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LECTIO DIVINA NOVIEMBRE DE 2018

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Festividad de Todos los Santos

          Solemnidad de Todos los Santos, que están con Cristo en la gloria. En el gozo único de esta festividad, la Iglesia Santa, todavía peregrina en la tierra, celebra la memoria de aquellos cuya compañía alegra los cielos, recibiendo así el estímulo de su ejemplo, la dicha de su patrocinio y, un día, la corona del triunfo en la visión eterna de la divina Majestad (elog. del Martiriologio romano). 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14

Yo, Juan,

2 ví otro ángel que subía del oriente; llevaba consigo el sello del Dios vivo y gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar:

3 -No hagáis daño a la tierra, ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente con el sello a los servidores de nuestro Dios.

4 Y oí el número de los marcados con el sello: eran ciento cuarenta y cuatro mil procedentes de todas las tribus de Israel.

9 Después de esto, miré y ví una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie delante del trono y del Cordero. Vestían de blanco, llevaban palmas en las manos

10 y clamaban con voz potente, diciendo: A nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero se debe la salvación.

11 Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono, alrededor de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, cayeron rostro a tierra delante del trono y adoraron a Dios,

12 diciendo: Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.

11 Entonces, uno de los ancianos tomó la palabra y me preguntó: -¿Estos que están vestidos de blanco quiénes son y de dónde han venido?

14 Yo le respondí: -Tú eres quien lo sabe, Señor. Y él me dijo: - Éstos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero.

 

**- La historia se va desarrollando poco a poco y está llegando a su término final. La apertura de los «siete sellos » -tal como se describe en el Apocalipsis- impone un ritmo a esta duración y va mostrando sus componentes a medida que se revelan (capítulos 6ss). El fragmento de hoy se inserta entre el sexto y el séptimo -o sea, el último- sellos como una gran liturgia que, al mismo tiempo, crea expectativas y promesas para el futuro.

        Esta liturgia celebra, en efecto, la salvación ya presente. Esa salvación está destinada a una «muchedumbre enorme» (v. 9), a todos los «que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero» (v. 14). Se trata, por consiguiente, de una salvación universal, abierta a todos, en particular a todos los que se han visto sometidos de algún modo por la persecución {thlipsis, «tribulación», se convierte en el signo de toda persecución) y salen de ella purificados.

        Como premonición y como signo de esta salvación, aparece un grupo elegido marcado con «el sello del Dios vivo». No está claro lo que significa este sello (¿se trata de una cita de Ez 9,4?, ¿de la unción bautismal?, ¿de la cruz?). Probablemente resulta más fácil identificar a los «ciento cuarenta y cuatro mil» (v. 4) que están marcados con él: son la plenitud del nuevo pueblo de Dios, el Israel renovado en todos sus componentes y puesto en la historia como signo de que el poder de Dios se revela en sus «servidores» (v. 3).

 

Segunda lectura: 1 Juan 3,1-3

Carísimos:

1 considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo ha conocido a él.

2 Queridos, ahora somos ya hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

3 Todo el que tiene en él esta esperanza se purifica a sí mismo, como él es puro.

 

**• El presente fragmento forma parte de la sección de la primera carta de Juan centrada en la justicia de Dios (2,29-4,6). El distintivo que permite reconocer al que ha «nacido de Dios» es la capacidad de obrar la justicia y de no cometer pecado (2,29; 3,9). La adecuación de la vida a la justicia de Dios podría parecer una tarea desmesurada, pero esta carta nos ayuda a comprender que eso no es simple fruto de la ascesis o de luchas gloriosas: el hijo del Justo tiene la capacidad de obrar la justicia no por simple mérito suyo; la recibe más bien de quien le engendra a la vida (2,29), del mismo modo que quien recibe la luz es iluminado interiormente por ella y puede ver incluso cómo es Dios, sosteniendo su mirada (3,2ss).

La experiencia de la filiación divina, la experiencia de deber al Padre la propia vida de fe y de amor en los cielos (cf. 5,1-4) se repite varias veces a lo largo de la carta (tékna, téknia: 2,1.12.28; 3,1.2.7.10.18; 4,4; 5,2, mientras que el término hyiós ha asumido ahora una connotación técnica destinada a expresar la persona del Hijo de Dios: cf. 1,3.7; 2,22.23; 3,8.23; 4,9.10.14.15) y se revela, por tanto, como experiencia originaria de los cristianos.

Si parece oscuro lo que falta aún para la consumación de esta filiación, es porque será revelada cuando se reconstruya nuestra semejanza con Dios (3,2).

 

Evangelio: Mateo 5,l-12a

En aquel tiempo,

1 al ver a la gente, Jesús subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos.

2 Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras:

3 Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

4 Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará.

5 Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra.

6 Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciará.

7 Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos.

8 Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios.

9 Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

10 Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

11 Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por mi causa.

12 Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos.

 

** El evangelio según Mateo puede ser estructurado en torno a cinco grandes discursos que acompasan el discurrir de los capítulos. El primer gran discurso, que tiene su comienzo en este fragmento, amplifica y despliega el anuncio profético originario de Jesús: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 4,17; cf. 3,2; 10,7). Es como una gran incrustación en la que temas y palabras se reclaman formando un cuadro global de gran efecto.

En nuestro fragmento se puede subrayar, en primer lugar, la fórmula de las bienaventuranzas: todas están construidas siguiendo un modelo semejante. Se parte de la proclamación de la bienaventuranza, que se dirige siempre a categorías «débiles» en la historia, para anunciar que esta debilidad está puesta en las manos de Dios (éste es el sentido de la forma pasiva y del tiempo futuro de los verbos). En todas ellas, en efecto, la promesa contenida en la segunda parte corresponde a la expectativa de la primera. A los que lloran les corresponde el consuelo de Dios (v. 4); a los humildes, Dios les entregará la tierra (v. 5); a quienes tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios (de justicia, según otras traducciones), Dios los saciará; con los que tienen un corazón misericordioso, Dios se mostrará misericordioso (v. 7); se mostrará plenamente transparente a los que tienen limpio el corazón (v. 8); tomará como hijos e hijas a quienes construyen la paz (v. 9).

De este esquema general se apartan, en cierto modo, la primera y la octava bienaventuranzas, que forman una gran inclusión, puesto que ambas prometen a «los pobres en el espíritu» (v. 3) y a «los perseguidos por hacer la voluntad de Dios» (la justicia, según otras traducciones) (v.10) el Reino de los Cielos. Estas dos bienaventuranzas adquieren así una densidad especial, mientras que la última aplica este anuncio evangélico a la situación de persecución por la que pasa la comunidad cristiana (vv. 11ss). El «Reino de los Cielos» se convierte de este modo en el código que permite comprender las bienaventuranzas y, además, todo el Evangelio (cf., a título de ejemplo, las parábolas que se encuentran en Mt 13).

Finalmente, podemos subrayar el hecho de que haya una última expresión ligada al Reino de los Cielos: se trata de la expresión «voluntad de Dios» («justicia», según otras traducciones) (5,10; cf. 6,33). Su sentido no corresponde a ninguna actitud legalista, que, en 5,20, está incluso condenada expresamente. Voluntad de Dios o justicia remiten, aquí y en otros lugares, al designio del Padre sobre la historia y a la transformación que Dios mismo provoca en la misma; de ahí que la exhortación final de esta primera parte del evangelio, a primera vista excesiva, sea en realidad anuncio de la verdad del cristiano como hijo de Dios: «Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (v. 48).

 

MEDITATIO

La santidad pertenece únicamente a Dios, y nadie puede reclamarla nunca para sí. La distancia entre nuestro carácter de criaturas y el Creador, la fractura entre nuestros deseos y nuestras realizaciones, la necesidad de ajustar las cuentas con los compromisos y dolores de la historia nos impiden creer que nuestra filiación divina sea algo que se nos debe. Desde este punto de vista, el balance de la historia es aún ruinoso: no somos santos.

Con todo, podemos construir la santidad en parte, armonizando nuestra propia vida con el designio de justicia que Dios ha pensado para el mundo. Lo hacen «los pobres en el espíritu», que no consiguen encontrar en ellos mismos motivos para ir hacia delante y se confían al grano de mostaza del Reino de Dios. Lo hacen los «servidores» del Señor, que intentan imitar el obrar misericordioso de Dios en la historia para convertirse en un posible signo de salvación, en un poco de levadura del Reino de Dios.

Se trata de tareas desmesuradas, que nadie consigue llegar a término por sí solo. Únicamente si nos confiamos a aquella parte todavía no revelada de nosotros mismos, a la semejanza que nos hace hijos e hijas de Dios y amados por él, sólo si creemos y nos confiamos con fe y amor a la promesa de nuestro bautismo, llegaremos a comprender cómo la salvación forma parte ya de nuestra vida y que es propio de la santidad de Dios sostener nuestra santidad.

 

ORATIO

Padre santo, tú nos has llamado hijos tuyos. Nosotros te damos gracias por tu santidad, que conduce la historia. No comprendemos todavía hasta el fondo lo que significa sentirse amados por tu santidad, pero tú mantienes viva en nosotros la imagen que has proyectado para cada uno.

Hijo justo del Padre, tú nos has abierto un paso en la historia, donde conseguimos ver cómo actúa el Padre en la historia y cómo obra en ella el Hijo. Ayúdanos a imitar tu única filiación, haznos capaces de confiarnos al Padre.

Espíritu de justicia y de santidad, si tú no purificas nuestros corazones nunca seremos capaces de abrir nuestros ojos a la mirada de Dios, nunca seremos capaces de cantar las alabanzas de Dios en la liturgia, no conseguiremos llamarnos hijos. Infunde en nuestro corazón la capacidad de escuchar la voz del Padre que nos llama hijos suyos amados.

 

CONTEMPLATIO

También nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Y lo que produce en nosotros la imagen divina no es otra cosa que la santificación, esto es, la participación en el Hijo en el Espíritu. Así que, después de que la naturaleza humana se hubiera encaminado a la perversión y se hubiera corrompido la belleza de la imagen, fuimos restaurados en el estado original, porque mediante el Espíritu ha sido reformada la imagen del Creador, es decir, del Hijo, a través del cual viene todo del Padre.

También el sapientísimo Pablo dice: «¡Hijos míos, por quienes estoy sufriendo de nuevo dolores de parto hasta que Cristo llegue a tomar forma definitiva en vosotros!» (Gal 4,19). Y él mismo mostrará que la figura de la formación de la que se habla aquí ha sido imprimida en nuestras almas por medio del Espíritu, proclamando: «Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Por nuestra parte, con la cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosa, como corresponde a la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,17ss) (Cirilo de Alejandría, Dialoghi sulla Trinitá, Roma 1982, pp. 302ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: « Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tu verdadera identidad es ser hijo de Dios. Esa es la identidad que debes aceptar. Una vez que la hayas reivindicado y te hayas instalado en ella, puedes vivir en un mundo que te proporciona mucha alegría y, también, mucho dolor. Puedes recibir tanto la alabanza como el vituperio que te lleguen como ocasiones para fortalecer tu identidad fundamental, porque la identidad que te hace libre está anclada más allá de toda alabanza y de todo vituperio humano. Tú perteneces a Dios y, como hijo de Dios, has sido enviado al mundo.

Dado que ese lugar profundo que hay dentro de ti y donde se arraiga tu identidad de hijo de Dios lo has desconocido durante mucho tiempo, los que eran capaces de afectarte han tenido sobre ti un poder repentino y a menudo aplastante. Pero no podían llevar a cabo aquel papel divino, y por eso te dejaron, y te sentiste abandonado. Pero es precisamente esta experiencia de abandono la que te ha atraído a tu verdadera identidad de hijo de Dios.

Sólo Dios puede habitar plenamente en lo más hondo de ti. Puede ser que haga falta mucho tiempo y mucha disciplina para volver a unir tu yo profundo, escondido, con tu yo público, que es conocido, amado y aceptado, aunque también criticado por el mundo; sin embargo, de manera gradual, podrás empezar a sentirte más conectado a él y llegar a ser lo que verdaderamente eres: hijo de Dios (H. J. M. Nouwen, La voce dell'amore, Brescia 21997, pp. 98ss, passim).

 

 

 

Día 2

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre)

 

Creemos por fe que la muerte no es el final de la existencia humana, sino la entrada en una condición de vida nueva y definitiva: en Dios y ¡unto con todos los redimidos. La realidad de la comunión de los santos nos da la certeza de que los hermanos todavía no purificados del todo pueden recibir ayuda y consuelo por medio de nuestra oración. Por eso la Iglesia, acogiendo una antigua tradición monástica, ha dedicado un día entero a la oración de sufragio por los fieles difuntos, fijando su fecha en el 2 de noviembre, inmediatamente después de la fiesta de Todos los santos.

 

LECTIO

Primera lectura: Job 19,l-23-27a

1 Job tomó la palabra y dijo:

23 ¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en el bronce!

24 ¡Ojalá con punzón de hierro y plomo se esculpieran para siempre en la roca!

25 Pues yo sé que mi defensor está vivo y que él, al final, se alzará sobre el polvo;

26 y después que mi piel se haya consumido, con mi propia carne veré a Dios.

27 Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño, y en mi interior suspirarán mis entrañas.

 

*•• No resulta fácil compartir el sufrimiento de otro. Los amigos de Job no le ofrecen más que discursos hechos a partir de tópicos y frustrados por una sabiduría demasiado fácil. Muy distintas son las palabras de su respuesta. En efecto, cuando se encuentra casi en el umbral de la muerte y la soledad le destroza el corazón (vv. 19-22), Job intuye que Dios es su redentor, su go'el, o sea -siguiendo la práctica jurídica judía-, el pariente cercano que debe comprometerse a rescatar corriendo con los gastos (o vengar) a su pariente en caso de esclavitud, de pobreza, de asesinato. Así pues, Job puede apelar a Dios como a su último defensor, como al ser vivo que se compromete a sí mismo en favor del hombre que muere, puesto que entre Dios y el hombre existe una especie de parentesco, un vínculo indisoluble.

Job lo afirma con vigor (vv. 26ss): sus ojos contemplarán a Dios con la familiaridad de quien no es extraño a su vida.

 

Segunda lectura: Romanos 5,5-11

Hermanos:

5 Una esperanza que no engaña porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones.

6 Estábamos nosotros incapacitados para salvarnos, pero Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado.

7 Es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien, aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir.

8 Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores.

9 Con mayor razón, pues, a quienes ha puesto en camino de salvación por medio de su sangre los salvará definitivamente del castigo.

10 Porque si siendo enemigos Dios nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, nos salvara para hacernos partícipes de su vida.

11 Y no sólo esto, sino que nos sentimos también orgullosos de un Dios que ya desde ahora nos ha concedido la reconciliación por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

*•• La esperanza del hombre frente al enigma de la muerte no es vana. Como ya había intuido Job, Dios es realmente nuestro «Redentor», porque nos ama. Se ha comprometido a rescatarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte pagando el precio de la sangre de su Hijo (vv. 6-9), de un modo absolutamente gratuito. Nosotros, en efecto, éramos pecadores, impíos, enemigos, pero el Señor nos ha reconocido como «suyos» y ha muerto por nosotros, arrancándonos de la muerte eterna.

Por medio del bautismo, y participando en el misterio pascual de Cristo, es como acogemos esta gracia. Su muerte nos ha reconciliado con el Padre, su resurrección nos permite vivir como salvados. Rompiendo continuamente los lazos con el pecado y dejándonos guiar por el Espíritu derramado en nuestros corazones, actualizamos cada día la gracia de nuestro nuevo nacimiento.

 

Evangelio: Juan 6,37-40

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre:

37 Todos los que me da el Padre vendrán a mí, y yo no rechazaré nunca al que venga a mí.

38 Porque yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.

39 Y su voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día.

40 Mi Padre quiere que todos los que vean al Hijo y crean en él tengan vida eterna, y yo los resucitaré en el último día.

 

**• El verdadero centro de esta perícopa es la voluntad de Dios, a cuyo cumplimiento está orientada por completo la misión de Jesús (v. 38). Esa voluntad es un designio de vida y de salvación ofrecido a todo hombre («todos»: v. 40) a través de la mediación de Cristo, a fin de que nadie se pierda (v. 39). El designio de Dios manifiesta así su ilimitada gratuidad y, al mismo tiempo, la afectuosa atención de su caridad con cada uno. Para recibirla, es preciso responder con el libre consentimiento de la fe: quien cree en el Hijo tiene ya desde ahora la vida eterna, porque se adhiere a aquel que es la resurrección y la vida, y sólo él puede llevarnos consigo más allá del insuperable límite de la muerte.

 

MEDITATIO

Ante la muerte se impone el silencio, ese silencio que, haciéndonos entrar en el diálogo de la eternidad y revelándonos el lenguaje del amor, nos pone en una comunicación profunda con este insondable misterio. Existe un vínculo fortísimo entre aquellos que han dejado de vivir en el espacio y en el tiempo y los que se encuentran aún inmersos en ellos. Si bien la desaparición física de las personas queridas nos hace sufrir su inalcanzable lejanía, mediante la fe y la oración experimentamos una más íntima comunión con ellos. Cuando parece que nos dejan es en realidad el momento en el que se establecen más firmemente en nuestra vida: siguen estando presentes en nosotros, forman parte de nuestra interioridad, los encontramos en esa patria que ya llevamos en el corazón, allí donde habita la Trinidad.

San Pablo nos anima a vivir de una manera positiva el misterio de la muerte, haciéndole frente día tras día, aceptándola como una ley de la naturaleza y de la gracia, para ser despojados progresivamente de lo que debe perecer hasta encontrarnos ya milagrosamente transformados en aquello en que debemos convertirnos. La «muerte cotidiana» se revela así más bien como un nacimiento: el lento declinar y el ocaso desembocan en un alba luminosa. Todos los sufrimientos, las fatigas y las tribulaciones de la vida presente forman parte de este necesario, de este cotidiano morir, a fin de pasar a la vida inmortal. Debemos vivir fijando nuestra mirada en el objeto de la bienaventurada esperanza, apoyándonos únicamente en la fidelidad del Señor, que nos ha prometido la eternidad.

Si vivimos así, cuando lleguemos al ocaso de esta vida no veremos caer las tinieblas de la noche, sino que aparecerá ante nosotros -una expectativa sorprendente, no obstante-, el alba de la eternidad y tendremos la inefable alegría de sentirnos una sola cosa con el Señor.

Después de una larga fatiga seremos plenamente suyos y esa pertenencia será plenitud de bienaventuranza en la visión cara a cara.

 

ORATIO

Señor, cada día se eleva desde la tierra una acongojada oración por aquellos que han desaparecido en el misterio: la oración que pide reposo para el que expía, luz para el que espera, paz para quien anhela tu amor infinito.

Descansen en paz: en la paz del puerto, en la paz de la meta, en tu paz, Señor. Que vivan en tu amor aquellos a los que he amado, aquellos que me han amado. No olvides, Señor, ningún pensamiento de bien que me haya sido dirigido, y el mal, oh Padre, olvídalo, cancélalo.

A los que pasaron por el dolor, a los que parecieron sacrificados por un destino adverso, revélales, contigo mismo, los secretos de tu justicia, los misterios de tu amor. Concédenos esa vida interior para que en la intimidad nos comuniquemos con el mundo invisible en el que están: con ese mundo fuera del tiempo y del espacio que no es lugar, sino estado, y no está lejos de nosotros, sino a nuestro alrededor; que no es de muertos, sino de vivos (Primo Mazzolari).

 

CONTEMPLATIO

Señor, Señor Jesús, tú eres la vida eterna de la patria verdadera y eterna, puesto que tú nos la has procurado.

Tú eres la lámpara de la casa paterna que ilumina suavemente, tú eres el sol de la justicia en la tierra, tú eres el día que no llega nunca al término, tú eres el lucero del alba. Allí sólo tú eres el templo, el sacerdote y la víctima.

Tú sólo el rey y el jefe, el Señor y el maestro; tú eres el sendero de la unificación, tú eres el manantial y la paz, tú eres la dulzura infinita. Allí todos los que te pertenecen te siguen, y tú estás siempre, no te vas nunca, diriges la casta danza sobre los prados de la alegría...

Por eso, cuando se despierta en nosotros la nostalgia de la vida eterna, de la patria verdadera, de la comunión con todos los santos allá arriba en la ciudad que está sobre los montes elevados, entonces debemos convertirnos aquí abajo en humildemente pequeños en la casa del Señor, debemos cargar sobre nosotros la aflicción junto con nuestra Madre dolorosa, la Iglesia (Quodvultdeus de Cartago, cit. en K. Rahner, Mater Ecclesiae, Milán 1972, p. 108).

 

ACTIO

        Repite hoy con frecuencia esta oración: «Dales, Señor, el descanso eterno; brille para ellos una luz perpetua. Descansen en paz- Amén».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No se debe morir cuando se ama. La familia no debería conocer la muerte. Se unen para la eternidad, y para la eternidad dan la vida a otras personas. La muerte no es sólo el huésped que no se puede evitar. Se podría decir que es un miembro de la familia, un miembro celoso que, cuando llega, aleja a otros.

Sea quien sea la persona que veamos alejarse, la vida queda cambiada. Toda muerte lacera la carne común. La familia, precisamente porque es preparación para la vida, es también preparación para la muerte, y en esta cita común con el misterio no es posible saber quién será llamado el primero.

¿Por qué no se nos permite morir al mismo tiempo? Éste sería el deseo más vivo del amor, una nueva bendición nupcial a la que consentiríamos con alegría. Pero ese caso es muy raro. La Providencia tiene otros fines. Algunos de ellos son evidentes, otros se nos escapan. Por eso es difícil la fe. Nos creemos víctimas de la fatalidad, y no pensamos que, también con la muerte, sigue siendo el amor un don insigne. En una casa hay desgracias mucho más graves que la muerte. ¡Cuántas tragedias ocurren sin que nadie haya desaparecido, y cuánta ternura conservada en ausencia de las personas queridas!

La muerte no es siempre una enemiga. Mientras la padece, el amor es capaz de vencerla. Vivir significa con frecuencia separarse; morir significa, en cambio, reunirse. No es una paradoja: para aquellos que han llegado al amor más grande, la muerte es una consagración y no una ruptura. En el rondo, nadie muere verdaderamente, porque nadie puede salir de Dios. Ese que nos parece haberse detenido de improviso continúa su camino. Ha sido como pasar una página, mientras escribía su vida. De él hemos perdido lo que poseíamos de una manera temporal, pero se posee para la eternidad sólo lo que se ha perdido. La vida y la muerte no son más que aspectos diferentes de un único destino; cuando se entra en él con el corazón, ya no se distingue (A. G. Sertillanges, Nos disparus, París 1970, pp. 5-10, passím).

 

 

Día 3

 Sábado 30ª semana del Tiempo ordinario o día o 3 de noviembre, conmemoración de

San Martín de Porres

 

San Martín de Porres nació en Lima, Perú, el 9 de diciembre de 1579. Sus padres fueron Juan, un caballero español, y Ana, una negra libre panameña. Pasó unos años de su infancia en Ecuador. De regreso con su madre en Lima, a los 12 años trabaja de aprendiz de peluquero y asistente de sacamuelas. Conoce al dominico fray Juan de Lorenzana y éste le invita a entrar en el convento. La legislación de entonces le impedía ser religioso por el color y por la raza. Martín ingresa como donado. En una visita que hace su padre al convento, habla con el padre superior y fray Martín pasa a ser hermano cooperador. El 2 de junio de 1603 se consagra a Dios con la profesión religiosa en la orden de Predicadores. Su anhelo es «pasar desapercibido y ser el último». La escoba y la cruz serán las compañeras inseparables de su vida conventual.

Muere el 3 de noviembre de 1639. El 6 de mayo de 1963, 300 años después de su muerte, fue canonizado por su buen devoto el papa Juan XXIII.

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 1,18b-26

Hermanos: Al fin y al cabo, hipócrita o sinceramente, Cristo es anunciado, y esto me llena de alegría. Y continuaré alegrándome,

19 porque sé que gracias a vuestras oraciones y a la asistencia del Espíritu de Jesucristo, esto contribuirá a mi salvación.

20 Así lo espero ardientemente con la certeza de que no he de quedar en modo alguno defraudado, sino que con toda seguridad, ahora como siempre, tanto si vivo como si muero, Cristo manifestará en mi cuerpo su gloria.

21 Porque para mí la vida es Cristo y morir significa una ganancia.

22 Pero si continuar viviendo en este mundo va a suponer un trabajo provechoso, no sabría qué elegir.

23 Me siento como forzado por ambas partes: por una, deseo la muerte para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor;

24 por otra, seguir viviendo en este mundo es más necesario para vosotros.

25 Persuadido de esto último, presiento que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para provecho y alegría de vuestra fe.

26 Así, cuando vaya a veros otra vez, vuestro orgullo .de ser cristianos será mayor gracias a mí.

 

*+• Pablo es informado en la cárcel de que muchos cristianos anuncian la Palabra de Dios (cf. Flp 1,14ss).

Algunos lo hacen por envidia y desacreditando al apóstol (w. 15a. 17), pero esto le duele menos que lo que le alegra la predicación del Evangelio, que es lo que cuenta de verdad (v. 18b). El Espíritu del Señor y la oración de los fieles de Filipos le sostienen y le confirman en la viva esperanza de que esas situaciones dolorosas no serán para él ocasión de decepción, sino de salvación (w. 19-20a), ya que cree firmemente que Cristo recibirá gloria tanto en el caso de que él siga vivo y continúe la evangelización como si muere (v. 20b).

Por otra parte, Pablo considera la muerte como la ganancia suprema, porque le introduce en la plena comunión con Cristo, que ya desde ahora es su vida (v. 21; cf. Jn 14). De ahí que el apóstol se sienta como tenso entre dos realidades que le atraen y motivan profundamente: el deseo de la unión total con Cristo, sólo posible después de la muerte, y la constatada necesidad de su presencia y de su palabra en las comunidades cristianas (w. 22-24). Si bien Pablo, por su parte, optaría por la primera posibilidad (v. 23b), considera, sin embargo, más probable que se realice la segunda. La fe de los filipenses recibirá así un nuevo impulso y crecerá su alegría gracias a la presencia del amado apóstol, cuya visita será para los filipenses un motivo para gloriarse de la comunión que les ha sido dada en Cristo (w. 25ss).

 

Evangelio: Lucas 14,1-7-11

1 Un sábado, entró Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos estaban al acecho.

7 Al observar cómo los invitados escogían los mejores puestos, les hizo esta recomendación:

8 -Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el lugar de preferencia, no sea que haya otro invitado más importante que tú

9 y venga el que te invitó a ti y al otro y te diga: «Cédele a éste tu sitio», y entonces tengas que ir todo avergonzado a ocupar el último lugar.

10 Más bien, cuando te inviten, ponte en el lugar menos importante; así, cuando venga quien te invitó, te dirá: «Amigo, sube más arriba», lo cual será un honor para ti ante todos los demás invitados.

11 Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

 

       *»• ¿Se trata propiamente de una parábola o bien de una escena tomada de la vida misma? Tal vez haya un poco de lo uno y de lo otro. Lo que Lucas quiere decir es que en todos, tanto en los anfitriones como en los invitados, hay prejuicios egoístas, arribismos triviales, preocupaciones jerárquicas. Está claro que Lucas quiere indicar a su comunidad un modelo exquisitamente evangélico, y por ello reelabora un ejemplo tomado de la vida de Jesús que tiende a desmantelar las intenciones de la gente de su tiempo y a poner al desnudo, allí, en torno a la mesa, sus sentimientos.

       Las palabras de Jesús asumen ante todo un tono negativo: «No te pongas en el lugar de preferencia...» (v. 8). Lo que pueda pasar en el marco de un banquete común debe estar previsto, al menos por motivos de prudencia, cuando no precisamente por orgullo personal. Se trata asimismo de no caer en el ridículo, además de respetar ciertas reglas de etiqueta. La enseñanza de Jesús asume también por ello un tono sapiencial, antes que evangélico. Ahora bien, en un segundo momento, Jesús se expresa en términos positivos: «Ponte en el lugar menos importante» (v. 10). Se trata de una invitación clara a la humildad (cf. también Le 20,46), que encontrará su epílogo natural en el último versículo de esta página evangélica: «Porque el que se ensalza será humillado, y el que  se humilla será ensalzado» (v. 11), un dicho que se inspira en Ez 21,31, que cita a Lc 16,15 y se repetirá aún en Lc 18,14. Jesús habla, pues, de la humildad, una virtud que hoy no sólo está desatendida, sino casi olvidada por completo, aunque sigue vigente como rasgo característico del verdadero discípulo de Jesús. Será el mismo Jesús, en efecto, quien nos ofrecerá, personalmente, un altísimo ejemplo de humildad a lo largo de su pasión y muerte, y Pablo sintetizará esta enseñanza en su estupendo himno cristológico de Flp 2,5-11.

  

MEDITATIO

No es necesario ser fariseo ni tener mala voluntad para dejarnos llevar por la tentación de separar el amor a Dios y el amor al prójimo. La parábola del buen samaritano, tan conocida y meditada, es fundamental para captar la experiencia religiosa que nos trae Jesús.

En este relato descubrimos enseguida lo fundamental de su contenido:

- No podemos separar el amor a Dios y el amor al prójimo. Son las dos caras de la misma moneda. «Tuve hambre»... «Tuve sed»... «Estuve enfermo»... «Cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».

- Mi prójimo no es aquel que se acerca a mí, sino aquel a quien yo me acerco. ¿Quién de estos tres –pregunta Jesús- se hizo prójimo del herido? Soy yo quien debe aproximarse.

- ¿De quién tengo que hacerme prójimo, a quién tengo que acercarme? La parábola lo expresa con mucha claridad: a cualquiera que esté caído, marginado, atropellado en los caminos o en los juzgados, despojado de sus derechos...

- No nos andemos con rodeos... Los dos personajes, representantes oficiales del templo y el culto, que dieron un rodeo para cumplir con Dios, abandonando al prójimo, quedan descalificados en esta parábola.

- Otro punto clarísimo que descubrimos en este relato es la apertura a los extranjeros, a los que en aquel tiempo eran tenidos por herejes o de otra religión: los samaritanos. Al jurista le da grima pronunciar su nombre, y dice simplemente «aquel». Sin embargo, Jesús le dice: «Anda y haz tú lo mismo».

Todo esto me hace pensar que san Martín de Porres, el sencillo «fray escoba», no sabía mucho de leyes, ni de normas escritas en los papeles. Él se dejaba mover más por la ley del amor escrita en los corazones. ¡Y ahí lo tenemos de modelo!

 

ORATIO

Señor, Dios nuestro, que has querido conducir a san Martín de Porres por el camino de la humildad a la gloria del cielo, concédenos la gracia de seguir sus ejemplos, para que merezcamos ser contados con él en la gloria.

 

CONTEMPLATIO

Martín nos demuestra, con el ejemplo de su vida, que podemos llegar a la salvación y a la santidad por el camino que nos enseñó Cristo Jesús: a saber, si en primer lugar amamos a Dios con todo nuestro corazón, con  toda nuestra alma y con todo nuestro ser y si, en segundo lugar, amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Él sabía que Cristo Jesús padeció por nosotros y, cargado con nuestros pecados, subió al leño, y por esto tuvo u n amor especial a Jesús crucificado, de modo que, al contemplar sus atroces sufrimientos, no podía evitar el derramar abundantes lágrimas. Tuvo también una singular devoción al santísimo sacramento de la eucaristía, al que dedicaba con frecuencia largas horas de oculta adoración ante el sagrario, deseando nutrirse de él con la máxima frecuencia que le era posible.

Además, san Martín, obedeciendo al mandamiento del divino Maestro, se ejercitaba intensamente en la caridad       con sus hermanos, caridad que era fruto de su fe íntegra y de su humildad. Amaba a sus prójimos porque los consideraba verdaderos hijos de Dios y hermanos suyos, y los amaba aún más que a sí mismo, ya que, por su humildad, los tenía a todos por más justos y perfectos que él.

Disculpaba los errores de los demás; perdonaba las más graves injurias, pues estaba convencido que era mucho más lo que merecía por sus pecados; ponía todo su empeño en retornar al buen camino a los pecadores; socorría con amor a los enfermos; procuraba comida, vestido y medicinas a los pobres; en la medida que le era posible, ayudaba a los agricultores y a los negros y mulatos, que, por aquel tiempo, eran tratados como esclavos de la más baja condición, lo que le valió, por parte del pueblo, el apelativo de «Martín de la caridad».

Este santo varón, que con sus palabras, su ejemplo y sus virtudes impulsó a sus prójimos a una vida de piedad, ahora goza de un poder admirable para elevar nuestras mentes a las cosas celestiales. No todos, por desgracia, son capaces de comprender estos bienes sobrenaturales, no todos los aprecian como es debido; al contrario, son muchos más los que, enredados en sus vicios, los menosprecian, los desdeñan o los olvidan completamente. Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos la dulzura y la felicidad que se encuentran en el seguimiento de Jesucristo y en la sumisión a sus divinos mandatos. (De la homilía del papa Juan XXIII en la canonización de san Martín de Porres.)

 

ACTIO

A san Martín de Porres popularmente se le llama con cariño «fray Escoba». Parece que era su instrumento de trabajo. Con él servía a su comunidad. Pues yo hoy, al barrer, al servir con humildad a los demás, le voy a pedir que me haga sencillo y humilde, como lo fue él por amor a Cristo.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Martín ve confirmado en su persona el Evangelio: «El que se humilla será ensalzado». Este hombre, que sintonizaba con la oscuridad de su piel y disfrutaba en Dios al verse humillado y postergado, pasados los siglos será un santo que centre en su persona dos continentes: Europa y América. San Martín es querido por todos, invocado por ricos y pobres,  enfermos y menesterosos, por hombres de ciencia y por ignorantes. Juan XXIII sentía verdadera devoción por san Martín de Porres: una pequeña imagen de marfil presidía la mesa de su despacho y él mismo lo canonizó el 6 de mayo de 1962.

Su imagen o su estampa va en los viajes, está en las casas y en los hospitales, en los libros de rezo y en los de estudio. Todo porque fue humilde, obediente y, como dijera Juan XXIII, «es Martín de la caridad». A nadie extraña que sea patrono de los Hermanos Cooperadores Dominicos, del gremio de los peluqueros, de la limpieza pública, los farmacéuticos y los enfermeros.  Una congregación sudafricana le tiene por abogado: son las Hermanas Dominicas de San Martín de Porres. Todos se gozan de que fray Escoba sea su patrono y su ejemplo. 

 

 

 

Día 4

31° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 6,2-6

Moisés habló al pueblo y le dijo:

2 De esta manera respetarás al Señor, tu Dios, tú, tus hijos y tus nietos; observarás todos los días de tu vida las leyes y mandamientos que yo te impongo hoy; así se prolongarán tus días.

3 Escúchalos, Israel, y cúmplelos con cuidado, para que seas dichoso y te multipliques, como te ha prometido el Señor, Dios de tus antepasados, en esta tierra que mana leche y miel.

4 Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno.

5 Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

6 Guarda en tu corazón estas palabras que hoy te digo.

 

**• Este fragmento expresa en síntesis el corazón de la espiritualidad bíblica: se trata de las enseñanzas que el libro del Deuteronomio pone en labios de Moisés, intermediario entre Dios y el pueblo (v. 1). Éstas se resumen en la exhortación a permanecer fieles a la alianza sancionada con el Señor a través de la observancia de sus leyes, y la motivación que las acompaña se repite como un estribillo: «Para que seas dichoso» (v. 3), es decir, fecundo, próspero y longevo. El fin de estas normas es, por consiguiente, la verdadera felicidad del hombre, una felicidad que procede de Dios, su fuente; por eso es menester sentir hacia él aquel «temor» que, en el lenguaje deuteronómico, es sinónimo de adhesión, escucha reverente y obediencia amorosa (v. 2).

Los vv. 4-6 constituyen el núcleo central de la oración que todavía hoy todo judío piadoso recita tres veces al día, y que recibe el nombre de Shema por la palabra con que empieza: «Escucha». Se trata de una profesión de fe en el único Dios que mantiene con todo el pueblo y con cada uno de sus miembros una relación particular, personal: «El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno».

De ahí nace la exigencia de corresponder a este sagrado vínculo con un amor indiviso: todas las facultades y las actividades del hombre han de estar orientadas íntegramente a corresponder con amor al Bien que es el Señor, que es para nosotros y que obra para nosotros queriendo que seamos felices para siempre. Esta elección gratuita por parte de Dios es un don inmenso del que el pueblo nunca debe perder la conciencia: la memoria continua de él, de sus beneficios y de sus preceptos se vuelve para todo Israel -también para nosotros, hijos de Abrahán según la promesa- compromiso de una vida conforme a su voluntad y fuente de toda bendición (v. 6; cf. vv. 7-19).

 

Segunda lectura: Hebreos 7,23-28

Hermanos,

23 por otra parte, mientras que los otros sacerdotes fueron muchos, porque la muerte les impedía perdurar,

24 éste, como permanece para siempre, posee un sacerdocio que no pasará.

25 Y por eso también puede perpetuamente salvar a los que por su medio se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos.

26 Tal es el sumo sacerdote que nos hacía falta: santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores y más sublime que los cielos.

27 Él no tiene necesidad, como los sumos sacerdotes, de ofrecer cada día sacrificios por sus propios pecados antes de ofrecerlos por los del pueblo, porque esto lo hizo de una vez para siempre ofreciéndose a sí mismo.

28 Y es que la Ley constituye sumos sacerdotes a hombres débiles, pero la palabra del juramento, que vino después de la Ley, hace al Hijo perfecto para siempre.

 

**• El autor de la carta a los Hebreos, prosiguiendo la comparación con las instituciones judías, subraya la excelencia del sacerdocio de Cristo con respecto al levítico, motivando su absoluta superioridad a la luz del misterio pascual. En efecto, el carácter mortal de los sumos sacerdotes hacía provisional su servicio y precaria su intercesión, de suerte que para asegurar la continuidad del culto debían sucederse los unos a los otros. Cristo, en cambio, es el Resucitado que vive para siempre: dado que su función sacerdotal no conoce límites de tiempo y su intercesión es incesante, cuantos en todos los tiempos se confían a su mediación pueden ser perfectamente salvados (vv. 23-25).

Por otra parte, la resurrección es considerada como el sello con el que Dios atestigua la santidad de Cristo (cf. Hch 3,13-15; Rom 1,4) y la eficacia de su sacrificio, por eso es Jesús el verdadero sumo sacerdote del que todos los otros no eran más que figura imperfecta. Es el único sacerdote «que nos hacia falta», es decir, el que necesitábamos para nuestra salvación, por sus características absolutamente excepcionales (vv. 26ss). Sólo él carece de pecado, y por eso no necesita como los otros sacerdotes una purificación personal antes de ejercer su propio servicio cotidiano; al contrario, ha podido ofrecer de una vez por todas su propia vida como el santo sacrificio expiatorio que obtiene un perdón eterno a la humanidad.

El sacerdocio de Cristo es también superior al levítico por su fundamento: este último fue instituido, en efecto, por la Ley, que, sin embargo, no ha llevado nada a la perfección (v. 19), puesto que se apoya en hombres débiles y falibles (v. 28). El sacerdocio de Cristo, en cambio, se funda en un juramento del mismo Dios, del Dios fiel que, después de haber revelado a su Hijo (Sal 109,3ss), lo constituyó único mediador entre él y los hombres. Su mediación es, por consiguiente, única, perfecta, indefectible: sólo él puede permitirnos el acceso a Dios.

 

Evangelio: Marcos 12,28b-34

En aquel tiempo,

28 un maestro de la Ley se acercó a Jesús y le preguntó: -¿Cuál es el mandamiento más importante?

29 Jesús contestó: -El más importante es éste: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor.

30 Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

31 El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más importante que éstos.

32 El maestro de la Ley le dijo: -Muy bien, Maestro. Tienes razón al afirmar que Dios es único y que no hay otro fuera de él;

33 y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

34 Jesús, viendo que había hablado con sensatez, le dijo: -No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie se atrevía ya a seguir preguntándole.

 

**• En un contexto de hostilidades y disputas suscitadas por jefes de los sacerdotes, maestros de la Ley y ancianos del pueblo (capítulos 11 y 12) Marcos inserta el relato de este encuentro entre Jesús y un maestro de la Ley que se le acerca con ánimo abierto y leal. La pregunta del rabino no es una pregunta ociosa: en aquella época había en la ley de Moisés 248 mandamientos y 365 prohibiciones, subdivididos ulteriormente en categorías; la cuestión de cuál era el más importante era, por consiguiente, objeto de discusión. Jesús simplifica esta multiplicidad llevándola a lo esencial: responde con las palabras de la oración recitada tres veces al día por los judíos, el Shema o «Escucha», tomado de Dt 6,4ss. El mandamiento «más importante» brota, por tanto, de la escucha (esto es, recibir por fe) y del reconocimiento de que nuestro Dios es el único Señor: de ahí procede la exigencia de unificar la vida en el amor a él, consagrándole enteramente nuestra voluntad, sentimientos, inteligencia, energías; sin embargo, a este mandamiento le añade Jesús inmediatamente un segundo, el del amor al prójimo como otro yo, y los presenta como dos aspectos de un mismo precepto divino: «No hay otro mandamiento más importante que éstos».

