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LECTIO DIVINA SEPTIEMBRE DE 2017

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Viernes de la 21ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 4,1-8

1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y os exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que pongáis en práctica lo que aprendisteis de nosotros en lo que al comportaros y agradar al Señor se refiere, para que progreséis más y más cada día.

2 Sabéis qué normas os dimos de parte de Jesús, el Señor.

3 Porque ésta es la voluntad de Dios: que viváis como consagrados a él y huyáis de la impureza.

4 Que cada uno de vosotros viva santa y decorosamente con su mujer,

5 sin dejarse arrastrar por la pasión, como se dejan arrastrar los paganos, que no conocen a Dios.

6 Y que en este punto nadie haga injuria o agravio a su hermano, porque el Señor toma venganza de todo esto,  como ya os lo dejamos dicho y recalcado.

7 Pues no nos llamó Dios a vivir impuramente, sino como consagrados a él. 8 Por tanto, el que desprecia esta norma de conducta no desprecia a un hombre, sino a Dios, que es quien os da su Espíritu Santo.

 

**• Tras haber recordado el pasado, agradeciendo a Dios todo lo que ha tenido a bien obrar en la comunidad, Pablo mira ahora hacia el futuro. Para ello recurre sobre todo al lenguaje de la exhortación.

La «santificación» (haghiasmós) de la que se habla en este fragmento de la carta consiste precisamente en el proceso que tiene como resultado final la haghiosyne, o sea, la «santificación» auténtica. Nos encontramos en la definición de una actividad que todavía está en pleno desarrollo, en la que concurren, por un lado, el compromiso y la libre adhesión del creyente y, por otro, la obra del Espíritu Santo, que interviene configurando a la criatura a imagen de Dios. Todo esto tiene lugar en el «cuerpo» del hombre, está inscrito en su carne y habla el lenguaje que le corresponde desde la creación.

El santo, por consiguiente, no es alguien que viva fuera de la realidad terrena, en una dimensión inmaterial. Es más bien alguien que toma sobre sí, día a día, la voluntad de Dios, haciendo que toda su vida se adhiera a ella. El tema de la pornéia se refiere a todo lo que tiene que ver con las pasiones carnales en el ámbito sexual; se trata, por tanto, de algo muy concreto en lo que el cristiano está llamado a practicar una opción que va a contracorriente, según la mentalidad del tiempo, y a custodiar su cuerpo como un don recibido de Dios, preparándolo ya desde ahora para recibir en plenitud el Espíritu Santo en la vida eterna.

 

Evangelio: Mateo 25,1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

1 Sucede con el Reino de los Cielos lo que con aquellas diez jóvenes que salieron con sus lámparas al encuentro del esposo.

2 Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas.

3 Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite,

4 mientras que las sensatas llevaron aceite en las alcuzas, junto con las lámparas.

5 Como el esposo tardaba, les entró sueño y se durmieron.

6 A medianoche se oyó un grito: «Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro».

7 Todas las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.

8 Las necias dijeron a las sensatas: «Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan».

9 Las sensatas respondieron: «Como no vamos a tener bastante para nosotras y vosotras, será mejor que vayáis a los vendedores y os lo compréis».

10 Mientras iban a comprarlo, vino el esposo. Las que estaban preparadas entraron con él a la boda y se cerró la puerta.

11 Más tarde llegaron también las otras jóvenes diciendo: «Señor, señor, ábrenos».

12 Pero él respondió: «Os aseguro que no os conozco».

13 Así pues, vigilad, porque no sabéis el día ni la hora.

 

 

**• También esta parábola gira en torno al tema de la vigilancia, como confirma la invitación final: «Así pues, vigilad, porque no sabéis ni el día ni la hora» (v. 13). Sin embargo, ésta, en su procedimiento narrativo, contiene ciertas particularidades que la hacen única.

En primer lugar, el escenario nupcial: la fiesta por excelencia, en el Antiguo Oriente, es la que se celebra con ocasión de las bodas. En ella todo debe concurrir a comunicar el lenguaje de la alegría y de la vida. El banquete, las luces, los trajes, la música, las danzas y, no precisamente en último lugar, el cortejo nupcial que acompaña al esposo a lo largo del camino: todo está al servicio de los esposos, todo se hace en su honor. Sabemos por el evangelio que la falta de vino (cf. el episodio de las bodas de Cana: Jn 2,lss) podía representar un grave motivo de vergüenza y de vituperio para la familia recién constituida, pues era como decir que no estaba en condiciones de ocupar el puesto que se le había asignado en la comunidad.

No era anormal que el esposo se retrasara bastante; tal como discurren las cosas en Oriente, no es posible prever con certeza en estas ocasiones un tiempo para su llegada, y por eso era justificable el adormecimiento después de horas y horas de espera en el camino. Pero la luz de las lámparas debía permanecer encendida para salir al encuentro del esposo en el momento en que se señalara su presencia. Sólo las jóvenes sensatas estarán preparadas en el momento oportuno, mientras que las otras, al ver languidecer la luz de sus lámparas, no podrán hacer otra cosa que ir en busca de aceite, en un último intento desesperado... aunque inútil.

Llega el esposo, se forma el cortejo, entra en el banquete, se cierra la puerta. El llanto de las excluidas obtiene como respuesta un «os aseguro que no os conozco» (v. 12), expresión que subraya la distancia, la interrupción de las relaciones, la no comunión entre ellas y el esposo.

 

MEDITATIO

Lo que está en juego en una ceremonia nupcial es, en cierto modo, el equilibrio de toda una sociedad, la sociedad tradicional, con su división y respeto de los papeles asignados desde siempre. Ésa es la razón de que las jóvenes del cortejo nupcial que se olvidaron del aceite de reserva para las lámparas sean llamadas «necias»: han olvidado lo que está en juego, han despreciado el sentido del estar juntos.

También a los cristianos les acecha fuertemente el riesgo de perder de vista la meta, el fin del camino: la busca afanosa del éxito, la posesión de cosas, la satisfacción de las pasiones, todo lo que atrae a «nuestra carne» nos distrae e induce un sueño profundo en el alma. Hemos olvidado que la vida es expectativa, que debemos vigilar nuestras lámparas, porque lo que está en juego es la salvación definitiva. Olvidarlo significa despreciar a Dios mismo (cf. 1 Tes 4,8).

Con el espíritu estamos llamados a determinar la meta: Jesús. Con la mente, a prever lo necesario para la espera o todas las virtudes cristianas. Con el cuerpo, a actualizar la vigilancia en el presente, a través de la renuncia a gestos, palabras e imágenes que nos hagan olvidar

quiénes somos, por dónde estamos andando. La santidad consiste en vivir el momento presente como si fuera el último, el instante en que llegará el esposo. Es  salirle al encuentro en una carrera que dura toda la vida.

 

ORATIO

Cuando se oiga el grito: «Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro», queremos estar preparados, Señor. Como jóvenes que esperan participar en la fiesta de su vida, la esperada e imaginada desde hace mucho tiempo, no queremos faltar a la cita.

Hoy te prometemos, solemnemente, que estaremos allí. Allí nos encontrarás, a lo largo de tu camino, y seremos tu cortejo de honor... Ahora bien, velar es fatigoso, estar preparados en el momento oportuno requiere una atención constante, disciplina del cuerpo y de la mente. Nuestra debilidad es grande; tú conoces, oh Dios, la fragilidad de nuestra carne. Envía, pues, oh Padre, tu santo Espíritu para que vele sobre nosotros, para que no sea en vano nuestra espera del día glorioso de tu Hijo.

 

CONTEMPLATIO

«Llamad y se os abrirá», dice el Señor justamente (Mt 7,7c). El Señor nos ordena que llamemos a la puerta de la vida y a los batientes del Reino de los Cielos.

Pues si, al pedir lo que es santo, lo recibimos y, buscando lo que es celestial, lo encontramos, fácilmente –si nos preceden los méritos de la fe- también cuando llamemos se abrirá la puerta del Reino de los Cielos. No se abre, en efecto, a todos, sino sólo a aquellos que están recomendados por justos méritos y por una vida adornada por una conducta íntegra. No por casualidad hemos leído que las bien conocidas vírgenes necias y negligentes llamaron también para entrar. Dijeron, en efecto: «Señor, señor, ábrenos» (Mt 25,11). Pero éste les respondió: «Alejaos de mí. Os aseguro que no os conozco» (Mt 25,12). Así pues, a fin de que el Señor, cuando llamemos a la puerta, se digne abrirnos, hemos de abrirle antes nosotros mismos nuestro corazón a él, que nos llama. El mismo Señor, en efecto, dice así en el Apocalipsis: «Mira que estoy llamando a la puerta. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Por consiguiente, si abrimos con fidelidad nuestros corazones al Señor que llama, no cabe duda de que también él, cuando seamos nosotros quienes llamemos, se dignará abrirnos los batientes del Reino de los Cielos (Cromacio de Aquileya, Comentario al evangelio según Mateo XXXIII, 4ss, passini).

 

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Así pues, vigilad» (Mt 25,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Una vez más, se nos presenta el reto de mirar nuestra vida desde arriba. Cuando Jesús ha venido a ofrecernos la plena comunión con Dios, haciéndonos partícipes de su muerte y resurrección, ¿qué otra cosa podemos desear, sino dejar nuestros cuerpos mortales para alcanzar la meta final de nuestra existencia?

La única razón que puede haber para permanecer en este valle de lágrimas es continuar la misión de Jesús, que nos ha enviado al mundo como su Padre lo envió al mundo. Mirada desde arriba, esta vida es una misión corta y a menudo doloroso, llena de ocasiones de trabajar en favor del Reino de Dios, y la muerte es la puerta abierta que nos conduce a la sala del banquete, donde el mismo rey nos servirá. Esto parece que es vivir poniéndolo todo del revés. Pero es el camino de Jesús y el camino que nosotros tenemos que seguir. No hay nada morboso en esto. Al contrario, es una visión alegre de la vida y de la muerte. Mientras estemos en nuestro cuerpo, ocupémonos del cuerpo, de manera que podamos llevar la paz y la alegría del Reino de Dios a aquellos con quienes nos encontramos a lo largo del viaje. Pero cuando llegue el momento de nuestra muerte, alegrémonos de poder entrar en casa y unirnos a quien nos llama «amados» (H. J. M. Nouwen, Aquí y ahora. Viviendo en el Espíritu, San Pablo, Madrid 41995, pp. 149-150).

 

 

 

Día 2

Sábado de la 21ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 4,9-12

Hermanos:

9 Sobre el amor fraterno no tenéis necesidad de que os diga nada por escrito, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios a amaros los unos a los otros.

10 Y así lo practicáis con todos los hermanos que residen en Macedonia. Sin embargo, hermanos, os exhortamos a que progreséis más y más

11 y a que os apliquéis a vivir pacíficamente, ocupándoos cada uno en lo vuestro y trabajando con vuestras propias manos como os lo tenemos recomendado.

12 Así os ganaréis el respeto de los que no son cristianos y no tendréis necesidad de nadie.

 

** La caridad descrita por Pablo en este pasaje de la primera carta a los Tesalonicenses tiene un carácter específico que dice mucho sobre la naturaleza de la santidad cristiana. Amarse los unos a los otros, poner en práctica el «amor fraterno», significa, en primer lugar, «vivir pacíficamente» (v. 11), o sea, no ir en busca de pretextos para litigios y choques en el interior de la comunidad. Más concretamente aún, «ocuparse cada uno de lo suyo» (cf v. 11): la enemistad surge con frecuencia de  las habladurías, de la intromisión en los asuntos de los otros, del hablar fútil de la gente.

«.Trabajando con vuestras propias manos» (v. 11) significa hacer que vayan bien las cosas que tienen que ver con nosotros, de modo particular en el oficio que se nos ha encargado. La anotación «con vuestras propias manos » podría pretender poner el acento en la nobleza del trabajo manual, el mismo que desarrollaba Pablo (probablemente, tejía tiendas), a pesar de ser despreciado por los que lo consideraban cosa de esclavos y preferían dedicarse al ocio para no ensuciarse las manos. Es el ocio lo que engendra las malas tendencias en la comunidad, como en cualquier otra sociedad humana. Pablo lo sabe y por eso da una orden precisa al respecto. Motivo: dar testimonio, ante los no creyentes, de la integridad de la opción cristiana, con una vida ordenada y activa, y dar testimonio del amor, ante los hermanos en la fe, de una manera concreta, que empieza por no ser una carga para nadie.

 

Evangelio: Mateo 25,14-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

14 Sucede también con el Reino de los Cielos lo que con aquel hombre que, al ausentarse, llamó a sus criados y les encomendó su hacienda.

15 A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada uno según su capacidad, y se ausentó.

16 El que había recibido cinco talentos fue a negociar en seguida con ellos y ganó otros cinco.

17 Asimismo, el que tenía dos ganó otros dos.

18 Pero el que había recibido uno solo fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

19 Después de mucho tiempo, volvió el amo y pidió cuentas a sus criados.

20 Se acercó el que había recibido cinco talentos, llevando otros cinco, y dijo: «Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado».

21 Su amo le dijo: «Bien, criado bueno y fiel; como fuiste fiel en cosa de poco, te pondré al frente de mucho: entra en el gozo de tu señor».

22 Llegó también el de los dos talentos y dijo: «Señor, dos talentos me entregaste, aquí tienes otros dos que he ganado».

23 Su amo le dijo: «Bien, criado bueno y fiel; como fuiste fiel en cosa de poco, te pondré al frente de mucho: entra en el gozo de tu señor».

24 Se acercó finalmente el que sólo había recibido un talento y dijo: «Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste;

25 tuve miedo y escondí tu talento en tierra; aquí tienes lo tuyo».

26 Su amo le respondió: «¡Criado malvado y perezoso! ¿No sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí?

27 Debías haber puesto mi dinero en el banco y, al volver, yo habría retirado mi dinero con los intereses.

28 Así que quitadle a él el talento y dádselo al que tiene diez.

29 Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá de sobra, pero al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitará.

30 Y a ese criado inútil arrojadlo fuera a las tinieblas. Allí llorará y le rechinarán los dientes».

 

**• La situación descrita presenta un cuadro bastante familiar en las costumbres domésticas del antiguo Próximo Oriente, a no ser por un detalle particular: la enormidad de las cantidades confiadas a los criados, lo que hace pensar en un Señor grande y confiere más peso al juicio final.

Era costumbre que el amo que salía para un largo viaje confiara sus riquezas a los más fieles de sus siervos. El dinero lo confiaba a los más despabilados, a los que pudieran hacer buenos negocios que beneficiaran al señor. No debe extrañarnos que se otorgara tanta confianza a unos simples esclavos: no era raro que éstos fueran personas de cierta cultura y capacidad, como atestigua la misma Biblia (pensemos, por ejemplo, en José en Egipto, que se convirtió en administrador de todos los bienes del faraón: cf. Gn 37ss). El hombre de la parábola distribuye, en efecto, su dinero en función de las capacidades que atribuye a sus criados (v. 15) y es obvio que en los tres casos espera que éstos lo hagan fructificar con los medios lícitos que tienen a su disposición (el más común: una especie de «depósito bancario»; cf. v. 27).

Mientras que la obra de los dos primeros criados no suscita ningún asombro particular (hacen lo que el amo esperaba de ellos), la obra del tercero aparece como algo insensato. ¿Qué significa el gesto de enterrar el talento? Según la legislación rabínica, si alguien robaba el dinero enterrado no tenía que ser restituido a su legítimo propietario, por lo que tal vez el criado pensaba ponerse así al abrigo de posibles sorpresas desagradables. Ciertamente, no parece tomarse a pecho la causa de su rico señor. De este siervo no sabemos nada, pero sí sabemos lo que no le interesa: hacer negocios para su Señor. El motivo del miedo (v. 25) parece más bien una excusa aducida para justificar la ineptitud de su comportamiento, pues lo que alega es también contradictorio (cf. v. 26: si el siervo hubiera tenido miedo de verdad, habría tenido un motivo más para despabilarse y desviar de él la ira de su amo). La sentencia final (w. 28-30) proyecta el relato sobre el fondo del juicio escatológico.

 

MEDITATIO

El evangelio de Mateo trata una vez más de la cuestión del tiempo que transcurre entre la pascua y el fin de los tiempos; en particular, del uso que hacemos del mismo. El tiempo de la ausencia del amo no puede ser un pretexto para vivir de manera ociosa, sin hacer nada.

No, se trata más bien de un ámbito útil para hacer fructificar los bienes que nos han sido entregados. Una vida entregada al servicio es una vida útil y rica de sentido. La santidad a la que está llamado el creyente consiste en poner en acto las propias capacidades, por pequeñas o grandes que sean, para beneficio de la comunidad. Comunidad de creyentes, antes que nada, donde cada uno está llamado a dar pruebas de la entrega de sí mismo para el bien del hermano. Pero también comunidad

civil, en la que el cristiano puede aportar unos valores que confieren sentido al vivir entre los hombres.

La historia es testigo de cómo han encarnado los cristianos, en las diferentes épocas, la exhortación bíblica a trabajar con nuestras propias manos. De este trabajo ha resultado la edificación de la sociedad, la impregnación de la cultura, en particular la occidental, de los valores cristianos. Todavía hoy se distinguen los cristianos en el mundo (pensemos en los países del Tercer Mundo) por su participación en el esfuerzo destinado a llevar una vida decorosa para ellos y para sus propios hijos. Todo eso demuestra que quien encarna el espíritu del Evangelio es una persona que se toma a pecho el bien de sus hermanos en la fe y el de todos los hombres, contribuyendo así a la venida del Reino de Dios a la tierra.

 

ORATIO

Oh Padre, te damos gracias por habernos llamado a construir tu Reino: a cada uno de nosotros le has confiado una tarea, según sus capacidades. Sólo nos pides una cosa, no permanecer inertes, no dejarnos vencer por el desánimo y por la desconfianza. «¿Para qué esforzarse tanto, si no sirve para nada?», parecen decir muchos cristianos de hoy, confundidos entre la masa de los que se dejan vivir y piden a los otros que se encarguen de la tarea de construir la sociedad.

Tú, en cambio, Señor, nos quieres activos, dispuestos a arriesgar en primera persona en tu lugar, por ti, como los siervos de la parábola que recibieron el mandato de su señor. Sí, porque tú has sido capaz, has querido arriesgar; te pusiste en juego cuando decidiste nacer del seno de una mujer y no te echaste atrás frente al desprecio y a la muerte: hiciste tu parte como hombre, en esta tierra, en tu tiempo. Ahora nos toca a nosotros, para que tu nombre sea glorificado para siempre entre los hombres.

 

CONTEMPLATIO

Si lo consideramos bien, hermanos, nuestro oficio [episcopal] es en verdad un comercio, y la función del ministerio sacerdotal es, en cierto sentido, la de un comercio espiritual [...]. Más aún, la tarea de todos los cristianos es una especie de negocio, y la función de los sacerdotes es un comercio precioso. Todos hemos recibido, en efecto, los dones del Señor, es decir, las palabras del Salvador, para distribuirlas a la gente. Y a estas palabras se refiere el Señor en el Evangelio cuando habla a aquel obstinado e incapaz negociante: «¡Criado malvado y perezoso! Debías haber puesto mi dinero en el banco y, al volver, yo habría retirado mi dinero con los intereses» {cf Mt 25,26ss). Se le reprocha haber custodiado callando los preceptos del Señor que le habían sido confiados, siendo que debía haberlos multiplicado con la predicación.

Se le reprocha -repito- no haber sembrado distribuyendo las enseñanzas para poder recoger en la cosecha. Dice, por tanto, el Señor: «Y, al volver, yo habría retirado mi dinero con los intereses». Comprende, pues, que se trata de un comercio, en el que se exige un interés a título de rédito. Pero no el interés mediante el cual se apacigua el ánimo de los avaros con la restitución lucrosa del dinero, en la que se salda la deuda al acreedor sin extinguirla nunca, sino que se exige el interés en el que se computa la calidad de la conducta, en el que se indaga sobre el «capital» de la salvación. Somos, en efecto, deudores, y estamos ligados a la deuda no por una letra de cambio escrita, sino por la de los pecados. De este [tipo de] deudor hace mención el Señor en el evangelio cuando dice que debe ser entregado al recaudador, echado en la cárcel y no ser liberado hasta que no pague el último céntimo {cf. Mt 5,25ss) (Máximo de Lyon, Sermoni XXVII, lss, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Bien, criado bueno y fiel: entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,21.23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La espera no es una actitud muy popular. La espera no es algo en lo que la gente piensa con gran simpatía. En efecto, la mayoría de la gente considera la espera como una pérdida de tiempo. Para muchos, la espera es un desierto árido que se extiende entre el lugar en que se encuentran y aquel al que quieren ir. Y a la gente no le gusta demasiado un lugar así.

En realidad la espera es activa, La mayoría de nosotros piensa en la espera como algo muy pasivo, como un estado sin esperanza determinado por acontecimientos completamente fuera de nuestras manos. ¿Se retrasa el autobús? No podemos hacer nada, no nos queda más remedio que sentarnos y esperar. Sin embargo, no hay nada de esta pasividad cuando se nos habla en la Escritura de espera. Los que están a la espera están llamados a hacerlo de una manera activa. Espera significa estar plenamente presentes en el momento, con la convicción de que algo está sucediendo allí donde te encuentras y que quieres estar presente en ese momento. Una persona que está esperando es alguien que está presente en el momento, que cree que ese momento es el momento. Entonces la espera no es pasiva. Incluye alimentar ese momento, como una madre alimenta al niño que está creciendo en su seno. Es mantenerse vigilantes, atentos a la voz que dice al hablar: «¡No temáis! Va a suceder algo. Prestad atención».

Esperar en tiempo indeterminado es una actitud enormemente radical hacia la vida. Es tener confianza en que nos sucederá algo que está mucho más allá de nuestra imaginación. Es abandonar el control de nuestro futuro y dejar que sea Dios quien determine nuestra vida. La vida espiritual es una vida en la que esperamos, en la que estamos a la espera, activamente presentes en el momento, esperando que nos sucedan cosas nuevas, cosas nuevas que están mucho más allá de nuestra capacidad de previsión. Esta es la razón por la que Simone Weil, una escritora judía, ha dicho: «Esperar pacientemente con esperanza es el fundamento de la vida espiritual» (H. J. M. Nouwen, // sentiero dell'attesa, Brescia 21997, pp. 6-18, pass/m).

 

 

Día 3

22° domingo del tiempo ordinario

 

San Gregorio Magno fue un hombre de acción, dotado de una rica personalidad y de un carácter amable. Nació en el año 540 en el seno de la familia senatorial de los Anicii. Fue primero prefecto de Roma, después monje benedictino, representante del papa en Constantinopla y, por último, papa en unos tiempos particularmente difíciles, a saber: durante las persecuciones de los bárbaros.

Desempeñó un gran papel en la Iglesia como organizador de la vida religiosa -en particular en el aspecto litúrgico- y también como escritor. Como buen administrador, estuvo atento tanto a los asuntos sociales y políticos como a las cuestiones internas de la vida de la Iglesia universal. Tienen una importancia particular sus homilías, sus obras exegéticas, las cartas y el famoso Libro de la regla pastoral. Es uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia occidental, por haber prestado una particular atención al hablar y escribir sobre el misterio de la Palabra de Dios. Murió en Roma en el año 604.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 20,7-9

7 Tú me sedujiste, Señor y yo me dejé seducir; me has violentado y me has podido. Se ríen de mi sin cesar, todo el mundo se burla de mi.

8 Cada vez que hablo tengo que gritar y anunciar: <<Violencia y 0presión». La Palabra del Señor se ha convertido para mi en constante motivo de burla e irrisión.

9 Yo me decía: <<No pensaré más en él, no hablaré más en su nombre». Pero era dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos; me esforzaba en contenerlo, pero no podía.

 

•• El texto está tomado de la última de las <<Confesiones» de Jeremías, interpoladas entre los capítulos precedentes del libro (cc. 11; 15; 17; 18), donde mejor aflora la compleja personalidad del profeta, incomprendido y perseguido. Una lectura completa de la perícopa, hasta el v. 18, ilustraría mejor la variedad de sentimientos que afligen y desgarran al profeta (algo irrefrenable: adentro de mi era como un fuego devorador, (cf v 9).

Describe a Dios como un seductor violento y poderoso; según el profeta, Dios, y no otro, es el origen y la causa de todas las desdichas de su vida <<maldito el día en que nací», v. 14), Aquella palabra irresistible, que en otro tiempo Jeremías devoraba con avidez y era la delicia de su corazón (Jr 15,16), ahora se ha convertido en motivo de burla e irrisión. Desertar de la misión profética es como querer apagar en su propio corazón el ardor de la llama divina: es imposible.

 

Segunda lectura: Romanos 12,1-2

1 Os pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que os ofrezcáis como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser vuestro auténtico culto.

2 No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior, para que podáis descubrir cual es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

 

Al final de la sección dedicada al tema de la salvación, Pablo concluía que la misericordia divina es el motor del plan salvador de Dios para judíos y gentiles, para todos. Ahora, en nombre de la misericordia de Dios -gancho introductorio de la ultima parte de la carta, de índole exhortativa—, y en respuesta a la gracia recibida, Pablo anima a los hermanos en la fe para que le den a la vida una dimensión sacra y sacrificial. El culto Espiritual (literalmente, loghikós; <<¡según el Logos!»), realizado en el Espíritu del Resucitado, conlleva que nos presentemos delante del Señor (el verbo tiene resonancias esponsalicias) en la globalidad y en la concreción (<<cuerpo») de lo que somos, como sacrificio <<vivo, Santo y agradable a Dios». No se trata de ofrecer sacrificios sustitutivos de víctimas animales en lugar de ofrendas humanas, sino de ofrecerse en sacrificio, y el Espíritu de adopción filial, infundido en nuestros corazónes, transformara el <<sacrificio>> en <<santo y agradable a Dios». Las consecuencias de una orientación de vida semejante nos defienden, por un lado, del <<Conformismo >> frente a la mentalidad del mundo presente, que se sitúa en las antípodas de las enseñanzas evangélicas, y por el otro, nos permiten realizar la <<metamorfosis>>, que comporta la renovación de la mente (la metánoia evangélica). Así se consigue el auténtico discernimiento, cuyo fruto consiste en hacer cuanto es bueno, agradable y perfecto ante Dios; esto es, el cumplimiento de la voluntad divina.

 

Evangelio: Mateo 16,21-27

21 Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y que tenía que sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley; que lo matarían y al tercer día resucitaría,

22 Entonces Pedro, tomándolo aparte, se puso a recriminarle:

- Dios no lo quiera, Señor; no te ocurrirá eso.

23 Pero Jesús, volviéndose, dijo a Pedro:

- ¡Pónte detrás de mi, Satanás! Eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres.

24 Y dirigiéndose a sus discípulos, añadió:

- Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a si mismo, cargue con su cruz y me siga.

25 Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la conservará.

26 Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida? O ¿qué puede dar a cambio de su vida?

27 El Hijo del hombre está a punto de venir con la gloria de su Padre y con sus ángeles. Entonces tratará a cada uno según su conducta.

 

Con el reconocimiento del mesianismo de Jesús se abre una nueva etapa en el Camino del evangelio. Mateo lo subraya: <<Desde entonces comenzó Jesús...>> (v. 21) a mostrarles con claridad el destino que le esperaba: el rechazo (<<sufrir mucho») por parte de las autoridades judías que constituían el sanedrín (<<los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley »), la muerte ignominiosa (<<lo matarían>>) y, finalmente, la resurrección (v. 21).

Afrontar un destino semejante es un deber (<<tenía que ir a... »), una necesidad ineludible que entra en la lógica de la encarnación: compartir hasta el final el camino del hombre pecador. Jesús reproduce con exactitud la antigua profecía del siervo sufriente.

La primera oposición a la meta de Jesús nace desde dentro del grupo de los discípulos. Antes, Pedro, por revelación del Padre, se erigió en portavoz del mesianismo de Jesús; ahora, haciendo valer sus credenciales ante el Maestro, explaya su humanidad (<<carne y sangre», Mt 16,17), pretende evitar una misión cuyo resultado es tan desconcertante como ofensivo. Y reacciona <<tomándolo aparte» (v. 22); Cristo quiere restituir la situación y, públicamente, corrige al apóstol. Reconoce en la propuesta de Pedro la presencia del Tentador y rechaza la tentación con la misma rotundidad que lo había hecho durante su estancia en el desierto: <<¡Satanás! Eres para mi un obstáculo» (M 23; cf Mt 4,10).

La incomprensión de los discípulos pende como una espada de Damocles sobre el seguimiento y culminará con la traición de Judas y la negación de Pedro, quien en esta ocasión <<no ha tenido los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús» (cf Flp 2,5). Llegado el momento, Cristo explica su elección: la vida (¡el alma!) se salva haciéndola don y ofrenda. Si la vida tiene un valor absoluto, la vida es la condición imprescindible del seguimiento (cf Mt 10,38ss, donde aparecen los mismos versículos).

 

MEDITATIO

Podemos releer el presente fragmento evangélico a la luz del testimonio de Jeremías y la exhortación de Pablo y transformar la vida en un sacrificio Espiritual en constante discernimiento.

Cristo, figura del profeta perseguido (cf Mt 16,14: <<...otros que Jeremías), después del discernimiento madurado en la soledad del desierto y del reconocimiento de su mesianismo por boca de Pedro, quiere abrir la mente de los apóstoles al sentido profundo de su misión, según el oráculo del siervo sufriente de Isaías. El camino de la salvación nunca puede ser el

de la perdición, pues la desobediencia primera ha sido reemplazada con la obediencia incondicional al designio divino, que ha tomado cuerpo con la encarnación.

El Verbo hecho carne, una vez que asume la naturaleza humana y se adentra en la maraña de la historia, tiene que acoger hasta el final la trayectoria connatural de los acontecimientos humanos. En el caminar de su vida ve reflejado el significado profundo de la existencia humana, llamada a realizarse en la donación de si misma. Y es en esta ofrenda, realizada en la cotidianeidad de la vida, donde el hombre celebra el auténtico culto Espiritual.

 

ORATIO

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad,

mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad,

todo mi haber y poseer

Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno.

Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad.

Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

(Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 234).

 

CONTEMPLATIO

Hijo, no puedes poseer libertad perfecta si no te niegas del todo a ti mismo.

En prisiones están todos los ricos y amadores de si mismos, los codiciosos, ociosos y vagabundos, y los que buscan siempre las cosas de gusto y no las de Jesucristo, sino que antes componen e inventan muchas veces lo que no ha de durar.

Porque todo lo que no procede de Dios perecerá.

Imprime en tu alma esta breve y perfectísima máxima: Déjalo todo, y lo hallarás todo; deja tu apetito, y hallarás sosiego.

Reflexiona bien esto y, cuando lo cumplieres, lo entenderás todo.

Señor, no es ésta obra de un día, ni juego de niños; antes en tan breve sentencia se encierra toda la perfección religiosa.

Hijo, no debes volver atrás, ni decaer presto en oyendo el camino de los perfectos; antes debes esforzarte para cosas mas altas o, a lo menos, aspirar a ellas con deseo.

¡Ojalá hubieses llegado a tanto que no fueses amador de ti mismo y estuvieses dispuesto puramente a mi voluntad y a la del superior que te he dado! Entonces me agradarías sobremanera y toda tu vida correría gozosa y pacífica.

Aún tienes mucho que dejar; que si no lo renuncias enteramente, no alcanzarás lo que me pides (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 32,1-3).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Dáme, Señor los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (cf Flp 2,5)a

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

<<Aprende a despreciar las cosas exteriores y dirigirte a las interiores y verás venir el Reino de Dios a ti>> (Imitación de Cristo, 2,1).  Se trata de separarse, y con fuerza, de esa exterioridad en que queda aprisionada y reducida la vida del hombre, para volverse y renovar el interior, eso interioridad que caracteriza al hombre. El logro de una conquista semejante requiere distanciamiento de las cosas exteriores, yo que mientras estés ocupado en ellas no puedes pensar en ti: Cristo vendrá a ti si le has reparado en tu interior una digna vivienda; por eso el autor de la Imitación te sugiere insistentemente: hazle sitio en tu interior a Cristo y niégale la entrada a todo lo demás. ¿Cuántos desapegos no están incluidos en <<todo lo demás»!

Desapego de las cosas, de todas las cosas a las que a veces se apega nuestro corazón inadvertidamente y que nos impiden adherirnos totalmente a Cristo; desapego de los lugares a los que fácilmente el corazón se vincula bajo la apariencia de bien; desapego de las personas, en el sentido de que los afectos no obstaculicen el triunfo de Cristo en nosotros ni se lo impidan a los demás... (G. Luzzcnti, Il Regno di Dio é in mezzo o noi, I, Milán, 1976, Wss).

 

 

 

Día 4

Lunes de la 22ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 4,13-18

13 No queremos, hermanos, dejaros en la ignorancia acerca de los que han muerto, para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza.

14 Nosotros creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado y que, por tanto, Dios llevará consigo a los que han muerto unidos a Jesús.

15 Y esto es lo que os decimos como palabra del Señor: Que nosotros, los que estamos vivos, los que aún quedamos, cuando venga el Señor no tendremos preferencia sobre los que han muerto.

16 Pues cuando se dé la orden, cuando se oiga la voz del arcángel y resuene la trompeta divina, el Señor mismo bajará del cielo, y los que murieron unidos a Cristo resucitarán en primer lugar.

17 Después nosotros, los que aún quedamos vivos, seremos arrebatados junto con ellos entre nubes y saldremos por los aires al encuentro del Señor. De este modo estaremos siempre con el Señor.

18 Consolaos, pues, unos a otros con estas palabras.

 

**• Con la lectura de hoy, la primera carta a los Colosenses entra de lleno en la cuestión escatológica, cuestión a la que tiende todo el escrito. Pablo realiza uno de los pocos intentos de la literatura neotestamentaria de describir el retorno del Señor, el día de la parusía. El lenguaje al que recurre es el lenguaje estereotipado de la literatura apocalíptica: la voz del arcángel Miguel, que asistirá a Dios en su juicio, el toque de trompeta, la bajada del cielo y la ascensión posterior entre nubes, en el aire, con el cortejo formado por los bienaventurados; como siempre, el lenguaje apocalíptico recurre a una serie de imágenes que han de ser descodificadas como auténticas metáforas. La orden celestial (voz del arcángel y toque de la trompeta divina) indica que el tiempo de la venida de Cristo es un tiempo fijado, un kairós que tendrá lugar en la historia según un designio preciso.

Ese proyecto puede ser intuido, podemos entreverlo por inspiración divina, pero, en última instancia, permanece escondido en las profundidades de Dios. «El Señor mismo (cf. v. 16), Jesús, deberá esperar la señal celestial para iniciar su retorno entre los hombres. La afirmación más problemática contenida en este texto («los que murieron unidos a Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún quedamos vivos, seremos arrebatados...»: w. 16b-17a) trata también la cuestión del tiempo; Pablo, que se encuentra en el comienzo de su ministerio, está convencido de que el fin llegará pronto, de que no pasará esa generación antes de haber visto volver al Señor en la gloria; en sus palabras captamos la urgencia de esa manifestación.

Esta última será la liberación definitiva de todos los que se han mantenido fieles a la Palabra. Por último, la vida eterna está descrita también en relación con el tiempo, en relación con Cristo: «Estaremos siempre con el Señor» (v. 17).

 

Evangelio: Lucas 4,16-30

En aquel tiempo, Jesús

16 llegó a Nazaret, donde se había criado. Según su costumbre, entró en la sinagoga un sábado y se levantó para hacer la lectura.

17 Le entregaron el libro del profeta Isaías y, al desenrollarlo, encontró el pasaje donde está escrito:

18 El espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha ungido para anunciar

la Buena Noticia a los pobres;

me ha enviado a proclamar

la liberación a los cautivos

y dar vista a los ciegos,

a libertar a los oprimidos

19 y a proclamar

un año de gracia del Señor.

20 Después enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó.

Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos clavados en él.

21 Y comenzó a decirles: -Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar.

22 Todos asentían y se admiraban de las palabras que acababa de pronunciar. Comentaban: -¿No es éste el hijo de José?

23 Él les dijo: -Seguramente me recordaréis el proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún hazlo también aquí, en tu pueblo».

24 Y añadió: -La verdad es que ningún profeta es bien acogido en su tierra.

25 Os aseguro que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país;

26 sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en la región de Sidón.

27 Y muchos leprosos había en Israel cuando el profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.

28 Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación;

29 se levantaron, lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que se asentaba su ciudad, con ánimo de despeñarlo.

30 Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó.

 

**• La perícopa del capítulo 4 de Lucas que hemos leído contiene el discurso programático de Jesús y representa una especie de «puerta de entrada», al comienzo de su ministerio, para el relato del Evangelio y de los Hechos. Aquí, en efecto, se encuentran admirablemente concentrados todos los temas típicos de la teología lucana: el cumplimiento de las Escrituras, la proclamación del Evangelio a los pobres, Jesús como profeta cscatológico (comparado con Elías y Eliseo), el anuncio del Reino de Dios a las naciones.

En el centro encontramos la Palabra de Jesús en función interpretativa: «Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura...» (v. 21). ¿Qué Escritura? La de Isaías en la que el profeta es enviado a «proclamar un año de gracia del Señor». Queda claro así que este tiempo de gracia es el hoy de Jesús, su existencia histórica, que realiza el proyecto salvífico de Dios para toda la humanidad: los pobres, los prisioneros, los ciegos y los oprimidos son, en primer lugar, los que no conocen al Señor, su rostro de gracia y de misericordia, que Jesús va a revelar. Ellos son «las ovejas perdidas de la casa de Israel», pero también los paganos, los extranjeros, a quienes está destinado el mensaje, rechazado por los paisanos de Jesús, como atestigua la reacción de los habitantes de Nazaret.

 

MEDITATIO

El tema del tiempo es de nuevo protagonista de la liturgia de la Palabra: tiempo de Dios que ha sido anunciado por los profetas del Antiguo Testamento en su calidad salvífica, que se manifiesta especialmente en relación con los oprimidos, con los que andan lejos de su gracia. Con la venida de Cristo se inaugura el kairós, da comienzo el cumplimiento, se abre el paso al último acto de la historia de la salvación.

El que acoge el anuncio de Jesús el nazareno y reconoce en su persona la venida del Reino de Dios participa desde ahora en la gracia prometida en la antigua alianza, en el jubileo de la historia que se realiza de una vez por todas. A quien no rechaza la revelación del humilde hijo del carpintero, la liberación le llega hoy, en el día de salvación que Cristo ha hecho surgir.

Desde la venida del Señor, los hombres viven en el único día, un día que tiene como aurora su nacimiento en el portal de Belén y por ocaso la parusía. Éste es el hoy de la fe. Cuando más tarde descienda del cielo el Señor y seamos llevados con él, el hoy de la fe dejará su sitio al para siempre de la visión beatífica, en el que él será el Emmanuel, el Dios con nosotros.

 

ORATIO

Te alabamos, Dios de toda gracia.

Como lo hacía tu pueblo liberado del país de Egipto, también nosotros recordamos tus acciones liberadoras en nuestras vidas: nosotros, los pobres: ...cuánta pobreza en el corazón de estos hijos del bienestar a toda costa; nosotros, los prisioneros: ...víctimas de un sistema creado por nosotros mismos para garantizarnos todas las libertades, para permitirnos todos los deseos inútiles; nosotros, los ciegos: ...incapaces de reconocerte como Señor de la historia, a pesar de todo lo que has hecho por nosotros; nosotros, los oprimidos: ...sin fuerzas para levantar la mirada al lugar donde está nuestra verdadera casa, donde tú nos esperas.

Padre de toda gracia, seguimos teniendo necesidad de escuchar tu anuncio de salvación, de oírte pronunciar aquel «Hoy se ha cumplido... para vosotros», a fin de que se vean sacudidas en sus cimientos nuestras débiles y humanas seguridades y, por fin, liberados de todo peso, podamos salir a tu encuentro en tu eterno hoy.

 

CONTEMPLATIO

Es posible que la Sagrada Escritura haya querido esconder un misterio en la frase «proclamar el año del Señor». Los días futuros serán diferentes, incomparables con los que vemos hoy en el mundo, y también serán diferentes los meses y diferente el calendario. Por tanto, si los tiempos serán renovados por completo, nuevo será en el futuro el año portador de gracia. Estas cosas han sido anunciadas a fin de que, después de haber pasado de la ceguera a la clara visión, y de la esclavitud a la libertad, curados de nuestras múltiples heridas, lleguemos al «año de gracia del Señor».

Jesús, después de haber leído estas palabras, «enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos clavados en él» (Lc 4,20). También ahora, si lo queréis, en esta sinagoga, en esta asamblea que formamos, pueden clavarse vuestros ojos en el Salvador. Cuando consigáis dirigir la mirada más profunda de vuestro corazón hacia la contemplación de la Sabiduría, de la Verdad del Hijo único de Dios, entonces vuestros ojos verán a Jesús. Feliz asamblea aquella de la cual atestigua la Escritura que «todos los ojos estaban clavados en él» (Orígenes, Homilías sobre el evangelio de Lucas).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Hoy se ha cumplido esta Escritura» (Lc 4,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Aquí tocamos otro error de fondo. Hay «devotos» que se ilusionan con saltar fuera del presente para zambullirse en la espera del Reino futuro. De este modo, piensan permanecer fieles a lo eterno, descuidando la historia. No se dan cuenta de que lo eterno expresa la misma actualidad en las contingencias históricas. Y que por eso la traición al tiempo equivale a la traición a lo eterno. Esos tales conciben el más allá como algo totalmente separado de la tierra. No captan el nexo que existe entre ambos reinos. ¡Qué equivocación! «La salvación, el Reino de Dios, no sobrevuelan el mundo como nubes entre el cielo y la tierra, sino que están verdaderamente dentro, se preparan dentro del mundo» (Y. Congar). «La eternidad no es una especie de añadido futuro a la vida, de prolongación lineal de nuestra existencia hacia el infinito; la eternidad se encuentra ya en lo íntimo del hombre, es fruto de su obrar espiritual» (K. Rahner) [...].

