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LECTIO DIVINA OCTUBRE DE 2017

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

26° domingo del tiempo ordinario

 

Santa Teresa del Niño Jesús, Teresa Martin, hija de Luis Martin y de Celia Guerin –ambos en proceso de beatificación-, nació en Alecon (Normandía), el 2 de enero de 1873. Entró a los 15 años en el Carmelo de Lisieux e hizo su profesión el 8 de septiembre de 1890. Murió el 30 de septiembre de 1897.

Teresa, que llevó una intensa vida espiritual, centrada toda ella en el descubrimiento de la sencillez y totalidad del Evangelio y en la ofrenda al Amor misericordioso, brilló en la Iglesia de su tiempo, y sigue brillando en la del nuestro, como una contemplativa, apóstol de los apóstoles, a través de una experiencia de vida evangélica en la que no faltaron ni las tinieblas de la noche oscura de la fe ni la luminosa comunión con todos y con todo, por ser el Amor en el corazón de la Iglesia.

Nos ha dejado, entre sus escritos, los Manuscritos autobiográficos, muchas Cartas, Poesías, Oraciones y Recreaciones piadosas llenas de sabiduría, que pregonan un mensaje nuevo y universal.

Fue canonizada por Pío XI el 17 de mayo de 1925 y proclamada patrono de las misiones el 14 de diciembre de 1927.

En virtud de la autoridad de su doctrina, llena de sabiduría evangélica, acogida de una manera unánime en la Iglesia, actual por sus mensajes, Juan Pablo II la declaró doctora de la Iglesia el 19 de octubre de 1997.

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 18,25-28

Así dice el Señor:

25 Vosotros decís: <<No es justo el proceder del Señor>>. Escucha, pueblo de Israel: ¿Acaso no es justo mi proceder? ¿No es mas bien vuestro proceder el que es injusto?

26 Si el honrado se aparta de su honradez, comete la maldad y muere, muere por la maldad que ha cometido.

27 Y si el malvado se aparta de la maldad cometida y se comporta recta y honradamente, vivirá.

28 Si recapacita y se convierte de los pecados cometidos, viviré, no moriré.

 

• El problema de la responsabilidad personal y colectiva recorre toda la Biblia con pinceladas y matices no siempre convergentes. En la antigüedad, la pertenencia de un hombre o una mujer desde el nacimiento hasta la muerte, a un grupo étnico bien definido y concreto conllevaba amoldarse y someterse continuamente a las tradiciones del clan y, por lo tanto, a las directrices del jefe del grupo, del patriarca. El espacio de libertad o de opciones individuales era casi inexistente. La misma ley divina, comunicada solemnemente por Dios al responsable del grupo (patriarca o jefe), no admitía posibilidad alguna ni de arreglos ni de interpretaciones.

La conciencia personal nace despacio y gradualmente. Junto a ella crece, poco a poco, una relación diferente de la persona con el grupo, el clan o la tribu, y con las tradiciones. La ley, en el pasado, sometía al hombre y a la mujer a una observancia exterior. Al declarar las sanciones y penas previstas en las leyes, la autoridad responsable juzgaba y aplicaba las normas de manera objetiva, atendiendo puramente a lo exterior. Es decir tan solo se tenia en cuenta la culpa, no al culpable; el pecado, no al pecador. Los jueces se regían exclusivamente por el hecho, sin considerar la intencionalidad.

Ezequiel se convierte en el defensor de la responsabilidad personal. En el Deuteronomio, Dios, por boca de Moisés, había hablado de la observancia de la Ley como fuente de vida o de muerte (cf Dt 30,19ss: <<Elige la vida y viviréis tu y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y uniéndote a él»). El texto de Ezequiel afirma; <<Si el malvado se aparta de la maldad cometida y se comporta recia y honradamente, vivirá. Si recapacita y se convierte de los pecados cometidos, vivirá, no morirá» (vv. 27ss). La responsabilidad ante el bien y ante el mal es sobre todo personal. Una de las verdades que el cristianismo ha ofrecido a toda la humanidad.

 

Segunda lectura: Filipenses 2,1-1 1

1 Si de algo vale una advertencia hecha en nombre de Cristo, si de algo sirve una exhortación nacida del amor, si vivimos unidos en el Espíritu, si tenéis un corazón compasivo,

2 dadme la alegría de tener los mismos sentimientos, compartiendo un mismo amor; viviendo en armonía y sintiendo lo mismo.

3 No hagáis nada por rivalidad o vanagloria; sed, por el contrario humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos.

4 Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás.

5 Tened, pues, los sentimientos que corresponden a quienes estén unidos a Cristo Jesús.

6 El cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios.

7 Al contrario, se despojé de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre

8 se humillé a si mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

9 Por eso Dios lo exalté y le dio el nombre que está por encima de todo nombre,

10 para que ante el nombre de Jesús doble la rodilla todo lo que hay en los cielos, en la tierra y en los abismos,

11 y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor; para gloria de Dios Padre.

 

La exhortación de Pablo reflexiona en profundidad esta frase: <<Tened los sentimientos que correspondan a quienes están unidos a Cristo ]essús» (v. 5).

Jesús ha planteado el tema de la responsabilidad personal. Pensemos en la parábola de los talentos cada uno dará cuenta de lo que ha recibido. Pero también ha expuesto el tema de la responsabilidad colectiva –o mejor aun, comunitaria—- de cara al bien y al mal, en concreto con los mas débiles, con los pequeños. Y no solo en polémica con los judíos, desafiándolos por sus pecados; él mismo, que no ha cometido pecado, ha tomado sobre si todos los nuestros. Y se ha convertido en pecado por nuestra Salvación.

Cada uno de nosotros, de alguna manera, tiene que rendir cuentas de todo y todos de cada uno mismo. El, por nosotros, se ha hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Ha vivido la justicia y la rectitud haciendo de la voluntad del Padre su alimento. Se ha hecho justificación por todos y cada uno de nosotros. Si lo seguimos, podemos estar seguros, nosotros que somos pecadores, de pasar de la muerte a la vida. Podemos experimentar este paso ya, desde la vida terrena, y tener la esperanza cierta de la eternidad.

 

Evangelio: Mateo 21,28-32

Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

28 ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo; <<Anda, hijo, ve a trabajar hoy en la viña».

29 El respondió; <<No quiero». Pero después se arrepintió y fue.

30 Luego se acercó al segundo y le dijo lo mismo. El respondió: <<Voy, señor». Pero no fue.

31 ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?

Le contestaron:

-El primero.

Entonces Jesús les dijo:

- Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el Reino de Dios.

32 Porque vino Juan a mostraros el camino de la salvación y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y vosotros, a pesar de verlo, no os arrepentisteis ni creísteis en él.

 

• La parábola, referida por Jesús durante su actividad en Jerusalén, antes de la pasión y de la muerte, muestra, ante la voluntad explicita e imperativa del padre y la reacción de cada uno de los dos hijos, no solo la diferencia y la distancia entre las palabras y los hechos, sino el cambio y la transformación interior en el modo de pensar.

El primero de los hijos da la impresión de ser sincero, y, de forma veraz, le comunica al padre su voluntad: <<No quiero». Pero después de la respuesta use arrepintió» (v. 29), y obedeció, <<y fue» (v 29). El segundo hijo escucha formalmente las palabras del Padre y respetuosamente le dice: <<Voy Señor>> (v 30). Pero no tiene intención de hacer efectivas sus palabras, y desobedeció, <<y no fue» (v. 3o). El primer hijo reconsidera la decisión de cumplir la voluntad del Padre y cambia de actitud; Jesús lo subraya: <<Se arrepintió». El Maestro, con una pregunta, implica a los presentes para que se pronuncien sobre el distinto comportamiento de los dos hijos: <<¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Los interpelados le contestaron; <<El primero».

Jesús había dicho: <<No todo el que me dice: ¡Señor; Señor! entrará en el Reino de [os Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán aquel día: ¡Señor; Señor! ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Pero yo les responderé: No os conozco de nada. Apartaos de mi malvados» (Mt 7,21-23). Y Jeremías, a propósito del sentido de la circuncisión (4,4): <<Circuncidaos para consagraros al Señor; quitad el prepucio de vuestro corazón, habitantes de Judd y de Jerusalén, no sea que estalle mi ira como fuego y arda sin que nadie pueda apagarla, por la maldad de vuestras acciones».

Puede parecer que el arrepentimiento y la conversión brotan de un <<conocimiento>> de la ley que dicta normas de comportamiento. En realidad, tienen la raíz en el corazón de la persona que reconoce en el legislador no a un amo, sino a un padre. En la persona que ve en la ley la expresión de la voluntad del padre - de un padre que quiere hacer feliz al hijo (pues hasta la ley le supone al hijo esfuerzo y sacrificio).

 

MEDITATIO

<<Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el Reina de Dios. Porque vino Juan a mostraros el camino de la salvación y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y vosotros, a pesar de verlo, no os arrepentisteis ni creísteis en él» (Mt 21,31-32).

La referencia básica de la lectura es el <<arrepentimiento», la conversión del corazón. <<Arrepentirse para creer>>. Jesús ha invertido intencionadamente el orden de los verbos. No es sélo <<creer para arrepentirse». Arrepentirse para creer consiste, ante todo, en no considerarse ni justos, ni rectos, ni Santos. Ni tampoco pensar que por observar tal o cual ley no somos como el resto de los hombres que no la observan.

Tener conciencia de ser pecadores nos pone en actitud de conversión. Creernos justos nos impide encauzar los pasos por el camino de la conversión. Quien nos hace justos, rectos y santos es Sólo Dios (la parábola del fariseo y del publicano de Lc 18,9-14 no deja lugar a dudas ni a equívocos). Arrepentirse para creer consiste en no ser nosotros quienes determinemos qué es bueno o malo, justo o injusto, recto o torcido, santo o profano, sino el Señor

El discurso de Ezequiel, entre Dios e Israel, arranca con un interrogante: ,¿Acaso no es justo mi proceder? ¿No es mas bien vuestro proceder el que es injusto? Es lícito -y necesario- preguntarse: ¿Qué sabe Israel de <<rectitud»? La respuesta Sólo la puede dar Dios: la iniquidad es causa de muerte; la justicia y la rectitud son causa de vida. Pasar de la iniquidad a la justicia y a la rectitud es pasar de la muerte a la vida. ¿Quién determina este paso? Dios.

 

ORATIO

Concédeme, benignísimo Jesús, tu gracia para que esté conmigo, y obre conmigo, y persevere conmigo hasta el fin.

Dame que desee y quiera siempre lo que te es mas acepto y agradable a ti.

Tu voluntad sea la mía, y mi voluntad siga siempre la tuya y se conforme en todo con ella.

Tenga yo un querer y no querer contigo, y no pueda querer y no querer sino lo que tu quieres y no quieres.

Dame, Señor que muera a todo lo que hay en el mundo, y dame que desee por ti ser despreciado y olvidado en este siglo.

Dame, sobre todo, lo que se puede desean descansar  en Ti y aquietar mi corazón en ti.

Tu eres la verdadera paz del corazón, tu el único descanso; fuera de ti todas las cosas son molestas e inquietas.

En esta paz permanente, esto es, en ti, sumo y eterno Bien, dormiré y descansaré. Amen (Tomas de Kempis, La imitación de Cristo, III,15,3).

 

CONTEMPLATIO

Dios omnipotente y eterno, señor del universo, creador y dueño de todas las cosas, tu, por obra de Cristo, has hecho del hombre el esplendor del mundo, le has entregado la ley natural y la escrita para que viva ordinariamente como ser dotado de razón, y, cuando peca, le propones como norma tu bondad para que se arrepienta, dirige tu mirada a quienes con su vida se desvían de ti, porque tu no quieres la muerte del pecador sino que se convierta, de modo que se aparte del camino de la perdición y viva.

Tu que has aceptado el arrepentimiento de los habitantes de Nínive, tu que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, tu que has abrazado con cariño paternal al hijo que dilapidó disolutamente los bienes y volvió arrepentido, acoge también ahora la penitencia de quienes te suplican, para que nadie peque en tu presencia: si te fijas en nuestras iniquidades, Señor, Señor, ¿quién podrá resistir?.Que agradable es estar en tu presencia.

Devuélvele a la Iglesia la dignidad y la condición primera, por intercesión de Cristo, Dios y salvador nuestro, a ti la gloria y el honor con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén (<<Constituciones de los apóstoles», VIII, 9, en S. Pricoco — M. Simonetti [eds.], La preghiem dei cristiani, Milan 2000, 125).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Señor; ten piedad de mí» (Mt 15,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Mi Dios, en mi se enfrentan dos hombres en cruenta batalla.

Uno, lleno de amor; seguirle fielmente ansía.

Mas el otro, rebelde a tu deseo, contra la ley estalla.

El primero siempre vuelto al cielo me dispone,

inclinado a los bienes eternos,

de los terrenales despreocupado.

El segundo me curva hacia la tierra con su funesto peso.

Infeliz, si conmigo peleo, ¿cuando alcanzaré la paz?

Quiero el bien, lo sé, y no lo hago. Lo quiero, y he aquí la miseria,

aquello que amo no lo hago, y el mal que no amo si lo hago, ¿qué horror!

¡Oh gracia, resplandor salvador ven y ponme de acuerdo!

Domina con tu dulzura a este hombre que tanto te contraría.

(J. Racine, Preghiere de l’umanita, Brescia l993, 46).

 

 

 

Día 2

Santos ángeles custodios 

Los ángeles -criaturas puramente espirituales y dotadas de inteligencia y voluntad- son servidores y mensajeros de Dios. «Contemplan sin cesar el rostro de mi Paare celestial» (Mt 18,10). Son «poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra» (Sal 103,20). Dios les confía el encargo de proteger a la humanidad.

El pueblo de Dios ha sentido siempre espontáneamente la exigencia de corresponder a su silenciosa y benévola compañía honrándoles de una manera especial. Esta celebración dedicada a ellos entró en el calendario romano en el año 1615.

 

LECTIO

Primera lectura: Zac 8, 1-8

1 Fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos:
2 Así dice Yahveh Sebaot: Con gran celo he celado a Sión, con gran ira la he celado.
3 Así dice Yahveh:Me he vuelto a Sión, y en medio de Jerusalén habito. Jerusalén se llamará Ciudad-de-Fidelidad, y el monte de Yahveh Sebaot, Monte-de-Santidad.
4 Así dice Yahveh Sebaot: Aún se sentarán viejos y viejas en las plazas de Jerusalén, cada cual con su bastón en la mano, por ser muchos sus días;
5 las plazas de la ciudad se llenarán de muchachos y muchachas en sus plazas jugando.
6 Así dice Yahveh Sebaot: Si ello parece imposible a los ojos del Resto de este pueblo, en aquellos días, ¿también a mis ojos va a ser imposible?, oráculo de Yahveh Sebaot.
7 Así dice Yahveh Sebaot:He aquí que yo salvo a mi pueblo del país del oriente y del país donde se pone el sol;
8 voy a traerlos para que moren en medio de Jerusalén. Y serán mi pueblo y yo seré su Dios con fidelidad y con justicia.

      

Las dos ideas teológicas fundamentales del libro de Zacarías son la Providencia divina, que tiene un cuidado especial de su pueblo, y sobre todo de Jerusalén, capital de la nueva teocracia, en la reconstrucción del templo, y sobre las naciones. Como los profetas preexílieos, Zacarías urge ante todo una religión espiritualista, no meramente manifestada con ritos externos cultuales. Ante todo, la verdad, la misericordia, el juicio justo, de modo que nadie maquine el mal en su corazón. Con esta doctrina ético-espiritualista, Zacarías se acerca mucho ya al ideal del sermón de la Montaña.

Otra idea fundamental en el libro de Zacarías es la de la expectación mesiánica. En la primera parte del libro — centrada en torno a la persona de Zorobabel como símbolo de la reconstrucción nacional — aparece éste como tipo del Mesías, futuro redentor. En la segunda parte desaparece la figura de Zorobabel, y la mente del profeta se proyecta directamente sobre la persona del Libertador que ha de venir y sobre el triunfo de la nueva Jerusalén. El Mesías es anunciado como Rey, justo y victorioso, cuyo reino abarca de un mar al otro; pero al mismo tiempo pobre, cabalgando sobre un asno, inaugurando un reino mesiánico universal en el día de Yahvé, que será de triunfo y de luz. Las ideas escatológicas se mezclan en la última parte del libro, y la perspectiva se alarga y difumina sin contornos.

 

Evangelio: Mateo 18,1-5.10

1 En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron:

-¿Quién es el más importante en el Reino de los Cielos?

2 Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos

3 y dijo: -Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos.

4 El que se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos.

5 El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge.

10 Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial.

 

*• En este fragmento, Jesús nos invita y nos enseña a contemplar la realidad de un modo más penetrante y más conforme con el suyo. La lógica humana tiene sed de grandezas y de prestigio, se liga a las apariencias y pisotea lo que no se muestra con bella apariencia. La lógica del Reino de los Cielos va en una dirección opuesta y para acogerla es preciso cambiar de mentalidad, o sea, convertirse. Es verdaderamente grande quien es sencillo, inocente y carece de pretensiones; quien se confía con gratitud al cuidado y al amor de Otro. Estos «pequeños» son los predilectos del Señor: sus ángeles custodios -de apariencia invisible- ven siempre el rostro de Dios y están muy próximos a él. Dado que el Padre rodea a los niños dándoles los ángeles más espléndidos, los discípulos de Jesús deberán abstenerse de despreciar a los pequeños e intentar más bien llegar a ser como ellos.

 

MEDITATIO

A comienzos del mes de octubre, la Iglesia nos hace celebrar en la liturgia la memoria de los ángeles custodios, como para recordar al hombre perdido y desanimado que no está solo en su camino. Existe, en efecto, una creación visible que podemos ver, al menos en parte, con los ojos de la cara; existe, a continuación, una creación invisible -y, sin embargo, realísima- que sólo podemos percibir con los sentidos espirituales, mediante la fe, la oración y la iluminación interior que nos viene del Espíritu Santo.

¿Qué son, pues, los ángeles? Son, en primer lugar, un signo luminoso de la divina Providencia para nosotros, un signo de la bondad paternal de Dios, que no deja que falte a sus hijos nada de cuanto es necesario. Como intermediarios entre la tierra y el cielo, son criaturas invisibles puestas a nuestra disposición para guiarnos en el camino de retorno a la casa del Padre. Vienen del Cielo para volver a llevarnos al Cielo y para hacernos pregustar, ya desde ahora, algo de las realidades celestiales.

En ocasiones es posible experimentar de manera concreta y sensible la custodia de los ángeles, con tal que sepamos reconocerla. Se trata de encuentros «casuales» (que se vuelven, no obstante, fundamentales y determinantes en la vida de una persona) o de una ayuda imprevista e inesperada que recibimos en una situación de peligro; o de una intuición fulminante que nos permite darnos cuenta de un error, de un olvido...: ¿cómo no sentirnos guiados, protegidos y amablemente socorridos?

Los ángeles nos protegen de muchos peligros de los que ni siquiera nos damos cuenta. Sobre todo, del peligro de volvernos impíos, de no escuchar al Señor y de no obedecer a su Palabra; nos sugieren siempre pensamientos rectos y humildes, buenos sentimientos.

También nosotros estamos llamados a prestarnos los unos a los otros un servicio semejante al de los ángeles y a hacernos buena compañía a lo largo del camino de la vida, para llegar juntos a contemplar el rostro de Dios.

 

ORATIO

Santos ángeles, custodios nuestros, quitad el velo de los ojos de nuestro corazón, para hacernos capaces de recibir vuestra silenciosa presencia en nuestra vida. Sed para nosotros guías seguros y amables compañeros a lo largo del cotidiano peregrinar por la tierra. Encended en nosotros un vivo deseo de contemplar el rostro de Aquel que brilla en su bienaventuranza infinita. Que vuestra protección nos libere del mal, que vuestro consejo nos sugiera cuanto ayuda a la verdadera vida, que vuestro consuelo nos sostenga para que, con el corazón colmado de dulzura, nada pueda separarnos de tender incesantemente a la eterna morada; y enseñadnos a ser también nosotros unos para otros amables compañeros de viaje. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Los ángeles velan no sólo sobre toda la Iglesia tomada en su conjunto, sino también sobre cada uno de nosotros. De ellos habla el Salvador cuando dice: «Sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10). Hay dos Iglesias: la de los hombres y la de los ángeles. Si lo que decimos es conforme al pensamiento divino y a la intención de las Escrituras, los ángeles gozan con ello y ruegan por nosotros... Se trata de ángeles que asisten a los santos y se alegran en la Iglesia, ángeles que nosotros no vemos, porque el fango del pecado nos cubre los ojos, pero que ven los apóstoles de Jesús, a los que dice el Señor: «Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre» (Jn 1,51) (Orígenes, Comentario a Lucas XXIII, 8, Roma 1969).

 

ACTIO

Repite a menudo hoy esta oración de la tradición cristiana: «Ángel de Dios, bajo cuya custodia me puso el Señor con amorosa piedad, a mí que soy vuestro encomendado, alumbradme hoy, guardadme, regidme y gobernadme. Amén».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Pocas verdades de la religión producen tanto alivio como ésta, humanísima, del ángel custodio, una alegre invención de Dios. Y el saber que lo tiene muy cerca el rey cuando escribe la ley, sentado en el trono de oro, y que lo tiene el pelagatos sentado en la piedra del cementerio para comer el pan de la caridad, es cosa que ennoblece la vida y la exalta. La poesía pagana apenas lo ha entrevisto. La literatura hebrea está llena de mensajeros alados, y sus páginas se estremecen de escalofríos luminosos.

La teología cristiana, que es la profundización de aquélla, es toda ella un fresco estremecido. Nadie sabe los aspectos que puede tomar su ángel custodio según los tiempos y las necesidades de su vida. Entras en un camino solitario y un tipo te acompaña y hace el camino contigo, intercambiando palabras con aire familiar. Tal vez sea él tu ángel, que, tomando forma humana, quiere hacerte compañía...

No todos los aleteos que oyes a lo largo de las filas o bajo el alero de casa son pajarillos y palomas; y el murmullo que te agita en ciertos momentos imprevistos no es siempre el viento que tienes delante. En la divina economía del bien en que está establecido el mundo, hemos de esperarnos siempre que sea ésa la revelación sensible del alado asistente. Como la experimenté yo mismo una vez, al caer la noche, en el umbral de una vieja abadía, al oír cantar por aquellos monjes graves el oficio de completas; y oí al padre prior recitando la oración final, que es un himno a los ángeles: «Visita, Señor, esta habitación y ahuyenta de ella todas las asechanzas del enemigo. Estén aquí tus santos ángeles, que nos guarden en paz». En ese momento, bajo el toque de la última campana, me pareció ver muchos ángeles que, saliendo de lo alto, se recogían en todas las familias como la última bendición de la ¡ornada. Y vuelto a mi habitación desnuda como una celda, al cerrar la puerta y entornar los postigos, me estremecí por la alegría que me proporcionaba saber, casi ver, que había un ángel encerrado todo para mí (C. Angelini, «Discorso con l'angelo custode», en Ritorno degli angelí?, Vicenza 1988, pp. 43-46, passim).

 

 

Día 3

Martes de la 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Zacarías 8,20-23

20 Así dice el Señor todopoderoso: Todavía han de venir gentes y habitantes de ciudades populosas.

21 Los habitantes de una ciudad irán a decir a los de la otra: «Vamos a invocar al Señor todopoderoso y a pedir su protección. Yo también voy contigo».

22 Y muchos pueblos y naciones poderosas vendrán a adorar al Señor todopoderoso en Jerusalén y a pedir su protección.

23 Así dice el Señor todopoderoso: En aquellos días, diez extranjeros agarrarán a un judío por el manto y le dirán: «Queremos ir con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros».

 

          **• La comunidad de los hombres del retorno tiene una clara propensión a una actitud penitencial, puesto que es consciente de los efectos del pecado que había causado el exilio y la destrucción de la Ciudad Santa. El riesgo consiste en que esta actitud penitencial ofusque la alegría de la salvación llevada a cabo por el Señor.

          Aquí está, por tanto, la respuesta del profeta a la consulta sobre los ayunos. A los distintos ayunos añade también el del cuarto mes, que conmemora la brecha en las murallas de Jerusalén, y el del décimo mes, que recuerda el comienzo del asedio. Pues bien, aun sin abolir la necesidad de una actitud penitencial, en la que el ayuno ocupaba una parte importante, se confirma, no obstante, el sentimiento de alegría, de júbilo, de fiesta, que debe caracterizar la espiritualidad de la comunidad. Con todo, a fin de que esta fiesta no se altere, será necesario que la comunidad ame la verdad y la paz, pues de otro modo la fiesta se volvería «vividora», no gozosa. ¿Y cuáles son las razones de la fiesta, además del retorno? La perspectiva de una reunión universal precisamente en Jerusalén. Estos pueblos reconocerán entonces en los judíos a los maestros que les enseñarán el camino hacia el Señor (v. 23).

          A través de esta perspectiva de salvación de los pueblos, el profeta vuelve a llamar a sus primeros destinatarios -los hijos de Israel- a la exigencia de una auténtica alianza que esté basada en la confianza en la presencia del Señor, en la certeza profunda de su ser el «Dios fiel», el «Dios con nosotros».

 

Evangelio: Lucas 9,51-56

51 Cuando llegó el tiempo de su partida de este mundo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén.

52 Entonces envió por delante a unos mensajeros, que fueron a una aldea de Samaría para prepararle alojamiento,

53 pero no quisieron recibirlo, porque se dirigía a Jerusalén.

54 Al ver esto, los discípulos Santiago y Juan dijeron: -Señor, ¿quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los consuma?

55 Pero Jesús, volviéndose hacia ellos, les reprendió severamente.

56 Y se marcharon a otra aldea.

 

          **• Comienza aquí la parte más característica de la obra de Lucas, el gran viaje hacia Jerusalén (Lc 9,51-19,28). Lucas nos sitúa de inmediato frente a un episodio en el que se rechaza a Jesús. El texto griego podría ser aducido de un modo más literal así: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, endureció su rostro para ir a Jerusalén. Envió, pues, mensajeros delante de su rostro...». La partida de Jesús hacia Jerusalén es considerada desde la perspectiva de la misión profética, que requiere decisión para hacer frente a los peligros, con la seguridad de la ayuda del Señor (cf Jr 1,18; Is 50,7: «Endurecí mi rostro como el pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado»). Se aproxima el tiempo de su «asunción», elevación paradójica que contrasta con la lógica del hombre y que nos hace comprender que este viaje de Jesús es un viaje sin retorno, hacia la muerte.

          Como ya les ocurriera a los profetas, Jesús experimenta un clima de rechazo, de hostilidad; es el rechazo de los samaritanos (Lc 9,53). Obsérvese la ironía del texto: a primera vista, el rechazo se atribuye a la hostilidad de los samaritanos hacia el culto de Jerusalén, pero yendo más al fondo la oposición al viaje remite a la arraigada dificultad humana para aceptar el plan divino cuando éste incluye dolor y fracaso. En consecuencia, es rechazado por todos: por los suyos y por los samaritanos, por los de dentro del pueblo y por los de fuera. Sin embargo, el plan de Dios no se interrumpe por el rechazo humano. Por eso, el v. 56 afirma que «se marcharon a otra aldea»: la Buena Nueva, rechazada por unos, será acogida por otros.

          Por otra parte, el camino de Jesús encuentra incomprensión hasta por parte de los mismos discípulos. El evangelista refiere, en efecto, el episodio de la violenta indignación de Santiago y de Juan por la injusticia cometida al Maestro (v. 54) y, en consecuencia, a Dios, que es quien le envía, una indignación que traiciona la incapacidad para comprender lo que Jesús va a vivir. Jesús se lo reprocha con aspereza (v. 55), precisamente porque quiere invitarles a abandonar la idea errónea que tienen sobre la misión de Jesús y sobre la misión de ellos.

 

MEDITATIO

          La primera lectura y el pasaje evangélico parecen mantener, en apariencia, dos visiones opuestas. Por una parte, está el mensaje de Zacarías, con la perspectiva optimista de la conversión de los gentiles y de una peregrinación universal, en la que Israel va en cabeza de la procesión que sube hacia Sión. En el evangelio, en cambio, nos las vemos con la cerrazón de Israel, que está implicada en el rechazo de Jesús, y con la incredulidad de los samaritanos, que niegan toda hospitalidad al Nazareno y a sus discípulos.

          En realidad, ambas visiones no son contradictorias, sino que están profundamente coordinadas en el plan de la salvación. En el pecado de incredulidad, que conduce a excluir a Jesús de la vida humana, están implicados tanto Israel como los samaritanos y cada uno de nosotros. Todos estamos necesitados de la salvación, que nos viene precisamente del hecho de que Jesús hizo frente con valor a su destino de pasión y muerte en obediencia al plan del Padre.

          La salvación que Jesús ofrece a todo el mundo es el cumplimiento de las antiguas profecías de una redención universal, y entre esas profecías figura precisamente como un ejemplo fúlgido el presente oráculo de Jeremías. A buen seguro, el Evangelio sigue sufriendo todavía hoy rechazo y oposición, pero al discípulo dócil le está prohibida toda impaciencia, dado que ésta, más que celo amoroso, muestra una fe pequeña y representa un obstáculo para un testimonio auténtico de la obra de Cristo.

 

ORATIO

          Señor Jesús, bendigo el valor con el que endureciste tu rostro como piedra y emprendiste el camino hacia la cruz, aun sabiendo que nosotros te habríamos de corresponder con la incredulidad, la indiferencia e incluso la hostilidad.

          Bendigo la paciencia de la que haces gala incesantemente con nosotros, que nos mostramos a menudo impacientes y severos con los otros y con sus errores.

          Bendigo tu misericordia con nosotros, que no éramos hijos de Israel pero que precisamente gracias a tu muerte hemos sido hechos partícipes de las promesas que hiciste a tu pueblo. Bendigo tu fidelidad, gracias a la cual te has seguido fiando de nosotros y creyendo en nuestro discipulado, a pesar de nuestras defecciones y caídas.

          Me aferro al borde de tu manto, seguro de que encontraré en ti al que me cura de mis infidelidades y me conduce a la casa del Padre. Amén.

 

CONTEMPLATIO

          Sed dulces en vuestras acciones: nada de violencia, nada de impaciencia, nada de furor: si en alguna ocasión es preciso recurrir a la severidad, no recurráis a ella más que justo lo necesario, cuando estéis bien seguros de que es necesario; en caso de duda, preferid siempre los caminos de la dulzura a los caminos del rigor [...].

          ¡Oh! Cuando os ataquen, sólo tenéis que hacer una cosa: imitar la dulzura que mostré en mi pasión, dejaros despojar de todo, golpear, condenar a muerte, sin sombra de resistencia, como yo os daré ejemplo [...].

          Creed lo que os repito cada día, a cada hora. Creed que vuestro lema es «ser corderos». Imitadme en esto y en todo, a mí «el Cordero de Dios» (Ch. de Foucauld, All'ultimo posto. Ritiri in Terra Santa 1897-1900, Roma 1974, pp. 77-79).

 

ACTIO

          Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vamos a invocar al Señor todopoderoso y a pedir su protección» (Zac 8,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

          Es necesario desarraigarse. Cortar el árbol y hacer con él una cruz, y llevarla después todos los días. La contradicción experimentada hasta el fondo del ser es la laceración, es la cruz. Hace falta un hombre justo al que imitar para que la imitación de Dios no sea una palabra vacía, pero nace falta también, a fin de que vayamos más allá de la voluntad, que sea imposible querer imitarle. No podemos querer la cruz. Podemos querer cualquier grado de ascetismo o de heroísmo, pero no la cruz, que es un sufrimiento penal.

          El misterio de la cruz de Cristo reside en una contradicción, porque es, al mismo tiempo, una ofrenda voluntaria y un castigo que sufrió a su pesar. Si sólo viéramos la ofrenda, podríamos querer lo mismo para nosotros. Pero no es posible querer un castigo padecido a pesar nuestro. Quienes conciben la crucifixión sólo bajo el aspecto de la ofrenda cancelan el misterio salvífico y la amargura salvífica. Desear el martirio es desear verdaderamente demasiado poco. La cruz es infinitamente más que el martirio [...].

          La cruz es una palanca con la que un cuerpo frágil y ligero, pero que era Dios, ha levantado el peso de todo el mundo. «Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo.» Este punto de apoyo es la cruz. No puede haber otro. Es menester que se encuentre en la intercesión del mundo con lo que no es el mundo. La cruz es esta intercesión (S. Weil, // chicco di melagrana, CiniselloB. 1998, pp. 105ss).

 

 

 

Día 4

Miércoles de la 26ª semana del Tiempo ordinario o 4 de octubre, conmemoración de

San Francisco de Asís

 

Francisco, hijo de un rico comerciante de Asís, nació en 1181 (o 1182). Disuadido de sus ideales de gloria caballeresca a raíz de las experiencias decisivas de su encuentro con los leprosos y de la oración ante el crucifijo en la iglesia de San Damián, Francisco abandonó su familia y comenzó una vida evangélica de penitencia. Con los numerosos compañeros que muy pronto se unieron a él, comprendió que estaba llamado a vivir el Evangelio sine glossa, como fraternidad de menores a ejemplo de Jesús y de sus discípulos. Al año siguiente a la aprobación de la Regla y vida de los hermanos menores en  1223 por el papa Honorio III, Francisco recibió los estigmas del Crucificado, sello de la conformidad con su único Señor y Maestro. Cuando murió, en 1226, Francisco era un hombre extenuado por la fatiga y por las enfermedades y, al mismo tiempo, un hombre reconciliado con el sufrimiento, consigo mismo y con toda criatura. Fue canonizado en 1228 y es patrono de Italia y de los ecologistas.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Nehemías 2,1-8

1 En el mes de Nisán del año vigésimo del reinado de Artajerjes, tomé el vino y se lo serví al rey en mi calidad de copero. Como nunca anteriormente había estado triste en su presencia,

2 el rey me preguntó: -¿Por qué ese semblante tan triste? Puesto que no estás enfermo, tiene que ser una aflicción del corazón. Sumamente azorado,

3 dije al rey: -Viva eternamente el rey. ¿Cómo no ha de estar triste mi semblante cuando la ciudad que guarda las tumbas de mis antepasados está destruida y sus puertas quemadas?

4 Me preguntó el rey: -¿Qué es lo que quieres? Entonces yo, encomendándome al Dios del cielo,

5 le dije: -Si le parece bien al rey y está contento de su siervo, le ruego que me permita ir a Judá para reconstruir la ciudad de las tumbas de mis antepasados.

6 El rey, que tenía a la reina sentada a su lado, me preguntó: -¿Cuánto durará tu viaje y para cuándo piensas volver. Yo le indiqué una fecha que le pareció bien, y me autorizó a realizar el viaje.

7 Me atreví a decirle todavía: -Si le parece bien al rey, podría darme cartas para los gobernadores del territorio del otro lado del Eufrates, a fin de que me faciliten el viaje hasta Judá.

8 También, una carta para Asaf, el encargado de los bosques reales, para que me proporcione madera de construcción para las puertas de la ciudadela del templo, para la muralla de la ciudad y la casa que voy a ocupar. El rey accedió a ello, porque mi Dios me protegía con toda su bondad.

 

          **• El personaje de Nehemías subintra en el de Esdras y plantea numerosos problemas a la cronología de ambos personajes y a las relaciones entre ellos. De todos modos, aparece aquí una comparación implícita entre ambos a través de una serie de paralelismos y contrastes.

          Los dos tienen que hacer frente a las dificultades y a la oposición de los vecinos: a la obra de la reconstrucción del templo, en el primer caso, y a la reconstrucción de la ciudad, en el segundo. El autor, más que degradar a Nehemías y la política que él representa, quiere acentuar su complementariedad con el proyecto de Esdras y la necesidad de dos modos de estar presente en la comunidad: Esdras estaba más preocupado por la reconstrucción religiosa del pueblo, y Nehemías, por su reconstrucción civil.

          La memoria de Nehemías, narrada en primera persona, es atribuida al final a la presencia protectora y providente de Dios, a la mano benéfica con la que YHWH guía a los protagonistas de la reconstrucción del pueblo (v. 8). También está implícito el motivo de la necesidad de superar las vacilaciones personales, de vencer el temor por la propia vida y por la propia fortuna, de estar dispuesto a sacrificarlo todo, incluso todas las comunidades, por la causa del pueblo de Dios. De este modo, Nehemías arriesga la vida, mostrándose triste ante el rey, pero, al final, el atrevimiento del que hace gala en su discurso le permite obtener las credenciales que le permitirán reconstruir la ciudad. El motivo es semejante al de Ageo: la necesidad de anteponer la causa del pueblo de Dios a nuestro propio bien particular.

 

Evangelio: Lucas 9,57-62

En aquel tiempo,

57 mientras iban de camino, uno le dijo: -Te seguiré adondequiera que vayas.

58 Jesús le contestó: -Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

59 A otro le dijo: -Sígueme. Él replicó: -Señor, déjame ir antes a enterrar a mi padre.

60 Jesús le respondió: -Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios.

61 Otro le dijo: -Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme primero de mi familia.

62 Jesús le contestó: -El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es apto para el Reino de Dios.

 

        **• Lucas presenta a Jesús, por el camino hacia Jerusalén, acompañado por sus discípulos (v. 57), a los cuales se les asocian otros. El evangelista menciona ahora el caso de tres aspirantes al discipulado. A los tres les pone la condición de estar dispuestos a partir, de no demorarse. La exigencia de la vocación se propone con fórmulas lapidarias: dejarlo todo para seguir a Jesús y no posponer el seguimiento de Jesús a ninguna otra cosa.

        El primer caso es el de un aspirante a discípulo que toma la iniciativa de pedirle a Jesús que le deje seguirle: «Uno le dijo: Te seguiré adondequiera que vayas» (v. 57). Esta conmovedora declaración de fidelidad recuerda lo que prometió Rut a su suegra Noemí (Rut 1,16). Del mismo modo que hizo la anciana Noemí con su nuera, Jesús parece frenar -planteando exigencias inderogables- tanto el impulso generoso de este anónimo discípulo como, a continuación, la disponibilidad de otros dos seguidores a los que tampoco se nombra: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (v. 58).

        He aquí ahora el segundo caso (w. 59ss), en el que es el mismo Jesús quien pide a alguien que le siga, mostrando así con claridad que el discipulado tiene siempre su origen en la libre elección por parte del Maestro. El llamado, sin embargo, no debe mostrar un asentimiento condicionado, ni aunque se trate de pedir permiso para enterrar a su propio padre. Jesús no quiere negar el deber de dar sepultura a los muertos ni la observancia del cuarto mandamiento, sino que pretende recordar que hasta los vínculos más queridos han de estar subordinados a los valores del Reino.

        El último caso (w. 61ss) hace referencia a la llamada de Eliseo por parte del profeta Elías (1 Re 19,19-21). Se establece así una relación de continuidad y de contraste. El discípulo, como en el caso de Eliseo, recibe el carisma del Maestro, pero no se le permite ninguna vacilación o dilación. La llamada al discipulado es incondicionada y no tolera los titubeos que nos impiden estar dispuestos a reconocer el Reino de Dios.

 

MEDITATIO

Los «pequeños» que acogen la invitación de Jesús a seguir su ejemplo de sencillez y humildad experimentan el amor divino. Se descubren amados por Jesús, que no ha dudado en dar su propia vida a fin de que todos los hombres pudieran vivir eternamente la amistad con él y con el Padre. El Espíritu Santo nos ha hecho en el bautismo criaturas nuevas y nos ha introducido en la familiaridad con Dios. Somos del Señor, estamos llamados a dejarnos animar por el mismo pálpito de amor por el que él se entregó totalmente a nosotros hasta el fin.

Francisco de Asís respondió a esta llamada: se hizo «pequeño», menor, humilde y pobre, satisfecho sólo con Dios. Descubrió que el Evangelio, vivido sin rebajas, nos hace criaturas nuevas, personas resucitadas, partícipes de la verdadera humanidad del Hijo de Dios y, por consiguiente, auténticos servidores de los hermanos, de todos los hermanos. En Francisco, esta humanidad redimida, forjada por las exigencias y por la ternura del amor a Dios y a los demás, se volvió visible en los signos de la crucifixión. Y el mismo Francisco se convirtió en la bendición viva del Padre, puesto que no se apropió de nada, sino que -como menor- todo se lo restituyó, reconociéndole como el Dador de todo bien.

 

ORATIO

¡Santísimo Padre nuestro: creador, redentor, consolador y salvador nuestro! Hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra: para que te amemos con todo el corazón (cf. Lc 10,27), pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas, empleando todas nuestras energías y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio, no de otra cosa, sino del amor a ti; y para que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos, atrayendo a todos, según podamos, a tu amor, alegrándonos de los bienes ajenos como de los nuestros y compadeciéndolos en los males y no ofendiendo a nadie (Francisco de Asís, «Paráfrasis del Padre nuestro», en Fuentes franciscanas, versión electrónica).

 

CONTEMPLATIO

Donde hay caridad y sabiduría, no hay temor ni ignorancia.

Donde hay paciencia y humildad, no hay ira ni desasosiego. Donde hay pobreza con alegría, no hay codicia ni avaricia. Donde hay quietud y meditación, no hay preocupación ni disipación. Donde hay temor de Dios que guarda la entrada {cf. Lc 11,21), no hay enemigo que tenga modo de entrar en la casa. Donde hay misericordia y discreción, no hay superfluidad ni endurecimiento (Francisco de Asís, «Admoniciones, en Fuentes franciscanas», versión electrónica).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día la invocación de san Francisco: «¿Qué eres tú, oh dulcísimo Dios mío? ¿Qué soy yo, vilísimo gusano e inútil siervo tuyo?»

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Su vida estuvo enteramente caracterizada -hasta el momento de la conversión- por la búsqueda de un modelo que pudiera educar y plasmar su natural propensión al canto.

Lo encontró de repente en el Señor Jesús, en la belleza de su vida narrada por el Evangelio y, en particular, en el luminoso canto nuevo de su muerte en la cruz.

Dejó que la pasión marcara cada uno de sus pasos y afinara de manera progresiva todas las fibras de su persona con la humanidad del Hijo de Dios, que se entregó por completo a sí mismo por nosotros.

Francisco oró así: «Te ruego, oh Señor, que la ardiente y dulce fuerza de tu amor arrebate mi mente de todas las cosas que hay bajo el cielo, para que muera yo de amor por tu amor, como tú te dignaste morir por amor a mi amor» (oración Absorbeat).

Su camino estuvo siempre acompañado por confirmaciones y consuelos. Su predicación y su ministerio tocaron el corazón de las personas y suscitaron decisiones de conversión y de reconciliación.

Su manera de seguir radicalmente al Señor se volvió, cada vez más, casa hospitalaria para otros muchos hermanos y hermanas, que encontraron en su itinerario personal una modalidad radical y actual de interpretar y vivir el Evangelio de la nueva estación histórica que avanzaba. Sin embargo, en el tiempo del monte Alverna, parece apagarse el canto fluente.

En esta estación encuentra Francisco la prueba más terrible: las fatigas originadas por un movimiento que se institucionaliza -que pierde en intensidad evangélica y llega incluso a dudar sobre la posibilidad de que sea integralmente practicable su estilo de vida- repercuten en su misma fe.

La pregunta sobre la verdad de sus intuiciones más profundas y la duda sobre el origen divino de su proyecto de vida resuenan en un silencio opresor en el que Dios no parece hablarle ya, a pesar de haberlo buscado con tanta tenacidad.

Francisco experimenta el abandono de Dios y se retira de los hermanos para no mostrar su semblante, que ha perdido la serenidad habitual. El canto nuevo, por consiguiente, no le fue dado en un momento de paz y consolación, sino en un momento en el que -como dice el salmista- «fallan los cimientos» (Sal 11,3) y todas las seguridades parecen hundidas (C. M. Martini - R. Cantalamessa, La cruz como raíz de la perfecta alegría, Verbo Divino, Estella 2002, pp. 15-16).

 

 

 

Día 5

Témporas de acción de gracias y de petición

           Días de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al reemprender la actividad habitual. Son una ocasión que pesenta la Iglesia para rogar a Dios por las necesidades de los hombres, dando gracias a Dios públicamente.

 

Deuteronomio 8, 7-18

7 Pues Yahveh tu Dios te conduce a una tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y hontanares que manan en los valles y en las montañas,

8 tierra de trigo y de cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel,

9 tierra donde el pan que comas no te será racionado y donde no carecerás de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas montañas extraerás el bronce.

10 Comerás hasta hartarte, y bendecirás a Yahveh tu Dios en esa tierra buena que te ha dado.

11 Guárdate de olvidar a Yahveh tu Dios descuidando los mandamientos, normas y preceptos que yo te prescribo hoy;

12 no sea que cuando comas y quedes harto, cuando construyas hermosas casas y vivas en ellas,

13 cuando se multipliquen tus vacadas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todos tus bienes,

14 tu corazón se engría y olvides a Yahveh tu Dios que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre;

15 que te ha conducido a través de ese desierto grande y terrible entre serpientes abrasadoras y escorpiones: que en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura;

16 que te alimentó en el desierto con el maná, que no habían conocido tus padres, a fin de humillarte y ponerte a prueba para después hacerte feliz.

17 No digas en tu corazón: «Mi propia fuerza y el poder de mi mano me han creado esta prosperidad»,

18 sino acuérdate de Yahveh tu Dios, que es el que te da la fuerza para crear la prosperidad, cumpliendo así la alianza que bajo juramento prometió a tus padres, como lo hace hoy.

 

           Cuando atravesamos períodos de prueba, generalmente nos enfocamos en lo adverso de las circunstancias y desestimamos el hecho de que las pruebas—en el plan de Dios—tienen un propósito: prepararnos para las bendiciones. El asunto está en cuál es la actitud que asumimos en los períodos críticos. Si cambia nuestra perspectiva alrededor de las pruebas, comprendemos que constituyen la antesala a las a las bendiciones. Deuteronomio 8 nos permite comprender el propósito que tiene Dios con las pruebas y de qué manera, podemos aprender y beneficiarnos, cada vez que se nos presenten.

