Dedícate a la Contemplación.....y recibirás los dones del Espíritu Santo


Inicio

 

Vida

Vocación

Biblioteca

La imagen

 

 

LECTIO DIVINA AGOSTO DE 2020

Si quiere recibirla diariamente junto a la Liturgia de las Horas, por favor, apúntese aquí

Si quiere recibirla mensualmente en formato epub, por favor, apúntese aquí

Domingo Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
            01
02 03 04 05 06 07 08
09 10 11 12 13 14 15
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31          

Descargar en formato epub

Oraciones

Liturgia de las Horas

Lectio Divina

Devocionario

Adoración

 

 

 

 

El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Sábado de la 17ª semana del Tiempo ordinario o 1 de agosto, conmemoración de San Alfonso María de Ligorio

 

Alfonso nació en Nápoles el año 1696 y murió en Nocera dei Pagani (Salerno) el 1 de agosto de 1787. Era abogado del foro de Nápoles, pero dejó la toga para abrazar la vida eclesiástica. Fue obispo de S. Ágata dei Goti (entre 1762 y 1775) y fundador de los redentoristas (1732); atendió con gran celo a las misiones populares y se dedicó a los pobres y a los enfermos. Es maestro de las ciencias morales, a las que inspira criterios de prudencia pastoral, basada en la búsqueda sincera y objetiva de la verdad, aunque también se muestra sensible a las necesidades y a las situaciones de la conciencia. Compuso escritos ascéticos de gran resonancia. Como apóstol del culto a la eucaristía y a la Virgen, guió a los fieles a la meditación de los novísimos, a la oración y a la vida sacramental.

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 26,11-16.24

En aquellos días,

11 los sacerdotes y los profetas dijeron a los jefes y a todo el pueblo: -Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como habéis escuchado con vuestros propios oídos.

12 Pero Jeremías dijo a todos los jefes y al pueblo: -El Señor me ha enviado a profetizar contra este templo y contra esta ciudad todo lo que habéis oído.

13 Así que enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, obedeced al Señor, vuestro Dios, y el Señor se arrepentirá del castigo con el que os ha amenazado.

14 En cuanto a mí, estoy en vuestras manos; haced de mí lo que os parezca bueno y justo,

15 pero sabed que, si me matáis, seréis responsables de la muerte de un inocente, vosotros, esta ciudad y sus habitantes, porque es verdad que el Señor me ha mandado a que os anuncie todas estas cosas.

16 Los jefes y el pueblo entero dijeron a los sacerdotes y a los profetas:

-Este hombre no es reo de muerte, porque nos ha hablado en nombre del Señor, nuestro Dios.

24 A Jeremías lo protegió Ajicán, hijo de Safan, y por eso no lo entregaron en manos del pueblo para que lo mataran.

 

^ Este fragmento es continuación del leído ayer y presenta la reacción a la vigorosa advertencia pronunciada por el profeta en la entrada del templo. Las autoridades religiosas denuncian a Jeremías ante los jefes y ante el pueblo, acusándole de profetizar la destrucción del templo y de Jerusalén, «santos» ambos por ser morada de Dios. Anunciar su final era pronunciar una blasfemia que merecía la sentencia de muerte (v. 11). Jeremías reivindica en su defensa el mandato recibido del Señor (v. 12). Con todo, precisa que el centro de su mensaje no es la destrucción de Jerusalén y de su templo, sino la conversión del pueblo: eso es lo que desea el Señor, y a su obtención se dirige la amenaza del castigo que, sin embargo, si la advertencia consigue el efecto esperado, no será llevado a cabo (v. 13). Jeremías sabe que es, en verdad, profeta de YHWH: los jefes religiosos y políticos se abstienen de condenar a muerte a un inocente, cuya sangre pesaría sobre su conciencia como una culpa ulterior que, ciertamente, no quedaría sin castigo (w. 14ss). El fragmento litúrgico concluye con el v. 24, en el que se indica que Jeremías salvó la vida gracias a la protección que le otorgó un personaje dotado de autoridad frente a los jefes del pueblo.

 

Evangelio: Mateo 14,1-12

1 Por entonces, el tetrarca Herodes oyó hablar de Jesús,

2 y dijo a sus cortesanos: -Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos; por eso actúan en él los poderes milagrosos.

3 Es que Herodes había detenido a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo.

4 Pues Juan le decía: -No te es lícito tenerla por mujer.

5 Y, aunque quería matarlo, tuvo miedo al pueblo, que lo tenía por profeta.

6 Un día que se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en público y agradó tanto a Herodes

7 que éste juró darle lo que pidiese.

8 Ella, azuzada por su madre, le dijo: -Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

9 El rey se entristeció, pero por no romper el juramento que había hecho ante los comensales, mandó que se la dieran,

10 después de enviar emisarios para que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel.

11 Trajeron la cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, la cual a su vez se la llevó a su madre.

12 Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús.

 

**• Después de contar cómo rechazaron a Jesús sus paisanos, inserta el evangelista el relato del martirio de Juan el Bautista, tomando como motivo la reacción de Herodes Antipas al oír hablar de Jesús y de sus obras (w. lss). Herodes, a quien los romanos le habían reconocido la jurisdicción sobre Galilea y Perea, había decretado el arresto y la posterior decapitación del Bautista a causa de la fuerte denuncia por parte de este último del pecado del tetrarca. Este había repudiado a su consorte y tomado como mujer a la esposa de su hermano (w. 3-5).

La intransigente llamada del Bautista a la observancia de la ley moral se había vuelto insoportable para la pareja adúltera. Si bien la voluntad homicida de Herodes estaba frenada por el temor de una sublevación popular -y, añade el evangelista Marcos, por cierta estima que el tetrarca alimentaba por el Bautista (cf. Me 6,20)-, no ocurría lo mismo con Herodías. Por eso, cuando Herodes le juró a la hija de ésta darle lo que le pidiera, «Herodías consiguió que le entregara la cabeza de Juan (w. 6-11). La muerte del Bautista, cuya noticia llevaron a Jesús los discípulos de aquél (v. 12), es el último eslabón de una cadena de acontecimientos a través de los cuales ha llevado Juan a término su propia misión de precursor. Jesús comprende que está llamado a recorrer el mismo camino.

 

 

MEDITATIO

La Palabra de Dios encontró una respuesta decidida en san Alfonso. Éste se sintió elegido, llamado, y siguió su vocación humana y cristiana con una disponibilidad plena y constante. Disponibilidad que expresaba con las frases típicas de su ascética: «Hacer la voluntad de Dios»; «Concordancia con la voluntad de Dios». La voluntad de Dios, «el mandamiento nuevo», es el amor al prójimo. Aquí se encuentra el secreto de todas las opciones de Alfonso: fue abogado para defender a los otros, se hizo sacerdote para salvar a las almas, fundó la Congregación de los Redentoristas para anunciar el Evangelio a los abandonados; como obispo, sintió la solicitud pastoral por su Iglesia local y por todas las Iglesias.

Hizo una amplia exposición del mandamiento nuevo en su mejor libro: Práctica del amor a Jesucristo. Del amor brotaba su alegría, una cualidad característica de Alfonso; es la alegría de sentirse amado por Dios, con lo que se vencen todas las adversidades. «Alegremente» es la palabra que se repite en su epistolario. Existe en Alfonso un humor a lo Tomás Moro, templado por el sentido común del napolitano. La alegría procede asimismo de la certeza de que no hay condena alguna para los que han sido salvados por Jesucristo. Aquí se pone de relieve el compromiso fundamental de Alfonso, teólogo y moralista: se sintió llamado a defender el amor misericordioso de Dios contra las nefastas teorías de los jansenistas y de los rigoristas, los cuales, negando la universalidad de la redención y acentuando las exigencias de la justicia de Dios, sumergían a los hombres en la angustia y la desesperación. A ellos opuso Ligorio el mensaje salvífico del Evangelio y la presencia activa del Espíritu Santo, que nos arranca de la esclavitud de la Ley y nos lleva a la libertad de los hijos de Dios.

 

ORATIO

Cristiano, levanta los ojos y mira a Jesús muerto sobre ese patíbulo, con el cuerpo lleno de llagas que todavía manan sangre. La fe te enseña que él es el Creador, tu salvador, tu vida, tu liberador. Es alguien que te ama más que nadie, es alguien que sólo puede hacerte feliz.

Sí, Jesús mío, lo creo: tú eres alguien que me ha amado desde la eternidad, sin ningún mérito por mi parte; es más, previendo mi ingratitud, sólo por tu bondad me diste el ser. Tú eres mi salvador, y con tu muerte me has liberado del infierno que tantas veces he merecido. Tú eres mi vida por la gracia que me has dado, sin la cual yo estaría muerto para siempre. Tú eres mi padre y mi padre amoroso; perdonándome con tanta misericordia las injurias que te he hecho. Tú eres mi tesoro y me enriqueces con muchas luces y favores en vez de los castigos que he merecido. Tú eres mi esperanza, pues fuera de ti no puedo esperar ningún bien de otros. Tú eres mi verdadero y único amador; basta con decir que has llegado a morir por mí. Tú, en suma, eres mi Dios, mi sumo bien, mi todo (Alfonso María de Ligorio, Meditaciones sobre la pasión).

 

CONTEMPLATIO

Ésta es, por tanto, la meta a la que deben tender nuestros deseos, nuestros suspiros, todos los pensamientos y todas nuestras esperanzas: ir a gozar de Dios en el paraíso para amarlo con todas las fuerzas y gozar del gozo de Dios. Gozan, a buen seguro, de su felicidad los bienaventurados en aquel Reino de delicias, mas su gozo principal, el que absorbe todos los otros defectos, será el de conocer la felicidad infinita de que goza su amado Señor, mientras ellos aman a Dios inmensamente más que a sí mismos. Todo bienaventurado, en virtud del amor que tiene a Dios, seguiría estando contento aunque perdiera todos sus goces, y padecería toda pena con tal de que no le faltara a Dios -si es que pudiera faltarle- una mínima parte de la felicidad de que goza. Por eso, en ver que Dios es infinitamente feliz y que esta felicidad nunca puede faltarle, en esto consiste su paraíso.

Así se entiende lo que dice el Señor a toda alma al darle posesión de la gloria: «Toma parte en la alegría de tu señor» (Mt 25,21).

No es ya el gozo el que entra en el bienaventurado, sino que éste entra en el gozo de Dios, mientras que el gozo de Dios es objeto del gozo del bienaventurado. De modo que el bien de Dios será el bien del bienaventurado, la riqueza de Dios será la riqueza del bienaventurado y la felicidad de Dios será la felicidad del bienaventurado (Alfonso María de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo).

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día este pensamiento de san Alfonso: «Quien ora se salva ciertamente, quien no ora ciertamente se condena».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Alfonso es un napolitano maravilloso, y tanto en su vida como en su ingenio aflora más de una vez, e incluso con gran frecuencia, su llaneza con una frescura y una jovialidad increíbles.

Quien le convierte en un santo pedante, petulante, aburrido, cruel, no le conoce ni de vista. Quien le convierte, en virtud de su moral, en una especie de casuista monomaniaco y sin aliento, no conoce a san Alfonso.

        Fue músico, pintor, poeta, un hombre de espíritu y de garbo, capaz de resolver una cuestión con una salida y de enderezar un mundo invertido con una sonrisa; tuvo algo de la dolorida profundidad de Vico y algo de la vivacidad profunda de Galian¡.

En sus acciones y en sus obras aparece siempre superior a lo que hace y a lo que dice, dueño de sí y de lo que trata. Entre las muchas vías abiertas que se presentan a quien actúa y escribe, toma siempre la suya propia, una que se abre a él por vez primera. Despierto, despejado, resuelto y resolutivo, sigue su camino sin la mínima vacilación, y este camino se abre a muchos.

Por lo que respecta a la moral, sabido es que la Iglesia camina justamente por el camino abierto por san Alfonso. Por lo que respecta a la devoción, durante ciento cincuenta años cientos de miles de almas se han puesto a caminar por el camino trazado por Alfonso.

Esta agilidad, gracia y sencillez hacen de él alguien cordialísimo, alguien al que se trata con placer. Habría que verlo. Habría que saber verlo y hacerlo ver entre los recuerdos que de él nos quedan, entre sus libros, en su correspondencia: hallaríamos gestos bellísimos y originales, reflexiones agudas y divertidas, fragmentos cálidos y brillantes, salidas de una milagrosa bonhomía y profundidad, tomaduras de pelo caritativas pero tremendas, réplicas vivaces y repentinas, como se da una bofetada a un bribón.

 

 

 

Día 2

18° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 55,1-3

Dice el Señor:

1 Venid por agua todos los sedientos; venid aunque no tengáis dinero;

comprad trigo y comed de balde, vino y leche sin tener que pagan

2 ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no sacia, el salario en lo que no quita el hambre? Escuchadme atentamente y comeréis bien, os deleitaréis con manjares.

3 Prestad atención, venid a mi; escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros una alianza perpetua, seré fiel a mi amor por David.

 

El Señor por boca del profeta, dirige una palabra de esperanza al pueblo, que está en el destierro. Los productos pregonados proceden de este mundo: <<Comprad trigo y comed de balde» (v. 1). Es la antelación en figura de la gratuidad de la redención, de la <<justicia» de un Dios rico en misericordia. El texto termina con una promesa: <<Sellaré con vosotros una alianza perpetua» (v. 3). Ahora, en el horizonte de quien se debate en la incertidumbre y el dolor se dibuja una gracia inigualable.

Es interesante, en el breve oráculo, el doble binomio de verbos: <<escuchadme y comeréis», <<escuchadme y viviréis». <<Escuchar» al Señor significa abrir el corazón y llevar a la práctica su Palabra, dejándose transformar por ella, ya que posee el germen de la vida nueva. Si el primer binomio subraya el efecto <<nutritivo» -<<comeréis»—, el segundo evidencia la consecuencia última y magnífica: <<viviréis», una certeza imperativa y absoluta.

Los elementos mencionados son cuatro: el agua, el vino, la leche y el pan. El agua es principio y fundamento de la vida. El vino alude a la alegría y es signo del banquete mesiánico. La leche esté asociada a la prosperidad y la abundancia de bienes concedidos por un Dios de consuelo y ternura con su pueblo. El último, el pan, es nombrado de modo <<apofático», es decir por lo que no es. En efecto, otro seré el pan bajado del cielo, el de la vida eterna: Jesucristo, nuestro Señor.

 

Segunda lectura: Romanos 8,35.37-39

Hermanos:

35 ¿Quién nos separaré del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?

37 Pero Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas.

38 Y estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase,

39 ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

El apóstol presenta un cuadro dramático del cristiano que rechaza todo aquello a lo que no se adhiere connaturalmente: la corrupción, la pasividad, el pecado y la muerte. En general, esto también vale para todos, inmersos en el oleaje de la historia, en un mar que quiere engullirlos con sus tribulaciones y angustias. Pero cada privación tiene su certeza, que convierte la trágica situación en una realidad luminosa: el amor de Dios, que es más fuerte que la muerte. El cuadro se perfila en favor del hombre gracias a <<Dios, que nos ama» (v 37).

Ninguna criatura, por fuerte o poderosa que sea, podrá separarnos del <<amor de Dios manifestado en Cristo Jesús» (v 39). Este pasaje paulino nos evoca otro texto del apóstol, donde afirma: <<El mundo, la vida, la muerte, lo presente y lo futuro; todo es vuestro. Pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios» (1 Cor 3,22ss). En el amor de Dios y en la humanidad divina de Cristo, el hombre redimido vuelve al dominio de aquél al que todo pertenece y de cuyo misterio participa todo.

 

Evangelio: Mateo 14,13-21

13 Jesús, al enterarse de lo sucedido, se retiró de allí en una barca a un lugar tranquilo para estar a solas. La gente se dio cuenta y lo siguió a pie desde los pueblos.

14 Cuando Jesús desembarcó y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos que traían.

15 Al anochecer sus discípulos  se acercaron a decirle: - El lugar está despoblado y es ya tarde; despide a la gente para que vayan a las aldeas y se compren comida.

16 Pero Jesús les dijo; - No necesitan marcharse; dadles vosotros de comer

17 Le dijeron: - No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.

18 El les dijo: -Traédmelos aquí.

19 Y después de mandar que la gente se sentase en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, se los dio a los discípulos  y éstos a la gente.

20  Comieron todos hasta hartarse, y recogieron doce canastos llenos de los trozos sobrantes.

21 Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

 

Jesús, informado de la muerte de Juan el Bautista, siente la necesidad de apartarse: <<Se retiró de allí a un lugar tranquilo» (v. 13). Jesús esta de luto, podría pensarse. La humanidad, representada por el gentío, <<aquel gran gentío», acude al lugar desértico y entra en su soledad. El Dios hecho hombre se hace solidario del dolor humano y acoge espontáneamente al hombre en este vía crucis de la existencia, en una historia donde da la impresión que prevalece el sufrimiento y la tribulación. Tres verbos escalonan la intervención del Salvador: <<vio»,

<<sintió compasión>> y <<curó». El corazón de Dios se estremece ante aquella indigencia humana, que de por si clama al Altísimo. Dos detalles completan la ausencia de cualquier esperanza posible: <<el anochecer>> y <<el lugar desértico». Es la hora del <<nada es imposible para Dios».

Ante la fe del hombre, la humildad de Dios se convierte en gloria. A los atónitos discípulos  Jesús les dice: <<Dadles vosotros de comer» (v. 16). Sorprende este <<vosotros». Jesús traslada su iniciativa a la actuación de los apóstoles: él podía haber intervenido personalmente. Pero es desde la libertad de la fe cuando pueden actuar, los discípulos  cooperan y todos reciben comida abundantemente.

 

MEDITATIO

El hambre y la sed de la humanidad no se sacian con bienes materiales. A lo largo de la historia, la humanidad, fatigada y oprimida por múltiples angustias y problemas, siempre ha experimentado, y cada vez mas, la incapacidad de darse una salvación meramente terrenal, obtener una paz duradera y alcanzar una justicia ecuánime. El hombre, en el fracaso de sus esfuerzos y aspiraciones, aún es mas consciente de que necesita una ayuda de lo alto; y esto, por sus designios trascendentes, no puede ser sino un don. Su gratuidad es tan extraordinaria como inconmensurables son su valor y su obtención. Una es la experiencia inmediata de todo esto; <<Dios es más grande que nuestro corazón» (1 Jn 3,20). En esta verdad se basa la alianza eterna.

La <<compasión» de Jesús por la muchedumbre desvela el móvil del don de Dios en el Hijo unigénito para la vida del mundo: una coparticipación viva, palpitante y auténtica. Prefigura la hora del Calvario y compendia completamente el contenido eucarístico del sacrificio del banquete divino ofrecido en símbolo mediante el milagro. El tiempo mesiánico se ha manifestado: Dios sacia a su pueblo <<de balde»; lo nutre de cosas buenas: gracia y verdad, vida y alegría. Y aún más, lo vincula con una comida que es prenda de eternidad: el Verbo encarnado y entregado por nosotros. En él, cualquier añoranza humana de Dios es atendida ampliamente mediante el cumplimiento de la promesa y el vínculo perenne con Dios.

 

ORATIO

El cansancio y la debilidad han oprimido nuestros corazones. No tenemos ni alimento Espiritual, ni descanso corporal, ni consuelo. La nostalgia, la espera y la        esclavitud nos estén ahogando. Jesús misericordioso, imploramos tu compasión, nos abrazamos a tu costado abierto. Corazón misericordioso e inflamado de amor; apriétanos con los lazos de la piedad, el amor y la unión. Ayúdanos a regresar pronto a nuestra tierra, para que podamos cumplir mejor, siempre mejor, las tareas encomendadas por el Creador Amén. (jóvenes lituanos en un campo de concentración siberiano).

 

CONTEMPLATIO

Ha colmado de bienes a los hambrientos. Primero ha humillado, después ha alimentado. El Espíritu de profecía narra los hechos futuros como si ya hubiesen pasado. ¿Por qué los hambrientos todavía no han sido colmados de bienes? Si lo hubiesen sido, ¿como podrían estar hambrientos? Y si están hambrientos, ¿cómo pueden ser colmados de bienes? A no ser que lo entendamos en el sentido de aquellas palabras: <<Los ángeles desean contemplarlo». Los ángeles siempre están viendo el rostro del Padre, y se encuentran hambrientos y colmados de bienes al mismo tiempo. Mantienen el deseo aun en la saciedad e incluso la saciedad en el deseo. Es un hartazgo que no conoce el hastío, es un hambre sin tormento; es, más bien, esa hambre que es hambre de beatitud, que los sacia sin fin. Pero en el camino no es como en la patria celestial. En el camino se tiene sed y hambre de justicia; en la patria quedarán saciados cuando se manifieste la gloria. Sin embargo, ya en este camino terrenal, los hambrientos son colmados de bienes, porque Dios les da la comida a su tiempo. Son colmados de bienes, son liberados de males. Son colmados de bienes, es decir, de los dones del Espíritu Santo. Y éste es el motivo por el que Dios nos alimenta y nos viste en este viaje nuestro, por el que colma a los hambrientos de bienes consoladores: para que nos convirtamos como Israel, o sea, para que seamos contemplativos (Dionisio el Cartujario, Torneró al mio cuore, Magnano 1987, 51).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Tú eres mi fortaleza, Dios fiel>> (Sal 58,18).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

[El autor, un médico alemán, recuerda la experiencia vivida en las minas de Vorkuto, un campo de concentración soviético, el número 9/IO].

        Cada mañana, hacia los cuatro, se celebraba la santa misa y se distribuía la comunión. Del grupo que estaba orando, se apartó un minero, vestido como los demás, con un mono, y se acercó al altar improvisado (a unos doscientos metros bajo tierra). Era el sacerdote. Después, de la muchedumbre solió otro: el ayudante. Sobre el altar improvisado, un minúsculo cáliz y un misal pequeño. El ayudante sacó del bolsillo del mono una campanilla minúscula. El cáliz de plata medía unos siete centímetros de alto y cuatro de ancho y había sido hecho por los mismos mineros. Durante la santa misa, muchos se acercaron poro recibir lo comunión. Las hostias venían de Lituania. Los comunistas, que no subían de qué se trataba, les llamaban <<pan lituano». El vino llegaba con enormes dificultades al campo de concentración de Crimea. Durante lo Pascua, más de cuatrocientos pudieron comulgar. A los mineros les entregaban, según lo acordado, una cajetilla de tabaco y, debajo de la primera fila de cigarrillos, les colocaban el Santísimo envuelto en un trocito de cándido lino. La hostia consagrada se partía y era distribuida entre cuatro personas, más o menos (cf J. Scholmer, Die Toten kehren ziiruck, Berlin 1954).

 

 

Día 3

Lunes de la 18ª semana del Tiempo ordinario

  

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 28,1-17

1 Ese mismo año, al comienzo del reinado de Sedecías, rey de Judá, el quinto mes del año cuarto de su reinado, el profeta Jananías, hijo de Azur, natural de Gabaón, me dijo en el templo del Señor, en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo:

2 -Así dice el Señor todopoderoso, Dios de Israel: Yo he roto el yugo del rey de Babilonia.

3 Dentro de dos años haré volver a este lugar todos los enseres del templo del Señor que Nabucodonosor, rey de Babilonia, se llevó a Babilonia.

4 También haré volver a Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, y a todos los judíos que fueron deportados a Babilonia, oráculo del Señor. Sí, yo romperé el yugo del rey de Babilonia.

5 El profeta Jeremías dijo al profeta Jananías en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo que estaba en el templo del Señor:

6 -¡Así sea! ¡Ojalá el Señor cumpla tu profecía y haga volver desde Babilonia a este lugar todos los enseres del templo del Señor y a todos los desterrados!

7 Sin embargo, escucha bien la palabra que pronuncio ante ti y ante todo el pueblo:

8 Los profetas anteriores a ti y a mí profetizaron ya desde antiguo a muchos países y a reinos poderosos guerra, hambre y peste.

9 El profeta que anuncia la paz sólo será reconocido como profeta verdadero, enviado por el Señor, cuando se cumpla su palabra.

10 Entonces Jananías quitó el yugo del cuello de Jeremías y lo rompió.

11 Y dijo en presencia de todo el pueblo: -Así dice el Señor: Así romperé yo dentro de dos años el yugo de Nabucodonosor, rey de Babilonia, quitándolo del cuello de todas las naciones. Y el profeta Jeremías se fue.

12 Algún tiempo después de que Jananías rompiera el yugo, el Señor habló así a Jeremías:

13 -Vete a decir a Jananías: Así dice el Señor: Has roto un yugo de madera, pero yo lo sustituiré por uno de hierro.

14 Pues así dice el Señor todopoderoso, Dios de Israel: Voy a poner un yugo de hierro al cuello de todas estas naciones para someterlas a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y quedarán sometidas a él; y también le entrego las bestias del campo.

15 Entonces el profeta Jeremías dijo al profeta Jananías: -Escucha, Jananías: el Señor no te ha enviado, y has hecho que este pueblo se apoye en la mentira.

16 Por eso, así dice el Señor: Te haré desaparecer de la faz de la tierra; este mismo año morirás, por haber predicado la rebelión contra el Señor.

17 Y aquel año, en el mes séptimo, murió el profeta Jananías.

 

*»- El episodio que se narra en este fragmento tomado de Jeremías, que probablemente tengamos que situar hacia el año 594-593 a. de C, plantea la cuestión del discernimiento entre la verdadera y la falsa profecía. Nabucodonosor había exiliado a un grupo de judíos, junto con su rey Jeconías-Joaquín, a Babilonia y había saqueado el templo {cf 2 Re 24,10ss): el profeta Jananías predice la liberación de los deportados y también la restitución de los enseres del templo. Para apoyar su profecía, lleva a cabo una acción simbólica: rompe el yugo que Jeremías se había puesto en el cuello como signo de la pesada dominación a la que Babilonia había sometido a Judá (w. lOss; cf. Jr 27). Jeremías recuerda a Jananías y a todos los presentes que una profecía sólo es auténtica cuando se cumple (w. 7-9; cf. Dt 18,21ss; Jr 23,16-18). Por su parte, espera que Dios le hable. A pesar de que también él desea un futuro de libertad y de paz (v. 6), no puede dejar de ser fiel a aquella palabra que le ha seducido, que le hace arder por dentro con una fuerza irresistible y que anuncia desventuras y castigos (cf. Jr 20,7-9).

Jeremías, dócil instrumento en manos de YHWH, proclama la Palabra verdadera, aunque resulte impopular: Babilonia hará aún más pesado su propio dominio, sin que Judá tenga la posibilidad de sustraerse del mismo (w. 12-14). El castigo que le espera al falso profeta Jananías será inexorable e inminente (w. 15ss; cf. Dt 18,20): su muerte atestiguará la autenticidad de la profecía de Jeremías (v. 17).

 

Evangelio: Mateo 14,22-36

En aquel tiempo, después de haber saciado a la gente,

22 mandó a sus discípulos que subieran a la barca y que fueran delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

23 Después de despedirla, subió al monte para orar a solas. Al llegar la noche estaba allí solo.

24 La barca, que estaba ya muy lejos de la orilla, era sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

25 Al final ya de la noche, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago.

26 Los discípulos, al verlo caminar sobre el lago, se asustaron y decían: -Es un fantasma. Y se pusieron a gritar de miedo.

27Pero Jesús les dijo en seguida: -¡Ánimo! Soy yo, no temáis.

28 Pedro le respondió: -Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas.

29 Jesús le dijo: -Ven. Pedro saltó de la barca y, andando sobre las aguas, iba hacia Jesús.

30 Pero al ver la violencia del viento se asustó y, como empezaba a hundirse, gritó: -¡Señor, sálvame!

31 Jesús le tendió la mano, lo agarró y le dijo: -¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?

32 Subieron a la barca y el viento se calmó.

33 Y los que estaban en ella se postraron ante Jesús, diciendo: -Verdaderamente, eres Hijo de Dios.

34 Terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret.

35 Al reconocerlo los hombres del lugar, propagaron la noticia por toda aquella comarca y le trajeron todos los enfermos.

36 Le suplicaban que les dejara tocar siquiera la orla de su manto, y todos los que la tocaban quedaban sanos.

 

**• El relato de la tempestad calmada por Jesús ha sido colocado por Mateo en el contexto de unos episodios orientados específicamente a la formación del grupo de los discípulos (Mt 14,13-16,20), que preceden al magno «discurso sobre la vida de la comunidad cristiana» (capítulo 18). Esto confiere al texto un peculiar carácter eclesiológico.

El evangelista había narrado ya una tempestad (8,23-27) que sorprendió a los discípulos mientras dormía el Maestro. De aquel relato se había desprendido ya el carácter excepcional de la autoridad de Jesús, una autoridad que había suscitado la pregunta por su identidad; al mismo tiempo, Jesús había reafirmado la necesidad de la fe (cf. 8,10) para poder seguirle (cf 8,19ss). Aquí se desencadena la tempestad cuando la barca se encuentra en medio del lago y mientras Jesús, que previamente se había separado de los discípulos, ora en soledad (14,22ss). Su llegada milagrosa engendra en ellos turbación y miedo (v. 26). Sin embargo, sus palabras de ánimo les tranquilizan (v. 27). Y no sólo esto: también animan a Pedro a imitar a su Maestro caminando sobre las olas (w. 28ss). Pero se hace necesaria otra intervención de Jesús a fin de que la fe vacilante del discípulo pueda apoyarse totalmente en aquel que es el único que da la salvación (w. 30ss). Por la misma experiencia de salvación pasan todos aquellos que de algún modo entran en contacto con Jesús (w. 34-36); se trata de una experiencia que manifiesta la verdadera identidad del Salvador: «Verdaderamente, eres Hijo de Dios» (v. 32).

 

MEDITATIO

Jeremías habla de verdaderos y falsos profetas. Dado que todos debemos ser profetas verdaderos, puesto que todos pertenecemos a un pueblo profético, ¿cómo hemos de proceder para llegar a ser verdaderos profetas? No resulta fácil, en efecto, ser profetas verdaderos, entre otras cosas porque es preciso decir no las palabras que agradan, sino las palabras que salvan. Y las palabras que salvan pueden molestar, ser consideradas como anacrónicas o apocalípticas, inoportunas o exageradas u otras cosas, de suerte que, por lo general, son descalificadas en virtud de un mecanismo instintivo de defensa.

El verdadero profeta es una persona libre, interiormente libre. Es una persona a la que no le preocupan las audiencias, sino la fidelidad a Dios. Es una persona que se construye a diario sobre Dios, que se compara de manera prioritaria con su Palabra y está preocupada por no traicionarla.

El profeta -y todo cristiano lo es- se va construyendo lentamente, porque él mismo debe pasar de los condicionamientos de este mundo a la fidelidad a Dios. Debe realizar en sí mismo ese trabajoso camino que le lleva a ver las cosas con los ojos de Dios. Siempre «con gran temor y temblor», porque sabe que su manera de pensar puede sobreponerse o hacer de pantalla al modo de pensar de Dios.

Con todo, Dios necesita un pueblo profético para hacer oír su Palabra en la historia siempre complicada de este mundo, atareado en perderse por senderos que no llevan a ninguna parte.

 

ORATIO

¡Cuántas palabras, Dios mío! Me quedo trastornado en medio de tanto rebote de voces que me alcanzan e intentan imponerse. A veces ni siquiera consigo distinguir las palabras llenas de significado de las que están vacías, envolturas aparentes de la nada. ¿Cómo reconocer las palabras que engendran vida y cómo distinguirlas con claridad de aquellas que la extinguen? Dentro de mí mismo, Señor, tu Palabra se me presenta como una entre tantas, y la confundo, y no capto su sonido y su eco profundo...

¿Qué palabras digo, entonces, Dios mío? Jirones de «cosas ya oídas». Y llego a sentirme sólo un repetidor de cosas que se dan por descontado, de frases hechas, según lo que esté de moda.

Me detengo un momento, Señor: tú me hablas para que yo hable de ti. Tú te hiciste Palabra por nosotros y yo estoy llamado a hacerme palabra por los otros: no una palabra-conjunto-de-sonidos, sino una palabra-vida, una palabra-persona, una palabra-entrega-de-sí-mismo.

Que yo obtenga de ti el coraje de ser para mis hermanos, para mis hermanas, esa palabra que los alimenta, que sacia su deseo de verdad y de sentido.

 

CONTEMPLATIO

¡Oh Dios mío, dulzura inefable! Conviérteme en amargura todo consuelo carnal que me aparta del amor de las cosas eternas, lisonjeándome torpemente con la vista de bienes temporales que deleitan.

No me venza, Dios mío, no me venza la carne y la sangre; no me engañe el mundo y su breve gloria; no me derribe el demonio y su astucia.

Dame fortaleza para resistir, paciencia para sufrir, constancia para perseverar.

Dame, en lugar de todas las consolaciones del mundo, la suavísima unción de tu espíritu, y, en lugar del amor carnal, infúndeme el amor de tu nombre.

Hijo, conviene que lo des todo por el todo, y no ser nada de ti mismo.

Sabe que el amor de ti mismo te daña más que ninguna cosa del mundo. Según fuere el amor y afición que tienes a las cosas, estarás más o menos ligado a ellas. Si tu amor fuere puro, sencillo y bien ordenado, no serás esclavo de ninguna. No codicies lo que no te conviene tener. No quieras tener lo que te puede impedir y quitar la libertad interior

(Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 26,3; 27,1; San Pablo, Madrid 1997, pp. 181-183).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Habla, Señor: anunciaré tu Palabra» {cf. Jr 28,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El camino de la experiencia gradual de Dios fue también, para 'la Iglesia de los orígenes, el camino de una libertad cada vez mayor. Para mí, la vía de la mística es el auténtico camino hacia la libertad.

Por el camino místico nos tropezamos, en primer lugar, con nuestra verdad personal. Y sólo la verdad nos hará libres. Descubrimos aquí los modelos de vida de los que somos prisioneros, nuestros modos de ver ilusorios que distorsionan la realidad y a causa de los cuales nos hacemos mal. Cuanto más nos acercamos a Dios, con mayor claridad reconocemos nuestra verdad. Cuanto más unidos estamos a Dios, más libres nos volvemos.

Todos anhelamos la libertad, pero la verdadera libertad no consiste en la liberación con respecto a una soberanía externa a nosotros mismos, sino que consiste en la libertad interior, en la libertad respecto al dominio del mundo, en la libertad respecto al poder de los otros hombres y mujeres, y respecto a la libertad de las constricciones interiores y exteriores.

Debe quedar claro que la libertad constituye un aspecto esencial del mensaje cristiano y que todo camino espiritual auténtico conduce al final a la libertad interior. Y esto es así porque la experiencia de Dios y la experiencia de la libertad están intrínsecamente conectadas (Anselm Grün, Non farti del male, Brescia 1999, pp. 9ss [edición española: Portarse bien con uno mismo, Sígueme, Salamanca 1999]).

 

 

Día 4

Martes de la 18ª semana del Tiempo ordinario o 4 de agosto, celebración de

San Juan Mª de Vianney

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 30,1-2.12-15.18-22

1 El Señor dirigió esta palabra a Jeremías:

2 -Así dice el Señor, Dios de Israel: Escribe en un libro todas las palabras que yo te he dicho.

12 Pues así dice el Señor: Tu herida es incurable, no puede sanar tu llaga; n nadie se ocupa de ti, ni busca un remedio para tus úlceras.

14 Todos tus amantes te han olvidado, ya no se preocupan de ti; porque yo te he herido como si fueras un enemigo; el castigo ha sido cruel a causa de tu gran maldad y de tus muchos pecados.

15 ¿Por qué te quejas de tus heridas? Tu dolor es incurable. Te he castigado así a causa de tu gran maldad y de tus muchos pecados.

18 Así dice el Señor: Yo restauraré las tiendas de Jacob y tendré piedad de sus moradas. La ciudad será reconstruida en su colina y el palacio se asentará en el lugar que le corresponde.

19 Saldrán de ellos cantos de alabanza y gritos de alborozo. Multiplicaré a este pueblo y no menguarán, los ensalzaré y no serán humillados.

20 Sus hijos serán tan poderosos como antaño, su asamblea será estable ante mí y castigaré a todos sus opresores.

21 De entre ellos surgirá su jefe, de en medio de ellos saldrá su soberano. Le mandaré venir y se acercará a mí; pues ¿quién arriesgaría su vida acercándose a mí? Oráculo del Señor.

22 Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios.

 

*»• El pasaje está tomado del llamado «Libro de la consolación», compuesto por los capítulos 30-31 del libro de Jeremías. Se trata de una colección de oráculos que se remontan, probablemente, al primer período de la actividad del profeta y que, aunque al principio estuvo dirigida al Reino de Israel, se extendió también después al de Judá.

Jeremías muestra el valor educativo del sufrimiento que aflige al pueblo (w. 12-15), obligado al exilio y a la dominación extranjera desde hace ya un siglo. La aplicación de la ley del talión al pueblo infiel, según la doctrina de la retribución temporal, tendrá un efecto purificador: Israel comprenderá que no son las naciones extranjeras, cuyo favor busca (v. 14), sino YHWH quien cuida de él y le asegura la restauración. Esta última aparece descrita en los w. 18-21 como efecto de la compasión de Dios (v. 18a). Las imágenes a las que recurre el profeta evocan una ciudad en fiesta: los edificios, antes arrasados, son reconstruidos (v. 18b) y sus numerosos habitantes son honrados por Dios y temidos por los otros pueblos (w. 19ss). A la cabeza de la nación habrá un rey israelita adepto a YHWH (cf. Dt 17,15a). En este oráculo puede entreverse la esperanza de Jeremías en la reunificación del pueblo elegido y en su recuperación de la plena soberanía. La fórmula de alianza (v. 22) sella la recobrada libertad en la fidelidad a Dios auspiciada por el profeta.

 

Evangelio: Mateo 15,1-3.10-14

En aquel tiempo,

1 algunos fariseos y algunos maestros de la Ley venidos de Jerusalén se acercaron a Jesús y le dijeron:

2 -¿Cómo es que tus discípulos no observan la tradición de nuestros antepasados? ¿Por qué no se lavan las manos para comer?

3 Jesús les respondió: -¿Y cómo es que vosotros desobedecéis el mandato de Dios para seguir vuestra tradición?

10 Y llamando a la gente les dijo: -Escuchad atentamente:

11 lo que entra por la boca no mancha al hombre; lo que sale de la boca es lo que le mancha.

12 Los discípulos se acercaron entonces a decirle: -¿Sabes que los fariseos se han sentido ofendidos al oír tus palabras?

13 Jesús respondió: -Toda planta que no haya plantado mi Padre del cielo será arrancada de raíz.

14 Dejadlos; son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, caerán ambos en el hoyo.

 

 

        *• El pasaje, ambientado en Galilea, se desarrolla en torno a una controversia entre Jesús y «algunos fariseos y algunos maestros de la Ley venidos de Jerusalén» (v. 1).

        Éstos toman como motivo de polémica el hecho de que los discípulos no practiquen las acostumbradas abluciones rituales. Jesús rebate de manera explícita las acusaciones esgrimidas por sus adversarios, retorciendo contra ellos una acusación bastante grave y «sustancial», la de haber sustituido el «mandato de Dios» por simples y opinables tradiciones humanas (v. 2). A continuación, en la segunda parte de la perícopa litúrgica, el Nazareno -primero en público, dirigiéndose a la gente (w. lOss), y después en privado, dirigiéndose sólo al círculo de los discípulos (w. 12-14)- desarrolla su pensamiento de manera breve, tanto a propósito de la invalidez de las leyes jurídicas sobre los alimentos como respecto al empleo hipócrita que hacen los fariseos de la Ley de Moisés. De este modo, queda descalificada definitivamente la mediación -por ser guías ciegos- de los fariseos: para Mateo, la comunidad cristiana naciente no está obligada a seguirles.

        La actitud de Jesús que de ahí se desprende en conjunto es la de alguien que ha venido a volver a dar una transparencia plena a la voluntad originaria de Dios. Y desarrolla esta tarea remitiendo más a la interioridad de la persona que a prácticas exteriores -minuciosas y convencionales- que se erigen en un arsenal de seguridades que se construye el hombre para «alcanzar» a Dios. En efecto, en la tradición judía, las distinciones entre lo puro y lo impuro, y lo mismo cumple decir de otras muchas realidades religiosas, se agigantan con frecuencia hasta convertirse en un polo de interés tan importante que llega a oscurecer el verdadero centro de la religiosidad (el amor gratuito y preveniente de Dios), recordado tan a menudo por la predicación de los profetas. Pues bien, Jesús se refiere a este filón veterotestamentario.

        También hoy nos enseña a nosotros cuál es la verdadera jerarquía de los valores, el significado genuino de la revelación. Es el interior de la persona («/o que sale de la boca», nosotros diríamos «el corazón»: cf. la claridad radical del v. 11) lo que tiene una efectiva importancia en la relación con Dios o lo que puede «manchar» el camino de la redención, más que abrir a la persona para que reciba el don del amor que salva.

 

MEDITATIO

«Jesús» significa «YHWH salva». Él, el Hijo de Dios, proclama y realiza la voluntad del Padre: que todos los hombres se salven. La salvación que Dios nos ofrece es una salvación concreta, histórica, comienzo de la vida eterna que será la comunión con él, la experiencia inexpresable del amor, de la alegría, de la fiesta sin fin. Esto nos hace invulnerables contra los distintos tipos de sufrimientos que marcan la vida humana, en virtud de su naturaleza limitada y frágil y, por estar herida por el pecado, amenazada por la angustia.

La presencia de Dios junto a nosotros, en nuestro acontecer terreno, aparece frecuentemente más como una ausencia o, en cualquier caso, no parece ser eficaz.

Ante nuestros ojos, empañados por el miedo a vivir, su imagen se confunde con la imagen de los numerosos mercaderes de soluciones fáciles e inmediatas para salir de la angustia. A veces, se interponen entre nosotros y él ritos convencionales y tradiciones de los antiguos. Estamos tan acostumbrados a los sucedáneos de Dios que ya no sabemos reconocerle a él mismo. Más aún, Dios nos desorienta porque no le conocemos como él se da a conocer.

Nos espanta porque fácilmente queremos verlo según nuestra imaginación y no tal como él se muestra a nosotros.

En medio del remolino que supone la imposibilidad que sentimos para encontrar vías de escape por nosotros mismos, podemos hacer nuestro el grito de Pedro: «¡Señor, sálvame!», y tener la esperanza cierta de oírnos repetir lo que somos: gente de poca fe, siempre dispuesta a dudar. Con nuestra débil fe podemos reconocer que Jesús es el salvador, sólo él, y nadie más.

Todo instante es el momento oportuno para el encuentro decisivo con él, en lo íntimo y en lo profundo de nuestro ser.

 

ORATIO

¿Por qué dudo? Porque tu presencia, Jesús, me resulta en ocasiones incomprensible, tu venida a mi encuentro no pasa por los senderos de mis lógicas y no te veo allí donde tú estás. Te quisiera a mi medida, quisiera que fueras alguien que resuelve mis desgracias, un antídoto contra los infortunios y las posibles calamidades.

¿Por qué dudo? Porque tu salvación abarca mi humanidad y la transfigura a tu semejanza divina, y me produce vértigo. Si sigues apoyándome, Señor, también yo con mi titubeo dubitativo podré confiarme a tu mano. Que pase junto a ti, a través de las oleadas del tiempo, a la dulcísima quietud de la eternidad.

 

CONTEMPLATIO

El justo está en manos de Dios, y sucede casi por milagro que hasta sus mismos pecados le ayudan a hacerse mejor. ¿Acaso no nos ayudan a mejorar nuestras caídas cuando nos disponen a ser más humildes y atentos?

¿No sucede acaso como si la mano de Dios fuera la que levanta a los que tropiezan? En este sentido, el alma de quien tiene fe puede repetir: «Tú eres mi apoyo». Dios se muestra tan dispuesto a socorrer a quien está cayendo que tenemos casi la impresión de verlo intentando ayudar exclusivamente a cada individuo que lo ha invocado (Bernardo de Claraval, Commento al salmo 90, Alba 1977, pp. 59ss [edición española: Obras completas de san Bernardo, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1984]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú te compadeces de tu pueblo, Señor» (cf. Jr 30,18a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Sé que dependo de un ser trascendente cuyo nombre no conozco. Llamo «Dios» a lo que es insondable. Se trata de un artista dotado de una fuerza inigualable. Las férreas leyes de la naturaleza o de la belleza del cosmos no pueden ser explicadas recurriendo exclusivamente a las cualidades de la materia. Existen realidades que se sustraen a nuestra experiencia. Por nuestra parte, conseguimos imaginar lo que es desconocido sólo a través del modelo de lo que ya conocemos, y de ahí proceden las dudas y la incredulidad.