En consecuencia, el presente, el hoy, contiene ya, para el cristiano, el germen del futuro. Para él ya ha comenzado verdaderamente el futuro. Y su fidelidad al presente se resuelve, en sustancia, en una fidelidad al futuro (A. Pronzato, Vangeli scomodi, Turín 1993 [edición española: Evangelios molestos, Ediciones Sígueme, Salamanca 1997]).

 

 

 

Día 5

Martes de la 22ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 5,1-6.9-11

1 En cuanto al tiempo y a las circunstancias, no tenéis, hermanos, necesidad de que se os escriba.

2 Sabéis muy bien que el día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche.

3 Cuando los hombres hablen de paz y seguridad, entonces, caerá sobre ellos la ruina de improviso, igual que los dolores de parto sobre la mujer embarazada, y no podrán escapar.

4 Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas. Por tanto, el día del Señor no debe sorprenderos como si fuera un ladrón.

5 Todos vosotros sois hijos de la luz, hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.

6 Por consiguiente, no durmamos como hacen los demás, sino vigilemos y vivamos sobriamente.

9 Porque no nos ha destinado Dios al castigo, sino a alcanzar la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo,

10 que murió por nosotros a fin de que, tanto despiertos como dormidos, vivamos unidos a él.

11 Por lo tanto, animaos mutuamente y confortaos unos a otros, como ya lo venís haciendo.

 

*• Hemos llegado al final de la primera carta a los Tesalonicenses. En este capítulo conclusivo vuelven a emerger todos los temas desarrollados hasta ahora con la fuerza de una última y decisiva exhortación: «No durmamos» (v. 6).

Los cristianos de Tesalónica tenían ante ellos el ejemplo de los que se encandilaban con la bienaventuranza de un mundo vano, se abandonaban al ocio, a las habladurías, a los vicios de la vida nocturna; estaban convencidos de que nada podría perturbar su seguridad (Cf. v. 3), seguros de que se habían construido una paz duradera. Tal vez ésos pertenecían a la misma comunidad creyente, aunque, a buen seguro, su estilo de vida era más semejante al de los paganos, que no creían en la llegada del juicio de Dios.

Eso es lo que distingue a los hijos de la luz de los hijos de las tinieblas: la fe en el día del juicio, en su carácter ineludible. Es seguro que vendrá, y lo hará como un ladrón, que actúa por sorpresa cuando la noche ya está avanzada, o como los dolores de una mujer encinta, que se notan cuando la naturaleza ya ha dado vía libre al proceso del parto. Saber que todo esto ha de suceder -y sucederá de manera imprevista- convierte a los cristianos en «gente de luz», en personas que tienen los ojos bien abiertos, que conocen el sentido y el fin de este mundo. Los creyentes, al contrario de los que duermen, que andan a tientas en la oscuridad, tienen confianza en la salvación que Dios ha llevado a cabo por medio de Cristo Jesús. Por eso no temen aquello de lo que los otros hombres tienen miedo, o sea, la muerte, porque ésta no es más que un sueño (cf. el v. 10: «tanto despiertos como dormidos») que no tiene poder para separarnos del Señor.

 

Evangelio: Lucas 4,31-37

En aquel tiempo, Jesús

31 desde allí se dirigió a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente,

32 que estaba admirada de su enseñanza, porque hablaba con autoridad.

33 Había en la sinagoga un hombre poseído por un demonio inmundo, que se puso a gritar con voz potente:

34 -¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres: el Santo de Dios.

35 Jesús le increpó, diciéndole: -¡Cállate y sal de ese hombre! Y el demonio, después de tirarlo por tierra en medio de todos, salió de él sin hacerle daño.

36 Todos se llenaron de asombro y se decían unos a otros: -¡Qué palabra la de este hombre! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y éstos salen.

37 Y su fama se extendía por todos los lugares de la comarca.

 

*»• Da comienzo la «jornada de Cafarnaún», modelo para los discípulos de cómo usó el maestro el tiempo que le fue dado vivir en esta tierra. El día es un sábado, lo que añade un significado particular, como veremos en los próximos días.

Jesús desarrolla su primera actividad en la sinagoga, en medio de los creyentes, de sus hermanos en la fe. Aquí «habla con autoridad», o sea, que su enseñanza no se limita a repetir las enseñanzas tradicionales, a repasar, como perlas de un collar, las sentencias de los maestros antiguos (según la costumbre rabínica). Jesús, al contrario, interpreta la Escritura siguiendo una nueva inspiración, revelando significados hasta ahora desconocidos; en vez de volver a recorrer el surco de la tradición, opta por inaugurar un nuevo camino, un camino capaz de interpelar las conciencias (la gente «estaba admirada de su enseñanza»: v. 32).

Los gestos de Jesús provocan asimismo la manifestación de la verdad. Su manera de proceder frente al endemoniado no se puede comparar con la de los exorcistas comunes judíos, obligados a recurrir a fórmulas y ritos destinados a alejar al Maligno. Aquí es el demonio mismo, voz del mal, el que toma la iniciativa, porque se siente amenazado en su propio ser por la simple presencia de Jesús, que es la presencia misma de la Santidad divina. El bien y el mal, la vida y la muerte, se enfrentan ya en duelo desde el comienzo de su ministerio y frente a él se descubren los secretos de los corazones: desde este momento se inaugura la «crisis», el «juicio» de Dios.

       

MEDITATIO

El lenguaje empleado por Pablo juega con una especie de equívoco entre los términos «dormir» y «estar despierto». En el lenguaje común de los cristianos, «los que duermen» eran los difuntos, aquellos que habían cerrado los ojos a la luz del día en espera de ser despertados por la resurrección. La muerte, como siempre, suscita espanto y angustia. Así era para los cristianos de Tesalónica, y lo mismo nos pasa a nosotros... Dado que debemos morir, ¿acaso no valdrá la pena disfrutar de la vida, aprovechar cada ocasión de placer, de los que «la moral» parece querer privarnos? Entonces, carpe diem, y no pensemos más. La idea de Pablo es que los que están convencidos de estar despiertos y de haberlo comprendido todo, en realidad «duermen», tienen ofuscados los ojos de la mente y viven en la oscuridad más total. Están más muertos que los muertos, más en la oscuridad que ellos; estos últimos, en efecto, pronto serán despertados para la vida eterna, mientras que aquéllos seguirán siendo siempre esclavos de las tinieblas.

Lo que marca la diferencia es la fe en el «Santo de Dios», cuya muerte tiene el poder de hacernos renacer para siempre a la vida, porque él ha vencido a la muerte y ha condenado al Maligno a la derrota. Al mismo tiempo, Cristo se pone como piedra de tropiezo para todos aquellos que se esconden en las tinieblas, obligándoles a salir a la luz, a declarar su propia identidad. Éste es el juicio de Dios que el Mesías ha inaugurado con su venida: acoger o rechazar a Jesús significa acoger o rechazar la vida, la salvación, acoger o rechazar a Dios.

 

ORATIO

Señor Jesús, tu presencia en medio de nosotros es piedra de tropiezo para nuestras conciencias; tu vida produce el escándalo o el asombro por el milagro, revelando el secreto de los corazones: ¿quién ha de perder con tu venida? Tú has venido a salvar a la humanidad.

Sin embargo, has venido trayendo la espada –la espada de la Palabra-, la espada de doble filo que penetra hasta el punto más profundo del alma, allí donde el hombre pronuncia su juicio: quien no está contigo está contra ti.

Como el Dios de la creación, has puesto un límite a las tinieblas que había en nosotros, has marcado para siempre su límite: quien pierde su vida para servirte, quien confía su propia vida a tu Palabra, quien renuncia a los honores del mundo para ir detrás de ti lleva en él tu misma luz, vive de tu misma vida. Por último, como juez divino, nos has enseñado a fijar nuestros ojos en la realidad eterna, a ver más allá de las apariencias, a no tener miedo de la muerte, para vivir ya desde ahora en la alegría de nuestra vida contigo.

 

CONTEMPLATIO

Ciertamente moriremos, pero no estaremos predestinados a la muerte como antes, cuando estábamos encadenados a la muerte por el pecado. Si es así, se puede decir con razón que no moriremos. En efecto, hay algunos que escaparán de la muerte, pero también serán transformados. Existe el dominio de la muerte, ese del que, una vez muertos, no seremos admitidos a volver a la vida. Pero dado que no moriremos y después de la muerte viviremos de nuevo -y con una vida mejor- está claro que este morir no es muerte, sino dormición.

Así pues, si el mismo Señor de la vida y de la muerte -vida de toda la creación, resurrección de los muertos, luz del mundo, que con su muerte ha aniquilado al que tiene el poder de la muerte-, obligado por su amor a los seres humanos, pensó que no debía pasar inmune ni siquiera por esta ley, y si, para hacerse semejante a nosotros en todo y mostrar que esta bajada a la tierra se había vuelto necesaria, él mismo asumió la misma obligación nuestra, ¿cómo no podría estar claro que las almas de todos están invitadas a ser trasladadas a aquellos lugares resplandecientes que convienen de modo claro a la sagrada condición de los santos (Andrés de Creta, Omelie mañane, Roma 1987, pp. 152ss, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Por lo tanto, animaos mutuamente y confortaos unos a otros con estas palabras» (cf. 1 Tes 5,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ciertamente, también a nosotros, hombres de hoy, nos visitan el sufrimiento y el luto, la melancolía y el dolor por el inconsolable sufrimiento del pasado, por el sufrimiento de los muertos. Ahora bien, todavía son más fuertes -al parecer- nuestra reticencia a hablar de la muerte en general y nuestra insensibilidad hacia los muertos. ¿Acaso no son demasiado pocos los que mantienen, o intentan mantener, una relación de amistad o fraternidad con los muertos? ¿Quién se da cuenta de su insatisfacción, de su silenciosa protesta contra nuestra indiferencia, contra la rapidez con la que los olvidamos para ocuparnos de los asuntos cotidianos? Por lo general, no tenemos ninguna dificultad para rebatir éstos o análogos problemas, porque los rechazamos o denunciamos como situados «fuera de la realidad». Pero, entonces, ¿qué idea tenemos de la realidad? ¿Acaso sólo la fugacidad y el carácter amorfo de nuestra conciencia infeliz, la trivialidad de nuestras preocupaciones? [...].

Ahora bien, si nos quedamos demasiado tiempo como esclavos de la absurdidad y de la indiferencia hacia los muertos, al final no podremos hacer más que promesas triviales a los vivos [...]. En esta situación, nosotros, los cristianos, confesamos nuestra esperanza en la resurrección de los muertos no en virtud de una utopía bien construida, sino en virtud del testimonio de la resurrección de Cristo, que constituye desde el comienzo el núcleo de nuestra comunidad cristiana. Lo que los discípulos atestiguaron no era fruto de sus vanos deseos, sino que se trataba de una realidad que se impuso contra todas las dudas y les hizo proclamar: «Verdaderamente, ha resucitado el Señor» (Lc 24,34). El programa de la esperanza de la resurrección de los muertos, basado en el acontecimiento pascual, nos abre a todos un futuro, a los vivos y a los muertos (Sínodo alemán, en Facciamo l'uomo, Brescia 1991).

 

 

Día 6

Miércoles de la 22ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Colosenses 1,1-8

1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, y el hermano Timoteo,

2 a los creyentes de Colosas, hermanos fieles en Cristo. Gracia y paz a vosotros de parte de Dios, nuestro Padre.

3 Damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, y rogamos sin cesar por vosotros

4 al tener noticia de vuestra fe en Cristo Jesús y de vuestro amor con todos los creyentes.

5 Os mueve a ello la esperanza del premio que Dios os ha reservado en los cielos y que habéis conocido por medio del Evangelio, palabra de verdad

6 que ha llegado hasta vosotros y que fructifica y crece, tanto en vosotros como en el mundo entero, desde el día en que conocisteis y experimentasteis la gracia de Dios en toda su verdad.

7 Así lo aprendisteis de nuestro querido compañero Epafras, que es para vosotros fiel servidor de Cristo.

8 Ha sido también él quien nos ha informado de cómo os amáis en el Espíritu.

 

*•• A partir de hoy, la liturgia ferial nos propone la escucha de la carta de san Pablo a los cristianos de Colosas, antigua ciudad de Frigia, situada sobre una de las principales vías comerciales de la época. La comunidad está formada, de manera preponderante, por cristianos procedentes del paganismo, aunque incluye también a muchos judíos de la diáspora. Esta doble influencia está relacionada con el motivo del escrito: los cristianos de Colosas están amenazados en la autenticidad de su doctrina por tendencias de tipo sincretista, en las que encontramos huellas tanto del paganismo como del judaísmo.

Parece ser que se intentaba proponer una especie de «gnosis» basada en elementos del mundo (2,8.20) y en las potencias cósmicas (2.8.10.15), así como en la observancia minuciosa de diferentes prácticas, como la circuncisión o las normas alimentarias judías. Debemos recordar otro aspecto particular: Pablo no había fundado personalmente esta comunidad, ni tampoco la había visitado nunca. Ésa es la razón de que parezcan tan importantes los mediadores de los que se habla en la carta; el primero de ellos es Epafras, apóstol de la región y fundador de esta iglesia (cf. v. 7). A pesar de ello, el tono de Pablo no carece de solicitud y afecto.  Más aún, en los w. 3-8 aparece la fórmula de agradecimiento más larga y compleja de todo el Nuevo Testamento.

Éstos son los elementos que la componen: la fe, la caridad, la esperanza de los colosenses como motivo de agradecimiento a Dios; la escucha de la Palabra, que es el origen de su llegada a la verdad; la obra de los ministros de Cristo en la difusión del Evangelio. En el centro se encuentra Jesucristo, nombre que vuelve casi en cada línea, de manera redundante, junto a «Dios», «Padre» y «Espíritu». En suma, un agradecimiento que resume toda la economía de la salvación. Ésta tiene su origen en la voluntad de Dios Padre, se realiza en la persona del Señor Jesús y se comunica a los hombres a través de la obra de anuncio del Evangelio, que conduce a los creyentes a la gracia y a la verdad. Éstas últimas, junto con las tres virtudes teologales, son reflejo del rostro de Dios y de la presencia de su Espíritu.

 

Evangelio: Lucas 4,38-44

En aquel tiempo, Jesús

38 salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le rogaron que la curase.

39 Entonces Jesús, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre y la calentura desapareció. La mujer se levantó inmediatamente y se puso a servirles.

40 Al ponerse el sol, llevaron ante Jesús enfermos de todo tipo, y él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba.

41 Salían también de muchos los demonios gritando: -Tú eres el Hijo de Dios. Pero él les increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.

42 Al hacerse de día, salió hacia un lugar solitario. La gente le buscaba y, cuando le encontraron, trataban de retenerlo para que no se alejara de ellos.

43 Él les dijo: -También en las demás ciudades debo anunciar la Buena Noticia de Dios, porque para esto he sido enviado.

44 E iba predicando por las sinagogas de Judea.

 

*• Prosigue el relato de la «jornada de Cafarnaún». Jesús, tras haber visitado el lugar público donde se atiende a la religión, la sinagoga, se retira a una dimensión más íntima, a casa de uno de sus primeros discípulos. También entre sus propios amigos tiene que ejercer su autoridad sobre el mal. La fiebre era considerada en la antigüedad una representación de la obra del Maligno, porque volvía a la persona débil e inerte. Seguramente, se conserva aquí un recuerdo histórico: la suegra es, a buen seguro, una mujer anciana, una mujer que ha consumido su vida en torno al cuidado de la casa y de su familia. Ahora, una vez curada, empieza a servir al Señor y a los suyos. La vida de aquel que -joven o anciano- ha encontrado a Jesús está destinada, de manera inevitable, a cambiar, realizándose en relación con él.

La actividad taumatúrgica de Jesús alcanza su cima al ponerse el sol. «Al ponerse, el sol llevaron ante Jesús enfermos de todo tipo, y él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba» (v. 40): con estas palabras se pretende indicar la plena manifestación del Reino de Dios precisamente cuando el tiempo gira a su término.

Por otra parte, la oscuridad y la noche funcionan como símbolos del imperio del mal, un imperio que envuelve al hombre en las tinieblas mientras no llega la luz verdadera, el enviado de Dios. Que aquí está presente el Reino de los Cielos lo confirman las confesiones de los demonios expulsados por Jesús: éstos le reconocen como «Hijo de Dios» y «Cristo».

La última escena se desarrolla en un lugar desierto, donde Jesús se retira al silencio, siguiendo la tradición de los profetas. Aquí declara a las muchedumbres que le buscan la necesidad de evangelizar «las demás ciudades», a causa del mandato que ha recibido del Padre: él, Jesús, es la luz de Dios enviada a todas las naciones (cf. Is 49,6), empezando por las «sinagogas de Judea» (v. 44), o sea, las más próximas entre las que esperan la salvación.

 

MEDITATIO

Por medio del Señor Jesús es como llegan los hombres a la plena verdad sobre Dios, sobre sí mismos y sobre el mundo. En él se realiza la vocación de Adán a la shalóm originaria. El anuncio de su Evangelio a las muchedumbres parece querer decir, en primer lugar, que existe en el espacio creado la posibilidad de vivir en armonía con nuestro propio cuerpo, con el espíritu que hay en nosotros, con los hermanos y, naturalmente, con Dios mismo. Ahora bien, este anuncio no tiene nada que ver con una especie de «gnosis» que pretenda revelar al hombre su potencial, sus posibilidades de autocuración.

Jesús es la presencia misericordiosa de un Padre que se inclina sobre las llagas de sus hijos perdidos, que sale en su busca, casi a «descubrir» el mal allí donde se esconda; mas para llevar esto a cabo muestra que tiene necesidad de la obra de los que le han reconocido como el Salvador. Escuadras innumerables de anunciadores de la verdad, algunos muy conocidos, otros perfectamente anónimos: son los que pidieron a Jesús por la suegra de Pedro (Lc 4,38), los que le llevaban a sus enfermos de todo tipo (v. 40), Epafras y sus colaboradores en el ministerio (Col 1,8). Todos éstos, y muchísimos otros, han profesado su fe en Jesucristo con gestos o palabras, y no sólo han encontrado en él el sentido de su propia existencia, sino que se han convertido en mediadores de salvación para algún pariente, vecino, amigo, conciudadano, menesteroso; en suma, para el prójimo.

 

ORATIO

Padre nuestro, te alabamos y te bendecimos por haberte inclinado sobre nuestras llagas de hombres y mujeres pecadores: la enfermedad, la edad avanzada, la opresión del espíritu, han debilitado a la humanidad desde el principio, marcando sobre ella la victoria del mal, hasta el día en que enviaste al Salvador.

Él vino, pobre entre los pobres, haciéndose próximo a cada uno para que todos pudiéramos contemplar tu rostro de amor al resplandor de su luz. Con todo, la humanidad caída lleva consigo el límite espacio-temporal al que también el Hijo hecho hombre se ha sometido, a fin de que la Buena Noticia del Reino tuviera necesidad de nosotros para llegar a cada ser humano.

Concédenos el Espíritu de tu Hijo, el Espíritu de amor, para que cure las enfermedades del hombre y de la mujer de hoy: la soledad, la indiferencia, el egoísmo, la desesperación... de cuantos todavía esperan escuchar tu Palabra que redime, contemplar la victoria del Reino de Dios en medio de nosotros.

 

CONTEMPLATIO

Procura creer al Verbo de Dios en lo que se ha dicho de él. Por ninguna otra razón podrás confesar mejor la divinidad de Dios que confesándola con la misma voz con la que te ha sido revelada la divinidad misma. En consecuencia, puedes estar convencido de que el Señor es verdaderamente Dios y de que es él quien nos ha revelado todos los caminos, de que es él quien se apareció sobre la tierra y vivió entre los hombres.

Él mismo trajo al mundo la luz de la fe, él mismo fue quien mostró la luz de la salvación: «El Señor es Dios, él nos ilumina» (Sal 117,27). Cree, por tanto, en él, ámale y confiésale. Y entonces tampoco tú, quieras o no, podrás negar que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre. Ésta es la perfección última de una cabal confesión de fe, a saber: confesar que Jesucristo, Dios y Señor, está siempre en la gloria de Dios Padre (Juan Casiano, L'incarnazione del Signóte, Roma 1991, p. 183, passim [edición española: Obras de Juan Casiano, Universitat de Valencia, Valencia 2000]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Te gustaría proclamar el Reino, hermano mío sacerdote. Entonces no tengas miedo de los signos y prodigios que nos dicen que este Reino está presente. ¿Acaso no constituyen la característica del apóstol? Deja, por consiguiente, que el Señor apoye tu palabra. No tengas miedo de orar sobre un enfermo, con tus manos ligeramente puestas sobre sus hombros, sobre su cabeza o sobre l a parte del cuerpo que le duele. No permitas a los charlatanes y a los curanderos usurpar este gesto tan sencillo y tan bello, que el Señor realizó con frecuencia. Pertenece por derecho a los obreros del Evangelio. No tengas miedo de asociar a algunos hermanos a esta oración, porque con ello la presencia de Jesús se hará sentir todavía más.

No tengas miedo de «parecer ridículo». Deja que la faz de Cristo se refleje en tu rostro. Un sacerdote constituye la imagen viva de Jesús. Éste oraba sobre los enfermos, y a ellos les gustaba ver a Jesús orando sobre ellos. Muéstrate confiado, ten e inspira confianza. Jesús curará, como sabe y como quiere, tal vez empezando por tu corazón y tu inteligencia. ¡Qué purificación no exige e incluye semejante oración! A buen seguro, necesitarías estar dispuesto a cargar sobre tus propios hombros la enfermedad del hermano sobre el que oras: «Si ése es tu deseo, Señor, acepto conocer la misma debilidad, la misma descomposición del cuerpo» (D. Ange, // sangue dell'Agnello guarisce ¡'universo, Milán 1983).

 

Día 7

Jueves de la 22ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Colosenses 1,9-14

Hermanos:

9 Por eso, desde el día en que recibimos estas noticias, no cesamos de orar y pedir por vosotros, para que conozcáis perfectamente su voluntad, colmados de la sabiduría y la inteligencia que otorga el Espíritu.

10 Llevaréis así una vida digna del Señor, agradándole en todo, dando como fruto toda suerte de buenas obras y creciendo en el conocimiento de Dios.

11 El poder glorioso de Dios os hará fuertes hasta el punto de que seáis capaces de soportarlo todo con paciencia y entereza y, llenos de alegría, 12 deis gracias al Padre, que os ha hecho dignos de compartir la herencia de los creyentes en la luz.

13 Él es quien nos arrancó del poder de las tinieblas y quien nos ha trasladado al Reino de su Hijo amado,

14 de quien nos vienen la liberación y el perdón de los pecados.

 

*•• Pablo continúa dirigiéndose a los colosenses en tono de oración, que desembocará después en el himno cristológico de los w. 15-20. Ahora, sin embargo, pide para la comunidad el don de un profundo conocimiento de la voluntad de Dios, un conocimiento espiritual. El lenguaje puede parecer, a primera vista, ambiguo, pues lo que invoca voluntariamente la idea gnóstica de una ciencia superior, capaz de escrutar las profundidades del misterio. Sin embargo, a continuación Pablo especifica mejor de qué conocimiento se trata, caracterizándolo definitivamente en sentido cristiano: caminar de manera digna del Señor, agradarle en todo, dar frutos de obras buenas, ser fuertes y pacientes... son acciones que indican un itinerario de conversión. Éste requiere la adhesión de la voluntad del hombre, su compromiso para perseverar en el bien, realizando las obras agradables a Dios, las obras del Evangelio.

Ésta es la verdadera epígnosis, la verdadera «ciencia superior» que nos pone en condiciones de participar en la vida divina. Debemos señalar que en el Antiguo Testamento aparece el mismo vocabulario (santos, luz, tinieblas...) en un conocido pasaje del libro de la Sabiduría que reconstruye la salida de Egipto (Sab 17-18). No sólo se contraponen aquí dos tipos de conocimiento de lo sobrenatural -el egipcio de la magia y el israelita de la revelación (Sab 17,7ss)-, sino que se emplea sobre todo el lenguaje de la liberación, que -en el paso lingüístico del hebreo al griego- equivale a «redención», entendida ésta como rescate de la esclavitud.

El cristiano no está simplemente llamado a la adquisición de un saber, sino a la entrada en un nuevo éxodo que establece la pertenencia al pueblo de Dios. A ello se refiere el «compartir la herencia de los creyentes en la luz» (v. 12), la luz de la columna de fuego, que es Cristo resucitado (cf. Sab 18,1), que nos libera de una vez por todas de la esclavitud del pecado y de la muerte.

 

Evangelio: Lucas 5,1ª 2-11

En aquel tiempo,

1 la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la Palabra de Dios.

2 Vio entonces dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

3 Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca. 4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: -Rema lago adentro y echad vuestras redes para pescar.

5 Simón respondió: -Maestro, hemos estado toda la noche faenando sin pescar nada, pero puesto que tú lo dices, echaré las redes.

6 Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces. Como las redes se rompían,

7 hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarles. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.

8 Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.

9 Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado;

10 e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón: -No temas, desde ahora serás pescador de hombres.

11 Y después de llevar las barcas a tierra, dejaron todo y le siguieron.

 

*•• El cuadro representado por Lucas tiene una extraordinaria eficacia narrativa y es expresión de una experiencia de fe común, la del encuentro con Cristo y su exigente propuesta que interpela nuestra vida. En el relato salen a escena diversos personajes, la misma comunidad, pero, al mismo tiempo, todo se concentra en la respuesta de uno solo: Pedro, la roca, el primero entre los hermanos, aunque también el modelo en el bien y en el mal, en los impulsos y en los miedos, typos para todo discípulo de Jesús.

El drama está basado en la contraposición entre la experiencia marinera del viejo pescador (viejo en experiencia) y la palabra del joven maestro que viene de las colinas de Galilea, una oposición aplastante a primera vista: experiencia y palabra, años de duro trabajo y visiones esperanzadoras. No hay que dar por descontado el desenlace del relato, a fin de captar este momento inicial con toda su fuerza de contradicción. No parece haber espacio en la vida de Pedro y sus compañeros para la palabra de un joven rabí, especialmente cuando se trata de cosas del mar. «Hemos estado toda la noche faenando sin pescar nada» (v. 5), recuerda el peso de una larga noche de trabajo, la amargura de las redes vacías, años de alimento arrancado con fatigoso trabajo al mar.

De manera inesperada, se abre una brecha, surge el espacio de la duda en el corazón de Pedro: «¿...y si tuviera razón?». Y en este espacio se insinúa la fe que cambiará para siempre su vida. Contra toda previsión razonable, las redes se llenan, casi se rompen, las barcas se hunden bajo el peso de la pesca milagrosa, la alegría rebosa en los corazones. Reconocerse pecador significa admitir aquí los propios límites, poner en tela de juicio las propias certezas, restituir el primado a Dios, que se ha hecho próximo en la persona de Jesús. El relato concluye con el otorgamiento del encargo por parte del Señor y la respuesta de Simón y sus compañeros: una respuesta pronta, generosa, absoluta {«dejaron todo...»: v. 11), sin condiciones, como lo fue la acción salvífica de Dios en sus vidas.

 

MEDITATIO

Cuando el hombre vacila en sus convicciones más firmes, se crea la ocasión para la conversión. En el espacio que deja libre el hombre, en este silencio de su experiencia -limitada por lo demás-, puede actuar Dios, su señorío está en condiciones de manifestarse. En un momento cambia todo, y ya nada será como antes. Frente a la manifestación de la omnipotencia del Señor, Pedro reconoce su propia impotencia; la acción de Jesús va dirigida a colmar sus más profundas expectativas, toca la humanidad de Pedro en lo íntimo de su experiencia.

Arrodillándose ante Jesús, Pedro se rinde a la mirada de Dios, se quita la máscara, abandona sus propias certezas para dejar espacio a lo imprevisto de Dios, que invade su vida. «Desde ahora...» (Lc 5,10b) es la sentencia que decreta este nuevo comienzo: verdadera conversión, pequeño éxodo que llena de un nuevo significado las acciones habituales. «Pescadores de hombres»: Pedro y sus compañeros están llamados a partir otra vez exactamente desde donde han dejado abandonadas las redes, aunque solamente sea por un instante, desde su experiencia del mar, que a partir de ahora mirarán con unos ojos nuevos, los ojos iluminados por la fe en el Señor Jesús.

La noche de su pesca sin éxito, de su trabajo inútil, se ha transformado en el día de la abundancia de Dios, en el día en que saborean los bienes que Dios mismo ha preparado para nosotros desde la eternidad. Por otro lado, seguir siendo pescadores significa proseguir la propia experiencia en el espacio y en el tiempo, en la cultura y en la sociedad por las que estamos marcados y encarnar precisamente en este camino la Palabra que salva.

 

ORATIO

Dios, Padre nuestro, en un tiempo enviaste la columna de fuego para iluminar el camino de tu pueblo, que salía de la esclavitud del faraón. Hoy, aquí, para nosotros, hay mucho más que una nube luminosa. Para nosotros está tu Hijo, Jesús, revelación de tu sabiduría, manifestación de tu vida divina. Para nosotros, en cada línea del Evangelio, está su Palabra, que nos llama a conversión; en los sacramentos, su presencia eficaz; en el ministerio pastoral de la Iglesia, su sabia enseñanza. Todo esto es luz que nos arranca de la oscuridad de nuestras certezas, que nos permite ir más allá del fracaso de nuestra experiencia.

Hemos estado toda la noche faenando sin pescar nada» es la evidencia de nuestra naturaleza mortal, de la que tú nos liberas: «Hazte a la mar... no te encierres en tu pequeño mundo, ve más allá de tu breve experiencia, que aunque fuera la de toda la humanidad no serviría para nada. Existe otra evidencia más clara, la única que necesitas, la de mi Palabra».

 

CONTEMPLATIO

A ti sólo amo, a ti sólo sigo, a ti sólo busco, y estoy dispuesto a estar sometido sólo a ti, puesto que sólo tu ejerces con justicia el dominio, y yo deseo ser según lo que tú dispones. Manda y ordena lo que quieras, te lo ruego, pero cura y abre mis oídos, a fin de que yo pueda oír tu voz. Cura y abre mis ojos, a fin de que yo pueda ver tus señas. Aleja de mí los impulsos irracionales, a fin de que pueda reconocerte. Dime hacia qué parte debo mirar, a fin de que te vea, y espero poder cumplir todo lo que me mandes [...].

Sólo pido a tu altísima clemencia que yo me vuelva por completo hacia ti, que no me surjan obstáculos mientras tiendo hacia ti y que se me conceda que yo, mientras todavía llevo y arrastro este cuerpo mío, sea sobrio y fuerte, justo y prudente, perfecto amador y digno de aprender tu sabiduría y de estar y habitar en tu bienaventurado Reino. Amén. Amén (Agustín de Hipona, Soliloquios).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Puesto que tú lo dices, echaré las redes» (Lc 5,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En primer lugar, el hombre se vuelve verdaderamente él mismo sólo porque es el interlocutor a quien Dios se dirige: como ha sido creado para esto, se adquiere, al convertirse en aquel que responde a Dios, plena y cabalmente en sí mismo. Él es el lenguaje del que Dios se sirve para dirigirle la palabra: ¿cómo podría jamás comprenderse a sí mismo de manera eminente?

Saliendo a la luz de Dios, entra en su propia luz, sin comprender (espiritualmente) su propia naturaleza o -por soberbia- su propia condición de criatura. Sólo la Redención puede salvar al hombre. El signo de Dios que se anula a sí mismo, haciéndose hombre y muriendo en medio del abandono más completo, explica la razón de que Dios haya aceptado bajar a este mundo, renunciando a sí mismo: respondía a su esencia y naturaleza absoluta manifestarse, en su infinita e incondicionada libertad, como el amor inconmensurable, que no es el bien absoluto puesto más allá del ser, sino que representa las dimensiones mismas del ser. Precisamente por eso el eterno prius de la Palabra divina de amor se esconde en una impotencia que concede el Prius a la criatura amada [...].

La Palabra de Dios engendra la respuesta del hombre, convirtiéndose ella misma en correspondencia de amor que deja la iniciativa al mundo. Círculo vicioso, sin solución, por Dios y sólo por él pensado y realizado, que permanece eternamente por encima del mundo y precisamente por eso vive en el corazón del mundo. En el corazón está el centro: por eso adoramos el corazón de Jesús; su cabeza la adoramos sólo cuando está cubierta de llagas y de sangre, a saber: como revelación de su corazón (H. U. von Balthasar, Solo l'amore é credibile, Roma 1 982 [edición española: Sólo el amor es digno de fe, Sígueme, Salamanca 1990]).

 

Día 8

 

Natividad de la Santísima Virgen María (8 de septiembre)

 

La fiesta del nacimiento de María se remonta al siglo V, momento en el que se edificó una iglesia en Jerusalén, en el lugar donde los apócrifos imaginaban que había estado la casa de Joaquín y Ana, padres de la madre de Jesús.

Las razones de la elección del día 8 de septiembre no nos son conocidas (la fijación de la solemnidad de la Inmaculada Concepción nueve meses antes, en el calendario litúrgico, es tardía).

La Iglesia oriental solemniza la natividad de María como inicio del año litúrgico; las primeras celebraciones en Occidente (a partir de Roma) aparecen en el siglo VII.

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 8,28-30

Hermanos:

28 Sabemos, además, que todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que él ha llamado según sus designios.

29 Porque a los que conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos.

30 Y a los que desde el principio destinó, también los llamó; a los que llamó, los puso en camino de salvación; y a quienes puso en camino de salvación, les comunicó su gloria.

 

*+• Esta perícopa constituye un fruto de la maduración de una fe asimilada por el mismo autor de la Carta a los Romanos: el apóstol Pablo; y presenta además la preocupación por la difusión de este mensaje a fin de que sea cada vez mayor el número de los destinatarios que lo reciban, se convenzan de él y se sirvan del mismo.

El marco del escultural pasaje es trinitario: el Espíritu acompaña y enseña (vv. 26ss), Cristo consolida la comunión en el amor (vv. 31-39), Dios Padre mantiene el proyecto eterno de manifestar su propia paternidad divina a través de la entrega a los hombres de la filiación y de la fraternidad con Cristo, primogénito de muchos hermanos.

El centro del mensaje paulino está en un anuncio de fe: hay un nacimiento como don del amor de Dios, un acompañamiento de la vida nueva, una consumación en la participación de la gloria.

 

Evangelio: Mateo 1,1-16.18-23

1 Genealogía de Jesús, Mesías, Hijo de David, Hijo de Abrahán:

2 Abrahán engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob; Jacob engendró a Judá y a sus hermanos.

3 Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zara; Farés engendró a Esrón; Esrón engendró a Aran;

4 Aran engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Naasón; Naasón engendró a Salmón.

5 Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed;

Obed engendró a Jesé;

6 Jesé engendró al rey David. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón.

7 Salomón engendró a Roboán; Roboán engendró a Abías; Abías engendró a Asá;

8 Asá engendró a Josafat; Josafat engendró a Jorán; Jorán engendró a Ozías;

9 Ozías engendró a Joatán; Joatán engendró a Acaz; Acaz engendró a Ezequías;

10 Ezequías engendró a Manases; Manases engendró a Amón; Amón engendró a Josías.

11 Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la cautividad de Babilonia.

12 Después de la cautividad de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel;

Salatiel engendró a Zorobabel;

13 Zorobabel engendró a Abiud; Abiud engendró a Eliaquín; Eliaquín engendró a Azor;

14 Azor engendró a Sadoc; Sadoc engendró a Ajín; Ajín engendró a Eliud;

15 Eliud engendró a Eleazar; Eleazar engendró a Matan; Matan engendró a Jacob.

16 Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Mesías.

18 El nacimiento de Jesús, el Mesías, fue así: su madre, María, estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo.

19 José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto.

20 Después de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: -José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo.

21 Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

22 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había anunciado el Señor por el profeta:

23 La virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel. (que significa: Dios con nosotros).

 

»*• El exordio del evangelio según Mateo representa una especie de consulta del registro civil sobre Jesús: es como una letanía de nacimientos. Más o menos, todos los antepasados han sido protagonistas en una etapa de la historia; en el nacimiento y en la vida de muchos de ellos resultó determinante la intervención del Señor.

Al final de la lista, el evangelista -discípulo de Cristo sumiso a la cultura judía- sitúa a José, esposo de María, «de la cual nació Jesús, llamado Mesías» (v. 16). José no tuvo ninguna presencia, sino sólo proximidad y contigüidad, en el acontecimiento de la encarnación, revelado como misterio matrimonial entre la Virgen y el Espíritu Santo. También José recibió este anuncio. También él fue madurando en la fe la comprensión del nacimiento de aquel que fue engendrado en María, su esposa, por el Espíritu Santo y estaba destinado a salvar al pueblo de sus pecados (v. 21). También él secundó la Palabra divina, obediente, silencioso, activo.

 

MEDITATIO

La meditación en la fiesta del nacimiento de María se enriquece de ideas. Sólo los apócrifos se basan en la narración del nacimiento de la Madre del Salvador, empalagados de fantasías emocionadas y de hechos inverosímiles utilizables, no obstante, en el ámbito de las simbologías y como interpretaciones. En las lecturas bíblicas no se concentra la atención directamente en María, dado que faltan las fuentes relativas a su nacimiento.

Por consiguiente, la meditación sobre su nacimiento tiene que pasar al menos por una afirmación central en ellas, a saber: la importancia del nacimiento.

Semejante observación podría parecer una obviedad; sin embargo, nos introduce en la búsqueda del sentido profundo, más allá de la crónica, de una existencia desde la perspectiva de la fe en Dios y desde la confianza en la nueva criatura entrada en el mundo humano.

El punto fuerte en el descubrimiento de la importancia de un nacimiento está en el descubrimiento de que Dios es el protagonista de ese nacimiento y del destino de esa persona. La presencia determinante e indispensable de Dios como protagonista se encuentra, en consecuencia y por analogía, también en el nacimiento y en la vida de María. El oráculo de Miqueas (el leccionario propone Miq 5,2-5 como primera lectura alternativa) se refiere a una maternidad, esto es, a la fuente de un nacimiento proyectado por Dios: la cita de éste en Mt 2,6 denota una convicción mesiánica, traducida por el evangelista en una convicción cristológica y contextualmente mariológica. La relectura de otro oráculo (Is 7,14) por parte del mismo evangelista señala en la virgen parturienta María a la madre designada por el mismo Dios y envuelta en el abismo místico de la comunión con el Espíritu Santo, el «Señor que da la vida». La importancia del nacimiento de María se deduce también a través de la prefiguración de ella en aquellos que fueron llamados por Dios según su designio, conocidos desde siempre, predestinados, justificados (la singular redención anticipada de la Inmaculada), glorificados.

 

ORATIO

Santa María, hija del Dios de la vida, criatura nacida en medio de la alegría, arca de la gracia plasmada por el Espíritu, salve. Madre del Viviente, canta aún por nosotros la alabanza al Todopoderoso y guía la gratitud por toda vida que nace y madura junto a nosotros.

Mujer destinada por adelantado a la existencia para abrir la vida al Hijo del hombre, el vencedor de la muerte con su resurrección, acompáñanos en el camino y en las pausas de la vida. Virgen solitaria, presencia amorosa y servicial en nuestra historia, acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

¿De dónde, repito, te ha llegado tan gran bien? Eres virgen, eres santa, has hecho un voto; pero es muy grande lo que has merecido; mejor, lo que has recibido. ¿Cómo lo has merecido? Se forma en ti quien te hizo a ti; se hace en ti aquel por quien fuiste hecha tú; más aún, aquel por quien fueron hechos el cielo y la tierra, por quien fueron hechas todas las cosas; en ti la Palabra se hace carne recibiendo la carne, sin perder la divinidad.

Hasta la Palabra se junta y une con la carne, y tu seno es el tálamo de tan gran matrimonio; vuelvo a repetirlo: tu seno es el tálamo de tan gran matrimonio, es decir, de la unión de la Palabra y de la carne; de él sale el mismo esposo como de su lecho nupcial (Sal 18,6). Al ser concebido te encontró virgen, y, una vez nacido, te deja virgen. Te otorga la fecundidad, sin privarte de la integridad. ¿De dónde te ha venido? ¿Quizá parezca insolente interrogar así a una virgen y pulsar inoportunamente con estas mis palabras a sus castos oídos. Mas veo que ella, llena de rubor, me responde y me alecciona: ¿Me preguntas de dónde me ha venido todo esto?

Me ruborizo al responderte acerca de mi bien; escucha el saludo del ángel y reconoce en mí tu salvación. Cree a quien yo he creído. Me preguntas de dónde me ha venido eso. Que el ángel te dé la respuesta». Dime, ángel, ¿de dónde le ha venido eso a María? Ya lo dije cuando la saludé: Salve, llena de gracia (Le 1,28).

 

ACTIO

Repite y medita durante el día esta antífona litúrgica: «María, virgen madre de Dios, bendita y digna de toda alabanza, nosotros celebramos tu nacimiento: ruega por nosotros al Señor».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Y he aquí que dos mensajeros llegaron a ella, diciéndole: Joaquín, tu marido, viene a ti con sus rebaños. Porque un ángel del Señor ha descendido hasta él, diciéndole: Joaquín, Joaquín, el Señor ha oído y aceptado tu ruego. Sal de aquí, porque tu mujer, Ana, concebirá en su seno.

Y Joaquín salió y llamó a sus pastores, diciendo: Traedme diez corderos sin mácula, y serán para el Señor mi Dios; y doce terneros, y serán para los sacerdotes y para el consejo de los ancianos; y cien cabritos, y serán para los pobres del pueblo.

