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LECTIO DIVINA NOVIEMBRE DE 2017

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Festividad de Todos los Santos

          Solemnidad de Todos los Santos, que están con Cristo en la gloria. En el gozo único de esta festividad, la Iglesia Santa, todavía peregrina en la tierra, celebra la memoria de aquellos cuya compañía alegra los cielos, recibiendo así el estímulo de su ejemplo, la dicha de su patrocinio y, un día, la corona del triunfo en la visión eterna de la divina Majestad (elog. del Martiriologio romano). 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14

Yo, Juan,

2 ví otro ángel que subía del oriente; llevaba consigo el sello del Dios vivo y gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar:

3 -No hagáis daño a la tierra, ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente con el sello a los servidores de nuestro Dios.

4 Y oí el número de los marcados con el sello: eran ciento cuarenta y cuatro mil procedentes de todas las tribus de Israel.

9 Después de esto, miré y ví una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie delante del trono y del Cordero. Vestían de blanco, llevaban palmas en las manos

10 y clamaban con voz potente, diciendo: A nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero se debe la salvación.

11 Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono, alrededor de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, cayeron rostro a tierra delante del trono y adoraron a Dios,

12 diciendo: Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.

11 Entonces, uno de los ancianos tomó la palabra y me preguntó: -¿Estos que están vestidos de blanco quiénes son y de dónde han venido?

14 Yo le respondí: -Tú eres quien lo sabe, Señor. Y él me dijo: - Éstos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero.

 

**- La historia se va desarrollando poco a poco y está llegando a su término final. La apertura de los «siete sellos » -tal como se describe en el Apocalipsis- impone un ritmo a esta duración y va mostrando sus componentes a medida que se revelan (capítulos 6ss). El fragmento de hoy se inserta entre el sexto y el séptimo -o sea, el último- sellos como una gran liturgia que, al mismo tiempo, crea expectativas y promesas para el futuro.

        Esta liturgia celebra, en efecto, la salvación ya presente. Esa salvación está destinada a una «muchedumbre enorme» (v. 9), a todos los «que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero» (v. 14). Se trata, por consiguiente, de una salvación universal, abierta a todos, en particular a todos los que se han visto sometidos de algún modo por la persecución {thlipsis, «tribulación», se convierte en el signo de toda persecución) y salen de ella purificados.

        Como premonición y como signo de esta salvación, aparece un grupo elegido marcado con «el sello del Dios vivo». No está claro lo que significa este sello (¿se trata de una cita de Ez 9,4?, ¿de la unción bautismal?, ¿de la cruz?). Probablemente resulta más fácil identificar a los «ciento cuarenta y cuatro mil» (v. 4) que están marcados con él: son la plenitud del nuevo pueblo de Dios, el Israel renovado en todos sus componentes y puesto en la historia como signo de que el poder de Dios se revela en sus «servidores» (v. 3).

 

Segunda lectura: 1 Juan 3,1-3

Carísimos:

1 considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo ha conocido a él.

2 Queridos, ahora somos ya hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

3 Todo el que tiene en él esta esperanza se purifica a sí mismo, como él es puro.

 

**• El presente fragmento forma parte de la sección de la primera carta de Juan centrada en la justicia de Dios (2,29-4,6). El distintivo que permite reconocer al que ha «nacido de Dios» es la capacidad de obrar la justicia y de no cometer pecado (2,29; 3,9). La adecuación de la vida a la justicia de Dios podría parecer una tarea desmesurada, pero esta carta nos ayuda a comprender que eso no es simple fruto de la ascesis o de luchas gloriosas: el hijo del Justo tiene la capacidad de obrar la justicia no por simple mérito suyo; la recibe más bien de quien le engendra a la vida (2,29), del mismo modo que quien recibe la luz es iluminado interiormente por ella y puede ver incluso cómo es Dios, sosteniendo su mirada (3,2ss).

La experiencia de la filiación divina, la experiencia de deber al Padre la propia vida de fe y de amor en los cielos (cf. 5,1-4) se repite varias veces a lo largo de la carta (tékna, téknia: 2,1.12.28; 3,1.2.7.10.18; 4,4; 5,2, mientras que el término hyiós ha asumido ahora una connotación técnica destinada a expresar la persona del Hijo de Dios: cf. 1,3.7; 2,22.23; 3,8.23; 4,9.10.14.15) y se revela, por tanto, como experiencia originaria de los cristianos.

Si parece oscuro lo que falta aún para la consumación de esta filiación, es porque será revelada cuando se reconstruya nuestra semejanza con Dios (3,2).

 

Evangelio: Mateo 5,l-12a

En aquel tiempo,

1 al ver a la gente, Jesús subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos.

2 Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras:

3 Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

4 Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará.

5 Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra.

6 Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciará.

7 Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos.

8 Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios.

9 Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

10 Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

11 Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por mi causa.

12 Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos.

 

** El evangelio según Mateo puede ser estructurado en torno a cinco grandes discursos que acompasan el discurrir de los capítulos. El primer gran discurso, que tiene su comienzo en este fragmento, amplifica y despliega el anuncio profético originario de Jesús: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 4,17; cf. 3,2; 10,7). Es como una gran incrustación en la que temas y palabras se reclaman formando un cuadro global de gran efecto.

En nuestro fragmento se puede subrayar, en primer lugar, la fórmula de las bienaventuranzas: todas están construidas siguiendo un modelo semejante. Se parte de la proclamación de la bienaventuranza, que se dirige siempre a categorías «débiles» en la historia, para anunciar que esta debilidad está puesta en las manos de Dios (éste es el sentido de la forma pasiva y del tiempo futuro de los verbos). En todas ellas, en efecto, la promesa contenida en la segunda parte corresponde a la expectativa de la primera. A los que lloran les corresponde el consuelo de Dios (v. 4); a los humildes, Dios les entregará la tierra (v. 5); a quienes tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios (de justicia, según otras traducciones), Dios los saciará; con los que tienen un corazón misericordioso, Dios se mostrará misericordioso (v. 7); se mostrará plenamente transparente a los que tienen limpio el corazón (v. 8); tomará como hijos e hijas a quienes construyen la paz (v. 9).

De este esquema general se apartan, en cierto modo, la primera y la octava bienaventuranzas, que forman una gran inclusión, puesto que ambas prometen a «los pobres en el espíritu» (v. 3) y a «los perseguidos por hacer la voluntad de Dios» (la justicia, según otras traducciones) (v.10) el Reino de los Cielos. Estas dos bienaventuranzas adquieren así una densidad especial, mientras que la última aplica este anuncio evangélico a la situación de persecución por la que pasa la comunidad cristiana (vv. 11ss). El «Reino de los Cielos» se convierte de este modo en el código que permite comprender las bienaventuranzas y, además, todo el Evangelio (cf., a título de ejemplo, las parábolas que se encuentran en Mt 13).

Finalmente, podemos subrayar el hecho de que haya una última expresión ligada al Reino de los Cielos: se trata de la expresión «voluntad de Dios» («justicia», según otras traducciones) (5,10; cf. 6,33). Su sentido no corresponde a ninguna actitud legalista, que, en 5,20, está incluso condenada expresamente. Voluntad de Dios o justicia remiten, aquí y en otros lugares, al designio del Padre sobre la historia y a la transformación que Dios mismo provoca en la misma; de ahí que la exhortación final de esta primera parte del evangelio, a primera vista excesiva, sea en realidad anuncio de la verdad del cristiano como hijo de Dios: «Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (v. 48).

 

MEDITATIO

La santidad pertenece únicamente a Dios, y nadie puede reclamarla nunca para sí. La distancia entre nuestro carácter de criaturas y el Creador, la fractura entre nuestros deseos y nuestras realizaciones, la necesidad de ajustar las cuentas con los compromisos y dolores de la historia nos impiden creer que nuestra filiación divina sea algo que se nos debe. Desde este punto de vista, el balance de la historia es aún ruinoso: no somos santos.

Con todo, podemos construir la santidad en parte, armonizando nuestra propia vida con el designio de justicia que Dios ha pensado para el mundo. Lo hacen «los pobres en el espíritu», que no consiguen encontrar en ellos mismos motivos para ir hacia delante y se confían al grano de mostaza del Reino de Dios. Lo hacen los «servidores» del Señor, que intentan imitar el obrar misericordioso de Dios en la historia para convertirse en un posible signo de salvación, en un poco de levadura del Reino de Dios.

Se trata de tareas desmesuradas, que nadie consigue llegar a término por sí solo. Únicamente si nos confiamos a aquella parte todavía no revelada de nosotros mismos, a la semejanza que nos hace hijos e hijas de Dios y amados por él, sólo si creemos y nos confiamos con fe y amor a la promesa de nuestro bautismo, llegaremos a comprender cómo la salvación forma parte ya de nuestra vida y que es propio de la santidad de Dios sostener nuestra santidad.

 

ORATIO

Padre santo, tú nos has llamado hijos tuyos. Nosotros te damos gracias por tu santidad, que conduce la historia. No comprendemos todavía hasta el fondo lo que significa sentirse amados por tu santidad, pero tú mantienes viva en nosotros la imagen que has proyectado para cada uno.

Hijo justo del Padre, tú nos has abierto un paso en la historia, donde conseguimos ver cómo actúa el Padre en la historia y cómo obra en ella el Hijo. Ayúdanos a imitar tu única filiación, haznos capaces de confiarnos al Padre.

Espíritu de justicia y de santidad, si tú no purificas nuestros corazones nunca seremos capaces de abrir nuestros ojos a la mirada de Dios, nunca seremos capaces de cantar las alabanzas de Dios en la liturgia, no conseguiremos llamarnos hijos. Infunde en nuestro corazón la capacidad de escuchar la voz del Padre que nos llama hijos suyos amados.

 

CONTEMPLATIO

También nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Y lo que produce en nosotros la imagen divina no es otra cosa que la santificación, esto es, la participación en el Hijo en el Espíritu. Así que, después de que la naturaleza humana se hubiera encaminado a la perversión y se hubiera corrompido la belleza de la imagen, fuimos restaurados en el estado original, porque mediante el Espíritu ha sido reformada la imagen del Creador, es decir, del Hijo, a través del cual viene todo del Padre.

También el sapientísimo Pablo dice: «¡Hijos míos, por quienes estoy sufriendo de nuevo dolores de parto hasta que Cristo llegue a tomar forma definitiva en vosotros!» (Gal 4,19). Y él mismo mostrará que la figura de la formación de la que se habla aquí ha sido imprimida en nuestras almas por medio del Espíritu, proclamando: «Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Por nuestra parte, con la cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosa, como corresponde a la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,17ss) (Cirilo de Alejandría, Dialoghi sulla Trinitá, Roma 1982, pp. 302ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: « Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tu verdadera identidad es ser hijo de Dios. Esa es la identidad que debes aceptar. Una vez que la hayas reivindicado y te hayas instalado en ella, puedes vivir en un mundo que te proporciona mucha alegría y, también, mucho dolor. Puedes recibir tanto la alabanza como el vituperio que te lleguen como ocasiones para fortalecer tu identidad fundamental, porque la identidad que te hace libre está anclada más allá de toda alabanza y de todo vituperio humano. Tú perteneces a Dios y, como hijo de Dios, has sido enviado al mundo.

Dado que ese lugar profundo que hay dentro de ti y donde se arraiga tu identidad de hijo de Dios lo has desconocido durante mucho tiempo, los que eran capaces de afectarte han tenido sobre ti un poder repentino y a menudo aplastante. Pero no podían llevar a cabo aquel papel divino, y por eso te dejaron, y te sentiste abandonado. Pero es precisamente esta experiencia de abandono la que te ha atraído a tu verdadera identidad de hijo de Dios.

Sólo Dios puede habitar plenamente en lo más hondo de ti. Puede ser que haga falta mucho tiempo y mucha disciplina para volver a unir tu yo profundo, escondido, con tu yo público, que es conocido, amado y aceptado, aunque también criticado por el mundo; sin embargo, de manera gradual, podrás empezar a sentirte más conectado a él y llegar a ser lo que verdaderamente eres: hijo de Dios (H. J. M. Nouwen, La voce dell'amore, Brescia 21997, pp. 98ss, passim).

 

 

 

Día 2

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre)

 

Creemos por fe que la muerte no es el final de la existencia humana, sino la entrada en una condición de vida nueva y definitiva: en Dios y ¡unto con todos los redimidos. La realidad de la comunión de los santos nos da la certeza de que los hermanos todavía no purificados del todo pueden recibir ayuda y consuelo por medio de nuestra oración. Por eso la Iglesia, acogiendo una antigua tradición monástica, ha dedicado un día entero a la oración de sufragio por los fieles difuntos, fijando su fecha en el 2 de noviembre, inmediatamente después de la fiesta de Todos los santos.

 

LECTIO

Primera lectura: Job 19,l-23-27a

1 Job tomó la palabra y dijo:

23 ¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en el bronce!

24 ¡Ojalá con punzón de hierro y plomo se esculpieran para siempre en la roca!

25 Pues yo sé que mi defensor está vivo y que él, al final, se alzará sobre el polvo;

26 y después que mi piel se haya consumido, con mi propia carne veré a Dios.

27 Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño, y en mi interior suspirarán mis entrañas.

 

*•• No resulta fácil compartir el sufrimiento de otro. Los amigos de Job no le ofrecen más que discursos hechos a partir de tópicos y frustrados por una sabiduría demasiado fácil. Muy distintas son las palabras de su respuesta. En efecto, cuando se encuentra casi en el umbral de la muerte y la soledad le destroza el corazón (vv. 19-22), Job intuye que Dios es su redentor, su go'el, o sea -siguiendo la práctica jurídica judía-, el pariente cercano que debe comprometerse a rescatar corriendo con los gastos (o vengar) a su pariente en caso de esclavitud, de pobreza, de asesinato. Así pues, Job puede apelar a Dios como a su último defensor, como al ser vivo que se compromete a sí mismo en favor del hombre que muere, puesto que entre Dios y el hombre existe una especie de parentesco, un vínculo indisoluble.

Job lo afirma con vigor (vv. 26ss): sus ojos contemplarán a Dios con la familiaridad de quien no es extraño a su vida.

 

Segunda lectura: Romanos 5,5-11

Hermanos:

5 Una esperanza que no engaña porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones.

6 Estábamos nosotros incapacitados para salvarnos, pero Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado.

7 Es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien, aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir.

8 Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores.

9 Con mayor razón, pues, a quienes ha puesto en camino de salvación por medio de su sangre los salvará definitivamente del castigo.

10 Porque si siendo enemigos Dios nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, nos salvara para hacernos partícipes de su vida.

11 Y no sólo esto, sino que nos sentimos también orgullosos de un Dios que ya desde ahora nos ha concedido la reconciliación por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

*•• La esperanza del hombre frente al enigma de la muerte no es vana. Como ya había intuido Job, Dios es realmente nuestro «Redentor», porque nos ama. Se ha comprometido a rescatarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte pagando el precio de la sangre de su Hijo (vv. 6-9), de un modo absolutamente gratuito. Nosotros, en efecto, éramos pecadores, impíos, enemigos, pero el Señor nos ha reconocido como «suyos» y ha muerto por nosotros, arrancándonos de la muerte eterna.

Por medio del bautismo, y participando en el misterio pascual de Cristo, es como acogemos esta gracia. Su muerte nos ha reconciliado con el Padre, su resurrección nos permite vivir como salvados. Rompiendo continuamente los lazos con el pecado y dejándonos guiar por el Espíritu derramado en nuestros corazones, actualizamos cada día la gracia de nuestro nuevo nacimiento.

 

Evangelio: Juan 6,37-40

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre:

37 Todos los que me da el Padre vendrán a mí, y yo no rechazaré nunca al que venga a mí.

38 Porque yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.

39 Y su voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día.

40 Mi Padre quiere que todos los que vean al Hijo y crean en él tengan vida eterna, y yo los resucitaré en el último día.

 

**• El verdadero centro de esta perícopa es la voluntad de Dios, a cuyo cumplimiento está orientada por completo la misión de Jesús (v. 38). Esa voluntad es un designio de vida y de salvación ofrecido a todo hombre («todos»: v. 40) a través de la mediación de Cristo, a fin de que nadie se pierda (v. 39). El designio de Dios manifiesta así su ilimitada gratuidad y, al mismo tiempo, la afectuosa atención de su caridad con cada uno. Para recibirla, es preciso responder con el libre consentimiento de la fe: quien cree en el Hijo tiene ya desde ahora la vida eterna, porque se adhiere a aquel que es la resurrección y la vida, y sólo él puede llevarnos consigo más allá del insuperable límite de la muerte.

 

MEDITATIO

Ante la muerte se impone el silencio, ese silencio que, haciéndonos entrar en el diálogo de la eternidad y revelándonos el lenguaje del amor, nos pone en una comunicación profunda con este insondable misterio. Existe un vínculo fortísimo entre aquellos que han dejado de vivir en el espacio y en el tiempo y los que se encuentran aún inmersos en ellos. Si bien la desaparición física de las personas queridas nos hace sufrir su inalcanzable lejanía, mediante la fe y la oración experimentamos una más íntima comunión con ellos. Cuando parece que nos dejan es en realidad el momento en el que se establecen más firmemente en nuestra vida: siguen estando presentes en nosotros, forman parte de nuestra interioridad, los encontramos en esa patria que ya llevamos en el corazón, allí donde habita la Trinidad.

San Pablo nos anima a vivir de una manera positiva el misterio de la muerte, haciéndole frente día tras día, aceptándola como una ley de la naturaleza y de la gracia, para ser despojados progresivamente de lo que debe perecer hasta encontrarnos ya milagrosamente transformados en aquello en que debemos convertirnos. La «muerte cotidiana» se revela así más bien como un nacimiento: el lento declinar y el ocaso desembocan en un alba luminosa. Todos los sufrimientos, las fatigas y las tribulaciones de la vida presente forman parte de este necesario, de este cotidiano morir, a fin de pasar a la vida inmortal. Debemos vivir fijando nuestra mirada en el objeto de la bienaventurada esperanza, apoyándonos únicamente en la fidelidad del Señor, que nos ha prometido la eternidad.

Si vivimos así, cuando lleguemos al ocaso de esta vida no veremos caer las tinieblas de la noche, sino que aparecerá ante nosotros -una expectativa sorprendente, no obstante-, el alba de la eternidad y tendremos la inefable alegría de sentirnos una sola cosa con el Señor.

Después de una larga fatiga seremos plenamente suyos y esa pertenencia será plenitud de bienaventuranza en la visión cara a cara.

 

ORATIO

Señor, cada día se eleva desde la tierra una acongojada oración por aquellos que han desaparecido en el misterio: la oración que pide reposo para el que expía, luz para el que espera, paz para quien anhela tu amor infinito.

Descansen en paz: en la paz del puerto, en la paz de la meta, en tu paz, Señor. Que vivan en tu amor aquellos a los que he amado, aquellos que me han amado. No olvides, Señor, ningún pensamiento de bien que me haya sido dirigido, y el mal, oh Padre, olvídalo, cancélalo.

A los que pasaron por el dolor, a los que parecieron sacrificados por un destino adverso, revélales, contigo mismo, los secretos de tu justicia, los misterios de tu amor. Concédenos esa vida interior para que en la intimidad nos comuniquemos con el mundo invisible en el que están: con ese mundo fuera del tiempo y del espacio que no es lugar, sino estado, y no está lejos de nosotros, sino a nuestro alrededor; que no es de muertos, sino de vivos (Primo Mazzolari).

 

CONTEMPLATIO

Señor, Señor Jesús, tú eres la vida eterna de la patria verdadera y eterna, puesto que tú nos la has procurado.

Tú eres la lámpara de la casa paterna que ilumina suavemente, tú eres el sol de la justicia en la tierra, tú eres el día que no llega nunca al término, tú eres el lucero del alba. Allí sólo tú eres el templo, el sacerdote y la víctima.

Tú sólo el rey y el jefe, el Señor y el maestro; tú eres el sendero de la unificación, tú eres el manantial y la paz, tú eres la dulzura infinita. Allí todos los que te pertenecen te siguen, y tú estás siempre, no te vas nunca, diriges la casta danza sobre los prados de la alegría...

Por eso, cuando se despierta en nosotros la nostalgia de la vida eterna, de la patria verdadera, de la comunión con todos los santos allá arriba en la ciudad que está sobre los montes elevados, entonces debemos convertirnos aquí abajo en humildemente pequeños en la casa del Señor, debemos cargar sobre nosotros la aflicción junto con nuestra Madre dolorosa, la Iglesia (Quodvultdeus de Cartago, cit. en K. Rahner, Mater Ecclesiae, Milán 1972, p. 108).

 

ACTIO

        Repite hoy con frecuencia esta oración: «Dales, Señor, el descanso eterno; brille para ellos una luz perpetua. Descansen en paz- Amén».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No se debe morir cuando se ama. La familia no debería conocer la muerte. Se unen para la eternidad, y para la eternidad dan la vida a otras personas. La muerte no es sólo el huésped que no se puede evitar. Se podría decir que es un miembro de la familia, un miembro celoso que, cuando llega, aleja a otros.

Sea quien sea la persona que veamos alejarse, la vida queda cambiada. Toda muerte lacera la carne común. La familia, precisamente porque es preparación para la vida, es también preparación para la muerte, y en esta cita común con el misterio no es posible saber quién será llamado el primero.

¿Por qué no se nos permite morir al mismo tiempo? Éste sería el deseo más vivo del amor, una nueva bendición nupcial a la que consentiríamos con alegría. Pero ese caso es muy raro. La Providencia tiene otros fines. Algunos de ellos son evidentes, otros se nos escapan. Por eso es difícil la fe. Nos creemos víctimas de la fatalidad, y no pensamos que, también con la muerte, sigue siendo el amor un don insigne. En una casa hay desgracias mucho más graves que la muerte. ¡Cuántas tragedias ocurren sin que nadie haya desaparecido, y cuánta ternura conservada en ausencia de las personas queridas!

La muerte no es siempre una enemiga. Mientras la padece, el amor es capaz de vencerla. Vivir significa con frecuencia separarse; morir significa, en cambio, reunirse. No es una paradoja: para aquellos que han llegado al amor más grande, la muerte es una consagración y no una ruptura. En el rondo, nadie muere verdaderamente, porque nadie puede salir de Dios. Ese que nos parece haberse detenido de improviso continúa su camino. Ha sido como pasar una página, mientras escribía su vida. De él hemos perdido lo que poseíamos de una manera temporal, pero se posee para la eternidad sólo lo que se ha perdido. La vida y la muerte no son más que aspectos diferentes de un único destino; cuando se entra en él con el corazón, ya no se distingue (A. G. Sertillanges, Nos disparus, París 1970, pp. 5-10, passím).

 

 

Día 3

Viernes de la 30ª semana del Tiempo ordinario o 3 de noviembre, conmemoración de San Martín de Porres

 

San Martín de Porres nació en Lima, Perú, el 9 de diciembre de 1579. Sus padres fueron Juan, un caballero español, y Ana, una negra libre panameña. Pasó unos años de su infancia en Ecuador. De regreso con su madre en Lima, a los 12 años trabaja de aprendiz de peluquero y asistente de sacamuelas. Conoce al dominico fray Juan de Lorenzana y éste le invita a entrar en el convento. La legislación de entonces le impedía ser religioso por el color y por la raza. Martín ingresa como donado. En una visita que hace su padre al convento, habla con el padre superior y fray Martín pasa a ser hermano cooperador. El 2 de junio de 1603 se consagra a Dios con la profesión religiosa en la orden de Predicadores. Su anhelo es «pasar desapercibido y ser el último». La escoba y la cruz serán las compañeras inseparables de su vida conventual.

Muere el 3 de noviembre de 1639. El 6 de mayo de 1963, 300 años después de su muerte, fue canonizado por su buen devoto el papa Juan XXIII.

LECTIO

Primera lectura: Romanos 9,1-5

Hermanos:

1 Digo la verdad como cristiano, y mi conciencia, guiada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento

2 al afirmar que me invade una gran tristeza y es continuo el dolor de mi corazón.

3 Desearía, incluso, verme yo mismo separado de Cristo como algo maldito por el bien de mis hermanos de raza.

4 Son descendientes de Israel. Les pertenecen la adopción filial, la presencia gloriosa de Dios, la alianza, las leyes, el culto y las promesas.

5 Suyos son los patriarcas y de ellos, en cuanto hombre, procede Cristo, que está sobre todas las cosas y es Dios bendito por siempre. Amén.

 

       *»- Los capítulos 9-11 de la Carta a los Romanos tratan de un solo tema: el drama de Israel en la historia de la salvación. Algunos los consideran como un paréntesis entre la parte dogmática de la carta (capítulos 1-8) y la parte parenético-exhortativa (capítulos 12-16), pero tal vez sería más exacto considerar estos capítulos como una variación sobre el tema de Israel, que ya fue recordado al comienzo de la carta. Señalemos, en primer lugar, el tono de este comienzo: Pablo se expresa en términos personales y autobiográficos: «Me invade una gran tristeza y es continuo el dolor de mi corazón» (9,2). Ésta, aunque no es la única, sí es, ciertamente, una importante clave de lectura de estos tres capítulos.

       ¿Por qué se expresa Pablo así? La respuesta la encontramos en otra página de su epistolario: «Y eso que, en lo que a mí respecta, tendría motivos para confiar en mis títulos humanos. Nadie puede hacerlo con más razón que yo. Fui circuncidado a los ocho días de nacer, soy del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo por los cuatro costados, fariseo en cuanto al modo de entender la ley, ardiente perseguidor de la Iglesia e irreprochable en lo que se refiere al cumplimiento de la ley» (Flp 3,4-6).

       Pablo no puede olvidar sus orígenes, su pertenencia al pueblo elegido, su tradición judía. Ese sentido de pertenencia le lleva a expresar un deseo paradójico, muy iluminador para comprender la personalidad y la espiritualidad de Pablo: «Desearía, incluso, verme yo mismo separado de Cristo como algo maldito por el bien de mis hermanos de raza» (Rom 9,3). Como es sabido, el término erem implica, en el Antiguo Testamento, la destrucción total de los enemigos de Dios y de sus bienes (cf Dt 7,26), mientras que el término anáthema, en el Nuevo Testamento, implica la idea de maldición. No es posible pensar algo más grave, y eso demuestra el amor que alimenta Pablo por el pueblo judío.

       De este pueblo realiza el mayor elogio al recordar, uno tras otro, todos los privilegios que los israelitas recibieron de su Dios hasta el último, el más importante aunque también el más escandaloso: que «de ellos, en cuanto hombre, procede Cristo» (Rom 9,5). El mismo amor que une a Pablo con su pueblo le une a partir de ahora, de una manera definitiva e inseparable, a Jesucristo, su Señor.

 

Evangelio: Lucas 14,1-6

1 Un sábado, entró Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos estaban al acecho.

2 Había allí, frente a él, un hombre enfermo de hidropesía.

3 Jesús preguntó a los maestros de la Ley y a los fariseos: -¿Se puede curar en sábado o no?

4 Ellos se quedaron callados. Entonces Jesús tomó de la mano al enfermo, lo curó y lo despidió.

5 Después les dijo: -¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca inmediatamente, aunque sea en sábado?

6 Y a esto no pudieron replicar.

 

       **• Lucas inserta, en el marco de un banquete, el relato de un milagro realizado por Jesús y explicita la circunstancia cronológica del sábado. A continuación, refiere algunas enseñanzas de Jesús relativas a la elección de los primeros puestos. Éstas son las dos páginas evangélicas que nos propone la liturgia de la Palabra para hoy y para mañana.

       Es la sexta vez, según el testimonio de Lucas, que Jesús acepta una invitación a comer, y eso revela un rasgo simpático de Jesús, siempre atento a los otros y deseoso de la compañía de los demás. Es un modo con el que el evangelista pretende subrayar la humanidad de Jesús, captada en una de sus expresiones más delicadas.

       Esta vez, es Jesús quien provoca a los maestros de la Ley y a los fariseos sobre la licitud o no de curar en sábado. Al querer proceder a la curación de un hidrópico, Jesús desea despejar el campo de toda objeción previa. Jesús hace frente a sus adversarios y los derrota: no en el análisis de los artículos de la ley, sobre cuya base hubieran podido responder con un «no» seco, sino en el campo de la observancia práctica de la ley, entendida sobre todo en su espíritu originario. Y a este respecto sus adversarios, sin saber qué responder, permanecen mudos {cf. v. 4a).

       Un silencio, a buen seguro, embarazoso, pero tal vez también indicio de un deseo de revancha: por eso lo repite Lucas dos veces. Pero Jesús supera también con elegancia esta situación y lanza un segundo ataque, provocándoles así: «¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca inmediatamente, aunque sea en sábado?» (v. 5). De este modo, Jesús, redimensionando el valor del sábado como sábado, ratifica su invitación- mandato a la caridad y a la benevolencia con el prójimo. Derriba así las superestructuras que amenazan la libertad del hombre e invita a todos y cada uno de ellos a encontrar la verdadera libertad en la caridad.

 

 

MEDITATIO

No es necesario ser fariseo ni tener mala voluntad para dejarnos llevar por la tentación de separar el amor a Dios y el amor al prójimo. La parábola del buen samaritano, tan conocida y meditada, es fundamental para captar la experiencia religiosa que nos trae Jesús.

En este relato descubrimos enseguida lo fundamental de su contenido:

- No podemos separar el amor a Dios y el amor al prójimo. Son las dos caras de la misma moneda. «Tuve hambre»... «Tuve sed»... «Estuve enfermo»... «Cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».

- Mi prójimo no es aquel que se acerca a mí, sino aquel a quien yo me acerco. ¿Quién de estos tres –pregunta Jesús- se hizo prójimo del herido? Soy yo quien debe aproximarse.

- ¿De quién tengo que hacerme prójimo, a quién tengo que acercarme? La parábola lo expresa con mucha claridad: a cualquiera que esté caído, marginado, atropellado en los caminos o en los juzgados, despojado de sus derechos...

- No nos andemos con rodeos... Los dos personajes, representantes oficiales del templo y el culto, que dieron un rodeo para cumplir con Dios, abandonando al prójimo, quedan descalificados en esta parábola.

- Otro punto clarísimo que descubrimos en este relato es la apertura a los extranjeros, a los que en aquel tiempo eran tenidos por herejes o de otra religión: los samaritanos. Al jurista le da grima pronunciar su nombre, y dice simplemente «aquel». Sin embargo, Jesús le dice: «Anda y haz tú lo mismo».

Todo esto me hace pensar que san Martín de Porres, el sencillo «fray escoba», no sabía mucho de leyes, ni de normas escritas en los papeles. Él se dejaba mover más por la ley del amor escrita en los corazones. ¡Y ahí lo tenemos de modelo!

 

ORATIO

Señor, Dios nuestro, que has querido conducir a san Martín de Porres por el camino de la humildad a la gloria del cielo, concédenos la gracia de seguir sus ejemplos, para que merezcamos ser contados con él en la gloria.

 

CONTEMPLATIO

Martín nos demuestra, con el ejemplo de su vida, que podemos llegar a la salvación y a la santidad por el camino que nos enseñó Cristo Jesús: a saber, si en primer lugar amamos a Dios con todo nuestro corazón, con  toda nuestra alma y con todo nuestro ser y si, en segundo lugar, amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Él sabía que Cristo Jesús padeció por nosotros y, cargado con nuestros pecados, subió al leño, y por esto tuvo u n amor especial a Jesús crucificado, de modo que, al contemplar sus atroces sufrimientos, no podía evitar el derramar abundantes lágrimas. Tuvo también una singular devoción al santísimo sacramento de la eucaristía, al que dedicaba con frecuencia largas horas de oculta adoración ante el sagrario, deseando nutrirse de él con la máxima frecuencia que le era posible.

Además, san Martín, obedeciendo al mandamiento del divino Maestro, se ejercitaba intensamente en la caridad       con sus hermanos, caridad que era fruto de su fe íntegra y de su humildad. Amaba a sus prójimos porque los consideraba verdaderos hijos de Dios y hermanos suyos, y los amaba aún más que a sí mismo, ya que, por su humildad, los tenía a todos por más justos y perfectos que él.

Disculpaba los errores de los demás; perdonaba las más graves injurias, pues estaba convencido que era mucho más lo que merecía por sus pecados; ponía todo su empeño en retornar al buen camino a los pecadores; socorría con amor a los enfermos; procuraba comida, vestido y medicinas a los pobres; en la medida que le era posible, ayudaba a los agricultores y a los negros y mulatos, que, por aquel tiempo, eran tratados como esclavos de la más baja condición, lo que le valió, por parte del pueblo, el apelativo de «Martín de la caridad».

Este santo varón, que con sus palabras, su ejemplo y sus virtudes impulsó a sus prójimos a una vida de piedad, ahora goza de un poder admirable para elevar nuestras mentes a las cosas celestiales. No todos, por desgracia, son capaces de comprender estos bienes sobrenaturales, no todos los aprecian como es debido; al contrario, son muchos más los que, enredados en sus vicios, los menosprecian, los desdeñan o los olvidan completamente. Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos la dulzura y la felicidad que se encuentran en el seguimiento de Jesucristo y en la sumisión a sus divinos mandatos. (De la homilía del papa Juan XXIII en la canonización de san Martín de Porres.)

 

ACTIO

A san Martín de Porres popularmente se le llama con cariño «fray Escoba». Parece que era su instrumento de trabajo. Con él servía a su comunidad. Pues yo hoy, al barrer, al servir con humildad a los demás, le voy a pedir que me haga sencillo y humilde, como lo fue él por amor a Cristo.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Martín ve confirmado en su persona el Evangelio: «El que se humilla será ensalzado». Este hombre, que sintonizaba con la oscuridad de su piel y disfrutaba en Dios al verse humillado y postergado, pasados los siglos será un santo que centre en su persona dos continentes: Europa y América. San Martín es querido por todos, invocado por ricos y pobres,  enfermos y menesterosos, por hombres de ciencia y por ignorantes. Juan XXIII sentía verdadera devoción por san Martín de Porres: una pequeña imagen de marfil presidía la mesa de su despacho y él mismo lo canonizó el 6 de mayo de 1962.

Su imagen o su estampa va en los viajes, está en las casas y en los hospitales, en los libros de rezo y en los de estudio. Todo porque fue humilde, obediente y, como dijera Juan XXIII, «es Martín de la caridad». A nadie extraña que sea patrono de los Hermanos Cooperadores Dominicos, del gremio de los peluqueros, de la limpieza pública, los farmacéuticos y los enfermeros.  Una congregación sudafricana le tiene por abogado: son las Hermanas Dominicas de San Martín de Porres. Todos se gozan de que fray Escoba sea su patrono y su ejemplo. 

 

 

 

Día 4

Sábado de la 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 11,1-2a.l 1-12.25-29

Hermanos:

11.1 Y yo pregunto: ¿Es que Dios ha rechazado a su pueblo? ¡De ninguna manera! Que yo también soy israelita, del linaje de Abrahán y de la tribu de Benjamín.

2 Dios no ha rechazado al pueblo que había elegido.

11 Y pregunto todavía: ¿Habrán tropezado los israelitas de manera que sucumban definitivamente? ¡De ninguna manera! Por el contrario, con su caída ha llegado la salvación a los paganos, quienes a su vez han provocado la emulación de Israel.

12 Y si su caída y su fracaso se han convertido en riqueza para el mundo y para los paganos, ¿qué no sucederá cuando alcancen la plenitud?

25 No quiero, hermanos, que ignoréis este misterio para que no andéis presumiendo por ahí. El endurecimiento de una parte de Israel no es definitivo: durará hasta que se convierta el conjunto de los paganos.

26 Entonces todo Israel se salvará, como dice la Escritura: Vendrá de Sión el libertador, alejará de Jacob la impiedad,

27 y mi alianza con ellos será restablecida cuando yo les perdone sus pecados.

28 En lo que respecta a la acogida del Evangelio, los israelitas aparecen como enemigos de Dios para provecho nuestro; sin embargo, si atendemos a la elección, siguen siendo muy amados por Dios a causa de sus antepasados,

29 pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.

 

       **• Pablo, concluyendo su discurso sobre el misterio de Israel, se pregunta, de una manera problemática, si acaso habría rechazado Dios a su pueblo. La respuesta no se hace de esperar: «¡De ninguna manera!» (v. 1). Y está dispuesto a ofrecer una serie de pruebas que avalan su certeza absoluta. La primera le implica en primera persona: «Yo también soy israelita» (v. 1). Es como decir que él mismo en persona es la demostración evidente de la fidelidad de Dios a sus promesas. Esto es, ciertamente, comprometedor para Pablo, aunque también es para él un motivo de santo orgullo y fuente de una gran esperanza.

       Considerando, a renglón seguido, la suerte del pueblo elegido, Pablo nos ofrece tres pinceladas nítidas y seguras sobre el modo como se ha desarrollado la historia de la salvación y, en consecuencia, sobre el destino del pueblo elegido. La defección de Israel, según Pablo, no ha sido total, sino parcial; no es definitiva, sino provisional; no es casual, sino providencial. En torno a estos tres motivos se desarrolla el pensamiento del apóstol en esta lectura. Los israelitas, es cierto, tropezaron para caer, aunque no para siempre. Es cierto que Pablo entrevé -y nos deja entrever también a nosotros- una maravillosa posibilidad de «resurrección» para su amado pueblo. Y sobre esta certeza se basa también nuestra esperanza en vistas a una unidad que está delante de nosotros y que pedimos de manera insistente en nuestra oración a Dios.

       Y no sólo esto, sino que «con su caída ha llegado la salvación a los paganos» (v. 11): he aquí el aspecto providencial de un acontecimiento histórico, aunque sea dramático y doloroso, en el que le gusta insistir a Pablo. De este modo nos ofrece una clave de lectura de toda la historia de la salvación, sobre todo del futuro que nos espera. Es interesante señalar con Pablo que la conversión de los paganos está destinada a suscitar los celos de los israelitas. De este modo nos deja intuir que el camino hacia la salvación será una especie de carrera: no una carrera para ver quien llega primero, sino para llegar juntos.

       Por último, san Pablo afirma que «el endurecimiento de una parte de Israel no es definitivo: durará hasta que se convierta el conjunto de los paganos» (v. 25), y de este modo ratifica el mismo concepto y abre nuestra esperanza a unos horizontes estupendos.

 

Evangelio: Lucas 14,1-7-11

1 Un sábado, entró Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos estaban al acecho.

7 Al observar cómo los invitados escogían los mejores puestos, les hizo esta recomendación:

8 -Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el lugar de preferencia, no sea que haya otro invitado más importante que tú

9 y venga el que te invitó a ti y al otro y te diga: «Cédele a éste tu sitio», y entonces tengas que ir todo avergonzado a ocupar el último lugar.

10 Más bien, cuando te inviten, ponte en el lugar menos importante; así, cuando venga quien te invitó, te dirá: «Amigo, sube más arriba», lo cual será un honor para ti ante todos los demás invitados.

11 Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

 

       *»• ¿Se trata propiamente de una parábola o bien de una escena tomada de la vida misma? Tal vez haya un poco de lo uno y de lo otro. Lo que Lucas quiere decir es que en todos, tanto en los anfitriones como en los invitados, hay prejuicios egoístas, arribismos triviales, preocupaciones jerárquicas. Está claro que Lucas quiere indicar a su comunidad un modelo exquisitamente evangélico, y por ello reelabora un ejemplo tomado de la vida de Jesús que tiende a desmantelar las intenciones de la gente de su tiempo y a poner al desnudo, allí, en torno a la mesa, sus sentimientos.

       Las palabras de Jesús asumen ante todo un tono negativo: «No te pongas en el lugar de preferencia...» (v. 8). Lo que pueda pasar en el marco de un banquete común debe estar previsto, al menos por motivos de prudencia, cuando no precisamente por orgullo personal. Se trata asimismo de no caer en el ridículo, además de respetar ciertas reglas de etiqueta. La enseñanza de Jesús asume también por ello un tono sapiencial, antes que evangélico. Ahora bien, en un segundo momento, Jesús se expresa en términos positivos: «Ponte en el lugar menos importante» (v. 10). Se trata de una invitación clara a la humildad (cf. también Le 20,46), que encontrará su epílogo natural en el último versículo de esta página evangélica: «Porque el que se ensalza será humillado, y el que  se humilla será ensalzado» (v. 11), un dicho que se inspira en Ez 21,31, que cita a Lc 16,15 y se repetirá aún en Lc 18,14. Jesús habla, pues, de la humildad, una virtud que hoy no sólo está desatendida, sino casi olvidada por completo, aunque sigue vigente como rasgo característico del verdadero discípulo de Jesús. Será el mismo Jesús, en efecto, quien nos ofrecerá, personalmente, un altísimo ejemplo de humildad a lo largo de su pasión y muerte, y Pablo sintetizará esta enseñanza en su estupendo himno cristológico de Flp 2,5-11.

 

MEDITATIO

       Pablo ha reflexionado ampliamente sobre el misterio de su pueblo, sobre su endurecimiento y su incredulidad. El rechazo de una parte de Israel ha supuesto la ocasión para hacer entrar en masa a los paganos en la alianza concluida en un tiempo con Abrahán, con la que verdaderamente -según la promesa- han sido bendecidas todas las naciones de la tierra. El apóstol sabe que los dones y la llamada de Dios no tienen marcha atrás.

       La acogida dispensada a los gentiles no implica el repudio de Israel. No sabemos ni cómo ni cuándo tendrá lugar el retorno de aquellos que fueron, y seguirán siendo para siempre, los «elegidos». Todos estamos invitados al banquete del Reino, y la sala del banquete de bodas no es demasiado estrecha. Puede contenernos a todos cómodamente, porque tiene las mismas dimensiones del corazón de Dios. Lo que importa, por consiguiente, es que nuestro comportamiento sea el indicado por Jesús en la parábola evangélica. Nosotros, que nos sentimos invitados ahora al banquete, no debemos entrar en plan altanero, con altivez, poniéndonos en el lugar principal, sino con la humildad del que sabe que todo es gracia y don.

       Nuestra oración debería alimentar el deseo de que el Señor de la casa diga a nuestros «hermanos mayores»: «Subid más arriba, volved al primer puesto». La fiesta no estará completa, en efecto, hasta que todos juntos -judíos y gentiles- realicemos el deseo de Jesús, que vino a derribar el muro de separación, a hacer de los dos un solo pueblo nuevo. Frente a los designios de Dios, adoremos en silencio el misterio y oremos para que su plan de salvación no tarde en realizarse plenamente.

       A nosotros se nos pide vivir en la caridad y en un clima de acogida recíproca, para ser verdaderos hijos de aquel que es Padre de todos y ha enviado a su Hijo unigénito, el Predilecto, a recapitular en él a toda criatura.

 

ORATIO

       Señor, tu enseñanza es clara, aunque difícil de realizar: «Apártate para dejar el sitio a otro; a su tiempo serás buscado. Olvida la ofensa recibida, como si no te la hubieran hecho; a su tiempo serás premiado. Haz un tesoro con los dones que tienes, pero no te gloríes, porque no son tuyos. Permanece en tu puesto, sin invadir; a su tiempo serás revalorizado. Estímate, pero no con exceso, para poder emitir juicios imparciales. No acentúes todo lo que haces de bueno, actúa de una manera sencilla y silenciosa. Reconoce tu humana debilidad, para exaltar mi fuerza infinita. Da siempre testimonio de la verdad y, a su tiempo, ella triunfará. Oh Señor, escribí mi nombre en la arena, en el desierto, junto a las puertas de Jartum, y al día siguiente ya no estaba. Así es la persona humilde, me dices: sabe desaparecer, porque su nombre está escrito en el cielo».

 

CONTEMPLATIO

       ¿Por qué, pues, temes tomar la cruz por la cual se va al Reino?

