Dedícate a la Contemplación.....y recibirás los dones del Espíritu Santo


Inicio

 

Vida

Vocación

Biblioteca

La imagen

 

 

LECTIO DIVINA ENERO DE 2022

Si quiere recibirla diariamente junto a la Liturgia de las Horas, por favor, apúntese aquí

Si quiere recibirla mensualmente en formato epub, por favor, apúntese aquí

Domingo Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
            01
02 03 04 05 06 07 08
09 10 11 12 13 14 15
16 17  18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31          

Descargar en formato epub

Oraciones

Liturgia de las Horas

Lectio Divina

Devocionario

Adoración

 

 

 

 

El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

1 de enero: Santa María, Madre de Dios

LECTIO

Primera lectura: Números 6,22-27

22 El Señor dijo a Moisés:

23 -Di a Aarón y a sus hijos: Así bendeciréis a los israelitas:

24 El Señor te bendiga y te guarde;

25 el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor;

26 el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz.

27 Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré.

        ** El primer día del año civil la Iglesia celebra la fiesta de María, Madre de Dios, y, a pesar de que las lecturas bíblicas, además de concentrarse sobre María, ponen de relieve a su Hijo y su nombre, lo cual, lejos de reducir la función de María en la vida de la Iglesia, la subrayan justamente al colocarla como madre junto al Hijo.

        Esta lectura recuerda la antigua bendición que los sacerdotes impartían al pueblo la víspera de las solemnidades litúrgicas, especialmente en la fiesta del año nuevo.

        Bendecir al pueblo era prerrogativa del rey (cf. 2 Sm 6,18; 1 Re 8,14-55) y del sacerdote (cf. Dt 10,8; 21,5), que actuaban en nombre de Dios. La fórmula recuerda los favores que Dios concederá al pueblo que está en su presencia.

        Particularmente significativos son los dos términos que abren y cierran la fórmula: bendición («te bendiga»: v. 4) y paz («te conceda la paz»: v. 26). El primero indica la acción de Dios hacia el pueblo, que es benevolencia, protección y favor (cf. Sal 4,7; 31,17) y significa invocar sobre ellos su nombre (v. 27), para que el Señor sea fuente de salvación. El segundo indica el contenido de los dones de Dios, y se resume en el don mesiánico de la paz, esto es, de la plenitud de la felicidad (cf. Sal 121,6- 7; Jn 14,27). La palabra shalom tiene un significado bastante amplio y comprende plenitud, integridad de la vida, pero sobre todo el estado del hombre que vive en armonía con Dios, consigo mismo y con la naturaleza.

        En realidad es el hombre nuevo, plenamente abierto a Dios, de quien Jesús es figura y modelo, porque en él se realiza el encuentro de las libertades humana y divina. Y Dios la concede a quien la busca en la solidaridad entre los hombres.

 

Segunda lectura: Gálatas 4,4-7

Hermanos:

4 Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su propio Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley,

5 para liberarnos de la sujeción a la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios.

6 Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «Abba», es decir, «Padre».

7 De suerte que ya no eres siervo, sino hijo, y como hijo, también heredero por gracia de Dios.

        *+ El célebre texto paulino es un fragmento cristológico que nos habla de Jesús, de María, terreno fecundo que ha acogido al Hijo de Dios, y de la experiencia cristiana.

        La venida de Jesús al mundo ha señalado la plenitud del tiempo y ha cumplido las antiguas promesas de un retorno del hombre a la vida de comunión con Dios: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para liberarnos de la sujeción de la ley» (w. 4-5).

        Dios tuvo la iniciativa de enviar a su Hijo y el hombre ha sido elevado de nuevo a la dignidad de hijo. Jesús entró históricamente así a formar parte de la humanidad a título pleno, sometiéndose a las leyes y a las condiciones humanas, y la humanidad, de algún modo, se ha identificado con Cristo formando con él una realidad única (cf. Rom 1,3). Y todo esto a través del vientre de una mujer, como un hombre cualquiera, en plena y normal humanidad.

        Pablo nos presenta aquí el esquema de toda acción liberadora: inmersión de Cristo en la pobreza humana, autoliberación con su fuerza divina y atracción a sí de la humanidad. Esta misión del Hijo ha tenido un único objetivo: revelar el auténtico sentido de la vida y posibilitarnos el llegar a ser realmente hijos adoptivos del mismo Padre (v. 7; cf. Rom 8,15-17). Y los signos que el Apóstol evidencia de esta real transformación son la plegaria confiada que el Espíritu Santo suscita en el corazón del creyente, haciéndole decir: «Abba, Padre» (v. 6) y haciéndolo sentirse ante Dios no siervo sino libre, con la libertad del Hijo de Dios. Y, en este divino proyecto, María ha sido el instrumento privilegiado.

        Llamar a María "Madre de Dios" significa, pues, conocer el corazón del misterio de la encarnación y de la misma historia de la salvación.

 

Evangelio: Lucas 2,16-21

16 Los pastores fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre.

17 Al verlo, contaron lo que el ángel les había dicho de este niño.

18 Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban admirados.

19 María, por su parte, guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón.

20 Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios porque todo lo que habían visto y oído correspondía a cuanto les habían dicho.

21 A los ocho días, cuando lo circuncidaron, le pusieron el nombre de Jesús, como lo había llamado el ángel ya antes de la concepción.

        **• De nuevo se proclama en la liturgia el evangelio de la misa de la aurora de Navidad, con el añadido del v. 21 referente a la circuncisión de Jesús. El tema de la lectura es una reflexión posterior sobre el misterio de la encarnación.

        Los pastores van a la gruta de Belén, encuentran al Niño en el pesebre y, luego de adorarlo, refieren el hecho y todos quedan maravillados (w. 16- 18). Después se vuelven a sus rebaños en la alegría y la alabanza por la extraordinaria experiencia vivida (v. 20). Pasados los ocho días del nacimiento del Niño, fue celebrado el rito de la circuncisión, mediante el cual él entró a formar parte del pueblo elegido (cf. Gn 17,2-17) y se le impuso el nombre «Jesús», que quiere decir: «Dios salva» (cf. Mt 1,21). Ante todos estos acontecimientos María conserva todo en su corazón y medita todas estas cosas, dándoles el justo sentido: «María guardaba todos esos recuerdos y los meditaba en su corazón» (v. 19). María aparece así como la Madre que sabe interpretar los hechos del Hijo.

        Hay, pues, diversas actitudes que se pueden asumir ante el Cristo: la búsqueda pronta y gozosa de los pastores, el asombro y la alabanza de aquellos que intervienen en el hecho, el relato a otros de la experiencia vivida. Para el evangelista sólo María adopta la postura del verdadero creyente, porque ella sabe guardar con sencillez lo que escucha y meditar con fe lo que ve, para ponerlo todo en su corazón y transformar en plegaria la salvación que Dios le ofrece.

 

MEDITATIO

        Desde hace varios años, el primer día del año civil se celebra en todo el mundo "la jornada de la paz" en nombre de María, madre de Dios y madre de la Iglesia. La paz (= Shalom) es el don mesiánico por excelencia que Jesús resucitado ha traído a sus discípulos (cf. Jn 20,19- 21); es la salvación de los hombres y la reconciliación definitiva con Dios. Pero la paz de Cristo es también la paz del hombre, rica en valores humanos, sociales y políticos, que encuentra su fundamento, para decirlo con la Pacem in terris de Juan XXIII, en las condiciones de verdad, de justicia, de amor y de libertad, que son los cuatro pilares sobre los que se erige el edificio de la paz.

        La constante bendición de Dios en la primera alianza, la acción de Cristo realizada en favor de toda la humanidad y de cada uno de sus componentes, el mismo nombre impuesto a Jesús, que evoca su misión de salvador, todos son hechos orientados en la línea de la paz, de la alianza, de la fraternidad. Dios no ha creado al hombre para la guerra, sino para la paz y la fraternidad.

        El mal en todas sus múltiples formas se contrarresta sólo con una constante educación en la paz. Aquella paz que la Virgen María, Reina de la paz, nos puede obtener del Padre: la shalom bíblica viene de Dios y está ligada a la justicia. La raíz de la paz, no obstante, reside en el corazón del hombre, esto es, en el rechazo de la idolatría, porque no hay paz sin verdadera conversión, no hay paz sin tensiones (cf. Mt 10,34). La paz de Cristo no es como la del mundo, porque la de Cristo exige que nos alejemos de la mentalidad mundana. Con la venida de Cristo la paz nos ha sido ofrecida a cada uno de nosotros, porque brota del corazón de Dios, que es amor.

 

ORATIO

        Al inicio de este nuevo año, Señor, te rezamos volviendo la mirada hacia María, a la que, siendo la madre de tu Hijo y madre nuestra, puede hacer posible la civilización del amor y de la paz para toda la humanidad. Primeramente te queremos agradecer el don precioso de María: tú la elegiste, como flor incomparable y preciosa de la humanidad, para que Jesús pudiera venir a nosotros a traernos tu Palabra de vida, a darnos el Espíritu Santo consolador de los corazones y para que nos pudiéramos dirigir a ti llamándote Padre. Haznos capaces de seguir los caminos del evangelio de la paz, como ha caminado María en su peregrinaje terreno, viviendo en el silencio y oculta en el hogar doméstico, permaneciendo abiertos al anuncio de la "alegre noticia" que nos ha traído tu Hijo, sabiendo afrontar las pruebas de la vida con humildad y fe profundas, y confiando en ti en la hora de nuestro retorno a la casa del Padre donde tú nos esperas.

        Te rogamos de modo especial por la paz del mundo, convencidos de que es un deber de todos conocer los problemas que están detrás de las graves divisiones actuales para compartir y sostener todo camino y toda propuesta de paz y de justicia. Suscita gobernantes y hombres de paz que sepan actuar de manera que el desarrollo sea posible a todas las gentes por igual, y que la solidaridad sea tal que los países ricos prevean intervenciones capaces de elevar económicamente incluso a los países más pobres. Pero haz capaz a cada hombre de comprender que la auténtica paz y la verdadera felicidad vienen de ti, que eres el Dios de la paz.

 

CONTEMPLATIO

        ¡Cantadlo a la espera del alba, cantadlo suave, en el duro oído del mundo! Cantadlo de rodillas, cantadlo como envueltos en un velo, como cantan las mujeres encinta: el Poderoso se ha hecho dócil, el Infinito pequeño, el Fuerte sereno, el Altísimo humilde (...). ¡Niño que vienes de la eternidad, quiero elevar un canto a tu Madre! ¡Mi canto debe ser bello como la nieve iluminada por el alba! ¡Alégrate, virgen María, hija de mi tierra, hermana de mi alma, alégrate, gozo de mi gozo! ¡Soy como un vagabundo en la noche, pero tú eres mi techo bajo el firmamento! ¡Soy una copa sedienta, pero tú eres el mar abierto del Señor!

        ¡Alégrate, virgen María! Dichosos los que te proclaman dichosa! ¡Ya ningún corazón humano temerá! Tengo un único deseo, quiero repetirlo a todos: ¡una de vosotras ha sido elegida por el Señor! ¡Dichosos aquellos que te proclaman dichosa! (Gertrud Von le Fort, Himnos a la Iglesia, Madrid 1995).

 

ACTIO

        Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «María guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón» (Lc 2,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        María Virgen, que por el anuncio del ángel acogió al Verbo de Dios en su corazón y en su vientre y entregó la vida al mundo, es conocida y honrada como verdadera Madre de Dios Redentor. Redimida de manera tan eminente, en atención a los futuros méritos de su Hijo y a El unida con estrecho e indisoluble vínculo, está enriquecida con esta suma prerrogativa y dignidad: ser la Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas. Al mismo tiempo ella está unida a la estirpe de Adán con todos los hombres que han de ser salvados; más aún, es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son «miembros de aquella cabeza», por lo que también es saludada como miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia, su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y caridad y a quien la Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como Madre amantísima (LG 53).

 

 

Día 2

Segundo domingo después de Navidad

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 24,1-2.8-12

1 La sabiduría hace su propio elogio, se gloría en medio de su pueblo;

2 en la asamblea del Altísimo abre su boca, se gloría en presencia del Poderoso:

8 Entonces el Creador del universo me dio órdenes, mi Hacedor fijó el lugar de mi morada. Me dijo: Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel.

9 Antes de los siglos, desde el principio, me creó, y nunca dejaré de existir.

10 Ante él, en la santa tienda, presté servicio; y así me he establecido en Sión,

11 en la ciudad amada he hallado descanso, y en Jerusalén he asentado mi poder.

12 En el pueblo glorioso he echado raíces, en la porción del Señor, en su heredad, y resido en la congregación plena de los santos.

 

**• El texto del Eclesiástico es una de las muestras más bellas de la literatura sapiencial y narra un gran elogio a la Sabiduría divina, fuente viva que renueva toda cosa en la vida que Dios comparte con los hombres. La sabiduría en persona canta sus propias alabanzas en la presencia del Dios altísimo. Se presenta unida a Dios, pero, al mismo tiempo, distinta de él. Se identifica como persona con la Palabra de Dios (con la Tora) y como símbolo con la niebla que cubre la tierra, semejante al Espíritu de Dios que se cernía sobre el caos primordial de la creación (w. 2-3; Gn 1,2). Preexistía junto a Dios, teniendo su morada junto a su trono, y es eterna (w. 4-9). Recorrió el mundo y recibió la orden de establecerse en Israel: «Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel» (v. 8), ejerce su ministerio en Sión, tomando a Jerusalén, la ciudad santa, por morada, y haciendo de Israel un pueblo glorioso, porción del Señor, su heredad (w. 10- 11).

En el Nuevo Testamento tal sabiduría es Jesús. El evangelista Juan, cuando nos habla del "Verbo", tiene como trasfondo este texto y lo utiliza refiriéndose a la teología de la Palabra y de la Sabiduría, en el sentido de fuerza que crea, revelación que ilumina, persona que vivifica. Juan, además, lo aplica a Cristo en su relación con el Padre (cf. Prov 8; Sab 6-9). Jesús, en efecto, es la Palabra última y definitiva de Dios, la auténtica Sabiduría hecha visible, la persona enviada por Dios como Hijo unigénito del Padre.

 

Segunda lectura: Efesios 1,3-6.15-18

3 Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Que desde lo alto del cielo Nos ha bendecido por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales.

4 Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia. Llevado de su amor,

5 él nos destinó de antemano, conforme al beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo,

6 para que la gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su Hijo querido, se convierta en himno de alabanza a su gloria.

15 Por lo cual también yo, al conocer vuestra fe en Jesús, el Señor, y vuestro amor para con todos los creyentes,

16 no ceso de dar gracias a Dios por vosotros, recordándoos en mis oraciones.

17 Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda un espíritu de sabiduría y una revelación que os permita conocerlo plenamente.

18 Que ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza a la que habéis sido llamados, cuál la inmensa gloria otorgada en herencia a su pueblo.

 

**• Esta lectura consta de dos partes distintas. La primera (w. 3-6) contiene los primeros versículos del himno cristológico: el tema hace referencia a la historia de la salvación, cuyos protagonistas son el Padre, Cristo y el Espíritu, y cuya ley es el amor gratuito de Dios.

El Padre es la fuente, el iniciador y el término de toda cosa. El Espíritu Santo es la garantía y la prenda de la heredad ofrecida al hombre. El Hijo, único mediador de la obra divina, es el que todo lo cumple y lleva a cabo con la entrega de sí hasta el don de la vida. El Padre, pues, que tiene la iniciativa de regalar la salvación, fruto de su obra, se sirve de «su Hijo querido» (v. 6) para actuarla. Así, la actividad de las tres personas divinas aspira a llevar la salvación al hombre, que está en el centro del designio de Dios, aunque el objetivo último de la historia de la salvación no sea el hombre, sino la gloria misma de Dios.

Es para alegrarse y para permanecer sin aliento ante este designio que ocupaba en la mente de Dios un puesto anterior a la creación misma: estamos insertos en el amor que Dios siente por su Hijo querido. También nosotros estamos en el circuito trinitario de un amor desbordante y sin fin, envueltos por el abrazo de Dios. Y todo esto a través de la Iglesia en la que «en Cristo» llegamos a ser hijos adoptivos de Dios (cf. Rom 9,4; Gal

3,1-7). Todo es don gratuito emanado del corazón de Dios que ama a la humanidad apasionadamente.

La segunda parte (w. 15-18) refleja los sentimientos de gratitud de Pablo hacia Dios por sus hermanos en la fe, sobre quienes invoca la sabiduría divina y los dones de la santidad plena y del amor verdadero.

 

Evangelio: Juan 1,1-18

 1 Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

2 Ya al principio ella estaba junto a Dios.

3 Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir.

4 En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres;

5 la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron.

6 Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan.

7 Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él.

8 No era él la luz, sino testigo de la luz.

9 La Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre.

10 Estaba en el mundo, pero el mundo, aunque fue hecho por ella, no la reconoció.

11 Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron.

12 A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios.

13 Éstos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios.

14 Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

15 Juan ha dado testimonio de él, proclamando: -Éste es aquel de quien yo dije: «El que viene detrás de mí ha sido colocado por delante de mí, porque existía antes que yo».

16 En efecto, de su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia.

17 Porque la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por Cristo Jesús.

18 A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer.

 

**• El prólogo de Juan, a diferencia de los relatos de los evangelios de la infancia, no narra las vivencias históricas del nacimiento y primera infancia de Jesús, sino que describe, en forma poética, el origen de la Palabra en la eternidad de Dios y su persona divina en el amplio horizonte bíblico del plan de salvación que Dios ha trazado para el hombre. Esta presentación de Jesús-Palabra se hace en tres momentos.

Primeramente la «preexistencia» de la Palabra (w. 1-5), real y en comunión de vida con Dios; él nos puede hablar del Padre porque posee la eternidad, la personalidad y la divinidad (v. 1). Después, la venida histórica de la Palabra entre los hombres (w. 6-13) de cuya luz fue testigo el Bautista (w. 6-8); esta luz pone al hombre ante una opción de vida: rechazo o acogida, incredulidad o fe (w. 9-11); sólo la acogida favorable permite la filiación divina, que no procede ni de la carne ni de la sangre, esto es, de la posibilidad humana (w. 12-13). Y finalmente la encamación de la Palabra (v. 14) como punto central del prólogo. Esta Palabra, que había entrado por primera vez en la historia humana con la creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: «Y el Verbo se hace carne», es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrar el amor infinito de Dios. En él la humanidad creyente puede contemplar la gloria del Señor (v. 16), no una gloria como la de Moisés, revelador imperfecto de la Ley que puede hacer esclavos, sino la de Jesús, el Revelador perfecto y escatológico de la Palabra que hace libres, el verdadero Mediador humano-divino entre el Padre y la humanidad, el único que nos manifiesta a Dios y nos lo hace conocer.

 

.

MEDITATIO

Las lecturas bíblicas de este domingo evidencian que Jesús es el icono visible de Dios Padre. El Hijo, en efecto, mira incesantemente al Padre, que es la fuente de su misión. Todo le viene del Padre: la enseñanza, la actividad, el poder sobre la vida y sobre la muerte. «Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me ha enviado» (Jn 7,16). «La Palabra que habéis escuchado no es mía, sino del Padre que me ha enviado» (Jn 14,24). El Hijo no hace nada por sí sólo, sino «como me ha enseñado el Padre, así hablo» (Jn 8,28). Jesús está a la escucha del Padre con mirada de contemplación interior y transmite sus palabras, es más, comunica tan bien la Palabra del Padre que Él mismo es, para el evangelista, la Palabra del Padre (Jn 1,1-2). Así Jesús es el perfecto revelador del amor del Padre, porque está siempre a la escucha de Dios, y es igualmente la Palabra misma del Padre.

El culmen, sin embargo, de la revelación que Jesús ha transmitido no está en lo que ha enseñado con palabras, sino en la obra que ha testimoniado con su vida. Ha cumplido hasta el fondo la obra que el Padre le había confiado. Y la obra que expresa el don de sí, la cumple Jesús entregando su vida sobre la cruz, haciéndonos así hijos adoptivos del mismo Padre. Es desde la colina en que se alza la cruz desde donde la humanidad toma conciencia de la calidad del amor que Jesús de Nazaret le revela: un amor que supera toda lógica humana y viola las fronteras de Dios.

 

ORATIO

Señor Jesús, el apóstol Juan nos dice al final de su prólogo: «A Dios nadie lo ha visto jamás; es el Hijo único, que es Dios y está al lado del Padre, quien lo ha revelado » (Jn 1,18). Así, ningún hombre sobre esta tierra ha visto nunca ni podrá ver el rostro de Dios. Pero tú, Jesús, que eres el Hijo amado del Padre, la Sabiduría misma de Dios, e impronta de su Ser, nos lo has manifestado y nos lo has hecho conocer. A través de ti, el Padre se ha revelado con palabras humanas y especialmente en la misión que tú has cumplido entre nosotros, hasta entregarte por amor nuestro sobre el madero de la cruz. Desde entonces en adelante acogerte o rechazarte a ti, es acoger o rechazar al Padre: y, en consecuencia, nuestra salvación.

Señor Jesús, te damos gracias por habernos hecho hijos verdaderos del mismo Padre y por habernos llamado amigos. Sabemos cuánto has sufrido por nosotros con la condena a la cruz, pero tú nos has enseñado que no hay «un amor más grande que éste: dar la vida por los amigos» (Jn 15,13). Te queremos pedir también que nos concedas un corazón grande y generoso para todos nuestros hermanos, a pesar de nuestros pecados, para amarlos como nos has amado tú. Tú te has revelado como Palabra viva del Padre y nosotros, por el contrario, somos a menudo palabras humanas y vacías que no dan cabida a tu evangelio de verdad. Enséñanos lo que verdaderamente vale en la vida, esto es, escuchar la voz secreta que habla en nuestro interior. Si escucháramos esta palabra interior, comprenderíamos lo que dice san Agustín: «He aquí el gran secreto: el sonido de la palabra golpea nuestros oídos, pero el maestro se encuentra en lo más íntimo».

 

CONTEMPLATIO

La morada de mi Dios está allí, está más allá de mi alma. Allí habita, desde allí me ve, desde allí me ha creado (...), desde allí me llama, me guía y me conduce al puerto.

El que tiene en lo más alto de los cielos una morada invisible, posee también una tienda sobre la tierra. Su tienda es la Iglesia aún itinerante. Es aquí donde hay que buscarlo, porque en la tienda se encuentra el camino

que conduce a su morada. En la casa de Dios hay una fiesta perpetua (...). La armonía de esta fiesta encanta el oído del que camina en esta tienda y contempla las maravillas realizadas por Dios para la redención de sus fieles. Y así gustamos ya una secreta dulzura, podemos vislumbrar ya, con lo más alto de nuestro espíritu, la vida que no cambia (...). ¿Por qué, pues, te turbas, alma mía? Y el alma responde en lo secreto: «¿Estoy, quizás, desde ahora, en seguro? ¿Quizás el demonio, mi enemigo, no me espía? ¿Y quieres que no me inquiete, estando todavía exiliada lejos de la casa de Dios?».

«Espera en Dios». En la espera, encuentra a tu Dios aquí abajo en la esperanza (...). ¿Por qué esperar? Porque él es mi Dios, la salvación de mi rostro. La salvación no puede venirme de mí mismo. Lo diré, lo confesaré: mi Dios es la «salvación de mi rostro» (San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 41,9).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo» (Ef 1,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Dios, después de haber hablado en múltiples ocasiones y de muchas maneras por los profetas, «ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo» (Heb 1,1 -2). Envió, pues, a su Hijo, esto es, el Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que habitase entre ellos y les explicase los secretos de Dios (cf. Jn 1,1 -8). Jesucristo, pues, Verbo hecho carne, enviado como «hombre a los hombres» (Ad Diognetum), «habla las palabras de Dios» (Jn 3,34) y lleva a cumplimiento la obra de la salvación que le ha confiado el Padre (cf. Jn 5,36; 17,4). Por eso, viéndolo a él se ve también al Padre (cf. Jn 14,9) con toda su presencia y con su manifestación, con palabras y obras, con signos y milagros, y especialmente con su muerte y su gloriosa resurrección de entre los muertos y, finalmente, con el envío del Espíritu de la verdad, cumple y completa la revelación y la corrobora con el testimonio divino que Dios está con nosotros para liberarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos para la vida eterna.

La economía cristiana, pues, en cuanto es alianza nueva y definitiva, no pasará, y no se debe esperar ninguna nueva revelación pública antes de la manifestación gloriosa del Señor Jesucristo (cf. 1 Timó,14;Tit2,13)(DV4).

 

 

Día 3

  3 de Enero, Santísimo Nombre de Jesús

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 2,29-3,6

29 Si sabéis que Él es justo, reconoced también que todo el que practica la justicia ha nacido de Él.

1 Considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo ha conocido a Él.

2 Queridos, ahora somos ya hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es.

3 Todo el que tiene en Él esta esperanza se purifica a sí mismo, como Él es puro.

4Todo el que peca, se hace culpable de la iniquidad, porque el pecado es la iniquidad.

5 Sabéis que Él se ha manifestado para borrar los pecados, y que en Él no hay pecado.

6 El que permanece en Él, no peca. Todo el que peca, ni lo ha visto ni lo ha conocido.

 

*•• El tema de la perícopa es Jesús justo, sin pecado, que ha sido obediente a la voluntad del Padre y es modelo para el cristiano (2,29; 3,3). También el fiel, que vive en la justicia, es hijo de Dios (3,1) y no comete pecado (3,9; 4,7; 5,1.4.18). El obrar cristiano demuestra el nuevo nacimiento. Para Juan las expresiones «hijo de Dios» (w. 1-2) y «haber nacido de Dios» (v. 29) significan ser hombre nuevo, llamado a caminar por una vida nueva, imitando al Padre en una progresiva asimilación y comunión con él, que se convertirá en identificación en la visión cara a cara (cf. 1 Cor 13,12).

El valor de nuestra fe reside y aumenta en el hecho de que somos hijos de Dios, salvados por un Padre que nos ama y que nos inspira confianza. El mundo que lo rechaza con el pecado, aliándose con el anticristo, desprecia y no comprende a Jesús, no ama a sus discípulos, actúa contra la ley de Dios (v. 4), pertenece a la esfera del maligno y se opone al reino mesiánico. El que, por el contrario, se adhiere al Señor, que se ha hecho pecado por nosotros, está libre de pecado, recibiendo de Cristo la fuerza para superar el mal y vencerlo (v. 6). Pero, ¿cuándo puede decir el creyente que experimenta auténticamente el amor de Dios? La respuesta del Apóstol es clara: cuando no comete pecado, obra con justicia y se mantiene puro, siguiendo el camino que Cristo ha recorrido: el de la cruz, o sea el del amor llevado hasta amar al enemigo.

 

Evangelio: Juan 1,29-34

29 Al día siguiente, Juan vio a Jesús, que se acercaba a él, y dijo: -Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

30  éste me refería yo cuando dije: «Detrás de mí viene uno que ha sido colocado delante de mí, porque existía antes que yo».

31 Yo mismo no lo conocía; pero la razón de mi bautismo era que él se manifestara a Israel.

32 Juan prosiguió: -Yo he visto que el Espíritu bajaba desde el cielo como una paloma y permanecía sobre él.

33 Lo mismo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, ése es quien bautizará con Espíritu Santo».

34 Y como lo he visto, doy testimonio de que él es el Hijo de Dios.

 

*» La escena está caracterizada por el encuentro del Bautista con Jesús. La atención del fragmento se vuelca sobre el contenido de la solemne proclamación del Testigo, en un contexto de revelación mesiánica. Es el hombre de Dios que "ve" por primera vez a Jesús. Éste "viene" del Padre y camina desconocido entre la multitud, a la que le une su condición humana, y el Bautista exclama: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (v. 29b). El símbolo del cordero reclama varios textos: el cordero pascual (cf. Ex 12,1-28; 29,38-46), el Siervo doliente (cf. Is 42,1-4; 52,13-53,12). Jesús es el Cordero-Siervo obediente al Padre, el que cancela las culpas de los hombres y les comunica la vida nueva con sus sufrimientos y su muerte en la cruz. El testimonio del Bautista se refiere, además, al modo en que ha visto al Espíritu Santo bajar sobre el Mesías. Es el Testigo mismo el que ve al Espíritu sobre Jesús «bajar del cielo como una paloma» (v. 32).

La imagen de la paloma, en el ambiente judaico-antiguo, indicaba a Israel: el Espíritu que baja en forma de paloma es anuncio de la generación del nuevo Israel de Dios, que comienza con Jesús y constituye el fruto maduro de la venida del Espíritu. Ésta es la época de la purificación y del verdadero conocimiento de Dios a través del Espíritu. El Espíritu baja sobre Jesús y "permanece" en él de un modo pleno y estable (cf. Is 11,2-3). Él es la nueva morada de Dios, el templo del Espíritu, fuente perenne de salvación para todos. Es durante la teofanía del bautismo de Jesús cuando el Bautista reconoce al Mesías. Ahora puede testimoniar que Jesús es el Hijo de

Dios (v. 34), el que «bautiza con el Espíritu Santo» (v. 33), esto es, da el Espíritu a todo discípulo y lo llena de este don, prometido para la era de la salvación.

 

MEDITATIO

El testimonio del Bautista no tiene su finalidad en sí mismo. Tiene por objetivo suscitar la fe del discípulo en la persona de Jesús. El Bautista ha visto al Espíritu "permanecer" sobre Jesús. Esta certeza provoca el anuncio de que Jesús es verdaderamente el Mesías, el Elegido de Dios (cf. Is 42,1). El testimonio de Jesús "Hijo de Dios" se hace eco de las palabras pronunciadas por el Padre en el bautismo: «Éste es mi Hijo amado» (cf. Me 1,11; Mt 3,17; Le 3,22).

El testimonio de Juan ha caracterizado dos épocas: la del bautismo «con agua» (v. 31) y la del bautismo «en el Espíritu» (v. 33). El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en las aguas del Jordán es el inicio de la salvación y de los tiempos nuevos: ha comenzado para la humanidad su camino de retorno al Padre, se ha puesto en marcha la creación del nuevo Israel. Hasta el evento del Jordán el Espíritu moraba en Jesús, escondido en el silencio y desconocido; sólo ahora, con la confirmación de lo alto, el Padre lo consagra en su misión profética y mesiánica. Cada creyente es el hijo esperado sobre el que se posa el Espíritu del Señor y está llamado a dar testimonio de que el único camino de salvación para el hombre es el recorrido por Cristo y no las fáciles ilusiones prometidas por otros libertadores de movimientos políticos, sociales y religiosos. Quien nace del misterio de Cristo muerto y resucitado puede anunciar a los hermanos el camino de la salvación y proponerla con eficacia a través del signo del amor y de la entrega de sí.

 

ORATIO

Señor, enviándonos a tu Hijo como Salvador has hecho posible nuestra liberación del pecado y de la muerte y has restablecido nuestra comunión contigo. Con sólo nuestras fuerzas no nos hubiera sido posible obtener todo esto, y tú, sabiendo bien de qué pasta estamos hechos, nos has enviado a Cristo, tu Hijo unigénito, que nos ha hecho de nuevo hijos tuyos y sus hermanos. Has hecho bajar a tu Espíritu sobre Jesús para que él pudiese iniciar su misión en la tierra y borrar todas nuestras iniquidades.

Nosotros hoy somos conscientes de todos estos dones y, en especial, del don del bautismo con el que nos hemos convertido en verdaderos hijos tuyos. Señor, haznos comprender cada vez más este inmenso don y que lo hagamos crecer en nosotros con un camino espiritual que nos haga adultos en la fe, generosos en el amor a nuestros hermanos y testigos creíbles de tu evangelio entre aquellos que aún no han acogido tu salvación. Te pedimos en nombre de Jesús tu Hijo, el Cordero sin mancha, que los que viven en la indiferencia y en el ateísmo sean sacudidos de su aparente tranquilidad y reconozcan en Jesús el auténtico sentido de la vida y, hechos hijos tuyos por medio del Espíritu Santo, experimenten tu ternura de Padre.

Sabemos, Señor, que por la muerte de Jesús nos has dado la vida y que todos nosotros podemos continuar la misión de tu Hijo en el mundo para crear una humanidad nueva, más fraterna, sin divisiones ni guerras, unida en el signo del amor que nos ha enseñado Jesús.

 

CONTEMPLATIO

«Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos» (1 Cor 9,22). Por esto él quiere ser un niño pequeño: para que tú puedas llegar a ser un hombre perfecto. Él fue envuelto en pañales, para que tú fueses liberado de los lazos de la muerte; Él en el establo, para ponerte a ti sobre altares; Él en la tierra, para que tú alcanzases las estrellas; Él no encontró sitio en la posada, para que tú tuvieses en el cielo muchas moradas. «De rico que era», está escrito, «se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos con su pobreza» (2 Cor 8,9). Aquella indigencia es, por tanto, mi riqueza y la debilidad del Señor es mi fuerza. Ha preferido para sí las privaciones, para tener qué dar en abundancia a todos. El llanto de su infancia en vagidos es un lavado para mí, aquellas lágrimas han lavado mis pecados.

Señor Jesús, me siento más en deuda contigo por tus ultrajes para mi redención, que por tu poder para mi creación. Nos hubiera sido inútil nacer, si no hubiera sido la ocasión para ser redimidos (San Ambrosio, Tratado sobre el evangelio de Lucas, II, 41).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos» (1 Jn 3,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Hemos sido bautizados. Dios no nos ha conquistado sólo  mediante ideas y teorías o mediante piadosas disposiciones de ánimo y sentimientos, sino mediante la acción corpórea realizada con su fuerza, mediante la acción realizada sobre nosotros a través de sus ministros en el bautismo. Este es nuestro consuelo y nuestra confianza: Dios se ha comprometido con nosotros solemne y públicamente y ha derramado su Espíritu de amor en nuestros corazones desde los primeros días de nuestra vida.

Este claro testimonio de Dios es más importante que el testimonio ambiguo de nuestro corazón cansado, débil y amargamente vacío. Dios nos ha dicho en el bautismo: Tú eres hijo mío y templo de mi Espíritu. ¿Qué vale frente a semejantes palabras nuestra experiencia cotidiana, según la cual parecemos ser pobres criaturas abandonadas por Dios y por el Espíritu?

Creemos en Dios más que en nosotros mismos. Somos bautizados. Y el suave Espíritu del buen Dios reside en lo más profundo de nuestro ser, quizás allí donde no logramos penetrar con nuestra deficiente sicología. Allí, el Espíritu clama al Dios eterno: Abba, Padre. Allí, el Espíritu nos dice a nosotros: Hijo, hijo verdaderamente amado con amor infinito. ¡Somos bautizados! (K. Rahner, El año litúrgico, Barcelona 1968).

 

 

Día 4

Segundo Martes después de Navidad

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 3,7-10

7 Hijos míos, que nadie os engañe. Quien practica la justicia es justo, como Él es justo.

8 Quien comete pecado procede del diablo, porque desde el principio el diablo peca. Y el Hijo de Dios se manifestó para destruir las obras del diablo.

9 El que ha nacido de Dios no comete pecado, porque la semilla divina permanece en Él; no puede pecar, porque ha nacido de Dios.

10 La distinción entre los hijos de Dios y los del diablo es Ésta: quien no practica la justicia, y quien no ama a su hermano, no es de Dios.

 

**• Juan, frente a la herejía gnóstica, afirma que el criterio distintivo de los hijos de Dios es una conducta recta y justa: «Quien practica la justicia es justo» (v. 7), como Jesús, que acató la voluntad del Padre. Por el contrario, «quien comete pecado procede del diablo» (v. 8). El combate entre el bien y el mal, entre Cristo y Satán, implica también al cristiano. El pecado, en efecto, es contrario al mundo de Dios y el que peca no puede ser hijo de Dios, sino hijo del diablo, porque Cristo es el vencedor del mal. Él ha instaurado los tiempos de la salvación (cf. 1,7; 2,2; 3,5) y llama a sus seguidores a combatir el pecado (cf. Heb 12,1-4), a practicar la justicia (cf. 2,29; 3,10). Se puede, pues, poseer la filiación divina o la filiación humana: la primera procede de la acción de Dios en el corazón del creyente que se abre al Espíritu; la segunda nace en el corazón del que rechaza a Dios y vende el propio corazón al diablo. Así, «Quien ha nacido de Dios no comete pecado» (v. 9) porque «una semilla divina», esto es, la Palabra de Dios, rica por la fuerza del Espíritu, habita en el cristiano y lo colma (cf. Jn 3,5; Mc 4,3-8.14-20; Rom 8,14; Tit 3,5).

El hijo de Dios, que hace crecer y fructificar en sí la semilla de la Palabra, no podrá pecar jamás, porque ha hecho sitio a Dios, permaneciendo en Cristo, que actúa en su vida. La condición esencial, sin embargo, es la apertura constante al Espíritu de Dios viviendo una actitud de conversión continua. Entonces los signos concretos del cristiano serán la disponibilidad a la voluntad de Dios y el amor fraterno (v. 10).

 

Evangelio: Juan 1,35-42

35 Al día siguiente, Juan se encontraba en aquel mismo lugar con dos de sus discípulos.

36 De pronto vio a Jesús que pasaba por allí, y dijo: -Éste es el Cordero de Dios.

37 Los dos discípulos le oyeron decir esto, y siguieron a Jesús.

38 Jesús se volvió y, viendo que lo seguían, les preguntó: -¿Qué buscáis? Ellos contestaron: -Rabí (que quiere decir Maestro), ¿dónde vives?

39 Él les respondió: -Venid y lo veréis. Se fueron con él, vieron dónde vivía y se quedaron aquel día con él. Eran como las cuatro de la tarde.

40 Uno de los dos que siguieron a Jesús por el testimonio de Juan era Andrés, el hermano de Simón Pedro.

41 Encontró Andrés en primer lugar a su propio hermano Simón y le dijo: -Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir Cristo).

42 Y lo llevó a Jesús. Jesús, al verlo, le dijo: -Tú eres Simón, hijo de Juan; en adelante te llamarás Cefas (es decir, Pedro).

*» Es el segundo testimonio público del Bautista sobre Jesús el que provoca el seguimiento de algunos de sus discípulos tras el Maestro (w. 35-37). El texto presenta, armónicamente fundidos, el hecho histórico de la llamada de los primeros discípulos, descrito como descubrimiento del misterio de Cristo, y el mensaje teológico sobre la fe y sobre el seguimiento de Jesús. En este fragmento el evangelista nos presenta los rasgos característicos del verdadero camino para poder convertirse en discípulos de Cristo. Todo comienza con el testimonio y el anuncio de un testigo cualificado, en este caso el del Bautista («Éste es el Cordero de Dios»: v. 36), al que sigue un camino de auténtico discipulado («Siguieron a Jesús»: v. 37). Este seguimiento florece más tarde en un encuentro hecho de experiencia personal y de comunión con el Maestro («fueron... vieron... se quedaron con Él»: w. 38-39). El coloquio entre Jesús y los discípulos versa sobre el sentido existencial de la identidad del Maestro que los invita a una experiencia de vida con él. Esta experiencia de intimidad termina con una profesión de fe («hemos encontrado al Mesías»: v. 41), que sucesivamente se hace apostolado y misión. En efecto, Andrés, después de haber hecho tal experiencia, conduce a su hermano hasta Jesús, que le cambia el nombre de Simón por Pedro, esto es, Cefas, para indicar la misión que desarrollará en la Iglesia.

El interés fundamental del fragmento se concentra, pues, sobre el origen de la fe y de su transmisión mediante el testimonio. Estamos ante un itinerario de fe y ante el descubrimiento del misterio de Jesús, a través del gradual conocimiento y adhesión de los discípulos, luego de la primera manifestación de Jesús como Mesías.

 

MEDITATIO

Leyendo el evangelio uno queda fascinado por el misterio de la persona de Jesús y por su gran humanidad, que colma y satisface las aspiraciones fundamentales del hombre. Buscar quién es Jesús es descubrirlo a través del comportamiento de las personas que se encuentran con Él. Penetrar en el misterio de Jesús significa observar el mundo que lo rodea y descubrir el modo en que él se relaciona con los otros. La llamada de discípulos tras el Maestro es un hecho que se repite en todo tiempo de la Iglesia. Es importante que un testigo sepa leer los acontecimientos de su vida y, penetrando por experiencia en lo íntimo del corazón de Jesús, sepa indicarlo a los otros. También la misión del Bautista, cuando Jesús se presentó en el Jordán, estaba para terminar: el amigo del esposo debe saber retirarse cuando llega el esposo (cf. Jn 3,29-30) para ceder el puesto a otro.

Jesús, que no es de este mundo sino que viene del Padre, debe tomar la iniciativa en la vida de todo hombre. Él pasa siempre entre nosotros, esperando que alguno recoja el testimonio de quien lo anuncia. En la vida de cada uno de nosotros hay un día, un encuentro que ha marcado un cambio radical de nuestra existencia: la llamada personal e imprevisible de Dios con vistas a nuestra misión. Con frecuencia Él, para llamarnos, se sirve de otros "Juan Bautista", que pueden ser los padres, un amigo, un sacerdote, un libro, un retiro espiritual u otra cosa, pero es Él quien nos llama a seguirlo para construir un mundo nuevo. El peligro es que pase en vano por nosotros, por no haberlo escuchado atentamente.

 

ORATIO

Señor, cada día somos llamados a optar por pertenecerte o rechazarte. Es absurdo, además de peligroso, intentar conciliar lo incompatible. Has puesto en nuestros corazones de creyentes una fuerza, un germen divino: tu Palabra vivificada por el Espíritu Santo. Ella nos posibilita resistir al antiguo tentador y vencer el mal.

Tú nos dijiste con palabras del evangelista Juan que «el que ha nacido de Dios no puede pecar» (1 Jn 3,9), porque somos tus hijos y para nosotros vivir es pertenecerte. Esta impecabilidad, sin embargo, no es una realidad ya adquirida sino, más bien, una conquista personal por realizar día a día con tu ayuda y con renuncias, sacrificios, mortificaciones, haciendo fructificar las semillas que son tu Palabra y tu gracia. Recibimos las dos en el bautismo y continuamente las alimentas con las innumerables gracias actuales que tú, Señor, das a quienes creen en ti. Nuestro compromiso quiere ser, pues, el de decirte "sí" en el "dejarnos hacer" por tu Espíritu, poniendo en práctica tu Palabra para "obrar en justicia", que es compromiso de amor fraterno y entrega de nuestra vida a quien tiene necesidad de nuestra ayuda.

Señor, haz que en nuestra existencia cotidiana te sepamos buscar siempre con el mismo deseo de los primeros discípulos. A veces te buscamos sin saber quién eres ni dónde podemos encontrarte. Haznos ver cuál es tu morada en nuestro mundo y haz que nuestras fuerzas estén siempre al servicio de los pequeños y de los pobres, entre los cuales has elegido vivir.

 

CONTEMPLATIO

Hijo de Dios, en tu amor has venido a nosotros para hacer nuevas todas las cosas. Dame tu amor para que yo hable de tu amor a quien me escucha. Dios Altísimo, tú bajaste de los cielos para habitar con nosotros, pecadores. Para que yo pueda contar la belleza de tu amor, concédeme subir donde tú habitas. En tu amor ardiente permite que mi boca anuncie con garra tu buena noticia, concédeme cantar a plena voz tu gloria entre las gentes de esta tierra.

Venid, hermanos amadísimos. Hemos nacido de un solo bautismo. Queremos amar: el amor es la riqueza grande de quien lo posee. Por el agua bautismal habéis llegado a ser hermanos del Hijo único. Venid, pues, y gustemos con sabiduría cuanto habla del amor. Hoy me conmuevo al hablaros del amor. El amor es delicia, venid y gustad su salvación. Sólo si el amor entra en tu corazón, tus pensamientos se harán luminosos como luz. Sí, tu inteligencia se abrirá a los misterios de Dios (Giacomo de Sarug, Cántico dell'Amor, en Fascicoli di meditazione 39, 3-5).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Lo acompañaron, vieron donde vivía y se quedaron aquel día con Él» (Jn 1,39).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Maestro, ¿dónde vives?». Enséñame los caminos que conducen a mí mismo, revélame el refugio profundo que tu amor gratuito ha querido construirse en lo íntimo de mi ser. Haz que, recorriendo hacia atrás uno tras otro los senderos de mi vida consciente, reencuentre siempre en sus orígenes tu gracia misericordiosa que previene mis iniciativas y me ofrece mis verdaderos valores (...).

El Señor está presente también en las pequeñas ocasiones en que nos ofrece hacer el bien o aceptar el sufrimiento; está presente en estas modestias moradas como en las hostias consagradas: bajo las especies de la contrariedad fortuita, del visitante inoportuno, de la enfermedad fastidiosa o del trabajo ingrato, de un sacrificio que se nos pide, de una obediencia mediocre. Bajo estas especies está presente moralmente, como está presente corporalmente bajo las especies eucarísticas. Y mi vida transcurre próxima a estas moradas; y el curso tortuoso de mis jornadas lo encuentra en cada momento. Pero yo soy demasiado ciego para advertirlo y descuido las ocasiones de hacer el bien o de aceptar el sufrimiento, como se descuidan las casas deshabitadas o los tugurios en ruinas junto a la carretera.

