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LECTIO DIVINA JULIO DE 2020

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Miércoles 13ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Amos 5,14-15.21-24

14 Buscad el bien y no el mal, para que viváis; así estará con vosotros el Señor Dios todopoderoso como pretendéis.

15 Odiad el mal, amad el bien, restableced el derecho en el tribunal; quizás el Señor Dios todopoderoso tenga piedad del resto de José.

21 Odio, desprecio vuestras fiestas, me disgustan vuestras solemnidades.

22 Me presentáis holocaustos y ofrendas, pero yo no los acepto, ni me complazco en mirar vuestros sacrificios de novillos cebados.

23 Apartad de mí el ruido de vuestros cánticos, no quiero oír más el son de vuestras arpas.

24 Haced que el derecho fluya como agua y la justicia como río inagotable.

 

*+• El texto de hoy pone en primer plano la tensión entre justicia y culto. La alianza entre Dios y su pueblo requiere una respuesta adecuada y responsable por parte de Israel. «Buscad el bien y no el mal»: este imperativo de justicia, destinado a vivir en compañía del Señor, no es en absoluto contradictorio con respecto a los actos de culto, a los holocaustos, a las ofrendas. Ahora bien, dado que son éstos por excelencia los ámbitos de la celebración de la relación con Dios, no pueden dejar de tener en modo  alguno relación con su verdad. Más aún, se transforman de inmediato en mentira y en hipocresía, y lo hacen mucho más que cualquier otro de los actos del hombre, que son de por sí siempre ambiguos.

El culto, precisamente por su falta de ambigüedad estructural, está sometido a un riesgo mucho mayor. Detestar, no aceptar, apartar el culto ofrecido por Israel, es el único medio de que dispone el Señor para volver a llevar a Israel a la correlación originaria entre culto y justicia, entre sacrificio y misericordia, no a su contraposición.

 

Evangelio: Mateo 8,28-34

En aquel tiempo,

28 al llegar a la otra orilla, a la región de los gerasenos, salieron a su encuentro de entre los sepulcros dos endemoniados. Eran tan agresivos que nadie se atrevía a pasar por aquel camino.

29 Y se pusieron a gritar: -¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?

30 A cierta distancia de allí, había una gran piara de cerdos hozando

31 y los demonios le rogaban: -Si nos echas, envíanos a la piara de cerdos.

32 Jesús les dijo: -Id. Ellos salieron y se metieron entre los cerdos; de pronto, toda la piara se lanzó al lago por el precipicio y los cerdos murieron ahogados.

33 Los porquerizos huyeron a la ciudad y lo contaron todo, incluso lo de los endemoniados.

34 Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, cuando le vieron, le rogaron que se marchara de su territorio.

 

*• La imposibilidad de llegar a Dios a causa de la oposición por parte de las fuerzas del mal encuentra en Jesús un «nuevo camino». La imagen de los «sepulcros», la fuerza de Jesús respecto a los demonios y su «debilidad», casi dócil, respecto a los hombres, convierten esta escena en el claro reflejo de una meditación sobre la pasión, con todos los claroscuros del poder de Cristo Señor, así como del duro y espantado rechazo por parte de los hombres. Singularmente eficaz es la reacción de rechazo de la muchedumbre, de «toda la ciudad», que lo aleja de su propio territorio. La expresión «antes del tiempo» expresa de manera adecuada esta relación entre la escena y la pasión (el tiempo del cumplimiento), cuando Jesús -aunque expulsado fuera del territorio de la Ciudad Santa- vencerá sobre la fuerza negativa de la muerte, sobre la dispersión de la Iglesia, y conseguirá abrir el paso para «pasar por aquel camino». Él es el Señor, a quien «ha sido dado todo poder en la tierra» (Mt 28,18), aunque aparece como tal sólo en el misterio insondable de la cruz.

 

MEDITATIO

La escucha de la Palabra de su Señor guía al hombre para «buscar el bien y no el mal». La obra del hombre responde a la Palabra de Dios. Ahora bien, tales correspondencias se vuelven arriesgadas cuando están inscritas en la acción misma del hombre. El acto de culto, la fiesta, el holocausto, el sacrificio, el don, se vuelven entonces detestables y merecen el rechazo. Cuando piden la correspondencia con Dios y se convierten en autoseguridad

para el hombre, hasta las mejores expresiones de la religión pierden su alma. El discurrir el derecho y la justicia como agua y «como río inagotable» constituyen la figura de la liberación del hombre a la que se refieren los actos del culto. El cristiano tiene su nuevo culto «en el Señor Jesús», en su cuerpo y en su sangre, en el sacrificio puro de su cumplimiento de la voluntad del Padre, que los hombres no comprenden y rechazan.

 

ORATIO

Señor Jesús, que liberaste al hombre endemoniado del pecado, realizando la perfecta obediencia a través de la cual conocemos el bien y el mal, guíanos por los caminos de la justicia, prosigue mostrándonos la verdadera misericordia y líbranos de la hipocresía.

Oh Padre, si hemos sido capaces de echarnos a la espalda tus palabras, si nos hemos agitado inútilmente con el estruendo de nuestros cantos, si hemos llegado a rechazar a tu Hijo lejos de nuestro territorio, perdona nuestra culpa y dirígenos aún tu Palabra de verdad.

Oh Dios, envía a tu Espíritu para que ilumine nuestra oración, inspire nuestro agradecimiento y nuestro culto, a fin de que sean capaces de convertirse en «cima y fuente» de una vida de justicia y de paz inspirada por ti.

 

CONTEMPLATIO

El Señor Jesucristo, con esto de haberse hecho carne, abrió a la esperanza la carne nuestra. Porque tomó lo que ya conocíamos en esta tierra, donde tanto abunda: el nacer y el morir. Abundaba eso: el nacer y el morir; el resucitar y vivir eternamente no lo había acá. Halló aquí viles mercaderías terrestres, y trajo consigo los peregrinos géneros celestes. Ahora, si el morir te causa espanto, ama la resurrección. Hizo de su tribulación socorro para ti, porque tu salud no valía para nada. Aprendamos, por tanto, hermanos, a conocer y amar esa Salud, que no es de este mundo, es decir, la Salud eterna, y vivamos en este mundo como peregrinos (Agustín, Sermón 124, 4 [edición española de Amador del Fueyo, BAC, Madrid 1952]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Buscad el bien y no el mal, para que viváis» (Am 5,14a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La cuestión de saber qué es el cristianismo y quién es Cristo para nosotros hoy, me preocupa constantemente. El tiempo en que se podía decir todo a los nombres, por medio de palabras teológicas o piadosas, ha pasado, lo mismo que el tiempo de la espiritualidad y de la conciencia, es decir, el tiempo de la religión en general. Vamos al encuentro de una época totalmente irreligiosa; los hombres, tal como son, simplemente ya no pueden seguir siendo religiosos; incluso los que se declaran honestamente religiosos no practican en modo alguno su religión; por consiguiente, es probable que entiendan el término en un sentido completamente diferente.

Si la religión es sólo un vestido del cristianismo -y este vestido ha asumido también aspectos muy distintos en diferentes tiempos-, ¿qué será un cristianismo no religioso? ¿Qué significado tienen el culto y la oración en la irreligiosidad? ¿Adquiere tal vez una nueva importancia en este punto la disciplina del arcano o, bien, la distinción entre penúltimo y último? Debemos restablecer una disciplina del arcano que proteja de la profanación los misterios de la fe cristiana (Dietrich Bonhoeffer, Resistenza e resa, Cinisello B. 1988, pp. 348-355, passim [edición española: Resistencia y sumisión, Sígueme, Salamanca 1983].

 

 

Día 2

Jueves de la 13ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Amos 7,10-17

En aquellos días,

10 Amasias, sacerdote de Betel, mandó a decir a Jeroboán, rey de Israel: -Amos está conspirando contra ti en medio de Israel; el país no puede ya soportar todas sus palabras.

11 Porque Amos anda diciendo: «Jeroboán morirá a espada e Israel será deportado lejos de su tierra».

12 Y Amasias dijo a Amos: -Vete, vidente, márchate a Judá; gánate la vida profetizando allí.

13 Pero no sigas profetizando en Betel, porque es el santuario real y el templo del reino.

14 Amos le respondió: -Yo no soy un profeta profesional. Yo cuidaba bueyes y cultivaba higueras.

15 Pero el Señor me agarró y me hizo dejar el rebaño diciendo: «Ve a profetizar a mi pueblo Israel».

16 Y ahora escucha la Palabra del Señor. Tú dices: «No profetices contra Israel, no pronuncies oráculos contra la estirpe de Isaac».

17 Pues bien, así dice el Señor: Tu mujer será deshonrada en la ciudad, tus hijos y tus hijas caerán a espada, y tu tierra será repartida a cordel; tú mismo morirás en tierra impura, e Israel será deportado lejos de su tierra.

 

*•• La persuasión de tener a Dios de su parte comporta inmediatamente, en el caso de Israel, una gran dificultad para tomar en serio las palabras del profeta.

El choque entre el sacerdote Amasias y el profeta Amos, que alcanza con gran probabilidad a la dura experiencia histórica de Amos, documenta también, no obstante, la reducción de la función profética de Amos en el «dossier» que Amasias presenta a Jeroboán: el profeta aparece en él sólo como alguien que «atenta» contra la casa real y la instalación del pueblo en su propia tierra. No dedica ni siquiera una palabra al verdadero fundamento de las amenazas, o sea: a la denuncia del pecado y a la exigencia de la conversión.

Frente a esta acción de deslegitimación y de intento de proscripción, responde Amos con el testimonio de una identidad transformada y querida por Dios. De boyero y cultivador de higueras, quiso Dios convertirlo en profeta, es decir, que pusiera voz a su Palabra. Por eso lo tomó y le «hizo dejar el rebaño» para que profetizara, del mismo modo que había hecho con David, «de detrás de las ovejas» (2 Sm 7,8).

La identidad del profeta deriva, por tanto, del señorío absoluto de Dios, de su poder, que ha transformado su vida e impuesto una tarea. Lo que el sacerdote había referido al rey como cargos contra el profeta lo repite éste como «castigo de Dios» y afirmación del señorío de Dios.

 

Evangelio: Mateo 9,1-8

En aquel tiempo,

1 subió Jesús a la barca, cruzó el lago y fue a su propia ciudad.

2 Entonces le trajeron un paralítico tendido en una camilla. Jesús, viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: -Ánimo, hijo, tus pecados te quedan perdonados.

3 Algunos maestros de la Ley decían para sí: «Éste blasfema».

4 Jesús, dándose cuenta de lo que pensaban, les dijo: -¿Por qué pensáis mal? 5 ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados quedan perdonados; o decir: Levántate y anda?

6 Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió al paralítico y le dijo: -Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

7 Él se levantó y se fue a su casa.

8 Al verlo, la gente se llenó de temor y daba gloria a Dios por haber dado tal poder a los hombres.

 

*• La admiración de la muchedumbre, que da gloria a Dios por haber «dado tal poder a los hombres», cierra de manera significativa este episodio de la curación del paralítico. En él, la acción de Jesús tiene que vérselas de modo radical con el pecado y con la curación del hombre, y en esta dimensión se encuentra la Iglesia a sí misma.

Ahora bien, la tensión entre la autoridad de Jesús y la reacción de los hombres sigue siendo muy aguda: como a lo largo de todo el evangelio, la incomprensión y el rechazo se vuelven tanto más profundos y obtusos cuanto mayor se presenta la divergencia entre Jesús y los hombres investidos de «autoridad».

La acusación de blasfemia, que empieza a filtrarse explícitamente en las reacciones de los maestros de la Ley, anticipa el juicio inapelable que llevará a Jesús a la cruz. La reconciliación y el perdón, en el choque entre el poder del pecado y la vida recuperada en su plenitud, son, al mismo tiempo, gloria de Dios y piedra de tropiezo para el hombre.

 

MEDITATIO

La palabra del juicio y la palabra de reconciliación y de perdón suenan hoy de una manera sorprendentemente disonante. Con todo, existe una incontestable continuidad entre la terrible profecía de Amos sobre Jeroboán y lo que dice Jesús al paralítico. En la lectura del libro de Amos se intercambian duras palabras el sacerdote, el rey y el profeta. Ahora bien, detrás de esas palabras se vislumbra el duro camino por el que se puede filtrar la Palabra de Dios. La reconciliación de Dios con su pueblo está asegurada por una Palabra que, como una espada de doble filo, divide y purifica. En Jesús, sacerdote, profeta y rey, se lleva a cabo la reconciliación de Israel, una reconciliación que se extiende a todos los hombres. El perdón del pecado, realizado de una manera plástica por el levantamiento del paralítico, expresa el poder del Hijo del hombre en la tierra, que inaugura una nueva criatura, un nuevo pueblo, unos cielos nuevos y una nueva tierra.

 

ORATIO

Tal vez, Señor, tu Palabra sea demasiado fuerte, demasiado pura, para que nuestro corazón pueda resistir frente a ella. Tal vez, oh Jesús, tu amor por el hombre sea demasiado grande para que podamos hacernos verdaderamente capaces de él. Tal vez, oh Padre, tu misericordia siga pareciéndonos sólo debilidad y tu juicio se presente a nuestros ojos como demasiado duro.

Oh Dios, envía tu Espíritu para que asista a nuestra escucha, a fin de que seamos capaces de darnos cuenta de la responsabilidad que tenemos en tu juicio y de nuestra fragilidad en tu perdón: así encontraremos siempre las palabras con las que darte gracias y alabarte por las bendiciones que continuamente nos reservas.

 

CONTEMPLATIO

Alma mía, bendice al Señor. Dile, dile al alma tuya: aún estás en esta vida, aún llevas sobre ti una carne frágil y un cuerpo corruptible que la trae hacia el suelo; aún, pese a la integridad de la remisión, recibiste la medicina de la oración; aún dices, ¿no es verdad?, en tanto curan bien tus debilidades: Perdónanos nuestras deudas.

Dile, pues, a tu alma, valle humilde, no collado erguido; dile a tu alma: Bendice, alma mía, al Señor y no quieras olvidar ninguno de sus favores. ¿Qué favores? Dilos, enuméralos y agradécelos. Él perdona todos tus pecados. Esto aconteció en el bautismo. Y ¿ahora? Él sana todas tus enfermedades. Esto ahora lo reconozco (Agustín, Sermón 124, 4 [edición española de Amador del Fueyo, BAC, Madrid 1952]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ánimo, hijo, tus pecados te quedan perdonados» (Mt 9,2b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El tiempo de Dios no es el nuestro. Tú no puedes contarle a Dios los años y los días; Dios es fiel. Puedo escrutar los signos de este día como los centinelas apostados durante la noche acechan los signos de la aurora [...]. Esta gracia tiene un precio muy elevado, no es una gracia barata. Requiere vaciamientos y abandonos, requiere la renuncia a sí mismo, requiere que respondamos de modo franco a la pregunta que ha emergido en la cultura más reciente: «¿No seré tal vez, por el hecho de ser, un asesino?». O sea, si me aislo en mi yo, convirtiendo mi propio ser en el bien absoluto y en el centro de todas las cosas, ¿no suscito así el resentimiento del otro, que se planta ante mí como enemigo? Pensad en lo que dice fray Cristóbal a Lorenzo frente al jergón de Don Rodrigo, que está muriendo en la leprosería: «Tal vez la salvación de este hombre y la tuya dependan ahora de ti, de un sentimiento tuyo de perdón, de compasión... de amor». ¿Comprendéis? Amar al que le había arruinado la vida (I. Mancini, Tre follie, Milán 1986, p. 24).

 

 

Día 3

Santo Tomás, apóstol (3 de julio)

 

Lo que sabemos del apóstol santo Tomás se lo debemos sobre todo al  cuarto evangelista. Fue Tomás quien invitó a los otros apóstoles a marchar con Jesús a Judea, dispuesto a morir con él (Jn 11,16). Fue la pregunta de Tomás la que provocó a Jesús a que se definiera: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,5ss). Por último, fue Tomás quien con su incredulidad nos ayuda a consolidar nuestra adhesión a Jesús, con una profesión de fe muy clara: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,24-29).

El martirologio de san Jerónimo en el siglo VI recuerda la traslación del cuerpo de Tomás a Edesa (Siria, actualmente Turquía), el 3 de julio.

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 2,19-22

19 Por tanto, ya no sois extranjeros o advenedizos, sino conciudadanos dentro del pueblo de Dios; sois familia de Dios,

20 estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas; y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular

21 en quien todo el edificio, bien trabado, va creciendo hasta formar un templo consagrado al Señor

22 y en quien también vosotros vais formando conjuntamente parte de la construcción, hasta llegar a ser, por medio del Espíritu, morada de Dios.

 

**• El misterio de Cristo y el de la Iglesia están íntimamente conectados para el apóstol Pablo. Cristo es nuestra paz: en él, todos, tanto los lejanos (los paganos) como los cercanos (los judíos), encuentran el camino de la reconciliación y de la unidad. Ya no hay dos pueblos, sino uno sólo; ya no hay separación entre gente diferente, sino unidad entre semejantes. Todo eso es don de Dios Padre, por medio de Cristo Señor, en el Espíritu Santo. En este contexto, el apóstol imagina la Iglesia como un gran edificio, un templo santo, la «morada de Dios».

Los «cimientos» de este edificio, en el que están todos y viven como «conciudadanos dentro del pueblo de Dios», como «familia de Dios», son los apóstoles y los profetas.

Sin embargo, la «piedra angular» es Cristo Jesús: él es la clave de bóveda que consolida el conjunto, y en él todo el edificio encuentra su trabazón y puede crecer de una manera ordenada.

Desde esta perspectiva cristológica, la doctrina eclesiológica de Pablo asume una claridad absolutamente particular. En ella la presencia, el papel y el ministerio de los apóstoles resaltan con toda su importancia. La Iglesia de Cristo es, por consiguiente, una, santa, católica y apostólica, y lo es en el sentido de que, en ella, los apóstoles, por voluntad de Dios y por elección histórica de Jesús, constituyen el fundamento de la comunidad de los creyentes.

 

Evangelio: Juan 20,24-29

24 Tomás, uno del grupo de los Doce, a quien llamaban «El Mellizo», no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús.

25 Le dijeron, pues, los demás discípulos: -Hemos visto al Señor.

Tomás les contestó: -Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré.

26 Ocho días después, se hallaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: -La paz esté con vosotros.

27 Después dijo a Tomás: -Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente.

28 Tomás contestó: -¡Señor mío y Dios mío!

29 Jesús le dijo: -¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto.

 

*» Se ha afirmado con razón que, para nuestra fe, tal vez haya sido más importante la incredulidad de Tomás que la creencia de los otros apóstoles. Resulta paradójico, ¡pero es verdad!

Debemos considerar como cierto que si Tomás hubiera estado con los otros discípulos en el momento de la primera aparición de Jesús, es posible que no hubiera sucumbido en una crisis de fe. Sin embargo, al mismo tiempo, con este recuerdo, el evangelista Juan abre ante nosotros una nueva pista para llegar a la experiencia liberadora de la fe en Jesús resucitado. En efecto, cuando Jesús se aparece a sus discípulos por segunda vez, se dirige directamente a Tomás y le pide que realice el camino de búsqueda y de descubrimiento que antes habían realizado sus «colegas». Esta vez, Tomás se vuelve disponible y se vuelve dócil al mandamiento del Señor y llega a un acto de fe límpido y transparente: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28).

Jesús pronuncia la bienaventuranza que sigue (v. 29), no tanto por Tomás como por nosotros: la situación histórica cambia por completo, pero el itinerario es siempre el mismo. Llegamos a la fe mediante un acto de abandono total en Jesús muerto y resucitado.

 

MEDITATIO

El suceso acontecido a Tomás centra por completo nuestra atención, por el simple motivo de que esta página evangélica termina con una «bienaventuranza» que nos concierne personalmente a todos: «Dichosos los que creen sin haber visto».

A buen seguro, hablando humanamente, el acto de fe, para ser razonable -digo «razonable», no «racional»-, necesita algunos signos, y Tomás está dispuesto a pedirlos explícitamente. Desde este punto de vista, tal vez la suya no pueda ser definida como una crisis de fe, sino más bien como una apasionada y sufrida búsqueda de un acto de fe que sea, al mismo tiempo, respetuoso con el hombre y devoto con Dios. Y cuando al final Tomás accede al acto de fe, el apóstol se abandona por completo a Aquel que se ha manifestado claramente. Por consiguiente, no había en él ningún prejuicio o incertidumbre: se trataba sólo de cerciorarse del hecho histórico de la resurrección de Jesús con un método experimental, el único que está al alcance de todos, incluso de los más sencillos. Ver para creer fue la exigencia del apóstol Tomás. Ver, tocar y palpar fue el itinerario que recorrió para reconocer la plena identidad entre el Señor resucitado y Jesús de Nazaret. Creer sin ver, sin tocar, sin palpar, es la situación en la que nosotros nos encontramos, nuestra bienaventuranza.

 

ORATIO

«Vamos también nosotros a morir con él.»

«Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?»

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos... no creeré.»

«¡Señor mío y Dios mío!» «¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto».

 

CONTEMPLATIO

De la incredulidad al éxtasis: éste es el camino de Tomás y, también, el de esa parte de nosotros que todavía no se rinde a la resurrección y a lo invisible. Tomás quiere garantías porque ha comprendido algo: si Jesús está vivo, su vida cambia. Si Jesús está vivo, entonces el Evangelio es verdadero. Y el Evangelio toma toda la vida. Y Jesús no le hace ningún reproche, sino que le dice: «Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado», porque no es un fantasma. No es una proyección de mis deseos, no es un fruto imaginario de mi corazón, no es el hijo de una ilusión. Hay un agujero en sus manos, donde puede entrar el dedo de Tomás; hay una lanzada, en la que puede entrar una mano. Y le doy las gracias a Tomás porque también yo necesito que Jesús no sea un fantasma. Y en la mano de Tomás están todas nuestras manos. Las de los que creemos sin haber tocado porque otros lo han hecho. Lo dice Juan con orgullo: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca de la palabra de la vida, [...] lo que hemos visto y oído os lo anunciamos» (1 Jn 1,1-2).

Fe de manos que ha atravesado el corazón. Tomás no busca el camino para creer en ningún signo de poder, sino simplemente en las llagas: el agujero de las manos, el costado abierto, imágenes embriagadoras del amor de Dios. Y con Tomás empieza l a historia de los enamorados de las heridas de Cristo, como Francisco de Asís o Catalina de Siena u otros más cercanos a nosotros (Ermes M. Ronchi).

 

ACTIO

Repite y medita durante el día estas palabras de fe: «¡Señor mío y Dios mío!».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Es uno de los principales capítulos de la doctrina católica, contenido en la Palabra de Dios y enseñado constantemente por los Padres, que el hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios y que, por tanto, nadie puede ser forzado a abrazar la fe contra su voluntad. Porque el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza, ya que el hombre, redimido por Cristo Salvador y llamado en Jesucristo a la filiación adoptiva, no puede adherirse a Dios, que a ellos se revela, a menos que, atraído por el Padre, rinda a Dios el obsequio racional y libre de la fe.

Está, por consiguiente, en total acuerdo con la índole de la fe el excluir cualquier género de imposición por parte de los hombres en materia religiosa. Por consiguiente, un régimen de libertad religiosa contribuye no poco a favorecer ese estado de cosas en el que los hombres puedan ser invitados fácilmente a la fe cristiana, a abrazarla por su propia determinación y a profesarla activamente en toda la ordenación de la vida (Concilio Vaticano II, Dignitatis húmame, 10).

 

 

 

Día 4

 Sábado de la 13ª semana del Tiempo ordinario o 4 de julio, conmemoración de

Santa Isabel de Portugal

 

LECTIO

Primera lectura: Amos 9,11-15

Así dice el Señor:

11 Aquel día, levantaré la choza caída de David; repararé sus brechas, levantaré sus ruinas y la reconstruiré como en los tiempos antiguos,

12 para que conquisten el resto de Edom y todas las naciones en las que se invoca mi nombre. Oráculo del Señor, que cumplirá todo esto.

13 Vienen días, oráculo del Señor, en los cuales el que ara pisará los talones al segador, y el que vendimia al sembrador. Los montes harán correr el mosto, y destilarán todos los collados.

14 Yo cambiaré la suerte de mi pueblo Israel: reconstruirán las ciudades devastadas y vivirán en ellas, plantarán viñas y beberán su vino, cultivarán huertas y comerán sus frutos.

15 Yo los plantaré en su tierra, y nunca más serán arrancados de la tierra que yo les di, dice el Señor tu Dios.

 

**• El libro de Amos se cierra con estos versículos cargados de esperanza y de promesas, muy diferentes del tono áspero y severo que atraviesa el resto del libro.

Dios agracia, perdona y rescata a Israel; prepara un día que será de plena reconciliación, de verdadera paz, de profunda armonía. La restauración de Israel asume así rasgos indudablemente mesiánicos, con imágenes del mundo agrícola, de arraigo en la tierra y de permanente residencia en ella. Comer y beber en paz en la propia tierra: ésa es la imagen del futuro reconciliado de Israel; la idea del retorno y de la imposibilidad de cualquier «desarraigo» ulterior reafirman al final la gracia, la fidelidad y la misericordia infinita de Dios.

 

Evangelio: Mateo 9,14-17

En aquel tiempo,

14 se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: -¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?

15 Jesús les contestó: -¿Es que pueden estar tristes los amigos del novio mientras él está con ellos? Llegará un día en que les quitarán al novio; entonces ayunarán.

16 Nadie pone un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo, porque lo añadido tirará del vestido y el rasgón se hará mayor.

17 Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y se pierden los odres. El vino nuevo se echa en odres nuevos, y así se conservan los dos.

 

*•• También en este fragmento evangélico trata Mateo la relación de Jesús con el pecado y con la reconciliación. En el centro, como en el fragmento precedente, se encuentra el acto de la comida, no ya considerado como ámbito de relación, sino en cuanto tal, en cuanto posible acto de renuncia, de sacrificio y de tristeza.

En realidad, el eje del evangelio de hoy es la relación entre lo nuevo y lo viejo, que había caracterizado ya al evangelio de Mateo en el extenso «sermón del monte». El ayuno no cuadra con la presencia del esposo en medio de la comunidad. Jesús es el esposo, el resucitado, presente en medio de la Iglesia «hasta el fin del mundo». El ayuno experimenta así, para el cristiano, gracias también a estas expresiones, una gran transformación: de expresión de luto se convierte en manifestación de la expectativa confiada por el retorno del Señor.

El cristiano celebra realmente la muerte del propio Señor resucitado cada vez que come y bebe el pan y el vino: no es el ayuno, sino la comida lo que permite y simboliza la memoria de la cruz, victoria sobre el pecado y don de salvación.

 

MEDITATIO

La restauración de Israel y las bodas de Cristo con la Iglesia están estrechamente relacionadas con la eucaristía, como contexto en el que es proclamada la lectura.

La expectativa de Israel se cumple en el misterio pascual del Hijo de Dios. El ayuno, como tensión hacia el banquete del final de los tiempos, es ya plenamente posible, ya ha sido autorizado, aunque sólo como memoria de la muerte del Señor. El Crucificado ha resucitado, pero el Resucitado sigue siendo el Crucificado, con sus llagas. El ámbito para un ayuno cristiano no es ya el de la expectativa de un acontecimiento absolutamente nuevo: ese acontecimiento está ya dentro de la historia.

El ayuno cristiano orienta en cambio a la vigilancia, a la paciencia, a la reserva histórica, al «todavía no» de aquel «ya» que fue afirmado, de una vez por todas, en la cruz de Cristo.

 

ORATIO

Oh Señor, enséñanos el ayuno festivo, muéstranos la alegría en el luto, guíanos a la vida a través de la muerte.

Oh Dios, si con la pasión de tu Hijo asumiste todo nuestro sufrimiento, si en la resurrección de Jesús rescataste todo nuestro morir, condúcenos a cada uno de tus hijos al encuentro con el Esposo, que está siempre presente en su Iglesia, templo de su Espíritu y esposa de aquel que es ayer, hoy y siempre.

Te lo pedimos sin descanso: «¡Ven siempre, Señor!».

 

CONTEMPLATIO

Los discípulos de Juan tenían, qué duda cabe, un buen maestro. Un maestro que había sido el precursor destinado a preparar los caminos del Señor; ahora bien, puesto que ignoraban el misterio de la encarnación del Señor, no podían saber la razón de que no fuera oportuno que ayunaran los apóstoles.

El ayuno es, a buen seguro, un uso devoto, pero no puede servirle al hombre para su salvación sin el conocimiento de la verdad, esto es, sin la fe en el nombre de Cristo. Por eso ayunaban los discípulos de Juan y los fariseos no sólo con el cuerpo, sino con el ánimo, ignorando el pan celeste que había venido para alimentar los corazones de los creyentes (Cromacio de Aquileya, Comentario a Mateo, 46, 1).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Es que pueden estar tristes los amigos del novio mientras él está con ellos?» (Mt 9,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ven de noche, pero en nuestro corazón siempre es de noche: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven en silencio, nosotros no sabemos ya qué decirte: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven en soledad, pero cada uno de nosotros se encuentra cada vez más solo: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven, hijo de la paz, nosotros ignoramos qué es la paz: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven a liberarnos, nosotros seguimos siendo cada vez más esclavos: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven a consolarnos, nosotros estamos cada vez más tristes: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven a buscarnos, nosotros andamos cada vez más perdidos: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven, ya que nos amas, nadie está en comunión con su hermano si antes no lo está contigo, Señor.

Todos estamos lejos, perdidos, no sabemos quiénes somos, ni qué queremos: ven, Señor. Ven siempre, Señor.

(D. M. Turoldo, «Lungo ¡ fíume...». I Salmi, Cinisello B 1987, p. 7).

 

 

 

Día 5

14º domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Zacarías 9,9-10

Así dice el Señor:

9 Salta de alegría, Sión, lanza gritos de júbilo, Jerusalén, porque se acerca tu rey, justo y victorioso, humilde y montado en un asno, en un joven borriquillo.

10 Destruiré los carros de guerra de Efraín y los caballos de Jerusalén. Quebraré el arco de guerra y proclamaré la paz a las naciones. Dominaré de mar a mar desde el Eúfrates hasta los extremos de la tierra.

 

•» La segunda parte del libro del profeta Zacarías es obra de otro autor el Segundo Zacarías. El contexto histórico es diferente: falta la perspectiva de la restauración inminente de la monarquía davídica y ni siquiera se vuelve a hablar de la construcción del templo. El pueblo, decepcionado y resignado, entrevé una esperanza grandiosa. Este oráculo invita a la alegría y al grito triunfal con los términos utilizados para celebrar la realeza del Señor y la llegada de la era mesiánica, Las líneas tradicionales del mesianismo político se entremezclan con elementos nuevos e inesperados. El rey que viene no tiene los atributos del dominador victorioso y esperado: su poder deriva únicamente de su relación con Dios. El es el <<justo»,· es decir quien lleva a cabo plenamente la voluntad del Dios e imparte justicia a los pobres; el <<salvador» (tal cual) establecido por Dios. Se advierte la influencia de los cánticos del <<Siervo de YHWH» (en concreto, Is 53,110-12a: <<Mi siervo traerá a muchos la salvación>>…..Le daré un puesta de honor); en este pasaje, la visión es universalista, en claro contraste con las promesas, que no permitirían atisbar un futuro igual. Paradójicamente, la humildad es el camino de la realeza: triunfa el rechazo de la violencia, la modestia del que adopta la pacifica cabalgadura de los antiguos príncipes y extiende su dominio hasta los confines de la tierra. Las esperanzas mesiánicas, insólitas y fascinantes, requieren, por el modo de realizarse, un completo cambio de mentalidad; solicitan una verdadera transformación de la mente, del corazón y de las obras.

 

Segunda lectura: Romanos 8,9.11-13

Hermanos:

9 Vosotros no vivís entregados a tales apetitos, sino que vivís según el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, es que no pertenece a Cristo.

11 Y si el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos haré revivir vuestros cuerpos mortales por medio de ese Espíritu suyo que habita en vosotros.

12 Por tanto, hermanos, estamos en deuda, pero no con nuestros apetitos para vivir según ellos.

13 Porque si vivís según ellos, ciertamente moriréis; en cambio, si mediante el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

 

Quien mediante el bautismo se une a la muerte y resurrección de Cristo (Rom 6,3ss) es un hombre libre. La fragilidad de nuestra naturaleza (<<carne», en el lenguaje paulino) nos inclina con gran facilidad hasta someternos al pecado: Pablo expresa esta realidad con los términos <<vivir»/<<caminar» <<según la carne». Sin embargo, no se trata de un destino ineluctable, pues un nuevo principio dirige la vida del que pertenece a Cristo: el mismo Espíritu de Jesús, garantía de la resurrección de los creyentes (vv. 9.1 1). Y donde esta el Espíritu de Dios hay libertad (2 Cor 3,17). La nueva, la espléndida condición del cristiano, que Pablo anuncia con orgullo (Rom 8,1 4), es tanto don irrevocable de Dios (cf 11,29) como empeño cotidiano del hombre. La libertad verdadera es continuamente elección y se concreta en la renuncia de si mismo, condición imprescindible para seguir a Cristo (Lc 9,23-25). El Espíritu concede la luz y la fuerza para que cada uno vea y dé los pasos correspondientes por el camino de la libertad, un camino que a través de la mortificación conduce a la vida plena (v 13).

 

Evangelio: Mateo 11,25-30

25 Entonces Jesús dijo: -Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos.

26 Si, Padre, así te ha parecido bien.

27 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, y al Padre no lo conoce mas que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelan

28 Venid a mi todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré.

29 Cargad con mi yugo y aprended de mi, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas.

30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

 

» Esta perícopa, casi idéntica a Lc 10,21-22, ha sido definida como <<el Magnificat de Jesús». Los sinópticos dan testimonio de que Jesús tenia conciencia de ser el Hijo de Dios de forma única e inefable. Unos pocos versículos bastan para mostrar el corazón de este Hijo e invitamos a poner en él nuestro cobijo.

El contexto, ligeramente diferente en Mateo y Lucas por motivos redaccionales, destaca en ambos el marcado contraste entre la mentalidad común y los pensamientos de Dios (cf Is 55,8ss). Jesús bendice al Senior del cielo y de la tierra llamándolo familiarmente <<Padre» y alaba el conocimiento que, insondable en su sencillez, no se puede adquirir mediante el esfuerzo o trabajo humano. Este conocimiento es puro don de Dios, revelación de Dios a los sencillos (nepíoi v. 25). Solo los <<pequeños» son capaces de acoger con naturalidad, los misterios del Reino de los Cielos anunciados por Jesús. El lo subraya con claridad: tal es el plan del Padre.

En esta afirmación, Jesús nos revela su rostro interior perfilado por una adhesión inquebrantable a la voluntad de Dios, de quien recibe todo y al que le devuelve todo con obediencia amorosa (vv. 26-27a). Esta obediencia inaugura una comunión perfecta con Dios, que en el lenguaje bíblico se expresa con el término conocimiento: no un conocer nocional, sino una relación vital, en la que el Hijo puede introducimos (v. 27b).

Retomando la antigua invitación de la Sabiduría (Prov 8,5; 9,5), llama a los oprimidos por el peso de las tribulaciones de la vida y les ofrece un yugo diferente al de la Ley. Acoger las enseñanzas de Jesús no significa, en efecto, cargar con un cúmulo de normas a observar, sino aprender de él la sencillez y humildad de corazón, que hacen mas llevadera la prueba y mas leve la tribulación (vv 28-30). Quien concuerda su corazón con el del Hijo encuentra descanso y sosiego (v. 29b): el peso del Amor alza a quien lo lleva.

 

MEDITATIO

La liturgia de la Palabra de hoy, como un sorbo de agua de manantial, reconforta nuestra sed de caminantes. Todo lo sencillo e intacto conserva el poder de encandilamos y renovarnos internamente si por un instante nos detenemos y disfrutamos de ello. Con la sencillez de los pequeños, Jesús desenmascara los propósitos que nos formamos, quizá de buena fe, pero que no se corresponden con los planes de Dios. Con frecuencia, nos empeñamos en trabajar por el Reino de los Cielos con materiales y utensilios equivocados: nos hacemos una idea del <<éxito» que solo encaja en un horizonte estrecho, abajo el dominio de la carne». La Palabra nos llama a la humildad de Dios y de Cristo, nos conduce a la rectitud que triunfará el día del Señor nos invita a edificar la paz en nuestro alrededor apaciguando el corazón.

Admitamos que aun no nos hemos aprendido esta lección; verdaderamente, no conocemos ni al Padre ni al Hijo. Ser conscientes de ello es el primer fruto de escuchar la Palabra. Seamos sus discípulos: <<Venid a mi», nos dice la Sabiduría. Despojaos de los sofisticados andamios de vuestra pretendida inteligencia y eficiencia, que terminan aprisionándoos. Descended a las extremas profundidades de mi muerte, y mi Espíritu os resucitaré internamente para una vida nueva y libre. Si la libertad y la paz son valores todavía estimados, su nombre secreto no esta de moda: humildad y sencillez de corazón. Miremos al Dios hecho hombre: contemplémosle y quedaremos radiantes.

 

ORATIO

Te ruego, Señor que derribes los andamios de mi ciencia humana; líbrame de la lógica enmarañada de mis razonamientos, de mi orgullosa autosuficiencia, y concédeme la sencillez del niño, que descubra cada mañana la novedad de todo cuanto sucede, cuando siempre parece igual. Hazme pequeño y libre, Señor, que me encuentre entre los dichosos que tienen ojos para ver y oídos para oír las grandes cosas que has revelado. Y entonces comprenderé que el nuevo orden del mundo, el orden de la justicia y de la paz, lo has depositado en mis manos. Amen.

 

CONTEMPLATIO

<<Venid a mi todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré» (Mt 11,28). No éste o aquél, sino todos los que tenéis preocupaciones, sentís tristeza o estáis en pecado. Venid no porque yo os quiera pedir cuentas, sino para perdonaros vuestros pecados. Venid no porque yo necesite vuestra gloria, sino porque anhelo vuestra salvación. Porque yo -dice— os aliviaré. No dijo solamente: <<os salvaré», sino lo que es mucho mas: <<os pondré en seguridad absoluta».

No os espantéis —parece decimos el Señor- al oír hablar de yugo, pues es suave; no tengáis miedo de que os hable de carga, pues es ligera. —Pues ¿cómo nos hablo anteriormente de la puerta estrecha y del camino angosto? -Eso es cuando somos tibios, cuando andamos espiritualmente decaídos, porque, si cumplimos sus palabras, su carga es realmente ligera. —¿Y como se cumplen sus palabras?— Siendo humildes, mansos y modestos. Esta virtud de la humildad es, en efecto, madre de toda filosofía. Por eso, cuando el Señor promulgó aquellas sus divinas leyes al comienzo de su misión, por la humildad empezó (cf 7,14). Y lo mismo hace aquí, ahora, al par que señala para ella el más alto premio. Porque no solo -dice— serás útil a los otros, sino que tu mismo, antes que nadie, encontraras descanso para tu alma. Encontraréis —dice el Señor- descanso para vuestras almas. Ya antes de la vida venidera te da el Señor el galardón, ya aquí te ofrece la corona del combate y de este modo, al par que poniéndote El mismo por dechado, te hace más fácil de aceptar su doctrina.

Porque ¿qué es lo que tu temes? —parece decirte el Señor? ¿Quedar rebajado por la humildad? Mírame a mi, considera los ejemplos que yo os he dado y entonces verás con evidencia la grandeza de esta virtud (Juan Crisóstomo, <<Homilías sobre el evangelio de san Mateo», 38,2-3, en Obras de san Juan Crisóstomo, I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1955, 759-760).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Aprended de mi que soy sencillo y humilde de corazón» (Mt 11,29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Este es el más bello canto de amor filial que jamás se haya entonado en la tierra. El Hijo de Dios lo ha cantado, lejos de la casa paterna, lejos de la patria celestial, como los devotos israelitas durante el destierro elevaban a Dios salmos de conmovedora nostalgia. Desde su corazón de pobre e Hijo cariñoso, Jesús, exultando en el Espíritu, eleva al Padre este himno de júbilo que revela el sentimiento de extrema pequeñez y confianza con el que, en cuanto Hombre, se dirige a Dios, el Omnipotente, el Creador del cielo y de la tierra. Jesús es el <<pequeño>> por antonomasia al que le han sido revelados los misterios del Reino de los Cielos. Para hacerse <<pequeño>>, Jesús se he despojado de su gloria divina, y nosotros, para llegar a ser pequeños, en el sentido evangélico, tenemos que despajarnos del hombre viejo, del pecado. Jesús se ha despojado de la gloria divina y ha asumido nuestra condición humana; nosotros tenemos que despojarnos de nuestra falsa grandeza, de nuestro orgullo, y seguirlo. El Espíritu Santo, cuando toca las cuerdas del corazón, las hace sensibles a las vibraciones de la gracia y suscita en ellas un canto divino, la música del amor Sin embargo, Jesús no canturrea solo ni para si; quiere atraer con su cántico a todos los hombres dispersos y reunirlos y restituirlos; para eso ha venido, junto a Dios, como hijo. Su canción se convierte en una inmensa sinfonía cósmica (A. M. Canopi, Il vangelo de la vita nuova, Milan 2000, 35).