       En la cruz está la salud, en la está cruz la vida, en la cruz está la defensa contra los enemigos, en la cruz está la infusión de la suavidad soberana, en la cruz está la fortaleza del corazón, en la cruz está el gozo del espíritu, en la cruz está la suma virtud, en la cruz esta la perfección de la santidad.

       No están la salud del alma y la esperanza de la vida eterna sino en la cruz.

       Toma, pues, tu cruz y sigue a Jesús, e irás a la vida eterna.

       Él fue delante «llevando su cruz» (Jn 19,7) y murió en la cruz por ti, para que tú también lleves tu cruz y desees morir en ella. Porque si murieres juntamente con él, vivirás con él. Y si le fueres compañero de la pena, lo serás también de la gloria. Mira que todo consiste en la cruz y todo está en morir en ella.

       Y no hay otro camino para la vida para la verdadera entrañable paz sino el de la santa cruz la continua mortificación. Ve donde quisieres, busca lo que quisieres y no hallarás más alto camino en lo alto ni más seguro en lo bajo sino la vía de la santa cruz.

       Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y parecer y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la cruz.

       Pues o sentirás dolor en el cuerpo o padecerás la tribulación en el espíritu.

       A veces te dejará Dios, a veces te perseguirá el prójimo y, lo que peor es, muchas veces te descontentarás de ti mismo y no serás aliviado ni refrigerado con ningún remedio ni consuelo, mas conviene que sufras hasta

cuando Dios quisiere.

       Porque quiere Dios que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo y que te sujetes del todo a él y te hagas más humilde con la tribulación.

       Ninguno siente así de corazón la pasión de Cristo como aquel a quien acaece sufrir cosas semejantes.

       Así que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar; no puedes huir, dondequiera que fueres, porque dondequiera que vayas te llevas a ti contigo y siempre te hallarás a ti mismo.

       Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete afuera, vuélvete dentro, y en todo esto hallarás cruz. Y es necesario que en todo lugar tengas paciencia, si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona. [...]

       Así que, leídas y bien consideradas todas las cosas, sea ésta la postrera conclusión: «Que por muchas tribulaciones nos conviene entrar en el Reino de Dios» (Hch 14,21) {La imitación de Cristo, II, 12).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Todo Israel se salvará, pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables» (cf. Rom 11,26.29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Querida Edith:

Siempre he intentado imaginar lo que debió de ser para ti, judía, la experiencia del encuentro con Jesús, el Hijo de Dios nacido de María, una mujer como tú, de tu estirpe. Me parece que debió de suponer una conmoción y una alegría inexpresables y, sobre todo, una atracción irresistible. Lo revela la respuesta que te vino espontánea cuando tu madre, dolorida, intentaba convencerte de que se podía ser profundamente religiosa, «devota», también en el judaísmo: «Cierto», respondiste, «si no has aprendido a conocer a otro». Tú habías aprendido a conocer a aquel Otro a quien nadie se le puede comparar: al Dios hecho hombre en el seno del pueblo judío. Y ya no te era posible pensar tu vida sin él.

       Edith, no todos lo pueden comprender... Es menester haber pasado por la misma experiencia para que no nos parezca absurdo lo que hiciste... «¡Vamos, venga, por nuestro pueblo!», le dijiste a tu frágil hermana para animarla. Para ti, la muerte no era un sufrimiento, sino ofrecer la vida unida a Cristo, que se había vuelto tu vida. Habías nacido el gran día del Kippur... Te sentías predestinada a la expiación. «¡Vamos, Rosa, por nuestro pueblo!» Asumiendo a todos los de tu carne y sangre, transformaste en un magno holocausto de propiciación la hoguera exterminadora.

       Eras, como Jesús, el manso cordero que cargaba sobre sí los pecados de todos para destruir el odio humano en el fuego de la caridad divina. Gran misterio en verdad el silencio y la impotencia de Dios en aquella hora trágica de la historia de tantos pueblos, y en particular de tu pueblo, el elegido, siempre amado, a pesar de haberlo trabajado tanto, pasado por el fuego como se purifica el oro en el crisol. Un misterio que impone silencio y reflexión en la humilde adhesión de fe. Ahora  bien, a casi sesenta años de aquellos acontecimientos, el recuerdo de la Shoa se ha despertado; se habla y se escribe mucho de ella, tal vez incluso demasiado, con dolor e indignación, no siempre sin mantener y suscitar resentimientos y deseos de venganza.

       Es, en efecto, demasiado inconcebible e inaceptable la iniquidad cometida: un hecho que ha herido de muerte no sólo a millones de judíos, sino a toda la humanidad y, ante todo, el corazón del mismo Dios. Sí, ante todo, el corazón de Dios, porque si no intervino para impedirlo tal vez sea justo pensar que él mismo participaba de la tragedia, él mismo era sacrificado de nuevo en aquellos por los cuales, cuando vino al mundo, se despojó de su propia gloria y poder. Edith, tú ahora ya sabes, ya comprendes lo que para nosotros sigue estando todavía oscuro...

       Al escribir a los romanos, Pablo prorrumpía en una declaración que demuestra la medida en la que se sentía todo de Cristo y, al mismo tiempo, todo de su pueblo: «... siento en el corazón un gran dolor y un sufrimiento continuo». Cada vez que vuelvo a oír estas palabras del apóstol me siento presa de una inmensa conmoción y me parece que yo misma estoy invadida por esos atormentadores sentimientos. Por consiguiente, puedo imaginar un poco, Edith, lo que fue tu martirio de conciencia antes incluso de ser llevada, como cordero mudo, al lugar del exterminio.

       Y así fue, probablemente, para los otros judíos perseguidos a los que Jesús se manifestó de modo inequívoco. También hoy, en el trabajo que sigue atravesando la historia de nuestros pueblos, queda transfigurado el dolor por quien se ofrece, de una manera espontánea, como hizo Jesús, impulsado únicamente por el amor y, por consiguiente, perdonando (A. M. Cánopi, Lettera a Edith, Cásale Monf. 2000).

 

 

 

Día 5

31° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Malaquías 1,14b-2,2b.8-10

14 Yo soy un gran rey, dice el Señor todopoderoso, y mi nombre es temido entre las naciones.

2.1 Y ahora, a vosotros, sacerdotes, se dirige este aviso.

2 Si no escucháis, si no os proponéis dar gloria a mi nombre, dice el Señor todopoderoso, yo lanzaré contra vosotros la maldición: convertiré en maldiciones vuestras bendiciones; de hecho, ya las he convertido en maldiciones porque ninguno hace caso.

8 Pero vosotros os habéis desviado del camino; con vuestra enseñanza habéis servido de tropiezo a muchos y habéis invalidado la alianza de Leví, dice el Señor todopoderoso.

9 Por eso, también yo os he hecho despreciables y viles ante todo el pueblo, porque vosotros no me habéis obedecido, ni en vuestras decisiones habéis tratado a todos por igual.

10 ¿No tenemos todos nosotros un mismo Padre? ¿No nos ha creado un solo Dios? ¿Por qué nos engañamos unos a otros y violamos la alianza que Dios hizo con nuestros antepasados?

 

•·• La voz de Malaquías se eleva firme, vehemente, y sin mayores sutilezas diplomáticas denuncia a los responsables del pueblo -en concreto, a los sacerdotes y levitas- porque han reducido la religión a unos gestos rituales, a una conducta exterior; privándola de una efectiva incidencia en la vida personal y social. La moralidad, mas que búsqueda del bien y de la justicia, es una practica pervertida y avalada por un sacerdocio corrompido, que menosprecia la alianza y se ha convertido en motivo de maldición, mas que de bendición; es causa de tropiezo y no sirve.

Se advierte que eran funciones fundamentales del sacerdocio bendecir y enseñar (cf Nm 6,22-27; Neh 8,7ss), pero estas acciones son compatibles solo si los sacerdotes llevan una vida coherente y honesta, una vida que proceda según el edificante ejemplo de los ilustres predecesores, y no según los indignos deseos personales. Esta conducta es ocasión de divisiones en la comunidad, en lugar de ser muestra de una comunidad unida y fraterna que tiene un mismo padre, un solo Dios. Han hecho de la comunidad un lugar de ritos vacíos, incapaces de crear comunión y vínculos fraternos y sin repercusiones en las relaciones sociales. Ciertamente, el texto es provocador; en concreto, para los sacerdotes, a quienes se dirige el aviso de volver a la alianza que Dios ha establecido con ellos y que han ido invalidado (v 8) a medida que han apagado la vocación inicial y las exigencias primeras de servir.

También el poder recibido lo han ejercido con parcialidad y favoritismos personales, unas practicas que chirrían con la igualdad y hermandad queridas por YHWH para que reinen en el pueblo de Israel, a quien ha liberado y le ha revelado su rostro de Padre (v 10). Esta acción salvífica es la <<creación» a la que se refiere Malaquías: el fundamento del proyecto social de Israel y la tarea propia del ministerio de los levitas.

 

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 2,7-9.13

Hermanos:

7 Nos comportamos afablemente con vosotros, como una madre que cuida de sus hijos con amor

8 Tanto os queríamos que ansiábamos entregaros no solo el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas. ¡A tal punto llegaba nuestro amor por vosotros!

9 Recordad, hermanos, nuestras penas y fatigas; recordad cómo trabajamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros mientras os anunciábamos el Evangelio de Dios.

13 Por todo ello, no cesamos de dar gracias a Dios, pues al recibir la Palabra de Dios que os anunciamos, la abrazasteis no como palabra de hombre, sino como lo que es en realidad, como Palabra de Dios, que sigue actuando en vosotros los creyentes.

 

¤• He aquí un rápido esbozo autobiográfico de la vida de Pablo. Normalmente el apóstol se muestra vigoroso, recio y algo rudo; sin embargo, aquí se revela como una persona llena de sentimientos efusivos y tiernos. Pablo concibe la misión cristiana, la tarea de evangelizar y fundar una comunidad, como un cometido materno (<<como una madre que cuida de sus hijos», v. 7). Es una imagen entrañable en la literatura bíblica y presente en el corazón del mensaje de Jesús. Dios ama con tanta ternura que tal amor encuentra una imagen humana —la menos inadecuada posible— en el amor materno. Pablo, con el cariño y la ternura con los que una madre cuida a sus hijos, ha engendrado en la fe a los cristianos de la comunidad de Tesalónica con el anuncio vital del Evangelio. Y como una madre, él transmite no solo palabras, sino, con el Evangelio de Dios, su propia vida (v. 8); no se trata simplemente de la comunicación de un mensaje, sino del regalo de su persona, volcada totalmente en este servicio, con todas las fibras de su ser.

        Pablo se ha hecho siervo del Evangelio con palabras y con la vida, con dedicación plena e incondicional, pasando penas y fatigas, trabajando día y noche, procurándose con sus propias manos lo necesario para vivir para no ser ni gravoso a nadie ni confundido con tantos predicadores itinerantes de la época (v 9). Conseguir el sustento mediante el trabajo personal era un rasgo característico del estilo misionero (cf 1 Cor 4,12; 9,ó-14; Hch 18,3). Completando el uso de la metáfora de la maternidad, en el versículo siguiente (2,11, no recogido en la lectura litúrgica), el apóstol se atribuye la cualidad de <<padre» de los tesalonicenses: <<Porque, aunque tuvierais diez mil muestras en la fe, padres no tenéis muchos; he sido yo quien os ha hecho nacer a la vida cristiana por medio del Evangelio (1 Cor 4,15).

La proclamación del Evangelio realizada por Pablo no ha sido el anuncio de una palabra sobre Dios, sino de la Palabra de Dios, esto es, dicha por Dios, acompañada de la fuerza y eficacia de la potencia de Dios, del Espíritu, que produce los frutos de una vida nueva (v 13). Y los tesalonicenses la han acogido como tal. Es un motivo incesante de agradecimiento a Dios, especialmente para el apóstol.

 

Evangelio: Mateo 23,1-12

1 Entonces Jesús, dirigiéndose a la gente y a sus discípulos, les dijo:

2 -En la cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la Ley y los fariseos.

3 Obedecedles y haced lo que os digan, pero no imitéis su ejemplo, porque no hacen lo que dicen

4 Atan cargas pesadas e insoportables y las ponen a las espaldas de los hombres, pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas.

5 Todo lo hacen para que los vea la gente: ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del mamo;

6 les gusta el primer puesto en los convites y los primeros asientos en las sinagogas;

7 que los saluden por la calle y les llamen maestros.

8 Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.

9 Ni llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo.

10 Ni os dejéis llamar preceptores, porque uno solo es vuestro preceptor: el Mesías.

11 El mayor de vosotros seré el que sirva a los demás.

12 Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

 

» En el evangelio de Mateo, la controversia con los fariseos y los escribas adquiere un tono algo áspero. Los exégetas consideran que la problemática de Mt 23, en una época donde ya se ha producido la separación entre la Sinagoga y la Iglesia, es mas el reflejo de las tensiones internas de la comunidad mateana que los encuentros del Jesús histórico con las autoridades religiosas. Además, y hay que advertirlo, la denuncia de la hipocresía, asociada a la dura polémica de los siete <<¡ay!» (23,13-36) contra los escribas y fariseos —que habían hecho de la Ley el perno de su vida Espiritual-, en ultimo término esta encaminada a los destinatarios del Evangelio, es decir a los cristianos expuestos a los mismos riesgos.

En la presente perícopa Jesús se dirige a los fariseos con tres duros reproches, contrapuestos a tres rasgos característicos del estilo del discípulo auténtico. De ningún modo pretende escarnecer a los maestros del judaísmo (escribas), que han sabido conservar la enseñanza de Moisés, aunque no la han puesto en práctica (v. 3). Ante todo, condena la disociación entre la enseñanza y la vida (vv. 3ss); después, la teatralidad a la hora de hacer el bien, como exhibir vistosamente filacterias llamativas (envolturas de cuero y tiras de pergamino con ciertos pasajes de la Escritura, atadas una al antebrazo izquierdo y otra a la frente, según una interpretación literal de Dt ó,8). Y por ultimo, Jesús censura la conducta ostentosa de los escribas y los fariseos propensos a las reverencias y gustosos de los aplausos públicos (vv 5-7a) y reprende el deseo solapado de poder oculto en el modo de comportarse (por ejemplo, el trato y reconocimiento de Rabbí, v. 7b).

No basta con no dejarse llamar Rabbí -o sea, no ambicionar puestos y dignidades que el discípulo, consciente de su fragilidad, no podría sobrel1evar—, sino que es necesario evitar en la vida comunitaria cualquier servilismo que ensombrezca aquella hermandad que tiene su origen en el amor divino (v. 9). La insistencia en el único Maestro (vv. 8.10) o en el único Padre (v. 9) tiene como cometido no tanto enseñar una importantísima verdad dogmática como advertir e instruir al discípulo de una amenaza muy presente en la vida de fe: la tentación de estar mas preocupados de la aprobación de los hombres que de la relación con Dios. Esta ultima es la fuente de una vida comunitaria marcada por el servicio y la humildad (vv. 11ss).

 

MEDITATIO

Las palabras de Malaquías a los levitas del templo también son validas para nosotros: funcionan como espuelas, para que todo ministerio en la Iglesia persiga la realización de una vida eclesial según el proyecto divino, que quiere una comunidad realmente fraterna, caracterizada por relaciones no dominadas por la lógica del poder, de la gloria y del aparentan sino de la entrega y la búsqueda amorosa de la voluntad de Dios. Purificarnos de esta lógica mundana es renunciar —como nos enseña el Evangelio— al amor desordenado, que es la raíz de la incoherencia entre palabras y obras, de la dureza y severidad con el prójimo y del culto obsesivo por destacar y ser distinguido públicamente.

Como discípulos de Jesús, el único Maestro, e hijos del único Padre, estamos llamados a llevar un estilo de vida coherente y a vigilar la autenticidad de nuestras relaciones con Dios y los otros. El servicio, la humildad y la gratitud nacen de la conciencia de haber sido engendrados a una vida nueva por el amor del único Padre celeste; sólo con estas actitudes interiores evitaremos comportamientos arrogantes, teatrales e irrespetuosos con los mas débiles, que ofuscan enormemente la percepción del único origen y de la misma dignidad de todos los miembros de la Iglesia en cuanto hijos del Padre. Si conseguimos ser humildes discípulos, ofreceremos un testimonio auténtico. Y, quizá, otros descubran en ese testimonio la paternidad de Dios y la vida de Cristo. Como antídoto contra la hipocresía nos servirán las palabras de Jesús sobre el estilo humilde y el servicio desinteresado requerido al discípulo: <<El mayor de vosotros será el que sirva a los demás. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (Mt 23,11ss).

Un ejemplo a imitar es Pablo, patente en la primera Carta a los Tesalonicenses, con su apostolado, generoso y exento de intereses personales, preocupado por anunciar con toda franqueza el Evangelio que conduce a la vida nueva.

 

ORATIO

Señor; líbranos de la hipocresía. Deseamos con la ayuda del Espíritu Santo seguir el estilo de vida propio del discípulo de Cristo. Permítenos reconocer nuestras  incoherencias, que ofuscan el esplendor del Evangelio, y cuidar las relaciones contigo y con nosotros. Te damos gracias porque en tu Pascua nos has engendrado para una vida nueva, manifestándonos tu amor de Padre.

No permitas que en nuestras relaciones comunitarias prevalezca la búsqueda de intereses propios, haciendo valer títulos y honores, sino el don inestimable de la fraternidad, que nace de seguir a Jesús y tenerte como Padre.

Señor, deseamos ser tus discípulos, sin pretender convertirnos en maestros de otros, y aprender de tus labios, único Maestro, siempre con gozo renovado, el amor de Dios Padre por nosotros, sus hijos.

 

CONTEMPLATIO

¡Que lástima! El fariseísmo esta tan extendido por el mundo...! ¡Apariencias de religiosidad! Cifran su fe en palabras y obras y no se preocupan apenas más que de las apariencias. Ponen la mira en el dinero, el honor la propia conveniencia, la fama, el disfrute. En una palabra, todo lo que hacen es con intención de medrar. Es decir, tener más y mejor apariencia, ser más distinguidos y famosos. Todas esas cosas, por grandes y dignas que parezcan, no valen para nada a los ojos del Señor. Como los efectos dependen de la causa, las obras valen por la raíz de intención que tiene quien las hace.

Fariseísmo interior. Hay allí fariseísmo interior, mis amigos. Cualquier cosa que haga el hombre farisaico siempre procede de egoísmo. Obran Así algunas personas religiosas que piensan, sin embargo, que son los mejores ante Dios. Al considerar de cerca sus obras, oración o cualquier otra actividad, en el fondo no hay mas que egoísmo, En todo persiguen el propio interés, aun sin advertirlo. Apenas hay diferencia entre esta clase de personas. Hacen grandes cosas y hermosas, corren a ganar indulgencias, rezan, se dan golpes de pecho. Delante de imágenes se paran para engordar sus gustos, van de iglesia en iglesia por toda la ciudad.

Dios no tiene cuenta ninguna de sus obras. Su intención y sentimiento descansan en criaturas. Consciente y deliberadamente buscan los propios gustos, provecho o comodidad, placer y utilidad interior y exteriormente. Distan mucho de poner por obra el mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el Espíritu. Nada cuentan sus obras ante Dios (Juan Tauler, Obras, Universidad Pontificia de Salamanca, Madrid 1984, 300; traducción, Teodoro H. Martin).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Quien se ensalza será humillado, y quien se humilla será ensalzado» (Mt 23,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Quién es entonces el discípulo? Es aquel que sigue a Jesús yendo detrás de él, como se va detrás del Maestro, pero reconociendo en él a alguien que es mas que un Maestro y haciendo de él el único guía: <<Uno sólo es vuestro Maestro: el Cristo>> (Mt 23,10), porque es el Mesías mismo.

Esta relación no está fundada sobre la institución, sobre la doctrina, sino sobre la fe, sobre la adhesión a su persona.

Jesús se mostró como Rabbí, pero no porque es Rabbí hay que seguirle. Si no entendemos este punto discriminante, es inútil nuestro seguimiento: se transforma entonces para algunos sólo en un maestro Espiritual, en un hombre carismático para otros, un revolucionario para otros mas, y esto no basta para fundamentar la fe y hacer de nosotros unos creyentes. Estemos atentos: el cristianismo siempre ha tenido el grave peligro de entrever y a veces predicar el Jesús Rabbí en base a la actualidad encontrada en su enseñanza: ha salido así el Jesús socialista, el Jesús hippy, el Jesús gurú, el Jesús filántropo... Si esta lectura de Jesús se impusiera, seria el fin de la fe cristiana.

A los discípulos que le llamaban Maestro y Señor Jesús les dice que hacían bien, pero se presenta a ellos como Señor y Maestro (cf Jn 13,13ss).

Ante todo, kyrios, y, subordinado a esto, rabbí.

Si la <<forma», la condición, en que se presentó Jesús era la de un Rabbí, la percepción que de él tuvo la comunidad apostólica trascendió, fue mas alla de la Forma (E. Bianchi, Seguir a Jesús, el Señor, Narcea, Madrid 1982, 46-47; traducción, Rita de Nardo).

 

 

Día 6

Lunes de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 11,30-36

Hermanos:

30 También vosotros erais en otro tiempo rebeldes a Dios, pero ahora, por la desobediencia de los israelitas, habéis alcanzado misericordia.

31 De igual modo, ellos son ahora rebeldes debido a la misericordia que Dios os ha concedido, para que también ellos alcancen misericordia.

32 Porque Dios ha permitido que todos seamos rebeldes para tener misericordia de todos.

33 ¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus decisiones e inescrutables sus caminos!

34 Porque ¿Quién conoce el pensamiento del Señor? ¿Quién ha sido su consejero?

35 ¿Quién le ha prestado algo para pedirle que se lo devuelva?

36 De él, por él y para él son todas las cosas. A él la gloria por siempre. Amén.

 

       *•• Dios quiere que todos los hombres se salven (1 Tim 2,4), y esto sólo puede tener lugar a través de la obediencia de la fe, prestando oído a la Palabra y acogiendo el Evangelio de Cristo. Es el Evangelio que libera la vida. Si ahora todos, judíos y paganos, pasan por la experiencia de la rebeldía y de la desobediencia de la incredulidad, es para que brille la «misericordia» de Dios, que hace concurrir todo para el bien de los hombres.

       Así, por la desobediencia de los judíos -su rechazo al Evangelio- se ha dirigido a los paganos el anuncio de la salvación, y estos últimos han conocido la misericordia divina. Y, a la inversa, la misericordia usada con los paganos podrá servir de incitación a los judíos para que rivalicen con ellos en la fe, acogiendo lo que desde el principio han rechazado, puesto que Dios se reserva «tener misericordia de todos» (v. 32).

       Por consiguiente, la experiencia de la desobediencia por la que pasan todos los pueblos y cada hombre puede ser considerada un instrumento del plan de salvación de Dios, dado que, al fin y al cabo, ayuda a la reconciliación de todos. Y en verdad, los dones y la llamada de Dios constituyen un punto firme, lo mismo que su amor por Israel a causa de los padres (Rom 11,28): es algo que a Dios le importa y en lo que no dará marcha atrás. Nace así, de manera espontánea, el canto paulino (vv. 33-36) que alaba la profundidad y el carácter inescrutable de la sabiduría de Dios: el amor gratuito y misericordioso por el que existen todas las cosas y que llena de sentido la existencia.

 

Evangelio: Lucas 14,12-14

En aquel tiempo,

12 dijo Jesús al jefe de los fariseos que le había invitado: -Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos, no sea que ellos a su vez te inviten a ti y con ello quedes ya pagado.

13 Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados y a los ciegos.

14 ¡Dichoso tú si no pueden pagarte! Recibirás tu recompensa cuando los justos resuciten.

 

       **• Jesús ha sido invitado a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos (cf. Le 14,1): en este marco sitúa el evangelista Lucas algunos de los discursos que, aprovechando la ocasión que le proporciona el convite, plantean interrogantes profundos a la vida. En los w. 12-14 se trata la cuestión de la selección de los invitados y, en consecuencia, el tema de la gratuidad.

       Sabemos que Jesús está en contra de la hipocresía de los fariseos (cf. Le 12,1), de la presunción que manifiestan al considerarse justos -con el consecuente desprecio que dirigen a los otros (cf. 18,9)- y de su apego a la riqueza (cf. 16,14). La actitud de los fariseos respecto a Jesús oscila entre la hostilidad -por lo que intentan cogerle en fallo mediante alguna palabra «comprometedora» salida de su boca (cf. 11,54)- y el deseo de escucharle, por tratarse de un personaje de relieve que entusiasma a la gente (cf. 14,25): se trata, a buen seguro, de un invitado especial.

       Jesús, reflexionando sobre los criterios que presiden la elección de los invitados a las comidas, exhorta a no convidar a aquellos de los que sea normal esperar que nos correspondan: «Tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos» (v. 12). El amor gratuito es el amor que se entrega a cambio de nada, el que se da sin esperar nada (cf. Le 6,32-35), sin esperar nada a cambio. El primer paso del seguimiento es incluso odiar/renunciar (cf. 14,26.33) a cuanto estimamos (afectos y riquezas).

       En consecuencia, es preciso invitar «a los pobres, a los lisiados y a los ciegos» (v. 13). El secreto de la bienaventuranza (v. 14) consiste en dar prioridad a los pobres, a los que sólo saben estar acurrucados para llorar (cf. Le 7,38) o para gritar (cf. 18,38) su nada. Será entonces cuando, allí donde florece la gratuidad, recibiremos la recompensa (v. 14), que será el fruto espontáneo de cuanto hayamos dado con un amor libre y desinteresado.

 

MEDITATIO

       El lenguaje de la gratuidad consigue pronunciar palabras liberadoras y expresar gestos vivos y vivificantes. Es un lenguaje al que, tal vez, no estemos acostumbrados, deslumbrados como estamos por los espejismos de lo útil, de lo eficiente, de lo productivo, que nos fascinan con sus lógicas del beneficio; un beneficio, sin embargo, que con frecuencia se nos pudre en el corazón y le impiden latir con regularidad, siempre y por todos. Nos capturan, invadiendo cada aspecto de nuestra existencia y -nos demos cuenta o n o - nos hacen asumir actitudes discriminadoras, nos inducen a usar a los otros, a convertirlos en instrumentos para nuestro mezquino interés...

       La gratuidad es uno de los atributos de Dios. Dios es gratuidad: entrega y se entrega, y no sería Dios-amor si no fuera así. Él nos ha creado a su imagen: eso significa que nosotros no somos verdaderamente humanos si no hacemos crecer y fructificar esa semilla de misericordia que nos hace semejantes a nuestro Creador y Padre. El amor no busca más que el amor. «Amo porque amo. Amo para amar», dice san Bernardo. Conscientes del don del amor de Dios que hemos recibido de manera gratuita, podemos entrar en la lógica sabia de la misericordia divina, una lógica de libertad y de alegría.

 

ORATIO

       ¡Qué grande es, oh Dios, tu amor por mí! Es un amor misericordioso, porque me toma como soy donde estoy: cojo, en la profundidad de mis errores; pobre, con las llagas desoladas de mi falta de sentido; ciego, en las nieblas opresoras de mis dudas, de mis fatigas. El tuyo es un amor gratuito, porque no está sometido a condiciones ni esconde chantajes ni intereses sutiles. Amar y sólo amar es tu alegría, es tu vida misma.

       Me estás diciendo que es lo mismo para mí. Señor, me ves: a menudo me dejo seducir por ese egoísmo que me separa de los otros y de mí mismo; con la ilusión de darme fuerza, me hace débil. Dios de misericordia y de gratuidad, que amar y sólo amar sea mi alegría. Al escuchar tu Palabra y al considerar tu ejemplo lo comprendo: amar y sólo amar es vivir.

 

CONTEMPLATIO

       Tu puerta, Señor, está abierta, pero nadie entra; tu gloria es manifiesta, pero nadie fija en ella sus ojos; tu luz ha surgido en las pupilas, pero no queremos ver; tu mano está tendida para dar, pero nadie toma; tú nos incitas a través de seducciones, pero no consentimos; tú nos asombras con cosas terribles mezcladas con la misericordia, pero no acudimos a ti.

       Dios nuestro, bueno, ten piedad de nuestra miseria. Creador nuestro, dulce, venda nuestras heridas. Padre nuestro, repleto de clemencia, persuádenos para que nos obliguemos a acercarnos a ti, dado que no queremos persuadirnos nosotros mismos.

       Haz salir nuestra alma, Señor, de la prisión en la que estamos encerrados, hacia la luz verdadera, aunque no queramos.

       Que prevalezca tu fuerza, Señor, sobre nosotros y nos haga salir del torpor al que somos propensos. Levanta, Señor, de delante de nuestros ojos todos los velos de los que está cubierta la vista de nuestra alma y le impiden ver tu verdadera luz (Juan de Dalyatha, Mostrami la tua belleza, Magnano 1996, p. 18).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios!» (Rom 11,33).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Ya hemos visto una cosa: la gracia debe venir al hombre. Éste, con sus solas fuerzas, puede llegar, a lo sumo, hasta la puerta, pero nunca entrar. Además, la gracia puede venir a él sin que él la busque, sin que él la quiera.              La gracia es el Espíritu de Dios que se rebaja hasta el alma humana. Por consiguiente, el amor misericordioso puede rebajarse hasta llegar a cada individuo. La gracia puede limitarse a llamar, y hay almas que se abren ya a esta queda llamada. Otras no hacen caso. En esos casos, la gracia puede infiltrarse en el alma y difundirse cada vez más en ella. Cuanto más grande es el espacio que ella, de una manera tan ¡legítima, ocupa, tanto más inverosímil se vuelve el hecho de que el alma se cierre respecto a la gracia. En ese caso, la fe en el carácter ilimitado del amor y de la gracia divina justifica también la esperanza en la universalidad de la redención...

       La bajada de la gracia al alma humana es una acción libre del amor divino, y no hay límites para su difusión. Cuáles son los caminos que elige para su actividad, por qué busca un alma e induce a otra a buscarla, cómo y cuándo está actuando incluso allí donde nuestros ojos no notan efecto alguno..., son preguntas a las que no es posible responder con la razón (E. Stein, // mistero della vita interiore, Brescia 1999, pp. 80-83, passim).

 

Día 7

Martes de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 12,5-16a

Hermanos:

5 Así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo, y somos miembros los unos de los otros.

6 Puesto que tenemos dones diferentes, según la gracia que Dios nos ha confiado, el que habla en nombre de Dios hágalo de acuerdo con la fe;

7 el que sirve, entréguese al servicio; el que enseña, a la enseñanza;

8 el que exhorta, a la exhortación; el que ayuda, hágalo con generosidad; el que atiende, con solicitud; el que practica la misericordia, con alegría.

9 Que vuestro amor no sea una farsa; detestad lo malo y abrazaos a lo bueno.

10 Amaos de verdad unos a otros como hermanos y rivalizad en la mutua estima.

11 No seáis perezosos para el esfuerzo; manteneos fervientes en el espíritu y prontos para el servicio del Señor.

12 Vivid alegres por la esperanza, sed pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración.

13 Compartid las necesidades de los creyentes; practicad la hospitalidad.

14 Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis.

15 Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran.

16 Vivid en armonía unos con otros y no seáis altivos; antes bien, poneos al nivel de los sencillos.

 

       *•• Del anuncio de gracia -la buena noticia de que Cristo ha muerto y resucitado por nosotros, la novedad del amor gratuito del Padre- hace derivar Pablo el código de la nueva humanidad: si Dios es amor gratuito, también los hombres deben concebir su vida como don... De la gracia a la gratuidad, de la cháris a los charísmata.

       Los cristianos constituyen, en Cristo, los muchos y diversos miembros de un único cuerpo. A cada uno de ellos se le da un don, una manifestación diferente de la gracia, un modo específico de vivir la gratuidad. Lo que importa es entender el don como don, no como posesión: como algo dado para la utilidad común (cf. 1 Cor 12,7), para edificar la comunidad en la caridad, para que cada uno camine con los otros hacia la plena humanidad de Cristo (cf. Ef 4,11-16). Es preciso cultivar, por tanto, la humildad y la caridad. La «humildad» (v. 16) consiste en tener una justa valoración de nosotros mismos (cf. Rom 12,3), para servir al Señor en la comunidad llevando a cabo lo que nos corresponde con pasión y con sencillez. La «caridad» es el modo y el fin del servicio: una actitud bendecidora respecto a cada hombre, una compasión que comparte los «sentimientos » del otro acogiendo sus alegrías y sus dolores, una confianza serena y perseverante en la oración que atraviesa las estaciones de la tribulación y de la esperanza. La caridad excluye la hipocresía (v. 9: farsa) para animar de manera auténtica las fibras de nuestra existencia.

 

Evangelio: Lucas 14,15-24

En aquel tiempo,

15 uno de los convidados le dijo a Jesús: -Dichoso el que pueda participar en el banquete del Reino de Dios.

16 Jesús le respondió: -Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos.

17 A la hora de la cena, envió a su criado a decir a los invitados: «Venid, que ya está todo preparado».

18 Pero todos, uno tras otro, comenzaron a excusarse. El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses».

19 Otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me excuses».

20 Y otro dijo: «Acabo de casarme y, por tanto, no puedo ir».

21 El criado regresó y refirió lo sucedido a su señor. Entonces el señor se irritó y dijo a su criado: «Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos».

22 El criado dijo: «Señor, se ha hecho como mandaste, y todavía hay sitio».

23 El señor le dijo entonces: «Sal por los caminos y las veredas y convence a la gente para que entre, hasta que se llene mi casa.

24 Pues os digo que ninguno de aquellos que habían sido invitados probará mi cena».

 

       **• En la comida a la que le habían invitado en casa del fariseo, Jesús, apoyándose en las palabras de uno de los comensales, se inspira una vez más en el contexto de la comida para contar una parábola que trata del tema de la urgencia de responder a la llamada del Reino. La parábola habla de un hombre que dio una «gran cena e invitó a muchos» (v. 16). Todos los invitados, sin embargo, se justifican «a la hora de la cena» y no se presentan (cf. w. 17ss). El señor se irritó y, como deseaba que su casa se llenara, mandó llamar «a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos» (v. 21).

       La cena preparada (v. 17) puede muy bien referirse a la Pascua preparada para los discípulos antes de la pasión y, en definitiva, al banquete del Reino (cf. Le 22,7ss): si todo está preparado y la invitación es gratuita, sólo es preciso estar disponible. La hora de la cena (v. 17) es el hoy de la salvación - un tema entrañable al evangelista Lucas-, que pide una respuesta pronta a la llamada del Señor.

       Hay mucho «sitio» (v. 22) en la sala del banquete, pero es fácil encontrar excusas, aducir pretextos. Así, muchos se dejan tentar por la invitación (Lc 9,57-62), pero luego sienten otras voces más fuertes, dan prioridad a otros bienes, materiales o afectivos: campos, bueyes, mujer (cf w. 18-20). De éstos dice Jesús, en otro lugar: «Nadie que haya puesto la mano en el arado y vuelva la vista atrás es apto para el Reino de Dios»; sólo el que paga el precio de la renuncia recibirá cien veces más (cf. Le 18,28-30).

       Los que no responden a la invitación son reemplazados con facilidad por otros, recogidos por las calles y plazas e incluso por las «veredas» (v. 23: ¿alusión a los que estaban fuera de Jerusalén?): vendrán de todas partes y «se sentarán a la mesa en el Reino de Dios» (Lc 13,29). Está claro que la bienaventuranza de quien come el pan del Reino (v. 15) es para todos: no es un privilegio, sino algo puramente gratuito que sólo espera ser acogido. Pero ninguno de los que la rechazan (v. 24) podrá saborear la alegría del convite.

 

MEDITATIO

       Estamos hechos de tal modo que nadie está completo por sí solo, nadie tiene todas las capacidades y todas las competencias posibles, nadie puede bastarse a sí mismo. Dios, que es Trinidad y Unidad, nos ha creado a imagen suya: somos «uno» no como individuos, sino sólo en la comunión, es decir, en la entrega recíproca. Cada uno de nosotros es único: si falla a la llamada de la entrega de sí, todos los demás quedan empobrecidos. Dar y darse no es, por consiguiente, un gesto de magnanimidad particular, sino la manera de ser personas humanas auténticas.

       El Señor nos invita a descubrir y vivir esta vocación humana fundamental. Y esto es tanto más urgente cuanto más vacíos de humanidad sufrimos. Muchas veces nos damos cuenta de que somos incapaces de «sentir» con el otro, de participar con verdad (y no de fachada o por conveniencia) tanto de sus dolores como de sus alegrías. Y, por otra parte, lamentamos la misma incapacidad de los demás respecto a nosotros.

       Dilatar la mirada y los espacios del corazón más allá de los asuntos que nos ocupan y preocupan en las situaciones contingentes, ciñéndonos a nosotros mismos; hacer sitio al otro con la misma atención que prestaríamos a esa parte de nuestro cuerpo que es más débil o sufre más; hacerlo a nuestra manera personalísima, según el carácter típico e irrepetible de las actitudes que tiene cada uno de nosotros... A esto nos exhorta hoy la Palabra del Señor. ¡No dejemos vacío nuestro sitio!

 

ORATIO

       Libérame, Señor, del mal del individualismo. Seca la fuente de donde tomo las justificaciones para eludir tu invitación a compartir lo que soy y tengo, a participar en la fiesta de la comunión que tú deseas para tus hijos. ¡Qué necesidad apremiante de entrar en tu casa, de vivir como miembro de tu cuerpo como soy!

       Por eso, te pido con las palabras de san Pablo: sostén mi compromiso de vivir la caridad sin ficciones, amando a los otros con afecto fraterno, estimándoles, dispuesto a socorrerles en sus necesidades, atento a acogerles. Concédeme tu Espíritu, que me ponga en sintonía con tu voluntad y con el corazón de los otros.

       Será hermoso entonces gozar juntos y sufrir juntos, esperar y orar, apoyarnos en la dificultad, no presumir de nosotros mismos, sino confiarnos con sencillez a tu misericordia, que no se cansa de preparar a cada uno el sitio en el banquete de la amistad.

 

CONTEMPLATIO

       Ésta es la sabiduría: ayudar a alguien mejor que perjudicar, y estar contento con la condición de que Dios nos ha dispensado también según el mérito de la fe de cada uno y no acaparar lo que uno ve que no se le ha concedido. Esto es no estimarse en más, porque a una misma persona no se le puede conceder todo. En efecto, si alguien lleva una vida buena, no por ello deberá pretender también la ciencia de la enseñanza, o no porque tenga experiencia de la ley deberá reclamar para sí el obsequio que corresponde a los diáconos. El apóstol exhorta, por tanto, y enseña por la gracia que se le ha dado. Esta gracia ha de ser entendida como experiencia de la doctrina del Señor, en virtud de la cual nos transmite que es preciso buscar la humildad y la justicia [...].

       Con el ejemplo del cuerpo nos enseña el apóstol que nosotros, por separado, no podemos hacerlo todo, porque somos miembros los unos de los otros, de modo que uno tiene necesidad del otro, y que debemos cuidarnos recíprocamente los unos a los otros sin oponernos entre nosotros, porque todos necesitamos mutuamente nuestros servicios. Esto será amar a Cristo: que los miembros se exhorten entre sí a colmar la medida por la que el cuerpo es perfecto en Cristo (Ambrosiaster, Commento alia lettera ai Romani, Roma 1984, p. 264, passirn).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Amaos unos a otros como hermanos» (Rom 12,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Cuando el cristiano reconoce, gracias a la irrupción de los otros en su vida, a Dios que le interpela, encuentra en este encuentro -que no excluye nunca la lucha- el comienzo de una reconciliación real con Dios y con los hombres, puesto que por el mismo camino será conducido al uno y a los otros. Esta paz le viene ante todo de un asentimiento más profundo a la tarea que Dios le fija. Con el conflicto aparece, en efecto, la heterogeneidad: la de los temperamentos, la de las situaciones, la de los intereses, la de los grupos. Las diferencias rompen la uniformidad que el egoísmo del fuerte, el conformismo del débil o la ideología de la utopía quisieran imponer o mimar. Éstas resisten a una asimilación. Ahora bien, además de esta purificación negativa, el hecho de las divergencias no puede dejar de imponer al cristiano una visión al mismo tiempo más religiosa y más realista de su situación. Si las condiciones de su tarea, sus responsabilidades de todo tipo y las necesidades de los hombres que ha convertido en sus prójimos le impiden traicionar un deber, descubre en este deber un sentido nuevo: las determinaciones de su carácter y de su trabajo, las posibilidades propias de que dispone le indican una vocación particular a la que no puede faltar sin caer en infidelidad a Dios.

       Ha recibido, entre otras cosas, una fuerza y una misión, y éstas le indican cómo debe colaborar en la obra común. El vigor (la «virtud») requerido por esta fidelidad al deber de estado ya no le permiten las cóleras que simulan o apuntan a la supresión de los otros. Al contrario, el respeto a la tarea que le ha sido confiada consigue dominar esta violencia exclusiva, precisamente porque se basa en la exigencia de una vocación particular. Del mismo modo que no autoriza el abandono, tampoco autoriza la agresividad. Allí donde los sentimientos son superficiales y las pasiones totalitarias, la fidelidad religiosa, definida como responsabilidad o tareas objetivas, requiere una fuerza incompatible tanto con una paz ficticia que evita al otro, como con una violencia que busca destruirle (M. de Certeau, Ma¡ senza l'altro, Magnano 1993, pp. 47-49, passirn).

 

Día 8

 

Miércoles de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 13,8-10

Hermanos:

8 Con nadie tengáis deudas, a no ser la del amor mutuo, pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley.

9 En efecto, los preceptos de no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro que pueda existir, se resumen en éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

10 El que ama no hace mal al prójimo; en resumen, el amor es la plenitud de la ley.

 

       *•• Tras haber recordado que es bueno dar a cada uno lo que se le debe {cf. Rom 13,7), Pablo nos recuerda la existencia de una «deuda» que nunca puede ser liquidada y que no es preciso cansarse en pagar: el amor recíproco. El amor «resume» los mandamientos y «es la plenitud de la ley». Según el Talmud, también Hillel, padre de Gamaliel, maestro de san Pablo -en el comentario a Tob 4,15-, enseñaba lo siguiente (aunque de forma negativa): «Lo que detestes para ti, no se lo hagas al prójimo: en eso consiste toda la ley; el resto no es más que explicación».

       San Pablo dedica un gran espacio a valorar críticamente la función de la ley; ahora bien, para que se cumpla la justicia de la ley no hay, en última instancia, más que un camino: el amor gratuito de Cristo, que, precisamente, ha venido para darle cumplimiento y no para aboliría. Consiste este amor en mostrarse sencillo a la hora de hacer el bien, en no cerrar los ojos a las contiendas y los celos devolviendo mal por mal, que es dejarse vencer por el mal, pues se vence al mal con el bien (cf. 12,17-21). Amor al otro (v. 8), a cualquier otro (cf Gal 3,28): un amor del que Cristo, en quien Dios ha querido resumirlo todo, nos ha dado ejemplo y con el que es necesario que conformemos nuestra propia vida para participar en la plenitud de Dios (cf. Ef 1,10; 3,17-19). Porque, si el amor resume y cumple la ley, es Cristo quien resume y realiza de manera cabal nuestra humanidad.

 

Evangelio: Lucas 14,25-35

En aquel tiempo,

25 como le seguía mucha gente, Jesús se volvió a ellos y les dijo:

26 -Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

27 El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío.

28 Si uno de vosotros piensa construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos y a ver si tiene para acabarla?

29 No sea que, si pone los cimientos y no puede acabar, todos los que le vean se pongan a burlarse de él,

30 diciendo: «Éste comenzó a edificar y no pudo terminar».