Por otra parte, el prójimo no es para Jesús simplemente el compatriota, como en Lv 19,18, sino todo hombre (cf. Le 10,29-37): reinterpreta de este modo las normas tradicionales; su enseñanza es nueva y antigua al mismo tiempo, como muestra el apóstol Juan (1 Jn 2,7ss), que lo sintetiza de manera adecuada: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y nosotros hemos recibido de él este mandato: que el que ama a Dios ame también a su hermano» (1 Jn 4,20ss).

El interlocutor de Jesús aprueba su respuesta y comenta que el amor, entendido de este modo, es más agradable a Dios y eficaz para la salvación que muchos actos de culto. Y Jesús alaba al maestro de la Ley: gracias a su rectitud, está en el camino justo para entrar en el Reino de Dios, el reino del amor.

 

MEDITATIO

Son muchas las imágenes y las palabras que parecen aplastar al hombre de hoy, muchos los sacerdotes y los ritos de la antigua alianza, muchos los preceptos de la Ley... Esta multiplicidad nos desorienta, y necesitamos volver a encontrar un centro de gravedad, un hilo conductor para el camino de la vida. Jesús nos lleva simplemente al Uno, a aquel que es (YHWH) y envuelve a cada ser en su abrazo vivificante. Él es el Amor y es nuestro Dios.

¿Cómo no hemos de ofrecernos entonces a él por completo a nosotros mismos? La multiplicidad queda unificada por el amor de Dios, que pide todo el amor del hombre. Son muchos nuestros afectos, amistades, relaciones interpersonales: a veces nos sentimos «triturados»... «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón»: si le damos todo lo que, por otra parte, viene de él, será el Espíritu de amor el que ame en nosotros. Son muchos los pensamientos, las preocupaciones y las dudas que nos asaltan, pero si queremos amar al Señor con toda nuestra mente los afrontaremos con una paz que antes no conocíamos.

Son muchas, demasiadas, las cosas que tenemos que hacer, los compromisos a los que tenemos que hacer frente, las actividades que hemos de llevar adelante: amemos al Señor con todas nuestras fuerzas y él será la fuerza que nos sostenga en la vertiginosa carrera de nuestra vida cotidiana. Si tendemos hacia esta única dirección, seremos impulsados por el mismo Señor hacia las múltiples direcciones de los hermanos. El mandamiento del Señor es uno, pero tiene dos aspectos, porque aprender a amar con el corazón de Dios significa hacerse próximo a cada hombre: así amó Jesús. Sí, el amor «vale más que todos los holocaustos y sacrificios», porque es sacrificio de por sí. Así se entregó Jesús.

 

ORATIO

Oh Dios, fuente única de todo lo que existe, tú eres nuestro Padre: concédenos el amor para que, fieles a tu mandamiento, podamos amarte con un corazón indiviso, buscándote en todas las cosas. Enséñanos a amarte «con toda la mente»: ilumina nuestra inteligencia para que, libre de la duda y de la vana presunción, sepa descubrir tu designio de salvación en la historia y en las circunstancias cotidianas.

Haz que te amemos «con todas nuestras fuerzas», consagrando a ti y a tu servicio nuestras capacidades y nuestros límites, nuestras acciones y nuestras impotencias, nuestros logros y nuestros fallos. Ayúdanos, Señor, a amarte en cada hermano que tú has puesto a nuestro lado y que tú fuiste el primero en amar, hasta el sacrificio de tu propio Hijo. Que su oblación eterna nos dé la fuerza y la alegría de perdernos a nosotros mismos en la caridad para recobrarnos plenamente en ti, que eres el Amor.

 

CONTEMPLATIO

Hallamos escrito en la ley de Moisés: Creó Dios al hombre a su imagen y semejanza. Considerad, os lo ruego, la grandeza de esta afirmación; el Dios omnipotente, invisible, incomprensible, inefable, incomparable, al formar al hombre del barro de la tierra, lo ennobleció con la dignidad de su propia imagen. ¿Qué hay de común entre el hombre y Dios, entre el barro y el espíritu?

Porque Dios es espíritu. Es prueba de gran estimación el que Dios haya dado al hombre la imagen de su eternidad y la semejanza de su propia vida. La grandeza del hombre consiste en su semejanza con Dios, con tal de que la conserve.

Si el alma hace buen uso de las virtudes plantadas en ella, entonces será de verdad semejante a Dios. Él nos enseñó, por medio de sus preceptos, que debemos rendirle frutos de todas las virtudes que sembró en nosotros al crearnos. Y el primero de estos preceptos es: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, ya que él nos amó primero, desde el principio y antes de que existiéramos. Por lo tanto, amando a Dios es como renovamos en nosotros su imagen. Y ama a Dios el que guarda sus mandamientos, como dice él mismo: Si me amáis, guardaréis mis mandatos. Y su mandamiento es el amor mutuo, como dice también: Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.

        Pero el amor verdadero no se practica sólo de palabra, sino de verdad y con obras. Retornemos, pues, a nuestro Dios y Padre su imagen inviolada; retornémosela con nuestra santidad, ya que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo; con nuestro amor, porque él es amor, como atestigua Juan al decir: Dios es amor; con nuestra bondad y fidelidad, ya que él es bueno y fiel. No pintemos en nosotros una imagen ajena; el que es cruel, iracundo y soberbio pinta, en efecto, una imagen tiránica.

Por esto, para que no introduzcamos en nosotros ninguna imagen tiránica, dejemos que Cristo pinte en nosotros su imagen, la que pinta cuando dice: La paz os dejo, mi paz os doy. Mas ¿de qué nos servirá saber que esta paz es buena si no nos esforzamos en conservarla? Las cosas mejores, en efecto, suelen ser las más frágiles, y las de más precio son las que necesitan una mayor cautela y una más atenta vigilancia; por esto es tan frágil esta paz, que puede perderse por una leve palabra o por una mínima herida causada a un hermano. Nada, en efecto, resulta más placentero a los hombres que hablar de cosas ajenas y meterse en los asuntos de los demás, proferir a cada momento palabras inútiles y hablar mal de los ausentes; por esto, los que no pueden decir de sí mismos: Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento, mejor será que se callen y, si algo dijeren, que sean palabras de paz (Columbano, Instrucciones, 11).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Nosotros debemos amarnos porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

 

 PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El rabí de Sasson contaba: Aprendí de un campesino cómo deben amar los hombres. Este campesino se encontraba con otros en una hospedería y estaba bebiendo. Se quedó callado durante mucho tiempo con los otros, pero cuando el vino le movió el corazón, dirigiéndose a un compañero que se sentaba a su lado, le preguntó: Dime, ¿me quieres o no? El otro respondió: Te quiero mucho. Y dijo el campesino a su vez: Dices que me quieres mucho; sin embargo, no sabes lo que necesito. Si verdaderamente me quisieras, lo sabrías. El amigo no se atrevió a rebatirle, y el campesino que le había preguntado calló de nuevo. Yo, en cambio, comprendí: amar a los hombres significa intentar conocer sus necesidades y sufrir sus penas (M. Buber, «Leggenda del Baal Sem», en G. Ravasi [ed.], // libro de¡ salmi: commento e attualizazione, Bolonia 1985, p. 694).

 

 

 

Día 5

Lunes de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 2,1-4

Hermanos:

1 Si de algo vale una advertencia hecha en nombre de Cristo, si de algo sirve una exhortación nacida del amor, si vivimos unidos en el Espíritu, si tenéis un corazón compasivo,

2 dadme la alegría de tener los mismos sentimientos, compartiendo un mismo amor, viviendo en armonía y sintiendo lo mismo.

3 No hagáis nada por rivalidad o vanagloria; sed, por el contrario, humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos.

4 Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás.

 

*•• Pablo acaba de exhortar a los cristianos de Filipos a comportarse de una manera digna del Evangelio; al mismo tiempo, se ha ofrecido a sí mismo como modelo de resistencia y de lucha contra los adversarios del Evangelio. Ahora, la exhortación apostólica se vertebra de un modo claro e iluminador. El comienzo (v. 1) y el final (v. 4) de esta pequeña unidad literaria se reclaman y se completan mutuamente: en primer lugar aparece una concentración cristológica y, a continuación, una dilatación antropológica. En el centro (w. 2ss), expresa Pablo el derecho a recibir una gratificación personal en calidad de apóstol: «Dadme la alegría de tener los mismos sentimientos, compartiendo un mismo amor, viviendo en armonía y sintiendo lo mismo».

La primera parte de esta lectura (w. lss) se caracteriza por una serie de «si» que, en realidad, expresan no una hipótesis, sino una certeza. Este relieve, de naturaleza literaria, es importante para comprender el pensamiento de Pablo por el hecho de que en su concepción teológica todo lo que es bueno, bello y santo deriva de Cristo y de su misterio pascual, que se dilata, como es obvio, en la mente, en el corazón y en las relaciones interpersonales de los creyentes. La segunda parte de la lectura (v. 3ss) presenta una formulación negativa orientada a otra positiva. El apóstol exhorta a extirpar del tejido conectivo de la comunidad creyente toda «rivalidad o vanagloria», y recomienda: «Sed, por el contrario, humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos. Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás».

 

Evangelio: Lucas 14,12-14

En aquel tiempo,

12 dijo Jesús al jefe de los fariseos que le había invitado: -Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos, no sea que ellos a su vez te inviten a ti y con ello quedes ya pagado.

13 Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados y a los ciegos.

14 ¡Dichoso tú si no pueden pagarte! Recibirás tu recompensa cuando los justos resuciten.

 

       **• Jesús ha sido invitado a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos (cf. Le 14,1): en este marco sitúa el evangelista Lucas algunos de los discursos que, aprovechando la ocasión que le proporciona el convite, plantean interrogantes profundos a la vida. En los w. 12-14 se trata la cuestión de la selección de los invitados y, en consecuencia, el tema de la gratuidad.

       Sabemos que Jesús está en contra de la hipocresía de los fariseos (cf. Le 12,1), de la presunción que manifiestan al considerarse justos -con el consecuente desprecio que dirigen a los otros (cf. 18,9)- y de su apego a la riqueza (cf. 16,14). La actitud de los fariseos respecto a Jesús oscila entre la hostilidad -por lo que intentan cogerle en fallo mediante alguna palabra «comprometedora» salida de su boca (cf. 11,54)- y el deseo de escucharle, por tratarse de un personaje de relieve que entusiasma a la gente (cf. 14,25): se trata, a buen seguro, de un invitado especial.

       Jesús, reflexionando sobre los criterios que presiden la elección de los invitados a las comidas, exhorta a no convidar a aquellos de los que sea normal esperar que nos correspondan: «Tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos» (v. 12). El amor gratuito es el amor que se entrega a cambio de nada, el que se da sin esperar nada (cf. Le 6,32-35), sin esperar nada a cambio. El primer paso del seguimiento es incluso odiar/renunciar (cf. 14,26.33) a cuanto estimamos (afectos y riquezas).

       En consecuencia, es preciso invitar «a los pobres, a los lisiados y a los ciegos» (v. 13). El secreto de la bienaventuranza (v. 14) consiste en dar prioridad a los pobres, a los que sólo saben estar acurrucados para llorar (cf. Le 7,38) o para gritar (cf. 18,38) su nada. Será entonces cuando, allí donde florece la gratuidad, recibiremos la recompensa (v. 14), que será el fruto espontáneo de cuanto hayamos dado con un amor libre y desinteresado.

 

MEDITATIO

       El lenguaje de la gratuidad consigue pronunciar palabras liberadoras y expresar gestos vivos y vivificantes. Es un lenguaje al que, tal vez, no estemos acostumbrados, deslumbrados como estamos por los espejismos de lo útil, de lo eficiente, de lo productivo, que nos fascinan con sus lógicas del beneficio; un beneficio, sin embargo, que con frecuencia se nos pudre en el corazón y le impiden latir con regularidad, siempre y por todos. Nos capturan, invadiendo cada aspecto de nuestra existencia y -nos demos cuenta o n o - nos hacen asumir actitudes discriminadoras, nos inducen a usar a los otros, a convertirlos en instrumentos para nuestro mezquino interés...

       La gratuidad es uno de los atributos de Dios. Dios es gratuidad: entrega y se entrega, y no sería Dios-amor si no fuera así. Él nos ha creado a su imagen: eso significa que nosotros no somos verdaderamente humanos si no hacemos crecer y fructificar esa semilla de misericordia que nos hace semejantes a nuestro Creador y Padre. El amor no busca más que el amor. «Amo porque amo. Amo para amar», dice san Bernardo. Conscientes del don del amor de Dios que hemos recibido de manera gratuita, podemos entrar en la lógica sabia de la misericordia divina, una lógica de libertad y de alegría.

 

ORATIO

       ¡Qué grande es, oh Dios, tu amor por mí! Es un amor misericordioso, porque me toma como soy donde estoy: cojo, en la profundidad de mis errores; pobre, con las llagas desoladas de mi falta de sentido; ciego, en las nieblas opresoras de mis dudas, de mis fatigas. El tuyo es un amor gratuito, porque no está sometido a condiciones ni esconde chantajes ni intereses sutiles. Amar y sólo amar es tu alegría, es tu vida misma.

       Me estás diciendo que es lo mismo para mí. Señor, me ves: a menudo me dejo seducir por ese egoísmo que me separa de los otros y de mí mismo; con la ilusión de darme fuerza, me hace débil. Dios de misericordia y de gratuidad, que amar y sólo amar sea mi alegría. Al escuchar tu Palabra y al considerar tu ejemplo lo comprendo: amar y sólo amar es vivir.

 

CONTEMPLATIO

       Tu puerta, Señor, está abierta, pero nadie entra; tu gloria es manifiesta, pero nadie fija en ella sus ojos; tu luz ha surgido en las pupilas, pero no queremos ver; tu mano está tendida para dar, pero nadie toma; tú nos incitas a través de seducciones, pero no consentimos; tú nos asombras con cosas terribles mezcladas con la misericordia, pero no acudimos a ti.

       Dios nuestro, bueno, ten piedad de nuestra miseria. Creador nuestro, dulce, venda nuestras heridas. Padre nuestro, repleto de clemencia, persuádenos para que nos obliguemos a acercarnos a ti, dado que no queremos persuadirnos nosotros mismos.

       Haz salir nuestra alma, Señor, de la prisión en la que estamos encerrados, hacia la luz verdadera, aunque no queramos.

       Que prevalezca tu fuerza, Señor, sobre nosotros y nos haga salir del torpor al que somos propensos. Levanta, Señor, de delante de nuestros ojos todos los velos de los que está cubierta la vista de nuestra alma y le impiden ver tu verdadera luz (Juan de Dalyatha, Mostrami la tua belleza, Magnano 1996, p. 18).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios!» (Rom 11,33).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Ya hemos visto una cosa: la gracia debe venir al hombre. Éste, con sus solas fuerzas, puede llegar, a lo sumo, hasta la puerta, pero nunca entrar. Además, la gracia puede venir a él sin que él la busque, sin que él la quiera.              La gracia es el Espíritu de Dios que se rebaja hasta el alma humana. Por consiguiente, el amor misericordioso puede rebajarse hasta llegar a cada individuo. La gracia puede limitarse a llamar, y hay almas que se abren ya a esta queda llamada. Otras no hacen caso. En esos casos, la gracia puede infiltrarse en el alma y difundirse cada vez más en ella. Cuanto más grande es el espacio que ella, de una manera tan ¡legítima, ocupa, tanto más inverosímil se vuelve el hecho de que el alma se cierre respecto a la gracia. En ese caso, la fe en el carácter ilimitado del amor y de la gracia divina justifica también la esperanza en la universalidad de la redención...

       La bajada de la gracia al alma humana es una acción libre del amor divino, y no hay límites para su difusión. Cuáles son los caminos que elige para su actividad, por qué busca un alma e induce a otra a buscarla, cómo y cuándo está actuando incluso allí donde nuestros ojos no notan efecto alguno..., son preguntas a las que no es posible responder con la razón (E. Stein, // mistero della vita interiore, Brescia 1999, pp. 80-83, passim).

 

 

 

Día 6

Martes de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 2,5-11

Hermanos:

5 Tened, pues, los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús.

6 El cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios.

7 Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre,

8 se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

9 Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre,

10 para que ante el nombre de Jesús doble la rodilla todo lo que hay en los cielos, en la tierra y en los abismos,

11 y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

 

**• La liturgia nos presenta hoy una de las páginas más intensas y más bellas de todo el Nuevo Testamento.

Con bastante probabilidad, Pablo se hace testigo de una tradición anterior a él que había acuñado un himno cristológico de importancia fundamental. El himno está introducido por una exhortación apostólica que nos invita a hacer nuestros «los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús» (v. 5). No se trata de una vaga recomendación, sino de una indicación autorizada para caminar siguiendo el ejemplo de Jesús, es decir, a vivir como él vivió. A continuación viene el himno cristológico, que la liturgia pone de relieve con mucha frecuencia. El carácter ejemplar de Cristo se fundamenta aquí en «su misterio», y éste, a su vez, ilumina la vida de cada cristiano.

El himno se subdivide en dos partes. Los w. 6-8 describen la katabasi, o sea, el abajamiento de Jesús, que de Dios se hizo hombre, «tomó la condición de esclavo» y se humilló «hasta la muerte, y una muerte de cruz». Los w. 9-11 describen, en cambio, la anábasi, o sea, la elevación de Jesús por obra de Dios Padre, que lo resucitó y «le dio el nombre que está por encima de todo nombre», adorable en el cíelo y en la tierra, un nombre que debe ser proclamado a todo el mundo: «Jesucristo es Señor». El misterio de Cristo está sintetizado de una manera lineal y completa: la fe de cada cristiano encuentra aquí su centro y su síntesis gracias a la mediación de Pablo, que se hizo no sólo evangelizador, sino también - e incluso antes- discípulo y testigo de este misterio.

 

Evangelio: Lucas 14,15-24

En aquel tiempo,

15 uno de los convidados le dijo a Jesús: -Dichoso el que pueda participar en el banquete del Reino de Dios.

16 Jesús le respondió: -Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos.

17 A la hora de la cena, envió a su criado a decir a los invitados: «Venid, que ya está todo preparado».

18 Pero todos, uno tras otro, comenzaron a excusarse. El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses».

19 Otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me excuses».

20 Y otro dijo: «Acabo de casarme y, por tanto, no puedo ir».

21 El criado regresó y refirió lo sucedido a su señor. Entonces el señor se irritó y dijo a su criado: «Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos».

22 El criado dijo: «Señor, se ha hecho como mandaste, y todavía hay sitio».

23 El señor le dijo entonces: «Sal por los caminos y las veredas y convence a la gente para que entre, hasta que se llene mi casa.

24 Pues os digo que ninguno de aquellos que habían sido invitados probará mi cena».

 

       **• En la comida a la que le habían invitado en casa del fariseo, Jesús, apoyándose en las palabras de uno de los comensales, se inspira una vez más en el contexto de la comida para contar una parábola que trata del tema de la urgencia de responder a la llamada del Reino. La parábola habla de un hombre que dio una «gran cena e invitó a muchos» (v. 16). Todos los invitados, sin embargo, se justifican «a la hora de la cena» y no se presentan (cf. w. 17ss). El señor se irritó y, como deseaba que su casa se llenara, mandó llamar «a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos» (v. 21).

       La cena preparada (v. 17) puede muy bien referirse a la Pascua preparada para los discípulos antes de la pasión y, en definitiva, al banquete del Reino (cf. Le 22,7ss): si todo está preparado y la invitación es gratuita, sólo es preciso estar disponible. La hora de la cena (v. 17) es el hoy de la salvación - un tema entrañable al evangelista Lucas-, que pide una respuesta pronta a la llamada del Señor.

       Hay mucho «sitio» (v. 22) en la sala del banquete, pero es fácil encontrar excusas, aducir pretextos. Así, muchos se dejan tentar por la invitación (Lc 9,57-62), pero luego sienten otras voces más fuertes, dan prioridad a otros bienes, materiales o afectivos: campos, bueyes, mujer (cf w. 18-20). De éstos dice Jesús, en otro lugar: «Nadie que haya puesto la mano en el arado y vuelva la vista atrás es apto para el Reino de Dios»; sólo el que paga el precio de la renuncia recibirá cien veces más (cf. Le 18,28-30).

       Los que no responden a la invitación son reemplazados con facilidad por otros, recogidos por las calles y plazas e incluso por las «veredas» (v. 23: ¿alusión a los que estaban fuera de Jerusalén?): vendrán de todas partes y «se sentarán a la mesa en el Reino de Dios» (Lc 13,29). Está claro que la bienaventuranza de quien come el pan del Reino (v. 15) es para todos: no es un privilegio, sino algo puramente gratuito que sólo espera ser acogido. Pero ninguno de los que la rechazan (v. 24) podrá saborear la alegría del convite.

 

MEDITATIO

       Estamos hechos de tal modo que nadie está completo por sí solo, nadie tiene todas las capacidades y todas las competencias posibles, nadie puede bastarse a sí mismo. Dios, que es Trinidad y Unidad, nos ha creado a imagen suya: somos «uno» no como individuos, sino sólo en la comunión, es decir, en la entrega recíproca. Cada uno de nosotros es único: si falla a la llamada de la entrega de sí, todos los demás quedan empobrecidos. Dar y darse no es, por consiguiente, un gesto de magnanimidad particular, sino la manera de ser personas humanas auténticas.

       El Señor nos invita a descubrir y vivir esta vocación humana fundamental. Y esto es tanto más urgente cuanto más vacíos de humanidad sufrimos. Muchas veces nos damos cuenta de que somos incapaces de «sentir» con el otro, de participar con verdad (y no de fachada o por conveniencia) tanto de sus dolores como de sus alegrías. Y, por otra parte, lamentamos la misma incapacidad de los demás respecto a nosotros.

       Dilatar la mirada y los espacios del corazón más allá de los asuntos que nos ocupan y preocupan en las situaciones contingentes, ciñéndonos a nosotros mismos; hacer sitio al otro con la misma atención que prestaríamos a esa parte de nuestro cuerpo que es más débil o sufre más; hacerlo a nuestra manera personalísima, según el carácter típico e irrepetible de las actitudes que tiene cada uno de nosotros... A esto nos exhorta hoy la Palabra del Señor. ¡No dejemos vacío nuestro sitio!

 

ORATIO

       Libérame, Señor, del mal del individualismo. Seca la fuente de donde tomo las justificaciones para eludir tu invitación a compartir lo que soy y tengo, a participar en la fiesta de la comunión que tú deseas para tus hijos. ¡Qué necesidad apremiante de entrar en tu casa, de vivir como miembro de tu cuerpo como soy!

       Por eso, te pido con las palabras de san Pablo: sostén mi compromiso de vivir la caridad sin ficciones, amando a los otros con afecto fraterno, estimándoles, dispuesto a socorrerles en sus necesidades, atento a acogerles. Concédeme tu Espíritu, que me ponga en sintonía con tu voluntad y con el corazón de los otros.

       Será hermoso entonces gozar juntos y sufrir juntos, esperar y orar, apoyarnos en la dificultad, no presumir de nosotros mismos, sino confiarnos con sencillez a tu misericordia, que no se cansa de preparar a cada uno el sitio en el banquete de la amistad.

 

CONTEMPLATIO

       Ésta es la sabiduría: ayudar a alguien mejor que perjudicar, y estar contento con la condición de que Dios nos ha dispensado también según el mérito de la fe de cada uno y no acaparar lo que uno ve que no se le ha concedido. Esto es no estimarse en más, porque a una misma persona no se le puede conceder todo. En efecto, si alguien lleva una vida buena, no por ello deberá pretender también la ciencia de la enseñanza, o no porque tenga experiencia de la ley deberá reclamar para sí el obsequio que corresponde a los diáconos. El apóstol exhorta, por tanto, y enseña por la gracia que se le ha dado. Esta gracia ha de ser entendida como experiencia de la doctrina del Señor, en virtud de la cual nos transmite que es preciso buscar la humildad y la justicia [...].

       Con el ejemplo del cuerpo nos enseña el apóstol que nosotros, por separado, no podemos hacerlo todo, porque somos miembros los unos de los otros, de modo que uno tiene necesidad del otro, y que debemos cuidarnos recíprocamente los unos a los otros sin oponernos entre nosotros, porque todos necesitamos mutuamente nuestros servicios. Esto será amar a Cristo: que los miembros se exhorten entre sí a colmar la medida por la que el cuerpo es perfecto en Cristo (Ambrosiaster, Commento alia lettera ai Romani, Roma 1984, p. 264, passirn).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Amaos unos a otros como hermanos» (Rom 12,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Cuando el cristiano reconoce, gracias a la irrupción de los otros en su vida, a Dios que le interpela, encuentra en este encuentro -que no excluye nunca la lucha- el comienzo de una reconciliación real con Dios y con los hombres, puesto que por el mismo camino será conducido al uno y a los otros. Esta paz le viene ante todo de un asentimiento más profundo a la tarea que Dios le fija. Con el conflicto aparece, en efecto, la heterogeneidad: la de los temperamentos, la de las situaciones, la de los intereses, la de los grupos. Las diferencias rompen la uniformidad que el egoísmo del fuerte, el conformismo del débil o la ideología de la utopía quisieran imponer o mimar. Éstas resisten a una asimilación. Ahora bien, además de esta purificación negativa, el hecho de las divergencias no puede dejar de imponer al cristiano una visión al mismo tiempo más religiosa y más realista de su situación. Si las condiciones de su tarea, sus responsabilidades de todo tipo y las necesidades de los hombres que ha convertido en sus prójimos le impiden traicionar un deber, descubre en este deber un sentido nuevo: las determinaciones de su carácter y de su trabajo, las posibilidades propias de que dispone le indican una vocación particular a la que no puede faltar sin caer en infidelidad a Dios.

       Ha recibido, entre otras cosas, una fuerza y una misión, y éstas le indican cómo debe colaborar en la obra común. El vigor (la «virtud») requerido por esta fidelidad al deber de estado ya no le permiten las cóleras que simulan o apuntan a la supresión de los otros. Al contrario, el respeto a la tarea que le ha sido confiada consigue dominar esta violencia exclusiva, precisamente porque se basa en la exigencia de una vocación particular. Del mismo modo que no autoriza el abandono, tampoco autoriza la agresividad. Allí donde los sentimientos son superficiales y las pasiones totalitarias, la fidelidad religiosa, definida como responsabilidad o tareas objetivas, requiere una fuerza incompatible tanto con una paz ficticia que evita al otro, como con una violencia que busca destruirle (M. de Certeau, Ma¡ senza l'altro, Magnano 1993, pp. 47-49, passirn).

 

 

Día 7

Miércoles de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 2,12-18

12 Así pues, amados míos, vosotros, que siempre me habéis obedecido, hacedlo también ahora que estoy ausente, incluso con mayor empeño que si estuviera presente, y esforzaos con santo temor en lograr vuestra salvación.

13 Que es Dios quien, más allá de vuestra buena disposición, realiza en vosotros el querer y el actuar.

14 Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones.

15 Seréis así limpios e irreprochables; seréis hijos de Dios sin mancha en medio de una generación mala y perversa, entre la cual debéis brillar como lumbreras en medio del mundo,

16 manteniendo con firmeza la Palabra de vida para que, el día en que Cristo se manifieste, pueda yo enorgullecerme de no haber corrido o trabajado inútilmente.

17 Y aunque tuviera que ofrecerme en sacrificio al servicio de vuestra fe, me alegraría y congratularía con todos vosotros.

18 Por lo mismo, alegraos también vosotros y regocijaos conmigo.

 

**•' Del corazón de Pablo brotan algunas recomendaciones paternas dirigidas a los cristianos de la comunidad de Filipos, pero a cada una de ellas le corresponde su motivación y precisión concreta.

En primer lugar, los cristianos deben dedicarse con santo temor a obtener su salvación (v. 12); al mismo tiempo, sin embargo, deben recordar que sólo Dios puede suscitar en ellos la capacidad de vivir de un modo conforme a su voluntad (v. 13). En segundo lugar, los cristianos deben «brillar como lumbreras en medio del mundo» (v. 15) no para presumir ante los otros, sino únicamente con la finalidad de mantener con «firmeza la Palabra de vida» (v. 16a). En tercer lugar, los cristianos contribuyen a hacer crecer la alegría del apóstol en la medida en que se disponen a ofrecer su vida en sacrificio agradable a Dios, y no por una mera gratificación personal, sino para asimilarse a Cristo Jesús y disponerse a la comunión con el Padre (v. 16b-17).

De este modo, la exhortación apostólica se arraiga en el misterio de Cristo y de la salvación anunciada y realizada por él y, al mismo tiempo, se traduce en líneas de ortopraxis cristianas, las cuales valen no sólo para los destinatarios de la carta, sino también para nosotros, a quienes llega, aquí y ahora, el alegre mensaje de la salvación.

 

Evangelio: Lucas 14,25-35

En aquel tiempo,

25 como le seguía mucha gente, Jesús se volvió a ellos y les dijo:

26 -Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

27 El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío.

28 Si uno de vosotros piensa construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos y a ver si tiene para acabarla?

29 No sea que, si pone los cimientos y no puede acabar, todos los que le vean se pongan a burlarse de él,

30 diciendo: «Éste comenzó a edificar y no pudo terminar».

31 O si un rey está en guerra contra otro, ¿no se sienta antes a considerar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que le va a atacar con veinte mil?

32 Y si no puede, cuando el enemigo aún está lejos, enviará una embajada para negociar la paz.

33 Del mismo modo, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío.

 

       **• La Palabra de Jesús y las «maravillas que realizó» (Lc 13,17) le procuraron que le siguiera mucha gente: ahora le vemos insistiendo en las exigencias que implica el seguimiento. En primer lugar, es preciso volver a apostar por la gratuidad y poner en cuestión nuestros propios vínculos afectivos e incluso nuestra propia vida (v. 26: nuestro texto traduce «renunciar» en vez del «odiar» que aparece literalmente en el texto original, porque «odiar» es un hebraísmo que implica un desprendimiento radical). El hombre de la parábola de Le 14,15-24 había comprendido bien que estaba justificado no poder corresponder a una invitación a cenar: «Acabo de casarme y, por tanto, no puedo ir» (Lc 14,20). Es preciso renunciar, además, «a todo lo que tiene» (v. 33).

       Si lo más urgente es buscar el Reino de Dios (cf. Lc 12,31), el seguimiento asume entonces la forma de la pobreza (pobreza de afectos, pobreza de bienes materiales): dejarlo «todo» (característica del relato de la llamada a los discípulos de Le 5,1-11) para ponerse «detrás» de uno (cf. 9,23), llevando la propia cruz (v. 27). No se trata de odiar, sino -como explica de manera adecuada Le 16,13- de la imposibilidad de servir a dos señores, de tener dos absolutos en nuestra propia vida. Parecerá que estamos perdiendo la vida, pero es el único modo de salvarla, y esto, en efecto, resulta evidente si nos preguntamos qué es aquello de lo que depende la vida: a buen seguro, no de los bienes (Lc 12,15).

       Es verdad, sin embargo, que la decisión de seguir a Cristo debe ser meditada de manera adecuada: del mismo modo que es necesario valorar los recursos disponibles para construir una torre y la oportunidad de hacer frente a un enemigo declarándole la guerra o preparando la paz (w. 28-32). Es preciso calcular nuestra propia fuerza/capacidad (w. 28-32), pero sabiendo - a ejemplo del Maestro, del fuerte que tuvo necesidad de consuelo (cf. Lc 3,16; 22,43)- que «lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (Lc 18,27).

 

MEDITATIO

       La Palabra del Señor interpela mi libertad y me provoca a elegir: ¿por quién y por qué vivo? Estoy invitado a hacer que brille la verdad dentro de mí, a decirme cuál es el valor absoluto que jerarquiza mi vida. Jesús nos dice claramente que la opción por él no puede estar subordinada a nada más. No se trata de una pretensión por parte del Señor, sino de una indicación preciosa: el hombre se convierte en tal cuando se unifica a sí mismo en torno a un polo; si no lo hace, se dispersa, asume mil rostros y se encuentra dividido. El radicalismo que el Señor me propone es la condición necesaria para llevar una vida auténtica.

       Pero me dice algo más: que es preciso que yo sea consciente de la opción que realizo. En esto consiste la invitación a conocerme a mí y a conocerle a él. No tiene sentido elegir «al azar» o hacerlo siguiendo la onda emotiva de cualquier experiencia «fuerte», por exaltadora o decepcionante que sea.

       Jesús quiere ser seguido por personas libres y responsables, que asuman de una manera coherente las consecuencias de la opción que han tomado. En el seguimiento de Jesús está implicado todo lo que soy, porque se trata de una cuestión de amor, de un amor que no es ciego, sino inteligente, de un amor auténtico y no de un amor trivial, de un amor que sabe atravesar los amplios espacios de la fidelidad, de la perseverancia, de

la gratuidad.

       Fidelidad, perseverancia, gratuidad: son palabras que con excesiva frecuencia me dejan turbado, palabras que tengo miedo de llevar a la práctica, palabras con las que me parece que casi pierdo la vida. Jesús me repite que precisamente este amor es la realización cabal –no la pérdida- de la vida. ¿Qué elijo?

 

ORATIO

       Oh Dios, concédeme el valor de experimentar el amor que tú nos has mostrado con tu ejemplo. Me ves titubeante, reacio a soltar las amarras con las que acostumbro a anclar mis días en una seguridad hecha a mi medida. El amor que tú propones lo conoce el que te sigue, porque tú lo has dado a conocer con tus palabras y tu ejemplo; ese amor me parece como el océano, cuyos límites no logro ver y me parece imposible surcar.

       Te doy gracias, Dios mío, porque me hablas con claridad, porque no me engañas ni, más aún, me invitas a engañarme a mí mismo, con mis fáciles entusiasmos y los igualmente fáciles derrotismos. Quieres que reflexione antes de decirte: «Aquí estoy, Señor», porque me quieres como protagonista responsable de mi historia.

       Pero, precisamente porque quieres para mí un bien infinito, me recuerdas -y me lo recuerdas siempre- que sólo el amor me hace persona humana, que sólo el amor me da esa plenitud que tanto busco: el amor que aprendo de ti, siguiéndote.

 

CONTEMPLATIO

       Quien sólo se posee a sí mismo no posee nada, porque no subsiste sin muchos (otros).

       En efecto, sin los miembros, no subsiste el alma en el cuerpo, y sin ellos no recibe la recompensa por sus fatigas.

       El alma tiene necesidad de los miembros, aunque sea alma.

       El hombre aún tiene más necesidad del otro.

       El hombre lleva a cabo el camino de la justicia con el otro, y si es justificado sin el otro no es un hombre.

       El hombre no puede llegar a ser hombre sin el otro, y la justicia sin el hombre no es justicia.

       Tú, hombre, que intentas ser justo y bueno: haz a tus compañeros lo que deseas que te hagan a ti.

       Quieres recibir el salario por tus fatigas en el día de la recompensa: paga a tu compañero la deuda del amor y recibirás la recompensa.

       Deseas encontrar al esposo celestial revestido de luz: haz resplandecer tu rostro ante tus amigos y lo habrás encontrado.

       Quieres entrar con los sabios en esta felicidad: instruye a los necios y estarás a la cabeza de los sabios.

       Nadie entra en ese sitio hasta que no lleva a alguien con él: eso es lo que se pide a lo que entran (Narsai di Edessa, L'olio della misericordia, Magnano 1997, p. 33).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Con nadie tengáis deudas, a no ser la del amor mutuo» (Rom 13,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El amor, para llegar a su cabal realización, exige la entrega mutua de las personas. Sólo de este modo puede ser el amor un «sí» pleno, porque una persona sólo se abre a la otra en la entrega. Sólo cuando llegan a ser una sola cosa es posible el verdadero conocimiento de las personas. El amor en esta forma suya, que es la más elevada, incluye por e so el conocimiento. Es, al mismo tiempo, recepción y acción libre; por consiguiente, incluye asimismo la voluntad y es satisfacción del deseo [...]. Ahora bien, debe ser siempre entrega para ser amor auténtico. Un deseo que sólo quiera sacar ventajas para sí, sin entregarse, no merece el nombre de amor. Podemos decir, tranquilamente, que el espíritu finito alcanza su vida más elevada y más plena en el amor...

       Si, en su realización más elevada, el amor es entrega mutua y un llegar a ser una sola cosa, eso incluye una pluralidad de personas. El «apego» a nuestra propia persona y la autoafirmación de nosotros mismos -típicos del amor a nosotros mismos equivocado- constituyen exactamente lo contrario de la esencia divina, que es entrega de sí. La única realización perfecta del amor es la misma vida divina, la mutua entrega de las personas divinas. Aquí cada persona encuentra en la otra a sí misma, y puesto que su vida es, como su esencia, una, así el amor recíproco es, al mismo tiempo, amor de sí mismas, es un «sí» dicho a la propia esencia y a la propia persona (E. Stein, // mistero della vita interiore, Brescia 1999, pp. 75-77, passim).

 

Día 8

 

Jueves de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 3,3-8a

Hermanos:

3 La verdadera circuncisión somos nosotros, los que tributamos un culto nacido del Espíritu de Dios y hemos puesto nuestro orgullo en Jesucristo, en lugar de confiar en nosotros mismos.

4 Y eso que, en lo que a mí respecta, tendría motivos para confiar en mis títulos humanos. Nadie puede hacerlo con más razón que yo.

5 Fui circuncidado a los ocho días de nacer, soy del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo por los cuatro costados, fariseo en cuanto al modo de entender la Ley,

6 ardiente perseguidor de la Iglesia e irreprochable en lo que se refiere al cumplimiento de la Ley.

7 Pero lo que entonces consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por amor a Cristo.

8 Es más, pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

 

*•• Pablo abre la parte exhortatoria de esta carta con una especie de autobiografía. Se ve obligado a hacerlo frente a aquellos que no sólo se cierran a la llamada salvífica que se desprende del Evangelio, sino que también intentan denigrar su persona y su misión apostólica. De esto depende el carácter, polémico en parte, de este pasaje.

Sin embargo, esto brinda a Pablo la ocasión de presentar a todos, y no sólo a los filipenses, su origen hebreo, su vocación apostólica, su fidelidad a la misma.

De este modo nos hace ver que, para comprender sus cartas, resulta indispensable pasar a través de su personalidad, sobre todo a través del gran acontecimiento de Damasco, que marca su conversión a Cristo Señor y el comienzo de su misión. Pero le brinda, sobre todo, la ocasión de declarar abiertamente un hecho: el encuentro con Cristo ha invertido literalmente su manera de ver las cosas, su criterio valorativo sobre hechos y personas.

Por encima de todo y de todos está ahora, para él, Cristo, el Señor, no sólo como objeto de su fe, sino también como fuente de su misión y, lo más importante, como destinatario de su amor. Pablo expresa esta inversión de los valores con una frase extremadamente significativa: «Pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (v. 8).

Éste es el único lugar en todo el epistolario paulino en que el adjetivo posesivo «mi» aparece junto al título cristológico «Señor»: esto es signo no sólo del hecho de que Pablo se encontró con Jesús resucitado, sino también de la gran intimidad que alcanzó su amor con el mismo Jesús.

 

Evangelio: Lucas 15,1-10

En aquel tiempo,

1 todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle.

2 Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban: -Éste anda con pecadores y come con ellos.

3 Entonces Jesús les contó esta parábola:

4 -¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la descarriada hasta que la encuentra?

5 Y cuando da con ella, se la echa a los hombros lleno de alegría

6 y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!».

7 Pues os aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

8 O ¿qué mujer, si tiene diez monedas y se le pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y la busca con todo cuidado hasta encontrarla?

9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había extraviado!».

10 Os aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta.

 

       **• Jesús, que se junta con pecadores y come con ellos (v. 2), se atrae las críticas y las murmuraciones de los fariseos y de los maestros de la Ley. Por tanto, las tres parábolas que forman el capítulo 15 del evangelio de Lucas van dirigidas a ellos: son las llamadas «parábolas de la misericordia», porque ilustran la misericordia de Dios, que acoge a cuantos se acercan para escuchar su Palabra (v. 1) y, además, es el primero en salir en busca del hombre.

       De estas tres parábolas hemos leído hoy dos. La primera (w. 4-7) narra la recuperación de una «oveja» por parte de un pastor; la segunda (w. 8-10), la recuperación de una moneda, concretamente un dracma (moneda griega que corresponde al denario romano y equivale al salario de una jornada de trabajo de un jornalero agrícola). La estructura de ambas es análoga. De «cien» ovejas se pierde «una»; de diez «dracmas» se pierde «uno». Es digno de señalar el cuidado con el que se lleva a cabo la búsqueda del bien perdido, olvidando todo lo demás; el evangelista lo subraya describiendo las acciones del que se pone a buscar: el pastor «deja» las otras ovejas (por otra parte, el lugar donde pastan normalmente los rebaños en Palestina es el desierto) y «va a buscar» a la descarriada; la mujer «enciende» la lámpara, «barre» la casa y «busca con cuidado». La reacción ante la recuperación es idéntica: el pastor vuelve a casa «alegre» con la oveja sobre los hombros (Is 49,22 describe de la misma forma el regreso de los hijos de Israel del exilio), y la mujer llama a sus amigas y vecinas para invitarlas a compartir la alegría del feliz desenlace de la búsqueda.