 

 

Día 6

Lunes de la 14ª semana del Tiempo ordinario o 6 de julio, conmemoración de

Santa María Goretti

 

María Goretti nació en Corinaldo (Italia), hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, el 16 de octubre de 1890. Fue bautizada el 17 de octubre en la iglesia de San Francisco, en Corinaldo, y recibió los nombres de María y Teresa. El 1 2 de diciembre de 1896, la familia Goretti se trasladó desde Corinaldo a Colle Granturco, en las proximidades de Paliano, y, más tarde, en febrero de 1 899, a Le Ferriere di Conca, en la Caseína Antica, hoy Borgo Montello (Latina).

Fue agredida y herida de muerte por Alessandro Serenelli el 5 de julio de 1902, a las tres y media de la tarde. Murió y fue sepultada en Nettuno, o la edad de once años, el 6 de julio de 1902, a las tres y medio de la tarde. El proceso informativo fue iniciado en Abano el 31 de mayo de 1935. Pío XII reconoció la autenticidad del martirio de María el 25 de marzo de 1945. La declaró beata el 27 de abril de 1947, y santa, el 24 de junio de 1950.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 2,16-18.21ss

16 Pero yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y le hablaré al corazón.

17 Le devolveré sus viñedos, haré del valle de Acor una puerta de esperanza y ella me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que salió de Egipto.

18 Aquel día, oráculo del Señor, me llamarás «mi marido», y no me llamarás «mi baal».

21 Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré en justicia y en derecho, en amor y en ternura;

22 te desposaré en fidelidad y tú conocerás al Señor.

 

*»• El profeta Oseas escribió en tiempos de Jeroboán III (713-743 a. de C. ), en un período bastante florido, desde el punto de vista social, para Israel, aunque amenazado por la prostitución del pueblo a los baales, ídolos cananeos de la sexualidad, de la fecundidad, de la vegetación. La misma mujer del profeta abandona a su marido y se convierte en prostituta sagrada en un templo de Baal. Oseas, con la pena del corazón traicionado, es introducido en un significado más amplio de ese adulterio: no sólo su mujer, sino todo Israel es adúltero respecto a Dios.

Y en el hecho de que el profeta, por voluntad del Señor, vuelva a tomar consigo a la mujer infiel comprende el autor sagrado que debe expresar, con su propia vida y con su escrito, el drama de un Dios hasta tal punto fiel a Israel que lo atrae de nuevo hacia sí para renovarlo en un encuentro de profunda intimidad. Los «viñedos», los bienes perdidos por Israel cuando abandonó al Señor, él mismo -el esposo- los devolverá otra vez a la amada que se convierte a él.

Israel, yendo aún más al fondo en la alianza nupcial con Dios, experimentará la transfiguración de las mismas  experiencias más dolorosas. Precisamente como el «valle de Acor», un estrecho y oscuro desfiladero que evocaba atroces recuerdos de estragos (cf. Jos 7,24ss), se convertirá en «puerta de esperanza». Y será muy bello -dice Oseas-, como en los tiempos de la liberación de Egipto, dirigir cantos de amor a un Dios que desea cada vez más apasionadamente unir a la creación consigo, renovándola con sus dones nupciales.

Éstos son la justicia, fuente de toda la acción de Dios que une consigo a la esposa fiel; el derecho, que es defenderla del mal; la ternura y ese amor intenso y tiernísimo -rahamim- que caracteriza las nuevas relaciones del Dios-Esposo con Israel-Esposa, convertida en lo más profundo de su ser. De este modo es como la esposa «conocerá» a su Dios: no de modo formal, exterior, sino en lo hondo del corazón.

 

Evangelio: Mateo 9,18-26

En aquel tiempo,

18 mientras Jesús les decía esto, llegó un personaje importante y se postró ante él diciendo: -Mi hija acaba de morir, pero si tú vienes y pones tu mano sobre ella, vivirá.

19 Jesús se levantó y, acompañado de sus discípulos, le siguió.

20 Entonces, una mujer que tenía hemorragias desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto,

21 pues pensaba: «Con sólo tocar su vestido quedaré curada».

22 Jesús se volvió y, al verla, dijo: -Ánimo, hija, tu fe te ha salvado. Y la mujer quedó curada desde aquel momento.

23 Al llegar Jesús a casa del personaje y ver a los flautistas y a la gente alborotando,

24 dijo: -Marchaos, que la niña no ha muerto; está dormida. Pero ellos se burlaban de él.

25 Cuando echaron a la gente, entró, la tomó de la mano y la niña se levantó. 26 Y la noticia se divulgó por toda aquella comarca.

 

*•• Este relato presenta la típica estructura de encaje. Se trata, en efecto, de dos episodios tan insertados entre sí que se revelan como dos aspectos de una única realidad: la fe en Jesús, que, si es auténtica, hace pasar de la muerte a la vida. Jairo, jefe de la sinagoga de Cafarnaún, se postra ante Jesús en casa de Mateo precisamente cuando estaba hablando de bodas, de ropa nueva y de vino nuevo (cf. 9,16ss). En su discurso de vida se inserta la pena de quien acaba de ver morir a su hija de doce años (cf. Le 8,42), la edad de las nupcias para los judíos. Jesús se dirige hacia la casa de la difunta cuando una mujer, que sufría hemorragias desde hacía doce años, le toca la orla de su manto, persuadida, por la fe, de que «tocarle» significa salvarse. Y eso es precisamente lo que le oye decir al Señor: «Animo, hija, tu fe te ha salvado» (v. 22). Si perder sangre de continuo simboliza la amenaza de la muerte, la curación de la mujer es preludio de la victoria sobre la muerte que lleva a cabo Jesús enseguida en casa de Jairo. Dice Jesús: «La niña no ha muerto; está dormida» (v. 24).

En efecto, allí donde se hace sitio a Jesús, que vivió la muerte por nosotros en su persona y la «engulló» con su resurrección (cf. 1 Cor 15,55), la muerte corporal se convierte en «dormición», y dejarse «tocar» por Jesús se convierte en certeza de resurrección. La vida -como un caminar hacia la plenitud de las bodas de amor eterno, teniendo plena confianza en Jesús- encuentra en esta página una interpretación ejemplar. Vivir es caminar en la fe, en esa fe que, en concreto, es «tocar» y «dejarse tocar» por Cristo vivo en la Palabra, en la eucaristía y en el prójimo.

 

MEDITATIO

En la historia de María Goretti resplandecen los textos bíblicos con una actualidad luminosa e iluminadora. María nació en el seno de una familia convencida de que la vida, aunque sea pobre y dura, es un don de Dios.

Día tras día, en medio de la humilde fe de los puros y de los sencillos, fue creciendo en ella una convicción. La respuesta más bella a la «vida como don» es vivirla como entrega a Dios y a aquellos a quienes Dios pone en nuestro camino. Con una peculiaridad esencial: el secreto de la entrega a los otros en plenitud está en dejar a Dios la posibilidad de «hacernos»- «recrearnos» como don. El «Don» por excelencia, en la tradición de la Iglesia, es el Espíritu Santo. María Goretti, de manera análoga a María de Nazaret, se dejó habitar por el Don y apareció como entrega.

La belleza interior de María Goretti se ha revelado en su testimonio de virgen y mártir. La gracia del Espíritu y la belleza de la santidad de Dios se expresan asimismo como inocencia respecto al mal y al pecado. De ahí que María Goretti prefiriera permanecer en la amistad con Dios, aun a costa de su propia vida. La confiada invocación a él como Padre, único aliado y refugio frente a la ciega violencia de los hombres, es el grito de la genuina fe bíblica. La convicción profunda de que el mal, en apariencia señor del mundo, no conseguirá la victoria definitiva sobre el bien es, en María Goretti, una visión clara de la historia de la salvación.

Estos pensamientos pueden parecer una reflexión piadosa. La fe y la fidelidad de María Goretti van, no obstante, mucho más allá. Iluminan no sólo su presente y su futuro de víctima sacrificial; le sugieren que la misericordia de Dios tiene siempre una última palabra que decir tanto al primero como al último de los hijos de Caín: que su sangre, unida misteriosamente a la sangre de Dios, recaiga como invitación a la conversión sobre el agresor. La víctima inocente y el verdugo arrepentido, juntos en el Reino.

En síntesis: también en nuestros días la Palabra de Jesús es espíritu y vida. El grano de trigo, al morir, da la vida. María Goretti es símbolo y garantía, aun en nuestros días, de la presencia de Cristo, salvador y redentor.

Le siguió por gracia, y por gracia fue su testigo fiel, en la plenitud del misterio pascual de muerte y de resurrección.

 

ORATIO

Niña de Dios, tú que conociste pronto la dureza y la fatiga y las breves alegrías de la vida, tú que fuiste pobre y huérfana, tú que amaste al prójimo incansablemente haciéndote sierva humilde y atenta, tú que fuiste buena sin enorgullecerse, que amaste el amor sobre cualquier otra cosa, tú que derramaste la sangre para no traicionar al Señor, tú que perdonaste a tu asesino, deseándole el paraíso, intercede por nosotros junto al Padre, a fin de que digamos «sí» al designio de Dios sobre nosotros.

Tú que eres amiga de Dios y le ves cara a cara, obtennos de él la gracia del testimonio evangélico, siempre y por doquier. Te agradecemos, Marietta, el amor a Dios y a los hermanos que sembraste en nuestro corazón (de la oración de Juan Pablo II).

 

CONTEMPLATIO

María Goretti no es «la santa de los cinco minutos». Lo fue durante toda su vida, breve, escondida y silenciosa, encerrada en el lapso de poco menos de doce años. Fue la suya una vida preciosa por estar modelada sobre la de Jesús, en el misterioso retiro de Nazaret.

Doce años de vida familiar acompasados por la oración y por el trabajo, y ofrecidos con la transparencia de las virtudes evangélicas, transfiguradas plenamente en la hora del martirio.

De ello son testigo sus palabras, nacidas de la vida cotidiana, fragantes de mansedumbre y de humildad del corazón. Palabras florecidas en sus labios, conservadas y referidas con admiración por quienes la vieron crecer, en la escuela del Espíritu Santo. Citemos algunas de sus expresiones, recordadas en el proceso de canonización.

A la muerte de su padre: «Ánimo, mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La Providencia nos ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!». «Mamá, no te preocupes; Dios no nos abandonará». Y para animar a su madre: «Ahora pensaré yo en llevar adelante la casa». «Mamá, ¿cuándo recibiré la comunión?». A su hermana Teresa: «Teresa, ¿cuándo volveremos a recibir a Jesús?». A Alejandro: «Pero ¿qué haces, Alejandro? Dios no está contento, vas a ir al infierno».

Apenas salida del quirófano, le susurra a su madre: «Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están mis hermanos y hermanas? ¿Estarás aquí esta noche?». A María la devora la sed y le pide a su madre: «Mamá, dame una gota de agua». El capellán del hospital la asiste paternalmente y, en el momento de darle la sagrada comunión, la interroga: «María, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino?». Ella, reprimiendo una instintiva repulsión, le responde: «Sí, le perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al paraíso. Quiero que esté a mi lado... Que Dios le perdone, porque yo ya le he perdonado».

 

ACTIO

Repite y medita durante el día estas palabras: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey» (Le 23,42).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El símbolo más distintivo de la espiritualidad gorettiana es, ciertamente, el buen gobierno de la casa [...]. La enseñanza es evidente: el camino de la santidad es posible realizarlo en familia, en el servicio humilde y puntual, en la oración y en el respeto: un camino hacia Dios encontrado en la vida diaria. La «espiritualidad de la casa» nos recuerda la vida de la sagrada familia de Nazaret, y Marietta se convierte en imagen de este mensaje para nuestro tiempo.

Santa María Goretti nos deja precisamente como recuerdo de su paso por la tierra tres casas. En Corinaldo está su casa natal, en Le Ferriere, la casa del martirio: dos lugares que hablan por sí solos y que se han  convertido ahora en centros de oración y de meditación. Falta en la lista la casa de Paliano. Es el eslabón que falta en esta tríada gorettiana. María Goretti vivió tres años en la casa de Paliano. Allí encontró a Alessandro Serenelli, su futuro agresor, y a los padres pasionistas, beneméritos en el reconocimiento de la santidad de María (G. Alberti, Abaría Goretti, Roma 2000, p. 263).

 

 

Día 7

Martes de la 14ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 8,4-7.11-13

Así dice el Señor:

4 Han puesto reyes sin mi aprobación, han establecido príncipes sin saberlo yo. Con su plata y su oro se han hecho ídolos, para su propia ruina.

5 Me repugna tu becerro, Samaría; mi cólera se enciende contra ellos. ¿Hasta cuándo estarán sin purificarse?

6 Viene de Israel, lo ha hecho un artesano. ¡Eso no es Dios! Será, pues, hecho astillas el becerro de Samaría.

7 Siembran viento y cosechan tempestades; su grano no dará mies, ni la espiga, harina; y si la da, extranjeros la devorarán.

11 Efraín ha multiplicado los altares, pero sólo para pecar.

12 Aunque les escriba miles de leyes, las considerarán como de un extraño.

13 Les gusta ofrecerme sacrificios y comer la carne inmolada. Pero el Señor no los acepta, sino que recordará su iniquidad, les tomará cuenta de sus pecados y tendrán que volver a Egipto.

 

**• El profeta Oseas manifiesta el amor de un Dios que es grande en fidelidad y rico en misericordia. Sin embargo, proclama asimismo la plena desaprobación de Dios respecto a la conducta de un Israel corrupto, cuyo corazón ya no está con el Señor. Estamos en tiempos de Jeroboán II y de las intrigas que siguieron a su muerte: tiempos de egoísmos desencadenados y de una religiosidad insincera. Se trata de la alienación del querer gobernarse por sí mismos, volviendo a elegir jefes no designados por Dios. El mismo culto, al exteriorizarse cada vez más, se había contaminado hasta construir, en tierra de Samaría, un becerro, que, aunque no era al principio un ídolo, sino la expresión de la presencia invisible de YHWH, se deslizó después hacia la idolatría.

Oseas alude al estallido de la «cólera de Dios»: una categoría bíblica que hemos de comprender de manera adecuada. No es Dios un personaje colérico y vengador, sino alguien que se expresa como Amor en todos los sentidos del término. Precisamente por haber creado al hombre libre y responsable de sus decisiones, lo deja a merced de las consecuencias de la idolatría.

Que experimenten los hombres lo que es un viento tempestuoso que destruye el grano, lo que es un tallo sin espiga, lo que es una cosecha presa de los extranjeros. El castigo -la «cólera- es, por tanto, consecuencia del pecado y no un juicio externo y arbitrario de Dios.

Cuando la vida no está en sintonía con el culto, multiplicar los altares es sinónimo de pecado. Se trata de una clara alusión a la Ley del Sinaí. La alianza nupcial  (beríth) es la relación de fondo establecida por Dios con su pueblo, aunque en las condiciones precisas expresadas por la Ley. Por consiguiente, sacrificar a Dios, olvidando lo que él quiere, es la insinceridad que condena Oseas en nombre del Señor. Precisamente esta insinceridad de la vida conducirá a Israel a la esclavitud del exilio babilónico en el nuevo Egipto.

 

Evangelio: Mateo 9,32-38

En aquel tiempo,

32 mientras los ciegos se iban, le presentaron un hombre mudo poseído por un demonio.

33 Jesús expulsó al demonio y el mudo recobró el habla. Y la gente decía maravillada: -Jamás se vio cosa igual en Israel.

34 Pero los fariseos decían: -Expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios.

35 Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

36 Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor.

37 Entonces dijo a sus discípulos: -La mies es abundante, pero los obreros son pocos.

38 Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

 

**• La perícopa está estructurada en dos partes. En la primera, tras el milagro de volver a dar la vista a dos ciegos (9,27-31), libera Jesús del demonio y restituye el uso de la palabra a un mudo. La reacción es doble: gente maravillada, inclinada a reconocer las maravillas de Dios y, en claro contraste, los fariseos insinuando que la obra de Jesús es una acción satánica. Inmediatamente después, introduce Mateo el tema de la misión, presentando el carácter itinerante de la predicación del Señor. Éste no es, en efecto, uno de los maestros al uso, que disponían de una morada fija a la que acudían los discípulos. En 4,23 lo describe Mateo recorriendo toda la Galilea, pero aquí se abre a una dimensión universal. Jesús va por todos los pueblos y ciudades proclamando el Evangelio y curando todas las enfermedades (cf. v. 35).

El punto focal del pasaje se encuentra allí donde el evangelista capta el corazón de Cristo compadeciéndose de la gente cansada, oprimida, sin pastor (cf. v. 36). Para comprender toda la intensidad que aquí se encierra basta con referirnos al texto original griego, donde la expresión «sintió compasión» traduce el verbo splanchnízomai , reservado sólo a Jesús y a alguna parábola que simboliza su «sentir» o el del Padre. El término correspondiente en hebreo es raham, que significa «útero», «vísceras».

Se trata, por consiguiente, de la cualidad materna del amor de Jesús por nosotros. Nuestro mal le conmueve hasta tal punto que se com-padece (= con-sufrir) hasta hacerse cargo de nosotros en su misterio de muerte y resurrección.

A continuación, compromete Jesús a los discípulos a que pidan al Padre que suscite otras personas dispuestas a seguirle en una evangelización que asemeja a la fatiga de quienes van a trabajar en la siega. La imagen de la mies se «mantiene» aún: una oración litúrgica actual nos asimila a Jesús y nos hace orar así: «Oh Dios, mira la magnitud de tu mies y envía obreros para que se anuncie el Evangelio a toda criatura».

 

MEDITATIO

Lo que seca el corazón y la vida es no estar centrados y unificados en Dios. Es relativamente fácil pagar el tributo de prácticas religiosas vividas como hábitos separados de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, esto se convierte en idolatría. «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mc 7,6), dice Jesús. Todas las crisis de fe e incluso las de identidad parten de esta «separación» entre religiosidad (formal) y vida. Por otra parte, ¿cómo eludir este «peligro»?

No es el voluntarismo lo que nos salva. Si, con todo, debe haber compromiso y método en la vida espiritual, lo que importa es que todo brote de la conciencia del misterio más grande y consolador: el Señor se compadece de nuestras situaciones escabrosas, difíciles, de nuestra «sed» de él, que, con nuestras pobres fuerzas, no llega a su ser fuente. Es muy necesario que el corazón entre en contacto, a través de la fe, con aquel amor, no sólo materno, sino tiernísimamente materno de Dios que Jesús expresó en su «sentir compasión», en su sentirse conmovido por unas «entrañas de misericordia» respecto a nosotros.

Una vida que sea verdadero camino espiritual parte de una Palabra revelada, fulcro luminoso de nuestro creer, esperar y amar: «El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados » (1 Jn 4,10). Así las cosas, incluso en los momentos de tentación, cuando la carrera del activismo o la fascinación del aplauso o la decepción del fracaso nos turban, la fuerza del Dios-Amor, del Jesús-Presencia en nuestra vivencia nos sostendrá. Podrá suceder todo, pero nuestra unión con el Señor será cierta y será salvación.

 

ORATIO

Señor, derrama tu Espíritu en mí, para que mi vida, a menudo triturada y con facilidad idólatra, llegue a ser libre, unificada en ti. Crea en mí un corazón sincero para que me relacione contigo no de una manera ritualista y rutinaria, sino con toda la conciencia de que «tú eres mi dueño, mi único bien; nada hay comparable a ti» (Sal 16,2) y de que «me enseñarás la senda de la vida, me llenarás de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha» (Sal 16,11).

Concédeme vivir la certeza de que eres la revelación del infinito amor del Padre, que se inclina hacia mí amándome, hasta com-padecer conmigo en tu misterio de pasión-muerte, para abrirme al poder de la resurrección.

Señor Jesús, que yo sufra contigo mis dificultades y dolores, y venza contigo todos mis males gracias a tu resurrección. Es dentro de este ritmo de vida pascual donde te ruego que me hagas partícipe de tu ansia de salvación.

Señor, envíame, envía a tantos otros hermanos mejores que yo al campo del Padre, donde ya se dora la mies del Reino.

 

CONTEMPLATIO

Que el alma, del mismo modo que se reúnen los hijos desviados, reúna sus pensamientos perversos, los vuelva a llevar a la casa del corazón y espere sin tregua, en medio de la sobriedad y el amor, el día en que el Señor venga a visitarla [...]. De este modo, el pecado no hará daño alguno a los que viven en medio de la esperanza y la fe esperando al Redentor.

Cuando él viene, transforma los pensamientos del corazón [...], nos enseña la verdadera oración que permanece estable e inquebrantable. «Caminaré delante de ti, derribaré las fortalezas; romperé las puertas de bronce, quebraré los barrotes de hierro» (Is 45,2) (Seudomacario, Homilía 31,1).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Confío en ti, Señor. Hazme alegre anuncio de tu salvación».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Estos días no he podido leer mucho la Sagrada Escritura. Pero he meditado con atención la Carta de Santiago. Los cinco capítulos que la componen constituyen un resumen admirable de vida cristiana. La doctrina sobre el ejercicio de la caridad (Sant 1,27), el uso de la lengua (Sant 1,19-26), la dinámica del hombre de fe (Sant 2), la colaboración en la paz (Sant 4), el respeto al prójimo, las amenazas al rico injusto y avaro, y, por último, la invitación a la confianza, al optimismo, a la oración (Sant 5): todo esto y otras cosas constituyen un tesoro incomparable de signos, de exhortaciones, para los eclesiásticos y para los laicos, según la necesidad de todos los tiempos. Convendría aprenderla toda de memoria y gustar y regustar punto por punto la doctrina celestial. Ahora, metido ya en los sesenta y ocho años, no me queda más que envejecer. Ahora bien, la sensatez, que siempre es joven, está ahí, en el Libro divino (Juan XXIII, // giornale dell'anima, Ed. de F. Capovilla, Turín 1991, p. 98 [edición española: Diario del alma, Cristiandad, Madrid 1964]).

 

Día 8

 

Miércoles de la 14ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 10,1-3; 7-8.12

1 Vid frondosa era Israel, que daba fruto abundante. Cuantos más eran sus frutos, más multiplicaba sus altares; cuanto más prosperaba su tierra, más embellecía las estelas.

2 Tiene dividido el corazón, y ahora lo van a pagar: el Señor romperá sus altares y derribará sus estelas.

3 Ahora dicen: «Ya no tenemos rey, porque no hemos respetado al Señor; además, ¿qué puede hacer el rey por nosotros?».

7 Ha desaparecido Samaría: su rey es una brizna en la superficie del agua.

8 Serán devastados los altos de Aven, pecado de Israel; espinas y zarzas treparán por sus altares. Dirán a los montes: ¡Cubridnos! y a las colinas: ¡Caed sobre nosotros!

12 Sembrad justicia y cosecharéis amor. Roturad un campo nuevo, que ya es tiempo de buscar al Señor, para que venga y derrame sobre vosotros la justicia.

 

        *• Oseas compara a Israel con una vid (o viña), una imagen entrañable para los autores bíblicos (cf. Is 3,14; 5,1-7; 27,2; Jr 3,21; 12,10; Ez 15,1; 17,6-10; Sal 80,9-19; Mt 20,lss). Efectivamente, Israel se ha vuelto cultivador, se ha enriquecido, pero, justamente con el bienestar material, ha tomado impulso para abandonarse a un culto materialista y, al cabo, idólatra. «Tiene dividido el corazón». El profeta subraya con vigor la insinceridad que el formalismo religioso ha producido, en concomitancia con la erección de estelas («massebe», es decir, columnas talladas con ambiciones artísticas), aunque con una depravación idólatra.

El pueblo se lamenta, a continuación, de no tener un rey como las otras naciones. El comentario del profeta constituye, sin embargo, una verdadera desaprobación: sin YHWH, Israel está perdido, tenga o no tenga rey. La destrucción de Samaría, dividida e idólatra, está predicha con vigor junto con el fin de su rey, arrastrado como «una brizna» en las trágicas aguas del asedio. «Espinas y zarzas» (cf. Gn 3,18) treparán por las ruinas de sus altares, y el pueblo, consciente al final de su propio daño, deseará que los montes le caigan encima para ocultar su propia vergüenza. ¿Cómo no sentir aquí algo así como un anticipo del anuncio lucano (Lc 23,30).

En el v. 12 invita Oseas al pueblo a cambiar de vida: «Sembrad justicia», entendida ésta como obediencia a la voluntad de Dios; entonces cosecharán en un clima de «amor». Todavía una imagen agrícola, un campo, «nuevo» como el corazón del pueblo invitado a realizar esta justicia, una justicia en la que lo que cuenta de modo fundamental es buscar a Dios, es decir, lo que él quiere.

 

Evangelio: Mateo 10,1-7

En aquel tiempo,

1 Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio poder para expulsar espíritus inmundos y para curar toda clase de enfermedades y dolencias.

2 Los nombres de los doce apóstoles son: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; luego Santiago el hijo de Zebedeo y su hermano Juan;

3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, el hijo de Alfeo, y Tadeo;

4 Simón el cananeo, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

5 A estos Doce los envió Jesús con las siguientes instrucciones: -No vayáis a regiones de paganos ni entréis en los pueblos de Samaría.

6 Id más bien a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

7 Id anunciando que está llegando el Reino de los Cielos.

 

*» Es interesante señalar que al discurso sobre la necesidad de la misión (v. 38: «Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies») le sigue la llamada de los Doce, que son enviados de inmediato. Existe, en efecto, un vínculo profundo entre el ser llamado a «estar» con el Señor y el ser «enviados» con él a los hermanos.

Y se trata de una llamada por el propio nombre, es decir, dentro de la propia identidad pensada desde siempre por un Dios que nos ha llamado antes que nada a la vida, por amor. Como en Le 9,1, Jesús confiere de inmediato su mismo «poder» a sus discípulos, un poder que se concreta en vencer a las fuerzas demoníacas y en curar el mal parcial (la enfermedad), como anticipo y signo de la liberación total del mal.

Mateo se toma un gran interés en la lista de los nombres, que -hacemos hincapié en ello- siguen el mismo orden que en Me 3,16-19; Le 6,14-16 y Hch 1,13. No es casualidad que el primero de la lista sea «Simón, llamado Pedro», el primero en dignidad. Los otros nombres aparecen emparejados. El autor del evangelio, el mismo que se llama Mateo, no se avergüenza de añadir a su nombre el poco honorable oficio de publicano. Por último, se recoge el nombre de Judas Iscariote, que pasará tristemente a la historia tal como aquí se dice: «el que lo entregó».

Veamos las primeras instrucciones de Jesús a los enviados: la invitación a consagrar su propia «misión» antes que nada a los israelitas «perdidos» y a anunciar, por el camino, la gran proximidad del Reino de Dios. El significado hemos de buscarlo en el hecho de que Jesús, judío entre los judíos, conoce las posibilidades latentes en su pueblo, que, oprimido por tanta religiosidad, una religiosidad que se había vuelto legalista y formal, carecía de guías espirituales. Toda la Iglesia primitiva –según dicen los Hechos- se movió después con este mismo estilo: anunciando a los judíos antes que a los otros el cumplimiento de las promesas hechas a Abrahán («A través de tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra»: Hch 3,25). Y la realización de la bendición de la que el mismo Israel es portador, si se convierte, es «el Reino de Dios», es decir, la presencia del Dios-Amor que, en Jesús, libera y salva.

 

MEDITATIO

Puede suceder que nuestras jornadas estén marcadas, a veces, por el sello de la eficiencia a cualquier precio. Se parecen a la vid de Oseas, que da fruto, pero no por el Señor ni para el Señor. Dentro de esta búsqueda «dividida», se resquebraja el corazón y se entorpece.

Las consecuencias de esto son nefastas: «espinas» de descontento profundo y «zarzas» de preocupaciones y de falta de sentido. Ahora bien, si el corazón vuelve a buscar al Señor dentro de la «justicia», que es santidad de vida con Dios y para Dios, podrá cosechar «amor» para sí y para los demás. Eso es lo que subraya asimismo el evangelio que presenta Jesús mientras llama a los Doce y los envía, dándoles el poder de liberar del mal y de anunciar que el Reino de Dios (el amor misericordioso del Padre) está cerca de quien, con recto corazón, busca al Señor y su voluntad.

En nuestros días, es importante que el corazón entre en esta dinámica de llamada. Jesús nos llama por nuestro nombre. Para él, yo también soy único e irrepetible.

Me conoce y me ama desde siempre. Su proyecto de salvación no consiste sólo en sacarme fuera de la falsedad de una vida centrada en intereses de corto alcance, sino que quiere hacer de mí nada menos que un instrumento de su salvación. Lo que importa es creer que él me da su poder y, en su nombre, puedo llegar a ser luz para los hermanos con tal de que permanezca en contacto con él mediante una fuerte oración y mi corazón esté orientado a él y a los intereses del Reino.

 

ORATIO

No permitas, Señor, que sea yo como la viña de tu pueblo cuando mi corazón se aleja de ti y se convierte en mentiroso recorriendo caminos de falsa lozanía. Haz que no mire la eficiencia a cualquier precio, la búsqueda de lo que me agrada en el interior de las categorías mundanas: éxito, ropa, dinero, aplauso, imagen, interés personal.

Ayúdame a «sembrar justicia»: la santidad evangélica del responder a tu llamada a realizar, momento a momento, junto a ti, con el poder del Espíritu Santo que me has dado, todo lo que el Padre quiere de mí. Concédeme «roturar el campo nuevo», que consiste en vivir y anunciar el Reino de Dios: reino de paz, de amor, de paciencia, de mansedumbre y de una esperanza que va más allá de cualquier dificultad. Continúa llamándome por mi nombre, Señor. Y, de viña idólatra, hazme sarmiento vivo de tu ser Vid verdadera. Concédeme dar fruto para el Reino, en ti y por ti.

 

CONTEMPLATIO

En lo más profundo de sí misma, advierte el alma un movimiento que la atrae hacia Dios. Éste le dice, de manera imperceptible, que todo irá bien con tal de que le deje hacer y no viva de otra cosa que de su fe auténtica en medio de un abandono total.

«Ciertamente -dice Jacob- el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía» (Gn 28,16). ¿Buscas a Dios, querida alma? Has de saber que está en todas partes. Todo te lo anuncia, todo te lo da. Incluso ahora ha pasado junto a ti, a tu alrededor, dentro, a través. Mora en ti y tú lo buscas.

¡Cuidado! Buscas la idea de Dios en su sustancia, buscas la perfección, y ésta se encuentra en todo lo que te sale al encuentro. Tus mismas acciones -si las haces por Dios y con Dios-, tus sufrimientos, tus atracciones: todo es enigma bajo el que Dios elige entregarse a ti. Él no necesita tus ideas sublimes para habitar en ti (J. Pierre de Caussade, L'abbandono alia Providenza divina, Milán 1919, p. 35).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Recobrad el ánimo, los que buscáis a Dios» (Sal 69,33).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El amor a lo bello sigue siendo un anhelo fundamental no sólo de la vida monástica, sino de la vida cristiana en general. Dostoievski decía incluso que la belleza podría salvar el mundo, y yo estoy convencido de ello. Ahora bien, ¿dónde se encuentra esta belleza? ¿Dónde puede germinar?

La condición esencial para que florezca la belleza y connote las obras creadas por los cristianos es la pobreza: allí donde está la pobreza, no la miseria, allí donde está la sencillez, esto es, la capacidad de reconducir las cosas a lo esencial, forzosamente acabamos por reconducir las cosas a su armonía, y, entonces, todas las criaturas manifiestan su fuerza sinfónica, su consonancia natural, y crean por sí solas el ambiente que es la obra de arte. Dionisio el Areopagita recuerda que ninguna de las cosas que existen están privadas por completo de belleza, puesto que dice la Escritura que todas las cosas eran muy bellas cuando fueron creadas. De ahí que sea preciso descubrir de nuevo y hacer resaltar esta belleza, convirtiéndonos y convirtiendo las cosas a la unidad y la simplicidad deificante (E. Bianchi, Ricominciare, Genova 1991, p. 58).

 

Día 9

Jueves de la 14ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 11,1.3-4.8c-9

Así dice el Señor:

1 Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo.

3 Con todo, yo enseñé a andar a Efraín y lo llevé en mis brazos. Pero no han comprendido que era yo quien los cuidaba.

4 Con cuerdas de ternura, con lazos de amor, los atraía; fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas y se inclina hasta él para darle de comer.

8 El corazón me da un vuelco, todas mis entrañas se estremecen.

9 No dejaré correr el ardor de mi ira, no volveré a destruir a Efraín, porque yo soy Dios, no un hombre; en medio de ti yo soy el Santo y no me complazco en destruir.

 

**• Este texto de Oseas figura entre los más importantes de todo el Primer Testamento en orden a la revelación de la naturaleza del Dios-Amor. Si en el capítulo 2 el símbolo-lenguaje que se nos revela es el de un Dios esposo, aquí cambia el registro. El amor de Dios es el de un padre tiernísimo que recuerda a su hijo los días lejanos en que, arrancándolo de la esclavitud de Egipto, lo llevó suavemente de la mano. El pueblo había ido continuamente por el camino de la idolatría, pero Dios estaba siempre para volverlo a coger en brazos, para expresarle su amor con los lazos de bondad que, tocando las fibras más secretas de la humana sed de ser amados, hubieran debido persuadirle sobre la fuerza, la fidelidad y la misericordia de este amor de Dios por el hombre. «La delicada interioridad del amor de Dios y, al mismo tiempo, su fuerza apasionada no han sido percibidas ni representadas por ningún otro profeta como por Oseas» (Weiser).

Existe en estos versículos una voluntad de salvación por parte de Dios que supera con mucho la indignación por el alienante ir a la deriva del hombre. Y todo el texto (en el que vuelve bastantes veces el verbo judío que significa «amor») subraya la absoluta prioridad del amor de Dios al hombre. El amor del hombre a Dios, en la Biblia, viene después, y aparece aquí con una cierta vacilación, como para expresar la impotencia del «corazón incircunciso», del «corazón endurecido», que sólo cuando lo alcanza y penetra el Espíritu puede convertirse en «corazón de carne», capaz, por tanto, de amar a Dios y, en él, a los hermanos (cf. Ez 36,26ss).

 

Evangelio: Mateo 10,7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

7 Id anunciando que está llegando el Reino de los Cielos.

8 Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, expulsad a los demonios; gratis lo recibisteis, dadlo gratis.

9 No llevéis oro, ni plata ni dinero en el bolsillo;

10 ni zurrón para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni cayado, porque el obrero tiene derecho a su sustento.

11 Cuando lleguéis a un pueblo o aldea, averiguad quién hay en ella digno de recibiros y quedaos en su casa hasta que marchéis.

12 Al entrar en la casa, saludad,

13 y si lo merecen, la paz de vuestro saludo se quedará con ellos; si no, volverá a vosotros.

14 Si no os reciben ni escuchan vuestro mensaje, salid de esa casa o de ese pueblo y sacudíos el polvo de los pies.

15 Os aseguro que el día del juicio será más llevadero para Sodoma y Gomorra que para ese pueblo.

 

**• El texto retoma el anuncio: «El Reino de Dios está cerca». Tanto Juan el Bautista (Mt 3,2) como Jesús (4,17) lo proclamaron desde el principio. El que cree que el Reino es el Señor y se convierte, viviendo como él quiere, se convierte en «signo» de su presencia y, como dice inmediatamente después el texto, puede realizar curaciones, volver a dar la vida, tomar posición contra Satanás y sus estrategias de mal (v. 8). Lo que importa es la conciencia de estar inundados de continuo por energías divinas: la gracia que nosotros no hemos merecido, pero que Jesús la mereció por nosotros con su pasión, muerte y resurrección. Esta absoluta gratuidad  es la apuesta de la persona que cree y de la comunidad edificada sobre el Evangelio. Puesto que gratuitamente recibimos todo de Dios, podemos proyectar nuestra existencia a través del don de la gratuidad. Aun viviendo en una sociedad y en sus estructuras, se hace posible así tomar distancia respecto a lo que, en estas estructuras, da un carácter absoluto al valor del dinero, de la ropa, de cualquier otro bien material.

También el discípulo trabaja en este mundo y sabe que tiene derecho al alimento (v. 10; cf. Le 10,7), a la recompensa, pero se contenta con lo necesario. El excedente de la ganancia no es, por tanto, para ser acumulado, sino para la gratuidad del don. El evangelizador se quedará en casa de quien sea digno de recibirlo (v. 11).

Y quien pida ser hospedado llevará, como signo distintivo, la paz. Precisamente esta paz mesiánica (Lc 10,5 recoge el saludo con el que han de anunciarse: «La paz esté con vosotros» será el signo distintivo. Quien la acoge, acoge en el hermano el Reino de Dios y todas sus promesas de bendición. Quien no la acoge, se excluye de todo esto. Por eso tiene sentido «sacudirse el polvo», gesto que hacían los que, al entrar en Israel, dejaban detrás la tierra de los infieles. Del mismo modo que Sodoma y Gomorra, que se hundieron por no haber acogido a los enviados de Dios {cf. Gn 19,24ss), así también se hundirá quien no acoja al hermano y, por tanto, el Reino.

 

MEDITATIO

La vida, sobre todo en nuestros días, está repleta de tensiones y de atosigamientos que tienden a triturar las jornadas, a disipar y a empobrecer el espíritu. ¿El antídoto?

Percibirme, precisamente hoy -no mañana, ni pasado mañana-, en mi debilidad, como el niño que el tiernísimo Abbá del cielo alza hasta sus mejillas con una fuerza y una ternura infinitas. Creo, estoy seguro por la fe, que él me saca de los diferentes Egiptos que son las distintas esclavitudes en que se ha enredado mi «obrar», un «obrar» frenético sin acordarme de Dios.

El drama de muchos cristianos es realizar sólo intelectualmente que el Señor cuida de nosotros. De ahí el desaliento, el sentido de angustia e incluso de traición cuando tropiezan con la prueba, con el dolor, con las dificultades de la vida. Ahora bien, el hecho de que Dios sea «Dios y no hombre», si lo creo hasta el fondo en mi corazón, pacifica y ordena la existencia de raíz. De esta certeza de que hay un Dios, cuya identidad es amor (cf 1 Jn 4,16), que nos ama y se preocupa por nosotros, brota ese estilo del que habla Jesús en el evangelio. Soy amado gratuitamente, me siento colmado de diligentes cuidados. En consecuencia, el lema de la gratuidad es mi referencia a los hermanos, anunciando precisamente ese Reino de Dios que es la luz, el sentido y la alegría de mi vivir. Esta riqueza, absolutamente gratuita, es la que estoy llamado a entregar. Y, precisamente dentro de este círculo de gratuidad, vivir se convierte en el aliento de la gran expectativa: «Vuelve raudo, Señor, como la luz difundida sobre la ola, que brilla con destellos inesperados» (D. Doni).

 

ORATIO

Señor Jesús, te ruego que tomes posesión de mi corazón profundo. Concédeme estar seguro de tu presencia en el centro de mi ser, más allá de mis fáciles depresiones, de mis euforias y de las ansias que hay en mí. Y haz que, a través de ellas, entre en contacto a menudo contigo. Tú, por encima de mis «Egiptos» y de las «ruinas » de una vida superficial, naturalista y, por ello, destructiva, puedes llegar al núcleo vital de mi ser, cargado de promesas. Tú y sólo tú. puedes hacerlo florecer en continua y verdadera actitud de entrega.

Haz que te reciba día tras día a través de la gratuidad de tu amor tierno y delicado y que con este amor vaya anunciando tu Reino con el estilo de lo gratuito y de la sencillez.

 

CONTEMPLATIO

Sólo a ti desea mi alma, Señor. No puedo olvidar tu mirada serena y apacible. Y te suplico con lágrimas: ven, haz morada en mí y purifícame de mis pecados.