31 O si un rey está en guerra contra otro, ¿no se sienta antes a considerar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que le va a atacar con veinte mil?

32 Y si no puede, cuando el enemigo aún está lejos, enviará una embajada para negociar la paz.

33 Del mismo modo, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío.

 

       **• La Palabra de Jesús y las «maravillas que realizó» (Lc 13,17) le procuraron que le siguiera mucha gente: ahora le vemos insistiendo en las exigencias que implica el seguimiento. En primer lugar, es preciso volver a apostar por la gratuidad y poner en cuestión nuestros propios vínculos afectivos e incluso nuestra propia vida (v. 26: nuestro texto traduce «renunciar» en vez del «odiar» que aparece literalmente en el texto original, porque «odiar» es un hebraísmo que implica un desprendimiento radical). El hombre de la parábola de Le 14,15-24 había comprendido bien que estaba justificado no poder corresponder a una invitación a cenar: «Acabo de casarme y, por tanto, no puedo ir» (Lc 14,20). Es preciso renunciar, además, «a todo lo que tiene» (v. 33).

       Si lo más urgente es buscar el Reino de Dios (cf. Lc 12,31), el seguimiento asume entonces la forma de la pobreza (pobreza de afectos, pobreza de bienes materiales): dejarlo «todo» (característica del relato de la llamada a los discípulos de Le 5,1-11) para ponerse «detrás» de uno (cf. 9,23), llevando la propia cruz (v. 27). No se trata de odiar, sino -como explica de manera adecuada Le 16,13- de la imposibilidad de servir a dos señores, de tener dos absolutos en nuestra propia vida. Parecerá que estamos perdiendo la vida, pero es el único modo de salvarla, y esto, en efecto, resulta evidente si nos preguntamos qué es aquello de lo que depende la vida: a buen seguro, no de los bienes (Lc 12,15).

       Es verdad, sin embargo, que la decisión de seguir a Cristo debe ser meditada de manera adecuada: del mismo modo que es necesario valorar los recursos disponibles para construir una torre y la oportunidad de hacer frente a un enemigo declarándole la guerra o preparando la paz (w. 28-32). Es preciso calcular nuestra propia fuerza/capacidad (w. 28-32), pero sabiendo - a ejemplo del Maestro, del fuerte que tuvo necesidad de consuelo (cf. Lc 3,16; 22,43)- que «lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (Lc 18,27).

 

MEDITATIO

       La Palabra del Señor interpela mi libertad y me provoca a elegir: ¿por quién y por qué vivo? Estoy invitado a hacer que brille la verdad dentro de mí, a decirme cuál es el valor absoluto que jerarquiza mi vida. Jesús nos dice claramente que la opción por él no puede estar subordinada a nada más. No se trata de una pretensión por parte del Señor, sino de una indicación preciosa: el hombre se convierte en tal cuando se unifica a sí mismo en torno a un polo; si no lo hace, se dispersa, asume mil rostros y se encuentra dividido. El radicalismo que el Señor me propone es la condición necesaria para llevar una vida auténtica.

       Pero me dice algo más: que es preciso que yo sea consciente de la opción que realizo. En esto consiste la invitación a conocerme a mí y a conocerle a él. No tiene sentido elegir «al azar» o hacerlo siguiendo la onda emotiva de cualquier experiencia «fuerte», por exaltadora o decepcionante que sea.

       Jesús quiere ser seguido por personas libres y responsables, que asuman de una manera coherente las consecuencias de la opción que han tomado. En el seguimiento de Jesús está implicado todo lo que soy, porque se trata de una cuestión de amor, de un amor que no es ciego, sino inteligente, de un amor auténtico y no de un amor trivial, de un amor que sabe atravesar los amplios espacios de la fidelidad, de la perseverancia, de

la gratuidad.

       Fidelidad, perseverancia, gratuidad: son palabras que con excesiva frecuencia me dejan turbado, palabras que tengo miedo de llevar a la práctica, palabras con las que me parece que casi pierdo la vida. Jesús me repite que precisamente este amor es la realización cabal –no la pérdida- de la vida. ¿Qué elijo?

 

ORATIO

       Oh Dios, concédeme el valor de experimentar el amor que tú nos has mostrado con tu ejemplo. Me ves titubeante, reacio a soltar las amarras con las que acostumbro a anclar mis días en una seguridad hecha a mi medida. El amor que tú propones lo conoce el que te sigue, porque tú lo has dado a conocer con tus palabras y tu ejemplo; ese amor me parece como el océano, cuyos límites no logro ver y me parece imposible surcar.

       Te doy gracias, Dios mío, porque me hablas con claridad, porque no me engañas ni, más aún, me invitas a engañarme a mí mismo, con mis fáciles entusiasmos y los igualmente fáciles derrotismos. Quieres que reflexione antes de decirte: «Aquí estoy, Señor», porque me quieres como protagonista responsable de mi historia.

       Pero, precisamente porque quieres para mí un bien infinito, me recuerdas -y me lo recuerdas siempre- que sólo el amor me hace persona humana, que sólo el amor me da esa plenitud que tanto busco: el amor que aprendo de ti, siguiéndote.

 

CONTEMPLATIO

       Quien sólo se posee a sí mismo no posee nada, porque no subsiste sin muchos (otros).

       En efecto, sin los miembros, no subsiste el alma en el cuerpo, y sin ellos no recibe la recompensa por sus fatigas.

       El alma tiene necesidad de los miembros, aunque sea alma.

       El hombre aún tiene más necesidad del otro.

       El hombre lleva a cabo el camino de la justicia con el otro, y si es justificado sin el otro no es un hombre.

       El hombre no puede llegar a ser hombre sin el otro, y la justicia sin el hombre no es justicia.

       Tú, hombre, que intentas ser justo y bueno: haz a tus compañeros lo que deseas que te hagan a ti.

       Quieres recibir el salario por tus fatigas en el día de la recompensa: paga a tu compañero la deuda del amor y recibirás la recompensa.

       Deseas encontrar al esposo celestial revestido de luz: haz resplandecer tu rostro ante tus amigos y lo habrás encontrado.

       Quieres entrar con los sabios en esta felicidad: instruye a los necios y estarás a la cabeza de los sabios.

       Nadie entra en ese sitio hasta que no lleva a alguien con él: eso es lo que se pide a lo que entran (Narsai di Edessa, L'olio della misericordia, Magnano 1997, p. 33).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Con nadie tengáis deudas, a no ser la del amor mutuo» (Rom 13,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El amor, para llegar a su cabal realización, exige la entrega mutua de las personas. Sólo de este modo puede ser el amor un «sí» pleno, porque una persona sólo se abre a la otra en la entrega. Sólo cuando llegan a ser una sola cosa es posible el verdadero conocimiento de las personas. El amor en esta forma suya, que es la más elevada, incluye por e so el conocimiento. Es, al mismo tiempo, recepción y acción libre; por consiguiente, incluye asimismo la voluntad y es satisfacción del deseo [...]. Ahora bien, debe ser siempre entrega para ser amor auténtico. Un deseo que sólo quiera sacar ventajas para sí, sin entregarse, no merece el nombre de amor. Podemos decir, tranquilamente, que el espíritu finito alcanza su vida más elevada y más plena en el amor...

       Si, en su realización más elevada, el amor es entrega mutua y un llegar a ser una sola cosa, eso incluye una pluralidad de personas. El «apego» a nuestra propia persona y la autoafirmación de nosotros mismos -típicos del amor a nosotros mismos equivocado- constituyen exactamente lo contrario de la esencia divina, que es entrega de sí. La única realización perfecta del amor es la misma vida divina, la mutua entrega de las personas divinas. Aquí cada persona encuentra en la otra a sí misma, y puesto que su vida es, como su esencia, una, así el amor recíproco es, al mismo tiempo, amor de sí mismas, es un «sí» dicho a la propia esencia y a la propia persona (E. Stein, // mistero della vita interiore, Brescia 1999, pp. 75-77, passim).

 

Día 9

Dedicación de la basílica de Letrán (9 de noviembre)

 

La basílica del Santísimo Salvador y de San Juan fue fundada por el papa Melquíades (311 -314) sobre la colina romana de Letrán, en un terreno cedido para tal fin por el emperador Constantino. Desde el siglo XII se viene celebrando el aniversario de su dedicación con una fiesta litúrgica, primero sólo en Roma y después en todas las Iglesias de rito romano, por ser considerada la «iglesia madre de todas las iglesias de la urbe y del orbe».

 

LECTIO

Primera lectura: Ez 47,1-2,8-9.12

1 Me llevó a la entrada de la Casa, y he aquí que debajo del umbral de la Casa salía agua, en dirección a oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia oriente. El agua bajaba de debajo del lado derecho de la Casa, al sur del altar.
2 Luego me hizo salir por el pórtico septentrional y dar la vuelta por el exterior, hasta el pórtico exterior que miraba hacia oriente, y he aquí que el agua fluía del lado derecho.
3 El hombre salió hacia oriente con la cuerda que tenía en la mano, midió mil codos y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta los tobillos.
4 Midió otros mil codos y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta las rodillas. Midió mil más y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta la cintura.
5 Midió otros mil: era ya un torrente que no pude atravesar, porque el agua había crecido hasta hacerse un agua de pasar a nado, un torrente que no se podía atravesar.
6 Entonces me dijo: "¿Has visto, hijo de hombre?" Me condujo, y luego me hizo volver a la orilla del torrente.
7 Y a volver vi que a la orilla del torrente había gran cantidad de árboles, a ambos lados.
8 Me dijo: "Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada.
9 Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Los peces serán muy abundantes, porque allí donde penetra esta agua lo sanea todo, y la vida prospera en todas partes adonde llega el torrente.
10 A sus orillas vendrán los pescadores; desde Engadí hasta Eneglayim se tenderán redes. Los peces serán de la misma especie que los peces del mar Grande, y muy numerosos.
11 Pero sus marismas y sus lagunas no serán saneadas, serán abandonadas a la sal.
12 A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina."

 

           **• Los capítulos 40-48 de Ezequiel constituyen la última parte del libro, la llamada visión de la restauración. Ezequiel ve en ella como la gloria de Dios retorna al nuevo templo de Jerusalén. Este final del libro no es más que una larga visión, comparable a otras tantas experiencias sobrenaturales que ha tenido el profeta.

          El agua invade todo el relato (se repite 14 veces). Agua abundante que vivifica el Mar salado donde van a multiplicarse los peces, y los pescadores podrán verse en su orilla. Agua abundante que hará posible no sólo el resurgir del mundo animal y humano sino también el vegetal: a su orilla crecerán toda clase de árboles frutales.
          El símbolo del agua como vida es muy fácil de ser entendido por todos. Agua que transforma el secarral en un nuevo paraíso (aquí con una sola fuente en antítesis a las cuatro de Génesis) donde crecen toda clase de plantas que dan la vida al hombre como alimento, o como medicina. Agua que vivifica y hace posible la vida en un mar salado que dará alimento a los pescadores...

o

Primera lectura: 1 Co 3,9c-11, 16-17

3 pues todavía sois carnales. Porque, mientras haya entre vosotros envidia y discordia ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano?

9 ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios.

10 Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima. ¡Mire cada cual cómo construye!

11 Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo.

16 ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?

17 Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario.

 

            **• Advierte un teólogo alemán: "no podemos decir que cuando vamos a la iglesia, también Dios viene con nosotros" (Noordmann).  ¿Cómo es eso?. Yo te puedo dar la explicación, aunque no soy teólogo.:

           Escúchame. Si te has distraído fuera. Si no has querido, sabido, reconocer a Dios en la calle. Si le has desatendido fuera. Si te has manifestado indiferente cuando él te ha llamado porque tenía necesidad de ti, ¿cómo puedes hacerte ilusiones de que él tenga el placer de encontrarte y estar contigo en la iglesia? ¡Figúrate qué gusto para Dios oír las oraciones del sacerdote y del levita que pasaron junto al herido sin pararse en el camino de Jericó... Aquellas, para él, eran blasfemias no oraciones.

             Cuando el astronauta soviético Gagarin salió con aquella cantinela memorable según la cual, a pesar de haberse tragado decenas de miles de kilómetros en su viaje espacial, no se había encontrado con el buen Dios, un sacerdote de Moscú, le replicó:  -Es natural. Si no lo habéis encontrado en la tierra, jamás lo encontraréis en el cielo...

             Lo mismo se nos puede decir a nosotros. Si no sabemos reconocer y establecer un contacto con Dios cuando aparece como uno de nosotros, tenemos bien pocas posibilidades de encontrarlo de otra manera. Y de todos modos, difícilmente lograremos soportar la mirada de un eventual, inquietante "cara a cara".  Las negligencias fuera, se pagan inevitablemente con la ausencia de Dios en la iglesia. Lo mismo que la escasa atención prestada a Dios, en la iglesia, provoca trágicas distracciones en la calle. O estás disponible al encuentro en la calle, o peligras de encontrarte solo en la iglesia. Dios, en efecto, ha permanecido allí, a la espera. Donde tú no le has advertido.

 

Evangelio; Jn 2, 13-22

13 Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.

14 Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos.

15 Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas;

16 y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.»

17 Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: " El celo por tu Casa me devorará. "

18 Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?»

19 Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré.»

20 Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

21 Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo.

22 Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

            **•El relato de la expulsión de los vendedores del templo, en la primera Pascua “de los judíos” que Juan menciona en su obra, es un marco de referencia obligado del sentido de este texto joánico. Este episodio viene a continuación del relato de las bodas de Caná, donde el vacío de la boda lo llena Jesús con el “vino” nuevo sacado del agua. Las tinajas estaban allí para la purificación de los judíos. El relato de la expulsión del Templo se encadena pues a lo anterior, porque se quiere insistir más en el vacío de una religión, que aunque “celebre” y llene el templo, puede que haya perdido su sentido verdadero y sea necesario algo nuevo. No olvidemos que este episodio ha quedado marcado en la tradición cristiana como un hito, por considerarse como acusación determinante para condenar a muerte a Jesús, unas de las causas inmediatas de la misma. Aunque Juan ha adelantado al comienzo de su actividad, lo que los otros evangelios proponen al final (Mc 11,15-17; Mt 21,12-13; Lc 19,45-46), estamos en lo cierto si con ello vemos el enfrentamiento que los judíos van a tener con Jesús. Este episodio no es otra cosa que la propuesta de Jesús de una religión humana, liberadora, comprometida e incluso verdaderamente espiritual.

 

 

MEDITATIO

La liturgia renovada subraya de un modo más claro el significado de la Iglesia-edificio como signo visible del único verdadero templo que es el cuerpo personal de Cristo y su cuerpo místico, esto es, la Iglesia esposa y madre, la cual celebra en un determinado lugar el culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23; Hch 2,46ss). Por encima de la sacralización del espíritu material, se nos estimula a captar en el Cristo hombre-Dios la verdadera sacralidad que de él se comunica a todo el pueblo santo y sacerdotal, bautizado y confirmado en el Espíritu, unido en la única oblación al sumo y eterno sacerdote (Heb 10,14). [...]

La casa del pueblo de Dios, en lo que se refiere a la estructura, el decoro y la funcionalidad, es algo que deben tomarse muy a pecho todos los creyentes, pues en ella renacen a la vida divina y en ella serán bendecidos para su último éxodo pascual hacia la patria. Es la casa de todos y como tal debe ser cuidada y custodiada con amor; también en su aspecto exterior, que es signo de nuestra pureza interior (Conferencia Episcopal Italiana, Rito della dedicazione di una chiesa, Indicazioni pastorali, Roma 1981, 12-14).

 

ORATIO

De la oración de la dedicación de una iglesia:

Oh Dios, que diriges y santificas a tu Iglesia, acoge nuestro canto en este día de fiesta. Este lugar es signo del misterio de la Iglesia santificada por la sangre de Cristo, escogida por él como esposa, virgen por la integridad de la fe, madre siempre fecunda por el poder del Espíritu. Iglesia santa, viña elegida del Señor; Iglesia bienaventurada, morada de Dios entre los hombres; Iglesia sublime, ciudad elevada sobre el monte, clara a todos por su fulgor, donde resplandece como lámpara perenne el Cordero y donde se eleva festivo el coro de los bienaventurados. Ahora, oh Padre, envuelve de tu santidad esta Iglesia, a fin de que sea un lugar santo para todos.

 

CONTEMPLATIO

El pavimento

Aquí tocan nuestros pies la tierra sobre la que se levantan tantas paredes y columnas... Si no te pierdes entre ellas, sino que vas encontrando unidad y significado, es porque el Pavimento te guía. Él unifica no sólo los espacios de una estructura renacentista, sino también los espacios dentro de nosotros, que caminamos así conscientes de nuestras debilidades y derrotas.

Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el pavimento sobre el que caminan los otros (que avanzan ignorando la meta) para llegar al lugar a donde diriges sus pasos unificando los espacios con la mirada que facilita el pensamiento. Quieres ser aquel que sostiene los pasos, como la roca sostiene el ruido del paso de un rebaño: roca también del pavimento de un templo gigantesco. Y el pasto es la cruz.

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día de hoy la enseñanza de san Pablo: «El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros» (1 Cor 3,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El misterio de la Iglesia se remonta más allá de la historia. Son muchos los textos que hablan de ello: «Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia [...], misterioso plan, escondido desde el principio de los siglos en Dios» (Ef 1,4y 3,9). Su preexistencia en la sabiduría de Dios indica la naturaleza metahistórica de la Iglesia. Las formas de la vida social son contingentes, pueden existir o no en función de la evolución histórica, pero la Iglesia no depende de la historia; la Iglesia irrumpe en el mundo precisamente porque su génesis está en otro lugar. La Iglesia, «escondida desde toda la eternidad» en Dios, preiniciada en el paraíso, prefigurada en Israel, desciende del cielo en las lenguas de fuego, entra en la historia en Jerusalén, el día de Pentecostés. Es la manifestación gradual de lo que está escondido y se dirige hacia la «plenitud del que llena totalmente el universo» (Ef 1,23). Todas las criaturas en la tierra,  bajo la tierra y en los cielos doblan la rodilla y convergen en la plenitud del Cristo total (P. Evdokimov, L'Orfodossia, Bolonia 1981, pp. 176ss [edición española: Ortodoxia, Edicions 62-Península, Barcelona, s.f.]).

 

 

Día 10

10 de noviembre, conmemoración de San León Magno

 

León Magno, de origen toscano, subió a la cátedra de Pedro en el año 440 y desarrolló una acción decisiva sobre el destino de la Iglesia y del Imperio. En el año 451, por tanto durante su pontificado, se celebró el Concilio de Calcedonia, que definió la naturaleza humana y divina de la única persona de Cristo.

Salvó a Roma de la invasión de los hunos, guiados por Atila, y consiguió mitigar el saqueo de los vándalos. Como orador y escritor, comentó las principales solemnidades litúrgicas y dejó una colección de sermones, preludio del «magisterio» papal que habría de tener después tanta importancia en la dirección de la Iglesia. Murió en el año 461 y fue reconocido con el sobrenombre de «Grande».

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 15,14-21

14 Estoy convencido, hermanos míos, de que estáis llenos de bondad, repletos de todo conocimiento, preparados para amonestaros unos a otros. 15 Con todo, os he escrito un tanto atrevidamente, con la intención de recordaros algunas cosas. Lo hago en virtud de la gracia que Dios me ha concedido,

16 de ser ministro de Cristo Jesús entre los paganos, ejerciendo el oficio sagrado de anunciar el Evangelio, a fin de que la ofrenda de los paganos, consagrada por el Espíritu Santo, sea agradable a Dios.

17 Podría enorgullecerme en Cristo Jesús de la tarea llevada a cabo al servicio de Dios,

18 pero sólo me atreveré a hablar de lo que Cristo ha realizado sirviéndose de mí, para que, con la palabra o con la acción,

19 a través de signos y prodigios, y con la fuerza del Espíritu Santo, los paganos acogieran la fe. Así que desde Jerusalén y en todas direcciones hasta llegar a Iliria he dado a conocer el Evangelio de Cristo.

20 Eso sí, he procurado no proclamar el Evangelio allí donde Cristo ya era conocido, para no edificar sobre fundamento ajeno,

21 pues como dice la Escritura: Los que nada conocían de él, lo verán y los que nada habían oído, entenderán.

 

       *»• Con extrema delicadeza justifica san Pablo, en la conclusión de su carta dirigida a los cristianos de Roma, el atrevimiento {cf v. 15) con el que se ha dirigido a ellos. Reconoce, por consiguiente, que también ellos son ricos en «bondad» y «conocimiento», capaces de crecer en la ayuda mutua para edificarse recíprocamente según el pensamiento del Señor, e interpreta su ministerio como el de quien ayuda a recordar lo que ya se ha aprendido.

       Apelando a la «gracia» que Dios le ha concedido de ser predicador del Evangelio entre los paganos, describe su propio ministerio empleando términos propios de un auténtico ministerio litúrgico (v. 16): Pablo es el liturgo de Cristo, alguien que ejerce el «oficio sagrado», y aquellos a quienes ha llegado su predicación constituyen la «oblación» a Dios. La liturgia del apóstol {cf Rom 1,9) presenta el modo propio en el que da culto a Dios con su vida, algo que ya había exhortado a hacer a los cristianos de Roma {cf. 12,1). Ese culto nace de la conciencia de estar en «deuda» {cf 1,14): la deuda de quien sabe que ha recibido de Cristo una gracia particular a la que intenta corresponder prestando su propia «debilidad» al «poder» del Evangelio. De este modo, el apóstol Pablo se convierte en instrumento de Dios, «con la palabra y con la acción», confirmado «a través de signos y prodigios», «con la fuerza del Espíritu Santo» (w. 18s).

       San Pablo predicó el Evangelio de Cristo en la zona comprendida entre la frontera extrema de Jerusalén (sudeste) y la Iliria (noroeste), para llevar a todos a la «obediencia», a la escucha de la Palabra, esforzándose por llegar en particular a cuantos todavía no habían sido evangelizados por otros (cita a Is 52,15, en el v. 21; cf. 2 Cor 10,15s). La comunidad cristiana de Roma, a decir verdad, había sido fundada por otros -y eso había constituido un impedimento para una eventual visita del apóstol {cf Rom 1,13; 15,22)-, pero, ahora que tiene la ocasión, desea ir a visitar a los romanos para recoger algún fruto entre ellos (Rom 1,13), recibir ayuda y gozar de su presencia (15,24), descansando entre ellos (15,32) antes de salir para España.

 

Evangelio: Lucas 16,1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

1 -Había un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante su amo de malversar sus bienes.

2 El amo lo llamó y le dijo: «¿Qué es lo que oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque no vas a poder seguir desempeñando ese cargo».

3 El administrador se puso a pensar: «¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita la administración? Cavar ya no puedo; pedir limosna me da vergüenza.

4 Ya sé lo que voy a hacer para que alguien me reciba en su casa cuando me quiten la administración».

5 Entonces llamó a todos los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?».

6 Le contestó: «Cien barriles de aceite». Y él le dijo: «Toma tu recibo, siéntate y escribe en seguida cincuenta».

7 A otro le dijo: «Y tú ¿cuánto debes?». Le contestó: «Cien sacos de trigo». Él le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta».

8 Y el amo alabó a aquel administrador inicuo, porque había obrado sagazmente. Y es que los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su propia gente que los que pertenecen a la luz.

 

       *» Tras haberse dirigido en particular a los maestros de la Ley y a los fariseos {cf Le 15,3), Jesús habla ahora también a sus discípulos (16,1) y les cuenta ellos la parábola del hombre rico y de su administrador. Este último, acusado de haber malversado los bienes de su amo (v. 1), reflexiona (v. 3) sobre lo que debe hacer en caso de que sea despedido del cargo. Fruto de esta reflexión, decide llamar a los que tienen deudas contraídas con su señor, para condonarles una parte de ellas; de este modo, se asegura su reconocimiento y la posibilidad de ser acogido en sus casas (w. 4-7) cuando lo necesite. Es posible que la deuda condonada correspondiera al interés que el administrador retenía habitualmente para él -y es en esta especulación donde debemos buscar la raíz de la injusticia y de la malversación-, pero la renuncia a los barriles de aceite (lit. bat: ¿entre 21 y 45 litros?) y a los sacos de trigo (lit.: kor: ¿corresponde a unos 10 bat?) constituye una actitud astuta.

       Del mismo modo que es preciso evaluar los gastos para la construcción de una torre o la oportunidad de declarar la guerra o pactar la paz (Lc 14,28-32), el administrador evalúa sus propias fuerzas (v. 3) y se procura amigos (cf 16,9) con su clemencia (imitación, aunque sea también interesada, de la misericordia de Dios; cf.7,41ss).

       Lejos de parecerse al rico necio (12,29) al que la muerte cogió sin estar preparado, se puede decir de este administrador que es astuto, aunque no sea «fiel» (cf. 12,42), pues en el limitado horizonte en el que se mueve (v. 8: «con su propia gente») sabe hacerse amar, pensando en el futuro: así, aunque no sepan mirar lejos, «los que pertenecen a este mundo son más sagaces» que «los que pertenecen a la luz» (Dios es luz: cf. 1 Jn 1,5), puesto que son capaces de darse cuenta de la urgencia del momento y comportarse con prudencia (= de manera previsora; cf. Mt 10,16).

 

MEDITATIO

Al acercarnos a san León Magno es significativo señalar que no poseemos de él más datos biográficos que los ligados a su ministerio. Podemos decir que el hombre ha sido absorbido completamente por la misión que le confío el Señor. Como el apóstol Pablo, también León vivió la entrega de sí mismo a Dios por la Iglesia, y tuvo un vivísimo sentido de ser el sucesor de aquel Pedro que -por revelación del Padre- fue capaz de reconocer en Jesús al Mesías esperado. El misterio de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, del que fue apasionado defensor, volvió cálida y profunda su palabra, le suscitó un vivísimo amor por la liturgia y le hizo capaz de convertir toda su vida -parafraseando una expresión que le era muy querida- en una espléndida realización de cuanto celebraba en el sacramento.

 

ORATIO

Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con la que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación.

Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al Reino de Dios.

Gracias al sacramento del bautismo, te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped. (León Magno, «Sermón primero en la Natividad del Señor», 3.)

 

CONTEMPLATIO

Por tanto, todo lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó con miras a la reconciliación del mundo no sólo lo conocemos por el relato de sus hechos pretéritos, sino que también lo experimentamos por la eficacia de sus obras presentes.

El mismo, nacido de la Virgen Madre por obra del Espíritu Santo, es quien fecunda con el mismo Espíritu a su Iglesia incontaminada, para que, mediante la regeneración bautismal, sea engendrada para Dios una multitud innumerable de hijos, de los cuales se afirma que traen su origen no de la sangre, ni del deseo carnal, ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios. Es en él mismo en quien es bendecida la posteridad de Abrahán por la adopción del mundo entero, y en quien el patriarca se convierte en padre de las naciones, cuando los hijos de la promesa nacen no de la carne, sino de la fe. Él mismo es quien, sin exceptuar pueblo alguno, constituye, de cuantas naciones hay bajo el cielo, un solo rebaño de ovejas santas, cumpliendo así día tras día lo que antes había prometido: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, y oirán mi voz, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor.

        Aunque dijo a Pedro, en su calidad de jefe: Apacienta mis ovejas, en realidad es él solo, el Señor, quien dirige a todos los pastores en su ministerio; y a los que se acercan a la piedra espiritual él los alimenta con un pasto tan abundante y jugoso que un número incontable de ovejas, fortalecidas por la abundancia de su amor, están dispuestas a morir por el nombre de su pastor, el buen pastor, que se dignó dar la propia vida por sus ovejas.

Y no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo, por el hecho mismo de su regeneración, participa en sus sufrimientos. Así es como celebramos de manera adecuada la Pascua del Señor, con ázimos de pureza y de verdad: cuando, rechazando la antigua levadura de maldad, la nueva creatura se embriaga y se alimenta del Señor en persona. La participación del cuerpo y de la sangre del Señor, en efecto, nos convierte en lo mismo que tomamos y hace que llevemos siempre en nosotros, en el espíritu y en la carne, a aquel junto con el cual hemos muerto, bajado al sepulcro y resucitado.  (León Magno, «Sermón 12, sobre la pasión del Señor», 3, 6-7; PL 54, 355-357.)

 

ACTIO

Repite a menudo y medita hoy esta sentencia de san León Magno:

«Reconoce, cristiano, tu dignidad».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San León no es un teólogo especulativo, sino más bien el doctor que encuentra la formulación adecuada, precisa, destinada a fines catequéticos en la doctrina católica. Su actividad doctrinal brota de la tarea pastoral y del gobierno de la Iglesia. Se trata de una exposición clara y sencilla, exenta de artificio, que no tiene la finalidad de atraer la atención con imágenes y especulaciones maravillosas. Está dirigida a la fe del fiel y quiere llegar a él límpida como un rayo de sol y sencilla como Palabra de Dios.

El trabajo espiritual es el cultivo del campo de Dios, que es el alma: se trata de una batalla que el cristiano, que forma parte de lo milicia de Cristo, entabla contra el diablo, usando como armo la cruz; es una preparación para el encuentro con el Señor; es adorno pascual del templo de Dios; es camino y progreso, constante e ininterrumpido, por el camino angosto y difícil que lleva a Dios y aleja del camino ancho y fácil que San León Magno conduce a la perdición; al camino estrecho le corresponde el amor a Dios y al prójimo, como indefectible energía que nos hace correr y volar por los senderos de Cristo; al segundo le corresponde el amor a sí mismo y a las creaturas. El trabajo espiritual es asimismo victoria de la buena voluntad sobre todas las pasiones y enemigos espirituales; es embriaguez, es insuperable deleite en la práctica de la virtud; es bienaventuranza o, mejor, es la escalada a la bienaventuranza a través de los escalones indicados por Cristo en el Evangelio: pobreza, sufrimiento, misericordia, sencillez, pureza, paz (A. Valeriani, en León Magno, L'osservanza cristiana, Alba 1965, pp. 34.53).

 

Día 11

11 de noviembre, conmemoración de San Martín de Tours

 

Martín, nacido en Panonia (Hungría) en el año 316, fue destinado por su padre a la carrera militar. Siendo todavía catecúmeno, dio pruebas de coherencia cristiana y de amor a los pobres. Dejó las armas, bajo la guía de san Hilario de Poitiers, y se consagró a Dios profesando la vida monástica. Llevó, primero, una vida eremítica; más tarde, por consejo del mismo Hilario, fundó en Ligugé el primer monasterio de Occidente. En el año 373 fue elegido obispo de Tours, y hasta su muerte, acaecida el 397, se consagró con una solicitud incansable a la formación del clero, a la pacificación de los pueblos y a la evangelización. Fue uno de los primeros santos no mártires en ser honrado en la liturgia de la Iglesia.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 16,3-9.16.22-27

Hermanos:

3 Saludad a Prisca y Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús,

4 quienes, por salvar mi vida, se jugaron la suya. Y no sólo tengo que agradecérselo yo, sino todas las iglesias de procedencia pagana.

5 Saludad también a la iglesia que se reúne en su casa. Saludad a Epéneto, tan querido para mí, el primero en creer en Cristo de la provincia de Asia.

6 Saludad a María, que tanto se ha fatigado por vosotros;

7 a Andrónico y a Junias, mis paisanos y compañeros de prisión, insignes entre los apóstoles, y cristianos incluso antes que yo.

8 Saludad también a Ampliato, a quien tanto aprecio en el Señor;

9 a Urbano, que ha colaborado con nosotros como auténtico cristiano, y a mi querido Estaquis.

16 Saludaos, en fin, unos a otros con el beso santo. Os saludan, a su vez, todas las iglesias de Cristo.

22 Y yo, Tercio, que he escrito esta carta, os saludo también en el Señor.

23 Os saluda Gayo, en cuya casa me hospedo y en la que se reúne toda la iglesia. Saludos de Erasto, el tesorero de la ciudad, y del hermano Cuarto.

25 Al Dios que tiene poder para consolidaros en la fe según el Evangelio que yo anuncio y según la proclamación que hago de Cristo Jesús; al Dios que ha revelado el misterio mantenido en secreto desde la eternidad,

26 pero manifestado ahora  por medio de las Escrituras proféticas según la disposición del Dios eterno, y dado a conocer a todas las naciones de modo que respondan a la fe;

27 a ese Dios, el único sabio, sea la gloria por siempre a través de Jesucristo. Amén.

 

       *• Es característico del apóstol saludar, en la conclusión de sus cartas, a las personas con las que mantiene alguna relación: de afecto, de colaboración en el apostolado, de comunidad de estirpe y de suerte. Así sucede también en este caso, en el que la hipótesis es que se trata de un postscriptum, aunque para algunos exégetas está sometida a discusión la inclusión del capítulo 16 -al que pertenece el pasaje que hemos leído hoy- en la primitiva Carta a los Romanos. Entre otros, se nombra a Prisca y Aquila, matrimonio que hospedó a Pablo en Corinto (1 Cor 16,19) y, más tarde, en Éfeso (Hch 18,2-3.26) -y aquí posiblemente arriesgaron su vida por él, con motivo de la revuelta de los orfebres (Hch 19,23-20,1)-. En la trama de relaciones aparece una referencia constante a Cristo: «en Cristo» y «a través de Cristo» aparecen constantemente en los saludos, así como el recuerdo de lo que ha originado el vínculo con el apóstol. Es digno de señalar el saludo que une a toda la Iglesia de Cristo y, símbolo de solidaridad, el «beso santo» (v. 16) -tal vez un gesto litúrgico- que los creyentes están invitados a intercambiar. De Cristo brota y por él se mantiene la nueva fraternidad, que penetra también la sencillez de las relaciones cotidianas.

       Concluye el fragmento con una doxología -canto de alabanza a Dios- centrada en el misterio del proyecto divino de salvación que, subsistiendo en el silencio de la eternidad, fue preanunciado por la Escritura y plenamente revelado en Cristo «y dado a conocer a todas las naciones de modo que respondan a la fe» (v. 26: vuelve al tema de la carta). Es Dios quien confirma a los creyentes en la fe y rige con sabiduría el universo: a él sea elevada la alabanza «a través de Jesucristo» (v. 27), expresión máxima de la sabiduría divina y lugar improrrogable de la fe, y, por eso, del sentido de la existencia creyente.

 

Evangelio: Lucas 16,9-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

9 Haceos amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengáis que dejarlos, os recibirán en las moradas eternas.

10 El que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho. Y el que es injusto en lo poco, lo es también en lo mucho.

11 Pues si no fuisteis de fiar en los bienes de este mundo, ¿quién os confiará el verdadero bien?

12 Y si no fuisteis de fiar administrando bienes ajenos, ¿quién os confiará lo que es vuestro?

13 Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.

14 Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús.

15 El les dijo: -Vosotros queréis pasar por hombres de bien ante la gente, pero Dios conoce vuestros corazones, porque, en realidad, lo que parece valioso para los hombres es despreciable para Dios.

 

       **• Jesús, al valorar la perspectiva del administrador deshonesto, preocupado por tener a alguien que le reciba en su casa (cf. Le 16,4), nos invita a considerar la riqueza en su valor de instrumento mediante el que podemos procurarnos amigos que nos reciban «en las moradas eternas» (v. 9): se trata de los pobres de Le 14,12-14, un tesoro indefectible (cf. asimismo 12,33) de intercesión en los cielos, cuando nos falte la misma riqueza.

       Es menester elegir el señor al que hemos de servir (v. 13) o bien el absoluto hacia el que orientar nuestra vida: una vez realizada la elección, todo lo demás -y así la riqueza, si hemos elegido a Dios- debe concurrir a este servicio. En los w. 10 ss el servicio, en cuanto asunción del primado de Dios en nuestra vida, se traduce en la fidelidad que no se puede ejercer en la riqueza «verdadera » si no la ejercemos primero en la «inicua» (que no garantiza la vida: cf. 12,22-31), no en la propia (el bien de la vida verdadera) si no la ejercemos antes en la «ajena» (los bienes exteriores que no son propios del hombre): en definitiva, es preciso ser fieles en lo «poco» para poder serlo en lo «mucho» (cf. también Mt 25,21). Así pues, la riqueza es «mammona» de injusticia (cf. Eclo 27,2: «Entre la compra y la venta se insinúa el pecado»). Es necesario replantear nuestra propia esperanza (fiarse, construir = 'aman en hebreo, que tiene una curiosa asonancia con el vocablo de origen fenicio mammona) en Dios, no en la riqueza insegura, y enriquecernos con obras buenas para adquirir la vida verdadera (cf 1 Tim 6,17-19).

       En conclusión (w. 14ss), Jesús condena la presunción de justicia de los fariseos que, por ser «amigos del dinero», veían en sus riquezas un signo de predestinación: Dios, que conoce los corazones, desenmascarará su hipocresía, y, así, el que ahora es «exaltado» será «humillado»; la burla (cf. Le 23,35) se volverá en contra del que se burla (cf. Sant 1,9).

 

MEDITATIO

Martín es verdaderamente hijo bendito del Padre, y es venerado en todas partes. Colmado del Espíritu del Señor, amó a los hermanos con el corazón de Cristo. Por eso fue capaz de dar sin medida, con una caridad intuitiva y preveniente, todo lo que había recibido, y antes que nada la vida de gracia.

Como monje, deseó entregarse enteramente a la oración; como obispo, se prodigó en el servicio a los enfermos y a los pobres, que le esperaban en el umbral de la iglesia para obtener de él la curación y recibir limosnas; y una vez llegó incluso a darles su capa, cuando acababa de ponerse las vestiduras litúrgicas. El alegre anuncio le llegó cuando prestaba el servicio militar: desde entonces, toda su vida se convirtió en una milicia por el Evangelio. Se mostró infatigable a la hora de llevar alegría a los afligidos, en conducir a los contendientes al perdón y a la paz, en señalar con su ejemplo la meta a la que todo hombre tiende: el Cielo, el Reino de Dios.

 

ORATIO

Haz, Señor, que, como san Martín, nadie pueda vernos nunca en cólera, que nadie nos encuentre turbados o desconsolados; enséñanos a estar constantemente serenos y pacificados, de modo que nuestro rostro se muestre siempre radiante, con una alegría, por así decirlo, celestial. Que no se encuentre en nuestros labios a nadie, sino a Cristo; ninguna otra cosa en nuestro corazón, sino el amor, la paz, la misericordia. Concédenos mantener en nosotros la calma en las dificultades e incluso llorar los pecados de quienes nos persiguen (cf Sulpicio Severo, Vita di san Martirio [existe edición española de sus Obras completas, Tecnos, Madrid 1987).

 

CONTEMPLATIO

Los méritos de Martín son demasiado grandes para que podamos formularlos con palabras. Nunca pasó un solo instante en el que no se entregara a la oración o no se aplicara a la lectura de las Sagradas Escrituras, y ni en la lectura ni en cualquier otra cosa que hiciera disminuía la intensidad de la oración en su alma. Nada hay de extraordinario en ello: del mismo modo que acostumbran los herreros, que en el intervalo de su trabajo, para aliviarse un poco de la fatiga, golpean el yunque, así Martín, incluso cuando parecía hacer cualquier otra cosa, oraba sin pausa. Oh varón verdaderamente santo, en el que no hubo fraude; a nadie juzgaba, a nadie condenaba, a nadie devolvía mal por mal. Mostró tanta paciencia en la defensa de las criaturas que hasta podía ser ultrajado impunemente hasta por los últimos clérigos, siendo él el sumo sacerdote, sin que por ello les retirara su afecto (Sulpicio Severo, Vita di san Martino XXVI, 3-5 [existe edición española de sus Obras completas, Tecnos, Madrid 1987).

 

ACTIO

Repite hoy la frase que pronunció san Martín cuando se le acercaba la muerte: «Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehuyo el trabajo; hágase tu voluntad» («Carta a Bassula», 6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si alguna vida de santo ha influido en la historia de las mentalidades es la de san Martín. Este personaje de ayer tiene la sorprendente capacidad de plantear las preguntas de siempre según el modo de pensar evangélico. Martín fue un perenne emigrante, como tanta gente de nuestros días, y lo fue, esencialmente, por razones «profesionales», antes de serlo por motivos religiosos. Esta impresionante migración en la larga vida de este hombre no fue nunca en él origen de ninguna desestabilización: sus raíces se encuentran claramente fuera de la tierra de los hombres. Por eso, en los lugares por donde se movió o vivió, dio siempre la impresión de estar de paso, de modo semejante a los patriarcas, que iban en busca de una patria.

Martín lo hacía todo guiado por el Espíritu Santo. La calidad de una vida espiritual se mide por los frutos de la gracia y, especialmente, por la práctica de la caridad con humildad. Las características de su vida mística son las de un hombre resuelto, con la voluntad de un soldado, la fe de un niño, la obediencia de un monje, el ardor de un misionero y la seguridad de un sabio.

Martín es, de manera incontestable, un santo para nuestro tiempo: frente al desarraigo, nos anima a echar nuestras raíces en otra tierra, la de Dios. Ya siendo un catecúmeno muy ¡oven, orientaba a todos los que se preparaban para el bautismo, para el sacramento de la confirmación y para su primera comunión eucarística, en la búsqueda de su propia vocación. Como hombre que compartía y hombre de caridad, despertó la responsabilidad de cada uno frente a todo tipo de rechazo del pobre y del enfermo. Como monje antes que nada, permitió mirar la vida religiosa con ojos nuevos. Como obispo, invitó a encontrar al hombre en su integridad, a destruir los ídolos que lo mantienen esclavo para devolverlo a la vida. Como místico, es un guía segurísimo que conduce a Dios, siempre a la escucha del Verbo bajo la inspiración del Espíritu (J.-P. Longeat, «Saint-Martín hier et au¡ourd'hui», en Lettre de Ligugé, 1996)

 

Día 12

32° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 6,12-16

12 Radiante e inmarcesible es la sabiduría; se deja ver sin dificultad por los que la aman y hallar por los que la buscan.

13 Se adelanta para manifestarse a los que la anhelan.

14 Quien madrugue para buscarla no se fatigará, pues la encontrará sentada a sus puertas.

15 Meditar sobre ella es prudencia consumada, y el que por ella se desvela pronto estará libre de inquietud.

16 Pues ella misma busca a los que son dignos de ella y por los caminos se les muestra benignamente, saliendo al encuentro de todos sus pensamientos.

 

» En la Biblia, el sabio es quien teme a Dios y se aparta del mal (cf Job 28,28). Nuestro autor quiere suscitar en sus oyentes el movimiento de desear la sabiduría y salir a su encuentro. La sabiduría, pintada con los colores mas brillantes, viene representada con la imagen de una bella joven, radiante, atractiva y anhelada, sentada a la puerta de su casa y dispuesta a entregarse totalmente a los suyos. Los versículos personifican a la sabiduría y la comparan con una amiga o una esposa. El hombre justo la ama, la desea, sale en su búsqueda desde muy temprano y la encuentra sentada en su puerta (v. 14; cf Cant 3,2). Otro tanto ocurre con Dios. El se deja hallar por quien lo busca (v. 12; cf Prov 8,17; Sir ó,27); aun mas, él sale a su encuentro, como un buen padre con su hijo. Lo importante es hacerse discípulo y aprender las sabias enseñanzas de la vida.

El comportamiento de Dios con el hombre es siempre el mismo: se da gratuita y graciosamente, es misericordioso y solícito, y trata a todos con cariño (cf Jn 6,44; Flp 2,13; 1 Jn 4,10). Al hombre se le pide disponibilidad, apertura y espera vigilante. Dios, en efecto, se hace el encontradizo con aquel que lo busca con corazón sincero y manifiesta buena disposición interior para acoger su Palabra. Esto ha hecho el Hijo, eterna <<fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,24), que ha venido al encuentro de la humanidad en el misterio de la encarnación. El siempre ha estado abierto a la Palabra del Padre y a su plan de salvación y ha recorrido los caminos del hombre para buscarlo, atraerlo y ofrecerle un modo de vivir; es decir la <<sabiduría».

