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LECTIO DIVINA NOVIEMBRE DE 2020

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Festividad de Todos los Santos

          Solemnidad de Todos los Santos, que están con Cristo en la gloria. En el gozo único de esta festividad, la Iglesia Santa, todavía peregrina en la tierra, celebra la memoria de aquellos cuya compañía alegra los cielos, recibiendo así el estímulo de su ejemplo, la dicha de su patrocinio y, un día, la corona del triunfo en la visión eterna de la divina Majestad (elog. del Martiriologio romano). 

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14

2 Y ví otro ángel que subía del oriente; llevaba consigo el sello del Dios vivo y gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar:

3 - No hagáis daño a la tierra, ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente con el sello a los servidores de nuestro Dios.

4 Y oí el número de los marcados con el sello: eran ciento cuarenta y cuatro mil procedentes de todas las tribus de Israel.

9 Después de esto, miré y ví una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie delante del trono y del Cordero. Vestían de blanco, llevaban palmas en las manos

10 y clamaban con voz potente, diciendo:

- A nuestro Dios, que esté sentado en el trono, y al Cordero. se debe la salvacion.

11 Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono, alrededor de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, cayeron rostro a tierra delante del trono y adoraron a Dios,

12 diciendo:

- Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amen.

13 Entonces uno de los ancianos tomó la palabra y me preguntó:

- Estos que están vestidos de blanco ¿quiénes son y de dónde han venido?

14 Yo le respondí:

- Tú eres quien lo sabe, Señor:

Y él me dijo:

- Estos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero.

 

» Sólo <<el retoño de David» (Ap 5,5) puede deshacer los sellos que cierran el libro. El sexto sello se corresponde con la visión de un terrorífico trastorno cósmico, bruscamente impedido por un misterioso ángel que viene de oriente y anuncia la salvación <<a las servidores de nuestro Dios» (v. 3), Los cuatro ángeles encargados de destruir la tierra tienen que detenerse y esperar a que marquen con el sello la frente de los elegidos: el <<resto» de los hijos de Israel, doce mil por cada una de las doce tribus. La imagen evoca el Éxodo, cuando el ángel exterminador <<pasó de largo» (Ex 12) por las casas de los judíos untadas con la sangre del cordero.

Concluido el listado de los marcados, habría que esperar la destrucción. En cambio, inesperadamente irrumpe en la escena una muchedumbre incalculable, que desborda los confines étnicos de Israel: la salvación alcanza a todos los pueblos y naciones, caracterizados por los blancos vestidos del bautismo y las palmas del martirio. Esta muchedumbre inmensa se une al <<resto de Israel» y juntos alaban a Dios y al Cordero. Los ángeles, los ancianos y los cuatro vivientes estén postrados delante del trono de Dios.

Uno de los ancianos se dirige al vidente preguntándole; <<¿Quiénes son éstos?» y ofreciéndole, posteriormente, la respuesta: son los que vienen de la persecución y el martirio (vv l3ss). Quizá se trate de la persecución de Domiciano, prototipo de todas las tribulaciones que en cualquier tiempo y lugar puedan afligir a los creyentes. Es el testimonio de la fe y, sobre todo, de la sangre redentora de Cristo.

 

Segunda lectura: 1 Juan 3,1-3

Hermanos:

1 Considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad  lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo ha conocido a él,

2 Queridos, ahora somos ya hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

3 Todo el que tiene en él esta esperanza se purifica a si mismo, como él es puro.

 

•» con el capítulo 3 de la primera Carta de Juan da comienzo la segunda parte, dedicada a <<vivir como hijos de Dios». La primera se centra en <<caminar a la luz». La conexión entre ambas secciones se consigue mediante una disposición quiástica: la manifestación del Hijo de Dios (2,28) se corresponde con las manifestaciones de los hijos de Dios (3,2); la justicia de Dios (2,29) se corresponde con el hecho de ser hijos de Dios (3,1).

El v. 1 pone en paralelo la <<consideración» (<<...qué amor tan grande»), hecha posible por la revelación del amor de Dios, con el rechazo al <<conocimiento» que viene de la fe. El mundo no nos conoce porque no conoce el amor: o, mejor dicho, no reconoce a los discípulos porque ha rechazado el amor de Jesucristo. El v, 2 remacha: <<Somos hijos de Dios», y juega con los verbos relativos a la revelación: <<manifestar y <<conocer/ver». Todavía no se nos ha manifestado lo que seremos. Sabemos (hemos visto con los ojos de la fe) que cuando se manifieste seremos semejantes a él, porque lo <<veremos» <<tal cual es», en su gloria. El v. 3 explica el sentido de este <<ser semejantes a él», es decir; a Dios. Ahora vivimos en la esperanza: apartados de lo profano, transformados en puros y santos para el culto del templo, como Cristo, el modelo perfecto del creyente.

 

Evangelio: Mateo 5,1-12a

1 Al ver a la gente, Jesús subió al monte, se sentó, y se le acercaron sus discípulos.

2 Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras:

3 Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

4 Dichosos los que estén tristes, porque Dios los consolara.

5 Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra.

6 Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciaré.

7 Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendré misericordia de ellos.

8 Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios.

9 Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

10 Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

11 Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía.

12 Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos.

 

» Las bienaventuranzas son la dirección del <<sermón de la montaña»: los pobres en el espíritu, los tristes, los limpios de corazón... son los destinatarios del discurso. Las bienaventuranzas son la <<Carta Magna» del Reino de los Cielos: para entrar o tener parte hay que encontrarse en alguna de las categorías mencionadas. No son simples <<consejos», sino la <4ley» del evangelio. El monte (5,1) es una clara referencia al otro monte, el Sinaí, donde subió Moisés para recibir las tablas de la Ley.

Cada versículo presenta una situación de debilidad, malestar o sufrimiento, que es considerada <<dichosa» no en si misma, sino porque es fuente de bendición y recompensa futura. La primera y la octava forman una inclusión, la promesa es idéntica: <<De ellos es el Reino de los Cielos» (5,3.10). La última, la más articulada, se refiere directamente a los discípulos, y en concreto por sufrir persecución <<por mi causa». Las cuatro primeras siguen un esquema de contraposición: los pobres poseerán el Reino de los Cielos; los llorones serán consolados; los humildes heredaran la tierra y los hambrientos serán saciados. En otras se hace una constatación: los misericordiosos encontrarán misericordia; los constructores de paz serán llamados hijos de Dios; los perseguidos tendrán su recompensa en los cielos.

Aparecen vocablos muy sugerentes en el lenguaje bíblico, especialmente profético: justicia, misericordia, paz, pureza de corazón, pobreza. Los <<dichosos» descritos por Mateo se corresponden con los <<pobres de YHWH», los piadosos, los profetas perseguidos e incomprendidos del Antiguo Testamento, Algunos añadidos de Mateo, con respecto a Lucas, no son atenuaciones, sino profundizaciones. Los pobres <<en el espíritu» no excluyen, sino que incluyen, a los <<pobres>> a secas. No se puede saciar el hambre <<de justicia» sin saciar el hambre material.

 

MEDITATIO

La santidad pertenece únicamente a Dios, y nadie puede reclamarla nunca para sí. La distancia entre nuestro carácter de criaturas y el Creador, la fractura entre nuestros deseos y nuestras realizaciones, la necesidad de ajustar las cuentas con los compromisos y dolores de la historia nos impiden creer que nuestra filiación divina sea algo que se nos debe. Desde este punto de vista, el balance de la historia es aún ruinoso: no somos santos.

Con todo, podemos construir la santidad en parte, armonizando nuestra propia vida con el designio de justicia que Dios ha pensado para el mundo. Lo hacen «los pobres en el espíritu», que no consiguen encontrar en ellos mismos motivos para ir hacia delante y se confían al grano de mostaza del Reino de Dios. Lo hacen los «servidores» del Señor, que intentan imitar el obrar misericordioso de Dios en la historia para convertirse en un posible signo de salvación, en un poco de levadura del Reino de Dios.

Se trata de tareas desmesuradas, que nadie consigue llegar a término por sí solo. Únicamente si nos confiamos a aquella parte todavía no revelada de nosotros mismos, a la semejanza que nos hace hijos e hijas de Dios y amados por él, sólo si creemos y nos confiamos con fe y amor a la promesa de nuestro bautismo, llegaremos a comprender cómo la salvación forma parte ya de nuestra vida y que es propio de la santidad de Dios sostener nuestra santidad.

 

ORATIO

Padre santo, tú nos has llamado hijos tuyos. Nosotros te damos gracias por tu santidad, que conduce la historia. No comprendemos todavía hasta el fondo lo que significa sentirse amados por tu santidad, pero tú mantienes viva en nosotros la imagen que has proyectado para cada uno.

Hijo justo del Padre, tú nos has abierto un paso en la historia, donde conseguimos ver cómo actúa el Padre en la historia y cómo obra en ella el Hijo. Ayúdanos a imitar tu única filiación, haznos capaces de confiarnos al Padre.

Espíritu de justicia y de santidad, si tú no purificas nuestros corazones nunca seremos capaces de abrir nuestros ojos a la mirada de Dios, nunca seremos capaces de cantar las alabanzas de Dios en la liturgia, no conseguiremos llamarnos hijos. Infunde en nuestro corazón la capacidad de escuchar la voz del Padre que nos llama hijos suyos amados.

 

CONTEMPLATIO

También nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Y lo que produce en nosotros la imagen divina no es otra cosa que la santificación, esto es, la participación en el Hijo en el Espíritu. Así que, después de que la naturaleza humana se hubiera encaminado a la perversión y se hubiera corrompido la belleza de la imagen, fuimos restaurados en el estado original, porque mediante el Espíritu ha sido reformada la imagen del Creador, es decir, del Hijo, a través del cual viene todo del Padre.

También el sapientísimo Pablo dice: «¡Hijos míos, por quienes estoy sufriendo de nuevo dolores de parto hasta que Cristo llegue a tomar forma definitiva en vosotros!» (Gal 4,19). Y él mismo mostrará que la figura de la formación de la que se habla aquí ha sido imprimida en nuestras almas por medio del Espíritu, proclamando: «Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Por nuestra parte, con la cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosa, como corresponde a la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,17ss) (Cirilo de Alejandría, Dialoghi sulla Trinitá, Roma 1982, pp. 302ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: « Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tu verdadera identidad es ser hijo de Dios. Esa es la identidad que debes aceptar. Una vez que la hayas reivindicado y te hayas instalado en ella, puedes vivir en un mundo que te proporciona mucha alegría y, también, mucho dolor. Puedes recibir tanto la alabanza como el vituperio que te lleguen como ocasiones para fortalecer tu identidad fundamental, porque la identidad que te hace libre está anclada más allá de toda alabanza y de todo vituperio humano. Tú perteneces a Dios y, como hijo de Dios, has sido enviado al mundo.

Dado que ese lugar profundo que hay dentro de ti y donde se arraiga tu identidad de hijo de Dios lo has desconocido durante mucho tiempo, los que eran capaces de afectarte han tenido sobre ti un poder repentino y a menudo aplastante. Pero no podían llevar a cabo aquel papel divino, y por eso te dejaron, y te sentiste abandonado. Pero es precisamente esta experiencia de abandono la que te ha atraído a tu verdadera identidad de hijo de Dios.

Sólo Dios puede habitar plenamente en lo más hondo de ti. Puede ser que haga falta mucho tiempo y mucha disciplina para volver a unir tu yo profundo, escondido, con tu yo público, que es conocido, amado y aceptado, aunque también criticado por el mundo; sin embargo, de manera gradual, podrás empezar a sentirte más conectado a él y llegar a ser lo que verdaderamente eres: hijo de Dios (H. J. M. Nouwen, La voce dell'amore, Brescia 21997, pp. 98ss, passim).

 

 

 

 

Día 2

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre)

 

Creemos por fe que la muerte no es el final de la existencia humana, sino la entrada en una condición de vida nueva y definitiva: en Dios y ¡unto con todos los redimidos. La realidad de la comunión de los santos nos da la certeza de que los hermanos todavía no purificados del todo pueden recibir ayuda y consuelo por medio de nuestra oración. Por eso la Iglesia, acogiendo una antigua tradición monástica, ha dedicado un día entero a la oración de sufragio por los fieles difuntos, fijando su fecha en el 2 de noviembre, inmediatamente después de la fiesta de Todos los santos.

LECTIO

Primera lectura: Job 19,1-23-27a

1 Job tomó la palabra y dijo:

23 ¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en el bronce!

24 ¡Ojalá con punzón de hierro y plomo se esculpieran para siempre en la roca!

25 Pues yo sé que mi defensor está vivo y que él, al final, se alzará sobre el polvo;

26 y después que mi piel se haya consumido, con mi propia carne veré a Dios.

27 Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño, y en mi interior suspirarán mis entrañas.

 

*•• No resulta fácil compartir el sufrimiento de otro. Los amigos de Job no le ofrecen más que discursos hechos a partir de tópicos y frustrados por una sabiduría demasiado fácil. Muy distintas son las palabras de su respuesta. En efecto, cuando se encuentra casi en el umbral de la muerte y la soledad le destroza el corazón (vv. 19-22), Job intuye que Dios es su redentor, su go'el, o sea -siguiendo la práctica jurídica judía-, el pariente cercano que debe comprometerse a rescatar corriendo con los gastos (o vengar) a su pariente en caso de esclavitud, de pobreza, de asesinato. Así pues, Job puede apelar a Dios como a su último defensor, como al ser vivo que se compromete a sí mismo en favor del hombre que muere, puesto que entre Dios y el hombre existe una especie de parentesco, un vínculo indisoluble.

Job lo afirma con vigor (vv. 26ss): sus ojos contemplarán a Dios con la familiaridad de quien no es extraño a su vida.

 

Segunda lectura: Romanos 5,5-11

Hermanos:

5 Una esperanza que no engaña porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones.

6 Estábamos nosotros incapacitados para salvarnos, pero Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado.

7 Es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien, aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir.

8 Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores.

9 Con mayor razón, pues, a quienes ha puesto en camino de salvación por medio de su sangre los salvará definitivamente del castigo.

10 Porque si siendo enemigos Dios nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, nos salvara para hacernos partícipes de su vida.

11 Y no sólo esto, sino que nos sentimos también orgullosos de un Dios que ya desde ahora nos ha concedido la reconciliación por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

*•• La esperanza del hombre frente al enigma de la muerte no es vana. Como ya había intuido Job, Dios es realmente nuestro «Redentor», porque nos ama. Se ha comprometido a rescatarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte pagando el precio de la sangre de su Hijo (vv. 6-9), de un modo absolutamente gratuito. Nosotros, en efecto, éramos pecadores, impíos, enemigos, pero el Señor nos ha reconocido como «suyos» y ha muerto por nosotros, arrancándonos de la muerte eterna.

Por medio del bautismo, y participando en el misterio pascual de Cristo, es como acogemos esta gracia. Su muerte nos ha reconciliado con el Padre, su resurrección nos permite vivir como salvados. Rompiendo continuamente los lazos con el pecado y dejándonos guiar por el Espíritu derramado en nuestros corazones, actualizamos cada día la gracia de nuestro nuevo nacimiento.

 

Evangelio: Juan 6,37-40

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre:

37 Todos los que me da el Padre vendrán a mí, y yo no rechazaré nunca al que venga a mí.

38 Porque yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.

39 Y su voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día.

40 Mi Padre quiere que todos los que vean al Hijo y crean en él tengan vida eterna, y yo los resucitaré en el último día.

 

**• El verdadero centro de esta perícopa es la voluntad de Dios, a cuyo cumplimiento está orientada por completo la misión de Jesús (v. 38). Esa voluntad es un designio de vida y de salvación ofrecido a todo hombre («todos»: v. 40) a través de la mediación de Cristo, a fin de que nadie se pierda (v. 39). El designio de Dios manifiesta así su ilimitada gratuidad y, al mismo tiempo, la afectuosa atención de su caridad con cada uno. Para recibirla, es preciso responder con el libre consentimiento de la fe: quien cree en el Hijo tiene ya desde ahora la vida eterna, porque se adhiere a aquel que es la resurrección y la vida, y sólo él puede llevarnos consigo más allá del insuperable límite de la muerte.

 

MEDITATIO

Ante la muerte se impone el silencio, ese silencio que, haciéndonos entrar en el diálogo de la eternidad y revelándonos el lenguaje del amor, nos pone en una comunicación profunda con este insondable misterio. Existe un vínculo fortísimo entre aquellos que han dejado de vivir en el espacio y en el tiempo y los que se encuentran aún inmersos en ellos. Si bien la desaparición física de las personas queridas nos hace sufrir su inalcanzable lejanía, mediante la fe y la oración experimentamos una más íntima comunión con ellos. Cuando parece que nos dejan es en realidad el momento en el que se establecen más firmemente en nuestra vida: siguen estando presentes en nosotros, forman parte de nuestra interioridad, los encontramos en esa patria que ya llevamos en el corazón, allí donde habita la Trinidad.

San Pablo nos anima a vivir de una manera positiva el misterio de la muerte, haciéndole frente día tras día, aceptándola como una ley de la naturaleza y de la gracia, para ser despojados progresivamente de lo que debe perecer hasta encontrarnos ya milagrosamente transformados en aquello en que debemos convertirnos. La «muerte cotidiana» se revela así más bien como un nacimiento: el lento declinar y el ocaso desembocan en un alba luminosa. Todos los sufrimientos, las fatigas y las tribulaciones de la vida presente forman parte de este necesario, de este cotidiano morir, a fin de pasar a la vida inmortal. Debemos vivir fijando nuestra mirada en el objeto de la bienaventurada esperanza, apoyándonos únicamente en la fidelidad del Señor, que nos ha prometido la eternidad.

Si vivimos así, cuando lleguemos al ocaso de esta vida no veremos caer las tinieblas de la noche, sino que aparecerá ante nosotros -una expectativa sorprendente, no obstante-, el alba de la eternidad y tendremos la inefable alegría de sentirnos una sola cosa con el Señor.

Después de una larga fatiga seremos plenamente suyos y esa pertenencia será plenitud de bienaventuranza en la visión cara a cara.

 

ORATIO

Señor, cada día se eleva desde la tierra una acongojada oración por aquellos que han desaparecido en el misterio: la oración que pide reposo para el que expía, luz para el que espera, paz para quien anhela tu amor infinito.

Descansen en paz: en la paz del puerto, en la paz de la meta, en tu paz, Señor. Que vivan en tu amor aquellos a los que he amado, aquellos que me han amado. No olvides, Señor, ningún pensamiento de bien que me haya sido dirigido, y el mal, oh Padre, olvídalo, cancélalo.

A los que pasaron por el dolor, a los que parecieron sacrificados por un destino adverso, revélales, contigo mismo, los secretos de tu justicia, los misterios de tu amor. Concédenos esa vida interior para que en la intimidad nos comuniquemos con el mundo invisible en el que están: con ese mundo fuera del tiempo y del espacio que no es lugar, sino estado, y no está lejos de nosotros, sino a nuestro alrededor; que no es de muertos, sino de vivos (Primo Mazzolari).

 

CONTEMPLATIO

Señor, Señor Jesús, tú eres la vida eterna de la patria verdadera y eterna, puesto que tú nos la has procurado.

Tú eres la lámpara de la casa paterna que ilumina suavemente, tú eres el sol de la justicia en la tierra, tú eres el día que no llega nunca al término, tú eres el lucero del alba. Allí sólo tú eres el templo, el sacerdote y la víctima.

Tú sólo el rey y el jefe, el Señor y el maestro; tú eres el sendero de la unificación, tú eres el manantial y la paz, tú eres la dulzura infinita. Allí todos los que te pertenecen te siguen, y tú estás siempre, no te vas nunca, diriges la casta danza sobre los prados de la alegría...

Por eso, cuando se despierta en nosotros la nostalgia de la vida eterna, de la patria verdadera, de la comunión con todos los santos allá arriba en la ciudad que está sobre los montes elevados, entonces debemos convertirnos aquí abajo en humildemente pequeños en la casa del Señor, debemos cargar sobre nosotros la aflicción junto con nuestra Madre dolorosa, la Iglesia (Quodvultdeus de Cartago, cit. en K. Rahner, Mater Ecclesiae, Milán 1972, p. 108).

 

ACTIO

        Repite hoy con frecuencia esta oración: «Dales, Señor, el descanso eterno; brille para ellos una luz perpetua. Descansen en paz- Amén».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No se debe morir cuando se ama. La familia no debería conocer la muerte. Se unen para la eternidad, y para la eternidad dan la vida a otras personas. La muerte no es sólo el huésped que no se puede evitar. Se podría decir que es un miembro de la familia, un miembro celoso que, cuando llega, aleja a otros.

Sea quien sea la persona que veamos alejarse, la vida queda cambiada. Toda muerte lacera la carne común. La familia, precisamente porque es preparación para la vida, es también preparación para la muerte, y en esta cita común con el misterio no es posible saber quién será llamado el primero.

¿Por qué no se nos permite morir al mismo tiempo? Éste sería el deseo más vivo del amor, una nueva bendición nupcial a la que consentiríamos con alegría. Pero ese caso es muy raro. La Providencia tiene otros fines. Algunos de ellos son evidentes, otros se nos escapan. Por eso es difícil la fe. Nos creemos víctimas de la fatalidad, y no pensamos que, también con la muerte, sigue siendo el amor un don insigne. En una casa hay desgracias mucho más graves que la muerte. ¡Cuántas tragedias ocurren sin que nadie haya desaparecido, y cuánta ternura conservada en ausencia de las personas queridas!

La muerte no es siempre una enemiga. Mientras la padece, el amor es capaz de vencerla. Vivir significa con frecuencia separarse; morir significa, en cambio, reunirse. No es una paradoja: para aquellos que han llegado al amor más grande, la muerte es una consagración y no una ruptura. En el rondo, nadie muere verdaderamente, porque nadie puede salir de Dios. Ese que nos parece haberse detenido de improviso continúa su camino. Ha sido como pasar una página, mientras escribía su vida. De él hemos perdido lo que poseíamos de una manera temporal, pero se posee para la eternidad sólo lo que se ha perdido. La vida y la muerte no son más que aspectos diferentes de un único destino; cuando se entra en él con el corazón, ya no se distingue (A. G. Sertillanges, Nos disparus, París 1970, pp. 5-10, passím). 

 

 

 

Día 3

Martes 31ª semana del Tiempo ordinario o 3 de Noviembre, conmemoración de

 San Martín de Porres

Nació en Lima, Perú, el 9 de diciembre de 1579. Sus padres fueron Juan, un caballero español, y Ana, una negra libre panameña. Pasó unos años de su infancia en Ecuador. De regreso con su madre en Lima, a los 12 años trabaja de aprendiz de peluquero y asistente de sacamuelas. Conoce al dominico fray Juan de Lorenzana y éste le invita a entrar en el convento. La legislación de entonces le impedía ser religioso por el color y por la raza. Martín ingresa como donado. En una visita que hace su padre al convento, habla con el padre superior y fray Martín pasa a ser hermano cooperador. El 2 de junio de 1603 se consagra a Dios con la profesión religiosa en la orden de Predicadores. Su anhelo es «pasar desapercibido y ser el último». La escoba y la cruz serán las compañeras inseparables de su vida conventual. Muere el 3 de noviembre de 1639. El 6 de mayo de 1963, 300 años después de su muerte, fue canonizado por su buen devoto el papa Juan XXIII.

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 2,5-11

Hermanos:

5 Tened, pues, los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús.

6 El cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios.

7 Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre,

8 se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

9 Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre,

10 para que ante el nombre de Jesús doble la rodilla todo lo que hay en los cielos, en la tierra y en los abismos,

11 y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

 

**• La liturgia nos presenta hoy una de las páginas más intensas y más bellas de todo el Nuevo Testamento.

Con bastante probabilidad, Pablo se hace testigo de una tradición anterior a él que había acuñado un himno cristológico de importancia fundamental. El himno está introducido por una exhortación apostólica que nos invita a hacer nuestros «los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús» (v. 5). No se trata de una vaga recomendación, sino de una indicación autorizada para caminar siguiendo el ejemplo de Jesús, es decir, a vivir como él vivió. A continuación viene el himno cristológico, que la liturgia pone de relieve con mucha frecuencia. El carácter ejemplar de Cristo se fundamenta aquí en «su misterio», y éste, a su vez, ilumina la vida de cada cristiano.

El himno se subdivide en dos partes. Los w. 6-8 describen la katabasi, o sea, el abajamiento de Jesús, que de Dios se hizo hombre, «tomó la condición de esclavo» y se humilló «hasta la muerte, y una muerte de cruz». Los w. 9-11 describen, en cambio, la anábasi, o sea, la elevación de Jesús por obra de Dios Padre, que lo resucitó y «le dio el nombre que está por encima de todo nombre», adorable en el cíelo y en la tierra, un nombre que debe ser proclamado a todo el mundo: «Jesucristo es Señor». El misterio de Cristo está sintetizado de una manera lineal y completa: la fe de cada cristiano encuentra aquí su centro y su síntesis gracias a la mediación de Pablo, que se hizo no sólo evangelizador, sino también - e incluso antes- discípulo y testigo de este misterio.

 

Evangelio: Lucas 14,15-24

En aquel tiempo,

15 uno de los convidados le dijo a Jesús:

-Dichoso el que pueda participar en el banquete del Reino de Dios.

16 Jesús le respondió:

-Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos.

17 A la hora de la cena, envió a su criado a decir a los invitados: «Venid, que ya está todo preparado».

18 Pero todos, uno tras otro, comenzaron a excusarse. El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses

19 Otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me excuses».

20 Y otro dijo: «Acabo  de casarme y, por tanto, no puedo ir».

21 El criado regresó y refirió lo sucedido a su señor. Entonces el señor se irritó y dijo a su criado: «Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos».

22 El criado dijo: «Señor, se ha hecho como mandaste y todavía hay sitio».

23 El señor le dijo entonces: «Sal por los caminos y las veredas y convence a la gente para que entre, hasta que se llene mi casa.

24 Pues os digo que ninguno de aquellos que habían sido invitados probará mi cena».

 

**• El paso de una comida común a la imagen del banquete mesiánico es bastante lógico y espontáneo para Lucas: por eso este evangelista establece un nexo entre la parábola precedente (leída en el fragmento de ayer) y la de ahora insertando entre ambas la expresión: «Dichoso el que pueda participar en el banquete del Reino de Dios» (v. 15). Esta exclamación tiene por objeto la participación en la comunión con Dios en el tiempo de la «resurrección de los justos»: la dimensión escatológica de nuestra fe y de nuestra experiencia religiosa es más que evidente.

La parábola contempla diferentes invitaciones y otros tantos rechazos por parte de aquellos que, por no haber percibido la novedad de la presencia de Jesús, no sienten ninguna necesidad de salvación y se sustraen así al beneficio de un don maravilloso. Es interesante destacar, como hacen algunos exégetas, que en esta parábola está esbozada la historia de la salvación: casi podría decirse que cada invitación y cada rechazo corresponden a otras tantas estaciones de una historia visitada por Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo.

La «cima» de la parábola debe ser situada ciertamente en la expresión que pone Lucas en boca del señor de la casa: «Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos» (v. 21). Es como decir que en el banquete mesiánico participarán los excluidos y serán excluidos de él, en cambio, los que tenían derecho. La ley que caracteriza a la nueva alianza aparece confirmada una vez más; se afirma de nuevo la complacencia del Padre; la finalidad primera y central de la enseñanza y de la presencia de Jesús entre nosotros encuentran aquí una afirmación renovada.

 

MEDITATIO

La parábola que nos presenta el evangelio de hoy pertenece a una de esas que los estudiosos llaman «parábolas de la invitación divina»: tenemos aquí una clave de lectura no sólo del texto evangélico, sino de toda la liturgia de la Palabra de este día. Por un lado, sobresale claramente la figura de aquel que invita, el Padre, que, por medio de su Hijo, vuelve a expresar en cada tiempo y en cada lugar su propia voluntad salvífica universal. Al mismo tiempo, se perfila también con claridad la figura de aquel que, en nombre de Dios Padre, se hizo «Evangelio » por nosotros, en el sentido de que Jesús no se contentó con hablar en nombre de Dios, sino que es Palabra de Dios encarnada, es decir, viviente en medio de nosotros.

Junto a la figura de Dios Padre y de Jesucristo, aparece también en la parábola la figura de los invitados, esto es, de nosotros y de todos aquellos que, en distintos tiempos y lugares, han entrado en contacto con la Buena Mueva de Jesús salvador. Aquí es donde se capta el carácter dramático del relato, que, para nosotros, ya no es sólo una parábola, en el sentido literario del término, sino que se convierte en una historia viva, punzante, siempre actual. En ella, cada uno de nosotros está llamado a «jugarse» a sí mismo con la plena libertad de su decisión, pero también con la responsabilidad que implican sus opciones. Es bueno para nosotros que, de la parábola, mane claro el anuncio de lo que complace a Dios, de aquello para lo que vino Jesús al mundo, de lo que constituye el objeto de la predicación apostólica: Dios ama, prefiere y quiere como hijos suyos amadísimos a aquellos a quienes la sociedad margina y considera frecuentemente seres insignificantes e inútiles. La invitación dirigida a cada uno de nosotros consiste, por tanto, en ser pobres en el sentido evangélico del término, a saber: en tener un corazón consciente de su propio pecado, traspasado por el dolor y deseoso Reencontrar al Médico celestial.

 

ORATIO

Libérame, Señor, de los obstáculos que Sientan atarme a un pasado glorioso o cargado de injusticias y de resentimiento o a un presente mezquino o cautivador; hazme libre de seguirte por los caminos del Evangelio y de la historia para anunciar y difundir la verdadera libertad.

Señor, dame la fuerza necesaria para salir de una muchedumbre acomodadiza que, presa por completo de sus propios fines y de sus propias metas, se vuelve sorda e insensible a tus invitaciones y las rechaza presentando como excusas necesidades apremiantes; hazme sensible y dispuesto a tus llamadas, en todas las estaciones de mi vida, para anunciar y dejar aparecer tu voluntad.

Señor, ayúdame a seguir con honestidad y constancia mi misión -por pequeña o grande que sea-, contrarrestada a veces, trabajosa y en absoluto popular, porque deseo seguirte sólo a ti, que eres el único camino verdadero: fiel sin volverme nunca hacia atrás, cueste lo que cueste, para anunciar y servir tu proyecto de salvación.

 

CONTEMPLATIO

¿Qué es la compunción cristiana? Es la íntima experiencia del alma que -frente a la muerte y resurrección del Señor- percibe la entidad y la gravedad de su pecado en relación con la inmensidad de la majestad de Dios y de su amor absolutamente gratuito, tal como se revela en los padecimientos y en la muerte de Cristo y, al mismo tiempo, en el poder liberador y pleno de su señorío de Resucitado. La compunción se siente como una transfixión del corazón: como una punción que hace salir el veneno del mal, que atenúa y vence su dureza, que infunde junto con el dolor del pecado la certeza profunda y sosegada de haber encontrado por fin al Médico omnipotente: y por eso es un sentimiento de reposo y de humilde y amoroso reconocimiento, por un lado, de nuestra indignidad y, por otro, del inexpresable amor divino, que nos acoge en el perdón y en la paz, en Cristo y por Cristo, el Crucificado-Resucitado.

En el don de la compunción se injerta o el deseo del bautismo en el nombre de Jesús o, para los que ya estamos bautizados, la reactualización de nuestro bautismo y, por consiguiente, de sus energías sanadoras y elevadoras, a través del don renovado del Espíritu Santo.

Tal es -al menos en su inicio y con posibilidades de crecimiento y desarrollo infinito- la compunción cristiana, tan fundamental y tan discriminadora para el cristiano y, a fortiori, para el monje, que puede considerarse, antes que nada, un «hombre compungido», más que un hombre «aislado», más que un monje que vive en la soledad. Sin la compunción -siempre actualmente renovada incluso en los estadios más avanzados de la vida espiritual- me parece que no puede haber verdad total ni progreso real en el camino hacia Dios (G. Dossetti).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesucristo es Señor» (Flp 2,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Estar vestido de este «yo» hecho de opiniones de personas indiferentes, de condecoraciones insignificantes, de «intervenciones » protocolarias. Oprimido en esta camisa de fuerza de lo inmediato.

Salir de todo esto, desnudo, sobre el abismo del alba, aceptado, invulnerable, libre: en la luz, con la luz, de luz. Uno, real en el uno. Salir fuera de mí mismo en cuanto obstáculo para mí mismo en esta consumación.

¿Por qué privarte de ello -dices-, si la cosa no hace mal a nadie y a ti te hace bien? ¿Por qué, si no está en contradicción con la decisión que has tomado? Tu misma reacción al olvidar esta promesa -como reacción a una traición y a una debilidad humillante- es una respuesta suficiente a tu pregunta.

Todo en el presente, nada para el presente. Nada para el futuro que tenga que ver con tu nombre o tu sosiego. Sólo si tu esfuerzo ha sido guiado por una entrega al deber en la que te hayas olvidado por completo de ti mismo podrás conservar la fe en todo su valor. Ahora bien, si ha sido así, tu esfuerzo hacia la meta te habrá enseñado a alegrarte cuando otros la alcancen (D. Hammarksold).

 

 

 

Día 4

Miércoles de la 31ª semana del Tiempo ordinario o 4 de noviembre, conmemoración de

San Carlos Borromeo

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 2,12-18

12 Así pues, amados míos, vosotros, que siempre me habéis obedecido, hacedlo también ahora que estoy ausente, incluso con mayor empeño que si estuviera presente, y esforzaos con santo temor en lograr vuestra salvación.

13 Que es Dios quien, más allá de vuestra buena disposición, realiza en vosotros el querer y el actuar.

14 Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones.

15 Seréis así limpios e irreprochables; seréis hijos de Dios sin mancha en medio de una generación mala y perversa, entre la cual debéis brillar como lumbreras en medio del mundo,

16 manteniendo con firmeza la Palabra de vida para que, el día en que Cristo se manifieste, pueda yo enorgullecerme de no haber corrido o trabajado inútilmente.

17 Y aunque tuviera que ofrecerme en sacrificio al servicio de vuestra fe, me alegraría y congratularía con todos vosotros.

18 Por lo mismo, alegraos también vosotros y regocijaos conmigo.

 

**•' Del corazón de Pablo brotan algunas recomendaciones paternas dirigidas a los cristianos de la comunidad de Filipos, pero a cada una de ellas le corresponde su motivación y precisión concreta.

En primer lugar, los cristianos deben dedicarse con santo temor a obtener su salvación (v. 12); al mismo tiempo, sin embargo, deben recordar que sólo Dios puede suscitar en ellos la capacidad de vivir de un modo conforme a su voluntad (v. 13). En segundo lugar, los cristianos deben «brillar como lumbreras en medio del mundo» (v. 15) no para presumir ante los otros, sino únicamente con la finalidad de mantener con «firmeza la Palabra de vida» (v. 16a). En tercer lugar, los cristianos contribuyen a hacer crecer la alegría del apóstol en la medida en que se disponen a ofrecer su vida en sacrificio agradable a Dios, y no por una mera gratificación personal, sino para asimilarse a Cristo Jesús y disponerse a la comunión con el Padre (v. 16b-17).

De este modo, la exhortación apostólica se arraiga en el misterio de Cristo y de la salvación anunciada y realizada por él y, al mismo tiempo, se traduce en líneas de ortopraxis cristianas, las cuales valen no sólo para los destinatarios de la carta, sino también para nosotros, a quienes llega, aquí y ahora, el alegre mensaje de la salvación.

 

Evangelio: Lucas 14,25-33

En aquel tiempo,

25 como le seguía mucha gente, Jesús se volvió a ellos y les dijo:

26 -Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

27 El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío.

28 Si uno de vosotros piensa construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla?

29 No sea que, si pone los cimientos y no puede acabar, todos los que le vean se pongan a burlarse de él,

30 diciendo: «Éste comenzó a edificar y no pudo terminar».

31 0 si un rey está en guerra contra otro, ¿no se sienta antes a considerar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que le va a atacar con veinte mil?

32 Y si no puede, cuando el enemigo aún está lejos, enviará una embajada para negociar la paz.

33 Del mismo modo, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío.

 

**• Después de abandonar la casa del fariseo, Jesús se encuentra con la muchedumbre. Cuando tiene lugar este paso, la enseñanza evangélica asume, por lo general, unos acentos más íntimos y, en algunas ocasiones, más radicales. Éste es el caso de la lectura evangélica de hoy. En ella -como ya había ocurrido con las «bienaventuranzas »- confía Jesús a la muchedumbre el ideal evangélico, que, si es acogido en su integridad, compromete, arrolla y desconcierta toda la vida.

La disposición de este pasaje evangélico es muy simple: contiene dos parábolas (w. 28-32), precedidas (w. 25-27) y seguidas por dos invitaciones a la renuncia (v. 33). En ambas parábolas se ilustra la necesidad de reflexionar antes de emprender una empresa, calculando bien las posibilidades de llevarla a puerto. Es menester evitar toda ligereza o temeridad. Una vez que se ha tomado una decisión, es preciso proceder con la más absoluta fidelidad: un fracaso debido a la indecisión o la nostalgia sería imperdonable. Incluso el «seguir a Jesús» por el camino que le está llevando decididamente a Jerusalén y hacia el Calvario es una empresa bastante arriesgada, en la que es necesario comprometer toda la vida. En la verdad de esta reflexión se injertan la invitación inicial y la final de este pasaje, que contiene una de las exigencias más radicales del Evangelio.

Renunciar a nuestro padre y nuestra madre, llevar la cruz e ir detrás de Jesús, renunciar a todos los bienes que poseemos (w. 26ss y 33), son algunas de esas exigencias que no dejan lugar a ninguna duda; al contrario, con su valor paradójico chocan con nuestra sensibilidad y nos hacen escandalizarnos. Proceder así sería una manera, más o menos elegante, de sustraernos a la invitación de Jesús, para seguir haciendo lo que nos viene en gana.

 

MEDITATIO

Nos encontramos frente a una de las «palabras duras» de Jesús, de las que se desprende con unos términos extremadamente claros el radicalismo evangélico del que hemos hablado en la lectio. Con todo, este radicalismo no ha de ser considerado de un modo genérico y mucho menos de un modo irracional. En efecto, la invitación de Jesús implica algunas decisiones que dejan aparecer las grandes motivaciones del radicalismo evangélico cuando lo situamos en el contexto general del Evangelio.

La primera de estas decisiones recae sobre la persona misma de Jesús: «Si alguno quiere venir conmigo... El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío». Está claro, por tanto, que la renuncia a los bienes y a las personas no es un fin en sí misma, no tiene ningún valor autolesivo, no puede ser desarrollada en perjuicio propio, sino que encuentra en Jesús, maestro y salvador, su motivación primera y última.

La posibilidad de llegar a ser «discípulo de Jesús» constituye el otro gran deseo de todo verdadero creyente, y para alcanzar esta meta se debe estar dispuesto a dejar todo y a todos por amor, sólo por amor. Si es lógico o no emplear la propia vida de este modo no puede decirlo más que aquel o aquella que sabe que de la fe se desprende un estilo de vida. En consecuencia, no debemos buscar una racionalidad puramente humana, sino una racionabilidad que satisfaga la mente y el corazón del -verdadero discípulo.

Como sabemos, ha sido precisamente Lucas quien ha recogido este tipo de enseñanzas de Jesús. En efecto, el tercer evangelista escribía para una comunidad que necesitaba hacer cada vez más esencial su propia adhesión al Evangelio. Por eso Lucas la invita a practicar opciones fundamentales en favor del Evangelio, sin dejarse distraer por preocupaciones terrenas y sin alegar excusas fútiles. Y esto vale también para nosotros.

 

ORATIO

«Pierde tu vida y la encontrarás». Señor, esta invitación tuya suena ilógica, absurda, empapada de fracaso y de muerte. Sin embargo, la vida no puede ser poseída como un tesoro que escondamos celosamente o para administrar sólo como propio, porque se marchitaría en su propia limitación. Tú, en cambio, me has mostrado que mi existencia tiene que encarnarse poniéndome en movimiento entre tu proyecto misterioso y ya establecido y mi decisión de realizarlo o no; se ha de desarrollar entre una sucesión de aventuras placenteras o dolorosas, padecidas o compartidas, que orientan los pasos inseguros de mi vida diaria vivida con otros y para otros.

Lo he comprendido, Señor: mi vida es un don para compartir, es un bien para dar, es un tesoro para revelar; para gozarla plenamente, para vivirla a fondo, debo entregarla. ¡Lo quiero, Señor!

 

CONTEMPLATIO

Tanto que, por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir y aun por entender, y así hay mucho que ahondar en Cristo; porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá.

Que por eso dijo san Pablo del mismo Cristo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos (Col 2,3), en los cuales el alma no puede entrar ni puede llegar a ellos si (como habernos dicho) no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría; porque aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual; porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella.

¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios -que son de muchas maneras- si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer para entrar en ella en la espesura de la cruz! Que por eso san Pablo amonestaba a los de Éfeso que no desfalleciesen en las tribulaciones [...] Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta, y desear entrar por ella es de pocos, mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos (Juan de la Cruz, Cántico espiritual [B], Canción 37, 4; Canción 36, 13, en Obras completas, BAC, Madrid 141994, pp.884y882).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Debéis brillar como lumbreras en medio del mundo, manteniendo con firmeza la Palabra de vida» (Flp 2,15ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¡Ser tuya! Pongo en el seno de la Santísima Trinidad mi voluntad, mi corazón, mi cuerpo, mi pensamiento, para que sean consumidos por las llamas del amor divino. Señor Jesús, los abandono a ti para que en mí se produzca el vacío y en él puedas depositar tú tu pensamiento, tu corazón, tu voluntad, todo. Un intercambio silencioso e inefable a los pies del tabernáculo, después de la santa comunión y por la mañana: tu acción interior.

Tú y yo; yo y tú; tú en mí, más aún que yo en ti. Yo estoy en ti para morir ahí, tú estás en mí para vivir ahí. Tengo la impresión de que mi pobre ser debe ser incinerado por el poder, por la fuerza, por el ardor de tu divinidad reviviente en él. Siento que mi corazón... más aún, siento que tu corazón dejará en mi pecho latidos de amor.

Es terrible dejarte revivir en nosotros, es terrible esta unión contigo, porque nos amas con un amor que parece aniquilarnos, porque sufres con un sufrimiento que destruiría en virtud de su violencia nuestro ser, si tú no lo sostuvieras. Me pregunto si el perenne y oscuro sufrimiento de mi alma no deriva precisamente de esto: que no sé amar cuanto quisiera, que no sé dejarte vivir en mí como quisiera, que no sé transformarme en ti como quisiera.

Quisiera perderme en ti, guardar silencio, gozar de mi transformación (ítala Mela)

 

 

 

Día 5

Jueves 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 3,3-8a

Hermanos:

3 La verdadera circuncisión somos nosotros, los que tributamos un culto nacido del Espíritu de Dios y hemos puesto nuestro orgullo en Jesucristo, en lugar de confiar en nosotros mismos.

4 Y eso que, en lo que a mí respecta, tendría motivos para confiar en mis títulos humanos. Nadie puede hacerlo con más razón que yo.

5 Fui circuncidado a los ocho días de nacer, soy del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo por los cuatro costados, fariseo en cuanto al modo de entender la Ley,

6 ardiente perseguidor de la Iglesia e irreprochable en lo que se refiere al cumplimiento de la Ley.

7 Pero lo que entonces consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por amor a Cristo.

8 Es más, pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

 

*•• Pablo abre la parte exhortatoria de esta carta con una especie de autobiografía. Se ve obligado a hacerlo frente a aquellos que no sólo se cierran a la llamada salvífica que se desprende del Evangelio, sino que también intentan denigrar su persona y su misión apostólica. De esto depende el carácter, polémico en parte, de este pasaje.

Sin embargo, esto brinda a Pablo la ocasión de presentar a todos, y no sólo a los filipenses, su origen hebreo, su vocación apostólica, su fidelidad a la misma.

De este modo nos hace ver que, para comprender sus cartas, resulta indispensable pasar a través de su personalidad, sobre todo a través del gran acontecimiento de Damasco, que marca su conversión a Cristo Señor y el comienzo de su misión. Pero le brinda, sobre todo, la ocasión de declarar abiertamente un hecho: el encuentro con Cristo ha invertido literalmente su manera de ver las cosas, su criterio valorativo sobre hechos y personas.

Por encima de todo y de todos está ahora, para él, Cristo, el Señor, no sólo como objeto de su fe, sino también como fuente de su misión y, lo más importante, como destinatario de su amor. Pablo expresa esta inversión de los valores con una frase extremadamente significativa: «Pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (v. 8).

Éste es el único lugar en todo el epistolario paulino en que el adjetivo posesivo «mi» aparece junto al título cristológico «Señor»: esto es signo no sólo del hecho de que Pablo se encontró con Jesús resucitado, sino también de la gran intimidad que alcanzó su amor con el mismo Jesús.

 

Evangelio: Lucas 15,1-10

En aquel tiempo,

1 todos los publícanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle.

2 Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban:

-Éste anda con pecadores y come con ellos.

3 Entonces Jesús les dijo esta parábola:

4 -¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la descarriada hasta que la encuentra?

5 Y cuando da con ella, se la echa a los hombros lleno de alegría

6 y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!».

7 Pues os aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

8 O ¿qué mujer, si tiene diez monedas y se le pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y la busca con todo cuidado hasta encontrarla?

9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había extraviado!».

10 Os aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta.

 

*•• Estamos ante el capítulo central del evangelio según san Lucas; en él ha querido concentrar su autor el mensaje principal de su obra: el Evangelio de la misericordia.

Al mismo tiempo, y según los estudiosos, Lucas nos aproxima lo más posible al Jesús histórico, que vino a nosotros sobre todo a anunciar y a encarnar el amor misericordioso del Padre.

Los dos primeros versículos del pasaje evangélico nos ofrecen el contexto histórico de las tres parábolas contenidas en este capítulo. Por un lado, los publícanos y los pecadores, que se acercan a Jesús «para oírle» (v. 1) -sabemos que Jesús sentía una especial debilidad por ellos-. Por otro lado, los fariseos y los maestros de la Ley, que murmuraban en contra de él -y también sabemos que Jesús les dirigía con frecuencia amargas palabras-. Las parábolas de la oveja extraviada y la moneda perdida -junto a la parábola del padre misericordioso que nos presenta Jesús como icono de Dios-padre han de ser interpretadas a la luz del contexto histórico: ambas, por consiguiente, pretenden iluminar, por un lado, la situación de lo que estaba perdido y de quién estaba perdido y, por otro, la alegría del que ha podido encontrar lo que había perdido.

La alegría del hombre es trampolín de lanzamiento hacia la alegría de Dios: Lucas subraya fuertemente tres veces, a modo de estribillo, la alegría de Aquel que ha amado tanto al mundo que le ha dado a su Hijo y obtiene de ello la máxima alegría posible.

 

MEDITATIO

Que se alegren los que buscan al Señor: el estribillo del salmo responsorial de la liturgia de hoy sintetiza bastante bien el mensaje central. Como es obvio, cuando se habla de «alegría», en la jerga bíblica y, sobre todo, en la evangélica, es menester liberarla de todo significado exterior y efímero. Se trata, más bien, de una alegría exquisitamente personal, interpersonal, que crece en la medida en que es participada y compartida.

Es la alegría de Pablo, que brota del sublime conocimiento de Jesucristo y desea compartir con los cristianos de Filipos; es la alegría del Padre, que goza más en el cielo por un pecador convertido que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión; es la alegría de Cristo, el buen Pastor dispuesto a dar su vida por la salvación de un solo pecador; pero es también nuestra alegría, la de los pecadores que sabemos que tenemos en el cielo un Padre misericordioso, además de un mediador compasivo y amoroso, del mismo modo que sabemos que tenemos también en la tierra alguien que, en su nombre, ha recibido el ministerio de perdonar nuestros pecados, a fin de que aprendamos a ser compasivos y misericordiosos con nuestros hermanos.

Es, por consiguiente, la alegría del perdón otorgado a quien lo necesita y lo pide con humildad, pero es también la alegría del perdón pedido con humildad, acogido con gratitud y evangelizado con valor.

 

ORATIO

¿Fariseo? A veces lo soy, y tú entonces, Señor, me condenas, porque, tras haberme vuelto seguro con una lógica intransigente, me vuelvo intolerante con los que son esclavos de normas absolutas que ofuscan y desaprueban la libre aportación de decisiones individuales destinadas a situaciones específicas. Esta actitud me convierte en un «sepulcro blanqueado», irreprensible en cuanto a la justicia -como dice Pablo- y duro con las limitaciones ajenas. Pero tú has dicho: «¡Ay de los que juzgan...!».

¿Publicano? Así me presento, y tú, Señor, me perdonas porque no soy «justo» a mis ojos. Esta visión, más humana y más real, de mi debilidad me permite experimentar tu misericordia, gustar tu amor y vivir con agradecimiento en una actitud de respeto hacia ti, hacia mí mismo, hacia los otros, hacia el mundo. Al amor se le responde con alegría, y por eso «se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta».

 

CONTEMPLATIO

Considera cuan grande es la dulzura y la piedad de Dios, su clemencia y bondad; cuan suave es con todos, compasivo en todas sus acciones, siempre dispuesto a perdonar, «clemente y misericordioso, lento a la ira, rico en amor y siempre dispuesto a perdonar. ¡Quién sabe si no perdonará una vez más!» (Jl 2,13). «Padre misericordioso y Dios de todo consuelo. Él es el que nos conforta en todas nuestras tribulaciones» (2 Cor l,3ss).

Y «como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por sus fieles» (Sal 103,13). Sobre todo, debemos considerar que si el Padre «no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él?» (Rom 8,32), «reconciliando el mundo consigo en Cristo» (2 Cor 5,19), el cual «nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre» (Ap 1,5) y, por nosotros, se revistió de la carne, fue ultrajado con la cruz y condenado a muerte.

¿Crees que alguien que ha sufrido tanto por ti te abandonará? No lo pienses jamás. ¿A cuántos que se alejaron más que tú de él los llamó junto a él? En efecto, él es aquel por el cual «allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5,20). De ello es testigo el santo David, que cometió un gran pecado manchándose de adulterio, homicidio y traición... pero donde abundó la impureza, sobreabundó la pureza; donde abundó la crueldad, sobreabundó la piedad; donde abundó el engaño, sobreabundó la rectitud. Encontraríamos innumerables casos similares si quisiéramos recordar todos aquellos en los que Dios, con su misericordia y piedad, remitió la iniquidad y perdonó los pecados, purificándolos, justificándolos y santificándolos en el Espíritu Santo.

Verdaderamente, «como dista el Oriente del Occidente, así ha alejado de ellos sus culpas el Señor» (Sal 103,12), introduciendo en ellos el bien allí donde estaba el mal, el mérito donde estaba la injusticia, la gracia donde estaba arraigada la culpa (Adam Scott, cartujo del siglo XIII).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que se alegren los que buscan al Señor» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si un padre es dueño, sólo es libre el hijo que se rebela, esto es, el ateo. En cambio, si el padre es misericordia, amor, alguien que da libertad, entonces es libre el hijo que vive la libertad. El problema, por tanto, es el de la imagen de Dios. Si Dios es la ley, entonces es antagonista de mi libertad. En cambio, si Dios es Padre, entonces no es antagonista de mi libertad, sino que me forma para ella incluso a través de la ley, que tiene una función pedagógica. Ahora bien, la ley lleva siempre en sí misma el peligro de mantener al hombre en estado de minoría de edad.

El riesgo que corre el cristiano es el de no comprender que la humanidad puede llegar a ser mayor de edad (S. Fausti).

 

 

Día 6

Viernes de la 31ª semana del Tiempo ordinario o día 6 de noviembre, conmemoración de los Santos

Pedro Poveda e Inocencio de la Inmaculada

 

             Encabezan la multitud de santos y beatos, obispos, sacerdotes, consagrados y laicos, que dieron a Cristo el testimonio supremo del amor, martirizados en odio a la fe en España, entre 1931 y 1939, durante la persecución religiosa contra la Iglesia.

            Pedro Poveda Castroverde nació en Linares (Jaén) el 3 de diciembre de 1874. Ya de niño sintió atracción por el sacerdocio. Ingresó en el seminario de Jaén y concluyó los estudios en el de Guadix, diócesis en la que recibió el presbiterado en 1897. A partir de 1911, con unas jóvenes colaboradoras, comenzó la fundación de Academias y Centros pedagógicos que darían inicio a la Institución Teresiana. Se trasladó a Jaén para consolidar la misma Institución que recibiría allí la aprobación diocesana y después, estando él ya en Madrid como capellán real, la aprobación pontificia. Sacerdote prudente y audaz, pacífico y abierto al diálogo, entregó su vida por causa de la fe en la madrugada del 28 de julio de 1936, identificándose: “Soy sacerdote de Cristo” ante quienes le conducirían al martirio. Fue beatificado por el 10 de octubre de 1993.

Manuel Canoura Arnau nació el 10 de Marzo de 1887 en Sta. Cecilia (Lugo) . Ingresó en los Pasionistas en Peñafiel y después entró en el Noviciado de Deusto, en Vizcaya, para volver al final del mismo a Mondoñedo y cursar en su tierra natal los estudios de Filosofía y Teología. El 2 de octubre de 1910 recibió el subdiaconado en Mieres; y en junio de 1912 se le confiere el orden del diaconado en la misma localidad. También allí recibió la ordenación sacerdotal el 20 de Septiembre de 1920. Desde entonces comenzó para el P. Inocencio una vida de intenso apostolado sacerdotal, en el cual cabe resaltar su dedicación a la docencia de la filosofía, la Teología y la Literatura, en las diversas casas a las que fue destinado: la de Daimiel (Ciudad Real), la de Corella (Navarra), la de Peñaranda (Burgos), la de Mieres (Asturias); y en las de Ponferrada y Santander, como predicador apostólico de aquellas zonas industriales.

En septiembre de 1934, un mes antes del martirio, el P. Inocencio regresa a Mieres en la inquieta región minera de Asturias, donde ya había estado siendo muy conocido y apreciado. La comunidad cuenta con 29 religiosos, de los cuales 17 son jóvenes estudiantes. La situación política puede estar fuera de control de un momento a otro y el clima es muy hostil para los religiosos. El 5 de octubre de 1934 se sublevan 30.000 insurgentes en Asturias: tanto los creyentes, como los sacerdotes y los religiosos son señalados como cómplices de la derecha, y contra ellos se vuelca un odio singular e incontrolado. El día anterior, los Pasionistas desarrollan las habituales ocupaciones. El P. Inocencio va a Turón, pueblo minero, para confesar en el colegio de los hermanos de las Escuelas Cristianas en preparación al primer viernes del mes: se hace tarde y viajar de noche es poco prudente, por eso decide pernoctar allí. El día 5 se levanta muy temprano y celebra la Eucaristía. Al ofertorio llegan los revolucionarios: el Señor asocia a sus mártires a su propio sacrificio. Registran la casa, buscan las armas “de los fascistas y de la acción católica”. Arrestan al P. Inocencio y a los 8 religiosos de la comunidad de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y los llevan a la “casa del pueblo”.El padre Inocencio pasa esos pocos días orando y escribiendo. Pero le será quitado todo. Hacia la una de la madrugada del 9 de octubre fueron llevados al cementerio donde había sido ya excavada una fosa común. Se intercambian de nuevo la absolución y se dirigen al martirio orando en voz baja. Todos son puestos en fila junto a la fosa y, luego, fusilados.

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 3,17-4,1

3,17 Imitad mi ejemplo, hermanos, y fijaos en quienes me han tomado como norma de conducta.

18 Pues como ya os advertí muchas veces, y ahora tengo que recordároslo con lágrimas en los ojos, muchos de los que están entre vosotros son enemigos de la cruz de Cristo.

19 Su paradero es la perdición; su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarles y sólo piensan en las cosas de la tierra.

20 Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor.

21 Él transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter todas las cosas.

4,1 Por tanto, hermanos míos queridos y añorados, vosotros, que sois mi gozo y mi corona, manteneos firmes en el Señor, queridos.

 

**• Pablo señala dos caminos posibles a los cristianos de Filipos, que desean hacerse discípulos del Crucificado: uno es aquel por el que caminan «los enemigos de la cruz de Cristo» (3,18). Son esos cuyo «paradero es la perdición; su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarles y sólo piensan en las cosas de la tierra» (v. 19) y están completamente absorbidos por los intereses terrenos. Para ésos, «su paradero es la perdición» (v. 19a). Resulta fácil entrever en esta categoría de personas a un grupo de cristianos que, a pesar de haberlo recibido ya, se han olvidado del bautismo y, sobre todo, se han perdido en una práctica de vida contraria al Evangelio. El otro camino es el recorrido e indicado por el mismo Pablo y por los que se han mantenido fieles a la «regla de vida» que han aprendido. Pablo no siente pudor a la hora de ponerse como «ejemplo» (v. 17) no tanto por los dones naturales que ha recibido como por el don de la gracia que le sorprendió en el camino de Damasco y le descompuso literalmente su vida, dándole una nueva orientación: nueva según la novedad de Cristo muerto y resucitado.

Los fieles de Filipos están invitados, por tanto, a realizar su elección libre y consciente no sólo en virtud del ejemplo que tienen delante, sino también y sobre todo en virtud de la esperanza que alimentan, a saber: «Tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor» (v. 20). Es tal el bien que espero (se dibuja aquí la patria celestial, lugar de alegría indefectible y de comunión amistosa) que acepto por él cualquier pena (ésa es la dura batalla que cada uno está llamado a librar en los días de su vida terrena). Se advierte así la dinámica del ya pero todavía no que caracteriza la experiencia de todo creyente.

 

Evangelio: Lucas 16,1-8

En aquel tiempo,

1 decía Jesús a sus discípulos: -Había un hombre rico que tenía un administrador, a quien acusaron ante su amo de malversar sus bienes.

2 El amo le llamó y le dijo: «¿Qué es lo que oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque no vas a poder seguir desempeñando ese cargo».

3 El administrador se puso a pensar: «¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita la administración? Cavar ya no puedo, pedir limosna me da vergüenza.

4 Ya sé lo que voy a hacer para que alguien me reciba en su casa cuando me quiten la administración».

5 Entonces llamó a todos los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?».

6 Le contestó: «Cien barriles de aceite». Y él le dijo: «Toma tu recibo, siéntate y escribe en seguida cincuenta».

7 A otro le dijo: «Y tú, ¿cuánto debes?». Le contestó: «Cien sacos de trigo». Él le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta».

8 Y el amo alabó a aquel administrador inicuo, porque había obrado sagazmente. Y es que los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su propia gente que los que pertenecen a la luz.

 

*+• Para captar el pensamiento de Jesús a través de esta parábola es preciso tener presente el contexto global del capítulo, cuyo centro vital está constituido por el v. 14, que dice así: «Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús».

Del mismo modo que la primera parábola (w. 1-8) enseña el modo correcto de usar los bienes de la tierra, la segunda -la del rico epulón (w. 19-31)- enseña cómo no deben ser usados. En todo caso, la lección tiene como tema la philargyría, es decir, el amor al dinero.

A primera vista, la parábola del administrador infiel podría suscitar cierto asombro e incluso cierto escándalo, precisamente porque Jesús alaba su conducta, a pesar de su actitud astuta, deshonesta y egoísta. Más adelante, Lucas comparará a Dios con un juez que no practica la justicia (Le 18,1-8), y también en Mt 10,16 se invita a los discípulos a ser astutos como serpientes.

Con todo, no debemos escandalizarnos en absoluto: el Señor no nos ofrece como modelo a un estafador o a un pillo; lo que hace, más bien, es recordarnos que somos responsables de unos bienes que no nos pertenecen del todo, sino que hemos de considerarlos como dones de Dios y, en consecuencia, hemos de tratarlos, al mismo tiempo, con una prudencia y una audacia dignas de los hijos de Dios.

Ciertamente, no es fácil captar la «intención» de la parábola, pero al final del fragmento se nos ofrecen pistas que nos ponen en el buen camino: Jesús desea que los hijos de la luz, en su camino terreno, en su intento de conseguir los verdaderos bienes -los eternos-, se muestren más astutos que los hijos de este mundo (v. 8b). La astucia de la que habla Jesús está en función directa del deseo y de la consecución del verdadero bien.

 

MEDITATIO

Captamos diferentes estímulos en este fragmento evangélico: con ellos quiere Jesús provocar nuestra reflexión y nuestra respuesta. Aunque el discurso se haga, en ocasiones, difícil y la respuesta bastante comprometedora, el verdadero discípulo de Jesús no puede sustraerse a sus deberes concretos. En primer lugar, es preciso mantener la confrontación con los hijos de este mundo: en el evangelio encontramos muchísimas veces la invitación a ser animosos no sólo frente a la propuesta divina, sino también frente a aquellos que no quieren saber nada ni del Evangelio ni de la vida cristiana.

Por eso, no basta con la astucia; se requiere también el coraje, la osadía y la audacia de quien sabe que posee una palabra superior a cualquier otra y puede apoyarse en una promesa que no puede ser retractada. Del contexto global del capítulo se desprende una segunda gran invitación, que concreta el coraje evangélico: nuestros verdaderos amigos son los pobres, y se requiere, a buen seguro, un coraje de león para considerarlos como nuestros primeros y más queridos amigos. Quien llega a considerarlos como tales demuestra ser de verdad «listo» según Jesús, aunque no ciertamente según la lógica del mundo. Llegados a este punto, ya no queda ninguna incertidumbre sobre la astucia por la que el administrador deshonesto es alabado por su señor. La luz que se desprende de esta parábola nos llega a todos nosotros e iluminará nuestro camino en la medida en que nos dispongamos a invocarla, a acogerla y a caminar por el sendero que abre delante de nosotros.

 

ORATIO

Me preguntas, Señor: «¿Por qué andas indeciso?».

Decir la verdad... cuesta sangre, Señor;

descubrir mis mezquindades... me expone, Señor;

perder mis seguridades... es duro, Señor;

aceptar la desaprobación... es doloroso, Señor;

ver bloqueados mis planes... me disgusta, Señor;

reconocer mis infidelidades... me hace daño, Señor;

mostrar mis debilidades... me humilla, Señor;

renunciar a mis razones... no lo soporto, Señor.

El precio que hemos de pagar para ser honestos es

elevado, pero servir a dos señores me repugna.

Señor, ayúdame a ser honesto,

¡cueste lo que cueste!

 

CONTEMPLAIO

Al ver Dios que el temor arruinaba al mundo, trató inmediatamente de volverlo a llamar con amor, de invitarlo con su gracia, de sostenerlo con su caridad, de vinculárselo con su afecto.

Por eso purificó la tierra, afincada en el mal, con un diluvio vengador y llamó a Noé padre de la nueva generación, persuadiéndolo con suaves palabras, ofreciéndole una confianza familiar, al mismo tiempo que le instruía piadosamente sobre el presente y lo consolaba con su gracia, respecto al futuro. Y no le dio ya órdenes, sino que con el esfuerzo de su colaboración encerró en el arca las criaturas de todo el mundo, de manera que el amor que surgía de esta colaboración acabase con el temor de la servidumbre, y se conservara con el amor común lo que se había salvado con el común esfuerzo.

Por eso también llamó a Abrahán de entre los gentiles, engrandeció su nombre, lo hizo padre de la fe, le acompañó en el camino, le protegió entre los extraños, le otorgó riquezas, le honró con triunfos, se le obligó con promesas, lo libró de injurias, se hizo su huésped bondadoso, lo glorificó con una descendencia de la que ya desesperaba; todo ello para que, rebosante de tantos bienes, seducido por tamaña dulzura de la caridad divina, aprendiera a amar a Dios y no a temerlo, a venerarlo con amor y no con temor. Por eso también consoló en sueños a Jacob en su huida, y a su regreso le incitó a combatir y lo retuvo con el abrazo del luchador; para que amase al padre de aquel combate y no le temiese. Y asimismo interpeló a Moisés en su lengua vernácula, le habló con paterna caridad y le invitó a ser el liberador de su pueblo.

Pero así que la llama del amor divino prendió en los corazones humanos y toda la ebriedad del amor de Dios se derramó sobre los humanos sentidos, satisfecho el espíritu por todo lo que hemos recordado, los hombres comenzaron a querer contemplar a Dios con sus ojos carnales. Pero la angosta mirada humana ¿cómo iba a poder abarcar a Dios, al que no abarca todo el mundo creado? La exigencia del amor no atiende a lo que va a ser, o a lo que debe o puede ser. El amor ignora el juicio, carece de razón, no conoce la medida. El amor no se aquieta ante lo imposible, no se remedia con la dificultad. El amor es capaz de matar al amante si no puede alcanzar lo deseado; va a donde se siente arrastrado, no a donde debe ir.

El amor engendra el deseo, se crece con el ardor y, por el ardor, tiende a lo inalcanzable. ¿Y qué más? El amor no puede quedarse sin ver lo que ama: por eso los santos tuvieron en poco todos sus merecimientos si no iban a poder ver a Dios. Moisés se atreve por ello a decir: Si he obtenido tu  favor, enséñame tu gloria. Y otro dice también: Déjame ver tu figura. Incluso los mismos gentiles modelaron sus ídolos para poder contemplar con sus propios ojos lo que veneraban en medio de sus errores (Pedro Crisólogo, Sermón 147, en PL 52, 594-595).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos» (Flp 3,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo que hacemos representa menos que una gota en el océano, pero sin esa gota le faltaría algo al océano. Yo soy un lápiz de Dios. Él escribe lo que quiere. Por sangre y origen soy albanesa. Tengo la ciudadanía india. Soy una monja católica. Por vocación, pertenezco a todo el mundo. En el corazón, pertenezco por completo al corazón de Jesús... Nuestra gente apenas consigue mantenerse en pie. Están hambrientos, o enfermos, o desnudos. Ni siquiera son capaces de sostener la caña de pescar. Lo que yo hago es darles un pescado para comer hasta que estén lo suficientemente fuertes. Entonces los entregaré a vosotros, vosotros les entregaréis la caña y les enseñaréis a pescar...

Me he visto obligada a padecer la celebridad. La uso por amor a Jesús. Cuando hablan de mí, los periódicos y las televisiones hablan de los pobres y de este modo despiertan la atención sobre los pobres. Vale la pena soportar este peso... si no voy al cielo por cualquier otra cosa, iré por toda la publicidad que me rodea, porque con ella me he sacrificado y purificado, y me ha preparado para el paraíso (Madre Teresa de Calcuta).

 

 

Día 7

Sábado 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 4,10-19

Hermanos:

10 Mi alegría como creyente ha sido grande al ver renacer vuestro interés por mí. De hecho, lo teníais ya, pero no habíais tenido ocasión de manifestarlo.

11 Y no os digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a arreglármelas en cualquier situación.

12 Sé pasar estrecheces y vivir en la abundancia. A todas y cada una de estas cosas estoy acostumbrado: a la hartura y al hambre, a que me sobre y a que me falte.

13 De todo me siento capaz, pues Cristo me da la fuerza.

14 Sin embargo, habéis tenido un hermoso gesto al solidarizaros conmigo en la tribulación.

15 Vosotros sabéis, filipenses, que cuando comenzó a extenderse el Evangelio y partí de Macedonia, con ninguna Iglesia tuve cuenta de haber y debe, sino sólo con vosotros.

16 Y sabéis también que cuando estaba en Tesalónica por dos veces me enviasteis con qué atender a mi necesidad.

17 Y n o es que yo busque regalos; lo que busco es que se multipliquen los intereses en vuestra cuenta.

18 Acuso, pues, recibo de todo y tengo más que suficiente. Me siento colmado, una vez que he recibido por medio de Epafrodito vuestros obsequios, que son ofrenda de suave olor y sacrificio que Dios acepta con agrado.

19 Mi Dios, que es rico, atenderá con largueza todas vuestras necesidades por medio de Cristo Jesús.

 

*•- Las relaciones de Pablo con la comunidad de Filipos estuvieron inspiradas siempre por la máxima franqueza y familiaridad: el apóstol aceptó incluso ser ayudado con bienes materiales. En este punto se alegra no sólo por los dones recibidos, sino también por la caridad que se encontraba en la base de su ayuda, que le llegó a Pablo en un momento particularmente difícil de su misión.

En primer lugar aparece la estupenda libertad apostólica, de la que Pablo se siente justamente orgulloso: podría prescindir de todo, porque ahora ha aprendido a ser pobre con quien es pobre (w. llss). Se trata de una libertad radical, que, sin embargo, no se sustrae a los vínculos de la comunión engendrada por la caridad.

Pero es, sobre todo, la caridad de los filipenses, como signo de la caridad de Cristo, lo que inspira este pasaje de las cartas paulinas: al servicio de este ideal ha puesto Pablo toda su predicación, todo su empeño apostólico. En efecto, el apóstol no ha buscado los bienes ajenos, sino más bien ese don, que, mediante la escucha de la Palabra y de la fe, le une a Cristo, su salvador. El paso, por tanto, va del don ofrecido al apóstol al don recibido por Dios: de ahí resulta una triple relación que liga lo entregado al donante por medio de aquel que se ha hecho servidor de ambos. Y es muy hermoso señalar que la alegría del apóstol Pablo brota, en primer lugar, de la constatación de que, obrando de este modo, los creyentes viven en plenitud el humanismo cristiano que ha descrito en los w. 8ss de este mismo capítulo.

 

Evangelio: Lucas 16,9-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

9 Haceos amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengáis que dejarlos, os recibirán en las moradas eternas.

10 El que es de fiar en lo poco lo es también en lo mucho. Y el que es injusto en lo poco lo es también en lo mucho.

11 Pues si no fuisteis de fiar en los bienes de este mundo, ¿quién os confiará el verdadero bien?

12 Y si no fuisteis de fiar administrando bienes ajenos, ¿quién os confiará lo que es vuestro?

13 Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.

14 Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús.

15 Él les dijo: -Vosotros queréis pasar por hombres de bien ante la gente, pero Dios conoce vuestros corazones; porque, en realidad, lo que parece valioso para los hombres es despreciable para Dios.

 

*• Recién acabada la parábola anterior, toma Jesús la palabra y explícita su enseñanza, una enseñanza que se vertebra de este modo: en primer lugar, encontramos una referencia explícita a la muerte, al momento en el que el dinero perderá su valor, cuando se nos quitará su administración y, por consiguiente, perderemos toda posibilidad de negociar con los dones que hemos recibido (v. 9). En segundo lugar, se nos dirige una invitación a la fidelidad frente al peligro de la deshonestidad (w. lOss). Se trata de un discurso sapiencial mediante el que Jesús se preocupa de pedirnos nuestra adhesión libre y gozosa al ideal de la pobreza evangélica. En efecto, la caridad, si no se conjuga con la pobreza, difícilmente asume los caracteres del ideal evangélico.

Jesús enuncia además una verdad apodíctica: «Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (v. 13). No hay escapatoria, no hay alternativa posible para el verdadero discípulo de Jesús. Amar al primero es odiar al segundo y, sobre todo, se traduce de manera espontánea en servicio, porque un amor que no se vuelva servicial no es un amor verdadero. Jesús lo demostró con su vida antes de enunciarlo con sus palabras. Por último, frente a los fariseos, que se consideran «hombres de bien ante la gente» (v. 15), Jesús nos invita a la humildad. La caridad, el servicio y la humildad, según la enseñanza de Jesús, no pueden ser separados, so pena de una descalificación total ante Dios.

 

MEDITATIO

Amar es servir: he aquí una síntesis estupenda de la vida cristiana: Servir con humildad: he aquí otra exigencia del Evangelio. Traducir el amor en gestos concretos de atención a los otros: he aquí un estilo de vida que el discípulo de Jesús ha de hacer suyo.

Amar, pues, pero ¿a quién?, ¿a qué?, ¿en qué condiciones?, ¿hasta qué punto? Quien está un tanto familiarizado con el Evangelio no tarda en encontrar las respuestas adecuadas. Si el objeto de su amor es el dinero, entonces se hará esclavo del dinero. En vez de servirse de él para sí y para los otros, quedará sometido al mismo.

Servir, en segundo lugar, pero ¿a quién?, ¿a qué?, ¿hasta qué punto? El verdadero seguidor de Jesús sabe con toda claridad que no basta con ejercer algunos servicios de cualquier modo; sabe que existe una jerarquía de valores que debemos respetar y, hasta cuando nos pongamos al servicio del prójimo, debemos tener siempre delante a aquel por cuyo amor nos hacemos siervos. Es preciso discernir también no sólo aquello que estamos llamados a hacer, sino a quién prestamos nuestro servicio y por qué lo hacemos.

Por último, morir, la perspectiva de la muerte, lejos de intimidar al creyente, a quien alimenta la esperanza de una vida sin fin junto a su Señor, contribuye a dar una motivación ulterior y más fuerte al servicio y a la caridad. Morir como personas libres no sólo porque debamos dejarlo todo y a todos, sino porque no tenemos ya nada ni a nadie que nos pueda retener y atar a esta tierra.

Quien aprende a servir por amor se prepara a bien morir; así hace también quien encarna su amor en gestos de servicio concreto a los últimos. No hay mejores opciones que éstas para prepararse al encuentro con el Señor.

 

ORATIO

Como tantos otros, también yo, Señor, me esfuerzo por entrar en tu casa, pero, antes de cruzar el umbral, me fijo estos objetivos:

- seguir el ejemplo de aquellos que no tienen nada de lo que avergonzarse en su vida;

- comportarme bien, como amigo de la cruz;

- alejarme de los ídolos del placer, del poder, del dinero;

- liberarme de todo complejo de superioridad;

- transfigurar mi cuerpo para configurarlo con el de Cristo;

- resistir firme junto al Señor, para que los hijos del mal no lleven las de ganar;

- evitar hacerme el listo perjudicando a los otros;

- acallar las mentiras con valor;

- celar por la salvación del mundo y por la causa del Reino;

- administrar los dones con la sencillez de la paloma, pero también con la prudencia de la serpiente. Solamente de este modo la astucia se convierte en sabiduría*.

 

* El texto original italiano está compuesto en forma de un acróstico cuyas letras iniciales forman la palabra scaltrezza, "astucia" (N. del T.).

 

CONTEMPLATIO

No temo la pobreza, no codicio las riquezas, no temo la muerte, ni deseo vivir, a no ser por vuestro bien [...] ¿Acaso me apoyo en mis propias fuerzas? No, porque tengo la prenda del Señor, tengo conmigo su Palabra: ella es mi bastón, mi seguridad, mi puerto tranquilo. Aunque todo el mundo esté descompuesto, tengo entre mis manos la Escritura, leo su Palabra [...] Vosotros sois conciudadanos míos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo, mi luz, más amable que la luz del día. Su rayo me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad me trenza la corona para la vida futura (Juan Crisóstomo).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «De todo me siento capaz, pues Cristo me da la fuerza» (Flp4,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La dialéctica del humanismo antropocéntrico se ha desarrollado a lo largo de tres siglos. En el primer momento de la dialéctica humanística, Dios se convierte en el garante del dominio del hombre sobre la materia. Era un Dios trascendente, pero encerrado en su trascendencia y al que se le impedía la intervención en los asuntos humanos. Se había convertido en un Dios «decorativo», en el Dios del mundo burgués clásico. En el segundo momento, con la filosofía romántica y los grandes meta-Físicos idealistas, Dios se convierte en una idea. Era un Dios inmanente, absorbido en el proceso dialéctico de la Idea que se afirma y del mundo que deviene. Este Dios del panteísmo y del mundo burgués romántico no era más que el límite ideal del desarrollo de la humanidad, y era la justificación absoluta, total e inflexible del bien y del mal, tanto del mal como del bien, de todos los crímenes, las opresiones y las iniquidades de la historia, y también de sus conquistas y de sus progresos, sobre todo de sus progresos en la consecución de riquezas y poder. En el tercer momento, Feuerbach debía descubrir que Dios -un Dios así concebido- alienaba al hombre de sí mismo; Marx descubriría que este Dios no era más que una proyección ideológica de la alienación o deshumanización del hombre producida a su juicio por la propiedad privada. Y Nietzsche debía embriagarse con la misión de la que se sentía investido: proclamar la muerte de Dios. ¿Cómo podría continuar viviendo Dios en un mundo en el que su imagen, es decir, la personalidad libre y espiritual del hombre, parece decididamente destinada a desaparecer? Dios como muerto, Dios en la tumba, ha sido el Dios de la agonía final y de la autodestrucción de una época, de una civilización llegada ahora a su final. El ateísmo es el término final de la dialéctica interna del humanismo antropocéntrico (J. Maritain).

 

 

Día 8

32° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 6,12-16

12 Radiante e inmarcesible es la sabiduría; se deja ver sin dificultad por los que la aman y hallar por los que la buscan.

13 Se adelanta para manifestarse a los que la anhelan.

14 Quien madrugue para buscarla no se fatigará, pues la encontrará sentada a sus puertas.

15 Meditar sobre ella es prudencia consumada, y el que por ella se desvela pronto estará libre de inquietud.

16 Pues ella misma busca a los que son dignos de ella y por los caminos se les muestra benignamente, saliendo al encuentro de todos sus pensamientos.

 

» En la Biblia, el sabio es quien teme a Dios y se aparta del mal (cf Job 28,28). Nuestro autor quiere suscitar en sus oyentes el movimiento de desear la sabiduría y salir a su encuentro. La sabiduría, pintada con los colores mas brillantes, viene representada con la imagen de una bella joven, radiante, atractiva y anhelada, sentada a la puerta de su casa y dispuesta a entregarse totalmente a los suyos. Los versículos personifican a la sabiduría y la comparan con una amiga o una esposa. El hombre justo la ama, la desea, sale en su búsqueda desde muy temprano y la encuentra sentada en su puerta (v. 14; cf Cant 3,2). Otro tanto ocurre con Dios. El se deja hallar por quien lo busca (v. 12; cf Prov 8,17; Sir ó,27); aun mas, él sale a su encuentro, como un buen padre con su hijo. Lo importante es hacerse discípulo y aprender las sabias enseñanzas de la vida.

El comportamiento de Dios con el hombre es siempre el mismo: se da gratuita y graciosamente, es misericordioso y solícito, y trata a todos con cariño (cf Jn 6,44; Flp 2,13; 1 Jn 4,10). Al hombre se le pide disponibilidad, apertura y espera vigilante. Dios, en efecto, se hace el encontradizo con aquel que lo busca con corazón sincero y manifiesta buena disposición interior para acoger su Palabra. Esto ha hecho el Hijo, eterna <<fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,24), que ha venido al encuentro de la humanidad en el misterio de la encarnación. El siempre ha estado abierto a la Palabra del Padre y a su plan de salvación y ha recorrido los caminos del hombre para buscarlo, atraerlo y ofrecerle un modo de vivir; es decir la <<sabiduría».

 

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 4,13-18

13 No queremos, hermanos, dejaros en la ignorancia acerca de los que han muerto, para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza.

14 Nosotros creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado y que, por tanto, Dios llevará consigo a los que han muerto unidos a Jesús.

15 Y esto es lo que os decimos como Palabra del Señor: que nosotros, los que estamos vivos, los que aun quedamos, cuando venga el Señor no tendremos preferencia sobre los que han muerto.

16 Pues cuando se dé la orden, cuando se oiga la voz del arcángel y resuene la trompeta divina, el Señor mismo bajará del cielo, y los que murieron unidos a Cristo resucitarán en primer lugar.

17 Después nosotros, los que aun quedamos vivos, seremos arrebatados junto con ellos entre nubes y saldremos por los aires al encuentro del Señor. De este modo estaremos siempre con el Señor

18 Consolaos, pues, unos a otros con estas palabras.

 

• El discurso de Pablo a la comunidad de Tesalónica es sencillo y esta lleno de imágenes. Hoy, algunos aspectos de su mensaje, quizá, no nos preocupen demasiado; por ejemplo, el que hace referencia a la convicción de estar vivos en el momento de la parusía (v. 17) ye de este modo, poder ver y admirar la venida gloriosa de Cristo. Sin embargo, el mensaje que transmite Pablo conserva actualmente su interés. El apóstol no quiere que sus hermanos en la fe se aflijan <<como los que no tienen esperanza» (v. 13).

El cristiano se distingue por la esperanza, el hombre de fe se distingue porque es capaz de esperar Los tesalonicenses, conscientes de la inseguridad del momento presente, siempre estarán expectantes, unidos a Cristo en la fe, en la esperanza y en el amor; y recibirán la salvación que Jesús les ha conseguido con su muerte y resurrección. La esperanza cristiana encuentra su fundamento en la resurrección del Señor: <<Nosotros creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado» (v. 14). La vida para el creyente no termina aquí; tiene un futuro, y este es el gran gozo: <<Consolaos, pues, unos a otros con estas palabras» (v. 18).

Pablo basa sus palabras en la esperanza, que es la comunión entre los creyentes y el Señor Jesús los reuniré y vivirán para siempre en común unión con él (v 17).

 

Evangelio: Mateo 25,1-13

Dijo Jesús a sus discípulos:

1 Sucede con el Reino de los Cielos lo que con aquellas diez jóvenes que salieron con sus lámparas al encuentro del esposo.

2 Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas.

3 Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite,

4 mientras que las sensatas llevaron aceite en las alcuzas, junto con las lámparas.