Estás viendo, Señor, desde lo alto de tu gloria, cómo se consume mi alma por tu causa. No me abandones, escucha a tu siervo. Te grito como el profeta David: «Ten piedad de mí, oh Dios, por tu gran misericordia» (Archim. Sofronio, Silvano del Monte Athos. Vita, dottrina, scritti, Turín 1978, p. 262).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú me amas gratuitamente, Señor. Hazme vivir en el seno de la gratuidad».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Libre significa: alegre y afectuosamente, sin temor y de modo abierto, dando gratuitamente lo que hemos recibido de manera gratuita, sin aceptar compensaciones, premios o gratitud.

La alegría debería ser uno de los aspectos principales de nuestra vida religiosa. Quien da con alegría da mucho. La alegría es el signo distintivo de una persona generosa y mortificada que, olvidándose de todas las cosas y hasta de sí misma, busca complacer a Dios en todo lo que hace por los hermanos. A menudo es un manto que esconde una vida de sacrificio, de continua unión con Dios, de fervor y de generosidad.

«Que habite la alegría en vosotros», dice Jesús. ¿Qué es esta alegría de Jesús? Es el resultado de su continua unión con Dios cumpliendo la voluntad del Padre. Esa alegría es el fruto de la unión con Dios, de una vida en la presencia de Dios. Vivir en la presencia de Dios nos llena de alegría. Dios es alegría. Para darnos esa alegría se hizo hombre Jesús. María fue la primera en recibir a Jesús: «Exulta mi espíritu en Dios mi salvador». El niño saltó de alegría en el seno de Isabel porque María le llevaba a Jesús. En Belén, todos estaban llenos de alegría: los pastores, los ángeles, los reyes magos, José y María. La alegría era también el signo característico de los primeros cristianos. Durante la persecución, se buscaba a los que tenían esta alegría radiante en el rostro. A partir de esta particular alegría veían quiénes eran los cristianos y así los perseguían.

San Pablo, cuyo celo intentamos imitar, era un apóstol de la alegría. Exhortaba a los primeros cristianos a que «se alegraran siempre en el Señor». Toda la vida de Pablo puede ser resumida en una frase: «Pertenezco a Cristo. Nada puede separarme del amor de Cristo, ni el sufrimiento, ni la persecución, nada. Ya no soy yo quien vivo, sino Cristo quien vive en mí». Esa es la razón de que san Pablo estuviera tan lleno de alegría (Madre Teresa, Meditazioni spirituali, Milán, 30ss).

 

 

Día 10

Viernes de la 14ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 14,2-10

Así dice el Señor:

2 Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, pues tu iniquidad te ha hecho caer.

3 Buscad las palabras apropiadas y volved al Señor; decidle: «Perdona todos nuestros pecados y acepta el pacto; como ofrenda te presentamos las palabras de nuestros labios.

4 Asiria no nos salvará, no volveremos a montar a caballo, y no llamaremos más dios nuestro a la obra de nuestras manos, pues en ti encuentra compasión el huérfano».

5 Yo sanaré su infidelidad, los amaré gratuitamente, pues ha cesado mi ira.

6 Seré como rocío para Israel; él crecerá como el lirio y echará raíces como los árboles del Líbano.

7 Se desplegarán sus ramas, tendrá el esplendor del olivo y como el del Líbano será su perfume.

8 Volverán a sentarse a mi sombra, de nuevo crecerá el trigo, como la vid florecerán, y serán famosos como el vino del Líbano.

9 Efraín no tendrá ya nada que ver con los ídolos. Yo escucho su plegaria y velo por él; yo soy como un ciprés lozano y de mí proceden todos tus frutos.

10 ¿Quién es tan sabio como para entender esto? ¿Quién tan inteligente como para comprenderlo? Los caminos del Señor son rectos, por ellos caminan los inocentes y en ellos tropiezan los culpables.

 

*•»• Es el último vaticinio de Oseas, admirable tanto por el contenido como por el arrebato lírico-afectivo. El profeta proclama una vez más el amor apasionado de Dios por Israel, expresando, en primer lugar, la invitación a volver al Señor con conciencia del propio pecado (w. 2ss). Se trata, en sustancia, de la llamada repetida por otros profetas para que Israel se muestre, esencialmente, cónsone con el espíritu de la alianza (cf. Am 5,21-24; Is 1,10-17; Miq 6,6-8; Sal 50,8-21; 51,18ss). En respuesta al compromiso penitencial del pueblo, que se entrega a YHWH persuadido ahora de la inutilidad y del daño de cualquier recurso a las potencias extranjeras (Asiria) y de toda confianza ilusoria en las propias iniciativas al margen de Dios (v. 4), en respuesta a esto, decíamos, el Señor mismo saldrá garante de un futuro de esperanza para el pueblo (v. 5).

El punto decisivo de la perícopa reside en el despliegue de unas imágenes bellísimas de la naturaleza: Dios se compara con el rocío, que vivifica lo que era árido. De esta suerte, el pueblo vuelve a tener la lozanía de la flor del lirio. Se parte de la magnificencia del próvido olivo y de la fragancia del Líbano, cuyos cedros difunden perfume, para expresar el reflorecimiento de Israel en cuanto acepta volver al Señor (w. 6ss). Pero, a continuación, se compara al Señor mismo con un árbol a cuya sombra descansará la gente, sacando nuevas fuerzas para hacer florecer, como la vid, toda la nación (v. 8). Dios es, para un Israel renovado por completo, alguien que vigila y escucha. Es como el ciprés, el árbol firme, fuerte, perennemente verde: metáfora de la omnipotencia de Dios, que permite a Israel dar frutos todavía (v. 9). El v. 10 cierra la perícopa confiando a los sabios la comprensión de todos los vaticinios. Para el autor de esta expresión conclusiva (que tal vez no es Oseas), la sabiduría es caminar con rectitud por los caminos del Señor.

 

Evangelio: Mateo 10,16-23

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

16 He aquí que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas.

17 Tened cuidado, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas.

18 Seréis llevados por mi causa ante los gobernadores y reyes para que deis testimonio ante ellos y ante los paganos.

19 Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo hablaréis, ni de qué diréis. Dios mismo os sugerirá en ese momento lo que tenéis que decir,

20 pues no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará a través de vosotros.

21 El hermano entregará a su hermano a la muerte y el padre a su hijo. Se levantarán hijos contra padres y los matarán.

22 Todos os odiarán por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará.

23 Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra; os aseguro que no recorreréis todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del hombre.

 

**• La perícopa está penetrada toda ella por la fuerza dramática, aunque salvífica, de la pertenencia a Cristo. El «he aquí» inicial introduce esta nueva enseñanza sobre la misión. Se trata de trillar los caminos de la mansedumbre y de la no violencia, aun siendo conscientes de estar rodeados por un mundo feroz y agresivo.

La imagen de las ovejas asimila al evangelizador con el Cordero «que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29): aquel que cargó con nuestras iniquidades y nuestros dolores (cf. Is 59,11), para realizar el proyecto de un Dios que quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Tim 2,4).

La mansedumbre y la no violencia del evangelizador no son nunca, sin embargo, debilidad, ni simpleza ni, menos aún, masoquismo. Se trata de vivir dos virtudes que parecen, aunque no lo son, opuestas: la prudencia de la serpiente, como ejercicio de una inteligencia vigilante, realista y crítica, que se sustrae al engaño, y la sencillez de la paloma, como ejercicio del proceder limpio y confiado, propio de quien sabe que está en las manos de un Padre omnipotente y bueno.

La exhortación a llevar cuidado con los hombres (cuando se trate de «lobos» dispuestos a tramar perfidias) cae, por tanto, de la parte de la prudencia; la exhortación a no preocuparse por lo que haya que decir, poniendo más bien toda la confianza en el Espíritu del Padre, que se ocupará de inspirar lo que haya que decir, cae, en cambio, de la parte de la sencillez. La perspectiva de lo que tendrá lugar antes del triunfo definitivo de Cristo no es una perspectiva rosa: el mal es engendrador de mal y agita las mismas relaciones familiares, llegando hasta las raíces de la vida (v. 21), pero quien soporte ser odiado (no a causa de sus propias fechorías, sino de Cristo soberanamente amado y seguido: v. 22) será salvo.

Se trata, en definitiva, de perseverar en el obrar contra el mal, aunque intentando huir de los perseguidores (v. 23), con la certeza en el corazón de que, dentro del  discurrir de los días, sigue siendo inminente la venida del Hijo del hombre, con su victoria definitiva sobre el mal y sobre la muerte (v. 23b).

 

MEDITATIO

Vivir las jornadas espiritualmente significa experimentar que ninguna potencia humana nos salva y que no es «elaborando» proyectos de autosuficiencia, ni poniendo nuestra confianza en nuestras obras como realizamos el Reino de Dios en nosotros y a nuestro alrededor.

El secreto de una vida verdadera es, en primer lugar, el continuo retorno al corazón habitado por Dios. Decían los Padres que hacer memoria continuamente de Dios a lo largo de nuestras propias jornadas es lo que, en concreto, nos hace caminar con el Señor, dando frutos en él. La estrategia consiste, por consiguiente, en una interioridad activa: desde la dispersión que supone hacer muchas cosas, hemos de tomar de nuevo, lo más a menudo que podamos, conciencia de que el Señor «mora» en nosotros, y volver a él con rápidos, pero igualmente frecuentes, contactos de amor. Verdaderamente, será como «sentarse a su sombra» (Os 14,8) y encontrar reposo; será un florecer y un dar fruto también en el campo apostólico.

Lo sabemos: no se trata de una aventura fácil, pero el Señor será «rocío» de Espíritu Santo, que nos sugerirá cómo relacionarnos con el mundo en que vivimos para que podamos ser sencillos en la búsqueda de Dios y de todo lo que es verdad de amor, prudentes en el discernimiento de los caminos que no nos alejen de esta verdad.

La elección de un estilo de vida marcado por la mansedumbre del Cordero en una sociedad penetrada por grandes y sutiles y, aparentemente, triunfantes violencias nos asemeja al Señor Jesús: el Cordero que quita el pecado del mundo, nuestros mismos pecados. En él y por él, dentro de una fe que lo envuelve todo, es como discurren los días serenos incluso en medio de las dificultades, a veces en medio de persecuciones. Porque lo sabemos: «Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe» (1 Jn 5,4).

 

ORATIO

Señor, hazme volver a ti: a cada hora, en cada momento.

Que dentro del torbellino de cosas que debo hacer, sea tu recuerdo, el de tu presencia gloriosa en mí, lo que me permita dar «fruto» en todas las obras buenas que has proyectado para mí.

Sé para mí rocío del Espíritu Santo: tanto para mi continuo «florecer» en la relación de amor vital y nupcial contigo como para el modo de relacionarme con los hermanos. No permitas que la violencia, típica de este mundo, me envenene o se mezcle conmigo. Que no me debilite en los miedos.

Hazme apacible con la fuerza de tu amor. Que el perdonar con facilidad sea el estilo con que discurren mis días y que la humilde aceptación y comprensión del otro, incluso cuando no pueda y no deba compartir su credo y sus ideas, se convierta en mi participación en tu ser amor que salva.

 

CONTEMPLATIO

Libéranos de todas las acciones impuras, repugnantes a tu inhabitación en nosotros. Que no apaguemos los esplendores de tu gracia que ilumina la vista de los ojos interiores. Que sepamos que tú te unes a nosotros gracias a la oración y a una vida irreprensible y santa

Y puesto que Uno de la Trinidad se ha ofrecido en sacrificio y Otro lo recibe y se muestra propicio con nosotros, acepta, oh Señor, nuestra súplica. Dispón en nosotros santas moradas, a fin de que saboreemos al Cordero celestial y recibamos el maná que da la vida inmortal y una salvación nueva a través de un camino de amor (Gregorio de Norek, Liber orationum, 33, 5).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Sé rocío para mí, Señor. Floreceré en ti».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En el ejercicio de su propia actividad laboral se esforzará el cristiano por tener siempre la intención de hacerlo todo para gloria de Dios y para el mayor bien del prójimo: por eso se comparará a menudo con aquellos de la comunidad o de su lugar de trabajo que puedan ayudarle y, sobre todo, con el Señor, a través de la escucha de la Palabra y de la oración, a fin de que el trabajo sea ámbito de gracia y de santificación para sí y para aquellos con quienes se encuentra y queden superados las contradicciones, los sufrimientos y las pobrezas que pesan sobre la experiencia del trabajo humano.

Esta espiritualidad del trabajo se convierte en un modo concreto de dar gracias a Dios por sus dones y vivir la vuelta a él de todo lo que, de manera gratuita, nos ha dado al llamarnos a la vida y a la fe.

Educar significa asimismo dar gratis a otros lo que nos ha sido dado gratuitamente: la educación es una forma elevada de restitución de los bienes recibidos, por eso la Iglesia se sien te llamada a ser comunidad educadora en la gratitud a Dios, dador de dones, y en el compromiso prioritario del servicio a las nuevas generaciones (Cario Maria Martini, Parlo al tuo cuore. leñera pastorale per l'anno 1996-1997, Milán 1996, pp. 44ss).

 

Día 11

San Benito (11 de julio)

 

Benito (Nursia, c. 480 - Montecassino, c. 547) fue el «fundador» del monacato occidental. Cautivado e impulsado por el Espíritu, abrazó en su edad juvenil un período de absoluta soledad en una cueva de Subiaco; su fama le atrajo algunos discípulos, para los que organizó la vida cenobítica. Primero, en pequeños monasterios y, después, en el célebre cenobio de Montecassino.

Su Regla reasume sabiamente la tradición monástica oriental y la adapta con discreción al mundo latino. Esta «escuela de servicio al Señor» se construye en torno a la lectura amorosa de la Palabra de Dios [lectio divina), a la liturgia de alabanza desarrollada de manera coral y al trabajo realizado en un clima de caridad fraterna, de humilde y obediente servicio.

 

LECTIO

Primera lectura: Proverbios 2,1-9

1 Hijo mío, si acoges mis palabras y almacenas mis mandatos,

2 prestando atención a la sabiduría y abriendo tu mente a la prudencia;

3 si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia,

4 si la buscas como al dinero y la desentierras como un tesoro,

5 entonces comprenderás el temor del Señor y hallarás el conocimiento de Dios.

6 Porque el Señor concede la sabiduría y de su boca brotan saber y prudencia.

7 Él almacena sensatez para el hombre recto, es escudo para el de conducta cabal.

8 Cuida las sendas del derecho y guarda el camino de los fieles.

9 Entonces comprenderás el derecho, la justicia y la rectitud, todos los caminos del bien.

 

**• El texto bíblico presenta una lista de instrucciones dirigidas por un padre a su hijo a fin de exhortarle a adquirir ese bien precioso que es la sabiduría. Sólo una búsqueda apasionada de ésta permite establecer una recta relación con YHWH {«el temor del Señor»), que proporciona la sabiduría y protege al sabio.

A estas palabras hacen eco las del prólogo de la Regla benedictina, que empieza precisamente así: «Escucha, hijo, los preceptos del Maestro e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto el consejo de un padre piadoso...». Acoger la Palabra de Dios es, por consiguiente, el camino seguro para configurarse con Cristo, Sabiduría del Padre.

 

Evangelio: Mateo 19,27-29

27 Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?»

28 Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

29 Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna.

 

          **> ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?’ le pregunta Pedro a Jesús. Este episodio está a continuación de la invitación al joven rico a venderlo todo para dar el dinero a los pobres y seguir a Jesús, y a los comentarios posteriores de Jesús de cuán difícil le es a los ricos entrar en el reino de los cielos. Desde ahí surge la pregunta de Pedro. ‘Os sentaréis sobre doce tronos para regir a las doce tribus de Israel’, le responde Jesús que continuará diciendo: ‘El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna’.

¿Lo importante? La herencia de la vida eterna. Podremos tener o no tener consuelos humanos, pero la herencia del Reino de los cielos es el verdadero tesoro por el que merece dejarlo todo. Es lo que nos estimula en el seguimiento de Jesús a todo cristiano. Es lo que está en el fondo de la disponibilidad y generosidad de corazón de quienes sentimos la llamada del Señor de dejarlo todo para consagrarnos a El y a su Reino.

Hay renuncias que pudieran ser dolorosas en el corazón que Dios nos compensa con su gracia y hechas con amor nos dan una alegría interior que por nada queremos cambiar. Renunciamos quizá a una familia quienes nos consagramos al Señor en la vida sacerdotal o religiosa, pero estamos insertos en una familia más grande que son nuestras comunidades, a aquellos a los que nos entregamos en nuestro servicio, y que nos hará tener más libre el corazón para llenar a tener esa disponibilidad y esa entrega.

Este evangelio que estamos comentando es el propio de esta fiesta de san Benito, Padre y Patriarca del monacato occidental y patrono de Europa que hoy celebramos. Estudiante en Roma de filosofía y de retórica siente en su corazón la llamada del Señor, desde la meditacion del evangelio allá en lo hondo de su corazón, para dejarlo todo por el Reino de Dios.

Vive como eremita en el Subiaco, pronto se congregan junto a él muchos que quieren vivir su estilo de consagración al Señor con su regla del ‘orat et laborat’ y que, tras diversos avatares y acontecimientos que en un momento pusieron en peligro incluso su vida, será el principio de la Orden Benedictina que finalmente se establecería en Montecasino y que luego se extendería por todo el Occidente cristiano. Es por lo que se le considera el padre de los monjes de Occidente, porque en el oriente san Antonio Abad en Egipto y san Basilio fueron los que establecieron la regla del monacato oriental.

La espiritualidad de san Benito no es sólo inspiración para los que se consagran al Señor tras los muros de un monasterio o en la vida religiosa sino que puede ser también para todos los que queremos seguir a Jesús una ayuda grande para vivir nuestra espiritualidad cristiana. Reza y trabaja, resume la regla de san Benito.

Vivimos inmersos en el mundo con nuestras responsabilidades y trabajos; tenemos el compromiso de la construcción de nuestro mundo desde nuestro trabajo, desde nuestra responsabilidad allí donde el Señor nos haya llamado a desarrollar nuestra vida con nuestros valores y con nuestras cualidades que no podemos enterrar. Y a ese trabajo que realizamos le damos un sentido y un valor desde la fe que tenemos en el Señor y desde el espíritu del evangelio que queremos vivir.

          ¿Dónde encontraremos la fueza para realizar nuestra tarea? En el Señor está nuestra fuerza y nuestra vida. Desde nuestra unión con el Señor alcanzamos la gracia que necesitamos para vivir nuestras responsabilidades. Qué presente tiene que estar la oración en nuestra vida. No puede estar lejos nunca de la vida de un cristiano porque es nuestro medio de estar unidos al Señor. A un cristiano sin oración se le cae la base que sostiene toda su vida. Que aprendamos de san Benito, ‘maestro de la escuela del divino servicio’, como lo llama la liturgia, a poner esas bases solidas de nuestra espiritualidad cristiana que nos haga ser verdaderos testigos en medio de nuestro mundo.

MEDITATIO

«Señor, tú nos concederás la paz, pues todo lo que hacemos eres tú quien lo realiza» (Is 26,12). La paz del discípulo es el resultado de su adhesión y fidelidad al contenido del anuncio de Jesús: «Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertios y creed en el Evangelio» (Me 1,15). El discípulo, en su caminar, vive la certeza de haber recibido y tener que custodiar un don precioso -el Reino de Dios, Jesucristo mismo por el que vale la pena dejarlo todo -padres, trabajo, el propio pasado y el propio presente- enseguida, de inmediato, venciendo la tentación de mirar atrás, confiando más bien su propio futuro a una Palabra que exige obediencia: «Seguidme, os haré pescadores de hombres» (Mc 1,17). La palabra del seguimiento, acogida en un clima de obediencia, nos introduce en la diakonía de Cristo con el mundo y el hombre y se caracteriza por la configuración con el Hijo, que le hace perder al enviado cualquier tipo de temerosa sujeción, permitiéndole desarrollarse en la libre dignidad de una relación filial regalada (Gal 4,7).

La naturaleza cristiforme de la misión desarrollada por el discípulo interpreta y despliega al mismo tiempo el ejemplo de Cristo, sin pretender asignar al servicio de la Palabra ninguna connotación voluntarista, propia de quien pretende celebrar en el obrar virtuoso y comprometido la superioridad de su propio estatuto moral. El discípulo sabe, en efecto, que la Palabra del Reino ha sido confiada a los pequeños y, en la medida en que él sea capaz de volverse como un niño, tendrá en sus labios la Palabra de vida, para anunciarla desde los tejados y llevar la salvación al mundo, hasta el último rincón de la tierra (cf. Is 49,6).

El discípulo, enviado a anunciar con hechos y con verdad la Palabra de salvación, a contar que Dios dirige en Cristo su mirada providente sobre la historia humana, no desea «plata, oro o vestidos» (Hch 20,33), no desea «ganancias ilícitas» (1 Tim 3,8; Tit 1,7), porque ha aprendido que «allí donde está su tesoro está también su corazón» (Mt 6,21). La adhesión al Señor, la participación en su misión, es lo que llena el corazón del discípulo, porque él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

 

ORATIO

En la tierra de mi exilio te alabo, oh Señor, y manifiesto la fuerza y la grandeza de tu paternidad a todo el pueblo de tu creación.

En la oscuridad de mi nada, oh Señor, te alabo porque, incluso en medio de la oscuridad de la tristeza, contemplo en mi carne la impronta de tu dedo poderoso.

En la noche de mi errar te grito mi súplica y mi agradecimiento porque, en medio de la incertidumbre de mi creer, veo la Luz de la Esperanza, al Anhelado y al Esperado, a Cristo, tu luz gozosa que inunda de santo fuego los pasos de mi errar y me permite reposar en el Misterio.

 

CONTEMPLATIO

Desnudez y pobreza es destierro de los cuidados, seguridad de la vida, caminante libre y desembarazado, muerte de la tristeza y guarda de los mandamientos. El monje desnudo es señor de todo el mundo, porque todos esos cuidados puso en Dios: y mediante la fe posee todas las cosas. No tiene necessidad de revelar a los hombres sus necesidades. Todas las cosas que se le ofrecen toma como de la mano del Señor. Este obrero desnudo se hace enemigo de toda affición demasiada; y assi mira las cosas que tiene como si no las tuviesse; y si se pasare a la vida solitaria, todas las cosas tendrá por estiércol. Mas el que se entristece por alguna cosa transitoria, no sabe aún quál sea la verdadera desnudez. El varón desnudo hace puríssima oración: mas el iobdicioso padece muchas imágenes en ella. Los que perseveran humildemente en la sanctíssima subjectión, muy apartados están de cobdicia: porque qué cosa pueden tener propia los que su propio cuerpo offrescieron por amor de Dios al imperio del otro? Verdad es que un solo daño padescen éstos, que es estar muy promptos y aparejados para la mudanza de los lugares, que no siempre es provechosa. Vi yo algunos monjes que por la occasión que tuvieron de trabajos en algún lugar alcanzaron la virtud de la paciencia: mas yo tengo por mas bienaventurados a aquellos que por amor de Dios procuraron diligentemente alcanzar esta virtud.

El que ha gustado de los bienes del cielo fácilmente desprecia los de la tierra: mas el que aún no los ha gustado alégrase con las cosas de acá. El que procura alcanzar esta desnudez, y no con el fin que debe, en dos cosas recibe agravio, pues caresce de los bienes présentes y de los futuros (Juan Clímaco, La escala espiritual. Con anotaciones de fray Luis de Granada, XXVI, versión electrónica).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Me 1,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Señor ha muerto y ha resucitado: éste es el último acontecimiento. Esta es la última hora. Frente a todos los tiempos y todos los momentos [...]. Puesto que Cristo es el último acontecimiento, el modo como el cristiano mira la historia, mira los tiempos y se plantea los interrogantes no es el de quien espera una novedad que no conoce, sino el de quien sabe que, en todo caso, la novedad no superará este acontecimiento. Será una novedad auténtica si tiene el perfil de este acontecimiento: así, mientras camina en el tiempo, el cristiano permanece vuelto hacia este acontecimiento que es el último, que es el único y que está puesto en un sentido verdadero entre los tiempos.

De ahí, pues, el paradójico modo cristiano de leer la historia [...]. El cristiano sabe que todo reposa en este acontecimiento, conocido ya en sus líneas esenciales. Es el modo paradójicamente sereno con que el cristiano mira los tiempos y vive entre los tiempos frente a los interrogantes y a los desarrollos de los tiempos. En nombre de esta conciencia, es importante no buscar certezas sobre el futuro, no pretender disponer del futuro. Esto no es cristiano no porque sea inmediatamente diabólico, sino porque no responde al sentido de la fe en la «ultimidad» de Jesucristo.

No tenemos necesidad de ninguna otra cosa para vivir en un clima de confianza, de esperanza, entre los tiempos y en sus momentos cruciales. De aquí procede asimismo el paradójico modo cristiano de ser creativos, de realizar sus acciones en el mundo, en las situaciones de los tiempos, entendiendo el mundo no precisamente como el cosmos, sino como una realidad humana, cultural. Es el modo paradójico de quien no se pone nunca en relación con el presente, con la situación, con los tiempos, con las culturas, con los mundos, sin referirse al mismo tiempo a un acontecimiento que ya ha «tenido lugar» (G. Moioli, // discepolo, Milán 2000, pp. 61-63).

 

 

MEDITATIO

Los pastores que, guiados por el Espíritu, tropiezan con el joven Benito -que ya ha pasado largos años en una austera soledad- encuentran en él a un hombre «nuevo», renacido del silencio y de la profunda escucha de la Palabra, capaz de convertirse ahora en guía de otros buscadores de Dios.

En los textos propuestos por la liturgia encontramos los elementos característicos, más aún, fundadores, de la espiritualidad que ha animado a las comunidades monásticas engendradas por Benito. Antes que nada, la búsqueda apasionada de Dios, que se revela al corazón dispuesto a escuchar y custodiar la Palabra. De este modo se llega a conocer a Jesús como la verdadera Sabiduría del Padre, como el verdadero y único tesoro al que nada se debe anteponer. Sólo permaneciendo unidos a él de manera estable podremos llegar a ser verdaderamente sus discípulos y dar fruto. La belleza y la fecundidad de la vida cristiana se pueden desplegar así en oración de alabanza y de intercesión, en paz laboriosa que se convierte en generosa hospitalidad con los hermanos y da testimonio de la alegría de cuantos viven juntos en el amor, sin preferir nada a Cristo.

 

ORATIO

Aquí estamos, oh Dios, con el oído del corazón arrimado a tu corazón a fin de asentir a todas tus palabras como hijos que se sienten amados por su Padre bueno y quieren corresponder a su amor. Aquí estamos, como te decimos, pero tú ves cuan inestables nos mostramos aún en la fe y cuan frágiles en la caridad. Haz que los unos seamos para los otros signo y sacramento de tu mansedumbre y de tu bondad, a fin de dar testimonio a este mundo, dividido portantes odios y discordias, de la dulce fuente de alegría que supone amarse como hijos del único Padre, servirse y honrarse mutuamente en tu santo Nombre. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Y el Señor, que busca su obrero entre la muchedumbre del pueblo al que dirige esta llamada, dice de nuevo: «¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?» (Sal 33,13). Si tú, al oírlo, respondes «yo», Dios te dice: «Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, y que tus labios no hablen con falsedad. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela» (Sal 33,14-15). Y si hacéis esto, pondré mis ojos sobre vosotros, y mis oídos oirán vuestras preces, y antes de que me invoquéis os diré: «Aquí estoy». ¿Qué cosa más dulce para nosotros, carísimos hermanos, que esta voz del Señor, que nos invita? Ved cómo el Señor nos muestra piadosamente el camino de la vida. Ciñamos, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras, y sigamos sus caminos guiados por el Evangelio, para merecer ver en su Reino a Aquel que nos llamó (Benito, Regla, prólogo 14-21).

 

ACTIO

Repite y medita frecuentemente durante el día esta frase de san Benito: «No anteponer nada al amor de Cristo» (Benito, Regla, 4,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Iglesia y el mundo, por diferentes pero convergentes razones, tienen necesidad de que san Benito salga de la comunidad eclesial y social y se rodee de su recinto de soledad y de silencio, y desde allí nos haga escuchar el encantador acento de su sosegada oración, desde allí casi nos alabe y nos llame a sus umbrales claustrales, para ofrecernos el cuadro de un taller del «divino servicio», de una pequeña sociedad ideal, donde finalmente reina el amor, la obediencia, la inocencia, la libertad de las cosas y el arte de usarlas bien, la preponderancia del espíritu, de la paz; en una palabra, el Evangelio. Que vuelva san Benito para ayudarnos a recuperar la vida personal,; esa vida personal de la que hoy tenemos tanto ansia y afán, y que el desarrollo de la vida moderna, a la que se debe el deseo exasperado de ser nosotros mismos, sofoca al mismo tiempo que lo despierta, decepciona al mismo tiempo que lo hace consciente.

Corría el hombre en un tiempo, en los siglos remotos, al silencio del claustro, como corría a ellos Benito de Nursia, para encontrarse a sí mismo. Hoy no es la carencia de la convivencia social lo que impulsa al mismo refugio, sino la exuberancia. La excitación, el estruendo, el carácter febril, la exterioridad, la multitud, amenazan la interioridad del hombre; le falta el silencio con su genuino palabra interior, le falta el orden, le falta la oración, le falta la paz, le falta él mismo. Para volver a tener el dominio y el gozo espiritual de nosotros mismos, tenemos necesidad de volver a asomarnos al claustro benedictino. Y una vez recuperado el hombre para sí mismo en la vida monástica, está recuperado para la Iglesia. El monje tiene un sitio escogido en el cuerpo místico de Cristo, una función preparada y urgente como nunca (Pablo VI, alocución del 24 de octubre de 1964, en AAS 56 [1964] 983-989, passim).

 

 

Día 12

15° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 55,10-11

Dice el Señor:

10 Como la lluvia y la nieve caen del cielo y solo vuelven allí después de haber empapado la tierra, de haberla fecundado y hecho germinar para que de simiente al que siembra y pan al que come,

11 así seré la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que cumplirá mi voluntad y llevará a cabo mi encargo.

 

La Palabra del Señor tiene una fuerza intrínseca, posee una eficacia indudable. Este oráculo lo expresa con una imagen elocuente. El ciclo del agua contiene una finalidad. De él depende el ritmo de la naturaleza y de la vida. Es un milagro siempre nuevo y necesario. Como la lluvia y la nieve, la Palabra del Señor está orientada a un fin preciso e, inevitablemente, producirá un efecto vital: regresar henchida de frutos de gracia. Al principio <<dijo Dios: “Haya..." y así fue»; ahora, en el tiempo marcado por el pecado, la Palabra creadora se hace redentora. Mantiene la potencialidad infinita de suscitar conversión y vida nueva en los corazones, de conceder el sustento al Espíritu. Aun mas, quiere ser acogida, poder encarnarse en nuestra cotidianeidad. Y como la Virgen de Nazaret, es necesario el consentimiento personal. <<Et Verbum caro factum es» (Jn 1,14).

 

Segunda lectura: Romanos 8,18-23

Hermanos:

18 Entiendo, por lo demás, que los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelaré.

19 Porque la creación misma espera anhelante que se manifieste lo que serán los hijos de Dios.

20 Condenada al fracaso no por propia voluntad, sino por aquel que así lo dispuso, la creación vive en la esperanza

21 de ser también ella liberada de la servidumbre de la corrupción y participar así en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

22 Sabemos, en efecto, que la creación entera esta gimiendo con dolores de parto hasta el presente.

23 Pero no solo ella; también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior suspirando porque Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo.

 

El cristiano ha sido liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte y del yugo de la ley —incapaz de salvar— para vivir como hijo de Dios, guiado por el Espíritu (8,1-5.14). El sufrimiento no contradice esta realidad, ni puede ensombrecer su esplendor: se convierte en medio, en una efectiva y necesaria participación en el misterio pascual de Cristo (v. 17). Este es el meollo, la clave de todo acontecimiento humano y cósmico. En efecto, el dolor es un legado del pecado, consecuencia de la maldición que lleva consigo (Gn 3,14-19); el hombre, a quien Dios le había confiado lo creado <<para que lo cultivara y lo guardara>> (Gn 2,15), ha sido arrastrado a la servidumbre (iz 21). Sin embargo, la Pascua de Cristo ensalza al hombre por encima de la antigua majestuosidad de su condición originaria, lo orienta hacia una gloria futura incomparable, transforma <<los padecimientos del momento presente» en instrumento de redención (v 8). Y cuando esta redención se realice, también el cosmos será transfigurado (vv. 19-21).  El tiempo presente es largo, un estrépito de parto para toda la creación, pero el gemido que lo acompaña se transformara en alegre melodía cuando entremos <<en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (v. 21).

 

Evangelio: Mateo 13,1-23

1 Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago.

2 Se reunió en torno a él mucha gente, tanta que subió a una barca y se sentó, mientras la gente estaba de pie en la orilla.

3 Y les expuso muchas cosas por medio de parábolas. Decía: -Salió el sembrador a sembrar

4 Al sembrar; parte de la semilla cayó al borde del camino, pero vinieron las aves y se la comieron.

5 Parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra; brotó en seguida porque la tierra era poco profunda,

6 pero cuando salió el sol se agostó y se secó porque no tenía raíz.

7 Parte cayó entre cardos, pero éstos crecieron y la ahogaron.

8 Finalmente, otra parte cayó en tierra buena y dio fruto: un grano dio cien, otro sesenta, otro treinta.

9 El que tenga oídos para oír que oiga.

10 Los discípulos se acercaron y le preguntaron: -¿Por qué les hablas por medio de parábolas?

11 Jesús les respondió: -A vosotros Dios os ha dado a conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.

12 Porque al que tiene se le dará, y tendrá de sobra, pero al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitara.

13 Por eso les hablo por medio de parábolas, porque aunque miran no ven, y aunque oyen no escuchan ni entienden.

14 De esta manera, se cumple en ellos lo anunciado por Isaías: Oiréis, pero no entenderéis; miraréis, pero no veréis,

15 porque se ha embotado el corazón de este pueblo, se han vuelto torpes sus oídos y se han cerrado sus ojos; de modo que sus ojos no ven, sus oídos no oyen, su corazón no entiende, y no se convierten a mi para que yo los sane.

16 Dichosos vosotros por lo que ven vuestros ojos y por lo que oyen vuestros oídos,

17 porque os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

18 Así pues, escuchad vosotros lo que significa la parábola del sembrador

19 Hay quien oye el mensaje del Reino, pero no lo entiende; viene el maligno y le arrebata lo sembrado en su corazón. Este es como la semilla que cayó al borde del camino.

20 La semilla que cayó en terreno pedregoso es como el que oye el mensaje y lo recibe en seguida con alegría,

21 pero como no tiene raíz en si mismo y es inconstante, al llegar la tribulación o la persecución a causa del mensaje, en seguida sucumbe.

22 La semilla que cayó entre cardos es como el que oye el mensaje, pero las preocupaciones del mundo y la seducción del dinero asfixian el mensaje y queda sin fruto.

23 En fin, la semilla que cayó en tierra buena es como el que oye el mensaje y lo entiende; éste da fruto, sea ciento, sesenta o treinta.

 

El c. 13 del evangelio de Mateo recoge siete parábolas sobre el misterio del Reino de los Cielos. Es la enseñanza que Jesús le ofrece a una muchedumbre innumerable, a sabiendas de que pocos la acogerán. Ya lo presagian las primeras reacciones a su misión. La cuestión que le plantean los discípulos (v 10) y la respuesta de Jesús (vv. 11-17) refuerzan el sentido de esta parábola que abre la serie.

A través de las imágenes de la semilla y del terreno, la Palabra de Dios es representada como una semilla con un inmenso potencial de vida, que se desarrollaré según la acogida que reciba.

La manera de exponer en parábolas, se asemeja a la cáscara de las semillas: salvaguarda la comprensión de la enseñanza de Jesús, porque <<al que no tiene» el deseo sincero de comprender y convertirse <<aún aquello que tiene se le quitará»: escucha aparente e interés superficial y momentáneo (vv. 10-13). Sin embargo, Dios, en su gratuidad, supera la obstinación que endurece el corazón del hombre: el sembrador de la parábola esparce por todas partes la simiente, sin cicaterías ni ardides; el <<mensaje del Reino» (v. 19) es anunciado (vv. 3ss y 14ss) y propuesto a todos. La colaboración empieza con la escucha atenta, intensa y solícita de la Palabra, de modo que penetre profundamente en el corazón y lo sane (v. 15b). Las entrañas del ser humano pueden estar enfermas: la insensibilidad, la superficialidad, la infinidad de intereses egoístas, son lugares donde la semilla no podrá crecer (vv. 19-22). Cuando la Palabra sea acogida con un corazón bueno, producirá su fruto de gracia, según la correspondencia de cada uno al don de Dios (v. 23).

 

MEDITATIO

Si, como sugieren los Padres del desierto, antes de hablar nos preguntásemos con qué intención lo hacemos, en seguida enmudeceríamos: a menudo, nuestras palabras son charlatanería o, aun peor maledicencia.

La Palabra de Dios es diferente: está en todo y siempre; es comunicación de su proyecto, de sus deseos. ¿No significa comunicar poner en común? Dios <<pone en común>> su Realidad mediante su Palabra.

        Una comunión ofrecida es como una semilla esparcida: lleva en si misma la vida que nacerá, si bien solo es una propuesta hasta que no encuentre un terreno donde germinar: el corazón del hombre. Si éste se endurece, como un camino trillado, la Palabra no penetrará: nos encontraremos más encerrados y egoístas, pues estamos rechazando la comunión con Dios. Si nuestro corazón es superficial, la Palabra no echará raíces: estaremos más solos, pues no dejamos hueco a la presencia del Señor. Si nuestro corazón se inquieta con afanes mundanos y preocupaciones fútiles, la Palabra no crecerá: la verdadera alegría quedara asfixiada, ahogada por ilusiones y espejismos. Sin embargo, seremos dichosos si nos presentamos ante Dios con un corazón dispuesto a escuchar. Entonces, vendrá el Hijo, Palabra viviente, y crecerá en nosotros <<tomando cuerpo» en nuestra vida, en nuestras relaciones y en nuestras múltiples acciones. El grano de trigo que ha muerto produciendo fruto abundante (cf Jn 12) hará que demos el ciento por uno, hasta poder afirmar con Pablo: <<Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Ahora, en mi vida mortal, vivo creyendo en el Hijo de Dios» (Gal 2,20).

 

ORATIO

Jesús, divino Sembrador; ven y siembra el campo que somos nosotros. Prepara el terreno, límpialo de espinos y piedras, rotura con profundos surcos la tosca tierra, sáchala, allana los terrones y, después, atravesando el campo con pasos largos, con gesto grandioso, solemne, desparrama a voleo la semilla con tus admirables manos.

Jesús, divino Sembrador y semilla de vida eterna, ven, en esta hora de gracia, siembra en nuestros corazones tu Palabra, tu mismo, y que germine, florezca y fructifique la Iglesia peregrina para los graneros del Cielo, Amén.

 

CONTEMPLATIO

        ¿De qué provino, pues, decidme, que se perdiera la mayor parte de la siembra? Ciertamente que no fue culpa del sembrador sino de la tierra que recibió la semilla; es decir por culpa del alma, que no quiso atender a la Palabra. —¿Y por qué no dijo que una parte la recibieron los tibios y la dejaron perderse, otra los ricos y la ahogaron, otra los vanos y la abandonaron? —Es que no quería herirlos demasiado directamente, para no llevarlos a la desesperación, sino que deja la aplicación a la conciencia de sus mismos oyentes.

Mas no pasó esto solamente con la siembra, sino también con la pesca, pues también allí la red sacó muchos peces inútiles. Sin embargo, el Señor pone esta parábola  para animar a sus discípulos  y enseñarles que, aun cuando la mayor parte de los que reciben la Palabra divina hayan de perderse, no por eso han de desalentarse. Porque también al Señor le aconteció eso, y, no obstante saber El de antemano que así había de suceder, no por eso desistió de sembrar.