«Venid y ved». Señor, ábreme los ojos: que yo aprenda a conocerte en cada una de tus presencias humildes y aprenda a encontrarte en la prosa santificante de mi deber cotidiano. Porque tú habitas justo aquí. Y es en este deber humilde, sea cual sea, donde estoy seguro de encontrarte, no sólo de paso y como furtivamente, sino de modo estable y permanente... (P. Charles, La priére des hommes, París 1957).

 

 

Día 5

Miércoles de la II Semana de Navidad

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 3,11-21

Hermanos:

11 Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio es que debemos amarnos los unos a los otros.

12 No como Caín, que era del maligno, y mató a su hermano. Y ¿por qué lo mató? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas.

13 No os extrañéis, hermanos, si el mundo os odia.

14 Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte.

15Todo el que odia a su hermano es homicida, y sabéis que ningún homicida posee vida eterna.

16 En esto hemos conocido lo que es el amor: en que Él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.

17 Si alguien que tiene bienes de este mundo ve a su hermano en necesidad y no se apiada de Él, ¿cómo puede permanecer en Él el amor de Dios?

18 Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con hechos y de verdad.

19 En esto sabremos que somos de la verdad y tendremos la conciencia tranquila ante Dios,

20 porque  si ella nos condena, Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas.

21 Queridos míos, si nuestra conciencia no nos condena, podemos acercarnos a Dios con confianza.

 

*+• El motivo fundamental de la buena noticia cristiana es el de la caridad fraterna y generosa desde el primer momento de la conversión (2,7-11). Sólo el amor auténtico a los hermanos salva y da vida, después de haber destruido la muerte (v. 14; Jn 5,24). El contrario del amor es el odio, el que impulsó a Caín a matar al justo

Abel, el que movió a los incrédulos, enemigos de Dios, a matar a Cristo y a sus discípulos (cf. Jn 15,20). El odio es el signo de que este mundo está inmerso en la muerte y es la causa de su propia ruina con la práctica de la mentira y con una neta cerrazón a la verdad (w. 12,15). El amor a los hermanos, por el contrario, injerta al hombre en el reino de la vida (v. 14) y permite gestos concretos de amor ante las necesidades del prójimo (w. 17-18).

La práctica del verdadero amor es la vivida por Jesús, que dio su prueba suprema de bondad entregando la propia vida (Jn 10,11.15-18). Hacia este alto ideal toda comunidad cristiana debe crecer y fructificar como comunión de amor (cf. Jn 15,12-13; Hch 4,32). La plena disponibilidad que Cristo ha demostrado sobre la cruz debe animar al cristiano a vivir también la forma más alta del amor: el «amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12), y debe tener presente que el amor sin obras está muerto. Entonces, dar y compartir los propios bienes (w. 17-18) será siempre una obligación para aquellos que con confianza se han comprometido en el seguimiento de Cristo (w. 19-21; Jn 21,17), seguros de que «Dios es más grande que nuestro corazón». Con esta condición el discípulo vivirá en la paz y el amor del Padre.

 

Evangelio: Juan 1,43-51

43 Al día siguiente, Jesús decidió partir para Galilea. Encontró a Felipe y le dijo:

-Sígueme.

44 Felipe era de Betsaida, el pueblo de Andrés y de Pedro.

45 Felipe se encontró con Natanael y le dijo:

-Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en el libro de la ley, y del que hablaron también los profetas: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.

46 Exclamó Natanael:

-¿Nazaret? ¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno? Felipe le contestó: -Ven y lo verás.

47 Cuando Jesús vio a Natanael, que venía hacia él, comentó: -Éste es un verdadero israelita, en quien no hay doblez alguna.

48 Natanael le preguntó: -¿De qué me conoces? Jesús respondió: -Antes de que Felipe te llamara, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera.

49 Entonces Natanael exclamó: -Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.

50 Jesús prosiguió: -¿Te basta para creer el haberte dicho que te vi debajo de la higuera? ¡Verás cosas mucho más grandes que ésa!

21 Y añadió Jesús: -Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del nombre.

 

**• La escena describe la vocación de Felipe y de Natanael, modelo de discipulado y de seguimiento, que tiene analogías con los relatos de llamada narrados en los sinópticos (cf. Me 2,14; Mt 8,22; 9,9; 19,21; Le 9,59). Los hechos no se desarrollan junto al Jordán, sino mientras Jesús camina hacia Galilea. Ha comenzado el tiempo de su misión.

Es un sucederse y un intercambiarse de miradas y de encuentros. Jesús se propone primero a Felipe en el marco de los acontecimientos cotidianos, llamándolo a su seguimiento. Después, Felipe invita a Natanael a encontrar a Jesús: «Ven y verás» (v. 46). Felipe no intenta aclarar o resolver la duda inicial del compañero, sino que prefiere invitarlo a una experiencia personal con el Maestro, la misma que ha vivido él anteriormente y que ha cambiado su vida. Sólo la fe ayuda a superar los motivos de escándalo y de autosuficiencia humana. Y Jesús la suscita realmente en Natanael, que consiente en acoger el misterio del Hijo del hombre. Jesús revela al futuro discípulo su conocimiento personal porque en él no hay doblez: él es el verdadero israelita piadoso y recto, apasionado por la Escritura, que sabe confesar su propia pobreza ante Dios (cf. Sal 22).

El hombre, tocado en lo íntimo de su ser, por la alabanza del Maestro y por el profundo conocimiento que este tiene de él, se rinde a la evidencia y reconoce en Jesús al Mesías, y confiesa: «Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el rey de Israel» (v. 49). Natanael, como los otros discípulos que lo han precedido en el encuentro con Cristo, se encuentra en el nivel de la fe auténtica y abierta a ulteriores revelaciones que Jesús hará inmediatamente (w. 50-51). Jesús es el Mesías prometido y esperado para el fin de los tiempos.

 

MEDITATIO

Muchas veces el evangelio se concentra en el misterio del Jesús terreno. Él es el hijo de José, de la pequeña aldea de Nazaret. Es de origen humilde pero tiene la fuerza y la autoridad para decir: «Sígueme» (Jn 1,43). Jesús invita al hombre a buscarlo porque sólo se deja encontrar por los que lo buscan. Una serie de experiencias de los discípulos (cf. Jn 1,35-51) permite penetrar en el misterio. Este se abre con el «permanecer con» Jesús y se concluye con la exultante alegría de la confesión de fe en el Mesías, sobre quien suben y bajan los ángeles de Dios (cf. Jn 1,51).

En el testimonio de fe de los discípulos participa también el cielo. Jesús es verdaderamente el único revelador de Dios y el eslabón que liga al hombre con el cielo. También todo cristiano auténtico está ante la "casa de Dios" y a las "puertas del cielo", prefiguradas por la persona histórica de Jesús, donde se contempla el misterio del "Hijo del hombre" (cf. Dn 7,13). El hombre Jesús es el Hijo del hombre, es el Verbo encarnado y el hombre glorificado por la resurrección, que revela con autoridad al Padre. Es la gloria de Dios, es el nexo de unión de cielo y tierra, es el mediador entre Dios y los hombres, es la nueva escala de Jacob, de la que Dios se sirve para dialogar con el hombre. En Jesús encuentra el hombre el espacio ideal para experimentar la acción salvífica de Dios, cuya aceptación o rechazo por parte del hombre comporta un juicio de salvación o de condena (cf. Jn 3,14; 11,51; 12,32).

La progresión en la revelación del misterio tiene dos razones: una objetiva, que hace referencia al misterio mismo que conserva su zona de sombra, y otra subjetiva, en cuanto es necesario que todo hombre conquiste su madurez mediante la experiencia, que es nuestro modo de crecer. A todo creyente corresponde recorrer este itinerario experiencial.

 

ORATIO

Señor Jesús, brota espontánea una pregunta ante la palabra del apóstol Juan que nos interpela: ¿cómo debemos comportarnos para vivir como verdaderos hijos de Dios? Por su mediación, Tú nos has indicado el camino a seguir, el del amor fraterno, practicado no sólo con palabras, sino «con hechos y en la verdad» (cf. 1 Jn 3,18). Es el camino de un amor llevado hasta dar la vida por los otros, de un amor sincero y desinteresado que incluye también al propio enemigo. No siempre resulta fácil practicar este exigente camino.

Pero Tú nos has indicado también el camino para practicar este precepto tuyo: empezar a buscarte y a responder a tus llamadas cotidianas, para llegar, poco a poco, a vivir la realidad más exigente del evangelio. De todos modos necesitamos, Señor, que Tú nos guíes y nos corrijas cuando nos desviamos del camino justo, porque solos no podemos hacer nada, sin tu ayuda y tu mano que nos guía. Toma siempre la iniciativa en nuestra vida y no te canses de llamarnos una y otra vez a Ti. Llévanos gradualmente a descubrir que Tú eres el único Señor de nuestra vida y que a través de ti podemos alcanzar al Padre tuyo y Padre nuestro. Queremos vivir en el único amor divino que es rico en sorpresas continuas.

Señor Jesús, tu mirada, que revela tu humanidad y tu divinidad, nos ayude a acercarnos a ti con mirada sencilla y sincera, como la de tus primeros discípulos, para tener siempre confianza en cada hombre, nuestro hermano.

 

CONTEMPLATIO

Nuestro Padre celestial, desde la eternidad, nos ha llamado y nos ha elegido en su Hijo amado y, con su mano amorosa, ha escrito nuestros nombres en el libro viviente de la eterna Sabiduría: nosotros, pues, debemos corresponder a su amor con todas nuestras fuerzas. Justamente así comienzan todos los cantos de los ángeles y de los hombres, los cantos que nunca tendrán fin.

La primera melodía del canto celestial es el amor hacia Dios y hacia el prójimo: Dios Padre ha enviado a su Hijo para enseñárnosla. Jesucristo, el que nos ha amado desde siempre, desde el día de su concepción en el vientre santo de la Virgen, cantaba en su espíritu gloria y honor a su Padre del cielo, serenidad y paz a todos los hombres de buena voluntad.

Y, en efecto, todo cuanto de más sublime y más gozoso se puede cantar en el cielo y en la tierra es precisamente esto: amar a Dios y amar al prójimo por referencia a Dios, por Dios y en Dios. Cristo, que es nuestro cantor y maestro de coro, ha cantado desde el principio y entonará para nosotros eternamente el cántico de la fidelidad y del amor sin fin. Y también nosotros, con todas nuestras fuerzas, cantaremos tras él, sea aquí abajo en la tierra, sea en el coro de la gloria de Dios (beato Juan Ruysbroeck, Les sept degrés de l'amour spirituel, Bruselas 1922, 248-249).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Aunque nuestra conciencia nos condene, Dios es más grande que nuestra conciencia» (1 Jn 3,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Amad sobre todo a los pobres, los pequeños, los pecadores, los despreciados que son a su vez la más viva encarnación de Cristo, las ovejas más amadas y predilectas de su grey. Amadlos como son, con su aspecto de miseria y de pecado. Este es su mayor título para vuestro amor. El Salvador no ha venido por los justos, sino por los pecadores. "Hacerse uno de ellos" es enriquecerse con su contacto, despojándose de la ilusión de deber llevarles siempre alguna cosa. Esto requiere un alma totalmente abierta y disponible.

El amor, el auténtico amor, es muy exigente: amar como ama Cristo Jesús; estar dispuestos a dar la propia vida como Jesús por los pequeños, los más miserables de nuestros hermanos. Es por esto, y sólo por esto, que seréis reconocidos como sus discípulos y sus amigos.

Preferid siempre a los más pequeños de entre los pobres, los que el mundo rechaza, los que no encuentran otro lugar donde refugiarse que bajo los arcos del acueducto o los fosos de las ruinas romanas (...). Id en busca del miserable, del condenado, del culpable que se esconde y tiene vergüenza, preguntándose quién podrá amarlo aún como amigo. Por esto buscamos aproximarnos a los encarcelados en la miseria moral de sus prisiones (Magdalena de Jesús, 8ran/ di lettere alie Piccole Sorelle, inédito).

 

 

Día 6

 Epifanía del Señor

LECTIO

Primera lectura: Isaías 60,1-6

1 Levántate y brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti.

2 Es verdad que la tierra está cubierta de tinieblas y los pueblos de oscuridad, pero sobre ti amanece el Señor y se manifiesta su gloria.

3 A tu luz caminarán los pueblos, y los reyes al resplandor de tu aurora.

4 Alza la vista y mira a tu alrededor: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.

5 Al verlo te pondrás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón porque volcarán sobre ti las riquezas del mar, y te traerán los tesoros de las naciones.

6 Te inundará un tropel de camellos, y dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo oro e incienso y proclamando las alabanzas del Señor.

        **• La profecía, canto poético y glorioso, es una visión de universalismo y de unidad de todos los pueblos en camino hacia Jerusalén (cf. Jr 12,15-16; 16,19-21; Miq 4,1-3; Sof 3,9-10; Zac 8,20-23). El profeta ve una caravana que avanza hacia la ciudad santa en dos grupos bien diferenciados: uno formado por los hijos y las hijas de Israel que vuelven del exilio (v. 4), y el otro formado por las naciones extranjeras atraídas por la luz y la gloria de Dios, que ilumina la colina de Sión. Isaías, entonces, se dirige al pueblo que escucha diciendo: «Levántate, revístete de luz... alza los ojos en tomo y mira» (w. 1-4). Ha terminado el tiempo del cansancio y del lamento y ha comenzado el de la alegría y la esperanza. Es preciso que la humanidad salga del propio individualismo y pesimismo y entre en la certeza de una vida nueva, que se alcanza dejando las tinieblas y caminando hacia la ciudad luminosa, cuyo esplendor procede de Dios: «Sobre ti resplandece el Señor, su gloria aparece sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz» (w. 2-3; Ap 21,9-27).

        El plan de Dios concierne a todos los pueblos, llamados a ser envueltos por la luz de la Jerusalén celeste y por la transparencia de la presencia de Dios que habita en medio de su pueblo. Dios mismo será el faro que orienta y atrae los pasos de los pueblos, de las gentes y de los reyes hacia su Señor. Y en Jerusalén tendrá lugar la gran manifestación y será desvelado lo escondido. En el nacimiento de Jesús los evangelistas verán la revelación de Dios y el cumplimiento de la profecía.

 

Segunda lectura: Efesios 3,2-3a.5-6

Hermanos:

2 Os supongo enterados de la misión que Dios en su gracia me ha confiado con respecto a vosotros:

3 Se trata del misterio que se me dio a conocer por revelación .

5 Un misterio que no fue dado a conocer a los hombres de otras generaciones y que ahora ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas;

6 un misterio que consiste en que todos los pueblos comparten la misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo y participan de la misma promesa hecha por Cristo Jesús a través del evangelio.

        **• Pablo reconoce que la misión que se le ha confiado es la de llevar el evangelio a los gentiles, y explica que el designio salvífico de Dios, concerniente a la humanidad entera llamada a caminar a la luz del único Dios y Padre, ha llegado ya a su plenitud. Y este secreto del misterio de Dios es la llamada a la universalidad y a la unidad de los pueblos: «los pueblos comparten la misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo» (v. 6). Y el Apóstol se siente impulsado, como colaborador de esta misión de Jesús, a trabajar por la difusión del evangelio.

        El verdadero signo e instrumento de esta visión universal de la salvación querida por Dios es la Iglesia. Ésta tiene como tarea la unidad de los pueblos, sea llevando a todos a la fe en Jesús mediante el anuncio del evangelio, sea tratando de crear vínculos de comunión y de fraternidad, a pesar de las apariencias y de las múltiples diversidades.

        Ante un mundo todavía dividido, pero deseoso de comunión, se proclama con alegría y con fe que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, que él llama a todos a participar en la comunión trinitaria. En efecto, mediante la comunión con Jesús, cabeza de la Iglesia, es posible la comunión auténtica entre los hombres. Esta unidad y paz universal, que siempre ha buscado el hombre de todos los tiempos, está ahora al alcance de todos por el nacimiento del Hijo de Dios. Es él el que ha hecho realidad el misterio de Dios, esto es, reunir a todas las gentes.

        Porque a esto hemos sido llamados: a vivir en la paz como verdaderos hermanos y a permanecer unidos como hijos del mismo Padre.

 

Evangelio: Mateo 2,1-12

1 Jesús nació en Belén, un pueblo de Judea, en tiempo del rey Herodes. Por entonces unos sabios de oriente se presentaron en Jerusalén,

2 preguntando: -¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo.

3 Al oír esto, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.

4 Entonces convocó a todos los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.

5 Ellos le respondieron: -En Belén de Judea, pues así está escrito en el profeta:

6 Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, ni mucho menos, la menor entre las ciudades principales de Judá; porque de ti saldrá un jefe, que será pastor de mi pueblo, Israel.

7 Entonces Herodes, llamando aparte a los sabios, hizo que le informaran con exactitud acerca del momento en que había aparecido la estrella,

8 y los envió a Belén con este encargo: -Id e informaos bien sobre ese niño; y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarlo.

9 Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y la estrella que habían visto en oriente los guió hasta que llegó y se paró encima de donde estaba el niño.

10 Al ver la estrella, se llenaron de una inmensa alegría.

11 Entraron en la casa, vieron al niño con su madre María y lo adoraron postrados en tierra. Abrieron sus cofres y le ofrecieron como regalo oro, incienso y mirra.

12 Y advertidos en sueños de que no volvieran donde estaba Herodes, regresaron a su país por otro camino.

       

        **• La epifanía es la manifestación pública de la salvación traída por Jesús, Rey universal. Mateo ilumina el relato bíblico con algunos elementos históricos y con referencias del Antiguo Testamento (cf. Is 60,1-6; Nm 23-24; 1 Re 10,1-13; Miq 5,1), y nos habla de una revelación extraordinaria que conduce a los Magos o sabios a descubrir al Rey de los Judíos, como Rey del universo.

        Respecto a los Magos, sólo en el siglo V fue fijado su número (en base a los dones ofrecidos) y en el siglo VIII les fueron dados los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. Pero para Mateo, los Magos son personajes ilustres, primicia de los paganos, que exaltan la dignidad de Jesús, protagonista del evangelio: ellos lo buscan («¿Dónde está el rey de los Judíos, que acaba de nacer?»: v. 2), reconocen al Mesías {«Postrándose en tierra lo adoraron »: v. 11) y apreciaron su sencillez y pobreza («Abrieron sus cofres y le ofrecieron oro (al rey), incienso (a Dios) y mirra (al hombre)»: v. 1 lbc). Por el contrario, Herodes y Jerusalén se turban ante la noticia del nacimiento del Mesías (v. 3) y lo buscan para matarlo. El niño nacido en Belén es el portador de la buena nueva. Pero asume, sin embargo, el rostro de un prófugo, porque se ve obligado a huir a Egipto. Es el Mesías buscado y rechazado, porque su bandera será la cruz.

        Jesús es signo de contradicción: marginado por su pueblo y buscado con esperanza por los de lejos. Belén, entonces, será la nueva Sión, la ciudad universal de las naciones (w. 5-6.8), y Jerusalén será descartada. El nuevo pueblo de Dios, heredero de las antiguas promesas, es la continuación del antiguo, pero estará formado por todos aquellos que buscan y reconocen «la estrella de la mañana» (2 Pe 1,19) con disponibilidad interior.

 

MEDITATIO

        Epifanía quiere decir "manifestación" y la Palabra de Dios en esta solemnidad está centrada toda sobre Jesús Mesías, Rey y Salvador universal de las naciones. No ha venido sólo para Israel, sino también para los paganos, es decir, para toda la familia humana. La venida de los Magos es el inicio de la unidad de las naciones, que se realizará plenamente en la fe en Jesús, cuando todos los hombres se sientan hijos del mismo Padre y hermanos entre ellos. Los Magos, como primeros "escuchadores" y testigos de Cristo, son tipo y preludio de una más grande multitud de "verdaderos adoradores", que constituirá la mies espiritual de los tiempos mesiánicos. Jesús es el sembrador, que trae la buena semilla, de la Palabra para todos; el Espíritu ha hecho madurar la semilla y la Iglesia está invitada a recoger el abundante fruto sembrado con la revelación de Jesús y fecundado con su muerte.

        Como de la vida de comunión y de amor entre el Padre y el Hijo ha derivado la misión de Jesús, así de la intimidad entre Jesús y la Iglesia surge la misión de los discípulos: crear la unidad entre las razas, pueblos y lenguas. Es la Palabra la que crea la unidad en el amor entre los creyentes de todos los tiempos. A través de ella nace la fe y se establece en el corazón del hombre abierto a la verdad en una existencia vital en Dios, que hace al hombre contemporáneo pertenencia de Cristo. A quienes lo buscan con corazón sincero, Jesús les ofrece unidad en la fe y en el amor. En este ambiente vital todos se hacen "uno" en la medida en que acogen a Jesús y creen en su palabra: «Seremos una sola cosa no por poder creer sino porque habremos creído» (san Agustín).

        En Jesús todos pueden ser una sola cosa y descubrir que la plenitud de la vida consiste en entregarse a Cristo y a los hermanos, y esto es amar en la unidad.

 

ORATIO

        Padre santo, que nos has enviado a tu Hijo como salvador universal de los pueblos, te alabamos por la manifestación de Jesús, nuestro rey. Es un rey sin corona, o más aún, con corona de espinas, porque es en su pasión donde se puede comprender el auténtico significado de su soberanía, una realeza bastante distinta de la que buscan los hombres.

        Te bendecimos, Padre, por Jesús salvador universal. Vino para salvar a todos y para reunir a los hijos de Dios dispersos. No más ya una comunidad dividida y contrapuesta, sino una familia reunida, que camina en la luz y el esplendor de tu gloria. Todos, judíos y paganos, estamos «llamados en Cristo a participar de la misma herencia, a formar un mismo cuerpo» (Ef 3,6), y la venida de los Magos constituye el inicio de esta paz universal de las naciones.

        Señor, queremos comprender cada vez mejor que la solución de la tensión entre universalidad y elección que tantas veces nos ha puesto unos contra otros se resuelve en el entender que la elección es servicio a todo hombre.

        Haz, Señor, que la Iglesia entera sepa, como los Magos, caminar siempre hacia Belén para adorar al rey universal de las gentes pero, al mismo tiempo, sepa desde Belén dirigirse al mundo para desempeñar la misión que Jesús le ha confiado, esto es, la de ir al encuentro de todos. Para que la comunidad cristiana, mientras va en busca de los alejados y de quienes se sienten excluidos, sepa llamarlos a la esperanza y a la vida, sin olvidar que la violencia que pueda sufrir de parte de los hombres forma parte de la misma misión.

 

CONTEMPLATIO

        La estrella se detuvo sobre el lugar en que se encontraba el Niño. Al ver la estrella de nuevo, los Magos se llenaron de inmensa alegría. Acojamos también nosotros en nuestro corazón ese gran gozo. La misma alegría anuncian los ángeles a los pastores. Adorémosle junto con los Magos, démosle gloria con los pastores, exultemos con los ángeles, «porque nos ha nacido un Salvador: Cristo, el Señor» (Le 2,11). «Dios, el Señor, es nuestra luz» (Sal 118,27): no en la forma de Dios, para no aterrorizar nuestra debilidad, sino en forma de siervo, para traer la libertad a quien yacía en la esclavitud. Es fiesta para toda la creación: el cielo ha sido dado a la tierra, las estrellas miran desde el cielo, los Magos dejan su país, la tierra se concentra en una gruta. No hay uno que no lleve algún presente, ninguno que no vaya agradecido.

        Celebremos la salvación del mundo, la Navidad del género humano. Unámonos a cuantos acogieron festivos al Señor. Y sea concedido también a nosotros encontrarnos con ellos para contemplar con mirada pura, como reflejada en un espejo, la gloria del Señor, para ser transformados también nosotros de gloria en gloria, por gracia y bondad de nuestro Señor Jesucristo. A él la gloria y la soberanía por los siglos de los siglos. Amén (San Basilio Magno, Homilías, 6).

 

ACTIO

        Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «¡Levántate, brilla, porque viene tu luz!» (Is 60,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tú que estás por encima de nosotros,

Tú que eres uno de nosotros,

Tú que estás también en nosotros,

puedan todos verte también en mí,

pueda yo prepararte el camino,

pueda yo darte gracias por cuanto me sucede.

Pueda yo no olvidar en ello las necesidades de los otros.

Móntenme en tu amor

como quieres que todos vivan en el mío.

Que todo en mi ser se encamine a tu gloria

y que yo no desespere jamás.

Porque estoy en tus manos,

y en ti todo es fuerza y bondad.

Dame sentidos puros, para verte...

Dame sentidos humildes, para oírte...

Dame sentidos de amor, para servirte...

Dame sentidos de fe, para morar en ti...

(Dag Hammarskjóld).

 

Día 7

Viernes, feria del tiempo de Navidad o

San Raimundo de Peñafort

         Raimundo nació en torno a 1175. Pertenecía a la nobleza catalana. Recibió instrucción filosófica en Barcelona y jurídica en Bolonia. Fue ordenado sacerdote en 1220 y en 1222 decidió entrar en la orden de predicadores. Se convirtió en un célebre confesor y en un sabio canonista, hasta el punto de que, en 1230, Gregorio IX lo quiso como confesor propio en Roma. Fue el tercer sucesor de santo Domingo.

        Escribió obras de moral, de derecho y la Summa de casibus sobre el sacramento de la penitencia. Murió en Barcelona el ó de enero de 1275. Fue canonizado en 1601. Es patrón de los estudiosos de derecho canónico.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 3,22-4,6

Hermanos:

22 Lo que le pidamos lo recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.

23 Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros según el mandamiento que él nos dio.

24 El que guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. Por eso sabemos que él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado.

1 Queridos míos, no deis crédito a cualquiera que pretenda poseer el Espíritu. Haced, más bien, un discernimiento para ver si viene de Dios, porque han irrumpido en el mundo muchos falsos profetas.

2 En esto conoceréis que poseen el Espíritu de Dios: si reconocen que Jesucristo es verdaderamente hombre, son de Dios;

3 pero si no lo reconocen, no son de Dios. Son más bien del anticristo, del cual habéis oído que tiene que venir, y ahora ya está en el mundo.

4 Vosotros, hijos míos, sois de Dios y los habéis vencido, porque es más grande el que está en vosotros que el que está en el mundo.

5 Ellos son del mundo, por eso hablan según el mundo, y el mundo los escucha.

6 Nosotros somos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha. El que no conoce a Dios no nos escucha. En esto reconocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

 

**• El texto sintetiza el contenido de la voluntad de Dios y ofrece criterios para reconocer el espíritu de Dios y el espíritu del mundo. Criterios son, ante todo, la fe en Cristo {«que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo»: v. 23a), después el amor fraterno («que nos amemos los unos a los otros»: v. 23b) y, finalmente, la fidelidad a los mandamientos de Dios (que hace posible la comunión con Dios: cf. v. 24). Por esto el Apóstol sugiere algunas actitudes fundamentales para conseguir este objetivo. Primeramente la oración, entendida no tanto como petición de gracias sino más bien como compromiso personal para cumplir lo que exige (v. 22), y, en segundo lugar, la profesión de fe auténtica en Cristo Jesús y de caridad efectiva hacia los hermanos.

En la comunidad cristiana el primer criterio para discernir los verdaderos de los falsos profetas es, pues, hacer una profunda profesión de fe en Cristo Señor «venido en carne mortal» (v. 2; cf. Hch 2,36). El Apóstol reconduce la actitud de fe al núcleo esencial: aceptar a Jesús. El que excluye a Cristo de su propia vida cotidiana tiene el espíritu del anticristo (cf. 2,18; 2 Jn 7). Los falsos profetas, que pretenden presentar un cristianismo distinto, vienen del mundo y, por eso, el mundo los escucha. Los creyentes, a su vez, son de Dios y Dios está en ellos, y su victoria es segura porque es don de la fe recibida de Cristo (Jn 16,33), que es más poderoso que el anticristo (v. 4; Jn 12,31; 14,30; 16,11). El segundo criterio es eclesial: quien se muestra dócil a la Iglesia viene de Dios (v. 6). La fe del cristiano es la adhesión a la enseñanza propuesta por los guías de la comunidad eclesial, donde está el Espíritu de Dios, al que hay que escuchar y del que hay que dar testimonio.

 

Evangelio: Mateo 4,12-17.23-25

12 Al oír Jesús que Juan había sido encarcelado, se volvió a Galilea.

13 Dejó Nazaret y se fue a vivir a Cafarnaún, junto al lago, en el término de Zabulón y Neftalí;

14 para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías:

15 Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos.

16 El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, a los que habitaban en una región de sombra de muerte una luz les brilló.

17 Desde entonces empezó Jesús a predicar diciendo:

-Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos.

23 Jesús corría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba las enfermedades y las dolencias del pueblo.

24 Su fama llegó a toda Siria; le trajeron todos los que se sentían mal, aquejados de enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y él los curó.

25 Y le siguió mucha gente de Galilea, la Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.

 

** El evangelista cuenta lo que ocurrió al principio de la predicación de Jesús después que el Bautista fuera encarcelado. Dejado Nazaret, fijó su morada en Cafarnaún, en el territorio de la Galilea de los gentiles, lugar de la antigua ocupación asiría (733 a.C): aquí comienza ahora a brillar la luz del evangelio de Jesús y el ejemplo de su vida (v. 16; cf. Is 8,23-9,1-2). Para Mateo, Jesús comienza su predicación del reino de Dios en la Galilea de los gentiles porque tiene ante los ojos la misión universal de la salvación. Su palabra es para los judíos, sí, pero también para los paganos: «Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios» (v. 17).

Jesús enseñó por todas partes en las sinagogas y predicó «la buena nueva del Reino» y realizó muchas curaciones milagrosas «curando toda clase de dolencias y enfermedades en el pueblo» (v. 23). Su predicación de la Palabra suscitó un gran entusiasmo, su fama se difundió por toda la Siria y produjo gran impresión en todo el contorno, tanto que muchos acudían a Él. Su enseñanza siempre era acompañada por muchas personas sanadas en su espíritu y por enfermos curados en su cuerpo, como endemoniados, epilépticos, paralíticos, etc. Jesús es el verdadero Siervo del Señor que toma sobre sí las enfermedades de toda la humanidad (cf. Is 53,4). Su anuncio es exhortación y súplica para acoger en la propia vida el don divino de la reconciliación y de la salvación que el Padre celestial ofrece gratuita y generosamente a todos los hombres.

 

MEDITATIO

Muchas veces la Palabra de Dios en el Nuevo Testamento, y especialmente el evangelista Juan, nos presentan en estrecha relación la fe en Dios y el amor a los hermanos (cf. 1 Jn 4,19-21). Es siempre la fe la que se ensancha en el amor y genera la comunión de vida. Es en la vida de fe donde el creyente puede experimentar la doble dimensión del mandamiento del amor: hacia Dios y hacia el prójimo. Y Juan ve el núcleo vital de la fe en la persona de Jesús, el hombre lleno del Espíritu de Dios, y en la acogida de su Palabra, urgente por la venida del Reino, que con él está ya presente entre los hombres.

«El centro vivo de la fe es Jesús, el Cristo; sólo por medio de él los hombres pueden salvarse, de él reciben el fundamento y la síntesis de toda verdad» (RdC 57). Él es verdaderamente «la clave, el centro, el fin del hombre, y además de toda la historia humana» (GS 10). Creer en Jesús quiere decir fiarse de él, abrirse a él hasta dejarse transformar en él, aceptándolo como modelo de conducta: «Yo os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho lo hagáis también vosotros» (Jn 13,15). Esta fe en él se convierte en fuerza dinámica y creativa, enteramente encaminada a testimoniar y actuar para que Jesucristo y su mensaje sean conocidos y aceptados por los hombres. Los encuentros con Jesús contienen y manifiestan una fuerza transformadora extraordinaria, porque inician un verdadero proceso de conversión, de comunión y de solidaridad humana.

 

ORATIO

Señor, tú eres la luz que ha bajado a la tierra para iluminar a toda la humanidad, tú eres la verdad del Padre que trae esperanza y vida a los alejados que viven en las tinieblas del error, tú eres el fin de la historia humana porque por tu medio la salvación se ofrece a todos los hombres. Te damos gracias por tu Palabra, por el evangelio del amor del Padre con el que has venido a salvarnos a todos y por el ejemplo de vida que nos has dado con hechos concretos, que han afectado tu vida cuando estabas entre nosotros.

Desgraciadamente no te tratamos bien cuando viniste a nosotros, más aún, te rechazamos, colgándote de una cruz como a un malhechor. Perdónanos y danos un corazón arrepentido y capaz de conversión, para que no te reneguemos de nuevo sino, al contrario, resplandezcan en nuestra vida la luz y la alegría que nos trajiste.

Haz que nuestro testimonio cristiano se difunda en amor a los hermanos que no te conocen aún o viven en el error respecto a tu enseñanza, llena de sabiduría humana y divina. Te damos gracias, Señor, porque tu Palabra, proclamada hace tantos siglos, todavía hoy está viva y penetrante entre nosotros y siempre nos renueva el corazón. Aumenta nuestra fe en tu Palabra para que podamos penetrarla en el Espíritu y tomarla en serio como criterio de discernimiento en los sucesos y problemas que nos agobian en la vida.

Haznos capaces de contrarrestar nuestro individualismo (verdadera plaga de nuestro tiempo), con nuestra disponibilidad para ayudar a todo hombre, a fin de que podamos reencontrar la verdad de Dios y la alegría de servir a todo hermano que sufre o pasa necesidad.

 

CONTEMPLATIO

Sobre la Galilea de los gentiles, sobre el país de Zabulón, sobre la tierra de Neftalí -como dice el profeta brilló una luz grande: Cristo. Los que se encontraban en la oscuridad de la noche vieron al Señor nacido de María, el sol de justicia que irradió su luz sobre el mundo entero. Por esto, nosotros todos que estábamos desnudos, porque somos la descendencia de Adán, acudimos a revestirnos de él para calentarnos. Para vestir a los desnudos y para iluminar a cuantos viven en las tinieblas, viniste, te manifestaste, tú, luz inaccesible.

Dios no despreció a aquel que arrojó del Paraíso a causa del engaño, perdiendo así la vestidura que Él mismo les había tejido. De nuevo les viene al encuentro, llamando con su santa voz al inquieto: ¿Dónde estás, Adán? Deja ya de esconderte: te quiero ver aunque estés desnudo, aunque seas pobre. No sientas más vergüenza ahora que yo mismo me he hecho semejante a ti. A pesar de tu gran deseo, no has sido capaz de hacerte Dios, mientras que yo ahora me he hecho voluntariamente hombre. Acércate, pues, y reconóceme para que puedas decir: «Has venido, te has manifestado, tú, luz inaccesible» (Romano il Melode, Inni, Cinisello Balsamo 1981, 213-214).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt4,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Reino de Dios significa que Dios reina. Y ¿cómo reina Dios? Preguntémonos: En el fondo, ¿qué es lo que impera realmente sobre nosotros? En primer lugar, los hombres. También las cosas señorean sobre mí. Las cosas que ambiciono, las cosas que me estorban, las cosas que encuentro en mi camino (...). ¿Qué ocurriría si Dios reinase verdaderamente en mí? Mi corazón, mi voluntad lo experimentarían como Aquel que da a todo evento humano significado pleno {...). Yo percibiría con temor sagrado que mi persona humana es nada excepto por el modo en que Dios me llamó y en el que debo responder a su llamada. De aquí me vendría el don supremo: la santa comunidad de amor entre Dios y mi sola persona. Pero el nuestro es un reino del hombre, reino de cosas, reino de intereses terrenos que ocultan a Dios y sólo al margen le hacen sitio. ¿Cómo es posible que el árbol a cuyo encuentro voy me sea más real que Él? ¿Cómo es posible que Dios sea para mí sólo una mera palabra y no me invada, omnipotente, el corazón y la conciencia?

Y ahora Jesús proclama que después del reino de los hombres y de las cosas ha de venir el reino de Dios. El Poder de Dios irrumpe y quiere asumir el dominio; quiere perdonar, santificar, iluminar, no por la violencia física, sino por la fe. Los hombres deberían apartar su atención de las cosas y dirigirla hacia Dios, así como tener confianza en lo que Jesús les dice con su palabra y actitud: entonces llegaría el reino de Dios (Romano Guardini, El Señor, Madrid 1965).

 

 

Día 8

   Sábado después de Epifanía

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 4,7-10

7 Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

8 Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.

9 Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por él.

10 El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados.

 

**• Esta pequeña joya de san Juan es una reflexión posterior sobre el tema del amor fraterno del que el autor ha hablado ya en la carta desde un punto de vista negativo (cf. 3,11.15.22). Ahora el acento está puesto sobre el mandamiento del amor, pero en clave positiva: el amor es necesario porque «el amor procede de Dios» (v. 7) y porque «Dios es amor» (v. 8). Y precisamente porque la identidad de Dios es amor, él ama, perdona y se nos entrega. Todo auténtico amor humano encuentra su fundamento en el amor de Dios. El que ama ha nacido de Dios y «conoce a Dios» (v. 7).

Si ésta es la esencia de Dios, para llegar al amor auténtico hay un solo camino: amar. Sin embargo, no como pensaban los gnósticos o los enemigos de la comunidad de san Juan, que creían amar a Dios porque sentían la necesidad de conocerlo. La naturaleza del amor, para san Juan, se fundamenta sobre el hecho de que Dios nos ha amado «primero», por gratuita iniciativa suya. Este amor se ha manifestado en la encarnación del hijo de Dios, sin el cual los hombres hubieran continuado pobres e incapaces de conocer el verdadero amor y poseer la vida (w. 9-10); Rom 3,25; 5,8; 2 Cor 5,21). Jesús nos ha demostrado un amor concreto, desinteresado, de dedicación y de total liberación, hasta entregar la vida. El amor del hombre por Dios, por tanto, es siempre una respuesta al amor providente de un Padre. Y sólo conoce verdaderamente a Dios el que lo ama recorriendo el camino que conduce al amor al hermano (cf. Mc 12,29-31): «En esto reconocerán que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros» (Jn 13,35; cf. 1 Jn 4,12-20).

 

Evangelio: Marcos 6,34-44

34 Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

35 Como se hacía tarde, los discípulos se acercaron a decirle:

-El lugar está despoblado y ya es muy tarde.

36 Despídelos para que vayan a los caseríos y aldeas del contorno y se compren algo de comer.

37 Jesús les replicó:

-Dadles vosotros de comer.

Ellos le contestaron:

-¿Cómo vamos a comprar nosotros pan por valor de doscientos denarios para darles de comer?

38 Él les preguntó:

-¿Cuántos panes tenéis? Id a ver.

Cuando lo averiguaron, le dijeron:

-Cinco panes y dos peces.

39 Jesús mandó que se sentaran todos por grupos sobre la hierba verdad,

40 y se sentaron en corros de cien y de cincuenta.

41 Él tomó entonces los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los fue dando a los discípulos para que los distribuyeran. Y también repartió los dos peces entre todos.

42 Comieron todos hasta quedar saciados,

43 y recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y de lo que sobró del pescado.

44 Los que comieron los panes eran cinco mil hombres.

 

**• Jesús es presentado como el Buen Pastor que se compadece de la muchedumbre que lo sigue porque son «ovejas sin pastor» (v. 34), y, entonces, como un nuevo Moisés, primero instruye al pueblo (= la comunidad cristiana) con su palabra (= Palabra de Dios) y después la alimenta multiplicando los panes y los peces (= eucaristía). En este menester incluye también a sus discípulos (= la Iglesia): «Dadles vosotros mismos de comer» (v. 37). El tema teológico que está en el trasfondo de todo el relato es la llamada a la asamblea de los hijos de Israel en el desierto y a la celebración eucarística de los primeros discípulos de Jesús. Los detalles que se mencionan hacen referencia a estos hechos: el lugar desierto, la hierba verde, las personas sentadas en pequeños grupos (cf. Ex 18,25), y siguen el alzar los ojos al cielo, la bendición, la fracción del pan, la distribución de los panes con la ayuda de los discípulos (cf. Jn 6,1-13; 1 Cor 11,23-34; Mt 26,26-29; Me 14,22-25; Le 22,14-20).

Cinco mil hombres comen hasta saciarse y sobran «doce canastos llenos de trozos de pan y de pescado» (y. 43). Nada debe perderse de la mesa preparada por Jesús. Los discípulos no se maravillan tanto del poder milagroso de su Maestro, cuanto del poder que tiene para dar a los hombres lo necesario para vivir bien cada día. Las palabras que dice y los hechos que Jesús realiza a favor de la humanidad no son sólo hermosas palabras o cosas astrales o teóricas, sino realidades que inciden sobre la vida y la historia humanas y las transforman abriendo el horizonte ilimitado de la comunión con Dios.

 

MEDITATIO

El milagro de la multiplicación de los panes nos introduce simbólicamente en el gran y extraordinario misterio del pan de vida. El relato es importante y todos los evangelistas lo refieren y lo ponen en el centro de la actividad pública de Jesús. El Maestro realiza el milagro porque tiene compasión de la multitud (cf. Me 6,34), pero se trata también de un signo querido por el Cristo para revelarse a sí mismo. Estamos frente al nuevo milagro del maná (cf. Ex 16) realizado por Jesús, nuevo Moisés, revelador escatológico y mediador de los signos de Dios (cf. Ex 4,1-9), en un nuevo éxodo: es el símbolo de la eucaristía, verdadero alimento del pueblo de Dios. Se necesita comer el pan vivo bajado del cielo para sobrevivir y entrar en comunión íntima con Jesús

Es revelación divina que el pan posee la eficacia de comunicar una vida más allá de la muerte. Es Jesús, pan de vida, que da la inmortalidad a quien se alimenta de él, a quien en la fe interioriza su Palabra y asimila su vida. La escucha interior de Jesús es alimentarse con el pan celestial y saciar el hambre que todo hombre tiene en sí mismo. Como el Padre es la fuente de la vida del Hijo, y en él toda obra de salvación encuentra su origen en el Padre, así el que participa de la eucaristía encuentra en Cristo la vida divina. Jesús recibe la vida del Padre y la da al creyente no sólo en el tiempo presente, sino al final de la historia, con aquella vida eterna que es amor, participación en el misterio pascual de Cristo, en el misterio de una carne vivificada por el Espíritu, que permite establecer un vínculo profundo con Dios, como el que existe entre el Padre y el Hijo.

 

ORATIO

Señor, tú eres un Dios que nos ha dado infinitas pruebas de amor y de bondad, no sólo creando el universo y el pequeño mundo en el que vivimos, sino también dándonos la vida y la inteligencia, por medio de la cual podemos gustar las bellezas creadas para nosotros y puestas a nuestra disposición. Pero, por encima de todo, te has demostrado Padre, dándonos la mayor prueba de tu inmenso amor al enviarnos a tu Hijo amado como Salvador, don precioso y extraordinario que sólo tu inmensa bondad podía pensar.

Verdaderamente eres un Dios de amor. Has tomado la iniciativa en la vida humana y no has permitido que permaneciéramos alejados de ti para siempre, como enemigos tuyos. Has establecido una estrecha alianza con tu pueblo elegido, a pesar de las muchas traiciones, y además nos has dado definitivamente, por medio de tu Hijo, la Iglesia como madre y lugar de salvación. Te has mostrado grande de corazón ofreciéndonos el don renovado del maná, esto es, del pan de la Palabra y de la eucaristía, sacramentos de tu amor divino. Te has preocupado también de saciar el hambre del hombre en sus necesidades espirituales y materiales, demostrando una predilección especial por los pobres y los que sufren. Nunca has olvidado llamar a ti incluso a aquellos que se sienten suficientes y seguros, porque sólo tú eres la seguridad del hombre y la felicidad que llena el corazón. Gracias por tu amor generoso y sin recato que nos hace descubrir tu verdadera identidad.

 

CONTEMPLATIO

Amor que ardes sin extinguirte jamás, dulce Cristo, Jesús bueno, caridad, Dios mío, enciéndeme todo en el fuego de tu amor, de tu afecto, de tu deseo, de tu caridad, de tu júbilo y de tu gozo, de tu alegría y tu ternura, del ansia ardiente de ti, ansia santa y buena, casta y limpia; para que, colmado de la ternura de tu amor, consumido por la llama de tu caridad, yo te ame, dulce y bello Señor mío, de todo corazón, con toda el alma y con todas mis fuerzas. Tu amor, auténtico y santo, colma de ternura y de sosiego el alma que le pertenece, la ilumina con la luz límpida de la visión interior.

