profetas presentes en el pueblo, es Moisés el profeta por excelencia; más aún, es el amigo y confidente de Dios. Las palabras con las que YHWH toma la defensa de Moisés son emotivas y ponen de manifiesto su singular elección como amigo y confidente: «A él le hablo cara a cara, a las claras y sin enigmas. Moisés contempla el semblante del Señor» (v. 8). El texto transmite la convicción del pueblo sobre la grandeza de Moisés, el amigo de Dios, del mismo modo que se revela en otros fragmentos del Pentateuco.

El castigo infligido a María nos parece excesivo. Sin embargo, se trata de un signo. Y, de nuevo, la oración confiada de Moisés, la audacia que muestra al pedir a Dios la curación, manifiesta de verdad que habla a Dios con la audacia confiada de un amigo.

 

Evangelio: Mateo 14,22-36

En aquel tiempo, después de haber saciado a la muchedumbre,

22 Jesús mandó a sus discípulos que subieran a la barca y fueran delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

23 Después de despedirla, subió al monte para orar a solas. Al llegar la noche estaba allí solo.

24 La barca, que estaba ya muy lejos de la orilla, era sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

25 Al final ya de la noche, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago.

26 Los discípulos, al verlo caminar sobre el lago, se asustaron y decían: -Es un fantasma. Y se pusieron a gritar de miedo.

27 Pero Jesús les dijo en seguida: -¡Animo! Soy yo, no temáis.

28 Pedro le respondió: -Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas.

29 Jesús le dijo: -Ven. Pedro saltó de la barca y, andando sobre las aguas, iba hacia Jesús.

30 Pero al ver la violencia del viento se asustó y, como empezaba a hundirse, gritó: -¡Señor, sálvame!

31 Jesús le tendió la mano, lo agarró y le dijo: -¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?

32 Subieron a la barca, y el viento se calmó.

33 Y los que estaban en ella se postraron ante Jesús, diciendo: -Verdaderamente, eres Hijo de Dios.

34 Terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret.

35 Al reconocerlo los hombres del lugar, propagaron la noticia por toda aquella comarca y le trajeron todos los enfermos.

36 Le suplicaban que les dejara tocar siquiera la orla de su manto, y todos los que la tocaban quedaban sanos.

 

*• El evangelio de hoy nos presenta otra jornada de la vida de Jesús. En este pasaje se narran aspectos de su vida diaria que la tradición sinóptica ha recogido. Nos referimos a los momentos de oración y de soledad que pueblan la vida del Maestro. «Después de despedirla [a la muchedumbre], subió al monte para orar a solas. Al llegarla noche estaba allí solo» (v. 23). La semejanza con la perícopa referida a Moisés, como orante y amigo de Dios, nos sugiere la aproximación de ambos personajes.

Ahora bien, aquí se trata de Jesús; no de un amigo, sino del Hijo mismo orando. Una oración intensa, que dura toda una noche. Un fragmento paralelo de Lucas (6,12), en el que se alude a que Jesús pasó una noche en oración antes de la elección de los discípulos, confirma esta costumbre del Señor, una costumbre que despertaba admiración en los discípulos.

Sobre el fondo de esta presentación del Maestro, que vive el misterio de su relación orante con Dios, se manifiesta asimismo su trascendencia divino-humana, caminando sobre las aguas. Las palabras del Maestro tranquilizan a los discípulos, que están llenos de miedo. El instintivo Pedro, acostumbrado a su mar de Galilea, quiere caminar sobre las aguas como Jesús. Prueba a hacerlo, pero está a punto de hundirse. El miedo a la muerte hace brotar de él una oración sentida y profunda, una oración en la que implora la salvación: «¡Señor, sálvame!» (v. 30). Con su reacción, Jesús, que reprocha a Pedro su miedo y denuncia su falta de fe (v. 31), se presenta a nuestros ojos como Salvador, a la luz de la revelación de su superioridad divina.

 

MEDITATIO

Domingo, fiel a la consigna del Señor, exigía que la predicación de sus hermanos brotara de la comunión en la verdad y de la contemplación. Pedía realizar la verdad, configurarse a ella en la vida y en el anuncio, no como se acostumbra a hacerlo en un lugar o en otro, sino como lo exige la Palabra de Dios transmitida por la Iglesia. Quería que antepusieran la verdad a la oportunidad, de modo que la verdad amada, contemplada, celebrada, estudiada, anunciada, alabada, constituyera el marco de su vida.

La verdad tiene sus exigencias imprescindibles. Se abre camino por convencimiento, no por constricción, y por eso exige una profunda comunión de vida, celebración ferviente de su belleza, asiduo estudio de sus expectativas, vida ejemplar. La convicción es fruto de una inteligencia amorosa y desemboca en el obrar por el deseo de semejanza con el ser amado. No pasa de una persona a otra; se engendra en cada persona que llega a ella bajo el estímulo de la palabra y del ejemplo. Esto hace, ciertamente, que el mensajero del Evangelio sea un mendicante de verdad, con todo el rigor del término.

La verdad que anuncia no es suya, no puede hacer lo que quiera con ella; implora que le sea dada, la admira, la estudia, la contempla, hace todo para que sea amada, realizada. Ora e implora a fin de que los corazones humanos no se cierren a la escucha, aunque sabe que esto deriva preponderantemente del consentimiento de la persona a la gracia. Cuando lo ha hecho todo se siente un siervo inútil y, junto a la persona que cree, alaba al Dios de la misericordia y de la luz. Esta orientación de vida ha sido traicionada con frecuencia. Los resultados negativos de esta omisión agudizan la nostalgia de que el anuncio del Evangelio se inspire siempre en el ejemplo de los apóstoles vivificados por el Espíritu y vaya acompañado por la imploración del perdón y de la misericordia.

 

ORATIO

En tu Providencia, oh Dios, enviaste a la humanidad sedienta a santo Domingo, heraldo de tu verdad, tomada de la fuente del Salvador. Sostenido siempre por la Madre de tu Hijo y abrasado de celo por las almas, asumió para sí y para sus discípulos, recogidos por el Espíritu Santo, el ministerio del Verbo, llevando a Cristo con la doctrina y con el ejemplo a innumerables hermanos.

Atento a hablar contigo y de ti, creció en la sabiduría y, haciendo brotar el apostolado de la contemplación, se consagró totalmente a la renovación de la Iglesia...

Para el esplendor y la defensa de la misma, quisiste que restableciera la vida de los apóstoles. Él, siguiendo las huellas del Cristo pobre, con la predicación volvió a llamar a los errantes a la verdad evangélica y conquistó para Cristo a innumerables hermanos; reunió con sabiduría en torno a sí a otros discípulos, a fin de que sostenidos por la luz de la ciencia se consagraran a la salvación de la humanidad (de los dos Prefacios del rito dominicano, que celebran la gloria de santo Domingo).

 

CONTEMPLATIO

[Habla Dios Padre:] Y si miras la barquilla de tu padre Domingo, hijito mío amado, él la ordenó con un orden perfecto y quiso que atendiera sólo a mi honor y a la salvación de las almas con la luz de la ciencia. Sobre esta luz quiso constituir su principio, sin estar privada, no obstante, de la pobreza verdadera y voluntaria. Incluso la tuvo, y en señal de que la tenía y le disgustaba lo contrario, dejó en testamento a los suyos como herencia su maldición, si poseían o tomaban posesión alguna, en particular o en general, como señal de que había elegido como esposa a la reina de la pobreza.

Sin embargo, como su objeto más propio tomó la luz de la ciencia, a fin de extirpar los errores que se habían levantado en aquel tiempo. Tomó el ministerio de mi Hijito el Verbo unigénito. Aparecía directamente en el mundo un apóstol que con mucha verdad y luz sembraba mi palabra, levantando las tinieblas y dando la luz. Fue una luz que se puso en el mundo por medio de María, puesto en el cuerpo místico de la santa Iglesia como extirpador de las herejías. ¿Por qué dije «por medio de María»? Porque le dio el hábito, el ministerio de mi bondad encomendado a ella... Hizo que su barquilla estuviera atada con estas tres cuerdas: la obediencia, la continencia y la verdadera pobreza; la hizo completamente generosa, alegre, olorosa: un jardín repleto de todo deleite en sí mismo (Catalina de Siena, Diálogo, Siena 1995, pp. 539ss [edición española: El diálogo, Ediciones Rialp, Madrid 1956]).

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día esta expresión gemidora de santo Domingo: «Ten piedad, Señor, de tu pueblo; si no, ¿qué será de los pecadores?».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar como si Cristo, representado en él, estuviera allí real y personalmente, y no sólo a través del símbolo. Se comportaba así en conformidad al siguiente fragmento del libro de Judit: Te ha agradado siempre la oración de los mansos y humildes (Jdt 9,1 ó). Por la humildad obtuvo la cananea cuanto deseaba (Mt 15,21-28), y lo mismo el hijo pródigo (Le 15,11-32). También se inspiraba en estas palabras: Yo no soy digno de que entres en mi casa (Mt 8,8); Señor, ante ti me he humillado siempre (Sal 146,61). Y así, nuestro Padre, manteniendo el cuerpo erguido, inclinaba la cabeza y, mirando humildemente a Cristo, le reverenciaba con todo su ser, considerando su condición de siervo y la excelencia de Cristo. Enseñaba a hacerlo así a los frailes cuando pasaban delante del crucifijo, para que Cristo, humillado por nosotros hasta el extremo, nos viera humillados ante su majestad.

Mandaba también a los frailes que se humillaran de este modo ante el misterio de la Santísima Trinidad, cuando se cantara el Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. [...]

Después de esto, santo Domingo, ante el altar de la iglesia o en la sala capitular, se volvía hacia el crucifijo, lo miraba con suma atención y se arrodillaba una y otra vez; hacía muchas genuflexiones, a veces, tras el rezo de completas y hasta la media noche, ora se levantaba, ora se arrodillaba, como hacía el apóstol Santiago, o el leproso del evangelio que decía, hincado de rodillas: Señor, si quieres, puedes curarme (Mt 8,2); o como Esteban, que, arrodillado, clamaba con fuerte voz: No les tengas en cuenta este pecado (Hcfi7,60). El padre santo Domingo tenía una gran confianza en l a misericordia de Dios, en favor suyo,  en bien de todos los pecadores y en el amparo de los frailes jóvenes que enviaba a predicar. [...] Enseñaba a los frailes a orar de esta misma manera, más con el ejemplo que con las palabras (I. Taurisano, Il nove modi di pregare di san Dominico, ASOP 1922, pp. 96ss).

 

Día 9

 Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) virgen y mártir, patrona de Europa

 

            Nació de padres judíos en Breslau el año 1891. Estudió filosofía en Breslau y Gottinga, se hizo discípula de Husserl y al clasificar los escritos de A. Reinach conoció a su viuda, fervorosa cristiana. En 1921 leyó la biografía de santa Teresa de Ávila. Tras haber buscado durante largo tiempo la verdad, recibió el don de la fe y se convirtió a la Iglesia católica. Recibió el Bautismo el día 1 de enero de 1922. Desde ese momento, sirvió a Dios ejerciendo su oficio de profesora y publicando obras filosóficas. En 1933 ingresó en las Carmelitas Descalzas de Colonia y cambió de nombre. Impelida a ausentarse de su patria a causa de la persecución de los judíos, fue acogida en el convento de las Carmelitas de Echt (Holanda) en diciembre de 1938. Fue detenida por la Gestapo el 2 de agosto de 1942 y deportada al campo de concentración de Auschwitz (Polonia). Allí murió el 9 de agosto de 1942 en la cámara de gas. Juan Pablo II la canonizó en 1998, y la nombró copatrona de Europa en 1999.- Oración: Dios de nuestros padres, que guiaste a tu mártir santa Teresa Benedicta al conocimiento de tu Hijo crucificado y a imitarle hasta la muerte, concédenos por su intercesión que todos los hombres reconozcan en Cristo a su Salvador y, por medio de Él, puedan contemplarte para siempre. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. 

 

LECTIO

Primera lectura: Os 2, 16b. 17b.21-22

16b. la llevaré al desierto y hablaré a su corazón.

17b. y ella responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto.

21 Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho en amor y en compasión,

22 te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh.

**• “Yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón”. Eso fue lo que hizo Dios con Edith Stein. De familia judía, convertida al catolicismo, monja carmelita, brillante filósofa, codeándose con los mejores filósofos de su tiempo, luchadora por los derechos de la mujer, viviendo las dos grandes guerras mundiales, deportada por ser judía al campo de concentración de Auschwitz, donde fue ejecutada. A través de las mil vicisitudes que vivió, Dios la cortejó, le habló a su corazón. Así resumía ella su vida: “Lo que no estaba en mis planes estaba en los planes de Dios. Arraiga en mí la convicción profunda de que -visto desde el lado de Dios- no existe la casualidad; toda mi vida, hasta los más mínimos detalles, está ya trazada en los planes de la Providencia divina y, ante los ojos absolutamente clarividentes de Dios, presenta una coherencia perfectamente ensamblada”. Es lo mismo que podemos afirmar todos nosotros, seguidores de Jesús. Dios, nuestro Padre, cuida de nosotros, hasta “los cabellos de nuestra cabeza los tiene contados”.

 

Evangelio: Mt 25,1-13

1 «Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio.

2 Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes.

3 Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite;

4 las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas.

5 Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron.

6 Mas a media noche se oyó un grito: "¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!"

7 Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas.

8 Y las necias dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan."

9 Pero las prudentes replicaron: "No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis."

10 Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta.

11 Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: "¡Señor, señor, ábrenos!"

12 Pero él respondió: "En verdad os digo que no os conozco."

13 Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.

**• Santa Teresa Benedicta de la Cruz, su nombre como monja carmelita, siempre buscó, siempre esperó con ansia al Esposo, del que nos habla el evangelio de hoy. Desde su fe judía, poco a poco, se fue acercando al catolicismo. En el verano de 1921, cayó en sus manos la autobiografía de Teresa de Ávila. Después de leerla durante toda la noche, afirmó: “Cuando cerré el libro, me dije: esta es la verdad”. Y después de un cierto tiempo, ingresó en las carmelitas contemplativas.

¿Cómo podemos leer los cristianos de hoy esta parábola del reino de Dios y las diez doncellas? Hace tiempo que el Esposo, que Cristo Jesús ha llegado a nuestra vida, nos ha seducido, nos ha invitado a seguirle, hemos prometido seguirle donde quiera que vaya. Lo nuestro, cada mañana, al despertar la aurora, es mantenernos en contacto con él, agudizar nuestro oído para escuchar sus palabras de vida, es abrirle, más y más, nuestro corazón, para que se apodere de él, y sea el rey y señor de nuestra vida, el que rija y dirija nuestro pasos.

Edith Stein, posteriormente Teresa Benedicta de la Cruz, nació en la ciudad alemana de Breslavia el 12 de octubre de 1891. Falleció en Auschwiitz el 9 de agosto de 1942. Juan Pablo II la canonizó el 11 de octubre de 1998. Es copatrona de Europa

MEDITATIO

Jesús no buscó para sí, durante su vida, cargos públicos ni puestos de prestigio, tampoco se dejó impresionar por los títulos honoríficos de la gente que tenía delante, ni por su experiencia, ni por los años, ni por las canas: miraba a cada hombre a los ojos sin ninguna timidez, leía hasta el fondo sus pensamientos e intenciones.

Jesús, para liberarnos de todo desvarío de grandeza y permitirnos construir verdaderas comunidades, nos indicó el camino del hacernos niños, la vía de la infancia espiritual recorrida sabiamente por santa Teresa del Niño Jesús. Lo que une no es la habilidad real o presunta, sino la «pequenez» acogida en el Hijo, el hacerse como niños los unos ante los otros y ante Dios. Hacerse como niños no es poner en marcha un proceso de involución, sino llevar a cabo un cambio radical, una conversión radical, en nuestro modo de ser ante Dios y ante los otros. Hacerse como un niño es hacer sitio a la confianza que el pequeño muestra frente a sus padres, a la serenidad y al optimismo con que mira al futuro. El niño se abre cada día, con una disponibilidad siempre fresca, a las nuevas experiencias. Hacerse como un niño es fiarse, no temer «enredos», no hacer cálculos, no preguntarse si y cuánto ganaremos. Hacerse como un niño es olvidar lo que hemos hecho y lo que hemos sufrido, no encerrarnos en nosotros mismos con resentimiento o malhumorados por las amarguras que hemos pasado. Lo que mantiene la unión no es el acuerdo impecable y perfecto, sino el perdón recibido y otorgado de manera constante.

Conseguir el corazón, la mente y los ojos de un niño se convierte realmente en una conquista. Y está fuera de duda que la vive de un modo más consciente y pleno precisamente quien ha vivido más, quien más se ha entregado, quien más ha sufrido. La comunidad se construye sobre todo cuando tiene en su centro, como valor absoluto, a aquel que se hizo el último y siervo de todos: al Señor crucificado, revelación del Dios amor que se hizo pequeño para acoger a los pequeños. Llegar a ser niños es una espiritualidad que puede crecer con los años.

 

ORATIO

Señor, ¿debo ser como un niño del evangelio? ¿Yo, Señor, a quien tanto gusta mandar y hacer que los otros se plieguen a mi voluntad? ¿Yo, que deseo ser el más grande? ¿Yo, que deseo tener siempre razón y obligar a los otros a callar para hacerme escuchar el primero?

¿Yo, que estallo de cólera para conseguir imponer mis caprichos? ¿Precisamente yo, Señor?

Tómame, Señor, como aprendiz, para llegar a ser un niño del evangelio. Enséñame tu mandamiento: a amar a Dios sobre todas las cosas y a servir al prójimo en primer lugar. Enséñame a estar atento a tu Palabra, que cambia la vida. Llévame lejos del orgullo y de la mentira. Instruye mi espíritu para que pueda buscarte y seguirte con todo el corazón. ¡Oh Señor, me gustaría tanto llegar a ser un niño del evangelio! (Ch. Singer - A. Hari, Incontrare Gesú Cristo oggi, Bolonia 1994 [edición española: Encontrar a Jesucristo hoy, Editorial Verbo Divino, Estella 1993]).

 

CONTEMPLATIO

Oh Dios, Padre, gracias por habernos revelado lo más profundo de tu ser, por habernos dicho que en ti no hay sólo potencia, soberanía, ciencia y majestad, sino también inocencia, infancia y ternura infinitas. Sí, porque eres Padre, infinitamente Padre.

Nosotros no lo sabíamos antes, no podíamos-saberlo; ha sido necesario que nos enviases a tu Hijo para que lo  descubriéramos. Él se hizo niño y así pudo decirnos que nos hiciéramos como niños para formar parte de tu Reino.

Él, que era Dios, con una grandeza infinita, se hizo tan pequeño, tan humilde ante nosotros que sólo los ojos de la fe y los ojos de los sencillos lo pueden reconocer.

Vino como niño para hacer desaparecer todos nuestros miedos y poner dentro de nosotros tanto amor y confianza que pudiéramos abandonarnos felices como niños en tus manos.

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Creo cada vez más en el Evangelio, en su sencillez, y comprendo la preocupación con que hablaba Jesús a sus íntimos: «Si no os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos». Hacerse niños no es una cosa fácil para hombres minados por el orgullo como nosotros. Y por eso nos advirtió Jesús con tanta dureza: «No entraréis».

Sé que no seré creído, pero afirmo sin el menor asomo de duda que el comienzo en serio de la vida espiritual tiene lugar cuando el hombre lleva a cabo un auténtico acto de humildad, v, con frecuencia, la propedéutica de la fe en la mayoría de los nombres, o la maduración de la misma en otros, queda bloqueada, envenenada, torturada, prolongada al infinito por la incapacidad para llegar a ser niños y echarse en los brazos del misterio de Dios con un alma de chiquillo... Sí, hacerse pequeños, más pequeños aún, lo más pequeños posible: ése es el gran secreto de la vida mística.

Y cuando quedamos reducidos a un punto, sin más consistencia que la del alma que mira, o la del corazón que ama, entonces hemos de acostumbrarnos a invertir la posición, la eterna posición del orgullo, la difícil posición del yo que se cree siempre el centro del universo (C. Carretto, Al ai lá delle cose, Asís 251998 [edición española: Más allá de las cosas, Ediciones San Pablo, Madrid 1995]).

 

 

Día 10

San Lorenzo (10 de agosto)

 

Lorenzo nació en Huesca (España). El papa Sixto II le recibió en Roma. Fue archidiácono al servicio de la Iglesia en tiempos de persecución. Cuando el 6 de agosto del año 258 fue llevado el papa al suplicio, le recomendó que distribuyera entre los pobres los bienes de la Iglesia y le profetizó el martirio, lo que tuvo lugar el 10 de agosto. El emperador Valeriano le condenó a morir en una parrilla. Sus reliquias se encuentran en San Lorenzo Extramuros.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 9,6-10

Hermanos:

6 Tened esto presente: el que siembra con miseria, miseria cosecha; el que siembra generosamente, generosamente cosecha.

7 Que cada uno dé según su conciencia, no de mala gana ni como obligado, porque Dios ama al que da con alegría.

8 Dios, por su parte, puede colmaros de dones, de modo que teniendo siempre y en todas las cosas lo suficiente, os sobre incluso para hacer toda clase de obras buenas.

9 Así lo dice la Escritura: Distribuyó con largueza sus bienes a los pobres, su generosidad permanece para siempre.

10 El que proporciona simiente al que siembra y pan para que se alimente, os proporcionará y os multiplicará la simiente y hará crecer los frutos de vuestra generosidad.

 

*»• Son muchas las pobrezas humanas: espirituales, materiales, culturales, morales. Mas no hay ninguna a la que no pueda llegar y colmar la caridad. Dios mismo se muestra siempre espléndido, como fuente de su seno trinitario, en todo impulso dinámico y consiguiente fecundidad de frutos. La criatura se convierte en su instrumento.

Cuanto más da, más goza del amor divino, porque éste se trasvasará aún en mayor cantidad y se verterá en ella al encontrar una plena consonancia. Por eso recogerá con largueza: Dios mismo cultivará cuanto siembra y hará fructificar la obra del justo realizada con su amor.

 

Evangelio: Juan 12,24-26

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

24 Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante.

25 Quien vive preocupado por su vida, la perderá; en cambio, quien no se aferré excesivamente a ella en este mundo, la conservará para la vida eterna.

26 Si alguien quiere servirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquel que me sirva será honrado por mi Padre.

 

**• Unirse al Hijo es entrar en la dinámica de amor que le hace una sola cosa con el Padre. «Servir» al Hijo significa «reinar» en él y con él en el corazón del Padre, y constituirá la complacencia de su paternidad divina.

Servir al Hijo es asociarse a él y a su obra redentora. Jesús no deja sobrentendidos a la exigencia de tal seguimiento: por amor al Padre y al hombre, el Hijo se entrega por completo, da su propia vida en una muerte destinada al misterio de una fecundidad que inserta la inmediatez histórica en un horizonte trascendente. También el discípulo se ve llamado así a perpetuar en el tiempo un acto de amor de valor eterno y divino.

 

MEDITATIO

Cuando el emperador le ordenó entregar las riquezas de la Iglesia, el diácono Lorenzo se presentó al juez con los pobres de Roma, declarando: «¡Aquí están los tesoros de la Iglesia!». De inmediato dio la orden de torturarle hasta la muerte. La Passio cuenta que, invitado aún a sacrificar a los dioses, respondió: «Me ofrezco a Dios como sacrificio de suave olor, porque un espíritu contrito es un sacrificio a Dios». El papa Dámaso (384) escribió en la inscripción que hizo poner en la basílica dedicada al mártir: «Sólo la fe de Lorenzo pudo vencer los azotes del verdugo, las llamas, los tormentos, las cadenas. Por la súplica de Dámaso, colma de dones estos altares, admirando el mérito del glorioso mártir».

El papa Juan Pablo II, en la memoria jubilar de los mártires del siglo XX, dijo en el Coliseo comentando el texto de Jn 12,25: «Se trata de una verdad que frecuentemente el mundo contemporáneo rechaza y desprecia, haciendo del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia. Pero los testigos de la fe, que también esta tarde nos hablan con su ejemplo, no buscaron su propio interés, su propio bienestar, la propia supervivencia, como valores más grandes que la fidelidad al Evangelio. Incluso en su debilidad, ellos opusieron firme resistencia al mal. En su fragilidad resplandeció la fuerza de la fe y de la gracia del Señor» (Juan Pablo II, Homilía, 7 de mayo de 2000).

 

ORATIO

El Soberano y Señor te ha dado, oh mártir, como ayuda el carbón ardiente: quemado por él, dejaste pronto la tienda de barro y heredaste la vida y el Reino inmortales. Por eso celebramos nosotros, con gozo, tu fiesta, oh bienaventurado Lorenzo coronado.

Resplandeciendo por el Espíritu divino como carbón encendido, Lorenzo victorioso, archidiácono de Cristo, quemaste la espina del engaño: por eso fuiste ofrecido en holocausto como incienso racional a aquel que te exaltó, llegando a la perfección con el fuego. Protege, por tanto, de toda amenaza a cuantos te honran, oh hombre de mente divina {de un antiguo texto de la Iglesia bizantina).

 

CONTEMPLATIO

[San Lorenzo], como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia [la de Roma]. En ella administró la sangre sagrada de Cristo; en ella, también, derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. [...] Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si amarnos de verdad a Cristo, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. [...]

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. [...] Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar (Agustín de Hipona, Sermón 304).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día la Palabra: «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Jn 12,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El perfume agradable corresponde, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, a la dimensión estrictamente constitutiva de la teología del sacrificio. En Pablo, es expresión de una vida que se ha vuelto pura, de la que no se desprende ya el mal olor de la mentira y de la corrupción, de la descomposición de la muerte, sino el soplo refrescante de la vida y del amor, la atmósfera que es conforme a Dios y sana a los hombres. La imagen del perfume agradable está unida también a la del hacerse pan: el mártir se ha vuelto como Cristo; su vida se ha convertido en don. De él no procede el veneno de la descomposición del ser vivo por el poder de la muerte; de él emana la fuerza de la vida: edifica vida, del mismo modo que el buen pan nos hace vivir. Su entrega en el cuerpo de Cristo ha vencido el poder de la muerte: el mártir vive y da vida precisamente con su muerte y, de este modo, entra él mismo en el misterio eucarístico. El mártir es fuente de fe.

La representación más popular de esta teología eucarística del martirio la encontramos en el relato de san Lorenzo sobre la parrilla, que ya desde tiempos remotos fue considerado como la imagen de la existencia cristiana: las angustias y las penas de la vida pueden convertirse en ese fuego purificador que lentamente nos va transformando, de suerte que nuestra vida llegue a ser don para Dios y para los hombres (J. Ratzinger, Conferenza per ¡I XXIII Congresso eucarístico nazionale, Bolonia 1997).

 

Día 11

Santa Clara de Asís (11 de agosto)

 

Clara nació en Asís el año 1193 (o 1194). Hija de noble familia, fue educada por su madre en la fe cristiana, pero al escuchar y ver a su conciudadano Francisco en la nueva vida evangélica que éste había emprendido  comprendió que quería llevar la misma forma de seguimiento de Jesús. Con su hermana, que la seguirá quince días después de su huida del palacio, vive en el monasterio de San Damián, situado fuera de los muros de Asís, «según la forma del santo Evangelio», obteniendo de los papas el singular «privilegio de la pobreza». Fueron muchas las compañeras que la imitaron. Juntas constituyeron la primera comunidad de «Hermanas pobres», para las cuales, y ya en sus últimos años, escribió Clara -primera mujer que lo hizo en la historia de la Iglesia- una Regla. Esta fue aprobada por Inocencio IV en 1254, pocos días antes de la muerte de Clara. Se conserva el Proceso de su canonización, que tuvo lugar en 1255. Es un documento de excepcional valor para conocer la experiencia de la «plantita de Francisco».

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 4,32-40

En aquellos días, habló Moisés al pueblo diciendo:

32 Pregunta, si no, a los tiempos pasados que te han precedido desde el día en que Dios creó al hombre en la tierra: ¿Se ha visto jamás algo tan grande, se ha oído cosa semejante desde un extremo a otro del cielo?

33 ¿Qué pueblo ha oído la voz de Dios en medio del fuego, como la has oído tú, y ha quedado con vida?

34 ¿Ha habido un dios que haya ido a buscarse un pueblo en medio de otro con tantas pruebas, milagros y prodigios en combate, con mano fuerte y brazo poderoso, con portentosas hazañas, como hizo por vosotros el Señor, vuestro Dios, en Egipto ante vuestros propios ojos?

35 El Señor te ha hecho ver todo esto para que sepas que él es Dios y que no hay otro fuera de él.

36 Desde el cielo te dejó oír su voz para enseñarte, en la tierra te mostró su gran fuego y has oído las palabras que salían del fuego.

37 Porque amó a tus antepasados y eligió a su descendencia después de ellos, te sacó de Egipto con su gran poder,

38 expulsando delante de ti a naciones más numerosas y fuertes que tú, para llevarte a su tierra y dártela en posesión, como sucede hoy.

39 Reconoce, pues, hoy y convéncete de que el Señor es Dios allá arriba en los cielos y aquí abajo en la tierra, y de que no hay otro.

40 Guarda sus leyes y mandamientos, que yo te prescribo hoy, para que seas feliz tú y lo sean tus hijos después de ti, y prolongues tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre.

 

**• Se trata de las palabras que dirigió Moisés al pueblo como conclusión de su primer discurso, con el que comienza el libro del Deuteronomio. El tono es altamente teológico y está cargado de palabras clave de la teología del Antiguo Testamento. Es el discurso de la memoria. El  pueblo debe recordar y transmitir todo lo que ha visto y oído, debe ser testigo viviente de cuanto Dios ha hecho. La historia pasada, cargada de la presencia y la acción de Dios, pide fidelidad. Moisés recuerda las maravillas del Dios creador, cosas nunca oídas desde los comienzos de la existencia del hombre sobre la tierra.

El pueblo ha escuchado la voz de Dios en el fuego; ha visto con sus propios ojos la predilección del Dios que lo ha elegido, que ha obrado signos y prodigios y ha manifestado la fuerza de su brazo con la liberación de Egipto. Este Dios es como un padre: educa con su palabra, se muestra lleno de amor con la fuerza de la elección, cercano con su presencia y su poder, fiel en el don de la tierra prometida.

¿Qué respuesta se debe dar a un Dios así, al mismo tiempo próximo con su presencia en la tierra, y lejano y majestuoso en los cielos? Antes que nada, debemos responderle con la confesión del Dios único, lo que constituye ya una alusión a la plegaria del Shema Yisra'el, confesión de la fe del pueblo en el Dios único {cf. Dt 6,4-9; 11,13-21; Nm 15,37-51). A continuación, con la fidelidad a los mandamientos que Dios mismo entregó al pueblo en el Sinaí. Más tarde, con la fidelidad en la transmisión de este recuerdo a los hijos, a fin de que el pueblo goce de las promesas de su Dios de generación en generación. Estamos, en suma, ante un texto de gran valor, en el que el mediador de la alianza, que es Moisés, pide una respuesta de fidelidad en nombre de YHWH: recordar, celebrar, vivir. Aquí se encuentra reunida toda la espiritualidad del Antiguo Testamento: recuerdo de las palabras y de los hechos, celebración de las obras de la misericordia divina, fidelidad activa a la hora de observar las leyes dadas por un Padre educador y lleno de amor por su pueblo.

 

Evangelio: Mateo 16,24-28

En aquel tiempo,

24 dirigiéndose a sus discípulos, añadió Jesús: -Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.

25 Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la conservará.

26 Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida? ¿O qué puede dar a cambio de su vida?

27 El Hijo del hombre está a punto de venir con la gloria de su Padre y con sus ángeles. Entonces tratará a cada uno según su conducta.

28 Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin ver al Hijo del hombre venir como rey.

 

*+• El texto de Mateo que hemos leído hoy se encuentra situado en el marco de la lectura evangélica de ayer. Está conectado con la profecía o anuncio de la suerte final de Jesús: ir a Jerusalén, sufrir, morir, resucitar. Una suerte que Pedro rechaza, a pesar de la perspectiva final de victoria -la resurrección-, que, a buen seguro, el discípulo no capta en su auténtico sentido.

Jesús vuelve a afirmar, por consiguiente, que la confesión de fe debe estar guiada también por una fidelidad en la vida. Las palabras pronunciadas por el Maestro tienen, pues, seriedad evangélica: son unas palabras basadas en las exigencias ascéticas más radicales y que sólo es posible cumplir si son captadas en la triple dimensión del discipulado: vivir como el Maestro, a causa de él, en comunión con él. Sólo entonces es cuando la fuerza de las palabras adquiere su lógica de gracia: seguir a Jesús, negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz, perder nuestra propia vida.

Estas difíciles exigencias no pueden ser comprendidas en todo lo que encierran, incluso en su misma formulación, antes de la resurrección de Jesús. ¿Cómo hablar, por ejemplo, de cargar con la cruz, con el añadido de «cada día» (en el texto paralelo de Lucas), sin haber visto a Jesús cargando con la cruz? ¿O cómo hacer comprender la lógica del perder la vida para ganarla sin la clave de bóveda que constituye la victoria de Jesús sobre la muerte? Con todo, aunque no puedan ser comprendidas hasta el final estas exigencias, Jesús pide fidelidad a los discípulos; que estén atentos a recorrer con él el mismo camino; que estén dispuestos a seguirle, también después de la resurrección, por este sendero.

 

MEDITATIO

Le place a Dios confiar sus tesoros a quienes no se consideran con derecho a recibirlos y a quienes no parecen ser especialmente idóneos para la tarea. ¡Extraña lógica la de Dios! De hecho, a menudo no la comprendemos, y ahí están nuestras opciones para demostrarlo. Para nosotros, es absurdo no perseguir el poder, la riqueza, el prestigio, no intentar afirmarnos sobre los otros.

Dios ha recorrido un camino diferente, aun siendo omnipotente y omnisciente y origen de todas las cosas. De este modo, el Padre nos quiere hacer comprender que él no puede ser asido ni poseído por el hombre, sino recibido como don. Cuanto más llenos estemos de nosotros mismos, en peores condiciones de acogerlo nos encontraremos.

Mirando a Francisco de Asís, Clara comprendió la verdad de este modo de ser del Dios de Jesús, comprendió su belleza. Su vida pobre, defendida con pasión y humilde tenacidad, se nos ofrece ahora a nosotros como ejemplo. Clara escogió la pobreza porque es el medio que eligió primeramente el Señor Jesús para hacernos conocer su amor y el del Padre sin posibilidad de equívocos.