 

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 4,13-18

13 No queremos, hermanos, dejaros en la ignorancia acerca de los que han muerto, para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza.

14 Nosotros creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado y que, por tanto, Dios llevará consigo a los que han muerto unidos a Jesús.

15 Y esto es lo que os decimos como Palabra del Señor: que nosotros, los que estamos vivos, los que aun quedamos, cuando venga el Señor no tendremos preferencia sobre los que han muerto.

16 Pues cuando se dé la orden, cuando se oiga la voz del arcángel y resuene la trompeta divina, el Señor mismo bajará del cielo, y los que murieron unidos a Cristo resucitarán en primer lugar.

17 Después nosotros, los que aun quedamos vivos, seremos arrebatados junto con ellos entre nubes y saldremos por los aires al encuentro del Señor. De este modo estaremos siempre con el Señor

18 Consolaos, pues, unos a otros con estas palabras.

 

• El discurso de Pablo a la comunidad de Tesalónica es sencillo y esta lleno de imágenes. Hoy, algunos aspectos de su mensaje, quizá, no nos preocupen demasiado; por ejemplo, el que hace referencia a la convicción de estar vivos en el momento de la parusía (v. 17) ye de este modo, poder ver y admirar la venida gloriosa de Cristo. Sin embargo, el mensaje que transmite Pablo conserva actualmente su interés. El apóstol no quiere que sus hermanos en la fe se aflijan <<como los que no tienen esperanza» (v. 13).

El cristiano se distingue por la esperanza, el hombre de fe se distingue porque es capaz de esperar Los tesalonicenses, conscientes de la inseguridad del momento presente, siempre estarán expectantes, unidos a Cristo en la fe, en la esperanza y en el amor; y recibirán la salvación que Jesús les ha conseguido con su muerte y resurrección. La esperanza cristiana encuentra su fundamento en la resurrección del Señor: <<Nosotros creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado» (v. 14). La vida para el creyente no termina aquí; tiene un futuro, y este es el gran gozo: <<Consolaos, pues, unos a otros con estas palabras» (v. 18).

Pablo basa sus palabras en la esperanza, que es la comunión entre los creyentes y el Señor Jesús los reuniré y vivirán para siempre en común unión con él (v 17).

 

Evangelio: Mateo 25,1-13

Dijo Jesús a sus discípulos:

1 Sucede con el Reino de los Cielos lo que con aquellas diez jóvenes que salieron con sus lámparas al encuentro del esposo.

2 Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas.

3 Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite,

4 mientras que las sensatas llevaron aceite en las alcuzas, junto con las lámparas.

5 Como el esposo tardaba, les entre sueno y se durmieron.

6 A medianoche se oyó un grito: <<Ya esta ahí el esposo, salid a su encuentro».

7 Todas las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.

8 Las necias dijeron a las sensatas: <<Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.

9 Las sensatas respondieron: <<Como no vamos a tener bastante para nosotras y vosotras, será mejor que vayáis a los vendedores y os lo compréis».

10 Mientras iban a comprarlo, vino el esposo. Las que estaban preparadas entraron con el a la boda y se cerro la puerta.

11 Mas tarde llegaron también las otras jóvenes diciendo: <<Señor, señor, ábrenos».

12 Pero él respondió: <<Os aseguro que no os conozco»,

13 Así pues, vigilad, porque no sabéis el día ni la hora.

 

La parábola de las diez jóvenes, cinco sabias y cinco necias, forma parte del <<discurso escatológico» (cf Mt 24-25). El evangelista pretende conseguir un doble propósito: mantener viva la certeza del retorno del Señor e indicar una sana sugerencia sobre como comportarse durante este tiempo de vigilancia. Los peligros existen y deben ser superados por el cristiano. A saben vivir con vigilante impaciencia, despreocupado de los afanes del mundo, seria una evasión, Así como afanarse por las cosas del mundo, hasta despreocuparse de estar vigilante, sería una mundanización. La parábola ofrece una sabia enseñanza: hay que ser previsores y estar preparados ante cualquier eventualidad, sin desanimarse con facilidad o hacer excesivos cálculos. Olvidarse del Señor o no tener paciencia para esperar su vuelta es un riesgo, igual que relajarse y descuidar la actitud vigilante. En realidad, no cuenta si la vuelta de Jesús es inmediata o se demora, sino <<estar preparados», porque todos los momentos son decisivos para la salvación.

La sabiduría del cristiano está en un planteamiento prudente de la vida y no en teorías especulativas. La seriedad del momento presente exige preparación y compromiso personal. Cuando venga el esposo, solo aquellos que tienen las lámparas con aceite suficiente entraran con él a la boda. Los no preparados, no previsores, se encontraran la puerta cerrada, excluidos definitivamente del Reino. Será inútil golpear la puerta; la respuesta sonaré así: <<Os aseguro que no os conozco» (v, 12).

 

MEDITATIO

El año litúrgico esta llegando al final y la Iglesia lanza una mirada de fe hacia <<las cosas ultimas» para subrayar los principios fundamentales de la sabiduría humana y cristiana. El libro de la Sabiduría nos invita a hacer de la Palabra de Dios el principio orientador de la vida: <<Quien madrugue para buscarla no se fatigará, pues la encontrará sentada a sus puertas. Meditar sobre ella es prudencia consumada» (6,14ss). Vivimos en una sociedad, en muchos momentos, improvisada, instintiva, superficial, impulsiva e irreflexiva, de aquí que sea tan útil la llamada a ser sabios y a concentrarnos en lo esencial.

También la parábola de las diez vírgenes nos invita a estar preparados y ser previsores, sin olvidar que somos peregrinos del Señor Todos tenemos necesidad de ser sabios, y no importa la edad, y de ajustar nuestras ideas, elecciones, comportamientos y decisiones. La verdadera sabiduría, de la cual hablan las Escrituras, es un don, desciende de Dios y se implora con paciencia y perseverancia. También la sabiduría ha de ser buscada, deseada y amada por nosotros. Para apropiarnos de ella es necesario ponderar y velar sin perderse en comportamientos vanos y estériles. Se anticipa a quien la desea y sale al encuentro de quienes son merecedores de ella.

Esta sabiduría, llena de vida, fe y ahínco evangélico, está estrechamente vinculada con el anhelo del corazón por las realidades del mas allá y la espera vigilante del Señor, el Esposo que debe venir, el impulso que nos mantiene fieles al cielo y a la tierra.

 

ORATIO

Señor Jesucristo, Hijo de Dios y Sabiduría del Padre, Verbo hecho carne y resplandor de la gloria, tu te acercas a nosotros, vienes a nuestro encuentro y nos invitas a la boda de la Iglesia con Dios, Padre de todos. Que nuestro amor anhele y busque, alcance y logre tu sabiduría y permanezca siempre en lo que ha descubierto.

Deseamos invocarte y suplicarte con las palabras litúrgicas: <<Dichosos los invitados a la mesa del Señor», esto es: <<Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19,9), o con las de san Agustín: <<El tiempo es como la noche, el momento en que la Iglesia vela, con los ojos de la fe fijos en la Sagrada Escritura como antorchas resplandecientes en la oscuridad, hasta la llegada del Señor».

Somos como aquellas cinco vírgenes prudentes, sentadas a la mesa con el esposo. Confiemos humildemente un deseo a la generosidad de nuestro Dios: que todos nosotros, que permanecemos en la fe y vivimos la vigilante espera de la paz sabática, nos reunamos un día en tu Reino, en el banquete eterno, y que nadie se quede fuera, sin cruzar la puerta, donde <<será el llanto y el rechinar de dientes>>. Señor que, cuando vengas, encuentres a tu Iglesia vigilante a la luz del Espíritu y despiertes este cuerpo, que yaceré dormido en la tumba.

 

CONTEMPLATIO

Las lámparas que encendiste [inmediatamente después del bautismo] son la imagen de aquel cortejo de luces con las que, como luminosa alma de virgen no adormilada por la pereza y la indolencia, caminaremos al encuentro de Cristo esposo con las lámparas resplandecientes de la fe, no vaya a ser que aquel al que esperamos se nos presente de repente y sin saberlo, y nosotros, desprovistos del aceite y de las buenas obras, nos quedemos excluidos de la sala nupcial.

Veo con la mente el triste y lamentable acontecimiento. Cuando resuene el grito que nos dispondré a su encuentro, entonces se presentaré él [...]. Entraré rápidamente y las vírgenes prudentes pasarán con él; sin embargo, las necias, que han esperado a preparar las lámparas cuando era el tiempo de entrar; serán excluidas y se quejaran a grandes voces, comprendiendo demasiado tarde qué han perdido por su descuido e indolencia. En efecto, aunque clamen y supliquen, ya no pueden entrar en la sala de bodas; se han quedado fuera por su culpa (Gregorio Nacianceno, Sermones [PG 36, 426-428], en L´ora dell’ascolto, Casale Monf. [Al] 1989, 2.144).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro» (Mt 25,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo realmente triste no es cuando, al anochecer, regresas y no tienes a nadie que te espere en casa, sino cuando tu no esperas nada de la vida [...]. Esperar, esto es, experimentar el gozo de vivir.

Dicen que la santidad de una persona se mide según el espesor de su espera. Quizás sea verdad. Si es así, hay que concluir que Maria es la más santa de las criaturas, porque toda su vida aparece marcada por el gozo de quien espera […]. Santa María, virgen de la esperanza, danos de tu aceite, que nuestras lámparas se apagan. Mira: se han agotado las reservas. No nos mandes a otros vendedores. Reaviva en nuestras almas el antiguo ardor que nos quemaba por dentro, cuando bastaba una pequeñez para rebosar de alegría: la llegada de un amigo lejano, el rojo atardecer después de una tormenta, la caída de las hojas anunciando el regreso del invierno, los repiques de campanas en los días de fiesta, el vuelo raso de las golondrinas en primavera, el acre olor emanado de los lagares, el canturreo de las cantinelas otoñales, el encorvarse tierno y cadencioso del regazo materno, el perfume del espliego al preparar la cuna.

Si hoy no sabemos esperar es porque estamos escasos de esperanza. Se han desecado las fuentes. Sufrimos una profunda sequía de deseos. Y, satisfechos con los miles de sucedáneos que nos asedian, ya no esperamos nada de las promesas selladas con la sangre del Dios de la alianza [...]. Santa Maria, virgen de la esperanza, danos un alma vigilante. Cercanos a los umbrales del tercer milenio, nos sentimos, lamentablemente, mas hijos del crepúsculo que profetas de la claridad que llega. Centinela del mañana, despierta en nuestro corazón la pasión por los jóvenes anuncios para transmitirlos al mundo, que se siente ya viejo. Entréganos el arpa y la citara, y contigo madrugaremos para despertar la aurora. Frente a los cambios que sacuden la Historia, haz que experimentemos de nuevo los estremecimientos primeros, Haznos comprender que no basto con acoger: es necesario esperar. Acoger es, a veces, Señal de resignación. Esperar es, siempre, signo de esperanza. Haznos, por tanto, ministros de la espera. Y el Señor que viene, Virgen del adviento, nos sorprenda, también junto a tu materna complicidad, con la lámpara en la mano (A. Bello, Maria, donna dei nostri giorni, Cinisello B. [Mi] 51995, l7.l8·2O [edición española; María, Señora de nuestros días, San Pablo, Madrid l996]).

 

Día 13

Lunes de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 1,1-7

1 Amad la justicia los que gobernáis la tierra, tened rectos pensamientos sobre el Señor y buscadlo con sencillez de corazón.

2 Porque se manifiesta a quienes no exigen pruebas, se revela a quienes no desconfían.

3 Los pensamientos torcidos alejan de Dios, y el poder, puesto a prueba, confunde a los necios.

4 La sabiduría no entra en alma perversa ni habita en cuerpo esclavo del pecado.

5 Pues el santo espíritu que nos educa huye de la doblez, se aleja de los pensamientos sin sentido, es rechazado cuando sobreviene la injusticia.

6 La sabiduría es un espíritu que ama a los hombres, pero no dejará sin castigo a los labios blasfemos, porque Dios es testigo de su conciencia, es vigilante veraz de su corazón, y escucha lo que su boca profiere.

7 Pues el espíritu del Señor llena el universo, lo abarca todo y tiene conocimiento de cuanto se dice.

 

        **• El autor del libro de la Sabiduría –probablemente un judío residente en Egipto que escribía en griego hacia la mitad del siglo I a. de C - se dirige a los reyes de la tierra (cf. v. 1), pero, al margen de la ficción literaria, se dirige a todos cuantos pretenden participar del don de la sabiduría: una cualidad que se requiere, qué duda cabe, a los gobernantes, pero que necesita asimismo todo el mundo para llevar una vida feliz.

        La primera invitación que formula es que amemos la justicia. Esto no es difícil de entender, porque «en el sendero de la justicia está la vida, el camino torcido conduce a la muerte» (Prov 12,28): sabio es el justo, el impío es necio. Dios y la Sabiduría -figura personificada de origen y naturaleza divinos- y la necedad/injusticia se rechazan inexorablemente: se expulsan (Sab 1,3.5) recíprocamente.

        Se describen algunas características de los necios: no creer, poner a prueba a Dios (w. 2ss; pensemos también en la relectura de la historia de Israel en clave de incredulidad del Sal 78) y obrar el mal. Los «pensamientos torcidos» y los «pensamientos sin sentido» (w. 3 y 5; cf. 2, lss) conducen a los necios a la muerte, cosa que ellos mismos eligen, porque la consideran amiga {cf. 1,16), siendo que sólo la sabiduría, a la que desprecian, conduce a la vida: y es que Dios ama la vida y «en el temor del Señor está la sabiduría; en apartarse del mal, la inteligencia» (Job 28,28).

        Por consiguiente, la sabiduría -y no la muerte o la vida impía- «es un espíritu que ama a los hombres» (v. 6). Bien lo sabe Dios, que, por haber plasmado el corazón del hombre (cf. Sal 33,15; 138), es testigo veraz de los pensamientos de su corazón y de las palabras de su boca (v. 6), pues él «tiene conocimiento de cuanto se dice» (v. 7) y es el único que está en condiciones de guiarnos por el camino de la vida.

 

Evangelio: Lucas 17,1-6

En aquel tiempo,

1 Jesús dijo a sus discípulos: -Es inevitable que haya ocasiones de pecado, pero ¡ay de quien las provoque!

2 Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo tiraran al mar, antes que ser ocasión de pecado para uno de estos pequeños.

3 ¡Estad atentos! Si tu hermano llega a pecar, repréndelo, pero si se arrepiente, perdónale.

4 Y si peca contra ti siete veces al día y otras siete viene a decirte: «Me arrepiento», perdónale.

5 Los apóstoles dijeron al Señor: -Auméntanos la fe.

6 Y el Señor dijo: -Si tuvierais fe, aunque sólo fuera como un grano de mostaza, diríais a esta morera: «Arráncate y trasplántate al mar», y os obedecería.

 

        **• «¡Estad atentos!» (v. 3) es la exhortación que dirige hoy Jesús a sus discípulos. Sus enseñanzas están relacionadas con la vida fraterna, lugar de escándalos y de contraste: es algo «inevitable» (v. 1). Ahora bien, si la fragilidad es el camino del hombre, en la vigilante atención a nosotros mismos y en la incansable acogida al hermano (v. 3) se juega el primado de Dios, la opción por servirle.

        El discernimiento de la caridad es un recorrido delicado: incluye la preocupación amorosa por los «pequeños» (v. 2: los débiles, los sencillos, en cualquier acepción que queramos darle; cf. Le 10,21) y no excluye la corrección fraterna, sino que hace que el perdón sobreabunde sobre todo (v. 4: «siete veces» simboliza un perdón ilimitado que resiste a una debilidad que perdura).

        Se confirma así que, en el interior de la trama de las relaciones cotidianas, la atención principal debe centrarse en nosotros mismos y en nuestro propio camino, un camino marcado, a buen seguro, por las dificultades, aunque también por la esperanza de poder experimentar, incluso en los inevitables contrastes, la alegría de la mirada del hermano que vuelve a dirigirse a nosotros (esto es el «arrepentirse» de los w. 3ss).

        Así es como la fe, que aunque sea tan pequeña «como un grano de mostaza» (v. 6) engendra y acoge milagros, es no sólo don invocado, sino compromiso de caridad que transforma la confianza en Dios en confianza recíproca.

 

MEDITATIO

        A lo largo de la vida ocurren muchas cosas que nos indignan. A pesar de todo, pensamos que debe existir un mundo bueno, aunque en realidad no existe y no existirá nunca. Dios debería encargarse de hacer bueno este mundo, pero no lo hace. Por nuestra parte, probablemente nos consideremos exonerados de ayudar para mejorar un mundo que, por otro lado, sigue adelante del mismo modo que lo hacía antes sin nosotros.

        La consecuencia más obvia es que «vamos tirando», sin atender a nadie más que a nosotros mismos. Ahora bien, ¿eso es vida? Nos responde la Palabra del Señor. El arte de vivir, de «gobernarnos» a nosotros mismos, se aprende con la sencillez de la confianza, no con razonamientos torcidos. No es obrar por nuestro propio interés empleando la falsedad y el subterfugio lo que construye la vida, sino el respeto al otro y la acogida renovada continuamente a quienes tenemos a nuestro lado, conscientes de no ser por eso mejores que ellos. A través del perdón otorgado, a través de la atención a no ser un obstáculo para el hermano con actitudes o con palabras, a través de la transparencia de los sentimientos y de los pensamientos es como llegamos a ser lo que somos: semejantes a Dios. Y de este modo es también como lo imposible se vuelve posible.

 

ORATIO

        Tú no estás, Señor, en los complejos remolinos de mis oleadas interiores, ni te escondes en las intrincadas espesuras del raciocinio.

        No moras allí donde se responde al mal con el mal allí donde la acerba perversión de los grandes golpea al niño.

        No encuentras reposo en el corazón que te levanta barreras y se hace la ilusión de bastarse a sí mismo, desprecia al hermano y se burla de la fuerza de tu amor, La confianza sencilla te atrae, suma sabiduría que sabe guardar tu amistad.

 

CONTEMPLATIO

        Los verdaderos creyentes, que se mantienen firmes en la esperanza en Dios, se alegran en sus corazones esperando sus beneficios y están llenos de la alegría del Espíritu, necesitan, en primer lugar, ceñirse del amor de Dios. En él se engrandece y se dilata la magnífica construcción de su justicia [...].

        Feliz el hombre de amor, que hace habitar en su corazón al Dios que es amor.

        Feliz el corazón, aunque sea humilde y estrecho, que pone dentro de sí, espiritualmente, como en una mora da tranquila, a aquel que ni el cielo ni la tierra puede contener [...].

        El amor crece y se dilata en aquellos que están ligados por una pasión natural, estando el uno junto al otro. Y en el connubio de las miradas permanece vigilante su pasión. Y crece y se vigoriza por el intercambio de palabras de pasión. Y la memoria permanece siempre vigilante, bajo los alicientes de la gran fuera del amor.

        Así, por el morar incesante junto a él, por la mirada sencilla de la inteligencia y la contemplación espiritual de éste y por el diálogo incesante con su recuerdo y la meditación de sus palabras, se dilata en el hombre la

pasión por Dios [...].

        El que se encuentra consumado por el amor de Dios dirige hacia él el impulso de su carrera y vuela por encima de todo. (Martyrios [Sahdona], Sull'amore perfetto per Dio e per glialtri, Magnano 1993, l l s s , passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Amad la justicia y buscad al Señor con sencillez de corazón» (cf. Sab 1,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Dios mío, tú, que me has enriquecido tanto, permíteme también dar a manos llenas. Mi vida se ha convertido en un diálogo ininterrumpido contigo, Dios mío, en un largo diálogo. Cuando me encuentro en un rincón del campo, con los pies plantados en tu tierra y los ojos elevados hacia tu cielo, tengo a menudo el rostro inundado de lágrimas, único exutorio de mi emoción interior y de mi gratitud. También por la noche, cuando, acostada en mi litera, me recojo en ti, Dios mío, lágrimas de gratitud inundan a veces mi rostro, y ésa es mi oración.

        Estoy muy cansada desde hace algunos días, pero es una cosa que pasará como todo lo demás. Todo progresa siguiendo un ritmo profundo, un ritmo propio en cada uno de nosotros.

        Debería enseñarse a la gente a escuchar y a respetar ese ritmo: es lo más importante que un ser humano puede aprender en esta vida. No lucho contigo, Dios mío. Mi vida no es más que un largo diálogo contigo. Es posible que no llegue a ser nunca la gran artista que quisiera ser, pues estoy demasiado bien resguardada en ti, Dios mío. En ocasiones, quisiera grabar con un buril pequeños aforismos y pequeñas historias vibrantes de emoción. Mas la primera palabra que me viene a la mente, siempre la misma, es: Dios. Contiene todo y hace inútil todo lo demás. Toda mi energía creadora se convierte en diálogos interiores contigo. El oleaje de mi corazón se ha vuelto más ancho desde que estoy aquí, más animado y más apacible a la vez, y tengo la impresión de que mi riqueza interior se incrementa sin cesar (E. Hillesum, Diario: 1941-1943, Milán 1996, pp. 253ss [tomado de Paul Lebeau, Etty Hillesum. Un itinerario espiritual. Amsterdam, 1941 - Auschwitz, 1943, Sal Terrae, Santander 2000, pp. 200-201]).

 

Día 14

Martes de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 2,23-3,9

2,23 Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser,

24 mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y tienen que sufrirla los que le pertenecen.

31 Pero las almas de los justos están en las manos de Dios y ningún tormento los alcanzará.

2 Los insensatos piensan que están muertos; su tránsito les parece una desgracia,

3 y su salida de entre nosotros, un desastre, pero ellos están en paz.

4 Aunque a juicio de los hombres han sufrido un castigo, su esperanza estaba llena de inmortalidad,

5 y por una leve corrección recibirán grandes bienes. Porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de él.

6 Los probó como oro en el crisol y los aceptó como un holocausto.

7 En el juicio de Dios aparecerá su resplandor y se propagarán como chispas en un rastrojo.

8 Dominarán sobre naciones, gobernarán pueblos y su Señor reinará sobre ellos para siempre.

9 Los que ponen en él su confianza comprenderán la verdad, y los fieles permanecerán junto a él en el amor, pues la gracia y la misericordia son para sus elegidos.

 

        ** «Dios creó al hombre para la inmortalidad» (2,23), y la esperanza de «los que ponen en él su confianza» (3,9) «estaba llena de inmortalidad» (3,4): éste es el mensaje del fragmento de hoy, que trata sobre la suerte aparente/real de los justos. El destino originario del hombre es la inmortalidad -o sea, la experiencia de una vida que no conoce la muerte-, puesto que está hecho «a imagen» (2,23) de Dios, aunque «por envidia del diablo» (2,24) la muerte se asoma cual espectro sobre la existencia.

        Por primera vez, con un lenguaje filosófico (eco de la cultura helenística del autor del libro) y ahondando en la cuestión de la retribución (el justo debe ser recompensado y el malvado castigado), se habla de vida eterna, y eso tiene lugar casi comentando los primeros capítulos (2 y 3) del Génesis: el relato de cómo, ya desde los orígenes, vida y muerte se cruzan, en desgarradora tensión, en el camino del hombre.

        Es preciso confiar en el Señor, rechazando elegir la carne como propio apoyo (cf. Jr 17,5-8). Es necesario ir más allá de lo que se presenta a los ojos de los necios (cf. Sab 3,2.4), de los que miran con la mirada miope y superficial del tiempo que acaba. Es necesario aceptar atravesar el tiempo de la prueba (que se presenta a cada uno, aunque en los w. 5ss se alude, probablemente, al martirio del pueblo judío en la época de los Macabeos, en tiempos del rey Antíoco Epífanes). Entonces se verá satisfecha la confianza del justo, de cada hombre que haya esperado contra toda esperanza, a pesar de las apariencias (como ya profetizaba Isaías a propósito del Siervo de YHWH: cf. Is 52,13-53,12). Los justos «recibirán..., aparecerá su resplandor..., gobernarán...», etc. (w. 5-9), porque verdaderamente «están en paz» (v. 3), «están en las manos de Dios» (v. 1): en el tiempo breve y para la eternidad.

 

Evangelio: Lucas 17,7-10

En aquel tiempo, dijo Jesús:

7 ¿Quién de vosotros que tenga un criado arando o pastoreando le dice cuando llega del campo: «Ven, siéntate a la mesa»?

8 ¿No le dirá más bien: «Prepárame la cena y sírveme mientras como y bebo; y luego comerás y beberás tú»?

9 ¿Tendrá quizás que agradecer al siervo que haya hecho lo que se le había mandado?

10 Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os mande, decid: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer».

 

        *•• Tras haber tratado el tema de la vigilancia sobre nosotros mismos, el evangelista Lucas, en el itinerario que conduce a una caridad que es fe recibida y responsablemente vivida, investiga sobre otra actitud que se pide a los discípulos de Jesús: la conciencia de la propia inutilidad (v. 10). Somos siervos de los que no hay necesidad.

        Jesús condena la presunción de justicia de los fariseos (cf. Le 18,9) que, con una religiosidad de fachada basada en la acumulación de obras, esperan su recompensa de Dios: no espera recompensa alguna el pobre que se sabe por completo en manos de Dios (humildad de los siervos del Magníficat).

        No debemos esperar recompensa, pues no hay motivo de gloria en lo que hacemos: como dirá san Pablo, «anunciar el Evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo» (1 Cor 9,16). Quien es consciente de estar constantemente en deuda de amor con Dios (v. 10), quien sabe que su vida es fruto de un don exagerado (perdón), no espera ninguna gracia de aquel a quien presta servicio, porque su misma existencia es gracia recibida (v. 9: el señor no está «obligado» respecto al siervo).                           También el siervo podrá comer y beber después (v. 8), participar en la alegría de su señor (cf. Mt 25,21), pero no en seguida (cf. v. 7): antes es preciso estar preparados «con la cintura ceñida y la lámpara encendida», en actitud de servicio, esperando a su señor (cf. Le 12,36-40).

 

MEDITATIO

        El dolor y la muerte nos acomunan a todos, con el carácter trágico de los «¿por qué?» que les acompañan. Se oye decir: «Venimos a este mundo a sufrir», tan cruda y persuasiva se muestra esta experiencia, frente a la cual sentimos nuestra precariedad, impotencia y pequeñez.

        No es ésta, sin embargo, nuestra verdad profunda y esencial: no hemos sido creados para sufrir, no hemos sido creados para morir, sino que estamos vivos para vivir y para vivir para siempre. Nuestra vida no es una vida para perderla, condenada a la derrota. ¡Bien al contrario! Dios nos tiene en sus manos: no nos ha hecho inmunes al dolor y a la muerte, pero los vive con nosotros y nos ha mostrado en Jesús cómo vivirlos. El amor y la misericordia levantan los asedios del sufrimiento que atenazan el corazón. El amor y la misericordia son la vida eterna que empieza ya en esta tierra, cuando dejamos que las reivindicaciones cedan el paso a la gratuidad, cuando ni siquiera en medio de la persecución no perdemos la esperanza ni la confianza. El amor y la misericordia son el lenguaje de Dios. Dichoso el que lo aprende: comprenderá qué es la muerte y qué es la vida.

 

ORATIO

        No me importa, Señor, presentarte la cuenta, como si tú debieras pagarme por lo que hago por ti. Tú me has dado todo, todo lo he recibido de ti: mi existencia no es más que un restituirte el don. Soy alguien a quien no se le debe nada.

        Sólo te pido, Señor, que no desaparezca en mí la certeza de estar ya contigo en esa vida que durará para siempre, para la cual la muerte no es más que un terrible paso. Refuerza mi fe en esa eternidad de amor que ya saboreo ahora en cada chispa de amor humano. Demasiadas veces, hoy, me apremian cerrando los confines de la existencia en este mundo, en una autocondena a una vida que ya es muerte.

        Creo, Señor, que del mismo modo que ahora me despierto por la mañana, resucitaré un día en tu aurora. No será un premio que me debas: será el rebosar definitivo de tu misericordia.

 

CONTEMPLATIO

¡Qué maravillosos son, Dios nuestro, tus secretos!,

¿quién los creerá?

Mi corazón se ha transformado con su recuerdo

y por su dulzura se han separado

los miembros de mi cuerpo.

He olvidado lo que es mío

en la meditación sobre cosas de las que no estoy cerca,

y apremio con (mi) deseo al Dador.

He olvidado (también) lo que es suyo,

y es para obtenerle a él mismo por lo que me fatigo.

Lo aferró, pero no es aferrado;

lo capturo, pero no es capturado.

Cuando estoy lleno, estoy vacío;

cuando lo aferró, no es él,

y cuando moro en él, en mí mora.

Cuando quiero llevarlo a alguna parte, se me resiste,

porque si está vestido no se detiene,

si está despojado no se encamina,

si lo dejan (solo) no se queda,

si viene conmigo a algún lugar, no se mueve de allí.

Cuando camino con él, mora en mí

y se dilata como cuando está fuera de mí;

cuando lo respiro sale de dentro (de mí)

y cuando lo vislumbro en lo íntimo de cada cosa

está revestido de todas ellas y (las) vela.

Me siento llevado por él y avanzo.

(Juan de Dalyatha, Mostrami la tua belleza, Magnano 1996, pp. 26ss, passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Las almas de los justos están en las manos de Dios» (Sab3,l).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ¡Dios mío, cógeme de la mano! Te seguiré de manera resuelta, sin mucha resistencia. No me sustraeré a ninguna de esas tormentas que caerán sobre mí en esta vida. Soportaré el choque con lo mejor de mis fuerzas. Pero dame, de vez en cuando, un breve instante de paz. No voy a creer, en mi inocencia, que la paz que descienda sobre mí es eterna. Aceptaré la inquietud y el combate que vendrán después. Me gusta mantenerme en el calor y la seguridad, pero no me rebelaré cuando haya que afrontar el frío, con tal de que tú me lleves de la mano. Yo te seguiré por todas partes e intentaré no tener miedo. Esté donde esté, intentaré irradiar un poco de amor, de ese amor al prójimo que hay en mí. Pero tampoco debo jactarme de este «amor».

        No sé si lo poseo. No deseo ser nada especial; sólo quiero tratar de ser esa que pide desarrollarse en mí plenamente [...]. Prometo vivir esta vida hasta el fondo, seguir adelante. Unas veces me da por pensar que mi vida apenas está en sus comienzos y que las dificultades están todavía por venir, y otras veces me parece que ya he luchado bastante. Estudiaré e intentaré comprender, pero creo que también deberé dejarme asombrar por lo que me sucede y, aparentemente, me desvía: siempre me dejaré asombrar, para llegar, tal vez, a una mayor seguridad [...]. Es como si cada día fuera echada en un gran crisol y cada día consiguiera salir de él (E. Hillesum, Diario: 1941-1943, Milán 1996, pp. 74ss, passim).

 

Día 15

Miércoles de la 32ª semana del Tiempo ordinario o 15 de noviembre, conmemoración de San Alberto Magno

 

San Alberto nació en 1206 en el seno de una familia noble en Lauingen, en la Baviera alemana. Quien lo conoció dice de él que «era de buena talla y bien dotado de formas físicas. Poseía un cuerpo formado con bellas proporciones y perfectamente moldeado para todas las fatigas del servicio de Dios». Su familia soñaba con que fuera un hombre de leyes, pues no le faltaba ni dinero ni talento. Estudió en las mejores universidades que existían en Europa. Conoció a un gran predicador compatriota suyo y, movido por su oratoria y por el espíritu de sus sermones, decidió ingresar, con la oposición de su familia, en la orden de predicadores. Muy joven, fue enviado como profesor a su tierra, a Colonia, y más tarde a París. En la Sorbona tuvo como discípulo ilustre y predilecto a santo Tomás de Aquino. El papa Alejandro IV le nombró obispo, pero a los dos años, con nostalgia de su vida conventual dominicana, renunció al obispado. El 15 de noviembre de 1280, debilitado física y mentalmente, murió con serenidad y paz sobre su mesa de trabajo.

San Alberto Magno fue un místico que descubría a Dios en el encanto de la creación. Y un místico mariano, con una sencilla y profunda devoción a la Virgen María. Fue canonizado por Pío Xl el 16 de diciembre de 1931.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 6,1-11

1 Escuchad, pues, reyes, y entended; aprended quienes regís los confines de la tierra.

2 Prestad oído los que domináis a muchedumbres y os sentís orgullosos de la multitud de vuestros pueblos.

3 Porque el Señor os ha dado el poder, y la soberanía procede del Altísimo. El juzgará vuestras acciones y examinará vuestros designios.

4 Porque, siendo ministros de su Reino, no gobernasteis rectamente, no respetasteis la ley ni pusisteis en práctica la voluntad de Dios.

5 Terrible y repentino caerá él sobre vosotros, porque un juicio inexorable espera a los grandes.

6 Al pequeño se le perdona por piedad, pero los grandes serán examinados con rigor.

7 Pues el Señor de todos no retrocede ante nadie, ni la grandeza lo intimida, porque él hizo al pequeño y al grande, y cuida de todos por igual;

8 pero a los poderosos les espera un riguroso examen.

9 A vosotros, pues, soberanos, se dirigen mis palabras, para que aprendáis sabiduría y no pequéis.

10 Porque los que se conducen según las leyes santas serán reconocidos como santos, y los que se dejen instruir por ellas tendrán en ellas su defensa.

11 Así pues, desead mis palabras, anheladlas y seréis instruidos.

 

        *•• El autor, renovando la invitación lanzada ya al comienzo del libro, se dirige a los que gobiernan la tierra y dominan a las muchedumbres (w. ls) para que escuchen: esa escucha -que es principio de sabiduría- tiene por objeto la ley/sabiduría (según la identificación recogida, por ejemplo, en Bar 4,1), y es una escucha eficaz, que realiza lo que ha oído, configurando la vida a la Palabra del Señor (v. 4).

        La perspectiva en la que se sitúa esta exhortación es la del juicio de Dios (v. 3): toda autoridad viene de Dios (cf. 1 Cro 29,12: «La riqueza y la gloria proceden de ti. Tú eres el dueño de todo, en tu mano están la fuerza y el poder, la estabilidad y consistencia de todo»), y los soberanos son «ministros» -o sea, servidores- «de su Reino», de modo que serán juzgados según la fidelidad al servicio prestado, que, en última instancia, es el servicio al hombre. El juicio de Dios es imparcial -Job diría que él «no prefiere el pobre al rico» (Job 34,19), pues «ha creado al pequeño y al grande» (v. 7)-, pero su rigor está proporcionado a la responsabilidad de cada uno.

        Así pues, Dios «cuida» (v. 7) de todos, garantiza la justicia a los pequeños, pero mira con amor vigilante todo camino y, precisamente por eso, pide a cada uno según el poder (de servir) que se le ha concedido: por eso el mensaje, la invitación a la sabiduría que aparece en este fragmento, va dirigido a todos.

        La «defensa» (v. 10) y la «instrucción» (v. 11) del sabio es la Sabiduría, esposa ideal {cf. Sab 8,2ss), porque su compañía abre el camino de la inmortalidad, de la vida.

        No sorprende, por tanto, leer, en los versículos de la conclusión del fragmento (w. 9-12), los verbos del deseo y de la búsqueda amorosa: la sabiduría, mucho más que una filosofía, es un itinerario místico; encuentra y se hace encontrar, dejando satisfecha la pasión de quien «vela por ella» (6,15).

 

Evangelio: Lucas 17,11-19

11 De camino hacia Jerusalén, Jesús pasaba entre Samaría y Galilea.

12 Al entrar en una aldea, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia

13 y comenzaron a gritar: -Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros.

14 Él, al verlos, les dijo: -Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino quedaron limpios.

15 Uno de ellos, al verse curado, volvió alabando a Dios en voz alta,

16 y se postró a los pies de Jesús dándole gracias. Era un samaritano.

17 Jesús preguntó: -¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve?

18 ¿Tan sólo ha vuelto a dar gracias a Dios este extranjero?

19 Y le dijo: -Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

 

        *» El evangelista Lucas nos propone en la perícopa de hoy el relato de un milagro hecho por Jesús: la curación de diez leprosos. La indicación «de camino hacia Jerusalén» (v. 11) recuerda a las que aparecen en Lc 9,51 y 13,22: el episodio narrado se desarrolla en el camino que conduce a Jesús hacia la cruz y la gloria de la resurrección, hacia la consumación de su vida; a lo largo de este recorrido, no cesa de enseñar a sus discípulos, de palabra y con obras.

        Diez leprosos salen al encuentro de Jesús y, gritando a voces (habla el dolor del hombre: cf. Le 4,33; 8,28; 23,46), piden su intervención piadosa (w. 12ss). Le llaman «maestro», nombre típico empleado por los discípulos, que, frecuentemente, es invocación y reconocimiento del poder de Jesús (cf. Le 5,5; 8,33; 9,33-49).

        Mientras van «a los sacerdotes» (v. 14), según el ritual de la purificación de Lv 14,2), quedan curados. Sin embargo, sólo uno vuelve y se echa a los pies de Jesús para darle las gracias (w. 15ss). Se trata de «un samaritano» (v. 16), de un «extranjero», por tanto (v. 18): para subrayar la condición de marginalidad en la marginación experimentada ya en la vida (v. 12: según Lv 13,45ss, los impuros estaban excluidos de la comunidad). Únicamente de él se dice que, por su «fe», no sólo ha sido curado, sino también y sobre todo «salvado» (v. 19). Como él, también los discípulos están llamados a vivir la fe como reconocimiento: con la capacidad de reconocer y, por consiguiente, de agradecer al Señor que se hace presente en la vida y en las muchas curaciones que realizó, venciendo la ignorancia que se abandona al goce de la saciedad del presente (cf. Jn 6,26).

 

MEDITATIO

Los jardines, los parques, los frutales y los majuelos tienen que ser escardados y podados. En esta alegoría que utiliza el evangelista Juan, nosotros somos los sarmientos; Jesús, la vid, y el Padre, el viñador. Él, como buen viñador, nos poda. Poda a los que dan fruto para que den más. Nos corta los brotes de soberbia y de comodidad que nos impiden dar fruto. A los sarmientos improductivos y bravíos no los poda, sino que los corta.

El Padre tiene muchos instrumentos para podarnos: la comunidad, los amigos, también los que nos critican y nos hacen frente. Otras veces, es la vida misma, con sus luces y sus sombras, con sus vendavales o sus brisas serenas, la que nos arranca o nos invita a ser coherentes y desprendernos de las ramas superfluas...

 

ORATIO

Corta por lo sano, Señor, mis ramas improductivas de orgullo y vanidad. Elimina, sin dolor, el follaje que en mí sólo es apariencia y superficialidad. No me arrojes lejos de tu viña. Límpiame y abóname una vez más. Amén.

 

COMTEMPLATIO

Haced esto en conmemoración mía. Dice: Haced esto. No podríamos imaginarnos un mandato más provechoso, más dulce, más saludable, más amable, más parecido a la vida eterna. Y lo vamos a demostrar punto por punto. Lo más provechoso en nuestra vida es lo que nos sirve para el perdón de los pecados y la plenitud de la gracia. Él, el Padre de los espíritus, nos instruye en lo que es provechoso para recibir su santificación. Su santificación consiste en su sacrificio, esto es, en su ofrecimiento sacramental, cuando se ofrece al Padre por nosotros y se ofrece a nosotros para nuestro provecho.

Por ellos me consagro yo. Cristo, que en virtud del Espíritu eterno se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestras conciencias de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.

Es también lo más dulce que podemos hacer. ¿Qué puede haber más dulce que aquello en que Dios nos muestra toda su dulzura? A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles, proporcionándole gratuitamente, desde el cielo, pan de mil sabores, a gusto de todos; este sustento tuyo demostraba a tus hijos tu dulzura, pues servía al deseo de quien lo tomaba y se convertía en lo que uno quería.

Es lo más saludable que se nos podía mandar. Este sacramento es el fruto del árbol de la vida, y el que lo come con la devoción de una fe sincera no saboreará jamás la muerte.

Es lo más amable que se nos podía mandar. Este sacramento es causa de amor y unión. La máxima prueba de amor es darse uno mismo como alimento. Es imposible un modo de unión más íntimo y verdadero.

Y es lo más parecido a la vida eterna que se nos podía mandar. La vida eterna viene a ser una continuación de este mandamiento, en cuanto que Dios penetra con su dulzura en los que gozan de la vida bienaventurada.

(Del comentario de san Alberto Magno a Le 22,19.)

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive durante la jornada de hoy: «Entre vosotros, el más importante ha de ser como el menor, y el que manda, como el que sirve».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Él mismo contaba que de joven le costaban los estudios, y por eso una noche decidió huir del colegio donde estudiaba. Pero al tratar de salir por una escalera colgada de una pared, en la parte de arriba, le pareció ver a Nuestra Señora la Virgen María, que le dijo: «Alberto, ¿por qué en vez de huir del colegio, no me rezas a mí, que soy "Trono de la Sabiduría?". Si me tienes fe y confianza, yo te daré una memoria prodigiosa. Y para que sepas que sí fui yo quien te la concedí, cuando ya te vayas a morir olvidarás todo lo que sabías». Y así sucedió: al final de su vida, un día en un sermón se le olvidó todo lo que sabía, y dijo: «Es señal de que ya me voy a morir, porque así me lo anunció la Virgen Santísima». Y se retiró de sus labores y se dedicó a orar y a prepararse para morir, y a los pocos meses murió.

 

Día 16

Jueves de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 7,22-8,1

7,22 La sabiduría posee un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, penetrante, límpido, diáfano, impasible, amante del bien, agudo,

23 expedito, benéfico, amigo de los hombres, estable, firme, libre de inquietudes, que todo lo puede, todo lo vigila y penetra en todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles.

24 Pues más móvil que todo movimiento es la sabiduría, y con su pureza todo lo atraviesa y lo penetra.

25 Es ella un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente; por eso nada manchado entra en ella.

26 Es una irradiación de la luz eterna, un espejo inmaculado de la actividad de Dios, una imagen de su bondad.

27 Aunque es una, lo puede todo; sin salir de sí, todo lo renueva, y, entrando en cada época en las almas santas, hace amigos de Dios y profetas.

28  Porque Dios sólo ama al que vive con la sabiduría.

29 Ella es más bella que el sol y supera a todas las constelaciones. Comparada con la luz sale vencedora,

30 porque la luz tiene que dejar paso a la noche, pero no hay maldad que prevalezca sobre la sabiduría.

8.1 Ella despliega su fuerza de un extremo a otro, y todo lo gobierna acertadamente.

 

        *• El autor, en la línea de algunos precedentes veterotestamentarios y con el respaldo de la tradición profético-sapiencial (véase, por ejemplo, Prov 8,22), procede a la personificación de la sabiduría, de la que elabora un elogio multiforme.

        La describe, de entrada, con una sucesión de veintiún atributos (w. 22ss), cifra simbólica que expresa la perfección absoluta, dado que se obtiene de multiplicar siete (número de la perfección) por tres (plenitud). Hay quien ha leído en el Nuevo Testamento la atribución a Cristo de las mismas características: pensemos, entre otras, en la agudeza (Ap 1,16), en el poder benéfico (Hch 10,38), en la filantropía (Tit 3,4)...