       Algunos breves rasgos, de una buena eficacia plástica, expresan el cuidado amoroso y la preocupación sincera de Dios, que va en busca del hombre que se ha perdido, así como la alegría porque uno -uno sólo- se haya convertido y haya vuelto a dirigir su mirada al Padre. Está también la alegría del que escucha, de quien ya tiene experiencia de este Dios que no sabe quedarse esperando, sino que sale al encuentro, se conmueve, corre (cf. Le 15,20) «a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10).

 

MEDITATIO

       Vivimos: es un hecho que damos por descontado, tan por descontado que no es raro trivializarlo o incluso sentirnos aburridos, de suerte que, sin llegar a gestos extremos, sobrevivimos sin «ganas de vivir». Si no consigo apreciar mi vida, muy difícilmente podré estimar y valorar la de los otros.

       La imagen del pastor atento a su oveja pretende comunicarme la pasión de Dios por mi vida. No se siente en paz hasta que no me ha recuperado, después de que yo me haya alejado de él, y desborda de alegría apenas me dejo abrazar. Tal vez sea éste precisamente el mensaje que estoy esperando: que alguien se interesa por mí. Más aún, alguien, mi Creador, no desea otra cosa sino que esté vivo y me sienta seguro.

       Necesito estar disponible para dejarme buscar, para «ver» la alegría que Dios siente por mí. Así podré captar algo de la belleza de la vida, que no es un terreno de rapiña para explotar lo más posible, sino un don para celebrar.

       Dios me ha dado la vida y recurre a todo para que yo la viva en plenitud. Ésa es su misericordia. Es inútil que me engañe a mí mismo: viviendo con él y para él es como la vida tiene sentido y sabor. Junto a él aprendo a no poner obstáculos a la vida de los otros y, más aún, a ser yo mismo «dador» de misericordia. Es posible que entonces la vida se vuelva consistente también para mí, y no será ése un valor evanescente, ese ave fénix que aparece a veces, sino que será la experiencia de la comunión.

 

ORATIO

       He recorrido senderos escarpados, Señor, en mi huida... Una carrera afanosa e inquieta la mía. Pero ¿hacia dónde?

       A tientas agarro tu mano, la descubro siempre tendida hacia mí; y me aplaco. Dejo que mi corazón se caliente con la chispa de alegría de tus ojos, Señor de mi vida. Ahora te reconozco: tú eres mi respiración, mi luz, mi quietud, mi alegría. Si vivo es porque tú me mantienes en la vida. ¿Qué tengo que no haya recibido? En mi rendimiento a tu misericordia, me descubro con una mirada diferente hacia los otros: también eres la respiración, la luz, la quietud y la alegría para ellos.

       Y te ruego: ayúdanos, a todos, a no juzgarnos. Haz que sepamos darnos, recíprocamente, el bien más precioso que hemos recibido: tu misericordia. Haz que sepamos gozar de la alegría que sientes por cada uno de nosotros.

 

CONTEMPLATIO

       Esta manera de amar es la que yo querría que tuviésemos nosotras; aunque a los principios no sea tan perfecta, el Señor la irá perfeccionando. Comencemos en los medios, que aunque lleve algo de ternura, no dañará, como sea en general.

       Es bueno y necesario algunas veces mostrar ternura en la voluntad, y aún tenerla, y sentir algunos trabajos y enfermedades de las hermanas, aunque sean pequeños; que algunas veces acaece dar una cosa muy liviana tan gran pena como a otra daría un gran trabajo, y a personas que tienen de natural apretarle mucho pocas cosas. Si vos le tenéis al contrario, no os dejéis de compadecer. Y por ventura quiere nuestro Señor reservarnos de esas penas y las tememos en otras cosas; y de las que para nosotras son graves -aunque de suyo lo sean- para la otra serán leves. Ansí que en estas cosas no juzguemos por nosotras ni nos consideremos en el tiempo que, por ventura sin trabajo nuestro, el Señor nos ha hecho más fuertes, sino considerémonos en el tiempo que hemos estado más flacas.

       Mirad que importa este aviso para sabernos condoler de los trabajos de los prójimos, por pequeños que sean, en especial a almas de las que quedan dichas: que ya éstas, como desean los trabajos, todo se les hace poco, y es muy necesario traer cuidado de mirarse cuando era flaca y ver que si no lo es, no viene de ella; porque podría por aquí el demonio ir enfriando la caridad con los prójimos y hacernos entender es perfección lo que es falta. En todo es menester cuidado y andar despiertas, pues él no duerme; y en los que van en más perfección, más, porque son muy más disimuladas las tentaciones, que no se atreve a otra cosa, que no parece que se entiende el daño hasta que está ya hecho, si -como digo no se trae cuidado. En fin, que es menester siempre velar y orar, que no hay mejor remedio para descubrir estas cosas ocultas del demonio y hacerle dar señal que la oración. Procurad también holgaros con las hermanas cuando tienen recreación, con necesidad de ella, y el rato que es de costumbre, aunque no sea a vuestro gusto, que, yendo con consideración, todo es amor perfecto (Teresa de Jesús, Camino de perfección, 7, 5-6 (códice de Valladolid), Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 91997, p. 269).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Os aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta» (Lc 15,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Es, pues, de importancia suprema que consintamos en vivir para otros y no para nosotros mismos. Cuando hagamos esto, podremos enfrentarnos a nuestras limitaciones y aceptarlas. Mientras nos adoremos en secreto, nuestras deficiencias seguirán torturándonos con una profanación ostensible. Pero si vivimos para otros, poco a poco descubriremos que nadie cree que somos «dioses». Comprenderemos que somos humanos, iguales a cualquiera, que tenemos las mismas debilidades y deficiencias, y que estas limitaciones nuestras desempeñan el papel más importante en nuestras vidas, pues por ellas tenemos necesidad de otros y los otros nos necesitan. No todos somos débiles en los mismos puntos, y por eso nos complementamos y nos suplementamos mutuamente, cada uno rellenando el vacío del otro [...].

       Todo hombre es un pedazo de mí mismo, porque yo soy parte y miembro de la humanidad. Todo cristiano es parte de mi cuerpo, porque somos miembros de Cristo. Lo que hago, para ellos y con ellos y por ellos lo hago también. Lo que hacen, en mí y por mí y para mí lo hacen. Con todo, cada uno de nosotros permanece responsable de su participación en la vida de todo el cuerpo. La caridad no puede ser lo que se pretende que sea si yo no comprendo que mi vida representa mi participación en la vida de un organismo totalmente sobrenatural al que pertenezco.

       Únicamente cuando esta verdad ocupa el primer sitio, encajan las otras doctrinas en su contexto adecuado. La soledad, la humildad, la negación a uno mismo, la acción y la contemplación, los sacramentos, la vida monástica, la familia, la guerra y la paz: nada de esto tiene sentido sino en relación con la realidad central que es el amor de Dios viviendo y actuando en aquellos a quienes él ha incorporado en su Cristo (Th. Merton, Nessun uomo é un'isola, Milán 1956, 19ss, passim [versión española tomada de www.feyrazon.org]).

 

 

Día 9

Dedicación de la basílica de Letrán (9 de noviembre)

 

La basílica del Santísimo Salvador y de San Juan fue fundada por el papa Melquíades (311 -314) sobre la colina romana de Letrán, en un terreno cedido para tal fin por el emperador Constantino. Desde el siglo XII se viene celebrando el aniversario de su dedicación con una fiesta litúrgica, primero sólo en Roma y después en todas las Iglesias de rito romano, por ser considerada la «iglesia madre de todas las iglesias de la urbe y del orbe».

 

LECTIO

Primera lectura: Ez 47,1-2,8-9.12

1 Me llevó a la entrada de la Casa, y he aquí que debajo del umbral de la Casa salía agua, en dirección a oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia oriente. El agua bajaba de debajo del lado derecho de la Casa, al sur del altar.
2 Luego me hizo salir por el pórtico septentrional y dar la vuelta por el exterior, hasta el pórtico exterior que miraba hacia oriente, y he aquí que el agua fluía del lado derecho.
3 El hombre salió hacia oriente con la cuerda que tenía en la mano, midió mil codos y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta los tobillos.
4 Midió otros mil codos y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta las rodillas. Midió mil más y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta la cintura.
5 Midió otros mil: era ya un torrente que no pude atravesar, porque el agua había crecido hasta hacerse un agua de pasar a nado, un torrente que no se podía atravesar.
6 Entonces me dijo: "¿Has visto, hijo de hombre?" Me condujo, y luego me hizo volver a la orilla del torrente.
7 Y a volver vi que a la orilla del torrente había gran cantidad de árboles, a ambos lados.
8 Me dijo: "Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada.
9 Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Los peces serán muy abundantes, porque allí donde penetra esta agua lo sanea todo, y la vida prospera en todas partes adonde llega el torrente.
10 A sus orillas vendrán los pescadores; desde Engadí hasta Eneglayim se tenderán redes. Los peces serán de la misma especie que los peces del mar Grande, y muy numerosos.
11 Pero sus marismas y sus lagunas no serán saneadas, serán abandonadas a la sal.
12 A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina."

 

           **• Los capítulos 40-48 de Ezequiel constituyen la última parte del libro, la llamada visión de la restauración. Ezequiel ve en ella como la gloria de Dios retorna al nuevo templo de Jerusalén. Este final del libro no es más que una larga visión, comparable a otras tantas experiencias sobrenaturales que ha tenido el profeta.

          El agua invade todo el relato (se repite 14 veces). Agua abundante que vivifica el Mar salado donde van a multiplicarse los peces, y los pescadores podrán verse en su orilla. Agua abundante que hará posible no sólo el resurgir del mundo animal y humano sino también el vegetal: a su orilla crecerán toda clase de árboles frutales.
          El símbolo del agua como vida es muy fácil de ser entendido por todos. Agua que transforma el secarral en un nuevo paraíso (aquí con una sola fuente en antítesis a las cuatro de Génesis) donde crecen toda clase de plantas que dan la vida al hombre como alimento, o como medicina. Agua que vivifica y hace posible la vida en un mar salado que dará alimento a los pescadores...

o

Primera lectura: 1 Cor 3,9c-11, 16-17

3 pues todavía sois carnales. Porque, mientras haya entre vosotros envidia y discordia ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano?

9 ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios.

10 Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima. ¡Mire cada cual cómo construye!

11 Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo.

16 ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?

17 Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario.

 

            **• Advierte un teólogo alemán: "no podemos decir que cuando vamos a la iglesia, también Dios viene con nosotros" (Noordmann).  ¿Cómo es eso?. Yo te puedo dar la explicación, aunque no soy teólogo.:

           Escúchame. Si te has distraído fuera. Si no has querido, sabido, reconocer a Dios en la calle. Si le has desatendido fuera. Si te has manifestado indiferente cuando él te ha llamado porque tenía necesidad de ti, ¿cómo puedes hacerte ilusiones de que él tenga el placer de encontrarte y estar contigo en la iglesia? ¡Figúrate qué gusto para Dios oír las oraciones del sacerdote y del levita que pasaron junto al herido sin pararse en el camino de Jericó... Aquellas, para él, eran blasfemias no oraciones.

             Cuando el astronauta soviético Gagarin salió con aquella cantinela memorable según la cual, a pesar de haberse tragado decenas de miles de kilómetros en su viaje espacial, no se había encontrado con el buen Dios, un sacerdote de Moscú, le replicó:  -Es natural. Si no lo habéis encontrado en la tierra, jamás lo encontraréis en el cielo...

             Lo mismo se nos puede decir a nosotros. Si no sabemos reconocer y establecer un contacto con Dios cuando aparece como uno de nosotros, tenemos bien pocas posibilidades de encontrarlo de otra manera. Y de todos modos, difícilmente lograremos soportar la mirada de un eventual, inquietante "cara a cara".  Las negligencias fuera, se pagan inevitablemente con la ausencia de Dios en la iglesia. Lo mismo que la escasa atención prestada a Dios, en la iglesia, provoca trágicas distracciones en la calle. O estás disponible al encuentro en la calle, o peligras de encontrarte solo en la iglesia. Dios, en efecto, ha permanecido allí, a la espera. Donde tú no le has advertido.

 

Evangelio; Jn 2, 13-22

13 Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.

14 Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos.

15 Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas;

16 y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.»

17 Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: " El celo por tu Casa me devorará. "

18 Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?»

19 Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré.»

20 Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

21 Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo.

22 Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

            **•El relato de la expulsión de los vendedores del templo, en la primera Pascua “de los judíos” que Juan menciona en su obra, es un marco de referencia obligado del sentido de este texto joánico. Este episodio viene a continuación del relato de las bodas de Caná, donde el vacío de la boda lo llena Jesús con el “vino” nuevo sacado del agua. Las tinajas estaban allí para la purificación de los judíos. El relato de la expulsión del Templo se encadena pues a lo anterior, porque se quiere insistir más en el vacío de una religión, que aunque “celebre” y llene el templo, puede que haya perdido su sentido verdadero y sea necesario algo nuevo. No olvidemos que este episodio ha quedado marcado en la tradición cristiana como un hito, por considerarse como acusación determinante para condenar a muerte a Jesús, unas de las causas inmediatas de la misma. Aunque Juan ha adelantado al comienzo de su actividad, lo que los otros evangelios proponen al final (Mc 11,15-17; Mt 21,12-13; Lc 19,45-46), estamos en lo cierto si con ello vemos el enfrentamiento que los judíos van a tener con Jesús. Este episodio no es otra cosa que la propuesta de Jesús de una religión humana, liberadora, comprometida e incluso verdaderamente espiritual.

 

 

MEDITATIO

La liturgia renovada subraya de un modo más claro el significado de la Iglesia-edificio como signo visible del único verdadero templo que es el cuerpo personal de Cristo y su cuerpo místico, esto es, la Iglesia esposa y madre, la cual celebra en un determinado lugar el culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23; Hch 2,46ss). Por encima de la sacralización del espíritu material, se nos estimula a captar en el Cristo hombre-Dios la verdadera sacralidad que de él se comunica a todo el pueblo santo y sacerdotal, bautizado y confirmado en el Espíritu, unido en la única oblación al sumo y eterno sacerdote (Heb 10,14). [...]

La casa del pueblo de Dios, en lo que se refiere a la estructura, el decoro y la funcionalidad, es algo que deben tomarse muy a pecho todos los creyentes, pues en ella renacen a la vida divina y en ella serán bendecidos para su último éxodo pascual hacia la patria. Es la casa de todos y como tal debe ser cuidada y custodiada con amor; también en su aspecto exterior, que es signo de nuestra pureza interior (Conferencia Episcopal Italiana, Rito della dedicazione di una chiesa, Indicazioni pastorali, Roma 1981, 12-14).

 

ORATIO

De la oración de la dedicación de una iglesia:

Oh Dios, que diriges y santificas a tu Iglesia, acoge nuestro canto en este día de fiesta. Este lugar es signo del misterio de la Iglesia santificada por la sangre de Cristo, escogida por él como esposa, virgen por la integridad de la fe, madre siempre fecunda por el poder del Espíritu. Iglesia santa, viña elegida del Señor; Iglesia bienaventurada, morada de Dios entre los hombres; Iglesia sublime, ciudad elevada sobre el monte, clara a todos por su fulgor, donde resplandece como lámpara perenne el Cordero y donde se eleva festivo el coro de los bienaventurados. Ahora, oh Padre, envuelve de tu santidad esta Iglesia, a fin de que sea un lugar santo para todos.

 

CONTEMPLATIO

El pavimento

Aquí tocan nuestros pies la tierra sobre la que se levantan tantas paredes y columnas... Si no te pierdes entre ellas, sino que vas encontrando unidad y significado, es porque el Pavimento te guía. Él unifica no sólo los espacios de una estructura renacentista, sino también los espacios dentro de nosotros, que caminamos así conscientes de nuestras debilidades y derrotas.

Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el pavimento sobre el que caminan los otros (que avanzan ignorando la meta) para llegar al lugar a donde diriges sus pasos unificando los espacios con la mirada que facilita el pensamiento. Quieres ser aquel que sostiene los pasos, como la roca sostiene el ruido del paso de un rebaño: roca también del pavimento de un templo gigantesco. Y el pasto es la cruz.

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día de hoy la enseñanza de san Pablo: «El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros» (1 Cor 3,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El misterio de la Iglesia se remonta más allá de la historia. Son muchos los textos que hablan de ello: «Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia [...], misterioso plan, escondido desde el principio de los siglos en Dios» (Ef 1,4y 3,9). Su preexistencia en la sabiduría de Dios indica la naturaleza metahistórica de la Iglesia. Las formas de la vida social son contingentes, pueden existir o no en función de la evolución histórica, pero la Iglesia no depende de la historia; la Iglesia irrumpe en el mundo precisamente porque su génesis está en otro lugar. La Iglesia, «escondida desde toda la eternidad» en Dios, preiniciada en el paraíso, prefigurada en Israel, desciende del cielo en las lenguas de fuego, entra en la historia en Jerusalén, el día de Pentecostés. Es la manifestación gradual de lo que está escondido y se dirige hacia la «plenitud del que llena totalmente el universo» (Ef 1,23). Todas las criaturas en la tierra,  bajo la tierra y en los cielos doblan la rodilla y convergen en la plenitud del Cristo total (P. Evdokimov, L'Orfodossia, Bolonia 1981, pp. 176ss [edición española: Ortodoxia, Edicions 62-Península, Barcelona, s.f.]).

 

 

Día 10

Sábado 31ª semana del Tiempo ordinario o día 10 de noviembre, conmemoración de

San León Magno

 

León Magno, de origen toscano, subió a la cátedra de Pedro en el año 440 y desarrolló una acción decisiva sobre el destino de la Iglesia y del Imperio. En el año 451, por tanto durante su pontificado, se celebró el Concilio de Calcedonia, que definió la naturaleza humana y divina de la única persona de Cristo.

Salvó a Roma de la invasión de los hunos, guiados por Atila, y consiguió mitigar el saqueo de los vándalos. Como orador y escritor, comentó las principales solemnidades litúrgicas y dejó una colección de sermones, preludio del «magisterio» papal que habría de tener después tanta importancia en la dirección de la Iglesia. Murió en el año 461 y fue reconocido con el sobrenombre de «Grande».

  

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 4,10-19

Hermanos:

10 Mi alegría como creyente ha sido grande al ver renacer vuestro interés por mí. De hecho, lo teníais ya, pero no habíais tenido ocasión de manifestarlo.

11 Y no os digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a arreglármelas en cualquier situación.

12 Sé pasar estrecheces y vivir en la abundancia. A todas y cada una de estas cosas estoy acostumbrado: a la hartura y al hambre, a que me sobre y a que me falte.

13 De todo me siento capaz, pues Cristo me da la fuerza.

14 Sin embargo, habéis tenido un hermoso gesto al solidarizaros conmigo en la tribulación.

15 Vosotros sabéis, filipenses, que cuando comenzó a extenderse el Evangelio y partí de Macedonia, con ninguna Iglesia tuve cuenta de haber y debe, sino sólo con vosotros.

16 Y sabéis también que cuando estaba en Tesalónica por dos veces me enviasteis con qué atender a mi necesidad.

17 Y n o es que yo busque regalos; lo que busco es que se multipliquen los intereses en vuestra cuenta.

18 Acuso, pues, recibo de todo y tengo más que suficiente. Me siento colmado, una vez que he recibido por medio de Epafrodito vuestros obsequios, que son ofrenda de suave olor y sacrificio que Dios acepta con agrado.

19 Mi Dios, que es rico, atenderá con largueza todas vuestras necesidades por medio de Cristo Jesús.

 

*•- Las relaciones de Pablo con la comunidad de Filipos estuvieron inspiradas siempre por la máxima franqueza y familiaridad: el apóstol aceptó incluso ser ayudado con bienes materiales. En este punto se alegra no sólo por los dones recibidos, sino también por la caridad que se encontraba en la base de su ayuda, que le llegó a Pablo en un momento particularmente difícil de su misión.

En primer lugar aparece la estupenda libertad apostólica, de la que Pablo se siente justamente orgulloso: podría prescindir de todo, porque ahora ha aprendido a ser pobre con quien es pobre (w. llss). Se trata de una libertad radical, que, sin embargo, no se sustrae a los vínculos de la comunión engendrada por la caridad.

Pero es, sobre todo, la caridad de los filipenses, como signo de la caridad de Cristo, lo que inspira este pasaje de las cartas paulinas: al servicio de este ideal ha puesto Pablo toda su predicación, todo su empeño apostólico. En efecto, el apóstol no ha buscado los bienes ajenos, sino más bien ese don, que, mediante la escucha de la Palabra y de la fe, le une a Cristo, su salvador. El paso, por tanto, va del don ofrecido al apóstol al don recibido por Dios: de ahí resulta una triple relación que liga lo entregado al donante por medio de aquel que se ha hecho servidor de ambos. Y es muy hermoso señalar que la alegría del apóstol Pablo brota, en primer lugar, de la constatación de que, obrando de este modo, los creyentes viven en plenitud el humanismo cristiano que ha descrito en los w. 8ss de este mismo capítulo.

 

Evangelio: Lucas 16,9-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

9 Haceos amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengáis que dejarlos, os recibirán en las moradas eternas.

10 El que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho. Y el que es injusto en lo poco, lo es también en lo mucho.

11 Pues si no fuisteis de fiar en los bienes de este mundo, ¿quién os confiará el verdadero bien?

12 Y si no fuisteis de fiar administrando bienes ajenos, ¿quién os confiará lo que es vuestro?

13 Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.

14 Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús.

15 El les dijo: -Vosotros queréis pasar por hombres de bien ante la gente, pero Dios conoce vuestros corazones, porque, en realidad, lo que parece valioso para los hombres es despreciable para Dios.

 

       **• Jesús, al valorar la perspectiva del administrador deshonesto, preocupado por tener a alguien que le reciba en su casa (cf. Le 16,4), nos invita a considerar la riqueza en su valor de instrumento mediante el que podemos procurarnos amigos que nos reciban «en las moradas eternas» (v. 9): se trata de los pobres de Le 14,12-14, un tesoro indefectible (cf. asimismo 12,33) de intercesión en los cielos, cuando nos falte la misma riqueza.

       Es menester elegir el señor al que hemos de servir (v. 13) o bien el absoluto hacia el que orientar nuestra vida: una vez realizada la elección, todo lo demás -y así la riqueza, si hemos elegido a Dios- debe concurrir a este servicio. En los w. 10 ss el servicio, en cuanto asunción del primado de Dios en nuestra vida, se traduce en la fidelidad que no se puede ejercer en la riqueza «verdadera » si no la ejercemos primero en la «inicua» (que no garantiza la vida: cf. 12,22-31), no en la propia (el bien de la vida verdadera) si no la ejercemos antes en la «ajena» (los bienes exteriores que no son propios del hombre): en definitiva, es preciso ser fieles en lo «poco» para poder serlo en lo «mucho» (cf. también Mt 25,21). Así pues, la riqueza es «mammona» de injusticia (cf. Eclo 27,2: «Entre la compra y la venta se insinúa el pecado»). Es necesario replantear nuestra propia esperanza (fiarse, construir = 'aman en hebreo, que tiene una curiosa asonancia con el vocablo de origen fenicio mammona) en Dios, no en la riqueza insegura, y enriquecernos con obras buenas para adquirir la vida verdadera (cf 1 Tim 6,17-19).

       En conclusión (w. 14ss), Jesús condena la presunción de justicia de los fariseos que, por ser «amigos del dinero», veían en sus riquezas un signo de predestinación: Dios, que conoce los corazones, desenmascarará su hipocresía, y, así, el que ahora es «exaltado» será «humillado»; la burla (cf. Le 23,35) se volverá en contra del que se burla (cf. Sant 1,9).

 

MEDITATIO

Al acercarnos a san León Magno es significativo señalar que no poseemos de él más datos biográficos que los ligados a su ministerio. Podemos decir que el hombre ha sido absorbido completamente por la misión que le confío el Señor. Como el apóstol Pablo, también León vivió la entrega de sí mismo a Dios por la Iglesia, y tuvo un vivísimo sentido de ser el sucesor de aquel Pedro que -por revelación del Padre- fue capaz de reconocer en Jesús al Mesías esperado. El misterio de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, del que fue apasionado defensor, volvió cálida y profunda su palabra, le suscitó un vivísimo amor por la liturgia y le hizo capaz de convertir toda su vida -parafraseando una expresión que le era muy querida- en una espléndida realización de cuanto celebraba en el sacramento.

 

ORATIO

Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con la que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación.

Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al Reino de Dios.

Gracias al sacramento del bautismo, te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped. (León Magno, «Sermón primero en la Natividad del Señor», 3.)

 

CONTEMPLATIO

Por tanto, todo lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó con miras a la reconciliación del mundo no sólo lo conocemos por el relato de sus hechos pretéritos, sino que también lo experimentamos por la eficacia de sus obras presentes.

El mismo, nacido de la Virgen Madre por obra del Espíritu Santo, es quien fecunda con el mismo Espíritu a su Iglesia incontaminada, para que, mediante la regeneración bautismal, sea engendrada para Dios una multitud innumerable de hijos, de los cuales se afirma que traen su origen no de la sangre, ni del deseo carnal, ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios. Es en él mismo en quien es bendecida la posteridad de Abrahán por la adopción del mundo entero, y en quien el patriarca se convierte en padre de las naciones, cuando los hijos de la promesa nacen no de la carne, sino de la fe. Él mismo es quien, sin exceptuar pueblo alguno, constituye, de cuantas naciones hay bajo el cielo, un solo rebaño de ovejas santas, cumpliendo así día tras día lo que antes había prometido: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, y oirán mi voz, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor.

        Aunque dijo a Pedro, en su calidad de jefe: Apacienta mis ovejas, en realidad es él solo, el Señor, quien dirige a todos los pastores en su ministerio; y a los que se acercan a la piedra espiritual él los alimenta con un pasto tan abundante y jugoso que un número incontable de ovejas, fortalecidas por la abundancia de su amor, están dispuestas a morir por el nombre de su pastor, el buen pastor, que se dignó dar la propia vida por sus ovejas.

Y no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo, por el hecho mismo de su regeneración, participa en sus sufrimientos. Así es como celebramos de manera adecuada la Pascua del Señor, con ázimos de pureza y de verdad: cuando, rechazando la antigua levadura de maldad, la nueva creatura se embriaga y se alimenta del Señor en persona. La participación del cuerpo y de la sangre del Señor, en efecto, nos convierte en lo mismo que tomamos y hace que llevemos siempre en nosotros, en el espíritu y en la carne, a aquel junto con el cual hemos muerto, bajado al sepulcro y resucitado.  (León Magno, «Sermón 12, sobre la pasión del Señor», 3, 6-7; PL 54, 355-357.)

 

ACTIO

Repite a menudo y medita hoy esta sentencia de san León Magno:

«Reconoce, cristiano, tu dignidad».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San León no es un teólogo especulativo, sino más bien el doctor que encuentra la formulación adecuada, precisa, destinada a fines catequéticos en la doctrina católica. Su actividad doctrinal brota de la tarea pastoral y del gobierno de la Iglesia. Se trata de una exposición clara y sencilla, exenta de artificio, que no tiene la finalidad de atraer la atención con imágenes y especulaciones maravillosas. Está dirigida a la fe del fiel y quiere llegar a él límpida como un rayo de sol y sencilla como Palabra de Dios.

El trabajo espiritual es el cultivo del campo de Dios, que es el alma: se trata de una batalla que el cristiano, que forma parte de lo milicia de Cristo, entabla contra el diablo, usando como armo la cruz; es una preparación para el encuentro con el Señor; es adorno pascual del templo de Dios; es camino y progreso, constante e ininterrumpido, por el camino angosto y difícil que lleva a Dios y aleja del camino ancho y fácil que San León Magno conduce a la perdición; al camino estrecho le corresponde el amor a Dios y al prójimo, como indefectible energía que nos hace correr y volar por los senderos de Cristo; al segundo le corresponde el amor a sí mismo y a las creaturas. El trabajo espiritual es asimismo victoria de la buena voluntad sobre todas las pasiones y enemigos espirituales; es embriaguez, es insuperable deleite en la práctica de la virtud; es bienaventuranza o, mejor, es la escalada a la bienaventuranza a través de los escalones indicados por Cristo en el Evangelio: pobreza, sufrimiento, misericordia, sencillez, pureza, paz (A. Valeriani, en León Magno, L'osservanza cristiana, Alba 1965, pp. 34.53).

 

Día 11

32° domingo del tiempo ordinario

 

      San Martín de Tours.- Martín, nacido en Panonia (Hungría) en el año 316, fue destinado por su padre a la carrera militar. Siendo todavía catecúmeno, dio pruebas de coherencia cristiana y de amor a los pobres. Dejó las armas, bajo la guía de san Hilario de Poitiers, y se consagró a Dios profesando la vida monástica. Llevó, primero, una vida eremítica; más tarde, por consejo del mismo Hilario, fundó en Ligugé el primer monasterio de Occidente. En el año 373 fue elegido obispo de Tours, y hasta su muerte, acaecida el 397, se consagró con una solicitud incansable a la formación del clero, a la pacificación de los pueblos y a la evangelización. Fue uno de los primeros santos no mártires en ser honrado en la liturgia de la Iglesia.

 

 LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 17,10-16

En aquellos días,

10 Elías se levantó y se fue a Sarepta. Cuando entraba por la puerta de la ciudad, vio a una viuda recogiendo leña. La llamó y le dijo: -Por favor, tráeme un vaso de agua para beber.

11 Cuando ella iba por el agua, Elías le gritó: -Tráeme también un poco de pan.

12 Ella le dijo: -¡Vive el Señor, tu Dios, que no tengo una sola hogaza; sólo me queda un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza! Precisamente estaba recogiendo estos palos para preparar algo para mi hijo y para mí; lo comeremos y luego moriremos.

13 Elías le dijo: -No temas; vete a casa y haz lo que has dicho, pero antes hazme a mí una hogaza pequeña y tráemela. Para ti y para tu hijo la harás después.

14 Porque así dice el Señor, Dios de Israel: No faltará harina en la tinaja ni aceite en la orza hasta el día en que el Señor haga caer la lluvia sobre la tierra.

15 Ella fue e hizo lo que le había dicho Elías, y tuvieron comida para él, para ella y para toda su familia durante mucho tiempo.

16 No faltó harina en la tinaja ni aceite en la orza, según la palabra que el Señor pronunció por medio de Elías.

 

        *» Este episodio manifiesta la eficacia de la fe en la Palabra de Dios. Es la Palabra la que empuja al profeta Elías, perseguido por la reina Jezabel, a refugiarse en la tierra de origen de su enemiga: el Señor ha predispuesto, en efecto, que otra mujer fenicia, viuda y paupérrima, sea para Elías instrumento de salvación en el tiempo de carestía (vv. 8ss). A la petición de alimento por parte del profeta le responde la mujer declarando su propia indigencia: le queda sólo el sustento de un día para ella y para su hijo; sin embargo, fiándose de Elías, que le predice una intervención prodigiosa del Señor, es capaz de renunciar a lo que le aseguraría la supervivencia para ese día. La fe de la viuda se hace caridad generosa y se vuelve para ella verdadera riqueza: en la experiencia cotidiana del milagro puede constatar que verdaderamente «el Señor protege [...] al huérfano y a la viuda» (Sal 146,9) y que quien confía en él no queda decepcionado (1 Re 17,15ss). Precisamente mientras los israelitas se dejan descarriar por los cultos paganos introducidos por Jezabel y no escuchan ya la Palabra de YHWH, triunfa la fe auténtica en la humilde caridad de una extranjera que no vacila en privarse de lo necesario para obedecer a la Palabra que Elías le comunica. Ofrece el alimento de un día al hombre de Dios y recibe de la mano del Señor el alimento para la vida del cuerpo y del espíritu.

 

Segunda lectura: Hebreos 9,24-28

24 Cristo no entró en un santuario construido por hombres -que no pasa de ser simple imagen del verdadero-, sino en el cielo mismo, a fin de presentarse ahora ante Dios para interceder por nosotros.

25 Tampoco tuvo que ofrecerse a sí mismo muchas veces, como el sumo sacerdote, que entra en el santuario una vez al año con sangre ajena.

26 De lo contrario, debería haber padecido muchas veces desde la creación del mundo, siendo así que le bastó con manifestarse una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para destruir el pecado con su sacrificio.

27 Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, después de lo cual vendrá el juicio,

28 así también Cristo se ofreció una sola vez para tomar sobre sí los pecados de la multitud, y por segunda vez aparecerá, ya sin relación con el pecado, para dar la salvación a los que le esperan.

 

        **• La descripción de algunos detalles del culto judío en el capítulo 9 pone de manifiesto la superioridad de la nueva alianza, cuyo único sacerdote (vv. llss), mediador (v. 15) y víctima (v. 28) es Cristo. En esta perícopa subyace, en particular, la comparación con el ritual del gran «día de la expiación». Una vez al año, en electo, entraba el sumo sacerdote, él solo, en el santo de los santos para expiar los pecados del pueblo mediante la aspersión del arca de la alianza con la sangre de animales sacrificados; sin embargo, Cristo «en la plenitud de los tiempos» dio cumplimiento a los ritos antiguos, que eran sólo una figura del sacrificio perfecto: entró en el verdadero santuario, en la dimensión trascendente («cielo») de Dios, «una sola vez», ofreciéndose a sí mismo «para tomar sobre sí los pecados de la multitud», como el siervo de YHWH profetizado por Isaías (53,12). El don de su amor es tan sobreabundante que el pecado no sólo queda perdonado, sino «destruido» (v. 26): por eso el hombre es hecho de nuevo, queda libre, está salvado.

        Esta ofrenda sacrificial, sin embargo, no nos priva de la presencia de Cristo: siempre vivo «para interceder» en nuestro favor (7,25), él se manifestará una vez más en la historia. Y no será ya para liberar a la humanidad del pecado -dado que su sacrificio tiene un valor perenne (v. 28)-, sino para conducirla a su desenlace definitivo, a un final que será de salvación y de gloria (2,10) para cuantos le esperen con vigilancia perseverante.

 

Evangelio: Marcos 12,38-44

En aquel tiempo,

38 decía Jesús a la gente mientras enseñaba: -Tened cuidado con los maestros de la Ley, a quienes les gusta pasearse lujosamente vestidos y ser saludados por la calle.

39 Buscan los puestos de honor en las sinagogas y los primeros lugares en los banquetes.

40 Estos, que devoran los bienes de las viudas con el pretexto de largas oraciones, tendrán un juicio muy riguroso.

41 Jesús estaba sentado frente al lugar de las ofrendas y observaba cómo la gente iba echando dinero en el cofre. Muchos ricos depositaban en cantidad.

42 Pero llegó una viuda pobre que echó dos monedas de muy poco valor.

43 Jesús llamó entonces a sus discípulos y les dijo: -Os aseguro que esa viuda pobre ha echado en el cofre más que todos los demás.

44 Pues todos han echado de lo que les sobraba; ella, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir.

 

        **• Jesús ofrece los criterios para distinguir entre los verdaderos y los falsos maestros en la enseñanza que dispensa en el templo. Tras largas discusiones con maestros de la Ley, sacerdotes y jefes del pueblo (capítulos 11 y 12), censura su comportamiento, movido por la vanagloria (vv. 38ss), por la avidez sin escrúpulos y por la ostentación de una piedad puramente exterior (v. 40).

        Jesús es capaz de captar la verdad de la persona más allá de las apariencias, observando la conducta de cada uno en la vida diaria. Por eso, cuando encuentra un verdadero maestro, lo pone como ejemplo a sus discípulos: se trata de una pobre viuda que se acerca al cofre del tesoro del templo para echar una suma irrisoria -las dos moneditas de la viuda equivalían a la octava parte de la ración que se distribuía a diario a los pobres de Roma-; sin embargo, esta ofrenda representa para la viuda «todo lo que tenía para vivir» (v. 44). La humilde mujer ha echado, por tanto, su vida en el tesoro del templo, porque ha encontrado en Dios su sostén para hoy y para el día de mañana, para este tiempo y para la eternidad. Esta «verdadera maestra», más rica que los acomodados que echan muchas monedas como ofrenda, puede enseñar sin presunción el camino de la fe, un camino que pasa a través del abandono confiado en las manos de Dios.

 

MEDITATIO

        La palabra que hemos escuchado nos invita a reflexionar sobre la fe. Ésta consiste, simplemente, en creer que Dios es Dios y en fiarse por eso de él, abandonarse en sus manos, darle por completo a nosotros mismos sin cálculos ni preocupaciones por el mañana. Esta «oblatividad» es desconsiderada y loca -o al menos imprudente- para quien afirma que está bien creer, sí, pero «con los pies en la tierra», sin dejar de lado una humana prudencia; sin embargo, esta fe la encontramos a menudo precisamente en quienes no tienen ninguna seguridad para hacer frente al hoy ni al mañana.

        Estas dos viudas tan pobres presentadas en la Sagrada Escritura nos enseñan a no tener miedo de ofrecer a Dios todo lo que tenemos y somos, nos invitan a consagrarle nuestra vida: si hacemos que llegue a ser «suyo» lo que es nuestro, será después tarea suya la preocupación por ello. Mi familia, mi trabajo, mis pocos o muchos recursos de todo tipo pueden ser sometidos a la lógica de la fe y ser confiados y entregados por completo al Señor. No se trata de una elección de despreocupación ni del sentimiento de un instante; al contrario, se convierte en el compromiso cotidiano de administrar como nuestros -y, por consiguiente, con un corazón conforme al nuestro los que eran «nuestros» bienes: afectos, ocupaciones, dotes. La palabra es hoy casi un desafío: probemos a echar con fe nuestra vida en el tesoro de la comunión de los santos, día tras día. El Señor dispondrá de ella para bien de cada uno de sus hijos, y dispondrá un mayor beneficio también para nosotros. Podemos darle, sobre todo, lo que tenemos como más «nuestro»: la pobreza existencial, el pecado. Esto es lo que ha venido a buscar en la humanidad, para tomarlo sobre sí y transformarlo en sacrificio de amor.

        Si somos capaces de poner en sus manos también nuestra miseria, sentiremos la alegría de vivir de él, por él, en él.

 

ORATIO

        Señor Jesús, que de rico como eras te hiciste pobre para enriquecernos con tu pobreza, aumenta nuestra fe.  Es siempre muy poco lo que tenemos que ofrecerte, pero ayúdanos tú a entregarlo sin vacilación en tus manos. Tú eres el tesoro del Padre y el tesoro de la humanidad: en ti está depositada la plenitud de la divinidad; sin embargo, sigues esperando aún de nosotros el óbolo de lo que somos, hasta nuestro mismo pecado. Creemos que puedes transformar nuestra miseria en bienaventuranza para muchos, pero tienes que enseñarnos la generosidad y el abandono confiado de los pobres en el espíritu.

        Queremos aceptar el desafío de tu Palabra y darte todo, hasta lo que necesitamos para hoy y para el día de mañana: tú mismo eres desde ahora la Vida para nosotros.

 

CONTEMPLATIO

        Es grande el que toma de lo poco de que dispone, puesto que en la balanza de la justicia divina no se pesa la cantidad de los dones, sino el peso de los corazones.

        La viuda del evangelio depositó en el tesoro del templo dos moneditas y superó los dones de todos los ricos.

        Ningún gesto de bondad queda privado de sentido ante Dios, ninguna misericordia queda sin fruto. Son diversas, a buen seguro, las posibilidades que él ha dado a los hombres, pero no son diferentes los sentimientos que reclama de ellos. Valore cada uno con diligencia la entidad de sus propios recursos, y que los que más han recibido den más (León Magno, Sermón sobre el ayuno, 90,3).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es él Reino de los Cielos» (Mt 5,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Dios es absolutamente más rico que nadie, porque es absolutamente el más pobre. No tiene nunca nada para sí, sino siempre para el otro. El Padre para el Hijo, el Hijo para el Padre, el Padre y el Hijo para el Espíritu Santo común. Pero tampoco el Espíritu tiene nada para sí, sino todo para el Padre y para el Hijo. Esto no es tampoco un egoísmo a dos o a tres, puesto que en Dios cada uno piensa verdaderamente sólo en el otro y quiere enriquecer al otro. Y toda la riqueza de Dios consiste en este darse y recibir el Tú.

        La pobre viuda, que ha dado todos sus haberes, está muy cerca de este Dios. ¿Acaso no se puede decir que Dios ha echado todos sus haberes en el cepillo de las ofrendas del mundo, cuando nos dio a aquel hombre sin apariencia, escondido, apenas localizable en la historia del mundo, llamado Jesús de Nazaret?

        ¿No se puede decir que en este casi nada nos ha entregado Dios más que con el rico y gigantesco universo, puesto que así nos ofreció «todo lo que necesitaba para vivir», a fin de que nosotros, aunque él muriera, pudiéramos vivir de su vida eterna? (H. U. von Balthasar, Tu coroni l'anno con la tua grazia, Milán 1990, p. 177 [edición española: Tú coronas el año con tu gracia, Encuentro, Madrid 1997]).

