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LECTIO DIVINA FEBRERO DE 2022

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Martes de la semana IV del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 18,9-10.14.24-25a.30-19,4

En aquellos días,

18,9 Absalón se encontró frente a frente con los hombres de David; iba montado en un mulo, y al pasar el mulo por debajo de las ramas de una gran encina, la cabeza de Absalón se enredó en las ramas de la encina y quedó colgando en el aire, mientras el mulo que montaba continuó adelante.

10 Le vio uno y se lo fue a decir a Joab: - He visto a Absalón colgando de una encina.

14 Dijo Joab: - No quiero perder el tiempo discutiendo contigo. Y tomando tres flechas, las clavó en el corazón de Absalón, que estaba aún vivo colgado de la encina.

24 David estaba sentado entre las dos puertas de entrada. El centinela, que estaba en la terraza que hay a la entrada, por encima de la muralla, miró, y al ver a un hombre que venía corriendo solo,

25 gritó para anunciárselo al rey.

30 El rey dijo: - Retírate y quédate aquí. Él se retiró a un lado y se quedó allí.

19,4 Entonces llegó el cusita y dijo: - Traigo buenas noticias para el rey, mi señor. El Señor te ha hecho justicia librándote de todos los que se habían sublevado contra ti.

32 El rey preguntó al cusita: - ¿Está bien el joven Absalón? El cusita contestó: - ¡Que corran la suerte de ese joven los enemigos del rey, mi señor, y todos los que se han sublevado contra ti para hacerte daño!

19,1 El rey se estremeció y, subiendo a la habitación que hay encima de la entrada de la ciudad, se echó a llorar; decía sollozando: - ¡Hijo mío, Absalón! ¡Hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!

2 Informaron a Joab de que el rey lloraba y se lamentaba por Absalón;

3 y aquel día la victoria se cambió en luto para toda la tropa, porque oyeron decir que el rey estaba afligido por su hijo.

4 Por eso aquel día la tropa entró a escondidas en la ciudad, como entran los que vuelven avergonzados por haber huido en la batalla.

 

        *•• El reinado de David se vio afligido en su ocaso por la rebelión de su hijo Absalón, una rebelión en la que tuvo que intervenir el ejército. El rey ha ordenado respetar la vida de su hijo; sin embargo, el joven, en su huida, queda colgado entre las ramas de un árbol y lo mata Joab, que cree ganar de este modo el favor del rey por haber eliminado al usurpador.

        El relato, del que la liturgia sólo lee hoy algunos fragmentos, es intensamente dramático: el rey espera con ansias las noticias de la batalla, dividido entre el deseo de la victoria y la angustia por la suerte de su hijo (w. 24-27); los criados le comunican primero las buenas noticias, fingiendo ignorar el fin de Absalón (w. 28-31).

        El drama estalla cuando, ante la pregunta explícita de David, «¿Está bien el joven Absalón?», no queda escapatoria posible y es preciso revelarle que su hijo ha muerto. Estalla entonces el dolor del rey: el hijo muerto ya no es un enemigo y un rival, sino sólo un muchacho; la exultación por la victoria se transforma en luto, el pueblo siente vergüenza como por una derrota (19,1-4).

 

Evangelio: Marcos 5,21-43

En aquel tiempo,

21 al regresar Jesús, mucha gente se aglomeró junto a él a la orilla del lago.

22 Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies

23 y le suplicaba con insistencia, diciendo: - Mi niña está agonizando; ven a poner las manos sobre ella para que se cure y viva.

24 Jesús se fue con él. Mucha gente lo seguía y lo estrujaba.

25 Una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años

26 y que había sufrido mucho con los médicos y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, yendo más bien a peor,

27 oyó hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto.

28 Pues se decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, quedaré curada».

29 Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y sintió que estaba curada del mal.

30 Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se volvió en medio de la gente y preguntó: - ¿Quién ha tocado mi ropa?

31 Sus discípulos le replicaron: - Ves que la gente te está estrujando ¿y preguntas quién te ha tocado?

32 Pero él miraba alrededor a ver si descubría a la que lo había hecho.

33 La mujer, entonces, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le contó toda la verdad.

34 Jesús le dijo: - Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal.

35 Todavía estaba hablando cuando llegaron unos de casa del jefe de la sinagoga diciendo: - Tu hija ha muerto; no sigas molestando al Maestro.

36 Pero Jesús, que oyó la noticia, dijo al jefe de la sinagoga: - No temas; basta con que tengas fe.

37 Y sólo permitió que le acompañaran Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

38 Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y, al ver el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos,

39 entró y les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida.

40 Pero ellos se burlaban de él. Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que le acompañaban, y entró donde estaba la niña.

41 La tomó de la mano y le dijo: - Talitha kum (que significa: «Niña, a ti te hablo, levántate»).

42 La niña se levantó al instante y echó a andar, pues tenía doce años. Ellos se quedaron atónitos.

43 Y él les insistió mucho en que nadie se enterase de aquello, y les dijo que dieran de comer a la niña.

 

        **• El pasaje forma parte de la sección de los milagros, que va desde Mc 4,35 a 6,6a. Dos episodios, al parecer independientes, han sido encajados de tal modo que se resaltan con habilidad tanto las diferencias como los puntos de contacto. El versículo inicial (v. 21) conecta el relato con la sección de las parábolas: Jesús vuelve a la otra orilla del lago tras una excursión a territorio pagano. El episodio de la hija de Jairo (w. 22-24.35-43) presenta, en la primera parte, la súplica del padre y la pronta disponibilidad de Jesús. El relato queda, a continuación, bruscamente interrumpido por la inserción de un nuevo personaje y de su historia (w. 25-28). Resalta el contraste entre Jairo, hombre influyente que implora de manera insistente a Jesús delante de todos, y la mujer anónima que se le acerca de modo furtivo, escondida entre la gente. Sin embargo, son iguales su confianza en Jesús y la inmediata respuesta del mismo. El milagro de la hemorroísa tiene lugar en dos tiempos: primero en secreto, sólo la mujer y Jesús se dan cuenta del prodigio; a continuación, la pregunta de Jesús y el estupor de los discípulos provocan un nuevo prodigio: la mujer habla, sale de sí misma, entra en relación con Jesús. No ha sido curada simplemente de la enfermedad (v. 29), sino que ha sido salvada (v. 34).

        Sin solución de continuidad, reemprende el otro relato. Se precipita el drama: la niña ha muerto, la intervención del taumaturgo parece inútil (v. 35). Sin embargo, Jesús da un vuelco a la situación: no está muerta, duerme. La actitud del Maestro es completamente distinta: la mujer se le había acercado en secreto y él la había impulsado a mostrarse ante todos; Jairo le ha rogado en público y Jesús deja a la gente fuera de la estancia, ordenando no decir nada de lo sucedido.

 

MEDITATIO

        Son muchas y diferentes las formas en que las personas se dirigen, en el evangelio, a Jesús; diferentes también, aunque al mismo tiempo semejantes, son sus respuestas. A veces da la impresión de que no quiere escuchar, y el que lo invoca debe insistir bastante tiempo; otras veces, incluso previene la petición.

        Jairo es un hombre que ocupa un lugar de prestigio en la sociedad, y no vacila en implorar humildemente la ayuda de un rabino. La hemorroísa, en cambio, tiene vergüenza, porque su enfermedad la excluía del contacto con los otros, y teme asimismo una nueva decepción, después de haber padecido tantas. Jesús escucha a ambos con prontitud: no existe una técnica, para obtener el milagro, que excluya a otras; basta con la fe, de cualquier forma que se exprese.

        Sin embargo, hay algo que va más allá del milagro. La mujer se ve como obligada a mostrarse: Jesús quiere mostrar tal vez que ninguna enfermedad, ninguna condición humana, puede ser considerada infamante, con tal de que se confíe en él. Jairo, a su vez, con su familia, se ve como llamado a la sobriedad y a la discreción: sólo unos pocos discípulos asisten a la resurrección de la niña y, sobre todo, no tienen que dar publicidad al hecho. Es posible que Jesús quiera mostrar una atención a los pequeños, un respeto hacia los sentimientos de la niña que podían quedar desatendidos en ese momento. Es preciso desviar la curiosidad morbosa de la gente de la personalidad en formación de una niña de doce años; es menester volver a introducir lo más pronto posible a la pequeña en la normalidad: dadle de comer.

        ¡Cuánto hemos de aprender hoy, trastornados como estamos por el bombardeo obsesivo de las telecrónicas del corazón que ninguna ley sobre la privacidad consigue frenar!

 

ORATIO

        Señor, pon en mis labios la invocación silenciosa de la mujer enferma. Pon en mi corazón su confianza: basta con tocar tu manto para curar.

        Concédeme, Señor, la humildad de Jairo. Por culpa de mi orgullo, no sé pedir ayuda, no soy capaz de reconocer que necesito a los demás. Escucha, Señor, las palabras que no sé decirte. Tú sabes mejor que yo lo que me ocurre. No me dejes vagar de un sitio a otro, donde no pueda encontrar socorro.

        Haz, Señor, que no busque grandes cosas, sino sólo la paz de tu reino. Aleja de mí el deseo de lo que no es esencial y condúceme en lo secreto del corazón a buscar sólo tu proximidad. Señor, enséñame a rogarte.

 

CONTEMPLATIO

        Antes de que la Palabra evangélica revele el misterio del significado, quisiera detenerme un poco en los sufrimientos afrontados y soportados por los padres a causa del afecto y del amor que sienten por sus hijos.

        Es peor aún el día de la muerte, cuando son los hijos quienes les preceden. [El archisinagogo] creyó en Dios, dado que pidió que la misma mano por quien sabía que había sido creada su hija la vuelva a crear y la restituya a la vida. La lectura de hoy ha recogido, por una parte, todo lo que es propio de la esperanza y, por otra, ha excluido cualquier cosa que tenga que ver con la desesperación.

        Como el aire se convierte en torbellino, así estaba turbada la mujer por tempestades de pensamientos. Luchaban la fe con la razón, la esperanza con el temor, la necesidad con el pudor. Así pues, con semejante estado de ánimo, llegó merecidamente la mujer del extremo de un pedazo de tela a la plenitud de la divinidad de Jesús.

        [Esta] mujer, mostrándonos que hay algo muy grande en el borde del manto de Cristo, nos ha enseñado lo que vale el Cuerpo de Cristo.

        Escuchen los cristianos, que tocan cada día el Cuerpo de Cristo, qué medicina pueden recibir del mismo cuerpo, si una mujer obtuvo toda la salud con sólo tocar el borde del manto de Cristo (Pedro Crisólogo, Omelie per la vita quotidiana, Roma 21990, pp. 109-117, passim [existe edición española de Homilías escogidas, Ciudad Nueva, Madrid 1998]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, quedaré curada» (Mc 5,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Muchas personas pasan por la misma experiencia de la mujer que sufría hemorragias. Se han agotado, su fuerza vital se ha consumido, han gastado todo su patrimonio sólo para ganarse la simpatía y el reconocimiento, el amor y la estima. Sin embargo, su condición se vuelve cada vez peor. Todo este dispendio de dinero no les ha permitido encontrar una amistad verdadera.

        No se puede comprar nuestro propio valor con dinero. [...] Puesto que [Jesús] desprendía confianza, amor y simpatía, esta mujer consiguió encontrar el coraje necesario para decir toda la verdad. No podemos arrancar la verdad adoptando metodologías de diálogo, sino sólo si hemos creado una atmósfera de amor y confianza. [...] «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal» Aquí se ha instaurado una relación verdadera. Jesús le desea la paz a la mujer y le da la esperanza de estar curada de su enfermedad. La mujer, tras haber experimentado su valor a través del encuentro, ya no puede sangrar. Al entrar en contacto con este hombre que la acepta sin reservas, se detiene su flujo de sangre, ya no tiene necesidad de continuar consumiéndose para ser aceptada y amada.

        Frente a la hemorroísa no puedo dejar de pensar en las muchas personas que se sacrifican por los otros, aunque lo hacen, de manera inconsciente, por una necesidad de tranquilidad y de reconocimiento. Ponen su patrimonio a disposición de los otros, dan su dinero para beneficencia, lo gastan todo. Sin embargo, esta generosidad no se traduce en una mayor interioridad y libertad. Esto no les produce satisfacción; es más, se sienten vacías y agostadas. Al final se sienten excluidas de la vida. Lo han entregado todo y ahora nadie las tiene en consideración; están vacías y agotadas. Han «bypassado» la vida. Su sacrificio no estaba dictado por un amor verdadero, sino por un deseo de gratificación, por el deseo de ser premiadas, de ser, finalmente, alguien. No es posible curar a estas personas pretendiendo aún más de ellas, mayores sacrificios, mayor compromiso a favor de la familia. En su encuentro con nosotros deben advertir ante todo que valen simplemente por lo que son. En este encuentro deben «tocar» a un ser humano, de suerte que fluya la energía, que experimenten el flujo vital. Si el encuentro tiene lugar simplemente entre seres humanos, no hay necesidad de nacerse más interesante aportando problemas; las dificultades se trasladan a un nivel razonable. En este fragmento del evangelio de Marcos no se habla sólo de la mujer que padece hemorragias y que, al encontrarse con Jesús, toma conciencia de su valor cuando encuentra estima y simpatía, se habla asimismo de la hija de Jairo, que, evidentemente, no puede vivir en la casa de su padre, uno de los jefes de la sinagoga. Jesús cura a esta muchacha, que se había ido extinguiendo cada vez más hasta yacer inmóvil y rígida como muerta en el lecho, cogiéndole la mano y ordenándole que se levante. No continúa reteniéndole la mano, sino que la deja ir, deja que encuentre su camino. Y ordena que le den de comer. Comer es, bajo ciertos aspectos, un signo de sociabilidad. La muchacha es de nuevo capaz de entrar en la vida social. Este relato nos dice que no debemos atar a nosotros a las personas con un cuidado excesivo que no les permita crecer en libertad. No debemos tener [a una persona] de la mano durante toda la vida; de lo contrario, la haríamos permanecer en su enfermedad. Debemos reforzar su vitalidad y enseñarle a dar por sí sola los pasos necesarios (Anselm Grün, Scopríre la ricchezza della vita, Brescia 2000, pp. 46-49, passim [edición española: Descubrir la riqueza de la vida, Editorial Verbo Divino, Estella 1999]).

 

 

Día 2

Presentación del Señor (2 de febrero)

 

       Esta celebración, a la que sería más propio llamar «fiesta del encuentro» (del griego Hypapánte), se desarrollaba ya en Jerusalén en el siglo IV. Con Justiniano, en el año 534, se volvió obligatoria en Constantinopla, y con el papa Sergio I, de origen oriental, también en Occidente, con una procesión a la basílica de Santa María la Mayor que se celebraba en Roma. La bendición de las candelas (de donde proviene la denominación de «candelaria») se remonta al siglo X.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Malaquías 3,1-4

Así dice el Señor:

1 Mirad, yo envío mi mensajero a preparar el camino delante de mí, y de pronto vendrá a su templo el Señor, a quien vosotros buscáis; el ángel de la alianza, a quien tanto deseáis; he aquí que ya viene, dice el Señor todopoderoso.

2 ¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién se mantendrá en pie en su presencia? Será como fuego de fundidor y como lejía de lavandera.

3 Se pondrá a fundir y a refinar la plata. Reinará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata, para que presenten al Señor ofrendas legítimas.

4 Entonces agradarán al Señor las ofrendas de Judá y de Jerusalén, como en los tiempos pasados, como en los años remotos.

 

       **• Dos son los mensajeros presentados por el profeta, y el uno introduce al otro: el que prepara el camino al Señor que viene y el de la alianza, el Esperado. Ángel significa «mensajero» en griego: es interesante que la traducción se refiera al primero como mensajero y reserve el término «ángel», atribuido por lo general a una criatura celeste, al segundo. Con ello se pretende ayudar a distinguir entre el que es sólo precursor y el Mesías suspirado, de origen divino. A través de la sombra elocuente de la figura se pretende señalar, en perspectiva, al Bautista y a Cristo. Uno realizará la tarea del Redentor, el otro la de su Precursor. Uno entrará en el templo, el otro sólo le preparará el acceso. Y Aquel que entrará en el templo santificará en sí mismo los ministros y el culto mediante la ofrenda pura de la nueva alianza.

 

O bien

Primera lectura: Hebreos 2,14-18

14 Y, puesto que los hijos tenían en común la carne y la sangre, también Jesús las compartió, para poder destruir con su muerte al que tenía poder para matar, es decir, al diablo,

15 y librar a aquellos a quienes el temor a la muerte tenía esclavizados de por vida.

16 Porque, ciertamente, no venía en auxilio de los ángeles, sino en auxilio de la raza de Abrahán.

17 Por eso tenía que hacerse en todo semejante a sus hermanos, para ser ante Dios sumo sacerdote misericordioso y digno de crédito, capaz de obtener el perdón de los pecados del pueblo.

18 Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba.

 

       «Carne» y «sangre» fueron reducidos por el enemigo al poder de la «muerte». Carne y sangre vienen de Cristo, Dios hecho hombre, divinizados y liberados de tal esclavitud. La raza de Abrahán queda así restituida a la vida. Y no sólo eso, sino que, como alianza perenne del misterio de la fe, misterio de la redención y misterio de la resurrección de la carne para la vida eterna, he aquí que el divino Hijo unigénito se presenta no sólo como el primero entre muchos hermanos, sino que se hizo para ellos también sumo sacerdote, mediador en su ser humano-divino de la fidelidad de Dios, Padre de la vida. El sumo sacerdote es definido, en efecto, como «misericordioso», porque viene y lo hace «por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación».

 

Evangelio: Lucas 2,22-40

22 Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la Ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,

23 como prescribe la Ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor.

24 Ofrecieron también en sacrificio, como dice la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones.

25 Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él

26 y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías enviado por el Señor.

27 Vino, pues, al templo, movido por el Espíritu y, cuando sus padres entraban con el niño Jesús para cumplir lo que mandaba la ley,

28 Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:

29 Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar que tu siervo muera en paz.

30 Mis ojos han visto a tu Salvador,

31 a quien has presentado ante todos los pueblos,

32 como luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel.

33 Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de él.

34 Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: -Mira, este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción,

35 y a ti misma una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las intenciones de todos.

36 Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, que era ya muy anciana. Había estado casada siete años, siendo aún muy joven;

37 después había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, dando culto al Señor día y noche con ayunos y oraciones.

38 Se presentó en aquel momento y se puso a dar gloria a Dios y a hablar del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.

39 Cuando cumplieron todas las cosas prescritas por la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

40 El niño crecía y se fortalecía; estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios.

 

          **• Se presenta en el texto una secuencia interesante con el verbo «ver»: ver la muerte, ver al Mesías, ver la salvación. El anciano Simeón, iluminado por el Espíritu Santo, se convierte en testigo de que «todas las cosas se cumplieron» según la ley, para que surja el Evangelio.

          Un Niño «signo de contradicción», una Madre llamada a una maternidad mesiánica de dolor junto a su redentor, y un anciano temeroso de Dios son los protagonistas del resumen de todo el Evangelio. Antigua y nueva alianza, Navidad y Pascua: aquí se encuentran en figura todos los misterios de la salvación, aquí se recapitula la historia, se le da cumplimiento en el tiempo, respondiendo a la colaboración y a la expectativa de los justos de todos los tiempos: José y Ana.

 

MEDITATIO

          Podemos considerar la fiesta que hoy celebramos como un puente entre la Navidad y la Pascua. La Madre de Dios constituye el vínculo de unión entre dos acontecimientos de la salvación, tanto por las palabras de Simeón como por el gesto de ofrenda del Hijo, símbolo y profecía de su sacerdocio de amor y de dolor en el Gólgota. Esta fiesta mantiene en Oriente la riqueza bíblica del título «encuentro»: encuentro «histórico» entre el Niño divino y el anciano Simeón, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la profecía y la realidad y, en la primera presentación oficial, entre Dios y su pueblo.

          En un sentido simbólico y en una dimensión escatológica, «encuentro» significa asimismo el abrazo de Dios con la humanidad redimida y la Iglesia (Ana y Simeón) o la Jerusalén celestial (el templo). En efecto, el templo y la Jerusalén antigua ya han pasado cuando el Rey divino entra en su casa  llevado por María, verdadera puerta del cielo que introduce a Aquel que es el cielo, en el tiempo nuevo y espiritual de la humanidad redimida.

          A través de ella es como Simeón, experto y temeroso testigo de las divinas promesas y de las expectativas humanas, saluda en aquel Recién nacido la salvación de todos los pueblos y tiene entre sus brazos la «luz para iluminar a las naciones» y la «gloria de tu pueblo, Israel».

 

ORATIO

          ¿Por qué, oh Virgen, miras a este Niño? Este Niño, con el secreto poder de su divinidad, ha extendido el cielo como una piel y ha mantenido suspendida la tierra sobre la nada; ha creado el agua a fin de que hiciera de soporte al mundo. Este Niño, oh Virgen purísima, rige al sol, gobierna a la luna, es el tesorero de los vientos y tiene poder y dominio, oh Virgen, sobre todas las cosas. Pero tú, oh Virgen, que oyes hablar del poder de este Niño, no esperes la realización de una alegría terrena, sino una alegría espiritual (Timoteo de Jerusalén, siglo VI).

 

CONTEMPLATIO

          Añadimos también el esplendor de los cirios, bien para mostrar el divino esplendor de Aquel que viene, por el que resplandecen todas las cosas y, expulsadas las horrendas tinieblas, quedan iluminadas de manera abundante por la luz eterna; bien para manifestar en grado máximo el esplendor del alma, con el que es necesario que nosotros vayamos al encuentro de Cristo. En efecto, del mismo modo que la integérrima Virgen y Madre de Dios llevó encerrada con los pañales a la verdadera luz y la mostró a los que yacían en las tinieblas, así también nosotros, iluminados por el esplendor de estos cirios y teniendo entre las manos la luz que se muestra a todos, apresurémonos a salir al encuentro de Aquel que es la verdadera luz (Sofronio de Jerusalén, f 638).

 

ACTIO

          Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra del Señor: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

          ¿Cómo se comporta Simeón ante la grandiosa perspectiva que ve abrirse para su pueblo, en el despuntar de los nuevos tiempos mesiánicos? Con pocas palabras, nos enseña el desprendimiento, la libertad de espíritu y la pureza de corazón.

          Nos enseña cómo afrontar con serenidad ese momento delicado de la vida que es la jubilación. Simeón mira su muerte con serenidad. No le importa tener una parte y un nombre en la incipiente era mesiánica; está contento de que se realice la obra de Dios; con él o sin él, es asunto que carece de importancia.

          El Nunc dimittis no nos sirve sólo para la hora de nuestra muerte o de nuestra jubilación. Nos incita ahora a vivir y a trabajar con este espíritu, a liberar la casa que construimos, pequeña o grande, de modo que podamos dejarla con la serenidad y la paz de Simeón. A vivir con el espíritu de la pascua: con la cintura ceñida, el bastón en la mano, puestas las sandalias, preparados para abrir al mismo Señor cuando llame a la puerta.

          Para poder hacer esto, es necesario que también nosotros, como el anciano Simeón, «estrechemos al niño Jesús en nuestros brazos». Con él estrechado contra nuestro corazón, todo es más fácil. Simeón mira con tanta serenidad su propia muerte porque sabe que ahora también volverá a encontrar, más allá de la muerte, al mismo Señor y que será un estar todavía con él, de otro modo (R. Cantalamessa, / misten di Cristo nella vita della Chiesa, Milán 1992, pp. 75-78, passim [edición española: Los  misterios de Cristo en la vida de la Iglesia, Edicep, Valencia 1993]).

 

 

Día 3

  Jueves de la semana IV del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 2,1-4.10-12

1 David, a punto ya de morir, dio a su hijo Salomón estas instrucciones:

2 - Yo voy a morir, ten ánimo y pórtate varonilmente.