        En consecuencia, se ponen de manifiesto el origen y la naturaleza divinos de la sabiduría, utilizando (w. 25ss), en parte, la terminología bíblica y, en parte, la filosófica: en particular, hálito, emanación e irradiación expresan, aunque sea con diferentes matices, el origen y la consustancialidad con Dios; espejo e imagen expresan la identidad de la naturaleza (en la distinción). Por último, se trata de la actividad de la sabiduría, que se explica o bien haciendo «amigos de Dios y profetas», o bien (creando) renovando y gobernando «todo», puesto que la sabiduría lo mantiene todo unido {cf. Sab 1,7).

        En la teología posterior, el «espíritu de sabiduría» (Is 11,2) informará la acción de Cristo, a quien se atribuirá el primado en la creación (cf. Col 1,15-29) con las mismas funciones indicadas aquí y de quien se señalará su existencia, iluminada por el escándalo de la cruz, como «sabiduría de Dios» (cf. 1 Cor 1,24.30).

 

Evangelio: Lucas 17,20-25

En aquel tiempo,

20 a una pregunta de los fariseos sobre cuándo iba a llegar el Reino de Dios, respondió Jesús: -El Reino de Dios no vendrá de forma espectacular,

21 ni se podrá decir: «Está aquí o allí», porque el Reino de Dios ya está entre vosotros.

22 Después, dijo a sus discípulos: -Llegará el día en el que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo veréis.

23 Entonces os dirán: «Está aquí, está allí»; no vayáis ni los sigáis.

24 Porque como el relámpago brilla desde un punto a otro del cielo, así se manifestará el Hijo del hombre en su día.

25 Pero antes es preciso que sufra mucho y sea rechazado por esta generación.

 

        **• La perícopa de Lc 17,20-37, a la que pertenece el fragmento que acabamos de leer, constituye una especie de «pequeño apocalipsis lucano» (en Le 21,5-36 se encuentra una intervención más amplia) que se ocupa de la cuestión de la venida del Reino de Dios (w. 20ss) y del Hijo del hombre (w. 22-25).

        Ya está cerca Jerusalén, la meta del viaje de Jesús, y los discípulos «creían que el Reino de Dios debía manifestarse de un momento a otro» (Lc 19,11). Sin embargo, son los fariseos quienes interrogan a Jesús respecto al «cuándo» (v. 20): tras la experiencia del exilio de Babilonia (cf. Jr 25,11; 29,10) lo esperaban evaluando los tiempos y los signos (cf. Dn 9,2; 12,lss). En lo que respecta al Hijo del hombre, hay que mantener un discurso análogo.

        Con todo, tanto en un caso como en el otro -y ésta es la advertencia de Jesús- nadie puede decir: «Está aquí o está allí» (v. 21 y también en el v. 23). Es una invitación a acoger el Reino que ya está presente «entre vosotros» (v. 23) en la persona de Cristo («dedo de Dios»: Le 11,20), aunque no sea fácil reconocer la visita del Señor dentro de la historia, en los acontecimientos.

        Por lo que se refiere al retorno escatológico de Cristo, se llevará a cabo de improviso -especialmente para los que se dejen coger sin estar preparados-, pero será visible «desde un punto a otro del cielo» (v. 24). Ahora bien, antes es preciso que se cumpla el tiempo de la pasión y del rechazo por parte de los hombres (como está preanunciado en Le 9,22 y ratificado en 18,31-33).

        Hemos de recorrer todos los días de la vida, con su carga de sufrimientos y contradicciones: no puede haber historia de la salvación fuera de la misma historia.

 

MEDITATIO

        Dios está en medio de nosotros y está como Señor de lo que existe, porque él lo ha creado todo, porque lo ha redimido todo en la Pascua de Jesús. Sin embargo, el mundo funciona y sigue adelante sin él. Por otra parte, no hay necesidad de Dios como justificación de la realidad; ya Dietrich Bonhoeffer declaraba el final del «Dios-tapaagujeros».

        Con todo, precisamente ese mundo «autónomo» respecto a Dios, confiado a la técnica como nuevo espacio de «salvación», siente una gran voracidad de milagrería, de anuncios apocalípticos y corre allí donde el «santón» de turno proclama algo extraordinario. Viejos y nuevos milenarismos siguen atrayendo con gran fragor.

        La Escritura nos dice hoy que Dios está presente y actúa: nada ni nadie está excluido de su acción salvadora. La suya es una obra de amor, una acción que da valor de eternidad a lo que nosotros hacemos en el tiempo. Es una obra en favor nuestro: hace más significativo nuestro vivir y afirma nuestra dignidad de hijos suyos. ¡Dios está aquí! No para sustituirnos a nosotros, sino para hacer eterno nuestro vivir en el tiempo. Dios está aquí  no para poner un remiendo a nuestras insuficiencias, sino para que no se pierdan ni siquiera las migajas de nuestra existencia.

        Abramos los ojos, el corazón y las manos a él, que con la fuerza suavísima de su Espíritu colma de sí mismo toda realidad y la lleva a su consumación definitiva.

 

ORATIO

        Señor Dios, que acoges cada deseo de tus hijos y haces que dé frutos de vida, concédeme tu sabiduría, amante del bien, para que yo sepa reconocer el bien que hay en mí y a mi alrededor, semilla fecunda de tu Reino que está aquí.

        Concédeme tu sabiduría, amiga del hombre, para que yo sepa acoger y ofrecer una amistad sincera y fiel, profecía de tu Reino que está aquí.

        Concédeme tu sabiduría, estable, segura, sin afanes, para que yo sepa arraigarme en la roca de tu Palabra y consiga la certeza y la confianza en tu providencia, signo de tu Reino que está aquí.

 

CONTEMPLATIO

         [...] Este apetito tiene siempre el alma de entender pura y claramente las verdades divinas; y cuanto más ama, más adentro de ellas apetece entrar, y por eso pide lo tercero, diciendo: Entremos más adentro en la espesura.

        En la espesura de tus maravillosas obras y profundos juicios, cuya multitud es tanta y de tantas diferencias que se puede llamar espesura; porque en ellas hay sabiduría abundante y tan llena de misterios que no sólo la podemos llamar espesura; más aún, cuajada, según lo dice David, diciendo: Mons Dei, mons pinguis. Mons coagulatus, mons pinguis, que quiere decir: el monte de Dios es monte grueso y monte cuajado. Y esta espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro, por cuanto es inmensa y sus riquezas incomprehensibles, según lo exclama san Pablo, diciendo: O altitudo divitiarum sapientiae, et scientiae Dei: quam incomprehensibilia sunt judicial ejus, et investigabiles viae ejus! (¡Oh alteza de riquezas de sabiduría y ciencia de Dios, cuan incomprehensibles son sus juicios e incomprehensibles sus vías!). Pero el alma en esta espesura e incomprehensibilidad de juicios desea entrar, porque le mueve el deseo de entrar muy adentro del conocimiento de ellos, porque el conocer en ellos es deleite inestimable que excede todo sentido. De donde, hablando David del sabor de ellos, dijo: Judicia Domini vera, justificata tu semetipsa. Desiderabilia super aurum, et lapidem praetiosum multum: et dulciora super mel, et favum. Etenim servus tuus custodit ea, que quiere decir: los juicios del Señor son verdaderos y en sí mismos tienen justicia. Son más agradables y codiciados que el oro y que la preciosa piedra de gran estima, y son dulces sobre la miel y el panal; tanto, que tu siervo los amó y guardó. Por lo cual desea el alma en gran manera engolfarse en estos juicios y conocer más adentro en ellos, y a trueque de esto le sería gran consuelo y alegría entrar por todos los aprietos y trabajos del mundo y por todo aquello que le pudiese ser medio para esto, por dificultoso y penoso que fuese, y por las angustias y trances de la muerte, por verse más dentro en su Dios. De donde, también por esta espesura en la que aquí el alma desea entrarse, se entiende harto propiamente la espesura y multitud de los trabajos y tribulaciones en que desea esta alma entrar, por cuanto le es sabrosísimo y provechosísimo el padecer, porque ello es medio para entrar más adentro en la espesura de la deleitable sabiduría de Dios, porque el más puro padecer trae más puro e íntimo entender, y por consiguiente más puro y subido gozar, porque es de más adentro saber. Por tanto, no se contentando con cualquier manera de padecer, dice: «Entremos más adentro en la espesura»; es a saber, hasta los aprietos de la muerte por ver a Dios. De donde, deseando el profeta Job este padecer por ver a Dios, dijo: Quis detur veniat petitio mea: et quod expecto, tribuat mihi Deus? Et qui coepit, ipse me conterat: solvat manum suam, et succidat me? Et haec mihi sit consolatio, ut afligens me dolore, nan parcat, que quiere decir: ¿quién me dará que mi petición se cumpla y que Dios me dé lo que espero, y que el que me comenzó ése me desmenuce, y desate su mano y me acabe, y tenga yo esta consolación, que, afligiéndome con dolor, no me perdone? ¡Oh si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, sino es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en esto el alma su consolación y deseo, y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina, desea primero el padecer en la espesura de la cruz para entrar en ella! Que por eso san Pablo amonestaba a los de Efeso que no desfalleciesen en las tribulaciones, que estuviesen fuertes y arraigados en la caridad, para que pudiesen comprehender con todos los santos qué cosa sea la anchura y la largura y la altura y la profundidad, y para saber también la supereminente caridad de la ciencia de Cristo: In chántate radicati, et fundati, ut possitis comprehendere cum ómnibus Sanctis, quae sit latitudo, et longitudo, et sublimitas, et profundum: scire etiam supereminentem scientiae charitatem Christi; y para ser llenos de todo henchimiento de Dios: Ut impleamini in omnem plenitudinem Dei. Porque para entrar en esta riquezas de sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos, mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos (Juan de la Cruz, Cántico espiritual B, estrofa 36, nn. 9-12).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «La sabiduría hace amigos de Dios y profetas» (Sab 7,27).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Cuando yo era joven, la «religiosidad» era para mí la excepción. La «religiosidad» me alejaba por sí misma. Por otra parte estaba la existencia habitual, con sus negocios, aquí, en cambio, imperaba el arrobamiento, la iluminación, el éxtasis, sin tiempo ni causalidad. No tuvo lugar nada de particular: un día, tras una mañana de exaltación «religiosa», recibí la visita de un ¡oven desconocido, sin estar presente allí, no obstante, con toda el alma... No había venido a mí por casualidad, sino enviado por el destino no para una charla, sino para tomar una decisión, y precisamente a mí, precisamente en aquel momento.

        ¿Qué esperamos cuando estamos desesperados, pero buscamos también una persona? Probablemente, una presencia a través de la cual se nos diga que, pese a todo, la cosas tienen sentido. Desde entonces abandoné esa «religiosidad» que es solamente excepción, extrañamiento, evasión, éxtasis, o tal vez fui yo el abandonado por ella. Ahora no tengo más que la vida cotidiana de la que nunca me distraigo. El misterio ya no se pronuncia, se ha sustraído o bien mora aquí, donde todo sucede tal como sucede. Ya no conozco otra plenitud que la de cada hora mortal compuesta de pretensiones y responsabilidades. Muy lejos de estar en las alturas, sé, no obstante, que en la pretensión se me dirige la palabra y que puedo responder de manera responsable. Sé quién habla y me pide una respuesta. No sé mucho más. Si esto es religión, entonces la religión es todo, la totalidad vivida simplemente en su posibilidad de diálogo (M. Buber, Incontro. Frammenti autobiografía, Roma 1994, pp. 73ss, passim).

 

Día 17

Viernes de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 13,1-9

1 Totalmente insensatos son todos los hombres que no han conocido a Dios, los que por los bienes visibles no han descubierto al que es, ni por la consideración de sus obras han reconocido al artífice.

2 En cambio, tomaron por dioses, rectores del mundo, al fuego, al viento y al aire sutil; a la bóveda estrellada, al agua impetuosa y a los luceros del cielo.

3 Pues, si embelesados con su hermosura los tuvieron por dioses, comprendan cuánto más hermoso es el Señor de todo eso, pues fue el mismo autor de la belleza el que lo creó.

4 Y si tal poder y energía los llenó de admiración, entiendan cuánto más poderoso es quien los formó,

5 pues en la grandeza y hermosura de las criaturas se deja ver, por analogía, su Creador.

6 Éstos, con todo, merecen más ligero reproche, porque quizás se extravían buscando a Dios y queriendo hallarlo.

7 Se mueven entre sus obras y las investigan, y quedan seducidos al contemplarlas, ¡tan hermosas son las cosas que contemplamos!

8 De todas formas, ni siquiera éstos son excusables,

9 porque, si fueron capaces de escudriñar el universo, ¿cómo no hallaron primero al que es su Señor?

 

        **• «Los cielos cuentan la gloría de Dios» (Sal 19,2), pero los hombres no siempre han sido capaces de leer lo que cuenta la creación. Y así, el autor del libro de la Sabiduría, que vive en un contexto en el que la cultura helenística sirve de fondo a los cultos paganos politeístas, se encuentra reflexionando con el lenguaje filosófico de la analogía sobre cómo la grandeza y la belleza de la naturaleza no pueden hacer otra cosa que remitir a su autor. Es posible que se trate de una reflexión nacida de la meditación de los relatos del Génesis sobre el origen del cosmos (el todo armónico y bello), explicitado aquí, no obstante, por vez primera de esta forma. No es nueva la consideración de la grandeza de lo creado y del poder de Dios que a través de ella se expresa (v. 4; cf. Job 36,22-26; Is 40,12-14), pero sí es digno de señalar el acento que se pone en la belleza del mismo (v. 3).

       El autor nos invita a remontarnos al Señor de todas las criaturas, al que ha formado todo lo que existe, puesto que «lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se ha hecho visible desde la creación del mundo, a través de las cosas creadas» (Rom 1,20), y él, aun dejando que «cada pueblo siguiera su camino» (Hch 14,16), ha dejado en la creación sus huellas para que todos puedan encontrarle. Sin embargo, no siempre los hombres le reconocieron (v. 1): no le han encontrado (v. 9), se han equivocado (v. 6) dejándose seducir por las apariencias y por la belleza de las cosas (v. 7), llegando a considerar en ocasiones como dioses a los elementos de la naturaleza (v. 2). Su ignorancia (v. 1) no es, en definitiva, excusable (v. 8), «pues lo que se puede conocer de Dios lo tienen claro ante sus ojos, por cuanto Dios se lo ha revelado» (Rom 1,18).

 

Evangelio: Lucas 17,26-37

       En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

26 Cuando venga el Hijo del hombre sucederá lo mismo que en tiempos de Noé.

27 Hasta que Noé entró en el arca, la gente comía, bebía y se casaba. Pero vino el diluvio y acabó con todos.

28 Lo mismo sucedió en los tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y edificaban.

29  Pero el día en el que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y acabó con todos.

30 Así será el día en el que se manifieste el Hijo del hombre.

31 Ese día, el que esté en la azotea y tenga en casa sus enseres que no baje a tomarlos; igualmente, el que esté en el campo que no vuelva atrás.

32 Acordaos de la mujer de Lot.

33 El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la salvará. 34 Os aseguro que esa noche estarán dos juntos en la misma cama: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán.

35 Estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a otra la dejarán.

37 Ellos le preguntaron: -¿Dónde, Señor? Y les contestó: -Donde esté el cadáver, allí se reunirán los buitres.

 

       *•• En el marco de la reflexión sobre los últimos tiempos, Jesús se remite a los acontecimientos de Noé (cf. Gn 6-8) y de Lot con su consorte (cf. Gn 19,24.26) para caracterizar los días del Hijo del hombre. Como en tiempos de Noé (w. 26ss) y de Lot (w. 28ss) el diluvio y el fuego, respectivamente, sorprendieron a los hombres, ocupados en comer, beber, casarse, trabajar, también es posible que ahora la venida del Señor nos coja sin estar preparados.

       Es preciso mirar bien a qué se dirige principalmente nuestra atención: comer, beber y darse a la alegría es el proyecto -frustrado por la muerte- del rico necio de Lc 12,19. No son los «enseres» (v. 31), las realidades materiales, lo que nos dará la vida; al contrario, tras haber convertido a Dios en el fulcro de nuestra vida, es preciso renunciar a ellas, sin echar la vista atrás, como hizo la mujer de Lot (v. 31; cf. Le 9,62). Recogiendo ahora lo que ya había dicho en Le 9,23, Jesús afirma: «El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la salvará» (v. 33). Nótese que, en el primer caso, salvar (peripoiéomai) tiene el valor de conservar lo que se tiene; en el segundo caso, salvar (zoogonéo) implica no la conservación, sino la generación de una vida nueva que se produce en la pérdida.

       Hombres y mujeres (v. 34) tienen que estar preparados: «dónde» (v. 37), donde cada uno se encuentre, porque allí donde cada uno desarrolla su vida, allí le visita el Señor {cf. Ap 19,17 e Is 18,6; 34,15ss; Jr 7,33; 12,9; 15,3 para la imagen de las aves rapaces).

 

MEDITATIO

       La Palabra de Jesús nos dice hoy que él volverá, aunque no sabemos cuándo. Volverá, y entonces comprenderemos que nuestra vida vale en cuanto la entregamos a él, la gastamos en las ocupaciones diarias junto a él. Estar preparados es un hecho cotidiano: no puede sorprendernos la venida de aquel con quien estamos en continua relación.

       El orden creado, en su multiplicidad de formas y manifestaciones, nos ofrece el espacio de la relación con Dios. Y no sólo eso: las criaturas dicen algo del Creador. De esta suerte, la creación es el primer relato de la belleza y del amor de Dios y es también la primera palabra con la que respondemos a tanto amor. Hoy se habla mucho de «medio ambiente», de «naturaleza», de «ecología », y se habla con razón, porque nuestro sistema económico y nuestro estilo de vida occidental están devastando, alterando, suprimiendo lo que constituye nuestro espacio vital. Con todo, no tiene sentido convertirlo en un ídolo. No es en sí misma una cuestión de fina sensibilidad ecológica -aunque esta atención al orden creado tenga un valor-, sino que está en juego nuestra conciencia de criaturas en relación con el Creador. Estar preparados para el encuentro definitivo con él significa asimismo haber aprendido a encontrarle en las criaturas, respetándolas, admirándolas y promoviendo la vida particular y específica de cada uno.

 

ORATIO

       Hoy, Señor mío, quiero orarte haciendo mías las palabras de san Francisco. Como él, quiero unir mi voz a la de las otras criaturas para alabarte, Creador y Señor del universo.

¡Alabado seas, mi Señor, en todas las creaturas tuyas, especialmente el señor hermano Sol, por quien nos das el día y nos alumbras, y es bello y radiante con grande esplendor: de ti, Altísimo, es significación! ¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana Luna y las estrellas: en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas! ¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Viento, por el Aire y la Nube, por el Cielo sereno y todo Tiempo: por ellos a tus creaturas das sustento! Alabado seas, mi Señor, por la hermana Agua, la cual es muy útil y humilde, preciosa y casta! ¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Fuego: por él nos alumbras la noche, y es bello y alegre, vigoroso y fuerte! ¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre Tierra, que nos mantiene y sustenta, y produce los variados frutos con las flores coloridas y las hierbas!

       Y quiero invocarte: envía tu Espíritu para que nosotros, criaturas humanas, comprendamos la importancia de poner todos los medios para no apagar la voz de los seres que, con nosotros, pueblan este mundo: cada uno

por su parte refleja algo de tu belleza, preparado para estar contigo en la eternidad.

       ¡Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal, de quien ningún hombre viviente puede escapar! ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! ¡Bienaventurados los que encuentre cumpliendo tu muy santa voluntad, pues la muerte segunda no les podrá hacer mal!

 

CONTEMPLATIO

       Dios, a causa de su caridad, hizo de modo que cuantos estaban lejos de él [...] percibieran su caridad con ellos y se [le] acercaran gracias a la mediación de las criaturas, puestas como escritura por su Poder y por su Sabiduría, es decir, por su Hijo y por su Espíritu. A través de las criaturas, pues, no sólo perciben la caridad de Dios Padre con ellas, sino también su Poder y su Sabiduría.

       En efecto, así como el que lee una escritura percibe a través de ella su belleza, junto con la voluntad de su redactor, el poder y la inteligencia de la mano y del dedo que la han escrito, así también quien observa a las criaturas de modo intelectual percibe la mano y el dedo de su creador junto con su voluntad, o sea, su caridad [...].

       Ahora bien... del mismo modo que la cosa escondida en la escritura está oculta a los que no saben leer esta [última], aunque la miren, así también quien carece de inteligencia de las criaturas visibles carece [también] de la percepción intelectual escondida en ellas, aunque las mire. En cambio, el que en virtud de su solicitud y pureza está instruido en ellas, sabe que todas le revelan a él [en su interioridad], y, cuando haya percibido estas cosas, entonces también él anunciará la sabiduría y el poder de su propia constitución y proclamará incesantemente la voluntad de la Caridad incomprensible, a la que sirven el Poder y la Sabiduría [...].

       Y si la escritura, que sirve a los alejados, puede hacer saber lo que ha sucedido y lo que sucederá, cuánto más la Palabra y el Espíritu conocerán y anunciarán todo al intelecto, su «cuerpo». Y digo en verdad: muchas puertas, llenas de diversas distinciones, me han salido al encuentro en este lugar... (Evagrio Póntico, Lo scrigno Della sapienza, Magnano 1997, pp. lóss, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la salvará» (Lc 17,33).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El sentido de lo bello, aunque mutilado, deformado, ensuciado, permanece, a pesar de todo, como un impulso poderoso en el corazón humano. Está presente en todas las preocupaciones de la vida profana. Si se volviera auténtico y puro, transportaría toda la vida profana como un solo bloque a los pies de Dios y así haría posible la encarnación total de la fe. Por lo demás, la belleza del orden creado es, en general, la vía más común, la más fácil y natural. Como Dios se precipita a cada alma en cuanto ella parece abierta, para amar y servir a través de ella a los desventurados, así se precipita también para amar y admirar a través de ella la belleza sensible de su propia creación.

       Con todo, lo contrario es todavía más verdad: la tendencia natural del alma a amar la belleza es la trampa más frecuente de la que se sirve Dios para abrirla al soplo que viene de lo alto. La belleza del orden creado es la sonrisa de ternura que nos dirige Cristo a través de la materia. El está realmente presente en la belleza del universo. También éste, por tanto, se asemeja a un sacramento.

       El amor físico, en todos sus aspectos, desde el más noble -tanto el verdadero matrimonio como el amor platónico- hasta el más bajo, incluso hasta el vicio, tiene por objeto la belleza del orden creado. El deseo de amar en un ser humano la belleza de la creación es, en su esencia, el deseo de la encarnación. El amor físico, en todos sus aspectos, se siente atraído unas veces más y otras menos por la belleza -y las excepciones tal vez sean sólo aparentes-, porque la belleza de un ser humano lo hace aparecer a la imaginación como algo equivalente a la belleza del orden creado. Por eso son graves los pecados en ese campo: constituyen una ofensa a Dios por el hecho mismo de que el alma, sin saberlo, está buscando a Dios (S. Weil, Attesa di Dios, Milán 1991, pp. 123ss, passim [edición española: A la espera de Dios, Editorial Trotta, Madrid 1996]).

 

Día 18

Sábado de la 32ª semana del Tiempo ordinario o 18 de noviembre, conmemoración de la

Dedicación de las basílicas de San Pedro y San Pablo

 

En este día se celebra, desde el siglo IV, una fiesta en honor de los templos dedicados a los dos grandes apóstoles Pedro y Pablo. Han sido tantas las peregrinaciones a estos lugares, donde, según la tradición, murieron estos dos santos, que se ha reservado este día para festejar y venerar la basílica de san Pedro, en el Vaticano, y la de san Pablo, en la vía Ostiense.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 18,14-15b; 19,6-9

18,14 Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su veloz carrera,

15 tu omnipotente palabra se lanzó desde el cielo, desde el trono real, cual implacable guerrero, sobre aquella tierra destinada al exterminio.

19,6 porque toda la creación, obediente a tus mandatos, tomaba nuevas formas en su misma naturaleza, para guardar de todo mal a tus hijos:

7 se vio a la nube dar sombra al campamento y de lo que antes era agua emerger la tierra seca. El mar Rojo se convirtió en un camino transitable y el oleaje impetuoso en una llanura verdeante,

8 por donde pasó un pueblo entero, protegido por tu mano, contemplando prodigios admirables.

9 Parecían caballos pastando en la pradera, y retozaban como corderillos mientras te alababan a ti, Señor, su libertador.

 

       *•• El autor del libro de la Sabiduría, recorriendo en sus etapas principales la historia del pueblo de Israel, lee en ella la obra de la Sabiduría, que obra de acuerdo con la voluntad de Dios. En los pasajes que hemos leído hoy, se detiene a considerar los acontecimientos del éxodo. En los w. 14-16 del capítulo 18 relata, en una escena de sabor apocalíptico, la muerte de los primogénitos egipcios, atribuida a Dios por mano del ángel exterminador: signo decisivo que abre el camino a la salida del pueblo de Israel de Egipto (cf. Ex 11-12). Se hace una mención particular del tiempo («la noche llegaba a la mitad»: v. 14; cf. Ex 11,4.12.29) en el que se dio ese signo.

       La Sabiduría es identificada con la Palabra eficaz de Dios {cf. Is 11,4; 55,11): como el guerrero que produce un «exterminio» con su espada afilada (v. 15), la Palabra de la Sabiduría que llena el universo actúa en favor del pueblo de Dios, en una noche de tragedia y libertad.

       En los w. 6-9 del capítulo 19 se pone la atención en la travesía del mar Rojo. Y aparece casi una nueva creación donde al «espíritu» que «aleteaba sobre las aguas» del caos primordial (Gn 1,2) le corresponde la «nube» que acompaña en su camino al pueblo (Nm 9,15-23) y fecunda como «sombra» (cf. Le 1,35) sus etapas: aparecen entonces la «tierra seca», la «llanura verdeante» y el «camino libre» para el paso de los hombres protegidos por la mano de Dios (Ex 14,21ss como en Gn 1,9-12).  En definitiva, no sólo la naturaleza lleva en sí misma las huellas de Dios, que la ha creado, sino que toda la historia está surcada por su presencia, como se dirá, con mirada sintética, al final de este libro: «Por todos los medios, Señor, engrandeciste y cubriste de gloria a tu pueblo y no dejaste de asistirlo en todo tiempo y lugar» (19,22).

 

Evangelio: Lucas 18,1-8

En aquel tiempo,

1 para mostrarles la necesidad de orar siempre sin desanimarse, Jesús les contó esta parábola:

2 -Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres.

3 Había también en aquella ciudad una viuda que no cesaba de suplicarle: «Hazme justicia frente a mi enemigo».

4 El juez se negó durante algún tiempo, pero después se dijo: «Aunque no temo a Dios ni respeto a nadie,

5 es tanto lo que esta viuda me importuna que le haré justicia, para que deje de molestarme de una vez».

6 Y el Señor añadió: -Fijaos en lo que dice el juez inicuo.

7 ¿No hará, entonces, Dios justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche? ¿Les hará esperar?

8 Yo os digo que les hará justicia inmediatamente. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

 

       *» «Velad, pues, y orad en todo tiempo, para que os libréis de todo lo que ha de venir y podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre» (Lc 21,36). Jesús, para ilustrar la necesidad de «orar siempre» (18,1), cuenta la parábola del juez inicuo y la viuda importuna.

       Si la verdadera religión es «socorrer a los huérfanos y las viudas» (Sant 1,27), el juez del relato es verdaderamente un juez inicuo -ni teme a Dios ni se preocupa por nadie (w. 2 y 4)-; sin embargo, la insistencia de la viuda, que, en su necesidad, continúa importunándole (recuerda al amigo importuno de Lc 11,1-8), logra triunfar sobre su indiferencia. Del mismo modo, es preciso que nos dirijamos continuamente (v. 5) a Dios, seguros de que escuchará a quien grita a él «día y noche» (v. 7; cf. La relación que existe entre la justicia divina y la oración del humilde en Eclo 35,11-24). También san Pablo, que se ocupa en diferentes ocasiones del tema de la oración incesante (cf. Ef 6,18; 1 Tes 5,17), subraya que la oración es una auténtica lucha con Dios (cf. Rom 15,30).

       Ahora bien, la condición es que tengamos «fe» (v. 8): el riesgo que se cierne ahora es que estemos tan preocupados por otras cosas (cf. Le 17,27ss: comer, beber...) que olvidemos buscar, en primer lugar, el Reino de Dios. Dios hace justicia (expresión repetida en otras ocasiones: vv. 3,5,7ss) a quien no se cansa de pedirla; escucha y abre la puerta, incluso cuando la noche ya está avanzada, a quien no deja de insistir.

 

MEDITATIO

No es malo tener miedo; es como una señal de alarma que nos pone en guardia ante lo que puede dañarnos o destruirnos. Cuando un creyente acosado por el miedo grita como Pedro: «¡Sálvame, Señor!«, ese grito quizás no le quite el miedo. La fe no dispensa de buscar otros remedios a la angustia. Sin embargo, todo cambia si en el fondo del corazón despierta la confianza en Dios. Esa confianza es la que nos salva. Pablo hace un elenco largo de las fatigas, peligros y miedos que ha tenido que pasar por Cristo (2 Cor 11,22-33), y todo lo fue superando por la fuerza de aquel que lo salvó. Dios es una mano tendida que nadie puede quitar: La fidelidad y la misericordia de Dios están por encima de todo. Por encima, incluso, de toda fatalidad y de toda culpa.

 

ORATIO

«¡Sálvame, oh Dios, que estoy con el agua al cuello!» (salmo 69).

 

CONTEMPLATIO

Vale mucho a los ojos del Señor la vida de sus fieles, y ningún género de crueldad puede destruir la religión fundada en el misterio de la cruz de Cristo. Las persecuciones no son en detrimento, sino en provecho de la Iglesia, y el campo del Señor se viste siempre con una cosecha más rica al nacer multiplicados los granos que caen uno a uno.

Por esto, los millones de bienaventurados mártires atestiguan cuan abundante es la prole en la que se han multiplicado estos dos insignes vástagos plantados por Dios, ya que aquéllos, emulando los triunfos de los apóstoles, han rodeado nuestra ciudad por todos los lados con una multitud purpurada y rutilante, y la han coronado a la manera de una diadema formada por una hermosa variedad de piedras preciosas.

De esta protección, amadísimos hermanos, preparada por Dios para nosotros como un ejemplo de paciencia y para fortalecer nuestra fe, hemos de alegrarnos siempre que celebramos la conmemoración de cualquiera de los santos, pero nuestra alegría ha de ser mayor aún cuando se trata de conmemorar a estos padres, que destacan por encima de los demás, ya que la gracia de Dios los elevó, entre los miembros de la Iglesia, a tan  alto lugar, que los puso como los dos ojos de aquel cuerpo cuya cabeza es Cristo.

Respecto a sus méritos y virtudes, que exceden cuanto pueda decirse, no debemos hacer distinción ni oposición alguna, ya que son iguales en la elección, semejantes en el trabajo, parecidos en la muerte.

Como nosotros mismos hemos experimentado y como han comprobado nuestros mayores, creemos y confiamos que no ha de faltarnos la ayuda de las oraciones de nuestros particulares patronos para obtener la misericordia de Dios en medio de las dificultades de esta vida; y así, cuanto más nos oprime el peso de nuestros pecados, más levantarán nuestros ánimos los méritos de los apóstoles. (Sermón 82 del papa san León Magno, en el natalicio de los apóstoles Pedro y Pablo.)

 

ACTIO

Repite hoy esta frase de Pedro a Jesús: ¡Sálvame, Señor!

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Encuentro de Pedro y Pobló en Jerusalén:

Cuando Dios, que me había elegido desde el vientre de mi madre, me llamó por su gracia y me dio a conocer a su Hijo para que yo lo anunciara entre los paganos, inmediatamente, sin consultar a nadie, en lugar de ir a Jerusalén a ver a los que eran apóstoles antes que yo, me fui a Arabia y luego volví a Damasco.

Al cabo de tres años fui a Jerusalén para conocer a Pedro y estuve con él quince días. Y no vi a ningún otro apóstol fuera de Santiago, el hermano del Señor. En todo esto que os escribo, bien sabe Dios que no miento. Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia, y, en cambio, era desconocido personalmente por las iglesias cristianas de Judea. Tan sólo oían decir: «El que antes nos perseguía, ahora anuncia la fe que trataba de destruir», y glorificaban a Dios por mi causa.

Al cabo de catorce años, volví a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito. Fui, impulsado por una revelación divina, y, en privado, expuse a los dirigentes el Evangelio que predico a los paganos, para saber si estaba o no trabajando inútilmente.  Pues ni Tito, mi compañero, que era griego, fue obligado a circuncidarse, a pesar de que esos falsos hermanos intrusos se habían infiltrado entre nosotros para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús y hacernos esclavos de la ley. Pero ni por un momento les prestamos sumisión, para que la verdad del Evangelio persevere entre vosotros. Los dirigentes no me añadieron nada -lo que ellos fueron antes, no me interesa, pues Dios no juzga por las apariencias-; antes al contrario, vieron que yo había recibido la misión de anunciar el Evangelio a los paganos, como Pedro a los judíos, pues el mismo Dios que hizo a Pedro apóstol de los judíos me ha hecho a mí apóstol de los paganos; y Santiago, Pedro y Juan, que eran considerados como columnas, reconocieron que Dios me ha dado este privilegio, y nos dieron la mano a mí y a Bernabé en señal de que estaban de acuerdo en que nosotros nos dedicáramos a los paganos y ellos a los judíos, con tal que nos acordásemos de los pobres, lo que he procurado hacer con el máximo interés (Gall,15).

 

 

Día 19

33° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Proverbios 31,10-13.19-20.30-31

10 Una mujer de valía ¿quién la encontrará? Es más preciosa que las perlas.

11 Su marido confía en ella y no le faltarán ganancias.

12 Le trae beneficio y no perjuicio todos los días de su vida.

13 Busca lana y lino y trabaja con mano solícita.

19 Aplica sus manos a la rueca y sus dedos sostienen el huso.

20 Tiende su brazo al desvalido, alarga sus manos al indigente.

30 Engañosa es la gracia, vana la hermosura; la mujer que teme al Señor merece alabanza.

31 Ensalzadla por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza.

 

El libro de los Proverbios finaliza con una composición alfabética (cf. 31,10-31), cantando la valía de la mujer, esposa y buena administradora, y la alegría con la que sabe llenar su casa. ¿Quién es esta mujer fuerte, tan alabada? Hay diversas interpretaciones. Para algunos, estamos frente a una brava esposa y fiel madre, que tiene irresistiblemente fascinados al esposo y a los hijos; para otros, es la personificación del pueblo de Israel, que rinde homenaje a Dios, su esposo, con su trabajo cotidiano y su renovada fidelidad; sin embargo, para otros, el texto nos presenta el retrato de la sabiduría con los rasgos y detalles de esta mujer-símbolo.

¿A quién se refiere el texto bíblico? El autor evidencia las cualidades esenciales de la grandeza femenina: el trabajo como fuente de bienestar; la buena administración (vv 13-19); la caridad con los desvalidos y los indigentes (v. 20); la prudencia al hablar sabia y amorosamente con todos (v, 26). Por eso, la mujer perfecta, arna del hogar; difunde la felicidad, la irradia. El marido está gozoso con ella, encuentra sosiego y descanso y se beneficia de su apoyo y vigor. Los hijos la elogian y le felicitan por su sabiduría e iniciativa (w. 27ss). La esposa y madre, ciertamente, enriquece la personalidad del hombre, desarrollándola y haciéndola madurar.

El poema acaba con una alusión al temor de Dios, superior a la gracia natural y a la belleza, porque es la virtud Espiritual que ilumina toda la vida de la mujer, madre y esposa.

 

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 5,1-6

Hermanos:

1 En cuanto al tiempo y a las circunstancias, no tenéis necesidad de que se os escriba.

2 Sabéis muy bien que el día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche.

3 Cuando los hombres hablen de paz y seguridad, entonces caerá sobre ellos la ruina de improviso, igual que los dolores de parto sobre la mujer embarazada, y no podrán escapar

4 Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas. Por tanto, el día del Señor no debe sorprenderos como si fuera un ladrón.

5 Todos vosotros sois hijos de la luz, hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.

6 Por consiguiente, no durmamos, como hacen los demás, sino vigilemos y vivamos sobriamente.

 

•» El texto de Pablo expresa con imágenes, presentes en otros pasajes del Nuevo Testamento (cf Mt 24,43ss; Ap 3,3; 16,15), el carácter imprevisible de la llegada del Señor y en consecuencia, la necesidad de estar preparados y vigilantes. La venida del Señor es imprevista e imprevisible; <<Vendrá como un ladrón en plena noche» (v 2), llegará cuando menos se espere (v. 3). Constantemente hay que estar despiertos y preparados ante cualquier eventualidad. No hay demoras que valgan o mayores tardanzas.

El apóstol resalta las características que asume la vigilancia del cristiano, expectante por la llegada del Señor. Esta actitud no es solo de orden intelectual, sino también moral. Pablo, en efecto, explica qué significa <<vigilar» cuando dice de modo conciso: <<No durmamos, como hacen los demás, sino vigilemos y vivamos sobriamente>> (v 6).

La sobriedad es esa virtud que se abstiene de todo lo que nubla la mente y aflige la conciencia y el corazón. Quien quiera mantener una actitud vigilante, decidir justamente en la vida, necesita equilibrio, mesura y libertad. Estar sin freno en la vida produce somnolencia, recorta la voluntad y genera superficialidades. El valor de la vida, dirá el apóstol, es la muerte y el encuentro con Jesucristo, el Señor: La resurrección de Cristo es la que da sentido a la muerte. El cristiano que se mantiene <<despierto» y <<sobrio» es <<hijo del día», desafía la noche caminando con alegría al encuentro del Señor que viene.

 

Evangelio: Mateo 25,14-30

Dijo Jesús a sus discípulos:

14 Sucede también con el Reino de los Cielos lo que con aquel hombre que, al ausentarse, llamó a sus criados y les encomendó su hacienda.

15 A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada uno según su capacidad; y se ausentó.

16 El que había recibido cinco talemos fue a negociar en seguida con ellos y ganó otros cinco.

17 Asimismo, el que tenia dos ganó otros dos.

18 Pero el que había recibido sólo uno fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

19 Después de mucho tiempo, volvió el amo y pidió cuentas a sus criados.

20 Se acercó el que había recibido cinco talentos, llevando otros cinco, y dijo: <<Señor; cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco, que he ganado».

21 Su amo le dijo: <<Bien; criado bueno y fiel; como fuiste fiel en cosa de poco, te pondré al frente de mucho: entra en el gozo de tu señor»,

22 Llegó también el de los dos talemos y dijo: <<Señor; dos talentos me entregaste, aquí tienes otros dos, que he ganado.

23 Su amo le dijo: <<Bien, criado bueno y fiel; como fuiste fiel en cosa de poco, te pondré al frente de mucho: entra en el gozo de tu señor».

24 Se acercó finalmente el que solo había recibido un talento y dijo: <<Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste;

25 tuve miedo y escondí tu talento en tierra; aquí tienes lo tuyo».

26 Su amo le respondió: <<¡Criado malvado y perezoso! ¿No sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí?

27 Debías haber puesto mi dinero en el banco y, al volver yo, habría retirado mi dinero con los intereses,

28 Así que quitadle a él el talento y dádselo al que tiene diez.

29 Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá de sobra, pero al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitará.

30 Y a ese criado inútil arrojadlo fuera a las tinieblas. <<Allí llorará y le rechinarán los dientes».

 

*» La parábola narrada por Jesús a sus discípulos debe entenderse bien. Normalmente, se piensa que los talentos son dotes o capacidades intelectuales que Dios nos da. Sin embargo, para Mateo son las ocasiones que nos ofrece la vida, las responsabilidades que estamos llamados a asumir las tareas que nos han confiado. La parábola, en efecto, refiere que aquel hombre llamó a sus criados y, antes de ausentarse, <<les encomendó su hacienda. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno» (v. 15). Los dos primeros siervos son un ejemplo de laboriosidad y actividad: han negociado los talentos y han conseguido el doble de lo recibido, y cada uno de ellos es llamado <<bueno y fiel» por su Señor (vv. 21.23). El tercer siervo, en cambio, se muestra holgazán e inactivo; no quiere correr riesgos, se limita a conservar el talento y no produce nada, y por este motivo es llamado <<malvado y perezoso» (v. 26) y <<criado infiel» (v. 30). El contraste entre los siervos es la oposición que existe entre laborioso y perezoso, entre actividad y pasividad.

La parábola se fija, sobre todo, en el comportamiento del siervo malvado y en el dialogo del dueño con él. Este siervo, inactivo y temeroso, tiene una idea del dueño: la de que es un hombre duro que cosecha donde no siembra. En esta mentalidad solo hay sitio para el miedo y la estricta observancia de las normas. No quiere correr riesgos y esconde el talento recibido en un lugar seguro, creyéndose que Así restituirá lo recibido: <<Tuve miedo y escondí tu talento en tierra; aquí tienes lo tuyo» (v. 25).

Jesús invita a sus oyentes a cambiar de mentalidad: del temor receloso y la mezquina obediencia, a la perspectiva del amor. La verdadera naturaleza de la relación entre Dios y el hombre es el amor. El discípulo de Jesús debe actuar siempre con la lógica del amor y traducir el mensaje evangélico en actos concretos, generosos y atrevidos.

 

MEDITATIO

El mensaje del libro de los Proverbios es actual. Pensemos, por un momento, todo lo que se escribe, se dice y se habla sobre la promoción de la mujer. Y no tenemos por menos que apreciar la ponderada opción de la Escritura en favor de la mujer y de sus derechos. La constitución pastoral La Iglesia en el mundo contemporáneo, del Vaticano II, no duda en tomar partido, afirmando que la mujer es la verdadera compañera del hombre, con total igualdad de derechos, incluido, como no, el de la participación en la vida socio-cultural (cf GS 9.29.49). La lectura de la Palabra de Dios nos hace pensar. La mujer cada vez pasa menos tiempo en el hogar. En parte, porque trabaja fuera de casa, pero también porque abandona deliberadamente y por desamor las tareas domésticas. Una negligencia que amenaza con debilitar los lazos de unión entre los miembros del hogar y, al mismo tiempo, con hacer vacilar el edificio socio-religioso sobre el que se cimenta la familia.

Solo la verdadera sabiduría merece elogios, una vez superados posibles envanecimientos y vanaglorias. En el mundo moderno, es lícito que las mujeres realicen, al servicio del bien común, un mayor numero de actividades que en el pasado. Y es verdad que su cooperación, ya, se revela muy fructuosa en el mundo intelectual, no me- nos que en otros campos, como en la gestión empresarial o en el gobierno de un país. Estas reflexiones quieren ser un reclamo que ayude a descubrir la vocación profunda de la mujer, una llamada para hacer fructificar sus talentos.

 

ORATIO

Padre bueno, tú que sigues realizando grandes obras en los pequeños y en los humildes, ayúdanos a valorar la hermosa vocación de las esposas y madres de nuestras familias. Te encomendamos, Padre, haciendo de tu Palabra oración, a todas las mujeres del mundo, especialmente a las vilipendiadas y ultrajadas por su condición de mujer. Queremos tener presente a Maria, que bajo la cruz recibió del Hijo moribundo el nombre humilde e inefable de <<mujer» (Jn 19,26) y que antes de Inmaculada, Virgen y Madre de Dios, fue, como ellas, y todavía lo es, mujer Protege a todas las jóvenes, para que no se encierren en una vida sin sentido, sino que tengan el coraje de afrontar aquellas responsabilidades diarias que construyen comunidad, un hogar en la paz y en la justicia.

Padre bueno, te pedimos por las familias faltas de amor, para que sepan aceptarse mutuamente y asuman el reto educativo de los hijos, fundamento de la nueva humanidad.