          Dios nos bendice abundantemente. Por su infinito poder y amor, recibimos provisión, no solo en medio de las pruebas sino cuando hemos atravesado exitosamente los desiertos. No obstante, cuando hayamos sido abundantemente bendecidos, no podemos olvidar quién fue el que lo hizo: nuestro amoroso Padre celestial. A Él debemos agradecerle y guardarle fidelidad en todo momento de nuestra vida. Si nos apartamos, la infidelidad a dios nos robará las bendiciones. Pregúntese: ¿Cuál es mi actitud frente a las pruebas?¿Encuentro bendiciones en los períodos difíciles?

 

2 Cor 5, 17-21

17 Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.

18 Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación.

19 Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación.

20 Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!

21 A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él.

            La experiencia personal que tiene el cristiano con Cristo Jesús, lo limpia completamente del pasado, de la vieja criatura. El que ha tenido un encuentro real y verdadero con Jesús debe reflejar a Cristo en todas las áreas de su vida. Cuando tienes una experiencia genuina con Jesús, no vuelves a ser el mismo, pues ya has muerto a la vieja criatura. Estar en Cristo en vivir como él, imitarlo en todas las áreas. Es pensar como él, es hacer lo que él hacía. El que está en Cristo no teme al maligno ni teme al problema. El que está en Cristo soporta la prueba, vence la tentación y la rechaza. El que está en Cristo no da lugar al enemigo en su vida; no deja puertas abiertas. El que ha aceptado a Jesús como Salvador, ha comenzado una nueva vida. De la misma manera que una criatura se va formando en el vientre de una madre, así el creyente va creciendo y va experimentando un nuevo nacimiento. Es decir que, cuando llegas a Jesús y le recibes, comienza una nueva vida. Cabe señalar que ese crecimiento debe ser progresivo en el aspecto espiritual y emocional.

Mateo 7, 7-11

7 «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.

8 Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al llamar, se le abrirá.

9 ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra;

10 o si le pide un pez, le dé una culebra?

11 Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!

          Hoy,  como un eco de una antigua tradición ligada a la sociedad rural, celebramos litúrgicamente una jornada de acción de gracias a Dios por los favores que nos ha hecho y de petición de ayuda por los frutos de nuestro trabajo en este nuevo curso.

          El medio rural, efectivamente, por la fuerza de los hechos, tenía viva conciencia de que los frutos recogidos —sin desconsiderar el esfuerzo humano— eran un don de Dios. Ante los imponderables del clima y de las circunstancias del trabajo del campo, el hombre era más consciente de que dependía del buen Dios. Por contraste, el progreso de la técnica y del trabajo industrial parecen amenazar esta “memoria de Dios”: en no pocos casos, se ha diluido la conciencia de dependencia de Dios, y el hombre corre el riesgo de auto-divinizarse al pensar que ya no necesita del Creador. En cambio, Jesús nos ha dicho: «Pedid y se os dará (...); llamad y se os abrirá» (Mt 7,7), que es tanto como si nos dijera: —Yo te recordaré y te ayudaré, pero necesito que tú no me olvides y que no me eches de tu vida.

          En este sentido, Juan Pablo II advierte: «Es preciso que el hombre dé honor al Creador ofreciendo, en una acción de gracias y de alabanza, todo lo que de Él ha recibido. El hombre no puede perder el sentido de esta deuda, que solamente él, entre todas las realidades terrestres, puede reconocer y saldar como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios».

          Y como prevención ante este riesgo de ingenua “desmemorización”, la oración colecta de hoy nos invita a decir: «Señor Dios, Padre lleno de amor, que diste a nuestros padres de Israel una tierra buena y fértil, para que en ella encontraran descanso y bienestar, y con el mismo amor nos das a nosotros fuerza para dominar la creación y sacar de ella nuestro progreso y nuestro sustento; al darte gracias por todas tus maravillas, te pedimos que tu luz nos haga descubrir siempre que has sido tú, y no nuestro poder, quien nos ha dado fuerza para crear las riquezas de la tierra».

MEDITATIO

       También yo, como Jonás, estoy llamado a anunciar la Palabra de Dios, porque ésa es la tarea de todo cristiano. Una tarea de la que intento sustraerme de una manera más o menos consciente, aduciendo los motivos y las dificultades más «actuales»: la indiferencia de la juventud, el desorbitado poder de los medios de comunicación, la secularización, el fenómeno de la globalización y otras muchas cuestiones que parecen muy alejadas de la lógica de Jesús.

       Sin embargo, esta Palabra me interroga hoy y sacude hasta sus raíces mi vocación cristiana. Me interroga asimismo porque Dios ha mostrado en la historia que también entre los paganos - a los que temo o trato con desdén- puede haber personas rectas, personas en condiciones de despertar mi conciencia. También el samaritano del evangelio era una persona que, oficialmente, debía ser evitada; sin embargo, hoy sacude mi despavorida existencia cristiana con su ejemplar prontitud y generosidad. Jonás duerme para estar lo más alejado posible del Señor, pero un marinero pagano le despierta del torpor y le llama al cumplimiento de su vocación.

       Como Jonás, es preciso que yo también me deje despertar y provocar por los otros, aunque no correspondan a mis expectativas, a mis gustos y a mis ideas, dado que el Señor me puede hablar a través de todos. A buen seguro, también puedo dejar de escucharle y huir hacia mi Tarsis, aunque es inútil, porque antes o después, como en el caso de Jonás, vendrá una tempestad, un pez, y me volveré a encontrar en la playa de partida. Si Dios me ha confiado una misión, no puedo huir: «¿A dónde podré ir  lejos de tu espíritu, a dónde escaparé de tu presencia? Si subo hasta los cielos, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro» (Sal 139,7ss).

 

ORATIO

       Oh Señor, sabes que soy una pobre persona y que no siempre sé decirte que sí; sabes que soy débil e infiel.

       Sin embargo, no quieres excluirme de tu plan de salvación; es más, quieres convertirme en un estrecho colaborador tuyo.

       Ayúdame, oh Dios mío, a no huir de ti, como hizo Jonás, sino a buscarte, porque sin ti no soy nada.

Haz que adecué mis acciones a tus deseos y no permitas que me aleje de ti buscando otras tierras y otros mares, como con frecuencia siento la tentación de hacer.

       Ayúdame a dejarme despertar por aquellos a quienes pones en mi camino, para que no caiga en el sueño de la indiferencia y de la resignación.

       Úngeme con tu Espíritu Santo, para que no desprecie a ninguna Nínive y salga de la Nínive que hay dentro de mí. Que, guiado por tu luz, trabaje yo en su conversión y en la mía.

 

CONTEMPLATIO

       El carácter profético de Jonás está confirmado por Cristo. No es preciso suponer que las expresiones de Jesús quieran enseñarnos la historicidad del acontecimiento.  Esas expresiones pretenden decir que este libro es figura y profecía de lo que se cumple en su persona.

       No hay, en efecto, otro libro que, desde esta perspectiva, sea más luminosamente profético respecto a Cristo. Y lo es precisamente porque el libro de Jonás resume, en cierto modo, toda la historia antigua, toda la historia de Israel, en clave profética. El destino de Israel, sus pruebas, su destrucción, todo esto tuvo lugar con la mirada puesta en una misión de salvación, una salvación que debería provocar después sus mismos celos, porque Israel habría de rechazar su elección, en vez de aceptar esta salvación ofrecida a todos. Dado que su misión no le convertía en el predilecto entre todos y no le otorgaba un puesto de privilegio en sus designios divinos y le ponía en plano de igualdad con todas las otras naciones, este pueblo habría de negarse a esta igualdad. En este breve libro, la vida civil, los comercios, el ordenamiento estatal, la ciudad..., todo pertenece a las naciones; a Israel no parece pertenecerle más que el profetismo, pero éste pertenece sólo a Israel. Toda la grandeza y la función de Israel consisten en la misión profética (D. Baisoltl, Meditazione sul libro di Giona, Brescia 31990, p. 21).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Sacaste mi vida de la fosa, Señor» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Hay mucho miedo en nosotros, miedo de la gente, de Dios, y mucha ansia pura y simple, indefinida, que escapa a nuestro control. Cuando entramos en la presencia de Dios y empezamos a sentir esta inmensa reserva de miedo en nosotros, quisiéramos escapar cediendo a las distracciones que nuestro ajetreado mundo nos ofrece de un modo tan abundante. Ahora bien, no debemos tener miedo de nuestros miedos. Podemos hacerles frente, traducirlos con palabras y llevarlos a la presencia de aquel que dice: «No temáis, soy yo» (Mt 14,27). Nos sentimos inclinados a mostrarnos al Señor sólo con los aspectos en los que nos sentimos cómodos, pero cuanto más nos atrevamos a revelarle ese yo nuestro tan medroso, tanto más seremos capaces de sentir que su amor, que es perfecto, expulsa nuestros miedos.

       Oh Señor, este mundo está lleno de miedos. Haz de mi miedo una oración por quien tiene miedo. Haz que esta oración alivie el corazón de los otros. Tal vez entonces mi oscuridad se vuelva luz para los otros y mi oración interior se convierta en una fuente de curación para los otros. También tú, Señor, conociste el miedo. Te sentiste profundamente turbado; tu sudor y tus lágrimas eran señal de tu miedo. Haz que mi miedo forme parte del tuyo, para que no me lleve a la oscuridad, sino a la luz, y me proporcione una nueva comprensión de la esperanza de tu cruz (H. J. M. Nouwen, Preghiere dal silenzio, Brescia 2000, pp. 11 ss y 17 [edición española: Oraciones desde la abadía, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1998]).

 

 

Día 6

Viernes de la 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Baruc 1,15-22

15 Diréis: Reconocemos que el Señor es inocente; nosotros, en cambio, estamos hoy abrumados de vergüenza, junto con los habitantes de Judá y de Jerusalén,

16 con nuestros reyes y gobernantes, con nuestros sacerdotes, profetas y antepasados.

17 Porque hemos pecado ante el Señor, le hemos desobedecido, no hemos escuchado la voz del Señor, Dios nuestro, y no hemos cumplido los mandamientos que él nos había dado.

19 Desde que el Señor sacó a nuestros antepasados de Egipto hasta hoy, hemos sido rebeldes al Señor, Dios nuestro, e, insensatos de nosotros, no hemos escuchado su voz.

20 Por eso ahora han caído sobre nosotros la desgracia y la maldición con que el Señor amenazó a su siervo Moisés cuando sacó a nuestros antepasados de Egipto para darnos una tierra que mana leche y miel.

21 Nosotros no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios, que nos habló por medio de sus enviados, los profetas.

22 Cada uno de nosotros ha seguido los proyectos de su obstinado corazón, dando culto a otros dioses y ofendiendo al Señor, nuestro Dios, con su conducta.

 

       **• Tras la liturgia de la lectura del Libro, el texto de Baruc introduce una amplia oración penitencial, cuyos primeros versículos hemos leído. Es la súplica de los exiliados, en la que pueden reconocerse todos los judíos sometidos al dominio extranjero, en cualquier parte del mundo en que se encuentren. Es, por consiguiente, la oración del pueblo de Dios en la diáspora, que no quiere perder su propia identidad espiritual.

       En primer lugar, se siente solidario en la culpa que ha marcado la historia pasada, una historia compuesta de promesas divinas y pecados del pueblo. La historia es considerada como una historia solidaria en el bien y en el mal. Los dones de Dios a su pueblo han sido generosos y grandiosos, mientras que el pueblo ha reaccionado con la desobediencia y con la rebelión. Por eso se hace necesaria una confesión de las culpas que reconozca la justicia de Dios y su inocencia. En esta justicia, en esta falta de culpabilidad de Dios reside la posibilidad que tiene el pueblo de volver a comenzar, de esperar de nuevo, de aguardar el perdón del Señor.

       Debemos señalar que, en esta confesión, el pueblo que está presente, que está dirigiendo su súplica a Dios, se siente de todos modos corresponsable asimismo de las culpas del pasado. Ahora bien, esa corresponsabilidad le hará precisamente solidario en las promesas indefectibles que Dios ha hecho a su pueblo.

 

Evangelio: Lucas 10,13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús:

13 ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados en vosotras, hace tiempo que, vestidas de saco y sentadas sobre ceniza, se habrían convertido.

14 Por eso, será más tolerable el día del juicio para Tiro y Sidón que para vosotras.

15 Y tú, Cafarnaún, ¿te elevarás hasta el cielo? ¡Hasta el abismo te hundirás!

16 Quien os escucha a vosotros a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza, y el que me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado.

 

       **• Lucas sitúa el juicio sobre las ciudades del lago tras el envío de los 72 discípulos en misión (Lc 10,1-12), dejando entender así un desenlace negativo de su anuncio Jesús había ofrecido a los enviados una especie de vademécum para su misión; aquí, en cambio, indica las condiciones requeridas para una efectiva acogida del Evangelio del Reino.

       Las ciudades del lago son sometidas a un juicio severo (w. 13-15) por no haber respondido con una fe verdadera y una sincera conversión al anuncio de los discípulos de Jesús. Corozaín, Betsaida y Cafarnaún fueron las ciudades en las que más actuó Jesús, anunciando la Buena Nueva y realizando en ellas muchos milagros; sin embargo, no creyeron en el Evangelio ni cambiaron de conducta. Por eso se les profetiza una suerte peor que la de Sodoma y Gomorra, que representan en la tradición bíblica la oposición más obstinada a Dios (cf. Gn 19). Jesús establece otra comparación con Tiro y Sidón: estas ciudades, enemigas de Israel y extrañas a la promesa, se han mostrado más abiertas a la escucha de la Palabra de Dios y disponibles a la penitencia que las ciudades judías situadas junto al lago de Genesaret.

       En la conclusión del discurso, Jesús se refiere al principio de la Shalia, en virtud del cual el enviado goza de la misma autoridad que quien le ha enviado y, por consiguiente, puede exigir la misma obediencia que se debe a quien le envía. Dado que los discípulos han sido enviados por Jesús, que a su vez ha sido enviado por su Padre, recibirles o rechazarles significa recibir o rechazar a Dios mismo.

       En consecuencia, la decisión se convierte en una cuestión de salvación o perdición: «Quien os escucha a vosotros a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza, y el que me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado» (v. 16).

 

MEDITATIO

       Las dos lecturas litúrgicas tienen en común un evidente rasgo penitencial. La constante conversión requerida por el discipulado exige que la dimensión penitencial esté siempre presente en nuestra vida cristiana. El durísimo juicio emitido por Jesús sobre las ciudades del lago constituye también una severa advertencia para quienes leemos la palabra del Evangelio, a fin de que no nos endurezcamos ni cerremos nuestro corazón a una verdadera escucha de la Palabra. Seremos más imperdonables que Sodoma y Gomorra, y más incrédulos que Tiro y Sidón si, habiendo encontrado la alegre noticia, permaneciéramos extraños, alejados, cerrados en nosotros mismos.

       Por el contrario, tanto el profeta Baruc como la enseñanza de Jesús nos invitan a que seamos capaces de confesar nuestro pecado, reconociendo al mismo tiempo la fidelidad y la misericordia de nuestro Dios. Por eso debemos acoger de buen grado a quien nos exhorta a la conversión, haciéndonos constatar nuestros pecados e incitándonos a cambiar de vida. En los profetas, que a menudo nos resultan incómodos, la Palabra bíblica nos hace reconocer la voz de Dios, que nos habla y no quiere humillarnos de manera gratuita o deprimirnos, sino indicarnos el único camino de salvación. Éste es el de una incesante búsqueda de conversión y una lucha tenaz contra las fuerzas destructoras del pecado: «Cada uno de nosotros ha seguido los proyectos de su obstinado corazón dando culto a otros dioses y ofendiendo al Señor, nuestro Dios, con su conducta».

 

ORATIO

       Oh Dios, Padre nuestro celestial, te damos gracias por haber reconciliado contigo el mundo a través de Jesucristo y por habernos regenerado con el poder del Espíritu Santo.

       Jesucristo, te damos gracias por habernos llamado a la reconciliación, al servicio de tu Palabra y del prójimo, por amor a la creación de Dios. Te damos gracias porque haces posible la reconciliación con nosotros mismos, para que, con un sentido de responsabilidad y de coraje, podamos poner aparte el pasado y mirar hacia el futuro que tú nos das.

       Oh Dios, te damos gracias porque vas tejiendo con paciencia la trama de tela para la paz, la concordia, la unidad entre las personas y en la vida de nuestras comunidades cristianas. Te damos gracias también por el día en que, por obra del Espíritu Santo, todos seremos acogidos, reconciliados contigo, en tu morada. Amén.

 

CONTEMPLATIO

       Y ciertamente, Señor, como ante tus ojos está siempre desnudo el abismo de la conciencia humana, ¿qué podría haber oculto en mí, aunque yo no te lo quisiera confesar? Lo que haría sería esconderte a ti de mí, no a mí de ti. Pero ahora que mi gemido es testigo de que no me desagrado a mí, tú brillas y me places y eres amado y deseado hasta avergonzarme de mí y desecharme y elegirte a ti, y así no me plazca a ti ni a mí si no es por ti.

       Quienquiera, pues, que yo sea, manifiesto soy para ti, Señor. También he dicho yo el fruto con el que te confieso; porque no hago esto con palabras y voces de carne, sino con palabras del alma y clamor de la mente, que son las que tus oídos conocen. Porque, cuando soy malo, confesarte a ti no es otra cosa que desplacerme a mí; y cuando soy piadoso, confesarte a ti no es otra cosa que desplacerme a mí; y cuando soy piadoso, confesarte a ti no es otra cosa que no atribuírmelo a mí. Porque tú, Señor, eres el que bendices al justo (Sal 5,1 ) pero antes le haces justo de impío (Rom 4,5).

       Así pues, mi confesión en tu presencia, Dios mío, se hace callada y no calladamente; calla en cuanto al ruido de las palabras, clama en cuanto al afecto. Porque ni siquiera una palabra de bien puedo decir a los hombres si antes no la oyeras tú de mí, ni tú podrías oír algo tal de mí antes de que no me lo hubieses dicho tú a mí» (Agustín de Hipona, Las confesiones, X, II, 2).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Perdona nuestro corazón obstinado» (cf. Bar 1,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Una de las provocaciones más grandes de la vida espiritual es recibir el perdón de Dios. Hay algo en nosotros, seres humanos, que nos mantiene tenazmente aterrados a nuestros pecados y no nos permite dejar que Dios cancele nuestro pasado y nos ofrezca un comienzo completamente nuevo. Algunas veces parece incluso que deseara yo demostrar a Dios que mis tinieblas son demasiado espesas para ser disueltas. Mientras que Dios quiere restituirme la plena condición de hijo, continúo insistiendo en que me instalaré como criado. Ahora bien, ¿quiero ser restituido de verdad a la plena responsabilidad de hijo? ¿Quiero verdaderamente ser perdonado del todo, de modo que me sea posible una vida completamente nueva? ¿Tengo confianza en mí mismo y en una redención tan radical? ¿Deseo romper con esa rebelión mía contra Dios profundamente arraigada y rendirme de un modo tan absoluto a su amor que haga brotar una persona nueva? Recibir el perdón exige una voluntad total de dejar que Dios sea Dios y lleve a cabo todo el saneamiento, la reintegración y la renovación. En cuanto quiero hacer, aunque sólo sea una parte de todo esto, me contento con soluciones parciales (H. J. M. Nouwen, L'abbracao benedicente, Brescia 152000, p. 78).

 

Día 7

Sábado de la 26ª semana del Tiempo ordinario o 7 de octubre, conmemoración de

Nuestra Señora la Virgen del Rosario

 

La liturgia de Nuestra Señora la Virgen del Rosario forma parte de las memorias que, celebradas originariamente por familias religiosas particulares, pueden ser consideradas verdaderamente eclesiales por la difusión que han alcanzado (Marialis cultus, 8). El rosario apareció y se difundió entre los siglos XV y XVI. La orden dominicana se erigió en paladina del mismo. La memoria -en un primer momento fiesta- entró en la liturgia por disposición del papa dominico Pío V en 1572, como acto de reconocimiento a Nuestra Señora, a cuya intervención se atribuyó la victoria de la flota cristiana sobre la turca, más poderosa, el 7 de octubre de 1571, denominada entonces «conmemoración de Nuestra Señora la Virgen de la Victoria».

 

 

LECTIO

Primera lectura: Baruc 4,5-12.27-29

5 ¡Ánimo, pueblo mío, tú mantienes vivo el recuerdo de Israel!

6 Habéis sido vendidos a las naciones, mas no para ser aniquilados; porque provocasteis la ira de Dios, fuisteis entregados a los enemigos.

7 Irritasteis, en efecto, a vuestro creador, pues ofrecisteis sacrificios a los demonios y no a Dios.

8 Olvidasteis al Dios eterno, que os alimentó, y afligisteis a Jerusalén, que os crió.

9 Ella fue la que dijo cuando vio que el castigo de Dios se cernía sobre vosotros: «Escuchad, vecinas de Sión, Dios me ha enviado una gran pena;

10 he visto el destierro que el Dios eterno ha traído sobre mis hijos e hijas.

11 Yo, que los había alimentado con gozo, los he visto partir llorosa y apenada.

12 Que nadie se alegre a mi costa, viéndome viuda y abandonada de tantos.

Estoy desolada por los pecados de mis hijos, porque se apartaron de la ley de Dios.

27 Valor, hijos míos, clamad a Dios, pues el mismo que os mandó esto se acordará de vosotros.

28 Como apartasteis vuestro pensamiento de Dios, convertíos ahora y buscadlo con redoblado ardor.

29 Pues el que os acarreó los males os traerá la alegría imperecedera, junto con vuestra salvación.

 

       *•• Comienza aquí la tercera parte del libro de Baruc, y lo hace con un oráculo profético de consolación. Sin embargo, antes de introducir el mensaje de salvación -en términos muy similares a los del Segundo y Tercer Isaías-, el autor presenta a un pueblo, personificado en la ciudad de Jerusalén, como una viuda, como una mujer desolada, que reconoce el fundamento del castigo recibido por parte de Dios, un castigo debido a los pecados del pueblo, a su olvido del Dios eterno, que es Padre, ignorando, por tanto, el poder y la paternidad de Dios.

       Tras haber reconocido que la ira de Dios se ha abatido justamente sobre el pueblo, se reconoce asimismo su carácter pedagógico. Dios no castiga para condenar, sino para salvar. De ahí que la última parte del oráculo se abra a la esperanza del perdón: el pueblo, que ha experimentado el castigo, podrá volver a Dios multiplicando su celo en la búsqueda de YHVVII. Entonces experimentará una salvación que trasciende los límites de las expectativas humanas.

       Jerusalén habla a sus hijos, en este oráculo, como una madre habla a sus propios hijos que se han mostrado malos y desobedientes, pero que podrán corregirse, enmendarse, y reemprender un camino de madurez, un camino positivo. El mensaje es, por consiguiente, una exhortación a convertirse al Señor y decuplicar el celo en la búsqueda. Se trata de dar una respuesta total a aquel que dio las diez palabras a su pueblo, que ahora «decuplica las fuerzas» en la búsqueda de la conversión a su Dios.

 

Evangelio: Lucas 10,17-24

En aquel tiempo,

17 los setenta [y dos] volvieron llenos de alegría, diciendo: -Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.

18 Jesús les dijo: -He visto a Satanás cayendo del cielo como un rayo.

19 Os he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones y para dominar toda potencia enemiga, y nada os podrá dañar.

20 Sin embargo, no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo.

21 En aquel momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo: -Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

22 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

23 Volviéndose después a los discípulos, les dijo en privado: -Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis.

24 Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

 

       **• Los w. 17-20 presentan el regreso de los setenta y dos después de la misión. Se dirigen al Kyrios, título de la confesión pascual de la Iglesia, porque ven la difusión de la Palabra y retirarse ante ella el poder del mal, expulsado por el poder del Nombre de Jesús.

       El v. 18 es intrigante: en él afirma Jesús que, mientras sus enviados estaban en misión, él había visto caer a Satanás cayendo como un rayo del cielo. La comunidad, sabiendo que el poder de Satanás ha sido derrotado precisamente por la palabra de la predicación, no deberá dejarse desanimar por los obstáculos y las dificultades (v. 19). Sin embargo, deberá vigilarse a sí misma, a fin de no complacerse demasiado en sus propios éxitos y exaltarse por el poder que le ha sido dado; el verdadero entusiasmo brotará más bien de la conciencia de la gratuidad de la salvación {«alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo»: v. 20). Viene, a continuación, el himno de júbilo (w. 21ss) en el que Jesús reconoce la verdad de su propia vocación de Hijo incluso a través de la fe de los pequeños, o sea, de aquellos que -aun siendo los marginados, según la opinión de los hombres de religión- han acogido con gratitud y humildad la predicación de los setenta y dos discípulos.

       Jesús reconoce y celebra todo esto en la fuerza del Espíritu Santo. Exulta por el «conocimiento», o sea, por el amor que le profesa el Padre, y, a continuación, le alaba por el conocimiento que le ha sido dado del rostro y del corazón del Padre, en cuyos inefables secretos introduce a sus propios amigos, esto es, a los que aceptan el Evangelio (v. 22). En este conocimiento de Dios y en esta participación en su vida íntima consiste la verdadera bienaventuranza de los discípulos: éstos viven ahora en el tiempo de la plenitud, marcado por la presencia de la salvación que Israel había esperado durante siglos en la persona de los profetas y de los reyes justos (vv. 23ss).

 

MEDITATIO

La secuencia histórica de los acontecimientos referidos por Lucas, evangelista documentado, cronista digno de crédito, discípulo convencido, ofrecidos a la meditación del devoto de María en la memoria de Nuestra Señor del Rosario comienza por la perícopa del evangelio y pasa a la perícopa de los Hechos de los apóstoles.

Son dos estaciones a lo largo de la peregrinación de la devoción del rosario: la primera, que da comienzo a los cinco «misterios gozosos» y el segmento entre la segunda y la tercera estación en la meditación sobre los «misterios gloriosos». Tal colocación representa un mensaje y proporciona una metodología para la meditación.

Estos misterios se pueden circunscribir en el paso de la individualidad a la comunidad, de la contemplación a la acción. El anuncio constituye una personalísima experiencia de Dios para la Virgen María, una estación en la abismal contemplación de la Palabra de Dios junto a Dios mismo: es un acontecimiento gozado en la soledad. Esa soledad o experiencia individual no equivale a aislamiento; en efecto, la «anunciada» comparte las jornadas de la comunidad, la espera de la manifestación poderosa y gloriosa del Espíritu Santo. Pone en común su propia experiencia de Dios.

El anuncio constituye para María como una subida a las cimas de la contemplación de los misterios de Dios, un acercamiento guiado por la luz de la Palabra divina al conocimiento del proyecto que Dios pretende realizar mediante su disponibilidad. Esa contemplación sostiene su obediente conciencia. La «anunciada» no se queda inmóvil en su sitio con el libro entre las manos, no se queda pasiva y recogida en el reclinatorio imaginado por los pintores: obra en sí misma según la palabra recibida, meditada, contemplada y, a buen seguro, orada; también ella -como los otros discípulos de entonces y de siempre- actúa en la comunidad nacida del amor de Jesús y de la fe en el Cristo resucitado, de modo asiduo y en un clima de concordia, a través de la indispensable oración.

 

ORATIO

Santa María, íntegra en la fe, firme en la esperanza, sincera en la caridad, salve.

Virgen alegre en el fiel servicio a Jesús, tu hijo: sostén nuestra fe en los días de la desgana y en los días del deseo de multiplicar nuestra fe.

Madre dolorosa en la participación en la pasión de Cristo, benéfica para nosotros: obtén misericordia para la pequeñez de nuestra caridad y para todo aumento de dolores ajenos ocasionados por nuestros pecados.

Reina gloriosa en la participación en la vida nueva con el Señor del universo: conserva firme nuestra esperanza de unos cielos nuevos y una tierra nueva, hacia los cuales nos encamina esta existencia terrena.

Virgen de Nazaret, Mujer del Calvario, Señora de Pentecostés: acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

Después de habérsele prometido el hijo, preguntó cómo podía suceder eso, puesto que no conocía varón. En efecto, sólo conocía un modo de concebir y dar a luz; aunque personalmente no lo había experimentado, había aprendido de otras mujeres -la naturaleza es repetitiva- que el hombre nace del varón y de la mujer. El ángel le dio por respuesta: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nazca de ti será santo y será llamado Hijo de Dios. Tras estas palabras del ángel, ella, llena de fe y habiendo concebido a Cristo antes en su mente que en su seno, dijo: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Cúmplase, dijo, el que una virgen conciba sin semen de varón; nazca del Espíritu Santo y de una mujer virgen aquel en quien renacerá del Espíritu Santo la Iglesia, virgen también. Llámese Hijo de Dios a aquel santo que ha de nacer de madre humana, pero sin padre humano, puesto que fue conveniente que se hiciese hijo del hombre el que de forma admirable nació de Dios Padre sin madre alguna; de esta forma, nacido en aquella carne, cuando era pequeño, salió de un seno cerrado, y en la misma carne, cuando era grande, ya resucitado, entró por puertas cerradas.

Estas cosas son maravillosas, porque son divinas; son inefables, porque son también inescrutables; la boca del hombre no es suficiente para explicarlas, porque tampoco lo es el corazón para investigarlas. Creyó María, y se cumplió en ella lo que creyó. Creamos también nosotros, para que pueda sernos provechoso lo que se cumplió (san Agustín, Sermón 215, 4).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día la Palabra: «Dios te salve, María, llena de gracia: el Poderoso ha hecho grandes cosas en ti» (cf. Lc 1,28 y 1,49).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Surge de manera espontánea pasar de la oración del ángelus a la del rosario. Las avemarías forman su trama. El método de meditación de los misterios, evocados brevemente y que forman la base del rosario, está estrechamente ligado al modo con que las tres pequeñas frases del ángelus vuelven a evocar el misterio de la encarnación. Entre las oraciones y las devociones en honor de María, es ciertamente el rosario la más popular y, al mismo tiempo, una de las devociones en la que más se resalta el sentido de la Iglesia. El rezo del rosario orienta a Cristo por medio de María. La Virgen nos ayuda a penetrar y a vivir el misterio de Cristo tal como ella lo vivió [...].

La simplicidad [del rosario], su atmósfera de pura y auténtica contemplación, cuando se medita los misterios como partes de un solo todo, hacen del rosario una vía fácil para extender la contemplación litúrgica a toda la vida diaria y para conducir continuamente toda nuestra vida a su fuente celestial (V. Noé, «Le devozioni mariane in armonio con la liturgia», en AA. W., La Madonna nel culto della Chiesa, Brescia 1966, 288ss).

 

Día 8

27º domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 5,1-7

1 Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor dedicado a su viña: Mi amigo tenia una viña en una fértil colina.

2 La cavó y despedregó, plantó cepas selectas, levantó en medio una torre y excavó también un lagar. Esperaba que diera uvas, pero dio agrazones.

3 Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, juzgad entre mí y mi viña.

4 ¿Qué cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho? ¿Por qué esperando uvas dio agrazones?

5 Pues os voy a decir lo que haré con mi viña: le quitaré su cerca y servirá de pasto, derribaré su tapia y será pisoteada.

6 La convertiré en un erial, no la podarán ni la escardarán, crecerán cardos y abrojos y prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.

7 La viña del Señor todopoderoso es el pueblo de Israel, y los hombres de Judá, su plantel escogido. Esperaba de ellos derecho y no hay mas que asesinatos, esperaba justicia y solo hay lamentos.

 

• El profeta nos presenta en la parábola al <<amigo», imagen de Dios, y <<su viña», estampa de Israel. El profeta entona para <<su amigo>> un <<cántico>> (vv. 1ss). El tema del canto es el amor que siente el amigo por su viña, A continuación prosigue con las acciones personales del amigo, implicando a los <<habitantes de Jerusalén, hombres de Judá» (v. 3), para que sean jueces entre él y su viña (<<¿Qué cabía hacer por mi viña; que yo no haya hecho?», v 4) y dicten sentencia. El profeta apunta que el amigo convertirá la viña en un erial» (v. 6) y concluye con la hermenéutica de la parábola (v. 7).

Dios puede trazar tanto una viña como un jardín. La evocación del Génesis es evidente. En esta ocasión, el proyecto de Dios es <<el pueblo de Israel». Los habitantes de Judá son el <<plantel escogido». Y ahora, la responsabilidad del jardín es del pueblo elegido. Si Israel no vive en la viña-jardín con corazón agradecido y no produce los frutos esperados, Dios convertirá el jardín en un desierto.

A Israel no solo le ha faltado la sensibilidad suficiente para reconocer la bondad y la generosidad de Dios y mostrarle gratitud, sino que le ha negado a Dios hasta los frutos de la justicia y el derecho. En la viña-jardín no hay mas que sangre derramada y gritos de lamento.

La parábola es un canto al amor y al mimo de Dios por Israel y una denuncia de la dureza de corazón del pueblo de Israel. En el fondo, siempre hay una llamada amorosa de Dios, que escucha y atiende el grito de los oprimidos.

 

Segunda lectura: Filipenses 4,6-9

6 Que nada os angustie; al contrario, en cualquier situación presentad vuestros deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias.

7 Y la paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos por medio de Cristo Jesús.

8 Por último, hermanos, tomad en consideración todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de laudable, de virtuoso y de encomiable.

9 Practicad asimismo lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con vosotros.

 

Pablo, a punto de concluir la Carta a los Filipenses, les propone unas recomendaciones finales. Ante todo, no caer en la <<angustia». No sucumbir ante los apuros que la vida impone por tantos y tantos motivos, y que producen, dentro y fuera, tantas y tantas preocupaciones cotidianas, hasta el punto de arrebatar la paz y la tranquilidad. Pablo aconseja: <<Que nada os angustie» (v. 6). El creyente tiene un clarísimo método evangélico para superar esas miserias: hacer de Dios el referente primero de las oraciones, súplicas, intercesiones y acciones de gracias. Todo un precioso abanico de posibilidades, de distintas formas de orar, expresado con un vocabulario de rica inspiración bíblica. Basta con pensar en los salmos.

Quien se fía de Dios y confía en él encomendándole continuamente peticiones, dialogando y entablando coloquios filiales, recibirá el regalo de la paz (v. 7). La paz <<que supera cualquier razonamiento»; esto es, cualquier pensamiento, proyecto o iniciativa de paz humana. Porque la fuente de la verdadera paz es Dios mismo: el Padre que ha enviado al mundo a su hijo Jesucristo, <<nuestra paz>>.

 

Evangelio: Mateo 21,33-43

Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

33 Escuchad esta otra parábola: Había un hacendado que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se ausentó.

34 Al llegar la vendimia, envió sus criados a los labradores para recoger los frutos,

35 Pero los labradores agarraron a los criados, hirieron a uno, mataron a otro y al otro lo apedrearon.

36 De nuevo envió otros criados, en mayor número que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo,

37 Finalmente les envió a su hijo, pensando: <<A mi hijo lo respetarán,>>

38 Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: <<Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia».

39 Le echaron mano, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

40 ¿Qué os parece? Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿que hará con esos labradores?

41 Le respondieron:

- Acabará de mala manera con esos malvados y arrendaré la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.

42 Jesús les dijo:

- ¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que rechazaron las constructores se ha convertido en piedra ungular; esta es obra del Señor y es realmente admirable?

43 Por eso os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que al Reino corresponden.

 

• La parábola de los labradores homicidas, en el evangelio de Mateo (presente en los tres sinópticos, aunque con algunas diferencias y con elementos Comunes; por ejemplo, la muerte del hijo fuera de la viña), viene a continuación de aquella de los dos hijos que el padre envía a trabajar en la viña, la lectura del domingo anterior propuesta por la liturgia.

El dueño tiene la viña extraordinariamente cuidada. Ha transformado un terreno laborable en un auténtico jardín. Seto, lagar y torre no son precisamente elementos frecuentes en una viña (cf v. 33). En ésta, si. Y aún hay más. Arrienda la viña a unos labradores para que la gestionen con plena libertad. Confía en ellos y se ausenta. Y en el tiempo de la vendimia, prudentemente, envía unos criados (según el texto, en numero de tres) a los labradores <<para recoger los frutos» (v 34), pero a uno lo hirieron, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. E1 dueño vuelve a enviar a otros criados, <<en mayor número que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo» (v. 36). Entonces, el dueño de la viña tomó la decisión, do1orosa y responsable, y mas arriesgada, si se considera el comportamiento precedente de los labradores, de enviar a <<su hijo». <<A mi hijo lo respetarán>> (v. 37), pensaba. A1 verlo, los labradores manifiestan la intención que inicialmente les había movido y que ahora les empuja hasta el extremo de matar al hijo. <<Este es el heredero. Vamos a matarlo» (v. 38).

En este punto, Jesús, mediante una inflexión, involucra a los presentes y pasa de la parábola a la historia: <<¿Que os parece? Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con esos labradores?» (v. 4o). Y honestamente, aunque, quizá, sin pensar en las consecuencias, se la dan: <<Acabará de mala manera con esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo» (v. 41). Entonces Jesús trae a colación la Palabra de Dios para que dé testimonio. La viña es el Reino de Dios. Los jornaleros homicidas son los oyentes que se le acercaron, los representantes de los judíos. La piedra rechazada será él mismo, Jesús. En el horizonte, <<un pueblo que dé a su tiempo los frutos que al Reino corresponde>> (v. 43). Los presentes, sumos sacerdotes y fariseos, comprendieron el sentido de la parábola de Jesús y querían <<echarle mano» (v. 46). Pero no lo hicieron por temor a la gente (cf v. 45).

 

MEDITATIO

Releamos dos frases que resumen la lectura profética y el pasaje evangélico: <<La viña del Señor todopoderoso es el pueblo de Israel, y los hombres de Judá, su plantel escogido. Esperaba de ellos derecho y no hay mas que asesinatos, esperaba justicia y solo hay lamentos» (Is 1,7). <<Jesús les dijo: ¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en piedra angular; esto es obra del Señor y es realmente admirable? Por eso os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que al Reino corresponden» (Mt 21, 42-43).

Dios se ha manifestado y ha hablado con los patriarcas, les ha propuesto establecer una alianza con ellos y, para proveer al pueblo, le ha elegido un terreno, la tierra prometida, y una descendencia futura, numerosa, <<como las estrellas del cielo y la arena del mar».

Abrahán, Isaac y Jacob, a pesar de sus <<crisis», pero confiando en Dios y guardando la alianza, han encaminado los pasos de su vida hacia la constitución del <<pueblo de Israel». con el Éxodo, guiado por Moisés, y la instalación en la tierra prometida, realizada por Josué, aparece visiblemente el <<pueblo de Israel». Superado el periodo de los jueces, surge David y, con él, el reino unido de Judá e Israel, tipo del <<Reino mesiánico». Rápidamente sobreviene la división y con ella, la débil fidelidad a la alianza del pueblo elegido. El <<pueblo de Israel » y el <<Reino de Dios» siempre han mantenido una relación difícil y conflictiva. Los profetas en vano han vociferado apasionadamente la fidelidad de Dios y la infidelidad del pueblo. Después de la caída del Reino del Norte y posteriormente, la del Reino del Sur la situación ha sido de un sufrimiento difícil de aliviar.

        La responsabilidad colectiva de los labradores y, según la conclusión de la parábola, de Israel, emerge con fuerza. Dios, el <<amigo» y el <<dueño», ha dicho y ha hecho cuanto podía para que fructificase la viña y los labradores asumieran la responsabilidad. Los resultados son amargos e Israel es responsable. Sin embargo, Dios no se da por vencido: como en otras ocasiones, no se rinde ante el pasado.

Jesús denuncia el pecado del pueblo elegido con la parábola de los labradores homicidas. El auténtico final, expresión de la misericordia del Padre celeste, es la urgencia y apremio de la invitación de Oseas: <<Vuelve, Israel, al Señor; tu Dios, pues tu iniquidad te ha hecho caer. Buscad las palabras apropiadas y volved al Señor decidle: “Perdona todos nuestros pecados; como ofrenda te presentamos las palabras de nuestros labios"» (Os 14,2-3).

 

ORATIO

Señor, Señor, tu que abarcas con tu mano inmaculada el orbe entero, ten paciencia. con nosotros y compadécete de nuestras iniquidades, recuerda tu compasión y piedad. Visiíanos con tu bondad y concédenos, ayudados con tu gracia, huir el resto de este día de las múltiples tramas del Maligno y, con la gracia del Espíritu Santo, ampara nuestras vidas de sus insidias.

Por la misericordia y la bondad de tu Hijo unigénito, con el que eres bendecido, junto con el Espíritu Santo vivificante. Ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén (<<La liturgia delle ore. Quinta preghiera», en S. Pricoco - M. Simonetti [eds.], La preghiera dei cristiani, Milán 2000, 305).

 

CONTEMPLATIO

Ven, luz verdadera. Ven, vida eterna. Ven, misterio oculto. Ven, tesoro escondido. Ven, realidad inenarrable. Ven, persona inconcebible. Ven, regocijo inconmensurable. Ven, luz sin ocaso. Ven, esperanza verdadera de los que serán salvados. Ven, despertar de quienes duermen. Ven, resurrección de los muertos. Ven, omnipotente, con voluntad hacedora, renueva y transforma todas las cosas. Ven, invisible, intangible e impalpable. Ven, tu que ni cambias ni te mudas y en cada momento nos visitas y vienes a quienes yacemos en el infierno, tu que estas en las alturas. Ven, sumamente deseado y continuamente repetido, inefable e indecible. Ven, alegría eterna. Ven, corona inmarcesible. Ven, púrpura divina y rey nuestro. Ven, cinturón límpido, repujado de piedras preciosas. Ven, diestro consejero, purpúreo y soberano. Ven, tu que has deseado y deseas mi alma infeliz.

Ve junto al que esté solo, y yo lo estoy, ven. Ven, me separaste de los demás y solitario estoy en esta tierra. Ven, tu que te has convertido en deseo dentro de mi y te has hecho desear por mi, incluso siendo totalmente inaccesible. Ven, mi oxigeno y mi vida. Ven, consuelo de mi pobre vida humana. Ven, mi alegría y mi delicia ilimitada (Simeón el Nuevo Teólogo, Invocación al Espíritu Santo).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Somos tu viña y tu pueblo, Señor ten piedad de nosotros».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ahora te amo o ti sólo, o ti sólo sigo y busco, a ti solo estoy dispuesto a servir; porque tu solo justamente señoreas; quiero pertenecer o tu jurisdicción. Manda y ordena, te ruego, lo que quieras, pero sana mis oídos para oír tu voz; sana y obre mis ojos poro ver tus designios; destierra de mi todo ignorancia paro que te reconozca o ti. Dime adónde debo dirigir la mirada para verte o ti, y espero hacer todo lo que mandes. Recibe, te pido, a tu fugitivo, Señor, clementísimo Padre; basta ya con lo que he sufrido; basta con mis servicios a tu enemigo, hoy puesto bajo tus pies, basta ya de ser juguete de las apariencias falaces. Recíbeme ya siervo tuyo, que vengo huyendo de tus contrarias, que me retuvieron sin pertenecerles, cuando vivía lejos de ti. Ahora comprendo la necesidad de volver a ti; ábreme la puerta, porque estoy llamando; enséñame el camino para llegar hasta ti. Solo tengo voluntad; sé que lo caduco y transitorio debe despreciarse para ir en pos de Io seguro y eterno. Esto hago, Padre, porque esto solo sé, y todavía no conozco el camino que lleva hasta ti. Enséñamelo tu, muéstramelo tu, dame la fuerza para el viaje. Si con la fe llegan a ti los que te buscan, no me

niegues la fe; si con la virtud, dame la virtud; si con la ciencia, dame la ciencia. Aumenta en mi la fe, aumenta la esperanza, aumenta la caridad. ¡Oh, cuan admirable y singular es tu bondad! (Agustín de Hipona, <<Soliloquios», 1,1,5, en Obras de san Agustín, I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1979, 440).

 

Día 9

Lunes de la 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jonás 1,1-2,1.11

En aquellos días,

1,1 el Señor dirigió su palabra a Jonás, hijo de Amitay, y le dijo:

2 -Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y pronuncia un oráculo contra ella, pues su maldad ha llegado hasta mí.

3 Jonás se levantó, pero dispuesto a huir a Tarsis, lejos del Señor. Bajó a Jafa, encontró un barco que zarpaba para Tarsis, pagó su pasaje y se embarcó para ir con ellos a Tarsis, lejos del Señor.

4 Pero el Señor desencadenó un viento huracanado sobre el mar y se originó una borrasca tan violenta que parecía que el barco estaba a punto de partirse.

5 Los marineros, aterrados, invocaron cada uno a su dios; luego arrojaron al mar la carga para aligerar el peso. Sólo Jonás, que había bajado a la bodega del barco, estaba acostado y dormía profundamente.

6 El capitán se acercó a él y le dijo: -¿Qué haces aquí durmiendo? Levántate e invoca a tu Dios, a ver si ese Dios se ocupa de nosotros y no perecemos.

7 Después se dijeron unos a otros: «Vamos a echar a suertes para saber quién es el culpable de este mal». Echaron a suertes y le tocó a Jonás.

8 Entonces le preguntaron: -Dinos por qué nos sucede esto. ¿Cuál es tu profesión? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu país? ¿De qué pueblo eres?

9 Jonás respondió: -Soy hebreo y adoro al Señor, Dios del cielo, el que ha hecho el mar y la tierra.

10 Aquellos hombres se llenaron de miedo y le dijeron: -¿Por qué has hecho esto? (pues por su relato sabían ya que huía de la presencia del Señor).

11 ¿Qué hemos de hacer contigo para que se calme el mar? (pues el mar se embravecía cada vez más).

12 Él contestó: -Agarradme y tiradme al mar, y éste se aplacará, porque sé que esta borrasca os ha sobrevenido por mi culpa.

13 Los hombres remaron tratando de llegar a la costa, pero no lo lograron, porque el mar seguía encrespándose.

14 Entonces invocaron al Señor: -Oh Señor, haz que no perezcamos por culpa de este hombre, ni nos hagas responsables de la muerte de un inocente, ya que esto sucede según tus designios.