Este amor fue vivido por Clara con las hermanas que se le unieron, y lo irradiaba por encima de los muros del monasterio: «Clara callaba, mas su fama era un clamor. Se recataba en su celda, mientras su nombre y su vida se pronunciaban en las ciudades», escribía el papa en la bula de canonización. Pobre de bienes, débil por la larga enfermedad, Clara encontró reposo en el Señor vivo y presente, como ella misma dijo al final de su vida: «Desde que conocí la gracia de Dios por medio de su siervo Francisco, ninguna tribulación ha sido dura, ninguna fatiga...».

 

ORATIO

«Vete segura en paz, porque tendrás buena escolta: el que te creó, antes te santificó y, después de que te creó, puso en ti el Espíritu Santo, y siempre te ha mirado como la madre al hijo a quien ama». Y añadió: «¡Bendito seas Tú, Señor, porque me has creado!» («Proceso de canonización de santa Clara», 3,20, en Fuentes franciscanas, Padua 1982, 2.332).

 

CONTEMPLATIO

Oh reina nobilísima: Observa, considera, contempla, con el anhelo de imitarle, a tu Esposo, el más bello entre los hijos de los hombres (Sal 43,3), hecho por tu salvación el más vil de los varones: despreciado, golpeado, azotado de mil formas en todo su cuerpo, muriendo entre las atroces angustias de la cruz.

Porque, si sufres con él, reinarás con él (Rom 8,17); si con él lloras, con él gozarás; si mueres con él en la cruz de la tribulación, poseerás las moradas eternas en el esplendor de los santos, y tu nombre, inscrito en el libro de la vida, será glorioso entre los hombres (2 Tim 2,11-12).

Y así obtendrás para siempre, por los siglos de los siglos, la gloria del Reino celestial en lugar de los honores terrenos y transitorios, participarás de los bienes eternos a cambio de los perecederos y vivirás por los siglos de los siglos (Clara de Asís, «Segunda carta a Inés de Praga», 20-23, en Fuentes franciscanas, Padua 1982, 2.288).

 

ACTIO

     Repite a menudo durante el día la oración de santa Clara: «¡Bendito seas Tú, Señor, porque me has creado!».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tanto para Clara como para Francisco, el primado se lo lleva el señorío de Dios sobre toda la vida y todas las cosas; la centralidad de toda la vida, la voluntad y la acción está constituida por Cristo; la dinámica de la vida de penitencia o de conversión sólo la da y sólo hemos de buscarla en el Espíritu Santo; pero esto es más que suficiente para definir la contemplación auténticamente cristiana [...].

Clara no hace coincidir nunca contemplación y clausura, la contemplación como conocimiento amoroso de Cristo y un hecho material como la clausura. Tanto para Clara como para Francisco (es cierto, no obstante, que los acentos de Clara son femeninos), la contemplación es asiduidad con la palabra leída en las sagradas Escrituras, aunque también escuchada y recibida por los hermanos como comida y alimento de la fe y del alma; la contemplación es oración continua atendiendo al Señor y a todas las criaturas.

Es propio y específico de Clara haber dado a la contemplación una dimensión propiamente evangélica: no era para ella una actividad extraordinaria, reservada a una élite, a los privilegiados de la cultura, sino una actitud cotidiana en el ámbito de la humilde realidad de las cosas, de las labores cotidianas. La contemplación, para Clara, es vida en Cristo, es sacrificio vivo y espiritual ofrecido al Señor. Es significativo que la única referencia que hace Clara a la página del encuentro de Jesús con María y Marta [cf. Lc 10,38-42), que se había convertido en su tiempo en un lugar clásico para afirmar el primado de la vida contemplativa sobre la activa, determina lo único necesario de este culto de la vida a Dios [cf. Rom 12,1) y no entrevé ninguna oposición entre acción y contemplación.

La contemplación, por tanto, para Clara y Francisco, no es sólo conocer a Dios, sino también ver a los hombres y a las criaturas como los ve Dios. Clara llama a Inés «alegría de los ángeles » [Carta tercera 3, 11) y registra de un modo nuevo las cosas de Dios, las criaturas de las que siempre ve brotar una alabanza, una acción de gracias al Dios altísimo y creador (E. Bianchi, La cont&nplazione ¡n Francesco e Chiara a'Asshi, Magnano 1995).

 

Día 12

Sábado de la 18ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 6,4-13

En aquellos días, habló Moisés al pueblo diciendo:

4 Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno.

5 Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

6 Guarda en tu corazón estas palabras que hoy te digo.

7 Incúlcaselas a tus hijos y háblales de ellas estando en casa o yendo de viaje, acostado o levantado;

8 átalas a tu mano como signo, ponías en tu frente como señal,

9 escríbelas en las jambas de tu casa y en tus puertas.

10 Cuando el Señor, tu Dios, te haya introducido en la tierra que ha de darte según juró a tus antepasados Abrahán, Isaac y Jacob, una tierra con grandes y hermosas ciudades que tú no edificaste,

11 con casas repletas de toda clase de bienes que tú no llenaste, con cisternas excavadas que tú no excavaste, con viñas y olivos que tú no plantaste, entonces comerás y te saciarás.

12 Cuídate de no olvidar al Señor que te sacó de Egipto, de aquel lugar de esclavitud.

13 Respetarás al Señor, tu Dios; a él le servirás y en su nombre jurarás.

 

*•»> «Shema Yisra'el: 'Adonay 'Hohénü, 'Adonay ehadh...» Éste es uno de los textos más sagrados y más conocidos del Antiguo Testamento, la confesión de fe que Moisés enseña de los mismos labios de Dios al pueblo elegido. Son unas frases que todo judío piadoso debe decir tres veces al día, vuelto hacia Jerusalén. Unas palabras sagradas que acompañan la vida cotidiana del pueblo de la alianza y que fueron repetidas por millones de judíos en su triste peregrinación hacia la muerte en los hornos crematorios...

Primera afirmación: invitación a la confesión de fe en Dios, «nuestro Dios», «uno». De ahí se sigue, como consecuencia teológica más que lógica -porque se trata de algo vital, divino-, que debemos poner a Dios en el primer lugar, amándole «con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas».

La importancia de Dios en la vida del israelita piadoso, la fuerza educativa y ética de sus preceptos, se ponen aún más de relieve en los versículos siguientes. Éstos dibujan algo así como el habitat de su vida: definen la atmósfera vital en la que está inmerso, el tema sagrado del que tiene que hablar siempre, la conciencia que debe mantener día y noche, en casa y en el trabajo. Es un precepto que se convierte en proyecto educativo para los hijos. Y para que no se le olvide, el israelita piadoso materializa, por así decirlo, la exhortación de Moisés escribiendo los sagrados preceptos en las jambas de la puerta de casa. De esta severa amonestación procede asimismo el uso de llevar escritos en una cajita, sobre la frente y sobre los brazos, junto al corazón, los preceptos del Señor.

Y, como fondo, una promesa, no realizada todavía pero que se convierte en motor de esperanza para transformarse, a continuación, en memoria perenne: los dones de la tierra prometida. Y en un signo de fidelidad: el temor de Dios, su servicio, la proclamación de la alianza en su nombre.

 

Evangelio: Mateo 17,14-20

En aquel tiempo,

14 cuando llegaban a donde estaba la gente, se acercó un hombre, que se arrodilló ante Jesús,

15 diciendo: -¡Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene ataques y está muy mal! Muchas veces se cae al fuego y otras al agua;

16 se lo he traído a tus discípulos, pero no han podido curarlo.

17 Jesús respondió: -¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo aquí.

18 Jesús le increpó, y el demonio salió del muchacho, que quedó curado en el acto.

19 Después, los discípulos se acercaron en privado a Jesús y le preguntaron: -¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?

20 Él les dijo: -Por vuestra falta de fe; os aseguro que si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte: «Trasládate allá», y se trasladaría; nada os sería imposible.

 

*•• Estamos ante un típico fragmento evangélico que presenta una vez más a Jesús en su actividad milagrosa curadora, aspecto que produjo un fuerte impacto en las primeras comunidades cristianas. Éstas, inmersas en el ambiente judío y pagano, exaltaron la figura de Cristo como médico. Aquí se trata de un caso especial. La enfermedad reviste formas patológicas de carácter psíquico, achacables, por consiguiente, a fuerzas malignas y superiores que no es difícil atribuir en este contexto religioso a la acción de Satanás, el enemigo de Dios y, por tanto, enemigo del hombre.

Para nuestra mentalidad científica, los síntomas descritos por el padre de este desgraciado muchacho presentan las características de una crisis de epilepsia. Jesús aparece una vez más, como sucede con frecuencia en estas primicias de su evangelización, en contraste implacable con el diablo, origen del mal y de todos los males.

La indicación de que los discípulos no han conseguido curar al muchacho sirve para dejar bien claro que Jesús cuenta con una evidente superioridad sobre ellos. Para estar a la altura de Jesús, para realizar sus mismos milagros, es preciso contar con una fe auténtica, fuerte, que permite a los discípulos identificarse con él, con su persona, su misión y su fuerza. Sin embargo, su fe es todavía débil e insuficiente. Jesús, con unas palabras que tienen el sabor de la retórica y el lenguaje típicamente orientales, les invita a mostrarse atrevidos a la hora de pedir, a creer en su poder, hasta el absurdo. Les pide una fe capaz de trasladar montañas; y, en primer lugar, las de sus propios corazones.

 

MEDITATIO

La confesión del Dios vivo y único no es sólo una afirmación abstracta de la presencia de Dios y de su exclusiva calidad divina, frente a los muchos pequeños ídolos que pululan en nuestra sociedad, del mismo modo que pululaban en aquel tiempo en los pueblos junto a los que vivía Israel; la profesión de fe exige asimismo un compromiso de vida y, por consiguiente, incluye el reconocimiento de la exclusividad de Dios en la vida de todo creyente. Al Dios uno y único pertenecen el corazón, el alma, las fuerzas. Esta relación totalizadora y personal proporciona a la vida una relación viva, de alianza, una presencia que lo contagia todo. La vida de fe no es un cúmulo de actos de religiosidad, sino una relación viva y personal, una adhesión constante a un designio divino.

Desde este punto de vista, la densidad de la fe del pueblo de Israel también es motivo de estupor para nosotros los cristianos. Y nos resulta ejemplar el comportamiento de tantos «hermanos mayores» nuestros que viven este monoteísmo intenso y profundo de relación con Dios. Eso significa que Dios está en el primer puesto, y la opción por Dios como tarea prioritaria de los cristianos, incluso en medio de nuestra sociedad. Junto con esta pasión por Dios, que es celo por él, se lanza a todos una invitación para que no dejen de lado a Dios en la vida.

El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, de Moisés y de los profetas -título que indica su presencia y su fidelidad en sus vidas- es, para nosotros, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. En efecto, en el Hijo y en su resurrección se revelan toda la fuerza, la ternura y la paternidad de nuestro Dios y de cuanto Jesús nos ha dicho y revelado de él. Él confirmó estas palabras del Antiguo Testamento y las vivió hasta el final. Jesús confiesa en la cruz al Padre y nos lo revela hasta el fondo. Ésta es la fe que mueve montañas, la adhesión total que comienza moviendo con fuerza las montañas del corazón que se interponen entre nuestro egoísmo y la realidad del Dios vivo.

 

ORATIO

Dios de nuestros padres en la fe, Dios de la creación, de la pascua, de la alianza, queremos tener la fe sencilla de tu pueblo, Israel, el pueblo de la antigua alianza. Quisiéramos ser cada uno de nosotros un «Shema' Yisra'el» vivo, a fin de proclamar a todos, con la pasión de los profetas y de los santos, que tú eres el único, que eres santo.

Cuando vemos que generaciones enteras de personas en nuestro siglo no han tenido una adecuada transmisión de la fe en ti, reconocemos la fuerza pedagógica de tu Palabra para el pueblo de la alianza. También hoy, ante esa indiferencia generalizada que se respira a nuestro alrededor, sentimos el mismo celo de los apóstoles a la hora de darte a conocer, de dar a conocer tu designio de amor, tu pasión por una humanidad necesitada del más profundo sentido religioso de la vida. Una humanidad enferma en el cuerpo y en el espíritu, a la que tú le sales al encuentro como médico divino.

Concédenos la fuerza de tu Espíritu, el único que puede hacer que te amemos con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Tú, el Dios santo y único. Tú, el Padre de nuestro Señor Jesucristo.

 

CONTEMPLATIO

Y para haber ahora de tratar de la noche y desnudez activa desta potencia, para enterarla y formarla en esta virtud de la caridad de Dios, no hallé autoridad más conveniente que la que se escribe en el Deuteronomio, capítulo 6 (v. 5), donde dice Moisés: amarás a tu Señor Dios con todo corazón, con toda tu ánima y con toda tu fortaleza, en la cual se contiene todo lo que el hombre espiritual debe hacer y lo que yo aquí le tengo de enseñar para que de veras llegue a Dios por unión de voluntad por medio de la caridad; porque en ella se manda al hombre que todas las potencias y apetitos y operaciones y afecciones de su alma emplee en Dios, de manera que toda la habilidad y fuerza del alma no sirva más que para esto, conforme a lo que dice David, diciendo: Fortitudinem meam ad te custodiam (Sal 58,10).

La fortaleza del alma consiste en sus potencias, pasiones y apetitos, todo lo cual es gobernado por la voluntad. Pues cuando estas potencias, pasiones y apetitos enderezan en Dios la voluntad y la desvían de todo lo que no es Dios, entonces guarda la fortaleza del alma para Dios, y así viene a amar a Dios de toda su fortaleza. Y para que esto el alma pueda hacer, tratemos aquí de purgar la voluntad de todas sus afecciones desordenadas, de donde nacen los apetitos, afectos y operaciones desordenados, de donde le nace también no guardar toda su fuerza a Dios. Estas afecciones o pasiones son cuatro, a saber: gozo, esperanza, dolor y temor. Las cuales pasiones, poniéndolas en obra de razón en orden a Dios, de manera que el alma no se goce sino de lo que es puramente honra y gloria de Dios, ni tenga esperanza de otra cosa, ni se duela sino de lo que a esto tocare, ni tema sino sólo a Dios, está claro que enderezan y guardan la fortaleza del alma y su habilidad para Dios, porque cuanto más se gozare el alma en otra cosa que en Dios, tanto menos fuertemente se empleará su gozo en Dios, y cuanto más esperare otra cosa, tanto menos espera[rá] en Dios; y así de las demás (Juan de la Cruz, «Subida del Monte Carmelo», 1, 3, capítulo 16, lss, en Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 141994, p. 426).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo te amo, Señor, fuerza mía» (Sal 17,2b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los fragmentos del Stema' constituyen el núcleo esencial y el elemento más antiguo de la oración cotidiana de la mañana y de la noche del pueblo de Israel. La ley oral comienza con la obligación de recitar cada día el Shema'. Para pronunciar esta oración se requiere el mayor fervor [...]. El Stema' ocupa el primer lugar porque proclama la unidad de Dios, nuestro amor por él, así como nuestro deber de reconocerle a través del estudio [...]. Si el amor y la justicia, la alegría y la angustia, el fasto y la miseria, la vida y la muerte provienen de la misma fuente, si todo lo que somos, poseemos y queremos, nuestro cuerpo, nuestro espíritu y nuestro poder, deriva del mismo amor, que da y recibe, del amor del Ser Uno y único, de él solo, entonces le pertenecemos de verdad. Le pertenecemos con todo nuestro ser, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas [...]. Ésta es la razón de que la continuación sea: «Amarás». Nuestra religión no es una visión conceptualista del mundo o una filosofía abstracta, sino que nos enseña el imperativo del deber y nos proporciona la consigna de la conducta moral: nos ordena amar a Dios y servirle con toda la más variada riqueza de nuestra vida y de nuestro ser. El hombre se entrega directamente al Dios Uno y único, se entrega sin divisiones y sin reservas, y precisamente esta entrega de sí mismo es lo que hace del hombre una personalidad armoniosa y sin contradicciones interiores (E. Munk, // mondo delle preghiere, Roma 1992, pp. 101-103).

 

Día 13

19° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 19,9:1.11-13a

9 Cuando Elías llegó al monte, entró en una gruta y pasó allí la noche. El Señor le dirigió su palabra:

- Sal y quédate de pie ante mí en la montaña. ¡El Señor va a pasar!

11 Pasó primero un viento fuerte e impetuoso, que removía los montes y quebraba las peñas, pero el Señor no estaba en el viento. Al viento siguió un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto.

12 Al terremoto siguió un fuego, pero el Señor no estaba en el Fuego. Al fuego siguió un ligero susurro.

13 Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con su manto y, saliendo afuera, se quedé de pie a la entrada de la gruta.

 

» Las grandes teofanías son signos mediante los cuales Dios manifiesta su presencia sin llegar a identificarse con ellos. En el Horeb, el profeta Elías se percata de <<un viento fuerte e impetuoso, que removía los montes y quebraba las peñas» (m 11). ¿Como no darse cuenta del poder de Dios? Montañas y rocas son prodigios de la naturaleza, majestuosos y soberbios, que el hombre puede contemplar; lo que puede desconcertarle es realmente una majestad y una potencia superior. El terremoto es otro fenómeno natural que provoca en las personas terror, sentido de pequeñez e insignificancia. De modo espontáneo, todo lo que no puede ser controlado ni dominado produce temor: las certidumbres internas se desvanecen como se desmoronan los edificios tras un temblor. El Señor es un Dios que agita las seguridades humanas. El fuego, aun sin precisan hace referencia al indecible, inefable y superlativo atributo divino: la santidad.

La perícopa nos hace ver que estas características evidencian la distancia entre la trascendencia divina y la pequeñez humana. Elías había recibido la orden de salir de la cueva y permanecer en la presencia del Señor, pero, asustado ante el insólito suceso desencadenado por las fuerzas de la naturaleza, se metió de nuevo. Solo al <<ligero susurro» (v 12) salió y se quedó a la entrada de la gruta. La delicadeza inmanente de un Dios que se oculta le permite al hombre acercarse a él y gozar de la amistad primordial (cf Gn 3,8).

 

Segunda lectura: Romanos 9,1-5

Hermanos:

1 Digo la verdad como cristiano, y mi conciencia, guiada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento

2 al afirmar que me invade una gran tristeza y es continuo el dolor de mi corazón.

3 Desearía, incluso, verme yo mismo separado de Cristo como algo maldito por el bien de mis hermanos de raza.

4 Son descendientes de Israel. Les pertenecen la adopción filial, la presencia gloriosa de Dios, la alianza, las leyes, el culto y las promesas.

5 Suyos son los patriarcas y de ellos, en cuanto hombre, procede Cristo, que esta sobre todas las cosas y es Dios bendito por siempre. Amén.

 

*» La confidencia del apóstol es conmovedora <<Me invade una gran tristeza y es continuo el dolor de mi corazón» (v 2). La causa de este martirio interior es la solidaridad <<según la carne» con sus hermanos, los judíos, separado de ellos debido a la fe en Jesucristo, el Señor. Judío <<según la carne » y cristiano <<según la fe» que profesa, Pablo, como hombre, experimenta una de las mas profundas laceraciones: ser judío y cristiano al mismo tiempo. La herida le hace expresar una idea imposible; <<Desearía, incluso, verme yo mismo separado de Cristo como algo maldito por el bien de mis hermanos de raza» (v. 3).

En veinte siglos de cristianismo, es el primero del grupo de los santos que ha experimentado este tipo de martirio: hacerse maldicién por la salvación de los hermanos, aceptar la máxima infamia para liberar a otros de cuanto ensombrece la verdad y dificulta la plena comunión con Dios. <<Anatema» significa poner aparte y reservarle a Dios la destrucción total. Después, con el tiempo, el vocablo invirtió su significado y la idea dominante paso a ser la de <<maldición». Para el cristiano, la maldición es la separación de Cristo. Perseguidores y mártires han rivalizado sobre este gozne de la conciencia para probar su firmeza, unos con perversidad y otros con fe.

El apóstol presenta una lectura esperanzadora basándose en las promesas divinas. La llamada a Israel se basa en la memoria de un pueblo, en una elección, en una alianza en la que Cristo es también el sello según la carne.

 

Evangelio: Mateo 14,22-33

22 Luego, Jesús mandó a sus discípulos  que subieran a la barca y que fueran delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

23 Después de despedirles, subió al monte para orar a solas. Al llegar la noche, estaba allí solo.

24 La barca, que estaba ya muy lejos de la orilla, era sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

25 Al final ya de la noche, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago.

26 Los discípulos, al verlo caminar sobre el lago, se asustaron y decían:

- Es un fantasma. Y se pusieron a gritar de miedo.

27 Pero Jesús les dijo en seguida:

- ¡Animo! Soy yo, no temáis.

28 Pedro le respondió:

-Señor si eres tu, mándame ir hacia ti sobre las aguas.

29 Jesús le dijo:

—Ven.

Pedro saltó de la barca y andando sobre las aguas, iba hacia Jesús,

30 Pero al ver la violencia del viento se asustó y como empezaba a hundirse, gritó:

-¡Señor: sálvame!

31 Jesús le tendió la mano, lo agarró y le dijo:

-¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?

32 Subieron a la barca, y el viento se calmó.

33 Y los que estaban en ella se postraron ante Jesús, diciendo:

-Verdaderamente, eres Hijo de Dios.

 

•» Jesús subió al monte <<para orar a solas» (v. 23). Es una imagen que nos transporta fuera del tiempo y del espacio: todo parece pararse en la quietud eterna del silencio del Hijo en el Padre. Como si no hubiese anochecen esa es la impresión. Mientras, los discípulos  están desconcertados: es de noche y la barca es sacudida por el oleaje (v. 24). Despunta el alba y Jesús se aproxima. Pero esto no significa el final de la turbación. Al contratiempo de los elementos externos y naturales le sucede ahora un acontecimiento fascinante e imprevisible, además estremecedor, que les conmociona interiormente: Jesús se acercó a ellos caminando sobre las aguas (v 25). El evangelio recoge la reacción de los discípulos: <<se pusieron a gritar de miedo» (v. 26). El miedo es la antigua esclavitud del hombre y se contrapone a la fe. La réplica del Señor: <<¡Ánimo! Soy yo, no temáis» (v. 27) parece calmar la atmosfera.

Pedro emprende un acto atrevido, no por fe, sino por verificación, impulsivo. Contesta: <<Serio1; si eres tú>> (v. 28). La iniciativa humana no es suficiente para caminar al encuentro de Jesús. El miedo lo hunde y solo la humildad de la fe lo salva. El acontecimiento tiene su diagnóstico: <<¿Por qué has dudado?» (v. 31). El desenlace final es de adoración coral. A la luz del día le siguió la calma: <<El viento se calmó» (v 32), es decir, a la luz de la verdad en Cristo, con Cristo y por Cristo, el hombre consigue, después de la prueba, la calma del corazón en Dios.

 

MEDITATIO

Los tres textos de la liturgia reflejan el tema de la fe en el Dios-con-nosotros, presente y activo tanto en la historia universal como en los acontecimientos personales de cada uno. Y a su vez, nos proponen una reflexión sobre la continuidad de la experiencia de fe judía y cristiana, de la diferencia de calidad y modos. Elías, Pablo y Pedro son tres campeones con quienes podemos confrontar nuestra experiencia de fe en el Dios trascendente, supremo y santo, que es todo para el hombre; el Dios de los <<padres» envuelto en aureola misteriosa es el Dios que actúa dentro de la historia como el que salva; el Dios cuya esencia es incognoscible, pero cuya voluntad y deseo se inclinan en favor del hombre, en mimarlo y llevarlo cogido de la mano. Esto no permite fáciles abstracciones filosóficas, sino empeñar todo el ser en la opción fundamental de la fe. No son simples mensajes, sino hechos. El Dios <<totalmente otro» no se manifiesta en imágenes, sino que se revela mediante la Palabra y, al llegar la plenitud de los tiempos, en el Hijo unigénito. La fe no puede quedar relegada a la esfera afectiva del hombre. La fe es compromiso y empeño, pues la historia no es una secuencia de hechos, sino un único acontecimiento salvífico, cuya trama la teje Dios con toda la humanidad.

 

ORATIO

Concédenos, Señor la vista que nos permita ver tu amor en el mundo, a pesar de los chascos humanos. Concédenos la fe para confiar en tu bondad, a pesar de nuestra ignorancia y debilidad. Concédenos el conocimiento, para que sigamos orando con un corazón consciente, y muéstranos lo que cada uno de nosotros tiene que hacer para favorecer la llegada del día de la paz universal (los astronautas del Apolo VIII, desde el espacio, el 24 de diciembre de 1968).

 

CONTEMPLATIO

¿Por qué, pues, se lo permitió Cristo? Porque de haberle dicho; <<No puedes», él, ardiente como era, le hubiera contradicho. De ahí que quiere el Señor enseñarle por vía de hecho, para que otra vez sea mas moderado. Más ni aun así se contiene. Bajado, pues, que hubo de la barca, empezó a hundirse por haber tenido miedo. El hundirse dependía de las olas, pero el miedo se lo infundía el viento. Bajado, pues, que hubo Pedro de la barca, caminaba hacia Jesús, alegre no tanto de ir andando sobre las aguas cuanto de llegar a él. Y es lo bueno que, vencido el peligro mayor, iba a sufrir apuros en el menor; por la fuerza del viento, quiero decir; no por el mar Tal es, en efecto, la humana naturaleza. Muchas veces, triunfadora en lo grande, queda derrotada en lo pequeño. Cuando todos estaban llenos de miedo, él tuvo valor de echarse al agua; en cambio, ya no pudo resistir la embestida del viento, no obstante hallarse cerca de Cristo. Lo que prueba que de nada vale estar materialmente cerca de Cristo si no lo estamos también por la fe. Esto, sin embargo, sirvió para hacer patente la diferencia entre el maestro y el discípulo y para calmar un poco a los otros.

Mas ¿por qué no mando el Señor a los vientos que se calmaran, sino que, tendiendo él su mano, cogió a Pedro? Porque hacia falta la fe del propio Pedro. Cuando falta nuestra cooperación cesa también la ayuda de Dios... Así, de no haber flaqueado en la fe, fácilmente hubiera resistido también el empuje del viento. La prueba es que aun después de que el Señor lo hubo tomado de la mano, dejo que siguiera soplando el viento; lo que era dar a entender que, estando la fe bien firme, el viento no puede hacer daño alguno. Y como al polluelo que antes de tiempo se sale del nido y esta para caer al suelo, la madre lo sostiene con sus alas y lo vuelve al nido, así hizo Cristo con Pedro (Juan Crisóstomo, <<Homilías sobre el evangelio de san Mateo», 50,2, en Obras de san Juan Crisóstomo, II, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1956, 75-76).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<No temas, yo estoy contigo» (Hch 18,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Dios mío, he nacido para contemplarte, para vivir en ti, para actuar por ti. Sólo la conciencia de servirte fielmente puede darme la paz. Tengo miedo de pensar que no soy digno de ti. Este es el verdadero <<temor de Dios>>, Dios mío, he crecido y he tenido que soportar que seas un desconocido no sólo de pensamientos, sino también de palabras y de obras... En mi interior me he propuesto resarcir esas ofensas, ser impecable y valiente caballero tuyo.

Me he equivocado, he pecado contra ti, no me he entregado a ti con todas mis fuerzas, me he distraído; también yo te he ofendido. He tenido miedo de cumplir tu voluntad; han surgido en mí prepotencias y villanías que de ningún modo quería sentir. Pero la violencia usada en tu nombre o —mejor- la resistencia al mal en tu nombre es santa, aunque resulte dolorosa a alguien. Y como alguien, Dios, quieres que esté yo, y estaré con el más fuerte para participar de su fuerza, si bien, pienso, después, que esto puede bloquearme de cara a uno más débil que yo, de cara a alguien que tengo más necesidad que yo. No obstante, ¿perderé la fuerza que tengo?, ¿se me comunicará la debilidad ajena? Quizá, el riesgo existe, pero la salvación consiste en neutralizar las influencias o, mejor dicho, en mantener un equilibrio tal para poder dar sin ser arrastrados (Mario Finzi, un joven judío de Bolonia, el 23 de marzo de 1944, ocho días antes de su detención y deportación a Auschwitz).

 

Día 14

San Maximiliano María Kolbe (14 de agosto)

 

Nació en Polonia en 1894. A los 13 años entró en los menores conventuales. Una vez terminados sus estudios filosóficos y teológicos en Roma, instituyó en ella la «Milicia de la Inmaculada», en 1917. Tras ser ordenado sacerdote en 1927, fundó en su patria la «Ciudad de la Inmaculada», centro de vida espiritual y de actividad editorial. Ejerció como misionero en Japón y volvió a Polonia en 1936, donde prosiguió su intensa obra de apostolado. Durante la Segunda Guerra Mundial fue deportado al campo de concentración de Auschwitz, donde murió al ofrecer su vida por la de un compañero de prisión, el 14 de agosto de 1941. Fue beatificado por Pablo VI en 1971 y canonizado con el título de mártir por Juan Pablo II en 1 982.

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 10,12-22

En aquellos días, habló Moisés al pueblo diciendo:

12 Y ahora, Israel, ¿qué es lo que te pide el Señor, tu Dios, sino que le honres, que sigas todos sus caminos, lo ames y sirvas al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y toda tu alma,

13 observando los mandamientos y las leyes del Señor que yo te prescribo hoy para que seas feliz?

14 Del Señor, tu Dios, son los cielos, aun los más altos, la tierra y cuanto hay en ella.

15 Sin embargo, sólo en tus antepasados se fijó el Señor, y esto por amor; y después de ellos eligió a su descendencia, a vosotros mismos, entre todas las naciones, hasta el día de hoy.

16 Circuncidad vuestro corazón y no seáis tercos,

17 pues el Señor, vuestro Dios, es el Dios de los dioses y el Señor de los señores; el Dios grande, fuerte y temible que no hace acepción de personas ni acepta sobornos;

18 que hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al emigrante, suministrándole pan y vestido.

19 Amad vosotros también al emigrante, ya que emigrantes fuisteis vosotros en el país de Egipto.

20 Honrarás al Señor, tu Dios, lo servirás, te adherirás a él y en su nombre jurarás.

21 Él es tu gloria y tu Dios, y ha hecho por ti los terribles portentos que has visto con tus propios ojos.

22 Cuando tus antepasados bajaron a Egipto no eran más que setenta personas, pero ahora el Señor, tu Dios, te ha multiplicado como las estrellas del cielo.

 

*•• El camino semanal se abre con una lectura fuerte desde el punto de vista teológico y espiritual. Es el segundo discurso dirigido por Moisés a los israelitas, y está totalmente dedicado a confirmar la fidelidad al Señor.

La primera parte del fragmento de hoy resume, como es usual en la pedagogía bíblica, la parte central del discurso anterior: amar y servir a Dios con todo el corazón y con toda el alma, observando sus mandamientos. Ahora bien, al primer mandamiento -amar a Dios y observar sus mandamientos- se añade ahora, con toda lógica, el segundo: el amor al prójimo. El discurso está introducido a partir del amor que Dios tiene a todos. Tras una serie de títulos teológicos de YHWH -Dios de los dioses, Señor de los señores, Dios grande, fuerte y temible- aparece la afirmación de su amor universal, especialmente por los más menesterosos: no hace acepción de personas, no acepta sobornos, hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al emigrante, suministrándole pan y vestido (w. 17b-18). Salen aquí a la luz tres categorías de pobreza a las que Dios socorre con su benevolencia: huérfanos, viudas y emigrantes. El comportamiento de Dios es una invitación dirigida al pueblo para que obre del mismo modo, manteniendo siempre vivo el recuerdo de cuanto YHWH ha hecho por Israel (v. 19). Esta imitación del comportamiento de YHWH es expresión de una santidad histórica y social.

En el centro del discurso figura, por último, una insinuación de gran valor teológico: no hay que hacer de la circuncisión, signo de la alianza, ni una ocasión de jactancia ni una praxis material que garantiza la pertenencia al Señor y al pueblo. Con una expresión que se remonta más bien a la tradición profética, se habla de la circuncisión del corazón (v. 16): no hay que tener un corazón endurecido, sino un corazón de carne, limpio de toda superficialidad, siempre dispuesto para la alabanza del Señor y para mostrar ternura con los menesterosos.

 

Evangelio: Mateo 17,22-27

22 Un día que estaban juntos en Galilea, les dijo Jesús: -El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres,

23 y le darán muerte, pero al tercer día resucitará. Y se entristecieron mucho.

24 Cuando llegaron a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los que cobraban el impuesto del templo y le dijeron: -¿No paga vuestro maestro el impuesto?

25 Pedro contestó: -Sí. Al entrar en la casa, se anticipó Jesús a preguntarle: -¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra ¿a quiénes cobran los impuestos y contribuciones: a sus hijos o a los extraños?

26 Pedro contestó: -A los extraños. Jesús le dijo: -Por tanto, los hijos están exentos.

27 Con todo, para que no se escandalicen, vete al lago, echa el anzuelo y saca el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás en ella una moneda de plata. Tómala y dásela por mí y por ti.

 

**• El texto contiene un segundo anuncio de la futura y próxima pasión de Jesús. El Maestro, tanto en los sinópticos como en Juan, se muestra siempre lúcidamente consciente de su propio destino, camina con los ojos abiertos hacia Jerusalén -ésta es la nota típica de Lucas-, es soberanamente libre en su cumplimiento de la voluntad del Padre. No puede decirse que la pasión haya sido para Jesús un incidente político, un precio pagado por su ingenuidad, un fracaso anunciado. En el fondo -no lo olvidemos- se encuentra siempre la perspectiva final de la resurrección, algo que los discípulos ni comprenden ahora ni comprenderán después. No fueron capaces de esperar hasta el fatídico tercer día anunciado.

Sobre el fondo de este anuncio se inserta el episodio del pago del impuesto religioso para el mantenimiento del templo, de sus estructuras, de su culto, de los encargados de este último. Jesús, libremente soberano, verdadero templo de Dios e Hijo del Dios vivo (el Dios del templo de Jerusalén), paga el impuesto religioso.

El discurso retórico de Jesús dirigido a Pedro da a entender que se trata más de un gesto de condescendencia que de una obligación que tenga que satisfacer. Pero aparece también un signo, una acción profética de Jesús que manifiesta de modo claro su poder, el hecho de que es el Hijo del Dios del templo. Pedro, en efecto, echa el anzuelo y coge un pez que lleva una moneda de plata en la boca. Con ella paga su impuesto y el de Jesús. Éste manda también sobre la naturaleza y demuestra que vive en el templo del cosmos para alabanza de su Padre. Y, en un acto de solidaridad, salda de manera abundante la deuda religiosa en su propio nombre y en el de sus discípulos, que son su nueva familia.