 

CONTEMPLATIO

El siervo que recibió un solo talento, se fue, hizo un hoyo en la tierra y lo escondió, debería haber entregado el dinero de su Señor a los banqueros y retirarlo, con los intereses correspondientes, cuando hubiese regresado. La mesa de los banqueros es la Escritura divina, donde se ha depositado el pan de la Palabra que nutre a las personas y en torno a la cual se sientan los cristianos para saciarse Espiritualmente.

Quien confía su fe en este banco la encontrara multiplicada. Igual que el dinero aumenta invirtiéndolo, lo mismo sucede con la fe en Cristo Jesús: si la mantenemos pasiva en el corazón, languidecerá y disminuirá hasta extinguirse. En cambio, si la ejercitamos mediante la Escritura, 1a estimulamos con la ayuda de predicaciones asiduas y lecturas meditadas, si la hacemos oración y la vivimos con buenas obras en favor de nuestros hermanos, especialmente los mas necesitados, no sólo se multiplicará, sino que no dejaré de crecer durante toda la vida (homilía anónima sobre la parábola de los talentos, en PG 56,941).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vivo hoy la Palabra: <<La mujer que teme al Señor merece alabanza» (Prov 31,30).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Creo que el temor a malgastarse es la razón que impide a las personas emplear sus mejores capacidades. Si, tras un laborioso proceso de días y días, conseguimos llegar hasta las fuentes internas de nuestro ser, yo lo llamo <<Dios», después logramos conservar lo libertad necesaria, <<trabajando en nosotros mismos>>, entonces, continuamente estaremos renovados y no tendremos por qué preocuparnos de que se agoten nuestros recursos   .

Ser Fieles a todo lo que nos surge espontáneamente, y hasta el final. Ser fieles en el sentido mas amplio del término, fieles a si mismos, fieles con Dios, fieles en todo momento. Significa estar al <<cien por cien». Mi quehacer consiste en ser. Especialmente, en ser fiel a mi talento creativo, por modesto que sea. De cualquier modo, son tantas cosas las que quisiera decir y escribir, que debería articularlas. Sin embargo, intento huir y fallo, no lo consigo   Vivo la vida plenamente y cada vez me siento con mayor responsabilidad ante, y Así los llamo, mis talentos. Por dónde comenzar, Dios mío. Hay tantas cosas. No pretendo escribirlas con la intensidad vivida, sería un error. No se trata de eso. Todavía no sé como controlar toda esa materia. Solamente sé que tendré que hacerlo todo yo solo y que tengo la fuerza y paciencia necesarios para lograrlo. Tengo que ser fiel, no puedo dispersarme como arenilla al viento. Estoy dividido entre atentos e impresiones, zarandeado par personas y emociones. Tengo que mantenerme fiel; sobre todo, debo ser fiel a mi talento, <<Vivir» insuficientemente una realidad no basta; requiere algo más.

Cada vez veo mejor los abismos que engullen las fuerzas creativas y la alegría de vivir del hombre. Son hoyos que se tragan todo, agujeros que estén en nuestro propio ser. A cada día le basta su pena (E. Hillesum, Diario i947—i943, Milan 5l992, 220.222ss).

 

Día 20

Lunes de la 33ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Macabeos 1,10-15.41-43.54.62-64

En aquellos días,

10 de aquellos generales salió un retoño impío, Antíoco Epífanes, hijo del rey Antíoco. Había estado en Roma como rehén, y comenzó a reinar el año 137 de la era de los griegos.

11 Por entonces surgieron israelitas apóstatas que sedujeron a muchos diciendo: -Pactemos con los pueblos de alrededor, pues desde que nos hemos separado de ellos nos han venido muchos males.

12 Les pareció bien la propuesta,

13 y algunos del pueblo - fueron a ver al rey. El rey les autorizó a seguir las costumbres paganas

14 y, siguiendo dichas costumbres, edificaron un gimnasio en Jerusalén,

15 disimularon la circuncisión, abandonaron la alianza santa para asociarse a los paganos y se vendieron para hacer el mal.

41 El rey ordenó que todos sus súbditos formaran un solo pueblo

42 y que cada uno abandonara sus costumbres propias. Todos los gentiles aceptaron la orden del rey,

43 y muchos israelitas se acomodaron a la religión oficial, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado.

54 El quince del mes de Casleu del año ciento cuarenta y cinco, Antíoco mandó colocar un altar sacrílego encima del altar del sacrificio y edificó altares en las ciudades judías de los alrededores.

55 En las puertas de las casas y en las calles se ofrecía incienso;

56 rasgaban y quemaban los libros de la ley que encontraban.

57 Al que le encontraban el libro de la alianza y al que observaba la ley se les condenaba a muerte de acuerdo con el decreto real.

62 Pero hubo muchos israelitas que se mantuvieron firmes y decidieron no comer alimentos impuros.

63 Prefirieron morir antes que contaminarse con tales alimentos y profanar la alianza santa, y efectivamente murieron.

64 Una cólera terrible se abatió sobre Israel.

 

       ** El primer libro de los Macabeos, del que sólo tenemos la versión griega, relata los acontecimientos de la insurrección judía contra Antíoco IV de Siria, en el siglo II a. de C. Los fragmentos que constituyen la lectura de hoy presentan la figura del rey perseguidor, así como la de los impíos que, entre los mismos israelitas, abandonaron la fe de los padres para seguir la idolatría del dominador.

       Antíoco IV es definido, desde el mismo momento de su ascensión al trono, como un «un retoño impío» (y. 10). Sin embargo, la atención se concentra de inmediato en los judíos que se pusieron de parte del rey pagano, que eran, por tanto, todavía más condenables que él: éstos traicionaban esperando obtener ventajas personales, y por eso se dice de ellos que se «vendieron» (v. 15). Fueron ellos quienes introdujeron los usos paganos en la ciudad santa: construyeron el gimnasio, renegaron de la alianza, ocultaron de una manera artificial el signo sagrado de la circuncisión. Los w. 41-43 refieren el decreto del rey que unificaba a los pueblos sometidos aboliendo las leyes particulares y las autonomías: es una unidad buscada en oposición a la voluntad del Señor, como en el mito de la torre de Babel. Fueron muchos los judíos que aceptaron la imposición y abandonaron la ley del Señor, particularmente el precepto del sábado.

       El colmo de la profanación se produjo cuando Antíoco hizo colocar un ídolo sobre el altar del templo de Jerusalén y ordenó hacer sacrificios a los ídolos en todas las ciudades de Judá. La persecución se abatió sobre los judíos fieles: la simple posesión de libros sagrados, que tenían que ser destruidos, era castigada con la muerte (w. 54-57). Con todo, muchos conservaron la fe a pesar de la persecución: siguieron escrupulosamente la observancia de las disposiciones alimentarias por ser el símbolo de una fidelidad que se debía conservar incluso a costa de la vida. Esta perseverancia de los creyentes desencadenó el furor de los perseguidores (w. 62-64).

 

Evangelio: Lucas 18,35-43

35 Cuando se acercaba Jesús a Jericó, un ciego, que estaba sentado junto al camino pidiendo limosna,

36 oyó pasar gente y preguntó qué era aquello.

37 Le dijeron que pasaba Jesús, el Nazareno.

38 Entonces él se puso a gritar: -Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí.

39 Los que iban delante le reprendían diciéndole que se callara. Pero él gritaba todavía más fuerte: -Hijo de David, ten compasión de mí.

40 Jesús se detuvo y mandó que se lo trajesen. Cuando lo tuvo cerca, le preguntó:

41 -¿Qué quieres que haga por ti? El respondió: -Señor, que recobre la vista.

42 Jesús le dijo: -Recóbrala; tu fe te ha salvado.

43 En el acto recobró la vista y siguió dando gloria a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, se puso a alabar a Dios.

 

       **• Los dos personajes, Jesús y el ciego, se perfilan sobre el fondo de la muchedumbre, que sirve de contraste. El movimiento de ambos es opuesto y convergente: el ciego «estaba sentado» con una actitud de inactividad pasiva y resignada (pide limosna), de marginación y aislamiento (junto al camino); Jesús se hace prójimo, «se acercaba» a la ciudad rodeado por la gente que se apiña, tal vez sólo por curiosidad, a su alrededor.

       El ciego, sin embargo, parece ir despertando de manera progresiva a la vida: de la curiosidad (v. 36) a la petición insistente (v. 38ss), hasta la fe y el seguimiento (vv. 41-43). Se distingue de la muchedumbre no ya por su enfermedad, sino porque toma conciencia de su propia condición y pide ayuda: intentan hacerle callar, pero él grita cada ve/ más fuerte. Jesús, por el contrario, pasa del movimiento a la detención: «se detuvo» para oírle y le escucha casi en sordina, sólo después de su petición (v. 41), sin realizar ninguno de los gestos que acompañan a menudo a los milagros. Parece como si quisiera ceder al ciego el papel principal: «¿Qué quieres que haga por ti?» y «tu fe te ha salvado» son dos expresiones que ponen el acento voluntariamente en la oración y en la fe, más que en las dotes extraordinarias del taumaturgo.

       El protagonista es el ciego, figura y modelo de la humanidad necesitada de salvación: se produce en él un cambio interior, una conversión, más importante que la curación, que es sólo una manifestación externa. La transformación del hombre convertido y salvado tiene consecuencias sobre los que asisten a ella: la muchedumbre de los curiosos, que antes le reprendía por lo molesto de sus gritos, «al verlo, se puso a alabar a Dios» (v. 43).

 

MEDITATIO

       Hay muchos modos de ser ciegos y muchos modos de ver. «Lo esencial es invisible a los ojos», dice el principito de Saint-Exupéry, y tal vez por eso el ciego de Jericó parece tener gancho. Tiene necesidad de los otros para saber quién es el que pasa seguido de tanta gente, pero, a diferencia de los otros, no se detiene en la primera apariencia -«le dijeron que pasaba Jesús, el Nazareno»-, sino que va más allá del reconocimiento de la identidad de Jesús: «Hijo de David, ten compasión de mí».

       Así pues, en la primera lectura, la astucia ilusoria de los impíos, que siguen un «razonamiento» aparentemente clarividente y prudente -«pactemos con los pueblos de alrededor»-, se contrapone a la «locura» de los que prefieren morir antes que romper la alianza con el Señor.

       El Evangelio impone una opción de vida: o con él o contra él. Impone un vuelco, un dar la vuelta a nuestros modos de ver, un cambio radical en el modo de pensar y actuar, una conversión. Ésta es la verdadera vida que los testigos de la fe saben elegir y la que les hace fuertes y capaces de afrontar el martirio. Esta es la curación obrada por Jesús, que abre los ojos al ciego y nos los puede abrir también a nosotros, que somos ciegos sin saber que lo somos.

 

ORATIO

       Te lo ruego, Señor, haz que vea. Que vea quién eres, que sepa reconocerte entre la multitud cuando pases mezclado con los desconocidos de los que no me preocupo, cuando te escondas en el mendigo que me importuna o en la persona cansada a la que no quiero ceder el asiento en el autobús.

       Te lo ruego, Señor, haz que reconozca mi debilidad. Que reconozca que tengo necesidad de ti, que sea capaz de invocar tu ayuda y pedirte perdón cuando te escondes en los hermanos a los que he ofendido, en los que me resultan antipáticos, en los rivales a los que tal vez intento enredar en mi propio beneficio.

       Te lo ruego, Señor, haz que acepte cambiar. Que acepte convertirme, que no pretenda que no tengo necesidad, que siempre acierto en mis convicciones y mis hábitos. Que sea capaz de levantarme del cómodo rincón que me  he creado, para seguirte por tu camino, el único que lleva

a la vida.

 

CONTEMPLATIO

       El ciego es símbolo de todo el género humano, expulsado del paraíso terrenal en la persona de su primer padre, Adán. Desde entonces, los hombres han dejado de ver el esplendor de la luz eterna. A pesar de todo, la humanidad está iluminada por la presencia de su Salvador, de suerte que puede ver -al menos con el deseo- el gozo de la luz interior y caminar con los pasos de las buenas obras por el camino de la vida. Mientras nuestro autor se acerca a Jericó, el ciego recobra la vista. Eso quiere decir que cuando el Señor asume la debilidad de nuestra naturaleza, el género humano recobra la luz que había perdido. La respuesta al gesto de Dios, que empieza a padecer las debilidades humanas, es el nuevo modo de ser del hombre, elevado a alturas divinas.

       El que ignora el esplendor de la luz eterna es ciego, y el que cree en el Redentor se sienta junto al camino. Sin embargo, si, aun creyendo, se olvida de pedir para recibir la luz eterna, es un ciego que se sienta junto al camino sin mendigar. Por eso, todo el que reconoce las tinieblas de su propia ceguera invoca con todas las fuerzas del alma: «Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí».

       Insistamos con vigor en la oración, detengamos en nuestra alma a Jesús, que pasa. Cuando insistimos con fuerza en la oración, Jesús se detiene para volver a darnos la luz. En consecuencia, queridos hermanos, si conocemos ya la ceguera de nuestro peregrinar; si, con la fe en el misterio de nuestro Redentor, ya estamos sentados junto al camino; si, con la oración cotidiana, pedimos la luz de nuestro autor; si, además, después de la ceguera, somos iluminados por el don de la luz que penetra en nosotros, esforcémonos en seguir con las obras al Jesús que conocimos con la inteligencia. Observemos a dónde se dirige el Señor y, con la imitación, sigamos sus huellas. En efecto, sólo sigue a Jesús quien le imita... (Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios II, 1-8, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí» (Lc 18,38ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       La experiencia de la luz en la luz nos hace intuir una presencia que no vemos con sus contornos, puesto que el Señor no tiene limitaciones. Sin embargo, «gustamos» su presencia. Todas las manifestaciones de Dios en la Biblia van en este sentido. Existe una presencia, Dios habla, pero no le vemos (Ex 3,1-6; 33,18-23). El hombre lo siente, participa de su luz, pero no ve al Señor (Ex 34,29; 2 Cor 3,7-4,6). La experiencia de una presencia que no se ve es luz porque se «siente» que el Señor es el Dios «misericordioso y piadoso, lento a la rica y rico en gracia y fidelidad» (Ex 34,6ss). Como a Moisés, esta experiencia nos lleva a invocarle «mientras está cerca» (Is 55,6) con una certeza confiada de que seremos oídos, porque él es «rico en misericordia con los que le invocan» (Sal 85,8; Rom 10,12) y no deja a nadie sin respuesta (Eclo 2,12). De hecho, como su grandeza, así es su misericordia (Ecl 2,18; Sab 7,7).

       Es luz porque se percibe la presencia de una Bondad que nos envuelve y que antes no conocíamos. Por consiguiente, es un nuevo modo de ser, puesto que esta «presencia» nos libera de nuestras tinieblas, de nuestra soledad. Instaura una nueva relación con nosotros mismos. Nos damos cuenta de que somos diferentes porque somos amados, algo que antes no era posible.

       Estábamos ciegos, había una oscuridad en la que estábamos sumergidos. Ahora existe la luz, la luz del amor. «En un tiempo fuisteis tinieblas, ahora sois luz en el Señor.» Y la luz, como decíamos, no se puede expresar en cuanto tal; se percibe en la luz, pero su expresión necesita concretarse. Por eso «el fruto de la luz consiste en toda bondad» (Ef 5,8ss). Se trata de la experiencia de la bondad del Señor, que ilumina el corazón y se difunde en todo nuestro ser.

       La experiencia de esta Bondad se convierte, si así podemos llamarla, en oración. Es oración en el sentido de que el amor quiere crecer, la alegría quiere ser completa y la alabanza quiere ser simplemente exultación. Es oración porque la prenda requiere la compleción (B. Boldini, Dal profondo a te grido, Mondoví 1984, pp. 84ss [edición española: Desde lo hondo a ti grito, Ediciones San Pablo, Madrid 1986]).

 

Día 21

Presentación de la Santísima Virgen María (21 de noviembre)

 

Sólo los apócrifos imaginan y se extienden en la descripción de la presentación de María en el templo de Jerusalén. Junto a este templo decretó construir el emperador Justiniano una iglesia mariana, que fue dedicada el 21 de noviembre del año 543 y destruida setenta años después.

Esta memoria se instauró como celebración litúrgica en Constantinopla en el siglo VIII. Su difusión en Occidente fue lenta y tuvo lugar primero en el ámbito local; en 1472, fue extendida a toda la Iglesia latina. Ésta figura entre las memorias que, «prescindiendo del aspecto apócrifo, proponen contenidos de alto valor ejemplar, continuando venerables tradiciones» (Marialis cultus, 8).

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Macabeos 6,18-31

En aquellos días,

18 a Eleazar, uno de los principales maestros de la Ley, de avanzada edad y aspecto venerable, querían obligarle a comer carne de cerdo, abriéndole a la fuerza la boca.

19 Pero él prefirió una muerte gloriosa a una vida infame: escupió la carne y afrontó voluntariamente el suplicio,

20 como deben hacer, aún jugándose la vida, los que tienen el valor de rechazar los alimentos prohibidos.

21 Los que presidían el impío banquete, llevados por la antigua amistad que tenían con él, lo llevaron aparte y le rogaron que trajera manjares permitidos, preparados por él mismo, para simular que había comido de los manjares de los sacrificios, como mandaba el rey.

22 Haciendo esto, se libraría de la muerte. Le hacían este favor por la antigua amistad que tenían con él.

23 Pero él tomó una noble determinación, digna de su edad y de su venerable ancianidad, de sus canas y de su conducta ejemplar desde la infancia y, sobre todo, de las leyes santas establecidas por Dios. Respondió que prefería que lo enviasen pronto al lugar de los muertos.

24 Y añadió: -Es indigno de mi edad simular y fingir, ya que los jóvenes podrían decir que Eleazar, a sus noventa años, se había pasado al paganismo;

25 serían inducidos a error a causa de mi mal ejemplo, y todo por un poco de vida que me queda. Esto me acarrearía vergüenza y oprobio en mi vejez. 26 Pues, aunque pudiera escapar de las manos de los hombres, ni vivo ni muerto escaparía de las manos del Dios Omnipotente.

27 Por tanto, moriré valientemente y me mostraré digno de mi ancianidad,

28 dejando a los jóvenes un ejemplo noble para morir voluntaria y generosamente por nuestras venerables y santas leyes. Dicho esto, se dirigió prontamente al suplicio.

29 Los que lo conducían cambiaron su benevolencia por odio, considerando insensatas las palabras que acababa de pronunciar.

30 A punto de morir por los golpes que le daban, les decía entre gemidos: -El Señor, que todo lo sabe, es testigo de que, habiendo podido librarme de la muerte, estoy sufriendo en mi cuerpo los atroces tormentos de la flagelación, pero todo esto lo sufro con gusto por su santo temor.

31 Eleazar murió, dejando no sólo a los jóvenes sino a todos sus compatriotas un ejemplo de nobleza, un monumento de valentía y un recuerdo de virtud.

 

       **• El segundo libro de los Macabeos cuenta, de una manera absolutamente independiente del primero, la insurrección de Judas Macabeo contra Antíoco IV, con diferentes episodios de heroísmo y martirio.

       El fragmento que vamos a examinar presenta al personaje ejemplar de Eleazar, un anciano irreprensible, que hace frente con serenidad al martirio antes que transgredir las normas alimentarias. Eleazar no se preocupa de su propia salvación, no es víctima de una religiosidad formal y rígida, de un legalismo excesivo: cuando se le propone fingir para salvar su propia vida, sin comer las carnes prohibidas, se niega, por temor a que su ficción pueda constituir un mal ejemplo para los israelitas jóvenes.

       El relato se abre con la noble figura del anciano, que opone un firme rechazo a las imposiciones del rey pagano. Viene, a continuación, la propuesta de los perseguidores, encargados de hacerle comer las carnes de los sacrificios: le sugieren alimentarse de carnes puras, fingiendo comer las prohibidas. Pero ese comportamiento habría parecido una traición a los judíos, y eso es lo que Eleazar no puede permitir: se insiste aquí en la figura del anciano y en la conducta irreprensible seguida por él durante toda la vida {cf. v. 23). El discurso de Eleazar (w. 24-28) es límpido: los jóvenes creerían que se ha pasado a los ídolos, y este ejemplo negativo pesaría sobre su conciencia como una traición. Por consiguiente, prefiere afrontar la muerte.

       Las últimas palabras del mártir contraponen el dolor físico a la alegría del corazón (v. 30). El versículo final (v. 31) se une al primero (18) para proponer a Eleazar como ejemplo para todo el mundo.

 

Evangelio: Lucas 19,1-10

En aquel tiempo,

1 Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.

2 Había en ella un hombre llamado Zaqueo, jefe de publícanos y rico,

3 que quería conocer a Jesús. Pero, como era bajo de estatura, no podía verlo a causa del gentío.

4 Así que echó a correr hacia adelante y se subió a una higuera para verlo, porque iba a pasar por allí.

5 Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo: -Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.

6 Él bajó a toda prisa y lo recibió muy contento.

7 Al ver esto, todos murmuraban y decían: -Se ha alojado en casa de un pecador.

8 Pero Zaqueo se puso en pie ante el Señor y le dijo: -Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y, si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más.

9 Jesús le dijo: -Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán.

10 Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

 

       *+• El episodio de Zaqueo está casi calcado del precedente (el ciego de Jericó). También aquí se ve interrumpido un movimiento de Jesús (que atravesaba la ciudad) por la iniciativa de un hombre. Esta vez no se trata de un mendigo, sino de un rico publicano; sin embargo, es también un marginado (los publicanos eran despreciados), golpeado asimismo por una inferioridad física (era pequeño de estatura) y, sobre todo, necesitado también de redención. Zaqueo pasa de una curiosidad inicial (ver quién era Jesús: v. 3) a un movimiento (se subió a una higuera: v. 4), a la acción febril y alegre con la que recibió a Jesús en su casa (v. 6) y, por último, a la conversión y al cambio de vida (v. 8).

       Jesús se detiene, pero en esta ocasión, en vez de una pregunta, dirige a Zaqueo una orden: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa» (v. 5). Zaqueo no pide ningún milagro, exteriormente no parece que se encuentre en ninguna necesidad; sin embargo, Jesús responde a su petición implícita, porque la atención y la premura con las que obra muestran ya el comienzo de la fe. La muchedumbre, con la murmuración en contra de Jesús (v. 7), sirve también aquí de contrapunto, pero no reacciona a la conversión de Zaqueo.

       También este episodio valora la iniciativa humana: el deseo de Zaqueo es algo más que una simple curiosidad: le impulsa a realizar un gesto impropio de un hombre conocido. El poder de Jesús se expresa con su simple presencia y con la palabra: llama a Zaqueo por su nombre (v. 5), y esto basta para suscitar en él la alegría (v. 6), el arrepentimiento y la reparación (v. 8); en pocas palabras, la vida nueva. Con Jesús ha entrado la salvación en casa de Zaqueo, y el mismo Jesús da testimonio de ello.

 

MEDITATIO

El acontecimiento de la «presentación» no aparece en ningún texto neotestamentario, y, además, es improbable lo que cierta tradición le atribuye, a saber: confiar una niña al clero de Jerusalén, en un templo inaccesible, por otra parte, a las mujeres. Ahora bien, el leccionario litúrgico ofrece una propuesta unitaria para dar verosimilitud a la interpretación del acontecimiento: es la tipología de la presencia. Ambas lecturas se detienen en torno a esa modalidad relacional.

El oráculo de Zacarías proclama la presencia de Dios en el templo y transmite la palabra del mismo Dios, que se presenta desplegando el sentido y el significado de esa deliberación suya.

El evangelio según Marcos refiere una presencia de María en el lugar en el que se encuentra Jesús, y las palabras de éste hacen las veces de presentación de la identidad de quien él considera su auténtica familia. El mensaje se presenta bastante claro: el Señor está presente ante la persona humana, y a ésta se le abre la vía para presentarse ante el Señor. El templo asume la función de hacer visible el encuentro entre dos presencias. Sobre el fondo de un símbolo delicado como es la presencia de una niña en la solemnidad de un templo, o sea, precisamente la susodicha «presentación», la liturgia nos invita hoy a meditar sobre el sentido de una presentación de nosotros mismos ante el Señor. Nuestra propia presencia ante el Señor se convierte en presentación cada vez que ésta es iluminada, explicada, motivada, cultivada por una conciencia.

El símbolo de la presentación de María en el templo, por consiguiente, equivaldría a la conciencia de la identidad de María y de su función junto al Mesías, que va creciendo poco a poco: primero, por parte de sus familiares -o sea, la de los otros-; a continuación, por parte de la misma María y, por último, por parte de los posteriores creyentes. El sentido sustancial es éste: María está siempre en presencia del Señor, totalmente dedicada a servir, peregrina en el conocimiento.

 

ORATIO

Santa María, hija del Israel y guardiana del Evangelio, salve. Mujer casta, florecida a la luz del amor del Señor, socórrenos e n el trabajo de apartar los velos que obstaculizan la pureza de nuestro corazón para ver a

Dios; mujer humilde, crecida a la sobra del Omnipotente, guíanos a la alegría del testimonio de que hemos encontrado al Señor.

Virgen orante en las liturgias de tu pueblo, peregrina ante Dios en su templo santo, presencia materna en la Iglesia en oración, acompáñanos cuando nos presentemos ante la Santísima Trinidad para implorar misericordia y contemplar su rostro.

Templo santificado por el Espíritu, custodia en los santos braseros los granos de incienso de nuestros sacrificios y las luces encendidas de nuestras esperanzas mediante tu caridad agradable a Dios. Sierva presente en toda fiesta de fraternidad, acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

Preocupaos más, hermanos míos, preocupaos más, por favor, de lo que dijo el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Estos son mi madre y mis hermanos, y quien hiciere la voluntad de mi Padre, que me envió, es para mí un hermano, hermana y madre (Mt 12,49-50).

¿Acaso no hacía la voluntad del Padre la Virgen María, que en la fe creyó, en la fe concibió, elegida para que de ella nos naciera la salvación entre los hombres, creada por Cristo antes de que Cristo fuese en ella creado? Hizo sin duda Santa María la voluntad del Padre; por eso, es más para María ser discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo. Más dicha le aporta el haber sido discípula de Cristo que el haber sido su madre. Por eso era María bienaventurada, pues antes de dar a luz llevó en su seno al Maestro. Mira si no es cierto lo que digo.

Mientras caminaba el Señor con las turbas que le seguían, haciendo divinos milagros, una mujer gritó: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó! Más, para que no se buscase la felicidad en la carne, ¿qué replicó el Señor?

Más bien, bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan (Le 11,27-28). Por eso era bienaventurada María, porque oyó la Palabra de Dios y la guardó: guardó la verdad en la mente mejor que la carne en su seno. Verdad es Cristo, carne es Cristo; Cristo Verdad estaba en la mente de María, Cristo carne estaba en el seno de María: más es lo que está en la mente que lo que es llevado en el vientre. Santa es María, bienaventurada es María, pero mejor es la Iglesia que la Virgen María. ¿Por qué? Porque María es una porción de Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero al fin miembro de un cuerpo entero.

Si es parte del cuerpo entero, más es el cuerpo que uno de sus miembros. El Señor es cabeza y el Cristo total es cabeza y cuerpo. ¿Qué diré? Tenemos una cabeza divina, tenemos a Dios como cabeza (Agustín de Hipona, Sermón 72/A, 7).

 

ACTIO

Permanece largo tiempo en la iglesia ante una imagen de María y repite hoy: «Bienaventurado el que cumple la voluntad de Dios».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Y cuando la niña llegó a la edad de tres años, Joaquín dijo: «Llamad a las hijas de los hebreos que estén sin mancilla y que tome cada cual una lámpara, y que estas lámparas se enciendan, para que la niña no vuelva atrás y para que su corazón no se fije en nada que esté fuera del templo del Señor». Y ellas hicieron lo que se les mandaba, hasta el momento en que subieron al templo del Señor. Y el gran sacerdote recibió a la niña y, abrazándola, la bendijo y exclamó: «El Señor ha glorificado tu nombre en todas las generaciones. Y en ti, hasta el último día, el Señor hará ver la redención por él concedida a los hijos de Israel». E hizo sentarse a la niña en la tercera grada del altar, y el Señor envió su gracia sobre ella, y ella danzó sobre sus pies y toda la casa de Israel la amó. Y sus padres salieron del templo llenos de admiración y glorificando al Omnipotente, porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo del Señor, nutriéndose como una paloma, y recibía su alimento de manos de un ángel (Protoevangelio de Santiago Vil, 2-VIII, 1).

 

Día 22

Miércoles de la 33ª semana del Tiempo ordinario o 22 de noviembre, conmemoración de

Santa Cecilia

 

Al igual que la de otros mártires de los primeros siglos cristianos, la vida de santa Cecilia nos es casi desconocida. Las Actas del martirio (siglos V-VI), aunque no tienen un carácter histórico y calcan esquemas hagiográficos típicos, reciben, no obstante, la confirmación de la historicidad de la mártir por el culto que se le atribuía ya antes del año 313, atestiguado por la inserción del nombre de Cecilia en los antiguos martirologios y en el canon romano, por la dedicación de la basílica homónima en el Trastevere y por la dotación del sarcófago que inicialmente contuvo sus restos (siglo III).

A Cecilia se la considera patrona de la música y del canto a causa de la interpretación que la piedad popular dio a la expresión de las Actas: «Actibus organis Caecilia decantabat ¡n corde suo».

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Macabeos 7,1.20-31

En aquellos días,

2,7 siete hermanos apresados junto con su madre fueron forzados por el rey a comer carne de cerdo prohibida por la ley y fueron azotados con látigos y nervios de toro.

20 La madre, mujer admirable y digna de gloriosa memoria, al ver morir a sus siete hijos en un día, lo soportaba con valor, gracias a su esperanza en el Señor.

21 Exhortaba a cada uno en la lengua materna llena de un noble valor y, uniendo la fuerza varonil a la ternura femenina, les decía:

22 -Yo no sé cómo habéis aparecido en mi seno, pues no he sido yo la que os he dado el aliento vital, ni he tejido yo los miembros de vuestro cuerpo.

23 Dios, creador del universo, que hizo el género humano y ha creado todo lo que existe, os devolverá misericordiosamente la vida, ya que por sus santas leyes la despreciáis.

24 Antíoco pensó que le insultaba y que se burlaba de él con esas palabras. Y como todavía quedaba con vida el más joven, intentó convencerlo, prometiéndole con juramento que lo haría rico y feliz, que lo haría su amigo y le daría un alto cargo si renegaba de sus tradiciones.

25 Pero como el muchacho no le hacía caso, el rey llamó a la madre y la exhortó para que le diese consejos saludables.

26 Tanto le insistió el rey, que la madre accedió a convencer a su hijo.

27 Se inclinó hacia él y, burlándose, del cruel tirano, dijo al niño en su lengua materna: -Hijo mío, ten piedad de mí, que te he llevado en mi seno nueve meses, te he amamantado tres años, te he alimentado y te he educado hasta ahora.

28 Te pido, hijo mío, que mires al cielo y a la tierra y lo que hay en ella; que sepas que Dios hizo todo esto de la nada y del mismo modo fue creado el hombre.

29 No temas a este verdugo; muéstrate digno de tus hermanos y acepta la muerte, para que yo te recobre con ellos en el día de la misericordia.

30 Cuando ella terminó de hablar, el joven exclamó: -¿Qué esperáis? No obedezco las órdenes del rey, sino a la ley dada a nuestros antepasados por Moisés.

31 Tú, autor de todos estos males contra los hebreos, no podrás huir del castigo de Dios.

 

       **• De nuevo, un relato de martirio de tiempos de la insurrección de Judas Macabeo. El personaje en el que se concentra aquí la atención es el de la madre de los siete mártires, que soporta heroicamente asistir a su muerte antes de morir ella a su vez. «La madre, mujer admirable y digna de gloriosa memoria» (v. 20), sufrió, en efecto, por cada uno de sus hijos más que por sí misma, pero no cedió y hasta exhortó y animó a sus hijos hablándoles en la lengua sagrada cuyo uso estaba prohibido.

       El discurso de la mujer (w. 22ss) es una admirable profesión de fe en el Dios de la vida: el Creador, que ha plasmado de una manera misteriosa a los seres humanos, sabrá restituir, a buen seguro, la vida a quienes la han perdido por serle fieles. Esta es la expresión más precisa, en todo el Antiguo Testamento, de la fe en la resurrección. Antíoco IV está irritado por esta resistencia y se encarniza contra el más joven de los hermanos, el único que seguía vivo. Como no le hacen efecto las lisonjas (v. 24), vuelve el rey a la carga con la madre, para que persuada a su hijo a ceder (v. 25). Echando mano a una argucia, el narrador hace creer que ésta acepta (v. 26), para mostrar de inmediato la burla: la mujer dirige en hebreo a su hijo exactamente la misma exhortación opuesta a la petición del rey (w. 27-29). Se afirma una vez más la fe en la resurrección: «Para que yo te recobre con ellos en el día de la misericordia» (v. 29).

       El fragmento concluye con la valiente profesión de fe del joven («No obedezco las órdenes del rey, sino a la ley dada a nuestros antepasados por Moisés»: v. 30) y con el anuncio de la condena del rey («Tú, autor de todos estos males contra los hebreos, no podrás huir del castigo de Dios»: v. 31).

 

Evangelio: Lucas 19,11-28

En aquel tiempo,

11 mientras la gente lo escuchaba, les contó otra parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y ellos creían que el Reino de Dios iba a manifestarse inmediatamente.

12 Les dijo, pues: -Un hombre noble marchó a un país lejano para ser coronado como rey y regresar después.

13 Llamó a diez criados suyos y a cada uno le dio una importante cantidad de dinero, diciéndoles: «Negociad con ello hasta que yo vuelva».

14 Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron tras él una embajada a decir que no lo querían como rey.

15 Cuando regresó, investido del poder real, mandó venir a sus criados, a quienes había dado el dinero, para saber cómo había negociado cada uno.

16 El primero se presentó y dijo: «Señor, tu dinero ha producido diez veces más».

17 Él dijo: «Muy bien, has sido un buen criado; puesto que has sido fiel en lo poco, recibe el gobierno de diez ciudades».

18 Vino el segundo y dijo: «Tu dinero, señor, ha producido cinco veces más».

19 Y también a este le dijo: «Tú recibirás el mando sobre cinco ciudades». 20 Vino el otro y dijo: «Señor, aquí tienes tu dinero; lo he tenido guardado en un pañuelo

21 por temor a ti, que eres un hombre severo, pues exiges lo que no diste y quieres cosechar lo que no sembraste ».

22 El señor le replicó: «Eres un mal criado, y tus mismas palabras te condenan. ¿Sabías que soy severo, que exijo lo que no he dado y cosecho lo que no he sembrado?

23 Entonces, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco para que, al volver, lo recobrase con los intereses?».

24 Y dijo a los que estaban presentes: «Quitadle lo que le di y dádselo al que lo hizo producir diez veces más».

25 Le dijeron: «Señor, ¡pero si ya tiene diez veces más!».

26 Pues yo os digo: «Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará incluso lo que tiene.

27 En cuanto a mis enemigos, ésos que no me querían como rey, traedlos aquí y degolladlos en mi presencia».

28 Y dicho esto, Jesús siguió su camino, subiendo hacia Jerusalén.

 

       *»• La parábola de las minas («una importante cantidad de dinero» en nuestro texto), comparada con la de los talentos (Mt 25,14-30), se presenta en Lucas más compleja y une dos temas diferentes: el comportamiento de los discípulos obedeciendo las disposiciones recibidas (w. 13.15b-26), y el tema del rey rechazado por sus súbditos (w. 12.14-15a.27). El fragmento está encerrado entre dos versículos (11 y 28) que se refieren a Jerusalén o a la inminente conclusión de la vida terrena de Jesús. La alusión a la manifestación del Reino, que los discípulos creían ya próxima, precisa la clave de lectura escatológica de toda la parábola. El señor que confía el dinero a sus siervos está destinado aquí a recibir la investidura real (v. 12), en contraste con la oposición que le viene de sus mismos conciudadanos (v. 14).

       El contraste queda superado (v. 15), no obstante, y el juicio del rey sobre sus enemigos será terrible (v. 28). Puede tratarse de una referencia histórica inmediata a Arquelao, hijo de Herodes el Grande, que obtuvo el reino de los romanos, a pesar de la oposición de una parte de los judíos, pero el evangelista tiene, seguro, en su mente la segunda venida de Jesús (cf. v. 13b), que establecerá el Reino definitivamente y hará justicia a los cristianos perseguidos y a sus perseguidores.

       En la parábola de Lucas, a diferencia de la de Mateo, cada servidor recibe una mina: existe, por tanto, una igualdad inicial que hace resaltar aún más su diferente comportamiento. El premio y la alabanza del señor van dirigidos a los que han trabajado con empeño, mientras que el siervo perezoso es condenado no tanto por la pereza como por el miedo, que le hace perder la confianza en el señor. El siervo es juzgado por sus mismas palabras (v. 22): el señor, como ha sido considerado como un hombre «severo», muestra toda su severidad. La conclusión de la parábola es sorprendente: la mina arrebatada al siervo holgazán pasa a enriquecer al más rico de los otros, lo que parece injusto desde el punto de vista humano. Pero así funciona la «banca» de la gracia: sobreabunda y se multiplica en quien la recibe y la acoge, y se seca hasta desaparecer en quien se aleja de ella.

 

MEDITATIO

El amor con el que Dios nos ama es personal, intenso, profundo; no tiene límites ni condiciones. Es un amor fiel, que nunca desaparece, que siempre ofrece la posibilidad de nuevos inicios. La iniciativa es constantemente de Dios, que, sin embargo, nos deja a cada uno la responsabilidad y la alegría de adherirnos.

Santa Cecilia, con su vida personal, nos muestra la disponibilidad de una creyente para dejarse amar y para responder con todo su ser a tanto amor. Es tan precioso para Cecilia el don recibido del Señor que no se olvida de nada a fin de estar preparada para el encuentro con él. Cecilia, que a través de la fe ha conocido al Señor, invita a otros -y en primer lugar a su esposo- a la comunión con él, animándole a la perseverancia en las dificultades.

La oración, que alimenta su relación con el Señor, la mantiene vigilante en la espera de la venida de él, fuerte y alegre cuando ésta tenga lugar a través de una muerte cruenta.

Cecilia, que se nos da a nosotros como testigo de una fidelidad a toda prueba, nos recuerda que la fe es un don que se refuerza compartiéndolo. El Señor lo otorga a todos, pero nos corresponde a nosotros animarnos los unos a los otros para acogerlo. Cecilia nos invita a hacer todo para no ajar este don en la Trivialidad y en el «dado por descontado», sino a vivirlo con firmeza y con alegría, convirtiendo nuestra existencia en un canto de alabanza al Señor.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú fuiste enviado por el Padre a este mundo para hablar a los hombres de su amor, de suerte que volvieran a vivir la amistad con él.

Confirma en la fe a los que ya han recibido el bautismo: sé su fuerza en la adversidad, y sostenlos y confórmalos en la certeza de la vida bienaventurada y sin fin.

Haz que la espera de tu venida gloriosa fortalezca su don de amor en el presente, seguros de que quien pierde su propia vida la recobrará para siempre.

 

CONTEMPLATIO

Una cosa es decir «no» a alguien que adelanta propuestas hábiles y lisonjeras y permanecer así en la verdad y mantener los votos pronunciados; otra es permanecer firmes también frente a los tormentos y las heridas. Son éstos los recursos que se esconden en la intimidad del alma y de sus facultades: la tentación los descubre, la prueba concreta los da a conocer.

Adelante, santos de Dios, niños y jovencitos, hombres y mujeres, solteros y solteras. Proseguid con perseverancia hasta el fin. Alabad al Señor tanto más dulcemente cuanto más intensamente penséis en él. Esperad en él con tanta más felicidad cuanto mayor sea el celo con el que le servís. Que tanto más ardiente sea vuestro amor por él cuanto mayor sea el cuidado en complacerle. Con los lomos ceñidos y las lámparas encendidas, esperad al Señor a su regreso de las bodas. En las bodas del Cordero cantad un cántico nuevo, acompañándoos con vuestras cítaras. A buen seguro, no será ese canto el mismo que cantará la tierra entera, a quien se dice: «Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra» (Sal 95,1). Será un canto que nadie podrá cantar, sino vosotros.

(Agustín de Hipona, La verginitá consacrata, Roma 1982, 152.117.)

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro» (Mt 25,6b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El creyente está siempre colocado frente a la elección entre los ídolos y Dios, para lo que tiene que pagar el precio del martirio, del exilio y hasta el de la huida al desierto, la persecución. [...]. Toda criatura a la que se le dé un valor absoluto, perdiendo su referencia al Creador, se convierte en un ídolo, puesto que se separa de Dios, se insinúa entre el hombre y su único Señor usurpándole su señorío. En realidad, todo puede convertirse en nuestra vida y en nuestro mundo en un ídolo: las cosas que son y las que nosotros elaboramos a través del trabajo (a. Sab 13,1 -7.10-19), si se convierten en absoluto, si capturan nuestra libertad, si concentran sobre sí nuestras atenciones produciéndonos vértigo, no son sino nuevos Baaltm, «amos», «ídolos». No queda más que desenmascararlos y abatirlos no con nuestras fuerzas, sino en nombre de quien los venció en la cruz: Jesús el Mesías, cueste lo que cueste, aunque sea incluso el martirio. [...]

Ahora bien, existe en la eucaristía una realidad muy exigente, que es unir nuestra comida de ofrenda y sacrificio a la de Cristo: en la eucaristía no es posible detenerse antes de la ofrenda de toda nuestra vida al Padre, una ofrenda total, completa, hasta el martirio. Si nuestra celebración eucarística diaria significa realizar «el culto espiritual en la ofrenda de nuestros cuerpos vivos» (cf. Rom 12,1), también es cierto que el télos al que debemos tender es el martirio, porque en el martirio no está sólo la res, es más la res tantum. Es temible acercarse a la eucaristía con esta conciencia, pero si no queremos ofrecer un «sacrificio cadavérico», es decir, la ofrenda de nuestra vida real y sólo más allá de nuestro muerte natural, debemos estar dispuestos a ser destrozados, entregados, muertos violentamente como el Señor.

El cristiano, asociado a la pascua de Cristo, ya está muerto y sepultado con Cristo en el bautismo; por eso, no le queda más que ser glorificado, en el sentido joáneo del término, a través de una participación en la muerte del Señor en la realidad de su carne. Así, la eucaristía es el martirio, acto supremo de unión total y definitiva con Cristo (E. Bianchi, // radicalismo cristiano, Turín 21980, pp. 23.24.123.124.130ss. 133.134).

 

Día 23

Jueves de la 33ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Macabeos 2,15-29

En aquellos días,

15 los emisarios del rey, encargados de promover la apostasía y organizar los sacrificios, llegaron a Modín.

16 Muchos israelitas se unieron a ellos, pero Matatías y sus hijos se mantuvieron apartados.

17 Entonces los emisarios del rey dijeron a Matatías: -Tú eres un personaje importante y famoso en esta ciudad y estás respaldado por tus hijos y parientes.

18 Acércate, pues, tú el primero y cumple el decreto del rey, como hacen todos los hombres, incluidos los de Judá y los que residen en Jerusalén. Tú y los tuyos seréis amigos del rey y él os recompensará con plata, oro y muchos regalos.

19 Matatías les respondió enérgicamente: -Aunque todos los pueblos del reino obedezcan al rey, renuncien a la religión de sus antepasados y cumplan vuestras órdenes,

20 yo, mis hijos y mis parientes seremos fieles a la alianza de nuestros antepasados.