3 Sé fiel al Señor, tu Dios, y camina por sus sendas; observa sus mandamientos, preceptos, dictámenes y normas como está escrito en la Ley de Moisés, para que triunfes en todas tus empresas,

4 y el Señor cumpla la promesa que me hizo: «Si tus hijos hacen lo que deben y caminan fielmente en mi presencia con todo su corazón y toda su alma, no te faltará jamás un sucesor en el trono de Israel».

10 David se adormeció con sus padres y fue sepultado en la ciudad de David.

11 Había reinado en Israel cuarenta años; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.

12 Salomón sucedió a su padre, David, en el trono y su reino se consolidó firmemente.

 

        **• El primer libro de los Reyes narra la muerte de David como la muerte de los antiguos patriarcas de Israel: «David se adormeció con sus padres» (v. 10). Es el signo de que David, a pesar de sus errores y de sus pecados, «caminó por los senderos del Señor», según la expresión característica del Deuteronomio y de los libros históricos. Del estilo de la obra histórica deuteronómica son asimismo las últimas recomendaciones del rey a su hijo Salomón, que le sucedió en el trono y que llevó el reino de Israel a su máximo esplendor. El compromiso principal que debe asumir Salomón es seguir la Ley del Señor, entregada a Moisés en el Sinaí (v. 3), y para la que se usan los términos del Deuteronomio: estatutos, mandamientos, preceptos, dictámenes y normas. No se trata sólo de los «Diez mandamientos», sino también de las disposiciones contenidas en los códigos del Pentateuco y de los preceptos rituales que, poco a poco, fueron enriqueciendo la legislación de Israel. La Ley vincula al rey del mismo modo que a todos los demás, con esta diferencia respecto a las otras teocracias de la antigüedad: en Israel, el rey es un hombre y no una divinidad.

        Consecuencia de esta fidelidad a la Ley será el éxito de todos los proyectos del rey (w. 3ss) y, en particular, la permanencia de la casa de David sobre el trono de Israel, según la promesa del profeta Natán: de la estirpe de David, en efecto, nacerá el Mesías.

 

Evangelio: Marcos 6,7-13

En aquel tiempo,

7 llamó Jesús a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos.

8 Les ordenó que no tomaran nada para el camino, excepto un bastón. Ni pan, ni zurrón, ni dinero en la faja.

9 Que calzaran sandalias, pero que no llevaran dos túnicas.

10 Les dijo además: - Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de aquel lugar.

11 Si en algún sitio no os reciben ni os escuchan, salid de allí y sacudid el polvo de la planta de vuestros pies, como testimonio contra ellos.

12 Ellos marcharon y predicaban la conversión.

13 Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

 

        **• Tras la visita a Nazaret, y antes de seguir su camino hacia otros territorios, envía Jesús en misión a los Doce (cf. 3,14ss), dándoles el poder de expulsar a los espíritus inmundos (v. 7).

        Podemos distinguir tres pasajes. En el primero, Jesús da disposiciones sobre el estilo de vida (w. 8ss): los enviados no deben llevar provisiones consigo, porque sólo podrán contar con la generosidad de aquellos a quienes se dirijan. En el segundo pasaje, el mandato precisa el método de la predicación: quedarse en la casa que los reciba, pero abandonarla sin añoranza si no les escuchan (w. lOss). Por último, al mandato de Jesús le sigue la ejecución: los discípulos parten, predican la conversión y su obra de exorcismo y de curación resulta eficaz (w. 12ss).

        Esta narración, en su sencillez, sigue un desarrollo lógico. La reducción de la vida a lo esencial, apoyada en una absoluta confianza en el Señor, es condición para poder estar por completo al servicio de la Palabra. La predicación de la Palabra de la verdad y la conformidad con sus dictámenes son, a su vez, dos condiciones para la eficacia de la actividad apostólica.

 

MEDITATIO

        Es posible que no nos preguntemos con una frecuencia suficiente cuáles son las cosas verdaderamente importantes en nuestra vida. Resulta fácil caer en tópicos, adecuarse a los sondeos televisivos, quedarse en la superficie: es importante tener un trabajo, una familia unida, la salud... Cambian las gradaciones, pero éstos son, más o menos, los términos que aparecen en nuestra escala de valores.

        Las lecturas de hoy nos proponen unos parámetros muy diferentes. Los discípulos de Jesús han abandonado ya el trabajo y la familia para seguirle; pues bien, ahora les envía también lejos de él, solos por el mundo, a anunciar el Evangelio. Les impone prescindir de todo lo que a nosotros nos parece indispensable: ni provisiones, ni alforjas, ni dinero, ni túnica de recambio, sino sólo sandalias y bastón. Antes de darle disposiciones más precisas a su hijo Salomón sobre el trato que debe reservar a los enemigos del reino, David le recomienda la obediencia fiel a los preceptos de la Ley, única condición para el buen éxito de cualquier proyecto.

        A buen seguro, la salud, la familia y el trabajo son cosas importantes. Pero no son las primeras que debemos buscar: no son la condición para poder seguir los caminos del Señor; al contrario, son su consecuencia. No digamos: tengo demasiado trabajo para poder comprometerme en el voluntariado; la familia me absorbe y no tengo tiempo de orar; mi salud es frágil y no puedo hacer nada por la Iglesia. Busquemos primero la Palabra del Señor y su alimento, y el resto vendrá por añadidura.

 

ORATIO

        Señor, ayúdame a buscar en primer lugar tu voluntad. Libérame de las preocupaciones sofocantes de la vida cotidiana. Concédeme la serenidad de los lirios del campo y de los pajarillos, que no se angustian por su supervivencia.

        Hazme generoso, Señor. Haz que piense antes en los otros que en mí mismo. Concédeme el discernimiento necesario para realizar cada vez elecciones justas. Señor, me gustaría ser capaz de dar testimonio de ti, de llevar tu Palabra a los hombres en el mundo en el que vivo. Pero me atosigan las dificultades, tengo demasiado miedo a no salir bien del envite, soy tímido y me falta seguridad. Hazme comprender que el éxito no depende de mis capacidades, sino de tu voluntad.

        Concédeme el don de la sencillez, Señor, para que sepa encontrar lo esencial y no me disperse en mil revuelos de actividades superfluas.

 

CONTEMPLATIO

        [El Señor] afirma que sólo puede seguir su camino e imitar su gloriosa pasión aquel que, dispuesto y expedito, no está enredado por los lazos de su patrimonio, sino que, libre y sin nada que le embarace, sigue él mismo a sus riquezas, que ya ha enviado como ofrenda a Dios.

        [...] A aquellos que buscan el reino y la justicia de Dios, les promete que les dará todo lo demás por añadidura. En efecto, puesto que todo pertenece a Dios, nada le faltará a quien posee a Dios, si él mismo no le falta a Dios (Cipriano, «De dominica oratione», en M. G. Mará [ed.], Ricchezza e povertá nel cristianesimo primitivo, Roma 31998, p. 152 [edición española: El padrenuestro (La oración dominical), Nueva Frontera, Madrid 1983]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Les ordenó que no tomaran nada para el camino, excepto un bastón» (Mc 6,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Jesús propone a sus discípulos que van en misión un estilo de vida que les afecta en cuanto personas. En efecto, Jesús les pide que vivan el compromiso misionero con sobriedad de vida, con  un estilo de pobreza en el alimento, en el vestido, en las exigencias cotidianas, en las relaciones interpersonales. El sentido profundo de esta reducción a lo esencial está en el hecho de que el Reino de Dios es tan importante, grande y suficiente que hace pasar a segundo plano «el resto».

        La propuesta del Señor a sus discípulos, que van en misión, es vivir con un estilo de gratuidad, de disponibilidad, de prontitud a todo. El motivo radical de esta actitud reside, una vez más, en el hecho de que el Reino de Dios, anunciado por nosotros, consiste precisamente en el amor gratuito, sin reservas y sin condiciones con el que Dios se pone a disposición del hombre.

        Así pues, la propuesta que hace Jesús no ha de ser entendida, en primer lugar o únicamente, como propuesta ascética; se trata de una propuesta mística, en el sentido de que este estilo de vida se convierte en el lenguaje a través del cual se expresa propiamente la naturaleza de lo que comunicamos, el Reino, que vale más que cualquier cosa y es don de la misericordia.

        Ahora bien, ¿qué significa para el apóstol ser pobre, convertirse en pobre? Como respuesta a esta pregunta intentamos tomar no sólo la relación pobreza-cosas, sino también la relación entre la pobreza y la propia persona. Queremos decir: puesto que el Reino de Dios es Dios mismo que se pone a disposición el hombre y que se quiere comunicar a él, el anuncio del Reino pasa como es debido sólo cuando su anunciador se pone a total disposición del hombre. No hay escapatoria. La lógica evangélica es ésta. La disponibilidad real y generosa respecto a la gente se convierte para nosotros en el modo de anunciar el Reino mismo, porque es lo que está en la mente y en el corazón de Dios.

        Como es natural, deberemos preguntarnos qué es lo que contrasta con esta orientación en [nuestra] vida. Creo, por ejemplo, que se ha de considerar como sustancialmente equivocado un estilo de vida o una mentalidad «burgueses» -en términos de dinero, de calendario anual, de uso del tiempo de cada día, etc.-. ...] Creó aún que esta perspectiva evangélica contrasta con el lecho de tener en cuenta aquellas palabras que dicen: Quod superest, date pauperibus. Contrasta con aquel orden de ideas para el que ciertos derechos, incluso en términos de rentas, son considerados como indiscutibles y de tal entidad que nadie puede decirnos nada. Ahora bien, ¿es precisamente verdad que Dios no puede decirnos nada? ¿Que no puede reprocharnos nada a ti y a mí, que queremos ser apóstoles, misioneros, anunciadores del Reino? [...] Este subrayado relativo al camino de la pobreza corre el riesgo de parecer muy retórico. En efecto, si no estamos atentos, todo se queda como está. Sin embargo, es difícil negar el hecho de que, entre las virtudes descritas por el Evangelio, la pobreza es, probablemente, de la que más habla Jesús. Me parece que el Señor quiere hacernos comprender que, si queremos llegar a ser misioneros, debemos hacernos pobres (R. Corti, Guai a me se non evangelizzo, Milán 1984, pp. 63ss).

 

 

Día 4

Viernes de la semana IV del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 47,2-11

2 Como se separa la grasa del sacrificio salvífico, así David fue separado de entre los hijos de Israel.

3 Jugaba con leones como con cabritos, con osos como con corderos.

4 Bien joven aún, ¿no mató al gigante y quitó así el oprobio de su pueblo, lanzando con la honda la piedra que abatió la soberbia de Goliat?

5 Porque él invocó al Señor Altísimo, que hizo fuerte su diestra para matar a un guerrero potente y devolver el honor a su pueblo.

6 Por eso celebraron su triunfo sobre diez mil, y lo alabaron como bendito del Señor, ciñéndole una corona de gloria.

7 Porque él destruyó a los enemigos del contorno y aniquiló a los filisteos, sus adversarios, machacando para siempre su poder.

8 Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo, con palabras de alabanza; con todo su corazón le cantó himnos, mostrando que amaba a su Creador.

9 Puso arpas para el servicio del altar, para que acompañaran con su música el canto.

10 Dio esplendor a las fiestas y ordenó perfectamente las solemnidades, haciendo que alabaran el santo nombre del Señor, llenando de cánticos el santuario desde el amanecer.

11 El Señor perdonó sus pecados y afianzó su poder para siempre, le otorgó una alianza real y un trono de gloria en Israel.

 

        *» El libro del Eclesiástico o del Sirácida, compuesto probablemente a comienzos del siglo II antes de Cristo, era conocido hasta el siglo pasado sólo en su versión griega, realizada antes del año 132 antes de Cristo por un nieto del autor. Se trata de un libro sapiencial, y en su última parte muestra que la Sabiduría de Dios se ha manifestado en la historia de Israel. Entre otros, se habla también de David, presentado como el hombre elegido previamente por Dios para constituir el reino de Israel (v. 2).

        Las empresas de David están narradas de una forma poética y épica, como empresas de un héroe casi sobrehumano, un héroe que es tal sólo porque ha sido guiado por la mano de Dios. La grandeza de David consiste precisamente en someterse al Señor y en invocar su protección: «Porque él invocó al Señor Altísimo» (v. 5), «Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo» (v. 8), «Puso arpas para el servicio del altar» (v. 9).

        Por esta fidelidad que mantuvo, y no por su fuerza de bandolero, le perdonó el Señor sus pecados y le concedió el reino, la victoria y, sobre todo, la descendencia mesiánica (v. 11).

 

Evangelio: Marcos 6,14-29

En aquel tiempo,

14 la fama de Jesús se había extendido, y el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían que era Juan el Bautista resucitado de entre los muertos y que por eso actuaban en él poderes milagrosos;

15 otros, por el contrario, sostenían que era Elías; y otros, que era un profeta como los antiguos profetas.

16 Herodes, al oírlo, decía: - Ha resucitado Juan, a quien yo mandé decapitar.

17 Y es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien él se había casado.

18 Pues Juan le decía a Herodes: - No te es lícito tener la mujer de tu hermano.

19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía,

20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con gusto.

21 La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofreció un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea.

22 Entró la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la joven: - Pídeme lo que quieras y te lo daré.

23 Y le juró una y otra vez: - Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.

24 Ella salió y preguntó a su madre: - ¿Qué le pido? Su madre le contestó: - La cabeza de Juan el Bautista.

25 Ella entró en seguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta petición: - Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza

de Juan el Bautista.

26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales, no quiso desairarla.

27 Sin más dilación, envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel,

28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre.

29 Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

 

        *•• La redacción que nos presenta Marcos del martirio de Juan el Bautista es la más extensa, comparada con las de Mateo y Lucas. Nos refiere primero las opiniones de la gente sobre la identidad de Jesús, en respuesta a las preguntas de Herodes (el tema se repite en Mc 8,27ss, donde es el mismo Jesús quien interroga a sus discípulos). Herodes, atormentado por los remordimientos, cree reconocer en el Nazareno al profeta que él había hecho matar (v. 16): así es como queda introducida la narración.

        Se habla, en primer lugar, del arresto de Juan a causa de Herodías: el relato entra de inmediato en el meollo, señalando la valiente acusación al rey como causa del martirio del profeta (w. 18-20). Sigue la narración dramática de las intrigas de Herodías, con la figura de Salomé reducida a instrumento por su pérfida madre (w. 21-25). Herodes aparece aquí más como un hombre débil que como un malvado, súcubo de su mujer, incapaz de resistir a su instinto. Víctima de su mismo imprudente juramento, debe ordenar contra su propia voluntad la decapitación del profeta (w. 26-28). Sin embargo, el remordimiento le perseguirá. El relato se cierra con un toque de piedad: se entrega el cuerpo del profeta a sus discípulos, que le dan sepultura (v. 29).

 

MEDITATIO

        La grandeza de un hombre, según los criterios de la Biblia, se mide por su fidelidad a la Ley del Señor. En esto, las figuras, por otra parte tan diferentes, de David y Juan el Bautista pueden ser asociadas.

        Fidelidad al Señor significa asimismo claridad de juicio y valor en el testimonio. David muestra su fuerza de ánimo cuando hace frente al gigante y cuando combate a los enemigos de Israel, pero sobre todo cuando reconoce, con humildad, su pecado. Se le recuerda no tanto por haber unificado las tribus de Israel bajo su trono, sino por haberse sometido a la palabra del profeta que le fue dirigida en nombre de Dios. Juan no tuvo miedo ante el poderoso Herodes y no vaciló en pronunciar el juicio que le sugería la inspiración del Señor.

        La fe es un don frágil y pesado al mismo tiempo. Frágil, porque basta con poco para ahogarla dentro de nosotros; pesado, porque implica un cambio radical en nuestros criterios y en toda nuestra vida. Ahora bien, la palabra pesado tiene en hebreo la misma raíz que la palabra gloría: la gloria del Señor, que acoge junto a sí a David y al Bautista, es la contrapartida de un «peso» llevado con alegría, porque es «un yugo suave y ligero» (cf. Mt 11,30).

 

ORATIO

        Líbrame, Señor, de la tentación de buscar la gloria humana y de creer en las lisonjas del poder terreno. Son demasiadas las veces que el deseo de sobresalir, de asegurarme privilegios, de entrar en familiaridad con las personas «importantes», me lleva a olvidar la coherencia y la fidelidad a tus enseñanzas.

        Señor, hazme firme en la fe. Concédeme el coraje que no tengo. Hazme superar el respeto humano que me impide dar testimonio de ti frente al mundo.

        Haz que no vacile ante el deber de elegir. El débil Herodes, la oportunista Herodías, la superficial Salomé, están muy cerca de mí: concédeme, Señor, la fuerza de ponerme de parte de Juan el Bautista, de parte de la verdadera vida. Haz que no tenga más que tu Palabra en mi cabeza.

 

CONTEMPLATIO

        El que se mira sólo a sí mismo vive con poco temor de Dios, no observa la justicia; más aún, la traspasa y comete muchas injusticias; se deja contaminar por las lisonjas de los hombres unas veces por dinero, otras por complacer a quienes le piden un favor que será una injusticia obtenerlo; otras veces, para huir del castigo por la falta que había cometido, será liberado, allá donde la vara de la justicia debía caerle encima. Ése ha obrado como hombre inicuo. [...] ¿Cuál es el motivo? Tener amor propio, que es de donde brotan las injusticias. [...]

        Y, sin embargo, os digo que quisiera que fuerais justos, que reluciera en vuestro pecho la perla de la justicia (Catalina de Siena, Le lettere, Milán 1987, pp. 393ss [edición española: Obras de santa Catalina de Siena, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1996]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo» (Eclo 47,8).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Los periódicos están repletos de noticias alarmantes: corrupción, administradores que no respetan las leyes, juntas que caen, funcionarios envueltos en tormentas de escándalo, instituciones inoxidables corrompidas por la herrumbre de la sospecha.

        Dichosos vosotros si, en el asedio de los problemas comunitarios que os acosan, en el tráfico de las preocupaciones políticas que os angustian, en la encrucijada de los delicadísimos equilibrios que os mantienen como funámbulos suspendidos en el vacío, sois lo suficientemente testarudos para encontrar el espacio necesario para descongestionaros del afán de las cosas y para reconstruiros, en el interior de la familia, gruesas capas de humanidad. Lo sabéis: el pueblo os propone muchos problemas (la casa, el trabajo, la enseñanza, la salud) para que se los resolváis, y debéis hacerlo dando siempre prioridad a la parte más indefensa de vuestra gente. Con todo, existe la impresión de que, en ocasiones, el timonel de la barca sigue rumbos impuestos por los jeques locales, no por la gente pobre, y que las velas recogen sólo los vientos de quienes tienen más resuello en el cuerpo, y no los suspiros de quienes jadean porque carecen de todo.

        Tened el coraje de oponeros, pagando incluso con vuestra propia persona, cuando en la distribución de los cargos, en la asignación de las contratas de trabajo, en la elaboración de planes de fabricación, en la destinación de las áreas urbanas, se tienen presentes los intereses de los que están bien y se pisotean los derechos primarios de los que están sumidos en la desesperación o, en todo caso, se suplantan las exigencias de la comunidad.

        Frente [a la tragedia] que se consuma ante la indiferencia general, ¿cuáles deben ser las actitudes de las personas civiles que apenas quieren comenzar a deletrear el alfabeto de la solidaridad? En primer lugar, es menester denunciar los daños ya ocasionados (A. Bello, Vegliare nella notte, Cinisello B. 1995, pp. 9, 32ss, 164 [edición española: Asoma la esperanza, Ediciones Sígueme, Salamanca 1997]). 

 

 

Día 5

Sábado de la semana IV del Tiempo ordinario o

Santa AGUEDA

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 3,4-13

En aquellos días,

4 el rey fue a sacrificar a Gabaón, el altozano más importante, y ofreció mil víctimas en holocausto sobre aquel altar.

5 Allí, el Señor se le apareció en sueños durante la noche y le dijo: - Pídeme lo que quieras, que yo te lo daré.

6 Salomón respondió: - Tú favoreciste mucho a mi padre, David, tu siervo, porque caminó en tu presencia con fidelidad, justicia y rectitud de corazón, y le has conservado tu favor dándole un hijo que se sienta en su trono, como hoy sucede.

7 Y ahora, Señor, Dios mío, tú me has hecho rey a mí, tu siervo, como sucesor de mi padre, David, pero yo soy muy joven y no sé cómo gobernar.

8 Tu siervo está en medio del pueblo que te has elegido, un pueblo numeroso, que no se puede contar y cuya multitud es incalculable.

9 Da, pues, a tu siervo un corazón sabio para gobernar a tu pueblo y poder discernir entre lo bueno y lo malo. Porque ¿quién, si no, podrá gobernar a un pueblo tan grande?

10 Agradó mucho al Señor esta petición de Salomón,

11 y le dijo: - Ya que me has pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para obrar con justicia,

12 te concederé lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio y prudente, como no ha habido antes de ti ni lo habrá después.

13 Pero además te añado lo que no has pedido: riquezas y gloria en tal grado que no habrá en tus días rey alguno como tú.

 

        **• El fragmento narra el sueño de Salomón siguiendo la estructura de la fábula popular. El protagonista aparece como el héroe positivo que sigue la Ley y ofrece sacrificios al Señor, por lo cual puede pedir algo como don (w. 4ss).

        En este punto, aparece la grandeza de Salomón en el núcleo del fragmento (w. 6-9): tras haber recordado los beneficios concedidos por el Señor a David (v. 6), confiesa el rey su propia juventud e inexperiencia (v. 7) y pide sabiduría para gobernar al pueblo según la justicia (w. 8ss). Las expresiones usadas por Salomón son típicas del lenguaje sapiencial y profético: «un corazón sabio» para gobernar al pueblo y poder para «discernir entre lo bueno y lo malo». El «corazón», según la antropología bíblica, es la sede del pensamiento y el lugar donde se toman las decisiones profundas.

        Como en las fábulas, la petición complace a su destinatario y no sólo es escuchada, sino que éste añade también aquello que el joven no ha pedido: además de la sabiduría, la riqueza y la gloria en mayor medida que cualquier otro rey (vv. 11-13).

 

Evangelio: Marcos 6,30-34

En aquel tiempo,

30 los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

31 Él les dijo: - Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer.

32 Se fueron en la barca, ellos solos, a un lugar despoblado.

33 Pero los vieron marchar y muchos los reconocieron y corrieron allá, a pie, de todos los pueblos, llegando incluso antes que ellos.

34 Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

 

        **• Tras el paréntesis sobre el martirio del Bautista, el fragmento enlaza de nuevo con el envío en misión de los Doce (Mc 6,7-13). Se trata de un breve momento de intimidad entre Jesús y los suyos. A la vuelta de la misión, refieren los discípulos al Maestro cómo les ha ido. Éste les invita a descansar con él en un lugar solitario (v. 31). Es raro que el grupo de Jesús consiga separarse de la multitud, e incluso esta vez la soledad dura poco de hecho: el espacio que ocupa un versículo (v. 32), el más breve, que, de manera significativa, se encuentra en el centro del pasaje. Inmediatamente después, la gente, que había hecho a pie el trayecto a lo largo de la orilla del lago, alcanza a Jesús. Éste, compadecido de ella, la acoge.

        La perícopa tiene una estructura en quiasmo, esto es, en forma de «X». Al v. 30, acción y enseñanza de los discípulos, le corresponde el v. 34, la enseñanza de Jesús; al v. 31, propuesta de alejarse de la multitud, le corresponde el v. 33, donde la multitud vuelve a ser protagonista con un movimiento de nueva aproximación a Jesús. La atención se concentra en el v. 32, puesto en el centro, cuando el grupo se dirige en barca hacia un lugar apartado: la comunidad de los Doce se reagrupa y reanima, en vistas a la nueva y magna sección de los milagros con la doble multiplicación de los panes.