Y he aquí que Joaquín llegó con sus rebaños, y Ana, que lo esperaba en la puerta de su casa, lo vio venir y, corriendo hacia él, le echó los brazos al cuello, diciendo: Ahora conozco que el Señor, mi Dios, me ha colmado de bendiciones, porque era viuda, y ya no lo soy; estaba sin hijo, y voy a concebir uno en mis entrañas. Y Joaquín guardó reposo en su hogar aquel primer día. [...]

Y los meses de Ana se cumplieron y, al noveno, dio a luz. Y preguntó a la partera: ¿Qué he parido? La partera contestó: Una niña. Y Ana repuso: Mi alma se ha glorificado en este día. Y acostó a la niña en su cama. Y,  transcurridos los días legales, Ana se lavó, dio el pecho a la niña y la llamó María.

Y cuando la niña llegó a la edad de tres años, Joaquín dijo: Llamad a las hijas de los hebreos que estén sin mancilla, y que torne cada cual una lámpara, y que estas lámparas se enciendan, para que la niña no vuelva atrás y para que su corazón no se fije en nada que esté fuera del templo del Señor. Y ellas hicieron lo que se les mandaba, hasta el momento en que subieron al templo del Señor. Y el gran sacerdote recibió a la niña y, abrazándola, la bendijo y exclamó: El Señor ha glorificado tu nombre en todas las generaciones. Y en ti/ hasta el último día, el Señor hará ver la redención por El concedida a los hijos de Israel (Protoevangelio de Santiago IV, 2-4; V, 2; Vil, 2).

 

Día 9

Sábado de la 22ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Colosenses 1,21-23

Hermanos:

21 También vosotros estabais en otro tiempo lejos de Dios y erais sus declarados enemigos por vuestras malas acciones.

22 Ahora, en cambio, por la muerte que Cristo ha sufrido en su cuerpo mortal, os ha reconciliado con Dios y ha hecho de vosotros su pueblo, un pueblo sin mancha ni reproche en su presencia.

23 Pero es necesario que permanezcáis firmes y arraigados en la fe y que no traicionéis la esperanza contenida en el Evangelio que habéis recibido, que ha sido proclamado a toda criatura bajo el cielo y del que yo, Pablo, me he convertido en servidor.

 

*» Pablo precisa ulteriormente los conceptos clave expresados en el himno precedente (que leíamos ayer), aplicándolos a la situación de los colosenses, convertidos del paganismo. Éstos fueron en otro tiempo extranjeros y enemigos, o sea, gente que estaba lejos de Dios en su visión de la vida y en sus obras. Si el pasado («otro tiempo») corresponde a la lejanía, el presente («ahora») coincide con la reconciliación, con el abrazo de Dios. El medio de esa transformación es «la muerte que Cristo ha sufrido en su cuerpo mortal»; este subrayado remite al motivo de fondo de esta exhortación: ser santos e inmaculados, o sea, ofrecer sacrificios en nuestro propio «cuerpo mortal», con obras buenas que deben sustituir a las malas de otro tiempo. De este modo, el cristiano hace actual en el hoy de su propia fe el sacrificio salvífico del Señor, orientando toda su propia existencia en dirección a «la esperanza contenida en el Evangelio», es decir, a la victoria definitiva sobre el mal por medio de la resurrección.

 

Evangelio: Lucas 6,1-5

1 Un sábado, atravesaba Jesús por unos sembrados. Sus discípulos cortaban espigas y las comían, desgranándolas con las manos.

2 Y unos fariseos dijeron: -¿Por qué hacéis lo que no está permitido en sábado?

3 Jesús les respondió: -¿No habéis leído lo que hizo David cuando tuvieron hambre él y sus compañeros?

4 Entró en el templo de Dios, tomó los panes de la ofrenda, comió y dio a los que le acompañaban, siendo así que sólo a los sacerdotes les estaba permitido comerlos.

5 Y añadió: -El Hijo del hombre es señor del sábado.

 

**• La extensa lista de las prohibiciones relativas al reposo sabático incluía -y sigue incluyendo todavía hoy hasta la preparación de la comida, además del «trabajo de recogida» con el que se manchan los discípulos de Jesús. A la pregunta de los maestros de la Ley y de los fariseos, que se atienen de manera escrupulosa al precepto de la Tora, Jesús responde remitiéndose al episodio narrado en 1 Sm 2 1 a propósito del rey David y de sus compañeros. Sin embargo, con las palabras «el Hijo del hombre es señor del sábado» (v. 5) no pretende compararse Jesús tanto con el rey de Israel, heredero de las promesas, como con Dios mismo.

La ley correspondiente al sábado fue promulgada claramente, en efecto, por YHWH y entregada a su pueblo en tablas de piedra en el Sinaí. Por otra parte, en el relato del Génesis, se presenta a Dios como el que «reposó el séptimo día», día consagrado por Él y bendecido (Gn 2,2ss). Puede decirse que el Dios de Israel es el «Dios del sábado» y que el shabbath es el día de Dios. De este modo, Jesús se pone en el sitio de Dios, aunque la suya no es una usurpación ilícita: se pone en el sitio del Creador para completar su obra allí donde el hombre la había interrumpido alejándose con el pecado. El Hijo ha venido, en efecto, a consolar, a sanar, a reconciliar. Ahora bien, lo que pertenece a Jesús se extiende también a los suyos: así sucede con la libertad respecto al precepto sabático y a toda ley cuando se opone al bien de la vida humana.

 

MEDITATIO

Jesús también es señor del sábado, puesto que está en condiciones de reconciliar al hombre con Dios. En cuanto hombre, se pone a sí mismo por completo al servicio del proyecto divino, a fin de restituir la tierra a la shalóm originaria; ofrecer su propia vida en manos de los pecadores es la única vía capaz de vencer el pecado del mundo. De este modo, inaugura un camino que cada uno de los que llevan su nombre está llamado a recorrer, a través de la muerte «sufrida en su cuerpo mortal» y renunciando a toda obra mala.

Permanecer «firmes y arraigados en la fe» significa, por consiguiente, poner los pies en las huellas de Cristo, abrazando la cruz que nos sale al encuentro en el tiempo presente. Ser como Jesús, para ser reconciliados con nosotros mismos, con los otros, con Dios, y para experimentar la libertad de los hijos de Dios, que se manifiesta en dejar de ser esclavos de los imperativos de nuestro egoísmo. Vivir la «vida en el Espíritu», en la misericordia, bondad, mansedumbre y paciencia (Col 3,12ss), cosas contra las que no hay ley (cf. Gal 5,22), para vivir ya desde ahora en el eterno shabbath al que están destinados los hijos del Reino.

 

ORATIO

Padre Santo, te pedimos hoy el don del Espíritu, a fin de que, como fuego, nos plasme a imagen de tu Hijo, Jesús. En su vida ofrecida por nosotros reconocemos el único modelo que nos libera de todo lo que mortifica al hombre, sea cual sea su nombre: avaricia, deseos egoístas, miedo, juicio, orgullo falsa religiosidad...

Gracias al don de Jesús se ha abierto de una vez por todas el camino para entrar en tu Reposo, en el shabbath sin fin. Haz, oh Señor, que no lo cerremos de nuevo recayendo en las obras malas de otro tiempo, sino que en toda obra buena nos hagamos imitadores de tu santidad, que se ha vuelto disponible para nosotros en la persona de un hombre muerto en la cruz.

 

CONTEMPLATIO

...Y es que sois piedras del templo del Padre, preparadas para la construcción de Dios Padre, levantadas a las alturas por la palanca de Jesucristo, que es la cruz, haciendo veces de cuerda el Espíritu Santo. Vuestra fe es vuestra cabria, y la caridad el camino que os conduce hasta Dios.

Así pues, todos sois también compañeros de camino, portadores de Dios y portadores de un templo, portadores de Cristo, portadores de santidad, adornados de todo en todo en los mandamientos de Jesucristo [...]. «Rogad también, sin intermisión» (1 Tes 5,17), por los otros hombres, pues cabe en ellos esperanza de conversión, a fin de que alcancen a Dios. Consentidles, pues, que, al menos por vuestras obras, reciban instrucción de vosotros. A sus arrebatos de ira, responded vosotros con vuestra mansedumbre; a sus altanerías de lengua, con vuestra humildad. Oponed a sus blasfemias vuestras oraciones; a su extravío, vuestra firmeza en la fe; a su fiereza, vuestra dulzura, y no tengáis empeño alguno en emularlos por vuestra parte. Mostrémonos hermanos suyos por nuestra amabilidad; mas imitar, sólo hemos de esforzarnos en imitar al Señor, porfiando sobre quién pueda sufrir mayores agravios, quién sea el más defraudado, quién más despreciado, a fin de que no se vea entre vosotros planta alguna del diablo, sino que en toda castidad y templanza permanezcáis en Jesucristo corporal y espiritualmente (Ignacio de Antioquía, «Carta a los Efesios», IX-X, en Padres apostólicos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 21967, pp. 452-453).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Cristo nos ha liberado para que permanezcamos libres» (cf. Col 1,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuando no tenemos experiencia de lo Sagrado Verdadero, caemos siempre en la adoración de lo sagrado falso. Lo sagrado falso se convertirá siempre en un pretexto e incluso en una santa justificación para el prejuicio, la marginación de los otros, la creación de chivos expiatorios y la violencia [...]. Sin embargo, una vez que honramos a lo Sagrado Verdadero, somos libres e incluso estamos «obligados» a reconocer su reflejo en cada una de sus criaturas y en todo el mundo creado [...]. Sin lo Sagrado Verdadero estamos todos a merced de la misericordia recíproca y sometidos a los caprichosos juicios recíprocos. En presencia de lo Sagrado Verdadero estamos confiados a la misericordia de Aquel-que-es-misericordia. No hemos de maravillarnos de que Jesús haya dispensado toda su vida en proclamar una liberación tan abismal. La humanidad esperaba tal liberación con esperanza mesiánica. Este es el único modo de salir de nuestro engañoso castillo de espejos, de nuestra guerra de todo contra todo, y se llama justamente salvación (R Rohr, ll piano di Gesú per un mondo nuovo, Brescia 1999).

 

 

Día 10

23° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 33,7-9

Dice el Señor:

7 Hijo de hombre, yo te he constituido a ti centinela del pueblo de Israel. Cuando te hable, los advertirás de mi parte.

8 Si cuando yo diga al malvado: ¡Eres reo de muerte! tu no le adviertas para que deje su conducta el malvado morirá por su maldad, pero yo te pediré cuentas de su muerte.

9 Sin embargo, si tu adviertes al malvado acerca de su conducta para que se corrija, y él no se corrige, morirá él por su maldad, y tu habrás salvado la vida.

 

El trasfondo histórico del oráculo de Ezequiel es la caída de Jerusalén y la invasión de Nabucodonosor. El oráculo señala la segunda etapa de su ministerio. La misión actual del profeta es sustentar la esperanza de Israel asegurándole al pueblo exiliado que Dios cumplirá sus promesas e iniciara un nuevo periodo de reconstrucción nacional.

La imagen del centinela -utilizada en la vocación del profeta (3,16-19) en un perfecto paralelismo con esta perícopa— expresa la nueva misión de Ezequiel. Ser el vigía de un pueblo sin ciudad y sin murallas; otear desde lejos el horizonte de los acontecimientos para prevenir al pueblo de las inminentes amenazas, leer los signos recónditos de vida y muerte, interpretarlos y comunicárselos a la casa de Israel. La tarea del guardián encierra una paradoja: los peligros que apremian al pueblo no provienen de fuera, sino de dentro, del mismo Señor. Sin embargo, en lugar de acercarse sin avisar, en silencio y de puntillas, y sorprender a sus víctimas, el Señor envía al centinela para avisarles. Y, si aun fuese poco, el Señor le obliga en conciencia al <<contraespionaje» para prevenir al pueblo amenazado. Es una paradoja reveladora: la secuencia pecado-amenaza-castigo engloba un nuevo elemento en la sucesión, pecado-amenaza-conversión-perdón, porque Dios quiere la vida y no la muerte.

Destaca el corazón cariñoso y paternal del Señor; que siempre encuentra el medio para salvar de la muerte al propio hijo, Israel, y conducirlo por el camino de la conversión y la vida. Junto al amor del Señor, fundamento de su proceder, el relato de Ezequiel resalta la responsabilidad del profeta que acoge la Palabra del Señor y se convierte en su portavoz, una responsabilidad que se detiene ante el umbral de la libre elección personal.

 

Segunda lectura: Romanos 13,8-10

Hermanos:

8 con nadie tengáis deudas, a no ser la del amor mutuo, pues el que ama al prójimo ha cumplido la Ley

9 En efecto, los preceptos: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro que pueda existir; se resumen en éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

10 El que ama no hace mal al prójimo; en resumen, el amor es la plenitud de la Ley.

 

El fragmento de la Carta a los Romanos pertenece a la parte exhortativa, donde Pablo pasa del plano doctrinal al practico, a la vida del cristiano. El apóstol centra la atención del relato en el mandamiento del amor, con unas expresiones tan sintéticas y eficaces que perfectamente podría llevar por título <<el segundo himno paulino a la caridad».

En los versículos precedentes, Pablo se detenía en los deberes del cristiano y las autoridades civiles, particularmente en el cumplimiento de dar a cada cual lo que le corresponda» (v. 7); ahora, habla de una <<deuda» singular, inextinguible: la del amor mutuo. Esta deuda, observaba H. U. vón Balthasar, <<desciende del título de cristianos; la contraen porque quieren vivir de acuerdo a la alianza de amor de Dios con la humanidad, alianza que se realiza en el sacramento de la Iglesia. Nadie los obliga a creer aunque si "creen" deben “amar" libremente, incondicionalmente, tan incondicionalmente como lo es la fe. Y "deben", como Cristo, amar "libremente" a los enemigos como amigos, única posibilidad para atraer a los enemigos a la reciprocidad del amor o encomendarlos a la correspondencia de la nueva y eterna alianza».

Pablo está citando Lv 19,18 (<<Amarás a tu prójimo como a ti mismo>>) y lo interpreta según la nueva acepción ofrecida por Jesús en Mt 22,40, donde el <<prójimo» no es solamente uno de los míos, el hermano y miembro de la comunidad cristiana, sino cada persona. El proyecto de vida cristiana encuentra su fulcro en el mandamiento del amor, compendio y resumen de la Ley tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En este sentido, <<el amor es la plenitud de la ley» (v 10), es decir su cumplimiento, su plena consumación y su núcleo esencial.

 

Evangelio: Mateo 18,15-20

Dijo Jesús a sus discípulos:

15 Por eso, si tu hermano te ofende, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

16 Si no te escucha, toma contigo uno o dos, para que cualquier asunto se resuelva en presencia de dos o tres testigos.

17 Si no les hace caso, díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

18 Os aseguro que lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

19 También os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial.

20 Porque donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

 

El texto evangélico de hoy pertenece al <<discurso eclesial» de Jesús (o discurso sobre la fraternidad). En el evangelio de Mateo se encuentra después de la parábola de la oveja perdida y la solicitud de Jesús con los <<pequeños», con las personas mas débiles en la fe y, por lo tanto, mas expuestas al peligro del desaliento o la deserción. El presente relato se puede leer como la ilustración práctica de la búsqueda solicita de la oveja perdida.

Si hacemos una lectura superficial de las palabras de Jesús, nos puede dar la impresión de que se trata de un discurso duro: enumera detalladamente una serie de normas disciplinares y concluye con una sentencia judicial. En realidad, la enseñanza de Jesús responde a una preocupación pastoral: salvar a los hermanos mas frágiles y exhortar a todos para que se responsabilicen del hermano que ha pecado y le ayuden a volver.

El mandato categórico <<ve» (vt 15) sobreentiende que se requiere coraje para corregir al hermano extraviado, que es necesario vencer una resistencia interior para dar este paso, pues el bien del hermano vale mas que el malestar percibido, y a gusto y por él, se sacrifica el propio “bienestar». Jesús sugiere el itinerario a seguir en la corrección fraterna. Se parte con una primera tentativa admonitoria, cara a cara, con delicadeza y discreción, sin intención de humillar o mortificar; sino con el deseo de comunicar el sufrimiento de la comunidad, causado por el pecado y la separación, y a la espera de abrazar afectuosamente al hermano.

Si este intento fracasa, se recurre a la corrección en presencia de dos o tres testigos; y solo en el caso de un ulterior fiasco se hace participe del problema a toda la comunidad. Si a pesar de la intervención de la comunidad el resultado es negativo, queda el reconocimiento oficial de la separación del hermano de la Iglesia. No se trata, propiamente, de una <<excomunión», sino de la declaración explícita de una situación de hecho ya ocurrida: <<considéralo como un pagano o un publicano» (v. 17), es decir, como alguien extraño a la comunidad.

El hincapié sobre la comunión es insistente en los versículos finales (vv. 19ss): la concordia de los corazónes -en griego, <<sintonía» o <<sinfonía»- puestos de acuerdo para pedir cualquier cosa asegura la acogida de la petición, la comunión <<en el nombre de Jesús».

Es decir, reunirse en torno a la persona de Jesús, adhiriéndose a su Palabra y a su misión en la historia, asegura la presencia de Dios. El texto evangélico podríamos leerlo ahora a partir de estos versículos finales, con cuya luz se ilumina el rostro auténtico de la Iglesia: una comunidad de amor que hunde sus raíces en el misterio de Cristo, el misterio del amor hasta el extremo.

 

MEDITATIO

La Palabra de Dios propuesta por la liturgia orienta nuestros pasos y guía nuestra mente y nuestro corazón hasta el mandamiento evangélico de la corrección fraterna: el profeta Ezequiel proclama la responsabilidad personal, el apóstol Pablo recuerda que en el amor mutuo hunde sus raíces y, por ultimo, el evangelista Mateo enseña a practicarla con el estilo de Jesús.

        Frente a este tema experimentamos una sensación de malestar una cierta resistencia. Y a menudo -así hay que reconocerlo- eludimos la corrección fraterna. Por tanto, es necesario redescubrir el sentido teológico profundo de la corrección fraterna. Contemplemos con mirada atenta el misterio de la cruz de Jesucristo mediante la cruz nos llega la salvación; la cruz es el signo del gran amor que Dios nos tiene; salvándonos, nos hace portadores de su salvación. La auténtica corrección fraterna nace justo <<en ese punto de encuentro donde la salvación obtenida se convierte en salvación entregada, donde un pecador perdonado se convierte en instrumento de perdón redentor de mediación salvadora, y sale al encuentro del hermano pecador como él, para que acoja el do de Dios, igual que él» (A, Cencini).

Si la cruz de Jesús es el centro de la experiencia religiosa personal, también será el centro de la fraternidad que se reúne en su nombre: por la cruz pasará nuestra interrelación. Sólo la cruz de Jesús tiene el poder de juzgar y reconciliar, y si vivo en la escucha humilde y sincera de la Palabra de la cruz, si me dejo <<radiografiar» en mi verdad y forjar en la verdad de Dios-Amor entonces, y sólo entonces, podré ser un instrumento de corrección y reconciliación, libre de cualquier tipo de juicio. Este camino de corrección fraterna evita tanto los excesos de la impotencia como de la prepotencia, excesos -uno y otro— que revelan un escaso sentido de la comunicación y de la disponibilidad para corregir y dejarse corregir fraternalmente.

Todavía resuenan hoy las proféticas palabras de Pablo VI en su exhortación Paterna cum benevolentia: <<La corrección fraterna es un acto de caridad mandado por el Señor [...]. Su práctica obliga a quien la rea1iza a sacar primero la viga de su ojo (cf Mt 7,5), para que no se pervierta el orden de la corrección. La práctica de la misma se dirige desde el principio como un movimiento a la santidad, que solo puede obtener en la reconciliación su plenitud; consistente no en una pacificación oportunista que disfrazase la peor de las enemistades, sino en la conversión interior y en el amor unificador en Cristo que se deriva» (cap. VI). En esta línea comprendemos 1a grandeza de la corrección fraterna: un instrumento indispensable que ayuda a crecer a la comunidad y a cimentarla en el amor de Cristo.

 

ORATIO

Ayúdame, Señor; a permanecer enmudecido a los pies de tu cruz para escuchar tu Palabra y dejarme alcanzar y modelar por ella. Solo la Palabra de tu cruz revela la verdad de mi vida y desvela el disfraz de mi mentira. Tu Palabra me juzga, Señor, me juzga severamente; ante ella no puedo, ni quiero, esconderme. Descubro con la delicia y la alegría del niño que, mientras tu Palabra <<hiere, cura>> (cf Job 5,18), de ella nace una vida nueva.

Descubro que <<el Señor reprende a quien ama, como un padre a su hija predilecto>> (cf Prov 3,12). Descubro que <<él reprende, corrige, enseña y conduce como un pastor su rebaño» (cf Sir 18,13). Y aun descubro que la Palabra de la cruz me atrae y su potencia divina acoge mi debilidad palmaria y transforma el mal en bien. Señor, ayúdame a ser según tu Palabra.

 

CONTEMPLATIO

Debemos querer la salvación de todos; empleemos saludablemente la severa corrección para que no perezcan o se pierdan otros. Sólo a Dios toca el hacerla provechosa a los que El previó y destinó para ser conformes a la imagen de su Hijo (Rom 8,29). Pues si alguna vez nos abstenemos de corregir por temor a que alguien se pierda ¿por qué hemos de corregir por temor a que alguien no se pervierta mas? No tenemos nosotros entrañas mas piadosas que el apóstol cuando dice; <<Os exhortamos asimismo, hermanos, a que amonestéis a los que viven desconcertados, animéis a los pusilánimes, sostengáis a los débiles y seis pacientes con todos. Mirad que nadie devuelva a otro mal por mal; antes bien, procurad siempre el bien mutuo y el de todos» (1 Tes 5,14ss). Estas palabras significan que se vuelve mal por mal cuando se descuida la corrección que debe hacerse y se evita con culpable disimulo. Pues dice también: <<A los culpables, repréndelos delante de todos, para que los demás cobren temor» (1 Tim 5,20).

Se alude aquí a los pecados públicos, pues de lo contrario daría motivo para pensar que el lenguaje del apóstol es contrario al del Salvador que manda: <<Si tu hermano te ofende, ve y repréndelo a solas» (Mt 18,15). Y, sin embargo, El también lleva la severidad mas adelante, añadiendo: <<Si no les hace caso, díselo a la comunidad; y si tampoco hace casa a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano» (Mt 18,17).

¿Y quién amó mas a los enfermos que El, pues por todos se hizo flaco y por todos fue crucificado a causa de su humanidad?

Siendo esto así, luego ni la gracia excluye la corrección ni la corrección excluye la gracia. Por consiguiente, al prescribirse lo que exige la justicia, se ha de pedir con fiel oración a Dios la gracia para cumplirla, y ambas cosas han de hacerse sin que se descuide la justa corrección. Y todo hágase con caridad, porque la caridad no peca y cubre multitud de 1os pecados (1 Pe 4,8) (Agustín de Hipona, <<De la corrección y de la gracia», 16.49, cn Obras, VI, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1949, 201).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<El que ama no hace mal al prójimo» (Rom 13,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Hay un significado clásico de la corrección fraterna, en perfecta consonancia con el mandato evangélico de Mt 18, que entiende este servicio fraterno, en la línea de recuperación de quien se ha equivocado, como un modo evangélico de situarse ante el pecado ajeno. La corrección fraterna <<es un gesto purísimo de caridad, realizado con discreción y humildad, en relación con quien ha errado; es comprensión caritativa y disponibilidad sincera hacia el hermano para ayudarle a llevar el fardo de sus defectos, de sus miserias y debilidades a lo largo de los arduos senderos de la vida; es una mano tendida hacia quien ha caído para ayudarle o levantarse y reemprender el camino...; es una práctica y eficaz catequesis que hace creíbles el amor y la verdad; es uno solícita intervención fraterna que quiere curar las heridas del alma sin causar sufrimientos ni humillaciones».

Pero hay también otro significado que está abriéndose camino progresivamente en la interpretación de la corrección fraterna. <<A lo largo  de los últimos años, la corrección fraterna se ha desplazado desde la esfera penitencial hacia la Espiritual», es decir, ha pasado gradualmente de la finalidad exclusivamente negativa (el reproche por un error) a una positiva <<propositiva>>, que se articula <<en una pluralidad de intervenciones graduales, no fácilmente definibles a priori, que van desde la ayuda que se presta al hermano para que no se extravíe, el apoyo que se ofrece a los débiles o el estímulo dirigido a los pusilánimes, la exhortación, la llamada de atención y la corrección, hasta la drástica medida de la excomunión, en el caso de que se revele como útil >>.

Así pues, siempre se trata de una intervención motivada por la presencia del mal, de lo limitación, de la debilidad, de la incertidumbre, pero con la intención de superar todas estas realidades en virtud de la fuerza positiva siempre presente en el sujeto; la corrección fraterna quiere poner de manifiesto este bien para hacerlo fructificar. Se trata de corregir <<promoviendo>> y de <<promover» corrigiendo. Precisamente, gracias a esta apertura o a esta mirada prospectiva tiene lugar la integración del mal.

        En este sentido, la corrección fraterna es <<un conjunto de comportamientos de iluminación, consejo, estimulo, reproche, amonestación y súplica que hay que cultivar pacientemente para adquirirlos como estilo propio y para hacerlos practicables cada día», por medio de los cuales se trata de ayudar al hermano a desistir del mal y hacer el bien. <<La corrección fraterna es entrar en la intimidad y del culpable, pero éste alberga en su interior quién sabe cuántos valiosos elementos positivos: hay que reservar un elogio para ellos>>.

Supone una notable ampliación de significado y, de todos modos, en línea con ese sentido de fraternidad responsable que es la clave de la  lectura de Mateo 18, 15-17. En efecto, el verbo reprender traduce un término hebreo cuya raíz significa también <<exhortar y educar>>, no solo <<corregir y castigar>>. Existe, además, una interpretación etimológica realmente sugestiva (aunque no sé en qué medida esta fundada), según la cual <<corregir>> vendría del verbo cumregere, esto es, literalmente significaría <<llevar juntos>>, llevar juntos el peso de un problema, de una debilidad, de un pecado, en definitiva, de una situación complicada del hermano, para no dejarlo solo y ayudarle a salir de sus problemas. En cierto modo, como aquellos hombres del evangelio de Lucas que cargaron sobre sus espaldas al paralítico y lo llevaron ante Jesús para que lo curara: Jesús lo curó, como ya sabemos, al ver su fe (cf Lc 5,7-26). Corrección fraterna es también esto: cargar con el peso de alguien que es débil y que solo con sus fuerzas nunca podría llegar a resolver sus problemas, teniendo bien presente que, en otras ocasiones, nosotros mismos hemos sido llevados por otro. Entonces se realiza realmente la integración del mal (A. Cencini, Como ungüento precioso, San Pablo, Madrid 2000, 2ll—213; traducción, José Francisco Domínguez).

 

Día 11

Lunes de la 23ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Colosenses 1,24-2,3

Hermanos:

1.24 Ahora me alegro de padecer por vosotros, pues así voy completando en mi existencia mortal, y a favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo que aún falta al total de las tribulaciones cristianas.

25 De esa Iglesia me he convertido yo en servidor, conforme al encargo que Dios me ha confiado de anunciaros cumplidamente su Palabra,

26 es decir, el plan secreto que Dios ha tenido escondido durante siglos y generaciones y que ahora ha revelado a los que creen en él.

27 Precisamente a éstos ha querido Dios dar a conocer la incalculable gloria que encierra este plan divino para los paganos; hablo de Cristo, que está entre vosotros y es la esperanza de la gloria.

28 A este Cristo anunciamos nosotros, amonestando e instruyendo a todos con el mayor empeño, a ver si conseguimos que todos alcancen plena madurez en su vida cristiana.

29 Por esto me fatigo y lucho, sostenido por la fuerza de Aquel que actúa poderosamente en mí.

2.1 Porque quiero que sepáis qué lucha tan grande sostengo por vosotros, por los de Laodicea y por tantos otros que no me conocen personalmente. 2 Lo hago para que se mantengan animosos y para que, unidos fuertemente en el amor, lleguen a conseguir toda la riqueza que se encierra en la plena inteligencia de las cosas y puedan conocer a fondo el plan secreto de Dios, que es Cristo,

3 en quien se encierran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.

 

*• La dirigida a los colosenses es una carta con la que Pablo quiere refutar algunas doctrinas que circulaban en aquella comunidad que él no había fundado. Nuevos maestros insinuaban que la obra redentora de Cristo era incompleta y que eran necesarias otras prácticas religiosas para completar la salvación procedente de la muerte y resurrección de Cristo. Estos maestros superponían añadidos ascéticos y supersticiosos al mensaje de Pablo.

Este último, en cambio, sostiene firmemente que añadir cualquier cosa al Evangelio equivale a disminuir su poder gratuito. No hace falta nada más. Sólo como miembros del cuerpo de Cristo podemos completar «lo que aún falta al total de las tribulaciones cristianas» (1,24). Y esto tiene lugar, sobre todo, con las fatigas y aflicciones soportadas por quien anuncia el Evangelio. Pablo se pone como ejemplo de este servicio al mismo, se gloría de su vocación y de su fidelidad, mientras que, al mismo tiempo, pone el acento en los sufrimientos ligados al servicio del Evangelio.

Pablo, al describir su propio ministerio, emplea categorías importantes para los colosenses y para los falsos maestros. Estos últimos exaltan la «sabiduría», la «perfección», y por eso Pablo habla de «conocer a fondo el plan secreto de Dios, que es Cristo, en quien se encierran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (2,2ss); e identifica la meta de su misión apostólica con el hecho de conseguir «que todos alcancen plena madurez en su vida cristiana» (1,28), confiando en el poder de Dios. Estamos muy lejos de las especulaciones y fantasías difundidas: todo está reconducido a lo concreto de Cristo, revelación del misterio (plan secreto) mismo de Dios.

 

Evangelio: Lucas 6,6-11

6 Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía atrofiada su mano derecha.

7 Los maestros de la Ley y los fariseos lo espiaban para ver si curaba en sábado y tener así un motivo para acusarlo.

8 Jesús, que conocía sus pensamientos, dijo al hombre de la mano atrofiada: -Levántate y ponte ahí en medio. El hombre se puso de pie.

9 Jesús les dijo: -Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?

10 Y, mirándolos a todos, dijo al hombre: -Extiende tu mano. Él lo hizo, y su mano quedó restablecida.

11 Pero ellos, llenos de rabia, discutían qué podrían hacer contra Jesús.

 

**• El sábado era, y sigue siendo, una institución que forma parte de la identidad de Israel. Es comprensible la sacralización del sábado, su carácter intangible y el proceso que lo ha convertido en algo absoluto. Jesús respeta el sábado, pero respeta todavía más al hombre y su dignidad, al hombre y su sufrimiento.

Esta vez, su intervención tiene el sabor de una provocación, porque sabía que todos los ojos estaban puestos en él, dado que «los maestros de la Ley y los fariseos lo espiaban para ver si curaba en sábado y tener así un motivo para acusarlo» (v. 7). Por eso, ésta era una buena ocasión para afirmar un principio fundamental de su acción mesiánica y de sus criterios de evaluación: ¿es más importante observar el sábado o intervenir a favor del hombre necesitado? Hemos de señalar que, en la tradición judía, había ya una interpretación que decía: «La salvación de una persona elimina la observancia del sábado».

Jesús, con el gesto de la curación (v. 10), obtiene un doble efecto: por una parte, la irritación y la peligrosa aversión ulterior de los maestros de la Ley y de los fariseos y, por otra, la afirmación de un criterio claro de acción para sus discípulos. El servicio al prójimo que se encuentra en grave necesidad debe constituir una prioridad también para los discípulos.

 

MEDITATIO

La primera lectura presenta una fuerte referencia a la insustituible presencia del misterio de Cristo en la vida del cristiano, y de manera especial en la vida del apóstol. Es una invitación a que me pregunte qué puesto ocupa realmente Cristo en mi modo de pensar y en mis decisiones. ¿Constituye siempre mi Maestro el primer y último criterio de juicio y de elección? La pregunta no es ociosa si pensamos en la abundancia de maestros que se presentan como más actuales y hasta más «evolucionados».

Quizás por primera vez desde hace muchos siglos, la figura de Cristo ha dejado de ser intangible e indiscutible incluso entre los cristianos. Hay quienes quieren «ponerlo al día», quienes lo quieren «completar», quienes quieren «actualizarlo», quienes quieren «relativizarlo». Si bien reconozco que son dignos de alabanza los esfuerzos encaminados a hacerlo «contemporáneo», no puedo ciertamente ingresar en las filas de quienes quieren «completarlo». Puedo explicitar su mensaje, pero sin añadir nada, como si él se hubiera olvidado de algún detalle o, lo que es peor, como si el mensaje tuviera necesidad de retoques para hacerlo aceptable. Mi pasión ha de ser darlo a conocer tal como es. Mi sufrimiento ha de ser comprometerme a que no sea desfigurado y mal entendido. De este modo participaré, completándola, en su pasión, consecuencia de su fidelidad a la identidad única de Hijo unigénito del Padre.

 

ORATIO

Mantenme alejado, oh Señor, de la tentación de ponerte al día. Sé que debo ponerme al día, pero a partir de ti y en ti. Siguiendo tu modelo debo poner al día mis sentimientos y mis pensamientos. Siguiendo tu modelo debo poner al día cotidianamente mi mente y mi corazón. Y cuando estoy bien fijo en ti, entonces puedo ponerme al día con los demás, a los que debo tomar en serio, pero a los que no puedo alejar de ti.

Esto es lo que te pido con ansiedad, porque conozco lo difícil que resulta «serte fiel» y «ser fiel al mundo» al que me has enviado. Eres tú quien me pide que conozca tu creación, el corazón de tus hijos, las leyes que rigen nuestra sociedad. Ahora bien, todo eso con el fin de hacerte presente mejor, no para sustituir tu presencia.

Concédeme la verdadera ciencia, que es conocimiento del misterio y de los caminos para hacerlo entrar en el hombre y en la mujer, en la intrincada red de comunicaciones, mensajes e input de mi mundo y del tuyo. Concédeme tu fuerza para resistir a la tentación de «ayudarte» con algunas «novedades» para ser más actual.

 

CONTEMPLATIO

El Hijo de Dios asumió la naturaleza humana y en ella soportó todo lo que es humano. Es ésta una medicina tan eficaz para los hombres que no es posible pensar otra que lo sea más. En efecto, ¿qué soberbia puede curar, si no cura con la humildad del Hijo de Dios? ¿Qué avaricia puede curar, si no cura con la pobreza del Hijo de Dios? ¿Qué iracundia puede curar, si no cura con la paciencia del Hijo de Dios? ¿Qué impiedad puede curar, si no cura con la caridad del Hijo de Dios? Y, por último, ¿qué timidez puede curar, si no cura con la resurrección de Cristo Señor? ¿Quién no se liberará de toda perversión contemplando, amando e imitando las palabras y las obras de aquel hombre en el que se presentó a nosotros el Hijo de Dios como modelo de vida? (Agustín de Hipona, La lucha cristiana, XI, 12).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «De Dios vienen mi salvación y mi gloria» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Pocos sacerdotes o personas entregadas a los servicios ministeriales piensan de una manera teológica. Muchos de ellos han sido educados en un clima en el que las ciencias del comportamiento, como la psicología y la sociología, dominaban de tal modo el medio educacional que  han aprendido poca teología. La mayor parte de los líderes cristianos actuales se plantean problemas psicológicos o sociológicos, aunque los formulen en los términos de las Sagradas Escrituras.

El verdadero pensamiento teológico, que es pensar con la mente de Cristo, es difícil de encontrar en la práctica del hombre entregado al servicio ministerial. Sin una sólida reflexión teológica, los líderes del futuro serán un poco más que seudopsicólogos, seudosociólogos o seudotrabajadores sociales.

Pensarán que se han convertido en personas con ciertas capacidades, animadores, modelos de determinados roles, imágenes de padres o madres, hermanos o hermanas mayores, o algo parecido, y de esa forma se sentirán unidos a los incontables hombres y mujeres que se ganan la vida intentando ayudar al prójimo a desenvolverse en medio de las presiones y tensiones de su vida diaria.

Pero esto tiene poco que ver con el liderazgo cristiano, porque el líder cristiano piensa, habla y actúa en nombre de Jesús, que vino al mundo para librar a la humanidad del poder de la muerte y abrirle el camino de la vida eterna. Para ser un líder así, es esencial ser capaz de discernir en cada momento cómo actúa Dios en la historia humana y cómo los acontecimientos personales, los vividos en la pequeña comunidad, lo mismo que los que tienen lugar a nivel nacional e internacional, y que suceden a lo largo de nuestras vidas, nos pueden hacer más y más conscientes de los caminos a los que somos llevados, por la cruz y a través de la cruz, a la resurrección [...].

Es decir, tienen que decir «no» al mundo secular y proclamar en términos clarísimos que la encarnación de la Palabra de Dios, por medio de la cual todo ha sido hecho, ha convertido el más mínimo acontecimiento histórico en un «kairos», es decir, en una oportunidad de ser guiados a profundizar en el corazón de Cristo (H. J. M. Nouwen, En el nombre de Jesús. Un nuevo modelo de responsable de la comunidad cristiana, PPC, Madrid 1994, pp. 69-71 passim).

 

Día 12

Martes de la 23ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Colosenses 2,6-15

Hermanos:

6 Así pues, ya que habéis acogido a Cristo Jesús, el Señor, vivid como cristianos.

7 Enraizados y cimentados en él, manteneos firmes en la fe, como se os ha enseñado, y vivid en permanente acción de gracias.

8 Estad alerta, no sea que alguien os seduzca por medio de filosofías o de estériles especulaciones fundadas en tradiciones humanas o en potencias cósmicas, pero no en Cristo.

9 Porque es en Cristo hecho hombre en quien habita la plenitud de la divinidad,

10 y en él, que es cabeza de todo principado y potestad, habéis alcanzado vosotros la plenitud.

11 Por vuestra unión con él estáis también circuncidados, no físicamente ni por mano de hombre, sino con la circuncisión de Cristo, que os libera de vuestra condición pecadora.

12 Habéis sido sepultados con Cristo en el bautismo y con él habéis resucitado también, pues habéis creído en el poder de Dios, que lo ha resucitado de entre los muertos.

13 Vosotros estabais muertos a causa de vuestros delitos y de vuestra condición pecadora, pero Dios os ha hecho revivir junto con Cristo, perdonándoos todos vuestros pecados.

14 Ha destruido el pliego de acusaciones que contenía cargos contra nosotros y lo ha quitado de en medio clavándolo en la cruz.

15 Ha despojado a principados y potestades, exponiéndolos a pública vergüenza, y ha triunfado de ellos por medio de Cristo.

 

*» Se habla en nuestro texto de «potencias cósmicas» (v. 8) y de «principados y potestades» (v. 10) como entidades subyugadas por Cristo. Se trata de espíritus, de fuerzas personales, de poderes angélicos que, según algunas creencias difundidas, desarrollaban alguna función de mediación entre Dios y el mundo y ejercían cierto control en el orden cósmico. Pablo se opone a estas creencias, que hacen pasar por filosofía o se han apropiado algunos filósofos. La oposición de Pablo es en nombre de la suficiencia de Cristo para la salvación.

En Cristo resucitado se recopila todo el mundo divino y todo el mundo creado, humanidad y cosmos. Cristo no tiene necesidad de ser «completado», porque tiene ya el control de todo. Y no sólo esto: el cristiano, mediante el bautismo, participa también en el triunfo de Cristo muerto y resucitado; triunfo sobre la muerte, triunfo sobre el influjo de las fuerzas cósmicas y misteriosas, consideradas influyentes e importantes. Cristo suprime con su cruz la ley antigua y obliga a estas potencias creadas a seguir, sometidas, su cortejo triunfal. Se trata de una declaración solemne de que Cristo basta para la salvación, de que tras él las fuerzas cósmicas, ya sean espirituales o materiales, han sido subyugadas y ya no pueden perjudicar.

 

Evangelio: Lucas 6,12-19

12 Por aquellos días, Jesús se retiró al monte para orar y pasó la noche orando a Dios.

13 Al hacerse de día, reunió a sus discípulos y eligió de entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles:

14 Simón, a quien llamó Pedro, y su hermano Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé,

15 Mateo, Tomás y Santiago, el hijo de Alfeo, Simón llamado Zelota,

16 Judas el hijo de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

17 Bajando después con ellos, se detuvo en un llano donde estaban muchos de sus discípulos y un gran gentío, de toda Judea y Jerusalén, y de la región costera de Tiro y Sidón,

18 que habían venido para escucharlo y para que les curara de sus enfermedades. Los que eran atormentados por espíritus inmundos quedaban curados,

19 y toda la gente quería tocarle, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

 

**• Los adversarios de Jesús maquinan contra él, y él prepara su respuesta, pensando y proveyendo a los continuadores de su obra apenas iniciada. Hemos de señalar, en primer lugar, la oración antes de la elección. A continuación, la libertad y la discrecionalidad de la elección.

Está también el nombre de «apóstoles», es decir, «enviados»: primero los escoge para enviarlos después. Los llama a él para introducirlos en la masa: la vocación está dirigida a la misión. Unos son elegidos para todos. La separación de unos está destinada a la apertura a las multitudes.

Por último, después de estos preparativos, empieza Lucas aquí el «discurso de la llanura», el mismo que Mateo presenta como «discurso de la montaña». El gentío acude para escucharle y, también, para que los cure de sus enfermedades y los libere de «espíritus inmundos». La humanidad que sufre es la que se muestra más interesada en la acción del profeta de Nazaret. Jesús no es sólo un maestro, sino alguien que cura, un médico. Médico de todo el hombre, de su cuerpo atormentado y de su espíritu angustiado.