 

Día 12

Lunes de la 32ª semana del Tiempo ordinario o día 12 de Noviembre, conmemoración de

San Josafat

 

           Nace en Vladimir de Volhinia por el año 1580 de padres ortodoxos; se convirtió a la fe católica e ingresó en la Orden de san Basilio. Ordenado sacerdote en el rito bizantino en 1609. Ordenado obispo de Vitebsk 1617, meses mas tarde, Arzobispo de Polotzk, Lituania. Trabajó infatigablemente por la unidad de la Iglesia. Perseguido a muerte por sus enemigos, sufrió el martirio el año 1623. Protomártir de la re-unificación de la cristiandad. Canonizado en 1867. 

 

LECTIO

Primera lectura: Tito 1,1-9

1 Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo para hacer que los elegidos de Dios lleguen a la fe y al conocimiento de la verdad que se manifiesta en una vida religiosa,

2 con la esperanza puesta en la vida eterna. Dios, que no miente, había prometido esta vida eterna antes de que el tiempo existiera,

3 y a su debido tiempo ha manifestado su Palabra a través de la predicación que me ha sido confiada por orden de Dios, nuestro Salvador.

4 A Tito, mi verdadero hijo en nuestra fe común, gracia y paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador.

5 Te he dejado en Creta para que acabes de organizarlo todo y establezcas presbíteros en cada ciudad, siguiendo las instrucciones que te di:

6 que sean irreprochables, que se hayan casado una sola vez, que sus hijos sean fieles y no puedan ser tachados de mala conducta o de insubordinación.

7 Es preciso que el obispo sea irreprochable, como administrador que es de la casa de Dios; que no sea soberbio, ni iracundo, ni dado al vino, ni violento, ni codicioso,

8 sino hospitalario, amigo del bien, prudente, justo, piadoso, dueño de sí mismo,

9 firmemente adherido a la Palabra tal y como ha sido enseñada, para que sea capaz de exhortar según la sana doctrina y refutar a quienes la contradicen.

 

*+• Esta carta de Pablo ha sido calificada de «pastoral» precisamente por sus contenidos. El apóstol se dirige, en efecto, a uno de sus más queridos colaboradores en el momento en el que le confía el cuidado de una comunidad cristiana que está iniciando un camino de conversión y de plena adhesión al Evangelio. Pero las recomendaciones que hace Pablo a su discípulo Tito se fundamentan siempre en el acontecimiento de Jesús muerto y resucitado, en «la verdad que se manifiesta en una vida religiosa» (v. 1) y en «la esperanza puesta en la vida eterna» (v. 2).

La tarea del discípulo consistirá en educar a los creyentes para que se enamoren de la verdad revelada y predicada y, de este modo, consoliden sus vínculos de amor y de fe en la misma comunidad y, en última instancia, con Cristo, el Señor. Así se concreta la administración que Dios confía a sus siervos: el servicio de la Palabra, la predicación apostólica -está bien explicitarlo con letras bien grandes-, constituye el primer y fundamental servicio a la comunidad.

Se puede afirmar con toda justicia que «en el principio era la predicación», en el sentido de que sin el servicio y la escucha de la Palabra no nace ninguna comunidad cristiana. Ciertamente, el responsable de una comunidad debe tener cualidades excepcionales: su estilo de vida, su modo de actuar, el ejemplo que ha de ser capaz de dar en términos de fidelidad a la doctrina y de generosidad en el servicio son elementos indispensables para el bienestar de la comunidad. No es casualidad que Pablo insista asimismo en este aspecto, precisamente porque está convencido de que, para permanecer fieles al ideal recibido, es necesario el concurso del obispo y de sus fieles, del pastor y de su grey, de quien predica y de quien escucha: todos a la escucha y sometidos a la doctrina-verdad confiada por Dios en las Sagradas Escrituras, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

 

Evangelio: Lucas 17,1-6

En aquel tiempo,

1 Jesús dijo a sus discípulos: -Es inevitable que haya ocasiones de pecado, pero ¡ay de quien las provoque!

2 Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo tiraran al mar, antes que ser ocasión de pecado para uno de estos pequeños.

3 ¡Estad atentos! Si tu hermano llega a pecar, repréndelo, pero si se arrepiente, perdónale.

4 Y si peca contra ti siete veces al día y otras siete viene a decirte: «Me arrepiento», perdónale.

5 Los apóstoles dijeron al Señor: -Auméntanos la fe.

6 Y el Señor dijo: -Si tuvierais fe, aunque sólo fuera como un grano de mostaza, diríais a esta morera: «Arráncate y trasplántate al mar», y os obedecería.

 

        **• «¡Estad atentos!» (v. 3) es la exhortación que dirige hoy Jesús a sus discípulos. Sus enseñanzas están relacionadas con la vida fraterna, lugar de escándalos y de contraste: es algo «inevitable» (v. 1). Ahora bien, si la fragilidad es el camino del hombre, en la vigilante atención a nosotros mismos y en la incansable acogida al hermano (v. 3) se juega el primado de Dios, la opción por servirle.

        El discernimiento de la caridad es un recorrido delicado: incluye la preocupación amorosa por los «pequeños» (v. 2: los débiles, los sencillos, en cualquier acepción que queramos darle; cf. Le 10,21) y no excluye la corrección fraterna, sino que hace que el perdón sobreabunde sobre todo (v. 4: «siete veces» simboliza un perdón ilimitado que resiste a una debilidad que perdura).

        Se confirma así que, en el interior de la trama de las relaciones cotidianas, la atención principal debe centrarse en nosotros mismos y en nuestro propio camino, un camino marcado, a buen seguro, por las dificultades, aunque también por la esperanza de poder experimentar, incluso en los inevitables contrastes, la alegría de la mirada del hermano que vuelve a dirigirse a nosotros (esto es el «arrepentirse» de los w. 3ss).

        Así es como la fe, que aunque sea tan pequeña «como un grano de mostaza» (v. 6) engendra y acoge milagros, es no sólo don invocado, sino compromiso de caridad que transforma la confianza en Dios en confianza recíproca.

 

MEDITATIO

        A lo largo de la vida ocurren muchas cosas que nos indignan. A pesar de todo, pensamos que debe existir un mundo bueno, aunque en realidad no existe y no existirá nunca. Dios debería encargarse de hacer bueno este mundo, pero no lo hace. Por nuestra parte, probablemente nos consideremos exonerados de ayudar para mejorar un mundo que, por otro lado, sigue adelante del mismo modo que lo hacía antes sin nosotros.

        La consecuencia más obvia es que «vamos tirando», sin atender a nadie más que a nosotros mismos. Ahora bien, ¿eso es vida? Nos responde la Palabra del Señor. El arte de vivir, de «gobernarnos» a nosotros mismos, se aprende con la sencillez de la confianza, no con razonamientos torcidos. No es obrar por nuestro propio interés empleando la falsedad y el subterfugio lo que construye la vida, sino el respeto al otro y la acogida renovada continuamente a quienes tenemos a nuestro lado, conscientes de no ser por eso mejores que ellos. A través del perdón otorgado, a través de la atención a no ser un obstáculo para el hermano con actitudes o con palabras, a través de la transparencia de los sentimientos y de los pensamientos es como llegamos a ser lo que somos: semejantes a Dios. Y de este modo es también como lo imposible se vuelve posible.

 

ORATIO

        Tú no estás, Señor, en los complejos remolinos de mis oleadas interiores, ni te escondes en las intrincadas espesuras del raciocinio.

        No moras allí donde se responde al mal con el mal allí donde la acerba perversión de los grandes golpea al niño.

        No encuentras reposo en el corazón que te levanta barreras y se hace la ilusión de bastarse a sí mismo, desprecia al hermano y se burla de la fuerza de tu amor, La confianza sencilla te atrae, suma sabiduría que sabe guardar tu amistad.

 

CONTEMPLATIO

        Los verdaderos creyentes, que se mantienen firmes en la esperanza en Dios, se alegran en sus corazones esperando sus beneficios y están llenos de la alegría del Espíritu, necesitan, en primer lugar, ceñirse del amor de Dios. En él se engrandece y se dilata la magnífica construcción de su justicia [...].

        Feliz el hombre de amor, que hace habitar en su corazón al Dios que es amor.

        Feliz el corazón, aunque sea humilde y estrecho, que pone dentro de sí, espiritualmente, como en una mora da tranquila, a aquel que ni el cielo ni la tierra puede contener [...].

        El amor crece y se dilata en aquellos que están ligados por una pasión natural, estando el uno junto al otro. Y en el connubio de las miradas permanece vigilante su pasión. Y crece y se vigoriza por el intercambio de palabras de pasión. Y la memoria permanece siempre vigilante, bajo los alicientes de la gran fuera del amor.

        Así, por el morar incesante junto a él, por la mirada sencilla de la inteligencia y la contemplación espiritual de éste y por el diálogo incesante con su recuerdo y la meditación de sus palabras, se dilata en el hombre la

pasión por Dios [...].

        El que se encuentra consumado por el amor de Dios dirige hacia él el impulso de su carrera y vuela por encima de todo. (Martyrios [Sahdona], Sull'amore perfetto per Dio e per glialtri, Magnano 1993, l l s s , passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Amad la justicia y buscad al Señor con sencillez de corazón» (cf. Sab 1,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Dios mío, tú, que me has enriquecido tanto, permíteme también dar a manos llenas. Mi vida se ha convertido en un diálogo ininterrumpido contigo, Dios mío, en un largo diálogo. Cuando me encuentro en un rincón del campo, con los pies plantados en tu tierra y los ojos elevados hacia tu cielo, tengo a menudo el rostro inundado de lágrimas, único exutorio de mi emoción interior y de mi gratitud. También por la noche, cuando, acostada en mi litera, me recojo en ti, Dios mío, lágrimas de gratitud inundan a veces mi rostro, y ésa es mi oración.

        Estoy muy cansada desde hace algunos días, pero es una cosa que pasará como todo lo demás. Todo progresa siguiendo un ritmo profundo, un ritmo propio en cada uno de nosotros.

        Debería enseñarse a la gente a escuchar y a respetar ese ritmo: es lo más importante que un ser humano puede aprender en esta vida. No lucho contigo, Dios mío. Mi vida no es más que un largo diálogo contigo. Es posible que no llegue a ser nunca la gran artista que quisiera ser, pues estoy demasiado bien resguardada en ti, Dios mío. En ocasiones, quisiera grabar con un buril pequeños aforismos y pequeñas historias vibrantes de emoción. Mas la primera palabra que me viene a la mente, siempre la misma, es: Dios. Contiene todo y hace inútil todo lo demás. Toda mi energía creadora se convierte en diálogos interiores contigo. El oleaje de mi corazón se ha vuelto más ancho desde que estoy aquí, más animado y más apacible a la vez, y tengo la impresión de que mi riqueza interior se incrementa sin cesar (E. Hillesum, Diario: 1941-1943, Milán 1996, pp. 253ss [tomado de Paul Lebeau, Etty Hillesum. Un itinerario espiritual. Amsterdam, 1941 - Auschwitz, 1943, Sal Terrae, Santander 2000, pp. 200-201]).

 

 

Día 13

Martes de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Tito 2,1-8.11-14

Querido:

1 Tú, por tu parte, enseña según la sana doctrina.

2 Que los ancianos sean sobrios, juiciosos y prudentes; que vivan plenamente la fe, el amor, y la paciencia.

3 De igual modo, que las ancianas observen una conducta digna de personas santas, que no sean calumniadoras, ni dadas al vino, sino buenas consejeras; 4 de este modo enseñarán a las jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos,

5 a ser prudentes, castas, mujeres de su casa, buenas y respetuosas con sus maridos, para que la Palabra de Dios no sea denigrada.

6 Asimismo, exhorta a los jóvenes a ser prudentes en todo,

7 dando tú mismo ejemplo de una buena conducta. Sé íntegro en la enseñanza, ten buen juicio,

8 que tu palabra sea sana e irreprensible. De este modo, nuestros adversarios quedarán en evidencia y no podrán decir nada malo de nosotros.

11 Porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.

12 Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad,

13 aguardando la feliz esperanza: la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,

14 el cual se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de que seamos su pueblo escogido, siempre deseoso de practicar el bien.

 

**• El destinatario de esta carta de Pablo es el responsable de la comunidad cristiana de Creta, pero los temas que desarrolla Pablo interesan a toda la comunidad.

Para que el mensaje del Señor resucitado pueda atravesar los confines de la comunidad creyente necesita del testimonio de todos. Sin esta colaboración de la comunidad, el Evangelio corre el riesgo de permanecer inerme e ineficaz. En el seno de la comunidad viven diferentes categorías de personas: Pablo tiene un consejo, una indicación para la marcha, una palabra de aliento, para cada una de ellas.

En primer lugar, el apóstol recomienda a los ancianos y a las ancianas sobriedad, un estilo de vida digno, perseverancia en la fe recibida, generosidad en el amor fraterno (w. 2ss). De este modo se convertirán en modelo para los jóvenes y para sus familias, precisamente por su fidelidad a la palabra dada y a los compromisos asumidos (w. 4ss). La Palabra de Dios podrá hacer su recorrido en el mundo gracias también a su colaboración.

A los jóvenes les dirige Pablo palabras extremadamente comprometedoras, pero, al mismo tiempo, ricas de luz y de gracia (w. 6-8): también ellos están invitados a dar buen ejemplo a la gente de su edad por medio de una «buena conducta», de un gran respeto recíproco y de una palabra sana e irreprensible. Pablo les recuerda que el enemigo número uno, el principal «adversario» que deben derrotar, es siempre Satanás.

La última parte de la lectura nos ofrece la motivación teológica tanto de ésta como de cualquier otra actitud o programa de vida («se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres. Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad»: w. 11-12): del acontecimiento salvífico de Cristo Jesús, esto es, de su misterio de vida, muerte y resurrección, deriva para todos nosotros un programa de vida evangélica.

 

Evangelio: Lucas 17,7-10

En aquel tiempo, dijo Jesús:

7 ¿Quién de vosotros que tenga un criado arando o pastoreando le dice cuando llega del campo: «Ven, siéntate a la mesa»?

8 ¿No le dirá más bien: «Prepárame la cena y sírveme mientras como y bebo; y luego comerás y beberás tú»?

9 ¿Tendrá quizás que agradecer al siervo que haya hecho lo que se le había mandado?

10 Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os mande, decid: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer».

 

        *•• Tras haber tratado el tema de la vigilancia sobre nosotros mismos, el evangelista Lucas, en el itinerario que conduce a una caridad que es fe recibida y responsablemente vivida, investiga sobre otra actitud que se pide a los discípulos de Jesús: la conciencia de la propia inutilidad (v. 10). Somos siervos de los que no hay necesidad.

        Jesús condena la presunción de justicia de los fariseos (cf. Le 18,9) que, con una religiosidad de fachada basada en la acumulación de obras, esperan su recompensa de Dios: no espera recompensa alguna el pobre que se sabe por completo en manos de Dios (humildad de los siervos del Magníficat).

        No debemos esperar recompensa, pues no hay motivo de gloria en lo que hacemos: como dirá san Pablo, «anunciar el Evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo» (1 Cor 9,16). Quien es consciente de estar constantemente en deuda de amor con Dios (v. 10), quien sabe que su vida es fruto de un don exagerado (perdón), no espera ninguna gracia de aquel a quien presta servicio, porque su misma existencia es gracia recibida (v. 9: el señor no está «obligado» respecto al siervo).                           También el siervo podrá comer y beber después (v. 8), participar en la alegría de su señor (cf. Mt 25,21), pero no en seguida (cf. v. 7): antes es preciso estar preparados «con la cintura ceñida y la lámpara encendida», en actitud de servicio, esperando a su señor (cf. Le 12,36-40).

 

MEDITATIO

        El dolor y la muerte nos acomunan a todos, con el carácter trágico de los «¿por qué?» que les acompañan. Se oye decir: «Venimos a este mundo a sufrir», tan cruda y persuasiva se muestra esta experiencia, frente a la cual sentimos nuestra precariedad, impotencia y pequeñez.

        No es ésta, sin embargo, nuestra verdad profunda y esencial: no hemos sido creados para sufrir, no hemos sido creados para morir, sino que estamos vivos para vivir y para vivir para siempre. Nuestra vida no es una vida para perderla, condenada a la derrota. ¡Bien al contrario! Dios nos tiene en sus manos: no nos ha hecho inmunes al dolor y a la muerte, pero los vive con nosotros y nos ha mostrado en Jesús cómo vivirlos. El amor y la misericordia levantan los asedios del sufrimiento que atenazan el corazón. El amor y la misericordia son la vida eterna que empieza ya en esta tierra, cuando dejamos que las reivindicaciones cedan el paso a la gratuidad, cuando ni siquiera en medio de la persecución no perdemos la esperanza ni la confianza. El amor y la misericordia son el lenguaje de Dios. Dichoso el que lo aprende: comprenderá qué es la muerte y qué es la vida.

 

ORATIO

        No me importa, Señor, presentarte la cuenta, como si tú debieras pagarme por lo que hago por ti. Tú me has dado todo, todo lo he recibido de ti: mi existencia no es más que un restituirte el don. Soy alguien a quien no se le debe nada.

        Sólo te pido, Señor, que no desaparezca en mí la certeza de estar ya contigo en esa vida que durará para siempre, para la cual la muerte no es más que un terrible paso. Refuerza mi fe en esa eternidad de amor que ya saboreo ahora en cada chispa de amor humano. Demasiadas veces, hoy, me apremian cerrando los confines de la existencia en este mundo, en una autocondena a una vida que ya es muerte.

        Creo, Señor, que del mismo modo que ahora me despierto por la mañana, resucitaré un día en tu aurora. No será un premio que me debas: será el rebosar definitivo de tu misericordia.

 

CONTEMPLATIO

¡Qué maravillosos son, Dios nuestro, tus secretos!,

¿quién los creerá?

Mi corazón se ha transformado con su recuerdo

y por su dulzura se han separado

los miembros de mi cuerpo.

He olvidado lo que es mío

en la meditación sobre cosas de las que no estoy cerca,

y apremio con (mi) deseo al Dador.

He olvidado (también) lo que es suyo,

y es para obtenerle a él mismo por lo que me fatigo.

Lo aferró, pero no es aferrado;

lo capturo, pero no es capturado.

Cuando estoy lleno, estoy vacío;

cuando lo aferró, no es él,

y cuando moro en él, en mí mora.

Cuando quiero llevarlo a alguna parte, se me resiste,

porque si está vestido no se detiene,

si está despojado no se encamina,

si lo dejan (solo) no se queda,

si viene conmigo a algún lugar, no se mueve de allí.

Cuando camino con él, mora en mí

y se dilata como cuando está fuera de mí;

cuando lo respiro sale de dentro (de mí)

y cuando lo vislumbro en lo íntimo de cada cosa

está revestido de todas ellas y (las) vela.

Me siento llevado por él y avanzo.

(Juan de Dalyatha, Mostrami la tua belleza, Magnano 1996, pp. 26ss, passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Las almas de los justos están en las manos de Dios» (Sab3,l).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ¡Dios mío, cógeme de la mano! Te seguiré de manera resuelta, sin mucha resistencia. No me sustraeré a ninguna de esas tormentas que caerán sobre mí en esta vida. Soportaré el choque con lo mejor de mis fuerzas. Pero dame, de vez en cuando, un breve instante de paz. No voy a creer, en mi inocencia, que la paz que descienda sobre mí es eterna. Aceptaré la inquietud y el combate que vendrán después. Me gusta mantenerme en el calor y la seguridad, pero no me rebelaré cuando haya que afrontar el frío, con tal de que tú me lleves de la mano. Yo te seguiré por todas partes e intentaré no tener miedo. Esté donde esté, intentaré irradiar un poco de amor, de ese amor al prójimo que hay en mí. Pero tampoco debo jactarme de este «amor».

        No sé si lo poseo. No deseo ser nada especial; sólo quiero tratar de ser esa que pide desarrollarse en mí plenamente [...]. Prometo vivir esta vida hasta el fondo, seguir adelante. Unas veces me da por pensar que mi vida apenas está en sus comienzos y que las dificultades están todavía por venir, y otras veces me parece que ya he luchado bastante. Estudiaré e intentaré comprender, pero creo que también deberé dejarme asombrar por lo que me sucede y, aparentemente, me desvía: siempre me dejaré asombrar, para llegar, tal vez, a una mayor seguridad [...]. Es como si cada día fuera echada en un gran crisol y cada día consiguiera salir de él (E. Hillesum, Diario: 1941-1943, Milán 1996, pp. 74ss, passim).

 

 

Día 14

Miércoles de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Tito 3,1-7

Querido:

1 Recuerda a todos que sean sumisos al gobierno y a las autoridades; que les obedezcan y estén dispuestos a hacer el bien;

2 que no difamen a nadie, que sean pacíficos, afables y llenos de dulzura con todo el mundo.

3 Porque también nosotros fuimos en otro tiempo insensatos, rebeldes, descarriados, esclavos de toda clase de malas inclinaciones y placeres, llenos de maldad y de envidia; éramos aborrecidos y nos odiábamos unos a otros.

4 Pero ahora ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres.

5 El nos salvó no por nuestras buenas obras, sino en virtud de su misericordia, por medio del bautismo regenerador y la renovación del Espíritu Santo,

6 que derramó abundantemente sobre nosotros por Jesucristo, nuestro Salvador.

7 De este modo, salvados por su gracia, Dios nos hace herederos conforme a la esperanza que tenemos de heredar la vida eterna.

 

*» Por medio de Tito, Pablo hace llegar su enseñanza a todos los miembros de la comunidad cristiana. Su intención es colaborar con el responsable de aquella comunidad en la construcción de una Iglesia que sea verdaderamente digna de este nombre y capaz de dar testimonio del Evangelio.

En primer lugar, explícita la dimensión pública del ser cristiano. Pretende hacer comprender que la fe en Cristo no puede ser reducida a una experiencia privada, doméstica; al contrario, ésta tiende a manifestarse en público y a penetrar en las redes de nuestras relaciones sociales. En segundo lugar, el apóstol -con una frase enormemente bella y vigorosamente expresiva- describe el paso decisivo desde un pasado envuelto de maldad y de odio a un presente iluminado ahora por la gracia de Dios: «También nosotros fuimos en otro tiempo insensatos, rebeldes, descarriados, esclavos... Pero ahora ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador...» (w. 3ss).

Este paso marca para Pablo, y también para nosotros, la gran novedad de Jesús, encarnación personal del amor misericordioso del Padre.

También nosotros, como creyentes confiados a los cuidados personales de Tito, somos destinatarios de este gran anuncio, de esta «bella noticia», que -hoy como ayer- se presenta como absolutamente gratuita e inesperada.

Cada vez que nos ponemos en contacto con la Palabra de Dios escrita se nos ofrece la oportunidad de hacer memoria viva de este gran acontecimiento, que, como un gran lavado, es capaz de regenerarnos y de renovarnos por el poder del Espíritu Santo.

 

Evangelio: Lucas 17,11-19

11 De camino hacia Jerusalén, Jesús pasaba entre Samaría y Galilea.

12 Al entrar en una aldea, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia

13 y comenzaron a gritar: -Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros.

14 Él, al verlos, les dijo: -Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino quedaron limpios.

15 Uno de ellos, al verse curado, volvió alabando a Dios en voz alta,

16 y se postró a los pies de Jesús dándole gracias. Era un samaritano.

17 Jesús preguntó: -¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve?

18 ¿Tan sólo ha vuelto a dar gracias a Dios este extranjero?

19 Y le dijo: -Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

 

        *» El evangelista Lucas nos propone en la perícopa de hoy el relato de un milagro hecho por Jesús: la curación de diez leprosos. La indicación «de camino hacia Jerusalén» (v. 11) recuerda a las que aparecen en Lc 9,51 y 13,22: el episodio narrado se desarrolla en el camino que conduce a Jesús hacia la cruz y la gloria de la resurrección, hacia la consumación de su vida; a lo largo de este recorrido, no cesa de enseñar a sus discípulos, de palabra y con obras.

        Diez leprosos salen al encuentro de Jesús y, gritando a voces (habla el dolor del hombre: cf. Le 4,33; 8,28; 23,46), piden su intervención piadosa (w. 12ss). Le llaman «maestro», nombre típico empleado por los discípulos, que, frecuentemente, es invocación y reconocimiento del poder de Jesús (cf. Le 5,5; 8,33; 9,33-49).

        Mientras van «a los sacerdotes» (v. 14), según el ritual de la purificación de Lv 14,2), quedan curados. Sin embargo, sólo uno vuelve y se echa a los pies de Jesús para darle las gracias (w. 15ss). Se trata de «un samaritano» (v. 16), de un «extranjero», por tanto (v. 18): para subrayar la condición de marginalidad en la marginación experimentada ya en la vida (v. 12: según Lv 13,45ss, los impuros estaban excluidos de la comunidad). Únicamente de él se dice que, por su «fe», no sólo ha sido curado, sino también y sobre todo «salvado» (v. 19). Como él, también los discípulos están llamados a vivir la fe como reconocimiento: con la capacidad de reconocer y, por consiguiente, de agradecer al Señor que se hace presente en la vida y en las muchas curaciones que realizó, venciendo la ignorancia que se abandona al goce de la saciedad del presente (cf. Jn 6,26).

 

MEDITATIO

        Puedo reconocerme en uno de los leprosos con los que se encontró Jesús; también yo he implorado su benévola intervención, también yo he sido curado, puesto que existo gracias a su misericordia.

        ¿Y qué más? ¿Puedo reconocerme también en el único que volvió sobre sus pasos y fue capaz de agradecer el favor recibido? La invitación a reflexionar y a verificar en qué medida la gratitud marca mis acciones me alcanza y me agita. No es fácil dar las gracias. Hay agradecimientos de conveniencias que casi oprimen a quien los recibe. Más frecuente es el silencio que expresa con elocuencia que «todo se me debe». Es ésta una actitud interior semejante a la del que, teniendo algún poder sobre otros, se arroga el derecho a hacer la ley.

        El Señor nos repite que no tiene acepción de personas, que cuida de todos y de cada uno. Las diferencias las marcamos nosotros: diferencias que se convierten en juicio. Si nos apropiamos de los dones de Dios –sean cuales sean-, nos excluimos del abrazo de su misericordia. Si nos mostramos agradecidos, manifestamos que nos reconocemos como criaturas, atentas a no enviar al vacío las palabras del Creador y Señor, contentas de poder servirle a él y a los hermanos.

 

ORATIO

        Hoy, mi oración, Señor, no puede ser más que agradecimiento. Gracias, porque me permites conocer lo que te gusta y eso es lo que me hace vivir. Gracias, porque no me juzgas siguiendo un arbitrio arcano, sino que dejas que mis obras mismas sean mi juicio. Gracias, porque tienes cuidado de todas las personas y lo manifiestas sobre todo dando tu Palabra que salva, que cura el mal profundo en cada uno.

        Gracias, porque tú mismo te has hecho para mí «acción de gracias», eucaristía. Cada vez que me alimento del pan y del vino eucarístico entro en comunión contigo: que, junto a ti, mi vida, toda ella, se convierta en una acción de gracias al Padre.

 

CONTEMPLATIO

        Hijo mío, acoge la disciplina y la sabiduría. No huyas de la disciplina y de la sabiduría, sino que si te es enseñada la sabiduría, acógela con alegría, y si te corrige en algo, haz lo que está bien. Mediante la corrección harás una corona para tu guía interior. Cíñete la santa sabiduría como un vestido; ten la nobleza de una buena conducta. Adquiere la austeridad de la disciplina; júzgate sólo a ti mismo como un juez sabio. No descuides mi enseñanza ni seas presa de la ignorancia, para que no extravíes a tu pueblo. No huyas de lo divino ni de la sabiduría que hay en ti, porque quien te instruye te ama mucho y te impondrá una austeridad adaptada a tu medida. Envía lejos la naturaleza animal que hay en ti y no permitas que entre en ti el pensamiento malvado.

        Está bien que llegues a saber el modo en el que te formo en la sabiduría. Si, como ves, está bien gobernar las cosas visibles, ¡cuánto mejor será que tú, que eres grande en toda la asamblea y en todo el pueblo, gobiernes cada cosa y te eleves de todas las maneras posibles mediante un Logos divino, una vez que te hayas convertido en señor de todo poder que da muerte al alma!

        Hijo mío, ¿acaso es normal que uno desee hacerse esclavo? ¿Por qué hay en ti esa mala turbación? Hijo mío, a nadie temas, excepto sólo a Dios, el Altísimo. Rechaza lejos de ti la astucia del diablo. Acoge la luz en tus ojos y rechaza lejos de ti las tinieblas. Vive en Cristo y conquistarás un tesoro en el cielo. No te conviertas en una selva de muchas cosas inútiles ni en guía de tu ignorancia, que es ciega (Abba Silvano el Egipcio, Voi siete miei amici, Magnano 1999, llss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Así pues, desead mis palabras, anheladlas y seréis instruidos» (Sab6,ll).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En primer lugar, debemos comprender bien lo que se dice aquí a propósito del retorno. Sabemos que el retorno se encuentra en el centro de la concepción judía del camino del hombre: tiene el poder de renovar al hombre desde el interior y de transformar su ámbito en el mundo de Dios, hasta el punto de que el hombre del retorno es ensalzado por encima del zaddik perfecto, el cual no conoce el abismo del pecado. Ahora bien, retorno significa aquí algo mucho más grande que arrepentimiento y penitencia; significa que el hombre que está extraviado en el caos del egoísmo -en el que él mismo era siempre la meta prefijada- encuentra, a través de un viraje de todo su ser, un camino hacia Dios, a saber: el camino hacia la realización de la tarea particular a la que Dios le ha destinado precisamente a él, ese hombre particular (M. Buber, // Cammino dell'uomo, Magnano 1990, p. 51).

 

 

Día 15

 Jueves 32ª semana del Tiempo ordinario o día 15 de noviembre, conmemoración de San Alberto Magno

 

San Alberto nació en 1206 en el seno de una familia noble en Lauingen, en la Baviera alemana. Quien lo conoció dice de él que «era de buena talla y bien dotado de formas físicas. Poseía un cuerpo formado con bellas proporciones y perfectamente moldeado para todas las fatigas del servicio de Dios». Su familia soñaba con que fuera un hombre de leyes, pues no le faltaba ni dinero ni talento. Estudió en las mejores universidades que existían en Europa. Conoció a un gran predicador compatriota suyo y, movido por su oratoria y por el espíritu de sus sermones, decidió ingresar, con la oposición de su familia, en la orden de predicadores. Muy joven, fue enviado como profesor a su tierra, a Colonia, y más tarde a París. En la Sorbona tuvo como discípulo ilustre y predilecto a santo Tomás de Aquino. El papa Alejandro IV le nombró obispo, pero a los dos años, con nostalgia de su vida conventual dominicana, renunció al obispado. El 15 de noviembre de 1280, debilitado física y mentalmente, murió con serenidad y paz sobre su mesa de trabajo.

San Alberto Magno fue un místico que descubría a Dios en el encanto de la creación. Y un místico mariano, con una sencilla y profunda devoción a la Virgen María. Fue canonizado por Pío Xl el 16 de diciembre de 1931.

 

LECTIO

Primera lectura: Filemón 7-20

Querido:

7 Tu amor, hermano, me ha llenado en efecto de gozo y de consuelo, pues ha confortado profundamente a los creyentes.

8 Por todo ello, aunque tengo plena libertad en Cristo para ordenarte lo que debes hacer,

9 prefiero pedírtelo apelando al amor. Yo, Pablo, anciano ya, y al presente además prisionero por Cristo Jesús,

10 te ruego por mi hijo Onésimo, al que he engendrado entre cadenas.

11 Si en otro tiempo te fue inútil, ahora se ha vuelto útil para ti y para mí;

12 ahí te lo envío, y es como si te enviara mi propio corazón.

13 Habría querido retenerlo conmigo para que me sirviera en tu lugar ahora que estoy encadenado por causa del Evangelio.

14 Pero no he querido hacer nada sin contar contigo, para que tu buen proceder sea fruto de la libertad y no de la coacción.

15 Y es que tal vez te abandonó por breve tiempo, precisamente para que ahora lo recuperes de forma definitiva,

16 pero no ya como esclavo, sino como algo más, como un hermano muy querido. Para mí lo es ya muchísimo, pero más todavía ha de serlo para ti como persona y como creyente.

17 Si, pues, me tienes por amigo, acógelo como me acogerías a mí.

18 Si en algo te perjudicó o tiene alguna deuda contigo, ponlo a mi cuenta.

19 Yo Pablo -de mi puño y letra lo firmo- te lo pagaré, por no decirte que eres tú mismo en persona quien estás en deuda conmigo.

20 A ver, pues, hermano si me sirve de algo el que seas creyente, y confortas mi corazón en Cristo.

 

*• El texto que nos presenta la liturgia de hoy como primera lectura, más que una carta, es un billete de recomendación.

Pablo se siente impulsado por un incontenible amor a un esclavo llamado Onésimo, y lo defiende frente a su dueño, Filemón. Dado que Onésimo se ha escapado de su dueño, se encuentra ahora en una situación muy delicada. Por esa razón, Pablo, superando la lógica de la mera justicia retributiva, se atreve a dirigirse a Filemón para despertar en él los sentimientos de la fe y para animarle a llevar a cabo gestos de exquisita caridad evangélica.

Fundamentalmente, son dos los valores que Pablo pone en juego en este brevísimo escrito suyo: por un lado, la caridad, que, para un cristiano, constituye no sólo una meta que debe alcanzar, sino también, e incluso antes, la fuente de su acción moral y de sus relaciones sociales. Es la caridad de Dios revelada en Cristo Jesús la que «obliga», por así decirlo, a todo verdadero creyente a ponerla siempre en el primer lugar y a darle el primado sobre todo. El otro valor sobre el que Pablo hace girar sus pensamientos es el de la libertad que Cristo nos ha regalado y que no está permitido a nadie negar o menguar a otros. Esa libertad, por un lado, infunde audacia en Pablo para pedir aquello que le importa y, por otro, debe inspirar las decisiones de Filemón respecto a Onésimo. Quien es verdaderamente libre con Dios y consigo mismo no puede negar la libertad a quien razonablemente se la pide.

Caridad y libertad, conjugadas a la vez en relación con la verdad, están en condiciones de subvertir las relaciones sociales más allá de toda mera conveniencia personal y de todo interés colectivo.

 

Evangelio: Lucas 17,20-25

En aquel tiempo,

20 a una pregunta de los fariseos sobre cuándo iba a llegar el Reino de Dios, respondió Jesús: -El Reino de Dios no vendrá de forma espectacular,

21 ni se podrá decir: «Está aquí o allí», porque el Reino de Dios ya está entre vosotros.

22 Después, dijo a sus discípulos: -Llegará el día en el que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo veréis.

23 Entonces os dirán: «Está aquí, está allí»; no vayáis ni los sigáis.

24 Porque como el relámpago brilla desde un punto a otro del cielo, así se manifestará el Hijo del hombre en su día.

25 Pero antes es preciso que sufra mucho y sea rechazado por esta generación.

 

        **• La perícopa de Lc 17,20-37, a la que pertenece el fragmento que acabamos de leer, constituye una especie de «pequeño apocalipsis lucano» (en Le 21,5-36 se encuentra una intervención más amplia) que se ocupa de la cuestión de la venida del Reino de Dios (w. 20ss) y del Hijo del hombre (w. 22-25).

        Ya está cerca Jerusalén, la meta del viaje de Jesús, y los discípulos «creían que el Reino de Dios debía manifestarse de un momento a otro» (Lc 19,11). Sin embargo, son los fariseos quienes interrogan a Jesús respecto al «cuándo» (v. 20): tras la experiencia del exilio de Babilonia (cf. Jr 25,11; 29,10) lo esperaban evaluando los tiempos y los signos (cf. Dn 9,2; 12,lss). En lo que respecta al Hijo del hombre, hay que mantener un discurso análogo.

        Con todo, tanto en un caso como en el otro -y ésta es la advertencia de Jesús- nadie puede decir: «Está aquí o está allí» (v. 21 y también en el v. 23). Es una invitación a acoger el Reino que ya está presente «entre vosotros» (v. 23) en la persona de Cristo («dedo de Dios»: Le 11,20), aunque no sea fácil reconocer la visita del Señor dentro de la historia, en los acontecimientos.

        Por lo que se refiere al retorno escatológico de Cristo, se llevará a cabo de improviso -especialmente para los que se dejen coger sin estar preparados-, pero será visible «desde un punto a otro del cielo» (v. 24). Ahora bien, antes es preciso que se cumpla el tiempo de la pasión y del rechazo por parte de los hombres (como está preanunciado en Le 9,22 y ratificado en 18,31-33).

        Hemos de recorrer todos los días de la vida, con su carga de sufrimientos y contradicciones: no puede haber historia de la salvación fuera de la misma historia.

 

MEDITATIO

        Dios está en medio de nosotros y está como Señor de lo que existe, porque él lo ha creado todo, porque lo ha redimido todo en la Pascua de Jesús. Sin embargo, el mundo funciona y sigue adelante sin él. Por otra parte, no hay necesidad de Dios como justificación de la realidad; ya Dietrich Bonhoeffer declaraba el final del «Dios-tapaagujeros».

        Con todo, precisamente ese mundo «autónomo» respecto a Dios, confiado a la técnica como nuevo espacio de «salvación», siente una gran voracidad de milagrería, de anuncios apocalípticos y corre allí donde el «santón» de turno proclama algo extraordinario. Viejos y nuevos milenarismos siguen atrayendo con gran fragor.

        La Escritura nos dice hoy que Dios está presente y actúa: nada ni nadie está excluido de su acción salvadora. La suya es una obra de amor, una acción que da valor de eternidad a lo que nosotros hacemos en el tiempo. Es una obra en favor nuestro: hace más significativo nuestro vivir y afirma nuestra dignidad de hijos suyos. ¡Dios está aquí! No para sustituirnos a nosotros, sino para hacer eterno nuestro vivir en el tiempo. Dios está aquí  no para poner un remiendo a nuestras insuficiencias, sino para que no se pierdan ni siquiera las migajas de nuestra existencia.

        Abramos los ojos, el corazón y las manos a él, que con la fuerza suavísima de su Espíritu colma de sí mismo toda realidad y la lleva a su consumación definitiva.

 

ORATIO

        Señor Dios, que acoges cada deseo de tus hijos y haces que dé frutos de vida, concédeme tu sabiduría, amante del bien, para que yo sepa reconocer el bien que hay en mí y a mi alrededor, semilla fecunda de tu Reino que está aquí.

        Concédeme tu sabiduría, amiga del hombre, para que yo sepa acoger y ofrecer una amistad sincera y fiel, profecía de tu Reino que está aquí.

        Concédeme tu sabiduría, estable, segura, sin afanes, para que yo sepa arraigarme en la roca de tu Palabra y consiga la certeza y la confianza en tu providencia, signo de tu Reino que está aquí.

 

COMTEMPLATIO

Haced esto en conmemoración mía. Dice: Haced esto. No podríamos imaginarnos un mandato más provechoso, más dulce, más saludable, más amable, más parecido a la vida eterna. Y lo vamos a demostrar punto por punto. Lo más provechoso en nuestra vida es lo que nos sirve para el perdón de los pecados y la plenitud de la gracia. Él, el Padre de los espíritus, nos instruye en lo que es provechoso para recibir su santificación. Su santificación consiste en su sacrificio, esto es, en su ofrecimiento sacramental, cuando se ofrece al Padre por nosotros y se ofrece a nosotros para nuestro provecho.

Por ellos me consagro yo. Cristo, que en virtud del Espíritu eterno se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestras conciencias de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.

Es también lo más dulce que podemos hacer. ¿Qué puede haber más dulce que aquello en que Dios nos muestra toda su dulzura? A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles, proporcionándole gratuitamente, desde el cielo, pan de mil sabores, a gusto de todos; este sustento tuyo demostraba a tus hijos tu dulzura, pues servía al deseo de quien lo tomaba y se convertía en lo que uno quería.

Es lo más saludable que se nos podía mandar. Este sacramento es el fruto del árbol de la vida, y el que lo come con la devoción de una fe sincera no saboreará jamás la muerte.

Es lo más amable que se nos podía mandar. Este sacramento es causa de amor y unión. La máxima prueba de amor es darse uno mismo como alimento. Es imposible un modo de unión más íntimo y verdadero.

Y es lo más parecido a la vida eterna que se nos podía mandar. La vida eterna viene a ser una continuación de este mandamiento, en cuanto que Dios penetra con su dulzura en los que gozan de la vida bienaventurada.

(Del comentario de san Alberto Magno a Le 22,19.)

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive durante la jornada de hoy: «Entre vosotros, el más importante ha de ser como el menor, y el que manda, como el que sirve».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Él mismo contaba que de joven le costaban los estudios, y por eso una noche decidió huir del colegio donde estudiaba. Pero al tratar de salir por una escalera colgada de una pared, en la parte de arriba, le pareció ver a Nuestra Señora la Virgen María, que le dijo: «Alberto, ¿por qué en vez de huir del colegio, no me rezas a mí, que soy "Trono de la Sabiduría?". Si me tienes fe y confianza, yo te daré una memoria prodigiosa. Y para que sepas que sí fui yo quien te la concedí, cuando ya te vayas a morir olvidarás todo lo que sabías». Y así sucedió: al final de su vida, un día en un sermón se le olvidó todo lo que sabía, y dijo: «Es señal de que ya me voy a morir, porque así me lo anunció la Virgen Santísima». Y se retiró de sus labores y se dedicó a orar y a prepararse para morir, y a los pocos meses murió.