        El milagro de los panes, con su hondo significado, es anunciado previamente por la doble alusión a la necesidad insatisfecha de alimento, material y simbólico: los discípulos «no tenían ni tiempo para comer» (v. 31), las muchedumbres «eran como ovejas sin pastor» (v. 34).

 

MEDITATIO

        Lo esencial en la vida no es lo que parece más importante a los ojos de los hombres. El poder y la gloria del más grande entre los reyes de Israel es nada frente a la Palabra del Señor: Salomón no es grande, en la historia de la salvación, por sus riquezas, por sus relaciones con los imperios del tiempo, ni siquiera por la sensatez de sus juicios. Salomón es grande porque supo dirigir al Señor la oración justa. No se consideró a sí mismo como sabio, sino que imploró, como un don de lo alto, la sabiduría, y la obtuvo gracias a esta humildad suya.

        Cuando los discípulos vuelven con Jesús a contarle el éxito de su misión («expulsaban a los demonios y curaban a los enfermos»: Me 6,13), el Maestro no hace caso a lo que cuentan, sino que los llama para algo más esencial aún que el éxito: «Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco» (6,31). En el mundo convulso en el que nos hemos acostumbrado a vivir, hemos perdido la dimensión del reposo; nos creemos generosos y buenos porque nos dispensamos sin reserva, sin conservar ya espacio alguno para nosotros, sin casi tener tiempo para «comer».

        Jesús nos recuerda que no es posible vivir sin alimento. Nos recuerda la simple realidad de nuestra condición humana, donde mostrarse demasiado activo tal vez signifique presunción y orgullo. Pero nos recuerda, sobre todo, el alimento del que no podemos prescindir, so pena de la nulidad de todo lo demás: sin retirarnos aparte para la oración, sin acercarnos a la mesa de la Palabra y de la eucaristía, se seca nuestro corazón y se marchita nuestra fe.

 

ORATIO

        La oración, Señor, no resulta tan fácil. Es preciso hacer silencio dentro de nosotros, retirarnos aparte, si no físicamente, sí al menos con el pensamiento y en lo que atañe a las preocupaciones.

        Ayúdame, Señor, porque no sé buscar la soledad donde pueda estar solo contigo. No sé ni siquiera buscar el reposo, y el «tiempo libre» me dispersa en mil distracciones. Libérame tú, Señor, del apremio que supone tener siempre algo que hacer, del frenesí de estar siempre en medio de la gente, de la búsqueda extenuante de rumores y confusión. Ya no sabemos escuchar el silencio, y hasta en los templos, durante las celebraciones, llenamos todos los huecos de músicas y cantos.

        Concédeme la capacidad de descubrir tu voz en las cosas pequeñas: en el reposo, en el sueño, cuando todo lo demás está en silencio y sólo tú puedes entrar en lo íntimo de los corazones. Hazme atento, Señor, y haz que también yo, como Salomón, te pida sabiduría.

 

CONTEMPLATIO

        Si quisieres que te respondiese yo alguna palabra de consuelo, mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor y afligido y verás cuántas te responde. Si quisieres que te declare yo algunas cosas ocultas o casos, pon solos los ojos en él y hallarás ocultísimos misterios y sabiduría y maravillas de Dios, que están encerradas en él, según mi apóstol dice: In quo sunt omnes thesauri sapientiae et scientiae Dei absconditi; esto es: En el cual Hijo de Dios están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia de Dios (Col 2,3); los cuales tesoros de sabiduría serán para ti muy más altos y sabrosos y provechosos que las cosas que tú querías saber (san Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid l41994, libro 2, capítulo 22, nn. 3-4, p. 368).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Da, pues, a tu siervo un corazón sabio» (1 Re 3,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Día tras día tenemos que tomar gran cantidad de decisiones. Hablar o callar, optar por uno u otro extremo de una alternativa, elegir entre más posibilidades, aceptar o declinar una invitación o una llamada, hacer una cosa o simplemente omitirla: son algunos de los múltiples aspectos de esa experiencia elemental que es la capacidad de decidir, característica fundamental de nuestra condición humana. Son muchas las opciones que forman parte de cualquier hábito casi automático, de esos que no exigen ninguna atención especial; ahora bien, en la vida se presentan momentos fuertes que nos ponen frente a situaciones difíciles. Algunas veces la decisión es de gran alcance: sus consecuencias son tal vez irreversibles y afectan a lo profundo de nuestra vida o, en ocasiones, al destino de muchos [...] [La] dimensión central de la vida del Salvador, que es vivir en un contexto de oración la toma de sus decisiones, constituye un dato evangélico primario, al que debemos estar atentos en nuestro esfuerzo de autoevangelización y de crecimiento en la fe.

        Las grandes decisiones que debe tomar un cristiano en su vida no pueden perder de vista los ejes de referencia de su propia opción fundamental. Por eso no deben ser el resultado puro y simple de un proceso desvinculado, funcionalmente, de aquello que da alimento y significado existencial a la vocación cristiana. Para un cristiano, decidir es esforzarse por encontrar y hacer explícita por sí mismo la voluntad del Señor, y eso no es fácil. No lo es, sobre todo, cuando se amplía la gama de las posibles opciones o cuando gozamos de libertad plena para inclinar la balanza de un lado o de otro, por ser ambos buenos y recomendables. Y es que aquí estamos hablando precisamente de ese tipo de decisiones cuyo objeto es siempre bueno. No considero aquí el caso de la elección entre un bien y un mal: hablo de la opción entre bienes reales, eventualmente tan buenos que nos hacen difícil llegar a una conclusión límpida sobre la orientación que hemos de tomar. [...]

        Sólo una rectitud total, en presencia del Señor, nos permite localizar poco a poco el subsuelo profundo de nuestra voluntad y de nuestro obrar. Intentar hacerlo ya es, en parte, caminar hacia la libertad. Con la fuerza del Espíritu en nosotros, y a través de su acción sobre nosotros en la oración, empezaremos a comprender en lo más íntimo de nosotros mismos y llegaremos a percibir, en la verdad, cuan relativo es todo lo que no es Dios en nuestra vida.

        Las grandes decisiones que hemos de tomar en nuestra vida forman parte de la manifestación y del incremento del Reino de Dios: en consecuencia, deben ser tomadas en el ámbito de la conciencia cristiana, a saber: en el ámbito de la orientación y de la referencia de todo nuestro ser a Dios y a los hermanos, a la luz de los criterios y los valores fundamentales que nos explica Jesús en su vida y en su mensaje. Eso no es posible si no vivimos el discernimiento de la decisión en un contexto de oración; sólo ésta, en efecto, nos hace libres para referir nuestra verdad a la verdad de Dios, condición imprescindible de paz y de rectitud frente a la decisión. Discernir en la oración es abrirse sin reservas, en medio de la libertad y de la verdad, para buscar lo que Dios quiere. Decidir, practicando el discernimiento y la oración, es disponerse a expresar, en la vida y con la vida, la voluntad del Señor tal como la hemos reconocido y hecho nuestra (M. Azevedo, La preghiera nella vita, Milán 1989, pp. 219-228, passim [edición española: La oración en la vida, desafío y don, Editorial Verbo Divino, Estella 1990)].

 

 

Día 6

 V domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 6,1-2a.3-8

1 El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en un trono alto y excelso. La orla de su manto llenaba el templo.

2 De pie, junto a él, había serafines con seis alas cada uno.

3 Y se gritaban el uno al otro: «Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso, toda la tierra está llena de su gloria».

4 Los quicios y dinteles temblaban a su voz, y el templo estaba lleno de humo.

5 Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en un pueblo de labios impuros, he visto con mis propios ojos al Rey y Señor todopoderoso».

6 Uno de los serafines voló hacia mí, trayendo un ascua que había tomado del altar con las tenazas;

7 me lo aplicó en la boca y me dijo: «Al tocar esto tus labios, desaparece tu culpa y se perdona tu pecado».

8 Entonces oí la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré?, ¿quién irá por nosotros?». Respondí: «Aquí estoy yo, envíame».

 

*•• El texto nos habla de la vocación de Isaías, ejemplo de la profunda experiencia religiosa del profeta. Fue escrito en torno al año 742 a. de C, que fue el de la muerte de Ozías, fin de un período de prosperidad y autonomía para Israel. El tema de fondo sigue siendo la santidad y la gloria de Dios, que trasciende toda grandeza y poder humanos. El escenario es el templo de Jerusalén, y la descripción nos presenta con rasgos antropomórficos al Señor en el trono, rodeado de serafines.

La primera parte (w. 1-4) nos presenta la teofanía de Dios y su trascendencia con diferentes términos simbólicos y litúrgicos: «Trono alto y excelso», «la orla de su manto llenaba el templo. De pie, junto a él, había serafines con seis alas cada uno. Y se gritaban el uno al otro: "Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso"».

En la segunda parte (w. 5-8), la visión del profeta describe al hombre frente al trono de la divinidad. Ante la grandeza de Dios nace de improviso en el profeta la conciencia de su indignidad y de su propio pecado. En ese momento, interviene Dios: purifica al hombre y le infunde una nueva vida al tocar sus labios. El Señor se dirige después a la asamblea de los serafines y les consulta sobre el gobierno del mundo (v. 8a). Sin embargo, de una manera indirecta, la voz de Dios interpela y llama a Isaías para que, investido de la gloria y de la santidad de Dios, vaya a profetizar en su nombre. El profeta se declara dispuesto para su misión y responde a la petición que Dios le dirige: «Aquí estoy yo, envíame» (y. 8). Es la plena disponibilidad de quien se deja invadir por un Dios que salva.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 15,1-11

1 Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié, que recibisteis y en el que habéis perseverado.

2 Es el Evangelio que os está salvando, si lo retenéis tal y como os lo anuncié; de no ser así, habríais creído en vano.

3 Porque yo os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras;

4 que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras;

5 que se apareció a Pedro y luego a los Doce.

6 Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto.

7 Luego se apareció a Santiago y, más tarde, a todos los apóstoles.

8 Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara.

9 Yo, que soy el menor de los apóstoles, indigno de llamarme apóstol por haber perseguido a la Iglesia de Dios.

10 Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Al contrario, he trabajado más que todos los demás; bueno, no yo, sino la gracia de Dios conmigo.

11 En cualquier caso, tanto ellos como yo esto es lo que anunciamos y esto es lo que habéis creído.

 

**• El texto paulino está motivado por las objeciones de los corintios: la duda sobre la verdad de la resurrección de Cristo, en detrimento no sólo de la integridad de la fe, sino también de la unidad de la misma Iglesia. Pablo responde con argumentos de fe y con el «Credo» que él les ha transmitido. El acontecimiento de la resurrección de Cristo es objeto del testimonio apostólico: son muchos, y todos dignos de fe, los que constataron el sepulcro vacío y vieron resucitado al Señor. Entre ellos estoy también yo -afirma Pablo-, que «por la gracia de Dios soy lo que soy» (v. 10).

El acontecimiento de la resurrección de Jesús ha entrado también en la predicación apostólica. A partir de ella, los apóstoles no sólo se adhirieron a la novedad de Cristo con todas sus fuerzas, sino que invistieron también con ella su tarea misionera. Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra predicación -afirma todavía Pablo- y nosotros habríamos trabajado en vano. El mismo acontecimiento de la resurrección de Cristo es objeto directo e inmediato de la fe de los primeros cristianos: si Cristo no hubiera resucitado, vana sería también vuestra fe -remacha el apóstol- y todos nosotros seríamos las personas más infelices del mundo. Infelices por haber sido engañadas y decepcionadas. Está claro, por consiguiente, que al servicio de este acontecimiento fundador del cristianismo está no sólo la tradición apostólica, sino también el testimonio de la comunidad creyente y de todo auténtico discípulo de Jesús.

 

Evangelio: Lucas 5,1-11

En aquel tiempo,

1 estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la gente se agolpaba para oír la Palabra de Dios.

2 Vio entonces dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

3 Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca.

4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: -Remad lago adentro y echad vuestras redes para pescar.

5 Simón respondió: -Maestro, hemos estado toda la noche faenando sin pescar nada, pero, puesto que tú lo dices, echaré las redes.

6 Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces. Como las redes se rompían,

7 hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.

8 Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.

9 Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado;

10 e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón: -No temas; desde ahora serás pescador de hombres.

11 Y después de llevar las barcas a tierra, dejaron todo y lo siguieron.

 

**• El evangelista nos presenta la vocación de los discípulos con una simple nota final, después de la enseñanza a las muchedumbres (w. 1-3) y de una serie de milagros a través de los cuales Jesús manifiesta el poder de Dios en Cafarnaún (4,33-41). Lucas nos recuerda en la vocación de los primeros discípulos, como también hace Marcos, las estructuras esenciales del discipulado -la iniciativa de Cristo y la urgencia de la llamada-, pero subraya sobre todo el desprendimiento y el seguimiento.

El abandono debe ser radical por parte del discípulo: «Dejaron todo y lo siguieron» (v. 11), y el seguimiento es consecuencia de una toma de conciencia respecto a Jesús de una manera consciente y libre. Con todo, el tema principal del relato no es ni el desprendimiento ni el seguimiento, sino brindarnos unas palabras seguras del Maestro: «Desde ahora serás pescador de hombres» (v. 10). Existe una estrecha relación entre el milagro de la pesca milagrosa y la vocación del discípulo, y esa relación está afirmada en el hecho de que la acción del hombre sin Cristo es estéril, mientras que con Cristo se vuelve fecunda. Es la Palabra de Jesús la que ha llenado las redes y es la misma Palabra la que hace eficaz el trabajo apostólico del discípulo. Éste se siente llamado así, como el apóstol Pedro, a abandonarse con confianza a la Palabra de Jesús, a reconocer su propia situación de pecador y a responder a su invitación obedeciendo incluso cuando un mandato pueda parecerle absurdo o inútil. La respuesta de la fe es así fruto de la acogida de una revelación y de un encuentro personal con el Señor.

 

MEDITATIO

Los dos relatos que nos han referido la primera lectura y el evangelio de hoy siguen el esquema bíblico clásico de las llamadas a colaborar con Dios en la salvación del pueblo. En ese esquema está previsto siempre un primer movimiento, «centrípeto», en el que Dios (o Jesús) atrae de una manera irresistible al llamado hacia él, haciéndole pasar por una intensa experiencia religiosa; y, después, viene un segundo movimiento, «centrífugo», en el que el llamado es vuelto a enviar a su pueblo, repleto de fuerza y de valor para obrar a favor del mismo: «¿A quién enviaré?, ¿quién irá por nosotros?» (...) «Vete a decir a este pueblo» (Is 6,8.9). «No temas; desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10).

La llamada de Dios no se dirige a unos de manera exclusiva (sacerdotes, religiosos, religiosas), sino que, como ha confirmado en sus documentos el Concilio Vaticano II, se dirige a todos y cada uno de los bautizados. Cada uno de nosotros está invitado a «trabajar» por la salvación de los hermanos, según las hermosas palabras de Pablo que aparecen en el fragmento de la primera Carta a los Corintios que acabamos de leer: «La gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Al contrario, he trabajado más que todos los demás; bueno, no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Cor 15,10).

En consecuencia, deberemos preguntarnos si nuestro «trabajo» se encuadra en la visión evangélica de las cosas. Habremos de preguntarnos, entre otras cosas, si es consecuencia de habernos dejado fascinar, como los discípulos y Pedro, por Jesucristo y por su preocupación central. Porque ésa es la raíz de toda auténtica actividad eclesial. El resto puede ser activismo, mera búsqueda de nuestra propia satisfacción e incluso exhibicionismo: un «pescar hombres» no para aquella vida abundante que Jesús ha venido a traernos (Jn 10,10), sino para nosotros mismos, o sea, para la muerte. Sólo volviendo a reavivar con frecuencia el fuego en nuestro contacto con él podremos también nosotros ir a los otros, como Pablo, llevándoles el gran anuncio de la resurrección, que es victoria de la vida sobre la muerte.

 

ORATIO

Has querido asociarnos, Señor, a tu espléndida obra de salvación de la humanidad. Has puesto en nuestras manos la red para pescar hombres en el gran mar del mundo. Nos has elegido para la realización de tu ilimitado deseo de vida, de una vida abundante para tus hermanos y hermanas. Te estamos agradecidos por ello, Señor.

En tu generosidad nos has hecho un gran don, porque de este modo nos hemos convertido, en cierto modo, en las manos con las que sigues actuando hoy en el mundo. Quisiéramos ser fieles en la respuesta a tu llamada. Quisiéramos volver a dejarnos fascinar frecuentemente de nuevo por tu Palabra y por tu invitación, de tal modo que toda nuestra acción esté siempre llena de sentido evangélico. Toca nuestra boca con el carbón ardiente que purifica, como hizo aquel serafín con Isaías, y entonces sólo saldrán de ella palabras de vida para nuestros hermanos. Sostennos constantemente con tu gracia, del mismo modo que sostuviste a Pablo en medio de tantas dificultades. Si lo haces, podremos estar seguros de nuestra fidelidad y de nuestro valor indomable.

 

CONTEMPLATIO

Llamar amado al Verbo y proclamarlo «bello» significa atestiguar sin ficción y sin fraude que ama y que es amado, admirar su condescendencia y estar llenos de estupor frente a su gracia. Su belleza es, verdaderamente, su amor, y ese amor es tanto más grande en cuanto previene siempre [...].

¡Qué bello eres. Señor Jesús, en presencia de tus ángeles, en forma de Dios, en tu eternidad! ¡Qué bello eres para mí, Señor mío, en tu eternidad! ¡Qué bello eres para mí, Señor mío, en tu mismo despojarte de esta belleza tuya! En efecto, desde el momento en que te anonadaste, en que te despojaste -tú, luz perenne- de los rayos naturales, refulgió aún más tu piedad, resaltó aún más tu caridad, más espléndida irradió tu gracia.

¡Qué bella eres para mí en tu nacimiento, oh estrella de Jacob!, ¡qué espléndida brotas, flor, de la raíz de Jesé!; al nacer de lo alto, me visitaste como luz de alegría a mí, que yacía en las tinieblas. ¡Qué admirable y estupendo fuiste también por las eternas virtudes cuando fuiste concebido por obra del Espíritu Santo, cuando naciste de la Virgen, en la inocencia de tu vida! Y, después, en la riqueza de tu enseñanza, en el esplendor de los milagros, en la revelación de los misterios. ¡Qué espléndido resurgiste, después del ocaso, como Sol de justicia, del corazón de la tierra!

¡Qué bello, por último, en tu vestido, oh Rey de la gloria, te volviste a lo más alto de los cielos! Cómo no dirán mis huesos por todas estas cosas: «¿Quién como tú, Señor?» (Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Cantar de los cantares 45, 8ss, passim)

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Poderoso ha hecho cosas grandes por mí, su nombre es santo» (Lc 1,49).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El encuentro con Dios me hace entrever continuamente nuevos espacios de amor y no me hace pensar lo más mínimo en haber hecho bastante, porque el amor me impulsa y me hace entrar en la ecología de Dios, donde el sufrimiento del mundo se convierte en mi alforja de peregrino. En esta alforja hay un deseo continuo: «Señor, si quieres, envíame. Aquí estoy, dispuesto a liberar al hermano, a calmar su hambre, a socorrerle. Si quieres, envíame».

En un mundo tan poco humano, donde la gente llora por las guerras, por el hambre, el encuentro con Dios nos transforma, nos hace tener impresos en el rostro los rasgos de Dios, nos hace tener en el rostro el amor que hemos encontrado, junto con un poco de tristeza por no ver realizado este amor. Yo he encontrado al Señor, pero he encontrado asimismo nuestras miserias y, ante las más grandes injusticias - y muchas de ellas las he visto de manera directa-, nunca he podido ni he querido decir: «Dios, no eres Padre». Sólo me he visto obligado a decir justamente: «Hombre, hombre, no eres hermano». Y he vuelto a prometer a mi corazón el deseo de llegar a ser yo más fraterno, más hombre de Dios, más santo, a fin de propagar más el amor concreto que nos lleva a socorrer a los hambrientos, a las víctimas de la violencia, a los que no conocen ni siquiera sus derechos, a los que ya no se preguntan de dónde vienen ni a dónde se dirigen.

Es preciso vivir el carácter cotidiano del encuentro con él, cambiando nosotros mismos. He visto realizarse muchos sueños inesperados. Pero el acontecimiento más extraordinario, que todavía me sorprende, empezó cuando niños, jóvenes, personas de todas las edades, me eligieron como padre, como consejero y como cabeza de cordada. No me esperaba precisamente esto, y cada vez que un alma, un corazón, se confía a mí para que le aconseje, dentro de mí caigo de rodillas y me repito: «¿Quién soy yo, quién soy yo para ser digno de guiar a personas más buenas que yo? No, no soy digno, pero, Señor, por tu Palabra, también yo "me volveré red" para tu pesca milagrosa» (E. Olivero, Amare con ¡l cuore di Dio, Turín 1993, pp. 7-9).

 

 

Día 7

 Lunes de la semana V del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 8,1-7.9-13

En aquellos días,

1 Salomón convocó en Jerusalén a los ancianos de Israel y a todos los jefes de tribu y cabezas de familia de los israelitas, para trasladar el arca de la alianza del Señor desde la ciudad de David (es decir, Sión).

2 Se reunieron en torno al rey Salomón todos los israelitas el mes de Etanín, que es el mes séptimo, con motivo de la fiesta.

3 Cuando llegaron los ancianos de Israel, los sacerdotes tomaron el arca

4 y la subieron junto con la tienda del encuentro y todos los utensilios sagrados que había en ella.

5 La subieron los sacerdotes y los levitas.  El rey Salomón y toda la asamblea de Israel con él inmolaron ante el arca ovejas y toros en gran cantidad.

6 Los sacerdotes dejaron el arca de la alianza del Señor en su lugar, en el camarín del templo, es decir, en el lugar santísimo, bajo las alas de los querubines.

7 Los querubines tenían las alas extendidas sobre el lugar en el que se encontraba el arca, cubriendo el arca y sus varales.

9 En el arca no había más que las dos losas de piedra, depositadas en ella por Moisés en el Horeb, cuando el Señor hizo la alianza con los israelitas a su salida de Egipto.

10 Mientras los sacerdotes salían del lugar santo, una nube llenó el templo del Señor,

11 de modo que los sacerdotes no podían oficiar, por causa de la nube. La gloria del Señor llenaba el templo.

12 Entonces, Salomón exclamó: Tú, Señor, dijiste que habitarías en una nube oscura.

13 Pero yo te he construido una casa para que vivas en ella, un lugar donde habites para siempre.

 

        *• Se trata de una etapa importante de la historia de la salvación, de esas que marcan el cumplimiento de una larga espera y prefiguran la venida de una realidad ulterior.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, y mientras relee la historia de Israel a la luz de Cristo, Esteban nos habla así: «Nuestros antepasados tenían en el desierto la tienda del testimonio, como había dispuesto el que mandó a Moisés hacerla según el modelo que había visto. Después de recibirla, nuestros antepasados la introdujeron, bajo la guía de Josué, en la tierra conquistada a los paganos, a quienes Dios expulsó delante de ellos. Así hasta los días de David. Esto agradó a Dios y suplicó el favor de encontrar un santuario para la estirpe de Jacob. Con todo, fue Salomón quien le edificó una casa» (Hch 7,44-47).

        La construcción del templo de Salomón representa, por consiguiente, la culminación de esta historia que parte de la promesa de Dios en el Sinaí: «Me harán un santuario y habitaré entre ellos» (Ex 25,8).

        Es la historia del éxodo: un pueblo que se va constituyendo en torno a la alianza, cuya memoria itinerante es el arca; un camino guiado por el Dios-Presente, el Dios a quien la nube oculta y revela; una relación cada vez más profunda y personal entre Dios y el hombre, una relación de la que la gloria del Señor es signo luminoso, esplendor consistente que brilla en el rostro de quien ha encontrado a Dios. Ésta es la historia que, como signo, encierra el templo.