Oh pan suavísimo, sana el gusto de mi corazón, para que sienta la ternura de tu amor. Te suplico, por el misterio de tu santa encarnación y nacimiento, infundas en mi pecho tu inagotable ternura y caridad, para que yo no piense ya en nada terreno o carnal, sino que sólo te ame a ti, en ti sólo piense, a ti sólo desee, sólo a ti tenga en los labios y en el corazón (Juan de Fécamp, Confessio theologica).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Dios mío, bienaventurada Trinidad, deseo amaros y haceros amar, trabajar por la glorificación de la santa Iglesia, salvando las almas que viven sobre la tierra y librando a las que sufren en el purgatorio. Deseo cumplir perfectamente vuestra voluntad y llegar al grado de gloria que me habéis preparado en vuestro Reino; en una palabra: deseo ser santa, pero siento mi impotencia y os pido, Dios mío, que seáis vos mismo mi santidad.

Puesto que me habéis amado hasta darme vuestro único Hijo para que fuese mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de sus méritos son míos: yo os los ofrezco con alegría, suplicándoos que no me miréis sino a través de la Faz de Jesús y en su corazón abrasado de amor. Siento en mi corazón inmensos deseos y os pido con confianza que vengáis a tomar posesión de mi alma. No quiero amontonar méritos para el cielo, sino trabajar sólo por vuestro amor, con el único fin de agradaros, de consolar vuestro corazón sagrado y de salvar almas que os amen eternamente.

En la tarde de esta vida compareceré ante vos con las manos vacías. No os pido, Señor, que contéis mis obras. Todas nuestras justicias son imperfectas a vuestros ojos. Quiero, por ello, revestirme de vuestra propia justicia y recibir de vuestro amor la posesión eterna de Vos mismo. No quiero otra cosa que Vos, mi Amado (Teresa de Jesús, La oración, Fuenlabrada 1972).

 

 

Día 9

 Bautismo del Señor

LECTIO

Primera lectura: Isaías 40,1 -5.9-11

1 Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios,

2 hablad al corazón de Jerusalén, gritadle que se ha cumplido su condena y que está perdonada su culpa, pues ha recibido del Señor doble castigo por todos sus pecados.

3 Una voz grita: «Preparad en el desierto un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios».

4 Que se eleven los valles, y los montes y colinas se abajen; que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane.

5 Entonces se revelará la gloria del Señor y la verán juntos todos los hombres -lo ha dicho la boca del Señor-.

9 Súbete a un monte elevado, mensajero de Sión; alza tu voz con brío, mensajero de Jerusalén; álzala sin miedo  y di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios,

10 aquí está el Señor; viene con poder y brazo dominador; viene con él su salario, le precede la paga.

11 Apacienta como un pastor a su rebaño y amorosamente lo reúne; lleva en brazos los corderos y conduce con delicadeza a las recién paridas».

 

        *+• Con este estupendo prólogo comienza "el libro de la consolación" (Is 40-55). Dios sacude el tupor de su pueblo, humillado y esclavo en Babilonia, suscitando mensajeros de su voluntad, y entre éstos al Segundo Isaías, profeta del exilio. El profeta anuncia que la liberación de Dios a favor del pueblo que le ha permanecido fiel no tardará. Este "resto" será repatriado en la alegría general a la tierra prometida a sus padres para siempre y así terminarán todo sufrimiento y tristeza.

        El mensajero hace resonar primero el anuncio de liberación entre los exiliados en Babilonia con palabras que "tocan" el corazón de su pueblo y muestran el de Dios: «Consolad... hablad al corazón... y gritadle que ha terminado su condena... En el desierto preparad un camino al Señor» (w. 1-5). Después sube a la colina de Sión, en Jerusalén, y aquí dirige otro mensaje de consuelo a los que vuelven a la patria: «Mirad, el Señor Dios llega con poder... Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne» (w. 9-11). Ha sonado la hora del perdón y de la liberación para el pueblo. La gloria del Señor se manifestará con poder entre los pueblos. Es siempre Dios el que toma la iniciativa hacia su pueblo elegido, como un pastor que guía su rebaño, y con la fuerza de su amor lo reúne en torno a sí, llevando «en brazos los corderos», y «conduce con delicadeza a las recién paridas » (v. 11; cf. Jr 23,3; Ez 34,11-16; Jn 10,1-6, Le 15,3-7). El reino mesiánico de la paz, de la salvación y de la justicia se instala en el pueblo de Dios.

 

Segunda lectura: Tito 2,11-14; 3,4-7

Hermanos:

11 Porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.

12 Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad,

13 aguardando la feliz esperanza: la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,

14 el cual se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de que seamos su pueblo escogido, siempre deseoso de practicar el bien. "Pero ahora ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador,y su amor a los hombres.

5 Él nos salvó, no por nuestras buenas obras, sino en virtud de su misericordia, por medio del bautismo regenerador y la renovación del Espíritu Santo,

6 que derramó abundantemente sobre nosotros por Jesucristo nuestro Salvador.

7 De este modo, salvados por su gracia, Dios nos hace herederos conforme a la esperanza que tenemos de heredar la vida eterna.

 

        *» Pablo, luego de haber exhortado a su discípulo Tito, al que había dejado en Creta como responsable de la comunidad cristiana, acerca del modo de intervención que deberá practicar respecto a las diversas categorías de personas de que está formada su Iglesia, vuelve sobre la persona de Jesús, única salvación dada por el Padre. Jesús es la manifestación suprema de la ternura y del amor de Dios a la humanidad: «Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (v. 11). El Padre lo ha realizado todo por medio de su Hijo Jesús y su único objetivo ha sido el de hacernos hijos, a través de «un bautismo de regeneración », que es el bautismo, y a través de «la renovación en el Espíritu Santo» (3,5). El amor del Padre nos viene dado por medio del Hijo y del Espíritu para ponernos en grado de poseer en plenitud el don de la salvación. Sólo una comunidad de fe que vive estos ideales puede ser luz para los no creyentes y obtener el premio que Jesús nos ha prometido: la vida eterna. Pero el ideal de vida cristiana, al que el cristiano y la misma comunidad deben mirar, continúa siendo la persona misma de Jesús, que, en su existencia terrena fue siempre dócil al Padre, supo resistir a toda tentación del Maligno, practicó la justicia en su misión pública, amando a todos hasta el don de su propia vida (w. 12-13).

 

Evangelio: Lucas 3,15-16.21-22

15 El pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías.

16 Entonces Juan les dijo: -Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

21 Un día en que se bautizó mucha gente, también Jesús se bautizó. Y mientras Jesús oraba se abrió el cielo,

22 y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como una paloma, y se oyó una voz que venía del cielo: -Tú eres mi Hijo el amado, en ti me complazco.

 

        **• El relato del bautismo de Jesús en Lucas consta de dos partes. En la primera (w. 15-16) se subraya la diferencia entre el bautismo de Juan, con agua, para la purificación según el uso judaico antiguo, y el de Jesús, con Espíritu Santo, que transforma el corazón dando vida nueva. En la segunda parte (w. 21-22) se afirma la superioridad y la riqueza del bautismo de Jesús, donde él se revela Mesías e Hijo de Dios y, en consecuencia, la superioridad del bautismo del cristiano, que es don del Espíritu y en el que se convierte en hijo de Dios por medio del Hijo. El bautismo es un momento extraordinario de manifestación del Espíritu de Dios en la persona de Jesús. Y él lo recibe mientras está en oración, otro don del Espíritu Santo, típico en la teología lucana.

        La tarea de Jesús en el mundo, por tanto, es doble: él es el Mesías, enviado por el Padre, y por esto recibe la fuerza del Espíritu para su misión de Salvador de los hombres, sacándola del misterio mismo de Dios, de quien proviene. Pero al mismo tiempo él es también el Hijo predilecto del Padre, el rostro visible de Dios, el revelador de la Palabra escuchada del Padre y transmitida a los hombres. De la misión de Jesús nace la vocación de la Iglesia y la de todo creyente: acoger el mensaje de amor que el Padre nos dirige con el Hijo para, a nuestra vez, darlo a los hermanos. Nace, además, la llamada a vivir el propio bautismo sabiéndonos poseedores del Espíritu y de la vida nueva que se nos ha dado, comportándonos como hijos de Dios para testimoniar la vida divina, única verdad que hace libre al hombre (cf. Jn 8,31).

 

MEDITATIO

        La misión principal de la Iglesia en el mundo de ayer y de hoy es la de anunciar "la buena noticia" de Jesús: es la evangelización (cf. Me 16,15-18). La situación especial y del todo imprevisible en que el mundo y la Iglesia se encuentran, y en particular las nuevas exigencias que en este tercer milenio nos urgen cada vez más, hacen que la misión evangelizadora de la Iglesia exija un proyecto de pastoral original y orgánico para responder a los desafíos del hombre moderno. En todo caso, sin embargo, el núcleo de la evangelización sigue siendo el anuncio claro y completo de la persona y de la vida de Jesús, de su doctrina y del Reino que él proclama con su misterio pascual: Jesucristo crucificado, muerto y resucitado.

        El rostro de Jesús que todo cristiano debe anunciar con la palabra y con la vida es el rostro humano del Hijo de Dios y el rostro divino del hombre Jesús. El encuentro personal con el Señor produce siempre signos de gran renovación espiritual y humana, por lo cual uno se siente impulsado a participar, compartiéndola, y a dar a los otros la experiencia de este encuentro exaltante. El testimonio de vida, además, provoca casi siempre un encuentro posterior, para que también otros encuentren personalmente a Jesús y su Palabra. El Señor continúa siendo el Viviente en la vivencia humana, el único Salvador de todo hombre y el Señor de la historia que actúa con su Espíritu de vida. Para todos encontrar a  Cristo es acoger su amor gratuito, adherirse a su proyecto, abrazar su destino y anunciar el Reino de Dios, especialmente a los pobres y a los que no tienen esperanza en un futuro: para construir así una sociedad justa y solidaria.

 

ORATIO

        Señor y Padre, nos llenan de alegría las muchas cosas que nos has revelado por tu Hijo Jesús, referentes a nuestra felicidad y a nuestra salvación eterna. A menudo, sin embargo, nos asalta el temor de no estar a la altura de corresponder plenamente a tu amor de Padre.

        Pensamos con frecuencia en la vivencia de tu pueblo elegido, que en la "antigua alianza" endureció su corazón contra ti (cf. Ex 19,9-11); y más tarde, cuando enviaste a tu Hijo entre nosotros, los jefes del pueblo hicieron otro tanto con él, que habló y reveló tu rostro con mansedumbre y verdad. Y todo porque no han acogido tu Palabra en ellos, no han hecho espacio a tu presencia en su vida, no han hecho germinar la semilla de la Palabra de Jesús en su corazón.

        Tú nos has enseñado que la fe nace sólo en el corazón de aquellos en quienes habita tu amor. Nosotros nos sentimos  débiles y tenemos miedo de no estar a la altura en este camino de la Palabra interiorizada y vivida en lo cotidiano, en la verdad y en el amor fraterno. Haz que nunca endurezcamos nuestro corazón a tu reclamo paterno ni a la acción interior de tu Espíritu Santo. Y si alguna vez se da en nosotros la experiencia de la fragilidad humana y del corazón cerrado a tu Palabra o traicionamos el evangelio, escondiendo la injusticia bajo la apariencia de caridad, no nos abandones, y haznos recuperar de inmediato la paz interior y la comunión contigo, en la que reside nuestra verdadera y única alegría.

 

CONTEMPLATIO

        «Los cielos anuncian su justicia». ¿Quiénes son estos cielos? Aquellos que se han hecho morada de Dios. Si lo quieres, también tú serás un cielo. ¿Quieres serlo? Si has comenzado a saborear las cosas de arriba ¿no te has convertido, quizás, en un cielo? Tu morada está en el cielo.

        Toda la Iglesia es mensajera de Cristo; son cielos todos los fieles que procuran llevar a Cristo a los no creyentes y lo hacen movidos por el amor. ¡Estad tranquilos! Les lleváis a uno que no desilusionará a cuantos lo vean. Y rogadle a fin de que los ilumine y logren mirarlo bien (...).

        En cuanto a ti, imagina que has visto el sol. Si encontrases a uno que (sin haberlo visto) viniese a encomiarte el esplendor de una lámpara, tú le dirías: «¡Esto no es luz!». ¿Por qué le dices esto? Porque tú conoces otra belleza. Me replicarás: «Pero yo no la conozco».

    Cree y la verás. Puede ser, en efecto, que no tengas ojos adaptados para verla. Quizás tu ojo esté enfermo. Antes de ver, cree: así serás curado y lograrás ver: «Amanece la luz para el justo, la alegría para los rectos de corazón» (San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 96).

 

ACTIO

        Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «El os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Lc 3,16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Tu verdadera identidad es ser hijo de Dios. Es ésta la identidad que debes aceptar. Una vez que la la has reivindicado y te has instalado en ella, puedes vivir en un mundo que te da mucha alegría y también mucho dolor. Puedes recibir alabanzas o calumnias que llegan a ti como una ocasión para fortalecer tu identidad fundamental, porque la identidad que te hace libre ha clavado su ancla más allá de toda alabanza y de toda calumnia humana. Tú perteneces a Dios, y como hijo de Dios has sido enviado al mundo. Necesitas un guía espiritual. Necesitas personas que te mantengan anclado a tu verdadera identidad. Subsiste siempre la tentación de cortar el lazo con el lugar profundo en el que Dios te habita y de dejarte ahogar por la alabanza o la calumnia del mundo.

        Mientras lo más profundo dentro de ti, donde se hunden las raíces de tu identidad como hijo de Dios, te ha sido desconocido, los que eran capaces de "tocarte" han tenido sobre ti un poder imprevisible y a menudo aplastante. Han llegado a ser parte de tu identidad; ya no podías vivir sin ellos. Pero ellos no podían desempeñar el papel divino y te han dejado, y tú te has sentido abandonado.

        Pero precisamente esta experiencia de abandono es la que te ha hecho volver a tu identidad de hijo de Dios. Sólo Dios puede habitar plenamente en lo más profundo de tu alma y darte sentido de seguridad. Pero queda el peligro de que dejes entrar a otros en tu lugar sagrado, hundiéndote así en la angustia (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1998).

 

 

Día 10

 Lunes de la semana I del Tiempo ordinario

  

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 1,1-8

1 Había un hombre, natural de Rama, un sufita de los montes de Efraín, que se llamaba Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Eliú, hijo de Toju, hijo de Suf, efraimita.

2 Tenía dos mujeres: una se llamaba Ana y la otra Feniná. Feniná tenía hijos, pero Ana no los tenía.

3 Este hombre subía todos los años desde su pueblo a adorar y ofrecer sacrificios al Señor todopoderoso en Silo, donde los hijos de Eli, Jofní y Pinjas, eran sacerdotes del Señor.

4 Llegado el día, Elcaná ofrecía el sacrificio y daba a su mujer Feniná y a todos sus hijos e hijas sus raciones;

5 mientras que a Ana le daba sólo una, y eso que él prefería a Ana; pero el Señor la había hecho estéril.

6 Su rival la insultaba para humillarla porque el Señor la había hecho estéril.

7 Y así, año tras año; cada vez que subían al templo del Señor, le insultaba de este modo. Una vez Ana se puso a llorar y no quería comer.

8 Entonces su marido Elcaná le dijo: - Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué estás triste? ¿No valgo yo para ti más que diez hijos?

 

        **• Según algunos investigadores, los libros de Samuel son los más modernos de toda la Biblia. Dios se hace presente en el hombre, y el hombre es un hombre «verdadero», un hombre que es pecador, aunque también generoso y con todas las contradicciones propias del ser humano. Dios ya no se manifiesta. Está presente en la piedad de David, en su generosidad, en el arrepentimiento por su pecado. El hombre es el sacramento de Dios. El carácter propio de los libros de Samuel es este humanismo, cuya figura más prestigiosa es David.

        Sin embargo, hay una multitud de personajes vivos que forman su corona: Samuel, Saúl, Jonatán... Lo primero que debemos destacar es esto: da la impresión de que Dios interviene cuando parece que todo ha llegado al final. Y así sucede en todo el desarrollo del libro: Israel está derrotado; parece excluida cualquier posibilidad de salvación; todo parece acabado. Pero en lo oculto, en medio del silencio, prepara Dios la resurrección de la nación. A un niño, llevado por su madre a servir en el templo, se le va a confiar el mensaje de la derrota, pero con este mismo mensaje se le concederá también el comienzo de una nueva era para el pueblo de Dios. Va a ser Samuel quien consagre al primer rey de Israel. Ana concibe y da a luz un hijo. Tras el llanto, la oración. Hay un cierto vínculo entre la oración y la concesión de lo que se pide. Samuel será una de las más grandes «figuras» veterotestamentarias de Jesús, en quien se cumplirán las promesas de Dios.

 

 

Evangelio: Marcos 1,14-20

14 Después de que Juan fue arrestado, marchó Jesús a Galilea, proclamando la Buena Noticia de Dios.

15 Decía: - Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio.

16 Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que estaban echando las redes en el lago, pues eran pescadores.

17 Jesús les dijo: - Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres.

18 Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron.

19 Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan. Estaban en la barca reparando las redes.

20 Jesús los llamó también, y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.

 

 

        *•• Estos versículos muestran de manera concreta lo que significa la llamada de Jesús: «Creed en el Evangelio» (v. 15). Muestran la actitud nueva y radical del cristiano.

        Las dos escenas de vocación están estructuradas del mismo modo. Señalemos el dinamismo de la llamada: el Jesús que llama está siempre en movimiento. Se trata, en efecto, de la llamada a un nuevo éxodo, hacia el camino inaudito y nuevo del Evangelio: «Venid detrás de mí» (v. 17). «Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron.» Todo este dinamismo se desprende de la mirada y de la llamada de Jesús. No se trata de una iniciativa que parte del hombre, no se trata de un camino del hombre, sino del camino de Dios entre los hombres. La confianza y la entrega a la persona de Jesús hacen posible el seguimiento. Está claro que ir con Jesús es una perspectiva que reclama las opciones indicadas aquí de modo vago con el verbo «dejar»: se trata de un dejar con la mirada puesta en una realización; de un dejar que no empobrece. ¿Es posible dejar? Sí, porque él nos precede con una mirada penetrante que realiza y devana una identidad: es la mirada con la que Jesús nos invita, creando una relación personal con cada uno. El Jesús que pasa y ve, dice una palabra en este momento presente, pero es una palabra cargada con una promesa futura, que se convierte en la estructura de todo abandono y de todo seguimiento. Jesús va al encuentro del hombre en su vida cotidiana para cambiar su destino. Jesús proyecta, mediante su ver y su fijarse, una especie de energía.

        Se trata de una mirada que elige, que transmite una fuerza, que revela una identidad y la hace posible. Jesús no ve a pescadores, sino a personas que tienen un nombre y desarrollan una profesión; una mirada que los hace despegar de las arenas movedizas en las que habían caído.

  

MEDITATIO

        Ana conoce por propia experiencia la dureza de las relaciones humanas. Es una persona que, como otras muchas, junto al dolor agudo de la propia pobreza personal, debe experimentar la aflicción de la humillación que le infligen los otros. Y a esto le añade aún una nota ulterior de tristeza el hecho de que todo esto lo produzca una persona implicada en la práctica religiosa.

        Esto mismo puede pasar también en nuestros días. A las normas cultuales, observadas de modo sereno, no les acompaña una obligada atención para instaurar relaciones marcadas por la fraternidad. El culto a Dios no prosigue, tras la obligada preocupación por nosotros mismos, en la escrupulosa atención a las pasiones que se agitan en nosotros y pueden causar heridas a nuestro hermano, sino que se eclipsa con la explosión de sentimientos espontáneos que son vividos hasta alcanzar una brutalidad lacerante.

        Particularmente preciosa se presenta la actitud benévola de Elcaná, que pone todo su empeño en consolar y pacificar a la mujer amada. Se muestra como un hombre que, al encontrar en el templo la misericordia y la ternura de Dios, es capaz de reproducirla en el ámbito familiar. El tiempo nuevo que se está gestando, inaugurado por el Señor, tiene como característica dominante la creación de nuevas relaciones marcadas por la misericordia.

Por otra parte, por haberla manifestado de una manera radical en su existencia terrena, el Verbo que nos habló ha sido definido como «irradiación de la gloria de Dios e impronta de su sustancia».

 

 

ORATIO

        Te invoco, Señor de mi vida; a ti dirijo mis deseos y mis palabras. Haz que yo escuche tu voz. Ella me llama, desde el mar en que nos debatimos para no ahogarnos, a ti, orilla por la que suspiramos. Que tu Palabra nos encuentre dispuestos a dejar y cortar las redes de las que tú nos liberas, redes que nos mantienen atados a lo que está destinado a morir.

        Haz que nuestra mirada pueda reconocerte en los acontecimientos cotidianos, que nuestro corazón vuelva a pensar en ti y que encuentren paz los pensamientos.

        Que nuestro afecto permanezca estrechamente ligado a ti y florezcan la amistad y la fraternidad en nuestra tierra.

        Que la justicia, la paz y la alegría vuelvan a reinar entre los hombres.

 

 CONTEMPLATIO

        No quieras buscar ninguna cosa fuera del Señor; busca al Señor y él te escuchará; y mientras todavía estés hablando, te dirá: «Estoy aquí». ¿Qué significa «Estoy aquí»? Estoy presente. ¿Qué quieres, qué esperas de mí? Todo lo que puedo darte es nada en comparación conmigo. Tómame a mí mismo, goza de mí, acércate a mí. Aún no puedes hacerlo del todo, pero tócame con la fe y quedarás inseparablemente unido a mí, y yo te libraré de todos tus fardos, para que puedas adherirte a mí por completo (Agustín de Hipona, Exposición sobre el salmo 33, 9ss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Está llegando el Reino de Dios» (Mc 1,15).

 

 PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Tú caminas a mi lado Tú caminas a mi lado, Señor. No deja huellas en la tierra tu paso. No te veo: siento y respiro tu presencia en cada tallo de hierba, en cada átomo de aire que me nutre.

        Por el sendero oscuro que discurre entre los prados me llevas a la iglesia de la aldea, mientras arde la puesta del sol detrás del campanario. Todo en mi vida ardió y se consumió como la hoguera que ahora prende a occidente y dentro de poco será cenizas y sombra: sólo me queda salva esta pureza de infancia que remonta, intacta, el curso de los años por la alegría de volver a encontrarte. No me abandones más. Hasta que no caiga mi última noche -aunque sea esta misma-, colma sólo de ti desde los rocíos a los astros, y transfórmame en gota de rocío para tu sed y en luz de astro para tu gloria (A.           Negri, Fons Ámoris, Milán 1946).

 

 

Día 11

 Martes de la semana I del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 1,9-20

En aquellos días,

9 después de comer y beber en Silo, Ana se levantó. El sacerdote Elí estaba sentado en su silla, junto a la puerta del santuario del Señor.

10 Ella, llena de amargura, estuvo suplicando al Señor, bañada en lágrimas,

11 y le hizo esta promesa: - Señor todopoderoso, si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí, si no olvidas a tu sierva y le das un hijo varón, yo lo consagraré al Señor por todos los días de su vida y la navaja no pasará por su cabeza.

12 Como ella prolongaba su oración ante el Señor, Elí se puso a observar sus labios,

13 pero Ana hablaba para sí; sus labios se movían, pero no se oía su voz. Entonces Elí pensó que estaba borracha

14 y le dijo: - ¿Hasta cuándo seguirás borracha? A ver si se te pasa el efecto del vino.

15 Ana respondió: - No, señor mío; es que soy una mujer desgraciada. No he bebido vino ni licor; estoy desahogando mi corazón ante el Señor.

16 No tomes a tu sierva por una mujer perdida, pues por el exceso de mi pena y mi dolor he estado hablando hasta ahora.

17 Elí le dijo: - Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido.

18 Ella dijo: - Que tu sierva alcance tu favor. Y se fue por su camino. Después comió y ya no parecía la misma.

19 Se levantaron de madrugada, adoraron al Señor y se volvieron a su casa, a Rama. Elcaná se acostó con Ana, su mujer, y el Señor se acordó de ella.

20 Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, pues dijo: - ¡Al Señor se lo pedí!

 

        **• Ana reza para que el Señor le conceda el don de los hijos. Su oración es personal. No la hace en voz alta,  pues Dios está en lo más íntimo del hombre y le escucha, conoce sus sentimientos más secretos, más escondidos.

        Elí se equivoca al juzgar a la mujer. Ve que mueve los labios, pero no oye ninguna voz. Piensa que está borracha, pero Ana reza con intensidad y su oración manifiesta una oración del corazón. Ana vive en esta oración una auténtica relación con Dios; no ve a Elí, todo se vuelve extraño, se olvida del mundo que le rodea, habla al Señor, sólo se abre a él. La oración verdadera es la oración en la que el hombre se encuentra con Dios en la intimidad de su corazón. Así fue la oración de Ana. Esto nos dice que, en la oración, el corazón del hombre debe unirse al corazón de Dios.

        Elí parece no comprender la oración de Ana; ahora bien, en su oración silenciosa, esta mujer habla con Dios, está en comunión con él y Dios la escucha. Dice el texto que Ana, tras el augurio del sacerdote, cambia de rostro: antes estaba triste, amargada, lloraba; ahora se serena al acoger el deseo de Elí como una promesa de Dios. Para Ana, la palabra del sacerdote es eficaz, como si Dios hubiera escuchado su oración: «Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido». Ana ya está segura; aún no se ha unido con su esposo, pero le ha bastado la palabra de Elí para estar segura de que Dios ha escuchado ya su oración.

        Dios prepara los acontecimientos más importantes de la historia de la salvación con medios muy pobres, escondido y con humildad. Cuando Dios calla, es señal de que actúa en lo más hondo, pero el hombre no se da cuenta; y eso que, en realidad, lo que Dios ha preparado se realiza para la salvación del hombre.

 

 

Evangelio: Marcos 1,21-28

En aquel tiempo,

21 llegaron a Cafarnaún y, cuando llegó el sábado, entró en la sinagoga y se puso a enseñar a la gente

22 que estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad, y no como los maestros de la Ley.

23 Había en la sinagoga un hombre con espíritu inmundo, que se puso a gritar:

24 - ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Sé quien eres: el Santo de Dios!

25 Jesús le increpó diciendo: - ¡Cállate y sal de ese hombre!

26 El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él

27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: - ¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva llena de autoridad! ¡Manda incluso a los espíritus inmundos y éstos le obedecen!

28 Pronto se extendió su fama por todas partes en toda la región de Galilea.

 

        *+ En este fragmento de Marcos encontramos dos temas entrelazados: la enseñanza de Jesús, repleta de autoridad, y su poder de expulsar a los demonios. El evangelista quiere mostrar, en primer lugar, que la enseñanza de Jesús posee una eficacia extraordinaria.

        Su autoridad consiste en realizar lo que dice, en hacerse obedecer y liberar del mal. Jesús no enseña como los maestros de la Ley, sino como alguien que está investido del Espíritu Santo (Mc 1,9-11). Marcos se complace en poner el acento en la figura de Jesús como Maestro: ya desde el comienzo de su evangelio, en nuestro fragmento, aparece Jesús como alguien que enseña. La Palabra de Jesús nos pone frente a frente con el poder mismo de Dios. Tiene lugar, a continuación, el choque con el «espíritu inmundo». En el grito del hombre poseído resuena la cita de una frase de la Escritura: «¿Qué tienes contra mí, hombre de Dios? ¿Has venido...?» (1 Re 17,18). Esta frase del libro de los Reyes está dirigida al profeta Elias por una mujer cuyo hijo se encuentra enfermo de gravedad y al que cura el profeta.

        Cambiando «hombre de Dios» por «Jesús de Nazaret», nos presenta Marcos a Jesús como el verdadero profeta que cura. Jesús es el Santo de Dios, sus palabras están dotadas del poder divino. La Palabra de Jesús es una palabra que renueva, transforma y rehace al hombre.

 

 

MEDITATIO

        Jesús experimentó la muerte «por la gracia de Dios». Eso nos dice de modo paradójico el autor de la Carta a los Hebreos. Por nuestra parte, no nos sentimos inclinados a unir la gracia con el sufrimiento. Solemos considerar como una gracia que se nos dispense del mismo, mientras que interpretamos el dolor como un signo de la privación de la gracia. Ahora bien, dado que esta última es, más que un don, Dios mismo que se acerca a nosotros con benevolencia, interpretamos la presunta falta de gracia como ausencia o muerte de Dios. Sin embargo, el caso de Ana parece confirmar esta convicción: esta mujer advierte como un don de Dios la liberación de la aflicción de su esterilidad.

        También el hombre que es liberado de la esclavitud del diablo en el evangelio recibe la curación y el don de una vida serena. Todo esto nos recuerda que el fin último del proyecto de Dios consiste en liberar al hombre de todo mal. La nueva creación, llevada a cabo por Dios mismo, no prevé la presencia del dolor. Sin embargo, en la situación presente, dado que el hombre no se encuentra aún en la realidad ideal del mundo futuro, sino que debe participar en la dramática lucha contra el mal, y no algunas veces o en ciertas circunstancias excepcionales, sino como una situación ordinaria, el amor que se asigna a Dios como puro don gratuito no sólo soporta, no sólo acepta, sino que desea la travesía del desierto del dolor. Esto no vale para esbozar los rasgos de una filosofía universal del dolor (cf. Heb 2,9).

        Vale para comprender la calidad del amor de Cristo por los hombres y, por consiguiente, el amor de Dios. No presenta argumentos indiscutibles para la «defensa de Dios», pero puede poner en marcha al creyente para revivir la misma gracia. ¿Bastará con esta convicción para crear la resignación o el consuelo? En el fondo, el elemento decisivo no consiste en este buen resultado de carácter psicológico. A quien ama le basta con saber amar y con saber que Dios puede apreciar como acontecimiento providencial precisamente la «estupidez» de mi incomprensible sufrimiento.

 

 

ORATIO

        Oh Dios, te invoco a la puesta del sol: ayúdame a orar y a concentrar en ti mis pensamientos, porque por mí mismo no sé hacerlo. Hay oscuridad dentro de mí, pero junto a ti está la luz; estoy solo, pero sé que tú no me abandonas; estoy asustado, pero junto a ti está la ayuda; estoy inquieto, pero junto a ti está la paz; en mí está la amargura, pero junto a ti está la paciencia; no comprendo tus caminos, pero tú conoces el mío (D. Bonhoeffer).

 

 

CONTEMPLATIO

        Tu deseo es tu oración; si tu deseo es continuo, continua será tu oración. No en vano dijo el apóstol: «Orad sin cesar». ¿Acaso doblamos las rodillas, postramos el cuerpo o levantamos las manos sin interrupción para que pueda afirmar: Orad sin cesar? Si decimos que sólo podemos orar así, creo que no podemos orar sin cesar. Ahora bien, hay otra oración interior y continua, y es el deseo. Hagas lo que hagas, si deseas aquel reposo sabático, no interrumpas nunca la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo. Tu continuo deseo será tu voz, es decir, tu oración continua. Callarás si dejas de amar. [...] La frialdad en la caridad es el silencio del corazón; el fervor de la caridad es el clamor del corazón. Si la caridad permanece constante, clamarás siempre; si clamas siempre, siempre desearás (Agustín de Hipona, Exposición sobre el salmo 37, 14).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ana se presentó al Señor y elevó a él su oración» (cf. 1 Sm 1,9ss).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        A modo de imagen, voy a partir de la experiencia de ciertos monjes de los primeros tiempos de la Iglesia, allá por los siglos III y IV. De noche se mantenían de pie, en posición de espera. Se erguían allí, al aire libre, derechos como árboles, con las manos levantadas hacia el cielo, vueltos hacia el lugar del horizonte por el que debía salir el sol de la mañana. Su cuerpo, habitado por el deseo, esperaba durante toda la noche la llegada del día. Esa era su oración. No pronunciaban palabras. ¿Qué necesidad tenían de ellas? Su Palabra era su mismo cuerpo en actitud de trabajo y de espera. Este trabajo del deseo era su oración silenciosa. Estaban allí, nada más. Y cuando llegaban por la mañana los primeros rayos del sol a las palmas de sus manos, podían detenerse y reposar. Había llegado el sol.

        Esta espera, de la que es imposible decir si es más corporal o espiritual, si es más específicamente conceptual o afectiva, se encuentra en la experiencia espiritual. Siempre será para nosotros una tentación constante pretender identificar a Dios con algo de orden afectivo o bien de orden racional, de orden físico o bien de orden cerebral. La espera afecta a todo nuestro ser. Y lo que llega a nosotros es, precisamente, el rayo que, iluminando las palmas de nuestras manos y cambiando poco a poco el paisaje, nos anuncia que viene el sol, diferente a lo que la noche nos permite conocer (M. de Certeau, Ma¡ senza l'altro Magnano 1993).

 

 

Día 12

 Miércoles de la semana I del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 3,1-10.19ss

En aquellos días,

1 el joven Samuel estaba al servicio del Señor con Elí. La Palabra del Señor era rara en aquel tiempo, y no eran frecuentes las visiones.

2 Un día estaba Elí acostado en su habitación. Sus ojos empezaban a apagarse y no podía ver.

3 La lámpara de Dios todavía no se había apagado. Samuel estaba durmiendo en el santuario del Señor, donde estaba el arca de Dios.

4 El Señor llamó a Samuel: - ¡Samuel, Samuel! Él respondió: - Aquí estoy.

5 Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: - Aquí estoy, porque me has llamado. Elí respondió: - No te he llamado, vuelve a acostarte. Y Samuel fue a acostarse.

6 Pero el Señor lo llamó otra vez: - ¡Samuel! Samuel se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: - Aquí estoy, porque me has llamado. Respondió Elí: - No te he llamado, hijo mío, vuelve a acostarte.

7 (Samuel no conocía todavía al Señor. No se le había revelado aún la Palabra del Señor.)

8 Por tercera vez llamó el Señor a Samuel: - ¡Samuel! Él se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: - Aquí estoy, porque me has llamado. Comprendió entonces Elí que era el Señor quien llamaba al joven,

9 y le dijo: - Vete a acostarte y, si te llaman, dices: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Samuel fue y se acostó en su sitio.

10 Vino el Señor, se acercó y lo llamó como las otras veces: - ¡Samuel, Samuel! Samuel respondió: - Habla, que tu siervo escucha.

19 Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

20 Todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel estaba acreditado como profeta del Señor.

 

 

        **• Samuel había sido entregado al Señor para el servicio del templo. En éste había permanecido durante años en silencio, conocido sólo por Dios. Ahora le llama el Señor. ¿Para qué le llama el Señor? En la vocación de Samuel podemos intuir de inmediato el estilo de la llamada de Dios. Llama a cada uno por su nombre: «¡Samuel, Samuel!». Esto significa que su llamada es siempre una llamada personal y no anónima; que es una llamada original dirigida a cada uno; que quien nos llama nos conoce por medio de un verdadero conocimiento de amor. Sin embargo, Samuel no está en condiciones de conocer de inmediato la voz de Dios. Si bien, por una parte, afloran objetivamente dificultades para reconocer la voz de Dios (su trascendencia y su carácter imprevisible), meditando el pasaje podemos descubrir en él, no obstante, la paciente pedagogía de Dios encaminada a insertarse en el corazón del hombre. Dios se adapta; llama de manera gradual; le da tiempo al hombre; le renueva su llamada.

        Samuel recibe la llamada por primera, por segunda, por tercera vez... En este punto intervienen los intermediarios que pueden servir para ayudar a la voz del Dios que llama; en el caso de Samuel, es el anciano sacerdote Eli, que con su sensatez le sugiere al joven Samuel cómodebe comportarse (v. 9).

        Esto nos hace ver que en la llamada interviene, casi estructuralmente, la presencia de mediaciones humanas; a menudo resulta indispensable la ayuda de alguien para salir de la duda, de la inseguridad. Pero eso no es todo: hemos de subrayar la absoluta disponibilidad de Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (w. 9ss).

        Sólo una atenta vigilancia y disponibilidad para «no dejar escapar vacía ni una sola de sus palabras» puede llevar al llamado, antes o después, a reconocer la voz de Dios, a acogerla y a dejarse guiar por ella.

 

 

Evangelio: Marcos 1,29-39

En aquel tiempo,

29 al salir de la sinagoga, Jesús se fue inmediatamente a casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan.

30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Le hablaron en seguida de ella,

31 y él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. La fiebre le desapareció y se puso a servirles.

32 Al atardecer, cuando ya se había puesto el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados.

33 La población entera se agolpaba a la puerta.

34 Él curó entonces a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero a éstos no los dejaba hablar, pues sabían quién era.

35 Muy de madrugada, antes del amanecer, se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar.

36 Simón y sus compañeros fueron a buscarle.

37 Cuando lo encontraron, le dijeron: - Todos te buscan.

38 Jesús les contestó: - Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para esto he venido.

39 Y se fue a predicar en sus sinagogas por toda Galilea, expulsando los demonios.

 

 

        *• Con este fragmento concluye Marcos la primera jornada mesiánica de Jesús. Ésta representa un poco la actividad de la jornada típica seguida por sus discípulos y por los que leen el evangelio con tal sorpresa y admiración que les hace preguntarse: «¿Quién es éste?» (Mc 1,27). El primer milagro que el evangelio nos ofrece parece de tan poca monta que corre el riesgo de pasar desapercibido: el milagro sigue siendo un signo que remite a otra cosa; así, la simple curación de una fiebre, que ciertamente no llama la atención, lleva en sí un significado fundamental.

        La suegra de Pedro vuelve a estar en condiciones de «servir». Este «servir», con el que se cierra este primer milagro, encierra el programa mesiánico de Jesús, que está entre nosotros «como el que sirve» (Lc 22, 27). Esa es la característica fundamental dejada por Jesús en herencia a sus discípulos antes de morir; en este sentido, la suegra de Pedro se convierte en el prototipo del creyente liberado que puede ofrecer su servicio a los hermanos.

        Igualmente significativa es la salida nocturna de Jesús a orar en un lugar desierto, colocada al término de una dura jornada de evangelización. Podemos considerar esta oración de Jesús como su éxodo de la fatiga cotidiana para encontrarse con el Padre. Y gracias a esta oración podrá responder a Pedro: «Vamos a otra parte», superando la fácil tentación que supone un fácil mesianismo ligado al «todos te buscan». Toda la población está agolpada en la plaza, todos le buscan, pero Jesús no vuelve atrás y se va a «otra parte», para que llegue allí también su salvación.

 

 

MEDITATIO

        Las lecturas de hoy ponen de relieve, en diferentes planos, el papel principal que debe ejercer Dios en la vida de todo creyente. Jesús, ante las invitaciones de la gente de su medio, elige dar prioridad a la misión recibida del Padre; y Samuel, con la disponibilidad conquistada tras cierto trabajo, se vuelve disponible para seguir la voluntad de Dios en su vida. En todo caso, la propensión a abrirnos a la voluntad de Dios y, a continuación, la actuación práctica de éste suscitan al mismo tiempo la adquisición de dos estados de ánimo diferentes y complementarios entre sí. Ser elegidos por Dios como colaboradores suyos suscita un sentimiento de alegría desconcertante, de maravilla inesperada y de reverente aprensión.

        Afirmar, como María, «hágase en mí según tu Palabra » no significa aprender a resignarse, sino que implica, en primer lugar, abrirse, con una admiración empapada de alegría, a un proyecto seductor. Pero, la correspondencia a tanto don exige atravesar y superar las pruebas. Esto no implica siempre la necesidad de asumir un compromiso doloroso (aunque sea necesaria la disponibilidad para el mismo), pero sí requiere, en todo caso, la capacidad de discernimiento.

        No respondemos a Dios con la verdad si la obediencia vivida no nos habilita para adquirir cierta sintonía con él, de modo que advirtamos intuitivamente, mediante un sexto sentido espiritual, lo que se nos pide de vez en cuando. Una condición ulterior para esta correspondencia natural cotidiana es la oración prolongada y perseverante, ésa de la que nos da testimonio Jesús, dispuesto a buscar a su Dios hasta la llegada de la aurora.

 

 

ORATIO

        ¿Qué soy yo para ti, Señor? ¿Por qué deseas ser amado por mí hasta el punto de que te inquietas si no lo hago? ¡Como si no fuera ya una gran desventura no amarte...! Dime, te lo ruego, Señor, Dios misericordioso, ¿qué eres tú para mí? Dilo, que yo lo oiga. Los oídos de mi corazón, Señor, están ante ti; ábrelos y dile a mi alma: «Yo soy tu salvación». Perseguiré esta voz y así te alcanzaré (Agustín de Hipona).

 

 

CONTEMPLATIO

        Intentamos comprender la vocación con la que nacen los elegidos: no han sido elegidos por haber creído, sino que han sido elegidos a fin de que crean. El mismo Señor nos revela bastante bien el sentido cuando dice: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que os elegí yo a vosotros». En efecto, si hubieran sido elegidos por haber creído, evidentemente habrían sido ellos los primeros en elegirlo al creer en él, y por eso habrían merecido ser elegidos. Ahora bien, el que dice: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que os elegí yo a vosotros», excluye por completo esta hipótesis. Sin embargo, está fuera de duda que también ellos le han elegido cuando creyeron en él. Cuando dice: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que os elegí yo a vosotros», quiere dar a entender esto: no fueron ellos quienes le eligieron para poder ser elegidos, sino que fue él quien les eligió a fin de que lo eligieran (Agustín de Hipona, La predestinación de los santos 17,34).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Habla, Señor!» (cf. 1 Sm 3,9-10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El magno e inefable diálogo entre Dios y el hombre que constituye nuestra religión supone, en el hombre mismo, una actitud receptiva particular. Si el hombre busca y escucha la Palabra de Dios, la Verdad salvadora entra en el alma y engendra nuevas relaciones entre Dios y el hombre: la fe, la vida sobrenatural. Pero si el hombre no escucha, Dios habla en vano; se abre un drama tremendo.

        En la Biblia aparece por doquier esta alternativa decisiva, la escucha del hombre es, por excelencia, un acto racional y voluntario, pleno y consciente del obsequio tributado al Dios que revela, pero supone la maduración interior, trabajada por la gracia, de una disposición innata y honesta para el encuentro con Dios. Como edad de la crisis y edad de la elección, la juventud está más expuesta a padecer el influjo arreligioso y antirreligioso de nuestro tiempo. Ahora bien, en cuanto edad del pensamiento y edad del amor, la juventud es la más capaz de comprender el valor religioso de la vida y de dar a su piedad un profundo significado personal, que adquiere a menudo una dramática expresión moral, una especie de fidelidad inmolada y total, plena de impulso apasionado, si bien todavía poco segura, como un vuelo, aunque espléndida y generosa, precisamente como un vuelo milagroso realizado en los cielos del heroísmo y de la poesía. Esto tiene lugar cuando el sentido religioso se pronuncia -como tormento, como atractivo, como alegría, poco importa- de un modo tan vigoroso que constituye un juego íntimo y sublime de libertad y de obligación, y se vuelve determinante desde el punto de vista moral.

        Es entonces, por lo general, cuando la voz interior se revela, no ya como propia, sino como eco de otra voz, lejana y próxima, la de Dios (G. B. Montini, Sul senso religioso, 1957 [edición española: El sentido religioso, Ediciones Sígueme, Salamanca 1964]).

 

 

Día 13

  Jueves de la semana I del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 4,1-11

1 En aquellos días, los filisteos se reunieron para atacar a Israel. Los israelitas acamparon en Eben Ezer, mientras que los filisteos estaban acampados en Afee.

2 Puestos los filisteos en orden de batalla, se entabló el combate e Israel fue batido por los filisteos, que mataron en el campo de batalla a unos cuatro mil hombres.

3 El pueblo volvió al campamento y los ancianos dijeron: - ¿Por qué nos ha hecho sufrir hoy el Señor esta derrota frente a los filisteos? Vayamos a Silo a buscar el arca de la alianza del Señor, para que venga con nosotros y nos libre de nuestros enemigos.

4 El pueblo mandó gente a Silo para que trajeran el arca de la alianza del Señor todopoderoso, que se sienta sobre los querubines. Los dos hijos de Eli, Jofní y Pinjas, venían con el arca de la alianza de Dios.

5 Cuando el arca de la alianza del Señor llegó al campamento, los israelitas lanzaron el grito de guerra y la tierra retemblaba.

6 Al oír los filisteos el griterío, dijeron: - ¿A qué se debe ese clamor tan grande en el campamento de los hebreos? Y cayeron en la cuenta de que el arca del Señor había llegado al campamento.

7 A los filisteos les entró miedo, y decían: - Ha venido Dios al campamento. ¡Ay de nosotros! Esto no había sucedido nunca.

8 ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos salvará de la mano de esa divinidad tan poderosa? Es la que castigó a Egipto con toda clase de plagas y epidemias.

9 Cobrad ánimo y sed fuertes, filisteos, para no servir a los hebreos como ellos os han servido a vosotros. Sed hombres y luchad.

10 Los filisteos fueron al combate. Israel fue batido y huyó cada uno a su tienda. Fue una gran derrota; cayeron de Israel treinta mil hombres de infantería,

11 el arca de Dios fue capturada y los dos hijos de Eli, Jofní y Pinjas, murieron.