Sólo si nos insertamos en un orden superior, si nos inclinamos frente a aquello que no sabemos explicar y tenemos la suficiente humildad para reconocer que no somos nosotros quienes hemos creado el mundo y ni siquiera estamos en condiciones de descifrarlo, sólo si comprendemos que no nos es lícito poner nuestra voluntad al mismo nivel que la del Creador, sólo así podremos configurar nuestra vida sin amarguras, resignación ni nihilismo (Z. M. Raudive, Bridóle di vita e di speranza, Cinisello B. "1992, pp. 86ss).

 

 

 

Día 5

Miércoles de la 18ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 31,1-7

1 En aquel tiempo, oráculo del Señor, yo seré el Dios de todas las familias de Israel y ellas serán mi pueblo.

2 Así dice el Señor: Me apiado en el desierto de los que escaparon de la espada; Israel marcha hacia su reposo.

3 El Señor se manifiesta de lejos. Con amor eterno te amo, por eso te mantengo mi favor;

4 te edificaré de nuevo y serás reedificada, doncella de Israel; de nuevo tomarás tus panderos y saldrás a bailar alegremente.

5 De nuevo plantarás viñas en los montes de Samaría, y quienes las planten las vendimiarán.

6 Llegará un día en que los centinelas gritarán en la montaña de Efraín: «¡Venid, subamos a Sión, hacia el Señor, nuestro Dios!».

7 Así dice el Señor: ¡Gritad de alegría por Jacob! ¡Ensalzad a la capitana de las naciones! ¡Que se escuche vuestra alabanza! Decid: «El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel»!

 

*•• El oráculo que constituye el fragmento litúrgico de hoy describe el retorno de los exiliados a la patria. Se trata de un anuncio dirigido a todo Israel, que, sin estar dividido ya en dos reinos, vivirá de la única soberanía de YHWH (V. 1). La iniciativa del retorno corresponde al amor gratuito y fiel de Dios, que sale al encuentro del pueblo manifestándole la superabundancia de su ternura (w. 2ss). Como en tiempos del Éxodo de Egipto, aunque ahora de un modo todavía más glorioso, YHWH forma la identidad del pueblo, le da la ciudad donde habitar, la tierra para cultivar y conseguir su propio sustento (w. 4a.5; cf. Jos 24,13; Sal 107,35-37). El efecto que produce un don tan grande es la alegría, expresada aquí con el sonido de los instrumentos y las danzas (v. 4bc).

La alegría rebosante de Israel contagiará a las naciones vecinas, las cuales, convergiendo hacia Jerusalén, restablecida como centro del culto yahvista, alabarán a Dios por haber llevado a cabo de modo admirable la salvación -inesperada- del pequeño grupo de los supervivientes de la deportación (w. 6ss; cf. Sal 105,12-15.43-45; Is 52,7-10).

 

Evangelio: Mateo 15,21-28

En aquel tiempo,

21 Jesús se marchó de Genesaret y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

22 En esto, una mujer cananea venida de aquellos contornos se puso a gritar: -Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David; mi hija vive maltratada por un demonio.

21 Jesús no le respondió nada. Pero sus discípulos se acercaron y le decían: -Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros.

24 Él respondió: -Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

25 Pero ella fue, se postró ante Jesús y le suplicó: -¡Señor, socórreme!

26 Él respondió: -No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos. Ella replicó:

27 -Eso es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

28 Entonces Jesús le dijo: -¡Mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides. Y desde aquel momento quedó curada su hija.ç

 

**• Jesús había dispensado una enseñanza religiosa que parecía revolucionaria a sus contemporáneos. Afirmaba que el origen de toda impureza se encuentra en el corazón del hombre y es consecuencia del uso equivocado de la libertad (cf. Mt 15,10-20). Esto desquiciaba la instalación legalista del judaísmo fariseo, introduciendo como criterio de religiosidad auténtica la actitud interior del hombre; una actitud que se condensa en la fe, esto es, en la confianza en Dios y en su amor preveniente.

Precisamente, eso es lo que la mujer extranjera y pagana vive (v. 28) invocando con perseverancia a Jesús, al que reconoce como Mesías y Salvador (w. 22.23b.25). El encuentro entre Jesús y la mujer cananea anuncia y realiza ya el encuentro entre la salvación y el paganismo.

Sin negar la elección preferencial de Israel, «hijo primogénito » (v. 24; cf. Os 11,1; Mt 10,5ss), la misión salvífica de Jesús se dirige a todo el mundo. Ésa será asimismo la característica de la acción de la Iglesia, por mandato específico de su Señor y Maestro (cf. Mt 28,18-20).

 

MEDITATIO

La relación del creyente con Dios no es una relación económica, una relación que pueda medirse en términos de dar y recibir. Es, más bien, la respuesta a una sorpresa: Dios me ama, y lo hace con un amor «excesivo», un amor que se sitúa fuera de las medidas del espacio y del tiempo. Eterno, por todas partes, para todos, por libre iniciativa, suya no condicionada por mi respuesta.

Dios se muestra incansablemente oferente. En algunas ocasiones, cierto lenguaje parece subentender que soy yo quien complace a Dios prestando atención a sus palabras. Pero no es así: Dios me precede siempre y de manera superabundante; al mismo tiempo, me deja la alegría de pedir, preludio del estupor que produce recibir. Puedo entrar en este dinamismo vital del amor si me fío de él, que me habla de la historia que quiere escribir conmigo. Quienquiera que yo sea, puedo suscitar en mi corazón el deseo de que muestre su amor en mí. No existe el menor impedimento para nadie: la vía de la relación vital y fecunda con Dios está abierta de par en par para todos.

 

ORATIO

Estaba lejos de ti

y tú viniste a buscarme.

Estaba en peligro de muerte

y tú viniste a salvarme.

Estaba sin esperanza

y viniste a serenar mi vida.

Estaba cansado de tanto gritar

y tú me respondiste

y me escuchaste...

Ahora sé que me amas desde siempre,

y por siempre, Dios mío, cantaré tu amor.

 

CONTEMPLATIO

Jesús es médico de las almas y de los cuerpos: si tienes una herida, te llevaré a él y le suplicaré que te cure, si tú lo quieres también; puesto que es él quien da todos los dones buenos, te concederá no sólo lo que le pidas, sino infinitamente más de lo que pidas. Me acercaré a él con mucha audacia en favor tuyo, pero, si no te acercas tú también, será una gran vergüenza. Jesús no rechaza a nadie. Nuestro Dios y salvador quiere que nos salvemos, pero nos corresponde a nosotros gritar incesantemente: «¡Sálvame, Señor!». Y él te salva (Barsanufio y Juan de Gaza, Epistolario, Roma 1991, pp. 240ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Con amor eterno te amo» (Jr 31,3b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Toda la naturaleza es caridad, pero sólo el místico vive este amor de una manera experimental. El amor de Dios nos rodea por todas partes. Su amor es el agua que bebemos, el aire que respiramos y la luz que vemos. Toaos los fenómenos naturales no son más que formas materiales diferentes del amor de Dios. Nos movemos dentro de su amor como el pez en el agua. Y estamos tan cerca de él, tan embebidos de su amor y de sus dones (nosotros mismos somos don suyo), que no nos damos cuenta de ello por falta de perspectiva. Su amor nos rodea por todas partes y no lo sentimos, como tampoco sentimos la presión atmosférica.

Dios ha provisto a la tierra durante cuatro mil millones de años y se ha preocupado de los pájaros y de los insectos durante cientos de millones de años; pero tú te sientes sólo y abandonado en el universo y caminas preocupado por tus asuntos como si nadie se preocupara de ti. Olvidas que alguien se preocupa a cada instante de todos tus trabajos, regula el movimiento de tu sangre y el funcionamiento de todas tus glándulas. Y crees que los pequeños problemas de tu vida práctica sólo tú, en todo el universo, puedes resolverlos.

El escucha el grito del ciervo en el arroyo que le pide una compañera y se la da. Se preocupa del cuclillo aue pide su comida. Guía a las cigüeñas en su emigración. Vela sobre la comadreja y el tejón cuando duermen en sus madrigueras. La rana, el escarabajo y el cuervo encuentran el alimento cada día a la hora debida. «Todos, Señor, están pendientes de ti, y esperan que les des la comida a su tiempo. Tú se la das y ellos la toman, abres tu mano y quedan saciados» (Sal 103) (É. Cardenal, Canto all'amore, Asís 1982, pp. 53ss).

 

 

Día 6

Transfiguración del Señor (6 de agosto)

 

Del mismo modo que el episodio de la transfiguración prepara en el evangelio a los apóstoles para entrar en la comprensión del misterio de la pasión-muerte de Jesús, así también en la Iglesia, casi con el mismo propósito, se celebra la fiesta de la Transfiguración cuarenta días antes de la correspondiente a la Exaltación de la Cruz. La fiesta de la Transfiguración ya aparece desde el siglo V en el calendario de la liturgia oriental para recordar la subida de Jesús al monte Tabor con Pedro, Santiago y Juan, testigos privilegiados de su gloria. El episodio está atestiguado de manera concorde por los evangelios sinópticos. La fiesta se difundió rápidamente también en la Iglesia romana, pero no fue  introducida oficialmente hasta el año 1457, con ocasión de una victoria obtenida contra los turcos.

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 7,9-10.13ss

9 Mientras yo continuaba observando, alguien colocó unos tronos y un anciano se sentó. Sus vestiduras eran blancas como la nieve y sus cabellos como lana pura; su trono eran llamas; sus ruedas, un fuego ardiente;

10 fluía un río de fuego que salía de delante de él; miles de millares lo servían y miríadas de miríadas estaban de pie ante él. El tribunal se sentó y se abrieron los libros.

13 Seguía yo contemplando estas visiones nocturnas y ví venir sobre las nubes alguien semejante a un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y fue conducido por él.

14 Se le dio poder, gloria y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su Reino jamás será destruido.

 

*•• Al profeta se le revela, en una visión nocturna, el designio de Dios sobre la historia. Ve la sucesión de los grandes imperios y de sus violentos dominadores (7,2-8), mas este espectáculo de la altivez humana se interrumpe: a Daniel se le ha concedido contemplar los acontecimientos desde el punto de vista del Señor de la historia. Él es el Juez omnipotente {cf. v. 10), que conoce y valorará definitivamente la obra de los hombres, pero es también alguien que interviene en el tiempo para rescatarlo: en efecto, a los reinos terrenos se contrapone el Reino que el «Anciano» confía a la obra de un misterioso «Hijo de hombre» que viene sobre las nubes (vv. 13ss). El autor sagrado indica así que este personaje es un hombre, aunque es de origen divino, celeste.

Ya no se trata del Mesías davídico esperado para restaurar con poder el Reino de Israel, sino de su transfiguración sobrenatural: el Hijo del hombre inaugurará un Reino que, aunque se inserta en el tiempo, «no es de este mundo» (Jn 18,36).

Éste triunfará al final sobre los imperialismos mundanos, llevando la historia a su cumplimiento escatológico. Entonces «los santos del Altísimo» participarán plenamente en la soberanía del Hijo del hombre y constituirán una sola cosa con él y en él (Dn 7,18.22.27). Con esta figura bíblica se identificará Jesús a menudo en su predicación y, en particular, en la hora decisiva del proceso ante el Sanedrín que le condenará a morir en la cruz.

 

O bien:

Primera lectura: 2 Pedro 1,16-19

Queridos:

16 Cuando os dimos a conocer la venida en poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos inspirados por fantásticas leyendas, sino porque fuimos testigos oculares de su grandeza.

17 Él recibió, en efecto, honor y gloria de Dios Padre cuando se escuchó sobre él aquella sublime voz de Dios: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco».

18 Y ésta es la voz, venida del cielo, que nosotros escuchamos cuando estábamos con él en el monte santo.

19 Tenemos también la palabra de los profetas, que es firmísima, y hacéis bien en dejaros iluminar por ella, pues es como una lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y el lucero matutino se alce en vuestros corazones.

 

**• Pedro y sus compañeros han contemplado la grandeza de Jesús, han oído la voz celestial que le proclamaba Hijo predilecto, por eso se reconocen portadores de una gracia mayor que la de los profetas. En efecto, pueden confirmar por experiencia personal la veracidad de las profecías a las que Jesús da cumplimiento. La palabra del Antiguo Testamento, sin embargo, no ha agotado su tarea de «lámpara que alumbra en la oscuridad» (v. 19): deberá seguir siempre alumbrando los pasos de los creyentes que avanzan en medio de las tinieblas de la historia hasta el día sin ocaso de la venida de Cristo en la gloria {cf. v. 19). En este camino, la visión radiante de Jesús transfigurado, que los apóstoles nos atestiguan, sostiene nuestra fe y enciende de deseo nuestra esperanza: el «lucero de la mañana» se alza ya en el corazón de quien vela expectante.

  

Evangelio: Mt 17, 1-9

1 Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó a un monte alto a solas.

2 Y se transfiguró ante ellos. Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

3 En esto, vieron a Moisés y a Elías, que conversaban con Jesús.

4 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: - Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres hago tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

5 Aún estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió y una voz desde la nube decía: - Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo.

6 Al oír esto, los discípulos cayeron de bruces, aterrados de miedo.

7 Jesús se acercó, los tocó y les dijo: - Levantaos, no tengáis miedo.

8 Al levantar la vista no vieron a nadie más que a Jesús.

9 Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó:

- No contéis a nadie esta visión hasta que el Mijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

 

*» En el texto de Mateo, la narración de la transfiguración comienza con una indicación cronológica -"Seis días después"- que lo vincula con lo precedente, es decir, con la profesión de fe de Pedro, con el primer anuncio claro por parte de Jesús de su pasión y con la declaración de que para ser discípulos es necesario seguirle por el camino de la cruz. "Seis días después" el Maestro lleva a tres de sus discípulos a una montaña alta para concederles la experiencia anticipada de la gloria prometida después de padecer.

En aquella elevada soledad Jesús les muestra su aspecto divino "cambiando de aspecto" (v. 2). Mateo insiste particularmente en la luz y el fulgor que emanan de él, evocando la figura del Hijo del hombre de Dn 10 y la narración de la manifestación de YHWH en la cumbre del Sinaí (Ex 34,29-33).

Las continuas alusiones a las teofanías del Antiguo Testamento (Ex 19,16; 24,3; 1 Re 19,11) indican que está pasando algo extremadamente importante: en Jesús la antigua alianza va a transformarse en "nueva y eterna alianza". La aparición de Moisés y Elías testimonia que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas, el que guiará al pueblo a la verdadera tierra prometida y lo restablecerá en la integridad de la le en Dios.

La intervención de Pedro (v. 4) indica el contexto litúrgico de la fiesta de los Tabernáculos, la más alegre y resplandeciente de luces, que conmemoraba el tiempo del Éxodo, cuando Dios bajaba en medio de su pueblo morando también él en una tienda, la tienda del encuentro. La Nube de la Presencia (shck/ünah), que ahora desciende y envuelve a los presentes, actualiza y lleva a la plenitud la liturgia: como declara la voz que se oye desde el cielo, Jesús es el profeta "más grande" preanunciado por el mismo Moisés (Di I S, I 5), y lo es por ser el Hijo predilecto de Dios.

Ante esta manifestación extraordinaria de gloria, un gran temor se apodera de los discípulos. Jesús los reanima con su gesto y su palabra (v. 7) como el Hijo del hombre de la visión de Daniel. Se vuelve más desconcertante e incomprensible a los discípulos lo que Jesús, ya sólo, les dice: el Hijo del hombre - la figura gloriosa esperada como conclusión de la historia deberá afrontar la muerte y resucitar.

 

MEDITATIO

Existe una llama interior que arde en las criaturas y canta su pertenencia a Dios, y gime por el deseo de él.

Existe un hilo de oro sutil que une los acontecimientos de la historia en la mano del Señor, a fin de que no caigan en la nada, y los conectará finalmente en un bordado maravilloso. El rostro de Cristo está impreso en el corazón de cada hombre y le constituye en amado de Dios desde la eternidad. Y están, a continuación, nuestros pobres ojos ofuscados..., acostumbrados a dispersarse en la curiosidad epidérmica e insaciable, trastornados por múltiples impresiones; nosotros no sabemos ya orientar la mirada al centro de cada realidad, a su fuente. Nos volvemos incapaces de asumir la mirada de Dios sobre las cosas, porque nuestra lógica y nuestra práctica se orientan en dirección opuesta a la suya, en su esfuerzo por no perder nuestra vida, por no tomar nuestra cruz. Sólo cuando Jesús nos deja entrever algo de su fulgurante misterio nos damos cuenta de nuestra habitual ceguera.

La luz de la transfiguración viene a hendir hoy, si lo queremos, nuestras tinieblas. Ahora bien, debemos acoger la invitación a retirarnos a un lugar apartado con Jesús subiendo a un monte elevado, es decir, aceptar la fatiga que supone dar los pasos concretos que nos alejan de un ritmo de vida agitado y nos obligan a prescindir de los fardos inútiles. Si fuéramos capaces de permanecer un poco en el silencio, percibiríamos su radiante Presencia. La luz de Jesús en el Tabor nos hace intuir que el dolor no tiene la última palabra. La última y única Palabra es este Hijo predilecto, hecho Siervo de YHWH por amor. Escuchémoslo mientras nos indica el camino de la vida: vida resucitada en cuanto dada. Escuchémoslo mientras nos indica con una claridad absoluta los pasos diarios. Escuchémoslo mientras nos invita a bajar con él hacia los hermanos. Entonces el lucero de la mañana se alzará en nuestros corazones e, iluminando nuestra mirada interior, nos hará vislumbrar -en la opacidad de las cosas, en la oscuridad de los acontecimientos, en el rostro de cada nombre- a Dios «todo en todos», eterna meta de nuestra peregrinación en el tiempo.

 

ORATIO

Jesús, tú eres Dios de Dios, luz de luz. Nosotros lo creemos, pero nuestros ojos son incapaces de reconocer tu belleza en las humildes apariencias de que te revistes.

Purifica, oh Señor, nuestros corazones, porque sólo a los limpios de corazón has prometido la visión de Dios.

Concédenos la pobreza interior que nos hace atentos a su Presencia en la vida diaria, capaces de percibir un rayo de tu luz hasta en los lugares donde todo aparece oscuro e incomprensible. Haznos silenciosos y orantes, porque tú eres la Palabra salida del silencio que el Padre nos pide que escuchemos. Ayúdanos a ser tus verdaderos discípulos, dispuestos a perder la vida cada día por ti, por el Evangelio; haz crecer tu amor en nosotros para ser contigo siervos de los hermanos y ver en cada hombre la luz de tu rostro.

 

CONTEMPLATIO

Antes de tu cruz preciosa, antes de tu pasión, tomando contigo a los que habías elegido entre tus sagrados discípulos, subiste al monte Tabor, oh Soberano, queriendo mostrarles tu gloria. Y ellos, al verte transfigurado y más resplandeciente que el sol, caídos rostro en tierra, se quedaron atónitos frente a la soberanía, y aclamaban: «Tú eres, oh Cristo, la luz sin tiempo y la irradiación del Padre, aunque, voluntariamente, te hagas ver en la carne, permaneciendo inmutable».

Tú, Dios Verbo, que existes antes de los siglos, tú que te revistes de luz como de un manto, transfigurándote delante de tus discípulos, oh Verbo, refulgiste más que el sol. Estaban junto a ti Moisés y Elías, para indicar que eres el Señor de vivos y de muertos y para dar gloria a tu economía inefable, a tu misericordia y a tu gran condescendencia, por la que salvaste al mundo, que se perdía por el pecado.

Nacido de nube virginal y hecho carne, transfigurado en el monte Tabor,  Señor, y envuelto por la nube luminosa, mientras estaban contigo tus discípulos, la voz del Padre te manifestó distintamente como Hijo amado, consustancial y reinante con él. De ahí que Pedro, lleno de estupor, exclamara: «¡Qué bien estamos aquí!», sin saber lo que decía, oh misericordiosísimo Benefactor (Anthologhion di tutto l'anno, Roma 2000, IV, pp. 871ss).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «A tu luz vemos la luz» (Sal 35,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si supiéramos reconocer el don de Dios, si supiéramos experimentar estupor, como el pastor Moisés, ante todas las zarzas que arden en los bordes de nuestros caminos, comprenderíamos entonces que la transfiguración del Señor -la nuestra- empieza con un cierto cambio de nuestra mirada. Fue la mirada de los apóstoles la que fue transfigurada; el Señor permanece el mismo.

La cotidianidad de nuestra vida, trivial y extraordinaria, debería revelar entonces su deslumbrante profundidad. El mundo entero es una zarza ardiente, todo ser humano -sea cual sea la impresión que suscita en nosotros- es esta profundidad de Dios.

Todo acontecimiento lleva en él un rayo de su luz. Nosotros, que hemos aprendido a mirar hoy tantas cosas, ¿hemos aprendido los datos elementales de nuestro oficio de hombres? Se vive, en efecto, a la medida del amor, pero se ama a la medida de lo que se ve. Ahora, en la transfiguración, nuestra visión participa en el misterio, de ahí que el amor esté en condiciones de brotar de nuestros corazones como fuego que arde sin consumir, y así puede enseñarnos a vivir.

Debemos pasar de la somnolencia de la que habla el evangelio a la auténtica vela, a la vigilancia del corazón. Cuando despertemos se nos dará la alegría inagotable de la cruz. Al ver, por fin, en la fe, al hombre en Dios y a Dios en el hombre -Cristo- nos volveremos capaces de amar y el amor saldrá victorioso sobre toda muerte.

El Señor se transfiguró orando; también nosotros seremos transfigurados únicamente en la oración. Sin una oración continua, nuestra vida queda desfigurada. Ser transfigurados es aprender a ver la realidad, es decir, a nuestro Dios, a Cristo, con los ojos abiertos de par en par. Ciertamente, en este mundo de locos, siempre tendremos necesidad de cerrar los ojos y los oídos para recuperar un cierto silencio. Es necesario, es como una especie de ejercicio para la vida espiritual. Sin embargo, la vida, la que brota, la vida del Dios vivo, es contemplarlo con los ojos abiertos. Él está en el hombre, nosotros estamos en él. Toda la creación es la zarza ardiente de su parusía. Si nosotros «esperásemos con amor su venida» (2 Tim 4,8), daríamos un impulso muy diferente a nuestro servicio en este mundo (J. Corbon, La gioia del Padre, Magnano 1997).

 

 

Día 7

Viernes de la 18ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Nahúm 2,1.2; 3,l-3.6ss

2,1 Mirad, ya viene por los montes el mensajero que anuncia la paz.

Celebra tus fiestas, Judá, cumple tus promesas, porque no volverá a invadirte el malvado; está totalmente aniquilado.

2 Un destructor avanza contra ti: monta guardia en la muralla, vigila la ruta, prepárate para luchar, reúne todas tus fuerzas.

3,1 ¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, repleta de fraude, llena de violencia, de rapiña sin fin!

2 Escuchad: chasquidos de látigos, estruendos de ruedas, galopes de caballos, saltar de carros,

1 cargas de caballería, flamear de espadas, fulgurar de lanzas, multitud de heridos, montones de muertos, infinidad de cadáveres con los que se tropieza al andar.

6 Te cubriré de basura, te deshonraré y te expondré a pública vergüenza.

7 Todo el que te vea huirá de ti y dirá: «Nínive está desolada, ¿quién la compadecerá? ¿Dónde encontrar quien la consuele?».

 

**• El profeta Nahúm, de cuyo librito está tomado el pasaje litúrgico de hoy, desarrolló su actividad en el Reino de Judá, probablemente durante la segunda mitad del siglo VII a. de C. Sus oráculos anuncian el final del poder asirio, que dominaba por entonces con una gran ferocidad toda la región del Oriente Medio. La crueldad de Nínive, capital de Asiría, está descrita con realismo e intensidad (3,1-3): el fraude y la rapiña constituyen su política; el estruendo de los carros de guerra se eleva a lo alto; sus soldados, animados por una furia homicida, siembran a su paso violencia y muerte. El profeta contempla el final de tanto horror: el anuncio que proclama es la noticia de la liberación.

El pueblo puede celebrar con alegría la salvación y la paz recuperadas (2,1), que YiIWH le concede humillando al opresor (3,6). Nahúm tiene, pues, un mensaje de consolación para Judá, mientras que Nínive -símbolo del caos y de las fuerzas del mal que amenazan la armonía del orden querido por el Creador- no tiene quien la consuele (3,7).

 

Evangelio: Mateo 16,24-28

En aquel tiempo,

24 dijo Jesús a sus discípulos: -Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.

25 Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la conservará.

26 Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida? ¿O qué puede dar a cambio de su vida?

27 El Hijo del hombre está a punto de venir con la gloria de su Padre y con sus ángeles. Entonces tratará a cada uno según su conducta.

28 Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin ver al Hijo del hombre venir como rey.

 

*•• Jesús ha confirmado su propia identidad de Mesías y de Hijo de Dios y ha indicado asimismo el carácter sufriente de su mesianismo (cf. Mt 16,16-17.21): ahora habla de aquellos que desean seguirle. La suerte del discípulo no será diferente a la del Maestro (cf. 10,24ss); más aún, toda actitud y toda decisión del discípulo tendrán significado para su relación con la vida del Maestro.

La escala de valores y de prioridades está determinada, en consecuencia, por la referencia a la persona de Jesús, cuyo recorrido histórico de sufrimiento vivido en el amor habrá de apropiárselo el discípulo (v. 24). Éste experimentará la paradoja del «perder para conservar», del «morir para vivir» (v. 25). Con sus obras manifestará la decisión fundamental de poner a Jesús, y no a sí mismo, en el centro de su vida; su recompensa la recibirá en el momento del juicio (v. 27; cf. 25,31-40).

El Siervo de YHWH, sin embargo, es también el Juez escatológico; el Mesías humillado es también el Rey glorioso.

Podrán comprenderlo bien algunos que le están escuchando (v. 28), dado que durante su vida terrena tendrán lugar los acontecimientos anunciados (cf. 16,21).

 

MEDITATIO

Los atropellos y las violencias de todo tipo parecen garantizar la seguridad y la prosperidad de los fuertes, al precio de la aniquilación de los débiles. Sin embargo, no es ésta la verdad de la vida, y la historia nos muestra la precariedad del poder humano, registrando el desmoronamiento de imperios políticos, económicos, ideológicos, que se presentaban (y se presentan) como indestructibles.

La lógica que vence es otra: perder la propia vida, es decir, consumirla en el servicio a los otros, sin rechazar el sufrimiento que de ello pueda derivarse, y seguir amando de todos modos. Como hizo Jesús. Cuando vivo así, me convierto en anuncio silencioso -aunque eficaz de la auténtica liberación.

 

ORATIO

Señor Jesús, quisiera seguirte por el camino que tú recorres.

Siento que no me obligas a ir contigo, sólo me invitas.

Y he comprendido que sólo tu camino es el camino de la vida; más aún, que tú eres el Camino y la Vida.

Sé que, caminando contigo y como tú, amar se conjuga con sufrir, y siento miedo: me gustaría un amor más barato.

Desde mi punto de vista, absorbido por completo en el presente, dar equivale a perder y es un pésimo negocio.

Sin embargo, el amor que no se entrega por completo no es sino una copia camuflada del egoísmo.

Que yo pueda aprender, caminando tras tus pasos, la fuerza de la entrega sin condiciones. Infúndeme la fuerza de los pequeños y la desconfianza respecto a todo aquello que tiene el olor agrio de la violencia, que obtiene porque usurpa, que vence porque aniquila. Pon mis pasos en los tuyos, Jesús, que yo aprenda la sabiduría de tu amor crucificado.

 

CONTEMPLATIO

Sé fiel, queridísima hermana, a aquel a quien has hecho tus promesas. Por él mismo, en efecto, serás coronada con el laurel de la vida. Breve es nuestra fatiga aquí, pero la recompensa es eterna; que no te confundan los estrépitos del mundo que huye como una sombra; soporta de buena gana los males adversos, y que los bienes prósperos no te exalten. Éstos, en efecto, requieren la fe, y aquéllos la exigen.

Oh queridísima, mira hacia el cielo al que nos invita, toma la cruz y sigue a Cristo, que nos precede; en efecto, tras las diferentes y abundantes tribulaciones, gracias a él, entraremos en su gloria (Clara de Asís, Scritti, Vicenza 1986 [edición española: Escritos de santa Clara y documentos complementarios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1993]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Envía, Señor, a tu mensajero de paz» (cf. Nah 2,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El sufrimiento no está por debajo de la dignidad humana. A saber: se puede sufrir de modo digno o indigno del hombre.

Esto es lo que quiero decir: la mayor parte de los occidentales no comprende el arte del dolor, y así viven obsesionados por mil miedos. La vida que vive la gente ahora no es ya una verdadera vida, hecha como está cíe miedos, resignación, amargura, odio, desesperación. Dios mío, todo esto se puede comprender muy bien, pero si una vida así queda suprimida, ¿se suprime mucho después? Debemos aceptar la muerte, incluso la más atroz, como parte de la vida. No vivimos cada día una vida entera, ¿tiene mucha importancia que vivamos algunos días más o menos? Estoy a diario en Polonia, sobre lo que muy bien podemos llamar campos de batalla; en ocasiones me oprime una visión de estos campos que se han vuelto verdes de veneno; estoy a diario al lado de hambrientos, de maltratados y de moribundos, pero también estoy ¡unto al jazmín y a este trozo de cielo que hay detrás de mi ventana: en una vida hay sitio para todo. Para la fe en Dios y para un final miserable.

Debemos tener también la fuerza necesaria para sufrir solos y no ser una carga para los otros con nuestros propios miedos y nuestros propios fardos. Lo debemos aprender aún y nos deberían educar recíprocamente para esto, si es posible con dulzura y, si no, con severidad.

Cuando digo: de un modo u otro ya he hecho mis cuentas con la vida, no lo digo por resignación. No hay resignación, no la hay ciertamente. ¿Qué quiero decir? ¿Tal vez que ya he vivido esta vida mil veces, y otras tantas veces estoy muerta y, por consiguiente, no puede sucederme ya nada nuevo? No, se trata de un vivir la vida mil veces minuto a minuto, y dejar también un espacio al dolor, un espacio que, hoy, no puede ser pequeño. ¿Supone, pues, una gran diferencia que en un siglo sea la Inquisición la que hace sufrir a los hombres y la guerra y los pogromos en otro?

El dolor ha exigido siempre su lugar y sus derechos de una manera o de otra. Lo que cuenta es el modo como lo soportamos y si estamos en condiciones de integrarlo en nuestra propia vida y, al mismo tiempo, de aceptar asimismo la vida. A veces debo inclinar la cabeza bajo el gran peso que tengo sobre la nuca, y entonces siento la necesidad de unir las manos, casi con un gesto automático, y podría permanecer sentada así durante horas. Soy todo, estoy en condiciones de soportar todo, cada vez mejor, y a la vez estoy segura de que la vida es bellísima, digna de ser vivida y está repleta de significado.

A pesar de todo. Lo que no quiere decir que uno se encuentre siempre en el estado de ánimo más elevado ni pleno de fe. Podemos estar cansados como burros después de haber realizado una larga caminata o haber tenido que hacer una larga cola, pero eso también forma parte de la vida, y dentro de ti hay algo que no te abandonará nunca más (E. Hillesum, Diario 1941-1943, Milán 42000, pp. 136ss).

 

Día 8

 

Sábado de la 18ª semana del Tiempo ordinario o día 8 de agosto, conmemoración de

Santo Domingo

 

Nació en Caleruega (Burgos), en España, en 1172. Hacia 1196 se convirtió en canónigo del capítulo de la catedral de El Burgo de Osma (Soria). Acompañó al obispo Diego en una importante misión por el norte de Europa. Al pasar por el sur de Francia, vio claramente el daño que la herejía cátara estaba haciendo entre los fieles y maduró el designio de reunir a algunas personas que se dedicaran a la evangelización a través de la predicación pobre, estable y organizada del Evangelio.

Este proyecto, aprobado por vez primera por Inocencio III, fue reconocido definitivamente por Honorio III el 22 de diciembre de 1216. Este último llamó «Hermanos Predicadores» a sus miembros. Domingo diseminó de inmediato a los hermanos que le siguieron por las regiones más remotas de Europa. Solía decir: «No es bueno que el grano se amontone y se pudra».

Precisó en dos congregaciones generales los fundamentos y los elementos arquitectónicos de su familia religiosa: vida en común pobre y obediente, la oración litúrgica, el estudio asiduo de la Verdad ordenado a la predicación, entendida como contemplación en voz alta, participación en la misión propia de la Iglesia, sobre todo en las tierras todavía no  evangelizadas.

Hombre genial, sabio, misericordioso, era «tierno como una madre y fuerte como el diamante» (Lacordaire). Murió en Bolonia el 6 de agosto de 1221. Gregorio IX lo canonizó el 3 de julio de 1234.

 

LECTIO

Primera lectura: Habacuc 1,12-2,4

1,12 ¿No eres tú Señor desde antiguo, mi Dios, mi santo? ¡Tú eres inmortal!

Tú has puesto a ese pueblo, Señor, para ejercer el derecho, lo has establecido, oh Roca, para hacer justicia.

13 Tú tienes los ojos demasiado puros para mirar el mal y la opresión te resulta insoportable.

¿Cómo puedes contemplar en silencio a los traidores?

¿Soportar al malvado que devora a quien es mejor que él?

14 Tratas a los hombres como a peces del mar, como a reptiles que no tienen dueño.

15 El opresor los atrapa con el anzuelo, los arrastra en su red, los recoge en su copo, se alegra y se regocija.

16 Por eso rinde culto a sus artes de pesca, porque, gracias a ellas, su pesca es abundante y sabrosa su comida.

17 ¿Seguirá utilizando sus redes, asesinando sin piedad a los pueblos?

2,1 Voy a colocarme en mi puesto de guardia, estaré de pie sobre la muralla, alerta para ver lo que el Señor me dice, lo que responde a mi queja.

2 Y el Señor me respondió: «Escribe la visión, grábala en tablillas, con caracteres bien legibles,

3 porque la visión tardará en cumplirse: tiende a su fin y no fallará; aunque parezca tardar, espérala, pues se cumplirá en su momento.

4 El malvado sucumbirá, pero el justo vivirá por su fidelidad».

 

**• El enigma de la presencia del mal en la historia y, aún más, el hecho de que prevalezca sobre el bien es algo que ha atormentado a los creyentes desde siempre.

Es el problema que atormenta también al profeta Habacuc. La historia personal de este profeta nos es desconocida, pero su escrito se presenta a todo el mundo como paradigma de lectura de la historia.

La pregunta crucial tiene que ver, precisamente, con la relación entre el mal y Dios: ¿por qué calla Dios frente a la maldad y al atropello (l,12ss)? La duda que se insinúa es la de que pueda existir una especie de connivencia entre Dios mismo y el mal, como si Dios fuera enemigo del hombre, como si estuviera aliado con los que se convierten en instrumentos de la maldad (1,14).

Habacuc expresa esta idea con la imagen del pescador que, de un modo sádico, se complace con los peces que captura y mata (1,15-17). En el ánimo del profeta se abre camino una hipótesis inquietante: ¿acaso tiene fundamentó la insinuación de la serpiente respecto a ciertos celos de Dios en relación con el hombre (cf. Gn 3,4)?

Abandonando la búsqueda de respuestas verificables sobre las intenciones de Dios, Habacuc se agita por dentro, despertando su corazón a la fe (2,1). El silencio «obstinado» de Dios a sus preguntas ya no le asusta - sabe que puede apoyar su propia vida en la promesa divina, que es segura y no está ligada a un tiempo preciso, porque es válida para siempre (2,3).

El creyente reconoce en Dios su centro vital y la razón de los acontecimientos, aunque sean contradictorios, de la existencia: Habacuc comprende que esta fe es la raíz profunda que garantiza tanto la vida como la estabilidad.

Por el contrario, el que presume de erigirse como centro y fin de su propio vivir queda prisionero de su orgullo, que, encerrándolo en sí mismo, lo hace inestable (2,4). Es ésta una verdad que todo el mundo debe conocer (2,2).

 

Evangelio: Mateo 17,14-20

En aquel tiempo,

14 cuando llegaban a donde estaba la gente, se acercó un hombre, que se arrodilló ante Jesús

15 diciendo: -¡Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene ataques y está muy mal! Muchas veces se cae al fuego, y otras, al agua;

16 se lo he traído a tus discípulos, pero no han podido curarlo.

17 Jesús respondió: -¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo aquí.

18 Jesús lo increpó, y el demonio salió del muchacho, que quedó curado en el acto.

19 Después, los discípulos se acercaron en privado a Jesús y le preguntaron: -¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?

20 Él les dijo: -Por vuestra falta de fe; os aseguro que, si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte: «Trasládate allá», y se trasladaría; nada os sería imposible.

 

**• La petición de un padre para que cure a su hijo epiléptico brinda a Jesús el motivo para dirigir a los discípulos una última llamada sobre la necesidad de creer en él. Los discípulos no son capaces de llevar a cabo la curación (w. 16.19), puesto que el poder taumatúrgico no les pertenece: es un don que el Maestro concede como participación en su misma misión {cf 10,1). Los discípulos, por su parte, deben adherirse a él por medio de la fe. La exclamación de Jesús (v. 17: «¡Generación incrédula y perversa!») expresa la resistencia que le opone la dureza de corazón de sus contemporáneos, puesta ya de manifiesto por el evangelista en otras ocasiones (cf. 11,16ss.39ss). Es Jesús quien proporciona explícitamente la enseñanza: los discípulos, si están animados por una fe cierta en él, pueden realizar el gran signo de comunicar a los hombres la salvación otorgada por Dios (v. 20; cf. Jn 14,12; Hch 3,16); por el contrario, la falta de fe, que los separa de la comunión con Jesús, hace prácticamente imposible la liberación del mal (v. 17).

 

MEDITATIO

Domingo, fiel a la consigna del Señor, exigía que la predicación de sus hermanos brotara de la comunión en la verdad y de la contemplación. Pedía realizar la verdad, configurarse a ella en la vida y en el anuncio, no como se acostumbra a hacerlo en un lugar o en otro, sino como lo exige la Palabra de Dios transmitida por la Iglesia. Quería que antepusieran la verdad a la oportunidad, de modo que la verdad amada, contemplada, celebrada, estudiada, anunciada, alabada, constituyera el marco de su vida.

La verdad tiene sus exigencias imprescindibles. Se abre camino por convencimiento, no por constricción, y por eso exige una profunda comunión de vida, celebración ferviente de su belleza, asiduo estudio de sus expectativas, vida ejemplar. La convicción es fruto de una inteligencia amorosa y desemboca en el obrar por el deseo de semejanza con el ser amado. No pasa de una persona a otra; se engendra en cada persona que llega a ella bajo el estímulo de la palabra y del ejemplo. Esto hace, ciertamente, que el mensajero del Evangelio sea un mendicante de verdad, con todo el rigor del término.

La verdad que anuncia no es suya, no puede hacer lo que quiera con ella; implora que le sea dada, la admira, la estudia, la contempla, hace todo para que sea amada, realizada. Ora e implora a fin de que los corazones humanos no se cierren a la escucha, aunque sabe que esto deriva preponderantemente del consentimiento de la persona a la gracia. Cuando lo ha hecho todo se siente un siervo inútil y, junto a la persona que cree, alaba al Dios de la misericordia y de la luz. Esta orientación de vida ha sido traicionada con frecuencia. Los resultados negativos de esta omisión agudizan la nostalgia de que el anuncio del Evangelio se inspire siempre en el ejemplo de los apóstoles vivificados por el Espíritu y vaya acompañado por la imploración del perdón y de la misericordia.

 

ORATIO

En tu Providencia, oh Dios, enviaste a la humanidad sedienta a santo Domingo, heraldo de tu verdad, tomada de la fuente del Salvador. Sostenido siempre por la Madre de tu Hijo y abrasado de celo por las almas, asumió para sí y para sus discípulos, recogidos por el Espíritu Santo, el ministerio del Verbo, llevando a Cristo con la doctrina y con el ejemplo a innumerables hermanos.

Atento a hablar contigo y de ti, creció en la sabiduría y, haciendo brotar el apostolado de la contemplación, se consagró totalmente a la renovación de la Iglesia...

Para el esplendor y la defensa de la misma, quisiste que restableciera la vida de los apóstoles. Él, siguiendo las huellas del Cristo pobre, con la predicación volvió a llamar a los errantes a la verdad evangélica y conquistó para Cristo a innumerables hermanos; reunió con sabiduría en torno a sí a otros discípulos, a fin de que sostenidos por la luz de la ciencia se consagraran a la salvación de la humanidad (de los dos Prefacios del rito dominicano, que celebran la gloria de santo Domingo).

 

CONTEMPLATIO

[Habla Dios Padre:] Y si miras la barquilla de tu padre Domingo, hijito mío amado, él la ordenó con un orden perfecto y quiso que atendiera sólo a mi honor y a la salvación de las almas con la luz de la ciencia. Sobre esta luz quiso constituir su principio, sin estar privada, no obstante, de la pobreza verdadera y voluntaria. Incluso la tuvo, y en señal de que la tenía y le disgustaba lo contrario, dejó en testamento a los suyos como herencia su maldición, si poseían o tomaban posesión alguna, en particular o en general, como señal de que había elegido como esposa a la reina de la pobreza.

Sin embargo, como su objeto más propio tomó la luz de la ciencia, a fin de extirpar los errores que se habían levantado en aquel tiempo. Tomó el ministerio de mi Hijito el Verbo unigénito. Aparecía directamente en el mundo un apóstol que con mucha verdad y luz sembraba mi palabra, levantando las tinieblas y dando la luz. Fue una luz que se puso en el mundo por medio de María, puesto en el cuerpo místico de la santa Iglesia como extirpador de las herejías. ¿Por qué dije «por medio de María»? Porque le dio el hábito, el ministerio de mi bondad encomendado a ella... Hizo que su barquilla estuviera atada con estas tres cuerdas: la obediencia, la continencia y la verdadera pobreza; la hizo completamente generosa, alegre, olorosa: un jardín repleto de todo deleite en sí mismo (Catalina de Siena, Diálogo, Siena 1995, pp. 539ss [edición española: El diálogo, Ediciones Rialp, Madrid 1956]).

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día esta expresión gemidora de santo Domingo: «Ten piedad, Señor, de tu pueblo; si no, ¿qué será de los pecadores?».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar como si Cristo, representado en él, estuviera allí real y personalmente, y no sólo a través del símbolo. Se comportaba así en conformidad al siguiente fragmento del libro de Judit: Te ha agradado siempre la oración de los mansos y humildes (Jdt 9,1 ó). Por la humildad obtuvo la cananea cuanto deseaba (Mt 15,21-28), y lo mismo el hijo pródigo (Le 15,11-32). También se inspiraba en estas palabras: Yo no soy digno de que entres en mi casa (Mt 8,8); Señor, ante ti me he humillado siempre (Sal 146,61). Y así, nuestro Padre, manteniendo el cuerpo erguido, inclinaba la cabeza y, mirando humildemente a Cristo, le reverenciaba con todo su ser, considerando su condición de siervo y la excelencia de Cristo. Enseñaba a hacerlo así a los frailes cuando pasaban delante del crucifijo, para que Cristo, humillado por nosotros hasta el extremo, nos viera humillados ante su majestad.

Mandaba también a los frailes que se humillaran de este modo ante el misterio de la Santísima Trinidad, cuando se cantara el Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. [...]