    - Mas ¿en qué cabeza cabe, me dirás, sembrar sobre espinas y sobre roca y sobre camino? -Tratándose de semillas que han de sembrarse en la tierra, eso no tendría sentido; mas, tratándose de las almas y de la siembra de la doctrina, la cosa es digna de mucha alabanza. El sembrador que hiciera como el de la parábola  merecería ser justamente reprendido, pues no es posible que la roca se convierta en tierra, ni que el camino deje de ser camino, y las espigas, espigas. No así en el orden Espiritual. Aquí si que es posible que la roca se transforme y se convierta en tierra grasa, y que el camino deje de ser pisado y se convierta también en tierra feraz, y que las espinas desaparezcan y dejen crecer exuberantes las semillas. De no haber sido así, el Señor no hubiera sembrado. Y si no en todos se dio la transformación, no fue ciertamente por culpa del sembrador sino de aquellos que no quisieron transformarse. El hizo cuanto estaba de su parte; si ellos no cumplieron su deber, no fue ciertamente culpa de quien tanto amor les mostrara (Juan Crisóstomo, <<Homilías sobre el evangelio de san Mateo>>, 44,3, en Obras de san Juan Crisóstomo, I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1955, 847-848).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 11,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Toda nuestra andadura por la tierra no consiste en otra cosa que en ser semejantes a Jesús, imagen del Padre, en estor cada vez más unidos a él. ¿Por qué hemos escuchado esta parábola del sembrador? Porque la comunión con el Señor es fruto de lo unión de lo fe, y la parábola del sembrador nos recuerda las exigencias preliminares de eso unión. Jesús nos revela al Padre porque es lo Palabra y lo imagen del Padre. Nosotros únicamente podemos conocer al Hijo acogiendo su Palabra y creyendo en su nombre. Nuestros ojos no pueden abrirse y reconocerlo si previamente nuestro corazón no se transforma arde gracias a la escucha de lo Palabra, como les sucedió a los discípulos  de Emaus. Y esto solo es obra del Espíritu Santo, que es capaz de crear en los que perseveran <<un corazón para entender, ojos para ver; oídos para oír>> (Dt 29,3). Esto significa que, para poder transfigurarnos a semejanza del Hijo amado, es necesario, sobre todo, escucharlo. Su luz mona para nosotros desde lo Palabra de Dios. Algo verificable en nuestras relaciones humanas si pasamos unos junto a otros sin decirnos nada, es el infierno; pero si desde el corazón se le dirige lo palabra al otro, que ha sido creado a imagen de Dios, esa palabra se convierte en luz, en una palabra de comunión. Nuestro Dios es luz porque es amor. Todo tiene su origen en aquella Palabra que es Jesús y que debemos escuchar, acoger y custodian Es la Palabra del Padre, que se convierte en luz para nosotros, despierta nuestra fe y abre los ojos de nuestro corazón. La Palabra que nos dice: somos amados por él, nada podré separarnos de su amor y este amor esta destinado a transformar nuestra vida. Sí, si le escuchamos, respondiéndole en el silencio del corazón, seremos <<luz>> en la verdad de nuestras acciones. Podremos amar. Sin él no podemos nada, absolutamente nada, pero can la fuerza del Espíritu, sea cual sea el abismo de nuestra debilidad, nada es imposible. Arraigados en el Amor que es Dios, produciremos el único fruto auténtico del Espíritu: el fruto del amor (J. Carbon, La goia del Padre, Magnano 1992 45—47).

 

 

Día 13

Lunes de la 15ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 1,10-17

10 Escuchad la Palabra del Señor, jefes de Sodoma; atiende a la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra:

11 ¿De qué me sirven todos vuestros sacrificios? -dice el Señor-. Estoy harto de holocaustos de carneros y de grasa de becerros; detesto la sangre de novillos, corderos y machos cabríos.

12 Nadie os pide que vengáis ante mí, a pisar los atrios de mi templo,

13 trayendo ofrendas vacías, cuya humareda me resulta insoportable. ¡Dejad de convocar asambleas, novilunios y sábados! No aguanto fiestas mezcladas con delitos.

14 Aborrezco con toda el alma vuestros novilunios y celebraciones, se me han vuelto una carga inaguantable.

15 Cuando extendéis las manos para orar, aparto mi vista; aunque hagáis muchas oraciones, no las escucho, pues tenéis las manos manchadas de sangre.

16 Lavaos, purificaos; apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal,

17 aprended a hacer el bien. Buscad el derecho, proteged al oprimido, socorred al huérfano, defended a la viuda.

 

** El pasaje presenta uno de los oráculos introductorios del libro de Isaías. El profeta, que desarrolla su misión en el Reino de Judá durante la segunda mitad del siglo VIII a. de C, en un período de prosperidad económica y de relajamiento moral, condena en especial el formalismo religioso de las clases más ricas. Los que a ellas pertenecen, cerrados en el egoísmo de su riqueza e insensibles a las necesidades de los cada vez más numerosos indigentes, practican un culto que es inútil porque está separado de la vida.

Empleando la forma literaria de un juicio emprendido por YHWH contra su pueblo -al que de manera significativa se llama «Sodoma y Gomorra», las ciudades pecadoras por antonomasia (v. 10)-, reivindica Isaías a Dios sus derechos y recuerda al pueblo los deberes sancionados por la alianza sinaítica. Dios confiesa que le disgusta la ofrenda de los sacrificios cruentos e incruentos, la observancia de las fiestas y de las prescripciones rituales (w. 11-14), dado que a eso no le corresponde un corazón dócil, atento a las necesidades del prójimo. Dios no mira ni escucha a quien cree rendirle honores y luego pisotea a los débiles y a los pobres (v. 15ab).

Entre el culto y la vida no puede haber contradicción: no es posible ofrecer la sangre de una víctima sacrificial con manos manchadas por la sangre de los homicidios cometidos (v. 15c). La conversión del corazón («Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien»: w. 16d-17a) es la condición fundamental para que la alianza de Dios con su pueblo sea real y eficaz. Dios renueva la invitación a una purificación tanto interior, del corazón, como exterior, del comportamiento, para restituir la verdad al culto practicado y poner las bases de la justicia social.

 

Evangelio: Mateo 10,34-11,1

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

10'34 No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino discordia.

35 Porque he venido a separar al hijo de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra;

36 los enemigos de cada uno serán los de su casa.

37 El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.

38 El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.

39 El que quiera conservar la vida la perderá, y el que la pierda por mí la conservará.

40 El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me envió.

41 El que recibe a un profeta por ser profeta recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo recibirá recompensa de justo;

42 y quien dé un vaso de agua a uno de estos pequeños por ser discípulo mío os aseguro que no se quedará sin recompensa.

11,1 Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue a enseñar y a proclamar el mensaje en los pueblos de la región.

 

*•• Mateo prosigue bosquejando el estilo de vida del discípulo-misionero, poniendo de relieve las exigencias radicales de la misión. Nada puede ser impedimento para seguir a Jesús, aunque eso pueda causar sufrimientos y hasta provocar rupturas, incluso en el interior de una misma familia. El cristiano ha de contar con malentendidos y con la incomprensión de sus allegados y de quienes le están unidos por lazos afectivos. El discípulo -Jesús ya lo había declarado- no puede tener una suerte diferente a la de su maestro, desconocido y rechazado precisamente por los suyos (cf. Me 3,21; Jn 1,11).

No se trata de que no pueda vivir el discípulo con entrega y fidelidad las relaciones familiares, sino de dar prioridad a las exigencias del seguimiento de Jesús y al amor «con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12, 30) que debemos al Señor. Ahora bien, eso sería humanamente imposible si él no nos hubiera amado antes hasta dar la vida por nosotros. Haciendo como Jesús, tomando sobre nosotros la carga crucificante del mal que se opone al amor y realizando gestos sencillos, pero auténticos, dirigidos al otro, al que reconocemos como hermano (el ofrecimiento de un vaso de agua), viviremos la misma dignidad de hijos del Padre misericordioso.

 

MEDITATIO

Dios nos toma en serio. Así ha sido desde el primer instante en que quiso que fuéramos seres libres. Por eso no puede estar de acuerdo cuando reducimos nuestra relación con él a una serie de conveniencias. Si obramos de este modo no le engañamos a él, sino a nosotros mismos.

Creer en Dios, es decir, recibir el don de la fe que él mismo nos ofrece gratuitamente, es una cuestión de corazón. No es posible comprometernos con él sólo de fachada o en momentos alternos. Dios nos ama antes y a jornada completa, y nosotros, sabiéndonos amados (que es, por tanto, el vértice de todo deseo), ¿qué otra cosa podemos hacer sino amarlo a nuestra vez?

Amar es una acción muy concreta. Amar a Dios, sin embargo, no es una cuestión limitada a impulsos interiores: incluye amar al hermano, a la hermana; amarlos en su carácter concreto, en la necesidad en que se encuentran.

Hacerles el bien puede traducirse en grandes gestos y, con mayor probabilidad, en gestos cotidianos, esos que demasiadas veces definimos como «pequeños», damos por descontado y no vivimos con atención y ternura. A menudo son precisamente esos gestos, triviales en apariencia, los que más nos cuesta realizar con amor, especialmente con las personas difíciles o simplemente desagradables.

Si nos quedamos encerrados en nosotros mismos, con nuestra presunción de santidad, porque quizás rezamos alguna oración y nos sentamos los domingos en primera fila en la iglesia, no encontraremos la vida y perderemos la recompensa. Sí la obtendrá, en cambio, quien sepa reconocer que sólo el Señor es Dios y que por amarnos tiene «derecho» a nuestro amor; ese Dios que es inmenso y que goza «escondiéndose» y haciéndose amar en los «pequeños».

 

ORATIO

Gracias, Señor, por haberme llamado a caminar junto a ti, a ser tuyo. Reconozco que yo soy poca cosa, que me siento atraído aquí y allá, lejos de la Verdad que tú eres, por miedo a perder la seguridad de un afecto o incluso de la imagen que me he hecho de ti.

Gracias, Señor, por renovarme tu confianza llamándome a cambiar de vida: a pasar del formalismo a la autenticidad del amor a ti y al prójimo.

Concédeme el gusto de arriesgarme siguiendo tu Palabra, de atreverme a perder la vida haciendo el bien a los otros. Concédeme el valor de ofrecer el «vaso de agua» cotidiano al «pequeño» de turno. Concédeme saber reconocer que precisamente en él estás tú, mi infinita recompensa.

 

CONTEMPLATIO

        Tras haber conocido el temor de Dios, su benignidad y humanidad, por el Antiguo y el Nuevo Testamento, convirtámonos con todo nuestro corazón. Consideremos también como hermanos nuestros a quienes nos odian y nos detestan, a fin de que sea glorificado el nombre del Señor y manifestado en su gloria. Dado que nos tentamos los unos a los otros, por ser combatidos todos por el enemigo común, perdónemonos los unos a los otros. Amémonos los unos a los otros y seremos amados por Dios. Seamos magnánimos los unos con los otros y Dios será magnánimo con nuestros pecados. La misericordia de Dios está escondida en nuestra compasión con el prójimo. Ofrezcámonos, por tanto, nosotros mismos por completo al Señor, para poderlo recibir a nuestra vez entero (Máximo el Confesor, «Discorso ascético», en Umanitá e divinitá di Cristo, Roma 1990, pp. 57 y 59ss, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El que pierda su vida por mí, la conservará» (cf. Mt 10,39).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Carmelo era mi aspiración desde hacía casi doce años. Al recibir el bautismo el día de Año Nuevo de 1932, no dudaba de que este era una preparación para mi ingreso en la orden.

Pero después, algunos meses más tarde, al encontrarme por vez primera frente a mi querida madre después del bautismo, entendí que ella no habría estado en condiciones, por ahora, de soportar este segundo golpe: no habría muerto de dolor, no, pero su alma habría quedado literalmente inundada de tal amargura que no me sentía capaz de cargar con semejante responsabilidad [...].

El último día que pasé en casa era el 12 de octubre. Mi madre y yo nos quedamos solas en la habitación, mientras mis hermanas se ocupaban de lavar los platos y poner todo en orden. Escondió el rostro entre sus manos y empezó a llorar. Me puse detrás de su silla y fui apretando contra mi seno su cabeza de plata. Nos quedamos así mucho tiempo, hasta que conseguí persuadirla de que se fuera a la cama; la llevé y le ayudé a desvestirse... por primera vez en toda mi vida [...].

A las cinco y media salí como siempre de casa para escuchar la santa misa en la iglesia de San Miguel. Después nos reunimos para el desayuno; Erna llegó hacia las siete. Mi madre intentaba tomar algo, pero pronto alejó la taza y empezó a llorar como la noche anterior. Me acerqué de nuevo a ella y me abracé a ella hasta el momento de marcharme. Entonces le hice una señal a Erna para que ocupara mi puesto. Tras ponerme el abrigo y el sombrero en la pieza de al lado... llegó el momento del adiós.

Mi madre me abrazó y me besó con mucho afecto [...]. Finalmente, el tren se puso en marcha. Ahora se había hecho realidad lo que apenas me hubiera atrevido a esperar. No se trataba, a buen seguro, de una alegría exuberante que pudiera apoderarse de mí... ¡lo que había pasado era demasiado triste!

Pero mi alma se encontraba en una paz perfecta: en el puerto de la voluntad de Dios (E. Stein, Sui sentierí aella veritá, Milán 1991).

 

 

Día 14

Martes de la 15ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 7,1-9

1 Reinando en Judá Ajaz, hijo de Jotán, hijo de Ozías, subieron a atacar Jerusalén el rey de Siria, Rasín, y el rey de Israel, Pécaj, hijo de Romelías, aunque no lograron conquistarla.

2 Comunicaron al heredero de David: «Los sirios acampan en Efraín». Temblaron el rey y su pueblo, como tiemblan los árboles del bosque sacudidos por el viento.

3 El Señor dijo a Isaías: -Sal con tu hijo Sear Yasub al encuentro de Ajaz. Cuando te encuentres con él al final del canal de la piscina de arriba, junto al camino del campo del batanero,

4 dile: Pon atención, pero estáte tranquilo. No tengas miedo, ni te acobardes ante estos dos tizones humeantes (ante la ira ardiente de Rasín, el sirio, y del hijo de Romelías).

5 Cierto que Siria y Efraín, con el hijo de Romelías al frente, han tramado tu ruina diciendo:

6 «Subamos contra Judá, se asustará de nosotros, la conquistaremos y pondremos por rey al hijo de Tabel».

7 Pero esto dice el Señor Dios: eso no pasará, no se llevará a cabo:

8a la capital de Siria es Damasco y a la cabeza de Damasco está Rasín;

9a la capital de Efraín es Samaría y a la cabeza de Samaría está el hijo de Romelías.

8b Dentro de sesenta y cinco años, Efraín será aniquilado, y dejará de ser pueblo.

9b Si no creéis, no subsistiréis.

 

**• Sobre el fondo de la guerra siro-efraimita, que opuso a los reyes de Israel y de Siria contra el rey de Judá, se abre con el capítulo 7 de Isaías el así llamado «libro del Enmanuel». «Enmanuel», Dios-con-nosotros, es el nombre del hijo anunciado a Ajaz, rey de Judá, como signo que garantiza la intervención salvífica de YHWH, a pesar de la incredulidad del soberano y de los grandes del reino.

En torno a esta figura se agrupan los oráculos de los capítulos. 7-11, en los que se atribuye al hijo que ha de nacer prerrogativas que superan los confines de su historia contemporánea y lo elevan a símbolo e imagen del mesías que había de venir. Dios cumplirá su promesa y asegurará el futuro de la dinastía davídica. Al rey y al pueblo les corresponde esta adhesión de fe, condición indispensable para participar de la promesa misma.

Frente a la inminente amenaza de Israel y de Siria, que no perdonan a Judá su no participación en la coalición antiasiria, el rey Ajaz, por un lado, dota a Jerusalén de defensas que puedan asegurarle la supervivencia en caso de asedio y, por otro, intenta aliarse con el más fuerte, esto es, precisamente Asiria. El profeta va al encuentro del rey para recordarle que lo que cuenta y marca la diferencia no es tanto la estrategia política y militar como la fe en Dios (v. 9b), único auténtico soberano de Judá, a quien el profeta representa. El Señor garantiza la victoria sobre los dos reyes, cuyo poder es comparable al de «dos tizones humeantes » (v. 4).

 

Evangelio: Mateo 11,20-24

En aquel tiempo,

20 Jesús se puso a increpar a las ciudades en las que había hecho la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido:

21 -¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados en vosotras, hace tiempo que, vestidas de saco y sentadas sobre ceniza, se habrían convertido.

22 Por eso os digo que el día del juicio será más llevadero para Tiro y Sidón que para vosotras.

23 Y tú, Cafarnaún, ¿te elevarás hasta el cielo? ¡Hasta el abismo te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros realizados en ti, hoy seguiría en pie.

24 Por eso os digo que el día del juicio será más llevadero para Sodoma que para ti.

 

*•• El pasaje presenta tres invectivas, de sello profético, dirigidas por Jesús a algunas ciudades de Galilea. Corozaín, Betsaida y Cafarnaún constituyeron el primer espacio operativo de Cristo, fueron espectadoras y beneficiarias de su actividad taumatúrgica y de su primer anuncio del Reino (w. 21-23). Sin embargo, se las cita como prototipos de la «generación caprichosa» que se parece a los niños en las plazas. Estos últimos, en vez de participar en el juego, se quedan sentados, como dice la parábola que precede al pasaje de hoy (cf. Mt 11,16-19).

Los milagros que realiza Jesús no son fines en sí mismos, sino signos que levantan el velo sobre la verdadera identidad de aquel que los realiza. Son como acciones pedagógicas cuyo objetivo es la acogida de Jesús y de su mensaje en la fe: «Convertios y creed en el Evangelio» (Mc 1,15b). Eso supone una disponibilidad radical que germina en la conciencia de nuestra propia necesidad de ser salvados, de ser liberados del mal. Por eso a las ciudades paganas y pecadoras, emblema de las cuales son Tiro, Sidón y Sodoma, se las considera, potencialmente, más dóciles para abrirse al anuncio del Evangelio y a la consiguiente conversión.

 

MEDITATIO

Estamos inmersos en la historia que vivimos y no podemos evitar hacer lo que podamos para obtener los resultados más ventajosos para nosotros en ella. A buen seguro, no tiene sentido que esperemos ayudas de lo alto que suplan la inhibición y nuestro carácter inoperante. Con todo, no raras veces nos sentimos impelidos hacia dos actitudes extremas: el pragmatismo, completamente escéptico o indiferente respecto al carácter incisivo de la fe en la historia, y el espiritualismo, que invoca a Dios para que resuelva problemas prácticos. Ninguna de las dos posiciones toma en serio a Dios en su verdad de Señor del tiempo y de la historia, y en su opción de confiar al hombre –como «virrey» de lo creado- la suerte de la creación {cf. Gn 1,28; 2,15).

La fe no suprime la perspicacia del análisis de lo que acaece; más aún, permite ver con detenimiento y captar las consecuencias últimas de los fenómenos políticos, sociales, familiares... La fe no nos impide adquirir la necesaria competencia para tratar las cuestiones contingentes; es más, la anima con la confianza de que nada se ha de perder, ni siquiera las derrotas y los fracasos, dado que Dios es el salvador de todo lo que existe.

La fe ensancha el horizonte más allá de las apariencias y permite reconocer la obra del Espíritu Santo, que guía al hombre hacia la plena revelación del Padre en Cristo. Abrirse a este reconocimiento es abrirse a la alegría, aun en medio de las dificultades y los sufrimientos que presenta la historia: alegría por la seguridad de que, incluso en la adversidad, el Señor está con nosotros, con tal de que nosotros no nos cerremos a los signos que revelan su presencia.

 

ORATIO

Perdona, Señor, mi dureza de corazón. No es tanto la de quien elige pasar de ti, sino el polémico carácter refractario de quien te quiere distinto: o con una potencia más evidente, o menos embarazoso. Perdóname, Padre, por sentirme escandalizado por tu modo de revelarte en la vida de Jesús y por aceptar darte a conocer hoy a través de la vida de la Iglesia, de los cristianos, es decir, también a través de la mía: una vida llena con frecuencia de contradicciones, de incoherencias, de fragilidad y de infidelidad.

Necesito hacerme sencillo y humilde para comprender algo de tu modo de manifestarte o, por lo menos, para acoger con fe y respeto los signos de tu presencia, esos que tú mismo nos has indicado -el pan, la Palabra, el hermano- y los tejidos en la trama de la historia. ¡Ven,Espíritu Santo, padre de los pobres, luz de los corazones!

 

CONTEMPLATIO

La más alta realización de la conducta cristiana consiste en humillar el propio corazón aunque sea grande en las obras, en el desprecio a la vida, y expulsar la presunción con la ayuda del temor de Dios; de este modo, gozaremos de la promesa no en proporción a los esfuerzos realizados, sino en proporción a la fe y al amor por ella. Dada la grandeza de los dones, no es posible encontrar esfuerzos proporcionados: sólo una gran fe y una gran esperanza están en condiciones de medir la recompensa prescindiendo de los esfuerzos, y el fundamento de la fe está representado por la pobreza de espíritu y del amor desmesurado por Dios (Gregorio de Nisa, Fine, professione e perfezione del cristiano, Roma 1996, p. 45).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Señor, creo en ti!» (cf. Is 7,9b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La fe -es preciso recordarlo con vigor- no se reduce a una relación con lo divino vivida casi exclusivamente en formas emotivas y compensatorias. No se cree porque «hace bien», sino que se cree porque... Resulta difícil explicarlo. Es cuestión de enamoramiento: ¿puede explicarse el amor?

Aquí se mide la diferencia que media entre la fe pequeña y la grande. No es que hoy falte la fe. El mundo está lleno de muchos hombres con una fe pequeña. Falta, sin embargo, la fe grande. Por desgracia, cada uno de nosotros cultiva una fe pequeña, una fe que nos tranquiliza un poco, remedia algunas de nuestras insuficiencias, colma algunos vacíos y cura algunas heridas. Pero ¿dónde está la gran fe aue habla del fuego del Espíritu, de la presencia y del retorno de Cristo, del pecado y de la misericordia, de la cruz y de la resurrección? ¿Dónde están los verdaderos creyentes, a saber: los inquietos (no los intranquilos), que, heridos y humillados por la conciencia del pecado y de la derrota, se ponen ante Dios con el peso de su vergüenza, convierten su sufrimiento en una invocación y aman el sentido de la vida más que la vida misma? (L. Pozzofi, E soffia ¿ove vuole, Milán 1997).

 

Día 15

  Miércoles de la 15ª semana del Tiempo ordinario o Día 15 de Julio, conmemoración de San Buenaventura

      Nació en Bagnoregio, en el Lazio, entre 1217 y 1221. Siendo niño, fue curado por san Francisco de una grave enfermedad. Estudió en la Universidad de París, donde enseñó más tarde. Allí encontró a los frailes menores, y en 1243 entró en la orden. Convertido en ministro general, la dirigió durante diecisiete años con sabiduría y equilibrio, en medio de fuertes tensiones. Además de una biografía de san Francisco, escribió muchas obras de teología y de mística, armonizando de una manera profunda la ciencia con la fe. Estas obras le merecieron el título de «doctor seráfico». Tras ser nombrado cardenal y obispo de Albano, contribuyó al acercamiento entre latinos y griegos en el segundo Concilio Ecuménico de Lyon, durante cuya celebración murió, el 15 de julio de 1274.

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 10,5-7.13-16

Así dice el Señor:

5 ¡Ay de Asiria, vara de mi ira, bastón de mi furor!

6 La envío contra una nación impía, la mando contra el pueblo que provoca mi furor; para robarlo y saquearlo, para pisotearlo como el barro de las calles.

7 Pero ella no piensa así, no es eso lo que planea su mente: sólo piensa en destruir, en arrasar muchas naciones.

13 Porque dice: Con la fuerza de mi mano lo hice, y con mi ingenio, pues soy inteligente. He cambiado fronteras de naciones, he saqueado sus tesoros, he destronado, como héroe, a sus reyes.

14 Me he apoderado, como de un nido, de las riquezas de las naciones; como se recogen huevos abandonados he recogido toda la tierra: nadie ha batido las alas, nadie ha abierto el pico para piar.

15 ¿Se pavonea el hacha contra el que la maneja? ¿Se engríe la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el palo pudiera mover a quien lo lleva o el bastón manejar a quien no es de madera!

16 Por eso, el Señor todopoderoso dejará raquíticos a quienes presumen de fuerza y, debajo de su opulencia, encenderá un fuego abrasador, que todo lo devorará.

 

**• El oráculo contra Asiria que nos presenta este fragmento debe ser colocado en el contexto de la inminente amenaza de la invasión Asiria, que marca la época de la profecía de Isaías. Los reyes de Judá, primero Ajaz y, después, su hijo Ezequías, adoptan una política diferente respecto a la potencia extranjera: de alianza-vasallaje el primero, de oposición el segundo. Sin embargo, ninguno de los dos sigue los consejos del profeta, que exhorta a buscar en la fe en Dios y no en las alianzas políticas la estabilidad y la seguridad del Reino. De este modo, Isaías considera a Asiria unas veces como enemiga que ha de ser castigada, y otras, como instrumento del que se sirve Dios para amonestar a su pueblo e incitarle al arrepentimiento.

En este oráculo se llama a Asiria «vara» y «bastón» de la cólera de Dios (v. 5), instrumento eficaz destinado a que el pueblo tome conciencia de la impiedad en que vive. Sin embargo, Asiria trueca en ventaja suya la tarea que le ha sido confiada: el castigo que debe infligir a Israel y a Judá se está transformando en su propia destrucción.

Se ha puesto a sí misma como arbitro de sus propias opciones. De este modo, el «bastón del furor» de  YHWH (V. 5b) pretende «mover a quien lo lleva» (v. 15c).  El destino que le está reservado, siguiendo la lógica de la retribución temporal, será un castigo ejemplar (v. 16).

 

Evangelio: Mateo 11,25-27

25 En aquel tiempo, dijo Jesús: -Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos.

26 Sí, Padre, así te ha parecido bien.

27 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.

 

*» Jesús alaba al Padre y le da gracias por su obrar, tan diverso y sorprendente con respecto a la lógica humana, que exalta el poder y la fuerza en todos los ámbitos de la existencia. No son los que cuentan exclusivamente con su propia sabiduría, no son los que ponen el fundamento de su propia seguridad sobre las capacidades en continuo devenir de la inteligencia, sino que son los «pequeños» los beneficiarios de la revelación del Padre (v. 25). Así, el grito de dolor de Corozaín, Betsaida, Cafarnaún, refractarias o indiferentes con respecto a su palabra (cf. Mt 11,20-24), va seguido del grito de alegría de Jesús por aquellos que, por el contrario, han abierto su corazón a la Palabra. A las ciudades galileas, que conocían bien al «hijo del carpintero» (Mt 13,55) porque eran su patria, les resulta incomprensible la novedad del Evangelio, que se revela, en cambio, a quienes, privados de títulos de méritos y sin estar en condiciones de apoyarse en prerrogativas humanas, son capaces de confiar en Dios, seguros de su fidelidad. Jesús constata con alegría la elección preferencial del Padre, jamás desmentida a lo largo de toda la revelación, por los que son pequeños, pobres, sencillos. Así le parece bien al Padre (v. 26) y así le parece a Jesús.

El evangelista aprovecha esta ocasión para declarar la conciencia de Jesús y la fe de la Iglesia en el misterio de las relaciones trinitarias. El Padre da al Hijo todo por amor, el Hijo lo acoge todo y lo restituye al Padre por amor. El movimiento eterno de entrega recíproca entre el Padre y el Hijo sigue siendo incognoscible para la criatura.

Sin embargo, por obra del Espíritu, perenne efusión de amor, el Padre se hace accesible en el Hijo y se revela a sí mismo (v. 27). Tal manifestación es incomprensible para la sabiduría racional humana. Sólo quien se hace «pequeño» en el corazón, en toda su existencia, sólo quien se vuelve disponible para entrar en la lógica del don gratuito de Dios, puede comprenderla. El apóstol Pablo dirá con otras palabras: «Lo que en Dios parece debilidad es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1, 25a).

 

MEDITATIO

La tentación originaria del hombre es la de excluir a Dios de su propia existencia. Homo faber fortunae suae se convierte en el lema que marca las raíces de la voluntad humana y sella sus opciones. La conciencia de vivir en la edad adulta no puede tolerar la dependencia ni la sumisión a ningún Dios.

El hombre que rechaza a Dios -tanto si lo reconoce como si no- se cierra en el gueto de sus propios instintos, de sus propias opiniones, de una inteligencia que, por mucho que pueda recorrer los espacios siderales o adentrarse en las partículas infinitesimales de la materia, no sabe encontrar el camino de la alegría, de la paz, de la plenitud interior. De esta suerte, paradójicamente, el hombre que se siente señor del mundo así como de su propia existencia y de la ajena no consigue hacerse con el corazón del vivir, con su significado último, que es lo único que le da consistencia. Eso es, sin embargo, lo que se revela a quien acepta la realidad de ser criatura pequeña frente al Creador, aunque tan preciosa para él que la llama a participar de su misma vida. Es «pequeño» quien se muestra contento con lo que es, quien sabe que no es omnipotente y, por eso, se abre a la relación con Dios. Es «pequeño» quien reconoce haber recibido todo como don y lo usa no como dueño o como predador, sino como siervo, con gratitud. Quien es «pequeño» de este modo conoce algo del amor del Padre y del Hijo.

 

ORATIO

Bendito seas, Padre, que nos has dado a Jesús, tu Hijo, y en él nos has dicho y mostrado lo mucho que nos quieres. Nunca hubiéramos podido imaginarlo. Si tú no hubieras decidido manifestarte a nosotros, no hubiera sido posible que yo estuviera ahora aquí, hablando contigo con la confianza de un hijo.

Te lo ruego, Padre: renueva también en mi corazón la certeza de la presencia de tu Espíritu. Que él me dé la certeza de que tú eres mi Padre, de que Jesús es el Señor, de que estoy llamado a la comunión contigo para la eternidad.

Que él me haga gustar la belleza de ser criatura, pequeña pero preciosa, y me libere de la presunción de la autosuficiencia, de la sabihondez de quien quiere darte consejos, considerándolos como los mejores.

Espíritu de sabiduría y de piedad, enciende en mí el gusto por la pequeñez, por la sencillez que me dispone a acoger tu manifestación.

 

CONTEMPLATIO

Los grandes discursos no nos hacen santos y justos, sino que es la vida virtuosa la que nos vuelve agradables a Dios. Es mucho mejor experimentar compunción que conocer su definición. Ésta es, por consiguiente, la suprema sabiduría: tender al Reino de los Cielos mediante el desprendimiento del mundo. ¿Qué ventajas nos procura el saber sin el temor de Dios? No te engrías por el arte o la ciencia que posees: que estos dones sean para ti más bien motivo de temor. Feliz aquel que es adoctrinado directamente por la Verdad tal como ella es. Del único Verbo proceden todas las cosas, sólo de él nos hablan todas, y éste es el Principio que nos habla también a nosotros. Cuanta más capacidad de recogimiento y de sencillez interior hayamos alcanzado tanto más seremos capaces de comprender con amplitud y profundidad, y sin fatiga, por qué recibimos de lo alto la luz de la inteligencia (La imitación de Cristo, 3, 7, 9).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Sólo tú, Señor, eres Dios» (cf. Is 10,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El modelo al que hemos de adecuarnos en el cristianismo no es el «adulto», sino, al contrario, el «niño»; no es el «intelectual» -que, en la perspectiva ilustrada, es el «adulto» por definición-, sino, al contrario, el «sencillo», el «ignorante». Este, en la perspectiva evangélica, está simbolizado precisamente por el «pequeño», por el «niño». Pablo VI, papa «intelectual», hombre cultísimo, elevó en 1970 al rango de «doctor de la Iglesia» -el más elevado en la jerarquía espiritual- a santa Catalina de Siena, que a duras penas era capaz de leer y sólo al final de su vida aprendió a escribir.

No sin razón esta biblioteca mía en la que estamos hablando, compuesta por demasiados libros, a menudo arduos y escritos en muchas lenguas modernas y antiguas, está presidida (como puede ver) por la imagen de una muchacha de catorce años que aún no era mujer, asmática, desnutrida, hija de la familia más despreciada de su pueblo y, como es natural, analfabeta.

La Madre de Cristo, para confiar su mensaje de llamada a la fe, no eligió ni a profesores, ni a notables, ni a periodistas, ni a otros cristianos ya «adultos», «ya mayores de edad». Dieciocho veces, hablando su dialecto, se le apareció, en la gruta donde se guarecía la piara de cerdos de propiedad comunal, a esta pobre ignorante para el mundo, a esta maravillosa sabia según el Evangelio que es santa Bernadette Soubirous, la hija de un molinero fracasado de la oscura Lourdes.

No es una sorpresa; es sólo la enésima confirmación de una estrategia divina (V. Messori - M. Brambilla, Qualche racione per credere, Milán 1997)

 

Día 16

 Jueves de la Semana 15 del Tiempo Ordinario o Día 16 de Julio, festividad de la

Virgen del Carmen 

 

La devoción a la Virgen del Carmen hunde sus raíces en un lugar y en un tiempo bien precisos. El lugar es el monte Carmelo, cadena montañosa de Galilea, que se asoma al mar por un alto promontorio y por el otro lado da a la llanura de Esdrelón. Karme/significa «jardín» en hebreo. Es el monte santo, lugar de la oración y donde moró Elías, cantado en la Escritura por su belleza. En este monte - y más precisamente en uno de sus valles-, algunos de los cruzados venidos de Occidente dedicaron, a comienzos del siglo XIII, una iglesia a la Virgen María, poniendo bajo su protección la Regla de vida que les había dado Alberto, patriarca de Jerusalén y tomando el título de Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.

Desde aquel momento, la figura de la Virgen, Madre y Hermana, acompaña a la historia del Carmelo, de sus santos y de sus santas. Se trata de una historia de favores de la Virgen y de santidad de los miembros de su orden. El Carmelo ha contemplado en María a la Virgen purísima, a la Madre espiritual, a la Estrella del mar. Ha recibido como don, para extenderlo a todos los devotos, el escapulario, signo de protección y de alianza, prenda de salvación eterna. Se eligió la fecha del 16 de julio porque el 17 de julio del año 1274, el segundo Concilio de Lyon sancionó la permanencia de la orden (que debía ser suprimida). La conmemoración fue extendida a toda la Iglesia por Benedicto XIII en 1726.

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 26,7-9.12.16-19

7 La senda del justo es recta, tú allanas el sendero del justo;

8 caminamos por la senda que marcan tus leyes, hemos puesto en ti, Señor, nuestra esperanza; ansiamos tu nombre y tu recuerdo.

9 Mi alma te ansia de noche, mi espíritu en mi interior madruga por ti, pues cuando tú gobiernas la tierra aprenden justicia los habitantes del orbe.

12 Señor, tú nos concederás la paz, pues todo lo que hacemos eres tú quien lo realiza.

16 Señor, en la angustia acudieron a ti, cuando los castigaste susurraban una oración.

17 Como la embarazada al acercarse el parto se retuerce y grita de dolor, así nosotros ante ti, Señor.

18 Habíamos concebido, nos retorcimos de dolor y dimos a luz, pero sólo era viento; no trajimos salvación a la tierra, no nacieron habitantes al mundo.

19 Pero revivirán tus muertos, los cadáveres se levantarán; se despertarán jubilosos los habitantes del polvo, pues rocío de luz es tu rocío, y los muertos resurgirán de la tierra.

 

**• La plegaria de Is 26,7-19, de la que están tomados los versículos que constituyen el texto litúrgico de hoy, forma parte del así llamado «Apocalipsis de Isaías», considerado como posterior a la profecía del Isaías histórico.

Se trata de un bloque de capítulos (24-27) formado por liturgias proféticas, anuncios apocalípticos, cantos y plegarias de lamento y de acción de gracias. El centro de atención está constituido por la ruina de la ciudad excelsa, cuya identificación resulta problemática, y por el juicio que pronuncia Dios sobre ella y sobre toda la tierra, un juicio en el que están implicadas asimismo todas las fuerzas de la naturaleza. Entre los trastornos cósmicos y las perspectivas de la paz definitiva, se invita al pueblo a que confíe en el Señor, que mantiene su promesa y cuida de los pobres y de los oprimidos.

Del mismo modo que devasta las ciudades paganas, haciendo impracticables sus caminos, allana la senda de quien conforma la vida a sus preceptos (w. 7ss). Dios realiza sus grandes obras entre las naciones, a fin de que todos puedan conocerle y vivir según su voluntad.

La esperanza que el orante pone en YHWH alimenta el deseo de estar en comunión con aquel que le concederá -está seguro de ello- la plenitud de todos los bienes y llevará a buen puerto las iniciativas emprendidas (w. 9.12). Eso mostrará, no obstante, la débil fe del pueblo, cuya oración está exenta de contenido y de fuerza vital (w. 16-18). La intervención de Dios volverá a dar energía vivificadora a un pueblo de «muertos», para una nueva existencia jubilosa (v. 19). La que proclama el orante es una esperanza cierta, expresión de la fe en aquél a quien sabe pertenecer.

 

Evangelio: Mateo 11,28-30

En aquel tiempo, dijo Jesús:

28 Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré.

29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas.

30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

 

*» El canto de alabanza de Jesús anuncia la salvación para quienes acogen con estupor y admiración el amor del Padre. Jesús acaba de hablar de la imposibilidad de conocer al Padre si no es por la revelación del Hijo. Y ahora él, el Hijo, invita a todos a ir a él, a entrar en comunión de vida con él acogiendo su amor y el del Padre, fuente de reposo, satisfacción de todo deseo en el goce, en la paz. Él, el único y verdadero Maestro, dirige a todos la invitación a hacerse discípulos, y se trata de una invitación que lleva en sí misma los caracteres de la urgencia y de la alegría. Jesús, Sabiduría del Padre que se revela a los sencillos, a todos los que experimentan y reconocen la fatiga opresora de la observancia de la Ley en sí misma, manifiesta el misterio del Reino de Dios en cuanto anuncia que el amor es la plenitud de la Ley (cf. Rom 13,10; Gal 5,14) y convierte el amor en la norma, en el mandamiento supremo (cf. Jn 13,34; Mt 22,36-40).

El discípulo está invitado a ponerse junto a Jesús, a tomar su mismo yugo. Aprende del Maestro a llevarlo haciendo suyo el mismo estilo de vida: el de los sencillos y el de los humildes, el de los pobres y los pequeños, que han comprendido el mandamiento nuevo de la obediencia a Dios y del servicio a los hermanos. El yugo en sí sigue siendo pesado, pero llevarlo con Cristo es causa de suavidad: el amor reclama la fatigosa renuncia a nuestro propio instinto egoísta, pero abre de par en par los horizontes de la vida verdadera, la vida misma de Dios.

 

MEDITATIO

Dios cuida de su pueblo. Quiere el bien para cada uno de sus hijos creados, amados y custodiados por él. La última palabra de Dios es «vida», no «muerte», como nos mostró al resucitar a Jesús. Nuestra experiencia terrena es con frecuencia una experiencia de fatiga, de tener que cargar con pesos bajo los cuales nos abatimos: pesos físicos, pesos interiores. Cada uno de nosotros se reconoce con facilidad entre los «fatigados y agobiados»

a quienes Jesús invita a ir con él. O bien entre quienes gritan en la prueba, como los judíos de la profecía de Isaías. Vale la pena preguntarse cómo vivimos las situaciones difíciles que llamamos «pruebas», cómo reaccionamos frente a lo que nos parece demasiado pesado para nuestras fuerzas o nos espanta, nos desorienta.

¿Tal vez nos limitamos a enfadarnos (contra los otros, contra el destino, contra Dios)? Se trata de una reacción comprensible, pero corremos el riesgo de que nos haga sentir los dolores, para, a continuación, dar a luz «sólo viento», usando la imagen del profeta Isaías.

Si queremos caminar con el Señor por las sendas que él en su bondad no deja de allanar, podremos cargar con su yugo, un yugo ligero, porque lo llevamos con él, y él mismo nos enseña a llevarlo con amor. De todos modos, las pruebas, las contrariedades, los sufrimientos provocados, nos hacen mal y continúan haciéndolo, pero tienen un significado: si vivimos sin cesar de amar, de dar alegría y paz a los que están junto a nosotros, venceremos, como Jesús, el mal con el bien: primero en nosotros mismos y, a continuación, en nuestro entorno. Nos convertiremos en sembradores de esperanza.

 

ORATIO

Vengo a ti, Señor, cargado con la fatiga de mi jornada y con los pesos de los sufrimientos de los que viven junto a mí. Te encuentro cargado con la cruz y con todas las cruces construidas, tanto ayer como hoy, por la mezquindad y por el egoísmo de tantos.

Mírame, Señor: mira cómo, a pesar de las apariencias y de cierto perfeccionismo religioso, y aun llenándome a menudo la boca con hermosas palabras, ni siquiera soy capaz de llevar con amor mi propio peso. A la invitación que hoy me diriges: «Venid a mí todos los que...», responde tu oración en la cruz: «Padre, perdónalos... ». Gracias, Jesús, por atraerme a ti con tanta suavidad. A mi vez, quisiera, con tu ayuda, entregar suavidad: tal vez descubriría que con el amor todo peso se vuelve ligero.