21 Dios nos libre de abandonar la ley y sus preceptos.

22 No obedeceremos las órdenes del rey ni nos apartaremos lo más mínimo de nuestra religión.

23 Cuando terminó de hablar, se acercó un judío al altar para ofrecer un sacrificio delante de todos, conforme al decreto real.

24 Matatías, al verlo, se indignó, se estremeció y, en un arrebato de santa ira, se abalanzó sobre él y lo mató sobre el altar.

25 Al mismo tiempo, mató al emisario del rey que obligaba a ofrecer sacrificios y, después destruyó el altar.

26 Su afán por defender la ley fue como el de Pinjas con Zimrí, hijo de Salú.

27 Después, Matatías hizo esta proclama en la ciudad: -El que quiera defender la ley y ser fiel a la alianza que me siga.

28 Él y sus hijos huyeron a los montes, abandonando todo lo que tenían en la ciudad.

29 Entonces, muchos que deseaban vivir rectamente de acuerdo con la ley se fueron al desierto.

 

       *• Estamos en la cima de la dominación de Antíoco IV Epífanes sobre Judá, en su intento de erradicar la religión de Israel y de establecer el culto pagano en Jerusalén. Matatías y su familia se han establecido en Modín, cuando llegan allí los mensajeros del rey para obligar a la apostasía a los israelitas. La táctica de los perseguidores es siempre la misma: comienzan por las lisonjas, intentando atraerse a los hombres influyentes de la ciudad, para pasar a continuación a las amenazas y a la fuerza.

       Tenemos, por consiguiente, un elogio de Matatías y la promesa de ciertos beneficios por parte del rey (w. 17ss) y, de inmediato, la respuesta indignada y firme del israelita (w. 19-22): aunque todos siguieran al rey, Matatías y su familia permanecerían fieles a la alianza, sin desviarse de los caminos del Señor. El lenguaje empleado recuerda al del Deuteronomio.

       Sigue, a continuación, el golpe de efecto que da comienzo a la insurrección. Un judío se acerca al altar para sacrificar a los ídolos, y Matatías, estremecido por la indignación, no puede contenerse: mata al apóstata y a los mensajeros del rey y destruye el altar (w. 24ss). Llegados a este punto, se toma la decisión: Matatías y los suyos escapan: no por miedo, sino para organizar la resistencia en los montes (v. 28). Sus palabras son una verdadera declaración de guerra: «El que quiera defender la ley y ser fiel a la alianza que me siga» (v. 27). Y fueron muchos los que le siguieron (w. 29ss).

 

Evangelio: Lucas 19,41-44

En aquel tiempo,

41 cuando Jesús se fue acercando, al ver la ciudad, lloró por ella

42 y dijo: -¡Si en este día comprendieras tú también los caminos de la paz! Pero tus ojos siguen cerrados.

43 Llegará un día en el que tus enemigos te rodearán con trincheras, te cercarán y te acosarán por todas partes;

44 te pisotearán a ti y a tus hijos dentro de tus murallas. No dejarán piedra sobre piedra en tu recinto, por no haber reconocido el momento en el que Dios ha venido a visitarte.

 

       *•• El lamento de Jesús por Jerusalén, muy arcaico en el tono y en la lengua, parece remontarse a una fuente muy próxima al Jesús histórico. Es uno de los poquísimos episodios en los que Jesús llora, mostrando la profunda humanidad de sus sentimientos. El destino de la ciudad santa, que simboliza el destino de todo el pueblo, es considerado como el cumplimiento de una voluntad superior, de un juicio divino ineluctable («tus ojos siguen cerrados» para el camino de la paz: en la pasiva del lenguaje bíblico se sobreentiende que Dios es el sujeto activo de la acción).

       El lenguaje escatológico de Jesús, que recuerda las invectivas proféticas, contrapone «este día», el de la posible salvación, a los «días» del juicio que vendrán. Salvación y juicio se conjugan en la expresión «el momento en el que Dios ha venido a visitarte» (v. 44): la «visita», en efecto (episcopé) puede significar en su raíz hebrea paqadh «castigo», pero también «gracia».

       La destrucción de Jerusalén es claramente una profecía ex eventu: Lucas escribe después del año 70. Sin embargo, eso no disminuye su valor: Jesús fue ejecutado, como ya lo habían sido muchos profetas, también a causa de sus palabras sobre la suerte del templo y del pueblo (cf. Mt 26,61). El episodio tiene valor no como demostración de una capacidad adivinatoria, sino como clave de lectura para interpretar el significado de la historia vivida por la comunidad a la que se dirige el evangelista.

 

MEDITATIO

       El cuadro apocalíptico de la destrucción de Jerusalén, castigada por su infidelidad, se contrapone a la figura ejemplar de Matatías, que escoge la lucha armada contra el opresor antes que transgredir la ley del Señor.

       Se trata de unas imágenes crudas, imágenes que nuestra sensibilidad tiende a rechazar: la ciudad santa, cegada por una decisión divina que la condena de una manera inexorable; el gesto sanguinario de Matatías, que golpea con la misma violencia contra el altar profanado y contra los profanadores... Ahora bien, por encima del lenguaje, es el radicalismo de la decisión de fe lo que cuenta.

       El «día de la salvación» y el «día del juicio» coinciden: es el día de la elección absoluta, día que corresponde en nuestro caso a toda la vida y se condensa en el instante de la muerte. Se trata del día en el que hemos de decidir si estamos «con él» o «contra él», y no valen medias tintas, componendas, vacilaciones, distinciones. La persecución es gracia siempre que se convierta en ocasión de un testimonio de fe. El Señor «visita» para salvar. Si su visita se transforma en condena, es sólo obra nuestra.

 

ORATIO

       Lloraste por tu ciudad, Señor. Lloraste por tu gente. Señor, que yo te encuentre como amigo junto a mí en el día de tu «visita». Que yo no cierre ni el corazón ni la mente, de suerte que no sea capaz de leer en los acontecimientos el signo de tu voluntad. Haz que te reconozca presente en los hermanos, a lo largo de los caminos y en los acontecimientos de este mundo atormentado, para que el juicio no recaiga sobre mí como recayó sobre la ciudad que fue incapaz de reconocer a tus profetas. Haz que yo opte siempre por ti, incluso cuando esta opción exija una buena dosis de valor. Haz que no pierda ni la confianza ni la esperanza aunque se presenten graves obstáculos a la manifestación de mi fe.

 

CONTEMPLATIO

       El hombre había sido creado para servir a su Creador. ¿Qué puede haber más justo para ti que servir a aquel por el que has sido creado y sin el cual no puedes existir? ¿Y qué puede ser más bello y sublime, si servir es reinar? «No serviré», dijo el hombre a su Creador.

       «Pues bien, te serviré yo», dijo el Creador al hombre. «Reposa, tomaré sobre mí tus males, me cargaré con tus debilidades. Usa de mí como te plazca, según tus necesidades; no sólo como de tu esclavo, sino incluso como de un asno... Si estás cansado, yo te llevaré para ser el primero en cumplir mi ley, que dice: "Llevad los unos las cargas de los otros». Si te reducen a esclavitud o si quieren venderte, aquí estoy, véndeme... Si estás enfermo y temes la muerte, yo moriré en tu lugar y con mi sangre tendrás el remedio que da vida».

       ¡Oh siervo bueno y fiel! Has servido realmente; has servido con fidelidad y realidad; has servido con paciencia y longanimidad; sin tibieza, puesto que te has lanzado como un gigante a correr por el camino de la obediencia; sin murmuración, puesto que, flagelado, no abriste la boca. ¡Qué detestable es el orgullo humano que desdeña servir! No podía ser doblegado de ningún otro modo que con el ejemplo del servicio -¡y qué servicio!- rendido por nuestro Señor. ¡Oh, si al menos hubiera valido ese ejemplo! ¡Si se diera gracias por tanta humildad y bondad! Sin embargo, aún me parece oír el lamento del Señor, que llora por la ingratitud... Ciertamente, Señor mío, has sufrido mucho por servirme. Sería verdaderamente justo y una obligación que al menos de ahora en adelante tú reposaras y tu siervo te sirviera: ha llegado tu turno. Tú has triunfado, Señor; has triunfado sobre los rebeldes. Tiendo mis manos a las tuyas y pongo mi cuello bajo tu yugo. Permíteme servirte y poder sufrir algunas penas por ti (Guerrico dlgny, Primer sermón para el domingo de Ramos, 1-3, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dios nos libre de abandonar la ley y sus preceptos» (1 Mac 2,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       «Convertirse» significa seguir a Jesús, ir con él, por su camino. Consiste, esencialmente, en esta decisión, en que el hombre cesa de ser su propio creador, cesa de buscarse sólo a sí mismo y de buscar su autorrealización, y acepta su dependencia del verdadero Creador. Fundamentalmente, existen sólo estas dos posibilidades: la autorrealización, en la que el hombre intenta crearse a sí mismo para poseer su ser completamente para él, y la opción de la fe y del amor. Esta opción es, al mismo tiempo, la decisión en pro de la verdad. Por ser criaturas, no lo somos por nosotros mismos; sólo si «perdemos» la vida, podemos ganarla.

       Esta alternativa corresponde a la elección fundamental entre la muerte y la vida: una civilización del tener y una civilización de la muerte; sólo una cultura del amor es también una cultura de la vida: «Quien quiera salvar su propia vida la perderá, pero quien la pierda la salvará» (Me 8,35). Podemos decir asimismo que la alternativa entre autorrealización y amor corresponde a la alternativa entre el poder terreno y la cruz, entre una redención que consiste sólo en el bienestar y una redención que se abre y se confía a la infinidad del amor divino. La conversión exige que no sólo de una manera general, sino día a día, en las pequeñas cosas, la verdad, la fe y el amor se vuelvan más importantes que nuestra vida biológica, que el bienestar, que el éxito, que el prestigio y que la tranquilidad de nuestra vida. De hecho, el éxito, el prestigio, la tranquilidad y la comodidad son los falsos dioses que mayormente impiden la verdad y el verdadero progreso en la vida personal y en la vida social (J. Ratzinger, // cammino pasquale, Milán 1985, pp. 19ss,  oassim [edición española: El camino pascual, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1990]).

 

Día 24

Viernes de la 33ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Macabeos 4,36-37.52-59

En aquellos días,

36 Judas y sus hermanos dijeron: -Nuestros enemigos han sido vencidos; vayamos a purificar y consagrar el templo.

37 Reunieron todo el ejército y fueron al monte Sión.

52 El veinticinco del mes de Casleu del año ciento cuarenta y ocho, se levantaron de madrugada

53 y ofrecieron un sacrificio según la ley en el altar de los holocaustos que habían hecho.

54 El altar fue inaugurado al son de himnos, cítaras, arpas y címbalos, en el mismo día y hora en que había sido profanado por los paganos.

55 Todo el pueblo se postró rostro en tierra, adoró y bendijo a Dios, que les había dado la victoria,

56 y celebraron la dedicación del altar durante ocho días, ofreciendo con alegría holocaustos y sacrificios de comunión y de acción de gracias.

57 Adornaron la fachada del templo con coronas de oro y con escudos; restauraron las entradas y salas y pusieron puertas;

58 el pueblo se alegró muchísimo y quedó borrado el oprobio causado por los paganos.

59 Judas, sus hermanos y toda la asamblea de Israel acordaron que la dedicación del altar se celebrase con alegría y regocijo cada año, durante ocho días, a partir del veinticinco de Casleu.

 

       **• El fragmento cuenta la purificación y la nueva consagración del templo después de las primeras victorias de Judas Jacobeo (vv. 36ss). Tras el lamento y el luto por la desolación a la que había sido reducido el santuario, se decide lo que van a hacer y se procede a los trabajos de reconstrucción.

       Por último, llega el momento del rito. Por la mañana se ofrecen sacrificios sobre el altar reconstruido, consagrado de nuevo con cantos y músicas (w. 52-54). El pueblo se postra en adoración dando gracias al Señor (v. 55) y prosiguen los ritos durante ocho días (v. 56). El templo ha sido renovado por completo y ha quedado cancelada la vergüenza de la dominación pagana (w. 57ss). Judas establece que la fiesta se celebre cada año, durante ocho días, con alegría (v. 59).

 

Evangelio: Lucas 19,45-48

En aquel tiempo,

45 Jesús entró en el templo e inmediatamente se puso a expulsar a los vendedores,

46 diciéndoles: -Está escrito: Mi casa ha de ser casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones.

47 Jesús enseñaba todos los días en el templo. Los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los principales del pueblo trataban de acabar con él.

48 Pero no encontraban el modo de hacerlo, porque el pueblo entero estaba escuchándolo, pendiente de su palabra.

 

       **• Los sinópticos colocan el episodio de la purificación del templo casi para introducir los relatos de la última cena y de la pasión. En este pasaje evangélico de Lucas se distinguen dos unidades: la expulsión de los vendedores (w. 45ss) y la enseñanza de Jesús, que provoca la reacción de sus adversarios (w. 47ss). En ambos casos entra Jesús en el templo como cualquier judío observante, pero actúa con una autoridad que sorprende y desconcierta. Lucas no insiste en la descripción de los detalles particulares, sino que se limita simplemente a decir «los vendedores», reuniendo así todos los comportamientos que, aunque no estén prohibidos, representan un ultraje para el lugar sagrado. Jesús los expulsa con dos citas proféticas, una de Isaías y otra de Jeremías. En la segunda parte, se dice simplemente que Jesús «enseñaba todos los días»: la normalidad de su presencia en el templo y la serenidad de su actividad de maestro hacen resaltar el contraste entre los jefes y el pueblo. En efecto, mientras este último le escucha y le sigue, los jefes buscan un pretexto para condenarle a muerte, aunque no saben cómo arreglárselas. La Palabra de Jesús es, una vez más, el «signo de contradicción» que revela los pensamientos secretos de los corazones y distingue a los creyentes de los incrédulos.

 

MEDITATIO

       Los documentales y las adaptaciones de los relatos evangélicos favorecen la creación de una imagen edulcorada y desteñida de la actividad pública de Jesús, una imagen que nos ha sido transmitida más por la costumbre que por la tradición. Nos sorprende que también Lucas, el más dócil de los evangelistas, muestre, sin embargo, en Jesús una actitud firme e incluso ruda, una decisión que desorienta a sus adversarios y los reduce al silencio.

       Mantenerse fieles a la Palabra, sin ceder a componendas, impone decisiones difíciles: el Reino de los Cielos se conquista con la violencia, dice Mateo (11,12), y precisamente Lucas afirma, en el momento decisivo, la necesidad de no sustraerse al combate: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome, y lo mismo el que tenga alforja, y el que no tenga espada que venda su manto y se la compre» (22,36).

       Nos impresiona Judas Macabeo, que consagra el templo casi con las manos aún sucias de la sangre de los enemigos. También nos impresiona Jesús cuando no vacila en molerse contra los poderosos, sabiendo que también el pueblo lo dará la espalda en seguida. Se requiere valor y fuerza para sostener posiciones impopulares, pero dictadas por la conciencia y por el Evangelio. Se requiere discernimiento, humildad y un prolongado trato con la Palabra de Dios para conjugar el rigor de los principios con la atención a las personas.

 

ORATIO

       Señor, hazme fuerte.

       Haz que no enmascare mi cobardía con la mansedumbre, que no confunda el respeto a las opiniones ajenas con la incapacidad de dar testimonio del Evangelio.

       Concédeme el discernimiento necesario para reconocer lo que es sagrado porque tú lo has querido, distinguiéndolo de lo que nosotros hemos revestido de un carácter sagrado porque así convenía a nuestros intereses humanos.

       Concédeme el valor de hablar cuando es necesario y de callar cuando es bueno hacerlo, sin que mi palabra y mi silencio estén guiados por el miedo o por el deseo de obtener ventajas para mí.

       Guíame tú, Señor, en todo instante de mi vida y en todo lugar, porque el mundo entero es sagrado para ti, como y más que los templos o las iglesias.

 

CONTEMPLATIO

       La oración auténtica es oración de la Iglesia: una oración sincera obra algo en la Iglesia y es la Iglesia misma la que ora, porque el Espíritu Santo que la anima es también el que en cada alma «intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26). Ésta es la verdadera oración, porque «nadie puede decir: "Jesús es Señor" si no está movido por el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). ¿Qué sería la oración de la Iglesia si no fuera don de los que aman con un gran amor al Dios que es amor? El don total de nuestro corazón a Dios es el estado más elevado accesible a nosotros, el grado más alto de la oración. Las almas que lo han alcanzado constituyen verdaderamente el corazón de la Iglesia: en ellas vive el amor sacerdotal de Jesús. Difunden en otros corazones el amor divino que las posee y colaboran así a la perfección de todos.

       Todo es unitario para las almas bienaventuradas que han llegado a la unidad profunda de la vida divina: reposo y acción, contemplar y actuar, callar y hablar. Mientras estamos en camino, y más aún mientras la meta está lejana, permanecemos bajo la ley de la vida temporal y, sin embargo, estamos seguros de que, en el Cuerpo místico, la vida divina en plenitud llegará a ser realidad para nosotros en virtud del mutuo y recíproco progresar de los miembros.

       Las formas tradicionales de oración también son necesarias, y debemos participar en el culto público, tal como lo establece la Iglesia, para que nuestra vida interior se sienta estimulada, permanezca en su justo equilibrio y se exprese del modo adecuado. La alabanza solemne de Dios debe tener sus santuarios en la tierra, para ser celebrada con toda la perfección de la que los hombres son capaces.

       En ellos y en nombre de toda la Iglesia, puede subir al cielo, actuar sobre todos los miembros, mantener despierta la vida interior y estimular su esfuerzo fraterno (E. Stein, Lapriére de l'Église, París 1965, pp. 51-55).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mi casa ha de ser casa de oración» (Lc 19,46).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       La Iglesia tiene como única misión hacer presente a Jesucristo en medio de los hombres. Debe anunciarlo, mostrarlo, darlo a todos. El resto está de sobra. Sabemos que no puede faltar a esta misión. La Iglesia es y será siempre, con toda verdad, la Iglesia de Cristo: «Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Ahora bien, es menester que lo que la Iglesia es en sí misma lo sea también en sus miembros. Lo que ella es para nosotros debe serlo también por medio de nosotros. También nosotros debemos ser anunciadores de Cristo, dejándole aparecer continuamente a través de nuestro ser. Todo esto es algo más que una obligación; es, podemos decir, una necesidad orgánica.

       ¿Responden siempre a ello nuestros hechos? ¿Anuncia la Iglesia, verdaderamente, a Jesucristo a través de nosotros? [...]. ¿Ha conservado nuestro mensaje la pureza de los primeros anunciadores? No por ello está siempre, necesariamente, iluminado o libre de consideraciones humanas un celo activo y sincero.

       La fe de quien procede puede no ser suficientemente pura [...]. Creamos, y sostenemos después, obras de todo tipo, y cada una de ellas responde a una necesidad indiscutible. Están las técnicas para cristianizar, técnicas que, por consiguiente, hemos de conocer antes que nada [...]. Hay una imponente variedad de tareas especializadas que requieren dotes adecuadas y requieren entrega, oscura o brillante. Todas estas cosas tal vez sean necesarias. Sin embargo, hemos de estar atentos siempre a presentar la Iglesia - y antes que nada a comprenderla- en su verdad total. En la Iglesia y a través de ella nos preocupamos constantemente por escuchar a aquel a quien ella anuncia, de remontarnos hasta aquel que es la única razón de su existencia.

       Cada uno de nosotros es miembro del único Cuerpo. Cada uno de nosotros, en el modesto sector en el que se mueve, es la Iglesia. La Iglesia debe anunciar el Evangelio por medio de cada uno de nosotros; debe hacer brillar su luz a los ojos de cada hombre que viene a este mundo, como el candelabro que sostiene la antorcha (H. de Lubac, Meditazioni sulla Chiesa, Milán 1993 [edición española: Meditación sobre la Iglesia, Encuentro Ediciones, Madrid 1980]).

 

 

Día 25

Sábado de la 33ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Macabeos 6,1-13

En aquellos días,

1 el rey Antíoco recorría las regiones del norte, cuando se enteró de que Elimaida, en Persia, era una ciudad famosa por su riqueza en oro y plata

2 y de que había en ella un templo riquísimo, con armaduras de oro, corazas y armas que había dejado Alejandro, hijo de Filipo, rey de Macedonia, primer rey de los griegos.

3 Fue e intentó apoderarse de la ciudad y saquearla, pero no pudo, porque los de la ciudad se enteraron de sus planes

4 y salieron contra él para atacarlo. Antíoco tuvo que huir, contrariado, para volver a Babilonia.

5 Estando en Persia, le llegó la noticia de las derrotas que habían sufrido los ejércitos enviados a Judea;

6 que Lisias, aunque había ido con un ejército poderosísimo, había sido puesto en fuga, y que los judíos se habían reforzado con las armas y el abundante botín tomado a los ejércitos vencidos;

7 que habían derribado el altar sacrílego levantado por él sobre el altar de los holocaustos que está en Jerusalén y habían rodeado el templo de altas murallas, igual que antes, así como la ciudad de Betsur, ciudad que pertenecía al rey.

8 Al oír esto, se aterró, se conmovió profundamente y cayó enfermo en cama con una gran depresión, porque las cosas no le habían salido como quería.

9 Así estuvo muchos días, profundamente deprimido. Dándose cuenta de que se iba a morir,

10 llamó a sus amigos y les dijo:  -El sueño ha huido de mis ojos y mi corazón desfallece de angustia.

11 Me pregunto: ¿A qué estado de tribulación he llegado y en qué mar de tristeza me encuentro, yo, que era feliz y amado cuando era poderoso?

12 Ahora me acuerdo de los males que hice en Jerusalén, de los objetos de plata y oro que robé y de los habitantes de Judea que exterminé sin motivo.

13 Por eso me han venido estas desgracias y me muero de tristeza en tierra extraña.

 

       **• El fragmento narra la derrota y la muerte de Antíoco IV, presentada, según el estilo del primer libro de los Macabeos, como manifestación del juicio divino. El comienzo (w. lss) insiste en la codicia del rey, que intenta apoderarse de una rica ciudad, seguro de que se apropiará

en seguida de ella, pero el v. 3 muestra de inmediato la inversión de la suerte de Antíoco: «No pudo porque los de la ciudad se enteraron de sus planes». Es una primera derrota (v. 4), a la que pronto siguen otras malas noticias: tras vencer a las tropas de Lisias en Judá (w. 5ss), los israelitas han destruido los ídolos y fortificado el santuario (v. 7).

       La derrota golpea al rey como una enfermedad (w. 8ss): Antíoco es la personificación del mal, anulado por completo en su misma vida física cuando ya no consigue llevar a buen fin sus malvados proyectos. El rey, sintiéndose a punto de morir, toma conciencia del merecido castigo (w. 10-13). No es un verdadero arrepentimiento el que muestra a sus amigos, sino más bien la resignación y el reconocimiento de que la desgracia que se abate sobre él es la justa consecuencia de la profanación cometida contra Israel: «Por eso me han venido estas desgracias y me muero de tristeza en tierra extraña» (v. 13).

 

Evangelio: Lucas 20,27-40

En aquel tiempo,

27 se acercaron entonces unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

28 -Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si el hermano de uno muere dejando mujer sin hijos, su hermano debe casarse con la mujer para dar descendencia a su hermano.

29 Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos.

30 El segundo

31 y el tercero se casaron con la viuda, y así hasta los siete. Todos murieron sin dejar hijos.

32 Por fin murió también la mujer.

33 Así pues, en la resurrección, ¿de quién de ellos será mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella.

34 Jesús les dijo: -En la vida presente existe el matrimonio entre hombres y mujeres;

35 pero los que logren alcanzar la vida futura, cuando los muertos resuciten, no se casarán,

36 y es que ya no pueden morir, pues son como los ángeles, son hijos de Dios porque han resucitado.

37 Y el mismo Moisés da a entender en el episodio de la zarza que los muertos resucitan, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob.

38  No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él.

39 Entonces unos maestros de la Ley intervinieron diciendo: -Maestro, has respondido muy bien.

40 Y ya nadie se atrevía a preguntarle nada.

 

       **• Los saduceos que se acercan a Jesús para plantearle una pregunta tendenciosa eran uno de los grupos religiosos que existían en aquellos tiempos en Israel. Ligados a la clase sacerdotal y al culto del templo, y más tradicionalistas que los fariseos en el cumplimiento de la ley, los saduceos desaparecieron tras la destrucción del año 70 d. de C. Lucas observa que no creían en la resurrección (v. 27), una doctrina surgida hacía poco en la historia de Israel.

       La pregunta (w. 28-33) está planteada con el estilo típico de las disputas rabínicas, presentando un caso y pidiendo al rabí, aquí Jesús, que proponga la solución; se trata, claro está, de un caso límite, pensado a propósito para poner en dificultades a Jesús: ¿de quién será esposa la mujer que se ha casado con siete maridos?

       Jesús, como suele hacer con frecuencia, responde trasladando el ámbito de la cuestión a otra dimensión, la suya, la del Reino de los Cielos: después de la resurrección, las relaciones humanas ya no son comparables

a las de esta vida (vv. 34-36). En la segunda parte de su respuesta (w. 37ss) Jesús expone un argumento bíblico en favor de la resurrección, remitiendo de este modo a los saduceos a lo que ya deberían saber, si leyeran con espíritu puro las palabras de Moisés (cf. Ex 3,2-6): el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob no es un Dios de muertos, y esto significa que Abrahán, Isaac y Jacob viven en él.

       Ante la respuesta de Jesús, los que le habían interrogado enmudecen y ya no se atreven a dirigirle otras preguntas (w. 39ss): una observación característica de Lucas.

 

MEDITATIO

       La muerte es la línea divisoria que separa, sin posibilidad de confusión, lo verdadero de lo falso. Es el momento culminante de la vida, más importante que el mismo nacimiento, del que no éramos conscientes, crisol en el que se templan las decisiones fundamentales que determinan nuestro destino. La vida de cada uno de nosotros dura lo necesario para prepararnos a morir, y el modo como lo hayamos hecho decidirá la calidad de la vida nueva que nos está preparada desde siempre.

       La «novela» de los Macabeos lo muestra a su manera, con la tardía toma de conciencia de Antíoco IV: «Por eso me han venido estas desgracias y me muero de tristeza en tierra extraña», reconocimiento de una justicia cruel, pero irreprochable. La palabra liberadora del Evangelio le ha quitado a la muerte su «aguijón» {cf 1 Cor 15,55), restituyéndole su auténtica característica de paso de una vida imperfecta y precaria a la vida plena y eterna según el proyecto del Creador.

 

ORATIO

       Señor, ayúdame a vivir esperándote.

       Tengo miedo de la muerte, Señor. Tengo miedo de la muerte de los otros, de las personas queridas de las que no podré prescindir. Dame unos ojos puros para que sea capaz de ver más allá de las apariencias, más allá del «muro de sombra» que me separa de ti. Concédeme un corazón sencillo para que no sucumba ante las preguntas sin respuesta.

       No busco, Señor, razonamientos profundos ni soluciones geniales. Pero tengo necesidad de encontrar un sentido a la vida y a la muerte, la tengo cada vez que la mirada de un hermano que sufre se cruza con la mía. Ayúdame a aceptar el silencio y la falta de respuestas. Ayúdame a creer que eres tú el Señor de la vida, aun cuando la vida sea una cosa frágil y se me escape de las manos.

 

CONTEMPLATIO

       Oh Jerusalén celestial, casa luminosa y espléndida, amo desde siempre tu belleza y el lugar donde habita la gloria de mi Señor. Por ti suspira mi peregrinación. He ido errante como oveja perdida, pero sobre los hombros de mi pastor -de tu arquitecto- espero ser llevado de nuevo a ti. Jerusalén, morada eterna de Dios, que no se olvide de ti mi alma; sé tú mi alegría; que el dulce recuerdo de tu nombre dichoso me alivie de la tristeza y de lo que me oprime. No está, en efecto, aquí abajo nuestra ciudadanía estable: nuestra patria está en los cielos, de donde esperamos al Señor Jesucristo, que transfigurará nuestro miserable cuerpo mortal para configurarlo con su cuerpo glorioso.

       Jerusalén santa, te suplico por la caridad de la que eres madre que no te olvides nunca de la Iglesia que anda todavía peregrina por la tierra. No te canses de rezar por esta parte de ti y sostenía con tu protección para que un día consiga unirse a ti para siempre.

       Felices santos de Dios que ya habéis cruzado el mar turbulento de esta condición mortal y ya habéis llegado al puerto de la quietud infinita, de la seguridad y de la paz: vosotros, que ahora estáis seguros, tened cuidado de nosotros. Os lo suplico: acordaos de nosotros, miserables, sacudidos todavía en el mar de esta vida por las olas que se levantan a nuestro alrededor. Interceded y rogad por nosotros, y que en los brazos de vuestras oraciones podamos ser llevados también nosotros a nuestro Dios. Somos frágiles, hombres de nada, sin virtud. Lo sabéis bien. Nos sostiene en realidad el leño de la cruz, y en él tenemos la esperanza de realizar la travesía hasta el puerto. Que, por vuestros méritos y vuestras santas oraciones, se nos conceda llevar salva la nave e íntegra su carga hasta la entrada en el puerto tranquilo de la gloria eterna. Tú sobre todo. Reina del cielo y Señora de la tierra, siempre Virgen santísima, Madre de Dios y de nuestro Señor Jesucristo, ora por nosotros e intercede asiduamente por tus hijos (Juan de Fécamp, Confessione teológica, Milán 1986).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él» (Lc 20,38).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Ante nosotros se impone esta alternativa: o persuadirnos de que, más allá del tiempo, no existe una eternidad que nos espera, y entonces este caminar nuestro sobre la tierra -más aún, este correr nuestro- se quedaría sin meta y por consiguiente sin justificación y sentido, o convencernos de que, más allá del tiempo, hay para nosotros un atracadero, un destino de plenitud, una casa última y segura tras la continua mudanza del espíritu, y entonces sólo a la luz de la eternidad debemos valorar todos los actos y todos los acontecimientos.

       Hay quien considera que el pensamiento de la vida eterna impide saborear plenamente las alegrías de la vida presente. La verdad es lo contrario: encuentro más gusto en vivir los días que me son dados aquí abajo cuando sé que tienen un sentido y un objetivo, cuando sé que no constituyen una carrera hacia la nada; vivo con mayor placer cuando estoy persuadido de que no vivo para nada.

       Nunca ha estado el hombre sumergido como hoy en lo llamativo y en lo efímero, y nunca como hoy ha tenido necesidad de lo que es sustancioso y no perecedero. Se deja trastornar por ritmos y sonidos que le quitan la capacidad de reflexionar, se deja encaminar de una manera pasiva y estólida hacia la catástrofe de la muerte, y nunca como hoy ha sentido tantos deseos de vivir. Tiene necesidad de una vida verdadera, no de un frenesí que remedie sólo exteriormente la exuberancia del espíritu; tiene necesidad de una vida plena, no de sensaciones epidérmicas que proporcionan la ilusión de la satisfacción, mientras que el corazón permanece árido y la mente está desierta de toda verdad y toda certeza.       La «vida eterna» -esa que ya puede ser nuestra desde ahora-, según nos ha dicho el Señor, es ésta: «Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a aquel que has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). No se trata de dos conocimientos: es el mismo e idéntico conocimiento que conduce, a quien ha descubierto de una manera existencial al Señor Jesús y se ha entregado a él, a la comunión de vida con el Creador de todo, principio y meta de toda aventura humana (G. Biffi, La meraviglia del)'evento cristiano, Cásale Monf. 199ó, pp. 436-438).

 

 

Día 26

34º domingo del tiempo  ordinario o

Jesucristo, Rey del Universo

 

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 34,11-12.15-17

11 Porque esto dice el Señor: Yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré.

12 Como un pastor cuida de sus ovejas cuando están dispersas, así cuidaré yo a mis ovejas y las reuniré de todos los lugares por donde se habían dispersado en día de oscuros nubarrones.

15 Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré a la majada, oráculo del Señor

16 Buscaré a la oveja perdida y traeré a la descarriada; vendaré a la herida, robusteceré a la flaca, cuidaré a la gorda y robusta; las apacentaré como se debe.

17 En cuanto a vosotros, rebaño mío, esto dice el Señor: Yo juzgaré entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío.

       

•» El texto, dirigido a los responsables del pueblo, utiliza la imagen del pastor empleada por Jn 23,1-6. Dios reprueba a los reyes y a cuantos estaban investidos de poder (sacerdotes y escribas) porque han faltado a sus deberes y han incumplido las funciones de guiar al pueblo. Todo lo que han hecho con las ovejas (Israel) ha sido nefasto, deletéreo y mortal: han pensando siempre en ellos y nunca en el pueblo, han empleando la violencia con sus hermanos y los han entregado en las manos de los pueblos vecinos.

Al rey, Dios le echa en cara su culpa y le anuncia que le quitaré el pueblo y él mismo cuidaré y apacentará a su rebaño como rey y Mesías (vv. 11-16; cf Is 40,11; Sal 22). No es cuestión de sustituir unos jefes indignos por otros para que conduzcan al pueblo, ni es cuestión de invertir el orden; se {rata del anuncio de una teocracia. La profecía se hizo realidad: a la vuelta del destierro de Babilonia, el <<resto de Israel» no volvió a tener mas un rey, sino la anunciada teocracia. Dios mismo alimentaré a su pueblo, proveeré sus necesidades y los deseos de todos.

Ezequiel inauguró así la nueva teocracia divina, en la cual Cristo, verdadero pastor del pueblo, puso a sus enemigos como escabel de sus pies. El, en efecto, no <<desperdiga», sino que <<reúne>>; conduce a los pastos a sus ovejas y les proporciona descanso; va en busca de la oveja perdida y venda a la herida. Estos son los rasgos que los evangelios le aplican a Cristo. El rey Mesías es el rey para los demás: su majestad es servicio, no dominio; es entrega de si mismo y predilección por los pobres y los débiles.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 15,20-26a.28

Hermanos:

20 Cristo ha resucitado de entre los muertos como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte.

21 Porque lo mismo que por un hombre vino la muerte, también por un hombre ha venido la resurrección de los muertos.

22 Y como por su unión con Adán todos los hombres mueren, así también por su unión con Cristo todos retornarán a la vida.

23 Pero cada uno en su puesto: como primer fruto, Cristo; luego, el día de su gloriosa manifestación, los que pertenezcan a Cristo.

24 Después tendrá lugar el fin, cuando, destruido todo principado, toda potestad y todo poder, Cristo entregue el Reino a Dios Padre.

25 Pues es necesario que Cristo reine hasta que Dios ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.

26 El último enemigo a destruir será la muerte.

28 Y cuando le estén sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo se someterá también al que le sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas.

 

i> Este texto paulino relaciona la soberanía de Jesús con la resurrección y la victoria sobre el pecado y la muerte. Es una visión grandiosa de la realeza de Cristo, una majestad en desarrollo: Jesús, aunque ha resucitado, aun esta en lucha contra el pecado del mundo y la muerte. Al final, las potencias del mal y de la muerte serán derrotadas y Cristo podrá entregar su Reino al Padre.

El texto comienza diciendo que <<por su unión con Adán todos los hombres mueren» (v. 22), excepto el primogénito de la nueva humanidad, Jesucristo, el resucitado, que se ha liberado de toda esclavitud. El no ha querido ser el único en triunfar sobre la muerte, sino que ha unido consigo a la Iglesia, indicándole los medios prácticos para vencer la muerte y el mal.

El primer Adán, en efecto, arrastró a la humanidad a la muerte, mientras que el segundo Adán, Jesucristo, arrastra a los suyos a la resurrección. El ya ha resucitado como <<primicia» (<<primer fruto», in 23), como primera célula del mundo nuevo. Luego, después de su venida, resucitaran <<los que pertenezcan a Cristo» (v. 23). El último enemigo que sera destruido sera <<la muerte» (v. 26). Entre las primicias de la resurrección de Cristo y el acontecimiento final de la resurrección de sus seguidores esta la historia y la vida del mundo, que se encuentran dominadas por la lucha de Cristo y las potencias: <<Es necesario que Cristo reine hasta que Dios ponga u todos sus enemigos bajo sus pies » (v. 25). Ahora, esta lucha continua, pero al final la muerte será vencida.

 

Evangelio: Mateo 25,31·46

Dijo Jesús a sus discípulos:                                      

31 Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria con todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria.

32 Todas las naciones se reunirán delante de él y él separará unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos,

33 y pondrá las ovejas a un lado y los cabritos al otro.

34 Entonces el rey dirá a los de un lado: <<Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

35 Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me alojasteis;

36 estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y fuisteis a verme».

37 Entonces le responderán los justos: <<Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber?

38 ¿Cuándo te vimos forastero y te alojamos, o desnudo y te vestimos?

39 ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?».

40 Y el rey les responderá: <<os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos mas pequeños, conmigo lo hicisteis».

41 Después dirá a los del otro lado: <<Apartaos de mí, malditos, íd al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.

42 Porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber;

43 fui forastero y no me alojasteis; estaba desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis».

44 Entonces responderán también éstos diciendo: <<Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos?».

45 Y él les responderé: <<Os aseguro que cuando dejasteis de hacerlo con uno de estos pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo>>.

46 E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

 

» Estamos frente a la clásica visión del juicio final, que Mateo pone como conclusión del <<discurso escatológico>> y de todos los discursos de Jesús. En realidad, Jesús no pronuncio este discurso con la intención de describirnos los acontecimientos finales relativos al juicio definitivo. Sin embargo, leyendo los hechos de su tiempo, Jesús si ha querido inculcarnos los medios concretos para salir victoriosos en la prueba final de la vida, cuando toda la humanidad se encuentre frente a él, como rey universal restaurando su Reino. La página evangélica posee una fuerza extraordinaria tanto por el mensaje en si como por lo sugestivo de la escena. El texto se encuentra articulado en tres partes: una, la introducción, que presenta la llegada del Hijo del hombre, la convocación de los pueblos y la separación de los mismos (vv. 31-33); otra, el dialogo del rey con los de un lado, quienes entraran y tomaran posesión de su Reino, 34 a continuación, con los del otro lado, los excluidos (vv. 34-45); y la ultima, la conclusión, que reanuda y ejecuta las distintas sentencias (v. 46).

La parte más importante del texto es la que se fija, y con insistencia, en las actitudes de amor o indiferencia, es decir en la acogida amorosa o en el rechazo de los pobres y los necesitados. Las obras misericordiosas y gratuitas son premiadas por Dios. Esta claro que este rey y juez escatológico, que cumple las profecías antiguas, es Jesús de Nazaret, el crucificado, aquel que experimento el hambre, la desnudez, la soledad, el dolor. Este rey y Señor que se identifica con los pequeños y los pobres, vive escondido y oculto en <<sus hermanos más pequeños».

 

MEDITATIO

Estamos concluyendo otro ano litúrgico con toda la Iglesia. Es bueno que hagamos un balance personal —y comunitario, también— y nos preguntemos si durante el tiempo transcurrido hemos realizado una coherente acción evangelizadora, de promoción humana, de santificación personal y fraterna con quienes vivimos, de glorificación a Dios en Cristo, hacia donde convergen como meta todas las actividades de la Iglesia. Y debemos planteamos mas cosas, a la luz de la Palabra de Dios, en esta fiesta de Cristo Rey: ¿cómo estamos viviendo la vida presente?, ¿tenemos presente la vida futura?

Nuestra vida tiene dos tiempos. El primero es terrenal: el <<tiempo propicio» que estamos viviendo, el de la salvación (cf 2 Cor 6,2), donde contamos con Cristo como <<buen pastor» y decidimos, porque esta en nuestras manos, si nos salvamos. Y después vendrá <<aquel día», cuando Cristo como juez se siente en su trono de gloria y nada quede impune ante él. La Escritura nos invita en este día a reflexionar austeramente. La fiesta de Cristo Rey nos ayuda a reconsiderar que todavía estamos en el tiempo favorable de la salvación, donde todo depende de la disponibilidad para acoger la invitación de Dios. El, buen pastor, nos invita a no endurecer el corazón para no ser seducidos por el pecado. Merece la pena repetir convencidamente: <<El Señor es mi pastor: nada me falta».

 

ORATIO

Señor, con la palabra, tajante y auténtica, que nos has dirigido hoy hemos comprendido que lo esencial en la vida no es, ni mucho menos, confesarte con palabras, sino practicar el amor con los pobres y desfavorecidos. En esto consiste la voluntad del Padre, en vivir de ti y como tú, incluso de parte de quienes no te conocen bien. Señor Jesús, tu te identificaste con los perseguidos, con los pobres, con los débiles. Nos has mostrado un claro ejemplo de vida, contenido en el evangelio y condensado en las bienaventuranzas.

La Señal de que ha llegado tu Reino se encuentra en que en ti el amor concreto de Dios alcanza a los pobres y los marginados, y no por sus méritos, sino por su condición de excluidos y oprimidos, porque tu eres Dios y porque lo últimos serán los <<clientes>> tuyos y del Padre.

Ayúdanos, Señor a entender que descuidar este amor concreto por los pobres, los forasteros, los prisioneros, los desnudos o los hambrientos, significa no vivir según la fe del Reino, sino apartamos de su lógica. Faltar al amor es negarte, porque los pobres son tus hermanos, y lo son justamente por su pobreza. Haznos comprender con todas sus consecuencias que ellos son el lugar privilegiado de tu presencia y del Padre celestial.

 

CONTEMPLATIO

Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey de cielo y tierra (cf Mt 11,25), te damos gracias por ti mismo, pues por tu santa voluntad, y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas Espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos colocaste en el paraíso (cf Gu 1,26; 2,15). Y nosotros caímos por nuestra culpa.

Y te damos gracias porque, al igual que nos creaste por tu Hijo, así, por el santo amor con que nos amaste (cf Jn 17,26), quisiste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa Maria, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz, y sangre, y muerte (Francisco de Asís, <<Reglas para los hermanos menores», XXIII, 2-3, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, 109-110).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<El Señor es mi pastor; nada me falta» (Sal 23,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Es importante saber lo que pasa a nuestro lado y tener conciencia de las personas y las situaciones. Es importante saber que Jesús es el Señor y que él representa la visita personal definitiva de Dios a la humanidad. Es importante saber que debemos ser sensibles a las necesidades urgentes de los otros, especialmente de los más pobres, sucios y malolientes. Pero el saber no es decisivo. Lo decisivo es el hacer efectivo. No se salva el que sabe y dice; <<Señor, Señor...», sino el que hace lo que Dios pide. La salvación tiene lugar cuando se da el salto de la teoría a la práctica verdadera. Lo que nos proporciona la salvación es el amar desinteresadamente, el perdonar con sinceridad y el extender la mano generosa.

Simón de Cirene fue el buen samaritano para Jesús que sufría en el camino. El no socorrió a un condenado y criminal a los ojos de la justicia romana y judía. Dio asistencia y ayuda al mismo Dios.

<<Señor, ¿cuándo te vimos sufriendo y te servimos? ¿Cuándo te vimos caído y bañado en sangre te levantamos? ¿Cuándo te vimos llevando la cruz y te ayudamos llevándola nosotros mismos?» Y el Señor nos dirá: <<En verdad os digo que cada vez que hagáis como Simón de Cirene, que cargó con la cruz de un condenado, conmigo lo hacéis».

Verdaderamente, Dios se esconde y va de incógnito debajo de todo necesitado. Suplica compasión. Implora liberación. Quiere ser auxiliado. Es importante saberlo, Pero más importante, incluso decisivo, es ayudar, abajarse, tomar sobre sí la cruz y caminar junto al otro. Es la elección perenne que Simón de Cirene nos legó. 