 

Día 16

Viernes de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Juan 1a.4-9

1 El presbítero, a la «señora elegida» y a sus hijos, a quienes amo en la verdad.

4 Me alegré mucho de encontrar a tus hijos viviendo conforme a la verdad, según el mandamiento que hemos recibido del Padre.

5 Y ahora te ruego, señora -y no es nuevo el mandamiento acerca del que te escribo, sino el que tenemos desde el principio-, que nos amemos los unos a los otros.

6 El amor consiste en vivir según sus mandamientos. Éste es el mandamiento que os fue dado desde el principio, para que sea la norma de vuestra vida.

7 Ahora han irrumpido en el mundo muchos seductores, los cuales no reconocen que Jesucristo es verdaderamente hombre. Entre ellos se encuentra el seductor y el anticristo.

8 Vosotros estad atentos para no echar a perder lo que habéis trabajado, y así vuestra recompensa será completa.

9 Todo el que se descarría y no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios. Pero quien permanece en la doctrina tiene al Padre y al Hijo.

 

*» En esta brevísima carta, el apóstol Juan nos ofrece casi una síntesis de su evangelio, precisamente para recordar a su comunidad las condiciones fundamentales para la salvación: «Caminar en la verdad» y «creer que Jesús es el Hijo de Dios». De este modo, el apóstol se hace portador del mandamiento de Dios; no nos ofrece una hipótesis de vida basada en su sabiduría personal, sino que se hace intérprete del mandamiento nuevo que él mismo ha recibido de su Señor.

Las dos condiciones para la salvación pueden ser reconducidas al único mandamiento por el que llega a nosotros la verdad de Dios, revelada -incluso hecha carneen Jesucristo. Creer en él significa entrar en la verdad de Dios. Caminar por el sendero del amor significa participar en el amor que es Dios. Pero el apóstol Juan está preocupado también por la fidelidad de sus destinatarios: en efecto, siempre hay al acecho algunos, incluso muchos, «seductores» (v. 7) que no reconocen a Jesús y querrían corromper también la fe de los otros. Consecuentemente, sigue abierta la posibilidad de «echar a perder lo que habéis trabajado» (v. 8), esto es, la fe, y la posibilidad de transformar con ella toda nuestra vida.

La fortuna del que cree consiste precisamente en esto: no en conocer una verdad abstracta, sino en tener a Dios (v. 9); no en tender hacia adelante, hacia un futuro incierto, sino en caminar con Cristo hacia Dios; no en ejercer cierta filantropía, sino en amar a Dios a través del prójimo, en nombre de Cristo.

 

Evangelio: Lucas 17,26-37

       En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

26 Cuando venga el Hijo del hombre sucederá lo mismo que en tiempos de Noé.

27 Hasta que Noé entró en el arca, la gente comía, bebía y se casaba. Pero vino el diluvio y acabó con todos.

28 Lo mismo sucedió en los tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y edificaban.

29  Pero el día en el que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y acabó con todos.

30 Así será el día en el que se manifieste el Hijo del hombre.

31 Ese día, el que esté en la azotea y tenga en casa sus enseres que no baje a tomarlos; igualmente, el que esté en el campo que no vuelva atrás.

32 Acordaos de la mujer de Lot.

33 El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la salvará. 34 Os aseguro que esa noche estarán dos juntos en la misma cama: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán.

35 Estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a otra la dejarán.

37 Ellos le preguntaron: -¿Dónde, Señor? Y les contestó: -Donde esté el cadáver, allí se reunirán los buitres.

 

       *•• En el marco de la reflexión sobre los últimos tiempos, Jesús se remite a los acontecimientos de Noé (cf. Gn 6-8) y de Lot con su consorte (cf. Gn 19,24.26) para caracterizar los días del Hijo del hombre. Como en tiempos de Noé (w. 26ss) y de Lot (w. 28ss) el diluvio y el fuego, respectivamente, sorprendieron a los hombres, ocupados en comer, beber, casarse, trabajar, también es posible que ahora la venida del Señor nos coja sin estar preparados.

       Es preciso mirar bien a qué se dirige principalmente nuestra atención: comer, beber y darse a la alegría es el proyecto -frustrado por la muerte- del rico necio de Lc 12,19. No son los «enseres» (v. 31), las realidades materiales, lo que nos dará la vida; al contrario, tras haber convertido a Dios en el fulcro de nuestra vida, es preciso renunciar a ellas, sin echar la vista atrás, como hizo la mujer de Lot (v. 31; cf. Le 9,62). Recogiendo ahora lo que ya había dicho en Le 9,23, Jesús afirma: «El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la salvará» (v. 33). Nótese que, en el primer caso, salvar (peripoiéomai) tiene el valor de conservar lo que se tiene; en el segundo caso, salvar (zoogonéo) implica no la conservación, sino la generación de una vida nueva que se produce en la pérdida.

       Hombres y mujeres (v. 34) tienen que estar preparados: «dónde» (v. 37), donde cada uno se encuentre, porque allí donde cada uno desarrolla su vida, allí le visita el Señor {cf. Ap 19,17 e Is 18,6; 34,15ss; Jr 7,33; 12,9; 15,3 para la imagen de las aves rapaces).

 

MEDITATIO

       La Palabra de Jesús nos dice hoy que él volverá, aunque no sabemos cuándo. Volverá, y entonces comprenderemos que nuestra vida vale en cuanto la entregamos a él, la gastamos en las ocupaciones diarias junto a él. Estar preparados es un hecho cotidiano: no puede sorprendernos la venida de aquel con quien estamos en continua relación.

       El orden creado, en su multiplicidad de formas y manifestaciones, nos ofrece el espacio de la relación con Dios. Y no sólo eso: las criaturas dicen algo del Creador. De esta suerte, la creación es el primer relato de la belleza y del amor de Dios y es también la primera palabra con la que respondemos a tanto amor. Hoy se habla mucho de «medio ambiente», de «naturaleza», de «ecología », y se habla con razón, porque nuestro sistema económico y nuestro estilo de vida occidental están devastando, alterando, suprimiendo lo que constituye nuestro espacio vital. Con todo, no tiene sentido convertirlo en un ídolo. No es en sí misma una cuestión de fina sensibilidad ecológica -aunque esta atención al orden creado tenga un valor-, sino que está en juego nuestra conciencia de criaturas en relación con el Creador. Estar preparados para el encuentro definitivo con él significa asimismo haber aprendido a encontrarle en las criaturas, respetándolas, admirándolas y promoviendo la vida particular y específica de cada uno.

 

ORATIO

       Hoy, Señor mío, quiero orarte haciendo mías las palabras de san Francisco. Como él, quiero unir mi voz a la de las otras criaturas para alabarte, Creador y Señor del universo.

¡Alabado seas, mi Señor, en todas las creaturas tuyas, especialmente el señor hermano Sol, por quien nos das el día y nos alumbras, y es bello y radiante con grande esplendor: de ti, Altísimo, es significación! ¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana Luna y las estrellas: en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas! ¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Viento, por el Aire y la Nube, por el Cielo sereno y todo Tiempo: por ellos a tus creaturas das sustento! Alabado seas, mi Señor, por la hermana Agua, la cual es muy útil y humilde, preciosa y casta! ¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Fuego: por él nos alumbras la noche, y es bello y alegre, vigoroso y fuerte! ¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre Tierra, que nos mantiene y sustenta, y produce los variados frutos con las flores coloridas y las hierbas!

       Y quiero invocarte: envía tu Espíritu para que nosotros, criaturas humanas, comprendamos la importancia de poner todos los medios para no apagar la voz de los seres que, con nosotros, pueblan este mundo: cada uno

por su parte refleja algo de tu belleza, preparado para estar contigo en la eternidad.

       ¡Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal, de quien ningún hombre viviente puede escapar! ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! ¡Bienaventurados los que encuentre cumpliendo tu muy santa voluntad, pues la muerte segunda no les podrá hacer mal!

 

CONTEMPLATIO

       Dios, a causa de su caridad, hizo de modo que cuantos estaban lejos de él [...] percibieran su caridad con ellos y se [le] acercaran gracias a la mediación de las criaturas, puestas como escritura por su Poder y por su Sabiduría, es decir, por su Hijo y por su Espíritu. A través de las criaturas, pues, no sólo perciben la caridad de Dios Padre con ellas, sino también su Poder y su Sabiduría.

       En efecto, así como el que lee una escritura percibe a través de ella su belleza, junto con la voluntad de su redactor, el poder y la inteligencia de la mano y del dedo que la han escrito, así también quien observa a las criaturas de modo intelectual percibe la mano y el dedo de su creador junto con su voluntad, o sea, su caridad [...].

       Ahora bien... del mismo modo que la cosa escondida en la escritura está oculta a los que no saben leer esta [última], aunque la miren, así también quien carece de inteligencia de las criaturas visibles carece [también] de la percepción intelectual escondida en ellas, aunque las mire. En cambio, el que en virtud de su solicitud y pureza está instruido en ellas, sabe que todas le revelan a él [en su interioridad], y, cuando haya percibido estas cosas, entonces también él anunciará la sabiduría y el poder de su propia constitución y proclamará incesantemente la voluntad de la Caridad incomprensible, a la que sirven el Poder y la Sabiduría [...].

       Y si la escritura, que sirve a los alejados, puede hacer saber lo que ha sucedido y lo que sucederá, cuánto más la Palabra y el Espíritu conocerán y anunciarán todo al intelecto, su «cuerpo». Y digo en verdad: muchas puertas, llenas de diversas distinciones, me han salido al encuentro en este lugar... (Evagrio Póntico, Lo scrigno Della sapienza, Magnano 1997, pp. lóss, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la salvará» (Lc 17,33).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El sentido de lo bello, aunque mutilado, deformado, ensuciado, permanece, a pesar de todo, como un impulso poderoso en el corazón humano. Está presente en todas las preocupaciones de la vida profana. Si se volviera auténtico y puro, transportaría toda la vida profana como un solo bloque a los pies de Dios y así haría posible la encarnación total de la fe. Por lo demás, la belleza del orden creado es, en general, la vía más común, la más fácil y natural. Como Dios se precipita a cada alma en cuanto ella parece abierta, para amar y servir a través de ella a los desventurados, así se precipita también para amar y admirar a través de ella la belleza sensible de su propia creación.

       Con todo, lo contrario es todavía más verdad: la tendencia natural del alma a amar la belleza es la trampa más frecuente de la que se sirve Dios para abrirla al soplo que viene de lo alto. La belleza del orden creado es la sonrisa de ternura que nos dirige Cristo a través de la materia. El está realmente presente en la belleza del universo. También éste, por tanto, se asemeja a un sacramento.

       El amor físico, en todos sus aspectos, desde el más noble -tanto el verdadero matrimonio como el amor platónico- hasta el más bajo, incluso hasta el vicio, tiene por objeto la belleza del orden creado. El deseo de amar en un ser humano la belleza de la creación es, en su esencia, el deseo de la encarnación. El amor físico, en todos sus aspectos, se siente atraído unas veces más y otras menos por la belleza -y las excepciones tal vez sean sólo aparentes-, porque la belleza de un ser humano lo hace aparecer a la imaginación como algo equivalente a la belleza del orden creado. Por eso son graves los pecados en ese campo: constituyen una ofensa a Dios por el hecho mismo de que el alma, sin saberlo, está buscando a Dios (S. Weil, Attesa di Dios, Milán 1991, pp. 123ss, passim [edición española: A la espera de Dios, Editorial Trotta, Madrid 1996]).

 

 

Día 17

Sábado de la 32ª semana del Tiempo ordinario o 17 de Noviembre, conmemoración de

Santa Isabel de Hungría

 

          Isabel, a los 15 años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia,  el matrimonio tuvo tres hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día: "Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?". Su esposo aceptaba de buen modo las santas exageraciones que Isabel tenía en repartir a los pobres cuanto encontraba en la casa. Él respondía a los que criticaban: "Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros".

          Cuando apenas de veinte años y con su hijo menor recién nacido, su esposo, un cruzado, murió en un viaje a defender Tierra Santa.  Isabel casi se desespera al oír la noticia, pero luego se resignó y aceptó la voluntad de Dios. Rechazó varias ofertas de matrimonio y se decidió entonces  a vivir en la pobreza y dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados.

          El sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Ella, que cada día daba de comer a 900 pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero confiaba totalmente en Dios y sabía que nunca la abandonaría, ni a sus hijos.  Finalmente algunos familiares la recibieron en su casa, y más tarde el Rey de Hungría consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, y ayudó a muchas familias necesitadas.

          Un Viernes Santo, después de las ceremonia, consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados y los últimos cuatro años de su vida (de los 20 hasta los 24 años) se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó de esta vida a la eternidad.

 

LECTIO

Primera lectura: 3 Juan 5-8

5 Mi querido amigo, te portas como creyente en todo lo que haces con los hermanos, y eso que son forasteros.

6 Ellos han dado testimonio de tu amor ante la comunidad. Harás bien en proveerlos para su viaje de una manera digna de Dios,

7 pues se han puesto en camino sólo por su nombre, sin recibir nada de los no creyentes.

8 Tenemos la obligación de ayudar a hombres como ellos, para hacernos colaboradores de la verdad.

 

**• Esta carta de Juan permite presuponer una situación de vida dramática: la comunidad cristiana sufre a causa de una división interna que amenaza con paralizar también su carácter misionero. Juan se dirige a un miembro de esta comunidad y, a través de él, quiere animar a todos a la fidelidad, a la comunión eclesial y al valor del testimonio.

Por lo que respecta al destinatario de la carta, habla Juan sobre todo de su amor, un amor que lo señala a la atención de todos. Es un amor tanto más digno de crédito por el hecho de que no se limita a favorecer a los que comparten la misma fe, sino que se entrega también a los que son forasteros (v. 5). Los confines de la caridad cristiana son, necesariamente, ilimitados, a ejemplo de Jesús, que vino para todos y no hizo acepción de personas. Ese amor se traduce, espontáneamente, en acogida -siempre a ejemplo de Jesús, que acogió preferentemente entre sus contemporáneos a los últimos: los pobres, los enfermos, los pecadores-. Acoger en su nombre a los que se encuentran en situación de necesidad significa acogerle a él mismo, y, de este modo, nos convertimos en «colaboradores de la verdad» (v. 8). Resulta, por lo menos, iluminador poner de manifiesto que la verdad de Dios, en particular la verdad revelada en Cristo, quiere ser difundida no sólo con la ayuda de la Palabra, sino sobre todo con el compromiso de la caridad.

Al mismo tiempo, el compromiso misionero es deber de toda la Iglesia: cuando uno de sus miembros se dedica a la misión, es toda la comunidad la que se compromete con él. El misionero representa a su Iglesia y la Iglesia se hace cargo de todo misionero.

 

Evangelio: Lucas 18,1-8

En aquel tiempo,

1 para mostrarles la necesidad de orar siempre sin desanimarse, Jesús les contó esta parábola:

2 -Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres.

3 Había también en aquella ciudad una viuda que no cesaba de suplicarle: «Hazme justicia frente a mi enemigo».

4 El juez se negó durante algún tiempo, pero después se dijo: «Aunque no temo a Dios ni respeto a nadie,

5 es tanto lo que esta viuda me importuna que le haré justicia, para que deje de molestarme de una vez».

6 Y el Señor añadió: -Fijaos en lo que dice el juez inicuo.

7 ¿No hará, entonces, Dios justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche? ¿Les hará esperar?

8 Yo os digo que les hará justicia inmediatamente. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

 

       *» «Velad, pues, y orad en todo tiempo, para que os libréis de todo lo que ha de venir y podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre» (Lc 21,36). Jesús, para ilustrar la necesidad de «orar siempre» (18,1), cuenta la parábola del juez inicuo y la viuda importuna.

       Si la verdadera religión es «socorrer a los huérfanos y las viudas» (Sant 1,27), el juez del relato es verdaderamente un juez inicuo -ni teme a Dios ni se preocupa por nadie (w. 2 y 4)-; sin embargo, la insistencia de la viuda, que, en su necesidad, continúa importunándole (recuerda al amigo importuno de Lc 11,1-8), logra triunfar sobre su indiferencia. Del mismo modo, es preciso que nos dirijamos continuamente (v. 5) a Dios, seguros de que escuchará a quien grita a él «día y noche» (v. 7; cf. La relación que existe entre la justicia divina y la oración del humilde en Eclo 35,11-24). También san Pablo, que se ocupa en diferentes ocasiones del tema de la oración incesante (cf. Ef 6,18; 1 Tes 5,17), subraya que la oración es una auténtica lucha con Dios (cf. Rom 15,30).

       Ahora bien, la condición es que tengamos «fe» (v. 8): el riesgo que se cierne ahora es que estemos tan preocupados por otras cosas (cf. Le 17,27ss: comer, beber...) que olvidemos buscar, en primer lugar, el Reino de Dios. Dios hace justicia (expresión repetida en otras ocasiones: vv. 3,5,7ss) a quien no se cansa de pedirla; escucha y abre la puerta, incluso cuando la noche ya está avanzada, a quien no deja de insistir.

 

MEDITATIO

       No existe -posiblemente- ninguna persona que, en algún momento de su existencia, no haya deseado percibir de una manera sensible la presencia de Dios, tener signos inequívocos que prueben que se interesa por nosotros y que nuestra fatigosa oración llega a él.

       Es posible que también yo lo haya deseado, pero tal vez me he quedado perplejo y decepcionado. ¡Qué difícil es entrar en relación con Dios! ¡Qué difícil es estar en relación con él, una relación en la que me escapa el «tú»... Pero la Palabra de Dios -puesto que él me habla en las Escrituras- me recuerda hoy algo que olvido con frecuencia: Dios me cita en la historia, en ella puedo tejer una relación con él. No son los espacios indefinidos de experiencias esotéricas los que me conducen al encuentro con Dios, sino que son los acontecimientos concretos que forman mi vivir y el vivir humano los que me dicen algo de Dios, los que me revelan algo de él, los que me evocan algo de su acción misericordiosa y salvadora. Dios no «maniobra» en la historia: la custodia y la sostiene, hace que todo concurra a la realización de su obra de salvación.

       Todo esto interpela a mi fe. ¿Acaso pienso que la relación con Dios es algo distinto a la fe? ¿Acaso pienso que la relación con Dios es un hecho que se produce por necesidad, el reflejo de un ímpetu emotivo? El Señor -que tanta importancia a da mi relación con él- me lo repite una vez más: si creo en él, le descubriré presente; si creo en él, me daré cuenta de que me escucha. La fe no inventa algo que no es, sino que nos hace capaces de ver lo que escapa a la mirada presurosa, superficial, encerrada en sí misma, y nos hace capaces de ver lo que es verdaderamente real.

 

ORATIO

       Quisiera tener, oh Dios, la fuerza suficiente para no cesar nunca de importunarte; quisiera esa inquietud que no encuentra reposo hasta que no llega a ti. Sé tú, Señor, el interlocutor de mis peticiones en esta historia que, en ocasiones, parece enloquecida y, muchas otras, me resulta incomprensible. Dime cómo hacer para vislumbrar tus huellas en nuestros caminos envueltos en nieblas, fangosos, tortuosos...

       ¡Dios de la historia, haz crecer mi fe! Te pido esa fe sencilla que no tiene miedo de reconocerte entre las curvas de nuestro andar; que es capaz de verte obrando como roca que sostiene todo el lodo de nuestro vivir; que es capaz de verte vivo, como luz radiante que disipa nuestras nieblas en un destino de vida eterna.

 

CONTEMPLATIO

       La causa también por que el alma no sólo va segura cuando va así a oscuras, sino aun se va más ganando y aprovechando, es porque comúnmente, cuando el alma va recibiendo mejoría de nuevo y aprovechando, es por donde ella menos entiende; antes muy de ordinario piensa que se va perdiendo, porque, como ella nunca ha experimentado aquella novedad que le hace salir y deslumbrar y desatinar de su primer modo de proceder, antes piensa que se va perdiendo que acertando y ganando, como ve que se pierde acerca de lo que sabía y gustaba, y se ve por donde no sabe si gusta. Así como el caminante que, para ir a nuevas tierras no sabidas, va por nuevos caminos no sabidos ni experimentados, que [camina no] guiado por lo que sabía antes, sino en dudas y por el dicho de otros, y claro está que éste no podría venir a nuevas tierras ni saber más de lo que antes sabía si no fuera por caminos nuevos nunca sabidos, y dejados los que sabía. Ni más ni menos el que va sabiendo más particularidades en un oficio o arte, siempre va a oscuras no por su saber primero, porque si aquél no dejase atrás nunca saldría de él ni aprovecharía en más.

       Así, de la misma manera, cuando el alma va aprovechando más, va a oscuras y no sabiendo. Por tanto, siendo (como habernos dicho) Dios [aquí] el maestro y guía de este ciego del alma, bien puede ella -ya que lo ha venido a entender (como aquí [decimos])- con verdad alegrarse y decir: a escuras y segura (Juan de la Cruz, «Noche oscura», II, 16, n. 8, en id., Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 141994, pp. 560-561).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú escuchas, Señor, el grito de nuestra fe» (cf. Lc 18,7ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Es necesario que encontremos el silencio de Dios no sólo en nosotros mismos, sino también en el otro. Si los otros no nos hablan con palabras que proceden de Dios y comunican con el silencio de Dios que hay en nuestras almas, permaneceremos aislados en nuestro mismo silencio, del que Dios tiende a sustraerse.

       Y es que el silencio interior depende de una búsqueda continua, de un arito incesante en la noche, de un repetido inclinarse sobre el abismo. Si nos adherimos a un silencio que pensamos haber encontrado para siempre, desistimos de la búsqueda de Dios y muere el silencio en nosotros. Un silencio en el que ya no buscamos a Dios cesa de hablarnos de él. Un silencio del que Dios no parece ausente amenaza de manera peligrosa su continua presencia. Y es que lo encontramos cuando le buscamos, y cuando no le buscamos huye de nosotros. Lo oímos sólo cuando esperamos oírle, y si dejamos de escucharle, creyendo que nuestra esperanza ya se ha realizado, él deja de hablar; su silencio ya no es vida, sino que se convierte en muerte, aunque lo carguemos de nuevo con el eco de nuestro estrépito emotivo (Th. Merton, Pensieri nella solitudine, Roma 1959, p. 83 [edición española: Pensamientos de la soledad, Edhasa, Madrid 1971]).

 

 

Día 18

33° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 12,1-3

1 En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe, protector de tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos de tu pueblo que estén escritos en el libro se salvarán.

2 Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para la vergüenza, para el castigo eterno.

3 Los sabios brillarán como el esplendor del firmamento, y los que guiaron a muchos por el buen camino, como las estrellas por toda la eternidad.

 

        *•• «En aquel tiempo...». El tiempo al que alude el profeta es un tiempo en el que la impiedad ha llegado a su cima: en el capítulo 11, en efecto, se revelan los acontecimientos históricos que habían concluido con la muerte de Antíoco Epífanes, figura del enemigo de Dios; sin embargo, cuando el mal que se propaga parezca triunfar, la historia desembocará en el acontecimiento escatológico: éste es precisamente el mensaje de esperanza ofrecido por este fragmento donde se describe el tiempo final. En él ya no serán posibles ni la ambigüedad ni las componendas: todas las cosas aparecerán en su auténtica realidad. El conflicto contra las fuerzas del mal se convertirá en lucha abierta, y el pueblo de Dios experimentará la protección extraordinaria del arcángel Miguel.

        Será, por tanto, un tiempo de extrema angustia y, a la vez, de salvación para quienes hayan sido fieles. El Señor conoce a los suyos uno a uno, sus nombres están escritos en su libro: no podrá olvidarlos (v. 1). Tendrá lugar, por consiguiente, el traslado del tiempo a la eternidad; se profetiza aquí la resurrección universal («muchos» es un semitismo que significa «todos»), en la que cada uno recibirá su destino eterno de vida o de infamia, según su propia conducta. Los sabios, los justos, o sea, los que hayan recorrido el camino de la santidad y ayudado a otros a recorrerlo, resplandecerán con una gloria perenne.

        La fe en la resurrección, en el juicio y en la vida eterna se va delimitando ya cada vez con mayor claridad ahora que estamos en los umbrales del Nuevo Testamento. Con la resurrección de Cristo comenzará el tiempo del fin, y tendrá su consumación en la parusía.

 

Segunda lectura: Hebreos 10,11-15

11 Cualquier otro sacerdote se presenta cada día para desempeñar su ministerio y ofrecer continuamente los mismos sacrificios que nunca pueden quitar los pecados.

12 Cristo, por el contrario, no ofreció más que un sacrificio por el pecado de una vez para siempre, y está sentado a la derecha de Dios.

13 Únicamente espera ahora que Dios ponga a sus enemigos como estrado de sus pies.

14 Con esta única oblación ha hecho perfectos de una vez para siempre a quienes han sido consagrados a Dios.

15 Ahora bien, donde los pecados han sido perdonados, ya no hay necesidad de oblación por el pecado.

 

        *•• El tema de la perícopa de hoy recupera el del domingo pasado y lo completa. En efecto, el autor de la carta insiste en la unicidad del sacrificio de Cristo en contraposición a los muchos sacrificios judíos: éstos deben repetirse continuamente, porque «nunca pueden quitar los pecados» (v. 11), mientras que la oblación de Cristo es perfecta y salvífica para quien se confía en su mediación sacerdotal (v. 14). No obstante, aquí se añade un elemento nuevo que pone todo este fragmento en estrecha continuidad con la primera lectura y el evangelio de hoy: el sacrificio de Cristo es «de una vez para siempre» y por eso abre una dimensión nueva en el fluir del tiempo («cada día»: v. 11).

        «Ahora» Cristo ha vencido a las fuerzas del mal y está sentado en el trono de Dios, y «únicamente espera» que su victoria se vuelva evidente y definitiva (vv. 12ss): entonces desembocará el tiempo en la eternidad; sin embargo, ya desde ahora, «quienes han sido consagrados» - a saber: quienes acogen su oblación y someten a él la voluntad rebelde que impulsa al pecado- entran en esta dimensión de eternidad («para siempre»: v. 14). Pero mientras el tiempo prosigue su curso, comulgamos ya el pan de la vida «eterna» (cf. Jn 6,48-51) en la celebración eucarística (memorial del sacrificio de Cristo).

 

Evangelio: Marcos 13,24-32

Dijo Jesús a sus discípulos:

24 Pasada la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará resplandor;

25 las estrellas caerán del cielo y las fuerzas celestes se tambalearán.

26 Entonces verán venir al Hijo del hombre entre nubes con gran poder y gloria.

27 Él enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo.

28 Fijaos en lo que sucede con la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, sabéis que se acerca el verano.

29 Pues lo mismo vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que ya está cerca, a las puertas.

30 Os aseguro que no pasará esta generación sin que todo esto suceda.

31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

32 En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre.

 

        *»• Con este fragmento culmina el discurso escatológico de Jesús, que, en el evangelio de Marcos, tiene una extensión sorprendente (capítulo 13). Los «últimos tiempos » están descritos a partir de la predicción de acontecimientos históricos que, efectivamente, podrán constatar los discípulos, puesto que tuvieron lugar en el tiempo de aquella generación (v. 30). Con todo, el horizonte es más amplio: la intensificación de guerras y cataclismos no es más que «el comienzo de los dolores» (así el v. 7 al pie de la letra).

        Será el signo de que tanto para la historia como para la creación empieza un grandioso trabajo de parto, un trabajo que llevará consigo un sufrimiento inaudito (vv. 19-20.24a), pero concluirá con la venida gloriosa del Hijo del hombre profetizado por Daniel, un personaje apocalíptico con el que Jesús se identifica. Como juez de la historia y vencedor de las fuerzas del mal, inaugurará definitivamente el Reino de Dios para todos sus «elegidos», esto es, para los que se hayan mantenido fieles en la persecución (vv. 9-13) y hayan resistido a las seductoras perspectivas ofrecidas por los falsos cristos, que aparecerán numerosos en los últimos tiempos (vv. 21-23).

        En este discurso se entrelazan, pues, acontecimientos históricos y elementos apocalípticos, expresados con imágenes tomadas de los profetas: Jesús quiere hacer comprender que el misterio pascual ahora presente -su «hora» en el lenguaje joáneo- será el comienzo de la fase final de los tiempos. De ahí que invite a los discípulos, ya desde ahora, a la vigilancia, a escrutar los acontecimientos sabiendo captar en ellos la proximidad del Hijo del hombre, es decir, de su retorno glorioso (vv. 28ss) y a adherirse plenamente a su Palabra, más estable que los cielos y la tierra, que también «pasarán»; sin embargo, la pregunta concreta de algunos discípulos: «¿Cuándo...?» (v. 4), queda sin respuesta.

        Jesús, mientras se revela como el Hijo, muestra que no puede disponer ni del día ni la hora del fin. Por eso, en cuanto Hijo y hombre, se confía él mismo por completo al designio de amor y salvación del Padre (v. 32).

 

MEDITATIO

        El encuentro con un cristiano auténtico no cesa de sorprender desde hace dos mil años: ¡qué insólita es su condición! «Extranjero y peregrino en la tierra», transeúnte que atraviesa los senderos del tiempo que tiende a la eternidad, posee ya lo que busca, aunque todavía no de un modo pleno y evidente. Es testigo de una esperanza bienaventurada y posee la prenda de una promesa infinita. Irradia la alegría a su alrededor, aunque ha renunciado a muchas de las alegrías que propone este mundo; sin embargo, no está dispensado del dolor... ¿Cuál es entonces el secreto del verdadero cristiano?

        Lo custodia en lo hondo de su corazón y lo declara con orgullo: su secreto es Cristo, Señor del tiempo y de la historia. La pascua de Jesús ha destrozado la dimensión temporal y ha irrumpido la eternidad entre nosotros: la vida eterna es el Pan en que él se entrega. Quien observa su Palabra que no pasa, quien acoge su sacrificio de salvación y vive con él el dolor como pascua, entra desde ahora en la eternidad y permite que, a través de su propia existencia, ésta transfigure un poco el tiempo.

        El cristiano abre al sol la ventana de su morada para que todo quede inundado de luz. Ahora bien, el conflicto entre las tinieblas y la luz permanece aún en acto en el tiempo: cada discípulo de Jesús conoce esta lucha dentro de sí y a su alrededor; por eso vigila, porque sabe que tiene que combatir el buen combate de la fe. Cristo ya ha vencido, pero continúa luchando en nosotros para que sea derrotado el mal y se extienda el Reino de Dios, hasta el día que sólo el Padre conoce. Que su Espíritu de amor y de fortaleza nos haga a todos cristianos auténticos, tanto más presentes en la historia del hombre cuanto más inclinados al «día de Dios».

 

ORATIO

        Jesús, Señor de la historia, tú ves los males que afligen a nuestra humanidad; sin embargo, nos enseñas que, en su raíz, es uno solo el Mal que hemos de combatir. Tú lo derrotaste ya al morir por nosotros en la cruz; ayúdanos a extender en el tiempo tu victoria pascual.

        Haznos portadores de eternidad allí donde vivimos y trabajamos: que la luz de tu amor perenne inunde a través de nosotros la pequeña porción de la historia que nos has confiado y la transfigure.

        Haz que completemos nuestra peregrinación terrena tendiendo a la patria celestial, para que quien nos encuentre comprenda cuál es la bienaventurada esperanza que nos hace exultar ya desde ahora. Que el Pan de la vida eterna, roto por nosotros, nos sostenga en las pruebas cotidianas, para que podamos ser encontrados fieles y vigilantes en tu día glorioso.

 

CONTEMPLATIO

        El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, el Dios de los cristianos, es un Dios de amor y consolación, es un Dios que llena el alma y el corazón de quienes le poseen. Es un Dios que hace sentir interiormente a los suyos su miseria y su infinita misericordia; que se les une en lo más íntimo de su alma; que les llena de humildad, de alegría, de confianza, de amor; que les hace incapaces de tener otro fin fuera de él. Sin Jesucristo, no subsistiría el mundo, porque debería ser destruido o ser como el infierno.

        Si el mundo subsistiera para instruir al hombre sobre Dios, su divinidad brillaría por todas partes de una manera incontestable, pero puesto que subsiste sólo en Jesucristo y por Jesucristo, y para iluminar a los hombres sobre su pecado y sobre su redención, por todas partes se manifiestan las pruebas de estas dos verdades. Lo que se manifiesta en el mundo no expresa ni exclusión total ni presencia manifiesta de la divinidad, sino la presencia de un Dios que se esconde. Todo lleva esta huella.

        Jesucristo, sin bienes materiales y sin ninguna producción científica, pertenece al orden de la santidad. No ha hecho ningún invento, no ha reinado. Pero es humilde, paciente, santo, santo, santo para Dios, terrible para los demonios, sin pecado. Oh, ha venido con gran pompa y prodigiosa magnificencia a los ojos de los corazones que ven la sabiduría. Para manifestar su Reino de santidad, le hubiera sido inútil a Jesucristo venir como rey; sin embargo, ha venido con el esplendor que le es propio (B. Pascal, Pensieri, Opusculi, Lettere, 602.829, Milán 1984, 666.754, passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Esperemos y apresuremos la venida del día de Dios» (cf. 2Pe3,11b-12a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Nos encontramos una vez más teniendo que decidir: debemos escoger si queremos limitar la fe al ámbito del sentimiento y orientar nuestros pensamientos según los de todos, o bien si pretendemos ser cristianos también en el modo de pensar. El juicio es el último acto de Dios, y lo lleva a cabo ciquel que sigue siendo durante toda la historia el «signo de contradicción», el momento de la decisión tanto para el individuo como para los pueblos. ¿Cómo se lleva a cabo este juicio? En un primer momento, podemos suponer que el objeto del juicio deben ser las acciones y las omisiones del hombre. Veremos, en cambio, que todo está fundido en una sola entidad: el amor. Pero ¿cómo ha sido fijado y se aplica el criterio del amor? Aquí es donde se manifiesta el carácter extraordinario del anuncio cristiano del juicio: el criterio según el cual seremos juzgados es nuestra actitud respecto a Cristo. El bien definitivo es él, Cristo, y obrar bien significa amar a Cristo. En definitiva, «ía verdad» o «eí bien» no son ideas o valores abstractos, sino alguien, Jesucristo. Toda buena acción va hacia Cristo y es un bien para é|, así como toda acción mala, sea cual sea su finalidad, es en el fondo un ataque contra él. La más real de todas las realidades es alguien: el Hijo de Dios hecho hombre. Y nosotros conocemos la tarea que se nos impone al hacernos cristianos: ver a Cristo en su universalidad, conservar en nuestro corazón su imagen con toda su potencia, para que pueda atravesar los confines del mundo, de la historia y de la obra humana (R. Guardini, íe cose ultime, Milán 1997, pp. 92-96, passim).

 

 

 

Día 19

Lunes de la 33ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 1,1-4; 2,l-5a

1 Ésta es la revelación que Dios confió a Jesucristo para que mostrara a sus siervos lo que está a punto de suceder. Se lo hizo saber a Juan, su siervo, por medio del ángel que le envió,

2 y el mismo Juan testifica que todo lo que ha visto es Palabra de Dios y testimonio de Jesucristo.

3 ¡Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen este mensaje profético y cumplan lo que está escrito en él! Porque el momento decisivo está a las puertas.

4 Juan, a las siete Iglesias que están en la provincia de Asia: gracia y paz a vosotras de parte del que es, del que era y del que está a punto de llegar; de parte de los siete espíritus que están delante de su trono. Y oí al Señor que me decía:

2,1 Escribe al ángel de la Iglesia de Éfeso: Esto dice el que tiene en su mano derecha las siete estrellas y pasea en medio de los siete candelabros de oro:

2 -Conozco tus obras, tu esfuerzo y tu entereza. Sé que no puedes soportar a los malvados, que has puesto a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo y los hallaste mentirosos.

3 Tienes entereza y has sufrido por mi nombre sin claudicar.

4 Pero he de echarte en cara que has dejado enfriar el amor primero.

5 Recuerda, pues, de dónde has caído; cambia de actitud y vuelve a tu conducta primera.

 

**- El comienzo del libro del Apocalipsis, último de la Biblia, nos presenta algunas claves de lectura del mismo libro. Recurriendo a ellas, no sólo podremos percibir el mensaje de esperanza que de él se desprende, sino acoger también y hacer nuestra la bienaventuranza que promete (v. 3).

Apocalipsis significa «revelación»; por consiguiente, nada de duro o de impenetrable, sino, al contrario, la apertura de un paso hacia el gran misterio de la salvación en Cristo Jesús. Juan desea con este libro llevar a su término su ministerio de evangelista, conduciéndonos a conocer cada vez mejor a Jesús, el misterio de su muerte y resurrección, su victoria sobre el mal y sobre el Maligno, y el gran acontecimiento de su retorno final.

Después de la revelación viene la bienaventuranza: «¡Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen este mensaje profético!» (v. 3a). Se trata de una bienaventuranza que se desprende de la revelación y que quiere penetrar la tierra y el tiempo en que vivimos. Con todo, es menester escuchar y cumplir «lo que está escrito en él» (v. 3b): en este sentido, la bienaventuranza prometida es, en parte, don y, en parte, compromiso.

«Gracia y paz a vosotras» (v. 4): el libro del Apocalipsis ha sido escrito para que también a través de él podamos recibir la gracia que baja de lo alto y la paz que Jesús nos ha asegurado. Estos dones han sido prometidos no sólo a los creyentes particulares, sino también a las Iglesias, a las que Juan se dispone a escribir siete cartas. En efecto, la salvación es diálogo y encuentro personal con el Señor Jesús, pero es, asimismo, vínculo de comunión entre las comunidades creyentes.

 

Evangelio: Lucas 18,35-43

35 Cuando se acercaba Jesús a Jericó, un ciego, que estaba sentado junto al camino pidiendo limosna,

36 oyó pasar gente y preguntó qué era aquello.

37 Le dijeron que pasaba Jesús, el Nazareno.

38 Entonces él se puso a gritar: -Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí.

39 Los que iban delante le reprendían diciéndole que se callara. Pero él gritaba todavía más fuerte: -Hijo de David, ten compasión de mí.

40 Jesús se detuvo y mandó que se lo trajesen. Cuando lo tuvo cerca, le preguntó:

41 -¿Qué quieres que haga por ti? El respondió: -Señor, que recobre la vista.

42 Jesús le dijo: -Recóbrala; tu fe te ha salvado.

43 En el acto recobró la vista y siguió dando gloria a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, se puso a alabar a Dios.

 

       **• Los dos personajes, Jesús y el ciego, se perfilan sobre el fondo de la muchedumbre, que sirve de contraste. El movimiento de ambos es opuesto y convergente: el ciego «estaba sentado» con una actitud de inactividad pasiva y resignada (pide limosna), de marginación y aislamiento (junto al camino); Jesús se hace prójimo, «se acercaba» a la ciudad rodeado por la gente que se apiña, tal vez sólo por curiosidad, a su alrededor.

       El ciego, sin embargo, parece ir despertando de manera progresiva a la vida: de la curiosidad (v. 36) a la petición insistente (v. 38ss), hasta la fe y el seguimiento (vv. 41-43). Se distingue de la muchedumbre no ya por su enfermedad, sino porque toma conciencia de su propia condición y pide ayuda: intentan hacerle callar, pero él grita cada ve/ más fuerte. Jesús, por el contrario, pasa del movimiento a la detención: «se detuvo» para oírle y le escucha casi en sordina, sólo después de su petición (v. 41), sin realizar ninguno de los gestos que acompañan a menudo a los milagros. Parece como si quisiera ceder al ciego el papel principal: «¿Qué quieres que haga por ti?» y «tu fe te ha salvado» son dos expresiones que ponen el acento voluntariamente en la oración y en la fe, más que en las dotes extraordinarias del taumaturgo.

       El protagonista es el ciego, figura y modelo de la humanidad necesitada de salvación: se produce en él un cambio interior, una conversión, más importante que la curación, que es sólo una manifestación externa. La transformación del hombre convertido y salvado tiene consecuencias sobre los que asisten a ella: la muchedumbre de los curiosos, que antes le reprendía por lo molesto de sus gritos, «al verlo, se puso a alabar a Dios» (v. 43).

 

MEDITATIO

       Hay muchos modos de ser ciegos y muchos modos de ver. «Lo esencial es invisible a los ojos», dice el principito de Saint-Exupéry, y tal vez por eso el ciego de Jericó parece tener gancho. Tiene necesidad de los otros para saber quién es el que pasa seguido de tanta gente, pero, a diferencia de los otros, no se detiene en la primera apariencia -«le dijeron que pasaba Jesús, el Nazareno»-, sino que va más allá del reconocimiento de la identidad de Jesús: «Hijo de David, ten compasión de mí».

       Así pues, en la primera lectura, la astucia ilusoria de los impíos, que siguen un «razonamiento» aparentemente clarividente y prudente -«pactemos con los pueblos de alrededor»-, se contrapone a la «locura» de los que prefieren morir antes que romper la alianza con el Señor.