5 Como el esposo tardaba, les entre sueno y se durmieron.

6 A medianoche se oyó un grito: <<Ya esta ahí el esposo, salid a su encuentro».

7 Todas las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.

8 Las necias dijeron a las sensatas: <<Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.

9 Las sensatas respondieron: <<Como no vamos a tener bastante para nosotras y vosotras, será mejor que vayáis a los vendedores y os lo compréis».

10 Mientras iban a comprarlo, vino el esposo. Las que estaban preparadas entraron con el a la boda y se cerro la puerta.

11 Mas tarde llegaron también las otras jóvenes diciendo: <<Señor, señor, ábrenos».

12 Pero él respondió: <<Os aseguro que no os conozco»,

13 Así pues, vigilad, porque no sabéis el día ni la hora.

 

La parábola de las diez jóvenes, cinco sabias y cinco necias, forma parte del <<discurso escatológico» (cf Mt 24-25). El evangelista pretende conseguir un doble propósito: mantener viva la certeza del retorno del Señor e indicar una sana sugerencia sobre como comportarse durante este tiempo de vigilancia. Los peligros existen y deben ser superados por el cristiano. A saben vivir con vigilante impaciencia, despreocupado de los afanes del mundo, seria una evasión, Así como afanarse por las cosas del mundo, hasta despreocuparse de estar vigilante, sería una mundanización. La parábola ofrece una sabia enseñanza: hay que ser previsores y estar preparados ante cualquier eventualidad, sin desanimarse con facilidad o hacer excesivos cálculos. Olvidarse del Señor o no tener paciencia para esperar su vuelta es un riesgo, igual que relajarse y descuidar la actitud vigilante. En realidad, no cuenta si la vuelta de Jesús es inmediata o se demora, sino <<estar preparados», porque todos los momentos son decisivos para la salvación.

La sabiduría del cristiano está en un planteamiento prudente de la vida y no en teorías especulativas. La seriedad del momento presente exige preparación y compromiso personal. Cuando venga el esposo, solo aquellos que tienen las lámparas con aceite suficiente entraran con él a la boda. Los no preparados, no previsores, se encontraran la puerta cerrada, excluidos definitivamente del Reino. Será inútil golpear la puerta; la respuesta sonaré así: <<Os aseguro que no os conozco» (v, 12).

 

MEDITATIO

El año litúrgico esta llegando al final y la Iglesia lanza una mirada de fe hacia <<las cosas ultimas» para subrayar los principios fundamentales de la sabiduría humana y cristiana. El libro de la Sabiduría nos invita a hacer de la Palabra de Dios el principio orientador de la vida: <<Quien madrugue para buscarla no se fatigará, pues la encontrará sentada a sus puertas. Meditar sobre ella es prudencia consumada» (6,14ss). Vivimos en una sociedad, en muchos momentos, improvisada, instintiva, superficial, impulsiva e irreflexiva, de aquí que sea tan útil la llamada a ser sabios y a concentrarnos en lo esencial.

También la parábola de las diez vírgenes nos invita a estar preparados y ser previsores, sin olvidar que somos peregrinos del Señor Todos tenemos necesidad de ser sabios, y no importa la edad, y de ajustar nuestras ideas, elecciones, comportamientos y decisiones. La verdadera sabiduría, de la cual hablan las Escrituras, es un don, desciende de Dios y se implora con paciencia y perseverancia. También la sabiduría ha de ser buscada, deseada y amada por nosotros. Para apropiarnos de ella es necesario ponderar y velar sin perderse en comportamientos vanos y estériles. Se anticipa a quien la desea y sale al encuentro de quienes son merecedores de ella.

Esta sabiduría, llena de vida, fe y ahínco evangélico, está estrechamente vinculada con el anhelo del corazón por las realidades del mas allá y la espera vigilante del Señor, el Esposo que debe venir, el impulso que nos mantiene fieles al cielo y a la tierra.

 

ORATIO

Señor Jesucristo, Hijo de Dios y Sabiduría del Padre, Verbo hecho carne y resplandor de la gloria, tu te acercas a nosotros, vienes a nuestro encuentro y nos invitas a la boda de la Iglesia con Dios, Padre de todos. Que nuestro amor anhele y busque, alcance y logre tu sabiduría y permanezca siempre en lo que ha descubierto.

Deseamos invocarte y suplicarte con las palabras litúrgicas: <<Dichosos los invitados a la mesa del Señor», esto es: <<Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19,9), o con las de san Agustín: <<El tiempo es como la noche, el momento en que la Iglesia vela, con los ojos de la fe fijos en la Sagrada Escritura como antorchas resplandecientes en la oscuridad, hasta la llegada del Señor».

Somos como aquellas cinco vírgenes prudentes, sentadas a la mesa con el esposo. Confiemos humildemente un deseo a la generosidad de nuestro Dios: que todos nosotros, que permanecemos en la fe y vivimos la vigilante espera de la paz sabática, nos reunamos un día en tu Reino, en el banquete eterno, y que nadie se quede fuera, sin cruzar la puerta, donde <<será el llanto y el rechinar de dientes>>. Señor que, cuando vengas, encuentres a tu Iglesia vigilante a la luz del Espíritu y despiertes este cuerpo, que yaceré dormido en la tumba.

 

CONTEMPLATIO

Las lámparas que encendiste [inmediatamente después del bautismo] son la imagen de aquel cortejo de luces con las que, como luminosa alma de virgen no adormilada por la pereza y la indolencia, caminaremos al encuentro de Cristo esposo con las lámparas resplandecientes de la fe, no vaya a ser que aquel al que esperamos se nos presente de repente y sin saberlo, y nosotros, desprovistos del aceite y de las buenas obras, nos quedemos excluidos de la sala nupcial.

Veo con la mente el triste y lamentable acontecimiento. Cuando resuene el grito que nos dispondré a su encuentro, entonces se presentaré él [...]. Entraré rápidamente y las vírgenes prudentes pasarán con él; sin embargo, las necias, que han esperado a preparar las lámparas cuando era el tiempo de entrar; serán excluidas y se quejaran a grandes voces, comprendiendo demasiado tarde qué han perdido por su descuido e indolencia. En efecto, aunque clamen y supliquen, ya no pueden entrar en la sala de bodas; se han quedado fuera por su culpa (Gregorio Nacianceno, Sermones [PG 36, 426-428], en L´ora dell’ascolto, Casale Monf. [Al] 1989, 2.144).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro» (Mt 25,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo realmente triste no es cuando, al anochecer, regresas y no tienes a nadie que te espere en casa, sino cuando tu no esperas nada de la vida [...]. Esperar, esto es, experimentar el gozo de vivir.

Dicen que la santidad de una persona se mide según el espesor de su espera. Quizás sea verdad. Si es así, hay que concluir que Maria es la más santa de las criaturas, porque toda su vida aparece marcada por el gozo de quien espera […]. Santa María, virgen de la esperanza, danos de tu aceite, que nuestras lámparas se apagan. Mira: se han agotado las reservas. No nos mandes a otros vendedores. Reaviva en nuestras almas el antiguo ardor que nos quemaba por dentro, cuando bastaba una pequeñez para rebosar de alegría: la llegada de un amigo lejano, el rojo atardecer después de una tormenta, la caída de las hojas anunciando el regreso del invierno, los repiques de campanas en los días de fiesta, el vuelo raso de las golondrinas en primavera, el acre olor emanado de los lagares, el canturreo de las cantinelas otoñales, el encorvarse tierno y cadencioso del regazo materno, el perfume del espliego al preparar la cuna.

Si hoy no sabemos esperar es porque estamos escasos de esperanza. Se han desecado las fuentes. Sufrimos una profunda sequía de deseos. Y, satisfechos con los miles de sucedáneos que nos asedian, ya no esperamos nada de las promesas selladas con la sangre del Dios de la alianza [...]. Santa Maria, virgen de la esperanza, danos un alma vigilante. Cercanos a los umbrales del tercer milenio, nos sentimos, lamentablemente, mas hijos del crepúsculo que profetas de la claridad que llega. Centinela del mañana, despierta en nuestro corazón la pasión por los jóvenes anuncios para transmitirlos al mundo, que se siente ya viejo. Entréganos el arpa y la citara, y contigo madrugaremos para despertar la aurora. Frente a los cambios que sacuden la Historia, haz que experimentemos de nuevo los estremecimientos primeros, Haznos comprender que no basto con acoger: es necesario esperar. Acoger es, a veces, Señal de resignación. Esperar es, siempre, signo de esperanza. Haznos, por tanto, ministros de la espera. Y el Señor que viene, Virgen del adviento, nos sorprenda, también junto a tu materna complicidad, con la lámpara en la mano (A. Bello, Maria, donna dei nostri giorni, Cinisello B. [Mi] 51995, l7.l8·2O [edición española; María, Señora de nuestros días, San Pablo, Madrid l996]).

 

 

Día 9

Lunes 32ª semana del Tiempo ordinario o 9 de noviembre, conmemoración de la

Dedicación de la basílica de Letrán

 

La basílica del Santísimo Salvador y de San Juan fue fundada por el papa Melquíades (311 -314) sobre la colina romana de Letrán, en un terreno cedido para tal fin por el emperador Constantino. Desde el siglo XII se viene celebrando el aniversario de su dedicación con una fiesta litúrgica, primero sólo en Roma y después en todas las Iglesias de rito romano, por ser considerada la «iglesia madre de todas las iglesias de la urbe y del orbe».

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 47, 1-2.8-9.12.

1 Me llevó a la entrada de la Casa, y he aquí que debajo del umbral de la Casa salía agua, en dirección a oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia oriente. El agua bajaba de debajo del lado derecho de la Casa, al sur del altar.
2 Luego me hizo salir por el pórtico septentrional y dar la vuelta por el exterior, hasta el pórtico exterior que miraba hacia oriente, y he aquí que el agua fluía del lado derecho.
8 Me dijo: "Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada.
9 Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Los peces serán muy abundantes, porque allí donde penetra esta agua lo sanea todo, y la vida prospera en todas partes adonde llega el torrente.

12 A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina."

          ****>> La visión de Ezequiel profetiza con extraordinaria claridad la auténtica significación del "Templo de Dios". No es un simple edificio sino el lugar de los sacrificios, de las alabanzas a Dios y, lo que es más importante todavía, el lugar donde mana en abundancia el agua de la vida que todo lo purifica. El que beba de ese agua no morirá y vivirá para siempre produciendo frutos nuevos.

 

O bien:

Primera lectura: 1 Corintios 3, 9c-11.16-17

9 ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios.

10 Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima. ¡Mire cada cual cómo construye!

11 Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo.

16 ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?

17 Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario.

 ****>> El apóstol Pablo explica de forma nítida la autenticidad del Templo de Dios tras la venida del Espíritu Santo

 

Evangelio: Juan 2, 13-22

13 Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.

14 Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos.

15 Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas;

16 y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.»

17 Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: " El celo por tu Casa me devorará. "

18 Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?»

19 Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré.»

20 Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

21 Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo.

22 Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

 

 

MEDITATIO

La liturgia renovada subraya de un modo más claro el significado de la Iglesia-edificio como signo visible del único verdadero templo que es el cuerpo personal de Cristo y su cuerpo místico, esto es, la Iglesia esposa y madre, la cual celebra en un determinado lugar el culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23; Hch 2,46ss). Por encima de la sacralización del espíritu material, se nos estimula a captar en el Cristo hombre-Dios la verdadera sacralidad que de él se comunica a todo el pueblo santo y sacerdotal, bautizado y confirmado en el Espíritu, unido en la única oblación al sumo y eterno sacerdote (Heb 10,14). [...]

La casa del pueblo de Dios, en lo que se refiere a la estructura, el decoro y la funcionalidad, es algo que deben tomarse muy a pecho todos los creyentes, pues en ella renacen a la vida divina y en ella serán bendecidos para su último éxodo pascual hacia la patria. Es la casa de todos y como tal debe ser cuidada y custodiada con amor; también en su aspecto exterior, que es signo de nuestra pureza interior (Conferencia Episcopal Italiana, Rito della dedicazione di una chiesa, Indicazioni pastorali, Roma 1981, 12-14).

 

ORATIO

De la oración de la dedicación de una iglesia:

Oh Dios, que diriges y santificas a tu Iglesia, acoge nuestro canto en este día de fiesta. Este lugar es signo del misterio de la Iglesia santificada por la sangre de Cristo, escogida por él como esposa, virgen por la integridad de la fe, madre siempre fecunda por el poder del Espíritu. Iglesia santa, viña elegida del Señor; Iglesia bienaventurada, morada de Dios entre los hombres; Iglesia sublime, ciudad elevada sobre el monte, clara a todos por su fulgor, donde resplandece como lámpara perenne el Cordero y donde se eleva festivo el coro de los bienaventurados. Ahora, oh Padre, envuelve de tu santidad esta Iglesia, a fin de que sea un lugar santo para todos.

 

CONTEMPLATIO

El pavimento

Aquí tocan nuestros pies la tierra sobre la que se levantan tantas paredes y columnas... Si no te pierdes entre ellas, sino que vas encontrando unidad y significado, es porque el Pavimento te guía. Él unifica no sólo los espacios de una estructura renacentista, sino también los espacios dentro de nosotros, que caminamos así conscientes de nuestras debilidades y derrotas.

Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el pavimento sobre el que caminan los otros (que avanzan ignorando la meta) para llegar al lugar a donde diriges sus pasos unificando los espacios con la mirada que facilita el pensamiento. Quieres ser aquel que sostiene los pasos, como la roca sostiene el ruido del paso de un rebaño: roca también del pavimento de un templo gigantesco. Y el pasto es la cruz.

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día de hoy la enseñanza de san Pablo: «El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros» (1 Cor 3,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El misterio de la Iglesia se remonta más allá de la historia. Son muchos los textos que hablan de ello: «Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia [...], misterioso plan, escondido desde el principio de los siglos en Dios» (Ef 1,4y 3,9). Su preexistencia en la sabiduría de Dios indica la naturaleza metahistórica de la Iglesia. Las formas de la vida social son contingentes, pueden existir o no en función de la evolución histórica, pero la Iglesia no depende de la historia; la Iglesia irrumpe en el mundo precisamente porque su génesis está en otro lugar. La Iglesia, «escondida desde toda la eternidad» en Dios, preiniciada en el paraíso, prefigurada en Israel, desciende del cielo en las lenguas de fuego, entra en la historia en Jerusalén, el día de Pentecostés. Es la manifestación gradual de lo que está escondido y se dirige hacia la «plenitud del que llena totalmente el universo» (Ef 1,23). Todas las criaturas en la tierra,  bajo la tierra y en los cielos doblan la rodilla y convergen en la plenitud del Cristo total (P. Evdokimov, L'Orfodossia, Bolonia 1981, pp. 176ss [edición española: Ortodoxia, Edicions 62-Península, Barcelona, s.f.]).

 

 

Día 10

Martes 32ª semana del Tiempo ordinario o 10 de Noviembre, festividad de

San León Magno

 

De origen toscano, subió a la cátedra de Pedro en el año 440 y desarrolló una acción decisiva sobre el destino de la Iglesia y del Imperio. En el año 451, por tanto durante su pontificado, se celebró el Concilio de Calcedonia, que definió la naturaleza humana y divina de la única persona de Cristo.

Salvó a Roma de la invasión de los hunos, guiados por Atila, y consiguió mitigar el saqueo de los vándalos. Como orador y escritor, comentó las principales solemnidades litúrgicas y dejó una colección de sermones, preludio del «magisterio» papal que habría de tener después tanta importancia en la dirección de la Iglesia. Murió en el año 461 y fue reconocido con el sobrenombre de «Grande».

   

LECTIO

Primera lectura: Tito 2,1-8.11-14

Querido:

1 Tú, por tu parte, enseña según la sana doctrina.

2 Que los ancianos sean sobrios, juiciosos y prudentes; que vivan plenamente la fe, el amor, y la paciencia.

3 De igual modo, que las ancianas observen una conducta digna de personas santas, que no sean calumniadoras, ni dadas al vino, sino buenas consejeras; 4 de este modo enseñarán a las jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos,

5 a ser prudentes, castas, mujeres de su casa, buenas y respetuosas con sus maridos, para que la Palabra de Dios no sea denigrada.

6 Asimismo, exhorta a los jóvenes a ser prudentes en todo,

7 dando tú mismo ejemplo de una buena conducta. Sé íntegro en la enseñanza, ten buen juicio,

8 que tu palabra sea sana e irreprensible. De este modo, nuestros adversarios quedarán en evidencia y no podrán decir nada malo de nosotros.

11 Porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.

12 Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad,

13 aguardando la feliz esperanza: la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,

14 el cual se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de que seamos su pueblo escogido, siempre deseoso de practicar el bien.

 

**• El destinatario de esta carta de Pablo es el responsable de la comunidad cristiana de Creta, pero los temas que desarrolla Pablo interesan a toda la comunidad.

Para que el mensaje del Señor resucitado pueda atravesar los confines de la comunidad creyente necesita del testimonio de todos. Sin esta colaboración de la comunidad, el Evangelio corre el riesgo de permanecer inerme e ineficaz. En el seno de la comunidad viven diferentes categorías de personas: Pablo tiene un consejo, una indicación para la marcha, una palabra de aliento, para cada una de ellas.

En primer lugar, el apóstol recomienda a los ancianos y a las ancianas sobriedad, un estilo de vida digno, perseverancia en la fe recibida, generosidad en el amor fraterno (w. 2ss). De este modo se convertirán en modelo para los jóvenes y para sus familias, precisamente por su fidelidad a la palabra dada y a los compromisos asumidos (w. 4ss). La Palabra de Dios podrá hacer su recorrido en el mundo gracias también a su colaboración.

A los jóvenes les dirige Pablo palabras extremadamente comprometedoras, pero, al mismo tiempo, ricas de luz y de gracia (w. 6-8): también ellos están invitados a dar buen ejemplo a la gente de su edad por medio de una «buena conducta», de un gran respeto recíproco y de una palabra sana e irreprensible. Pablo les recuerda que el enemigo número uno, el principal «adversario» que deben derrotar, es siempre Satanás.

La última parte de la lectura nos ofrece la motivación teológica tanto de ésta como de cualquier otra actitud o programa de vida («se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres. Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad»: w. 11-12): del acontecimiento salvífico de Cristo Jesús, esto es, de su misterio de vida, muerte y resurrección, deriva para todos nosotros un programa de vida evangélica.

 

Evangelio: Lucas 17,7-10

En aquel tiempo, dijo Jesús:

7 ¿Quién de vosotros, que tenga un criado arando o pastoreando, le dice cuando llega del campo: «Ven, siéntate a la mesa»?

8 ¿No le dirá más bien: «Prepárame la cena y sírveme mientras como y bebo, y luego comerás y beberás tú»?

9 ¿Tendrá quizás que agradecer al siervo que haya hecho lo que se le había mandado?

10 Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os mande, decid: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer».

 

**• Nos encontramos frente a un pasaje típicamente lucano. Jesús está hablando todavía a los apóstoles y, mediante la parábola del siervo (sería más exacto decir «esclavo»), después de haber hablado de la fe, les presenta la necesidad de «hacerse siervos» (una vez más, sería más exacto decir «esclavos») de todos. Jesús remacha el concepto según el cual, en la lógica del Reino, lo que cuenta no es tanto lo que se hace como la intención, el estilo y el método con que se obra. Jesús no quiere recomendar una humildad genérica ni, menos aún, «interesada»; le interesa, más bien, lo que sus apóstoles piensan y pretenden hacer cuando se ponen a su servicio y al de su causa. Dios no tiene necesidad de nosotros ni de nuestras ayudas, pero desea tener colaboradores que estén en plena sintonía con su proyecto de salvación, que -aquí y ahora- se personifica en Jesús de Nazaret. «Esclavos inútiles» (v. 10) o bien ordinarios, simples, etc. Hay incluso quien traduce el adjetivo griego «inútil» con la expresión non profit: una traducción que, desde cierto punto de vista, nos ayuda a captar la identidad del esclavo evangélico. Ahora bien, lo que Jesús quiere enseñar, es decir, fijar en el corazón de sus discípulos, es la actitud que él hará suya la víspera de su pasión: arremangarse la ropa, servir a los hermanos y, al final, considerarse y declararse con toda sinceridad «esclavos inútiles» (cf. Le 22,24-27; Jn 13,1-17). Hay algo paradójico en esta enseñanza de Jesús: sus palabras son duras; sin embargo, expresan lo más genuino que hay en el Evangelio.

 

MEDITATIO

El tema del servicio, como es obvio, corresponde a los apóstoles, pero en última instancia se dirige a todo cristiano. El Concilio Vaticano II ha restituido a todos el deber concreto de hacerse siervos en la Iglesia y en el mundo para bien de los hermanos. Se trata de una tarea que deriva de la gracia del bautismo, que hace nacer en cada uno de nosotros el derecho-deber de interesarnos por el bienestar de los hermanos, en virtud de la gracia que hemos recibido.

Lo que dice Jesús a los apóstoles lo atribuye Lucas también a María de Nazaret. En efecto, en el relato del anuncio en el que el ángel le abre a María la perspectiva de una extraordinaria maternidad, le responde ésta: «Aguí está la esclava del Señor» (Le 1,38). Un poco más adelante, en su gran oración de alabanza y de agradecimiento, exclama María: «Ha mirado la humildad de su sürva [literalmente, "esclava"]» (Lc 1,48). También Pablo, en la Carta a los Filipenses, dice de Cristo: «Tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo [literalmente, "se rebajó a sí mismo"]» (2,7b.8): nos encontramos constantemente frente a las mismas expresiones, que no por casualidad aparecen en los escritos de Pablo y de Lucas, su discípulo.

La actualidad de este mensaje no necesita ulteriores precisiones: hoy, en efecto, no es raro ver a personas que quieren ser útiles a los demás, sin considerarse, no obstante, «inútiles» ante Dios. Sucede que con bastante frecuencia encontramos a personas que desean servir a los demás, pero tal vez les falta la voluntad de adoptar este método evangélico del servicio a los otros empapado de verdadera caridad, de absoluta gratuidad y de profunda humildad.

 

ORATIO

Señor, he intentado construir una comunión basada en la rectitud, porque tenía hambre de una rectitud consumada en comunión, pero he oído que me decían: «¡Siervo inútil!».

Señor, he obrado con valor y con la parte más transparente de mí mismo, sin buscar componendas, pero las consecuencias han atemorizado a quienes no ven todo lo irredento que hay en su poder. Y de la muchedumbre ha salido el grito: «¡Siervo inútil!».

Señor, tengo muchos deseos de oír que hay necesidad de mí, porque la vida no me ha reclamado todavía todo, pero me encuentro abandonado y solo: «¡Siervo inútil!». Y tú me dices: «Ten fe, has hecho lo que debías».

 

CONTEMPLATIO

Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre (Tit 2,11). Gracias sean dadas a Dios, que ha hecho abundar en nosotros el consuelo en medio de esta peregrinación, de este destierro, de esta miseria. Antes de que apareciese la humanidad de nuestro Salvador, su bondad se hallaba también oculta, aunque ésta ya existía, pues la misericordia del Señor es eterna. ¿Pero cómo, a pesar de ser tan inmensa, iba a poder ser reconocida? Estaba prometida, pero no se la alcanzaba a ver, por lo que muchos no creían en ella.

Efectivamente, en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios por los profetas (Heb 1,1). Y decía: Yo tengo designios de paz y no de aflicción. Pero ¿qué podía responder el hombre que sólo experimentaba la aflicción e ignoraba la paz? ¿Hasta cuándo vais a estar diciendo: «Paz, paz», y no hay paz? (Jr 29,11). A causa de lo cual los mensajeros de paz lloraban amargamente (Is 33,7), diciendo: Señor, ¿quién creyó nuestro anuncio? (Is 53,1). Pero ahora los hombres tendrán que creer a sus propios ojos, ya que los testimonios de Dios se han vuelto absolutamente creíbles (Sal 92,1). Pues, para que ni una vista perturbada pueda dejar de verlo, puso su tienda al sol (Sal 18,6).

Pero de lo que se trata ahora no es de la promesa de la paz, sino de su envío; no de la dilatación de su entrega, sino d e su realidad; no de su anuncio profético, sino de su presencia. Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra u n saco lleno de su misericordia, un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro precio, oculto en él; un saco pequeño, pero lleno, ya que un niño se nos ha dado (Is 9,5), pero en quien habita toda la plenitud de la divinidad (Col 2,9).

Ya que, cuando llegó la plenitud del tiempo, hizo también su aparición la plenitud de la divinidad. Vino en carne mortal para que, al presentarse así ante quienes eran carnales, en la aparición de su humanidad se reconociese su bondad. Porque, cuando se pone de manifiesto la humanidad de Dios, ya no puede mantenerse oculta su bondad. ¿De qué manera podía manifestar mejor su bondad que asumiendo mi carne? La mía, no la de Adán,es decir, no la que Adán tuvo antes del pecado.

¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria? ¿Qué hay más rebosante de piedad que la Palabra de Dios convertida en tan poca cosa por nosotros? Señor, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él; el ser humano, para darle poder? (Sal 8). Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente sobre ellos. No te preguntes tú, que eres hombre, por lo que has sufrido, sino por lo que sufrió él.

Deduce, de todo lo que sufrió por ti, en cuánto te tasó, y así su bondad se te hará evidente por su humanidad. Cuanto más pequeño se hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora. Ha aparecido -dice el apóstol- la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre (Tit 2,11). Grandes y manifiestos son, sin duda, la bondad y el amor de Dios, y gran indicio de bondad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre de Dios (Bernardo de Claraval, Sermón 1 en la Epifanía del Señor, 1-2; PL 133, 141-143).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Se ha manifestado la gracia de Dios» (Tit 2,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La vida es una oportunidad, cógela.

La vida es belleza, admírala.

La vida es bienaventuranza, saboréala.

La vida es un sueño, conviértela en una realidad.

La vida es un desafío, afróntalo.

La vida es un deber, cúmplelo.

La vida es un juego, juégalo.

La vida es preciosa, cuídala.

La vida es una riqueza, consérvala

La vida es amor, gózalo.

La vida es un misterio, descúbrelo.

La vida es promesa, cúmplela.

La vida es tristeza, supérala.

La vida es un himno, cántalo.

La vida es una lucha, combátela.

La vida es una aventura, córrela.

La vida es felicidad, merécela.

La vida es la vida, defiéndela

(Madre Teresa de Calcuta).

 

Día 11

Miércoles de la 32ª semana del Tiempo ordinario o  11 de Noviembre, conmemoración de

San Martín de Tours

 

      Martín, nacido en Panonia (Hungría) en el año 316, fue destinado por su padre a la carrera militar. Siendo todavía catecúmeno, dio pruebas de coherencia cristiana y de amor a los pobres. Dejó las armas, bajo la guía de san Hilario de Poitiers, y se consagró a Dios profesando la vida monástica. Llevó, primero, una vida eremítica; más tarde, por consejo del mismo Hilario, fundó en Ligugé el primer monasterio de Occidente. En el año 373 fue elegido obispo de Tours, y hasta su muerte, acaecida el 397, se consagró con una solicitud incansable a la formación del clero, a la pacificación de los pueblos y a la evangelización. Fue uno de los primeros santos no mártires en ser honrado en la liturgia de la Iglesia.

 

LECTIO

Primera lectura: Tito 3,1-7

Querido:

1 Recuerda a todos que sean sumisos al gobierno y a las autoridades; que les obedezcan y estén dispuestos a hacer el bien;

2 que no difamen a nadie, que sean pacíficos, afables y llenos de dulzura con todo el mundo.

3 Porque también nosotros fuimos en otro tiempo insensatos, rebeldes, descarriados, esclavos de toda clase de malas inclinaciones y placeres, llenos de maldad y de envidia; éramos aborrecidos y nos odiábamos unos a otros.

4 Pero ahora ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres.

5 El nos salvó no por nuestras buenas obras, sino en virtud de su misericordia, por medio del bautismo regenerador y la renovación del Espíritu Santo,

6 que derramó abundantemente sobre nosotros por Jesucristo, nuestro Salvador.

7 De este modo, salvados por su gracia, Dios nos hace herederos conforme a la esperanza que tenemos de heredar la vida eterna.

 

*» Por medio de Tito, Pablo hace llegar su enseñanza a todos los miembros de la comunidad cristiana. Su intención es colaborar con el responsable de aquella comunidad en la construcción de una Iglesia que sea verdaderamente digna de este nombre y capaz de dar testimonio del Evangelio.

En primer lugar, explícita la dimensión pública del ser cristiano. Pretende hacer comprender que la fe en Cristo no puede ser reducida a una experiencia privada, doméstica; al contrario, ésta tiende a manifestarse en público y a penetrar en las redes de nuestras relaciones sociales. En segundo lugar, el apóstol -con una frase enormemente bella y vigorosamente expresiva- describe el paso decisivo desde un pasado envuelto de maldad y de odio a un presente iluminado ahora por la gracia de Dios: «También nosotros fuimos en otro tiempo insensatos, rebeldes, descarriados, esclavos... Pero ahora ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador...» (w. 3ss).

Este paso marca para Pablo, y también para nosotros, la gran novedad de Jesús, encarnación personal del amor misericordioso del Padre.

También nosotros, como creyentes confiados a los cuidados personales de Tito, somos destinatarios de este gran anuncio, de esta «bella noticia», que -hoy como ayer- se presenta como absolutamente gratuita e inesperada.

Cada vez que nos ponemos en contacto con la Palabra de Dios escrita se nos ofrece la oportunidad de hacer memoria viva de este gran acontecimiento, que, como un gran lavado, es capaz de regenerarnos y de renovarnos por el poder del Espíritu Santo.

 

Evangelio: Lucas 17,11-19

11 De camino hacia Jerusalén, Jesús pasaba entre Samaría y Galilea.

12 Al entrar en una aldea, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia

13 y comenzaron a gritar: -Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros.

14 Él, al verlos, les dijo: -Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino quedaron limpios.

15 Uno de ellos, al verse curado, volvió alabando a Dios en voz alta

16 y se postró a los pies de Jesús dándole gracias. Era un samaritano.

17 Jesús preguntó: -¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve?

18 ¿Tan sólo ha vuelto a dar gracias a Dios este extranjero?

19 Y le dijo: -Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

 

** Jesús reemprende su largo viaje hacia Jerusalén (cf. Le 9,51; 13,22), meta de su peregrinación por los caminos de Palestina, hasta llegar a la ciudad en la que también él, como los profetas, está llamado a entregar su vida.

En un determinado momento entra en un pueblo samaritano: debería encontrarse incómodo e incluso hubiera podido pasar de largo, evitando todo encuentro y todo diálogo. Sin embargo, se deja interpelar por estos extraños, que, además, son leprosos; por consiguiente, gente que vuelve impuro a quien se les acerca (w. 12ss).

Jesús es verdaderamente el salvador de todos, el hermano universal. Jesús ha venido para todos: no muestra preferencias entre las personas. Y, sobre todo, no califica ni descalifica a nadie porque pertenezca a un pueblo o a una raza, y mucho menos aún por su estado de salud. Este milagro de Jesús está realizado también con la mayor discreción y con una apertura total a los más pobres entre los pobres, a aquellos que tienen más necesidad de su poder sanador.

Todos quedan curados, pero sólo uno siente la necesidad de volver a Jesús para agradecérselo (v. 15). Se le echa a los pies para darle a entender que, de ahora en adelante, se considera no sólo beneficiario de un milagro, sino también y sobre todo un discípulo (v. 16). Sólo él recibe de Jesús la curación completa: la del cuerpo y la del alma. Por desgracia, no a todos se les da la gracia de consumar el camino de la salvación, que va desde el beneficio recibido a la gratitud expresada y a la alabanza.

No es suficiente con encontrar o haber encontrado a Jesús de Nazaret; también es necesario escuchar su Palabra, ceder a la misteriosa atracción de la gracia y seguirle a donde vaya.

 

MEDITATIO

El encuentro de Jesús con los diez leprosos, especialmente su diálogo con el samaritano curado, merece una meditación complementaria. Nos sorprenden las preguntas que Jesús dirige al samaritano y, aún más, la exclamación final. Por un lado, Jesús expresa su sorpresa ante el hecho de que sólo uno de los diez haya sentido la necesidad de dar las gracias. Por otro, declara que ha sido la fe la que le ha procurado a este pobre leproso la curación completa.

Es interesante explicitar el itinerario que conduce a este pobre leproso desde una situación de miseria y extrema pobreza a una situación nueva, por haber sido renovada por el toque sanador de Jesús. También este leproso, como los otros, sufre una enfermedad tremenda. También él, como los otros, invoca la piedad de Jesús, el Maestro. También él, como los otros, va a presentarse a los sacerdotes. Pero sólo él vuelve a Jesús para expresarle un agradecimiento tan intenso que a Jesús no le supone el menor esfuerzo reconocerlo como un acto de pura fe. Así, el encuentro personal con Jesús no sólo renueva el cuerpo de este pobre leproso, sino que también transforma su espíritu profundamente. Al leproso curado no le basta con haber resuelto un problema personal: le parece demasiado poco y, sobre todo indigno de un hombre que ha intuido haber encontrado a una persona extraordinaria. Su verdadero deseo es volver para conocer; conocer para reconocer a su verdadero curador; reconocerlo para agradecérselo y para seguirle.

Reconocemos en esta página evangélica un auténtico camino de iniciación cristiana, que todo fiel debería hacer suyo y debería revivir en los momentos más decisivos de su existencia.

 

ORATIO

Señor, me siento leproso entre leprosos. Sin embargo, tú me miras y, a pesar de toda mi iniquidad, me inundas con la belleza de tu creación. ¡Gracias!

Señor, escucho y, entre gritos de guerra y odio, oigo tus palabras de paz, que calman todo movimiento de violencia. ¡Gracias!

Señor, veo por doquier enfermedades e injusticias, pero tú nos muestras tus acciones, que alivian el dolor de tantas heridas. ¡Gracias!

Señor, observo signos prepotentes de muerte y desesperación, pero tú nos ofreces con tu amor una esperanza de vida. ¡Gracias!

Sin embargo, como los leprosos del evangelio, somos ciegos y duros de corazón. Con la ilusión de estar curados, seguimos por nuestro camino, ingratos e incapaces de reconocer tus llamadas, tus «pastos jugosos», tus seguridades.

Pero el eco de tus palabras nos acompaña siempre: «Sólo salva una fe que se traduzca en vida».

 

CONTEMPLATIO

Y cuando nuestra injusticia llegó a su colmo y se puso completamente de manifiesto que el suplicio y la muerte, su recompensa, nos amenazaban, al llegar el tiempo que Dios había establecido de antemano para mostrar su benignidad y poder (¡inmensa humanidad y caridad de Dios!), no se dejó llevar del odio hacia nosotros, ni nos rechazó, ni se vengó, sino que soportó y echó sobre sí con paciencia nuestros pecados, asumiéndolos compadecido de nosotros, y entregó a su propio Hijo como precio de nuestra redención: al santo por los inicuos, al inocente por los culpables, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. ¿Qué otra cosa que no fuera su justicia pudo cubrir nuestros pecados? ¿Por obra de quién, que no fuera el Hijo único de Dios, pudimos nosotros quedar justificados, inicuos e impíos como éramos?

¡Feliz intercambio, disposición fuera del alcance de nuestra inteligencia, insospechados beneficios: la iniquidad de muchos quedó sepultada por un solo justo, la justicia de uno solo justificó a muchos injustos! (Carta a Diogneto, 8, 5-9, 6).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El nos salvó no por nuestras buenas obras, sino en virtud de su misericordia» (Tit 3,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Cuál es el mensaje que en este contexto tan nuevo de la historia de la Iglesia y del mundo confía el Señor a santa Teresa del Niño Jesús? Ésta es la pregunta que surge en todos, inevitablemente, cuando reflexionamos sobre la razón profunda de este centenario... Permitidme que llame a este mensaje «mensaje del contrapeso»... Esta «misión del contrapeso», que, para la salvación del mundo, le había confiado el Señor en la tierra y se la sigue confiando siempre en el cielo... es el «punto de Arquímedes» en el que aparece el descubrimiento interior en cierto sentido anterior: el descubrimiento del punto que mueve el mundo y el de la palanca necesaria para levantarlo... o sea, indicar, ayer como hoy, el único punto de apoyo del mundo, la gracia santificante, la oración y la adoración interior... Este es, en cierto sentido, el punto que mejor califica el mensaje de santa Teresa a nuestro tiempo: la atracción que ejerce Dios en cada uno. En una palabra, revelar el punto de Arquímedes: Dios presente en nosotros (G. La Pira).

 

 

Día 12

 Jueves de la 32ª semana del Tiempo ordinario o día 12 de Noviembre, conmemoración de

San Josafat

 

           Nace en Vladimir de Volhinia por el año 1580 de padres ortodoxos; se convirtió a la fe católica e ingresó en la Orden de san Basilio. Ordenado sacerdote en el rito bizantino en 1609. Ordenado obispo de Vitebsk 1617, meses mas tarde, Arzobispo de Polotzk, Lituania. Trabajó infatigablemente por la unidad de la Iglesia. Perseguido a muerte por sus enemigos, sufrió el martirio el año 1623. Protomártir de la re-unificación de la cristiandad. Canonizado en 1867. 

 

LECTIO

Primera lectura: Filemón 7-20

Querido:

7 Tu amor, hermano, me ha llenado en efecto de gozo y de consuelo, pues ha confortado profundamente a los creyentes.

8 Por todo ello, aunque tengo plena libertad en Cristo para ordenarte lo que debes hacer,

9 prefiero pedírtelo apelando al amor. Yo, Pablo, anciano ya, y al presente además prisionero por Cristo Jesús,

10 te ruego por mi hijo Onésimo, al que he engendrado entre cadenas.

11 Si en otro tiempo te fue inútil, ahora se ha vuelto útil para ti y para mí;

12 ahí te lo envío, y es como si te enviara mi propio corazón.

13 Habría querido retenerlo conmigo para que me sirviera en tu lugar ahora que estoy encadenado por causa del Evangelio.

14 Pero no he querido hacer nada sin contar contigo, para que tu buen proceder sea fruto de la libertad y no de la coacción.

15 Y es que tal vez te abandonó por breve tiempo, precisamente para que ahora lo recuperes de forma definitiva,

16 pero no ya como esclavo, sino como algo más, como un hermano muy querido. Para mí lo es ya muchísimo, pero más todavía ha de serlo para ti como persona y como creyente.

17 Si, pues, me tienes por amigo, acógelo como me acogerías a mí.

18 Si en algo te perjudicó o tiene alguna deuda contigo, ponlo a mi cuenta.

19 Yo Pablo -de mi puño y letra lo firmo- te lo pagaré, por no decirte que eres tú mismo en persona quien estás en deuda conmigo.

20 A ver, pues, hermano si me sirve de algo el que seas creyente, y confortas mi corazón en Cristo.

 

*• El texto que nos presenta la liturgia de hoy como primera lectura, más que una carta, es un billete de recomendación.

Pablo se siente impulsado por un incontenible amor a un esclavo llamado Onésimo, y lo defiende frente a su dueño, Filemón. Dado que Onésimo se ha escapado de su dueño, se encuentra ahora en una situación muy delicada. Por esa razón, Pablo, superando la lógica de la mera justicia retributiva, se atreve a dirigirse a Filemón para despertar en él los sentimientos de la fe y para animarle a llevar a cabo gestos de exquisita caridad evangélica.

Fundamentalmente, son dos los valores que Pablo pone en juego en este brevísimo escrito suyo: por un lado, la caridad, que, para un cristiano, constituye no sólo una meta que debe alcanzar, sino también, e incluso antes, la fuente de su acción moral y de sus relaciones sociales. Es la caridad de Dios revelada en Cristo Jesús la que «obliga», por así decirlo, a todo verdadero creyente a ponerla siempre en el primer lugar y a darle el primado sobre todo. El otro valor sobre el que Pablo hace girar sus pensamientos es el de la libertad que Cristo nos ha regalado y que no está permitido a nadie negar o menguar a otros. Esa libertad, por un lado, infunde audacia en Pablo para pedir aquello que le importa y, por otro, debe inspirar las decisiones de Filemón respecto a Onésimo. Quien es verdaderamente libre con Dios y consigo mismo no puede negar la libertad a quien razonablemente se la pide.

Caridad y libertad, conjugadas a la vez en relación con la verdad, están en condiciones de subvertir las relaciones sociales más allá de toda mera conveniencia personal y de todo interés colectivo.

 

Evangelio: Lucas 17,20-25

En aquel tiempo,

20 a una pregunta de los fariseos sobre cuándo iba a llegar el Reino de Dios, respondió Jesús: -El Reino de Dios no vendrá de forma espectacular,

21 ni se podrá decir: «Está aquí, o allí», porque el Reino de Dios ya está entre vosotros.