 

CONTEMPLATIO

Tened una gran humildad, porque es la virtud de las virtudes, pero una humildad generosa y tranquila. Os recomiendo, más que las otras, las dos queridas virtudes que tanto desea nuestro Señor que aprendamos de él: la humildad y la sencillez de corazón, pero llevad buen cuidado en que sean verdaderas virtudes del corazón.

Animad de continuo vuestro valor con la humildad, y vuestra humildad, esto es, vuestra miseria y vuestro deseo de ser humildes, animadla con vuestra confianza en Dios, de suerte que vuestro valor sea humilde y vuestra humildad sea animosa. Permaneced alegremente humildes ante Dios, pero sed alegremente humildes también ante el mundo (Francisco de Sales, Lettere di amicizia spirituale, Roma 1984, pp. 967ss [edición española: Cartas a religiosas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1988]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús, sencillo y humilde de corazón, concédeme un corazón semejante al tuyo» (cf. Mt 11,29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Se ha llegado a decir que Jesús habría crecido frágil, que se habría vuelto delicado y sencillo: a partir de ahí se habría inclinado por la vida decadente, se habría puesto de parte de los pobres, de los perseguidos, de los oprimidos, de los candidatos al sufrimiento y a la miseria. Quien piense así basta con que abra los ojos y mire bien a Jesús. Que no juzgue debilidad y fuerza, exclusivamente, según alguien se abra camino con ardor y con los puños, sino pensando que hay también una fortaleza superior que tal vez tiene que ver con los estratos inferiores del ser.

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas» (Mt 11,28ss). Se trata del mismo misterio que las bienaventuranzas.

La conciencia de dar la vuelta a lo que tiene valor en el mundo, para edificar lo que realmente cuenta. Jesús no viene por el gusto de añadir un nuevo elemento a la serie de experiencias humanas realizadas hasta aquí; no, Jesús aporta, desde la plenitud del cielo, reservada a Dios, una realidad santa. Trae al mundo sediento una corriente de vida desde el corazón de Dios. Para tener parte en ella es necesario que el hombre se abra, deje el apego a la vida terrena y salga al encuentro de aquel que viene. Es preciso superar la rancia y arraigada pretensión según la cual el mundo es la única realidad que cuenta y se basta de verdad a sí misma. Se comprende, no obstante, de inmediato a quién le debe resultar particularmente difícil semejante renuncia: a aquellos que están bien situados en el mundo, a los poderosos, a aquellos que tienen parte en la grandeza y en la riqueza de la tierra. Los pobres, en cambio, son felices no porque su estado, en sí, sea feliz, sino porque reconocen con mayor facilidad que hay algo además del mundo e, iluminados por su miseria, aspiran de una manera más expedita a eso otro (R. Guardini, ll Signore, Milán 1977 [edición española: El Señor, Ediciones Rialp, Madrid 1965]).

 

Día 17

Viernes de la 15ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 38,1-6.21-22.7ss

1 Por aquel tiempo, Ezequías enfermó de muerte. El profeta Isaías, hijo de Amos, acudió a él y le dijo: -Así dice el Señor: «Arregla los asuntos de tu casa, porque vas a morir inmediatamente».

2 Entonces Ezequías se volvió contra la pared y oró al Señor así:

3 -Acuérdate, Señor, de que he caminado fielmente en tu presencia y de que te he agradado con mi conducta, actuando con rectitud. Y rompió a llorar amargamente.

4 El Señor dijo a Isaías:

5 -Ve y di a Ezequías: Así dice el Señor, Dios de tu antepasado David: «He escuchado tu oración y he visto tus lágrimas. Dentro de tres días subirás al templo del Señor. Alargaré tu vida quince años,   

6 te libraré a ti y a esta ciudad del rey de Asiria y protegeré a esta ciudad».

21 Isaías dijo: -Traed una cataplasma de higos secos y aplicádsela a la llaga; así sanará.

22 Ezequías preguntó:  -¿Cuál es la señal de que subiré al templo del Señor?

7 Isaías respondió: -Ésta es la señal que el Señor te da como prueba de que cumplirá su palabra:

8 Haré retroceder diez grados las marcas del reloj de Ajaz, la sombra que ya ha avanzado. Y el sol retrocedió diez grados que ya había avanzado.

 

**• Los capítulos 36-39, que cierran el libro atribuido  al primer Isaías, son un añadido posterior llevado a cabo por el redactor después del exilio de Babilonia. Los hechos que allí se narran se remontan a los últimos años  del siglo VIII a. de C, durante el reinado de Ezequías, y están documentados desde el punto de vista histórico tanto por el segundo libro de los Reyes como por textos asirios. El pasaje que examinamos se sitúa en el contexto precedente al asedio que el rey asirio Senaquerib puso a Jerusalén, unos quince años antes de la muerte del rey Ezequías. El relato de la gravísima enfermedad que aqueja al rey y de su curación milagrosa, mediante la intervención de Isaías, pone de relieve la actitud de confianza de Ezequías con Dios y con el profeta, que es reconocido por lo que es: portavoz de YHWH. Por otra parte, emerge el prestigio de Isaías y se exalta el poder que le viene de su fidelidad al mandato profético.

Ezequías reacciona al anuncio de su muerte inminente con una oración que, siguiendo el estilo de los salmos de súplica, apela a la misericordia de Dios. A él le presenta el rey su propia vida, una vida vivida con rectitud, rica en buenas obras; por consiguiente, siguiendo la doctrina de la retribución temporal, ¿cómo es posible que esta vida sea tan breve? La bondad de la oración del rey queda demostrada por el hecho de que es escuchada. Esa escucha se le hace saber por medio del profeta: Ezequías se curará y Jerusalén será liberada.

 

Evangelio: Mateo 12,1-8

1 En una ocasión, iba Jesús caminando por los sembrados. Era sábado. Sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas.

2 Los fariseos, al verlo, le dijeron: -¿Te das cuenta de que tus discípulos hacen algo que no está permitido en sábado?

3 Jesús les respondió: -¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintieron hambre él y sus compañeros:

4 cómo entró en el templo de Dios y comió los panes de la ofrenda que ni a él ni a los suyos les estaba permitido comer, sino sólo a los sacerdotes?

5 ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes del templo pueden incumplir el precepto del sábado sin incurrir en culpa?

6 Pues yo os digo que hay aquí alguien más importante que el templo.

7 Si supierais lo que significa: misericordia quiero y no sacrificios, no condenaríais a los inocentes.

8 Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.

 

**• El evangelista Mateo cuenta en este pasaje una de las numerosas controversias entre Jesús y los fariseos respecto a la observancia del precepto sabático. La Ley mosaica prescribía abstenerse de todo trabajo el día del sábado, aunque fuera particularmente urgente, como las labores del campo en tiempos de aradura y de cosecha (cf. Ex 20,8-11; 31,12-17; 34,21; Lv 23,3; Dt 5,12-15).

La antigua institución del sábado como día de reposo dedicado a Dios, que «descansó el día séptimo de todo lo que había hecho» (Gn 2,2), había tomado una gran importancia durante el exilio de Babilonia y en el período posterior, convirtiéndose, por tanto, en una ley férrea en el judaísmo hasta los tiempos de Jesús. El precepto del sábado, vivido al principio como día de alegría para todos (hombres, libres o esclavos, y animales), en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto, y como anticipación del reposo escatológico, en el que toda criatura participará del reposo del mismo Dios {cf. Hb 4,9-11), el precepto del sábado, decíamos, se había transformado en una casuística opresora y vinculante de lo que estaba permitido y lo que estaba prohibido, una casuística en torno a la cual divergían las diferentes escuelas rabínicas.

La afirmación de Jesús «el Hijo del hombre es señor del sábado» (v. 8) tiene un alcance desconcertante. Afirma, en primer lugar, que tiene una autoridad superior a la de Moisés, en virtud de su relación especial con el Dios a quien se quiere honrar observando el precepto del sábado. Él y sólo él  puede establecer lo que es lícito y lo que no lo es. Jesús, revelador del amor del Padre, vuelve a situar al hombre en el centro del verdadero culto: rendir honor a Dios no puede ser separado del estar atentos al hombre, a quien Dios ha creado y ama. En consecuencia, no puede haber conflicto entre la ley religiosa y las exigencias del amor. La historia de Israel, dado que el carácter sagrado de los panes de la ofrenda no impidió a David y a sus hambrientos hombres alimentarse con ellos (w. 3ss), lo confirma.

El Dios misericordioso busca la misericordia y no el sacrificio, como mostrará Jesús poco después curando al hombre de la mano atrofiada (Mt 12,9-13). Si los mismos sacerdotes deben infringir las normas del sábado

para ejercer su ministerio (v. 5), tanto más pasarán éstas a segundo plano frente a las exigencias del amor al hombre, signo imprescindible del amor y de la obediencia al Dios del amor.

 

MEDITATIO

Es fácil intentar encerrar a Dios en un conjunto de reglas religiosas prácticas, que nos pongan en paz la conciencia aquí en la tierra y nos aseguren la vida eterna en el más allá. Es fácil porque da seguridad y ofrece un criterio de juicio inmediato entre lo que es justo y lo que no lo es. Facilita también, por tanto, la aproximación a los otros, que pueden ser etiquetados «objetivamente » como «justos» e «injustos» o como «buenos» y «malos». Como en tiempos de Jesús, se trata de una operación que tiene mucho éxito también hoy, en una época en la que tenemos tanta necesidad de puntos de referencia ciertos, controlables, pero en la que no estamos dispuestos a trabajar para formarnos una conciencia ilustrada, capaz de discernimiento, para aprender a acoger a cada persona en su inconfundible unicidad.

Jesús recuerda a los fariseos de ayer y de hoy que Dios es misericordia y que todo lo que se le ha atribuido o tiene los signos característicos de la misericordia o se le ha atribuido en falso. La Palabra de Dios, que siempre nos interpela de una manera personal, nos incita a proceder a una verificación: ¿es Jesús mi Señor? ¿O me construyo una religión propia, con ídolos y fetiches que -tal vez- tienen una apariencia devota, pero expresan el carácter pagano de mi corazón? Si nos las damos de señores de Dios y de su gracia, si planteamos la relación con él y con el prójimo sobre la base de la medida, siempre mínima, de la ley y del deber, terminaremos por excluir a Dios de la vida, declarándonos, de hecho, señores de nosotros mismos y de los otros, y nos encontraremos en la desnudez y en la necesidad de escondernos como Adán y Eva {cf. Gn 3,8-10). El grito lleno de confianza del rey Ezequías nos sirve de ejemplo: Dios no se deja vencer en generosidad; su misericordia rebosa sobre aquellos que confían en él y están dispuestos a dilatar su corazón a la medida del corazón de Dios.

 

ORATIO

Me confío a ti, Señor, Dios misericordioso y fiel. Tú me has creado libre porque deseas mi amor, no mi sometimiento pasivo. Tú ves qué difícil me resulta vivir el don que me has dado: la libertad del amor me da miedo y muchas veces prefiero encerrarme en los angostos espacios de una ley sin corazón, desde cuyo interior emito graves sentencias sobre mis hermanos y me siento poderoso.

Me confío a ti, Señor, Dios misericordioso y fiel. Enséñame a olvidar mi despiadada «justicia» para hacerme un poco más semejante a ti y ser «sacramento» de tu misericordia, para los hermanos y hermanas que me des.

 

CONTEMPLATIO

El pueblo infiel, que abandonó los preceptos divinos porque se consideraba rico con aquella ley que no era más que sombra de los bienes futuros, y que hizo un mal uso de las riquezas adquiridas, fue arrancado de la tierra de los seres vivos, desarraigado y expulsado del sagrado tabernáculo. Se consideraba demasiado fuerte, puesto que confiaba en las vanidades humanas, a saber: en la gloria de su poder, en el oro del templo, en los preceptos de los hombres, según lo que había dicho el profeta: «-Me veneran sin razón, enseñando doctrinas y preceptos humanos», y sustituyeron la Ley de Dios por la regla de la costumbre terrena, que ultraja a Dios (Hilario de Poitiers, Tractatus in Psalmum 51, citado en Riccheza e povertá nel cristianesimo primitivo, Roma 1998, p. 159).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Quieres misericordia, oh Señor» (cf Mt 12,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Jesús, a causa de su amor por los hombres, está en lucha con los fariseos. ¿Qué quieren los fariseos en vez de los beneficios de todo tipo? Prodigios. Más que buenas acciones quisieran obras estrepitosas, obras que impresionen a su inteligencia, sin tender a la conversión de sus corazones. Intentan sustituir el amor de Jesús, que apela a sus posibilidades de generosidad y de amor, por un compromiso entre dos egoísmos, a saber: que Jesús acepte, por una parte, emprender una carrera gloriosa y, por otra, que renuncie a acechar sus comodidades.

Notemos que la vivacidad de las reacciones del Maestro se debe al hecho de que las malas intenciones de sus adversarios tienden a impedirle hacer el bien v a causar daño a aquellos a quienes profesa un afecto particular: los inválidos y menos favorecidos por la vida. Cuando algunos fariseos reprochan a los discípulos que arrancan espigas en día de sábado, interviene Jesús para justificar su acción: «El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Porque el Hijo del hombre también es señor del sábado».

Al dar esta respuesta a los sofismas que le planteaban, Jesús afirma no sólo su propia soberanía, que le permite hacer el bien en sábado, sino también el significado de esta soberanía. El sábado ha sido hecho para el hombre, y, puesto que el Mesías ha recibido todo poder sobre la humanidad, es señor de todo lo que ha sido puesto al servicio de los hombres, en especial del sábado. Es el amor a los hombres lo que rige todo, y a causa de este amor se enfrenta a los fariseos: Jesús quiere que el sábado, que había sido convertido en una institución importuna destinada a provocar oposiciones, sirva para testimoniar la bondad divina (J. Galot, // cuore di Cristo, Milán 1992).

 

Día 18

Sábado de la 15ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Miqueas 2,1-5

1 ¡Ay de aquellos que planean maldad, que traman el mal en sus lechos y en cuanto es de día lo ejecutan porque tienen poder para ello!

2 Codician campos y los roban; casas, y se apoderan de ellas; oprimen al cabeza de familia y a todos los suyos, al dueño y a su heredad.

3 Por eso, así dice el Señor: También yo planeo un mal contra esa gente despreciable, un mal del que no podréis apartar vuestro cuello; no podréis ir más con la cabeza erguida, porque serán tiempos de desgracia.

4 Ese día os dedicarán este proverbio y os entonarán esta elegía: «Estamos totalmente arruinados: se reparten la heredad de mi pueblo, ¿cómo es que se me quita? Los que nos han conquistado han sorteado nuestros campos».

5 Así que no tendrás a nadie que sortee los lotes en la asamblea del Señor.

 

•*• La actividad del profeta Miqueas se sitúa en el contexto social y religioso del Reino de Judá, en la segunda mitad del siglo VIII a. de C. Miqueas, casi contemporáneo del primer Isaías, denuncia la idolatría y las injusticias sociales cometidas por los jefes del pueblo (corte real, sacerdotes, profetas), a las que se ha visto sometida toda la población. El justo juicio de Dios no tardará y el castigo será inevitable, puesto que han abandonado la fidelidad a la alianza. Con todo, al castigo le seguirá la rehabilitación, y a la destrucción la promesa de una nueva fecundidad a partir del pequeño grupo de aquellos que, en medio de tanta iniquidad, han conservado íntegra la fe en YHWH.

El oráculo que constituye el presente texto litúrgico es una invectiva contra aquellos que, ya ricos, recurren a todo para acaparar cada vez más, usurpando casas y terrenos a sus legítimos propietarios y reduciendo a esclavitud a estos últimos. Se presenta a los acaparadores enteramente ocupados en sus lechos en tramar proyectos perversos que ejecutan en cuanto amanece el día, gracias a su poder económico (v. 1). En este estado de cosas, en el que unos pocos ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres son cada vez más numerosos e indigentes, se levanta la voz del profeta, que proclama el juicio de Dios: del mismo modo que los poderosos traman sus acciones inicuas (v. la), así también trama el Señor el castigo (v. 3b), del que no podrán huir y que será justo sobre la base de la ley del talión (cf. Dt 19,21). Aquellos que, privando a los otros de sus legítimas posesiones y reduciéndolos a esclavitud, los excluyen de hecho de la participación en la promesa de la tierra dada por Dios para siempre, serán hechos esclavos y dejarán de tener tierra. Miqueas expresa ese grave castigo con la metáfora del yugo: del mismo modo que el yugo impide a los hombres esclavos o prisioneros y a los animales levantar la cabeza, así también el grave castigo de Dios sólo permitirá caminar a los malvados con la cabeza inclinada.

En el v. 4 el profeta pone en boca de los acaparadores castigados un canto que explica su destino: despojados de los bienes por los enemigos, que en este contexto son casi seguro los asidos, ven repartidas entre los invasores aquellas tierras cuya propiedad ya no pueden volver a adquirir. Ironías del destino: a ellos, que tramaban todos los modos posibles para enriquecerse, no les tocará ni siquiera un pedazo de la Tierra prometida.

 

Evangelio: Mateo 12,14-21

En aquel tiempo,

12 los fariseos, al salir, se pusieron a planear el modo de acabar con él.

15 Jesús lo supo y se alejó de allí. Le siguieron muchos y los curó a todos,

16 advirtiéndoles que no dijeran que había sido él.

17 Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías:

18 Éste es mi siervo, a quien elegí; mi amado, en quien me complazco; derramaré mi espíritu sobre él y anunciará el derecho a las naciones.

19 No disputará, ni gritará; no se oirá en las plazas su voz.

20 No romperá la caña cascada ni apagará la mecha que apenas arde, hasta que haga triunfar la justicia.

21 En él pondrán las naciones su esperanza.

 

**• El hecho de haber contravenido la ley sobre el reposo sabático acarrea a Jesús el complot de los fariseos.

Éstos formulan el propósito (por vez primera, según la narración de Mateo) de matarlo. Jesús reacciona continuando en otro lugar su actividad taumatúrgica y cura a todos los que le siguen, sin excepción. Estas curaciones, en el contexto del milagro que acaba de realizar (cf. Mt 12,10-13), dan razón del amor misericordioso de Dios, que Jesús ha venido a anunciar y que constituye el centro y el sentido de su ministerio. Mateo ve realizada aquí la profecía de Is 42,1-4, en la que se presenta la figura del Siervo de YHWH. Este, elegido y enviado por Dios, que lo ha colmado de su Espíritu, llevará a cabo la misión de hacer conocer a todos los pueblos la verdadera relación entre Dios y los hombres. El estilo del Siervo, sencillo y discreto, ajeno al conflicto y al clamor, atento a valorar toda posibilidad de vida, ha sido plenamente realizado por Jesús, que se acaba de declarar «sencillo y humilde de corazón» (Mt 11,29) y pide que se guarde silencio sobre su obrar {cf. Mt 12,16).

Una vez más, el evangelista Mateo, comentando los acontecimientos de la vida de Jesús a la luz del Antiguo Testamento, recuerda que éste representa el cumplimiento de la revelación veterotestamentaria; ayuda a interpretar el acontecimiento-Jesús y a comprender su significado; presenta en Jesús el modelo de obediencia a la Palabra del Padre.

 

MEDITATIO

Quien más tiene, más quisiera tener. Se trata de un viejo dicho acuñado por la constatación de lo insaciable que se muestra el instinto de posesión. Es de una trágica actualidad el imperio de la ley de la prepotencia de los que son más fuertes desde el punto de vista económico.

Los estragos que la codicia de unos pocos realiza a expensas de muchos se perpetran cada día, en todos los puntos del globo. El dinero se muestra como un arma aún más letal que los mecanismos explosivos, cuando se usa exclusivamente en provecho nuestro. Hiere al hombre en su existencia física, aunque también en la psíquica y espiritual. Por dinero la gente está dispuesta a todo, y pisotea afectos y valores éticos. Y es que el dinero, si se convierte en el fin de la vida, no admite rivales.

Quien le dedica su misma persona no puede conocer ningún tú, sólo el yo. Por eso dijo Jesús que o escogemos a Dios o escogemos la lógica del dinero, no hay posibilidad de compromiso. Jesús, como vemos, se decidió por el primer miembro de la alternativa y está en relación constante con el del Padre y con el de los hermanos. Lo demuestra mostrando su preferencia sólo por los abandonados, a los que socorre con una atención especial. Sin estrépito ni clamores en la plaza, sin campañas publicitarias ni sofisticados medios de persuasión; más aún, con tono distendido, aunque seguro, y con palabras verdaderas y coherentes, se va difundiendo el anuncio evangélico del amor de Dios gracias a cualquiera que renuncie a la lógica del atropello, por poco o muy explícita que sea. La esperanza abre en quien la acoge unos horizontes luminosos.

 

ORATIO

Oh Dios, que has otorgado privilegio a los medios humildes, perdóname cuando sonrío de manera irónica a quien intenta seguirte en tu misma opción y cuando, por mi parte, no desdeño la violencia. Oh Dios, que te hiciste pobre, perdóname cuando pienso y digo que, de todos modos, es preciso arreglárselas y cualquier medio es bueno. Oh Dios, que te has inclinado sobre todo germen de vida y le has dado valor, perdóname cuando, sin remordimiento, pisoteo los derechos de mi hermano, de quien sé que no he de temer reacciones de venganza. Oh Dios, que te has mostrado atento a todos, perdóname cuando busco sólo lo que me conviene, sin preocuparme de los otros.

 

CONTEMPLATIO

Dice el avaro: «¿A quién hago mal reteniendo los bienes que me pertenecen?». Mas ¿qué bienes son los que te pertenecen? ¿De dónde te han venido?

Te pareces a un hombre que entró en un teatro y quería impedir la entrada a los otros para gozar él solo del espectáculo al que todos tienen derecho.

Así son los ricos: acaparan los bienes de la sociedad y después sostienen que son ellos los dueños de los mismos por el simple motivo de haber sido los primeros en cogerlos.

Si cada uno retuviera únicamente lo que le sirve para las necesidades normales y dejase lo restante a los indigentes, desaparecerían la riqueza y la pobreza.

¿No saliste desnudo del vientre de tu madre? ¿No estarás de nuevo desnudo cuando vuelvas al polvo? ¿De dónde crees que te han venido estos bienes?

Quizás me respondas: «Del azar». Entonces careces de fe, porque no piensas en tu Creador, y te muestras ingrato con aquel que ha llenado tus manos de dinero. O bien admitas que son dones de Dios. Entonces explícame por qué ha sido cautivada tanta riqueza precisamente por ti.

¿Se la debes acaso a la «injusticia» de un Dios que reparte de manera desigual los bienes de la vida? ¿Por qué eres tú rico mientras otro es pobre? En lo que a ti respecta, eres rico sólo para que con amor y desinterés administres esos bienes para los otros.

Resulta inconcebible que tú tengas el dinero bajo la campana de vidrio de una insaciable avaricia y pienses que no haces daño a nadie excluyendo de él a una multitud de desdichados.

¿Quién es el avaro? El que no se contenta con lo necesario. ¿Y quién es el ladrón? El que priva a los demás de sus bienes. ¿No eres tú un avaro? ¿No eres tú un ladrón?

Aquellos bienes, cuya administración únicamente te había sido confiada, los has cogido para ti.

A quien asalta a un hombre en el camino y le quita los vestidos le llaman salteador. Y quien no cubre la desnudez del pordiosero, siendo que podía hacerlo, no merece un nombre diferente.

Pertenece al hambriento el pan que guardas en tu cocina. Al hombre desnudo, el manto que está en tu armario. Al que no tiene zapatos, el par que se estropea en tu casa. Al hombre que no tiene dinero, el que tienes escondido. Por eso, en vez de ayudar a la gente, eres un explotador. (Basilio de Cesárea, «Cuando el rico es un ladrón», citado en El buen uso del dinero, DDB, Bilbao 1995, pp. 57-59).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú eres justo, Señor» (cf. Miq 2,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Iglesia no es un organismo político. Ahora bien, el rechazo de una función específicamente política no puede hacer olvidar el ansia de justicia y de fraternidad y el estímulo encaminado a actuar de manera concreta: no podemos invocar a Dios como Padre si no intentamos construir de modo eficaz la fraternidad en medio de los hombres.

El discurso religioso se hace inevitablemente social. Y fue precisamente esta experiencia eclesial la que puso en marcha en mí la reflexión crítica sobre la situación social. que reina en el mundo y, de modo particular, en nuestro sistema democrático occidental, por lo menos tal como se ha venido realizando hasta ahora. Las enormes ciudades del Tercer Mundo, donde, en torno a una zona central de riqueza y dinamismo, crecen cinturones de miseria y de subdesarrollo, la situación de colonialismo económico (no menos grave quizás que el colonialismo político de otros tiempos) en el que son mantenidos los países en vías de desarrollo, hacen dudar de la sinceridad del interés y de la contribución que los pueblos más desarrollados desde el punto de vista industrial ofrecen a los otros pueblos. Y por encima de todo esto, las naciones de las grandes democracias que se sostienen sobre la explotación de otros pueblos son cristianas. Aparece así la paradoja de un cristianismo que parece alimentar la discriminación y la explotación de los pueblos, mientras que el anticristianismo se convierte en la bandera de las legítimas aspiraciones a la igualdad y a la participación. La realidad del mundo pobre, subdesarrollado, explotado, es una crítica viviente a la parcialidad y al egoísmo de nuestros proyectos de desarrollo y se convierte en una contestación dramática de nuestro cristianismo abstracto e individualista (L. Bettazzi, Farsi uomo. Confesshn¡ di un vescovo, Turín 1977).

 

 

Día 19

16° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 12,13.16-19

13 Fuera de ti no hay otro Dios que cuide de todo, a quien tengas que demostrar que tus juicios no son injustos.

16 Porque tu fuerza es principio de justicia, y tu dominio sobre todo te hace indulgente con todos.

17 Despliegas tu fuerza cuando no se cree en tu poder y confundes la osadía de los que no lo conocen.

18 Pero, como dominas tu fuerza, juzgas con benignidad y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes utilizar tu poder cuando quieras.

19 Al actuar así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser compasivo y diste a tus hijos una dulce esperanza, porque, después del pecado, das lugar al arrepentimiento.

 

Después de contemplar y alabar la Sabiduría en si misma, el autor sagrado considera su intervención en la historia (cc. 10-19) y responde ahora a una pregunta implícita al contexto del que ha sido extraída esta perícopa: ¿por qué Dios no ha castigado a los enemigos de Israel —egipcios y cananeos- de modo drástico e inmediato? Y enseña como la Sabiduría que guía el actuar divino es mas sublime, magnánima y prudente que nuestros criterios. El Dios creador también es la eterna Providencia que cuida de cada criatura: ¿quién puede enjuiciar su proceder y acusarlo de injusto (v, I3)? Posee la plenitud de la fuerza (término clave que introduce los vv 16-18): nada teme, a diferencia de los poderosos de este mundo, ni ser abrumado, ni perder algo. El Señor actúa según la justicia, la bondad y la mansedumbre, <<dosificando>> la fuerza a los objetivos de una sabia pedagogía (vv 17.19ss). Todos los interrogantes sobre el actuar divino encuentran una misma respuesta: su amor por los hombres, la filantropía. Por amor sabe esperar nuestro arrepentimiento y nos enseña a amar (vv. 19ss) con su misma caridad, paciente y benigna (1 Cor 13,4).

 

Segunda lectura: Romanos 8,26-27

Hermanos:

26 El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables.

27 Por su parte, Dios, que examina los corazones, conoce el sentir de ese Espíritu, que intercede por los creyentes según su voluntad.

 

• El tiempo presente es un largo periodo de parto del que nacerá la creación nueva. Es el tiempo del gemido del cosmos y del hombre (vv. 22ss). Profundizando en la reflexión, Pablo afirma algo inaudito: Dios hace suyo el sufrimiento de la creación a través de su Espíritu, que lleva adelante este colosal embarazo desde el interior desde el corazón de los creyentes. El Espíritu Santo transforma cada dolor espera y esperanza en un lenguaje   - para nosotros misterioso, pero comprensible para Dios- inefable de gemidos, gemidos que son prenda de victoria, porque Dios e intercede por los creyentes según su voluntad» (v. 27).

Nuestra debilidad nos hace no solo impotentes para obrar el bien, sino hasta para comprender cual es el bien verdadero. Y Dios viene a socorrernos justo en este punto. No nos sustrae —por ahora— de nuestra condición; al contrario, se hace débil con nosotros y en nosotros por medio del Espíritu. Así, se prolonga en el tiempo, a través de los creyentes, el escándalo de la cruz de Cristo: <<Pues lo que en Dios parece locura es más sabio que los hombres; y lo que en Dios parece debilidad es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,25). Esta necedad y debilidad de Dios conducirá la historia de los hombres al resultado definitivo que el Señor conoce y por el que el Espíritu intercede insistentemente.

 

Evangelio: Mateo 13,24-43

24 Jesús les propuso esta otra parábola:

—Con el Reino de los Cielos sucede lo que con un hombre que sembró buena semilla en su campo,

25 Mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

26 Y cuando creció la hierba y se formó la espiga, apareció también la cizaña.

27 Entonces los siervos vinieron a decir al amo: al Señor: ¿no sembraste buena semilla en tu campo?.¿Cómo es posible que tenga cizaña?.

28  El les respondió <<Lo ha hecho un enemigo». Le dijeron; <<¿Quieres que vayamos a arrancarla?».

29 El les dijo: <<No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo.

30 Dejad que crezcan juntos ambos hasta el tiempo de la siega; entonces diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, pero el trigo amontonadlo en mi granero».

31 Les propuso otra parábola: -Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo,

32 Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace como un árbol, hasta el punto de que las aves del cielo pueden anidar en sus ramas.

33 Les dijo otra parábola: -Sucede con el Reino de los Cielos lo que con la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.

34 Jesús expuso todas estas cosas por medio de parábolas a la gente, y nada les decía sin utilizar parábolas,

35 para que se cumpliera lo anunciado por el profeta:

Hablaré por medio de parábolas,

publicaré lo que estaba oculto

desde la creación del mundo.

36 Entonces dejó a la gente y se fue a la casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron: - Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

37 Jesús les dijo: - El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;

38 el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; y la cizaña, los hijos del maligno;

39 el enemigo que la siembra es el diablo; la siega es el fin del mundo; y los segadores, los ángeles.

40 Así como se recoge la cizaña y se hace una hoguera con ella, así también sucederé en el fin del mundo.

41 El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino a todos los que fueron causa de tropiezo y a los malvados

42 y los echarán al horno de fuego. Allí llorarán y les rechinarán los dientes.

43 Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos que oiga.

 

La predicación de Jesús sobre el Reino de los Cielos trasciende las expectativas de sus contemporáneos y transparenta una imagen nueva del rostro de Dios. Es cuanto emerge de las tres parábolas del evangelio de hoy. Contrariamente a lo esperado, el Reino de Dios no tendrá una dimensión triunfal en la historia; la victoria sobre los opositores y las fuerzas del mal no se llevará a cabo en este mundo. Esto no significa que Dios, el sembrador de la buena semilla, de alguna manera sea derrotado. Más bien, porque es dueño de la situación, puede frenar la impaciencia de sus siervos (vv. 28-30). Ciertamente, la buena semilla comienza a crecer junto con la cizaña; en nuestra historia, e1 bien siempre estará obstaculizado por el mal. Pero Dios ve el tiempo desde la perspectiva de la eterna meta final (vv. 39-43): solo con la siega tendrá lugar el discernimiento definitivo.

Es una lección de sabia paciencia ante fariseos y zelotas de cualquier generación, partidarios, de distintas formas, de una pureza religiosa y nacionalista que excluye sin apelación a los <<otros». Y también lo es para nosotros, dispuestos a constituimos rápidamente en jueces y verdugos.

Otra enseñanza <<contra corriente» viene de la parábola siguiente (v. 31ss): el Reino de los Cielos no tiene la apariencia desbordante que se esperaba. Esta cerca y presente (cf Mc 1,15), pero es insignificante en su aspecto, como el grano de mostaza. Sin embargo, desde este estado incipiente germinara una exuberante realidad vital. Dios realiza cosas admirables sirviéndose de instrumentos y materiales humildes. Es la enseñanza gemela que también se desprende de la parábola  de la levadura (v. 33): el Reino de los Cielos es una pequeña cosa en este mundo, esta oculto y amasado con los acontecimientos de la historia humana, y contiene en si una potencialidad y un dinamismo irresistibles. Los <<hijos del Reino» (v. 38) nunca deben separarse del resto de la humanidad, sino fermentar desde el interior las situaciones, seguros de que nada les impedirá producir frutos desde el amor, que subsistirá eternamente (vv. 30b.43; cf 1 Cor 13,13).

 

MEDITATIO

La liturgia actual nos invita a abandonar los esquemas habituales de pensamiento para asumir los pensamientos de Dios, que sobrepasan a los nuestros, como el cielo dista de la tierra (cf Is 55,8ss). Cuántas veces, viendo que el mal quedaba impune, nos hemos preguntado: donde esta la justicia de Dios. Cuantas veces, al surgimos absurdas dificultades, hemos exclamado: << ¡hasta cuándo...!».

La Palabra, hoy nos muestra la paciencia de Dios y nos ayuda a comprender mejor la realidad de su Reino. Para nosotros, es fuerte quien supera cualquier dificultad, tiene éxito y esta seguro. Para Dios, la fuerza esta en el amor, hasta el punto de que el Omnipotente es, por decirlo así, el <<Omni-paciente». Espera, otra vez, de nuevo y siempre, a que cada uno de sus hijos se arrepienta: la puerta de la casa paterna siempre esta entreabierta para todos hasta el día definitivo. Y aun mas, no se limita a esperan sino que sale al encuentro, haciéndose débil con los débiles, para conducir a la humanidad hacia la redención plena, la nueva creación, la realización del Reino.

A través de la cruz de Cristo y de los gemidos del Espíritu, que habita en nosotros, el Padre acompaña, sostiene y sustenta el peregrinar del hombre a lo largo de la historia. El enemigo nos obstaculizara, pero no podrá frustrar el plan de Dios. De nosotros depende apresurar el paso. ¿Cómo? Haciendo nuestro, en las situaciones concretas, el modo de actuar divino; evitando los inexorables juicios condenatorios, apagando el ferviente deseo de erradicar el mal con la fuerza.

Aprendamos a cosechar en las realidades más humildes e insignificantes las grandes ocasiones de caridad que se nos presentan. Entonces, el tiempo de los hombres fermentara con la levadura del amor de Dios; entonces, el Reino de los Cielos crecerá desmesuradamente en nuestra historia; entonces, el gemido del Espíritu se convertirá en canto de alabanza impetuosa de toda la creación.

 

ORATIO

Señor, tu eres bueno y siembras a la luz del día en el campo de la Iglesia, en cada uno de nosotros, amor, paz y alegría. Y después, viene el enemigo durante la noche y esparce la cizaña: pensamientos, deseos, sentimientos hostiles y traiciones ocultas que envuelven en tinieblas nuestro corazón.

Danos el Espíritu de vigilancia y que no nos asalte el malvado; haznos fuertes en la tentación y humildes en la reprensión de nuestras caídas. Haz que no pretendamos de los otros una perfección que ni nosotros mismos tenemos; danos ojos que sepan ver, además de la cizaña, la buena semilla; concédenos un corazón que sepa amar como el tuyo, con humildad y paciencia, incansable,

 

CONTEMPLATIO

El campo, que es el mundo, es la Iglesia extendida por el mundo. Quien es trigo, persevere hasta la siega; los que son cizaña, háganse trigo. Porque entre los hombres y las espigas de verdad o la cizaña real hay esta diferencia: cuando nos referimos ala agricultura, la espiga es espiga y la cizaña es cizaña. Pero en el campo del Señor esto es, la Iglesia, a veces, lo que era trigo se hace cizaña y lo que era cizaña se convierte en trigo, y nadie sabe lo que será mañana. Por eso los obreros, indignados con el padre de familia, querían ir a arrancar la cizaña, pero no se lo consintió; quisieron arrancar la cizaña y no se les permitió separar esa cizaña. Hicieron aquello para lo que servían y dejaron la separación a los ángeles. No querían reservar a los ángeles la separación de la cizaña; mas el padre de familia, que conocía a todos y sabía que era menester dejar para más tarde la separación, les mandó tolerarla, no separarla. Ellos preguntaron: ¿Quieres que vayamos y la recojamos? El respondió: No, no sea que, al querer arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo. ¿Entonces, Señor, la cizaña estará también con nosotros en el granero? Al tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged la cizaña y atad los haces para quemarla. Tolerad en el campo lo que no tendréis con vosotros en el granero.

Escuchad, carísimos granos de Cristo; escuchad, carísimas espigas de Cristo, escuchad, carísima mies de Cristo; reflexionad sobre vosotros mismos, mirad a vuestra conciencia, interrogad a vuestra fe, preguntad a vuestra caridad, despertad vuestra conciencia; y si os reconocéis mies de Cristo, traed a vuestra mente: Quien perseverare hasta el fin, ése será salvo. Pero quien, al escudriñar su conciencia, se encontrare entre la cizaña, no tema cambiarse. Todavía no hay orden de cortar, aun no llega la siega; no seas hoy lo que eras ayer o no seas mañana lo que eres hoy. ¿De qué te sirve lo que dices, sino en cuanto cambies? Dios promete indulgencia si cambias tú, pero no te promete el día de mañana. Tal como seas al salir del cuerpo, tal llegaras a la siega.

Muere alguien, no sé quién y era cizaña; ¿acaso podrá allá hacerse trigo? Es aquí en el campo donde el trigo puede hacerse cizaña y la cizaña trigo; aquí eso es posible, pero allá, es decir; después de esta vida, es tiempo de recoger lo que se hizo, no de hacer lo que no se hizo (Agustín de Hipona, <<Serm6n» 73/a, 1-2, en Obras completas de san Agustín, X, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1983, 372-375).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<El Señor es paciente y misericordioso» (Sal 144,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La indulgencia es una expresión finísima de la caridad, porque es a la vez comprensión, discreción, paciencia y confianza. Con ésta -y solo con ésta- se supera un gran obstáculo que normalmente se interpone entre nosotros y nuestro prójimo.

De hecho, lo que hace más difícil el ejercicio de la caridad son, frecuentemente, los defectos que encontramos en los demás. Y estamos fácilmente llevados a verlos, a verlos mucho mas que los nuestros, y así estamos siempre dispuestos a la crítica.

Este obstáculo no se supera espontáneamente, porque el defecto de por sí no acerca a las almas, ya que es una falta, y lo que falta no puede nunca ser un elemento positivo de unión. Por consiguiente, es necesario suplir voluntariamente lo que falta en la persona defectuosa, con algo que les permita a las almas encontrarse. Este algo lo da precisamente la <<indulgencia».

La indulgencia de la que hablamos no consiste, sencillamente, en <<cerrar los ojos» a los defectos de los demás: el cerrar los ojos lleva, la mayoría de los veces, al desinterés. Sin embargo, con la verdadera indulgencia los defectos se ven bien; solo que se les <<indulta», es decir, se le <<concede» el perdón, pero no al defecto, sino a la imperfección moral de la persona, en cuanto que nos concierne y nos choca, quitándonos algo. Por tanto, un perdón así implica también el propósito de enmienda de los demás, para que la persona no quede privada de aquel bien moral que se deriva de corregir aquel defecto. Y por esta enmienda se le concede confianza. La verdadera indulgencia consiste en esto.

¿Y hasta qué punto hay que emplear la indulgencia? La respuesta nos la proporciona el Señor diciéndonos que hay que perdonar a los hermanos <<setenta veces siete>>, es decir, siempre. Naturalmente, es difícil una indulgencia tan generosa y delicada; sin embargo, estamos llamados precisamente a hacer esto con los <<hermanos>> que <<pecan>> o -por seguir en nuestro contexto- con los defectos de nuestro prójimo.

La indulgencia permite así demostrar el amor con su exquisita delicadeza, que contiene realmente lo mejor del alma y del corazón. De hecho, en este caso, el amor no se busca a si mismo, ni busca su satisfacción; busca sélo el verdadero bien de la persona amada. Y es un amor profundamente activo, porque obra de verdad, es decir, <<da»: da el perdón y da también la confianza a la persona con la que tiene indulgencia. Amar a una persona virtuoso no es difícil, pero tener indulgencia y amor a una criatura defectuosa exige la fuerza grande de la virtud, Ya que, además de una gran generosidad, que permite pasar por encima de uno mismo, se necesita aquí una paciencia confiada, que sabe esperar a que los demás se enmienden sin cansarse nunca. Y esto acrecienta todavía más la alta moral del amor (R. Bessero Belti, Lo que vale un corazón lleno de la presencia interior del Espíritu, Eunate, Pamplona l995, 79-8] ; traducción, Julia Bellido).