15 Luego agarraron a Jonás y lo tiraron al mar; y el mar calmó su furia.

16 Aquellos hombres, llenos de un gran temor hacia el Señor, le ofrecieron un sacrificio y le hicieron promesas.

21 El Señor hizo que un gran pez se tragase a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches.

22 Entonces el Señor dio orden al pez, y al punto el pez vomitó a Jonás en tierra firme.

 

      **+• El libro veterotestamentario de Jonás, recogido en su totalidad por el leccionario, es un relato didáctico, nacido en un contexto judío de celosa defensa de la propia identidad y de cierre -al menos por parte de un segmento del mundo judío- a los otros pueblos. Jonás, de una forma paradójica y repleta de humor, ridiculizando esta mentalidad nacionalista y exclusivista, a través de un relato viva/, agudo y grotesco -y, por consiguiente, particularmente incisivo en virtud de su capacidad pedagógica demuestra que YHWH no es sólo el Dios de Israel, sino también el Dios de los paganos, hasta el de los enemigos acérrimos de Israel. El prototipo de estos enemigos es la ciudad de Nínive, capital de la feroz y odiada Asiría, que había conquistado el reino del Norte de Israel, deportado a los principales ciudadanos como esclavos e instalado grupos de otras nacionalidades en el norte de Palestina.

       El profeta Jonás, representante de la mentalidad más cerrada del judaísmo, es enviado a predicar la conversión a esta ciudad. Es normal que un judío de este tipo, pintado además con rasgos caricaturescos desgarbados y bobalicones, sienta horror ante una misión tan absurda, horror que expresa con una huida hacia las columnas de Hércules, o sea, el lugar más lejos posible de ese en el que se encuentra la detestada ciudad. Sin embargo, el Señor sabe cómo vencer la esquivez del profeta: comienzan así las sorprendentes aventuras de Jonás, perseguido por la mano de Dios, que, a través de la tempestad, los marineros, el cetáceo, lo lleva al punto de partida. Es imposible sustraerse a la mano del Creador de todas las cosas.

       Debemos señalar que los marineros paganos están presentados con simpatía: son hombres religiosos que manifiestan el temor de Dios. Muy a su pesar, sacrifican al profeta reacio. Por consiguiente, también entre los paganos hay personas buenas, dispuestas a escuchar las señales que vienen del Omnipotente. Sin embargo, no todos los miembros del pueblo de Dios presentan comportamientos edificantes, como vemos precisamente en el profeta fugitivo.

       El relato se hizo muy popular en la antigüedad, hasta el punto de que el mismo Jesús lo recordará como tipo de la resurrección {cf. 2,1b). También los primeros cristianos recurrieron a este relato para atestiguar su fe en la resurrección, representando los acontecimientos de la vida de Jonás sobre sus sarcófagos.

 

Evangelio: Lucas 10,25-37

En aquel tiempo,

25 se levantó un maestro de la Ley y le dijo para tenderle una trampa: -Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?

26 Jesús le contestó: -¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?

27 El maestro de la Ley respondió: -Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.

28 Jesús le dijo: -Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás.

29 Pero él, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: -¿Y quién es mi prójimo?

30 Jesús le respondió: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de desnudarlo y golpearlo sin piedad, se alejaron dejándolo medio muerto.

31 Un sacerdote bajaba casualmente por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo.

32 Igualmente, un levita que pasó por aquel lugar, al verlo, se desvió y pasó de largo.

33 Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo, sintió lástima.

34 Se acercó y le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; luego, lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él.

35 Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero, diciendo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta».

36 ¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?

37 El otro contestó: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: -Vete y haz tú lo mismo.

 

       **• Tras el discurso sobre la misión, he aquí ahora algunos rasgos fundamentales del verdadero discípulo: ayudar al prójimo que se encuentra en dificultades (el buen samaritano), el primado de la escucha de la Palabra (Marta y María), la oración esencial (el padrenuestro). Éstas son las tres lecturas que el leccionario nos presenta para estos días.

       La parábola de hoy aclara el segundo mandamiento, «semejante al primero». Al escriba que le pregunta, en el plano teórico, quién es el prójimo, Jesús le responde dándole la vuelta (y dándole concreción) a la pregunta: ¿quién de nosotros es verdaderamente prójimo de los otros? El problema no consiste en saber quién es mi prójimo, a qué nacionalidad, raza, color, religión, partido, sindicato o formación pertenece; la cuestión versa sobre mi actitud respecto a él, como muestra el samaritano, que no le pidió el documento de identidad al malaventurado, sino que le socorrió inmediatamente.

       Esta parábola ha sido objeto de innumerables comentarios y glosas, que van desde la insuficiencia de una religión preponderantemente ritual, representada por el comportamiento del sacerdote y el levita, a la necesidad de una caridad sin límites con todos. La lección que procede de un extranjero, oficialmente poco recomendable, sacude la conciencia cristiana y nos sigue diciendo a ti y a mí: «Vete y haz tú lo mismo» (v. 37). Al mismo tiempo, se trata de una lección cristológica de importancia capital: el samaritano es icono transparente del misterio del Nazareno, que se hizo prójimo de cada hombre y de sus heridas cargando sobre sí sus miserias y preocupándose por sus debilidades.

 

MEDITATIO

       También yo, como Jonás, estoy llamado a anunciar la Palabra de Dios, porque ésa es la tarea de todo cristiano. Una tarea de la que intento sustraerme de una manera más o menos consciente, aduciendo los motivos y las dificultades más «actuales»: la indiferencia de la juventud, el desorbitado poder de los medios de comunicación, la secularización, el fenómeno de la globalización y otras muchas cuestiones que parecen muy alejadas de la lógica de Jesús.

       Sin embargo, esta Palabra me interroga hoy y sacude hasta sus raíces mi vocación cristiana. Me interroga asimismo porque Dios ha mostrado en la historia que también entre los paganos - a los que temo o trato con desdén- puede haber personas rectas, personas en condiciones de despertar mi conciencia. También el samaritano del evangelio era una persona que, oficialmente, debía ser evitada; sin embargo, hoy sacude mi despavorida existencia cristiana con su ejemplar prontitud y generosidad. Jonás duerme para estar lo más alejado posible del Señor, pero un marinero pagano le despierta del torpor y le llama al cumplimiento de su vocación.

       Como Jonás, es preciso que yo también me deje despertar y provocar por los otros, aunque no correspondan a mis expectativas, a mis gustos y a mis ideas, dado que el Señor me puede hablar a través de todos. A buen seguro, también puedo dejar de escucharle y huir hacia mi Tarsis, aunque es inútil, porque antes o después, como en el caso de Jonás, vendrá una tempestad, un pez, y me volveré a encontrar en la playa de partida. Si Dios me ha confiado una misión, no puedo huir: «¿A dónde podré ir  lejos de tu espíritu, a dónde escaparé de tu presencia? Si subo hasta los cielos, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro» (Sal 139,7ss).

 

ORATIO

       Oh Señor, sabes que soy una pobre persona y que no siempre sé decirte que sí; sabes que soy débil e infiel.

       Sin embargo, no quieres excluirme de tu plan de salvación; es más, quieres convertirme en un estrecho colaborador tuyo.

       Ayúdame, oh Dios mío, a no huir de ti, como hizo Jonás, sino a buscarte, porque sin ti no soy nada.

Haz que adecué mis acciones a tus deseos y no permitas que me aleje de ti buscando otras tierras y otros mares, como con frecuencia siento la tentación de hacer.

       Ayúdame a dejarme despertar por aquellos a quienes pones en mi camino, para que no caiga en el sueño de la indiferencia y de la resignación.

       Úngeme con tu Espíritu Santo, para que no desprecie a ninguna Nínive y salga de la Nínive que hay dentro de mí. Que, guiado por tu luz, trabaje yo en su conversión y en la mía.

 

CONTEMPLATIO

       El carácter profético de Jonás está confirmado por Cristo. No es preciso suponer que las expresiones de Jesús quieran enseñarnos la historicidad del acontecimiento.  Esas expresiones pretenden decir que este libro es figura y profecía de lo que se cumple en su persona.

       No hay, en efecto, otro libro que, desde esta perspectiva, sea más luminosamente profético respecto a Cristo. Y lo es precisamente porque el libro de Jonás resume, en cierto modo, toda la historia antigua, toda la historia de Israel, en clave profética. El destino de Israel, sus pruebas, su destrucción, todo esto tuvo lugar con la mirada puesta en una misión de salvación, una salvación que debería provocar después sus mismos celos, porque Israel habría de rechazar su elección, en vez de aceptar esta salvación ofrecida a todos. Dado que su misión no le convertía en el predilecto entre todos y no le otorgaba un puesto de privilegio en sus designios divinos y le ponía en plano de igualdad con todas las otras naciones, este pueblo habría de negarse a esta igualdad. En este breve libro, la vida civil, los comercios, el ordenamiento estatal, la ciudad..., todo pertenece a las naciones; a Israel no parece pertenecerle más que el profetismo, pero éste pertenece sólo a Israel. Toda la grandeza y la función de Israel consisten en la misión profética (D. Baisoltl, Meditazione sul libro di Giona, Brescia 31990, p. 21).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Sacaste mi vida de la fosa, Señor» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Hay mucho miedo en nosotros, miedo de la gente, de Dios, y mucha ansia pura y simple, indefinida, que escapa a nuestro control. Cuando entramos en la presencia de Dios y empezamos a sentir esta inmensa reserva de miedo en nosotros, quisiéramos escapar cediendo a las distracciones que nuestro ajetreado mundo nos ofrece de un modo tan abundante. Ahora bien, no debemos tener miedo de nuestros miedos. Podemos hacerles frente, traducirlos con palabras y llevarlos a la presencia de aquel que dice: «No temáis, soy yo» (Mt 14,27). Nos sentimos inclinados a mostrarnos al Señor sólo con los aspectos en los que nos sentimos cómodos, pero cuanto más nos atrevamos a revelarle ese yo nuestro tan medroso, tanto más seremos capaces de sentir que su amor, que es perfecto, expulsa nuestros miedos.

       Oh Señor, este mundo está lleno de miedos. Haz de mi miedo una oración por quien tiene miedo. Haz que esta oración alivie el corazón de los otros. Tal vez entonces mi oscuridad se vuelva luz para los otros y mi oración interior se convierta en una fuente de curación para los otros. También tú, Señor, conociste el miedo. Te sentiste profundamente turbado; tu sudor y tus lágrimas eran señal de tu miedo. Haz que mi miedo forme parte del tuyo, para que no me lleve a la oscuridad, sino a la luz, y me proporcione una nueva comprensión de la esperanza de tu cruz (H. J. M. Nouwen, Preghiere dal silenzio, Brescia 2000, pp. 11 ss y 17 [edición española: Oraciones desde la abadía, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1998]).

 

 

Día 10

Martes de la 27ª semana del Tiempo ordinario o 10 de octubre, conmemoración de

Santo Tomás de Villanueva

 

Tomás, hijo de Tomás García y Lucía Martínez, naturales de Villanueva de los Infantes, nació en 1486 en Fuenllana, Ciudad Real, el primero de seis hermanos. Su vida estuvo marcada por el origen sencillo del pueblecito manchego donde nació y por su tiempo, caracterizado por una búsqueda de nuevos caminos en lo teológico, lo espiritual, lo social y eclesial: es la hora de las nuevas definiciones de lo antiguo y de abrir caminos al nuevo y apasionante mundo que emerge. A los 30 años, tras ocho de profesor, se le ofrece la cátedra en Filosofía en Salamanca. Allí se traslada, pero, al año siguiente, sin embargo, se siente llamado a la vida religiosa, y el 1 de noviembre toma el hábito de san Agustín en el convento del mismo nombre en Salamanca. Se ordena  sacerdote al año siguiente. El propio emperador que le promovió antes para arzobispo de Granada, cargo que Tomás pudo eludir, le obligó a aceptar el Arzobispado de Valencia, tras haber renunciado al primero. Era el año 1544. Llegó a dar su cama antes de morir y murió en el suelo el año 1555.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Jonás 3,1-10

En aquellos días,

1 por segunda vez el Señor se dirigió a Jonás y le dijo:

2 -Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama allí lo que yo te diré.

3 Jonás se levantó y partió para Nínive, según la orden del Señor. Nínive era una ciudad grandísima; se necesitaban tres días para recorrerla.

4 Jonás se fue adentrando en la ciudad y proclamó durante un día entero: «Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida».

5 Los ninivitas creyeron en Dios: promulgaron un ayuno y todos, grandes y pequeños, se vistieron de sayal.

6 También el rey de Nínive, al enterarse, se levantó de su trono, se quitó el manto, se vistió de sayal y se sentó en el suelo.

7 Luego mandó pregonar en Nínive este bando: «Por orden del rey y sus ministros, que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado, ni pasten ni beban agua.

8 Que se vistan de sayal, clamen a Dios con fuerza y que todos se conviertan de su mala conducta y de sus violentas acciones.

9 Quizás Dios se retracte, se arrepienta y se calme el ardor de su ira, de suerte que no perezcamos».

10 Al ver Dios lo que hacían y cómo se habían convertido, se arrepintió y no llevó a cabo el castigo con el que los había amenazado.

 

       **• El Señor, como si nada hubiera pasado, dirige a Jonás el mismo mandato de ir a predicar a Nínive. Esta vez, Jonás parte sin plantear objeciones; más aún, hasta parece contento de poder proclamar a los cuatro vientos que Nínive será destruida pronto. La ciudad de Nínive está presentada como exageradamente grande (cf. v. 3). De las excavaciones arqueológicas se desprende, en efecto, que tuvo un perímetro amurallado de doce kilómetros: toda una metrópoli para aquellos tiempos. Sin embargo, la descripción que hace el libro es claramente exagerada, como, por lo demás, todo lo que aparece en el libro de Jonás: la palabra «grande» y sus derivadas aparecen catorce veces en este breve libro. La misma actitud del anónimo rey, que manda hacer penitencia incluso a los animales, resulta pintoresca y exagerada al mismo tiempo. Hasta los «cuarenta días» (v. 4) pierden aquí su significado matemático para adquirir el simbólico, típico de toda la Biblia, a saber: el del tiempo necesario para completar una acción o una obra.

       Contra toda expectativa, Nínive, la ciudad pagana y cruel, enemiga mortal de Israel, se convierte, «se vuelve atrás», y por eso Dios también se convierte, «se vuelve atrás» y suspende el castigo. El Dios de Israel está dispuesto a cambiar sus propósitos cuando alguien, aunque esté muy alejado de él por su fe y su conducta, está dispuesto a cambiar de vida. Es un Dios que se muestra piadoso y misericordioso no sólo con Israel, sino con todos los hombres, con toda criatura, con toda ciudad o pueblo.

       Es el Dios de todos. La elección de Israel no obedece así sólo a su propia salvación, sino a la salvación de todos los hombres: es un servicio a la bondad de Dios, es una proclamación de su voluntad de salvación para todos, de su compasión con todos los seres vivos. Este pasaje constituye también una predicación dirigida antes que nada a los grupos más sectarios de Israel, que, en nombre de la elección divina, estaban más dispuestos a condenar que a convertirse. Es una predicación que siempre está de actualidad. También para nosotros...

 

Evangelio: Lucas 10,38-42

En aquel tiempo,

38 según iban de camino, Jesús entró en una aldea, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa.

39 Tenía Marta una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

40 Marta, en cambio, estaba atareada con los muchos quehaceres del servicio. Entonces Marta se acercó a Jesús y le dijo: -Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en la tarea? Dile que me ayude.

41 Pero el Señor le contestó: -Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas,

42 cuando en realidad una sola es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará.

 

       **• En el plano exegético, este pasaje tiene que ser leído a contraluz con la parábola precedente. Como si dijera: a los que afirman que lo importante es ayudar a la gente o amar de manera concreta al prójimo (como ha hecho precisamente el buen samaritano), Lucas les presenta el fragmento de Marta y María donde se afirma la prioridad de la escucha de la Palabra.

       Podría decirse que el servicio al prójimo alcanza su autenticidad, su verdad, la perfección, cuando es fruto de la escucha de la Palabra, cuando no es sólo trabajo o servicio humano, sino participación en la compasión del mismo corazón de Dios, consecuencia de la frecuentación asidua de su Palabra. Sin contar con que el trabajo o el servicio, dejados a sí mismos, pueden convertirse en afán, engendrar estrés, incluso desviar del camino, alejar del camino del Señor. La «mejor parte» que no será quitada es esta inmersión en la voluntad de Dios, porque «quien hace la voluntad de Dios permanece para siempre». Si Marta se dejara iluminar por los deseos de Jesús, podría servirle mejor y no correría el riesgo de llevarle cosas que no le interesan o pudieran hacerle mal. La dimensión contemplativa está en la base de la también necesaria dimensión activa.

       La gran fortuna de la que ha gozado este episodio entre los autores espirituales de todos los tiempos indica que el peligro de dejarse enredar por las cosas urgentes, a costa de las cosas importantes, de lo único necesario, está constantemente al acecho. La tentación de subordinar las cosas de Dios a nuestras propias urgencias sólo se puede superar con la frecuentación fiel y constante de la Palabra, con una actitud de verdadero discípulo, a los pies de Jesús. El discípulo es el que se comporta con el prójimo como el buen samaritano, porque participa en la compasión misma de Dios, fruto de la escucha de la Palabra que viene de Dios.

 

MEDITATIO

No es lo esencial la funcionalidad, el servicio concreto de las ovejas. No hay pastores porque somos muchos los hombres y hay que cubrir muchas tareas. Lo esencial es ver y tocar a una persona que hace presente la palabra viviéndola, no sólo proclamándola. La condición del Evangelio frente a toda doctrina es su carácter de «entrañable»: lo es el afecto con el que Pablo habla a Timoteo, lo es el amor entrañable de Cristo cuando se define vinculándose vitalmente a los hombres.

No hablan desde el mensaje, sino desde la experiencia vivida. Pablo habla como quien ha vivido todo lo que dice; Cristo ha vivido, simplemente, como el Hijo. Lo que nos transmiten los evangelios es, sobre todo, la experiencia entrañable de haber gustado y palpado, visto y oído al buen Dios entre nosotros: al Hijo. Así nos trató Él, parecen decir los evangelios, como un buen pastor. La experiencia, luego, se hace palabra transmitida en el seno de la comunidad como oración, gozo y testimonio. Así hemos recibido a san Juan: desde la experiencia vivida; así se transformó el mundo pagano en cristiano por la locura de hombres y mujeres nuevos y disponibles.

Nuestro santo Tomás asumió la elección difícil de mantener la doctrina en la Iglesia, no crispándose en época de crisis, sino que la propuso convirtiéndose él mismo en modelo del mensaje: no es fácil olvidar un arzobispo casi harapiento repartiendo en la puerta de su casa limosna a los pobres; más difícil es sentarlos a su mesa y servirles: él lo hizo. Pero aún es más difícil organizar, antes, la misma Iglesia visible para que ese gesto sea posible siempre como el auténtico modo de ser pastor. Lo primero podría no pasar de ser un llamativo gesto de imagen; lo segundo es permanente: aún podemos encontrar a Cristo entre nosotros en los pastores.

 

ORATIO

Padre, pastor de mi vida, que me deje encontrar, conocer por ti. Tú acoges el movimiento de mi espíritu antes que mis obras, palabras, promesas y oraciones. Sabes, Señor, que mis deseos no son siempre de ti. Hay otros que me halagan con formas de estar «agresivas y eficaces» y casi siempre siento que en ellos encontraré más paz y armonía personal, que hay que estar con los tiempos y no desentonar.

Mi historia contigo es la de tus búsquedas de mí mismo, de tus curaciones. Hazme transmitir esta experiencia de ti: que aprenda a manifestarme como vulnerable poniéndome siempre más bajo que mis hermanos. Que les transmita tu doctrina, pero también lo bien que me has tratado cuando yo me he perdido. ¿Cómo, si no, se acercarán a ti las ovejas dispersas? Cuántos estragos he podido hacer por creerme alguien ante los demás, perfecto y seguro. Señor, buen pastor, si no soy distinto a los demás, al menos que pueda aportarles lo que vivo y Tú has hecho en mí.

 

CONTEMPLATIO

El pastor no debe disminuir su atención o lo interior por las ocupaciones exteriores, ni debe abandonar el cuidado de lo exterior por la solicitud de lo interior; de modo que no se derrumbe interiormente al entregarse a lo exterior, ni impida aquello que por fuera debe a sus prójimos ocupándose sólo de lo interior.

Pues, a menudo, algunos, olvidándose de que son prelados en la causa de sus hermanos, se entregan con todo el esfuerzo de su corazón a los cuidados seculares: cuando están presentes, se ensoberbecen realizándolos y, cuando faltan, los anhelan día y noche con la agitación de su mente desordenada. De modo que, cuando hallan un respiro, quizás porque haya desaparecido una oportunidad, se sienten más cansados por su misma quietud. Y así, consideran una satisfacción estar oprimidos por las ocupaciones y un infortunio el no trabajar en asuntos terrenales. Sucede entonces que mientras se alegran de estar agobiados por vanos esfuerzos mundanos, ignoran aquellos secretos interiores que deberían enseñar a otros.

A causa de esto, claro está, la vida de los fíeles se debilita, porque cuando pretenden progresar espiritualmente tropiezan en su camino con el obstáculo que es para ellos el ejemplo de su prelado. Y es que, languideciendo la cabeza, en vano crecen los miembros, e inútilmente avanza un ejército para explorar al enemigo si se equivoca el guía mismo del camino.

Ninguna exhortación eleva ya la mente de los fieles, ninguna amonestación castiga sus pecados. Porque cuando el pastor de las almas se dedica a ejercer el oficio de juez terreno, el cuidado pastoral por la custodia de la grey se debilita. Con ello, los fieles no desean ya alcanzar la luz de la Verdad, pues, al estar ocupada la mente del pastor en los afanes terrenos, el polvo provocado por el viento de la tentación ciega los ojos de la Iglesia (Gregorio Magno, La regla pastoral. Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1993, pp. 214-215).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Alumbre así vuestra luz a los hombres y den gloria a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5,16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

De amar propusimos, que no de disputar; amar, que no entender: por lo cual tornemos al propósito. Consideremos, pues, cómo nuestro Dios, grande, bueno y poderoso y lleno de riquezas, anda entre sus criaturas buscando algún amador, y no le halla; da muchas cosas y promete al que Te amare, y ninguno quiere ni aun mirarle; y así es que «determinaron los mortales e abajar sus ojos a la tierra». Míralo en los Cantares, cómo ruega a su criatura y la provoca e incita a su amor: «Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, inmaculada mía, ábreme»; y si no quiere abrir por mí, ábreme por ti; porque mi cabeza está llena de rocío; mi divinidad está llena de suavidad y dulzura; pues luego ábreme y cenaré contigo, y no a costa tuya, que yo haré todo el gasto y te pondré delante manjares suavísimos.

Y ella con todo esto responde de la cama con indignación grande diciendo: «Heme despojado de mi vestidura, y ¿téngole de tornar a vestir? Láveme mis pies, ¿cómo me los ensuciaré ahora?». ¡Olí ingrata, mísera y ciega!, ¿así respondes a tu amado,  así menosprecias a tu Creador? Abre, mísera, que no te ensuciarás, antes te lavarás; no trabajarás, sino descansarás. Ni la dejó el piadosísimo y gran amador suyo en su dureza, antes la tocó con su misericordiosa mano; y aquella que primero había despreciado la voz, se levanta con diligencia a abrir a su amado; más él ya se había desaparecido y pasado; y justamente por cierto, pues que así ella le había primero despreciado; y verla has a la infeliz y desventurada discurriendo por las calles y plazas voceando y llorando y conjurando a las hijas de Sión que, si hallaren a su amado, que le anuncien y digan su amor. Búscale y no le halla; llama y ninguno le abre; llama y no hay quien responda; por lo cual toda llorosa se derrite de amor. Así, Señor, así lo hacéis: tocáis para que seáis conocido y huís para que seáis buscado; llamáis y escondeisos; provocáis y vaisos, convidáis y partisos; no menos piadoso cuando os vais que cuando os venís... Mas no quieras cesar, quienquiera que eres; no desmayes cerca de la ciudad; conjura a las hijas de Jerusalén, solicita a los ciudadanos, pregunta a las guardas y éstas te saldrán al encuentro, ellos te harán dar priesa; y por más que ligeramente corras, te quitarán la vieja vestidura; y como los hubieres pasado un poco, hallarás al que tu ánima desea (Tomás de Villanueva, «Sermón segundo del Amor de Dios», Sermones de la Virgen María y Obras castellanas, BAC, Madrid 1952, pp. 609-610).

 

Día 11

Miércoles de la 27ª semana del Tiempo ordinario, o 11 de octubre, conmemoración de

Santa Soledad Torres Acosta

 

Nació el día 2 de diciembre de 1826 en Madrid y murió también en Madrid el 11 de octubre de 1887. Su nombre de pila fue Bibiana Antonia Manuela. A los 25 años oyó hablar de una idea alimentada por un sacerdote de la parroquia de Chamberí, don Miguel Martínez. Éste quiere reunir a unas cuantas mujeres para que cuiden y atiendan en sus propios domicilios a los enfermos desamparados y les dispongan a bien morir. Bibiana Antonia Manuela se ofrece voluntaria para este servicio. Su cuerpo pequeño y enclenque parecía desaconsejar tal empresa, pero ante su insistencia fue admitida, junto con otras seis compañeras.

Tomó el hábito del nuevo instituto el 15 de agosto de 1851, cambiando su nombre de pila por el de María Soledad. Ese día nació el Instituto de las Siervos de María, Ministras de los Enfermos. Fue beatificada por el papa Pío XII el día 5 de febrero de 1950 y canonizada por Pablo VI el 25 de enero de 1970.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Jonás 4,1-11

1 Jonás se sintió muy contrariado, se enfadó

2 y se encaró con el Señor diciendo: -Ah, Señor, ya lo decía yo cuando todavía estaba en mi tierra. Por algo me apresuré a huir a Tarsis. Porque sé que eres un Dios clemente, compasivo, paciente y misericordioso, que te arrepientes del mal.

3 Así que ya puedes, Señor, quitarme la vida, porque prefiero morir a seguir viviendo.

4 El Señor le respondió: -¿Te parece bien enfadarte de esta manera?

5 Jonás salió de la ciudad y se instaló al oriente de la misma; levantó una choza y se sentó a su sombra, para ver qué suerte corría la ciudad.

6 El Señor hizo que creciera una planta de ricino por encima de la cabeza de Jonás, para darle sombra y librarlo de su enojo. Y, en efecto, el ricino llenó de alegría a Jonás.

7 Pero al día siguiente, al rayar el alba, Dios mandó un gusano, que dañó el ricino, y éste se secó.

8 Al salir el sol, Dios envió un viento solano abrasador. El sol caía sobre la cabeza de Jonás y, a punto de desvanecerse, se deseó la muerte diciendo:

-Prefiero morir a seguir con vida.

9 Entonces Dios le dijo: -¿Te parece bien enfadarte por ese ricino? Jonás respondió: -Sí, me parece bien enfadarme hasta la muerte.

10 El Señor replicó: -Tú sientes compasión de un ricino que tú no has hecho crecer, que en una noche brotó y en una noche pereció,

11 ¿y no voy a tener yo compasión de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que aún no distinguen entre el bien y el mal, y una gran cantidad de animales?

 

**• La teología y la ironía llegan a su cima en esta conclusión. Jonás está enfadado: tenía razón cuando se negó a ir a Nínive, pues sabía muy bien que «Dios es clemente, compasivo, paciente y misericordioso, que se arrepiente del mal» (v. 2). Jonás conoce muy bien estas espléndidas cualidades de Dios, estos nombres de Dios, esta naturaleza de Dios, pero no está de acuerdo con él. Sus ideas, que son las del medio en que vive, no son las de Dios. Y, por consiguiente, es mejor no querer cuentas con él. En vez de plegarse a la realidad de Dios, le evita, le contesta con su actitud de rechazo. Sin embargo, YHWH es misericordioso hasta con su profeta testarudo, disidente tenaz de los caminos de Dios, y quiere ser misericordioso también con todos los que quieran imponerle su comprensible punto de vista. Dios quiere convertir también a Jonás, y para ello recurre a todas las astuciaspedagógicas de su dominio sobre la naturaleza.

        El libro termina con una pregunta que supone un desafío para la gente del tiempo del autor y para todos sus lectores futuros: «¿Y no voy a tener yo compasión de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que aún no distinguen entre el bien y el mal?» (c/. v. 11). ¿Acaso Dios no es libre? ¿O debe actuar, como piensa Jonás, siguiendo los estrechas limitaciones de la justicia humana? ¿Puede quedarse Dios insensible frente a la suerte del hombre que él mismo ha creado, aunque éste viva lejos de él? ¿No habrá que pasar de los pequeños sufrimientos personales -como el del ricino que se seca, en el caso de Jonás- al conocimiento de acontecimientos mucho más importantes de toda la humanidad, objeto del amor misericordioso de Dios y, en consecuencia, objeto de un amor misericordioso también por parte del creyente?

 

Evangelio: Lucas 11,1-4

1 Un día, estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

2 Jesús les dijo: -Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre; venga tu Reino;

3 danos cada día el pan que necesitamos;

4 perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en la tentación.

 

        **• No basta con hacer y escuchar; también es menester orar, y orar de manera justa, a partir de la visión justa de Dios. Jesús, al enseñarnos a orar, nos enseña que el Dios al que nos dirigimos es un «papá» que da su Reino a quien se lo pide con confianza. El padrenuestro nos ha llegado en las dos versiones de Lucas y Mateo. La primera (Lc 11,1-4) es más breve, mientras que la segunda (Mt 6,6-15), más larga, es la que ha adoptado la Iglesia. Con todo, la inspiración es única, porque ambas invocan la glorificación del Padre a través de la venida de su Reino en la historia. También ambas piden el alimento suficiente para cada día y el perdón misericordioso de las culpas. Las peticiones son necesarias porque el hombre está expuesto a diario al peligro de la tentación, esto es, al peligro del fracaso definitivo o escatológico, al peligro de perder el gran e insustituible don del Reino.

        En la oración del Señor aparece el sentido de Dios y el sentido del hombre, de la bondad infinita del Padre y de la limitación de la criatura, menesterosa de todo, desde el alimento al perdón: aparece el don del Reino y la dificultad que supone aceptarlo en el orden concreto, el esplendor divino que se inclina sobre la pobre condición humana y las nieblas de la vida cotidiana. Aparece, en suma, todo el camino del hombre, don y tarea, grandeza y miseria, llamado a ser hijo y hermano de sus semejantes, pero, al mismo tiempo, tentado a responder de manera negativa. Con todo, nada puede cancelar el comienzo, sencillo, alentador, inolvidable, de la oración sin parangón posible: «Ábbá, papá».

 

MEDITATIO

Desde que el mundo es mundo y la fe en Dios ha entrado en nuestros corazones, hemos tenido la tentación de separar el amor a Dios y el amor al prójimo. Esta parábola del buen samaritano tan conocida y meditada, es fundamental para captar la experiencia religiosa que nos trae Jesús.

Recorriendo, como de puntillas, este relato descubriremos enseguida lo fundamental de su contenido:

- No podemos separar el amor a Dios y el amor al prójimo. Son las dos caras de la misma moneda. «Tuve hambre»... «Tuve sed»... «Estuve enfermo»... «Cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».

- Mi prójimo no es el que se acerca a mí, sino aquel a quien yo me acerco. ¿Quién de estos tres, pregunta Jesús, se hizo prójimo del herido? Soy yo quien debe aproximarse.

- ¿De quién tengo que hacerme prójimo, a quién tengo que acercarme? La parábola lo expresa con mucha claridad: a cualquiera que esté caído, marginado, atropellado en los caminos o en los juzgados, despojado de sus derechos...

- No nos andemos con rodeos... Los dos personajes, representantes oficiales del templo y el culto, que dieron un rodeo para cumplir con Dios, abandonando al prójimo, quedan descalificados en esta parábola.

- Otro punto clarísimo que descubrimos en este relato es la apertura a los extranjeros, a los que en aquel tiempo eran tenidos por herejes o de otra religión: los samaritanos. Al jurista le da grima pronunciar su nombre; sin embargo, Jesús le dice: «Anda y haz tú lo mismo».

Todo esto me hace pensar que Miguel Martínez, sacerdote de la parroquia de Chamberí, no dio un rodeo, sino que se rodeó de personas como Soledad Torres Acosta para aproximarse a las casas donde alguien sufría y moría en la más absoluta soledad. Se hicieron prójimos de los necesitados de su tiempo.

 

ORATIO

Señor, tú que concediste a santa Soledad Torres Acosta la gracia de servirte con amor generoso en los enfermos que visitaba, concédenos tu luz y tu gracia para descubrir tu presencia en los que sufren y merecer tu compañía en el cielo.

 

CONTEMPLATIO

María Soledad se inserta en un grupo de mujeres santas e intrépidas que en el siglo XIX hicieron brotar en la Iglesia ríos de santidad y laboriosidad; procesiones interminables de vírgenes consagradas al único y sumo amor de Cristo, y mirando todas ellas al servicio inteligente, incansable, desinteresado del prójimo.

Por eso, contaremos a las Siervas de los enfermos en el heroico ejército de las religiosas consagradas a la caridad corporal y espiritual; pero no debemos olvidar un rasgo específico, propio del genio cristiano de María Soledad, el de la forma característica de su caridad; es decir, la asistencia prestada a los enfermos en su domicilio familiar; forma ésta que ninguno, así nos parece, había ideado en forma sistemática antes de ella, y que nadie antes de ella había creído posible confiar a religiosas pertenecientes a institutos canónicamente organizados.

La fórmula existía, desde el mensaje evangélico, sencilla, lapidaria, digna de los labios del divino Maestro: «Estuve enfermo, y me visitasteis», dice Cristo místicamente personificado en la humanidad doliente. He aquí el descubrimiento de un campo nuevo para el ejercicio de la caridad; he aquí el programa de almas totalmente consagradas a la visita del prójimo que sufre. (De la homilía pronunciada por Pablo VI en la canonización de santa Soledad Torres Acosta.)

 

ACTIO

Visitar a un enfermo.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Las enormes dificultades que a otras hicieron desfallecer, revelaron el temple heroico de la madre Soledad, fundadora de las Siervas de María, y que sus virtudes estaban fundadas sobre la roca firme. Por su dedicación a los enfermos, a quienes servía como a Cristo, por su tesón y esperanza jamás desmentida, por sus relevantes virtudes, bien pronto fue reconocida como cabeza de todo el grupo la que en su propia humildad y según las apariencias externas era la más insignificante de todas.

Nombrada superiora a los cinco años de la fundación, cual experto piloto guiará con serenidad y pericia la frágil navecilla del reciente instituto en medio de las más espantosas borrascas.

En su gobierno demostró sus dotes de exquisita prudencia y de una caridad sin límites y, al mismo tiempo, una humildad y mansedumbre avasalladoras, con lo que supo captarse el amor sincero y la correspondencia voluntariosa de sus hijas. Dios le envió abundantes vocaciones y la santa se consagró a formarlas espiritualmente, infundiéndoles su ardiente caridad a Dios y al prójimo, y a darles una capacitación técnica como exigía su delicada tarea. Como otra santa Teresa, recorrió los caminos de España en circunstancias a veces dificilísimas, sufrió incomodidades sin cuento y emprendió grandes trabajos, siempre unida a Dios. A Él se lo ofrecía todo. Con Él contaba para todo. Su paso por este mundo se redujo a 61 años cargados de sencillez, de amor y de valentía frente al dolor, abandonada siempre en las manos de su Dios.

 

Día 12

Nuestra Señora del Pilar, patrona de España

 

El origen de la devoción a la Virgen del Pilar se remonta al siglo I. Desde Jerusalén, donde aún vivía la Virgen María, vino a España para confortar al apóstol Santiago el Mayor en las tareas de evangelización. La tradición afirma que lo visitó milagrosamente a las orillas del río Ebro, donde Santiago estaba reunido con los primeros hispanos convertidos al cristianismo. Como recuerdo de aquel acontecimiento se levantó más tarde en aquel lugar una capillita en honor de Nuestra Señora, venerando su imagen en un pilar. Documentos monacales del siglo IX dan testimonio del templo dedicado en la ciudad de Zaragoza a María siempre Virgen.

La advocación de nuestra Señora del Pilar ha sido objeto de un especial culto por parte de los españoles. En pocos templos de los pueblos de España falta la imagen de la Virgen del Pilar.

Su basílica, a las orillas del Ebro a su paso por Zaragoza, es un lugar privilegiado de oración, donde sopla con fuerza el Espíritu. Esta devoción a la Virgen del Pilar fue llevada también en las carabelas de Colón hasta los pueblos hermanos de América. Desde el año 1908, en el interior de la gran basílica que hoy existe en Zaragoza, junto al altar de la Virgen hacen guardia de honor a nuestra Señora las banderas de los países hispanoamericanos. El papa Inocencio XIII, en 1723, concedió oficio litúrgico propio de la Virgen del Pilar para el día 12 de octubre.

 

LECTIO

Primera lectura: Primer libro de las Crónicas

15,3-4.15-16; 16,1-2

3 David reunió en Jerusalén a todo Israel para trasladar el arca del Señor al lugar que le había preparado.

4 Reunió a los hijos de Aarón y a los levitas.

15 Los levitas transportaron el arca apoyando las barras sobre sus hombros, como lo había prescrito Moisés, por orden del Señor.

16 David ordenó a los jefes de los levitas que dispusieran a sus hermanos los cantores con todos los instrumentos musicales de acompañamiento, arpas, cítaras y címbalos, e hicieron resonar bellas melodías en señal de regocijo.

16,1 Metieron el arca de Dios y la colocaron en medio de la tienda que David había levantado para ella. Ofrecieron luego al Señor holocaustos y sacrificios de reconciliación.

2 Cuando David terminó de ofrecer los holocaustos y los sacrificios de reconciliación, bendijo al pueblo en nombre del Señor.

 

**• Estos versículos de los capítulo 15 y 16 del libro de las Crónicas, que presenta la liturgia en la fiesta de la Virgen del Pilar, hacen referencia a la gran fiesta que celebró David el día que trasladó el arca de Dios desde Baalá a Jerusalén. Dice el texto del libro de Samuel que en esa fiesta «David danzaba ante el Señor frenéticamente... entre gritos de júbilo y al son de trompetas» (2 Sm 6,14-15). Jerusalén se convierte, por la presencia del arca, en ciudad santa, ciudad bendecida por Dios. En aquella fiesta, David convocó a todo Israel: era una fiesta nacional de bombo y platillo.

En las letanías de nuestra Señora invocamos a María como Arca de la Nueva Alianza y Templo del Espíritu Santo. Aquel regocijo de David con todo su pueblo, las ofrendas y oraciones que hicieron y la bendición que recibieron eran imágenes de esta fiesta en la que el arca de la Nueva Alianza vino de Jerusalén a Zaragoza para bendecir a los nuevos cristianos y para asentar su trono en el gran templo de nuestros corazones.

 

Segunda lectura: Hechos de los apóstoles 1,12-14

12 Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, lo que se permitía andar en sábado.

13 Y así que entraron, subieron a la estancia de arriba, donde se alojaban habitualmente. Eran Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Zelota y Judas el de Santiago.

14 Todos ellos hacían constantemente oración en común con las mujeres, con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

 

*•• Después de la ascensión de Jesús a los cielos, el libro de los Hechos de los apóstoles se centra en la constitución de la comunidad cristiana. Los que le habían seguido por el camino son convocados por el Espíritu para seguir con la misión de Jesús. En el grupo de los que acompañaban a Jesús en su vida pública estaban María, su madre, y otras mujeres. El evangelio de Lucas, en el capítulo 8, dice que junto con los Doce le seguían María Magdalena, Juana, Susana y otras muchas.  En estos versículos que leemos en la fiesta de la Virgen del Pilar, se resalta la presencia de María en esta primera comunidad pospascual. Ella, los apóstoles y algunas mujeres perseveraban en la oración común.

Esta oración entre hombres y mujeres da un tono peculiar a la primera comunidad cristiana, muy distinto a lo que se hacía en la sinagoga judía. Jesús había roto la separación, y la primera comunidad sigue acorde con el estilo de Jesús. Podemos pensar en la importancia de María en la formación de esa primera comunidad de Jerusalén y trasladar, sin esfuerzo, esa misma importancia en el apoyo a Santiago en la formación de la primera comunidad de España.

 

Evangelio: Lucas 11,27-28

27 Mientras decía esto, una mujer de entre la gente gritó: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron».

28 Pero él le dijo: «Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica».

 

**• Arrebatada por la emoción del momento, una mujer del pueblo, corazón en mano, alaba a Jesús y le dice cuan orgullosa tenía que estar su madre por haberlo llevado en su seno. Las palabras de la mujer son un cumplimiento de la profecía sobre María de Lc 1,28: «Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones».

Pero Jesús, humilde y sencillo como su madre, traslada la atención de él mismo y de su madre a una insistencia más central: realmente, es más dichoso el que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica. La grandeza personal de María está en haber escuchado a Dios y haber dado un «sí» incondicional.

María escuchó y puso en práctica la Palabra de Dios al responder en la anunciación: «He aquí la esclava del Señor». Es una actitud humilde, valiente, libre y auténtica.

María, que meditó en su corazón las palabras y los gestos de Jesús, hace pensar en aquellos que «escuchan la Palabra con un corazón noble y generoso» (Lc 8,15).

 

MEDITATIO

Del libro del Eclesiástico 24,3-15:

Yo salí de la boca del altísimo y cubrí la tierra como una niebla. Habité en las alturas, y mi trono fue columna de nube. Sola recorrí el círculo celeste, y por las profundidades del abismo me paseé. En las olas del mar, en toda la tierra, en todo el pueblo y nación yo imperé. En todos ellos busqué el reposo, y en qué territorio instalarme. Entonces me ordenó el creador de todas las cosas, mi hacedor fijó el lugar de mi habitación, y me dijo: «Pon tu tienda en Jacob, y en Israel ten tu heredad».

Desde el principio y antes de los siglos me creó, y existiré eternamente. En su santa tienda, en su presencia, ejercí el ministerio, y así en Sión me instalé. En la ciudad amada establecí mi residencia, y en Jerusalén tuve la sede de mi imperio. En el pueblo glorioso eché raíces, en la porción del Señor, en su heredad. Crecí como el cedro en el Líbano, como el ciprés en las montañas del Hermón. Crecí como palmera en Engadí, cual brote de rosa en Jericó; como magnífico olivo en la llanura, crecí como el plátano. Como el cinamomo y el espliego he dado mi aroma, como mirra escogida exhalé mi perfume; como gálbano, ónix y estacte, y como perfume de incienso en el tabernáculo. Yo extendí como terebinto mis ramas, y mis ramas están llenas de gracia y de majestad. Como vid eché hermosos sarmientos, y mis flores dan frutos de gloria y de riqueza. Venid a mí los que me deseáis, y saciaos de mis frutos.

 

ORATIO

Virgen santa del Pilar:

Desde este lugar sagrado

alienta a los mensajeros del Evangelio,

conforta a sus familiares

y acompaña maternalmente

nuestro camino hacia el Padre,

con Cristo, en el Espíritu Santo. Amén.

(Oración de Juan Pablo II ante el altar de la Pilanca.)

 

CONTEMPLATIO

La piedad de la Iglesia a la santísima Virgen María es un elemento intrínseco del culto cristiano. La veneración que la Iglesia ha dado a la Madre del Señor en todo tiempo y lugar -desde el saludo y la bendición de Isabel hasta las expresiones de alabanza y súplica en nuestro tiempo- constituye un sólido testimonio de que la lex orandi de la Iglesia es una invitación a reavivar en las conciencias su lex credendi. Y viceversa: la fe viva de la Iglesia requiere que por todas partes florezca lozana su oración fervorosa a la Madre de Cristo. Culto a la Virgen de raíces profundas en la palabra revelada y de sólidos fundamentos dogmáticos.

La misión maternal de la Virgen empuja al pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso el pueblo de Dios la invoca como consoladora de los afligidos, salud de los enfermos, refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado; porque ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado. Y -hay que afirmarlo nuevamente- dicha liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas.

La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar «los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos». Virtudes sólidas, evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la Palabra de Dios (cf. Lc 1,26-38; 1,45; 11,27-28; Jn 2,5); la obediencia generosa (cf. Lc 1,38); la humildad sencilla (cf. Lc 1,48); la caridad solícita (cf. Lc 1,39-56); la sabiduría reflexiva (cf. Lc 1,29.34; 2,19.33.51); la piedad hacia Dios, pronta al cumplimiento de los deberes religiosos (cf. Lc 2,21.22-40.41), agradecida por los bienes recibidos (Lc 1,46-49); la fortaleza en el destierro (cf. Mt 2,13-23), en el dolor (cf. Lc 2,34-35.49; Jn 19,25); la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor (cf. Lc 1,48; 2,24); el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la cruz (cf. Lc 2,1-7; Jn 19,25-27); la delicadeza provisoria (cf. Jn 2,1-11); la pureza virginal (cf. Mt 1,18-25; Lc 1,26-38); el fuerte y casto amor esponsal.

De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecerá como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral que brota del culto tributado a la Virgen.

La piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la «llena de gracia» (Le 1,28) sin honrar en sí mismo el estado de gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión en Él, la inhabitación del Espíritu. Esta gracia divina alcanza a todo el hombre y lo hace conforme a la imagen del Hijo (cf. Rom 2,29; Col 1,18).

La Iglesia católica, basándose en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para el hombre hacia la conquista de su plenitud. (De la exhortación del papa Pablo VI Marialis cultus.)

 

ACTIO

Reunirme hoy en oración con otros, como María con otras mujeres y los apóstoles, y pedir al Espíritu Santo fortaleza para los evangelizadores que están en tierra de misión.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El milagro de Calando

Como en otros santuarios marianos, los fieles han recibido en el de nuestra Señora del Pilar favores extraordinarios que han atribuido a su intercesión ante la omnipotencia divina. Desde el siglo XIII se habla en los documentos que conserva su archivo de «los mytos et innumerabiles miraglos que Nuestro Seynor Jesucristo feitos a et cada día facer non cesa en los ovientes devoción en la gloriosa et bienaventurada Virgen María suya Santa María del Pilar».