 

MEDITATIO

Dar la vida es manifestar la cumbre del amor, dijo Jesús. Eso es lo que hizo él, y a eso mismo nos llama a nosotros. Aparecen los vértigos, como si estuviéramos al borde de un abismo. Estamos así instintivamente aferrados a nuestra vida, una vida que sentimos muy breve y frágil... La retenemos de una manera tenaz entre nuestras manos. De la vida como posesión a la vida como don: ése es el gran desafío, que revela - a nosotros mismos antes que a los otros- «quiénes somos» y «quiénes queremos ser». «Podríamos decir que el banco de prueba del valor y, por consiguiente, del significado de una persona es, para el hombre contemporáneo, la "cotidianidad". En el caso del padre Kolbe, ¿cuántos son capaces de pensar, frente a una experiencia tan extraordinaria, que ésta estuvo preparada por toda una vida llevada bajo la enseña de una "cotidianidad extraordinaria", que, tal vez, sea la única que está en condiciones de madurar para los grandes momentos?» (G. Barra). Dar la vida no es cuestión de un momento, sino una opción fundamental repetida cada día: la de decir «sí» a la oferta de amistad que Dios nos propone. No es cuestión de un impulso del corazón en algún momento especial, sino de gestos concretos ordinarios que saben de calor, de compartir con los demás, de entrega verdadera. Esto es posible para todos, para cada uno que acoja la llamada del Señor y le responda con el amor a los hermanos. Es «en el marco de una vida entregada y empleada realmente por un ideal tan arrollador donde puede madurar y donde se puede comprender el acto sublime que coronó la existencia del padre Maximiliano, la consumación cruenta de una oblación constante realizada a lo largo de toda una vida, el sello a una fidelidad indefectible a lo "terrible cotidiano"» (G. Barra).

 

ORATIO ( Algunas invocaciones de san Maximiliano María Kolbe )

«Reina en mí, oh Dios mío, y permíteme difundir en todos tu Reino a través de la  Inmaculada».

«Oh María, concebida sin pecado, ora por nosotros, los que recurrimos a ti, y por cuantos no lo hacen; en particular, por los enemigos de la santa Iglesia y por aquellos que te han sido encomendados».

«¡Gloria a la Inmaculada por todo!»

«¡Oh Inmaculada, soy tuyo!»

«Virgen Inmaculada, Madre mía, María, te renuevo, hoy y para siempre, la consagración de toda mi persona, a fin de que dispongas de mí para el bien de las almas. Sólo te pido, oh Reina mía y Madre de la Iglesia, cooperar fielmente en tu misión para la venida de Jesús al mundo. Te ofrezco, por tanto, oh Corazón Inmaculado de María, las oraciones, las acciones y los sacrificios de este día» (Consagración cotidiana a María de la Milicia de la Inmaculada).

 

CONTEMPLATIO (Algunos dichos de san Maximiliano María Kolbe:)

 «Lo primero que tenemos que hacer es trabajar en nuestro propio perfeccionamiento».

«La humildad es lo más difícil de conquistar en el trabajo por nuestra propia santificación».

«La oración es una condición indispensable para la regeneración y para la vida de toda alma».

«Todo lo puedo en Aquel que me da fuerza a través de la Inmaculada».

«Sin un espíritu de penitencia y de renuncia de nosotros mismos no se puede ser amor».

«Sin amor, no puede haber virtud alguna; con amor, todas».

«Busca sólo la gloria de Dios, con serenidad».

«El amor mutuo es lo principal».

«Trabaja, a través de la Inmaculada, por la salvación de las almas».

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y medita durante el día esta expresión típica de Maximiliano María Kolbe: «Sólo el amor crea».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En todos los continentes, o casi, es conocida y notoria la figura de san Maximiliano María Kolbe. Y quien ha recibido el don de acercarse a él, queda profundamente conquistado por el santo. Porque se quedará tan presente en su propia vida, que sentirá la necesidad de invocarlo, imitarlo y enamorarse de su poliédrica figura de hombre, sacerdote, religioso, apóstol y mártir.

«Sólo el amor crea», había repetido miles y miles de veces el padre Kolbe durante su vida. «Sólo el amor crea», cantaban las obras que iba ideando y concretando una tras otra, a fin de llevar la vida de la verdad a cada hombre con la imprenta; para llevar las ondas de la vida a cada casa por medio de la radio; para dar un signo de la vida eterna a través de las esculturas y las pinturas délos hermanos. Y en sus largos viajes no perdía la ocasión de acercarse al ateo, al masón, al judío, al incrédulo, al cristiano adormecido en su fe, para que el nuevo destello de la vida iluminara el camino que lleva a la salvación.

«Sólo el amor crea», ha ido repitiendo el papa «venido de lejos », cada vez que se detiene a hablar de este hombre: el hombre de nuestro tiempo, el hombre de la magna y profunda herencia.  La herencia espiritual de san Maximiliano María Kolbe no tiene límites. La consagración total a la Inmaculada con propósitos apostólicos, que él vivía y promovía, es y debe ser una verdadera espiritualidad. Indudablemente, es una herencia muy comprometedora, porque se trata de imitar a aquel que nos la ha dejado. A saber: se trata no de tener «algo» de él (posibles reliquias, algún autógrafo, su biografía, etc.), sino de poseer su espíritu, porque de los santos queda sobre todo lo que han hecho, actuando según la voluntad de Dios. Recoger su herencia significa permitir a Dios que obre en nosotros como obró en ellos. Como obró en san Maximiliano María Kolbe y en muchos de sus seguidores (L. Faccenda [ed.], «Un cuore donato. San Massimiliano María Kolbe», suplemento a Milizia Mariana 4 [1994] 11; 51ss; 75).

 

Día 15

Asunción de la Virgen María (15 de agosto)

  

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 11,19a; 12,l-6a.l0a-b

11  Se abrió entonces en el cielo el templo de Dios y dentro de él apareció el arca de su alianza.

12,1 Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

2 Estaba encinta y las angustias del parto le arrancaban gemidos de dolor.

3 Entonces apareció en el cielo otra señal: un enorme dragón de color rojo con siete cabezas y diez cuernos y una diadema en cada una de sus siete cabezas.

4 Con su cola barrió la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se puso al acecho delante de la mujer que iba a dar a luz, con ánimo de devorar al hijo en cuanto naciera.

5 La mujer dio a luz un hijo varón, destinado a regir todas las naciones con vara de hierro, el cual fue puesto a salvo junto al trono de Dios,

6 mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios.

10 Y en el cielo se oyó una voz potente que decía: Ya está aquí la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios. Ya está aquí la potestad de su Cristo.

 

**• El pasaje que hemos leído presenta una visión del apocalipsis. En ella se mezclan figuras y realidades de tal modo que no siempre es fácil interpretar con exactitud el significado de las imágenes empleadas. Por otra parte, en el lenguaje profético y apocalíptico conviene con frecuencia detenerse en el nivel de la sugerencia, a fin de comprender mejor el texto mismo. Este último puede ser presentado así como uno de nuestros sueños reveladores, un sueño en el que salen a flote nuestros miedos y nuestras certezas, nuestras necesidades y nuestros deseos...

Este sueño está compuesto antes que nada de cielo. Se está llevando a cabo algo que está por encima de nosotros, algo que nos incluye. La lucha entre la mujer, el niño, el dragón y los ejércitos angélicos no tienen que ver con acontecimientos al margen de nosotros, sino que se cumplen en nuestro mismo cielo. Más aún, se trata de una lucha final, porque en ella se juega nuestra vida o la muerte. Lo muestra bien la señal de la mujer (12,lss). Ésta es casi una reina, soberana sobre la luna (es decir, sobre el «otro» lado de nuestra conciencia, sobre nuestra naturaleza más inconsciente) y sobre las estrellas (las doce estrellas se refieren a las doce tribus de Israel, o sea, que esta figura también es soberana de la historia, que, aun sin saberlo nosotros, está a nuestra espalda). Esta señal constituye el lado vivo de nuestra realidad; más aún, el lado más fecundo, el lado que nos impulsa a continuar la vida, la señal que nos permite albergar la esperanza de un día nuevo.

Sin embargo, esta señal no está exenta de dolor y de peligro (12,3ss). La mujer grita por los dolores del parto y, al mismo tiempo, teme al dragón que quiere devorar al niño. Si nos dejamos cautivar por este sueño, sentiremos lo que significa que nuestro sueño de una vida nueva esté en peligro, nos daremos cuenta de hasta qué punto están temblando por dentro nuestros deseos, nos preguntaremos si conseguiremos ver de verdad la luz,  experimentaremos el dolor que la nueva vida provoca en nosotros... La lucha se está produciendo precisamente en nuestro instante de vida.

Y el niño nace y, contrariamente a las expectativas negativas, es arrebatado al cielo para defenderlo deldragón, que es derrotado por los ejércitos angélicos (12,5ss). Podría parecer un consuelo barato en nuestro sueño. Sin embargo, si creemos que nuestro sueño expresa una verdad, comprenderemos de inmediato que no se trata de esto: se trata de la exacta percepción, del presentimiento confiado de que, de verdad, precisamente en nuestra vida, «ya está aquí la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios» (12,10).

 

Segunda lectura: 1 Corintios 15,20-26

Hermanos:

20 Cristo ha resucitado de entre los muertos como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte.

21 Porque lo mismo que por un hombre vino la muerte, también por un hombre ha venido la resurrección de los muertos.

22 Y como por su unión con Adán todos los hombres mueren, así también por su unión con Cristo todos retornarán a la vida.

23 Pero cada uno en su puesto: como primer fruto, Cristo; luego, el día de su gloriosa manifestación, los que pertenezcan a Cristo.

24 Después tendrá lugar el fin, cuando, destruido todo principado, toda potestad y todo poder, Cristo entregue el reino a Dios Padre.

25 Pues es necesario que Cristo reine hasta que Dios ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.

26 El último enemigo a destruir será la muerte.

 

**• Pablo subraya también en otras ocasiones que el anuncio de la resurrección se encuentra en el centro del mensaje cristiano (cf. Rom 1,4; Gal 1,2-4; etc.): «Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe» (1 Cor 15,17).

También en este caso, después de haber vuelto a llamar a los fieles a compartir un mismo camino de fe, les vuelve a presentar el evangelio inicial, el que anuncia que «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, fue sepultado y resucitó el tercer día según las Escrituras» (1 Cor 15,3ss). Como corolario, intenta dar posibles explicaciones de la resurrección, frente a posibles objeciones.

En el fragmento que nos presenta la liturgia de hoy, la resurrección está vinculada con su acontecimiento primero: Jesucristo. En efecto, el «primer» hombre, Adán, es figura de un ser para la muerte, que introduce la muerte-pecado en la naturaleza humana; el hombre «nuevo» Jesús, en cambio, trae la vida y a través de él tiene lugar la resurrección. La lectura cristológica de la resurrección no es obvia; más aún, sirve para valorarla como un acontecimiento de gracia y evitar lecturas simplemente naturalistas o moralistas. La resurrección es el don de la vida de Dios en Cristo: no se trata de un premio para quien se ha portado bien o de la evolución natural de las cosas... La resurrección es la Vida nueva que irrumpe en nuestra vida, es la Vida de la gracia, que transforma todo nuestro ser y hace que nuestro espíritu y nuestro cuerpo puedan ver el rostro de Dios y seamos elevados al cielo. Éste es el verdadero anuncio de la derrota definitiva de la muerte, que ya no es considerada como pecado y dolor, sino que se convierte en la puerta santa, en el último paso hacia el encuentro con el Señor de nuestra vida.

 

Evangelio: Lucas 1,39-56

39 Por aquellos días, María se puso en camino y se fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá.

40 Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

41 Y cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño empezó a dar saltos en su seno. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo,

43 exclamó a grandes voces: -Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

43 Pero ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme? 44 Porque en cuanto oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de alegría en mi seno.

45 ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

46 Entonces María dijo:

47 Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador,

48 porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,

49 porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso. Su nombre es santo,

50 y es misericordioso siempre con aquellos que le honran.

51 Desplegó la fuerza de su brazo y dispersó a los de corazón soberbio.

52 Derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes.

53 Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada.

54 Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia,

55 como lo había prometido a nuestros antepasados, en favor de Abrahán y de sus descendientes para siempre.

56 María estuvo con Isabel unos tres meses; después volvió a su casa.

 

*»• El encuentro entre dos madres se convierte, en los relatos de la infancia del evangelio según Lucas, en un momento importante de conexión y de continuidad entre la historia de la salvación contada en el Antiguo Testamento y la nueva historia que está a punto de empezar con el nacimiento de Jesús; por eso, Isabel saluda en María a la madre «de su Señor» (cf. v. 43) y la proclama bienaventurada por su fe, exultando junto con su propio hijo por impulso del Espíritu Santo (w. 41-45). La presencia misteriosa del Espíritu nos muestra ya que ambas madres forman parte de un mismo plan de salvación, mediante el cual el designio de Dios sobre el mundo encuentra su cumplimiento no a través de las grandes gestas de la historia -aunque sí en su interior-, no a través de las glandes intuiciones de los filósofos o de los matemáticos griegos -aunque sí junto a ellos-, sino a través de la esperanza de dos mujeres de Israel, que reconocen en lodo lo que les está pasando una obra que les supera. No por nada se convierte el cántico mariano en elenco de esta historia que está por detrás y frente a la historia de los manuales, exaltando a su Autor misterioso (v. 47).

La «humildad de su sierva», a la que el Señor dirige su mirada (cf. w. 48-50), no se queda en una simple indicación exterior. Se trata de la humildad de quien está tan bajo que ve mejor la semilla que está a punto de nacer, de quien se pone en una posición de pura acogida (cf. Lc 1,38), de modo que consigue ver la profundidad de todo lo que está sucediendo y no se deja distraer por otros acontecimientos más ruidosos pero menos reales.

En el fondo, se trata de la humildad de quien acoge en sí la verdad de la historia. Precisamente por eso, la humildad de María no le impide reconocerse incluso como destinataria privilegiada del amor de Dios y profetizar que la historia la recordará por esto (y con ello se inserta una vez más en el ejército de todos los orantes del Antiguo Testamento). De esta perspectiva parte el recuerdo de las obras realizadas por el verdadero Señor de la historia (w. 51-53).

Y esta historia se cumple en la salvación llevada a quienes históricamente no tienen salvación -los humildes, los hambrientos- y en la dispersión de cuantos tienen una salvación confeccionada por ellos a su medida y, por eso, no pueden confiar en la obra de Otro (como los soberbios, los poderosos, los ricos...). Estos dos aspectos de la historia parecen combatirse recíprocamente: Desplegó la fuerza de su brazo» (v. 51) es una expresión dotada de connotaciones militares (cf. Sal 118,16); sin embargo, la profecía de María descubre, en realidad, en la historia un único aspecto de salvación; a saber: la proximidad del Señor. Tanto más por el hecho de que este Señor demuestra ser fiel también a sus propias promesas (w. 54ss) y, por consiguiente, digno asimismo de confianza. Para quien tiene ojos humildes, capaces de ver la humildad de la historia de la salvación, el Dios en quien se puede confiar permanece como confirmación de la bendición que él mismo ha dirigido a Israel y a su pueblo, de la promesa que el niño que da saltos en el seno de Isabel y el niño que está creciendo en el seno de María llevan con ellos.

 

MEDITATIO

La persona de María encierra y realiza en sí misma un camino particular de fe a pesar de la elección que la consideró no afectada por el pecado original y que la hizo Madre de Dios, «la que avanzaba "en la peregrinación de la fe"» (Redemptoris Mater 25). Este avanzar por el camino de la fe la convierte también en un posible modelo para todo el que quiere comprender lo que significa reconocer el total señorío de Dios sobre su propia vida.

Este señorío encuentra su realización ya en el ámbito de nuestro camino de crecimiento humano. A medida que el señorío de Dios entra en nuestra historia conseguimos ver con unos ojos nuevos la realidad que nos rodea. Nuestros ojos no ven ya sólo los abusos, las injusticias de quienes oprimen al débil, las mentiras de quienes tienen la soberbia en su propia lengua, la riqueza que se convierte en muerte del pobre... Poco a poco nuestros ojos se vuelven semejantes a los de María, a esos ojos que la hacen capaz de reconocer el poder de Dios que actúa en la historia en favor de la justicia y de la paz, y nos damos cuenta de cómo nosotros mismos podemos volvernos, a nuestra vez, historia de liberación, precisamente como María, si nos confiamos a este anuncio.

El señorío de Dios encuentra también su realización en nuestro camino de fe. Con María nos damos cuenta de que somos «siervos del Señor», llamados a proclamar la obra del Señor y sus maravillas, llamados a «engrandecer» su presencia en nuestra vida. Con María no tenemos miedo a reconocer frente al mundo nuestra elección, no tenemos miedo a llamarnos siervos e hijos de Dios, no tenemos miedo a la obra que el Espíritu Santo está realizando en nosotros. Este camino se realiza a través de la oración, a través del servicio y a través del testimonio, junto con María, que fue capaz de hacer efectivos, en su propia carne, su oración del Magníficat, su servicio a los otros (la visitación fue antes que nada respuesta a una necesidad de Isabel) y su anuncio de liberación.

El último anuncio de este señorío de Dios sobre nuestra vida tiene lugar cuando conseguimos comprender que éste no permanece extraño a nuestra corporeidad. Lo podemos intuir ya en el anuncio de la encarnación o sentirlo en nuestra vida a través de la corporeidad de los distintos sacramentos. La realidad de la resurrección, que para nuestra naturaleza humana se vuelve ya eficaz en la asunción de María al cielo, es la última llamada a abandonar asimismo nuestro cuerpo al poder del Reino de Dios. Hasta nuestro cuerpo, con sus necesidades ínfimas y con sus deseos más elevados, con sus gritos de «¡tengo hambre!» y sus «¡te amo!», está incluido en el Reino de Dios. El cuerpo de María, que llevó en él el cuerpo del Verbo encarnado e hizo frente también al dolor de la historia, se vuelve en su asunción la promesa y la realización del hecho de que nuestros sueños, nuestros deseos, nuestras necesidades, no puedan apartarse de la presencia divina que ha tocado nuestra vida.

 

ORATIO

Te doy gracias, oh Padre, porque has elegido a María, mujer humilde y pobre, para dar cumplimiento a tus promesas, a las promesas que hiciste a Abrahán, que «tuvo fe y esperó contra toda esperanza» (cf. Rom 4,18). En ella nos has mostrado cómo obras, puesto que no miras el exterior o la grandeza, sino que actúas simplemente por tu amor. Ayúdame a darme cuenta de que también yo estoy llamado a este amor y a confiarme a este anuncio sin miedos.

Te doy gracias, Verbo eterno, porque en María, con tu encarnación, has tocado nuestro cuerpo mortal y, en ti, lo has hecho capaz de acoger la santidad de Dios. Todo lo que has hecho en la historia, con tus palabras y con tus acciones, se convierte para nosotros en llamada y promesa de un mundo nuevo, de un mundo que sea de verdad el reino del Padre. Ayúdanos a creer en ti, ayúdanos a sentir que tu historia es la historia verdadera del mundo, la historia capaz de vencer nuestras ansias, nuestras necesidades.

Te doy gracias, Espíritu del Padre y del Hijo, porque tu acción misteriosa ha cambiado el sentido de la historia. Tu poder tocó el seno de María y la preparó para la venida del Verbo de Dios. Tu poder ha transformado las palabras de una pobre mujer en un anuncio capaz de revolucionar la historia, en una profecía de verdadera liberación. Tu poder santificó un cuerpo destinado al polvo y lo convirtió en un cuerpo glorioso, capaz de lo infinito. Que tu poder nos ayude también a nosotros a confiar nuestros sueños y nuestros deseos a este anuncio de resurrección, para que consigamos rea lizar también en nuestra vida el acto de fe total que fue el de María.

 

CONTEMPLATIO

Nuestra celebración consiste, en realidad, más en la indicación del misterio que en su explicación. Y aunque yo quisiera anteponer el silencio al habla, ésta última se ve forzada por el afecto, dando lugar a las palabras, y cede a éstas, aunque no tengan coraje y no ignoren su debilidad, que es demasiado grande respecto a la posibilidad de satisfacer de una manera adecuada el arcano del prolongado silencio [...].

Por eso, ¡ánimo!, obedecedme a mí, que soy buen consejero, y corred al encuentro con la Madre de Dios. Y mientras ahora estáis relucientes por la acción y por la palabra, y resplandecéis por todos lados gracias a la belleza de la virtud, quiera el mismo Cristo recogeros y recibiros al mismo tiempo en el místico banquete. Y os lo muestra claramente con el hecho de que hoy traslada a su Madre siempre virgen, de cuyo seno, y aun siendo Dios, tomó arcanamente nuestra forma, de los lugares terrenos como reina de nuestra naturaleza, dejando el poder del misterio sin anuncio, aunque no del todo incomunicable.

En efecto, ella vino en el nacimiento y, sin embargo, tuvo una condición extraordinaria. Aquella que procuró la vida, sube para un viaje de nueva vida y se traslada al lugar incorruptible, principio de vida (Andrés de Creta,Omelie mañane, Roma 1987, pp. 133, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Señor ha mirado la humildad de su sierva» (Lc 1,48).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

María, en su canto de alabanza, no engrandeció a Dios sólo de una manera abstracta por haber «levantado a los humildes» y haber «llenado de bienes a los hambrientos», sino que lo hizo indudablemente también porque conocía esta bajeza ante Dios mejor que cualquier otra criatura: Dios, el poderoso, en efecto, «ha mirado la humildad de su sierva», y por esa mirada proyectada sobre ella, no por su ensalzamiento, ella se alegra por «la grandeza del Señor». Si bien María era materialmente pobre, no se alegra por los dones materiales que le fueron concedidos [...], sino por el don inaudito de una maternidad mesiánica, que no era tanto un don hecho a ella personalmente como un acto de misericordia hacia su «siervo Israel», que ha obtenido la «semilla de Abrahán»por la que había suspirado tanto tiempo. En su opción en favor de los pobres, María es perfectamente ella misma, no se ha alienado en absoluto en «otra María».

Sabe que ha llegado a ser Madre de una manera única e incomparable por pura gracia, y Madre no sólo de su único Hijo, sino, en él, de todos aquellos que mediante él y en él se han convertido en hijos e hijas de Dios en la Iglesia. (Y cuando aquí hablamos de Iglesia, sus confines permanecen indefinidos, porque la gracia de la redención de Cristo ha llegado, en efecto, a todos los hombres que nacieron antes que él y después de él.) «La mediación de María está ligada, efectivamente, a su maternidad, posee un carácter específicamente materno»(Redemptoris Mater 38) y, por eso, ella es el centro de la «comunión de los santos», «está como envuelta por toda la realidad de la comunión de los santos» (Redemptoris Mater 41), de esa capacidad de ser-para-los-otros en el Reino de Dios como coronamiento sobrenatural de la estupenda posibilidad ya en el plano natural, o sea, de la capacidad de poderse apoyar y ayudar recíprocamente (H. U. von Balthasar, «Commento all'enciclica "Redemptoris Mater"», en H. U. von Balthasar - J. Ratzinger, María. II si di Dios all'uomo. Introduzione e commento alfencíclica «Redemptoris Mater», Brescia 31988, pp. 56ss, passim).

 

Día 16

Miércoles de la 19ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 34,1-12

En aquellos días,

1 Moisés subió desde los llanos de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisga, enfrente de Jericó, y el Señor le mostró toda la tierra: desde Galaad hasta Dan.

2 Todo Neftalí, la tierra de Efraín y Manases, toda la tierra de Judá hasta el mar Mediterráneo,

3 el Négueb, el distrito del valle de Jericó, la Ciudad de las Palmeras, hasta Segor,

4 y le dijo: -Ésta es la tierra que prometí a Abrahán, Isaac y Jacob, diciendo: Se la daré a tu descendencia. Te la hago ver con tus ojos, pero no entrarás en ella.

5 Moisés, siervo del Señor, murió allí, en la tierra de Moab, como había dispuesto el Señor.

6 Lo enterraron en el valle, en tierra de Moab, enfrente de Bet Peor. Nadie hasta hoy conoce su sepultura.

7 Moisés tenía ciento veinte años cuando murió. No se habían apagado sus ojos, ni se había debilitado su vigor.

8 Los israelitas lloraron a Moisés durante treinta días en los llanos de Moab, cumpliendo así los días de luto por su muerte.

9 Josué, hijo de Nun, estaba lleno de espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos. Los israelitas le obedecieron, como el Señor había mandado a Moisés.

10 No ha vuelto a surgir en Israel un profeta semejante a Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara.

11 Nadie ha vuelto a hacer los milagros y maravillas que el Señor le mandó hacer en el país de Egipto contra el faraón, sus siervos y su territorio.

12 No ha habido nadie tan poderoso como Moisés, pues nadie ha realizado las tremendas hazañas que él realizó a la vista de todo Israel.

 

*•• Las alturas del monte Nebo, desde donde se divisa el bellísimo y extenso panorama de la tierra prometida, se nos han vuelto familiares desde que, el 20 de marzo de 2000, Juan Pablo II, en su peregrinación jubilar a Tierra Santa, se asomó desde las alturas del templo dedicado a Moisés para conmemorar lo que hoy nos propone la Escritura. Por parte del Señor, que habla una vez más a Moisés, la tierra es como el sello de la fidelidad a él, al pueblo, pero también a los patriarcas que han recibido las promesas: Abrahán, Isaac, Jacob...

También en este momento se muestra Dios fiel a sí mismo y a sus propias palabras y promesas: «Te la hago ver con tus ojos, pero no entrarás en ella» (v. 4b). A continuación, tiene lugar la muerte y la sepultura de Moisés. Éste es el «siervo del Señor», en la doble acepción que tiene este término en la Escritura: el honor de la elección para servir al Señor y ejecutar sus designios; la entrega total y efectiva a su plan de salvación. El libro sagrado sella la narración de la muerte del gran caudillo con el elogio típico dedicado a los hombres que han dejado huella en la historia, pero con los rasgos característicos e irrepetibles de Moisés, aquel «con quien el Señor trataba cara a cara» (v. 10), signo máximo de familiaridad.

Moisés fue el hombre de los grandes signos y milagros, en especial el hombre del éxodo, de la pascua de la libertad y de la liberación. Su tumba queda como un memorial, y su persona se acerca ahora a la estirpe de los antiguos patriarcas. El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob es también el Dios de Moisés. Y Josué asume ahora la responsabilidad de conducir al pueblo hasta la tierra prometida.

 

Evangelio: Mateo 18,15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

15 Por eso, si tu hermano te ofende, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

16 Si no te escucha, toma contigo uno o dos, para que cualquier asunto se resuelva en presencia de dos o tres testigos.

17 Si no les hace caso, díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

18 Os aseguro que lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

19 También os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial.

20 Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

 

**• El capítulo 18 de Mateo lleva, en algunas ediciones de la Biblia, el significativo título de «discurso eclesiástico». Este capítulo introduce, en efecto, temas típicamente eclesiales, en el sentido primitivo de cuestiones referentes a la comunidad de Jesús, a la nueva comunidad que él ha fundado. Tras las instrucciones encaminadas a acoger el Reino como los niños y a la conversión -ésta es la condición para entrar en la familia de Jesús y vivir según sus enseñanzas- y el discurso sobre la salvación de todos, encontramos algunas enseñanzas esenciales y progresivas.

La primera tiene que ver con la corrección fraterna en la comunidad de Jesús, un momento importante en una comunidad de pecadores para llegar a la conversión. Se trata de una actitud que manifiesta el cuidado que los hermanos y las hermanas de la familia de Jesús deben tener los unos de los otros en un clima de amor verdadero, exento de hipocresía y que llega incluso a la corrección fraterna. Aparecen tres momentos progresivos de gran finura psicológica: la corrección en privado, la corrección en compañía de un testigo, a fin de reforzar la autoridad de la corrección con la presencia de un hermano, y, por último, el recurso a la asamblea. El límite final es la expulsión de la persona indigna de la comunión como un remedio medicinal extremo, casi para provocar -en la soledad y en la lejanía- la nostalgia del retorno a la comunión fraterna.

La segunda enseñanza refuerza la conciencia de una comunidad en la que la autoridad del amor de Cristo se transmite a los responsables. Con las palabras clásicas, de indudable sabor semítico, «atar» y «desatar» indica Jesús el poder que transmite a los suyos. Por último, Jesús habla de la oración en común, una oración que será escuchada por el Padre si se hace en su nombre, en unión con Él y en Él. A esta oración unánime y unida le garantiza Jesús su presencia y la eficacia de su intercesión celestial.

 

MEDITATIO

El sugestivo final del fragmento de Mateo constituye una fuente de meditación. Jesús promete su presencia espiritual en medio de aquellos que se hayan reunido en su nombre: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (v. 20). Estas palabras hacían exclamar a Orígenes que donde dos o más estén reunidos en nombre de Cristo, aunque sean laicos, allí está la Iglesia. Muchos cristianos, en tiempos de persecuciones, tanto ayer como hoy, han experimentado esta sencilla y esencial constitución de la Iglesia en virtud de la presencia de Cristo. Juan Crisóstomo, por su parte, exaltaba estas palabras de Jesús a fin de hacer reconocer su presencia en medio de la asamblea litúrgica, y para expresar que con esa presencia toda celebración es una fiesta.

Estar unidos en nombre de Jesús significa estar unidos en fidelidad a su enseñanza, en comunión con su persona, siendo fieles a su ejemplo, especialmente en el amor recíproco. De este modo se crea una atmósfera espiritual completamente repleta de la presencia de Cristo, que une por la certeza de constituir un lugar habitado, o un espacio teologal donde vive el Resucitado. Esta presencia asegura la unidad entre el cielo y la tierra, la eficacia de la oración, la alegría del Padre celestial. Eso significa que la primera condición que hemos de buscar necesariamente, en la vida cotidiana, en toda relación con aquellos que comparten nuestra misma fe, es la misma unidad en el nombre de Cristo. Pero significa también que la condición de todo testimonio y toda misión es garantizar por nuestra parte a los otros la comunión con el Señor, a fin de que él se haga presente y sea escuchada y vivida la Palabra del Evangelio.

 

ORATIO

Señor, tú has convertido a la Iglesia en el lugar de tu presencia. Qué grato es habitar en tu casa, aunque seamos indignos; recibir de los hermanos la ayuda necesaria para caminar en tu presencia, incluso la gracia de la corrección fraterna cuando nos encontramos en el error. Con tu Iglesia estamos seguros de contar con tu presencia y tu gracia, incluso por medio de aquellos que te representan, a los cuales les has dado el poder atar y desatar en tu nombre, con un amor que procede de ti.

Pero, sobre todo, vemos en la Iglesia una anticipación de la vida celestial, una tierra de promisión que como a Moisés -más aún, más que a Moisés desde el monte Nebo- tú mismo nos haces ver y gozar, en una Iglesia que ya es también un poco del cielo en la tierra, en virtud de tu presencia que une el cielo, donde estás con el Padre, y la tierra, donde estás con nosotros. Concédenos la gracia de asegurar siempre entre nosotros el amor recíproco que nos convierte en ámbito donde moras.

 

CONTEMPLATIO

Si nos mantenemos unidos, Jesús está entre nosotros. Y esto es valioso. Vale más que cualquier otro tesoro que pueda poseer nuestro corazón: más que la madre, que el padre, que los hermanos, que los hijos. Vale más que la casa, que el trabajo, que la propiedad; más que las obras de arte de una ciudad como Roma; más que nuestros negocios; más que la naturaleza que nos rodea con flores y prados, el mar y las estrellas; más que nuestra alma.

Es él quien, inspirando a sus santos con sus eternas verdades, hizo época en cada época. También ésta es su hora: no tanto de un santo, sino de él; de él entre nosotros, de él vivo en nosotros, edificando -en unidad de amor- su Cuerpo místico. Pero es preciso dilatar a Cristo, hacerle crecer en otros miembros; hacernos portadores de fuego como él. Hacer uno de todos y en todos el Uno. Y entonces viviremos la vida que él nos da momento a momento en la caridad.

El del amor fraterno es un mandamiento de base. Por él vale todo lo que es expresión de sincera caridad fraterna. Nada de lo que hacemos vale si no está presente en ello el sentimiento del amor a los hermanos: Dios es Padre y en el corazón tiene siempre y únicamente hijos (C. Lubich, L'attrattiva del mondo moderno. Scritti spirituali, Roma 1978, I, 50 [edición española: El atractivo de nuestro tiempo, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1995]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Qué admirables son tus obras!» (Sal 65,3a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Mateo refiere esta promesa de Jesús: «Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Aquí no hemos de pensar sólo en la asamblea litúrgica, sino en toda situación en la que dos o más cristianos están unidos en el Espíritu, en la caridad de Jesús. Y tampoco hemos de pensar sólo en la simple omnipresencia del Cristo resucitado en todo el cosmos.

Escribe un exégeta de nuestros días: «Mateo piensa en una presencia "personalizada". Jesús está presente como crucificado resucitado, es decir, en la apertura de donación total vivida en la cruz, donde él, con toda su humanidad, se abre a la acción divinizante del Padre y se entrega totalmente a nosotros, comunicándonos su espíritu, el Espíritu Santo. La presencia del Resucitado no es, pues, una presencia estática, un estar-aquí y nada más, sino una presencia relacional, una presencia que reúne y unifica y que, en consecuencia, espera nuestra respuesta, la fe.

Brevemente, la proximidad de Cristo reúne a "los hijos de Dios dispersos" para hacer de ellos la Iglesia». Desde la alianza sellada en el Sinaí con Israel, Yahvé se revela como el que interviene eficazmente en la historia. El liberó a los hebreos de la esclavitud de Egipto, hizo de ellos su pueblo. «Yo estoy en medio de vosotros», es la palabra que identifica la primera alianza: una presencia que protege, guía, consuela y castiga...

Con la llegada del Nuevo Testamento, esta presencia adquiere una densidad especial y nueva. La promesa de la presencia definitiva de Dios, o sea, la promesa ae la Alianza definitiva, halla su cumplimiento en la resurrección de Jesús. En la comunidad cristiana, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, es «el salvador de su Cuerpo», la Iglesia (cf. Ef 5,23). Presente en medio de los suyos, él convoca y reúne no sólo a Israel, sino a toda la humanidad [cf. Mt 28,19-20). Vivir con Jesús «en medio», según la promesa de Mt 1 8,20, significa actualizar desde ahora el designio de Dios sobre toda la historia de la humanidad. Pero ¿cómo hacer visible la presencia permanente del Resucitado?