Después de esto, santo Domingo, ante el altar de la iglesia o en la sala capitular, se volvía hacia el crucifijo, lo miraba con suma atención y se arrodillaba una y otra vez; hacía muchas genuflexiones, a veces, tras el rezo de completas y hasta la media noche, ora se levantaba, ora se arrodillaba, como hacía el apóstol Santiago, o el leproso del evangelio que decía, hincado de rodillas: Señor, si quieres, puedes curarme (Mt 8,2); o como Esteban, que, arrodillado, clamaba con fuerte voz: No les tengas en cuenta este pecado (Hcfi7,60). El padre santo Domingo tenía una gran confianza en l a misericordia de Dios, en favor suyo,  en bien de todos los pecadores y en el amparo de los frailes jóvenes que enviaba a predicar. [...] Enseñaba a los frailes a orar de esta misma manera, más con el ejemplo que con las palabras (I. Taurisano, Il nove modi di pregare di san Dominico, ASOP 1922, pp. 96ss).

 

 

Día 9

19° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 19,9:11-13a

9 Cuando Elías llegó al monte, entró en una gruta y pasó allí la noche. El Señor le dirigió su palabra: - Sal y quédate de pie ante mí en la montaña. ¡El Señor va a pasar!

11 Pasó primero un viento fuerte e impetuoso, que removía los montes y quebraba las peñas, pero el Señor no estaba en el viento. Al viento siguió un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto.

12 Al terremoto siguió un fuego, pero el Señor no estaba en el Fuego. Al fuego siguió un ligero susurro.

13 Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con su manto y, saliendo afuera, se quedé de pie a la entrada de la gruta.

 

» Las grandes teofanías son signos mediante los cuales Dios manifiesta su presencia sin llegar a identificarse con ellos. En el Horeb, el profeta Elías se percata de <<un viento fuerte e impetuoso, que removía los montes y quebraba las peñas» (m 11). ¿Como no darse cuenta del poder de Dios? Montañas y rocas son prodigios de la naturaleza, majestuosos y soberbios, que el hombre puede contemplar; lo que puede desconcertarle es realmente una majestad y una potencia superior. El terremoto es otro fenómeno natural que provoca en las personas terror, sentido de pequeñez e insignificancia. De modo espontáneo, todo lo que no puede ser controlado ni dominado produce temor: las certidumbres internas se desvanecen como se desmoronan los edificios tras un temblor. El Señor es un Dios que agita las seguridades humanas. El fuego, aun sin precisan hace referencia al indecible, inefable y superlativo atributo divino: la santidad.

La perícopa nos hace ver que estas características evidencian la distancia entre la trascendencia divina y la pequeñez humana. Elías había recibido la orden de salir de la cueva y permanecer en la presencia del Señor, pero, asustado ante el insólito suceso desencadenado por las fuerzas de la naturaleza, se metió de nuevo. Solo al <<ligero susurro» (v 12) salió y se quedó a la entrada de la gruta. La delicadeza inmanente de un Dios que se oculta le permite al hombre acercarse a él y gozar de la amistad primordial (cf Gn 3,8).

 

Segunda lectura: Romanos 9,1-5

Hermanos:

1 Digo la verdad como cristiano, y mi conciencia, guiada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento

2 al afirmar que me invade una gran tristeza y es continuo el dolor de mi corazón.

3 Desearía, incluso, verme yo mismo separado de Cristo como algo maldito por el bien de mis hermanos de raza.

4 Son descendientes de Israel. Les pertenecen la adopción filial, la presencia gloriosa de Dios, la alianza, las leyes, el culto y las promesas.

5 Suyos son los patriarcas y de ellos, en cuanto hombre, procede Cristo, que esta sobre todas las cosas y es Dios bendito por siempre. Amén.

 

*» La confidencia del apóstol es conmovedora <<Me invade una gran tristeza y es continuo el dolor de mi corazón» (v 2). La causa de este martirio interior es la solidaridad <<según la carne» con sus hermanos, los judíos, separado de ellos debido a la fe en Jesucristo, el Señor. Judío <<según la carne » y cristiano <<según la fe» que profesa, Pablo, como hombre, experimenta una de las mas profundas laceraciones: ser judío y cristiano al mismo tiempo. La herida le hace expresar una idea imposible; <<Desearía, incluso, verme yo mismo separado de Cristo como algo maldito por el bien de mis hermanos de raza» (v. 3).

En veinte siglos de cristianismo, es el primero del grupo de los santos que ha experimentado este tipo de martirio: hacerse maldicién por la salvación de los hermanos, aceptar la máxima infamia para liberar a otros de cuanto ensombrece la verdad y dificulta la plena comunión con Dios. <<Anatema» significa poner aparte y reservarle a Dios la destrucción total. Después, con el tiempo, el vocablo invirtió su significado y la idea dominante paso a ser la de <<maldición». Para el cristiano, la maldición es la separación de Cristo. Perseguidores y mártires han rivalizado sobre este gozne de la conciencia para probar su firmeza, unos con perversidad y otros con fe.

El apóstol presenta una lectura esperanzadora basándose en las promesas divinas. La llamada a Israel se basa en la memoria de un pueblo, en una elección, en una alianza en la que Cristo es también el sello según la carne.

 

Evangelio: Mateo 14,22-33

22 Luego, Jesús mandó a sus discípulos  que subieran a la barca y que fueran delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

23 Después de despedirles, subió al monte para orar a solas. Al llegar la noche, estaba allí solo.

24 La barca, que estaba ya muy lejos de la orilla, era sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

25 Al final ya de la noche, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago.

26 Los discípulos, al verlo caminar sobre el lago, se asustaron y decían:

- Es un fantasma. Y se pusieron a gritar de miedo.

27 Pero Jesús les dijo en seguida:

- ¡Animo! Soy yo, no temáis.

28 Pedro le respondió:

-Señor si eres tu, mándame ir hacia ti sobre las aguas.

29 Jesús le dijo:

—Ven.

Pedro saltó de la barca y andando sobre las aguas, iba hacia Jesús,

30 Pero al ver la violencia del viento se asustó y como empezaba a hundirse, gritó:

-¡Señor: sálvame!

31 Jesús le tendió la mano, lo agarró y le dijo:

-¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?

32 Subieron a la barca, y el viento se calmó.

33 Y los que estaban en ella se postraron ante Jesús, diciendo:

-Verdaderamente, eres Hijo de Dios.

 

•» Jesús subió al monte <<para orar a solas» (v. 23). Es una imagen que nos transporta fuera del tiempo y del espacio: todo parece pararse en la quietud eterna del silencio del Hijo en el Padre. Como si no hubiese anochecen esa es la impresión. Mientras, los discípulos  están desconcertados: es de noche y la barca es sacudida por el oleaje (v. 24). Despunta el alba y Jesús se aproxima. Pero esto no significa el final de la turbación. Al contratiempo de los elementos externos y naturales le sucede ahora un acontecimiento fascinante e imprevisible, además estremecedor, que les conmociona interiormente: Jesús se acercó a ellos caminando sobre las aguas (v 25). El evangelio recoge la reacción de los discípulos: <<se pusieron a gritar de miedo» (v. 26). El miedo es la antigua esclavitud del hombre y se contrapone a la fe. La réplica del Señor: <<¡Ánimo! Soy yo, no temáis» (v. 27) parece calmar la atmosfera.

Pedro emprende un acto atrevido, no por fe, sino por verificación, impulsivo. Contesta: <<Serio1; si eres tú>> (v. 28). La iniciativa humana no es suficiente para caminar al encuentro de Jesús. El miedo lo hunde y solo la humildad de la fe lo salva. El acontecimiento tiene su diagnóstico: <<¿Por qué has dudado?» (v. 31). El desenlace final es de adoración coral. A la luz del día le siguió la calma: <<El viento se calmó» (v 32), es decir, a la luz de la verdad en Cristo, con Cristo y por Cristo, el hombre consigue, después de la prueba, la calma del corazón en Dios.

 

MEDITATIO

Los tres textos de la liturgia reflejan el tema de la fe en el Dios-con-nosotros, presente y activo tanto en la historia universal como en los acontecimientos personales de cada uno. Y a su vez, nos proponen una reflexión sobre la continuidad de la experiencia de fe judía y cristiana, de la diferencia de calidad y modos. Elías, Pablo y Pedro son tres campeones con quienes podemos confrontar nuestra experiencia de fe en el Dios trascendente, supremo y santo, que es todo para el hombre; el Dios de los <<padres» envuelto en aureola misteriosa es el Dios que actúa dentro de la historia como el que salva; el Dios cuya esencia es incognoscible, pero cuya voluntad y deseo se inclinan en favor del hombre, en mimarlo y llevarlo cogido de la mano. Esto no permite fáciles abstracciones filosóficas, sino empeñar todo el ser en la opción fundamental de la fe. No son simples mensajes, sino hechos. El Dios <<totalmente otro» no se manifiesta en imágenes, sino que se revela mediante la Palabra y, al llegar la plenitud de los tiempos, en el Hijo unigénito. La fe no puede quedar relegada a la esfera afectiva del hombre. La fe es compromiso y empeño, pues la historia no es una secuencia de hechos, sino un único acontecimiento salvífico, cuya trama la teje Dios con toda la humanidad.

 

ORATIO

Concédenos, Señor la vista que nos permita ver tu amor en el mundo, a pesar de los chascos humanos. Concédenos la fe para confiar en tu bondad, a pesar de nuestra ignorancia y debilidad. Concédenos el conocimiento, para que sigamos orando con un corazón consciente, y muéstranos lo que cada uno de nosotros tiene que hacer para favorecer la llegada del día de la paz universal (los astronautas del Apolo VIII, desde el espacio, el 24 de diciembre de 1968).

 

CONTEMPLATIO

¿Por qué, pues, se lo permitió Cristo? Porque de haberle dicho; <<No puedes», él, ardiente como era, le hubiera contradicho. De ahí que quiere el Señor enseñarle por vía de hecho, para que otra vez sea mas moderado. Más ni aun así se contiene. Bajado, pues, que hubo de la barca, empezó a hundirse por haber tenido miedo. El hundirse dependía de las olas, pero el miedo se lo infundía el viento. Bajado, pues, que hubo Pedro de la barca, caminaba hacia Jesús, alegre no tanto de ir andando sobre las aguas cuanto de llegar a él. Y es lo bueno que, vencido el peligro mayor, iba a sufrir apuros en el menor; por la fuerza del viento, quiero decir; no por el mar Tal es, en efecto, la humana naturaleza. Muchas veces, triunfadora en lo grande, queda derrotada en lo pequeño. Cuando todos estaban llenos de miedo, él tuvo valor de echarse al agua; en cambio, ya no pudo resistir la embestida del viento, no obstante hallarse cerca de Cristo. Lo que prueba que de nada vale estar materialmente cerca de Cristo si no lo estamos también por la fe. Esto, sin embargo, sirvió para hacer patente la diferencia entre el maestro y el discípulo y para calmar un poco a los otros.

Mas ¿por qué no mando el Señor a los vientos que se calmaran, sino que, tendiendo él su mano, cogió a Pedro? Porque hacia falta la fe del propio Pedro. Cuando falta nuestra cooperación cesa también la ayuda de Dios... Así, de no haber flaqueado en la fe, fácilmente hubiera resistido también el empuje del viento. La prueba es que aun después de que el Señor lo hubo tomado de la mano, dejo que siguiera soplando el viento; lo que era dar a entender que, estando la fe bien firme, el viento no puede hacer daño alguno. Y como al polluelo que antes de tiempo se sale del nido y esta para caer al suelo, la madre lo sostiene con sus alas y lo vuelve al nido, así hizo Cristo con Pedro (Juan Crisóstomo, <<Homilías sobre el evangelio de san Mateo», 50,2, en Obras de san Juan Crisóstomo, II, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1956, 75-76).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<No temas, yo estoy contigo» (Hch 18,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Dios mío, he nacido para contemplarte, para vivir en ti, para actuar por ti. Sólo la conciencia de servirte fielmente puede darme la paz. Tengo miedo de pensar que no soy digno de ti. Este es el verdadero <<temor de Dios>>, Dios mío, he crecido y he tenido que soportar que seas un desconocido no sólo de pensamientos, sino también de palabras y de obras... En mi interior me he propuesto resarcir esas ofensas, ser impecable y valiente caballero tuyo.

Me he equivocado, he pecado contra ti, no me he entregado a ti con todas mis fuerzas, me he distraído; también yo te he ofendido. He tenido miedo de cumplir tu voluntad; han surgido en mí prepotencias y villanías que de ningún modo quería sentir. Pero la violencia usada en tu nombre o —mejor- la resistencia al mal en tu nombre es santa, aunque resulte dolorosa a alguien. Y como alguien, Dios, quieres que esté yo, y estaré con el más fuerte para participar de su fuerza, si bien, pienso, después, que esto puede bloquearme de cara a uno más débil que yo, de cara a alguien que tengo más necesidad que yo. No obstante, ¿perderé la fuerza que tengo?, ¿se me comunicará la debilidad ajena? Quizá, el riesgo existe, pero la salvación consiste en neutralizar las influencias o, mejor dicho, en mantener un equilibrio tal para poder dar sin ser arrastrados (Mario Finzi, un joven judío de Bolonia, el 23 de marzo de 1944, ocho días antes de su detención y deportación a Auschwitz).

 

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) virgen y mártir, patrona de Europa

 

            Nació de padres judíos en Breslau el año 1891. Estudió filosofía en Breslau y Gottinga, se hizo discípula de Husserl y al clasificar los escritos de A. Reinach conoció a su viuda, fervorosa cristiana. En 1921 leyó la biografía de santa Teresa de Ávila. Tras haber buscado durante largo tiempo la verdad, recibió el don de la fe y se convirtió a la Iglesia católica. Recibió el Bautismo el día 1 de enero de 1922. Desde ese momento, sirvió a Dios ejerciendo su oficio de profesora y publicando obras filosóficas. En 1933 ingresó en las Carmelitas Descalzas de Colonia y cambió de nombre. Impelida a ausentarse de su patria a causa de la persecución de los judíos, fue acogida en el convento de las Carmelitas de Echt (Holanda) en diciembre de 1938. Fue detenida por la Gestapo el 2 de agosto de 1942 y deportada al campo de concentración de Auschwitz (Polonia). Allí murió el 9 de agosto de 1942 en la cámara de gas. Juan Pablo II la canonizó en 1998, y la nombró copatrona de Europa en 1999.- Oración: Dios de nuestros padres, que guiaste a tu mártir santa Teresa Benedicta al conocimiento de tu Hijo crucificado y a imitarle hasta la muerte, concédenos por su intercesión que todos los hombres reconozcan en Cristo a su Salvador y, por medio de Él, puedan contemplarte para siempre. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. 

 

 

Día 10

 Lunes de la 19ª semana del Tiempo ordinario o día 10 de agosto, conmemoración de

San Lorenzo

 

Lorenzo nació en Huesca (España). El papa Sixto II le recibió en Roma. Fue archidiácono al servicio de la Iglesia en tiempos de persecución. Cuando el 6 de agosto del año 258 fue llevado el papa al suplicio, le recomendó que distribuyera entre los pobres los bienes de la Iglesia y le profetizó el martirio, lo que tuvo lugar el 10 de agosto. El emperador Valeriano le condenó a morir en una parrilla. Sus reliquias se encuentran en San Lorenzo Extramuros.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 9,6-10

Hermanos:

6 Tened esto presente: el que siembra con miseria, miseria cosecha; el que siembra generosamente, generosamente cosecha.

7 Que cada uno dé según su conciencia, no de mala gana ni como obligado, porque Dios ama al que da con alegría.

8 Dios, por su parte, puede colmaros de dones, de modo que teniendo siempre y en todas las cosas lo suficiente, os sobre incluso para hacer toda clase de obras buenas.

9 Así lo dice la Escritura: Distribuyó con largueza sus bienes a los pobres, su generosidad permanece para siempre.

10 El que proporciona simiente al que siembra y pan para que se alimente, os proporcionará y os multiplicará la simiente y hará crecer los frutos de vuestra generosidad.

 

*»• Son muchas las pobrezas humanas: espirituales, materiales, culturales, morales. Mas no hay ninguna a la que no pueda llegar y colmar la caridad. Dios mismo se muestra siempre espléndido, como fuente de su seno trinitario, en todo impulso dinámico y consiguiente fecundidad de frutos. La criatura se convierte en su instrumento.

Cuanto más da, más goza del amor divino, porque éste se trasvasará aún en mayor cantidad y se verterá en ella al encontrar una plena consonancia. Por eso recogerá con largueza: Dios mismo cultivará cuanto siembra y hará fructificar la obra del justo realizada con su amor.

 

Evangelio: Juan 12,24-26

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

24 Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante.

25 Quien vive preocupado por su vida, la perderá; en cambio, quien no se aferré excesivamente a ella en este mundo, la conservará para la vida eterna.

26 Si alguien quiere servirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquel que me sirva será honrado por mi Padre.

 

**• Unirse al Hijo es entrar en la dinámica de amor que le hace una sola cosa con el Padre. «Servir» al Hijo significa «reinar» en él y con él en el corazón del Padre, y constituirá la complacencia de su paternidad divina.

Servir al Hijo es asociarse a él y a su obra redentora. Jesús no deja sobrentendidos a la exigencia de tal seguimiento: por amor al Padre y al hombre, el Hijo se entrega por completo, da su propia vida en una muerte destinada al misterio de una fecundidad que inserta la inmediatez histórica en un horizonte trascendente. También el discípulo se ve llamado así a perpetuar en el tiempo un acto de amor de valor eterno y divino.

 

MEDITATIO

Cuando el emperador le ordenó entregar las riquezas de la Iglesia, el diácono Lorenzo se presentó al juez con los pobres de Roma, declarando: «¡Aquí están los tesoros de la Iglesia!». De inmediato dio la orden de torturarle hasta la muerte. La Passio cuenta que, invitado aún a sacrificar a los dioses, respondió: «Me ofrezco a Dios como sacrificio de suave olor, porque un espíritu contrito es un sacrificio a Dios». El papa Dámaso (384) escribió en la inscripción que hizo poner en la basílica dedicada al mártir: «Sólo la fe de Lorenzo pudo vencer los azotes del verdugo, las llamas, los tormentos, las cadenas. Por la súplica de Dámaso, colma de dones estos altares, admirando el mérito del glorioso mártir».

El papa Juan Pablo II, en la memoria jubilar de los mártires del siglo XX, dijo en el Coliseo comentando el texto de Jn 12,25: «Se trata de una verdad que frecuentemente el mundo contemporáneo rechaza y desprecia, haciendo del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia. Pero los testigos de la fe, que también esta tarde nos hablan con su ejemplo, no buscaron su propio interés, su propio bienestar, la propia supervivencia, como valores más grandes que la fidelidad al Evangelio. Incluso en su debilidad, ellos opusieron firme resistencia al mal. En su fragilidad resplandeció la fuerza de la fe y de la gracia del Señor» (Juan Pablo II, Homilía, 7 de mayo de 2000).

 

ORATIO

El Soberano y Señor te ha dado, oh mártir, como ayuda el carbón ardiente: quemado por él, dejaste pronto la tienda de barro y heredaste la vida y el Reino inmortales. Por eso celebramos nosotros, con gozo, tu fiesta, oh bienaventurado Lorenzo coronado.

Resplandeciendo por el Espíritu divino como carbón encendido, Lorenzo victorioso, archidiácono de Cristo, quemaste la espina del engaño: por eso fuiste ofrecido en holocausto como incienso racional a aquel que te exaltó, llegando a la perfección con el fuego. Protege, por tanto, de toda amenaza a cuantos te honran, oh hombre de mente divina {de un antiguo texto de la Iglesia bizantina).

 

CONTEMPLATIO

[San Lorenzo], como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia [la de Roma]. En ella administró la sangre sagrada de Cristo; en ella, también, derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. [...] Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si amarnos de verdad a Cristo, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. [...]

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. [...] Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar (Agustín de Hipona, Sermón 304).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día la Palabra: «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Jn 12,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El perfume agradable corresponde, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, a la dimensión estrictamente constitutiva de la teología del sacrificio. En Pablo, es expresión de una vida que se ha vuelto pura, de la que no se desprende ya el mal olor de la mentira y de la corrupción, de la descomposición de la muerte, sino el soplo refrescante de la vida y del amor, la atmósfera que es conforme a Dios y sana a los hombres. La imagen del perfume agradable está unida también a la del hacerse pan: el mártir se ha vuelto como Cristo; su vida se ha convertido en don. De él no procede el veneno de la descomposición del ser vivo por el poder de la muerte; de él emana la fuerza de la vida: edifica vida, del mismo modo que el buen pan nos hace vivir. Su entrega en el cuerpo de Cristo ha vencido el poder de la muerte: el mártir vive y da vida precisamente con su muerte y, de este modo, entra él mismo en el misterio eucarístico. El mártir es fuente de fe.

La representación más popular de esta teología eucarística del martirio la encontramos en el relato de san Lorenzo sobre la parrilla, que ya desde tiempos remotos fue considerado como la imagen de la existencia cristiana: las angustias y las penas de la vida pueden convertirse en ese fuego purificador que lentamente nos va transformando, de suerte que nuestra vida llegue a ser don para Dios y para los hombres (J. Ratzinger, Conferenza per ¡I XXIII Congresso eucarístico nazionale, Bolonia 1997).

 

 

Día 11

Martes de la 19ª semana del Tiempo ordinario o 11 de agosto, festividad de

Santa Clara

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 2,8-3,4

Así dice el Señor:

2,8 Pero tú, hijo de hombre, escucha lo que te digo; no seas rebelde como este pueblo; abre la boca y come lo que te doy.

9 Entonces vi una mano extendida hacia mí con un libro enrollado.

10 Lo desenrolló ante mí; estaba escrito por el anverso y por el reverso, y contenía lamentaciones, gemidos y amenazas.

3,1 Y me dijo: -Hijo de hombre, come este libro y ve luego a hablar al pueblo de Israel.

2 Yo abrí la boca y él me hizo comer el libro,

3 diciéndome: -Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrañas con este libro que yo te doy. Yo lo comí y me supo dulce como la miel.

4 Entonces me dijo: -Hijo de hombre, ve al pueblo de Israel y comunícales mis palabras.

 

*•• La visión del libro pertenece al primer cuaderno de las profecías de Ezequiel, donde relata la llamada a la misión profética. A Ezequiel se le llama repetidamente «hijo de hombre» (cf. 2,8; 3,1.3.4). Este título está cargado del sentido de la trascendencia divina, una trascendencia que siente Ezequiel con una extrema agudeza. El profeta es una nulidad, como todos los hombres; es uno de tantos, frágil, caduco; el carisma profético le ha sido dado sólo porque Dios lo ha querido así por un don gratuito.

Jesús hará suyo este título para indicar al mismo tiempo su modo de ser con nosotros y su modo de ser ante el Padre.

La vocación de Ezequiel, como la de los grandes profetas, se sitúa en una acción simbólica. Se trata siempre de mostrar que la Palabra de Dios se encuentra en labios de un hombre. Un ángel purificó los labios de Isaías con fuego (cf. Is 6,3-7), Dios mismo introdujo sus palabras en la garganta de Je re mías (cf. Jr 1,9), pero Ezequiel vive ya en una época marcada por la civilización escrita: no recibe de Dios una palabra, sino un libro.

Desde este punto de vista, es el antepasado de los escribas y de los rabinos. Mientras que Jeremías e Isaías reciben pasivamente la Palabra de Dios, Ezequiel come, digiere y asimila la voluntad divina. Ésta no se manifestará más que a través de su visión de las cosas; no habrá Palabra de Dios sino donde haya al mismo tiempo palabra de hombre. Ezequiel debe alimentarse de la Palabra de Dios (3,3). Sólo de este modo es posible comunicar a los otros el pensamiento de Dios o, dicho con mayor precisión, hablar de él.

Con Ezequiel se da un paso adelante en el profetismo: no ha sido llamado a «repetir» la Palabra de Dios, sino a «volver a proponer» lo que ha recibido de él. Podríamos decir: a «repensar» y a «traducir» a su propia palabra la Palabra de Dios, puesto que Dios quiere que su mensaje llegue a los hombres en su «lenguaje» común, como palabra que un hombre dirige a otro. Dios no dispone de un superlenguaje reservado a unos pocos iniciados, sino que se inserta en el lenguaje del hombre y en las comunicaciones que este lenguaje establece entre los hombres. En la cima de este proceso encontraremos a Jesús, «hombre enviado a los hombres, que habla palabras de Dios» (Dei Verbum, 4).

El anuncio que Ezequiel está llamado a llevar de parte de Dios no sólo es amplísimo (el rollo está escrito por ambas partes: cf. 2,9b), sino que también es bastante doloroso: «lamentaciones, gemidos y amenazas» (cf. Ap 10,8-11). Acaba con las últimas ilusiones de los que aún confiaban en que Jerusalén, aunque debilitada por las primeras derrotas y deportaciones, habría de resistir al invasor caldeo. Sin embargo, es, al mismo tiempo, un mensaje de esperanza. Más allá de la cólera de Dios, se manifestará su inmensa misericordia. Por terrible que sea, se trata, en último extremo, de una fuente de auténtica esperanza.

 

Evangelio: Mateo 18,1-5.10.12-14

1  En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron:

-¿Quién es el más importante en el Reino de los Cielos?

2 Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos

3 y dijo: -Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos.

4 El que se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos.

5 El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge.

10 Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial.

12 ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve e irá a buscar la descarriada?

13 Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se extraviaron.

14 Del mismo modo, vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

 

**• Nos encontramos en el que ha sido definido como discurso sobre «la vida en la comunidad cristiana» (Mt 18): Jesús traza las características fundamentales de la misma. Los discípulos dan muestras de participar en la mentalidad corriente, la del hombre que ve en la sociedad un continuo progresar, imponerse, codiciar los puestos preeminentes. En este contexto, plantean a Jesús una pregunta: «¿Quién es el más importante...? (v. 1). Jesús invierte las posiciones: muestra lo que tiene más valor ante Dios y con ello enseña un nuevo camino de convivencia comunitaria. Lo hace, al modo de los antiguos profetas, llevando a cabo primero un gesto (pone a un niño en el centro: v. 2) y revelando, después, el sentido.

Recogiendo y dando mayor profundidad a una idea madurada ya en el rabinismo, la de la inversión de la suerte en el Reino futuro, Jesús pone en el centro no a un adulto o a una persona considerada importante, sino a un niño.   El niño es lo desprovisto y olvidado por los mayores, alguien necesitado de todo, pobre, de humilde condición; es la «oveja perdida» que busca el pastor y de la que se ocupa más que de «las noventa y nueve que no se extraviaron» (v. 13). Jesús extrae las consecuencias de ese gesto. El discípulo debe hacerse como los niños. Este hacerse no es un «retorno» a la condición infantil, sino una «conversión», un cambio de ruta en nuestra conducta.

No se trata tanto de ser niño en el sentido de la simplicidad, del candor, de la docilidad, sino de convertirse a un modo de ser diferente del que domina en la comunidad mundana; el modelo de la humillación es preferible al de una vida basada en la búsqueda de los primeros puestos (cf. 20,20-28).

El discípulo debe acoger a los pequeños, no despreciarlos, descubrir que tienen la dignidad del Señor, que son un sacramento de él (v. 5). El discípulo se pone en estado de búsqueda para que no se pierda ninguno de los pequeños.

 

MEDITATIO

Jesús no buscó para sí, durante su vida, cargos públicos ni puestos de prestigio, tampoco se dejó impresionar por los títulos honoríficos de la gente que tenía delante, ni por su experiencia, ni por los años, ni por las canas: miraba a cada hombre a los ojos sin ninguna timidez, leía hasta el fondo sus pensamientos e intenciones.

Jesús, para liberarnos de todo desvarío de grandeza y permitirnos construir verdaderas comunidades, nos indicó el camino del hacernos niños, la vía de la infancia espiritual recorrida sabiamente por santa Teresa del Niño Jesús. Lo que une no es la habilidad real o presunta, sino la «pequenez» acogida en el Hijo, el hacerse como niños los unos ante los otros y ante Dios. Hacerse como niños no es poner en marcha un proceso de involución, sino llevar a cabo un cambio radical, una conversión radical, en nuestro modo de ser ante Dios y ante los otros. Hacerse como un niño es hacer sitio a la confianza que el pequeño muestra frente a sus padres, a la serenidad y al optimismo con que mira al futuro. El niño se abre cada día, con una disponibilidad siempre fresca, a las nuevas experiencias. Hacerse como un niño es fiarse, no temer «enredos», no hacer cálculos, no preguntarse si y cuánto ganaremos. Hacerse como un niño es olvidar lo que hemos hecho y lo que hemos sufrido, no encerrarnos en nosotros mismos con resentimiento o malhumorados por las amarguras que hemos pasado. Lo que mantiene la unión no es el acuerdo impecable y perfecto, sino el perdón recibido y otorgado de manera constante.

Conseguir el corazón, la mente y los ojos de un niño se convierte realmente en una conquista. Y está fuera de duda que la vive de un modo más consciente y pleno precisamente quien ha vivido más, quien más se ha entregado, quien más ha sufrido. La comunidad se construye sobre todo cuando tiene en su centro, como valor absoluto, a aquel que se hizo el último y siervo de todos: al Señor crucificado, revelación del Dios amor que se hizo pequeño para acoger a los pequeños. Llegar a ser niños es una espiritualidad que puede crecer con los años.

 

ORATIO

Señor, ¿debo ser como un niño del evangelio? ¿Yo, Señor, a quien tanto gusta mandar y hacer que los otros se plieguen a mi voluntad? ¿Yo, que deseo ser el más grande? ¿Yo, que deseo tener siempre razón y obligar a los otros a callar para hacerme escuchar el primero?

¿Yo, que estallo de cólera para conseguir imponer mis caprichos? ¿Precisamente yo, Señor?

Tómame, Señor, como aprendiz, para llegar a ser un niño del evangelio. Enséñame tu mandamiento: a amar a Dios sobre todas las cosas y a servir al prójimo en primer lugar. Enséñame a estar atento a tu Palabra, que cambia la vida. Llévame lejos del orgullo y de la mentira. Instruye mi espíritu para que pueda buscarte y seguirte con todo el corazón. ¡Oh Señor, me gustaría tanto llegar a ser un niño del evangelio! (Ch. Singer - A. Hari, Incontrare Gesú Cristo oggi, Bolonia 1994 [edición española: Encontrar a Jesucristo hoy, Editorial Verbo Divino, Estella 1993]).

 

CONTEMPLATIO

Oh Dios, Padre, gracias por habernos revelado lo más profundo de tu ser, por habernos dicho que en ti no hay sólo potencia, soberanía, ciencia y majestad, sino también inocencia, infancia y ternura infinitas. Sí, porque eres Padre, infinitamente Padre.

Nosotros no lo sabíamos antes, no podíamos-saberlo; ha sido necesario que nos enviases a tu Hijo para que lo  descubriéramos. Él se hizo niño y así pudo decirnos que nos hiciéramos como niños para formar parte de tu Reino.

Él, que era Dios, con una grandeza infinita, se hizo tan pequeño, tan humilde ante nosotros que sólo los ojos de la fe y los ojos de los sencillos lo pueden reconocer.

Vino como niño para hacer desaparecer todos nuestros miedos y poner dentro de nosotros tanto amor y confianza que pudiéramos abandonarnos felices como niños en tus manos.

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Creo cada vez más en el Evangelio, en su sencillez, y comprendo la preocupación con que hablaba Jesús a sus íntimos: «Si no os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos». Hacerse niños no es una cosa fácil para hombres minados por el orgullo como nosotros. Y por eso nos advirtió Jesús con tanta dureza: «No entraréis».

Sé que no seré creído, pero afirmo sin el menor asomo de duda que el comienzo en serio de la vida espiritual tiene lugar cuando el hombre lleva a cabo un auténtico acto de humildad, v, con frecuencia, la propedéutica de la fe en la mayoría de los nombres, o la maduración de la misma en otros, queda bloqueada, envenenada, torturada, prolongada al infinito por la incapacidad para llegar a ser niños y echarse en los brazos del misterio de Dios con un alma de chiquillo... Sí, hacerse pequeños, más pequeños aún, lo más pequeños posible: ése es el gran secreto de la vida mística.

Y cuando quedamos reducidos a un punto, sin más consistencia que la del alma que mira, o la del corazón que ama, entonces hemos de acostumbrarnos a invertir la posición, la eterna posición del orgullo, la difícil posición del yo que se cree siempre el centro del universo (C. Carretto, Al ai lá delle cose, Asís 251998 [edición española: Más allá de las cosas, Ediciones San Pablo, Madrid 1995]).

 

Día 12

Miércoles de la 19ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 9,1-7; 10,18-22

9 Después le oí gritar con voz potente:

-¡Que se acerquen los que van a castigar a la ciudad; cada uno con su arma destructora!

2 Y por la calle de la puerta alta que mira al norte llegaron seis hombres, cada uno con su arma destructora. En medio de ellos había un hombre vestido de lino, con la cartera de escribano a la cintura. Entraron y se pusieron junto al altar de bronce.

3 La gloria del Dios de Israel se había levantado encima de los querubines y se dirigía hacia el umbral del templo.

Entonces llamó al hombre vestido de lino que llevaba a la cintura la cartera de escribano,

4 y le dijo: -Pasa por la ciudad, recorre Jerusalén y pon una señal en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen dentro de ella.

5 Y pude oír lo que dijo a los otros: -Recorred la ciudad detrás de él, matando sin compasión y sin piedad.

6 Matad a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, hasta exterminarlos. Pero no os acerquéis a los que tengan la señal en la frente. Empezad por mi santuario. Y empezaron por los ancianos que estaban delante del templo.

7 Luego les dijo: -Contaminad el templo y llenad de cadáveres los atrios. Y salieron a matar por la ciudad.

10,18 La gloria del Señor salió levantándose del umbral del templo y se colocó sobre los querubines.

19 Los querubines desplegaron sus alas, se elevaron sobre la tierra ante mis ojos y remontaron el vuelo junto con las ruedas. Se pararon a la entrada de la puerta oriental del templo del Señor, y la gloria del Dios de Israel estaba sobre ellos.

20 Eran los mismos seres que yo había visto debajo del Dios de Israel junto al río Quebar, y reconocí que eran querubines.

21 Cada uno tenía cuatro caras y cuatro alas y, bajo las alas, una especie de manos de hombre.

22 Sus caras eran las mismas que yo había visto junto al río Quebar. Todos ellos caminaban de frente.

 

»*• La Palabra del Señor se dirige a los exiliados que no conseguían creer que el Señor pudiera aceptar la destrucción de Jerusalén y del templo en el que se había establecido. En una gran visión -que se extiende del capítulo 8 al 11-, el profeta es llamado, en un primer momento, como testigo de los crímenes y de las profanaciones que se cometen en el mismo templo y, a continuación, de la condena a que es sometida la ciudad y de la salvación de los que han permanecido fieles.

El castigo empieza con los siete seres misteriosos que recorren la ciudad para exterminar a todos los pecadores, empezando por los ancianos del templo. Las graves culpas (infidelidad a Dios, idolatría en el templo, violencias en la ciudad, desconfianza en Dios) atraen el tremendo castigo: «Pues yo tampoco los miraré con compasión ni tendré piedad, daré a cada uno su merecido».

Cada uno recibe el trato merecido por lo que es y por lo que hace («retribución personal»: cf. el capítulo 18). No es Dios quien castiga. Los acontecimientos humanos recaen sobre quienes los provocan, y éstos no obtienen la intervención salvífica de Dios por su propia infidelidad, maldad, desconfianza.

Dios salva a los que han permanecido fieles a la Ley (Tora), a los que gimen por la maldad, la violencia, la injusticia, la mentira, la infidelidad del mundo; están marcados por una «T» (tau), la primera letra de la palabra Tora, y han sido preservados de la desventura. El exterminio es tan completo que los cadáveres contaminan incluso el interior del templo y obligan a la gloria de Dios a retirarse de un lugar que se ha vuelto impuro. En esta escena, Dios se revela como el salvador de los que escuchan la Palabra y llevan impreso sobre sí mismos el sello de los hombres que escuchan: la «T» de la Tora.

 

Evangelio: Mateo 18,15-20

15 Por eso, si tu hermano comete una falta, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

16 Si no te escucha, toma contigo uno o dos, para que cualquier asunto se resuelva en presencia de dos o tres testigos.

17 Si no les hace caso, díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a la comunidad, considéralo un pagano o un publicano.

18 Os aseguro que lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

19 También os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial.

20 Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

 

*•• Seguimos estando en el contexto de las relaciones que deben establecerse en el interior de la comunidad: con los hermanos -los pequeños, los pecadores, los colaboradores-.

El tema de hoy es éste: ¿qué actitud debe adoptar una comunidad cristiana ante el pecado y ante el escándalo (18,3-11)?, ¿qué actitud debe tomar ante el pecador? Tras haber invitado a la misericordia contando la parábola de la oveja extraviada (18,12-14), Mateo describe el itinerario que conduce al perdón: acercarse al pecador a solas (obsérvese que la fórmula «contra ti» no se encuentra en el texto original, que habla del pecador como tal: v. 13), reprenderle delante de dos o tres testigos (v. 16) y, por último, interpelarle en medio de la asamblea (v. 17). A fin de que se observe esta pedagogía, Cristo confiere a sus apóstoles un poder particular (v. 18).

La condena del hermano sólo es posible cuando persevera en el mal y rechaza toda corrección y todo perdón (w. 15-17). En este caso, Dios ratifica lo que lleva a cabo su Iglesia. Los w. 19ss. indican que el acto de la corrección fraterna debe realizarse en la unión y en la plegaria, que aseguran la presencia del Resucitado. Estas palabras, tomadas en su conjunto, quieren decirnos que todo debe desarrollarse en un clima de extrema delicadeza y fraternidad. Está la preocupación por no llamar «pecadores» a los otros. Jesús nos hace decir: «Si tu hermano comete una falta». No debemos movernos para condenar y alejar, sino para acercar, para sacar del mal, a fin de volver a ganar al hermano para la comunidad y para Dios. Y para él mismo. Sólo si persiste en su actitud, deberá tomar nota la comunidad de que se ha «alejado» de ella y no se comporta ya como hermano. En la comunidad cristiana existe una ilimitada capacidad de perdón: los términos atar y desatar empleados en el v. 18 son un hebraísmo e indican el inmenso poder de perdón otorgado por Jesús a la Iglesia.

Los vv. 19ss, aparentemente desligados del contexto, con la mención de la oración y de la presencia de Cristo en la comunidad, hacen pensar en una disciplina eclesial ejercida de manera «cultual», en la oración y con conciencia de la presencia de Jesucristo en su propio desarrollo.

 

MEDITATIO

La venida del Reino está caracterizada por el perdón. El Señor ofrece al hombre la posibilidad de salir del pecado venciendo a su propio pecado e incluso triunfando con el perdón sobre el pecado del otro. La Iglesia es una comunidad de salvados que no puede tener otros fines más que la salvación del pecador. Si no obtiene el objetivo, es porque el pecador se endurece y se niega a aceptar el perdón que se le ofrece. Si vivimos la fraternidad cristiana debemos sentirnos profundamente unidos a todos los miembros de la comunidad, haciendo nuestros las preocupaciones, los dolores y el pecado mismo de todos.

Cada uno de nosotros es testigo de faltas en la comunidad y no puede permanecer inerte o ausente; no puede decir como Caín: «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). Debe moverse y hacer algo para acercarse al hermano y ayudarle a enmendarse. Debemos tener presente siempre estas palabras de Jesús: «Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,23-25).

Juan Crisóstomo escribía: «Estemos llenos de solicitud hacia nuestros hermanos. Ésta es la prueba más grande de la fe: "Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos" (Jn 13,35). El amor sincero se demuestra no corriendo francachelas juntos, no hablándose sin cumplidos, no alabándose de palabra, sino fijándose en lo que es útil al prójimo y preocupándose por ello, sosteniendo a quien ha caído, tendiendo la mano a quien yace indiferente a su propia salvación, y buscando el bien del prójimo más que el propio. La caridad no atiende a sus propios intereses, sino a los del prójimo antes que a los propios».

Si fallamos en nuestro intento se desprende de ahí un grave daño para todos: la comunidad pierde un hermano, y éste su propia salvación. Tengamos presente que nada de esto ha sido confiado a nuestra habilidad «diplomática». Jesús nos pone en guardia; es necesario que la reconciliación tenga lugar en un clima de fe y de oración: reunirse «en su nombre» de modo que él esté «presente», y «orar en su nombre» para ser escuchados.

 

ORATIO

Oh Jesús, que dijiste: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», permanece entre nosotros, que nos esforzamos por estar unidos en tu amor en esta comunidad. Ayúdanos a seguir siendo siempre «un solo corazón y una sola alma», compartiendo alegrías y dolores, teniendo un cuidado particular con los enfermos, los ancianos, los que están solos, los necesitados.

Haz que cada uno de nosotros se comprometa a ser un evangelio vivido en el que los alejados, los indiferentes, los pequeños, descubran el amor de Dios y la belleza de la vida cristiana.

Danos el coraje y la humildad para perdonar siempre y para salir al encuentro de los que quisieran alejarse de nosotros, y poner de relieve lo mucho que nos une y no lo poco que nos separa. Danos la vista necesaria para divisar tu rostro en toda persona a la que nos acerquemos y en cada cruz que encontremos. Danos un corazón fiel y abierto, que vibre cada vez que lo toque tu Palabra y tu gracia. Inspíranos siempre nueva confianza e impulso para no desanimarnos frente a los fracasos, las debilidades y la ingratitud de los hombres. Haz que nuestra parroquia sea verdaderamente una familia, en la que cada uno se esfuerce por comprender, perdonar, ayudar y compartir; donde la única ley, que nos una y nos haga ser tus verdaderos seguidores, sea el amor recíproco.

 

CONTEMPLATIO

«Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»: alabanza y honor a ti, Señor Jesús. Por tu gracia, cuando nos encontramos juntos según tu Palabra y movidos por tu Espíritu, tú estás en medio de nosotros: nuestra oración se vuelve concorde, sube de un solo corazón y una sola alma, y cualquier cosa que pidamos estamos seguros de que la obtendremos.

Cuando nos reunimos en tu nombre, tú estás en medio de nosotros, nos muestras los signos de tu pasión y nos comprometes a hacer de nuestra vida un servicio y una entrega total. Cuando nos encontramos unidos en tu nombre, vienes, nos enseñas a acercarnos como verdaderos hermanos a los otros, nos sugieres las palabras y los gestos que conducen a la reconciliación y nos confías la tarea de atar y desatar. Por tu presencia vienen a nosotros la fuerza de la oración, la capacidad de entregar la vida, la comunión fraterna, la remisión de nuestros pecados y la alegría de la vida eterna.

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cristo está entre el otro y yo... Dado que Cristo se encuentra entre el otro y yo, no debo desear una comunión inmediata con éste. Del mismo modo que sólo Cristo puede hablar conmigo de forma que me socorra realmente, así también el otro sólo puede ser ayudado por Cristo mismo. Ahora bien, eso significa que debo dejar libre al otro y no intentar determinar sus decisiones, obligarle o dominarle con mi amor. Por ser libre respecto a mí, el otro quiere ser amado tal como es verdaderamente, esto es, como un hombre para el que Cristo ha conquistado la remisión de los pecados y para el que ha preparado la vida eterna. Puesto que Cristo ya ha realizado desde hace tiempo su obra en mi hermano, mucho antes de que yo pudiera empezar mi obra en él, debo dejar libre a mi hermano por Cristo, debe encontrarme sólo en aquel hombre que él es ya por Cristo.

Eso es lo que significa que podamos encontrar al prójimo sólo a través de Jesucristo. El amor psíquico se crea su propia imagen del otro, de lo que es y de aquello en que debe convertirse.

Toma la vida del prójimo en sus propias manos. El amor espiritual reconoce la verdadera imagen del prójimo a través de Jesucristo; es la imagen que Jesucristo ha forjado y que quiere forjar.

Por eso el amor espiritual seguirá confiando constantemente, en todo lo que dice y en todo lo que hace, el prójimo a Cristo. No intentará suscitar emociones en su ánimo, tratando de influenciarle de una manera demasiado personal e inmediata, o interviniendo en su vida de una manera impura; no experimentará placer en la excitación de los sentimientos ni en el excesivo ardor religioso, sino que le saldrá al encuentro con la clara Palabra de Dios y estará dispuesto a dejarlo solo con esta Palabra durante un extenso período, a dejarlo de nuevo libre, para que Cristo pueda obrar en él. Respetará los límites que Cristo ha puesto entre el otro y yo, y encontrará la plena comunión con él en Cristo, que enlaza y une a todos.