Un manuscrito del siglo XV recogió algunos de ellos. Y en 1680 el canónigo Félix de Amada dio a la imprenta una colección de milagros obrados por intercesión de la Virgen del Pilar. Entre ellos, es universalmente conocido el llamado milagro de Calando, por su evidente superación de las fuerzas de la naturaleza y por su innegable verdad histórica. Tuvo lugar entre las diez y las once de la noche del jueves 29 de marzo de 1640, en la villa aragonesa de Calanda y en la persona del ¡oven de 23 años Miguel Juan Pellicer, al cual, debido a un accidente, hubo que amputársele la pierna derecha en octubre de 1637 en el hospital de Gracia, de Zaragoza, por el cirujano Juan Estanca, siendo enterrada por el practicante Juan Lorenzo García.

Tras su convalecencia, durante dos años, fue mendigo en la puerta del templo de nuestra Señora del Pilar, de la que era muy devoto desde su niñez, por existir una ermita de esta advocación en Calando, y a la que se había encomendado antes y después de su operación, confesando y comulgando en su santuario.

Vuelto a la casa de sus padres en Calanda a primeros de marzo de 1640, el citado día 29 de ese mes, habiéndose acostado en la misma habitación de sus padres, por haber un soldado alojado en su casa, lo encontraron éstos dormido media hora más tarde con dos piernas, notándosele en la restituida las mismas señales de un grano y unas cicatrices que tenía la amputada.

A instancias del Ayuntamiento de Zaragoza, adonde acudió Miguel Juan tras su curación a dar gracias a la Virgen del Pilar, se incoó en el Arzobispado un proceso el 5 de junio de 1640, pronunciando sentencia afirmativa de calificación milagrosa el arzobispo Pedro Apaolaza, asesorado por nueve teólogos y canonistas, el 27 de abril de 1641. Se conserva íntegro el texto de este proceso con las declaraciones de los 25 testigos.

El milagro se divulgó rápidamente por todas partes. El mismo papa Urbano VIII fue informado personalmente por el jesuíta aragonés F. Franco en 1642. Entre los milagros, que por definición son todos excepciones de la naturaleza, el de Calanda es a su vez excepcional; por eso las relaciones coetáneas lo calificaron de «milagro inaudito en todos los tiempos». (Por Tomás Domingo Pérez, en el Libro de la Virgen, C.B.C.)

 

Día 13

Viernes de la 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Joel 1,13-15; 21 ss

1,13 Sacerdotes, vestíos de sayal; lamentaos, dad gritos, ministros del altar; venid, pasad la noche haciendo penitencia, ministros de mi Dios; porque ha quedado sin ofrendas ni libaciones el templo de vuestro Dios.

14 Promulgad un ayuno, convocad la asamblea, reunid a los ancianos y a todos los habitantes de esta tierra en el templo del Señor, vuestro Dios, y clamad al Señor:

15 ¡Ay, qué día! ¡Está cerca el día del Señor; ya llega como devastación del Devastador!

21 Tocad la trompeta en Sión, tocad a rebato en mi monte santo, tiemblen todos los habitantes de esta tierra, porque ya llega el día del Señor, ya está cerca:

22 día de tinieblas y de oscuridad, día de nubarrones y de espesa niebla. Un pueblo innumerable y poderoso se despliega como la aurora sobre los montes. No hubo otro antes como él ni se verá jamás otro igual.

 

        *»• Una espantosa invasión de saltamontes lo ha devastado todo, revelándose como una auténtica catástrofe. Por donde han pasado, sólo han dejado destrucción y muerte. Ha desaparecido la alegría de los rostros de los labradores, que han visto desaparecer como humo el fruto de tantas fatigas. Pero también ha desaparecido la alegría del rostro de los sacerdotes, «porque ha quedado sin ofrendas ni libaciones el templo de vuestro Dios» (1,13). ¡Es un luto nacional! Es menester convocar una solemne liturgia penitencial, porque la terrible calamidad está cargada también simbólicamente: es un aviso de la proximidad del «día del Señor», «día de tinieblas y de oscuridad» (2,2a), un día en el que también la naturaleza estará implicada. La invasión devastadora de los saltamontes, que por su número oscurecen el cielo, se convierte en prefiguración del día en el que el Señor vendrá a juzgar a los impíos. Será un día espantoso: «No hubo otro antes como él ni se verá jamás otro igual» (2,2b). La furia devastadora del flagelo natural está presentada como un ejemplo que invita a la reflexión, a la oración, a la conversión y a la penitencia. Será un acontecimiento que sorprenderá a todos por sus proporciones y sus consecuencias.

        El profeta, apoyándose en un fenómeno natural, una plaga no infrecuente en la Palestina de aquellos tiempos, proyecta su mirada sobre un acontecimiento único, definitivo, para el que es preciso prepararse con la penitencia, a partir de la penitencia de los sacerdotes («Sacerdotes, vestios de sayal; lamentaos, dad gritos, ministros del altar»: 1,13). Joel es un profeta ligado al templo y predica la conversión -ésta comienza precisamente por los agregados al templo- para extenderla después «a todos los habitantes de esta tierra» (1,14).

 

Evangelio: Lucas 11,15-26

En aquel tiempo, después de que Jesús hubiera expulsado a un demonio,

15 algunos dijeron: -Expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios.

16 Otros, para tenderle una trampa, le pedían una señal del cielo.

17 Pero Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: -Todo reino dividido contra sí mismo queda devastado, y sus casas caen unas sobre otras.

18 Por tanto, si Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su Reino? Pues eso es lo que vosotros decís: Que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú.

19 Ahora bien, si yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos ¿con qué poder los expulsan? Por eso ellos mismos serán vuestros jueces.

20 Pero si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.

21 Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros.

22 Pero si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte sus despojos.

23 El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

24 Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda por lugares áridos buscando descanso y, al no encontrarlo, se dice: Volveré a mi casa, de donde salí.

25 Al llegar, la encuentra barrida y adornada.

26 Entonces, va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, entran y se instalan allí, de modo que la situación final de este hombre es peor que la del principio.

 

        **• En este pasaje combate Jesús contra dos adversarios: el demonio y «algunos» (para Mateo son los fariseos). Éstos le acusan de un modo grave, con una violencia  inaudita: es verdad, ese Jesús es un exorcista eficaz, pero recibe sus poderes del mismo demonio que expulsa. Jesús responde con dos argumentos: no es posible pensar que el demonio se expulse a sí mismo, porque su dominio se hundiría. Y, además, los fariseos enseñan también exorcismos especiales a sus discípulos: ¿también están endemoniados ellos? Más bien, deberían reconocer, al ver las obras de liberación del sufrimiento realizadas por Jesús, que aquí actúa el poder de Dios y que, por consiguiente, ya ha llegado el Reino de Dios, con su poder curador y liberador. 

        El otro gran adversario, que domina todo el pasaje, es el demonio, el «fuerte», que se siente seguro hasta la llegada de Jesús, pues éste se muestra bastante más fuerte que él. Entre Jesús y el demonio se ha entablado un apretado y decisivo combate, que exige al discípulo tomar partido, elegir campo: «El que no está conmigo, está contra mí» (v. 23). No es posible la neutralidad, pues la lucha del Maestro es también la lucha del discípulo. Y esta lucha es escatológica, tiene que ver con el destino final, dado que «el que no recoge conmigo, desparrama» (v. 23).

        Una vez encuadrado el discípulo en el bando del «más fuerte», no por ello puede estar tranquilo; a pesar de todo, debe vigilar, porque la envidia del demonio, que vaga por lugares áridos, lanza contra él ataques cada vez más poderosos, implicándole en un combate terrible.

        El discípulo ha sido advertido: estar de parte de Cristo significa participar en su victoria, pero también participar en su combate contra el mal y contra el Maligno, que no se da por vencido con facilidad y quiere arrastrar cu su ruina a la mayor cantidad de discípulos posible. La lucha entre Cristo y el demonio continúa así en el corazón de los discípulos. Éstos, con coraje y confianza, no pueden sustraerse a esa lucha.

 

MEDITATIO

        El tema del combate espiritual fue desarrollado por los Padres del desierto, pero sigue siendo una realidad que goza de una impresionante actualidad. A pesar de cierto escepticismo difundido en la sociedad, que se considera evolucionada, el demonio está más presente en el mundo de lo que podemos imaginar. En algunos momentos, casi de repente, es posible percibir lo arraigada que está su presencia. Su fuerza consiste en hacerse olvidar y en aparecer bajo los aspectos más seductores y tranquilizadores. Dado que conoce bien a sus presas, lanza por lo general sus ataques por el frente más desguarnecido, por las realidades a las que somos más sensibles. A veces sentimos el ataque verdaderamente como devastador, y la única manera de liberarnos de él parece precisamente ceder. Pero la apuesta es demasiado elevada. Ceder ante él una vez significa abrirle un paso que le hará más fácil el acceso en el próximo asalto.

        Las armas son las de siempre: oración intensa, recordar continuamente la Palabra del Señor y sus promesas; penitencia; una gran humildad, que nos haga poner toda nuestra confianza en el Señor; vigilancia, para no ser cogidos por sorpresa. En estas condiciones, el desafío asume una fascinación particular: estamos llamados a combatir contra un adversario más fuerte que nosotros, pero con un arma más, un arma que viene del Espíritu Santo. Nuestro adversario se presenta cada vez más fuerte después de cada derrota, pero no tan fuerte que no pueda ser derrotado. Cristo quiere unirnos a su combate, para que también nosotros podamos hacer retroceder el mal que se propaga por el mundo, y hacernos así partícipes de su victoria, aunque esta victoria, cuando estamos inmersos en el duro combate, pueda parecemos no rara vez una ilusión lejana.

        La presencia del demonio nos invita a reflexionar sobre el carácter dramático de la existencia cristiana, sobre el poder del mal, sobre lo que está en juego, sobre la grandeza de la victoria de Cristo, sobre la necesidad de encuadrarnos de una manera abierta y decidida de su parte, sobre la convicción de que el combate espiritual es parte esencial del discípulo de Cristo.

 

ORATIO

        Oh mi Señor, tú conoces hasta el fondo mis debilidades, porque a ti no puedo esconderte ni mis miedos ni mis hundimientos. Sabes lo débiles que son mis fuerzas y lo que sufro por los continuos asaltos del mal y del Maligno. Te ruego, oh bueno y omnipotente Señor, que no me dejes solo en la hora de la tentación, que me despiertes de mi pasividad, de mi poca voluntad de resistencia a la acción del malvado.

        Ilumina, pues, con tu Espíritu mi corazón, para que sea capaz de recurrir a la luz de la fe precisamente cuando, en las horas más oscuras y difíciles, me asalte el enemigo. Inspira y guía mis decisiones: abre en mí esa mirada interior que capta la verdad de las cosas y sabe discernir el bien en medio de las ambigüedades y las incertidumbres de la vida. Haz que en el combate contra el poder del mal, que pretende destruir mi fe en ti, no cese yo de invocarte, porque sólo junto a ti y contigo sé que nadie me podrá sorprender. Envíame, pues, tu Espíritu y seré fuerte en mí.

 

CONTEMPLATIO

        Sus amigos, que venían a verle, pasaban a menudo días y noches fuera, puesto que no quería dejarles entrar. Oían que sonaba como una multitud frenética, haciendo ruidos, armando tumulto, gimiendo lastimeramente y chillando: «¡Vete de nuestro dominio! ¿Qué tienes que hacer en el desierto? Tú no puedes soportar nuestra persecución». Al principio, los que estaban afuera creían que había hombres peleando con él y que habrían entrado por medio de escaleras, pero, cuando atisbaron por un hoyo y no vieron a nadie, se dieron cuenta de que eran los demonios los que estaban en el asunto, y, llenos de miedo, llamaron a Antonio.

        El estaba más inquieto por ellos que por los demonios. Acercándose a la puerta, les aconsejó que se fueran y no tuvieran miedo. Les dijo: «Sólo contra los miedosos los demonios conjuran fantasmas. Ustedes ahora hagan la señal de la cruz y vuélvanse a su casa sin temor, y déjenlos que se enloquezcan ellos mismos».

        Entonces se fueron, fortalecidos con la señal de la cruz, mientras él se quedaba sin sufrir ningún daño de los demonios. Pero tampoco se enojaba por la contienda, porque la ayuda que recibía de lo alto por medio de visiones y la debilidad de sus enemigos le daban un gran alivio en sus penalidades y ánimo para un mayor entusiasmo. Sus amigos venían una y otra vez esperando, por supuesto, encontrarle muerto, pero le escuchaban cantar: «Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian. Como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios» (Sal 67,2). Y también: «Todos los pueblos me rodeaban, en el nombre del Señor los rechacé» (Sal 117,10) (Atanasio de Alejandría, Vita Antonii, 13, versión electrónica).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vigilad y orad para no caer en la tentación» (Me 16,38).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Antonio se marchó al desierto para combatir a los demonios en su terreno. Fue una declaración de guerra a los demonios, los cuales le atormentaron y se las ingeniaron para expulsarle de su terreno. Antonio creía que, gracias a su lucha con los demonios, algo se volvería más claro y más sano también para los hombres del mundo. Si él vencía a los demonios, éstos tendrían también menos poder sobre los hombres que estaban en el mundo. En consecuencia, su combate con los demonios adquiere una función vicaria respecto al mundo.

        La tentación se convierte así en parte esencial de la vida. La vida del hombre está marcada por un conflicto continuo. No podemos contentarnos con vivir al día. Debemos hacer frente a los ataques que la vida trae consigo. Nunca habrá un tiempo en el que podamos dormir en los laureles. Las tentaciones nos acompañarán más bien hasta el final de la vida. Dijo Antonio: «Nadie, si no es tentado, puede entrar en el Reino de los Cielos; de hecho -dice- suprime las tentaciones, y nadie se salvará (Apotegmas, 5). Y otro eremita: «Si el árbol no es sacudido por los vientos, ni crece ni echa raíces. Así ocurre también con el monje: si no es tentado ni soporta la tentación, no se convierte en nombre» (Apotegmas, 396). Quien se entrega a la tentación de los demonios encuentra la verdad de su alma, descubre ¡deas crueles, imágenes sádicas, fantasías inmorales. Nos convertiremos en hombres maduros sólo si aceptamos esta verdad, sólo si damos la talla en esta tentación. Conocer la tentación, sin ser aplastados por ella, es un método que nos mantiene vivos, un método que nos recuerda incesantemente que no podemos mejorar solos, sino que sólo Dios nos puede cambiar. Únicamente Dios puede darnos la victoria en la lucha contra las tentaciones, una paz profunda que, si falta el combate, no puede ser experimentada con la misma intensidad (A. Grün, ll cielo comincia in te, Brescia 22000, pp. 49ss, passim).

 

Día 14

Sábado de la 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Joel 4,12-21

Así dice el Señor:

12  Que vengan las naciones y acudan al valle de Josafat; allí me sentaré para juzgar a las naciones de alrededor.

13 Meted la hoz, la mies está madura; venid a pisar, el lagar está lleno, las cubas rebosan. ¡Tan grande es su maldad!

14 ¡Muchedumbres y muchedumbres en el valle de la Decisión, porque está cerca el día del Señor en el valle de la Decisión!

15 El sol y la luna se oscurecen, pierden su brillo las estrellas.

16 Ruge el Señor desde Sión, desde Jerusalén hace oír su voz; el cielo y la tierra se estremecen. Mas, para su pueblo, el Señor es un refugio, un baluarte para los hijos de Israel.

17 Sabréis entonces que yo soy el Señor, vuestro Dios, que habito en Sión, mi monte santo. Jerusalén será lugar santo, y los extranjeros no volverán a pasar por ella.

18 Ese día manará vino nuevo de los montes, y las colinas destilarán leche; por todos los torrentes de Judá correrá el agua, y una fuente, que manará del templo del Señor, regará el valle de las Acacias.

19 Egipto quedará hecho un desierto, Edom una estepa desolada, por haber asesinado a los habitantes de Judá, cuya sangre inocente derramaron en su tierra.

20 Pero Judá subsistirá por siempre, Jerusalén de edad en edad.

21 Yo vengaré su sangre, no la dejaré impune. Y el Señor habitará en Sión.

 

        **• Estamos en el último capítulo del libro de Joel. En él se presenta el «día del Señor», el día del choque final entre el bien y el mal, entre el pueblo de Dios y los pueblos paganos coaligados. La descripción es vivaz y aterradora: los paganos están invitados a presentarse en el valle de Josafat, el «valle de la Decisión» (v. 14), junto al antiquísimo cementerio judío: allí serán segados como mies madura y pisados en el lagar, mientras el cosmos participa en el «rugido» del Señor, con desconciertos espantosos, semejantes a los presentados por toda la literatura apocalíptica. Bien distinta es la suerte del pueblo de Dios, que conocerá, por fin, el poder de su Señor. Éste entregará definitivamente Jerusalén a sus fieles y hará justicia a todas las opresiones y abusos padecidos.

        Se trata de un fragmento con fuertes tintes apocalípticos que, a través de un lenguaje comprometedor, anuncia el castigo de los malvados y la salvación del pueblo (al que el Señor considera como suyo: cf. v. 16b). Y no sólo la salvación, sino el triunfo definitivo de Israel y Judá, con una tierra que volverá a tener su fertilidad, la del paraíso perdido y la del esperado Mesías. Aquí está toda la esperanza de Israel y el gran mensaje de los profetas.

 

Evangelio: Lucas 11,27 ss

En aquel tiempo,

27 cuando estaba diciendo esto, una mujer de entre la multitud dijo en voz alta: -Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron.

28 Pero Jesús dijo: -Más bien, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica.

 

        ** Es posible que en la base de esta perícopa esté, una vez más, el recuerdo de cierto contraste entre la familia de Jesús y los discípulos, miembros de la nueva familia de Jesús. Lucas pretende mostrar aquí que la madre de Jesús no pertenecía sólo a su familia natural, sino también a la formada por los discípulos. Por eso es dichosa, por haber sido la primera en escuchar la Palabra, adhiriéndose a ella (Lc 1,38), haciéndola fructificar al ciento por uno. María tenía conocimiento de su dicha («Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones»: 1,48), y perseveró con fidelidad en medio de las pruebas, convirtiéndose en la primera discípula y en el modelo de todo discípulo.

        El texto, típicamente lucano, es completamente «mariano»: de María se puede hablar tanto en el sentido de la mujer del pueblo como en el sentido que le da Jesús. La mujer del pueblo, admiradora de Jesús, se convierte en admiradora de su madre. ¡Y quién no habría querido tener un hijo como Jesús! Dichosa esa madre afortunada. Jesús acentúa la dicha de la escucha y, por consiguiente, si bien de una manera implícita, de la ulterior grandeza de su madre, dichosa sobre todo por escuchar la Palabra y acoger el misterio. Ambos motivos de dicha no se excluyen, pero el segundo es imitable: todos pueden alcanzarlo, y no sólo su madre, como ocurre con el primero.

 

MEDITATIO

        Los primeros siglos cristianos contemplaron sobre todo la primera bienaventuranza, la pronunciada por la mujer del pueblo, la bienaventuranza de la maternidad de María. La primera «definición» solemne de María tenía que ver con su divina maternidad, ser la theotókos, la engendradora de Dios. Esto no debe sorprendernos, porque la definición mira más a Cristo que a María, es más cristológica que mariológica, puesto que se trata de la encarnación de Dios, gracias a la cooperación de María. De aquí procede la comprensión de la gran dignidad de la Virgen, Madre de Dios: de la afirmación de la divinidad del Hijo, y de la contemplación de este gran misterio procede la afirmación de la sublime dignidad de María, una dignidad muy superior a la de cualquier madre, porque ella le dio un cuerpo al Hijo mismo de Dios. Los siglos posteriores y la Iglesia, sobre todo la oriental, se han mantenido en esta perspectiva.

        Nunca ha faltado, sin embargo, una corriente que ha recordado, junto a la primera, también la bienaventuranza pronunciada por Jesús en el evangelio de hoy, como premisa indispensable de la misma divina maternidad: María es bienaventurada porque ha creído en la Palabra, la ha meditado, la ha concebido en su seno, se  ha convertido en madre dando carne a la Palabra. El Concilio Vaticano II recuerda esta dimensión, a veces descuidada por una devoción intensa y sincera pero no suficientemente evangélica.

        La Palabra me interpela hoy: ¿es María para mí modelo de escucha de la Palabra? ¿Es la engendradora de Dios porque ha escuchado con fe esta Palabra? ¿Es digna de mi admiración antes que nada por haberse consagrado por completo a Cristo, perseverando en las pruebas, en la fe inquebrantable en su hijo tan maravilloso como misterioso? ¿También yo puedo «engendrar a Cristo» a través de la escucha perseverante de la Palabra?

 

ORATIO

        Dichosa tú, oh María, que fuiste digna de recibir la «paz» del Padre por medio de Gabriel. Dichosa tú, oh María, porque en ti habitó el Espíritu Santo del que cantó David. Dichosa tú, que fuiste como una carroza y le sostuvieron tus rodillas, le llevaron tus brazos, y como fuentes fueron para él, para el Hijo de Dios, tus senos, y abrazaste al que está vestido de llamas. Dichosa tú, María, que fuiste figura de la zarza vista por Moisés.

        Dichosa tú, oh María, porque todos los profetas te pintaron en sus libros. Dichosa tú, oh María, porque también te anunció Isaías en su profecía: «La Virgen concebirá, dará a luz un hijo cuyo nombre es Emmanueh. He aquí que todas las gentes exclaman: «Con nosotros está el que con su voluntad gobierna todo» (Efrén el Sirio, Himno a la Virgen María).

 

CONTEMPLATIO

        Preocupaos más, hermanos míos, preocupaos más, por favor, de lo que dijo el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Ésta es mi madre y mis hermanos; y quien hiciere la voluntad de mi Padre, que me envió, es para mí un hermano, hermana y madre (Mt 12,49-50). ¿Acaso no hacía la voluntad del Padre la Virgen María, que en la fe creyó, en la fe concibió, elegida para que de ella nos naciera la salvación entre los hombres, creada por Cristo antes de que Cristo fuese en ella creado?

        Hizo sin duda Santa María la voluntad del Padre; por eso es más para María ser discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo. Más dicha le aporta el haber sido discípula de Cristo que el haber sido su madre. Por eso era María bienaventurada, pues antes de dar a luz llevó en su seno al Maestro. Mira si no es cierto lo que digo. Mientras caminaba el Señor con las turbas que le seguían, haciendo divinos milagros, una mujer gritó: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó! Más, para que no se buscase la felicidad en la carne, ¿qué replicó el Señor? Más bien, bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan (Lc 11,27-28).

        Por eso era bienaventurada María, porque oyó la Palabra de Dios y la guardó: guardó la verdad en la mente mejor que la carne en su seno. Verdad es Cristo, carne es Cristo; Cristo Verdad estaba en la mente de María, Cristo carne estaba en el seno de María: es más lo que está en la mente que lo que es llevado en el vientre. Santa es María, bienaventurada es María, pero mejor es la Iglesia que la Virgen María. ¿Por qué? Porque María es una porción de Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero al fin miembro de un cuerpo entero. Si es parte del cuerpo entero, más es el cuerpo que uno de sus miembros. El Señor es cabeza, y el Cristo total es cabeza y cuerpo. ¿ Qué diré? Tenemos una Cabeza divina, tenemos a Dios como cabeza» (Agustín, Sermón 72/A, 7).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones» (Lc 1,48).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Lucas nos ha hecho ver en su evangelio que María, la madre de Jesús, es un modelo de fe para los hombres. Ella, como mujer y como símbolo de todos los seres humanos, ha recibido el gran don de la presencia transformadora de Dios en la tierra (Lc 1,28). Esa presencia se concreta como «Espíritu creador» y se manifiesta en el nacimiento del Mesías. A través de la palabra de María, que se ofrece y colabora (1,38), se realiza el misterio primordial de nuestra historia: Dios hecho hombre. Exteriormente todo sigue como antes; sin embargo, en este campo inmensamente delicado e inmensamente abierto a la fe de una mujer ¡oven, que acepta la Palabra de Dios, empezó a gestarse la nueva vida de los hombres. María es el signo del nuevo estilo de vida. Como decían los Padres, María concibió con la fe antes de hacerlo con su seno. Su bienaventuranza no está limitada al regazo y al seno, sino que abarca toda su persona.

        María ha creído (1,38), y por eso recibe la justa alabanza. Es bienaventurada por su fe (11,39-45), y su vida se convierte en un fundamento de júbilo y de bendición para todos los que han creído como ella. Jesús la desconcierta (2,41-52), y el camino de la cruz está empedrado de espada y de dolor para la madre (2,33-35), pero Lucas sabe que María fue fiel hasta el final. En los estratos más profundos de su vida, ella creyó en la Palabra de Jesús y se convirtió en principio y fundamento de la Iglesia. En todos estos aspectos, la Madre de Jesús es el modelo de la mujer abierta al misterio de la vida y el modelo del creyente, que responde con confianza y generosidad a la palabra que Dios le ha dirigido (J. Pikaza, cit. en Commento alia Bibb'ia litúrgica, CiniselloB. 1986, 1212ss).

 

Día 15

 28º domingo del tiempo ordinario

 

         Santa Teresa de Jesús nació en Ávila el 28 de marzo de 1515. Tras una infancia precozmente religiosa y una difícil adolescencia, atraída por la lectura del evangelio y por la oración entró en el Carmelo de la Encarnación en 1535. Después de un prolongado período de tibieza, comienza su «conversión» -acaecida en 1554-, una intensa vida mística en contacto con Cristo, que desemboca en un intenso deseo de servir a la Iglesia de su tiempo, lacerada por la Reforma protestante. A fin de contribuir a la renovación de la Iglesia con la oración y la vida perfecta, fundó en Ávila, el año 1562, el monasterio de San José, primera casa de la Reforma teresiana. En 1567 encuentra a Juan de la Cruz, que se convertirá en su colaborador y director espiritual. Hasta la víspera de su muerte funda diversos monasterios en Castilla y en Andalucía. Declarando en su lecho de muerte que era «hija de la Iglesia», entró en la gloria el 4 de octubre de 1582 en Alba de Tormes. Fue canonizada el 12 de marzo de 1623 por Gregorio XV y declarada por Pablo VI primera mujer doctora de la Iglesia el 27 de septiembre de 1970.

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 25,6-10a

6 El Señor todopoderoso preparará en este monte para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados.

7 Y en este monte destruirá la mortaja que cubre todos los pueblos, el sudario que tapa a todas las naciones.

8 Destruirá la muerte para siempre, secará las légrimas de todos los rostros y borrará de la tierra el oprobio de su pueblo - lo ha dicho el Señor -.

9 Aquel día dirán; <<Éste es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación, éste es el Señor en quien confiábamos; alegrémonos y hagamos fiesta, pues él nos ha salvado».

10 Se ha posado en este monte la mano del Señor.

 

El texto de Isaías nos presenta el banquete mesiánico que el Señor de los ejércitos preparará en lo alto de un monte, en Jerusalén. Se trata de un festín espléndido, con manjares que satisfacen el apetito y sacian el hambre, dispuesto por el Señor para todos los pueblos, incluso para aquellos que todavía no han podido contemplar el rostro del Señor porque lo tenia cubierto.

En otro lugar del libro de Isaías figura: <<Aquel día habrá una calzada de Egipto a Asiria: los asirios entrarán en Egipto y los egipcios en Asiria, y egipcios y asirios adorarán juntos al Señor: Aquel día, Israel, junto con Egipto y Asiria, será bendito en medio de la tierra, porque el Señor todopoderoso los bendice diciendo: "Bendito sea mi pueblo, Egipto; y Asiria, obra de mis marzos; e Israel, mi heredad"» (Is 19,23-25). El Señor, destruyendo la muerte, la última enemiga, enjugará las lágrimas del rostro de todos los pueblos.

Israel, su pueblo y su heredad, podrá expresar su gozo y su alegría porque su afligida y atormentada esperanza ha conseguido lo prometido. El señor ha sido fiel a su palabra, a pesar de la larga espera. Sin embargo, Moab, pertinaz en su soberbia, no participará del banquete (cf la Segunda parte del v. 10, omitido en la lectura litúrgica).

 

Segunda lectura: Filipenses 4,12-14.19-20

Hermanos:

12 Sé pasar estrecheces y vivir en la abundancia. A todas y cada una de estas cosas estoy acostumbrado: a la hartura y al hambre, a que me sobre y a que me falte.

13 De todo me siento capaz, pues Cristo me da la fuerza.

14 Sin embargo, habéis tenido un hermoso gesto al solidarizaros conmigo en la tribulación.

19 Mi Dios, que es rico, atenderé con largueza todas vuestras necesidades por medio de Cristo Jesús.

20 A nuestro Dios y Padre sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

• Pablo inicia este texto usando términos antitéticos: estrechez y abundancia, hartura y hambre, sobrar y faltar son palabras opuestas o contrarias, con las que se expresa la idea de totalidad. Así, dice: <<A todas y cada una de estas cosas estoy acostumbrado» (u 12). Y añade que la iniciativa y la capacitación proceden de Cristo: <<Pues Cristo me da la fuerza» (v. 13). Dios es Todo, y quien se sumerge en él se sumerge en el Todo. Teresa de Ávila dirá; <<Nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta».

La vida, en su totalidad, no excluye las adversidades. Los filipenses socorren a Pablo en los momentos de tribulación y colaboran con él. Pablo se lo agradece, y diré que la ayuda prestada ha sido Kuna ofrenda de suave olor y sacrificio que Dios acepta con agrado» (v 18, omitido por la liturgia). Dios - añade Pablo - no se deja ganar en generosidad. Atenderá cualquier necesidad de los filipenses, según su riqueza y conforme a su magnificencia por medio de Cristo Jesús. Pues: <<A nuestro Dios y Padre, sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (V. 2o).

 

Evangelio: Mateo 22,1-14

1 Jesús tomó de nuevo la palabra y dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola:

2 - Con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que celebraba la boda de su hijo.

3 Envió a sus criados para llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.

4 De nuevo envió otros criados encargándoles que dijeran a los invitados: <<Mi banquete esta preparado; he matado becerros y cebones, y todo esta a punto; venid a la boda».

5 Pero ellos no hicieron caso y se fueron unos a su campo y otros a su negocio.

6 Los demás, echando mano a los criados, los maltrataron y los mataron.

7 El rey entonces se enojó y envió sus tropas para que acabasen con aquellos asesinos e incendiasen su ciudad.

8 Después dijo a sus criados: <<El banquete de boda esta preparado, pero los invitados no eran dignos.

9 Id, pues, a los cruces de los caminos y convidad a la boda a todos los que encontréis»,

10 Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala se llenó de invitados.

11 Al entrar el rey para ver a los comensales, observó que uno de ellos no llevaba traje de boda,

12 Le dijo: <<Amigo, ¿como has entrado aquí sin traje de boda?», El se quedó callado.

13 Entonces el rey dijo a los servidores: <<Atadlo de pies y manos y echadlo fuera a las tinieblas; allí llorará y le rechinarán los dientes».

14 Porque son muchos los llamados, pero pocos los escogidos.

 

·• La parábola ha sido contada por Jesús en Jerusalén, en las vísperas de su pasión y muerte. El Reino de los Cielos, dice Jesús, se parece a un rey que organiza el banquete de bodas de su hijo. Cuando todo está listo, manda a unos criados para que <<llamen a los invitados» (<<llamar a los llamados», es como se expresa el texto griego). Quizá quiera subrayar que el rey ha confeccionado una lista de huéspedes que, de alguna manera, ostentan algún título para ser invitados. De todas formas, esta claro el título (trato) de reconocimiento y benevolencia concedidos por el rey. La <<voluntad» de los invitados no es solo de rechazo. Algunos tienen otros intereses en los que pensar —atender los asuntos personales— y no quieren perder tiempo. Y otros tienen intenciones hostiles: maltratan y matan a los criados del rey Estos últimos no solo le muestran indiferencia al rey, sino que actúan violentamente. Y, a su vez, el rey reacciona con dureza (cf v. 7).

Entonces comienza la Segunda parte de la parábola (vv. 8-1o). El rey actúa con una sensibilidad bien diferente a la mostrada con los primeros invitados. Amplía la invitación, extensiva a <<todos los que encontréis» (v 9), y los criados invitaron <<a todos los que encontraron, buenos y malos» (v. 1o). La parábola desvela el corazón del <<Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45). El banquete pierde el sentido elitista y la <<llamada>> adquiere decididamente un alcance universal. La sala se llena de comensales.

Para comprender la tercera parte de la parábola (vv. 1 1-14), el rey que entra para <<ver» a los comensales y encuentra a uno de ellos sin traje de boda, es necesario recordar que, en Oriente, el anfitrión (rey que <<invitaba a los invitados») les proporcionaba habitualmente el traje de boda. Si este es el caso, el invitado no ha aceptado la vestidura y ha entrado rechazando el gesto amigable del rey, casi imponiéndole su presencia.

 

MEDITATIO

En la primera lectura leemos: <<El Señor todopoderoso preparará en este monte para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados>>i Y en el evangelio <<Jesús tomó de nuevo la palabra y les dice esta parábola: Con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que celebraba la boda de su hijo...».

La Palabra de este domingo se centra en los banquetes (cf también el salmo responsorial). La Iglesia nos ofrece datos y noticias de banquetes extraordinarios organizados por personajes importantes: el señor de los ejércitos (primera lectura) o un rey (evangelio). Cuentan con un programa detallado: se trata de un banquete que tendrá lugar en Jerusalén (primera lectura) o de otro, con ocasión de unas bodas reales, que se celebrará en un edificio regio (evangelio). Y un menú: excelente y exquisito en ambos casos: manjares suculentos y vinos de solera (primera lectura), cebones y capones (evangelio). Los invitados al convite son agasajados espléndidamente por los anfitriones. Invitados todos los pueblos, sean muchos o pocos, todos los que se encuentren en las encrucijadas, sean hombres o mujeres.

Tanto en la primera lectura (el caso de Moab) como en la parábola del evangelio (el invitado sin vestido), los comensales invitados al banquete se han debido preparar responsable y concienzudamente, Moab es uno de los pueblos enemigos, ancestral y de siempre, de Israel. Sus orígenes son narrados como incestuosos, y su rey Balac (Nm 21ss.) intentó maldecir a Israel contratando al profeta Balaán. Sin embargo, Rut, una moabita, nuera de Noemí, ha entrado en la genealogía de David y, por lo tanto, del Mesías. El invitado, sorprendido sin traje de boda, no lo ha revestido el rey, como era costumbre en Oriente, sino que se lo ha ofrecido para que honre a todos los comensales.

No podemos - y no debemos - comportarnos ni como el infiel moabita (soberbio) ni como los ingratos invitados al banquete que respondieron hostilmente al rey, incluso matándole al hijo, ni tampoco como el comensal que no quiso vestirse de fiesta. Hagamos nuestros los sentimientos del salmo 23 y prolonguemos el momento del banquete <<en la casa del Señor por días sin término». ¡Dios es realmente grande y enormemente generoso!

 

ORATIO

Tu, que quieres que venzamos el mal con el bien y que oremos por quienes nos persiguen, apiádate, Señor de mis enemigos y de mi y condúcenos a tu celestial Reino.

Tu, que agradeces las oraciones de tus siervos, que pidamos unos por otros, recuerda tu gran benevolencia y apiádate de nosotros, Señor; de quienes tenemos presentes a los demás en nuestras oraciones, ellos en las suyas y yo en las mías. Tu, que ves la buena voluntad y las obras buenas, recuerda, Señor a quienes por cualquier razón, por pequeña que sea, no dedican tiempo a la oración. Apiádate de quienes padecen extrema necesidad, socórrelos, Señor. Apiádate de nosotros, de ellos y de mi, Piedad.

Recuerda, Señor a los niños, a los adultos y a los jóvenes, a los ancianos y a los venerables, a los hambrientos, a los sedientos y a los desnudos, a los prisioneros y a los extranjeros, a los que no tienen ni amigos ni sepulturas, a los delicados y a los enfermos, a los posesos, a los propensos al suicidio, a los atormentados, a los desesperados y a los confusos, a los débiles, a los afligidos y a los apesadumbrados, a los condenados a muerte, a los huérfanos, a las viudas, a los vagabundos, a las parturientas y a los niños de pecho, a los que se arrastran esclavizados en las minas, en las cárceles o en soledad (Lancelot Andrewes, en Le preghiere dellhmanitd, Brescia 1993).

 

CONTEMPLATIO

Santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo —Dios omnipotente en tres personas iguales y coeternas—, ten misericordia de mi. Delante de tu Majestad reconozco humildemente, desde lo hondo de mi miseria y mezquindad de pecador que he afanado mi vida en el pecado, desde mi infancia hasta hoy

Y ahora, Señor bueno y misericordioso, que me has concedido la gracia de reconocer mis pecados, concédeme la gracia de arrepentirme no solo de palabra, sino de corazón, con el dolor y pesar de la contrición. Y distanciarme para siempre. Perdóname los pecados de mi mente, ofuscada en afanes terrenos, en inclinaciones maléficas y costumbres dañinas, todo por mi insuficiencia para reconocerlo como pecado. Ilumina mi corazón, Señor misericordioso, y otórgame la gracia de mantener el conocimiento y tener conciencia. Perdóname los pecados que por descuido he olvidado y refréscame la mente para que pueda reconocerlos claramente.

Dios glorioso, que por tu gracia, y desde ahora, ponga en ti mi corazón y no dé mas valor a las cosas terrenas, y así, con tu santo apóstol Pablo, pueda decir: <<El mundo está crucificado para mi y yo para el mundo» (Gal 6,14). <<Para mi la vida es Cristo, y morir una ganancia. Deseo la muerte para estar con Cristo» (Flp 1,21.23).

Dame la gracia de corregir mi vida y de esperar sin aversión a la muerte, que para aquellos que mueren en ti; Señor, es una puerta abierta a la feliz vida (Tomas Moro, en Preghiere dellhmanita, Brescia 1993, 631).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Ven, Señor Jesús, busca a tu siervo, busca a tu oveja perdida>>.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ven, Señor Jesús, y busca o tu siervo, busca o tu oveja perdida.

Ven, pastor, busca, como José buscaba a las ovejas. Se ha extraviado tu oveja mientras tardabas deambulando por los montes. Deja las noventa y nueve y ven a buscar a la oveja que esta perdida. Ven sin perros, sin siervos ni asalariados, que no entrón por la puerta. Ven sin zagal y sin mensajero. Desde hace tiempo espero tu llegada. Sé que vendrás, pues <<no he olvidado tus mandamientos». Ven no con vara, sino con caridad y Espíritu de mansedumbre.

No titubees en dejar por los cerros a las noventa nueve ovejas; los lobos feroces no atacarán hasta que no lleguen a los montes. La serpiente, en el paraíso, solo consiguió hacer daño una vez; sin embargo, después de la expulsión de Adán, ha perdido el gancho de la seducción y sin él no puede dañar. Ven, que esta atormentado por el ataque de lobos peligrosos. Ven, que me han expulsado del paraíso y mi infortunio está mordido con el veneno de la serpiente. Ven, que me encuentro errando lejos del rebaño por estos collados. Yo también era de tu rebaño, pero el lobo nocturno me ha alejado de tu redil. Búscame, pues yo te busco; búscame y encuéntrame, tómame y llévame. Tu encuentras al que buscas, tomas al que encuentras, y cargas sobre tus hombros al que has tomado. No sientes molestia por un peso que te inspira piedad, no te pesa una carga que consideras justa. Ven, pues, Señor, que aunque estoy extraviado, sin embargo <<no he olvidado tus mandamientos» y conservo la esperanza de la medicina.

Ven, Señor, porque sólo tu eres capaz de hacer volver a la oveja perdida. No entristezcas a quienes se han alejado de ti. También ellos se alegrarán por la vuelta del pecador. Ven y trae la salvación a la tierra y la alegría al cielo. Acógeme no como a Sara, sino como a Maria, para que sea no solo virgen intacta, sino virgen inmaculada, por efecto de tu gracia, de cualquier mancha de pecado. Ponme bajo la cruz que da la salvación a los extraviados donde encuentran reposo los cansados y vivirán todos los que mueren (Ambrosio de Milán, <<Comentario al salmo 128», XXII, 28-30, en S. Pricoco - M. Simanehi [eds.], La preghiera dei crisriani, MiIan 2000, 169).    

 

Día 16

Lunes de la 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 1,1-7

1 Soy Pablo, siervo de Cristo Jesús, elegido como apóstol y destinado a proclamar el Evangelio que Dios

2 había prometido por medio de sus profetas en las Escrituras santas.

3 Este Evangelio se refiere a su Hijo, nacido, en cuanto hombre, de la estirpe de David

4 y constituido, por su resurrección de entre los muertos, Hijo poderoso de Dios según el Espíritu santificador: Jesucristo, Señor nuestro,

5 por quien he recibido la gracia de ser apóstol, a fin de que para su gloria respondan a la fe todas las naciones,

6 entre las cuales también estáis vosotros, que habéis sido elegidos por Jesucristo.

7 A todos los que estáis en Roma y habéis sido elegidos amorosamente por Dios para constituir su pueblo, gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor.

 

       *•• En Pablo no es posible separar la persona de la misión: este criterio vale tanto para comprender la personalidad de Pablo como para interpretar sus cartas, y de modo particular la carta a los cristianos de Roma, que empezamos a leer esta semana.

       Es el mismo Pablo el que se presenta directamente, el que se muestra solícito para darnos no sólo sus connotaciones personales, sino también el sentido y el valor de la misión que le ha sido confiada por el Señor resucitado. El acontecimiento que debemos tener siempre presente cuando leemos las cartas paulinas es el de Damasco, o sea, el encuentro de Saulo con Jesús de Nazaret, reconocido en su identidad personal y en su mística presencia en los cristianos perseguidos. En el centro del mensaje paulino, así como en el centro de su existencia terrena, se encuentra este Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, hijo de David e hijo de Dios, resucitado, pero idéntico al Jesús de Nazaret. De él ha recibido Pablo directamente -y lo afirma con una convicción plena y un puntito de orgullo- «la gracia de ser apóstol» (v. 5). En consecuencia, Pablo se siente gratificado por la misión que, en cierto modo, le ha sido impuesta, a la cual, como dice en otro lugar, no se ha podido sustraer, sintiéndose casi violentado, como le sucedió ya al profeta Jeremías (Jr 20,7).

       En la inescindible unidad de su misión, Pablo considera también a los destinatarios de esta carta suya oyentes de la palabra que Dios le ha confiado como «Evangelio», como «Buena Nueva», a saber: que viene de Dios y tiene que ver con Jesús, el Cristo, muerto y resucitado para la salvación de todos. El deseo de gracia y de paz (v. 7) que les dirige Pablo es la síntesis de ese Evangelio, y Pablo se reconoce en él de buena gana como siervo y heraldo.

 

Evangelio: Lucas 11,29-32

En aquel tiempo,

29 la gente se apiñaba en torno a Jesús y él se puso a decir: -Ésta es una generación malvada; pide una señal, pero no se le dará una señal distinta de la de Jonás.

30 Pues así como Jonás fue una señal para los ninivitas, así el Hijo del hombre lo será para esta generación.

31 La reina del sur se levantará en el juicio junto con los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino desde el extremo de la tierra a escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más importante que Salomón.

32 Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio contra esta generación y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia por la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más importante que Jonás.

 

       **• Durante su vida pública, Jesús se encontró muchas veces frente a pretensiones a las que, honestamente, no podía responder. En semejantes circunstancias, su discurso asume tonalidades polémicas, que centran su pensamiento. En este caso específico, la pretensión recae en la petición de un signo milagroso, un signo que Jesús interpreta de inmediato como objeto de mera curiosidad y búsqueda de espectáculo. Sin embargo, él no ha venido a satisfacer estas demandas, y no está dispuesto ni mucho menos a dejarse desviar del significado primero de su misión. De ahí que su respuesta no se haga esperar. En ella dice Jesús de modo claro qué señal está dispuesto a dar. Se trata de la que él mismo llama señal de Jonás (cf. v. 29).

       Vale la pena referir la diferencia que existe entre Mateo y Lucas a este respecto. Mientras Mateo insiste sólo en un hecho de la vida del profeta (Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del cetáceo) para poder presentar la resurrección de Jesús como la señal esperada aquí, Lucas considera, en cambio, toda la vida de Jonás como un único gran signo, dando un relieve particular a la predicación del profeta. A Jonás se le presenta, en relación con Cristo, como una figura, como una profecía del mismo Jesús. Por consiguiente, es Cristo, con el carácter extraordinario de su misión, con la transparencia de sus palabras, con el radicalismo de sus pretensiones, con el poder de sus milagros, quien constituye la señal primera, unitaria e insustituible, capaz de atraer la atención de sus contemporáneos, al menos de los que no levantan barreras psicológicas o ideológicas insuperables.

       El doble ejemplo de la reina del sur (v. 31) y de los habitantes de Nínive (v. 32) sirve a Lucas para poner claramente de manifiesto que frente a Jesús, profeta de los últimos tiempos, se perfilan dos posibles reacciones: no sólo la negativa de la «generación malvada», sino también la positiva de los extranjeros.

 

MEDITATIO

       Desde que, en el camino de Damasco, Pablo encontró a Cristo, no puede pensar en sí mismo sin ponerse en relación con él. Pablo es ahora «siervo» de Cristo Jesús, su «apóstol», enviado a anunciar el Evangelio. En la apremiante presentación que hace de sí mismo a los romanos aparece un orgullo porfiado en su misión. Parece percibirse en sus palabras un estremecimiento de impaciencia; Pablo quisiera correr por todos los caminos para llevar a todos a la obediencia de la fe, a reconocer en Jesús al Cristo, al enviado del Padre para nuestra salvación.