 

Evangelio: Marcos 6,53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos,

53 terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret y atracaron.

54 Al desembarcar, lo reconocieron en seguida.

55 Se pusieron a recorrer toda aquella comarca y comenzaron a traer a los enfermos en camillas a donde oían decir que se encontraba Jesús.

56 Cuando llegaba a una aldea, pueblo o caserío, colocaban en la plaza a los enfermos y le pedían que les dejase tocar siquiera la orla de su manto, y todos los que lo tocaban quedaban curados.

 

        *•• Encontramos a Jesús tras la enésima travesía del lago, casi ha cosido las dos orillas: la del este, orilla de los paganos; la del oeste, orilla de los judíos. Una vez llegado a Galilea -y la gente lo reconoce-, nos describe el evangelista Marcos una escena que, de modo figurativo, muestra el cumplimiento de las promesas de salvación mesiánica anunciadas por los profetas. Desde Isaías: «Al final de los tiempos estará firme el monte del templo del Señor; sobresaldrá sobre los montes, dominará sobre las colinas. Hacia él afluirán todas las naciones, vendrán pueblos numerosos. Dirán: "Venid, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob. Él nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus sendas"» (Is 2,2-3), a Zacarías: «Todavía han de venir gentes y habitantes de ciudades populosas. Los habitantes de una ciudad irán a decir a los de la otra: "Vamos a invocar al Señor todopoderoso y a pedir su protección. Yo también voy contigo"» (Zac 8,21-22).

        Convergen a Jesús todos los que se reconocen menesterosos de salvación: «gente que tiene cualquier mal», todos los que estaban «enfermos». La enfermedad y la debilidad quedan expuestas «en la plaza», sin vergüenza, en presencia de Jesús y con la confianza de que bastará con tocarle, aunque sólo sea «siquiera la orla de su manto », para quedar curado. Zacarías había profetizado: «En aquellos días, diez extranjeros agarrarán a un judío por el manto y le dirán: "Queremos ir con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros"» (Zac 8,23). El que acude a Jesús lo ha intuido: Dios está con él. Ahora bien, después de haberlo encontrado, puede comprender de veras que, en Jesús, Dios está con nosotros y para nosotros.

 

MEDITATIO

        Este evangelio, con el afán de tocar a Jesús y la carrera para alcanzar y estrechar algo de él, enciende en el corazón la intuición luminosa que un día abrasó a Pablo: «En Cristo habita corporalmente la plenitud de la divinidad». Es en Jesús donde habita, como en el verdadero y definitivo templo, la plenitud de Dios «somatizada». Y «habéis alcanzado vosotros [nosotros] su plenitud» (Col 2,10). Una lógica continua y discontinua respecto a la que había erigido el templo de Salomón.

        En efecto, el cuerpo de Cristo, su humanidad, es la realidad que prefiguraba el templo: Dios en medio de su pueblo. Ahora bien, con Jesús, el arca de la alianza ya no soporta quedar encerrada en el Santo de los Santos: Jesús circula por las calles, nos sale al encuentro. Y si alguien fue golpeado por la muerte al instante por haber tocado el arca (cf. 2 Sm 6,7), Jesús, por el contrario, vino precisamente para hacerse alcanzar, para hacerse «tocar».

        Para nosotros, hoy, el cuerpo de Cristo es la Iglesia, que prolonga su humanidad en la historia y en el tiempo, hasta que toda la familia humana se haya vuelto tienda, santuario del encuentro entre Dios y el hombre.

 

ORATIO

        Oh Cristo, único mediador nuestro, tú nos eres necesario para entrar en comunión con Dios Padre, para llegar a ser contigo, que eres el Hijo único y Señor nuestro, sus hijos adoptivos, a fin de ser regenerados en el Espíritu Santo. Tú nos eres necesario, oh único verdadero maestro de las verdades recónditas de la vida, para conocer nuestro ser y nuestro destino, el camino para conseguirlo. Tú nos eres necesario, o gran paciente de nuestros dolores, para conocer el sentido del sufrimiento y para dar a éste un valor de expiación y de redención.

Tú nos eres necesario, oh Cristo, oh Señor, oh Dios con nosotros... (Pablo VI).

 

CONTEMPLATIO

        Entre la Trinidad -Padre, Hijo y Espíritu Santo- y la fragilidad e iniquidad de los seres humanos, se ha hecho mediador un Hombre. No inicuo, pero sí débil.

        Así, por el hecho de no ser inicuo, te une a Dios; y por el hecho de ser débil se hace próximo a ti. Ahora, para que hubiera un mediador entre el hombre y Dios, el Verbo se ha hecho carne, es decir, el Verbo se ha hecho hombre (Agustín de Hipona, Exposición sobre el salmo 29, II, 1).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Todos los que lo tocaban quedaban curados» (Mc 6,56).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En un sentido verdadero, los cristianos son gente que ya no tiene templo: con la venida de Cristo, el templo material, el edificio, ya no es el signo por excelencia de la presencia de Dios entre nosotros. Nuestro modo de encontrarnos con Dios ya no será el «subir al templo»; por lo demás, también los israelitas podían ir a él y desarrollar ritos espléndidos, espectaculares, sugestivos, sin poner en ellos «el corazón» y, por consiguiente, sin llevar a cabo una verdadera comunión con Dios. El lugar de la presencia de Dios para nosotros, aquel en el que Dios se ha manifestado y en el que podemos encontrarle, es «el templo de la humanidad de Cristo».

        Y esto hemos de entenderlo en dos sentidos. En primer lugar, en el sentido de que el lugar de mi encuentro con Dios es el vínculo entre Jesucristo y yo. Llego a ser hijo de Dios como Jesucristo: eso es el encuentro con Dios. Y en segundo lugar, en el sentido de que «el templo de la humanidad de Cristo» es toda la humanidad, que es su esposa y su cuerpo. No es posible encontrar a Dios sin encontrar todo lo que Dios encuentra (G. Moioli, Temí cristiani maggiorí, Milán 1992, pp. 104ss, passim).

 

 

Día 8

   Martes de la semana V del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 8,22-23.27-30

En aquellos días,

22 Salomón se colocó ante el altar del Señor a la vista de toda la asamblea de Israel y, levantando sus manos al cielo,

23 dijo: - Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú ni en los cielos ni en la tierra. Tú guardas fielmente la alianza hecha con tus siervos, si caminan en tu presencia de todo corazón.

27 Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra? Si el universo en toda su inmensidad no te puede contener, ¡cuánto menos este templo construido por mí!

28 No obstante, atiende, Señor, Dios mío, la oración y la súplica que tu siervo te dirige hoy;

29 ten tus ojos abiertos noche y día sobre este templo, al que te referiste diciendo: «Aquí se invocará mi nombre». Escucha la plegaria que tu siervo te hace en este lugar.

30 Escucha las súplicas que tu siervo y tu pueblo Israel te hagan en este lugar; escúchalas desde el cielo, lugar de tu morada, atiéndelas y perdona.

 

        *•• Ahora que la construcción del templo de Jerusalén ha terminado y la gloria del Señor ha tomado posesión del mismo, presenta Salomón su plegaria. En el corazón de la misma, como la chispa de fuego de donde brotan la alabanza y la invocación, está el estupor que experimenta el hombre ante el Dios-presente, ante un Dios que quiere habitar en la tierra. «Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra?» (v. 27a). En efecto, la realidad más preciosa que custodia el templo -más que el oro con el que Salomón ha hecho revestir el altar y las puertas, más que las columnas de bronce y más que todos los adornos sagrados- es la presencia de Dios, es la alianza con la que el Señor ha elegido unirse a su pueblo.

        Una alianza de la que el templo es memoria estable, así como silencioso y elocuente relato. A continuación, la plegaria, tal como se presenta, descubre el fondo de la realidad: la «casa» que Salomón ha hecho construir para el Señor no es una morada que pueda contenerlo-capturarlo.

        La presencia de Dios no está condicionada a aquel lugar y a aquel espacio, porque Dios está presente allí donde se vive la alianza.

 

Evangelio: Marcos 7,1-13

En aquel tiempo,

1 los fariseos y algunos maestros de la Ley procedentes de Jerusalén se acercaron a Jesús

2 y observaron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavárselas

3 (es de saber que los fariseos y los judíos en general no comen sin antes haberse lavado las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus antepasados;

4 y al volver de la plaza, si no se lavan, no comen; y observan por tradición otras muchas costumbres, como la purificación de vasos, jarros y bandejas).

5 Así que los fariseos y los maestros de la Ley le preguntaron: - ¿Por qué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?

6 Jesús les contestó: - Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me dan culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos.

8 Vosotros dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a la tradición de los hombres.

9 Y añadió: - ¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios para conservar vuestra tradición!

10 Pues Moisés dijo: «Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre será reo de muerte».

11 Vosotros, en cambio, afirmáis que si uno dice a su padre o a su madre: «Declaro corbán, es decir, ofrenda sagrada, los bienes con los que te podía ayudar»,

12 ya le permitís que deje de socorrer a su padre o a su madre, anulando así el mandamiento de Dios con esa tradición vuestra que os habéis transmitido. Y hacéis otras muchas cosas semejantes a ésta.

 

        **• La progresiva revelación de la identidad de Jesús, en la que nos va introduciendo con su evangelio Marcos, incluye asimismo la revelación de una relación nueva entre los discípulos del Nazareno y las reglas que observan los hombres a fin de estar preparados para el encuentro con Dios (ser puros). «¿Porqué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados» (v. 5). Antes incluso de que Jesús pronuncie una respuesta, él mismo, su persona, se pone frente a nosotros como la respuesta.

        El «porqué», en efecto, es precisamente él. Jesús, al revelarse como el Hijo de Dios, como el mediador entre Dios y los hombres, relativiza de un golpe todas las reglas y preceptos humanos. No los anula, sino que nos muestra que son válidos si están en relación con él; con él, que es la norma, la encarnación del mandamiento de Dios, la Palabra viva. Aquí está en juego el contenido de la tradición, a saber: lo que se ha de transmitir de la fe; lo que cuenta de verdad y resulta indispensable para entrar en comunión con Dios, y lo que puede ser también bueno, pero siempre es relativo. Los preceptos de los fariseos son «tradición de los antiguos», «tradición de los hombres», «tradición vuestra». Que es como decir: vosotros os transmitís a vosotros mismos.

 

MEDITATIO

        Somos presa del estupor frente a algo que no nos esperamos, frente a algo mucho más bello y mucho más importante que lo que consideramos importante y bello. Y lo que mayor estupor puede despertar en la vida es darse cuenta de que Dios está con nosotros, reconocer que esta historia que estoy viviendo está toda ella dentro de la alianza: se desarrolla en su casa. Que el vínculo con Dios fundamenta el sentido y la dignidad de mi persona, incluso antes de que yo pueda hacer alguna cosa sensata y digna. La oración nace aquí: una mezcla entre el impacto que recibe quien se descubre amado antes, amado gratis, y la inconsciencia de quien por esto se encuentra libre, libre de darle largas a Dios. A quien se pregunte cómo se ha llevado a cabo este vínculo, cómo se vive la alianza, el evangelio de hoy le presenta la Palabra que va al corazón y desenmascara las poses de fachada. El tipo de relación que Dios nos ofrece en Jesucristo es vital: de vida a vida. Hasta tal punto que la acostumbrada pretensión humana de fijarla en rígidos esquemas se convierte en uno de los mayores obstáculos para que se lleve a cabo el encuentro. En tiempos de desorientación, como son los nuestros, puede sorprendernos la tentación de ir a la caza de seguridades y de adherirnos a prácticas, ceremonias y costumbres «antiguas», a «los nuestros», a «lo nuestro».

        Estamos convencidos -a hurtadillas-, como los fariseos y los maestros de la Ley, de que la fidelidad a Dios consiste enteramente en eso. Ahora bien, la Palabra de Dios no secunda este tipo de necesidades; al contrario, nos llama a asumir el riesgo de entablar nuevas relaciones, totales: con Dios y entre nosotros.

 

ORATIO

        Concédenos, Padre, asombrarnos siempre de nuevo ante al misterio que llevas a cabo para nosotros en Jesús, tu Hijo.

        Haz que siempre sepamos reconocer el carácter provisorio de todo lo que es menos que tú, para cantar en nuestra vida la invencible alegría de quien ha creído en la Palabra de tu Promesa. Amén. Aleluya. (B.            Forte).

 

CONTEMPLATIO

        No es demasiado pequeño el corazón del creyente para aquel a quien no le bastó el templo de Salomón. Nosotros, en efecto, somos el templo del Dios vivo. Como está escrito: «Habitaré en medio de ellos». Si un personaje importante te dijera: «Voy a habitar en tu casa», ¿qué harías? Si tu casa es pequeña, no hay duda de que te quedarías desconcertado, te espantarías, preferirías que el encuentro no tuviera lugar. Ahora bien, tú no temes la venida de Dios, no temes el deseo de tu Dios. Al venir, no te reduce el espacio; al contrario, cuando venga, será él quien te dilate (Agustín de Hipona, Sermón 23, 7).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Pero acaso puede habitar Dios en la tierra?» (1 Re 8,27).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Estamos aún en los bajos fondos, en los sótanos de la vida espiritual: también nosotros, que algunas veces nos mostramos un tanto burócratas, debemos ascender a la planta superior. Subir a la planta superior significa en nuestro caso superar la frialdad de un derecho sin caridad, de un silogismo sin fantasía y sin inspiración, de un cálculo sin pasión. Significa superar la frialdad de un logos sin sophia, de un discurso sin sabiduría y sin corazón. Significa no contentarnos con el acopio de nuestras pequeñas virtudes humanas, como si éstas pudieran comprarnos el Reino de Dios, cuando sabemos que es el Señor quien nos da la fuerza para ser buenos y humildes. En efecto, el Señor no nos ama porque seamos buenos, sino que nos hace ser buenos porque nos ama... María, inquilina acostumbrada a la planta superior, nos alivia de un estilo pastoral «atareado», sin inspiración, de una experiencia de oración requerida sólo por el guión, sin sobresaltos de fantasía, sin emoción. Nos rescata del achatamiento de nuestra vida interior en el ámbito de las trivialidades, del afán de las cosas por hacer que nos impiden elevarnos a ti (A. Bello, Cirenei della gioia, Cinisello B. 1995, pp. 44ss).

 

 

Día 9

 Miércoles de la V semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 10,1-10

En aquellos días,

1 la reina de Sabá, al oír la fama de Salomón, vino para ponerle a prueba con enigmas.

2 Hizo su entrada en Jerusalén con un gran séquito y con camellos cargados de perfumes, oro y piedras preciosas en cantidad fabulosa. Se presentó a Salomón y le manifestó todo lo que tenía pensado decirle.

3 Salomón contestó a todas sus preguntas; no hubo ninguna cuestión tan oscura que el rey no pudiera resolver.

4 Cuando la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón y el palacio que se había construido,

5 los manjares de su mesa, las casas de sus cortesanos, el porte de sus servidores y sus uniformes, sus provisiones de bebidas y los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó maravillada,

6 y dijo al rey: - Era verdad lo que yo había oído en mi país acerca de ti y de tu sabiduría.

7 Yo no quería creerlo, hasta que he venido y lo he visto con mis propios ojos, pero veo que no me habían dicho ni la mitad. Tu sabiduría y tus riquezas superan la fama que había llegado a mis oídos.

8 ¡Feliz tu gente, felices tus servidores, que están siempre a tu lado y escuchan tu sabiduría!

9 ¡Bendito el Señor, tu Dios, que ha tenido a bien sentarte en el trono de Israel! Por su amor eterno a Israel, te ha constituido su rey, para administrar el derecho y la justicia.

10 La reina obsequió al rey con cuatro mil kilos de oro, perfumes y piedras preciosas en cantidad fabulosa. Jamás se vio tanta cantidad de perfumes como la ofrecida al rey Salomón por la reina de Sabá.

 

        **• Este fragmento nos presenta el marco conclusivo de la primera parte del primer libro de los Reyes, en donde se narra la historia del rey Salomón. Se trata de la descripción del esplendor, de la riqueza y de la estabilidad que alcanzó el reino con Salomón, tal como se nos había anticipado algunos capítulos antes: «Salomón sucedió a su padre, David, en el trono, y su reino se consolidó firmemente» (1 Re 2,12).

        En estos versículos se pone de relieve la floreciente actividad comercial entre Israel y los pueblos del Oriente Próximo, y a este respecto resulta significativo que sea precisamente una «desconocida» reina de Sabá, probablemente la regente de alguna de las lejanas tribus sabeas que se habían establecido en el norte de Arabia, la que emprendiera un viaje tan largo, hasta Jerusalén, para conocer a Salomón. La sabiduría de la que habla el texto, según la mentalidad de todo el Oriente antiguo, es la del buen gobierno, de acuerdo al cual la primera cualidad que debe tener un rey es la de ser justo. Salomón la ha pedido y Dios se la ha concedido (cf. 3,5-15; 5,9-14), de suerte que la reina de Sabá puede exclamar: «¡Feliz tu gente, felices tus servidores, que están siempre a tu lado y escuchan tu sabiduría!» (v. 8).

        La imagen del gran movimiento de las tribus sabeas hacia Jerusalén vuelve en los libros de los profetas (cf Is 60,6): Sabá representa a los pueblos que se convierten y vienen al verdadero Dios, tal como canta también el salmista: «Que los reyes de Tarsis y de los pueblos lejanos le traigan presentes; que los monarcas de Arabia y de Sabá le hagan regalos» (Sal 72,10). Por último, en el Nuevo Testamento, Mateo utiliza esta referencia como llamada a la fe en Jesucristo. Se trata de una llamada dirigida a todos: a las jóvenes comunidades cristianas, aunque de manera especial a los judíos. Estos últimos, al revés que los paganos, rechazan la salvación traída por Jesús y no reconocen que «aquí hay uno que es más importante que Salomón» (Mt 12,42).

 

Evangelio: Marcos 7,14-23

En aquel tiempo,

14 llamando Jesús de nuevo a la gente, les dijo: - Escuchadme todos y entended esto:

15 Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre.

16 Quien tenga oídos para oír que oiga.

17 Cuando dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de la comparación.

18 Jesús les dijo: - ¿De modo que tampoco vosotros entendéis? ¿No comprendéis que nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo,

19 puesto que no entra en su corazón, sino en el vientre, y va a parar al estercolero? Así declaraba puros todos los alimentos.

20 Y añadió: - Lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre.Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez.

21 Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre.

 

        **• Estamos en plena discusión con los fariseos sobre «la tradición de los antiguos». La palabra y la atención se dirigen ahora de nuevo a la gente común, al pueblo: volvemos a encontrar, en efecto, a Jesús adoctrinando a la gente y, en un segundo momento, se dirige aparte a los discípulos. Toda la argumentación gira en torno a cuestiones legales muy delicadas para la mentalidad del piadoso judío observante. El tema está relacionado con la cuestión de lo puro y de lo impuro, con una referencia particular a los alimentos. Se trata de una cuestión central para la tradición judía, hasta el punto que constituye uno de los problemas más candentes por los que habían pasado las primeras comunidades de los creyentes. Podemos subdividir el texto en tres escenas: la enseñanza de Jesús a la gente (w. 14-16); el dicho de Jesús (v. 15); la enseñanza a los discípulos (w. 17-23): la verdadera impureza, el corazón, el catálogo de vicios.

        El tema central de toda la perícopa es el comportamiento de los hombres respecto a las exigencias del Reino de Dios. Los fariseos reclaman la pureza a propósito de las abluciones, y Jesús responde tomando en consideración el problema más general de la impureza atribuida por la Ley a ciertos alimentos. Traslada el problema y lo sitúa en su centro: el corazón del hombre.

        Los últimos versículos, por último, constituyen un catálogo de vicios que podemos encontrar, ampliamente documentados, en toda la literatura paulina. Y es precisamente el eco de san Pablo lo que resuena entre líneas: «No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior» (Rom 12,2).

        «Renunciad a vuestra conducta anterior y al hombre viejo, corrompido por apetencias engañosas. De este modo, os renováis espiritualmente y os revestís del hombre nuevo creado a imagen de Dios, para llevar una vida verdaderamente recta y santa» (Ef 4,22-24).

 

MEDITATIO

        «Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre.» Estamos frente a un nuevo principio de la moral cristiana: todo lo que hago es puro en la medida en que está en relación con la persona del Señor Jesús. San Pablo habría dicho: «Lo que hagáis, hacedlo con el mayor empeño, buscando agradar al Señor y no a los hombres» (Col 3,23ss).  Se trata de una invitación explícita: «Escuchadme todos y entended esto».

        El hombre, de una manera casi subversiva, queda puesto frente a sí mismo, frente a las actitudes y deseos de su corazón; en una palabra, frente a las intenciones profundas que motivan sus opciones y sus decisiones. Queda colocado de nuevo en la posición justa: bajo la mirada de Dios. Frente a su Señor no puede esconderse, aunque puede no conocerse a fondo. Por eso hay aquí, ante todo, una invitación a «comprender », una invitación que tiene que ver, principalmente, con el conocimiento de nosotros mismos. Una invitación a recibir como don de Dios una comprensión más profunda de la realidad. Es la invitación a derribar la pretensión farisaica presente en nosotros y que nos lleva a intentar poseer y administrar el misterio de Dios; la invitación a dejarnos más bien investir y transformar por la desconcertante novedad que es Dios cuanto entra en nuestra vida.

        La Palabra de Dios que nos alcanza nos sitúa en un principio nuevo de obediencia: «Escuchadme todos», poniendo así el principio de la escucha como criterio de juicio y de discernimiento. Escucha de la historia contemporánea y de la Iglesia; escucha de los más débiles e indefensos en la sociedad y en la comunidad; escucha de las verdaderas necesidades del hombre; escucha del grito de los que sufren y de los oprimidos; escucha de la Palabra de Dios que es Cristo, presencia resucitada y viva en medio de nosotros; escucha como raíz del seguimiento de Cristo-Verdad, que supera los esquemas que cada uno de nosotros es muy capaz de construir y justificar y que nos llama a ser sus verdaderos discípulos en la escuela de la Verdad por el camino de la interioridad.

 

ORATIO

        ¡Oh Verdad, lumbre de mi corazón, no me hablen mis tinieblas! Me incliné a éstas y me quedé a oscuras, pero desde ellas, sí, desde ellas te amé con pasión. Erré y me acordé de ti. Oí tu voz detrás de mí, que volviese; pero apenas la oí por el tumulto de los sin-paz. Mas he aquí que ahora, abrasado y anhelante, vuelvo a tu fuente. Nadie me lo prohiba: que beba de ella y viva de ella. No sea yo mi vida; mal viví de mí; muerte fui para mí. En ti comienzo a vivir; habíame tú, sermonéame tú. He dado fe a tus libros, pero sus palabras son arcanos profundos (Agustín de Hipona, Las confesiones, XII, 10, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1968, pp. 515-516).

 

CONTEMPLATIO

        No salgas fuera de ti, vuelve a ti mismo: la verdad habita en el hombre interior. Y si encontraras que tu naturaleza es mutable, pasa también por encima de ti mismo. [...] Obremos de manera que nuestra religión no consista en vacías representaciones. Cualquier cosa, en efecto, con tal de que sea verdadera, es mejor que todo lo que pueda ser imaginado por el albedrío.

        Obremos de suerte que nuestra religión no consista en el culto a las obras humanas, que no consista en el culto a animales, que no consista en el culto a los muertos, ni a los demonios, ni a los cuerpos etéreos y celestes, ni siquiera a la misma perfecta y sabia alma racional.

        La religión, por consiguiente, nos une al Dios único y omnipotente. Él es el principio al que volvemos, la forma que seguimos y la gracia por la que somos reconciliados (cf Agustín de Hipona, La verdadera religión).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Escuchadme» (cf. Me 7,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Desde que el Señor insertó en el mundo como fermento «incomodador » el principio del amor fraterno, se ha introducido en las estructuras sociales una levadura de permanente revolución.