 

MEDITATIO

Las afirmaciones de Pablo son fuertes: sólo debemos poner nuestra confianza en Jesús, el Señor, que ha vencido y dominado a todas las fuerzas, más o menos reales, más o menos ocultas. Sin embargo, estas fuerzas parecen emerger de nuevo en la mentalidad corriente, bajo la forma de astrología, de búsqueda de magos, de remedios contra el mal de ojo y otras modalidades. Los misioneros están preocupados, en algunas iglesias jóvenes, por el renacer de la brujería, que reconquista antiguas posiciones que parecían ya abandonadas. Hasta en la conciencia de algunos creyentes existe la convicción de que en el mundo actúan fuerzas oscuras, misteriosas, sentidas a menudo como amenazadoras y peligrosas, que han de ser exorcizadas. Y se dirigen a personas dotadas de una «fuerza» especial para combatirlas.

¿No será que estas fuerzas vuelven a emerger coincidiendo con el debilitamiento de la fe en el Señor Jesús? Pablo nos invita a no perdernos en disquisiciones ilusorias y a vivir «enraizados y cimentados» en el Señor Jesús, permaneciendo «firmes en la fe». No hemos de temer el sobresalto de fuerzas ocultas, signo de un mundo ya vencido, aunque no sometido aún del todo.

Empieza tú, hoy, a someterte tú mismo a Cristo, a considerarlo realmente tu Señor en todo momento, para que puedas participar en su triunfo sobre las «potencias cósmicas» que todavía puedan vagar, turbar y hacer sufrir a algunos de tus hermanos y hermanas. ¿Acaso no han sido los santos los que han llevado la paz, los que han combatido los miedos, los que han mantenido alejado el mal, los que han afirmado el pacificador señorío del Señor Jesús sobre toda fuerza amenazadora?

 

ORATIO

¿Qué hacer, oh Señor, ante el desconcierto de tantas personas que corren detrás de tantas fábulas, que se entregan a nuevas religiones, que se toman en serio la new age, que tienen miedo del mal de ojo y de los «maleficios»? A veces me parece que estoy inmerso en un mundo cada vez menos luminoso, donde hay fuerzas del mal  que confunden las ideas, hacen sufrir, infunden temor y juegan con la credulidad de la gente.

Concédeme el don del discernimiento para distinguir la realidad de las ilusiones, para sembrar paz a través de un diagnóstico correcto, para liberar del miedo. Pero, sobre todo, concédeme una renovada y reforzada confianza en el poder de tu cruz. Concédeme experimentar este poder luminoso antes que nada en mí, a fin de que yo sea luz. Para ello, haz morir en mí todas las oscuridades, aunque tenga que costarme mucho. Porque sólo quien está enraizado en la cruz consigue iluminar. Concédeme, Señor, la facultad de ayudar a quien esté paralizado por estos miedos señalándole los caminos de la paz.

 

CONTEMPLATIO

¿Qué piensas de aquellos que recurren a encantamientos y amuletos? ¿No conoces las obras extraordinarias que ha producido la cruz? ¡Ha destruido la muerte, ha derrotado al pecado, ha vaciado el infierno, ha debilitado el poder del demonio!

Por eso os suplico que os abstengáis de semejantes falsedades, confiándoos a estas palabras: «Yo renuncio a ti, Satanás» como a un apoyo seguro. Y del mismo modo que ninguno de vosotros se atrevería a bajar a la plaza desnudo, tampoco debería hacerlo nunca sin haber pronunciado antes estas palabras en el momento en que está a punto de atravesar el umbral de su casa: «Yo renuncio a ti, Satanás, a tu vana ostentación y a tu culto, para adherirme únicamente a ti, oh Cristo». No debemos salir nunca sin haber enunciado antes este propósito: que será tu bastón, tu coraza, tu fortaleza inexpugnable. Y, junto con estas palabras, imprime también el sello de la cruz en tu frente (Juan Crisóstomo, Catequesis para neófitos 2,5).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Señor es bueno con todos» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La misión de los futuros líderes cristianos no es contribuir humildemente a la solución de las penas y tribulaciones de su tiempo, sino identificar y anunciar los caminos por los que Jesús está guiando al pueblo de Dios, liberándolo de la esclavitud, a través del desierto hacia la nueva tierra de la libertad. Los líderes cristianos tienen la difícil tarea de responder a los conflictos personales y familiares, a las calamidades nacionales y a las tensiones internacionales con una fe articulada en la presencia real de Dios.

Tienen que decir «no» a toda forma de fatalismo, derrotismo, accidentalismo e incidentalismo, que hacen creer a las personas que las estadísticas nos dicen la verdad. Tienen que decir «no» a toda forma de desesperación en las que la vida humana es vista como una pura cuestión de buena o mala suerte. Tienen que decir «no» a todos los intentos sentimentales de hacer que las personas desarrollen un espíritu de resignación o de indiferencia estoica frente a lo ineludible del dolor, el sufrimiento y la muerte [...]. Los líderes cristianos del futuro tienen que ser teólogos, personas que conozcan el corazón de Dios y que estén preparadas, por medio de la oración, el estudio y un análisis cuidadoso, para manifestar la tarea salvadora de Dios en medio de los acontecimientos aparentemente fortuitos de nuestro tiempo.

La reflexión teológica consiste en meditar sobre las penosas y gozosas realidades de cada día con la mente de Jesús y, de ese modo, hacernos conscientes de que Dios nos guía con cariño. Es una disciplina dura, puesto que la presencia de Dios es una presencia escondida, que necesita ser descubierta. Los ruidos fuertes, tempestuosos, del mundo nos dejan sordos para escuchar la voz suave, amable y amorosa de Dios. El líder cristiano está llamado a escuchar esa voz y a ser animado y consolado por ella (H. J. M. Nouwen, En el nombre de Jesús. Un nuevo modelo de responsable de la comunidad cristiana, PPC, Madrid 1 994, pp. 70-73 passim).

 

Día 13

Miércoles de la 23ª semana del Tiempo ordinario o 13 de septiembre, conmemoración de

San Juan Crisóstomo

 

Juan Crisóstomo nació en Antioquía hacia el año 349. Ordenado sacerdote, se entregó con gran celo a la predicación. En el año 397 fue llamado a la sede episcopal de Constantinopla, donde se puso enteramente al servicio del rebaño que le había sido confiado. Su palabra ciara e incisiva -hasta el punto de merecerle el sobre nombre de «Crisóstomo» («boca de oro»)- no perdonó la corrupción de la corte imperial. Así fue como, al incurrir en el odio de los poderosos, fue enviado al exilio. Primero a Bitinia, de donde fue llamado muy pronto por la reacción del pueblo; pero un segundo y más duro exilio en Armenia fue fatal para su salud. Murió el 14 de septiembre del año 407 en Comana Poética, en la actual Turquía.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Colosenses 3,1-11

Hermanos:

1 Así pues, ya que habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios.

2 Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra.

3 Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios;

4 cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.

5 Destruid, pues, lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, liviandad, malos deseos y codicia, que es una especie de idolatría.

6 Eso es lo que provoca la ira de Dios [sobre los rebeldes],

7 y lo que también vosotros practicasteis en otro tiempo, cuando vivíais en tales pecados.

8 Pero ahora abandonad también todo eso. ¡Lejos de vosotros todo lo que signifique ira, indignación, malicia, injurias o palabras groseras!

9 No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo y de sus acciones

10 y revestíos del hombre nuevo, que, en busca de un conocimiento cada vez más profundo, se va renovando a imagen de su Creador.

11 Ya no existe distinción entre judíos y no judíos, circuncidados y no circuncidados, más y menos civilizados, esclavos y libres, sino que Cristo es todo en todos.

 

**• Pablo pasa a las consecuencias prácticas que tienen que ver con el estilo de vida cristiano. Es interesante señalar que no presenta un código moral completamente nuevo. Toma el mejor de la cultura existente. La lista de vicios y de virtudes no es muy diferente de la lista de los estoicos, que presentaban un elevado ideal de vida. Con todo, hay una diferencia fundamental: la motivación cristológica. Los creyentes constituyen en Cristo una «realidad nueva» o una «nueva creación». El creyente participa en las vicisitudes de Cristo y, por consiguiente, se ha revestido del hombre nuevo, que se «se va renovando a imagen de su Creador» (v. 10). La limpieza existencial es, por tanto, manifestación de una transformación interna. La novedad de vida es signo de un «hombre nuevo» que se está formando.

Ahora bien, no es sólo la realidad personal la que ha sido profundamente cambiada; también tiene que ser transformada la realidad social, porque en Cristo no existen las acostumbradas distinciones de sexo, de clase y de estirpe, «sino que Cristo es todo en todos» (v. 11). La transformación personal, en el hombre nuevo, se convierte en principio de transformación de las relaciones sociales, en superación de las barreras puestas por el hombre viejo. Cristo aparece como la verdadera renovación de la persona y de la sociedad, como la verdadera novedad del mundo.

 

Evangelio: Lucas 6,20-26

En aquel tiempo,

20 Jesús, mirando a sus discípulos, se puso a decir: Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.

21 Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque Dios os saciará. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

22 Dichosos seréis cuando los hombres os odien, y cuando os excluyan, os injurien y maldigan vuestro nombre a causa del Hijo del hombre.

23 Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que lo mismo hacían sus antepasados con los profetas.

24 En cambio, ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!

25 ¡Ay de los que ahora estáis satisfechos, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!

26 ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros, que lo mismo hacían sus antepasados con los falsos profetas!

 

*»• Lucas da una versión diferente de las bienaventuranzas. Las espiritualiza menos que Mateo. El Cristo de Lucas expresa su preferencia por los cristianos pobres, cuyo tipo está representado por Lázaro. Pero no sólo esto: los ricos deben ser compadecidos, pues están engañados y cegados por las riquezas y, además de llevar con frecuencia una vida moralmente discutible y carecer de piedad, son prisioneros de sus preocupaciones, sin perspectivas sobre el objetivo esencial de su vida, sin prestar atención a sus hermanos. El dinero es su ídolo, pero todo se les va de las manos: «Necio, esta noche morirás».

Y aquí se produce la inversión de las posiciones. El rico Epulón padece hambre y Lázaro lo tiene todo. La felicidad y la infelicidad han invertido sus posiciones. Se trata de una invitación enérgica al desprendimiento de todo lo que pasa, para apostar por el Todo que no pasa, por el Reino, por el Futuro de Dios, por la eternidad. Todo el que goce de los bienes de la tierra y de la abundancia debe preguntarse hasta qué punto no es prisionero de esos bienes. Quien esté absorbido por los bienes que pasan debe preguntarse qué será de él si no piensa también en «acumular» los bienes que no pasan.

 

MEDITATIO

Las palabras que hemos escuchado describen bien la  figura y la vida de san Juan Crisóstomo. Como profundo conocedor del misterio de Cristo y brillante predicador, se negó a un fácil éxito al precio de componendas.

Sin embargo, mostró a lo vivo las exigencias de la vocación cristiana, censurando valientemente la inmoralidad de la corte imperial; y por eso padeció la persecución y el exilio, mostrándose «humilde, amable y paciente» (cf. Ef 4,2). Como pastor bueno y solícito con las necesidades del pueblo, supo sacrificar su \ida para defender la integridad de la fe del rebaño que le había sido confiado.

Su luminosa doctrina, su extensa obra homilética y la liturgia que de él toma nombre son un vínculo de unidad entre las Iglesias.

 

ORATIO

Santo Dios, Tú habitas entre tus santos. Tú eres alabado por los serafines con el himno que te proclama tres veces santo y glorificado por los querubines y adorado por todos los poderes celestiales. Tú has creado todo de la nada. Tú creaste al hombre y a la mujer a tu imagen y semejanza y los adornaste con todos los dones de tu gracia. Tú das sabiduría y entendimiento al suplicante y no te olvidas del pecador, sino que has establecido el arrepentimiento como camino de la salvación.

Has permitido que nosotros, tus indignos siervos, estemos ahora delante de la gloria de tu santo altar y te ofrezcamos adoración y alabanza. Maestro, acepta este himno que te proclama tres veces santo también de los labios de nosotros, pecadores, y asístenos con tu bondad. Perdona nuestras transgresiones voluntarias e involuntarias, santifica nuestras almas y nuestros cuerpos y concédenos poder adorarte y servirte en santidad todos los días de nuestra vida, por la intercesión de la santa

Madre de Dios y de todos los santos en quienes te has complacido a través de todos los tiempos (Juan Crisóstomo, Trisagion).

 

CONTEMPLATIO

Mira, deseo aliviar una vez más las llagas de tu tristeza.

¿Qué es lo que turba tu alma? No tienes que abatirte; sólo hay una cosa a la que debes temer, oh Olimpíade, una única prueba: el pecado y nada más, no he cesado nunca de repetírtelo; todo lo demás son fábulas, ya se trate de insidias o de odios o calumnias o insultos o acusaciones o confiscaciones o exilios o espadas afiladas o alta mar u hostilidades de todo el mundo. Sea cual sea la naturaleza de estos males, son efímeros y caducos, porque golpean a un cuerpo mortal, sin traer consigo ningún daño al alma vigilante. Nada de cuanto sucede te debe turbar: ora sin cesar al Dios al que adoras, que haga un signo sólo y todo se disolverá en un instante.

Mas si, a pesar de tus oraciones, no se ha disuelto nada, es porque Dios actúa así a menudo: no disuelve las desventuras desde el comienzo, repito, sino cuando han llegado a su cumbre; entonces, de un trazo lo transforma todo en bonanza y dirige la situación hacia desenlaces inesperados. En efecto, Dios puede concedernos no sólo los beneficios que esperamos y deseamos, sino muchos más e infinitamente más grandes.

No te turbes, pues; mantente, más bien, siempre llena de gratitud y de alabanza a Dios, por todo; invócale, ruégale, suplícale. El Señor no se deja sorprender por las situaciones difíciles, aunque todo se haya precipitado a una ruina extrema (Juan Crisóstomo, Lettere dall'esilio, Milán 1975, pp. 73ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y medita durante el día la Palabra: «Para mí, la vida es Cristo, y morir significa una ganancia» (Flp 1,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La crisis de valores que estamos viviendo y la quiebra actual de los ideales nos invitan a hacer nuestra la experiencia de los antiguos Padres de la fe, comprometiéndonos a reconstruir con ellos una humanidad más justa y más pura, y a liberarnos a nosotros y a los demás de la alienación y de la agresividad. Por eso es actual la compunción -que para Juan Crisóstomo es la revuelta interior contra el mal-. Modelo de conversión radical es este mismo santo, que ya de joven abrazó la aspereza de la soledad contra el ambiente corrupto y corruptor. El Evangelio -repetirá con frecuencia- proclama bienaventurados no a los opresores, ni a los poderosos, sino a los que tienen hambre de justicia y a los que saben comprenderlos; no a los lujuriosos, sino a los limpios de corazón capaces de mirar las cosas de aquí abajo a la luz de Dios; no a los violentos, sino a los portadores de paz. Nunca se cansó de recordar estos principios a sus fieles.

El amor, para los cristianos, es caridad divina que une a los hermanos. En las cartas del exilio, es impresionante la vuelta de Juan Crisóstomo al tema del amor a Dios y al prójimo, de la caridad sentida como pasión viva y casi loca, fuente de verdadera alegría, cima de la pureza. Es hombre, en el sentido cabal del término, quien vive la unión entre los hermanos recordando a Dios en cada uno de ellos. Es capaz de comprender este amor

-añade- sólo quien está en sintonía con el corazón de Cristo (C. Riggi, «Introduzione», en Juan Crisóstomo, La vera conversione, Roma 1984, pp. 7-9 [edición española: La verdadera conversión, Ciudad Nueva, Madrid 1997]).

 

Día 14

Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre)

 

La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz nació en Jerusalén y se extendió después por todo el Oriente, donde aún se celebra como la de la Pascua. El 13 de septiembre del año 335 fue consagrada la basílica de la Resurrección mandada construir por Elena y Constantino y al día siguiente se recordó al pueblo el significado profundo de la iglesia, mostrando lo que quedaba de la cruz del Salvador. En Roma se conocía ya a comienzos del siglo VI la existencia de una fiesta de la Santa Cruz como recuerdo de la recuperación de la reliquia, pero sólo hacia mediados del siglo VII se empezó a mostrar -el 14 de septiembre- el lignum crucis a la veneración del pueblo, como signo e instrumento de salvación.

 

LECTIO

Primera lectura: Número 21,4b-9

En aquellos días, el pueblo comenzó a impacientarse

5 y a murmurar contra el Señor y contra Moisés, diciendo: -¿Por qué nos habéis sacado de Egipto para hacernos morir en este desierto? No hay pan ni agua, y estamos ya hartos de este pan tan liviano.

6 El Señor envió entonces contra el pueblo serpientes muy venenosas que los mordían. Murió mucha gente de Israel,

7 y el pueblo fue a decir a Moisés: -Hemos pecado al murmurar contra el Señor y contra ti. Pide al Señor que aleje de nosotros las serpientes.

8 Moisés intercedió por el pueblo y el Señor le respondió: -Hazte una serpiente de bronce, ponla en un asta y todos los que hayan sido mordidos y la miren quedarán curados.

9 Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un asta. Cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.

 

**• El autor del libro de los Números narra en los capítulos 20-21 las últimas peripecias de los judíos en el desierto, antes de su entrada en la tierra prometida. El pueblo murmura porque no tiene lo que desea; se rebela, no soporta el cansancio del camino (v. 2) a causa del hambre {«estamos ya hartos de este pan tan liviano») y de la sed (v. 5). Cegado por tales molestias, no consigue reconocer el poder de Dios, ya no tiene fe en el Señor; más aún, le consideran como alguien que envenena la vida. Dios manifiesta su juicio de castigo respecto al pueblo enviando serpientes venenosas (v. 6). Frente a la experiencia de la muerte, los judíos reconocen el pecado cometido alejándose de Dios y piden perdón. Y como la serpiente con su mordedura resultaba letal, así ahora su imagen de bronce puesta encima de un asta se vuelve motivo de salvación física para todo el que hubiera sido mordido.

El evangelio de Juan reconocerá en la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto la prefiguración profética del levantamiento del Hijo del hombre crucificado.

 

Evangelio: Juan 3,13-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

13 Nadie ha subido al cielo, a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre.

14 Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto,

15 para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

16 Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

17 Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él.

 

**- Los vv. 13-17 del evangelio de Juan forman parte del extenso discurso que responde a la pregunta de Nicodemo y en el que pone de manifiesto la necesidad de la fe para tener la vida eterna y escapar del juicio de condena. Jesús, el Hijo del hombre (v. 13), procede del seno del Padre; es el que «vino de allí» (v. 13), el único que ha visto a Dios y puede comunicar su proyecto de amor, cuya realización se encuentra en el don del Hijo unigénito. Jesús se compara con la serpiente de bronce (cf. Nm 21,4-9), afirmando que el pleno cumplimiento de cuanto pasó en el desierto tendrá lugar cuando él sea levantado en alto, es decir, en la cruz (v. 14), para la salvación del mundo (v. 17). Todo el que le mire con fe, es decir, todo el que crea que el Cristo crucificado es el Hijo de Dios, el salvador, tendrá la vida eterna.

El hombre, al acoger en él el don del amor del Padre, pasa de la muerte del pecado a la vida eterna. Sobre el fondo de este texto aparece el cuarto canto del «Siervo de YHWH» (cf. Is 52,13ss), donde volvemos a encontrar unidos los verbos «levantar» y «glorificar». Se comprende, por tanto, que Juan quiere presentar la cruz, punto extremo de la ignominia, como cumbre de la gloria.

 

MEDITATIO

Cada vez que leemos la Palabra de Dios crece en nosotros la certeza de que Jesús da pleno cumplimiento a la historia del pueblo hebreo y a nuestra historia: en efecto, no vino a abolir, sino a dar cumplimiento. Jesús es aquel que ha bajado del cielo, aquel que conoce al Padre, que está en íntima unión con él («El Padre y yo somos uno»: Jn 10,30), y ha sido enviado por el Padre para revelar el misterio salvífico, el misterio de amor que se realizará con su muerte en la cruz. Jesús crucificado es la manifestación máxima de la gloria de Dios. Por eso, la cruz se convierte en símbolo de victoria, de don, de salvación, de amor.

Todo lo que podamos entender con la palabra «cruz» - a saber: el dolor, la injusticia, la persecución, la muerte - es incomprensible si lo miramos con ojos humanos.

Sin embargo, a los ojos de la fe y del amor aparece como medio de configuración con aquel que nos amó primero. Así las cosas, ya no vivimos el sufrimiento como un fin en sí mismo, sino que se convierte en participación en el misterio de Dios, camino que nos conduce a la salvación.

Sólo si creemos en Cristo crucificado, es decir, si nos abrimos a la acogida del misterio de Dios que se encarna y da la vida por toda criatura; sólo si nos situamos frente a la existencia con humildad, libres de dejarnos amar para ser a nuestra vez don para los hermanos, seremos capaces de recibir la salvación: participaremos en la vida divina de amor.

Celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz significa tomar conciencia en nuestra vida del amor de Dios Padre, que no ha dudado en enviarnos a Cristo Jesús: el Hijo que, despojado de su esplendor divino y hecho semejante a nosotros los hombres, dio su vida en la cruz por cada ser humano, creyente o incrédulo (cf. Flp 2,6-11). La cruz se vuelve el espejo en el que, reflejando nuestra imagen, podemos volver a encontrar el verdadero significado de la vida, las puertas de la esperanza, el lugar de la comunión renovada con Dios.

 

ORATIO

Oh cruz, inefable amor de Dios y gloria del cielo.

Cruz, salvación eterna; cruz, miedo de los réprobos.

Oh cruz, apoyo de los justos, luz de los cristianos,

por ti Dios encarnado se hizo esclavo en la tierra;

por medio de ti ha sido hecho en Dios rey en el cielo;

por ti ha salido la verdadera luz,

la noche maldita ha sido vencida.

Tú hiciste hundirse para los creyentes

el panteón de las naciones;

eres tú el alma de la paz

que une a los hombres en Cristo mediador.

Eres la escalera por la que el hombre sube al cielo.

Sé siempre para nosotros, tus fieles, columna y ancla;

rige nuestra morada.

Que en la cruz se consolide nuestra fe,

que en ella se prepare nuestra corona.

(Paulino de Ñola.)

 

CONTEMPLATIO

Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado por su tierna compasión en aquel que a causa de su extremada caridad quiso ser crucificado: cierta mañana de un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vió bajar de lo más alto del cielo a un serafín que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se encontraba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Apareció entonces entre las alas la efigie de un hombre crucificado, cuyas manos y pies estaban extendidos a modo de cruz y clavados a ella. Dos alas se alzaban sobre la cabeza, dos se extendían para volar y las otras dos restantes cubrían todo su cuerpo.

Ante tal aparición, quedó lleno de estupor el santo y experimentó en su corazón un gozo mezclado de dolor. Se alegraba, en efecto, con aquella graciosa mirada con que se veía contemplado por Cristo bajo la imagen de un serafín; pero, al mismo tiempo, el verlo clavado a la cruz era como una espada de dolor compasivo que atravesaba su alma.

Estaba sumamente admirado ante una visión tan misteriosa, sabiendo que el dolor de la pasión de ningún modo podía avenirse con la dicha inmortal de un serafín.

Por fin, el Señor le dio a entender que aquella visión le había sido presentada así por la divina Providencia para que el amigo de Cristo supiera de antemano que había de ser transformado totalmente en la imagen de Cristo crucificado no por el martirio de la carne, sino por el incendio de su espíritu.

Así sucedió, porque al desaparecer la visión dejó en su corazón un ardor maravilloso, y no fue menos maravillosa la efigie de las señales que imprimió en su carne («Leyenda mayor», en Fuentes franciscanas, versión electrónica).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día: «El Hijo del hombre tiene que ser levantado en la cruz, para que todo el que crea en él tenga vida eterna» (cf.Jn 3,14-15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús conquista a los hombres por la cruz, que se convierte en el centro de atracción, de salvación para toda la humanidad.

Quien no se rinde a Cristo crucificado y no cree en él no puede obtener la salvación. El hombre es redimido en el signo bendito de la cruz de Cristo: en ese signo es bautizado, confirmado, absuelto.

El primer signo que la Iglesia traza sobre el recién nacido y el último con el que conforta y bendice al moribundo es siempre el santo signo de la cruz. No se trata de un gesto simbólico, sino de una gran realidad.

La vida cristiana nace de la cruz de su Señor, el cristiano es engendrado por el Crucificado, y sólo adhiriéndose a la cruz de su Señor, confiando en los méritos de su pasión, puede salvarse.

Ahora bien, la fe en Cristo crucificado debe hacernos dar otro paso. El cristiano, redimido por la cruz, debe convencerse de que su misma vida debe estar marcada - y no sólo de una manera simbólica- por la cruz del Señor, o sea, que debe llevar su impronta viva. Si Jesús ha llevado la cruz y en ella se inmoló, quien quiera ser discípulo suyo no puede elegir otro camino: es el único que conduce a la salvación porque es el único que nos configura con Cristo muerto y resucitado.

La consideración de la cruz nunca debe ser separada de la consideración de la resurrección, que es su consecuencia y su epílogo supremo. El cristiano no ha sido redimido por un muerto, sino por un Resucitado de la muerte en la cruz; por eso, el hecho de que Jesús llevara la cruz debe ser confortado siempre con el pensamiento del Cristo crucificado y por el del Cristo resucitado (G. di S. M. Maddalena, Infinita divina, Roma 1980, pp. 342ss).

 

Día 15

Nuestra Señora la Virgen de los Dolores (15 de septiembre)

 

La devoción a la Virgen de los Dolores se remonta a los primeros años del segundo milenio, como desarrollo de la «compasión» con María ¡uxta crucem Jesu. Esta devoción fue formulada litúrgicamente en tierras germanas, concretamente en Colonia, el año 1423. Sixto IV insertó en el misal romano la memoria de Nuestra Señora de la Piedad. La atención hacia María «dolorosa» se fue desarrollando gradualmente en la forma de los Siete Dolores, representados en las siete espadas que traspasan el corazón de la madre de Cristo. La extensión a la Iglesia latina en 1727 fue favorecida por los Siervos de María, que la celebraban desde 1668. La colocación en el 15 de septiembre se remonta a Pío X (1903-1914). En el calendario litúrgico de 1969 se la denomina memoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores.

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tim 1,1-2. 12-14

1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús, por mandato de Dios nuestro Salvador y de Cristo Jesús nuestra esperanza,

2 a Timoteo, verdadero hijo mío en la fe. Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.

12 Doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio,

13 a mí, que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero encontré misericordia porque obré por ignorancia en mi infidelidad.

14 Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad en Cristo Jesús.

          En estos versículos el apóstol Pablo, nos relata la misericordia de nuestro Señor Jesucristo que tuvo para con el, en unas circunstancias adversas de su vida.
          Nos relata, sin excusarse, como fue su vida; - aun cuando desde hacia mucho tiempo había obtenido la gracia del perdón de sus pecados;- la describe como blasfemo, injuriador y perseguidor, siendo esta actitud, dice; por ignorancia e incredulidad. Esta ignorancia por la cual sus ojos fueron cegados y su corazón lleno de prejuicios religiosos, fueron determinantes para que la gracia de nuestro Señor Jesucristo sobrepujara abundantemente por medio de la fe y el amor que es en Cristo Jesús, haciéndole consciente de cómo era y es ahora.
          Sin duda que el cambio efectuado en el fue completo, hasta el punto de declarar que, el evangelio de la gracia del Dios bendito, encomendado ahora a el es: Palabra fiel y digna de ser recibido por todos; que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.
          El mensaje que trata de trasmitirnos, es que Jesucristo que mostró en el su misericordia y clemencia, aun considerándose el primero de los pecadores; sirva de ejemplo para todos aquellos que habrían de creer en él para vida eterna

 

 

Evangelio: Lucas 2,33-35

En aquel tiempo,

33 su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de él.

34 Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: -Mira, este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción,

35 y a ti misma una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las intenciones de todos.

 

**• Esta minúscula perícopa de Lucas está situada en el centro de la «presentación de Jesús en el templo», donde sus padres cumplían las normas de la ley relativa a los recién nacidos. La palabra clave aquí es «espada» (v. 35b). La exégesis, consolidada por siglos de repetidas e idénticas referencias mariológicas, sondea todos los matices que se refractan de la imagen de la «espada de dolor». Siempre han sido llamadas «profecías de Simeón» las palabras de este hombre justo y temeroso de Dios, que esperaba el consuelo de Israel.

Indudablemente, la imagen de la espada que traspasa el alma se plasma en un corazón traspasado; algunos acontecimientos evangélicos confirman una especie de preanuncio de sufrimientos y dolores que habrían hecho sufrir al corazón de la madre. Sin embargo, el sustantivo «espada» que traspasa remite a Heb 4,12: allí la espada representa la Palabra de Dios. También la palabra fatigosa, pero obedecida por Jesucristo, hijo de Dios y de María, es igualmente obedecida por su Madre, convertida asimismo por esa fatigosa obediencia en la Dolorosa.

 

MEDITATIO

Algún leccionario propone también como primera lectura para esta memoria de la Virgen de los Dolores el texto de Jdt 13,17b-20a: es el canto de bendición a Dios y a la mujer fuerte por la liberación del pueblo, que sufre y está atemorizado por la presencia de un peligroso enemigo; éste se convierte en cántico de bendición a María, «mediadora» de la salvación también a través de sus dolores.

Se propone también como lectura Col 1,18-24, que es el repetido buen anuncio -«Evangelio»- de la reconciliación mediante la muerte de Cristo, al que puede asociarse todo discípulo completando en su propia carne lo que falta a su pasión: María es la primera que, sufriendo con su hijo moribundo en la cruz, cooperó de un modo absolutamente especial en la obra del salvador (cf. Lumen gentium 61).

Se propone, por último, el texto de Jn 19,25-27, fuente esencial para el desarrollo del recuerdo del dolor de María, confiada también como «dolorosa» al discípulo amado (no sólo el autobiógrafo Juan, sino todo el que sigue con un amor fiel a Cristo a todas partes), el cual «la tomó consigo», o sea, acogió la belleza de su estilo de discipulado y proximidad no exentos de encrucijadas de dolor.

El soporte para la meditación es generoso: una generosidad que no es extraña a la convicción o al menos a la sensación de la importancia de un tema y una realidad tan sensiblemente humana como es el dolor. El mensaje abierto por la Palabra bíblica confirma la subsistencia del dolor en la historia individual y colectiva de la humanidad, pero anuncia que el dolor habita también en el mundo divino, asumido en la encarnación por el mismo Hijo de Dios, Jesucristo, y compartido por su madre, una mujer en parte común y en parte singular como María. Mediante su experiencia de dolor, el dolor humano puede ser sustraído a la maldición y convertirse en mediación de vida salvada y servicio de amor.

 

ORATIO

Santa María, mujer del dolor, madre de los vivientes, salve. Nueva Eva, Virgen junto a la cruz, donde se consuma el amor y brota la vida.

Madre de los discípulos, sé tú la imagen conductora en nuestro compromiso de servicio; enséñanos a permanecer contigo junto a las infinitas cruces donde todavía sigue siendo crucificado tu Hijo; enséñanos a vivir y a atestiguar el amor cristiano, acogiendo en cada hombre a un hermano; enséñanos a renunciar al opaco egoísmo para seguir a Cristo, única luz del hombre. Virgen de la pascua, gloria del Espíritu, acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

A Santa María, tanto en la tradición de la Iglesia como en la devoción popular, se la denomina y reconoce como la Dolorosa. La Dolorosa no es dogma de fe, o sea, una verdad revelada por Dios. El dolor de María fue una realidad de su vida terrena. Inmaculada, siempre virgen, madre de Dios y asunta configuran la verdad de la inmodificable identidad personal de María. El dolor fue una experiencia suya terrena: María fue y ya no es dolorosa. Sus dolores cesaron al final de su existencia terrena, como sucede con toda persona humana. Pero ella sigue estando junto a los que sufren: la Dolorosa continúa siendo madre de los que sufren. En esta función ejerce ella un magisterio. Los dolores padecidos en la tierra constituyen una compleción de la pasión de Cristo en beneficio de la Iglesia. La participación de María en la pasión del Señor se ha convertido en su modo de cooperar a la obra de la salvación llevada a cabo por él: también como dolorosa es María corredentora, es decir, «ha cooperado de un modo absolutamente especial en la obra del Salvador».

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día la Palabra: «Jesús dijo a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo"» (Jn 19,26).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La meditación sobre los siete dolores de la bienaventurada Virgen podrá expresarse fácilmente en términos actuales, en cuanto los comparemos con los múltiples sufrimientos por los que está marcada la vida hoy...

Principalmente en virtud de nuestra identidad cristiana, aceptaremos ser nosotros mismos una existencia atravesada por la espada del dolor. Siguiendo a Jesús, tomaremos cada día nuestra cruz (Le 9,23; cf. Mc 8,34; Mt 16,24). Sensibles al drama de innumerables personas y grupos obligados a emigrar desde países pobres nada naciones más ricas, en busca de pan o de libertad, pondremos a salvo la vida de todo tipo de persecución y ofreceremos nuestra contribución activa a la acogida de los emigrantes [...].

En presencia de cuantos, en medio de la incertidumbre del vivir, añoran el rostro del Señor o se encuentran angustiados por haberlo perdido, nuestras comunidades han de ser lugares que apoyen su trabajosa búsqueda. Han de convertirse en santuarios de consuelo para tantos padres y madres que, desolados, lloran la pérdida física o moral de sus hijos. Como copartícipes de un mismo itinerario de fe, acompañaremos a nuestros hermanos y hermanas por la vía de su calvario: con gestos de delicadeza, como Verónica, o llevando su peso, como el Cirineo (H. M. Moons, Con Mana accanto alia croce, Roma 1992, 19ss).

 

Día 16

Sábado de la 23ª semana del Tiempo ordinario o 16 de septiembre, conmemoración de los

Santos Cornelio y Cipriano

 

Cornelio, nacido en Roma, fue elegido papa el año 251, después de quince meses de sede vacante por la persecución de Dedo. El emperador Cayo Vibio Treboniano Galo le desterró a Civitavecchia, donde murió el 14 de septiembre. Fue sepultado en las catacumbas de S. Calixto.

Cipriano, en cambio, había nacido en Cartago en torno al año 200, de padres paganos. Fue bautizado el año 248, poco después recibió las órdenes sagradas y fue elegido obispo de su ciudad. Sufrió el martirio bajo Valeriano el 14 de septiembre del año 258. Escribió varios tratados y cartas.

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Timoteo 1,15-17

15 Es segura esta doctrina, y debe aceptarse sin reservas: Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.

16 Precisamente por eso, Dios me ha tratado con misericordia, y Jesucristo ha mostrado en mí, el primero, toda su generosidad, de modo que yo sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener la vida eterna.

17 Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

**• Pablo se confiesa. O mejor: confiesa su esperanza fundamental, la de la misericordia de Dios. Cuenta las maravillas que Dios ha obrado en él. No dice cosas que haya oído decir, sino que comunica su propia experiencia.

Al anunciar la salvación del pecado empieza a hablar de la salvación de su pecado. Y de este modo sus palabras, las palabras de su carta, se vuelven vivas y comprometedoras. La historia de la salvación no es una historia de las ideas, sino la historia de salvaciones personales, de conversiones, de experiencias reales de salvación. Por eso se muestra Pablo tan vivo cuando habla y escribe: habla de cosas que ha probado, de hechos que le han desconcertado y transformado; habla de acontecimientos que le han afectado de modo profundo.

También Agustín sentirá la misma fascinación, porque, hasta en los momentos de la más elevada especulación, no se olvida de que está tratando de vida, de realidades que cambian la existencia, que orientan el vivir hacia direcciones altísimas.

La consecuencia y la conclusión no pueden ser más que la alabanza. La conclusión de toda teología ha de ser también la doxología, la alabanza, el estupor admirado. No ha de ser el moralismo, sino la contemplación agradecida y exultante de una acción divina que tiende a usar de la misericordia y a salvar a los pecadores.

 

Evangelio: Lucas 6,43-49

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

43 No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno.

44 Cada árbol se conoce por sus frutos. Porque de los espinos no se recogen higos, ni de las zarzas se vendimian racimos.

45 El hombre bueno saca el bien del buen tesoro de su corazón, y el malo de su mal corazón saca lo malo. Porque de la abundancia del corazón habla su boca.

46 ¿Por qué me llamáis «Señor, Señor» y no hacéis lo que os digo?

47 Os diré a quién es semejante todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica.

48 Es semejante a un hombre que, al edificar su casa, cavó hondo y la cimentó sobre roca. Vino una inundación y el río se desbordó contra esa casa, pero no pudo derruirla, porque estaba bien construida.

49 Pero el que las oye y no las pone en práctica es como el que edificó su casa a ras de tierra, sin cimientos; cuando el río se desbordó y las aguas dieron contra ella, se derrumbó en seguida, convirtiéndose en un montón de ruinas.

 

*•• Si es importante reconocer a Jesús como Señor, más importante es aún construir nuestra propia vida poniendo en práctica su enseñanza: «¿Por qué me llamáis "Señor, Señor" y no hacéis lo que os digo?» (v. 46).

La enseñanza está confirmada mediante dos comparaciones dobles: la del árbol y la del hombre sensato. El árbol se califica por sus frutos, como el constructor por los cimientos que pone en su casa. Y es que la Palabra de Jesús exige su traducción en comportamientos correctos, en motivaciones justas, en unos sentimientos correspondientes. Si es necesario ser oyentes de la Palabra, más importante es aún ser obreros de esa misma Palabra.

Lucas insiste en la «puesta en práctica», porque quiere evitar todo idealismo, toda reducción del mensaje a puro conocimiento. Exige la verificación de la «práctica», «obras buenas». Quien no procede así, se hace la ilusión de ser discípulo.

 

MEDITATIO

Cipriano a Cornelio, hermano en el episcopado:

Sabemos, amadísimo hermano, de tu fe, de tu fortaleza y de tu abierto testimonio. Todo ello te honra a ti y me proporciona a mí tanta alegría que me hace considerarme partícipe y socio de tus méritos y de tus empresas.

Siendo, en efecto, una la Iglesia, uno e inseparable el amor, única e inseparable la armonía de los corazones, ¿qué sacerdote, al proclamar las alabanzas de otro sacerdote, no se alegrará como de su propia gloria? ¿Y qué hermano no se sentirá feliz con la alegría de los propios hermanos? Ciertamente, no podéis imaginaros el contento y la gran alegría que hemos tenido aquí al saber de vosotros cosas tan hermosas y conocer las pruebas de fortaleza que estáis dando.

Tú has sido el guía de los hermanos en la defensa de la fe, y la misma confesión del guía se ha fortalecido todavía más con el testimonio de los hermanos. Así, mientras has precedido a los otros en el camino de la gloria, y mientras te has mostrado dispuesto a confesar el primero y por todos, has persuadido también al pueblo a confesar la misma fe. Por todo esto, nos resulta difícil expresaros qué es lo que más debemos elogiar en vosotros, si tu fe pronta e inquebrantable o la inseparable caridad de los hermanos. Se ha manifestado en todo su esplendor el valor del obispo como guía de su pueblo, y se ha mostrado luminosa y grande la fidelidad del pueblo en plena solidaridad con su obispo. Por medio de todos vosotros, a Iglesia de Roma ha dado su magnífico testimonio, toda ella unida en un solo espíritu y una sola voz.

De este modo ha brillado, hermano queridísimo, la fe que el apóstol comprobaba y elogiaba en vuestra comunidad. Ya entonces preveía él mismo y celebraba casi proféticamente su valor y su indomable fortaleza. Ya entonces reconocía los méritos que os darían tanta gloria.

Exaltaba las empresas de los padres, previendo las de sus hijos. Con su plena concordia, con su fortaleza, habéis dado a todos los cristianos un luminoso ejemplo de unión y de constancia.

Queridísimo hermano, el Señor, en su providencia, nos avisa que es inminente la hora de la prueba. Dios, en su bondad y en su premura por nuestra salvación, nos da sus benéficos consejos de cara a nuestro próximo combate. Pues bien, en nombre de la caridad, que nos une recíprocamente, ayudémonos perseverando con todo el pueblo en ayunos, en vigilias y en la oración.

Éstas son para nosotros las armas celestiales que nos harán firmes, fuertes y perseverantes. Éstas son las armas espirituales y los dardos divinos que nos protegerán.

Recordémonos mutuamente en la concordia y fraternidad espiritual. Roguemos siempre y en todo lugar los unos por los otros y busquemos cómo aliviar nuestros sufrimientos con la mutua caridad (Carta 60, 1-2; CSL III, 691-692, 694-695).

 

ORATIO

Cuando yacía postrado en las tinieblas de la noche, cuando zozobraba en medio del mar borrascoso de este mundo y andaba vacilante en el camino del error sin saber qué sería de mi vida, desviado de la luz de la verdad, imaginaba que sería difícil y duro, en mi situación, lo que me prometía la divina misericordia: que uno pudiera renacer y que -animado de una nueva vida por el baño del agua de salvación- dejara lo que había sido y cambiara el hombre viejo de espíritu y mente, aunque permaneciera en el mismo cuerpo humano. ¿Cómo es posible, me decía, tal transformación? [...] Esto me decía una y mil veces a mí mismo. Pues, como me hallaba retenido y enredado en tantos errores de mi vida anterior, de los que no creía poder desprenderme, yo mismo condescendía con mis vicios inveterados y, desesperando de enmendarme, fomentaba mis males como hechos naturales en mí. Pero después que quedaron borradas con el agua de regeneración las manchas de la vida pasada y se infundió la luz en mi espíritu transformado y purificado, después que me cambió en un hombre nuevo por un segundo nacimiento la infusión del Espíritu celestial, al instante se aclararon las dudas de modo maravilloso, se abrió lo que estaba cerrado, se disiparon las tinieblas, se volvió fácil lo que antes me parecía difícil, se hizo posible lo que creía imposible. De modo que pude reconocer que provenía de la tierra mi anterior vida carnal sujeta a los pecados y que era cosa de Dios lo que ahora estaba animado por el Espíritu Santo (Cipriano de Cartago).