Cuando, tras la caída del Muro de Berlín, se reunió la primera asamblea especial del Sínodo de Obispos para Europa y se preguntó sobre la nueva evangelización del continente, un religioso húngaro subrayó que la única Biblia que leen los llamados «alejados» es la vida de los cristianos. Y podríamos añadir: somos nosotros, es nuestra vida, la única eucaristía de la que se alimenta el mundo no cristiano. Por la gracia del bautismo, y especialmente por la eucaristía, estamos injertados en Cristo, pero es en la fraternidad vivida donde la presencia de Jesús en la Iglesia se manifiesta y resulta operante en la existencia cotidiana.

En el silencio, dos o tres creyentes pueden testimoniar en el amor recíproco lo que constituye su identidad profunda: ser Iglesia en la atención a los débiles, en la corrección fraterna, en la oración en unidad, en el perdón sin límites (F. X. Nguyen Van Thuan, Testigos de esperanza, Ciudad Nueva 52001, pp. 155-157).

 

Día 17

Jueves de la 19ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Josué 3,7-10a.1.13-17

En aquellos días,

7 el Señor dijo a Josué: -Hoy voy a comenzar a engrandecerte a la vista de todo Israel, para que sepan que estaré contigo como estuve con Moisés.

8 Darás esta orden a los sacerdotes que llevan el arca de la alianza: Cuando lleguéis a la orilla del Jordán, os detendréis.

9 Y Josué dijo a los israelitas: -Acercaos y escuchad las palabras del Señor, vuestro Dios.

10 Y añadió: -Ésta es la señal de que el Dios vivo está en medio de vosotros y de que expulsará ante vosotros a los cananeos:

11 el arca de la alianza del dueño de toda la tierra va a atravesar delante de vosotros el Jordán.

13 En cuanto los sacerdotes que llevan el arca del Señor, dueño de toda la tierra, pisen las aguas del Jordán, éstas quedarán cortadas, y las que bajan de arriba se detendrán formando un muro.

14 Cuando el pueblo levantó el campamento para pasar el Jordán, los sacerdotes llevaban el arca de la alianza delante del pueblo.

15 Y en cuanto éstos llegaron al Jordán y metieron sus pies en el agua (el Jordán se desborda por sus orillas en el tiempo de la siega),

16 las aguas que venían de arriba se detuvieron formando un embalse que llegaba muy arriba, hasta Adán, la ciudad que está cerca de Sartán, y las que bajaban al mar de Araba, el mar Muerto, quedaron separadas de las otras mientras el pueblo pasaba a la altura de Jericó.

17 Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza del Señor estuvieron en medio del Jordán como en tierra seca, mientras todo Israel atravesaba por el cauce seco, hasta que pasó todo el pueblo.

 

*• La entrada del pueblo de Israel en la tierra prometida está descrita en el libro de Josué como una solemne procesión litúrgica. En el centro se encuentra el arca de la alianza: es el lugar de la presencia de YHWH en medio de su pueblo, el memorial de la alianza, puesto que el arca contiene las tablas de la ley. La repetición del nombre del arca por seis veces en este fragmento -llamada también en el texto «arca de la alianza del dueño de toda la tierra» (v. 11)- marca casi rítmicamente el paso de la presencia de Dios a la cabeza de su pueblo. Es siempre el Dios fiel quien precede y acompaña al pueblo. Habla a Josué, como antes hablaba a Moisés, y el nuevo caudillo interpreta y transmite la voz de Dios.

Ante la tierra prometida se repite lo mismo que sucedió en el paso del mar Rojo. Las aguas se detienen y el pueblo al que acompaña el arca de la alianza cruza el río a través de un sendero seco. Así, de una manera simétrica, el paso de la esclavitud de Egipto a la libertad, aunque fuera en el desierto, y la entrada en la tierra prometida están marcados por la intervención maravillosa de YHWH.

El salmo 113, salmo responsorial de la liturgia de la Palabra de hoy, asocia el recuerdo del mar Rojo y del río Jordán, implicados en un prodigio semejante: «El mar, al verlos, huyó, el Jordán se echó atrás... ¿Qué te pasa, mar, que huyes; a ti, Jordán, que te echas atrás?» (w. 3.5). Es el Dios soberano que pasa y, con su pueblo, atraviesa ahora el umbral de la tierra prometida.

 

Evangelio: Mateo 18,21-19,1

En aquel tiempo

18.21 se acercó Pedro y le preguntó: -Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces?

22 Jesús le respondió: -No te digo siete veces, sino setenta veces siete.

23  Porque con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.

24 Al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos.

25 Como no podía pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para pagar la deuda.

26 El siervo se echó a sus pies suplicando: «¡Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo!».

27 El señor tuvo compasión de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda.

28 Nada más salir, aquel siervo encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios; lo agarró y le apretaba el cuello diciendo: «¡Paga lo que debes!».

29 El compañero se echó a sus pies, suplicándole: «¡Ten paciencia conmigo y te pagaré!».

30 Pero él no accedió, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda.

31 Al verlo, sus compañeros se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor todo lo ocurrido.

32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné aquella deuda entera, porque me lo suplicaste.

33 ¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?».

34 Entonces su señor, muy enfadado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagase toda la deuda.

35 Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros.

19.1 Cuando Jesús terminó este discurso, se marchó de Galilea y se dirigió a la región de Judea, a la otra orilla del Jordán.

 

*+• El presente texto evangélico nos transmite una enseñanza esencial. Toda la sustancia del discurso se encuentra precisamente en la pregunta que hace Pedro a Jesús a propósito de las veces que debemos perdonar al hermano que nos ofende. Se trata de un hermano, y por eso tiene que ser perdonado siempre, hasta la paradoja. No sólo «siete veces», un número que indica plenitud, sino incluso un número inverosímil de «setenta veces siete», que es como un número infinito, que significa «siempre», sin poner límites a la misericordia. Ahora bien, en realidad la clave de comprensión de la enseñanza de Jesús se encuentra no sólo en el número ilimitado de las veces que se debe conceder el perdón al hermano que nos ofende, sino en la calidad misma del perdón que hemos de conceder. Se trata de un perdón que no se reduce a una fórmula o a una mal disimulada obligación de perdonar porque no se puede hacer otra cosa. La calidad del perdón incide en su mismo sentido Debe tener la calidad del perdón de Dios, y debe llegar al corazón, lugar de la verdad, de los sentimientos y de las venganzas, del amor verdadero y del perdón sincero. Un corazón que perdona es un corazón misericordioso. Perdonar «de corazón» (v. 35) significa sellar con el amor verdadero el perdón que se concede. Dado que alguien nos ha perdonado así, sin límite en el número de veces, no podemos nosotros poner límites al amor misericordioso del perdón.

 

MEDITATIO

La magna procesión con el arca de la alianza que precede a la entrada del pueblo en la tierra prometida nos habla de la presencia de Dios en medio del pueblo y, también, del pacto de amor de Dios con el mismo. Es un pacto gratuito, en el que Dios tiene la iniciativa de la caridad superabundante, pero también un pacto que exige por parte del pueblo la fidelidad a la alianza a través del cumplimiento del doble mandato del amor a Dios y del amor al prójimo, con los preceptos de las tablas de la ley, que son como la presencia de la fidelidad de Dios, encerrada en el arca. Delante de esta presencia de Dios se renuevan los prodigios del éxodo.

Nosotros sabemos que la crisis en el cumplimiento de la alianza por parte del pueblo, a lo largo de la historia de Israel, acaeció sobre todo por una negligencia en la observancia tanto del amor a Dios como del amor al prójimo. Aun cuando el pueblo permaneció fiel en cierto modo a unos ritos que honraban a Dios, los profetas le reprochaban la falta de atención al prójimo, al huérfano, a la viuda, a los pequeños. Dios no pide sacrificios, sino misericordia.

La enseñanza de Jesús se sitúa en el mismo plano de continuidad de la predicación profética, aunque con una propuesta inaudita, la del perdón ofrecido al hermano sin condiciones de tiempo y de número: perdonar siempre, perdonar a todos, perdonar sin pedir cuentas, perdonar de corazón. En el fondo de la enseñanza de la parábola está la lógica divina de la imitación del Padre celestial, que nos ofrece a nosotros, si no tenemos el corazón endurecido, un perdón sin límites. Perdonar es la última palabra del amor. Es amor gratuito, el único que, junto con la misericordia, puede ir más allá de la justicia.

 

ORATIO

Señor, cada día te pedimos, con las palabras que tu Hijo nos enseñó, que nos perdones nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Esta petición, a la que san Agustín llamaba «nuestra medicina cotidiana» -porque necesitamos ser perdonados y abrir el corazón al perdón-, es como un bálsamo para nuestras heridas.

Estamos heridos cuando pecamos y sentimos la necesidad de una efusión de caridad, del Espíritu Santo que nos vuelve a sanar, porque él es la remisión de nuestros pecados. Pero tenemos endurecido el corazón y, por consiguiente, una herida escondida, una esclerosis oculta, cuando nos negamos a perdonar a alguien, a acogerle en nuestro amor.

Concédenos, Señor, recitar siempre las palabras de tu Hijo con toda sinceridad, contar siempre en el corazón con un suplemento de caridad para ir más allá de la lógica de la venganza, de la condena, de la autojustificación.

No sabemos perdonar ni podemos perdonar sin ese suplemento de caridad divina que es la gracia del Espíritu Santo. Tú, que manifiestas tu omnipotencia con la misericordia y el perdón, amplía nuestra capacidad de amar y de perdonar, extendiendo también de corazón el perdón a aquellos que nos han hecho daño.

 

CONTEMPLATIO

Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13,1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (cf. Mt 18,23-35), acaba con esta frase: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano». Es, en efecto, en el fondo «del corazón» donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla, pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión [...].

No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf. Mt 18,21-22; Le 17,3-4). Si se trata de ofensas (de «pecados» según Le 11,4, o de «deudas» según Mt 6,12), de hecho nosotros somos siempre deudores: «Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor» (Rom 13,8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf. 1 Jn 3,19-24). Se vive en la oración y sobre todo en la eucaristía (cf. Mt 5,23-24): Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión y los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel (san Cipriano, Dom. oral. 23: PL 4, 535C-536A) (Catecismo de la Iglesia católica nn. 2843.2845).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cristo subraya con tanta insistencia la necesidad de perdonar a los demás que a Pedro, que le había preguntado cuántas veces debería perdonar al prójimo, le indicó la cifra simbólica de "setenta veces siete", queriendo decir con ello que debería saber perdonar a todos y siempre. Es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las objetivas exigencias de la justicia. La justicia rectamente entendida constituye por así decirlo la finalidad del perdón. En ningún paso del mensaje evangélico el perdón, y ni siquiera la misericordia como su fuente, significan indulgencia con el mal, con el escándalo, la injuria, el ultraje cometido. En todo caso, la reparación del mal o del escándalo, el resarcimiento por la injuria, la satisfacción del ultraje como condición del perdón.

Así pues, la estructura fundamental, de la justicia penetra siempre en el campo de la misericordia. Esta, sin embargo, tiene la fuerza de conferir a la justicia un contenido nuevo, que se expresa de la manera más sencilla y plena en el perdón (Juan Pablo II, carta encíclica Dives in misericordia, del 30 de noviembre de 1980, n. 14).

 

Día 18

Viernes de la 19ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Josué 24,1-13

En aquellos días,

1 Josué reunió a todas las tribus de Israel en Siquén y convocó a los ancianos de Israel, a sus jefes, jueces y oficiales. Todos se presentaron ante Dios.

2 Josué dijo a todo el pueblo: -Así dice el Señor, Dios de Israel: Vuestros antepasados, Teraj, padre de Abrahán y de Najor, vivían antiguamente en Mesopotamia y servían a otros dioses.

3 Pero yo tomé a vuestro padre Abrahán de Mesopotamia y le hice recorrer toda la tierra de Canaán; multipliqué su descendencia y le di a Isaac.

4 A Isaac le di a Jacob y a Esaú. A Esaú le di en posesión la montaña de Seír, mientras que Jacob y sus hijos bajaron a Egipto.

5 Envié después a Moisés y a Aarón, y castigué a Egipto realizando prodigios. Después os saqué de allí.

6 Saqué de Egipto a vuestros padres y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con carros y caballos hasta el mar Rojo.

7 Ellos clamaron al Señor, y él interpuso densas tinieblas entre vosotros y los egipcios e hizo irrumpir contra ellos el mar, que los anegó. Con vuestros propios ojos habéis visto lo que yo hice en Egipto. Después vivisteis mucho tiempo en el desierto.

8 Os introduje en la tierra de los amorreos, que viven al otro lado del Jordán; ellos combatieron contra vosotros, pero yo os los entregué; ocupasteis su tierra, porque yo los exterminé ante vosotros.

9 Balac, hijo de Sipor, rey de Moab, salió a combatir contra Israel y mandó llamar a Balaán, hijo de Beor, para que os maldijese.

10 Pero yo no escuché a Balaán, y él no tuvo más remedio que bendeciros; así os libré de su poder.

11 Después, pasasteis el Jordán y llegasteis a Jericó; los jefes de Jericó combatieron contra vosotros, así como los amorreos, pereceos, cananeos, hititas, guergueseos, jeveos y jebuseos, pero yo os los entregué.

12 Mandé delante de vosotros tábanos que pusieron en fuga a los dos reyes amorreos. Esto no se lo debéis a vuestra espada ni a vuestro arco.

13 Os he dado una tierra por la que vosotros no habíais sudado, unas ciudades que no edificasteis y en las que ahora vivís; coméis los frutos de las viñas y de los olivos que no habéis plantado.

 

**• Memoria, reconocimiento, gratuidad. En los libros sagrados del Antiguo Testamento se recuerda a menudo la historia del pueblo a partir de Abrahán, que es su padre en la fe y en torno al cual se vuelven a enlazar constantemente los hilos de la memoria. En la magna asamblea de Siquén, celebrada cuando el pueblo se ha adentrado ya en la tierra prometida, se renueva de manera solemne la alianza con YIIWII. Con cierta estructura ritual, y antes de la renovada adhesión de fe por parte del pueblo, Josué traza las grandes líneas de la historia de Israel, presidida siempre por la presencia del Señor; transmite la memoria de las admirables obras realizadas por el Señor, en su nombre, como una historia llevada a cabo por Dios mismo con sus siervos. Se trata del relato de todo lo que YIIWII ha ido haciendo a lo largo de una peregrinación que arranca con los antepasados de Abrahán, hasta el momento presente, en el que se ven realizadas las promesas que le fueron hechas al amigo de Dios, a nuestro padre en la fe. En una síntesis vertiginosa se pasa revista a los padres y a los patriarcas de la historia del pueblo: Abrahán, Isaac, Jacob y sus hijos, que bajaron a Egipto. Después se recuerda el acontecimiento maravilloso de la liberación de Egipto, presente siempre en la memoria, como acontecimiento clave de la historia de Dios con el pueblo, la entrada en la tierra prometida y las dificultades superadas como los habitantes de esta tierra.

Todo es historia de Dios en favor del pueblo, que debe captar siempre y en todo la gratuidad de los dones de Dios, a fin de responder también con un corazón repleto de gratitud. Con este sentimiento se concluye la profesión de fe, memoria histórica de las obras de Dios. El pueblo tiene ahora una tierra que no ha sudado, habita en ciudades que no ha edificado, come el fruto de viñas y olivos que no ha plantado (v. 13).  Todo es don de Dios.

 

Evangelio: Mateo 19,3-12

En aquel tiempo,

3 se acercaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: -¿Puede uno separarse de su mujer por cualquier motivo?

4 Jesús respondió: -¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra,

5 y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos uno sólo?

6 De manera que ya no son dos, sino uno sólo. Por tanto, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

7 Replicaron: -Entonces, ¿por qué mandó Moisés que el marido diera un acta de divorcio a su mujer para separarse de ella"?

8 Jesús les dijo: -Moisés os permitió separaros de vuestras mujeres por vuestra incapacidad para entender, pero al principio no era así.

9 Ahora yo os digo: El que se separa de su mujer, excepto en caso de unión ilegítima, y se casa con otra comete adulterio.

10 Los discípulos le dijeron: -Si tal es la situación del hombre con respecto a su mujer, no tiene cuenta casarse.

11 Él les dijo: -No todos pueden hacer esto, sino sólo aquellos a quienes Dios se lo concede.

12 Algunos no se casan porque nacieron incapacitados para ello; otros, porque los hombres los incapacitaron; y otros eligen no casarse por causa del Reino de los Cielos. Quien pueda poner esto en práctica que lo haga.

 

*+• No falta en la predicación de Jesús una precisión relativa a los temas más fundamentales de la vida. Jesús no rehúye la confrontación con la realidad humana, sino que ilumina con una nueva luz los puntos críticos de la vida de los hombres.

En el caso que nos ocupa se trata del matrimonio en el proyecto original del Creador. El Maestro, a la luz del relato fundacional del Génesis, recuerda la dualidad y la reciprocidad de la naturaleza humana creada por Dios en la pareja complementaria: «varón y hembra». La pareja es signo de un don recíproco, manifestado en la unión conyugal, que expresa la entrega total de ambas personas, la una a la otra. Se trata de un proyecto de Dios que no puede separar el hombre. En la práctica, es la afirmación del proyecto original de un matrimonio único e indisoluble.

Jesús ratificó esta misma doctrina siguiendo el itinerario de lo que había venido a realizar: cumplir la ley y no aboliría. Ahora bien, se trata de un reconocimiento que no siempre se ha llevado a cabo; es más, una sociedad demasiado machista ha hecho prevalecer sobre la debilidad de la mujer el repudio de ésta, como si sólo ella pudiera ser culpable. El restablecimiento del equilibrio de los derechos y de los deberes entre el hombre y la mujer en el matrimonio es también propio de Jesús.

Por otra parte, el Maestro -célibe por decisión propia, aunque esto era un hecho muy singular en su cultura afirma de su propia cosecha, con fórmulas que encierran algo de enigmático, que se puede optar también por el celibato: no por la comodidad de no tener problemas, sino para dedicarse por completo al servicio del Reino. Sin embargo, esta opción, según nos explica Jesús, es un don que viene de lo alto.

 

MEDITATIO

Uno de los aspectos fundamentales de la oración bíblica es el agradecimiento. El recuerdo agradecido de las obras realizadas por Dios en la historia del pueblo de Israel suscita la alabanza de bendición. Toda modalidad de oración que, con razón, se llama berakhah, «bendición» dirigida a Dios por sus beneficios, es una memoria. Antes incluso de ser una oración de súplica es una invocación de alabanza.

Como se dice con frecuencia, la oración judía es narrativa, cuenta la historia de Dios a través de la historia del hombre, a diferencia de la oración de los paganos dirigida a sus dioses, que era una súplica interesada, una invocación destinada a obtener beneficios, dado que, en verdad, poco podían contar de las cosas hechas por los dioses en favor de los hombres. No ocurre así con Israel, un pueblo que sabía orar y que, de hecho, oraba relatando, poniendo ante su Señor y ante el pueblo las maravillas de Dios, las grandes obras realizadas por él. Por eso el «Credo» del pueblo que aparece en la lectura del libro de Josué es una narración de sus obras.

Asimismo, sólo a partir de este principio de la gratuidad de Dios se puede comprender la lección que nos presenta el Evangelio. El matrimonio y la virginidad son dos vocaciones, dos proyectos de amor, en el designio de Dios. Tanto el uno como la otra no son opción del hombre, sino proyecto de Dios. Más aún, son un proyecto complementario de dos vocaciones que, si sólo fueran opción del hombre, serían dos deformaciones, sujetas a sus veleidades. Así, quien vive la gracia del matrimonio, único e indisoluble, acepta y respeta la vocación del propio cónyuge. Y quien vive la virginidad por el Reino de Dios no lleva a cabo una opción egoísta o se resigna a un expediente de impotencia de amar. Viven todos, a partir de Dios, una opción de amor y de servicio recíproco en la comunidad que Jesús vino a fundar.

 

ORATIO

Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres. Todas tus obras destinadas a nosotros son acciones de amor y de misericordia. También hoy te bendecimos con nuestra acción de gracias, que tiene la eucaristía como su momento culminante.

En realidad, la historia de la salvación tiene como meta y síntesis la encarnación, la pasión y la resurrección de Jesús, tu amadísimo Hijo. En él se han cumplido todas las promesas, nos han sido dados todos los bienes, se han aclarado todos los enigmas, se han realizado todas las profecías.

Te damos gracias, oh Padre, por nuestra pequeña historia de salvación, hecha a partir de acontecimientos, de encuentros, de relaciones. Todo nos dice que eres tú quien teje con nosotros una historia de amor y que llevas a su cumplimiento, con la fuerza de tu Espíritu, tu designio de misericordia. Haz que cada uno de nosotros sepa reconocer en cada acontecimiento tu presencia y pueda decir, de verdad, que todo es gracia, porque «es eterna tu misericordia».

También te damos gracias por el don precioso del matrimonio y de la virginidad, por las familias y por las personas consagradas. Haz que seamos fieles a tu designio de amor, de un amor que es santo y fecundo.

 

CONTEMPLATIO

En este mundo santo, bueno, reconciliado, salvado -mejor dicho, que ha de ser salvado, ya que ahora está salvado sólo en esperanza, porque en esperanza fuimos salvados-, en este mundo, pues, que es la Iglesia, que sigue a Cristo, el Señor nos dice a todos: El que quiera venir conmigo que se niegue a sí mismo.

Este precepto no se refiere sólo a las vírgenes, con exclusión de las casadas; o a las viudas, excluyendo a las que viven en matrimonio; o a los monjes y no a los casados; o a los clérigos, con exclusión de los laicos: toda la Iglesia, todo el cuerpo y cada uno de sus miembros, de acuerdo con su función propia y específica, debe seguir a Cristo. Sígale, pues, toda entera la Iglesia única, esta paloma y esposa redimida y enriquecida con la sangre del Esposo. En ella encuentra su lugar la integridad virginal, la continencia de las viudas y el pudor conyugal.

Todos estos miembros, que encuentran en ella su lugar, de acuerdo con sus funciones propias, sigan a Cristo; niéguense, es decir, no se vanaglorien; carguen con su cruz, es decir, soporten en el mundo por amor de Cristo todo lo que en el mundo les aflija. Amen a Aquel que es el único que no traiciona, el único que no es engañado y no engaña; ámenle a Él, porque es verdad lo que promete. Tu fe vacila, porque sus promesas tardan. Mantente fiel, persevera, tolera, acepta la dilación: todo esto es cargar con la cruz (Agustín de Hipona, Sermón 96,9, en PL 38, col. 588).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Porque es eterna su misericordia» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador, pierde significado la renuncia por el Reino de los Cielos.

En efecto, dice acertadamente san Juan Crisóstomo: «Quien condena el matrimonio priva también a la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo alaba hace la virginidad más admirable y luminosa. Lo que parece un bien solamente en comparición con un mal no es un gran bien, pero lo que es mejor aún que bienes por todos considerados tales, es ciertamente un bien en grado superlativo».

En la virginidad, el hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las bodas escatológicas de Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de que Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la vida eterna. La persona virgen anticipa así en su carne el mundo nuevo de la resurrección futura. En virtud de este testimonio, la virginidad mantiene viva en la Iglesia la conciencia del misterio del matrimonio y lo defiende de toda reducción y empobrecimiento. Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre, «hasta encenderlo mayormente de caridad hacia Dios y hacia todos los hombres», la virginidad testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor aunque sea grande; es más, que hay que buscarlo como el único valor definitivo. Por esto, la Iglesia, durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma frente al del matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios. Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización de la familia según el designio de Dios (Juan Pablo II, exhortación apostólica Familiaris consortio, 22 de noviembre de 1981, n. 16).

 

 

Día 19

Sábado de la 19ª semana del Tiempo ordinario o 19 de agosto, conmemoración de San Juan Eudes

 

Juan Eudes nació en 1601 en Normandía. Fue ordenado sacerdote el día 20 de diciembre de 1625. Centrado en Cristo sacerdote, su deseo era «restaurar en su esplendor el orden sacerdotal ». Con algunos sacerdotes más fundó una congregación dedicada, además de a los ejercicios de las misiones, a la formación espiritual y doctrinal de los sacerdotes y de los candidatos al sacerdocio. Así comenzó la Congregación de Jesús y María. También fundó la orden de Nuestra Señora de la Caridad, para acoger y ayudar a las mujeres y a las jóvenes maltratadas por la vida. Hizo amar a Cristo y a la Virgen María, hablando sin cesar de su corazón. Murió el 19 de agosto de 1680. El papa Pío XI lo canonizó el 31 de mayo de 1925.

 

LECTIO

Primera lectura: Josué 24,14-19

En aquellos días, dijo Josué a todo el pueblo:

14 Así pues, respetad al Señor y servidle en todo con fidelidad; quitad de en medio de vosotros los dioses a los que sirvieron vuestros antepasados en Mesopotamia y en Egipto, y servid al Señor.

15 Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir, si a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados en Mesopotamia o a los dioses de los amorreos, cuya tierra ocupáis. Yo y los míos serviremos al Señor.

16 El pueblo respondió: -Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses.

17 El Señor es nuestro Dios; él fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto a nosotros y a nuestros padres. Él ha hecho ante nuestros ojos grandes prodigios y nos ha protegido durante el largo camino que hemos recorrido y en todas las naciones que hemos atravesado.

18 Él ha expulsado delante de nosotros a todos los pueblos y a los amorreos, que viven en el país. Así que también nosotros serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios.

19 Josué dijo al pueblo: -Vosotros no seréis capaces de servir al Señor, porque él es un Dios santo, un Dios celoso que no tolerará vuestras transgresiones ni vuestros pecados. 20 Si abandonáis al Señor para servir a dioses extraños, Él se volverá contra vosotros y, después de haberos hecho tanto bien, os hará el mal y os exterminará.

21 El pueblo respondió: -Nosotros queremos servir al Señor.

22 Josué les dijo: -Sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido al Señor para servirlo. Ellos respondieron: -Lo somos.

23 Y Josué añadió: -Entonces quitad de en medio de vosotros los dioses extraños e inclinad vuestros corazones al Señor, Dios de Israel.

24 El pueblo respondió: -Serviremos al Señor, nuestro Dios, y obedeceremos su voz.

25 Aquel día, Josué hizo una alianza con el pueblo y le dio leyes y preceptos en Siquén.

26 Josué escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios, tomó una gran piedra y la erigió allí, debajo de la encina que había en el santuario del Señor,

27 y dijo a todo el pueblo: -Esta piedra será un testimonio contra nosotros, porque ella ha oído todo lo que el Señor nos ha dicho; será un testimonio contra vosotros para que no reneguéis de vuestro Dios.

28 Después, Josué despidió al pueblo, y cada uno se volvió a su heredad.

29 Algún tiempo después, murió Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, a la edad de ciento diez años.

 

*•• Con este episodio concluye el libro de Josué y termina, idealmente, la toma de posesión de la tierra prometida por parte de todo el pueblo que se dirige, según las tribus, al territorio en el que debe habitar. El momento es solemne. Se concluye una alianza que consta de tres momentos esenciales.

El primero es la invitación lanzada por Josué al pueblo para que se adhiera por completo al Señor, con integridad y verdad, en un servicio total, renunciando a todos los ídolos, incluso a los ancestrales, que habían permanecido en la memoria colectiva, así como a los nuevos ídolos a los que el pueblo se había dirigido en el desierto (y tal vez también en la nueva tierra). El cabeza da ejemplo en nombre de su casa y de su tribu. Viene a continuación la respuesta del pueblo en una magna purificación de la memoria y con una renuncia colectiva a los ídolos para servir a Dios.

Hay aún un segundo momento ritual: Josué anuncia la realidad del Dios de Israel, el Dios de la alianza, que es santo y celoso a la vez, como ha demostrado en otros momentos a lo largo del camino por el desierto. Y lo hace con una amenaza que refuerza el temor de Dios: éste podría dar la espalda al pueblo y, tras haberle procurado sus beneficios, podría repudiarlo.

Por último, en un tercer momento, resuena dos veces la profesión de fe del pueblo, referida ya en otro lugar a petición de Moisés. Se trata de una promesa de alianza diligente y concreta de palabra y de obra (v. 24: «Serviremos al Señor, nuestro Dios, y obedeceremos su voz»). A pesar de la fuerza de la adhesión, ésta seguirá siendo débil y endeble, como demostrará la historia posterior. Sin embargo, Dios seguirá siendo fiel a la promesa y al establecimiento de una nueva alianza. El servicio de Dios, el Fiat, el sí de la colaboración incondicionada, el eco fiel de la promesa de los padres, será personificado al final de los tiempos por la Hija de Sión, María, la sierva del Señor, la mujer que representa a todo el Israel de Dios.

 

 

Evangelio: Mateo 19,13-15

En aquel tiempo,

13 le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase. Los discípulos les regañaban,

14 pero Jesús dijo: -Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.

15 Después de imponerles las manos se marchó de allí.

 

**• El breve pasaje evangélico que acabamos de leer nos presenta a Jesús en contacto con los pequeños, con los niños. Ellos pertenecen al Reino no sólo en virtud de un hecho de carácter sociológico -en cuanto incluidos asimismo en la relación hombre-mujer, como fruto de la paternidad y de la maternidad, en cuanto forman parte del pueblo-, sino precisamente en virtud de su persona, que tiene un gran valor a los ojos de Dios. Presentan a Jesús un grupo de niños, probablemente por sus madres, para que el Maestro les dispense algún gesto de benevolencia y de bendición, una caricia y una oración (v. 13a). La reacción de los discípulos, además de un comportamiento tosco, aunque espontáneo, para intentar liberar al Maestro de una incómoda turba de mocosos (v. 13b), revela tal vez un dato cultural de la época: la poca atención que se prestaba a los pequeños, lo poco que contaban los niños en cuanto niños. En realidad, los adultos despreciaban a los pequeños en la cultura de aquel tiempo.

También en lo que respecta a esta categoría social restablece Jesús el sentido de la dignidad original; más aún, se refiere a ella con un trato de predilección: «Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a mí» (v. 14).

Jesús confirma su disponibilidad para la acogida del Reino no sólo como una cualidad moral, como quien se hace pequeño y se convierte, sino también por una situación existencial, por su inocencia y su disponibilidad, no resquebrajada por la malicia de ulteriores experiencias personales. También Jesús aceptó vivir una experiencia humana de niño y le dio un sentido a este momento de la vida humana. Hay, por consiguiente, en las palabras del Maestro una advertencia sobre la proximidad entre él y los niños, entre la existencia de los niños en medio de nosotros y el destino de todos, desde pequeños, a la persona de Jesús, a quien pertenecen, y a su Reino.

 

MEDITATIO

A san Juan Eudes le preocupaban la formación y la actitud de los presbíteros de su tiempo, como a Pablo en el suyo y como a Jesús en todos los tiempos. Dejándonos iluminar por el evangelio de Mateo que hemos leído, meditemos sobre él.

En la primera parte de este discurso, Jesús critica cuatro vicios en los que Dios quiera que nosotros no nos veamos implicados:

- La incoherencia: no hacen lo que dicen. No son las palabras lo que cuenta, sino los hechos: «Por sus frutos los conoceréis».

- La doble moral: cargan fardos insoportables sobre la gente y ellos no mueven un dedo para ayudarles. Se conforman con la moral externa y vacía de vitalidad. Pero a los demás les señalan con el dedo sí no cumplen.

- La hipocresía: usan distintivos para ser vistos y reconocidos. Más adelante, Jesús dirá que son sepulcros blanqueados.

- La vana ostentación: les gustan los primeros puestos y que les reverencien llamándoles maestros, padres, jefes... ¿Qué tipo de Iglesia y comunidad propone la segunda parte del texto?

- Igualitaria y fraternal: fuera honores mundanos, títulos y reverencias. «Todos vosotros sois hermanos». En la comunidad cristiana, todos tienen la misma talla. La auténtica jerarquía sólo destaca como servicio a la fraternidad.

- Cristocéntrica: el único maestro y señor es Jesús, el Mesías. Él es el centro, el jefe de la comunidad.

- Servicial: la grandeza de los ministerios está en eso, en servir.

Volver a los esquemas jerárquicos que sitúan a las personas en escalafones o niveles de más o menos prestigio es, en la perspectiva de Jesús, no haber entendido en qué consiste el Reino de Dios. No se rechaza la función específica de dirección; lo que Jesús propone y lo que él mismo vivió es que el que dirige sea el primero en el servicio...

 

ORATIO

Oración de misericordia a los Corazones de Jesús y María:

Corazón misericordioso de Jesús: Estampa en nuestros corazones una imagen perfecta de tu gran misericordia, para que podamos cumplir el mandamiento que nos diste: «Serás misericordioso como lo es tu Padre».

Madre de la misericordia: Vela sobre tanta desgracia, tantos pobres, tantos cautivos, tantos prisioneros, tantos hombres y mujeres que sufren persecución en manos de sus hermanos y hermanas, tanta gente indefensa, tantas almas afligidas, tantos corazones inquietos. Madre de la misericordia, abre los ojos de tu clemencia y contempla nuestra desolación. Abre los oídos de tu bondad y oye nuestra súplica. Amorosísima y poderosísima abogada, demuéstranos que eres la Madre de la Misericordia.

 

CONTEMPLATIO

El reflejo de una comunidad evangélica y evangelizadora:

Una comunidad dice mucho cuando es de Jesús.

Cuando habla de Jesús y no de sus reuniones.

Cuando anuncia a Jesús y no se anuncia a sí misma.

Cuando se gloría de Jesús y no de sus méritos.

Cuando se reúne en torno a Jesús y no entorno a sus problemas.

Cuando se extiende para Jesús y no para sí misma.

Cuando se apoya en Jesús y no en su propia fuerza.

Cuando vive de Jesús y no vive de sí misma.

Una comunidad dice poco cuando habla de sí misma.

Cuando comunica sus propios méritos.

Cuando da testimonio de su compromiso.

Cuando se gloría de sus valores.

Cuando se extiende en provecho propio.

Cuando vive para sí misma.

Cuando se apoya en sí misma.

Una comunidad no se tambalea por sus fallos, sino por la falta de fe.

No se debilita por los pecados, sino por la ausencia de Jesús.

No se rompe por las tensiones, sino por el olvido de Jesús.