        Ahora, en ocasiones -incluso a menudo-, sucede esto: hasta los cristianos nos adherimos a ciertos valores relativos como si fueran absolutos y no nos damos cuenta de que esos valores, que eran considerados como absolutos antes de Cristo, no pueden ser considerados ya como tales después de la venida de Cristo.

        Bajo la acción fermentadora -aunque invisible- del amor, han sido purificados de una manera gradual; se ha resquebrajado la corteza que esconde su núcleo sustancial; de un modo lento, aunque indefectible, han sido colocados en su verdadero sitio en la jerarquía de los valores. Aparece aquel incómodo precepto del amor fraterno: esclavos y libres son ¡guales; el orden está subordinado al amor; la patria está ordenada a la amplia familia humana y sus intereses han de ser subordinados a los de la familia colectiva de las naciones; la potestad familiar ha de ser transformada en su raíz; la personalidad de cada uno –hombre y mujer, adulto o pequeño, esclavo o libre- ha de ser respetada como sagrada, como reflejo de la misma personalidad divina.

        Todo se desbarajusta, todo se revoluciona, todo se tambalea: los perezosos y los temerosos hacen sonar la alarma, pero el amor procede de manera inexorable en su obra «corrosiva»: donde es posible se corrige, donde no lo es se abate. ¡Qué extraño es este Cristo! ¿Cuáles son los límites de la autoridad? ¿Cuáles los del amor familiar y los del amor patrio? ¿Cuáles los del orden? ¿Cuál es la única dirección en la que es lícito decir que alguien puede inmolarse por un ideal? ¿Cuándo puede decirse de verdad que una acción es heroica y virtuosa? ¿Entre qué límites tiene fundamento la propiedad? La respuesta de Cristo es inflexiblemente sencilla: todo define y califica el amor al otro: al otro en cuanto tal, prescindiendo de cualquier esquema en el que este pueda encontrarse encasillado. Libre o esclavo, bárbaro o escita, rico o pobre, etc. (G. La Pira, «Sull'ottimismo cristiano», en L'Osservatore Romano, 1941).

 

 

Día 10

 Jueves de la semana V del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 11,4-13

4 Cuando Salomón se hizo viejo, desviaron hacia otros dioses su corazón, que ya no perteneció al Señor, como el de su padre, David.

5 Dio culto a Astarté, diosa de los sidonios, y a Moloc, el ídolo de los amonitas.

6 De este modo, Salomón ofendió con su conducta al Señor y no fue tan fiel como su padre, David.

7 En el monte que hay frente a Jerusalén erigió un altar a Camós, ídolo de Moab, y otro a Moloc, ídolo de Amón.

8 Otro tanto hizo para los dioses de todas sus mujeres extranjeras, que quemaban en ellos perfumes y ofrecían sacrificios a sus dioses.

9 El Señor se irritó contra Salomón porque apartó su corazón del Señor, Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces,

10 ordenándole que no fuese tras otros dioses, pero él no cumplió esta orden.

11 Entonces, el Señor dijo a Salomón: - Por tu mal comportamiento, porque has roto mi alianza y no has guardado mis mandamientos, te quitaré el reino y lo daré a uno de tus servidores.

12 Pero, en atención a tu padre, David, no lo haré mientras tú vivas, sino que se lo quitaré a tu hijo.

13 Sin embargo, no le quitaré todo el reino; le dejaré una tribu, en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que yo elegí.

 

        **• El motivo por el que en tiempos de Salomón estaban prohibidos en Israel los matrimonios con mujeres extranjeras era evitar el pecado de la idolatría. En él cayó Salomón. En la vejez, subraya el texto, y siguiendo a los ídolos de sus numerosas mujeres, construyó altares para adorar a todas las divinidades de los pueblos vecinos. Se menciona incluso el monte donde construyó estos altozanos, el monte situado frente a Jerusalén, llamado «de los escándalos». Salomón había apartado su corazón del Señor, Dios de Israel, y el Señor se indignó contra él. La consecuencia de la infidelidad al Dios único fue la división del reino.

        Es útil tener en cuenta el hecho de que estos pasajes del primer libro de los Reyes son textos tardíos, pues fueron escritos en la época del exilio o después, cuando la situación de gran sufrimiento en que se encontraba hacía vivir a Israel un replanteamiento en clave teológica de toda la historia del pueblo. Era acuciadora la pregunta sobre el porqué del exilio, de la dispersión del reino y de la vejación que sufría, acuciadora como el deseo de revivir la unidad y la paz del reino davídico. Este deseo se funda en la certeza de que, a pesar de la infidelidad del hombre -la Biblia no esconde, en efecto, los defectos y pecados de Salomón, como tampoco escondió los de David, su padre-, Dios permanece fiel a su alianza y a su promesa de paz.

 

Evangelio: Marcos 7,24-30

En aquel tiempo, Jesús

24 salió de allí y se fue a la región de Tiro y Sidón. Entró en una casa, y no quería que nadie lo supiera, pero no logró pasar inadvertido.

25 Una mujer, cuya hija estaba poseída por un espíritu inmundo, oyó hablar de él e inmediatamente vino y se postró a sus pies.

26 La mujer era pagana, sirofenicia de origen, y le suplicaba que expulsara de su hija al demonio.

27 Jesús le dijo:- Deja que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.

28 Ella le replicó: - Es cierto, Señor, pero también los perrillos, debajo de la mesa, comen las migajas de los niños.

29 Entonces Jesús le contestó: - Por haber hablado así, vete, que el demonio ha salido de tu hija.

30 Al llegar a su casa, encontró a la niña echada en la cama, y el demonio había salido de ella.

 

        **• Una vez que se fue de la llanura de Genesaret, donde había curado a muchos y donde se había desarrollado la disputa con los fariseos, prosigue Jesús su viaje fuera de Galilea, en territorio pagano, y allí realiza dos curaciones: la de la hija de una mujer pagana y la de un sordomudo. Estamos en la región de Tiro, en la costa mediterránea. Se adelanta una mujer. Es una cananea, sinónimo de idólatra, y, por si fuera poco, de origen griego, es decir, pagana. ¡Un verdadero golpe de escena! Pero Jesús no se esconde de esta mujer. En el diálogo que ambos mantienen aflora toda la tensión entre el papel preeminente de Israel en la historia de la salvación, una tensión que se expresa con la metáfora de los «hijo» y de los «perros», y el universalismo de la salvación, anunciado en la respuesta de la mujer, que con una confesión de fe, única en Marcos, reconoce a Jesús como «Señor-Kynos». La tensión se resuelve con la liberación de la hija de esta mujer del espíritu inmundo. El contexto en el que nos encontramos todavía es el de la magna «sección de los panes», que abarca los capítulos 6,30-8,10.

        Volvemos a encontrar, en efecto, una referencia explícita al tema del «pan» en las réplicas (w. 27 y 28) entre Jesús y la mujer, donde se habla del «pan de los hijos» y de las migajas que comen los perrillos. Por otra parte, el episodio está en estricta continuidad con la disputa con el legalismo judío, pero aquí se dirige la atención hacia el mundo y la cultura paganos (hemos de tener en cuenta que Marcos escribe para una comunidad cristiana griega). No se trata de un relato de milagros ni de un apotegma, sino de un fragmento que se inserta en el ardor de la controversia mantenida con los judíos y destinada a confirmar el hecho de que, en Cristo, el concepto de puro-impuro ha quedado anulado, que la Buena Noticia, la salvación obrada por él, es para todos los hombres.

 

MEDITATIO

        Precisamente con esta mujer, extranjera en tierra extranjera, es con quien se identifica la Iglesia, misionera y católica. En una palabra, universal. Frente a este evangelio se descubre que la catolicidad de la Iglesia no es un hecho institucional, como estamos acostumbrados a pensar, sino que tiene que ver profundamente con su esencia, con su llamada y con su misión. En efecto, la Iglesia, extranjera entre los extranjeros, pobre entre los pobres, prosigue la obra de la encarnación a través de los cristianos.

        De igual modo que Cristo ha asumido en sí mismo toda la humanidad, así también la Iglesia se inserta y se somete profundamente, casi suplicante, al esfuerzo de la humanidad que tiende a su plenitud, al movimiento del espíritu humano que tiende a Cristo. Se trata de una inversión o conversión que constituye la catolicidad de la Iglesia, para que todo el esfuerzo humano converja en ella hacia su punto de atracción y de comprensión. Y lo haga con un movimiento de inclusión, de integración, de asimilación de la humanidad a la humanidad de Cristo. La «católica» es esa mujer extranjera del evangelio que busca a Cristo en tierra extranjera, que no permite que siga siendo desconocido, que se sitúa frente a la verdad de sí misma, humilde entre los humildes, no se defiende, hasta ser capaz de reírse de ella misma, y descubre al mundo la verdad que Cristo le revela sobre sí misma: «Sí, Señor». Implora para todos que las migajas, los elementos parciales de la humanidad, su hija -herida, enferma, desconcertada, confusa-, sean reorientadas, recompuestas, asumidas, integradas, curadas, ensalzadas, entregadas de nuevo a la plenitud de Cristo.

 

ORATIO

        Oh Dios, todo está invadido por tu aliento y lleno de tu misterio. De ahí derivan las imágenes y los pensamientos sobre lo divino que se encuentran en los pueblos y en los individuos. Esas imágenes y esos pensamientos contienen con frecuencia un profundo significado que toca el corazón y promete salvación, aunque también algo confuso y malo que conduce al error. Por eso, te lo ruego, abre mi corazón al misterio que por doquier da testimonio de sí, protégelo contra los descarríos que nos desvían de él.

        Da seguridad a mi conocimiento, de suerte que siempre llame bueno al bien y malo al mal. Ilumina mi espíritu, a fin de que pueda distinguir entre lo que conduce a ti, entre lo que es santo de verdad y lo que de ti desvía, a través del error y del engaño. Amén (R. Guardini, Preghiere teologiche, Brescia 1986 [edición española: Oraciones teológicas, Ediciones Cristiandad, Madrid 1966]).

 

CONTEMPLATIO

        [...] en cierto lugar, dice [el Señor]: Otras ovejas tengo fuera del redil este; conviene traerlas a mí, para que sea uno solo el rebaño, y el pastor uno solo. Al número de estas últimas pertenecía la cananea; por ello no se la despreciaba: se la dejaba para más adelante. La cosa parece evidente en la respuesta dada a la mujer: No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perros. Tú eres un perro, una gentil; adoras a los ídolos, ¿y hay causa más ordinaria en los perros que lamer las piedras? No está, pues, bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perros. Si ella, oyendo estas palabras, se hubiera retirado, perro habría venido y perro se habría ido; pero siguió llamando y fue trocada de perro en hombre. Insistió en pedir y aun tomó pie de aquella especie de ultraje para sacar a la luz su gran humildad y seguir implorando misericordia. Ni se turbó ni se quemó de oírse llamar perro cuando pedía un favor e imploraba misericordia; antes bien, dijo: Es verdad, Señor; llamásteme perro, y lo soy de cuerpo entero; tal es mi nombre, lo dice la misma Verdad; mas no por ello se me debe rechazar el beneficio. Perra soy de arriba abajo, mas también los perros comen las migajas caídas de la mesa de su dueño. Lo que yo deseo es una gracia insignificante, poquita cosa: no me subo a la mesa; me contento con las migas (Agustín de Hipona, Sermón 77, 8.9.10 [edición española de Amador del Fueyo, BAC, Madrid 1952]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Mujer, qué grande es tu fe!» (Mt 15,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Lo que dijeron Justino y Clemente de Grecia puede ser aplicado muy bien a la India. El Logos preparaba de una manera misteriosa el camino para su propia venida, y el Espíritu Santo estimulaba desde el interior la búsqueda de los más puros entre los sabios griegos. El Logos y el Espíritu Santo siguen obrando aún, de un modo análogo, en las profundidades del alma india. Por desdicha, la sabiduría india está contaminada (afectada) por errores y no parece que haya encontrado su propio equilibrio.

        Algo así ocurría con la sabiduría griega antes de que Grecia hubiera encontrado humildemente el mensaje pascual de Cristo resucitado. El hombre, fuera de la única revelación y de la única Iglesia, se muestra siempre y en todas partes incapaz de discernir entre la verdad y el error, entre el bien y el mal.

        Ahora bien, una vez cristianizada, Grecia rechaza sus ancestrales errores y, bautizada en la sangre de sus mártires, se vuelve maestra del mundo en filosofía, teología y mística. Del mismo modo, nosotros, confiando en la indefectible dirección de la Iglesia, esperamos que la India, una vez bautizada en la profundidad de su «búsqueda del Brahmán», que dura ya muchos siglos, rechazará sus propias tendencias panteístas y, descubriendo en el esplendor del Espíritu la verdadera mística, engendrará para bien de la humanidad y de la Iglesia, y, en definitiva, para gloria de Dios, galaxias incomparables de santos y de doctores (J. Monchanin, Eremitti del Saccidananda, cit. en H. de Lubac, Paradosso e mistero della Chiesa, Milán 1979, p. 172 [edición española: Paradoja y misterio de la Iglesia, Ediciones Sígueme, Salamanca 1967]).

 

 

Día 11

 Viernes de la semana V del Tiempo ordinario o

Bienaventurada Virgen Santa María de Lourdes

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 11,29-32; 12,19

11,29 Un día que Jeroboán salía de Jerusalén, se encontró en el camino con el profeta Ajías de Silo. Llevaba éste un manto nuevo y estaban los dos solos en el campo.

30 Ajías se quitó el manto nuevo y lo rasgó en doce trozos. Y dijo a Jeroboán: - Toma para ti diez trozos, porque así dice el Señor, Dios de Israel: «Voy a arrancar el reino de manos de Salomón y a ti te daré diez tribus.

32 A él le dejaré una tribu en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que elegí entre todas las tribus de Israel».

12,19 Así se consumó la separación entre Israel y la dinastía de David hasta el día de hoy.

 

        **• El desenlace final de la infidelidad a Dios por parte de Salomón es la división del reino. La causa del cisma se explica en el capítulo siguiente, aunque -no hace falta una gran fantasía para intuirlo-, como de costumbre, se trata de una cuestión de impuestos. Jeroboán, uno de los funcionarios de Salomón, a la muerte del rey, le pide a Roboán, hijo suyo y heredero del trono, que alivie la presión fiscal, pero la respuesta es desconcertante: «Mi padre puso sobre vosotros un yugo pesado, pero yo lo haré más pesado; mi padre os azotó con látigo, pero yo lo haré con escorpiones» (1 Re 12,11.14). Roboán rechaza la petición del pueblo y abre la puerta a la división política.

        El episodio del profeta Ajías de Silo, que precede inmediatamente a estos hechos, tiene un doble significado: por una parte, el gesto profético de rasgar el manto en doce trozos es una advertencia y una denuncia, representada de una manera eficaz, de las consecuencias de la injusticia social que hereda Roboán de su padre junto con el reino; por otra, nos orienta para considerar la figura del profeta en cuanto tal. Éste es signo de la presencia de Dios y anuncio de su intervención en la historia del pueblo. Se trata de una intervención salvífica: Dios no es alguien que se divierte estropeando los «mantos nuevos» de los profetas, sino alguien que quiere hacer nuevas todas las cosas.

 

Evangelio: Marcos 7,31-37

En aquel tiempo,

31 dejó el territorio de Tiro y marchó de nuevo, por Sidón, hacia el lago de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.

32 Le llevaron un hombre que era sordo y apenas podía hablar, y le suplicaron que le impusiera la mano.

33 Jesús lo apartó de la gente y, a solas con él, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva.

34 Luego, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: - Effatha (que significa «ábrete»).

35 Y al momento se le abrieron sus oídos, se le soltó la traba de la lengua y comenzó a hablar correctamente.

36 Él les mandó que no se lo dijeran a nadie, pero cuanto más insistía, más lo pregonaban.

37 Y en el colmo de la admiración, decían: - Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

 

        **• Jesús cura aquí al hombre entero. La palabra aramea effatha no se dirige, en efecto, a los órganos enfermos, sino al enfermo: «¡Ábrete!» (v. 34). Es el segundo milagro obrado por Jesús en territorio pagano, y este texto, propio de Marcos, pretende continuar la descripción de la actividad misionera de la primera comunidad cristiana e indicar la apertura de los paganos a la fe en Jesucristo. Todo está descrito con sus mínimos detalles, y la acción simbólica de Jesús, que mete los dedos en los oídos del hombre y le toca la lengua, ha pasado después a formar parte del rito del bautismo.

        En cuanto al grito de admiración sorprendida de los que habían llevado al sordomudo a Jesús, recuerda, por una parte, el estribillo de Gn 1: «Yvio Dios que era bueno», y, por otra, la profecía de Isaías: «La lengua del mudo cantará» (Is 35,6). Aunque en Marcos el hombre sanado habla sólo «correctamente» (v. 35), en realidad el anuncio contenido en el episodio es el cumplimiento de la promesa de salvación.

 

MEDITATIO

        El milagro es la relación: una auténtica «noticia alegre» para nuestros días. No sólo porque todos intuyamos que la salvación tiene que ver con relaciones nuevas, por fin liberadas, sino sobre todo porque Jesús nos sale aquí al encuentro como alguien que puede llevar a cabo todo esto. Si lo ha hecho con un hombre sordo y mudo -y además extranjero-, es para dar a entender que puede hacerlo con cualquier hombre.

        Si participamos en el dolor de la humanidad que padece, no nos resultará difícil darnos cuenta de que, hoy, las heridas más graves de la gente tienen que ver precisamente con las relaciones. Con los endurecimientos, con las atrofias, verdaderas y auténticas parálisis de la relación. De ahí procede el aislamiento, la sospecha y el miedo al otro, que nos hace encerrarnos en nosotros mismos y nos condena a la pérdida del sentido.

        Ahora bien, Jesús busca, toca los sentidos del hombre -parece hurgarnos en la vida-, para llegar finalmente al corazón y tocarlo. «¡Effatha!»: es la condición para volver a lanzar puentes con la Vida. Abrirse a Dios, a su Palabra, al encuentro con él, para ser devueltos -abiertos- al encuentro con el mundo, al diálogo con los hombres, a la relación verdadera con todos.

 

ORATIO

        No tengáis miedo de acoger a Cristo ni de aceptar su poder. No tengáis miedo. Abrid de par en par las puertas a Cristo. Abrid a su poder salvador las fronteras de los estados, los sistemas económicos y también los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. No tengáis miedo.

        Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. Sólo él lo sabe. Con gran frecuencia, el hombre no sabe hoy lo que lleva dentro, en el fondo de su ánimo, en su corazón. Con gran frecuencia, no está seguro del sentido de su vida en esta tierra. Está invadido por la duda, que se transforma en desesperación. Permitid a Cristo hablar al hombre. Sólo él tiene palabras de vida, sí, de vida eterna (Juan Pablo II).

 

CONTEMPLATIO

        ¿Qué es este Verbo? Verbo sin tiempo, por medio del cual fueron hechos los tiempos; Verbo que no empezó cuando alguien abrió los labios, ni terminó cuando los cerró. Verbo que no tiene su comienzo en la boca de quien lo pronuncia y, sin embargo, abre la boca de los  mudos; Verbo que no se produce en las lenguas locuaces de las gentes y, sin embargo, hace elocuentes las lenguas de los niños (Agustín de Hipona, Sermón 369, lss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Haz, Señor, que escuchemos tu voz» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ¿Cree de verdad que uno de mis chicos de la montaña posee muchos menos conocimientos que otro de la ciudad de su misma edad? [...] Estoy seguro de que la diferencia entre mi hijo y el suyo no está en la cantidad ni en la calidad del tesoro encerrado en la mente y en el corazón, sino en algo que está en el umbral entre dentro y fuera; más aún, es el mismo umbral: la Palabra. Los tesoros de sus hijos se difunden libremente desde la ventana abierta de par en par. Los tesoros de los míos están tapiados dentro para siempre y esterilizados.

        Así pues, lo que les falta a los míos es sólo esto: el dominio de la palabra. De la palabra ajena para aferrar su esencia íntima y los límites precisos, de la palabra propia para que exprese sin esfuerzo y sin traición las infinitas riquezas que encierra la mente. Hace siete años que enseño a los campesinos y a los obreros, y he dejado ahora casi todas las otras materias. No enseño más que lengua e idiomas. Me retiro diez, veinte veces por noche a las etimologías. Me detengo en las palabras, se las secciono, se las hago vivir como personas que tienen un nacimiento, un desarrollo, una transformación, una deformación. En los primeros años, los jóvenes no querían saber nada de esto; después, poco a poco, experimentan las primeras alearías (L Milani, Carta al director del «dómale del Mattino», Barbiana, 28 de marzo de 1956).

 

 

Día 12

 Sábado de la semana V del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 12,26-32; 13,33ss

En aquellos días,

12,26 Jeroboán pensaba para sí: «Tal como están las cosas, el reino terminará por volver a la casa de David.

27 Si la gente continúa subiendo a Jerusalén a ofrecer sacrificios en el templo del Señor, acabarán poniéndose de parte de su señor Roboán, rey de Judá, y me matarán a mí para unirse a él».

28 Después de aconsejarse, construyó dos becerros de oro y  dijo al pueblo: - ¡Se acabó el subir a Jerusalén! Israel, aquí tienes a tu Dios, el que te sacó de Egipto.

29 Y puso uno en Betel y otro en Dan.

30 Esto fue ocasión continua de pecado, porque el pueblo iba en peregrinación hasta Betel y hasta Dan para adorarlos.

31 También levantó santuarios en los altozanos y nombró sacerdotes de entre la gente del pueblo que no pertenecía a la tribu de Leví.

32 Declaró fiesta el día quince del mes octavo, a imitación de la que se celebraba en Judá, y subió a ofrecer sacrificios sobre el altar de Dan. En Betel hizo lo mismo: ofreció sacrificios a los becerros que había fabricado, trajo sacerdotes para los santuarios que había edificado en los altos.

13,33 Después de esto, Jeroboán no se apartó de su mal camino. Siguió nombrando de entre el pueblo sacerdotes para los santuarios de los altozanos. A todo el que se lo pedía lo consagraba sacerdote de los altozanos.

34 Éste fue el pecado de la dinastía de Jeroboán, por el que fue destruida y borrada de la tierra.

 

        ** El reino de Salomón está ahora dividido: Jeroboán guía a las diez tribus del norte, mientras que las tribus de Judá y Benjamín se quedan con Roboán. Al cisma político le sigue muy pronto el religioso. Su astuto inventor fue Jeroboán, que sabe muy bien el papel fundamental que desarrolla el factor religioso en la vida de Israel. Las visitas y las peregrinaciones al templo de Jerusalén habrían vuelto a llevar seguramente el corazón del pueblo -y, por consiguiente, el reino- a la casa de David, además de reforzar desde el punto de vista económico al reino del sur. Pensando así en su corazón y temiendo por su propia vida, actuó Jeroboán con un sorprendente ingenio político: reorganizó santuarios en su reino, dando nueva vida a los que ya eran estimados en la memoria del pueblo: Betel, donde Abrahán había levantado un altar al Señor -y también Jacob después del sueño de la escalera-, y Dan, ciudad-santuario desde los tiempos de los jueces.

        Por otra parte, Dan y Betel, al delimitar el reino por el norte y por el sur, recogerían, respectivamente, las tribus aisladas del norte y atraerían, desviándolos, a los peregrinos que iban hacia el sur, hacia Jerusalén. Colocó en cada santuario un becerro de oro, conectando con la antigua tradición de tiempos de Moisés que atribuía al becerro la función de pedestal de la divinidad invisible, precisamente del mismo modo que el arca constituye el trono de YHWH en el templo de Jerusalén. Incitó el orgullo del pueblo escogiendo libremente a los sacerdotes al prescindir de la descendencia de Leví. Por último, previo la posible nostalgia de la «fiesta de la Chozas», que atraía al pueblo en peregrinación al templo de Salomón, e instituyó una fiesta análoga en sus santuarios. Todo esto llevó a cabo Jeroboán por haber escuchado las razones de su corazón: un amor ciego en sí mismo, que vicia su reino desde el nacimiento, destinándolo a la destrucción.