Por eso hablará más con Cristo del hermano que no de Cristo al hermano. Sabe que el camino más corto que lleva al otro pasa a través de la oración dirigida a Cristo y que el amor por él está completamente unido a la verdad en Cristo. Respecto a este amor, dice el apóstol Juan: «Nada me produce tanta alegría como oír que mis hijos son fieles a la verdad» (3 Jn 4) (D. Bonhoeffer, La vita comune, Brescia 31997 [edición española: Vida en comunidad, Ediciones Sígueme, Salamanca 1 997]).

 

Día 13

Jueves de la 19ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 12,1-12

1 Recibí esta palabra del Señor:

2 -Hijo de hombre, tú vives en medio de un pueblo rebelde. Tienen ojos para ver, y no ven; oídos para oír, y no oyen; son un pueblo rebelde.

3 Y ahora, hijo de hombre, prepara tu equipaje para el destierro y ponte en marcha en pleno día a la vista de ellos; sal de donde vives y vete a otro sitio. Tal vez así comprendan que son un pueblo rebelde.

4 Sacarás tu equipaje de deportado en pleno día, a la vista de todos. Partirás por la tarde como si fueras un deportado.

5 Harás un boquete en la pared y saldrás por él.

6 Te cargarás ante ellos a la espalda tu equipaje, y partirás de noche con la cara cubierta para no ver la tierra, pues serás un símbolo para el pueblo de Israel.

7 Yo hice todo lo que se me había ordenado. Preparé mi equipaje de deportado en pleno día; por la tarde, hice un boquete en la pared con las manos y salí de noche con el equipaje a mis espaldas, a la vista de todos.

8 Por la mañana recibí esta palabra del Señor:

9 -Hijo de hombre, cuando el pueblo de Israel, ese pueblo rebelde, te pregunte qué es lo que haces,

10 contéstales: Así dice el Señor: Este oráculo se refiere al rey de Jerusalén y a todos los israelitas que viven en ella.

11 Diles: Yo soy un símbolo para vosotros; vosotros tendréis que hacer lo que yo he hecho. Seréis deportados, iréis al destierro.

12 Hasta el rey que los gobierna se cargará a las espaldas el equipaje de deportado, saldrá en la oscuridad por una brecha que abrirán en el muro para que salga, y se tapará la cara para no ver su tierra con sus propios ojos.

 

**• El profeta, por medio de una acción simbólica, anuncia de nuevo al pueblo el fin próximo de Jerusalén y la deportación a Mesopotamia. Realiza sus gestos «a la vista de ellos», pero éstos «tienen ojos para ver, y no ven oídos para oír, y no oyen» porque «son un pueblo rebelde» (v. 2). En ellos se cumple lo que dice el salmo de cuantos siguen a los dioses: «Los ídolos de los paganos son plata y oro y han sido fabricados por manos humanas. Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen, no hay vida en ellos. Sean como ellos quienes los fabrican, los que confían en ellos» (Sal 135,15-18).

El profeta se carga el equipaje de deportado y, en medio de la oscuridad, con el rostro cubierto hasta el punto de no poder ver nada, sale de la ciudad a través de un boquete hecho en la pared: es un mensaje destinado al rey y a sus conciudadanos. Los últimos versículos (w. 11ss, tal vez añadidos más tarde) aluden de un modo más claro a los hechos históricos. En tiempos del último asedio a Jerusalén, el rey Sedecías intentó una fuga de noche por un boquete de las murallas, junto con un grupo de combatientes, pero fue detenido y, tras haber asistido al exterminio de sus hijos, fue cegado, deportado a Babilonia y encarcelado allí (2 Re 25,4-7). El rey acabó prisionero y ciego. No se puede bajar más. A este final –repite el profeta- conducen la ceguera religiosa, la presunción frente a los mensajes de Dios, la rebelión contra su señorío. No queda espacio para ninguna esperanza ni para ninguna astucia humana. Lo que hace el pueblo de Dios ha sido denunciado sin remisión: la maldad conduce a un final vergonzoso.

Si tenemos en cuenta que se trata de palabras dirigidas a gente que se encuentra en el exilio, convencida de un próximo retorno a Jerusalén, cuando todavía reina Sedecías, es preciso reconocer que el profeta acaba con todas las ilusiones e invita a pasar de la confianza en los dioses hechos por manos humanas a la fe en el Dios vivo. «Yo (Ezequiel) soy un símbolo para vosotros» (cf. v. l i a ) . Quiere serlo a cualquier precio, trabajando y sufriendo. Ésa fue su vocación. En esto representa, para nosotros, un ideal y un programa.

 

Evangelio: Mateo 18,21-19,1

En aquel tiempo,

18,21 se acercó Pedro y le preguntó: -Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces?

22 Jesús le respondió: -No te digo siete veces, sino setenta veces siete.

23 Porque con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.

24 Al comenzar a ajustarías, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos.

25 Como no podía pagar, el señor mandó que le vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para pagar la deuda.

26 El siervo se echó a sus pies suplicando: «¡Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo!».

27 El señor tuvo compasión de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda.

28 Nada más salir, aquel siervo encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios; lo agarró y le apretó el cuello, diciendo: «¡Paga lo que debes!».

29 El compañero se echó a sus pies, suplicándole: «¡Ten paciencia conmigo y te pagaré!».

30 Pero él no accedió, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda.

31 Al verlo, sus compañeros se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor todo lo ocurrido.

32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné aquella deuda entera porque me lo suplicaste.

33 ¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?».

34 Entonces su señor, muy enfadado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagase toda la deuda.

35 Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros.

19,1 Cuando Jesús terminó este discurso, se marchó de Galilea y se dirigió a la región de Judea, a la otra orilla del Jordán.

 

*» Jesús ha hablado ya de la actitud que debemos adoptar con los pecadores, de la necesidad de volver a ganar al hermano que ha pecado (Mt 18,15-22) y de la oración común (18,19ss); ahora pasa al problema de cómo debe comportarse quien ha sido ofendido personalmente.

El judaísmo conocía ya la obligación del perdón de las ofensas, pero había elaborado una especie de «tarifa» que variaba de una escuela a otra. Se comprende así que Pedro preguntara a Jesús cuál era su tarifa, preocupado por saber si era tan severa como la de la escuela que exigía el perdón del propio hermano hasta siete veces (18,21). Jesús responde a Pedro con una parábola que libera el perdón de toda tarifa, para convertirlo en el signo del perdón recibido de Dios, del Reino que se está instaurando en la tierra: «Porque con el Reino de los Cielos sucede lo que...» (18,23).

La parábola comienza con las figuras de un rey y de alguien que le debe diez mil talentos; de este modo, subraya la inconmensurable debilidad del pecador frente a Dios. La acentuación de algunos rasgos (presencia del rey, caer a los pies del rey, postrarse, tener piedad... 18,26) evoca la escena del juicio final. La desproporción entre los diez mil talentos y los cien denarios (semejante a la desproporción que existe entre la viga y la paja: cf. 7,1-5) permite comprender la diferencia radical entre las concepciones humanas y las divinas de la deuda y de la justicia. Por último, también el castigo infligido al siervo (una tortura que durará hasta que haya pagado toda la deuda: 18,34) hace pensar en un suplicio eterno.

La clave de lectura nos la proporciona el último versículo: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros» (18,35). El perdón de Dios, del que todos tenemos necesidad, se otorga con la condición de que nosotros también seamos capaces de perdonar. Sin embargo, si se lee con atención la parábola, se ve que el perdón que otorgamos a los otros no equivale ciertamente al perdón que Dios nos concede a nosotros. Nuestra misericordia es siempre limitada, aunque sea total; la de Dios es infinita. La nuestra, además, nace de la bondad infinita de Dios. Es un pálido esfuerzo destinado a intentar imitar al Padre (5,48).

 

MEDITATIO

Dios es alguien que perdona inmensamente. Con la venida de Jesús, el perdón se vuelve inmediatamente perceptible. Para el evangelista Mateo, toda la obra de Jesús está caracterizada por la remisión de los pecados: así en la curación del paralítico (9,2-7), así con su sangre, «que se derrama por todos para el perdón de los pecados» (26,28). Jesús intercede en la cruz por los que le están crucificando: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Le 23,34).

El perdón de Dios, otorgado con generosidad y misericordia, se vuelve normativo para las relaciones entre los discípulos: «¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?». La experiencia de haber sido perdonados por Dios debe llevarnos al perdón de los hermanos. Nuestra relación con el otro debe reflejar la de Dios con nosotros; lo que él ha hecho por nosotros es el paradigma de lo que nosotros debemos hacer a los otros. Hay, en la enseñanza de Jesús, algunos «como» sobre los que no reflexionamos bastante.

Cuando Jesús nos enseña el amor al prójimo, establece unos cuanto «como» que forman una progresión que no admite excusas: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39; Gal 5,14), «como yo os he amado» (Jn 15,12)» «como yo amo al Padre» (Jn 14,31)... En el Padre nuestro nos hace decir Jesús: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Con este «como» no nos enseña Jesús que el precio para ser perdonados por Dios sea perdonar a nuestros hermanos. Ni nos enseña que lo único que debemos hacer para ser perdonados por él es perdonar; ni tampoco que si nosotros perdonamos imponemos al Dios omnipotente la obligación de perdonarnos. El perdón de Dios no es simplemente el eco de nuestro espíritu de perdón. Es más bien lo contrario: el pensamiento de la grandeza del perdón de Dios debería amonestarnos y ablandar nuestro corazón hasta el punto de hacernos desear también a nosotros perdonar a los otros.

 

ORATIO

Padre, míranos en tu inmensa bondad, mira a estos siervos de la parábola que deben una suma enorme a su patrón y ven perdonada toda su deuda. Pero, apenas recibido este favor, cogemos por la garganta a los que no nos deben casi nada para ordenarles que nos devuelvan todo y de inmediato.

Padre, nos olvidamos enseguida de que tú nos has perdonado todo. Somos deudores con memoria corta, que nos convertimos en un instante en acreedores despiadados, que exigen ser pagados hasta el último céntimo. Guárdanos, Padre, de semejante arrogancia y de un olvido como éste, porque tú nos has perdonado. Amén (G. Danneels, Padre nostro que sei nei cieli, Milán 1992).

 

CONTEMPLATIO

Tu perdón es total porque cuando perdonas, Padre, lo haces con todo el corazón; nos abres tus brazos, feliz de estrecharnos en tu inmenso amor.

Tu perdón es total: cuando te lo pedimos nos lo concedes de inmediato, sin espera alguna, sin hacernos reproches, sin guardar rencor, sin importarte lo que haya pasado.

Tu perdón es total: cancela la culpa en lo más profundo de nosotros, purifica el corazón haciéndonos pasar del estado de pecado al estado de inocencia.

Tu perdón es total: y restablece en nosotros la santidad perdida, nos da la fuerza necesaria para complacerte de nuevo, para vivir de acuerdo con tu voluntad.

Tu perdón es total: nos toma enteramente en la nueva alianza establecida en tu Hijo, nos concede la alegría de experimentar tu bondad, tu ternura (J. Galot).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Perdona, Señor, la infidelidad de tu pueblo» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La pregunta por la remisión de los pecados está ligada al perdón fraterno: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Jesús habla de perdonar «hasta setenta veces siete». ¿A quién hemos de perdonar? A todos aquellos de quienes pensamos haber recibido algún perjuicio, algún trato injusto. A todos aquellos que nos han decepcionado, que no nos han dado aquel amor, aquella atención, aquella escucha que esperábamos. Hay dentro de nosotros un montón de pequeñas heridas y amarguras: es necesario tratarlas con el aceite y el bálsamo de un continuo y sincero perdón.

Todo eso nos hará estar mejor, incluso de salud, y nos hará gustar hasta el fondo el perdón del Padre no sólo por todas nuestras culpas, sino también por nuestros comportamientos inadecuados, por todo lo que hemos negado a Dios y él podía esperar de nosotros en materia de confianza y de amor, por todos nuestros incalculables pecados de omisión (C. M. Martini, Ritorno al Padre de tutti, Milán 1998 [edición española: El retorno al Padre de todos, Verbo Divino, Estella 1999]).

 

Día 14

 Viernes de la 19ª semana del tiempo ordinario o día 14 de agosto, conmemoración de

San Maximiliano María Kolbe

 

Nació en Polonia en 1894. A los 13 años entró en los menores conventuales. Una vez terminados sus estudios filosóficos y teológicos en Roma, instituyó en ella la «Milicia de la Inmaculada», en 1917. Tras ser ordenado sacerdote en 1927, fundó en su patria la «Ciudad de la Inmaculada», centro de vida espiritual y de actividad editorial. Ejerció como misionero en Japón y volvió a Polonia en 1936, donde prosiguió su intensa obra de apostolado. Durante la Segunda Guerra Mundial fue deportado al campo de concentración de Auschwitz, donde murió al ofrecer su vida por la de un compañero de prisión, el 14 de agosto de 1941. Fue beatificado por Pablo VI en 1971 y canonizado con el título de mártir por Juan Pablo II en 1 982.

 

LECTIO

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 16,1-15.60.63

1 Recibí esta palabra del Señor:

2 -Hijo de hombre, haz saber a Jerusalén sus abominaciones y di:

3 Esto dice el Señor a Jerusalén: Por tu origen y nacimiento eres cananea; tu padre fue un amorreo y tu madre una hitita.

4 El día en que naciste no te cortaron el cordón, no te lavaron con agua, no te hicieron las fricciones de sal ni te envolvieron en pañales.

5 Nadie se apiadó de ti ni hizo por compasión nada de esto, sino que te arrojaron al campo como un ser despreciable el día que naciste.

6 Yo pasé junto a ti, te vi revolviéndote en tu sangre y te dije: Sigue viviendo 7 y crece como la hierba de los campos. Y tú creciste, te hiciste mayor y llegaste a la flor de tu juventud; se formaron tus senos y te brotó el vello, pero seguías desnuda.

8 Yo pasé junto a ti y te vi; estabas ya en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti y cubrí tu desnudez; me uní a ti con juramento, hice alianza contigo, oráculo del Señor, y fuiste mía.

9 Te lavé con agua, te limpié la sangre y te ungí con aceite;

10 te vestí con bordados, te puse zapatos de cuero fino, te ceñí de lino y te cubrí de seda;

11 te adorné con joyas, coloqué pulseras en tus brazos, un collar en tu cuello,

12 un anillo en tu nariz, pendientes en tus orejas y una magnífica corona en tu cabeza.

13 Estabas adornada de oro y plata, vestida de lino fino, de seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite. Te hiciste cada vez más hermosa y llegaste a ser como una reina.

14 La fama de tu belleza se difundió entre las naciones paganas, porque era perfecta la hermosura que yo te había dado. Oráculo del Señor.

15 Pero tú, confiada en tu belleza y valiéndote de tu fama, te prostituiste y te ofreciste a todo el que pasaba, entregándote a él.

60 Pero yo me acordaré de la alianza que hice contigo en los días de tu juventud y estableceré contigo una alianza eterna,

61 para que te acuerdes y te avergüences y no te atrevas a abrir más la boca, cuando te haya perdonado todo lo que has hecho.

 

*+• El profeta, a través de un procedimiento de tipo midrásico, nos ofrece una profunda y sintética meditación sobre la historia de Jerusalén y su visión de la instauración del Reino de Dios en el mundo. Para hacerlo recurre al simbolismo matrimonial, un simbolismo bastante difundido entre los profetas para expresar la relación entre Dios e Israel.

En su origen, Jerusalén fue como una niña abandonada por sus padres y privada de todo: estaba excluida de la confederación cananea (Melquisedec, rey de Salem, no tiene ni padre ni madre: Heb 7,3, y, bastante antes de la era judía, el rey Ponti-Hefer escribía al faraón para lamentarse de su aislamiento); pasa sin daño a través de la historia de Canaán (w. 3-5). Cuando los judíos ocupan la región, no se preocupan de Jerusalén: la dejan vivir por su cuenta. Sólo con David entró el Señor en relación con la ciudad, la convirtió en su esposa (w. 8-13) y la hizo beneficiaría de la gloria inaudita del reinado de Salomón: «Era perfecta la hermosura que yo te había dado. Oráculo del Señor» (v. 14).

Ahora bien, prendada de sí misma, Jerusalén rompe el pacto de amor con Dios y se convierte en una prostituta, ofreciendo sus favores «a todo el que pasaba», a todos los dioses de la región (v. 15). Su infidelidad fue particularmente grave. Las otras ciudades del Oriente condenadas por el Señor no habían conocido su amor con la misma intensidad, no habían sido tan adúlteras; por eso son claramente menos culpables que Jerusalén.

En consecuencia, cabe esperar que el Señor juzgue a Jerusalén y la condene como se hace con una joven adúltera, con un castigo mucho más duro que el padecido por Sodoma, por Samaría y por las otras ciudades paganas (w. 35-52, no recogidos por la liturgia). Con todo, el misterioso amor del Señor, gratuito y fiel, no disminuirá; Dios sigue amando a la esposa infiel y le prepara un futuro de conversión y de retorno a él. Los últimos versículos le anuncian el establecimiento de una alianza eterna con ella.

 

Evangelio: Mateo 19,3-12

En aquel tiempo,

3 se acercaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron:

-¿Puede uno separarse de su mujer por cualquier motivo?

4 Jesús respondió:

-¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra, 5 y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos uno sólo?

6 De manera que ya no son dos, sino uno sólo. Por tanto, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

7 Replicaron:

-Entonces, ¿por qué mandó Moisés que el marido diera un acta de divorcio a su mujer para separarse de ella?

8 Jesús les dijo:

-Moisés os permitió separaros de vuestras mujeres por vuestra incapacidad para entender, pero al principio no era así.

9 Ahora yo os digo: El que se separa de su mujer, excepto en caso de unión ilegítima, y se casa con otra comete adulterio.

10 Los discípulos le dijeron:

-Si tal es la situación del hombre con respecto a su mujer, no tiene cuenta casarse.

11 Él les dijo:

-No todos pueden comprender esto, sino sólo aquellos a quienes Dios se lo concede.

12 Algunos no se casan porque nacieron incapacitados para ello, otros porque los hombres los incapacitaron, y otros eligen no casarse por causa del Reino de los Cielos. Quien pueda comprender que lo haga.

 

**• El fragmento está constituido por dos partes. En la primera (w. 3-9) ocupan la escena Jesús y los fariseos.

Jesús no está de acuerdo con la sociedad permisiva de su tiempo y remite al designio original del Creador: Dios creó al hombre y a la mujer para un matrimonio indisoluble. La ley judía permitía al hombre repudiar a la esposa «por cualquier motivo». Las escuelas rabínicas no estaban muy de acuerdo en la interpretación de este pasaje. Los laxistas eran del parecer de que si un hombre encontraba una mujer más atractiva que la suya, podía disgustarse hasta tal punto con su propia mujer que llegara a repudiarla válidamente; los rigoristas, en cambio, veían en esto un adulterio o, al menos, la expresión de costumbres particularmente ligeras.

La cuestión planteada por los fariseos a Jesús es una trampa: quieren obligarle a tomar posición entre las dos corrientes. Pero Jesús evita la asechanza declarándose contrario al divorcio, sea cual sea el motivo, apoyándose en dos pasajes de la Escritura: Gn 1,27 y 2,24. Dios quiere que el marido y la mujer estén unidos como «uno sólo» (Mt 19,5ss). Lo que Dios ha unido no puede separarlo el hombre, aunque se trate del mismo Moisés (v. 6b). El matrimonio, en efecto, no es sólo un contrato entre dos personas humanas: en él está implicada también la voluntad de Dios, inscrita en la complementariedad de los sexos.

La voluntad de los esposos no basta para explicar el matrimonio: la voluntad de Dios forma parte inherente del mismo. El divorcio ignora el designio de una de las partes del matrimonio, el mismo Creador.

En la segunda parte de nuestro pasaje (w. 10-12), ocupan la escena Jesús y los discípulos: a éstos, que manifiestan su perplejidad y las dificultades que les plantea asumir una responsabilidad tan grave en el matrimonio, les responde Jesús poniéndolos en guardia: sólo una responsabilidad mayor, la urgencia de difundir el Reino de los Cielos, hace laudable la renuncia al matrimonio.

Lo que dice Jesús no lo comprenderán todos. Jesús no dice: «No todos pueden poner en práctica estas palabras», sino «No todos pueden comprender esto» (v. 11), «quien pueda comprender que lo haga» (v. 12); precisa que sólo pueden comprender «aquellos a quienes Dios se lo concede» (v. 11). Se trata de una inspiración interior concedida a los apóstoles y a aquellos que creen (Mt 11,25 y 16,17).

  

MEDITATIO

Dar la vida es manifestar la cumbre del amor, dijo Jesús. Eso es lo que hizo él, y a eso mismo nos llama a nosotros. Aparecen los vértigos, como si estuviéramos al borde de un abismo. Estamos así instintivamente aferrados a nuestra vida, una vida que sentimos muy breve y frágil... La retenemos de una manera tenaz entre nuestras manos. De la vida como posesión a la vida como don: ése es el gran desafío, que revela - a nosotros mismos antes que a los otros- «quiénes somos» y «quiénes queremos ser».

       «Podríamos decir que el banco de prueba del valor y, por consiguiente, del significado de una persona es, para el hombre contemporáneo, la "cotidianidad". En el caso del padre Kolbe, ¿cuántos son capaces de pensar, frente a una experiencia tan extraordinaria, que ésta estuvo preparada por toda una vida llevada bajo la enseña de una "cotidianidad extraordinaria", que, tal vez, sea la única que está en condiciones de madurar para los grandes momentos?» (G. Barra). Dar la vida no es cuestión de un momento, sino una opción fundamental repetida cada día: la de decir «sí» a la oferta de amistad que Dios nos propone. No es cuestión de un impulso del corazón en algún momento especial, sino de gestos concretos ordinarios que saben de calor, de compartir con los demás, de entrega verdadera. Esto es posible para todos, para cada uno que acoja la llamada del Señor y le responda con el amor a los hermanos. Es «en el marco de una vida entregada y empleada realmente por un ideal tan arrollador donde puede madurar y donde se puede comprender el acto sublime que coronó la existencia del padre Maximiliano, la consumación cruenta de una oblación constante realizada a lo largo de toda una vida, el sello a una fidelidad indefectible a lo "terrible cotidiano"» (G. Barra).

 

ORATIO ( Algunas invocaciones de san Maximiliano María Kolbe )

«Reina en mí, oh Dios mío, y permíteme difundir en todos tu Reino a través de la  Inmaculada».

«Oh María, concebida sin pecado, ora por nosotros, los que recurrimos a ti, y por cuantos no lo hacen; en particular, por los enemigos de la santa Iglesia y por aquellos que te han sido encomendados».

«¡Gloria a la Inmaculada por todo!»

«¡Oh Inmaculada, soy tuyo!»

«Virgen Inmaculada, Madre mía, María, te renuevo, hoy y para siempre, la consagración de toda mi persona, a fin de que dispongas de mí para el bien de las almas. Sólo te pido, oh Reina mía y Madre de la Iglesia, cooperar fielmente en tu misión para la venida de Jesús al mundo. Te ofrezco, por tanto, oh Corazón Inmaculado de María, las oraciones, las acciones y los sacrificios de este día» (Consagración cotidiana a María de la Milicia de la Inmaculada).

 

CONTEMPLATIO (Algunos dichos de san Maximiliano María Kolbe:)

 «Lo primero que tenemos que hacer es trabajar en nuestro propio perfeccionamiento».

«La humildad es lo más difícil de conquistar en el trabajo por nuestra propia santificación».

«La oración es una condición indispensable para la regeneración y para la vida de toda alma».

«Todo lo puedo en Aquel que me da fuerza a través de la Inmaculada».

«Sin un espíritu de penitencia y de renuncia de nosotros mismos no se puede ser amor».

«Sin amor, no puede haber virtud alguna; con amor, todas».

«Busca sólo la gloria de Dios, con serenidad».

«El amor mutuo es lo principal».

«Trabaja, a través de la Inmaculada, por la salvación de las almas».

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y medita durante el día esta expresión típica de Maximiliano María Kolbe: «Sólo el amor crea».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En todos los continentes, o casi, es conocida y notoria la figura de san Maximiliano María Kolbe. Y quien ha recibido el don de acercarse a él, queda profundamente conquistado por el santo. Porque se quedará tan presente en su propia vida, que sentirá la necesidad de invocarlo, imitarlo y enamorarse de su poliédrica figura de hombre, sacerdote, religioso, apóstol y mártir.

«Sólo el amor crea», había repetido miles y miles de veces el padre Kolbe durante su vida. «Sólo el amor crea», cantaban las obras que iba ideando y concretando una tras otra, a fin de llevar la vida de la verdad a cada hombre con la imprenta; para llevar las ondas de la vida a cada casa por medio de la radio; para dar un signo de la vida eterna a través de las esculturas y las pinturas délos hermanos. Y en sus largos viajes no perdía la ocasión de acercarse al ateo, al masón, al judío, al incrédulo, al cristiano adormecido en su fe, para que el nuevo destello de la vida iluminara el camino que lleva a la salvación.

«Sólo el amor crea», ha ido repitiendo el papa «venido de lejos », cada vez que se detiene a hablar de este hombre: el hombre de nuestro tiempo, el hombre de la magna y profunda herencia.  La herencia espiritual de san Maximiliano María Kolbe no tiene límites. La consagración total a la Inmaculada con propósitos apostólicos, que él vivía y promovía, es y debe ser una verdadera espiritualidad. Indudablemente, es una herencia muy comprometedora, porque se trata de imitar a aquel que nos la ha dejado. A saber: se trata no de tener «algo» de él (posibles reliquias, algún autógrafo, su biografía, etc.), sino de poseer su espíritu, porque de los santos queda sobre todo lo que han hecho, actuando según la voluntad de Dios. Recoger su herencia significa permitir a Dios que obre en nosotros como obró en ellos. Como obró en san Maximiliano María Kolbe y en muchos de sus seguidores (L. Faccenda [ed.], «Un cuore donato. San Massimiliano María Kolbe», suplemento a Milizia Mariana 4 [1994] 11; 51ss; 75).

 

 

Día 15

Asunción de la Virgen María (15 de agosto)

  

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 11,19a; 12,1-6a.10a-b

11  Se abrió entonces en el cielo el templo de Dios y dentro de él apareció el arca de su alianza.

12,1 Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

2 Estaba encinta y las angustias del parto le arrancaban gemidos de dolor.

3 Entonces apareció en el cielo otra señal: un enorme dragón de color rojo con siete cabezas y diez cuernos y una diadema en cada una de sus siete cabezas.

4 Con su cola barrió la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se puso al acecho delante de la mujer que iba a dar a luz, con ánimo de devorar al hijo en cuanto naciera.

5 La mujer dio a luz un hijo varón, destinado a regir todas las naciones con vara de hierro, el cual fue puesto a salvo junto al trono de Dios,

6 mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios.

10 Y en el cielo se oyó una voz potente que decía: Ya está aquí la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios. Ya está aquí la potestad de su Cristo.

 

**• El pasaje que hemos leído presenta una visión del apocalipsis. En ella se mezclan figuras y realidades de tal modo que no siempre es fácil interpretar con exactitud el significado de las imágenes empleadas. Por otra parte, en el lenguaje profético y apocalíptico conviene con frecuencia detenerse en el nivel de la sugerencia, a fin de comprender mejor el texto mismo. Este último puede ser presentado así como uno de nuestros sueños reveladores, un sueño en el que salen a flote nuestros miedos y nuestras certezas, nuestras necesidades y nuestros deseos...

Este sueño está compuesto antes que nada de cielo. Se está llevando a cabo algo que está por encima de nosotros, algo que nos incluye. La lucha entre la mujer, el niño, el dragón y los ejércitos angélicos no tienen que ver con acontecimientos al margen de nosotros, sino que se cumplen en nuestro mismo cielo. Más aún, se trata de una lucha final, porque en ella se juega nuestra vida o la muerte. Lo muestra bien la señal de la mujer (12,lss). Ésta es casi una reina, soberana sobre la luna (es decir, sobre el «otro» lado de nuestra conciencia, sobre nuestra naturaleza más inconsciente) y sobre las estrellas (las doce estrellas se refieren a las doce tribus de Israel, o sea, que esta figura también es soberana de la historia, que, aun sin saberlo nosotros, está a nuestra espalda). Esta señal constituye el lado vivo de nuestra realidad; más aún, el lado más fecundo, el lado que nos impulsa a continuar la vida, la señal que nos permite albergar la esperanza de un día nuevo.

Sin embargo, esta señal no está exenta de dolor y de peligro (12,3ss). La mujer grita por los dolores del parto y, al mismo tiempo, teme al dragón que quiere devorar al niño. Si nos dejamos cautivar por este sueño, sentiremos lo que significa que nuestro sueño de una vida nueva esté en peligro, nos daremos cuenta de hasta qué punto están temblando por dentro nuestros deseos, nos preguntaremos si conseguiremos ver de verdad la luz,  experimentaremos el dolor que la nueva vida provoca en nosotros... La lucha se está produciendo precisamente en nuestro instante de vida.

Y el niño nace y, contrariamente a las expectativas negativas, es arrebatado al cielo para defenderlo deldragón, que es derrotado por los ejércitos angélicos (12,5ss). Podría parecer un consuelo barato en nuestro sueño. Sin embargo, si creemos que nuestro sueño expresa una verdad, comprenderemos de inmediato que no se trata de esto: se trata de la exacta percepción, del presentimiento confiado de que, de verdad, precisamente en nuestra vida, «ya está aquí la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios» (12,10).

 

Segunda lectura: 1 Corintios 15,20-26

Hermanos:

20 Cristo ha resucitado de entre los muertos como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte.

21 Porque lo mismo que por un hombre vino la muerte, también por un hombre ha venido la resurrección de los muertos.

22 Y como por su unión con Adán todos los hombres mueren, así también por su unión con Cristo todos retornarán a la vida.

23 Pero cada uno en su puesto: como primer fruto, Cristo; luego, el día de su gloriosa manifestación, los que pertenezcan a Cristo.

24 Después tendrá lugar el fin, cuando, destruido todo principado, toda potestad y todo poder, Cristo entregue el reino a Dios Padre.

25 Pues es necesario que Cristo reine hasta que Dios ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.

26 El último enemigo a destruir será la muerte.

 

**• Pablo subraya también en otras ocasiones que el anuncio de la resurrección se encuentra en el centro del mensaje cristiano (cf. Rom 1,4; Gal 1,2-4; etc.): «Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe» (1 Cor 15,17).

También en este caso, después de haber vuelto a llamar a los fieles a compartir un mismo camino de fe, les vuelve a presentar el evangelio inicial, el que anuncia que «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, fue sepultado y resucitó el tercer día según las Escrituras» (1 Cor 15,3ss). Como corolario, intenta dar posibles explicaciones de la resurrección, frente a posibles objeciones.

En el fragmento que nos presenta la liturgia de hoy, la resurrección está vinculada con su acontecimiento primero: Jesucristo. En efecto, el «primer» hombre, Adán, es figura de un ser para la muerte, que introduce la muerte-pecado en la naturaleza humana; el hombre «nuevo» Jesús, en cambio, trae la vida y a través de él tiene lugar la resurrección. La lectura cristológica de la resurrección no es obvia; más aún, sirve para valorarla como un acontecimiento de gracia y evitar lecturas simplemente naturalistas o moralistas. La resurrección es el don de la vida de Dios en Cristo: no se trata de un premio para quien se ha portado bien o de la evolución natural de las cosas... La resurrección es la Vida nueva que irrumpe en nuestra vida, es la Vida de la gracia, que transforma todo nuestro ser y hace que nuestro espíritu y nuestro cuerpo puedan ver el rostro de Dios y seamos elevados al cielo. Éste es el verdadero anuncio de la derrota definitiva de la muerte, que ya no es considerada como pecado y dolor, sino que se convierte en la puerta santa, en el último paso hacia el encuentro con el Señor de nuestra vida.

 

Evangelio: Lucas 1,39-56

39 Por aquellos días, María se puso en camino y se fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá.

40 Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

41 Y cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño empezó a dar saltos en su seno. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo,

43 exclamó a grandes voces: -Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

43 Pero ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme? 44 Porque en cuanto oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de alegría en mi seno.

45 ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

46 Entonces María dijo:

47 Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador,

48 porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,

49 porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso. Su nombre es santo,

50 y es misericordioso siempre con aquellos que le honran.

51 Desplegó la fuerza de su brazo y dispersó a los de corazón soberbio.

52 Derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes.

53 Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada.

54 Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia,

55 como lo había prometido a nuestros antepasados, en favor de Abrahán y de sus descendientes para siempre.

56 María estuvo con Isabel unos tres meses; después volvió a su casa.

 

*»• El encuentro entre dos madres se convierte, en los relatos de la infancia del evangelio según Lucas, en un momento importante de conexión y de continuidad entre la historia de la salvación contada en el Antiguo Testamento y la nueva historia que está a punto de empezar con el nacimiento de Jesús; por eso, Isabel saluda en María a la madre «de su Señor» (cf. v. 43) y la proclama bienaventurada por su fe, exultando junto con su propio hijo por impulso del Espíritu Santo (w. 41-45). La presencia misteriosa del Espíritu nos muestra ya que ambas madres forman parte de un mismo plan de salvación, mediante el cual el designio de Dios sobre el mundo encuentra su cumplimiento no a través de las grandes gestas de la historia -aunque sí en su interior-, no a través de las glandes intuiciones de los filósofos o de los matemáticos griegos -aunque sí junto a ellos-, sino a través de la esperanza de dos mujeres de Israel, que reconocen en lodo lo que les está pasando una obra que les supera. No por nada se convierte el cántico mariano en elenco de esta historia que está por detrás y frente a la historia de los manuales, exaltando a su Autor misterioso (v. 47).

La «humildad de su sierva», a la que el Señor dirige su mirada (cf. w. 48-50), no se queda en una simple indicación exterior. Se trata de la humildad de quien está tan bajo que ve mejor la semilla que está a punto de nacer, de quien se pone en una posición de pura acogida (cf. Lc 1,38), de modo que consigue ver la profundidad de todo lo que está sucediendo y no se deja distraer por otros acontecimientos más ruidosos pero menos reales.

En el fondo, se trata de la humildad de quien acoge en sí la verdad de la historia. Precisamente por eso, la humildad de María no le impide reconocerse incluso como destinataria privilegiada del amor de Dios y profetizar que la historia la recordará por esto (y con ello se inserta una vez más en el ejército de todos los orantes del Antiguo Testamento). De esta perspectiva parte el recuerdo de las obras realizadas por el verdadero Señor de la historia (w. 51-53).

Y esta historia se cumple en la salvación llevada a quienes históricamente no tienen salvación -los humildes, los hambrientos- y en la dispersión de cuantos tienen una salvación confeccionada por ellos a su medida y, por eso, no pueden confiar en la obra de Otro (como los soberbios, los poderosos, los ricos...). Estos dos aspectos de la historia parecen combatirse recíprocamente: Desplegó la fuerza de su brazo» (v. 51) es una expresión dotada de connotaciones militares (cf. Sal 118,16); sin embargo, la profecía de María descubre, en realidad, en la historia un único aspecto de salvación; a saber: la proximidad del Señor. Tanto más por el hecho de que este Señor demuestra ser fiel también a sus propias promesas (w. 54ss) y, por consiguiente, digno asimismo de confianza. Para quien tiene ojos humildes, capaces de ver la humildad de la historia de la salvación, el Dios en quien se puede confiar permanece como confirmación de la bendición que él mismo ha dirigido a Israel y a su pueblo, de la promesa que el niño que da saltos en el seno de Isabel y el niño que está creciendo en el seno de María llevan con ellos.

 

MEDITATIO

La persona de María encierra y realiza en sí misma un camino particular de fe a pesar de la elección que la consideró no afectada por el pecado original y que la hizo Madre de Dios, «la que avanzaba "en la peregrinación de la fe"» (Redemptoris Mater 25). Este avanzar por el camino de la fe la convierte también en un posible modelo para todo el que quiere comprender lo que significa reconocer el total señorío de Dios sobre su propia vida.

Este señorío encuentra su realización ya en el ámbito de nuestro camino de crecimiento humano. A medida que el señorío de Dios entra en nuestra historia conseguimos ver con unos ojos nuevos la realidad que nos rodea. Nuestros ojos no ven ya sólo los abusos, las injusticias de quienes oprimen al débil, las mentiras de quienes tienen la soberbia en su propia lengua, la riqueza que se convierte en muerte del pobre... Poco a poco nuestros ojos se vuelven semejantes a los de María, a esos ojos que la hacen capaz de reconocer el poder de Dios que actúa en la historia en favor de la justicia y de la paz, y nos damos cuenta de cómo nosotros mismos podemos volvernos, a nuestra vez, historia de liberación, precisamente como María, si nos confiamos a este anuncio.

El señorío de Dios encuentra también su realización en nuestro camino de fe. Con María nos damos cuenta de que somos «siervos del Señor», llamados a proclamar la obra del Señor y sus maravillas, llamados a «engrandecer» su presencia en nuestra vida. Con María no tenemos miedo a reconocer frente al mundo nuestra elección, no tenemos miedo a llamarnos siervos e hijos de Dios, no tenemos miedo a la obra que el Espíritu Santo está realizando en nosotros. Este camino se realiza a través de la oración, a través del servicio y a través del testimonio, junto con María, que fue capaz de hacer efectivos, en su propia carne, su oración del Magníficat, su servicio a los otros (la visitación fue antes que nada respuesta a una necesidad de Isabel) y su anuncio de liberación.

El último anuncio de este señorío de Dios sobre nuestra vida tiene lugar cuando conseguimos comprender que éste no permanece extraño a nuestra corporeidad. Lo podemos intuir ya en el anuncio de la encarnación o sentirlo en nuestra vida a través de la corporeidad de los distintos sacramentos. La realidad de la resurrección, que para nuestra naturaleza humana se vuelve ya eficaz en la asunción de María al cielo, es la última llamada a abandonar asimismo nuestro cuerpo al poder del Reino de Dios. Hasta nuestro cuerpo, con sus necesidades ínfimas y con sus deseos más elevados, con sus gritos de «¡tengo hambre!» y sus «¡te amo!», está incluido en el Reino de Dios. El cuerpo de María, que llevó en él el cuerpo del Verbo encarnado e hizo frente también al dolor de la historia, se vuelve en su asunción la promesa y la realización del hecho de que nuestros sueños, nuestros deseos, nuestras necesidades, no puedan apartarse de la presencia divina que ha tocado nuestra vida.

 

ORATIO

Te doy gracias, oh Padre, porque has elegido a María, mujer humilde y pobre, para dar cumplimiento a tus promesas, a las promesas que hiciste a Abrahán, que «tuvo fe y esperó contra toda esperanza» (cf. Rom 4,18). En ella nos has mostrado cómo obras, puesto que no miras el exterior o la grandeza, sino que actúas simplemente por tu amor. Ayúdame a darme cuenta de que también yo estoy llamado a este amor y a confiarme a este anuncio sin miedos.

Te doy gracias, Verbo eterno, porque en María, con tu encarnación, has tocado nuestro cuerpo mortal y, en ti, lo has hecho capaz de acoger la santidad de Dios. Todo lo que has hecho en la historia, con tus palabras y con tus acciones, se convierte para nosotros en llamada y promesa de un mundo nuevo, de un mundo que sea de verdad el reino del Padre. Ayúdanos a creer en ti, ayúdanos a sentir que tu historia es la historia verdadera del mundo, la historia capaz de vencer nuestras ansias, nuestras necesidades.

Te doy gracias, Espíritu del Padre y del Hijo, porque tu acción misteriosa ha cambiado el sentido de la historia. Tu poder tocó el seno de María y la preparó para la venida del Verbo de Dios. Tu poder ha transformado las palabras de una pobre mujer en un anuncio capaz de revolucionar la historia, en una profecía de verdadera liberación. Tu poder santificó un cuerpo destinado al polvo y lo convirtió en un cuerpo glorioso, capaz de lo infinito. Que tu poder nos ayude también a nosotros a confiar nuestros sueños y nuestros deseos a este anuncio de resurrección, para que consigamos rea lizar también en nuestra vida el acto de fe total que fue el de María.

 

CONTEMPLATIO

Nuestra celebración consiste, en realidad, más en la indicación del misterio que en su explicación. Y aunque yo quisiera anteponer el silencio al habla, ésta última se ve forzada por el afecto, dando lugar a las palabras, y cede a éstas, aunque no tengan coraje y no ignoren su debilidad, que es demasiado grande respecto a la posibilidad de satisfacer de una manera adecuada el arcano del prolongado silencio [...].

Por eso, ¡ánimo!, obedecedme a mí, que soy buen consejero, y corred al encuentro con la Madre de Dios. Y mientras ahora estáis relucientes por la acción y por la palabra, y resplandecéis por todos lados gracias a la belleza de la virtud, quiera el mismo Cristo recogeros y recibiros al mismo tiempo en el místico banquete. Y os lo muestra claramente con el hecho de que hoy traslada a su Madre siempre virgen, de cuyo seno, y aun siendo Dios, tomó arcanamente nuestra forma, de los lugares terrenos como reina de nuestra naturaleza, dejando el poder del misterio sin anuncio, aunque no del todo incomunicable.

En efecto, ella vino en el nacimiento y, sin embargo, tuvo una condición extraordinaria. Aquella que procuró la vida, sube para un viaje de nueva vida y se traslada al lugar incorruptible, principio de vida (Andrés de Creta,Omelie mañane, Roma 1987, pp. 133, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Señor ha mirado la humildad de su sierva» (Lc 1,48).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

María, en su canto de alabanza, no engrandeció a Dios sólo de una manera abstracta por haber «levantado a los humildes» y haber «llenado de bienes a los hambrientos», sino que lo hizo indudablemente también porque conocía esta bajeza ante Dios mejor que cualquier otra criatura: Dios, el poderoso, en efecto, «ha mirado la humildad de su sierva», y por esa mirada proyectada sobre ella, no por su ensalzamiento, ella se alegra por «la grandeza del Señor». Si bien María era materialmente pobre, no se alegra por los dones materiales que le fueron concedidos [...], sino por el don inaudito de una maternidad mesiánica, que no era tanto un don hecho a ella personalmente como un acto de misericordia hacia su «siervo Israel», que ha obtenido la «semilla de Abrahán»por la que había suspirado tanto tiempo. En su opción en favor de los pobres, María es perfectamente ella misma, no se ha alienado en absoluto en «otra María».

Sabe que ha llegado a ser Madre de una manera única e incomparable por pura gracia, y Madre no sólo de su único Hijo, sino, en él, de todos aquellos que mediante él y en él se han convertido en hijos e hijas de Dios en la Iglesia. (Y cuando aquí hablamos de Iglesia, sus confines permanecen indefinidos, porque la gracia de la redención de Cristo ha llegado, en efecto, a todos los hombres que nacieron antes que él y después de él.) «La mediación de María está ligada, efectivamente, a su maternidad, posee un carácter específicamente materno»(Redemptoris Mater 38) y, por eso, ella es el centro de la «comunión de los santos», «está como envuelta por toda la realidad de la comunión de los santos» (Redemptoris Mater 41), de esa capacidad de ser-para-los-otros en el Reino de Dios como coronamiento sobrenatural de la estupenda posibilidad ya en el plano natural, o sea, de la capacidad de poderse apoyar y ayudar recíprocamente (H. U. von Balthasar, «Commento all'enciclica "Redemptoris Mater"», en H. U. von Balthasar - J. Ratzinger, María. II si di Dios all'uomo. Introduzione e commento alfencíclica «Redemptoris Mater», Brescia 31988, pp. 56ss, passim).

 

Día 16

20° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 56,1.6-7

1 Así dice el Señor: Guardad el derecho, actuad con rectitud, pues ya llega mi salvación y está a punto de revelarse mi liberación.

6 Y a los extranjeros que deciden unirse y servir al Señor que se entregan a su amor y a su servicio, que observan el sábado sin profanarlo y son fieles a mi alianza.

7 los llevaré a mi monte santo y haré que se alegren en mi casa de oración. Aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios, pues mi casa será casa de oración para todos los pueblos.