 

Día 20

Lunes de la 16ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Miqueas 6,1-4.6-8

1 Escuchad lo que dice el Señor: «Ponte en pie y expón tu causa en presencia de los montes; que oigan tu voz las colinas».

2 Escuchad, montes, y vosotros, cimientos eternos de la tierra, el proceso que entabla el Señor, pues el Señor se querella con Israel, entra en juicio con su pueblo.

3 «Pueblo mío, ¿qué te hecho? ¿En qué te he ofendido? Respóndeme.

4 Yo te saqué de Egipto, te liberé de la esclavitud y te di como guías a Moisés, Aarón y María.

6 ¿Con qué me presentaré delante del Señor y me postraré ante el Dios de lo alto? ¿Me presentaré con holocaustos, con terneros de un año?

7 ¿Complacerán al Señor miles de carneros e innumerables ríos de aceite? ¿Le ofreceré mi primogénito en pago de mi delito, el fruto de mis entrañas por mi propio pecado?

8 «Se te ha hecho saber, hombre, lo que es bueno, lo que el Señor pide de ti: tan sólo respetar el derecho, amar la fidelidad y obedecer humildemente a tu Dios».

 

**• Este oráculo profético tiene la forma literaria del proceso judicial. Todo el orden creado está llamado a ser testigo, mientras que el imputado es el pueblo elegido (v. 2). La acusación que formula YHWH tiene el tono de un lamento repleto de ternura. Israel es el pueblo de Dios; le pertenece porque Dios mismo lo ha elegido y constituido como tal (Dt 32,6), lo ha guiado a la libertad y ha cerrado con él un pacto eterno. Y lo ha hecho sólo porque lo ama (cf. Dt 7,7ss). ¿Que acto malo, por tanto, se le puede reprochar (v. 3)? Dios no se cansa de recordarle al pueblo infiel sus orígenes, para que tome conciencia de su identidad y la manifieste con un comportamiento coherente.

El pueblo reconoce implícitamente, a través de su portavoz, sus propias responsabilidades y, con una serie de preguntas, busca cómo aplacar la indignación de YHWH. Se pregunta en el oráculo si podrán agradar a Dios los sacrificios cruentos de animales apreciados y en gran número, o abundantes sacrificios incruentos. Se llega incluso a preguntar, sobre la base de un uso común en el mundo pagano -desterrado por la Ley, aunque practicado a veces y nunca desaparecido del todo en Israel-, si el pecado podrá ser expiado mediante el rito de la inmolación de los hijos primogénitos.

Ahora es cuando interviene el profeta, a quien corresponde ejercer el servicio de intermediario entre Dios y el pueblo. Éste reafirma la voluntad que Dios mismo ha manifestado y que siempre habían anunciado los profetas.

Esa voluntad interpela a cada hombre, que, por esa misma razón, está llamado a dar una respuesta personal.

La propuesta de Dios, en la línea de la alianza sinaítica, ha sido sintetizada por Miqueas en tres puntos: justicia social, amor (cf. Ex 20,12-17; Dt 5,16-21) y sumisión obediente y dócil a Dios, viviendo las ocupaciones diarias «en su compañía». El orgullo y la altivez alejan de Dios y separan del prójimo. El amor y la humildad recomponen la armonía de la comunión.

 

Evangelio: Mateo 12,38-42

En aquel tiempo,

38 algunos maestros de la Ley y fariseos le dijeron: -Maestro, queremos ver un signo hecho por ti.

39 Jesús respondió: -Esta generación perversa e infiel reclama un signo, pero no tendrá otro signo que el del profeta Jonás.

40 Pues así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra.

41 Los ninivitas se levantarán en el día del juicio junto con esta generación y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia ante la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más importante que Jonás.

42 La reina del sur se levantará en el juicio junto con esta generación y la condenará, porque ella vino del extremo de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más importante que Salomón.

 

**• En el contexto de la diatriba entre Jesús y sus interlocutores que siguió a la curación del endemoniado ciego y mudo (cf. Mt 12,22-37), se presenta la petición de un signo por parte de los maestros de la Ley y de los fariseos.

Jesús responde sacando a la luz la naturaleza de tal petición: es una pretensión formulada por gente malva da e incrédula (v. 39a). No piden el signo para apoyo de su fe, porque los maestros de la Ley y los fariseos han demostrado ya en otras ocasiones que no creen en Jesús, que no reciben su palabra y, con ella, la revelación de los misterios del Reino de Dios, de modo diferente a lo que han hecho «los pequeños» (cf. Mt 11,25-27).

Al negar el signo pedido, Jesús declara una vez más que la fe no es fruto de la evidencia, no es resultado de un cálculo lógico, sino disponibilidad para recibir el don de Dios, que es el mismo Jesús. De ahí que el signo de Jonás siga siendo incomprensible para quienes no tienen esta disponibilidad, porque sólo la fe en Jesús y en su palabra puede permitir reconocer, en su muerte y resurrección, la verdad de la filiación divina y de la redención del hombre. Sólo por la fe nos convertimos.

La permanencia de Jonás en el vientre del pez y la acogida positiva de la invitación a la conversión por parte de los ninivitas paganos son pálidas prefiguraciones de lo que está sucediendo, dice Jesús. Él será sepultado durante un breve tiempo, como preludio de su glorificación salvífica, y los paganos se dispondrán a acoger la Palabra de Dios que se les anuncie (w. 40ss). Se trata de un signo que sigue siendo ineficaz -como el brindado por el largo viaje realizado por la reina del sur para escuchar la sabiduría de Salomón (v. 42)- para una generación que, por no estar dispuesta a cumplir la voluntad de Dios, no sabe reconocer en Jesús a su enviado -más aún, a su Hijo- y por no creer en sus palabras no acoge la sabiduría de Dios.

 

MEDITATIO

Cuántas veces nos las damos de acreedores de Dios, reivindicamos cuentas pendientes con él, como si no fuera él nuestro Creador, el que nos ha dado y nos sigue dando la vida. «Dios no me escucha, no hace lo que le pido, no me concede esto o aquello, después de todo lo que he hecho por él, sacrificios, renuncias, oraciones...»: son palabras que oímos con cierta frecuencia.

En ellas se revela que tenemos la imagen de un Dios dispuesto a satisfacer nuestros caprichos de una manera mecánica... Sin embargo, Dios, puesto que siente por nosotros una altísima estima y un amor auténtico, nos llama a mantener con él una relación personal en un clima de libertad y de responsabilidad. Dios quiere hacernos crecer, nos desea adultos en el espíritu. A menudo nosotros, que tanto deseamos quemar etapas en el crecimiento humano y, de pequeños, nos las damos de grandes (salvo cuando seguimos siendo infantiles después en la edad adulta), no nos mostramos preocupados con la misma intensidad por madurar en la fe, en la relación con el Señor. De este modo, permanecemos anclados en el «ver», en el «tocar» con los sentidos, y nos mostramos dispuestos a correr detrás de magias y supersticiones aun cuando eso comporte un notable dispendio de tiempo y dinero.

Reflexionemos sobre la seriedad de nuestra creencia en Dios: la actitud que mantenemos al tratar con los hermanos y al vivir los momentos del culto expresa lo que hay en nuestro corazón. Dios se ha hecho en Jesús compañero de viaje de cada hombre. Abramos, con humildad, los ojos de la fe.

 

ORATIO

Perdona, Señor, mi arrogancia frente a ti, una arrogancia hecha de pretensiones y nunca saciada de tus dones. Me muestro ridículo en mi necia pretensión de desafiarte a que me brindes siempre nuevas pruebas de tu presencia amorosa, cuando en realidad yo no estoy en absoluto disponible para acoger ninguna. Perdona los «delirios de omnipotencia» que me atrapan y que me llevan a intentar mirarte de arriba abajo.

Pero tú no te espantas ni te cansas de mí, oh Dios. Más aún, eres tú el que se hace pequeño. De este modo me das ejemplo y me demuestras que recorriendo el camino del amor, de la humildad, de la confianza, llegamos a ser personas verdaderamente humanas, se nos reconoce como hijos del Padre y somos capaces de ver el signo de tu presencia en el mundo. Por eso, Señor, nunca acabaré de bendecirte.

 

CONTEMPLATIO

¿Queréis que os hable de los caminos de la reconciliación con Dios? Son muchos y variados, pero todos ellos conducen al cielo. El primero es la condena de los propios pecados. El segundo es el perdón de las ofensas. El tercero consiste en la oración; el cuarto en la limosna, y el quinto en la humildad. No te quedes, por tanto, sin hacer nada; más aún, intenta avanzar cada día por todos estos caminos, porque son fáciles. Aun cuando te encuentres viviendo en una situación de miseria más bien grave, siempre podrás deponer la ira, practicar la humildad, orar de continuo y reprobar los pecados. Una vez adquirida de nuevo la verdadera sanidad, gozaremos con confianza de la sagrada mesa e iremos con gran gloria al encuentro de Cristo (Juan Crisóstomo, Homilía sobre el diablo tentador 2,6, en PG 49, 263ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú eres, Señor, el "signo" del Padre» (cf. Mt 12,38ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Conozco dos tipos de creyentes. Los que necesitan milagros para creer y aquellos a quienes el milagro no añade ni una onza de fe; más aún, casi les supone una mortificación. No hace falta escarnecer a los primeros; están en buena compañía, puesto que el mismo san Agustín dice con ellos: «Sin los milagros no sería cristiano». A los segundos no les hace falta creer demasiado: si bajara a una plaza cualquiera, en una hora de tráfico o de mercado, gritando que a una milla de allí se había aparecido la Virgen, en un abrir y cerrar de ojos se quedaría desierta la plaza, estoy seguro de ello. Y los primeros en correr detrás de mí serían tal vez los materialistas, los llamados incrédulos, pero inmediatamente después, no menos jadeantes, vería a muchos de esos amigos que solían decirme: «El milagro es para mí algo superfluo, mi fe no necesita milagros».

La verdad para todos nosotros es sólo esta: que somos milagros, venimos del milagro y estamos hechos por milagros. Hasta el hombre que lo tiene todo invoca el milagro, porque el milagro, antes de ser un socorro benéfico, antes de ser un don útil y resolutivo contra la pena, es la exaltación de la infancia que vuelve a encantarnos, la revancha de aquella primera sabiduría ¡nocente sobre la falaz sabiduría de después.

El Evangelio es el campo de los milagros. Sin embargo, hay una cosa que aparece clara de inmediato: que Cristo fue enemigo de los milagros. El milagro, para él, es lo que debería brotar como consecuencia, algo para cuya obtención cedió a hacerse brujo y que, sin embargo, sólo en rara ocasión consiguió: la fe. «Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo reparando las redes. Les llamó también, y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, le siguieron». Nosotros nos hemos quedado reparando las redes, aunque él nos ha mirado en más de una ocasión; tranquilos en la barca con nuestro padre y los mozos, hemos hecho fracasar el milagro rarísimo, ése ante el cual la resurrección de Lázaro es un juego. El milagro que le sale una vez de cada mil y que nadie ha sido capaz de contar. Seguirle (L. Santucci, Volete andarvene anche voi? Una vita di Cristo, Milán 1974).

 

Día 21

Martes de la 16ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Miqueas 7,14-15.18-20

14 Pastorea a tu pueblo con tu cayado, al rebaño de tu heredad, que vive solitario entre malezas y matorrales silvestres; que pazca como antaño en Basan y en Galaad.

15 Como cuando saliste de Egipto, haznos ver tus maravillas.

18 ¿Qué Dios hay como tú, que absuelva del pecado y perdone la culpa al resto de su heredad, que no apure por siempre su ira, porque se complace en ser bueno?

19 De nuevo se compadecerá de nosotros, sepultará nuestras culpas, y arrojará al fondo del mar nuestros pecados.

20 Así manifestarás tu fidelidad a Jacob y tu amor a Abrahán, como lo prometiste a nuestros antepasados, desde los días de antaño.

 

*•• Este pasaje constituye la conclusión del libro de Miqueas, pero se remonta en realidad, según el parecer concorde de los exégetas, al período postexílico. El pueblo vuelve a la tierra de Canaán, pero la encuentra inhóspita, muy diferente de la anhelada por los oráculos proféticos, que habían sostenido la esperanza del retorno entre los exiliados. A los repatriados les han dejado las zonas menos fértiles y más inaccesibles, mientras que los pueblos vecinos ocupan lo mejor del territorio que una vez había pertenecido a Israel. De ahí la invitación dirigida a YHWH para que,  como pastor, conduzca al pueblo -su rebaño- a pastos mejores, como lo hizo en otro tiempo, cuando los guió desde la esclavitud de Egipto a la libertad de la Tierra prometida, obrando signos maravillosos.

La nueva evocación de las mirahilia Dei en tiempos del Éxodo conduce de nuevo al acontecimiento de la alianza, que hizo conocer a Israel, por una parte, el amor del Señor y, por otra, su propia identidad de pueblo, y de pueblo de Dios. Eso es precisamente lo que los repatriados necesitan encontrar y experimentar de nuevo.

El pasaje concluye alabando la misericordia de Dios, que perdona las culpas con facilidad (v. 18), porque él mismo se ha dado a conocer como «lento a la ira y rico en benevolencia» (Ex 34,6). El Dios del Éxodo se había manifestado como alguien que goza dispensando dones a los hombres y no busca su castigo, sino su conversión al amor. Por eso está seguro el orante de que Dios echará las culpas en el fondo del mar (v. 19), del mismo modo que serán precipitados al mar los enemigos del pueblo.

La oración se vuelve explícita: Dios es fiel a la alianza estipulada ya en los tiempos antiguos con los patriarcas, aunque declarada válida y eficaz para las generaciones futuras (v. 20; cf. Gn 15,18).

 

Evangelio: Mateo 12,46-50

En aquel tiempo,

46 aún estaba Jesús hablando a la gente, cuando llegaron su madre y sus hermanos. Se habían quedado fuera y trataban de hablar con él.

47 Alguien le dijo: -¡Oye! Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que quieren hablar contigo.

48 Respondió Jesús al que se lo decía: -¿Quién es mi madre, quiénes son mis hermanos?

49 Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: -Éstos son mi madre y mis hermanos.

50 El que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

 

**• Jesús estaba hablando a la gente cuando llegan sus familiares a hablar con él. Y Jesús, al plantear la cuestión de quiénes son sus parientes, declara la condición de los nuevos vínculos de los que son engendrados de Dios, y no de la carne y de la sangre {cf. Jn 1,13): la escucha y la puesta en práctica de su Palabra. Los fariseos y los maestros de la Ley, que no creen en él, quedan encerrados en la búsqueda de un signo y no se dan cuenta de que está presente la realidad misma, mucho mayor que cualquier signo (cf. Mt 12,38-42). Los discípulos, que escuchan su Palabra, se abren a la comunión más profunda posible con él, según la experiencia humana: la que mantenemos con nuestra madre y nuestros consanguíneos.

Jesús mismo es la Palabra: quien le recibe llega a ser en él hijo del Padre. Hacer la voluntad del Padre es la condición que debe cumplir el hijo auténtico; como él, que ha venido al mundo no para hacer su propia voluntad, sino la del Padre, que le ha enviado {cf. Jn 6,38).

Al decir esto, pone Jesús de relieve la grandeza de su madre, María, que lo engendró según la carne precisamente haciéndose discípula, acogiendo la voluntad del Padre: «Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices» (Lc 1,38).

 

MEDITATIO

La maravilla más grande es que Dios nos considere «de su casa», como familia suya. Tal vez estemos demasiado poco habituados a esta verdad y dejemos perder sus implicaciones, como un muchacho al que le parece que le son debidas las atenciones de sus padres y, en consecuencia, sólo adelanta pretensiones. Dios, a buen seguro, es fiel a su don de amor: nos ofrece en todo momento el perdón y la salvación. Ahora bien, ¿cómo nos situamos nosotros en la relación con él? Jesús dice con toda claridad que quien cumple la voluntad del Padre entra en comunión con él. Vale la pena preguntarse cuánto nos interesa la voluntad del Padre y cómo intentamos conocerla. Es preciso que estemos muy atentos a no confundir la voluntad de Dios con nuestro punto de vista personal, con nuestro propio modo de sentir.

Dios nos ha dado a conocer su voluntad, en primer lugar, comunicándonos su Palabra. En Jesús nos ha dicho todo lo que quería decirnos. ¿Conocemos la Sagrada Escritura? ¿Cómo hacemos para conocer cada vez mejor esta «carta de Dios a los hombres»? Conocer implica «hacer»: ¿cómo hacemos para crecer en la coherencia? ¿Examinamos nuestra vida a la luz de la Palabra del Señor, tal vez con alguien que nos acompañe en el camino de la fe?

 

ORATIO

Cuando rezo con las palabras que Jesús nos enseñó, repito: «Hágase tu voluntad». Te pido -¿pero me doy cuenta de verdad?- que tú, oh Dios, realices tu voluntad, que es amor, que es salvación para todos nosotros. Sin embargo, pienso poco que esta voluntad tuya me interpela también a mí, porque quieres implicarme en tu designio de salvación. Y no como a un extraño, sino como a un familiar. Te confieso, Dios mío, la indiferencia de que hago gala ante todo esto: ni siquiera me doy cuenta de que soy «de los de tu casa». Perdona esta torpeza mía, ten piedad de mi mezquindad.

El mayor prodigio que puedes realizar, mayor incluso que los que llevaste a cabo en el Éxodo , es continuar llamando a mi puerta, rozar las cuerdas de mi corazón hasta que brote la nostalgia de la comunión contigo, de la intimidad familiar contigo, de la amistad contigo, que colma cualquier abismo interior. Entonces, Dios mío, no encontraré nada más deseable que tu voluntad, exigente también, pero bella. Y te gritaré, con insistencia, hasta que me hayas respondido: Señor, ¿qué quieres que haga?

 

CONTEMPLATIO

No debemos ser sabios y prudentes según la carne; debemos ser más bien sencillos, humildes y puros.

Nunca debemos desear estar sobre los otros; antes bien, debemos ser siervos y estar sometidos a toda criatura humana por amor a Dios. Y sobre todos aquellos y aquellas que se comporten de este modo, siempre que hagan tales cosas y perseveren en ellas hasta el final, reposará el Espíritu del Señor, y en ellos establecerá su habitación y morada. Y serán hijos del Padre celestial, y harán sus obras, como esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando el alma fiel se desposa con Jesucristo mediante la acción del Espíritu Santo. Somos hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo. Somos madres cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo por medio del amor y la pura y sincera conciencia, y lo engendramos por medio del santo obrar, que debe resplandecer como ejemplo para los otros.

¡Oh, cuan glorioso y santo, consolador, bello y admirable es tener semejante Esposo! ¡Oh, cuan santo, cuan delicioso, agradable, humilde, pacífico, suave y amable y deseable por encima de cualquier cosa es tener tal hermano e hijo! (Francisco de Asís, Carta a todos los fieles).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (cf. Mt 12,50).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Entre las palabras duras que tienen un sello de autenticidad, encontramos un episodio rara vez recordado, porque es así insoportable para nuestra mentalidad moderna, y tal vez lo fuera también para los espíritus antiguos. Los parientes de Jesús, tras enterarse de lo que estaba pasando, llegaron para llevárselo con ellos diciendo: «¡Está loco!». Y los escribas, venidos de Jerusalén, dijeron: «Está poseído por el demonio». Sobrevinieron su madre y sus hermanos. Estos, quedándose aparte, lo mandaron llamar. La gente estaba sentada a su alrededor. Le dijeron: «¡Oye! Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que quieren hablar contigo». Él respondió: «¿Quién es mi madre, quiénes son mis hermanos?».

Para comprender este pasaje debemos recordar que Moisés había mandado condenar a muerte a los falsos profetas, a los magos que hacían milagros. Además, en aquellos tiempos estaba admitida la responsabilidad colectiva, de suerte que los padres eran responsables si no denunciaban a su hijo como Falso profeta. Desde esos presupuestos, podemos comprender el comportamiento de la gente de Nazaret. Es preciso volver inocuo a Jesús, impedir que se pierda. Y no sólo él, sino también los suyos, posiblemente todo el pueblo. De ahí que los hermanos de Jesús, llevando con ellos a la Virgen, le pidan que renuncie a su locura, o sea, a su misión.

Jesús es abandonado por sus paisanos. Es sospechoso frente a las autoridades, que han venido hasta su tierra para desarrollar una investigación. Pero eso no es nada aún. Lo más duro es que los suyos quieren aislarlo, hacerlo pasar por un extravagante.

Jesús sufre al ver que su misión no es comprendida por aquellos que le son más próximos, por aquellos que, durante treinta años, le han visto vivir en un pueblo donde nada queda oculto. Entonces Jesús, posando la mirada sobre aquellos que estaban en círculo a su alrededor, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Nunca se ha negado la dureza de estas palabras. En realidad, equivalen a aquellas otras de san Juan al comienzo de su evangelio: «Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron. A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios» (J. Guitton, L'Evangelo nella mia vita, Brescia 1978).

 

Día 22

 Lunes de la 16ª semana del Tiempo ordinario o 22 de Julio, conmemoración de

     Santa María Magdalena

          María, tal vez natural de Magdala, una pequeña aldea situada a orillas del lago de Genesaret, es una de las mujeres de las que atestigua el evangelio que sirvieron y siguieron a Jesús durante su vida pública. De ella se dice asimismo que, liberada de la opresión demoníaca, fue fiel al Maestro hasta los pies de la cruz y más allá... Mientras permanecía llorando ante el  sepulcro vacío de su Señor, oyó que el Resucitado la llamaba por su nombre, y se convirtió en su primer testigo; fue enviada, en efecto, por él a anunciar a los hermanos la victoria pascual de Cristo.

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Cor 5, 14-17

Hermanos:

14 nos apremia el amor de Cristo, al pensar que, si uno ha muerto por todos, todos por consiguiente han muerto.

15 Y Cristo ha muerto por todos, para que los que viven no vivan ya para ellos, sino para el que ha muerto y resucitado por ellos.

16 Así que ahora no valoramos a nadie con criterios  humanos. Y si en algún momento valoramos así a Cristo, ahora ya no.

17 De modo que si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura; lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo.

 

**• El ministerio apostólico brota enteramente de la caridad: caridad de Dios con el mundo, al que el Padre ha querido reconciliar consigo pagando el precio de la sangre de su Hijo (cf. vv. 12.21), y caridad de Cristo con todos nosotros, porque él asumió nuestras culpas y, por consiguiente, nuestra muerte (vv. 14ss). Esta caridad arde en el corazón de Pablo como fuego que devora: el amor de Cristo «apremia», «urge», para ser comunicado.

La vida recibida a través de la muerte del Señor ha de ser transmitida para suscitar en todos una vida oblativa, dispensada no para nosotros mismos, sino para él (cf. Y. 15).

En aquellos que acogen «el mensaje de la reconciliación» (v. 19), que los apóstoles llevan como embajadores de Dios y de Cristo (v. 20), comienza una creación nueva. El fuego encendido en el brasero incandescente de la Trinidad quiere propagarse por todas partes, a través de aquellos que se dejan consumir por él.

 

 

Evangelio: Juan 20,1-2.11-18

1 El domingo por la mañana, muy temprano, antes de salir el sol, María Magdalena se presentó en el sepulcro. Cuando vio que había sido rodada la piedra que tapaba la entrada.

2 Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.»

11 María, en cambio, se quedó allí, junto al sepulcro, llorando. Sin dejar de llorar, volvió a asomarse al sepulcro.

12 Entonces vio dos ángeles, vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, u n o a la cabecera y otro a los pies.

13 Los ángeles le preguntaron: -Mujer, ¿por qué lloras? Ella contestó:

-Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

14 Dicho esto, se volvió hacia atrás y entonces vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.

15 Jesús le preguntó: -Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién estás buscando? Ella, creyendo que era el jardinero, le contestó: -Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo misma iré a recogerlo.

16 Entonces Jesús la llamó por su nombre: -¡María! Ella se acercó a él y exclamó en arameo: -\Rabbonü (que quiere decir «Maestro»).

17 Jesús le dijo: -No me retengas más, porque todavía no he subido a mi Padre; anda, vete y diles a mis hermanos que voy a mi Padre, que es vuestro Padre; a mi Dios, que es vuestro Dios.

18 María Magdalena se fue corriendo adonde estaban los discípulos y les anunció: -He visto al Señor. Y les contó lo que Jesús le había dicho.

 

*» El amor de María de Magdala no muere bajo la cruz. Jesús le había devuelto la vida en plenitud y desde aquel momento ella había vivido para él (cf. Lc 8,2).

Tras la hora trágica del Viernes Santo, María permanece fiel a aquella entrega absoluta, obstinadamente consagrada a la búsqueda de Aquel a quien ama. Nada puede apartarla de su objetivo: ni siquiera el  descubrimiento de la tumba vacía.

Esta mujer es figura de la Iglesia-esposa y de toda alma que busca a Cristo y no tiene otra cosa para ofrecer que las lágrimas del amor. El Señor se deja encontrar por quien le busca de este modo. Resucitado y vivo, se acerca a quien sabe permanecer en la soledad junto al misterio incomprensible (v. 1 la). Sin embargo, sólo podemos reconocerle cuando nos llama por nuestro nombre y nos hace sentir que nos conoce hasta el fondo.

Este mismo conocimiento de amor no está destinado a una satisfacción personal, sino que es un don que nos hace testigos ante los hermanos a fin de llevar a todos el anuncio pascual (v. 17ss), la alegría verdadera, una vida nueva transfigurada por el encuentro con el Señor.

 

MEDITATIO

Como toda figura evangélica, también María Magdalena es tipo del discípulo de Cristo. En ella vemos el luminoso testimonio de quien, perseverando en la búsqueda de Dios, aunque sea en la oscuridad  de la fe y en la prueba de la esperanza, encuentra por fin a Aquel a quien ama o, mejor aún, es encontrado por él.

En efecto, Cristo, el buen pastor, es desde siempre el primero en buscarnos y permanece esperándonos. Espera que el deseo del corazón se purifique, se vuelva ardiente y consuma con su fuego toda la escoria que hay en nosotros. Espera que nuestros ojos se vuelvan capaces de reconocerle en quien nos rodea, y nos vuelva atentos a su voz, una voz que siempre nos llama por nuestro nombre. También nosotros, como María Magdalena, exultaremos de alegría ante su presencia, que nunca es asible, sino poseída o prevista. Sólo quien ha conocido la larga noche de la espera y del deseo puede convertirse en testigo creíble entre los hermanos de una fe que no es vana.

 

ORATIO

Santa María Magdalena, viniste a Cristo, fuente de misericordia, derramando muchas lágrimas: tenías una sed ardiente de él y fuiste abundantemente saciada. Fue él quien, siendo pecadora, te justificó; fue él quien, en tu dolor tan amargo, te consoló dulcemente. Ardiente enamorada de Dios, en mi timidez, vengo a implorarte a ti, que eres bienaventurada; yo, que vivo en mi oscuridad, a ti, que eres luminosa; yo, que soy pecador, a ti, que has sido justificada: acuérdate, en tu bondad, de lo que fuiste y de la necesidad de misericordia que tuviste. Obtenme la compunción del ánimo puro, las lágrimas de la humildad, el deseo de la patria celestial. Me sirve de ayuda la familiaridad de vida que tuviste y sigues teniendo aún con la fuente de la misericordia. Hazme llegar a ella, a fin de que pueda lavar mis pecados; dame de beber de ella, para que quede saciada mi sed (Anselmo de Canterbury, Orazioni e meditazioni, Milán 1997, pp. 381-383, passim).

 

CONTEMPLATIO

María ha buscado, aunque en vano. Sin embargo, no se da por vencida y acaba encontrando: su esfuerzo se ve coronado al fin por el éxito.

¿En qué momentos buscamos al Amado? Le buscamos en las noches [...]. ¿Por qué llega Dios así, con retraso? Para permitirnos estrecharlo con más fuerza en el momento de su venida. El deseo no es auténtico si el tiempo consigue debilitarlo. Demuestra poseer un amor ardiente quien desiste del compromiso sólo cuando ha obtenido la victoria.

El ser que no busca el rostro del Creador permanece insensible, triste y frío. Quien desea ardientemente buscar a aquel a quien ama vive de u n ardiente amor; la falta de su Señor le vuelve inquieto, y las alegrías que ayer encantaban a su espíritu, hoy le parecen odiosas. La herrumbre del pecado se disuelve y su espíritu, encendido como oro, recupera en la llama el esplendor que el tiempo había ofuscado (Gregorio Magno, Homilías sobre el Evangelio XXV, 2-5, passim).

 

ACTIO

Repite y vive a menudo hoy estas palabras: «Si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura» (2 Cor 5,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«¿A quién buscas?» La pregunta de Jesús resucitado a María de Magdala puede sorprendernos también a nosotros cada mañana y a cada hora de nuestra vida. ¿Eres capaz de decir a quién buscas de verdad? En efecto, no siempre está claro que buscamos a Jesús, al Señor. No siempre aquel a quien queremos encontrar es precisamente aquel que quiere entregarse a nosotros.

María buscaba al hombre Jesús, buscaba al Maestro crucificado, por eso no veía a Jesús el Viviente delante de ella. Si tenemos una idea de Jesús a la medida de nuestra pequeña mente humana, nuestra búsqueda acaba en un callejón sin salida. Jesús es siempre inmensamente más que lo que nosotros conseguimos pensar y desear. ¿Dónde, pues, y cómo buscar al Señor para salir del túnel de nuestros extravíos y de nuestros miedos, para no engañarnos dando vueltas alrededor de nosotros mismos en vez de correr derechos hacia él? Sólo sí antes tenemos una verdadera y justa valoración de nosotros mismos como criaturas pobres podremos descubrir la presencia de aquel que lo sostiene todo. Aquel a quien buscamos debe ser verdaderamente el todo al que anhela adherirse nuestra alma. Buscar a Cristo es signo de que, en cierto modo, ya le hemos encontrado, pero encontrar a Cristo es un estímulo para continuar buscándolo.

Esta actitud no se plantea sólo al comienzo del camino espiritual, sino que lo acompaña hasta la última meta, puesto que la búsqueda del rostro del Señor es su dato esencial. Conocer a aquel por quien somos conocidos: eso es lo indispensable. El itinerario del conocimiento de Cristo coincide con el mismo itinerario de la fe y del amor. El yo debe aprender a callar y a escuchar; el corazón debe aprender el camino del exilio para alejarse de todo cuanto lo mantiene apegado a sus viejos / tristes amores (A. M. Cánopi, Nel mistero della gratuita, Milán 1998, p. 21 ss).

 

 

Día 23

  Jueves de la 16ª semana del Tiempo ordinario o 23 de Julio, conmemoración de

Santa Brígida

          Patrona de Europa. Santa Brígida, religiosa, nacida en Suecia, que contrajo matrimonio con el noble Ulfo, del que tuvo ocho hijos, a los cuales educó piadosamente, consiguiendo al mismo tiempo con sus consejos y con su ejemplo que su esposo llevase una vida de piedad. Muerto éste, peregrinó a muchos santuarios y dejó varios escritos, en los que habla de la necesidad de reforma tanto de la cabeza como de los miembros de la Iglesia. Puestos los fundamentos de la Orden del Santísimo Salvador, en Roma pasó de este mundo al cielo.

 

LECTIO

Primera lectura: Gal 2, 19-20

19 En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado:

20 y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí.

            En el capítulo 2 de la carta a los Gálatas, Pablo vuelve a insistir en la importancia del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo y la forma en que somos justificados delante de Dios. Repite que la justificación viene por la fe en Cristo, y no por cumplir las obras de la ley, ya que no hay nadie que pueda cumplir por si solo las obras de la ley.

            Pablo enfatiza que una vez que somos justificados por la fe en Cristo, creyendo en El, en lo que hizo en la cruz, debemos morir también a nosotros mismos hasta poder declarar: “Ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mi”. Y ahora la vida que tenemos en la carne lo hacemos por la fe en el Hijo de Dios, reconociendo su gran amor, por el cual se entregó por nosotros. Fuimos comprados a precio de sangre, ahora le pertenecemos y debemos vivir por El y para El.

            Pablo reconoce que es por gracia que hemos sido salvados, porque si fuera por cumplir la ley pues entonces Cristo murió en vano.

 

 

Evangelio: Juan 15,1-8

1 Yo soy la vid verdadera, y mi Padre, el viñador.

2 Él corta todos los sarmientos que no dan fruto en mí y limpia los que dan fruto para que den más.

3 Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he dicho.

4 Seguid unidos a mí, que yo lo seguiré estando con vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no está unido a la vid, así tampoco vosotros si no estáis unidos a mí.

5 Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece unido a mí y yo en él, da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada.

6 Al que no está unido a mí se le echa fuera, como a los sarmientos, que se amontonan, se secan y se les prende fuego para que se quemen.

7 Si estáis unidos a mí y mis enseñanzas permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis y se os concederá.

8 Mi Padre es glorificado si dais mucho fruto y sois mis discípulos.

 

**• La imagen de la viña/vid está muy presente en la Biblia para designar a Israel en cuanto pueblo elegido y cuidado amorosamente por Dios. Con esta alegoría, Jesús afirma que él es la verdadera vid, es decir, que el verdadero pueblo de Dios ya no es Israel, sino la nueva comunidad que él funda en medio del mundo para expandirse.

La pertenencia a ese pueblo de Dios ya no depende de una herencia, sino de la participación de la vida de Jesús. Los sarmientos no tienen vida propia ni pueden dar fruto sin savia. El discípulo y la comunidad carecen de vitalidad, y serán estériles si no están unidos a Jesús y reciben de él su Espíritu vivificador.

 

MEDITATIO

No es difícil ver, si miramos alrededor, cuántas relaciones superficiales existen. Y no sólo las de «conveniencia», en las que apenas se intercambian el saludo o dos palabras sobre el tiempo o sobre el partido de fútbol, sino también en otras que son fundamentales: entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre personas que comparten una misma opción religiosa, existencia!...

Vemos relaciones sin raíces profundas, que terminan. Y estaría bien que nos preguntáramos por qué resulta tan difícil embarcarse en un compromiso que dure toda la vida. La Palabra del Señor nos propone hoy que miremos dentro de nuestro corazón, que lo toquemos, que verifiquemos la disponibilidad que tiene para hacer un esfuerzo e ir más allá de la superficialidad; también en nuestra relación con el Señor. De manera diferente, nos escapa el sentido de lo que vivimos, y puede pasarnos que seamos como los judíos, que, por no mostrarse disponibles a comprometerse a fondo con el Señor, rechazaban su amor vivificante por cultos de muerte.

Resulta paradójico, pero tal vez no alejado de nuestra experiencia, que -estando hambrientos de amor- no veamos a Dios, que es amor, y no escuchemos en serio su Palabra; que -estando desorientados por el vacío y la falta de sentido del vivir- cerremos los ojos y los oídos frente a quien nos da testimonio de Dios como verdad y como vida. Toquemos nuestro corazón: todavía estamos a tiempo de convertirnos.

 

ORATIO

Es verdad, Señor, a veces soy precisamente un holgazán. El empleo de productos de todo tipo «listos para usar» me ha acostumbrado al «todo fácil», al «todo enseguida», y me he convencido de que también en las cosas del espíritu funcionan las cosas así. Confieso, Señor, que he preferido las muchas palabras brillantes, aunque inconsistentes, proclamadas por el charlatán de turno, a tus palabras, duras de comprender, pero vivificantes.

También yo he pensado que la fe en ti era una baratija infantil, una baratija que hemos de conservar en el desván, metida en el baúl de los viejos recuerdos...

Perdóname, Señor, no he comprendido nada. Sostén en mí el deseo de convertirme a ti: necesito unos ojos limpiados por la fe y unos oídos que no se confundan entre tantos sonidos, sino que sepan distinguir tu voz.

Necesito sobre todo, Señor, un corazón disponible para acoger la verdad sobre ti y la verdad sobre mí, dispuesto a amar y suficientemente humilde para dejarse amar como tú quieres amarlo. Lo necesito y sé que tú estás dispuesto desde hace mucho tiempo a darme todo esto: sólo estás esperando mi «sí». Entonces podré correr y calmar mi sed ardiente no en los «aljibes» de la moda y del mercado, sino en la «fuente de agua viva» de tu Palabra y de tus sacramentos. Y tal vez, si yo voy, también otros vendrán conmigo.

 

CONTEMPLATIO

Oh, si tú, Dios misericordioso y Señor piadoso, te dignaras llamarme a la fuente para que también yo, junto con todos los que tienen sed de ti, pudiera beber del agua viva que mana de ti, fuente de agua viva. Oh Señor, tú mismo eres esa fuente eternamente deseable, en la que continuamente debemos beber y de la que siempre tendremos sed. Danos siempre, oh Cristo Señor, esta agua viva que brota para la vida eterna. Tú lo eres todo para nosotros: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro Dios. Te ruego, oh Jesús nuestro, que inspires nuestros corazones con el soplo de tu Espíritu y que traspases con tu amor nuestras almas, para que cada uno de nosotros pueda decir con toda verdad: «Hazme conocer a aquel que ama mi alma» (cf. Cant 1,6); estoy herido, en efecto, por tu amor (Columbano, Instrucción XIII sobre Cristo fuente de vida, 2ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que mis ojos vean, y que oigan mis oídos».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Volviéndose después a los discípulos, les dijo en privado: "Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis"» (Lc 10,23).

Una bienaventuranza que, sin embargo, ni siquiera a los discípulos les sirvió de mucho. Y es que, aunque fueron testigos oculares de las maravillas del Reino, y fueron compañeros de Cristo y compartieron con él los días y fueron comensales suyos, a pesar de todo se ha escrito de ellos que -todos- al final le abandonaron y le traicionaron. Con eso está dicho lo difícil que resulta ser coherente y creer de verdad y aceptar a Cristo. Una bienaventuranza que yo, por ejemplo, pienso que me podría ser atribuida con gran dificultad.

Es cierto, la pregunta es sólo una: ¿Ha sido creído Jesús alguna vez en serio? ¿Quién le ha acogido?

«Dichosos los ojos que ven...». No, esos ojos no eran dichosos, porque «no veían». ¡Si al menos fueran bienaventurados nuestros ojos! ¡Y decir que nosotros vemos, que sabemos! Estamos convencidos de que no hay otras respuestas a estas benditas cuestiones eternas: por qué sufrir, por qué morir, cómo salvarnos, qué hacer para tener la vida. Estamos convencidos de que él es la respuesta que todos buscan, la razón por la que vale la pena luchar. No, nuestros ojos no son dichosos. Ni siquiera vemos el mal mortal que nos causamos con nuestras propias manos.

Está escrito que no es con la dialéctica como Dios quiere salvar al hombre. Puedo hacer el más bello discurso religioso, pero si no tengo fe no me ayuda en nada. Más aún, si no tengo ni fe ni amor tampoco sirve de nada: dado que el amor es el signo supremo de la fe, el signo verdadero en el que creo (D. M. Turoldo, Anche Dios é inte/ice, Cásale M. 1991).

 

Día 24

Viernes de la 16ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 3,14-17

14 Volved, hijos apóstatas, oráculo del Señor, porque yo soy vuestro dueño. Tomaré uno por ciudad y dos por familia y os conduciré a Sión.

15 Os daré pastores que sean fíeles a mí, y os pastorearán con inteligencia y sabiduría.

16 Y cuando hayáis crecido y os hayáis multiplicado en esta tierra, oráculo del Señor, no se hablará más del arca de la alianza del Señor. No se pensará más en ella ni se la mencionará, no se echará de menos ni se hará otra.

17 Entonces llamarán a Jerusalén «Trono del Señor», todas las naciones se reunirán en ella, en el nombre del Señor, y abandonarán los proyectos de su corazón obstinado.

 

*•• Después de las palabras de reprensión por el pecado de idolatría, he aquí la exhortación a convertirse dirigida por el profeta a sus contemporáneos. «Volved»: es la palabra-clave de la invitación al cambio de vida. Este último implicará, antes que nada, el reconocimiento de YHWH como único Señor, como verdadero guía del pueblo.

Los reyes y los jefes, sus representantes, actuarán entonces de manera responsable, de acuerdo con su voluntad manifestada en la ley sinaítica (w. 14ss). A la exhortación le sigue la promesa de un futuro aún más espléndido que el pasado antes anhelado (cf. Jr 2,2ss), en el que Dios será el único rey de Jerusalén. Su presencia hará superflua la del arca de la alianza, cuya desaparición nadie echará de menos. El reconocimiento de la soberanía de Dios unirá a todos los pueblos, que, perdida la dureza de corazón, seguirán su voluntad y no sus propios proyectos (w. 16ss).