 

Evangelio: Marcos 8,1-10

1 Por aquellos días se congregó de nuevo mucha gente y, como no tenían nada que comer, llamó Jesús a los discípulos y les dijo:

2 - Me da lástima esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen nada que comer.

3 Si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán por el camino, pues algunos han venido de lejos.

4 Sus discípulos le replicaron: - ¿De dónde vamos a sacar pan para todos éstos aquí, en un despoblado?

5 Jesús les preguntó: - ¿Cuántos panes tenéis? Ellos respondieron: - Siete.

6 Mandó entonces a la gente que se sentara en el suelo. Tomó luego los siete panes, dio gracias, los partió y se los iba dando a sus discípulos para que los repartieran. Ellos los repartieron a la gente.

7 Tenían además unos pocos pececillos. Jesús los bendijo y mandó que los repartieran también.

8 Comieron hasta saciarse y llenaron siete cestos con los trozos sobrantes.

9 Eran unos cuatro mil. Jesús los despidió,

10 subió en seguida a la barca con sus discípulos y se marchó hacia la región de Dalmanuta.

 

        **• En este pasaje evangélico nos refiere Marcos una segunda multiplicación de los panes. Sigue abierta la pregunta de si se trata de una segunda versión del único episodio ya narrado (Mc 6,30-44) o, bien, se trata, efectivamente, de un nuevo milagro. Con todo, es importante subrayar la particular tonalidad teológica conferida a cada una de ambas narraciones.

        Aquí da la impresión de que Marcos quiere poner de manifiesto que la multiplicación de los panes, prefiguración de la eucaristía cristiana, ha tenido lugar a favor de los paganos. Lo hace suponer, entre otros elementos que aparecen en filigrana, esta anotación: «Algunos han venido de lejos». Por otra parte, la compasión que siente aquí Jesús está suscitada por la miseria física de esa gente que ya lleva tres días con él. Es precisamente esta íntima y entrañable coparticipación de Jesús en la incomodidad de la gente lo que provoca la multiplicación de los panes.

 

MEDITATIO

        La lectura en paralelo de los dos textos orienta al pensamiento a detenerse en la diferente «mirada» que figura en la base del obrar de Jeroboán y de Jesús y a remontar desde aquí a su fuente: el corazón. De aquí brota esa fuerza que es el amor, motor y timón de toda acción.

        Jeroboán se mira a sí mismo, teme la precariedad de su posición y orquesta toda una serie de intervenciones orientadas a inducir al pueblo, desde «detrás de los bastidores», para que siga su juego, sin preocuparse de atraerlo así a un pecado que le conducirá a la destrucción.

        Una mirada de este tipo es la que está en la base de eso que llamamos «estructuras de pecado». La mirada de Jesús, en cambio, se dirige al hombre. Se posa y se une a su necesidad actual, material y espiritual. La mirada que nace de la compasión se convierte en gesto, y el gesto en don para la vida del otro. ¿No es acaso ésta la mirada que inaugura la «nueva civilización del amor», «la ciudad de Dios»?

 

ORATIO

        Señor, Dios de piedad, compasivo, lento a la ira y lleno de amor, Dios fiel, vuélvete a mí y posa sobre tu siervo tu mirada de misericordia (cf. Sal 86,15ss). Alcanza y toca lo profundo de mi ser. Pon al desnudo los pensamientos angostos y mezquinos de mi corazón, capaz de oír y seguir sólo la voz insistente de mi yo.

        Quema y purifica todo residuo de esta esclavitud mía, para que habite en mí un nuevo sentir, un auténtico compadecer -el de Jesús-. Sólo tu mirada puede encender, Señor, esta vida nueva en mí para llevarme a seguir a Jesús en su ministerio de compasión.

        Dos amores [...] han construido dos ciudades: el amor de Dios, impulsado hasta el desprecio de uno mismo, ha construido la ciudad celeste; el amor a uno mismo, impulsado hasta despreciar a Dios, ha construido la ciudad terrena (Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, XIV, 28).

        De estos dos amores uno es puro e impuro el otro. Uno es social, el otro privado. Uno se muestra solícito en servir al bien común en vistas a la ciudad celeste, el otro está dispuesto a subordinar incluso el bien común a su propio poder en vistas a una dominación arrogante.  Uno está sometido a Dios, el otro es enemigo de Dios. Tranquilo uno, turbulento el otro; pacífico uno, litigioso el otro; amistoso uno, envidioso el otro. Uno quiere para el prójimo lo que quiere para él, el otro quiere someter al otro a sí mismo. Uno gobierna al prójimo para utilidad del prójimo; el otro, por su propio interés (Agustín de Hipona, De Genesi ad litteram, XI, 15,20).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Me da lástima esta gente» (Mc 8,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En la ciudad se cruzan cada día hombres y mujeres que, cada vez más numerosos, piden ayuda... Lo que podemos hacer... es comportarnos de tal modo que esa mujer, ese hombre, se den cuenta de que los veis... Un día me dijo uno de ellos: «Lo peor en esos momentos es su mirada. No distingue entre el ser humano que mendiga y el cartel que hay en la pared detrás de él»... Todo esto explota dentro de mí con la violencia de una bomba, dado que estoy herido por la herida del parado, por la herida de la muchacha de la calle... como una madre está enferma por la enfermedad de su hijo. Eso es la caridad..., estar herido por la herida del otro. Y unir también todas mis fuerzas a las fuerzas del otro para curar juntos su mal, que se ha vuelto mío (Abbé Pierre, Testamento, Cásale Monf. 1994, pp. 143, 148).

 

 

Día 13

  VI domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 17,5-8

5 Así dice el Señor: ¡Maldito quien confía en el hombre y se apoya en los mortales, apartando su corazón del Señor!

6 Será como un cardo en la estepa, que no ve venir la lluvia, pues habita en un desierto abrasado, en tierra salobre y despoblada.

7 Bendito el hombre que confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.

8 Será como un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente sus raíces; nada teme cuando llega el calor, su follaje se conserva verde; en año de sequía no se inquieta ni deja de dar fruto.

 

*•• El profeta Jeremías nos ofrece en el texto que hemos leído una sentencia sapiencial insertada en un contexto profético (w. 5-8). Contraponiendo los extremos, con un estilo típicamente semítico, primero de modo negativo (w. 5ss) y a continuación positivo (w. 7ss), indica con claridad dónde se encuentra para el hombre la maldición que tiene como desenlace la muerte y dónde está la bendición que trae consigo la vida. El impío no está caracterizado, de una manera inmediata, como alguien que obra el mal, sino como un hombre que confía en sí mismo y en las cosas humanas («se apoya en los mortales») y encuentra su seguridad en ellas (cf. Sal 145,3ss). Es alguien que se aleja interiormente del Señor: de esta actitud del corazón no pueden proceder más que acciones malas.

Eso en lo que el hombre pone su confianza es como el terreno del que un árbol toma su alimento y su lozanía. De ahí que se compare al impío con un cardo que echa sus raíces en la estepa, lugar árido e inhóspito (v. 6): no podrá dar fruto ni durar mucho. También el hombre piadoso está caracterizado a partir de la intimidad: confía en el Señor, y por eso se parece a un árbol que hunde sus raíces junto al agua (cf. Sal 1), que no teme las estaciones ni las vicisitudes: ni desaparecerá ni se volverá estéril (w. 7ss), porque pone su fundamento en el Señor y en él encuentra su protección.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 15,12.16-20

Hermanos:

12 si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿por qué algunos de vosotros andan diciendo que no hay resurrección de los muertos?

16 Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado.

17 Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de sentido y seguís aún hundidos en vuestros pecados.

18 Y, por supuesto, también habremos de dar por perdidos a los que han muerto en Cristo.

19 Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres.

20 Pero no; Cristo ha resucitado de entre los muertos, como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte.

 

^ Si bien la resurrección de Jesús constituye el fundamento de nuestra fe, por otro lado constituye la base de nuestra esperanza: por esa verdad está dispuesto Pablo a jugarse su credibilidad personal, y lo hace con las «cartas boca arriba». Existe una relación estrecha entre la resurrección de Cristo de entre los muertos y nuestra resurrección.

Es lo que intuyó el apóstol en el camino de Damasco y lo que le ha sostenido siempre a lo largo de su vida apostólica: ha encontrado a un Ser Vivo que ha vencido a la muerte. No tiene la menor duda de que de esa victoria brota para cada creyente el don que le permite esperar más allá de todas las humanas posibilidades. Una esperanza no sólo terrena, sino ultraterrena: por eso no somos los cristianos gente que tenga que ser compadecida; al contrario, tenemos recursos para consolar y confortar a los otros. Cristo resucitado es, en efecto, «como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte » (v. 20), es «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29). Detrás de él, y en virtud de él, el alegre acontecimiento de la resurrección es y será experiencia de todos los que acojan a Jesús como Salvador.

La esperanza cristiana se expresa asimismo en estos términos: la muerte ha sido vencida; la vida nueva en Cristo ya ha sido inaugurada; en Cristo viviremos para siempre la plenitud de la vida, en la totalidad de nuestro ser humano: cuerpo, alma y espíritu. No se trata, por consiguiente, de una esperanza atribuible a criterios humanos, sino de una esperanza-don, prenda de un bien futuro, que superará todas las previsiones humanas.

 

Evangelio: Lucas 6,17.20-26

En aquel tiempo, Jesús,

17 bajando después con los Doce, se detuvo en un llano donde estaban muchos de sus discípulos y un gran gentío, de toda Judea y Jerusalén, y de la región costera de Tiro y Sidón.

20 Entonces Jesús, mirando a sus discípulos, se puso a decir: Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.

21 Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque Dios os saciará. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

22 Dichosos seréis cuando los hombres os odien, y cuando os excluyan, os injurien y maldigan vuestro nombre a causa del Hijo del hombre.

23 Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; que lo mismo hacían sus antepasados con los profetas.

24 En cambio, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!

25 ¡Ay de los que ahora estáis satisfechos, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!

26 ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros, que lo mismo hacían sus antepasados con los falsos profetas!

 

*»• Comienza aquí -y continúa hasta Le 8,3- la llamada «pequeña inserción» de Lucas respecto a Marcos, su fuente. Lucas, a diferencia de Mateo, reduce las bienaventuranzas de ocho a cuatro, pero a las cuatro bienaventuranzas añade cuatro amenazas. Según la opinión de los exégetas, Lucas nos presentaría una versión de las palabras de Jesús más cercana a la verdad histórica, y esto tiene su particular relevancia. Con todo, bueno será recordar que la mediación de los diferentes evangelistas a la hora de referir las enseñanzas de Jesús no traiciona la verdad del mensaje; al contrario, la centran y la releen para el bien de sus comunidades.

Tanto las ocho bienaventuranzas de Mateo como las cuatro de Lucas pueden ser reducidas a una sola: la bienaventuranza -es decir, la fortuna y la felicidad- de quien acoge la Palabra de Dios en la predicación de Jesús e intenta adecuar a ella su vida. El verdadero discípulo de Jesús es, al mismo tiempo, pobre, dócil, misericordioso, obrador de paz, puro de corazón... Por el contrario, quien no acoge la novedad del Evangelio sólo merece amenazas, que, en la boca de Jesús, corresponden a otras tantas profecías de tristeza y de infelicidad. La edición lucana de las bienaventuranzas-amenazas se caracteriza asimismo por una contraposición entre el «ya» y el «todavía no», entre el presente histórico y el futuro escatológico. Como es obvio, la comunidad para la que escribía Lucas tenía necesidad de ser invitada no sólo a expresar su fe con gestos de caridad evangélica, sino también a mantener viva la esperanza mediante la plena adhesión a la enseñanza, radical, de las bienaventuranzas evangélicas.

 

MEDITATIO

Existe una confianza que es falaz: esa que, según el dicho de Jesús, se apoya en la arena (Mt 7,26), no resiste las sacudidas del viento y de la lluvia y se hunde de una manera ruinosa. En última instancia, sólo Dios es la roca. Él ha demostrado su firmeza resucitando a Jesús de entre los muertos, «como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte» (1 Cor 15,20). Sobre esta verdad fundamental de nuestra fe meditan los textos de hoy.

El texto de las bienaventuranzas-amenazas lucanas refleja una realidad ampliamente atestiguada por la experiencia: quien es rico tiende a poner su confianza en sus propias riquezas; quien es pobre tiende, en cambio, a ponerla en aquel que puede venir en su ayuda. Es el tema de los «pobres de YHWH», ampliamente presente en la Biblia (Sof 3,12). Un tema que alcanza en María, la Virgen-madre del Magníficat (Lc 1,46-48), su punto más elevado antes de la venida de Jesús, el «pobre de YHWH» por excelencia. Él vivió en la confianza más radical en su Padre, «como niño en brazos de su madre» (Sal 130,2). Hasta en los momentos más duros y difíciles de su vida permaneció apoyado firmemente en la roca de su amor. Antes de morir en la cruz, «gritando con fuerte voz, dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu"» (Lc 23,46), dando así testimonio de una inquebrantable confianza en Dios (cf. Rom 4,17). Y el Padre le rescató del sepulcro y le hizo participar de la plenitud de vida para siempre.

Como es sabido, este mensaje, profundamente evangélico, fue la base de la extraordinaria aventura espiritual vivida a finales del siglo XIX por santa Teresa de Lisieux, que relanzó en el mundo la «pequeña vía» de la infancia espiritual. Una aventura que nos invita también a nosotros a verificar sobre qué construimos nuestra vida, a verificar si, como Jesús, ponemos verdaderamente nuestra confianza en el Padre que está en el cielo. Sólo entonces, en efecto, seremos «como un árbol plantado junto al agua, que (...) no se inquieta ni deja de dar fruto» (Jr 17,8).

 

ORATIO

Queremos ser pobres como tú, Jesús. No queremos depositar nuestra confianza en nosotros mismos, en nuestros recursos, en nuestras cualidades, en ningún tipo de riquezas, porque entonces cimentaremos nuestra vida sobre la arena y mereceremos aquella terrible amenaza que lanzaste un día contra los ricos: «¡Ay de vosotros!». Preferimos seguir tus pasos y poner toda nuestra confianza en el amor de tu Padre y nuestro Padre, viviendo como niños en sus brazos, seguros de su fidelidad indefectible. Como María, su tiernísima madre, queremos apoyarnos en la omnipotencia de Aquel que te hizo resucitar de entre los muertos porque ama de una manera apasionada la vida de todos.

Habrá momentos difíciles en nuestra vida. Son inevitables. A veces nos parecerá incluso que todo ha acabado para nosotros, que ya no podemos esperar nada. Pero hasta en esos momentos queremos decir, como tú en la cruz, con el corazón lleno de confianza filial: «Padre, en tus manos pongo mi vida».

 

CONTEMPLATIO

«Jesús, al ver a las muchedumbres, subió al monte» (Mt 5,1). Ojalá, hermanos, nos suceda también a nosotros ver a las muchedumbres y, dejándolas, preparemos nuestro corazón para las subidas. Así pues, también tú, hermano mío, sube y sigue a Jesús. Si él bajó a ti fue para que, siguiéndole y por medio de él, tú te elevaras por encima de ti y también en ti hasta él.

No temamos, hermanos: como pobres, escuchemos al Pobre recomendar la pobreza a los pobres. Es menester creer en su experiencia. Pobre nació, pobre vivió, pobre murió. Quiso morir, sí; no quiso enriquecerse. Creamos, pues, en la verdad, que nos indica el camino hacia la vida. Es arduo, pero breve; y la bienaventuranza es eterna. Es estrecho, pero conduce a la vida, nos pone en alta mar y nos hará caminar por lugares espaciosos. Pero es escarpado, porque se eleva y se camina por él hacia el cielo. Por eso nos resulta útil aligerarnos, no estar cargados en nuestro camino. ¿Qué es lo que queremos? ¿Buscamos la bienaventuranza? La verdad nos muestra la verdadera bienaventuranza. ¿Queremos la riqueza? El Rey distribuye los reinos y hace reyes. Los hombres se han dejado atrapar en la red de esta peste desastrosa que es la búsqueda en vano: lo que es insuficiente cuesta poco esfuerzo; nos agotamos por lo superfluo. Cinco pares de bueyes, ése es el pretexto que les priva de las bodas del cielo, de las bodas que hacen pasar de la pobreza a la abundancia, del último sitio al primero, de la abyección a la dignidad, de la fatiga al reposo. Eliseo sacrificó los bueyes para seguir a Elías con mayor facilidad, y nosotros hacemos lo mismo y seguimos a Cristo (Isaac de Stella, Sermón I, 1.5.19, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichoso el que espera en el Señor, su Dios» (Sal 145,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Las bienaventuranzas nos indican el camino de la felicidad. Con todo, su mensaje suscita con frecuencia perplejidad. Los Hechos de los apóstoles (20,35) refieren una frase de Jesús que no se encuentra en los evangelios. Pablo recomienda a los ancianos de Efeso: «Tened presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: "Mayor felicidad hay en dar que en recibir"». ¿Debemos concluir de ahí que la abnegación sea el secreto de la felicidad?

Cuando evoca Jesús «la felicidad del dar», habla apoyándose en lo que él mismo hace. Es precisamente esta alegría -esta felicidad sentida con exultación- lo que Cristo ofrece experimentar a los que le siguen. El secreto de la felicidad del hombre se encuentra, pues, en tomar parte en la alegría de Dios. Asociándonos a su «misericordia», dando sin esperar nada a cambio, olvidándonos a nosotros mismos hasta perdernos es como somos asociados a la «alegría del cielo». El hombre no «se encuentra a sí mismo» más que perdiéndose «por causa de Cristo».

Esta entrega sin retorno constituye la clave de todas las bienaventuranzas. Cristo las vive en plenitud para permitirnos vivirlas a nuestra vez y recibir de ellas la felicidad. Con todo, para quien escucha estas bienaventuranzas, queda todavía el hecho de que debe aclarar una duda: ¿qué felicidad real, concreta, tangible, es la que se ofrece? Ya los apóstoles le preguntaban a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos sequido; ¿qué recibiremos, pues?» (Mt 19,27). El Reino de los Cielos, la tierra prometida, la consolación, la plenitud de la justicia, la misericordia, ver a Dios, ser hijos de Dios. En todos estos dones prometidos, en todos estos dones que constituyen nuestra felicidad, brilla una luz deslumbrante, la de Cristo resucitado, en el cual resucitaremos. Si bien ya desde ahora, en efecto, somos hijos de Dios, lo que seremos todavía no nos ha sido manifestado. Sabemos que, cuando esta manifestación tenga lugar, seremos semejantes a él «porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3,2) (J.-M. Lustiger, Siate felici, Genova 1998, pp. 111-117, passim [edición española: Sed felices, San Pablo, Madrid 1998]).

 

 

Día 14

  Lunes de la VI semana del Tiempo ordinario o

Santos Cirilo y Metodio

 

         Los santos Cirilo y Metodio eran de formación bizantina. Ambos nacieron en Salónica (Cirilo, en el año 827 o en el 828; Metodio, entre los años 812 y 820) y se convirtieron en los apóstoles de los pueblos eslavos. Fueron enviados por el emperador de Constantinopla Miguel III a Moravia. Allí llevaron a cabo un maravilloso trabajo apostólico, emprendiendo las traducciones de las Escrituras y de los libros litúrgicos a la lengua paleoeslava y formando discípulos. Llamados a Roma para justificarse por esta novedad, fueron recibidos con honor por el papa Adriano II, que aprobó su método misionero.

       Sin embargo, Cirilo, enfermo, falleció allí mismo el 14 de febrero del año 869 y fue sepultado en la iglesia de San Clemente. Metodio, ordenado arzobispo en Roma, volvió a Moravia, y allí murió el 6 de abril del año 885. Sus discípulos, expulsados de este país, se refugiaron en Bulgaria. Desde allí pasaron la liturgia y la literatura eslava al reino de Kiev, a Rusia y a todos Tos países eslavos de rito bizantino.

LECTIO

Primera lectura: Hechos 13, 46-49

46 Entonces dijeron con valentía Pablo y Bernabé: «Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os juzgáis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles.

47 Pues así nos lo ordenó el Señor: " Te he puesto como la luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra.» "

48 Al oír esto los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna.

49 Y la Palabra del Señor se difundía por toda la región.

 

     *> Casi toda la ciudad de Antioquía se reunió para oír la Palabra de Dios (el Evangelio). Al ver la muchedumbre se llenaron de celos los judíos y comenzaron a hablar contra lo que Pablo decía. Hasta blasfemaron (no de Dios, sino de Pablo). Es decir: usaron un lenguaje abusivo contra él. Esto quiere decir que estaban temerosos de perder su influencia sobre aquellos gentiles que habían estado buscando sus enseñanzas. También podría significar que tenían un celo por el judaísmo en el que no había lugar de bendición para los gentiles que no se hicieran judíos primero.

    La reacción de Pablo y Bernabé fue hablar valiente y libremente, diciendo que era necesario (esto es, necesario para cumplir con el plan de Dios) que la Palabra de Dios les fuera hablada primero a "vosotros, judíos". Pero, ya que los judíos la habían desechado con burla (rechazado) y por tanto, se habían juzgado a ellos mismos indignos de vida eterna (con su conducta), "he aquí" que los dos apóstoles se volvían (en aquel momento) a los gentiles. ("He aquí" señala que esta vuelta hacia los gentiles era algo inesperado y sorprendente para los judíos.)

      La vuelta hacia los gentiles no era en realidad una idea original de los apóstoles. Era más bien un gesto obediente a la Palabra profética dada en Isaías 49:6; con respecto al Mesías, el siervo de Dios. (Vea también Isaías 42:6; Lucas 2:30-32. Cristo y su Cuerpo, la Iglesia, los creyentes, participan en la obra de llevar la luz del Evangelio al mundo.)

    Al oír esto, los gentiles se regocijaron y glorificaron la Palabra del Señor. "Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna." Esto podría sonar como si la Biblia estuviera enseñando una predestinación arbitraria en este momento. No obstante, no se dice que fuera Dios quien los "ordenara". La palabra "ordenados" puede significar aquí "decididos". Esto es, aquellos gentiles aceptaron la verdad de vida eterna por medio de Jesús, y no permitieron que la contradicción de los judíos los apartara de ella. La consecuencia fue que la Palabra del Señor se difundió por toda aquella provincia.

 

Evangelio: Lucas 10,1-9

En aquel tiempo,

1 el Señor designó a otros setenta [y dos] y los envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar.

2 Y les dio estas instrucciones: -La mies es abundante, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

3 ¡En marcha! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos.

4 No llevéis bolsa, ni alforjas ni sandalias, ni saludéis a nadie por el camino. 5 Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa.

6 Si hay allí gente de paz, vuestra paz recaerá sobre ellos; si no, se volverá a vosotros.

7 Quedaos en esa casa y comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa.

8 Si al entrar en un pueblo os reciben bien, comed lo que os pongan.

9 Curad a los enfermos que haya en él y decidles: Está llegando a vosotros el Reino de Dios.

 

**• El fragmento del evangelista Lucas comienza con Jesús enviando a los discípulos como el Padre le envió a él. Esta misión pone tal vez más de relieve, en todo caso más que la de los Doce, la universalidad de la evangelización.

Su destinatario no es sólo el pueblo israelita, sino todas las naciones del mundo, puesto que toda la humanidad es esa mies madura para recibir la salvación.

Por otra parte, en la vocación de estos primeros misioneros están representados todos los cristianos que, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, han sido y son enviados por Cristo a ejercer el apostolado. El estilo debe ser el itinerante, basado en la pobreza y en la gratuidad.