22 Después dijo a sus discípulos: -Llegará el día en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo veréis.

23 Entonces os dirán: «Está aquí, está allí»; no vayáis ni los sigáis.

24 Porque como el relámpago brilla desde un punto a otro del cielo, así se manifestará el Hijo del hombre en su día.

25 Pero antes es preciso que sufra mucho y sea rechazado por esta generación.

 

*•• Estamos frente al llamado «pequeño discurso escatológico» (el más extenso se encuentra en el capítulo 21 de Lucas). Una pregunta de los fariseos es la que motiva esta breve, aunque intensa, enseñanza de Jesús. La pregunta se refiere al tiempo en que vendrá el Reino de Dios: no es difícil entrever la miopía espiritual y el interés egoísta con el que formulan tal pregunta. Pero Jesús no da una respuesta exacta: no ha venido a satisfacer nuestras curiosidades. Responde, en primer lugar, de modo negativo; a buen seguro para prevenir nuestras ilusiones, aunque también para educarnos en el discernimiento de las situaciones o personas que podrían hipnotizar nuestra atención y desviar nuestra fe. Por eso se presenta como el verdadero maestro: el que pone en guardia contra las posibles desviaciones, pero, sobre todo, el q u e indica a cada uno el camino que ha venido a proponer y por el que cada uno está llamado a caminar.

Con todo, en este discurso de Jesús aparece también una afirmación positiva, incluso dos: Jesús quiere concentrar nuestra atención en torno a ellas. La primera expresa el deseo que alberga todo creyente de «ver uno solo de los días del Hijo del hombre» (v. 22): de este modo quiere encender Jesús en todos nosotros el deseo del encuentro que colmará plenamente nuestras expectativas.

La segunda, de carácter más exquisitamente histórico, dice que «antes es preciso que sufra mucho y sea rechazado por esta generación» (v. 25). Es como decir que antes de la escatología debe tener lugar la pascua de Jesús: sólo quien acepta ir hasta Jerusalén, para compartir con Jesús su pascua, se prepara de manera adecuada para el encuentro final con su Salvador.

 

MEDITATIO

Para el verdadero discípulo de Jesús, la vida está compuesta de certezas y de expectativas: él mismo nos ha educado para vivir así. Por un lado, está el presente, que nos ofrece múltiples ocasiones para saborear los dones de Dios, sobre todo porque éstos nos hacen revivir un pasado lleno de Dios y de sus obras maravillosas. Por otro, está el futuro, que, desde la perspectiva cristiana, no es tanto objeto de nuestras previsiones o deseos como «lugar» de una nueva y definitiva manifestación de Dios. Es el futuro de Dios que irrumpe en el presente del hombre y así enciende en el corazón de este último una luz nueva que ilumina el camino y deja entrever la meta.

Toda la esperanza cristiana se encuentra aquí: no es fruto de nuestra inteligencia, sino don de la bondad de Dios. Jesús vino al mundo para dar a cada hombre y a cada mujer de buena voluntad esta lámpara preciosa que nos hace más clarividentes que Diógenes.

El cristiano, al resplandor de esta luz, puede y debe discernir los signos de los tiempos, puede y debe reconocer las «huellas» de la presencia de Dios en medio de nosotros, puede y debe desmantelar los falsos mesianismos y reconocer la presencia del verdadero Mesías: «No vayáis ni los sigáis». Esta advertencia de Jesús nos pone en guardia contra cierta impaciencia en el querer discernir de inmediato lo que sólo puede ser reconocido a medio o largo plazo. Al mismo tiempo, nos pone en guardia contra una debilidad nuestra congénita, a saber: la de querer llegar a la meta sin aceptar antes las necesarias fatigas del camino emprendido.

 

ORATIO

«El Reino de Dios ya está entre vosotros.» Tu Palabra es esperanza, creatividad, imaginación, nuevo horizonte, cuando, limpio de las cenizas de la derrota y del desaliento, continúo detrás de ti... porque tú estás conmigo. Tu Palabra es «sí» cuando lucho por elegir lo que es justo y no lo que es fácil; lo que es verdadero y no lo que es ensalzado; lo que es duradero y no lo que lanza destellos... porque así obraste tú. Tu Palabra es luz cuando te reconozco no en lo espectacular o extraordinario, sino en el pobre, en el hambriento, en el desnudo, en el enfermo, en el preso, en el oprimido: allí donde estás y no donde yo quisiera encontrarte... porque tú estás en ellos.

Oh Padre, tu Reino no es un fantasma que huya. Es nuestra realidad cotidiana la que tiene oídos tensos para oírte, ojos abiertos para verte, mente atenta a tus alternativas, corazón palpitante para seguirte día tras día.

 

CONTEMPLATIO

El que ama a Dios se contenta con agradarle, porque el mayor premio que podemos desear es el mismo amor; el amor, en efecto, viene de Dios, de tal manera que Dios mismo es el amor. El alma piadosa e íntegra busca en ello su plenitud y no desea otro deleite. Porque es una gran verdad eso que dice el Señor: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón (Mt 6,21). El tesoro del hombre viene a ser como la reunión de los frutos recolectados con su esfuerzo. Lo que uno siembre, eso cosechará (Gal 6,7), y cual sea el trabajo de cada uno, tal será su ganancia; y donde ponga el corazón su deleite, allí queda reducida su solicitud. Mas, como sea que hay muchas clases de riquezas y diversos objetos de placer, el tesoro de cada uno viene determinado por la tendencia de su deseo, y, si este deseo se limita a los bienes terrenos, no hallará en ellos la felicidad, sino la desdicha.

En cambio, los que ponen su corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra, y su atención en las cosas eternas, no en las perecederas, alcanzarán una riqueza incorruptible y escondida, aquella a la que se refiere el profeta cuando dice: La sabiduría y el saber serán su refugio salvador, el temor del Señor será su tesoro (Is 33,6).

Esta sabiduría divina hace que, con la ayuda de Dios, los mismos bienes terrenales se conviertan en celestiales cuando muchos convierten sus riquezas, ya sea legalmente heredadas o adquiridas de otro modo, en instrumentos de bondad. Los que reparten lo que les sobra para sustento de los pobres se ganan con ello una riqueza imperecedera; lo que dieron en limosnas no es en modo alguno un derroche; éstos pueden en justicia tener su corazón donde está su tesoro, ya que han tenido el acierto de negociar con sus riquezas sin temor a perderlas (León Magno, Sermón 92, 2.3).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tu amor, hermano, me ha llenado en efecto de gozo y ie consuelo» (Flm 7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Según una antigua tradición rabínica, la puerta de toda estancia judía debía estar entornada durante la pascua. La razón es que si el Mesías decidiera venir, tenía que encontrarla abierta.

Y si no era éste el caso, siempre se hubiera podido dar la bienvenida a los pobres, que habrían participado en la alegría común de la fiesta. También nuestras iglesias y nuestras casas deberían tener las puertas abiertas de par en par a Cristo y a los pobres durante la pascua. En efecto, los Hechos de los Apóstoles abren de par en par las puertas del cenáculo donde ha tenido lugar el encuentro de la Iglesia con el Resucitado y las abren por las calzadas imperiales romanas hacia Galilea, Siria, Asia Menor, Macedonia, Grecia, Malta, hasta llegar al corazón mismo del Imperio, Roma. Y también aquí están abiertas las puertas de la casa donde habita Pablo en residencia forzosa, mientras espera la celebración del proceso romano.

Hay muchos rincones del gran mundo y muchos también de nuestro pequeño mundo en los que debe resucitar Cristo, en los que debe ser anunciada de nuevo la pascua de Cristo. En este sentido, puede ser todavía válida la flagelante llamada que el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, uno de los más elevados y dramáticos representantes del moderno rechazo de Dios, lanzó a los cristianos: «Si la buena nueva de vuestra Biblia estuviera escrita asimismo en vuestro rostro, no necesitaríais insistir con tanta obstinación para que se crea en la autoridad de este libro: vuestras obras, vuestras acciones, deberían hacer casi superflua la Biblia, porque vosotros mismos deberíais constituir continuamente la Biblia nueva» (G. F. Ravasi).

 

 

Día 13

Viernes 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Juan 4-9

4 Me alegré mucho de encontrar a tus hijos viviendo conforme a la verdad, según el mandamiento que hemos recibido del Padre.

5 Y ahora te ruego, señora -y no es nuevo el mandamiento acerca del que te escribo, sino el que tenemos desde el principio-, que nos amemos los unos a los otros.

6 El amor consiste en vivir según sus mandamientos. Éste es el mandamiento que os fue dado desde el principio, para que sea la norma de vuestra vida.

7 Ahora han irrumpido en el mundo muchos seductores, los cuales no reconocen que Jesucristo es verdaderamente hombre. Entre ellos se encuentra el seductor y el anticristo.

8 Vosotros estad atentos para no echar a perder lo que habéis trabajado, y así vuestra recompensa será completa.

9 Todo el que se descarría y no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios. Pero quien permanece en la doctrina tiene al Padre y al Hijo.

 

*» En esta brevísima carta, el apóstol Juan nos ofrece casi una síntesis de su evangelio, precisamente para recordar a su comunidad las condiciones fundamentales para la salvación: «Caminar en la verdad» y «creer que Jesús es el Hijo de Dios». De este modo, el apóstol se hace portador del mandamiento de Dios; no nos ofrece una hipótesis de vida basada en su sabiduría personal, sino que se hace intérprete del mandamiento nuevo que él mismo ha recibido de su Señor.

Las dos condiciones para la salvación pueden ser reconducidas al único mandamiento por el que llega a nosotros la verdad de Dios, revelada -incluso hecha carneen Jesucristo. Creer en él significa entrar en la verdad de Dios. Caminar por el sendero del amor significa participar en el amor que es Dios. Pero el apóstol Juan está preocupado también por la fidelidad de sus destinatarios: en efecto, siempre hay al acecho algunos, incluso muchos, «seductores» (v. 7) que no reconocen a Jesús y querrían corromper también la fe de los otros. Consecuentemente, sigue abierta la posibilidad de «echar a perder lo que habéis trabajado» (v. 8), esto es, la fe, y la posibilidad de transformar con ella toda nuestra vida.

La fortuna del que cree consiste precisamente en esto: no en conocer una verdad abstracta, sino en tener a Dios (v. 9); no en tender hacia adelante, hacia un futuro incierto, sino en caminar con Cristo hacia Dios; no en ejercer cierta filantropía, sino en amar a Dios a través del prójimo, en nombre de Cristo.

 

Evangelio: Lucas 17,26-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

26 Cuando venga el Hijo del hombre sucederá lo mismo que en tiempos de Noé.

27 Hasta que Noé entró en el arca, la gente comía, bebía y se casaba. Pero vino el diluvio y acabó con todos.

28 Lo mismo sucedió en los tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y edificaban.

29 Pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y acabó con todos.

30 Así será el día en que se manifieste el Hijo del hombre.

31 Ese día, el que esté en la azotea y tenga en casa sus enseres que no baje a tomarlos; igualmente, el que esté en el campo que no vuelva atrás.

32 Acordaos de la mujer de Lot.

33 El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la recobrará.

34 Os aseguro que esa noche estarán dos juntos en la misma cama: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán.

35 Estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a otra la dejarán.

37 Ellos le preguntaron:

-¿Dónde, Señor?

Y les contestó:

-Donde esté el cadáver, allí se reunirán los buitres.

 

*+• Jesús, a fin de educar a sus discípulos en el ejercicio de la verdadera esperanza, completa el discurso sobre su última venida. Para que la esperanza no se convierta en utópica («sin lugar») y para que no produzca fáciles ilusiones, la conjuga Jesús con la fe: ésta nos liga, en efecto, desde ahora a su persona y nos introduce en su misterio de muerte y resurrección. Si la esperanza se conjuga con la fe, entonces, como creyentes, sabemos a quién esperamos y no nos interesa ya cuándo ni cómo tendrá lugar.

Jesús ilustra esta enseñanza suya con dos ejemplos: el de Noé (w. 26ss) y el de Lot (w. 28ss). Estos dos hechos históricos ponen de relieve el carácter inesperado y repentino del diluvio, por un lado, y de la lluvia de fuego, por otro, sólo en apariencia. En realidad, Jesús quiere señalar con ellos la necesidad de estar preparados para cuando Dios se manifieste en su divino señorío: preparados para reconocerlo, para ser introducidos por él en el gozo eterno y entrar así en plena comunión con él. La verdadera enseñanza, por tanto, es ésta: no debemos considerar sólo a Noé y a Lot como figuras de los creyentes, sino también a sus contemporáneos, tan bien representa dos por la mujer de Lot (v. 32). Vivían éstos olvidados de Dios y preocupados sólo por los bienes terrenos, y en esta situación fueron sorprendidos por el castigo de Dios; es su ceguera espiritual, su incapacidad para captar el carácter dramático de los tiempos, lo que atrae la atención de Jesús, del evangelista y también la nuestra.

 

MEDITATIO

«Acordaos de la mujer de Lot.» El discípulo de Jesús debe hacer un buen uso de su memoria: con ella, en efecto, puede volver a aquella historia que, precisamente por haber sido visitada por Dios, se convierte en fuente de sabiduría y, por ello, en maestra de vida. En este caso, la invitación recae directamente sobre el Antiguo Testamento, que, para nosotros los cristianos, constituye una fuente de enseñanzas siempre válidas y actuales.

La memoria del creyente no debe ser considerada como una mina de la que extraer materiales más o menos preciosos. Esta memoria induce más bien al creyente a «captar» en el interior de los acontecimientos históricos esos mensajes de los que Dios no priva a quienes le reconocen como tal. Quien recuerda los hechos históricos del Antiguo Testamento, preocupado por captar los motivos y los modos según los que interviene Dios, aprende no sólo a vivir en el tiempo presente, sino también a orientar la antena de su fe hacia la meta final.

Esa es la razón de que tal memoria se convierta en criterio de diagnóstico de todo lo que acontece aquí y ahora, de suerte que no marque nunca el paso ni lentifique el ritmo de nuestra peregrinación. Al mismo tiempo, esa memoria nos pide y nos habilita para superar peligrosas distracciones -debidas sobre todo a la hipnosis de las cosas  y de ciertas personas- y para practicar ese distanciamiento que hace posible un juicio sereno y ecuánime sobre todo y sobre todos. Más aún: esa memoria nos enseña a perder lo que debe ser perdido y a conservar lo que debe ser conservado. Está clara la contraposición que existe entre una vida que sólo en apariencia es tal -y que, en ocasiones, nosotros mismos apreciamos más que la verdadera- y la vida nueva adquirida por quien está dispuesto a sacrificar la propia vida terrestre. La orientación hacia el futuro de Dios es por lo menos clara.

 

ORATIO

Señor, tú eres el camino, la verdad y la vida. Pero ¡cuántos semáforos en rojo encuentro en mi camino! Por eso me aferró a los amigos como ancla de salvación; me entierro en mis seguridades personales; me vendo a mi trabajo; me quedo encantado con lo que brilla; me consagro a mi bienestar; me alineo con la superchería de los intolerantes; me distraigo con el estruendo de tantas mentiras; sigo el trajín de una vida sin sentido, dictada por los que me rodean.

Pero tú me avisas: reconoce a Dios como origen común y como creador para recuperar el sentido de lo sagrado. Reconoce a todo hombre para recuperar tu humanidad, con sus valores de fraternidad, de justicia, de libertad. Reconoce la naturaleza como fuerza que hemos de respetar sin intentar someterla, explotarla, poseerla o reproducirla en copias cada vez más desteñidas. Sólo así caminarás conmigo, y mi llegada te encontrará preparado.

Sólo en sintonía con los valores del Espíritu te salvarás y la muerte te encontrará preparado.

 

CONTEMPLATIO

¡Mucho vale el amor! Fijaos que sólo él sopesa y distingue los hechos de los hombres. Decimos esto en referencia a hechos semejantes. En referencia a hechos diferentes encontramos a un hombre que infiere por motivos de amor y a otro, gentil, que lo hace por iniquidad.

Un padre azota a su hijo y un mercader de esclavos, en cambio, los trata con miramiento.

Si te pones ante estas dos cosas -los azotes y las caricias-, ¿quién no prefiere las caricias y huye de los azotes? Si paras mientes en las personas, el amor azota, la iniquidad suaviza. Considerad bien lo que aquí enseñamos, a saber: que los hechos de los hombres no se diferencian si no es a partir de la raíz del amor. En efecto, pueden acaecer muchas cosas que tienen una apariencia buena, pero no proceden de la raíz del amor: también las espinas tienen flores; algunas cosas parecen ásperas y duras, pero se hacen, regidas por el amor, para instaurar una disciplina.

Se te impone, pues, de una vez por todas, un breve precepto: ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, hazlo por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Esté en ti la raíz del amor, puesto que de esta raíz no puede proceder sino el bien (Agustín de Hipona).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El amor consiste en vivir según sus mandamientos» (2 Jn 6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El obispo no puede limitarse al acto litúrgico, sino que, vigilando, debe indicar, guiar y proyectar. Debe ser profeta en el sentido etimológico del término: pro (antes o delante), phemí (hablar). El obispo tiene, por tanto, la obligación de hablar delante de la gente y, sobre todo, de hablar antes: previendo las consecuencias del obrar humano y anticipando sus efectos. No es posible tener la prudencia como pastoral. A buen seguro, Jesús habría alcanzado una vejez tranquila si hubiera sido prudente, pero eso habría envilecido su mensaje, que, sin embargo, es muy rico en imprudentes llamadas a la fraternidad y a la solidaridad. Por no hablar de los santos y los mártires que pagaron con el sacrificio el valor arriesgado de la fe. No, Emilio; es preciso ir también, si es necesario, a la guarida del lobo, para demostrar que existe la menos cómoda y practicada vía del diálogo y de la razón a la hora de resolver las controversias: debemos afirmar que el odio y la guerra producen sólo frutos mortificantes (T. Bello)

 

Día 14

Sábado 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 3 Juan 5-8

5 Mi querido amigo, te portas como creyente en todo lo que haces con los hermanos, y eso que son forasteros.

6 Ellos han dado testimonio de tu amor ante la comunidad. Harás bien en proveerlos para su viaje de una manera digna de Dios,

7 pues se han puesto en camino sólo por su nombre, sin recibir nada de los no creyentes.

8 Tenemos la obligación de ayudar a hombres como ellos, para hacernos colaboradores de la verdad.

 

**• Esta carta de Juan permite presuponer una situación de vida dramática: la comunidad cristiana sufre a causa de una división interna que amenaza con paralizar también su carácter misionero. Juan se dirige a un miembro de esta comunidad y, a través de él, quiere animar a todos a la fidelidad, a la comunión eclesial y al valor del testimonio.

Por lo que respecta al destinatario de la carta, habla Juan sobre todo de su amor, un amor que lo señala a la atención de todos. Es un amor tanto más digno de crédito por el hecho de que no se limita a favorecer a los que comparten la misma fe, sino que se entrega también a los que son forasteros (v. 5). Los confines de la caridad cristiana son, necesariamente, ilimitados, a ejemplo de Jesús, que vino para todos y no hizo acepción de personas. Ese amor se traduce, espontáneamente, en acogida -siempre a ejemplo de Jesús, que acogió preferentemente entre sus contemporáneos a los últimos: los pobres, los enfermos, los pecadores-. Acoger en su nombre a los que se encuentran en situación de necesidad significa acogerle a él mismo, y, de este modo, nos convertimos en «colaboradores de la verdad» (v. 8). Resulta, por lo menos, iluminador poner de manifiesto que la verdad de Dios, en particular la verdad revelada en Cristo, quiere ser difundida no sólo con la ayuda de la Palabra, sino sobre todo con el compromiso de la caridad.

Al mismo tiempo, el compromiso misionero es deber de toda la Iglesia: cuando uno de sus miembros se dedica a la misión, es toda la comunidad la que se compromete con él. El misionero representa a su Iglesia y la Iglesia se hace cargo de todo misionero.

 

Evangelio: Lucas 18,1-8

En aquel tiempo,

1 para mostrarles la necesidad de orar siempre sin desanimarse, Jesús les contó esta parábola:

2 -Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres.

3 Había también en aquella ciudad una viuda que no cesaba de suplicarle: «Hazme justicia frente a mi enemigo».

4 El juez se negó durante algún tiempo, pero después se dijo: «Aunque no temo a Dios ni respeto a nadie,

5 es tanto lo que esta viuda me importuna que le haré justicia para que deje de molestarme de una vez».

6 Y el Señor añadió: -Fijaos en lo que dice el juez inicuo.

7 ¿No hará, entonces, Dios justicia a sus elegidos que claman a él día y noche? ¿Les hará esperar?

8 Yo os digo que les hará justicia inmediatamente. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

 

*•• Dos son los «focos» en torno a los cuales se construye la parábola que nos propone la liturgia de hoy: por un lado, la perseverancia y la testarudez que muestra la viuda al pedir justicia; por otro, la decisión final del juez, que termina cediendo a la petición que se le hace.

Así pues, si bien es cierto que la parábola nos recuerda la perseverancia en la oración, también lo es que repite la enseñanza de Jesús sobre la seguridad del retorno y sobre la gravedad del juicio que pronunciará sobre aquellos que no hayan obrado con justicia.

Es obligatorio destacar lo que afirma Jesús en el v. 7a: «¿No hará, entonces, Dios justicia a sus elegidos que claman a él día y noche'?». Pensando en Dios, este «hacer justicia» implica, ciertamente, su fidelidad a sus promesas y, en consecuencia, su voluntad de perdón y de salvación. Dios es justo en cuanto justifica: ésta es la concepción bíblica de la justicia. «¿Les hará esperar?» (cf. v. 7b). También esta pregunta ilumina nuestra búsqueda.

En efecto, Dios, según la enseñanza bíblica, no sólo es justo, sino también paciente y bueno. De este modo es como manifiesta su arte pedagógico no sólo escuchando nuestras oraciones, sino también estableciendo los tiempos en que intervendrá y los modos con que lo hará. Existe, por tanto, un aspecto de «escándalo» en este comportamiento de Dios, y consiste en el hecho de que él espera, tal vez demasiado, para hacer justicia. En ocasiones, esta paciencia suya pone impacientes a sus fieles. «Yo os digo que les hará justicia inmediatamente» (v. 8a). Éste es el verdadero «final» de la parábola, mientras que lo que sigue puede ser considerado como un añadido posterior. De este modo pretende confirmar Jesús nuestra fe en que Dios, como Padre, contrariamente a nuestras incertidumbres y crisis, no puede dejar de hacerse cargo de la situación de todos los que, en su pobreza, le eligen como su único Salvador.

 

MEDITATIO

«Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?». La pregunta de Jesús supone para nosotros una abierta provocación. Antes que nada, por el hecho de poner en el centro de su discurso la fe: ésta, en efecto, es el don más precioso que podemos recibir de Dios, y estamos llamados a conservarla a cualquier precio.

La apertura al futuro nos deja entender también que, si bien es hermoso acoger el don, no es igual de fácil conservarlo y vivir de él.

¿Qué respuestas podemos dar, hoy, a esta provocación de Jesús? Por un lado, observando de manera atenta la situación espiritual del mundo contemporáneo, parece que podemos decir que la humanidad camina hacia un futuro cada vez menos rico de fe, cada vez más atado a los bienes terrenos, cada vez más solicitado por sus propios intereses. En general, el espectáculo

que tenemos delante no figura, a buen seguro, entre los más seductores, y es precisamente eso lo que nos induciría a dar una respuesta negativa.

No obstante, por otro lado, si hacemos uso no sólo de la lupa para ver de cerca las cosas que suceden, sino también del catalejo para tener una visión panorámica de la realidad, entonces veremos que la semilla de la fe está presente y escondida en el corazón de no pocas personas, y eso es lo que más cuenta. Lo que constituye la diferencia no es tanto la visibilidad externa, y mucho menos la eficiencia de las estructuras creadas por quien cree, sino el don de Dios, que, por su propia naturaleza, tiende a crear relaciones profundas y le gusta ocultarse en ellas.

La provocación de Jesús la podemos interpretar también como una consigna: le corresponde al «resto de Israel» asumirla como propia, hacerse cargo, hoy como en todas las épocas, de la historia y obrar de modo que, cuando venga el Hijo del hombre, pueda encontrarnos ricos en fe.

 

ORATIO

\Señor, enséñame a orar!

Tu oración consistía, a veces, sólo en una mirada dirigida al cielo antes de actuar o en una breve invocación; otras veces consistía en una expresión de abandono, en un grito de reparación, en un agradecimiento filial o en una manifestación de la voluntad del Padre.

Era una oración dulce y gozosa, pero también una oración de tensión cuando se acercaba la última hora, de miedo y de angustia al beber el cáliz. Orabas solo o con otros, de noche o por la mañana, de pie o sentado, en el desierto o en la soledad absoluta de tu alma. Orabas siempre, porque - a diferencia de los fariseos- tu oración se convertía en vida, y tu vida -expresión de tu fe- era una efusión de la oración.

¡Señor, enséñame a vivir!

 

CONTEMPLATIO

La fe, aunque por su nombre es una, tiene dos realidades distintas. Hay, en efecto, una fe por la que se cree en los dogmas y que exige que el espíritu atienda y la voluntad se adhiera a determinadas verdades; esta fe es útil al alma, como lo dice el mismo Señor: Quien escucha mi Palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio; y añade: El que cree en el Hijo no está condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.

¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los antiguos justos, ciertamente, pudieron agradar a Dios empleando para este fin los largos años de su vida, mas lo que ellos consiguieron con su esforzado y generoso servicio de muchos años, eso mismo te concede a ti Jesús realizarlo en un solo momento. Si, en efecto, crees que Jesucristo es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos, conseguirás la salvación y serás llevado al paraíso por el mismo que recibió en su Reino al buen ladrón. No desconfíes ni dudes de si eso va a ser posible o no: el que salvó en el Gólgota al ladrón a causa de una sola hora de fe te salvará también a ti si crees.

La otra clase de fe es esa que Cristo concede a algunos como don gratuito: Uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe, y otro, por el mismo Espíritu, el don de curar.

Esta gracia de fe que da el Espíritu no consiste solamente en una fe dogmática, sino también en esa otra fe capaz de realizar obras que superan toda posibilidad humana; quien tiene esta fe podría decir a una montaña que viniera aquí, y vendría. Cuando uno, guiado por esta fe, dice esto y cree sin dudar en su corazón que lo que dice se realizará, entonces este tal ha recibido el don de esta fe.

Es de esta fe de la que se afirma: Si fuera vuestra fe como un grano de mostaza... Porque así como el grano de mostaza, aunque pequeño de tamaño, está dotado de una fuerza parecida a la del fuego y, plantado aunque sea en un lugar exiguo, produce grandes ramas donde pueden cobijarse las aves del cielo, así también la fe, cuando arraiga en el alma, en pocos momentos realiza grandes maravillas.

El alma, en efecto, iluminada por esta fe, alcanza a concebir en su mente una imagen de Dios y llega incluso a contemplar al mismo Dios en la medida en que eso es posible; le es dado recorrer los límites del universo y ver, antes del fin del mundo, el juicio futuro y la realización de los bienes prometidos.

Procura, pues, llegar a esa fe que de ti depende y que conduce al Señor a quien la posee, y así el Señor te dará también esa otra que actúa por encima de las fuerzas humanas (Cirilo de Jerusalén, Catequesis 5, sobre la fe y el símbolo, 10-11).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «En el corazón de los justos resplandece la bondad del Señor» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Un día despertó Hitler la antigua ilusión que contrapone la ciencia y la religión. Estaba convencido ciertamente de que afirmaba una verdad definitiva cuando declaraba: «Colocad un telescopio en un país y habréis terminado con Dios». Bajo la ordinariez de la propuesta se esconde un a priori que no corresponde sólo a la ideología nazi. Toda generación tiene su contingente de individuos que piensan haber terminado con la imagen de Dios gracias a la ciencia. Los hombres seríamos sólo el objeto de una manipulación genética, títeres producidos por casualidad. La idea de Dios se habría convertido, definitivamente, en una antigualla.

Sin embargo, precisamente la experiencia del telescopio puede llevar a una conclusión opuesta a la de Hitler. Si se os presenta la ocasión, no la dejéis escapar. Al contrario, buscadla. Es fascinante. Creo que en la vida humana hay un «antes» y un «después» cuando, gracias al telescopio, se ha tenido la posibilidad de experimentar de una manera visible, concreta, el infinito y su esplendor, por una parte, y nuestro límite y el vuelco que :se impone a la inteligencia bajo la impresión de tal realidad, por otra. La historia de la civilización confirma la experiencia (B. Bro).

 

 

Día 15

 Domingo de la 33ª semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Proverbios 31,10-13.19-20.30-31

10 Una mujer de valía ¿quién la encontrará? Es más preciosa que las perlas.

11 Su marido confía en ella y no le faltarán ganancias.

12 Le trae beneficio y no perjuicio todos los días de su vida.

13 Busca lana y lino y trabaja con mano solícita.

19 Aplica sus manos a la rueca y sus dedos sostienen el huso.

20 Tiende su brazo al desvalido, alarga sus manos al indigente.

30 Engañosa es la gracia, vana la hermosura; la mujer que teme al Señor merece alabanza.

31 Ensalzadla por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza.

 

El libro de los Proverbios finaliza con una composición alfabética (cf. 31,10-31), cantando la valía de la mujer, esposa y buena administradora, y la alegría con la que sabe llenar su casa. ¿Quién es esta mujer fuerte, tan alabada? Hay diversas interpretaciones. Para algunos, estamos frente a una brava esposa y fiel madre, que tiene irresistiblemente fascinados al esposo y a los hijos; para otros, es la personificación del pueblo de Israel, que rinde homenaje a Dios, su esposo, con su trabajo cotidiano y su renovada fidelidad; sin embargo, para otros, el texto nos presenta el retrato de la sabiduría con los rasgos y detalles de esta mujer-símbolo.

¿A quién se refiere el texto bíblico? El autor evidencia las cualidades esenciales de la grandeza femenina: el trabajo como fuente de bienestar; la buena administración (vv 13-19); la caridad con los desvalidos y los indigentes (v. 20); la prudencia al hablar sabia y amorosamente con todos (v, 26). Por eso, la mujer perfecta, arna del hogar; difunde la felicidad, la irradia. El marido está gozoso con ella, encuentra sosiego y descanso y se beneficia de su apoyo y vigor. Los hijos la elogian y le felicitan por su sabiduría e iniciativa (w. 27ss). La esposa y madre, ciertamente, enriquece la personalidad del hombre, desarrollándola y haciéndola madurar.

El poema acaba con una alusión al temor de Dios, superior a la gracia natural y a la belleza, porque es la virtud Espiritual que ilumina toda la vida de la mujer, madre y esposa.

 

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 5,1-6

Hermanos:

1 En cuanto al tiempo y a las circunstancias, no tenéis necesidad de que se os escriba.

2 Sabéis muy bien que el día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche.

3 Cuando los hombres hablen de paz y seguridad, entonces caerá sobre ellos la ruina de improviso, igual que los dolores de parto sobre la mujer embarazada, y no podrán escapar

4 Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas. Por tanto, el día del Señor no debe sorprenderos como si fuera un ladrón.

5 Todos vosotros sois hijos de la luz, hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.

6 Por consiguiente, no durmamos, como hacen los demás, sino vigilemos y vivamos sobriamente.

 

•» El texto de Pablo expresa con imágenes, presentes en otros pasajes del Nuevo Testamento (cf Mt 24,43ss; Ap 3,3; 16,15), el carácter imprevisible de la llegada del Señor y en consecuencia, la necesidad de estar preparados y vigilantes. La venida del Señor es imprevista e imprevisible; <<Vendrá como un ladrón en plena noche» (v 2), llegará cuando menos se espere (v. 3). Constantemente hay que estar despiertos y preparados ante cualquier eventualidad. No hay demoras que valgan o mayores tardanzas.

El apóstol resalta las características que asume la vigilancia del cristiano, expectante por la llegada del Señor. Esta actitud no es solo de orden intelectual, sino también moral. Pablo, en efecto, explica qué significa <<vigilar» cuando dice de modo conciso: <<No durmamos, como hacen los demás, sino vigilemos y vivamos sobriamente>> (v 6).

La sobriedad es esa virtud que se abstiene de todo lo que nubla la mente y aflige la conciencia y el corazón. Quien quiera mantener una actitud vigilante, decidir justamente en la vida, necesita equilibrio, mesura y libertad. Estar sin freno en la vida produce somnolencia, recorta la voluntad y genera superficialidades. El valor de la vida, dirá el apóstol, es la muerte y el encuentro con Jesucristo, el Señor: La resurrección de Cristo es la que da sentido a la muerte. El cristiano que se mantiene <<despierto» y <<sobrio» es <<hijo del día», desafía la noche caminando con alegría al encuentro del Señor que viene.

 

Evangelio: Mateo 25,14-30

Dijo Jesús a sus discípulos:

14 Sucede también con el Reino de los Cielos lo que con aquel hombre que, al ausentarse, llamó a sus criados y les encomendó su hacienda.

15 A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada uno según su capacidad; y se ausentó.

16 El que había recibido cinco talemos fue a negociar en seguida con ellos y ganó otros cinco.

17 Asimismo, el que tenia dos ganó otros dos.

18 Pero el que había recibido sólo uno fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

19 Después de mucho tiempo, volvió el amo y pidió cuentas a sus criados.

20 Se acercó el que había recibido cinco talentos, llevando otros cinco, y dijo: <<Señor; cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco, que he ganado».

21 Su amo le dijo: <<Bien; criado bueno y fiel; como fuiste fiel en cosa de poco, te pondré al frente de mucho: entra en el gozo de tu señor»,

22 Llegó también el de los dos talemos y dijo: <<Señor; dos talentos me entregaste, aquí tienes otros dos, que he ganado.

23 Su amo le dijo: <<Bien, criado bueno y fiel; como fuiste fiel en cosa de poco, te pondré al frente de mucho: entra en el gozo de tu señor».

24 Se acercó finalmente el que solo había recibido un talento y dijo: <<Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste;

25 tuve miedo y escondí tu talento en tierra; aquí tienes lo tuyo».

26 Su amo le respondió: <<¡Criado malvado y perezoso! ¿No sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí?

27 Debías haber puesto mi dinero en el banco y, al volver yo, habría retirado mi dinero con los intereses,

28 Así que quitadle a él el talento y dádselo al que tiene diez.

29 Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá de sobra, pero al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitará.

30 Y a ese criado inútil arrojadlo fuera a las tinieblas. <<Allí llorará y le rechinarán los dientes».

 

*» La parábola narrada por Jesús a sus discípulos debe entenderse bien. Normalmente, se piensa que los talentos son dotes o capacidades intelectuales que Dios nos da. Sin embargo, para Mateo son las ocasiones que nos ofrece la vida, las responsabilidades que estamos llamados a asumir las tareas que nos han confiado. La parábola, en efecto, refiere que aquel hombre llamó a sus criados y, antes de ausentarse, <<les encomendó su hacienda. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno» (v. 15). Los dos primeros siervos son un ejemplo de laboriosidad y actividad: han negociado los talentos y han conseguido el doble de lo recibido, y cada uno de ellos es llamado <<bueno y fiel» por su Señor (vv. 21.23). El tercer siervo, en cambio, se muestra holgazán e inactivo; no quiere correr riesgos, se limita a conservar el talento y no produce nada, y por este motivo es llamado <<malvado y perezoso» (v. 26) y <<criado infiel» (v. 30). El contraste entre los siervos es la oposición que existe entre laborioso y perezoso, entre actividad y pasividad.

La parábola se fija, sobre todo, en el comportamiento del siervo malvado y en el dialogo del dueño con él. Este siervo, inactivo y temeroso, tiene una idea del dueño: la de que es un hombre duro que cosecha donde no siembra. En esta mentalidad solo hay sitio para el miedo y la estricta observancia de las normas. No quiere correr riesgos y esconde el talento recibido en un lugar seguro, creyéndose que Así restituirá lo recibido: <<Tuve miedo y escondí tu talento en tierra; aquí tienes lo tuyo» (v. 25).

Jesús invita a sus oyentes a cambiar de mentalidad: del temor receloso y la mezquina obediencia, a la perspectiva del amor. La verdadera naturaleza de la relación entre Dios y el hombre es el amor. El discípulo de Jesús debe actuar siempre con la lógica del amor y traducir el mensaje evangélico en actos concretos, generosos y atrevidos.

 

MEDITATIO

El mensaje del libro de los Proverbios es actual. Pensemos, por un momento, todo lo que se escribe, se dice y se habla sobre la promoción de la mujer. Y no tenemos por menos que apreciar la ponderada opción de la Escritura en favor de la mujer y de sus derechos. La constitución pastoral La Iglesia en el mundo contemporáneo, del Vaticano II, no duda en tomar partido, afirmando que la mujer es la verdadera compañera del hombre, con total igualdad de derechos, incluido, como no, el de la participación en la vida socio-cultural (cf GS 9.29.49). La lectura de la Palabra de Dios nos hace pensar. La mujer cada vez pasa menos tiempo en el hogar. En parte, porque trabaja fuera de casa, pero también porque abandona deliberadamente y por desamor las tareas domésticas. Una negligencia que amenaza con debilitar los lazos de unión entre los miembros del hogar y, al mismo tiempo, con hacer vacilar el edificio socio-religioso sobre el que se cimenta la familia.

Solo la verdadera sabiduría merece elogios, una vez superados posibles envanecimientos y vanaglorias. En el mundo moderno, es lícito que las mujeres realicen, al servicio del bien común, un mayor numero de actividades que en el pasado. Y es verdad que su cooperación, ya, se revela muy fructuosa en el mundo intelectual, no me- nos que en otros campos, como en la gestión empresarial o en el gobierno de un país. Estas reflexiones quieren ser un reclamo que ayude a descubrir la vocación profunda de la mujer, una llamada para hacer fructificar sus talentos.

 

ORATIO

Padre bueno, tú que sigues realizando grandes obras en los pequeños y en los humildes, ayúdanos a valorar la hermosa vocación de las esposas y madres de nuestras familias. Te encomendamos, Padre, haciendo de tu Palabra oración, a todas las mujeres del mundo, especialmente a las vilipendiadas y ultrajadas por su condición de mujer. Queremos tener presente a Maria, que bajo la cruz recibió del Hijo moribundo el nombre humilde e inefable de <<mujer» (Jn 19,26) y que antes de Inmaculada, Virgen y Madre de Dios, fue, como ellas, y todavía lo es, mujer Protege a todas las jóvenes, para que no se encierren en una vida sin sentido, sino que tengan el coraje de afrontar aquellas responsabilidades diarias que construyen comunidad, un hogar en la paz y en la justicia.

Padre bueno, te pedimos por las familias faltas de amor, para que sepan aceptarse mutuamente y asuman el reto educativo de los hijos, fundamento de la nueva humanidad.

 

CONTEMPLATIO

El siervo que recibió un solo talento, se fue, hizo un hoyo en la tierra y lo escondió, debería haber entregado el dinero de su Señor a los banqueros y retirarlo, con los intereses correspondientes, cuando hubiese regresado. La mesa de los banqueros es la Escritura divina, donde se ha depositado el pan de la Palabra que nutre a las personas y en torno a la cual se sientan los cristianos para saciarse Espiritualmente.

Quien confía su fe en este banco la encontrara multiplicada. Igual que el dinero aumenta invirtiéndolo, lo mismo sucede con la fe en Cristo Jesús: si la mantenemos pasiva en el corazón, languidecerá y disminuirá hasta extinguirse. En cambio, si la ejercitamos mediante la Escritura, 1a estimulamos con la ayuda de predicaciones asiduas y lecturas meditadas, si la hacemos oración y la vivimos con buenas obras en favor de nuestros hermanos, especialmente los mas necesitados, no sólo se multiplicará, sino que no dejaré de crecer durante toda la vida (homilía anónima sobre la parábola de los talentos, en PG 56,941).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vivo hoy la Palabra: <<La mujer que teme al Señor merece alabanza» (Prov 31,30).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Creo que el temor a malgastarse es la razón que impide a las personas emplear sus mejores capacidades. Si, tras un laborioso proceso de días y días, conseguimos llegar hasta las fuentes internas de nuestro ser, yo lo llamo <<Dios», después logramos conservar lo libertad necesaria, <<trabajando en nosotros mismos>>, entonces, continuamente estaremos renovados y no tendremos por qué preocuparnos de que se agoten nuestros recursos   .