 

Evangelio: Mateo 13,18-23

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

18 Así pues, escuchad vosotros lo que significa la parábola del sembrador.

19 Hay quien oye el mensaje del Reino, pero no lo entiende; viene el maligno y le arrebata lo sembrado en su corazón. Éste es como la semilla que cayó al borde del camino.

20 La semilla que cayó en terreno pedregoso es como el que oye el mensaje y lo recibe en seguida con alegría,

21 pero no tiene raíz en sí mismo, es inconstante y, al llegar la tribulación o la persecución a causa del mensaje, en seguida sucumbe.

22 La semilla que cayó entre cardos es como el que oye el mensaje, pero las preocupaciones del mundo y la seducción del dinero asfixian el mensaje y queda sin fruto.

23 En fin, la semilla que cayó en tierra buena es como el que oye el mensaje y lo entiende; éste da fruto, sea ciento, sesenta o treinta.

 

**• La explicación de la parábola del sembrador desplaza la atención desde aquel que esparce la semilla a las causas de su diferente recepción. Al explicitar la comparación, se pasa de la constatación del resultado, combatido aunque a fin de cuentas sorprendente, de la predicación del Reino de Dios por parte de Jesús y de los continuadores de su obra, a la consideración de los motivos que llevan a los oyentes a cerrarse o abrirse al anuncio y, por consiguiente, a la conversión.

El evangelista, releyendo la parábola de manera alegórica, pone de manifiesto que el fondo de la dureza de corazón es obra del maligno, del que es mentiroso desde el principio (cf. 1 Jn 2,22; 3,8). El hombre secunda esa obra cuando vive de modo que no permite a la Palabra de Jesús arraigar en su vida. De esta forma, distrae fácilmente su atención de ella y deja que los sufrimientos, las incomprensiones, las riquezas, ocupen todo el espacio de su corazón y de su mente. Da frutos abundantes, por el contrario, quien es dócil a la Palabra de Jesús: figura entre los «bienaventurados» (Mt 13,16) a los que ha sido revelado el misterio del Reino; figura entre los «pequeños» en los que se complace el Padre y a los que introduce en la comunión trinitaria (cf. Mt 11,25-27).

 

MEDITATIO

La Palabra del Señor nos invita hoy, con la imagen de los diferentes terrenos, a reconocer nuestra disponibilidad para acogerla. A la constatación de la presencia de obstáculos que impiden la obtención de un fruto abundante le sale al encuentro la llamada suave, pero insistente: «¡Vuelve! ¡Conviértete!». Allí donde nos encontremos, en cualquier lugar donde -tal vez- nos hayamos perdido, allí mismo somos buscados, porque interesamos profundamente a ese Dios que nos ama hasta tal punto que nos renueva el don de la vida cada día y que no nos quita la posibilidad de ser sus amigos, ni siquiera cuando nosotros mismos le decimos, de palabra o con hechos, que no queremos saber nada de él. Volver parece una derrota, una experiencia humillante; sin embargo, es el preludio de una sinfonía de vida verdadera, capaz de satisfacer los deseos más profundos e inexpresados.

Dios, nuestro Padre, continúa velando a la puerta de casa para captar la primera señal del regreso de su hijo, de cada uno de nosotros. Nuestra respuesta a la Palabra nace del dejarnos interpelar por la pregunta, como si nos la dirigiera el Señor: «Sea cual sea el "terreno" en el que reconoces estar, ¿quieres volver a mí?».

 

ORATIO

Gracias, Señor, por hacerme volver a ti. Tu voz, que con tanta suavidad me dice: «¡Vuelve!», me hace sentir todo el amor que me tienes, tu espera, tu deseo de mí.

Tú me deseas más a mí que yo a ti. Si me alejo de ti, tú continúas buscándome; si no escucho tu voz, tú continúas esparciendo como semilla tu Palabra, de manera abundante. Si dejo caer tu invitación en la nada, tú me la renuevas cada día; más aún, en cada instante.

Gracias, Señor, por tu fidelidad. Me hace bien saber que eres así, no para alargar el tiempo de mi retorno sosegándome según mi conveniencia, sino para no desanimarme cuando me dé cuenta de que sigo preso en condicionamientos interiores y exteriores de los que todavía no me he liberado.

Gracias, Dios fiel, por continuar pronunciando tu Palabra para mí. Con la fuerza y el apoyo de tu Espíritu sé que puedo caminar por el camino de la conversión, del retorno a la verdadera casa tuya y mía. Y escuchar en ella tu voz con el corazón desembarazado de todo lo que hasta ahora me ha bloqueado para vivir como hijo, para llamarte y sentirte como eres: mi padre. Ahora comprendo, Dios mío, que ése es el fruto que puedo dar y que tú esperas de mí.

 

CONTEMPLATIO

Seremos verdaderamente dichosos si lo que escuchamos o cantamos lo ponemos también en práctica. En efecto, nuestra escucha representa la siembra, mientras que en las obras tenemos el fruto de la semilla. Quisiera exhortaros a no ir a la Iglesia y quedaros, después, sin dar fruto, es decir, a escuchar tantas hermosas verdades sin moveros, después, a obrar. Hermanos, no teníamos obras buenas, sino que todas eran malas. Sin embargo, aun siendo tales las obras de los hombres, no los abandonó la misericordia divina. Es más, Dios mismo envió a su Hijo a redimirnos al precio de su sangre. Esa es la gracia que hemos recibido. Vivamos, por tanto, de una manera digna de la misma, para no ultrajar un don tan grande (Agustín, Sermón 23a, 1-4, en CCL 41, 321-323).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vuelvo a ti, oh Dios: tú eres mi Señor».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Corazón duro. Así podemos sintetizar la situación de los terrenos incapaces de recibir la Palabra de la manera debida (camino, pedregal, espinas). Podemos plantear así nuestro problema: ¿cómo es que escuchamos las palabras justas y, después, cuando hemos salido de la iglesia, hacemos las equivocadas?

Nos defendemos de la Palabra, porque la consideramos peligrosa, porque puede empujarnos a realizar gestos locos, ciertamente incómodos. No hemos de buscar la culpa en nuestra poca cultura (Jesús no eligió a los Doce entre los más cultos, ni tuvo la pretensión de que fueran licenciados), ni siquiera en nuestra indignidad (Jesús reveló una verdad que guardaba con gran celo nada menos que a una mujer de mala vida, la samaritana: «Soy yo, el que está hablando contigo»).

La causa profunda hemos de buscarla en una actitud de fondo nuestra que está equivocada. Precisamente en nuestro corazón duro. El terreno ya está ocupado por nosotros mismos, por nuestros esquemas, por nuestros prejuicios, por nuestro «sentido  común». Hemos de pensar si acaso no habremos contribuido también nosotros a volver «insólito» el Evangelio, cuando, en realidad, debíamos hacerlo habitual, común, en la vida de cada día, en medio del mundo, frente a cualquier situación. ¡Si nos tomáramos en serio la Palabra! ¡Si la lleváramos a la vida! De manera habitual. La Palabra de Dios, con nuestra colaboración, es capaz de realizar el milagro: hacer florecer el desierto. Hacer germinar la semilla hasta en medio del árido pedregal de este mundo (A. Pronzato, Vangeli scomodi, Turín 1983 [edición española: Evangelios molestos, Sígueme, Salamanca 1997]).

 

Día 25

Santiago Apóstol

 

Santiago, llamado «el mayor», era hijo de Zebedeo y de Salomé (Mc 15,40; Mt 27,56) y hermano mayor de Juan el evangelista. Junto con él fue llamado entre los primeros discípulos de Jesús, y siempre se le cita entre los tres primeros apóstoles en el Nuevo Testamento.

Fue testigo privilegiado de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37), de la transfiguración de Jesús (Mt 17,1) y de la agonía de Jesús en Getsemaní (Mt 26,37). Fue decapitado hacia el año 44, en tiempos de Herodes Agripa, en los días de la Pascua (Hch 12,1-3).

 

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los apóstoles 4,33.5.12.27b-33; 12,1b

En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los trajeron y los condujeron a presencia del consejo, y el sumo sacerdote los interrogó: -¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.

       Pedro y los apóstoles replicaron: -Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero». «La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión con el perdón de los pecados». Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen. Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos, y el rey Herodes hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan.

 

 

*+• La primera lectura de la solemnidad de Santiago, patrón de España, presenta a nuestra consideración la idea del testimonio de la resurrección de Jesús por parte de los apóstoles. Este testimonio, mandato expreso del Señor, no puede ser encadenado por ninguna instancia humana, porque el testigo debe obedecer a Dios antes que a los hombres. Y puede hacerlo gracias al Espíritu Santo, «que Dios da a los que le obedecen». Esta obediencia llevó a Santiago a derramar su sangre, corroborando con ello su testimonio, su «martirio».

 

Segunda lectura: 2 Corintios 4,7-15

Hermanos:

7 este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros.

8 Nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados;

9 somos perseguidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos derriban, pero no llegan a rematarnos.

10 Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.

11 Porque nosotros, mientras vivimos, estamos siempre expuestos a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

12 Así que en nosotros actúa la muerte, y en vosotros, en cambio, la vida.

13 Pero como tenemos aquel mismo espíritu de fe del que dice la Escritura: Creí y por eso hablé, también nosotros creemos, y por eso hablamos,

14 sabiendo que el que ha resucitado a Jesús, el Señor, nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos dará un puesto junto a él en compañía de vosotros.

15 Porque todo esto es para vuestro bien; para que la gracia, difundida abundantemente en muchos, haga crecer la acción de gracias para gloria de Dios.

 

*» El mensaje central de esta segunda lectura podríamos resumirlo de este modo: «Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús» (v. 10a). Lo que Pablo dice por experiencia directa, lo aplica literalmente la liturgia al apóstol cuya solemnidad celebramos hoy: de Jesús a Pablo y de Pablo a Santiago, y así sucesivamente, se va creando, a lo largo de la historia, la cadena de los testigos o, mejor aún, de los «mártires» en sentido propio.

Puede decir que lleva la muerte de Jesús en su propio cuerpo no sólo quien recibe la gracia excepcional de derramar la sangre por amor a Cristo y a los hermanos, sino también quien, día tras día, vive con seriedad y serenidad la radicalidad evangélica. Quien realiza esta experiencia puede hablar en nombre de Jesús, puede decir que es siervo del Evangelio por lo que anuncia, pero sobre todo por lo que hace y por cómo vive: «Creí y por eso hablé» (v. 13).

La palabra de los testigos no sólo es significativa, sino también eficaz: precisamente porque tiene la elocuencia de la experiencia vivida, de la sangre derramada, del martirio padecido.

 

Evangelio: Mateo 20,20-28

En aquel tiempo,

20 la madre de los Zebedeos se acercó a Jesús con sus hijos y se arrodilló para pedirle un favor.

21 Él le preguntó: -¿Qué quieres? Ella contestó: -Manda que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando tú reines.

22 Jesús respondió: -No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa de amargura que yo he de beber? Ellos dijeron: -Sí, podemos.

23 Jesús les respondió: -Beberéis mi copa, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes lo ha reservado mi Padre.

24 Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.

25 Pero Jesús los llamó y les dijo: -Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que los magnates las oprimen.

26 No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser importante entre vosotros, sea vuestro servidor,

27 y el que quiera ser el primero, sea vuestro esclavo.

28 De la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos.

 

*•• Mateo nos refiere en esta página de su evangelio, tal vez con una sutil ironía, la petición que la madre de los Zebedeos -Juan y Santiago- presentó a Jesús. Si bien estamos dispuestos a mostrarnos un tanto indulgentes con la madre, lo estamos ciertamente un poco menos con los dos hermanos, que con una excesiva rapidez se declaran dispuestos a compartir con Jesús el cáliz, la copa, que ha de beber. Afortunadamente, Jesús sabe cambiar en bien lo que, humanamente hablando, podría parecer fruto de la intemperancia y de la precipitación.

El discurso se convierte de hipotético en profético: Jesús predice la muerte que Santiago padecerá por su fidelidad radical al Maestro y al Evangelio.

Y no sólo esto, sino que de este diálogo -que, por otra parte, suscita el desdén de los otros apóstoles- extrae Jesús también una lección de humildad para todos los que quieran seguirle por el camino del Evangelio. La grandeza de los discípulos de Jesús puede y debe ser valorada con unidades de medida bastante diferentes a las que conoce el mundo. En la escuela de Jesús se aprende a subvertir la escala de valores y a considerar válido sólo lo que lo es a los ojos de Dios. Precisamente, según

el ejemplo que nos dejó Jesús: siendo rico, se hizo pobre; aun siendo Señor, se hizo siervo-esclavo; siendo maestro, aprendió a obedecer al Padre; siendo sacerdote, se hizo víctima por amor.

 

MEDITATIO

«El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos» (Mt 20,28). Es más que lícito que nos preguntemos qué psicología brota de una afirmación autobiográfica como ésta, y la respuesta no puede ser equívoca. Estamos frente a un gran don que Jesús ha hecho a sus discípulos de ayer y de hoy, ofreciéndoles la posibilidad de penetrar en su corazón de Hijo inmolado por amor, en su espiritualidad de Cordero inmolado en rescate de los hermanos.

Todo esto es lo que se expresa mediante la metáfora del «servicio», un término que ha de ser bien entendido: hemos de rescatarlo de todo tipo de servilismo, de toda abdicación pasiva a la propia libertad, y hemos de inscribirlo en el horizonte de una total expropiación personal y de una entrega completa de nosotros mismos al Padre. La luz de esta afirmación de Jesús se difunde, obviamente, por todo el Evangelio.

Jesús, sin embargo, se presenta también como siervo «de muchos», a saber: de todos los que el Padre le ha confiado como hermanos, oprimidos por el pecado, pero abiertos al don de la liberación. El cáliz de la pasión, que Jesús acepta libremente de manos del Padre, sólo espera ser saboreado también por aquellos por los que el Maestro de Nazaret lo bebió hasta las heces.

 

ORATIO

Tu ley, Señor Jesús, es el signo de tu realeza: tú nos quieres obedientes porque sólo a través de la obediencia -como tú mismo demostraste- se llega a rey.

Tu ejemplo, Señor Jesús, manifiesta tu profunda identidad de Hijo: Hijo de Dios Padre que vive y expresa siempre su propia sumisión en su plena disponibilidad.

Tu Palabra, Señor Jesús, ilumina nuestro camino: el que tú nos muestras no vale sólo para ti, sino también para todos los que, libremente, te han elegido como maestro y te siguen con alegría por el camino del Evangelio.

Tu martirio, Señor Jesús, lo fuiste viviendo en cada momento de tu vida: quien ha aprendido a conocerte a través de las páginas evangélicas sabe que, para ti, ser siervo significaba vivir del todo para Dios y del todo para los hermanos. Ésta es la «ley real» de la que habla el apóstol Santiago en su carta.

 

CONTEMPLATIO

El objetivo de los dos discípulos [Juan y Santiago] es obtener el primado respecto a los otros apóstoles. [...] ¿Os dais cuenta de cómo todos los apóstoles son aún imperfectos? Tanto los dos que quieren elevarse sobre los diez como los diez que tienen envidia de ellos. Ahora bien, fijémonos en cómo se comportan a continuación y les veremos exentos de todas estas pasiones. [...]

Santiago no sobrevivirá mucho tiempo. En efecto, poco después del descenso del Espíritu Santo, llegará su fervor a tal extremo que, dejando de lado todo interés terreno, llegará a una virtud tan elevada que morirá inmediatamente (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, Roma 1967, pp. 98 y 99ss).

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día estas palabras: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mt 20,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Las fiestas de los santos proponen ejemplos oportunos a la imitación de los fieles. A esta función de ejemplaridad ha querido unir siempre la Iglesia el reconocimiento de la intercesión de los santos en favor de sus hermanos los hombres. Éste es el motivo por el que, desde siempre, ha aceptado y fomentado gustosa la designación de determinados santos como patronos para los diversos pueblos.

La liturgia de la misa de Santiago, patrono de España, no hace sino corroborar esta misma idea. Santiago, que «bebió el cáliz del Señor y se hizo amigo de Dios», fue siempre, junto con su hermano Juan y con Pedro, uno de los apóstoles que gozó de las mayores intimidades de Jesús. Y si bien su acción en el evangelio no adquiere el relieve de la de los otros dos predilectos, fue él quien primero selló con su propia sangre la entrega al Señor y a la predicación de su doctrina. Esta misma acción, tras su muerte, es reconocida por nosotros en favor de «los pueblos de España», precisamente como respuesta a su elección como patrono. Pero, al mismo tiempo que reconocemos gustosos su acción en el pasado, pedimos de cara al futuro que, así como  él mantuvo su entrega plena a Jesús hasta el sacrificio de su propia vida, así también, «por el patrocinio de Santiago, España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos» (http://sagradaramiliadevigo.net).

 

 

Día 26

 

17° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 3,5.7-12

5 Allí el Señor se le apareció en sueños a Salomón durante la noche y le dijo:

- Pídeme lo que quieras, que yo te lo daré.

Respondió Salomón:

7 Y ahora, Señor Dios mío, tu me has hecho rey a mi, tu siervo, como sucesor de mi padre, David, pero yo soy muy joven y no sé como gobernar

8 Tu siervo esta en medio del pueblo que tu has elegido, un pueblo numeroso, que no se puede contar y cuya multitud es incalculable.

9 Da, pues, a tu siervo un corazón sabio para gobernar a tu pueblo y poder discernir entre lo bueno y lo malo. Porque ¿quién, si no, podrá gobernar a un pueblo tan grande?

10 Agradó mucho al Señor esta petición de Salomón,

11 y le dijo: - Ya que me has pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino Sabiduría para obrar con justicia,

12 te concederé lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio y prudente, como no ha habido antes de ti ni lo habrá después.

 

» Un joven y un pueblo numeroso, imposible de contar. Una vez más, la Escritura nos presenta la paradoja de Dios, tanto en su intervención soberana en la historia del hombre como en su imprevisible juicio. Dios confía el pueblo a un joven monarca que reinara como sucesor del gran rey David, depositario de promesas divinas y esperanzas mesiánicas. Hay una realidad superior que destaca como garantía: entre el <<joven» y el pueblo, ambos elegidos, el único Señor es Dios. Salomón es consciente de ello, sabe que ha sido elevado al rango de <<siervo» de Dios al servicio del pueblo y que éste no es de su propiedad: <<Tu siervo está en medio del pueblo que tú has elegido» (v 8). El pueblo es como un <<primogénito» entre los demás pueblos, y el joven rey un monarca estremecido ante la admirable grandeza del encargo. La confianza y la responsabilidad del que es investido de poder le hacen tomar conciencia de su propia inadecuación para el cargo. Es en este paso, de humildad, cuando nace como rey.

Y real es su ruego frente a la ayuda que el propio Dios le ofrece, acudiendo abiertamente a su oculto azoramiento: <<Pídeme lo que quieras, que yo te lo daré» (v. 5).

La súplica no versa sobre bienestar, poder o glorias terrenas: larga vida, riquezas y muerte de los enemigos.

Todo se concentra en aquello que el hombre de por si no puede conseguir si Dios no se lo concede: un corazón sabio e inteligente, capaz de discernir con equidad y veracidad. Reinar como aquí se reconoce, es servir según estas altas prerrogativas: <<La humildad precede a la gloria» (Prov 15,33).

 

Segunda lectura: Romanos 8,28-30

Hermanos:

28 Sabemos, además, que todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que él ha llamado según sus designios.

29 Porque a los que conoció de antemano los destino también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos.

30 Y a los que desde el principio destino, también los llamo; a los que llamé los puso en camino de salvación; y a quienes puso en camino de salvación les comunico su gloria.

 

En el ser humano hay una existencia escondida; el designio divino de su deificación en Cristo. Cinco verbos recalcan el admirable proyecto del Altísimo: conocer, predestinar, llaman justificar y glorificar. El primero expresa una relación de tipo existencial: ¿qué vínculo media entre el Creador y la criatura? Se trata de un <<conocimiento» fundado en una predilección de amor.

El segundo le asigna a Dios la primacía en la iniciativa de esta elección y apunta al objetivo final, correlativo con el origen por su aprobación. Este <<destino» manifestado a priori no reduce la libertad humana, ya que conserva totalmente la facultad de adherirse o no al proyecto divino.

El tercer verbo implica la vocación que se manifiesta en el corazón del hombre. Dios se dirige directamente al interior del ser humano. La libertad de la persona, desde dentro, agita el proceso de deificación en colaboración con la gracia divina.

El cuarto verbo formula con un término jurídico el concepto de recibir cuanto es debido pero con creces, más allá del derecho. Un Dios que es amor ejerce un dominio único sobre la creación: la vida. Referido al hombre, esto se traduce en benevolencia profunda: misericordia.

Se entra así en el sentido pleno del quinto verbo: glorificar. Mais que un deber del hombre, reconocer y proclamar la gloria de Dios forma parte de su llamada. La alabanza de su gloria es que el hombre viva para siempre como imagen de la santidad que adquirió desde el principio.

 

Evangelio: Mateo 13,44-52

Dijo Jesús a la gente:

44 Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo deja oculto y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo.

45 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con un mercader que busca ricas perlas y que,

46 al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.

47 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con una red que echan al mar y recoge toda clase de peces;

48 una vez llena, los pescadores la sacan a la playa, se sientan, seleccionan los buenos en cestos y tiran los malos.

49 Así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos

50 y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes.

51 Jesús pregunté a sus discípulos: -¿Habéis entendido todo esto?

Ellos le contestaron: - Si.

52 Y Jesús les dijo: -Todo maestro de la Ley que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos, es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas.

 

•» El Reino de Israel se basaba en estructuras terrenales y remitía a la Señoría última de Dios, tres veces santo, inefable e invisible. El Reino de Dios, en cambio, radica en un misterio totalmente Espiritual, se revela con la llegada del Verbo encarnado, que declara estar dentro de nosotros (cf Lc 17,21). Las parábolas de Mateo sobre el Reino se entienden desde esta clave de lectura, donde símbolo y analogía hacen referencia a una verdad siempre mas elocuente que la intuición inmediata.

Ante todo, es como <<un tesoro escondido» (v. 44), pues no es una realidad visible, ni perceptible para todos. El término tesoro, emparejado con escondido, ofrece la idea de un valor inapreciable. La segunda parábola presenta el Reino de los Cielos como <<un mercader que busca ricas perlas» (v. 45). Es interesante advertir que aquí la comparación análoga no es con la perla, sino con el mercader: la perla verdadera es este hombre. La tercera parábola  pasa de la imagen de un sujeto singular a la de una pluralidad de individuos: el Reino de los Cielos es como <<una red que echan al mar y recoge toda clase de peces... seleccionan los buenos y tiran los malos» (cf vv. 47ss). La visión tiene una fuerte marca escatológica, y no por esto deja de ser actual. La red simboliza una realidad inmaterial mediante la cual pasa al cedazo desde el mar de la historia la carga de la humanidad. El Reino se manifiesta en esta realidad, perceptible y recóndita, preciada y buscada, que se realiza en el hombre, capaz de adueñarse de ella, una vez encontrada, y que impregna de salvación a toda la humanidad.

 

MEDITATIO

Estamos delante de la máxima lección de antropología teológica: hijo de Dios convertido en imagen, hombre divinizado al emprender su historia, alabanza de quien es su origen y que trasciende su naturaleza. Por eso tiene una única <<pre-destinación: el Reino de los Cielos, es decir participar plenamente de la visión y de la naturaleza del mismo Dios, Inculcada desde el principio, toda esta realidad esta crucificada como el pecado y resucitada en la redención por Cristo, con Cristo y en Cristo. <<Pre-destinar» no significa estar obligados a recorrer una vía preestablecida con una meta ya fijada, sino, sencillamente, estar ordenados u orientados a ella con el ajuar de todas las potencialidades y gracias necesarias para conseguirla. Quien rechaza el proyecto misericordioso del designio divino —y puede hacerlo— se malogra a si mismo saliéndose fuera de la meta, se descarrila. El secreto del éxito es la humildad, e igual de oculta es la dimensión divina sembrada en el hombre. Con insistencia, la Escritura recuerda la lección del temor de Dios como escuela de Sabiduría (cf Prov 15,33), por el que únicamente al hombre <<le ha sido dado conocer los misterios del Reino de los Cielos»   (Cf. Mt 13,11) 

 

ORATIO

Dios mío, envuelve y traspasa mi alma con el fulgor de tu santidad y como el sol con sus rayos ilumina, purifica y fecunda la tierra, así tu ilumina, purifica y santifica mi ser.

Enséñame a contemplarme en ti, a conocerme en ti, a considerar mis miserias a la luz de tu perfección infinita, a abrir mi alma a la irrupción de tu luz purificadora y santificadora (G. R., una consagrada de nuestro tiempo).

 

CONTEMPLATIO

Cada uno de nosotros puede resplandecer con resplandores que deslumbren al mismo sol, levantarse sobre las nubes, contemplar el cuerpo de Dios, ascender hacia él, unírsele en supremo vuelo y mirarle por fin en el más dulce reposo. El coro de los buenos servidores circundará a su Señor cuando aparezca en el cielo. Y resplandeciendo él, les comunicara sus mismos resplandores. ¡Qué espectáculo ver una admirable muchedumbre de antorchas resplandecientes sobre las nubes, hombres que se entregan a una fiesta sin ejemplo, un pueblo de dioses alrededor de Dios, hermosos en presencia, servidores en tomo a su Señor, que no envidia a los siervos la participación de sus esplendores ni estima disminución de su gloria la asociación de muchos al trono de su realeza, como sucede en los hombres, que, aunque entreguen a los súbditos cuanto poseen, no sufren ni por ensueño que participen del cetro!

Y es que él no los considera siervos, ni los honra con honores de siervos; los estima como amigos y observa con ellos las leyes de la amistad que él mismo estableció desde el principio: la comunidad absoluta. En consecuencia, no les da esto o aquello, sino que los hace participes de la realeza y les ciñe su misma corona.

¿No es esto lo que dice el bienaventurado san Pablo cuando escribe que somos herederos de Dios y coherederos de Cristo (Rom 8,17) y que reinarán con Cristo los que participaron de sus penas? (1 Tim 2,12).

¿Qué hay tan agradable que pueda rivalizar con esta visión? ¡Coro de bienaventurados, pueblo de los que se alegran!

Él bajó resplandeciente de los cielos a la tierra. Y la tierra hace levantar otros soles que suben hacia el Sol de justicia, invadiéndolo todo con su luz (N. Cabasilas, La vida en Cristo, Madrid 1999, 282-284; traducción, Luis Gutiérrez Vega y Buenaventura García Rodríguez).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Se puede definir al hombre como el que busca la verdad» (Juan Pablo II).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La vida que Dios da al hombre es original y diferente de la de los demás criaturas vivientes, o que el hombre aunque proveniente del polvo de la tierra (cf Gn 2,7; 3,19; Job 34,15; Sol 103,14; 104,29), es manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencio, resplandor de su gloria (cf Gn 1,26-27; Sol 8,6). Al hombre se le ha dado un altísima dignidad, que tiene sus raíces en el vínculo íntimo que lo une o su Creador: en el hombre se refleja la realidad misma de Dios.

En la vida del hombre, la imagen de Dios vuelve o resplandecer y se manifiesta en toda su plenitud con lo venida del Hijo de Dios en carne humana: <<El es Imagen de Dios invisible>> (Col 1 ,15), <<resplandor de su gloria e impronta de su sustancia» (Heb 1,3). El es la imagen perfecta del Padre... La plenitud de la vida se da a cuantos aceptan seguir a Cristo. En ellos, la imagen divina es restaurada, renovada y llevada a perfección. Este es el designio de Dios sobre los seres humanos; que <<reproduzcan la imagen de su Hijo» (Rom 8,29). Solo así con el esplendor de esta imagen, el hombre puede ser liberado de lo esclavitud de lo idolatría, puede reconstruir lo fraternidad rota y reencontrar su propio identidad (Juan Pablo II, carta encíclica Evangelium vitae, nn. 34.36).

San Joaquín y Santa Ana

       El evangelio apócrifo de Santiago (siglo II) reconstruye, siguiendo la filigrana bíblica de la historia de Ana, madre de Samuel (cf. 1 Sm 1,1 -28), el acontecer de los padres de la Virgen María: Joaquín, anciano sacerdote del Templo de Jerusalén, y su mujer, Ana. Estos, después de una aparición angélica, concibieron a la futura Madre del Redentor, a la que ofrecerán más tarde en el Templo (cf. 21 de noviembre). De ninguno de ellos se dice nada en los evangelios canónicos.

 

Día 27

Lunes de la 17ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 13,1-11

1 El Señor me dijo: -Vete a comprar una faja de lino y póntela en la cintura, pero no la laves.

2 Yo compré la faja, como me había dicho el Señor, y me la puse en la cintura.

3 De nuevo el Señor me dijo:

4 -Toma la faja que has comprado y que llevas puesta, vete al Eufrates y escóndela allí en la grieta de una roca.

5 Fui y la escondí junto al Eufrates, como el Señor me había mandado.6 Mucho tiempo después, el Señor me dijo: -Vete al Eufrates a buscar la faja que yo te mandé esconder allí.

7 Fui al Eufrates y tomé la faja del lugar donde la había escondido; la faja estaba ya podrida y no servía para nada.

8 Entonces el Señor me habló así:

9 -Así dice el Señor: De la misma manera voy a deshacer el orgullo de Judá, la gran soberbia de Jerusalén.

10 Este pueblo malvado, que se niega a obedecer mis mandatos, que hace caso a su corazón obstinado y va tras otros dioses para darles culto y postrarse ante ellos, quedará como esa faja, que ya no sirve para nada.

11 Pues como la faja se ciñe a la cintura del hombre, así me había ceñido yo a Israel y a Judá, oráculo del Señor, para que fuesen mi pueblo, mi renombre, mi alabanza y mi adorno, pero no me han hecho caso.

 

**• La Palabra del Señor conduce a Jeremías a realizar una acción simbólica. Las acciones del profeta, típicas del profetismo, e incluso su misma vida, se convierten en mensaje dirigido a los presentes, a cada uno en particular o, en ocasiones, al mismo profeta. La reacción que tales acciones suscitan son, por lo general, de escarnio, de desprecio y, en cualquier caso, de incomprensión. El profeta interviene entonces explicitando el mensaje o interpretando el acontecimiento, que contiene, según los casos, un aviso, una amenaza, un deseo.

En este pasaje se le pide a Jeremías que compre una faja de lino, que se la ponga varios días y la esconda después en la grieta de una roca del río (w. 1-5). El mensaje queda ilustrado por medio de una doble comparación: del mismo modo que la faja se ciñe al cuerpo de quien se la pone, así también Israel estaba llamado a adherirse al Señor, respondiendo de manera positiva a la alianza con la que el Señor se había ligado antes a él. Puesto que el pueblo ha contravenido la alianza no escuchando la Palabra del Señor, siguiendo sus propias ideas y hasta dedicándose a la idolatría, ha faltado a su vocación, ha dejado de cumplir el servicio para el que Dios lo había elegido, convirtiéndose, como una faja podrida, en algo que ya no sirve para nada (w. lOss).

 

Evangelio: Mateo 13,31-35

En aquel tiempo,

31 les propuso Jesús otra parábola: -Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo.

32 Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace como un árbol, hasta el punto de que las aves del cielo pueden anidar en sus ramas.

33 Les dijo otra parábola: -Sucede con el Reino de los Cielos lo que con la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.

34 Jesús expuso todas estas cosas por medio de parábolas a la gente, y nada les decía sin utilizar parábolas,

35 para que se cumpliera lo anunciado por el profeta: Hablaré por medio de parábolas, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

 

*+• Con las parábolas del grano de mostaza y de la levadura, pretende añadir Jesús otros elementos a la comprensión del misterio del Reino de Dios. Ya ha hablado de la oposición que encuentra la Palabra (cf. Mt 13,3-7) y puesto en guardia contra la impaciencia de los que pretendan eliminar de inmediato los obstáculos (cf. 13,27-30). Ahora pone de relieve el contraste entre unos inicios bien modestos y desarrollos extraordinariamente grandes. En efecto, así como la semilla pequeña tiene en sí una energía capaz de hacerla germinar hasta convertirla en un árbol de notables proporciones (w. 31ss), así también se dilatará el Reino de Dios, que, en estos momentos, parece destinado a la derrota. Y así como la fuerza irresistible de un poco de levadura hace fermentar una gran cantidad de harina (v. 33), así también la Palabra de Dios, recibida en el corazón del hombre, le abre a la Verdad y, «escondidos» entre la gente, los cristianos de todos los tiempos se convierten en portadores del alegre anuncio y en testigos del amor de Dios por todo el mundo. Con las palabras del salmista, Mateo da una respuesta ulterior a la pregunta del «porqué» de las parábolas: con ellas no se pretende ocultar, sino ayudar a penetrar, de manera profunda, en el misterio de Dios y de su Reino (w. 34ss).

 

MEDITATIO

Nuestro tiempo, que contempla el predominio del «hombre económico», está escandido por el ritmo frenético e implacable de la eficiencia, de una productividad que debe ser eficaz a cualquier precio. Parece imposible sustraerse a esta lógica.

La Palabra del Señor nos propone una lógica diferente para leer al hombre y su vida terrena: Dios está presente en el corazón de la realidad, puesto que es su Creador. San Pablo dirá que ni quien planta ni quien riega es determinante para el resultado final; sólo lo es Dios, que da el desarrollo y el crecimiento a la semilla y, más tarde, a la planta {cf. 1 Cor 3,7).

Dios, lejos de invitarnos a una inactividad fatalista, nos proporciona el criterio del compromiso, exhortándonos a la confianza en él y a la esperanza. El hombre es verdaderamente tal si se adhiere a Dios, si responde con todo su ser al amor de Dios.

La dignidad, el valor del hombre para Dios, se basa en el ser y no en el tener o el hacer. ¿Y para nosotros? ¿No nos arriesgamos muchas veces a dejarnos deslumbrar por las luces del éxito mundano y aturdir por la publicidad sistemática, por la que nos dejamos arrastrar aquí o allá, lejos de nosotros mismos y de Dios, tras aquel que hace más ruido?

La Palabra de Dios, su incidencia en la historia, parece destinada al fracaso; el testimonio de los cristianos se presenta como un fenómeno de una minoría ilusa. Es el momento de renovar nuestra fe en el poder del Espíritu Santo y nuestro compromiso en la adhesión a su inspiración.

 

ORATIO

La fiebre del protagonismo hace presa en todos, oh Señor. Tampoco yo, en mi pequenez, me siento inmune a ella. Te agradezco que me hagas comprender que soy, ciertamente, necesario, pero no indispensable. A veces, las mismas circunstancias de la vida me obligan a tomar conciencia de ello, pero yo me agito, me rebelo, me siento también ofendido, porque no veo reconocido mi valor, que, a menudo, considero superior al de los otros...

Te doy gracias por repetirme que sólo en comunión contigo, oh fuerza mía, lo puedo todo {cf. Flp 4,13) y participo en el milagro de producir resultados grandiosos, diferentes a los que podemos leer en los balances industriales de final de ejercicio, pero cuyos frutos nutren el ser de manera profunda. Necesito que me lo recuerden, para aprender esa verdadera sabiduría que me hace vivir como si todo dependiera de mí y, al mismo tiempo, como si todo dependiera de ti.

 

CONTEMPLATIO

Por nosotros mismos, somos ramas secas, inútiles, infructuosas, e incapaces de pensar, por lo general, cosa alguna por nosotros mismos; toda nuestra capacidad viene de Dios, que nos ha hecho idóneos para el servicio y capaces de cumplir su voluntad. Nuestras obras, como un pequeño grano de mostaza, no son en modo alguno comparables en grandeza al árbol de la gloria que producen; sin embargo, tienen, a pesar de todo, la fuerza y la virtud para producirlo, porque proceden del Espíritu Santo, el cual, por medio de una admirable infusión de su gracia en nuestros corazones, hace suyas nuestras obras, aunque nos las deja al mismo tiempo a nosotros.

Nos deja, como parte nuestra, todo el mérito y todo el provecho de nuestros favores y de nuestras buenas obras, y nosotros, por nuestra parte, le dejamos todo el honor y toda la alabanza, reconociendo que el inicio, el progreso y el remate de todo bien que llevemos a cabo depende de su misericordia. Nosotros le damos la gloria de nuestras alabanzas, y él nos da la gloria de su alegría (Francisco de Sales, Teotimo, o Trattato dell'amor di Dio, Milán 1989, pp. 788ss [edición española: Tratado del amor de Dios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dios escoge lo que es pequeño» (cf. Mt 13,31).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Hace algún tiempo me sucedió un episodio que me afectó en lo profundo del alma. Estaba en Roma; esperaba el autobús en la parada que se encuentra casi enfrente de la iglesia de San Juan de Letrán. Estaba conmigo mi madre. Se me acercó una señora muy anciana, vestida con un pequeño abrigo negro, ya lustroso por el uso inveterado al que había sido sometido.

Caminaba a pequeños pasos, con la típica rigidez senil del tronco, de la cabeza y de las manos. Me preguntó si quería comprar una protección de hilo de algodón rojo de ganchillo, de esas que sirven para coger ollas y cazuelas sin quemarse. Cogido así, de improviso, dije que no me interesaba. Entonces la viejecita se alejó sin insistir y sin dirigirse a nadie más. Me arrepentí de inmediato, porque comprendí que lo importante no era que yo tuviera necesidad de esa protección, sino que ella tuviera necesidad de venderlas a fin de poder ganar algo. Intercambié una mirada con mi madre, que la alcanzó enseguida y le preguntó a cuánto las vendía. «A mil liras la pieza, señora», respondió; «las he hecho yo misma a mano. Tengo noventa y dos años...». «Le compro las cinco que lleva», dijo mi madre, abriendo el monedero. La viejecita miró a mi madre con una sonrisa cansada y apenas marcada; sin decir nada, se alejó con su andar tranquilo, un andar que dejaba inmóviles los brazos, los hombros y la cabeza.

Esta escena la he repensado, meditado, contemplado dentro de mí muchas veces, no sabría decir cuántas. La viejecita ya se había alejado: qué otra cosa -o quién- nos convenció, para comprar no una, sino todas las protecciones que vendía. Esa es la cuestión: hay una fuerza en el ser pequeño, pobre, sufrido y remisivo; una fuerza, sin embargo, que no le es propia, una fuerza que le viene de fuera. Alguien se la ha puesto dentro, alguien que la posee. No es cuestión de perderse en muchas averiguaciones, Señor, porque sólo hay Uno que pueda poseer tal fuerza, sólo Uno puede haber pensado hacer todo esto: tú. Tú la pusiste en la humildad de aquella viejecita, aunque la pusiste también en el corazón de quien la vio y la sintió. Es la única fuerza que ha existido siempre, que existe y que existirá siempre, la única fuerza que forma una sola cosa contigo, que hace de ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un único Dios: la fuerza de tu amor o, mejor aún, la fuerza del amor que eres (A. Marchesini, Piccolo come un seme d¡ senape, Bolonia 1993).

 

Día 28

Martes de la 17ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 14,17-22

17 Mis ojos se deshacen en lágrimas noche y día sin cesar, porque un gran desastre alcanza a la doncella de mi pueblo y su herida es incurable.

18 Si salgo al campo, no hay más que muertos a espada; si entro en la ciudad, sólo las angustias del hambre. Profetas y sacerdotes andan errantes y desorientados por el país.

19 ¿Has desechado totalmente a Judá? ¿Has dejado de amar a Sión? ¿Por qué nos hieres sin remedio? Esperábamos la paz, pero no hay mejoría; el tiempo de la salvación, pero sólo hay espanto.

20 Reconocemos, Señor, nuestra maldad y la culpa de nuestros antepasados. Hemos pecado contra ti.

21 Por el honor de tu nombre, no nos rechaces, no profanes el trono de tu gloria; acuérdate, no rompas tu alianza con nosotros.

22 ¿Acaso hay algún ídolo de los gentiles que haga llover? ¿Dan los cielos la lluvia por sí solos? ¿No eres sólo tú, Señor, Dios nuestro? Nosotros esperamos en ti, porque eres tú quien hace todo eso.