 

 

        *»• La protagonista de este fragmento es el arca. Los hebreos consideraban el arca de la alianza como el «signo» visible de la presencia invisible de Dios, y con este signo alimentaban su fe. He aquí que ahora los filisteos se disponen en orden de batalla contra Israel, e Israel sucumbe. Tiene lugar una gran derrota, y caen cuatro mil muertos; Israel se vuelve esclavo de los vencedores, pero antes de darse por vencido, Israel cree disponer aún de un arma invencible: el arca. Dios se ha ligado a Israel con el pacto de la alianza, e Israel llevará el arca santa al campo de batalla. Ahora los mismos filisteos ya no se sienten seguros de la victoria.

        Se inicia de nuevo la batalla y, desastre terrible para Israel, les arrebatan la misma arca de Dios. Capturada ésta, Israel queda como abandonado de Dios; Israel queda sin su Dios. Haber llevado el arca de Dios al campo de batalla supone haber provocado aún más el castigo de Dios, que permite que el arca, signo de la alianza, sea arrebatada a Israel. Es la derrota total.

        Eli, por medio de sus hijos, habría continuado guiando a Israel, pero también éstos han muerto en la batalla, y hasta el mismo Eli, al recibir la noticia de la derrota, cae en el umbral del santuario y muere (4,13.18). Es el final. Sin embargo, no es así: Dios ha llamado a Samuel, su vocación es ya el comienzo de una nueva historia. A pesar de todo, Dios permanece fiel a la alianza. Samuel vive aún a la sombra del santuario, pero el Señor le conoce. En su misma vocación, Dios le hace partícipe de su designio: desde ese mismo momento se convierte Samuel en alguien que representa ahora al pueblo santo y lleva consigo el destino de la nación.

 

 

Evangelio: Marcos 1,40-45

En aquel tiempo,

40 se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas: - Si quieres, puedes limpiarme.

41 Jesús, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: - Quiero, queda limpio.

42 Al instante le desapareció la lepra y quedó limpio.

43 Entonces lo despidió, advirtiéndole severamente:

44 - No se lo digas a nadie; vete, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les conste a ellos.

45 Él, sin embargo, tan pronto como se fue, se puso a divulgar a voces lo ocurrido, de modo que Jesús no podía ya entrar abiertamente en ninguna ciudad. Tenía que quedarse fuera, en lugares despoblados, y aun así seguían acudiendo a él desde todas partes.

 

 

        **• Con este nuevo milagro hace estallar Jesús una auténtica revolución: no se aleja del leproso, como quería la Ley; no rechaza el contacto con él, no teme ninguna amenaza. Su propuesta no consiste ya en separarse del inmundo, sino en la transformación por contagio vital que va del puro al inmundo. Jesús encarna al hombre puro y sagrado que «contagia» y atrae a su propia esfera al hombre inmundo y no sagrado. El leproso «se le acercó» (v. 40): no se trata sólo de un movimiento espacial, sino también de un movimiento del espíritu, porque le dice a Jesús: «Si quieres, puedes limpiarme» (v. 40). Con la venida de Jesús cayó el muro de la Ley (cf. Ef 2,14ss), porque Dios, el Santo, el Justo, se hizo en todo solidario con nosotros, enseñándonos el acceso a él. El gesto de extender la mano indica el poder de Jesús, que se manifiesta también por medio de su Palabra imperiosa: «Quiero, queda limpio» (v. 41). La salvación no está ya en la separación y en la marginación, sino en la reintegración, porque con Jesús ha entrado en el mundo el poder salvífico mismo de Dios. En el acontecimiento histórico de Jesús se ha hecho «visible» el poder sanador de Dios, que se pone de parte de los pobres, de los últimos de la sociedad de los hombres. Jesús inaugura una sociedad nueva, una sociedad que no margina a nadie, que no separa, que no excluye, sino que es consciente de poseer el poder mismo de Dios que le ha sido dado por Jesús. Precisamente porque Jesús ha abolido el sistema que separaba lo puro de lo inmundo tal como se entendía en el mundo judío, queda libre el cristiano para Dios y para el prójimo.

 

 

MEDITATIO

        Hoy se nos vuelve a proponer la cuestión decisiva para la vida de la fe: «¡Escuchad al Señor!». La Carta a los Hebreos la plantea como actitud válida para cada día. Decía un antiguo eremita: «Una voz invoca desde el fondo de tu corazón: ¡Conviértete hoy!». Allí donde no permanece con suficiente vigor este propósito, se abre camino el riesgo del endurecimiento del corazón. En efecto, la escucha obediente o el rechazo desobediente no es una simple cuestión de audición física, ni siquiera una cuestión de buena voluntad. El creyente debe desarrollar una «sensibilidad» propia al respecto. Sólo con un empeño permanente se adquiere la sensibilidad suficiente para percibir la voz del Señor o para advertir sus inspiraciones.De rebote, se corre el peligro atestiguado por el pueblo de Israel, tal como aparece en la lectura de hoy.

        Éste intenta construir una relación religiosa con Dios totalmente aparente, porque, a pesar de todo el aparato cultual desplegado y a pesar de las intenciones declaradas, no tiene ninguna seria intención de someterse a la decisión de Dios ni de respetar su voluntad, tal como se encuentra expresada en sus mandamientos. Los textos bíblicos nos recuerdan así una verdad que es bastante obvia: el primer paso hacia una relación auténtica con Dios consiste en la recuperación de una honestidad que aborrece toda ficción.

        El Señor, por su parte, se compromete a destruir, aun aceptando el riesgo de desfigurar y de provocar una crisis de fe en los hombres, todo aparato religioso que no parta de él y sea expresión de su auténtica voluntad. A veces, el desacralizador más radical es el mismo Señor. Frente a su santidad no resiste ninguna ambigüedad. Antes o después, queda el hombre al desnudo y debe elegir con autenticidad (o bien rechazar sin fingir).

 

 

ORATIO

        Concédeme, Señor Jesús, entrar contigo en la voluntad del Padre: que yo quiera lo que quiere él, que yo crea que él quiere siempre la salvación.

        Concédeme, con la fuerza del Espíritu, desear y pedir la verdadera curación.

 

 

CONTEMPLATIO

        Los malvados llevan a cabo muchas acciones contra la voluntad de Dios, pero éste posee tanta sabiduría y poder que todos los acontecimientos que parecen contrarios a su voluntad tienden a los objetivos y fines que él mismo ha previsto como buenos y justos. Por eso, cuando se dice que Dios ha cambiado de voluntad, de suerte que se muestra, por ejemplo, indignado con aquellos con quienes se mostraba indulgente, son ellos los que han cambiado, no Él, y en cierto sentido lo encuentran cambiado en las adversidades que padecen.  Del mismo modo cambia el sol para los ojos enfermos y, en cierto modo, se convierte de apacible en irritante, de agradable en inoportuno (Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, XXII, 2).

        En todo caso, por muy fuertes que puedan ser las voluntades de los ángeles o de los hombres, buenos o malos, favorables o contrarios a lo que quiere Dios, la voluntad del Omnipotente es siempre invencible; no puede ser nunca mala, puesto que, incluso cuando inflige males, es justa, y si es justa, a buen seguro, no es mala. El Dios omnipotente, ya sea que por misericordia experimente misericordia por quien quiere, ya sea que por el juicio endurezca a quien quiere, no lleva a cabo injusticia alguna, no realiza nada contra su propia voluntad y todo lo que quiere lo hace (Agustín de Hipona, Manual XXVI, 102).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Quiero, queda limpio» (Mc 1,41).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No te pido que me cures:

sería ofensiva la demanda

que no puedes escuchar.

Lo que pido es que me salves,

que no me dejes para siempre

sometido a esta

muerte cotidiana.

Pido que la Nada no venza

y no vuelva yo a necesitar

encenderme de deseos,

y viva infeliz allí

como ahora aquí,

solo y alejado.

Tú sabes lo que me cuestas en remordimientos

y lo que yo te cuesto a ti por gracia:

que no se interrumpa la competición.

Yo, arrepintiéndome,

y tú, teniendo piedad de mí,

pues es necesidad para mí fallar

y para ti continuar perdiendo.

Así te pienso: un Dios

siempre expuesto a locuras,

a contentarse por cómo somos,

a perder siempre:

oh Luz incandescente

y piadosa.

(D. M. Turoldo, Canil ultimi, Milán 1991).

 

 

Día 14

  Viernes de la semana I del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 8,4-7.10-22a

En aquellos días,

4 todos los ancianos de Israel se reunieron, fueron a ver a Samuel a Rama

5 y le dijeron: - Mira, tú ya eres viejo y tus hijos no se comportan como tú. Así que nómbranos un rey para que nos gobierne, como se hace en todas las naciones.

6 A Samuel le desagradó que le pidiesen un rey para que les gobernara, y se puso a invocar al Señor.

7 Pero el Señor le dijo: - Haz caso al pueblo en todo lo que te diga, porque no te rechazan a ti; es a mí a quien rechazan; no me quieren como rey.

10 Samuel transmitió lo que le había dicho el Señor al pueblo, que le pedía un rey.

11 Y les dijo: - Así gobernará el rey que va a regiros: tomará a vuestros hijos y los pondrá al servicio de sus carros y sus caballos, haciéndoles correr ante su carroza;

12 los empleará como jefes y capataces; les hará trabajar sus campos, segar sus mieses, fabricar sus armas de guerra y los arreos de sus carros.

13 A vuestras hijas las tomará para perfumeras, cocineras y panaderas.

14 Os quitará vuestros mejores campos, viñas y olivares para dárselos a sus servidores.

15 Os exigirá los diezmos de vuestras mieses y vuestras viñas para dárselos a sus cortesanos y ministros.

16 Se adueñará de vuestros siervos y siervas, de vuestros mejores bueyes y asnos, para emplearlos en sus trabajos.

17 Os exigirá el diezmo de vuestros rebaños, y vosotros mismos seréis sus esclavos.

18 Entonces gritaréis contra el rey que vosotros mismos habéis elegido, pero el Señor no os responderá.

19 El pueblo no quiso escuchar a Samuel, e insistió: - No; queremos tener un rey.

20 Así seremos como las demás naciones. Nuestro rey nos gobernará y marchará al frente de nosotros para luchar en la guerra.

21 Samuel escuchó las palabras del pueblo y se las transmitió al Señor.

22 El Señor le respondió: - Atiende a su ruego y nómbrales un rey.

 

 

        *»• Con este texto nos encontramos en un momento crucial de la historia de la salvación: la institución de la monarquía. Como en todas las demás etapas de esta historia, la Biblia sitúa en un primerísimo plano la causa primera: Dios. El pueblo pide un rey. ¿Qué significa que Samuel no quiera dar un rey al pueblo? Dios mismo parece de acuerdo con Samuel y no acepta la petición del pueblo. Dios quiere que el hombre se abandone a él sin más garantía que la fe. La garantía es él mismo, que permanece fiel a su pacto.

        Lo que le falta a Israel es la fe. El hombre no es capaz de abandonarse nunca hasta el fondo. Por eso se adapta el Señor y sale al encuentro de la debilidad del hombre. El pueblo de Israel debe fiarse de Dios. El pueblo quiere un rey como las otras naciones, quiere tener seguridad, una garantía humana más clara y continua.

        Pedir garantías es, en el fondo, no fiarse por completo de Dios. «No te rechazan a ti; es a mí a quien rechazan; no me quieren como rey» (v. 7), dice el Señor. Samuel avisa al pueblo: estáis pidiendo un rey, pero si lo obtenéis seréis sus siervos, vuestras cabezas serán propiedad suya y, sin embargo, pedís un rey. El pueblo insiste: sólo un jefe podría llevar a cabo la unidad de las tribus.

        Hasta Samuel, Israel no era una nación; de vez en cuando se reunía en el santuario, pero la unión entre las tribus era pobre. Tener un rey supuso para Israel tener conciencia al fin de ser una nación. Para Samuel, era difícil aceptar la novedad, pero el pueblo está en condiciones de insistir: «Tus hijos no se comportan como tú» (v. 5). Al final interviene el mismo Dios y exhorta a Samuel a que dé un rey al pueblo.

 

Evangelio: Marcos 2,1-12

1 Después de algunos días entró de nuevo en Cafarnaún y se corrió la voz de que estaba en casa.

2 Acudieron tantos que no cabían ni delante de la puerta. Jesús se puso a anunciarles el Mensaje.

3 Le llevaron entonces un paralítico entre cuatro,

4 Pero, como no podían llegar hasta él a causa del gentío, levantaron la techumbre por encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico.

5 Jesús, viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: - Hijo, tus pecados te son perdonados.

6 Unos maestros de la Ley que estaban allí sentados comenzaron a pensar para sus adentros:

7 - ¿Cómo habla éste así? ¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?

8 Jesús, percatándose en seguida de lo que estaban pensando, les dijo:

- ¿Por qué pensáis eso en vuestro interior?

9 ¿Qué es más fácil? ¿Decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", o decirle: "Levántate, carga con tu camilla y vete"?

10 Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió hacia el paralítico y le dijo:

11 - Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

12 El paralítico se puso en pie, cargó en seguida con la camilla y salió a la vista de todos, de modo que todos se quedaron maravillados y daban gloria a Dios diciendo: - Nunca hemos visto cosa igual.

 

 

        *»• Con el fragmento evangélico de hoy comienzan una serie de controversias sobre la Ley (2,1-3,6). Éstas conducen a Jesús, desde el principio de su actividad, al choque con el poder religioso y civil. En el presente fragmento aparece la narración de un milagro. El punto focal se encuentra en el v. 10, en donde se declara el núcleo de la controversia y, junto con él, el objetivo del milagro: «Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados». El milagro mismo no es más que la demostración de este poder de reconciliación con Dios que reivindica Jesús. La atención se traslada de un mal físico a un mal más profundo, el pecado, que mantiene al hombre «paralizado» en sí mismo y en unas formas rígidas, incapaz de «caminar» y de avanzar según el plan de Dios.

        El significado quebrantador de tal afirmación es captado de inmediato por los maestros de la Ley; sin embargo, éstos no están dispuestos a aceptar la «blasfemia» que supone que este hombre pueda perdonar los pecados, porque «¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?» (v. 7). Pero Jesús responde aumentando la dosis sin equívocos: «Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió hacia el paralítico y le dijo: "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa"» (w. 10-11). El milagro es, por consiguiente, signo de su poder de reconciliación con Dios, y eso implica la superación de la ley que separa al hombre de Dios. Este poder, reservado sólo a Dios, se le entrega ahora al hombre en el Hijo del hombre, Jesús. Ésa es la blasfemia del Evangelio que será motivo de la condena de Jesús. Quien acoge, es decir, quien tiene fe en esta «blasfemia», puede levantarse, como el paralítico, y ponerse a caminar. La muchedumbre que ha estado presente, y que ha entrevisto algo del misterio de Jesús, expresa su propia admiración y prorrumpe en una exclamación que es una profundísima entrada en la fe: «Nunca hemos visto cosa igual» (v. 12).

 

 

MEDITATIO

        Dios se adecúa a menudo a la inmadurez del hombre y lo acompaña a través de sus circunlocuciones desviadas. El Señor no comunica de inmediato su voluntad de manera radical y plena, porque no somos capaces de recibirla. La elección que está llevando a cabo Israel, la de querer un rey, es una de esas circunlocuciones. El pueblo deberá esperar el fracaso de su iniciativa para darse cuenta de que el único verdadero rey es el Señor. Sólo entonces encontrará reposo. Entre tanto, Dios mismo tiene paciencia y acompaña al pueblo para que la complicación que ellos mismos se han buscado no les resulte fatal. No son, en efecto, las estructuras jerárquicas ni los expedientes los que salvan, sino YHWH, única fuente de vida para el pueblo elegido: él le propone incesantemente su voluntad por medio de los profetas, y llama a todos para que vuelvan a poner en él toda la confianza a través de una relación personal y vital.

        A esta misma relación de confianza plena, cuyos confines son rebasados cada vez por la Palabra eficaz de Jesús, nos llama el Evangelio: perdonar los pecados va más allá del simple gesto «mecánico» y «utilitarista» de la curación. El Nazareno, con su atrevida afirmación, pide a los maestros de la Ley que superen la imagen de Dios que se han creado («¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?»: v. 7), para poder recibir el anuncio de la fuerza liberadora del Reino. También a nosotros se nos pide hoy que no nos dejemos condicionar por la rigidez de las estructuras mentales y de las instituciones humanas, y que seamos capaces de darnos cuenta –con ojo avizor- de la presencia activa de un Dios que, con gestos gratuitos e inesperados, se hace encontrar en nuestros límites.

 

 

ORATIO

        Concédenos, Padre, una fe capaz de abrir los techos, una fe capaz de deslizar nuestras camillas -ésas en las que yacemos con el corazón encogido-, para deslizarnos dentro, en lo vivo de la vida, en el corazón de la historia; para que nos encontremos frente a Jesús. Una vez perdonados por él, curados por él -de las mil pretensiones sobre la vida y sobre la historia-, podremos volver a nuestra casa y con nuestros seres queridos, ya sanos y agradecidos. Como quienes saben que todo lo reciben como don: el ser en el mundo, el ser guiados tras los acontecimientos del mundo.

 

 

CONTEMPLATIO

        Puede pasar que un hombre se diga a sí mismo: «Las Escrituras nos engañan», y todos sus miembros desistan de hacer el bien; y que, entregando por dentro hasta los miembros del hombre interior -lo que constituye una cosa muy grave- deje de hacer el bien y se diga a sí mismo: «¿De qué sirve hacer el bien?». ¿Podemos, hermanos, levantar al que piensa así y ha perdido la facultad de hacer obras buenas en todos sus miembros interiores, como si fuera paralítico, abrir el techo de esta Escritura y presentarlo al Señor? Ved, en efecto, que estas palabras son oscuras, están encubiertas; y yo entreveo a alguien con el alma paralítica. Veo este techo, y bajo el techo veo a Cristo escondido. Haré, en lo que pueda, lo que se alaba en aquellos que, una vez abierto el techo, presentaron el paralítico a Cristo, a fin de que éste le dijera: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Porque de este modo salvó al hombre interior de la parálisis, perdonándole los pecados y reforzando su fe. Pero había allí hombres que no disponían de ojos capaces de ver que el paralítico interior estaba ya curado, y creyeron que el Médico que lo curaba blasfemaba. Ese Médico realizó entonces algo también en el cuerpo del paralítico, algo que sirviera para sanar la parálisis interior de los que habían dicho tales cosas. Realizó cosas que ellos pudieran ver, y dichas a su modo de creer.

        Quienquiera que seas, tan enfermo y débil de corazón que quieres renunciar a las obras buenas, y estás preso de una parálisis interior, haz fuerza para ver si, una vez abierto este techo, podemos presentarte al Señor (Agustín de Hipona, Exposición sobre el salmo 36, 3,3).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Levantaron la techumbre y descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico» (Mc 2,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ¿Qué piden estos hombres, hoy, en la presente «maduración» histórica? ¿Qué piden en este punto tan elevado - a pesar de todo- del proceso histórico de la civilización humana? Todo está puesto en tela de juicio: las bases de todo el edificio humano -bases económicas, bases sociales, bases políticas, bases culturales, bases religiosas- están o bien quebrantadas o bien sacudidas; todos los valores están sometidos a crítica y a revisión, como si todas las cosas, todas las ¡deas, todas las normas, tuvieran que ser introducidas otra vez en un crisol nuevo para ser recuperadas, para ser sometidas a una nueva forma y a una nueva medida.

        ¿Entonces? ¿Nos retiraremos desanimados de la «contemplación », ciertamente no consoladora, del espectáculo del mundo presente? Esta «invasión de las aguas» que ha roto los diques más firmes, que ha puesto todo en tela de juicio, que lo ha mezclado todo, que ha roto todos los moldes precisos de cuerpo social, ¿acabará asustándonos o apagará en nosotros, o debilitará al menos, la osadía constructiva de la esperanza? Bien al contrario, la esperanza verdadera -la esperanza teologal- florece lozana precisamente en los momentos más críticos de la «fractura»: cuando todo está destrozado, cuando todo parece acabado, cuando los límites de la ruptura más áspera han sido alcanzados, entonces nace, de improviso, como por milagro, el arco iris de la esperanza.

        Cuando el invierno se encuentra en el punto álgido de sus rigores, ya está firmemente construida la primavera: termina la nieve y apuntan las flores. Es el misterio siempre renovado de la divina creación, tanto en el cosmos como, más aún, en la historia. Es casi una ley -por así decirlo- del comportamiento de Dios con respecto a la historia de los hombres. La «dialéctica histórica» de Dios no se encuadra en el esquema de la «dialéctica histórica» del hombre; tiene una andadura diferente: procede a menudo a través de paradojas, por inversiones: vence a la prudencia con la estupidez, a la grandeza con el oprobio (G. La Pira, Lettere alie claustral! Vil, Milán 1978).

 

 

Día 15

 Sábado de la semana I del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 9,1-4.10.17-19;10,1

9,1 Había un hombre de la tribu de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, hijo de Seror, hijo de Becorat, hijo de Afíaj, benjaminita; un hombre de buena posición.

2 Tenía un hijo llamado Saúl. Era un buen mozo; no había entre los israelitas ninguno más esbelto que él, pues sobrepasaba a todos de los hombros para arriba.

3 Un día que se le perdieron las asnas a Quis, éste dijo a su hijo Saúl: - Llévate a uno de los criados y vete a buscar las asnas.

4 Recorrieron las montañas de Efraín y la región de Salisá, pero no las encontraron; recorrieron la región de Salín, y nada; luego la de Benjamín, y tampoco las encontraron.

10 Entonces fueron a la ciudad donde estaba el hombre de Dios.

17 Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le avisó: - Mira, es el hombre del que te hablé; éste es el que regirá a mi pueblo.

18 Saúl se acercó a Samuel en medio de la puerta de la ciudad y le dijo:

- Indícame, por favor, dónde está la casa del vidente.

19 Samuel le respondió: - Yo soy el vidente. Sube delante de mí al altozano; hoy comeréis conmigo y mañana por la mañana te despediré y te descubriré todo lo que tienes en tu corazón.

10,1 Entonces Samuel tomó la vasija de aceite, derramó el aceite sobre la cabeza de Saúl y le besó diciendo: - En verdad, el Señor te unge como jefe de su heredad. Tendrás poder sobre el pueblo del Señor y le librarás de las manos de los enemigos que lo rodean.

 

 

        **• En el centro de la perícopa de hoy encontramos a Saúl. Con el capítulo 9 comienza para Israel una nueva historia. La historia de la monarquía comienza con la aparición de Saúl, hijo de Quis. ¿Por qué se presenta su genealogía? ¿Qué puede significar? ¿Por qué tantos nombres que nada nos dicen a nosotros? ¿Qué importancia puede tener la genealogía de Saúl? Sin embargo, las genealogías tienen siempre una gran importancia en los libros del Antiguo Testamento. El personaje del que nos habla el libro es el término de toda una historia, que, aunque sea privada, es siempre historia de Israel. La historia empieza con la búsqueda de las asnas perdidas. Quis, el padre de Saúl, ha perdido sus asnas, y su hijo va a buscarlas. Así actúa el Señor. Los comienzos de la historia son de una humanidad que desconcierta, aunque nos parezca que no dicen nada. Dios convierte la vida del hombre en una continua sorpresa. Saúl va en busca de las asnas y regresa siendo rey de Israel. No tiene nada que llevar al vidente. Saúl va a casa del vidente para saber si alguien ha encontrado las asnas. Encuentra a Samuel y éste le consagra rey. Así actúa Dios. Su vida tiene la dimensión del amor gratuito de Dios. Saúl vivirá la tragedia de tener que vivir una realeza que el pueblo de Dios no estaba preparado para recibir, a pesar de haberla reclamado. El pueblo querrá volverse atrás, pero no podrá hacerlo. Dios debe realizar su plan en contra de la voluntad de los que ahora se le resisten. Abandonarse a la voluntad de Dios no es fácil. Queremos que Dios actúe, pero cuando lo hace y nos pide sumisión y obediencia, nos rebelamos; pretendemos que Dios siga nuestra voluntad, no que nosotros sigamos la suya.

 

Evangelio: Marcos 2,13-17

En aquel tiempo,

13 Jesús volvió a la orilla del lago. Toda la gente acudía a él, y él les enseñaba.

14 Al pasar, vio a Leví, el hijo de Alfeo, que estaba sentado en su oficina de impuestos, y le dijo: - Sígueme. El se levantó y le siguió.

15 Después, mientras Jesús estaba sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron con él y sus discípulos, pues eran ya muchos los que le seguían.

16 Los maestros de la Ley del partido de los fariseos, al ver que Jesús comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: - ¿Por qué come con publicanos y pecadores?

17 Jesús lo oyó y les dijo: - No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

 

 

        **• En el pasaje de hoy se entiende la fe como seguimiento de Cristo. Se cuenta que Jesús «al pasar vio a Leví, el hijo de Alfeo, que estaba sentado en su oficina de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y le siguió» (v. 14). Leví se encuentra con Jesús y se hace cristiano en pleno ejercicio de su profesión «mundana». En todas las profesiones se puede «seguir» a Jesús, hacer lo que él hace. No pensaban así los fariseos, que reprocharon a Jesús que comiera «con publicanos y pecadores» (v. 16). Para los fariseos, ciertas profesiones eran incompatibles con la religiosidad judía, porque impedían observar el sábado y otras leyes.

        Para Jesús, en cambio, no hay profesiones que excluyan del discipulado cristiano. Lo que impide ser discípulo de Cristo es creerse «justo» y «sano», esto es, no sentirse necesitado de salvación. «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (v. 17). La cura que les aplica es estar con ellos, no excluirlos, no condenarlos, no juzgarlos. Ésa es la cura del mal interior del hombre. Esta paciencia, esta misericordia, esta longanimidad, es lo que constituye su cura. Es hermoso contemplar esta imagen de Jesús como médico; su terapia puede durar toda una vida, es decir, no puede ser excluida nunca, porque la terapia es su presencia, su estar con nosotros. El Señor parece querer decirnos que la conversión más difícil es la del justo o la de los que se consideran como tales.

 

 

MEDITATIO

        La Palabra del Señor actúa de manera eficaz. Penetra en nuestro corazón, lo pone al desnudo, lo juzga. Esta Palabra corresponde, sin embargo, al Hijo, que es capaz de compadecerse de nuestras debilidades y quiere presentarse como nuestro intercesor.

        La eficacia y la misericordia aparecen en el obrar de Dios en la vida de Saúl. El texto pone de relieve el proyecto gratuito de Dios, que precede a toda iniciativa por parte de Saúl. Pone de manifiesto cómo se despliega su acción utilizando situaciones normales, casi triviales, en la vida de las personas. Saúl no recibe un cargo honorífico, sino la habilitación para un servicio. La gracia sólo nos hace sentir su acción en nosotros cuando nos habilita en concreto para algún ministerio. Todo tiene lugar en lo escondido, sin clamor alguno. La eficacia de la Palabra no tiene nada que ver con el clamor mundano. Esto mismo aparece con más fuerza aún en el episodio narrado por el evangelio. La llamada de Leví anuncia la fuerza de la Palabra. También en este caso se despliega la total gratuidad del amor divino que llama: no hay ningún mérito, ninguna preparación por parte del elegido.

        También él se encuentra inmerso en el laborío de la vida, un laborío marcado, además, por la negatividad.  Esta vez, no obstante, el signo de la misericordia suscita clamor. Este tipo de fama no ayuda al Señor, que debe dar cuentas de su misericordia.

 

 

ORATIO

        Dame, Señor, un corazón atento y límpido; un corazón deseoso de encontrarte allí donde me encuentre, y de seguirte, es decir, de imitarte, desde el lugar en el que me encuentre. Un corazón atento para poder reconocer tus pasos en mi historia; en la pequeña, en la de todos los días, y en la grande, la que lleva los colores fuertes de la alegría o del dolor, de la esperanza que nos hace volar o de la desesperación que nos aplasta. Un corazón límpido, porque sólo la mirada de quien es profundamente puro y libre es capaz de ver..., de verte. Un corazón deseoso de encontrarte, porque ése es el camino seguro para descubrirte ya presente... Un corazón que quiera seguirte, porque sólo el camino del Evangelio, que eres tú, conduce a la vida plena y verdadera.

 

 

CONTEMPLATIO

        Pasa el Señor... ¿En qué sentido pasa Jesús? Jesús realiza acciones temporales. ¿En qué sentido pasa Jesús? Jesús realiza acciones transitorias. Considerad con mucha atención cuántas acciones suyas han pasado. Nació de la Virgen María, pero ¿acaso nace continuamente? Fue amamantado cuando era niño, pero ¿acaso está chupando la leche continuamente? Fue pasando por las distintas edades hasta la juventud, pero ¿acaso creció de continuo físicamente? También los mismos milagros por él realizados pasaron: nosotros los leemos y los creemos. Tales hechos fueron escritos para que puedan ser leídos y, en consecuencia, pasaban una vez realizados. Por último, y para no detenernos en muchos otros hechos, fue crucificado, pero ¿acaso está colgado de continuo en la cruz? Fue sepultado, resucitó, ascendió al cielo; ahora ya no muere más... su divinidad es permanente y la inmortalidad de su cuerpo ya no tendrá fin. Sin embargo, y a pesar de ello, todas las acciones que llevó a cabo Jesús en el tiempo pasaron, pero fueron escritas para ser leídas y son anunciadas para ser creídas.

        Por consiguiente, Jesús pasó a través de todas esas acciones... Jesús pasa también ahora... Me explicaré: cuando se leen los hechos que llevó a cabo el Señor mientras pasaba, siempre se nos presenta al Jesús que pasa... ¿Comprendéis, hermanos, lo que digo? No sé, efectivamente, cómo expresarme, pero todavía sé menos cómo callar.  Pues bien, esto es lo que digo, y lo digo de manera abierta. Porque temo no sólo al Jesús que pasa, sino también al Jesús que permanece, por eso no puedo callar (Agustín de Hipona, Sermón 88, 10.9 y 14.13).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, el rey se alegra por tu fuerza» (de la liturgia).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Jesús «pasa»: en el carácter opaco y al mismo tiempo transparente de las cosas que acaecen. Pasa: en la superposición de las inspiraciones, que iluminan el corazón. Pasa: en la pobreza y en la desesperación del hombre. «Pasa»: por la rendija del egoísmo humano encerrado en sí mismo. Pasa: en la decepción de las cosas que se prometen y no se cumplen. Pasa: en la seguridad del bienestar y en la fatua satisfacción del llamado «nuevo rico».

        Pasa y vuelve: como la lanzadera de un telar. Como el amante encarnizado que no se resigna a la renuncia de su propio amor. Pasa cuando menos te lo esperas: así atraviesa el Señor tu vida. Pasa y se va; pasa y se queda, al mismo tiempo. De todos modos, deja huellas visibles y sensibles de su paso: la atracción de una invitación persistente, el clamor de una Palabra que no es posible callar, el tormento de un deseo que renace, la alegría de un compromiso que agita las fuerzas del hombre...

        Jesús pasa. Es uno de los muchos transeúntes con los que nos cruzamos en la calle. Son incontables los que nos «pasan» a derecha e izquierda, los que saltan, obstaculizan, cortan la calle, nos observan con una perfecta indiferencia. Muchos, demasiados, no se dan cuenta de nada. Pasan y no ven. Jesús pasa y «ve»... Se da cuenta de nosotros. De mí. Ve: en el corazón. A través de los deseos y las aspiraciones profundas. Ve: no tanto los rasgos de nuestra fisonomía y las actitudes de nuestro comportamiento.

        Ve: la dimensión interior del hombre: pensamientos, deseos, afectos, intenciones, disponibilidad, propósitos. La dureza del corazón ve y hace ver. Ve: la verdad entera que hay en el hombre. Me ve a mí... Jesús necesita encontrar en nosotros al hombre. Al hombre es a quien dirige su Palabra divina (F. Berra, lo ho scelto voi, Roma 1990, pp. 41-43).

 

 

Día 16

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 62,1-5

1 Por amor a Sión no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré hasta que su liberación brille como luz y su salvación llamee como antorcha.

2 Los pueblos verán tu liberación y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo pronunciado por la boca del Señor.

3 Serás corona espléndida en manos del Señor, corona real en la palma de tu Dios.

4 Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Desolada», sino que te llamarán «Mi preferida», y a tu tierra, «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo.

5 Como un joven se casa con su novia, así se casará contigo tu constructor; como goza el esposo con la esposa, así gozará contigo tu Dios.

 

*»• Estamos en tiempos del edicto de Ciro. En él se concede a los exiliados judíos la vuelta a su patria y la reconstrucción de la  ciudad de Jerusalén (538 a. de C).

El texto recoge la visión del profeta sobre la ciudad santa, envuelta por el amor de Dios. Está descrita con una terminología tomada de una fiesta de bodas. Se trata de un anuncio salvífico de consolación y de esperanza: Dios es fiel, perdona y vuelve a acoger a su pueblo, aun cuando sea pecador y se haya alejado del pacto de la alianza.

El encuentro del Señor con Jerusalén es «liberación», esto es, signo de la acción salvífica de Dios; es «gloria», signo de su presencia amorosa en medio de su pueblo; es «salvación», puesto que Dios se ha acordado del «resto de Israel» y ha manifestado la fidelidad de su amor (cf. Os 2,15-25).

El pasaje de Isaías tiene cierta sintonía con el evangelio (Jn 2,1-12). Primero viene el motivo de la alianza, descrita con la imagen de unos esponsales: «Serás corona espléndida en manos del Señor, corona real en la palma de tu Dios» (v. 3); a continuación está el motivo de la gloria: «Los pueblos verán tu liberación y los reyes tu gloria» (v. 2). Estos dos motivos, presentes asimismo en el texto de Juan, los aplica la liturgia a Cristo.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 12,4-11

Hermanos:

4 Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo.

5 Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo.

6 Hay diversidad de actividades, pero uno mismo es el Dios que activa todas las cosas en todos.

7 A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos.

8 Porque a uno el Espíritu le capacita para hablar con sabiduría, mientras a otro el mismo Espíritu le otorga un profundo conocimiento.

9 Este mismo Espíritu concede a uno el don de la fe, a otro el carisma de curar enfermedades,

10 a otro el poder de realizar milagros, a otro el hablar en nombre de Dios, a otro el distinguir entre espíritus falsos y verdaderos, a otro el hablar un lenguaje misterioso, y a otro, en fin, el don de interpretar ese lenguaje.

11 Todo esto lo hace el mismo y único Espíritu, que reparte a cada uno sus dones como él quiere.

 

*•• La Iglesia de Corinto era una comunidad vivaz y carismática, pero la acechaban dos peligros: el de hacerse la ilusión de que la presencia del Espíritu era suficiente para garantizar la fidelidad a la tradición, la corrección moral, la unión comunitaria; y el de sobrevalorar, de una manera indebida, algunos carismas -como el de las lenguas- a costa de otros -como los carismas del servicio-.

Pablo, al intervenir en esta situación, comunica a la comunidad de Corinto una afirmación fundamental, válida para todas las comunidades cristianas: la variedad de los dones procede del Espíritu. Éste es rico y no puede manifestarse de un solo modo. A renglón seguido realiza una segunda afirmación fundamental. La variedad de los dones, para que sea signo del Espíritu, debe cumplir una condición: la edificación común. Detrás de la variedad del don de cada uno está la caridad, el carisma mejor y común. Sólo con esta condición se puede hablar de la presencia del Espíritu en la comunidad. La caridad es capacidad de colaboración entre creyentes, es amor a Cristo, antes que entre nosotros, y conduce a acuerdos dinámicos, de conversión, y no simplemente estáticos, de sistematización.

 

Evangelio: Juan 2,1-12

En aquel tiempo,

1 hubo una boda en Cana de Galilea. La madre de Jesús estaba invitada.

2 También lo estaban Jesús y sus discípulos.

3 Se les acabó el vino y, entonces, la madre de Jesús le dijo: -No les queda vino.

4 Jesús le respondió: -Mujer, no intervengas en mi vida; mi hora aún no ha llegado.

5 La madre de Jesús dijo entonces a los que estaban sirviendo: -Haced lo que él os diga.

6 Había allí seis tinajas de piedra, de las que utilizaban los judíos para sus ritos de purificación, de unos ochenta o cien litros cada una.

7 Jesús dijo a los que servían: -Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba.

8 Una vez llenas, Jesús les dijo: -Sacad ahora un poco y llevádselo al maestresala. Ellos cumplieron sus órdenes.

9 Cuando el maestresala degustó el vino nuevo sin saber su procedencia (sólo lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua), llamó al novio

10 y le dijo: -Todo el mundo sirve al principio el vino de mejor calidad y, cuando los invitados ya han bebido bastante, saca el más corriente. Tú, en cambio, has reservado el de mejor calidad para última hora.

11 Esto sucedió en Cana de Galilea. Fue el primer signo realizado por Jesús. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

12 Después, Jesús bajó a Cafarnaún, acompañado de su madre, sus hermanos y sus discípulos, y se quedaron allí unos cuantos días.

 

*•• El gesto realizado por Jesús en Cana es una manifestación mesiánica, una epifanía en la que el mismo Jesús se manifiesta, a diferencia del bautismo en el Jordán, donde es el Padre quien revela el significado profundo de Cristo. El episodio tiene una gran importancia en Juan, porque es el primero y el modelo de todos los «signos», el que encierra el sentido de los distintos gestos de Jesús. El doble significado del «signo» está indicado al final del relato: revela la gloria de Cristo y conduce a la fe (v. 11).

Algunos detalles de la manifestación de Jesús en Cana, como la abundancia del vino, su óptima calidad y el hecho de que sustituye al agua preparada para las abluciones rituales, son rasgos mesiánicos que sacan a la luz a Jesús como Mesías, que inaugura la nueva alianza y la nueva ley. También el marco de la fiesta nupcial, en el que tiene lugar el milagro, pone de manifiesto a Jesús como esposo mesiánico, que celebra las bodas mesiánicas con la Iglesia, su esposa, simbolizada por María, la mujer de la verdadera fe.

Estas bodas mesiánicas, por otra parte, tienden absolutamente hacia la «hora» de la cruz y la resurrección. Desde esta perspectiva es como se comprende la naturaleza de la «gloria» que se manifiesta en Cana. Para Juan, es en la cruz donde se manifiesta la gloria. Esta última no es otra cosa que el esplendor y el poder del amor de Dios, que se entrega. En consecuencia, para el discípulo, abandonarse a Jesús significa abandonarse a la lógica del amor hasta sus consecuencias más radicales, como la fe de María, que acepta la aparente negativa y se deja llevar hacia una expectativa superior.

 

MEDITATIO

Todos los textos de hoy nos hablan de la extraordinaria novedad que nos ha traído Jesús con su presencia y su acción mesiánica. En el «signo» de Cana nos entrega el mejor vino e inaugura, de manera simbólica, los tiempos nuevos queridos por Dios y anunciados por los profetas (cf. Is 62,1-5). La gran novedad que ha traído Jesús al mundo, tal como atestiguan los evangelios, es la entrega de su Espíritu, del que cada uno tiene una manifestación en la comunidad para el servicio del bien común, como nos recuerda Pablo. El Espíritu de Jesús es la fuente viva del amor filial a Dios y del amor fraterno a los otros. Y este amor es la antítesis del egoísmo que nos encierra en nosotros mismos y nos lleva a considerarnos el centro del universo. Ésta es la convicción evangélica confirmada por la experiencia: sin el Espíritu que nos comunica Jesús somos incapaces de salir de nosotros mismos y de abrirnos a Dios y a los olios. En consecuencia, somos viejos, en el sentido evangélico del término, y permanecemos anclados en el petado y en la muerte. Como nos recuerda la Gaudium el sprs, el que nos hace «nuevos» -es decir, capaces de amar de una manera desinteresada a los otros- es el Espíritu que Dios infunde, por medio de Cristo resucitado, en el corazón de cada hombre de buena voluntad (CS 22 y 38). Él nos hace nuevos en el corazón, el centro mas profundo de nuestro ser, cumpliendo así las antiguas profecías (cf. Ez 11,19; 36,26).

Jesús decía a los fariseos que el vino nuevo debe ponerse «en odres nuevos» (cf Mt 9,17; Me 2,22; Le 3,37ss), porque sólo éstos pueden contenerlo. Debemos preguntarnos hasta qué punto somos nosotros, efectiva mente, «odres nuevos», capaces de ofrecer espacio al «vino nuevo» del Espíritu que él nos ofrece. Es probable que volvamos a recaer más de una vez en el viejo régimen del egoísmo y que nuestros corazones alberguen actitudes y modos de sentir que no pertenecen al Reino de la novedad querida por Dios. A nosotros nos corresponde pedir insistentemente al Padre el Espíritu que nos renueva (Lc 11,13).

 

ORATIO

Oh Padre, que has querido hacer de tu Hijo el hombre nuevo, colmado de tu Espíritu, y por medio de él lo derramas en los corazones de los hombres, renovándolos de una manera radical, te pedimos con confianza e insistencia, tal como él mismo nos ha enseñado a hacerlo, que te dignes llenar nuestros corazones de su presencia y de su fuerza. Si tú nos lo otorgas, podremos salir de la condición de hombres viejos, movidos por el egoísmo que nos encierra en nosotros mismos, y podremos llegar a ser de verdad hombres nuevos. Seremos capaces de amarte a ti como hijos y a los otros hombres y mujeres como hermanos y hermanas. Y la alegría profunda que nos proporcionará nuestra nueva condición llenará cada momento de nuestra jornada. No dejes que entren en nuestros corazones otros espíritus: el espíritu del orgullo, de la vanidad, de la envidia, de la avidez... Estos espíritus pertenecen al mundo viejo y llevan a la muerte, pero nosotros queremos vivir. Tú, que «amas la vida», arranca de nosotros esos espíritus, para que el Espíritu vivificante, que viene de ti a través de tu Hijo amado, pueda ocupar todo nuestro espacio interior.

 

CONTEMPLATIO

El corazón de María es un tesoro inmenso; su boca es su canal; sin embargo, no se abre con frecuencia: por eso es menester dilatar nuestro propio ánimo, a fin de recibir con avidez algunas palabras y considerarlas bien. En este momento María ruega a su Hijo en cuanto madre.

Es preciso que prestemos atención a esto: desde que María dijo: «He aquí la esclava del Señor», ya no ora como esclava, sino como madre. Tenemos que contemplar los ojos de María cuando mira con humilde modestia a su amado Hijo para hacerle esta petición. Es preciso que consideremos su corazón y sus sentimientos. En esta circunstancia quiere dos cosas: la manifestación de la gloria del Hijo, y el bien y el consuelo de los convidados; dos deseos y dos voluntades dignos del amor perfecto del corazón de María. La caridad perfecta intenta procurar también los bienes temporales no por lo que son en sí, sino para el consuelo espiritual de las almas. María es omnipotencia suplicante: «No tienen vino», dice. La segunda cosa que debemos observar es ésta: la vida de María es una vida de silencio. Cuando tenía necesidad de hablar, lo hacía con el menor número de palabras posible; también con su Hijo hablaba sólo en el silencio. La conversación de Jesús con María era absolutamente interior: sus palabras exteriores se pueden contar con los dedos de las manos. Aquí María está obligada a hablar, y lo hace empleando sólo tres palabras. En tercer lugar, María demuestra que conoce el gran mandamiento de nuestro Señor sobre la oración; a saber: que ésta no consiste en hablar mucho. Indicando lo que era necesario, nos enseña un modo extraordinario de orar, y Jesús ha visto su deseo en su corazón y en sus ojos. He aquí una manera más que perfecta de orar: abrir los pliegues del corazón ante nuestro dulcísimo Maestro y reposar, después, nuestro ánimo en él, abandonándonos a su gran amor y a su infinita misericordia y esperando, en una contemplación de amor, el efecto de su ternura con nosotros (F.-M. Libermann, Commentaire de Saint Jean, Brujas 1958, pp. 118ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No conseguiremos nunca agotar la riqueza de significados de los «signos» del evangelista Juan. En el primero de ellos se nos revela Jesús como alguien que da vino a los esposos de Cana. Las bodas necesitan alegría: «¿Acaso pueden ayunar los invitados a la boda cuando el esposo está con ellos?», dice Jesús.

El vino está en su sitio en una fiesta de bodas, porque el vino simboliza todo lo que la vida puede tener de agradable: la amistad, el amor humano y, en general, toda la alegría que puede ofrecer la tierra, aunque con su ambigüedad. Quisiéramos que este vino, que es la alegría de vivir, «el vino que alegra el corazón del hombre», no faltara nunca. Se lo deseamos a todos los esposos. Pero falta en algunas ocasiones. Les faltó a los esposos de Cana: «No tienen vino». Jesús hubiera podido responder: si no tienen, que lo compren. El hecho es que el vino es la alegría de vivir, algo que no se puede comprar ni fabricar, y es difícil estar sin ella. Y este vino, del que los esposos tienen necesidad, pero que nunca podrían darse a sí mismos, este vino –decíamoslo «crea» Jesús del agua, porque se trata de un vino nuevo. Juan quiere decirnos que el vino nuevo es bueno, nunca probado hasta entonces: es Jesús mismo. El vino se muestra significativo como don de Jesús: está al final, es bueno, es abundante. Es signo del tiempo de la salvación. El vino es así «la sangre derramada» de Cristo por nosotros, es el sino de la caridad, de la entrega de sí, algo tan importante para poder vivir como cristianos.