Ser Fieles a todo lo que nos surge espontáneamente, y hasta el final. Ser fieles en el sentido mas amplio del término, fieles a si mismos, fieles con Dios, fieles en todo momento. Significa estar al <<cien por cien». Mi quehacer consiste en ser. Especialmente, en ser fiel a mi talento creativo, por modesto que sea. De cualquier modo, son tantas cosas las que quisiera decir y escribir, que debería articularlas. Sin embargo, intento huir y fallo, no lo consigo   Vivo la vida plenamente y cada vez me siento con mayor responsabilidad ante, y Así los llamo, mis talentos. Por dónde comenzar, Dios mío. Hay tantas cosas. No pretendo escribirlas con la intensidad vivida, sería un error. No se trata de eso. Todavía no sé como controlar toda esa materia. Solamente sé que tendré que hacerlo todo yo solo y que tengo la fuerza y paciencia necesarios para lograrlo. Tengo que ser fiel, no puedo dispersarme como arenilla al viento. Estoy dividido entre atentos e impresiones, zarandeado par personas y emociones. Tengo que mantenerme fiel; sobre todo, debo ser fiel a mi talento, <<Vivir» insuficientemente una realidad no basta; requiere algo más.

Cada vez veo mejor los abismos que engullen las fuerzas creativas y la alegría de vivir del hombre. Son hoyos que se tragan todo, agujeros que estén en nuestro propio ser. A cada día le basta su pena (E. Hillesum, Diario i947—i943, Milan 5l992, 220.222ss).

 

conmemoración de

San Alberto Magno

 

San Alberto nació en 1206 en el seno de una familia noble en Lauingen, en la Baviera alemana. Quien lo conoció dice de él que «era de buena talla y bien dotado de formas físicas. Poseía un cuerpo formado con bellas proporciones y perfectamente moldeado para todas las fatigas del servicio de Dios». Su familia soñaba con que fuera un hombre de leyes, pues no le faltaba ni dinero ni talento. Estudió en las mejores universidades que existían en Europa. Conoció a un gran predicador compatriota suyo y, movido por su oratoria y por el espíritu de sus sermones, decidió ingresar, con la oposición de su familia, en la orden de predicadores. Muy joven, fue enviado como profesor a su tierra, a Colonia, y más tarde a París. En la Sorbona tuvo como discípulo ilustre y predilecto a santo Tomás de Aquino. El papa Alejandro IV le nombró obispo, pero a los dos años, con nostalgia de su vida conventual dominicana, renunció al obispado. El 15 de noviembre de 1280, debilitado física y mentalmente, murió con serenidad y paz sobre su mesa de trabajo.

San Alberto Magno fue un místico que descubría a Dios en el encanto de la creación. Y un místico mariano, con una sencilla y profunda devoción a la Virgen María. Fue canonizado por Pío Xl el 16 de diciembre de 1931.

 

 

 

Día 16

Lunes 33ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 1,1-4; 2,1-5a

1 Ésta es la revelación que Dios confió a Jesucristo para que mostrara a sus siervos lo que está a punto de suceder. Se lo hizo saber a Juan, su siervo, por medio del ángel que le envió,

2 y el mismo Juan testifica que todo lo que ha visto es Palabra de Dios y testimonio de Jesucristo.

3 ¡Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen este mensaje profético y cumplan lo que está escrito en él! Porque el momento decisivo está a las puertas.

4 Juan, a las siete Iglesias que están en la provincia de Asia: gracia y paz a vosotras de parte del que es, del que era y del que está a punto de llegar; de parte de los siete espíritus que están delante de su trono. Y oí al Señor que me decía:

2,1 Escribe al ángel de la Iglesia de Éfeso: Esto dice el que tiene en su mano derecha las siete estrellas y pasea en medio de los siete candelabros de oro:

2 -Conozco tus obras, tu esfuerzo y tu entereza. Sé que no puedes soportar a los malvados, que has puesto a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo y los hallaste mentirosos.

3 Tienes entereza y has sufrido por mi nombre sin claudicar.

4 Pero he de echarte en cara que has dejado enfriar el amor primero.

5 Recuerda, pues, de dónde has caído; cambia de actitud y vuelve a tu conducta primera.

 

**- El comienzo del libro del Apocalipsis, último de la Biblia, nos presenta algunas claves de lectura del mismo libro. Recurriendo a ellas, no sólo podremos percibir el mensaje de esperanza que de él se desprende, sino acoger también y hacer nuestra la bienaventuranza que promete (v. 3).

Apocalipsis significa «revelación»; por consiguiente, nada de duro o de impenetrable, sino, al contrario, la apertura de un paso hacia el gran misterio de la salvación en Cristo Jesús. Juan desea con este libro llevar a su término su ministerio de evangelista, conduciéndonos a conocer cada vez mejor a Jesús, el misterio de su muerte y resurrección, su victoria sobre el mal y sobre el Maligno, y el gran acontecimiento de su retorno final.

Después de la revelación viene la bienaventuranza: «¡Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen este mensaje profético!» (v. 3a). Se trata de una bienaventuranza que se desprende de la revelación y que quiere penetrar la tierra y el tiempo en que vivimos. Con todo, es menester escuchar y cumplir «lo que está escrito en él» (v. 3b): en este sentido, la bienaventuranza prometida es, en parte, don y, en parte, compromiso.

«Gracia y paz a vosotras» (v. 4): el libro del Apocalipsis ha sido escrito para que también a través de él podamos recibir la gracia que baja de lo alto y la paz que Jesús nos ha asegurado. Estos dones han sido prometidos no sólo a los creyentes particulares, sino también a las Iglesias, a las que Juan se dispone a escribir siete cartas. En efecto, la salvación es diálogo y encuentro personal con el Señor Jesús, pero es, asimismo, vínculo de comunión entre las comunidades creyentes.

 

Evangelio: Lucas 18,35-43

35 Cuando se acercaba a Jericó, un ciego, que estaba sentado junto al camino pidiendo limosna,

36 oyó pasar gente y preguntó qué era aquello.

37 Le dijeron que pasaba Jesús, el Nazareno.

38 Entonces él se puso a gritar: -Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí.

39 Los que iban delante le reprendían, diciéndole que se callara. Pero él gritaba todavía más fuerte:

-Hijo de David, ten compasión de mí.

40 Jesús se detuvo y mandó que se lo trajesen. Cuando lo tuvo cerca, le preguntó:

41 -¿Qué quieres que haga por ti? Él respondió: -Señor, que recobre la vista.

42 Jesús le dijo: -Recóbrala; tu fe te ha salvado.

43 En el acto recobró la vista y le siguió dando gloria a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, se puso a alabar a Dios.

 

**• Lucas ambienta tanto el episodio de la curación del ciego como el de Zaqueo -que encontraremos en la liturgia de mañana- en las proximidades o en la ciudad de Jericó, ciudad que evoca acontecimientos muy importantes

de la historia de Israel. No debería tratarse de una simple evocación, sino de un recuerdo entrañable también para nosotros los cristianos: tanto Jerusalén como Jericó son, para nosotros y para Lucas, ciudades que pertenecen tanto al pasado como al presente de la historia bíblica; tanto hoy como ayer, son lugares de teofanía y de salvación.

En efecto, son pocos los puntos de contacto entre el episodio del ciego y el de Zaqueo: mientras que Jesús presta atención al ciego que yace al borde del camino (v. 40), la muchedumbre, por el contrario, intenta hacerle callar (v. 39a); mientras que Jesús llama a Zaqueo, que se ha subido a una higuera (19,5), la muchedumbre, por el contrario, murmura cuando Zaqueo recibe a Jesús (19,7).

Del episodio del ciego es conveniente destacar las expresiones que dirige a Jesús. Al principio le invoca como «hijo de David» (v. 38) y le pide que tenga compasión de él. Sin embargo, después le llama «Señor» (v. 41) y le pide el milagro. No podemos dejar de señalar una maduración en la fe de este pobre, a quien le han presentado a Jesús sólo como «Jesús, el Nazareno» (v. 37), y al que, a continuación, reconoce como Mesías y Señor.

Al final, cuando haya recibido el don de la vista, oirá de labios de Jesús: «Tu fe te ha salvado» (v. 42). Es la fe lo que nos permite ver en lo profundo cuando se trata de reconocer el misterio. Sólo con la fe se ve bien.

 

MEDITATIO

Entre el ciego de Jericó y Jesús de Nazaret se entabla un diálogo que, si nos fijamos bien, va más allá de la situación histórica particular. En efecto, antes de pedir el don de la vista, el ciego exclama dos veces: «Ten compasión de mí». No le interesa únicamente resolver un problema fisiológico, sino que desea obtener una curación completa. En este sentido, demuestra que ha intuido desde el principio quién es Jesús. Por su lado, Jesús, el gran maestro, comienza su diálogo con el ciego a partir de su necesidad física para llegar al don de la fe: «¿Qué quieres que haga por ti?».

En efecto, Jesús el Nazareno es el salvador del hombre, de todo el hombre, considerado en la indivisible unidad de su persona. Es importante que le dé la vista de los ojos, pero es igualmente importante, e incluso más, que lo disponga para reconocer el misterio de aquel que tiene ahora delante.

La fe del ciego de Jericó se traduce de inmediato en dos opciones de vida: empieza a seguir a Jesús y a alabar a Dios. La oración de alabanza expresa lo que este pobre ciego siente en lo más profundo de su corazón y su deseo de comprometer a la gente que está presente en la misma actitud. Por otra parte, no puede dejar de seguir al que le ha restituido la vista, al que le ha liberado de su ceguera espiritual, al que se le ha revelado como Mesías y Señor.

Del don recibido al don comunicado. Éste es el itinerario del ciego de Jericó y el de cada uno de nosotros. Un itinerario que, si quiere ser seguro y eficaz, no puede dejar de realizarse en términos de seguimiento.

 

ORATIO

¡Oh Señor, verdadera luz de mi conciencia, haz que yo vea!

Para desarrollar mi misión en el presente sin titubeos, con coherencia y libertad, resistiendo a las lisonjas de la popularidad, ¡haz, Señor, que yo vea!

Para continuar sirviéndote en las controversias sin cansarme nunca por acordarme de un tiempo más favorable, ¡haz, Señor, que yo vea!

Para hacer frente y, así lo espero, para superar acontecimientos alegres o tristes, siempre enrocado en tu ley, consciente de que rara vez lo que brilla está en condiciones de dar alimento y vida, ¡haz, Señor, que yo vea!

Para cantar por siempre tu bondad tantas veces probada, seguro d e que este árbol mío dejado marchitar dará fruto a su tiempo, ¡haz, Señor, que yo vea!

¡Oh Señor, verdadera luz de mi conciencia, haz que yo vea!

 

CONTEMPLATIO

Quiero, por tanto, y te pido como gracia singular, que la inestimable caridad que te impulsó a crear al hombre a tu imagen y semejanza no se vuelva atrás ante esto.

¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el motivo de que establecieras al hombre con semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Pero reconozco abiertamente que a causa de la culpa del pecado perdió con toda justicia la dignidad en que la habías puesto.

A pesar de lo cual, impulsado por este mismo amor, y con el deseo de reconciliarte de nuevo por gracia al género humano, nos entregaste la Palabra de tu Hijo unigénito.

Él fue efectivamente el mediador y reconciliador entre nosotros y tú, y nuestra justificación, al castigar y cargar sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades.

Él lo hizo en virtud de la obediencia que tú, Padre eterno, le impusiste, al decretar que asumiese nuestra humanidad.

¡Inmenso abismo de caridad! ¿Puede haber un corazón tan duro que pueda mantenerse entero y no partirse al contemplar el descenso de la infinita sublimidad hasta lo más hondo de la vileza, como es la de la condición humana?

Nosotros somos tu imagen, y tú eres la nuestra, gracias a la unión que realizaste en el hombre, al ocultar tu eterna deidad bajo la miserable nube e infecta masa de la carne de Adán. Y esto, ¿por qué? No por otra causa que por tu inefable amor. Por este inmenso amor es por el que suplico humildemente a tu Majestad, con todas las fuerzas de mi alma, que te apiades con toda tu generosidad de tus miserables criaturas (Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia, 4,13).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen!» (Ap 1,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

También nosotros debemos vivir en medio de la multiplicidad de los servicios, y podemos estar tensos, desgarrados entre la diversidad de las cosas, entre la diaconía de la mesa y la diaconía de la oración y la Palabra. Pero lo que cuenta es tener el sentido justo de los valores, es saber que el servicio fundamental es el de la oración y la Palabra, y que el punto de partida de todo es la misericordia divina que hemos de expresar en todo tipo de diaconía. Sin esta referencia, la diaconía de las mesas -aun siendo necesaria- se convierte en afirmación de nosotros mismos y, más tarde, de poder, en instrumento de la dureza de corazón.

La gracia que hoy nos sugiere el Señor que pidamos es servir a los pobres y a los débiles con premura, humildad, desprendimiento, evaluando los diferentes momentos y los diferentes valores que están en juego, respetando el primado de la oración, de la Palabra, de la misericordia. La experiencia diaconal nos muestra la urgencia de muchas necesidades materiales y estructurales del pueblo de Dios. En este sentido, a causa de una deficiente estructuración de la comunidad cristiana, seguimos siendo siempre un poco diáconos, al menos en el sistema actual, y debemos ocuparnos también de los balances, de las construcciones, del utillaje. Pero precisamente por eso será aún más importante una valoración ordenada que no nazca simplemente de un buen planteamiento mental, sino sobre todo de la contemplación del corazón de Jesús, origen y fuente de toda diaconía en la Iglesia, de las diaconías de la fe y por la fe. Las primeras administran directamente la fe, mientras que las segundas-a partir de la fe- realizan servicios de caridad, sin perder nunca de vista el primado y el término de la fe (C. M. Martini).

 

 

Día 17

Martes 33ª semana del Tiempo ordinario o 17 de Noviembre, conmemoración de

Santa Isabel de Hungría

           A los 15 años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia,  el matrimonio tuvo tres hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día: "Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?". Su esposo aceptaba de buen modo las santas exageraciones que Isabel tenía en repartir a los pobres cuanto encontraba en la casa. Él respondía a los que criticaban: "Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros".

          Cuando apenas de veinte años y con su hijo menor recién nacido, su esposo, un cruzado, murió en un viaje a defender Tierra Santa.  Isabel casi se desespera al oír la noticia, pero luego se resignó y aceptó la voluntad de Dios. Rechazó varias ofertas de matrimonio y se decidió entonces  a vivir en la pobreza y dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados.

          El sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Ella, que cada día daba de comer a 900 pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero confiaba totalmente en Dios y sabía que nunca la abandonaría, ni a sus hijos.  Finalmente algunos familiares la recibieron en su casa, y más tarde el Rey de Hungría consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, y ayudó a muchas familias necesitadas.

          Un Viernes Santo, después de las ceremonia, consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados y los últimos cuatro años de su vida (de los 20 hasta los 24 años) se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó de esta vida a la eternidad.

  

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 3,1-6.14-22

Yo, Juan, oí al Señor que me decía:

1 Escribe al ángel de la Iglesia de Sardes: Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas:

-Conozco tus obras y, aunque tienes nombre de vivo, estás muerto.

2 Mantente, pues, vigilante y reaviva lo que está a punto de morir, porque he comprobado que tus obras no son irreprochables ante Dios.

3 Recuerda cómo escuchaste y recibiste la Palabra; consérvala y cambia de conducta. Porque si no estás vigilante, vendré como ladrón, sin que puedas saber a qué hora caeré sobre ti.

4 Aunque también es verdad que ahí, en Sardes, viven contigo unos pocos que no han manchado sus vestidos; ésos me acompañarán vestidos de blanco, porque así lo han merecido.

5 Así que el vencedor vestirá de blanco y no borraré su nombre del libro de la vida; antes bien, lo defenderé delante de mi Padre y de sus ángeles.

14 Escribe al ángel de la Iglesia de Laodicea:

Esto dice el Amén, el testigo fidedigno y veraz, el que está en el origen de las cosas creadas por Dios:

15 -Conozco tus obras y no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!

16 Pero eres sólo tibio; ni caliente ni frío. Por eso voy a vomitarte de mi boca.

17 Además, andas diciendo que eres rico, que tienes muchas riquezas y nada te falta. ¡Infeliz de ti! ¿No sabes que eres miserable, pobre, ciego y desnudo?

18 Si quieres hacerte rico, te aconsejo que me compres oro acrisolado en el fuego, vestidos blancos con los que cubrir la vergüenza de tu desnudez y colirio para que unjas tus ojos y puedas ver.

19 Yo reprendo y castigo a los que amo. Anímate, pues, y cambia de conducta.

20 Mira que estoy llamando a la puerta. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.

21 Al vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí, lo mismo que yo también he vencido y estoy sentado junto a mi Padre, en su mismo trono.

22 El que tenga oídos que escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias.

 

*»• Tras las siete cartas que Juan envía a las siete Iglesias, la liturgia de hoy nos presenta un par de ellas: del tenor de estas dos cartas podemos intuir el mensaje que el apóstol quiere enviar a cada comunidad cristiana. Podemos considerar estas cartas como dirigidas a nosotros, en la medida en que nos hagamos cargo de vivir el Evangelio en el que creemos. De estas misivas podemos obtener una variada tipología de comunidades creyentes: algunas están muertas desde el punto de vista espiritual, otras están sólo tibias, otras se encuentran amenazadas con la pérdida del sentido de novedad que nos aporta la fe en Cristo, otras, por último, están cerradas en sus falsas seguridades. Son todas las situaciones que, a lo largo de los siglos, se han ido perpetuando, y a nadie le está permitido aparentar que no está implicado personalmente.

Para una lectura global de las siete cartas es útil indicar la estructura de fondo que caracteriza a todas: en primer lugar aparecen las señas de cada Iglesia particular y la invitación a escuchar a aquel que es la Palabra y cuyo mensaje nos trae la salvación. En segundo lugar aparece la afirmación «Conozco tus obras», destinada a indicar que no sólo cada creyente, sino cada comunidad creyente es para el Señor como un cuaderno abierto. Sigue, después, la exhortación a la vigilancia y al ánimo, tanto para desmantelar y expulsar el mal que amenaza la vida espiritual de la comunidad como para renovar su compromiso.

 

Evangelio: Lucas 19,1-10

En aquel tiempo,

1 Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.

2 Había en ella un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico,

3 que quería ver a Jesús. Pero, como era bajo de estatura, no podía verlo a causa del gentío.

4 Así que echó a correr hacia adelante y se subió a una higuera para verlo, porque iba a pasar por allí.

5 Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo: -Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.

6 Él bajó a toda prisa y lo recibió muy contento.

7 Al ver esto, todos murmuraban y decían: -Se ha alojado en casa de un pecador.

8 Pero Zaqueo se puso en pie ante el Señor y le dijo: -Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más.

9 Jesús le dijo; -Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán.

10 Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

 

* Jesús ha entrado en Jericó y está atravesando la ciudad cuando se encuentra con Zaqueo, un hombre bastante rico y jefe de publícanos (w. lss). El itinerario de este hombre merece también que nos ocupemos de él. Ya es relevante el hecho de «que quería ver a Jesús» (v.'3): no era sólo su pequeña estatura lo que se lo impedía, sino también su lejanía psicológica y espiritual.

De todos modos, es cierto que Zaqueo aparece desde el principio como un hombre que busca. Que buscaba de verdad lo sabemos a través del desarrollo de esta perícopa evangélica, en la que percibimos de inmediato la iniciativa de Jesús, que levanta la mirada e invita a Zaqueo a que baje del árbol (v. 5). También Jesús, por consiguiente, desea conocer profundamente a Zaqueo y satisfacer su búsqueda. Su encuentro se convierte de inmediato en momento de gracia: «.Hoy tengo que alojarme en tu casa... Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (w. 5.9). En este «hoy» no podemos dejar de reconocer, por un lado, la realización de la misión de Jesús y, por otro, la apertura de todo verdadero buscador al don de la salvación. Permanecer abiertos al hoy de Dios, percibir la presencia de Dios en el hoy del hombre, constituye el gran secreto de quien está verdaderamente dispuesto a caminar detrás de Jesús. Para decirlo con sus propias palabras, Jesús «ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (v. 10): a cada uno se le ofrece la oportunidad de verle, de encontrarle y de reconocerle por lo que es verdaderamente.

 

MEDITATIO

La liturgia de la Palabra que nos propone hoy la Iglesia presenta las dos dimensiones de la salvación en Cristo Jesús: la estrictamente personal y la comunitaria. Bien estará que detengamos nuestra reflexión sobre estos dos momentos del único itinerario que va desde la fe al testimonio de vida.

Por un lado, tenemos a Zaqueo, que, tras haber reconocido a Jesús y haberlo recibido en su casa «muy contento» e indiferente a las murmuraciones de la gente que le considera «un pecador» público, decide dar la mitad de sus bienes a los pobres y, en caso de fraude, restituir «cuatro veces más». Así pues, su fe es una fe eficaz, una fe que no tarda en traducirse en opciones concretas y en gestos de benevolencia con el prójimo, sobre todo con los pobres. Sabemos muy bien que si la fe no se traduce en «buenas obras» no es auténtica, no es creíble, no es camino.

Por otro lado, tenemos las comunidades cristianas a las que se dirige el apóstol Juan en la primera lectura: su comportamiento deja mucho que desear en diferentes aspectos y el apóstol no puede callar: sería caer en connivencia, sería comprometerse él mismo. Por eso hace lo contrario: les indica a las comunidades la necesidad de traducir en gestos concretos y creíbles la fe que profesan públicamente. Un compromiso como ése tiene dos aspectos: el primero es negativo y consiste en la necesidad de eliminar de la vida comunitaria todo lo que pueda comprometer su salud espiritual; el segundo es positivo y consiste en cultivar con alegría y un sentido de gran responsabilidad el don de la fe. Como perspectiva última de este compromiso, el apóstol habla del premio reservado a todos los que, con Jesús y como Jesús, podrán ser reconocidos como «vencedores».

 

ORATIO

¡Señor Jesús, cuántos muertos andantes por uno solo que vive! Está muerto quien se alimenta del alboroto babélico que le rodea. Un alboroto hecho a base de televisión, discotecas, rumor, curiosidades inútiles. Está vivo el que, alejado de una propaganda interesada, es capaz de mantenerse en silencio para ir en busca de la verdad. Está muerto quien corre de una manera frenética, sin meta, hipnotizado por la moda, drogado por la diversión y la actividad desenfrenada. Está vivo quien es capaz de cultivar una libertad interior que le permite comprar «oro acrisolado en el fuego» para ir contra la corriente hacia el verdadero bien; «vestidos blancos» para convertirse en personas reflexivas y capaces de vencer una superficialidad que se propaga; «colirio» para recuperar la vista y estar así en condiciones de llevar a cabo decisiones equilibradas y responsables.

Está muerto quien, radiante del poder y de la neurosis del beneficio, se acomoda en su bienestar, indiferente a las tragedias humanas, impermeable a las llamadas de la justicia. Está vivo quien no ignora el mal que ha hecho ni se esconde o huye, sino que intenta restituir cuatro veces más para restablecer a la persona ofendida.

¡Señor Jesús, cuántos muertos andantes por uno solo que vive!

 

CONTEMPLATIO

Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.

Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible.

Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad? ¿Cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro.

¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, pero tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, pero tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, pero ignora dónde vives. No suspira más que por ti, pero jamás ha visto tu rostro.

Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, pero, con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, pero aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, pero todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado.

Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros?

Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso, todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos.

Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca, porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré (Anselmo de Canterbury, Proslogion, capítulo 1).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mira que estoy llamando a la puerta» (Ap 3,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Aunque no siempre de una manera consciente y clara, en el corazón del hombre existe una profunda nostalgia de Dios, que san Ignacio de Antioquía expresó así, de una manera elocuente: «Un agua viva susurra en mí y me dice por dentro: "Ven al Padre"» [Ad Rom 7). «Señor, muéstrame tu gloría», suplica Moisés en la montaña (Ex 33,18).

«A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). ¿Es, por tanto, suficiente con conocer al Hijo para conocer al Padre? Felipe no se deja convencer fácilmente: «Muéstranos al Padre », pide. Su insistencia nos obtiene una respuesta que supera nuestras expectativas: «Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces, Felipe? El que me ve a mí ve al Padre» (Jn 14,8-11).

Tras la encarnación, existe un rostro de hombre en el que es posible ver a Dios: «Debéis creerme cuando afirmo que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí», dice Jesús no sólo a Felipe, sino a todos los que crean (Jn 14,1 1). Desde entonces, quien acoge al Hijo de Dios acoge a aquel que le ha enviado (Juan Pablo II).

 

Día 18

Miércoles de la XXXIII semana del tiempo ordinario o 18 de noviembre, conmemoración de la

Dedicación de las basílicas de San Pedro y San Pablo

          Es el aniversario de las basílicas de los santos apóstoles, protectores de la ciudad de Roma, meta de peregrinaciones a lo largo de los siglos. La basílica de San Pedro fue construida por el emperador Constantino hacia el año 350, en la colina Vaticana, sobre el sepulcro que guarda las cenizas venerables del Apóstol, y la consagró el papa san Silvestre; la basílica actual fue consagrada por el papa Urbano VIII el año 1626. El mismo Constantino mandó edificar la basílica de San Pablo, junto a la vía Ostiense, extramuros de la ciudad de Roma, en el lugar donde se cree que fue decapitado el apóstol; fue consagrada por el papa Siricio y está regida desde el siglo VIII por monjes benedictinos; la basílica actual, construida tras el incendio de la anterior, fue consagrada por Pío IX en 1854. La conmemoración conjunta expresa simbólicamente la fraternidad de los Apóstoles y la unidad de la Iglesia. El recuerdo de los dos apóstoles debe fortalecer la fe que nos transmitieron con su palabra y su martirio

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 4,1-11

Yo, Juan,

1 después de todo esto, tuve una visión. Vi una puerta abierta en el cielo, y aquella voz semejante a una trompeta que me había hablado al principio, decía:

-Sube aquí y te mostraré lo que va a suceder en adelante.

2 De pronto caí en éxtasis y vi un trono colocado en el cielo y alguien sentado en el trono.

3 El que estaba sentado tenía un aspecto resplandeciente, como piedra de jaspe o de sardonio, y un halo parecido a la esmeralda rodeaba el trono.

4 Alrededor del trono había otros veinticuatro tronos, en los que estaban sentados veinticuatro ancianos vestidos de blanco y con coronas de oro en la cabeza.

5 Relámpagos y truenos retumbantes salían del trono: siete lámparas de fuego -que son los siete espíritus de Dios- ardían en presencia del trono,

6 y delante había también un mar transparente como de cristal. En medio del trono y a su alrededor había cuatro seres vivientes llenos de ojos por delante y por detrás.

7 El primero era como un león; el segundo como un toro; el tercero tenía el rostro semejante al de un hombre, y el cuarto se parecía a un águila en vuelo.

8 Cada uno de los cuatro seres vivientes tenía seis alas, y estaban llenos de ojos por fuera y por dentro. Y día y noche proclamaban sin cesar:

Santo, santo, santo,

Señor Dios todopoderoso,

El que era, el que es

y el que está a punto de llegar.

9 Y cada vez que los seres vivientes daban gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono y vive por  siempre,

10 los veinticuatro ancianos se postraban ante el que está sentado en el trono, adoraban al que vive para siempre y arrojaban sus coronas a los pies del trono diciendo:

11 Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder.

Tú has creado todas las cosas; en tu designio existían y según él fueron creadas.

 

**• Tras las siete cartas a las siete Iglesias, prosigue el libro del Apocalipsis con dos visiones, la primera de las cuales constituye la primera lectura de esta liturgia. Por medio de algunos símbolos, bien conocidos por los que conocen el Antiguo Testamento, construye el apóstol Juan un gran escenario que tiene en su centro un trono de gloria. En este trono está sentado el Eterno, el Creador de todas las cosas (v. 2). Ante el Eterno se desarrolla una especie de procesión y se eleva una especie de himno de alabanza y de acción de gracias. Los elementos descriptivos sirven únicamente para concentrar la atención de todos -también la nuestra- sobre «aquel que está sentado en el trono», porque es Dios y sólo a él se le debe todo acto de adoración. De ahí que la visión descrita por el apóstol Juan tenga una función eminentemente práctica: la de introducirnos a cada uno de nosotros o, mejor, a la asamblea litúrgica que celebra los santos misterios, en esa liturgia celestial que constituye el modelo de toda liturgia terrestre.

Las distintas aclamaciones que suben hacia el Eterno, el «Señor Dios todopoderoso» (v. 8), constituyen la expresión de una piedad que conserva intacto su valor, tanto hoy como ayer. En primer lugar, el trisagio, el «tres veces santo», dirigido a «el que era, el que es y el que está a punto de llegar». Es fácil advertir que en esta triple indicación cronológica está sintetizada, en cierto modo, toda la historia de la humanidad, la cual, en cuanto visitada por Dios, se convierte en historia de la salvación.

El otro himno de alabanza, que cierra esta primera lectura (v. 11), reconoce en aquel que está sentado en el trono al Creador de todas las cosas y cuya voluntad está en el origen de la creación. De manera implícita captamos una invitación a no albergar temor alguno, en virtud de la protección que nos viene del Eterno.

 

Evangelio: Lucas 19,11-28

En aquel tiempo,

11 les contó otra parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y ellos creían que el Reino de Dios iba a manifestarse inmediatamente.

12 Les dijo, pues:

-Un hombre noble marchó a un país lejano para ser coronado rey y regresar después.

13 Llamó a diez criados suyos y a cada uno le dio una importante cantidad de dinero diciéndoles: «Negociad con ello hasta que yo vuelva».

14 Pero sus conciudadanos le odiaban y enviaron tras él una embajada a decir que no lo querían como rey.

15 Cuando regresó, investido del poder real, mandó venir a sus criados, a quienes había dado el dinero, para saber cómo había negociado cada uno.

16 El primero se presentó y dijo: «Señor, tu dinero ha producido diez veces más».

17 Él dijo: «Muy bien, has sido un buen criado; puesto que has sido fiel en lo poco, recibe el gobierno de diez ciudades».

18 Vino el segundo y dijo: «Tu dinero, señor, ha producido cinco veces más». 19 Y también a éste le dijo: «Tú recibirás el mando sobre cinco ciudades».

20 Vino el otro y dijo: «Señor, aquí tienes tu dinero; lo he tenido guardado en un pañuelo

21 por temor a ti, que eres un hombre severo, pues exiges lo que no diste y quieres cosechar lo que no sembraste».

22 El señor le replicó: «Eres un mal criado y tus mismas palabras te condenan. ¿Sabías que soy severo, que exijo lo que no he dado y cosecho lo que no he sembrado?

23 Entonces, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco para que, al volver, lo recobrase con los intereses?».

24 Y dijo a los que estaban presentes: «Quitadle lo que le di y dádselo al que lo hizo producir diez veces más

25 Le dijeron: «Señor, ¡pero si ya tiene diez veces más!

26 Pues yo os digo: «Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará incluso lo que tiene.

27 En cuanto a mis enemigos, esos que no me querían como rey, traedlos aquí y degolladlos en mi presencia».

28 Y dicho esto, Jesús siguió su camino, subiendo hacia Jerusalén.

 

**• Para comprender la parábola de los talentos es preciso tener presentes dos motivos fundamentales que se entrelazan en esta perícopa lucana: por un lado, Lucas quiere decir lo que significa ser discípulo; por otro, introduce el hecho del rey rechazado. El primer motivo prosigue y desarrolla el tema de las páginas precedentes, mientras que el segundo introduce el tema de las páginas que siguen. Pero es preciso que nos fijemos también en el inicio de esta parábola (v. 11), porque con ella Lucas pretende ilustrar el tema de la inminencia escatológica, enlazando así no sólo con el acontecimiento histórico de la entrada de Jesús en Jerusalén, sino también con la cuestión del «cuándo vendrá el Reino de Dios» (cf. Le 17,20).

Del enlace de todos estos motivos es obvio que resulta una interpretación múltiple y diferenciada de la misma parábola, en la que Lucas, por otra parte, introduce algunos retoques personales. Por ejemplo, la alusión al «país lejano» (v. 12) al que se marchó el hombre noble: de este modo indica Lucas que queda todavía una gran cantidad de tiempo antes de que vuelva el Señor. Bueno será recordar que también en 21,8 pondrá Lucas en guardia contra un posible error de valoración y de perspectiva en la espera del retorno del Señor.

Otro detalle lucano que merece ser puesto de relieve es el deber de hacer fructificar las minas o talentos. En efecto, si bien el Señor tarda en venir, no es menos cierto que vendrá y que lo hará como juez; ante él es preciso presentarse con frutos en las manos para que no nos diga que no nos conoce (cf. también Le 12,47ss).

 La exhortación evangélica llega así a todo verdadero discípulo de Jesús.

 

MEDITATIO

La parábola de Lucas, con su casi inagotable riqueza, nos invita a reflexionar sobre algunas actitudes típicas del discípulo al que se le dice que ha sido un criado bueno y fiel. Pero es preciso excavar en lo hondo de estos dos adjetivos calificativos para entrar en el mensaje evangélico. En efecto, Jesús no recomienda una fidelidad genérica o una bondad común, sino una fidelidad que se concreta en la obediencia a la voluntad del Señor y una bondad que se manifiesta en la disponibilidad total.

Estas dos actitudes revelan, por consiguiente, el ideal evangélico que Jesús quiere presentar y, en consecuencia, la espiritualidad propia de todo discípulo suyo. La fidelidad y la bondad son como las dos caras de una medalla; son dos aspectos de una sola personalidad que no se califica, ciertamente, por las cualidades morales, sino por el don de la gracia recibida y por el deseo constante de vivir según la voluntad del Maestro.

A diferencia de Mateo, que califica al siervo malo de «perezoso», Lucas le califica de «desobediente»: he aquí otra pequeña diferencia que sólo puede poner de relieve una comparación sinóptica entre los dos evangelistas.

De este modo, el lector podrá sentirse adiestrado para seguir a cada evangelista por las pistas que le son propias y podrá componer las diferentes teselas del único retrato de Jesús. Ahora bien, si pasamos del ámbito de la redacción de ambos evangelistas al ámbito del Jesús histórico, es casi seguro que Jesús -frente al miedo de los fariseos, que habían subvertido todo el sistema de los valores- invita a sus discípulos, con esta parábola, a vencer todo miedo respecto a Dios y a alimentar una confianza profunda y total, que no teme a veces el riesgo y mantiene siempre abierto el corazón del discípulo al abandono total en su Dios.

 

ORATIO

Santo, santo, santo es el Señor.

Has hecho el mundo para nosotros:

las flores de mil colores para alegrarnos;

la lluvia para refrescar la tierra;

los pájaros para llenar el aire de cantos;

la luna y las estrellas para hacernos soñar.

Santo, santo, santo es el Señor.

Nos has creado y nos has colmado de dones:

la inteligencia para captar tus maravillas;

la voluntad para amar el universo;

la fantasía para alcanzar lo imposible;

la sonrisa para difundir tu alegría.

Santo, santo, santo es el Señor.

Haznos comprender:

la dimensión original e inefable de tus dones,

que escapan a cualquier juicio trivial;

la gravedad que encierra enterrar cualquier don

por miedo o por envidia,

por pereza o por favorecer nuestros planes;

la responsabilidad de hacerlos fructificar,

porque la esencia del don es ser entregado.

Santo, santo, santo es el Señor.

 

CONTEMPLATIO

Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar en el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo el que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal.

Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza, y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera, queda a salvo la unidad de la Santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.

San Pablo, hablando a los corintios acerca de los dones del Espíritu, lo reduce todo al único Dios Padre, como al origen de todo, así: hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor, y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno. Porque todo lo que es del Padre es también del Hijo; por esto, todo lo q u e da el Hijo en el Espíritu es realmente don del Padre. De manera semejante, cuando el Espíritu está en nosotros, le está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre, realizándose así estas palabras: «El Padre y yo vendremos a él y haremos monda en él». Porque donde está la luz, allí está también el resplandor, y donde está el resplandor, allí están también ÍU eficiencia y su gracia esplendorosa.

Es lo que nos enseña el mismo Pablo en su segunda Carta a los Corintios, cuando dice: «La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en los dones del Espíritu Sant, estén con todos vosotros». Porque toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Pues así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que, hechos partícipes del mismo, poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión de este Espíritu (Atanasio de Alejandría).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Santo, santo, santo, Señor Dios todopoderoso» (Ap4,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El trabajo es el contenido característico de la que llamamos jornada laboral o vida cotidiana. A buen seguro, es posible sublimar el trabajo y engrandecer el noble y embriagador poder creativo del hombre. También podemos abusar de él, como se hace con tanta frecuencia, para huir de nosotros mismos, del misterio y del enigma de la existencia, del ansia, que nos hacen buscar sobre todo la verdadera seguridad.

El trabajo auténtico se encuentra en medio. No es ni la cima ni el analgésico de la existencia. Es, simplemente, trabajo: duro y, sin embargo, soportable, ordinario y habitual, monótono y siempre igual, inevitable y -si no se pervierte en amarga esclavitud- prosaicamente amistoso. Él conserva nuestra vida, mientras, al mismo tiempo, la consume lentamente.

El trabajo no puede gustarnos nunca del todo. Incluso cuando empieza como realización del supremo impulso creativo del hombre, se convierte, de manera inevitable, en ritmo acelerado, en gris repetición de la misma acción, en afirmación frente a lo imprevisto y a la pesadez de lo que el hombre no obra desde el interior, sino que lo sufre desde el exterior, como por obra de un enemigo. Sin embargo, el trabajo es también constantemente un tener que ponerse a disposición de los otros siguiendo un ritmo preexistente, una contribución a un fin común que ninguno de nosotros se ha buscado por sí solo. Por eso es un acto de obediencia y un perderse en lo que es general [...].

El trabajo, no por sí mismo, sino por efecto de la gracia de Cristo, puede ser «realizado en el Señor» y convertirse en ejercicio de esa actitud y de esa disposición a las que Dios puede conferir el premio de la vida eterna: ejercicio de la paciencia -que es la forma asumida por la vida cotidiana-, de la fidelidad, de la objetividad, del sentido de la responsabilidad, del desinterés que alienta el amor (K. Rahner).

 

 

Día 19

Jueves 33ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 5,1-10

Yo, Juan,

1 en la mano derecha del que estaba sentado en el trono vi un libro escrito por dentro y por fuera y sellado con siete sellos.

2 Y vi también un ángel pleno de vigor que clamaba con voz potente:

-¿Quién es digno de abrir el libro y romper sus sellos?

3 Y nadie en el cielo, ni en la tierra ni debajo de la tierra podía abrir el libro y ver su contenido.

4 Entonces yo me eché a llorar desconsoladamente, porque nadie era digno de abrir el libro y ver su contenido.

5 Y uno de los ancianos me dijo:

-No llores, pues ha vencido el león de la tribu de Judá, el retoño de David, y él abrirá el libro rompiendo sus siete sellos.

6 Vi entonces en medio del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos, un Cordero en pie con señales de haber sido degollado. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra.

7 Se acercó el Cordero y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono;

8 y cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.

9 Cantaban un cántico nuevo que decía:

Eres digno de recibir el libro

y romper sus sellos,

porque has sido degollado

y con tu sangre has adquirido para Dios

hombres de toda raza,

lengua, pueblo y nación,

10 y los has constituido en reino para nuestro Dios y en sacerdotes que reinarán sobre la tierra.

 

*•• También este capítulo del libro del Apocalipsis se caracteriza por una visión grandiosa y sencilla al mismo tiempo. Esta visión nos aporta un mensaje claro: la historia humana es, ciertamente, un misterio, porque en ella está la presencia de Dios, pero es un misterio, al menos en parte, comprensible, porque Dios mismo nos ofrece la clave de lectura de la misma.

El símbolo del libro «sellado con siete sellos» (v. 1) se puede interpretar con bastante facilidad: todo queda envuelto en el misterio si no hay alguien que venga a «romper sus sellos» (v. 2). Éste es Jesús, el Cordero inmolado, el único «digno de recibir el libro y romper sus sellos, porque has sido degollado y con tu sangre has adquirido para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación» (v. 9). También el símbolo del llanto tiene un significado evidente: mientras no venga Jesús a romper los sellos de ese libro, cada uno de nosotros está como condenado a vivir en medio de la tristeza y de la amargura más profundas. Se alude así al drama de todos aquellos que, por diferentes motivos, tienen los ojos cerrados para el gran acontecimiento de salvación que se sitúa en el centro de la historia humana y la ilumina con la luz del día.

En contraste con el llanto de los que no pueden leer su contenido, se eleva el «cántico nuevo» (v. 9) de los que siguen al Cordero y son introducidos por él en la comprensión del misterio. Ésos forman el reino de sacerdotes (v. 10) que Jesús ha constituido para su Dios y nuestro Dios, salvándolos del pecado. Se trata de ese sacerdocio universal del que participan todos los que, por medio del bautismo, han sido lavados con la sangre del Cordero y revestidos con sus vestiduras blancas.

 

Evangelio: Lucas 19,41-44

En aquel tiempo, Jesús,

41 cuando se fue acercando, al ver la ciudad, lloró por ella

42 y dijo:

-¡Si en este día comprendieras tú también los caminos de la paz! Pero tus ojos siguen cerrados.