       El Evangelio impone una opción de vida: o con él o contra él. Impone un vuelco, un dar la vuelta a nuestros modos de ver, un cambio radical en el modo de pensar y actuar, una conversión. Ésta es la verdadera vida que los testigos de la fe saben elegir y la que les hace fuertes y capaces de afrontar el martirio. Esta es la curación obrada por Jesús, que abre los ojos al ciego y nos los puede abrir también a nosotros, que somos ciegos sin saber que lo somos.

 

ORATIO

       Te lo ruego, Señor, haz que vea. Que vea quién eres, que sepa reconocerte entre la multitud cuando pases mezclado con los desconocidos de los que no me preocupo, cuando te escondas en el mendigo que me importuna o en la persona cansada a la que no quiero ceder el asiento en el autobús.

       Te lo ruego, Señor, haz que reconozca mi debilidad. Que reconozca que tengo necesidad de ti, que sea capaz de invocar tu ayuda y pedirte perdón cuando te escondes en los hermanos a los que he ofendido, en los que me resultan antipáticos, en los rivales a los que tal vez intento enredar en mi propio beneficio.

       Te lo ruego, Señor, haz que acepte cambiar. Que acepte convertirme, que no pretenda que no tengo necesidad, que siempre acierto en mis convicciones y mis hábitos. Que sea capaz de levantarme del cómodo rincón que me  he creado, para seguirte por tu camino, el único que lleva

a la vida.

 

CONTEMPLATIO

       El ciego es símbolo de todo el género humano, expulsado del paraíso terrenal en la persona de su primer padre, Adán. Desde entonces, los hombres han dejado de ver el esplendor de la luz eterna. A pesar de todo, la humanidad está iluminada por la presencia de su Salvador, de suerte que puede ver -al menos con el deseo- el gozo de la luz interior y caminar con los pasos de las buenas obras por el camino de la vida. Mientras nuestro autor se acerca a Jericó, el ciego recobra la vista. Eso quiere decir que cuando el Señor asume la debilidad de nuestra naturaleza, el género humano recobra la luz que había perdido. La respuesta al gesto de Dios, que empieza a padecer las debilidades humanas, es el nuevo modo de ser del hombre, elevado a alturas divinas.

       El que ignora el esplendor de la luz eterna es ciego, y el que cree en el Redentor se sienta junto al camino. Sin embargo, si, aun creyendo, se olvida de pedir para recibir la luz eterna, es un ciego que se sienta junto al camino sin mendigar. Por eso, todo el que reconoce las tinieblas de su propia ceguera invoca con todas las fuerzas del alma: «Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí».

       Insistamos con vigor en la oración, detengamos en nuestra alma a Jesús, que pasa. Cuando insistimos con fuerza en la oración, Jesús se detiene para volver a darnos la luz. En consecuencia, queridos hermanos, si conocemos ya la ceguera de nuestro peregrinar; si, con la fe en el misterio de nuestro Redentor, ya estamos sentados junto al camino; si, con la oración cotidiana, pedimos la luz de nuestro autor; si, además, después de la ceguera, somos iluminados por el don de la luz que penetra en nosotros, esforcémonos en seguir con las obras al Jesús que conocimos con la inteligencia. Observemos a dónde se dirige el Señor y, con la imitación, sigamos sus huellas. En efecto, sólo sigue a Jesús quien le imita... (Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios II, 1-8, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí» (Lc 18,38ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       La experiencia de la luz en la luz nos hace intuir una presencia que no vemos con sus contornos, puesto que el Señor no tiene limitaciones. Sin embargo, «gustamos» su presencia. Todas las manifestaciones de Dios en la Biblia van en este sentido. Existe una presencia, Dios habla, pero no le vemos (Ex 3,1-6; 33,18-23). El hombre lo siente, participa de su luz, pero no ve al Señor (Ex 34,29; 2 Cor 3,7-4,6). La experiencia de una presencia que no se ve es luz porque se «siente» que el Señor es el Dios «misericordioso y piadoso, lento a la rica y rico en gracia y fidelidad» (Ex 34,6ss). Como a Moisés, esta experiencia nos lleva a invocarle «mientras está cerca» (Is 55,6) con una certeza confiada de que seremos oídos, porque él es «rico en misericordia con los que le invocan» (Sal 85,8; Rom 10,12) y no deja a nadie sin respuesta (Eclo 2,12). De hecho, como su grandeza, así es su misericordia (Ecl 2,18; Sab 7,7).

       Es luz porque se percibe la presencia de una Bondad que nos envuelve y que antes no conocíamos. Por consiguiente, es un nuevo modo de ser, puesto que esta «presencia» nos libera de nuestras tinieblas, de nuestra soledad. Instaura una nueva relación con nosotros mismos. Nos damos cuenta de que somos diferentes porque somos amados, algo que antes no era posible.

       Estábamos ciegos, había una oscuridad en la que estábamos sumergidos. Ahora existe la luz, la luz del amor. «En un tiempo fuisteis tinieblas, ahora sois luz en el Señor.» Y la luz, como decíamos, no se puede expresar en cuanto tal; se percibe en la luz, pero su expresión necesita concretarse. Por eso «el fruto de la luz consiste en toda bondad» (Ef 5,8ss). Se trata de la experiencia de la bondad del Señor, que ilumina el corazón y se difunde en todo nuestro ser.

       La experiencia de esta Bondad se convierte, si así podemos llamarla, en oración. Es oración en el sentido de que el amor quiere crecer, la alegría quiere ser completa y la alabanza quiere ser simplemente exultación. Es oración porque la prenda requiere la compleción (B. Boldini, Dal profondo a te grido, Mondoví 1984, pp. 84ss [edición española: Desde lo hondo a ti grito, Ediciones San Pablo, Madrid 1986]).

 

 

Día 20

Martes de la 33ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 3,1-6.14-22

Yo, Juan, oí al Señor que me decía:

1 Escribe al ángel de la Iglesia de Sardes: Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas:

-Conozco tus obras y, aunque tienes nombre de vivo, estás muerto.

2 Mantente, pues, vigilante y reaviva lo que está a punto de morir, porque he comprobado que tus obras no son irreprochables ante Dios.

3 Recuerda cómo escuchaste y recibiste la Palabra; consérvala y cambia de conducta. Porque si no estás vigilante, vendré como ladrón, sin que puedas saber a qué hora caeré sobre ti.

4 Aunque también es verdad que ahí, en Sardes, viven contigo unos pocos que no han manchado sus vestidos; ésos me acompañarán vestidos de blanco, porque así lo han merecido.

5 Así que el vencedor vestirá de blanco y no borraré su nombre del libro de la vida; antes bien, lo defenderé delante de mi Padre y de sus ángeles.

14 Escribe al ángel de la Iglesia de Laodicea:

Esto dice el Amén, el testigo fidedigno y veraz, el que está en el origen de las cosas creadas por Dios:

15 -Conozco tus obras y no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!

16 Pero eres sólo tibio; ni caliente ni frío. Por eso voy a vomitarte de mi boca.

17 Además, andas diciendo que eres rico, que tienes muchas riquezas y nada te falta. ¡Infeliz de ti! ¿No sabes que eres miserable, pobre, ciego y desnudo?

18 Si quieres hacerte rico, te aconsejo que me compres oro acrisolado en el fuego, vestidos blancos con los que cubrir la vergüenza de tu desnudez y colirio para que unjas tus ojos y puedas ver.

19 Yo reprendo y castigo a los que amo. Anímate, pues, y cambia de conducta.

20 Mira que estoy llamando a la puerta. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.

21 Al vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí, lo mismo que yo también he vencido y estoy sentado junto a mi Padre, en su mismo trono.

22 El que tenga oídos que escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias.

 

*»• Tras las siete cartas que Juan envía a las siete Iglesias, la liturgia de hoy nos presenta un par de ellas: del tenor de estas dos cartas podemos intuir el mensaje que el apóstol quiere enviar a cada comunidad cristiana. Podemos considerar estas cartas como dirigidas a nosotros, en la medida en que nos hagamos cargo de vivir el Evangelio en el que creemos. De estas misivas podemos obtener una variada tipología de comunidades creyentes: algunas están muertas desde el punto de vista espiritual, otras están sólo tibias, otras se encuentran amenazadas con la pérdida del sentido de novedad que nos aporta la fe en Cristo, otras, por último, están cerradas en sus falsas seguridades. Son todas las situaciones que, a lo largo de los siglos, se han ido perpetuando, y a nadie le está permitido aparentar que no está implicado personalmente.

Para una lectura global de las siete cartas es útil indicar la estructura de fondo que caracteriza a todas: en primer lugar aparecen las señas de cada Iglesia particular y la invitación a escuchar a aquel que es la Palabra y cuyo mensaje nos trae la salvación. En segundo lugar aparece la afirmación «Conozco tus obras», destinada a indicar que no sólo cada creyente, sino cada comunidad creyente es para el Señor como un cuaderno abierto. Sigue, después, la exhortación a la vigilancia y al ánimo, tanto para desmantelar y expulsar el mal que amenaza la vida espiritual de la comunidad como para renovar su compromiso.

 

Evangelio: Lucas 19,1-10

En aquel tiempo,

1 Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.

2 Había en ella un hombre llamado Zaqueo, jefe de publícanos y rico,

3 que quería conocer a Jesús. Pero, como era bajo de estatura, no podía verlo a causa del gentío.

4 Así que echó a correr hacia adelante y se subió a una higuera para verlo, porque iba a pasar por allí.

5 Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo: -Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.

6 Él bajó a toda prisa y lo recibió muy contento.

7 Al ver esto, todos murmuraban y decían: -Se ha alojado en casa de un pecador.

8 Pero Zaqueo se puso en pie ante el Señor y le dijo: -Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y, si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más.

9 Jesús le dijo: -Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán.

10 Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

 

       *+• El episodio de Zaqueo está casi calcado del precedente (el ciego de Jericó). También aquí se ve interrumpido un movimiento de Jesús (que atravesaba la ciudad) por la iniciativa de un hombre. Esta vez no se trata de un mendigo, sino de un rico publicano; sin embargo, es también un marginado (los publicanos eran despreciados), golpeado asimismo por una inferioridad física (era pequeño de estatura) y, sobre todo, necesitado también de redención. Zaqueo pasa de una curiosidad inicial (ver quién era Jesús: v. 3) a un movimiento (se subió a una higuera: v. 4), a la acción febril y alegre con la que recibió a Jesús en su casa (v. 6) y, por último, a la conversión y al cambio de vida (v. 8).

       Jesús se detiene, pero en esta ocasión, en vez de una pregunta, dirige a Zaqueo una orden: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa» (v. 5). Zaqueo no pide ningún milagro, exteriormente no parece que se encuentre en ninguna necesidad; sin embargo, Jesús responde a su petición implícita, porque la atención y la premura con las que obra muestran ya el comienzo de la fe. La muchedumbre, con la murmuración en contra de Jesús (v. 7), sirve también aquí de contrapunto, pero no reacciona a la conversión de Zaqueo.

       También este episodio valora la iniciativa humana: el deseo de Zaqueo es algo más que una simple curiosidad: le impulsa a realizar un gesto impropio de un hombre conocido. El poder de Jesús se expresa con su simple presencia y con la palabra: llama a Zaqueo por su nombre (v. 5), y esto basta para suscitar en él la alegría (v. 6), el arrepentimiento y la reparación (v. 8); en pocas palabras, la vida nueva. Con Jesús ha entrado la salvación en casa de Zaqueo, y el mismo Jesús da testimonio de ello.

 

MEDITATIO

       «Hoy ha llegado la salvación a esta casa»: el don de la gracia se muestra sobreabundante, mayor de lo que Zaqueo se habría atrevido a esperar. Sin embargo, el movimiento sincero de su corazón, el deseo de «ver a Jesús», tal vez haya sido el resorte que impulsó a Jesús a salir a su encuentro.

       En la liturgia de hoy aparecen dos figuras muy diferentes. El anciano Eleazar, que había llevado una larga vida irreprensible a la sombra de la Ley, parece que no tiene nada en común con el pequeño funcionario de los impuestos, sometido al extranjero y avezado en las componendas y en los fraudes. Sin embargo, les une el coraje necesario para tomar una decisión importante: la de poner toda su vida y su propia muerte bajo el juicio de la Palabra de Dios. Eleazar podría salvar tanto su propia fidelidad a la Ley como su propia vida: ¿qué importa fingir que se venera a los ídolos, si los ídolos no son nada? Zaqueo podría seguir con su oficio, despreciado pero rentable: ¿qué le importaban a él las discusiones entre los rabinos del judaísmo? Sin embargo, Eleazar sabe que un solo gesto hipócrita, una sola debilidad, anularía años de fidelidad; sabe que prolongar su vida a costa de su propia conciencia significaría condenarse a una muerte peor que la del suplicio. A Zaqueo le basta con cruzar su mirada con la de Jesús -él, pequeño, mira desde arriba, desde la higuera; el Maestro levanta los ojos para encontrar los suyos- para comprender al momento que todo el dinero que ha ganado no vale lo que una sola hora con Jesús en su casa.

 

ORATIO

       Cuántas veces, Señor, me diriges tu mirada y yo no me doy cuenta. Me lamento y protesto porque no escuchas mis oraciones; sin embargo, soy yo el incapaz de levantarme por encima de mi pequeña estatura para intentar verte.

       Señor, concédeme la sencillez de corazón de Zaqueo y la firmeza de Eleazar. Pierdo mi vida corriendo detrás de muchas cosas que me distraen, presto oído a las lisonjas del mundo y a las murmuraciones de los holgazanes, tengo miedo de exponerme al juicio de la gente...

       Señor, hazme comprender lo que quieres de mí, qué es lo verdaderamente importante. Hazme comprender que la vida tiene sentido y nos da alegría sólo si correspondemos a tu voluntad.

 

CONTEMPLATIO

       Reconoce a Cristo: él está lleno de gracia. Quiere verter en ti todo aquello de lo que él está lleno. Te dice esto: busca mis dones, olvida tus méritos, porque si yo buscara tus méritos, no alcanzarías mis dones. No te exaltes; sé pequeño, sé Zaqueo.

       Pero dirás: Si he de ser Zaqueo, no podré ver a Jesús a causa de la muchedumbre. No te pongas triste, sube al árbol donde por ti pendía Jesús y le verás. Ahora mira a mi Zaqueo, obsérvale, te lo ruego, mientras quiere ver a Jesús en medio de la muchedumbre y no puede. Zaqueo era humilde, la muchedumbre era soberbia. La muchedumbre hace que no se vea a Jesús, sirve de obstáculo para que no se vea a aquel que, crucificado, dice: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). En efecto, a causa de la cruz de Cristo, los sabios de este mundo nos insultan y dicen: «¿Qué sabiduría tenéis vosotros, que adoráis a un Dios crucificado?». ¿Qué sabiduría tenemos? A buen seguro, no es la vuestra. La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. No tenemos en verdad vuestra sabiduría, pero vosotros decís que nuestra sabiduría es necedad. Decid también lo que queréis; nosotros podemos subir a la higuera y ver a Jesús. Que se a Ierre Zaqueo a la higuera, que suba humilde a la cruz. Y el Señor vio precisamente a Zaqueo. Fue visto y vio, pero si no hubiera sido visto, no habría visto.«Y a los que desde el principio destinó, también los llamó» (Rom 8,30).

        [...]. Hemos sido vistos para que podamos ver; hemos sido amados para que podamos amar. Ahora, pues, el Señor, que había acogido a Zaqueo en el corazón, se ha dignado ser hospedado en su casa. Dice Zaqueo a Cristo: «Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más». Como si dijera: «Por eso me quedo una mitad no como posesión, sino para tener de qué dar». Eso es en realidad lo que significa recibir a Cristo, acogerle en el corazón (Agustín de Hipona, Sermón 134, 3-5, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       En el camino de Jericó hay mucha gente, pero sólo emerge uno, aunque «pequeño de estatura». Como Zaqueo, somos siempre demasiado «pequeños», aunque nos creamos «alguien», y, como él, demasiado impedidos por una muchedumbre, que es nuestro mundo, del que tomamos los juicios y opiniones. No son muchos los que están desprendidos de su propia «suficiencia» y del modo común de pensar de su propio ambiente, de suerte que podamos enumerarlos entre los hombres libres y, por consiguiente, entre los dispuestos a aceptar cualquier invitación de la verdad. Eso es lo que vemos hacer a Zaqueo. Éste, sin importarle poco o nada el nombre, el censo o el cargo, desafía el ridículo para ver a Jesús, subiendo, con la espontaneidad y la humildad de un niño, a una higuera, y de este modo reconquista esa inestimable libertad por la que puede ser él mismo también frente a Jesús.

       Los hombres sencillos permanecen siempre libres y, como los niños, que participan de algún modo en el poder liberador del Hijo de Dios, que es la sencillez, nos ayudan a encontrar nuestra libertad. Zaqueo no se siente a disgusto en ese lugar en el que está acurrucado, no le inquieta la muchedumbre, que, a medida que Jesús se acerca, se nace cada vez más numerosa. Ni siquiera lleva cuidado. Se ha vuelto niño («Dejad que los niños se acerquen a mi»), y casi le vendrían ganas de cantar si el Señor no viniera ya por el camino, por aquel camino. La libertad es el aire de la caridad. «Echó a correr hacia delante y se subió a una higuera para verlo». «Correr» y «subir» son dos modalidades de la búsqueda. Existe el riesgo de la aventura y el riesgo de ser echados fuera, lo que nos hace pensar en el riesgo del grano de trigo que debe podrirse si quiere germinar...

       El riesgo es, por consiguiente, una palabra cristiana. Arriesga quien «tiene hambre y sed de justicia y de verdad». He sido creado para «ver a Dios». Zaqueo sube a la higuera para «ver a Jesús». Uno lo ve fuera, si lo ha visto dentro, y entonces, lo ve en todas partes-, en cada criatura, en cada nombre (P. Mazzolari, Zaccheo, Vicenza 1960, pp. 19-26, passim).

 

Día 21

 

Miércoles. Presentación de la Bienaventurada Virgen María

 

Sólo los apócrifos imaginan y se extienden en la descripción de la presentación de María en el templo de Jerusalén. Junto a este templo decretó construir el emperador Justiniano una iglesia mariana, que fue dedicada el 21 de noviembre del año 543 y destruida setenta años después.

Esta memoria se instauró como celebración litúrgica en Constantinopla en el siglo VIII. Su difusión en Occidente fue lenta y tuvo lugar primero en el ámbito local; en 1472, fue extendida a toda la Iglesia latina. Ésta figura entre las memorias que, «prescindiendo del aspecto apócrifo, proponen contenidos de alto valor ejemplar, continuando venerables tradiciones» (Marialis cultus, 8).

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 4,1-11

Yo, Juan,

1 después de todo esto, tuve una visión. Vi una puerta abierta en el cielo, y aquella voz semejante a una trompeta que me había hablado al principio, decía:

-Sube aquí y te mostraré lo que va a suceder en adelante.

2 De pronto caí en éxtasis y vi un trono colocado en el cielo y alguien sentado en el trono.

3 El que estaba sentado tenía un aspecto resplandeciente, como piedra de jaspe o de sardonio, y un halo parecido a la esmeralda rodeaba el trono.

4 Alrededor del trono había otros veinticuatro tronos, en los que estaban sentados veinticuatro ancianos vestidos de blanco y con coronas de oro en la cabeza.

5 Relámpagos y truenos retumbantes salían del trono: siete lámparas de fuego -que son los siete espíritus de Dios- ardían en presencia del trono,

6 y delante había también un mar transparente como de cristal. En medio del trono y a su alrededor había cuatro seres vivientes llenos de ojos por delante y por detrás.

7 El primero era como un león; el segundo como un toro; el tercero tenía el rostro semejante al de un hombre, y el cuarto se parecía a un águila en vuelo.

8 Cada uno de los cuatro seres vivientes tenía seis alas, y estaban llenos de ojos por fuera y por dentro. Y día y noche proclamaban sin cesar:

Santo, santo, santo,

Señor Dios todopoderoso,

El que era, el que es

y el que está a punto de llegar.

9 Y cada vez que los seres vivientes daban gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono y vive por  siempre,

10 los veinticuatro ancianos se postraban ante el que está sentado en el trono, adoraban al que vive para siempre y arrojaban sus coronas a los pies del trono diciendo:

11 Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder.

Tú has creado todas las cosas; en tu designio existían y según él fueron creadas.

 

**• Tras las siete cartas a las siete Iglesias, prosigue el libro del Apocalipsis con dos visiones, la primera de las cuales constituye la primera lectura de esta liturgia. Por medio de algunos símbolos, bien conocidos por los que conocen el Antiguo Testamento, construye el apóstol Juan un gran escenario que tiene en su centro un trono de gloria. En este trono está sentado el Eterno, el Creador de todas las cosas (v. 2). Ante el Eterno se desarrolla una especie de procesión y se eleva una especie de himno de alabanza y de acción de gracias. Los elementos descriptivos sirven únicamente para concentrar la atención de todos -también la nuestra- sobre «aquel que está sentado en el trono», porque es Dios y sólo a él se le debe todo acto de adoración. De ahí que la visión descrita por el apóstol Juan tenga una función eminentemente práctica: la de introducirnos a cada uno de nosotros o, mejor, a la asamblea litúrgica que celebra los santos misterios, en esa liturgia celestial que constituye el modelo de toda liturgia terrestre.

Las distintas aclamaciones que suben hacia el Eterno, el «Señor Dios todopoderoso» (v. 8), constituyen la expresión de una piedad que conserva intacto su valor, tanto hoy como ayer. En primer lugar, el trisagio, el «tres veces santo», dirigido a «el que era, el que es y el que está a punto de llegar». Es fácil advertir que en esta triple indicación cronológica está sintetizada, en cierto modo, toda la historia de la humanidad, la cual, en cuanto visitada por Dios, se convierte en historia de la salvación.

El otro himno de alabanza, que cierra esta primera lectura (v. 11), reconoce en aquel que está sentado en el trono al Creador de todas las cosas y cuya voluntad está en el origen de la creación. De manera implícita captamos una invitación a no albergar temor alguno, en virtud de la protección que nos viene del Eterno.

 

Evangelio: Lucas 19,11-28

En aquel tiempo,

11 les contó otra parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y ellos creían que el Reino de Dios iba a manifestarse inmediatamente.

12 Les dijo, pues:

-Un hombre noble marchó a un país lejano para ser coronado rey y regresar después.

13 Llamó a diez criados suyos y a cada uno le dio una importante cantidad de dinero diciéndoles: «Negociad con ello hasta que yo vuelva».

14 Pero sus conciudadanos le odiaban y enviaron tras él una embajada a decir que no lo querían como rey.

15 Cuando regresó, investido del poder real, mandó venir a sus criados, a quienes había dado el dinero, para saber cómo había negociado cada uno.

16 El primero se presentó y dijo: «Señor, tu dinero ha producido diez veces más».

17 Él dijo: «Muy bien, has sido un buen criado; puesto que has sido fiel en lo poco, recibe el gobierno de diez ciudades».

18 Vino el segundo y dijo: «Tu dinero, señor, ha producido cinco veces más». 19 Y también a éste le dijo: «Tú recibirás el mando sobre cinco ciudades».

20 Vino el otro y dijo: «Señor, aquí tienes tu dinero; lo he tenido guardado en un pañuelo

21 por temor a ti, que eres un hombre severo, pues exiges lo que no diste y quieres cosechar lo que no sembraste».

22 El señor le replicó: «Eres un mal criado y tus mismas palabras te condenan. ¿Sabías que soy severo, que exijo lo que no he dado y cosecho lo que no he sembrado?

23 Entonces, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco para que, al volver, lo recobrase con los intereses?».

24 Y dijo a los que estaban presentes: «Quitadle lo que le di y dádselo al que lo hizo producir diez veces más

25 Le dijeron: «Señor, ¡pero si ya tiene diez veces más!

26 Pues yo os digo: «Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará incluso lo que tiene.

27 En cuanto a mis enemigos, esos que no me querían como rey, traedlos aquí y degolladlos en mi presencia».

28 Y dicho esto, Jesús siguió su camino, subiendo hacia Jerusalén.

 

**• Para comprender la parábola de los talentos es preciso tener presentes dos motivos fundamentales que se entrelazan en esta perícopa lucana: por un lado, Lucas quiere decir lo que significa ser discípulo; por otro, introduce el hecho del rey rechazado. El primer motivo prosigue y desarrolla el tema de las páginas precedentes, mientras que el segundo introduce el tema de las páginas que siguen. Pero es preciso que nos fijemos también en el inicio de esta parábola (v. 11), porque con ella Lucas pretende ilustrar el tema de la inminencia escatológica, enlazando así no sólo con el acontecimiento histórico de la entrada de Jesús en Jerusalén, sino también con la cuestión del «cuándo vendrá el Reino de Dios» (cf. Le 17,20).

Del enlace de todos estos motivos es obvio que resulta una interpretación múltiple y diferenciada de la misma parábola, en la que Lucas, por otra parte, introduce algunos retoques personales. Por ejemplo, la alusión al «país lejano» (v. 12) al que se marchó el hombre noble: de este modo indica Lucas que queda todavía una gran cantidad de tiempo antes de que vuelva el Señor. Bueno será recordar que también en 21,8 pondrá Lucas en guardia contra un posible error de valoración y de perspectiva en la espera del retorno del Señor.

Otro detalle lucano que merece ser puesto de relieve es el deber de hacer fructificar las minas o talentos. En efecto, si bien el Señor tarda en venir, no es menos cierto que vendrá y que lo hará como juez; ante él es preciso presentarse con frutos en las manos para que no nos diga que no nos conoce (cf. también Le 12,47ss).

 La exhortación evangélica llega así a todo verdadero discípulo de Jesús.

 

MEDITATIO

La parábola de Lucas, con su casi inagotable riqueza, nos invita a reflexionar sobre algunas actitudes típicas del discípulo al que se le dice que ha sido un criado bueno y fiel. Pero es preciso excavar en lo hondo de estos dos adjetivos calificativos para entrar en el mensaje evangélico. En efecto, Jesús no recomienda una fidelidad genérica o una bondad común, sino una fidelidad que se concreta en la obediencia a la voluntad del Señor y una bondad que se manifiesta en la disponibilidad total.

Estas dos actitudes revelan, por consiguiente, el ideal evangélico que Jesús quiere presentar y, en consecuencia, la espiritualidad propia de todo discípulo suyo. La fidelidad y la bondad son como las dos caras de una medalla; son dos aspectos de una sola personalidad que no se califica, ciertamente, por las cualidades morales, sino por el don de la gracia recibida y por el deseo constante de vivir según la voluntad del Maestro.

A diferencia de Mateo, que califica al siervo malo de «perezoso», Lucas le califica de «desobediente»: he aquí otra pequeña diferencia que sólo puede poner de relieve una comparación sinóptica entre los dos evangelistas.

De este modo, el lector podrá sentirse adiestrado para seguir a cada evangelista por las pistas que le son propias y podrá componer las diferentes teselas del único retrato de Jesús. Ahora bien, si pasamos del ámbito de la redacción de ambos evangelistas al ámbito del Jesús histórico, es casi seguro que Jesús -frente al miedo de los fariseos, que habían subvertido todo el sistema de los valores- invita a sus discípulos, con esta parábola, a vencer todo miedo respecto a Dios y a alimentar una confianza profunda y total, que no teme a veces el riesgo y mantiene siempre abierto el corazón del discípulo al abandono total en su Dios.

 

ORATIO

Santo, santo, santo es el Señor.

Has hecho el mundo para nosotros:

las flores de mil colores para alegrarnos;

la lluvia para refrescar la tierra;

los pájaros para llenar el aire de cantos;

la luna y las estrellas para hacernos soñar.

Santo, santo, santo es el Señor.

Nos has creado y nos has colmado de dones:

la inteligencia para captar tus maravillas;

la voluntad para amar el universo;

la fantasía para alcanzar lo imposible;

la sonrisa para difundir tu alegría.

Santo, santo, santo es el Señor.

Haznos comprender:

la dimensión original e inefable de tus dones,

que escapan a cualquier juicio trivial;

la gravedad que encierra enterrar cualquier don

por miedo o por envidia,

por pereza o por favorecer nuestros planes;

la responsabilidad de hacerlos fructificar,

porque la esencia del don es ser entregado.

Santo, santo, santo es el Señor.

 

CONTEMPLATIO

Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar en el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo el que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal.

Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza, y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera, queda a salvo la unidad de la Santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.

San Pablo, hablando a los corintios acerca de los dones del Espíritu, lo reduce todo al único Dios Padre, como al origen de todo, así: hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor, y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno. Porque todo lo que es del Padre es también del Hijo; por esto, todo lo q u e da el Hijo en el Espíritu es realmente don del Padre. De manera semejante, cuando el Espíritu está en nosotros, le está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre, realizándose así estas palabras: «El Padre y yo vendremos a él y haremos monda en él». Porque donde está la luz, allí está también el resplandor, y donde está el resplandor, allí están también ÍU eficiencia y su gracia esplendorosa.

Es lo que nos enseña el mismo Pablo en su segunda Carta a los Corintios, cuando dice: «La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en los dones del Espíritu Sant, estén con todos vosotros». Porque toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Pues así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que, hechos partícipes del mismo, poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión de este Espíritu (Atanasio de Alejandría).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Santo, santo, santo, Señor Dios todopoderoso» (Ap4,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El trabajo es el contenido característico de la que llamamos jornada laboral o vida cotidiana. A buen seguro, es posible sublimar el trabajo y engrandecer el noble y embriagador poder creativo del hombre. También podemos abusar de él, como se hace con tanta frecuencia, para huir de nosotros mismos, del misterio y del enigma de la existencia, del ansia, que nos hacen buscar sobre todo la verdadera seguridad.

El trabajo auténtico se encuentra en medio. No es ni la cima ni el analgésico de la existencia. Es, simplemente, trabajo: duro y, sin embargo, soportable, ordinario y habitual, monótono y siempre igual, inevitable y -si no se pervierte en amarga esclavitud- prosaicamente amistoso. Él conserva nuestra vida, mientras, al mismo tiempo, la consume lentamente.

El trabajo no puede gustarnos nunca del todo. Incluso cuando empieza como realización del supremo impulso creativo del hombre, se convierte, de manera inevitable, en ritmo acelerado, en gris repetición de la misma acción, en afirmación frente a lo imprevisto y a la pesadez de lo que el hombre no obra desde el interior, sino que lo sufre desde el exterior, como por obra de un enemigo. Sin embargo, el trabajo es también constantemente un tener que ponerse a disposición de los otros siguiendo un ritmo preexistente, una contribución a un fin común que ninguno de nosotros se ha buscado por sí solo. Por eso es un acto de obediencia y un perderse en lo que es general [...].

El trabajo, no por sí mismo, sino por efecto de la gracia de Cristo, puede ser «realizado en el Señor» y convertirse en ejercicio de esa actitud y de esa disposición a las que Dios puede conferir el premio de la vida eterna: ejercicio de la paciencia -que es la forma asumida por la vida cotidiana-, de la fidelidad, de la objetividad, del sentido de la responsabilidad, del desinterés que alienta el amor (K. Rahner)..

 

 

Día 22

Jueves de la 33ª semana del Tiempo ordinario o 22 de noviembre, conmemoración de

Santa Cecilia

 

Al igual que la de otros mártires de los primeros siglos cristianos, la vida de santa Cecilia nos es casi desconocida. Las Actas del martirio (siglos V-VI), aunque no tienen un carácter histórico y calcan esquemas hagiográficos típicos, reciben, no obstante, la confirmación de la historicidad de la mártir por el culto que se le atribuía ya antes del año 313, atestiguado por la inserción del nombre de Cecilia en los antiguos martirologios y en el canon romano, por la dedicación de la basílica homónima en el Trastevere y por la dotación del sarcófago que inicialmente contuvo sus restos (siglo III).

A Cecilia se la considera patrona de la música y del canto a causa de la interpretación que la piedad popular dio a la expresión de las Actas: «Actibus organis Caecilia decantabat ¡n corde suo».

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 5,1-10

Yo, Juan,

1 en la mano derecha del que estaba sentado en el trono vi un libro escrito por dentro y por fuera y sellado con siete sellos.

2 Y vi también un ángel pleno de vigor que clamaba con voz potente:

-¿Quién es digno de abrir el libro y romper sus sellos?

3 Y nadie en el cielo, ni en la tierra ni debajo de la tierra podía abrir el libro y ver su contenido.

4 Entonces yo me eché a llorar desconsoladamente, porque nadie era digno de abrir el libro y ver su contenido.

5 Y uno de los ancianos me dijo:

-No llores, pues ha vencido el león de la tribu de Judá, el retoño de David, y él abrirá el libro rompiendo sus siete sellos.

6 Vi entonces en medio del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos, un Cordero en pie con señales de haber sido degollado. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra.

7 Se acercó el Cordero y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono;

8 y cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.

9 Cantaban un cántico nuevo que decía:

Eres digno de recibir el libro

y romper sus sellos,

porque has sido degollado

y con tu sangre has adquirido para Dios

hombres de toda raza,

lengua, pueblo y nación,

10 y los has constituido en reino para nuestro Dios y en sacerdotes que reinarán sobre la tierra.

 

*•• También este capítulo del libro del Apocalipsis se caracteriza por una visión grandiosa y sencilla al mismo tiempo. Esta visión nos aporta un mensaje claro: la historia humana es, ciertamente, un misterio, porque en ella está la presencia de Dios, pero es un misterio, al menos en parte, comprensible, porque Dios mismo nos ofrece la clave de lectura de la misma.

El símbolo del libro «sellado con siete sellos» (v. 1) se puede interpretar con bastante facilidad: todo queda envuelto en el misterio si no hay alguien que venga a «romper sus sellos» (v. 2). Éste es Jesús, el Cordero inmolado, el único «digno de recibir el libro y romper sus sellos, porque has sido degollado y con tu sangre has adquirido para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación» (v. 9). También el símbolo del llanto tiene un significado evidente: mientras no venga Jesús a romper los sellos de ese libro, cada uno de nosotros está como condenado a vivir en medio de la tristeza y de la amargura más profundas. Se alude así al drama de todos aquellos que, por diferentes motivos, tienen los ojos cerrados para el gran acontecimiento de salvación que se sitúa en el centro de la historia humana y la ilumina con la luz del día.

En contraste con el llanto de los que no pueden leer su contenido, se eleva el «cántico nuevo» (v. 9) de los que siguen al Cordero y son introducidos por él en la comprensión del misterio. Ésos forman el reino de sacerdotes (v. 10) que Jesús ha constituido para su Dios y nuestro Dios, salvándolos del pecado. Se trata de ese sacerdocio universal del que participan todos los que, por medio del bautismo, han sido lavados con la sangre del Cordero y revestidos con sus vestiduras blancas.

 

Evangelio: Lucas 19,41-44

En aquel tiempo,

41 cuando Jesús se fue acercando, al ver la ciudad, lloró por ella

42 y dijo: -¡Si en este día comprendieras tú también los caminos de la paz! Pero tus ojos siguen cerrados.

43 Llegará un día en el que tus enemigos te rodearán con trincheras, te cercarán y te acosarán por todas partes;

44 te pisotearán a ti y a tus hijos dentro de tus murallas. No dejarán piedra sobre piedra en tu recinto, por no haber reconocido el momento en el que Dios ha venido a visitarte.

 

       *•• El lamento de Jesús por Jerusalén, muy arcaico en el tono y en la lengua, parece remontarse a una fuente muy próxima al Jesús histórico. Es uno de los poquísimos episodios en los que Jesús llora, mostrando la profunda humanidad de sus sentimientos. El destino de la ciudad santa, que simboliza el destino de todo el pueblo, es considerado como el cumplimiento de una voluntad superior, de un juicio divino ineluctable («tus ojos siguen cerrados» para el camino de la paz: en la pasiva del lenguaje bíblico se sobreentiende que Dios es el sujeto activo de la acción).

       El lenguaje escatológico de Jesús, que recuerda las invectivas proféticas, contrapone «este día», el de la posible salvación, a los «días» del juicio que vendrán. Salvación y juicio se conjugan en la expresión «el momento en el que Dios ha venido a visitarte» (v. 44): la «visita», en efecto (episcopé) puede significar en su raíz hebrea paqadh «castigo», pero también «gracia».

       La destrucción de Jerusalén es claramente una profecía ex eventu: Lucas escribe después del año 70. Sin embargo, eso no disminuye su valor: Jesús fue ejecutado, como ya lo habían sido muchos profetas, también a causa de sus palabras sobre la suerte del templo y del pueblo (cf. Mt 26,61). El episodio tiene valor no como demostración de una capacidad adivinatoria, sino como clave de lectura para interpretar el significado de la historia vivida por la comunidad a la que se dirige el evangelista.

 

MEDITATIO

El amor con el que Dios nos ama es personal, intenso, profundo; no tiene límites ni condiciones. Es un amor fiel, que nunca desaparece, que siempre ofrece la posibilidad de nuevos inicios. La iniciativa es constantemente de Dios, que, sin embargo, nos deja a cada uno la responsabilidad y la alegría de adherirnos.

Santa Cecilia, con su vida personal, nos muestra la disponibilidad de una creyente para dejarse amar y para responder con todo su ser a tanto amor. Es tan precioso para Cecilia el don recibido del Señor que no se olvida de nada a fin de estar preparada para el encuentro con él. Cecilia, que a través de la fe ha conocido al Señor, invita a otros -y en primer lugar a su esposo- a la comunión con él, animándole a la perseverancia en las dificultades.

La oración, que alimenta su relación con el Señor, la mantiene vigilante en la espera de la venida de él, fuerte y alegre cuando ésta tenga lugar a través de una muerte cruenta.

Cecilia, que se nos da a nosotros como testigo de una fidelidad a toda prueba, nos recuerda que la fe es un don que se refuerza compartiéndolo. El Señor lo otorga a todos, pero nos corresponde a nosotros animarnos los unos a los otros para acogerlo. Cecilia nos invita a hacer todo para no ajar este don en la Trivialidad y en el «dado por descontado», sino a vivirlo con firmeza y con alegría, convirtiendo nuestra existencia en un canto de alabanza al Señor.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú fuiste enviado por el Padre a este mundo para hablar a los hombres de su amor, de suerte que volvieran a vivir la amistad con él.

Confirma en la fe a los que ya han recibido el bautismo: sé su fuerza en la adversidad, y sostenlos y confórmalos en la certeza de la vida bienaventurada y sin fin.

Haz que la espera de tu venida gloriosa fortalezca su don de amor en el presente, seguros de que quien pierde su propia vida la recobrará para siempre.

 

CONTEMPLATIO

Una cosa es decir «no» a alguien que adelanta propuestas hábiles y lisonjeras y permanecer así en la verdad y mantener los votos pronunciados; otra es permanecer firmes también frente a los tormentos y las heridas. Son éstos los recursos que se esconden en la intimidad del alma y de sus facultades: la tentación los descubre, la prueba concreta los da a conocer.

Adelante, santos de Dios, niños y jovencitos, hombres y mujeres, solteros y solteras. Proseguid con perseverancia hasta el fin. Alabad al Señor tanto más dulcemente cuanto más intensamente penséis en él. Esperad en él con tanta más felicidad cuanto mayor sea el celo con el que le servís. Que tanto más ardiente sea vuestro amor por él cuanto mayor sea el cuidado en complacerle. Con los lomos ceñidos y las lámparas encendidas, esperad al Señor a su regreso de las bodas. En las bodas del Cordero cantad un cántico nuevo, acompañándoos con vuestras cítaras. A buen seguro, no será ese canto el mismo que cantará la tierra entera, a quien se dice: «Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra» (Sal 95,1). Será un canto que nadie podrá cantar, sino vosotros.

(Agustín de Hipona, La verginitá consacrata, Roma 1982, 152.117.)

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro» (Mt 25,6b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El creyente está siempre colocado frente a la elección entre los ídolos y Dios, para lo que tiene que pagar el precio del martirio, del exilio y hasta el de la huida al desierto, la persecución. [...]. Toda criatura a la que se le dé un valor absoluto, perdiendo su referencia al Creador, se convierte en un ídolo, puesto que se separa de Dios, se insinúa entre el hombre y su único Señor usurpándole su señorío. En realidad, todo puede convertirse en nuestra vida y en nuestro mundo en un ídolo: las cosas que son y las que nosotros elaboramos a través del trabajo (a. Sab 13,1 -7.10-19), si se convierten en absoluto, si capturan nuestra libertad, si concentran sobre sí nuestras atenciones produciéndonos vértigo, no son sino nuevos Baaltm, «amos», «ídolos». No queda más que desenmascararlos y abatirlos no con nuestras fuerzas, sino en nombre de quien los venció en la cruz: Jesús el Mesías, cueste lo que cueste, aunque sea incluso el martirio. [...]

Ahora bien, existe en la eucaristía una realidad muy exigente, que es unir nuestra comida de ofrenda y sacrificio a la de Cristo: en la eucaristía no es posible detenerse antes de la ofrenda de toda nuestra vida al Padre, una ofrenda total, completa, hasta el martirio. Si nuestra celebración eucarística diaria significa realizar «el culto espiritual en la ofrenda de nuestros cuerpos vivos» (cf. Rom 12,1), también es cierto que el télos al que debemos tender es el martirio, porque en el martirio no está sólo la res, es más la res tantum. Es temible acercarse a la eucaristía con esta conciencia, pero si no queremos ofrecer un «sacrificio cadavérico», es decir, la ofrenda de nuestra vida real y sólo más allá de nuestro muerte natural, debemos estar dispuestos a ser destrozados, entregados, muertos violentamente como el Señor.