 

Con esta página comienza la tercera parte del libro de Isaías, introducida con un oráculo que se remonta al regreso de Israel del destierro babilónico (538 a. de C,). La salvación llega, y con ella la justicia y el derecho. Será dichoso quien observe el sábado, el mandamiento principal de la normativa judía y la señal elocuente de la justa relación del hombre con Dios, sobre el que tanto insisten los guías de Israel durante el periodo postexílico. Ni el extranjero (el prosélito reclutado entre los paganos) que se adhiera al Señor ni el eunuco (el judío nacido de un matrimonio ilegítimo contraído con extranjeros) que observe el sábado serán excluidos de la salvación. Así resuenan los vv. 2-5 omitidos en la lectura de la liturgia. Extranjeros y eunucos entrarán en la alianza y se reunirán en el templo, que se llamaré casa de oración para todos los pueblos» (cf Mc 11,17). El culto sacrificial ofrecido por quienes antes estaban excluidos es ahora aceptado. Un signo profético del pueblo de la alianza, llamado a promover la alianza de los pueblos (A. Chouraqui).

 

Segunda lectura: Romanos 11,13-15.29-32

Hermanos:

13 Me dirijo ahora a vosotros, los paganos. Precisamente porque soy apóstol de los paganos, trataré de honrar este ministerio mío,

14 a ver si provoco la emulación de los de mi raza y logro salvar a algunos de ellos.

15 Porque si su fracaso ha servido para reconciliar al mundo, ¿no será su readmisión como un volver de los muertos a la vida?

16 Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.

30 También vosotros erais en otro tiempo rebeldes a Dios, pero ahora, por la desobediencia de los israelitas, habéis alcanzado misericordia.

31 De igual modo, ellos son ahora rebeldes debido a la misericordia que Dios os ha concedido, para que también ellos alcancen misericordia.

32 Porque Dios ha permitido que todos seamos rebeldes para tener misericordia de todos.

 

·» Después de resaltar el rechazo del Mesías-Cristo por Israel, Pablo se pregunta si un acto así conlleva el repudio de Israel por parte del Dios de la alianza. Una vez dicho que es imposible, queda por explicar la razón de un hecho de tal importancia: la razón consiste en los <<celos» que habría provocado en el pueblo elegido el traspaso de las promesas de los judíos a los paganos, estimulando, de esta manera, la fidelidad al Dios de los Padres y a sus designios salvíficos. Pablo, por el contrario, escribe que el rechazo de Cristo por parte de Israel ha significado la reconciliación del mundo. Pero cuando Israel reconozca que en Cristo <<tiene su cumplimiento la Ley>> (Rom 10,4), entonces seré <<como un volver de los muertos a la vida», un acontecimiento estrepitoso que sólo la potencia divina puede realizar.

        Para clarificar mejor su reflexión, el apóstol desarrolla (en la sección omitida por la liturgia) la metáfora del acebuche (los paganos) injertado en el olivo (los judíos) y concluye diciendo: <<Si tú has sido cortado de un olivo silvestre, al que por naturaleza pertenecías, y has sido injertado contra tu naturaleza en el olivo bueno, ¿con cuánta mayor facilidad podrán ser injertadas las ramas originales en el propio olivo?» (v. 24). En este punto Pablo habla de <<misterio», del plan providencial de Dios, que espera el ingreso de todos en el Reino mesiánico, y, por supuesto, el acceso esta abierto para Israel. Ninguno de los dos pueblos —judíos y paganos— puede arrogarse derechos de progenitura, porque a entrambos cruza la desobediencia y ambos son llamados a experimentar la misericordia divina.

 

Evangelio: Mateo 15,21-28

21 Jesús se marchó de allí y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

22 En esto, una mujer cananea venida de aquellos contornos se puso a gritar:

-Ten piedad de mi, Señor Hijo de David; mi hija vive maltratada por un demonio.

23 Jesús no le respondió nada. Pero sus discípulos  se acercaron y le decían:

—Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros.

24 El respondió:

—Dios me ha enviado solo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

25 Pero ella fue, se postró ante Jesús y le suplicó:

—¡Señor, socórreme!

26 El respondió:

—No esta bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos.

Ella replicó:

27 —Eso es cierto. Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

28 Entonces Jesús le dijo:

- ¡Mujer: qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides. Y desde aquel momento quedé curada su hija.

 

Después de una serie de gestos y palabras que tienen por escenario el lago de Tiberiades, Cristo se adentra en territorio pagano, en la comarca fenicia que forma parte de Siria y es limítrofe con Galilea. Al encuentro le sale una mujer cananea (Marcos habla de una mujer <<sirofenicia») y le dirige una suplica en la que reconoce implícitamente el mesianismo (<<Hijo de David») y el señorío de Cristo.

        Habría bastado esta premisa, máxime sabiendo que se trataba de una posesión diabólica (los paganos estaban considerados bajo el dominio de Satanás) y que estaba acompañada de la invocación de la piedad divina, para ganarse favorablemente la voluntad de Cristo. Sin embargo, aunque Jesús haya venido apara destruir <<las obras del diablo>> (1 Jn 3,8), declara su preferencia actual por <<las ovejas perdidas del pueblo de Israel» (cf Mt 10,6).

La insistencia y los razonamientos de la mujer obtienen el resultado esperado y el Señor le descubre a la cananea la grandeza de su fe: <<¡Qué grande es tu fe!>>, muy superior a la de los observantes judíos, que desde el rechazo y la incomprensión <<se sentían ofendidos al oír las palabras» del Señor (Mt 15,12).

 

MEDITATIO

Con el episodio de la cananea, la Iglesia de los orígenes afrontaba una cuestión de capital importancia, y no menos decisiva para la Iglesia de hoy: la salvación del que todavía no ha sido alcanzado por el Evangelio de Jesús. La intervención de la mujer se puede formular de la siguiente manera: <<La salvación pasa por el reconocimiento del mesianismo y el señorío de Cristo». El mismo Mateo nos enseña en el gran cuadro del juicio universal (c. 25) que tal reconocimiento puede ser implícito, ya que esta mas ligado al amor al prójimo que a la pertenencia formal a la Iglesia. Con eso se salvaguarda la unicidad de la salvación, que tiene en Cristo muerto y resucitado a su artífice, y al mismo tiempo, la apertura universal a los dones divinos.

Tal apertura ya fue anunciada proféticamente para la era mesiánica: ver el templo de Dios abierto a toda la gente. Este <<nuevo templo>> es la humanidad misma de Cristo, como recordara la Carta a los Hebreos, donde habita la divinidad, de modo que cada hombre que ore puede considerarse, según Pablo, <<templo de Dios», llamado a insertarse como miembro vivo en el cuerpo de Cristo.

Toda la familia humana tiene cabida en el misterio divino que comporta la recapitulación de cada criatura en Jesucristo, el Señor Así lo enseña el Concilio Vaticano II: <<Una sola es la vocación última de todos los hombres, es decir; la vocación divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo que solo Dios conoce, se asocien a su misterio pascual» (Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, n. 22, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid *1976, 289-291).

 

ORATIO

Señor Jesucristo, hijo de David, acoge nuestra súplica. Aunque no venimos de tierras paganas sometidas por el maligno, siempre somos ovejas extraviadas de tu rebaño. En nuestros corazones pende un pasado de idolatría e infidelidad. Ciertamente, no somos dignos de sentarnos a la mesa de los hijos, pero una migaja de tu pan celeste puede redimirnos de nuestras perversiones y proporcionarnos el don de la salvación. Suscita en nosotros una <<fe grande», como la de la cananea, de modo que podamos testimoniar entre los hombres los prodigios de tu amor.

 

CONTEMPLATIO

La verdad es que Cristo había salido de sus términos y la mujer de los suyos, y de este modo pudieron encontrarse uno con otro. Comienza el evangelista por acusar a la mujer a fin de poner más de relieve la maravilla y proclamarla luego con más gloria. Al oír ese nombre de <<cananea», acordaos de aquellas naciones inicuas que fundamentalmente trastornaron aun las mismas leyes de la naturaleza. Y con ese recuerdo, considerad el poder de la presencia de Cristo. Porque los que habían sido expulsados de la tierra para que no extraviaran a los judíos, esos mismos se muestran ahora tanto mas aptos que los judíos, que salen de sus propios términos para acercarse a Cristo, mientras aquéllos lo arrojan de los suyos cuando va a ellos.

Acercándose, pues, a Jesús, la mujer cananea se contenta con decirle: <<¡Ten piedad de mi! », y pronto con sus gritos reúne en tomo a si todo un corro de espectadores. A la verdad, tenia que ser un espectáculo lastimoso ver a una mujer gritando con aquella compasión, y una mujer que era madre, que suplicaba en favor de su hija, y de una hija tan gravemente atormentada por el demonio. Porque ni siquiera se había atrevido a traer a la enferma en presencia del Señor sino que, dejándola en casa, ella dirige la suplica y solo le expone la enfermedad y nada mas añade.

La cananea, después de contar su desgracia y lo grave de la enfermedad, solo apela a la compasión del Señor y la reclama a grandes gritos. Y notemos que no dice: <<Ten piedad de mi hija», sino <<¡Ten piedad de mi!». Mi hija en realidad no se da cuenta de lo que sufre. <<Más él no le respondió palabra». ¿Qué novedad, qué extrañeza es esta? ¡Y ni respuesta se le concede! Tal vez, muchos de los que la oyeron se escandalizaron, pero ella no se escandalizó. Yo creo que los mismos discípulos  del Señor tuvieron alguna compasión de la desgracia de la mujer y hasta se turbaron y entristecieron un poco. Y, sin embargo, ni aun turbados se atrevieron a decirle al Señor: <<Concédele esta gracia». No. <<Y llegándose sus discípulos , le rogaban, diciendo: Despáchala, porque viene gritando detrás de nosotros», Pero Cristo les respondió: <<Dios me ha enviado solo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel ».

¿Qué hace, pues, la mujer? ¿Se calló por ventura al oír esa respuesta? ¿Se retiró? ¿Aflojó en su fervor? ¡De ninguna manera! Lo que hizo fue insistir con más ahínco. Realmente, no es eso lo que nosotros hacemos. Apenas vemos que no alcanzamos lo que pedimos, desistimos de nuestras suplicas cuando, por eso mismo, mas debiéramos insistir A la verdad, ¿a quién no hubiera desanimado la Palabra del Señor? El silencio mismo pudiera haberla hecho desesperar de su intento, y mucho mas aquella respuesta, Y sin embargo, la mujer no se desconcertó. Ella, que vio que sus intercesores nada podían, se desvergonzó con la más bella desvergüenza.

Cuanto mas la mujer intensifica su súplica, con más fuerza también él se la rechaza. Ya no llama ovejas a los israelitas, sino hijos; a ella, en cambio, solo le llama cachorrillo. ¿Qué hace entonces la mujer? De las palabras mismas del Señor sabe ella componer su defensa, He ahí por qué difirió Cristo la gracia: él sabía lo que la mujer había de contestar. Así puntualmente con esta cananea. No quería el Señor que quedara oculta virtud tan grande de esta mujer De modo que sus palabras no procedían del ánimo de insultarla, sino de convidarla, del deseo de descubrir aquel tesoro escondido en su alma, Por eso no le dijo Cristo: <<Quede curada tu hija», sino: <<Mujer; ¿qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides». Con lo que nos da a entender que sus palabras no se decían sin motivo, ni para adular a la mujer sino para indicarnos la fuerza de la fe (Juan Crisóstomo, <<Homilías sobre el evangelio de san Mateo», 52,1-2, en Obms de san Juan Crisóstomo, H, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1956, 105-106).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Ten piedad de mi Señor Hijo de David» (Mt 15,22).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lu mujer de la región de Tiro y Sidón ora forzada y empujada por la necesidad. No puede hacer otra cosa, porque su hija está <<poseída>>, expresión que, entre otras cosas, significa que la comprensión entre ella y su hija hace tiempo que se ha roto, que ha cesado desde mucho tiempo atrás la inteligencia mutua y que ya no es posible volver a reconocer el alma de la otro detrás de las manifestaciones externas de los gestos y las palabras; como bajo la influencia de un poder extraño, la persona de la otra escapa a la percepción. Eso es lo que la Biblia designa con la terrible palabra <<demonismo» (Dämonie). Teniendo presente el tormento de semejante enfermedad, la mujer se dirige a Jesús y, bajo la presión e la necesidad, nada podré detenerla. Impulsada por los desvelos y la preocupación por su hija, no se deja apartar como una pesada, como pretenden los discípulos. Abraza cualquier Forma de humillación y se abandona a una forma de súplica que se podría calificar de perruna, si no se viese en ella precisamente la grandeza de su humanidad.

Así de poderosos pueden llegar a ser los lazos del amor en la súplica de unos por otros (E. Drewermann, El mensaje de las mujeres: La ciencia del amor, Herden Barcelona 1996, 134- 135; traducción, Claudio Gancho).

 

Día 17

Lunes de la 20ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 24,15-24

15 Recibí esta palabra del Señor:

16 -Hijo de hombre, voy a quitarte de repente a la que hace tus delicias, pero tú no te lamentes, no llores, no viertas lágrimas.

17 Suspira en silencio, no hagas luto; ponte el turbante en la cabeza, cálzate las sandalias, no te tapes la barba, no comas lo que te ofrezcan tus vecinos en día de luto.

18 Yo había hablado al pueblo por la mañana, y por la tarde murió mi esposa. Al día siguiente hice lo que se me había mandado.

19 El pueblo me dijo:

-Explícanos qué significa para nosotros lo que estás haciendo.

20 Yo les respondí: -He recibido esta palabra del Señor:

21 Di al pueblo de Israel: Esto dice el Señor: Voy a profanar mi santuario, vuestro orgullo y vuestra fuerza, la delicia de vuestros ojos, el amor de vuestra vida. Los hijos e hijas que dejasteis en Jerusalén caerán a espada.

22 Entonces haréis como he hecho yo: no os taparéis la barba, no comeréis lo que os ofrezcan vuestros vecinos en día de luto.

23 Llevaréis el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies; no os lamentaréis ni lloraréis, sino que os consumiréis a causa de vuestras maldades y gemiréis unos con otros.

24 Ezequiel será para vosotros un símbolo: cuando esto suceda, haréis lo que él ha hecho y sabréis que yo soy el Señor.

 

**• Con el capítulo 24 se cierra la primera parte del libro de Ezequiel y también la primera parte de la actividad del profeta. Ezequiel, sacerdote, llevado a Babilonia en la primera deportación judía, fue llamado por Dios para desarrollar su ministerio en la tierra del exilio. Durante seis años anunció un juicio inminente. Ahora el asedio a Jerusalén está ya a las puertas: Ezequiel recibe la revelación de la fecha exacta y la orden de anunciar  el acontecimiento no sólo con palabras, sino con su propia experiencia personal. Se trata de una experiencia dolorosa: le es arrebatada la persona a quien más quiere, su mujer, «la que hace tus delicias» (v. 16), y se le manda también no manifestar ningún signo de duelo (w. 16ss).

Este extraño comportamiento suscita, como es natural, la curiosidad de la gente (v. 19). Y éste es el resorte que hace desencadenar la profecía. Lo que le ha sucedido a Ezequiel debe ser una señal para los israelitas en el exilio. Ha llegado la hora más trágica de su historia: su amada ciudad caerá en manos de los babilonios, sus hijos que se queden en la patria morirán. La catástrofe será tan fuerte y tan imprevista que no tendrán ni la fuerza ni el tiempo necesario para hacer luto y sólo podrán gemir en silencio (w. 22ss). En vez de derramar lágrimas de desesperación y manifestar su dolor al exterior, harán mejor en entrar en la intimidad de su alma para reconocer el mal que ha causado todo esto: haber olvidado a su Dios, que los ama como un esposo ama a su esposa. De este modo conseguirán arrepentirse sinceramente, reanimar su esperanza y volver a ponerse en el camino recto. Reaccionar ante el dolor con llantos y lamentos es algo instintivo, pero las lágrimas no lo son todo y por sí solas no cambian nada; al menos, no sirven para hacer eficaz el potencial salvífico y sapiencial encerrado en el misterio del dolor.

En el camino hacia el Calvario, cargado con la cruz, dirá Jesús a las mujeres que derramaban lágrimas por él: «Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos» (Le 23,28).

 

Evangelio: Mateo 19,16-22

16 En aquel tiempo se acercó uno y le preguntó:

-Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?

17 Jesús le contestó:

-¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es bueno. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

18 Él le preguntó:

-¿Cuáles?

Jesús contestó:

-No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio;

19 honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo.

20 El joven le dijo:

-Todo eso ya lo he cumplido. ¿Qué me falta aún?

21 Jesús le dijo:

-Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos. Luego ven y Sígueme.

22 Al oír esto, el joven se fue muy triste porque poseía muchos bienes.

 

*• Todos y cada uno deseamos la vida y la felicidad eternas, y cada uno de nosotros pregunta qué debe hacer para obtenerla. Así le preguntaban a Juan el Bautista sus oyentes, movidos por su predicación (cf. Le 3,10), así le preguntaba la gente a Pedro después del sermón del día de Pentecostés (cf. Hch 2,37). Ahora le plantea la pregunta a Jesús un joven que anda a la búsqueda, un joven que quiere hacer algo para conseguir la vida eterna, que quiere pasar a la acción su deseo profundo. Jesús se complace de la buena voluntad y le guía de manera gradual.

Con la contrapregunta: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno?, y la afirmación: «Uno sólo es bueno» (v. 17), recuerda el hecho de que la búsqueda de la vida eterna es, a fin de cuentas, la búsqueda de alguien. Lo «bueno» no es un principio ético abstracto, sino que tiene un rostro. Tras esta premisa, le indica Jesús a su interlocutor el camino según la doctrina tradicional: observar los mandamientos, que son expresiones explícitas de la voluntad divina. Pero el joven no se contenta con algo que le parece bastante obvio y piensa que todo eso ya lo ha cumplido (v. 20). Busca algo más, algo que vaya más allá de lo ya conocido y practicado. Entonces Jesús le hace la propuesta: «Si quieres ser perfecto...» (v. 21). Jesús aprecia el esfuerzo encaminado a ir más allá. Él mismo, en efecto, en el sermón de la montaña, exhorta a no contentarse con el mínimo indispensable, sino a apuntar a lo máximo posible: «Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

Ahora pone a este joven en el camino justo, dándole sugerencias concretas: dar todo a los pobres y seguir a Jesús.

Los bienes, mientras no son compartidos con los hermanos, alejan al hombre del Bien sumo, que es Dios: «Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón» (6,21). Para iniciar el seguimiento de Cristo es necesario tener el corazón en el lugar adecuado. Por desgracia, no es el caso de este joven, que, aunque dotado de buenas intenciones, no consigue despegar. Para él, sus bienes son todavía sus «muchos bienes» (v. 22b).

Al final, «se fue muy triste» (v. 22a).

 

MEDITATIO

A los judíos exiliados se les brinda la ocasión de reconocer el verdadero rostro de Dios en el dolor que va más allá de las lágrimas. «Cuando esto suceda... sabréis que yo soy el Señor». El joven rico, en cambio, por propia iniciativa y repleto de celo juvenil, busca el camino para obtener la vida eterna: pide consejo sobre lo que es bueno y sobre lo que se debe hacer para alcanzarlo.

Tenemos aquí dos modalidades de «trascendencia», es decir, de ir el hombre va más allá de sí mismo. Una toma el camino del descenso hacia abajo. Cuando el hombre toca el fondo de su miseria, cuando experimenta su extrema impotencia, se encuentra ante un momento de gracia en el que se le invita a descubrir la presencia misteriosa del Dios que lo sostiene. «El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido "destinado" a superarse a sí mismo»: así escribe Juan Pablo II en la carta apostólica Salvifici doloris (n. 2).

El otro camino es un impulso hacia lo alto. El hombre descubre que puede más, que debe ir más allá de lo que es necesario y se le exige; entonces Dios lo anima y lo impulsa a dar el salto. La vida del hombre es una trama de altos y bajos, de impulsos y caídas, de entusiasmos y depresiones, pero Dios está siempre dispuesto a salirle al encuentro en cualquier punto del camino: «Si subo hasta los cielos, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro» (Sal 139,7).

 

ORATIO

Señor, tus criaturas menos inteligentes nunca tienen necesidad de preguntarte: «¿Qué debemos hacer?». Las flores se abren espontáneamente a la llegada de la primavera, las estrellas aparecen en el cielo cuando desciende la noche, los pájaros emigran en cuanto empieza a hacer frío. Todos obedecen en silencio a tu Palabra dicha dentro de ellos. Y ninguno te pregunta: «¿Quieres explicarnos la razón de lo que haces?». Les basta con gozar, admirar y alabar.

Sólo nosotros, los seres humanos, la más noble entre todas tus criaturas, te bombardeamos a preguntas, te cansamos con nuestros: ¿qué... cómo... por qué? No aprendemos nunca a conocer tu voluntad por intuición tácita, por sintonía de corazón. Peor aún: tras haber obtenido tu respuesta, nos vamos tristes; tras haber sabido lo que debemos hacer, nos damos cuenta de que en el fondo no queremos ni saber, ni hacer. Señor, ten paciencia con nosotros.

 

CONTEMPLATIO

«¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es bueno». ¿Qué es lo que impulsa a Jesús a dar esta respuesta al joven y qué ventaja espera obtener de ella? En primer lugar, Jesús quiere elevar gradualmente su alma, enseñarle a huir de toda adulación, levantarlo de la tierra y acercarlo a Dios. Quiere persuadirle a buscar los bienes futuros, a desear el conocimiento de aquel que es verdaderamente bueno y constituye la raíz y la fuente de todos los bienes, a fin de que dé a Dios la gloria que le es debida. «En cuanto a vosotros, no llaméis a nadie maestro en la tierra»: dice esto para enseñarnos a distinguir entre él y todos los hombres y a reconocer quién es el principio y el origen de todos los seres.

Debemos señalar, por otra parte, que este joven, con semejante deseo, demuestra un fervor insólito para aquel tiempo. Todos los que se acercan a Cristo lo hacen para tentarle o para obtener de él la curación de alguna enfermedad de ellos mismos o de sus propios parientes.

Este joven, en cambio, se acerca a Jesús para preguntarle sobre la vida eterna. Se parece a una tierra feraz donde, no obstante, hay una gran cantidad de zarzas que sofocan la simiente. Considera, por otra parte, que se declara presto a obedecer los mandamientos de Cristo: «¿Qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?» (Juan Crisóstomo, Commento al vangelio di Matteo, Roma 1967, vol. III, 70ss [edición española: Comentario al evangelio de Mateo [edición de Daniel Ruiz Bueno, BAC, Madrid 1955]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No acumuléis tesoros en esta tierra, sino en el cielo» (cf. Mt6,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La respuesta de Jesús es la que lo desenmascara. Él nombra los mandamientos y, al nombrarlos, los confirma de nuevo como mandamientos de Dios. El joven se siente atrapado de nuevo.

Esperaba poder desembocar en una conversación poco comprometedora sobre problemas eternos. Esperaba que Jesús le ofreciese una solución a su conflicto ético. Pero Jesús no se preocupa de su problema, sino de él mismo.

La única respuesta a la preocupación suscitada por el conflicto ético es el mandamiento de Dios, que implica la exigencia de no seguir discutiendo y obedecer por fin. Sólo el diablo ofrece una solución al conflicto ético; continúa preguntando y no te verás obligado a obedecer. Jesús no se fija en el problema del joven, sino en él mismo. No toma en serio el conflicto ético que el joven se toma tan en serio. Lo único que le interesa es que el joven termine escuchando el mandamiento y obedeciendo. Precisamente donde el conflicto ético quiere ser tomado en serio, donde atormenta y esclaviza al hombre, no dejándole llegar al acto de obediencia que le tranquilizaría, es donde se revela toda su impiedad, y es también allí donde conviene desenmascararlo en su ausencia impía de seriedad, como desobediencia definitiva. Sólo es serio el acto de obediencia que pone fin al conflicto y lo destruye, el que nos deja libres para llegar a ser hijos de Dios. Éste es el diagnóstico divino que se da al joven (D. Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Sígueme, Salamanca 51999, p. 39).

 

Día 18

Martes de la 20ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 28,1-10

1 Recibí esta palabra del Señor:

2 -Hijo de hombre, di al rey de Tiro: Esto dice el Señor: Tu corazón se ha engreído, y has dicho: «Yo soy un dios, he asentado mi trono divino en el corazón del mar».

Aunque eres un hombre y no un dios, has querido igualar en sabiduría a los dioses.

3 Te creías más sabio que Daniel, ningún enigma se te resistía.

4 Con tu sabiduría y tu inteligencia has conseguido riquezas, has amontonado tesoros de oro y plata.

5 Comerciando hábilmente has acrecentado tus riquezas, y por ellas se ha engreído tu corazón.

6 Por eso, así dice el Señor: Porque has querido igualarte a Dios,

7 yo haré venir contra ti a extranjeros, los más feroces de las naciones, que desenvainarán la espada contra tu brillante sabiduría y profanarán tu belleza.

8 Te harán bajar a la fosa y perecerás de muerte violenta en el corazón del mar.

9 ¿Podrás seguir diciendo ante tus verdugos que eres un dios? Para tus verdugos serás un simple hombre y no un dios.

10 Muerte de incircunciso te darán gentes extrañas. Porque lo he dicho yo.

 

*+• En los capítulos 25-32, segunda parte del libro de Ezequiel, encontramos una colección de oráculos contra los pueblos paganos de alrededor. Esos pueblos han mostrado sentimientos de orgullo frente a Dios y han representado una constante tentación para Israel, alejándolo de YHWH, su Dios.

La lectura litúrgica de hoy contiene los oráculos relacionados con el príncipe de Tiro y todo su Reino, que constituía una gran potencia marítima en aquel tiempo. El juicio está pronunciado con severidad e ironía. La culpa denunciada es el orgullo desmesurado que le llevan a usurpar prerrogativas divinas. El príncipe de Tiro pretende ser una divinidad, dominar no sólo sobre la isla, sino también sobre el extenso mar que la rodea. Se describe de manera perspicaz el proceso según el que ha llegado a este absurdo. Se ha exaltado, en primer lugar, en su inteligencia, prudencia y versatilidad en toda diplomacia; a continuación, se vanagloria de su capacidad para procurarse ingentes riquezas. Su autodivinización, además de ser una locura, constituye un grave atentado contra la gloria de YHWH, único Dios, Creador y Señor del universo, el único digno de la máxima alabanza y adoración. Por eso la sentencia de castigo es grave: morirá y su reino será aniquilado.

El orgullo, la autoexaltación, la autodivinización, son en el fondo «el pecado que acecha a tu puerta» (Gn 4,7) desde el principio. ¿Acaso no desobedecieron Adán y Eva y merecieron la condena por haber querido «ser como Dios (Gn 3,5)?

 

Evangelio: Mateo 19,23-30

En aquel tiempo,

23 Jesús dijo a sus discípulos: -Os lo aseguro, es difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos.

24 Os lo repito: le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.

25 Al oír esto, los discípulos se quedaron impresionados y dijeron: -Entonces, ¿quién podrá salvarse?

26 Jesús les miró y les dijo: -Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible.

27 Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: -Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos espera?

28 Jesús les contestó: -Os aseguro que vosotros, los que me habéis seguido, cuando todo se haga nuevo y el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

29 Y todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mi causa, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.

30 Hay muchos primeros que serán últimos y muchos últimos que serán primeros.

 

**• Después de que el joven rico se hubiera ido triste, también Jesús, entristecido por el hecho, lo comenta con tono grave. Nadie puede «servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). El Reino de los Cielos es de los «pobres en el espíritu» (cf. 5,3): por eso difícilmente entran en él los ricos; primero tienen que hacerse pobres. La elocuente imagen del camello contribuye a dar un mayor énfasis a esta afirmación.

Se comprende que los discípulos se quedaran turbados y desconcertados. Jesús penetra con la mirada su corazón y se da cuenta de su perplejidad. Sí, no han comprendido mal. Seguir a Cristo de una manera radical es difícil, incluso imposible, cuando se cuenta sólo con las fuerzas humanas, pero deben recordar que el sujeto de la obra no son ellos, sino Dios, para quien «todo es posible». Llegados aquí, Pedro, con la franqueza y el carácter impulsivo que le caracterizan, descubre con sorpresa la diferencia de su situación con respecto a la del joven rico. Ellos han acogido el don divino, lo han abandonado todo para seguir a Jesús, ¿qué les espera? (v. 27). El joven rico se fue triste porque había respondido «no», pero ¿qué le sucede a quien responde «sí»? Ya conocen el final de los que optan por el dinero, pero ¿qué obtendrán los que optan por Dios? Jesús no es un vendedor de mercancías y no necesita hacer una lista de todo lo que recibirán sus discípulos por el precio que han pagado. Sin embargo, como conoce la pequeñez del corazón humano, necesitado de seguridades y de alientos, nos asegura que la recompensa será grande tanto en este tiempo como en la eternidad. En efecto, «Dios es más grande que nuestro corazón» (1 Jn 3,20); a cambio del poco al que hayamos renunciado por su amor, se nos dará «una buena medida, apretada, rellena, rebosante » (Le 6,38).

 

MEDITATIO

«Poderoso caballero es don Dinero», «tener es poder»: son modos de decir y de pensar que forman parte del credo de muchos, pero no de los que quieren seguir a Jesús. Él, rico, se hizo pobre por nosotros (cf. 2 Cor 8,9) y proclamó bienaventurados a los pobres en el espíritu (cf. Mt 5,3). La riqueza lleva al orgullo, a la ilusión de ser omnipotente, como Dios, mientras que la pobreza se asocia con naturalidad a la humildad. La pobreza es el «vacío» que recibe, el «vacío» capaz de recibir la plenitud y lo absoluto.

Existe un relato popular que resulta muy iluminador a este respecto: la noche en que nació Jesús, los ángeles llevaron la buena noticia a los pastores. Había un pastor paupérrimo, tan pobre que no tenía nada. Cuando sus amigos decidieron ir al portal a llevarle algún regalo, también le invitaron a él. Pero el pastor pobre dijo: «No puedo ir: tendría que presentarme con las manos vacías, ¿qué puedo darle?». Los otros le convencieron de que se uniera a ellos. Llegaron así al lugar donde se encontraba el niño. María, la madre, lo tenía entre sus brazos y sonreía al ver la generosidad de los que le ofrecían queso, lana o algún fruto. Vio al pastor que no llevaba nada y le hizo una señal para que se acercara. Él se adelantó embarazado. María, para tener libres las manos y recibir los dones de los pastores, depositó suavemente al niño entre los brazos del pastor... que había ido con las manos vacías.

 

ORATIO

Señor, tal vez nuestro orgullo no llega hasta ese punto tan exagerado de hacernos decir: soy un dios; sin embargo, por el hecho de haber renunciado a poner las riquezas materiales en el centro de nuestra vida y de querer seguirte como verdaderos discípulos, nos creemos santos y merecedores de premios. Aunque de manera sumisa y un poco embarazados, te hemos preguntado en distintas ocasiones: ¿Y tú que nos darás? ¿Qué recibiremos en compensación por lo que te hemos ofrecido? El apóstol Pablo nos lo reprocharía como hizo con los corintios: «Pues ¿quién te hace superior a los demás? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4,7).

Reconocemos, oh Señor, que todo lo que te hemos ofrecido proviene de ti. Todo lo que tenemos, todo lo que somos, son dones tuyos. Hoy no queremos pedirte nada, sino sólo darte las gracias. Acoge nuestro reconocimiento, que es el don tímido de quien sabe que no tiene nada.

CONTEMPLATIO

Las riquezas, el oro y la plata, no pertenecen –como creen algunos- al diablo. Está escrito, en efecto, que a quien tiene fe le pertenecen todas las riquezas del mundo y que al infiel no le pertenece ni siquiera un óbolo.

En consecuencia, nada le pertenece al diablo, más infiel que el cual no hay nadie.

Dice Dios expresamente por boca del profeta: «Mío es el oro, mía la plata, y los doy a quien quiero». Basta con que hagas un buen uso del dinero: no te deshagas de él como de un mal; sólo cuando lo uses mal y se te pueda atribuir una mala administración, blasfemarás impíamente contra el Creador.

Con los bienes terrenos podemos obtener hasta la justificación, si el Señor puede decirnos: «Tuve hambre y me disteis de comer -con el alimento que procura el dinero-; estuve desnudo y me cubristeis -no nos cubrimos sin dinero-». Pero oye también esto: la riqueza puede convertirse en puerta del cielo; escucha: «Vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos» (Cirilo de Jerusalén, Ottava catechesi battesimale, en id., Le Catechesi, Roma 1993, 166 [edición española: Catequesis, Desclée de Brouwer, Bilbao 1994]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En alemán, el verbo «agradecer» deriva de «pensar» El ángel de la gratitud querría enseñarte a pensar de manera justa y consciente. Si empiezas a pensar, puedes reconocer con gratitud todo lo que se te ha dado en la vida. No te quedes fijado en lo que podría irritarte. No empieces la mañana experimentando rabia de inmediato por el mal tiempo. No te sientas frustrado enseguida porque se te derrama la leche. Hay personas, en efecto, que se hacen la vida difícil porque anotan sólo lo negativo.

Cuanto más ven lo negativo, tanto más ven confirmada su experiencia. Su modo de ver pesimista no les permite absorber las pequeñas desventuras de la ¡ornada.

Quien mira con ojos agradecidos su propia vida estará de acuerdo con lo que ha sucedido en él mismo. Entonces abre los ojos y puede darse cuenta de que un ángel de Dios le ha acompañado a lo largo de toda su vida, de que un ángel de la guarda le ha preservado de algunas desgracias, de que su ángel de la guarda ha transformado en un precioso tesoro hasta las desventuras.

Entonces serás capaz de mirar con ojos agradecidos la nueva aurora, serás capaz de darte cuenta de que te has levantado sano y puedes ver salir el sol. Darás las gracias por la respiración que te anima. Darás las gracias por los dones buenos de la naturaleza que puedes gozar comiendo. Vivirás de modo más consciente. La gratitud ensancha el corazón y lo pone alegre (Anselm Grün, 50 angelí per accompagnarti durante l'anno, Brescia 2000, pp. 61 -64, passím [edición española: Cincuenta ángeles para comenzar el año, Sígueme, Salamanca 1999]).

 

 

Día 19

Miércoles de la 20ª semana del  tiempo ordinario o día 19, conmemoración de San Juan Eudes

       Juan Eudes nació en 1601 en Normandía. Fue ordenado sacerdote el día 20 de diciembre de 1625. Centrado en Cristo sacerdote, su deseo era «restaurar en su esplendor el orden sacerdotal ». Con algunos sacerdotes más fundó una congregación dedicada, además de a los ejercicios de las misiones, a la formación espiritual y doctrinal de los sacerdotes y de los candidatos al sacerdocio. Así comenzó la Congregación de Jesús y María. También fundó la orden de Nuestra Señora de la Caridad, para acoger y ayudar a las mujeres y a las jóvenes maltratadas por la vida. Hizo amar a Cristo y a la Virgen María, hablando sin cesar de su corazón. Murió el 19 de agosto de 1680. El papa Pío XI lo canonizó el 31 de mayo de 1925.

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 34,1-11

1 Recibí esta palabra del Señor:

2 -Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza y diles: Esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No es el rebaño lo que deben apacentar los pastores?

3 Vosotros os bebéis su leche, os vestís con su lana, matáis las ovejas gordas, pero no apacentáis el rebaño.

4 No habéis robustecido a las flacas, ni curado a las enfermas, ni habéis vendado a las heridas; no habéis reunido a las descarriadas, ni buscado a las perdidas, sino que las habéis tratado con crueldad y violencia.

5 Y así, a falta de pastor, andan dispersas a merced de las fieras salvajes.

6 Mi rebaño anda errante por montes y colinas, dispersas mis ovejas por todo el país sin que nadie las busque ni las cuide.

7 Por eso, escuchad, pastores, la Palabra del Señor:

8 Por mi vida lo juro, oráculo del Señor: por falta de pastor, mis ovejas han sido expuestas al pillaje y han quedado a merced de las fieras; mis pastores no se han preocupado de mi rebaño; se han apacentado a sí mismos en lugar de apacentar mi rebaño.

9 Pues bien, pastores, oíd la Palabra del Señor:

10 Esto dice el Señor: Aquí estoy yo para reclamar mis ovejas a los pastores; no les dejaré apacentar más a mis ovejas y así no se apacentarán más ellos mismos. Les arrebataré mis ovejas de su boca para que no les sirvan de alimento.

11 Porque esto dice el Señor: Yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré.

 

*•• Ezequiel actúa como anunciador del juicio inminente antes de la caída de Jerusalén. Cuando, a continuación, ya ha tenido lugar este juicio, el profeta asume la tarea de volver a encender la esperanza en el pueblo, exhortándolo a la confianza y a una fidelidad plena a Dios.

El pasaje que hemos leído hoy se inserta en esta nueva perspectiva. El oráculo encuentra su cima en la última frase: «Yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré-» (v. 11). Éste es el mensaje de esperanza. El rebaño estuvo sometido en el pasado a pastores malos. Los últimos gobernantes de Israel -reyes, sacerdotes, ancianos, etc.- no fueron fieles a la tarea que les había sido confiada. Su culpa fundamental fue el egoísmo, el abuso de poder, la explotación del pueblo y la búsqueda del propio interés. En la condena se repite una y otra vez la acusación: «Se han apacentado a sí mismos», cuando deberían haberse ofrecido a sí mismos al servicio del rebaño, deberían haber defendido a las ovejas de las fieras, guiarlas a buenos pastos, ir en busca de las perdidas y preocuparse de las más débiles (w. 3ss). La reciente tragedia de Israel se debe en gran parte a estos malos pastores. Ahora, el Señor les pedirá cuentas de los daños causados y les quitará el poder sobre su pueblo.

La buena noticia para Israel no es tanto la eliminación de los gobernantes irresponsables como la promesa de que el Señor mismo se ocupará de su pueblo. Se trata de la promesa de la restauración y del retorno, la promesa de una nueva era. La imagen de YHWH pastor era muy familiar en la tradición de Israel. Los oyentes de Ezequiel saben bien lo que significa tener a Dios mismo como pastor. El autor del salmo 23 describe sus rasgos con una gran belleza. La imagen del pastor es posteriormente enriquecida en el Nuevo Testamento al aplicársela Jesús a sí mismo: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas» (Jn 10,11).

 

Evangelio: Mateo 20,1-16a

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

1 Por eso, con el Reino de los Cielos sucede lo que con el dueño de una finca que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña.

2 Después de contratar a los obreros por un denario al día, los envió a su viña.

3 Salió a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo

4 y les dijo: «Id también vosotros a la viña y os daré lo que sea justo».

5 Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía y a primera hora de la tarde e hizo lo mismo.

6 Salió por fin a media tarde, encontró a otros que estaban sin trabajo y les dijo: «¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada?».

7 Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». Él les dijo: «Id también vosotros a la viña».

8 Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: «Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros».

9 Vinieron los de media tarde y cobraron un denario cada uno.

10 Cuando llegaron los primeros, pensaban que cobrarían más, pero también ellos cobraron un denario cada uno.

11 Al recibirlo, se quejaban del dueño,

12 diciendo: «Estos últimos han trabajado sólo un rato y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor».

13 Pero él respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario?

14 Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero dar a este último lo mismo que a ti,

15 ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O es que tienes envidia porque yo soy bueno?».

16 Así, los últimos serán primeros, y los primeros, últimos.

 

*»• Hay muchas líneas que conectan el pasaje de hoy con los de los días precedentes. La parábola de los trabajadores de la viña, que concluye con la afirmación: «Así, los últimos serán primeros, y los primeros, últimos» (v. 16a), recuerda la frase final del evangelio de ayer: «Hay muchos primeros que serán últimos y muchos últimos que serán primeros» (19,30). Jesús le había señalado al joven rico que «uno sólo es bueno»; ahora, en 20,15, la frase final del dueño ante un obrero de la primera hora suena de este modo: «¿O es que tienes envidia porque yo soy bueno?».

Esta parábola, contada de una manera vivaz, constituye una llamada dirigida no sólo al pueblo de Israel, llamado en primer lugar, para que goce de la liberalidad sorprendente que usa el Señor respecto a los «últimos» -ya sean éstos paganos, publícanos o pecadores-, sino también a los lectores cristianos para que se conviertan a los criterios de Dios, liberándose de la mezquindad de mente y de corazón, de las comparaciones y de los fáciles refunfuños, de la cerrazón egoísta.

Debemos invertir nuestros modos de pensar y de obrar: Dios hace entrar en su Reino al pobre y no al rico, da la precedencia a los últimos y no a los primeros, dispensa gratuitamente sus dones no sobre la base de los méritos precedentemente adquiridos. Ya en el libro del profeta Isaías dice Dios de manera explícita: «Mis planes no son como vuestros planes, ni vuestros caminos como los míos, oráculo del Señor. Cuanto dista el cielo de la tierra, así mis caminos de los vuestros, mis planes de vuestros planes» (Is 55,8-9).

Si al joven rico que ha observado desde siempre la Ley le pide Jesús que dé un salto cualitativo, aquí pide a todos que se desembaracen de sus propias justicias basadas en cálculos exactos, para gozar de la inmensa bondad de Dios y de su gracia sobreabundante. Dios dialoga, en efecto, con el hombre en los dilatados espacios del amor, no en los estrechos límites del derecho o de la contabilidad.

El amor no contradice la justicia, sino que extiende sus límites: «Dios, que tiene poder sobre todas las cosas y que, en virtud de la fuerza con que actúa en nosotros, es capaz de hacer mucho más de lo que nosotros pedimos o pensamos» (Ef 3,20). Nuestro Dios es un Dios de corazón grande y debe ser acogido con un corazón grande.

 

MEDITATIO

A san Juan Eudes le preocupaban la formación y la actitud de los presbíteros de su tiempo, como a Pablo en el suyo y como a Jesús en todos los tiempos. Dejándonos iluminar por el evangelio de Mateo que hemos leído, meditemos sobre él.

En la primera parte de este discurso, Jesús critica cuatro vicios en los que Dios quiera que nosotros no nos veamos implicados:

- La incoherencia: no hacen lo que dicen. No son las palabras lo que cuenta, sino los hechos: «Por sus frutos los conoceréis».

- La doble moral: cargan fardos insoportables sobre la gente y ellos no mueven un dedo para ayudarles. Se conforman con la moral externa y vacía de vitalidad. Pero a los demás les señalan con el dedo sí no cumplen.

- La hipocresía: usan distintivos para ser vistos y reconocidos. Más adelante, Jesús dirá que son sepulcros blanqueados.

- La vana ostentación: les gustan los primeros puestos y que les reverencien llamándoles maestros, padres, jefes... ¿Qué tipo de Iglesia y comunidad propone la segunda parte del texto?

- Igualitaria y fraternal: fuera honores mundanos, títulos y reverencias. «Todos vosotros sois hermanos». En la comunidad cristiana, todos tienen la misma talla. La auténtica jerarquía sólo destaca como servicio a la fraternidad.

- Cristocéntrica: el único maestro y señor es Jesús, el Mesías. Él es el centro, el jefe de la comunidad.

- Servicial: la grandeza de los ministerios está en eso, en servir.

Volver a los esquemas jerárquicos que sitúan a las personas en escalafones o niveles de más o menos prestigio es, en la perspectiva de Jesús, no haber entendido en qué consiste el Reino de Dios. No se rechaza la función específica de dirección; lo que Jesús propone y lo que él mismo vivió es que el que dirige sea el primero en el servicio...

 

ORATIO

Oración de misericordia a los Corazones de Jesús y María:

Corazón misericordioso de Jesús: Estampa en nuestros corazones una imagen perfecta de tu gran misericordia, para que podamos cumplir el mandamiento que nos diste: «Serás misericordioso como lo es tu Padre».

Madre de la misericordia: Vela sobre tanta desgracia, tantos pobres, tantos cautivos, tantos prisioneros, tantos hombres y mujeres que sufren persecución en manos de sus hermanos y hermanas, tanta gente indefensa, tantas almas afligidas, tantos corazones inquietos. Madre de la misericordia, abre los ojos de tu clemencia y contempla nuestra desolación. Abre los oídos de tu bondad y oye nuestra súplica. Amorosísima y poderosísima abogada, demuéstranos que eres la Madre de la Misericordia.

 

CONTEMPLATIO

El reflejo de una comunidad evangélica y evangelizadora:

Una comunidad dice mucho cuando es de Jesús.