43 Llegará un día en el que tus enemigos te rodearán con trincheras, te cercarán y te acosarán por todas partes;

44 te pisotearán a ti y a tus hijos dentro de tus murallas. No dejarán piedra sobre piedra en tu recinto, por no haber reconocido el momento en el que Dios ha venido a salvarte.

 

**• Comparada con la página del evangelio de Marcos, ésta de Lucas presenta una característica peculiar. En efecto, mientras que Marcos insiste más en la incredulidad del pueblo frente a la persona y al mensaje de

Jesús, Lucas subraya más el lamento y el llanto de Jesús por Jerusalén, y esto crea un fuerte contraste con las aclamaciones de alabanza dirigidas a Jesús poco antes (cf. Le 19,38). Es ésta una de las raras veces que sorprendemos a Jesús llorando, lo que constituye un signo no sólo de su auténtica humanidad, sino también de su plena participación en el drama de una humanidad a la que le cuesta trabajo entrar en el proyecto salvífico de

Dios, al que incluso se resiste en ocasiones. Jesús nos salva no sólo con su omnipotencia divina, sino también con su debilidad humana.

El lamento de Jesús contiene un juicio y presenta una motivación. El primero está contenido en las palabras «tus ojos siguen cerrados [por Dios]» (v. 42), que, con unos términos drásticos y fuertes, atribuyen directamente a Dios -estamos frente a lo que se llama «pasiva teológica»- lo que, en realidad, depende de la libre decisión humana. La motivación la expresan las palabras «si en este día comprendieras» (v. 42), que corresponden a una afirmación: ni has comprendido ni quieres comprender.

Pero lo que más importa es destacar dos elementos positivos que caracterizan el lamento de Jesús: la paz y el tiempo de la visita. La paz, efectivamente, es el don mesiánico por excelencia, y Jesús ha venido a proclamarla para todos y a ofrecerla a cada uno. Es necesario abrirse a ella y acogerla como don para poder caminar detrás de Jesús hasta el final de su itinerario. El tiempo del que habla Jesús es el kairós, es decir, el «tiempo providencial» en el que Dios visita a su pueblo para liberarlo y para introducirlo en su Reino. Con estos dos «toques» aclara Jesús la finalidad de su martirio, ahora próximo.

 

MEDITATIO

Entre las dos lecturas de esta liturgia no resulta difícil captar una analogía temática: por un lado, el llanto de quien teme no poder leer el mensaje del libro; por otro, el lamento de Jesús por Jerusalén, Todo esto nos trae también a la memoria las lamentaciones que, ya en el Antiguo Testamento, expresan el dolor de Dios por la infidelidad de su pueblo. Por consiguiente, es justo que nos preguntemos qué significado se debe atribuir a este llanto y a este lamento.

Hemos de señalar, en primer lugar, el contraste entre «este día», caracterizado por la falta de respuesta de los contemporáneos de Jesús a su mensaje de paz, y «un día», ése en el que aparecerá el castigo de Dios dirigido a todos los que hayan ignorado deliberadamente su invitación a la salvación. Es en el corazón de la historia donde Dios, por medio de Jesús, quiere entrar y ser acogido: ése es el significado de la «visita» que desea hacer a todas sus criaturas. El tiempo es sagrado para Dios y para nosotros; es decisivo para Dios y para nosotros; es un don inmenso que nunca terminaremos de apreciar adecuadamente. Hemos de señalar aún la serie de verbos en futuro que caracterizan el lamento de Jesús: no se trata sólo de una amenaza, y mucho menos de un castigo que llegue al hombre desde fuera; se trata más bien de un sufrimiento profundo para Dios o para nosotros, un sufrimiento que no tiene sólo una relevancia negativa, sino también una positiva: es el sufrimiento que, a lo largo de toda la historia, se transforma en gracia, en cuanto cada uno de nosotros se enmienda y se convierte a su Señor.

 

ORATIO

«El camino de la paz» es un sueño que ha tenido la historia desde siempre, pero Jerusalén, escondiéndose detrás de sus muros, rechaza tu paz gritando: «¿Por qué?».

Oh Señor, calma mis arrebatos de violencia para que, reconociendo tu paz, pueda decir: «¿Por qué no?».

La paz es un sueño que se va realizando día a día, semana a semana, mes a mes, a través de acciones concretas que modifican nuestros pensamientos, desgastan lentamente los viejos muros y crean en silencio nuevas aperturas. Oh Señor, haz que mis gestos de paz puedan contribuir a un futuro mejor, en el que el mundo pueda esperar y decir: «¿Por qué no?».

La paz no es el paraíso de unos pocos, sino un signo que abarca a la humanidad. Es una fuerza que, luchando contra la injusticia, la miseria, la ignorancia, la prepotencia, obra en favor del bien de todos sin discriminación. Oh Señor, dame el valor de desafiar la desaprobación de los poderosos o las críticas de los pusilánimes, para que, sin hacer víctimas ni entre los débiles ni entre los fuertes, pueda ser creíble y, frente a tu paz, puedan gritar todos: «¿Por qué no?».

Oh Señor, haz que mis gestos de paz puedan contribuir a un futuro mejor, para que el mundo, esperando, pueda decir: «¿Por qué no?».

 

CONTEMPLATIO

Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica.

Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del ministro, «ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz», sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su Palabra, pues, cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa, la Iglesia, que invoca a su Señor y por él tributa culto al

Padre Eterno.

Con razón, entonces, se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella, los signos sensibles significan y -cada uno a su manera- realizan la santificación del hombre, y así el cuerpo místico de

Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro (Sacrosanctum concilium 7).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Quién es digno de abrir el libro y romper sus sellos?» (Ap 5,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

A diferencia de tantos personajes antiguos, de Jesús no nos ha quedado ninguna imagen, ninguna escultura, ni siquiera una descripción física: a diferencia, por ejemplo, de su antepasado David, de Jesús ignoramos su aspecto, no conocemos su rostro.

A pesar de todo, nuestra imaginación, aunque también nuestra misma «idea» de Dios, está condicionada por las innumerables imágenes del rostro de Jesús: ¡conos, frescos, cuadros, han intentado mostrarnos lo invisible, colmar la laguna dejada por quienes vieron el rostro de Jesús, por quienes vieron posarse su mirada sobre su propio rostro. Una vez ganada la batalla contra los iconoclastas, la imagen sagrada ha encontrado un terreno firme en el cristianismo, sin poder proporcionar nunca, no obstante, el «verdadero icono» de aquel que dijo de sí mismo: «El que me ve a mí ve al Padre» (Jn 14,9).

Los evangelios sinópticos nombran siete veces el rostro de Jesús, pero sin describirlo nunca: cinco veces lo hacen con referencia a la pasión y dos a propósito de la transfiguración. Entre estos dos polos -pasión y transfiguración- está situada la identidad perceptible de aquel a quien define Pablo como «la imagen del Dios invisible» (Col 1,15). Rostro desfigurado y rostro transfigurado, el Hijo del hombre es al mismo tiempo manifestación y ocultación de la imagen de Dios. Ante él se aparta la mirada y nos cubrimos el rostro, porque «no tiene apariencia, ni belleza, ni esplendor» (Is 53,2ss), o bien nos quedamos deslumbrados por su rostro «resplandeciente como el sol (Mt 17,2) (E. Bianchi).

 

 

Día 20

Viernes 33ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 10,8-11

Yo, Juan, oí una voz del cielo:

8 Vete y toma el libro que tiene abierto en su mano el ángel que está de pie sobre el mar y sobre la tierra.

9 Me acerqué al ángel y le pedí que me diera el libro. Y me respondió:

-Toma, cómetelo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel.

10 Tomé el libro de la mano del ángel y lo comí. Y resultó dulce como la miel en mi boca, pero, cuando lo hube comido, se llenaron mis entrañas de amargor.

11 Y alguien me dijo:

-Tienes aún que profetizar sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.

 

**• El autor del libro del Apocalipsis está implicado personalmente en el acontecimiento profético. Oye, en efecto, una voz del cielo que le invita a tomar el libro y devorarlo (w. 8ss). Sigue la orden con prontitud y, apenas lo ha engullido, siente al mismo tiempo dulzura y amargura (v. 10). Tenemos aquí un símbolo muy claro de la misión profética a la que está llamado no sólo

Juan, sino cualquier miembro del pueblo de Dios. La Palabra, que, aunque está sellada en el gran libro, quiere convertirse en una voz que llega a cada uno de nosotros, nos interpela y nos responsabiliza en nuestra tarea de oyentes y de testigos de la misma. A nadie le es lícito desatenderla o desconocerla: el bautismo fundamenta en cada uno de nosotros el derecho-deber al apostolado entendido como «servicio» a la Palabra.

Dulzura en la boca y amargura en las vísceras: en este contraste advertimos el drama de quien, en relación con la Palabra, siente no sólo el derecho a la escucha, sino también el deber del testimonio. En efecto, el verdadero profeta no puede dejar de compartir el destino de la Palabra, más precisamente de aquel que es la Palabra.

Un destino pascual, como bien sabemos, es decir, abierto al sufrimiento y a la alegría, a las tinieblas y a la luz, a la muerte y a la vida. El mandamiento final: «Tienes aún que profetizar» (v. 11), tiene la función de atestiguar que la misión profética para el creyente no es algo opcional, sino -al contrario- objeto de un camino divino y la expresión más genuina de su ser.

 

Evangelio: Lucas 19,45-48

En aquel tiempo,

45 Jesús entró en el templo e inmediatamente se puso a expulsar a los vendedores,

46 diciéndoles:

-Está escrito: Mi casa ha de ser casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones.

47 Jesús enseñaba todos los días en el templo. Los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los principales del pueblo trataban de acabar con él.

48 Pero no encontraban el modo de hacerlo, porque el pueblo entero estaba escuchándolo, pendiente de su Palabra.

 

*•• Esta perícopa evangélica está subdivida claramente en dos partes: en primer lugar aparecen unas palabras de Jesús contra los vendedores del templo; en segundo lugar, un apunte recopilador con el que el evangelista Lucas quiere caracterizar los últimos días de la vida terrena de Jesús.

«Está escrito: Mi casa ha de ser casa de oración» (v. 45).

Sabemos bien que, para Jesús, el templo de Jerusalén no es el único lugar en el que se puede orar; más aún, en algunas ocasiones ha expresado una valoración crítica con respecto a una concepción demasiado materialista de las instituciones religiosas. Ahora bien, sabemos asimismo que el templo, en cuanto casa de Dios, no puede ser desnaturalizado ni destinado a otras funciones que no sean las litúrgicas: Está prohibido, por tanto, para cualquier intercambio comercial, que transformaría la casa de Dios en una «cueva de ladrones» (v. 46; cfls56,7; Jr 7,11).

«Está escrito»: esta frase indica en labios de Jesús no que las profecías determinen el comportamiento de Jesús, sino que el comportamiento de Jesús da pleno cumplimiento a las profecías. Para Jesús, la luz plena, que ilumina sus gestos y nos permite reconocerlo por lo que es, proviene ciertamente del mensaje profético, pero sobre todo de su conciencia mesiánica.

La noticia final de Lucas (w. 47ss) viene a confirmar un hecho bien conocido: los que ejercen el poder siguen estando ciegos ante Jesús y ante la claridad de sus palabras, mientras que el pueblo en su sencillez, reconociendo que tiene necesidad de un Salvador y de un Maestro, está pendiente de sus labios.

 

MEDITATIO

Podemos detectar un profundo vínculo entre la misión profética de la que habla la primera lectura y la «casa de oración» de la que habla Jesús en el evangelio. La Palabra de Dios, en efecto, es al mismo tiempo don del que tienen que participar los otros mediante la profecía y don que se ha de asimilar, en íntimo diálogo con Dios, el donante. Se trata de dos aspectos de una misma experiencia espiritual, de dos momentos de un único ministerio.

Quien acoge la misión profética con plena conciencia intuye que ésta debe madurar en la oración; por otro lado, quien aprende a orar no puede dejar de sentir la necesidad de evangelizar. La liturgia de la Palabra supone cada día una nueva invitación a no separar lo que en el proyecto de Dios debe seguir estando profundamente unido.

«Casa de oración» y no «cueva de ladrones»: esto es verdad dicho sobre el templo en el que Jesús entró más veces durante su vida terrena, pero también es verdad, hoy, dicho de todo lugar elegido y destinado para el culto. Existe siempre, en efecto, el peligro -más aún, la tentación- de convertir en instrumentos los lugares de oración, para transformarlos en lugares de interés personal.

Se requiere una marcada delicadeza de ánimo para no desnaturalizar el don de Dios y desviarlo de sus funciones originarias. No es, por consiguiente, el templo en sí mismo, sino lo que éste significa lo que cuenta para Dios y para nosotros. No resulta agradable a Dios quien dice: «El templo del Señor, el templo del Señor» (Jr 7,4), sino quien cumple su voluntad. No complace a Dios quien piensa en sus propios intereses y sólo en apariencia cultiva los intereses de Dios, sino quien ha unido en su vida la acción y la contemplación. Jesús presentó el templo a la gente de su tiempo como casa de oración y como «casa de enseñanza» (Eclo 51,23): también para nosotros puede y debe convertirse la Iglesia –toda iglesia- en lugar para meditar y para aprender la Palabra de Dios.

 

ORATIO

«Si...», dice el Señor:

Si aceptas la invitación a devorar mi Palabra, vivirás.

Si la saboreas en la boca, la encontrarás dulce como la miel.

Si la engulles en tus vísceras, experimentarás una gran amargura.

Si denuncias la ignorancia camuflada, serás alejado.

Si proclamas la libertad contra el poder, serás perseguido.

Si revelas el interés privado contra el bien común, serás criticado.

Si buscas la aprobación de personajes, te verás decepcionado.

Si te confías a tus fuerzas, vacilarás fácilmente.

Si piensas que podrás ver los frutos de lo que siembras, esperarás en vano.

Si el pueblo está pendiente de tus labios, alabarás al Señor.

Si obras prodigios en los corazones, cantarás al Señor.

Si es reconocida tu misión, darás gracias al Señor.

«Éste es mi profeta», dice el Señor.

 

CONTEMPLATIO

Se oye decir: «No es tarea mía leer la Escritura. Eso les corresponde a los que han renunciado a este mundo».

Pues bien, yo os digo que vosotros tenéis más necesidad de la Escritura que los monjes. En cuanto a ellos, lo que les salva es su tipo de vida; vosotros, por el contrario, estáis en medio de la refriega, estáis expuestos a nuevas heridas sin tregua.

Por eso tenéis necesidad de la Escritura: una necesidad continua para alcanzar la fuerza. Muchos me dirán: «¿Y los negocios... y el trabajo?». ¡Bello pretexto, de verdad! Vosotros discutís con vuestros amigos, vais a los espectáculos, asistís a los encuentros deportivos... ¿Entonces? ¿Pensáis que cuando se trata de la vida espiritual es algo sin importancia? ¡Ah, se me olvidaba! Hay otra excusa: «Nosotros no tenemos libros». Este pretexto sólo merece una buena carcajada (Juan Crisóstomo).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Toma el libro, cómetelo. Tienes aún que profetizar» (cf. Ap 10,9-11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Porque, Sócrates, me parece a mí, y tal vez también a ti, que tener un conocimiento seguro de estas cosas en esta vida es o imposible o extremadamente difícil; pero, por otra parte, no poner a prueba por todos los caminos lo que se dice de ellas, sin desistir de ellas, sin haber hecho antes todo lo posible por examinarlas desde todos los puntos de vista, es cosas de hombres de ánimo sobremanera flojo.

Y es que me parece que en semejantes temas se debe conseguir uno de estos dos fines: o aprender de otros cómo son o encontrarlo por nosotros mismos; o bien, donde no sea posible, ateniéndose, si no hay otra cosa, al mejor o al más inexpugnable de los razonamientos humanos, y confiándose a él como a una balsa, arriesgarnos nosotros mismos a navegar a través de la vida, cuando no sea posible realizar este viaje con mayor seguridad y menor peligro en una nave más sólida, es decir, sobre alguna palabra divina (Platón, Fedón).

 

 

 

Día 21

 

Sábado de la 33ª semana del Tiempo ordinario o 21 de Noviembre, festividad de la

Presentación de la Bienaventurada Virgen María

 

Sólo los apócrifos imaginan y se extienden en la descripción de la presentación de María en el templo de Jerusalén. Junto a este templo decretó construir el emperador Justiniano una iglesia mariana, que fue dedicada el 21 de noviembre del año 543 y destruida setenta años después.

Esta memoria se instauró como celebración litúrgica en Constantinopla en el siglo VIII. Su difusión en Occidente fue lenta y tuvo lugar primero en el ámbito local; en 1472, fue extendida a toda la Iglesia latina. Ésta figura entre las memorias que, «prescindiendo del aspecto apócrifo, proponen contenidos de alto valor ejemplar, continuando venerables tradiciones» (Marialis cultus, 8).

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 11,4-12

A mí, Juan, se me dijo: Aquí están mis dos testigos.

4 Me refiero a los dos olivos y a los dos candelabros que están de pie en presencia del Señor de la tierra.

5 Si alguno intenta hacerles daño, de su boca saldrá fuego que devorará a sus enemigos; sin remedio morirá quien intente hacerles daño.

6 Tienen poder de cerrar el cielo para que no llueva durante el tiempo de su ministerio profético; tienen poder para convertir en sangre las aguas y para herir la tierra cuantas veces quieran con toda clase de calamidades.

7 Cuando hayan terminado de dar su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará.

8 Sus cadáveres quedarán sobre la plaza de la gran ciudad, que es llamada alegóricamente Sodoma y Egipto, y en la que fue también crucificado su Señor.

9 Durante tres días y medio contemplan sus cadáveres gentes de todo pueblo, raza, lengua y nación, sin que a nadie se permita darles sepultura.

10 Los habitantes de la tierra se alegran y se felicitan por su muerte y hasta se hacen regalos unos a otros, porque estos dos profetas constituían un tormento para ellos.

11 Pero después de tres días y medio, un espíritu divino entró en ellos, se pusieron en pie y un gran temor se apoderó de quienes los contemplaban.

12 Oyeron entonces una voz potente que les decía desde el cielo:

-Subid aquí.

Y subieron al cielo en una nube, a la vista de sus enemigos.

 

**• Este fragmento del Apocalipsis nos presenta la figura de «dos testigos» (v. 3a), símbolo de todos aquellos que han recibido la misión profética y, por eso, están dispuestos a anunciar el Evangelio. No es difícil intuir que, en cierto modo, también nosotros nos convertimos en actores de este magnífico drama. Los dos testigos gozan de la protección de Dios; de él reciben poderes extraordinarios; sobre todo, el Espíritu Santo, que hace fecunda su acción evangelizadora. Son, por consiguiente, instrumentos en las manos de Dios al servicio de toda la humanidad; son dignos de la veneración común y tendrán como premio la participación en la gloria de Dios.

Pero con una condición: que sigan el mismo camino que recorrió su maestro, Jesús. Deberán pasar por la terrible experiencia de la persecución y de la muerte.

«La bestia que sube del abismo» (v. 7) podrá cantar victoria, aunque sea de una manera provisional. «Sodoma y Egipto» (v. 8) exultarán por la muerte de estos dos testigos: será el triunfo momentáneo de las fuerzas del mal contra los testigos del Cordero. Pero «después de tres días y medio» cambiará la situación: los testigos resucitarán gracias a «un espíritu divino» (v. 11) y será grande el terror de todos.

El misterio pascual se realiza, por consiguiente, también en su vida: el camino del Maestro es también el suyo; su victoria es participación en la victoria de Jesús. Resucitaron y «subieron al cielo» (v. 12), allí donde subió Jesús: el triunfo de los testigos debe llegar a su última meta: la comunión eterna con el Padre, tras haber vivido la comunión terrena con Jesús.

 

Evangelio: Lucas 20,27-40

En aquel tiempo,

27 se acercaron unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

28 -Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si el hermano de uno muere dejando mujer sin hijos, su hermano debe casarse con la mujer para dar descendencia a su hermano.

29 Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos.

30 El segundo

31 y el tercero se casaron con la viuda, y así hasta los siete. Todos murieron sin dejar hijos.

32 Por fin murió también la mujer.

33 Así pues, en la resurrección, ¿de quién de ellos será mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella.

34 Jesús les dijo: -En la vida presente existe el matrimonio entre hombres y mujeres,

35 pero los que logren alcanzar la vida futura, cuando los muertos resuciten, no se casarán.

36 Y es que ya no pueden morir, pues son como los ángeles; son hijos de Dios, porque han resucitado.

37 Y el mismo Moisés da a entender, en el episodio de la zarza, que los muertos resucitan, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob.

38 No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él.

39 Entonces unos maestros de la Ley intervinieron diciendo: -Maestro, has respondido muy bien.

40 Y ya nadie se atrevía a preguntarle nada.

 

*•• Esta perícopa evangélica comienza con una pregunta-trampa planteada a Jesús por los fariseos (w. 28-33), una pregunta que presupone una mentalidad materialista y un cierre total a la lógica del cielo. No se trata, en efecto, de llevar consigo a una mujer o cualquier otra cosa al cielo en la resurrección. Según el modo de ver de Jesús, la perspectiva que se abre más allá de la muerte es una realidad totalmente nueva, algo que no puede ser encerrado dentro de la lógica de la tierra.

Pero ¿de qué novedad se trata? Jesús habla, en primer lugar, de inmortalidad, una realidad que a nosotros, los hombres de la tierra, no nos ha sido dado experimentar y que, por consiguiente, debe ser considerada como un don exquisito de la divina bondad. En segundo lugar, Jesús deja entrever el hecho de que las relaciones interpersonales en la vida eterna serán de otra especie y naturaleza: no de tal tipo que encierren a una persona en otra, sino de naturaleza que nos abran a Dios y entre nosotros. Por último, Jesús define a los resucitados como iguales a los ángeles (cf. v. 36) para indicar una situación de vida diferente a la actual y, de todos modos, más cercana a la vida de Dios. Hemos de señalar también que hay modos y modos de hacer referencia a las Escrituras: para ponerlas de nuestra parte, como hacen los saduceos, o bien para entrar en su mensaje genuino, como hace Jesús. El Maestro nos ofrece de este modo las divinas Escrituras como tesoro de verdad, de esperanza y de liberación.

Es útil señalar el detalle final (v. 39): hay también entre los maestros de la Ley algunos bien dispuestos hacia Jesús, que reconocen la validez de su ministerio, pero sin tener, no obstante, el valor de llegar hasta el final de su discurso. En efecto, no se atreven a hacerle ninguna pregunta más, tal vez porque su corazón es tímido y no quieren comprometerse con Jesús.

 

MEDITATIO

De las dos lecturas que la liturgia de la Palabra nos presenta hoy brota la perspectiva de la vida eterna: es una ocasión óptima para reflexionar sobre este momento de nuestra vida que la caracterizará de modo pleno y definitivo.

Por un lado, se nos invita a purificar nuestras ideas sobre el modo como viviremos eternamente. Lo que afirma el evangelio a este respecto debe ser recibido como una invitación a callar más que a chacharear sobre lo que nos espera. Es incluso demasiado fácil trivializar el discurso sobre el paraíso, tanto en un sentido negativo como en un sentido positivo. En ciertas ocasiones, además, como los saduceos del evangelio, nos sentiremos tentados a reducir la vida eterna a las proporciones –engrandecidas de la vida terrena, no permitiendo ni siquiera a Dios hacer «cosas nuevas» o, mejor, «unos cielos nuevos y una tierra nueva». Sabemos, sin embargo, con seguridad que la vida eterna será una pascua plena y definitiva, participación en la de Jesús. También nosotros, como los «dos testigos» de los que nos habla el libro del Apocalipsis, sabemos que la pascua es un acontecimiento extraordinario cuyas características abren la tierra al cielo y por eso marcarán nuestra vida para siempre.

A la vida eterna se accede mediante la resurrección, participación en el gran acontecimiento de la resurrección de Jesús. Tanto para nosotros como para él, se trata de una victoria de la vida sobre la muerte: es Dios quien triunfará definitivamente en nuestra vida: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, un Dios de vivos y no de muertos». Es ésta una expresión extremadamente lúcida para hacernos comprender que, aunque hayan muerto, también Abrahán, Isaac y Jacob viven en Dios, y como ellos cada uno de nosotros, porque «todos viven por él».

 

ORATIO

Te doy gracias, Señor,

- por los apóstoles de todas las naciones que, obedeciendo tu invitación, ofrecen al mundo tu Evangelio;

- por los misioneros conocidos o no que, incluso a riesgo de su propia vida, llevan tu mensaje de salvación allí donde todavía no eres conocido;

- por todos aquellos que en cualquier momento histórico han recordado a tu Iglesia el gran mandato de la evangelización.

Te doy gracias, Señor,

- por los misioneros y fíeles que, con el testimonio e su vida, se han unido al ejército de los mártires;

- por todos aquellos que glorifican tu nombre en cada lengua y en cada nación, en cada pueblo y en cada cultura, en todas las partes del mundo;

- por los obreros que vendrán a trabajar en tu mies, porque, al responder con fidelidad y firmeza a su llamada, saborean la alegría del servicio.

Oh Señor, asiste con tu presencia, guía con tu consejo y sostén con tu fuerza a todos aquellos a quienes has enviado a las naciones.

 

CONTEMPLATIO

¿Qué debe hacer, por tanto, el cristiano? Servirse del mundo, no hacerse esclavo del mundo. ¿Qué significa eso? Significa tener, pero como si no tuviera. Así dice, en efecto, el apóstol: «Os digo, pues, hermanos, que el tiempo se acaba. En lo que resta, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar. Quiero que estéis libres de preocupaciones» (1 Cor 7,29-32).

Quien no tiene preocupaciones espera tranquilo la llegada de su Señor. En efecto, ¿qué clase de amor por Cristo sería temer su llegada? Hermanos, ¿no nos avergonzamos? ¡Le amamos y tememos que venga! Pero ¿le amamos de verdad o amamos más nuestros pecados?

Se nos impone una elección de manera perentoria. Si queremos amar de verdad al que debe venir para castigar los pecados, debemos odiar con el corazón todo lo que tenga que ver con el mundo del pecado. Lo queramos o no, él vendrá. Más tarde, no ahora; lo que, como es obvio, no excluye que vendrá. Vendrá, y cuando menos lo esperes. Si te encuentra preparado, no te perjudicará el hecho de no haber conocido por anticipado el momento exacto (Agustín de Hipona).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible» (cf. 1 Cor 15,43).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por el lugar en el que viven, ni por su lenguaje, ni por su modo de vida. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble.

Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo (Carta a Diogneto).

 

 

 

 

Día 22

 Domingo de la 34ª semana del Tiempo ordinario , celebración de

Jesucristo Rey del Universo

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 34,11-12.15-17

11 Porque esto dice el Señor: Yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré.

12 Como un pastor cuida de sus ovejas cuando están dispersas, así cuidaré yo a mis ovejas y las reuniré de todos los lugares por donde se habían dispersado en día de oscuros nubarrones.

15 Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré a la majada, oráculo del Señor

16 Buscaré a la oveja perdida y traeré a la descarriada; vendaré a la herida, robusteceré a la flaca, cuidaré a la gorda y robusta; las apacentaré como se debe.

17 En cuanto a vosotros, rebaño mío, esto dice el Señor: Yo juzgaré entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío.

       

•» El texto, dirigido a los responsables del pueblo, utiliza la imagen del pastor empleada por Jn 23,1-6. Dios reprueba a los reyes y a cuantos estaban investidos de poder (sacerdotes y escribas) porque han faltado a sus deberes y han incumplido las funciones de guiar al pueblo. Todo lo que han hecho con las ovejas (Israel) ha sido nefasto, deletéreo y mortal: han pensando siempre en ellos y nunca en el pueblo, han empleando la violencia con sus hermanos y los han entregado en las manos de los pueblos vecinos.

Al rey, Dios le echa en cara su culpa y le anuncia que le quitaré el pueblo y él mismo cuidaré y apacentará a su rebaño como rey y Mesías (vv. 11-16; cf Is 40,11; Sal 22). No es cuestión de sustituir unos jefes indignos por otros para que conduzcan al pueblo, ni es cuestión de invertir el orden; se {rata del anuncio de una teocracia. La profecía se hizo realidad: a la vuelta del destierro de Babilonia, el <<resto de Israel» no volvió a tener mas un rey, sino la anunciada teocracia. Dios mismo alimentaré a su pueblo, proveeré sus necesidades y los deseos de todos.

Ezequiel inauguró así la nueva teocracia divina, en la cual Cristo, verdadero pastor del pueblo, puso a sus enemigos como escabel de sus pies. El, en efecto, no <<desperdiga», sino que <<reúne>>; conduce a los pastos a sus ovejas y les proporciona descanso; va en busca de la oveja perdida y venda a la herida. Estos son los rasgos que los evangelios le aplican a Cristo. El rey Mesías es el rey para los demás: su majestad es servicio, no dominio; es entrega de si mismo y predilección por los pobres y los débiles.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 15,20-26a.28

Hermanos:

20 Cristo ha resucitado de entre los muertos como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte.

21 Porque lo mismo que por un hombre vino la muerte, también por un hombre ha venido la resurrección de los muertos.

22 Y como por su unión con Adán todos los hombres mueren, así también por su unión con Cristo todos retornarán a la vida.

23 Pero cada uno en su puesto: como primer fruto, Cristo; luego, el día de su gloriosa manifestación, los que pertenezcan a Cristo.

24 Después tendrá lugar el fin, cuando, destruido todo principado, toda potestad y todo poder, Cristo entregue el Reino a Dios Padre.

25 Pues es necesario que Cristo reine hasta que Dios ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.

26 El último enemigo a destruir será la muerte.

28 Y cuando le estén sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo se someterá también al que le sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas.

 

i> Este texto paulino relaciona la soberanía de Jesús con la resurrección y la victoria sobre el pecado y la muerte. Es una visión grandiosa de la realeza de Cristo, una majestad en desarrollo: Jesús, aunque ha resucitado, aun esta en lucha contra el pecado del mundo y la muerte. Al final, las potencias del mal y de la muerte serán derrotadas y Cristo podrá entregar su Reino al Padre.

El texto comienza diciendo que <<por su unión con Adán todos los hombres mueren» (v. 22), excepto el primogénito de la nueva humanidad, Jesucristo, el resucitado, que se ha liberado de toda esclavitud. El no ha querido ser el único en triunfar sobre la muerte, sino que ha unido consigo a la Iglesia, indicándole los medios prácticos para vencer la muerte y el mal.

El primer Adán, en efecto, arrastró a la humanidad a la muerte, mientras que el segundo Adán, Jesucristo, arrastra a los suyos a la resurrección. El ya ha resucitado como <<primicia» (<<primer fruto», in 23), como primera célula del mundo nuevo. Luego, después de su venida, resucitaran <<los que pertenezcan a Cristo» (v. 23). El último enemigo que sera destruido sera <<la muerte» (v. 26). Entre las primicias de la resurrección de Cristo y el acontecimiento final de la resurrección de sus seguidores esta la historia y la vida del mundo, que se encuentran dominadas por la lucha de Cristo y las potencias: <<Es necesario que Cristo reine hasta que Dios ponga u todos sus enemigos bajo sus pies » (v. 25). Ahora, esta lucha continua, pero al final la muerte será vencida.

 

Evangelio: Mateo 25,31·46

Dijo Jesús a sus discípulos:                                      

31 Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria con todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria.

32 Todas las naciones se reunirán delante de él y él separará unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos,

33 y pondrá las ovejas a un lado y los cabritos al otro.

34 Entonces el rey dirá a los de un lado: <<Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

35 Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me alojasteis;

36 estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y fuisteis a verme».

37 Entonces le responderán los justos: <<Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber?

38 ¿Cuándo te vimos forastero y te alojamos, o desnudo y te vestimos?

39 ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?».

40 Y el rey les responderá: <<os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos mas pequeños, conmigo lo hicisteis».

41 Después dirá a los del otro lado: <<Apartaos de mí, malditos, íd al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.

42 Porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber;

43 fui forastero y no me alojasteis; estaba desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis».

44 Entonces responderán también éstos diciendo: <<Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos?».

45 Y él les responderé: <<Os aseguro que cuando dejasteis de hacerlo con uno de estos pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo>>.

46 E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

 

» Estamos frente a la clásica visión del juicio final, que Mateo pone como conclusión del <<discurso escatológico>> y de todos los discursos de Jesús. En realidad, Jesús no pronuncio este discurso con la intención de describirnos los acontecimientos finales relativos al juicio definitivo. Sin embargo, leyendo los hechos de su tiempo, Jesús si ha querido inculcarnos los medios concretos para salir victoriosos en la prueba final de la vida, cuando toda la humanidad se encuentre frente a él, como rey universal restaurando su Reino. La página evangélica posee una fuerza extraordinaria tanto por el mensaje en si como por lo sugestivo de la escena. El texto se encuentra articulado en tres partes: una, la introducción, que presenta la llegada del Hijo del hombre, la convocación de los pueblos y la separación de los mismos (vv. 31-33); otra, el dialogo del rey con los de un lado, quienes entraran y tomaran posesión de su Reino, 34 a continuación, con los del otro lado, los excluidos (vv. 34-45); y la ultima, la conclusión, que reanuda y ejecuta las distintas sentencias (v. 46).

La parte más importante del texto es la que se fija, y con insistencia, en las actitudes de amor o indiferencia, es decir en la acogida amorosa o en el rechazo de los pobres y los necesitados. Las obras misericordiosas y gratuitas son premiadas por Dios. Esta claro que este rey y juez escatológico, que cumple las profecías antiguas, es Jesús de Nazaret, el crucificado, aquel que experimento el hambre, la desnudez, la soledad, el dolor. Este rey y Señor que se identifica con los pequeños y los pobres, vive escondido y oculto en <<sus hermanos más pequeños».

 

MEDITATIO

Estamos concluyendo otro ano litúrgico con toda la Iglesia. Es bueno que hagamos un balance personal —y comunitario, también— y nos preguntemos si durante el tiempo transcurrido hemos realizado una coherente acción evangelizadora, de promoción humana, de santificación personal y fraterna con quienes vivimos, de glorificación a Dios en Cristo, hacia donde convergen como meta todas las actividades de la Iglesia. Y debemos planteamos mas cosas, a la luz de la Palabra de Dios, en esta fiesta de Cristo Rey: ¿cómo estamos viviendo la vida presente?, ¿tenemos presente la vida futura?

Nuestra vida tiene dos tiempos. El primero es terrenal: el <<tiempo propicio» que estamos viviendo, el de la salvación (cf 2 Cor 6,2), donde contamos con Cristo como <<buen pastor» y decidimos, porque esta en nuestras manos, si nos salvamos. Y después vendrá <<aquel día», cuando Cristo como juez se siente en su trono de gloria y nada quede impune ante él. La Escritura nos invita en este día a reflexionar austeramente. La fiesta de Cristo Rey nos ayuda a reconsiderar que todavía estamos en el tiempo favorable de la salvación, donde todo depende de la disponibilidad para acoger la invitación de Dios. El, buen pastor, nos invita a no endurecer el corazón para no ser seducidos por el pecado. Merece la pena repetir convencidamente: <<El Señor es mi pastor: nada me falta».

 

ORATIO

Señor, con la palabra, tajante y auténtica, que nos has dirigido hoy hemos comprendido que lo esencial en la vida no es, ni mucho menos, confesarte con palabras, sino practicar el amor con los pobres y desfavorecidos. En esto consiste la voluntad del Padre, en vivir de ti y como tú, incluso de parte de quienes no te conocen bien. Señor Jesús, tu te identificaste con los perseguidos, con los pobres, con los débiles. Nos has mostrado un claro ejemplo de vida, contenido en el evangelio y condensado en las bienaventuranzas.

La Señal de que ha llegado tu Reino se encuentra en que en ti el amor concreto de Dios alcanza a los pobres y los marginados, y no por sus méritos, sino por su condición de excluidos y oprimidos, porque tu eres Dios y porque lo últimos serán los <<clientes>> tuyos y del Padre.

Ayúdanos, Señor a entender que descuidar este amor concreto por los pobres, los forasteros, los prisioneros, los desnudos o los hambrientos, significa no vivir según la fe del Reino, sino apartamos de su lógica. Faltar al amor es negarte, porque los pobres son tus hermanos, y lo son justamente por su pobreza. Haznos comprender con todas sus consecuencias que ellos son el lugar privilegiado de tu presencia y del Padre celestial.

 

CONTEMPLATIO

Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey de cielo y tierra (cf Mt 11,25), te damos gracias por ti mismo, pues por tu santa voluntad, y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas Espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos colocaste en el paraíso (cf Gu 1,26; 2,15). Y nosotros caímos por nuestra culpa.

Y te damos gracias porque, al igual que nos creaste por tu Hijo, así, por el santo amor con que nos amaste (cf Jn 17,26), quisiste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa Maria, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz, y sangre, y muerte (Francisco de Asís, <<Reglas para los hermanos menores», XXIII, 2-3, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, 109-110).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<El Señor es mi pastor; nada me falta» (Sal 23,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Es importante saber lo que pasa a nuestro lado y tener conciencia de las personas y las situaciones. Es importante saber que Jesús es el Señor y que él representa la visita personal definitiva de Dios a la humanidad. Es importante saber que debemos ser sensibles a las necesidades urgentes de los otros, especialmente de los más pobres, sucios y malolientes. Pero el saber no es decisivo. Lo decisivo es el hacer efectivo. No se salva el que sabe y dice; <<Señor, Señor...», sino el que hace lo que Dios pide. La salvación tiene lugar cuando se da el salto de la teoría a la práctica verdadera. Lo que nos proporciona la salvación es el amar desinteresadamente, el perdonar con sinceridad y el extender la mano generosa.

Simón de Cirene fue el buen samaritano para Jesús que sufría en el camino. El no socorrió a un condenado y criminal a los ojos de la justicia romana y judía. Dio asistencia y ayuda al mismo Dios.

<<Señor, ¿cuándo te vimos sufriendo y te servimos? ¿Cuándo te vimos caído y bañado en sangre te levantamos? ¿Cuándo te vimos llevando la cruz y te ayudamos llevándola nosotros mismos?» Y el Señor nos dirá: <<En verdad os digo que cada vez que hagáis como Simón de Cirene, que cargó con la cruz de un condenado, conmigo lo hacéis».

Verdaderamente, Dios se esconde y va de incógnito debajo de todo necesitado. Suplica compasión. Implora liberación. Quiere ser auxiliado. Es importante saberlo, Pero más importante, incluso decisivo, es ayudar, abajarse, tomar sobre sí la cruz y caminar junto al otro. Es la elección perenne que Simón de Cirene nos legó. 

Al juzgar sobre nuestra salvación seremos juzgados de amor. Los pobres no constituyen un tema del Evangelio. Pertenecen a la esencia misma del Evangelio. Porque <<evangelio» quiere decir <<buena nueva», alegría de la justicia mesiánica para quien se encuentra sometido a la injusticia, liberación para quien se ve oprimido y salvación para quien se halla perdido. Sólo a partir del lugar de los pobres se entiende la esperanza del Evangelio de Jesús. Y solo se salva quien asume la perspectiva de los pobres 

El Evangelio, ciertamente, va destinado a todos. Todos son interpelados por él; los que poseen el control de los bienes de este mundo y los desposeídos; los que poseen el privilegio de saber y los ignorantes. No se restringe a una clase. Pero solo participa del Reino de Dios y se salva el que vive y trabaja, aun siendo rico, asumiendo los clamores de los pobres, suplicando justicia; quien en su proyecto de vida incluye el anhelo mayor de los pobres, que es el de la construcción y el logro de una convivencia equitativa y fraterna para todos, y ayuda a concretarlo (L, Boff, Via crucis de la justicia, Ediciones Paulinas, Madrid l980, 58-64; traducción, Antonio Alonso].

 

Día 23

Lunes 34ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 14,1-3-4b-5

Yo, Juan,

1 volví a mirar y he aquí que el Cordero estaba de pie sobre el monte Sión. Estaban con él los ciento cuarenta y cuatro mil que tenían su nombre y el nombre de su Padre escrito en la frente.

2 Y oí una voz que venía del cielo, voz como de aguas caudalosas y truenos fragorosos. Sin embargo, la voz que oí era como el sonido de citaristas tocando sus cítaras.

3 Cantaban un cántico nuevo delante del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Un cántico que nadie podía aprender, excepto aquellos ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra.

4 Éstos son los que siguen al Cordero a dondequiera que va, los rescatados de entre los hombres como primeros frutos para Dios y para el Cordero,

5 los de labios sinceros y conducta irreprochable.