No se ahoga por falta de aire fresco, sino por asfixia de Jesús.

(Patxi Loidi.)

 

ACTIO

Decir hoy de corazón: ¡Sagrados Corazones de Jesús y de María, en vos confío!

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Juan Eudes nos dejó su manera de orar en cuatro movimientos:

Adorar, contemplar, maravillarse, admirar.

Dar gracias: reconocer los dones del Señor, decir ¡gracias!

Vivir el perdón: tomar conciencia de la distancia que existe entre ni propia vida y los maravillas del Amor de Dios.

Darse a Jesús: darse para ser testigo, darse para la misión.

Estos cuatro movimientos son cuatro actitudes interiores que tenemos que desarrollar y que suponen tomar el tiempo para acogerse a sí mismo, acoger al Otro, Dios, y recibirse de Dios.

Adoremos a Dios en el inmenso amor que tiene por todas sus criaturas y por cada uno de nosotros en particular. Bendigámosle, amémosle. Agradezcámosle los innumerables beneficios de su amor. Pidámosle perdón por nuestras ingratitudes hacia Él y por nuestras faltas de amor con el prójimo.

Démonos al amor de Dios, para que Él elimine todas nuestras resistencias y así reine perfectamente en nosotros.

 

Día 20

20° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 56,1.6-7

1 Así dice el Señor: Guardad el derecho, actuad con rectitud, pues ya llega mi salvación y está a punto de revelarse mi liberación.

6 Y a los extranjeros que deciden unirse y servir al Señor que se entregan a su amor y a su servicio, que observan el sábado sin profanarlo y son fieles a mi alianza.

7 los llevaré a mi monte santo y haré que se alegren en mi casa de oración. Aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios, pues mi casa será casa de oración para todos los pueblos.

 

Con esta página comienza la tercera parte del libro de Isaías, introducida con un oráculo que se remonta al regreso de Israel del destierro babilónico (538 a. de C,). La salvación llega, y con ella la justicia y el derecho. Será dichoso quien observe el sábado, el mandamiento principal de la normativa judía y la señal elocuente de la justa relación del hombre con Dios, sobre el que tanto insisten los guías de Israel durante el periodo postexílico. Ni el extranjero (el prosélito reclutado entre los paganos) que se adhiera al Señor ni el eunuco (el judío nacido de un matrimonio ilegítimo contraído con extranjeros) que observe el sábado serán excluidos de la salvación. Así resuenan los vv. 2-5 omitidos en la lectura de la liturgia. Extranjeros y eunucos entrarán en la alianza y se reunirán en el templo, que se llamaré casa de oración para todos los pueblos» (cf Mc 11,17). El culto sacrificial ofrecido por quienes antes estaban excluidos es ahora aceptado. Un signo profético del pueblo de la alianza, llamado a promover la alianza de los pueblos (A. Chouraqui).

 

Segunda lectura: Romanos 11,13-15.29-32

Hermanos:

13 Me dirijo ahora a vosotros, los paganos. Precisamente porque soy apóstol de los paganos, trataré de honrar este ministerio mío,

14 a ver si provoco la emulación de los de mi raza y logro salvar a algunos de ellos.

15 Porque si su fracaso ha servido para reconciliar al mundo, ¿no será su readmisión como un volver de los muertos a la vida?

16 Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.

30 También vosotros erais en otro tiempo rebeldes a Dios, pero ahora, por la desobediencia de los israelitas, habéis alcanzado misericordia.

31 De igual modo, ellos son ahora rebeldes debido a la misericordia que Dios os ha concedido, para que también ellos alcancen misericordia.

32 Porque Dios ha permitido que todos seamos rebeldes para tener misericordia de todos.

 

·» Después de resaltar el rechazo del Mesías-Cristo por Israel, Pablo se pregunta si un acto así conlleva el repudio de Israel por parte del Dios de la alianza. Una vez dicho que es imposible, queda por explicar la razón de un hecho de tal importancia: la razón consiste en los <<celos» que habría provocado en el pueblo elegido el traspaso de las promesas de los judíos a los paganos, estimulando, de esta manera, la fidelidad al Dios de los Padres y a sus designios salvíficos. Pablo, por el contrario, escribe que el rechazo de Cristo por parte de Israel ha significado la reconciliación del mundo. Pero cuando Israel reconozca que en Cristo <<tiene su cumplimiento la Ley>> (Rom 10,4), entonces seré <<como un volver de los muertos a la vida», un acontecimiento estrepitoso que sólo la potencia divina puede realizar.

        Para clarificar mejor su reflexión, el apóstol desarrolla (en la sección omitida por la liturgia) la metáfora del acebuche (los paganos) injertado en el olivo (los judíos) y concluye diciendo: <<Si tú has sido cortado de un olivo silvestre, al que por naturaleza pertenecías, y has sido injertado contra tu naturaleza en el olivo bueno, ¿con cuánta mayor facilidad podrán ser injertadas las ramas originales en el propio olivo?» (v. 24). En este punto Pablo habla de <<misterio», del plan providencial de Dios, que espera el ingreso de todos en el Reino mesiánico, y, por supuesto, el acceso esta abierto para Israel. Ninguno de los dos pueblos —judíos y paganos— puede arrogarse derechos de progenitura, porque a entrambos cruza la desobediencia y ambos son llamados a experimentar la misericordia divina.

 

Evangelio: Mateo 15,21-28

21 Jesús se marchó de allí y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

22 En esto, una mujer cananea venida de aquellos contornos se puso a gritar:

-Ten piedad de mi, Señor Hijo de David; mi hija vive maltratada por un demonio.

23 Jesús no le respondió nada. Pero sus discípulos  se acercaron y le decían:

—Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros.

24 El respondió:

—Dios me ha enviado solo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

25 Pero ella fue, se postró ante Jesús y le suplicó:

—¡Señor, socórreme!

26 El respondió:

—No esta bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos.

Ella replicó:

27 —Eso es cierto. Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

28 Entonces Jesús le dijo:

- ¡Mujer: qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides. Y desde aquel momento quedé curada su hija.

 

Después de una serie de gestos y palabras que tienen por escenario el lago de Tiberiades, Cristo se adentra en territorio pagano, en la comarca fenicia que forma parte de Siria y es limítrofe con Galilea. Al encuentro le sale una mujer cananea (Marcos habla de una mujer <<sirofenicia») y le dirige una suplica en la que reconoce implícitamente el mesianismo (<<Hijo de David») y el señorío de Cristo.

        Habría bastado esta premisa, máxime sabiendo que se trataba de una posesión diabólica (los paganos estaban considerados bajo el dominio de Satanás) y que estaba acompañada de la invocación de la piedad divina, para ganarse favorablemente la voluntad de Cristo. Sin embargo, aunque Jesús haya venido apara destruir <<las obras del diablo>> (1 Jn 3,8), declara su preferencia actual por <<las ovejas perdidas del pueblo de Israel» (cf Mt 10,6).

La insistencia y los razonamientos de la mujer obtienen el resultado esperado y el Señor le descubre a la cananea la grandeza de su fe: <<¡Qué grande es tu fe!>>, muy superior a la de los observantes judíos, que desde el rechazo y la incomprensión <<se sentían ofendidos al oír las palabras» del Señor (Mt 15,12).

 

MEDITATIO

Con el episodio de la cananea, la Iglesia de los orígenes afrontaba una cuestión de capital importancia, y no menos decisiva para la Iglesia de hoy: la salvación del que todavía no ha sido alcanzado por el Evangelio de Jesús. La intervención de la mujer se puede formular de la siguiente manera: <<La salvación pasa por el reconocimiento del mesianismo y el señorío de Cristo». El mismo Mateo nos enseña en el gran cuadro del juicio universal (c. 25) que tal reconocimiento puede ser implícito, ya que esta mas ligado al amor al prójimo que a la pertenencia formal a la Iglesia. Con eso se salvaguarda la unicidad de la salvación, que tiene en Cristo muerto y resucitado a su artífice, y al mismo tiempo, la apertura universal a los dones divinos.

Tal apertura ya fue anunciada proféticamente para la era mesiánica: ver el templo de Dios abierto a toda la gente. Este <<nuevo templo>> es la humanidad misma de Cristo, como recordara la Carta a los Hebreos, donde habita la divinidad, de modo que cada hombre que ore puede considerarse, según Pablo, <<templo de Dios», llamado a insertarse como miembro vivo en el cuerpo de Cristo.

Toda la familia humana tiene cabida en el misterio divino que comporta la recapitulación de cada criatura en Jesucristo, el Señor Así lo enseña el Concilio Vaticano II: <<Una sola es la vocación última de todos los hombres, es decir; la vocación divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo que solo Dios conoce, se asocien a su misterio pascual» (Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, n. 22, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid *1976, 289-291).

 

ORATIO

Señor Jesucristo, hijo de David, acoge nuestra súplica. Aunque no venimos de tierras paganas sometidas por el maligno, siempre somos ovejas extraviadas de tu rebaño. En nuestros corazones pende un pasado de idolatría e infidelidad. Ciertamente, no somos dignos de sentarnos a la mesa de los hijos, pero una migaja de tu pan celeste puede redimirnos de nuestras perversiones y proporcionarnos el don de la salvación. Suscita en nosotros una <<fe grande», como la de la cananea, de modo que podamos testimoniar entre los hombres los prodigios de tu amor.

 

CONTEMPLATIO

La verdad es que Cristo había salido de sus términos y la mujer de los suyos, y de este modo pudieron encontrarse uno con otro. Comienza el evangelista por acusar a la mujer a fin de poner más de relieve la maravilla y proclamarla luego con más gloria. Al oír ese nombre de <<cananea», acordaos de aquellas naciones inicuas que fundamentalmente trastornaron aun las mismas leyes de la naturaleza. Y con ese recuerdo, considerad el poder de la presencia de Cristo. Porque los que habían sido expulsados de la tierra para que no extraviaran a los judíos, esos mismos se muestran ahora tanto mas aptos que los judíos, que salen de sus propios términos para acercarse a Cristo, mientras aquéllos lo arrojan de los suyos cuando va a ellos.

Acercándose, pues, a Jesús, la mujer cananea se contenta con decirle: <<¡Ten piedad de mi! », y pronto con sus gritos reúne en tomo a si todo un corro de espectadores. A la verdad, tenia que ser un espectáculo lastimoso ver a una mujer gritando con aquella compasión, y una mujer que era madre, que suplicaba en favor de su hija, y de una hija tan gravemente atormentada por el demonio. Porque ni siquiera se había atrevido a traer a la enferma en presencia del Señor sino que, dejándola en casa, ella dirige la suplica y solo le expone la enfermedad y nada mas añade.

La cananea, después de contar su desgracia y lo grave de la enfermedad, solo apela a la compasión del Señor y la reclama a grandes gritos. Y notemos que no dice: <<Ten piedad de mi hija», sino <<¡Ten piedad de mi!». Mi hija en realidad no se da cuenta de lo que sufre. <<Más él no le respondió palabra». ¿Qué novedad, qué extrañeza es esta? ¡Y ni respuesta se le concede! Tal vez, muchos de los que la oyeron se escandalizaron, pero ella no se escandalizó. Yo creo que los mismos discípulos  del Señor tuvieron alguna compasión de la desgracia de la mujer y hasta se turbaron y entristecieron un poco. Y, sin embargo, ni aun turbados se atrevieron a decirle al Señor: <<Concédele esta gracia». No. <<Y llegándose sus discípulos , le rogaban, diciendo: Despáchala, porque viene gritando detrás de nosotros», Pero Cristo les respondió: <<Dios me ha enviado solo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel ».

¿Qué hace, pues, la mujer? ¿Se calló por ventura al oír esa respuesta? ¿Se retiró? ¿Aflojó en su fervor? ¡De ninguna manera! Lo que hizo fue insistir con más ahínco. Realmente, no es eso lo que nosotros hacemos. Apenas vemos que no alcanzamos lo que pedimos, desistimos de nuestras suplicas cuando, por eso mismo, mas debiéramos insistir A la verdad, ¿a quién no hubiera desanimado la Palabra del Señor? El silencio mismo pudiera haberla hecho desesperar de su intento, y mucho mas aquella respuesta, Y sin embargo, la mujer no se desconcertó. Ella, que vio que sus intercesores nada podían, se desvergonzó con la más bella desvergüenza.

Cuanto mas la mujer intensifica su súplica, con más fuerza también él se la rechaza. Ya no llama ovejas a los israelitas, sino hijos; a ella, en cambio, solo le llama cachorrillo. ¿Qué hace entonces la mujer? De las palabras mismas del Señor sabe ella componer su defensa, He ahí por qué difirió Cristo la gracia: él sabía lo que la mujer había de contestar. Así puntualmente con esta cananea. No quería el Señor que quedara oculta virtud tan grande de esta mujer De modo que sus palabras no procedían del ánimo de insultarla, sino de convidarla, del deseo de descubrir aquel tesoro escondido en su alma, Por eso no le dijo Cristo: <<Quede curada tu hija», sino: <<Mujer; ¿qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides». Con lo que nos da a entender que sus palabras no se decían sin motivo, ni para adular a la mujer sino para indicarnos la fuerza de la fe (Juan Crisóstomo, <<Homilías sobre el evangelio de san Mateo», 52,1-2, en Obms de san Juan Crisóstomo, H, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1956, 105-106).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Ten piedad de mi Señor Hijo de David» (Mt 15,22).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lu mujer de la región de Tiro y Sidón ora forzada y empujada por la necesidad. No puede hacer otra cosa, porque su hija está <<poseída>>, expresión que, entre otras cosas, significa que la comprensión entre ella y su hija hace tiempo que se ha roto, que ha cesado desde mucho tiempo atrás la inteligencia mutua y que ya no es posible volver a reconocer el alma de la otro detrás de las manifestaciones externas de los gestos y las palabras; como bajo la influencia de un poder extraño, la persona de la otra escapa a la percepción. Eso es lo que la Biblia designa con la terrible palabra <<demonismo» (Dämonie). Teniendo presente el tormento de semejante enfermedad, la mujer se dirige a Jesús y, bajo la presión e la necesidad, nada podré detenerla. Impulsada por los desvelos y la preocupación por su hija, no se deja apartar como una pesada, como pretenden los discípulos. Abraza cualquier Forma de humillación y se abandona a una forma de súplica que se podría calificar de perruna, si no se viese en ella precisamente la grandeza de su humanidad.

Así de poderosos pueden llegar a ser los lazos del amor en la súplica de unos por otros (E. Drewermann, El mensaje de las mujeres: La ciencia del amor, Herden Barcelona 1996, 134- 135; traducción, Claudio Gancho).

 

Día 21

San Pío X (21 de agosto)

 

Giuseppe Sarto nació el 2 de junio de 1835 en Riese, provincia de Treviso, en el seno de una familia campesina. Su madre, viuda con diez hijos, le hizo terminar los estudios en el seminario. Giuseppe fue ordenado sacerdote a los 23 años. En 1875 era canónigo en Treviso; en 1884, obispo de Mantua; en 1893, patriarca de Venecia, y, por último, el 4 de agosto de 1903, papa. Su lema fue «renovar todo en Cristo». Murió el 20 de agosto de 1914. Su Catecismo se hizo célebre.

 

LECTIO

Primera lectura: Jueces 2,11-19

En aquellos días,

11 los israelitas ofendieron al Señor con su conducta y dieron culto a los ídolos.

12 Abandonaron al Señor, Dios de sus antepasados, que les había sacado de Egipto; se fueron tras los dioses de los pueblos vecinos y los adoraron, provocando con ello la ira del Señor.

13 Abandonaron al Señor y dieron culto a Baal y Astarté.

14 La ira del Señor se encendió contra Israel; los entregó en manos de salteadores que los saquearon, los dejó vendidos a sus enemigos del contorno, y no fueron capaces de resistirlos.

15 Siempre que emprendían una expedición, el Señor se ponía en contra de ellos y fracasaban, como el mismo Señor les había dicho y jurado. Llegaron a una situación desesperada.

16 Entonces el Señor suscitó jueces que los libraron de las bandas de salteadores.

17 Pero tampoco hacían caso a los jueces. Se prostituyeron ante otros dioses y los adoraron. Se apartaron pronto del camino que habían seguido sus antepasados; ellos habían sido dóciles a los mandamientos del Señor, pero no les imitaron.

18 Cuando el Señor hacía surgir jueces, él estaba con el juez y los libraba de sus enemigos mientras vivía el juez, porque el Señor se compadecía al oírlos gemir bajo la tiranía de sus opresores.

19 Pero cuando moría el juez, volvían a pecar y se comportaban peor que sus antepasados; se iban tras otros dioses, les daban culto y los adoraban, sin abandonar sus maldades ni su conducta obstinada.

 

**• Comenzamos hoy la lectura del libro de los Jueces, que se prolongará hasta el próximo jueves. Narra la historia del establecimiento de Israel entre las poblaciones de la tierra de Canaán y los cambios que todo esto acarreó: el paso de la vida nómada del desierto al aprendizaje de la agricultura -que requiere estabilidad- y a la red de relaciones con pueblos desconocidos que tenían unas estructuras religiosas, sociales y políticas consolidadas.

La tarea era cualquier cosa menos sencilla: se trataba de encontrar el propio espacio, de custodiar y ahondar la propia identidad, proporcionándole un rostro socialmente significativo, mientras convivían con otros pueblos que, con sus tradiciones, sus cultos sugestivos, sus instituciones, constituían una continua provocación y una invitación a integrarse en su sistema de vida. Vivir en esta situación, sin perder la propia identidad, requeriría antes que nada la transmisión genuina y la acogida sincera del patrimonio constituido por los acontecimientos de la historia del pueblo con Dios, algo que –de hecho- había ido apagándose.

La Palabra de hoy presenta el marco teológico en el que se lee la historia de Israel. El don de la tierra debería reavivar continuamente la conciencia de la alianza, de la fidelidad de YHWH y de la pertenencia a él, como pueblo suyo, con una misión. La realidad, sin embargo, es diferente. Después de la generación de los ancianos, que sobrevivieron a Josué, surgió otra generación «que no conocía al Señor ni lo que había hecho por Israel» (v. 10).

Con una expresión cargada de sufrimiento, se retrata el comportamiento del pueblo de Dios: «Los israelitas ofendieron al Señor con su conducta y dieron culto a los ídolos. Abandonaron al Señor, Dios de sus antepasados»  (w. 1 lss). El pecado -la idolatría- conduce a la disgregación, a las luchas intestinas, a la depravación moral, y engendra todo tipo de dolor, hasta llegar a la pérdida de la libertad y a nuevas experiencias ¿olorosas de esclavitud.

En esta situación, tras probar el castigo, y con una función educativa, madura la exigencia de cambio de vida y nace la oración de invocación a Dios para que salve a su pueblo. Dios escucha la oración, y su intervención liberadora se concreta en la elección y el envío de un «juez» (liberador, salvador).

Sobre este fondo emerge de nuevo el amor misericordioso y la fidelidad de YHWH. Eso es lo que la Palabra transmite, como experiencia que supera los confines del espacio y el tiempo, para reconducir a la comunión con Dios, fuente de vida, de bendición, de futuro. Así es la pedagogía divina: Dios está presente en el dolor del pueblo y de cada uno de sus miembros, y ofrece de nuevo, a su libertad, el bien de la comunión con él, de la justicia y de la paz. El castigo no es sólo retribución por el pecado, sino también lugar de visitación y de revelación del amor misericordioso de Dios.

 

Evangelio: Mateo 19,16-22

En aquel tiempo,

16 se acercó uno a Jesús y le preguntó: -Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?

17 Jesús le contestó: -¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es bueno. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

18 Él le preguntó: -¿Cuáles? Jesús contestó: -No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio;

19 honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo.

20 El joven le dijo: -Todo eso ya lo he cumplido. ¿Qué me falta aún?

21 Jesús le dijo: -Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme.

22 Al oír esto, el joven se fue muy triste porque poseía muchos bienes.

 

*+• Jesús prosigue con decisión el camino hacia Jerusalén junto con los suyos, a quienes ya ha anunciado la pasión y el acontecimiento de la resurrección, pero éstos no comprenden. A lo largo del camino prosigue la obra de formación de sus discípulos. Además, tiene que hacer frente a los escribas y a los fariseos, que, como siempre, intentan cogerle con engaños; acoge a los más pequeños y enseña con autoridad.

El evangelio de hoy nos hace tomar parte en el encuentro de Jesús con un joven rico. Éste lleva en sí mismo la exigencia de una vida cada vez más elevada, pero siente que todavía le falta algo. Su pensamiento, según la educación que ha recibido y según la tradición, sigue  la lógica del hacer, la lógica de las «obras buenas». Le pide al Maestro alguna indicación nueva, adecuada a sus aspiraciones y capaz de saciar su insatisfacción. De ahí la pregunta que plantea: «¿Qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?» (v. 16). Anda buscando. Jesús le ayuda a emprender un camino. Lo esencial no es preguntarse qué se puede hacer de bueno; lo esencial es buscar a aquel que es bueno, a Dios, observando los mandamientos y amando al prójimo como a sí mismo (v. 17). Jesús quiere introducirle en una relación más verdadera con Dios -«entrar en la vida»- proponiéndole de nuevo, entre los mandamientos, punto de referencia para el joven, los que rigen nuestra relación con los otros, y añade lo que se dice en el Levítico (19,18), para hacerle pasar de la atención a sí mismo a la atención a los demás, al prójimo. Ante la insistencia del joven: «¿Qué me falta aún?», Jesús le responde ofreciéndole el don del seguimiento de la criatura nueva: «Ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme».

Se trata de un paso radical: la puerta estrecha que conduce a la vida y hace entrar en el Reino de Dios y participar en la salvación. Jesús habla a la libertad del joven -las dos indicaciones del Maestro están introducidas con un «si quieres»- para que decida en su corazón. La respuesta va acompañada por un adjetivo doloroso: «El joven se fue muy triste». Su tesoro estaba constituido por las riquezas y por todo lo que está ligado a ellas y ellas hacen posible. ¿Acaso no son los bienes un signo de la bendición de Dios, tal como le había enseñado? De hecho, se han convertido en su verdadero ídolo, aunque practique los mandamientos. No es libre por dentro. Da limosna a los pobres, pero no comparte con ellos sus bienes y su vida. Nos viene a la mente el encuentro de Jesús con los pequeños a lo largo del mismo camino que le lleva a Jerusalén: «De los que son como ellos es el Reino de los Cielos» (v. 14).

 

MEDITATIO

Pío X era un hombre de ánimo muy sencillo y dispuesto a ceder cuando la caridad de Cristo pedía un noble sacrificio. Su figura dulce y humilde, animada por una fuerza interior que se manifestaba con una irresistible fuerza interior, le hizo aparecer de inmediato como un santo, y a la santidad llamaba a todos sus hijos, especialmente a los sacerdotes. Toda su vida de sacerdote y de obispo había sido una aspiración continua a convertirse en el buen pastor de las almas. La vida de piedad, a la que el pontífice dio un grandísimo impulso, además de la incitación a la educación catequética, tomaron vigor gracias a los decretos que se refieren al sacramento de la eucaristía. Justamente, Pío X fue llamado el papa de la eucaristía.

La restauración cristiana querida por Pío X respondía a su inmenso deseo de hacer bien a todos. Había sido siempre el hombre de la inagotable caridad material y espiritual, y como pontífice brilló en él aún más viva y universal esta sublime virtud, que le convertía realmente en el «dulce Cristo en la tierra» (A. Saba, Storia della Chiesa, Turín 1945, IV, pp. 350-357, passim).

 

ORATIO

Oración al Sagrado Corazón de Jesús muy estimada por Pío X: «Oh Corazón amoroso, en vos pongo toda mi confianza, pues de mi debilidad lo temo todo y lo espero todo de vuestra bondad».

 

CONTEMPLATIO

Nadie, por tanto, cuando piensa que sólo con ella, entre todos, estuvo unido Jesús durante treinta años con esas relaciones de intimidad familiar que unen siempre a un hijo con su madre, pondrá en duda que, especialmente por mediación de María, se nos ha abierto el mejor camino para conocer a Jesús. En efecto, los maravillosos misterios del nacimiento y de la niñez de Cristo, y sobre todo el de la Encarnación, que constituye el principio y el fundamento de nuestra fe, ¿a quién podían ser más manifiestos que a su Madre? Ésta no sólo «conservaba en su corazón» lo que había sucedido en Belén o en el templo de Jerusalén, sino que también fue partícipe de los pensamientos de Cristo y de sus deseos escondidos; de modo que puede decirse que ella había vivido la vida misma de su Hijo. Nadie, pues, conoció a Cristo tan íntimamente como ella; por consiguiente, no puede haber maestro o guía más apto que ella para el conocimiento de Cristo (Pío X, carta encíclica Ad diem illum laetissimum, en el 50° aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción, 2 de febrero de 1904).

 

ACTIO

Medita hoy sobre este deseo del papa Pío X: «Deseo que el pueblo rece en medio de la belleza».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La imagen evangélica de Jesús, buen pastor, le resulta entrañable a la tradición cristiana desde los tiempos de las catacumbas; la liturgia la proyecta gustosa sobre las figuras de los obispos que han seguido con fidelidad al Señor. Es la imagen que mejor le sienta a san Pío X, es la clave interpretativa más prometedora de su persona y de su obra. El pontificado de Pío X duró algo más de un decenio, pero se mostró riquísimo en iniciativas y «reformas», encaminadas a hacer más profunda la vida interior de la Iglesia y a un mejor empleo de sus energías apostólicas.

Tal empeño de reforma fue pensado y querido por Pío X como respuesta a su solicitud preponderantemente pastoral. Me complace señalar dos intervenciones particularmente representativas del compromiso apostólico del santo pontífice, ambas dirigidas -no por casualidad- al alimento de las almas: la renovación de la catequesis y las nuevas disposiciones alentaron un acceso más amplio a la eucaristía. Era una firme convicción de nuestro santo que sólo un profundo conocimiento de la verdad cristiana podía alimentar una piedad auténtica en la Iglesia y preservar la fe de hundirse en las erróneas concepciones filosóficas y teológicas de la época. Si bien la defensa del patrimonio auténtico de la fe puesta en práctica por Pío X no estuvo exenta de algunas exageraciones -sobre las que todavía hoy tanto se discute-, no se puede poner en absoluto en duda el ansia y el compromiso pastorales de uno de los más celosos y generosos pastores que ha tenido la Iglesia (M. Ce, «San Pió X, il buon Pastare», en Famiglia cristiana, 5 de junio de 1985, 8-10).

 

Día 22

22 de agosto, conmemoración de la Bienaventurada Virgen María, Reina

         La inserción de una memoria de María Reina o de la realeza de María en la liturgia fue auspiciada por algunos congresos marianos a partir del celebrado en 1900. Tras la institución de la fiesta de Cristo Rey en 1925 por obra del papa Pío XI, como paralelo mariológico de ésta y en respuesta a múltiples iniciativas devotas, el papa Pío XII, como conclusión del centenario del dogma de la Inmaculada Concepción, el año 1954, anuncia la fiesta litúrgica de María Reina, situada el 31 de mayo como coronación del mes de María. La reforma del calendario romano ha fijado la memoria del 22 de agosto, en la octava de la Asunción.

 

LECTIO

Primera lectura: Jueces 6,11-24a

En aquellos días,

11 el ángel del Señor vino a sentarse bajo el terebinto de Ofrá, que pertenecía a Joás de Abiezer. Su hijo Gedeón estaba desgranando el trigo en el lagar para ocultárselo a Madián.

12 El ángel del Señor se le apareció y le dijo: -El Señor está contigo, valiente guerrero.

13 Gedeón le respondió: -Por favor, mi señor, si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos pasa todo esto? ¿Qué ha sido de todos esos prodigios que nos cuentan nuestros padres cuando nos dicen que el Señor nos sacó de Egipto? Ahora nos ha abandonado y nos ha entregado en poder de Madián.

14 El Señor le miró y le dijo: -Vete, que con tu fuerza salvarás a Israel del poder de Madián. Yo te envío.

15 Gedeón respondió: -Por favor, Señor, ¿cómo salvaré yo a Israel? Mi familia es la más insignificante de Manases y yo soy el último de la familia de mi padre.

16 Respondió el Señor: -Yo estaré contigo, y tú derrotarás a Madián como si fuese un solo hombre.

17 Gedeón insistió: -Si he alcanzado tu favor, dame una señal de que eres tú quien me habla.

18 Por favor, no te vayas de aquí hasta que yo vuelva. Yo traeré mi ofrenda y la depositaré ante ti. Él le dijo: -Me quedaré aquí hasta que vuelvas.

19 Gedeón se fue, aderezó un cabrito y, con una medida de harina, hizo panes sin levadura; puso la carne en su cesta y el caldo en una olla, los llevó bajo el terebinto y se lo presentó.

20 El ángel de Dios le dijo: -Toma la carne y los panes sin levadura, ponlos sobre esta piedra y vierte el caldo. Gedeón lo hizo así.

21 Entonces el ángel del Señor extendió el bastón que tenía en su mano y tocó la carne y los panes sin levadura. Salió fuego de la roca y consumió la carne y los panes sin levadura, y el ángel del Señor desapareció de su vista.

22 Gedeón se dio cuenta de que era el ángel del Señor y dijo: -¡Ah, Señor, Señor! ¿He visto cara a cara al ángel del Señor?

23 El Señor le respondió: -La paz sea contigo. Nada temas, no morirás.

24 Gedeón levantó allí un altar al Señor y lo llamó Señor de la Paz.

 

** «Los israelitas ofendieron al Señor con su conducta, y el Señor los entregó en poder de Madián durante siete años» (6,1). Los acontecimientos relacionados con Gedeón que se narran en la lectura de hoy sacan de nuevo a la luz los criterios de lectura de la historia: pecado-castigo, invocación-salvación, a lo que sigue un períodocde paz. El pecado de los israelitas es la infidelidad a la alianza: no escuchan la voz del Señor y veneran a los dioses de los amorreos (v. 7). El pecado está difundido y habita incluso en la casa de Joás, padre de Gedeón, donde había construido un altar a Baal y plantado un árbol sagrado (v. 25). Las incursiones de los madianitas son leídas como castigos de Dios. Son cada vez más duras y despiadadas, hasta el punto de que, por miedo a ellos, los israelitas «tuvieron que refugiarse en las cuevas, cavernas y refugios que hay en los montes» (v. 2), a fin de poder defenderse; utilizaban, además, lugares escondidos para desgranar el trigo y protegerse de los robos. En este clima de degradación moral y religiosa, de gran pobreza y de miedo, había crecido Gedeón. Sin embargo, también él había vibrado ante las palabras del profeta enviado por Dios para despertar a su pueblo (w. 7-10). Y había invocado a gritos la salvación.

El encuentro de Gedeón con el ángel del Señor tiene lugar en este contexto de dolor y de esperanza. El diálogo en el que se teje la narración de su vocación nos ofrece un ejemplo de la relación de amor de Dios con su pueblo y de confianza, como educador, respecto a la persona que ha elegido para la misión de juez, es decir, para salvar a su pueblo. Invita a Gedeón a derribar el altar construido por su padre, a cortar el árbol sagrado y a construir un nuevo altar «al Señor, su Dios», en la cima de la roca, donde ofrece un cabrito en holocausto, consumido con el fuego de la leña del árbol sagrado. El temor queda vencido por la certeza interior de la presencia del Señor -«Yo te envío», «Yo estaré contigo»-, madurada en la relación con él en momentos significativos: el sacrificio ofrecido bajo el terebinto, el fuego que devora la carne y los panes sin levadura, el altar testigo del encuentro con el ángel del Señor, los signos del vellón de lana y del rocío, la prueba de fe en el poder de Dios, que le pedía que hiciera frente con trescientos hombres al poder de los madianitas. Los israelitas gozaron del bien de la paz durante la vida de Gedeón, pero, después de su muerte, «volvieron a dar culto a los ídolos y eligieron como dios a Baal Berit» (8,33).

 

Evangelio: Mateo 19,23-30

En aquel tiempo,

23 Jesús dijo a sus discípulos: -Os lo aseguro, es difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos.

24 Os lo repito: le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.

25 Al oír esto, los discípulos se quedaron impresionados y dijeron: -Entonces, ¿quién podrá salvarse?

26 Jesús les miró y les dijo: -Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible.

27 Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: -Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos espera?

28 Jesús les contestó: -Os aseguro que vosotros, los que me habéis seguido, cuando todo se haga nuevo y el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

29 Y todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mi causa, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.

30 Hay muchos primeros que serán últimos y muchos últimos que serán primeros.

 

*• El encuentro con el joven y su desenlace reavivan una cuestión que asalta al hombre desde siempre: ¿puede entrar un rico en el Reino de los Cielos? La liturgia de hoy nos proporciona la respuesta de Jesús. Presenta ésta un realismo desconcertante y nos abre a un «más allá» imposible para la mente humana, revelador del poder de Dios. Éste es el horizonte sobre el que están llamados a moverse sus discípulos. La paradoja pone de manifiesto el obstáculo que constituyen las riquezas para entrar en el Reino cuando se convierten en el «amo» del hombre. En el fondo, el obstáculo es la idolatría; al dios-dinero se le puede llegar a rendir «culto» una vez más con sacrificios humanos: ¡el prójimo! ¿Acaso fue por esto por lo que el Maestro le recordó el pasaje de Lv 19,18 al joven rico? También nos viene a la mente Mt 25,31-45. Los discípulos se quedan consternados. ¿Quién podrá salvarse, si se pone en relación la debilidad humana, en la que figura el apego a la riqueza, con las exigencias de radicalismo propias del Reino?

La salvación es un don amoroso por parte de Dios; ningún hombre -por pobre o rico que sea- puede salvarse a sí mismo. El compromiso personal, incluido el dejarlo todo, no puede ser el precio que tiene la conquista de la salvación, sino expresión de acogida del don. No hay lugar en el Reino para una mentalidad fiscal que se preocupa de la recompensa. Los discípulos llevan todavía sobre sí signos de esta mentalidad: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos espera?». ¿Cuál será nuestra recompensa?

El Maestro lleva a los Doce al interior del designio de Dios: el don de la salvación para ellos es la participación en la misma gloria del Hijo del hombre, cuando haya llegado a su plenitud la regeneración del mundo; se sentarán con él a juzgar al pueblo de Israel, porque han compartido su misión con él. Y ya desde ahora tendrán cien veces más, porque lo han dejado todo «por su causa», para ser sus discípulos. Los criterios para evaluar quién será el primero y quién el último no siguen la lógica humana ni la clasificación llevada a cabo por los hombres, sino la del Reino: la relación vital con Cristo, el único verdadero tesoro, el don del Padre.