Al juzgar sobre nuestra salvación seremos juzgados de amor. Los pobres no constituyen un tema del Evangelio. Pertenecen a la esencia misma del Evangelio. Porque <<evangelio» quiere decir <<buena nueva», alegría de la justicia mesiánica para quien se encuentra sometido a la injusticia, liberación para quien se ve oprimido y salvación para quien se halla perdido. Sólo a partir del lugar de los pobres se entiende la esperanza del Evangelio de Jesús. Y solo se salva quien asume la perspectiva de los pobres 

El Evangelio, ciertamente, va destinado a todos. Todos son interpelados por él; los que poseen el control de los bienes de este mundo y los desposeídos; los que poseen el privilegio de saber y los ignorantes. No se restringe a una clase. Pero solo participa del Reino de Dios y se salva el que vive y trabaja, aun siendo rico, asumiendo los clamores de los pobres, suplicando justicia; quien en su proyecto de vida incluye el anhelo mayor de los pobres, que es el de la construcción y el logro de una convivencia equitativa y fraterna para todos, y ayuda a concretarlo (L, Boff, Via crucis de la justicia, Ediciones Paulinas, Madrid l980, 58-64; traducción, Antonio Alonso].

 

Día 27

Lunes de la 34ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 1,1-6.8-21

1 El año tercero del reinado de Joaquín, rey de Judá, Nabucodonosor, rey de Babilonia, se dirigió contra Jerusalén y la sitió.

2 El Señor entregó a Joaquín, rey de Judá, en poder de Nabucodonosor, quien se apoderó también de parte de los utensilios del templo de Dios, los llevó al país de Senaar y los agregó al tesoro del templo de sus dioses.

3 El rey ordenó a Aspenaz, jefe del personal de palacio, que escogiera entre los israelitas de estirpe real o de familias nobles

4 a jóvenes sin ningún defecto físico, de buen parecer, bien instruidos, cultos, inteligentes y aptos para servir en el palacio real, y que les enseñara la lengua y la literatura de los caldeos.

5 El rey les asignó una ración diaria de la mesa real y del vino que él bebía. Ordenó también que fuesen educados convenientemente durante tres años, al cabo de los cuales entrarían al servicio del rey.

6 Entre estos jóvenes estaban Daniel, Ananías, Misael y Azarías, todos ellos de la tribu de Judá.

8 Daniel se propuso no contaminarse con los manjares ni con el vino de la mesa real y suplicó al jefe de palacio que no le obligara a contaminarse.

9 Hizo Dios que Daniel se granjeara la simpatía del jefe del personal de palacio,

10 quien dijo a Daniel: -Tengo miedo de que el rey, mi señor, que os ha asignado lo que debéis comer y beber, encuentre vuestros rostros más flacos que los de los jóvenes de vuestra edad, y así pongáis en peligro mi cabeza ante él.

11 Entonces Daniel dijo al inspector a quien el jefe del personal de palacio había confiado el cuidado de Daniel, Ananías, Misad y Azarías:

12 -Por favor, haz con nosotros una prueba durante diez días: que nos den legumbres para comer y agua para beber.

13 Después, compara nuestro aspecto con el de los jóvenes que comen manjares de los que se sirven al rey y trátanos según el resultado.

14 Él aceptó la propuesta y los puso a prueba durante diez días.

15 Al cabo de diez días tenían mejor y más sano aspecto que todos los jóvenes alimentados con los manjares que se servían al rey.

16 Así que el inspector les retiró su ración de comida y de vino y les daba sólo legumbres.

17 Concedió Dios a estos cuatro jóvenes un profundo conocimiento de la literatura y de todas las ramas del saber; en cuanto a Daniel, era experto en interpretar toda clase de visiones y sueños.

18 Cuando se cumplió el plazo fijado por el rey, el jefe de personal de palacio presentó a los jóvenes ante Nabucodonosor.

19 El rey conversó con ellos y, entre todos, no encontró ni uno que pudiera compararse con Daniel, Ananías, Misael y Azarías, así que fueron admitidos al servicio del rey.

20 En todos los asuntos que requerían sabiduría e inteligencia, y sobre los que el rey les pedía su parecer, los halló diez veces mejor preparados que todos los adivinos y magos de todo su reino.

21 Daniel estuvo allí hasta el año primero del rey Ciro.

 

       **• El libro de Daniel, colocado entre los profetas en el canon católico y entre los «Escritos» en el canon judío, une narraciones de tipo sapiencial y oráculos del género apocalíptico. El protagonista no es un personaje histórico, sino una figura simbólica, modelo de sabiduría y de fidelidad a la Ley. La historia está retrotraída, de una manera ficticia, a la época del exilio, aunque la composición del libro, que incluye también tradiciones anteriores, se remonta al siglo III, aproximadamente.

       El capítulo 1 ambienta los hechos en tiempos de la deportación de Nabucodonosor (w. lss), siguiendo, con algunas incongruencias históricas, los relatos de los libros de las Crónicas. Al autor sólo le interesa presentar

el cuadro sobre el que hacer resaltar la figura de Daniel. El rey ordena escoger a algunos jóvenes israelitas, nobles y bien dotados, e instruirlos para que presten servicio en la corte. Entre ellos está Daniel, junto con otros tres compañeros, todos de la tribu de Judá (w. 3-6). Daniel muestra de inmediato (v. 8) su personalidad y su decisión de no transgredir la ley. En el exilio, era esencial para los judíos mantenerse fieles a los poco preceptos que podían ser observados también fuera de la Tierra Santa, y que los distinguían de los paganos: la circuncisión, el sábado, las prescripciones alimentarias.

       El relato procede como una fábula. El buen aspecto de los cuatro jóvenes, exonerados de los alimentos impuros, es un prodigio que les preserva de transgredir la ley. Se les presenta como «sabios», según la tradición bíblica (v. 17), y entran al servicio del rey, de quien se convertirán en los principales consejeros.

 

Evangelio: Lucas 21,1-4

1 Estaba Jesús en el templo y veía cómo los ricos iban echando dinero en el cofre de las ofrendas.

2 Vio también a una viuda pobre que echaba dos monedas de poco valor.

3 Y dijo: -Os digo en verdad que esa viuda pobre ha echado más que todos los demás,

4 porque ésos han echado de lo que les sobra, mientras que ésta ha echado, de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir.

 

       **• Son cuatro versículos sencillos; el primer par, para mostrar dos comportamientos que contrastan fuertemente entre sí, el segundo, para extraer una enseñanza.

       Jesús «observaba» (anablépsas) y «veía» (éiden, de horáó, dos veces) dos actitudes diferentes frente al cofre de las ofrendas del templo. La primera es la de aquellos que echan de manera habitual sus ofrendas, calificados con un simple adjetivo que, en su carácter genérico, implica un juicio: «ricos». La segunda es un gesto único y ejemplar; a la persona que lo realiza se la califica de inmediato con precisión: una mujer, «viuda», «pobre», que echa dos monedas de poco valor.

       El segundo par de versículos muestra que el «ver» de Jesús no se queda nunca en la superficie, sino que penetra en los corazones hasta descubrir las motivaciones profundas del obrar humano. Al verbo «ver» que se encuentra al comienzo del v. 1 y del v. 2 le corresponde, al comienzo del 3, el verbo «decir», acompañado del adverbio «en verdad»: lo que Jesús ve, y revela, es la verdad del ánimo humano, que ni la hipocresía de los ricos ni la humilde modestia de la viuda logran esconder. Y ésta es la enseñanza: el valor del don no ha de ser medido con criterios contables, sino en función de la generosidad y de las condiciones de partida del donante. La medida es dar sin medida: «Toda la vida que posees» (así, al pie de la letra, el v. 4).

 

MEDITATIO

       La adhesión a la ley no es nunca puro formalismo. Nosotros somos muy acomodaticios, y nos parece excesivo el firme rechazo que Daniel y sus compañeros oponen a la orden de alimentarse con alimentos impuros de la mesa del rey. No sabemos leer el valor simbólico de las normas alimentarias, que ponen aparte al pueblo consagrado al Señor para dar testimonio de la veracidad de su Palabra: nos parecen preceptos de escasa importancia.

       Damos importancia a lo que se ve, no al significado profundo e interior de las cosas: para nosotros, vale más la ofrenda de los ricos, y despreciamos la modesta moneda de la viuda pobre.

       Sin embargo, Jesús y -antes que él- las Sagradas Escrituras de Israel nos enseñan a leer en el interior de los corazones y a considerar el sentido auténtico de cada gesto. Nos hacen comprender que también es posible arriesgar la vida para dar testimonio de la fidelidad a un pequeño precepto, que procede, no obstante, de la boca del Señor; nos hacen comprender que lo importante es darnos a nosotros mismos, dar nuestra vida, y no simplemente el dinero que nos sobra o que no nos sirve, aun cuando se trate de una gran cantidad.

 

ORATIO

       Concédeme, Señor, el discernimiento necesario para reconocer el verdadero valor de las cosas. Es demasiado fuerte la tentación de dejarme llevar por las opiniones que corren, de seguir la moda del «es lo que hacen todos», de ceder al vivir tranquilo.

       La responsabilidad de dar testimonio de tu Palabra me resulta, con frecuencia, demasiado dura. Ayúdame a serte fiel, Señor. También yo tengo miedo de que el seguimiento de tus mandatos me debilite a los ojos del mundo; también yo admiro y sigo a los ricos y no a los pobres. Perdona mi fragilidad y mi incoherencia.

 

CONTEMPLATIO

       Carísimos: no nos mostremos avaros con lo que tenemos como si fuera nuestro, sino hagámoslo producir como si nos hubiera sido dado como préstamo. Nos ha sido confiada, en efecto, la administración y el uso temporal de los bienes comunes, no la posesión eterna de una cosa privada. Recordad a los que, en el Evangelio, habían recibido los talentos del Señor y lo que el padre de familia, a su vuelta, dio a cada uno como recompensa: entonces os daréis cuenta de que es más ventajoso poner en la mesa del Señor el dinero que nos da, para que lo hagamos fructificar, que conservarlo intacto.

       Acordémonos de aquella viuda que, olvidándose de sí misma por amor a los pobres, echó todo cuanto tenía para vivir, pensando sólo en el futuro. Ofreció todo lo que tenía para poseer los bienes invisibles. Aquella pobrecita no despreció las normas establecidas por Dios en orden a la conquista del premio futuro; por eso el mismo legislador no se olvidó de ella; más aún, el juez del mundo anticipó su sentencia y preanunció en el evangelio que sería coronada en el día del juicio.

       Hagamos, pues, deudor a Dios con sus mismos dones. Nada poseemos que él no nos haya dado. Y, sobre todo, ¿cómo podemos pensar que tenemos algo nuestro, nosotros, que no nos pertenecemos a nosotros mismos por tener contraída una obligación particular con Dios, no sólo porque hemos sido creados por él, sino también redimidos? Alegrémonos porque hemos sido comprados de nuevo a un precio elevado (cf. 1 Cor 6,20) con la sangre del mismo Señor y por eso hemos dejado de ser personas viles como esclavos; en efecto, querer ser independientes de la ley divina es una libertad más despreciable que la esclavitud.

       Restituyamos, por consiguiente, al Señor los dones que son suyos; démoselos a él, que recibe en la persona de cada pobre; démoselos con alegría, lo repito, para recibir de él en la exultación, como él mismo dijo (cf. Sal 125,5) (Paulino de Ñola, Lettere 34, 2-4).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ha echado, de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir» (Lc 21,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Dios está inclinado siempre hacia nosotros; es, podríamos decir, alguien que se entrega a sí mismo y se hace clon perfecto, total, eterno, y eso sin tregua. Somos nosotros, los destinatarios del don, los que estamos cerrados, los que no le acogemos, y por eso recibimos o no recibimos en absoluto lo que nunca cesa de ofrecérsenos. Pero él escucha todas las plegarias, realiza todos los milagros, consuma todos los misterios de la salvación.

       Somos nosotros quienes no estamos dispuestos a acogerlos. El don de Dios es infinito, se ofrece siempre, pero nosotros siempre podemos, por así decirlo, anularlo, restringirlo, rechazarlo [...]. No hay grandeza sino en el amor, en la entrega de uno mismo, y amar es, precisamente, vaciarnos de nosotros mismos, ser pobres de nosotros mismos, hacer de nosotros mismos un espacio en el que el otro pueda respirar su propia vida. Ahora bien, precisamente porque esa pobreza en su infinita fuente está en Dios, precisamente porque nosotros nunca podremos ser pobres como Dios, podemos encaminarnos hacia ese despojo y aumentar cada día nuestra generosidad, pero nunca conseguiremos ser pobres como lo es Dios. Por otra parte, si Dios nos llama a la alegría de la entrena total, lo hace justamente porque quiere nuestra grandeza, y la lleva a su colmo cuando nos confía su propia vida, cuando pone en nuestras manos su destino en la historia (M. Zundel, «Salvare Dio da noi stessi», en La Vie Sp/r/W/e725[1997],715ss).

 

Día 28

Martes de la 34ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 2,31-45

En aquellos días, dijo Daniel a Nabucodonosor:

31 Tú, rey, tuviste esta visión: una enorme estatua, de extraordinario esplendor y terrible aspecto, comenzó a levantarse frente a ti.

32 Su cabeza era de oro puro; el pecho y los brazos, de plata; el vientre y los lomos, de bronce;

33 las piernas, de hierro, y los pies, parte de hierro y parte de arcilla.

34 Mientras mirabas, una piedra se desprendió de un monte, sin intervención de mano alguna; vino a dar contra los pies de la estatua, que eran de hierro mezclado con arcilla, y los pulverizó.

35 Todo se hizo pedazos: hierro mezclado con arcilla, bronce, plata y oro; todo quedó pulverizado como la paja de la era en verano que el viento arrebata y se lleva sin dejar rastro. Pero la piedra que había chocado contra la estatua se convirtió en una gran montaña que llenó toda la tierra.

36 Éste fue el sueño; ahora se lo interpretaremos al rey.

37 Tú, majestad, rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha dado imperio, poder, fuerza y gloria,

38 en cuyas manos ha dejado todos los hombres, las bestias del campo y los pájaros del cielo, y a quien ha dado dominio sobre todo ello, tú eres la cabeza de oro.

39 Después de ti surgirá otro reino, inferior al tuyo, y luego un tercer reino de bronce, que dominará sobre toda la tierra.

40 Y por fin un cuarto reino, fuerte como el hierro; lo mismo que el hierro destroza y pulveriza todo, así ese reino destrozará y pulverizará a todos los demás.

41 Viste que los pies y los dedos eran parte de arcilla y parte de hierro; eso significa que será un reino dividido: en cierto modo, tendrá la solidez del hierro, pues, aunque mezclado con arcilla, viste hierro.

42 En cuanto a los dedos de los pies, que eran parte de hierro y parte de arcilla, significa que el reino será fuerte y frágil a la vez.

43 Viste el hierro mezclado con la arcilla, y eso significa que distintos linajes se mezclarán entre sí, pero sin llegar a fundirse, del mismo modo que el hierro y la arcilla no pueden fundirse.

44 En tiempo de estos reyes, el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido y cuya soberanía no pasará a otro pueblo. Pulverizará

y aniquilará a todos los otros y él mismo subsistirá por siempre;

45 eso significa la piedra que viste desprenderse del monte, sin intervención de mano alguna y que pulverizó hierro, bronce, arcilla, plata y oro. El gran Dios ha revelado al rey los acontecimientos del futuro. El sueño es verdadero, y su interpretación es fidedigna.

 

       *• Daniel, consejero del rey e intérprete de sueños, se ofrece para explicar al rey un sueño en el que habían fracasado todos los adivinos del reino: Daniel sabe que la revelación del misterio le vendrá de Dios (v. 28). Nabucodonosor pone a prueba a los sabios pidiéndoles que adivinen su sueño antes de explicarlo; ninguno lo consigue, salvo Daniel. Es la visión de una estatua construida con materiales diversos: oro, plata, bronce, hierro y arcilla. Se desprende una piedra desde un monte y se precipita contra los pies de la estatua, pulverizándola. La enorme estatua se hunde y se hace añicos, mientras que la piedra se convierte en un monte que llena la tierra (w. 31-35).

       Sigue la explicación del sueño, o sea, la sucesión de cuatro reinos después de Nabucodonosor. Cada uno de ellos suplantará al anterior, en una progresiva decadencia hasta el último, debilitado por la amalgama imperfecta de hierro y arcilla (w. 36-43). Surgirá entonces, por obra de Dios, un reino eterno que aniquilará a los otros, un reino simbolizado por la piedra. Es posible que el autor piense en la disgregación del imperio de Alejandro Magno en los reinos de sus sucesores; se afirma el señorío eterno de Dios, que pone término a todo dominio humano con la imagen escatológica de la unificación mundial.

 

Evangelio: Lucas 21,5-11

En aquel tiempo,

5 al oír a algunos que hablaban sobre la belleza de las piedras y exvotos que adornaban el templo, dijo:

6 -Vendrá un día en el que todo eso que veis quedará totalmente destruido; no quedará piedra sobre piedra.

7 Entonces le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?

8 Él contestó: -Estad atentos, para que no os engañen. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy, ha llegado la hora». No vayáis detrás de ellos.

9 Y cuando oigáis hablar de guerras y de revueltas, no os asustéis, porque es preciso que eso suceda antes, pero el fin no vendrá inmediatamente.

10 Les dijo además: -Se levantará nación contra nación y reino contra reino.

11 Habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambres, pestes, apariciones terroríficas y grandes portentos en el cielo.

 

       *»• Es el comienzo del «discurso escatológico» del evangelio de Lucas. Jesús se encuentra en el templo, donde enseña públicamente, y ha tenido ya algunas disputas con los maestros de la Ley y con los saduceos. Su discurso se apoya precisamente en la admiración que le produce la belleza del templo (v. 5). La predicción es drástica y fulminante: «Vendrá un día...» (v. 6), hasta tal punto que provoca en sus oyentes la inmediata petición de signos premonitorios (v. 7). La respuesta de Jesús pone primero en guardia contra los falsos signos que pueden inducir a engaño a los discípulos (w. 8-11) y, a continuación, predice la persecución como signo inequívoco (w. 12-19). «Estad atentos, para que no os engañen» (v. 8): se trata de un verbo típico de la terminología apocalíptica. Son muchos, en electo, los que hablarán en nombre de Jesús, pero lo harán en falso; por eso las guerras y revoluciones no deberán asustar a los discípulos (v. 9a).

       Lucas escribe en una época en la que el «retraso de la parusía» supone ya un problema para la comunidad, que padece persecuciones y desgracias, pero no sabe cuándo vendrá el fin: de ahí que sea necesario reforzar la paciencia y la esperanza y tranquilizar respecto al cumplimiento del futuro. Todo esto, dice Jesús, deberá sucede antes del fin, pero el fin no «vendrá inmediatamente» (v. 9b). La descripción de los acontecimientos que precederán al fin es incluso detallada (w. lOss), para hacer entrever la posibilidad de un tiempo intermedio (el tiempo de la Iglesia) muy largo, en el que la comunidad deberá perseverar en el testimonio.

 

MEDITATIO

       Las visiones apocalípticas tienen siempre una fuerte carga simbólica. Es menester ir más allá de las imágenes coloridas para captar su sentido. Jesús nos invita a no quedarnos en las apariencias: por muy grandioso y espléndido que sea el templo, no quedará piedra sobre piedra de él. La enorme estatua aparecida en el sueño de Nabucodonosor se hace añicos, golpeada por una piedra pequeña. No siempre los signos resultan de fácil lectura; es más, también sobre esto nos pone en guardia Jesús.

       Quisiéramos saber siempre por anticipado lo que nos espera, y nos sentimos aterrorizados por los «profetas de mal agüero», como los llamaba el papa Juan XXIII. Jesús nos tranquiliza, pero sin permitirnos que nos hagamos ilusiones: habrá, es cierto, trastornos y desastres, pero el futuro está en manos del Señor y debemos confiarnos con sencillez a él. También el libro de Daniel, con sus descripciones de prodigios tremendos, resulta tranquilizador: la estatua se derrumbará y con ella desaparecerán los reinos de la tierra; la piedra pequeña simboliza el Reino eterno de Dios, preparado desde siempre para los justos. No hay ningún motivo para tener miedo.

 

ORATIO

       Señor, tengo miedo.

       Me gustaría parecer desinhibido y moderno y sonreír ante las terribles previsiones apocalípticas, como si fueran fábulas de otros tiempos. Sin embargo, tengo miedo del mañana, tengo miedo del sufrimiento, tengo miedo de lo que no conozco.

       También me gustaría preguntarte cuándo tendrá lugar todo esto, pero no me atrevo a hacerlo. Concédeme, Señor, unos ojos puros y un corazón sencillo, para que sepa situar cada cosa bajo el juicio de la Palabra y para que sepa leer los signos de los tiempos. Me gustaría pedirte que me ahorraras las calamidades de las que hablas.

       Me gustaría pedirte que alejaras de la tierra las guerras, las destrucciones, las carestías, las pestilencias. Hazme comprender, Señor, por qué es necesario que todo esto tenga lugar. Sostenme, Señor, para que la fe que me has dado me ayude a vencer el miedo.

 

CONTEMPLATIO

       Tiende, oh Padre, una vez más tus manos para acoger al pobre. Ensancha tu seno para acoger en él a un número mayor. Nosotros iremos junto a los que reposan en el Reino de Dios, junto con Abrahán, Isaac y Jacob [...].

       Iremos al lugar donde se encuentra el paraíso de las delicias, allí donde Adán, que tropezó con los bandidos, ya no tiene ninguna razón para llorar por sus heridas, allí donde el mismo ladrón se alegra por haber entrado a formar parte del Reino de los Cielos, allí donde no hay nubes ni truenos ni relámpagos, allí donde no hay tempestades de vientos, ni tinieblas, ni sombras, donde ni el verano ni el invierno cambiarán el curso de las estaciones; allí donde no hará frío, ni granizo o lluvia, ni habrá necesidad de este sol o de esta luna, ni habrá los globos de las estrellas, sino que sólo brillará el fulgor de la gloria de Dios, pues el Señor será la luz de todos, y la luz verdadera que ilumina a cada hombre resplandecerá sobre todos. Iremos al lugar donde el Señor Jesús ha preparado a sus siervos muchas moradas (Ambrosio de Milán, Tratado sobre el bien de la muerte, XII, 53, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Dios del cielo hará surgir un Reino que jamás será destruido» (Dn 2,44).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Desde el único acontecimiento del nacimiento-vida-muerte-resurrección de Jesús hasta la parusía, todos los años son ¡guales para nosotros los cristianos: nos encontramos, en efecto, en los últimos tiempos, entre un «ya», acaecido en Jesucristo, y un «todavía no», esperado por toda la humanidad. Estos «últimos tiempos» no tienen nada de amenazador, ni de catastrófico para el hombre ni para la creación: no son el chronos que devora a sus hijos, sino el kairós, el tiempo propicio iniciado por Cristo y que cualifica a todo el resto del tiempo. Deben aparecer, por consiguiente, como un tiempo de gracia, como el tiempo favorable, como el día de la salvación en el que acoger la fe y vivir de ella. En consecuencia, este tiempo es siempre un «hoy», el hoy de Dios en el hoy de nuestra vida vivida, el hoy que Dios fija de nuevo para nosotros [...].

       Así es como el cristiano conoce y vive el tiempo: éste es siempre un «hoy», es siempre un «tiempo favorable» (2 Cor 6,2), es siempre un tiempo dejado por Dios para la conversión y para vivir de un modo bello y bueno en comunión y solidaridad con todos los hombres. Eso significa aprovechar el tiempo y hasta, como escribe Pablo (cf. Ef 5,1 ó), redimir, rescatar, salvar el tiempo como hombres provistos de sabiduría. Y nuestro tiempo, precisamente porque está marcado por el hoy de Dios, es un tiempo abierto a la eternidad, a la vida para siempre [...]. Si Dios está en el inicio de mi tiempo, si el Dios-hombre está en la plenitud del tiempo, ¿cómo podría no estar al final de mi tiempo?

       Si Cristo «es el mismo ayer, hoy y siempre», ¿cómo podríamos no estar con él para siempre nosotros, que lo hemos conocido en el tiempo, hoy? Nuestros días tienen un término, pero tienen también una finalidad: el encuentro con el Dios que viene, la vida eterna (E. Bianchi, Da Forestiero, Cásale Monf. 1995, pp. 49-52).

 

Día 29

Miércoles de la 34ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28

1 El rey Baltasar celebró un gran banquete en honor de sus dignatarios, que eran unos mil, y en el decurso del banquete se sirvió vino en abundancia.

2 Excitado por el vino, mandó traer las copas de oro y plata que su padre, Nabucodonosor, se había llevado del templo de Jerusalén, para que bebieran en ellas el rey, sus dignatarios, sus mujeres y sus concubinas.

3 Se trajeron las copas de oro y plata arrebatadas al templo, es decir, a la casa de Dios en Jerusalén, y el rey, sus dignatarios, sus mujeres y sus concubinas bebieron en ellas.

4 Bebían vino y alababan a sus dioses de oro y plata, bronce, hierro, madera y piedra.

5 En aquel momento aparecieron, frente al candelabro de la sala, unos dedos de mano humana que escribían sobre el revoque de la pared del palacio real. El rey, al ver la mano que escribía,

6 cambió de color, se le turbó la mente, le fallaron las articulaciones de sus caderas, y sus rodillas entrechocaban una con otra.

13 Daniel fue introducido en la presencia del rey, el cual le preguntó: -¿Así que tú eres Daniel, uno de los judíos que mi padre, el rey, trajo cautivos de Judea?

14 He oído decir que posees una inspiración divina, que tienes clarividencia, una inteligencia y una sabiduría superiores.

16 He oído decir que tú puedes dar interpretaciones y resolver problemas. Así pues, si consigues leer e interpretarme lo escrito, serás vestido de púrpura, llevarás al cuello un collar de oro y serás el tercero en el reino.

17 Daniel tomó la palabra y respondió al rey: -Guarda tus regalos y da tus obsequios a otro; en cualquier caso leeré e interpretaré para el rey lo escrito.

18 Te has alzado contra el Señor del cielo. Has mandado traer las copas de su templo, y tú, tus dignatarios, tus mujeres y concubinas habéis bebido en ellas. Has dado alabanza a los dioses de oro, plata, bronce, hierro, madera y piedra, que ni ven ni oyen ni saben nada, y no has glorificado al Dios que tiene en sus manos tu vida y tus caminos.

23 Por eso él envió la mano que escribió esas palabras.

24 Lo escrito es: mene, tequel y peres.

25  Y ésta es la interpretación: Mene, es decir, «contado»: Dios ha contado los días de tu reinado y ha señalado un límite.

26 Tequel, es decir, «pesado»: has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso.

28 Peres, es decir, «dividido»: tu reino ha sido dividido y entregado a los medos y a los persas.

 

       *• Baltasar, señalado como hijo y sucesor de Nabucodonosor, no es una figura histórica. El relato tiene el desarrollo de una parábola. El rey da un banquete y ordena poner en la mesa las copas sagradas que Nabucodonosor había llevado de Jerusalén a Babilonia. La profanación de las copas sagradas, en las que beben el rey y sus invitados, provoca un prodigio que siembra el terror en la sala del banquete: una mano misteriosa escribe en la pared unas palabras incomprensibles (w. 1-6).

       Como sucediera con el sueño de Nabucodonosor, nadie está en condiciones de explicar el prodigio hasta que la reina sugiere llamar a Daniel. El rey reconoce la sabiduría del judío deportado (w. 13ss) y le promete una recompensa (v. 16). Sin embargo, Daniel no ejerce su poder de adivinación, que le viene de Dios, por amor a recompensas (v. 17). El sabio, recorriendo la historia del reino, muestra las consecuencias de la arrogancia y del sacrilegio del que el rey es culpable. El pecado de Baltasar consiste en haberse opuesto al Señor del cielo y haber adorado a los ídolos (v. 23). Por eso Dios ha pronunciado su juicio, un juicio que Daniel interpreta de este modo: el señorío de Baltasar acabará, su poder ya no tiene peso, su reino será dado a otros.

 

Evangelio: Lucas 21,12-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

12 Os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y a las cárceles y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por  causa de mi nombre.

13 Esto os servirá para dar testimonio.

14 Haceos el propósito de no preocuparos por vuestra defensa,

15 porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a los que no podrá resistir ni contradecir ninguno de vuestros adversarios.

16 Seréis entregados incluso por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos, y a algunos de vosotros os matarán.

17 Todos os odiarán por mi causa,

18 pero ni un cabello de vuestra cabeza se perderá.

19 Si os mantenéis firmes, conseguiréis salvar vuestras almas.

 

       **• El segundo de los «signos premonitorios» que precederán al fin es la persecución: también ésta es ya una realidad cuando Lucas escribe su evangelio. Antes que todo lo demás, antes de los cataclismos y de las guerras, los discípulos serán detenidos y llevados a juicio «por causa» del nombre de Jesús (v. 12). Esto les proporcionará, dice Jesús por medio de Lucas, la ocasión de dar testimonio (v. 13): es una lectura positiva de la persecución.

       Lucas dirige a los discípulos desorientados, que no saben cómo defenderse (v. 14), un mensaje de esperanza; más aún, les transmite la certeza de la victoria: Jesús mismo les dará el lenguaje y la sabiduría necesarios para contradecir las acusaciones (v. 15). El contraste entre el v. 12 y el v. 15 es paralelo al que se da entre los w. 16ss y los w. 18ss: a pesar de las traiciones, del odio y del aislamiento, «ni un cabello de vuestra cabeza se perderá», y las «almas» (psychás, las «vidas») de los discípulos se salvarán.

 

MEDITATIO

       El lenguaje imaginativo y fuertemente evocador de los textos apocalípticos infunde terror; sin embargo, su mensaje es de esperanza. Las persecuciones, los abandonos y las traiciones no podrán nada contra quien se confía con sencillez al Señor. Los días del adversario están contados, dice Daniel; yo os daré lenguaje y sabiduría, dice Jesús, para reanimar los corazones desconcertados de los discípulos.

       La Escritura no guarda silencio sobre las pruebas que pondrán en peligro la vida de los testigos, no se muestra engañosa o falsamente consoladora. Cuanto más vivo y realista es el cuadro de la catástrofe, tanto más resalta la firmeza de la fe: palidece de terror el arrogante Baltasar mientras resuenan seguras las palabras de Daniel: «Dios ha contado los días de tu reinado y ha señalado un límite».

 

ORATIO

       Señor, haz que no se turbe mi corazón, que no tiemble cuando se me pida que dé cuenta de mi fe. Me falta el valor, no sé hablar, mi mente está confusa. Necesito la confortación de los otros, no soporto estar abandonado y solo.

       Perdóname, Señor, pero también estoy atormentado por la duda: «Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá».

       Perdóname, Señor, pero tengo miedo de que sea sólo una piadosa ilusión.

       Sólo tú puedes darme fuerza, Señor. Sólo tú puedes darme la fe, volver a dar esperanza a mi ánimo marchito.

       Sólo tú puedes darme «lenguaje y sabiduría» para resistir los ataques de tus adversarios y de los míos.

       Gracias, Señor, por no haberlo dejado todo sobre mis frágiles espaldas. Gracias porque precisamente mi fragilidad prueba que sólo en ti hay vida y salvación.

 

CONTEMPLATIO

       Sedme fieles. No temáis: maestros de la Ley y fariseos, autoridades y poderosos serán vuestros enemigos. Pareceréis abandonados -en realidad, estaréis seguros-. ¿Dónde?  En lo más seguro que el Señor ha ofrecido: en la Providencia. Ya hemos visto una vez lo que significa Providencia: no es el orden de la naturaleza, que se impone de por sí, sino el que el Padre establece en el hombre, que se le da por fe, siempre que el hombre reconozca a Dios como su Padre, se confíe a él y se tome a pecho, como ninguna otra cosa, el celo por su Reino.

       De este modo, los apóstoles no se espantarán frente a la persecución, porque estarán protegidos, y aunque tuvieran que perecer, ni siquiera entonces temerán, pues estarán convencidos de que lo que cuenta es inviolable.

       Quien los mate matará sólo el cuerpo; no pueden perjudicar al alma, pues está recogida en la fe de Jesús.

       También al alma le llega la hora de decidir entre la vida y la muerte: ante Dios, en el tribunal supremo. Dios la puede lanzar a la muerte eterna. Esto es lo único que deben temer los discípulos. Pero si han optado por Jesús, están vivos ante Dios y gozan de la vida eterna. La decisión mediante la que alguien se pone de parte de Jesús se lleva a cabo en lo exiguo de un instante, pero funda la eternidad [...].

       ¿Cómo debe comportarse, entonces, el hombre? Concentrando el espíritu en lo que dura eternamente y dejando que las cosas caducas pasen su tiempo. En Dios, no en el tiempo, debe estar su posesión. Ahora bien, esto sólo es posible cuando se tiene fe en Cristo. Entonces el hombre, viviendo de esta fe, puede obtener frutos de inmortalidad en las mismas cosas terrenas (R. Guardini, II Si^nore, Milán, 1949, pp. 222-224, passim [edición española: El Señor, Rialp, Madrid 1964]).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo os daré lenguaje y sabiduría» (Lc 21,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Frente a la pérdida del sentido, los creyentes están llamados sobre todo a poner a Cristo en el centro, calificándose como discípulos suyos, apasionados por su verdad, lo único que libera y salva. «Ven y Sígueme» es la llamada que resuena hoy más que nunca para los creyentes, porque hoy más que nunca es menester decir con la vida que hay razones para vivir y para vivir juntos, y que estas razones no están en nosotros mismos, sino en ese último horizonte que la fe nos hace reconocer como revelado y dado en Jesucristo. Se trata de redescubrir el primado de Dios en la fe y, por consiguiente, el primado de la dimensión contemplativa de la vida, entendida como fiel unión a Cristo en Dios, manteniendo el corazón atento al horizonte último que se nos ofrece en él. Tenemos necesidad de cristianos adultos, convencidos de su fe, expertos en la vida según el Espíritu, dispuestos a dar razón de su esperanza. En este sentido, la caridad más grande que se pide hoy a los discípulos del Crucificado resucitado es ser, con su vida, discípulos y testigos de aquel que es el verdadero sentido que no defrauda, la verdad que salva. En segundo lugar, los cristianos están llamados, hoy más que nunca, a hacerse siervos por amor, viviendo el éxodo de sí mismos sin retorno, siguiendo al Abandonado, construyendo el camino en comunión, mostrándose solidarios especialmente con los más débiles y los más pobres de sus compañeros de camino. Si Cristo está en el centro de nuestra vida y de la vida de toda la Iglesia, si él es aquel al que estamos suspendidos, atados a su cruz, iluminados por su resurrección, entonces no podemos considerarnos fuera de la historia de sufrimiento y lágrimas a la que él ha venido y donde ha hincado su cruz, para extender en ella el poder de su victoria pascual. Los discípulos de la verdad que salva no están nunca solos; están con él, al servicio del prójimo, viviendo así en la compañía del Dios con nosotros (B. Forte, // laici nella Chiesa e nella societá avile, Cásale Monf. 2000, pp. 77-79, passim).

 

Día 30

San Andrés (30 de noviembre)

 

Andrés, que ya era discípulo de Juan el Bautista, se puso a seguir a Jesús cuando el precursor le señaló como «Cordero de Dios» {cf. Jn 1,35-40). Le comunicó a Pedro, su hermano, que había descubierto al Mesías [cf. Jn l,41ss). Ambos fueron llamados por Jesús a orillas del lago de Genesaret para ser «pescadores de hombres» (Mt 4,18ss). Fue Andrés el que, en la multiplicación de los panes, indicó a Jesús al niño que tenía los cinco panes y los dos peces (Jn ó,8ss). Junto con Felipe, Andrés le dijo al Nazareno que algunos griegos querían verle (Jn 12,20ss). Según la tradición, Andrés murió crucificado en Patras; por eso se venera su memoria de un modo absolutamente especial en la Iglesia griega.

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 10,9-18

Hermano:

9 si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás.

10 En efecto, cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se alcanza la salvación.

11 Pues dice la Escritura: Quienquiera que ponga en él su confianza no quedará defraudado.

12 Y no hay distinción entre judío y no judío, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que lo invocan.

13 En una palabra, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

14 Ahora bien, ¿cómo van a invocar a aquél en quien no creen? ¿Y cómo van a creer en él si no les ha sido anunciado?

15 ¿Y cómo va a ser anunciado si nadie es enviado? Por eso dice la Escritura: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias!

16 Pero no todos han aceptado la Buena Nueva. Isaías lo dice: Señor, ¿quién ha dado crédito a nuestro mensaje?

17 En definitiva, la fe surge de la proclamación, y la proclamación se verifica mediante la palabra de Cristo.

18 Y digo yo: ¿es que no han oído? ¡Todo lo contrario! A toda la tierra ha llegado la voz de los mensajeros y hasta los confines del mundo sus palabras.

 

**• Según el mensaje paulino, es la fe lo que conduce a la salvación, por el simple hecho de que con ella nos abandonamos libre y totalmente a Dios (cf. Dei Verbum 5), reconociéndole como Salvador. Ahora bien, a la fe se llega mediante la escucha de la predicación.

El objeto de ambas, de la fe y de la predicación, es el misterio de Jesús-Señor, muerto y resucitado por el poder de Dios Padre. Por eso, al creer, todo hombre y toda mujer de buena voluntad- se expropia de sí mismo y se convierte en propiedad de Dios, garantía y fundamento de toda posible confianza humana en él. Con todo, y siempre según la enseñanza de Pablo, también la predicación presupone un acontecimiento de gran importancia: un acontecimiento de carácter histórico, que aparece como absolutamente necesario. El que predica debe poder decir que ha sido enviado: la predicación presupone la misión, y ésta constituye el punto de amarre entre el que predica y el que es predicado, entre el enviado y el que envía.

El destino universal del mensaje evangélico pasa, por consiguiente, a través de un hecho histórico completamente particular: la elección que hizo Jesús de sus testigos y el envío de los mismos en misión.

 

Evangelio: Mateo 4,18-22

En aquel tiempo,

18 paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos: Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, que estaban echando la red en el lago, pues eran pescadores.

19 Les dijo:

-Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres.

20 Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron.

21 Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo, reparando las redes. Los llamó también,

22 y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, lo siguieron.

 

*•• Jesús se apresura, al comienzo de su ministerio público, a reunir a su alrededor algunos discípulos, a los que dirige una enseñanza completamente particular, porque quiere que sean sus seguidores y sus testigos. A su tiempo, después de la resurrección de Jesús, serán enviados a todo el mundo, a fin de que el Evangelio pueda seguir su curso hasta el final. Los Doce, de pescadores de peces, se convertirán en pescadores de hombres.

No se trata de un simple juego de palabras, sino de lo que el mismo Jesús les dice: «Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron» (v. 19). Andrés, junto con su hermano Simón, fue uno de los primeros que escuchó la llamada de Jesús y le siguió con prontitud. Mateo otorga un relieve particular a la prontitud con la que Pedro y Andrés respondieron a la llamada de Jesús: «Y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, lo siguieron» (v. 20).

Un poco más adelante (v. 22), el mismo evangelista Mateo afirma que, en realidad, los primeros discípulos de Jesús no dejaron sólo las redes, la barca y su profesión, sino también a su padre. El seguimiento de Jesús, el auténtico que transforma la vida, no deja lugar a tergiversaciones ni concede descuento alguno: es, por propia naturaleza, radical y totalitario.

 

MEDITATIO

Nuestra reflexión se va a detener en un par de detalles que nos ofrece la página evangélica. En primer lugar, el hecho histórico según el cual los primeros discípulos siguieron a Jesús de dos en dos. No parece que haya que desatender esta información que nos ofrecen los evangelistas.

También hoy el seguimiento de Jesús mediante la experiencia de una compañía, de una auténtica amistad humana, es extremadamente positivo; puede favorecer la decisión, la adhesión y la perseverancia. Tal vez el mundo contemporáneo tenga también necesidad de este testimonio, un testimonio con el que los seguidores de Jesús muestran que son capaces de valorar todo lo que hay de bueno y santo en las relaciones amistosas.

La prontitud con la que los primeros discípulos de Jesús siguen a su maestro merece asimismo una atención especial. Decir prontitud significa desprendimiento de todo lo que puede lentificar el paso hacia Jesús, sobre todo de aquello que, en cierto modo, podría despistarnos del camino emprendido. Decir prontitud significa también la voluntad de establecer un atraque fuerte y decisivo en Jesús, único fin de nuestra propia vida, único destinatario de nuestro propio amor. Por eso, decir prontitud significa radicalidad evangélica; con ella, todo resulta bello y ligero al final; sin ella, todo resultaría fatigoso e insoportable en cada instante.

 

ORATIO

¿Por qué, Señor, son tan pocos los que prestan hoy oído a tu voz? ¿Por qué disminuye cada vez más el número de los que están dispuestos a seguirte por el camino de la radicalidad evangélica? ¿Acaso se ha apagado tu voz entre nosotros? ¿O tal vez es menos perceptible tu presencia entre los jóvenes de hoy? ¿Acaso estás tan escondido que es casi imposible reconocerte presente y cercano a cada uno de nosotros?

Sin embargo, oh Señor, tú estás en medio de nosotros, vives a nuestro lado, nos acompañas de una manera discreta, pero real, por los caminos que recorremos.

Haz, oh Señor, que tu Palabra resuene más eficaz que nunca hoy para todos nosotros. Haz, oh Señor, que tu presencia sea advertida y reconocida hoy más que nunca, sobre todo por los jóvenes. De este modo, el espinoso problema de la falta de vocaciones dejará de angustiarnos, porque todos nos abandonaremos a tu solicitud de pastor bueno.

 

CONTEMPLATIO

Ponerse en camino significa exteriorizarse, romper la costra del egoísmo, que intenta encerrarnos en nuestro propio «yo».

Ponerse en camino significa dejar de girar sobre uno mismo como si fuéramos el ombligo del mundo y de la vida.

Ponerse en camino significa no dejarse encerrar en el círculo de problemas del pequeño mundo al que pertenecemos. Por muy importantes que sean, la humanidad es más grande y es precisamente a esta humanidad a la que servimos.

Ponerse en camino no significa devorar kilómetros, atravesar océanos o alcanzar la velocidad supersónica. Significa, ante todo, abrirse a los demás, descubrirles, encontrarse con ellos (Dom Helder Cámara).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive durante la jornada la Palabra: «Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres» (Mt4,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En el hombre actúan múltiples fuerzas: conociéndolas, puede abarcar todas las cosas que hay a su alrededor -estrellas y montañas, mares y ríos, plantas y animales, y toda la humanidad que está cerca de él, y de este modo puede enriquecer su mundo interior. Puede amarlas, puede odiarlas y rechazarlas; puede ponerse contra ellas o bien tender a ellas y atraerlas hacia sí.

Puede actuar sobre el mundo que le rodea y modificarlo según su propia voluntad. Un variado fluctuar de alegría y de codicia, de aflicción y de amor, de calma y de excitación acompaña el ritmo del corazón.

Sin embargo, su fuerza más noble es ésta: reconocer que hay algo más elevado por encima de él, venerar este algo más elevado e insertarse en él. El hombre puede conocer a Dios por encima de él, puede adorarle y puede ofrecerse a sí mismo «a fin de que Dios sea glorificado». Ésta es la ofrenda: que la sublimidad de Dios brille en el espíritu; que el hombre adore esta sublimidad; que no se detenga de una manera egoísta en sus propias posesiones, sino que las trascienda, que se comprometa a sí mismo a fin de que sea glorificado el excelso Dios. La fuerza más profunda del alma es su capacidad de ofrenda. Es en lo íntimo del hombre donde tienen su sede la calma y la limpidez de donde sube la ofrenda a Dios (Romano Guardini).