 

*» El libro del Apocalipsis, a medida que se desarrolla el drama, compromete con su mensaje a un número cada vez mayor de personas: el pueblo de los elegidos entra en una relación maravillosa con Dios y con Jesús, el Cordero inmolado. La perspectiva eclesial caracteriza, por consiguiente, el mensaje del evangelista Juan; más aún, si la consideramos bien, la perspectiva se vuelve universal. El símbolo numérico empleado en este texto bíblico es muy claro: «.Ciento cuarenta y cuatro mil» (w. 1.3b) corresponde, en efecto, a 12 x 12 x 1.000, producto de tres números que -cada uno de ellos- significan perfección. Es como decir que éste no ha de ser considerado un número cerrado, sino un número abierto que encontrará su perfección sólo cuando todos los llamados sean también elegidos.

El otro símbolo empleado por Juan es el del monte, «el monte Sión», en el que se reúnen todos los que llevan en la frente el nombre del Cordero y el de su Padre (v. 1). Tener el nombre significa entrar en una relación muy especial con la persona: en este caso, el pueblo de los elegidos se caracteriza por su especial relación con Dios y con Jesús. Mediante la fe es como se entra a formar parte de este pueblo que es la comunidad de los que invocan el Nombre y reconocen en él la fuente de su salvación. Es un pueblo que cree, y por eso canta: «Cantaban un cántico nuevo delante del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Un cántico que nadie podía aprender, excepto aquellos ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra» (v. 3). No es difícil reconocer en este cántico el aleluya pascual que se transforma en un aleluya eterno.

 

Evangelio: Lucas 21,1-4

En aquel tiempo,

1 estaba Jesús en el templo y veía cómo los ricos iban echando dinero en el cofre de las ofrendas.

2 Vio también a una viuda pobre que echaba dos monedas de poco valor.

3 Y dijo:

-Os aseguro que esa viuda pobre ha echado más que todos los demás,

4 porque ésos han echado de lo que les sobra, mientras que ésta ha echado, de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir.

 

*» Advertimos dos grandes contrastes en esta página evangélica: el que existe entre los «ricos» y la «viuda», y el que existe entre «lo que sobra» y «lo necesario para vivir». De este modo, Lucas nos hace entrar de inmediato en una situación de vida que -tanto hoy como ayer- nos interpela con todo su dramatismo. El evangelio no nos ofrece exhortaciones piadosas, casi sedantes, sino que nos ilumina con una luz nueva para que podamos leer a fondo y con perspectiva las situaciones históricas en las que vivimos.

Jesús ve y elogia a la viuda pobre; ve y no puede dejar de censurar la acción de los ricos. La mirada de Jesús es como un juicio emitido sobre aquellos que tienen una relación distinta con los bienes, con el dinero. Un juicio que siempre resulta difícil de aceptar, pero que, no obstante, ilumina perfectamente no sólo el gesto, sino también el corazón de las personas.

En primer lugar, Jesús elogia a la viuda pobre por «las dos monedas de poco valor» que ha ofrecido al templo. También aquí se da un fuerte contraste en las palabras de Jesús: dos monedas de poco valor son siempre dos monedas de poco valor, pero Jesús las considera más preciosas que las ricas ofrendas de los acomodados.

¿Cómo pensar en este gesto de la viuda sin compararlo con el de la mujer anónima que, la víspera de la pasión de Jesús, perfumó su cabeza con un perfume precioso? Se trata en ambos casos de una «buena acción», que como tal complace a Jesús bastante más que cualquier otra ofrenda. El poco de la viuda pobre es todo a los ojos de Dios, mientras que el mucho de los ricos es simplemente lo superfluo. También aquí captamos un juicio bastante claro: en efecto, Dios sopesa el valor cualitativo y no sólo el cuantitativo de nuestras acciones. Es sólo él quien lee en nuestros corazones y nos conoce a fondo.

 

MEDITATIO

La perícopa evangélica nos pone ante una situación que, en su sencillez, nos empuja a una reflexión sobre el valor del don, del don de nosotros mismos. Es evidente que la viuda pobre ha realizado un gesto extremadamente elocuente, mientras que el gesto de los ricos se revela, por lo menos, opaco y mezquino. El gesto del que da con generosidad, pero sobre todo con confianza, revela, por un lado, el corazón del que da y, por otro, el valor de aquel a quien se ofrece el don. En consecuencia, es el corazón lo que da valor y otorga importancia al don. La viuda pobre manifiesta un corazón totalmente abierto a Dios, lleno de una extrema confianza en él, y, al mismo tiempo, manifiesta el valor sumo que tiene Dios para ella.

Ese gesto asume, por consiguiente, un valor religioso: es un acto de fe, un acto de abandono en la divina providencia; en último extremo, un acto de adoración.

El don, por tanto, tiene la capacidad de unir y conectar a dos personas: no tanto por el valor de lo que se da como por el valor del corazón del donante y por el valor del corazón de aquel a quien se ofrece el don, sea quien sea. Más aún, desde una perspectiva religiosa, la fe es capaz de llevar a cabo una especie de inversión de los valores, de suerte que el poco de la viuda se convierte en todo, mientras que el mucho de los ricos se convierte en poco.

Por último, lo que embellece al don es la intención que lo acompaña, lo orienta y lo consuma: si la finalidad del gesto oblativo es Dios, entonces el don asume un valor excepcionalmente grande. Es Dios quien lo recibe, lo aprecia y lo acepta.

 

ORATIO

«Dios ama a quien da con alegría» (2 Cor 9,7).

Señor, ¿qué sería nuestra vida si fuera tocada por dones con las mismas características y bienaventuranzas que los tuyos?

Dones desinteresados que permitan crecer: ¿conoceríamos la avidez y el engaño?

Dones duraderos basados en promesas fieles y veraces: ¿conoceríamos el divorcio?

Dones generativos que produzcan vida al darse a sí mismos: ¿conoceríamos el aborto?

Dones que se multiplican al ser distribuidos: ¿conoceríamos la indigencia?

Dones que consuelan al que sufre: ¿conoceríamos la soledad?

Dones que perdonan al que se ha equivocado: ¿conoceríamos la venganza o el rencor?

Dones que acogen sin distinción de cultura, de fe, de lengua, de color: ¿conoceríamos la discriminación?

Dones de paz y de fraternidad: ¿conoceríamos la violencia, la guerra, el atropello?

Dones de reconocimiento por las dos moneditas de la viuda: ¿conoceríamos la ingratitud?

Oh Señor, nuestra naturaleza herida y corrupta, so pretexto de acciones nobles, transmite a menudo dones enmascarados por su propio egoísmo y por su propia vanidad. Haz que nuestros dones encarnen sólo las intenciones del amor.

 

CONTEMPLATIO

Todos los que participamos de la sangre sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con él, como atestigua san Pablo cuando dice, refiriéndose al misterio del amor misericordioso del Señor: No había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo.

Si, pues, todos nosotros formamos un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo unos con otros, sino también en relación con aquel que se halla en nosotros gracias a su carne, ¿cómo no mostramos abiertamente todos esa unidad entre nosotros y en Cristo? Pues Cristo, que es Dios y hombre a la vez, es el vínculo de la unidad.

Y, si seguimos por el camino de la unión espiritual, habremos de decir que todos nosotros, una vez recibido el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos fundimos entre nosotros y con Dios. Pues aunque seamos muchos por separado, y Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, ese Espíritu, único e indivisible, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí en cuanto subsisten en su respectiva singularidad, y hace que todos aparezcan como una sola cosa en sí mismo.

Y así como la virtud de la santa humanidad de Cristo hace que formen un mismo cuerpo todos aquellos en quienes ella se encuentra, pienso que de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los reduce a todos a la unidad espiritual.

Por esto nos exhorta también san Pablo: Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Pues siendo uno solo el Espíritu que habita en nosotros, Dios será en nosotros el único Padre de todos por medio de su Hijo, con lo que reducirá a una unidad mutua y consigo a cuantos participan del Espíritu (Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan, XI, 11).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Éstos son los que siguen al Cordero a dondequiera que va» (Ap 14,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Cuál será mi sitio en la casa de Dios? Sé que no me pondrá mala cara, que no me hará sentirme una criatura que no sirve para nada, porque eres, Dios, así: cuando una piedra te sirve para tu construcción, coges el primer guijarro que encuentras, lo miras con una infinita ternura y lo conviertes en esa piedra que necesitas, unas veces con un brillo como el del diamante, otras opaca y sólida como una roca, pero siempre apta para la finalidad que persigues.

¿Qué harás de este guijarro que soy yo, de esta piedrecilla que tú has creado y trabajas cada día con el poder de tu paciencia, con la fuerza invencible de transfiguración que encierra tu amor? Tú haces cosas inesperadas, gloriosas. Arrojas las bagatelas y te pones a cincelar mi vida. Poco importa que me pongas bajo un pavimento que nadie ve, pero que sostiene el esplendor del zafiro, o en la cima de una cúpula que todos miran y quedan deslumbrados. Lo importante es encontrarme cada día allí donde tú me pongas, sin retrasos. Y yo, por más que sea piedra, siento que tengo una voz: quiero gritarte, oh Dios, la felicidad que me produce sentirme maleable en tus manos, para servirte, para ser templo de tu gloria (A. A. Ballestrero).

 

 

Día 24

 Martes 34ª semana del Tiempo ordinario o 23 de Noviembre, conmemoración de

 San Andrés Dung-Lac, presbítero, y compañeros, mártires

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 14,14-19

Yo, Juan,

14 volví a mirar y vi una nube blanca. Sentado sobre la nube estaba un ser de aspecto humano con una corona de oro sobre la cabeza y una hoz afilada en la mano.

15 Salió del templo otro ángel y gritó con voz potente al que estaba sentado en la nube:

-Mete tu hoz y comienza a segar. Es el tiempo de la siega, pues está ya seca la mies.

16 El que estaba sentado sobre la nube acercó su hoz a la tierra y la segó.

17 Y salió otro ángel del templo celeste llevando también una hoz afilada.

18 Y todavía un ángel más -el que tiene poder sobre el fuego— salió del altar y gritó con voz potente al que tenía la hoz afilada:

-Mete tu hoz afilada y vendimia los racimos de la viña de la tierra, pues están ya las uvas en sazón.

19 Acercó el ángel su hoz a la tierra, vendimió la viña de la tierra y arrojó las uvas al gran lagar de la ira de Dios.

 

*» En este fragmento del libro de Apocalipsis encontramos algunos símbolos cuya interpretación nos introduce en la comprensión del mensaje. En primer lugar, el símbolo de la nube (v. 14), que, según la tradición bíblica, expresa una teofanía, es decir, una aparición divina.

En este caso es el Hijo del hombre el que aparece para pronunciar el juicio y ofrecer la salvación. De ahí que este fragmento tenga un valor exquisitamente cristológico: el evangelista Juan quiere completar su mensaje sobre la persona y sobre la misión de Jesús.

Los símbolos de la siega (w. 15b. 16) y de la vendimia (w. 18b. 19) pretenden ilustrar el juicio que Jesús ha venido y vendrá a pronunciar sobre la humanidad. Se trata de un juicio abierto a la salvación, que es precisamente don de aquel cuyo nombre es Salvador. Justamente porque será Jesús quien pronuncie el juicio, no es lícito considerarlo sólo en su valor negativo: eso sería desconocer el don de Dios y sustraerse así a la voluntad salvífica universal del Señor. A buen seguro, el juicio manifiesta también un momento negativo: aquellos que hayan rechazado la salvación se encontrarán separados de Dios, como objeto de su justa cólera (v. 19), pero precisamente porque ellos mismos se han sustraído libremente a la divina misericordia.

El fragmento de Juan nos ofrece otro mensaje: existe una estrecha relación entre la vida presente y la futura, entre la vida terrena y la eterna. Todo dependerá de Dios y de su divina bondad, pero todo dependerá también de nuestras opciones personales y de las obras que realicemos.

 

Evangelio: Lucas 21,5-11

En aquel tiempo,

5 al oír a algunos que hablaban sobre la belleza de las piedras y exvotos que adornaban el templo, dijo:

6 -Vendrá un día en que todo eso que veis quedará totalmente destruido; no quedará piedra sobre piedra.

7 Entonces le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?

8 Él contestó: -Estad atentos, para que no os engañen. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy, ha llegado la hora». No vayáis detrás de ellos.

9 Y cuando oigáis hablar de guerras y de revueltas, no os asustéis, porque es preciso que eso suceda antes, pero el fin no vendrá inmediatamente.

10 Les dijo además: -Se levantará nación contra nación y reino contra reino.

11 Habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambres, pestes, apariciones terroríficas y grandes portentos en el cielo.

 

**• Estamos ante el segundo «discurso escatológico» (cf. Lc 17,20-37) del evangelio de Lucas: es señal de que para este evangelista la perspectiva del fin del mundo y de la vida futura caracteriza de una manera profunda la espiritualidad cristiana. Las preguntas iniciales, «¿Cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?» (v. 7), son como dos pistas de búsqueda para comprender el mensaje que Jesús quiere transmitir.

Por otra parte, el hecho de que este discurso haya sido pronunciado ante el templo, con la belleza de la piedras y exvotos, crea un fuerte contraste entre el presente, que amenaza con clausurar la religiosidad de los contemporáneos de Jesús, y el futuro hacia el que, no obstante, quiere orientar Jesús su fe. Jesús predice en su respuesta el final del templo de Jerusalén y, en cierto modo, de todo lo que éste simboliza (v. 6). Anuncia el final de un mundo que se concreta en esta catástrofe, del mismo modo que se concretará en muchas otras. No pretende decir que el fin del mundo esté cerca, pero sí desea recordar que todo lo que pertenece a este mundo tendrá, a buen seguro, un fin y que ante este fin debemos reflexionar con plena conciencia, dejándonos iluminar por su enseñanza.

Lo que debemos hacer mientras esperamos su retorno está expresado con claridad en lo que afirma Jesús con respecto a los falsos profetas y a los falsos mesías (v. 8). Jesús nos invita al discernimiento de las personas y de los acontecimientos, a tener el valor de tomar o dejar, a asumir el riesgo de optar siempre y de todos modos por los valores que él nos ha entregado en su Evangelio. Son muchos los que, tanto hoy como ayer, pretenden abrir nuevos caminos de salvación delante de nosotros; son muchos los que anuncian el fin como algo inminente, más para intimidar y aterrorizar que para iluminar e infundir valor. Las palabras de Jesús van en un sentido diametralmente opuesto: incluso cuando anuncia el fin, se preocupa por iluminar y confortar a sus discípulos.

 

MEDITATIO

Los símbolos del libro del Apocalipsis y el lenguaje escatológico suponen, qué duda cabe, cierta dificultad para la comprensión del mensaje bíblico. Este hecho nos confirma en la certeza de que el nuestro es un camino de fe: los símbolos tienen que ser interpretados y las palabras comprendidas.

Para el que camina por los senderos de este mundo, existe siempre la posibilidad de ser engañado y desviado. Por algo insiste Lucas, en este discurso, en señalar que la seducción será sobre todo doctrinal: los falsos profetas tienen la pretensión de atribuirse la importancia y la autoridad de Jesús y, sobre todo, se atreven a anunciar el fin como inminente. Lucas aclara que estos hechos pertenecen aún a la historia y no al «fin de los tiempos»: en efecto, deben suceder antes estas cosas, pero eso no significa que inmediatamente después venga el fin.

Es como decir que el discernimiento no puede ser fruto únicamente de una intuición personal o de cierta capacidad crítica. Al contrario, es fruto de la vida de fe y debe caracterizar la vida y la actitud de una comunidad de fe que, con la luz de la Palabra y la fuerza del Espíritu, aprende día tras día a leer los signos de los tiempos, a discernir entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso.

La invitación de Jesús, «No vayáis detrás de ellos», nos pone en guardia contra un falso seguimiento que podría reemplazar al que nos mantiene encaminados tras los pasos de Jesús. Por eso, el verdadero discernimiento se manifiesta también y sobre todo en algunas opciones de vida que pueden tener también un precio elevado, frente a las ilusiones y fáciles promesas de los falsos profetas.

 

ORATIO

Oh Señor, ayúdame a establecer una sabia relación con el tiempo: no una relación atrincherada en el pasado, que ya no es, ni una relación perdida en el futuro, que todavía no es. Haz que toda mi energía se dirija al presente para dar significado a toda acción y para valorar cada acontecimiento, de suerte que esté en sintonía con tu designio y sea capaz de transformar en novedad lo que puede correr el riesgo de ser rutina. Hazme comprender cuan discreto es el que sabe «perder el tiempo» en admirar una puesta de sol, en escuchar el mensaje de una hoja caída, en observar un hormiguero en acción, en contemplar un rostro bello, en consolar a quien lo necesita... En suma, en estar receptivo a todo lo que existe.

Sé que la vida es una misión de la que deberé rendir cuentas: haz que permanezca vigilante para que –como decía Pascal- no me haga culpable de dejar correr el tiempo como un niño deja correr la arena entre sus dedos.

Oh Señor, haz que tus palabras, «Estad preparados para cuando venga», caminen siempre delante de mí.

 

CONTEMPLATIO

Entonces será la alegría plena y perfecta, entonces el gozo completo, cuando ya no tendremos por alimento la leche de la esperanza, sino el manjar sólido de la posesión.

Con todo, también ahora, antes de que esta posesión llegue a nosotros, antes de que nosotros lleguemos a esta posesión, podemos alegrarnos ya con el Señor, pues no es poca la alegría de la esperanza, que ha de convertirse luego en posesión.

Ahora amamos en esperanza. Por eso, dice el salmo que el justo se alegra con el Señor. Y añade, en seguida, porque no posee aún la clara visión: y espera en él. Sin embargo, poseemos ya desde ahora las primicias del Espíritu, que son como un acercamiento a aquel a quien amamos, como una previa gustación, aunque tenue, de lo que más tarde hemos de comer y beber ávidamente.

¿Cuál es la explicación de que nos alegremos con el Señor, si él está lejos? Pero en realidad no está lejos. Tú eres el que hace que esté lejos. Ámalo y se te acercará; ámalo y habitará en ti. El Señor está cerca. Nada os preocupe. ¿Quieres saber en qué medida está en ti, si lo amas? Dios es amor. Me dirás: «¿Qué es el amor?». El amor es el hecho mismo de amar. Ahora bien, ¿qué es lo que amamos? El bien inefable, el bien benéfico, el bien creador de todo bien. Sea él tu delicia, ya que de él has recibido todo lo que te deleita. Al decir esto, excluyo el pecado, ya que el pecado es lo único que no has recibido de él. Fuera del pecado, todo lo demás que tienes lo has recibido de él (Agustín de Hipona, Sermón 21, 1-4).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mete tu hoz y comienza a segar. Es el tiempo de la siega» (Ap 14,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

He constatado, por consiguiente, con horror que mi impaciencia por ver restablecida la democracia tenía algo de comunista; o también, en un sentido más general, algo de racionalista: la unidad de las Luces. Quería hacer progresar la historia un poco como un niño que se pone a estirar de una planta para hacerla crecer más deprisa. Me parece que es preciso aprender a esperar del mismo modo que se aprende a crear. Sembrar con paciencia, regar con asiduidad la tierra que cubre la semilla y dar a las plantas su tiempo. No se puede engañar a una planta, como tampoco se puede engañar a la historia, pero sí es posible regarla: con paciencia, todos los días. Con comprensión, con humildad y, también, con amor.

Si los políticos y los ciudadanos aprendieran a esperar en el mejor sentido del término, manifestando así su respeto al orden intrínseco de las cosas y su insondable profundidad, si comprendieran que todas las cosas tienen sus tiempos en este mundo y que, más allá de lo que esperamos del mundo y de la historia, es importante saber lo que esperan el mundo y la historia, entonces no podría acabar la humanidad tan mal como a veces imaginamos. No hay razón alguna para mostrarnos impacientes, si hemos sembrado y regado bien. Basta con comprender que nuestra espera no carece de sentido. Es una espera que tiene sentido porque nace de la esperanza y no de la desesperación, de la fe y no de la desconfianza, de la humildad ante los tiempos de este mundo y no del miedo. Su serenidad no lleva la huella del aburrimiento, sino de la tensión. Una espera de este tipo es algo más que un simple estar a la espera. Es la vida, la vida en cuanto participación gozosa en el milagro del Ser (V. Havel).

 

 

 

Día 25

Miércoles 34ª semana del Tiempo ordinario o 25 de Noviembre, festividad de

Santa Catalina de Alejandría, virgen y mártir

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 15,1-4

Yo, Juan,

1 vi en el cielo otra señal grande y maravillosa: siete ángeles que llevaban las siete últimas plagas con las que había de consumarse la ira de Dios.

2 Vi también algo semejante a un mar, mezcla de fuego y de cristal; sobre este mar de cristal estaban, con las cítaras que Dios les había dado, los vencedores de la bestia, de su estatua y de su nombre cifrado.

3 Cantaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justo y fiel tu proceder, rey de las naciones.

4 ¿Cómo no respetarte, Señor? ¿Cómo no glorificarte? Sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán a postrarse ante ti, porque se han hecho patentes tus designios de salvación.

 

**• La referencia de este fragmento a los grandes hechos del Éxodo es más que evidente: debemos establecer un puente entre el fin y el principio, entre lo que profetiza el apóstol Juan y lo que Dios, al principio de la historia de la salvación, llevó a cabo en favor de su pueblo. Jesús, el Cordero inmolado, para introducir a los elegidos en el Reino del Padre, los hará pasar a través del «mar», que es el símbolo del mundo sumergido en el pecado.

Este paso será, por tanto, una pascua auténtica, una liberación de todo lo que es malo para alcanzar la salvación. El don de Dios tiene una eficacia particular: hace salir de Egipto, tierra de la esclavitud, y hace entrar en la tierra prometida, «una tierra que mana leche y miel» (Ex 3,8); libera del pecado e introduce en la comunión de vida con él. Este pueblo, precisamente por haber sido liberado, expresa su alegría mediante el canto; más exactamente, con «el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero» (v. 3). La referencia a Ex 15,1 ss es clara y resulta iluminadora. También el salmo responsorial de esta liturgia de la Palabra evoca el gran acontecimiento, y por eso corresponde muy bien a la alegría de un pueblo de salvados. Este don de la salvación asume una dimensión universal: el paso del Antiguo al Nuevo Testamento lo atestigua. «Todas las naciones vendrán a postrarse ante ti» (v. 4b): el don de Dios pasa a través de Israel, pero se abre a toda la humanidad. Dios no reserva sus dones sólo para algunos, sino que los ofrece a todos. De este modo alcanza su meta el mensaje del Apocalipsis.

 

Evangelio: Lucas 21,12-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

12 os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y a las cárceles, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.

13 Esto os servirá para dar testimonio.

14 Haceos el propósito de no preocuparos por vuestra defensa,

15 porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a los que no podrá resistir ni contradecir ninguno de vuestros adversarios.

16 Seréis entregados incluso por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos, y a algunos de vosotros os matarán.

17 Todos os odiarán por mi causa.

18 Pero ni un cabello de vuestra cabeza se perderá.

19 Si os mantenéis firmes, conseguiréis salvaros.

 

**• El «discurso escatológico» prosigue con un lenguaje profético que dibuja el futuro de la vida de los creyentes y de la historia de la primera comunidad cristiana. Ahora bien, con una perspectiva más dilatada, las profecías de Jesús tienen que ver con los creyentes y con la comunidad creyente de todos los tiempos.

En estas expresiones de Jesús podemos reconocer, prácticamente, una síntesis de los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles, casi un preludio a la historia de la Iglesia naciente, en la que la persecución es signo de segura pertenencia a Jesús en la fe y de plena participación en su destino pascual; es un signo del acercamiento del Reino de Dios y es un estímulo para mantener vivo el deseo del retorno del Señor.

Ahora bien, ¿por qué tiene que caracterizar la persecución la vida de los discípulos de Jesús y de la comunidad creyente? A buen seguro, no por una finalidad puramente negativa, ni sólo para poner a prueba la fidelidad de los seguidores de Jesús, sino para que éstos tengan la oportunidad de «dar testimonio» (v. 13) del Señor resucitado y de su Evangelio.

El don de la fe implica el deber de la misión y no puede dejar de expresar la alegría de la evangelización. Jesús no sólo se preocupa de confiar una misión, sino de indicar asimismo su método y su estilo. El testimonio de los discípulos, en efecto, será eficaz únicamente si es capaz de proseguir en el mundo el estilo pascual del testimonio de Jesús. No les hará falta preparar su propia defensa (v. 14); no se les permitirá recurrir a métodos de defensa puramente humanos; no se les permitirá recurrir a estrategias terrenas. En cambio, sí necesitarán vivir de pura fe, abandonarse por completo al poder de Dios, confiar únicamente en la divina providencia, con la certeza de que lo que es humanamente imposible será divinamente seguro. El Señor resucitado no dejará ciertamente a sus testigos fieles sin una elocuencia extraordinaria y un coraje indómito (v. 15). Todo esto, en términos bíblicos, recibe el nombre de perseverancia, que es el distintivo de los mártires.

 

MEDITATIO

En el fragmento evangélico que acabamos de leer hemos oído dos veces la expresión «por causa de mi nombre». Más adelante, hemos oído afirmar a Jesús: «Yo os daré un lenguaje y una sabiduría». Las exhortaciones de Jesús, que tienen un pronunciado carácter profético, tienden a liberar a los testigos de preocupaciones excesivamente humanas, personales, para concentrar su atención en su nombre, esto es, en su persona y en lo que él está dispuesto a hacer en su favor.

Es así como podemos captar el valor específico del testimonio cristiano: éste vale no tanto por lo que las personas sepan o puedan expresar como por el don divino que, a través de su Palabra, se manifiesta. El testigo se convierte entonces en signo concreto y manifestador de una presencia superior; sus palabras transmiten un mensaje divino; su martirio es prolongación del martirio de Jesús.

Para esta prueba extrema que es el martirio, se les asegura a los testigos la presencia consoladora de Jesús, que no sólo los hace extraordinariamente elocuentes, sino, en cierto modo, también invulnerables: «Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá». Esta divina seguridad encontrará amplia confirmación en el martirologio cristiano: no sólo en el que aparece en los Hechos de los Apóstoles, sino también en el que caracterizará de modo particular la historia de la Iglesia de los primeros siglos.

Podemos constatar, por tanto, que el martirio, en el marco de la historia bíblica y cristiana, caracteriza a la comunidad de los creyentes tanto del Antiguo (basta con pensar en el martirio de los siete hermanos Macabeos y en el de su madre) como del Nuevo Testamento.

 

ORATIO

Oh Señor, tú que eres «el Sufridor» por excelencia, ayúdanos a comprender que de la fidelidad a nuestra misión brota la disponibilidad al sufrimiento: sufrir para ser fieles a nuestra propia vocación o, mejor aún, a ti, que nos has llamado por nuestro nombre. Sufrir no como masoquistas, sino para llevar a cabo un designio de liberación en favor de los hermanos y para tu gloria.

Sufrir para ser coherentes con un plan de valores, pagando con la rebelión de nuestras pasiones y con el rechazo de quienes no piensan como nosotros. Sufrir convencidos de que podemos y debemos eliminar el sufrimiento inútil sustituyéndolo por un sufrimiento consciente y paciente.

Sólo así tendremos esa paz que simboliza el mar de cristal y se ofrece a quien, tras haber pasado por el fuego de la prueba, sale de él purificado y renovado. Oh Señor, da vigor a tus promesas, haznos perseverantes en tu amor, tú que eres el Dios fiel.

 

CONTEMPLATIO

Es la intención lo que hace buena la obra, y la intención está dirigida por la fe. No hay que prestar demasiada atención a lo que hace el hombre, sino a lo que pretende al obrar, al fin hacia el que dirige el brazo de su guía óptima.

Supón que un hombre gobierna de manera óptima su nave, pero se ha olvidado de la meta hacia la que se dirige. Aquí lo tenemos: sabe dirigir de modo experto el timón, sabe moverlo de manera óptima, sabe embestir de proa a las olas, sabe protegerse para que éstas no le embistan por los costados; está dotado de tanta fuerza que puede hacer virar la nave hacia donde quiere y desde donde quiere, pero ¿de qué le vale todo esto si cuando le preguntan a dónde va contesta que no lo sabe; o bien, aunque no diga que no lo sabe, sino que va a tal puerto, no se dirige en absoluto hacia ese puerto, sino hacia los escollos?

Ésta es también la condición de quien corre de manera óptima pero fuera del camino. ¿No habría sido mejor y menos peligroso que ese timonel hubiera sido bastante menos capaz, de modo que llevara el timón con trabajo y dificultad, pero mantuviera, sin embargo, el rumbo justo y debido; y, por otra parte, que ese otro hubiera sido tal vez incluso más perezoso y más lento, pero, sin embargo, hubiera marchado por el camino, antes que correr velozmente fuera del mismo? Es óptimo, por tanto, aquel que mantiene el camino y lo sigue expedito; y siempre se puede esperar también a quien, cojeando un poco, no se sale del camino totalmente, no se detiene, sino que progresa, aunque sea poco a poco. Cabe esperar, en efecto, que este último llegará, quizás más tarde, a su meta (Agustín de Hipona).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Sólo tú eres santo» (Ap 15,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Siguiendo la misma lógica de su propósito de historiador, Lucas dirige más su atención a los efectos exteriores y visibles de la acción del Espíritu que a la transformación interior por la que se interesa el teólogo Pablo. Este último permanece en la línea dominante de la Biblia, en la que el Espíritu se manifiesta sobre todo como Espíritu profético, que impulsa a hablar y da fuerza al testimonio de aquel a quien inspira. Lucas prefiere ver en el Espíritu el principio del dinamismo que asegura la difusión del mensaje evangélico y la expansión cíe la Iglesia. La fe que lleva al bautismo y procura la remisión de los pecados es un preliminar para la acogida de esta fuerza que impulsa al cristiano y a la Iglesia hacia el exterior. A buen seguro, no sin proporcionar un fortalecimiento interior; aunque no es éste el aspecto que interesa a Lucas: el tercer evangelista no piensa nunca, por ejemplo, en considerar el don del Espíritu como un anticipo de la vida eterna.

El Espíritu aparece, pues, en Lucas menos como una realidad constitutiva de la Iglesia que como la fuerza motriz de su crecimiento. No es la pneumatología de Lucas la que nos proporcionará la clave de su eclesiología (J. Dupont).

 

 

Día 26

Jueves 34ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19,1-3.9a

Yo, Juan,

18,1 vi a otro ángel que bajaba del cielo con gran poder. La tierra quedó iluminada con su resplandor,

2 y el ángel gritó con voz potente, diciendo: ¡Cayó, cayó al fin la orgullosa Babilonia! Se ha convertido en mansión de demonios, en guarida de espíritus inmundos y de toda clase de aves inmundas y detestables.

21 Un ángel pleno de vigor levantó entonces un peñasco grande como una gigantesca rueda de molino y lo arrojó al mar, diciendo:

Así, de golpe, será arrojada Babilonia, la gran ciudad, y desaparecerá para siempre.

22 Ya no se volverá a oír en ti el son de los citaristas y los músicos, de los que tocan la flauta y la trompeta. Ya no habrá en ti artesanos ni se oirá la rueda del molino.

23 La luz del candil ya no alumbrará más en ti, ni el canto del novio y de la novia se oirá más en tus calles. Porque tus negociantes llegaron a ser los señores de la tierra y con tus maleficios embaucaste a todas las naciones.

19,1 Después de esto, oí en el cielo algo así como la voz potente de una inmensa muchedumbre que cantaba:

¡Aleluya! La salvación, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios,

2 que juzga con verdad y con justicia. Él ha condenado a la gran prostituta, la que corrompía la tierra con sus prostituciones, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos.

3 Y por segunda vez cantaban:

¡Aleluya! El humo de su incendio sigue subiendo por los siglos de los siglos.

9,a Entonces alguien me dijo:

-Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.

 

**• Esta visión que se ofrece al evangelista Juan tiene también la finalidad de iluminar la historia del pueblo de Dios en marcha. El cielo y el resplandor que de él se difunde (cf. 18,1) indican, de una manera clara, la procedencia divina de la Palabra que va a ser proclamada. Sólo quien escucha y recibe el mensaje podrá caminar seguro hacia la meta final.  Por un lado, se proclama el final de Babilonia, símbolo de las potencias adversas al Reino de Dios y tendentes a arrancar un culto idolátrico a los hombres. Se trata de una auténtica derrota de Babilonia, aunque de momento en su historia pueda parecer vencedora. La atina de la ciudad, según el juicio expresado por esta profecía, no es otra cosa que el mentís de cualquier intentó humano de oponerse al designio divino. La ausencia total de alegría en ella -faltarán el son de los citaristas, la luz del candil y el canto del novio y de la novias signo de la ausencia de Dios y de la sordera total de sus habitantes a la voz del Señor, que llama a la conversión (18,2.22ss).

Por el contrario, el aleluya proclamado inmediatamente después (19,1-3) expresa, con un contraste vigoroso e iluminador, la victoria de Dios sobre sus adversarios, la victoria del Cordero sobre sus enemigos y la alegría de los salvados con el poder de la pascua. El símbolo final de esta gozosa victoria es el «banquete de bodas» (19,9) que ofrece el Cordero a todos los invitados.

Se trata de un símbolo bíblico bien conocido, que nos invita a compartir el gran misterio de salvación de Dios, nuestro salvador, en la fe y en la esperanza.

 

Evangelio: Lucas 21,20-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

20 Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed que se acerca su devastación.

21 Entonces, los que estén en Judea que huyan a los montes; los que estén dentro de la ciudad que se alejen, y los que estén en el campo que no entren en la ciudad.

22 Porque son días de venganza en los que se cumplirá todo lo que está escrito.

23 ¡Ay de las que estén encintas y criando en aquellos días! Porque habrá gran tribulación en la tierra y el castigo vendrá sobre este pueblo.

24 Caerán al filo de la espada e irán cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos hasta que llegue el tiempo señalado.

25 Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos, asustados por el estruendo del mar y de sus olas.

26 Los hombres se morirán de miedo al ver esa conmoción del universo, pues las potencias del cielo quedarán violentamente sacudidas.

27 Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y gloria.

28 Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.

 

**• Esta sección del «discurso escatológico» se subdivide claramente en dos partes: en la primera se describe la ruina de Jerusalén (w. 20-24), en la segunda se describe el fin del mundo (w. 25-28). La primera parte es la más característica de Lucas, ya que le gusta volver de la apocalíptica a la historia: «Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos... son días de venganza» (cf. vv. 20-22).

Queda claro, por consiguiente, que Lucas considera la destrucción de Jerusalén como un juicio de Dios dirigido contra el comportamiento precedente de sus habitantes.

De ahí que la perspectiva mire más al pasado que al futuro. Hay, no obstante, un matiz particular que merece ser destacado: lo que le ocurre a Jerusalén tiene una finalidad que abre la perspectiva al universalismo: «Jerusalén será pisoteada por los paganos hasta que llegue el tiempo señalado» (v. 24), es decir, el tiempo del testimonio o, bien, el tiempo de los mártires (cf. Hechos de los Apóstoles).

Es sabido que a Lucas le gusta distinguir con claridad los tiempos de la historia de la salvación: el tiempo del antiguo Israel, la plenitud de los tiempos caracterizada por la presencia de Jesús y el tiempo de la Iglesia. Los tiempos de los paganos se insertan en esta última sección de la historia. En el paso de la primera a la segunda parte de este fragmento, Lucas deja entender que al tiempo de los paganos le sucederá el tiempo del juicio universal.

Los w. 25-28 se caracterizan por la venida del Hijo del hombre para el juicio: el creyente no tiene ningún motivo para temer, aunque la descripción de ese momento induzca sentimientos que suscitan el temor de Dios. El regreso del Señor se caracteriza, en efecto, por el «gran poder y gloria» (v. 27): él traerá consigo el don de la liberación total y definitiva, una «redención» que sólo puede ser un exquisito don divino.

 

MEDITATIO

Como hemos indicado un poco más arriba, Lucas señala en este fragmento de su evangelio las etapas principales de la historia de la salvación: el tiempo de la antigua alianza, el carácter central de la nueva y el momento de la parusía final. Con razón, por tanto, se ha calificado al tercer evangelista de teólogo de la historia de la salvación. Si, además de esto, recordamos que Lucas es el único de los evangelistas que ha sentido la necesidad de escribir los Hechos de los Apóstoles como continuación del tercer evangelio, comprenderemos cuál ha sido el designio unitario que ha concebido y llevado a cabo; para él, evangelista, ha significado ponerse al servicio de una obra evangelizadora que parte, ciertamente, de la historia de Jesús, pero que no puede dejar de abarcar también la historia de sus testigos de la comunidad cristiana de los primeros y de todos los tiempos.

También hoy se habla mucho de «evangelización», en ocasiones incluso de «nueva evangelización»: términos todos ellos apropiados y más que legítimos, a condición, no obstante, de que la obra de la evangelización sea reconducida a su centro neurálgico, que es el gran acontecimiento de la pascua de Jesús, y de que sea concebida como simple y lógica continuación de ese evangelio viviente que ha sido la persona misma de Jesús. Sólo así podrá la evangelización anunciar, prometer y dar la liberación-redención de la que habla el fragmento evangélico de hoy y que corresponde a una nueva creación.

Jesús, en efecto, ha venido para liberar al hombre del pecado y para hacerle recuperar la frescura de la imagen-primitiva de Dios; volverá al final para crear unos «cielos nuevos y una nueva tierra», pero, sobre todo, para perfeccionar en el hombre la imagen divina originaria.

 

ORATIO

«No temáis las amenazas ni os dejéis amedrentar. Dad gloria a Cristo, el Señor, y estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida explicaciones » (1 Pe 3,14-15).

Es la esperanza lo que me proporciona el valor para buscar mundos nuevos y para remover capas de escombros y de hábitos que me incrustan y me entierran en seguridades precarias. La esperanza de alcanzarte me hace que no desista nunca y me infunde el coraje necesario para seguir adelante a pesar de mis debilidades.

Es la esperanza lo que moviliza todos mis recursos para alcanzar la meta que tú me has reservado, para luchar contra una existencia incolora que, poco a poco, nos va achatando y paralizando. La esperanza de reconocerte, porque la vida se renueva y no se repite nunca cuando se abre a ti y se inspira en el Evangelio.

Es la esperanza lo que me da la fuerza necesaria para mantener viva mi luz, para no «rehacerme» como otros me quieren, vagando sin identidad y cerrado a la gracia.

La esperanza de verte y quedar maravillado.

 

CONTEMPLATIO

«En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta, porque resonará, y los muertos despertarán incorruptibles, y nosotros nos veremos transformados». Al decir «nosotros», Pablo enseña que han de gozar junto con él del don de la transformación futura todos aquellos que, en el tiempo presente, se asemejan a él y a sus compañeros por la comunión con la Iglesia y por una conducta recta. Nos insinúa también el modo de esta transformación cuando dice: «Esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad». Pero a esta transformación, objeto de una justa retribución, debe preceder otra transformación que es puro don gratuito.

La retribución de la transformación futura se promete a los que en la vida presente realicen la transformación del mal al bien.

La primera transformación gratuita consiste en la justificación, que es una resurrección espiritual, don divino que es una incoación de la transformación perfecta que tendrá lugar en la resurrección de los cuerpos de los justificados, cuya gloria será entonces perfecta, inmutable y para siempre. Esta gloria inmutable y eterna es, en efecto, el objetivo al que tienden, primero, la gracia de la justificación y, después, la transformación gloriosa.

En esta vida somos transformados por la primera resurrección, que es la iluminación destinada a la conversión; por ella, pasamos de la muerte a la vida, del pecado a la justicia, de la incredulidad a la fe, de las malas acciones a una conducta santa. Sobre los que así obran no tiene poder alguno la segunda muerte. De ellos, dice el Apocalipsis: «Dichoso aquel a quien le toca en suerte la primera resurrección; sobre ellos la segunda muerte no tiene poder». Y leemos en el mismo libro: «El que salga vencedor no será víctima de la muerte segunda». Así como hay una primera resurrección, que consiste en la conversión del corazón, así hay también una segunda muerte, que consiste en el castigo eterno.

Que se apresure, pues, a tomar parte ahora en la primera resurrección el que no quiera ser condenado con el castigo eterno de la segunda muerte. Los que en la vida presente, transformados por el temor de Dios, pasan de la mala a la buena conducta pasan de la muerte a la vida y, más tarde, serán transformados de su humilde condición a una condición gloriosa (Fulgencio de Ruspe, Sobre el perdón de los pecados, Libro 2, 11, 2-12, 1.3-4).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ruego al Señor que me conceda la gracia de convertir mi muerte próxima en don de amor a la Iglesia. Podría decir que siempre la he amado; fue su amor el que me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me encaminó a su servicio; y que por ella, y por nada más, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo sepa; y desearía tener la fuerza necesaria para decírselo como una confidencia del corazón que sólo en el último momento de la vida se tiene el valor de hacer. Quisiera, por último, comprenderla en su historia, en su designio salvífico, en su destino final, en su compleja, total y unitaria composición, en su humana e imperfecta consistencia, en sus desgracias y en sus sufrimientos, en las debilidades y miserias de tantos hijos suyos, en sus aspectos menos simpáticos y en su perenne esfuerzo de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo místico de Cristo.