 

MEDITATIO

En la celebración de Santa María Virgen, reina, contemplamos a aquella que, sentada junto al rey de los siglos, brilla como reina e intercede como madre (cf. Marialis cultas, 6).

La figura de la reina madre permanece en muchísimas culturas populares como prototipo de solemnidad, señorío, cordialidad, benevolencia. El culto y la misma iconografía -el carácter visible de su meditación y contemplación- representan a María espontáneamente en la posición de una reina, cubierta de vestidos preciosos, con enorme frecuencia sentada en un trono y enjoyada con estrellas, siendo ella misma trono para su hijo, el Señor niño, al que tiene en brazos.

La liturgia remarca esta imagen de María como madre y reina. La liturgia lee la conexión de María sierva con el Señor Dios como participación en la realeza de Cristo: una realeza que es servicio, porque el Señor ha traído la salvación a la humanidad, y a ello ha colaborado la madre. El servicio de Jesús, hijo de María, ha costado el paso por la cruz, junto a la cual estuvo presente y en la que participó la madre. La realeza de Cristo se pagó a un precio elevado: la realeza configura a María también como reina afligida.

Las insistentes afirmaciones sobre la participación de María en la realeza de Cristo recuerdan la jaculatoria: «Reina de la paz». Ésta traduce en el orden de la devoción un rasgo de la identidad del personaje pronosticado en el oráculo isaiano como «príncipe de la paz»- Jesucristo es nuestra paz (cf. Ef 2,14). María es la madre del príncipe de la paz. El niño nacido por nosotros, el fruto bendito del seno de María es el Señor, fuente de paz sin fin. La paz es sueño y utopía. Ambos invitan a la acogida de este Señor de la paz, encarnado en Jesucristo, hijo de María, mujer pacificada y obradora de paz; invitan no sólo a creer en él, sino a hacer las obras de la paz, que son su testamento y don del Espíritu.

 

ORATIO

Santa María, generosa madre del Señor del universo, rey de paz y de justicia, salve. Mujer humilde, recibida más allá de nuestra tierra, en el cielo del altísimo amor del Padre, inspira nuestro servicio en la edificación del Reino de Cristo en comunidad de caridad evangélica.

Madre bienaventurada por haber creído, quédate cerca para guardar con nosotros encendida la lámpara de la fe, alimentada por la obediencia a la divina Palabra.

Virgen amiga del Espíritu, enséñanos a perseverar en las obras de bondad, de justicia, de paz. Reina del cielo que proteges nuestro camino cotidiano y el paso a la otra orilla de la vida de aquí abajo, acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

El ángel que anunciaba los misterios, para llevar a la fe mediante algún ejemplo, anunció a la Virgen María la maternidad de una mujer estéril y ya entrada en años, manifestando así que Dios puede hacer todo cuanto le place.

Desde que lo supo María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el ángel, sino con el regocijo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber, presurosa por el gozo, se dirigió a las montañas.

        Llena de Dios de ahora en adelante, ¿cómo no iba a elevarse apresuradamente hacia las alturas? La lentitud en el esfuerzo es extraña a la gracia del Espíritu.

Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia; ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos. El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu Santo (Ambrosio de Milán, Exposición sobre el evangelio según Lucas 2,19-22).

 

ACTIO

Sustituyamos hoy el saludo de costumbre por el deseo evangélico: «La paz del Señor sea contigo».

 

PARA. LA LECTURA ESPIRITUAL

Cada una [de las hermanas del instituto] ¡mita a María en su propio camino hacia Cristo: aprende de su fíat a recibir la Palabra de Dios, y de su vida con Jesús en Nazaret, el sentido de su propia inserción en la sociedad; por su participación en la misión redentora del Hijo se ve llevada a comprender, a elevar y a dar valor a los sufrimientos humanos. Se consagra a que la Virgen, ejemplo ale confianza en el Señor, constituya para todos los hombres inseguros y divididos de nuestro tiempo un signo de esperanza y de unidad.

En ella, expresión de los más altos valores femeninos, se inspira para realizarse plenamente como mujer y para comprometerse en un servicio de amor que llega incluso al sacrificio. A ella se dirige siempre con devoción y confianza filial. Con ella se hace voz de alabanza a Dios por todos los hombres.

Inspírate en el servicio que María prestó y presta al mundo, y obra en medio de la paz, sin el ansia de quien cree sólo en su acción [Regola di vita dell'lstituto secolare «Regnum Maríae», 1994, arts. 7 y 47).

 

Día 23

Miércoles de la 20ª semana del Tiempo ordinario o 23 de agosto, conmemoración de Santa Rosa de Lima (30 de agosto en América)

 

Santa Rosa de Lima nació en la capital de Perú en 1586. Su nombre de pila es Isabel. Cuando el obispo Toribio de Mogrovejo la confirmó, le impuso el nombre de Rosa. Sus padres, además de ser pobres y humildes, sufrieron un revés de fortuna y Rosa colaboró con todas sus fuerzas al sostenimiento de la familia. Cuando sus padres le instaron a que se casase, ella se resistió. Quería vivir consagrada al Señor e hizo voto de virginidad.

        Cuando conoció la historia de santa Catalina de Siena, ingresó en la tercera orden de Santo Domingo como ella. Esto le causó no pocas incomprensiones y burlas de sus parientes y conocidos, pero ella todo lo soportaba con benevolencia. Su propia salud se vio dañada por la austeridad con la que vivía. El 24 de agosto de 1617, a los 31 años de edad, murió en casa de un dignatario del gobierno, donde servía desde hacía tres años.

 

LECTIO

Primera lectura: Jueces 9,6-15

En aquel tiempo,

6 todos los nobles de Siquén y los de Bet Miló se reunieron y proclamaron rey a Abimélec junto al terebinto que hay en Siquén.

7 Informado de esto, Yotán subió a la cumbre del monte Garizín y desde allí gritó: ¡Oídme, nobles de Siquén, y que Dios os escuche!

8 Una vez, los árboles quisieron elegirse un rey. Dijeron al olivo: «Sé nuestro rey».

9 Pero el olivo les respondió: «¿Voy a renunciar yo al aceite con el cual se honra a Dios y a los hombres para ir a balancearme sobre los árboles?».

10 Entonces dijeron a la higuera: «Ven tú y reina sobre nosotros».

11 Pero la higuera respondió: «¿Voy a renunciar yo a la dulzura de mi fruto para ir a balancearme sobre los árboles?».

12 Entonces dijeron a la vid: «Ven tú y reina sobre nosotros».

13 Pero la vid respondió: «¿Voy yo a renunciar a mi mosto, alegría de Dios y de los hombres, para ir a balancearme sobre los árboles?».

14 Entonces dijeron a la zarza: «Ven tú y reina sobre nosotros».

15 Y la zarza les respondió: «Si de verdad queréis que sea vuestro rey, venid y cobijaos bajo mi sombra; y, si no, que salga fuego de la zarza y devore los cedros del Líbano».

 

**• El deseo de seguridad y de un guía fuerte impulsa a los israelitas a pedir a Gedeón que se convierta en rey (8,22). La respuesta de Gedeón remite a los israelitas a la verdad de su ser como pueblo cuyo único rey es Dios (8,23), pero, a pesar de ello, la presión psicológica ejercida por las poblaciones presentes impulsa a Israel a querer un rey. De ahí surge una dolorosa experiencia: Abimélec, hijo de Gedeón, nacido de una mujer cananea, se hace proclamar rey después de haber matado, «sobre una misma piedra» (9,5), a sus hermanos. Sólo se salvó el hijo pequeño, Yotán, «porque se había escondido». El pasaje que nos propone hoy la liturgia recoge el discurso dirigido por este último a los señores de Siquén.

Yotán intenta convencerles de la inutilidad -más aún, de la peligrosidad- de un rey. Para ello echa mano de una fábula tomada de la sabiduría popular. La negativa del olivo, de la higuera y de la vid y la aceptación de la zarza pretenden demostrar la peligrosidad del tirano y la ruina a la que conduce su dominio. Pero nadie le escuchó. La realeza de Abimélec resultará destructora para la gente de Siquén y será ruinosa para el mismo Abimélec, muerto por la mano de una mujer y por la espada de un joven. La narración recuerda el señorío de Dios, en el que sólo el pueblo goza de plena dignidad y ve atendidos sus propios deseos de paz y de libertad.

 

Evangelio: Mateo 20,1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

1 Por eso, con el Reino de los Cielos sucede lo que con el dueño de una finca que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña.

2 Después de contratar a los obreros por un denario al día, los envió a su viña.

3 Salió a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo

4 y les dijo: «Id también vosotros a la viña y os daré lo que sea justo».

5 Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía y a primera hora de la tarde e hizo lo mismo.

6 Salió por fin a media tarde, encontró a otros que estaban sin trabajo y les dijo: «¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada?».

7 Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». Él les dijo: «Id también vosotros a la viña».

8 Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: «Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros».

9 Vinieron los de media tarde y cobraron un denario cada uno.

10 Cuando llegaron los primeros, pensaban que cobrarían más, pero también ellos cobraron un denario cada uno.

11 Al recibirlo, se quejaban del dueño,

12 diciendo: «Estos últimos han trabajado sólo un rato y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor».

13 Pero él respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario?

14 Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero dar a este último lo mismo que a ti,

15 ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O es que tienes envidia porque yo soy bueno?».

16 Así, los últimos serán primeros, y los primeros, últimos.

 

**• El marco de referencia de la parábola es la misión de Jesús siguiendo el mandato recibido del Padre (cf. Jn 3,15-17). Él, como peregrino, está realizando su «santo viaje» (Sal 84,6) hacia Jerusalén, donde tendrá lugar «su hora». El Maestro, con fino arte pedagógico, partiendo de una experiencia que está a la vista de todos, quiere revelar una vez más el verdadero rostro de Dios, rico en misericordia y bondad. La experiencia es la del dueño que se acerca al lugar de reunión de los pobres que esperan que alguien en busca de obreros los contrate para su viña. En función de la necesidad, llama en diferentes horas, desde muy de mañana hasta media tarde. Ya había convenido con los primeros el salario de la jornada, pero a los últimos les paga lo mismo. Y este comportamiento del dueño suscita una reacción de queja (v. 12): ese comportamiento no es aceptable, es injusto.

El diálogo pone de manifiesto el verdadero problema: en el fondo, no es la cuestión del salario lo que irrita a los obreros que se quejan, sino el verse equiparados a los últimos. Se quejan, por envidia, de la «bondad» del dueño. Ése es el verdadero objeto del conflicto. La parábola cuenta la experiencia de Jesús, que acoge y llama a los pecadores, a los publícanos, a las prostitutas, a los que andan por las calles y las plazas: todos ellos están invitados a entrar en el Reino de Dios, como los fariseos y los maestros de la Ley. Pero éstos, los primeros que fueron contratados para trabajar en la viña, no se quedan; se sienten superiores, se quejan, se niegan por envidia y por celos. Es el misterio del corazón endurecido. Son como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo o de la misericordia (Lc 15,25-32), que no comprende a su padre y no acepta que perdone al hermano tránsfuga y dilapidador. Jesús prosigue mostrando con esta parábola la acción amorosa y salvífica de Dios. Presenta el nuevo mensaje formativo para los suyos.

No olvidemos que Jesús está en camino hacia Jerusalén. Quiere preparar a sus discípulos para entrar en la visión del Padre y para que hagan suya la lógica del amor universal. Inmediatamente después de esta parábola (Mt 20,17-19), Mateo coloca el tercer anuncio de la pasión. Jerusalén, en efecto, va a ser el lugar de la plena manifestación del amor de Dios, el lugar donde el ágape divino, destruyendo todo muro de división, se convierte en el principio vital de una nueva solidaridad entre todos, a la manera de la Trinidad. Ya no hay primeros ni últimos, sino que todos son hijos y obreros corresponsables en la viña del Señor, la humanidad.

 

MEDITATIO

Los textos bíblicos proclamados en este día de Santa Rosa de Lima han sido seleccionados porque marcaron para ella la dirección de su vida. Conocido Cristo, no quiso saber nada de otros esposos. Luchó contra el deseo de sus padres de que se casara e hizo voto de virginidad para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor. Viendo lo que Cristo sufrió y el valor de la pasión, ella misma dijo: «Nadie se quejaría de sus cruces y sufrimientos si conociera cuál es la balanza con la que los hombres han de ser medidos». Y ella misma se fijó con un alfiler al cuero cabelludo la corona de rosas que su madre le puso en la cabeza un día de fiesta familiar. La unión a Jesús, como el sarmiento a la vid, la llevó a vivir en plenitud el mandamiento del amor. Un día en que su madre le reprendió por atender en casa a pobres y enfermos, Rosa le contestó: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús».

Amante de la soledad, dedica gran parte del tiempo a la contemplación y desea introducir también a otros en los arcanos de la «oración secreta», divulgando para ello libros espirituales. Anima a los sacerdotes para que atraigan a todos al amor a la oración. Recluida frecuentemente en la pequeña ermita que se hizo en el huerto de sus padres, abrirá su alma a la obra misionera de la Iglesia con celo ardiente por la salvación de los pecadores y de los «indios». Por ellos desea dar su vida, y se entrega a duras penitencias para ganarlos a Cristo. Durante quince años soportará una gran aridez espiritual como crisol purificador. También destaca por sus obras de misericordia con los necesitados y oprimidos.

 

ORATIO

Señor, tú has querido que santa Rosa de Lima, encendida en tu amor, sin apartarse del mundo, se consagrara a ti en la penitencia; concédenos por su intercesión que, siguiendo en la tierra el camino de la verdadera vida, lleguemos a gozar en el cielo de la abundancia de los gozos eternos.

 

CONTEMPLATIO

«¡Ojalá todos los mortales conocieran el gran valor de la divina gracia, su belleza, su nobleza, su infinito precio, lo inmenso de los tesoros que alberga, cuántas riquezas, gozos y deleites! Sin duda alguna, emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte si conociera las balanzas con que los hombres han de ser medidos» (de los escritos de santa Rosa de Lima).

 

ACTIO

Pide hoy la paz, la justicia y la salud para todos los peruanos y, con santa Rosa de Lima, repite con frecuencia: «Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El divino Salvador, con inmensa majestad, dijo: «Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan de que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas.

Guárdense las personas de pecar y de equivocarse. Que nadie se engañe: ésta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!».

Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: «Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo, y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma».

Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces para anunciar la grandeza, la hermosura y la riqueza de la gracia (de los escritos de santa Rosa de Lima al médico Castillo).

 

Día 24

San Bartolomé

 

A Bartolomé, de Cana de Galilea, uno de los Doce, se le identifica habitualmente con Natanael, el amigo del apóstol Felipe (Jn 1,43-51; 22,2). Carecemos de noticias históricas precisas sobre su actividad apostólica. Diversas tradiciones le sitúan en diferentes regiones del mundo y eso hace pensar que, efectivamente, su radio de acción fue muy amplio. Una tradición refiere que Bartolomé habría sido desollado vivo, según la costumbre penal de los persas, y que de este modo habría consumado su martirio. Recibe veneración en Roma, en la isla Tiberina.

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 21,9b-14

El ángel se dirigió a mí y me dijo:

9 «¡Ven! Te mostraré la novia, la esposa del Cordero».

10 Me llevó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo enviada por Dios,

11 resplandeciente de gloria. Su esplendor era como el de una piedra preciosa deslumbrante, como una piedra de jaspe cristalino.

12 Tenía una muralla grande y elevada y doce puertas con doce ángeles custodiando las puertas, en las que estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel.

13 Tres puertas daban al oriente y tres al septentrión; tres al mediodía y tres al poniente.

14 La muralla de la ciudad tenía doce pilares, en los que estaban grabados los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.

 

*»• El libro del Apocalipsis define a la Iglesia como la ciudad santa, como don de Dios: en ella se recogen las doce tribus de Israel, esto es, el nuevo Israel de Dios.

Las murallas de esta ciudad se apoyan sobre el cimiento de los doce apóstoles. Según el mismo Juan, la Iglesia puede ser llamada también «la novia, la esposa del Cordero», para indicar el vínculo de amor único e irrepetible que une a Dios con la humanidad, a Cristo con la Iglesia.

El apóstol, todo apóstol, participa asimismo de este amor y se convierte en testigo de él con su ministerio apostólico, pero sobre todo con la entrega de su sangre.

Esa es la razón de que, al final de la lectura, se llame expresamente a los Doce «apóstoles del Cordero»: si la Iglesia es apostólica, lo es no sólo por el ministerio confiado por Jesús a los Doce, sino también y sobre todo por la participación de los Doce en el misterio pascual de Jesús.

 

Evangelio: Juan 1,45-51

En aquel tiempo,

45 Felipe se encontró con Natanael y le dijo: -Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en el libro de la Ley, y del que hablaron también los profetas: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.

46 Exclamó Natanael: -¿Nazaret? ¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno? Felipe le contestó: -Ven y l o verás.

47 Cuando Jesús vio a Natanael, que venía hacia él, comentó: -Éste es un verdadero israelita, en quien no hay doblez alguna.

48 Natanael le preguntó: -¿De qué me conoces? Jesús respondió: -Antes de que Felipe te llamara, te ví yo, cuando estabas debajo de la higuera.

49 Entonces Natanael exclamó: -Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.

50 Jesús prosiguió: -¿Te basta para creer el haberte dicho que te ví debajo de la higuera? ¡Verás cosas mucho más grandes que ésa!

51 Y añadió Jesús: -Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre.

 

*•• El elogio de Natanael formulado por Jesús es claro e inequívoco: «Éste es un verdadero israelita, en quien no hay doblez alguna» (v. 47). Del contexto inmediato se infiere el significado más amplio y más profundo que posee esta afirmación de Jesús. En Natanael no se excluye sólo la doblez, sino que se afirma sobre todo el amor a la verdad. De este modo, Jesús nos ofrece también a nosotros una rendija para comprender el fondo del alma de este apóstol.

Natanael se revela ante todo como un hombre que busca: se manifestará también así con ocasión de la primera aparición del Señor resucitado. De la búsqueda pasa Natanael enseguida al acto de fe. Su inteligencia se abre al misterio que se desvela; su ánimo se abre al descubrimiento de un bien mayor, un bien del que desde hace tiempo está sediento.

Natanael se convierte así en imagen viviente de todo verdadero creyente que, a la luz de la Palabra de Dios, aguza su capacidad visual interior y, por medio de la fe, reconoce en Jesús a su único Salvador.

 

MEDITATIO

También Natanael, como otros apóstoles antes que él, llega al descubrimiento de Jesús no sin una cierta fatiga.

En su caso, debe superar, en primer lugar, el handicap de su excesivo conocimiento veterotestamentario. Es justamente verdad -como leemos en el Eclesiastés- que el saber excesivo engendra dolor: sólo cuando haya alcanzado a la sencillez y a la transparencia del encuentro personal, podrá reconocer Natanael en Jesús al Hijo de Dios.

En segundo lugar, Natanael debe superar asimismo una especie de desconcierto, el que provocó en él su primer encuentro con Jesús, quien demuestra conocerle muy bien. Mas Natanael tiene necesidad de entablar un diálogo con aquel que le sorprende y, al mismo tiempo, le cautiva. Sólo el diálogo interpersonal es la vía segura para el conocimiento recíproco, el conocimiento que lleva a la experiencia y a la entrega de nosotros mismos en el amor.

Ahora bien, yo diría que Natanael debe superar también la mediación del amigo Felipe, respecto a la cual, de primeras, muestra cierto escepticismo. Sólo cuando haya tomado la decisión de ir al encuentro del Nazareno, le reconocerá por lo que Jesús es verdaderamente. La amistad puede ser, a buen seguro, una gran ayuda para el descubrimiento de la verdad, pero, cuando la verdad es Alguien, sólo el encuentro personal puede satisfacer la búsqueda.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú naciste en Belén, «la más pequeña de las cabezas de partido de Judea». Allana ante mí el camino que conduce hasta ti, pequeño entre los pequeños, verdadero hombre entre los hombres, hijo de María y José.

Señor Jesús, te criaste en Nazaret, un pueblo del que nadie esperaba nada bueno. Enséñame también a mí, como revelaste a tus otros discípulos, el secreto de la espiritualidad de Nazaret, pueblo donde viviste durante treinta años, secreto del que se desprende el mensaje del silencio, del amor, del trabajo.

Señor Jesús, tú quisiste elegir Jerusalén como ciudad de tu martirio y de tu pascua: dame el valor de subir contigo y detrás de ti hasta la ciudad santa, en donde deben morir los verdaderos profetas, ciudad amada por todos tus discípulos.

Señor Jesús, tú recorriste los caminos de Palestina, país pequeño e insignificante a los ojos de los grandes, pero elegido, amado y privilegiado por ti. Enséñame a valorar las cosas según tus criterios, según tus proyectos.

 

CONTEMPLATIO

Ved ahí cómo, según los preceptos del Evangelio, debéis portaros con los apóstoles y profetas. Recibid en nombre del Señor a los apóstoles que os visitaren, en tanto permanecieren un día o dos entre vosotros: el que se quedare durante tres días, es un falso profeta. Al salir el apóstol, debéis proveerle de pan para que pueda ir a la ciudad donde se dirija: si pide dinero, es un falso profeta. Al profeta que hablare por el espíritu, no le juzgaréis, ni examinaréis [...], porque Dios es su juez: lo mismo hicieron los antiguos profetas.

Velad por vuestra vida; [...] los que perseveren en la fe serán salvos de esta maldición. Entonces aparecerán las señales de la verdad. Primeramente será desplegada la señal en el cielo, después la de la trompeta y, en tercer lugar, la resurrección de los muertos, según se ha dicho: «El Señor vendrá con todos sus santos». ¡Entonces el mundo verá al Señor viniendo en las nubes del cielo! (Didaché,  según la versión de E. Backhouse y C. Tylor, Historia de la Iglesia primitiva, Editorial Clie, www.clie.es).

 

ACTIO

Repite y medita durante el día esta Palabra: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Jn 1,49).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El cristiano cree, gracias a la Palabra de Dios, que el hombre es inmortal, que toda la humanidad está destinada a la eternidad.

El cristiano cree en la resurrección de todos los muertos de la humanidad, de todos los cuerpos. Cree en la humanidad inmortal. Pero cree en virtud de la Palabra de Dios, no de una especie de prestidigitación mágica... y grotesca. Cree en la prolongación de los misterios de la vida más allá de la muerte, en la consumación de la vida mediante la muerte; cree que la misma muerte tiene una razón de ser; cree que la muerte sigue siendo atroz, pero no que sea absurda.

Como todo hombre razonable, el cristiano ve su propia vida, desde el nacimiento a la muerte, como un devenir continuo acompañado de una destrucción continua. Sin embargo, el cristiano cree que en este y por este devenir se consuma la germinación, el desarrollo del hombre inmortal que hay en él, pero que se va haciendo en él cada día y que permanecerá tal como haya llegado a ser, en la eternidad, para la eternidad.

Este hombre inmortal se hace en cada uno a través de sus opciones. Aquello por lo que opta es lo que fija al hombre inmortal en su pleno vigor o en lo peor de la miseria humana. En la hora de su muerte, el hombre se habrá convertido en alguien que vivirá con Dios para siempre o en alguien que existirá lejos de Dios para siempre (Madeleine Delbréf).

 

 

Día 25

Viernes de la 20ª semana del Tiempo ordinario o 25 de agosto, conmemoración de San José de Calasanz

 

San José de Calasanz nació en Huesca en el año 1557. Era tal su devoción a la Virgen que él quería llamarse José de la Madre de Dios. Sus padres pudieron y le dieron una esmerada educación y formación. Se doctoró en Teología en la Universidad de Lérida y fue ordenado sacerdote. En el año 1592, se fue a Roma persiguiendo un puesto honorífico y se encontró con la miseria infantil en los barrios de la ciudad. Dejó de perseguir honores y fundó las Escuelas Pías (escuelas gratuitas). Con la enseñanza del catón y del ábaco introducía también el catecismo y la oración de la corona de doce estrellas pidiendo la protección de la Virgen.

El 25 de agosto del año 1648, a la edad de 92 años, este gran apóstol pasó a la eternidad. Pío XII le declaró celestial patrono ante Dios de todas las escuelas populares cristianas del mundo.

 

LECTIO

Primera lectura: Rut 1,1.3-8a.14b-16.22

1 Una vez, en tiempo de los jueces, hubo hambre en Palestina, y un hombre de Belén de Judá emigró al país de Moab con su mujer y sus dos hijos.

3 Murió Elimélec, marido de Noemí, y quedó ella sola con sus dos hijos,

4 que se casaron con dos moabitas, una llamada Orfá y la otra Rut. Vivieron allí unos diez años,

5 al cabo de los cuales murieron también Majlón y Kilión, quedando sola Noemí, sin hijos y sin marido.

6 Al enterarse de que el Señor había bendecido a su pueblo, proporcionándole alimento, Noemí se dispuso a abandonar Moab en compañía de sus dos nueras.

7 Partió con las dos del lugar en el que residían y emprendieron el regreso hacia el país de Judá.

8 Entonces Noemí les dijo: -Volveos a casa de vuestra madre.

14 Después, Orfá besó a su suegra y regresó a su pueblo, mientras que Rut se quedó con Noemí.

15 Noemí le dijo: -Mira, tu cuñada se vuelve a su pueblo y a su dios; vete tú también con ella.

16 Rut le dijo: -No insistas más en que me separe de ti. Donde tú vayas, yo iré; donde tú vivas, viviré; tu pueblo es mi pueblo, y tu Dios es mi Dios.

22 Así fue como Noemí regresó de Moab con su nuera Rut. Cuando llegaron a Belén, empezaba la siega de la cebada.

 

*•• El relato del libro de Rut está ambientado en el tiempo de los jueces (v. 1), es decir, en un período en el que el camino del pueblo, nacido de la alianza del Sinaí, conoce graves conflictos en su interior y con las poblaciones de la tierra de Canaán, experimenta las fatigas de la maduración de su propia identidad y carga con las consecuencias de las mezclas religiosas. El contenido de la lectura es la historia de una familia obligada a dejar a su propia gente a causa de una carestía, para buscar refugio y sostén en otra parte. El texto de hoy presenta a Elimélec y Noemí con sus dos hijos, que se casan con dos moabitas, Orfá y Rut. La atención se centra en esta última y en su relación con Noemí después de la muerte del cabeza de familia y de sus dos hijos a continuación. Su prematura desaparición induce a pensar que la descendencia de Elimélec se ha extinguido y que a Noemí no le queda más que el recuerdo de los sueños de futuro.

El relato conduce con delicadeza al lector a seguir los pasos interiores de Rut, las decisiones que la llevan a compartir la fe y la vida de Noemí y de su gente, a descubrir el designio de Dios sobre ella y sobre el pueblo. Rut dará descendencia a la familia de Elimélec, y esta «extranjera» se convertirá en antepasada de David: su hijo Obed se convierte en padre de Jesé, padre de David. Mateo inserta a Rut en la genealogía que conduce a José «el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo » (Mt 1,5.16). Todo nace de una decisión tomada en

un clima de respeto y de amor entre dos criaturas, Rut y Noemí, como signo del resto de Israel fiel a su Señor; se trata de la decisión de Rut de abandonar a su propia gente para ir a donde la lleva el Señor: «Tu pueblo es mi pueblo, y tu Dios es mi Dios» (v. 16).

Rut es una de las figuras bíblicas que causan asombro no sólo por la dignidad de su persona y por su amor atento respecto a Noemí, sino también porque revela el amor universal de Dios, que implica a cada persona en la realización de su designio de amor. El Señor ha puesto su mirada en ella, en una extranjera. Se trata de un acto educativo destinado a ir abriendo poco a poco los horizontes de su pueblo a todas las gentes. Todos son hijos suyos.

 

Evangelio: Mateo 22,34-40

En aquel tiempo,

34 cuando los fariseos oyeron que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron,

35 y uno de ellos, experto en la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

36 -Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?

37 Jesús le contestó: -Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.

38 Éste es el primer mandamiento y el más importante.

39 El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo.

 40 En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas.

 

*+• Jesús se encuentra todavía en el templo. La confrontación con los fariseos se vuelve cada vez más áspera. El contexto del evangelio de hoy está marcado por la voluntad de los fariseos de tender una trampa más a Jesús para obligarle a tomar posición frente a un tema religioso, como ya intentaron hacer con la cuestión del tributo al César (Mt 22,15-22) y, posteriormente, los saduceos con el problema de la resurrección de los muertos (w. 23-33).

Señala Mateo que los fariseos se habían reunido para decidir el argumento; el que interviene es, por consiguiente, su portavoz (w. 34ss). El objeto de la pregunta está tomado de un debate que estaba de actualidad en las escuelas rabínicas: ¿cuál es, entre todos, el primero de los mandamientos? Quieren conocer la opinión del nuevo maestro sobre cuál es el principio que inspira la ley. Nada más simple y correcto, a primera vista. La respuesta de Jesús está montada sobre dos citas: una tomada del Deuteronomio (6,5) y otra del Levítico (19,18). Esos dos textos constituían el corazón de la espiritualidad del pueblo de Israel. El primero, el mandamiento del amor total a Dios, estaba escrito en las jambas de las puertas, bordado en las mangas, y era recitado por la mañana y por la noche, para que estuviera siempre presente en el ánimo del creyente, como celebración continua de la alianza. El auditorio no podía dejar de estar de acuerdo.

La novedad que aporta Jesús se encuentra en los versículos 39 y 40. Se trata del vínculo entre el amor a Dios y el amor al prójimo, a los que declara inseparables y de igual importancia. Por otra parte, está la relación del mandamiento del amor con toda la revelación bíblica de la voluntad de Dios con su pueblo; los dos mandamientos constituyen el punto de apoyo, el centro de donde brota todo lo demás, el que ilumina, purifica y transforma todo.

Una ley tiene valor si está penetrada por el amor. Las buenas obras tienen valor en la medida en que son obras de amor a Dios y al prójimo. Eso es lo que proclamaban los profetas cuando llamaban a la conversión del corazón. Jesús lo puede afirmar porque «conoce al Padre» {cf. Jn 7,29). Él no ha venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento; por consiguiente, es su intérprete autorizado y el realizador de la ley de vida expresada en la voluntad del Padre (cf. Mt 5,17.20; 7,29). Lo mostrará en su entrega en la cruz. El conflicto se convierte, una vez más, en lugar de revelación y en acontecimiento formativo para los suyos.

 

MEDITATIO

Acoger al que no cuenta es acoger a Jesús y a Dios. Es la opción prioritaria por los pobres y marginados. La comunidad alternativa que Jesús trae trastoca los esquemas de la sociedad, siempre inclinada a la  competitividad: aplaudir al primero y abuchear al último. Él lo vivió de tal manera que fue una de las acusaciones públicas: «Se junta con pecadores, prostitutas y gente de la calle». Afirmó también que no había venido a ser servido, sino a servir. Y ésta es la norma que inculca a sus seguidores. Siguiendo su ejemplo, el cristiano, igual que la Iglesia, tiene una misión de servicio, de entrega y amor, de vivir para los demás.

En nuestra sociedad encontramos con frecuencia lemas comerciales como éstos: «Estamos a su servicio», «Es un placer poder servirle», «Servirle es nuestra especialidad...», pero después pasan factura. No es esa servicialidad la que propone Jesús a sus discípulos, sino un servicio sin factura. Podíamos decir que la frase de Jesús no es «su seguro servidor», sino «su humilde servidor».

 

ORATIO

Señor, Dios nuestro, que enriqueciste a san José de Calasanz con la caridad y la paciencia, para que pudiera entregarse sin descanso a la formación humana y cristiana de los niños, concédenos, te rogamos, imitar en su servicio a la verdad al que veneramos hoy como maestro de sabiduría

 

CONTEMPLATIO

Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú.

Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú.

Donde haya un esfuerzo que todos esquiven, acéptalo tú.

Sé el que apartó del camino la piedra, el odio de los corazones y las dificultades del problema.

Hay la alegría de ser sano y justo, pero hay, sobre todo, la inmensa alegría de servir.

Qué triste sería el mundo si todo él estuviera hecho, si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender...

No caigas en el error de que sólo se hacen méritos con los grandes trabajos.

Hay pequeños servicios que nos hacen grandes: poner una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña...

El servir no es una faena de seres inferiores. Dios, que es el fruto y la luz, sirve. Y me pregunta cada día: ¿Serviste hoy?

(Gloria Fuertes.)

 

ACTIO

Fíjate hoy con atención contemplativa en los niños que veas.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Algunos pensamientos de san José de Calasanz:

Es mejor ser pocos y buenos que muchos e imperfectos.

Hay que tener mucha paciencia y caridad con los niños, para enderezarlos por el buen camino.

Cuando los alumnos ven amor de padre en el maestro e interés de su aprovechamiento, van con gusto a la escuela.

Es necesario que recurramos al auxilio de Dios y a la intercesión de la Santísima Virgen, bajo cuya protección se fundó la obra.

Hagan todas las tardes alguna devoción a la Santísima Virgen, para que con su intercesión nos libre a todos de las adversidades.

Estimo mucho el honor de la religión y de las personas particulares que a ella pertenecen, más que ninguna otra cosa.

Si a su tierna edad los niños son imbuidos con amor en la piedad y en las letras, puede esperarse un curso feliz de toda su vida.

Ayudar en la edad más tierna a los pobres con la cultura unida al santo temor de Dios es un servicio tan útil como necesario.

El provecho es indudable. Se toca con las manos.

Sé por experiencia que quienes, desde la primera edad, fueron educados con la doctrina cristiana y bebieron desde niños juntamente la piedad y las letras, terminaron por ser perfectos.

El servicio de la enseñanza es el más razonable para tener ciudadanos hábiles para santificarse y engrandecerse en el cielo, pero igualmente capaces de ilustrarse y ennoblecerse a sí propios como también a sus patrias, con sus gobiernos y dignidades de la tierra.

Hemos de castigar con mucha piedad, que así lo requieren el nombre y la caridad que profesamos.

En cuanto a recibir alumnos pobres, obra usted santamente admitiendo a cuantos vienen. Porque para ellos se fundó nuestro instituto. Y lo que se hace por ellos se hace por Cristo. No se dice otro tanto de los ricos.

Procure atraer a los niños con toda caridad a la frecuencia de los sacramentos de la confesión y comunión, y conozca que procura su bien como verdadero padre.

El Señor proveerá cuanto sea necesario, con tal que nosotros procuremos atender con toda diligencia a los niños.