El vino de las bodas de Cana, ese esperado vino bueno, es el don de la caridad de Cristo, el signo de la alegría que trae la venida del Mesías. Las fiestas de los hombres acaban de esa forma que tan bien describe el maestresala: la tristeza del lunes.

Jesús, en cambio, es «el sábado sin noche», como decía san Agustín: cuando pensamos que la fiesta se acaba -«No tienen vino»-, aparece el vino bueno, conservado hasta ese momento, el vino nuevo jamás probado antes (A. S. Bessone, Prediche Della domenica. Ánno C, Biella 1992, pp. 185-190, passim).

 

Día 17

 Lunes de la II semana del Tiempo ordinario o

San Antonio abad  

        Antonio nació el año 252 en Qeman, en el Medio Egipto, hijo de hacendados cristianos acomodados. Hacia los veinte años escuchó la proclamación del Evangelio: «Si quieres ser perfecto...». Fulminado por la invitación de Jesús, vendió los fértiles terrenos que recibió en herencia tras la muerte de sus padres y emprendió la vida ascética, primero, junto a su pueblo y, después, encerrándose en una necrópolis durante casi trece años. Tras diversos ataques demoníacos, se comprometió todavía más en la lucha ascética y se estableció en un fortín abandonado, donde se quedó durante otros veinte años.

    El año 306 dejó su retiro y aceptó tener discípulos. Para huir de la notoriedad, se retiró a la «montaña interior» (el monte Kolzum). Murió el 17 de enero del año 356, a los ciento cinco años muchos de los cuales transcurrieron enseñando a los solitarios, curando a los enfermos, refutando a los herejes con un ministerio carismático y autorizado que le ha convertido para siempre en el padre de los monjes.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 15,16-23

En aquellos días,

16 Samuel dijo a Saúl: - Deja que te diga lo que el Señor me ha dicho esta noche. Él le dijo: - Habla.

17 Continuó Samuel: - ¿No es cierto que, a pesar de considerarte a ti mismo insignificante, eres el jefe de todas las tribus de Israel y que el Señor te ungió como rey de Israel?

18 El Señor te mandó a esta expedición diciéndote: «Vete y consagra al exterminio a esos pecadores amalecitas, y hazles la guerra hasta acabar con ellos».

19 ¿Por qué no has obedecido la orden del Señor? ¿Por qué te has lanzado sobre el botín, haciendo lo que desagrada al Señor?

20 Respondió Saúl: - ¡Yo he obedecido la orden del Señor! Fui a la expedición a la que él me mandó, traje a Agag, rey de Amalee, y consagré al exterminio a los amalecitas.

21 Sólo que la gente reservó del botín ovejas y vacas, las primicias de lo consagrado al exterminio, para ofrecérselo en sacrificio al Señor, tu Dios, en Guigal.

22 Samuel respondió: ¿Acaso no se complace más el Señor en la obediencia a su Palabra que en holocaustos y sacrificios? La obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad, más que la grasa de carnero.

23 La rebeldía es como un pecado de superstición, y la arrogancia, como un crimen de idolatría. Por haber rechazado la Palabra del Señor, él te rechaza a ti como rey.

 

        *» El episodio aquí narrado revela la orientación última del corazón de Saúl: busca conservar el reino siguiendo la lógica de las conveniencias políticas, antes que obedecer al Señor y hacer depender su vida de su elección. Saúl, reprendido por el profeta, disimula la culpa cometida levantando una polvareda de pretextos; justo lo contrario de lo que hará David. Éste, por el contrario, confesará abiertamente su pecado. El elemento más digno de destacar en el relato figura en la declaración de Samuel: la obediencia tiene más valor que el sacrificio. Se trata de una conquista relevante del pensamiento religioso: se pasa a valorar más la experiencia vivida que los actos de culto -que pueden estar disociados de la práctica de la fe-; se da más relieve a la actitud interior de la persona que a los actos externos. La obediencia vivida con amor será el elemento que caracterice la ofrenda sacerdotal y existencial de Jesús.

 

 

Evangelio: Marcos 2,18-22

18 Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban, fueron a decir a Jesús: - ¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan y los tuyos no?

19 Jesús les contestó: - ¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos, no tiene sentido que ayunen.

20 Llegará un día en el que el novio les será arrebatado. Entonces ayunarán.

21 Nadie cose un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo, porque lo añadido tirará de él, lo nuevo de lo viejo, y el rasgón se hará mayor.

22 Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos, porque el vino reventará los odres y se perderán vino y odres. El vino nuevo en odres nuevos.

 

 

        **• El ayuno no está valorado como una práctica en sí misma, sino en relación con el significado que puede adquirir dentro del contexto de referencia en que se practica.

        Los discípulos de Juan el Bautista ayunaban para prepararse para la llegada inminente del juicio divino; el pueblo se abstenía de tomar alimento en el «Día de la Expiación» (Kippur) o en el día en que se recordaba la destrucción del templo. Esa práctica devota subraya una actitud interior y ayuda a conservarla. El espíritu religioso que inducía a practicar el ayuno, en ocasiones con cierta frecuencia, como es el caso de los fariseos, impulsa a Jesús a suspenderlo, realizando así un signo profético voluntariamente provocador. Dado que él mismo introduce en el mundo el tiempo glorioso de las nupcias entre Dios, el esposo, y su pueblo, la esposa, no tiene sentido reiterar un signo que recuerda el luto.

        El signo que conviene aquí, por el contrario, es el del banquete alegre. El ayuno, estrictamente ligado a poner de relieve la fortuna de la presencia de Jesús, ha sido restablecido en el tiempo de la Iglesia. La razón de ello es que la expectativa del Reino exige durante su curso la confrontación dolorosa con las fuerzas del mal, una confrontación que estalló ya, además, en el momento en el que el Esposo fue arrebatado. Las afirmaciones posteriores sobre el vestido y sobre el vino nos invitan a comprender la novedad introducida por el Evangelio y confirman el signo de la suspensión del ayuno.

 

MEDITATIO

        La Palabra del Señor nos pone hoy en guardia: ¡cuidado con administrar la relación «religiosa» según nuestra necesidad particular de seguridad! Podríamos darnos cuenta de que interpretamos la Escritura con el criterio de la racionalidad para protegernos de su propuesta de radicalismo, que nos descoloca. O bien podríamos descubrir que «usamos» el culto como mampara para poner a cubierto una presunta santidad construida a nuestra propia medida.

        El Señor nos recuerda hoy, de manera inequívoca, que la relación con él sólo es auténtica cuando se modula sobre la obediencia. Ésa es la única seguridad. Obedecer a Dios significa estar con el corazón y la mente abiertos, dispuestos a vibrar con todo soplo del Espíritu, prefiriéndolo a nuestro «sentido común»; disponibles para comprobar la consistencia de nuestras formas exteriores habituales de expresar la fe y para convertirnos a una mayor autenticidad, comprometiendo en ella nuestra vida. Dios se entrega del todo, de modo imprevisible, sorprendente. ¿Somos capaces de mostrarnos acogedores y dispuestos a adherirnos a su Novedad?

 

 

ORATIO

        Señor Jesús, tú que fuiste obediente en todo al Padre, enséñame a no buscar mi voluntad, sino la suya. Hazme comprender que eso no significa abdicar de mi capacidad de elección, sino vivir con libertad y gratuidad el don que soy. Me resulta fácil, Señor, encontrarme a mis anchas en la lógica, incluso religiosa, que me he construido y considerar como «hereje» a quien no la sigue...

        Que yo madure, Señor, al calor de tu Espíritu, la inteligencia de mi corazón, para no encerrarme en mis razonables certezas y permanecer abierto a las exigencias de tu Palabra, novedad inagotable.

 

 

CONTEMPLATIO

        Los hombres sabios y de gran ánimo ponen su cabeza, con humildad, bajo el yugo de la obediencia, pero los tontos se lo sacuden y no se adaptan a obedecer. Considero más importante obedecer por amor de Dios a quien está por encima de mí que obedecer al Creador mismo, aunque anunciara directamente a alguien su voluntad. Los que han puesto la cabeza bajo el yugo de la obediencia y, a continuación, diciendo que pretenden seguir la vía de la perfección, se lo sacuden, dan signos de que en el fondo de su alma se esconde una gran soberbia (Egidio di Assisi, / detti, Milán 1964, pp. 128ss).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «La obediencia vale más que el sacrificio» (1 Sm 15,22).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El Señor no viene a limitarnos, a despojarnos; es más, hace que, adhiriéndonos a él, podamos crecer. Revelándose como el Dios-amor, invita a nuestra libre voluntad para que dé una respuesta que sea obediencia de fe y de amor. [...]

        El espíritu filial que anida en nosotros nos hace verdaderamente capaces de llamar al Padre y obedecerle. Si en algunas ocasiones nos mostramos como niños caprichosos, no ha de asaltarnos ningún temor: el Padre sabe mostrarse paciente y corregir con amor. Acepta como una gran cosa cualquier pizca de buena voluntad y de santo deseo que vea en el fondo de nuestro corazón, bajo la áspera corteza de nuestra naturaleza indisciplinada y esquiva. A través de los acontecimientos de nuestra vida cotidiana, se entreteje la voluntad de Dios como una tela. Es preciso que esta tela no tenga desgarros. Si los hay -ningún hombre es justo ante Dios-, éste es el remedio: la penitencia, el sacramento de la reconciliación. [...]

        Ahora bien, ¿cómo distinguir de manera adecuada la voluntad de Dios de la nuestra? No siempre resulta fácil. La experiencia de los que nos han precedido en el camino de la fe y de la obediencia nos enseña que, a menudo, la voluntad de Dios requiere un impregnado de renuncia y sufrimiento, la superación de nuestras propias inclinaciones y un confiado abandono que, para la lógica humana, puede parecer deserción del uso de nuestra propia razón y de nuestras propias capacidades. El paso se da en la oscuridad e incluso en la aridez o la repulsa, aunque podemos estar seguros, por la fe, de que en ese caso cumplimos de manera más libre la voluntad de Dios antes que la nuestra (A. M. Cánopi, Sí, Padre, Milán 1999, pp. 69 y 77ss).

 

 

Día 18

  Martes de la II semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 16,1-13

En aquellos días,

1 el Señor dijo a Samuel: - ¿Hasta cuándo vas a estar llorando por Saúl, si yo lo he rechazado como rey de Israel? Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Yo te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque me he elegido un rey entre sus hijos.

2 Samuel preguntó: - ¿Cómo voy a ir? Si se entera Saúl, me mata. El Señor le contestó: - Llevarás contigo una ternera y dirás: «He venido para ofrecer un sacrificio al Señor».

3 Invitarás a Jesé al sacrificio y yo te indicaré lo que tienes que hacer; me ungirás al que yo te diga.

4 Samuel hizo lo que le había dicho el Señor. Cuando llegó a Belén, los ancianos de la ciudad salieron preocupados a su encuentro y le dijeron: - ¿Es para bien tu venida?

5 Respondió: - Sí, he venido para ofrecer un sacrificio al Señor. Purificaos y venid conmigo al sacrificio. Él purificó a Jesé y a sus hijos y los invitó al sacrifico.

6 Al entrar ellos, vio a Eliab y se dijo: «Seguramente, éste es el ungido del Señor».

7 Pero el Señor dijo a Samuel: - No te fijes en su aspecto ni en su gran estatura, que yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón.

8 Después, Jesé llamó a Abinadab y le hizo pasar delante de Samuel, que dijo: - Tampoco es éste el elegido del Señor.

9 Jesé hizo pasar a Sama, pero Samuel dijo lo mismo: - Tampoco es éste el elegido del Señor.

10 Jesé hizo pasar a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel le dijo: - A ninguno de éstos ha elegido el Señor.

11 Entonces, Samuel preguntó a Jesé: - ¿Son éstos todos tus muchachos? Él contestó: - Falta el más pequeño, que está guardando el rebaño. Samuel le dijo: - Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que haya venido.

12 Jesé mandó a por él. Era rubio, de hermosos ojos y de buena presencia. El Señor dijo: - Levántate y úngelo, porque es éste.

13 Samuel tomó el cuerno del aceite y lo ungió en presencia de sus hermanos. El espíritu del Señor entró en David a partir de aquel día. Samuel se puso en camino y volvió a Rama.

 

        **• Samuel, afligido por el fin miserable de Saúl, representa al hombre desalentado que añora el pasado y se deja dominar por el abatimiento. Dios le anima y emprende con él una nueva historia. El profeta, de manera semejante a Abrahán, debe partir sin saber a dónde  va, mostrándose disponible a las indicaciones de la voluntad de Dios que se le manifiesten. El Señor no nos rechaza ni nos vuelve la espalda. Dios actúa con absoluta libertad, suscitando la sorpresa. Sólo Él conoce el corazón de los hombres y los valora con verdad. Y no sólo esto: también puede actuar a través de personas desaventajadas, por motivos sociales, culturales e incluso por motivos morales (como hará con san Pablo).

 

Evangelio: Marcos 2,23-28

Sucedió que

23 un sábado pasaba Jesús por entre los sembrados, y sus discípulos comenzaron a arrancar espigas según pasaban.

24 Los fariseos le dijeron: - ¿Te das cuenta de que hacen en sábado lo que no está permitido?

25 Jesús les respondió: - ¿No habéis leído nunca lo que hizo David cuando tuvo necesidad y sintió hambre él y los que lo acompañaban?

26 ¿Cómo entró en la casa de Dios en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la ofrenda, que sólo a los sacerdotes les era permitido comer, y se los dio además a los que iban con él?

27 Y añadió: - El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.

28 Así que el Hijo del hombre también es señor del sábado.

 

 

        **• Este breve relato pretende resaltar la autoridad definitiva de Jesús. Marcos no se muestra claro en absoluto al establecer el objeto de la transgresión de los discípulos. Quizás no hubieran debido trabajar en sábado para prepararse la comida, sino haber previsto ya esto el día anterior. De todos modos, es a Jesús, más que a los discípulos, a quien se pone en tela de juicio. Por otra parte, aparece una comparación entre él y David.

        Si, por motivos superiores, el antiguo rey podía pasar por encima de la Ley, mucho más puede hacerlo Jesús. Más aún, Jesús posee una autoridad tal que puede abrogar el sábado y sustituirlo por otro día de fiesta. Todo esto no está precisado con claridad, aunque se capte con claridad en los pliegues del discurso.

 

MEDITATIO

        Dios se revela como el Señor del tiempo y de la historia: es libertad absoluta, no reducible a ninguna medida humana, ni siquiera religiosa. La libertad soberana de Dios coincide con su amor, un amor que se manifiesta en la predilección por los más pequeños, en mirar más allá de las apariencias, en el reconocimiento del primado de la persona humana afirmado en la creación y nunca desmentido. Me pregunto si me muestro en mi vida realmente como hijo de este Dios, si acojo su libertad esclava del amor y la hago mía.

        Las decisiones de Dios me desorientan cuando infringen -o por lo menos ponen en crisis- el statu quo. Es más sencillo referirme a reglas claras y precisas que poner en el centro a la persona, a toda persona, cada una con sus exigencias, con sus características, que pueden resultarme instintivamente desagradables, que puedo considerar inadecuadas... La Palabra de Dios me invita y me provoca hoy a ser capaz de discernir la verdad de las cosas, recordándome que Dios es Señor de todo.

 

 ORATIO

        Ven, Espíritu Santo. Me confío a tu soplo: enséñame a moverme en los espacios de Dios, donde los pequeños son los mayores, donde la atención al otro vale más que la Ley escrita. Ayúdame a discernir lo que cuenta, más allá de cualquier apariencia, bajo cualquier resplandor inmediato, más allá de cualquier voz seductora o convincente.

        Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, que no me quede prisionero de mis ideas sobre el hombre o sobre Dios, hasta el punto de que, por miedo a tener que modificarlas, pueda dejar de encontrar al hombre, de encontrar a Dios...

 

CONTEMPLATIO

        Comprendo que los más pequeños acontecimientos de nuestra vida están dirigidos por Dios. [...] Cuando nuestra buena Madre me propuso convertirme en su ayudante, lo confieso, hermano, me quedé vacilante.

        Considerando las virtudes de las santas carmelitas que me rodean, me parecía que la Madre habría servido mejor a sus intereses espirituales escogiendo a otra hermana en vez de a mí; sólo el pensamiento de que Jesús no se habría fijado tanto en mis obras imperfectas como en mi buena voluntad me hizo aceptar el honor de participar en sus trabajos apostólicos. No sabía entonces que había sido él mismo, nuestro Señor, que se sirve de los instrumentos más ineptos para llevar a cabo sus maravillas, quien me escogió (Teresa de Lisieux, Lettere, en Gli scritti, Roma 1970, p. 693 [edición española: Cartas, Editorial Monte Carmelo, Burgos 1954]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón» (1 Sm 16,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Todos los movimientos naturales están regidos por leyes análogas a las de la gravedad material. Sólo la gracia constituye una excepción. Es preciso esperar siempre que las cosas sucedan en conformidad con la gravedad, salvo intervención de lo sobrenatural.

        Gravedad. En general, lo que esperamos de los otros está determinado por los efectos de la gravedad en nosotros; lo que recibimos de ellos está determinado por los efectos de la gravedad en ellos. En algunas ocasiones (por casualidad), ambos hechos coinciden; con frecuencia, no. [...] El hombre tiene la fuente de su energía moral, así como la de su energía física (alimento, respiración) en el exterior. Por lo general, la encuentra, y eso le crea la ilusión -incluso respecto a su propio físico- de que su ser lleva en sí mismo el principio de su propia conservación. Sólo la privación hace sentir la necesidad. Y, en caso de privación, no se le puede impedir dirigirse hacia cualquier objeto comestible.

        Existe un solo remedio: una clorofila que le permita alimentarse de luz. No juzgar. Todas las culpas son iguales. Existe una sola culpa: no tener la capacidad de alimentarse de luz. Porque, una vez abolida esta capacidad, son posibles todas las culpas. Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envía. No existe el bien fuera de esta capacidad (S. Weil, L'ombra e la grazia, Milán 31 996, pp. 15-17 [edición española: La gravedad y la gracia, Editorial Trotta, Madrid 1994]).

 

 

Día 19

  Miércoles de la II semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 17,32-33.37.40-51

En aquellos días,

32 David dijo a Saúl: - Que nadie se desanime a causa de ese filisteo. Tu siervo irá a batirse con él.

33 Saúl le respondió: - Tú no puedes ir a batirte con ese filisteo, porque eres un muchacho, mientras que él es un guerrero desde su juventud.

37 Pero David le replicó: - El Señor, que me ha librado de las garras del león y de las zarpas del oso, me librará de las manos de ese filisteo. Entonces Saúl le dijo: - ¡Vete, y que el Señor te ayude!

40 Tomó su cayado, escogió en el torrente cinco cantos bien lisos y los metió en su zurrón, y con la honda en la mano se dirigió hacia el filisteo.

41 El filisteo se iba acercando poco a poco a David, precedido de su escudero.

42 Al ver a David, se burló de él, porque era joven, rubio y de buena presencia.

42 El filisteo dijo a David: - ¿Es que soy un perro, para que vengas contra mí con un cayado?

43 Y maldijo a David invocando a sus dioses.

44 Después, le dijo: - Acércate, que yo daré tus carnes a las aves del cielo y a las bestias del campo.

45 David le respondió: - Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre del Señor todopoderoso, el Dios de los ejércitos de Israel, a quien tú has desafiado.

46 Hoy mismo te entregará el Señor en mi poder, te mataré y te cortaré la cabeza. Y hoy mismo daré tu cadáver y los cadáveres del ejército filisteo como pasto a las aves del cielo y a las bestias de la tierra. Toda la tierra sabrá que Israel tiene un Dios.

47 Y toda esa multitud aprenderá que el Señor no salva con espada ni con lanza; él es el Señor de la guerra y os entregará en nuestro poder.

48 Cuando el filisteo se dispuso a avanzar contra David, éste salió corriendo a su encuentro,

49 metió la mano en el zurrón y cogió una piedra; la lanzó con la honda e hirió al filisteo en la frente. La piedra se le clavó en la frente y cayó de bruces en tierra.

50 Así, con la honda y la piedra, venció David al filisteo. Lo mató de un golpe, sin empuñar la espada.

51 David fue corriendo hasta donde estaba el filisteo, le sacó la espada de la vaina, lo remató y le cortó la cabeza. Los filisteos, al ver muerto a su héroe, se dieron a la fuga.

 

        **• El choque entre los que se desafían es interpretado como una confrontación entre el Dios vivo y los dioses impotentes, de suerte que se pueda reconocer con claridad la presencia activa de Dios e invitar a todos al reconocimiento de su esplendor. La perícopa pone de relieve tres elementos: la fe de David, que hace frente a una situación ignominiosa para el pueblo y para la fe en Dios; la impotencia del muchacho, pero también su fe en la Providencia (experimentada ya en muchas ocasiones); el contenido religioso del desafío que se basa en la confrontación entre los dioses y el único Dios verdadero. De este modo, aparece con toda nitidez que una fe auténtica puede hacer frente y solucionar las dificultades más erizadas.

 

Evangelio: Marcos 3,1-6

En aquel tiempo,

1 entró de nuevo Jesús en la sinagoga y había allí un hombre que tenía la mano atrofiada.

2 Le estaban espiando para ver si lo curaba en sábado y tener así un motivo para acusarle.

3 Jesús dijo entonces al hombre de la mano atrofiada: - Levántate y ponte ahí en medio.

4 Y a ellos les preguntó: - ¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o destruirla? Ellos permanecieron callados.

5 Mirándoles con indignación y apenado por la dureza de su corazón, dijo al hombre: - Extiende la mano. Él la extendió, y su mano quedó restablecida.

6 En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para planear el modo de acabar con él.

 

        **• Se nos da a conocer en este texto la quinta y última controversia de Jesús con sus adversarios. El clima ha degenerado: el Maestro parece indignado y amargado; sus interlocutores se muestran obstinados y rencorosos, hasta proyectar la eliminación física de su adversario.

        Por una parte, Jesús lleva a cabo con una fidelidad extrema su ministerio profético, haciendo frente de manera valiente a la situación (vuelve a entrar en la sinagoga, pone al enfermo en el centro de la sala, continúa proponiendo una institución sabática que esté al servicio del hombre); por otra, se rechaza toda incitación a reconsiderar su figura y a plantear la posibilidad de la autenticidad de su mensaje. El drama vivido en esta ocasión se repetirá más veces hasta el final. Hacer bien al hombre le cuesta a Dios la eliminación de su propio Hijo.

 

 MEDITATIO

        La Palabra de Dios nos habla hoy de victoria: la victoria de David sobre el filisteo; la de Jesús sobre la parálisis del hombre y sobre la interpretación opresiva de la Ley por parte de los fariseos. La victoria es el desenlace positivo de una lucha: en los episodios que nos ha presentado la Escritura podemos leer nuestras experiencias personales de lucha.

        Es posible que en alguna ocasión nos hayamos encontrado en situaciones que hemos sentido como superiores a nosotros; tal vez, hemos sentido que nos encontrábamos en dificultades que se presentaban como superiores a nuestras fuerzas, frente a las que considerábamos inadecuados los medios que estaban a nuestra disposición. O bien nos hemos sentido en alguna ocasión bloqueados, incapaces de actuar, condenados a la impotencia, reducidos a objetos de la fría conmiseración de los otros.

        La Palabra del Señor nos alcanza, precisamente, en situaciones de este tipo y nos invita a atrevernos a lo que a nosotros nos parece imposible: a atrevernos en el nombre del Señor, esto es, contando con su fuerza, con la capacidad que él nos comunica con su Espíritu.

        Es preciso que nos expongamos tal como somos, con nuestros escasos medios, con nuestros límites, con nuestras parálisis; es preciso que entremos en juego sin esperar ser idóneos para hacerlo. Y pase lo que pase.

        Y contra toda previsión razonable, la lucha se convierte en victoria, una victoria que, para nosotros –y tal vez también para los que tenemos cerca-, tiene la forma de la liberación de las presuntas o reales esclavitudes interiores.

 

ORATIO

        Te alabo, Señor, porque me invitas continuamente a crecer, a dar un paso adelante y, a continuación, otro más. No hay impedimentos de talla: tú me has creado para que fuera una persona viva, y nada puede ser obstáculo para tu proyecto.

        Te alabo porque me liberas de todo miedo que me bloquee, de todo sentido de inferioridad que me paralice: cuando acojo tu Palabra dispuesto a darle cuerpo en mi vida, sin reservas, me doy cuenta de que sales victorioso en mí.

        Te alabo porque también en mí y a través de mí continúas obrando tus maravillas de amor, de bien, de vida, y llevas la liberación a otros hermanos.

 

CONTEMPLATIO

        Te muestro un camino espiritual que no necesita fatiga o lucha del cuerpo, aunque exige fatiga del alma, atención del intelecto y pensamiento vigilante, y se sirve del auxilio del temor y del amor de Dios. Con este método podrás poner en fuga fácilmente a toda la falange de los enemigos, como el bienaventurado David –uno solo- mató al gigante de los filisteos mediante la fe y la confianza en Dios. [...] Si quieres conseguir la victoria y poner en fuga fácilmente a la falange de los filisteos espirituales, entra en ti mismo mediante la oración y la sinergia de Dios, sumérgete en las profundidades del corazón, localiza a estos tres poderosos gigantes del diablo, a saber: el olvido, el descuido y la ignorancia, apoyo de los filisteos espirituales. (Marcos el Asceta, Lettera al Monaco Nicola, en La Filocalia, Turín 1982,1, pp. 225ss [edición española: La filocalia de la oración de Jesús, Sígueme, Salamanca, '1998]).

 

 ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo voy contra ti en nombre del Señor» (1 Sm 17,45).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En mi clase -cuenta en una carta [su autora es Rose, una muchacha ugandesa de diecinueve años, estudiante de una escuela media superior]- se sentaban conmigo en el mismo banco cinco muchachas bagando [la tribu más importante del sur del país, situada en la región de Kampala]. Un día decidieron echarme. Llamaron a sus amigas bagando y ocuparon mi sitio. Cuando llegué, empezaron a insultarme diciendo que era buciga y que toaos los buciga, los batolo y los balongo [todas ellas tribus del norte] debían volverse a su tierra. Entonces intervino una muchacha del norte: «Si es así, ¿cómo es posible que estemos en el poder? ¿No veis que no habéis conseguido ni siquiera gobernar vuestro propio territorio? Salvo prueba en contrario, el presidente no es bagando» [Obote, que gobernaba por entonces en Uganda, pertenecía, en efecto, a la tribu de los lango, tribu del norte].

        Inmediatamente después -prosigue el relato de Rose-, se produjo una agitación en la clase. La muchacha del norte estaba decidida a llegar a las manos y me invitó a que la acompañara. «¡Vamos a pegarles!», me dijo. Yo la retuve. «No, no debemos comportarnos como ellas. "Perdónales, poraue no saben lo aue hacen". ¿Acaso somos diferentes nosotras de ellas? ¿Es posible que alguna tenga tres ojos y las otras dos? ¿Acaso no somos hijas del mismo Creador?». La invité a que rezara conmigo, a fin de que el Señor cambiara sus corazones. Pasado este episodio, busqué otro sitio, pero después me pregunté: «¿Por qué no escapó Jesucristo cuando fue insultado por la gente, sino que se quedó con ellos? Yo, sin embargo, estoy huyendo de estas muchachas porque me insultan. ¿Cómo podrán darse cuenta de que las quiero bien?».

        Regresé y volví a sentarme detrás de ellas. Dirigí una plegaria en silencio a María y también las muchachas permanecieron tranquilas. Durante el recreo, intenté saludar y hablar con una de ellas. Cuando llegué a casa, le pedí a la Virgen María que cambiara el corazón de mis condiscípulos. Al volver a la escuela, una de ellas, llamada Angela, se levantó y me preguntó: «¿Cómo estás, Rose?». Respondí a su saludo de manera cordial. Las otras estudiantes se quedaron estupefactas al ver que Angela me saludaba, y me dijeron: «Es posible que esa muchacha quiera darte veneno. No vayas con ella». Yo recé con el corazón y empecé a conversar y a jugar con ellas. Una muchacha se les acercó y dijo: «¿Por qué jugáis con ella? ¿No sabéis que es una guerrillera?». Yo le respondí que todos éramos criaturas de Dios. Toda la clase se quedó sorprendida al verme jugar con ellas y vernos amigas. Si alguna trae dulces o avellanas, las comparte con las otras, y yo hago lo mismo. Cuando otras estudiantes preguntan el porqué, mis amigas responden: «Lo pasado, pasado. Rose nos ha dicho que todos somos criaturas de Dios, y es verdad» (E. Castelli, La difficile speranza, Milán 1986, pp. 49ss [edición española: Uganda: la difícil esperanza, Encuentro, Madrid 1987]).

 

 

Día 20

 Jueves de la II semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 18,6-9;19,1-7

En aquellos días,

18,6 cuando volvían, después de haber matado David al filisteo, las mujeres de todas las ciudades de Israel salían cantando y danzando al encuentro del rey Saúl al son alegre de panderos y arpas.

7 Y las mujeres cantaban a coro: «Saúl mató a mil, David a diez mil».

8 Saúl se irritó mucho y, muy airado por estas palabras, decía: - A David le dan diez mil y a mí me dan mil; ya sólo le falta ser rey.

9 Y a partir de aquel día, Saúl miró a David con malos ojos.

19,1 Saúl comunicó a su hijo Jonatán y a todos sus servidores su intención de matar a David. Pero Jonatán, hijo de Saúl, que quería mucho a David,

2 se lo fue a decir: - Saúl, mi padre, trata de matarte. Así que estáte alerta mañana por la mañana; vete a un lugar oculto y escóndete.

3 Yo saldré y estaré al lado de mi padre en el campo donde tú estés. Hablaré de ti a mi padre para ver lo que piensa, y te informaré.

4 Jonatán habló bien de David a su padre Saúl. Le dijo: - ¡Que el rey no ofenda a su siervo David! El no te ha ofendido; al contrario, sus acciones te han sido muy útiles.

5 Expuso su vida, mató al filisteo y el Señor dio una gran victoria a todo Israel. Tú mismo lo viste y te alegraste. ¿Por qué has de hacerte responsable de la muerte de un inocente matando a David sin motivo?

6 Saúl escuchó las palabras de Jonatán e hizo este juramento: - ¡Juro por el Señor que no morirá!

7 Jonatán llamó a David y le contó todo esto; después, le llevó ante Saúl, y David estuvo a su servicio como antes.

 

 

        *•• Los versículos de la primera parte de la lectura, extrapolados del capítulo 18, narran la irrupción de un agudo sentimiento de celos por parte del rey Saúl contra David. En compensación, surge la gracia divina, que actúa ahora de modo claro en la vida de David; gracias a su valor, se está afirmando como el elegido del Señor. Saúl, por el contrario, se muestra más interesado por su prestigio personal que por el beneficio de la nación a la que debería servir.

        Los versículos tomados del capítulo 19 presentan, sin embargo, la mediación llevada a cabo por Jonatán ante Saúl. Impulsado por la gran amistad que ha entablado con David, Jonatán consigue superar el espíritu de servilismo y de autodefensa que reina ahora en la corte. Una pasión movida por la envidia arremete al consagrado del Señor y una pasión movida por la amistad lo salva. A través de nuestras pasiones pasan grandes males y grandes bienes. El Señor puede obrar también a través de ellas. Por nuestra parte, es necesario que no las dejemos abandonadas a sí mismas, sino que las pongamos al servicio de un proyecto de amor.

 

 

Evangelio: Marcos 3,7-12

En aquel tiempo,

7 Jesús se retiró con sus discípulos hacia el lago y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea,

8 de Jerusalén, de Idumea, de TransJordania y de la región de Tiro y Sidón acudió a él una gran multitud, al oír hablar de lo que hacía.

9 Como había mucha gente, encargó a sus discípulos que le preparasen una barca, para que no lo estrujaran,

10 pues había curado a muchos, y cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle.

11 Los espíritus inmundos, cuando le veían, se postraban ante él y gritaban:

- Tú eres el Hijo de Dios.

12 Pero él les prohibía enérgicamente que lo descubriesen.

 

 

        *•• Con el pasaje de hoy se abre una nueva sección narrativa (Mc 3,7-6,6) que tiene como escenario de fondo el espacio abierto, mientras que en la precedente se desarrollaban los hechos en la sinagoga o en zonas relacionadas con ella. La actividad de Jesús se propaga; ya no es en absoluto un desconocido, y suscita sensación.

A pesar de este ensanchamiento del horizonte, el entusiasmo acogedor, aunque bastante poco arraigado y profundo, se irá amortiguando hasta convertirse en una actitud de estupor incrédulo (6,6). Entre tanto, Jesús se está preparando una nueva familia compuesta por personas que muestran una disponibilidad más auténtica respecto a él, e inicia una enseñanza particular dirigida a los discípulos.

        La lectura de hoy presenta un eco de la resonancia obtenida por Jesús, que ahora se ha convertido en el centro de la atención. Tiene que defenderse de su misma fama y, por otra parte, no quiere ponerse al servicio de intereses personales, sino al servicio de Dios. Por eso ordena a los demonios que se callen: no tiene que ser considerado como un curandero, sino como el enviado del Padre, que cuenta, recurriendo a todo tipo de experiencias, lo que Dios da a conocer de sí mismo y lo que pide a los hombres, más dispuestos a buscarse a sí mismos que a Dios, incluso en sus actos más clamorosamente religiosos.

 

 

MEDITATIO

        Pasamos con frecuencia por la experiencia de la incomprensión, del equívoco, de los malentendidos. Alguien dice una palabra, hace un gesto atribuyéndole un significado y el interlocutor percibe otro. Sobre esta base se forma una opinión, emite un juicio, elabora unos criterios de valoración. ¡Cuánto sufrimiento se sigue de ahí en ocasiones! Nos sentimos interpretados, no nos sentimos reconocidos ni acogidos en nuestra propia verdad, y eso duele. Y todavía más cuando nos damos cuenta de que nos convertimos en objeto de envidia o celos por el simple hecho de ser como somos. La experiencia de David nos muestra la oportunidad, por lo que a nosotros respecta, de buscar un camino adecuado para proyectar luz en los meandros del corazón, allí donde los celos generan incomprensión.

        El ejemplo de Jesús nos sugiere que no hemos de replegarnos en nosotros mismos, que no hemos de encerrarnos en actitudes de resentimiento y un tanto victimistas. Nos invita, más bien, a continuar recorriendo nuestro camino, sin pretender aclaraciones a toda costa, creyendo que, de todos modos, la verdad acabará triunfando y, antes o después, se impondrá por sí misma. Ahora bien, la Palabra del Señor nos invita también hoy a proyectar luz en nuestro propio corazón; tal vez también nosotros, como Saúl, nos encontremos desviados por el temor de perder prestigio y poder; como la muchedumbre, busquemos a Jesús sólo por obtener ventajas materiales de su presencia. Éste es el momento oportuno para que aparezca la verdad.

 

ORATIO

        Hoy no sé cómo dirigirme a ti, Dios mío, y es que me reconozco en el celoso Saúl, aunque también en el ignorante David. Por eso te pido un corazón grande, te invoco para que seas en mí luz de verdad. Sí, Dios mío, tal vez precisamente por eso tengo una gran necesidad de ser como esos discípulos tuyos que van detrás de ti sin otro motivo que aprender a ser como tú eres.

        Oh luz verdadera, que vea yo el camino justo que he de recorrer y no me desvíe, aunque eso pueda atraerme enemistades. Oh amor de todo amor, que no se me endurezca el corazón, sino que sepa acoger el bien y el éxito de los otros, celebrar su alegría, reconocer en ellos la belleza de tu presencia activa.

 

 

CONTEMPLATIO

        Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo que se abstengan las hermanas de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia, preocupación y solicitud por este mundo, de la difamación y la murmuración, de la discordia y de la división. Sean, en cambio, solícitas para conservar siempre, recíprocamente, la unidad de la caridad mutua, que es el vínculo de la perfección (Clara de Asís, Regola, en Fonti Francescane, Padua 31982, 2.262 [edición española: Escritos de Santa Clara y documentos complementarios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1999]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Enséñame, Señor, a alegrarme del bien» (cf. 1 Sm 19,5).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El temor y la hostilidad no se limitan a los encuentros con los desvalijadores, con los drogadictos o con los anormales. En un mundo invadido por la competición, incluso aquellos que se encuentran muy cerca los unos de los otros, como los compañeros de escuela o de equipo, los actores de una misma compañía, los colegas de trabajo, están infectados por el miedo y por la hostilidad si se sienten, recíprocamente, como una amenaza a la seguridad intelectual o profesional. Muchos de los espacios creados para acercar a la gente y ayudarla a formar una comunidad pacífica degeneran en campos de batalla mental. Los estudiantes en las aulas, los profesores en las reuniones, el personal en los hospitales y los miembros de proyectos comunes se sienten a menudo paralizados por una mutua hostilidad, incapaces de llevar a cabo sus objetivos a causa del miedo, de la sospecha e incluso de una agresión abierta. En ocasiones, las instituciones creadas expresamente para dar vida a un espacio y a un tiempo libres -donde desarrollar las preciosas potencialidades humanas- han terminado siendo tan dominadas por el espíritu de defensa que las mejores ideas y las opiniones más válidas no llegan a expresarse. [...]

        Una gran parte de nuestro mundo se asemeja a un escenario donde la paz, la justicia y el amor son recitados por actores dispuestos, a continuación, a mutilarse unos a otros con una hostilidad recíproca. ¿No hay acaso médicos, sacerdotes, abogados, asistentes sociales, psicólogos y consejeros espirituales que han empezado su actividad con un profundo deseo de servir y, muy pronto, se han convertido en víctimas de una intensa rivalidad y hostilidad tanto en el ámbito personal como en el social? Ministros del culto y sacerdotes que proclaman la paz y el amor desde el pulpito son, después, incapaces de encontrarse cuando se sientan a la mesa en la casa parroquial. Asistentes sociales que intentan resolver litigios familiares se enfrentan con los mismos conflictos en su propia casa. ¿Cuántos de nosotros no estamos agitados por una aprensión interna porque nos sentimos afligidos por los mismos dolores que quienes piden nuestra ayuda?

        Sin embargo, precisamente esta paradoja podría proporcionarnos la facultad que nos permitiría curar. Tras haber visto y reconocido, sin posibilidad de duda, nuestras hostilidades y nuestros  miedos en los otros, podremos estar en condiciones de sentir, desde dentro, el polo hacia el que nos queremos conducir no sólo a nosotros mismos, sino también al prójimo. [...] Apenas hayamos adquirido la sensibilidad necesaria para entrever los dolorosos contornos de nuestra hostilidad, estaremos en condiciones de identificar lo opuesto, hacia lo que estamos llamados a desplazarnos: la hospitalidad. [...] Hospitalidad significa, principalmente, creación de un espacio libre donde pueda entrar el extraño para convertirse en amigo en vez de en enemigo. Hospitalidad no significa cambiar a las personas, sino ofrecerles un espacio donde pueda tener lugar el cambio (H. J. M. Nouwen, Viaggio spirituale per l'uomo contemporáneo, Brescia 1998, pp. 63-65).

 

 

Día 21

Viernes de la II semana del Tiempo ordinario o

santa Ines

           La Depositio martyrum es el primer documento donde se menciona el culto a santa Inés en Roma, en la vía Nomentana, el 21 de enero. Impaciente por sacrificarse a Cristo, la niña murió mártir cuando apenas tenía doce años de edad, en ía segunda mitad del siglo (ti o, más probablemente, a comienzos del IV. Su nombre, Inés, que viene de Agnes («agnella», «corderita») y es la transcripción latina del adjetivo griego hagné («pura», «casta»), fue presagio de su mismo martirio. San Ambrosio en el De Virginibus y en el carmen, el papa Dámaso en el célebre epígrafe y Prudencio en el XIV himno del Perístéphanon presentan versiones que contrastan sobre el suplicio que se le infligió, aunque están de acuerdo en la edad y en el doble mérito de la joven santa.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 24,3-21

En aquellos días,

3 Saúl tomó consigo tres mil hombres escogidos en todo Israel y marchó en busca de David y de su gente hasta las Rocas de las Gamuzas.

4 Cuando llegó a los rediles de las ovejas que hay junto al camino, Saúl entró para hacer sus necesidades en una cueva que hay allí. David y sus hombres estaban en el fondo de la cueva.

5 Los hombres de David le dijeron: - Mira, éste es el día al que se refería el Señor cuando te dijo: «Yo entrego a tu enemigo en tu poder; trátale como te parezca». David se levantó y cortó sigilosamente la orla del manto

de Saúl.

6 Después empezó a latirle fuertemente el corazón por haber cortado la orla del manto de Saúl.

7 Y dijo a sus hombres: - Dios me libre de hacerle daño alguno, porque él es el ungido del Señor.

8 Con estas palabras, David reprimió a sus hombres y no les permitió lanzarse sobre Saúl. Saúl salió de la cueva y prosiguió su camino.

9 Después se levantó David, salió de la cueva y se puso a gritar detrás de él: - ¡Mi señor! ¡Majestad! Saúl miró hacia atrás y David cayó rostro en tierra y se postró.

10 Después dijo a Saúl: - ¿Por qué haces caso a la gente que dice que David busca tu ruina?

11 Hoy mismo puedes ver con tus propios ojos que el Señor te puso en mis manos en la cueva. Me incitaron a matarte, pero yo te he respetado, pues me dije: «No haré daño alguno a mi señor, porque él es el ungido del Señor».

12 Mira, padre mío, mira la orla de tu manto en mi mano. Puesto que he cortado la orla de tu manto y no te he matado, reconoce y comprueba que no hay en mí maldad ni rebeldía y que no he pecado contra ti. Tú, en cambio, intentas a toda costa quitarme la vida.

13 Que el Señor sea nuestro juez y que Él me vengue de ti, pero yo no te tocaré.

14 Como dice el viejo proverbio: «De los malos, la malicia». Pero yo no te tocaré.

15 ¿Contra quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¡A un perro muerto, a una pulga!

16 Que el Señor juzgue y pronuncie sentencia entre nosotros dos. Él examinará, defenderá mi causa y me librará de tu poder.

17 Cuando David terminó de decir estas palabras a Saúl, éste dijo: - ¿Es ésa tu voz, David, hijo mío? Saúl se puso a llorar

18 y dijo a David: - Tú eres inocente y yo no, porque tú me has hecho el bien y yo te hecho el mal.

19 Hoy has demostrado que te portas bien conmigo, pues el Señor me puso en tus manos y no me mataste.

20 Cuando alguien encuentra a su enemigo, ¿lo deja continuar tranquilo su camino? Que el Señor te pague lo que hoy has hecho conmigo.

21 Ahora reconozco que tú serás rey y que la realeza de Israel será estable en tus manos.

 

 

        **• El acto de benevolencia ejercido por David respecto a su adversario, más que un gesto de perdón, es un acto de fe en la acción providencial de Dios, justo juez, que intervendrá para defender, a su tiempo y a su modo, a su «pobre» que es ahora perseguido. La comparación entre ambos pone de relieve, con una enorme claridad, la diversa calidad de los personajes y hace aún más evidente el motivo del repudio de uno y de la elección de otro.

        David, como guerrero y político, ha sentido la tentación de eliminar a su adversario, que ha caído a merced de sus manos, pero se retiene, sabiendo que su vida está guiada por el Señor; no es él quien debe garantizarse su propio futuro a toda costa, incluso cediendo al mal, sino esperarlo pacientemente de Dios. Saúl, por el contrario, quiere tomar las riendas él mismo, hasta el punto de pretender forzar los acontecimientos y planear incluso un crimen, en caso de que le parezca conveniente. Ahora Saúl, observando la diferente calidad de la perspectiva de vida elegida por David con respecto a la suya, puede intuir que es precisamente David alguien con el que Dios puede contar y que la gracia presente en la vida del muchacho héroe le hace capaz de realizar una mejor «justicia» también en las relaciones solidarias entre los hombres.

 

 

Evangelio: Marcos 3,13-19

En aquel tiempo, Jesús

13 subió al monte, llamó a los que quiso y se acercaron a él.

14 Designó entonces a doce, a los que llamó apóstoles, para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar

15 con poder de expulsar a los demonios.

16 Designó a estos doce: a Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro;

17 a Santiago, el hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, a quienes dio el sobrenombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno;

18 a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo

19 y Judas Iscariote, el que lo entregó.

 

        *+• Jesús se constituye una nueva familia (como se sugerirá en 3,35), es decir, según su mensaje, intenta formar un grupo de personas que estén dispuestas a acogerlo, aunque también deba realizar en ellos el milagro de la conversión. Sin embargo, aun cuando al hablar de familia se quiere acentuar la relación personal y afectiva que deberá reinar entre Jesús y sus discípulos, uno a uno, el grupo recibe también de inmediato un valor estructural más amplio: son el nuevo Israel, los que constituirán los fundamentos de la futura Iglesia.