Quisiera abrazarla, saludarla, amarla, en cada ser que la compone, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra; bendecirla. También porque no la dejo, no salgo de ella, sino que me uno y me confundo más y mejor con ella; la muerte es un progreso en la comunión de los santos (Pablo VI).

 

 

 

Día 27

Viernes 34ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 20,1-4.11-21,2

Yo, Juan,

20,1 vi un ángel que bajaba del cielo llevando en la mano la llave del abismo y una gran cadena.

2 Apresó al dragón, la antigua serpiente -que es el Diablo y Satanás-, y lo encadenó por mil años.

3 Lo arrojó al abismo, cerró y selló la entrada, para que no pueda seducir más a las naciones hasta que hayan pasado los mil años. Pasados los mil años, tendrá libertad por breve tiempo.

4 Después vi unos tronos, y a los que se sentaron en ellos se les dio poder para juzgar. Y vi a los que habían sido degollados por dar testimonio de Jesús y por anunciar la Palabra de Dios: los que no habían adorado a la bestia ni a su estatua, los que no se habían dejado marcar ni en su frente ni en sus manos.

Todos ellos revivieron y reinaron con Cristo mil años.

11 Vi luego un trono grande y resplandeciente. Tierra y cielo se desvanecieron ante la presencia del que estaba sentado sobre el trono y desaparecieron sin dejar rastro.

12 Vi también a los muertos, tanto poderosos como humildes, que estaban de pie ante el trono. Se abrieron entonces los libros; se abrió otro libro -el libro de la vida-, y los muertos fueron juzgados según sus obras, conforme a lo que estaba escrito en los libros.

13 El mar devolvió sus muertos, la tierra y el abismo devolvieron sus muertos, y todos fueron juzgados según sus obras.

14 Muerte y abismo fueron arrojados después al estanque de fuego; he aquí la segunda muerte: el estanque de fuego,

15 al que fueron también arrojados todos los que no estaban inscritos en el libro de la vida.

2,1 Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Habían desaparecido el primer cielo y la primera tierra, y el mar ya no existía.

2 Vi también bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo.

 

*•• El tema de que se ocupa este fragmento es la nueva creación: Juan, encaminándose hacia el final de su magna visión, contempla una gran lucha entre la antigua serpiente y el Cordero inmolado. Como siempre, la lucha tendrá un final feliz: la victoria de Dios sobre Satanás es cierta y traerá con ella una novedad de vida y alegría a todos los creyentes. Todo esto se llevará a cabo en la ciudad de Dios, patria de todos aquellos que han sido «degollados por dar testimonio de Jesús y por anunciar la Palabra de Dios» (20,4) y lugar en el que todos los que no han adorado a la bestia ni a su estatua recuperan la vida y reinan con Cristo.

Es, por consiguiente, la ciudad de la alegría, la ciudad de la vida, que triunfa sobre la muerte; la ciudad de Dios, que elimina cualquier otra ciudad alternativa. En el centro de esta ciudad se erige un trono blanco y, sentado en él, aquel en cuyas manos está «el libro de la vida» (v. 12). Es una imagen estupenda y sencilla al mismo tiempo para hacernos comprender que todas nuestras decisiones y nuestras obras son conocidas por Dios y serán sopesadas por él en su divina sabiduría y bondad.

Junto al libro de la vida encontramos el «estanque de fuego» (v. 14), que también recibe el nombre de «segunda muerte», destino tremendo de todos los que no están inscritos en el libro de la vida.

Con todo, la perspectiva final es absolutamente positiva: al final de la historia ya no tendrá la muerte ningún poder sobre los que siguieron al Cordero en su camino pascual. Serán admitidos a la plena y eterna comunión con Dios, simbolizada aquí por la Jerusalén celestial, que, «como una novia que se adorna para su esposo» (21,2), será la ciudad santa.

 

Evangelio: Lucas 21,29-33

En aquel tiempo,

29 les puso también Jesús esta comparación: -Mirad la higuera y los demás árboles.

30 Cuando veis que echan brotes, os dais cuenta de que está próximo el verano.

31 Así también vosotros, cuando veáis realizarse estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca.

32 Os aseguro que no pasará esta generación antes de que todo esto suceda. 33 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

 

**• Por último, en esta parte del «discurso escatológico», responde Jesús a la pregunta inicial: «Maestro, ¿cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?» (21,7). La respuesta viene de la mano de una parábola: la de la higuera. El v. 28 de este discurso había introducido ya el tema de la vigilancia: «Cobrad ánimo y levantad la cabeza». Ahora se retoma y desarrolla ampliamente el mismo tema. Aparece así la preocupación parenética del evangelista Lucas, que, en cuanto se le presenta la ocasión, exhorta a los destinatarios de su evangelio a extraer las debidas consecuencias del mensaje que les está entregando.

Mediante un pequeño retoque - a saber: añadiendo «y los demás árboles» (v. 29)- Lucas ha querido hacer inteligible la parábola de la higuera también a los de fuera de Palestina. Con todo, no es preciso aplicar a las realidades del Reino de Dios el ritmo de las estaciones: por consiguiente, el retorno del Señor no debe ser considerado, como lo es el verano, como el tiempo de los frutos y la cosecha. Lo único que se pretende afirmar es que, cuando aparezcan los signos premonitorios descritos en los w. 20-28, entonces tendrá lugar la plena manifestación del poder del Dios que salva, esto es, el momento de la manifestación definitiva del Señor. En efecto, para Lucas -y esto es algo que conocemos bien-, el Reino de Dios está «ya» en medio de nosotros (cf. 12,20; 17,21): por eso intenta expresar aquí no el comienzo, sino la difusión del Reino de Dios hasta su última fase. «Se acerca vuestra liberación» (v. 28): es como decir que Cristo, el liberador, tras haber inaugurado ya entre nosotros el Reino de su Padre, está perfeccionando su misión de salvador.

 

MEDITATIO

        Ya hemos hecho alusión al estilo parenético-exhortatorio de Lucas, signo que manifiesta una intención equivalente por parte de Jesús. Los verbos que se suceden indican claramente esta tendencia: «Mirad... cuando veis... os dais cuenta... sabed...». Ningún creyente se puede sustraer a esta invitación: tenemos el deber concreto no sólo de mirar y ver, sino también de darnos cuenta y comprender. No, a buen seguro, con la pretensión de sondear el misterio, sino con la plena confianza de poder apropiarnos del mensaje de consuelo y liberación que Jesús ha venido a traernos. Con otras palabras, Jesús lanza una llamada a la inteligencia de sus discípulos, sin ofrecerles una solución preparada y clara.

De este modo expresa asimismo su calidad de maestro, que tiende a implicar a sus discípulos en la comprensión del misterio que él mismo ha recibido de su Padre. Aquí se capta no sólo el trabajo, sino también la belleza de ese camino de búsqueda que el gran pedagogo Jesús indicó a la gente de su tiempo y sigue indicando todavía a cada hombre y a cada mujer de buena voluntad. Para comprender, es decir, para leer en el fondo de los acontecimientos históricos que nos implican y nos esperan, nos ofrece Jesús una clave interpretativa: la luz de sus palabras y, sobre todo, la de su ejemplo. En efecto, el cristiano no pretende comprender sólo desde el punto de vista intelectual, sino también y sobre todo desde un punto de vista vital: lo que sucede en la historia individual y comunitaria puede ser comprendido como signo de una presencia divina, puede ser acogido como don del Señor, puede ser interpretado como estímulo para reemprender el camino del Evangelio, en perfecta fidelidad al mandamiento de Dios y al ejemplo de Jesús.

 

ORATIO

La muerte es la gran cita que nos espera a todos y que nuestra sociedad materialista ha convertido en un tabú insuperable, difundiendo su terror.

Oh Señor Jesús, tú que venciste a la muerte, abre nuestros corazones y nuestras mentes para comprender que la muerte es un proceso humano como el nacimiento: es nacer a una existencia diferente. La muerte es el punto de llegada tras la agotadora marcha de la vida, durante la cual caemos, nos cansamos, nos sentimos solos, sedientos, dudando de si podremos llegar a la meta. Oh Señor, libéranos del miedo a la muerte y haz que su pensamiento nos ayude a vivir mejor, para poder habitar un día en tu casa. La muerte es asimismo el punto de partida para quien ha vivido bien, intentando conocerte cada vez mejor, amarte cada vez más y servirte en los hermanos.

Oh Señor, concédenos experimentar en nuestro morir cotidiano el poder de tu resurrección, de suerte que podamos vivir cada acontecimiento a la luz radiante de la vida que nos espera.

 

CONTEMPLATIO

Tres son las enseñanzas del Señor: la esperanza de la vida, principio y término de nuestra fe; la justicia, comienzo y fin del juicio; el amor en la alegría y el regocijo, testimonio de las obras de la justicia.

El Señor, en efecto, nos ha manifestado, por medio de sus profetas, el pasado y el presente y nos ha hecho gustar por anticipado las primicias de lo porvenir.

Viendo, pues, que estas cosas se van cumpliendo en el orden en el que él las había predicho, debemos llevar una vida más generosa y más excelsa en el temor del Señor. Por lo que respecta a mí, no como maestro, sino como uno de vosotros, os manifestaré algunas enseñanzas que os puedan alegrar en las presentes circunstancias.

Ya que los días son malos y que el Altivo mismo posee poder, debemos, estando vigilantes sobre nosotros mismos, buscar las justificaciones del Señor. Nuestra fe tiene como ayuda el temor y la paciencia, y como aliados

la longanimidad y el dominio de nosotros mismos. Si estas virtudes permanecen santamente en nosotros, en todo lo que atañe al Señor, tendrán la gozosa compañía de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el conocimiento. El Señor nos ha dicho claramente, por medio de los profetas, que no tiene necesidad ni de sacrificios ni de holocaustos ni de ofrendas, cuando dice: ¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? -dice el Señor- Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y machos cabríos no me agrada. ¿Por qué entráis a visitarme? ¿Quién pide algo de vuestras manos cuando pisáis mis atrios? No me traigáis más dones vacíos, más incienso execrable. Novilunios, sábados, asambleas, no los aguanto (Carta de Bernabé).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vi a la ciudad santa ataviada como una novia que se adorna para su esposo» (cf. Ap 21,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras, al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra ele Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la sagrada liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la sagrada tradición, como la regía suprema de su

fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la Palabra del mismo Dios y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los profetas y de los apóstoles. [...]

La esposa del Verbo encarnado, es decir, la Iglesia, enseñada

por el Espíritu Santo, se esfuerza en acercarse, de día en día, a la más profunda inteligencia de las Sagradas Escrituras, para alimentar sin desfallecimiento a sus hijos con la divina enseñanza; por lo cual fomenta también convenientemente el estudio de los santos Padres, tanto del Oriente como del Occidente, y de las sagradas liturgias. [...]

Así pues, con la lectura y el estudio de los libros sagrados «la Palabra de Dios se difunda y resplandezca» (2 Tes 3,1) y el tesoro de la revelación, confiado a la Iglesia, llene más y más los corazones de los hombres. Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la Palabra de Dios, que «permanece para siempre» (Is 40,8; cf. 1 Pe 1,23-25) [Dei Verbum 2 1 , 23, 26).

 

 

 

Día 28

Sábado 34ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 22,1-7

1 Me mostró entonces el ángel un río de agua viva, transparente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero.

2 En medio de la plaza de la ciudad, a uno y otro lado del río, había un árbol de vida que daba doce cosechas, una cada mes, cuyas hojas servían de medicina a las naciones.

3 Ya no habrá nada maldito. Será la ciudad del trono de Dios y del Cordero, en la que sus servidores le rendirán culto,

4 contemplarán su rostro y llevarán su nombre escrito en la frente.

5 Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámparas ni la luz del sol; el Señor Dios alumbrará a sus moradores, que reinarán por los siglos de los siglos.

6 Y alguien me dijo: -Éstas son palabras verdaderas y dignas de crédito. El mostrar a sus servidores lo que ha de ocurrir en breve.

7 Mira que estoy a punto de llegar. ¡Dichoso el que preste atención a las palabras proféticas de este libro!

 

**• La última visión del libro del Apocalipsis nos presenta «un río de agua viva» (v. 1) y «un árbol de vida» (v. 2) sorprendentemente fructífero, cuyas hojas tienen también un poder terapéutico. Las imágenes son extremadamente claras; más aún, la claridad se hace cada vez mayor al final de este libro. El evangelio que de él procede, la bienaventuranza prometida, la perspectiva de gran bienestar, están delante de todos nosotros, están a nuestra disposición: «Ya no habrá nada maldito... Ya no habrá noche... el Señor Dios alumbrará a sus moradores» (w. 3.5): aquí se indica el paso de las imágenes a la realidad.

La luz que necesita el creyente es su Dios; la medicina que necesita es su Redentor; la vida que anhela sólo puede ser don de Dios.

El libro del Apocalipsis no puede dejar de acabar con una perspectiva profética: «Mira que estoy a punto de llegar» (v. 7a). A esta promesa le sigue una bienaventuranza: «¡Dichoso el que preste atención a las palabras proféticas de este libro!» (v. 7b; cf. 1,3). Es fácil intuir que la bienaventuranza del creyente está ligada, en parte, a las palabras de Jesús consignadas en el evangelio y, en parte, a esta promesa.

Estamos, efectivamente, en camino, entre el ya y el todavía no, sostenidos por la fe y animados por la esperanza: por eso nuestra bienaventuranza sigue estando incompleta, hasta que vuelva el Señor para llevar a cabo un encuentro de comunión y de paz perennes.

 

Evangelio: Lucas 21,34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

34 Procurad que vuestros corazones no se emboten por el exceso de comida, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, porque entonces ese día caerá de improviso sobre vosotros.

35 Ese día será como una trampa en la que caerán atrapados todos los habitantes de la tierra.

36 Velad, pues, y orad en todo tiempo, para que os libréis de todo lo que ha de venir y podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre.

 

*• Dos son los aspectos que pone Jesús de relieve en esta parte final del «discurso escatológico»: negativamente, pone en guardia contra el debilitamiento interior; positivamente, invita a tener ánimo y fuerza en vistas al testimonio. Ahora bien, la intención primaria de Jesús es preparar a sus discípulos para la lucha espiritual que no dejará de caracterizar su experiencia histórica. En las palabras de Jesús podemos intuir que, si han de ser temibles los ataques del exterior, no lo serán menos las debilidades interiores. La fidelidad al Evangelio exige vigilancia sobre nosotros mismos y fuerza de resistencia con los otros.

«Velad, pues, y orad en todo tiempo» (v. 36): en esta doble invitación vemos sintetizadas las actitudes necesarias -más aún, indispensables- para quien pretenda considerarse discípulo de Jesús. Estas dos actitudes, bien consideradas, no tienen que ver sólo con la vida personal, sino también con la comunitaria; son, sobre todo, el indicador de una expectativa y una esperanza que deben consumarse todavía. Con la certeza de que todos deberemos comparecer «ante el Hijo del hombre» (v. 36), nos indica Jesús la necesidad de proceder a algunas opciones decisivas, sin las cuales sería incierto nuestro camino. En primer lugar, vigilancia: ésta implica un examen crítico del tiempo en el que vivimos, una presencia crítica en el tejido social en el que trabajamos y discernimiento crítico de las propuestas de salvación que vienen de otras orillas. En segundo lugar, renuncia: a fin de prepararnos para el encuentro con el Señor, para mantenernos en una actitud de pureza interior y exterior, y no mostrarnos indulgentes con las seducciones del mundo y del Maligno.

 

MEDITATIO

Quien quiera seguir a Jesús por el camino de la salvación ha de saber que es ciertamente importante creer en él y mantener fijo el corazón en sus enseñanzas, pero es igualmente importante perseverar por ese camino hasta el final. El tema de la perseverancia caracteriza todo el «discurso escatológico» de Jesús y, en consecuencia, nuestra vida de creyentes. No es difícil entrever la dimensión dramática de la vida cristiana: en primer lugar, porque existe la posibilidad de que seamos encontrados sin estar preparados para el momento en el que vuelva el Señor. Esta posibilidad podría suscitarnos también sentimientos de desconfianza y de desesperación; en realidad, puede ponernos en una actitud de humildad, de expectativa y, por ello, de oración.

En esto consiste el valor de la oración cristiana y de su enlace con la actitud de la vigilancia: la asiduidad a la oración nos mantiene cada vez más vigilantes; por otra parte, la vigilancia nos permite dar tiempo a la oración. De este modo, la vida cristiana cobra una unidad profunda que nos ayuda a superar toda dicotomía o confusión. El tiempo en que vivimos es dramático también para nuestra debilidad personal: por ese motivo alude Jesús a la fuerza necesaria para escapar a todo lo que va a suceder. Esa fuerza es don de Dios y ha de ser pedida en la oración, pero esa fuerza crece asimismo con el ejercicio de la fidelidad evangélica en la perseverancia a toda costa.

 

ORATIO

«Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámparas ni la luz del sol; el Señor Dios alumbrará a sus moradores, que reinarán por los siglos de los siglos». Estoy contento, Señor, porque he comprendido que la alegría de creer está comprometida en ocasiones por la alegría de vivir; porque mientras saboreo todo el sentido de mi fragilidad me encuentro sumergido en una realidad infinita y eterna.

Estoy contento porque he comprendido que el secreto de la alegría consiste más en dar que en recibir; porque me haces comprender que la alegría no consiste en saciar mis deseos, sino en responder a tus planes. Estoy contento porque he comprendido que la alegría no se puede comprar: es un modo de ser; porque voy experimentando que un estado de alegría contagia cada experiencia y transforma nuestra propia vida y la de los otros.

Es pecado, Señor, que el mundo no crea e insista en buscarte en el sepulcro entre los muertos. Pero tú has resucitado... y saberlo es nuestra alegría.

 

CONTEMPLATIO

Que ninguno de vosotros diga que nuestra carne no será juzgada ni resucitará; reconoced, por el contrario, que ha sido por medio de esta carne en la que vivís como habéis sido salvados y habéis recibido la visión.

Por ello, debemos mirar nuestro cuerpo como si se tratara de un templo de Dios. Pues, de la misma manera que habéis sido llamados en esta carne, también en esta carne saldréis al encuentro del que os llamó. Si Cristo, el Señor, el que nos ha salvado, siendo como era espíritu, quiso hacerse carne para podernos llamar, también nosotros, por medio de nuestra carne, recibiremos la recompensa.

Amémonos, pues, mutuamente, a fin de que podamos llegar todos al Reino de Dios. Mientras tenemos tiempo de recobrar la salud, pongámonos en manos de Dios, para que él, como nuestro médico, nos sane, y demos los honorarios debidos a este nuestro médico. ¿Qué honorarios? El arrepentimiento de un corazón sincero.

Porque él conoce de antemano todas las cosas y penetra en el secreto de nuestro corazón. Tributémosle, pues, nuestras alabanzas no solamente con nuestros labios, sino también con todo nuestro corazón, a fin de que nos acoja como hijos. Pues el Señor dijo: Mis hermanos son los que cumplen la voluntad de mi Padre (de la homilía de un autor del siglo II).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mira que estoy a punto de llegar» (Ap 22,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los grandes hombres nos parecen grandes atrevidos, pero, en realidad, son hombres que obedecen más que los otros. Les guía la voz soberana. Y puesto que les guía un instinto procedente de esa voz, toman, siempre con valor -y, en ocasiones, con una gran humildad- el puesto que la posteridad les otorgará más tarde, atreviéndose a realizar esos gestos y a arriesgar esas invenciones que con tanta frecuencia contrastan con su ambiente, sin miedo a afrontar sus sarcasmos. No tienen miedo porque, si bien parecen aislados, no se sienten solos. Tienen de su parte lo que al final decide todo. Presagian su destino futuro.

Nosotros, que debemos concebir, sin duda, una humildad bien diferente, debemos inspirarnos, sin embargo, en el mismo objetivo. La alteza juzga a la pequeñez. Quien no tiene el sentido de las grandezas se exalta o se abate con facilidad, algunas veces al mismo tiempo. Puesto que no siente el viento de las grandes empresas, el transeúnte duda perezosamente de los declives.

        Siempre conscientes de la inmensidad de lo verdadero y del carácter exiguo de nuestros recursos, nunca emprenderemos nada que esté por encima de nuestra capacidad y llegaremos hasta el límite de la misma. Seremos felices, por tanto, con lo que se nos haya concedido en proporción a nuestras fuerzas (A. D. Sertillanges).

 

 

 

Día 29

Primer domingo de adviento Ciclo B

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 63,16b-17.19b; 64,2b-7 63

16Tú, Señor, eres nuestro Padre, desde siempre te invocamos como nuestro redentor.

17 Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te respetemos? Cambia de actitud, por amor a tus siervos; por amor a las tribus de tu heredad.

19b ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases; los montes se derretirían ante ti,

64 2b Tú bajaste, y los montes se derritieron en tu presencia.

3 Jamás nadie vio ni oyó hablar de un Dios que actúe como tú con quien confía en él.

4 Tú acoges a los que actúan rectamente y no se olvidan de tus preceptos. Estabas irritado, porque habíamos pecado; persiste nuestro pecado, pero tú nos salvarás.

5 Todos nosotros éramos impuros; nuestra justicia era un paño inmundo, nos marchitábamos todos como si fuéramos hojas y nuestras maldades nos arrastraban como el viento.

6 Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a ti, pues tú nos escondías tu rostro y nos entregabas a nuestras maldades.

7 Con todo, Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros somos la arcilla, y tú el alfarero, somos todos obra de tus manos.

 

**• El momento más intenso de este fragmento del libro de Isaías es ciertamente la invocación acuciante del v. 19: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!» La invocación, a su vez, es una inserción del redactor profético en una serie temática que le imprimen densidad y vigor. Aparecen claramente tres temas principales.

Ante todo aparece el conocimiento profundo que tiene el pueblo del propio pecado; no importan tanto las desgracias en las que se encuentra inmerso Israel (entre las que cabe mencionar la profanación del templo, omitida en la perícopa litúrgica), cuanto el pecado sentido como una prisión de la que no logra liberarse el pueblo: «¿Por qué nos extravías de tus caminos?» (v. 17); «Nos entregabas a nuestras maldades» (v. 6); «Nuestra justicia era un paño inmundo» (v. 5), es decir, no logran librarse de las cadenas del pecado. Es de notar que en esta situación el pueblo se dirige a Dios invocándolo como «nuestro Padre», término raro en el Antiguo Testamento pero que aparece en contextos importantes. El que Dios sea "Padre" de Israel es el motivo que justifica la liberación de Egipto (Ex 4,23: «deja salir a mi hijo»), a su vez Israel se dirige a Dios insistiendo en el vínculo de parentesco para conmover el corazón de Dios.

Finalmente, la invocación a Dios para que rasgue los cielos utiliza los términos basados en la memoria de las obras de Dios. Es como si Israel dijera el Señor: no recuerdes nuestras acciones, Señor, sino recuerda lo que tú has hecho y continúa haciéndolas hoy.  

 

Segunda lectura: 1 Corintios 1,3-9

Hermanos:

3 Gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor.

4 Doy gracias a Dios continuamente por vosotros pues os ha concedido su gracia mediante Cristo Jesús,

5 en quien habéis sido enriquecidos sobremanera con toda palabra y con todo conocimiento.

6 Y es tal la solidez que ha alcanzado el testimonio de Cristo entre vosotros,

7 que no os falta ningún don, mientras esperáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.

8 Él también os mantendrá firmes hasta el fin para que nadie tenga de qué acusaros en el día de nuestro Señor Jesucristo.

9 Fiel es Dios que os ha llamado a vivir en unión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

        

        **• Dirigiéndose a la comunidad de Corinto, Pablo describe la situación de los cristianos. Éstos se encuentran entre dos tiempos: el pasado, en el que los corintios han podido experimentar la abundancia de los dones divinos, y el futuro, es decir, el día de la «manifestación de nuestro Señor Jesucristo.» De esta realidad surgen dos actitudes: la acción de gracias y la esperanza.

Los comienzos de la predicación en Corinto se señalaron por una efusión copiosa de los dones del Espíritu. Nació una Iglesia particularmente activa y el Apóstol no se planteó tanto el problema de estimular la participación cuanto orientar al bien común la riqueza de los particulares. Los dones y manifestaciones de la gracia, indica Pablo, no se han concedido como adorno o motivo de vanagloria, sino como tarea y responsabilidad, para ayudar a que los creyentes se mantengan firmes «en el testimonio de Cristo».

Así, llenos de gracia, los creyentes pueden caminar confiados hacia la manifestación final del Señor Jesús (v. 7), cuando lograrán la plena comunión con él. Pero, aun antes de su compromiso de espera vigilante, Pablo prefiere subrayar que será el mismo Dios quien los conducirá a este encuentro definitivo con su Hijo. Los cristianos, sabedores de su propia debilidad, pueden contar con la fidelidad de Dios, que quiere a toda costa llevar a buen término la "vocación" que les ha dirigido.

  

Evangelio: Marcos 13,33-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

33 ¡Cuidado! Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento preciso.

34 Sucederá lo mismo que con aquel hombre que se ausentó de su casa, encomendó a cada uno de los siervos su tarea y encargó al portero que vigilase.

35 Así que vigilad, porque no sabéis cuándo llegará el dueño de la casa, si al atardecer, a media noche, al canto del gallo o al amanecer.

36 No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos.

37 Lo que a vosotros os digo, lo digo a todos: ¡Vigilad!

 

*» El relato evangélico comienza y concluye con la misma invitación: «Vigilad» (w. 33.37). Siguen dos enseñanzas, la primera indica el "porqué" de la vigilancia: «Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento preciso» (v. 33). Una lectura superficial podría parecemos como una imposición tiránica: Jesús no revela el día y la hora, para que los cristianos vivan en continuo temor. Al contrario, no se indica la hora porque todas las horas son buenas para abrirse al evangelio de suerte que comprometa la existencia. Jesús desea vitalizar a una comunidad para que no esté obsesionada con el deseo de conocer el final, sino que se preocupe por vivir y discernir tiempos y momentos en la escucha y la obediencia. Y esto en la espera de la última cita que nos introducirá definitivamente en el Reino; ciertamente es una espera continua e intensa, pero no ansiosa ni temerosa, sino que rebosa confianza.

La segunda enseñanza está en el "estilo" de la vigilancia. Marcos, al narrar la parábola del hombre que se marcha de viaje lejos, indica que deja su «casa» al cuidado de sus criados (v. 34). Es posible ver en la casa una imagen de la comunidad cristiana. Cualquier creyente es, en su fidelidad cotidiana al Señor, responsable de su construcción. La vigilancia se caracteriza como "vigilancia de la casa", de la que, mientras espera a su Señor, el cristiano debe cuidar desempeñando la tarea que Dios ha confiado a cada uno.

  

MEDITATIO

La esperanza es la virtud por excelencia de adviento. Nos hace mirar al mañana con confianza y valentía. Sin embargo, correría el riesgo de ser una esperanza ilusoria, vana, que se disiparía en la nebulosa de nuestra fantasía si no fuese capaz de mirar con realismo la situación presente y si no estuviese arraigada en el recuerdo de las cosas buenas conocidas y vividas. Ésta es la temática común de las lecturas de hoy. En particular, la primera se fija en los beneficios realizados por Dios como base para esperar de nuevo su venida.

La lectura comienza hablando de Dios, no del hombre: «Tú eres nuestro Padre, nuestro redentor» (Is 63,16); parte de la certeza de que Dios se ha vinculado a nosotros y que no puede quedarse lejos. Por lo demás, en la historia de toda relación (bien sea dentro de una pareja, entre amigos, en el seno de una comunidad...) el recuerdo de los momentos felices vividos juntos y de las dificultades afrontadas en armonía y solidaridad, puede ser fuente de fortaleza para afrontar nuevas dificultades.

Lo mismo ocurre en la relación con Dios, donde nunca podemos renunciar a la memoria. Pero además la esperanza debe ser una palabra que sea verdadera y creíble en el presente. Por esta razón se conjuga con la vigilancia y la laboriosidad. En la "casa" que es la Iglesia, todos los criados tienen su tarea, y todos se llaman "siervos". Siervo es una persona que pertenece a otro, que no tiene dominio ni sobre su propia vida. En la casa de este Señor, todos tienen esta condición de no pertenecerse a sí mismos, sino sólo a Él y a los demás. El ejemplo de los discípulos que se durmieron en vez de velar con Jesús en el huerto de Getsemaní muestra a las claras que esta vigilancia no es una actitud más, sino que coincide sustancialmente con la capacidad de dar la vida, como fue la actitud de Jesús.

 

 

ORATIO

La mejor sugerencia como oración, en este caso, es volver a leer el texto de la primera lectura, ya que el mismo texto es una súplica. «Tú, Señor, eres nuestro Padre». Mientras vamos acercándonos a ti, Padre, sentimos estas palabras en toda su fuerza. Te has comprometido con nosotros, te has expuesto por nuestro "rescate", y así podemos apelar a este título para llamar a tu corazón. No recuerdes quiénes somos, recuerda quién eres tú, ya que nosotros somos barro y tú el alfarero. No olvides la obra de tus manos.

Señor Jesús, que nos has confiado tu casa, la Iglesia y todos nuestros hermanos para que cuidemos unos de otros en espera de tu vuelta, no dejes que decaigan nuestros brazos abatidos por el cansancio o por el sueño. No nos abandones al poder de nuestro pecado y nuestra iniquidad. Tú que nos llamas "siervos" concédenos reconocernos en ti, ya que te has hecho siervo nuestro.

«Estad alerta, vigilad», es lo que nos mandas: como quien pasa la noche de guardia atento a cualquier ruido nocturno porque puede ser precursor de algo inesperado, haz que tengamos el ojo avizor y el oído atento para percibir dónde estás y dónde nos llamas a colaborar contigo.

 

CONTEMPLATIO

Una pregunta seria. Vigilar: ¿qué significa para Cristo? Estar vigilantes. No se trata solamente de creer, sino de estar alerta. ¿Sabéis lo que significa esperar a un amigo, esperar que llegue cuando se retrasa? ¿Estar ansiosos por algo que puede suceder o no? Vigilar por Cristo se asemeja algo a todo esto. Vigilar con Cristo es mirar hacia delante sin olvidar el pasado. No olvidar lo que ha sufrido por nosotros es perdernos en contemplación atraídos por la grandeza de la redención. Es renovar continuamente en el propio ser la pasión y agonía de Cristo, es revestirse con gozo del manto de aflicción que Cristo quiso llevar y luego dejarlo subiendo al cielo. Es separación del mundo sensible y vivir en el mundo invisible con el móvil de que Cristo vendrá como dijo. Es deseo afectuoso y agradecido de esta segunda venida de Cristo: esto es vigilar (J. H. Newman, Diario spirituale e meditazioni, Novara s.f., 91-93).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La espera no es una actitud muy común. No se suele pensar con mucha simpatía en la espera. De hecho, la mayor parte de la gente piensa que la espera es una pérdida de tiempo...; quizás porque la cultura que nos ha tocado vivir dice «¡Venga!, ¡haz algo! ¡Demuestra que eres capaz de actuar! ¡No te quedes sentado esperando!»

Sin embargo, esperar es una actitud enormemente radical en la vida. Es confiar en que sucederá algo que supera con mucho nuestra imaginación. Es abandonar el control de nuestro futuro y dejar que sea Dios quien determine nuestra vida. Es vivir con la convicción de que Dios nos va formando con su amor divino y no con nuestros temores. La vida espiritual es una vida en la que esperamos, estamos a la espera, activamente presentes en el momento actual, esperando la novedad que acontecerá, novedad que va más allá de nuestra propia imaginación o previsión. Esta actitud, ciertamente, es muy radical en la vida en este mundo preocupado en controlar los acontecimientos (H. J. M. Nouwen, The Patn of Waiting, Nueva York 1995).

 

 

Día 30

Lunes de la primera semana de adviento o 30 de noviembre, festividad de

San Andrés

 

Andrés, que ya era discípulo de Juan el Bautista, se puso a seguir a Jesús cuando el precursor le señaló como «Cordero de Dios» {cf. Jn 1,35-40). Le comunicó a Pedro, su hermano, que había descubierto al Mesías [cf. Jn l,41ss). Por eso en la Iglesia Oriental le conocen como "Protocloto" (El primer escogido). Ambos fueron llamados por Jesús a orillas del lago de Genesaret para ser «pescadores de hombres» (Mt 4,18ss). Fue Andrés el que, en la multiplicación de los panes, indicó a Jesús al niño que tenía los cinco panes y los dos peces (Jn ó,8ss). Junto con Felipe, Andrés le dijo al Nazareno que algunos griegos querían verle (Jn 12,20ss). Según la tradición, Andrés murió crucificado en Patras; por eso se venera su memoria de un modo absolutamente especial en la Iglesia griega.

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 10,9-18

Hermano:

9 si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás.

10 En efecto, cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se alcanza la salvación.

11 Pues dice la Escritura: Quienquiera que ponga en él su confianza no quedará defraudado.

12 Y no hay distinción entre judío y no judío, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que lo invocan.

13 En una palabra, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

14 Ahora bien, ¿cómo van a invocar a aquél en quien no creen? ¿Y cómo van a creer en él si no les ha sido anunciado?

15 ¿Y cómo va a ser anunciado si nadie es enviado? Por eso dice la Escritura: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias!

16 Pero no todos han aceptado la Buena Nueva. Isaías lo dice: Señor, ¿quién ha dado crédito a nuestro mensaje?

17 En definitiva, la fe surge de la proclamación, y la proclamación se verifica mediante la palabra de Cristo.

18 Y digo yo: ¿es que no han oído? ¡Todo lo contrario! A toda la tierra ha llegado la voz de los mensajeros y hasta los confines del mundo sus palabras.

 

**• Según el mensaje paulino, es la fe lo que conduce a la salvación, por el simple hecho de que con ella nos abandonamos libre y totalmente a Dios (cf. Dei Verbum 5), reconociéndole como Salvador. Ahora bien, a la fe se llega mediante la escucha de la predicación.

El objeto de ambas, de la fe y de la predicación, es el misterio de Jesús-Señor, muerto y resucitado por el poder de Dios Padre. Por eso, al creer, todo hombre y toda mujer de buena voluntad- se expropia de sí mismo y se convierte en propiedad de Dios, garantía y fundamento de toda posible confianza humana en él. Con todo, y siempre según la enseñanza de Pablo, también la predicación presupone un acontecimiento de gran importancia: un acontecimiento de carácter histórico, que aparece como absolutamente necesario. El que predica debe poder decir que ha sido enviado: la predicación presupone la misión, y ésta constituye el punto de amarre entre el que predica y el que es predicado, entre el enviado y el que envía.

El destino universal del mensaje evangélico pasa, por consiguiente, a través de un hecho histórico completamente particular: la elección que hizo Jesús de sus testigos y el envío de los mismos en misión.

 

Evangelio: Mateo 4,18-22

En aquel tiempo,

18 paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos: Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, que estaban echando la red en el lago, pues eran pescadores.

19 Les dijo:

-Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres.

20 Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron.

21 Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo, reparando las redes. Los llamó también,

22 y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, lo siguieron.

 

*•• Jesús se apresura, al comienzo de su ministerio público, a reunir a su alrededor algunos discípulos, a los que dirige una enseñanza completamente particular, porque quiere que sean sus seguidores y sus testigos. A su tiempo, después de la resurrección de Jesús, serán enviados a todo el mundo, a fin de que el Evangelio pueda seguir su curso hasta el final. Los Doce, de pescadores de peces, se convertirán en pescadores de hombres.

No se trata de un simple juego de palabras, sino de lo que el mismo Jesús les dice: «Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron» (v. 19). Andrés, junto con su hermano Simón, fue uno de los primeros que escuchó la llamada de Jesús y le siguió con prontitud. Mateo otorga un relieve particular a la prontitud con la que Pedro y Andrés respondieron a la llamada de Jesús: «Y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, lo siguieron» (v. 20).

Un poco más adelante (v. 22), el mismo evangelista Mateo afirma que, en realidad, los primeros discípulos de Jesús no dejaron sólo las redes, la barca y su profesión, sino también a su padre. El seguimiento de Jesús, el auténtico que transforma la vida, no deja lugar a tergiversaciones ni concede descuento alguno: es, por propia naturaleza, radical y totalitario.

 

MEDITATIO

Nuestra reflexión se va a detener en un par de detalles que nos ofrece la página evangélica. En primer lugar, el hecho histórico según el cual los primeros discípulos siguieron a Jesús de dos en dos. No parece que haya que desatender esta información que nos ofrecen los evangelistas.

También hoy el seguimiento de Jesús mediante la experiencia de una compañía, de una auténtica amistad humana, es extremadamente positivo; puede favorecer la decisión, la adhesión y la perseverancia. Tal vez el mundo contemporáneo tenga también necesidad de este testimonio, un testimonio con el que los seguidores de Jesús muestran que son capaces de valorar todo lo que hay de bueno y santo en las relaciones amistosas.

La prontitud con la que los primeros discípulos de Jesús siguen a su maestro merece asimismo una atención especial. Decir prontitud significa desprendimiento de todo lo que puede lentificar el paso hacia Jesús, sobre todo de aquello que, en cierto modo, podría despistarnos del camino emprendido. Decir prontitud significa también la voluntad de establecer un atraque fuerte y decisivo en Jesús, único fin de nuestra propia vida, único destinatario de nuestro propio amor. Por eso, decir prontitud significa radicalidad evangélica; con ella, todo resulta bello y ligero al final; sin ella, todo resultaría fatigoso e insoportable en cada instante.

 

ORATIO

¿Por qué, Señor, son tan pocos los que prestan hoy oído a tu voz? ¿Por qué disminuye cada vez más el número de los que están dispuestos a seguirte por el camino de la radicalidad evangélica? ¿Acaso se ha apagado tu voz entre nosotros? ¿O tal vez es menos perceptible tu presencia entre los jóvenes de hoy? ¿Acaso estás tan escondido que es casi imposible reconocerte presente y cercano a cada uno de nosotros?

Sin embargo, oh Señor, tú estás en medio de nosotros, vives a nuestro lado, nos acompañas de una manera discreta, pero real, por los caminos que recorremos.

Haz, oh Señor, que tu Palabra resuene más eficaz que nunca hoy para todos nosotros. Haz, oh Señor, que tu presencia sea advertida y reconocida hoy más que nunca, sobre todo por los jóvenes. De este modo, el espinoso problema de la falta de vocaciones dejará de angustiarnos, porque todos nos abandonaremos a tu solicitud de pastor bueno.

 

CONTEMPLATIO

Ponerse en camino significa exteriorizarse, romper la costra del egoísmo, que intenta encerrarnos en nuestro propio «yo».

Ponerse en camino significa dejar de girar sobre uno mismo como si fuéramos el ombligo del mundo y de la vida.

Ponerse en camino significa no dejarse encerrar en el círculo de problemas del pequeño mundo al que pertenecemos. Por muy importantes que sean, la humanidad es más grande y es precisamente a esta humanidad a la que servimos.

Ponerse en camino no significa devorar kilómetros, atravesar océanos o alcanzar la velocidad supersónica. Significa, ante todo, abrirse a los demás, descubrirles, encontrarse con ellos (Dom Helder Cámara).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive durante la jornada la Palabra: «Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres» (Mt4,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En el hombre actúan múltiples fuerzas: conociéndolas, puede abarcar todas las cosas que hay a su alrededor -estrellas y montañas, mares y ríos, plantas y animales, y toda la humanidad que está cerca de él, y de este modo puede enriquecer su mundo interior. Puede amarlas, puede odiarlas y rechazarlas; puede ponerse contra ellas o bien tender a ellas y atraerlas hacia sí.

Puede actuar sobre el mundo que le rodea y modificarlo según su propia voluntad. Un variado fluctuar de alegría y de codicia, de aflicción y de amor, de calma y de excitación acompaña el ritmo del corazón.

Sin embargo, su fuerza más noble es ésta: reconocer que hay algo más elevado por encima de él, venerar este algo más elevado e insertarse en él. El hombre puede conocer a Dios por encima de él, puede adorarle y puede ofrecerse a sí mismo «a fin de que Dios sea glorificado». Ésta es la ofrenda: que la sublimidad de Dios brille en el espíritu; que el hombre adore esta sublimidad; que no se detenga de una manera egoísta en sus propias posesiones, sino que las trascienda, que se comprometa a sí mismo a fin de que sea glorificado el excelso Dios. La fuerza más profunda del alma es su capacidad de ofrenda. Es en lo íntimo del hombre donde tienen su sede la calma y la limpidez de donde sube la ofrenda a Dios (Romano Guardini).