Si tiene amor, no digo al instituto, sino a Dios y a sí mismo, se ingeniará para aprender lo que no sabe, a fin de hacer bien a los pobres o para hallar mejor a Cristo en los pobres.

No dejen de ayudarse con la oración de personas devotas, y especialmente de los alumnos pequeños. Con la esperanza de que Dios mandará su ayuda cuando le parezca tiempo oportuno.

 

 

Día 26

Sábado de la 20ª semana del Tiempo ordinario o 26 de agosto, conmemoración de Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars

 

Teresa Jornet e Ibars nació en Aytona (Lérida), en el año 1843, en el seno de una familia de labradores de recia fe cristiana. Siendo aún adolescente, se sintió llamada a ayudar a la sociedad de su tiempo, cuyo ambiente racionalista y anticlerical tuvo que padecer. La ciudad aragonesa de Fraga fue clave en su formación: en ella cursó los estudios de Magisterio, que empezó a ejercer en Argensola, pueblecito de la diócesis de Vich Barcelona). Ingresó en las Clarisas de Briviesca  (Burgos). Una f¡gura clave en su vocación fue la del padre Saturnino López Novoa: él concibió el proyecto que llevó a cabo la fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados junto con un grupo de jóvenes en Barbastro (Huesca) el 11 de octubre de 1872. A su muerte, acaecida en Liria (Valencia) en 1897, la orden ya contaba con 103 asilos en España y América. La «sembradora de amor» fue beatificada por Pío XII en 1958 y canonizada por Pablo VI en 1974. Ha sido declarada patrona de la ancianidad.

 

LECTIO

Primera lectura: Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17

2,1 Tenía Noemí, por parte de su marido, Elimélec, un pariente muy rico llamado Booz.

2 Un día, Rut, la moabita, dijo a su suegra: -Déjame ir a espigar al campo de aquel que me lo permita. Ella le respondió: -Vete, hija mía.

3 Fue Rut a espigar a un campo detrás de los segadores y, casualmente, vino a caer en una finca de Booz, de la familia de Elimélec.

8 Booz dijo a Rut: -Escucha, hija mía: no vayas a espigar a otro campo ni te alejes de aquí. Sigue detrás de mis criados.

9 Fíjate en qué campo están segando y ve detrás de ellos. Mandaré a mis criados que no te molesten. Y cuando tengas sed, vas y bebes de sus mismos cántaros.

10 Rut se postró en tierra y le dijo: -¿Por qué te has fijado en mí interesándote por una extranjera?

11 Booz le respondió: -Me han contado cómo te has portado con tu suegra después de la muerte de tu marido y que has dejado a tus padres y a tu patria para venir a un pueblo desconocido para ti.

4,13 Booz se casó con Rut; se unió a ella y el Señor hizo que concibiera y tuviera un hijo.

14 Las mujeres decían a Noemí: -Bendito sea el Señor, que ha hecho que no te faltase un heredero para que el nombre del difunto se conserve en Israel.

15 El niño será tu consuelo y amparo en la vejez, pues te lo ha dado tu nuera, que tanto te quiere, y es para ti mejor que siete hijos.

16 Noemí tomó al niño, lo puso en su regazo y se encargó de criarlo.

17 Las vecinas decían: -A Noemí le ha nacido un hijo. Y le llamaron Obed. Fue el padre de Jesé, padre de David.

 

*» El texto que acabamos de leer está dotado de una belleza única. No sólo por la historia que une a Rut con Booz, sino porque continúa siendo un acontecimiento revelador del amor de Dios, que no hace acepción de personas y quiere hacer participar a su pueblo de su amor de Padre para todos. La comprensión de esto será lenta y progresiva. El acontecimiento de la inserción de una extranjera, en virtud del matrimonio por levirato, en una familia israelita y, lo que es más, en el linaje de David, traza un camino pedagógico concreto en esta dirección.

Podemos distinguir dos partes en el texto. La primera es el encuentro con Booz, sugerido por la intuición femenina, además de ocasionado por la necesidad (2,1-11). El encuentro está envuelto por la fuerza moral de la moabita, que encuentra gracia a los ojos de Booz en virtud del profundo amor que ha demostrado a Noemí (v. 11). La narración del capítulo 3, donde se manifiesta el sentido de la responsabilidad de Noemí respecto a Rut (3,1), sirve de fondo a lo que la liturgia nos propone  en la segunda parte del texto (4,13-17). Por otro lado, nos ayuda a comprender el desarrollo de los acontecimientos, guiados por la confianza en el Señor, que ilumina los sentimientos e inspira las decisiones; esos acontecimientos conducen al matrimonio de Booz con la moabita, elevada por los ancianos a la altura de Raquel y Lía, progenitoras de la casa de Israel (4,11). En el texto no sólo sobresalen Booz y Rut, cuya descendencia prosigue en el hijo que «el Señor hizo que concibiera»,

sino que destaca también la figura de Noemí, bendecida por su gente. Tanto su vida como la de su nuera constituyen el testimonio de un amor fiel y de la presencia activa de Dios.

El libro de Rut se abría con los acontecimientos dolorosos de una familia obligada a dejar Belén para emigrar a la tierra de Moab; ahora se cierra con un cántico de esperanza y de alabanza al Señor, celebrado en el lugar del retorno, en la contemplación gozosa de lo que el Señor ha llevado a cabo en dos mujeres, las verdaderas protagonistas. No es la pertenencia étnica lo que cuenta ni lo que garantiza la paz, la fecundidad, el futuro; son más bien los sentimientos, las actitudes, las decisiones según el corazón del Dios de los Padres, presente en los pliegues de la historia humana. Eso es lo que hace que el relato de Rut tenga una fuerza impresionante en su suavidad y belleza. Dios ha puesto en ella algo de sí mismo, algo que, en su desarrollo cotidiano y sencillo, manifiesta la vida de Rut.

 

Evangelio: Mateo 23,1-12

En aquel tiempo,

1 Jesús, dirigiéndose a la gente y a sus discípulos, les dijo:

2 -En la cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la Ley y los fariseos.

3 Obedecedles y haced lo que os digan, pero no imitéis su ejemplo, porque no hacen lo que dicen,

4 Atan cargas pesadas e insoportables y las ponen a las espaldas de los hombres, pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas.

5 Todo lo hacen para que les vea la gente: ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del manto;

6 les gusta el primer puesto en los convites y los primeros asientos en las sinagogas;

7 que les saluden por la calle y les llamen maestros.

8 Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.

9 Ni llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre: el del cielo.

10 Ni os dejéis llamar preceptores, porque uno sólo es vuestro preceptor: el Mesías.

11 El mayor de vosotros será el que sirva a los demás.

12 Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

 

*•• Mateo registra el crecimiento de la oposición del mundo religioso oficial hacia la persona y la enseñanza del Maestro. La liturgia de hoy propone a nuestra escucha la primera parte de la severa reprimenda de Jesús dirigida contra los maestros de la Ley y los fariseos (23,1-12). Reconoce a los maestros de la Ley y a los fariseos su autoridad magisterial (están sentados en la cátedra de Moisés; por eso han de ser escuchados: w. 2ss), pero advierte al auditorio de que no deben seguirles en sus obras. Jesús contesta con vigor, como pastor que ama a su rebaño, y conoce los peligros en los que incurren, su incoherencia y el haber convertido la tarea que les había sido encomendada en un instrumento de búsqueda de sí mismos, de afirmación de su propio yo, de prestigio, por considerarse superiores a los demás. Un dato ejemplar de esto lo constituye la alteración del significado de los mismos signos -las filacterias y los flecos- que hubieran debido recordarles la Palabra del Señor y «todos sus mandamientos para ponerlos en práctica» (cf. Nm 15,38ss; Dt 6,4-9); sin embargo, «todo lo hacen para que les vea la gente» (v. 5).

El discurso es duro. El perfil que traza del maestro de la Ley y del fariseo es demoledor y da razón de las ásperas invectivas que les lanza (w. 13-37). Sobre este fondo, en el que sólo el amor mueve a Jesús, se puede intuir algo de su profundo dolor y de su apesadumbrado lamento por la ciudad de Jerusalén (w. 37-39). Ésta es la imagen con la que Mateo cierra el capítulo.

El peligro que supone un fariseísmo solapado y enmascarado -el de la fractura entre el decir y el poner en práctica- siempre está presente; va ligado a la fragilidad humana y era el peligro que acechaba a las comunidades cristianas, a las que el Espíritu iba agregando nuevos miembros procedentes tanto del mundo pagano como del judío, en tiempos de Mateo. El evangelio de hoy tiene una función purificadora y de maduración de la comunidad cristiana para conducirla a la plena fidelidad a su Señor. La segunda parte del evangelio (w. 8-12) describe algunos rasgos de la misma: todos son hermanos, porque son hijos de un único Padre; todos son discípulos de un solo Maestro, Cristo Jesús. «El señorío de Dios, la filiación divina y la fraternidad son las categorías fundamentales de la comunidad (y del Evangelio): la autoridad está a su servicio, debe revelarlas, defenderlas, hacerlas resaltar, nunca oscurecerlas» (B. Maggioni).

 

MEDITATIO

Es necesario volver a redefinir de vez en cuando en nuestra mente y alma lo que el desgaste del lenguaje va reduciendo a pasajeros o acalorados sentimientos ante necesidades puntuales del prójimo. Éste es el caso del «amor» que nos evocan las lecturas de hoy. Meditar en el Amor, más que en mi necesidad de amar, ha de ser una constante en la vida cristiana. Es volver al Amor de la fuente, del origen. Hasta el amor, que parece que nos nace, hemos de aprender a recibirlo. Si nos nace, no es divino, porque amar no es grato en principio; el amor a lo divino es otra cosa. El amor en el hombre es fruto de una transformación y un arrobamiento previos que Dios mismo produce cuando se da a conocer a una persona.

Hay que retorcer el propio modo de ser, dejarse cambiar, sufrir -si es preciso- antes de estar preparado para amar como Dios ama. Así fue en los profetas y santos y en el mismo Hijo.

La experiencia cristiana enseña que lo que le cuesta al hombre conseguir es cosa que Dios ha de dar. Y por lo mismo, lo que Dios regala por su inmensa misericordia es lo que al hombre más le cuesta acoger. Vivir en el amor no es «sentirme realizado»; es abrir en mí caminos del Espíritu por los que el prójimo transite con la dignidad que Dios le ha otorgado. Y al tiempo, con el prójimo me llega Dios mismo. Este amor supone un nuevo giro en mis «sentimientos» espontáneos. La vida de las hermanitas fundadas por Teresa Jornet tiene esta esencial razón de ser: nace y se da como un camino entre la asistencia (estar presente para lo que falta) a Dios y la religión (re-ligarse con alguien) con el hermano. En la vida de Teresa Jornet se entrecruzan con diáfana claridad el Amor con que se siente amada por Dios y la necesidad de corresponderle, pero ¿cómo?: haciendo nacer lo mismo en los ancianos. No es una asistencia social: es amar al anciano abandonado con el mismo Amor con el que Dios le ama para que él mismo lo acoja. Por eso funda una familia de consagradas a Dios, «por» llamada de Dios, en el servicio a los más abandonados en su momento. No «para» resolver una concreta necesidad social del siglo XLX, que hoy quedaría más o menos resuelta por los servicios sociales. Motivo de más para definir bien la vocación de Hermanita de Ancianos Desamparados cuando los diversos grupos e iniciativas sociales asumen sus deberes con los mayores y ancianos. Su vocación es consagrarse a Dios, y eso permanecerá aunque un día (¡ojalá!) todos los ancianos estén debidamente atendidos por la sociedad civil.

 

ORATIO

Que la eucaristía sea el centro de vuestra vida y de toda vuestra actividad; que la presencia de Jesús sacramentado sea vuestro imán de atracción íntima y renovadora; que la participación en su santo sacrificio, como actualización de su misterio pascual de pasión, muerte y resurrección constituya el momento culminante y renovador de vuestra vida; que la comunión eucarística condicione y transforme toda vuestra personalidad en la mayor semejanza con Cristo (de los sermones del padre López Novoa).

 

CONTEMPLATIO

Hoy más que nunca, en esta época de gigantescos progresos, estamos asistiendo al drama humano, a veces desolador, de tantas personas llegadas al umbral de la tercera edad que ven aparecer a su alrededor las densas nieblas de la pobreza material o de la indiferencia, del abandono, de la soledad. Nadie mejor que vosotras, amadísimas hijas, Hermanitas de los Ancianos Desamparados, conoce lo que ocultan los pliegues recónditos de tan triste realidad. Vosotras habéis sido y sois las confidentes de esa especie de vacío interior q u e no pueden llenar, ni siquiera con la abundancia de recursos materiales, quienes están desprovistos y necesitados de afecto humano, de calor familiar. Vosotras habéis devuelto al rostro angustiado de personas venerables por su ancianidad la serenidad y la alegría de experimentar de nuevo los beneficios de un hogar. Vosotras habéis sido elegidas por Dios para reiterar ante el mundo la dimensión sagrada de la vida, para repetir a la sociedad con vuestro trabajo, inspirado en el espíritu del Evangelio y no en meros cálculos de eficiencia o comodidad humanas, que el hombre nunca puede considerarse bajo el prisma exclusivo de un instrumento rentable o de un árido utilitarismo, sino que es entitativamente sagrado por ser hijo de Dios y merece siempre todos los desvelos por estar predestinado a un destino eterno.

¡Oh! Si pudiéramos penetrar en vuestras comunidades y residencias, allí sorprenderíamos a tantas hijas de la nueva santa que, como ella, están difundiendo caridad: caridad encerrada en un gesto de bondad, en una palabra de consuelo, en la compañía comprensiva, en el servicio incondicional, en la solidaridad que solicita de otros una ayuda para el más necesitado (Pablo VI, homilía de la canonización de santa Teresa Jornet e Ibars)

 

ACTIO

Repite y medita durante el día estas palabras de la primera carta de san Juan: «El mensaje que habéis oído desde el principio es que debemos amarnos los unos a los otros» (1 Jn 3,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Sí, la espiritualidad de la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados es cristocéntrica. Toda la existencia de Teresa Jornet gravitó en torno a Jesucristo y la misión que el Espíritu confió a la joven de Aytona. Jesús fue su amor preferente.

Creyó y amó a Jesús como mediador y revelador del amor misericordioso. Ella ha decidido ser su mediadora ¡unto a los ancianos. La espiritualidad de Teresa es verdaderamente cristocéntrica.

«Hay que vivir cada día y hacerse fuertes en el amor de Dios». La santa fundadora vivía en armonía con la Iglesia: «Podemos decir que la vida espiritual, entendida como vida en Cristo, vida según el Espíritu, es como un itinerario de progresiva fidelidad, en la que la persona consagrada es guiada por el Espíritu y conformada por Él a Cristo, en total comunión de amor y de servicio a la Iglesia» (Juan Pablo II, exhortación apostólica Vita Consecrata, n. 93c).

Es indudable que Teresa y su congregación, guiadas por el  Espíritu, sirven con amor a Cristo y a l a «Iglesia de los pobres». La santa catalana alimentaba su espiritualidad escuchando, conociendo y amando a Jesucristo, Palabra de Dios y revelación de su Amor universal. Ya en su tiempo vivía lo que nos recuerda la Iglesia: «Estar a la escucha de la Palabra de Dios, que es la primera fuente de toda espiritualidad cristiana, sobre todo de los evangelios, que son el corazón de todas las Escrituras» [ibíd. n. 94). Este encuentro con Jesucristo consolidaba su espiritualidad y le hacía ponerse en contacto directo con «la humanidad doliente»: los ancianos. Junto a ellos se curtía y templaba y se mostraba la verdad de la espiritualidad de la santa fundadora: «Cuiden con esmero a los ancianos y háganlo con el recto fin de agradar a Dios. No hagan las cosas por respeto humano».

No lo dudemos, la vida de Teresa, su espiritualidad, su «biografía personal», es una historia de amor a Jesucristo y de compasión misericordiosa hacia los ancianos. Ése fue el fruto de su espiritualidad auténtica. Para entretejer y escribir esa «biografía», Teresa se entregó ella misma. Su salud, su tiempo, su cultura, su trabajo, sus «talentos»... fueron los hilos de su bordado de amor en beneficio de los ancianos. Así rubricó ella su verdadero amor a Jesucristo. Esa misma actitud de entrega generosa es lo que pide y espera de sus hijas: «Una cosa les encargo, y es que amen y quieran mucho a nuestro amadísimo Jesús, que tanto sufrió Él por nosotras». Y en las Constituciones leemos: «Recuerden las hermanitas que nuestro Señor Jesucristo, Maestro y Modelo divino de perfección, predicó la santidad...» (Const. n. 3) (T. de Bustos, o. p., Hermanitas de los ancianos desamparados: «Su carísma y su espiritualidad», Palencia 2003, pp. 42-43).

 

Día 27

21° domingo del tiempo ordinario

 

Santa Mónica nació en Tagaste, la actual Souk Aliarás (Argelia), el año 331 o 332, en el seno de una familia cristiana y de buena condición social. Siendo aún adolescente, fue entregada como esposa a Patricio, que todavía no era cristiano. Tenía éste un modesto patrimonio y era miembro del consejo municipal de Tagaste.

Mónica era una mujer africana del bajo imperio romano, madre de uno de los más grandes padres de la Iglesia, san Agustín. Era, podríamos decir, una mujer paleocristiana, muy alejada de nosotros en el tiempo y, sin embargo, enormemente actual. «Con traje de mujer, fe de varón, seguridad de anciana, caridad de madre y piedad cristiana» [Confesiones IX, 4,8), se ganó a su marido para Cristo y obtuvo también la conversión del «hijo de tantas lágrimas».

Estuvo presente en el bautismo de Agustín en Milán y participó de una manera activa en su primera experiencia monástica en Cassiciaco. Mientras regresaba a África con su hijo y los amigos de éste, murió en Ostia Tiberina, cerca de Roma, antes del 13 de noviembre de 387. Dos semanas antes de que esto se produjera, madre e hijo tuvieron el dulce éxtasis de Ostia»: «Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella [la Sabiduría], llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón; y suspirando y dejando allí prisioneras las primicias de nuestro espíritu» (/feícUX, 10,24).

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 22,19-23

Dice el Señor:

19 Te quitaré de tu puesto, te echaré de tu cargo

20 y llamaré aquel día a mi siervo Eliaquin, el hijo de Jelcías.

21 Le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda y le confiaré tus poderes. El será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá.

22 Pondré en sus manos las llaves del palacio de David: cuando abra, nadie podré cerrar; cuando cierre, nadie podrá abrir.

23 Lo hincaré como un clavo en un lugar firme y será motivo de gloria para la casa paterna.

 

Este oráculo se sitúa después de la liberación de Jerusalén en el 701 a. de C., que pone fin a la, hasta entonces, campañía victoriosa de Senaquerib» (Biblia de Jerusalén). Isaías, que había anunciado la liberación, invita con este episodio a reconsiderar la precariedad de las ambiciones humanas y como solo la iniciativa divina puede garantizar el orden y el progreso. Se trata de la sustitución del mayordomo del rey Ezequías (716-687 a. de C.), debido a la megalomanía demostrada al querer construirse un mausoleo subterráneo en una altura rupestre (v, 16b). Quien recibe la investidura del mismo Dios —se refiere al mayordomo mayor que esta al cargo, cuidado y gobierno de la casa del rey— se revela como <<padre» de sus compañeros, seré juez ecuánime y se convertirá en un firme punto de referencia para la estabilidad del Reino. El traspaso de poderes simbolizado en las llaves se ha vuelto a utilizar en referencia al mesianismo de Cristo (Ap 3,7) y al papel de Pedro en la comunidad de Jesús (Mt 16,19). También lo hallamos en la antífona <<O» de las vísperas de la liturgia prenavideña del 20 de diciembre; <<O Clovis David...».

 

Segunda lectura: Romanos 11,33-36

33 ¡Oh profundidad de la riqueza, de la Sabiduría y de la ciencia de Dios!

34 ¡Qué insondables son sus decisiones e inescrutables sus caminos!

35 Porque: ¿Quién conoce el pensamiento del Señor? ¿Quién ha sido su consejero? ¿Quién le ha prestado algo para pedirle que se lo devuelva?

36 De él, por él y para él son todas las cosas. A él la gloria por siempre. Amén.

 

» La perícopa paulina retoma los versículos conclusivos de la sección dedicada al pueblo de Israel, que abarca los cc. 9-11 de la Carta a los Romanos. Pablo profundiza en el <<misterio» del pueblo de la Alianza, un pueblo que no ha reconocido en Jesús de Nazaret al Mesías esperado. Pablo, después de haber intentado captar el sentido providencial de un acontecimiento dramático, como hombre de estricta observancia judía e incondicional profesión cristiana, restalla con expresiones de estupor ante la impenetrabilidad de los designios (<<decisiones>>) y la conducta (<<caminos») de Dios, que esconden una profunda riqueza de Sabiduría y conocimiento, y refuerza su ponderación citando al profeta Isaías (40,13.28): en su argumentación resuena la enseñanza sapiencial de la Escritura (cf Sal 138; Job 41).

 

Evangelio: Mateo 16,13-20

13 De camino hacia la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

-¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

14 Ellos le contestaron:

-Unos que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.

15 Jesús les preguntó:

-Y vosotros ¿quién decís que soy yo?

16 Simón Pedro respondió:

-Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

17 Jesús le dijo:

- Dichoso tu, Simon, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que esté en los cielos.

18 Yo te digo; tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del abismo no la harán perecer

19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

20 Entonces mandó a sus discípulos  que no dijesen a nadie que el era el Mesías.

 

•·• Jesús se encuentra en un extremo del territorio —en la ciudad de Cesarea, fundada por el tetrarca Herodes Filipo, a unos 40 kilómetros al norte del lago Tiberiades— con los discípulos  e, interesado por la opinión que se habían ido formando de él, los <<sondea». La gente cree que es un profeta, un título, en aquel entonces, con una clara referencia mesiánica. Tanto es así que <<algunos» lo consideraban como de los antiguos profetas, que ha resucitado» (cf Lc 9,19) o hasta el mismo Juan el Bautista, <<que ha resucitado de entre los muertos» (cf Mt 14,2). Esta es la opinión de la gente, y vosotros —enfatiza el Señor- ¿quién decís que soy yo?» Toma la palabra Simon Pedro, como portavoz del grupo, quien manifiesta tener pleno conocimiento no solo del mesianismo, sino de la divinidad de Cristo. Es verdad que los evangelios han sido escritos después de que los acontecimientos se hayan producido; sin embargo, la bienaventuranza pronunciada por Cristo (<<dichoso tú») y la razón ofrecida (<<porque eso...») testimonian la importancia del reconocimiento: Pedro, desde el principio, es confirmado en el nuevo encargo con el cambio de nombre, Cefas, en arameo, totalmente desconocido hasta entonces (Mt 4,18; cf Jn 1,42).

 

MEDITATIO

El reconocimiento de Simon Pedro de la verdadera identidad de Cristo señala el momento culminante de la experiencia de los apóstoles y de la Iglesia, que tiene en Cristo su fundamento. Pedro, según el texto del cuarto evangelio (6,69), <<cree y conoce» que Jesús de Nazaret es << es el santo de Dios», el consagrado por excelencia, el Mesías—Cristo. Las consecuencias de tal reconocimiento han marcado una historia bimilenaria y todavía activa. Sobre todo, subraya que reconocer a Cristo es fruto de la revelación del Padre acogida con Espíritu de fe (¡creído y conocido!). En segundo lugar, un acto semejante es, a su vez, fuente de aquella bienaventuranza que le concede al testimonio cristiano empuje y alegría. En tercer lugar es sobre la roca de Pedro y los apóstoles donde tiene el fundamento la comunidad de Jesús, el nuevo y universal pueblo de Dios. Contra él resultaran impotentes las fuerzas de la muerte (<<las puertas del infierno», en el lenguaje bíblico). Pedro y los apóstoles (cf Mt 18,18) ejercen el poder de Cristo (cf Ap 1,18), la triple tarea de gobernar (<<atar>> y <<desatar>>), santificar y enseñar. El estupor de Pablo ante los designios divinos bien puede equipararse al episodio evangélico de la investidura de Pedro y la constitución de la Iglesia como una comunidad cimentada sobre la roca de la fe y -lo recuerda Juan al final del evangelio- del amor.

 

ORATIO

Concédele a tu Iglesia, Señor,

que no alimente actitudes soberbias,

sino servicios humildes, agradables a ti.

Que desdeñe el mal

y practique cuanto es recto

con amor y plena libertad

(oración fijada por la antigua liturgia romana para el 15 de junio, en memoria de los mártires).

 

CONTEMPLATIO

Como sabéis, el Señor Jesús eligió antes de su pasión a sus discípulos, a quienes llamó apóstoles. Entre ellos solo Pedro ha merecido personificar a toda la Iglesia casi por doquier. En atención a esa personificación de toda la Iglesia que solo él representaba, mereció escuchar: ¡Te daré las llaves del Reino de los Cielos!. Estas llaves no las recibió un solo hombre, sino la unidad de la Iglesia. Por este motivo se proclama la excelencia de Pedro, porque era figura de la universalidad y unidad de la misma Iglesia cuando se le dijo: Te daré, lo que en realidad se daba a todos. Para que veáis que es la Iglesia la que recibió las llaves del Reino de los Cielos, escuchad lo que en otro lugar dice el Señor a todos sus apóstoles: <<Recibid el Espíritu Santo». Y a continuación: <<A quien perdonéis los pecados les quedarán perdonados, y a quienes se los retengáis les serán retenidos». Esto se refiere al poder de las llaves, del que se dijo: <<Lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo, y lo que atéis en la tierra será atado en el cielo». Pero lo de antes se dijo solo a Pedro. Para ver que Pedro personificaba entonces a toda la Iglesia, escucha lo que se le dice a él, y en él a todos los santos fieles: <<...lo que atéis en la tierra quedará atado también en el cielo, y lo que desatéis en la tierra será desatado también en el cielo». La paloma ata, la paloma desata. Ata y desata el edificio levantado sobre la piedra. Teman los atados, teman los desatados (Agustín de Hipona, <<Discurso 295 »,1-2, en Obras completes de san Agustín, XX\L Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1984, 257-258).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios viviente» (Mt 16,16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo esencial de la gran contienda entre el Oriente cristiano y el Occidente cristiano, desde el inicio hasta hoy, se reduce a lo siguiente: la Iglesia de Dios tiene que desempeñar una tarea concreta entre los hombres; ¿para realizar ese encargo es necesario aunar todas las fuerzas eclesiales cristianas bajo la insignia y el poder de una  autoridad eclesiástica central? Dicho con otras palabras: ¿la iglesia, como Reina de Dios presente, debe tener en la tierra representantes y ser una, estar unida, puesto que un reino dividido contra si mismo no subsistirá, mientras que la Iglesia, según la promesa evangélica, subsistirá hasta el final y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella?

La Iglesia romana se pronunció resolutivamente con una respuesta afirmativa; se fijó esencialmente en el cometido práctico del cristianismo en el mundo, en el sentido de la Iglesia como reino eficiente o ciudad de Dios (Civitas Dei), y desde el inicio personalizó el principio de la autoridad central que de modo visible y práctico le confiere unidad a la actividad terrenal de la Iglesia. Por eso, la cuestión abstracta del significado de la autoridad central en la Iglesia se reduce a la cuestión histórica y viva del sentido de la Iglesia romana. Ella, sus ideas y sus acciones constituyen el verdadero objeto de la gran contienda. El principio de la autoridad eclesiástica, del poder Espiritual representado sobre todo por la Iglesia romana, tiene una triple cara y suscita una triple cuestión. Primera, en el ámbito de la Iglesia, nos preguntamos cuál debe ser la relación del poder eclesiástica central con los representantes de las Iglesias locales nacionales; segunda, surge el tema de la relación de la Iglesia con el Estado, de la autoridad Espiritual con la laica; y tercera, la relación entre el poder Espiritual y la libertad Espiritual del individuo, la cuestión de la libertad de conciencia (V. S. Solov’ev, Il problema del l’ecumenisma, Milan I973, 63ss).

 

Día 28

San Agustín de Hipona (28 de agosto)

 

Agustín nació en Tagaste el 13 de noviembre del año 354. Fue educado siguiendo los hábitos cristianos de su madre, Mónica, y, como se reveló enseguida como un ¡oven de prometedoras cualidades, fue encaminado a la carrera de retórica. Ya desde los tiempos de estudio en Cartago estuvo marcado por una incomodidad interior que le llevaría lejos. La primera respuesta a esta sed de totalidad fue una vida mundana tejida por varios vínculos, más o menos límpidos. Ahora bien, la inquietud es también sed y búsqueda de la verdad: se apasiona con la lectura del Ortensio de Cicerón, lee la Sagrada Escritura, pero no se entusiasma con ella y acaba por adherirse al racionalismo y al materialismo de la secta de los maniqueos. Tras haber enseñado en Tagaste y en Cartago, se traslada primero a Roma (383) y después a Milán (384). Aauí su viaje espiritual da un viraje decisivo: conoce y escucha al obispo Ambrosio, revisa sus posiciones sobre la Iglesia católica, vuelve a leer la Sagrada Escritura y, en medio de la lucha entre sus antiguos hábitos de vida y los nuevos impulsos interiores, al final se abre a la luz y a la riqueza de Cristo.

Fue bautizado el año 387 por Ambrosio. Decidido a volver a África, se establece en Tagaste y funda allí su primera comunidad monástica, siguiendo el modelo de la comunidad cristiana de Jerusalén. En el año 391 fue ordenado sacerdote por el obispo Valerio, a quien en el 395 le sucede en la guía de la diócesis de Hipona. Desde entonces se dedicó por completo a la vida de la Iglesia -ministerio de la Palabra, defensa de la fe-, aunque prosigue con la experiencia de vida común con un grupo de hermanos monjes, a los que traslada al episcopio. Escribió más de doscientos libros y casi un millar de documentos, entre sermones y cartas. Murió el 28 de agosto del año 430. Hasta tal punto fue hijo de la Iglesia que se convirtió en padre... y doctor.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 1,2b-5.8b-10

Hermanos:

2 Siempre os recordamos en nuestras oraciones.

3 Ante Dios, que es nuestro Padre, hacemos sin cesar memoria de la actividad de vuestra fe, del esfuerzo de vuestro amor y de la firme esperanza que habéis puesto en nuestro Señor Jesucristo.

4 Conocemos bien, hermanos amados de Dios, cómo se realizó vuestra elección.

5 Porque el Evangelio que os anunciamos no se redujo a meras palabras, sino que estuvo acompañado de la fuerza del Espíritu Santo y de una convicción profunda. Sabéis de sobra que todo lo que hicimos entre vosotros fue para vuestro bien.

8 Por todas partes se ha extendido la fama de vuestra fe, de suerte que nada tenemos que añadir por nuestra parte.

9 Ellos mismos refieren la acogida que nos dispensasteis y cómo os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero

10 y para vivir con la esperanza de que su Hijo, Jesús, a quien resucitó de entre los muertos, se manifieste desde el cielo y nos libere de la ira que se acerca.

 

**• La primera carta a los Tesalonicenses es la más antigua de las cartas atribuidas con seguridad al apóstol Pablo. La liturgia nos ofrece una lectura casi continua de la misma, permitiéndonos así conocer de más cerca un texto bíblico que puede ser considerado como un testigo esencial de lo que hay en los fundamentos de nuestra fe. En apariencia, el desarrollo de la carta parece ceñirse más bien a la resolución de una serie de cuestiones prácticas y su tono es preponderantemente exhortativo. Pablo anima, elogia, agradece; en alguna ocasión reprende y llama a la observancia de los principios fundamentales de la fe en Cristo. En realidad, todo el escrito está impregnado por un único sentimiento, por una misma expectativa: que Cristo vuelva pronto en su gloria. Esto es mucho más que una verdad abstracta a la que haya que adherirse. Es la certeza basada en la experiencia desconcertante del Espíritu Santo, comunicada a través de la predicación apostólica.

Esto es lo que aparece confirmado por la argumentación central del pasaje que nos presenta la liturgia de hoy (v. 5): el anuncio del Evangelio llevado a cabo por el apóstol ha suministrado a los tesalonicenses la prueba de la presencia y de la acción del Espíritu de Jesús resucitado; en particular, éste se ha manifestado en la fuerza (dynamis) de los prodigios y signos milagrosos y en la «convicción profunda» o plenitud de la fe en Cristo con la que Pablo ha hablado y actuado. Es la misma fe que une al apóstol con los destinatarios de la misiva, una fe íntegra que apunta directamente a la meta, Jesús, objeto de una «firme esperanza» (v. 3), capaz de orientar el compromiso cotidiano en la comunidad, tanto de Pablo {«Sabéis de sobra que todo lo que hicimos entre vosotros fue para vuestro bien»: v. 5) como de los mismos tesalonicenses (v. 8).

El origen y el «motor» de todo esto es el amor de Dios: el lenguaje de la elección (v. 4) pretende significar la absoluta libertad de la iniciativa divina; se trata de la libertad del amor de Dios, que es absolutamente imprevisible y gratuito. Un amor libre y que libera, así es el Cristo esperado en la gloria de su última venida (v. 10).

 

Evangelio: Mateo 23,13-22

En aquel tiempo habló Jesús diciendo:

13 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que cerráis a los demás la puerta del Reino de los Cielos! Vosotros no entráis, y a los que quieren entrar no les dejáis.

15 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un discípulo y cuando llega a serlo lo hacéis merecedor del fuego eterno, el doble peor que vosotros!

16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: «Jurar por el santuario no compromete, pero si uno jura por el oro del santuario queda comprometido!».

17 ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más, el oro o el santuario que santifica el oro?

18 También decís: «Jurar por el altar no compromete, pero si uno jura por la ofrenda que hay sobre él queda comprometido».

19 ¡Ciegos! ¿Qué es más, la ofrenda o el altar que la santifica?

20 Pues el que jura por el altar, jura por él y por todo lo que hay encima;

21 el que jura por el santuario, jura por él y por quien lo habita;

22 el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por el que está sentado en él.