El cristiano, asociado a la pascua de Cristo, ya está muerto y sepultado con Cristo en el bautismo; por eso, no le queda más que ser glorificado, en el sentido joáneo del término, a través de una participación en la muerte del Señor en la realidad de su carne. Así, la eucaristía es el martirio, acto supremo de unión total y definitiva con Cristo (E. Bianchi, // radicalismo cristiano, Turín 21980, pp. 23.24.123.124.130ss. 133.134).

 

Día 23

Viernes de la 33ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 10,8-11

Yo, Juan, oí una voz del cielo:

8 Vete y toma el libro que tiene abierto en su mano el ángel que está de pie sobre el mar y sobre la tierra.

9 Me acerqué al ángel y le pedí que me diera el libro. Y me respondió:

-Toma, cómetelo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel.

10 Tomé el libro de la mano del ángel y lo comí. Y resultó dulce como la miel en mi boca, pero, cuando lo hube comido, se llenaron mis entrañas de amargor.

11 Y alguien me dijo:

-Tienes aún que profetizar sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.

 

**• El autor del libro del Apocalipsis está implicado personalmente en el acontecimiento profético. Oye, en efecto, una voz del cielo que le invita a tomar el libro y devorarlo (w. 8ss). Sigue la orden con prontitud y, apenas lo ha engullido, siente al mismo tiempo dulzura y amargura (v. 10). Tenemos aquí un símbolo muy claro de la misión profética a la que está llamado no sólo

Juan, sino cualquier miembro del pueblo de Dios. La Palabra, que, aunque está sellada en el gran libro, quiere convertirse en una voz que llega a cada uno de nosotros, nos interpela y nos responsabiliza en nuestra tarea de oyentes y de testigos de la misma. A nadie le es lícito desatenderla o desconocerla: el bautismo fundamenta en cada uno de nosotros el derecho-deber al apostolado entendido como «servicio» a la Palabra.

Dulzura en la boca y amargura en las vísceras: en este contraste advertimos el drama de quien, en relación con la Palabra, siente no sólo el derecho a la escucha, sino también el deber del testimonio. En efecto, el verdadero profeta no puede dejar de compartir el destino de la Palabra, más precisamente de aquel que es la Palabra.

Un destino pascual, como bien sabemos, es decir, abierto al sufrimiento y a la alegría, a las tinieblas y a la luz, a la muerte y a la vida. El mandamiento final: «Tienes aún que profetizar» (v. 11), tiene la función de atestiguar que la misión profética para el creyente no es algo opcional, sino -al contrario- objeto de un camino divino y la expresión más genuina de su ser.

 

Evangelio: Lucas 19,45-48

En aquel tiempo,

45 Jesús entró en el templo e inmediatamente se puso a expulsar a los vendedores,

46 diciéndoles: -Está escrito: Mi casa ha de ser casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones.

47 Jesús enseñaba todos los días en el templo. Los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los principales del pueblo trataban de acabar con él.

48 Pero no encontraban el modo de hacerlo, porque el pueblo entero estaba escuchándolo, pendiente de su palabra.

 

       **• Los sinópticos colocan el episodio de la purificación del templo casi para introducir los relatos de la última cena y de la pasión. En este pasaje evangélico de Lucas se distinguen dos unidades: la expulsión de los vendedores (w. 45ss) y la enseñanza de Jesús, que provoca la reacción de sus adversarios (w. 47ss). En ambos casos entra Jesús en el templo como cualquier judío observante, pero actúa con una autoridad que sorprende y desconcierta. Lucas no insiste en la descripción de los detalles particulares, sino que se limita simplemente a decir «los vendedores», reuniendo así todos los comportamientos que, aunque no estén prohibidos, representan un ultraje para el lugar sagrado. Jesús los expulsa con dos citas proféticas, una de Isaías y otra de Jeremías. En la segunda parte, se dice simplemente que Jesús «enseñaba todos los días»: la normalidad de su presencia en el templo y la serenidad de su actividad de maestro hacen resaltar el contraste entre los jefes y el pueblo. En efecto, mientras este último le escucha y le sigue, los jefes buscan un pretexto para condenarle a muerte, aunque no saben cómo arreglárselas. La Palabra de Jesús es, una vez más, el «signo de contradicción» que revela los pensamientos secretos de los corazones y distingue a los creyentes de los incrédulos.

 

MEDITATIO

       Los documentales y las adaptaciones de los relatos evangélicos favorecen la creación de una imagen edulcorada y desteñida de la actividad pública de Jesús, una imagen que nos ha sido transmitida más por la costumbre que por la tradición. Nos sorprende que también Lucas, el más dócil de los evangelistas, muestre, sin embargo, en Jesús una actitud firme e incluso ruda, una decisión que desorienta a sus adversarios y los reduce al silencio.

       Mantenerse fieles a la Palabra, sin ceder a componendas, impone decisiones difíciles: el Reino de los Cielos se conquista con la violencia, dice Mateo (11,12), y precisamente Lucas afirma, en el momento decisivo, la necesidad de no sustraerse al combate: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome, y lo mismo el que tenga alforja, y el que no tenga espada que venda su manto y se la compre» (22,36).

       Nos impresiona Judas Macabeo, que consagra el templo casi con las manos aún sucias de la sangre de los enemigos. También nos impresiona Jesús cuando no vacila en molerse contra los poderosos, sabiendo que también el pueblo lo dará la espalda en seguida. Se requiere valor y fuerza para sostener posiciones impopulares, pero dictadas por la conciencia y por el Evangelio. Se requiere discernimiento, humildad y un prolongado trato con la Palabra de Dios para conjugar el rigor de los principios con la atención a las personas.

 

ORATIO

       Señor, hazme fuerte.

       Haz que no enmascare mi cobardía con la mansedumbre, que no confunda el respeto a las opiniones ajenas con la incapacidad de dar testimonio del Evangelio.

       Concédeme el discernimiento necesario para reconocer lo que es sagrado porque tú lo has querido, distinguiéndolo de lo que nosotros hemos revestido de un carácter sagrado porque así convenía a nuestros intereses humanos.

       Concédeme el valor de hablar cuando es necesario y de callar cuando es bueno hacerlo, sin que mi palabra y mi silencio estén guiados por el miedo o por el deseo de obtener ventajas para mí.

       Guíame tú, Señor, en todo instante de mi vida y en todo lugar, porque el mundo entero es sagrado para ti, como y más que los templos o las iglesias.

 

CONTEMPLATIO

       La oración auténtica es oración de la Iglesia: una oración sincera obra algo en la Iglesia y es la Iglesia misma la que ora, porque el Espíritu Santo que la anima es también el que en cada alma «intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26). Ésta es la verdadera oración, porque «nadie puede decir: "Jesús es Señor" si no está movido por el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). ¿Qué sería la oración de la Iglesia si no fuera don de los que aman con un gran amor al Dios que es amor? El don total de nuestro corazón a Dios es el estado más elevado accesible a nosotros, el grado más alto de la oración. Las almas que lo han alcanzado constituyen verdaderamente el corazón de la Iglesia: en ellas vive el amor sacerdotal de Jesús. Difunden en otros corazones el amor divino que las posee y colaboran así a la perfección de todos.

       Todo es unitario para las almas bienaventuradas que han llegado a la unidad profunda de la vida divina: reposo y acción, contemplar y actuar, callar y hablar. Mientras estamos en camino, y más aún mientras la meta está lejana, permanecemos bajo la ley de la vida temporal y, sin embargo, estamos seguros de que, en el Cuerpo místico, la vida divina en plenitud llegará a ser realidad para nosotros en virtud del mutuo y recíproco progresar de los miembros.

       Las formas tradicionales de oración también son necesarias, y debemos participar en el culto público, tal como lo establece la Iglesia, para que nuestra vida interior se sienta estimulada, permanezca en su justo equilibrio y se exprese del modo adecuado. La alabanza solemne de Dios debe tener sus santuarios en la tierra, para ser celebrada con toda la perfección de la que los hombres son capaces.

       En ellos y en nombre de toda la Iglesia, puede subir al cielo, actuar sobre todos los miembros, mantener despierta la vida interior y estimular su esfuerzo fraterno (E. Stein, Lapriére de l'Église, París 1965, pp. 51-55).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mi casa ha de ser casa de oración» (Lc 19,46).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       La Iglesia tiene como única misión hacer presente a Jesucristo en medio de los hombres. Debe anunciarlo, mostrarlo, darlo a todos. El resto está de sobra. Sabemos que no puede faltar a esta misión. La Iglesia es y será siempre, con toda verdad, la Iglesia de Cristo: «Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Ahora bien, es menester que lo que la Iglesia es en sí misma lo sea también en sus miembros. Lo que ella es para nosotros debe serlo también por medio de nosotros. También nosotros debemos ser anunciadores de Cristo, dejándole aparecer continuamente a través de nuestro ser. Todo esto es algo más que una obligación; es, podemos decir, una necesidad orgánica.

       ¿Responden siempre a ello nuestros hechos? ¿Anuncia la Iglesia, verdaderamente, a Jesucristo a través de nosotros? [...]. ¿Ha conservado nuestro mensaje la pureza de los primeros anunciadores? No por ello está siempre, necesariamente, iluminado o libre de consideraciones humanas un celo activo y sincero.

       La fe de quien procede puede no ser suficientemente pura [...]. Creamos, y sostenemos después, obras de todo tipo, y cada una de ellas responde a una necesidad indiscutible. Están las técnicas para cristianizar, técnicas que, por consiguiente, hemos de conocer antes que nada [...]. Hay una imponente variedad de tareas especializadas que requieren dotes adecuadas y requieren entrega, oscura o brillante. Todas estas cosas tal vez sean necesarias. Sin embargo, hemos de estar atentos siempre a presentar la Iglesia - y antes que nada a comprenderla- en su verdad total. En la Iglesia y a través de ella nos preocupamos constantemente por escuchar a aquel a quien ella anuncia, de remontarnos hasta aquel que es la única razón de su existencia.

       Cada uno de nosotros es miembro del único Cuerpo. Cada uno de nosotros, en el modesto sector en el que se mueve, es la Iglesia. La Iglesia debe anunciar el Evangelio por medio de cada uno de nosotros; debe hacer brillar su luz a los ojos de cada hombre que viene a este mundo, como el candelabro que sostiene la antorcha (H. de Lubac, Meditazioni sulla Chiesa, Milán 1993 [edición española: Meditación sobre la Iglesia, Encuentro Ediciones, Madrid 1980]).

 

 

Día 24

Sábado de la 33ª semana del Tiempo ordinario o

San Andrés Dung-Lac

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 11,4-12

A mí, Juan, se me dijo: Aquí están mis dos testigos.

4 Me refiero a los dos olivos y a los dos candelabros que están de pie en presencia del Señor de la tierra.

5 Si alguno intenta hacerles daño, de su boca saldrá fuego que devorará a sus enemigos; sin remedio morirá quien intente hacerles daño.

6 Tienen poder de cerrar el cielo para que no llueva durante el tiempo de su ministerio profético; tienen poder para convertir en sangre las aguas y para herir la tierra cuantas veces quieran con toda clase de calamidades.

7 Cuando hayan terminado de dar su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará.

8 Sus cadáveres quedarán sobre la plaza de la gran ciudad, que es llamada alegóricamente Sodoma y Egipto, y en la que fue también crucificado su Señor.

9 Durante tres días y medio contemplan sus cadáveres gentes de todo pueblo, raza, lengua y nación, sin que a nadie se permita darles sepultura.

10 Los habitantes de la tierra se alegran y se felicitan por su muerte y hasta se hacen regalos unos a otros, porque estos dos profetas constituían un tormento para ellos.

11 Pero después de tres días y medio, un espíritu divino entró en ellos, se pusieron en pie y un gran temor se apoderó de quienes los contemplaban.

12 Oyeron entonces una voz potente que les decía desde el cielo:

-Subid aquí.

Y subieron al cielo en una nube, a la vista de sus enemigos.

 

**• Este fragmento del Apocalipsis nos presenta la figura de «dos testigos» (v. 3a), símbolo de todos aquellos que han recibido la misión profética y, por eso, están dispuestos a anunciar el Evangelio. No es difícil intuir que, en cierto modo, también nosotros nos convertimos en actores de este magnífico drama. Los dos testigos gozan de la protección de Dios; de él reciben poderes extraordinarios; sobre todo, el Espíritu Santo, que hace fecunda su acción evangelizadora. Son, por consiguiente, instrumentos en las manos de Dios al servicio de toda la humanidad; son dignos de la veneración común y tendrán como premio la participación en la gloria de Dios.

Pero con una condición: que sigan el mismo camino que recorrió su maestro, Jesús. Deberán pasar por la terrible experiencia de la persecución y de la muerte.

«La bestia que sube del abismo» (v. 7) podrá cantar victoria, aunque sea de una manera provisional. «Sodoma y Egipto» (v. 8) exultarán por la muerte de estos dos testigos: será el triunfo momentáneo de las fuerzas del mal contra los testigos del Cordero. Pero «después de tres días y medio» cambiará la situación: los testigos resucitarán gracias a «un espíritu divino» (v. 11) y será grande el terror de todos.

El misterio pascual se realiza, por consiguiente, también en su vida: el camino del Maestro es también el suyo; su victoria es participación en la victoria de Jesús. Resucitaron y «subieron al cielo» (v. 12), allí donde subió Jesús: el triunfo de los testigos debe llegar a su última meta: la comunión eterna con el Padre, tras haber vivido la comunión terrena con Jesús.

 

Evangelio: Lucas 20,27-40

En aquel tiempo,

27 se acercaron entonces unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

28 -Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si el hermano de uno muere dejando mujer sin hijos, su hermano debe casarse con la mujer para dar descendencia a su hermano.

29 Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos.

30 El segundo

31 y el tercero se casaron con la viuda, y así hasta los siete. Todos murieron sin dejar hijos.

32 Por fin murió también la mujer.

33 Así pues, en la resurrección, ¿de quién de ellos será mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella.

34 Jesús les dijo: -En la vida presente existe el matrimonio entre hombres y mujeres;

35 pero los que logren alcanzar la vida futura, cuando los muertos resuciten, no se casarán,

36 y es que ya no pueden morir, pues son como los ángeles, son hijos de Dios porque han resucitado.

37 Y el mismo Moisés da a entender en el episodio de la zarza que los muertos resucitan, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob.

38  No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él.

39 Entonces unos maestros de la Ley intervinieron diciendo: -Maestro, has respondido muy bien.

40 Y ya nadie se atrevía a preguntarle nada.

 

       **• Los saduceos que se acercan a Jesús para plantearle una pregunta tendenciosa eran uno de los grupos religiosos que existían en aquellos tiempos en Israel. Ligados a la clase sacerdotal y al culto del templo, y más tradicionalistas que los fariseos en el cumplimiento de la ley, los saduceos desaparecieron tras la destrucción del año 70 d. de C. Lucas observa que no creían en la resurrección (v. 27), una doctrina surgida hacía poco en la historia de Israel.

       La pregunta (w. 28-33) está planteada con el estilo típico de las disputas rabínicas, presentando un caso y pidiendo al rabí, aquí Jesús, que proponga la solución; se trata, claro está, de un caso límite, pensado a propósito para poner en dificultades a Jesús: ¿de quién será esposa la mujer que se ha casado con siete maridos?

       Jesús, como suele hacer con frecuencia, responde trasladando el ámbito de la cuestión a otra dimensión, la suya, la del Reino de los Cielos: después de la resurrección, las relaciones humanas ya no son comparables

a las de esta vida (vv. 34-36). En la segunda parte de su respuesta (w. 37ss) Jesús expone un argumento bíblico en favor de la resurrección, remitiendo de este modo a los saduceos a lo que ya deberían saber, si leyeran con espíritu puro las palabras de Moisés (cf. Ex 3,2-6): el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob no es un Dios de muertos, y esto significa que Abrahán, Isaac y Jacob viven en él.

       Ante la respuesta de Jesús, los que le habían interrogado enmudecen y ya no se atreven a dirigirle otras preguntas (w. 39ss): una observación característica de Lucas.

 

MEDITATIO

       La muerte es la línea divisoria que separa, sin posibilidad de confusión, lo verdadero de lo falso. Es el momento culminante de la vida, más importante que el mismo nacimiento, del que no éramos conscientes, crisol en el que se templan las decisiones fundamentales que determinan nuestro destino. La vida de cada uno de nosotros dura lo necesario para prepararnos a morir, y el modo como lo hayamos hecho decidirá la calidad de la vida nueva que nos está preparada desde siempre.

       La «novela» de los Macabeos lo muestra a su manera, con la tardía toma de conciencia de Antíoco IV: «Por eso me han venido estas desgracias y me muero de tristeza en tierra extraña», reconocimiento de una justicia cruel, pero irreprochable. La palabra liberadora del Evangelio le ha quitado a la muerte su «aguijón» {cf 1 Cor 15,55), restituyéndole su auténtica característica de paso de una vida imperfecta y precaria a la vida plena y eterna según el proyecto del Creador.

 

ORATIO

       Señor, ayúdame a vivir esperándote.

       Tengo miedo de la muerte, Señor. Tengo miedo de la muerte de los otros, de las personas queridas de las que no podré prescindir. Dame unos ojos puros para que sea capaz de ver más allá de las apariencias, más allá del «muro de sombra» que me separa de ti. Concédeme un corazón sencillo para que no sucumba ante las preguntas sin respuesta.

       No busco, Señor, razonamientos profundos ni soluciones geniales. Pero tengo necesidad de encontrar un sentido a la vida y a la muerte, la tengo cada vez que la mirada de un hermano que sufre se cruza con la mía. Ayúdame a aceptar el silencio y la falta de respuestas. Ayúdame a creer que eres tú el Señor de la vida, aun cuando la vida sea una cosa frágil y se me escape de las manos.

 

CONTEMPLATIO

       Oh Jerusalén celestial, casa luminosa y espléndida, amo desde siempre tu belleza y el lugar donde habita la gloria de mi Señor. Por ti suspira mi peregrinación. He ido errante como oveja perdida, pero sobre los hombros de mi pastor -de tu arquitecto- espero ser llevado de nuevo a ti. Jerusalén, morada eterna de Dios, que no se olvide de ti mi alma; sé tú mi alegría; que el dulce recuerdo de tu nombre dichoso me alivie de la tristeza y de lo que me oprime. No está, en efecto, aquí abajo nuestra ciudadanía estable: nuestra patria está en los cielos, de donde esperamos al Señor Jesucristo, que transfigurará nuestro miserable cuerpo mortal para configurarlo con su cuerpo glorioso.

       Jerusalén santa, te suplico por la caridad de la que eres madre que no te olvides nunca de la Iglesia que anda todavía peregrina por la tierra. No te canses de rezar por esta parte de ti y sostenía con tu protección para que un día consiga unirse a ti para siempre.

       Felices santos de Dios que ya habéis cruzado el mar turbulento de esta condición mortal y ya habéis llegado al puerto de la quietud infinita, de la seguridad y de la paz: vosotros, que ahora estáis seguros, tened cuidado de nosotros. Os lo suplico: acordaos de nosotros, miserables, sacudidos todavía en el mar de esta vida por las olas que se levantan a nuestro alrededor. Interceded y rogad por nosotros, y que en los brazos de vuestras oraciones podamos ser llevados también nosotros a nuestro Dios. Somos frágiles, hombres de nada, sin virtud. Lo sabéis bien. Nos sostiene en realidad el leño de la cruz, y en él tenemos la esperanza de realizar la travesía hasta el puerto. Que, por vuestros méritos y vuestras santas oraciones, se nos conceda llevar salva la nave e íntegra su carga hasta la entrada en el puerto tranquilo de la gloria eterna. Tú sobre todo. Reina del cielo y Señora de la tierra, siempre Virgen santísima, Madre de Dios y de nuestro Señor Jesucristo, ora por nosotros e intercede asiduamente por tus hijos (Juan de Fécamp, Confessione teológica, Milán 1986).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él» (Lc 20,38).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Ante nosotros se impone esta alternativa: o persuadirnos de que, más allá del tiempo, no existe una eternidad que nos espera, y entonces este caminar nuestro sobre la tierra -más aún, este correr nuestro- se quedaría sin meta y por consiguiente sin justificación y sentido, o convencernos de que, más allá del tiempo, hay para nosotros un atracadero, un destino de plenitud, una casa última y segura tras la continua mudanza del espíritu, y entonces sólo a la luz de la eternidad debemos valorar todos los actos y todos los acontecimientos.

       Hay quien considera que el pensamiento de la vida eterna impide saborear plenamente las alegrías de la vida presente. La verdad es lo contrario: encuentro más gusto en vivir los días que me son dados aquí abajo cuando sé que tienen un sentido y un objetivo, cuando sé que no constituyen una carrera hacia la nada; vivo con mayor placer cuando estoy persuadido de que no vivo para nada.

       Nunca ha estado el hombre sumergido como hoy en lo llamativo y en lo efímero, y nunca como hoy ha tenido necesidad de lo que es sustancioso y no perecedero. Se deja trastornar por ritmos y sonidos que le quitan la capacidad de reflexionar, se deja encaminar de una manera pasiva y estólida hacia la catástrofe de la muerte, y nunca como hoy ha sentido tantos deseos de vivir. Tiene necesidad de una vida verdadera, no de un frenesí que remedie sólo exteriormente la exuberancia del espíritu; tiene necesidad de una vida plena, no de sensaciones epidérmicas que proporcionan la ilusión de la satisfacción, mientras que el corazón permanece árido y la mente está desierta de toda verdad y toda certeza.       La «vida eterna» -esa que ya puede ser nuestra desde ahora-, según nos ha dicho el Señor, es ésta: «Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a aquel que has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). No se trata de dos conocimientos: es el mismo e idéntico conocimiento que conduce, a quien ha descubierto de una manera existencial al Señor Jesús y se ha entregado a él, a la comunión de vida con el Creador de todo, principio y meta de toda aventura humana (G. Biffi, La meraviglia del)'evento cristiano, Cásale Monf. 199ó, pp. 436-438).

 

 

 

Día 25

Jesucristo, Rey del Universo

 

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 7, 13-14

 

13 Seguía yo contemplando estas visiones nocturnas y ví venir sobre las nubes alguien semejante a un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y fue conducido por él.

14 Se le dio poder, gloria y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su Reino jamás será destruido.

 

**• El significado profundo de este fragmento aparece cuando lo consideramos en el contexto del capítulo 7 de Daniel. Al profeta se le ha revelado el misterio de la historia. Ve la sucesión de diferentes reinos, representados simbólicamente por cuatro fieras espantosas, pero su prepotencia está destinada a desaparecer. Mientras los acontecimientos se suceden en el tiempo, en la dimensión copresente al mismo de la eternidad, la historia es juzgada por Dios sobre la base de las acciones de los hombres (vv. 9ss).

Las potencias de este mundo han sido condenadas y algunas ya sufren la pena (v. 11); otras, en cambio, la ven diferida «sólo hasta un determinado momento» (v. 12). Y he aquí que aparece en la trascendencia divina («sobre las nubes») «un hijo de hombre», a quien Dios le da un poder eterno y un reino invencible, que abarcará a todos los pueblos. Eso significa que su persona y su señorío son celestiales y terrenos, divinos y humanos al mismo tiempo. Contra su reino, que coincide con el Reino de los santos del Altísimo (vv. 17.32), se levantará aún la violencia de los poderosos de este mundo y parecerá victoriosa (vv. 24ss). Ahora bien, cuando el juicio de Dios se haga definitivo, el Reino del Hijo del hombre, o bien de los santos del Altísimo, triunfará para siempre (v. 26). Para expresar de manera eficaz esta realidad, Pablo adoptará la imagen del cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo y los fieles sus miembros.

El Reino de Cristo es, por consiguiente, también nuestro; nosotros también estamos llamados a participar en su realeza venciendo al pecado que nos asedia. Sumergidos como estamos en la historia, se nos pide que juzguemos los acontecimientos con el sentido de la fe y que vivamos en conformidad con la ley fundamental del amor, para que todo hombre pueda entrar por fin en el Reino de Dios.

 

Segunda lectura: Apocalipsis 1,5-8

5 Jesucristo es el testigo fidedigno, el primero en resucitar de entre los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos liberó de nuestros pecados con su propia sangre,

6 al que nos ha constituido en reino y nos ha hecho sacerdotes para Dios, su Padre, a él la gloria y el poder para siempre. Amén.

7 ¡Mirad cómo viene entre las nubes! Todos lo verán, incluso quienes lo traspasaron, y las razas todas de la tierra Jesucristo, rey del universo tendrán que lamentarse por su causa. Así será. Amén.

8 «Yo soy el alfa y la omega -dice el Señor Dios- el que es, el que era y el que está a punto de llegar, el todopoderoso».

 

**• En estos versículos, tomados del prólogo del Apocalipsis, se presenta esencialmente la realeza de Jesucristo como la realeza del Hijo del hombre («viene entre las nubes»: v. 7a). Aludiendo a la profecía de Daniel, el vidente puede afirmar, por tanto, que Jesús es el revelador del Padre digno de fe («testigo fidedigno»), puesto que procede de Dios mismo. En cuanto Resucitado, es el arquetipo de una nueva estirpe destinada a la vida eterna. Por último, es «soberano de los reyes de la tierra», porque ha venido a traer a la tierra el Reino de Dios al que todos estarán sometidos al final.

El Hijo del hombre, Jesús, es el crucificado, «traspasado » por la incredulidad y por la violencia de muchos. Y precisamente de este modo ha manifestado su amor por nosotros y nos ha liberado de los pecados 0-(v. 5), dándonos la posibilidad de que se cumpla la antigua promesa: «Si me obedecéis y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía; seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa» (Ex 19,6).

Cuando llegue la hora, siempre inminente de su venida gloriosa, hasta los que le han rechazado deberán reconocerle y comprender el mal que han cometido. Ahora bien, los que desde ahora acogen el señorío de Cristo en su vida participan de su función real y sacerdotal.

De este modo entran en comunión con Dios, principio y fin de todo lo que existe, origen eterno del tiempo, que, sin embargo, viene a la historia para asumir la fatiga de todas las criaturas y llevarlas con el poder del amor a la libertad y a la salvación (v. 8).

 

Evangelio: Juan 18,33b-37

En aquel tiempo,

33 dijo Pilato a Jesús -¿Eres tú el rey de los judíos?

34 Jesús le contestó: -¿Dices eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?

35 Pilato replicó: -¿Acaso soy yo judío? Son los de tu propia nación y los jefes de los sacerdotes los que te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?

36 Jesús le explicó: -Mi Reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis seguidores hubieran luchado para impedir que yo cayese en manos de los judíos. Pero no, mi Reino no es de este mundo.

37 Pilato insistió: -Entonces, ¿eres rey? Jesús le respondió: -Soy rey, como tú dices. Y mi misión consiste en dar testimonio De la verdad. Precisamente para eso nací y para eso vine al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha la voz.

 

*•• El relato del proceso de Jesús ante Pilato tiene un gran relieve en el evangelio de Juan. La reflexión sobre el tema de la realeza está presente en todo el episodio, incluso en la declaración de Pilato: «¡Aquí tenéis a vuestro rey!» (19,14). Ahora bien, la «pretensión» de ser Hijo de Dios (19,7) es demasiado elevada para los judíos; ellos prefieren que este Mesías sea crucificado, y, obrando de este modo, reniegan de la historia de Israel y de sus mismas expectativas: «No tenemos otro rey que el César» (19,15).

Esta perícopa representa el centro teológico del relato joáneo. Se confrontan aquí conceptos muy diferentes de realeza: Pilato tenía el concepto político-militar que se podía hacer un romano (v. 37), pero aparece también el teocrático y a la vez político de los judíos (vv. 33ss);

Sin embargo, la realeza de Jesús pertenece a otra esfera: Jesucristo, rey del universo «no es de este mundo»; más aún, puede dejarse aplastar

por éste y resultar, de todos modos, vencedora (v. 36). Jesús es verdaderamente rey, pero no «de aquí abajo». Ha venido a este mundo a traer su Reino sobrenatural sin imponer su absoluta superioridad, asumiendo nuestra condición («para eso nací y para eso vine al mundo») para iluminarla con la luz de la verdad y hacer al hombre capaz de elegir el Reino de Dios.

La venida de Cristo obra, por consiguiente, una discriminación entre los que acogen su testimonio y los que lo rechazan. Es un testimonio verdadero sobre Dios -cuyo rostro revela Jesús en sí mismo- y, al mismo tiempo, sobre el hombre, tal como es según el designio del Padre («¡Ecce homo!»: 19,5): acogerlo significa entrar ya desde ahora en su Reino. En cambio, el que lo rechaza se somete al príncipe de este mundo (12,31): no

es posible mantenerse en un escepticismo neutral como intenta hacer Pilato (18,38). Quien reconoce a Jesus como rey no se preocupa de triunfar en este mundo, sino más bien de escuchar la voz de su Señor y de seguirle (v. 37b), para extender aquí abajo su Reino de verdad y de amor.

 

MEDITATIO

La liturgia de hoy nos invita a reavivar en nosotros el deseo de que Cristo reine verdaderamente en nuestra vida. Para que esto tenga lugar, es menester renovar nuestra adhesión a él, que nos amó primero y libró por nosotros la gran batalla hasta dejarse herir de muerte para destruir en su cuerpo clavado en la cruz nuestro pecado. Cristo venció así. Su triunfo es el triunfo del amor sobre el odio, sobre el mal, sobre la ingratitud.

 

<*• Cristo es un rey crucificado; sin embargo, su poder está precisamente en la entrega de sí mismo hasta el extremo: es un rey coronado de espinas, colgado en la cruz, y sigue como tal para siempre, incluso ahora que está en la presencia del Padre, a donde ha vuelto después de la resurrección. Se trata de una realeza difícil de comprender desde el punto de vista humano, a no ser que emprendamos el camino del amor humilde, de la vida que se hace servicio y entrega. Si emprendemos ese camino, el mismo Espíritu nos hará capaces de configurarnos con el humilde rey de la gloria, de quien todo cristiano está llamado a ser discípulo enamorado.

Esto traerá consigo, necesariamente, una sombra de muerte, de muerte a todo un mundo de egoísmos, de pasiones, de vanos deseos y de arrogancias indebidas: una muerte que, sin embargo, se traduce en libertad para nosotros mismos y en crecimiento para los otros, en vida verdadera y en plenitud de alegría. Nuestro camino en la historia prosigue con sus cansancios, pero nuestro corazón puede saborear de manera anticipada la dulzura de este Reino de luz infinita en el que sólo se entra por la puerta estrecha de la cruz.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú te escondiste a los ojos de todos para orar al Padre en secreto, cuando la muchedumbre, maravillada y admirada por los milagros que realizabas, te buscaba para proclamarte, Sólo en la hora de la pasión, cuando todos te habían abandonado y ser proclamado rey ya no era motivo de jactancia, sino que se había vuelto para ti causa de condena, sólo entonces declaraste tu señorío universal. Obrando de este modo nos enseñaste con tu misma muerte que reinar es servir amando hasta la entrega total de nosotros mismos.

Concédenos también reconocer tu realeza no de palabra, sino dejando crecer y dilatarse en nosotros tu Reino, para que seamos, en la historia, irradiación de tu presencia de paz y motivo de consuelo y esperanza para todos nuestros hermanos.

 

CONTEMPLATIO

Tú, oh Cristo, eres el Reino de los Cielos la tierra prometida a los humildes; tú, eres el pasto del paraíso, el cenáculo para el banquete divino; tú, la sala de las nupcias inefables, la mesa suntuosamente preparada para todos.

Oh Cristo, no me abandones en medio de este mundo, puesto que sólo te amo a ti, aunque todavía no te he conocido; yo, que estoy completamente a merced de las pasiones; yo, que no te conozco, pues ¿acaso tiene necesidad de los placeres del mundo quien te ha conocido? ¿Quién, que te haya amado, irá en busca de cualquier otro placer? ¿O se sentirá apremiado a ir en busca de cualquier otro amigo?

Dios, creador del universo, que me has dado lo que tengo de bueno, ten benévola compasión de mi pobre alma; concédeme un correcto discernimiento para que me deje atraer por tus bienes eternos y sólo por ellos.

Te amaré con todo el corazón, persiguiendo sólo tu gloria sin preocuparme en absoluto de la gloria de los hombres, a fin de llegar a ser uno contigo ya ahora y después de la muerte, obteniendo así, oh Cristo, reinar contigo, que aceptaste por mi amor la más infamante de las muertes. Entonces seré el más feliz entre todos los hombres. Amén, así sea, oh Señor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos (Simeón el Nuevo Teólogo, en C. Berselli [ed.], Inni a Cristo nel primo millennio delta

Chiesa, Roma 1981, pp. 168-170).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Venga a nosotros, Señor, tu Reino de luz».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús, que está a punto de subir al patíbulo, sin que se intente un solo gesto, de la tierra o del cielo, para defenderle, este mismo Jesús afirma con una calma suprema: «Yo soy rey».

Rey, es decir, no sólo libre (y está atado), sino también Señor (y están a punto de matarle).

Aquel instante exigía la fe más firme, porque era el de la oscuridad más profunda, era el momento en que daba la impresión de que del Dios-nombre ya no quedaba nada de Dios y, dentro de muy poco, tampoco quedaría nada del hombre. No era difícil creer en el poder de Jesús cuando mandaba sobre las enfermedades, sobre la tempestad, sobre la muerte. Ahora bien, para pensar como Rey y como Dios a uno que ha sido vencido, aplastado, reducido a nada, es preciso recurrir a una lógica que invierta cualquier pensamiento humano, es preciso dejar que se hunda nuestra propia inteligencia en las tinieblas más densas; en una palabra, renunciar a cualquier otra luz que no sea la de la confianza ciega, propia del amor [...].

En aquel momento era menester el amor mismo de Dios para comprender que el despojo total podría constituir la ofrenda suprema del amor, para descubrir en la aniquilación de la cruz la manifestación más sublime de la omnipotencia de Dios.

Jesús manifiesta su propia realeza y su soberano señorío sirviéndose de la mala voluntad de los hombres para cumplir su voluntad de salvación, utilizando su odio para su obra de amor.

Le crucificaban para quitarle de en medio, y he aquí que lo vuelven a zambullir en la eternidad de donde había venido y que, con su retorno, volverá a abrirla a todos los hombres (I. Riviére, A chaqué jour suffit sa joie, París 1949, pp. 171 ss).

 

 

Día 26

Lunes de la 34ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 14,1-3-4b-5

Yo, Juan,

1 volví a mirar y he aquí que el Cordero estaba de pie sobre el monte Sión. Estaban con él los ciento cuarenta y cuatro mil que tenían su nombre y el nombre de su Padre escrito en la frente.

2 Y oí una voz que venía del cielo, voz como de aguas caudalosas y truenos fragorosos. Sin embargo, la voz que oí era como el sonido de citaristas tocando sus cítaras.

3 Cantaban un cántico nuevo delante del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Un cántico que nadie podía aprender, excepto aquellos ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra.

4 Éstos son los que siguen al Cordero a dondequiera que va, los rescatados de entre los hombres como primeros frutos para Dios y para el Cordero,

5 los de labios sinceros y conducta irreprochable.

 

*» El libro del Apocalipsis, a medida que se desarrolla el drama, compromete con su mensaje a un número cada vez mayor de personas: el pueblo de los elegidos entra en una relación maravillosa con Dios y con Jesús, el Cordero inmolado. La perspectiva eclesial caracteriza, por consiguiente, el mensaje del evangelista Juan; más aún, si la consideramos bien, la perspectiva se vuelve universal. El símbolo numérico empleado en este texto bíblico es muy claro: «.Ciento cuarenta y cuatro mil» (w. 1.3b) corresponde, en efecto, a 12 x 12 x 1.000, producto de tres números que -cada uno de ellos- significan perfección. Es como decir que éste no ha de ser considerado un número cerrado, sino un número abierto que encontrará su perfección sólo cuando todos los llamados sean también elegidos.

El otro símbolo empleado por Juan es el del monte, «el monte Sión», en el que se reúnen todos los que llevan en la frente el nombre del Cordero y el de su Padre (v. 1). Tener el nombre significa entrar en una relación muy especial con la persona: en este caso, el pueblo de los elegidos se caracteriza por su especial relación con Dios y con Jesús. Mediante la fe es como se entra a formar parte de este pueblo que es la comunidad de los que invocan el Nombre y reconocen en él la fuente de su salvación. Es un pueblo que cree, y por eso canta: «Cantaban un cántico nuevo delante del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Un cántico que nadie podía aprender, excepto aquellos ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra» (v. 3). No es difícil reconocer en este cántico el aleluya pascual que se transforma en un aleluya eterno.

 

Evangelio: Lucas 21,1-4

En aquel tiempo,

1 estaba Jesús en el templo y veía cómo los ricos iban echando dinero en el cofre de las ofrendas.

2 Vio también a una viuda pobre que echaba dos monedas de poco valor.

3 Y dijo:

-Os aseguro que esa viuda pobre ha echado más que todos los demás,

4 porque ésos han echado de lo que les sobra, mientras que ésta ha echado, de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir.

 

*» Advertimos dos grandes contrastes en esta página evangélica: el que existe entre los «ricos» y la «viuda», y el que existe entre «lo que sobra» y «lo necesario para vivir». De este modo, Lucas nos hace entrar de inmediato en una situación de vida que -tanto hoy como ayer- nos interpela con todo su dramatismo. El evangelio no nos ofrece exhortaciones piadosas, casi sedantes, sino que nos ilumina con una luz nueva para que podamos leer a fondo y con perspectiva las situaciones históricas en las que vivimos.

Jesús ve y elogia a la viuda pobre; ve y no puede dejar de censurar la acción de los ricos. La mirada de Jesús es como un juicio emitido sobre aquellos que tienen una relación distinta con los bienes, con el dinero. Un juicio que siempre resulta difícil de aceptar, pero que, no obstante, ilumina perfectamente no sólo el gesto, sino también el corazón de las personas.

En primer lugar, Jesús elogia a la viuda pobre por «las dos monedas de poco valor» que ha ofrecido al templo. También aquí se da un fuerte contraste en las palabras de Jesús: dos monedas de poco valor son siempre dos monedas de poco valor, pero Jesús las considera más preciosas que las ricas ofrendas de los acomodados.

¿Cómo pensar en este gesto de la viuda sin compararlo con el de la mujer anónima que, la víspera de la pasión de Jesús, perfumó su cabeza con un perfume precioso? Se trata en ambos casos de una «buena acción», que como tal complace a Jesús bastante más que cualquier otra ofrenda. El poco de la viuda pobre es todo a los ojos de Dios, mientras que el mucho de los ricos es simplemente lo superfluo. También aquí captamos un juicio bastante claro: en efecto, Dios sopesa el valor cualitativo y no sólo el cuantitativo de nuestras acciones. Es sólo él quien lee en nuestros corazones y nos conoce a fondo.

  

MEDITATIO

       La adhesión a la ley no es nunca puro formalismo. Nosotros somos muy acomodaticios, y nos parece excesivo el firme rechazo que Daniel y sus compañeros oponen a la orden de alimentarse con alimentos impuros de la mesa del rey. No sabemos leer el valor simbólico de las normas alimentarias, que ponen aparte al pueblo consagrado al Señor para dar testimonio de la veracidad de su Palabra: nos parecen preceptos de escasa importancia.

       Damos importancia a lo que se ve, no al significado profundo e interior de las cosas: para nosotros, vale más la ofrenda de los ricos, y despreciamos la modesta moneda de la viuda pobre.

       Sin embargo, Jesús y -antes que él- las Sagradas Escrituras de Israel nos enseñan a leer en el interior de los corazones y a considerar el sentido auténtico de cada gesto. Nos hacen comprender que también es posible arriesgar la vida para dar testimonio de la fidelidad a un pequeño precepto, que procede, no obstante, de la boca del Señor; nos hacen comprender que lo importante es darnos a nosotros mismos, dar nuestra vida, y no simplemente el dinero que nos sobra o que no nos sirve, aun cuando se trate de una gran cantidad.

 

ORATIO

       Concédeme, Señor, el discernimiento necesario para reconocer el verdadero valor de las cosas. Es demasiado fuerte la tentación de dejarme llevar por las opiniones que corren, de seguir la moda del «es lo que hacen todos», de ceder al vivir tranquilo.

       La responsabilidad de dar testimonio de tu Palabra me resulta, con frecuencia, demasiado dura. Ayúdame a serte fiel, Señor. También yo tengo miedo de que el seguimiento de tus mandatos me debilite a los ojos del mundo; también yo admiro y sigo a los ricos y no a los pobres. Perdona mi fragilidad y mi incoherencia.

 

CONTEMPLATIO

       Carísimos: no nos mostremos avaros con lo que tenemos como si fuera nuestro, sino hagámoslo producir como si nos hubiera sido dado como préstamo. Nos ha sido confiada, en efecto, la administración y el uso temporal de los bienes comunes, no la posesión eterna de una cosa privada. Recordad a los que, en el Evangelio, habían recibido los talentos del Señor y lo que el padre de familia, a su vuelta, dio a cada uno como recompensa: entonces os daréis cuenta de que es más ventajoso poner en la mesa del Señor el dinero que nos da, para que lo hagamos fructificar, que conservarlo intacto.