 

*» El contexto en el que fueron confiadas a Jeremías estas palabras corresponde a una grave calamidad nacional: la sequía {cf. Jr 14,lss) y la guerra (cf. v. 18). A la descripción del deplorable estado en que se encuentra el país, herido de muerte y sin nadie que pueda guiarlo (w. 17ss), le sigue una oración de súplica. En ella intercede Jeremías ante Dios en favor del pueblo. Apela al compromiso asumido por YHWH en el momento de la alianza, en virtud de la cual no es posible que se haya alejado del pueblo de manera definitiva. Le recuerda la promesa de la salvación y de la paz, que no reinan sin embargo (v. 19); le invita de manera acongojada a no hacer desaparecer el pacto, a no abandonar al pueblo, que, por supuesto, le ha disgustado con su infidelidad, pero ahora reconoce sus propios pecados. Israel no tiene méritos para jactarse, pero el profeta implora a Dios apelando a su fidelidad: el Señor fiel (cf. Ex 34,6) no puede faltar a sí mismo (Jr 14,21). Él es el creador de Israel y de todo lo que existe (v. 22). Sólo él es digno de confianza (v. 22d), y por eso se confía a él el profeta, intercesor solidario con el pueblo por cuya suerte llora de manera incesante (v. 17).

 

Evangelio: Mateo 13,36-43

En aquel tiempo,

36 dejó Jesús a la gente y se fue a la casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron: -Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

37 Jesús les dijo: -El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;

38 el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña, los hijos del maligno;

39 el enemigo que la siembra es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores, los ángeles.

40 Así como se recoge la cizaña y se hace una hoguera con ella, así también sucederá en el fin del mundo.

41 El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su reino a todos los que fueron causa de tropiezo y a los malvados

42 y los echarán al horno de fuego. Allí llorarán y les rechinarán los dientes. 43 Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos que oiga.

 

*• La explicación alegórica de la parábola de la buena semilla y de la cizaña presenta la antítesis entre «los hijos del Reino» y «los hijos del maligno». Cada hombre pertenece a la familia de aquel cuya palabra ha recibido y puesto en práctica. La vida terrena es el tiempo durante el que es posible escoger. A su término tendrá lugar el juicio, representado con la imagen escatológica -clásica en la Biblia- de la siega (v. 39). En ese momento se pondrá de manifiesto la diferente suerte merecida, respectivamente, por los «malvados» y por los «justos»: llanto y rechinar de dientes eterno para unos y brillo eterno para los otros (w. 42ss).

La invitación dirigida de nuevo a escuchar y entender la Palabra (v. 43b) hace comprender la urgencia y el carácter dramático de la decisión que hemos de tomar. Al mismo tiempo, la explicación de la parábola, explicación que tiene lugar en casa sólo para los discípulos (v. 36), pretende aliviar la turbación de las primeras comunidades cristianas, que constataban la presencia del mal en su interior, y frenar la impaciencia de los que pretendían arrogarse el poder de hacer justicia.

La potestad de juzgar -repite Jesús- corresponde al «Hijo del hombre» y la ejercerá cuando llegue «el fin del mundo», tal como pone de manifiesto el evangelista Mateo en su evangelio (cf. 25,31-46).

 

MEDITATIO

El mal está presente por doquier, incluso en aquellas realidades que son signo de la santidad y que, por consiguiente, quisiéramos inmunes de tal herencia humana.

Agustín, cuando habla de la Iglesia «santa y pecadora », levanta acta de la presencia del mal en la comunidad de los cristianos, que es sacramento de la presencia de Dios en el mundo.

El apóstol Pablo toma en su raíz esta realidad cuando observa que desearía hacer el bien y, sin embargo, hace el mal. La comunidad de los «puros», de los intocables por el mal, no es la comunidad de los discípulos de Jesús, una comunidad formada por pecadores que han pasado incluso por la experiencia del amor misericordioso que perdona y salva. De ahí surge en el corazón esa humildad que atrae la complacencia de Dios y también la simpatía de los otros. Entonces podremos descubrir una cierta solidaridad con aquellos que hacen el mal, porque no somos mejores que ellos.

La oración se convierte en el instrumento eficaz para ayudarles e incluso para confirmarnos a nosotros mismos en la opción de pertenecer al Señor, prenda de la verdadera vida en el tiempo y de plenitud en la eternidad.

Si tenemos una conciencia más iluminada que la suya respecto al bien y al mal, no ha de servirnos para autorizarnos a proceder a hacer juicios sumarios, sino de compromiso para hacer el bien con las acciones y las palabras. El ejemplo arrastra.

 

ORATIO

Cuántas veces, Señor, soy uno de esos que lanzan imprecaciones porque las cosas van mal y se precipitan sobre el primer chivo expiatorio con el que se topan, encontrando con frecuencia poderosos aliados en los medios de comunicación. Hoy, sin embargo, quiero pedirte por este mundo y por esta Iglesia de la que formo parte. Hay muchas cosas que no funcionan, es cierto: veo el pecado y la injusticia, veo tomar decisiones poco respetuosas con la dignidad y la unicidad de la persona, veo que prevalecen los intereses de una parte... Veo el mal fuera de mí y antes que nada dentro de mí.

Te ruego, Señor, que no te canses de perdonar. Envíanos la luz de tu Espíritu a todos nosotros, para que realicemos el bien y no el mal, para que cada uno aporte su contribución a fin de hacer más bello este mundo y esta Iglesia.

 

CONTEMPLATIO

Debemos, por ende, hermanos, andar con toda diligencia en lo que atañe a nuestra salvación, no sea que el maligno, logrando infiltrársenos por el error, nos arroje, como la piedra de una honda, lejos de nuestra vida [...].

Huyamos de toda vanidad, odiemos absolutamente las obras del mal camino. No viváis solitarios, replegados en vosotros mismos, como si ya estuvierais justificados, sino, reuniéndoos en un mismo lugar, inquirid juntos lo que a todos en común conviene [...]. Hagámonos espirituales, hagámonos templo perfecto para Dios.

En cuanto esté en nuestra mano, meditemos el temor de Dios y luchemos por guardar sus mandamientos, a fin de regocijarnos en sus justificaciones.

El Señor juzgará al mundo sin acepción de personas: cada uno recibirá conforme obró. Si el hombre fue bueno, su justicia marchará delante de él; si fue malvado, la paga de su maldad irá también delante de él («Carta de Bernabé», II, 9; IV, 10-12, en Padres apostólicos, BAC, Madrid 21968, pp. 774-778).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Reconocemos, Señor, nuestra maldad» (Jr 14,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Se dice: o bien Dios puede impedir el mal y entonces no es bueno porque no lo hace; o bien Dios no puede impedir el mal y entonces no es omnipotente. En ambos casos le falta a Dios un atributo esencial: o la bondad o la omnipotencia. La realidad nos advierte que no nos es lícito volcar en Dios (o sólo en Dios) nuestras responsabilidades. Hablo, como es natural, del Dios cristiano. Un Dios en cuyo plan, lo sabemos, era prioritaria la libertad para sus criaturas. No quiso un lager (campo de concentración) para reclusos ni una ruda guardería para eternos niños, sino un mundo poblado de hijos responsables. Libres, por tanto, de elegir entre el bien y el mal. Libres de comportarse como santos o como bribones. Su «ocultación», la discreción del claroscuro en que se ha envuelto a sí mismo y en que ha envuelto su Ley, su negativa a comportarse como un gendarme, son valores fuera de duda. En consecuencia, tienen un coste: a veces terrible.

Somos cristianos -y no podremos ser otra cosa- porque logramos creer sólo en el Dios que se manifestó en aquel judío de Galilea. Sólo este tipo de omnipotencia en el fracaso y en el sufrimiento escapa a la pregunta sobre la presencia invencible del mal, que, mucho antes de ser un elegante problema para la filosofía, es un drama para nosotros, hombres de carne y hueso.

Es un hecho objetivo que sólo el Dios de Jesús, el Dios en quien cree el cristiano, es el único que no puede ser implicado en la blasfemia del hombre por la marea de dolor que asciende a menudo y le ahoga. «No hay otra respuesta radical y definitiva al problema del mal que la cruz de Jesús, en la cual sufrió Dios el mal supremo, y lo hizo de manera triunfal, porque lo padeció hasta el final. Esta respuesta elimina el escándalo de un Dios tirano que se complace en los sufrimientos de sus criaturas, proponiendo, sin embargo, un escándalo aún mayor (Jacques Natanson) (V. Messori - M. Brambilla, Qualche ragione per credere, Milán 1997).

 

Día 29

Miércoles de la XVII Semana del Tiempo Ordinario o 29 de Julio, conmemoración de

Santa Marta

     Marta es la hermana de María y de Lázaro de Betania. En el evangelio sólo se la nombra en tres episodios (cf. Lc 10,38-42; Jn 11,1-44; Jn 12,1-11), y en todos ellos se resalta su actitud dinámica, su acogida afectuosa a Jesús y su esmero en servirle. Por otra parte, se dice que Marta, María y Lázaro eran muy amigos de Jesús, el cual, a su vez, también les quería mucho.

Entre los personajes del evangelio, Marta -junto con Pedro- es la única en confesar de manera explícita y completa su fe en Jesús como Mesías enviado por el Padre. Santa Marta es modelo de mujer laboriosa y patrona de los hosteleros.

 

LECTIO

Primera lectura: Jer 15, 10, 38-42

10 ¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de pleitos y contiendas con todo el mundo! No he prestado, ni he pedido préstamos y, sin embargo, todos me maldicen.

16 Cuando encontraba tus palabras, yo las devoraba; tus palabras eran mi delicia y la alegría de mi corazón, porque he sido consagrado a tu nombre, Señor, Dios todopoderoso.

17 No me senté a disfrutar con los que se divertían; agarrado por tu mano me senté solo, pues tú me llenaste de indignación.

18 ¿Por qué es continuo mi dolor, y mi herida, incurable y sin remedio? Te has vuelto para mí arroyo engañoso de aguas caprichosas.

19 Entonces el Señor me respondió así: Si vuelves a mí, haré que vuelvas y estés a mi servicio; si separas el metal de la escoria, tú serás mi portavoz; que vuelvan ellos a ti, no tú a ellos.

20 Te pondré frente a este pueblo como sólida muralla de bronce: lucharán contra ti, pero no te vencerán, pues yo estaré contigo para salvarte y librarte. Oráculo del Señor.

21 Te libraré de la mano de los malvados, te salvaré del puño de los violentos.

 

>*• El texto litúrgico forma parte de una de las llamadas «Confesiones de Jeremías», fragmentos escritos en primera persona en los que vierte el profeta sus propios sentimientos y deja aflorar su ánimo, desahogándose con Dios por la dureza de la misión que le ha confiado y hasta por su misma existencia, cuyo fracaso percibe. Jeremías, que tanto hubiera deseado la paz, y que, sin embargo, a causa de la Palabra, es objeto de contiendas y de pleitos (v. 10), deplora haber nacido. Recuerda el entusiasmo y la alegría del primer encuentro con la Palabra del Señor, convertida después en el centro y el sentido de toda su vida. A la iniciativa de Dios le había seguido la disponibilidad total de Jeremías, el compromiso de toda su persona en la decisión consciente de estar consagrado a Dios (v. 16). La soledad, el distanciamiento de las compañías festivas, fueron la consecuencia de esta dedicación absoluta a una Palabra que va contra corriente y que sus contemporáneos rechazan e incluso combaten (v. 17).

De ahí procede el agudo sufrimiento que siente Jeremías sin posibilidad de curación y el grito de denuncia de su propia situación frente a Dios, que se le ha vuelto engañoso como un arroyo de aguas caprichosas.

Por toda respuesta (w. 19-21), el Señor le confirma al profeta su arduo mandato, pidiéndole de nuevo su entera disponibilidad, renovándole la promesa del éxito final de su misión, garantizado por su misma presencia. La Palabra que le había seducido en un tiempo deberá «encarnarse» aún más en Jeremías. Fiel a ella, el profeta recibirá la fuerza necesaria para resistir a todos los adversarios.

 

Evangelio: Juan 11,19-27

En aquel tiempo,

19 muchos judíos habían ido a Betania para consolar a Marta y María por la muerte de su hermano.

20 Tan pronto como llegó a oídos de Marta que llegaba Jesús, salió a su encuentro; María se quedó en casa.

21 Marta dijo a Jesús: -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.

22 Pero, aun así, yo sé que todo lo que pidas a Dios él te lo concederá.

23 Jesús le respondió: -Tu hermano resucitará.

24 Marta replicó: -Ya sé que resucitará cuando tenga lugar la resurrección de los muertos, al fin de los tiempos.

25 Entonces Jesús afirmó: -Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá;

26 y todo el que esté vivo y crea en mí, jamás morirá. ¿Crees esto?

27 Ella contestó: -Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir a este mundo.

 

*+• El diálogo entre Jesús y Marta referido en este fragmento del evangelio forma parte del episodio de la llamada «resurrección de Lázaro» (cf. Jn 11,lss). Como en Le 10,38-42 y en Jn 12,lss, destacan las actitudes opuestas de Marta y de María: la primera muestra un carácter más dinámico y concreto, que se manifiesta en salir de inmediato al encuentro del Señor; la segunda, a la que siempre se describe sentada y escuchando al Maestro, permanece en casa (v. 20).

Marta asocia, en cierto modo, la muerte de su hermano a la ausencia de Jesús en aquel momento, pero confirma asimismo su firme confianza en él como mediador infalible ante Dios (vv. 2lss). Empieza así un itinerario interior que la conducirá a una profesión de fe plenamente cristiana (v. 27), pasando a través de la declaración de su fe en la resurrección del último día (v. 24), en conformidad con la tradición judía (cf 2 Mac 7,9.23; 12,42b-44; Dn 12,1-3). Es el mismo Jesús quien la guía en este recorrido: con una expresión típica de las autorrevelaciones divinas («Yo soy»: v. 25a; cf. Ex 3,14; Lv 19,lss; Jn 6,35; 14,6; passim), el Señor hace comprender a Marta que la vida que él da supera también a la muerte. Jesús, resurrección y vida, crea en quien le recibe una condición nueva y definitiva (cf Jn 5,24; 8,51).

Como hace en todo su evangelio, también aquí Juan recurre a términos antitéticos y juega con su doble significado: cuando alguien da su plena adhesión a Jesús, pasa de la muerte física a la vida definitiva, eterna (v. 25b), porque quien en vida haya creído en él no padecerá la condena a la eterna separación de Dios (v. 26a).

Con estas palabras se refiere el Señor al destino último y, al mismo tiempo, pone de manifiesto que, a través de él, está ya presente en el creyente el germen de la vida eterna. Jesús no se limita a revelar a Marta estas verdades, sino que le pregunta de una manera explícita su posición ante ellas (v. 26b), brindándole la oportunidad de manifestar plenamente su adhesión a la persona del Maestro, reconocido ahora como el Mesías esperado por Israel y como el Hijo de Dios (v. 27).

 

MEDITATIO

Los evangelios presentan a santa Marta siempre en movimiento, como una mujer eficiente y segura de sí. Tal vez esto la conducía a dejarse atrapar demasiado por las cosas que debía hacer y a perder de vista el sentido de su trajín. Sin embargo, ante Jesús, comprende que la eficiencia no es el valor más elevado, sino que importa sólo en la medida en que está equilibrada por la acogida, por la atención al otro y por el «temor al Señor», o sea, movida por el amor; si no es así, hace correr el riesgo de separar de lo esencial, convirtiéndose en una fuente de ansiedad y de fragmentación.

Santa Marta no se relaciona con el Señor sólo haciendo algo por él, sino que se presenta ante él con una actitud de verdad y de diálogo: se le muestra tal como es, dolida por la muerte de su hermano, decepcionada por no haber sido escuchada (cf. Jn 11,3.21), pero también firme en la fe. Aunque no ha visto satisfecha su oración,  no la emprende con Dios, no se cierra a su misterio, no duda de su bondad; más bien, se pone a la escucha del Señor y se hace disponible a caminar con él, revisando su modo de concebir la vida y la fe. Marta se deja conducir por Jesús a través de la experiencia del dolor en un recorrido de conocimiento más profundo de sí misma, de la realidad, del mismo Señor. A quien le acoge de verdad, todo se le presenta bajo una luz nueva: vivir significa entonces habitar en el amor de Dios, en la amistad sincera y confiada con él. La vida eterna empieza ya desde ahora, y atraviesa y vivifica todas las vicisitudes humanas, incluso las marcadas por el sufrimiento.

Eso significa ponerse a la escucha de Dios y de su Palabra, como Marta, también en los momentos de incertidumbre y de duda (cf. Jn 11,39-41). También a nosotros nos pide el Señor una adhesión personal: «¿Crees esto?». Marta dio su respuesta; cada uno de nosotros está llamado a dar la suya.

 

ORATIO

Señor, son muchas las veces que, frente a las dificultades  de la vida, mi fe vacila y me dejo absorber por las mil cosas que debo hacer para huir de la desilusión y del vacío interior; o bien siento la tentación de esconder mis miedos construyéndome una fe a mi medida, adherido rígidamente a principios que considero indiscutibles y que quisiera resguardar de cualquier turbación.

Enséñame a abrir mi fe a tu imprevisibilidad, a estar disponible para el encuentro auténtico contigo, al encuentro en el que mis falsas seguridades cedan su sitio a la confianza en tus promesas. No permitas que el ritmo frenético de mis jornadas me atropelle hasta el punto de dejar de estar inspirado por el amor. Y, sobre todo, no dejes que la experiencia del dolor me aleje de ti: conviértela, más bien, en una experiencia fecunda de resurrección y de vida.

 

CONTEMPLATIO

Marta, más comprometida con el desarrollo de las tareas necesarias, llega la primera [a Jesús]. María, más fina y con un ánimo más sensible, espera en casa para recibir el pésame. Marta, más sencilla, corre al encuentro de Jesús, embriagada por el dolor, que, sin embargo, soportaba con entereza. «Mi hermano -dice- ha muerto porque no estabas aquí, pues tú, con una sola orden, puedes vencer a la muerte.» [Jesús le] dice: «El que crea en mí no estará inmune de la muerte de la carne; con todo, Dios puede dar fácilmente la vida a quien quiera».

Cuando dice después a Marta: «¿Crees?», exige la confesión de la fe como madre y protectora de la vida. Y ella le dice de inmediato que sí, y confiesa su fe con sutileza [...]: al usar el artículo -el Cristo y el Hijo de Dios- ha confesado claramente al único, excelente y verdadero Hijo de Dios. [El Señor] exige comprensión de la fe: ésta es un gran don cuando nace de un ánimo ardiente, y tiene tanto poder que salva no sólo a quien cree, sino también a los otros. De este modo, también Lázaro fue resucitado por la fe de su hermana, a la que el Señor dijo: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?», como si quisiera decirle: «Ya que Lázaro ha muerto, suple tú la fe del muerto. En efecto, es preciso creer firmemente a fin de ver las cosas que están por encima de la esperanza» (Cirilo de Alejandría, Cornmento al vangelo ii Giovanni, Roma 1994, II, pp. 313ss, passim).

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día estas palabras: «Sé que todo lo que pidas a Dios él te ¡o concederá» ( Jn 11,22).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La fiesta de Santa Marta que celebra hoy la liturgia nos pone ante este personaje del evangelio íntimamente ligado a la persona y a la misión de Jesús. Suele representar a Marta como la persona siempre atareada, la que se afana, y ello por amor a ese inefable amigo que es Cristo, que se hospeda en su casa, amigo de su hermano y de su hermana. Marta es una mujer siempre atareada y molesta, algunas veces, por las actitudes contemplativas de su hermana; de todos modos, se trata de una atareada entregada por completo a su Señor. Pero, si nos fijamos bien, esta visión y esta imagen de santa Marta están un tanto reajustadas por este fragmento del evangelio de Juan.

Es Marta quien se dirige a Jesús, con el corazón lleno de amor y de dolor por la muerte de su hermano Lázaro; es ella la que con aquella hermosa amistad, valiente y espontánea, casi reprocha al amigo: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Esta actitud de auténtica amistad por parte de Marta respecto a Jesús nos revela algo mucho más precioso en su ánimo que la laboriosidad atareada de una acogida puramente exterior. Existe entre Marta y Jesús una misteriosa camaradería. Marta sabe que Jesús es poderoso; se da cuenta de que el Señor lo puede todo [...]. La afectuosa amistad, la valiente libertad de Marta, nos dice mucho sobre el conocimiento que tenía de Cristo y sobre la confianza que el Señor Jesús le otorgaba. Hemos de señalar, por otra parte, que Jesús no corrige a Marta por su observación. Sí lo hizo cuando se lamentaba de la «inercia» de María. Pero en esta ocasión no. Comprende su dolor, lo comparte. El evangelio dice que Jesús mezcló sus lágrimas con las de Marta.

¡Qué misteriosa y sublime amistad! [...] El misterio de la muerte vivido en comunión de amistad conduce a Jesús a realizar una afirmación, podríamos decir, desconcertante: «Tu hermano vivirá». Marta comprende y no comprende. Tal vez guarde en el corazón la esperanza de un prodigio clamoroso; tal vez se refugie en la confianza en la resurrección final de los muertos.

Y dice a Jesús: «Sé que resucitará, porque tú eres el Cristo, el Señor de la vida». Aquí tenemos la profesión de fe de santa Marta. María, la contemplativa, nunca dijo a Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo»; Marta, la atareada, sí lo hizo. Y Jesús le dejó que se lo dijera. Es posible que precisamente esta declaración de fe sobre su verdadera identidad fuera lo que provocó en él la decisión última del prodigio clamoroso (A. Ballestero, consacrati nella Chiesa e nel mondo. Meditazioni sull'essenziale, Milán 1994, pp. 147ss).

 

Día 30

Jueves de la 17ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 18,1-6

1 El Señor dirigió esta palabra a Jeremías:

2 -Baja en seguida a casa del alfarero; allí te comunicaré mi palabra.

3 Bajé a casa del alfarero, y lo encontré trabajando en el torno.

4 Si se estropeaba la vasija que estaba haciendo mientras moldeaba la arcilla con sus manos, volvía a hacer otra a su gusto.

5 Entonces el Señor me dijo:

6 -¿Acaso no puedo yo hacer con vosotros, pueblo de Israel, igual que hace el alfarero? Oráculo del Señor. Como está la arcilla en manos del alfarero, así estáis vosotros en mis manos, pueblo de Israel.

 

*•• La Palabra del Señor cita a Jeremías en casa del alfarero. La actividad cotidiana del artesano aparece como símbolo del modo de obrar de Dios. El profeta, instruido por la Palabra del Señor, comprende el mensaje que deberá anunciar al pueblo, verdadero destinatario de esta acción simbólica. Como el alfarero, al modelar los utensilios, deshace los que no salen bien y amasa de nuevo la arcilla para hacer otros, así YHWH, que es el Creador y Señor de todos los pueblos, puede eliminar al que no vive según su voluntad. Su juicio es inapelable y no se trata de un gesto autoritario, sino pedagógico: el castigo es una ayuda para comprender el propio error y convertirse. Como la arcilla está en manos del alfarero, así está Israel en manos de Dios. La imagen, además de evocar la idea de la potestad absoluta de Dios respecto al pueblo, sugiere la de su atento cuidado, a fin de que el pueblo viva con rectitud, de modo semejante al del artista, que, al modelar un objeto, pone todo su cuidado para que salga bien.

 

Evangelio: Mateo 13,47-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

47 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con una red que echan al mar y recoge toda clase de peces;

48 una vez llena, los pescadores la sacan a la playa, se sientan, seleccionan los buenos en cestos y tiran los malos.

49 Así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos

50 y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes.

51 Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Habéis entendido todo esto? Ellos le contestaron: -Sí.

52 Y Jesús les dijo: -Todo maestro de la Ley que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas.

53 Cuando Jesús acabó de contar estas parábolas, se marchó de allí.

 

»» La parábola de la red que, echada al mar, recoge peces comestibles y no comestibles ahonda en el significado de la parábola de la cizaña. Así como en la red se encuentran peces buenos y malos, también en la comunidad de los discípulos de Jesús hay quien acoge y vive su Palabra, primicia del Reino, y quien la rechaza o se muestra indiferente. La distinción tendrá lugar al fin de los tiempos y corresponde a Dios realizarla (w. 47-50).

Es importante para los discípulos comprender el misterio del Reino que Jesús les ha revelado mediante las parábolas, o bien entender con la mente y con el corazón la Palabra y vivirla a través de la obediencia de la fe.

Es preciso el asentimiento personal del discípulo (v. 51), a fin de que siguiendo a Jesús y a ejemplo suyo pueda ser un comunicador y un testigo de toda la voluntad salvífica del Padre, tal como la manifestó en la antigua y en la nueva alianza (v. 52).

 

MEDITATIO

Dios es el Señor de nuestra existencia: ¿lo creemos de verdad? En ocasiones decimos: «Estamos en sus manos », y lo decimos, tal vez, con un tono de resignación, el de quien constata una evidencia a la que no se puede sustraer. Sin embargo, podríamos probar a dejarnos arrebatar el corazón y la mente por esta imagen: estamos en manos del Señor. Manos que calientan y protegen, manos que guardan y apoyan, manos que alientan y que están abiertas para acoger a toda hora. Manos -también- que dejan marcharse a quien no quiere quedarse y que, al final, juzgarán, respetando de todos modos la decisión que cada uno haya tomado. Manos que exhortan, las de Dios, que invitan y tranquilizan. Manos que entregan un tesoro del que extraer riquezas y que es su misma manifestación como amor que se entrega.

Dichosos nosotros si lo comprendemos, cada vez de una manera más profunda, a través de todas las circunstancias de la vida, las duras y las más fáciles. Eso es lo que Jesús intentó decirnos con las parábolas. ¿Lo hemos comprendido?

 

ORATIO

Gracias, Dios mío, por el cuidado que tienes conmigo: no dejas que rae falte nada para que pueda conocerte y responder a tu don de amor. Tú me has creado y me custodias en la vida, una vida que me dejas libre de orientar como quiero. Sin embargo, tú sabes cuál es mi verdadero bien y espías angustiado mis movimientos, sufriendo cuando me cierro al amor. Al final del tiempo mirarás conmigo mi vida, recorriendo sus momentos uno tras otro. Entonces tendrá lugar el juicio.

Gracias, Señor, por hacerme comprender hoy que con el presente preparo el futuro. Con mi presente, vivido en docilidad a ti, a tu don, a tu Palabra. Gracias, Señor, por tenerme en tus manos.

 

CONTEMPLATIO

Mientras estemos en esta vida -puesto que nuestra vasija, por así decirlo, es de arcilla recién salida del torno- estamos siendo fabricados a la manera de un alfarero, tanto en lo que toca a la maldad como en lo que corresponde a la virtud. Ahora bien, el alfarero nos fabrica de manera que podamos aceptar tanto el hecho de que se pueda romper nuestra maldad, para convertirnos en una nueva criatura mejor, como el hecho de que nuestro progreso, después que haya tenido lugar, sea reducido a una vasija de arcilla recién salida del torno.

Ahora bien, cuando hayamos llegado más allá de esta era presente, cuando hayamos llegado al final de la vida, entonces seremos aquello en lo que nos hayamos convertido, tras haber sido templados o bien con el fuego de las flechas incendiarias del Maligno (Ef 6,16) o bien con el fuego divino -puesto que nuestro Dios es también «un fuego devorador» (Heb 12,29)-. Si, digo yo, nos convertimos, bajo la acción de éste o de aquel fuego, en esto o en aquello, si nos rompen, no podremos ser rehechos ni nuestra condición podrá mejorar. Por eso, mientras estemos aquí, es como si estuviéramos en manos de un alfarero, quien, si la vasija se cae de sus manos, puede ponerle remedio y hacerla de nuevo. Vigílate, pues, a ti mismo, porque mientras estés en manos del alfarero y te encuentres todavía en el acto de ser modelado, no caigas por ti mismo fuera de sus manos. Es cierto que nadie puede cogerse de la mano de Dios; sin embargo, nosotros mismos, por negligencia, podemos caer de sus manos (Orígenes, Omelie su Geremia, Roma 1995, pp. 221ssy225ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:«Haznos comprender, Señor, tu Palabra» (cf. Mt 13,51).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Vino la Segunda Guerra Mundial, con todo el dolor que quedó grabado de manera indeleble en mi memoria. No quise tomar partido sino por el amor y contra el odio. En un país oprimido por la ocupación enemiga, sostuve que los cristianos están obligados a amar a sus enemigos y que defraudarlos sistemáticamente con las pruebas normales y las manifestaciones del amor fraterno es pecado grave. Tuve amigos entre los comunistas y en el Ejército alemán, entre los colaboracionistas, en la Resistencia y entre los voluntarios que combatían contra los rusos en el frente oriental. Eso me trajo a menudo dificultades.

Y es que casi todos los que se comprometían personalmente estaban convencidos de que la patria, Europa, Dios, el Orden Nuevo y todos los restantes ideales únicamente podían ser servidos de una sola manera: la que ellos mismos consideraban justa.

Después de la guerra, puse la misericordia por encima del derecho. Mendigué amor para el enemigo derrotado. Defendí a los inermes, a los prisioneros, a los expulsados de sus casas y de sus tierras, a los perseguidos, a los pobres y a los oprimidos.

Esto fue el comienzo de mi verdadera vocación. La esencia de mi vocación consiste en enjugar las lágrimas de Dios allí donde llore. Como es natural, Dios no llora en los cielos, donde mora en una luz inaccesible y goza eternamente de su felicidad infinita.

Sus lágrimas corren, sin interrupción, por el rostro divino de Jesús, que, aun siendo uno con el Padre celestial, aquí, en la tierra, sobrevive y sufre, está hambriento y es perseguido por los enemigos de los suyos. Las lágrimas de los pobres son las suyas, puesto que Jesús ha querido identificarse enteramente con ellos.

Y las lágrimas de Jesús son lágrimas de Dios (W. van Straaten, Dove Dio piange, Roma 1969 [edición española: Donde Dios llora, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1971 ]).

 

Día 31

 

 Martes de la 17ª semana del Tiempo ordinario o 31 de julio, conmemoración de

San Ignacio de Loyola

 

Iñigo López de Loyola nació en Azpeitia (Guipúzcoa, España), en el año 1491, en el seno de una familia noble en decadencia. Su deseo de alcanzar gloria le llevó a dedicarse a la carrera militar. Fue herido gravemente en una pierna durante la defensa del castillo de Pamplona, atacado por los franceses.

Durante su convalecencia, la simple lectura de algunos libros sobre la vida de los santos y de Jesús le impulsó a la práctica de una dura ascesis, durante la cual escribió la mayor parte de sus famosos Ejercicios espirituales.

Tras abandonar la vida de mendicante solitario, estudió primero en España y después en París; en esta última ciudad conoció a Francisco Javier y a algunos otros, con los cuales reunió el primer núcleo de la Compañía de Jesús, grupo que dará vida a un nuevo tipo de vida religiosa, basada en la práctica de la caridad y centrada en la misión, un nuevo tipo de vida que servirá de ejemplo a innumerables congregaciones modernas. Ignacio murió en Roma, el 31 de julio de 1556. Fue canonizado en el año 1622 junto con san Francisco Javier, su compañero de la primera hora.

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 26,1-9

1 Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, el Señor me dirigió esta palabra:

2 «Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo del Señor y proclama, sin omitir nada, todo lo que yo te mando decir a los que vienen de las ciudades de Judá para dar culto en el templo.

3 Tal vez te hagan caso y se conviertan de su mala conducta. Si lo hacen, yo me arrepentiré del mal que pensaba hacerles para castigar sus malas acciones.

4 Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecéis; si no cumplís la Ley que os he prescrito;

5 si no escucháis las palabras de mis siervos los profetas, a quienes yo os envío sin cesar y vosotros no hacéis caso,

6 trataré a este templo como al santuario de Silo, y todas las naciones citarán el nombre de esta ciudad en sus maldiciones.

7 Los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo oyeron a Jeremías pronunciar estas palabras en el templo del Señor.

8 Y cuando Jeremías acabó de decir lo que el Señor le había mandado decir a todo el pueblo, los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo le apresaron, diciendo: -Morirás por esto.

9 ¿Por qué profetizas en nombre del Señor diciendo que este templo correrá la suerte del santuario de Silo y que esta ciudad será devastada y despoblada? Entonces todo el pueblo se abalanzó sobre Jeremías en el templo del Señor.

 

*+• Este fragmento abre una nueva sección del libro

de Jeremías (capítulos 26-29), que se distingue de la precedente (capítulos 1-25). En la que ahora comienza, se narran en prosa las circunstancias relativas a los mensajes del profeta. Concretamente, el capítulo 26 presenta el contexto de las palabras pronunciadas por el profeta en la entrada del templo y recogidas en el capítulo 7. Durante el reinado del impío Joaquín, que había frustrado las esperanzas de reforma religiosa suscitadas por su padre, Josías, pronuncia Jeremías el duro discurso del que aquí se nos ofrece una síntesis. El Señor envía al profeta al templo, presumiblemente con ocasión de una fiesta religiosa que atrae a muchas personas a Jerusalén (v. 2), a proclamar unas palabras importantes, unas palabras que deberá pronunciar sin omitir nada: está en juego la conversión del pueblo o su castigo (v. 3). Jeremías llama a todos a la responsabilidad respecto a la Palabra del Señor, cuya escucha constituye el punto de partida para convertirse. Precisamente con este fin ha ido enviando Dios, a lo largo de toda la historia de Israel, a los profetas, hombres de la Palabra (v. 5).

Ahora bien, quien no sigue las advertencias de los profetas y no se comporta en conformidad con la Palabra del Señor no puede pretender encontrar la salvación sólo por el hecho de frecuentar el templo. La actitud asumida respecto a la Palabra es discriminadora: si escucharla y obedecerla es vivir, no escucharla y no obedecerla es morir. En este caso, el pueblo depositario de la bendición será maldito en virtud de su elección (v. 6).

 

Evangelio: Mateo 13,54-58

En aquel tiempo,

54 fue Jesús a su pueblo y se puso a enseñarles en su sinagoga. La gente, admirada, decía: -¿De dónde le vienen a éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos?

55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Santiago, José, Simón y Judas?

56 ¿No están todas sus hermanas entre nosotros? ¿De dónde, pues, le viene todo esto?

57 Y los tenía desconcertados. Pero Jesús les dijo: -Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y en su casa.

58 Y no hizo allí muchos milagros por su falta de fe.

 

*•• Terminado el «sermón en parábolas», recoge Mateo otro material narrativo, cuyo variado contenido marca la progresiva separación entre Jesús e Israel y manifiesta la formación específica dada al grupo de los discípulos {cf. Mt 13,54-17,27).

El episodio que abre la sección, y que constituye el fragmento litúrgico de hoy, narra el rechazo que opusieron a Jesús sus paisanos. Del estupor inicial producido por su enseñanza (v. 54) se pasa a la pregunta fundamental sobre la identidad del Nazareno. Los fariseos habían respondido a ella declarándolo afiliado al bando del príncipe de los demonios, por cuya autoridad habría hecho los milagros {cf 12,24). Los habitantes de Nazaret, sin embargo, no dan respuesta alguna. El conocimiento que tienen de su paisano y de su familia se convierte en un obstáculo para creer que sea él el Mesías: no es posible que un hombre de la condición de Jesús tenga «esa sabiduría y esos poderes milagrosos» (v. 55ss).

Jesús constata a través de su propia experiencia la verdad del dicho proverbial que reza: «Nadie es profeta en su tierra» {cf v. 57). La suerte de su mensaje y de su misma persona no es diferente a la reservada a los profetas

del Antiguo Testamento y de todos los tiempos: rechazo, burla, desprecio, persecución; a menudo, también muerte violenta. Y dado que los milagros suponen la fe, que es lo único que permite comprender su verdadero significado, la incredulidad de los habitantes de Nazaret se convierte en un impedimento para que Jesús pueda hacerlos (v. 58).

 

MEDITATIO

Ignacio vivió en un tiempo de grandes transformaciones que afectan al modo de concebir la vida (el humanismo), la visión de la Iglesia (la Reforma protestante) y la sorpresa producida por el descubrimiento de nuevas tierras para evangelizar (los descubrimientos geográficos). Advierte que es preciso encontrar algo nuevo como respuesta a las grandes novedades de su tiempo. Sobre todo, es menester encontrar hombres nuevos, preparados, consagrados por completo a la misión.

Es preciso encontrar, asimismo, un nuevo modo de vida para estar en condiciones de hacer frente a la nueva misión. De ahí su magna síntesis: todo el hombre está al servicio de la misión, a fin de hacer progresar el

Reino de Dios: un hombre desprendido de todo, que intenta descubrir y cumplir la voluntad de Dios, a través del discernimiento y de la obediencia. Un hombre ligado a otros «compañeros de Jesús» que hacen frente a los nuevos desafíos, dispuestos a estar presentes en todos los frentes, «para mayor gloría de Dios».  Ignacio está en el origen de la Compañía de Jesús, inicio de un considerable número de congregaciones religiosas que ponen la misión en el centro de su ser.

Hoy puede resultar fácil admirar su modelo «activo» e inspirarse en él. Sin embargo, el secreto está en la capacidad de vivir como «contemplativos en acción», en el «sentir con la Iglesia», en el «buscar la gloria de Dios» más que nuestra propia afirmación personal.

Ignacio fue un gran maestro de espíritus, antes de ser un gran organizador. Es más, pudo organizar la misión de una manera soberbia porque supo formar hombres humildes, competentes y desprendidos de todo. Una fórmula que no ha perdido nada de su actualidad.

 

ORATIO

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh buen Jesús, escúchame.

En tus llagas escóndeme.

No permitas que me separe de ti.

Del maligno enemigo defiéndeme.

En la hora de mi muerte llámame

y mándame que vaya a ti

para alabarte con tus santos

por los siglos de los siglos. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Principio y fundamento: El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, nuestro Señor, y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar dellas quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas quanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados (Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales 23).

 

ACTIO

Repite y medita durante el día estas palabras evangélicas: «Aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío» (Le 14,33).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Yo, Ignacio de Loyola, pretendo en estas líneas decir algo acerca de mí y de la tarea de los jesuitas de hoy, supuesto que aún hoy sigan sintiéndose comprometidos con aquel espíritu que en otro tiempo determinó, en mí y en mis primeros compañeros, los comienzos de esta orden.

Ya sabes que, tal como entonces lo expresaba, mi deseo era «ayudar a las almas», es decir, comunicar a los hombres algo acerca de Dios y de su gracia, de Jesucristo crucificado y resucitado, que les hiciera recuperar su libertad integrándola dentro de la libertad de Dios. Yo deseaba expresarlo tal como siempre se había expresado en la Iglesia, y realmente creía (y era una creencia cierta) que eso tan antiguo podía yo decirlo de una manera nueva. ¿Por qué? Porque estaba convencido de que, primero de un modo incipiente durante mi enfermedad de Loyola y luego de manera decisiva durante mis días de soledad en Manresa, me había encontrado directamente con Dios. Y debía participar a los demás, en la medida de lo posible, dicha experiencia.

Cuando afirmo haber tenido una experiencia inmediata de Dios, lo único que digo es que experimenté a Dios, al innombrable e insondable, al silencioso y, sin embargo, cercano. Experimenté a Dios, también y sobre todo, más allá de toda imaginación plástica. A El que, cuando por su propia iniciativa se aproxima por la gracia, no puede ser confundido con ninguna otra cosa.

Semejante convicción puede sonar como algo muy ingenuo, pero en el fondo se trato de algo tremendo. Yo había encontrado realmente a Dios, al Dios vivo y verdadero, al Dios que merece ese nombre superior a cualquier otro nombre.

Pero, por de pronto, repito que me he encontrado con Dios, que he experimentado al mismo Dios. Dios mismo. Era Dios mismo a quien yo experimenté; no palabras humanas sobre El. Dios y la sorprendente libertad que le caracteriza. Lo que digo es que sucedió así.

Una cosa sigue en pie: que Dios puede y quiere tratar de modo directo con su criatura; que el ser humano puede realmente experimentar cómo tal cosa sucede; que puede captar el soberano designio de la libertad de Dios sobre su vida.

¿Se trata de algo nuevo o de algo viejo? ¿Es algo obvio o resulta sorprendente? ¿Se trata de algo que haya que relegar a un segundo plano en la Iglesia de hoy y de mañana, debido a que el hombre ya casi no soporta la callada soledad ante Dios y trata de refugiarse en una especie de colectividad eclesial, cuando en realidad dicha colectividad ha de edificarse sobre la base de hombres y mujeres espirituales que hayan tenido un encuentro directo con Dios, y no sobre la base de quienes, a fin de cuentas, utilizan a la Iglesia para evitar tener que vérselas con Dios y su libre incomprensibilidad?

Una cosa, sin embargo, sigue siendo cierta: que el ser humano puede experimentar personalmente a Dios.

El verdadero precio que hay que pagar por la experiencia a la que me refiero es el precio del corazón que se entrega con creyente esperanza al amor del prójimo (K. Rahner, Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuíta de hoy, Sal Terrae, Santander 1978; pp. 4-8).