Cuando habla de Jesús y no de sus reuniones.

Cuando anuncia a Jesús y no se anuncia a sí misma.

Cuando se gloría de Jesús y no de sus méritos.

Cuando se reúne en torno a Jesús y no entorno a sus problemas.

Cuando se extiende para Jesús y no para sí misma.

Cuando se apoya en Jesús y no en su propia fuerza.

Cuando vive de Jesús y no vive de sí misma.

Una comunidad dice poco cuando habla de sí misma.

Cuando comunica sus propios méritos.

Cuando da testimonio de su compromiso.

Cuando se gloría de sus valores.

Cuando se extiende en provecho propio.

Cuando vive para sí misma.

Cuando se apoya en sí misma.

Una comunidad no se tambalea por sus fallos, sino por la falta de fe.

No se debilita por los pecados, sino por la ausencia de Jesús.

No se rompe por las tensiones, sino por el olvido de Jesús.

No se ahoga por falta de aire fresco, sino por asfixia de Jesús.

(Patxi Loidi.)

 

ACTIO

Decir hoy de corazón: ¡Sagrados Corazones de Jesús y de María, en vos confío!

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Juan Eudes nos dejó su manera de orar en cuatro movimientos:

Adorar, contemplar, maravillarse, admirar.

Dar gracias: reconocer los dones del Señor, decir ¡gracias!

Vivir el perdón: tomar conciencia de la distancia que existe entre ni propia vida y los maravillas del Amor de Dios.

Darse a Jesús: darse para ser testigo, darse para la misión.

Estos cuatro movimientos son cuatro actitudes interiores que tenemos que desarrollar y que suponen tomar el tiempo para acogerse a sí mismo, acoger al Otro, Dios, y recibirse de Dios.

Adoremos a Dios en el inmenso amor que tiene por todas sus criaturas y por cada uno de nosotros en particular. Bendigámosle, amémosle. Agradezcámosle los innumerables beneficios de su amor. Pidámosle perdón por nuestras ingratitudes hacia Él y por nuestras faltas de amor con el prójimo.

Démonos al amor de Dios, para que Él elimine todas nuestras resistencias y así reine perfectamente en nosotros.

 

 

Día 20

Jueves de la 20ª semana del Tiempo ordinario o 20 de agosto, conmemoración de

San Bernardo de Claraval

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 36,23-28

Así dice el Señor:

23 Haré que sea reconocida la grandeza de mi nombre, que vosotros profanasteis entre las naciones. Así, cuando haga que por medio de vosotros sea reconocida mi grandeza en presencia de las naciones, sabrán que yo soy el

Señor. Oráculo del Señor.

24 Os tomaré de entre las naciones donde estáis, os recogeré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra.

25 Os rociaré con agua pura y os purificaré de todas vuestras impurezas e idolatrías.

26 Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; os arrancaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.

27 Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que viváis según mis mandamientos, observando y guardando mis leyes.

28 Viviréis en la tierra que di a vuestros antepasados; vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios.

 

**• Jesús nos enseña en la oración del Padre nuestro a dirigirnos a Dios invocando: «Santificado sea tu nombre» (Mt 6,9c). Aquí es el Señor mismo el que dice: «Haré que sea reconocida la grandeza de mi nombre» (Ez 36,23). En los versículos precedentes (16-22), él mismo cuenta que su nombre ha sido deshonrado entre los pueblos extranjeros a causa de Israel. Ahora va a darle la vuelta a la situación: liberará a Israel del yugo de sus enemigos, por amor a su pueblo y también por amor a su nombre, para manifestar su poder y su fidelidad ante todos los pueblos.

Dios hace saber también el modo como llevará a cabo su proyecto. Hará regresar a su pueblo del exilio*, habrá como un nuevo éxodo, una nueva liberación. Purificará de manera radical a su pueblo, suprimiendo todo lo que hay de impuro en él. Pero, sobre todo, transformará al hombre por dentro, convirtiéndole en una criatura nueva.

Esta transformación íntima está representada por el «corazón nuevo», una imagen que aparece también en Jr 31,31-34. El corazón es la sede del pensamiento, de la voluntad, del sentimiento, de la vida moral, de la decisión radical; el corazón es el yo profundo. Dios reemplazar en cada uno el «corazón de piedra» -duro, insensible, pesado- por un «corazón de carne», esto es, por un corazón capaz de amar y de ser amado, dócil, acogedor, vivo, en sintonía con su corazón. Ahora bien, el corazón nuevo puede envejecer aún y el corazón de carne también puede endurecerse; para garantizar la novedad perenne y la transformación continua, Dios infundirá dentro de cada hombre un espíritu nuevo. Como en la creación del primer hombre, también ahora el Espíritu da vida y mantiene siempre fresca y hermosa la relación entre el hombre y su Dios. Israel, animado por el Espíritu, será capaz de vivir las exigencias de la alianza del Sinaí, que no está no basada en la fría observancia de las prescripciones, sino en un principio interior de comportamiento religioso, en una inclinación de amor.

 

Evangelio: Mateo 22,1-14

En aquel tiempo,

1 Jesús tomó de nuevo la palabra y les dijo esta parábola:

2 -Con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que celebraba la boda de su hijo.

3 Envió a sus criados para llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.

4 De nuevo envió otros criados, encargándoles que dijeran a los invitados: «Mi banquete está preparado, he matado becerros y cebones, y todo está a punto; venid a la boda».

5 Pero ellos no hicieron caso y se fueron unos a su campo y otros a su negocio.

6 Los demás, echando mano a los criados, los maltrataron y los mataron.

7 El rey entonces se enojó y envió sus tropas para que acabasen con aquellos asesinos e incendiasen su ciudad.

8 Después dijo a sus criados: «El banquete de boda está preparado, pero los invitados no eran dignos.

9 Id, pues, a los cruces de los caminos y convidad a la boda a todos los que encontréis».

10 Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala se llenó de invitados.

11 Al entrar el rey para ver a los comensales, observó que uno de ellos no llevaba traje de boda.

12 Le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?». El se quedó callado.

13 Entonces el rey dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo fuera a las tinieblas; allí llorará y le rechinarán los dientes».

14 Porque son muchos los llamados, pero pocos los escogidos.

 

*» Esta parábola está compuesta por dos fragmentos: los w. 1-10 tienen como tema central el banquete nupcial, los w. 11-14 se detienen en el tema del traje. El Reino de Dios es alegre y gozoso; es semejante a un banquete de bodas, que, en la tradición bíblica, es la expresión más elevada de la fiesta. Además, el banquete ha sido preparado por el rey para la boda de su hijo.

Todo hace esperar un desarrollo feliz. Sin embargo, surgen imprevistos: los invitados se niegan a participar en el banquete. En la perspectiva teológica de Mateo no es difícil leer en esta parábola la historia de Israel desde los comienzos a los tiempos del Mesías. El banquete, para el que ya está todo preparado, no queda cancelado por el repetido rechazo de los primeros invitados, sino que se abre a otros, a todos. Los nuevos comensales constituyen el nuevo Israel: la Iglesia, santa y siempre necesitada de conversión, siempre atenta para conservar impecable su vestido nupcial.

Sin embargo, la parábola interpela también a cada cristiano en particular. La invitación a la alegría del banquete es una gracia, un don que compromete la vida y lo hace seriamente; la transforma, la hace nueva.

Frente a esta invitación, el hombre dispone de la libertad de aceptarla o rechazarla. Quien la rechaza, siempre encuentra excusas y justificaciones que le parecen buenas y razonables. En el fondo, se trata de autoengaños que emergen de las profundidades tenebrosas de la psique humana. Con todo, el que ha entrado en la sala del banquete no por ello debe pensar que tiene asegurada la salvación. A pesar de que la entrada sea gratuita y se ofrezca a lodos, se exige a los comensales que lleven el traje de boda y la disposición correspondiente. Los cristianos deben «vestirse de Cristo» (Rom 13,14; Gal 3,27), tener sus mismos pensamientos y sentimientos (cf. Flp 2,5). El f¡nal del intruso que participa en el banquete sin el traje de boda es triste. Es el mismo destino de la cizaña (Mi 13,42) y délos peces malos (13,50).

La frase conclusiva de la parábola es un grave aviso a los lectores: «Son muchos los llamados, pero pocos los escogidos» (22,14).

 

MEDITATIO

Bernardo eligió ser monje, es decir, discípulo de Cristo, y lo fue durante la mayor parte de su propia vida, durante más de cuarenta años. Su experiencia monástica -el deseo de Dios y de ser una sola cosa con él- nos suministra la clave para la interpretación de su vida y de su vastísima obra. Como dice el evangelio, buscando antes que nada el Reino de Dios, todo le fue dado por añadidura: una admirable sabiduría en las cosas divinas y humanas, una capacidad extraordinaria para fascinar a las almas y llevarlas a Cristo, una genialidad sorprendente y un discernimiento iluminado puesto al servicio de la Iglesia.

Bernardo, hombre dotado de dones de la naturaleza y de la gracia, escritor brillante de estilo fascinante e imperecedero, hombre de pensamiento reconocido y apreciado entre los más grandes del siglo, fue antes que nada un amante del silencio del claustro, un enamorado del Verbo, un lector asiduo de la Escritura: la palabra de la Biblia forja su predicación y sus escritos, el amor divino absorbe su contemplación y le hace doctor de la caridad. La largura, la anchura, la altura y la profundidad del misterio de Dios que vive Bernardo y al que conduce tienen un carácter eminentemente vital, místico, y, en este sentido concreto, es siempre actual.

El calor de su humanidad se vuelve transparencia, pedagogía, espejo donde se refleja la proximidad de Dios al camino del hombre, en la vía que conduce al encuentro con Él.

 

ORATIO

Señor Dios mío, ¿por qué no anulas mi pecado? ¿Por qué no eliminas mi iniquidad? Así, tras descargarme del grave peso de mi voluntad, podré respirar bajo el leve peso de la caridad e, impulsado por tu Espíritu, que es espíritu de libertad, recibiré de él el testimonio para mi espíritu de que también yo soy uno de tus hijos y existo sobre esta tierra como imitador tuyo (Bernardo de Claraval, Liber de diligendo Deo, 36).

Dichoso aquel que, en todo lugar, te toma como guía, Señor Jesús. Que nosotros, tu pueblo y ovejas de tu rebaño, te sigamos, por medio de ti y hacia ti, porque tú eres el camino, la verdad y la vida: el camino por el ejemplo que das, la verdad por la promesa que haces, la vida por la recompensa que concedes. Tú tienes, en efecto, las palabras de vida eterna; nosotros reconocemos y creemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo, Dios por encima de todo, bendito por los siglos (Bernardo de Claraval, Sermoni dell'Ascensione 2, 6).

 

CONTEMPLATIO

Algunos dichos de san Bernardo:

«El motivo para amar a Dios es Dios mismo».

«A Dios le buscamos con el deseo».

«No buscarías a Dios si antes no hubieras sido buscado por él, ni amarías a Dios si antes no hubieras sido amado por él».

«Dios mismo infunde en el alma el deseo, que no es otra cosa más que una inspirada avidez de santo amor».

«Quien se adhiere a Dios forma un solo espíritu con él».

«La obediencia vuelve a abrir el ojo que la desobediencia había cegado».

«Ver a Dios no es otra cosa más que ser como él es».

«Ésta es la alegría perfecta: tener una sola voluntad con Dios».

 

ACTIO

Repite a menudo durante el día con san Bernardo: «La medida del amor es amar sin medida».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El fin del hombre es el reconocimiento de la verdad, que es Dios, lo que implica el conocimiento de la relación del hombre con Dios, que es una relación de indigencia. Como el obstáculo es el orgullo, el remedio es la humildad; la condición es la gracia, el encuentro con Dios en Cristo. El resultado es la estima del hombre por su dignidad recuperada de imagen de Dios: mientras que la ignorancia de sí y el orgullo disminuyen el valor del hombre, la humildad, reconocimiento de la necesidad de Dios, pero también de la capacidad de Dios que hay en el hombre, revela a éste lo que él mismo es. De este modo, «sale» de él mismo y se eleva, crece, «se extiende» a nuevas dimensiones, las del amor a Dios y al prójimo. El ser humilde se vuelve manso, misericordioso. Así, la fe vivida y, por así decirlo, transformada en humildad, en caridad, hace, según los modos de hablar de nuestro tiempo, salir al «mí mismo» del «yo»: despierta al yo a la libertad del «mí mismo», le hace convertirse en persona en presencia de Dios, en comunión de solidaridad con todos.

En Bernardo está siempre presente este mensaje de gloria, condicionado por su mensaje de humildad, este realismo extremo en la consideración de la miseria del hombre, y esta confianza indefectible en la gloria que está ya en él y no espera más que manifestar sus efectos. La función de la expresión literaria será hacer ver un poco de esta luz oculta que percibe la mirada de la fe. En Bernardo, como también en otros grandes espirituales que fueron escritores, la intensidad de la experiencia explica el carácter ferviente, apasionado de la expresión y, por consiguiente, la parte de exageración que ésta pueda tener: tanto si evoca las profundidades de nuestra bajeza o la sublimidad de las visitas del Verbo, parece ir a veces demasiado lejos, rebasar los límites de lo razonable y, en todo caso, de lo normal y de lo habitual. A decir verdad, se limita simplemente a revelar, a propósito de él mismo, lo que puede ser el caso de todos.

Sus escritos manifiestan un pensamiento a la vez contemplativo y tan comprometido como es posible. Cada uno de ellos empezó siendo un acto bien preciso, pero en cada uno de ellos alcanza Bernardo lo universal. Cuanto más lúcido es un ser sobre sí mismo, más ilumina a los otros sobre ellos mismos (J. Leclercq, Bernardo de Claraval, Edicep, Valencia 1991, pp. 212-213).

 

 

Día 21

Viernes de la 20ª semana del Tiempo ordinario o día 21 de agosto, conmemoración de

San Pío X

 

Giuseppe Sarto nació el 2 de junio de 1835 en Riese, provincia de Treviso, en el seno de una familia campesina. Su madre, viuda con diez hijos, le hizo terminar los estudios en el seminario. Giuseppe fue ordenado sacerdote a los 23 años. En 1875 era canónigo en Treviso; en 1884, obispo de Mantua; en 1893, patriarca de Venecia, y, por último, el 4 de agosto de 1903, papa. Su lema fue «renovar todo en Cristo». Murió el 20 de agosto de 1914. Su Catecismo se hizo célebre.

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 37,1-14

1 El Señor me invadió con su fuerza y su espíritu me llevó y me dejó en medio del valle, que estaba lleno de huesos.

2 Me hizo caminar entre ellos en todas direcciones. Había muchísimos en el valle y estaban completamente secos.

3 Y me dijo: -Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos? Yo le respondí: -Señor, tú lo sabes.

4 Y me dijo: -Profetiza sobre estos huesos y diles: ¡Huesos secos, escuchad la Palabra del Señor!

5 Así dice el Señor a estos huesos: Os voy a infundir espíritu para que viváis. 6 Os recubriré de tendones, haré crecer sobre vosotros la carne, os cubriré de piel, os infundiré espíritu y viviréis, y sabréis que yo soy el Señor.

7 Yo profeticé como me había mandado y, mientras hablaba, se oyó un estruendo; la tierra se estremeció y los huesos se unieron entre sí.

8 Miré y vi cómo sobre ellos aparecían los tendones, crecía la carne y se cubrían de piel. Pero no tenían espíritu.

9 Entonces él me dijo: -Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Esto dice el Señor: Ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que vivan.

10 Profeticé como el Señor me había mandado, y el espíritu penetró en ellos, revivieron y se pusieron en pie. Era una inmensa muchedumbre.

11 Y me dijo: -Hijo de hombre, estos huesos son el pueblo de Israel. Andan diciendo: «Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, estamos perdidos».

12 Por eso profetiza y diles: Esto dice el Señor: Yo abriré vuestras tumbas, os sacaré de ellas, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel.

13 Y cuando abra vuestras tumbas y os saque de ellas, sabréis que yo soy el Señor.

14 Infundiré en vosotros mi espíritu, y viviréis; os estableceré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago, oráculo del Señor.

 

*» El fragmento está compuesto por dos partes: una visión (w. 1-10) y su explicación (w. 11-14). El profeta es trasladado a un valle, probablemente el situado en la región de Quebar (Babilonia), donde vivían los israelitas exiliados. El espectáculo que se despliega ante sus ojos es sumamente desolador: un enorme montón de huesos secos y resquebrajados (w. 2ss). A la pregunta, aparentemente absurda, del Señor sobre si podrán revivir aquellos huesos, le da Ezequiel una respuesta discreta y llena de confianza: «Señor, tú lo sabes» (v. 3b).

Dios lo puede todo, todo depende de su voluntad. Entonces le ordena el Señor profetizar sobre los huesos. Los restos de seres humanos deben «oír» ahora la palabra divina y «saber» que él es el Señor (v. 4). El vocabulario usado por el Señor es muy concreto y rebosa vitalidad: «El espíritu penetró en ellos», «aparecían los tendones, crecía la carne y se cubrían de piel», «infundiré en vosotros mi espíritu». La Palabra de Dios se hace inmediatamente realidad, como en la creación. Los huesos se ponen de inmediato en movimiento produciendo un gran estruendo, se recomponen, se revisten de tendones y de piel, recobran vida, se ponen en pie y se convierten en una inmensa multitud.

Viene después la explicación -es el Señor quien la da explícitamente-: los huesos son los exiliados, privados de vida y de esperanza (w. 1 lss). El Señor los llama con ternura «pueblo mío» y, frente a su desconfianza, les asegura que llevará a cabo el prodigio de su restauración. A la imagen de los huesos vueltos a la vida se añaden otras para reforzar aún más el poder del Dios de la vida: «Yo abriré vuestras tumbas, os sacaré de ellas» (w. 12.13). Hasta en las situaciones de muerte más desesperadas puede hacer nacer el Señor nueva vida. Dios «no es un Dios de muertos, sino de vivos» (Me 12,37) y «nada es imposible para Dios» (Le 1,37). Al final, es el Señor mismo quien da la respuesta a la pregunta planteada al profeta: «¿Podrán revivir estos huesos?» (v. 3). Sí: «Lo digo y lo hago» (v. 14).

 

Evangelio: Mateo 22,34-40

En aquel tiempo,

34 cuando los fariseos oyeron que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron,

35 y uno de ellos, experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

36 -Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?

37 Jesús le contestó: -Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.

38 Éste es el primer mandamiento y el más importante.

39 El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo.

40 En estos dos mandamientos se basa toda la Ley y los profetas.

       

*• En la sección polémica de los capítulos 21 y 22 de Mateo los adversarios plantean a Jesús una serie de cuestiones: sobre el tributo al César (22,15-22), sobre la resurrección de los muertos (22,23-33). Eran todos los temas candentes de la época. Ahora nos encontramos en la tercera disputa. Tras los saduceos, ricos y poderosos, entran en escena los fariseos, doctos y observantes. La cuestión tiene que ver con el mandamiento más importante de la Ley. El fondo de la cuestión es complejo y la motivación poco recta: interrogan a Jesús «para ponerlo a prueba» (y. 35). Los fariseos habían hecho derivar 613 preceptos a partir de las prescripciones de la Tora; de ellos 365 eran prohibiciones y 248 mandamientos positivos.

Frente a esta gran cantidad de prescripciones tiene sentido querer saber cuál es «el mandamiento más importante » (v. 36). Sin embargo, Jesús no se sitúa en la lógica de una jerarquía de mandamientos. Recuerda más bien la esencia de la Ley, orienta la atención hacia el principio que la inspira y hacia la disposición interior a observarla. La respuesta de Jesús es clara y precisa: la fuente y el cumplimiento de la Ley es el amor en su doble movimiento: hacia Dios y hacia el prójimo (w. 37ss).

Al hablar del amor a Dios, Jesús hace referencia a Dt 6,5, donde se subrayan la totalidad, la intensidad y la autenticidad: «Con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Ahora bien, junto al amor de Dios -y a su mismo nivel- pone el amor al prójimo. Son dos dimensiones inseparables. Sólo quien ama a Dios con todo su ser es consciente de ser amado por él, sabe amarse a sí mismo y sabe amar a su prójimo, es decir, a toda persona que vive cerca de él, a todo alter ego, como alguien amado por el mismo Dios. Aquí se encuentra la síntesis de «toda la Ley y los profetas», es decir, el núcleo esencial de la revelación, aquí se encuentra la voluntad de Dios para todos sus hijos.

 

MEDITATIO

Pío X era un hombre de ánimo muy sencillo y dispuesto a ceder cuando la caridad de Cristo pedía un noble sacrificio. Su figura dulce y humilde, animada por una fuerza interior que se manifestaba con una irresistible fuerza interior, le hizo aparecer de inmediato como un santo, y a la santidad llamaba a todos sus hijos, especialmente a los sacerdotes. Toda su vida de sacerdote y de obispo había sido una aspiración continua a convertirse en el buen pastor de las almas. La vida de piedad, a la que el pontífice dio un grandísimo impulso, además de la incitación a la educación catequética, tomaron vigor gracias a los decretos que se refieren al sacramento de la eucaristía. Justamente, Pío X fue llamado el papa de la eucaristía.

La restauración cristiana querida por Pío X respondía a su inmenso deseo de hacer bien a todos. Había sido siempre el hombre de la inagotable caridad material y espiritual, y como pontífice brilló en él aún más viva y universal esta sublime virtud, que le convertía realmente en el «dulce Cristo en la tierra» (A. Saba, Storia della Chiesa, Turín 1945, IV, pp. 350-357, passim).

 

ORATIO

Oración al Sagrado Corazón de Jesús muy estimada por Pío X: «Oh Corazón amoroso, en vos pongo toda mi confianza, pues de mi debilidad lo temo todo y lo espero todo de vuestra bondad».

 

CONTEMPLATIO

Nadie, por tanto, cuando piensa que sólo con ella, entre todos, estuvo unido Jesús durante treinta años con esas relaciones de intimidad familiar que unen siempre a un hijo con su madre, pondrá en duda que, especialmente por mediación de María, se nos ha abierto el mejor camino para conocer a Jesús. En efecto, los maravillosos misterios del nacimiento y de la niñez de Cristo, y sobre todo el de la Encarnación, que constituye el principio y el fundamento de nuestra fe, ¿a quién podían ser más manifiestos que a su Madre? Ésta no sólo «conservaba en su corazón» lo que había sucedido en Belén o en el templo de Jerusalén, sino que también fue partícipe de los pensamientos de Cristo y de sus deseos escondidos; de modo que puede decirse que ella había vivido la vida misma de su Hijo. Nadie, pues, conoció a Cristo tan íntimamente como ella; por consiguiente, no puede haber maestro o guía más apto que ella para el conocimiento de Cristo (Pío X, carta encíclica Ad diem illum laetissimum, en el 50° aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción, 2 de febrero de 1904).

 

ACTIO

Medita hoy sobre este deseo del papa Pío X: «Deseo que el pueblo rece en medio de la belleza».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La imagen evangélica de Jesús, buen pastor, le resulta entrañable a la tradición cristiana desde los tiempos de las catacumbas; la liturgia la proyecta gustosa sobre las figuras de los obispos que han seguido con fidelidad al Señor. Es la imagen que mejor le sienta a san Pío X, es la clave interpretativa más prometedora de su persona y de su obra. El pontificado de Pío X duró algo más de un decenio, pero se mostró riquísimo en iniciativas y «reformas», encaminadas a hacer más profunda la vida interior de la Iglesia y a un mejor empleo de sus energías apostólicas.

Tal empeño de reforma fue pensado y querido por Pío X como respuesta a su solicitud preponderantemente pastoral. Me complace señalar dos intervenciones particularmente representativas del compromiso apostólico del santo pontífice, ambas dirigidas -no por casualidad- al alimento de las almas: la renovación de la catequesis y las nuevas disposiciones alentaron un acceso más amplio a la eucaristía. Era una firme convicción de nuestro santo que sólo un profundo conocimiento de la verdad cristiana podía alimentar una piedad auténtica en la Iglesia y preservar la fe de hundirse en las erróneas concepciones filosóficas y teológicas de la época. Si bien la defensa del patrimonio auténtico de la fe puesta en práctica por Pío X no estuvo exenta de algunas exageraciones -sobre las que todavía hoy tanto se discute-, no se puede poner en absoluto en duda el ansia y el compromiso pastorales de uno de los más celosos y generosos pastores que ha tenido la Iglesia (M. Ce, «San Pió X, il buon Pastare», en Famiglia cristiana, 5 de junio de 1985, 8-10).

 

 

Día 22

22 de agosto, conmemoración de la Bienaventurada Virgen María, Reina

         La inserción de una memoria de María Reina o de la realeza de María en la liturgia fue auspiciada por algunos congresos marianos a partir del celebrado en 1900. Tras la institución de la fiesta de Cristo Rey en 1925 por obra del papa Pío XI, como paralelo mariológico de ésta y en respuesta a múltiples iniciativas devotas, el papa Pío XII, como conclusión del centenario del dogma de la Inmaculada Concepción, el año 1954, anuncia la fiesta litúrgica de María Reina, situada el 31 de mayo como coronación del mes de María. La reforma del calendario romano ha fijado la memoria del 22 de agosto, en la octava de la Asunción.

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 43,1-7a

1 Me llevó luego al pórtico que mira al este,

2 y vi que la gloria del Dios de Israel llegaba del este. Producía un ruido semejante al de aguas caudalosas, y la tierra se llenó de su resplandor.

3 Esta visión era como la que tuve cuando el Señor vino a destruir Jerusalén y como la visión que tuve junto al río Quebar. Yo caí de bruces en tierra,

4 mientras la gloria del Señor entraba en el templo por el pórtico oriental.

5 Entonces, el espíritu me arrebató y me llevó al atrio interior. La gloria del Señor llenaba el templo.

6 Oí que alguien me hablaba desde el templo, mientras aquel hombre estaba de pie a mi lado.

7 Me decía: -Hijo de hombre, éste es el lugar de mi trono, donde pongo las plantas de mis pies y donde habitaré para siempre en medio de los israelitas.

 

*»• La historia de Israel presentada por el profeta Ezequiel es una historia de infidelidades, pero con un final feliz. Los últimos capítulos del libro (40-48) están decididamente proyectados hacia el futuro, representado por la renovación del templo y de Jerusalén, hasta alcanzar el punto culminante expresado en la frase final que cierra todo el libro: «Y desde aquel día el nombre de la ciudad será: "El Señor está aquí"» (48,35).

Ezequiel relata una visión. El profeta se encuentra en el atrio exterior y ve llegar la gloria de Dios. El movimiento de la gloria divina, acompañado de fragor y fulgor, toma la dirección de un retorno. Se había alejado de su santuario, saliendo hacia el este, y ahora vuelve del este, yendo hacia el interior, a través de la puerta que mira al este. El fulgor era exactamente como el que había visto el profeta junto a la orilla del Quebar (l,lss) y, más tarde, en el momento de la destrucción del templo (10,1-22). Trasladado por el espíritu al atrio interior, ve el profeta una nube de luz que llena el templo, como sucedió en el Éxodo (Ex 40,32-36) y en el momento de la consagración del templo de Salomón (1 Re 8,10). La voz divina descifra el significado de esta visión: Dios ha vuelto a reinar en Israel, ha restablecido su trono en el templo; la restauración de Israel es definitiva, la presencia de YHWH en medio de su pueblo será «para siempre» (v. 7).

¿Termina aquí la historia de final feliz? No del todo. Nos queda todavía una alegre sorpresa que Ezequiel no conocía: la presencia del Señor tendrá su morada no en un templo, sino en la carne humana, en Jesucristo, el Emmanuel, el «Dios-con-nosotros». Él dirá al nuevo pueblo de Dios: «Ysabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo» (Mt 28,20).

 

Evangelio: Mateo 23,1-12

1 Entonces Jesús dijo a la gente y a sus discípulos:

2 «Los maestros de la Ley y los fariseos se sientan en la cátedra de Moisés.

3 Haced y guardad lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque dicen y no hacen.

4 Atan cargas pesadas e insoportables y las echan a los hombros del pueblo, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.

5 Hacen todas sus obras para que los vean los demás. Ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del manto.

6 Les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y en las  sinagogas,

7 ser saludados en las plazas y que les llamen ¡maestros!

8 Pero vosotros no os dejéis llamar maestro, porque uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.

9 A nadie en la tierra llaméis padre, porque uno sólo es vuestro Padre, el celestial.

10 Ni os dejéis llamar preceptores, porque uno sólo es vuestro preceptor: el Mesías.

11 El más grande de vosotros que sea vuestro servidor.

12 Pues el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».

 

**• Este texto del evangelio de Mateo está tomado de la sección en la que Jesús es rechazado por las autoridades religiosas de su tiempo. Lo que le ocurrió al Maestro les sucede más tarde a sus seguidores. La comunidad cristiana de Mateo está en duro conflicto con la sinagoga.

Lo que anota aquí el evangelista referido a los dirigentes del judaísmo lo está refiriendo indirectamente a la misma comunidad cristiana. La primera parte del discurso (vv. 2-7) es una dura crítica a los escribas y fariseos. A través de ella, les dice a los discípulos lo que no deben ser. La segunda parte (vv. 8-12) retrata el rostro del verdadero discípulo, de toda la comunidad cristiana y de la Iglesia. Dice en positivo lo que deben ser: hermanos en igualdad y serviciales como Cristo.

 

MEDITATIO

En la celebración de Santa María Virgen, reina, contemplamos a aquella que, sentada junto al rey de los siglos, brilla como reina e intercede como madre (cf. Marialis cultas, 6).

La figura de la reina madre permanece en muchísimas culturas populares como prototipo de solemnidad, señorío, cordialidad, benevolencia. El culto y la misma iconografía -el carácter visible de su meditación y contemplación- representan a María espontáneamente en la posición de una reina, cubierta de vestidos preciosos, con enorme frecuencia sentada en un trono y enjoyada con estrellas, siendo ella misma trono para su hijo, el Señor niño, al que tiene en brazos.

La liturgia remarca esta imagen de María como madre y reina. La liturgia lee la conexión de María sierva con el Señor Dios como participación en la realeza de Cristo: una realeza que es servicio, porque el Señor ha traído la salvación a la humanidad, y a ello ha colaborado la madre. El servicio de Jesús, hijo de María, ha costado el paso por la cruz, junto a la cual estuvo presente y en la que participó la madre. La realeza de Cristo se pagó a un precio elevado: la realeza configura a María también como reina afligida.

Las insistentes afirmaciones sobre la participación de María en la realeza de Cristo recuerdan la jaculatoria: «Reina de la paz». Ésta traduce en el orden de la devoción un rasgo de la identidad del personaje pronosticado en el oráculo isaiano como «príncipe de la paz»- Jesucristo es nuestra paz (cf. Ef 2,14). María es la madre del príncipe de la paz. El niño nacido por nosotros, el fruto bendito del seno de María es el Señor, fuente de paz sin fin. La paz es sueño y utopía. Ambos invitan a la acogida de este Señor de la paz, encarnado en Jesucristo, hijo de María, mujer pacificada y obradora de paz; invitan no sólo a creer en él, sino a hacer las obras de la paz, que son su testamento y don del Espíritu.

 

ORATIO

Santa María, generosa madre del Señor del universo, rey de paz y de justicia, salve. Mujer humilde, recibida más allá de nuestra tierra, en el cielo del altísimo amor del Padre, inspira nuestro servicio en la edificación del Reino de Cristo en comunidad de caridad evangélica.

Madre bienaventurada por haber creído, quédate cerca para guardar con nosotros encendida la lámpara de la fe, alimentada por la obediencia a la divina Palabra.

Virgen amiga del Espíritu, enséñanos a perseverar en las obras de bondad, de justicia, de paz. Reina del cielo que proteges nuestro camino cotidiano y el paso a la otra orilla de la vida de aquí abajo, acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

El ángel que anunciaba los misterios, para llevar a la fe mediante algún ejemplo, anunció a la Virgen María la maternidad de una mujer estéril y ya entrada en años, manifestando así que Dios puede hacer todo cuanto le place.

Desde que lo supo María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el ángel, sino con el regocijo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber, presurosa por el gozo, se dirigió a las montañas.

        Llena de Dios de ahora en adelante, ¿cómo no iba a elevarse apresuradamente hacia las alturas? La lentitud en el esfuerzo es extraña a la gracia del Espíritu.

Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia; ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos. El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu Santo (Ambrosio de Milán, Exposición sobre el evangelio según Lucas 2,19-22).

 

ACTIO

Sustituyamos hoy el saludo de costumbre por el deseo evangélico: «La paz del Señor sea contigo».

 

PARA. LA LECTURA ESPIRITUAL

Cada una [de las hermanas del instituto] ¡mita a María en su propio camino hacia Cristo: aprende de su fíat a recibir la Palabra de Dios, y de su vida con Jesús en Nazaret, el sentido de su propia inserción en la sociedad; por su participación en la misión redentora del Hijo se ve llevada a comprender, a elevar y a dar valor a los sufrimientos humanos. Se consagra a que la Virgen, ejemplo ale confianza en el Señor, constituya para todos los hombres inseguros y divididos de nuestro tiempo un signo de esperanza y de unidad.

En ella, expresión de los más altos valores femeninos, se inspira para realizarse plenamente como mujer y para comprometerse en un servicio de amor que llega incluso al sacrificio. A ella se dirige siempre con devoción y confianza filial. Con ella se hace voz de alabanza a Dios por todos los hombres.

Inspírate en el servicio que María prestó y presta al mundo, y obra en medio de la paz, sin el ansia de quien cree sólo en su acción [Regola di vita dell'lstituto secolare «Regnum Maríae», 1994, arts. 7 y 47).

 

 

Día 23

 21° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 22,19-23

Dice el Señor:

19 Te quitaré de tu puesto, te echaré de tu cargo

20 y llamaré aquel día a mi siervo Eliaquin, el hijo de Jelcías.

21 Le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda y le confiaré tus poderes. El será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá.

22 Pondré en sus manos las llaves del palacio de David: cuando abra, nadie podré cerrar; cuando cierre, nadie podrá abrir.

23 Lo hincaré como un clavo en un lugar firme y será motivo de gloria para la casa paterna.

 

Este oráculo se sitúa después de la liberación de Jerusalén en el 701 a. de C., que pone fin a la, hasta entonces, campañía victoriosa de Senaquerib» (Biblia de Jerusalén). Isaías, que había anunciado la liberación, invita con este episodio a reconsiderar la precariedad de las ambiciones humanas y como solo la iniciativa divina puede garantizar el orden y el progreso. Se trata de la sustitución del mayordomo del rey Ezequías (716-687 a. de C.), debido a la megalomanía demostrada al querer construirse un mausoleo subterráneo en una altura rupestre (v, 16b). Quien recibe la investidura del mismo Dios —se refiere al mayordomo mayor que esta al cargo, cuidado y gobierno de la casa del rey— se revela como <<padre» de sus compañeros, seré juez ecuánime y se convertirá en un firme punto de referencia para la estabilidad del Reino. El traspaso de poderes simbolizado en las llaves se ha vuelto a utilizar en referencia al mesianismo de Cristo (Ap 3,7) y al papel de Pedro en la comunidad de Jesús (Mt 16,19). También lo hallamos en la antífona <<O» de las vísperas de la liturgia prenavideña del 20 de diciembre; <<O Clovis David...».

 

Segunda lectura: Romanos 11,33-36

33 ¡Oh profundidad de la riqueza, de la Sabiduría y de la ciencia de Dios!

34 ¡Qué insondables son sus decisiones e inescrutables sus caminos!

35 Porque: ¿Quién conoce el pensamiento del Señor? ¿Quién ha sido su consejero? ¿Quién le ha prestado algo para pedirle que se lo devuelva?

36 De él, por él y para él son todas las cosas. A él la gloria por siempre. Amén.

 

» La perícopa paulina retoma los versículos conclusivos de la sección dedicada al pueblo de Israel, que abarca los cc. 9-11 de la Carta a los Romanos. Pablo profundiza en el <<misterio» del pueblo de la Alianza, un pueblo que no ha reconocido en Jesús de Nazaret al Mesías esperado. Pablo, después de haber intentado captar el sentido providencial de un acontecimiento dramático, como hombre de estricta observancia judía e incondicional profesión cristiana, restalla con expresiones de estupor ante la impenetrabilidad de los designios (<<decisiones>>) y la conducta (<<caminos») de Dios, que esconden una profunda riqueza de Sabiduría y conocimiento, y refuerza su ponderación citando al profeta Isaías (40,13.28): en su argumentación resuena la enseñanza sapiencial de la Escritura (cf Sal 138; Job 41).

 

Evangelio: Mateo 16,13-20

13 De camino hacia la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

14 Ellos le contestaron: -Unos que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.

15 Jesús les preguntó: -Y vosotros ¿quién decís que soy yo?

16 Simón Pedro respondió: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

17 Jesús le dijo: - Dichoso tu, Simon, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que esté en los cielos.

18 Yo te digo; tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del abismo no la harán perecer

19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

20 Entonces mandó a sus discípulos  que no dijesen a nadie que el era el Mesías.

 

•·• Jesús se encuentra en un extremo del territorio —en la ciudad de Cesarea, fundada por el tetrarca Herodes Filipo, a unos 40 kilómetros al norte del lago Tiberiades— con los discípulos  e, interesado por la opinión que se habían ido formando de él, los <<sondea». La gente cree que es un profeta, un título, en aquel entonces, con una clara referencia mesiánica. Tanto es así que <<algunos» lo consideraban como de los antiguos profetas, que ha resucitado» (cf Lc 9,19) o hasta el mismo Juan el Bautista, <<que ha resucitado de entre los muertos» (cf Mt 14,2). Esta es la opinión de la gente, y vosotros —enfatiza el Señor- ¿quién decís que soy yo?» Toma la palabra Simon Pedro, como portavoz del grupo, quien manifiesta tener pleno conocimiento no solo del mesianismo, sino de la divinidad de Cristo. Es verdad que los evangelios han sido escritos después de que los acontecimientos se hayan producido; sin embargo, la bienaventuranza pronunciada por Cristo (<<dichoso tú») y la razón ofrecida (<<porque eso...») testimonian la importancia del reconocimiento: Pedro, desde el principio, es confirmado en el nuevo encargo con el cambio de nombre, Cefas, en arameo, totalmente desconocido hasta entonces (Mt 4,18; cf Jn 1,42).

 

MEDITATIO

El reconocimiento de Simon Pedro de la verdadera identidad de Cristo señala el momento culminante de la experiencia de los apóstoles y de la Iglesia, que tiene en Cristo su fundamento. Pedro, según el texto del cuarto evangelio (6,69), <<cree y conoce» que Jesús de Nazaret es << es el santo de Dios», el consagrado por excelencia, el Mesías—Cristo. Las consecuencias de tal reconocimiento han marcado una historia bimilenaria y todavía activa. Sobre todo, subraya que reconocer a Cristo es fruto de la revelación del Padre acogida con Espíritu de fe (¡creído y conocido!). En segundo lugar, un acto semejante es, a su vez, fuente de aquella bienaventuranza que le concede al testimonio cristiano empuje y alegría. En tercer lugar es sobre la roca de Pedro y los apóstoles donde tiene el fundamento la comunidad de Jesús, el nuevo y universal pueblo de Dios. Contra él resultaran impotentes las fuerzas de la muerte (<<las puertas del infierno», en el lenguaje bíblico). Pedro y los apóstoles (cf Mt 18,18) ejercen el poder de Cristo (cf Ap 1,18), la triple tarea de gobernar (<<atar>> y <<desatar>>), santificar y enseñar. El estupor de Pablo ante los designios divinos bien puede equipararse al episodio evangélico de la investidura de Pedro y la constitución de la Iglesia como una comunidad cimentada sobre la roca de la fe y -lo recuerda Juan al final del evangelio- del amor.

 

ORATIO

Concédele a tu Iglesia, Señor,

que no alimente actitudes soberbias,

sino servicios humildes, agradables a ti.

Que desdeñe el mal

y practique cuanto es recto

con amor y plena libertad

(oración fijada por la antigua liturgia romana para el 15 de junio, en memoria de los mártires).

 

CONTEMPLATIO

Como sabéis, el Señor Jesús eligió antes de su pasión a sus discípulos, a quienes llamó apóstoles. Entre ellos solo Pedro ha merecido personificar a toda la Iglesia casi por doquier. En atención a esa personificación de toda la Iglesia que solo él representaba, mereció escuchar: ¡Te daré las llaves del Reino de los Cielos!. Estas llaves no las recibió un solo hombre, sino la unidad de la Iglesia. Por este motivo se proclama la excelencia de Pedro, porque era figura de la universalidad y unidad de la misma Iglesia cuando se le dijo: Te daré, lo que en realidad se daba a todos. Para que veáis que es la Iglesia la que recibió las llaves del Reino de los Cielos, escuchad lo que en otro lugar dice el Señor a todos sus apóstoles: <<Recibid el Espíritu Santo». Y a continuación: <<A quien perdonéis los pecados les quedarán perdonados, y a quienes se los retengáis les serán retenidos». Esto se refiere al poder de las llaves, del que se dijo: <<Lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo, y lo que atéis en la tierra será atado en el cielo». Pero lo de antes se dijo solo a Pedro. Para ver que Pedro personificaba entonces a toda la Iglesia, escucha lo que se le dice a él, y en él a todos los santos fieles: <<...lo que atéis en la tierra quedará atado también en el cielo, y lo que desatéis en la tierra será desatado también en el cielo». La paloma ata, la paloma desata. Ata y desata el edificio levantado sobre la piedra. Teman los atados, teman los desatados (Agustín de Hipona, <<Discurso 295 »,1-2, en Obras completes de san Agustín, XX\L Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1984, 257-258).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios viviente» (Mt 16,16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo esencial de la gran contienda entre el Oriente cristiano y el Occidente cristiano, desde el inicio hasta hoy, se reduce a lo siguiente: la Iglesia de Dios tiene que desempeñar una tarea concreta entre los hombres; ¿para realizar ese encargo es necesario aunar todas las fuerzas eclesiales cristianas bajo la insignia y el poder de una  autoridad eclesiástica central? Dicho con otras palabras: ¿la iglesia, como Reina de Dios presente, debe tener en la tierra representantes y ser una, estar unida, puesto que un reino dividido contra si mismo no subsistirá, mientras que la Iglesia, según la promesa evangélica, subsistirá hasta el final y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella?

La Iglesia romana se pronunció resolutivamente con una respuesta afirmativa; se fijó esencialmente en el cometido práctico del cristianismo en el mundo, en el sentido de la Iglesia como reino eficiente o ciudad de Dios (Civitas Dei), y desde el inicio personalizó el principio de la autoridad central que de modo visible y práctico le confiere unidad a la actividad terrenal de la Iglesia. Por eso, la cuestión abstracta del significado de la autoridad central en la Iglesia se reduce a la cuestión histórica y viva del sentido de la Iglesia romana. Ella, sus ideas y sus acciones constituyen el verdadero objeto de la gran contienda. El principio de la autoridad eclesiástica, del poder Espiritual representado sobre todo por la Iglesia romana, tiene una triple cara y suscita una triple cuestión. Primera, en el ámbito de la Iglesia, nos preguntamos cuál debe ser la relación del poder eclesiástica central con los representantes de las Iglesias locales nacionales; segunda, surge el tema de la relación de la Iglesia con el Estado, de la autoridad Espiritual con la laica; y tercera, la relación entre el poder Espiritual y la libertad Espiritual del individuo, la cuestión de la libertad de conciencia (V. S. Solov’ev, Il problema del l’ecumenisma, Milan I973, 63ss).

Santa Rosa de Lima (30 de agosto en América)

 

Santa Rosa de Lima nació en la capital de Perú en 1586. Su nombre de pila es Isabel. Cuando el obispo Toribio de Mogrovejo la confirmó, le impuso el nombre de Rosa. Sus padres, además de ser pobres y humildes, sufrieron un revés de fortuna y Rosa colaboró con todas sus fuerzas al sostenimiento de la familia. Cuando sus padres le instaron a que se casase, ella se resistió. Quería vivir consagrada al Señor e hizo voto de virginidad.