 

CONTEMPLATIO

Algunas sentencias de sabiduría de san Cipriano:

«Nunca le faltará la luz a quien tiene la Luz en su corazón. Nunca le faltará la luz ni el sol a quien tiene a Cristo como luz y como sol».

«No son los mártires quienes hacen el Evangelio, sino que por medio del Evangelio es corno se llega a mártir».

«No puede tener a Dios por padre quien no tiene a la Iglesia como madre».

«No puede poseer la túnica de Cristo quien escinde y divide a su Iglesia».

«No es posible dividir la unidad».

«Nada le faltará a quien tiene a Dios consigo, con tal de que no le falte Dios».

 

ACTIO

Repite y medita con frecuencia durante el día este pensamiento de san Cipriano: «Dios no busca nuestra sangre, sino nuestra fe».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La compleja y atribulada vida religiosa de Cipriano nos conduce ante todo a una realidad: amar a Dios es amar a la Iglesia.

Es ésta una verdad grande, comprometedora, aunque, desgraciadamente, muy desatendida en nuestros días. El Señor no se ha separado de sus fieles, precisamente por la Iglesia. Una Iglesia cuyas culpas y sombras no ignoró el obispo Cipriano, pero una Iglesia a la que amó también de una manera impresionante.

Precisamente, la unidad parece ser uno de los temas más entrañables a Cipriano: «La Iglesia es sólo una, como la luz, aunque los rayos del sol sean muchos». ¿Cómo no ver aquí una llamada muy seria dirigida también a nosotros? Hoy, que sentimos la tentación de enfatizar las disparidades, incluso notables, que existen entre pueblo y pueblo en el modo de vivir la propia fe, las palabras de Cipriano nos invitan a favorecer de todas las maneras posibles la unidad y a superar cualquier barrera individualista, conscientes de nuestra vocación a creer en un solo Señor, dirigidos a un solo Padre, bajo la acción de un solo Espíritu.

A siglos de distancia, el mismo mensaje nos sigue interpelando de manera ardiente. ¿Seremos capaces, serán capaces nuestras comunidades de prestar una humilde y obediente escucha a ejemplo de la primera Iglesia? (A. Ballestrero, «Presentazione», en Crisüant con coraggio, Roma 1985, 7-9, passim).

 

Día 17

24° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera Lectura: Eclesiástico 27,30-28,1-9

27.30 También el rencor y la ira son detestables; el pecador las guarda en su interior

28.1 Del vengativo se vengará el Señor, que de sus pecados llevaré cuenta exacta.

2 Perdona a tu prójimo la ofensa y, cuando reces, serán perdonados tus pecados.

3 El que alimenta rencor contra otro, ¿como puede pedir curación al Señor?

4 Si un hombre no se compadece de su semejante, ¿como se atreve a suplicar por sus culpas?

5 Si es un simple mortal y guarda rencor ¿quién le va a perdonar sus pecados?

6 Acuérdate de tu fin y deja de odiar, acuérdate de la corrupción y de la muerte y sé fiel a los mandamientos.

7 Acuérdate de los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo. Acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto las ofensas.

 

<<Acuérdate de los mandamientos…», <<Acuérdate de la alianza del Altísimo… >> (v. 7); la Sabiduría nos invita a recordar la alianza. Y aun mas, en el libro del Sirácida, la Sabiduría es identificada can el libro del la alianza (<<Todo está es el libro de la alianza del Dios Altísimo, la ley promulgada par Moisés como herencia para las asambleas de Jacob [...] rebosa sabiduría [...], está llena de inteligencia [...], va repleta de disciplina», 24,23-26).

Esta es la relación que el <<sabio de Israel», a caballo entre el sigo III y el II a. de C., establece can la Torah. Ciertamente, Ben Sira no es un legalista: la ley, para él, es la ley de la vida; se refiere, en este sentido, al libro del Deuteronomio (cf 4,1.6) y a la tradición de los profetas (cf, por ejemplo, Bar 3,36-4,4).

Entonces, ¡acuérdate! Recordad principalmente que existe un novum, un punto, un término, un fin ultimo de la vida, de la historia, de la creación: <<Acuérdate de tu fin y deja de odiar» (tal cual, literalmente, 28,6). Escucha el mandamiento <<No tomarás venganza ni guardarás rencor a las hijas de tu pueblo. Amarás a tu prójimo coma a ti mismo>>, (Cf Lv 19,18), el mandamiento mas importante (cf Lc 10,25-28); el perdón es la actuación ordinaria, cotidiana, del mandamiento doble del amor a Dios y al prójimo. Y hay una correspondencia entre el perdón humana y el divino que Ben Sira acentúa en este texto.

Esta correlación, formulada en el Antigua Testamento, esta corroborada en el Nuevo. En el comentario del padrenuestro, Jesús declara: <<Si vosotras perdonáis a las demás sus culpas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas» (Mt 6,14ss).

 

Segunda lectura: Romanos 14,7-9

Hermanos:

7 Ninguno de nosotros vive para si mismo ni muere para si mismo;

8 si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor

9 Para eso murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

 

• Pablo afronta un asunto espinoso: la comunidad cristiana de Roma esta dividida entre quienes denomina <<fuertes» y <<débiles>>. Es un problema delicado: los débiles se abstienen de comer carnes y guardan un determinado calendario, son vegetarianos y celosos cumplidores de un rígido ascetismo. Los fuertes, por el contrario, comen de todo sin ningún problema y no hacen distinciones de días. Entre ambas partes ha surgido una disputa de recíproca acusación y condena. Pablo les exhorta a la acogida mutua: <<acogeos unos a otros, como también Cristo os acogió para gloria de Dios>> (Rom 15,7); <<no destruyáis la obra de Dios por una cuestión de comida» (14,20). Y para que sea posible una acogida mutua y común, <<cada cual actúe según su propia conciencia» (14,5), nadie debe reivindicar pretensiones sobre los demás, un derecho de posesión inexistente sobre el hermano o los hermanos.

Pablo distingue entre lo secundario y lo importante, y el problema, el motivo de la contienda, es marginal, aún sumando todos los elementos de la discusión. Sin embargo, el punto central si lo reafirma: es el principio universal de la pertenencia a Cristo (vv. 7-9). Es fundamental que la comunidad reconozca que Cristo es, efectivamente, el único Señor en virtud de su muerte y resurrección. Por tanto, cada uno esta llamado a comprobar su pertenencia a Cristo, la autenticidad de su fe y, respecto al tema aludido, la acogida del hermano.

 

Evangelio: Mateo 18,21-35

21 Entonces se acercó Pedro y le preguntó: - Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces?

22 Jesús le respondió:

- No te digo siete veces, sino setenta veces siete.

23 Porque con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.

24 Al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos.

25 Como no podía pagan; el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para pagar la deuda.

26 El siervo se echó a sus pies suplicando: <<¡Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo!».

27 El señor tuvo compasión de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda.

28 Nada mas salir aquel siervo encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios; lo agarró y le apretaba el cuello, diciendo: << ¡Paga lo que debes!».

29 El compañero se echó a sus pies, suplicándole: <<¡Ten paciencia conmigo y te pagaré !».

30 Pero él no accedió, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda.

31 Al verlo sus compañeros, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor todo lo ocurrido.

32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: <<Siervo malvado, yo te perdoné aquella deuda entera porque me lo suplicaste.

33 <<¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?».

34 Entonces su señor, muy enfadado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagase toda la deuda.

35 Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros.

 

*» Estamos en el corazón del denominado <<discurso eclesial» (o comunitario) de Mateo, que ocupa todo el capitulo 18. La principal interpelada es la comunidad cristiana, la Iglesia, <<la asamblea de los llamados» (vv 17).

El discurso no esta dirigido a extraños, sino a hermanos que viven juntos. Se trata de dar consistencia al amor fraterno: <<Señor: ¿cuántas veces ....? ». La pregunta de Pedro es clara (v. 21). La cuestión es de cálculo, el límite o las fronteras del perdón... <<¿Siete veces?» Hasta cuántas veces, llegados a un punto, basta, porque la paciencia tiene un limite.

Jesús, como de costumbre, le contesta con una parábola (vv 23-34), y quien quiera entender que entienda. Es un drama, de corte sapiencial, en tres actos, sin paralelo en los otros sinópticos. Los protagonistas, un rey y sus siervos.

El primer acto, estructurado con una lógica extraña, abre el drama; este rey decide ajustar las cuentas con sus sirvientes. Le presentan a un siervo con una deuda enorme: diez mil talentos. Imposible de saldar Un talento correspondía a 36 kilos, en peso, o a 10.000 denarios, en monedas. Si un denario era el jornal de un obrero, para que el siervo hubiese podido pagar la deuda debería haber trabajado una cantidad inconmensurable de años. Y aunque el rey hubiese logrado vender a aquel siervo, con toda su familia y sus bienes (como había amenazado) habría obtenido mas bien poco (la venta de un esclavo oscilaba entre 500 denarios, como mínimo, y 2.000 denarios, como máximo). La propuesta del siervo, <<te lo pagaré todo», es completamente absurda. Sin embargo, lo sorprendente es la reacción del rey-Señor a la súplica del siervo: <<Tuvo compasi6n». Esta es la primera respuesta a la pregunta de Pedro, y con él - portavoz de la comunidad - a todos los discípulos: reconocerse deudores, totalmente insolventes, aunque beneficiarios de un <<super-don», inmerecido y absolutamente gratuito, procedente de Dios.

El segundo acto del drama, el perdón fraterno, mutuo e ilimitado: <<No te digo siete veces, sino setenta veces siete» (v. 22). El rey-Señor desaparece de la escena y quedan únicamente los siervos. Un segundo siervo le debe 100 denarios al primero (al siervo que le había sido perdonado el enorme débito); bastaría con tener un poco de paciencia, como legítimamente le pedía el segundo siervo a su compañero, (<<Ten paciencia conmigo y te pagaré») y todo se resolvería. Pero —he aquí el drama- el primer siervo no quiere esperar y reivindica, de manera agresiva, lo que considera suyo, la deuda. Sin acceder a prórroga de ningún tipo, decide zanjar el asunto rompiendo definitivamente cualquier relación con el otro:

<<Lo metió en la cárcel» (M 30).

El último acto de la parábola es la consecuencia del comportamiento mezquino del siervo. Es inútil decirlo. El rey, muy enfadado, emite un juicio (M 32) y concluye formulando una pregunta retórica: <<¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti? (M 33).

 

MEDITATIO

<<Acuérdate de tu fin y deja de odiar» (Sir 28,6). ¿Cuál es el <<fin», las <<cosas últimas», de las que habla la Escritura? Si nos fijamos en la pagina del evangelio de Mateo, el fin se refiere al Reino de los Cielos; y si hojeamos la Carta a los Romanos, coincide con el Señor (<<Vivimos para el Señor», 14,8). El Reino de los Cielos es el horizonte ultimo de la historia, Cristo resucitado es el acontecimiento último del hombre. Pues el perdón mira al presente desde el fin, es decir, del novum, del éschatón, de lo definitivo que esta por venir El perdón <<no se sitúa en un plano ético, sino escatológico. El perdón es la profecía del Reino» (E. Bianchi).

En el texto de Mateo, hay dos dimensiones en tensión: la comunidad cristiana que vive en el tiempo, imperfectamente, y el Reino de los Cielos, que domina el fin de los tiempos. El perdón, como posibilidad ilimitada de relación y convivencia fraterna en el presente, también es la condición -gratuitamente ofrecida - de acceso a la comunión con Dios. Allí donde el pecado es ruptura de la relación, el perdón es restablecimiento, reconstrucción y consolidación de vínculos.

Se trata de abrir las puertas de nuestro corazón al amor - mas precisamente, a la misericordia de Dios- y permitirle que vivifique lo que el pecado mata. Se puede decir que la fuerza del perdón es la paciencia, entendida como esperanza, oración y empeño por la conversión propia y del hermano. Perdonar conlleva, en cierto sentido, participar de la paciencia divina: él es el <<paciente», el <<clemente», el <<compasivo», el <<misericordioso» y el <<fiel» (Ex 34,6). El primer movimiento del perdón es tener paciencia, aceptar las imperfecciones propias y ajenas. El segundo consiste en dar: estar en actitud de disponibilidad (darse) y acogida (ofrecerse) con el ofensor.

 

ORATIO

¡Santísimo Padre nuestro: creador, redentor, consolador y salvador nuestro!

Perdónanos nuestras deudas: por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos y la intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos.

Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores: y lo que no perdonamos plenamente, haz tu, Señor que plenamente lo perdonemos, para que por ti amemos de verdad a los enemigos y en favor de ellos intercedamos devotamente ante ti, no devolviendo a nadie mal por mal (cf 1 Tes 5,15), y para que procuremos ser en ti útiles en todo.

Y no dejes caer en tentación: oculta o manifiesta, imprevista o insistente.

Mas líbranos del mal: pasado, presente y futuro. Gloria al Padre... (Francisco de Asís, <<Paráfrasis del padrenuestro», en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, 28-29).

 

CONTEMPLATIO

Perdonadlo todo de corazón, perdonad cuanto tengáis contra quien sea de corazón; perdonad allí donde Dios ve. A veces el hombre perdona de palabra, pero se reserva el corazón, perdona de palabra por respetos humanos y se reserva el corazón porque no teme la mirada de Dios. Perdonad completamente todo; cualquier cosa que hayáis retenido hasta hoy, perdonadla al menos estos días. Ni un solo día debió ponerse el sol sobre vuestra ira, y han pasado ya muchos. Pase de una vez vuestra ira, pues celebramos ahora los días del gran Sol, aquel del que dice la Escritura: <<Amanecerá para vosotros el sol de justicia y en sus alas vendrá la salvación. ¿Qué significa en sus alas? Bajo su protección. Por esto dice el salmo: Protégeme a la sombra de tus alas. Los otros, en cambio, que tardíamente se han de arrepentir en el día del juicio e infructuosamente se dolerán, de los cuales habla el libro de la Sabiduría, ¿qué dirán entonces, pagando ya por sus culpas y gimiendo en su Espíritu angustiado? Aquel Sol amanece para los justos; en cambio, a este sol visible, Dios le hace salir cada día para buenos y malos. Es a los justos a quienes pertenece ver aquel Sol, que por el momento habita en nuestros corazones a través de la fe. Si, pues, llegas a airarte, que no se ponga este Sol en tu corazón por tu ira: No se ponga el sol sobre vuestra ira. Evita que, al airarte, se ponga para ti el Sol de la justicia y quedes en tinieblas.

No penséis que la ira es cosa sin importancia. ¿Qué es la ira? El deseo de venganza. ¿Qué es el odio? La ira inveterada. Lo que al principio era solamente ira se convirtió en odio porque se hizo vieja. La ira es la paja; el odio, la viga. A veces reprendemos al que se aíra, manteniendo nosotros el odio en el corazón. Nos dice entonces Cristo: ¿Ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo». ¿Por que la paja, creciendo, llegó a hacerse una viga? Porque no fue sacada al momento. Tantas veces toleraste que saliera y se pusiera él sobre tu ira, que la hiciste vieja. Acumulando falsas sospechas, regaste la paja; negándola, la nutriste; nutriéndola, la hiciste una viga. Al menos, tiembla cuando se te dice: <<El que odia a su hermano es un homicida».

Haced, pues, lo que esta dicho: <<Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores», y pedid con seguridad: <<Perdónanos nuestras deudas», porque en esta tierra no podréis vivir sin deudas (Agustín de Hipona, <<Sermón 58», 7-8, en Obras completas de san Agustín, X, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1983, 150-153).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Acuérdate del fin y deja de odiar» (Sir 28,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Después de haber compuesto el bienaventurado Francisco las predichas alabanzas de los creaturas que llamó Cántico del hermano sol, aconteció que se produjo una grave discordia entre el 0bispo y el podestá de la ciudad de Asís. El obispo excomulgó al podestá, y éste mandó pregonar que ninguno tratara de vender ni de comprar nada al Obispo, ni de celebrar ningún contrato con él.

El bienaventurado Francisco, que oyó esto estando muy enfermo, tuvo gran compasión de ellos, y más todavía porque nadie trataba de restablecer la paz, Y dijo a sus compañeros:  <<Es para nosotros, siervos de Dios, profunda vergüenza que el obispo y el podestá se odien mutuamente y que ninguno intente crear la paz entre ellos>>. Y al instante, y con esta ocasión, compuso y añadió estos versos a las alabanzas sobredichas:

<<Loado seas, mi Señor,

por aquellos que perdonan por tu amor

y soportan enfermedad y tribulación.

Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,

pues por ti, Altísimo, coronados serán>>.

Llamó luego a uno de sus compañeros y le dijo: <<Vete al podestá y dile de mi parte que tenga a bien presentarse en el obispado con los magnates de la ciudad y con cuantos ciudadanos pueda llevar>>.

Cuando salio el hermano con el recado, dijo a otros dos compañeros: <<Id y cantad ante el obispo, el podestá y cuantos estén con ellos el Cántico del hermano sol. Confío en que el Señor humillará los corazones de los desavenidos, y volverán a amarse y a tener amistad como antes».

Reunidos todos en la plaza del claustro episcopal, se adelantaron los dos hermanos y uno de ellos dijo: <<El bienaventurado Francisco ha compuesto durante su enfermedad unas alabanzas del Señor por sus creaturas en loor del mismo Señor y para edificación del prójimo. Él mismo os pide que os dignéis escucharlas con devoci6n». Y se pusieron a cantarlas.

Inmediatamente, el podestá se levantó y, con las manos y los brazos cruzados, las escuchó con la mayor devoción, como si fueran palabras del evangelio, y las siguió atentamente, derramando muchas lágrimas. Tenía mucha fe y devoción en el bienaventurado Francisco.

Acabado el cántico de las alabanzas, dijo el podestá en presencia de todos: <<Os digo de veras que no solo perdono al obispo, a quien quiero y debo tener como mi Señor, sino que, aunque alguno hubiera matado a un hermano o hijo mío, le perdonaría igualmente>>. Y, diciendo esto, se arrojó a los pies del obispo y dijo: <<Señor, os digo que estoy dispuesto a daros completa satisfacción, como mejor os agradare, por amor a nuestro Señor Jesucristo y a su siervo el bienaventurado Francisco>>.

El obispo, a su vez, levantando con sus manos al podestá, le dijo: <<Por mi cargo debo ser humilde, pero mi natural es propenso, pronto a la ira: perdóname>>. Y, con sorprendente afabilidad y amor, se abrazaron y se besaron mutuamente» (<<Espejo de perfección>>, X,101 , en san Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, 773-774).

 

Día 18

Lunes de la 24ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Timoteo 2,1-8

Querido hermano:

1 Te recomiendo ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres:

2 por los reyes y todos los que tienen autoridad, para que podamos gozar de una vida tranquila y sosegada plenamente religiosa y digna.

3 Esto es bueno y grato a los ojos de Dios, nuestro Salvador,

4 que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

5 Porque Dios es único, como único es también el mediador entre Dios y los hombres: un hombre, Jesucristo,

6 que se entregó a sí mismo para redimir a todos. Tal es el testimonio dado a su tiempo,

7 del cual he sido yo constituido heraldo y apóstol -digo la verdad, no miento- y maestro de todas las naciones en la fe y en la verdad.

8 Deseo, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando las manos limpias de ira y altercados.

 

*•• Pablo -bueno será recordarlo- había dejado a Timoteo a la cabeza de la comunidad de Éfeso, donde había trabajado en la evangelización desde el año 54 al 57, y a continuación había predicho la insurrección de hombres que enseñarían «para arrastrar a los discípulos

detrás de ellos» (Hch 20,30). Ahora, en esta primera carta a Timoteo, tras haberle animado a participar «en este hermoso combate, conservando la fe y la buena conciencia» (l,18ss) contra los herejes, le recomienda «ante todo» la oración «por todos los hombres: por los reyes y todos los que tienen autoridad», porque Dios no excluye a nadie de la salvación. En el texto se manifiesta además el ansia del apóstol por el futuro cuando expresa el deseo de «que podamos gozar de una vida tranquila y sosegada plenamente religiosa y digna».

El carácter universal de la oración, cuya necesidad presenta Pablo de manera insistente, está motivado, pues, por la voluntad salvífica universal de Dios, único creador del universo, como único es el mediador que reconcilia a todos los seres humanos entre sí y con Dios, redimiéndolos con su sangre. Ahora bien, la voluntad de Dios ni es absoluta ni está predeterminada. Está, en cierto sentido, «condicionada» a la libre determinación humana, que puede acoger o rechazar el don de Dios. Y en virtud de ese riesgo ínsito en la libertad humana es necesaria, por consiguiente, la oración. Por otra parte, la oración litúrgica tiene, en la comunidad cristiana, junto a un valor esencial, una importancia unificadora, expresada en el v. 8, antes incluso de tratar sobre los ministerios y su valor en la Iglesia.

 

Evangelio: Lucas 7,1-10

En aquel tiempo,

1 cuando Jesús terminó de hablar al pueblo, entró en Cafarnaún.

2 Había allí un centurión que tenía un criado a quien quería mucho y que estaba muy enfermo, a punto de morir.

3 Oyó hablar de Jesús y le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniese a curar a su criado.

4 Los enviados, acercándose a Jesús, le suplicaban con insistencia: -Merece que se lo concedas,

5 porque ama a nuestro pueblo y ha sido él quien nos ha edificado la sinagoga.

6 Jesús los acompañó. Estaban ya cerca de la casa cuando el centurión envió unos amigos a que le dijeran: -Señor, no te molestes. Yo no soy digno de que entres en mi casa,

7 por eso no me he atrevido a presentarme personalmente a ti, pero basta una palabra tuya para que mi criado quede curado.

8 Porque yo, que no soy más que un subalterno, tengo soldados a mis órdenes y digo a uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi criado: «Haz esto», y lo hace.

9 Al oír esto Jesús, quedó admirado y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: -Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande.

10 Y al volver a la casa, los enviados encontraron sano al criado.

 

**• El tercer evangelio presenta al centurión como alguien «temeroso de Dios», semejante al centurión de Hch 10,2. En la versión de Mateo parece mejor conseguida la espontaneidad del encuentro (es el centurión mismo quien habla a Jesús), mientras que en Lucas se comunica a través de intermediarios. La versión lucana subraya más la humildad del centurión que su fe. Según Mateo, el siervo era paralítico (cf. 8,6). Lucas, por su parte, no recuerda este particular y dice que está a punto de morir (cf. 7,2). Por otra parte, es un dato esencial para la historia sinóptica que el centurión no fuera judío, aunque como un prosélito había contribuido económicamente a la construcción de la sinagoga. De todos modos, se declara indigno de recibir a Jesús bajo su techo y, al mismo tiempo, manifiesta una gran fe en el poder de Jesús, un poder que considera absoluto y sin límites.

A propósito del v. 9: mientras los judíos alaban las buenas obras del centurión, Jesús alaba su fe. Lucas ha colocado este relato inmediatamente después del discurso dirigido por Jesús a los discípulos porque el Maestro quiere revelar ahora la eficacia de su Palabra para quien la acoge con confianza y humildad. Toda la atención del pasaje está concentrada en el diálogo entre Jesús y los enviados del oficial pagano, y culmina con la proclamación de Jesús en el v. 9. En las palabras de los amigos, más allá del riesgo de impureza legal en que hubiera podido incurrir Jesús, se exalta la autoridad y la eficacia de la Palabra del Maestro.

Por consiguiente, con la pequeña comparación tomada de la jerarquía y la disciplina militar, se muestra la confianza en la fuerza y la eficacia de la palabra de alguien que puede mandar a la enfermedad, incluso sin estar presente.

 

MEDITATIO

La liturgia de la Palabra nos enseña hoy, en primer lugar, la importancia de la oración litúrgica, oración de la Iglesia por «.lodos los hombres», en particular por aquellos que ejercen el poder, a fin de que estén al servicio de la tranquilidad social. Dios Padre «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». La salvación es conocimiento de la verdad (cf. 2 Tim 2,25; 3,7). Cristo, testigo del Padre con su vida, lo fue en grado supremo con su muerte. El siervo del centurión -señala Lucas- estaba enfermo y a punto de morir. Jesús, con la autoridad que le viene de la obediencia al Padre hasta la muerte en la cruz, le libera de la muerte, le cura (cf. 7,10). La fe humilde del centurión se encuentra con la Palabra autorizada de Jesús, su conciencia de pobreza con la Palabra eficaz del Maestro. Y la confianza del oficial pagano media en la curación de su criado.

La oración litúrgica, recomendada en la primera lectura, intercede, dondequiera que se encuentre la Iglesia, junto al mediador Jesucristo y cura de las iras y de las contiendas, para «que podamos gozar de una vida tranquila y sosegada plenamente religiosa y digna». El conocimiento de la verdad se convierte entonces en salvación integral de la persona, que en su vida diaria da testimonio de una vida colmada de piedad y transparente de dignidad humana, una dignidad madurada por su conciencia cristiana.

 

ORATIO

Oh Padre, liberador poderoso y guía seguro de nuestra historia, concédenos a través del hombre Jesucristo, muerto y resucitado en rescate por todos, reconocer los signos de tu Palabra incluso en las condiciones a veces paganas de nuestra vida cotidiana y social. Haznos capaces de recibir tu visita, de experimentar y dar testimonio de la eficacia curadora de la Palabra de nuestro único Maestro y Señor. Haznos comprender que la eficacia de la Palabra de Cristo se debe a su obediencia a tu voluntad, porque tú y él sois «una sola cosa». Y que, curados cada día por la Palabra tuya y suya, podamos ser testigos gratos y alegres de aquella fe que hace «levantar al cielo manos limpias».

 

CONTEMPLATIO

La naturaleza ha engendrado iguales a los hombres; sin embargo, en virtud de la diversidad de méritos y de tareas, un oculto designio ha sometido unos a otros. Ahora bien, esta diversidad, que fue añadida a causa de la culpa, ha sido sabiamente ordenada por el juicio divino a hacer que, por no estar todos en condiciones de recorrer de modo justo el camino de la vida, unos pudieran ser guiados por otros. Sin embargo, los santos, cuando están puestos en lo alto, no miran a la potestad jerárquica que hay en ellos, sino a la igualdad de la condición humana, y no les gusta presidir, sino ayudar a los hombres [...]

Cuando no tienen que corregir ninguna culpa, no se complacen en estar arriba en el poder, sino en ser iguales en la condición humana; y no sólo huyen de ser temidos, sino hasta de ser honrados más de lo debido. Y, en efecto, consideran que padecen un daño no leve en su humildad si se dan cuenta de que son estimados en más a causa del puesto que ocupan. Ésa fue la razón por la que el primer pastor de la Iglesia, al ver que se le rendía un honor excesivo cuando Cornelio se echó a sus pies para adorarlo, apeló de inmediato a la paridad de la condición y dijo: «¡Levántate, que también yo soy un hombre!» (Hch 10,26). ¿Quién no sabe, en efecto, que el hombre debe postrarse ante su Creador y no ante hombre alguno? (Gregorio Magno, cit. en Crescere nella fede, Magnano 1966, p. 99).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo no soy digno de que entres en mi casa; pero basta una palabra tuya, para que mi criado quede curado» (Lc 7,6b.7b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La fe absoluta nace de la experiencia de nuestra propia incapacidad para alcanzar la plenitud del ser sin la ayuda de la Palabra de Jesús. Esta constatación da ánimos a nuestro corazón para ir más allá de las obras posibles a nuestras capacidades humanas, más allá de los límites de nuestra confianza humana, más allá de los datos de nuestra razón natural y de nuestra experiencia normal, para echarnos, con un acto de confianza ilimitada, en los brazos de Jesús. «Yo no soy digno de que entres en mi casa, por eso no me he atrevido a presentarme personalmente a ti, pero basta una palabra tuya para que mi criado quede curado» (Lc 7,6ss). La apertura total a la Palabra de Jesús debe renovar todo en la vida cristiana: la vida privada y la pública, el trabajo y los negocios, las amistades y las hostilidades, el pensamiento y la acción. Todo debe ser reevaluado en virtud de la Palabra y por la Palabra de Jesús. Y es que la dimensión cristiana no es el hombre más una serie de ideas procedentes del cristianismo, sino que es el hombre nuevo, el hombre nacido de Dios que, al liberarse de todo lo que nace de la carne, de la voluntad, de los deseos humanos, pasa de la dimensión humana a la de los hijos de Dios.

El episodio del centurión nos dice que, si queremos alcanzar la fe absoluta, debemos estar ante Jesús como la tierra de labor, aue se ofrece toda ella al sol y al cielo para que los gérmenes de vida que guarda puedan dar su fruto (G. Vannucci, La vita senza fine, Cemusco s.N. 1991, pp. 143ss).

 

 

Día 19

Martes de la 24ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Timoteo 3,1-13

Queridos hermanos:

1 Es doctrina segura que quien aspira al episcopado desea una noble función.

2 Pero es preciso que el obispo sea un hombre sin tacha, casado solamente una vez, sobrio, prudente, cortés, hospitalario, capaz de enseñar;

3 no dado al vino, ni violento, sino ecuánime, pacífico, desinteresado;

4 que sepa gobernar bien su propia casa y educar a sus hijos con autoridad y buen juicio,

5 pues si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios?

6 Que no sea un recién convertido, no suceda que, dejándose llevar del orgullo, venga a caer en la misma condenación que el diablo.

7 Es necesario, además, que goce de buena fama ante los de fuera, para que no caiga en descrédito y en los lazos del diablo.

8 Asimismo, que los diáconos sean dignos, hombres de una sola palabra, que no abusen del vino, que eviten las ganancias ilícitas

9 y guarden el misterio de la fe con una conciencia limpia.

10 Que sean primero probados y luego, si resultan irreprochables, ejerzan el ministerio del diaconado.

11 Igualmente, que sus mujeres sean dignas, no murmuradoras, sobrias, fieles en todo.

12 Los diáconos han de ser hombres casados una sola vez, que sepan gobernar bien a sus hijos y sus propias casas,

13 pues los que desempeñan bien este ministerio alcanzarán un puesto de honor y mucha seguridad en la fe que tenemos en Cristo Jesús.

 

*» Pablo le habla a Timoteo de las cualidades que debe tener el obispo (y, a continuación, de las que deben adornar al diácono) en la Iglesia, para desarrollar un buen gobierno encaminado al servicio y a la administración. Se trata de unas tareas que en aquellos tiempos carecían de estima y de honor, y, por eso, eran poco ambicionadas. En consecuencia, desearlas, según Pablo, es una cosa buena, porque revela disponibilidad hacia la comunidad, que tiene necesidad de tales servicios.

La expresión «casado solamente una vez» (v. 2), que indica una de las cualidades requeridas, como también ocurría, por otra parte, con las viudas, que debían serlo de «un solo marido» (1 Tim 5,9), no debe ser entendida en el sentido de que el obispo esté obligado a casarse como por una orden, sino en el sentido de que, en el caso de que ya estuviera casado, no debe volver a casarse por segunda vez. Y tanto mejor si es célibe, como lo era él mismo, Pablo (cf. 1 Cor 7,8). Por consiguiente, se subraya la importancia de la fidelidad, que también era ya objeto de una consideración especial entre los paganos (cf. Cicerón, Ad Atticcum XII, 29).

La lista de las cualidades requeridas para el obispo, como ocurre también con la de los diáconos, no tiene nada de específico: se inspira en otras listas clásicas destinadas a las personas que ejercen alguna función en la Iglesia. Los w. 4ss lo verifican, tomando como punto de comparación el buen gobierno que se requiere en la familia. Las «mujeres», citadas en el v. 11 -dado el contexto en el que se está hablando de personas públicas: de los «ministros» de la Iglesia-, da la impresión de que son las conocidas «diaconisas». También ellas desarrollaban tareas de instrucción con las catecúmenas, de asistencia en su bautismo, y estaban encargadas de visitar a las mujeres enfermas y de asistir a las necesitadas. Una de esas diaconisas debió de ser Febe, citada en la carta a los Romanos como mujer «que está al servicio de la iglesia de Cencreas» (Rom 16,1). Como personas públicas, debían poseer muchas de las cualidades que se pedían a los obispos y diáconos.

Además de todo esto se pide que el obispo no sea un «recién convertido» y que los diáconos «sean primero probados», antes de ser elegidos para tales servicios, a fin de que no cedan a la soberbia y sean encontrados irreprensibles. El v. 13 concluye anunciado «un puesto de honor y mucha seguridad en la fe que tenemos en Cristo Jesús» para aquellos que hayan servido bien. Por consiguiente, el desarrollo del «ministerio» asignado a éstos lleva aparejado el honor a través del testimonio de la fe, y todo ello para el crecimiento de la Iglesia.

 

Evangelio: Lucas 7,11-17

11 Algún tiempo después, Jesús se marchó a un pueblo llamado Naín, acompañado de sus discípulos y de mucha gente.

12 Cerca ya de la entrada del pueblo, se encontraron con que llevaban a enterrar al hijo único de una viuda. La acompañaba mucha gente del pueblo.

13 El Señor, al verla, se compadeció de ella y le dijo: -No llores.

14 Y acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon. Entonces dijo: -Muchacho, a ti te digo: levántate.

15 El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.

16 El temor se apoderó de todos, y alababan a Dios diciendo: -Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios ha visitado a su pueblo.

17 La noticia se propagó por toda la región de los judíos y por toda aquella comarca.

 

**• Se trata de otro gesto de misericordia, simétrico al del criado del centurión. Tal vez Lucas introduce este texto «suyo» para explicar la afirmación posterior del v. 22: «Las muertos resucitan». El evangelista le ha dado, de manera consciente, una forma particular a su relato, a lin de sugerir que Jesús es un nuevo Elías. En efecto, «el profeta» de Le 7,16 remite, más que Jn 6,14, a alguno de los grandes profetas de Israel, como Elías en el pensamiento popular. Detengámonos en algunos detalles particulares.

Si el Naín del Nuevo Testamento estaba situado en el lugar donde se encuentra el pueblo árabe de Neín, junto a Afula, el milagro tuvo lugar en las proximidades de Sunem, donde Eliseo disponía de una habitación (cf. 2 Re 4,8-10) y donde resucitó al hijo de la sunamita (4,35). Las semejanzas entre el relato de Naín y la historia sinóptica de la hija de Jairo (cf. Le 8,40-42.49-56) pueden ser fortuitas y normales. La atención recae, en ambos casos, sobre los padres, sometidos a la prueba de la pérdida de un hijo querido. Otro aspecto que merece atención es que del mismo modo que ocurre en el caso de la curación de la mano atrofiada (6,6-11), Jesús no realiza el milagro en respuesta a una petición explícita, ni ninguno de los interesados expresa una fe explícita. Por lo demás, la viuda no podía saber que Jesús tenía el poder excepcional de resucitar a los muertos. Los discípulos y la muchedumbre tampoco intervienen en el episodio, excepto al final. Es Jesús el personaje central.

Cuando tocó el féretro, se detuvieron los que lo llevaban, sorprendidos de que no tuviera miedo de incurrir en una impureza legal (Nm 19,16). Por otra parte, contrariamente a lo que hacían los profetas del Antiguo Testamento, que oraban a Dios para que volviera a dar vida a los muertos, Jesús pronuncia por su propia autoridad -en cuanto Señor- la orden dirigida directamente al muerto (cf. v. 14). El v. 15 deja entender que el féretro estaba abierto, justo lo contrario de las costumbres griegas.

Como ocurre en los relatos de la infancia y en otros de su evangelio y de Hechos, a Lucas le gusta señalar también aquí (v. 16) la alabanza coral a Dios por parte del pueblo, cautivo de un sentimiento religioso de respeto unido al «temor».

 

MEDITATIO

En la orden de que no llore, aparentemente paradójica, que da Jesús a la viuda, Lucas hace intuir desde el comienzo del texto el desenlace de este encuentro, dado que llama a Jesús con un título cargado de significado: «el Señor» (7,13b). Basta con la orden de Jesús para que el curso de los acontecimientos se invierta: Jesús restituye al joven vivo a su madre.

La reacción religiosa de la gente: «Alababan a Dios», introduce la exclamación: «Un gran profeta...», que ofrece la clave interpretativa de todo el episodio. Y Jesús, el gran profeta, Elías redivivo, a diferencia de éste, es el Señor.

Es Dios mismo el que interviene ahora de una manera eficaz para la salvación de su pueblo. Ésta es la «visita» por excelencia y definitiva de Dios: la resurrección de los muertos es un «signo» decisivo para quien sabe acogerlo. Jesús no sólo es el profeta que consuela curando enfermedades y aplazando la muerte, sino que –como Señor- es el vencedor de la muerte, el que inaugura el tiempo nuevo de la esperanza para todos los creyentes.

Ahora, frente a la lista de las cualidades requeridas para el «ministerio» de la autoridad en la Iglesia, según la primera lectura, vemos que la autoridad del Señor indica la cualidad esencial que los «ministerios» del obispo y de los diáconos deben presentar. Esta cualidad es la fidelidad en el testimonio y en el servicio. Una fidelidad basada en la obediencia a la Palabra, como demuestra toda misión profética del Antiguo y del Nuevo Testamento, y por excelencia la del profeta Jesús de Nazaret. No puede haber autoridad cristiana sin obediencia de los «ministros» a la Palabra de Dios, de suerte que les sea posible gobernar y guiar a la Iglesia no siguiendo criterios mundanos, sino siguiendo las exigencias de la misma Palabra. La búsqueda de la voluntad de Dios por parte de los pastores y del rebaño –aunque con papeles diferentes- ha de ser unívoca y concorde (cf. Hch 2,42). El poder sobre la muerte y sobre todo mal se comunica, a través de la línea de la obediencia y de la profecía, por el Profeta y Testigo fiel, a los apóstoles y a los diáconos, para el servicio a la comunión y a la vida en la Iglesia.

La alabanza a Dios: «Un gran profeta...» (v. 16), es la primera resurrección de los muertos en el corazón humano. Viene, después, el agradecimiento por las visitas y las grandes obras de Dios. Y, en consecuencia, la intercesión abre la conciencia de la persona a la estructura permanente de vida que es la conversión del corazón y la oración continua. Conversión y oración son, simultáneamente, dones del Espíritu y compromiso de la persona indispensables para obedecer y mandar en la Iglesia, para empezar a vivir como resucitados en el tiempo presente, como anticipo de la definitiva resurrección de los muertos.

 

ORATIO

Oh Padre, tú eres compasión infinita. En tu Hijo, Jesús, Señor de la historia, consolaste a la madre viuda con la resurrección de su hijo, antes incluso de que tuviera la fe y la voz para pedírtelo. Concédenos una confianza tal en tu Palabra que nos enseñe a prevenir las peticiones de los dolores más grandes de la vida; para que nuestras respuestas de vida, en vez de pertenecer sólo al orden de las palabras, se muestren eficaces en la solución de los problemas más graves de los hermanos. Y que sean portadoras de liberación evangélica de las opresiones y de las violencias de muerte.

Concédenos comprender y comunicar a todos que la Palabra, si es asimilada en la vida del discípulo, le da posibilidades de liberar de todo mal, así como capacidad para «dominar» toda la fuerza del Divisor, el «diablo». Y a través del camino de unidad interior, será capaz de vivir como resucitado y comunicar a los otros las posibilidades que encuentra cada día.

 

CONTEMPLATIO

Luego, ¿vamos a tener por cosa grande y de maravillar que el Artífice del universo haya de resucitar a cuantos le sirvieron santamente en confianza de fe buena, cuando hasta por medio de un ave nos manifiesta lo magnífico de su promesa? Dice, efectivamente, en alguna parte: Tú me resucitarás y yo te confesaré (Sal 27,7). Y: Me dormí y me tomó el sueño, pero me levanté, porque tú estás conmigo (Sal 3,6). Y Job igualmente dice: Y resucitarás esta carne mía, que ha sufrido todas estas cosas (Job 19,26).

Así pues, apoyados en esta esperanza, únanse nuestras almas a Aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. El que nos mandó no mentir, mucho menos mentirá Él mismo, pues nada hay imposible para Dios fuera del mentir. Reavivemos, pues, en nosotros su fe y démonos cuenta de que todo esta cerca de Él. Con una palabra de su magnificencia lo estableció todo y con una palabra puede trastornarlo todo. ¿Quién le dirá: Qué has hecho? ¿O quién contrastará la fuerza de su poder? (Sab 12,12).

Todo lo hará cuando quiera y como quiera, y no hay peligro que deje de cumplirse nada de cuanto Él ha decretado. Todas las cosas están delante de Él y nada escapa a su designio. Comoquiera que los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. El día se lo dice al día y la noche se lo cuenta a la noche, y no hay discursos ni hablas en que no se oigan sus voces (Sal 18,2-4). Ahora, pues, como sea cierto que todo es por Él visto y oído, temámosle y demos de mano a los execrables deseos de malas obras, a fin de ser protegidos por su misericordia e los juicios venideros. Porque ¿dónde podrá nadie de nosotros huir de su poderosa mano? ¿Qué mundo acogerá a los desertores de Dios? Dice, en efecto, en algún paso la Escritura: ¿Adonde me escaparé y a dónde me esconderé de tu faz? Si me subiere al cielo, allí estás tú; si me alejare hasta los confines de la tierra, allí está tu diestra; si me acostare en los abismos, allí tu soplo (Sal 138,7-10). ¿Adonde, por ende, puede nadie retirarse o adonde escapar de Aquel que lo envuelve todo? Por lo tanto, acerquémonos a Él en santidad de alma, levantando hacia Él nuestras manos puras e incontaminadas, amando al que es Padre nuestro clemente y misericordioso, que hizo de nosotros porción suya escogida (Clemente de Roma, «Carta primera», XXVI-XXIX, en Padres apostólicos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 21967, pp. 202-204).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7,16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Quién puede presumir de tener suficientes fuerzas para llegar a la ilimitada luz, a la perfecta floración humana a la que Cristo nos llama? ¿Quién nos ayudará a conseguir liberar nuestro ser interior de todas las durezas, de todos los miedos, de todos los condicionamientos de las instituciones humanas? ¿Quién dará a nuestra navecilla la fuerza para ir cada vez más hacia alta mar, lejos de todos los puertos construidos por el hombre?