El contenido esencial del anuncio es el Reino de Dios y su paz. La oración es la actitud del discípulo que reconoce la gratuidad y la iniciativa divinas. La perspectiva que se abre ante los misioneros no es demasiado alegre y reconfortante. No pueden contar con la fuerza, ni con el poder, ni con la violencia. Es la pobreza la que se convierte en fundamento y signo de su libertad y de su plena entrega a la única tarea.

El misionero está expuesto por completo, incluso por lo que se refiere a su sustento, a los riesgos de la misión: acogida o rechazo, éxito o fracaso; pero nada puede detener o impedir la prosecución de su mandato. Nuestro misión, hoy como ayer, es ser mensajeros de la paz y de la bendición de Cristo.

MEDITATIO

       San Cirilo eligió desde joven como esposa mística a la sabiduría divina, que se le apareció en sueños, y, como Salomón, la consideró más preciosa que los otros dones.

       Meditemos, pues, iluminados por las lecturas bíblicas y por el ejemplo vivo de estos santos, sobre quién puede ser considerado verdaderamente «sabio». Acostumbramos a llamar «docto» a quien conoce muchas cosas, consideramos «inteligente» al hombre que comprende lo que son las cosas; el sabio, sin embargo, es el que comprende el significado que las cosas y los acontecimientos deben tener para su vida.

       Ahora bien, las cosas y los acontecimientos pueden tener diferentes significados en la vida. Un comerciante adivina cuánto dinero puede ganar con ellas. Quien tiene como fin supremo su carrera busca cómo explotarlas para alcanzar el éxito en el trabajo. El sabio, por su parte, sabe aprovecharlo todo para ganar la amistad de Dios. «El comienzo de la sabiduría es el temor de Dios» (Sal 110,10).

       Todos observamos el mundo que nos rodea. Para un curioso, esto es ocasión de distracción, porque ve muchas cosas diferentes. El hombre de ciencia está obligado a elegir en su «campo visual» lo que tiene que ver con su especialización. El sabio consigue ver todo como la única imagen de la sabiduría de Dios, como un grandioso mosaico en el que cada piedrecita es preciosa, y, por consiguiente, todo lo que ve y aprende adquiere un valor inmenso y se vuelve fuente de alegría.

 

ORATIO

       Haz que resplandezca en nuestros corazones, oh Señor, que amas a los hombres, la luz incorruptible de tu sabiduría: te lo pedimos en nombre de los santos hermanos Cirilo y Metodio. Abre los ojos de nuestra mente para que podamos entender tus preceptos evangélicos.

       A fin de que, aplastados los deseos carnales, podamos llevar una vida espiritual, pensando y realizando todo lo que es de tu agrado, e invoquemos la fuerza de tu Espíritu de la sabiduría.

 

CONTEMPLATIO

       San Cirilo escogió como patrono especial de su vida a san Gregorio Nacianceno, llamado «el Teólogo», quien abandonó sus cargos en el mundo para dedicarse a escribir sermones y poesías, a fin de que Cristo, a través de él, pudiera «hablar en griego».Por eso recibió el sobrenombre de «Boca de Cristo». San Cirilo, que le imitó, decidió ofrecer al Salvador su conocimiento de las lenguas, a fin de que Dios, por medio de él, hablara en el idioma de los pueblos eslavos. Ambos santos se daban cuenta de que la capacidad de hablar constituye un gran privilegio humano. El hombre, que expresa su pensamiento con las palabras, es imagen de Dios Padre, el cual -precisamente por la Palabra, que es su Hijo- crea y gobierna el universo.

       En consecuencia, constituyen una gran responsabilidad para nosotros las palabras que salen de nuestra boca. Con ellas podemos hacer un enorme bien, pero, desgraciadamente, en ocasiones causan también mal.

       Crean las amistades o las destruyen. Con la palabra somos capaces de dirigirnos en la oración a Dios, el cual nos escucha y a menudo se digna acceder a lo que le pedimos. Por otra parte, también Dios se dirige a nosotros por medio de su Palabra, contenida en la Sagrada Escritura y en la predicación de la Iglesia. Escuchemos, pues, a Dios y Dios nos escuchará a nosotros.

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra de la Escritura: «Dame la sabiduría que comparte tu trono» (Sab 9,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Cuando el niño [Cirilo] tenía siete años, tuvo un sueño, que le contó a su padre y a su madre de este modo: «El alcalde de la ciudad, después de haber convocado a todas las muchachas de la ciudad, me dijo: "Elige entre ellas a la que quieres como esposa y como ayuda que te convenga" (Gn 2,18). Entonces, tras mirarlas bien a todas, ví una que era más bella que las demás: tenía un rostro luminoso y estaba toda ella adornada de collares de oro y de gemas, y revestida de toda belleza; se llamaba Sofía, es decir, Sabiduría. La elegí a ella».

       Tras oír estas palabras, dijeron los generosos padres: «Dice la Sagrada Escritura: "Di a la sabiduría: 'Tú eres mi hermana'" (Prov 7,4), y si la llevas ¡unto a ti, para tenerla como esposa, por medio de ella serás liberado de muchos males».

       Le enviaron a la escuela y progresaba más que todos sus condiscípulos. Pero muy pronto tuvo el muchacho otra experiencia. Un buen día, según la costumbre de los hijos ricos de divertirse saliendo de caza, se fue con ellos al campo, llevando un halcón con él. Ya le había hecho emprender el vuelo cuando un viento levantado por la Providencia divina hizo que el halcón se perdiera por completo. Al muchacho le entró tal disgusto y tal tristeza que, durante dos días, no tocó alimento alguno. Pero después se arrepintió, diciendo: «¿Acaso no es esta vida de tal género que a la alegría le sucede la tristeza? Desde hoy en adelante, tomaré un camino mejor que éste». Se aplicó al estudio de las letras y aprendió de memoria los escritos de san Gregorio, el Teólogo.

       Y escribió sobre él la siguiente poesía: «Oh Gregorio, hombre en el cuerpo, te has mostrado ángel, porque tu boca glorifica a Dios como uno de los serafines e ilumina el mundo entero al explicar la fe. Acógeme también a mí, que a ti me acerco con amor y fe, y sé para mí maestro y fuente de luz» (de la Vida eslava de Constantino Cirilo).

 

 

Día 15

 Martes de la semana VI del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 1,12-18

12 Dichoso el hombre que aguanta en la prueba, porque, una vez acrisolado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman.

13 Ninguno, al verse incitado a pecar, diga: «Es Dios quien me está incitando a pecar», pues nadie puede incitar a Dios para que haga el mal, y él no incita a nadie a pecar.

14 Cada uno es incitado a pecar por su propia pasión, que lo arrastra y lo seduce.

15 Después, la pasión concibe y da a luz al pecado, y el pecado, una vez consumado, origina la muerte.

16 No os engañéis, mis queridos hermanos.

17 Toda dádiva buena, todo don perfecto, viene de arriba, del Padre de las luces, en quien no hay cambios ni períodos de sombra.

18 Por su libre voluntad nos engendró, mediante la Palabra de la verdad, para que seamos los primeros frutos entre sus criaturas.

 

        *•• Esta perícopa puede constituir la parte final de la exhortación introductoria con un tema en el que insistirá el cuerpo de la carta: «Dichoso el hombre que aguanta en la prueba» (v. 12). El tema de la prueba o tentación está recogido en este versículo con el mismo carácter positivo de los w. lss; allí se subrayaba la necesidad de que las cosas preciosas sean probadas y la importancia que tiene para los cristianos la oportunidad de ser incitados a alcanzar la perfección de la obra. La proclamación de un «macarismo» o de una bienaventuranza está destinada a los que entran en un camino que, al comienzo, requiere esfuerzo y paciencia, y sólo en un segundo momento conduce a algo grande.

        No carece de finura psicológica la descripción de la labor lenta y continua de la concupiscencia, que lleva adelante la «prueba» mediante el halago y la seducción.  El mal, que ha conseguido entrar en el hombre a través de la seducción y el halago, da a luz el pecado, y éste, a su vez, engendra la muerte.

        La finalidad de estas consideraciones no parece ser llevar a cabo una meditación sobre la naturaleza de Dios, sino más bien una revelación de lo que la pureza divina engendra en nosotros. En efecto, como es propio de la fuente luminosa comunicarse, nosotros somos partícipes de la irrigación divina, rica no sólo de luz iluminadora, sino determinada por la voluntad, capaz de engendrar «mediante la Palabra de la verdad» (que es el Evangelio, según Col 1,5).

 

Evangelio: Marcos 8,14-21

En aquel tiempo,

14 los discípulos se habían olvidado de llevar pan y sólo tenían un pan en la barca.

15 Jesús, entonces, se puso a advertirles, diciendo: - Abrid los ojos y tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la levadura de Herodes.

16 Ellos comentaban entre sí, pensando que les había dicho aquello porque no tenían pan.

17 Jesús se dio cuenta y les dijo: - ¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Es que tenéis embotada vuestra mente?

18 Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís. ¿Es que ya no os acordáis?

19 ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis cuando repartí los cinco panes entre los cinco mil? Le contestaron: - Doce.

20 Jesús insistió: - ¿Y cuántos cestos llenos de trozos recogisteis cuando repartí los siete entre los cuatro mil? Le respondieron: - Siete.

21 Jesús añadió: - ¿Y aún no entendéis?

 

        **• El marco literario de esta perícopa es también el de la «sección de los panes» (Mc 6,30-8,26) y, más en particular, la reacción a la revelación cristológica por parte de los fariseos (8,11-13) y, ahora, por parte de los discípulos (8,14-21). El endurecimiento del corazón es un tema profético y veterotestamentario, dramático y complejo. Aparece en los evangelios a propósito de la comprensión-aceptación del misterio del Reino propuesto en parábolas (Mc 4,10-12; Mt 13,10-14; Le 8,9ss; cf. Jn 12,37-41).

        La insistencia en el tema por parte de Marcos pretende subrayar la novedad y la profundidad del mensaje propuesto; los fariseos lo han intuido, pero han preferido provocar al Mesías a tomar una opción diferente; la dificultad para entrar en él, en el caso de los discípulos, indica la opción radical a la que está llamada su fe.

        Esa dificultad, para decirlo con los términos de nuestro pasaje, consiste en no alinearse con la levadura de los fariseos y en comprender, en cambio, la lógica de la multiplicación repetida de los panes. Es ésta un misterio de reparto; el pan que se parte para ser multiplicado, la carne que debe ser «masticada» a fin de que se convierta en fuente de vida eterna para los que participan en el banquete, trae a colación el misterio de la necesidad de pasar a través de la muerte para ser fuente de vida.  Esto por lo que respecta a Jesús, por lo que respecta a la cristología en sí misma y también por lo que se refiere a los discípulos, en virtud de una lógica eclesial que sea conforme con la enseñanza del Maestro.

 

MEDITATIO

        En el pasaje de ayer, Santiago nos hacía pedir a Dios la sabiduría, a fin de ver las pruebas desde su justa perspectiva.

        El libro de los Proverbios se refiere al valor de la sabiduría cuando recuerda que «la necedad del hombre tuerce su camino e irrita su corazón contra el Señor» (19,3). Santiago se muestra categórico: «Nadie puede incitar a Dios para que haga el mal, y él no incita a nadie a pecar» (1,13). En consecuencia, nuestra atención debe detenerse en otro punto: el hombre-criatura. En él está presente la concupiscencia y, si la sigue, se encamina a la muerte. Ahora bien, el hombre dispone también de la posibilidad real de ser «los primeros frutos entre las criaturas de Dios» (1,18), engendradas por su voluntad «mediante la Palabra de la verdad».

        Ante la «fijación» de los discípulos en una preocupación superficial y material, Jesús no sólo los amonesta, sino que les hace practicar una anamnesis por medio de una serie de preguntas - «¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Es que tenéis embotada vuestra mente? Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís»- y los lleva a releer la «señal» de la multiplicación de los panes. Jesús se muestra provocador en el empleo que hace de la terminología de los antiguos profetas. De este modo revela también que «la levadura de los fariseos y de Hewdes», esto es, la falta de disponibilidad para acoger lo que han visto, está presente asimismo en sus discípulos, que permanecen ligados al «pan» y no llegan a él, «Palabra de la verdad». En nuestro caso, tampoco nos hará daño una anamnesis de este tipo, puesto que abriendo los «ojos» y los «oídos» también llegaremos nosotros a reconocer que «todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces».

 

ORATIO

        Piadosísimo Dios mío, te ruego que me libres del embarazo excesivo de las preocupaciones de esta vida; de que las varias necesidades corporales me hagan prisionero de los placeres; de que todos los impedimentos del alma quebranten mi ánimo con sus molestias y llegue a desmayar.

        No quiero decir que me libres de esas cosas que la mundanal vanidad ambiciona con toda su alma. No, Señor, me refiero a esas miserias que al alma de tu siervo molestan y embarazan, por castigo, por esa maldición común a todos los mortales, para no poseer la libertad de espíritu siempre que quieren (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, III, 26, Apostolado Mariano, Sevilla, s i . , p. 152).

 

CONTEMPLATIO

        Sí, ví además que nuestro Señor se alegra de la tribulación de los suyos con piedad y compasión; y a toda persona que quiere llevar con amor a su felicidad le envía algo que, a sus ojos, no constituye un defecto, pero a causa del cual esas personas son humilladas y despreciadas en este mundo, ultrajadas, sometidas a burlas, puestas aparte. Y hace esto para impedir el daño que les produciría el fasto, el orgullo y la vanagloria de esta mísera vida, y hacer más expedito el camino que les llevará al cielo, a la alegría infinita y eterna. Por eso dice: «Yo os arrancaré por completo de vuestros afectos vanos y de vuestro orgullo malvado, y os reuniré después y os haré humildes y apacibles, puros y santos, uniéndoos a mí».

        Y entonces vi que toda compasión natural que tiene el hombre por sus hermanos cristianos, unida a la caridad, es Cristo en él. Por otra parte, todo tipo de anonadamiento mostrado por Jesús en su pasión revela dos aspectos de la intención de nuestro Señor: uno es la felicidad a la que seremos llevados y en la que quiere que nos alegremos; el otro es el consuelo en nuestro dolor, porque quiere que sepamos que todo se transformará en gloria y ganancia para nosotros en virtud de su pasión, y que sepamos también que nosotros no sufrimos solos, sino con él, y que lo veamos como nuestro apoyo. Y desea que veamos que todos sus sufrimientos y tribulaciones superan con mucho todo cuanto nosotros podamos sufrir, hasta tal punto que no podemos tener una comprensión cabal del mismo. Y si consideramos bien esta voluntad suya nos salvaremos de lamentarnos y de la desesperación cuando experimentemos dolor; y si pensamos correctamente que nuestro pecado nos merece las penas, su amor nos excusa aún. Y por su gran cortesía elimina todo reproche y nos mira con compasión y piedad, como niños inocentes y sin culpa (Juliana de Norwich, Libro delle rivelazioni, Milán 1984, p. 168).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Toda dádiva buena, todo don perfecto, viene de arriba, del Padre de las luces» (Sant 1,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La historia de la salvación no está marcada sólo por las repetidas llamadas de Dios, sino también por los repetidos rechazos por parte del hombre a tomar el camino de la vida. El mismo Verbo de Dios, nos recuerda el evangelista Juan, «vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Jesús, en el evangelio de Juan, nos indica la raíz profunda del rechazo, de la incredulidad, y lo hace empleando un lenguaje duro, que requiere ser descifrado: «Yo hablo de lo que he visto estando junto a mi Padre; vuestras acciones manifiestan lo que habéis oído a vuestro padre. [...] El que es de Dios acepta las palabras de Dios, pero vosotros no sois de Dios, y por eso no las aceptáis» (Jn 8,38-47). La raíz de la fe bíblica está en la escucha, actividad vital, aunque también exigente. Y es que escuchar significa dejarse transformar, poco a poco, hasta ser conducidos por caminos a menudo diferentes de aquellos que hubiéramos podido imaginar encerrándonos en nosotros mismos. Los caminos que nos indica Jesús están marcados por la belleza –porque la vida de comunión es bella, bello el intercambio de dones y de misericordia-, pero son caminos que comprometen. De ahí la tentación de no abrirle la puerta, de dejarlo fuera de nuestra existencia real. La historia del pecado, en efecto, echa siempre sus raíces en la historia de la falta de escucha. Aunque -y hay que decirlo con fuerza- ninguno de nosotros pueda juzgar la escucha de los otros, ni siquiera la de los que se declaran alejados de la fe (Comunicar el Evangelio en un mundo que cambia, n. 13, Roma 2001).

 

 

Día 16

 Miércoles de la semana VI del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 1,19-27

19 Sabéis, mis queridos hermanos, que todo hombre ha de ser diligente para escuchar, parco en hablar y lento a la cólera,

20 pues el hombre encolerizado no hace lo que Dios quiere.

21 Por eso, abandonad toda inmundicia, todo exceso vicioso, y acoged con mansedumbre la Palabra que, injertada en vosotros, tiene poder para salvaros.

22 Poned, pues, en práctica la Palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos.

23 Pues el que la oye y no la cumple se parece al hombre que contempla su rostro en un espejo

24 y, después de mirarse, se marcha, olvidándose al punto de cómo era.

25 En cambio, dichoso el hombre que se dedica a meditar la ley perfecta de la libertad y no se contenta con oírla, para luego olvidarla, sino que la pone en práctica.

26 Si uno piensa que se comporta como un hombre religioso y no sólo no refrena su lengua, sino que conserva pervertido su corazón, su religiosidad es falsa.

27 La religiosidad auténtica y sin tacha a los ojos de Dios Padre consiste en socorrer a huérfanos y viudas en su tribulación y en mantenerse incontaminado del mundo.

 

        *» La perícopa de hoy (w. 19-27) se inserta en el fragmento más amplio delimitado por los w. 16-27, que se articulan, desde el punto de vista literario, en tres tiempos: empiezan con una exhortación de estilo directo y prosiguen con algunas consideraciones de tipo sapiencial y de carácter impersonal.

        A pesar de esta estructura, la conexión de las ideas no es demasiado inmediata, y obedece más a un estilo rabínico de yuxtaposición de conceptos diferentes que al desarrollo lineal de una idea: en los diferentes aspectos de la «Palabra revelada» podemos señalar un pensamiento de fondo: la Palabra nos engendra para ser los primeros frutos de las obras de Dios (v. 18); esa Palabra, sembrada en nosotros, tiene la capacidad de salvar nuestras almas (v. 21) y, llevada a cumplimiento en las obras concretas, nos conduce a la experiencia de la bienaventuranza evangélica (w. 26ss).

        Aparecen aquí con claridad huellas de catequesis bautismal. Se plantea aquella libertad que es prerrogativa de la ley nueva, tema entrañable a Pablo (Rom 3,27; 16,15; 7,1; Gal 4,21ss). O sea, y recogiendo las expresiones del prólogo de Juan, que nos parecen también muy adecuadas en este contexto: los que han recibido en el bautismo el don de haber sido engendrados como hijos han recibido la iluminación de la fe y la habilitación para obrar: «Éstos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios» (Jn 1,13).

 

Evangelio: Marcos 8,22-26

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos

22 llegaron a Betsaida y le presentaron un ciego, pidiéndole que lo tocara.

23 Jesús tomó de la mano al ciego, lo sacó de la aldea y, después de haber echado saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: - ¿Ves algo?

24 Él, abriendo los ojos, dijo: - Veo hombres; son como árboles que caminan.

25 Jesús volvió a poner las manos sobre sus ojos; entonces el ciego comenzó ya a ver con claridad y quedó curado, de suerte que hasta de lejos veía perfectamente todas las cosas.

26 Después le mandó a su casa, diciéndole: - No entres ni siquiera en la aldea.

 

        *+• Este fragmento refiere el milagro de la curación del ciego de Betsaida, propio de la tradición de Marcos. El pasaje se presenta rico en rasgos particulares de su estilo y de su concepción cristológica. Aparece como conclusión de toda la composición de la «sección de los panes» (Mc 6,30-8,26), composición que no es difícil distribuir en dos dípticos (que se desarrollan siguiendo un módulo compositivo semejante) y encuentra un paralelo en la curación del sordomudo del primer díptico (7,31-37).

        El segundo díptico (8,1-26) empieza con la descripción de la segunda multiplicación de los panes, alude a la travesía del lago para llegar a Dalmanuta, donde está ambientada la discusión con los fariseos sobre la señal del cielo, y desde aquí describe la salida en barca con los discípulos: éstos son los interlocutores de la discusión sobre los panes de la nueva levadura. Y, por último, se refiere la curación del ciego en Betsaida.

        Ésta, siempre en el marco de un remachado secreto mesiánico, prepara la magna revelación cristológica de ese bloque particular en la construcción del evangelio de Marcos que llaman los exégetas el canal de confluencia de las dos vertientes de su obra (8,27-9,13). Éste encuentra su cima en la escena de la transfiguración.

        No resulta difícil ver la curación de un ciego por parte del Hijo del hombre como una discreta alusión a la necesidad de ser reintegrados en nuestras propias capacidades cognoscitivas para poder comprender y estar preparados para «ver» la gloria del Hijo de Dios en Jesús.

 

MEDITATIO

        El hecho de «ser diligente para escuchar, parco en hablar y lento a la cólera» revela un corazón pacificado y, por ello, capaz de acoger la Palabra que ha sido sembrada en nosotros. Sin embargo, resulta fácil hacernos ilusiones de que somos corazones acogedores, oyentes fieles. ¿Cómo saber si tenemos en nosotros esta Palabra que, injertada en nosotros, tiene poder para salvarnos? Si la ponemos en práctica.

        La Palabra acogida es la Palabra que se encarna; estamos llamados a hacerla visible en nosotros haciéndola operante a nuestro alrededor. La Palabra de Dios ya ha sido sembrada en nosotros, pero aún tenemos necesidad de una intervención de la gracia para ver con limpidez la «gloria del Hijo de Dios», para tener una «religiosidad auténtica y sin tacha a los ojos de Dios Padre».

        Después de haberlo llevado fuera de la aldea y de haberle devuelto la vista, Jesús dice al ciego de Betsaida que no entre en la aldea; con ello volvemos a encontrarnos aún ante el «secreto mesiánico» de Marcos. También nosotros estamos invitados a hacer el mismo recorrido: estamos ciegos; nos llevan fuera de la aldea; nos llaman a convertirnos en oyentes de la Palabra de Jesús y a ver. Sin embargo, en nuestro caso ya no existe el secreto mesiánico: ha llegado para nosotros el tiempo de volver a entrar en la aldea a fin de ser epifanía de la Palabra que habita en nosotros, la «Palabra de la verdad» que lleva a ver hasta de lejos perfectamente todas las cosas, a verlas a la luz de la verdad, sin alterarlas, sin confundir los árboles con los hombres.

 

ORATIO

        Abre, Señor, mi corazón para que, con ojos nuevos, pueda ver la belleza de las cosas que creaste y sepa reconocer en mí y en los otros la imagen del hombre tal como tú la pensaste. Abre, Señor, mi corazón a la escucha de tu Palabra para que le permanezca fiel, no como oyente desmemoriado, sino como alguien que la pone en práctica. Abre, Señor, mi corazón a una religiosidad sincera, pura y sin mancha, para que encuentre mi alegría y mi felicidad en la realización de lo que es justo ante ti, Dios, nuestro Padre.