        Cuando conoció la historia de santa Catalina de Siena, ingresó en la tercera orden de Santo Domingo como ella. Esto le causó no pocas incomprensiones y burlas de sus parientes y conocidos, pero ella todo lo soportaba con benevolencia. Su propia salud se vio dañada por la austeridad con la que vivía. El 24 de agosto de 1617, a los 31 años de edad, murió en casa de un dignatario del gobierno, donde servía desde hacía tres años.

 

Día 24

San Bartolomé

 

A Bartolomé, de Cana de Galilea, uno de los Doce, se le identifica habitualmente con Natanael, el amigo del apóstol Felipe (Jn 1,43-51; 22,2). Carecemos de noticias históricas precisas sobre su actividad apostólica. Diversas tradiciones le sitúan en diferentes regiones del mundo y eso hace pensar que, efectivamente, su radio de acción fue muy amplio. Una tradición refiere que Bartolomé habría sido desollado vivo, según la costumbre penal de los persas, y que de este modo habría consumado su martirio. Recibe veneración en Roma, en la isla Tiberina.

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 21,9b-14

El ángel se dirigió a mí y me dijo:

9 «¡Ven! Te mostraré la novia, la esposa del Cordero».

10 Me llevó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo enviada por Dios,

11 resplandeciente de gloria. Su esplendor era como el de una piedra preciosa deslumbrante, como una piedra de jaspe cristalino.

12 Tenía una muralla grande y elevada y doce puertas con doce ángeles custodiando las puertas, en las que estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel.

13 Tres puertas daban al oriente y tres al septentrión; tres al mediodía y tres al poniente.

14 La muralla de la ciudad tenía doce pilares, en los que estaban grabados los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.

 

*»• El libro del Apocalipsis define a la Iglesia como la ciudad santa, como don de Dios: en ella se recogen las doce tribus de Israel, esto es, el nuevo Israel de Dios.

Las murallas de esta ciudad se apoyan sobre el cimiento de los doce apóstoles. Según el mismo Juan, la Iglesia puede ser llamada también «la novia, la esposa del Cordero», para indicar el vínculo de amor único e irrepetible que une a Dios con la humanidad, a Cristo con la Iglesia.

El apóstol, todo apóstol, participa asimismo de este amor y se convierte en testigo de él con su ministerio apostólico, pero sobre todo con la entrega de su sangre.

Esa es la razón de que, al final de la lectura, se llame expresamente a los Doce «apóstoles del Cordero»: si la Iglesia es apostólica, lo es no sólo por el ministerio confiado por Jesús a los Doce, sino también y sobre todo por la participación de los Doce en el misterio pascual de Jesús.

 

Evangelio: Juan 1,45-51

En aquel tiempo,

45 Felipe se encontró con Natanael y le dijo: -Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en el libro de la Ley, y del que hablaron también los profetas: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.

46 Exclamó Natanael: -¿Nazaret? ¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno? Felipe le contestó: -Ven y l o verás.

47 Cuando Jesús vio a Natanael, que venía hacia él, comentó: -Éste es un verdadero israelita, en quien no hay doblez alguna.

48 Natanael le preguntó: -¿De qué me conoces? Jesús respondió: -Antes de que Felipe te llamara, te ví yo, cuando estabas debajo de la higuera.

49 Entonces Natanael exclamó: -Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.

50 Jesús prosiguió: -¿Te basta para creer el haberte dicho que te ví debajo de la higuera? ¡Verás cosas mucho más grandes que ésa!

51 Y añadió Jesús: -Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre.

 

*•• El elogio de Natanael formulado por Jesús es claro e inequívoco: «Éste es un verdadero israelita, en quien no hay doblez alguna» (v. 47). Del contexto inmediato se infiere el significado más amplio y más profundo que posee esta afirmación de Jesús. En Natanael no se excluye sólo la doblez, sino que se afirma sobre todo el amor a la verdad. De este modo, Jesús nos ofrece también a nosotros una rendija para comprender el fondo del alma de este apóstol.

Natanael se revela ante todo como un hombre que busca: se manifestará también así con ocasión de la primera aparición del Señor resucitado. De la búsqueda pasa Natanael enseguida al acto de fe. Su inteligencia se abre al misterio que se desvela; su ánimo se abre al descubrimiento de un bien mayor, un bien del que desde hace tiempo está sediento.

Natanael se convierte así en imagen viviente de todo verdadero creyente que, a la luz de la Palabra de Dios, aguza su capacidad visual interior y, por medio de la fe, reconoce en Jesús a su único Salvador.

 

MEDITATIO

También Natanael, como otros apóstoles antes que él, llega al descubrimiento de Jesús no sin una cierta fatiga.

En su caso, debe superar, en primer lugar, el handicap de su excesivo conocimiento veterotestamentario. Es justamente verdad -como leemos en el Eclesiastés- que el saber excesivo engendra dolor: sólo cuando haya alcanzado a la sencillez y a la transparencia del encuentro personal, podrá reconocer Natanael en Jesús al Hijo de Dios.

En segundo lugar, Natanael debe superar asimismo una especie de desconcierto, el que provocó en él su primer encuentro con Jesús, quien demuestra conocerle muy bien. Mas Natanael tiene necesidad de entablar un diálogo con aquel que le sorprende y, al mismo tiempo, le cautiva. Sólo el diálogo interpersonal es la vía segura para el conocimiento recíproco, el conocimiento que lleva a la experiencia y a la entrega de nosotros mismos en el amor.

Ahora bien, yo diría que Natanael debe superar también la mediación del amigo Felipe, respecto a la cual, de primeras, muestra cierto escepticismo. Sólo cuando haya tomado la decisión de ir al encuentro del Nazareno, le reconocerá por lo que Jesús es verdaderamente. La amistad puede ser, a buen seguro, una gran ayuda para el descubrimiento de la verdad, pero, cuando la verdad es Alguien, sólo el encuentro personal puede satisfacer la búsqueda.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú naciste en Belén, «la más pequeña de las cabezas de partido de Judea». Allana ante mí el camino que conduce hasta ti, pequeño entre los pequeños, verdadero hombre entre los hombres, hijo de María y José.

Señor Jesús, te criaste en Nazaret, un pueblo del que nadie esperaba nada bueno. Enséñame también a mí, como revelaste a tus otros discípulos, el secreto de la espiritualidad de Nazaret, pueblo donde viviste durante treinta años, secreto del que se desprende el mensaje del silencio, del amor, del trabajo.

Señor Jesús, tú quisiste elegir Jerusalén como ciudad de tu martirio y de tu pascua: dame el valor de subir contigo y detrás de ti hasta la ciudad santa, en donde deben morir los verdaderos profetas, ciudad amada por todos tus discípulos.

Señor Jesús, tú recorriste los caminos de Palestina, país pequeño e insignificante a los ojos de los grandes, pero elegido, amado y privilegiado por ti. Enséñame a valorar las cosas según tus criterios, según tus proyectos.

 

CONTEMPLATIO

Ved ahí cómo, según los preceptos del Evangelio, debéis portaros con los apóstoles y profetas. Recibid en nombre del Señor a los apóstoles que os visitaren, en tanto permanecieren un día o dos entre vosotros: el que se quedare durante tres días, es un falso profeta. Al salir el apóstol, debéis proveerle de pan para que pueda ir a la ciudad donde se dirija: si pide dinero, es un falso profeta. Al profeta que hablare por el espíritu, no le juzgaréis, ni examinaréis [...], porque Dios es su juez: lo mismo hicieron los antiguos profetas.

Velad por vuestra vida; [...] los que perseveren en la fe serán salvos de esta maldición. Entonces aparecerán las señales de la verdad. Primeramente será desplegada la señal en el cielo, después la de la trompeta y, en tercer lugar, la resurrección de los muertos, según se ha dicho: «El Señor vendrá con todos sus santos». ¡Entonces el mundo verá al Señor viniendo en las nubes del cielo! (Didaché,  según la versión de E. Backhouse y C. Tylor, Historia de la Iglesia primitiva, Editorial Clie, www.clie.es).

 

ACTIO

Repite y medita durante el día esta Palabra: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Jn 1,49).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El cristiano cree, gracias a la Palabra de Dios, que el hombre es inmortal, que toda la humanidad está destinada a la eternidad.

El cristiano cree en la resurrección de todos los muertos de la humanidad, de todos los cuerpos. Cree en la humanidad inmortal. Pero cree en virtud de la Palabra de Dios, no de una especie de prestidigitación mágica... y grotesca. Cree en la prolongación de los misterios de la vida más allá de la muerte, en la consumación de la vida mediante la muerte; cree que la misma muerte tiene una razón de ser; cree que la muerte sigue siendo atroz, pero no que sea absurda.

Como todo hombre razonable, el cristiano ve su propia vida, desde el nacimiento a la muerte, como un devenir continuo acompañado de una destrucción continua. Sin embargo, el cristiano cree que en este y por este devenir se consuma la germinación, el desarrollo del hombre inmortal que hay en él, pero que se va haciendo en él cada día y que permanecerá tal como haya llegado a ser, en la eternidad, para la eternidad.

Este hombre inmortal se hace en cada uno a través de sus opciones. Aquello por lo que opta es lo que fija al hombre inmortal en su pleno vigor o en lo peor de la miseria humana. En la hora de su muerte, el hombre se habrá convertido en alguien que vivirá con Dios para siempre o en alguien que existirá lejos de Dios para siempre (Madeleine Delbréf).

 

 

 

Día 25

Martes de la 21 Semana del Tiempo Ordinario o 25 de agosto, conmemoración de

San José de Calasanz

 Nació en Huesca en el año 1557. Era tal su devoción a la Virgen que él quería llamarse José de la Madre de Dios. Sus padres pudieron y le dieron una esmerada educación y formación. Se doctoró en Teología en la Universidad de Lérida y fue ordenado sacerdote. En el año 1592, se fue a Roma persiguiendo un puesto honorífico y se encontró con la miseria infantil en los barrios de la ciudad. Dejó de perseguir honores y fundó las Escuelas Pías (escuelas gratuitas). Con la enseñanza del catón y del ábaco introducía también el catecismo y la oración de la corona de doce estrellas pidiendo la protección de la Virgen. El 25 de agosto del año 1648, a la edad de 92 años, este gran apóstol pasó a la eternidad. Pío XII le declaró celestial patrono ante Dios de todas las escuelas populares cristianas del mundo.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Tesalonicenses 2,1 -3a. 13b-17

1 Sobre la venida de nuestro Señor Jesucristo y el momento de nuestra reunión con él,

2 os rogamos, hermanos, que no os alarméis por revelaciones, rumores o supuestas cartas nuestras en las que se diga que el día del Señor es inminente.

3 Que nadie os engañe, sea de la forma que sea.

13 Dios os ha elegido para que seáis los primeros en salvaros por medio del Espíritu que os consagra y de la verdad en que creéis.

14 A eso precisamente os ha llamado Dios por medio del Evangelio que os hemos anunciado: a que alcancéis la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

15 Así pues, hermanos, permaneced firmes y guardad las tradiciones que os hemos enseñado de palabra o por escrito.

16 El mismo Señor nuestro, Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una esperanza espléndida,

17 os consuelen en lo más profundo de vuestro ser y os confirmen en todo lo bueno que hagáis o digáis.

 

*+• Pablo entra en materia y hace frente al tema principal, el relacionado con el «Día del Señor», es decir, con la venida última y definitiva de Cristo en gloria. En primer lugar, limpia el campo de ideas equivocadas di fundidas por pretendidos profetas sobre la inminencia de este día; le interesa disipar sobre todo el entusiasmo soñador difundido y suprimir todo motivo de agitación que turbe la serenidad en la comunidad. Las ideas engañosas se vencen con las convicciones robustas.

Para dar solidez a la comunidad, Pablo recuerda los fundamentos de la vocación cristiana: la elección, la salvación, la santificación del Espíritu, la llamada a través del Evangelio, la espera de la gloria. Los cristianos, por el amor gratuito de Dios, están insertados ya en este proyecto que se está realizando a lo largo de la historia y tendrá su consumación al final. En consecuencia, es necesario permanecer firmes y fieles a las tradiciones, que custodian la memoria viva de Jesús atestiguada por sus primeros apóstoles y, en cuanto tales, constituyen una garantía de verdad.

 

Evangelio: Mateo 23,23-26

En aquel tiempo, habló Jesús diciendo:

23 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Hay que hacer esto, sin descuidar aquello.

24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!

25 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera el vaso y el plato, mientras que por dentro siguen llenos de rapiña y ambición!

26 ¡Fariseo ciego, limpia primero por dentro el vaso, para que también por fuera quede limpio!

 

^ Continúa la serie de los «ayes». Aquí tenemos otros dos. La ceguera de los fariseos y de los maestros de la ley se manifiesta de modo particular en el legalismo exterior. El primer «ay», w. 23ss, insiste en la ceguera de quien se preocupa por observar escrupulosamente las prescripciones más minuciosas de la Ley y descuida, a continuación, las exigencias fundamentales de la voluntad de Dios. Los hipócritas, cuando observan la Ley, no piensan ni en amar a Dios ni en amar al prójimo, no se preocupan de las actitudes fundamentales que derivan de este núcleo esencial, no se interrogan sobre la justicia, la misericordia y la fidelidad. Lo único de lo que se preocupan es de la exactitud escrupulosa e incluso obsesiva. «Coláis el mosquito y os tragáis el camello»: la imagen es enormemente acertada {cf. v. 24).

En los w. 25ss, Jesús se detiene en la contraposición entre lo exterior y lo interior. Lo importante es la pureza del corazón, que permite al hombre ver a Dios (cf. Mt 5,8), y no tanto la limpieza exterior, que lleva a la autocomplacencia. El esmero exterior debe ser una irradiación natural de la belleza interior y no una cobertura que esconde un interior «lleno de rapiña y ambición».

 

MEDITATIO

«Así pues, hermanos, permaneced firmes y guardad las tradiciones que os hemos enseñado de palabra o por escrito». El recurso a la tradición para hacer frente a las dificultades y a las seducciones engañosas del mal podría parecer a alguien una llamada a refugiarse en el pasado, una señal de cierre con respecto a la novedad. Sin embargo, no es así. Pablo es un hombre muy abierto.

En efecto, es él mismo quien escribe: «Tomad en consideración todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de laudable, de virtuoso y de encomiable» (Flp 4,8). La apertura no significa, sin embargo, acoger todo de manera indiscriminada: se requiere sabiduría y discernimiento. Juan, por su parte, exhorta a sus destinatarios de este modo: «Queridos míos, no deis crédito a cualquiera que pretenda poseer el Espíritu. Haced, más bien, un discernimiento para ver si viene de Dios» (1 Jn 4,1). La tradición a la que se refiere Pablo no es la farisea, desmenuzada en una masa de preceptos rígidos, sino la transmisión vital del recuerdo de Jesús, un recuerdo vivido con fidelidad creativa en situaciones históricas diversas, un recuerdo que tiene raíces firmes y antenas sensibles para captar los signos de los tiempos.

Nuestra vida no es nunca un novum absoluto, nuestra fe no parte nunca de cero, sino que se inserta en una historia de creyentes que tiene sus orígenes en Jesús y que se ha ido enriqueciendo con la vida de las diferentes generaciones de testigos. No somos ni los primeros ni los últimos, sino continuadores agradecidos, responsables y creativos.

 

ORATIO

Señor, hoy vivimos en un supermercado de ideas, de religiones, de modas, de prescripciones y etiquetas... No existe una cultura bien definida, no existe una tradición aceptada por todos, no existe una jerarquía precisa de normas y de valores a la que referirnos. Nuestros criterios de discernimiento y de decisión, aplastados bajo el peso de la «prisa», de lo inmediato, se basan con frecuencia en la funcionalidad, en la utilidad y en la eficacia. A menudo nos mostramos también nosotros como los maestros de la Ley y los fariseos hipócritas: trocamos lo esencial por lo marginal, lo importante por lo urgente, el ser por el parecer. Nos preocupamos de un modo con frecuencia exagerado de lo exterior, olvidando la pureza y la belleza interior.

Tú, oh Señor, nos guías y nos hablas continuamente a través de la Escritura, de la tradición viva de la Iglesia, de la historia, de los acontecimientos, de las personas; nos hablas sobre todo a través del susurro de tu Espíritu en nuestro corazón. Nosotros, acostumbrados a los truenos y a los relámpagos de los medios de comunicación, no siempre somos capaces de percibir la voz suave en la brisa ligera del viento Señor, ten paciencia con nosotros: no nos abandones en el caos.

 

CONTEMPLATIO

Luego los reprende por su insensatez, pues mandaban despreciar los mandamientos mayores. A la verdad, antes había dicho lo contrario, a saber, que ataban fardos pesados e insoportables. Pero también lo otro lo hacían, y en realidad todo lo ordenaban a la corrupción de quienes les obedecían, buscando la perfección más acabada en las minucias y desdeñando lo verdaderamente importante. Porque pagáis el diezmo -dice- de la menta y el anís y habéis abandonado lo grave de la Ley: el juicio, la misericordia y la fidelidad. Había que hacer aquello, pero no omitir esto.

Ahora bien, con razón habla así aquí, donde se trata de diezmo y de limosna. Porque, ¿qué daño puede haber en dar limosna? Pero no los reprende de que guarden la Ley, pues tampoco él mismo dice que no se haya de guardar. De ahí que aquí añadiera: Aquello debía hacerse y no omitirse esto. Cuando trata, en cambio, de lo puro o impuro, ya no añade nada de eso, sino que distingue y muestra que a la pureza interior le sigue necesariamente la exterior. Pero no al revés. Cuando la cuestión era sobre actos, al fin, de caridad, pasa indiferentemente por ellos, tanto por ellos mismos como por no ser aún tiempo de suprimir clara y terminan temen le la antigua ley (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, 73, 1 [edición de Daniel Ruiz Bueno, UAC, Madrid 1955]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Las palabras que os he dicho son espíritu y vida» (Jn 6,63).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Caminar tras los pasos de Jesús conduce siempre a la obediencia al Padre que marca totalmente la vida de Jesús, y sin la cual ésta permanecería absolutamente inaccesible. En esta obediencia echa también sus raíces la particular amistad de Jesús con los hombres, su presencia ¡unto a los marginados y los humillados, los pecadores y los perdidos. La imagen de Dios que brota en la pobreza de la obediencia de Jesús, en el abandono total de su vida al Padre, no es, de hecho, la imagen de un Dios tirano que humilla; tampoco es la imagen-de Dios como exaltación del dominio y de la autoridad terrenos. Es la imagen luminosa de Dios que levanta y libera, que introduce a los culpables y a los humillados en un nuevo y prometedor futuro y sale a su encuentro con los brazos abiertos de su misericordia. Una vida tras los pasos de Jesús es una vida que se sitúa en esta pobreza de la obediencia de Jesús. En la oración nos atrevemos a practicar esta pobreza, el abandono sin cálculos de nuestra vida al Padre. De este comportamiento brota el vivo testimonio del Dios de nuestra esperanza en el centro de nuestro mundo.

El precio que debemos pagar por este testimonio es alto, el riesgo de esta obediencia es grande: conduce a una vida con muchos frentes. Jesús no fue ni un loco ni un rebelde, pero es seguro que fue algo parecido a ambos, hasta confundirse con ellos. Por último, fue escarnecido por Herodes como si fuera un loco, y enviado a la cruz por sus paisanos como rebelde. El que le sigue, el que no teme la pobreza de la obediencia, el que no aleja de sí el cáliz, debe contar con ser víctima de esta confusión y cíe acabar en todos los frentes - y de modos siempre nuevos cada vez más (Sínodo de Wurzburg, «La nostra speranza», en // Regno documenti ó [1976]).

 

 

Día 26

Miércoles de la 21ª semana del Tiempo ordinario o día 26, conmemoración de

Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars

 

       Teresa Jornet e Ibars nació en Aytona (Lérida), en el año 1843, en el seno de una familia de labradores de recia fe cristiana. Siendo aún adolescente, se sintió llamada a ayudar a la sociedad de su tiempo, cuyo ambiente racionalista y anticlerical tuvo que padecer. La ciudad aragonesa de Fraga fue clave en su formación: en ella cursó los estudios de Magisterio, que empezó a ejercer en Argensola, pueblecito de la diócesis de Vich Barcelona). Ingresó en las Clarisas de Briviesca  (Burgos). Una figura clave en su vocación fue la del padre Saturnino López Novoa: él concibió el proyecto que llevó a cabo la fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados junto con un grupo de jóvenes en Barbastro (Huesca) el 11 de octubre de 1872. A su muerte, acaecida en Liria (Valencia) en 1897, la orden ya contaba con 103 asilos en España y América. La «sembradora de amor» fue beatificada por Pío XII en 1958 y canonizada por Pablo VI en 1974. Ha sido declarada patrona de la ancianidad.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Tes 3, 6-10. 16-18

6 Finalmente, hermanos, en nombre de Jesucristo, el Señor, os mandamos que os apartéis de todo aquel que viva ociosamente y no se porte según la enseñanza que de nosotros recibió.

7 Conocéis perfectamente el ejemplo que os hemos dado, porque no hemos vivido ociosamente entre vosotros

8 ni hemos comido de balde el pan de nadie; al contrario, hemos trabajado con esfuerzo y fatiga día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros.

9 ¡Y no es que no tuviéramos derecho a ello! Pero quisimos daros un ejemplo que imitar.

10 Porque ya cuando estábamos entre vosotros os dábamos esta norma: el que no quiera trabajar que no coma.

16 Que el Señor de la paz os conceda la paz siempre y en todas sus formas. El Señor esté con todos vosotros.

17 El saludo es de mi puño y letra. Así firmo yo, Pablo, en todas mis cartas; ésta es mi letra.

18 La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros.

 

**• La carta llega ahora al final. Pablo realiza aún una última recomendación a partir de la actitud indisciplinada de un hermano de la comunidad. Después, más adelante, hablará de la ociosidad parasitaria de algunos.

No se trata de herejías doctrinales o de casos de inmoralidad grave como en el caso de la comunidad de Corinto (cf. 1 Cor 5 y 6); sin embargo, la intervención de Pablo es dura. Ordena «en nombre de Jesucristo, el Señor» (v. 6), que esas personas sean mantenidas alejadas. La vida disoluta y la pereza son contagiosas, especialmente en un ambiente ya turbulento como el de la iglesia de Tesalónica. La segregación debería tener un valor medicinal. Pablo trae una vez más a colación la tradición. Pero no como normas frías, sino como tradición a la que el testimonio de vida hace más creíble. Recuerda que ha vivido de lo que ganó con sus propias manos, trabajando duramente para no ser una carga para nadie (cf. 1 Cor 9,4-6; 1 Tes 2,9). Tras el ejemplo personal, enuncia el principio de que para comer hay que trabajar. Es el testigo quien habla, no el legislador.

La carta está sellada con un postscriptum. Emplea también esta ocasión para desear la paz y la gracia, un bien que está presente desde el comienzo de la carta y es considerado como el don más grande que un hombre pueda desear a las personas amadas.

 

Evangelio: Mt 23,27-32

En aquel tiempo habló Jesús diciendo:

27 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados: por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muerto y podredumbre!

28 Lo mismo pasa con vosotros: por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de maldad.

29 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y adornáis los mausoleos de los justos!

30 Decís: «Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros antepasados, no habríamos colaborado en la muerte de los profetas».

31 Pero lo que atestiguáis es que sois hijos de quienes mataron a los profetas.

32 ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros antepasados!

 

*• Los sepulcros de los que habla el evangelio de hoy eran en realidad los llamados «osarios», o sea, los lugares donde se guardaban los restos mortales de los difuntos aproximadamente un año después de haber sido enterrados; en esas «moradas» el hombre había perdido ya por completo sus propios rasgos: era sólo un montoncito de huesos, sin forma.

La imagen recuerda de manera poderosa la visión de los «huesos secos» del profeta Ezequiel (cf. Ez 37,1-14), con la diferencia de que aquí los restos mortales están ocultos a la vista por la blancura de la cal de los sepulcros. Del mismo modo, el aspecto imponente de los monumentos levantados a los profetas intenta ocultar las injusticias y las abominaciones realizadas contra ellos por los antepasados. Sepulcros para esconder, monumentos para no recordar, para desviar la atención de algo que, sin embargo, puede ser aún Palabra poderosa de Dios que llama a la conversión, la palabra de los profetas.

 

MEDITATIO

Es necesario volver a redefinir de vez en cuando en nuestra mente y alma lo que el desgaste del lenguaje va reduciendo a pasajeros o acalorados sentimientos ante necesidades puntuales del prójimo. Éste es el caso del «amor» que nos evocan las lecturas de hoy. Meditar en el Amor, más que en mi necesidad de amar, ha de ser una constante en la vida cristiana. Es volver al Amor de la fuente, del origen. Hasta el amor, que parece que nos nace, hemos de aprender a recibirlo. Si nos nace, no es divino, porque amar no es grato en principio; el amor a lo divino es otra cosa. El amor en el hombre es fruto de una transformación y un arrobamiento previos que Dios mismo produce cuando se da a conocer a una persona.

Hay que retorcer el propio modo de ser, dejarse cambiar, sufrir -si es preciso- antes de estar preparado para amar como Dios ama. Así fue en los profetas y santos y en el mismo Hijo.

La experiencia cristiana enseña que lo que le cuesta al hombre conseguir es cosa que Dios ha de dar. Y por lo mismo, lo que Dios regala por su inmensa misericordia es lo que al hombre más le cuesta acoger. Vivir en el amor no es «sentirme realizado»; es abrir en mí caminos del Espíritu por los que el prójimo transite con la dignidad que Dios le ha otorgado. Y al tiempo, con el prójimo me llega Dios mismo. Este amor supone un nuevo giro en mis «sentimientos» espontáneos. La vida de las hermanitas fundadas por Teresa Jornet tiene esta esencial razón de ser: nace y se da como un camino entre la asistencia (estar presente para lo que falta) a Dios y la religión (re-ligarse con alguien) con el hermano. En la vida de Teresa Jornet se entrecruzan con diáfana claridad el Amor con que se siente amada por Dios y la necesidad de corresponderle, pero ¿cómo?: haciendo nacer lo mismo en los ancianos. No es una asistencia social: es amar al anciano abandonado con el mismo Amor con el que Dios le ama para que él mismo lo acoja. Por eso funda una familia de consagradas a Dios, «por» llamada de Dios, en el servicio a los más abandonados en su momento. No «para» resolver una concreta necesidad social del siglo XLX, que hoy quedaría más o menos resuelta por los servicios sociales. Motivo de más para definir bien la vocación de Hermanita de Ancianos Desamparados cuando los diversos grupos e iniciativas sociales asumen sus deberes con los mayores y ancianos. Su vocación es consagrarse a Dios, y eso permanecerá aunque un día (¡ojalá!) todos los ancianos estén debidamente atendidos por la sociedad civil.

 

ORATIO

Que la eucaristía sea el centro de vuestra vida y de toda vuestra actividad; que la presencia de Jesús sacramentado sea vuestro imán de atracción íntima y renovadora; que la participación en su santo sacrificio, como actualización de su misterio pascual de pasión, muerte y resurrección constituya el momento culminante y renovador de vuestra vida; que la comunión eucarística condicione y transforme toda vuestra personalidad en la mayor semejanza con Cristo (de los sermones del padre López Novoa).

 

CONTEMPLATIO

Hoy más que nunca, en esta época de gigantescos progresos, estamos asistiendo al drama humano, a veces desolador, de tantas personas llegadas al umbral de la tercera edad que ven aparecer a su alrededor las densas nieblas de la pobreza material o de la indiferencia, del abandono, de la soledad. Nadie mejor que vosotras, amadísimas hijas, Hermanitas de los Ancianos Desamparados, conoce lo que ocultan los pliegues recónditos de tan triste realidad. Vosotras habéis sido y sois las confidentes de esa especie de vacío interior q u e no pueden llenar, ni siquiera con la abundancia de recursos materiales, quienes están desprovistos y necesitados de afecto humano, de calor familiar. Vosotras habéis devuelto al rostro angustiado de personas venerables por su ancianidad la serenidad y la alegría de experimentar de nuevo los beneficios de un hogar. Vosotras habéis sido elegidas por Dios para reiterar ante el mundo la dimensión sagrada de la vida, para repetir a la sociedad con vuestro trabajo, inspirado en el espíritu del Evangelio y no en meros cálculos de eficiencia o comodidad humanas, que el hombre nunca puede considerarse bajo el prisma exclusivo de un instrumento rentable o de un árido utilitarismo, sino que es entitativamente sagrado por ser hijo de Dios y merece siempre todos los desvelos por estar predestinado a un destino eterno.

¡Oh! Si pudiéramos penetrar en vuestras comunidades y residencias, allí sorprenderíamos a tantas hijas de la nueva santa que, como ella, están difundiendo caridad: caridad encerrada en un gesto de bondad, en una palabra de consuelo, en la compañía comprensiva, en el servicio incondicional, en la solidaridad que solicita de otros una ayuda para el más necesitado (Pablo VI, homilía de la canonización de santa Teresa Jornet e Ibars)

 

ACTIO

Repite y medita durante el día estas palabras de la primera carta de san Juan: «El mensaje que habéis oído desde el principio es que debemos amarnos los unos a los otros» (1 Jn 3,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Sí, la espiritualidad de la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados es cristocéntrica. Toda la existencia de Teresa Jornet gravitó en torno a Jesucristo y la misión que el Espíritu confió a la joven de Aytona. Jesús fue su amor preferente.

Creyó y amó a Jesús como mediador y revelador del amor misericordioso. Ella ha decidido ser su mediadora ¡unto a los ancianos. La espiritualidad de Teresa es verdaderamente cristocéntrica.

«Hay que vivir cada día y hacerse fuertes en el amor de Dios». La santa fundadora vivía en armonía con la Iglesia: «Podemos decir que la vida espiritual, entendida como vida en Cristo, vida según el Espíritu, es como un itinerario de progresiva fidelidad, en la que la persona consagrada es guiada por el Espíritu y conformada por Él a Cristo, en total comunión de amor y de servicio a la Iglesia» (Juan Pablo II, exhortación apostólica Vita Consecrata, n. 93c).

Es indudable que Teresa y su congregación, guiadas por el  Espíritu, sirven con amor a Cristo y a l a «Iglesia de los pobres». La santa catalana alimentaba su espiritualidad escuchando, conociendo y amando a Jesucristo, Palabra de Dios y revelación de su Amor universal. Ya en su tiempo vivía lo que nos recuerda la Iglesia: «Estar a la escucha de la Palabra de Dios, que es la primera fuente de toda espiritualidad cristiana, sobre todo de los evangelios, que son el corazón de todas las Escrituras» [ibíd. n. 94). Este encuentro con Jesucristo consolidaba su espiritualidad y le hacía ponerse en contacto directo con «la humanidad doliente»: los ancianos. Junto a ellos se curtía y templaba y se mostraba la verdad de la espiritualidad de la santa fundadora: «Cuiden con esmero a los ancianos y háganlo con el recto fin de agradar a Dios. No hagan las cosas por respeto humano».

No lo dudemos, la vida de Teresa, su espiritualidad, su «biografía personal», es una historia de amor a Jesucristo y de compasión misericordiosa hacia los ancianos. Ése fue el fruto de su espiritualidad auténtica. Para entretejer y escribir esa «biografía», Teresa se entregó ella misma. Su salud, su tiempo, su cultura, su trabajo, sus «talentos»... fueron los hilos de su bordado de amor en beneficio de los ancianos. Así rubricó ella su verdadero amor a Jesucristo. Esa misma actitud de entrega generosa es lo que pide y espera de sus hijas: «Una cosa les encargo, y es que amen y quieran mucho a nuestro amadísimo Jesús, que tanto sufrió Él por nosotras». Y en las Constituciones leemos: «Recuerden las hermanitas que nuestro Señor Jesucristo, Maestro y Modelo divino de perfección, predicó la santidad...» (Const. n. 3) (T. de Bustos, o. p., Hermanitas de los ancianos desamparados: «Su carísma y su espiritualidad», Palencia 2003, pp. 42-43).

 

 

Día 27

 Jueves de la 21ª semana del Tiempo ordinario o día 27 de agosto, conmemoración de

Santa Mónica

Santa Mónica nació en Tagaste, la actual Souk Aliarás (Argelia), el año 331 o 332, en el seno de una familia cristiana y de buena condición social. Siendo aún adolescente, fue entregada como esposa a Patricio, que todavía no era cristiano. Tenía éste un modesto patrimonio y era miembro del consejo municipal de Tagaste.

Mónica era una mujer africana del bajo imperio romano, madre de uno de los más grandes padres de la Iglesia, san Agustín. Era, podríamos decir, una mujer paleocristiana, muy alejada de nosotros en el tiempo y, sin embargo, enormemente actual. «Con traje de mujer, fe de varón, seguridad de anciana, caridad de madre y piedad cristiana» [Confesiones IX, 4,8), se ganó a su marido para Cristo y obtuvo también la conversión del «hijo de tantas lágrimas».

Estuvo presente en el bautismo de Agustín en Milán y participó de una manera activa en su primera experiencia monástica en Cassiciaco. Mientras regresaba a África con su hijo y los amigos de éste, murió en Ostia Tiberina, cerca de Roma, antes del 13 de noviembre de 387. Dos semanas antes de que esto se produjera, madre e hijo tuvieron el dulce éxtasis de Ostia»: «Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella [la Sabiduría], llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón; y suspirando y dejando allí prisioneras las primicias de nuestro espíritu» (/feícUX, 10,24).

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 1,1-9

1 Pablo, llamado por voluntad de Dios a ser apóstol de Cristo Jesús, y el hermano Sóstenes,

2 a la iglesia de Dios que está en Corinto. A vosotros, que, consagrados por Cristo Jesús, habéis sido llamados a ser pueblo de Dios en unión con todos los que invocan en cualquier lugar el nombre de Jesucristo, que es Señor suyo y nuestro,

3 gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor.

4 Doy gracias a Dios continuamente por vosotros, pues os ha concedido su gracia mediante Cristo Jesús,

5 en quien habéis sido enriquecidos sobremanera con toda palabra y con todo conocimiento.

6 Y es tal la solidez que ha alcanzado el testimonio de Cristo entre vosotros, 7 que no os falta ningún don, mientras esperáis que nuestro Señor Jesucristo se manifieste.

8 Él también os mantendrá firmes hasta el fin, para que nadie tenga de qué acusaros en el día de nuestro Señor Jesucristo.

9 Fiel es Dios, que os ha llamado a vivir en unión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

 

**• Pablo ha estado año y medio en Corinto, ha vivido allí un período de intensa actividad evangelizadora, conoce bien las luces y las sombras, los recursos y los problemas de esta comunidad, a la que está ligado por un afecto profundo. El fragmento que hemos leído hoy es el comienzo de la primera carta que dirigió a la comunidad, provocada por ciertas noticias preocupantes y por ciertas preguntas que le habían sometido a su juicio.

Siguiendo el esquema epistolar usual, se ponen de relieve en el preámbulo las relaciones que existen entre el remitente y el destinatario. Aquí se presenta Pablo a sí mismo como «apóstol», es decir, «enviado» (v. 1), con el subrayado de que esta identidad suya le viene de Dios a través de una llamada expresa. Esta autoconciencia de Pablo es firme y segura, y la manifiesta en casi todas sus cartas. Densos de sentido teológico son asimismo los títulos de la comunidad. «La iglesia de Dios que está en Corinto» (v. 2) indica que toda comunidad local, aunque tenga unos fundadores humanos, es obra divina. Los miembros de las comunidades locales, en comunión con la Iglesia universal, presente en todo el mundo, han sido santificados por Jesús y están en una continua tensión hacia la santidad plena, que se puede llevar a cabo a través de diferentes formas de vida.

En la acción de gracias, común en sus cartas, Pablo deja aparecer un claro entusiasmo por la riqueza de los dones otorgados a los corintios (w. 4ss). De estos dones hablará, después, de una manera explícita en los capítulos 12-14. Menciona, en particular, los dones de la «Palabra» y del «conocimiento», que eran los más estimados y buscados por los corintios. Sin embargo, a pesar de haber sido bendecidos con tanta gracia divina, los corintios no deben considerar que ya han llegado a la meta y son perfectos, sino que se deben considerar como gente en camino hacia la manifestación plena de la gloria del Señor. De ahí la recomendación de permanecer firmes en la fe, fiándose de la fidelidad de Dios.

 

Evangelio: Mateo 24,42-51

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

42 Así que velad, porque no sabéis qué día llegará vuestro Señor.

43 Tened presente que si el amo de casa supiera a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no le dejaría asaltar su casa.

44 Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora en que menos penséis, vendrá el Hijo del hombre.

45 Portaos como el criado fiel y sensato, a quien el amo pone al frente de su servidumbre para que les dé de comer a su debido tiempo.

46 Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe.

47 Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

48 Sin embargo, si ese criado es malo y piensa: «Mi amo tarda»,

49 y se pone a golpear a sus compañeros y a comer y a beber con los borrachos,

50 cuando su amo llegue, el día en que menos lo espera y a la hora en que menos piensa,

51 le castigará con todo rigor y le tratará como se merecen los hipócritas.

Entonces llorará y le rechinarán los dientes.

 

**• ¿Es el amor lo que nos pone en condiciones de observar los mandamientos o bien es la observancia de los mandamientos lo que nos permite amar? ¿Quién puede dudar de que el amor precede a la observancia? En efecto, quien no ama no tiene fundamento alguno para la observancia de los mandamientos. Por consiguiente, el Señor nos muestra aquí no la causa engendradora del amor, sino el modo como éste se manifiesta [...].

Cuando dice después: «Mi mandamiento es éste», parece indicar justamente que no nos da otros. ¿Deberemos entender, entonces, en este sentido sus palabras, a saber: que sólo nos da el mandamiento del amor, por el que debemos amarnos los unos a los otros? ¿Acaso no hay un mandamiento mayor, el mandamiento de amar a Dios? O bien ¿deberemos concluir que Dios nos ha ordenado sólo amarnos mutuamente, liberándonos de cualquier otro deber?

Reflexionemos sobre lo que dice el apóstol: «El amor es la plenitud de la ley» (Rom 13,10). Así pues, donde hay caridad, ¿qué puede faltarnos? Mientras que donde no hay caridad, ¿qué puede ayudarnos? El mismo diablo cree, pero no ama, mientras que no puede dejar de creer quien ama. El que no ama puede esperar también –aunque inútilmente- que será perdonado, pero ciertamente no puede desesperar el que ama. En consecuencia, allí donde hay amor, hay necesariamente fe y esperanza; y donde hay amor al prójimo, necesariamente hay amor a Dios. ¿Cómo puede, en efecto, amar al prójimo como a sí mismo quien no ama a Dios, si -al no amar a Dios- ni siquiera se ama a sí mismo?

Se entiende, claro está, que este amor debe ser distinto del que los hombres alimentan mutuamente como hombres, y para hacer esta distinción añade el Señor: «Como yo os he amado». ¿Y de qué modo nos ha amado Cristo, sino con el objetivo de hacernos reinar con él en el cielo?

        Con este mismo objetivo debemos amarnos mutuamente: a fin de que Dios sea todo en todos (Agustín de Hipona, Comentario al evangelio de Juan LXXX, 2, 3; LXXXIII, 2).

 

MEDITATIO

Mónica es una «santa»; por tanto, una «mujer» verdadera.

En ella convergen y se encarnan la belleza virginal de la «mujer virtuosa» del libro del Eclesiástico y la materna compasión de la «viuda» del Nuevo Testamento, que convierte su vida en una intercesión por la vida de su hijo. La santidad de Mónica nos lleva al corazón de la vocación y de la misión de la mujer (léase Mulieris dignitatem VIII, 30). Esta misión de «guardián del hombre» la realizó Mónica a fondp. Hizo frente con una gran dignidad e inteligencia, con esa «genialidad absolutamente femenina», a las dificultades de una convivencia matrimonial con un hombre «pagano» dotado de un carácter muy difícil, «al que -dice de manera cruda Agustín- «fue entregada» (Confesiones IX, 9,19). Sin perder nunca el gusto por el bien, incluso en las adversidades (un arte más que difícil), «se esforzó por ganarle para ti, hablándole de ti con sus costumbres, con las que la hacías hermosa y reverentemente amable y admirable ante sus ojos» (ibíd.).

Desplegando «las grandes energías del espíritu femenino», sostuvo, con las lágrimas y la oración de una vida totalmente consagrada a Dios, una verdadera y propia lucha por la fe de su hijo Agustín. La lucha que es «la lucha a favor del hombre, de su verdadero bien, de su salvación [...], la lucha por su fundamental "sí" o "no" a Dios y a su designio eterno sobre el hombre» {Mulieris dignitatem VIII, 30).

El mismo Agustín, que también fue su mayor biógrafo, dirá más tarde de ella: «Creo sin la menor incertidumbre que por tus oraciones, madre, Dios me concedió no querer, no pensar, no amar otra cosa que la consecución de la verdad» {De Ordine II, 50,52). Mónica es la madre, por tanto, de una «doble maternidad»: «Me engendró en la carne, para que naciera a la luz temporal, y en su corazón, para que naciera a la luz eterna» {Confesiones VIII, 17).

Si, en la relación hombre-mujer, la mujer representa el punto de encuentro de la humanidad con Dios, precisamente por la humanidad de que es portadora, en Mónica, en su ser madre en plenitud, la paternidad de Dios ha podido actuar con una maravillosa alianza.

 

ORATIO

Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abráseme en tu paz.

¡Oh casa luminosa y bella!, amado de tu hermosura y el lugar donde mora la gloria de mi Señor, tu hacedor y tu poseedor. Por ti suspire mi peregrinación, y dígale al que te hizo a ti que también me posea a mí en ti, porque también me ha creado en ti. [...] Acordándome de Jerusalén, alargando hacia ella, que está arriba, mi corazón, de Jerusalén la patria mía, de Jerusalén la de mi madre, y de ti, su Rey sobre ella, su iluminador, su padre, su tutor, su marido, sus castas y grandes delicias, su sólida alegría y todos los bienes inefables, a un tiempo todos; porque tú eres el único, el sumo y verdadero bien. Que no me aparte más de ti hasta que, recogiéndome, cuanto soy, de esta dispersión y deformidad, me conformes, y confirmes eternamente, ¡oh Dios mío, misericordia mía! {Confesiones X, 27,38; XII, 16, 21.23).

 

CONTEMPLATIO

Estando ya inminente el día en que había de salir de esta vida -que tú, Señor, conocías y nosotros ignorábamos-, sucedió a lo que yo creo, disponiéndolo tú por tus modos ocultos, que nos hallásemos solos yo y ella apoyados sobre una ventana, desde donde se contemplaba un huerto o jardín que había dentro de la casa, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de las turbas, después de las fatigas de un largo viaje, cogíamos fuerzas para la navegación.

Allí solos conversábamos dulcísimamente, y olvidando las cosas pasadas, ocupados en lo por venir, nos preguntábamos los dos, delante de la verdad presente, que eres tú, cuál sería la vida eterna de los santos, que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre concibió.

Abríamos anhelosos la boca de nuestro corazón hacia aquellos raudales soberanos de tu fuente -de la fuente de vida que está en ti- para que, rociados según nuestra capacidad, nos formásemos de algún modo una idea de algo tan grande. Y como llegara nuestro discurso a la conclusión de que cualquier deleite de los sentidos carnales, aunque sea el más grande, revestido del mayor esplendor corpóreo, ante el gozo de aquella vida no sólo no es digno de comparación, sino ni siquiera de ser mencionado, levantándonos con un afecto más ardiente hacia el que es siempre el mismo, recorrimos gradualmente todos los seres corpóreos, hasta el mismo cielo, desde donde el sol y la luna envían sus rayos a la tierra.

Y subimos todavía más arriba, pensando, hablando y admirando tus obras; y llegamos hasta nuestras almas y las sobrepasamos también, a fin de llegar a la región de la abundancia  que no se agota, en donde tú apacientas a Israel eternamente con el pasto de la verdad, y la vida es la Sabiduría, por quien todas las cosas existen, tanto las ya creadas como las que han de ser, sin que ella lo sea por nadie; siendo ahora como fue antes y como será siempre, o más bien, sin que haya en ella fue ni será, sino sólo es, por ser eterna, porque lo que ha sido o será no es eterno. Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella, llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón; y suspirando y dejando allí prisioneras las primicias de nuestro espíritu, regresamos al estrépito de nuestra boca, donde el verbo humano tiene principio y fin, en nada semejante a tu Verbo, Señor nuestro, que permanece en sí sin envejecer, y renueva todas las cosas (Agustín de Hipona, Confesiones IX, 10,23-24,passim).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día estas palabras de Agustín: «Quien es feliz tiene a Dios» {De vita beata II, 11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Entre finales de octubre y primeros de noviembre del año 386 se retiró Agustín con su madre, Mónica, su hermano Navigio, su hijo Adeodato, su amigo Alipio [...] a la villa de su amigo Verecundo en Cassiciaco. En la paz campestre de Brianza, entre el susurrar de las hojas y de los arroyos, con los Alpes como paisaje, se preparó Agustín para el bautismo. La comitiva africana vivía en un clima de intensa espiritualidad, ocupando gran parte de su tiempo en disputas de filosofía, de una filosofía sometida ahora a la fe y deseosa de conocer su contenido.