       El fragmento evangélico de Lucas habla de otro enviado: Jonás, el profeta menor que, a la inversa, no quiso saber nada de su encargo de predicar a los ninivitas y que ni siquiera se dio cuenta de que era tan importante para el Señor como para que le siguiera de un extremo al otro del mar y hasta en sus profundidades. Sin embargo, el caprichoso heraldo de la conversión de los paganos ha tenido el honor de convertirse nada menos que en la «señal» por excelencia ofrecida a la «generación malvada y perversa» que hay en cada uno de nosotros, o sea, la señal del Crucificado-Resucitado, que bajó -por solidaridad con nosotros, pecadores- a las profundidades de los infiernos. Allí permaneció Jesús para demostrar hasta qué punto nos ama: ahora ya no hay «lugar» exento de su presencia amorosa, no hay soledad que no esté habitada por su proximidad. Abrirnos a este don es fuente de bienaventuranza y nos hace por eso mismo gozosamente misioneros para los hermanos.

       A quien verdaderamente ha encontrado a Cristo le resulta impensable no arder en deseos de llevar a todos el alegre anuncio. Sin embargo, qué fácil resulta dar por descontada la novedad de la vida cristiana, encerrarla en nuestros prejuicios, que nos hacen, como a Jonás, jueces de Dios y de sus designios. El Señor Jesús, misericordia del Padre, planta en nuestro corazón la señal grande de la cruz para que, vencidos por su amor, también nosotros lleguemos a ser testigos alegres en medio de los hermanos.

 

ORATIO

       Eran tiempos difíciles, marcados por dudas y angustias, y muchas voces se disputaban mi corazón. Contaba mis talentos y mis infinitas posibilidades. La vida me había dado mucho y me prometía mucho. ¡Pides demasiado, Señor!

       Sin embargo, desde hacía tiempo, una voz inconfundible robaba espacios a mi vida, una voz delicada, pero imposible de detener, repetía claramente su llamada: «Te he llamado por tu nombre». ¡Mira hacia otra parte, Señor!

       Te he pensado como único, te he querido irrepetible, te he amado desde siempre, te he enriquecido con dones específicos e indispensables para la misión que te quiero confiar. ¡Todavía no, Señor!

       Con todo, no he nacido para molestar, ni puedo pasar por este mundo sin ser notado. Debo ser y llegar a ser, como Cristo, señal para llevar a cabo la misión apremiante del Padre. ¡Aquí estoy, Señor!

 

CONTEMPLATIO

        [...] Envióle en clemencia y mansedumbre, como un rey envió a su hijo-rey; como a Dios nos lo envió, como hombre a los hombres le envió, para salvarnos le envió; para persuadir, no para violentar, pues en Dios no se da la violencia. Le envió para llamar, no para castigar; le envió, en fin, para amar, no para juzgar. [...]

        [...] lo cierto es que ningún hombre vio ni conoció a Dios, sino que fue él mismo quien se manifestó. Ahora bien, se manifestó por la fe, única a quien se le concede ver a Dios. Y, en efecto, aquel Dios, que es Dueño soberano y Artífice del universo, el que creó todas las cosas y las distinguió según su orden, no sólo se mostró benigno con el hombre, sino también longánime. A la verdad, él siempre fue tal, y lo sigue siendo y lo será, a saber: clemente y bueno y manso y veraz; es más: sólo él es bueno. Y habiendo concebido un gran e inefable designio, lo comunicó sólo con su Hijo. [...] Y cuando nuestra maldad llegó a su colmo y se puso totalmente de manifiesto que la sola paga de ella que podíamos esperar era castigo y muerte, venido que fue el momento que Dios tenía predeterminado para mostrarnos en adelante su clemencia y poder (¡oh benignidad y amor excesivo de Dios!), no nos aborreció, no nos arrojó de sí, no nos guardó resentimiento alguno; antes bien, mostrósenos longánime; él mismo, por pura misericordia, cargó sobre sí nuestros pecados; él mismo entregó a su propio Hijo como rescate por nosotros; al Santo por los pecadores, al Inocente por los malvados, al Justo por los injustos, al Incorruptible por los corruptibles, al Inmortal por los mortales.

       Porque ¿qué otra cosa podría cubrir nuestros pecados, sino la justicia suya? ¿En quién otro podíamos ser justificados nosotros, inicuos e impíos, sino en el solo Hijo de Dios? ¡Oh dulce trueque, oh obra insondable, oh beneficios inesperados! ¡Que la iniquidad de muchos quedara oculta en un solo Justo y la justicia de uno solo justificara a muchos inicuos! («Ad Diognetum», VIII-IX, en Padres apostólicos, ed. Daniel Ruiz Bueno, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 21967, pp. 854-856, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor» (Rom 1,7).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Pablo dice de sí mismo que es siervo de Cristo Jesús. Que el hombre se reconozca siervo de Dios (tal vez más exactamente aún, esclavo de Dios) no es algo natural. El griego no entendió así sus relaciones con la divinidad. Creía que un hombre libre no debía ser siervo de nadie, ni siquiera de Dios. «¿Cómo podría ser feliz el hombre que presta servicio a alguien?» (Platón, Gorgias, 491). Sin embargo, el hombre piadoso del Antiguo y del Nuevo Testamento declara con esa fórmula que pertenece a su Dios de una manera simple e incondicional. Ahora bien, aunque precisamente los grandes patriarcas de la antigua alianza, los amigos de Dios, como Abrahán, Moisés, Josué, David, se declaran siervos de Dios, esta declaración no es una palabra humillante, sino el título honorífico más elevado. Si bien el Nuevo Testamento, en las parábolas de Jesús, habla a menudo del hombre como siervo de Dios, no es ésta la única concepción del hombre frente a Dios que tiene el cristiano. Este último es asimismo hijo y heredero respecto a Dios. Y por estar al servicio de un Dios, el Padre, y de un Señor, Cristo, y por ello bajo su poderosa protección, sabe que es libre de todas las espantosas potencias diabólicas del mundo. Quien es siervo de Cristo es liberado por Cristo, y quien ha sido liberado por Cristo es siervo

de Cristo.

       Ahora bien, Pablo se considera siervo de Cristo Jesús no sólo en un sentido genérico, sino en el sentido especial de apóstol. ¿Qué era y qué es, por consiguiente, un apóstol? No es un señor, sino un siervo, que ha sido llamado y al que se le pide que venga; es enviado por otro; como tal, no ha de anunciarse a sí mismo, sino precisamente a ese otro que le envía. Ha sido elegido previamente y segregado de la comunidad. Es un solitario, un hombre que no considera como suyo propio más que la Palabra y el don de Dios. Sin embargo, dado que Dios es absolutamente diferente de como piensa el hombre, su mensaje también es diferente. Su palabra no puede ser probada; sólo puede ser creída (K. H. Schelkle, Meditazioni sulla lettera ai Romani, Brescia 1967, pp. 18-20).

 

Día 17

Martes de la 28ª semana del Tiempo ordinario o 17 de octubre, conmemoración de

San Ignacio de Antioquía

 

En los albores del siglo II fue llevado el obispo Ignacio de Antioquía a Roma para ser devorado por las fieras. Fruto de este viaje hacia el martirio son las célebres siete cartas que el mártir apenas tuvo tiempo de redactar. Son cartas escritas con sangre, verdaderos trozos de existencia, que contienen el grito ardiente de un místico que anhela el martirio. A nadie se le escapa la importancia única de este impresionante diario del alma. Aunque recientemente algunas voces aisladas han intentado mellar su autenticidad, la inmensa mayoría de los estudiosos la han reafirmado con argumentos válidos. Las siete cartas de Ignacio nos han conservado, mejor que cualquier historiador, los rasgos vivos y luminosos de una de las personalidades más sobresalientes y vigorosas del cristianismo primitivo.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 1,16-25

Hermanos:

16 No me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para que se salve todo el que cree, tanto si es judío como si no lo es.

17 Porque en él se manifiesta la fuerza salvadora de Dios a través de una fe en continuo crecimiento, como dice la Escritura: Quien alcance la salvación por la fe, ese vivirá.

18 En efecto, la ira de Dios se manifiesta desde el cielo contra la impiedad e injusticia de aquellos hombres que obstaculizan injustamente la verdad. 19 Pues lo que se puede conocer de Dios lo tienen claro ante sus ojos, por cuanto Dios se lo ha revelado.

20 Y es que lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se ha hecho visible desde la creación del mundo, a través de las cosas creadas. Así que no tienen excusa,

21 porque, habiendo conocido a Dios, no lo han glorificado, ni le han dado gracias, sino que han puesto sus pensamientos en cosas sin valor y se ha oscurecido su insensato corazón.

22 Alardeando de sabios, se han hecho necios

23 y han trocado la gloria del Dios incorruptible por representaciones de hombres corruptibles, e incluso de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.

24 Por eso Dios los ha entregado, siguiendo el impulso de sus apetitos, a una impureza tal que degrada sus propios cuerpos.

25 Es la consecuencia de haber cambiado la verdad de Dios por la mentira y de haber adorado y dado culto a la criatura en lugar de al Creador, que es bendito por siempre. Amén.

 

       **• Tras el saludo inicial (primera lectura de ayer), Pablo enuncia de inmediato el tema de su carta: «El Evangelio, que es fuerza de Dios para que se salve todo el que cree, tanto si es judío como si no lo es» (v. 16). El compromiso del apóstol consistirá en profundizar y en proclamar la «Buena Nueva», según la cual Dios quiere salvar a todos mediante el don de la fe. Pablo no se avergüenza de este Evangelio, sino que más bien se siente justamente orgulloso y satisfecho: en efecto, es también mediante su ministerio como se revela la justicia de Dios de fe en fe.

       Parece casi como si estuviéramos viendo al apóstol en acción, inclinado no tanto a anunciar el Evangelio que le ha sido comunicado como a hacer participar a otros en la experiencia por la que él mismo ha pasado. En efecto, él mismo había experimentado en el camino a Damasco el invencible poder del amor de Dios que salva; en el camino que le habría llevado a la persecución de los cristianos, Saulo fue sorprendido por Jesús de Nazaret, que le cambió las connotaciones espirituales.

       Además de la primera formulación del tema, esta página litúrgica presenta un primer desarrollo: el proyecto de Dios se ha revelado ya en la historia de Jesús de Nazaret y se revela día tras día en la historia de la humanidad. Considerando bien las cosas, la situación espiritual que describe aquí Pablo es bastante negativa, aunque se trata sólo de una primera consideración a la que pronto seguirá la positiva de la salvación otorgada en Cristo Jesús.

 

Evangelio: Lucas 11,37-41

En aquel tiempo,

37 al terminar de hablar, un fariseo le invitó a comer. Jesús entró y se puso a la mesa.

38 El fariseo se extrañó al ver que no se había lavado antes de comer.

39 Pero el Señor le dijo: -Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras que vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad.

40 ¡Insensatos! El que hizo lo de fuera ¿no hizo también lo de dentro?

41 Pues dad limosna de vuestro interior y todo lo tendréis limpio.

 

       *»• Esta página evangélica cuenta un hecho de vida que implicó a Jesús de una manera personal: se trata de la invitación a comer en casa de un fariseo. Viene, a continuación, una reacción de Jesús en tono bastante polémico, de la que se desprende una enseñanza clara y fuerte.

       La relación entre Jesús y los fariseos la conocemos también por otras páginas evangélicas; casi siempre aparece la inmensa distancia que separa la lógica evangélica de la práctica farisaica. También aquí, en el marco de una simple comida, aparece la actitud del fariseo anfitrión, que está más preocupado por la observancia de una norma legal que por el honor que debe reservar a su huésped excepcional. Es sabido que los judíos otorgaban una gran importancia a la práctica de las abluciones, sobre todo antes de las comidas {cf. También Mc 7,3ss); también sabemos que Jesús, con frecuencia y de manera voluntaria, se negaba a observar tales prácticas (tanto él como sus discípulos: cf. Mt 15,1-20). Queda plasmada, de un modo más que evidente, no sólo la distancia espiritual que existe entre Jesús y los fariseos, sino, en cierto modo, también la incompatibilidad de sus respectivos puntos de vista.

       En este marco histórico se insertan las palabras de Jesús con las que, en primer lugar, intenta describir y censurar el fuerte contraste que existe entre la exagerada atención a lo que está «fuera del hombre» y el olvido imperdonable de lo que está «dentro del hombre». Bastaría con este detalle para darse cuenta de lo indigno de la persona humana que es el código de comportamiento fariseo.

       Sin embargo, el Nazareno no se contenta con esto. Después de haber censurado su actitud, Jesús les llama «insensatos» (v. 40). ¿En qué sentido?, nos preguntamos. Esa insensatez consiste en el hecho de que los fariseos, mientras cultivan la religión de los ritos y de las observancias, acaban olvidando la religión del corazón. O mejor aún, refiriéndose a la acción creadora de Dios, Jesús nos invita a no separar lo que Dios ha unido: el interior y el exterior, el cuerpo y el corazón, la práctica y la intención. La invitación a la limosna constituye un ejemplo concreto de cómo puede expresar el discípulo de Jesús, de una manera unitaria, una espiritualidad, la evangélica, que se sintetiza perfectamente en la ley de la caridad.

 

MEDITATIO

Algunos pensamientos de san Ignacio, a punto de padecer el martirio, pueden ayudamos:

- «¡Bello es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, trasponga en Dios, a fin de que en él yo amanezca!» (A los romanos, 2, 2).

- «Dejadme que sea entregado a las fieras, puesto que por ellas puedo llegar a Dios. Soy el trigo de Dios, y soy molido por las dentelladas de las fieras, para que pueda ser hallado pan puro. Antes, atraed a las fieras, para que puedan ser mi sepulcro, y que no deje parte alguna de mi cuerpo detrás, y así, cuando pase a dormir, no seré una carga para nadie. Entonces seré un verdadero discípulo de Jesucristo (A los romanos, 4, 1).

- «Ahora empiezo a ser discípulo» (A los romanos, 5,3).

- «De nada me aprovecharán los confines del mundo ni los reinos todos de este siglo. Para mí, mejor es morir en Jesucristo que ser rey de los términos de la tierra. A Aquel quiero que murió por nosotros. A Aquel quiero que por nosotros resucitó. Y mi parto es ya inminente. Perdonadme, hermanos: no me impidáis vivir; no os empeñéis en que yo muera; no entreguéis al mundo a quien no anhela sino ser de Dios: no me tratéis de engañar con lo terreno. Dejadme contemplar la luz pura. Llegado allí, seré de verdad hombre. Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios. Si alguno lo tiene dentro de sí, que comprenda lo que yo quiero, y si sabe lo que a mí me apremia, que haya lástima de mí» (A los romanos, 6,1-3).

 

ORATIO

Algunas oraciones breves salidas del corazón de san Ignacio:

- «Orad incesantemente por todos los hombres» (A los efesios, 10, 1).

- «Permaneced en la concordia y en la oración recíproca» (A los tralianos, 12, 2).

- «Acordaos de la Iglesia en vuestra oración» (A los tralianos, 13, 1).

- «Orad para que yo sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho» (A los romanos, 3, 2).

- «Había en mí un agua viva y me dice por dentro: "Ven al Padre"» (A los romanos, 7, 3).

- «Mientras tengamos tiempo, convirtámonos a Dios» (A los esmirniotas, 9, 1),

- «Ruego para que se me dé la gracia perfecta de Dios, a fin de que c o n vuestra oración pueda alcanzar yo a Dios» (A los esmirniotas, 11, 1).

 

CONTEMPLATIO

Algunas elevaciones originales del santo mártir: «Vosotros sois piedras del templo del Padre, preparados para la construcción de Dios Padre, elevados hasta lo alto por la palanca de Jesucristo, que es la cruz, sirviendo como soga el Espíritu Santo; vuestra fe os tira hacia lo alto y la caridad es el camino que os eleva hacia Dios» (A los efesios, 9, 1).

«Aquel que posee en verdad la Palabra de Jesús puede entender también su silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar por su palabra y hacerse conocido por su silencio» (A los efesios, 15, 2).

«Si el Señor ha recibido una unción sobre su cabeza, es a fin de exhalar para su Iglesia un perfume de incorruptibilidad» (A los efesios, 17, 1).

«Rompiendo un mismo pan que es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir y alimento para vivir en Jesucristo por siempre» (A los efesios, 20, 2).

«Dejaos salar en Él, a fin de que nadie se corrompa entre vosotros, pues por vuestro olor seréis convictos» (A los magnesios, 10, 2).

«Por tu parte, mantente firme, como un yunque golpeado por el martillo. De grande atleta es ser desollado y, sin embargo, vencer» (A Policarpo, 3, 1).

 

ACTIO

Repite durante el día y vive la invitación de san Ignacio: «Ama la unidad, huye de las divisiones, sé imitador de Jesucristo» (A los filadelfios, 7, 2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Estas eran, y muchas más sobre éstas, las enseñanzas que Ignacio, de camino, daba con sus obras, bien así como un sol que se levanta de Oriente y corre a Poniente. Y aún puede ser tenido Ignacio por más brillante que el mismo sol, porque éste corría desde lo alto trayendo luz sensible, pero Ignacio brillaba desde abajo, infundiendo en las almas luz inteligible. Aquél, por otra parte, en llegando a las partes de Occidente, se esconde y nos trae al punto la noche; mas éste, llegado que hubo a las partes de Occidente, se levantó de allí más esplendoroso después de haber hecho los mayores beneficios a cuantos antes hallara en su camino. Y apenas entró en la ciudad de Roma, también a ésta enseñó una divina filosofía. Porque tal fue el fin por el que permitió Dios que allí terminara Ignacio su vida, a saber: para que su muerte fuera una escuela de religión para todos los que moraban en Roma (Juan Crisóstomo, «Panegírico en honor de san Ignacio», en Padres apostólicos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 21968, p. 626).

 

Día 18

San Lucas (18 de octubre)

 

        De las cartas de Pablo se desprende que Lucas fue médico (Col 4,14) se desprende asimismo que Pablo le quería mucho, dado que le facilitó la actividad apostólica en calidad de colaborador suyo (Flm 24). También las llamadas «secciones-nosotros» de los Hechos de los apóstoles -ésas en las que Lucas emplea el pronombre de la primera persona del plural, con lo que deja entrever su presencia junto a Pablo en el ejercicio de su apostolado- dicen que Lucas es uno de los responsables de la acción misionera de los primeros tiempos cristianos.

Como es bien conocido, Lucas es el único de los evangelistas que sintió la necesidad de escribir, además de un evangelio, también los Hechos de los apóstoles, en una obra unitaria que deja aparecer la concepción teológica de la historia propia de Lucas: una historia que une, íntimamente, a Jesús con la Iglesia, y a la Iglesia con Jesús.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Timoteo 4,10-17

Querido hermano:

10 Dimas me ha abandonado por amor a las cosas de este mundo y se ha ido a Tesalónica; Crescente se ha ido a Galacia; Tito, a Dalmacia.

11 Solamente Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráetelo contigo, pues me es muy útil para el ministerio.

12 A Tíquico lo he mandado a Éfeso.

13 Cuando vengas, tráeme la capa que me dejé en Tróade, en casa de Carpo, y también los libros, sobre todo los pergaminos.

14 Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho mal. El Señor le pagará según su conducta.

15 Ten cuidado con él, pues se ha opuesto tenazmente a nuestra predicación.

16 En mi primera defensa nadie me asistió; todos me abandonaron. ¡Que Dios los perdone!

17 El Señor me asistió y me confortó, para que el mensaje fuera plenamente anunciado por mí y lo escucharan todos los paganos. Fui librado de la boca del león.

 

*•• Este fragmento nos presenta a Lucas junto a Pablo. Otros han abandonado al apóstol por cansancio o por miedo; Lucas, sin embargo, no, y esto infunde un gran consuelo en el corazón de Pablo. Con todo, el verdadero consuelo del apóstol no es tanto la presencia de una persona como, sobre todo, la de su Señor, que le renueva en el corazón su intrépido coraje en la predicación del Evangelio a los paganos, manteniéndole fiel a su vocación originaria.

Aunque consolado por la presencia de Lucas, Pablo no puede dejar de recordar el abandono en el que se encuentra, justo en el momento en que ha sido arrastrado al tribunal y ha tenido que preparar solo su defensa. A este respecto, contamos con numerosas y preciosas noticias en los últimos capítulos de los Hechos de los apóstoles, donde, cinco veces en cinco ocasiones diferentes (cf. Hch 22-26), tuvo que defender Pablo no a sí mismo, sino a Jesús y la fe que había abrazado, con intrépido valor, con un genial espíritu polémico, con una sorprendente capacidad apologética.

De este modo y con este estilo, Pablo tiene la alegría de poder afirmar que, por medio de él, se ha llevado a cabo la proclamación del Evangelio en beneficio sobre todo de los paganos. Lo que le había sido planteado en Damasco se cumple ahora felizmente. Lo que le había sido confiado en Damasco -la misión entre los paganos llega ahora a su cumplimiento.

 

Evangelio: Lucas 10,1-9

En aquel tiempo,

1 el Señor designó a otros setenta [y dos] y los envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar.

2 Y les dio estas instrucciones: -La mies es abundante, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

3 ¡En marcha! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos.

4 No llevéis bolsa, ni alforjas ni sandalias, ni saludéis a nadie por el camino.

5 Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa.

6 Si hay allí gente de paz, vuestra paz recaerá sobre ellos; si no, se volverá a vosotros.

7 Quedaos en esa casa y comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa.

8 Si al entrar en un pueblo os reciben bien, comed lo que os pongan.

9 Curad a los enfermos que haya en él y decidles: Está llegando a vosotros el Reino de Dios.

 

*» Después de haber enviado en misión a los Doce (Le 9,lss), Jesús envía a los setenta [y dos] discípulos a una misión que Lucas -y sólo él- nos ha hecho conocer.

Es el mismo evangelista que, también en el desarrollo del relato de los Hechos de los apóstoles, encontrará la manera de transmitir recuerdos relativos no sólo a la misión de Pedro y de Pablo, sino también de Esteban, de Felipe y de otros discípulos del Señor.

Jesús envía a sus discípulos después de haberles recomendado que rueguen al dueño de la mies que envíe obreros a la misma (v. 2). De ahí que la oración no haya de ser entendida sólo como un apoyo a la misión, sino que es también y sobre todo parte integrante de la misma misión. Para un auténtico apóstol, la oración significa ya estar en misión, y la misión tiene su comienzo en la oración.

Al enviar a sus discípulos en misión, Jesús les señala una metodología muy concreta: la imagen de los «corderos en medio de lobos» (v. 3) no deja lugar a ningún equívoco. Del mismo modo que Jesús, pastor, se hizo cordero por amor a nosotros, también todo verdadero pastor de la comunidad debe estar dispuesto a hacerse cordero, dispuesto para el sacrificio, ofrecido por amor.

El mensaje esencial que el mismo Jesús pone en boca de sus discípulos suena así por tanto: «decidles: Está llegando a vosotros el Reino de Dios» (v. 9). Conocemos bien la gran densidad del significado de la expresión «Reino de Dios»: indica, en primer lugar, que los tiempos en los que resuena el alegre mensaje son escatológicos, es decir, están llenos de Dios y revelan la presencia del Dios que salva. Esta expresión señala sobre todo la presencia de Jesús en el mundo, porque a través de su persona y de su enseñanza es como Dios se hace presente en medio de nosotros con su voluntad salvífica universal.

 

MEDITATIO

Una mirada de conjunto a la obra lucana (evangelio y Hechos de los apóstoles) nos pone al tanto de algunas características fundamentales del tercer evangelista, sobre las que interesa centrar nuestra meditación.

Dante caracteriza a Lucas como «el escriba de la mansedumbre de Cristo». En efecto, toda su obra converge en torno a este mensaje, que puede ser considerado como el «Evangelio dentro de su evangelio». Ésa es la Buena Noticia, la única verdadera y la única buena, y Lucas siente el deber de transmitirla a toda la humanidad, y al servicio de la misma pone toda su minuciosidad de historiador, su arte literario, su fe de discípulo.

Pero Lucas se nos presenta también como el teólogo de la dimensión misionera: así como Jesús puede ser definido como el misionero del Padre (véase su evangelio), así la Iglesia es también esencialmente misionera, porque participa de la dimensión misionera de Jesús (véanse los Hechos de los apóstoles). El carácter unitario de la obra lucana puede deducirse asimismo de esta plena correspondencia entre la misión de Jesús y la misión de la Iglesia. Desde esta perspectiva, toda opción y toda actividad misionera debe ser concebida por nosotros como signo sacramental de la misión que Jesús recibió del Padre.

Por último, la presencia de Lucas al lado de Pablo nos lleva de nuevo a la necesidad de que todo verdadero cristiano sea no sólo receptor del consuelo que se desprende del Evangelio, sino también portador de ese don de la consolación que es fruto del Espíritu Santo, el consolador divino.

 

ORATIO

[...] Desde antiguo ardo en deseos de meditar tu ley y «confesarte en ella mi ciencia y mi impericia, las primicias de tu iluminación y las reliquias de mis tinieblas», hasta que la flaqueza sea devorada por la fortaleza. [...]

Tus Escrituras sean mis castas delicias: ni yo me engañe en ellas ni con ellas engañe a otros. Atiende, Señor, y ten compasión; Señor, Dios mío, luz de los ciegos y fortaleza de los débiles y luego luz de los que ven y fortaleza de los fuertes, atiende a mi alma, que clama desde lo profundo, y óyela. Porque si no estuvieren aún en lo profundo de tus oídos, ¿adonde iríamos, adonde clamaríamos? [...]

[...] Dame espacio para meditar en los entresijos de tu ley y no quieras cerrarla contra los que pulsan, pues no en vano quisiste que se escribiesen los oscuros secretos de tantas páginas. ¿O es que estos bosques no tienen sus ciervos, que en ellos se alberguen, y recojan, y paseen, y pasten, y descansen, y rumien? ¡Oh Señor!, perfeccióname y revélamelos. Ved que tu voz es mi gozo; tu voz sobre toda afluencia de deleites. Dame lo que amo, por que ya amo, y esto es don tuyo. No abandones tus dones ni desprecies a tu hierba sedienta (Agustín de Hipona, Confesiones, XI, 2,2ss).

 

CONTEMPLATIO

«Desde nuestra Patria, y para invitarnos al retorno, se nos han enviado cartas que cada día se leen a la gente» El núcleo de todo lo que debemos comprender es esto: la plenitud y el fin de la Ley y de todas las divinas Escrituras es el amor. Por consiguiente, si alguien cree haber comprendido las divinas Escrituras o cualquier parte de las mismas y mediante esa comprensión no consigue levantar el edificio de la doble caridad, a Dios y al prójimo, es que todavía no las ha comprendido (Agustín de Hipona, De doctrina christiana, I, 36.40).

 

ACTIO

        Repite y medita durante el día esta Palabra: «Señor, quédate con nosotros, porque cae la tarde» (Lc 24,29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En la Iglesia de Lucas se hablaba de Jesús no sólo al hilo de los relatos históricos, sino que también se le anunciaba con la finalidad de que su recuerdo suscitara en los oyentes la fe en él. Para responder a cada una de estas finalidades -la memoria histórica y el anuncio ordenado a la fe-, Lucas compuso un evangelio en el que figurar la parte de historia que sirve para conectar fe con el acontecimiento-Cristo y la parte de teología que capta en la historia el mensaje que suscita la fe.

A pesar de ciertas alusiones a la historia (1,5; 2,1 ss; 3,lss), Lucas no es propiamente un historiador; tampoco puede decirse que sea propiamente un teólogo. Lucas es más bien un «hombre de Iglesia» que, al final de los tiempos apostólicos, pretende asegurar a la Iglesia «la solidez» (1,4) de la tradición evangélica, que él recibe y al mismo tiempo transmite. Lucas es un recolector de recuerdos evangélicos; también es ordenador de los mismos, a fin de que éstos asuman todo su propio valor: el de ser fuentes v fundadores de la fe de la Iglesia. En un tiempo en el que, por la evaporación en las brumas del tiempo de las raíces de las tradiciones originarias presentes en las Iglesias judeocristianas y etnicocristianas, la realidad físico-histórica de Jesús empezaba a ser objeto de discusión por ciertas teologías ambiguas configuradas en la primera carta de Juan (4,1-6) y que conducirán, a comienzos del siglo II, al docetismo -cuyos defensores están marcados a fuego por san Ignacio de Antioquía (siglos l-ll) como «sepultureros» de Cristo (A los esmirniotas, 5,2)-, y cuando la realidad mistérica de Jesús empezaba a ser diluida por las especulaciones judeo-helenísticas-cristianas vigorosamente combatidas por las cartas a los Colosenses (2,8-23) y a los Efesios (3,4-12), Lucas fijó el carácter real de Jesús componiendo un evangelio que salía garante de la realidad histórica de la verdad teológica de Jesús para todas las Iglesias.

La intención que guiaba a Lucas en la redacción de sus escritos era dar consistencia al pasado de Jesús en el presente de la Iglesia. Para conseguirlo Lucas estableció una serie de conexiones en las que intervienen de manera sinérgica la historia, la fidelidad a la tradición, la experiencia de fe, el anuncio de Jesús llevado a cabo mediante la Palabra y su puesta por escrito (Mario Masini).

 

 

Día 19

Jueves de la 28ª semana del Tiempo ordinario o 19 de octubre, conmemoración de

San Pedro de Alcántara

 

Nació en Alcántara, villa de Cáceres, en 1499. Fue bautizado con el nombre de Juan. Después de las primeras letras aprendidas en su villa natal, estudió en Salamanca artes liberales, filosofía y derecho canónico. En 1515 ingresó en los franciscanos de la custodia del Santo Evangelio e hizo su noviciado en el convento de San Francisco de los Majarretes (Cáceres). Al profesar como fraile conventual cambió su nombre de Juan por el de Pedro. En 1524 es ordenado sacerdote. Del mismo tiempo y del mismo espíritu que santa Teresa, es contemplativo, viajero, fundador de conventos y renovador del franciscanismo. Los propios compañeros lo presentan como un hombre lleno de celo apostólico, tranquilo y prudente, pobre y generoso, disponible y obediente, humilde y magnánimo, penitente y acogedor. Murió en Arenas el 18 de octubre de 1562. Fue canonizado en 1669 por el papa Clemente IX, al mismo tiempo que la carmelita santa María Magdalena de Pazzis.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 3,21-30a

Hermanos:

21 ahora, con independencia de la ley, se ha manifestado la fuerza salvadora de Dios, atestiguada por la ley y los profetas.

22 Fuerza salvadora de Dios que, por medio de la fe en Jesucristo, alcanzará a todos los que crean. Y no hay distinción:

23 todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios,

24 pero ahora Dios los salva gratuitamente por su bondad, en virtud de la redención de Cristo Jesús,

25 a quien Dios ha hecho, mediante la fe en su muerte, instrumento de perdón. Ha manifestado así su fuerza salvadora, pasando por alto los pecados cometidos en el pasado,

26 porque Dios es paciente. Pero es ahora, en este momento, cuando manifiesta su fuerza salvadora, al ser él mismo salvador y salvar a todo el que cree en Jesús.

27 ¿De qué, pues, podemos presumir si toda jactancia ha sido excluida? ¿Y en razón de qué ha sido excluida? ¿Acaso por las obras realizadas? No, sino en razón de la fe.

28 Pues estoy convencido de que el hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley.

29 Y Dios ¿lo es sólo de los judíos? ¿No lo es también de los paganos? Sí, también de los paganos,

30 ya que no hay más que un solo Dios.

 

       *» Dios había dado al pueblo elegido la ley mosaica como don capaz de revelar el rostro y el corazón de Dios mismo, pero, de hecho, históricamente, esa ley reveló que todos los hombres son pecadores: una revelación dramática, con la que todos tienen que hacer sus cuentas.

       La realidad del pecado, sin embargo, no puede detener el proyecto salvífico de Dios. Al contrario: Dios, que es fiel, se siente provocado también por el pecado a reafirmarse a sí mismo y su proyecto de salvación en favor de todos. En la plenitud de los tiempos entregó a su Hijo, Jesús, como mediador de la nueva alianza, como puente entre Dios y el hombre, como redentor de todos.

       Jesús se encuentra en el centro de la historia de la salvación, en el centro del anhelo religioso de todos los pueblos, en el centro de la historia de cada persona: ésta es la verdad que Pablo tiene presente y que intenta ilustrar con algunos rasgos personales que quedarán asegurados para siempre en la reflexión teológica. Pero es la fe, sólo la fe, la que pone a Jesús en el centro. Y de ahí que, según la enseñanza de Pablo, fiel y genial intérprete del mensaje evangélico, la fe en Jesús, que es la nueva ley, nos injerte directamente en la justicia de Dios, obteniéndonos así el don de la salvación. Es verdad que «todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios» (v. 23), pero lo es igualmente y aún más que «ahora Dios los salva gratuitamente por su bondad, en virtud de la redención de Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho, mediante la fe en su muerte, instrumento de perdón» (w. 24-25).

 

Evangelio: Lucas 11,47-54

En aquel tiempo, dijo el Señor:

47 ¡Ay de vosotros, que construís mausoleos a los profetas asesinados por vuestros propios antepasados!

48 De esta manera, vosotros mismos sois testigos de que estáis de acuerdo con lo que hicieron vuestros antepasados, porque ellos los asesinaron y vosotros les construís mausoleos.

49 Por eso dijo la sabiduría de Dios: «Les enviaré profetas y apóstoles; a unos los matarán, y a otros los perseguirán».

50 Pero Dios va a pedir cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas vertida desde la creación del mundo,

51 desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, a quien mataron entre el altar y el santuario. Os aseguro que se le pedirán cuentas a esta generación.

52 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia! No habéis entrado vosotros, y a los que querían entrar se lo habéis impedido.

53 Cuando Jesús salió de allí, los maestros de la Ley y los fariseos comenzaron a acosarle terriblemente y a proponerle muchas cuestiones, 54 tendiéndole trampas con intención de sorprenderlo en alguna de sus palabras.

 

       *•• En esta página evangélica prosiguen las amenazas-lamentos de Jesús contra los maestros de la Ley. La clave de lectura sigue siendo siempre la misma: con ella podemos comprender las motivaciones profundas que mueven a Jesús a expresarse en estos términos. El objeto de estos «¡ay de vosotros!» conduce a Jesús a consideraciones extremadamente graves: por un lado, pone de manifiesto lo fácil que es honrar a los profetas de Dios sólo de palabra y no prestar después atención a su mensaje. En negarse a escuchar a los profetas de ayer y a los apóstoles de hoy (es Lucas quien señala explícitamente a los «apóstoles»: v. 49) e incluso al nuevo profeta, Jesús de Nazaret: en eso consiste el pecado que Jesús quiere censurar y del cual quiere liberarnos al mismo tiempo. A buen seguro, no es fácil escuchar la Palabra de Dios, esto es, escuchar y acoger a Dios, que, por medio de sus ministros, nos habla, nos invita, nos sacude y nos orienta hacia nuevas metas. No es fácil, pero es obligatorio; más aún, necesario.

       El drama de los maestros de la Ley, según Jesús, se hace aún más grande porque, poseyendo «la llave de la ciencia» (v. 52), no sólo no entran ellos, sino que impiden el acceso incluso a los que quisieran entrar. De este modo pone Jesús de manifiesto el hecho de que quien no se abre a la escucha de la Palabra de Dios acaba arrastrando a la misma actitud de sordera y de cierre también a los otros. Aparece así el drama de la solidaridad en el mal, diametralmente opuesta a la solidaridad en el bien. Para Jesús, la verdadera ciencia consiste en la comprensión de los signos de los tiempos (cf. Le 12,54-59), tiempos escatológicos, es decir, tiempos visitados por Dios en la persona y en la misión de Jesús y, por consiguiente, tiempos últimos y decisivos en orden a la salvación.

 

MEDITATIO

A veces, damos por supuesto que, para asegurar la felicidad, tenemos que poseer cosas, dinero, comodidad, éxito, personas... Pero la experiencia nos dice que, en realidad, por ese camino encontramos exactamente lo que habíamos buscado: cosas, dinero, comodidad, personas, pero no necesariamente felicidad. El problema no se resuelve buscando nuevas fuentes de satisfacción.

Al contrario, cada vez que hacemos depender nuestra felicidad de más y más cosas, esa felicidad se hace todavía más problemática e insegura, pues cada vez hay más probabilidades de que algo nos falle y nos deje vacíos e insatisfechos. Entonces crecen en nosotros la tensión, el desasosiego y hasta el agobio.

 

ORATIO

Loado seas, mi Señor,

por los que perdonan y aguantan por tu amor

los males corporales y la tribulación:

¡felices los que sufren en paz con el dolor,

porque les llega el tiempo de la consolación!

Y por la hermana muerte: ¡loado, mi Señor!

Ningún viviente escapa de su persecución;

¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!

¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!

¡No probarán la muerte de la condenación!

Servidle con ternura y humilde corazón.

Agradeced sus dones, cantad su creación.

Las criaturas todas, load a mi Señor. Amén.

 

CONTEMPLATIO

La figura de san Pedro se agiganta y su misión reformadora se enriquece aún más si lo relacionamos con santa Teresa, presa de la misma inquietud reformadora y las mismas locuras de un afán: vivir el Evangelio en toda su radicalidad. Providencialmente, Dios le llevó a su encuentro, que tuvo lugar en Ávila. Ella le abrió su alma, y expuso su proyecto, y «vi ya desde el principio -dice la santa- que me comprendía..., y me dio luz en todo» (Vida, 30, 5-7). La cuestión era lanzarse por el camino de la pobreza absoluta, como estaba haciendo ya Pedro. Hasta ese momento todo eran obstáculos. La oposición de los superiores, incluido el obispo, fue vencida por la fe y la persuasiva mediación de san Pedro, que descubrió, clarísimo, el espíritu que animaba a Teresa y la voluntad de Dios sobre su proyecto.

La santa se siente agradecida y dice: «Pedro lo hizo todo, parece que lo había guardado su majestad hasta acabar este negocio» (Vida, 36, 2). Pocos meses antes de su muerte, concretamente el 14 de abril de 1562, le escribe el santo una carta en la que le asegura que debe seguir el camino emprendido, pues está seguro de que ésa es la voluntad de Dios. La santa recibe tal luz que escribe en su autobiografía: «Ya con este parecer [sobre la pobreza], determiné no andar buscando otros» (Vida, 35, 5). Y nació la primera fundación, el convento de San José, cuna de la reforma teresiana de la orden del Carmelo.

Pedro y Teresa, almas gemelas, ambos colosales en todo, nos dejaron sus huellas y sus recuerdos en dos monumentos inseparables e insuperables, pobres de materiales, pero ricos de espiritualidad: san José de Ávila, el “palomarcico” del Carmelo, y Nuestra Señora de la Concepción de El Palancar, que son dos hermanos gemelos, como en el espíritu lo fueron Teresa de Jesús y Pedro de Alcántara.

 

ACTIO

Repite hoy, con los franciscanos, el himno de san Francisco de Asís.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Este santo [Pedro de Alcántara] hombre de este tiempo era; estaba grueso el espíritu como en los otros tiempos, y ansí tenía el mundo debajo de los pies. Que, aunque no anden desnudos ni hagan tan áspera penitencia como él, muchas cosas hay para repisar el mundo, y el Señor las enseña cuando ve ánimo. Y, ¡cuan grande le dio su Majestad a este santo que digo, para hacer cuarenta y siete años tan áspera penitencia, como todos saben.

Paréceme fueron cuarenta años los que me dijo había dormido sola hora y media entre noche y día, y que éste era el mayor trabajo de penitencia que había tenido en los principios de vencer el sueño; y para eso estaba siempre o de rodillas o en pie. Lo que dormía era sentado y la cabeza arrimada a un maderillo que tenía hincado en la pared. Echado, aunque quisiera, no podía, porque su celda -como se sabe- no era más larga de cuatro pies y medio.

En todos estos años, jamás se puso la capilla, por grandes soles y aguas que hiciese, ni cosa en los pies, ni vestido, sino un hábito de sayal, sin ninguna otra cosa sobre las carnes, y éste tan angosto como se podía sufrir, y un mantillo de lo mismo encima.

Decíame que en los grandes fríos se lo quitaba y dejaba la puerta y ventanilla abierta de la celda, para que, con ponerse después el manto y cerrar la puerta, contentase al cuerpo para que sosegase con más abrigo.

Comer al tercer día era muy ordinario, y díjome que de qué me espantaba, que muy posible era a quien se acostumbraba a ello. Un su compañero me dijo que le acaecía estar ocho días sin comer.

Debía ser estando en oración, porque tenía grandes arrobamientos e ímpetus de amor de Dios, de que una vez yo fui testigo. Con toda eso santidad, era muy afable, aunque de pocas palabras, si no era con preguntarle; en éstas era muy sabroso, porque tenía muy lindo entendimiento. Como vio ya se acababa, dijo el salmo de Laetatus sum ¡n his quae dicta suntmihi, e, hincado de rodillas, murió.

Un año antes que muriese, me apareció estando ausente, y supe se había de morir y se lo avisé, estando algunas leguas de aquí. Cuando expiró, me apareció y dijo cómo se iba a descansar. Yo no lo creí y díjelo a algunas personas, y desde a ocho días vino la nueva cómo era muerto, o comenzado a vivir para siempre, por mejor decir. (Testimonio de santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, cap. 27.)

 

Día 20

Viernes de la 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 4,1-8

Hermanos:

1 ¿Y qué diremos del caso de Abrahán, padre de nuestra raza?

2 Si Abrahán hubiera alcanzado la salvación por sus obras, tendría razón para presumir, pero no sucedió así ante Dios.

3 Pues ya lo dice la Escritura: Creyó Abrahán a Dios y ello le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación.

4 Es sabido que al que trabaja no se le cuenta el jornal como favor, sino como deuda;

5 por eso, al que no se apoya en sus obras, es decir, al que ha puesto su fe en un Dios que salva al impío, esa fe le será tenida en cuenta para alcanzar la salvación.

6 Del mismo modo, David llama dichoso al hombre a quien Dios salva independientemente de las obras:

7 ¡Dichosos aquellos a quienes Dios ha perdonado sus maldades, aquellos cuyos pecados han sido sepultados!

8 ¡Dichoso el hombre a quien el Señor no toma en cuenta su pecado!

 

       *•• El capítulo 4 de la carta de Pablo a los cristianos de Roma puede ser considerado como una prueba bíblica en apoyo de su tesis, a saber: que Dios nos salva por medio de la fe y antes de las obras. Esa prueba está toda ella concentrada en la figura de Abrahán, a quien Pablo caracteriza precisamente como nuestro padre en la fe.

       Vale la pena hacer una composición de lugar de la historia de Abrahán y de sus relaciones con Dios. Es cierto que Abrahán, sometido a prueba, la aceptó como tal y se adecuó a ella con un maravilloso acto de obediencia (eso es lo que se narra en el capítulo 22 del Génesis).

       Abrahán estuvo grande, y grande sigue siendo por eso su maravillosa y total confianza en Dios, que quiso someter a prueba la fidelidad de Abrahán con una petición inconcebible desde el punto de vista humano. Pero ya antes Dios había dirigido a Abrahán sus promesas: después de haberle elegido y haberle hecho salir de Ur de Caldea (Gn 12,lss), Dios le dirigió a Abrahán una promesa, a la que él se adhirió con una fe plena (esto se narra en el capítulo 15 del Génesis). A la luz de esta sucesión de acontecimientos debemos reconocer con Pablo que la fe precedió en Abrahán a las obras y que sus obras fueron fruto de la fe: «Creyó Abrahán a Dios y ello le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación» (Rom 4,3).

       También resulta iluminador el ejemplo de David que se cita y se recomienda aquí. Parece que David habla aquí de sí mismo como de alguien a quien le ha sido perdonado el pecado, con independencia de las obras. Será bueno releer el Sal 32,lss, una plegaria penitencial válida para todos los tiempos.

 

Evangelio: Lucas 12,1-7

En aquel tiempo,

1 la gente se aglomeraba por millares, hasta pisarse unos a otros. Entonces Jesús, dirigiéndose principalmente a sus discípulos, les dijo: -Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.

2 Pues nada hay oculto que no haya de manifestarse, nada secreto que no haya de saberse.

3 Por eso, todo lo que digáis en la oscuridad será oído a la luz, y lo que habléis al oído en una habitación será proclamado desde las azoteas.

4 A vosotros, amigos míos, os digo esto: No temáis a los que matan el cuerpo y no pueden hacer nada más.

5 Yo os diré a quién debéis temer: Temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al fuego eterno. A ése es a quien debéis temer.

6 ¿No se venden cinco pájaros por muy poco dinero? Y, sin embargo, Dios no se olvida ni de uno solo de ellos.

7 Más aún, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis: vosotros valéis más que todos los pájaros.

 

       **• Las palabras de Jesús recogidas en esta página están dirigidas a los discípulos; por consiguiente, para comprenderlas a fondo debemos meternos en la piel de los afortunados que pudieron seguir a Jesús y atesorar sus enseñanzas.

       Tras haber dirigido no pocos «¡ay de vosotros!» a los fariseos y a los maestros de la Ley, Jesús pone ahora en guardia a sus discípulos contra el persistente peligro de dejarse contaminar por su ejemplo. La imagen de la levadura («Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía»: v. 1) es bastante iluminadora. Según Jesús, existe el peligro de que el mal ejemplo de algunas levaduras llegue a contaminar también a la masa buena.

       Mientras que Mt 16,12 dice que la levadura es «la doctrina de los fariseos y de los saduceos», Lucas, por su lado, insiste en centrar la divergencia entre sus obras y su vida. En eso consiste la hipocresía de los fariseos: una actitud que desentona no sólo en su vida, sino también en la de los discípulos de Jesús. Con un rasgo psicológico bastante delicado, Jesús reemprende el discurso dirigido a sus discípulos llamándoles «amigos» (y. 4): un rasgo que recuerda el lenguaje joáneo (cf. sobre todo Jn 13,13ss). Los verdaderos amigos de Jesús son sus discípulos, en cuanto comparten su misión, sus sufrimientos, su destino de muerte y resurrección. La invitación a no tener miedo es un rasgo muy alentador para los que deberán sostener una lucha abierta contra los enemigos que pueden procurarles la muerte. A lo sumo, deben tener miedo a Dios, el único que después de la muerte tiene poder para arrojarlos a la maldición eterna. El pasaje evangélico termina, por tanto, con una clara y vigorosa invitación al santo temor de Dios (cf. w. 4-7).