        El evangelista carga de solemnidad el hecho. Tiene lugar sobre el monte, esto es, sobre el lugar típico de la proximidad con Dios. Todo depende de la gracia, y nada de la buena voluntad de los discípulos: Cristo los llama, los elige con una soberanía absoluta, y también es él quien los «constituye» en comunidad. El grupo es convocado para que sus componentes se dirijan a él (v. 13) y, antes que nada, para estar con él (v. 14). El nuevo pueblo se constituye en torno a la persona del Señor, que se sitúa, de manera escandalosa para un judío, como referencia absoluta, asumiendo la función que debería corresponder a la Ley. Sus discípulos reciben su mismo poder de expulsar los demonios, señal de que podrán ser realmente los ejecutores plenipotenciarios en el ejercicio de la fuerza del Evangelio. Aparece, por tanto, el motivo de la misión como prioridad concomitante a la relación personal.

 

 

MEDITATIO

        No sorprenden ya las faltas de fidelidad, por lo frecuentes que son: se falta a una promesa hecha, se traiciona la confianza y la amistad, y todo ello con desenvoltura, como si formara parte de la naturaleza misma de las cosas. La sospecha casi parece obligada en las relaciones humanas, hasta el punto de qué son noticia los gestos de lealtad, que sorprenden las relaciones que se mantienen a lo largo del tiempo y que despierta admiración quien, aun a costa de sacrificios, no falta a la palabra dada.

        Si he sido creado a semejanza del Dios fiel a sus promesas, ¿puedo acaso ser diferente de él? Hoy se me pone a David como ejemplo a quien mirar. Los apóstoles, llamados a vivir con Jesús y a compartir su misión, aprendieron que la lealtad y la fidelidad implican la entrega de sí. No son éstas prerrogativas exclusivas del cristiano; son cualidades humanas que hacen al hombre persona libre, no esclavo de los instintos caprichosos, de las emociones pasajeras y fluctuantes.

        La fe me ayuda en mi formación para la fidelidad precisamente porque me hace conocer al Dios fiel, me hace echar raíces profundas en la roca de los valores que no pasan. Y, de este modo, puedo hacer promesas que duren para siempre. Y así, como los apóstoles, en virtud de la fidelidad de Jesús, puedo comprometerme a permanecer con él para siempre. ¡Palabras duras en este tiempo de la cultura del instante y de lo provisional! El Señor me invita boy a redescubrir la belleza de quien compromete toda su vida por valores que ha reconocido como esenciales. ¿No haré yo lo mismo?

 

 

ORATIO

        Señor, yo soy de los que están contigo desde hace tiempo, pero me doy cuenta de que mi corazón no late aún en sintonía con el tuyo. Tal vez, repito a veces tus palabras, pero con frecuencia no las pongo en práctica.

        Hoy quiero reconocer ante ti la lentitud -quizás también la pereza- con la que procedo para vencer al mal con el bien. Los pensamientos y los deseos de venganza me ocupan, tal vez, de una manera sutil y les doy seguimiento «golpeando» con palabras duras y gestos bruscos a aquellos por quienes me siento herido. Si no pongo en marcha la venganza es porque, a veces, no se me presenta la ocasión propicia...

        Quiero tomar conciencia, Señor, de los proyectos de revancha que formulo de manera silenciosa y convertirlos en magnanimidad. Sé muy bien, Señor, que no los llevaré a buen puerto gracias a mi destreza, sino a tu fuerza, al poder del amor que tú me comunicas y que vence al mal de cualquier modo que se manifieste.

 

 

CONTEMPLATIO

        La opción que hice de sufrir sólo por amor debes hacerla tú también si quieres ser semejante a mí. Así le complace a mi Padre. Fíjate, cuando en Getsemaní salí de la oración tan inflamado de amor, yo mismo fui al encuentro de mis enemigos. Así has de hacer tú también: sal a su encuentro, no temas. Yo fui entregado con un beso de mi amado discípulo. Así tú también debes alegrarte si eres engañada y añigida por quien te quiere bien. [...] Reconoce que tienes que estar mucho más agradecida a los te hacen el mal que a los que te hacen el bien. Aquéllos purifican tu alma, la hacen bella, graciosa, agradable en mi presencia (Camilla Battista da Varano, / ricordi di Gesú, Milán 1985, pp. 59ss).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, haz que seamos capaces de hacer el bien a quien nos hace el mal» (cf. 1 Sm 24,18).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Excelencia:

        Al enviarle el Impegno con Cristo no me esperaba ni un consentimiento ni un cumplido. [...] No pretendo imponer a otros mis puntos de vista personales; es más, gozo con las divergencias de opiniones que encaminan a la discusión y la provocan, si fuera necesario, exponiendo y defendiendo mis ideas con ese calor que sabe a «categórico», dada la poca costumbre, arraigada también entre nosotros, del hablar un tanto franco. Por otra parte, los motivos del libro no son intocables, especialmente ahora que todo es sometido a revisión con tal desconfianza en nuestras consideraciones y con tal radicalismo que nos debería preocupar más seriamente. [...]

        Su Excelencia sabe bien que no soy ni un desilusionado ni un defraudado y aue mi carrera termina con la misa. ¿Acaso le he pedido algo a lo largo de treinta años? ¿Acaso me he quejado de las tareas que me ha confiado? ¿No sería más lógico pensar que si alguien habla de tal modo que pierde la benevolencia de los de fuera y de los de dentro o es un loco o está obligado a decir, con una voz  más fuerte que la que marcan las conveniencias, lo que muchos piensan y no se atreven a decir? [...] No me parece dar mala fama ni a mi diócesis ni a mi obispo; sin embargo, y no una sola vez, he oído decir de mí que «ni siquiera su obispo está contento de usted». Ahora bien, mi obispo no habrá oído que don Mazzolari haya dicho una palabra que no sea afectuosa y de admiración respecto a los suyos y a la diócesis.

        No tengo tiempo para las murmuraciones y las habladurías. Discuto las opiniones, no a las personas, y a rostro descubierto, en voz alta y con tal pasión que puede parecer «una pretensión de infalibilidad». [...] La pena que me produce no contar con su confianza es grande, pero no por eso disminuye mi veneración, y pidiéndole perdón de rodillas por mi audacia, le beso el anillo con el mismo afecto filial. Su sacerdote Primo Mazzolari (P. Mazzolari, Obedientísimo ¡n Cristo... Lettere al Vescovo 7077-1959, Cinisello B. 21996, pp. 153ss y 157).

 

 

Día 22

 Sábado de la II semana del Tiempo ordinario o

San Vicente

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 1,1-4.11-12.17.19.23-27

1 En aquellos días, David, que había vuelto de batir a los amalecitas, estuvo dos días en Sicelag.

2 Al tercer día, llegó un hombre del campamento de Saúl con la ropa desgarrada y la cabeza cubierta de polvo. Al llegar junto a David, se postró rostro en tierra.

3 David le preguntó: - ¿De dónde vienes? Él respondió: - Vengo huyendo del campamento de Israel.

4 David insistió: - ¿Qué ha pasado? Cuéntamelo. Y él contestó: - Los que luchaban se dieron a la fuga; muchos cayeron y murieron. Murieron también Saúl y su hijo Jonatán.

11 Entonces David se rasgó las vestiduras, y todos los que estaban con él hicieron lo mismo.

12 Hicieron duelo, llorando y ayunando hasta la tarde por Saúl y por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor y por la casa de Israel, que habían caído a espada.

17 David entonó esta lamentación por Saúl y por su hijo Jonatán:

19 ¡Ay, Israel! ¡Tu gloria ha sido herida sobre tus montes! ¡Cómo han caído los héroes!

23 ¡Saúl y Jonatán, tan amados y queridos! No se separaron ni en vida ni en muerte, más raudos eran que águilas, más fuertes que leones.

24 Hijas de Israel, llorad por Saúl, que tan lujosamente os vestía de púrpura y recubría con adornos de oro vuestros vestidos.

25 ¡Cómo han caído los héroes en medio del combate! ¡Jonatán, sobre tus montes herido!

26 ¡Qué angustia me ahoga, hermano mío, Jonatán! ¡Cómo te quería! Tu amor era para mí más dulce que el amor de las mujeres.

27 ¡Cómo han caído los héroes, cómo han perecido los guerreros!

 

        **• Emprendemos hoy la lectura del segundo libro de Samuel, tras haber leído, de una manera un tanto sumaria, el primero. El texto presenta la derrota de Saúl o, mejor, el sincero lamento de David por este triste acontecimiento.

        El canto fúnebre parece una elegía guerrera desprovista de elementos religiosos. En realidad, el acontecimiento tiene que ver, en primer lugar, con las vicisitudes del pueblo del Señor, el pueblo liberado de Egipto, constituido por una relación de alianza con Dios y suspendido siempre del hilo de su gracia y su juicio. Todos los hechos que acaecen a este pueblo influyen en su relación con Dios y con su misterio. El lamento de David es la toma de conciencia de la situación irredenta en la que vive Israel en ese momento, dependiente aún del filisteo.

        Por otra parte, el canto revela la nobleza de ánimo del elegido del Señor: preocupado por el pueblo, capaz de admitir la relativa grandeza de su adversario, capaz de sentir ternura fiel hacia su amigo Jonatán. Toda lamentación del pueblo es releída por el Señor como invocación en una dura prueba de fe.

 

 

Evangelio: Marcos 3,20ss

En aquel tiempo,

20 volvió Jesús a casa, y de nuevo se reunió tanta gente que no podían ni comer.

21 Sus parientes, al enterarse, fueron para llevárselo, pues decían: «Está fuera de sí.».

 

        *» La presencia y la actividad del Señor, después de las primeras escaramuzas descritas en las secciones precedentes, adquieren una resonancia notable. Con todo, el clamor y la atención de la gente no conducen necesariamente a la fe. Ahora debe hacer frente Jesús a los primeros rechazos serios. En primera fila aparecen los mismos familiares y parientes, que, preocupados por el buen nombre de la familia, emprenden medidas drásticas para resolver una situación que resulta, por lo menos, embarazosa. No basta la consanguinidad para crear una simpatía con el Evangelio; es preciso formar parte de la consanguinidad por la gracia. El amigo de Dios deberá encontrar, necesariamente, aislamiento y hostilidad; a veces, le vendrá la desconfianza de donde menos podía esperarla.

 

 

MEDITATIO

        ¡Qué doloroso es sentirse juzgados mal por nuestros propios seres allegados! Se hacen añicos las expectativas de los familiares o de los amigos porque somos diferentes de como ellos nos habrían querido y se nos «marca» como personas extrañas, como afectadas por alguna perturbación psíquica... No es raro ser «víctimas» -o «artífices»- de un amor posesivo que no soporta que el amado sea él mismo. Se trata de una experiencia de esclavitud: somos prisioneros de nuestros propios sentimientos infantiles o de los sentimientos infantiles de los otros.

        ¡Qué liberadora resulta, en cambio, una verdadera relación de amistad! El amigo se muestra disponible y abierto a hacer suyos las alegrías y los sufrimientos del otro, sin segundas intenciones, sin intereses egoístas. El amigo sabe ver al otro en su verdad y no pretende plegarlo, forzarlo, asimilarlo a sí mismo. El amigo exalta la calidad del otro. El dolor de David por la muerte de Saúl y de Jonatán nos muestra la intensidad del vínculo de amistad que vivía, un vínculo que se había fortalecido a través de las dolorosas o exaltadoras vicisitudes por las que aceptó pasar. La amistad tiene como precio la entrega de nosotros mismos, una entrega continua, reafirmada en cada momento crucial de la existencia. Y tiene una ganancia inconmensurable: la experiencia del amor.

 

 

ORATIO

        Te doy gracias, oh Dios, por todos aquellos que me has dado como amigos y por todos aquellos de quienes me has hecho amigo: hombres y mujeres que, con su presencia fiel, me han hecho conocer algo de mí mismo y algo de ti.

        Te doy gracias por la alegría que han proporcionado a mis días y también por el dolor que hemos soportado juntos. Con ellos he aprendido que todo lo que comparto resulta multiplicado y que «dar» sin esperar nada a cambio se transforma en un «recibir» rebosante. Te doy gracias por todos y cada uno de mis amigos, cada uno con su particular modo de ser luz de amor y de esperanza en mi historia. Y quisiera pedirte por quienes no han conocido la amistad o ya no consiguen fiarse después de una experiencia de amistad traicionada. Hazte reconocer -siempre- a cada amigo herido tal como eres: como el Amigo. Jesús, haz resonar en el corazón de todos aquellas palabras que dijiste un día a los discípulos: «Os he llamado amigos».

 

 

CONTEMPLATIO

        [Los signos] que brotan de los corazones que aman y se sienten amados, y se expresan con la conducta, con las palabras, con la mirada y con mil gratísimos gestos, funden juntos como una llama los ánimos y de muchos hacen uno solo. Éstas son las cosas que amamos en los amigos, y las amamos de tal modo que nos sentimos culpables en conciencia si al amor no le respondemos siempre con el amor. De ahí el luto cuando muere un amigo, las tinieblas del dolor, la dulzura que se transforma en amargura, el corazón henchido de llanto y el sentido de muerte que arrebata a los vivos por la pérdida de la vida del que muere.

        Bienaventurado quien te ama y en ti ama al amigo y al enemigo en tu nombre. Sólo él, en efecto, es quien no pierde nunca a ninguna persona querida, porque quiere a todos en aquel a quien no perdemos nunca, a saber: nuestro Dios (Agustín de Hipona, Le confessione, Milán 61993, p. 132 [edición española: Las confesiones, Ediciones Palabra, Madrid 1988]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Concédeme, Señor, el bien precioso que es un amigo» (cf. 2 Sm 1,26).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ...Después está la gracia de la amistad, el don, o el drama, de la amistad; el sufrimiento, la cruz, la búsqueda, la necesidad biológica de la amistad. [...] Fijaos en el riesgo de las soledades más pavorosas y sórdidas de los hombres que están en el poder: la soledad que sienten, a veces, los obispos, los sacerdotes... ¡Dios mío, qué desiertos! Todos los que están en torno al poder son amigos inútiles y enemigos terribles. No hay ni uno que sepa en quién puede confiar y en quién no; ni tú sabes distinguir cuándo son amigos verdaderos. Pensad en la soledad de un pontífice, en la soledad de un emperador... Nadie es verdadero hermano hasta que no se convierte en amigo del hermano. Y es que la amistad pertenece al orden del Espíritu, mientras que la fraternidad, la paternidad, la maternidad, la filiación y cualquier tipo de parentesco pertenecen al orden de la sangre o, al menos, también al orden de la sangre.

        Nada, nada resulta más insidioso que la sangre, nada resulta más interesado, ambiguo e incierto (al contrario que la amistad). Desconfiad de la sangre, de la familia de la sangre; desconfiad de los instintos, y también de la razón (no desconfiéis nunca de la inteligencia, ni de la sabiduría, ni de la intuición).

        Los santos son todos amigos: amigos de Dios y amigos del hombre. «¡Aquél es un amigo!» «Nadie es más amigo que quien da la vida por el hermano.» Lo supo David -para seguir dentro de la corriente de la Biblia- cuando perdió a Jonatán: «Jonatán... tu amistad era para mí más dulce que el amor de las mujeres. Oh montes de Gelboé, que ni el rocío ni la lluvia os bañe ni os riegue...» porque ha muerto el amigo. Lo supo Cristo, que buscó un amigo durante toda su vida y no lo encontró... (D. M. Turoldo, Amare, Cinisello B. 1990, pp. 75-77).

 

 

Día 23

 III domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Nehemías 8,2-4a.5-6.8-10

2 El día primero del séptimo mes, el sacerdote Esdras trajo el libro de la ley y, ante la asamblea compuesta por hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón,

3 lo estuvo leyendo en la plaza de la Puerta de las Aguas desde la mañana hasta el mediodía. Todo el pueblo, hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón, escuchaban con atención la lectura del libro de la ley.

4 Esdras, el escriba, estaba de pie sobre un estrado de madera levantado al efecto.

5 Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo, pues estaba más alto que todos, y, al abrirlo, todo el pueblo se puso en pie.

6 Esdras bendijo al Señor, el gran Dios, y todo el pueblo, alzando las manos, respondió: -Amén, amén. Después se postraron y, rostro en tierra, adoraron al Señor.

8 Leían el libro de la ley de Dios clara y distintamente, explicando el sentido, para que pudieran entender lo que se leía.

9 El gobernador Nehemías, el sacerdote escriba Esdras y los levitas que instruían al pueblo dijeron a todos: -Este día está consagrado al Señor, nuestro Dios: no estéis tristes ni lloréis. Porque todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la ley.

10 Nehemías añadió: -Id a casa y comed manjares apetitosos, bebed licores dulces y mandad su porción a los que no han preparado nada, pues este día ha sido consagrado a nuestro Señor. ¡No os aflijáis, pues el Señor se alegra al veros fuertes!

 

        *• Corre el año 444 a. de C. y en Jerusalén, por vez primera después del exilio, se ha reunido el pueblo en asamblea festiva para celebrar la liturgia de la Palabra, a la que sigue una comida en común. En el texto, que habla de la promulgación de la ley realizada por el sacerdote y escriba Esdras, tenemos la estructura tradicional de la asamblea litúrgica. La alianza se celebra con alegría, pero con la mirada dirigida hacia el futuro: el pueblo eleva su alabanza a Dios (v. 6); a continuación, el escriba, desde arriba del estrado de madera, abre el libro de la ley, y algunos lectores elegidos proclaman fragmentos del Deuteronomio frente a toda la asamblea, en escucha silenciosa. Sigue la explicación del texto con unas palabras de actualización sobre la observancia religiosa del pacto (w. 4ss). El pueblo - a la escucha de la Palabra de Dios, una palabra que compromete- entra en un proceso de conversión, llora su propio pecado y la traición infligida a la alianza (v. 9). Esdras interviene entonces y, reconociendo el sincero arrepentimiento del pueblo, invita a todos a la alegría, a la fiesta y al banquete en honor del Señor: «Este día está consagrado al Señor, nuestro Dios» (v. 10). Hay que desterrar todo duelo o lamento entre el pueblo, porque Dios ha condonado todas las deudas y se ha mostrado misericordioso con su pueblo.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 12,12-3la

Hermanos:

12 Del mismo modo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, por muchos que sean, no forman más que un cuerpo, así también Cristo.

13 Porque todos nosotros, judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido un mismo Espíritu en el bautismo, a fin de formar un solo cuerpo, y todos hemos bebido también del mismo Espíritu.

14 Por su parte, el cuerpo no está compuesto de un solo miembro, sino de muchos.

15 Si el pie dijera: «Como no soy mano, no soy del cuerpo», ¿dejaría por esto de pertenecer al cuerpo?

16 Y si el oído dijera: «Como no soy ojo, no soy del cuerpo», ¿dejaría por esto de pertenecer al cuerpo?

17 Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿cómo podría oír? Y si todo fuera oído, ¿cómo podría oler?

18 Con razón Dios ha dispuesto cada uno de los miembros en el cuerpo como le pareció conveniente.

19 Pues si todo se redujese a un miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?

20 Por eso, aunque hay muchos miembros, el cuerpo es uno.

21 Y el ojo no puede decir a la mano: «No te necesito», ni la cabeza puede decir a los pies: «No os necesito».

22 Al contrario, los miembros del cuerpo que consideramos más débiles son los más necesarios,

23 y a los que consideramos menos nobles los rodeamos de especial cuidado. Asimismo, tratamos con mayor decoro a los que consideramos más indecorosos,

24 mientras que los que son presentables no lo necesitan. Dios mismo distribuyó el cuerpo dando mayor honor a lo que era menos noble,

25 para que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocupen los unos de los otros.

26 ¿Que un miembro sufre? Todos los miembros sufren con él. ¿Que un miembro es agasajado? Todos los miembros comparten su alegría.

27 Ahora bien, vosotros formáis el cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte es un miembro.

28 Y Dios ha asignado a cada uno un puesto en la Iglesia: primero están los apóstoles, después los que hablan en nombre de Dios, a continuación los encargados de enseñar, luego vienen los que tienen el don de hacer milagros, de curar enfermedades, de asistir a los necesitados, de dirigir la comunidad, de hablar un lenguaje misterioso.

29 ¿Son todos apóstoles? ¿Hablan todos en nombre de Dios? ¿Enseñan todos? ¿Tienen todos el poder de hacer milagros

30 o el don de curar enfermedades? ¿Hablan todos un lenguaje misterioso o pueden todos interpretar ese lenguaje?

31 En todo caso, aspirad a los carismas más valiosos.

 

*» Este texto de Pablo presenta a la comunidad cristiana como el «cuerpo» de Cristo. Su densidad eclesiológica es sorprendente. Veamos algunos de sus rasgos característicos.

El cuerpo es «uno», pero hay en él una rica pluralidad y diversidad de miembros. El fundamento del cuerpo se encuentra únicamente en Cristo: «Así también Cristo» (v. 12). De este modo, el apóstol nos conduce de golpe a la raíz: la comunidad no es simplemente como un cuerpo; es el cuerpo de Cristo. Antes de desarrollar la comparación, Pablo indica también la razón que nos convierte en cuerpo de Cristo: el bautismo y el don del I espíritu (v. 13). Por consiguiente, en primer lugar está la comunión con el Señor: ésta es la raíz que da razón tanto de la diversidad como de la variedad.

En tercer lugar, Pablo nos dice que las diferencias sociológicas (ser esclavo o libre) e incluso las religiosas (ser judío o pagano) pierden importancia y quedan abolidas. A continuación, afirma que surgen otras diferencias sobre distintas bases: las nuevas diferencias presentes en la comunidad son funciones y servicios, no dignidades y división.

De esta suerte, la originalidad de cada uno de los creyentes no actúa en ventaja propia, sino de toda la comunidad. Las diferencias son necesarias. El cuerpo ya no sería tal si no fuera resultado de miembros diferentes. Así ocurre también con la comunidad: cada uno ejerce en la Iglesia una función insustituible, como cada célula en el organismo humano. En consecuencia, la verdadera amenaza contra la unidad de la Iglesia no procede de la variedad de los dones del Espíritu, sino que, en caso de que la hubiera, provendría del intento de erigirse por encima de los otros por parte de alguno de los dones, o de la negativa a servir, o de la pretensión de prescindir de los demás: «Y el ojo no puede decir a la mano: "No te necesito", ni la cabeza puede decir a los pies: "No os necesito"» (v. 21).

 

Evangelio: Lucas 1,1-4; 4,14-21

1.1 Ya que muchos se han propuesto componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros,

2 según nos lo transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la Palabra,

3 me ha parecido también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición ordenada, ilustre Teófilo,

4 para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido.

14 Jesús, lleno de la fuerza del Espíritu, regresó a Galilea, y su fama se extendió por toda la comarca.

15 Enseñaba en las sinagogas y todo el mundo hablaba bien de él.

16 Llegó a Nazaret, donde se había criado. Según su costumbre, entró en la sinagoga un sábado y se levantó para hacer la lectura.

17 Le entregaron el libro del profeta Isaías y, al desenrollarlo, encontró el pasaje donde está escrito:

18 El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha ungido para anunciar

la Buena Noticia a los pobres;

me ha enviado a proclamar

la liberación a los cautivos

y dar vista a los ciegos,

a libertar a los oprimidos

y a proclamar

un año de gracia del Señor.

20 Después enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos clavados en él.

21 Y comenzó a decirles: -Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar.

 

*»• Tras haber expuesto el objetivo de su evangelio, Lucas, como escritor serio y digno de fe, cuenta el episodio de Nazaret. El evangelista sitúa el discurso en la sinagoga al comienzo de la actividad pública de Jesús y lo convierte en el discurso inaugural y programático del Mesías. Cristo lee el pasaje de Is 61,lss, pero modifica su significado. Hace una lectura actualizadora del texto profético, una lectura que acentúa la obra de liberación y la universalidad de la salvación: «Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar» (v. 21). Jesús, sin realizar aplicaciones morales, atrae la atención sobre el acontecimiento que se está desarrollando: su venida da cumplimiento a la expectativa del profeta. De este modo se proclama Mesías, se identifica con su expectativa, que se cumple «hoy» en su persona.

El «hoy» es, precisamente, la novedad de Jesús. Con él han empezado los últimos tiempos, que se prolongan en el tiempo de la Iglesia y en nuestro tiempo. Por otra parte, la misión que Jesús ha inaugurado está dirigida de un modo particular a los pobres y a los últimos. Como dice Isaías, Jesús dirige la «alegre noticia» a los pecadores, a los oprimidos y a los marginados de toda condición, porque Dios ama a cada hombre, sin diferencias.

Para Cristo, cada hombre vale y es precioso a sus ojos. Frente a Dios no hay marginados; más aún, para él, los últimos serán los primeros que poseerán el Reino y la vida verdadera. Sólo la «noticia» de Jesús es capaz de sacudir e infundir dignidad y esperanza a todo hombre marginado.

 

MEDITATIO

El evangelio de hoy nos pone ante los ojos una puesta en práctica del modelo de celebración litúrgica trazado por la primera lectura. En ella es el mismo Jesús el protagonista principal. Es él quien da su sentido acabado a las palabras proféticas que le entregan como texto para proclamar. Lucas pone así de relieve una de las dimensiones más características de la actividad de Jesús en el cumplimiento de su misión mesiánica: la opción en favor de los más menesterosos.

Basta con echar una mirada, incluso superficial, a los evangelios para darse cuenta de que esta opción preside enteramente su acción. Allí donde Jesús encuentra a un pobre, a un excluido, a un marginado, a un oprimido -tanto por las enfermedades o los malos espíritus como por los otros hombres-, toma posición a favor de él. Así lo hizo con los pecadores, los enfermos, las mujeres, los extranjeros, los niños... Y se explica fácilmente que obrara así, si tenemos presente que su corazón, como el de su Padre del cielo, está lleno de pasión por la vida de todos y, antes que nada, por los que viven peor.

Como el Padre y con él, también Jesús se enternece ante aquellos que han sido dejados «medio muertos» por los caminos de la vida, como le ocurrió al hombre de la parábola del «buen samaritano» (cf. Le 10,30-35), o ante el hijo que, tras haberse alejado con insolencia de su casa, vuelve a ella cansado y extenuado (Lc 15,11-24). Y de la conmoción pasa a la acción de una tierna y solícita acogida.

Este modo de comportarse por parte de Jesús nos interpela seriamente. Nos invita a revisar el modo como nosotros mismos nos comportamos en cuanto personas y en cuanto comunidades que declaran ser sus seguidores. Desde hace algunos años, una ola de pauperismo evangélico está sacudiendo a la Iglesia. Se ha desarrollado en muchos -individuos y grupos, comunidades pequeñas o Iglesias continentales enteras- la conciencia de la llamada al servicio de los más pobres, de los últimos. Estamos llamados a nivel universal, como Iglesia, a hacer nuestra la opción de Jesús por los más menesterosos (cf. Sollicitudo rei socialis). ¿Se ha vuelto esto una realidad en nuestra vida personal y comunitaria? ¿Desemboca todo esto, verdaderamente, en un compromiso serio y concreto, como el de Jesús? Sus palabras deben sacudirnos siempre: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21).

 

ORATIO

Tu ejemplo, Señor, nos impresiona. Al leer los evangelios te vemos realizar, con coherencia y firmeza, las palabras que resumen tu misión, preanunciada desde hacía siglos en la profecía mesiánica de Isaías: te acercas sobre todo a los más pobres y pequeños, a los que encuentras más menesterosos, porque son los más débiles y los más indefensos, porque son despreciados, marginados o excluidos por los otros. Tu amor se muestra universal precisamente porque, como tu Padre, te ocupas preferentemente de ellos. Y te ocupas de ellos no sólo de palabra, sino con hechos concretos y con el ejemplo de tu misma vida. Danos también a nosotros tu Espíritu, el Espíritu con el que el Padre te ungió y el que te impulsa a llevar adelante tu misión en este mundo.

Si él nos impulsa también a nosotros, haremos las obras que tú has hecho e incluso otras más grandes aún (cf. Jn 14,12), al servicio de los pobres y de los pequeños de la humanidad.

 

CONTEMPLATIO

En verdad, hermanos míos, cuando la turbación interior o las angustias nos abatan, encontraremos en las Sagradas Escrituras el consuelo que necesitamos. «Y sabemos que cuanto fue escrito en el pasado lo fue para enseñanza nuestra, a fin de que, a través de la perseverancia y el consuelo que proporcionan las Escrituras, tengamos esperanza» (Rom 15,4). Os lo aseguro: no nos puede sobrevenir ninguna contrariedad, ninguna tristeza, ninguna amargura que, desde el mismo momento en que se abre el texto sagrado, no desaparezca enseguida o no se vuelva soportable. Se trata del campo al que se acerca Isaac al ponerse el sol para meditar; y Rebeca, que ha venido a su encuentro, calma con su dulzura el dolor que había hecho presa en él (Gn 24,64). ¡Cuántas veces, oh Jesús, declina el día y llega la noche! ¡Cuántas veces todo me resulta amargo y todo lo que veo se me convierte en un peso! Si alguien me habla, le escucho con pena. Mi corazón se ha endurecido como una piedra.

¿Qué hacer en momentos semejantes? Salgo para meditar en el campo, abro el libro sagrado, leo e imprimo en esta cera mis pensamientos. Y he aquí que Rebeca –es decir, tu gracia, Señor- viene de inmediato hacia mí y con su luz disipa mis tinieblas, expulsa el dolor, rompe mi dureza. ¡Cuan dignos de compasión son aquellos que, afligidos por la tristeza, no entran en este campo donde se encuentra la alegría! (Elredo de Rievaulx, Omelie su Isaia, 26).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El anuncio del Mesías va dirigido antes que nada a los afligidos. En primer lugar, dispone a los humildes por estar humillados; después, a los abatidos, a los que tienen roto el corazón por las penas; a continuación, se dirige a las cárceles para gritar a los prisioneros la libertad, para abrir los cepos de los atados. El Mesías no distingue entre culpables e inocentes, sino que proclama en su tiempo una amnistía general, que afecta, naturalmente, a los siervos, a los esclavos vendidos.

A Jesús le correspondió leer un sábado estos versículos de Isaías en la sinagoga. Fue en Nazaret, como nos cuenta el evangelio de Lucas. Leyó ante su gente estos versículos plenos de poder y anunciadores de la llegada de grandes cambios. Cuando acabó la lectura declaró que aquellas palabras de Isaías se habían vuelto urgentes, actuales, a través de él, Jesús. Él era el ungido de Dios, el Mesías venido a cumplir en el presente las profecías pendientes. Los presentes se quedaron estupefactos y, después, reaccionaron con hostilidad, expulsándole. Para ellos, era una blasfemia que un hombre se pudiera declarar mesías.

Ahora bien, por encima de esto, estaban espantados por el anuncio de que los versículos de Isaías pudieran cumplirse verdaderamente en su tiempo. Aunque una persona de fe pueda pedir a Dios que venga su Reino y se haga su voluntad, no por ello estará dispuesta a acoger el primero y la segunda. Aquí está el Mesías que consuela a los humildes y a los abatidos y libera a los prisioneros y a los siervos de sus cepos.

Estos versículos de Isaías, como muchos otros, ponen a prueba a las personas de fe: ¿están dispuestas a resistir la venida, el cumplimiento de los tiempos anunciados? Al final, pocos están dispuestos a creer que los versículos de Isaías son actuales. Pocos se comportarían de una manera diferente a los habitantes de Nazaret. Sin embargo, cada generación pasa rozando al Mesías, y corresponde sólo a los creyentes allanar su llegada (E. de Luca, Ora prima, Magnano 1997, pp. 75-77, passim).

 

 

Día 24

  San Francisco de Sales (24 de enero)

 

        Nació en Thorans, un pueblecito de Saboya, en 1567, en el castillo de los señores de Sales. Educado en las virtudes cristianas por su madre, estudió, primero, con los jesuitas de París y, después, en Padua, donde se licenció en Derecho.

    Contrariamente a las expectativas de su padre, que soñaba con que fuera abogado y senador, abrazó el estado eclesiástico y se dedicó, con éxito, a la difícil evangelización de la región de Chablais. Tras ser nombrado obispo de Ginebra, vivió en Annecy, donde, además de una iluminada acción pastoral y de la dirección espiritual de muchas almas, escribió, entre otras, la muy afortunada obra Filotea y también el Teotimo o tratado sobre el amor de Dios, convirtiéndose en uno de los grandes maestros de la espiritualidad cristiana tanto para los laicos como para las personas consagradas. Junto con santa Juana de Chantal, fundó la Visitación. Murió en 1622 y fue proclamado doctor de la Iglesia en 1877.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 5,1-7.10

En aquellos días,

1 todas las tribus de Israel acudieron a David, en Hebrón, y le dijeron: - Somos de tu misma carne y sangre.

2 Ya antes, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú quien guiabas a Israel. El Señor te ha dicho: «Tú apacentarás a mi pueblo; tú serás el jefe de Israel».

3 Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel a Hebrón, donde estaba el rey. David hizo con ellos un pacto en Hebrón ante el Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

4 David tenía treinta años cuando comenzó a reinar, y reinó cuarenta años.

5 En Hebrón reinó sobre Judá siete años y medio; y en Jerusalén, treinta y tres años sobre todo Israel y Judá.

6 El rey y sus hombres marcharon sobre Jerusalén, contra los jebuseos que habitaban el país, y éstos le dijeron: - No entrarás aquí; los ciegos y los cojos bastarán para rechazarte. (Era una manera de decir que David no entraría.)

7 Pero David conquistó la fortaleza de Sión, es decir, la ciudad de David.

10 David iba siendo cada vez más poderoso, y el Señor, Dios todopoderoso, estaba con él.

 

        **• El pasaje incluye dos episodios distintos: la unción de David como rey de Israel (w. 1-5) y la conquista de Jerusalén (w. 6ss), con una conclusión recogida en el v. 10. En los w. lss, las tribus de Israel reconocen por propia iniciativa la soberanía de David, mientras que en los w. 4ss se precisan los datos cronológicos de su reinado.

        El versículo central, con la alianza y la unción del rey, es la cima a la que tiende toda la historia de la ascensión al poder, desde la primera aparición de David en la corte de Saúl. La narración, de una brevedad que frisa en el laconismo, no tiene una intención celebradora, sino que se propone legitimar la subida al trono de David, alejando de él cualquier sospecha de incorrección en la lucha por el poder.

        La conquista de Jerusalén se imponía por razones políticas: dado que estaba situada entre los territorios de Israel y de Judá, y no pertenecía a ninguno de los dos, sino a los jebuseos, podía ser aceptada como capital por los dos socios del nuevo reino. La ciudad fue tomada por la milicia personal de David. Debemos subrayar que no fue sometida ni a Israel ni a Judá, sino que permaneció -por así decirlo- neutral, como centro autónomo del poder del rey. El v. 10 repite el leitmotiv teológico, y podría representar la conclusión originaria de la historia de David, de su tortuoso camino por Jos pastos de Belén a los dominios de Sión. Lo que sigue, con el tema del reino mesiánico eterno, introducido por la profecía de Natán (2 Sm 7), corresponde a otra mano.

 

 

Evangelio: Marcos 3,22-30

En aquel tiempo,

22 los maestros de la Ley que habían bajado de Jerusalén decían: - Tiene dentro a Belzebú. Y añadían: - Con el poder del príncipe de los demonios expulsa a los demonios.

23 Jesús los llamó y les propuso estas comparaciones: - ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás?

24 Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir.

25 Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no puede subsistir.

26 Si Satanás se ha rebelado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, sino que está llegando a su fin.

27 Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear su ajuar si primero no ata al fuerte; sólo entonces podrá saquear su casa.

28 Os aseguro que todo se les podrá perdonar a los hombres, los pecados y cualquier blasfemia que digan,

29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será reo de pecado eterno.

30 Decía esto porque le acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.

 

        *»• El pasaje refiere una de las disputas entre Jesús y los que se le oponen. Al no poder negar la evidencia de los prodigios realizados por Jesús, sus adversarios atacanla naturaleza misma de su poder, insinuando que expulsa a los demonios en nombre de Belzebú (v. 22).

        Jesús hace frente de manera abierta a los que lecalumnian: conoce su pensamiento (cf. Mt 12,25) y los llama para rebatir directamente sus acusaciones o, bien, hablando por medio de «comparaciones» (v. 23).

        Su respuesta, extensa y articulada, es una argumentación típica de escuela que pone de relieve la contradicción en la que incurren sus adversarios. Si fuera Satanás el que expulsa a Satanás, eso querría decir que su poder está llegando a su fin. Con una sutil ironía, Jesús pliega el argumento adverso transformándolo en una profecía inconsciente: el reino de Satanás llega, efectivamente, a su fin porque el Reino de los cielos está cerca; es más, está aquí (w. 24-26). Atar al hombre fuerte y saquear su casa -esto es, liberar al endemoniado del poder de Satanás y a los pecadores de la esclavitud del pecado- constituye, precisamente, el signo del reconocimiento de que obra en nombre de Dios. Confundir, de modo artero, las cosas y atribuir al «espíritu inmundo» (v. 30), en vez de al Espíritu de Dios, la acción liberadora de Jesús es la blasfemia contra el Espíritu Santo. Una blasfemia que no puede ser perdonada, porque es la negación consciente y voluntaria del amor de Dios.

 

 

MEDITATIO

        La primera lectura subraya la acción unificadora de David, que, asumiendo el poder sobre las tribus del norte y del sur y conquistando Jerusalén, construyó el reino de Israel. En la perícopa del evangelio describe Jesús el «reino dividido» de Satanás, a fin de mostrar el poder del Espíritu. La figura del reino dividido y rebelde, del hombre fuerte atado y desautorizado, se contrapone a la imagen del Reino eterno del perdón, contra el que nadie podrá oponerse con éxito y en el que todos encuentran acogida y salvación: «Os aseguro que todo se les podrá perdonar a los hombres, los pecados y cualquier blasfemia que digan» (Mc 3,28). De esta misericordia sin fin sólo podrá excluirnos el misterio terrible de nuestra libertad: sólo quien «blasfema contra el Espíritu Santo», confundiendo al Hijo del hombre con Satanás, «divide» el Reino de Dios y lo hace en sí mismo insignificante e ineficaz.

 

 

ORATIO

        Tu Palabra resulta hoy, Señor, dura. Nos gustaría encontrar siempre en el evangelio dulzura y perdón, nos gustaría sentirnos comprendidos, aceptados, excusados.

        Sentimos fuertemente la tentación de cubrir las páginas terribles de la Escritura, de imaginar un dualismo entre un «Dios vengador» que rechazamos y un «Dios misericordioso» que sería el tuyo, Señor Jesús, y que quisiéramos transformar de Padre en «abuelo».

        Sin embargo, están -también en tu Evangelio, Señor- las palabras de condena. Y es que la conversión que nos propones es seria; no basta con un movimiento superficial del sentimiento. Por eso te invoco: tú, Padre, que te llamas Misericordia, tú que no consideras a nadie un «granuja», sino siempre un hijo amado, encuentra caminos para llegar a nosotros en nuestro escondite y hacernos partícipes de tu mirada sobre nosotros. Tu mirada es una mirada de bondad, una mirada de clemencia, una mirada de comprensión: la única capaz de volver a lanzarnos hacia ti y hacia los hermanos.

 

 

CONTEMPLATIO

        Los fariseos, considerados como especialistas de la Ley, [...] ofrecían sacrificios a los demonios y no a Dios (cf Dt 32,17), diciendo que el Señor tenía un demonio y atribuyendo las obras de Dios a los demonios. [...] Era más bien Belzebú el que hablaba en ellos, haciendo que por los aspectos humanos lo llamaran simplemente hombre, y por las obras que eran propias de Dios no lo reconocieran como tal, sino que en su lugar divinizaron al Belzebú que tenían en ellos, mereciendo así ser atormentados eternamente en el fuego con él. [...]

        Si tal es la pena que les está reservada, está claro que los verdaderos creyentes en Cristo, esto es, aquellos que lo adoran, ya sea según la carne, ya sea según el Espíritu (cf. Rom 1,3), [...] reinarán para siempre en los cielos (Atanasio, Lettere a Serapione. Lo Spiritu Santo, Roma 1986, pp. 163-170).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Satanás no puede subsistir, sino que está llegando a su fin» (Mc 3,26).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La «buena noticia» del Evangelio es el anuncio de un perdón otorgado de manera indistinta a todos, un perdón gratuito, alegre, preveniente, sin condiciones ni «penitencias», salvo la de abrirse a él y dejarle cambiar nuestros corazones. Pero he aquí que Jesús nos habla de pecados irremisibles y eternos. ¿Existe, pues, un pecado que no puede ser perdonado? ••] El Antiguo Testamento era el reino del Padre, que se revelaba a través de la naturaleza y la historia del pueblo judío; ahora bien, esta revelación era provisional y progresiva y convenció a pocos. [...] El Nuevo Testamento es el reino del Hijo, pero su gloria estuvo velada durante los días de la encarnación e irradió sólo después de la ascensión. Decepcionó, desanimó, produjo descontento entre sus conciudadanos, sus seguidores, su familia, sus discípulos. [...]

        Ahora bien, el tiempo de la Iglesia es el reino del Espíritu Santo. Se trata del esfuerzo supremo, definitivo, de Dios para manifestarse a nosotros. Ya no es preciso esperar otros, porque no hay una cuarta persona de la Trinidad. A quienes no convenza el testimonio del Espíritu Santo no les queda más esperanza de salvación. En efecto, por continuar esperando, a pesar de todo, una nueva revelación de Dios, terminan por caer en las trampas del Anticristo. Este recogerá a cuantos piensan que Dios no hubiera debido hacerse reconocer a través del amor, sino a través de signos más eficaces, como la fuerza, el prestigio, el miedo, el dinero, la disciplina, la eficiencia. [...] Nuestras iglesias, frías e impersonales, son, con frecuencia, lugares en los que circula poco el Espíritu de amor incluso cuando están llenas de cristianos. Estos se encuentran más yuxtapuestos que reunidos.

        La indiferencia recíproca que reina entre los presentes desanima el intento de un encuentro fraterno. Por eso el Espíritu de amor no se hace visible, y nadie se convierte asistiendo a ciertas misas dominicales. [...] Nuestro mundo dividido, desfigurado por el odio, por el racismo, por la droga, por la violencia, se convertirá ante comunidades cristianas en que valga la pena vivir, creer, comprometerse. Es fácil convertir al mundo: basta con hacer visible al Espíritu Santo (L. Evely, Meditazioni sul Vangelo, Asís 1975, pp. 154-156).

 

 

Día 25

Conversión de san Pablo (25 de enero)

 

        Saulo de Tarso, antes de su conversión, era un judío convencido de su religión y totalmente contrario a la nueva fe que empezaba a difundirse por Palestina y sus alrededores.

        Tuvo alguna responsabilidad también en el martirio de san Esteban, protomártir, del que se habla en los Hechos de los apóstoles. Saulo encontró a Jesús resucitado en el camino de Damasco y este acontecimiento cambió de manera radical su modo de creer y de pensar. El Señor resucitado se convirtió en el centro de su espiritualidad y de su teología. Una vez apóstol del Evangelio, Pablo estableció en Antioquía de Siria el punto de partida de sus viajes misioneros, donde aparece como testigo infatigable de la fe en Jesús resucitado. Estos viajes le incitaron a escribir diversas cartas a las distintas comunidades cristianas que había fundado. Pablo, verdadero y auténtico apóstol, siempre llevó buen cuidado en «volver» a Jerusalén, con el deseo de confrontarse con los apóstoles de Jesús a fin de no correr en vano.

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los apóstoles 22,3-16

En aquellos días, Pablo dijo al pueblo:

3 -Yo soy judío. Nací en Tarso de Cilicia, pero me eduqué en esta ciudad. Mi maestro fue Gamaliel; él me instruyó en la fiel observancia de la Ley de nuestros antepasados. Siempre he mostrado un gran celo por Dios, como vosotros hoy.

4 Yo perseguí a muerte este camino, encadenando y encarcelando a hombres y mujeres.

5 Y de ello pueden dar testimonio el mismo sumo sacerdote y todos los miembros del consejo. Después de recibir de ellos mismos cartas para los hermanos, me dirigía a Damasco, con ánimo de traer a Jerusalén encadenados a los creyentes que allí hubiera, para que fueran castigados.

6 Iba, pues, camino de Damasco y, cuando estaba ya cerca de la ciudad, hacia el mediodía, de repente brilló a mi alrededor una luz cegadora venida del cielo.

7 Caí al suelo y oí una voz que me decía: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?».

8 Yo respondí: «¿Quién eres, Señor?». Y me dijo: «¡Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues!».

9 Los que venían conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba.

10 Yo dije: «¿Qué debo hacer, Señor?». Y el Señor me dijo: «Levántate y vete a Damasco; allí te dirán \o que debes hacer».