       Acordémonos de aquella viuda que, olvidándose de sí misma por amor a los pobres, echó todo cuanto tenía para vivir, pensando sólo en el futuro. Ofreció todo lo que tenía para poseer los bienes invisibles. Aquella pobrecita no despreció las normas establecidas por Dios en orden a la conquista del premio futuro; por eso el mismo legislador no se olvidó de ella; más aún, el juez del mundo anticipó su sentencia y preanunció en el evangelio que sería coronada en el día del juicio.

       Hagamos, pues, deudor a Dios con sus mismos dones. Nada poseemos que él no nos haya dado. Y, sobre todo, ¿cómo podemos pensar que tenemos algo nuestro, nosotros, que no nos pertenecemos a nosotros mismos por tener contraída una obligación particular con Dios, no sólo porque hemos sido creados por él, sino también redimidos? Alegrémonos porque hemos sido comprados de nuevo a un precio elevado (cf. 1 Cor 6,20) con la sangre del mismo Señor y por eso hemos dejado de ser personas viles como esclavos; en efecto, querer ser independientes de la ley divina es una libertad más despreciable que la esclavitud.

       Restituyamos, por consiguiente, al Señor los dones que son suyos; démoselos a él, que recibe en la persona de cada pobre; démoselos con alegría, lo repito, para recibir de él en la exultación, como él mismo dijo (cf. Sal 125,5) (Paulino de Ñola, Lettere 34, 2-4).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ha echado, de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir» (Lc 21,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Dios está inclinado siempre hacia nosotros; es, podríamos decir, alguien que se entrega a sí mismo y se hace clon perfecto, total, eterno, y eso sin tregua. Somos nosotros, los destinatarios del don, los que estamos cerrados, los que no le acogemos, y por eso recibimos o no recibimos en absoluto lo que nunca cesa de ofrecérsenos. Pero él escucha todas las plegarias, realiza todos los milagros, consuma todos los misterios de la salvación.

       Somos nosotros quienes no estamos dispuestos a acogerlos. El don de Dios es infinito, se ofrece siempre, pero nosotros siempre podemos, por así decirlo, anularlo, restringirlo, rechazarlo [...]. No hay grandeza sino en el amor, en la entrega de uno mismo, y amar es, precisamente, vaciarnos de nosotros mismos, ser pobres de nosotros mismos, hacer de nosotros mismos un espacio en el que el otro pueda respirar su propia vida. Ahora bien, precisamente porque esa pobreza en su infinita fuente está en Dios, precisamente porque nosotros nunca podremos ser pobres como Dios, podemos encaminarnos hacia ese despojo y aumentar cada día nuestra generosidad, pero nunca conseguiremos ser pobres como lo es Dios. Por otra parte, si Dios nos llama a la alegría de la entrena total, lo hace justamente porque quiere nuestra grandeza, y la lleva a su colmo cuando nos confía su propia vida, cuando pone en nuestras manos su destino en la historia (M. Zundel, «Salvare Dio da noi stessi», en La Vie Sp/r/W/e725[1997],715ss).

 

 

Día 27

Martes de la 34ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 14,14-19

Yo, Juan,

14 volví a mirar y vi una nube blanca. Sentado sobre la nube estaba un ser de aspecto humano con una corona de oro sobre la cabeza y una hoz afilada en la mano.

15 Salió del templo otro ángel y gritó con voz potente al que estaba sentado en la nube:

-Mete tu hoz y comienza a segar. Es el tiempo de la siega, pues está ya seca la mies.

16 El que estaba sentado sobre la nube acercó su hoz a la tierra y la segó.

17 Y salió otro ángel del templo celeste llevando también una hoz afilada.

18 Y todavía un ángel más -el que tiene poder sobre el fuego— salió del altar y gritó con voz potente al que tenía la hoz afilada:

-Mete tu hoz afilada y vendimia los racimos de la viña de la tierra, pues están ya las uvas en sazón.

19 Acercó el ángel su hoz a la tierra, vendimió la viña de la tierra y arrojó las uvas al gran lagar de la ira de Dios.

 

*» En este fragmento del libro de Apocalipsis encontramos algunos símbolos cuya interpretación nos introduce en la comprensión del mensaje. En primer lugar, el símbolo de la nube (v. 14), que, según la tradición bíblica, expresa una teofanía, es decir, una aparición divina.

En este caso es el Hijo del hombre el que aparece para pronunciar el juicio y ofrecer la salvación. De ahí que este fragmento tenga un valor exquisitamente cristológico: el evangelista Juan quiere completar su mensaje sobre la persona y sobre la misión de Jesús.

Los símbolos de la siega (w. 15b. 16) y de la vendimia (w. 18b. 19) pretenden ilustrar el juicio que Jesús ha venido y vendrá a pronunciar sobre la humanidad. Se trata de un juicio abierto a la salvación, que es precisamente don de aquel cuyo nombre es Salvador. Justamente porque será Jesús quien pronuncie el juicio, no es lícito considerarlo sólo en su valor negativo: eso sería desconocer el don de Dios y sustraerse así a la voluntad salvífica universal del Señor. A buen seguro, el juicio manifiesta también un momento negativo: aquellos que hayan rechazado la salvación se encontrarán separados de Dios, como objeto de su justa cólera (v. 19), pero precisamente porque ellos mismos se han sustraído libremente a la divina misericordia.

El fragmento de Juan nos ofrece otro mensaje: existe una estrecha relación entre la vida presente y la futura, entre la vida terrena y la eterna. Todo dependerá de Dios y de su divina bondad, pero todo dependerá también de nuestras opciones personales y de las obras que realicemos.

 

Evangelio: Lucas 21,5-11

En aquel tiempo,

5 al oír a algunos que hablaban sobre la belleza de las piedras y exvotos que adornaban el templo, dijo:

6 -Vendrá un día en el que todo eso que veis quedará totalmente destruido; no quedará piedra sobre piedra.

7 Entonces le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?

8 Él contestó: -Estad atentos, para que no os engañen. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy, ha llegado la hora». No vayáis detrás de ellos.

9 Y cuando oigáis hablar de guerras y de revueltas, no os asustéis, porque es preciso que eso suceda antes, pero el fin no vendrá inmediatamente.

10 Les dijo además: -Se levantará nación contra nación y reino contra reino.

11 Habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambres, pestes, apariciones terroríficas y grandes portentos en el cielo.

 

       *»• Es el comienzo del «discurso escatológico» del evangelio de Lucas. Jesús se encuentra en el templo, donde enseña públicamente, y ha tenido ya algunas disputas con los maestros de la Ley y con los saduceos. Su discurso se apoya precisamente en la admiración que le produce la belleza del templo (v. 5). La predicción es drástica y fulminante: «Vendrá un día...» (v. 6), hasta tal punto que provoca en sus oyentes la inmediata petición de signos premonitorios (v. 7). La respuesta de Jesús pone primero en guardia contra los falsos signos que pueden inducir a engaño a los discípulos (w. 8-11) y, a continuación, predice la persecución como signo inequívoco (w. 12-19). «Estad atentos, para que no os engañen» (v. 8): se trata de un verbo típico de la terminología apocalíptica. Son muchos, en electo, los que hablarán en nombre de Jesús, pero lo harán en falso; por eso las guerras y revoluciones no deberán asustar a los discípulos (v. 9a).

       Lucas escribe en una época en la que el «retraso de la parusía» supone ya un problema para la comunidad, que padece persecuciones y desgracias, pero no sabe cuándo vendrá el fin: de ahí que sea necesario reforzar la paciencia y la esperanza y tranquilizar respecto al cumplimiento del futuro. Todo esto, dice Jesús, deberá sucede antes del fin, pero el fin no «vendrá inmediatamente» (v. 9b). La descripción de los acontecimientos que precederán al fin es incluso detallada (w. lOss), para hacer entrever la posibilidad de un tiempo intermedio (el tiempo de la Iglesia) muy largo, en el que la comunidad deberá perseverar en el testimonio.

 

MEDITATIO

       Las visiones apocalípticas tienen siempre una fuerte carga simbólica. Es menester ir más allá de las imágenes coloridas para captar su sentido. Jesús nos invita a no quedarnos en las apariencias: por muy grandioso y espléndido que sea el templo, no quedará piedra sobre piedra de él. La enorme estatua aparecida en el sueño de Nabucodonosor se hace añicos, golpeada por una piedra pequeña. No siempre los signos resultan de fácil lectura; es más, también sobre esto nos pone en guardia Jesús.

       Quisiéramos saber siempre por anticipado lo que nos espera, y nos sentimos aterrorizados por los «profetas de mal agüero», como los llamaba el papa Juan XXIII. Jesús nos tranquiliza, pero sin permitirnos que nos hagamos ilusiones: habrá, es cierto, trastornos y desastres, pero el futuro está en manos del Señor y debemos confiarnos con sencillez a él. También el libro de Daniel, con sus descripciones de prodigios tremendos, resulta tranquilizador: la estatua se derrumbará y con ella desaparecerán los reinos de la tierra; la piedra pequeña simboliza el Reino eterno de Dios, preparado desde siempre para los justos. No hay ningún motivo para tener miedo.

 

ORATIO

       Señor, tengo miedo.

       Me gustaría parecer desinhibido y moderno y sonreír ante las terribles previsiones apocalípticas, como si fueran fábulas de otros tiempos. Sin embargo, tengo miedo del mañana, tengo miedo del sufrimiento, tengo miedo de lo que no conozco.

       También me gustaría preguntarte cuándo tendrá lugar todo esto, pero no me atrevo a hacerlo. Concédeme, Señor, unos ojos puros y un corazón sencillo, para que sepa situar cada cosa bajo el juicio de la Palabra y para que sepa leer los signos de los tiempos. Me gustaría pedirte que me ahorraras las calamidades de las que hablas.

       Me gustaría pedirte que alejaras de la tierra las guerras, las destrucciones, las carestías, las pestilencias. Hazme comprender, Señor, por qué es necesario que todo esto tenga lugar. Sostenme, Señor, para que la fe que me has dado me ayude a vencer el miedo.

 

CONTEMPLATIO

       Tiende, oh Padre, una vez más tus manos para acoger al pobre. Ensancha tu seno para acoger en él a un número mayor. Nosotros iremos junto a los que reposan en el Reino de Dios, junto con Abrahán, Isaac y Jacob [...].

       Iremos al lugar donde se encuentra el paraíso de las delicias, allí donde Adán, que tropezó con los bandidos, ya no tiene ninguna razón para llorar por sus heridas, allí donde el mismo ladrón se alegra por haber entrado a formar parte del Reino de los Cielos, allí donde no hay nubes ni truenos ni relámpagos, allí donde no hay tempestades de vientos, ni tinieblas, ni sombras, donde ni el verano ni el invierno cambiarán el curso de las estaciones; allí donde no hará frío, ni granizo o lluvia, ni habrá necesidad de este sol o de esta luna, ni habrá los globos de las estrellas, sino que sólo brillará el fulgor de la gloria de Dios, pues el Señor será la luz de todos, y la luz verdadera que ilumina a cada hombre resplandecerá sobre todos. Iremos al lugar donde el Señor Jesús ha preparado a sus siervos muchas moradas (Ambrosio de Milán, Tratado sobre el bien de la muerte, XII, 53, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Dios del cielo hará surgir un Reino que jamás será destruido» (Dn 2,44).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Desde el único acontecimiento del nacimiento-vida-muerte-resurrección de Jesús hasta la parusía, todos los años son ¡guales para nosotros los cristianos: nos encontramos, en efecto, en los últimos tiempos, entre un «ya», acaecido en Jesucristo, y un «todavía no», esperado por toda la humanidad. Estos «últimos tiempos» no tienen nada de amenazador, ni de catastrófico para el hombre ni para la creación: no son el chronos que devora a sus hijos, sino el kairós, el tiempo propicio iniciado por Cristo y que cualifica a todo el resto del tiempo. Deben aparecer, por consiguiente, como un tiempo de gracia, como el tiempo favorable, como el día de la salvación en el que acoger la fe y vivir de ella. En consecuencia, este tiempo es siempre un «hoy», el hoy de Dios en el hoy de nuestra vida vivida, el hoy que Dios fija de nuevo para nosotros [...].

       Así es como el cristiano conoce y vive el tiempo: éste es siempre un «hoy», es siempre un «tiempo favorable» (2 Cor 6,2), es siempre un tiempo dejado por Dios para la conversión y para vivir de un modo bello y bueno en comunión y solidaridad con todos los hombres. Eso significa aprovechar el tiempo y hasta, como escribe Pablo (cf. Ef 5,1 ó), redimir, rescatar, salvar el tiempo como hombres provistos de sabiduría. Y nuestro tiempo, precisamente porque está marcado por el hoy de Dios, es un tiempo abierto a la eternidad, a la vida para siempre [...]. Si Dios está en el inicio de mi tiempo, si el Dios-hombre está en la plenitud del tiempo, ¿cómo podría no estar al final de mi tiempo?

       Si Cristo «es el mismo ayer, hoy y siempre», ¿cómo podríamos no estar con él para siempre nosotros, que lo hemos conocido en el tiempo, hoy? Nuestros días tienen un término, pero tienen también una finalidad: el encuentro con el Dios que viene, la vida eterna (E. Bianchi, Da Forestiero, Cásale Monf. 1995, pp. 49-52).

 

 

Día 28

Miércoles de la 34ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 15,1-4

Yo, Juan,

1 vi en el cielo otra señal grande y maravillosa: siete ángeles que llevaban las siete últimas plagas con las que había de consumarse la ira de Dios.

2 Vi también algo semejante a un mar, mezcla de fuego y de cristal; sobre este mar de cristal estaban, con las cítaras que Dios les había dado, los vencedores de la bestia, de su estatua y de su nombre cifrado.

3 Cantaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justo y fiel tu proceder, rey de las naciones.

4 ¿Cómo no respetarte, Señor? ¿Cómo no glorificarte? Sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán a postrarse ante ti, porque se han hecho patentes tus designios de salvación.

 

**• La referencia de este fragmento a los grandes hechos del Éxodo es más que evidente: debemos establecer un puente entre el fin y el principio, entre lo que profetiza el apóstol Juan y lo que Dios, al principio de la historia de la salvación, llevó a cabo en favor de su pueblo. Jesús, el Cordero inmolado, para introducir a los elegidos en el Reino del Padre, los hará pasar a través del «mar», que es el símbolo del mundo sumergido en el pecado.

Este paso será, por tanto, una pascua auténtica, una liberación de todo lo que es malo para alcanzar la salvación. El don de Dios tiene una eficacia particular: hace salir de Egipto, tierra de la esclavitud, y hace entrar en la tierra prometida, «una tierra que mana leche y miel» (Ex 3,8); libera del pecado e introduce en la comunión de vida con él. Este pueblo, precisamente por haber sido liberado, expresa su alegría mediante el canto; más exactamente, con «el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero» (v. 3). La referencia a Ex 15,1 ss es clara y resulta iluminadora. También el salmo responsorial de esta liturgia de la Palabra evoca el gran acontecimiento, y por eso corresponde muy bien a la alegría de un pueblo de salvados. Este don de la salvación asume una dimensión universal: el paso del Antiguo al Nuevo Testamento lo atestigua. «Todas las naciones vendrán a postrarse ante ti» (v. 4b): el don de Dios pasa a través de Israel, pero se abre a toda la humanidad. Dios no reserva sus dones sólo para algunos, sino que los ofrece a todos. De este modo alcanza su meta el mensaje del Apocalipsis.

 

Evangelio: Lucas 21,12-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

12 Os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y a las cárceles y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por  causa de mi nombre.

13 Esto os servirá para dar testimonio.

14 Haceos el propósito de no preocuparos por vuestra defensa,

15 porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a los que no podrá resistir ni contradecir ninguno de vuestros adversarios.

16 Seréis entregados incluso por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos, y a algunos de vosotros os matarán.

17 Todos os odiarán por mi causa,

18 pero ni un cabello de vuestra cabeza se perderá.

19 Si os mantenéis firmes, conseguiréis salvar vuestras almas.

 

       **• El segundo de los «signos premonitorios» que precederán al fin es la persecución: también ésta es ya una realidad cuando Lucas escribe su evangelio. Antes que todo lo demás, antes de los cataclismos y de las guerras, los discípulos serán detenidos y llevados a juicio «por causa» del nombre de Jesús (v. 12). Esto les proporcionará, dice Jesús por medio de Lucas, la ocasión de dar testimonio (v. 13): es una lectura positiva de la persecución.

       Lucas dirige a los discípulos desorientados, que no saben cómo defenderse (v. 14), un mensaje de esperanza; más aún, les transmite la certeza de la victoria: Jesús mismo les dará el lenguaje y la sabiduría necesarios para contradecir las acusaciones (v. 15). El contraste entre el v. 12 y el v. 15 es paralelo al que se da entre los w. 16ss y los w. 18ss: a pesar de las traiciones, del odio y del aislamiento, «ni un cabello de vuestra cabeza se perderá», y las «almas» (psychás, las «vidas») de los discípulos se salvarán.

 

MEDITATIO

       El lenguaje imaginativo y fuertemente evocador de los textos apocalípticos infunde terror; sin embargo, su mensaje es de esperanza. Las persecuciones, los abandonos y las traiciones no podrán nada contra quien se confía con sencillez al Señor. Los días del adversario están contados, dice Daniel; yo os daré lenguaje y sabiduría, dice Jesús, para reanimar los corazones desconcertados de los discípulos.

       La Escritura no guarda silencio sobre las pruebas que pondrán en peligro la vida de los testigos, no se muestra engañosa o falsamente consoladora. Cuanto más vivo y realista es el cuadro de la catástrofe, tanto más resalta la firmeza de la fe: palidece de terror el arrogante Baltasar mientras resuenan seguras las palabras de Daniel: «Dios ha contado los días de tu reinado y ha señalado un límite».

 

ORATIO

       Señor, haz que no se turbe mi corazón, que no tiemble cuando se me pida que dé cuenta de mi fe. Me falta el valor, no sé hablar, mi mente está confusa. Necesito la confortación de los otros, no soporto estar abandonado y solo.

       Perdóname, Señor, pero también estoy atormentado por la duda: «Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá».

       Perdóname, Señor, pero tengo miedo de que sea sólo una piadosa ilusión.

       Sólo tú puedes darme fuerza, Señor. Sólo tú puedes darme la fe, volver a dar esperanza a mi ánimo marchito.

       Sólo tú puedes darme «lenguaje y sabiduría» para resistir los ataques de tus adversarios y de los míos.

       Gracias, Señor, por no haberlo dejado todo sobre mis frágiles espaldas. Gracias porque precisamente mi fragilidad prueba que sólo en ti hay vida y salvación.

 

CONTEMPLATIO

       Sedme fieles. No temáis: maestros de la Ley y fariseos, autoridades y poderosos serán vuestros enemigos. Pareceréis abandonados -en realidad, estaréis seguros-. ¿Dónde?  En lo más seguro que el Señor ha ofrecido: en la Providencia. Ya hemos visto una vez lo que significa Providencia: no es el orden de la naturaleza, que se impone de por sí, sino el que el Padre establece en el hombre, que se le da por fe, siempre que el hombre reconozca a Dios como su Padre, se confíe a él y se tome a pecho, como ninguna otra cosa, el celo por su Reino.

       De este modo, los apóstoles no se espantarán frente a la persecución, porque estarán protegidos, y aunque tuvieran que perecer, ni siquiera entonces temerán, pues estarán convencidos de que lo que cuenta es inviolable.

       Quien los mate matará sólo el cuerpo; no pueden perjudicar al alma, pues está recogida en la fe de Jesús.

       También al alma le llega la hora de decidir entre la vida y la muerte: ante Dios, en el tribunal supremo. Dios la puede lanzar a la muerte eterna. Esto es lo único que deben temer los discípulos. Pero si han optado por Jesús, están vivos ante Dios y gozan de la vida eterna. La decisión mediante la que alguien se pone de parte de Jesús se lleva a cabo en lo exiguo de un instante, pero funda la eternidad [...].

       ¿Cómo debe comportarse, entonces, el hombre? Concentrando el espíritu en lo que dura eternamente y dejando que las cosas caducas pasen su tiempo. En Dios, no en el tiempo, debe estar su posesión. Ahora bien, esto sólo es posible cuando se tiene fe en Cristo. Entonces el hombre, viviendo de esta fe, puede obtener frutos de inmortalidad en las mismas cosas terrenas (R. Guardini, II Si^nore, Milán, 1949, pp. 222-224, passim [edición española: El Señor, Rialp, Madrid 1964]).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo os daré lenguaje y sabiduría» (Lc 21,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Frente a la pérdida del sentido, los creyentes están llamados sobre todo a poner a Cristo en el centro, calificándose como discípulos suyos, apasionados por su verdad, lo único que libera y salva. «Ven y Sígueme» es la llamada que resuena hoy más que nunca para los creyentes, porque hoy más que nunca es menester decir con la vida que hay razones para vivir y para vivir juntos, y que estas razones no están en nosotros mismos, sino en ese último horizonte que la fe nos hace reconocer como revelado y dado en Jesucristo. Se trata de redescubrir el primado de Dios en la fe y, por consiguiente, el primado de la dimensión contemplativa de la vida, entendida como fiel unión a Cristo en Dios, manteniendo el corazón atento al horizonte último que se nos ofrece en él. Tenemos necesidad de cristianos adultos, convencidos de su fe, expertos en la vida según el Espíritu, dispuestos a dar razón de su esperanza. En este sentido, la caridad más grande que se pide hoy a los discípulos del Crucificado resucitado es ser, con su vida, discípulos y testigos de aquel que es el verdadero sentido que no defrauda, la verdad que salva. En segundo lugar, los cristianos están llamados, hoy más que nunca, a hacerse siervos por amor, viviendo el éxodo de sí mismos sin retorno, siguiendo al Abandonado, construyendo el camino en comunión, mostrándose solidarios especialmente con los más débiles y los más pobres de sus compañeros de camino. Si Cristo está en el centro de nuestra vida y de la vida de toda la Iglesia, si él es aquel al que estamos suspendidos, atados a su cruz, iluminados por su resurrección, entonces no podemos considerarnos fuera de la historia de sufrimiento y lágrimas a la que él ha venido y donde ha hincado su cruz, para extender en ella el poder de su victoria pascual. Los discípulos de la verdad que salva no están nunca solos; están con él, al servicio del prójimo, viviendo así en la compañía del Dios con nosotros (B. Forte, // laici nella Chiesa e nella societá avile, Cásale Monf. 2000, pp. 77-79, passim).

 

 

Día 29

Jueves de la 34ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19,l-3.9a

Yo, Juan,

18,1 vi a otro ángel que bajaba del cielo con gran poder. La tierra quedó iluminada con su resplandor,

2 y el ángel gritó con voz potente, diciendo: ¡Cayó, cayó al fin la orgullosa Babilonia! Se ha convertido en mansión de demonios, en guarida de espíritus inmundos y de toda clase de aves inmundas y detestables.

21 Un ángel pleno de vigor levantó entonces un peñasco grande como una gigantesca rueda de molino y lo arrojó al mar, diciendo:

Así, de golpe, será arrojada Babilonia, la gran ciudad, y desaparecerá para siempre.

22 Ya no se volverá a oír en ti el son de los citaristas y los músicos, de los que tocan la flauta y la trompeta. Ya no habrá en ti artesanos ni se oirá la rueda del molino.

23 La luz del candil ya no alumbrará más en ti, ni el canto del novio y de la novia se oirá más en tus calles. Porque tus negociantes llegaron a ser los señores de la tierra y con tus maleficios embaucaste a todas las naciones.

19,1 Después de esto, oí en el cielo algo así como la voz potente de una inmensa muchedumbre que cantaba:

¡Aleluya! La salvación, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios,

2 que juzga con verdad y con justicia. Él ha condenado a la gran prostituta, la que corrompía la tierra con sus prostituciones, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos.

3 Y por segunda vez cantaban:

¡Aleluya! El humo de su incendio sigue subiendo por los siglos de los siglos.

9,a Entonces alguien me dijo:

-Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.

 

**• Esta visión que se ofrece al evangelista Juan tiene también la finalidad de iluminar la historia del pueblo de Dios en marcha. El cielo y el resplandor que de él se difunde (cf. 18,1) indican, de una manera clara, la procedencia divina de la Palabra que va a ser proclamada. Sólo quien escucha y recibe el mensaje podrá caminar seguro hacia la meta final.  Por un lado, se proclama el final de Babilonia, símbolo de las potencias adversas al Reino de Dios y tendentes a arrancar un culto idolátrico a los hombres. Se trata de una auténtica derrota de Babilonia, aunque de momento en su historia pueda parecer vencedora. La atina de la ciudad, según el juicio expresado por esta profecía, no es otra cosa que el mentís de cualquier intentó humano de oponerse al designio divino. La ausencia total de alegría en ella -faltarán el son de los citaristas, la luz del candil y el canto del novio y de la novias signo de la ausencia de Dios y de la sordera total de sus habitantes a la voz del Señor, que llama a la conversión (18,2.22ss).

Por el contrario, el aleluya proclamado inmediatamente después (19,1-3) expresa, con un contraste vigoroso e iluminador, la victoria de Dios sobre sus adversarios, la victoria del Cordero sobre sus enemigos y la alegría de los salvados con el poder de la pascua. El símbolo final de esta gozosa victoria es el «banquete de bodas» (19,9) que ofrece el Cordero a todos los invitados.

Se trata de un símbolo bíblico bien conocido, que nos invita a compartir el gran misterio de salvación de Dios, nuestro salvador, en la fe y en la esperanza.

 

Evangelio: Lucas 21,20-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

20 Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed que se acerca su devastación.

21 Entonces los que estén en Judea que huyan a los montes; los que estén dentro de la ciudad que se alejen, y los que estén en el campo que no entren en la ciudad.

22 Porque son días de venganza en los que se cumplirá todo lo que está escrito.

23 ¡Ay de las que estén encintas y criando en aquellos días! Porque habrá gran tribulación en la tierra y el castigo vendrá sobre este pueblo.

24 Caerán al filo de la espada e irán cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que llegue el tiempo señalado.

25 Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos, asustados por el estruendo del mar y de sus olas.

26 Los hombres se morirán de miedo al ver esa conmoción del universo, pues las potencias del cielo quedarán violentamente sacudidas.

27 Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y gloria.

28 Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.

 

       *+• La caída de Jerusalén es una clásica profecía ex eventu: sabemos que Lucas escribe después del año 70 d. de C. La descripción, con fuertes tonos apocalípticos, recurre al lenguaje de los profetas y presenta un cuadro terrible de los acontecimientos que se producirán cuando se cumpla el juicio sobre la ciudad santa («días de venganza»: v. 22).

       La desolación golpeará sobre todo allí donde se opone a los signos de vida (las mujeres encintas, los niños de pecho); el destino de muerte atravesará los mismos confines del pueblo de Israel para golpear a los gentiles (v. 24a), «hasta que llegue el tiempo señalado», esto es, el tiempo de la Iglesia de los testigos y de los mártires (v. 24b).

       Los acontecimientos cósmicos se reflejan en la angustia de todas las naciones (v. 25) y en el temor de lo que está por llegar (v. 26). La inspiración universal de este lenguaje, que engloba a toda la creación, aleja la determinación del tiempo preciso en el que todo esto sucederá, y, de este modo, Lucas puede introducir el acontecimiento decisivo, cuyo momento no puede ser conocido: la venida del Hijo del hombre, juicio para algunos, liberación para los creyentes (w. 27ss).

 

MEDITATIO

       Parece que los enemigos de Daniel van a triunfar sobre él, pues provocan su condena, a pesar de la benevolencia del rey. Jerusalén está destruida, y exterminada la población de Judea, aunque se trate de la ciudad santa. Sin embargo, precisamente en lo profundo de estas espantosas desventuras, se invierten las suertes: los leones que han respetado a Daniel devoran a sus adversarios, y, mientras los hombres mueren de miedo, los discípulos de Jesús levantan la cabeza, porque está cerca su liberación.

       No olvidemos que tanto el autor del libro de Daniel como el evangelista Lucas escribieron estas páginas en tiempos de persecución, en unos tiempos en los que la solución positiva y el fin de las tribulaciones se presentaban inciertos y lejanos. Los w. 21-24 del capítulo 21 de Lucas no son fruto de la fantasía, sino más bien un artículo de corresponsal de guerra que describe lo que sucede ante sus ojos. Dejaríamos de llorar por nosotros a causa de nuestras dificultades cotidianas si tuviéramos sólo una brizna de la fe atestiguada por las lecturas de hoy.

 

ORATIO

       Señor, tu Palabra me hace temblar hoy. Estoy entre los perseguidos que huyen a los montes, abandonando la ciudad, aterrorizados por signos celestes y por el estruendo del mar. Huyo porque ahora cae la «ciudad santa» que me daba refugio: la piedad tradicional en la que he crecido ya no me basta, ya no encuentro respuestas a mis dudas.

       Ayúdame, Señor, a leer tu voluntad incluso dentro de estas calamidades. Ayúdame a hacerles frente con un corazón sereno, como Daniel a los leones: si tú estás conmigo, no me descuartizarán. Ayúdame a mirar más allá de los cielos descompuestos: si tú estas conmigo, mis ojos verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes y me darás la fuerza necesaria para levantar la cabeza.

 

CONTEMPLATIO

       En todo el mundo visible está inscrito el misterio del tránsito. El misterio de la muerte. Nadie duda de que las cosas de aquí abajo padecen la destrucción y que, de este modo, pasa el mundo visible. Nadie duda de que el hombre muere en este mundo - y de este modo pasa el hombre-. A través del pasar del mundo, a través de la muerte del hombre, se revela Dios, aquel que no pasa. Él no está sometido al tiempo. Es eterno. Es aquel que al mismo tiempo «es, era y viene» (cf. Ap 1,8). Aquel que es totalmente trascendente respecto al mundo, como Espíritu infinito, abarca al mismo tiempo todo lo que ha sido creado y todo lo que respira: «En él, en efecto, vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28).

       Por consiguiente, no está sólo fuera del mundo, no está sólo en su inescrutable divinidad. Está al mismo tiempo en el mundo. El mundo está penetrado por su presencia. Y esa presencia habla siempre de su venida. De su venir. Así pues, Dios, como Creador y Señor del mundo, viene eternamente a este mundo, al que ha llamado de la nada a la existencia.

       Siempre vivimos en espera «de lo que deberá suceder sobre la tierra», como dice Cristo en el evangelio. Pues bien, Dios no está sólo «fuera del mundo». Entra en el destino del hombre sobre la tierra. Los hombres le verán como «Hijo del hombre» (Lc 21,27). «Redención» significa, precisamente, la presencia del Justo en medio de los pecadores. «Alcemos y levantemos la cabeza»: en efecto, en esta venida del Justo se encierra «nuestra salvación». La historia del hombre sobre la tierra no es sólo el tránsito hacia la muerte; es, sobre todo, una maduración para la vida en Dios (Juan Pablo II, Homilías, 1 de diciembre de 1985).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Esperar es mucho más que desear, pero nosotros confundimos a menudo lo uno con lo otro. Esperar es aguardar lo que la fe nos hace conocer: se trata, a buen seguro, de cosas oscuras, aunque incomparablemente más plenas. Esperar es aguardar con una confianza ilimitada lo que no conocemos, pero de parte de aquel cuyo amor sí conocemos. Recibimos en la misma medida con la que esperamos. Esperar así es amar, amar con amor de caridad a Dios y a los otros, porque es hacer nuestras las «ideas» de Dios sobre él y sobre lo que cada uno debe recibir de él. O esperar o actuar, según las circunstancias... En ambos casos nos pide el Señor radicalismo, esto es, o esperar a fondo o actuar a rondo. Esperar lo que no depende de nosotros es una buena ocasión para poner en Dios una confianza sin fisura.

       Cuando debemos intervenir en algo que verdaderamente supera nuestras posibilidades, es preciso confiarlo a Dios. Y confiarlo a Dios significa fiarse de él. Para que esta confianza sea real, efectivamente buena, no debemos dejar sitio en nosotros a la inquietud. Lo que el Señor nos pide es creerle Dios, esperar en él, porque él es tan poderoso como Dios. Esperar, de bruces sobre la tierra, inmóviles. Pero esperar con una esperanza vital, indestructible (M. Delbrél, Inaivisibile amore, Cásale Moni. 1994, pp. 77-79, passim).

 

 

Día 30

San Andrés (30 de noviembre)

 

Andrés, que ya era discípulo de Juan el Bautista, se puso a seguir a Jesús cuando el precursor le señaló como «Cordero de Dios» {cf. Jn 1,35-40). Le comunicó a Pedro, su hermano, que había descubierto al Mesías [cf. Jn l,41ss). Ambos fueron llamados por Jesús a orillas del lago de Genesaret para ser «pescadores de hombres» (Mt 4,18ss). Fue Andrés el que, en la multiplicación de los panes, indicó a Jesús al niño que tenía los cinco panes y los dos peces (Jn ó,8ss). Junto con Felipe, Andrés le dijo al Nazareno que algunos griegos querían verle (Jn 12,20ss). Según la tradición, Andrés murió crucificado en Patras; por eso se venera su memoria de un modo absolutamente especial en la Iglesia griega.

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 10,9-18

Hermano:

9 si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás.

10 En efecto, cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se alcanza la salvación.

11 Pues dice la Escritura: Quienquiera que ponga en él su confianza no quedará defraudado.

12 Y no hay distinción entre judío y no judío, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que lo invocan.

13 En una palabra, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

14 Ahora bien, ¿cómo van a invocar a aquél en quien no creen? ¿Y cómo van a creer en él si no les ha sido anunciado?

15 ¿Y cómo va a ser anunciado si nadie es enviado? Por eso dice la Escritura: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias!

16 Pero no todos han aceptado la Buena Nueva. Isaías lo dice: Señor, ¿quién ha dado crédito a nuestro mensaje?

17 En definitiva, la fe surge de la proclamación, y la proclamación se verifica mediante la palabra de Cristo.

18 Y digo yo: ¿es que no han oído? ¡Todo lo contrario! A toda la tierra ha llegado la voz de los mensajeros y hasta los confines del mundo sus palabras.

 

**• Según el mensaje paulino, es la fe lo que conduce a la salvación, por el simple hecho de que con ella nos abandonamos libre y totalmente a Dios (cf. Dei Verbum 5), reconociéndole como Salvador. Ahora bien, a la fe se llega mediante la escucha de la predicación.

El objeto de ambas, de la fe y de la predicación, es el misterio de Jesús-Señor, muerto y resucitado por el poder de Dios Padre. Por eso, al creer, todo hombre y toda mujer de buena voluntad- se expropia de sí mismo y se convierte en propiedad de Dios, garantía y fundamento de toda posible confianza humana en él. Con todo, y siempre según la enseñanza de Pablo, también la predicación presupone un acontecimiento de gran importancia: un acontecimiento de carácter histórico, que aparece como absolutamente necesario. El que predica debe poder decir que ha sido enviado: la predicación presupone la misión, y ésta constituye el punto de amarre entre el que predica y el que es predicado, entre el enviado y el que envía.

El destino universal del mensaje evangélico pasa, por consiguiente, a través de un hecho histórico completamente particular: la elección que hizo Jesús de sus testigos y el envío de los mismos en misión.

 

Evangelio: Mateo 4,18-22

En aquel tiempo,

18 paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos: Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, que estaban echando la red en el lago, pues eran pescadores.

19 Les dijo:

-Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres.

20 Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron.

21 Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo, reparando las redes. Los llamó también,

22 y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, lo siguieron.

 

*•• Jesús se apresura, al comienzo de su ministerio público, a reunir a su alrededor algunos discípulos, a los que dirige una enseñanza completamente particular, porque quiere que sean sus seguidores y sus testigos. A su tiempo, después de la resurrección de Jesús, serán enviados a todo el mundo, a fin de que el Evangelio pueda seguir su curso hasta el final. Los Doce, de pescadores de peces, se convertirán en pescadores de hombres.

No se trata de un simple juego de palabras, sino de lo que el mismo Jesús les dice: «Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron» (v. 19). Andrés, junto con su hermano Simón, fue uno de los primeros que escuchó la llamada de Jesús y le siguió con prontitud. Mateo otorga un relieve particular a la prontitud con la que Pedro y Andrés respondieron a la llamada de Jesús: «Y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, lo siguieron» (v. 20).

Un poco más adelante (v. 22), el mismo evangelista Mateo afirma que, en realidad, los primeros discípulos de Jesús no dejaron sólo las redes, la barca y su profesión, sino también a su padre. El seguimiento de Jesús, el auténtico que transforma la vida, no deja lugar a tergiversaciones ni concede descuento alguno: es, por propia naturaleza, radical y totalitario.

 

MEDITATIO

Nuestra reflexión se va a detener en un par de detalles que nos ofrece la página evangélica. En primer lugar, el hecho histórico según el cual los primeros discípulos siguieron a Jesús de dos en dos. No parece que haya que desatender esta información que nos ofrecen los evangelistas.

También hoy el seguimiento de Jesús mediante la experiencia de una compañía, de una auténtica amistad humana, es extremadamente positivo; puede favorecer la decisión, la adhesión y la perseverancia. Tal vez el mundo contemporáneo tenga también necesidad de este testimonio, un testimonio con el que los seguidores de Jesús muestran que son capaces de valorar todo lo que hay de bueno y santo en las relaciones amistosas.

La prontitud con la que los primeros discípulos de Jesús siguen a su maestro merece asimismo una atención especial. Decir prontitud significa desprendimiento de todo lo que puede lentificar el paso hacia Jesús, sobre todo de aquello que, en cierto modo, podría despistarnos del camino emprendido. Decir prontitud significa también la voluntad de establecer un atraque fuerte y decisivo en Jesús, único fin de nuestra propia vida, único destinatario de nuestro propio amor. Por eso, decir prontitud significa radicalidad evangélica; con ella, todo resulta bello y ligero al final; sin ella, todo resultaría fatigoso e insoportable en cada instante.

 

ORATIO

¿Por qué, Señor, son tan pocos los que prestan hoy oído a tu voz? ¿Por qué disminuye cada vez más el número de los que están dispuestos a seguirte por el camino de la radicalidad evangélica? ¿Acaso se ha apagado tu voz entre nosotros? ¿O tal vez es menos perceptible tu presencia entre los jóvenes de hoy? ¿Acaso estás tan escondido que es casi imposible reconocerte presente y cercano a cada uno de nosotros?

Sin embargo, oh Señor, tú estás en medio de nosotros, vives a nuestro lado, nos acompañas de una manera discreta, pero real, por los caminos que recorremos.

Haz, oh Señor, que tu Palabra resuene más eficaz que nunca hoy para todos nosotros. Haz, oh Señor, que tu presencia sea advertida y reconocida hoy más que nunca, sobre todo por los jóvenes. De este modo, el espinoso problema de la falta de vocaciones dejará de angustiarnos, porque todos nos abandonaremos a tu solicitud de pastor bueno.

 

CONTEMPLATIO

Ponerse en camino significa exteriorizarse, romper la costra del egoísmo, que intenta encerrarnos en nuestro propio «yo».

Ponerse en camino significa dejar de girar sobre uno mismo como si fuéramos el ombligo del mundo y de la vida.

Ponerse en camino significa no dejarse encerrar en el círculo de problemas del pequeño mundo al que pertenecemos. Por muy importantes que sean, la humanidad es más grande y es precisamente a esta humanidad a la que servimos.

Ponerse en camino no significa devorar kilómetros, atravesar océanos o alcanzar la velocidad supersónica. Significa, ante todo, abrirse a los demás, descubrirles, encontrarse con ellos (Dom Helder Cámara).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive durante la jornada la Palabra: «Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres» (Mt4,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En el hombre actúan múltiples fuerzas: conociéndolas, puede abarcar todas las cosas que hay a su alrededor -estrellas y montañas, mares y ríos, plantas y animales, y toda la humanidad que está cerca de él, y de este modo puede enriquecer su mundo interior. Puede amarlas, puede odiarlas y rechazarlas; puede ponerse contra ellas o bien tender a ellas y atraerlas hacia sí.

Puede actuar sobre el mundo que le rodea y modificarlo según su propia voluntad. Un variado fluctuar de alegría y de codicia, de aflicción y de amor, de calma y de excitación acompaña el ritmo del corazón.

Sin embargo, su fuerza más noble es ésta: reconocer que hay algo más elevado por encima de él, venerar este algo más elevado e insertarse en él. El hombre puede conocer a Dios por encima de él, puede adorarle y puede ofrecerse a sí mismo «a fin de que Dios sea glorificado». Ésta es la ofrenda: que la sublimidad de Dios brille en el espíritu; que el hombre adore esta sublimidad; que no se detenga de una manera egoísta en sus propias posesiones, sino que las trascienda, que se comprometa a sí mismo a fin de que sea glorificado el excelso Dios. La fuerza más profunda del alma es su capacidad de ofrenda. Es en lo íntimo del hombre donde tienen su sede la calma y la limpidez de donde sube la ofrenda a Dios (Romano Guardini).