 

MEDITATIO

       «Creyó Abrahán a Dios...» San Pablo, para hacernos comprender bien cuál es la verdadera actitud que se pide al creyente, nos muestra en Abrahán un ejemplo inequívoco de lo que pretende. La fe que nos salva no es una actitud pasiva; más aún, necesitamos estar bien vivos para creer, como Abrahán, contra toda evidencia. También Jesús invita a sus oyentes a mantener una inquebrantable actitud de confianza y de abandono incondicionado en Dios Padre. Él cuida de nosotros con una ternura a la que no se le escapa ni siquiera el detalle más pequeño: ¡hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados! El creyente está invitado, por consiguiente, a ver que Dios está siempre actuando en la historia y en su vida, en cualquier circunstancia.

       Abraza así la obediencia de la fe y obtiene como fruto la paz. Nada ni nadie pueden dañar a quien cree. No es casualidad que san Pablo asocie al tema de la fe el perdón de los pecados. En el fondo, ¿qué es el pecado, sino una ponerse deliberadamente fuera -si es que fuera posible- de la mirada buena y amorosa del Padre, para buscar nuestro modo de afirmarnos en una falsa libertad? Si la imagen del hombre pecador es el hijo pródigo que se marcha a una región lejana, la del creyente es Jesús, el Hijo amado, que en los tormentos de la pasión se abraza confiadamente al Padre y se abandona en sus manos. Así es como el amor puede cantar su estupenda victoria que le hace más fuerte que la muerte.

 

ORATIO

       Me ves en la transparencia de un cielo infinito, en la belleza arcana de los mil colores, en la magia instintiva de una hormiga: ¡visión que encanta! Me oyes en las notas diferentes de los grillos, las campanas y las fuentes, en el estruendo de una ola gigante, en el silencio de tu corazón: ¡concierto de voces que se hace alabanza! Me saboreas en el perdón dado y recibido, en el desierto sin caminos, en los ojos límpidos de un niño abierto a la vida: ¡sabor de dulzura! Me hueles en la vida de los mártires, en las lágrimas de un corazón quebrantado, en el sufrimiento de un pobre: ¡incienso de redención!

       Me tocas en cada acontecimiento que me revela como padre y como creador, en cada momento que me revela como amigo y esposo en el dolor y en la paz: ¡presencia de fidelidad! Me imaginas como padre bueno que te abraza, como madre tierna que te alimenta, como amigo fiel que te espera: ¡fuerza que consuela, guía y sostiene! Me recuerdas en los sueños de tu infancia, en las desilusiones de la juventud, en las pruebas de la madurez, en las amarguras de la vejez: ¡ancla de esperanza!

 

CONTEMPLATIO

       Cuando lees que Jesús «enseñaba en las sinagogas, honrado por todos» (Lc 4,15), presta atención a no considerar afortunadas sólo a las personas que podían escucharle, sintiéndote excluido de su enseñanza. Si la Escritura es la verdad, entonces Dios no ha hablado sólo una vez en las reuniones de los judíos, sino que habla todavía hoy en nuestras asambleas. Y no sólo aquí; también en las asambleas de todo el mundo enseña Jesús y busca instrumentos con los que transmitir su enseñanza. Orad para que me encuentre también a mí preparado y dispuesto a servirle con la palabra [...].

       No es simple casualidad que Jesús abriera el libro precisamente por el capítulo de la profecía referida a él. También esto formaba parte del designio de Dios. Dado que el evangelio dice que ni un pajarillo cae en la red sin que el Padre lo quiera (cf. Le 12,6) y que «los cabellos de la cabeza están contados» (Lc 12,7), es menester pensar que la elección del libro de Isaías y la lectura de un texto relacionado precisamente con el misterio de Cristo no se deba a capricho o a casualidad, sino a un designio providencial de Dios [...].

       También ahora, en nuestra asamblea, con tal de que lo queráis, pueden fijarse vuestros ojos en el Salvador. Cuando desde lo profundo del corazón te vuelves a contemplar a la Sabiduría, la Verdad, al Hijo Único de Dios, tus ojos ven a Jesús. Dichosa la asamblea de la que dice la Escritura que «los ojos de todos estaban fijos en él».

       Cómo quisiera que de nuestra asamblea se dijera lo mismo: que todos, catecúmenos y fieles, mujeres, hombres y niños, tienen los ojos del alma fijos en Jesús. Cuando os hayáis vuelto a él y lo contempléis, su luz hará vuestro rostro más luminoso y entonces podréis decir: «Has dejado sobre nosotros tu signo, la luz de tu rostro, oh Señor» (Sal 4,7 vulg.) (Orígenes, Homilía 32, sobre san Lucas; París 1962, pp. 386-392).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Dichoso el hombre a quien el Señor no toma en cuenta su pecado! (Rom 4,8).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Es bueno que yo no sea el dueño de mí mismo, que mi tiempo no esté en mis manos. Es bueno que mi tiempo, la historia de mi vida, yo mismo, todo esté en tus manos.

       Sí, me diréis, pero ¿entonces Dios tiene manos? A buen seguro, Dios tiene manos, manos muy diferentes, mejores, mucho más hábiles y más fuertes que estas zarpas nuestras. ¿Qué significa «manos de Dios»? Por ahora dejadme expresarlo así: las manos de Dios son sus acciones, sus obras, que por todas partes - no importa que lo sepamos o lo queramos- nos envuelven y nos abrazan, nos llevan y nos protegen. Esto podría ser dicho y entendido siempre como si se tratara sólo de una imagen, de un símbolo. Pero hay un punto donde se detiene todo lo que es imagen y símbolo, donde las manos de Dios se convierten realmente en algo que debemos tomar al pie de la letra, donde todas las acciones, las obras y las palabras de Dios tienen su principio, su centro y su fin: «tus manos» son las manos de nuestro salvador Jesucristo. Son las manos que él ha extendido, gritando: «Venid a mí todos los que estáis cansados y fatigados y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Son sus manos, esas con las que bendijo a los niños. Son sus manos, esas que tocaron y curaron a los enfermos. Son las manos con las que partió y distribuyó el pan a los cinco mil en el desierto y, después, una vez más, a sus discípulos antes de su muerte. Por último y sobre todo, son las manos clavadas en la cruz para reconciliarnos con Dios. Éstas, éstas son las manos de Dios: manos fuertes de padre; manos bondadosas, tiernas, delicadas de madre; manos fieles y generosas de amigo, las manos de Dios, ricas de gracia, en las cuales está nuestro tiempo, en las' que estamos nosotros mismos (K. Barth, «Rufe mich an», en id., Neue Predigten aus der Strafanstalt, Basilea, Zúrich 1965, pp. 41-44).

 

Día 21

Sábado de la 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 4,13.16-18

Hermanos:

4.13 Cuando Dios prometió a Abrahán y a su descendencia que heredarían el mundo, no vinculó la promesa a la ley, sino a la fuerza salvadora de la fe.

16 Por eso la herencia depende de la fe, es pura gracia, de modo que la promesa se mantenga segura para toda la posteridad de Abrahán, posteridad que no es sólo la que procede de la ley, sino también la que procede de la fe de Abrahán. Él es el padre de todos nosotros,

17 como dice la Escritura: Te he constituido padre de muchos pueblos; y lo es ante Dios, en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas quino existen.

18 Contra toda esperanza creyó Abrahán que sería padre de muchos pueblos, según le había sido prometido: Así será tu descendencia.

 

       *»• Pablo desarrolla ulteriormente la lección que se desprende de la vida de Abrahán, estableciendo un fuerte contraste entre la ley y la justicia que procede tic de la fe. En primer lugar, el apóstol pone bien de manifiesto que la promesa de Dios a Abrahán no depende de la ley (cf. v. 13); de este modo, se establece de una manera inequívoca que la promesa de Dios es absoluta, previa e incondicionada. No hay ley, ni siquiera la mosaica, que pueda condicionar la promesa de Dios. Es cierto que, al prometer, Dios se compromete con nosotros en el amor y en la fidelidad, pero lo hace siempre en medio de su más absoluta libertad.

       Por otro lado, Pablo afirma que la fe es la única vía que conduce a la justicia, esto es, a la acogida del don de la salvación. De ahí que los verdaderos descendientes de Abrahán no sean los que viven según las exigencias y las pretensiones de la ley, sino los que acogen el don de la fe y lo viven con ánimo agradecido y conmovido.

       Desde este punto de vista, Pablo define como «herederos» de Abrahán a los que han aprendido de él la lección de la fe, y no sólo la obediencia a la ley. Se trata de una herencia extremadamente preciosa y delicada, porque solicita y unifica diferentes actitudes de vida, todas ellas reducibles a la escucha de Dios, que habla y manda, que invita y promete.

       La fe de Abrahán, precisamente por estar íntimamente ligada a la promesa divina, también puede ser llamada «esperanza»: «Contra toda esperanza creyó Abrahán» (v. 18). De este modo, entra Abrahán completamente en la perspectiva de Dios, esto es, de aquel «que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen» (v. 17b). Y así, mediante la fe, todo creyente puede llegar a ser destinatario, y no sólo espectador, de acontecimientos tan extraordinarios que únicamente pueden ser atribuidos a Dios.

 

Evangelio: Lucas 12,8-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

8 Os digo que si uno se declara a mi favor delante de los hombres, también el Hijo del hombre se declarará a favor suyo delante de los ángeles de Dios;

9 pero si uno me niega delante de los hombres, también yo lo negaré delante de los ángeles de Dios.

10 Quien hable mal del Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no será perdonado.

11 Si os llevan a las sinagogas, ante los magistrados y autoridades, no os preocupéis del modo de defenderos, ni de lo que vais a decir;

12 el Espíritu Santo os enseñará en ese mismo momento lo que debéis decir.

 

       *» Dirigiéndose aún a sus discípulos, Jesús traza ante sus ojos un programa de vida evangélica dotado de caracteres nuevos y atractivos. La vida de sus discípulos estará animada por el mismo Espíritu que ha orientado e iluminado la vida de Jesús.

       El discípulo de Jesús debe ser, de entrada, un testigo fiel y animoso, y eso no sólo durante el período de la vida pública de su maestro, sino también y sobre todo en una perspectiva escatológica. Desde esta perspectiva, resultan iluminadores los tiempos futuros que emplea Jesús: «Si uno se declara a mi favor delante de los hombres, también el Hijo del hombre se declarará...», «si uno me niega delante de los hombres, también yo lo negaré...» (w. 8-10). Al testigo le competen dos características: por una parte, la de caminar por el mismo camino que ha recorrido Jesús; por otra, la de recibir de su Señor el reconocimiento prometido a los mártires.

       En cuanto al «pecado contra el Espíritu Santo», es útil recordar la opinión de algunos Padres de la Iglesia según los cuales se trataría de la apostasía de los cristianos. Sin embargo, es asimismo útil señalar que Lucas, al distinguir entre el pecado contra el Hijo del hombre y el pecado contra el Espíritu Santo, pretende distinguir los tiempos de la misión terrena de Jesús y los tiempos de la misión apostólica, después de Pentecostés. No, ciertamente, para establecer una oposición entre dos momentos de la misma historia de la salvación, sino para indicar que la gravedad del pecado crece a medida que la luz, cada vez más brillante -en particular la luz pentecostal del Espíritu Santo-, que nos da el Señor. Del Espíritu Santo, además, nos habla también Jesús en otros términos, concretamente como de aquel que sugerirá a los discípulos, cuando sean puestos a prueba en unas circunstancias históricas extremadamente delicadas, las palabras adecuadas que deban decir en los tribunales para defender la verdad. Nos viene de manera espontánea a la mente la referencia a Jn 15,26ss: «Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad que yo os enviaré y que procede del Padre, él dará testimonio sobre mí. Vosotros mismos seréis mis testigos, porque habéis estado conmigo desde el principio».

 

MEDITATIO

       Hay en el hombre una maravillosa dignidad y una grandeza que le vienen del hecho de ser interlocutor de Dios. Por eso no acabamos nunca de meditar sobre la figura de Abrahán, padre de todos nosotros. ¿Qué sentimientos habrían nacido en el corazón de aquel viejo caravanero acostumbrado a los grandes silencios del desierto, al silbido del viento, al mugir de los rebaños, cuando comprendió que Dios le hablaba? No reconoció la voz; la escuchó, se adhirió a ella y, de la esterilidad de su vejez, floreció una descendencia innumerable. En efecto, el que cree no es hecho justo sólo para sí mismo: el amor que toma el rostro de la fe es fecundo no sólo para quien se confía a Dios, sino también para otros que, de una manera misteriosa, son alcanzados por nuestro asentimiento.

       También nosotros, como Abrahán, estamos llamados a hacer depender nuestra vida de la escucha de la Palabra que cada día nos dirige Dios. En una sociedad que siembra la muerte, su Palabra es vida. En un tiempo de desesperación y de angustia, hay necesidad de quien sepa esperar contra toda esperanza. En unos días atormentados por un implacable utilitarismo y por la búsqueda del beneficio a toda costa, debe haber alguien que levante los ojos a las estrellas del cielo para contemplar gratuitamente la belleza de las huellas de quien es capaz de dar vida incluso a los muertos. Solamente de este modo puede ser el creyente, en medio de sus hermanos, verdadero portador del «Evangelio», de la Buena Nueva: nuestro corazón es lo suficientemente amplio para contener el Espíritu de amor que nos une, de una manera indisoluble, al Padre en el Hijo, dador de todo bien.

 

ORATIO

       Fe es creer que tu mano, oh Dios, lleva el volante de mi vida, es saber que ningún mal podrá hacerme daño, es certeza de tu amor: una fe que no me ayuda a despegar está muerta.

       Fe es dar calor a quien tiene hielo en el alma, es ofrecer un trozo de pan a quien sufre los calambres del hambre, es inventar una meta para quien no tiene dónde reposar: una fe sin obras está muerta.

       Fe es vivir tu designio inescrutable, oh Padre; es entrar en la perspectiva de tus invitaciones absurdas, es confianza en tu promesa todavía invisible: una fe que no se vuelve coraje está muerta.

       Fe es también duda, inseguridad: «Tú también me has abandonado»; es debilidad y miedo: «Si es posible, que pase de mí este cáliz»; es muerte que da vida: «No mi voluntad, sino la tuya»: una fe que no se mide con la prueba está muerta.

       Fe es un continuo proceso de aprender y reaprender qué significa amar a Dios, al prójimo y a nosotros mismos, es un devenir cotidiano hacia el bien, es viajar con él hacia la meta final: una fe que no engendra esperanza está muerta.

 

CONTEMPLATIO

       Como el soplo vital del hombre baja a través de la cabeza a vivificar los miembros, así el Espíritu Santo llega a los cristianos a través de Cristo. Cristo es la cabeza, el cristiano es el miembro. La cabeza es una, los miembros son muchos: cabeza y miembros forman un solo cuerpo, y en este único cuerpo hay un solo Espíritu.

       Espíritu que se encuentra en plenitud en la cabeza y es participado por los miembros. Así pues, si hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, quien no esté en el cuerpo no puede ser vivificado por el Espíritu, como dice la Escritura: «Quien no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece» (Rom 8,9). En efecto, quien no tiene el Espíritu de Cristo no es miembro de Cristo: en un cuerpo que es uno, el soplo vital es uno. En el cuerpo no puede haber un miembro muerto, y viceversa: fuera del cuerpo no hay miembros vivos. Nosotros nos convertimos en miembros con la fe, y con el amor somos vivificados.

       Con la fe recibimos la unidad, con la caridad recibimos la vida. Así ocurre en el sacramento: el bautismo nos une, el cuerpo y la sangre de Cristo nos vivifican. Con el bautismo nos convertimos en miembros del cuerpo; con el cuerpo de Cristo participamos en su vida.

       La Iglesia santa es el cuerpo de Cristo: un único Espíritu la vivifica, la une en una sola fe y la santifica. Los miembros de este cuerpo son cada uno de los fieles, y todos forman un solo cuerpo gracias al único Espíritu y a la única fe que hace de cemento entre ellos. Cada miembro tiene sus tareas propias en el cuerpo humano, unos diferentes a los otros; sin embargo, lo que hace un miembro por sí solo no lo hace sólo para él. Así, en el cuerpo de la santa Iglesia se dan diferentes gracias a cada individuo, pero nadie tiene nada únicamente para él, ni siquiera aquello que sólo él posee. Sólo los ojos ven; sin embargo, no ven sólo para ellos, sino para todo el cuerpo. Sólo los oídos pueden oír; sin embargo, no oyen sólo para ellos, sino para todo el cuerpo. Sólo los pies caminan; sin embargo, no caminan sólo para ellos, sino para todo el cuerpo. Del mismo modo, lo que cada uno posee por sí solo no lo posee únicamente para él, porque aquel que ha distribuido sus dones con tanta largueza y sabiduría ha establecido que todo sea de todos y todo de cada uno. Por consiguiente, si alguien ha conseguido recibir un don de la gracia de Dios, sepa que lo que posee no le pertenece sólo a él, aunque sólo él lo posea (Hugo de San Víctor, De Sacramentis Christianae Fidei, II, 2, en PL 176, cois. 415-417).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Contra toda esperanza creyó Abrahán» (Rom 4,18).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Juan XXIII ha dicho en un momento muy solemne, en la apertura del Concilio, que necesitaba anunciar al mundo de hoy la verdad de la que es depositaría la Iglesia con un lenguaje nuevo, es decir, el lenguaje de los hombres de hoy, el único que ellos comprenden. Y el santo padre daba la razón de ello: una cosa es la idea y otra su expresión concreta en palabras. Aun conservando fielmente la doctrina pura, es posible expresarla de un modo o de otro, según la mentalidad y el lenguaje de los hombres [...]. Preguntémonos ahora cuál es el mejor modo de evitar los escollos que amenazan el amor y la búsqueda de la verdad. El mejor modo es, sin duda, el auténtico amor al prójimo.

       Tomad, por ejemplo, el amor materno o el de un verdadero amigo. Fijaos cómo este amor aprende a meterse, efectivamente, «en la piel del otro», a considerar el punto de vista del otro, a intentar ver lo que piensa, lo que hay de verdad en lo que piensa; a esforzarse por comprender el pensamiento del otro o nacerse comprender, recurriendo siempre a nuevos términos, nuevas comparaciones, nuevas ideas. Fijaos cómo este amor sabe respetar con benevolencia a la persona amada y, por consiguiente, también sus opiniones [...].

       Por otra parte, debemos añadir en seguida una advertencia: cuidado con las insidias y las aberraciones. Qué fácil es, por ejemplo, que el amor materno llegue a ser imprudente, demasiado remisivo; qué fácil es que se transforme en una debilidad nociva que no es capaz de negar nada, arruinando así a la persona amada... ¿Por qué? Porque, entre otras cosas, no presta atención a la verdad de ciertos principios de la razón, del sentido común, etc., porque la caridad no está unida al amor efectivo a la verdad.

       Dos cosas, por tanto, son necesarias: el amor a la verdad y el amor a la persona, o sea, la caridad con el prójimo: uno y otro armoniosamente unidos, cada uno en su sitio y según su importancia. De este modo pueden unir efectivamente a Tos hombres y crear la armonía muy eficazmente (A. Bea, Alocución pronunciada en Roma el 13 de enero de 1963, en La documentaron catholique del 17 de febrero de 1963, cois. 272-274).

 

Día 22

29º domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 45,1.4-6

4 Así dice el Señor a Ciro, su ungido: Te he tomado de la mano para someter ante ti las naciones y destronar a los reyes; para hacer que las ciudades se te rindan sin que nadie pueda cerrarte sus puertas,

5 Por causa de Jacob, mi siervo, y por amor a Israel, mi elegido, te llamé por tu nombre, te dí un título, aunque no me conocías.

6 Yo soy el Señor y no hay otro; no hay dios fuera de mí. Te he dado autoridad, aunque no me conoces,

7 para que sepan de oriente a occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor; y no hay otro.

 

» De las palabras del profeta, activo durante el destierro babilónico y conocido como el <<Segundo Isaías», se deduce el vigoroso plan de YHWH, el Señor de la historia. Para cumplir su proyecto utiliza todos los medios, incluso los más impensables e ilógicos que pudiera imaginar nadie. Así, Ciro, un rey pagano y persa, sin saberlo, es elegido por YHWH como instrumento de su plan de liberación en favor del pueblo de Israel (cf v. 4). La investidura real de Ciro es un acontecimiento querido por Dios. Si algo se opusiese, será neutralizado por la voluntad divina (así que nadie puede cerrarte sus puertas»). El Señor ha decidido que el pueblo de Israel recobre la libertad, Jerusalén sea reconstruida y el templo restaurado.

En la historia del pueblo elegido, es la primera vez que Dios se dirige a un rey extranjero con un oráculo favorable y que el rey pagano es mencionado con el título de ungido, <<consagrado>>. Dios introduce a este extranjero —que ni siquiera conoce su nombre (v 5)- en la dinámica de la historia de la liberación de su pueblo. El Señor se muestra —sirviéndose de Ciro, instrumento de la nueva liberación— como el supremo árbitro de la historia y del tiempo.

El pueblo elegido aparece en medio de la historia de la salvación, pero no es el centro. Dios, Señor de la historia, actúa a través de los acontecimientos y de las personas dirigiendo su propio proyecto, Esta claro que la centralidad no la ocupa el pueblo de Israel, sino el Señor, Dios (no hay dios fuera de mí>> (v. 6), único e incomparable en su proceder como Creador y Salvador potente.

 

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 1,1-5

1 Pablo, Silvano y Timoteo a la iglesia de los tesalonicenses, que es la iglesia de Dios Padre y de Jesucristo, el Señor A vosotros, gracia y paz.

2 Damos gracias continuamente a Dios por todos vosotros y siempre os recordamos en nuestras oraciones,

3 Ante Dios, que es nuestro Padre, hacemos sin cesar memoria de la actividad de vuestra fe, del esfuerzo de vuestro amor y de la firme esperanza que habéis puesto en nuestro Señor Jesucristo.

4 Conocemos bien, hermanos amados de Dios, como se realizó vuestra elección.

5 Porque el Evangelio que os anunciamos No se redujo a meras palabras,  sino que estuvo acompañado de la fuerza y plenitud del Espíritu Santo.

 

¤• Son los primeros renglones escritos de la primera página del Nuevo Testamento. Pablo se dirige a los ciudadanos de Tesalónica convertidos del paganismo y los define, sin ninguna dificultad, con el término iglesia, es decir, <<asamblea» (v. 1), igual que la comunidad cristiana de Jerusalén. Forman una comunidad de salvados por el Padre y Jesús, destinatarios del mismo gesto de predilección y elección; pertenecen al pueblo de la llamada de Dios a la salvación y viven la experiencia originaria de iglesia participando de la nueva vida de Cristo resucitado, el Señor, y de Dios Padre, el Dios de los cristianos. Toda la carta esta escrita bajo la Señal del agradecimiento, gratitud a Dios —el origen de la llamada a la fe de los tesalonicenses (vv. 3ss)— y gratitud a los tesalonicenses, que han perseverado en el Evangelio recibido y viven- en las tres virtudes teologales especificas de la vida cristiana: fe, esperanza y caridad (v 3). Son amados por Dios, y de este amor procede su empeño en la fe, que no se reduce a una mera actitud contemplativa, sino que esta acompañada de caridad eficiente, de la cual se desprende una firme esperanza que no es fuga del presente, sino ánimo para soportar las tribulaciones.

El estilo de vida de los tesalonicenses es el fruto preciado del Evangelio que, como fuerza del Espíritu, alcanza el corazón del hombre y lo transforma. Se entiende por qué Pablo agradece que su evangelio no haya sido en vano, no se haya reducido a simple ruido, a meras palabras, sino Palabra de Dios que los tesalonicenses han acogido como tal, <<escuchándola». El evangelio, acogido como Palabra de Dios, <<estuvo acompañado de la fuerza y la plenitud del Espíritu» (cf v 5), capaz de transformar la voluntad y los deseos de las personas y suscitar la plena convicción de vivir una auténtica vida cristiana y dar un testimonio eficaz.

 

Evangelio: Mateo 22, 15-21

15 Entonces los fariseos se pusieron de acuerdo para buscar algún motivo de acusación en sus palabras,

16 y le enviaron discípulos suyos con los partidarios de Herodes a decirle:

—Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas con verdad el camino de Dios y que no te dejas influir por nadie, pues no miras las apariencias de las personas.

17 Dinos, pues, tu parecer: ¿estamos obligados a pagar tributo al Cesar o no?

18 Jesús se dio cuenta de su mala intención y les dijo:

—¿Por qué me ponéis a prueba, hipócritas?

19 Mostradme la moneda del tributo.

Ellos le presentaron un denario,

20 y él les preguntó

—¿De quién es esta imagen y la inscripción?

21 Le respondieron:

-Del César

Jesús les replicó:

-Pues dad al César lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios.

 

·» Fe y Política. A lo largo de la historia del cristianismo, las distintas respuestas a la cuestión de la relación de los dos temas abarcan un amplio abanico de posibilidades. La importancia del problema lleva a Mateo a recoger el episodio del tributo al César que se coloca dentro de las controversias de Jesús con los representantes de los diferentes grupos religiosos y políticos del judaísmo de la época (cf Mt 21,23-22,40).

Jesús no rehúye la trampa tramada por los fariseos y los herodianos (¡insólita asociación!) ofreciendo una improbable respuesta que satisfaga a unos, sin inquietar a los otros. Sabe perfectamente que los integristas judíos niegan a los romanos el derecho de cobrar impuestos y que los herodianos, colaboracionistas del régimen imperial, no pueden oponerse al pago del tributum capitis. Jesús sitúa el planteamiento a un nivel mas profundo: Dios y el hombre, el problema de la relación humana con Dios. Pide que le muestren la moneda del tributo —un denario, acuñado con la efigie del emperador- y le digan de quién es la imagen y la inscripción grabada (vv. 19ss). Clarísimamente invierte la situación y hace zozobrar las expectativas de sus interlocutores (M 21). Desbaratada la mala intención del increíble consorcio y desplaza la respuesta del plano ideológico al práctico, poniendo en el primerísimo puesto la decisión religiosa de la relación con Dios: sin tal opción, la solución de la interrelación de fe y poder resulta ambigua.

La célebre respuesta de Jesús (<<Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», m 21) recuerda la necesidad de distinguir los dos planos y denuncia cualquier tipo de mezcolanza teocrática, ya sea por divinización (culto al emperador) o por injerencia del dominio religioso en el ámbito político. La reacción de quienes buscaban algún motivo de acusación en sus palabras (<<Al oír esto, se quedaron asombrados, lo dejaron y se fueron», v 22) refleja confusión y perplejidad; han fallado en el intento de encontrar un pretexto para encarcelar a Jesús. Sin embargo, si quieren escuchan han encontrado un mensaje: anteponer a cualquier táctica política la búsqueda de la voluntad de Dios y someterse sinceramente a ella.

 

MEDITATIO

La primera lectura nos recuerda que, a pesar de todas las apariencias, las autoridades de este mundo reciben el poder de Dios, que es el Señor de la historia. Esto no quiere decir que se trate de un poder absoluto, de derecho divino y, por lo tanto, inopinable, sino todo lo contrario: quiere decir que todo poder esta llamado, siempre y en todo momento, a responder ante Dios de la veracidad y justicia de su propio ejercicio. Este es el reclamo de la celebre sentencia evangélica sobre el tributo debido al Cesar y la entrega completa a Dios.

Inspirarse en la Palabra de Jesús para tratar la problemática del poder y la responsabilidad del cristiano en el mundo significa distinguir dos planos distintos, el de Dios y el de los hombres, y saberlos interrelacionar Significa separar la cuestión del poder terreno —legítimo e ilegítimo— de las exigencias de la voluntad de Dios. El evangelio nos recuerda que no solo se debe responder de las decisiones públicas ante los hombres, sino que todos son responsables de sus decisiones, públicas y privadas, ante Dios.

Como el poder del Cesar alcanza exactamente hasta donde llegan las monedas con su efigie, Así el poder de Dios llega hasta donde alcanza su imagen. Y puesto que el hombre es la criatura modelada por Dios a imagen y semejanza (Gn 1,26), se sigue que, en cuanto <<imagen» de Dios, pertenecemos plenamente a Dios, que cualquier dimensión de nuestra vida se refiere a él, incluida la política. Esto no nos mengua, sino mas bien nos ayuda a liberamos de espejismos ante el poder y de colisiones frente a regimenes económicos, políticos y militares que impidan a la humanidad realizar con libertad y justicia su vocación de ser imagen de Dios. Distinguir los dos planos, indicados claramente por Jesús también nos pone en guardia frente a las recurrentes tentaciones integristas que anidan solapadamente bajo formas de <<fundamentalismo cristiano».

 

ORATIO

Señor, tu eres el Rey de la historia y todo lo que haces es para bien de los que te aman: incluso en las pruebas más difíciles. Te pedimos que con la ayuda del Espíritu veamos con la luz de la fe los complejos acontecimientos de la historia y contemplemos la mano amorosa que dirige el maravilloso proyecto de salvación de tu pueblo y de toda la humanidad. Te damos gracias porque nos llamas a colaborar en tus designios y nos pides que asumamos responsabilidades civiles y políticas. La Palabra de tu Hijo es esclarecedora: nos enseña a tomar conciencia de que el poder humano no puede ser ni <<demonizado» ni divinizado, sino que en él se debe manifestar la orientación de nuestra libertad.

Te damos gracias por crearnos a tu imagen y descubrirnos la grandeza de la vocación cristiana. Gracias porque podemos responderte con pequeñas y grandes cosas en la vida cotidiana, en el trabajo, en la política, en el voluntariado, en los asuntos sociales y mundanos, sin evadirnos del compromiso, la fatiga, ni las pruebas del tiempo: la fidelidad y la perseverancia, Gracias porque con tu ayuda podremos vivir todo esto, dándole al Cesar lo que es del César y a ti, nuestro Dios, cuanto es tuyo: nuestras vidas.

 

CONTEMPLATIO

Y así, si les pregunta, no es que él ignore lo que pregunta, sino que quiere condenarlos por sus mismas respuestas. Les preguntó, pues, el Señor: <<¿De quién es esta imagen y esta leyenda?». Y ellos le respondieron: <<Del César>>, Y les replicó: <<Pues dad al Cesar lo que es del César. Porque aquí no se trata de dar; sino de pagar y esto se demuestra por la imagen y la leyenda de la moneda, Mas por que no pudieran echarle en cara: ¿Luego tu nos sometes a los hombres?, prosiguió: <<Y a Dios lo que es de Dios». Posible es, en efecto, cumplir lo que toca a los hombres y dar a Dios lo que a Dios le debemos. De ahí que también Pablo diga: <<Dad, pues, a cada uno lo que le corresponda: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto, y al que honor; honor» (Rom 13,7). Por lo demás, cuando se os dice; <<Dad al César lo que es del César», entended que habla e1 Señor solo de aquellas cosas que no pugnan con la religión, pues, en caso contrario, ya no seria tributo pagado al César sino al diablo (Juan Crisóstomo, <<Homilías sobre el evangelio de san Mateo», 70,2, en Obras de san Juan Crisóstomo, II, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1950, 425-420).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Yo soy el Señor; y no hay otro» (Is 45,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir pora establecer y consolidar la comunidad humana según la ley [...].

El concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, o cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el Espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que a propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que éstos se reducen meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinados obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época. Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprendían con vehemencia semejante escándalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo personalmente conminaba graves penos contra él. No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religioso por otro. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, o sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación. Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo octual, nn. 42-43, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1970, 319-322).

 

Día 23

Lunes de la 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 4,20-25

Hermanos:

20 Tampoco vaciló [Abrahán] por falta de fe ante la promesa de Dios; al contrario, se consolidó en su fe dando así gloria a Dios,

21 plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete.

22 Lo cual le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación.

23 Estas palabras de la Escritura no se refieren solamente a Abrahán;

24 se refieren también a nosotros, que alcanzaremos la salvación si creemos en aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús, nuestro Señor,

25 entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación.

       *•• Pablo, llevando a la conclusión su «prueba bíblica», centra ulteriormente el discurso en la fe de Abrahán y su estrecha relación con la promesa de Dios. Hay dos pasajes en esta página: el primero tiene que ver directamente con Abrahán y su camino hacia la salvación por medio de la fe (w. 20-22), mientras que el segundo tiene que ver con nosotros, hijos de Abrahán en la fe y, como tales, llamados a creer en el Dios que también es capaz de resucitar a los muertos (w. 23-25).

       De Abrahán se dice con toda claridad que «tampoco vaciló» frente a la promesa de Dios: una vez vencido el peligro de la incredulidad, él, por gracia, «se consolidó en su fe dando así gloría a Dios» (v. 20). Con estas palabras define Pablo la actitud de Abrahán en el momento en que reconoce que se lo debe todo a Dios y, al mismo tiempo, se confía sólo a él. Constatamos, por consiguiente, que el ejemplo que nos da Abrahán en la acogida de la promesa de Dios y en su confiarse a él se vuelve cada vez más lineal, existencial y concreto también para nosotros.

       Desde esta perspectiva, que interesa a todos, personal y comunitariamente, termina Pablo su discurso sobre Abrahán. Por eso nos sentimos implicados, de entrada, en el designio salvífico de Dios; a continuación, en la historia particular de Jesús de Nazaret, nuestro Señor, que murió y resucitó por nosotros; y, por último, en esa pequeña historia de la salvación que nos contempla como sujetos interlocutores y cooperadores de Dios.

       El último versículo del capítulo presenta una estupenda síntesis del misterio pascual de Jesús en sus dos aspectos complementarios: fue «entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación» (v. 25). El misterio pascual no es sólo objeto de fe para cada creyente, sino que, antes aún, es fuente de gracia y de salvación.

 

Evangelio: Lucas 12,13-21

En aquel tiempo,

13 uno de entre la gente le dijo: -Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia.

14 Jesús le dijo: -Amigo, ¿quién me ha hecho juez o árbitro entre vosotros?

15 Y añadió: -Tened mucho cuidado con toda clase de avaricia, que aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas.

16 Les contó una parábola: -Había un hombre rico, cuyos campos dieron una gran cosecha.

17 Entonces empezó a pensar: «¿Qué puedo hacer? Porque no tengo dónde almacenar mi cosecha».

18 Y se dijo: «Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros, construiré otros más grandes, almacenaré en ellos todas mis cosechas y mis bienes,

19 y me diré: Ahora ya tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y pásalo bien».

20 Pero Dios le dijo: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién va a ser todo lo que has acaparado?».

21 Así le sucede a quien atesora para sí, en lugar de hacerse rico ante Dios.

 

       *+• Tras haber invitado a mantener el ánimo, apoyado por el don del Espíritu Santo en el momento del testimonio, Jesús, solicitado por la petición de un anónimo, pone en guardia contra el peligro de la avaricia y confirma su enseñanza con una parábola sencilla e iluminadora al mismo tiempo.

       La petición del anónimo tiene que ver con un problema que nos afecta a todos de cerca y que, con frecuencia, provoca disensiones y disidencias entre hermanos: «Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia» (v. 13). Pero Jesús se niega a responder (v. 14), porque su misión tiene que ver con algo bien distinto: en efecto, no ha venido a resolver nuestros problemas sociales, sino a enseñarnos a vivir nuestras relaciones sociales para entrar en la vida eterna. La respuesta de Jesús, además de contener una negación implícita, expresa asimismo una enseñanza sapiencial, bien conocida en toda la Biblia, que pone en guardia contra la avaricia, contra todo tipo de avaricia: vicio capital que está siempre al acecho en la vida de toda persona. La enseñanza de Jesús recae, como es obvio, sobre la relación entre riqueza y pobreza o, mejor aún, sólo sobre la riqueza considerada como posible peligro para una vida humana y cristiana digna de este nombre: «Aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas» (v. 15).

       La parábola (w. 16-21) viene a ilustrar el mismo tema. Resulta bastante estimulante el soliloquio inicial en el que el hombre rico, protagonista de la parábola, se muestra necio en sus palabras y, por consiguiente, en sus opciones de vida. Propiamente hablando, aquí no se pone de relieve la pecaminosidad de su comportamiento, sino más bien la futilidad, la estupidez de su desvivirse y de poner su confianza sólo en lo que ha acumulado.

       Igualmente iluminadora es la intervención final de Dios (v. 20), entendida precisamente como respuesta inmediata y directa a la actitud insensata del hombre rico. Ahora bien, aquí hemos de poner de relieve un punto particular: la estupidez de ese hombre consiste de manera especial en el hecho de que no ha pensado en lo que le sucederá después de la muerte. Ha pensado en explotar sus riquezas sólo para la vida presente y no ha considerado la posibilidad de obtener beneficios de ellas también para la vida futura.

       Desde esta perspectiva, resulta extremadamente importante y decisiva la conclusión de esta página evangélica, que tiende a aplicar a cada uno de nosotros la puesta en guardia de Jesús y el significado de la parábola. Hemos de señalar en particular que «hacerse rico ante Dios» (v. 21), según Lucas, no es otra cosa más que dar limosna (Lc 11,41) y hacerse un tesoro inagotable junto a Dios (Lc 12,33).

 

MEDITATIO

       El apóstol Pablo nos recuerda, en la primera lectura, que Abrahán no vaciló con incredulidad frente a la promesa divina, sino que «dio gloria a Dios». Sin embargo, el cumplimiento de esa promesa andaba muy lejos de la evidencia y el patriarca no tenía ninguna garantía visible de la herencia futura. También el cristiano está llamado a la le. Sin embargo, él sí ha visto en Cristo el cumplimiento de las promesas y puede repetir con el apóstol su profesión de fe: «Sé en quién he creído». Jesús, muerto y resucitado por nuestra salvación, nos invita cada día a la mesa de la Palabra, de su cuerpo y de su sangre. En ella podemos alcanzar de manera abundante la verdadera vida, la alegría, la paz. En efecto, participando en el misterio de su ofrenda es como el hombre se vuelve cada vez más capaz de amar y de dar y, así, de glorificar a Dios.

       Qué bello es pensar, con san Ireneo, que la gloria de Dios es el hombre vivo, o sea, nosotros, cuando, en un mundo aplastado por el odio y por la violencia, nos convertimos en dóciles testigos del amor; cuando, en un mundo asfixiado por el odio y por la violencia, nos convertimos en dóciles testigos del amor; cuando, en una sociedad asfixiada por la búsqueda exasperada del beneficio, tenemos el corazón «en otra parte», «en lo alto», y somos capaces de decir a los hermanos la palabra de esperanza de la que también su corazón tiene sed. Dado que somos habitantes de este mundo, es inevitable que estemos implicados en problemas de herencias o de intereses.

       Qué importante es, pues, sobre todo en esos casos, que el creyente se manifieste «distinto», libre de los criterios mundanos de quienes tienen como único horizonte los bienes de la tierra. Si Abrahán supo ya mirar más allá del presente, cuánto más nosotros, invadidos por el Espíritu del Resucitado, debemos tener el corazón desvinculado de lo que es caduco, habitado por la secreta dulzura que supone ser hijos amados por el Padre, para que el Señor no deba llamarnos «estúpidos» por habernos contentado con lo que no vale y haber olvidado que estamos destinados a la vida eterna.

 

ORATIO

       La caza del tesoro es el juego preferido, la epidemia más extendida, hoy. Loterías compradas como el pan de cada día. Juegos de azar que arruinan a muchas familias. Esposos que se separan para rescatar los miles de millones del divorcio. Padres que olvidan los afectos más entrañables para hacerse un patrimonio. ¿Hasta cuándo, Señor, seguirá atado el hombre a tanta falsedad? ¿Hasta cuándo se negará a comprender que la vida no está atada a los bienes? ¿Hasta cuándo se embriagará con las mentiras de los medios de comunicación, ignorando que quien acumula tesoros para sí no se enriquece ante Dios?

       Sólo quien busca encuentra, sólo quien da recibe, sólo quien rescata con sus propios bienes a un esclavo es libre, sólo quien renuncia a sus comodidades vence la miseria ajena, son quien se muestra solidario con los pobres tendrá cien veces más en esta tierra y, además, la vida eterna.

 

CONTEMPLATIO

       Son muchos los que, tras haber despreciado grandes bienes, sumas ingentes de oro y de plata, así como espléndidas propiedades, se turban a causa de un cortaplumas, de un estilo, de una aguja o de una pluma. Si se hubieran mantenido constantes en la contemplación y en la pureza del corazón, nunca habrían perdido este bien por cosas de nada, cuando habían preferido abandonar las cosas grandes y preciosas antes que incurrir en tal peligro.

       En efecto, hay quienes custodian manuscritos con tanto celo que no toleran que nadie les eche una ojeada o los toque apenas; de este modo, encuentran ocasiones de impaciencia y de ruina precisamente donde deberían aprender a adquirir los bienes de la paciencia y de la caridad.

       Han abandonado todas sus riquezas por amor a Cristo, y conservan, sin embargo, el primitivo apego del corazón a las cosas más triviales, dejándose vencer a menudo por la cólera a causa de ellas. No tienen en ellos la caridad de la que habla el apóstol, y se vuelven por eso estériles e infructuosos.

       Refiriéndose a hechos de este tipo, dice san Pablo: «Si distribuyera todas mis sustancias en alimento a los pobres, si entregara mi cuerpo al hambre y no tuviera caridad, de nada me ayuda» (1 Cor 13,3). De esto se desprende claramente que la perfección no se alcanza de golpe con la desnudez y la privación de todas las riquezas o con el desprecio de los honores, si después carecemos de la caridad, cuyas formas nos describe el apóstol y que consiste únicamente en la pureza del corazón [...].

       En consecuencia, las cosas secundarias, esto es, los ayunos, las vigilias, la soledad, la meditación de la Escritura, debemos referirlas al fin principal, es decir, al de la pureza de corazón que es la caridad; no es justo poner en peligro la virtud fundamental a causa de estas otras cosas.

       En efecto, si ésta permanece íntegra e intacta, nada podrá perjudicarnos, aunque nos veamos obligados a prescindir por necesidad de algo secundario: de nada nos serviría cumplir perfectamente todos los compromisos si nos privamos del bien más importante en vistas al cual debemos hacer todas las otras cosas (Juan Casiano, Conlatio prima, 6ss, París, 1955, pp. 83-85 [edición española: Colaciones, Ediciones Rialp, Madrid 1961]).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús, nuestro Señor, entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación» (Rom 4,25).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       La postura del cristiano frente a la esperanza es compleja y operante. Nosotros no nos alienamos con las esperanzas terrenas y dirigimos nuestros ojos exclusivamente hacia la esperanza eterna, y ni siquiera nos zambullimos en el efímero olvido de la eternidad. No perdemos de vista el hecho de que el Creador ha confiado al hombre el derecho y el deber de dominar la naturaleza y completar la creación, pero tampoco olvidamos que nosotros somos sólo cocreadores y que nuestras esperanzas ahondan sus raíces en la grandeza y en la generosidad del Padre, que nos ha querido a su imagen y semejanza y nos ha hecho partícipes de su naturaleza divina.

       Nuestra esperanza no es ingenua ni tiene miedo de hacer frente a los obstáculos. Tiene el coraje suficiente para mirarlos de cerca y se esfuerza por superarlos contando con sus propias fuerzas, sin olvidar, no obstante, que el Hijo de Dios se hizo hombre y ha comenzado ya la obra de liberación del hombre, y que a nosotros nos corresponde completarla con la ayuda de Dios. ¿Es acaso una audacia excesiva, un sueño irrealizable, una esperanza vana, pensar en «la esperanza de una comunidad mundial»? Pues sí, ciertamente, es una audacia, es un sueño. Una audacia y un sueño que, sin embargo, según la decisión y el realismo con los que seamos capaces de afrontar los obstáculos que se levanten en el camino, podrán transformarse de esperanza en realidad [...].

       Cuando esperar nos parezca absurdo o ridículo, acordémonos de que, en la evolución creadora, el hombre brotó de un pensamiento de amor del Padre, ha costado la sangre del Hijo de Dios y es objeto permanente de la acción santificadora del Espíritu Santo (H. Cámara, Conferencia pronunciada en Winnipeg el 13 de enero de 1970, en La documentación catholique del 1 de marzo de 1970, pp. 221 ss y 224).

 

Día 24

Martes de la 29ª semana del Tiempo ordinario o 24 de octubre, conmemoración de

San Antonio María Claret

 

Antonio María Claret nace el 23 de diciembre del 1807 en Sallent, Barcelona. Después de los estudios primarios en su pueblo natal, sus padres lo mandan a estudiar a la capital para que en el futuro perfeccionara y acrecentara la industria textil de la familia. Pero Tonet siente otras inquietudes. El mismo decía: «El continuo pensar en máquinas y talleres me tenía agobiado...  Cuando iba a misa, tenía más máquinas en la cabeza que santos en los altares». A los 21 años decide ingresar en el seminario de Vic y es ordenado sacerdote en 1835. Su inquietud misionera le lleva a Roma para ingresar en la Congregación de la Propagación de la Fe. Á causa de una repentina enfermedad, regresa a Barcelona. Comienza su labor pastoral en una parroquia, pero lo suyo es evangelizar toda la comarca, a ejemplo de Jesús. Se da cuenta de que no basta predicar con la palabra hablada y se dedica también a la palabra escrita. Tras predicar por Cataluña, Canarias, Cuba y en el palacio de la reina Isabel II, muere con fama de santidad en un monasterio cisterciense. Pío XII lo declaró santo el 7 de mayo de 1950.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 5,12.15b.l7-19.20b-21

Hermanos:

12 Así pues, por un hombre entró el pecado en el mundo, y con el pecado la muerte. Y como todos los hombres pecaron, a todos alcanzó la muerte. La gracia de Dios, hecha don gratuito en otro hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos.

15  Y si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado universal, mucho más por obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que acogen la sobreabundancia de la gracia y del don de la salvación.

18 Por tanto, así como por el delito de uno solo la condenación alcanzó a todos los hombres, así también la fidelidad de uno solo es para todos los hombres fuente de salvación y de vida.

19 Y como, por la desobediencia de uno solo, todos fueron hechos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo, todos alcanzarán la salvación.