11 Como no veía nada, debido al resplandor de aquella luz, entré en Damasco de la mano de mis compañeros.

2 Un cierto Ananías, hombre piadoso según la ley, bien acreditado ante todos los judíos que allí vivían,

13 vino a verme y me dijo: «Hermano Saúl, recobra la vista». Y en aquel mismo instante pude verlo.

14 El añadió: «El Dios de nuestros antepasados te ha escogido para que conozcas su voluntad, para que veas al Justo y oigas su voz.

15 Porque has de ser testigo suyo ante todos los hombres de lo que has visto y oído.

16 No pierdas tiempo, ahora; levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre».

 

        *•• Estamos ante uno de los tres relatos de la conversión de Pablo (cf. también Hch 9 y 26) con los que Lucas adorna la historia de la primitiva comunidad cristiana.

        En su carácter extraordinario, el acontecimiento de Damasco se articula en tres momentos. En primer lugar, el diálogo entre el Señor resucitado y Saulo de Tarso. Ambos personajes se comunican su identidad y se reconocen recíprocamente. Es un primer paso hacia el acuerdo posterior. Viene después el acontecimiento extraordinario de la conversión, que Lucas resume simplemente en una pregunta: «¿Qué debo hacer, Señor?» (v. 10). Saulo está ahora subyugado por el poder de Jesús, su salvador y maestro. Y sólo desea configurar por completo su vida según la voluntad y el proyecto del Resucitado.

        Al final, se encuentra la misión: el que ha conocido la voluntad de Dios y ha visto al Justo percibiendo la palabra de su misma boca, se vuelve ahora testigo de las cosas que ha visto y oído ante todos los hombres. Ser misionero es ahora el único modo de vivir para Pablo.

 

Evangelio: Marcos 16,15-18

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once

15 y les dijo: -Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura.

16 El que crea y se bautice se salvará, pero el que no crea se condenará.

17 A los que crean, les acompañarán estas señales: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán en lenguas nuevas,

18 agarrarán serpientes con sus manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos se curarán.

 

        ** La liturgia aplica también a Pablo el mandato misionero que Jesús resucitado dirigió a los Once. Aunque Pablo no pertenece a los Doce, es verdadero y auténtico apóstol de Jesús: estas palabras también se dirigen a él.

El Jesús resucitado enuncia, en primer lugar, un mandato: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura» (v. 15). La orden no deja sitio a ninguna tergiversación. Pide sumisión y espera obediencia. Dios ha querido salvar a la humanidad por medio de unos colaboradores y Jesús tiene necesidad de misioneros testigos.

        El acontecimiento de la salvación -éste es el segundo dato- es fruto de la predicación y se lleva a cabo mediante el acto de fe del que escucha: «El que crea y se bautice se salvará» (v. 16a). Sin la escucha de la fe no hay ninguna posibilidad de salvarse (v. 16b). Dios, que nos ha creado sin nuestro consentimiento, no quiere salvarnos sin nosotros. Las últimas palabras del Resucitado contienen, por último, una promesa, formulada en futuro (vv. 17ss): los beneficios que recibirán los creyentes, múltiples y extraordinarios, serán los signos a través de los cuales cada ser humano podrá reconocer la presencia consoladora de Dios en medio de nosotros.

 

MEDITATIO

        No acabamos nunca de ahondar en el conocimiento de Saulo-Paulo, incluso después de haber meditado una y otra vez sobre las páginas que hablan de él y las que escribió él mismo. Sin embargo, hay algo que aparece de inmediato con una gran evidencia: su itinerario de fe es símbolo del nuestro.

        Creer implica, ante todo, encontrar personalmente a una persona, al Dios hecho hombre, Jesús de Nazaret. No se cree en una doctrina, en una fórmula, en un sistema, sino en una persona, la única digna de ser creída.

La fe es un encuentro que no se agota en un momento determinado de nuestra propia vida, sino que continúa siempre, hasta la muerte. Quien encuentra a Jesús se da cuenta de que ya no puede vivir sin él y debe profundizar en su conocimiento personal.

        Del encuentro se pasa al diálogo: la fe es, precisamente, un encuentro entre personas inteligentes y libres. Por un lado, Dios se da a conocer en lo que es, revela su voluntad, da a conocer sus proyectos. De este modo, entabla el diálogo con todo el que está dispuesto a escuchar y a reaccionar. Por otro, el creyente, en la medida en que presta una escucha sincera y auténtica a la Palabra de Dios, se siente implicado en un diálogo que no se desarrolla sólo en torno a conceptos y verdades, sino que se entrelaza con experiencias, confidencias, comunión de vida. Se trata de un diálogo vital que implica a dos seres vivos y llega a una forma de vida cada vez más elevada.

        Ahora bien, la fe cristiana es también obediencia, sumisión, abandono total de la criatura al Creador, del hombre a Dios, del pecador al Justo. Para el creyente, obedecer no significa en absoluto abdicar de su propia libertad, ni siquiera de sus propios derechos; significa captar la infinita distancia que media entre él y su propio interlocutor y, al mismo tiempo, intuir que la adhesión a la voluntad de éste conduce a la plena y más satisfactoria realización de sí mismo. Semejante acto de abandono está sostenido por una promesa que no deja ningún espacio a la duda: cuando Dios promete, se compromete por completo en beneficio de su interlocutor, le llena el corazón de certezas sobrenaturales y abre ante él unos horizontes ilimitados.

        Por último, la fe cristiana se traduce en misión: el ejemplo de Pablo es claro y decisivo. No puede privatizarse un bien que, por su propia naturaleza, es comunitario. Quien ha recibido el don de la salvación en Cristo se siente impulsado íntimamente a darlo a los otros.

 

ORATIO

        Oh Padre, Dios de infinita bondad y misericordia, concédenos caminar fielmente, a ejemplo de san Pablo, por el camino que nos has abierto en Cristo Jesús. Haz, oh Dios, que nuestros caminos -como el de Saulo- se crucen con el tuyo, el que nos has indicado en Cristo, tu Hijo, y en el cristianismo. Que, como el apóstol Pablo, queramos caminar con Jesús y seguir sus pasos hasta que lleguemos a ti, meta última de nuestra vida, meta suspirada y esperada.

        Concédenos, oh Padre, andar juntos por este camino bendecido por ti, a fin de que ninguno de nosotros se pierda y nuestra comunión eclesial pueda ser, en el tiempo, signo manifestativo de aquella comunión que gozaremos junto a ti en la denudad bienaventurada.

 

CONTEMPLATIO

        «Y me llamó por su gracia» (Gal 1,15). Dios, quiere decir, le llamó por su virtud. Decía [el Señor] a Ananías: «íiste es un instrumento elegido para llevar mi nombre a todas las naciones, a sus gobernantes» (Hch 9,15), es decir, es idóneo para ejercer el ministerio y para manifestar una obra tan grande. [El Señor] indica este motivo para la llamada, mientras que el apóstol afirma por doquier que todo deriva de la gracia y de la inefable bondad divina, expresándose en estos términos: «Y si encontré misericordia -no porque fuera digno de ella y la mereciera- fue para que en mí, el primero, manifestase Jesucristo toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener vida eterna» (1 Tim 1,16). ¡Fíjate en su inmensa humildad! Por eso, dice, obtuvo misericordia, a fin de que nadie desesperara, dado que el peor entre todos los hombres había obtenido beneficio de la bondad divina (Juan Crisóstomo, Commento alia lettera ai Galati, Roma 21996, pp. 55ss [edición española: Comentario a la Carta a los Gálatas, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1996]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy estas palabras de san Pablo: «Para mí, la vida es Cristo, y el morir, una ganancia» (Flp 1,22).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El edificio espiritual construido por san Pablo, con su profundidad profética y sus escarpadas ascensiones, emerge alto sobre el plano de nuestra apacible piedad cristiana. ¿Quién fue este grande, que obró a la sombra de Uno inmensamente más grande que él? ¿Quién fue este atrevido pionero, este «errante entre dos mundos»?

        Dos ciudades ejercieron una influencia decisiva en el ciclo de su formación: Tarso y Jerusalén. «Soy un judío de Tarso de Cilicio...»: así se calificó Pablo ante el comandante romano cuando fue encarcelado. Dos corrientes de antigua civilización afluían, pues, y se fundían en él: la educación judía en familia y la formación griega que absorbía en la capital de su provincia natal, dotada de universidad. Está escrito, ciertamente, en los designios de la Providencia que este hombre, destinado a que en su vida actuara como misionero en medio de los paganos, debería recibir su primera educación en un centro mundial del paganismo.

        Aquel para quien ya no debería existir diferencia alguna entre judíos y paganos, entre griegos y bárbaros, entre libres y esclavos [cf. Col 3,11; 1 Cor 12,13), no debía nacer entre las idílicas colinas de Galilea, sino en el tumulto de un rico emporio comercial donde afluían y se mezclaban gentes de todas las naciones sometidas al Imperio romano.

        «Soy de Tarso, una ciudad no oscura de Cilicio». Parece que se refleja en esta respuesta un sentimiento de genuino orgullo griego por su propia ciudad de nacimiento. Tarso competía, en efecto, con Alejandría y Atenas por la conquista del primado en el campo de la cultura; en ella se elegían los maestros para los príncipes imperiales de Roma, y es natural que un centro de cultura tan eminente influyera en la formación de la personalidad del futuro apóstol... En Tarso dominaban la espiritualidad y la lengua griega junto a las leyes romanas y a la austeridad de la sinagoga judía (J. Holzner, ['Apostólo Pao/o, Brescia 21987 [edición española: San Pablo, Editorial Herder, Barcelona 1989]).

 

 

Día 26

Santos Timoteo y Tito (26 de enero)

 

        Tanto los Hechos de los apóstoles como las cartas de san Pablo, en algunas de las cuales figura como remitente junto a Pablo, nos proporcionan noticias sobre Timoteo; en otras cartas se mencionan encargos que le habían sido confiados, entre ellos la responsabilidad de la Iglesia de Éfeso. Timoteo, nacido en Listra, hijo de madre judía convertida al cristianismo y de padre griego, fue un estrecho colaborador de Pablo en la evangelización. Estuvo unido a él por un profundo y afectuoso vínculo filial y por los mismos propósitos, según el testimonio del propio apóstol.

        De Tito, sólo habla Pablo en sus cartas. El perfil que de ellas resulta es el de un cristiano procedente del paganismo, firme en la fe, activo y generoso en la evangelización, hombre de paz que ama y se hace amar, dotado de buenas aptitudes de organización. La carta a él dirigida le presenta como responsable de la comunidad de Creta.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Timoteo 1,1-8

1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, para anunciar la promesa de la vida que está en Jesucristo,

2 a Timoteo, mi hijo querido; gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo.

3 Doy gracias a Dios, a quien sirvo con una conciencia limpia, según me enseñaron mis mayores, y me acuerdo de ti constantemente, noche y día, en mis oraciones.

4 Al recordar tus lágrimas, siento un gran deseo de verte para llenarme de alegrías pues guardo el recuerdo de la sinceridad de tu fe,

5 esa fe que tuvo primero tu abuela Loida y tu madre Eunice y que, estoy seguro, tienes tú también.

6 Por ello te aconsejo que reavives el don de Dios que te fue conferido cuando te impuse las manos.

7 Porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de ponderación.

8 No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; antes bien, con la confianza puesta en el poder de Dios, sufre conmigo por el Evangelio.

 

        **• La segunda Carta a Timoteo, que puede ser fechada a finales del siglo I y pertenece a la escuela paulina, se presenta como el testamento espiritual del apóstol en vísperas del martirio. El autor conoce bien tanto las cartas auténticas de Pablo como las llamadas «deuteropaulinas», y sentimos el eco de las mismas desde el saludo inicial (v. 1) hasta la repetición de motivos entrañables al apóstol: el «espíritu de temor» (v. 7) recuerda el «espíritu de esclavos» de Rom 8,15; se exhorta a Timoteo a no avergonzarse de dar testimonio del Señor (v. 8), del mismo modo que Pablo no se avergüenza del Evangelio (Rom 1,16).

        La carta se abre con expresiones de afecto y de estima, pero, sobre todo, de gratitud al Señor. Pablo reivindica para sí el título de «apóstol», que es consciente de merecer porque se ha hecho anunciador del Evangelio y porque ha sido fiel desde siempre al servicio de Dios «según me enseñaron mis mayores» (v. 3), subrayando la continuidad entre el seguimiento de Jesús y la fidelidad a la Ley judía. Es la misma continuidad señalada y aprobada con vigor en la experiencia de Timoteo, encaminado a la fe por su abuela y su madre judías, antes de ser cristiano.

        También es característico de las cartas pastorales poner el acento en el carisma del pastor de almas, personificado idealmente por Timoteo y transmitido por el apóstol a través de la imposición de las manos (v. 6). Domina sobre el conjunto el tema del testimonio, dado por Pablo en las tribulaciones y en la cárcel, hasta el martirio, y confiado al discípulo Timoteo para que continúe el servicio «con la confianza puesta en el poder de Dios» (v. 8).

 

Evangelio: Marcos 4,1-20

En aquel tiempo, Jesús

1 se puso a enseñar de nuevo junto al lago. Acudió a él tanta gente que tuvo que subir a una barca que había en el lago y se sentó en ella, mientras toda la gente permanecía en tierra, a la orilla del lago.

2 Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía:

3 - ¡Escuchad! Salió el sembrador a sembrar.

4 Y sucedió que, al sembrar, parte de la semilla cayó al borde del camino. Vinieron las aves y se la comieron.

5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra; brotó en seguida, porque la tierra era poco profunda,

6 pero, en cuanto salió el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz.

7 Otra parte cayó entre cardos, pero los cardos crecieron, la sofocaron y no dio fruto.

8 Otra parte cayó en tierra buena y creció, se desarrolló y dio fruto: el treinta, el sesenta y hasta el ciento por uno.

9 Y añadió: - ¡Quien tenga oídos para oír que oiga!

10 Cuando quedó a solas, los que le seguían y los Doce le preguntaron sobre las parábolas.

11 Jesús les dijo: - A vosotros se os ha comunicado el misterio del Reino de Dios, pero a los de fuera todo les resulta enigmático,

12 de modo que: por más que miran, no ven, y, por más que oyen, no entienden; a no ser que se conviertan y Dios los perdone.

13 Y añadió: - ¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo vais a comprender entonces todas las demás?

14 El sembrador siembra el mensaje.

15 La semilla sembrada al borde del camino se parece a aquellos en quienes se siembra el mensaje, pero en cuanto lo oyen viene Satanás y les quita el mensaje sembrado en ellos.

16 Lo sembrado en terreno pedregoso se parece a aquellos que, al oír el mensaje, lo reciben en seguida con alegría,

17 pero no tienen raíz en sí mismos: son inconstantes y, en cuanto sobreviene una tribulación o persecución por causa del mensaje, sucumben.

18 Otros se parecen a lo sembrado entre cardos. Son esos que oyen el mensaje,

19 pero a quienes las preocupaciones del mundo, la seducción del dinero y la codicia de todo lo demás les invaden, ahogan el mensaje y éste queda sin fruto.

20 Lo sembrado en la tierra buena se parece a aquellos que oyen el mensaje, lo acogen y dan fruto: uno treinta, otro sesenta y otro ciento.

 

        *+• Este fragmento inaugura la sección de las «parábolas del Reino». El auditorio es muy amplio, hasta tal punto que Jesús debe subir a una barca para que lo vean todos. Los judíos estaban acostumbrados a las parábolas, pues también las empleaban los rabinos. Eran relatos de apariencia sencilla, aunque con un elemento de sorpresa o una conclusión inesperada que inducen a buscar un significado ulterior por debajo del inmediato.

        La parábola se orienta sin demora a la figura del sembrador (v. 3), pero la atención se traslada de inmediato a la semilla (v. 4). Del sembrador queda sólo el gesto generoso y amplio con que la esparce sin llevar cuidado y de manera abundante. Aquí encontramos ya una cosa extraña. Sigue, a continuación, la tipología de los terrenos en los que cae la semilla, hasta la exageración evidente de la cosecha en el terreno bueno (v. 8): tenemos aquí el punto culminante, el punto en el que la prodigalidad fuera de lo común del sembrador es recompensada por un rendimiento desproporcionado. La imagen de la cosecha remite al fin de los tiempos: el significado originario de la parábola, reconducible al mismo Jesús y comprensible a sus oyentes, dice que la venida del Mesías está cerca y describe la abundancia de gracia del Reino mesiánico.

        Viene, después, un breve diálogo en torno a la comprensión de las parábolas. Es probable que esta parte sea más tardía; aparece, en efecto, de repente, una antítesis entre los miembros de la comunidad y los demás: «vosotros» y «los de fuera» (v. 11), con una cita de Isaías. Es probable que Marcos quiera subrayar aquí un tema que le resulta entrañable: el «secreto mesiánico». La explicación (w. 14-20), en clave alegórica, se resiente de la experiencia de la comunidad primitiva en la predicación del Evangelio. La semilla se identifica claramente con la Palabra, y los terrenos corresponden a las diferentes reacciones suscitadas por la predicación de los discípulos. La antítesis que aparece aquí no es tanto entre los discípulos y los otros como entre los distintos oyentes, según su actitud hacia la Palabra.

 

 

MEDITATIO

        Estamos acostumbrados a razonar según nuestros esquemas, a calcular por anticipado los resultados de nuestro trabajo, a proyectar nuestra actividad. Los criterios de juicio del Evangelio son, sin embargo, muy distintos y, con frecuencia, el Señor subvierte nuestros planes de manera inesperada, a veces difícil de comprender y aceptar. Como David, pensamos hacer bien proyectando atrevidas construcciones, y cuando salimos a los campos para «sembrar» -una metáfora que se aplica muy bien al compromiso eclesial- no estamos, a buen seguro, tan despistados que echemos la semilla en el camino y entre las piedras. El mismo profeta, en un primer momento, aprueba la intención de David (2 Sm 7,3), e incluso los apóstoles tienen dificultades para comprender la lógica de una siembra tan extraña (Mc 4,13).

        Debemos acostumbrarnos a darle la vuelta a nuestra mentalidad, a cambiar radicalmente de dirección: ése es el primer significado de la palabra conversión. No nos hagamos la ilusión de que cumplimos nuestro deber sólo porque «construimos» algo visible, incluso grandioso a los ojos de los hombres. No pretendamos que el fruto de nuestra «siembra» dependa exclusivamente de la prudencia de nuestros programas. Todo lo que hagamos está en manos del Señor: Él será quien dé estabilidad a nuestra «casa» y haga fértil nuestro «terreno».

        Confiémonos con humildad y con sencillez a su guía, sin desvivirnos detrás de tantas preocupaciones tal vez secundarias: como David, «descansaremos con nuestros antepasados» (2 Sm 7,12) y el Señor guiará a su pueblo en la paz.

 

 

ORATIO

        Perdona, Señor, nuestra superficialidad: somos, con frecuencia, el terreno pedregoso en el que tu Palabra no puede echar raíces. Perdona, Señor, nuestra inconstancia, que seca enseguida en nuestro corazón el entusiasmo suscitado por tu Palabra. Perdona, Señor, nuestra fragilidad: las preocupaciones cotidianas nos distraen y corremos detrás de muchas cosas superfluas. Perdona, Señor, nuestra presunción: creemos poder predisponerlo todo y hacerlo todo con nuestras fuerzas.

        Ayúdanos a confiarnos con la seguridad del niño a tu guía: sólo tú puedes hacer estable nuestra fe para siempre. Convierte nuestro corazón y manténnos cerca de ti hasta el momento en el que, como a David, nos lleves de la mano a «descansar con nuestros antepasados».

 

 

CONTEMPLATIO

        Cuando las pavas reales incuban en lugares muy blancos, también los polluelos son completamente blancos; así, cuando nuestras acciones se encuentran en el amor de Dios, si proyectamos alguna obra buena o tomamos alguna iniciativa, todas las acciones que de ahí se siguen toman el valor y llevan la nobleza del amor de donde han tomado su origen: en efecto, ¿quién no ve que las acciones propias de su vocación o necesarias para la realización de su proyecto dependen de la primera opción y de la primera decisión que tomó?

        Ahora bien, Teótimo, no hemos de detenernos en este punto; más aún, para realizar un excelente progreso en la devoción, es preciso orientar toda nuestra vida y todas nuestras acciones a Dios no sólo al comienzo de nuestra conversión y, después, de año en año, sino que hemos de ofrecerlas también todos los días; [...] en efecto, en la renovación diaria de nuestra ofrenda, pongamos en nuestras acciones la energía y la virtud de la dilección, mediante una renovada aplicación del corazón a la gloria divina, por cuyo medio se ve santificado cada vez más (Francisco de Sales, Trattato dell'amor di Dio, Milán 1989, pp. 885ss [edición española: Tratado del amor de Dios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Los que oyen el mensaje, lo acogen y dan fruto» (Mc 4,20).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Entremos en las sencillas y cotidianas realidades del vivir de cada persona. Hay un proyecto, una expectativa, un compromiso: está el deseo ae alcanzar cierta posición social, de realizar algunos sueños cultivados largamente en la adolescencia y en la primera juventud; hay un conjunto de ideales que forman casi la plataforma de las opciones más inmediatas. Mirando por todas partes, escuchando todas las voces, dejando que desde dentro de sí irrumpa el grito espontáneo, puede decirse que todo va repitiendo: «¡La vida es tuya!». La vida es la bella invención que cada día brota de la mente y de los sentimientos del hombre, es la hermosa aventura que cada hombre realiza de manera personal, es la incógnita que cada día es descifrada y explotada para nuestra propia felicidad. La vida es tuya. Ahora bien, si miras alrededor, te darás cuenta de que la vida no está para nada en tus manos: no puedes hacer con ella lo que quieras.

        La vida te ha sido dada: no la has pedido tú, no la has programado, no la has diseñado como un proyecto que debes seguir. La vida me ha sido dada para que pueda gozarla de una manera tan plena que agote el proyecto de Dios, de suerte que pueda convertirla en un momento, en un paso, en un elemento palpitante de todo el universo, en un punto importante en el camino de la civilización humana. Desde esta perspectiva, todo hombre tiene ante sí campos ¡limitados de acción, modos inagotables de elección, posibilidades continuas para «inventar su propia vida», para administrar esta inmensa riqueza y hacer de él mismo y de toda la humanidad una aventura nunca acabada y cada vez más fascinante.

        La primera regla para inventar la vida, para dar consistencia y garantía de crecimiento y de solidez a nuestra personalidad, es la de echar raíces. Echar raíces significa adherirse a una realidad concreta, pertenecer a un territorio, a una experiencia, a un contexto: todo eso equivale a reconocer una realidad que nos precede y a declarar de manera positiva nuestro carácter concreto. Equivale a aceptar el ambiente en el que estamos, sentir que pertenecemos a ese pedazo de tierra, a ese segmento de la sociedad, al círculo de personas con las cuales, queramos o no, vivimos: equivale a aceptar como propia la realidad cotidiana.  Echar raíces supone siempre una actitud libre y responsable que compromete a una presencia inteligente e invita a la fantasía a encontrar nuevas posibilidades y nuevas soluciones destinadas a cambiar y mejorar todo lo que encontramos (G. Basadonna,Inventare la vita, Milán 31990, pp. 28-42, passim).

 

 

Día 27

Jueves de la III semana del Tiempo ordinario o

Santa Ángela de Mérici (27 de enero)

 

        Nació en Desenzano dal Garda hacia 1474. Fundó en Brescia, el 25 de noviembre de 1535, una compañía de vírgenes a la que puso bajo la protección de santa Úrsula y a la que llamó «Compañía de santa Úrsula».

        Animada por el espíritu de sabiduría y de profecía, ofreció a las mujeres de su tiempo (a las que sólo se les ofrecía dos caminos: el matrimonio o el monasterio de clausura) la posibilidad de consagrarse a Dios elegida libremente y vivida como «esposas del Hijo de Dios», abiertas a la maternidad espiritual, a pesar de seguir viviendo en su propio ambiente, sin estar ligadas a una actividad común, sino unidas «conjuntamente» como miembros de una familia espiritual.

        Angela, Sur Anzola, dejó a sus «hijas» una Regla, Recuerdos y Legados impregnados de la Palabra de Dios y de sabiduría humana. Murió el 27 de enero de 1540 en Brescia; fue sepultada en la iglesia de S. Afra (iglesia que será dedicada después a ella) y canonizada el 24 de mayo de 1807.

        En nuestros días, Angela Mérici es conocida y venerada en todo el mundo gracias a la difusión de la Compañía de santa Úrsula en su forma secular y de los diferentes institutos de hermanas ursulinas que se remontan a ella.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 7,18-19.24-29

18 Después de que Natán hubiera hablado a David, el rey se presentó ante el Señor y le dijo: - ¿Quién soy yo, mi Dios y Señor, y qué méritos tiene mi familia para que me hayas hecho llegar hasta aquí?

19 Y por si fuera poco, mi Dios y Señor, también te has referido a la descendencia de tu siervo para un futuro lejano, mientras dure la humanidad, mi Dios y Señor.

24 Has consolidado a tu pueblo Israel y lo has hecho tu pueblo para siempre, y tú, Señor, te has convertido en su Dios.

25 Y ahora, mi Dios y Señor, mantén firme para siempre la promesa que has hecho a tu siervo y a su dinastía, cumpliendo lo que has dicho.

26 Que tu nombre sea glorificado por siempre, que siempre se diga: «El Señor todopoderoso es el Dios de Israel». Y que la dinastía de tu siervo David se mantenga estable ante ti,

27 ya que tú, Señor todopoderoso, Dios de Israel, has hecho esta revelación a tu siervo: «Yo te daré una dinastía». Por eso tu siervo se ha atrevido a hacerte esta súplica.

28 Sí, mi Dios y Señor, tú eres Dios y tus palabras son verdaderas. Ya que has hecho a tu siervo esta gran promesa,

29 dígnate bendecir su dinastía para que permanezca siempre en tu presencia. Porque eres tú, mi Dios y Señor, el que has hablado, y gracias a tu bendición será bendita para siempre la dinastía de tu siervo.

 

        **• Después de haber escuchado el oráculo, David pronuncia ante el arca una sencilla plegaria de alabanza. Los motivos por los que Dios rechaza, al menos de momento, la construcción del templo no están del todo claros; sin embargo, David los acepta de buen grado. Sus planes han sido anulados por la voluntad del Señor, pero eso no es negativo a los ojos de David; más aún, es una demostración de benevolencia: el Señor sabe lo que es bueno para el hombre (v. 19).

        La confianza de David se apoya en la memoria de todo lo que ha hecho Dios en la historia en favor de su pueblo: el texto, siguiendo el estilo del Deuteronomio, recuerda que Dios había ido preparando desde siempre a su pueblo, rescatándolo de la esclavitud de Egipto (w. 23ss). La plegaria de David está en sintonía con la Palabra del Señor, pidiéndole que actúe: mantén firme para siempre la promesa que has hecho (v. 25). La grandeza del Señor se revela plenamente en la demostración de su fidelidad: la estabilidad de la descendencia de Dios es importante no por razones de vanagloria humana, sino porque corresponde a la promesa de Dios (cf. v. 27).

        De este modo, la fidelidad del Señor, la verdad de su Palabra, la estabilidad de su voluntad, corresponden a la bendición que desciende para siempre sobre la casa de David (w. 28ss).

 

Evangelio: Marcos 4,21-25

En aquel tiempo,

21 decía también a la gente: - ¿Acaso se trae la lámpara para taparla con una vasija de barro o ponerla debajo de la cama? ¿No es para ponerla sobre el candelero?

22 Pues nada hay oculto que no haya de ser descubierto, nada secreto que no haya de ponerse en claro.

23 ¡Quien tenga oídos para oír que oiga!

24 Les decía, además: - Prestad atención a lo que escucháis. Con la medida con que vosotros midáis, Dios os medirá, y con creces.

25 Pues al que tenga se le dará, y al que no tenga se le quitará incluso lo que tiene.

 

        **• A la parábola del sembrador le siguen, casi como un comentario, dos pares de sentencias breves. Parecen afirmaciones contradictorias e incluso en contraste con lo dicho antes: hablan de manifestar y de esconder, de dar y de quitar; están conectadas en el centro por una doble invitación a estar atentos (w. 23ss).

        En la primera pareja, la imagen de la lámpara que debe estar puesta en el candelero está desarrollada por dos antítesis paralelas: lo que está oculto será descubierto, lo secreto será puesto en claro. Por consiguiente, si bien el Reino, de momento, es anunciado a través del velo de las parábolas, pronto saldrá a la luz en su gloria y habrá que anunciar el Evangelio a todo el mundo.

        En la segunda pareja se traslada el contraste desde el tema del anuncio al exterior a la condición interna vivida en la comunidad. La imagen de la medida remite a la humildad y a la prohibición de juzgar a los demás; la segunda imagen, más paradójica, se refiere de un modo más abierto a la parábola del sembrador. «El que tenga» corresponde, en efecto, al terreno bueno, al que acoge con fe la Palabra y se compromete a ponerla en práctica.

 

MEDITATIO

        Actualidad del Evangelio y de las Escrituras; actualidad de santa Ángela, cuyos escritos son la encarnación de la Palabra de Dios en su vida. «Considerad, hermanos, vuestra vocación» (1 Cor 1,26).

        «Por eso, hermanas mías [...], os ruego y suplico a todas, a fin de que, habiendo sido elegidas para ser verdaderas e intactas esposas del Hijo de Dios, queráis conocer antes qué comporta tal elección» {Regla, Prol.). Es una elección que tiene su raíz en el servicio de Dios por el Reino, una elección nupcial tan a la escucha del Espíritu del Esposo que Ángela en sus «escritos» sobreabunda en invocaciones a la Palabra de Dios.

        El poder de esta Palabra, que hace de ella la Esposa del Hijo del Altísimo, la convierte también en madre de una compañía de vírgenes y de cuantos recurran a su ayuda espiritual. La dimensión nupcial y la maternidad de Ángela están destinadas a una concreta misión de unidad y comunión entre las «hijas», por las cuales suplica «liasla con sangre» (Recuerdo último), y a una misión de paz y comunión entre los hermanos.

        «Sor Angela», peregrina en los Santos Lugares y en su tierra, es sobre todo peregrina de la Palabra cuando anuncia y cuando recompone la paz en las familias. Fue peregrina de paz también para gente noble, como Francesco Sforza; fue luz especialmente para el clero, que se remite a la sabiduría de Ángela respecto a la Escritura.

        Hoy, como en tiempos de Ángela, el maligno, que «no duerme nunca» (Legados X), siembra odio y división, egoísmo. Consagrados «en la verdad» que es El, elegidos en Jesús, muerto y resucitado, queremos, como Ángela,

que la última oración de Cristo al Padre se convierta en la realidad de nuestra vida, para que el mundo crea que el Padre ha enviado a su Hijo para acogernos, ya en esta tierra, en la infinita alegría de vida de la comunión trinitaria. Éste es el servicio por el Reino en la Iglesia. Que de cada uno de nosotros los cristianos pueda decirse lo que su secretario Gabriele Cozzano escribió de ella: «Quien no conozca la realidad de las virtudes, de los caminos de la santa Iglesia, así como de su verdadero sentir y de su espíritu, que dirija su mirada al espíritu de la madre sor Ángela y a su comportamiento y se configure con ella. Y será un verdadero y fiel católico».

 

ORATIO

        Señor mío, ilumina las tinieblas de mi corazón y concédeme la gracia de morir antes que ofender hoy mismo a tu divina Majestad. Asegura mis afectos y mis sentidos, de suerte que no se desvíen ni a la derecha ni a la izquierda, ni me distraigan de tu luminosísimo rostro, que pone contento a cualquier corazón afligido.

        ¡Ay! Miserable de mí, que, al entrar en el secreto de mi corazón, no me atrevo a levantar los ojos al cielo de vergüenza [...]. Dígnate, oh benignísimo Señor, perdonarme tantas ofensas y todas las faltas que haya cometido desde el día de mi santo bautismo hasta hoy. Dígnate perdonar también, ¡ay de mí!, los pecados de mi padre y de mi madre, y los de mis parientes y amigos, y los de todo el mundo. Te lo pido por tu sacratísima pasión y por tu sangre preciosa derramada por amor nuestro; por tu santo nombre: sea éste bendito sobre la arena del mar, sobre las gotas de las aguas, sobre la multitud de las estrellas.

        Señor, en lugar de esas miserables criaturas que no te conocen ni se preocupan de participar en los méritos de tu sacratísima pasión, se me rompe el corazón, y voluntariamente daría -si pudiera- yo misma mi sangre para abrir la ceguera de sus mentes (cf. Ángela de Mérici, Regla V).

 

CONTEMPLATIO

        La última recomendación que os hago, y con la cual os ruego hasta con la sangre, es que seáis concordes, que estéis todas unidas con un corazón y una sola voluntad.

        Permaneced ligadas una con otra con el vínculo de la caridad, apreciándoos, ayudándoos, soportándoos en Jesucristo [...]. Porque Dios lo ha predispuesto ab aeterno así: que aquellos que son concordes en el bien por su honor, tengan toda prosperidad, y lo que hagan vaya a buen fin teniendo a su favor a Dios mismo y todas sus criaturas.

        Considerad, por tanto, cuan importante es tal unión y concordia, así que deseadla, buscadla. Abrazadla, conservadla con todas las fuerzas. Y yo os digo que, estando todas vosotras unidas así de corazón, seréis como una roca fortísima o una torre inexpugnable contra todas las adversidades, persecuciones y engaños diabólicos. Y os doy aún la certeza de que toda gracia que pidáis a Dios os será concedida infaliblemente. Y estaré siempre en medio de vosotros, ayudando a vuestras oraciones (Ángela de Mérici, Recuerdo último).

 

ACTIO

        Durante la jornada de hoy, medita con frecuencia la enseñanza de santa Ángela: «Señor mío, única vida y esperanza mía» (Regla V).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Aquí está el núcleo del mensaje de Angela de Mérici: Cristo la ha prevenido con una iniciativa de amor: él es el «amador». Angela le llamará así tres veces en sus escritos. Nota específica de la espiritualidad de Angela será la contemplación de este misterio de Cristo esposo en la tensión amorosa del ser y del obrar tendente hacia él.

        Hacer presente en la Iglesia este misterio del Cristo-esposo y dar testimonio de él en el mundo, con la vida y con la palabra, será el carisma entregado a las herederas de Angela de Mérici a fin de que lo continúen a lo largo de los siglos. Aquí dejamos la palabra al padre Valentino Macea, teólogo de,Brescia: «En el clima de renovación de la Iglesia de su tiempo, Angela vivió en sí misma, de una manera excepcional, el misterio de la Iglesia "esposa". Esto es lo que constituye el eje de su pensamiento y de su acción, es la nota más vigorosa de su experiencia, de su espiritualidad, de su maternidad de fundadora. Esto es, al menos, lo que resulta de cuanto con mayor seguridad nos revelan la Regla, los Recuerdos y los Legados, auténtico espejo de su alma y revelación de su modo de "sentir" a Cristo, de "acoger" a Cristo, de "responder" a Cristo, a "nuestro dulce y benigno esposo Jesús" {Regla XII)».

        La espiritualidad «nupcial», en la línea de la vocación virginal, parte de la convicción teológica de una iniciativa del «Amador » (Recuerdos 9; Legados 11) en el «elegir» y «llamar» «a ser verdaderas e intactas esposas» del Señor (Regla I, Proi). Se trata de una magna gracia y dignidad (cf. ibíd.), que pide la correspondencia del amor. Las exigencias de la Regla, en un clima de animosa y alegre ascesis, se proyectan hacia una mística que, abandonando a la virgen a la acción del Espíritu, quiere ayudarle a «agradar lo más posible a Jesucristo esposo» (Legados 4). Así es como él se convierte en el todo de la esposa, según un texto notable de la Regla (cf. XI). Puesto que sólo de este modo se vuelve «Cristo [para la virgen] el único tesoro, de modo que él sea también el Amor» (cf. Recuerdos 5). Sólo así, en la óptica de Angela, vive la virgen la plena fidelidad nupcial y «nace honor a Jesucristo, al que ha prometido su virginidad y a sí misma» (cf. Recuerdos 5).

        Se trata de la fidelidad del amor unitivo, con el que la virgen, como la Iglesia y con la Iglesia, es «santa, sin mancha o arruga o cosa semejante», y tiende de manera perenne al coloquio-comunión, cuyo eco es transmitido por las últimas palabras de la revelación, con el diálogo entre el Espíritu de Jesús y la Esposa: «Ven» (L. Mariani - E. Tarolli - M. Seynaéve, Angela Mérici. Contributo per una biografía, Milán 1986, pp. 233ss).

 

 

Día 28

  Viernes de la III semana del Tiempo ordinario o

Santo Tomás de Aquino (28 de enero)

   

Nació en el seno de la noble familia de Aquino en torno a 1225 y pasó los primeros años de su formación religiosa junto a los benedictinos de Montecassino. Siendo estudiante en la Universidad de Napóles, entró en contacto con los dominicos, que acababan de ser fundados hacía pocos años. Fascinado por el estilo de éstos en Napóles, quiso abrazar este tipo de vida, pero tuvo que hacer frente a resistencias familiares.

En Colonia (Alemania) fue alumno predilecto de san Alberto Magno (1248-1252). Cuando apenas contaba treinta años se le concedió el grado de maestro en Teología por la Universidad de París. Su actividad de rofesor, predicador, consultor de obispos y papas y defensor de la fe fue enorme. Escribió muchas obras comentando la Sagrada Escritura, obras de teología -las más famosas son la Summa teológica y la Summa contra  entiles- y obras comentando los principales escritos de Aristóteles y de otros grandes estudiosos del pensamiento filosófico. Estas obras, maravillosa síntesis de armonía entre las conquistas más arduas del pensamiento humano y de la traducción genuino de la fe católica, continúan orientando todavía hoy el estudio de la teología. Murió el 7 de marzo de 1274 en la abadía de Fossanova mientras iba de viaje para el Concilio de Lyon, en el que iba a tomar parte junto con san Buenaventura, de quien era muy amigo. Fue canonizado el 18 de julio de 1323 por Juan XXII. San Pío V lo proclamó «doctor de la Iglesia» en 1567, y León XIII, patrono de las escuelas católicas en 1879.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 11,1-4a.5-10a.l3-17

1 Al año siguiente, en la época en que los reyes suelen ir a la guerra, David envió a Joab, a sus oficiales y a todo Israel, los cuales asolaron el país de los amonitas y sitiaron Raba. David se quedó en Jerusalén.

2 Una tarde, paseando después de la siesta por la terraza del palacio, vio a una mujer bañándose. Era muy bella.

3 David mandó que se informasen acerca de ella, y le dijeron: - Es Betsabé, hija de Alian, mujer de Urías, el hitita.

4 Entonces David envió unos a que se la trajeran.

5 La mujer concibió y mandó decir a David: - Estoy embarazada.

6 Entonces David envió este mensaje a Joab: - Mándame a Urías, el hitita. Joab se lo envió.

7 Cuando llegó Urías, David, le pidió noticias sobre Joab, el ejército y la marcha de la guerra.

8 Después le dijo: - Baja a tu casa y lávate los pies. Cuando Urías salió de palacio, se le mandó detrás un obsequio de la mesa real para él.

9 Pero Urías durmió a la puerta del palacio con los guardias de su señor y no bajó a su casa.

10 Comunicaron a David que Urías no había bajado a su casa.

11 Al día siguiente, David le invitó a comer y beber con él y Urías se emborrachó. Al anochecer salió para acostarse junto a los guardias de su señor, pero no bajó a su casa.

14 A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio del propio Urías.

15 Decía en ella: «Poned a Urías en primera línea, en el punto más duro de la batalla, y dejadlo solo para que lo hieran y muera».

16 Joab, que estaba sitiando la ciudad, puso a Urías en el lugar donde sabía que estaban los hombres más valientes.

17 Los habitantes de la ciudad hicieron una salida y atacaron a Joab; cayeron muchos oficiales del ejército de David, y murió también Urías, el hitita.

 

        **• El fragmento narra el famoso episodio del pecado de David: la primera parte relata el adulterio (w. 2-5); la  segunda (w. 6ss), el homicidio. La introducción (v. 1), que nos muestra el contexto de la guerra contra los amonitas, subraya que, mientras el ejército pone sitio a la ciudad enemiga, David se queda ocioso en Jerusalén: ¿es posible que se encuentre en esta dejadez la raíz del pecado?

        En la segunda parte, el pecado se va apoderando cada vez más del corazón del rey y lo arrastra con un ritmo creciente de perfidia. David intenta primero engañar a Urías y ocultar el adulterio (v. 8), pero no tiene éxito en su intento. En efecto, Urías, cumpliendo las leyes de pureza que impedían las relaciones conyugales en el curso de las acciones de guerra, no va a casa de su mujer (w. 9.13). Ahora no le queda al rey más que el delito: tras ser enviado a primera línea, Urías pierde la vida a mano de los enemigos (w. 15-17).

        El relato, en su sencillez, es preciso y no muestra ninguna reticencia a la hora de acusar al rey; el libro de las Crónicas, que se muestra más obsequioso con David, calla el episodio.

 

Evangelio: Marcos 4,26-34

En aquel tiempo,

26 decía Jesús a la gente: - Sucede con el Reino de Dios lo que con el grano que un hombre echa en la tierra.

27 Duerma o vele, de noche o de día, el grano germina y crece, sin que él sepa cómo.

28 La tierra da fruto por sí misma: primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga.

29 Y cuando el fruto está a punto,en seguida se mete la hoz, porque ha llegado la siega.

30 Proseguía diciendo: - ¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?

31 Sucede con él lo que con un grano de mostaza. Cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas.

32 Pero, una vez sembrada, crece, se hace mayor que cualquier hortaliza y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.

33 Con muchas parábolas como éstas, Jesús les anunciaba el mensaje, acomodándose a su capacidad de entender.

34 No les decía nada sin parábolas. A sus propios discípulos, sin embargo, se lo explicaba todo en privado.

 

        **• El pasaje incluye dos comparaciones destinadas a ilustrar la idea del Reino. La primera (w. 26-29), que recuerda la parábola del sembrador, compara el Reino con el campesino que, tras la siembra, espera inactivo el crecimiento de la semilla hasta el momento de la siega. Dos son al menos los niveles de lectura de esta breve parábola. La siembra puede representar la predicación del Evangelio, una predicación confiada a los discípulos: Jesús les invita a que tengan paciencia, porque la semilla de la Palabra actúa por su propia virtud y da fruto según modos y tiempos que el hombre no puede conocer ni acelerar a su gusto.

        La semilla se desarrolla sin que el campesino sepa cómo, y la tierra produce por sí misma el grano: sólo «cuando el fruto está a punto» (v. 29), esto es, cuando el Reino se haya manifestado en su gloria, será necesario volver a ponerse a la obra. Ahora bien, podemos ver también en el sembrador la acción de Dios: ha enviado al mundo su Palabra, ahora espera que dé fruto (cf. Is 55,10ss), y, en el tiempo de la siega, metáfora del juicio final, empuñará la hoz.

        La segunda comparación (w. 30-32) representa el Reino como el grano de mostaza del que nace un gran árbol. También aquí se trata de un mensaje de confianza, un mensaje importante para la comunidad primitiva, que hubiera podido caer en el desánimo. No importa que sus miembros sean pocos y pequeños; es más, la Palabra de Dios dará frutos inconmensurables, aunque no por nuestros méritos, sino por la gracia. La conclusión (w. 33ss) retoma el tema del doble lenguaje de Jesús: parábolas para el gran público, explicación en privado sólo para los discípulos.

 

MEDITATIO

La Palabra escuchada ilumina con una luz cálida y transparente la misión que, en virtud del bautismo, consagra a todo cristiano a la Verdad persona que es Jesús y a la misión que él perpetúa en su Iglesia, misionera de paz y de unidad en el mundo. La vida cristiana es fruto de la participación en el amor que une a Jesús y al Padre, que tiende a hacer crecer injertados en él y a hacer brotar de él pensamientos, palabras y obras a fin de que cada persona se reconozca sumergida en la misma misericordia y quiera ser asociada a la comunión entre las Personas divinas, fuente y vértice de toda iniciativa sacramental y de todo compromiso apostólico.

La consagración a la Verdad, o sea, a Jesús, Verdad del Padre, es la expresión más sublime de la dignidad humana y cristiana. Las personas humanas, que no han sido hechas para vivir una vida bruta, sino «para seguir la virtud y el conocimiento» (Dante), entran en Cristo en los horizontes en los que esta vocación-misión se sitúa y se expande: cultivar nuestra inteligencia y querer estar disponibles para la Verdad, sustraernos a toda mentira y doblez, liberar nuestra mente y nuestro corazón para que la Palabra de la Verdad no se contamine y no deba morar con el error. La virtud en la inteligencia es preparación y nostalgia de ver a Dios, es fuerza de consentimiento a la oración de Jesús al Padre, compromiso de no hacer vano el anuncio del «misterio escondido desde el principio de los siglos», nuestra unión con Cristo, que ha resucitado como primicia de todos aquellos que en él viven, esperan y obran. Querer entender la Verdad, ser habitados por ella, liberados y libres por ella, ser ministros dóciles de la luz que ella es y que de ella irradia, no es ni un hobby ni una pretensión soberbia; es docilidad humilde, sencilla, perseverante, orante y amorosa ante el designio del Padre, que, en su Espíritu, capacita para conocerle, reconocerle y amarle en esta vida, para ser inundados de la plenitud de su luz en la gloria.