El episodio de Lc 7,11-17 da la respuesta a estas preguntas que nacen de la constatación de nuestra insuficiencia. Sólo Jesús puede pronunciar las palabras salvadoras: «¡Levántate y recobra la vida!» (Lc 7,14). Ahora bien, ante su palabra debemos dejar de lado toda oposición, toda resistencia, como el cadáver del joven de Naín. Jesús es la Palabra de Dios que ha tomado la carne viva del hombre; su descenso a la humanidad concreta no ha concluido en la realidad del Hombre-Dios, sino que va asumiendo lentamente todo el hombre, aunque a través de la distinción de las naturalezas.

La redención significa para el hombre su ascenso a Cristo, su liberación de las fuerzas demoníacas que le deforman, llevada a cabo por la mano santa de Cristo. En el hombre redimido, ya no es el yo caído y dividido el que vive, sino Cristo (G. Vannucci, La vita senza fine, Cernusco s.N. 1991, p. 137).

 

Día 20

Miércoles de la 24ª semana del Tiempo ordinario o 20 de septiembre, conmemoración de los

Santos Andrés Kim, Pablo Chong y compañeros mártires

 

A principios del siglo XVII, el cristianismo entró en Corea y el Evangelio se fue extendiendo por las familias con el testimonio de los laicos. Según los datos que se tienen, en el año 1836 entraron en Corea los primeros sacerdotes europeos. A partir de esas fechas, las autoridades coreanas comenzaron a perseguir a los cristianos. En esas persecuciones murieron estos dos santos ¡unto con otro centenar de mártires. Andrés Kim fue el primer sacerdote coreano, y Pablo Chong, un insigne misionero laico.

El día 19 de junio de 1988, Juan Pablo II los proclamó santos junto con otros 115 compañeros que derramaron su sangre por la fe en Cristo en el siglo XIX.

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Timoteo 3,14-16

Querido hermano:

14 Te escribo esto con la esperanza de ir a verte pronto,

15 pero, por si tardo, quiero que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.

16 Es grande sin duda el misterio de nuestra religión: Cristo se ha manifestado como hombre mortal, el Espíritu ha dado testimonio de él, los ángeles lo han contemplado, ha sido predicado entre las naciones, creído en el mundo, elevado por Dios gloriosamente

.

**• Aunque esperaba poder ir cuanto antes a Efeso, Pablo quiso escribir a Timoteo para que, si tardaba, no le faltaran consejos aptos que le sirvieran de guía en la tarea de presidencia de la Iglesia. A esta última se la llama en el texto: «casa de Dios». Tanto en el sentido de edificio espiritual (cf. Ef 4,12; 1 Pe 2,4-6; etc.) como en el sentido de familia (cf. Tit 1,11; 1 Tim 1,16; 1 Pe 4,17), todos los cristianos son «familia de Dios» (cf. Ef 2,19). Al ser casa del Dios «vivo» -y no de una divinidad vana y muerta-, se comprende que la Iglesia pueda ser la «columna y fundamento» inquebrantable «de la verdad», sostenida por un apoyo de base todavía más sólido. Evidentemente, el pasaje se inspira en estas palabras de Jesús: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,17).

La imagen está tomada del arte de la construcción: Pablo tiene delante de sus ojos las estupendas columnatas que adornaban los más conocidos edificios públicos de Éfeso. Con este pasaje completa su doctrina sobre la Iglesia, presentada de manera más frecuente por él en su esencia interior de cuerpo de Cristo. Aquí, en cambio, insiste más en su aspecto externo y visible, en su poder de ministerio, aun cuando no pretende prescindir de la invisible presencia de la divinidad en ella, como demuestra en el v. 16.

La Iglesia es guardiana no de una determinada verdad filosófica, sino de un «misterio de fe» (cf. v. 9) revelado por el mismo Dios a sus santos (cf. Col 1,26). Un «misterio» que se concentra y se realiza en la persona de Cristo, el cual, después de su vida mortal, fue «elevado por Dios gloriosamente» y, convertido en «espíritu que da vida» (cf. 1 Cor 15,45), alimenta desde el interior, cimienta y compagina su Iglesia. Ahora sólo a través de la Iglesia se llega a Cristo.

Las dos proposiciones, «el Espíritu ha dado testimonio de él» y «los ángeles lo han contemplado» (v. 16), son más difíciles de interpretar. La primera de las dos puede poner de relieve la presencia del Espíritu en la obra de Cristo y en su prolongación, que es la Iglesia. La segunda hace referencia a los «ángeles» en general, que deberían ser los primeros en conocer los misterios de la vida del Señor y contemplaron la gloria de su humanidad en el momento de la ascensión. En otro lugar, Pablo habla asimismo de un «conocimiento» especial de los ángeles respecto a la «multiforme sabiduría de Dios» obtenida mediante la Iglesia (cf Ef 3,10), y de su sometimiento a Cristo (cf Flp 2,9-11; Ef 1,21; Col 2,10). Así pues, los primeros en ser «evangelizados» en Cristo fueron los ángeles y, a continuación, los paganos: de este modo queda claro por qué las dos expresiones se siguen inmediatamente.

 

Evangelio: Lucas 7,31-35

En aquel tiempo, dijo el Señor:

31 ¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen?

32 Se parecen a esos muchachos que se sientan en la plaza y, unos a otros, cantan esta copla: «Os hemos tocado la flauta y no habéis danzado; os hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado».

33 Porque vino Juan el Bautista, que no comía ni bebía, y dijisteis: «Está endemoniado».

34 Viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: «Ahí tenéis a un comilón y a un borracho, amigo de los publicanos y pecadores».

35 Pero la sabiduría ha quedado acreditada por todos los que son sabios.

 

*•*• Este pasaje evangélico exalta la figura de Juan el Bautista y la asocia a la de Jesús, frente a la generación de entonces, que rechazaba a ambos. La parábola de los muchachos caprichosos no hace más que ilustrar la actitud descrita en los w. 20-30. Aquí se presenta, por una parte, al pueblo y a los publicanos, que reconocieron el valor del bautismo de Juan, y, por otra, a los fariseos y a los maestros de la Ley, que rechazaron este bautismo y no entraron en el designio de Dios. Con todo, la actitud negativa de la generación de Juan y de Jesús no impedirá la realización del plan de Dios (cf. v. 30), porque «la sabiduría ha quedado acreditada por todos los que son sabios». Esta «sabiduría» parece ser precisamente el sabio designio de Dios. Los sabios que lo justifican son aquellos que entran en este designio, reconociendo a Juan y a Jesús como enviados de Dios, venidos a anunciar un nuevo plan de salvación para el mundo.

Lo que los otros desatienden y desdeñan no es propiamente la vía ascética del Bautista o la vía «festiva» y magnánima de Jesús, sino fundamentalmente el proyecto de Dios.

 

MEDITATIO

«Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros» (Jn 15,18). Éste es el misterio de la vida empezada en Cristo y prolongada en los cristianos.

Sorprende constatar cómo el martirio acompaña al nacimiento de las comunidades cristianas, en Jerusalén, en Samaría, en Roma y hasta los confines de la tierra.

La lista de mártires que figuran en el canon de los santos es interminable. Abundan en el martirologio cristiano jerarcas y religiosos, pero no falta tampoco el testimonio de muchos laicos. Con el sacerdote Andrés Kim, cuyo martirio celebramos hoy, figura el laico Pablo Chong como representante de muchos otros laicos, hombres y mujeres, casados y solteros, ancianos, jóvenes y niños, que sellaron con su sangre los comienzos de la fe cristiana en Corea.

El testimonio de estos mártires es para nosotros una imagen viva. Ellos son un desafío a la hora de construir, como sarmientos unidos a la vid, la sociedad contemporánea.

Nos estimulan a no dejar que falte en este mundo un rayo de la luz del Espíritu que ilumine el camino de la existencia humana.

El mismo año (1988) en que Juan Pablo II canonizó a estos mártires de la fe, escribió a todos los fieles cristianos laicos del mundo insistiéndoles en la responsabilidad de vivir y proclamar la fe recibida en el bautismo. La exhortación se titula Christifideles laici. De esa carta extraemos la oración que hoy os invitamos a rezar.

 

ORATIO

María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, contigo damos gracias a Dios por la espléndida vocación y por la multiforme misión confiada a los fieles laicos. Virgen del Magníficat, llénanos de reconocimiento y entusiasmo por esta vocación y por esta misión. Abre nuestros corazones a las inmensas perspectivas del Reino de Dios y del anuncio del Evangelio a toda criatura.

Virgen valiente, inspira en nosotros fortaleza de ánimo y confianza en Dios, para que sepamos superar los obstáculos que encontremos en el cumplimiento de nuestra misión. Enséñanos a tratar las realidades del mundo con un vivo sentido de responsabilidad cristiana y en la gozosa esperanza de la venida del Reino de Dios. Tú, que junto a los apóstoles has estado en oración en el cenáculo esperando la venida del Espíritu de Pentecostés, invoca su renovada efusión sobre todos los fieles laicos, para que correspondan plenamente a su vocación y misión, como sarmientos de la verdadera vid, llamados a dar mucho fruto para la vida del mundo.

Virgen Madre, guíanos y mantennos para que vivamos siempre como auténticos hijos de la Iglesia de tu Hijo y podamos contribuir a establecer sobre la tierra la civilización de la verdad y del amor, según el deseo de Dios y para su gloria. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Hermanos y amigos muy queridos: caed en la cuenta de que Dios, al principio de los tiempos, creó el cielo y la tierra y todo lo que existe. Meditad también por qué y para qué creó al hombre a su imagen y semejanza.

Si en este valle de lágrimas no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni seguir viviendo. Por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por su gracia hemos recibido el bautismo y hemos entrado a formar parte de la Iglesia.

Convertidos así en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso. Pero ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; peor aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él (de la última exhortación de san Andrés Kim).

 

ACTIO

Recuerda el día de tu bautismo. Busca la fecha o alguna foto, si existe. Después, respóndete a esta pregunta: ¿Qué he hecho yo de mi bautismo?

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos; con su pasión fundó la Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla.

Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas las partes en medio de tribulaciones.

También ahora, durante cincuenta o sesenta años, desde que la santa Iglesia penetró en nuestra Corea, los fieles han sufrido persecución, y aún hoy mismo la persecución se recrudece, de tal manera que muchos compañeros en la fe -entre ellos yo mismo- están encarcelados, como también vosotros os halláis en plena tribulación. Si todos formamos un solo cuerpo, ¿cómo no sentiremos una profunda tristeza? ¿Cómo dejaremos de experimentar el dolor, tan humano, de la separación? No obstante, como dice la Escritura, Dios se preocupa del más pequeño cabello de nuestra cabeza y, con su omnisciencia, lo cuida.

¿Cómo, por tanto, esta gran persecución podría ser considerada de otro modo que como una decisión del Señor o como un premio o castigo suyo?

Buscad, pues, la voluntad de Dios y luchad de todo corazón por Jesús, el jefe celestial, y venced al demonio de este mundo, que ha sido ya vencido por Cristo.

No olvidéis el amor fraterno, sino ayudaos mutuamente... Aquí estamos veinte... Si alguno es ejecutado, os ruego que no os olvidéis de su familia...

Está ya cerca el combate definitivo. Os ruego que os mantengáis en la fidelidad, para que, finalmente, nos congratulemos juntos en el cielo. Recibid el beso de mi amor».

(Extracto de la carta de despedida de Andrés Kim.)

 

Día 21

San Mateo (21 de septiembre)

 

Es él mismo quien nos cuenta su conversión empleando unos términos extremadamente sencillos (Mt 9,1-9). Por su parte, Lucas se complace en poner de relieve que, en aquella circunstancia, el banquete era signo del amor misericordioso de Jesús a todos los pecadores.

Mateo escribió un evangelio para la comunidad judeocristiana: esto se deduce de la estructura del mismo evangelio, que presenta a Jesús como el nuevo Moisés, como aquel que trae la ley del amor al nuevo pueblo de Dios. A continuación, Mateo pone una particular atención a la Iglesia, convocada, salvada e instituida por Jesús. Sólo él entre los evangelistas sinópticos conoce el término «Iglesia», exactamente en dos lugares: 16,18 y 18,17.

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 4,1-7.11-13

Hermanos:

1 Así pues, yo, el prisionero por amor al Señor, os ruego que os comportéis como corresponde a la vocación con que habéis sido llamados.

2 Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos los unos a los otros con amor.

3 Mostraos solícitos en conservar, mediante el vínculo de la paz, la unidad que es fruto del Espíritu.

4 Uno sólo es el cuerpo y uno sólo el Espíritu, como también es una la esperanza que encierra la vocación a la que habéis sido llamados;

5 un solo Señor, una fe, un bautismo;

6 un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos.

7 A cada uno de nosotros, sin embargo, se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo.

11 Y fue también él quien constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, y a otros pastores y doctores.

12 Capacita así a los creyentes para la tarea del ministerio y para construir el cuerpo de Cristo,

13 hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo.

 

**• Pablo, al presentarse directamente como prisionero por el nombre del Señor, confiere una particular autoridad a su exhortación a vivir «con dignidad» la vocación cristiana. En virtud de esa vocación, todos los creyentes forman «un solo cuerpo» en Cristo Jesús, y eso exige un nuevo modo de vida, más allá del alejamiento de todo sentimiento de animosidad y discordia, para no romper «la unidad» llevada a cabo por el Espíritu Santo.

Es, efectivamente, el Espíritu Santo el que compagina el cuerpo místico de Cristo. Ahora bien, si los miembros se oponen entre ellos, ¿cómo podrá organizarse el cuerpo? La primera ley de vida es, pues, la armonía, la «paz», que es el indispensable cemento de la unidad. Se imponen, por consiguiente, motivos teológicos que impongan al cristiano la unidad espiritual con los hermanos: todo en su vida ha de tener un carácter de sociabilidad y una dimensión comunitaria. Es único el cuerpo de la Iglesia, y está animado por un único «Espíritu»; única es la «esperanza» de la salvación eterna a la que nos llama la fe en Cristo; único es el «Señor» Jesús, que ha roto el muro de la división y de la enemistad {cf. 2,14) y ha proporcionado a todos los mismos medios de salvación; la fe y el bautismo. Sin embargo, el motivo fundamental de esta unidad reside en la universal paternidad de Dios, que está presente en todo redimido con su acción y con su inhabitación mediante la gracia.

La clara profesión de fe trinitaria, contenida en nuestro pasaje, fundamenta el valor de los «carismas» aquí enumerados. De ellos se describe también el fin hacia el cual deben converger en la economía del cuerpo místico de Cristo: un fin eminentemente social, a saber: la edificación completa de este cuerpo, que se obtendrá cuando todos hayamos alcanzado la «perfecta unidad» de fe y de «conocimiento» amoroso de Cristo.

De este modo, la perfección personal y colectiva expresará la medida en «que alcancemos en plenitud la talla de Cristo» (v. 13).

 

Evangelio: Mateo 9,9-13

En aquel tiempo,

9 cuando se marchaba de allí, vio Jesús a un hombre que se llamaba Mateo, sentado en la oficina de impuestos, y le dijo: -Sígueme. Él se levantó y lo siguió.

10 Después, mientras Jesús estaba sentado a la mesa en casa de Mateo, muchos publícanos y pecadores vinieron y se sentaron con él y sus discípulos.

11 Al verlo los fariseos, preguntaban a sus discípulos: -¿Por qué come vuestro maestro con los publícanos y los pecadores?

12 Lo oyó Jesús y les dijo: -No necesitan médico los sanos, sino los enfermos.

13 Entended lo que significa: misericordia quiero y no sacrificios; yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

 

        *+• Cafarnaún estaba situada en los confines del territorio de Herodes Antipa con el de su hermano Filipo, sobre la arteria comercial que conducía desde Damasco al Mediterráneo. Esto explica la presencia de numerosos encargados del cobro de las tasas, la odiada clase de los publicanos, en aquella zona.

Toda la atención del texto está centrada en la prontitud de la respuesta de Mateo, presentado como «Leví, hijo de Alfeo» en Marcos y Lucas, respecto a la llamada de Jesús, y también en el tipo de gente que asiste al banquete, tal vez de despedida, que Mateo ofrece a sus ex colegas a fin de subrayar la seriedad de su opción. El hecho de ver a muchos publícanos y pecadores comiendo con Jesús y con sus discípulos escandaliza a los fariseos, porque en Oriente comer juntos significaba comunidad de vida y de sentimientos. Al conversar con los publicanos y los pecadores, Jesús muestra que está en la línea de la «misericordia» y reprocha a los fariseos su legalismo, que los hace insensibles a las auténticas necesidades del Espíritu, además de incapaces de comprender las auténticas necesidades del prójimo.

 

MEDITATIO

El problema de las comidas tomadas en común por cristianos de procedencia pagana y los de origen judío fue muy importante en la primera generación cristiana. Mateo, ya evangelista, quiere presentar una enseñanza de Cristo a su Iglesia. El Maestro, tanto de palabra como con el ejemplo, les ofrece una lección: Dios exige de nosotros sobre todo gestos de misericordia, más que actos cultuales.

Jesús, al llamar a Mateo y sentarse a la mesa con los pecadores, aparece como aquel que ha realizado la voluntad de Dios. Y toda su misión de llamada misericordiosa a los pecadores a la salvación ha sido el cumplimiento de la Palabra de Dios expresada en las Escrituras.

Frente al Dios discriminador presentado por el culto de los judíos de estricta observancia, el Dios revelado por la palabra y por la acción de Jesús es un Dios de misericordia, un Dios que acoge a los perdidos y les ofrece una nueva posibilidad de rehacerse; hasta alcanzar, mediante su gracia, la «perfecta unidad» interior, que en la primera lectura es «hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo» (v. 13).

 

ORATIO

Concédenos, oh Padre y Dios de misericordia, reconocer en nuestra historia personal la llamada fundamental de la vida que tu Hijo y Señor nuestro nos dirige con amor.

Concédenos, oh Padre y Dios de bondad, responderte afirmativamente con prontitud y generosidad, incluso a través de las grandes y pequeñas ocasiones de nuestro vivir cotidiano, a fin de que podamos realizar con fidelidad la obra que, de una manera personal y comunitaria, nos has dado para realizar en la Iglesia.

Y que el mundo, frente al testimonio de unidad del cristiano y de la Iglesia, pueda convertirse y creer en tu amor misericordioso, un amor que hemos visto y contemplamos en el rostro y en la acción de Jesucristo en la tierra.

 

CONTEMPLATIO

Gracias, Señor, por la compasión tan grande que te has dignado dispensar por nuestra redención, y te ruego: haz que podamos ser en verdad partícipes eternamente de esta redención y de la salvación eterna que hay en ti. ¿Quién al oír decir al apóstol: «Esta palabra es verdadera: Jesucristo ha venido a este mundo para salvar a los pecadores», no pronunciará al mismo tiempo una alabanza y una oración ni dirá: «A ti, Señor, la alabanza, a ti la acción de gracias, porque en tu gran misericordia buscas la vida y no la muerte del pecador. Dígnate, Señor, concedernos tu justificación por nuestros pecados y salvarnos con la salvación eterna»?

Cuando oímos, pues, las palabras de Cristo con las que se nos refieren o prometen sus beneficios, debemos abundar, como nos enseña el apóstol, en acciones de gracias a él. Ahora bien, el ánimo de aquel que ama y está repleto de deseo, una vez realizada la acción de gracias, debe añadir la oración para ser hecho digno de sus promesas (Juan el Cartujo).

 

ACTIO

        Repite a menudo y medita durante el día esta Palabra: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Le 19,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Las palabras «quiero misericordia, no sacrificios» (Mt 9,13) marcan un importante paso hacia adelante de la conciencia humana, pero, por desgracia, después de dos mil años, son muy pocos los que se han dado cuenta de esto: el paso de la religión del Padre a la del Hijo. El Padre experimentado como Soberano absoluto, como el Juez inapelable, que premia a los buenos y castiga a los pecadores; la conciencia necesitada de sacrificios expiatorios, de machos cabríos sobre los que depositar los pecados propios y los comunitarios. Por otra parte, la conciencia solar, creadora y portadora de vida. El árbol frutal da con arrebato sus frutos, y su alegría aumenta con el crecimiento de la abundancia de los frutos; no castiga a los animales y a los hombres que los comen; su tarea es sustentar a las criaturas que tienen necesidad de sus dones. Del mismo modo, el seguidor de la religión del Hijo vive para distribuir la misericordia, no para levantar altares sobre los que inmolar víctimas.

La experiencia cristiana se encuentra en el fatigoso y laborioso camino que va de la religión del Padre, del Rigor y del Juicio irreformable, a la religión del Hijo, que no juzga, no condena, no culpa a ninguna criatura, sino que con mano generosa distribuye amor y misericordia, no apaga el pábilo vacilante, no quiebra la caña cascada. Moisés había declarado que el hombre es la imagen de Dios en la creación; Cristo nos dice que el Hijo y los hijos del hombre están llamados a despojarse del temor y del temblor de los siervos, y a abrirse a la alegría vital de sentirse hijos de Dios (G. Vannucci).

 

Día 22

Viernes de la 24ª semana del Tiempo ordinario o 26 de septiembre, conmemoración de los

Santos Cosme y Damián

 

La leyenda y la devoción popular de los santos Cosme y Damián sobrepasan con mucho los documentos históricos de sus vidas y milagros. Estos santos están tan lejanos de nosotros en la historia (siglo III) que los ríos que han salido de aquellas fuentes de información han llegado hasta nosotros por cauces de leyenda.

Según una tradición muy antigua, estos santos tienen su tumba en Ciro (Siria). Son presentados como hermanos y gemelos. Se dice también que eran médicos de profesión. Convertidos al cristianismo, dieron testimonio de su fe hasta la muerte, la cual les sobrevino en la persecución de Diocleciano.

Lo que san Pablo cuenta de sí mismo (2 Cor 11,16-33) lo aplican los devotos al martirio de los santos Cosme y Damián: fueron arrojados a la cárcel encadenados, pasaron por agua y por fuego, fueron crucificados, asaeteados y, finalmente, decapitados. Este martirio ocurrió por el año 300. Pronto corrió su fama desde Oriente hasta Occidente.

Son muchos los templos y parroquias en todo el mundo que están dedicados a estos dos santos. Igualmente, también desde muy antiguo los han tomado por patronos protectores los médicos y boticarios.

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Timoteo 6,2c-12

Querido hermano:

2 Esto es lo que has de enseñar y recomendar.

3 Si alguno enseña otra cosa y no se atiene a las saludables palabras de nuestro Señor Jesucristo y a las enseñanzas de la religión,

4 es que está cegado por el orgullo y es un ignorante que sufre la enfermedad de promover discusiones y polémicas. De ahí surgen las envidias, los pleitos, las maledicencias, las suspicacias;

5 de ahí, las discusiones interminables de hombres corrompidos y sin escrúpulos que ven en la religión un negocio.

6 La religión es ciertamente de gran provecho cuando uno se contenta con lo necesario,

7 pues nada hemos traído al mundo y nada podremos llevarnos de él.

8 Hemos de contentarnos con tener alimento y vestido.

9 Los que quieren enriquecerse caen en trampas y tentaciones y se dejan dominar por muchos deseos insensatos y funestos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición.

10 Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males; algunos, por codiciarlo, se han apartado de la fe y se han acarreado a sí mismos muchos sinsabores.

11 Pero tú, hombre de Dios, evita todo esto, practica la honradez, la religiosidad, la fe, el amor, la paciencia y la dulzura.

12 Mantente firme en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna para la cual has sido llamado y de la cual has hecho solemne profesión delante de muchos testigos.

 

**• Pablo advierte, de una manera decidida, que, por el hecho de que los amos sean cristianos en vez de paganos, los siervos no han de caer en la tentación de estimarlos en menos por ser «hermanos» en la fe {cf v. 2); en efecto, no por el hecho de que el Evangelio valore indistintamente a todos los hombres, de modo que ya no haya «ni esclavo ni libre» {cf. Gal 3,28), ha abolido las diferencias de papel y de posición en la sociedad. Más aún, les han de servir mejor y con más amor precisamente por ser hermanos y amados por Dios y, por consiguiente, estar dotados de mayor sensibilidad para comprender el beneficio que prestan los esclavos con su servicio a los mismos amos.

El problema de la dignidad y de los derechos de los esclavos queda planteado así por la enseñanza de Pablo en otro plano: no sólo los amos, sino también los siervos procuran sus «beneficios» a los hombres, y no sólo beneficios económicos. La referencia posterior al compromiso de «enseñar y recomendar» a todos la verdad {cf v. 2) trae de nuevo a la mente de Pablo la sombra de los falsos maestros, que se separan con su enseñanza de las «saludables palabras» de Cristo (v. 3), transmitidas por la enseñanza apostólica, las únicas que son aptas para incrementar una auténtica vida según «las enseñanzas de la religión» (v. 3; cf. Tit 1,1). Falsos maestros marcados sobre todo por la codicia y la soberbia {cf w. 4-10), que son los dos resortes secretos que les inducen a presentarse como maestros improvisados.

El apóstol responde con fina ironía a estos falsos maestros diciéndoles que la religión genuina representa un gran provecho precisamente porque enseña a saber contentarse con lo que cada uno tiene {cf v. 6). El amor al dinero (v. 10) acaba también con la tranquilidad del espíritu, creando un verdadero martirio de preocupaciones y de pruebas para la fe.

En contraposición a los falsos maestros, Timoteo debe intentar conseguir -y el apóstol le anima a ello- las virtudes teologales y las morales de la honradez con Dios y con los hombres, de la religiosidad sincera, de la paciencia junto con la dulzura (v. 11), a ejemplo de Cristo, que pudo decir de sí mismo: «Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón» (Mt 11,29).

 

Evangelio: Lucas 8,1-3

En aquel tiempo,

1 Jesús caminaba por pueblos y aldeas predicando y anunciando el Reino de Dios. Iban con él los Doce

2 y algunas mujeres que había liberado de malos espíritus y curado de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que había expulsado siete demonios;

3 Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; Susana y otras muchas que le asistían con sus bienes.

 

**• Los apóstoles, qué duda cabe, acompañan a Jesús en su vida itinerante, pero es la presencia de mujeres lo que constituye el centro de atención de este fragmento, sobre todo en los w. 2ss, que son propios de Lucas. El v. 1 sugiere que Jesús evangelizaba de manera sistemática las ciudades y el campo. Para Lucas, Dios manifiesta ya la presencia del Reino en su empeño activo de salvar a la humanidad. Dios obra ahora en el ministerio de Jesús y realizará su Reino en el futuro. Pero, en el fragmento que nos ocupa, el evangelista se propone sobre todo indicar el papel que tuvieron las mujeres en la tarea de la evangelización. «Iban con él» junto con los Doce. Más adelante dirá Lucas, de manera insistente, que las mujeres que estaban presentes en el Calvario «habían acompañado» a Jesús durante su ministerio (23,49.55).

El v. 2 habla de personas a las que Jesús «había liberado de malos espíritus y curado de enfermedades», como se dice ya en 6,18 y 7,21. Los evangelistas sabían distinguir entre exorcismos y curaciones; a este respecto, unos textos se presentan claros y otros lo son menos. Es posible que, en el caso de María Magdalena, el número siete, expresión de plenitud, se refiera a un gran caso de posesión, de posesión repetida (cf. Le 11,26). Magdala, pueblo del que procedía casi con seguridad esta María, es un nombre que no aparece explícitamente en el Nuevo Testamento, pero que puede ser identificado con Tariquea, citado con frecuencia por el historiador Flavio Josefo.

De Juana y Susana carecemos de otras fuentes de información. Si Cusa y su mujer eran personas objeto de consideración en la cristiandad primitiva, se comprende su mención por parte de Lucas (8,3). Todas estas mujeres -nos dice el evangelista- «asistían» a Jesús y a los Doce con sus bienes. Se usa el mismo verbo griego para hablar de las mujeres que estuvieron presentes en la crucifixión: «Que habían seguido a Jesús y le habían asistido cuando estaba en Galilea» (Me 15,41).

 

MEDITATIO

El precio de la muerte de todos los santos mártires es la muerte de uno solo. ¿Cuántas muertes no habrá comprado la muerte única de aquel sin cuya muerte no se hubieran multiplicado los granos de trigo? Habéis escuchado sus palabras cuando se acercaba el momento de nuestra redención: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.

En la cruz se realizó un excelso trueque: allí se liquidó toda nuestra deuda, cuando del costado de Cristo, traspasado por la lanza del soldado, manó la sangre, que fue el precio de todo el mundo. Fueron comprados los fieles y los mártires, pero la fe de los mártires ha sido ya comprada, y su sangre es testimonio de ello. Lo que se les confió lo han devuelto, y han realizado así aquello que afirma Juan: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos.

Y también, en otro lugar, se afirma: Has sido invitado a un gran banquete: considera atentamente qué manjares te ofrecen, pues también tú debes preparar lo que a ti te han ofrecido. Es realmente sublime el banquete donde se sirve, como alimento, el mismo Señor que invita al banquete. Nadie, en efecto, alimenta de sí mismo a los que invita, pero el Señor Jesucristo ha hecho precisamente esto: él, que es quien invita, se da a sí mismo como comida y bebida. Y los mártires, entendiendo bien lo que habían comido y bebido, devolvieron al Señor lo mismo que de él habían recibido.

Pero, ¿cómo podrían devolver tales dones si no fuera por concesión de aquel que fue el primero en concedérselos? ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación. ¿De qué copa se trata? Sin duda, de la copa de la pasión, copa amarga y saludable, copa que debe beber primero el médico para quitar las aprensiones del enfermo. Es ésta la copa: la reconoceremos por las palabras de Cristo cuando dice: Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz- De este mismo cáliz afirmaron, pues, los mártires: Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. «¿Tienes miedo de no poder resistir?» «No», dice el mártir. «¿Por qué?» «Porque he invocado el nombre del Señor» ¿Cómo podían haber triunfado los mártires si en ellos no hubiera vencido aquel que afirmó: Tened valor: yo he vencido al mundo? El que reina en el cielo regía la mente y la lengua de sus mártires y, por medio de ellos, en la tierra vencía al diablo y, en el cielo, coronaba a sus mártires. ¡Dichosos los que así bebieron este cáliz! Se acabaron los dolores y han recibido el honor. (Sermón 329 de san Agustín, en el natalicio de los mártires.)

 

ORATIO

Reunidos en comunión, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; la de su esposo, san José; la de los santos apóstoles y mártires Pedro y Pablo, Andrés, Santiago y Juan, Tomás, Santiago, Felipe, Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo; Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, Cosme y Damián y de todos los santos; por cuyos méritos y oraciones concédenos en todo tu protección.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Plegaria encáustica I.)

 

CONTEMPLATIO

«Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5,11-12). Qué bien cuadran estas palabras de Cristo a los testigos de la fe, insultados, perseguidos y martirizados, pero nunca vencidos por la fuerza del mal.

Allí donde el odio parecía arruinar toda la vida, sin posibilidad de huir de su lógica, los mártires manifestaron que el amor es más fuerte que la muerte. Bajo terribles sistemas opresivos que desfiguraban al hombre, en los lugares de dolor, entre durísimas privaciones, a lo largo de marchas insensatas, expuestos al frío, al hambre, torturados, sufriendo de tantos modos, ellos manifestaron admirablemente su adhesión a Cristo muerto y resucitado. «El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna» (Jn 12,25). En estas palabras de Cristo se habla de una verdad que frecuentemente el mundo contemporáneo rechaza y desprecia, haciendo del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia. Pero los testigos de la fe no buscaron su propio interés, su propio bienestar y la propia supervivencia como valores mayores que la fidelidad al Evangelio. Incluso en su debilidad, ellos opusieron una firme resistencia al mal. En su fragilidad resplandeció la fuerza de la fe y de la gracia del Señor.

La preciosa herencia que estos valientes testigos nos han legado es un patrimonio común de todas las Iglesias y de todas las comunidades eclesiales. Es una herencia que habla con una voz más fuerte que la de los factores de división. El ecumenismo de los mártires y de los testigos de la fe es el más convincente: indica el camino de la unidad a los cristianos del siglo XXI. Es la herencia de la cruz vivida a la luz de la Pascua: herencia que enriquece y sostiene a los cristianos mientras se dirigen al nuevo milenio.

Que permanezca viva la memoria de estos hermanos y hermanas nuestros a lo largo del siglo y del milenio recién comenzado. Más aún, que crezca. Que se transmita de generación en generación para que de ella brote una profunda renovación cristiana. Que se custodie como un tesoro de gran valor para los cristianos del nuevo milenio y sea la levadura para alcanzar la plena comunión de todos los discípulos de Cristo.

Elevo mi oración al Señor para que la inmensa muchedumbre de testigos que nos rodea nos ayude a todos nosotros, creyentes, a expresar con el mismo valor nuestro amor por Cristo, por él, que está vivo siempre en su Iglesia: como ayer, así hoy, mañana y siempre. (De la homilía de Juan Pablo II el tercer domingo de pascua del año 2000.)

 

ACTIO

Repite con frecuencia en la jornada de hoy la frase del evangelio: «Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

De la carta de san Pablo a los Romanos 8,7 8-39:

Estimo que los padecimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. Porque la creación está aguardando en anhelante espera la manifestación de los hijos de Dios, ya que la creación fue sometida al fracaso no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza de que la creación será librada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación gime y está en dolores de parto hasta el momento presente. No sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo. Porque en la esperanza fuimos salvados; pero la esperanza que se ve no es esperanza, porque lo que uno ve ¿cómo puede esperarlo? Si esperamos lo que no vemos, debemos esperarlo con paciencia.

Igualmente, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque no sabemos lo que nos conviene, pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables. Y el que penetra los corazones conoce los pensamientos del Espíritu y sabe que lo que pide para los creyentes es lo que Dios quiere. Y sabemos que Dios ordena todas las cosas para bien de los que le aman, de los que han sido elegidos según su designio. Porque a aquellos que de antemano conoció también los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó los llamó; y a los que llamó, los justificó; y a los que justificó, los hizo partícipes de su gloria. ¿Qué más podremos decir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará gratuitamente con él todas las cosas? ¿Quién podrá acusar a los hijos de Dios? Dios es el que absuelve.

¿Quién será el que condene? Cristo Jesús, el que murió; mejor dicho, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios y el que intercede por nosotros. ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Dice la Escritura: Por tu causa estamos expuestos a la muerte todo el día, somos como ovejas destinadas al matadero. Pero en todas estas cosas salimos triunfadores por medio de aquel que nos amó. Porque estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro. 

 

Día 23

Sábado de la 24ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Timoteo 6,13-16

Querido hermano:

13 Te exhorto ante Dios, que da la vida a todas las cosas, y ante Jesucristo, que dio testimonio de la verdad ante Poncio Pilato,

14 a que guardes este precepto sin mancha ni culpa hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo,

15 que en su momento llevará a cabo el bienaventurado y único Soberano, el Rey de reyes, el Señor de los señores,

16 el único que posee la inmortalidad y habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él, honor y poder eterno. Amén.

 

*»- Pablo recomienda una vez más a Timoteo la fidelidad al precepto del Señor. ¿Fidelidad a qué precepto? Es seguro que se refiere a la «fidelidad» al bello testimonio de Cristo ante Poncio Pilato; hasta su manifestación escatológica, que ya es visible en su obra redentora en el tiempo.

Ante el pensamiento de la manifestación gloriosa de Cristo, brota espontánea del corazón de Pablo la doxología de los w. 15ss. La insistencia de Pablo en dar a Dios Padre los títulos reales y de «inmortalidad» parece una nota voluntariamente polémica contra los monarcas orientales y los emperadores romanos, que se atribuían tales títulos.

Para designar la segunda venida de Cristo, en vez del término común deparusía o «revelación», Pablo prefiere emplear, en las cartas pastorales, la palabra «manifestación», que se utiliza también para expresar la obra redentora (cf. 2 Tim 1,10; Tit 2,11; 3,4).

 

Evangelio: Lucas 8,4-15

En aquel tiempo,

4 reunió mucha gente venida de todas las ciudades y Jesús les dijo esta parábola:

5 -Salió el sembrador a sembrar su semilla. Mientras iba sembrando, parte de la semilla cayó al borde del camino, fue pisoteada y las aves del cielo se la comieron.

6 Otra parte cayó en terreno pedregoso y, nada más brotar, se secó, porque no tenía humedad.

7 Otra cayó entre cardos y, al crecer junto con los cardos, éstos la sofocaron.

8 Otra parte cayó en tierra buena, brotó y dio como fruto el ciento por uno. Y exclamó: -Quien tenga oídos para oír que oiga.

9 Sus discípulos le preguntaron qué significaba esa parábola.

10 Él les dijo: -A vosotros se os ha concedido comprender los secretos del Reino de Dios; a los demás todo les resulta enigmático, de manera que miran pero no ven, y oyen pero no entienden.

11 La parábola significa lo siguiente: la semilla es el mensaje de Dios.

12 La semilla que cayó al borde del camino se refiere a los que oyen el mensaje pero luego viene el diablo y se lo arrebata de sus corazones, para que no crean ni se salven.

13 La semilla que cayó en terreno pedregoso se refiere a los que al oír el mensaje lo aceptan con alegría, pero no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero cuando llega la hora de la prueba se echan atrás.

14 La semilla que cayó entre cardos se refiere a los que escuchan el mensaje pero luego se ven atrapados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a la madurez.

15 La semilla que cayó en tierra buena se refiere a los que, después de escuchar el mensaje con corazón noble y generoso, lo retienen y dan fruto por su constancia.

 

*• Es el mismo Jesús quien propone el nombre de la parábola narrada {cf. Mt 13,18). Esta indicación le presenta a él como «el sembrador», pero -según la teología de Lucas- todo predicador puede ser considerado como sembrador. La interpretación que sigue en el texto insiste más bien en los oyentes de la Palabra. El acento, por lo que se refiere a la parábola, recae en la suerte que corre la semilla. El contraste se da entre la semilla que perece y la que da fruto, entre la Palabra del Maestro proclamada a los judíos, que la rechazaron, y la misma Palabra proclamada a los discípulos, que se convirtieron en oyentes creyentes.

La parábola comienza de la misma manera en los tres sinópticos (cf. Me 4,3; Mt 13,3), pero, al añadir «su semilla» en el v. 5, es probable que Lucas haya querido recordar que la semilla es el verdadero tema de la parábola, o sea, la Palabra de Dios, que tiene una importancia capital en la teología de Lucas. Éste habla de semilla «pisoteada», tal vez para sugerir que algunos judíos o paganos sólo sentían desprecio hacia el Evangelio. Por otra parte, según Lucas, Jesús «exclamó» (v. 8), lo que resulta más enfático y profético que el simple «dijo» de Me 4,9.

A la pregunta de los discípulos sobre el significado del discurso parabólico, que tiene una notable concordancia entre Mateo y Lucas, Jesús responde: «A vosotros se os ha concedido comprender los secretos del Reino de Dios». La expresión remite a Dn 2,28ss, donde Dios aparece como el Revelador de los misterios, e indica la comprensión tanto de los «designios divinos» de salvación del mundo como el modo de llevarlos a cabo. «A los demás», prosigue Jesús en Lucas, estos misterios les resultan enigmáticos.

El evangelista concentra, pues, la atención en la diferente acogida reservada a la Palabra de Dios, tal como aparece significada por los diferentes terrenos. Según el v. 13, no son tanto las tribulaciones o las persecuciones como la tentación lo que conduce a la defección. Esta formulación debe ser atribuida a la mayor atención otorgada por Lucas a la conducta moral cotidiana (cf. 9,23).

La parábola, dirigida a la muchedumbre, invita a esta última a escuchar la Palabra de Dios. La explicación, destinada a los discípulos, subraya más bien los diferentes resultados de la predicación de la Palabra. Ahora bien, la sustancia de la enseñanza es la misma.

 

MEDITATIO

Es importante que el anuncio de la Palabra, tema entrañable para Lucas, llegue a todos y de la forma más sencilla. La propuesta está hecha con una gran esperanza y un gran optimismo. La escucha de la Palabra de Dios, esto es, de la revelación de su proyecto histórico, es acogida y adhesión interior. Pero eso es don de Dios, como la misma Palabra. Los discípulos han recibido ese don porque el amor libre y gratuito de Dios ha tomado la iniciativa (cf. 10,23; 12,32). Ese don no es una posesión privada que debamos defender, sino una tarea que fundamenta la responsabilidad del anuncio público y universal (cf. Le 8,16-18).

Por eso el tercer evangelista amortigua la oposición con los otros y reduce la cita de Isaías (Is 6,9: «Miran pero no ven, y oyen pero no entienden») a la mitad. Con ello deja a Israel, y a los otros en general, todavía una posibilidad de escucha y de conversión. Para Lucas y su comunidad cristiana, el tiempo que viven es tiempo de anuncio, no de discriminaciones apocalípticas. Frente a los interrogantes de una comunidad ya sacudida por los fracasos de la misión, por las defecciones y los retrasos de los creyentes, subsiste siempre y para todos la responsabilidad de la escucha de la Palabra.

Además de las grandes pruebas, están las pequeñas dificultades, las ilusiones y las pequeñas preocupaciones de cada día, que ponen en crisis la fidelidad de los discípulos. Además de las «riquezas» que ahogan la Palabra, están los bienes materiales y el afán de posesión, así como las distintas perezas, los infantilismos y los fastidios que hacen presa a la persona hasta el punto de impedirle su camino de maduración cristiana.