20 Pero cuanto más se multiplicó el pecado, más abundó la gracia,

21 de modo que si el pecado trajo el reinado de la muerte, también la gracia reinará y nos alcanzará, por medio de nuestro Señor Jesucristo, la salvación que lleva a la vida eterna.

 

       *»• La página que estamos leyendo es un texto clásico de la teología sobre el pecado original. Tras haber afirmado que todos, judíos y griegos, son culpables e inexcusables, Pablo recuerda el acontecimiento original que, a su modo de ver, determina y justifica esta universal fragilidad, esta debilidad común, esta pobreza radical de toda persona frente a Dios y a las exigencias de su voluntad. Con el pecado -razona Pablo- también ha entrado en el mundo la muerte: la muerte total (v. 12). Y así como cada persona humana se reconoce débil frente a la muerte física, tampoco puede dejar de reconocerse impotente frente a la muerte total. También aquí saca a la luz el apóstol una doble solidaridad que une a toda la humanidad: la solidaridad en el mal, que amenaza con dejar reinar la muerte en el mundo, y la solidaridad en el bien, que está garantizada por la presencia de Jesús (w. 17ss).

       Existe una clave de lectura muy sencilla y muy eficaz para esta página paulina: consiste en la contraposición entre la figura de Adán, a causa del cual «entró el pecado en el mundo» (v. 12), y la persona de Jesús, merced al cual ha llegado a nosotros la gracia de Dios. Este concepto, desarrollado siempre en una tensión histórico-salvífica, se repite más veces en estas pocas líneas (w. 15b.l7ss).

       De este modo, Pablo nos ayuda a volver, con un estupor siempre mayor y con un deseo de comprender siempre creciente, sobre el gran acontecimiento de la muerte y la resurrección de Jesús, que ha cambiado el rostro a la historia de toda la humanidad, que ha renovado el corazón de todo hombre, hijo de Adán, que ha hecho reinar definitivamente en el mundo la gracia de Dios.

 

Evangelio: Lucas 12,35-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

35 Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas.

36 Sed como los criados que están esperando a que su amo vuelva de la boda, para abrirle en cuanto llegue y llame.

37 Dichosos los criados a quienes el amo encuentre vigilantes cuando llegue. Os aseguro que se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos.

38 Si viene a media noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.

 

       **• Esta página evangélica contiene una advertencia (w. 35ss), una bienaventuranza (w. 37a.38) y una promesa (v. 37b). No es difícil captar el mensaje correspondiente, a condición de mantener íntimamente unidas las tres partes de la enseñanza de Jesús.

       La advertencia tiene que ver con la vigilancia expectante, que conocerá ulteriores desarrollos en la liturgia de la Palabra de los próximos días. La doble imagen de la cintura ceñida y de las «lámparas encendidas» no es más que una invitación a asumir actitudes que estén de acuerdo con la vigilancia: un deber imperioso e ineludible para todos, puesto que el Señor está cerca, porque «el que viene» está a punto de llegar. Las parábolas contenidas en este capítulo y en el siguiente pueden ser caracterizadas como las «parábolas de la inminencia escatológica»: en ellas vibra, en efecto, un sentido de inmediatez y de espontaneidad que, lejos de crear incertidumbre, suscita más bien espera y confianza. El mensaje que de ahí se sigue es obvio: es preciso estar preparado, porque la hora escatológica está a punto de sonar.

       La bienaventuranza a la que se alude está íntimamente ligada al relato parabólico: es la bienaventuranza de quien, teniendo plena conciencia de su condición de criado, mantiene con fidelidad una actitud de vigilancia durante la espera. Esa bienaventuranza está confirmada cuando la parábola, al llegar a su término, describe el retorno del amo y su encuentro con los criados vigilantes.

       Así pues, es menester permanecer vigilantes por una primera razón, que consiste en el hecho de no conocer con exactitud la hora en la que volverá el amo. Pero la segunda razón es todavía más importante, y consiste en la gran promesa que formula Jesús a sus siervos buenos y fieles: «Os aseguro que se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos» (v. 37b). Es la promesa de la comunión plena y definitiva entre los siervos y su amo, entre Dios y aquellos que viven con la perspectiva del gran encuentro.

 

MEDITATIO

       «Cada hombre es Adán, cada hombre es Cristo.» Podemos recordar estas palabras de san Agustín mientras volvemos a saborear el célebre texto del apóstol Pablo, base y fundamento de la reflexión teológica sobre el pecado, del que hemos puesto de relieve sólo un aspecto particular, existencial, aunque no por ello menos importante.

       En cada uno de nosotros revive siempre el conflicto entre el hombre viejo y el hombre nuevo. Y no sólo esto, sino que se manifiesta también el desenlace de su contraposición, no circunscribible ya a la persona particular, sino que se refiere por necesidad a una multitud de hermanos. En este choque, es esencial dejar que Cristo more en nosotros realmente. Así, gracias a él, nuestro combate individual -ese que nadie puede librar por nosotros- puede obtener la victoria. Del mismo modo que el Hijo venció al pecado y a la muerte con su adhesión a la voluntad del Padre, así también nuestra relación de obediencia a Dios desprende salvación y gracia para los otros, los de cerca y los de lejos, conocidos y desconocidos.

       Es ésta una verdad que debemos tener presente con gozosa conciencia: la apuesta de nuestra vida es muy grande. De nuestra apertura al don de Dios dependen la paz, la alegría y la gracia de muchos hermanos. Ahora bien, ¿cómo hacer para mantener viva la conciencia del compromiso ligado a nuestra adhesión a Dios? El evangelio nos invita a la vigilancia, a mantenernos siempre despiertos. El aburrimiento y el torpor nacen del sentimiento de estar vacíos, de sentirnos inútiles.

       En la vida del creyente no hay ningún momento o situación en los que no pueda amar y dar al prójimo una mirada de bondad, la ofrenda de un sufrimiento. Y poniéndonos ante el Crucificado es como podemos alcanzar la fuerza y la audacia para entrar no en la rebelión del viejo Adán desobediente, sino en el movimiento de confiado abandono del Hijo obediente usque in finem, hasta el fin.

 

 

ORATIO

Señor y Padre mío,

que te conozca y te haga conocer,

que te ame y te haga amar,

que te sirva y te haga servir,

que te alabe y te haga alabar

por todas las criaturas.

(Del padre Claret.)

 

CONTEMPLATIO

Inflamados por el fuego del Espíritu Santo, los misioneros apostólicos han llegado, llegan y llegarán hasta los confines del mundo, desde uno y otro polo, para anunciar la Palabra divina; de modo que pueden decirse con razón a sí mismos las palabras del apóstol san Pablo: nos apremia el amor de Cristo.

El amor de Cristo nos estimula y apremia a correr y volar con las alas del santo celo. El verdadero amante ama a Dios y a su prójimo; el verdadero celador es el mismo amante, pero en grado superior, según los grados de amor; de modo que, cuanto más amor tiene, por tanto mayor celo es compelido. Y si uno no tiene celo, es señal cierta de que tiene apagado en su corazón el fuego del amor, la caridad. Aquel que tiene celo desea y procura, por todos los medios posibles, que Dios sea siempre más conocido, amado y servido en esta vida y en la otra, puesto que este sagrado amor no tiene ningún límite.

Lo mismo practica con su prójimo, deseando y procurando que todos estén contentos en este mundo y sean felices y bienaventurados en el otro; que todos se salven, que ninguno se pierda eternamente, que nadie ofenda a Dios y que ninguno, finalmente, se encuentre un solo momento en pecado. Así como lo vemos en los santos apóstoles y en cualquiera que esté dotado de espíritu apostólico.

 

ACTIO

Imitando la devoción de los claretianos a la Virgen María, repetir con ellos: «Inmaculado Corazón de María, en vos confío».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Parábola del aprendiz de brujo Una meditación en tomo a la posmodernidad.

Cuenta esta historia que un ¡oven aprendiz, en ausencia de su sabio maestro, puso en funcionamiento el artefacto inventado. El funcionamiento fue perfecto. Aquella maquinaria prodigiosa, en justa exhibición del talento que la había creado, iba destrozando todo lo que encontraba a su alrededor. La angustia del joven aprendiz fue creciendo más y más por no saber desactivar los mecanismos que detuvieran el invento. Las consecuencias de aquella curiosidad imprudente y la moraleja de la historia son fáciles de sacar.

Algo parecido le sucede al joven posmoderno. Por un lado se considera heredero de un ingente legado de posibilidades que le posibilitan vivir con el menor esfuerzo. Ahora bien, el manual de instrucciones no se tiene ni se sabe interpretar o no se leen las contradicciones. Aquí está la danza maravillosa de la posmodernidad: los jóvenes disfrutan de todo lo que no se han esforzado en producir, pero también padecen sus más duras consecuencias. (De las fábulas del padre Claret.)

 

 

Día 25

Miércoles de la 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 6,12-18

Hermanos:

12 Que no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal. No os sometáis a sus apetitos,

13 ni prestéis vuestros miembros como armas perversas al servicio del pecado. Ofreceos más bien a Dios como lo que sois, muertos que habéis vuelto a la vida, y haced de vuestros miembros instrumentos de salvación al servicio de Dios.

14 No tiene por qué dominaros el pecado, ya que no estáis bajo el yugo de la ley, sino bajo la acción de la gracia.

15 Entonces, ¿qué? ¿Nos entregaremos al pecado porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera!

16 Sabido es que si os ofrecéis a alguien como esclavos y os sometéis a él, os convertís en sus esclavos: esclavos del pecado, que os llevará a la muerte, o esclavos de la obediencia a Dios, que os conducirá a la salvación.

17 Pero, gracias a Dios, vosotros, que erais antes esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón la doctrina que os ha sido transmitida la y, liberados del pecado, os habéis puesto al servicio de la salvación.

 

       **• La lectura comienza con una orden (w. 12ss): no se trata de un deseo, sino de una exigencia. Exactamente la  que deriva del acontecimiento histórico-salvífico que se ha llevado a cabo en la vida de cada creyente por medio del sacramento del bautismo. Del bautismo está hablando, efectivamente, Pablo en este capítulo de su carta, y ese sacramento ha de ser puesto como fundamento de cuanto va a comunicar a sus destinatarios.

       «Todos a quienes el bautismo ha vinculado a Cristo hemos sido vinculados a su muerte. En efecto, por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo, quedando vinculados a su muerte, para que así como Cristo ha resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva» (w. 3ss). En consecuencia, también nosotros podemos caminar en una vida nueva (cf. v. 4). Y sobre esta novedad de vida construye Pablo ahora su discurso: es preciso que nos convirtamos en lo que ya somos, es menester que obremos de un modo consecuente con el don que hemos recibido, es necesario que vivamos en nuestra vida el misterio pascual de Cristo. Eso implica, sobre todo, dos cosas: morir al pecado y vivir en Cristo; dos momentos de un único estilo de vida, dos actitudes complementarias entre sí e igualmente necesarias. Lo que Pablo afirma deja entrever también un acento polémico contra algunos que, disociando los dos momentos del único misterio pascual, admitían la hipótesis de una existencia cristiana al son de la permisividad y del laxismo. Sin embargo, Pablo no puede ceder frente a semejantes desviaciones. La gracia del ministerio que ha recibido le hace responsable de sí mismo y de los otros.

       De ahí se sigue que el estilo de vida cristiana que Pablo traza en esta página incluye, al mismo tiempo, un momento negativo y otro positivo, un compromiso contra el pecado y una adhesión a la gracia de Dios, una neta contraposición a la lógica de muerte que se propaga en el mundo y una adhesión total a la lógica de la vida nueva traída por Jesús. Pablo concluye su pensamiento con una acción de gracias (cf. v. 17) dirigida a Dios y motivada por el comportamiento de los cristianos de Roma, que habían comprendido ya las instancias concretas de su fe en Cristo: ellos, en efecto, ya habían abandonado la esclavitud del pecado y se habían «puesto al servicio de la salvación» (v. 18).

 

Evangelio: Lucas 12,39-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

39 Tened presente que, si el amo de la casa supiera a qué hora iba a venir el ladrón, no le dejaría asaltar su casa.

40 Pues vosotros estad preparados, porque a la hora en que menos penséis vendrá el Hijo del hombre.

41 Pedro dijo entonces: -Señor, esta parábola ¿se refiere a nosotros o a todos?

42 Pero el Señor continuó: -Vosotros sed como el administrador fiel y prudente a quien el dueño puso al frente de su servidumbre para distribuir a su debido tiempo la ración de trigo.

43 ¡Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!

44 Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

45 Pero si ese criado empieza a pensar: «Mi amo tarda en venir», y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a emborracharse,

46 su amo llegará el día en que menos lo espere y a la hora en que menos piense, lo castigará con todo rigor y lo tratará como merecen los que no son fieles.

47 El criado que conoce la voluntad de su dueño pero no está preparado o no hace lo que él quiere, recibirá un castigo muy severo.

48 En cambio, el que sin conocer esa voluntad hace cosas reprobables, recibirá un castigo menor. A quien se le dio mucho, se le podrá exigir mucho; y a quien se le confió mucho, se le podrá pedir más.

 

       *•• Las exhortaciones de Jesús dirigidas ahora a sus discípulos sacan a la luz la responsabilidad de todo creyente frente a la novedad del Evangelio y a sus instancias prácticas. Según el Maestro, el verdadero discípulo no sólo debe vigilar mientras espera, sino que debe conservarse fiel a lo que ha prometido, hasta que el Señor vuelva. Dice en efecto: «Tened presente» (v. 39a). Se trata, pues, de un discernimiento que sólo es posible practicar si la fe, junto a la razón, se convierte en fuente de luz para nuestro camino. Saber no lo es todo, pero, a buen seguro, es una condición indispensable para estar dispuesto todo el tiempo que haga falta.

       En medio del fragmento aparece una extraña pregunta de Pedro (cf. v. 41), que sirve de introducción a la parábola del administrador fiel y prudente. También éste, sin embargo, en un determinado momento, contempla la posibilidad de un olvido y de una falta de atención. La fidelidad y la prudencia parecen ser las dos cualidades que Jesús quiere recomendar a todos, pero sobre todo a sus discípulos. Al mismo tiempo, deja claro de una manera inequívoca la seriedad y el dramatismo del seguimiento evangélico. De ahí que, por una parte, resuene una bienaventuranza consoladora: «¡Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!» (v. 43); con ella quiere exhortar el Señor a la fidelidad, pero, al mismo tiempo, enuncia la promesa de una comunión definitiva. Por otra parte, resuena la amenaza de un castigo severo para todo el que no se mantenga fiel y activo en la espera. Ésos serán contados entre «los que no son fieles» (v. 46).

       Los dos últimos versículos del fragmento evangélico son característicos de Lucas: en ellos se complace en acentuar la relación entre conocimiento y castigo (cf. asimismo 19,11-28) y aplica este juicio a los responsables de la comunidad.

 

MEDITATIO

       Atosigados como estamos por tantos problemas, por las mil urgencias que nos acosan en nuestra vida diaria, la Palabra de Dios nos llama a lo esencial, a fijar sobre nosotros mismos una mirada serenamente consciente de lo que Dios ha hecho por nosotros y de nosotros. San Pablo nos recuerda que somos «muertos que habéis vuelto a la vida», habitados por la fuerza y por el poder de Cristo resucitado, llamados a ofrecernos a nosotros mismos a Dios con alegría y gratitud en todo lo que llevemos a cabo, para que verdaderamente, tanto si comemos como si dormimos, seamos del Señor y nada sea extraño a este horizonte de pertenencia que enriquece y embellece nuestra existencia. Cuanto más hayamos experimentado en nosotros mismos y en los otros -tal vez en personas que nos son particularmente queridas o familiares- qué verdad es que el pecado somete y esclaviza al hombre hasta matarlo, tanto más se dilatará nuestro corazón en el servicio a Dios con alegría. Ay de nosotros si, como el siervo de la parábola, pensamos que el amo «tarda en venir». Nuestro amado Señor y Maestro está con nosotros para que vivamos con su gracia, de manera conforme a la vida nueva que él nos ha dado, y lleguemos a ser santos e inmaculados en su presencia en el amor. El camino -es siempre san Pablo el que nos lo indica- es la obediencia de corazón a la enseñanza de Jesús. Es un camino que va desde la escucha de la Palabra a la fracción del pan de la caridad juntos, desde el reconocimiento de Cristo presente en los pequeños y en los pobres al servicio generoso a los hermanos del que todos somos personalmente responsables. Es seguro que se nos pedirá cuentas de lo mucho que hemos recibido, pero sabemos también que el que nos juzgará será aquel que murió por amor a nuestro amor.

 

ORATIO

       «¡Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!» Dichoso el que, solícito, cumple lo que tiene que hacer: su esperanza se verá recompensada con el bien prometido. Dichoso el que, como atleta fiel, permanezca en la carrera: recibirá una corona incorruptible.

       Dichoso el que, habiendo puesto la mano en el arado, no mira hacia atrás: recogerá frutos en abundancia. Dichoso el que procede con templanza y prudencia en el viaje: verá las alegrías eternas. Dichoso el que se muestra constante en la prueba: tendrá la suerte que Dios prepara a sus amigos. Dichoso el que afronta con buen ánimo las fatigas del deber: gozará con la recompensa de sus esfuerzos. Dichoso el que se prodiga a favor de los otros sin segundas intenciones: saboreará el triunfo final. Dichoso el que sirve y piensa en hacer el bien: estará aún mejor en el Reino de los Cielos.

       Dichoso el que camina en la verdad desmenuzándola mientras va de camino: sus numerosos seguidores le darán la gloria. Dichoso el que haya dado a Dios tiempo para realizar sus designios: gustará la victoria de los fuertes. Dichoso el que hace su vida útil y santa: se le dará cien veces más. «¡Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!».

 

CONTEMPLATIO

       San Pablo afirma esta verdad: «Si alguien está en Cristo, es una nueva creación» (2 Cor 5,17). Y para que no pensemos en una creación material, precisa: si alguien está en Cristo. La nueva creación es, por tanto, la que se nos revela a través de aquel que se adhiere a Cristo en la fe. Decidme, ¿es más grande el hecho de que el cielo u otro elemento creado se renueve o que un hombre pase del vicio a la virtud y abandone el error para ponerse al servicio de la verdad? Eso es precisamente lo que san Pablo llama «nueva creación».

       Y no sólo esto, sino que añade de inmediato: «Las cosas viejas han pasado, he aquí que lo hago todo nuevo» (2 Cor 5,17). El sentido de estas palabras está claro: los hombres, a través de la fe en Cristo, abandonan el fardo de sus pecados como si se despojaran de un vestido viejo; liberados del error, son iluminados por el Sol de justicia y, de este modo, se revisten de un vestido completamente nuevo y resplandeciente, una vestidura real. Ha irrumpido la gracia de Dios: es como si hubiera creado de nuevo las almas, las ha rehecho desde el interior, transformando no ya su naturaleza, sino su voluntad. Ahora ya no se permite a la mirada del espíritu el velo que cubría los ojos, y he aquí que la vista percibe con claridad todo el horror del vicio y la resplandeciente belleza de la virtud [...].

       Así pues, todos juntos, vosotros que ya habéis sido bautizados desde hace muchos tiempo y vosotros que acabáis de recibir este don del Señor, escuchemos la exhortación del apóstol que nos dice: «Las cosas viejas han

pasado, he aquí que lo hago todo nuevo». Olvidemos todo nuestro pasado. Puesto que ahora hemos sido hechos partícipes de una vida nueva, empeñémonos en transformar todo nuestro ser. Tengamos presente, en todo lo que digamos y hagamos, la dignidad de aquel que habita en nosotros (Juan Crisóstomo, Cuarta homilía bautismal XII, 14-16; París 1957, pp. 189-191).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Demos gracias a Dios porque os habéis puesto al servicio de la salvación» (cf. Rom 6,17ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El Dios creador es libre. La criatura humana, plasmada según su imagen, también estará dotada de libertad. ¿Qué es lo que distingue, principalmente, al animal humano de los otros animales? Sobre todo, la conciencia de sí, la voz de la conciencia, el libre albedrío, la capacidad de tomar decisiones éticas. Mientras que los otros animales obran siguiendo su propio instinto, el animal humano está en su propia conciencia en presencia de Dios, elige. Dios dice cada día al hombre: «Ante ti están la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia» (Dt 30,19).

       Sólo ejercitando su libertad se vuelve el hombre auténticamente humano. En un mundo que se va haciendo día a día más inhumano -un mundo aparentemente controlado por el psicoanálisis, por las estadísticas y por las máquinas-, es urgente reafirmar, por parte de los cristianos, el valor supremo de la libertad humana. No hay nada más decisivo en todo el universo que las elecciones ponderadas llevadas a cabo por personas dotadas de razón y de conciencia.

       El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, puede alabar a Dios también por este mundo, restituir a su Creador como ofrenda la creación en una acción de gracias; y, mediante este acto de oblación, el hombre llega a ser verdaderamente humano, una persona en su integridad (K. Ware, Riconoscerete Cristo in voi, Magnano 1994, pp. 30-32, passim).

 

 

Día 26

Jueves de la 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 6,19-23

Hermanos:

19 Os estoy hablando al modo humano, haciéndome cargo de vuestra dificultad para comprender. Lo mismo, pues, que antes os entregasteis como esclavos a la impureza y a la iniquidad hasta llegar a la perversión, así ahora entregaos como esclavos al servicio de la salvación en busca de la plena consagración a Dios.

20 En otro tiempo erais esclavos del pecado y no os considerabais obligados a buscar la salvación.

21 ¿No os avergüenza ahora el fruto que entonces cosechasteis? Porque el resultado de todo aquello fue la muerte.

22 Ahora, en cambio, liberados del pecado y convertidos en siervos de Dios, tenéis como fruto la plena consagración a él y como resultado final la vida eterna.

23 En efecto, el salario del pecado es la muerte, mientras que Dios nos ofrece como don la vida eterna por medio de Cristo Jesús, nuestro Señor.

 

       *•• Pablo sigue reflexionando sobre el «gran paso» que se realiza en la vida del creyente tanto por la fe que alimenta como por el bautismo que recibe. Nos encontramos, en efecto, delante de una gran contraposición entre el pasado y el presente: dos tiempos separados en entre sí por el misterio pascual de muerte y de vida, que fue de Jesús y ahora es de sus discípulos. Así pues, la vida cristiana es asimilable, para Pablo, a un viaje: es necesario saber de dónde venimos, pero es asimismo indispensable saber hacia dónde nos encaminamos. El camino de todo cristiano se desarrolla entre un pasado marcado por la esclavitud y un presente marcado por la libertad. El trecho de camino que nos queda por recorrer está trazado claramente por Dios, y su nombre es Jesús: el camino, el único camino que estamos llamados a conocer y a recorrer.

       La vida cristiana, para Pablo, es semejante también a un servicio, marcado asimismo por una fuerte y decisiva separación. En efecto, del mismo modo que antes estábamos al servicio de la impureza y de la iniquidad, así ahora estamos al servicio de la justicia y de la santidad. Es como decir que, en cierto modo, el nombre debe reconocer que es «siervo» de alguien: si no se hace siervo de Dios, liberándose del pecado, acabará siendo siervo de Satanás, subyugado por el pecado.

       Será bueno poner de relieve un detalle de este razonamiento desarrollado por Pablo. Es él quien insiste en el hecho de que «en otro tiempo erais esclavos del pecado y no os considerabais obligados a buscar la salvación» {cf. v. 20). Pero ahora, para explicitar el pensamiento del apóstol, ahora que hemos sido justificados o salvados por el amor de Dios mediante la fe, ya no somos libres respecto a la justicia, sino que nos hemos vuelto –y como tales nos comportamos- siervos de la justicia, o sea, de Dios.

 

Evangelio: Lucas 12,49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

49 He venido a prender fuego a la tierra; y ¡cómo desearía que ya estuviese ardiendo!

50 Tengo que pasar por la prueba de un bautismo, y estoy angustiado hasta que se cumpla.

51 ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división.

52 Porque de ahora en adelante estarán divididos los cinco miembros de una familia, tres contra dos, y dos contra tres.

53 El padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera, y la nuera contra la suegra.

 

       **• La humanidad está obligada a elegir frente a Cristo. No es posible permanecer indiferente ante su Evangelio y sus «pretensiones» correspondientes. Esto depende sobre todo del radicalismo de la propuesta de salvación que ha venido a traer el Nazareno: una propuesta impregnada de amor, frente a la que es preciso reaccionar por amor.

       «He venido a prender fuego a la tierra» (v. 49): el tono del discurso es autobiográfico. Eso significa que para poder elegir qué hacer y cómo vivir es necesario, antes que nada, resolver el dilema sobre la identidad de Jesús: quien no le reconozca en su verdadera identidad no podrá llevar a cabo decisiones dignas del seguimiento de Jesús. «Un fuego... un bautismo...» (w. 49ss): no se trata del fuego del Espíritu Santo, ni siquiera del fuego del juicio, sino del vivo deseo que alimenta Jesús de pasar por el fuego purificador de su pasión y muerte. Igualmente, Jesús desea pasar a través de ese bautismo de sangre que será su sacrificio en la cruz. Desde esta perspectiva, las imágenes del fuego y del bautismo nos proyectan hacia el final de la vida terrena de Jesús y hacia la cima de su misterio, que culminará con la entrega total de sí mismo al Padre por amor a nosotros.

       Frente al amor que nos ha atestiguado Jesús, es menester reaccionar con amor, y es cosa sabida que el amor, el verdadero, es siempre muy exigente, en ocasiones desgarrador.

       Ésa es la razón de que responder a la llamada evangélica implique, por un lado, dejar y, por otro, tomar. Dejar todo lo que es contrario al Evangelio y a sus exigencias radicales para tomar la única cosa necesaria; es más, la única persona necesaria: Jesús, hijo de Dios y redentor nuestro. La instancia ascética claramente dibujada por este fragmento evangélico tiene que ser leída desde la perspectiva de una vocación propuesta por Jesús a sus discípulos, y vuelta a proponer ahora a todos nosotros.

 

MEDITATIO

       Del fragmento de san Pablo que hemos leído hoy se desprende una clara contraposición entre lo que los destinatarios de la carta eran en un tiempo, cuando eran esclavos del pecado, y lo que son ahora. Es posible que

para nosotros esta realidad no sea tan clara: no hay en nosotros un pasado de impureza y desorden absoluto y un hoy de santidad y justicia, sino un camino de conversión en acto para llegar a ser según el corazón de Dios. Necesitamos ponernos a mendigar a diario la gracia del poder de la cruz, a invocar el don del Espíritu. Si constatamos nuestra lentitud en el camino de conversión, nos tranquiliza la certeza de que Dios es paciente y quiere atarnos a él de un modo cada vez más estrecho, para que podamos saborear qué grande es la libertad que deriva de nuestra pertenencia a él.

       Sí, es paradójico, pero -como atestiguan los santos cuanto más somos poseídos por Dios, tanto más libres estamos de todo. No son éstas realidades comprensibles a la razón: sólo quien las vive las puede reconocer fácilmente. Jesús nos habla en el evangelio de hoy del deseo que le consume de llevar a cabo la misión que le ha dado el Padre, aunque sabe demasiado bien lo que comporta el paso cruento a través de la cruz. Las mismas disposiciones interiores, el mismo anhelo de seguir a Jesús, a cualquier precio, se encuentran en el cristiano que ha adquirido la verdadera libertad haciéndose, por propia voluntad, esclavo de un Dios que es Amor.

 

ORATIO

       Tu bautismo en el Jordán, Señor Jesús, me ha revelado el alcance de tu amor: Hijo de Dios, nacido por nosotros. Tu bautismo de sangre, Señor, me ha redimido por tu amor: fuego purificador de mis culpas. Tu resurrección, Señor, me ha mostrado el poder de tu amor: promesa consoladora de vida eterna. Tu ascensión, Señor, me ha asegurado la plenitud de tu amor: respiración vital y recreadora. Tu pentecostés, Señor, me inunda de tu amor: certeza perenne de luz y calor. Oh Señor, «renueva la faz de la tierra» y también mi vida.

 

CONTEMPLATIO

       El amor se basta a sí mismo, gusta por sí mismo y por su propia causa; es mérito y recompensa de sí mismo. No busca fuera de él ninguna causa ni ningún fruto: su fruto es precisamente amar. Amo porque amo, amo para amar. Es una gran cosa el amor, siempre que se remonte a su principio y, vuelto a su origen, reservado en su fuente, tome siempre de ella para poder fluir de manera perenne. De todos los movimientos del alma, entre todos los sentimientos y los afectos, es el amor el único con el que la criatura puede responder a su Creador, si no de igual a igual, sí al menos de semejante a semejante [...]. El amor del Esposo -o mejor, el Esposo que es amor- sólo pide reciprocidad de amor y fidelidad. En consecuencia, la amada debe amarle a su vez. ¿Cómo podría dejar de amar ella, que es esposa y esposa del Amor? ¿Cómo podría no ser amado el Amor?

       Es justo entonces que, renunciando a todos los otros afectos, se entregue del todo a un único amor, pues a ella le toca corresponder al Amor mismo con amor. En efecto, aunque se derrame toda en amor, ¿qué proporción habrá en este amor suyo y el perenne manar de la fuente del mismo? No cabe la menor duda de que el flujo del amor no brota con la misma riqueza de quien ama y de aquel que es el Amor, del alma y del Verbo, de la esposa y del Esposo, del Creador y de la criatura: la abundancia de la fuente no es, a buen seguro, la del sediento.

       ¿Entonces? ¿Será, pues, vano, desaparecerá por completo el deseo de la que espera las nupcias? La aspiración de quien espera, el ardor del amante, la confianza de quien espera, ¿se verán decepcionados porque la esposa no pueda correr con el paso de un gigante, contender en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en candor con el lirio, en luminosidad con el sol, en amor con aquel que es Caridad? No. En efecto, aunque la criatura ame menos porque es más pequeña, puede amar a pesar de todo con todo lo que es, y donde está el todo, nada falta. Por eso, como he dicho, amar así es una verdadera unión nupcial (Bernardo de Claraval, Sermones super Cántica Canticorum, Sermo LXXXIII, Roma 1958, II, pp. 300-302).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ahora, en cambio, hemos sido liberados del pecado y convertidos en siervos de Dios» (cf. Rom 6,22).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       «Cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8). Si el amor cristiano tiende a la imitación de Cristo, esta verdad primordial sobre la que se fundamenta todo el cristianismo no puede ser ignorada. El «prójimo», el más cercano a Cristo, es el más alejado. El Señor nos hace advertir, en el marco inequívoco que nos proporciona del juicio final (Mt 25), que detrás de este «alejado» que tiene hambre y sed, que está desnudo, enfermo, prisionero, es a él a quien encontramos, escondido a pesar de ser alcanzable, sin ser notado a pesar de ser experimentado en verdad. Ahora bien, cuando el Señor vino a buscar a los hombres, a amarlos, cuando dio la vida para volver a llevarlos a casa, el prójimo no era a buen seguro para él sólo un alma perdida, un hombre entre tantos. El amor no puede amar más que el amor. El amor de Dios, que invade todo el mundo y pasa por todos los extravíos, no puede amar más que a Dios. Cuando el Hijo pasa del Padre al mundo para ir a buscar a su enemigo y llevarle el amor del que éste carece, debe ver, a través de él, en él, a Dios: debe ver al Padre, que ha creado a este hombre, lo ha formado a su imagen y semejanza, le ha amado, llamado y marcado con una marca indeleble: la señal de la pertenencia al Hijo, al Verbo, a la redención y a la Iglesia [...].

       La exigencia de que el amor no se detenga en el hombre, aunque sea en el más miserable, el más necesitado de amor, es lo que distingue el amor cristiano de todo tipo de humanitarismo puramente terreno. Es un amor dirigido a Dios a través del hermano: Dios en sí mismo y Dios para nosotros en Cristo y en la Iglesia. Y no puede ser más que así, porque el amor divino, el amor que viene de Dios, es infinito, y por eso debe extenderse hasta el mismo Dios [...]. Al amor cristiano no se le pide ciertamente descubrir a Cristo, como en una especie de juego del escondite, «detrás» del hermano extranjero que «representaría» a Cristo, o incluso que ame a Cristo «en el puesto» del hermano, de modo que se instaure entre ambos un oscuro mecanismo de sustitución. Basta con que el cristiano ame a su hermano junto con Cristo: así lo amará con referencia al Padre (H. U. von Balthasar, Die Gottesfrage des heutigen Menschen, Viena 1956, pp. 208ss; 212-214 [edición española: El problema de Dios en el hombre actual, Ediciones Cristiandad, Madrid 1966]).

 

Día 27

Viernes de la 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 7,18-25a

Hermanos:

18 Y bien sé yo que no hay en mí -es decir, en lo que respecta a mis apetitos desordenados- cosa buena. En efecto, el querer el bien está a mi alcance, pero el hacerlo no.

19 Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco.

20 Y si hago el mal que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino la fuerza del pecado que actúa en mí.

21 Así que descubro la existencia de esta ley: cuando quiero hacer el bien, se me impone el mal.

22 En mi interior me complazco en la ley de Dios,

23 pero experimento en mí otra ley que lucha contra el dictado de mi mente y me encadena a la ley del pecado que está en mí.

24 ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que es portador de muerte?

25 ¡Tendré que agradecérselo a Dios por medio de Jesucristo, nuestro Señor.

 

       *» El capítulo 7 de la carta de Pablo a los cristianos de Roma tal vez sea el más dramático, entre otras razones porque el apóstol considera en él no tanto la condición espiritual de la humanidad como nuestra situación de cristianos, salvados por la fe, pero siempre en lucha para la consecución de la salvación. No basta, en efecto, con conocer la ley de Dios para observarla; no basta  tampoco -sería un irenismo espiritual desviado- con saber que la fe es capaz de salvarnos mediante un acto de abandono total al amor misericordioso de Dios. No basta siquiera con hacer nuestro, por medio de la fe, el misterio pascual de Jesús, que anima y sostiene asimismo la vida de todo verdadero discípulo suyo. El discurso de Pablo se hace ahora mucho más concreto y personal, diríamos que casi autobiográfico.

       En efecto, se trata de una descripción en primera persona del singular que, por una parte, nos permite entrar en el drama de Pablo y, por otra, nos ayuda a vivir con plena conciencia nuestro drama personal. Es cierto que hemos sido liberados de una terrible esclavitud -la del pecado y Satanás-, pero es igualmente cierto que día tras día estamos expuestos a otra esclavitud, la de la carne, la del mal, la de nuestros deseos más bajos.

En consecuencia, no podemos dejar de compartir el tono de esta página paulina ni dejar de considerarla también como plenamente nuestra. Basta releerla con honestidad para sentirnos implicados personalmente en las reflexiones, en las angustias y en el anhelo profundo que sube del corazón de Pablo: «¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que es portador de muerte?» (v. 24). En esta exclamación y en esta pregunta reconocemos todo el drama de Pablo, todo nuestro drama.

 

Evangelio: Lucas 12,54-59

En aquel tiempo,

54 Jesús se puso a decir a la gente: -Cuando veis levantarse una nube sobre el poniente decís en seguida: «Va a llover», y así es.

55 Y cuando sentís soplar el viento del sur, decís: «Va a hacer calor», y así sucede.

56 ¡Hipócritas! Si sabéis discernir el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis discernir el tiempo presente?

57 ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?

58 Cuando vayas con tu adversario para comparecer ante el magistrado, procura arreglarte con él por el camino, no sea que te arrastre hasta el juez, el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel.

59 Te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

 

       *•• Jesús se dirige «a la gente»: a todos incumbe, en efecto, el deber de saber discernir «el tiempo presente» (v. 56), que es un tiempo providencial y dramático; a todos concierne saber juzgar «lo que es justo» (v. 57), o sea, lo que en su vida está de acuerdo o no con la voluntad de Dios. El presente discurso sobre «los signos de los tiempos» no hemos de considerarlo, por consiguiente, como abstracto o académico; al contrario, Jesús pretende llamar nuestra atención sobre la extrema seriedad de la vida que llevamos, de la historia que estamos viviendo. Se trata de una instancia evangélica que se repite, ésta: quien no la acepta y no se esfuerza en vivirla merece directamente de Jesús el calificativo de «hipócrita».

       No se trata, según Jesús, de una mera incapacidad para leer los «signos de los tiempos»: diríase que en ellos hay una evidencia inmediata que ni siquiera los ciegos pueden negar. Tampoco se trata, aquí, de la actitud pecaminosa de quienes viven como si no existiera Dios o, mejor, como si no hubiera venido Jesús a nosotros y, por consiguiente, como si la luz del Evangelio no iluminara a cada hombre que viene a este mundo. Se trata, más bien, de hipocresía: la actitud de quien ve los signos pero no quiere comprenderlos, esto es, no quiere aceptar su evidencia, ni siquiera quiere dejarse rozar por la luz que éstos desprenden. Los verbos que Jesús usa son «saber», «discernir», «juzgar», y este relieve hace aún más evidente el significado de las parábolas de Jesús. Como es obvio, se trata de los signos que se manifiestan en la vida de Jesús, y no es difícil comprender cuáles son. Ciertamente, los signos de las acciones milagrosas realizadas por él; ciertamente, los signos muy fuertes, en ocasiones, de sus palabras, de algunas de sus palabras; ciertamente, los signos anexos a toda su existencia terrena (vida oculta de Nazaret y vida pública en Palestina). Pero se trata, sobre todo, de ese «signo» que ha sido y sigue siendo todavía la vida de Jesús considerada en su totalidad. Como los profetas de cierto tiempo, también Jesús es una profecía viva, una persona hecha profecía.

 

MEDITATIO

       Pocas páginas como la que nos propone hoy san Pablo son capaces de expresar con un carácter más incisivo el drama que se consuma en el interior de cada creyente. Así es, porque la lucha entre el bien y el mal no se desarrolla sólo fuera de nosotros, sino que llega hasta el interior de cada uno. El hombre se presenta despedazado en lo profundo de su ser entre la atracción del bien, por el que se siente irresistiblemente fascinado como la verdadera patria de su corazón, y del mal que le asedia, le rodea y le seduce con mil apariencias atractivas.

       Pablo, intérprete capacitado de este trasiego, llega a exclamar: «¡Desdichado de mí!», y a sentir todavía con más fuerza el deseo de una paz que aplaque toda disidencia. Ahora bien, el apóstol no se detiene aquí. Va más allá y nos señala la verdadera originalidad del creyente: a él se le concede mirarse y examinarse no bajo un cielo vacío e implacable, sino bajo la mirada de Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Sería desesperante tomar conciencia sólo de nuestros propios desgarros. El hombre de fe advierte con mayor agudeza el drama de su estar dividido, desgarrado, pero sabe también que hay remedio para todo esto, porque ya no está solo. Jesús, nuestra paz, ha venido a ponerse en el corazón de nuestra aventura humana, para que hasta en el fondo del abismo podamos sentirnos como hijos amados. El cristiano, si bien experimenta de una manera muy dolorosa su ser pecador, sabe también que ésta no es la última palabra sobre su condición. En consecuencia, puede y debe dejar brotar de su corazón una plena acción de gracias, porque toda nuestra vida es ahora eucaristía al Padre por medio de Jesucristo.

 

ORATIO

       Piedad, Señor, por mi pereza a la hora de satisfacer las necesidades ajenas; por mi superficialidad, que no es capaz de percibir el llanto de los pobres; por mi tranquilo vivir frente a injusticias incómodas; por tantas palabras inútiles, que se han quedado como vocablos sin corazón.

       Piedad, Señor, por mi orgullo, incapaz de juicios imparciales; por mi intromisión, que ha arrebatado a otros su espacio vital; por haberme servido de las ideas de los otros para manifestar sus debilidades; por haber sido un censor rígido de los fallos ajenos y olvidar los míos de una manera culpable.

       Piedad, Señor, por mis infidelidades cotidianas, por mi ingratitud -que ha tomado por descontado todo bien-, por mi presunción intolerante frente a la desaprobación, por haber pasado junto a quien estaba solo sin hacerme su prójimo. Piedad pido a la humanidad, y a ti, Señor, la libertad.

 

CONTEMPLATIO

       Nadie como san Pablo ha mostrado lo que es el hombre, nadie como él ha puesto de relieve la grandeza de su naturaleza y las capacidades con las que está dotado.

       Cada día se entregaba por completo y hacía frente a los peligros que le asediaban con un coraje siempre renovado, como atestiguan sus mismas palabras: «Olvidando lo que he dejado atrás, me lanzo de lleno a la consecución de lo que está delante» (Flp 3,13). Y frente a la perspectiva de la muerte, invita a los otros a compartir su alegría diciendo: «Alegraos también vosotros y regocijaos conmigo» (2,18). Exulta de nuevo en medio de los peligros, de las injurias y de las humillaciones, y escribe a los corintios: «Y me complazco en soportar por Cristo flaquezas, oprobios, necesidades, persecuciones y angustias» (2 Cor 12,10).

       Para Pablo, sólo había que tener miedo y huir de una cosa: ofender a Dios; sólo había que desear una cosa: complacerle. Y no sólo no le atraían los bienes terrenos, sino ni siquiera los bienes eternos. De ahí se deduce qué ardiente era su amor a Cristo. Fascinado por él, no se dejó conquistar por la grandeza de los ángeles y de los arcángeles, ni por ninguna otra cosa. Tenía en sí mismo algo más grande que todo eso: el amor de Cristo. Con este amor se consideraba el más feliz de los hombres. Con este amor prefería estar entre los hombres; más aún, entre los despreciados, antes que estar sin él entre las personas de más autoridad y más honradas. Faltarle este amor habría sido para san Pablo la única verdadera pena, el infierno, el castigo, el mal infinito.

       Todas las cosas de aquí abajo que no le comunicaban este amor le parecían carentes de sentido -ni penosas ni agradables-. Despreciaba todas las realidades visibles, del mismo modo que se hace poco caso de una planta que se marchita. Los pueblos agitados y sus jefes le parecían grandes como insectos. La muerte, los suplicios, los tormentos, le parecían juegos de niños, con tal de sufrir por Cristo. Habría considerado como un premio salir de este mundo para estar con Cristo; permanecer en la carne significaba para él un combate continuo. Sin embargo, eligió precisamente esto, considerándolo necesario para él. Permanecer separado de Cristo representaba para él una lucha y un sufrimiento mucho más pesados que todo lo demás. Estar con él era el final de la lucha, el premio de la fatiga. Y Pablo eligió el combate por amor a Cristo (Juan Crisóstomo, Le lodi di san Paolo, homilía 2, en PG 50, cois. 447-481, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que es portador de muerte?» Rom 7,24).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El cristiano parte de un núcleo inicial: Dios es Palabra, Verbo, Palabra personal del Padre, Palabra creadora, Palabra que es vida y luz para los hombres. Esta palabra se ha hecho carne, es decir, ha penetrado en la criatura humana; carne designa aquí a la criatura en su extrema debilidad, casi ¡unto a los confines de la nada. El sentido de es el hecho inicial es que tal condescendencia tuvo lugar para nuestra elevación, que este empobrecimiento tuvo lugar para enriquecernos, que esta humillación es nuestra más elevada promoción. Aquí se revela una línea constante del obrar de Dios: a él le gusta revestir las cosas más grandes con los vestidos más humildes y modestos. También la ciencia se ha dado cuenta de ello, y para penetrar en el fondo del misterio de la naturaleza ha pasado de la investigación sobre las cosas inmensas a la meditación sobre lo infinitamente pequeño: el átomo. ¡Qué formidable cantidad de energía se libera en pocos segundos del átomo! ¡Qué formidable cantidad de energía emana de la Palabra de Dios, que ha creado el átomo!

       La Palabra de Dios es como el átomo, como la semilla. Bajo su aparente simplicidad y pobreza esconde una complejidad máxima, una capacidad máxima de transformación del hombre y de la vida. La parábola que estamos comentando, tras haber trazado la procedencia, la riqueza, las intenciones de la palabra, presenta su drama: la semilla puede morir, la puede matar precisamente el ambiente que debería haberla hecho vivir. La Palabra de Dios puede ser aniquilada en cada uno de nosotros, orque Dios ofrece sus dones, pero no los impone, porque Dios, que nos ha dado la libertad, ni la retoma ni la pisotea. La libertad, sumo valor, se convierte así en algo que la hace más grande: riesgo, riesgo para el hombre y riesgo para Dios (G. Beviíacqua, La parola ai padre Giulio Beviíacqua, Brescia 1967, pp. 28ss).

 

Día 28

San Simón y san Judas (28 de octubre)

 

El evangelista Lucas califica al apóstol Simón de «zelota» (Lc 6,15), probablemente por el hecho de que formó parte del grupo antirromano de los zelotas. Mateo y Marcos, en cambio, le califican de «cananeo» (Mt 10,4; Mc 3,18). Mateo (10,3) y Marcos (3,18) llaman «Tadeo» al apóstol Judas, mientras que Lucas le llama «Judas el hijo de Santiago» (Le 6,16). Este Judas es el que dirigió a Jesús en la última cena estas palabras: «Señor, ¿cuál es la razón de manifestarte sólo a nosotros y no al mundo?» (Jn 14,22). Una carta, muy breve, del Nuevo Testamento lleva el nombre de este apóstol. La fiesta de los dos santos apóstoles aparece en el calendario de san Jerónimo, del siglo VI, y en Roma empezó a celebrarse a partir del siglo IX.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 2,19-22

Hermanos:

19 ya no sois extranjeros o advenedizos, sino conciudadanos dentro del pueblo de Dios; sois familia de Dios,

20 estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular

21 en quien todo el edificio, bien trabado, va creciendo hasta formar un templo consagrado al Señor,

22 y en quien también vosotros vais formando conjuntamente parte de la construcción, hasta llegar a ser, por medio del Espíritu, morada de Dios.

 

**• Para el apóstol Pablo, el misterio de Cristo y el misterio de la Iglesia están íntimamente conectados.

Cristo es nuestra paz: en él todos, tanto los alejados (los paganos) como los cercanos (los judíos), encuentran el camino de la reconciliación y de la unidad. Ya no hay dos pueblos, sino uno sólo, ya no hay separación entre diferentes, sino unidad entre semejantes. Todo esto es don de Dios Padre, por medio de Cristo el Señor, en el Espíritu Santo.