 

ORATIO

¡Oh, Santísimo Jesús, que aquí sois verdaderamente Dios escondido, concededme desear ardientemente, buscar prudentemente, conocer verdaderamente y cumplir perfectamente en alabanza y gloria de vuestro nombre todo lo que os agrada.

Ordenad, ¡oh Dios mío!, el estado de mi vida; Concededme que conozca lo que de mí queréis y que lo cumpla como es menester y conviene a mi alma. Concededme, oh Señor Dios mío, que no desfallezca entre las prosperidades y adversidades, para que ni en aquéllas me ensalce, ni en éstas me abata.

De ninguna cosa tenga gozo ni pena, sino de lo que lleva a vos o aparta de vos.

A nadie desee agradar o tema desagradar, sino a vos.

Séanme viles, Señor, todas las cosas transitorias y preciosas todas las eternas.

Disgústeme, Señor, todo gozo sin vos, y no ambicione cosa ninguna fuera de vos. Séame deleitoso, Señor, cualquier trabajo por vos y enojoso el descanso sin vos.

Concededme, oh Dios mío, levantar a vos mi corazón frecuente y fervorosamente, hacerlo todo con amor, tener por muerto lo que no pertenece a vuestro servicio, hacer mis obras no por rutina, sino refiriéndolas a vos con devoción.

Hacedme, oh Jesús, amor mío y mi vida, obediente sin contradicción, pobre sin rebajamiento, casto sin corrupción, paciente sin disipación, maduro sin pesadumbre, diligente sin inconstancia, temeroso de vos sin desesperación, veraz sin doblez; haced que practique el bien sin presunción, que corrija al prójimo sin soberbia, que le edifique con palabras y obras sin fingimientos.

Dadme, oh Señor Dios mío, un corazón vigilante que por ningún pensamiento curioso se aparte de vos; dadme un corazón noble que por ninguna intención siniestra se desvíe; dadme un corazón firme que por ninguna tribulación se quebrante; dadme un corazón libre al que ninguna pasión violenta le domine.

Otorgadme, oh Señor Dios mío, entendimiento que os conozca, diligencia que os busque, sabiduría que os halle, comportamiento que os agrade, perseverancia que confiadamente os espere, y esperanza que, finalmente, os abrace.

Concededme que me aflija con vuestras penas aquí por la penitencia, que en el camino de mi vida use de vuestros beneficios por la gracia y que en la patria goce de vuestras alegrías por la gloria.

Señor, que vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

(Oración al Santísimo Sacramento de santo Tomas de Aquino).

 

CONTEMPLATIO

Es claro que no todos pueden dedicarse a la ciencia con esfuerzo, y por eso Cristo ha dado una ley sencilla que todos puedan conocer y nadie pueda excusarse por ignorancia de su cumplimiento. Ésta es la ley del amor divino: porque pronta y perfectamente cumplirá el Señor su palabra sobre la tierra (Rom 9,28; Is 10,23).

Esta ley debe ser la regla de todos los actos humanos. Del mismo modo que sucede en las cosas artificiales, donde una cosa se dice buena y recta cuando se adecúa a la regla, de la misma manera, pues, cualquier acción del hombre se llama recta y virtuosa cuando concuerda con la regla divina del amor, mientras que cuando está en desacuerdo con ella no es ni recta, ni buena, ni perfecta. Esta ley, la del amor divino, realiza en el hombre cuatro cosas muy deseables.

En primer lugar, es causa en él de la vida espiritual; es claro que ya en el orden natural el que ama está en el amado, y, del mismo modo, también el que ama a Dios lo tiene al mismo dentro de sí: Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4,16). Es propio también naturalmente en el amor que el que ama se transforme en el amado; así, si amamos a Dios nos hacemos divinos: El que se une al Señor es un espíritu con él (1 Cor 6,15). Y como afirma san Agustín, «como el alma es la vida del cuerpo, así Dios es la vida del alma». Paralelamente, el alma obrará virtuosamente y perfectamente sólo cuando actúe por la caridad, mediante la cual Dios habita en ella; en cambio, sin caridad, no podrá actuar: El que no ama permanece en la muerte (1 Jn 3,14). Si alguien tuviera todos los dones del Espíritu Santo, pero no la caridad, no tiene la vida. Sea el don de lenguas, sea la gracia de la fe o cualquier otro, como el don de profecía, si no hay caridad, no dan la vida (1 Cor 3). Aunque al cuerpo muerto se lo revista de oro y piedras preciosas, no obstante siempre estará muerto.

En segundo lugar, es causa del cumplimiento de los mandamientos divinos. Dice san Gregorio que la caridad no es ociosa: si se da, actuará cosas grandes, pero si no se actúa es que no hay allí caridad. Comprobamos cómo el que ama es capaz de hacer cosas grandes y difíciles por el amado, por ello dice el Señor: El que me ama guardará mi palabra (Jn 4,23). El que guarda el mandamiento y ley del amor divino cumple toda la ley.

Lo que hace la caridad en tercer lugar es ser una defensa en la adversidad. Al que posee la caridad ninguna cosa adversa le dañará; es más, se convertirá en utilidad: A los que aman a Dios todo les sirve para el bien (Rom 8,28); aún más, incluso al que ama le parecen suaves las cosas adversas y difíciles, como entre nosotros mismos vemos tan manifiestamente.

En cuarto lugar, la caridad lleva a la felicidad; únicamente a los que tienen caridad se les promete efectivamente la bienaventuranza. Todas las demás cosas, si no van acompañadas de la caridad, son insuficientes. Además, es de saber que la diferencia de bienaventuranza se deberá únicamente a la diferencia de caridad y no en comparación con otras virtudes («De los opúsculos teológicos de santo Tomás de Aquino, presbítero [In dúo praecenta...», Ed. J. P. Torrel, en Revue des Se. Phil. El Théol. 69, 1985, pp. 26-29]).

 

ACTIO

Durante la jornada de hoy, repite con frecuencia y ora con santo Tomás: «Sagrado banquete en el que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la vida futura».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Puesto que me preguntaste, Juan carísimo en Cristo, de qué modo debes aplicarte para adquirir el tesoro de la ciencia, éste es el consejo que te doy:

1º que por los riachuelos y no de golpe al mar procures introducirte, ya que conviene ir a las cosas difíciles a través de las más fáciles;

2º por tanto, este es mi consejo y tu instrucción. Sé tardo para hablar e incorpórate tarde a los coloquios;

3° depura tu conciencia;

4º no abandones el tiempo dedicado a orar;

5º ama permanecer en tu celda, si quieres ser introducido donde está el vino añejo;

6º muéstrate amable con todos;

7º no pretendas conocer con todo detalle las acciones de los demás;

8º con nadie te muestres muy familiar, porque las familiaridades originan desprecios y suministran materia para sustraerse al estudio;

9º en lo que dicen o hacen los mundanos no te impliques de ninguna manera;

10º apártate del discurso que pretende explicarlo todo;

11º no dejes de imitar los ejemplos de los santos y hombres buenos;

12º encomienda a la memoria lo que se diga de bueno, sin importarte a quién oigas;

13º esfuérzate en entender lo que leas y oigas;

14º cerciórate acerca de los asuntos dudosos;

15º y preocúpate de guardar cuanto puedas en el cofre de la mente, como quien ansia llenar un recipiente;

16º no pretendas lo que es más alto que tú.

Siguiendo esas indicaciones, echarás ramas y darás frutos útiles en la viña del Señor Altísimo mientras vivas. Si sigues estos consejos, podrás alcanzar aquello a lo que aspiras (santo Tomás de Aquino, Consejos para estudiar bien y plantear rectamente la vida.

 

 

Día 29

 Sábado de la III semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 12,1 -7a. 10-17

En aquellos días,

1 el Señor envió al profeta Natán, que se presentó a David, y le dijo: - Había en una ciudad dos hombres, uno rico y otro pobre.

2 El rico tenía muchas ovejas y vacas.

3 El pobre no tenía nada más que una corderilla que había comprado. La había criado, y había crecido con él y con sus hijos; comía de su bocado, bebía de su vaso y dormía en su seno; era como una hija para él.

4 Un día llegó un huésped a casa del rico y éste no quiso tomar de sus ovejas ni de sus vacas para servir al viajero, sino que robó al pobre la corderilla y se la sirvió al huésped.

5 David se enfureció contra aquel hombre y dijo a Natán: - Vive el Señor que el que ha hecho tal cosa merece la muerte,

6 y pagará cuatro veces el valor de la corderilla por haber hecho esto y haber obrado sin piedad.

7 Entonces Natán dijo a David: - ¡Ese hombre eres tú! Así dice el Señor, Dios de Israel: la espada no se apartará nunca de tu casa, por haberme despreciado y haber tomado a la mujer de Urías, el hitita.

8 Así dice el Señor: Yo haré que el mal te venga de tu propia familia; a tus propios ojos tomaré a tus mujeres y se las daré a tu prójimo para que se acueste con ellas a la luz del sol que nos alumbra.

12 Tú lo has hecho en secreto, pero yo lo haré a la vista de todo Israel y a la luz del sol que nos alumbra.

11 David dijo a Natán: - He pecado contra el Señor. Entonces Natán le respondió: - El Señor perdona tu pecado. No morirás.

14 Pero, por haber ultrajado al Señor de este modo, morirá el niño que te ha nacido. Y Natán se marchó a su casa.

15 El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y se puso muy malo.

16 David rogó a Dios por el niño: ayunó, se retiró y pasó la noche acostado en el suelo.

17 Los ancianos de su casa le insistieron para que se levantara del suelo, pero él no quiso ni tomó alimento alguno con ellos.

 

        **• Tras haber hecho morir a Urías, David tomó a Betsabé como mujer. Pero el Señor no deja impune el delito y envía al profeta Natán para que mueva el corazón del rey a la conversión. Natán le cuenta la célebre parábola del hombre rico que toma para sí la única corderilla del vecino (w. 1-4). David es un rey justo y pronuncia con indignación la inmediata condena del hombre: debe morir (v. 5). Pero se produce entonces el giro dramático del relato: Natán no se demora más en relatos simbólicos, sino que habla con dura claridad: «¡Ese hombre eres tú!» (v. 7). La palabra del profeta obtiene el efecto para el que ha sido pronunciada: David reconoce su pecado y la plegaria de arrepentimiento que brota de su corazón encuentra su expresión en el salmo 50.

        Con todo, el drama no ha concluido. David no es rechazado por el Señor, que se mantiene fiel a la promesa de no alejarse de él como se había alejado de Saúl; sin embargo, llega el castigo, un castigo terrible que David

padece impotente y postrado por el dolor: el niño, fruto del adulterio, enferma y muere.

 

Evangelio: Marcos 4,35-41

35 Aquel mismo día, al caer la tarde, les dijo: - Pasemos a la otra orilla.

36 Ellos dejaron a la gente y lo llevaron en la barca, tal como estaba. Otras barcas lo acompañaban.

37 Se levantó entonces una fuerte borrasca y las olas se abalanzaban sobre la barca, de suerte que la barca estaba ya a punto de hundirse.

38 Jesús estaba a popa, durmiendo sobre el cabezal, y le despertaron, diciéndole: - Maestro, ¿no te importa que perezcamos?

39 Él se levantó, increpó al viento y dijo al lago: - ¡Cállate! ¡Enmudece! El viento amainó y sobrevino una gran calma.

40 Y a ellos les dijo: - ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis te?

41 Ellos se llenaron de un gran temor y se decían unos a otros: - ¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?

 

        *• La tempestad calmada sigue al discurso sobre las parábolas (Mc 4,1-34) e inaugura una sección que incluye cuatro milagros (4,35-5,43). El arranque (w. 35ss) inserta el episodio en la situación espacio-temporal precedente: es el mismo día, estamos aún en el lago. La iniciativa parte de Jesús, que decide «pasar a la otra orilla». Sin embargo, los discípulos son sujetos activos. Éstos «lo llevaron en la barca» y se quedaron después solos luchando contra la tempestad, mientras Jesús dormía.

        La primera parte del relato (w. 35-37) contempla un ritmo creciente de los acontecimientos hasta el drama. El v. 38 es central, y subraya el contraste entre la serenidad de Jesús y el ansia de los discípulos.

        Casi se han invertido las relaciones: Jesús se confía, tranquilo, a la pericia de los marineros, pero los angustiados discípulos no confían en la presencia de Jesús, incluso le lanzan reproches: «¿No te importa que perezcamos? » (v. 38). En la segunda parte (w. 39ss), la decidida intervención de Jesús resuelve el drama. Basta una orden y callan tanto el fragor de la tempestad como el vocear aterrorizado de los discípulos: la pregunta de Jesús (v. 40) queda sin respuesta. El miedo que se ha apoderado de los discípulos es síntoma de falta de fe.

        La manifestación del poder de Jesús sobre los elementos transforma el miedo en temor de Dios: los discípulos no tienen todavía claro quién es Jesús y sólo intuyen que hay en él algo que les llena de espanto.

 

MEDITATIO

        La pregunta sobre la identidad de Jesús es una constante en el evangelio de Marcos (cf. Me 1,27). La familiaridad con él no facilita mucho las cosas a los discípulos; más aún, habituarse a tenerlo como compañero de camino, tomarlo con ellos en su propia barca, puede engendrar la ilusión de haberse apoderado de él. Pero la inesperada tempestad supone para ellos un brusco despertar, un despertar que pone en crisis la confianza en el Maestro, y casi oímos la decepción en sus voces: «¿No te importa que perezcamos?».

        Cuántas veces nos sentimos tranquilos, al amparo de nuestras comunidades bien organizadas, protegidos por la asiduidad a los ritos y tranquilizados por lecturas edificantes. Incluso cuando nos aventuramos a salir al exterior, creemos seguir teniendo con nosotros al Señor, aunque, en realidad, no nos fiamos hasta el fondo de él: a la primera adversidad, a los primeros fracasos, le reprochamos habernos abandonado.

        La fragilidad, la incertidumbre, la duda, nos parece que son sólo de los otros: nosotros conocemos bien el catecismo, ¡qué diantre! Sin embargo, también temblamos apenas se levanta el viento: somos nosotros los discípulos desconcertados y temerosos, somos nosotros David el pecador. «¡Ese hombre eres tú!», nos dice también a nosotros el profeta.

 

ORATIO

        Socorre nuestra fragilidad, Señor, y humilla nuestro orgullo. Abre nuestros ojos para que reconozcamos nuestro pecado. Nos jactamos ante los otros, como si el don de formar parte de tu rebaño fuera una garantía y no una gracia inmerecida. Ayúdanos a comprender que el conocimiento de tu Evangelio es un don que debemos comunicar a los otros, y no una posesión que debemos guardar celosamente.

        Sostennos en las pruebas, para que no caigamos en la tentación de considerar el mal como un desmentido de tu bondad. Te acusamos a menudo de estar lejos, de no ver ni oír nuestros lamentos; merecemos tus reproches mucho más que tus discípulos: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

        No eres tú el que duerme, Señor. Somos nosotros los que no conseguimos verte. Perdónanos y ten piedad de nuestra poca fe.

 

CONTEMPLATIO

        Es bueno no caer, o bien caer y volver a levantarse. Y si llegamos a caer, es bueno no desesperar y no volvernos extraños al amor que tiene el Soberano por el hombre.

        Si lo quiere, puede tener, en efecto, misericordia de nuestra debilidad. Tan solo hemos de limitarnos a no alejarnos de él, a no sentirnos angustiados si nos sentimos forzados por los mandamientos, y no hemos de sentirnos abatidos si no llegamos a nada. [...] No debemos tener prisa ni replegarnos, sino volver a empezar siempre de nuevo. [...] Espéralo, y él tendrá misericordia de ti, bien con la conversión, bien con pruebas, bien con cualquier otra providencia que ignoras (Pedro Damasceno, Libro secondo. Ottavo discorso, en La filocalia, Turín 1982, I, p. 94 [edición española: La filocalia de la oración de Jesús, Sígueme, Salamanca 51998]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «David dijo: "He pecado contra el Señor"» (2 Sm 12,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        [La historia de David] llena de sensatez, no es lejana para nosotros, porque David es un gran modelo para todos los tiempos. Nos enseña cómo a partir de pequeñas desatenciones puede entrar el hombre en graves dificultades, y si no mantiene la mirada fija en Dios cae en errores cada vez más grandes para cubrir los precedentes. Dios, sin embargo, es rico en misericordia e interviene para ayudarnos a volver a encontrar lo mejor de nosotros, a volver a encontrar lo que el Espíritu ha puesto como don en nuestro corazón: el amor a la verdad, a la justicia, a la lealtad.

        Nos reconocemos en David porque en cada uno de nosotros está el corazón malvado del que procede el desorden. Por eso nos invitan el salmo 50 y el relato [del segundo libro de Samuel] a reflexionar en serio: no podemos presumir de estar exentos de la culpa sólo porque no seamos reyes o no tengamos el poder de David. Es nuestra condición humana la que se encuentra en un destino de desorden y, por eso, corre el riesgo de convertirnos, al menos en las pequeñas circunstancias, en prisioneros de nosotros mismos, incapaces de reconocernos y de confesarnos pecadores. Sólo la gracia de Dios, continuamente invocada y acogida, vuelve a ponernos cada día en la verdad.

         [Reflexionemos] sobre todo el contexto de la historia de Betsabé y de Urías, preguntándonos en la oración por qué los libros sagrados han querido contar tales acontecimientos y otorgar tanto espacio a la descripción de este pecado de David y tanta importancia a la sucesión (cf. 1 Reyes). Sólo así nos será posible comprender la figura de David en todo su significado y, en consecuencia, comprender la historia de la salvación, comprender que en el rostro de Cristo resplandecen la luz de Dios y la esperanza de los hombres (C. M. Martini, David peccatore e creciente, Milán - Cásale Monf. 1989, pp. 75-78, passim [edición española: David, pecador y creyente, Editorial Salterrae, Santander 1996]).

 

 

Día 30

 

4° domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 1,4-5.17-19

En los días del rey Josías,

4 el Señor me habló así

5 Antes de formarte en el vientre te conocí; antes de que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de las naciones.

17 Pero tú cíñete la cintura, levántate y diles todo lo que yo te mande.

No les tengas miedo, no sea que yo te haga temblar ante ellos.

18 Yo te constituyo hoy en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce frente a todo el país: frente a los reyes de Judá y sus príncipes, frente a los sacerdotes y los terratenientes.

19 Ellos lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte.

 

**• La vocación de Jeremías para ser profeta de Israel tuvo lugar en el momento trágico en que comenzaba la caída del reino de Judá. Tuvo la ingrata tarea de acusar al pueblo, que vivía sumido en la decadencia moral y religiosa, y de ahí que la vida del profeta fuera una continua lucha contra los poderosos de Israel. Los w. 4ss nos presentan al hombre Jeremías, elegido y destinado para una tarea bien precisa: ser «profeta de las naciones ». Ahora bien, si para esta misión Dios le pide al profeta valor (v. 17), también le garantiza a su elegido el apoyo y la certeza necesarios para resistir las mentiras y las pruebas dolorosas con la fuerza de su proximidad (v. 19). El Señor le exige a Jeremías que tenga una obediencia plena, así como disponibilidad y confianza en él; de lo contrario, el profeta se expondrá a la humillación y al miedo delante de sus enemigos.

La vocación del profeta Jeremías, a diferencia de la de Isaías y Ezequiel, tiene un elemento inconfundible y típico. Este elemento es el destino de la persona a una tarea grande desde el mismo momento de su concepción, aunque después no aflore en todas las circunstancias de su vida. Este destino comporta para el elegido una constante y progresiva intimidad con Dios, que implica en sí misma momentos trágicos de abandono y persecución por parte de los hombres. La fuerza de la vocación del profeta, a pesar del ambiente de hostilidad religiosa y de abandono social, residirá sólo en la promesa de Dios: «Yo estoy contigo para librarte» (v. 19).

 

Segunda lectura: 1 Corintios 12,31-13,13

Hermanos:

12.31 En todo caso, aspirad a los carísimas más valiosos. Pero aún os voy a mostrar un camino que los supera a todos.

13.1 Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe.

2 Y aunque tuviera el don de hablar en nombre de Dios y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque mi fe fuese tan grande como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy.

3 Y aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, sí no tengo amor, de nada me sirve.

4 El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia.

5 No es grosero, ni egoísta; no se irrita ni lleva cuentas del mal;

6 no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad.

7 Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta.

8 El amor no pasa jamás. Desaparecerá el don de hablar en nombre de Dios, cesará el don de expresarse en un lenguaje misterioso y desaparecerá también el don del conocimiento profundo.

9 Porque ahora nuestro saber es imperfecto, como es imperfecta nuestra capacidad de hablar en nombre de Dios,

10 pero, cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto.

11 Cuando yo era niño, hablaba como niño, razonaba como niño; al hacerme hombre, he dejado las cosas de niño.

12 Ahora vemos por medio de un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco imperfectamente; entonces conoceré como Dios mismo me conoce.

13 Ahora subsisten estas tres cosas: la fe, la esperanza, el amor, pero la más excelente de todas es el amor.

 

*»• La Iglesia de Corinto supuso para Pablo motivo de muchas preocupaciones. Sin embargo, el pensamiento con el que el apóstol educó a los miembros de la comunidad cristiana ante los muchos problemas de la vida a los que tuvo que hacer frente se puede resumir en pocas palabras: fue testigo del amor de Cristo por todos. Y a los corintios, que aspiran a los carismas más llamativos y visibles, Pablo les responde enseñándoles el camino mejor, el del gran carisma del agapé.

El elemento más vigoroso de este himno paulino al amor consiste, efectivamente, en el hecho de relativizar todo tipo estructural de ascetismo o de método espiritual, aunque sean válidos. Así, con este texto, nos conduce al corazón del mensaje cristiano, que es el mandamiento del amor a Dios y a los hermanos. Este camino es el único que puede conducir a la humanidad a la civilización del amor sin fronteras. El cristiano, que se siente llamado a esta misión y vive este amor, posee el carisma más elevado, el que conduce a la vida verdadera y a la experiencia del Dios-amor. Este amor es un don que supera a todos los otros dones o carismas. Y Pablo califica bien en el fragmento que hemos leído lo que entiende por amor: no es el eros, es decir, el amor posesivo, sino la caridad, esto es, el amor que se entrega y no se pertenece.

 

Evangelio: Lucas 4,21-30

En aquel tiempo, Jesús

21 comenzó a decirles: -Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar.

22 Todos asentían y se admiraban de las palabras que acababa de pronunciar. Comentaban: -¿No es éste el hijo de José?

23 Él les dijo: -Seguramente me recordaréis el proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún hazlo también aquí, en tu pueblo».

24 Y añadió: -La verdad es que ningún profeta es bien acogido en su tierra.

25 Os aseguro que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo durante tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país;

26 sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en la región de Sidón.

27 Y muchos leprosos había en Israel cuando el profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.

28 Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación;

29 se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que se asentaba su ciudad, con ánimo de despeñarlo.

30 Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó.

 

*»- Nos encontramos frente al discurso programático que pronuncia Jesús sobre la salvación siguiendo la estela de los grandes profetas de Israel: «Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar» (v. 21). Sin embargo, cuando Jesús proclama que hoy se cumple la Escritura, lo que anuncia en realidad es que ha llegado el espíritu de la liberación definitiva, en el que él se revela como aquel en quien se cumplen todas las profecías siguiendo el plan de Dios. La Palabra de liberación revelada por Jesús no suscita entusiasmo, sino escepticismo y oposición por parte de sus conciudadanos. Éstos hubieran preferido no el anuncio de una liberación y la invitación a la conversión para una vida nueva, sino ver pruebas concretas de su poder a través de milagros y signos estrepitosos.

Jesús responde a los suyos, que lo reconocen como «el hijo de José», con el ejemplo de los antiguos profetas: del mismo modo que a Elías y Eliseo no se les concedió que sus paisanos vieran por medio de ellos grandes gestas, tampoco Jesús concede a los suyos ver grandes milagros y signos. La verdad que anuncia Jesús es otra: llevar la liberación a los prisioneros, a los pobres y a los oprimidos de este mundo, y llevar la «alegre noticia» que culmina con el don de su vida, entregada por amor a toda la humanidad. Jesús no busca su propio interés humano, como hacen a menudo los hombres, sino que lleva a cada hombre, con su misión, la verdadera libertad y el Espíritu de vida que tiene su fuente en Dios.

 

MEDITATIO

La primera lectura y el evangelio de hoy nos llevan a meditar sobre la función profética de Jesucristo y sobre la nuestra. Jesús, como atestiguan más de una vez los evangelios, fue considerado como un profeta por la muchedumbre (Mt 21,11-45; Le 7,16; 24,19; Jn 4,19; 6,14; 7,40; 9,17). Y lo fue verdaderamente en el sentido más cabal del término. Como los profetas del Antiguo Testamento, pero mucho más que ellos, llevó al mundo la Palabra de Dios. Más aún, él mismo era la Palabra de Dios en persona presente en el mundo (Jn 1,1-14). Por medio de él, a través de sus palabras y sus acciones, el Dios vivo y santo se dio a conocer a sí mismo y dio a conocer su magno designio de salvación en favor de la humanidad. Sobre todo, se dio a conocer como Amor (1 Jn 4,8.16), un amor sin límites, que poseía de una manera inimaginable todas las características descritas por Pablo en su himno de la primera Carta a los Corintios, que hemos leído.

El Concilio Vaticano II, que ha renovado de manera profunda la conciencia eclesial, ha querido poner de relieve insistentemente la participación de todos los miembros de la Iglesia, sin excepción, en la función profética de Jesús {Lumen gentium, 12 y 33). Por consiguiente, todos estamos llamados a comunicar la Palabra de Dios al mundo. Una Palabra que haga presente su Amor en medio de los hombres y de las mujeres de nuestro mundo, ya sea animándoles en su compromiso en favor del bien de los otros, ya sea haciéndoles tomar conciencia de sus desviaciones y de sus repliegues egoístas.

Sin embargo, no resulta fácil ser profeta. La experiencia de Jesús, transmitida también por el evangelio de hoy, nos lo hace tocar con la mano. La Palabra de Dios es «más cortante que una espada de doble filo» (Heb 4,12). En consecuencia, puede molestar a quien no esté dispuesto a acogerla. Las reacciones contrarias pueden hacerse notar e incluso hacerlo de modo violento. El profeta Jesús terminó, efectivamente, en la cruz. Sólo el amor, que debe llenar el corazón de todo verdadero profeta, puede superarlas, como Jesús las superó.

 

ORATIO

Nos has enviado, Padre, como profetas en medio del mundo, como enviaste a Jeremías y como enviaste a tu Hijo Jesús. A través de nosotros quieres hacer escuchar tu Palabra de amor a los hombres y a las mujeres, nuestros hermanos. Quieres que nosotros te demos a conocer a ellos, para que puedan saber que tú les amas con un amor sin límites, con un amor que «es paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia. No es grosero, ni egoísta; no se irrita ni lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta» (1 Cor 13,4-7). Y quieres que demos a conocer también tu gran proyecto de amor en favor de todos y cada uno sin excepción.

La Palabra que pones en nuestro corazón y en nuestros labios es fuego que quema, pero también fuerza que edifica. Ayúdanos a acogerla con liberalidad y a darla con generosidad y coraje. Concédenos la gracia de no tenerla «guardada en un pañuelo» (cf. Le 19,20), sino de entregarla con prodigalidad a nuestros hermanos. Y si en algún momento nos parece pesada, ayúdanos tú mismo, como ayudaste a Jeremías y a Jesús, a no deshacernos de ella, porque va en ello el bien de nuestros hermanos y nuestro propio bien.

 

CONTEMPLATIO

Había un pan que alimentaba a los ángeles, pero que no nos alimentaba a nosotros, haciéndonos, por tanto, miserables, porque toda criatura dotada de razón se siente hundida en la miseria si no es alimentada por este pan. Nosotros, por nuestra parte, estábamos tan débiles que no podíamos gustar en modo alguno este pan en toda su pureza. Había en nosotros una doble levadura: la mortalidad y la iniquidad. El Verbo, bueno y misericordioso, vio que nosotros no podíamos subir a él y, entonces, vino él a nosotros. Tomó una parte de nuestra levadura, se adaptó a nuestra debilidad [...].

Quiso darnos ejemplo. Pensad en él, antes de su pasión. Entonces era como un pan fermentado: tuvo hambre y sed, lloró, durmió, estuvo cansado; a través de todo esto mostró la compasión y la caridad que tuvo con nosotros. Todas estas cosas son como medicinas que eran necesarias para nuestra debilidad. Y tal como nos convenía a nosotros, él, que no las tenía en sí, las tomó de nosotros. Observad, ahora, cómo nuestro Señor asumió una realidad que le era extraña para poder realizar su obra; a saber, la obra de su misericordia: el Pan tiene hambre, la Fuente tiene sed, la Fuerza se cansa, la Vida muere. Su hambre nos sacia, su sed nos embriaga, su cansancio nos reanima, su muerte nos da la vida. Esta saciedad espiritual nos pertenece, esta embriaguez espiritual nos pertenece, esta renovación espiritual nos pertenece, esta vivificación espiritual nos pertenece. Todo ello es obra de su misericordia (Elredo de Rievaulx, Sermone XII per la Pascua, 12.19ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús sostiene todo con el poder de su Palabra» (cf. Heb 1,3a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Me parece urgente volver a tomar conciencia de la naturaleza profética de la Iglesia. Fue en Pentecostés cuando nació como pueblo profetice Pero esta vocación significa prestar una atención constante a la venida del Reino de Dios en la historia. Testimonio, palabra y sabiduría son las tres manifestaciones de la cualidad profética de la Iglesia. Ahora bien, en la raíz del testimonio de vida y de la palabra explícita está el «sentido de la fe». Hablar de «sentido de la fe» significa reconocer que cada cristiano, al esforzarse por ser fiel a Cristo y a la inspiración de su Espíritu, recibe una iluminación que le permite discernir lo que debe o no debe hacer. Puede encontrar, en una situación concreta, lo que requiere la fe. Con todo, debe verificar, evidentemente, con los otros eso que intuye.

El profetismo no es una predicción del futuro, sino una lectura honda del presente. A partir de esta lectura, podemos detectar qué palabra y qué acción son urgentes. En una Iglesia que ya no se encuentra en una posición de fuerza en la sociedad, el cristiano vuelve a disponer de la posibilidad de lanzar una propuesta más libre y un testimonio más convincente: dice lo que tiene que decir, expresa lo que considera que está obligado a expresar. Ser profeta hoy podría significar disponer de la libertad de ser una instancia crítica, considerando con desprendimiento las seducciones actuales: individualismo, comodidad, seguridad... La conciencia escatológica que habita en la vocación cristiana debe infundir el valor necesario para ir contracorriente en algunas cuestiones, como la familia y la esfera conyugal.

La respuesta cristiana echa sus raíces en una elevada concepción del ser humano y en la convicción de que no estamos atados a la repetición de lo que siempre es igual: de que es posible la novedad. El cristianismo debe manifestar hoy su capacidad de humanización del hombre, que es la vía de la verdadera divinización (B. Chenu, «La chiesa popólo di profeti», en Parola spiríto e vita 41 [2000], 238-239.246, passim).

 

 

Día 31

Lunes de la IV semana del Tiempo ordinario o

San Juan Bosco

 

        Nació en Castelnuovo d'Asti en el año 1815, en el seno de una familia pobre. Dio muestras de poseer grandes dotes. Fue educado por su madre en la fe y en la práctica de las virtudes cristianas. A los nueve años intuyó por un sueño que debería dedicarse a la educación de la juventud. Siendo todavía un muchacho, fundó entre sus compañeros la «Sociedad de la alegría» para hacer la guerra al pecado. Ordenado sacerdote en 1841, escogió como programa de vida: Da mihi animas, cetera tolle (Gn 14,21) y dio origen al oratorio bajo la protección de san Francisco de Sales. Su estilo educativo y pastoral se basaba en el sistema preventivo y en la educación en la fe. Fundó la «Sociedad de san Francisco de Sales» (salesianos) y, con santa María Domenica Mazzarello, el «Instituto de las Hijas de María Auxiliadora». Creó también con laicos los cooperadores salesianos. El «padre y maestro de la juventud» murió en Turín el 31 de enero de 1888.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 15,13-14.30;16,5-13a

En aquellos días,

15,13 vinieron a informar a David y le dijeron: - Los israelitas se han puesto de parte de Absalón.

14 Entonces, David dijo a todos los servidores que estaban con él en Jerusalén: - Levantaos y huyamos, porque, si no, no podremos escapar de Absalón. Salid inmediatamente, no sea que se dé prisa, nos sorprenda y nos cause una gran desgracia, pasando a cuchillo la ciudad.

30 David subía llorando la pendiente del monte de los Olivos; iba con la cabeza cubierta y los pies descalzos, y todo el pueblo que lo acompañaba subía también con la cabeza cubierta y llorando.

16,5 Cuando el rey David llegó a Bajurín, salió de allí un hombre de la familia de Saúl, llamado Semey, hijo de Güera. Salía echando maldiciones

6 y tiraba piedras a David y a todos sus servidores, mientras todo el ejército y los valientes iban a los flancos del rey.

7 Semey lo maldecía así: - ¡Vete, vete, hombre sanguinario y malvado!

8 El Señor te ha castigado por todas las muertes de la familia de Saúl, a quien usurpaste el trono, y ha puesto el reino en manos de tu hijo Absalón. Ahí tienes la desgracia que mereces, porque eres un hombre sanguinario.

9 Entonces Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: - ¿Por qué insulta ese perro muerto al rey, mi señor? Déjame que vaya y le corte la cabeza.

10 Pero el rey dijo: - No os entrometáis en mis asuntos, hijos de Seruyá. Si el Señor le ha mandado que maldiga a David, nadie puede reprochárselo.

11 Y añadió David a Abisay y a todos sus servidores: - Si un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, con mayor razón lo hará este hijo de Benjamín. Dejadlo maldecir, si el Señor se lo ha mandado.

12 Tal vez el Señor vea mi aflicción y cambie en bendición esta maldición de hoy.

13 David y sus hombres continuaron su camino, mientras Semey iba por la falda del monte, frente a David, insultándole, tirando piedras y levantando polvo.

 

        *•• La conjura de Absalón es uno de los dramáticos episodios que forman parte del atormentado declinar del reinado de David. Los w. 13ss recogen la reacción de David al enterarse de la rebelión de su hijo. Absalón venía preparando con cuidado, desde hacía tiempo, la conjura y había sabido seducir con lisonjas a los israelitas (15,lss), que se pusieron de su parte más por interés que por afecto (v. 13). David huye: su huida, más que una retirada estratégica, parece resignación, como si quisiera evitar un choque directo con su hijo. El rey parte al exilio, aunque el v. 30 describe más bien una peregrinación penitencial, la humilde aceptación de un castigo divino.

El oscuro episodio de la maldición de Semey (16,5-13a) acentúa la sensación de encontrarnos ante una derrota irreparable, atribuida a la voluntad del Señor. Semey pertenece a la familia de Saúl (v. 5), que, con la amenaza de una secesión del norte, constituía un permanente peligro para David.

        La maldición del v. 8 da en el blanco: en cierto modo, David usurpó el reinado de Saúl y teme ahora que Absalón pueda hacer lo mismo. David teme que Dios le haya abandonado, del mismo modo que había abandonado a Saúl (v. 11): por eso rechaza la ayuda del que quiere matar a Semey y acepta la afrenta como una prueba. El rey se siente implicado, si no responsable, en la cadena de los delitos que ensangrientan su casa, desde la violencia cometida por Amnón sobre Tamar al fratricidio de Absalón. Su esperanza es que el sufrimiento de hoy pueda ser ocasión de bien para mañana (v. 12).

 

Evangelio: Marcos 5,1-20

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos

1 llegaron a la otra orilla del lago, a la región de los gerasenos.

2 En cuanto saltó Jesús de la barca, le salió al encuentro de entre los sepulcros un hombre poseído por un espíritu inmundo.

3 Tenía su morada entre los sepulcros y ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo.

4 Muchas veces había sido atado con grilletes y cadenas, pero él había roto las cadenas y había hecho trizas los grilletes. Nadie podía dominarlo.

5 Continuamente, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras.

6 Al ver a Jesús desde lejos, echó a correr y se postró ante él,

7 gritando con todas sus fuerzas: - ¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.

8 Es que Jesús le estaba diciendo: - Espíritu inmundo, sal de este hombre.

9 Entonces le preguntó: - ¿Cómo te llamas? El le respondió: - Legión es mi nombre, porque somos muchos.

10 Y le rogaba insistentemente para que no los echara fuera de la región.

11 Había allí cerca una gran piara de cerdos, que estaban hozando al pie del monte,

12 y los demonios rogaron a Jesús: - Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.

11 Jesús se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron, entraron en los cerdos, y la piara se lanzó al lago desde lo alto del precipicio, y los cerdos, que eran unos dos mil, se ahogaron en el lago.

14 Los porquerizos huyeron y lo contaron por la ciudad y por los caseríos. La gente fue a ver lo que había sucedido.

15 Llegaron donde estaba Jesús y, al ver al endemoniado que había tenido la legión sentado, vestido y en su sano juicio, se llenaron de temor.

16 Los testigos les contaron lo ocurrido con el endemoniado y con los cerdos.

17  Entonces comenzaron a suplicarle que se alejara de su territorio.

18 Al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía que le dejase ir con él.

19 Pero no le dejó, sino que le dijo: - Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti.

20 El se fue y se puso a publicar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se quedaban maravillados.

 

        *»• El pasaje es una típica historia de exorcismo, enriquecida por numerosos detalles de no siempre fácil explicación, que hacen pensar en el relato de un testigo ocular. El episodio está ambientado en el este del lago de Tiberíades, en territorio pagano: eso explica la presencia de la piara de cerdos, animales impuros para Israel. La descripción del endemoniado acentúa el carácter dramático de la situación: el caso se presenta de inmediato como grave, y las condiciones en que se encuentra el hombre, como desesperadas. El grito de los demonios irrumpe con fuerza, anticipado además con respecto a la orden de Jesús que lo provoca; como en Mc 1,24, los demonios reconocen a Jesús; más aún, proclaman su divinidad y le piden que los deje estar, porque temen su poder. La descompuesta reacción del desventurado y la furia de los demonios hacen resaltar, por contraste, la imperturbabilidad de Jesús, que les pregunta el nombre como para obligarles a entregarse a él, y les permite refugiarse en los cerdos porque sabe que no tendrán escapatoria.  La imagen de la piara que se precipita en el lago es tal vez simbólica: indica el retorno de los demonios a Satanás, rey de los abismos. La reacción de los presentes, sin embargo, está dominada por el terror: los porquerizos huyen, los paisanos del que había recibido el milagro le ruegan a Jesús que se vaya.

        Quizás era demasiado pronto para que la Palabra de Jesús fuera acogida en un territorio extranjero, no preparado para su venida. Es necesaria la mediación del testigo y del apóstol: en sentido contrario al silencio impuesto normalmente en el evangelio de Marcos, aquí el endemoniado curado recibe la orden de anunciar la noticia a los suyos y proclama en la Decápolis la obra de Jesús.

 

MEDITATIO

        El drama que turba los últimos años de la vida de David se parece, trágicamente, al drama del endemoniado de Gerasa. Violencia, venganza y terror unen a David saliendo de Jerusalén con el infeliz geraseno que vaga entre los sepulcros. Romper grilletes y cadenas (Mc 5,4) no hace más que añadir violencia a la violencia, como cortarle la cabeza a Semey (2 Sm 16,9) no haría más que perpetuar la cadena de las venganzas.

        La liberación que el hombre necesita es algo diferente: David la espera a través de la purificación por el sufrimiento; el geraseno la obtiene de la iniciativa gratuita de Jesús. Nadie le ha pedido que cure a este hombre, que no dispone ni siquiera de su propia voz para implorarlo, puesto que quien grita en él es la legión de demonios que quiere alejar a Jesús. Sorprende la pasividad de los presentes, una pasividad que se transforma, a continuación, en hostilidad abierta respecto a Jesús, un extranjero venido a desbaratar una condición habitual y tranquila: los enfermos están excluidos del consorcio civil y rechazados a un lugar de muerte, los animales impuros son criados y guardados con cuidado. Arrojar la impureza a los abismos y restituir a la sociedad a quien había sido expulsado de ella es un gesto revolucionario, un gesto que rompe los esquemas mentales y da miedo. Es difícil convivir con la libertad: es mejor pedirle a Jesús que se vaya a otra parte (Mc 5,17).

 

ORATIO

        Cuántas veces he intentado romper, Señor, los grilletes y las cadenas. Cuántas veces he creído que las cosas no iban en la dirección adecuada simplemente porque se oponía cualquier obstáculo en la realización de mis planes. He intentado cambiar las cosas, me he rebelado y me parecía justificada la indignación e incluso la ira.

        Hubiera querido «cortar cabezas», como sugería Abisay; he comprobado con todas mis fuerzas que intentaba «mantenerme atado», como hacían los gerasenos. Ayúdame, Señor, a ser dócil como David, que se aleja sin combatir, dejando que se cumpla la voluntad de Dios. Ayúdame y libérame, Señor, de otras cadenas, no de las que puedo romper en un ímpetu de rabia, sino de esas otras interiores del pecado, que tal vez no consigo reconocer ni siquiera ver, pero que son el verdadero enemigo de quien sólo tú me salvas.

 

CONTEMPLATIO

        Si estás tú, Señor, que irrumpan también nuestros adversarios: más que irrumpir sobre nosotros, serán derrotados por ellos mismos. Que acudan de todas partes, serán dispersados igualmente. Perderán toda la fuerza ante la majestad de Dios, como la cera al primer contacto con el fuego. ¿Y habré de temer a quien está destinado a una derrota semejante? Aunque camine en medio de las tinieblas más oscuras, no temeré mal alguno, siempre que tú, Señor, Dios mío, estés conmigo. A una simple orden del Salvador, toda una legión diabólica tuvo que abandonar el cuerpo de un hombre que durante mucho tiempo había estado infestado, y no se atrevieron a hacer mal ni siquiera a una piara de cerdos, antes de que Él lo permitiera.

        Con cuánta mayor facilidad caerán a escuadras [los espíritus malignos] allí donde se encuentren, frente a la majestad de Cristo. Así pues, intrépido y libre de cualquier temor, alegrándote en la alabanza [de Dios], podrás ver todo esto con tus ojos (Bernardo de Claraval, Comentario al salmo 90, Alba 1977, pp. 104ss, passim [edición española: Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1984]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti» (Mc 5,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Afirma Dostoievski que basta con el sufrimiento ineluctable de un niño para hacer saltar todos los silogismos. Como decir: o se cree o no se cree. Así con la existencia del Mal. ¿Acaso no es necesaria la misma humildad para hacer frente a un problema tan desconcertante? Decías: tu designio no va adelante, los cálculos no salen. Tú entendías todo de manera diferente, querías precisamente lo contrario, sin embargo... La infidelidad no querida, la traición consumada por el más querido de tus amigos, ¡y la inocencia que sucumbe! Por no hablar de desventuras mayores, como el furor de la destrucción y de la muerte, la ferocidad que se desencadena a oleadas sobre la humanidad, y la invención de las torturas más refinadas para destruir a un hombre, para aniquilarlo sádicamente y ponerse, a continuación, a reír. Así ocurre tanto en lo grande como en lo pequeño. [...] Satanás: el contradictor, el adversario, el insidioso. Ahora vagabundo y viajante perpetuo. Diablo, es decir, el disgregador, el calumniador, el acusador. Hipóstasis del odio que divide y que separa. Satanás: muchedumbre, masa, el innúmero, el indeterminado. Cuántos nombres, cuántas tareas, cuántas mansiones. Y para cada mansión, una máscara nueva; un nuevo estilo y nuevos trucos.

        Ahora bien, es posible que la forma y el espacio más secretos e insidiosos estén dentro, dentro de esta conciencia nuestra. Dentro de los «dobles pensamientos» que a todos nos asaltan. Este hacernos nosotros mismos pábulo de mal, aunque no lo queramos. Y más aún el oscuro goce del mal ajeno, también instintivo; o mejor: precisamente por ser instintivo, esto es, no deseado, signo de una presencia malvada. Un ser que no se da nunca por vencido y no perdona a nadie. ¿Y qué decir del pobre endemoniado de Gerasa que andaba entre los sepulcros dando alaridos bajo el dominio de todo un infierno? Y más tarde, liberado por fin, invaden los demonios toda una piara de cerdos que se lanzan enloquecidos al mar como para apagar el

terrible ruego que los devora. Y es sabido que ni siquiera el mar basta para apagar semejante llama (D. M. Turoldo, // diavolo sul pinnacolo, Cinisello B. 31989, pp. 55-69, passim).