 

ORATIO

Concédenos, oh Padre y Dios de la vida, mantenernos disponibles a tu plan de salvación y amor. Concédenos acoger tu Palabra de verdad y de paz, tras haberla reconocido en los acontecimientos y en las personas que encontramos en nuestra vida diaria. Y haz que, custodiándola en el corazón, siguiendo el ejemplo de la Virgen, nuestra Madre (cf. Le 2,19), podamos dar frutos que se asimilen a los «pensamientos y sentimientos de Cristo» y, por consiguiente, de caridad con el prójimo de cada día.

 

CONTEMPLATIO

¿Por qué somos tan perezosos y lentos que no nos apresuramos, una vez abandonada por fin toda malicia, con sencillez y pureza de corazón, a recibir los oráculos de Dios y a recibir de ellos el sentido de Cristo, desde el momento en que oímos que se encuentra en ellos el Reino de Dios? A buen seguro, cada uno ha de captar según sus propias fuerzas los oráculos de Dios que pueda y, si es idóneo para un alimento sólido, recibir los oráculos de Dios que constituyen aquella sabiduría de la que habla el apóstol entre los perfectos (1 Cor 2,6). En cambio, quien no sea aún idóneo para ella, que reciba los oráculos de Dios donde no ha de reconocer otra cosa sino a Cristo Jesús, y éste crucificado (1 Cor 2,2). Quien ni siquiera pueda esto, que reciba los oráculos de Dios de modo que se sirva de leche y no de alimento sólido (Heb 5,12). Si todavía es débil en la fe, coja los oráculos de Dios en las hortalizas (Rom 14,29). Es suficiente que todos sepamos igualmente que los oráculos de Dios son «oráculos castos» y «.plata probada con el fuego puro de la tierra, purificada siete veces» (Sal 11,7); o sea, que conservemos los oráculos divinos en la castidad y en la santidad del corazón y del cuerpo (Orígenes, cit. en La lectio divina nella vita religiosa, Magnano 1994, p. 39).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19)

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Para poder ser transfigurados a semejanza del Hijo amado es preciso, en primer lugar, escucharle. De la Palabra de Dios es de donde brota en nosotros su luz (cf. 2 Cor 4,4). Esto aparece ya en nuestras relaciones humanas: si pasamos los unos junto a los otros sin decirnos nada: es un infierno. Pero si desde el corazón dirigimos una palabra a otro ser que ha sido creado a su vez a imagen de Dios, entonces se convierte en luz, es una palabra que pone en comunión [...].

Procedamos, por consiguiente, de una manera resuelta hacia aquel que nos confía su Palabra y quiere transfigurarnos a su luz. Pidámosle un corazón noble, que tenga la misma nobleza que el corazón de Dios: un corazón dilatado, grande, ancho, a la medida de su amor, en vez de permanecer en nuestras mezquindades y en nuestras pequeñeces. Pidámosle un corazón generoso como el del Padre, rebosante de vida para nosotros y ofrecido por completo a los hombres.

Por último - y tal vez ésta sea la cosa más difícil para nosotros, aunque le es posible a Dios-, pidámosle la constancia, la fuerza para resistir: la fuerza del Espíritu. Sin ella no podemos nada, absolutamente nada, pero con la fuerza del Espíritu, sea cual sea el abismo de nuestra debilidad, podremos mantenernos firmes. Arraigados en ese Amor que es nuestro Dios, podremos dar el fruto verdaderamente único del Espíritu: el fruto del amor (J. Corbon, La gioia del Padre, Magnano 1997, pp. 46ss).

 

Día 24

25° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 55,6-9

6 Buscad al señor mientras se deja encontrar; invocadlo mientras está cerca.

7 Que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; el Señor se apiadará de él, si se convierte, si se vuelve a nuestro Dios, que es rico en perdón.

8 Porque mis planes no son como vuestros planes, ni vuestros caminos como los míos, oráculo del Señor

9 Cuanto dista el cielo de la tierra, Así mis caminos de los vuestros, mis planes de vuestros planes.

 

•·• Con este oráculo, Isaías se dirige al pueblo de Israel, que ha vuelto del destierro babilónico. El profeta invita a los suyos a reconocer la presencia de Dios en los acontecimientos imprevisibles de la vida y a reconsiderar la idea que se han hecho de Dios, una idea muy a la medida... del hombre. El tono del oráculo es un tanto revelador pues en pocos versículos encontramos expresada una de las paradojas que caracterizan a Dios: su cercanía e intimidad con el hombre, Así como su suma trascendencia.

La profecía da comienzo con la invitación a buscar al Señor (v. 6): a buscarlo porque me deja encontrar>>, a invocarlo porque <<está cerca». Tan cerca, que su presencia cuestiona la vida del hombre en la esfera de sus relaciones mundanas (<<caminos») y consigo mismo (<<planes») y le pide que abandone el camino del malvado y el plan del criminal. Que el Señor esté cerca no quiere decir que se puedan conocer fácilmente sus planes y modos de actuar y mucho menos que éstos sean según las medidas humanas. Para hacerse una idea justa de la proporción, Dios toma la palabra —ha habido un cambio repentino de la tercera a la primera persona- e indica el trecho cielo—tierra como la unidad métrica para calibrar la distancia entre sus planes y los nuestros, sus caminos y los nuestros. La misma medida, desbordante y abierta al infinite, que utiliza el salmista cuando canta la misericordia de Dios: <<Como la altura del cielo sobre la tierra...» (Sal 103,11).

La estructura literaria quiástica (mis planes, vuestros planes; vuestros caminos, mis caminos) introduce de nuevo, dentro del oráculo, el elemento de la cercanía de Dios al hombre. Nuestros caminos y nuestros planes quedan envueltos y abrazados por los de Dios. Un Dios trascendente, inaprensible mediante cálculos y previsiones humanas; una trascendencia que no es separación, pues envuelve al mundo y la vida del hombre, sino una trascendencia cuidadosamente solicita, sumamente sabia y eternamente providente.

 

Segunda lectura: Filipenses 1,20c-24.27a

Hermanos:

20 Cristo manifestará en mi cuerpo su gloria.

21 Porque para mi la vida es Cristo, y morir significa una ganancia.

22 Pero si continuar viviendo en este mundo va a suponer un trabajo provechoso, no sabría qué elegir.

23 Me siento como forzado por ambas partes: por una, deseo la muerte para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor;

24 por otra, seguir viviendo en este mundo es mas necesario para vosotros.

25 Persuadido de esto último, presiento que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para provecho y alegría de vuestra fe.

26 Así, cuando vaya a veros otra vez, vuestro orgullo de ser cristianos será mayor gracias a mi.

27 Únicamente os pido que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.

 

» Pablo escribe la Carta a los Filipenses desde la cárcel y, a las primeras de cambio, desea informar a los suyos sobre la situación personal en que se encuentra. Es tal la pasión por el Evangelio que, en primer lugar y antes de que hable de si mismo, cuenta como su encarcelamiento está contribuyendo a la difusión del Evangelio. Y entrañablemente, abre su corazón a los destinatarios de la carta: ¿será condenado a muerte o será absuelto?

Pablo esta convencido de que en ambos casos —<<tanto si vivo como si muero» (v. 20)- su persona será el lugar de la manifestación del Señor. Y esto, porque la vida y la muerte tienen un nuevo sentido para él: <<Para mi la vida es Cristo». A primera vista, parece decir: frente a esta esclarecedora certeza, la vida y la muerte son relativas. Ninguna de las dos condiciones es de por si mejor que la unión con Cristo. Quien cuenta es él, la comunión con él, la adhesión a su voluntad. El modo y el estado de vivir todo esto... es sencillamente un don que se acoge. Pablo rehúye tanto el apego materialista a la tierra como un dualismo Espiritualista que le reste valor a la existencia terrena. Se plantea si morir, para estar con Cristo, o continuar viviendo en este mundo, e, indiscutiblemente, morir significa unirse al Señor en comunión plena, una ganancia, sin ninguna duda. Sin embargo, sabe que su existencia terrena seria provechosa para sus comunidades. Encontrándose en la tesitura de desear lo mejor para si o lo mas necesario para la Iglesia, Pablo elige la posibilidad segunda.

 

Evangelio: Mateo 20,1-16

Dijo Jesús a sus discípulos:

1 Por eso, con el Reino de los Cielos sucede lo que con el dueño de una finca que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña.

2 Después de contratar a los obreros por un denario al día, los envió a su viña.

3 Salió a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo

4 y les dijo; <<Id también vosotros a la viña y os daré lo que sea justo».

5 Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía y a primera hora de la tarde e hizo lo mismo.

6 Salió por fin a media tarde, encontró a otros que estaban sin trabajo y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada?»,

7 Le contestaron: <<Porque nadie nos ha contratado». El les dijo: <<Id también vosotros a la viña>>.

8 Al atardecen el dueño de la viña dijo a su administrador:

9 Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros».

10 Vinieron los de media tarde y cobraron un denario cada uno.  Cuando llegaron los primeros, pensaban que cobrarían mas, pero también ellos cobraron un denario cada uno.

11 Al recibirlo, se quejaban del dueño,

12 diciendo: <<Estos últimos han trabajado sélo un rato y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor»,

13 Pero él respondió a uno de ellos: <<Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario?

14 Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero dar a este último lo mismo que a ti,

15 ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O es que tienes envidia porque yo soy bueno?»,

16 Así los últimos serán primeros, y los primeros, últimos.

 

• Un hombre, una viña y unos obreros contratados a jornal. Esta parábola nos descubre el secreto del Reino de Dios, nos introduce en el estilo de vida y en el clima que se respira. Nos dice cual es el modo de pensar y de actuar que reina, contrastándolo con el modo de pensar y de actuar que impera entre los hombres.

La descripción de las repetidas llamadas del dueño de la viña y las respuestas de los obreros, enviados en distintas horas del día, apuntan hacia el momento culminante de la parábola, ése en el que se produce una ruptura en el desarrollo de los acontecimientos con el modo habitual de pensar. De improviso, irrumpe en la trama de los hechos una lógica diferente, que orienta el relato en otra dirección, sugiriendo pensamientos, relaciones y acciones nuevas. Por eso no es esencial dar una explicación precisa de cada uno de los elementos que aparecen en la parábola; el decisivo es el que marca la fractura con el punto de vista del lector. Y aquí Jesús, indudablemente, consigue el efecto.

El momento imprevisible se produce al atardecen a la hora de recoger el jornal, cuando las expectativas de los obreros —·y nuestras— se ven completamente trastocadas y decepcionadas. Porque jamás quien ha trabajado solamente <<un rato» es tratado como el que <<ha soportado el peso del día y del calor» (v 12). El comportamiento de Dios es así, diferente del comportamiento de los hombres, aunque pueda parecer injusto. <<Amigo, no te hago ninguna injusticia» (v. 13), contesta el dueño de la viña. Que es como decir: a los últimos les he hecho un regalo, y a ti no te he quitado nada de lo que es tuyo. La parábola se remonta hasta la raíz de la diferente lógica que guía el actuar de Dios, por una parte, y las expectativas del hombre, por la otra, con la pregunta final: <<¿O es que tienes envidia porque yo soy bueno?» (v. 15). La envidia y la bondad son direcciones opuestas del corazón. Jesús nos invita a cambiar de mentalidad, nos guía hacia el horizonte de su Reino a partir de un modo diferente de <<ver» y <<comprender» el bien, la justicia y el amor.

 

MEDITATIO

Es sugestivo el oráculo de Isaías, ya que nos ayuda a ver el mundo y la vida según la perspectiva de Dios, desde el <<cielo». Y es sorprendente la enseñanza de la Palabra del Evangelio, porque en Jesucristo lo anunciado por Isaías alcanza su plenitud y su sentido pleno, encuentra su realización. En Jesús tenemos al Dios-con-nosotros, Dios cercano para siempre, viaducto entre el cielo y la tierra. En Jesús tenemos <<hecho hombre» (Col 2,9) y <<en su condición de hombre» (Flp 2,7) el pensamiento de Dios y, a su vez, el camino para encontrarlo.

La parábola de Mateo nos adentra en el misterio del Reino de Dios, en el pensamiento de Cristo, en el corazón del Padre, desvelándonos el secreto. Es, para todos, una fuerte invitación a cambiar de mentalidad, a pasar de la lógica del mérito, de quien vive de pretensiones y no reconoce ni admite regalos, al mundo de la gratuidad, que es la raíz del amor y el secreto del Reino de Dios. Al inicio de la historia de cada uno hay un don: la llamada a ser y a trabajar en la viña. La vida es el regalo precioso del tiempo para vivir y trabajar en la viña. Al final del día tendrá lugar la recompensa, que no será para nadie el fruto de sus propios méritos o esfuerzos, sino un regalo divino e inmerecido. Aquello que es profundamente nuestro —<<lo tuyo>>— es la llamada de Dios a participar en su vida y en su obra, la posibilidad de trabajar y fatigarnos, de gastar la vida por él. Infeliz, murmurador y envidioso es quien no reconoce el regalo.

Quien se siente acreedor, con derechos ante Dios y la vida, porque piensa que ya ha hecho demasiado, considera todo lo gratuito como un robo, como una amenaza a la presunta justicia. Sin embargo, descubrir que somos amados gratuitamente es empezar a responder desde esa hora a la llamada de Dios; descubrir que todo es don —la viña, el vino, el trabajo, la fatiga...— es el modo de estar en la Iglesia buscando el Reino de Dios.

Pablo nos muestra que es posible y hermoso vivir así: responder a la llamada, esforzarse en su viña y esperar de sus manos la recompensa del modo que quiera y el día que quiera. Solo quien vive Así puede decir: <<Para mí la vida es Cristo».

  

ORATIO

¡Tarde te amé,

hermosura tan antigua y tan nueva,

tarde te amé!

Tu estabas dentro de mi,

y yo afuera,

y Así por fuera te buscaba;

tu estabas conmigo,

mas yo no estaba contigo.

Me llamaste y clamaste,

y quebrantaste mi sordera;

brillaste y resplandeciste,

y curaste mi ceguera;

exhalaste tu perfume

y lo aspire,

y ahora te anhelo;

gusté de ti

y ahora siento hambre y sed de ti;

me tocaste

y deseé con ansia la paz que precede de ti.

(Agustín de Hipona, <<Confesiones», 10,27, en Obras de san Agustín, II, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1946, 75 1).

 

CONTEMPLATIO

Tu vete en siendo llamado. Se te llama a la hora de sexta; ven. El amo también te ha ofrecido un denario si vienes a la undécima, pero que vivas hasta la hora undécima, eso nadie te lo ha prometido. No digo hasta la undécima, sino hasta la séptima. ,¿Por qué, cierto del salario, mas incierto del día, haces esperar a quien te llama? Mira, no te quedes, por tu dilación, sin la prometida retribución (Agustín de Hipona, <<Sermón» 87,8, en Obras de san Agustín, VII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 195o, 247).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Mis planes no son como vuestros planes» (Is 55,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Habiendo entrado, o las cinco y diez de la mañana, en una capilla del barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.

Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aun más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar - hasta el punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, <<católico, apostólico, romano>>, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

        Al entrar tenía veinte años. Al salir era un niño, listo para el bautismo y que miraba en torno a si, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se había suspendido en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

No me oculto lo que una conversión de esa clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el Espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido ala fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada. Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos (A. Frossard, Dios existe. Yo lo he encontrado, Rialp, Madrid 2001, 6-8; traducción, José María Carrascal Muñoz).

 

 

Día 25

Lunes de la 25ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Esdras 1,1-6

1 El año primero de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la Palabra del Señor anunciada por Jeremías, despertó el Señor el espíritu de Ciro, que en todo su Reino hizo proclamar de palabra y por escrito el siguiente edicto:

2 Habla Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encomendado construirle un templo en Jerusalén, que está en la región de Judá.

3 El que de vosotros pertenezca a ese pueblo, que su Dios lo acompañe y suba a Jerusalén, que está en la región de Judá, a reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel.

4 Y a los que pertenezcan a ese pueblo, vivan donde vivan, ayúdenles sus convecinos con plata, oro, bienes, ganado y otros donativos voluntarios para el templo de Dios que está en Jerusalén.

5 Los jefes de familia de Judá y Benjamín, los sacerdotes y levitas, todos aquellos cuyo espíritu había despertado Dios, se dispusieron a subir a Jerusalén para reconstruir el templo del Señor.

6 Todos sus convecinos les dieron plata, oro, bienes, ganado, objetos preciosos y otros donativos voluntarios.

 

*•• El libro de Esdras, redactado hacia el año 300 a. de C, narra el regreso a la patria de los exiliados en Babilonia, tras el edicto de Ciro (538 a. de C.)> y la consiguiente obra de reconstrucción civil y religiosa de la comunidad. La restauración pondrá de manifiesto los pilares de la vida judía del postexilio: la ley, el sacerdocio y el templo, signo de la presencia divina y garantía de esperanza para el futuro.

Los primeros versículos del libro cuentan la puesta en marcha de toda la historia (w. 1-4), interpretada como el cumplimiento de la promesa divina {«para que se cumpliera la Palabra del Señor»). El decreto de Ciro es expresión del plan providencial e indica los dos temas centrales de la obra: el deseo de ser pueblo de Dios de una manera visible y la reconstrucción del templo y de la ciudad, que había quedado devastada después de la ocupación y destrucción babilónicas del año 586 a. de C.

La pronta y firme decisión de muchos de adherirse al decreto de Ciro es atribuida por el autor a la intervención del Espíritu de Dios, que suscita en los ánimos entusiasmo hacia el proyecto de retorno a la patria de los exiliados de Babilonia y de reconstrucción del templo del Señor (v. 5). El Espíritu de Dios infunde además generosidad incluso en los otros judíos, que, aunque no participan en el retorno, colaboran en el proyecto de reconstrucción con abundantes ayudas económicas.

Lo que sucede es, en definitiva, análogo a la experiencia del éxodo, que figura en el centro de la confesión de fe de Israel. Por eso la terminología del presente fragmento recuerda el expolio de los egipcios a la salida de Egipto y se sugiere precisamente una analogía entre los dos acontecimientos: esto configura el retorno de Babilonia como un segundo éxodo y permite confirmar la continuidad de la obra divina que vela por el cumplimiento de las promesas.

 

Evangelio: Lucas 8,16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre:

16 Nadie enciende una lámpara y la tapa con una vasija o la oculta debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para que los que entren vean la luz.

17 Porque nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de saberse y ponerse al descubierto.

18 Prestad atención a cómo escucháis: al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará incluso lo que cree tener.

 

*» Tenemos aquí tres dichos recogidos por Lucas en una sección que tiene, como hilo conductor, la Palabra de Dios. El primer dicho (v. 16) es una advertencia a los discípulos, a fin de que no teman ni mantengan «prisionera» la Palabra por miedo. Es lo que da a entender la paradoja de una lámpara encendida cubierta y puesta en un sitio donde no alumbra. El discípulo tendrá que asumir la responsabilidad de esta Palabra, que es pública y debe ser visible para todos. El segundo dicho (v. 17) está conectado con el primero y en él aparece de nuevo una advertencia a los discípulos de Jesús que, por alguna razón, mantienen la Palabra encerrada en su corazón o bien la comunican sólo a unos pocos iniciados: el resultado es que el anuncio queda desatendido.

El tercer dicho (v. 18) aclara los dos precedentes. El anuncio de la Palabra, el hacerla visible, depende antes que nada de la importancia dada por el discípulo a la escucha, a la actitud interior con la que escucha: «Prestad atención a cómo escucháis». Es preciso que la escucha sea adecuada, que corresponda a la importancia de la Palabra de Dios comunicada al discípulo. Se puede escuchar, pero escuchar mal, y, en este caso, más que ser ocasión de crecimiento, se convierte en ocasión de juicio: «Al que no tiene se le quitará incluso lo que cree tener». En consecuencia, es decisivo escuchar bien, porque sólo así se enriquece el corazón. Si se escucha mal -o no se escucha- se pierde una importante oportunidad: no se crece, sino que más bien se va hacia la perdición de uno mismo.

 

MEDITATIO

Hay una condición previa para poder entrar en un diálogo profundo con Dios y acoger su plan de amor sobre nosotros, en especial cuando su voluntad nos pide que salgamos de nosotros mismos, de nuestras certezas, y nos pongamos otra vez en camino hacia nuevas metas.

Esta condición es la escucha sincera de su Palabra. Contando con la fuerza y con el apoyo del Espíritu que acompaña a la escucha dócil de la misma, podemos hacer frente a situaciones difíciles y emprender nuevos recorridos, precisamente como el Señor pidió a los exiliados judíos que, sostenidos por la gracia de Dios, dejaron sus prósperos intereses consolidados en la región de Babilonia, para volver a Jerusalén y empezar con generosidad la empresa de la reconstrucción del pueblo de Dios y de su ciudad.

Es preciso estar dispuestos a la pronta obediencia a Dios, porque sólo a quien se pone «en religiosa escucha» lo emplea el Señor para sus planes en beneficio de la humanidad. Esta escucha requiere que no pongamos restricciones de ningún tipo. El Señor y su Palabra son, en efecto, la única causa digna a la que podemos dedicar todo lo que somos: porque «al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará incluso lo que cree tener». Si escuchamos la Palabra con las disposiciones requeridas (escucha integral, constante y obediente, anclada en la existencia), experimentaremos la luz del Evangelio y llegaremos a ser sus testigos eficaces, convincentes, porque éste no es una doctrina iniciática, sino la noticia del amor de Dios, que llega fácilmente a los otros sólo cuando nosotros lo hemos experimentado en primera persona.

 

ORATIO

Señor, concédenos tu Santo Espíritu para que podamos entrar en un verdadero diálogo contigo y acoger con generosidad tu plan de amor sobre cada uno de nosotros.

Haznos solícitos a tu Palabra, para que, mientras estemos a la escucha atenta y dócil de la misma, tú, Señor, suscites en cada uno de nosotros el deseo ardiente de volver a ponernos en camino contigo, abandonando el exilio de nuestras ilusorias seguridades. Ayúdanos a redescubrir, como hiciste con los exiliados vueltos de Babilonia a la tierra de tu promesa, la alegría de emprender de nuevo contigo el trabajo de la edificación de tu pueblo, la fatiga fecunda de ser Iglesia.

Entonces experimentaremos también la liberación del miedo y seremos verdaderos y creíbles testigos, conscientes de tu llamada para ser colocados en el lucernario que da luz a todos los que están en la casa. Sólo así podremos convertirnos en un signo luminoso de esperanza para este mundo nuestro.

 

CONTEMPLATIO

«[Estamos] muy confiados en Dios, nuestro Señor, que ha de manifestar su nombre en la China. Vuestra santa caridad lleve un cuidado especial en encomendarnos a todos a Dios: tanto a los que se quedan en Japón como a nosotros, que vamos a la China [...]. Por la experiencia que tengo del Japón, hacen falta algunas cosas a los padres que han de ir a fructificar en las almas y principalmente a los que deben ir a las universidades.

La primera es que hayan sido muy probados y perseguidos en el mundo, y que tengan mucha experiencia y gran conocimiento interior de sí mismos, porque en el Japón han de ser perseguidos bastante más de lo que por ventura lo fueron nunca en Europa. Es una tierra fría y de poco vestuario; no duermen en camas porque no las hay; es estéril de mantenimiento; desprecian a los extranjeros, de modo principal a los que van a predicar la ley de Dios -eso hasta que llegan a gustar a Dios-. Los padres del Japón siempre serán perseguidos, y los que van a las universidades me parece que no podrán llevar consigo las cosas necesarias para decir misa, a causa de los muchos ladrones que hay en las tierras por las que deben pasar [...].

Nuestras ideas sobre Dios y la salvación de las almas son tan opuestas a las suyas que no debemos maravillarnos de que nos persigan, y no sólo con palabras... Nosotros no buscamos, a buen seguro, litigios, pero el miedo no nos impedirá hablar de la gloria de Dios y de la salvación de las almas... (J. Brodrick, San Francesco Saverio, Parma 1961, pp. 362.416, passim [edición española: San Francisco Javier, Espasa-Calpe, Madrid]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Un antiguo alumno mío, que se ha vuelto agnóstico, me repite a menudo: «La Iglesia ha llegado a la agonía, es inútil que usted se agote en poner dentro de la misma cesta los trozos que quedan». Pues bien, no [...]. Mi vida dominicana me permite grandes espacios de silencio y de recogimiento. Son los momentos en que se deposita la memoria de las heridas, de los fracasos, de los arañazos, de los celos (el gran mal eclesiástico), de las inquietudes por el futuro, y en los que se hace más profunda la conciencia de la gracia de Dios. Siento entonces subir a mi espíritu algunos versículos de salmos, de relatos evangélicos, de la literatura joánea, de las cartas apostólicas, en particular de la carta a los Efesios.

Este flujo de versículos que pueblan mi memoria creyente se conecta con las palabras que el evangelio de Juan pone en labios de Pedro: «Señor, ¿a quién ¡remos?». Desde hace dos mil años, hombres y mujeres de «toda pobreza», volviendo sobre esta confesión de fe, la han releído a la luz de su experiencia y de su deseo. La han considerado capaz de dar un sentido a su vida [...]. Pedro da razón de su adhesión radical a Cristo: «Sólo tú tienes palabras de vida eterna». La respuesta de Pedro aparece de inmediato como el hilo conductor del destino de todos los grandes santos, heridos también ellos por la vida, atormentados también ellos por la vida [...]. Por eso afirmo que mientras haya hombres y mujeres que buscan el sentido de su vida y otros que pronuncian el nombre de Cristo, sabiendo lo que significa, habrá cristianos [...].

La Iglesia de Dios es, al mismo tiempo, revelación y actualización de su ternura, capaz de abrazar el destino humano en lo concreto de aquellas cosas que le hacen feliz, pero también - y tal vez sobre todo- en aquellas cosas que le hunden en la desesperación.

Dios no quiere que la humanidad carezca de esperanza, y la humanidad tampoco quiere estar sin ella. No sé qué es lo que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, está llamada a ser en los siglos futuros. Ahora bien, en mi fe, creo que en el día del Señor ella será sierva de la misericordia-fidelidad (J.-M. R. Tillard, «Ragioni per sperare», en Testimoni del 30 de noviembre de 2000).

 

 

Día 26

Martes de la 25ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Esdras 6,7-8.12b. 14-20

En aquellos días [el rey Darío escribió a los gobernadores de la región situada al otro lado del Eufrates diciendo]:

7 Dejad que prosigan las obras de ese templo de Dios y que el gobernador de Judá y los dirigentes de los judíos reconstruyan el templo de Dios en su emplazamiento original.

8 Y sobre vuestro proceder con los dirigentes de los judíos en lo que toca a la reconstrucción del templo de Dios, dispongo lo siguiente:

12 De los ingresos reales procedentes de los tributos del otro lado del Eufrates, se entregará puntualmente el dinero necesario para que no se interrumpan las obras. Yo, Darío, he publicado este decreto. Cúmplase puntualmente.

14 Los dirigentes de los judíos reanudaron con éxito la reconstrucción, alentados por el profeta Ageo y el profeta Zacarías, hijo de Ido, y la terminaron felizmente conforme al mandato del Dios de Israel y a la orden de Ciro, de Darío y de Artajerjes, reyes de Persia.

15 Terminaron la reconstrucción del templo de Dios el día tercero del mes de Adar en el año sexto del reinado de Darío.

16 Los israelitas, sacerdotes, levitas y demás repatriados celebraron jubilosos la dedicación del templo de Dios.

17 Con motivo de ella ofrecieron cien toros, doscientos carneros, cuatrocientos corderos y, como sacrificio expiatorio por todo Israel, doce machos cabríos conforme al número de las tribus de Israel.

18 Organizaron de nuevo a los sacerdotes por turnos, y a los levitas según sus clases en orden al servicio de Dios en Jerusalén, como está escrito en el libro de Moisés.

19 Los repatriados celebraron la pascua el día catorce del primer mes.

20 Sacerdotes y levitas se habían purificado como un solo hombre; todos estaban puros. Así que inmolaron la pascua por todos los repatriados, por sus hermanos los sacerdotes y por ellos mismos.

 

**• A la misiva de los dirigentes de Judá, que se defienden de la acusación de sediciosos y rebeldes por haber querido reconstruir el templo, responde ahora el emperador persa, Darío. Éste acepta la tesis de los ancianos y permite proseguir los trabajos de construcción del templo; más aún, pide incluso que recen en él por su persona (cf. v. 10) y manda que se haga uso de fondos tomados del tesoro de la satrapía aqueménida para la reedificación del templo, además de la contribución económica de la próspera comunidad judía que se había quedado en tierras de Babilonia.

Si importante es el apoyo de la autoridad imperial, más decisivo se muestra aún el aliento proporcionado por la palabra profética. El texto subraya que es, en efecto, la palabra inspirada de los profetas Ageo y Zacarías lo que infunde confianza y perseverancia en la realización del proyecto de construcción del templo del Señor, querido por los dirigentes de Judá (v. 14).

El autor bíblico señala que detrás de los decretos de Darío y Artajerjes está el mandato de Dios, más aún «del Dios de Israel», que actúa para volver a dar fuerza, unidad y esperanza al pueblo que ha vuelto del exilio y debe reorganizar su propia vida social y religiosa en torno a tres realidades que serán los pilares de la comunidad en el período postexílico: el templo, el sacerdocio y la ley. La solemne dedicación del templo, el reinicio del culto legítimo y la celebración de una pascua ecuménica («como un solo hombre»: v. 20) indican esta nueva y decisiva etapa en la vida del pueblo de Dios, que experimenta así la permanente actualidad de las magnalia Dei durante el éxodo.

 

Evangelio: Lucas 8,19-21

En aquel tiempo,

19 se presentaron su madre y sus hermanos, pero no pudieron llegar hasta Jesús a causa del gentío.

20 Entonces le pasaron aviso: -Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.

21 Él les respondió: -Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica.

 

**• Lucas propone en su evangelio un ejemplo de escucha de la Palabra que se convierte en «práctica» de la misma Palabra. Así, al recordar un episodio en el que su madre y sus hermanos van a ver a Jesús, Lucas suprime toda referencia a lo que pudiera hacer suponer la existencia de una tensión entre Jesús y su familia de origen, porque para el evangelista lo decididamente importante es concentrarse en la figura espiritual de la madre de Jesús: «Se presentaron su madre y sus hermanos, pero no pudieron llegar hasta Jesús a causa del gentío» (v. 19). La venida de sus familiares proporciona a Jesús la ocasión para brindar una enseñanza decisiva sobre el verdadero parentesco con él, un parentesco no creado por vínculos de sangre, sino por la escucha obediente y activa de la Palabra.

Como es obvio, sus parientes carnales no están excluidos de esta posibilidad. Todos están incluidos, empezando por su madre. Lucas quiere confirmar la importancia de la nueva familia que se reúne en torno a Jesús, una familia engendrada por la Palabra. Por otra parte, está clara la intención del texto, a saber: afirmar el primado absoluto de la Palabra de Dios. Es la Palabra lo que nos pone en comunión con Jesús; es la Palabra la

que forma su comunidad.

Esta última experimenta, de manera paradójica, un engendramiento de Cristo en su propio interior, un acogerle en la fe que hace nacer a la vida nueva. Entre los distintos miembros se experimenta, por consiguiente, una relación de fraternidad, comprensible a la luz del hecho de que éstos se reconocen como «hermanos en Cristo» e «hijos del mismo Padre». Lucas recuerda después que esta Palabra no se puede quedar en una escucha superficial y no activa: requiere, efectivamente, una escucha atenta y activa, exige su traducción a la práctica moral de la existencia (v. 21).

 

MEDITATIO

Una de las problemáticas más candentes de la sociedad actual es la de la familia. En ella emergen graves dificultades debidas a la falta de valores y a la disgregación de las relaciones. Ahora bien, tal vez para poder superar la incómoda situación actual no basten las consultas psicosociológicas y las intervenciones legislativas y sea preciso volver al mensaje evangélico sobre la familia.

Descubrimos así que Jesús, aun reconociendo el altísimo valor de la familia en cuanto arraigada en la intención originaria del Creador, relativiza su importancia. El fragmento evangélico que hemos leído hoy nos recuerda que el valor de la familia es inferior y está subordinado al de la nueva familia del Reino. Esta exigencia de radicalismo a la hora de reconocer la urgencia de la llamada a la conversión y a la acogida del Reino es lo que explica ciertas exigencias de Jesús que, de otro modo, estarían en contradicción con sus enseñanzas sobre el valor de la familia. Jesús nos pide que, por encima de todo, obre en nosotros la pasión por el Reino: en definitiva, una acogida activa, generosa, de las exigencias señaladas por su Palabra, que nos incita a colaborar en la edificación del pueblo de Dios.

Volvemos a encontrar así el ideal que los profetas Ageo y Zacarías intentaban infundir en el pueblo de los exiliados vueltos a Jerusalén y un tanto incómodos por las dificultades de la empresa. Ser creyentes, escuchar como María la Palabra y ponerla en práctica como ella vivir su consiguiente bienaventuranza..., no significa entrar en una esfera de enrarecidos goces intimistas sino convertirse en colaboradores activos del sueño de Dios: hacerse una familia de hijos e hijas tan grande como toda la humanidad.

 

ORATIO

Reconozco ante ti, Señor, la belleza de la llamada a formar parte de la familia del Reino, a experimentar en ella la ternura y la fuerza del amor del Padre que me quiere como hijo suyo, a convertirme cada vez más en tu hermano y amigo.

Con la ayuda de tu gracia, quisiera llegar a ser cada vez más semejante a María, tu madre y nuestra madre modelo de obediencia inteligente y activa a tu Palabra.

Deseo entrar como ella en una escucha silenciosa y adoradora de la Palabra de Dios, único camino para comprender el proyecto divino sobre mí. El silencio interior tan necesario en mi vida, me separará de mí mismo, de mi pequeño mundo cerrado, para llevarme al firmamento de tu Espíritu. Entonces me sentiré verdaderamente «uno» con mis hermanos y hermanas en Cristo.

 

CONTEMPLATIO

Todos los miembros, pastores, laicos y religiosos, participan, cada uno a su manera, de la naturaleza sacramental de la Iglesia; igualmente, cada uno desde su propio puesto debe ser signo e instrumento tanto de la unión con Dios cuanto de la salvación del mundo. Para todos, en efecto, existe el doble aspecto de la vocación:

a) a la santidad: en la Iglesia todos, pertenezcan a la jerarquía o sean guiados por ella, son llamados a la santidad (LG 39);

b) al apostolado: la Iglesia entera es impulsada por el Espíritu Santo a cooperar en la realización del plan divino (LG 17; cf. AA 2; AG 1, 2, 3, 4, 5).

Por consiguiente, antes de considerar la diversidad de los dones, oficios y ministerios, es preciso admitir como fundamento la común vocación a la unión con Dios para la salvación del mundo. Ahora bien, esta vocación requiere en todos, como criterio de participación en la comunión eclesial, el primado de la vida en el Espíritu; en virtud del mismo ocupan el primer lugar la escucha de la Palabra, la oración interior, la conciencia de ser miembro de todo el Cuerpo, junto con la preocupación por la unidad, el fiel cumplimiento de la propia misión, el don de sí en el servicio y la humildad de la penitencia (nota directiva Mutuae relationes, 4, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Me doy prisa para guardar tus mandatos sin tardanza» (Sal 118,60).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cierto: en el estado definitivo no viviremos aislados, sino en festiva y gratificante comunión. Una comunión extraordinaria y singular, ante todo con el Padre, el Hijo y el Espíritu, y después con la multitud de los santos y santas, con la comunidad de los salvados, con la gratificante compañía de la humanidad de todos los tiempos.

Es fácil que el «grado de complacencia» y «gratificación» en esa gozosa comunión dependa del grado de «propensión fraterna» que hayamos cultivado y promovido aquí, en esta tierra. La comunidad escatológica, con sus promesas de felicidad, sostiene el empeño por la realización, aquí abajo, de la vida fraterna, con sus fatigas y desilusiones.

Por su parte, una fraternidad que crece en la cotidiana oscuridad se convierte en rayo de luz que preanuncia la luz solar de la fraternidad definitiva, gozosa y fuente de felicidad. Con su constancia en la fatiga de la construcción preanuncia la grandeza del premio y la fuerza de atracción de la meta. Con su característico «¡qué bello es que los hermanos vivan unidos!» preanuncia la bienaventurada y beatificante fraternidad definitiva.

Con su gozo habitual, con su «habitat» que permite a las personas florecer, crecer, expandirse y dar fruto, con su clima sereno y fraternal, está indicando la línea de llegada final, donde viviremos todo eso en plenitud y sin sombra alguna (P. G. Cabra, Para una vida fraterna. Breve guía práctica, Sal Terrae, Santander 1999, p. 158).

 

Día 27

Miércoles de la 25ª semana del Tiempo ordinario o 27 de septiembre, conmemoración de

San Vicente de Paúl

 

Vicente de Paúl nació en Pouy, en las Landas (sudoeste de Francia), el año 1581, en el seno de una familia modesta, que le orientó al estado eclesiástico. Tras ser ordenado sacerdote en 1600, estuvo buscándose a sí mismo durante un decenio. El fracaso de los diferentes progresos de vida le hizo redescubrir el sacerdocio como servicio a los pobres y como compromiso de vida. Reunió grupos de laicos comprometidos con los pobres (la Caridad, hoy Voluntariado vicenciano: 1617), y sacerdotes y hermanos para la evangelización de los pobres (Congregación de la Misión: 1625). En una época que marginaba a la mujer, fundó la congregación de las Hijas de la Caridad (1633), con lo que permitió a muchachas de toda condición asumir un compromiso de dedicación a los últimos. Influyó en las opciones estratégicas del Estado francés y, sobre todo, con ocasión de graves calamidades (guerras y devastaciones), fue el organizador y el animador de la caridad para la sociedad de su tiempo. Murió en París el 27 de septiembre de 1660.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Esdras 9,5-9

5 A la hora del sacrificio vespertino salí de mi postración y, con el vestido y el manto rasgados, caí de rodillas y extendí mis manos hacia el Señor, mi Dios, suplicando:

6 -Dios mío, estoy confundido y avergonzado. No me atrevo a levantar mi rostro hacia ti, Dios mío, porque nuestras iniquidades han sobrepasado nuestra cabeza y nuestros delitos llegan hasta el cielo.

7 Desde los tiempos de nuestros antepasados hasta hoy hemos sido culpables. Por nuestros crímenes hemos sido entregados nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes a reyes extranjeros, a la espada, a la esclavitud, al saqueo y al oprobio, como sucede hoy.

8 Mas he aquí que de pronto el Señor, nuestro Dios, nos ha mostrado su misericordia dejándonos un resto y dándonos un refugio estable en su lugar santo. Así, nuestro Dios ha iluminado nuestros ojos y ha aliviado nuestra esclavitud.

9 Porque éramos esclavos, pero nuestro Dios no nos ha desamparado en medio de la esclavitud, sino que ha hecho que nos granjeáramos el favor de los reyes de Persia y nos ha dado un respiro para reconstruir el templo de nuestro Dios y para poner en pie sus ruinas, proporcionándonos un refugio seguro en Judá y Jerusalén.

 

**• Describe Esdras aquí a las personas que se reúnen a su alrededor para apoyar su política de restauración de la comunidad judía. Son aquellas que se estremecen por la Palabra de Dios {cf. 9,4): con estas personas se pone a orar Esdras. Su oración, semejante a la de Neh 9, tiene una clara impronta penitencial, como una confesión de los pecados, o, mejor aún, es una especie de predicación penitencial en forma de oración. El reformador, con los vestidos penitenciales, con el manto del luto, inicia su súplica usando la primera persona del singular, pero después pasa inmediatamente al plural, como para unir consigo a la comunidad pecadora del pasado y del presente.

La historia de Israel está presentada como una historia de infidelidad que dura hasta el presente (v. 7); es una confesión general de la culpa, un reconocimiento de la legitimidad del castigo divino al pueblo. En los w. 8ss, en forma de una reflexión sobre el tiempo presente, se subraya que la benevolencia divina no ha menguado en absoluto y que toda la situación actual está marcada, por así decirlo, por la experiencia de esa benevolencia, como indican claramente las diferentes expresiones: «nos ha mostrado su misericordia», «un resto», «un refugio estable», «ha iluminado nuestros ojos», «ha aliviado nuestra esclavitud».

Se pone, por consiguiente, un gran énfasis en la experiencia -aun en medio de la precariedad de la situación presente- de la bondad de Dios y de su asistencia al pueblo de los exiliados, a los hombres del retorno. Se interpreta, por tanto, de una manera penitencial la propia situación, pero se vislumbran ya los signos de la liberación, que pasan a través de las experiencias concretas, históricas, de una historia leída de manera «providencial», o sea, guiada por la mano providente de Dios.

Así, Esdras recuerda que el pueblo de los exiliados se granjeó el favor de los reyes de Persia (v. 9), que permitieron al pueblo revivir y restaurar las ruinas de Jerusalén y volver a levantar el templo del Señor. En sustancia, la experiencia de la misericordia prevalece sobre la experiencia del castigo, y el sentimiento de estar protegidos por el Señor hace alegre y consolador incluso este momento de luto y penitencia. En efecto, no se trata de convencer a Dios para que perdone, sino de reconocer los signos de su perdón ya en acto.

 

Evangelio: Lucas 9,1-6

En aquel tiempo,

1 Jesús convocó a los Doce y les dio poder para expulsar toda clase de demonios y para curar las enfermedades.

2 Luego los envió a predicar el Reino de Dios y a curar a los enfermos.

3 Y les dijo: -No llevéis para el camino ni bastón ni alforjas, ni pan ni dinero, ni tengáis dos túnicas.

4 Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de aquel lugar.

5 Y donde no os reciban, marchaos y sacudid el polvo de vuestros pies, como testimonio contra ellos.

6 Ellos se marcharon y fueron recorriendo las aldeas, anunciando el Evangelio y curando por todas partes.

 

**• La misión de los Doce hunde sus raíces en el proyecto de Jesús de reunir al pueblo de Israel en torno al anuncio de la salvación; por eso implica también, en la tarea de mensajeros del Reino, a los Doce (más adelante también a los setenta y dos discípulos: cf. Le 10,lss), enviándoles por toda Galilea. El discurso de Jesús a sus enviados se refiere, más que a los contenidos de su predicación, a las indicaciones sobre el estilo que deberá tener el apóstol: desde el equipaje que debe llevar al comportamiento que tiene que seguir en el lugar en donde le den hospedaje.