 

*+• La liturgia nos propone estos días uno de los textos más ásperos de todo el Nuevo Testamento, un texto duro que, aparentemente, se concilia mal con el mensaje de acogida y perdón destinado a todos los hombres, en especial a los enemigos, propio del cristianismo de Jesús. Es opinión difundida entre los intérpretes que los «ayes» de Mateo tienen que ser leídos sobre el fondo del «sermón del monte», que representa, en cierto modo, su imagen especular. Ahora bien, el motivo por el que palabras de tal alcance pueden entrar a justo título en el anuncio de la Buena Noticia está escondido por el evangelista en una breve nota que encontramos al comienzo del capítulo: el discurso, que tiene por objeto a los maestros de la Ley y a los fariseos, está dirigido por Jesús «a los discípulos y a la muchedumbre» (Mt 23,1). Asume, por tanto, un doble valor: es una polémica abierta con la sinagoga, que juzga como herética a la comunidad mateana, pero es, al mismo tiempo, una autocrítica que debe ser aplicada en el interior de la comunidad.

La hipocresía o falsedad (hypokrités era en su origen el actor, el que se pone una máscara) anda al acecho cada vez que se propone como única verdadera religión a una que, en realidad, prescinde de Dios, sustituyéndolo por la casuística de los «comportamientos que salvan». ¿De qué se ocupan los hipócritas? De cosas importantes como el templo, el oro, el altar, la ofrenda... y olvidan a Aquel que habita en el templo, a Aquel que está sentado en el trono (cf. w. 21ss).

 

MEDITATIO

Las palabras de Agustín son palabras de un amor apasionado. Una inquietud del corazón, una nostalgia y un deseo que se traducen en una búsqueda incansable, posible y fecunda sólo en el interior de una oración interminable, que es su misma existencia.

De la nostalgia del corazón asoman los rasgos de la belleza interior: un deseo de verdad y de amor que Agustín comprende como «suspiro de identidad»; es la divina semejanza. Y Agustín abre a Dios todo su ser: el pasado, el presente, el futuro, consciente de que sólo Dios puede vencer sus resistencias, sus miedos, todas sus debilidades de hombre, y satisfacer su sed. «Nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti» (Agustín de Hipona, Confesiones I, 1). A la luz de la verdad encontrada, Agustín ve con mayor claridad su pecado y la necesidad de la gracia, de la intervención divina, y comprende toda la orgullosa pretensión de su yo. Pero eso es lo que tiene lugar ahora en el corazón de su ininterrumpido diálogo con Dios, el Padre de su despertar. El Padre le ama, y nada puede apartar a Agustín de la confiada certeza de que la gracia de Cristo vencerá sobre el pecado; se restaurará en él «el orden del amor» y, con él, la bienaventuranza de la paz y de la libertad.

 

ORATIO

A ti te invoco, Dios Verdad, en quien, de quien y por quien son verdaderas todas las cosas verdaderas. Dios, Sabiduría, en ti, de ti y por ti saben todos los que saben.

Dios, verdadera y suma vida, en quien, de quien y por quien viven las cosas que suma y verdaderamente viven. Dios bienaventuranza, en quien, de quien y por quien son bienaventurados cuantos hay bienaventurados.

Dios, Bondad y Hermosura, principio, causa y fuente de todo lo bueno y hermoso. Dios, Luz inteligible, en ti, de ti y por ti luce inteligiblemente todo cuanto inteligiblemente luce. Dios, cuyo Reino es todo el mundo, que no alcanzan los sentidos. Dios, la ley de cuyo Reino también en estos reinos se describe. Dios, de quien separarse es caer, a quien volver es levantarse, permanecer en ti es hallarse firme. Dios, darte a ti la espalda es morir, volver a ti es revivir, morar en ti es vivir. Dios, a quien nadie pierde sino engañado, a quien nadie busca sino avisado, a quien nadie halla sino purificado. Dios, dejarte a ti es perderse, seguirte a ti es amar, verte es poseerte.

Dios, a quien nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad. Te invoco a ti, Dios, por quien vencemos al enemigo. Dios, por cuyo favor no hemos perecido nosotros totalmente. Dios que nos exhortas para que vigilemos.

Dios, por quien discernimos los bienes de los males. Dios, por quien evitamos el mal y seguimos el bien. Dios, por quien no sucumbimos a las adversidades.

Dios, a quien se debe nuestra buena obediencia y buen gobierno. Dios, por quien aprendemos que es ajeno lo que alguna vez creímos nuestro y nuestro lo que creímos ajeno. Dios, gracias a ti superamos los estímulos y halagos de los malos. Dios, por quien las cosas pequeñas no nos empequeñecen. Dios, por quien lo mejor de nosotros no está sujeto a lo peor. Dios, por quien la muerte será absorbida con la victoria. Dios, que nos conviertes.

Dios, que nos desnudas de lo que no es y vistes de lo que es. Dios, que nos haces dignos de ser oídos. Dios, que nos defiendes. Dios, que nos guías a toda verdad.

Dios, que nos muestras todo bien, dándonos la cordura y librándonos de la estulticia ajena. Dios, que nos vuelves al camino. Dios, que nos llevas hasta la puerta. Dios, que haces que sea abierta a los que llaman. Dios, que nos das el Pan de la vida. Dios, que nos das la sed de la bebida que nos sacia. Dios, que arguyes al mundo de pecado, de justicia y juicio. Dios, por quien no nos arrastran los que no creen. Dios, por quien reprobamos el error de los que piensan que las almas no tienen ningún mérito delante de ti. Dios, por quien no somos esclavos de los serviles y pobres elementos. Dios, que nos purificas y preparas para el divino premio, acude propicio en mi ayuda (Agustín de Hipona, Soliloquios I, 3).

 

CONTEMPLATIO

No con conciencia dudosa, sino cierta, Señor, te amo yo. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Mas también el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame; ni cesan de decírselo a todos, a fin de que sean inexcusables.

Sin embargo, tú te compadecerás más altamente de quien te compadecieres y prestarás más tu misericordia con quien fueses misericordioso: de otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a sordos.

Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manas ni mieles, no miembros gratos a los amplexos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto amplexo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y amplexo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios (Confesiones X, 6,8).

 

ACTIO

Repite y medita con frecuencia durante el día esta expresión de san Agustín: «Ama y haz lo que quieras» {Comentario a la primera carta de Juan VII, 8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En Agustín no vivió un solo hombre: vivió en él la criatura de carne y hueso, de nervios y sangre, con su desarrollo misterioso, múltiple; vivió el escritor, conjuntamente sumo escritor, sumo filósofo, sumo teólogo, y sobre cualquier otra cosa poeta sumo de los afectos y de las verdades; vivió el cristiano y el monje, el sacerdote y el obispo, el santo. Recibió de Dios toaos los clones más altos: una juventud tempestuosa, la palabra creadora, el silencio inenarrable de la oración, la fuerza necesaria para gobernar su ánimo en la navegación ultraterrena y en el aura de lo divino. Experiencia de hijo y de padre, de pecador desbandado y de obispo muy rígido, de escolar y profesor y, por tanto, de maestro de su pueblo y de todo el Occidente; de mundano y de monje, de escritor y de filósofo, de polemista y de amigo, de pensador y de contradictor y orador.

En todos esos pasajes no perdáis nada de su riquísima y potentísima humanidad: todo lo llevó consigo y lo fundió en el ardor y en la luz única de su santidad doloroso y extática. Amó, y de su experiencia de amor surgirá un amor a Dios, tal vez el más elevado que jamás haya salido de corazón humano [...].

Cuando moría Agustín en su ciudad asediada, no moría nada: nacía, para él, en los cielos amados sin paz y deseados sin tregua; nacía, para nosotros, en nuestra historia y en nuestra alma. Desde aquel día hay algo de agustiniano tanto en la historia de todos los hombres como en la historia de cada uno de ellos (G. de Luca, Sant'Agostino. Scrítti d'occasione e traduzioni).

 

Día 29

Martirio de san Juan Bautista (29 de agosto)

 

El «más grande de entre los nacidos de mujer» murió mártir, víctima de la fe y de la misión que había desarrollado. Su decapitación tuvo lugar en la fortaleza de Maqueronte, en el mar Muerto, lugar de vacaciones del vicioso rey Herodes. La sangre de Juan el Bautista selló su testimonio en favor de Jesús: con su misma muerte completó su misión de precursor. La fecha de hoy recuerda tal vez la dedicación de la antigua basílica erigida en Sebaste (Samaría) en honor del precursor del Mesías.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 2,1-8

1 Pues bien sabéis, hermanos, que nuestra estancia entre vosotros no fue estéril.

2 A pesar de los sufrimientos y ultrajes que, como sabéis, padecimos en Filipos, os anunciamos el Evangelio en medio de muchas dificultades, pero llenos de confianza en nuestro Dios.

3 Y es que nuestra exhortación no se inspiraba en el error, en turbias intenciones o en engaños.

4 Por el contrario, puesto que Dios nos ha juzgado dignos de confiarnos su Evangelio, hablamos no como quien busca agradar a los hombres, sino a Dios, que penetra hasta lo más profundo de nuestro ser.

5 Dios es testigo, y vosotros lo sabéis, de que nunca nos movieron la adulación o la avaricia;

6 tampoco hemos buscado glorias humanas, ni de vosotros ni de nadie.

7 Y aunque podríamos haber dejado sentir nuestra autoridad como apóstoles de Cristo, nos comportamos afablemente con vosotros, como una madre que cuida de sus hijos con amor.

8 Tanto os queríamos que ansiábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas. ¡A tal punto llegaba nuestro amor por vosotros!

 

*+• La primera lectura representa para los destinatarios de Pablo una auténtica lección sobre el modo de transmitir el Evangelio. En tiempo de la primera comunidad cristiana eran muchos los que se presentaban «en nombre de la verdad» para anunciar que el fin estaba cerca y proponer algún camino para conseguir la salvación: retóricos, filósofos ambulantes, seudoprofetas, maestros de toda clase. Lo primero que desea Pablo es demostrar su propia diferencia radical respecto a ellos: su comportamiento no tiene nada que ver con el de quien, en nombre de una reconocida autoridad, adelanta pretensiones de todo tipo.

Pablo empieza hablando de sus interlocutores como de personas que le han sido confiadas. Cuida de ellas como una madre (v. 7) que sabe ser amorosa sin tener necesidad de pronunciar palabras de falsa adulación (v. 5), sabiendo a ciencia cierta que todo lo que dice y hace no está guiado por ningún otro interés que el bien de sus hijos, de su crecimiento en Cristo. La autoridad que Pablo hace valer aquí no es la autoridad de un simple ministerio, aunque fuera el más noble entre todos (cf. 1 Cor 12,28), sino la pretensión del amor.

El apóstol -parece decir Pablo- es alguien que tiene por modelo a Cristo crucificado, de ahí que no pueda hacer otra cosa que darse a sí mismo con igual absolutidad, sin tener nada para sí. ¿Cuál es entonces esta pretensión? El amor pide ser reconocido, pero no para «agradar a los hombres» (v. 4), y ser restituido, aunque no a sí mismo. La diferencia sustancial consiste, en efecto, en que el «remitente» no es el evangelizador: es un simple testigo. El origen último de todo don es Jesús, que murió y resucitó por nosotros.

 

Evangelio: Marcos 6,17-29

En aquel tiempo,

17 Herodes había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien él se había casado.

18 Pues Juan le decía a Herodes: -No te es lícito tener la mujer de tu hermano.

19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía,

20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con gusto.

21 La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofrecía un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea.

22 Entró la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la joven: -Pídeme lo que quieras y te lo daré.

23 Y le juró una y otra vez: -Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.

24 Ella salió y preguntó a su madre: -¿Qué le pido? Su madre le contestó:

-La cabeza de Juan el Bautista.

25 Ella entró enseguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta petición: -Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales no quiso desairarla.

27 Sin más dilación envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel,

28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre.

29 Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

 

**• El relato evangélico del martirio de Juan el Bautista está situado en el camino de Jesús hacia Jerusalén como una etapa fundamental. Con él no sólo se concluye el ciclo de la vida del Bautista, sino que también es preludio del martirio de Jesús.

No debemos dejarnos impresionar sólo por los detalles narrativos, muy sugestivos p o r otra parte, que nos presenta esta página de Marcos. Al evangelista no le interesa poner de manifiesto ni el vicio de Herodes ni la malicia de Herodías, ni siquiera la ligereza de su hija.

Su intención es proporcionar el debido relieve a la figura de Juan el Bautista, el «mentor» -podríamos decir del Nazareno, y mostrar cómo este gran profeta pone término a su vida del mismo modo y por los mismos motivos que morirá Jesús.

Éste es el pequeño «misterio pascual» de Juan el Bautista, el cual, tras haber conocido la adversidad de los enemigos del Evangelio, conoce ahora el silencio del sepulcro en espera de la resurrección.

 

MEDITATIO

Los recuerdos bíblicos relativos a Juan el Bautista nos invitan a meditar sobre el don de la profecía, en particular sobre la figura del profeta. ¿Cuál es exactamente su función en el pueblo de Dios? ¿Cuáles son las opciones que le califican claramente como profeta? ¿De qué modo se sitúa ante sus contemporáneos como signo de una presencia superior, como portavoz de una Palabra divina?

El profeta se manifiesta como tal por su modo de hablar, por el estilo que caracteriza su predicación. La palabra no lo es todo, pero ya es capaz de manifestar el sentido de una presencia, incómoda pero ineludible, con la que todos deben contar. El profeta se manifiesta como tal, también y sobre todo, con las opciones de vida que lleva a cabo. De este modo demuestra que ha percibido que el tiempo en el que vive es precisamente aquel en el que Dios le llama a ser-para-los-otros. No se puede sustraer a esta llamada (deberíamos leer, a este respecto, el c. 17 de Jeremías), so pena de ser infiel a su misión. Por último, el profeta manifiesta la autenticidad de su misión con el valer de dar la vida por aquel que le ha llamado y por aquellos a quienes ha sido enviado. O se es profeta con la vida, con la vida entregada por amor, o no se es profeta en absoluto.

 

ORATIO

«Levántate y les dirás todo lo que te ordene».

«No tengas miedo: he aquí que te pongo como ciudad fortificada».

«Yo estoy contigo para salvarte».

«Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

«No te es lícito tener la mujer de tu hermano».

«¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente?».

«Dad frutos que prueben vuestra conversión».

«El amigo del esposo exulta de alegría a la voz del esposo».

«Ahora mi alegría es completa».

«Él debe crecer; yo, en cambio, disminuir».

 

CONTEMPLATIO

Todo lo que [Juan] dijo dio testimonio de la verdad o  sirvió de reproche a los que se le oponían; sus obras de justicia las respetaban incluso los que no le amaban.

¿Acaso el respeto del modo de vida de los hombres le hizo desviarse, ni siquiera un poco, a él, que llevó una vida solitaria desde niño, de la vía de la virtud? Y, sin embargo, ese hombre acabó su vida derramando su sangre, tras pasar un largo tormento de cárcel.

Predicaba la libertad de la patria celestial y fue encarcelado por los impíos; había venido a dar testimonio de la luz, había merecido que le llamaran lámpara ardiente y resplandeciente precisamente de la luz que es

Cristo, y fue encerrado en la oscuridad de la cárcel; nadie entre los nacidos de mujer había sido más grande que él, y fue decapitado a petición de unas mujeres sumamente perversas, y fue bautizado con su propia sangre aquel a quien se le había dado bautizar al Redentor del mundo, escuchar la voz del Padre sobre él, ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él (Beda el Venerable, Omelie sulvangelo, Roma 1990, pp. 492ss).

 

ACTIO

Repite y medita con frecuencia durante el día estas consoladoras palabras: «Yo estoy contigo para salvarte» (Jr 1,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Vos estáis obligado -añadió el arzobispo de Canterbury- a deponer la duda de vuestra insegura conciencia que recusa el juramento, y a tomar el partido seguro de obedecer a vuestro príncipe, y jurar».

Entonces, aunque yo era de la opinión de que este argumento no podía adaptarse a mi caso, se me presentó, no obstante, de improviso tan sutil y, sobre todo, sostenido por tanta autoridad, al venir de la boca de un tan noble prelado, que no pude replicar nada, a no ser que estaba íntimamente seguro de que así no habría obrado bien, porque en mi conciencia era éste uno de esos casos en que mi deber era no obedecer a mi príncipe, sea cual fuere la opinión de los otros (cuya conciencia y doctrina no habría condenado ni habría aceptado juzgar) a este respecto: en mi conciencia la verdad se me presentaba diferente.

Entonces el abad de Westminster me dijo que de cualquier modo que la cuestión apareciera en mi mente, tenía motivos para temer que precisamente mi mente estuviera en el error, con sólo que considerara que el Parlamento del reino se pronunciaba en sentido opuesto, y que, por consiguiente, debía cambiar la posición de mi conciencia. A esto respondí que si sólo fuera yo el que sostenía mi tesis y todo el Parlamento sostuviera la otra, verdaderamente tendría miedo de apoyarme en mi parecer, yo solo contra tantos. Mas, por otra parte, sucede que para algunos de los motivos por los que me niego a jurar tengo yo de mi parte -como confío tener- un consejo igualmente grande, e incluso más, y entonces no estoy ya obligado a cambiar mi conciencia y conformarla al consejo de un reino, contra el consejo general de la cristiandad (Tomás Moro).

 

Día 30

Miércoles de la 21ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 2,9-13

9 Recordad, hermanos, nuestras penas y fatigas; recordad cómo trabajamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros mientras os anunciábamos el Evangelio de Dios.

10 Vosotros sois testigos, y Dios lo es también, de que nuestra conducta fue limpia, justa e irreprochable con vosotros los creyentes.

11 Sabéis que tuvimos con cada uno de vosotros la misma relación que un padre tiene con sus hijos,

12 exhortándoos, animándoos y urgiéndoos a llevar una vida digna del Dios que os ha llamado a su Reino y a su gloria.

13 Por todo ello, no cesamos de dar gracias a Dios, pues, al recibir la Palabra de Dios que os anunciamos, la abrazasteis no como palabra de hombre, sino como lo que es en realidad, como Palabra de Dios, que sigue actuando en vosotros los creyentes.

 

**• Estas palabras del apóstol Pablo ponen claramente de manifiesto que la predicación del Evangelio entre los tesalonicenses se ha convertido ahora en una experiencia común de vida, en una especie de «libro abierto» capaz de hablar a los creyentes el lenguaje de Dios.

Pablo no tiene necesidad de recurrir a argumentaciones refinadas, a demostraciones de tipo filosófico. Le basta con traer a la memoria de sus hermanos en Cristo lo que ha sufrido y trabajado entre ellos, su oficio humilde (tejedor de tiendas) pero digno, que le ha permitido no tener necesidad del favor de nadie, para estar libre de todo y al servicio del Evangelio. Del mismo modo que los discípulos y las muchedumbres habían sido testigos de los «signos» realizados por Jesús, así también la vida misma del apóstol se convierte en signo que da testimonio de la misión que ha recibido de Dios ante los hombres de su tiempo.

Como sello de la autenticidad de tal misión están la gratitud y la alabanza que brotan del corazón de Pablo: el apóstol contempla la obra del Señor que se lleva a cabo a través de su trabajo entre los hombres, restituyéndolos a la dignidad de hijos de Dios. Ésta es la recompensa para quien anuncia el Evangelio, la alegría de las bodas de Cana, del agua transformada en vino, palabra de hombre que el Espíritu transforma, dentro de los corazones, en Palabra que salva.

 

Evangelio: Mateo 23,27-32

En aquel tiempo habló Jesús diciendo:

27 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados: por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muerto y podredumbre!

28 Lo mismo pasa con vosotros: por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de maldad.

29 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y adornáis los mausoleos de los justos!

30 Decís: «Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros antepasados, no habríamos colaborado en la muerte de los profetas».

31 Pero lo que atestiguáis es que sois hijos de quienes mataron a los profetas.

32 ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros antepasados!

 

*• Los sepulcros de los que habla el evangelio de hoy eran en realidad los llamados «osarios», o sea, los lugares donde se guardaban los restos mortales de los difuntos aproximadamente un año después de haber sido enterrados; en esas «moradas» el hombre había perdido ya por completo sus propios rasgos: era sólo un montoncito de huesos, sin forma.

La imagen recuerda de manera poderosa la visión de los «huesos secos» del profeta Ezequiel (cf. Ez 37,1-14), con la diferencia de que aquí los restos mortales están ocultos a la vista por la blancura de la cal de los sepulcros. Del mismo modo, el aspecto imponente de los monumentos levantados a los profetas intenta ocultar las injusticias y las abominaciones realizadas contra ellos por los antepasados. Sepulcros para esconder, monumentos para no recordar, para desviar la atención de algo que, sin embargo, puede ser aún Palabra poderosa de Dios que llama a la conversión, la palabra de los profetas.

 

MEDITATIO

La Palabra de Dios viene a nosotros en la forma débil de una palabra de hombre: un humilde tejedor de tiendas, un profeta incomprendido objeto de burlas y perseguido por sus mismos hermanos, por los hermanos de su pueblo. Una palabra que interpela, pero que deja libre de acoger y reconocer la manifestación de Dios para nosotros.

Cuando alguien acoge la palabra del profeta, ésta obra como lo que verdaderamente es: Palabra de Dios, capaz de hacer volver a la vida, de transformar los huesos secos en carne viva, de volver a dar forma y dignidad allí donde el hombre ha perdido el sentido y la dirección de su propia existencia. Así es la palabra de Pablo para los cristianos de Tesalónica, y su vida es testimonio de una existencia llevada a cabo según el Evangelio.

El fragmento de Mateo presenta, en cambio, la condición de los que se niegan a dejarse interrogar por la Palabra. Éstos son como aquellos sepulcros: están cerrados, perfectamente sellados y «en su sitio», y hasta pueden suscitar admiración con su aspecto imponente. De este modo, no sale la podredumbre, pero al precio de no dejar entrar la vida en ellos, para transformar, para cambiar. Son sepulcros y nada más, «osarios» sin futuro, sin esperanza.

 

ORATIO

Cuántas veces, Señor, nos sentimos «en nuestro sitio», nos atrincheramos tras nuestra respetabilidad, encerramos nuestras pobrezas, nuestros sufrimientos y nuestras desilusiones en una fortaleza construida a base de éxitos, de autosuficiencia, mientras que se van apagando en nosotros poco a poco la alegría de vivir, la confianza en el sentido de las cosas que nos pasan... Entonces te suplicamos: líbranos, Señor, de la autosuficiencia.

Sólo si nos declaramos pobres, sólo si tenemos el valor de descubrir nuestros huesos secos, sólo si dejamos de aislarnos dentro de nuestros sepulcros podremos reconocer y acoger a los mensajeros de tu Palabra, a aquellos que vienen a nosotros sin suscitar clamor, a veces desfigurados por la fatiga y por el sufrimiento, llevando consigo la alegría y la paz de tu evangelio. Que vengan estos mensajeros a soplar en nosotros tu Espíritu, para que a la luz de tu Palabra encontremos en nosotros mismos la pasión por la vida, el coraje de esperar, la certeza de que todo está en tus manos. Nosotros mismos seremos transformados entonces en mensajeros y en testigos de la plenitud de vida que tú das a la humanidad que está en expectativa.

 

CONTEMPLATIO

En nuestros días, hay muchos que se parecen a aquéllos [los escribas y los fariseos hipócritas], bien adornados por fuera, pero por dentro llenos de iniquidad. En verdad también ahora hay quien se atarea y pone gran empeño en limpiar y embellecer el exterior, mientras que se olvida de purificar su alma.

Si fuera posible abrir la conciencia de cada uno, cuántos gusanos, cuánta podredumbre y qué inimaginable hedor encontraríamos allí dentro. Deseos deshonestos y perversos, más sucios que los mismos gusanos (Juan Crisóstomo, Commento al vangelo di Matteo).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No endurezcáis el corazón» (cf. Sal 94,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Hay sitios en los que eres completamente impotente. Sólo quieres curarte a ti mismo, combatir tus tentaciones y seguir siendo dueño de ti. Pero no puedes hacerlo solo. Cada vez que intentas hacerlo te sientes más desanimado. Te ves obligado a reconocer tu impotencia.

La disponibilidad para abandonar el deseo de dominar tu vida revela una cierta confianza. Cuanto más abandones tu obstinada necesidad de conservar el poder, más entrarás en contacto con Aquel que tiene el poder de curarte y de guiarte. Y cuanto más entres en contacto con ese poder divino, más fácil te resultará confesar a los otros y a ti mismo tu fundamental impotencia.

Piensa en ti mismo como si fueras una pequeña semilla plantada en un suelo fértil. Todo lo que tienes que hacer es permanecer allí y confiar en que el terreno contenga todo lo que necesitas para crecer. Este crecimiento se produce también cuando no lo notas. Quédate tranquilo, reconoce tu impotencia y ten fe en que un día te darás cuenta de todo lo que has recibido (H. J. M. Nouwen, La voce dell'amore, Brescia 1997, pp. 50ss, passim [edición española: La voz interior del amor, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1997]).

 

Día 31

 

Jueves de la 21ª semana del  Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 3,7-13

7 Por eso, hermanos, en medio de todas las tribulaciones y congojas que hemos tenido que soportar por vosotros, nos hemos sentido confortados por vuestra fe,

8 hasta el punto de que ahora comenzamos a vivir de nuevo, al saber que vosotros os mantenéis fieles al Señor.

9 ¿Cómo podremos agradecer a Dios suficientemente esta alegría desbordante con la que, gracias a vosotros, nos regocijamos delante de nuestro Dios?

10 Día y noche rogamos a Dios con insistencia que nos conceda veros personalmente para completar lo que aún falta a vuestra fe.

11 ¡Que Dios, nuestro Padre, y Jesús, nuestro Señor, dirijan nuestros pasos hacia vosotros!

12 ¡Que el Señor os haga crecer y sobreabundar en un amor de unos hacia otros y hacia todos tan grande como el que nosotros sentimos por vosotros!

13 En fin, que cuando Jesús, nuestro Señor, se manifieste junto con todos sus elegidos os encuentre interiormente fuertes e irreprochables como consagrados delante de Dios, nuestro Padre.

 

*•• Por fin, al regreso de Tito de la «visita pastoral» a los cristianos de Tesalónica, Pablo consigue tener la confirmación del progreso realizado por éstos en el camino de la fe. Sólo entonces las nubes que oscurecían su ánimo con presentimientos angustiosos dejan el sitio al consuelo, el mismo que puede experimentar el corazón de un padre al saber que sus hijos están bien, que están seguros.

Hay, con todo, un deseo en el corazón de Pablo que espera aún ser escuchado: no estará en paz hasta que haya podido ver de nuevo en persona a la comunidad, reemprendiendo el hilo del diálogo que ciertas circunstancias dolorosas interrumpieron (probablemente fue a causa de la hostilidad de los judíos) al obligar a los misioneros a dejar la ciudad. El amor que el anuncio del Evangelio ha suscitado en el corazón del apóstol es como una espada que lo traspasa día y noche: su mente, sus sentimientos, su memoria, están habitados por una inquietud irreprimible por el bien de aquellos a quienes la Palabra engendró en un tiempo a la vida de la gracia. Ahora lo pone todo en manos de Dios, dándole gracias e intercediendo entre lágrimas, puesto que es el Señor de todo.

Dado que tal amor no procede del hombre, sino que es la presencia misma del Señor en la tierra, la medida de su santidad entre los hombres, Pablo invita a los cristianos de Tesalónica a que se conviertan en imitadores suyos, como él lo es de Cristo: en su caridad todos serán transformados a su imagen, de día en día, hasta que venga el Señor.

 

Evangelio: Mateo 24,42-51

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

42 Así que velad, porque no sabéis qué día llegará vuestro Señor.

43 Tened presente que si el amo de casa supiera a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no le dejaría asaltar su casa.

44 Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora en que menos penséis vendrá el Hijo del hombre.

45 Portaos como el criado fiel y sensato, a quien el amo pone al frente de su servidumbre para que les dé de comer a su debido tiempo.

46 Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe.

47 Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

48 Sin embargo, si ese criado es malo y piensa: «Mi amo tarda»,

49 y se pone a golpear a sus compañeros y a comer y a beber con los borrachos,

50 cuando su amo llegue, el día en que menos lo espera y a la hora en que menos piensa,

51 le castigará con todo rigor y le tratará como se merecen los hipócritas. Entonces llorará y le rechinarán los dientes.

 

**• El tema de la parábola contenida en el capítulo 24 de Mateo es el de la vigilancia, un tema particularmente entrañable al primer evangelio, puesto que la comunidad mateana advierte con preocupación la cuestión del retraso de la parusía. Como ocurre con los cristianos de Pablo, la expectativa de una venida inminente de Cristo glorioso está contradicha por el discurrir del tiempo, marcado por los acontecimientos dolorosos a los que la Iglesia todavía tiene que hacer frente. De ahí que la comunidad pospascual elabore una serie de motivos y topos (de los que las parábolas de los capítulos 24 y 25 de Mateo constituyen un ejemplo) útiles para comunicar el sentido del tiempo que discurre entre la resurrección y la venida del Cristo glorioso.

La parábola se dirige en particular al que ha sido nombrado sustituto por su amo durante el tiempo en que esté ausente. Es un tiempo de prueba en la relación entre el criado y su Señor. La parábola presenta en momentos sucesivos los dos desenlaces opuestos, ambos posibles y separados por un límite sutilísimo. El criado fiel es calificado también de «sensato» (v. 45); en suma, no parece impulsado por motivos morales particulares y no se fía de proceder como si el amo no estuviera, sino que obra como si éste tuviera que volver de un momento a otro.

Sin embargo, es superficial el comportamiento de quien piensa que podrá contar con un tiempo a su propia disposición, en el que podrá disponer de los bienes para su propio disfrute. El momento en el que deberá rendir cuentas vendrá -antes o después- para cada uno (v. 50), y entonces tendrá lugar la recompensa o el castigo, sin términos medios y sin posibilidad de apelación: bienaventuranza para unos, que serán admitidos para el papel de administradores de todos los bienes (v. 47), y desesperación para los otros, a quienes el amo les quitará para siempre todo lo que creían poseer (v. 51).

 

MEDITATIO

Desde el día en que Pablo se puso a sí mismo al servicio del Evangelio, su vida se convirtió en puro don para aquellos que le habían sido confiados: él les pertenece y ellos le pertenecen a él. Éste es el «amor de unos hacia otros y hacia todos», en el que también están invitados a entrar los tesalonicenses. No hay ninguna otra vía para la salvación, no hay ningún otro camino para llevar a su consumación el camino emprendido tras las huellas de Jesucristo: sólo dejándonos transformar por el agapé podremos estar seguros un día de que el Señor, a su venida entre los santos, nos reconocerá como suyos.

La parábola de Mateo tiene su paralelo lucano en el tema del administrador infiel (Lc 12,42ss). Precisamente, esta comparación nos permite poner de manifiesto el vocabulario propio de Mateo, que habla simplemente de «siervo fiel / infiel», subrayando así que todos los protagonistas de la historia dependen de un único amo, que está por encima de todos, tengan o no responsabilidades particulares. Si la tarea de cada dülos («criado») no puede ser más que la de servir y esperar a que vuelva el propietario de los bienes que le han sido confiados –y confiados sólo de una manera temporal-, el Señor tiene, en cambio, la facultad y el derecho de volver a los suyos, a su casa, en cualquier momento. Por eso es preciso que nosotros, los criados, estemos «siempre preparados».

 

ORATIO

Gracias, Señor, por habernos llamado a tu servicio. Nos has entregado los bienes de esta tierra y el cuidado de nuestros hermanos más pequeños; te has fiado de nosotros. Este tiempo es para nosotros un tiempo de prueba: administrar en tu lugar no es tarea fácil. ¿Qué pides de nosotros, Padre de toda sabiduría?

Nos pides que miremos a tu Hijo, Jesús, su misericordia, su sacrificio, recordando sus palabras: «El siervo no es más que su Señor... Os he dado ejemplo para que, como he hecho yo, hagáis también vosotros» {cf. Jn 13,15ss), y vivir en esta solicitud fraterna el tiempo presente como algo que no nos pertenece, hasta tu vuelta a casa.

 

CONTEMPLATIO

Pasarán las cosas visibles y vendrán las que esperamos, más bellas que las actuales. Sin embargo, que nadie indague con curiosidad el momento: «No os corresponde a vosotros», dice el Señor, «saber los tiempos y los momentos que el Padre ha establecido por su propia autoridad» (Hch 1,7). Y no hay que tener el atrevimiento de dormirse con una indolente negligencia.

Dice aún, en efecto: «Vigilad, porque el Hijo del hombre viene en una hora en que no lo esperáis» (Mt 24,42.44). Ahora bien, dado que convenía que nosotros conociéramos las señales del fin, y a fin de que esperáramos a Cristo, movidos por un impulso divino, los apóstoles van al Maestro de una manera providencial y le preguntan: «Dinos cuándo ocurrirá esto y cuál será la señal de tu venida y del fin de este mundo» (Mt 24,3). Esperamos de nuevo que vengas. Asegúranos, por tanto, a fin de que no adoremos a alguien en tu lugar, dicen. Abriendo su divina y bienaventurada boca, les respondió: «Cuidad de que nadie os engañe» (Mt 24,4).

No se trata, por consiguiente, de una historia de acontecimientos pasados, sino que es una profecía de los futuros, que a buen seguro acontecerán. Nosotros no profetizamos, porque no somos dignos de ello, pero presentamos las profecías escritas e indicamos las señales que las indican. Mira tú cuáles son las que ya se han cumplido y cuáles quedan aún por cumplirse. Y mantente en guardia (Cirilo de Jerusalén, «Catechesi XV agli illuminandi» 4, en Catechesi prebattesimali e mistagogiche, Milán 1994, pp. 458ss, passim [edición española: Catequesis, Desclée de Brouwer, Bilbao 1994]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Enséñanos, Señor, a contar nuestros días» (Sal 89,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nuestra vida es una breve oportunidad de decir «sí» al amor de Dios. La muerte es la definitiva ida a casa, a ese amor. ¿Deseamos realmente ir a casa? Parece como si la mayor parte de nuestros esfuerzos estuvieran encaminados a aplazar todo lo posible esta ida a casa.

Escribiendo a los cristianos de Filipos, el apóstol Pablo muestra una actitud radicalmente diferente. Dice: «Desearía haber partido y estar ya con Cristo; éste es, con mucho, mi mayor deseo. No obstante, por vosotros, lo que más me urge es seguir vivo en este cuerpo». El deseo más profundo de Pablo es estar completamente unido a Dios por medio de Cristo, y este deseo le hace mirar la muerte como una «ganancia». Su otro deseo, sin embargo, es seguir vivo en su cuerpo y llevar a cabo su misión. Esto Fe ofrece una oportunidad para hacer un trabajo fructífero (H. J. M. Nouwen, Aquí y ahora. Viviendo en el Espíritu, San Pablo, Madrid '1995, pp. 149).