En esta comitiva, Mónica hacía un poco de madre de todos, hacía unas veces de solícita y enérgica ama de casa, otras de maestra sabía y experta. Cuando los que discutían se olvidaban de comer, Mónica les invitaba a hacerlo y, si era necesario, les impulsaba con tanta fogosidad que les obligaba a interrumpir la discusión. Cuando la invitaban a tomar parte en la misma discusión, daba respuestas tan discretas que suscitaba la admiración de todos. Como cuando declaró que la verdad es el alimento del alma; o, sin saberlo, definió la felicidad con las mismas palabras de Cicerón; o sostuvo que sin sabiduría nadie puede ser feliz; o recordó, por último, que sólo la fe, la esperanza y la caridad pueden conducirnos a la vida bienaventurada.

Agustín, que estaba alegremente sorprendido de tanta sabiduría, afirma que su madre ha «alcanzado la cumbre de la filosofía» y se declara discípulo suyo. La «filosofía» de Mónica es la sabiduría del Evangelio, una sabiduría que no ha conquistado con el estudio, sino con la virtud, la oración, la docilidad al Espíritu. La posee ahora en un grado eminente. Es intrépida. No teme ni la desventura ni la muerte. A saber: ha llegado a una disposición interior dificilísima, aunque importantísima, que constituye -por consenso unánime- la cima de la sabiduría. Rica de amor a Dios y al prójimo, que es el fundamento de la sabiduría evangélica, puede prescindir de la ciencia de los filósofos y recoger sus frutos. Por eso Agustín se declara discípulo suyo y confía a las oraciones de ella la consecución del ideal de sabiduría al que aspira (A. Trape, S. Agostino. Mia madre)

 

Día 28

   Viernes de la 21ª semana del Tiempo ordinario o día 28 de agosto, conmemoración de

San Agustín de Hipona

 

Agustín nació en Tagaste el 13 de noviembre del año 354. Fue educado siguiendo los hábitos cristianos de su madre, Mónica, y, como se reveló enseguida como un ¡oven de prometedoras cualidades, fue encaminado a la carrera de retórica. Ya desde los tiempos de estudio en Cartago estuvo marcado por una incomodidad interior que le llevaría lejos. La primera respuesta a esta sed de totalidad fue una vida mundana tejida por varios vínculos, más o menos límpidos. Ahora bien, la inquietud es también sed y búsqueda de la verdad: se apasiona con la lectura del Ortensio de Cicerón, lee la Sagrada Escritura, pero no se entusiasma con ella y acaba por adherirse al racionalismo y al materialismo de la secta de los maniqueos. Tras haber enseñado en Tagaste y en Cartago, se traslada primero a Roma (383) y después a Milán (384). Aauí su viaje espiritual da un viraje decisivo: conoce y escucha al obispo Ambrosio, revisa sus posiciones sobre la Iglesia católica, vuelve a leer la Sagrada Escritura y, en medio de la lucha entre sus antiguos hábitos de vida y los nuevos impulsos interiores, al final se abre a la luz y a la riqueza de Cristo.

Fue bautizado el año 387 por Ambrosio. Decidido a volver a África, se establece en Tagaste y funda allí su primera comunidad monástica, siguiendo el modelo de la comunidad cristiana de Jerusalén. En el año 391 fue ordenado sacerdote por el obispo Valerio, a quien en el 395 le sucede en la guía de la diócesis de Hipona. Desde entonces se dedicó por completo a la vida de la Iglesia -ministerio de la Palabra, defensa de la fe-, aunque prosigue con la experiencia de vida común con un grupo de hermanos monjes, a los que traslada al episcopio. Escribió más de doscientos libros y casi un millar de documentos, entre sermones y cartas. Murió el 28 de agosto del año 430. Hasta tal punto fue hijo de la Iglesia que se convirtió en padre... y doctor.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Cor 1, 17-25

Hermanos:

17 Cristo no me ha enviado a bautizar, sino a evangelizar, y esto sin hacer ostentación de elocuencia, para que no se desvirtúe la cruz de Cristo.

18 La Palabra de la cruz, en efecto, es locura para los que se pierden, mas para los que están en vías de salvación, para nosotros, es poder de Dios.

19 Como está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la inteligencia de los inteligentes.

20 ¡A ver! ¿Es que hay alguien que sea sabio, erudito o entendido en las cosas de este mundo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?

21 Sí, y puesto que la sabiduría del mundo no ha sido capaz de reconocer a Dios a través de la sabiduría divina, Dios ha querido salvar a los creyentes por la locura del mensaje que predicamos.

22 Porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría,

23 nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos.

24 Mas para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, se trata de un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

25 Pues lo que en Dios parece locura es más sabio que los hombres; y lo que en Dios parece debilidad es más fuerte que los hombres.

 

*+• Pablo no ha sido enviado a bautizar, sino a evangelizar (v. 17). Al decir esto, no pretende infravalorar el bautismo; sólo insiste en que su vocación -lo que realiza su identidad en el proyecto divino- es la predicación del Evangelio. Bautizar en el nombre de Jesús sin dárselo a conocer al bautizado es un absurdo. Por otra parte, en el orden cronológico y de la gracia, la predicación precede a la fe y, por consiguiente, al bautismo (Rom 10,14ss). Ahora bien, ¿cómo predicar a Jesús?

Pablo no lo hace con discursos de elocuente y penetrante sabiduría. Es posible que Pablo escriba aquí bajo la impresión del reciente «fracaso» de su predicación en el areópago de Atenas. La experiencia ha reforzado su convicción: predicar significa anunciar a Cristo crucificado, el único que nos da la salvación. La Palabra de Dios, sobre todo «la Palabra de la cruz», es en sí misma viva y eficaz (cf. Heb 4,12), no tiene necesidad de apoyo humano; es más, la sabiduría humana corre el riesgo de oscurecerla, de amortiguar su fuerza cortante. Pablo, citando el Antiguo Testamento y usando su arte retórica, insiste en lo que para él tiene una importancia decisiva. Cristo crucificado es «escándalo» para los judíos, por el hecho de que, por haber sido colgado del madero, era alguien sobre el que recaía la maldición de la Ley (Dt 21,23), y «locura» para los paganos, en cuanto que a éstos les repugnaba una divinidad que se hubiera dejado crucificar. Ahora bien, precisamente a través de la cruz es como Dios manifiesta su poder. Los cristianos, procedentes tanto del judaísmo como del paganismo, en cuanto «llamados» por Dios a la fe, deben sintonizar con la lógica divina y vivir según la sabiduría de la cruz que según la humana.

La parresía es característica típica de todo auténtico profeta: no puede callar lo que le ha sido revelado con el propósito de darlo a conocer a otros. Y será precisamente este coraje de decirlo todo lo que abrirá al profeta el camino del martirio. La actitud de oponer resistencia a los prepotentes, tanto en el caso de Jeremías como en el de Juan el Bautista, es señal de un coraje inexplicable desde el punto de vista humano: es una franqueza que sólo Dios puede dar a quien se le somete y acepta la misión que le da. En última instancia, la certeza de la victoria la deduce el profeta de u n a revelación que está al comienzo de su misión: «Yo estoy contigo para librarte», una certeza que no le abandonará nunca más.

 

Evangelio: Marcos 6,17-29

En aquel tiempo,

17 Herodes había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien él se había casado.

18 Pues Juan le decía a Herodes: -No te es lícito tener la mujer de tu hermano.

19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía,

20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con gusto.

21 La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofrecía un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea.

22 Entró la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la joven: -Pídeme lo que quieras y te lo daré.

23 Y le juró una y otra vez: -Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.

24 Ella salió y preguntó a su madre: -¿Qué le pido? Su madre le contestó: -La cabeza de Juan el Bautista.

25 Ella entró enseguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta petición: -Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales no quiso desairarla.

27 Sin más dilación envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel,

28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre.

29 Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

 

**• El relato evangélico del martirio de Juan el Bautista está situado en el camino de Jesús hacia Jerusalén como una etapa fundamental. Con él no sólo se concluye el ciclo de la vida del Bautista, sino que también es preludio del martirio de Jesús.

No debemos dejarnos impresionar sólo por los detalles narrativos, muy sugestivos p o r otra parte, que nos presenta esta página de Marcos. Al evangelista no le interesa poner de manifiesto ni el vicio de Herodes ni la malicia de Herodías, ni siquiera la ligereza de su hija.

Su intención es proporcionar el debido relieve a la figura de Juan el Bautista, el «mentor» -podríamos decir del Nazareno, y mostrar cómo este gran profeta pone término a su vida del mismo modo y por los mismos motivos que morirá Jesús.

Éste es el pequeño «misterio pascual» de Juan el Bautista, el cual, tras haber conocido la adversidad de los enemigos del Evangelio, conoce ahora el silencio del sepulcro en espera de la resurrección.

 

MEDITATIO

Las palabras de Agustín son palabras de un amor apasionado. Una inquietud del corazón, una nostalgia y un deseo que se traducen en una búsqueda incansable, posible y fecunda sólo en el interior de una oración interminable, que es su misma existencia.

De la nostalgia del corazón asoman los rasgos de la belleza interior: un deseo de verdad y de amor que Agustín comprende como «suspiro de identidad»; es la divina semejanza. Y Agustín abre a Dios todo su ser: el pasado, el presente, el futuro, consciente de que sólo Dios puede vencer sus resistencias, sus miedos, todas sus debilidades de hombre, y satisfacer su sed. «Nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti» (Agustín de Hipona, Confesiones I, 1). A la luz de la verdad encontrada, Agustín ve con mayor claridad su pecado y la necesidad de la gracia, de la intervención divina, y comprende toda la orgullosa pretensión de su yo. Pero eso es lo que tiene lugar ahora en el corazón de su ininterrumpido diálogo con Dios, el Padre de su despertar. El Padre le ama, y nada puede apartar a Agustín de la confiada certeza de que la gracia de Cristo vencerá sobre el pecado; se restaurará en él «el orden del amor» y, con él, la bienaventuranza de la paz y de la libertad.

 

ORATIO

A ti te invoco, Dios Verdad, en quien, de quien y por quien son verdaderas todas las cosas verdaderas. Dios, Sabiduría, en ti, de ti y por ti saben todos los que saben.

Dios, verdadera y suma vida, en quien, de quien y por quien viven las cosas que suma y verdaderamente viven. Dios bienaventuranza, en quien, de quien y por quien son bienaventurados cuantos hay bienaventurados.

Dios, Bondad y Hermosura, principio, causa y fuente de todo lo bueno y hermoso. Dios, Luz inteligible, en ti, de ti y por ti luce inteligiblemente todo cuanto inteligiblemente luce. Dios, cuyo Reino es todo el mundo, que no alcanzan los sentidos. Dios, la ley de cuyo Reino también en estos reinos se describe. Dios, de quien separarse es caer, a quien volver es levantarse, permanecer en ti es hallarse firme. Dios, darte a ti la espalda es morir, volver a ti es revivir, morar en ti es vivir. Dios, a quien nadie pierde sino engañado, a quien nadie busca sino avisado, a quien nadie halla sino purificado. Dios, dejarte a ti es perderse, seguirte a ti es amar, verte es poseerte.

Dios, a quien nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad. Te invoco a ti, Dios, por quien vencemos al enemigo. Dios, por cuyo favor no hemos perecido nosotros totalmente. Dios que nos exhortas para que vigilemos.

Dios, por quien discernimos los bienes de los males. Dios, por quien evitamos el mal y seguimos el bien. Dios, por quien no sucumbimos a las adversidades.

Dios, a quien se debe nuestra buena obediencia y buen gobierno. Dios, por quien aprendemos que es ajeno lo que alguna vez creímos nuestro y nuestro lo que creímos ajeno. Dios, gracias a ti superamos los estímulos y halagos de los malos. Dios, por quien las cosas pequeñas no nos empequeñecen. Dios, por quien lo mejor de nosotros no está sujeto a lo peor. Dios, por quien la muerte será absorbida con la victoria. Dios, que nos conviertes.

Dios, que nos desnudas de lo que no es y vistes de lo que es. Dios, que nos haces dignos de ser oídos. Dios, que nos defiendes. Dios, que nos guías a toda verdad.

Dios, que nos muestras todo bien, dándonos la cordura y librándonos de la estulticia ajena. Dios, que nos vuelves al camino. Dios, que nos llevas hasta la puerta. Dios, que haces que sea abierta a los que llaman. Dios, que nos das el Pan de la vida. Dios, que nos das la sed de la bebida que nos sacia. Dios, que arguyes al mundo de pecado, de justicia y juicio. Dios, por quien no nos arrastran los que no creen. Dios, por quien reprobamos el error de los que piensan que las almas no tienen ningún mérito delante de ti. Dios, por quien no somos esclavos de los serviles y pobres elementos. Dios, que nos purificas y preparas para el divino premio, acude propicio en mi ayuda (Agustín de Hipona, Soliloquios I, 3).

 

CONTEMPLATIO

No con conciencia dudosa, sino cierta, Señor, te amo yo. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Mas también el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame; ni cesan de decírselo a todos, a fin de que sean inexcusables.

Sin embargo, tú te compadecerás más altamente de quien te compadecieres y prestarás más tu misericordia con quien fueses misericordioso: de otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a sordos.

Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manas ni mieles, no miembros gratos a los amplexos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto amplexo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y amplexo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios (Confesiones X, 6,8).

 

ACTIO

Repite y medita con frecuencia durante el día esta expresión de san Agustín: «Ama y haz lo que quieras» {Comentario a la primera carta de Juan VII, 8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En Agustín no vivió un solo hombre: vivió en él la criatura de carne y hueso, de nervios y sangre, con su desarrollo misterioso, múltiple; vivió el escritor, conjuntamente sumo escritor, sumo filósofo, sumo teólogo, y sobre cualquier otra cosa poeta sumo de los afectos y de las verdades; vivió el cristiano y el monje, el sacerdote y el obispo, el santo. Recibió de Dios toaos los clones más altos: una juventud tempestuosa, la palabra creadora, el silencio inenarrable de la oración, la fuerza necesaria para gobernar su ánimo en la navegación ultraterrena y en el aura de lo divino. Experiencia de hijo y de padre, de pecador desbandado y de obispo muy rígido, de escolar y profesor y, por tanto, de maestro de su pueblo y de todo el Occidente; de mundano y de monje, de escritor y de filósofo, de polemista y de amigo, de pensador y de contradictor y orador.

En todos esos pasajes no perdáis nada de su riquísima y potentísima humanidad: todo lo llevó consigo y lo fundió en el ardor y en la luz única de su santidad doloroso y extática. Amó, y de su experiencia de amor surgirá un amor a Dios, tal vez el más elevado que jamás haya salido de corazón humano [...].

Cuando moría Agustín en su ciudad asediada, no moría nada: nacía, para él, en los cielos amados sin paz y deseados sin tregua; nacía, para nosotros, en nuestra historia y en nuestra alma. Desde aquel día hay algo de agustiniano tanto en la historia de todos los hombres como en la historia de cada uno de ellos (G. de Luca, Sant'Agostino. Scrítti d'occasione e traduzioni).

 

 

Día 29

Martirio de san Juan Bautista (29 de agosto)

 

El «más grande de entre los nacidos de mujer» murió mártir, víctima de la fe y de la misión que había desarrollado. Su decapitación tuvo lugar en la fortaleza de Maqueronte, en el mar Muerto, lugar de vacaciones del vicioso rey Herodes. La sangre de Juan el Bautista selló su testimonio en favor de Jesús: con su misma muerte completó su misión de precursor. La fecha de hoy recuerda tal vez la dedicación de la antigua basílica erigida en Sebaste (Samaría) en honor del precursor del Mesías.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Cor 1,26-31

26 Hermanos, considerad quienes habéis sido llamados, pues no hay entre vosotros muchos sabios según los criterios del mundo, ni muchos poderosos, ni muchos nobles.

27 Al contrario, Dios ha escogido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes;

28 ha escogido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo, para anular a quienes creen que son algo.

29 De este modo, nadie puede presumir delante de Dios.

30 A él debéis vuestra existencia cristiana, ya que Cristo se ha hecho para nosotros sabiduría divina, salvación, santificación y redención.

31 De esta manera, como está escrito, el que quiera presumir que lo haga en el Señor.

 

**• Para ilustrar de modo concreto la sabiduría-necedad en el plano de Dios no hace falta ir muy lejos. En la misma comunidad de Corinto hay ejemplos elocuentes. Pablo invita ahora a los corintios a reflexionar con atención sobre su propia situación. La iglesia de Corinto, salvo algunas excepciones, está constituida por personas de humilde condición social y de bajo nivel cultural.

Aquí es donde Dios revela su extraño gusto: prefiere a los pobres y a los débiles antes que a los ricos y poderosos. Se trata de una lógica coherente con lo que ha llevado a cabo a través de su Hijo crucificado. Por eso nadie puede presumir ante Dios, nadie puede presentar méritos, títulos de pretensión ni privilegios.

El tema de la «jactancia» le resulta entrañable a Pablo. Éste no pretende exaltar la nulidad del hombre ante la totalidad de Dios, y menos aún presentar la imagen de un Dios que aplasta la dignidad humana, sino que reconoce, con sinceridad y gratitud, la grandeza del hombre en virtud de la obra del don de Dios en Cristo.

Pablo prosigue en la misma carta demostrando que en Cristo lo tenemos lodo (3,21-23) y que todo lo que poseemos lo hemos recibido de él (4,6). Por consiguiente, no dice que no haya que presumir en sentido absoluto, sino que «el que quiera presumir que lo haga en el Señor» (v. 31). Presumiendo en el Señor se da gloria a Dios.

 

Evangelio: Mc 6,17-29

En aquel tiempo,

17 Herodes había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien él se había casado.

18 Pues Juan le decía a Herodes: -No te es lícito tener la mujer de tu hermano.

19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía,

20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con gusto.

21 La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofrecía un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea.

22 Entró la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la joven: -Pídeme lo que quieras y te lo daré.

23 Y le juró una y otra vez: -Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.

24 Ella salió y preguntó a su madre: -¿Qué le pido? Su madre le contestó: -La cabeza de Juan el Bautista.

25 Ella entró enseguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta petición: -Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales no quiso desairarla.

27 Sin más dilación envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel,

28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre.

29 Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

 

**• El relato evangélico del martirio de Juan el Bautista está situado en el camino de Jesús hacia Jerusalén como una etapa fundamental. Con él no sólo se concluye el ciclo de la vida del Bautista, sino que también es preludio del martirio de Jesús.

No debemos dejarnos impresionar sólo por los detalles narrativos, muy sugestivos p o r otra parte, que nos presenta esta página de Marcos. Al evangelista no le interesa poner de manifiesto ni el vicio de Herodes ni la malicia de Herodías, ni siquiera la ligereza de su hija.

Su intención es proporcionar el debido relieve a la figura de Juan el Bautista, el «mentor» -podríamos decir del Nazareno, y mostrar cómo este gran profeta pone término a su vida del mismo modo y por los mismos motivos que morirá Jesús.

Éste es el pequeño «misterio pascual» de Juan el Bautista, el cual, tras haber conocido la adversidad de los enemigos del Evangelio, conoce ahora el silencio del sepulcro en espera de la resurrección.

 

MEDITATIO

Los recuerdos bíblicos relativos a Juan el Bautista nos invitan a meditar sobre el don de la profecía, en particular sobre la figura del profeta. ¿Cuál es exactamente su función en el pueblo de Dios? ¿Cuáles son las opciones que le califican claramente como profeta? ¿De qué modo se sitúa ante sus contemporáneos como signo de una presencia superior, como portavoz de una Palabra divina?

El profeta se manifiesta como tal por su modo de hablar, por el estilo que caracteriza su predicación. La palabra no lo es todo, pero ya es capaz de manifestar el sentido de una presencia, incómoda pero ineludible, con la que todos deben contar. El profeta se manifiesta como tal, también y sobre todo, con las opciones de vida que lleva a cabo. De este modo demuestra que ha percibido que el tiempo en el que vive es precisamente aquel en el que Dios le llama a ser-para-los-otros. No se puede sustraer a esta llamada (deberíamos leer, a este respecto, el c. 17 de Jeremías), so pena de ser infiel a su misión. Por último, el profeta manifiesta la autenticidad de su misión con el valer de dar la vida por aquel que le ha llamado y por aquellos a quienes ha sido enviado. O se es profeta con la vida, con la vida entregada por amor, o no se es profeta en absoluto.

 

ORATIO

«Levántate y les dirás todo lo que te ordene».

«No tengas miedo: he aquí que te pongo como ciudad fortificada».

«Yo estoy contigo para salvarte».

«Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

«No te es lícito tener la mujer de tu hermano».

«¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente?».

«Dad frutos que prueben vuestra conversión».

«El amigo del esposo exulta de alegría a la voz del esposo».

«Ahora mi alegría es completa».

«Él debe crecer; yo, en cambio, disminuir».

 

CONTEMPLATIO

Todo lo que [Juan] dijo dio testimonio de la verdad o  sirvió de reproche a los que se le oponían; sus obras de justicia las respetaban incluso los que no le amaban.

¿Acaso el respeto del modo de vida de los hombres le hizo desviarse, ni siquiera un poco, a él, que llevó una vida solitaria desde niño, de la vía de la virtud? Y, sin embargo, ese hombre acabó su vida derramando su sangre, tras pasar un largo tormento de cárcel.

Predicaba la libertad de la patria celestial y fue encarcelado por los impíos; había venido a dar testimonio de la luz, había merecido que le llamaran lámpara ardiente y resplandeciente precisamente de la luz que es Cristo, y fue encerrado en la oscuridad de la cárcel; nadie entre los nacidos de mujer había sido más grande que él, y fue decapitado a petición de unas mujeres sumamente perversas, y fue bautizado con su propia sangre aquel a quien se le había dado bautizar al Redentor del mundo, escuchar la voz del Padre sobre él, ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él (Beda el Venerable, Omelie sulvangelo, Roma 1990, pp. 492ss).

 

ACTIO

Repite y medita con frecuencia durante el día estas consoladoras palabras: «Yo estoy contigo para salvarte» (Jr 1,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Vos estáis obligado -añadió el arzobispo de Canterbury- a deponer la duda de vuestra insegura conciencia que recusa el juramento, y a tomar el partido seguro de obedecer a vuestro príncipe, y jurar».

Entonces, aunque yo era de la opinión de que este argumento no podía adaptarse a mi caso, se me presentó, no obstante, de improviso tan sutil y, sobre todo, sostenido por tanta autoridad, al venir de la boca de un tan noble prelado, que no pude replicar nada, a no ser que estaba íntimamente seguro de que así no habría obrado bien, porque en mi conciencia era éste uno de esos casos en que mi deber era no obedecer a mi príncipe, sea cual fuere la opinión de los otros (cuya conciencia y doctrina no habría condenado ni habría aceptado juzgar) a este respecto: en mi conciencia la verdad se me presentaba diferente.

Entonces el abad de Westminster me dijo que de cualquier modo que la cuestión apareciera en mi mente, tenía motivos para temer que precisamente mi mente estuviera en el error, con sólo que considerara que el Parlamento del reino se pronunciaba en sentido opuesto, y que, por consiguiente, debía cambiar la posición de mi conciencia. A esto respondí que si sólo fuera yo el que sostenía mi tesis y todo el Parlamento sostuviera la otra, verdaderamente tendría miedo de apoyarme en mi parecer, yo solo contra tantos. Mas, por otra parte, sucede que para algunos de los motivos por los que me niego a jurar tengo yo de mi parte -como confío tener- un consejo igualmente grande, e incluso más, y entonces no estoy ya obligado a cambiar mi conciencia y conformarla al consejo de un reino, contra el consejo general de la cristiandad (Tomás Moro).

 

 

Día 30

22° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 20,7-9

7 Tú me sedujiste, Señor y yo me dejé seducir; me has violentado y me has podido. Se ríen de mi sin cesar, todo el mundo se burla de mi.

8 Cada vez que hablo tengo que gritar y anunciar: <<Violencia y 0presión». La Palabra del Señor se ha convertido para mi en constante motivo de burla e irrisión.

9 Yo me decía: <<No pensaré más en él, no hablaré más en su nombre». Pero era dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos; me esforzaba en contenerlo, pero no podía.

 

•• El texto está tomado de la última de las <<Confesiones» de Jeremías, interpoladas entre los capítulos precedentes del libro (cc. 11; 15; 17; 18), donde mejor aflora la compleja personalidad del profeta, incomprendido y perseguido. Una lectura completa de la perícopa, hasta el v. 18, ilustraría mejor la variedad de sentimientos que afligen y desgarran al profeta (algo irrefrenable: adentro de mi era como un fuego devorador, (cf v 9).

Describe a Dios como un seductor violento y poderoso; según el profeta, Dios, y no otro, es el origen y la causa de todas las desdichas de su vida <<maldito el día en que nací», v. 14), Aquella palabra irresistible, que en otro tiempo Jeremías devoraba con avidez y era la delicia de su corazón (Jr 15,16), ahora se ha convertido en motivo de burla e irrisión. Desertar de la misión profética es como querer apagar en su propio corazón el ardor de la llama divina: es imposible.

 

Segunda lectura: Romanos 12,1-2

1 Os pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que os ofrezcáis como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser vuestro auténtico culto.

2 No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior, para que podáis descubrir cual es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

 

Al final de la sección dedicada al tema de la salvación, Pablo concluía que la misericordia divina es el motor del plan salvador de Dios para judíos y gentiles, para todos. Ahora, en nombre de la misericordia de Dios -gancho introductorio de la ultima parte de la carta, de índole exhortativa—, y en respuesta a la gracia recibida, Pablo anima a los hermanos en la fe para que le den a la vida una dimensión sacra y sacrificial. El culto Espiritual (literalmente, loghikós; <<¡según el Logos!»), realizado en el Espíritu del Resucitado, conlleva que nos presentemos delante del Señor (el verbo tiene resonancias esponsalicias) en la globalidad y en la concreción (<<cuerpo») de lo que somos, como sacrificio <<vivo, Santo y agradable a Dios». No se trata de ofrecer sacrificios sustitutivos de víctimas animales en lugar de ofrendas humanas, sino de ofrecerse en sacrificio, y el Espíritu de adopción filial, infundido en nuestros corazónes, transformara el <<sacrificio>> en <<santo y agradable a Dios». Las consecuencias de una orientación de vida semejante nos defienden, por un lado, del <<Conformismo >> frente a la mentalidad del mundo presente, que se sitúa en las antípodas de las enseñanzas evangélicas, y por el otro, nos permiten realizar la <<metamorfosis>>, que comporta la renovación de la mente (la metánoia evangélica). Así se consigue el auténtico discernimiento, cuyo fruto consiste en hacer cuanto es bueno, agradable y perfecto ante Dios; esto es, el cumplimiento de la voluntad divina.

 

Evangelio: Mateo 16,21-27

21 Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y que tenía que sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley; que lo matarían y al tercer día resucitaría,

22 Entonces Pedro, tomándolo aparte, se puso a recriminarle:

- Dios no lo quiera, Señor; no te ocurrirá eso.

23 Pero Jesús, volviéndose, dijo a Pedro:

- ¡Pónte detrás de mi, Satanás! Eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres.

24 Y dirigiéndose a sus discípulos, añadió:

- Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a si mismo, cargue con su cruz y me siga.

25 Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la conservará.

26 Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida? O ¿qué puede dar a cambio de su vida?

27 El Hijo del hombre está a punto de venir con la gloria de su Padre y con sus ángeles. Entonces tratará a cada uno según su conducta.

 

Con el reconocimiento del mesianismo de Jesús se abre una nueva etapa en el Camino del evangelio. Mateo lo subraya: <<Desde entonces comenzó Jesús...>> (v. 21) a mostrarles con claridad el destino que le esperaba: el rechazo (<<sufrir mucho») por parte de las autoridades judías que constituían el sanedrín (<<los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley »), la muerte ignominiosa (<<lo matarían>>) y, finalmente, la resurrección (v. 21).

Afrontar un destino semejante es un deber (<<tenía que ir a... »), una necesidad ineludible que entra en la lógica de la encarnación: compartir hasta el final el camino del hombre pecador. Jesús reproduce con exactitud la antigua profecía del siervo sufriente.

La primera oposición a la meta de Jesús nace desde dentro del grupo de los discípulos. Antes, Pedro, por revelación del Padre, se erigió en portavoz del mesianismo de Jesús; ahora, haciendo valer sus credenciales ante el Maestro, explaya su humanidad (<<carne y sangre», Mt 16,17), pretende evitar una misión cuyo resultado es tan desconcertante como ofensivo. Y reacciona <<tomándolo aparte» (v. 22); Cristo quiere restituir la situación y, públicamente, corrige al apóstol. Reconoce en la propuesta de Pedro la presencia del Tentador y rechaza la tentación con la misma rotundidad que lo había hecho durante su estancia en el desierto: <<¡Satanás! Eres para mi un obstáculo» (M 23; cf Mt 4,10).

La incomprensión de los discípulos pende como una espada de Damocles sobre el seguimiento y culminará con la traición de Judas y la negación de Pedro, quien en esta ocasión <<no ha tenido los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús» (cf Flp 2,5). Llegado el momento, Cristo explica su elección: la vida (¡el alma!) se salva haciéndola don y ofrenda. Si la vida tiene un valor absoluto, la vida es la condición imprescindible del seguimiento (cf Mt 10,38ss, donde aparecen los mismos versículos).

 

MEDITATIO

Podemos releer el presente fragmento evangélico a la luz del testimonio de Jeremías y la exhortación de Pablo y transformar la vida en un sacrificio Espiritual en constante discernimiento.

Cristo, figura del profeta perseguido (cf Mt 16,14: <<...otros que Jeremías), después del discernimiento madurado en la soledad del desierto y del reconocimiento de su mesianismo por boca de Pedro, quiere abrir la mente de los apóstoles al sentido profundo de su misión, según el oráculo del siervo sufriente de Isaías. El camino de la salvación nunca puede ser el

de la perdición, pues la desobediencia primera ha sido reemplazada con la obediencia incondicional al designio divino, que ha tomado cuerpo con la encarnación.

El Verbo hecho carne, una vez que asume la naturaleza humana y se adentra en la maraña de la historia, tiene que acoger hasta el final la trayectoria connatural de los acontecimientos humanos. En el caminar de su vida ve reflejado el significado profundo de la existencia humana, llamada a realizarse en la donación de si misma. Y es en esta ofrenda, realizada en la cotidianeidad de la vida, donde el hombre celebra el auténtico culto Espiritual.

 

ORATIO

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad,

mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad,

todo mi haber y poseer

Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno.

Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad.

Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

(Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 234).

 

CONTEMPLATIO

Hijo, no puedes poseer libertad perfecta si no te niegas del todo a ti mismo.

En prisiones están todos los ricos y amadores de si mismos, los codiciosos, ociosos y vagabundos, y los que buscan siempre las cosas de gusto y no las de Jesucristo, sino que antes componen e inventan muchas veces lo que no ha de durar.

Porque todo lo que no procede de Dios perecerá.

Imprime en tu alma esta breve y perfectísima máxima: Déjalo todo, y lo hallarás todo; deja tu apetito, y hallarás sosiego.

Reflexiona bien esto y, cuando lo cumplieres, lo entenderás todo.

Señor, no es ésta obra de un día, ni juego de niños; antes en tan breve sentencia se encierra toda la perfección religiosa.

Hijo, no debes volver atrás, ni decaer presto en oyendo el camino de los perfectos; antes debes esforzarte para cosas mas altas o, a lo menos, aspirar a ellas con deseo.

¡Ojalá hubieses llegado a tanto que no fueses amador de ti mismo y estuvieses dispuesto puramente a mi voluntad y a la del superior que te he dado! Entonces me agradarías sobremanera y toda tu vida correría gozosa y pacífica.

Aún tienes mucho que dejar; que si no lo renuncias enteramente, no alcanzarás lo que me pides (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 32,1-3).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Dáme, Señor los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (cf Flp 2,5)a

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

<<Aprende a despreciar las cosas exteriores y dirigirte a las interiores y verás venir el Reino de Dios a ti>> (Imitación de Cristo, 2,1).  Se trata de separarse, y con fuerza, de esa exterioridad en que queda aprisionada y reducida la vida del hombre, para volverse y renovar el interior, eso interioridad que caracteriza al hombre. El logro de una conquista semejante requiere distanciamiento de las cosas exteriores, yo que mientras estés ocupado en ellas no puedes pensar en ti: Cristo vendrá a ti si le has reparado en tu interior una digna vivienda; por eso el autor de la Imitación te sugiere insistentemente: hazle sitio en tu interior a Cristo y niégale la entrada a todo lo demás. ¿Cuántos desapegos no están incluidos en <<todo lo demás»!

Desapego de las cosas, de todas las cosas a las que a veces se apega nuestro corazón inadvertidamente y que nos impiden adherirnos totalmente a Cristo; desapego de los lugares a los que fácilmente el corazón se vincula bajo la apariencia de bien; desapego de las personas, en el sentido de que los afectos no obstaculicen el triunfo de Cristo en nosotros ni se lo impidan a los demás... (G. Luzzcnti, Il Regno di Dio é in mezzo o noi, I, Milán, 1976, Wss).

 

 

 

 

Día 31

 

Lunes de la 22ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 2,1-5

1 En lo que a mí toca, hermanos, cuando vine a vuestra ciudad para anunciaros el designio de Dios, no lo hice con alardes de elocuencia o de sabiduría.

2 Pues nunca entre vosotros me he preciado de conocer otra cosa sino a Jesucristo, y a éste crucificado.

3 Me presenté ante vosotros débil, asustado y temblando de miedo.

4 Mi palabra y mi predicación no consistieron en sabios y persuasivos discursos; fue más bien una demostración del poder del Espíritu,

5 para que vuestra fe se fundara no en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios.

 

**• Frente a una comunidad que amenaza con profanar la pureza de la fe cristiana con algunos principios de la mentalidad grecopagana, Pablo siente el deber de tener que llamar la atención de todos sobre el acontecimiento central del cristianismo: el misterio pascual de Cristo, el Señor.  En sustancia, son tres los pensamientos que remacha:

«Sólo Jesucristo, y éste crucificado» (y. 2) constituye el acontecimiento histórico que hemos de creer para llegar a la salvación. La mediación histórica que hemos de acoger consiste en la predicación, y ésta se caracteriza por su debilidad humana («Me presenté ante vosotros débil, asustado y temblando de miedo»: v. 3) y no por la prepotente demagogia de ciertos predicadores de otros caminos de salvación. Por último, es la fe, como acogida de la Palabra de la cruz, la que revela el poder del Dios que salva. La vida cristiana no conoce otras características, y el apóstol interviene con todo el peso de su autoridad para reconducir a los cristianos de Corinto al camino recto, aunque esto entrañe fatiga a causa del deber de abandonar determinadas prácticas que son contrarias al carácter específico de la fe en Cristo.

Estos tres acontecimientos -Cristo crucificado, la predicación apostólica y la fe- mantienen entre sí un orden jerárquico: Pablo es muy consciente de ello, y lo experimentó personalmente en el camino de Damasco el día de su conversión. Sin embargo, desde el punto de vista histórico, el mensaje de Cristo crucificado llega a los potenciales creyentes por medio de la predicación apostólica, que se concentra y se agota en la proposición del mensaje pascual de Cristo muerto y resucitado.

Es precisamente en este momento providencial cuando, según Pablo, se manifiesta y se vuelve eficaz la «demostración del poder del Espíritu» (v. 4), que invade tanto al que evangeliza como a los que son evangelizados.

 

Evangelio: Lucas 4,16-30

En aquel tiempo, Jesús

16 llegó a Nazaret, donde se había criado. Según su costumbre, entró en la sinagoga un sábado y se levantó para hacer la lectura.

17 Le entregaron el libro del profeta Isaías y, al desenrollarlo, encontró el pasaje donde está escrito:

18 El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos

19 y a proclamar un año de gracia del Señor.

20 Después enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos clavados en él.

21 Y comenzó a decirles: -Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar.

22 Todos asentían y se admiraban de las palabras de gracia que acababa de pronunciar. Comentaban: -¿No es éste el hijo de José?

23 Él les dijo: -Seguramente me recordaréis el proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu pueblo».

24 Y añadió: -La verdad es que ningún profeta es bien acogido en su tierra.

25 Os aseguro que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país;

26 sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en la región de Sidón.

27 Y muchos leprosos había en Israel cuando el profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.

28 Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación; 29 se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que se asentaba su ciudad, con ánimo de despeñarlo.

30 Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó.

 

*•• La predicación de Jesús en Nazaret empieza con un rito: entra en la sinagoga, se levanta a leer, le entregan el libro y al abrirlo encuentra el pasaje... (w. 16ss). El momento es muy solemne y Lucas lo subraya con vigor: es una característica que se puede detectar con bastante facilidad en todo el relato. La página profética es proclamada por el mismo Jesús, que no tarda en dar la interpretación de la misma: «.Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar» (v. 11).

Jesús es verdadero profeta, incluso el profeta escatológico (cf. Le 16,16), porque la profecía que proclama se cumple en su predicación, en sus gestos, en su persona. Por eso su tiempo es un kairós -un tiempo providencial para cualquiera que se abra mediante la escucha a la acogida del mensaje que salva. Y es la presencia de Jesús en persona la que justifica el valor de este «hoy» (v. 21). Lucas registra también la reacción de los presentes: en parte, positivamente estupefactos por las cosas que decía y por el modo como las decía («palabras de gracia »: v. 22); en parte, negativamente impresionados y, por eso, críticos respecto al mismo Jesús (w. 28ss). Como siempre, la reacción a la propuesta de salvación es de signo doble y contrario.

Encontramos, a continuación, una larga sección polémica: Jesús intuye que el ánimo de los presentes está, por lo general, indispuesto respecto a su predicación y presenta dos proverbios -el del médico y el del profeta (w. 23.24)- que dejan entender con claridad lo que Jesús quiere decir. Las dos referencias bíblicas a las viudas de los tiempos de Elías y a los leprosos del tiempo de Eliseo (w. 25-27) tienen también el objetivo polémico de desmantelar las disposiciones interiores de los presentes. Nada tiene de extraño, por consiguiente, que, al final, Jesús sea objeto de una reticencia común y del rechazo más ciego.

 

MEDITATIO

Tanto Pablo como Lucas tocan en esta liturgia de la Palabra el tema de la predicación. Este se sitúa en el comienzo del camino de la fe, que por su propia naturaleza lleva a la salvación. Es ésta una ocasión propicia para detenernos en el valor teológico de la predicación, entendida como acto litúrgico que, en cuanto tal, participa de la economía sacramental. Esta última, en efecto, nos viene dada a través de los signos litúrgicos -y entre ellos hemos de enumerar, a buen seguro, la predicación-, los cuales «realizan lo que significan».

La predicación es antes que nada un acontecimiento de gracia: como los habitantes de Corinto, como los contemporáneos de Elías y de Eliseo y como los contemporáneos de Jesús, también nosotros nos encontramos situados no ante un acontecimiento puramente humano, aunque en ocasiones sea digno de admiración, sino ante un gesto que, aunque sea en medio de la debilidad, es portador de un mensaje ajeno -el de Dios- y de una gracia que viene de lo alto. La predicación cristiana se vale de las profecías veterotestamentarias, pero se sitúa en el presente histórico: «Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar». La referencia a los tiempos pasados no es, obviamente, un alarde de cultura, sino más bien memoria actualizadora de algunas profecías que contienen una promesa divina. De modo similar, la referencia al presente histórico no es violencia a la libertad de los individuos, sino más bien una invitación autorizada a no prescindir, por pereza o por ligereza, de la Palabra de Dios. Por último, la predicación apostólica se encuentra en el comienzo de un itinerario de fe que Pablo, entre otros, se encarga de trazar también en los dos primeros capítulos de su primera carta a los cristianos de Tesalónica.

Quien tenga la paciencia de leerlos encontrará en ellos un esbozo bastante completo de la «teología de la predicación». De todos modos, aconsejamos sopesar todo esto con lo que escribe Pablo en 1 Tes 2,13: «Por todo ello, no cesamos de dar gracias a Dios, pues al recibir la Palabra de Dios que os anunciamos, la abrazasteis no como palabra de hombre, sino como lo que es en realidad, como Palabra de Dios, que sigue actuando en vosotros los creyentes».

 

ORATIO

Señor Jesús, hablaste ayer, pero, sordos a tu mensaje de salvación, «todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación». Sigues hablando hoy para proclamar de nuevo el amor del Padre que nos libera de toda opresión, pero pocos te escuchan y te aceptan. Hablarás mañana y tu anuncio seguirá siendo de nuevo incómodo y muchos intentarán alejarte. ¿Por qué? Tu Palabra, Señor, sólo encuentra morada en un corazón abierto al Espíritu y a la sorprendente novedad de tu Evangelio: al que anuncia le es indispensable hacerse un corazón impregnado de verdad, libre de miedos, de objetivos personales, de presiones inútiles; estar preocupado únicamente por hacer conocer al Padre y su amor ilimitado por la humanidad; al que escucha le es indispensable tener un corazón deseoso de conocer al Señor que pasa y le invita. Tu Palabra, Señor, tiene siempre en sí misma el poder de sanar y de curar: con tal de que sea acogida libremente, nos transforma por dentro y obra maravillas.

 

CONTEMPLATIO

¿Os dais cuenta, hermanos, de lo peligroso que puede resultar callarse? El malvado muere, y muere con razón; muere en su pecado y en su impiedad, pero lo ha matado la negligencia del mal pastor. Pues podría haber encontrado al pastor que vive y que dice: Por mi vida, oráculo del Señor, pero como fue negligente el que recibió el encargo de amonestarlo y no lo hizo, él morirá con razón, y con razón se condenará el otro. En cambio, como dice el texto sagrado: «Si advirtieses al impío, al que yo hubiese amenazado con la muerte: Eres reo de muerte, y él no se preocupa de evitar la espada amenazadora, y viene la espada y acaba con él, él morirá en su pecado, y tú, en cambio, habrás salvado tu alma». Por eso precisamente, a nosotros nos toca no callarnos, mas vosotros, en el caso de que nos callemos, no dejéis de escuchar las palabras del Pastor en las sagradas Escrituras (san Agustín, Sermón sobre los pastores, 46,20ss, enCCL41, 546ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros» (Lc 7,16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuando se habla de ciencia de la cruz, no hemos de entender la palabra ciencia en el sentido habitual. No se trata de una teoría, es decir, de un simple conjunto de proposiciones verdaderas -reales o hipotéticas- ni de una construcción ideal ensamblada por el proceso lógico del pensamiento. Se trata más bien de una verdad ya admitida -una teología de la cruz-, pero que es una verdad viva, real, activa. Es sembrar en el alma como un grano de trigo, que echa raíces y crece, dando al alma una impronta especial y determinante en su conducta, hasta el punto de resultar claramente discernible en el exterior. En este sentido es en el que [...] hablamos de ciencia de la cruz. De este estilo y de esta fuerza -elementos vitales que actúan en lo más profundo del alma- brota también la concepción de la vida, la imagen que cada hombre se hace de Dios y del mundo, de modo que tales cosas puedan encontrar su expresión en una construcción intelectual, en una teoría [...]. [No obstante], sólo se llega a poseer una scientia crucis cuando experimentamos la cruz hasta el fondo. De eso estuve convencida desde el primer momento, por eso dije de corazón: Ave crux, spes única (E. Stein, Scientia crucis, Milán 1960, pp. 23ss [edición española: Ciencia de la cruz, Monte Carmelo, Burgos 1 994]).