En este contexto, el apóstol imagina a la Iglesia como un gran edificio, como un templo santo, como la morada de Dios. Los fundamentos de ese edificio, en el que todos habitan y viven como «conciudadanos dentro del pueblo de Dios; sois familia de Dios» (v. 19), son los apóstoles y los profetas. La «piedra angular», sin embargo, es «el mismo Cristo Jesús» (v. 20): él es la clave de bóveda que consolida el conjunto, en él encuentra todo el edificio su compactibilidad y puede crecer de una manera ordenada.

Desde esta perspectiva cristológica, la doctrina eclesiológica de Pablo asume una claridad absolutamente particular. En ella la presencia, el papel y el ministerio de los apóstoles asume toda su importancia. La Iglesia de Cristo, por consiguiente, es una, santa, católica y apostólica: en el sentido de que en ella los apóstoles, por voluntad de Dios y por una opción histórica de Jesús, constituyen el fundamento de la comunidad de los creyentes.

 

Evangelio: Lucas 6,12-16

Sucedió que,

12 por aquellos días, Jesús se retiró al monte para orar y pasó la noche orando a Dios.

13 Al hacerse de día, reunió a sus discípulos, eligió de entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles:

14 Simón, a quien llamó Pedro, y su hermano Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé,

15 A Mateo, Tomás y Santiago, el hijo de Alfeo, Simón llamado Zelota,

16 Judas el hijo de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

 

**• Jesús manifiesta una atención absolutamente particular respecto a los Doce, sus discípulos: primero los elige, después los instituye como colegio (Mc 3,13-19) y, más tarde, los envía en misión (Mt 10,1-15). Así pues, dentro del grupo de sus discípulos, Jesús reserva a los Doce un trato absolutamente especial: a buen seguro en vistas a su misión, que es también especial. Para proceder a esta elección decisiva de su ministerio público, Jesús se prepara -y Lucas lo subraya- pasando toda una noche orando en el monte. Por eso, en la tradición de la Iglesia toda gran decisión se prepara con una intensa y prolongada oración.

Antes de elegirlos, Jesús llama a sus discípulos: la vocación figura siempre en el origen de toda institución o ministerio eclesial. Después de haberlos llamado, Jesús les impone el nombre de «apóstoles». Aunque este título les parece tener color y origen pascual a los especialistas, aquí Lucas lo atribuye ante litteram a los Doce con la intención evidente de expresar la importancia que tiene este colegio en el seno de la Iglesia que Jesús va a fundar.

 

MEDITATIO

La liturgia de hoy nos pone ante la relación entre oración y misión. En primer lugar, es Jesús el que aparece como modelo insustituible. Su ejemplaridad está explicitada por el evangelista Lucas de un modo totalmente evidente, y no sólo en ésta, sino también en muchas otras circunstancias. Permanecer en oración antes de decidir, orar para discernir según el plan de Dios, orar en vistas a las grandes decisiones de la vida, tanto en el ámbito personal como en el comunitario: desde esta perspectiva, no hemos de considerar la oración como un momento separado de la vida, sino como una actitud previa que nos introduce en la experiencia personal y eclesial.

Emprender la misión después de que la comunidad y su responsable se hayan recogido en una prolongada oración significa confiar la misión y su desenlace a aquel que es su primer responsable: el dueño de la viña, el pastor del rebaño, el Señor de su pueblo. Cuando se dice que la oración es vida y que la vida puede ser oración no se hace otra cosa más que confirmar la certeza de que, en una visión de fe, todo sucede por voluntad divina, por la voluntad de Aquel a quien nos confiamos precisamente mediante la oración.

 

ORATIO

El mundo tiene necesidad de ti, Señor: envía a tus apóstoles para que lleguen a los últimos confines de la tierra y proclamen en tu nombre la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado.

El mundo tiene necesidad de ti, Señor: elige también hoy entre nosotros a personas capaces de representarte y de hablar en tu nombre con un extremo valor en cualquier situación de vida.

El mundo tiene necesidad de ti. Señor: no sólo la parte de la humanidad que no te conoce todavía, sino también la que, aun conociéndote, no te reconoce como único Señor y maestro.

El mundo tiene necesidad de ti, Señor: te pedimos con todo el impulso de nuestro corazón que tu Iglesia, de una manera valerosa y humilde, se haga portavoz tuyo y te proclame ante toda la humanidad como el único Señor y Salvador.

 

CONTEMPLATIO

Sí, la esperanza. Si esta virtud no nos sostiene, no es cierta nuestra perseverancia y podremos perdernos por el camino, lo que, por desgracia, hoy es muy fácil. Es fácil renunciar a los ideales de la vida cristiana: primero, porque son difíciles y lejanos; segundo, porque la psicología del hombre moderno está dirigida a la consecución, más aún, al goce de bienes fáciles e inmediatos, de bienes exteriores y sensibles, más que a los interiores y morales; tercero, porque el oportunismo está de moda. El éxito cercano y propio ocupa el sitio de los ideales, obligados a duras resistencia y a antipáticas posiciones. El entusiasmo de la resistencia, del coraje, del sacrificio, es sustituido por el cálculo de la utilidad, la aceptación de la moda, la confianza en la mayoría, la molestia de sostener la parte de una precisa, fuerte e incómoda impopularidad; posiciones psicológicas y otras semejantes que no saben vivir la esperanza.

La esperanza es la conciencia que tiene el cristiano de estar inserto ya desde ahora, mediante la gracia del Espíritu Santo, en un gran plan de salvación, para el que su propia suerte está envuelta por una promesa no ilusoria (Pablo VI).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día esta Palabra: «Jesús eligió entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles» (Le 6,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nos desvivimos con frecuencia por disponer dirigentes con la convicción de que es esto sobre todo lo que hace falta para que la cosa funcione, y la cosa sería la Iglesia. Y lo que deberíamos  hacer antes que nada es ser y hacer progresar auténticos «gestos espirituales», como el encuentro con Dios, la conversión al Evangelio, el arrepentimiento, la acción apostólica de cara al prójimo, etc. De bien poco sirve pulir la estructura de un programa o de un trabajo: lo que cuenta es obtener una oración pública o privada que sea una verdadera oración, una metanoia que sea verdaderamente un movimiento de penitencia y de conversión, una comunión que sea una verdadera intimidad, una fe que sea una convicción decisiva.

Sin embargo, son demasiados los que se desviven detrás de una pastoral de las cosas, donde los hombres, valgan mucho o poco, sirven sólo para llenar la casilla que se les ha predispuesto, como si su tarea fuera sólo la de mantener en pie un sistema ajustado de cosas y, si es posible, hacerlo prosperar. Así, dentro de ciertos programas óptimamente pulidos de «religión» falta precisamente lo que es el acto religioso, el gesto espiritual. Es evidente que, en un ambiente semejante, los cristianos deben encontrar muchas dificultades para nacer. Por tanto, en primer lugar, se debe buscar y suscitar el «movimiento espiritual» del hombre, un acto que sea propio de alguien, que se comprometa con toda su espiritualidad y tal que el Espíritu Santo pueda colaborar en él (Yves-Marie Congar).

 

Día 29

30° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO ·

Primera lectura: Éxodo 22,20-26

Así dice el Señor:

20 No molestes ni oprimas al forastero, porque vosotros también fuisteis forasteros en Egipto.

21 No maltrates a la viuda y al huérfano;

22 si los maltratas, clamará a mí y yo escucharé su clamor;

23 mi ira se encenderé y os haré morir a espada; entonces vuestras mujeres quedarán también viudas, y huérfanos vuestros hijos.

24 Si prestas dinero a alguno de mi pueblo, a un pobre vecino tuyo, no te portes con él como un usurero, exigiéndole intereses.

25 Si tomas en prenda el manto de tu prójimo se lo devolverás antes de la puesta de sol,

26 porque es lo único que tiene para cubrir su cuerpo. Si no, ¿con qué va a dormir? Si recurre a mi, yo lo escucharé, porque soy misericordioso.

 

¤• La venganza - o, dicho con otros términos equivalentes, el <<rescate» o la <<redención» (véase la raíz hebrea g'l)— era en el Antiguo Testamento un deber moral y un modo de practicar la justicia en una sociedad sin estructuras jurídicas adecuadas; sin embargo, y con frecuencia, degeneraba y resultaba incontrolable. A pesar de los prejuicios, incluso la ley del talión (Ex 21,23-25) expresa el Espíritu del <<código de la alianza» (Ex 20,22-23,33), que es una ley de misericordia.

El presente texto es una prueba de esta afirmación. Su lectura muestra que la Ley debe ser entendida como signo de la presencia del Señor que es misericordioso con su pueblo (cf v. 2ó) y cuida especialmente, con esmero y amor; de aquellos miembros mas desasistidos e indigentes, desprovistos de defensor <<vindicador» o <<redentor»: de quienes carecen y estén faltos de un <<clan», los extranjeros; de un padre o marido, el huérfano o la viuda; de un abogado, el pobre. De estas personas Dios se presenta como el defensor, o sea, como abogado, marido, padre y familia.

Las relaciones entre los hombres —si no empañasen la verdad del Dios que se ha revelado a Israel— no deberían impregnarse ni de criterios egoístas ni de intereses económicos personales o grupales (v. 24), sino de Espíritu de solidaridad, compasión y comprensión, como Israel ha podido experimentar con Dios. El versículo inicial de la lectura trae a la memoria la liberación de la esclavitud de Egipto (v 20) y continúa con unas enseñanzas que transpiran este Espíritu de misericordia. No son simples normas de filantropía interracial o interclasista, sino expresiones de una exigencia teológica: quien ha conocido a Dios debe actuar conforme a la verdad de este Dios misericordioso y cariñoso que sale a su encuentro como liberador.

 

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 1,5b-10

Hermanos:

5 Sabéis de sobra que todo lo que hicimos entre vosotros fue para vuestro bien.

6 Por vuestra parte, seguiréis nuestro ejemplo y el del Señor recibiendo la Palabra en medio de grandes tribulaciones, pero con el gozo que viene del Espíritu Santo.

7 De esta manera habéis llegado a ser modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya.

8 Y no solo en Macedonia y Acaya habéis hecho resonar la Palabra del Señor sino que por todas partes se ha extendido la fama de vuestra fe, de suerte que nada tenemos que añadir por nuestra parte.

9 Ellos mismos refieren la acogida que nos dispensasteis y cómo os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero

10 y para vivir con la esperanza de que su Hijo Jesús, a quien resucité de entre los muertos, se manifieste desde el cielo y nos libere de la ira que se acerca.

 

La comunidad de Tesalónica es una iglesia muy joven. Hace poco tiempo que ha recibido el mensaje del Evangelio y vive la frescura y la novedad de la vida de Cristo resucitado. Pablo se siente orgulloso y ve revivida su propia experiencia en la de esta comunidad (v 6).

Bajo la acción del único Espíritu, Jesús y los apóstoles, Pablo y sus comunidades, están embarcados en el mismo destino y se encuentran unidos por la misma vocación; son solidarios en el camino de la cruz y copartícipes de la alegría de los frutos de la resurrección. Por esta razón, como Pablo, la iglesia de Tesalónica <<ha llegado a ser modelo», punto de referencia y foco de irradiación del Evangelio. Es una iglesia que imita de Pablo la <<alegría» de vivir según el Evangelio: la alegría es un don del Espíritu, del Espíritu Santo que ha guiado a Jesús hasta la entrega de si mismo y que ahora conduce a Pablo en medio de las pruebas y tribulaciones. La comunidad también imita la entereza con la que Pablo acoge la persecución y los contratiempos por causa del Evangelio. Y justo por esto, los tesalonicenses se han convertido en un ejemplo a imitar para los cristianos de Grecia: <<De esta manera habéis llegado a ser modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya» (v. 7). La iglesia de Tesalónica ha seguido de Pablo el ejemplo de la misma acogida entusiasta del Evangelio y se ha encargado de evangelizar al resto de Grecia con palabras y hechos, con la propia vida: <<Y no sélo en Macedonia y Acaya habéis hecho resonar la Palabra del Señor» (v. 8).

Cuanto ha sucedido en la conversión de los tesalonicenses es un poco el paradigma del kerygma cristiano a los paganos: pasar del politeísmo idolátrico al monoteísmo confiado, <<abandonar los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero» (v. 9) y adherirse a la revelación cristológica, que espera su pleno cumplimiento en la parusía, es decir, el regreso glorioso de Cristo (wa 10). Este argumento constituiré uno de los temas fundamentales de la carta.

 

Evangelio: Mateo 22,34-40

34 Cuando los fariseos oyeron que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se reunieron,

35 y uno de ellos, experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

36  —Maestro, ¿cuál es el mandamiento mas importante de la Ley?

37 Jesús le contestó:

—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.

38 Este es el primer mandamiento y el más importante.

39 El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo.

40 En estos dos mandamientos se basa toda la Ley y los profetas.

 

La pregunta del escriba, <<experto en la Ley» (v. 34), no es solo un recuerdo histérico de la confrontación entre Jesús y sus adversarios, siempre dispuestos a acabar con él, sino un reflejo de las preocupaciones de la comunidad a la que se dirige Mateo. La comunidad a la que Mateo escribe el evangelio quiere saber qué precepto resume todas las enseñanzas de la Ley y los profetas y evitar la confusión que supone el cumplimiento de una miríada de obligaciones y deberes. Los interlocutores de Jesús no le preguntan, como en Marcos, cuál es el primer mandamiento, sino cuál es <<el mas grande» (v 30), un semitismo para expresar <<el más importante».

La respuesta de Jesús a la pregunta del escriba se articula en dos momentos: primero, se refiere al shemá Israel (<<Escucha, Ismel», Dt 6,4ss,), la oración cotidiana de los judíos; después, la asocia con el precepto del amor al prójimo (Lv 19,18). Al final, añade: <<En estos dos mandamientos se basa toda la Ley y los profetas>>, (v. 40). El amor es la única respuesta verdaderamente adecuada que el creyente puede darle al Dios que lo ha amado primero y que le ofrece su amistad. Un amor, como ya enseñaba el Antiguo Testamento, único e indiviso, aglutinador de todos los componentes del ser: la inteligencia, la voluntad y las fuerzas vitales. Un amor Así necesita salir de la dispersión y encontrar la integración, una unidad de vida consciente y libre.

El verdadero amor a Dios, síntesis de la Ley, posee un nexo inseparable con el amor al prójimo; <<El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo coma a ti mismo» (wz 39). En caso contrario, hay que denunciar el carácter hipócrita, tal como lo han hecho con insistentes avisos los profetas de Israel, de un culto formalista que no practique la justicia y la misericordia con el prójimo. La unidad inherente entre los dos mandamientos es indudablemente el corazón de la predicación profética y de la Torah, como muestra, por ejemplo, la primera lectura, tomada del antiguo código de la alianza.

 

MEDITATIO

La respuesta de Jesús al escriba con la cita del <<Escucha, Israel» nos ayuda a aclarar qué conlleva amar a Dios, una actitud que no puede entenderse como el mero sentimiento con el que una persona ama a otra para hacerle el bien. En el Antiguo Testamento, <<amar a Dios» es escucharlo, es confiar en su palabra prometedora, es condicionar la vida a la Palabra. Amar a Dios equivale a decidirse por Dios con la totalidad del ser; sin reservas. La actualidad de la respuesta de Jesús a la cuestión propuesta por el escriba sobre el precepto mas importante de la Ley ilustra aspectos de hoy día. Por ejemplo, numerosos bautizados vacilan y se preguntan qué hacer en situaciones particulares, y todo porque no han decidido en realidad qué es lo mas urgente o conveniente en la vida. Solo Dios es la causa por la cual vale la pena invertir todos los recursos vitales, la única en la que tiene sentido gastar la existencia.

La verdad del primer mandamiento depende de cómo se viva el segundo, el amor al prójimo. ¿Y qué es amar al prójimo según la perspectiva de Jesús? Jesús introduce una novedad en el concepto del prójimo que supera toda barrera: no es solo el amigo o el consanguíneo, sino también el extraño o extranjero, e incluso el enemigo (cf Mt 5,43-48). El prójimo no viene determinado ni definido por un listado de principios generales, sino por el amor concreto que descubre al otro y lo que puede hacer por él. Jesús nos enseña la realización perfecta de este amor concreto con su profunda compasión por cualquier persona necesitada, sana o enferma. En Jesús descubrimos el modelo supremo para hacemos próximos, el ejemplo donde inspiramos en las situaciones de <<proximidad». Podemos enumerarlas bajo una triple tipología: el amor al prójimo como atención solicita ante las necesidades del otro, como perdón y reconciliación con el enemigo, y como servicio al amigo o al hermano.

 

ORATIO

Señor, te bendecimos porque nos muestras el sendero de la vida con el mandamiento del amor cuya practica nos acerca cada vez mas a ti y nos conforma mejor con Jesucristo, tu amadísimo Hijo.

Ayúdanos a amarte, destronando de nuestro corazón los ídolos y dejando que tu Palabra plasme en nosotros la criatura nueva, que te pertenece por entero. Te hacemos hueco en nuestra vida. Queremos amarte, Dios nuestro, como el único y reconocer que eres el guía de la vida. Tu nos permites superar las indecisiones en las pequeñas y grandes elecciones y nos ayudas a vencer nuestro pequeño yo <<autárquico», que continuamente nos dice que para vivir hasta con nuestros propios recursos y que somos autónomos para amar. Que tu Palabra nos libere de la seducción de este yo <<diminuto», chato de ideales, encorvado sobre si mismo y privado de amor y solidaridad con el prójimo.

Te pedimos que nos concedas la gracia de tu Espíritu para que podamos servirte fielmente amando a nuestros hermanos, especialmente a los necesitados y humildes, tus preferidos.

 

CONTEMPLATIO

¿Qué pensáis, hijas, que es su voluntad? Que seamos del todo perfectas; que para ser unos con El y con el Padre, como su Majestad le pidió, mirad qué nos falta para llegar a esto. Acá solas estas dos que nos pide el Señor: amor de su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar; guardándolas con perfección, hacemos su voluntad, y Así estaremos unidos con El. Mas ¡qué lejos estamos de hacer como debemos a tan gran Dios estas dos cosas, como tengo dicho! Plega a Su majestad nos dé gracia para que merezcamos llegar a este estado, que en nuestra mano esta si queremos.

La mas cierta Señal que - a mi parecer - hay de si guardamos estas dos cosas es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que lo amamos), mas el amor del prójimo, si. Y estad ciertas que mientras mas en este os viereis aprovechadas, mas lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene que en pago del que tenemos al prójimo hará que crezca el que tenemos a Su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar (Teresa de Jesús, << Moradas del castillo interior», V, 3,7-8, en Obras completas de santa Teresa, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1902, 380-381).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y al prójimo como a ti mismo» (cf Mt 22,37.39).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Antes de la venido de Jesús, los imprecaciones de los profetas recordaban que los sacrificios no le agradaban o Dios y que era imposible darle culto sin un corazón humilde que no practicara la justicia con el prójimo   Un por de frases sólidas de los labios de Cristo nos bastan para que sepamos qué meditar y qué hacer hasta el final del mundo: <<Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros. Como yo os he amada, así también amaos los unos o tos otros». ¡Y es todo!

¿Por qué este mandamiento es nuevo? Antes de pronunciar estas palabras, a la pregunta: << Cual es el mandamiento mas importante de la Ley?>a>, Jesús no hace otra cosa que recordar la Ley: <<Amarás at Señor tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu alma y con todo tu mente. Este es el primer mandamiento y el más importante. El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como o ti mismo. En estos dos mandamientos se basó toda  la <<Ley y los profetas>>. Después de recordar que en el Antiguo Testamento esté escrito: <<Amarás a tu prójimo, odiarás a tu enemigo>>, <<Ojo por ojo, diente por diente>>, Jesús añade: << Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen; a quien os abofetee en la mejilla derecha presentadle también la otra». Entiéndase: esto no es una aplicación, sino una consecuencia,

Lo nuevo en el mandamiento de amarnos unos a otros es, desde ahora, amar a nuestros hermanos como Jesús nos ama [..,]. Y aun hoy otro aspecto de este mandamiento del Señor, no siempre bien comprendido, sobre el que debemos reflexionar brevemente. En efecto, en el mandamiento de la Ley tenemos que amar al prójimo <<como a ti mismo». Se ha visto en esta  término uno especie de <<minimización» del amor o los otros y casi la justificación de una solapada prudencia egoísta. Y ciertamente, no estamos obligados a amar o nuestros hermanos mas que a nosotros mismos. No tenemos que pretender excesivos cosos con los otros, yo que es necesario empezar por nosotros mismos. Y se acaba con una filosofía de la vida muy mediocre y con una concepción muy humana y egoísta del amor al prójimo. El Señor repite este mandamiento y lo asume como propio (R, Voillome, Con Gesu nel deserto, Brescio i969, 103ss.).                        

 

Día 30

Lunes de la 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 8,12-17

12 Por tanto, hermanos, estamos en deuda, pero no con nuestros apetitos para vivir según ellos.

13 Porque si vivís según ellos, ciertamente moriréis; en cambio, si mediante el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

14 Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.

15 Pues bien, vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y nos permite clamar: «Abba», es decir, «Padre».

16 Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios.

17 Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, toda vez que, si ahora padecemos con él, seremos también glorificados con él.

 

       **• La reflexión teológica de Pablo se desarrolla en una línea nueva, aunque siempre íntimamente conexa con el comienzo del capítulo 8. El apóstol no se contenta ya con afirmar que el creyente en Cristo, mediante el bautismo, vive una vida nueva por el poder del Espíritu que habita en él y le anima, sino que especifica aún que esta vida es una vida de «hijos de Dios» (v. 16): es la filiación divina que caracteriza ahora de una manera decidida al cristiano. Se trata, ciertamente, de una filiación adoptiva, pero real, auténtica, que debe ser entendida como participación en la vida de Dios por la mediación de Cristo Jesús, Hijo unigénito del Padre.

       Como el apóstol, también nosotros estamos invitados, en primer lugar, a contemplar ese misterio, el misterio de la vida de Dios, vida trinitaria rebosante y difusiva. Esta vida es el misterio de la vida de Jesús, hijo unigénito del Padre, y es también la vida de los creyentes, signo y reflejo de la vida de Dios.

       Precisamente porque somos hijos, no sólo estamos habilitados, sino también invitados a comportarnos con Dios con la libertad y la confianza de los hijos, por eso podemos gritarle: «¡Abba!» (v. 15), que, según el testimonio de los evangelios, es la palabra con la que Jesús se dirigía a Dios. La traducción exacta de esa invocación no es «padre», sino «papá», que expresa en términos todavía más claros la extrema confianza y ternura que caracteriza a nuestra relación filial con Dios.

       «Y si somos hijos, también somos herederos» (v. 17): la reflexión de Pablo se cierra justamente con esta precisión ulterior de la riqueza -más aún, de la fortuna absolutamente nuestra- que supone ser hijos de Dios. En virtud de este don nos convertimos en titulares de otro beneficio, a saber: el de compartir con Jesús la herencia de la vida eterna, la plena y definitiva participación en la vida divina.

 

Evangelio: Lucas 13,10-17

10 Un sábado, estaba Jesús enseñando en una sinagoga,

11 y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años estaba poseída por un espíritu que le producía una enfermedad; estaba encorvada y no podía enderezarse del todo.

12 Jesús, al verla, la llamó y le dijo: -Mujer, quedas libre de tu enfermedad.

13 Le impuso las manos y, en el acto, se enderezó y se puso a alabar a Dios. 14 El jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba en sábado, empezó a decir a la gente: -Hay seis días en los que se puede trabajar. Venid a curaros en esos días y no en sábado.

15 El Señor le respondió: -¡Hipócritas! ¿No suelta cada uno de vosotros su buey o su asno del pesebre en sábado para llevarlo a beber?

16 Y a ésta, que es una hija de Abrahán, a la que Satanás tenía atada hace dieciocho años, ¿no se la podía soltar de su atadura en sábado?

17 Al hablar así, quedaban confusos todos sus adversarios, pero toda la gente se alegraba por los milagros que hacía.

 

       *•• El evangelista Lucas nos propone el relato de un milagro, uno de los muchos que hizo Jesús y, sin embargo, un milagro singular, en virtud de una circunstancia cronológica que lo vuelve problemático, casi inaceptable para algunos contemporáneos suyos. Este milagro desencadena, en efecto, la famosa polémica en torno al sábado, una polémica que ya conocemos por otras páginas evangélicas (cf. Le 6,6-11 y 14,1-6).

       La beneficiaria es una mujer a la que un espíritu maligno mantenía enferma desde hacía dieciocho años (cf. v. 11). Lucas se complace en acentuar esta especial atención de Jesús con un miembro de una categoría débil de la sociedad de aquella época, precisamente las mujeres. Jesús no sólo la cura de su enfermedad, sino que la defiende frente a los ataques de sus adversarios. Jesús es, en efecto, el Mesías de los pobres, de los últimos, de los marginados y, en cuanto tal, a Lucas le gusta presentarle también en esta página. El jefe de la sinagoga se indigna -dice el relato de Lucas-, y esta indignación desencadena la polémica entre él y Jesús. Pero, como siempre, la polémica conduce a una clarificación, una clarificación que también necesitamos en nuestros días.

       La cuestión es siempre la misma: ¿qué criterios deben inspirar los hechos, los compromisos y las opciones en el día del Señor? Frente a un legalismo miope y mezquino, Jesús remacha que es preciso vivir según el espíritu de la ley y no dejarse embaucar sólo por la letra. Hasta los mandatos más nobles de una ley como la de Moisés, que también es de origen divino, si no pasan por la criba de un espíritu nuevo -el espíritu evangélico-, corren el riesgo de esconder intenciones mezquinas y triviales hipocresías para el cristiano, para el discípulo de Jesús. Por eso llama Jesús «hipócritas» a sus interlocutores, pretendiendo desmantelar su intransigencia a la hora de aplicar la ley a los otros, mientras que se muestran hábiles para encontrar excepciones cuando se trata de aplicarse la ley a ellos mismos. Jesús no puede callar frente a tamaña hipocresía.

 

MEDITATIO

       Podemos entrever cierta analogía entre las dos lecturas sobre las que estamos meditando. Por un lado, Pablo nos invita a vivir según el Espíritu, a superar el espíritu de esclavos, a vivir en la libertad que nos ha dado el Espíritu, a gritar: «¡Abba!», cuando hablemos con Dios.

       En efecto, nos consideramos -«y lo somos realmente»— hijos de Dios (cf. 1 Jn 3,1). Por otro lado, Jesús nos da ejemplo de cómo vivir como hijos, de cómo manifestar nuestra verdadera libertad, de cómo tender a una curación perfecta confiando totalmente en la ayuda de Dios. Comparando esta doble, aunque unitaria, enseñanza con nuestra vida, con la experiencia de todos los días, no podemos dejar de sentirnos provocados a realizar un examen de conciencia, una confrontación entre el ideal y la realidad de nuestra vida, entre la nueva ley del Espíritu que da la vida y las opciones diarias que a menudo dejan bastante que desear. Esa confrontación si, por una parte, nos conduce a constatar la gran distancia que media entre nuestro ser libres con la libertad de los hijos de Dios y nuestro hacernos esclavos de algunos «amos» que consiguen ejercer derechos sobre nosotros, por otra no puede dejar de desembocar en un sentimiento de gratitud y de estupor, por el simple hecho de que frente a nuestra debilidad y nuestra impotencia para vivir como verdaderos hijos de Dios se yergue siempre el amor misericordioso de aquel que es nuestro Padre y desea ser invocado por nosotros como «papá». Al querer actualizar este discurso, acude de una manera espontánea a nuestra mente advertir que el mundo en el que hoy vivimos espera con impaciencia, sobre todo de los cristianos, un testimonio vigoroso sobre la verdadera libertad, que marca a toda persona humana consciente de su dignidad, antes aún de caracterizar a cada cristiano.

 

ORATIO

Padre, tú eres mi creador, porque, en la plenitud de tu amor, has pensado en mí desde siempre y me has engendrado en el tiempo. Tú eres mi guía, porque con tus intervenciones evidentes o inescrutables me conduces a través del discernimiento a optar por el bien. Tú eres mi fuerza, porque con tu firmeza y delicadeza me impulsas hacia la realización de mi ser personal y original.

       Tú eres mi refugio, porque con tu compasión infinita soportas mis errores. Tú eres mi pedagogo, porque, a través de la experiencia dolorosa de mis carencias, me llevas como «sobre alas de águila». Tú eres mi providencia, porque te has hecho y te haces presente en todas mis necesidades y crisis.

       Tú eres mi faro, porque mis pasos, frecuentemente inseguros y lentos, siempre encuentran encendida la lámpara de tu Palabra. Tú eres mi autoridad, porque con la autoridad de tus preceptos me enseñas los valores y los ideales que dan sentido a la vida. Tú eres mi Padre: ¡te pareces mucho a mi papá!

 

CONTEMPLATIO

       Y, como el bienaventurado apóstol nos enseña, «en cuanto a nosotros, no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios gratuitamente nos ha dado» (1 Cor 2,12); y el mismo Dios sólo acepta como culto piadoso el ofrecimiento de lo que él nos ha concedido. ¿Y qué podremos encontrar en el tesoro de la divina largueza tan adecuado al honor de la presente festividad como la paz, lo primero que los ángeles pregonaron en el nacimiento del Señor? La paz es la que engendra los hijos de Dios, alimenta el amor y origina la unidad, es el descanso de los bienaventurados y la mansión de la eternidad.

       El fin propio de la paz y su fruto específico consiste en que se unan a Dios los que el mismo Señor separa del mundo. El apóstol nos invita a buscar esta paz cuando dice: «Así pues, quienes mediante la fe hemos sido redimidos, estamos en paz con Dios» (Rom 5,1). Esta frase, en su brevedad, resume aquello a lo que tienden casi todos los mandamientos, porque allí donde está la verdadera paz no puede faltar ninguna virtud.

       En efecto, carísimos, estar en paz con Dios significa querer lo que él ordena y no querer lo que él prohíbe. Si la amistad humana exige afinidad de sentimientos y armonía de voluntad, y si la diversidad de los modos de ser no puede conducir nunca a una concordia estable, ¿cómo podremos ser partícipes de la paz de Dios buscando nuestro placer en las cosas que sabemos que le ofenden? No es ése el espíritu de los hijos de Dios [...].

       Es grande el misterio del amor de Dios. Se trata de un don que supera a todos los dones. Dios llama al hombre hijo suyo, y el hombre se dirige a Dios llamándole Padre [...]. Por eso, «los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios» (Jn 1,13), ofrezcan al Padre sus corazones de hijos unidos en la paz; todos los hombres convertidos en hijos adoptivos se reúnen en aquel que es el primogénito en esta nueva creación (León Magno, Sexto sermón para Navidad, 3ss y 5; París 1947, pp. 128-136).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios» (Rom 8,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El Concilio Vaticano II ha hablado de libertad, refiriéndola a muchas cosas. Libertad es una palabra mágica. Debe ser estudiada con seria y serena diligencia, si no queremos apagar la luz y convertirla en un término de confusión equívoca y peligrosa [...].

       Simplificando bastante la inmensa y compleja materia relativa a la libertad, podemos observar, en primer lugar, que el Concilio no ha descubierto en absoluto o inventado la libertad. Ha reivindicado para la conciencia personal sus derechos inalienables, los ha sufragado con la magnífica teología del Nuevo Testamento, los ha proclamado para todos en el ámbito de la sociedad civil. O sea, que ha sostenido, además de la existencia, el ejercicio de la libertad en dos direcciones principales: la dirección personal, admitiendo un alto grado de autonomía para todo hombre, reconociendo su dominio a la conciencia, regla próxima e indeclinable de la acción moral, por ello tanto más necesitada de ser iluminada por la verdad y sostenida por la gracia, cuanto más tiende a determinarse por sí sola; y la dirección social, exigiendo una verdadera y pública libertad religiosa, en un clima, no obstante, de respeto de los derechos del otro y del orden público, y sosteniendo el «principio de subsidiaridad», el cual, en una sociedad bien organizada, apunta a dejar la más amplia libertad posible a las personas y a los entes subalternos, y a hacer obligatorio sólo lo que es necesario para un bien importante, que no se puede alcanzar de otro modo, y, en general, para el bien común.

       La mentalidad favorecida por las enseñanzas del Concilio lleva

el juego de la libertad [...] al fuero interno de la conciencia; por tanto, tiende a templar la injerencia de la ley exterior, pero tiende a incrementar la de la ley interior, la de la responsabilidad personal, la de la reflexión sobre los deberes supremos del hombre [...]. Ahora bien, deberemos ser conscientes al mismo tiempo de que nuestra libertad cristiana no nos sustrae a la ley de Dios, en sus exigencias supremas de humana sensatez, de seguimiento evangélico, de ascetismo penitencial y de obediencia al orden comunitario propio de la sociedad eclesial. La libertad cristiana no es carismática, en el sentido arbitrario que hoy se arrogan algunos: «Sois libres, pero no utilicéis la libertad como pretexto para el mal, sino para servir a Dios» (1 Pe 2,1 ó) (Pablo VI, Discorsi del mercoledi, de 9 luglio 7 969, en L'Osservatore Romano del 10 de julio de 1969).

 

Día 31

 

Martes de la 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 8,18-25

Hermanos:

18 Entiendo, por lo demás, que los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará.

19 Porque la creación misma espera anhelante que se manifieste lo que serán los hijos de Dios.

20 Condenada al fracaso, no por propia voluntad, sino por aquel que así lo dispuso, la creación vive en la esperanza

21 de ser también ella liberada de la servidumbre de la corrupción y participar así en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

22 Sabemos, en efecto, que la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente.

23 Pero no sólo ella; también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior suspirando porque Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo.

24 Porque ya estamos salvados, aunque sólo en esperanza, y es claro que la esperanza que se ve no es propiamente esperanza, pues ¿quién espera lo que tiene ante los ojos?

25 Pero si esperamos lo que no vemos, estamos aguardando con perseverancia.

 

       *•• Hemos sido justificados por la gracia de Dios por medio de la fe en el poder del Espíritu Santo. Ahora somos hijos de Dios, libres por Dios y coherederos de Cristo. Sin embargo, lo que seremos debe ser aclarado ulteriormente.

       Sobre esta perspectiva futura se detiene ahora la reflexión teológica de Pablo. En efecto, la primera relación que establece es entre «los padecimientos del tiempo presente» y «la gloria que un día se nos revelará» (v. 18). El contraste es evidente y de fácil interpretación. La vida cristiana se desarrolla de hecho entre el «ya» y el «todavía no», entre un presente que frecuentemente se caracteriza por las penumbras de la duda y las pruebas del dolor, y un futuro que deja entrever un horizonte de luz y de paz.

       No sólo el cristiano -pone de relieve el apóstol Pablo-, sino la creación entera vive y sufre esta impaciente espera de la revelación de lo que serán los hijos de Dios (v. 19). Por consiguiente, es todo el orden creado el que comparte con la humanidad, con cada persona humana, el misterio pascual de la muerte-vida, de las tinieblas-luz, que constituye ahora la clave con la que podemos descodificar los misterios de la historia. El hombre, en cuanto creado a imagen y semejanza de Dios, en cuanto señor del orden creado, está llamado a vivir en primera persona -en ocasiones sometido a indecibles sufrimientos- el drama de una expectativa que parece no acabar nunca, de un goce que no parece satisfacer nunca del todo. Eso es lo que pretende afirmar Pablo cuando escribe: «Porque ya estamos salvados, aunque sólo en esperanza» (v. 24).

       Como la adopción filial (cf. v. 15), también nuestra salvación está ya adquirida, aunque esperamos todavía su plena realización. Nuestra tarea, concluye el apóstol, consiste en perseverar mientras esperamos.

 

Evangelio: Lucas 13,18-21

En aquel tiempo,

18 Jesús añadió: -¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué lo compararé?

19  Es como un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerto; creció, se convirtió en árbol y las aves del cielo anidaron en sus ramas.

20 De nuevo les dijo: -¿Con qué compararé el Reino de Dios?

21 Es como la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.

 

       *»• Según algunos exégetas, las parábolas del grano de mostaza y de la levadura expresan el mismo mensaje: el que se desprende del contraste entre el punto de partida, pequeño e insignificante, y el punto de llegada, grande e imponente. Alguno advierte también que el contraste puede ser considerado desde dos puntos de vista diferentes: o bien desde el lado de lo que es pequeño, la semilla (éste sería el punto de vista del Jesús histórico, y en este caso se derivaría una invitación a la confianza, al valor y a la esperanza), o bien desde el lado de lo que es grande, el árbol (y éste sería el punto de vista del evangelista, que cuenta la parábola actualizándola para sus destinatarios, o sea, para una comunidad de fieles que ya está un tanto extendida).

       Sin embargo, tal vez nos quede aún algo por descubrir. En efecto, Lucas, en su relato, no insiste propiamente en el contraste entre la semilla pequeña y la planta grande -como parecen hacer Marco y Mateo-, sino más bien en la idea del crecimiento. Éste demuestra para Lucas la realización de una profecía, y esta afirmación de Jesús, en la pluma del evangelista, se convierte en el anuncio de un cumplimiento mesiánico. En perspectiva podría corresponder a la expansión del Evangelio entre los paganos y esto constituiría un maravilloso puente lanzado por Lucas entre las dos partes de su obra (el tercer evangelio y los Hechos de los apóstoles). En efecto, con el don del Espíritu Santo y con el don de la predicación apostólica, la Palabra de Dios se difundirá por el mundo y se propagará entre los hombres la única fe en el Señor Jesús.

       Es de utilidad subrayar que a través de la parábola, como a través de un espejo, es posible entrever el paso de la situación del ministerio público de Jesús, marcado por unos comienzos sencillos y pobres, a la situación de la Iglesia primitiva, en la cual, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, la pequeña semilla lanzada por Jesús ha empezado a crecer extendiéndose por el mundo y arraigando en el corazón de los hombres.

 

MEDITATIO

       También entre las dos lecturas de la liturgia de la Palabra de hoy parece que podemos entrever una no débil analogía. En efecto, por una parte, Pablo abre la vida cristiana a la perspectiva de un futuro que será la plena manifestación del don de Dios: a esto nos sentimos llamados y orientados por el don de la esperanza que nos sostiene a lo largo del camino, aunque esta perspectiva no elimina el dolor de la peregrinación terrena. Por otra parte, con las parábolas del grano de mostaza y de la levadura, Jesús nos deja entrever que el Reino de Dios anunciado e inaugurado por él tendrá un crecimiento y unos desarrollos inauditos, humanamente imprevisibles, pero, a buen seguro, realizables.

       Nos parece entrever una gran lección de vida en este horizonte, un horizonte abierto a todo creyente por la fe en Cristo. Es la lección que se desprende de esa pequeña aunque selecta semilla que es la esperanza, «la más pequeña pero la más preciosa de todas las virtudes», que diría Charles Péguy. La segunda virtud teologal, que está estrechamente emparentada con la fe y es preludio de la caridad, es capaz, en efecto, de lanzar puentes invisibles, pero reales, entre este presente histórico y el futuro escatológico, entre la experiencia que consumamos «en este valle de lágrimas» y el don que nos está asegurado en la patria celestial, entre las luchas que debemos sostener aquí abajo y la «corona de gloria» que nos espera allá arriba.

       Desde esta perspectiva, debemos reflexionar también sobre el significado exacto de la expresión «Reino de Dios», con la que son introducidas las dos parábolas evangélicas. Ese Reino ha sido inaugurado por la presencia, por la palabra y por las acciones de Jesús, pero se realizará plenamente cuando el mismo Hijo entregue todo y a todos a Dios, su Padre. Por consiguiente, la indicada con la expresión «Reino de Dios» es una realidad escatológica. Sólo Jesús puede decir que es un anticipo auténtico y una realización personal de la misma. Todo lo demás es sólo indicio y figura. Lo dice también con claridad el Concilio Vaticano II cuando afirma, en la constitución dogmática sobre la Iglesia, que «la Iglesia es germen e inicio del Reino de Dios» {Lumen gentium 5).

 

ORATIO

       Oh Señor, sembrar -y esto es algo que nos enseña la experiencia- requiere atención para que el terreno sea fértil, vigilancia para que las malas hierbas no ahoguen la semilla, paciencia porque el desenlace no es seguro hasta la cosecha. Hacer fermentar la masa también es un trabajo comprometedor, pleno de delicadeza y de cuidados para que, por medio del calor propicio y el tiempo necesario, aumente el volumen de la masa y no quede sin fermentar. Lo mismo supone trabajar por ti y por las almas.

       Ahora bien, tu mandato, oh Señor, es mucho más radical: es preciso que nos convirtamos en semilla y en levadura. Y esto es algo que me hace temblar, porque debo hacer la parte que me corresponde, pero requiere, sobre todo, entrega total, transformación profunda y muerte para dar comienzo a nuevas vidas.

       Oh Señor, dame coraje para no desertar, dame fuerza para perseverar, dame celo para hacer florecer tu amor en esa parte del mundo en la que no ha fermentado la levadura. Señor, dame esperanza para entrever tu gloria junto con mis hermanos y hermanas.

 

CONTEMPLATIO

       Yo tengo plena conciencia de que es a ti, Dios Padre omnipotente, a quien debo ofrecer la obra principal de mi vida, de suerte que todas mis palabras y pensamientos hablen de ti.

       Y el mayor premio que puede reportarme esta facultad de hablar que tú me has concedido es el de servirte predicándote a ti y demostrando al mundo, que lo ignora, o a los herejes, que lo niegan, lo que tú eres en realidad: Padre; Padre, a saber, del Dios unigénito.

       Y aunque es ésta mi única intención, es necesario para ello invocar el auxilio de tu misericordia, para que hinches con el soplo de tu Espíritu las velas de nuestra fe y nuestra confesión, extendidas para ir hacia ti, y nos impulses así en el camino de la predicación que hemos emprendido. Porque merece toda confianza aquel que nos ha prometido: «Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá».

       Somos pobres, y por eso pedimos que remedies nuestra indigencia; nosotros ponemos nuestro esfuerzo tenaz en penetrar las palabras de tus profetas y apóstoles y llamamos con insistencia para que se nos abran las puertas de la comprensión de tus misterios, pero el darnos lo que pedimos, el hacerte encontradizo cuando te buscamos y el abrir cuando llamamos, eso depende de ti.

       Cuando se trata de comprender las cosas que se refieren a ti, nos vemos frenados por la pereza y la torpeza inherentes a nuestra naturaleza y nos sentimos limitados por nuestra inevitable ignorancia y debilidad, pero el estudio de tus enseñanzas nos dispone para captar el sentido de las cosas divinas, y la sumisión de nuestra fe nos hace superar nuestras culpas naturales.

       Confiamos, pues, que tú harás progresar nuestro tímido esfuerzo inicial y que, a medida que vayamos progresando, lo afianzarás y que nos llamarás a compartir el espíritu de los profetas y apóstoles; de este modo, entenderemos sus palabras en el mismo sentido en el que ellos las pronunciaron y penetraremos en el verdadero significado de su mensaje.

       Nos disponemos a hablar de lo que ellos anunciaron de un modo velado: que tú, el Dios eterno, eres el Padre del Dios eterno unigénito, que tú eres el único no engendrado y que el Señor Jesucristo es el único engendrado por ti desde toda la eternidad, sin negar, por esto, la unicidad divina ni dejar de proclamar que el Hijo ha sido engendrado por ti, que eres un solo Dios, confesando, al mismo tiempo, que el que ha nacido de ti, Padre, Dios verdadero, es también Dios verdadero como tú.

       Otórganos, pues, un modo de expresión adecuado y digno, ilumina nuestra inteligencia, haz que no nos apartemos de la verdad de la fe; haz también que nuestras palabras sean expresión de nuestra fe, es decir, que nosotros, que por los profetas y apóstoles te conocemos a ti, Dios Padre, y al único Señor Jesucristo, y que argumentamos ahora contra los herejes que esto niegan, podamos también celebrarte a ti como Dios en el que no hay unicidad de persona y confesar a tu Hijo, en todo igual a ti (Hilario de Poitiers, De Trinitate I, 37ss, en PL 10,48ss).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará» (Rom 8,18).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       La condición humana es siempre una condición situada en un espacio: en un espacio y en un tiempo, en un límite más allá del cual se advierte la ausencia y lo desconocido. La tensión que mueve o que «espera» el futuro está, por tanto, al menos en cierto sentido, fuera de su alcance. «Lo que es esperado, en sentido estricto, está sustraído al poder de aquel que espera. Nadie dice que espera lo que él mismo puede hacer o provocar».                          Precisamente a este respecto, santo Tomás decía que el objeto de la esperanza es siempre algo «arduo».

       Por otra parte, no se puede decir que el objeto de la esperanza esté infundado del todo; en tal caso, deberíamos hablar de mera ilusión y, en última instancia, de desesperación. «La esperanza -decía Descartes- es una disposición del alma que la persuade de que vendrá lo que desea.» ¿En qué se basa esta persuasión? ¿En la simple probabilidad del objeto o en la magnanimidad de aquel que nos lo puede dar? Ahora bien, en ese caso, deberemos hablar más propiamente de deseo y de carencia: el deseo, como nos hace ver su derivación de sidus, es un «esperar desde las estrellas» y, al mismo tiempo, «una pérdida de la constelación que nos guiaba por el mar», un «dejar de ver», un «sentir y echar de menos la carencia» y un no ser capaz de «orientarse». La esperanza, en cambio, está sostenida  en el fondo por la confianza: puede esperar también lo que parece, que tal vez es imposible, pero, mientras espera, apunta a una determinada certeza, a una confianza que ya es comunión con lo que ha de venir.

       Esperando -como ha señalado G. Marcel- contribuyo a «preparar», dispongo el camino a lo que ha de venir y, en cierto modo, participo ya de ello. «No es que, hablando con propiedad, atribuya yo una eficacia causal al hecho de esperar o desesperar. La verdad es más bien que, al esperar, tengo conciencia de reforzar, y desesperando o simplemente dudando tengo conciencia de soltar, de aflojar, cierto vínculo que me une a lo que está en causa» (V. Melchiorre, Sulla speranza, Brescia 2000, pp. 15-17).