Lucas presenta la misión de los Doce como la prolongación del mismo ministerio de Jesús. Así, los «convoca» como ya había hecho cuando les llamó en el monte para constituir el grupo de los Doce (cf. 6,12ss). Su tarea, para la que están autorizados y habilitados por el poder y por la autoridad que les confiere Jesús, consistirá en liberar a las personas de las fuerzas que intentan mantenerlas esclavas (enfermedades y demonios) y en anunciarles la proximidad del Reino de Dios.

Jesús imparte instrucciones concretas a los enviados. Estas instrucciones insisten en la necesidad de adaptarse a las situaciones e imponen pobreza de medios, para que éstos no se vuelvan más importantes que el fin y para que los apóstoles puedan proceder de manera veloz y ligera sirviendo al proyecto del que los ha enviado: «No llevéis para el camino ni bastón ni alforjas, ni pan ni dinero, ni tengáis dos túnicas» (y. 3). Más aún, precisamente a través de la pobreza de medios experimentarán los Doce la asistencia divina, mostrarán su disponibilidad generosa y la voluntad de confiarse únicamente a la defensa que les asegura la fuerza de la Palabra anunciada.

«Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de aquel lugar» (v. 4). La palabra de la predicación suscita, en quien la acoge, disponibilidad y apertura y crea un clima de auténtica fraternidad que el misionero será el primero en gozar. Quedarse en una casa y no ir de casa en casa indica, según algunos intérpretes, la desautorización de una obsesión proselitista; para otros sería, más bien, una invitación ulterior a la pobreza: deben contentarse con lo que puede ofrecer una casa, sin malgastar tiempo y fuerzas en la búsqueda de sitios más confortables.

Según Lucas, no les faltarán, como ya le había pasado a Jesús, los rechazos y las oposiciones. Mas para los que no aceptan el mensaje del Reino estas palabras suponen, más que una condena, una puesta en guardia. Al apóstol se le pide que les hagan comprender la grave situación en la que corren el riesgo de caer cuando se cierran a la alegre noticia (v. 5).

 

MEDITATIO

San Vicente de Paúl fue durante diez años un sacerdote que se buscaba a sí mismo y que buscaba una sistematización que le conviniera. Los pobres habían estado siempre ante sus ojos, pero nunca se había fijado en ellos. Distribuía limosnas, sobre todo durante el tiempo que estuvo junto a la reina Margot, entre 1608 y 1610, pero no practicaba la caridad. Más tarde, una serie de ardientes acontecimientos le cambiaron por dentro. Le dio la vuelta a la pirámide de sus prioridades. Cuando se dio cuenta del hambre doble de las masas - a saber: el hambre de la Palabra y el hambre de Pan se sintió comprometido personalmente. Comprendió que debía dejar de buscarse y buscar. Más eso sin ningún frenesí activista. No fue nunca un protagonista de la caridad. No hacía, sino que hacía hacer. Indicó a la Iglesia de su tiempo cómo hacerse Iglesia de los pobres. Repetía: «No me basta con amar yo a Dios si mi prójimo no le ama». En un momento en el que triunfaba el misticismo, invitó a amar a Dios, pero «a expensas de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente». No quería que los suyos se sintieran privilegiados: «Nosotros vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de la pobre gente». Y ofreció un criterio ineludible para el servicio: «Los pobres son nuestros amos y señores... En el paraíso son grande señores y les corresponde a ellos abrirnos la puerta a nosotros». Por eso «no podemos garantizarnos mejor la felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio a los pobres, en brazos de la Providencia».

 

ORATIO

Apresúrate, María, Entre los olivos de plata acariciados por una brisa. En tu correr se hacen misioneros todos los pobres, se levantan los cojos, gritan los mudos, y los ciegos despiertan el arpa y la cítara. Alegraos, misioneras de la portería y de la enfermería; ella lleva vuestra voz y vuestro deseo secreto. Ella se hace voz por vosotras, mujeres de cincuenta años, llamada a estar con los locos. Ella corre por los sin nombre, los cualquiera, las viudas grises y un poco tristes condenadas a la pensión.

No te guía un fuego y una nube porque tú eres antorcha que ilumina las fortalezas negras como tus ojos.

Eres la nube blanca que indica el puerto a los desterrados, perdidos y confusos. Mujer de ayer y de mañana, haz que la Iglesia renazca, mujer encorvada, ya sin voz. Nuestras lámparas se apagan; vierte tú el aceite que no hemos podido comprar a tiempo. Vuelve a dar canto y pureza a nuestros jóvenes. Querernos vivir el Evangelio, ser también nosotros Palabra de Dios. Apresúrate contra el tiempo, llega antes de la noche, para que en nuestras iglesias reine la alegría y la alegría se vista de cantos de púrpura.

¿No ves cómo también el cielo se ha enamorado de ti y la tierra abre un camino llano?

El desierto grita de exultación y con tus exiliados pasos se siente recompensado de la soledad desesperada. Mujer soñada antes del tiempo, mujer sin edad, inmaculada y reina, hasta las estrellas brillan de alegría y te sirven de diadema y de festivo cortejo. No has tenido amoríos, esbelta niña de piel ambarina, sino mujeres de arrugas y de pensamiento, que han respirado olores de viejos y han subido las escalas de tétricas soledades.

La naturaleza se queda sin palabras, porque jamás de los jamases habría imaginado mujeres así.

(Luigi Mezzadri.)

 

CONTEMPLATIO

Algunos dichos del san Vicente de Paúl:

«La perfección no consiste en los éxtasis, sino en cumplir bien la voluntad de Dios».

«Ocupémonos de los asuntos de Dios y él se ocupará de los nuestros».

«La Providencia de Dios no nos faltará nunca mientras nosotros no faltemos a su servicio».

«No hay mejor manera de garantizarnos la felicidad eterna que viviendo y muriendo al servicio de los pobres, en brazos de la Providencia».

«Toda nuestra vida no es más que un instante, que huye y se disipa pronto. Los setenta y seis años de vida que he pasado no me parecen ahora más que un sueño y un instante. Y ya no me queda nada, excepto el pesar de este momento».

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día estas palabras de san Vicente de Paúl: «Sin decir una palabra, si estáis llenos de Dios, tocaréis los corazones con vuestra sola presencia».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Decir san Vicente de Paúl es decir caridad. Los pobres son al santo como el santo a los pobres. No olvidemos que, en el momento en que Vicente se asomó a la vida, la Iglesia de Francia salía de una de las páginas más oscuras de su historia: las guerras de religión. Se combatía en nombre de Dios. En aquellos momentos, la Iglesia católica sufría una continua hemorragia.

Fueron muchos los que se marcharon de ella. Cuando acabó el combate físico quedaron las ruinas. Había que reconstruir las iglesias, pero había que rehacer la Iglesia. Un grupo de sacerdotes se comprometió en la tarea: Bérulle, Duval, Bourgoing, Condren y Vicente. No pidieron la intervención del Estado. Estos sacerdotes, antes de cambiar el mundo, se cambiaron a sí mismos.

Decía el santo en uno de sus textos: «Está escrito que busquemos el Reino de Dios. No es más que una frase, pero me parece que encierra muchas cosas. Nos enseña a aspirar siempre a eso que se nos recomienda, a fatigarnos de continuo por el Reino de Dios y a no permanecer en un estado de inercia e indolencia, a reflexionar en nuestra propia vida íntima a fin de regularla bien y no en las cosas externas para encontrar placer en ellas. Buscar significa preocuparse, significa acción. Buscad a Dios en vosotros, porque san Agustín confiesa que mientras lo buscó fuera de él no lo encontró; buscadlo en vuestra alma, la morada que le es agradable: éste es el lugar donde sus siervos que procuran poner en práctica todas las virtudes, las establecen.

Es necesaria la vida interior, y en ella deben converger todos nuestros esfuerzos: si faltamos en esto, faltamos a todo, y los que ya han faltado deben humillarse, implorar la misericordia de Dios y enmendarse. Si hay algún hombre en el mundo que tiene necesidad de ello, es este miserable que os habla: yo caigo, recaigo, salgo a menudo fuera de mí y entro en mí rara vez; acumulo culpas sobre culpas; ésta es la miserable vida que llevo y el mal ejemplo que doy».

 

Día 28

Jueves de la 25ª semana del Tiempo ordinario

 

ECTIO

Primera lectura: Ageo 1,1-8

1 El año segundo del reinado de Darío, el día primero del sexto mes, el Señor dirigió esta palabra, por medio del profeta Ageo, al gobernador de Judá, Zorobabel, hijo de Sealtiel, y al sumo sacerdote Josué, hijo de Josadac:

2 Así dice el Señor todopoderoso: Este pueblo dice que no ha llegado aún el momento de reconstruir el templo del Señor.

3 Entonces el Señor les dirigió esta palabra por medio del profeta Ageo:

4 ¿Pensáis acaso que sí es tiempo de que vosotros habitéis en casas confortables, mientras la casa del Señor está en ruinas?

5 Pues ahora así dice el Señor todopoderoso: Fijaos bien en vuestra situación:

6 sembráis mucho, pero recogéis poco; coméis, pero os quedáis con hambre; bebéis, pero seguís sedientos; os vestís, pero no entráis en calor, y el que trabaja a jornal guarda su salario en saco roto.

7 Pues esto es lo que dice el Señor todopoderoso: Fijaos bien en vuestra situación;

8 subid al monte a buscar madera, reconstruid mi templo y yo me complaceré en él y en él manifestaré mi gloria, dice el Señor.

 

*» El mensaje del profeta Ageo, del que no sabemos prácticamente nada, anima a los exiliados, vueltos a Jerusalén, en su obra de reconstrucción de la ciudad y de reedificación de la casa del Señor. Es precisamente la necesidad de reconstruir el templo lo que constituye el centro de su mensaje. El profeta considera, en efecto, que para obtener la bendición del Señor, para gozar de una vida verdaderamente rica de sentido, es preciso que el pueblo sienta y haga suya la causa del templo, causa de la presencia visible, sensible, de Dios en Israel.

La lectura de hoy presenta el primer oráculo de Ageo, una apremiante invitación a reconstruir el templo y a superar las prolongadas pausas impuestas a los trabajos por las dificultades encontradas. Frente a un pueblo que, probablemente, subraya la dificultad presentada por el compromiso de la empresa, el profeta contrapone la solicitud de quien siente la causa del templo como infinitamente más importante que la construcción de una casa cómoda y segura para sí mismo.

Los hombres con los que el Señor quiere reconstruir su comunidad deben ser, por consiguiente, personas que antepongan a la búsqueda de su propio interés personal la búsqueda del bien común, del bienestar del pueblo. Y este bien no puede realizarse sin la reedificación del templo, para significar la presencia bendecidora del Señor en medio del mismo. Es más, las carencias y las dificultades económicas adelantadas por los hombres del retorno, para justificar los retrasos en los trabajos de reparación del templo, las atribuye el profeta precisamente a esta falta de bendición.

Es menester, qué duda cabe, apresurarse; de otro modo, el pueblo, privado de impulso y de entusiasmo espiritual, experimentará la insensatez de una vida a la que siempre le falta algo, porque, en definitiva, carece de un fin digno, de una causa que valga la entrega generosa de la propia vida: «Coméis, pero os quedáis con hambre; bebéis, pero seguís sedientos; os vestís, pero no entráis en calor» (v. 6). Es un hecho que el pueblo no se siente movido con una solicitud plena por el objetivo absolutamente más importante para los individuos y para la comunidad, o sea, la reconstrucción de la casa del Señor: «Subid al monte a buscar madera, reconstruid mi templo y yo me complaceré en él» (v. 8).

 

Evangelio: Lucas 9,7-9

En aquel tiempo,

7 el tetrarca Herodes oyó todo lo que estaba sucediendo y no sabía qué pensar, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos,

8 otros que Elías había aparecido, otros que uno de los antiguos profetas había resucitado.

9 Herodes dijo: -Yo mandé decapitar a Juan. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo decir tales cosas? Y buscaba una ocasión para conocerlo.

 

**• Jesús, al constituir el grupo de los Doce y enviarles en misión, muestra su voluntad de reunir al pueblo de Israel para el tiempo de la salvación (cf. 9,lss). ¿Cómo reacciona ante este hecho el mundo del poder? Lucas nos refiere la perplejidad de Herodes Antipas, que no consigue situar al Nazareno en ninguno de sus esquemas. Frente al torbellino de opiniones que circulan sobre Jesús, Herodes no sabe qué pensar de él. El evangelista se hace eco de que la gente capta algo de la grandeza de Jesús, puesto que lo compara con un profeta, con Elías e incluso con Juan redivivo, pero, a pesar de todo, es incapaz de captar la novedad presente en Jesús.

«Ybuscaba una ocasión para conocerlo» (v. 9). Querer enterarse personalmente de quién era realmente Jesús sería una cosa positiva si ese deseo estuviera movido por intenciones serias, como ocurrirá con Zaqueo {cf Lc 19,3). Sin embargo, no es éste el caso de Herodes. El hecho de que se confiese cínicamente a sí mismo, sin remordimientos, que hizo decapitar al Bautista y de haber hecho callar de este modo una voz que le era hostil –tal vez más incómoda para su imagen pública que inquietante para su corrupta conciencia- muestra que la suya es sólo una curiosidad superficial y veleidosa. Todo esto quedará claro en el relato de la pasión (Lc 23,8-10). Heredes representa al hombre curioso que no quiere convertirse en discípulo de Jesús, pero al que le gustaría ver fenómenos religiosos extraordinarios, incluso algún signo obrado por Jesús; representa ese «prurito de oír cosas nuevas» contra el que también nos hablará san Pablo y que constituye una forma degenerada del sentimiento religioso.

 

MEDITATIO

Los oráculos de Ageo siguen conservando una gran actualidad para nosotros, porque también hoy vemos a la Iglesia de Dios como su casa necesitada de cuidados, de servicio celoso y animoso, de testimonio apasionado y perseverante. Continúa siendo válido el aviso del profeta, que ha resonado de diferentes modos en el corazón de los grandes santos -como Francisco de Asís, por ejemplo-, que se sintieron llamados a trabajar, con todas las fibras de su persona, en la edificación del pueblo de Dios: «Subid al monte a buscar madera, reconstruid mi templo y yo me complaceré en él».

Trabajar por la Iglesia de Dios, a través de la diversidad de carismas y de ministerios, es un compromiso fatigoso, pero es también una pasión que da sentido a la vida, una causa digna a la que dedicar nuestra propia vida. Se perfila así una figura de creyente y de discípulo que se encuentra en las antípodas de una religiosidad falta de compromiso, que es sólo curiosidad de sensacionalismos y se muestra sólo charla inútil y superficial, precisamente como la que representa el miserable Heredes Antipas en los evangelios.

El deseo de seguir a Jesús es sincero cuando hay disponibilidad para implicarse en persona, para ponerse al servicio de su sueño de reunir al pueblo de Dios para el tiempo de la salvación. En caso contrario, la aventura religiosa es inútil, incluso perjudicial, porque se reduce a la búsqueda de signos estrepitosos, de apariciones, de fenómenos que atraen la curiosidad de muchos, pero coincide con la incapacidad para saber reconocer la novedad de Dios -dador de sentido y bendición- en nuestra vida.

 

ORATIO

Oh Señor Jesús, infunde en mí el deseo de seguirte cada día y de sentir amor por tu templo, por tu Iglesia, especialmente cuando me parece decrépita, ofuscada por tantos defectos y pecados.

Con tu ayuda, quiero imitar a tus santos, que se han entregado por completo a la reparación de las ruinas de tu casa, olvidándose de sí mismos y de los pequeños ideales.

Yo soy discípulo tuyo: enséñame, oh Señor Jesús, no a buscar signos prodigiosos, sino a custodiar tu Palabra.

No permitas que me convierta en una persona simplemente curiosa, superficial, movida por el «prurito de oír cosas nuevas»; ayúdame más bien a ser un siervo tuyo atento y generoso, que sólo busca tu gloria. Amén.

 

CONTEMPLATIO

El sentido de la comunión eclesial, al desarrollarse como una espiritualidad de comunión, promueve un modo de pensar, decir y obrar que hace crecer la Iglesia en hondura y en extensión. La vida de comunión «será así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo [...]. De este modo, la comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión». Más aun, «la comunión genera comunión y se configura esencialmente como comunión misionera» (Christifideles laici, nn. 31ss).

En los fundadores y fundadoras aparece siempre vivo el sentido de la Iglesia, que se manifiesta en su plena participación en la vida eclesial en todas sus dimensiones, y en la diligente obediencia a los pastores, especialmente al romano pontífice. En este contexto de amor a la santa Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1 Tim 3,15), se comprenden bien la devoción de Francisco de Asís por «el señor papa», el filial atrevimiento de Catalina de Siena con quien ella llama «dulce Cristo en la tierra», la obediencia apostólica y el sentiré cum Ecclesia de Ignacio de Loyola, la gozosa profesión de fe de Teresa de Jesús: «Soy hija de la Iglesia», como también el anhelo de Teresa de Lisieux: «En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor».

Semejantes testimonios son representativos de la plena comunión eclesial en la que han participado santos y santas, fundadores y fundadoras, en épocas muy diversas de la historia y en circunstancias a veces harto difíciles. Son ejemplos en los que deben fijarse de continuo las personas consagradas, para resistir a las fuerzas centrífugas y disgregadoras, particularmente activas en nuestros días (Juan Pablo II, exhortación apostólica Vita consecrata, n. 46).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que se alegre Israel por su Creador» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Quien se siente amado por un Amor absoluto, incondicionado e inexplicable, siente de inmediato el impulso de hacer presente y operante este amor a los otros. Porque siente su pobreza total y la de todo hermano privado de esta sólida riqueza. Porque ve la nada en quien no se deja aferrar por esta única consistencia. Porque advierte la vanidad de toda existencia que no esté envuelta por el Amor creador y beatificante.

Es el amor que lleva a la misión. El amor que quiere responder al Amor. El amor que ha intuido que el Absoluto es misterio de amor que quiere envolver todo en su realidad. La misión, antes que ser una tarea, es exigencia apremiante del hombre tocado en las profundidades de su existencia por la fulgurante y dulcísima certeza de ser amado. Amado de tal modo que no puede dejar de verterse sobre los otros; es un río que no puede ser contenido porque es impetuoso, se desborda, invade los territorios por los que pasa y resulta imposible de detener.

«La Iglesia es el cuerpo de la caridad en la tierra. Es el vínculo vivo entre aquellos que han sido quemados por esta llama divina [...]. jAy de mí si no evangelizara! Si dejo de evangelizar significa que se ha retirado de mí la caridad. Si dejo de sentir la necesidad de comunicar la llama, quiere decir que ésta ha dejado de arder en mí [...]. Al escogernos, Dios no nos ha escogido contra los otros, sino para los otros» (H. de Lubac) (P. G. Cabra, Amarás con todas tus fuerzas (Pobreza), Sal Terrae, Santander 31982).

 

Día 29

Santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael (29 de septiembre)

 

El 29 de septiembre se celebraba en Roma, en el siglo V, el aniversario de la Dedicación de una iglesia en honor al arcángel san Miguel. La iglesia estaba situada en la calle Salaria. A esa fecha se pensó añadir el recuerdo de los otros arcángeles y de «todas las potencias incorpóreas» recordadas en días diferentes.

Miguel, nombre que en hebreo significa «¿quién como Dios?», es el arcángel defensor contra Satanás y sus satélites (Ap 12,7), el protector de los amigos de Dios (Dn 10,13.21), el que vigila sobre el pueblo (Dn 12,1).

De Gabriel -«fuerza de Dios», al pie de la letra- dice la Escritura que está «en la presencia de Dios» (Le 1,19). Es el ángel enviado a llevar los anuncios alegres: el nacimiento del Bautista (Le 1,1 1 -20) y el de Jesús (Le 1,26-38); por otra parte, en el Antiguo Testamento, había revelado ya a Daniel los secretos del plan de Dios respecto a la historia (Dn 8,16; 9,21 ss).

Rafael -que significa «Dios ha curado»- figura también entre los siete ángeles que están ante el trono de Dios (Tob 12,15; cf. Ap 8,2). Tiene una función de asistencia; acompañó a Tobías en su viaje y curó a su padre de la ceguera.

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 7,9-10.13ss

9 Mientras yo continuaba observando, alguien colocó unos tronos y un anciano se sentó. Sus vestiduras eran blancas como la nieve y sus cabellos como lana pura; su trono eran llamas; sus ruedas, un fuego ardiente;

10 fluía un río de fuego que salía de delante de él; miles de millares lo servían y miríadas de miríadas estaban de pie ante él. El tribunal se sentó y se abrieron los libros.

13 Seguía yo contemplando estas visiones nocturnas y vi venir sobre las nubes alguien semejante a un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y fue conducido por él.

14 Se le dio poder, gloria y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su Reino jamás será destruido.

 

**• A Daniel se le concede la visión de acontecimientos futuros (vv. 1-8) y, de un modo más profundo, se le hace partícipe del juicio de Dios sobre ellos y sobre toda la historia (vv. 9ss). Más allá de las apariencias, los poderosos de este mundo no son nada; el Señor es el verdadero y único Rey (v. 9c). Una corte inmensa de ángeles le sirve y le asiste en la realización de su designio. La contemplación del profeta se vuelve después todavía más penetrante: se le concede vislumbrar cuál es ese designio.

Ve, en efecto, aparecer un «hijo de hombre» de origen divino (viene, de hecho, sobre las nubes), a quien Dios confía la soberanía universal, un poder eterno y su mismo Reino, que las fuerzas del mal nunca podrán destruir (v. 14). El «Hijo de hombre» es, por consiguiente, el centro y el fin del proyecto de Dios sobre la historia, pero su cumplimiento -anticipado ahora en la profecía- tendrá lugar en el tiempo establecido y los ángeles colaborarán en ello.

 

Evangelio: Juan 1,47-51

En aquel tiempo,

47 Jesús vio a Natanael, que venía hacia él, y comentó: -Éste es un verdadero israelita, en quien no hay doblez alguna.

48 Natanael le preguntó: -¿De qué me conoces? Jesús respondió:

-Antes de que Felipe te llamara, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera.

49 Entonces Natanael exclamó: -Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.

50 Jesús prosiguió: -¿Te basta para creer el haberte dicho que te vi debajo de la higuera? ¡Verás cosas mucho más grandes que ésa!

51 Y añadió Jesús: -Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre.

 

**• Se trata de una visión de la realidad que va más allá de la percepción inmediata; esta perícopa la revela. «Ven y verás», había sido la invitación de Felipe a Natanael. Y Jesús, al ver a Natanael que venía a su encuentro, exclama: «Ve [así al pie de la letra] un israelita...».

Su ver es un «conocer», que llega al mismo tiempo al corazón y a los acontecimientos que vive el hombre (v. 48).De este sentirse vistos/conocidos en todos los aspectos de la propia vida nace la apertura a la fe y la disponibilidad al seguimiento (v. 49). Entonces es cuando Jesús puede prometer al discípulo la entrada en una visión de la realidad semejante a la que tiene él mismo: «¡Verás cosas mucho más grandes que ésa! [...] veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre» (vv. 50ss), es decir, que el discípulo comprenderá la inmensa profundidad del misterio de Cristo, que abarca el cosmos y da sentido a la historia, y en cuyo servicio cooperan miríadas de ángeles.

El mundo trascendente de Dios -el cielo- está ahora abierto: en Jesús, Hijo del hombre, Dios desciende entre los hombres, y los hombres pueden subir en él a Dios. Y los ángeles son ministros de este maravilloso intercambio, de esta inesperada comunión.

 

MEDITATIO

Formamos parte de un designio de contornos ilimitados, cuyo artífice es Dios. Inmersos en un cosmos animado por presencias invisibles que participan con nosotros en el proyecto de Dios, somos constructores de una historia que tiene en Cristo su centro y su término.

El camino prosigue en la lucha, en un conflicto implacable con las fuerzas del mal, las cuales, sin embargo, no podrán destruir nunca el Reino que Dios ha confiado al Hijo del hombre. El combate durará hasta el final de los tiempos, llevado adelante en primera línea por los santos ángeles de Dios: los arcángeles, guiados por Miguel, y todas las criaturas espirituales fieles al Señor.

Esta realidad que nuestros ojos no pueden ver nos ha sido revelada a fin de que, con la fe, la esperanza y la caridad abundante en la vida diaria, combatamos el buen combate y apresuremos así la consumación del Reino de Dios. Si ofrecemos humildemente nuestra contribución, se nos concederá una límpida mirada interior: contemplaremos entonces la Misericordia que ha abierto los cielos y ha venido a morar entre nosotros para abrirnos el acceso al Padre, a fin de que con los ángeles podamos subir hasta su intimidad. Él ha desvelado para nosotros el misterio del hombre, para que con los ángeles aprendamos a descender junto a cada hermano. Nos ha introducido en su Reino a fin de que, convertidos en voz de toda criatura, cantemos eternamente con el coro angélico la gloria de Dios.

 

ORATIO

Con un ánimo repleto de esperanza y de confianza, de gratitud y de alegría, corremos a ti, oh Padre, para darte gracias... El camino del hombre a lo largo de los senderos del tiempo es un viaje arriesgado, pero tú has puesto a nuestro lado compañeros atentos que nos sirven con intelecto de amor. Te damos gracias por el arcángel Miguel, que nos ayuda a combatir el buen combate de la fe. Te damos gracias por el arcángel Gabriel, que viene a nosotros envuelto de misterio y deposita en nuestro corazón tu Palabra, para que ésta se vuelva en nosotros, como en María, obediencia y vida.

Te damos gracias por el arcángel Rafael, que, en la hora de nuestros miedos y enfermedades, nos coge de la mano y nos conduce por el recto camino para que no nos desviemos del camino de la salvación.

Te damos gracias, oh Padre, que de mil modos te haces presente a nosotros, nos guardas como a la niña de tus ojos, nos proteges a la sombra de tus alas, nos haces gustar ya desde ahora la dulzura de la íntima comunión contigo.

 

CONTEMPLATIO

No debemos creer que se confíe un determinado encargo a un ángel por casualidad: por ejemplo, a Rafael el encargo de curar y medicar; a Gabriel, el de apoyar en el combate contra las pasiones; a Miguel, el de ocuparse de las oraciones y de las súplicas de los mortales. Cada uno de ellos ha recibido estas tareas por los méritos, las inclinaciones, y las capacidades de las que dio pruebas antes de la creación de este mundo. Entonces se asignó a cada uno este o aquel ministerio; otros merecieron ser asignados al orden de los ángeles y actuar bajo este o aquel arcángel, este o aquel guía de su orden. Todo esto fue ordenado por el apropiado y justo juicio de Dios y dispuesto por aquel que ha juzgado y analizado los méritos de cada uno: así, a uno le ha sido confiada la Iglesia de los efesios, y a otro, la de los esmirniotas (cf. Ap 2,1.8); éste es el ángel de Pedro, aquél el de Pablo (cf. Hch 12,7; 27,23). A cada uno de los más pequeños de la Iglesia se le ha asignado este o aquel ángel, que contempla cada día el rostro de Dios (cf. Mt 18,10), y se señala al ángel que se disponga en torno a los que temen a Dios.

No debemos pensar que todo esto sucede así de manera accidental o por casualidad, ni siquiera porque hayan sido creados tales por naturaleza, para evitar que también a este respecto se acuse al Creador de parcialidad.

Creamos, más bien, que todo fue asignado por Dios, absolutamente justo y rector imparcial del universo, según los méritos, las capacidades, la energía y el ingenio de cada uno (Orígenes, I principi, 1, 8, 1, Turín [existe edición catalana en Alpha, Barcelona 1998]).

 

ACTIO

Repite el nombre del arcángel Miguel, que significa: «¿Quién como Dios?».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Según los Padres, los ángeles personifican las potencias celestes y han sido puestos por Dios junto a los pueblos como guías. Los ángeles toman una parte muy activa en la existencia histórica del mundo: llevan a cabo, bajo la guía del arcángel Miguel, una batalla contra los demonios, potencias de la nada y remedos de los ángeles, y salvaguardan el orden cósmico. Según san Basilio, los ángeles del Juicio «pesan» las almas. Ellos, que asisten a toda acción divina, están presentes de un modo particular en el martirio. La escala de Jacob los muestra como mensajeros de Dios. Están como «adheridos» a la Palabra y a la voluntad de Dios y las personifican. Cuando Dios decide curar, su voluntad toma la figura del ángel Rafael.

Cada vez que un ángel aparece es para transmitir y realizar algo de parte de Dios. Los ángeles muestran el «cielo», puesto que existen y actúan en un sentido que va de Dios hacia los hombres. Aunque mantiene su poder de revelación directa, Dios se revela la mayoría de las veces por medio de los ángeles, que son como los portadores de sus energías, de su luz y de su revelación.

Hasta el punto de que los tres ángeles que se aparecieron a Abrahán en el encinar de Mambré son considerados, sobre todo en la tradición iconográfica, como las figuras de las tres Personas divinas, el icono de la Trinidad. El ángel es un lugar teofánico, manifestación viviente de Dios: el nombre de Dios está en él y con el nombre su presencia (P. Evdokimov, La santitá nella traaizione della Chiesa ortodossa, Fossano 1977, pp. 126ss).

 

Día 30

Sábado de la 25ª semana del Tiempo ordinario o 30 de septiembre, conmemoración de

San Jerónimo

 

Nacido en Estridón el año 340, recibió una excelente instrucción en Roma, que completó con una serie de viajes por Oriente y Occidente, entablando amistad con los más famosos y cultos Padres orientales. Era un hombre tenaz, fuerte, austero y de gran erudición. Fue secretario del papa Dámaso, que le encargó una traducción de los textos originales de la Biblia al latín. Se marchó a Belén, donde llevó a cabo experiencias de vida monástica, de penitencia y de estudio. Se dedicó especialmente a la traducción y al comentario de los libros de la Sagrada Escritura. Le debemos numerosos comentarios y tratados exegéticos; su producción literaria y su competencia bíblica le sitúan entre los mayores doctores de la Iglesia latina, y es también el patrón de los biblistas.

Además de los susodichos libros, dejó muchos tratados polémicos, una colección de Cartas muy interesantes, así como la traducción de las obras de Orígenes. Tras una vida dispensada en el amor a Cristo y a la Iglesia, murió en Belén en el año 420.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Zacarías 2,5-9.14ss

5 Yo, Zacarías, levanté la vista y tuve una visión. Vi un hombre con un cordel de medir en la mano.

6 Le pregunté: -¿Adonde vas? Me respondió: -A medir Jerusalén, para averiguar su anchura y su longitud.

7 Cuando ya se marchaba el ángel que estaba hablando conmigo, otro ángel le salió al encuentro

8 y le dijo: -Corre y di a ese joven: Jerusalén será ciudad abierta por la cantidad de hombres y animales que habrá en ella.

9 Y yo seré para ella, oráculo del Señor, una muralla de fuego alrededor, y con mi presencia la colmaré de gloria.

14 Salta de gozo, alégrate, Sión: porque yo vengo a habitar en medio de ti, oráculo del Señor.

15 Ese día, numerosas naciones se incorporarán al Señor; se harán pueblo mío; yo habitaré en medio de ti y sabrás que el Señor todopoderoso es quien me ha enviado a ti.

 

**• Tenemos aquí el relato de la tercera visión del profeta Zacarías. Ésta sigue a la de los cuatro jinetes y los obreros que se contraponen a los cuatro cuernos, que representan a los pueblos hostiles. La visión que hemos leído hoy nos muestra a un hombre con un cordel de medir en la mano: el plano inmediato y evidente de la visión sugiere el retorno de los exiliados, que empiezan a reconstruir la ciudad santa devastada, pero el mensaje se ensancha y se convierte en una profecía del tiempo mesiánico, en el que Jerusalén no es ya simplemente una ciudad como las otras, sino una ciudad muy floreciente, que vive bajo la protección del Señor, gloria de la ciudad, es decir, lo que asegura su verdadero valor.

Encontramos de nuevo el tema de la presencia fiel del Señor en medio de su pueblo, de un Dios que habita en medio de la hija de Sión. Esa presencia se convierte en causa de atracción de los pueblos y, por consiguiente, causa de una experiencia de salvación cuyos confines se vuelven cada vez más universales. El sueño de Zacarías es el de una unidad de los hombres, que, adhiriéndose al Señor, se convierten en un solo pueblo. No queda suprimido el pensamiento del privilegio de Israel, pero se sueña más bien en una comunidad santa, cuyos límites se dibujan no tanto por motivos de pertenencia étnica como de fidelidad a la Palabra del Señor. El plan de Dios va, por tanto, mucho más allá de las perspectivas humanas, que son las de una expansión de la ciudad protegida por el Señor.

 

Evangelio: Lucas 9,43b-45

En aquel tiempo,

43 todos estaban admirados de las cosas que hacía. Entonces Jesús dijo a sus discípulos:

44 -Vosotros escuchad atentamente estas palabras: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.

45 Pero ellos no entendían lo que quería decir; les resultaba tan oscuro que no llegaban a comprenderlo, y tenían miedo de hacerle preguntas sobre ello.

 

*»• El segundo anuncio de la pasión viene detrás del relato de la curación del niño epiléptico (Lc 9,37-42); así, estas palabras suenan -si ello es posible- todavía más duras, difíciles de aceptar por parte de los discípulos, porque contrastan con el estupor generalizado que suscitan las acciones milagrosas de Jesús. «Vosotros escuchad atentamente estas palabras» (v. 44). Es preciso que los discípulos comprendan la identidad profunda de Jesús como Hijo del hombre, cuya misión se revelará precisamente a través del sufrimiento y del rechazo que le espera. Aquí se impone una aclaración exegética sobre el título de «Hijo del hombre». Éste parece tomado del libro de Daniel, y se trata de una figura misteriosa que recibe el poder de Dios y lo ejerce en favor del hombre, al contrario que las bestias, que ejercen un poder que se han arrogado por sí mismas y quieren hacer reinar un orden bestial, antihumano. «Hijo del hombre» es, por consiguiente, un título contrario al de «hijo de la bestia» y no al de «Hijo de Dios». Este último, en cambio, es el título pascual que expresa la relación de intimidad total entre el Padre y Jesús.

La predicción de la pasión anuncia el «ser entregado en manos de los hombres», que, además de indicar el destino de Jesús, implica también una manifestación paradójica del rostro de Dios. Se trata de la llamada pasiva teológica alusiva al plan divino que se realiza en la «entrega» del Hijo. Dicho con otras palabras, Dios, en su voluntad inescrutable, deja a Jesús en manos de los impíos, pero esta dramática entrega se convertirá en fuente de salvación para la humanidad.

Lucas señala, a continuación, que los discípulos no comprendían, porque la perspectiva de la pasión de Jesús choca de manera radical con la lógica mundana.  Será preciso que la luz de la Pascua haga caer el velo de sus ojos (cf. Le 24,16.31). El miedo a preguntarle (v. 45) señala la permanencia de una cierta distancia como discípulos, la falta de una comunión plena con el Maestro. Éste sigue siendo fundamentalmente incomprendido por ellos.

 

MEDITATIO

Los «anuncios de la pasión» no son simples previsiones. Deben recordarnos a nosotros, sus discípulos, que el camino de la cruz es un paso obligado del que nadie puede huir, si no queremos ser infieles a Jesús. Precisamente el desconcertante modo de obrar de Dios en el misterio del Hijo del hombre debería recordarnos que el Reino es la irrupción de una «contrahistoria» en la historia de los hombres y de las mujeres, historia que parece sometida a la voluntad de los poderosos, de los «primeros», que, a buen seguro, no pueden reconocerse como seguidores del Hijo del hombre.

Se trata de una historia alternativa, real y no ficticia, en la que no cuentan ni la fuerza, ni la riqueza, ni la inteligencia, sino el abandono humilde y confiado a la voluntad divina. No se trata de exaltar aquí una espiritualidad dolorista, sino de comprender qué es lo que verdaderamente nos interesa. Si la verdadera sabiduría consiste en escoger la vida, entonces nuestra sabiduría de discípulos de Jesús consiste en saber escoger morir a nosotros mismos y aceptar convertirnos en don para tener acceso a la vida plena, a ejemplo suyo.

De este modo accedemos también a la vertiente luminosa de los anuncios de pasión, o sea, al anuncio de la resurrección. El misterio pascual, comprendido en su totalidad, se convierte en el fundamento de la esperanza en la reconciliación y unidad de la humanidad: «Ese día numerosas naciones se incorporarán al Señor; se harán pueblo mío; yo habitaré en medio de ti».

 

ORATIO

¡Padre santo! Te damos gracias por tu santo nombre, que nos has hecho habitar en nuestros corazones, y por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que nos has revelado por Jesucristo, tu servidor. A ti sea la gloria por los siglos de los siglos. ¡Dueño Todopoderoso!, que a causa de tu nombre has creado todo cuanto existe y que dejas gozar a los hombres del alimento y la bebida, para que te den gracias por ello.

A nosotros, por medio de tu servidor, nos has hecho la gracia de un alimento y de una bebida espirituales y de la vida eterna. Ante todo, te damos gracias por tu poder. A ti sea la gloria por los siglos de los siglos. ¡Señor!, acuérdate de tu iglesia, para librarla de todo mal y para completarla en tu amor. ¡Reúnela de los cuatro vientos del cielo, porque ha sido santificada para el Reino que le has preparado, porque a ti sólo pertenece el poder y la gloria por los siglos de los siglos! (Didaché).

 

CONTEMPLATIO

Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; más aún, que tus manos no dejen nunca el texto sagrado.

Asimila lo que debes enseñar y mantente unido a la palabra de la fe, que es conforme a la enseñanza, a fin de que puedas exhortar basándote en una doctrina sana y puedas refutar victoriosamente a los adversarios.

«Permanece fiel a lo que aprendiste y aceptaste, sabiendo de quién lo has aprendido», dispuesto siempre a dar satisfacción a todo el que te pida explicaciones respecto a la esperanza que hay en ti.

Que tus acciones no desmientan a tus palabras, a fin de que no suceda que, cuando prediques en la iglesia, comente alguien en su interior: «¿Por qué, entonces, tu no actúas así?». ¡Hombre, muy bonito!, un maestro disertando sobre el ayuno con la barriga llena; hasta un ladrón puede censurar la avaricia; pero en el sacerdote de Cristo la mente y la palabra deben estar de acuerdo

Cuando hables en la Iglesia, no suscites aclamaciones populares, sino gemidos; las lágrimas de los que te escuchan son tu mejor elogio; el discurso del sacerdote debe tomar su sabor de la lectura de la Biblia. No quiero que seas alguien que declama, que grita y que charla sin decir nada, sino u n experto en teología y muy instruido en los misterios de tu Dios.

Es propio de ignorantes hacerse admirar por la gente mal preparada, recurriendo a artificios lingüísticos y a una rápida pronunciación. Sólo una persona con la cara tan dura como el bronce se pone a explicar a menudo lo que no sabe y, tras haber persuadido a los otros, pretende incluso ser un pozo de ciencia (Jerónimo, Epístola 52, ad Nepotianum presbyterum, 7ss).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día estas palabras del san Jerónimo: «Ignorar las Escrituras significa ignorar a Cristo» (Jerónimo, Comentario al libro de Isaías, prólogo).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El cristiano es el hombre que ya no busca su salvación, su libertad y su justicia en sí mismo, sino únicamente en Jesucristo.

Sabe que la Palabra de Dios en Jesucristo lo declara culpable aunque él no tenga conciencia de su culpabilidad, y que esta misma palabra lo absuelve y justifica aun cuando no tenga conciencia de su propia justicia. El cristiano ya no vive por sí mismo, de su autoacusación y su autojustificación, sino de la acusación y justificación que provienen de Dios. Vive totalmente sometido a la palabra que Dios pronuncia sobre él declarándole culpable o justo. El sentido de su vida y de su muerte ya no lo busca en el propio corazón, sino en la palabra que le llega desde fuera, de parte de Dios.

Este es el sentido de aquella afirmación de los reformadores: nuestra justicia es una «justicia extranjera» que viene de fuera (extra nos). Con esto nos remiten a la palabra que Dios mismo nos dirige, y que nos interpela desde fuera. El cristiano vive íntegramente de la verdad de la Palabra de Dios en Jesucristo. Cuando se le pregunta: ¿dónde está tu salvación, tu bienaventuranza, tu justicia?, nunca podrá señalarse a sí mismo, sino que señalará a la Palabra de Dios en Jesucristo. Esta Palabra le obliga a volverse continuamente hacia el exterior, de donde únicamente puede venirle esa gracia justificante que espera cada día como comida y bebida. En sí mismo no encuentra sino pobreza y muerte, y si hay socorro para él, sólo podrá venirle de fuera. Pues bien, ésta es la Buena Noticia: el socorro ha venido y se nos ofrece cada día en la Palabra de Dios, que, en Jesucristo, nos trae liberación, justicia, inocencia y felicidad.

Esta palabra ha sido puesta por Dios en boca de los hombres para que sea comunicada a los hombres y transmitida entre ellos. Quien es alcanzado por ella no puede por menos de transmitirla a otros. Dios ha querido que busquemos y hallemos su Palabra en el testimonio del hermano, en la palabra humana. El cristiano, por tanto, tiene absoluta necesidad de otros cristianos; son ellos quienes verdaderamente pueden quitarle siempre sus incertidumbres y desesperanzas. Queriendo arreglárselas por sí mismo no hace sino extraviarse todavía más. Necesita del hermano como portador y anunciador de la Palabra divina de salvación (D. Bonhoeffer, Vida en comunidad, Sigúeme, Salamanca 92003, 13-15).