 

CONTEMPLATIO

        Y, además, el Señor nos ha proporcionado una comprensión y una doctrina especiales sobre la obra y la revelación de los milagros, así: «Es sabido que antes de ahora he hecho milagros, muchos, nobilísimos y maravillosos, gloriosos y grandes, y lo mismo que hice, lo hago y lo seguiré haciendo en el tiempo futuro». Es sabido que antes de los milagros hay dolores, angustia y tribulación, y esto es así para que podamos conocer nuestra debilidad y la maldad en la que nos ha hecho caer el pecado, y para volvernos humildes y hacernos invocar la ayuda y la gracia de Dios. Vienen después grandes milagros, y esto por el poder, la sabiduría y la bondad sublimes de Dios, que revela su virtud y las alegrías del cielo en la medida en que ello es posible en esta vida transitoria, a fin de reforzar nuestra fe y aumentar nuestra esperanza en la caridad. Ésta es la razón por la que le complace ser conocido y honrado en los milagros. Esto es lo que él pretende: no quiere que nosotros caigamos en la depresión a causa de los dolores y tempestades que se abaten sobre nosotros, porque así fue siempre antes de que llegaran los milagros (Juliana de Norwich, Libro delle Rivelazioni, Milán 1984, p. 184).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús tomó de la mano al ciego» (Mc 8,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Creer y escuchar la Palabra de Dios es la misma e idéntica cosa. Creer es la capacidad de percibir, más allá de nuestra propia «verdad», humano-mundana y personal, la verdad absoluta del Dios que se revela y se ofrece a nosotros, y dejarla y hacerla valer como la verdad más grande, como la verdad que decide también sobre nosotros. Quien cree, quien se considera creyente, dice que está en condiciones de oír la Palabra de Dios.

        Y quien quiere creer sin contradicciones internas, o sea, el que afirma incluso interiormente lo que cree y quiere poseer en su verdad, el que, en suma, también ama y espera, no necesita reflexionar demasiado para comprender que una fe sin amor está «muerta», es un despojo de su interna vitalidad, porque ha sido como robada de sí misma. Un hombre que cree en serio que Dios es amor y que se ha sacrificado por nosotros en una cruz, y que lo ha hecho porque nos ama y nos ha elegido desde la eternidad y destinado a una eternidad feliz, ¿cómo podrá considerar este mensaje, esta palabra que viene de Dios como justa y válida, y, al mismo tiempo, querer que sea inválida con la misma seriedad, es decir, con sus acciones, al menos para él, al menos en este momento o mientras esté determinado a pecar?

        Dispone de esta posibilidad incomprensible e «imposible», pero la tiene como la posibilidad de contradecir cuanto él mismo ha puesto y afirmado, y por eso es alguien que se contradice a sí mismo, se elimina a sí mismo y se prende fuego. Quien de algún modo dice sí a la fe, aunque sólo sea del modo vago de quien reconoce en el fondo a la verdad de Dios (o bien de un absoluto, divino, universal) un dominio sobre su verdad personal, ése dice «sí» a esta verdad, la ama y espera en ella; es un oyente de la Palabra, no importa que sea de manera abierta o escondida (H. U. von Balthasar, Nella preghiera di Dio, Milán 1997, p. 24).

 

 

Día 17

 Jueves de la semana VI del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 2,1-9

1 Hermanos míos, no mezcléis con favoritismos la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado.

2 Supongamos que en vuestra asamblea entra un hombre con sortija de oro

y espléndidamente vestido, y entra también un pobre con traje raído.

3 Si os fijáis en el que va espléndidamente vestido y le decís: «Siéntate cómodamente aquí», y al pobre le decís: «Quédate ahí de pie o siéntate en el suelo a mis pies»,

4 ¿no estáis actuando con parcialidad y os estáis convirtiendo en jueces que actúan con criterios perversos?

5 Escuchad, mis queridos hermanos, ¿no eligió Dios a los pobres según el mundo para hacerlos ricos en fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?

6 ¡Pero vosotros menospreciáis al pobre! ¿No son los ricos los que os oprimen y os arrastran a los tribunales?

7 ¿No son ellos los que deshonran el hermoso nombre que ha sido invocado sobre vosotros?

8 Así pues, si cumplís la suprema ley de la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, hacéis bien.

9 Pero si os dejáis llevar por los favoritismos, cometéis pecado y la ley os condena como transgresores.

 

        **• Con un ejemplo vivo y concreto, que afecta al aspecto cotidiano de la vida comunitaria, ilustra Santiago lo que debemos entender por una fe activa. Está marcada por una connotación esencial: la capacidad para acoger al pobre. La fe auténtica no rechaza a nadie por el aspecto con el que se presenta, no se deja impresionar por él. Es significativo señalar que el término empleado, favoritismos, corresponde al utilizado por Pablo en Rom 2,11 y Col 3,25 a propósito de Dios para indicar que no tiene preferencias personales. Sólo quien se comporta con esa ecuanimidad tiene una fe recta en Jesús, a quien se le atribuye el título, tal vez litúrgico, de «Señor de la gloria».

El ejemplo que aparece en los w. 2-4 muestra, por el contrario, lo fácil que resulta también para los cristianos honrar a las personas importantes y despreciar, sin embargo, al «pordiosero», es decir, al que está necesitado de todo. No es éste el modo de obrar de Dios.

        Santiago lo recuerda introduciendo lo que dice con un verbo muy importante: «Escuchad, mis queridos hermanos ». Escuchad, prestad atención a los caminos de Dios, que no son los vuestros. Dios prefiere a los pobres «que le aman» y que, de este modo, pueden llegar a ser «ricos» en la fe. Encontramos aquí un eco de la primera bienaventuranza (Mt 5,3), que recoge un tema muy querido en toda la Biblia. Santiago no habla, en efecto, de la pobreza material como condición para la elección divina, ni de la riqueza como motivo de condena. Al rico se le reprueba cuando sus bienes se convierten en motivo de injusticia con el pobre.

        Esa opresión es equiparada a una blasfemia contra el «hermoso nombre»; probablemente, se trata de una referencia al nombre de Jesús, que todo cristiano lleva desde el momento de su bautismo. Con él ha sido injertado en la vida nueva, cuya única ley es el amor que abarca de manera indistinta a cada hombre, porque en cada uno de ellos está Cristo; en el momento del juicio (Mt 25,31-46), se nos preguntará precisamente si hemos sabido reconocerlo. Éste será el mejor fruto de la divina sabiduría en nosotros.

 

Evangelio: Marcos 8,27-33

En aquel tiempo,

27 Jesús salió con sus discípulos hacia las aldeas de Cesárea de Filipo y por el camino les preguntó: - ¿Quién dice la gente que soy yo?

28 Ellos le contestaron: - Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los profetas.

29 Él siguió preguntándoles: - Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Pedro le respondió: - Tú eres el Mesías.

30 Entonces Jesús les prohibió terminantemente que hablaran a nadie acerca de él.

31 Jesús empezó a enseñarles que el Hijo del hombre debía padecer mucho, que sería rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley; que lo matarían y, a los tres días, resucitaría.

32 Les hablaba con toda claridad. Entonces Pedro lo tomó aparte y se puso a increparle.

33 Pero Jesús se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro diciéndole: - ¡Ponte detrás de mí, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.

 

        *•• En el fragmento que hemos leído encuentra su clarificación el misterio respecto a la persona de Jesús. La primera parte del evangelio de Marcos está atravesada por la pregunta que suscita la persona de Jesús: «¿Quién es ése?». Ahora es el mismo Jesús quien plantea la pregunta para llegar a un primer balance de lo que dice la gente de él. Le consideran no sólo un profeta, sino el mayor de ellos, el precursor de los tiempos mesiánicos.

        Sin embargo, Jesús no se contenta con las respuestas de la gente. Quiere saber lo que piensan de él sus discípulos. Sólo a Pedro le ha sido concedido «ir más allá» y reconocer en él al Mesías, al Cristo, al Ungido de Dios. Pero Jesús impone de nuevo lo que se ha dado en llamar el «secreto mesiánico». En efecto, el Maestro, en el mismo momento en el que acoge y confirma la intuición de Pedro, habla a los discípulos del misterio de la cruz, un misterio que ha de figurar en el corazón de su mesiazgo: él es el Siervo de Yahvé venido a cargar con nuestros pecados para llevar a cabo la verdadera Pascua, para hacernos pasar con él de la muerte a la vida (cf. Is 53).

        En el momento en que Jesús se revela como el Hijo del hombre que ha de padecer se vuelve claro también lo que le pide al discípulo: seguirle por el camino de la cruz. Pedro, que parece haber captado el misterio de Jesús, es el primero también en manifestar su escándalo ante el desconcertante camino que se le anuncia. Jesús lo trae de nuevo al orden. Al pie de la letra le dice: «Pasa detrás de mí, Sígueme». Ésta es la posición justa a la que nos reconduce siempre la Palabra para no hacer vana la venida de Cristo a nosotros. Cuanto más aumenta el conocimiento de él, tanto más estamos llamados a convertirnos en partícipes del misterio de su cruz, que es misterio de amor.

 

MEDITATIO

        «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Ésta es la pregunta a la que se nos pide, continuamente, que demos una respuesta en la vida de cada día si queremos ser, de verdad, discípulos de Jesús. Él es nuestro Señor Jesucristo, el Señor de la gloria, como nos sugiere la Carta de Santiago, pero no podemos contentarnos con invocarlo sólo con los labios.

        No basta, en efecto, con decir: «Señor, Señor». Reconocerle como el soberano de nuestra vida significa creerle también vivo y presente en los hermanos, justamente en cada uno de ellos, según el magno realismo que se ha llevado a cabo en el misterio de la encarnación.

        En efecto, el Hijo de Dios, el Dominador del universo por quien todo fue creado, quiso asumir por amor a nosotros el rostro del Siervo de Yahvé, del Varón de dolores que «no tiene apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas» (Is 53, 2). Y de este modo nos ha revelado nuestra incomparable grandeza.

También a nosotros, como a Pedro, se nos puede conceder intuir en algunos momentos de gracia el misterio del Dios vivo en su esplendor, aunque la comprobación de nuestra fe se lleva a cabo cuando no nos dejamos vencer -como Pedro- por el escándalo de la cruz. Reconocer al Señor Jesús significa saber que su camino pasa, de manera inevitable, por el camino de la cruz y que también nosotros debemos pasar por él, abrazando nuestra cruz.

        No hay otro modo de que se abran los ojos de nuestro corazón y, sin dejarnos desviar por el aspecto exterior, por la riqueza o por la pobreza, por la seguridad o por la necesidad, veamos en cada hombre el misterio de una presencia, el esplendor de un rostro, de su rostro.

 

ORATIO

        Te rogamos, oh Padre, en el hermoso nombre de Jesús, tu Hijo y Señor de la gloria, que hagas límpida y fuerte nuestra fe, no contaminada por favoritismos personales. Abre nuestros ojos para que veamos en cada hombre a un hermano que Jesús ha rescatado al precio de su sangre. Danos una mirada buena, capaz de ver en cada rostro los rasgos del tuyo.

        Él vino a nosotros humilde y pobre, se hizo por nosotros Siervo de Yahvé y cargó con nuestros pecados para darnos la alegría de llegar a ser ricos de tu gloria eterna. Ensancha nuestros corazones para que en ellos sea acogido y amado cada hombre con ese amor de predilección que sientes por cada uno de nosotros, haciéndonos hijos en tu amadísimo Hijo.

 

CONTEMPLATIO

        Hermanos y compañeros de pobreza, recibid este discurso mío sobre el amor a los pobres y orad al mismo tiempo conmigo a fin de que alimente con la Palabra vuestras almas y parta el pan espiritual para aquellos que tienen hambre.

        No es fácil en absoluto encontrar entre las virtudes una que venza a las otras y darle a ésta el primer puesto y el premio de la victoria, del mismo modo que tampoco resulta fácil encontrar en un prado lleno de flores y de perfumes la flor más bella y más perfumada, puesto que ahora una y después otra atraen el olfato y la vista e intentan persuadirnos de que las cojamos en primer lugar.

        Sin embargo, si bien es preciso considerar la caridad como el primero y el mayor de los mandamientos, me parece que la parte más considerable de ésta consiste en el amor a los pobres y en la capacidad de conmovernos y de sufrir con todo nuestro corazón junto con aquellos que son nuestros hermanos. En efecto, Dios no recibe honor de ninguna otra cosa como de la misericordia, puesto que no hay ninguna otra cosa más semejante que ésta a Dios.

        Es menester, por tanto, abrir el corazón a todos los pobres y a los que sufren por cualquier causa, según el precepto que nos ordena alegrarnos con quien está alegre y llorar con los que lloran: y dado que también nosotros somos hombres, es preciso llevar como contribución a los hombres el beneficio de la humanidad; allí donde sea mayor la necesidad a causa de la viudez, de la pérdida de los padres, del exilio, de la crueldad, de la sed de beneficio, de los malhechores, de la insaciabilidad de los ladrones: de todos éstos debemos tener asimismo piedad, porque miran a nuestras manos como nosotros miramos a las manos de Dios en busca de aquello de lo que tenemos necesidad.

        ¿Quién es el sabio que comprenderá esto? Sabe de dónde te viene el existir, el respirar, el conocer a Dios, el esperar el Reino de los Cielos... ¿Quién te ha regalado todas esas prerrogativas gracias a las cuales supera el hombre a los otros seres animados? ¿No es aquel que te pide ahora, antes que todo y en lugar de todo, la humanidad? Y si él no se avergüenza de ser llamado nuestro Padre, aun siendo Dios y Señor, ¿renegaremos nosotros de nuestra parentela? (Gregorio Nacianceno, «Orazione 14», lss, passim; en id., Tutte le orazioni, Milán 2000, pp. 333-337).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Me dice el corazón: "Busca su rostro". Sí, tu rostro, Señor, es lo que busco» (Sal 27,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El pobre es profético. Grita. Nos llama a cambiar, a abandonar nuestros egoísmos, para abrirnos al compartir. ¿Qué es lo que pide? Ser reconocido como una persona, como tú y como yo, y ser amado con un amor que no sea sentimentalismo, sino compromiso. El pobre espera un encuentro repleto de gratuidad y de amor, en el que sea reconocido y no tengamos miedo de «perder el tiempo» ¡untos. Busca una relación que incluya algo de absoluto, un compromiso. Sin embargo, por nuestra parte, tenemos miedo de amar, porque amar es comprometerse con las personas y hacer morir algo de nosotros mismos: bienestar, comodidades, riquezas, empleo de nuestro propio tiempo, distracciones, cultura, reputación, éxito y, tal vez, nuestras propias amistades. El grito del pobre es exigente. Pero nosotros no tenemos tiempo. El pobre es profético. Nos invita a cambiar. Nos invita a un nuevo estilo de vida. Nos llama al encuentro y a la fiesta, al reparto y al perdón. El rico, sin embargo, tiene miedo y se cierra en su riqueza y en su soledad, en su hiperactividad y en sus distracciones. Para salir de la soledad, de la prisión en la que se ha encerrado, necesita el rico al pobre. El pobre le molesta. Si se deja molestar, entonces puede tener lugar el milagro. El pobre penetra a través de los barrotes de su prisión. La mirada del pobre penetra en su corazón para despertarlo a la vida. Se produce el encuentro. Si el rico, tocado en su intimidad, se deja llevar por la llamada del pobre, va descubriendo poco a poco una fuerza, una energía escondida, más profunda que sus conocimientos y que sus capacidades de acción. Descubre el poder de su corazón, un corazón hecho para el encuentro, para el servicio y para ser signo del amor de Dios. Descubre el poder de la ternura, de la bondad, de la paciencia, del perdón, de la alegría y de la celebración. Empieza a manar una fuente oculta hasta entonces.

        Jesús vino a habitar en la tierra con hombres y mujeres pobres. Y pide a sus discípulos que le sigan, que vayan al encuentro de los pobres, que se dejen formar por ellos, que les den su corazón. Entonces reciben un don precioso, el amor del corazón del pobre, reflejo del corazón del pobre que es Jesús, y quedan colmados. Haciéndose «acogida», viviendo en relación con el pobre, se descubre la dimensión contemplativa del amor (J. Vanier, Dietro ¡I pavero, Gesú, Padua 1985, pp. 8-23, passim).

 

 

Día 18

  Viernes de la semana VI del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 2,14-24.26

14 ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo la fe?

15 Si un hermano o una hermana están desnudos y faltos del alimento cotidiano,

16 y uno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos y saciaos», pero no les da lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve?

17 Así también la fe: si no tiene obras, está muerta en sí misma.

18 También se puede decir: «Tú tienes fe, yo tengo obras; muéstrame tu fe sin las obras, que yo por las obras te haré ver mi fe».

19 ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien, pero también los demonios creen y se estremecen.

20 ¿Por qué no te enteras de una vez, pobre hombre, de que la fe sin obras es estéril?

21 ¿Acaso no alcanzó Abrahán, nuestro antepasado, el favor de Dios por sus obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?

22 Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y por las obras se hizo perfecta su fe.

23 Así se cumplió la Escritura, que dice: Creyó Abrahán a Dios, y ello le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación, y fue llamado amigo de Dios.

24 Ved cómo por las obras alcanza el hombre la salvación y no sólo por la fe.

26 Como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.

 

        *» La carta prosigue su reflexión sobre la relación fe-obras. No se trata tanto de dar una definición de la fe en sí misma -una realidad bien conocida por los cristianos de la comunidad de Santiago- como de mostrar que ésta no puede existir sin manifestarse en una acción consecuente. En su argumentación apremiante y repleta de preguntas que implican la escucha, Santiago pone el ejemplo de esos creyentes que presumen de despedir en paz a los hermanos menesterosos de todo sin ofrecerles lo que necesitan. ¿No es acaso esto algo absurdo? Eso mismo es también la fe sin obras. Es un cadáver. La fe y las obras son inseparables. En efecto, no es suficiente una fe proclamada sólo de palabra. La afirmación de la carta es muy fuerte y siempre actual. No basta con que alguien diga que cree para que sea cristiano: también los demonios creen por conocimiento intelectual que «Dios es uno» (v. 19), pero eso puede correr el riesgo de seguir siendo precisamente sólo una fe «diabólica». El creyente, como Abrahán, atestigua con sus obras lo que conoce, porque -lo remacha una vez más Santiago- «la fe sin obras está muerta» (v. 26), es como un cuerpo inanimado.

        El pasaje en cuestión ha dado pie a las más diversas interpretaciones y controversias, en especial a partir de la lectura que hizo Lutero, contraponiendo el pensamiento de Santiago al de Pablo. Los exégetas actuales están de acuerdo en sostener que se trata, sin embargo, de formulaciones complementarias que nacen de mentalidades y posiciones diferentes. Pablo (cf. Rom 4,2ss y 3,28) tiene ante sí a judeocristianos que buscan la salvación en las «obras de la Ley». A éstas contrapone Pablo la salvación obrada por Cristo y acogida en la fe. Santiago subraya, en cambio, la necesidad de que la fe no se quede en una teoría, sino que se exprese de modo activo y laborioso. Éste es el mensaje que hoy nos vuelve a proponer la Palabra y sobre el que nos pide que nos interroguemos.

 

Evangelio: Marcos 8,34-9,1

En aquel tiempo,

8,34 Jesús reunió a la gente y a sus discípulos y les dijo: - Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga.

35 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

36 Pues ¿de qué le sirve a uno ganar todo el mundo si pierde su vida?

37 ¿Qué puede dar uno a cambio de su vida?

38 Pues si uno se avergüenza de mí y de mi mensaje en medio de esta generación infiel y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.

9,1  Y añadió: - Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto antes que el Reino de Dios ha llegado ya con fuerza.

 

        **• Jesús no se deja condicionar por el rechazo opuesto por Pedro (8,32) al primer anuncio de su camino de sufrimiento; es más, con una iniciativa soberana llama a «la gente», además de a «los discípulos», a que le sigan.

        Hemos de señalar que Jesús se encuentra en tierra pagana; por consiguiente, quiere que todos escuchen lo que tiene que decir: el futuro que le espera a todo discípulo. El que quiera seguirle debe dejar de poner el centro de su vida en sí mismo, porque quien pone por encima de todo su propia vida no puede conocer de verdad a Jesús. El discípulo debe cargar con su cruz, seguir los pasos de Cristo y salir con él del lugar habitado hacia el suplicio en medio del escarnio de la gente.

        El cristiano está llamado, en efecto, a un destino paradójico. Sigue a Jesús -que es la Vida-, pero esto tiene lugar sólo al precio de la renuncia plena y total a la propia autoafirmación. Sólo quien sea capaz de esta pérdida radical de sí mismo por amor a Cristo lo encontrará y tendrá la verdadera vida. ¿De qué nos sirve, en efecto, tener todo si no «ganamos» nuestra propia vida? Ahora bien, ésta es un bien que sólo se puede adquirir amando a Cristo más que a nosotros mismos. Las palabras de Jesús han de ser recibidas en su totalidad, sin descuentos y sin decaimientos delante de una generación que es siempre pecadora y adúltera, acechada por la tentación de fabricarse otros dioses y adorarlos.

        Ahora es el momento de poner sobre nosotros el sello de la cruz, porque éste es el tiempo en el que se está jugando el destino eterno del hombre. Si nosotros no renegamos de él, cuando Cristo vuelva en su gloria nos reconocerá como suyos. De este modo, se hace posible ver ya el comienzo glorioso del Reino de Dios, ese que pudieron pregustar algunos discípulos en la transfiguración (cf. Mc 9,2ss).

 

MEDITATIO

        «¿De qué sirve?» La misma pregunta aparece repetida en la Carta de Santiago y, después, en el evangelio. Recojamos la pregunta con la que hoy nos apremia la Palabra y nos invita a considerar si nos estamos comportando o no de modo que beneficie a nuestro verdadero interés. Sería trágico darnos cuenta de que no hemos aprovechado el tiempo presente llevando a cabo en él todo lo que vale para la eternidad. Sin embargo, ésta es la tentación que se repite: hacer las cosas a medias. Tener, por ejemplo, la fe, pero no desarrollarla por completo en el orden concreto. Seguir a Cristo, pero intentar salvar asimismo muchas otras cosas junto con él. El evangelio de hoy nos recuerda que Jesús llama a la gente, nos llama precisamente a todos, para confirmarnos que no se puede vivir el compromiso como discípulos medrosos. La fe está viva cuando se concreta en obras; de otro modo, está muerta en nosotros, que estamos vivos sólo en apariencia. En efecto, quien no es capaz de amar a Cristo y a los hermanos más que a sí mismo, anteponiéndolos en cada instante a su propio egoísmo, se dará cuenta de que ha pasado junto a la vida sin haberla degustado nunca y, al final, se dará cuenta de que no ha conseguido salvar sus propios días. Éstos, en efecto, se consumirán de manera inexorable antes de que él se haya decidido a entrar en la fiesta del amor que ya ha comenzado.

 

ORATIO

        Concédenos, oh Dios, la sabiduría del corazón que nos permita comprender lo que nos ayuda de verdad para la eternidad. Haz crecer en nosotros una fe sincera que se traduzca en obras valientes para ayudar a nuestros hermanos. Concédenos una fe sólida que, en toda prueba, nos guíe como luz a seguir a Jesús, tu Hijo, por su camino de humildad y de servicio, un camino muy distinto de lo que el mundo aprecia. Haz que, como don del Espíritu, gustemos ya desde ahora en nosotros la alegría de tu reino de amor en unidad con Cristo y con los santos.

 

CONTEMPLATIO

        Hoy mismo debes darte cuenta de que estás muerto para el mundo, para sus obras y para sus deseos, y que -como dice el apóstol- tú estás crucificado para el mundo, así como el mundo está crucificado para ti (cf. Gal 6,14). Considera, por tanto, las exigencias de la cruz, porque deberás vivir de ahora en adelante bajo este signo y a su luz: ahora ya no serás tú el que viva, sino que vivirá en ti aquel que por ti fue crucificado (cf. Gal 2,20). En esta vida debemos configurarnos con el comportamiento y con la imagen que él nos ofreció cuando estuvo colgado en la cruz por nosotros. [...] Sólo así obedeceremos el precepto del Señor que dice: «Quien no tome su cruz y me siga, no es digno de mí» (Mt 10,38). Ahora bien, quizás puedas decirme: «¿Cómo puede llevar un hombre continuamente la cruz y cómo podría seguir viviendo, una vez crucificado? Voy a explicarte la razón con pocas palabras.

        El que está colgado en el patíbulo de la cruz no se apega a las cosas presentes, no se preocupa por su futuro, no se deja dominar por el deseo de poseer y ni siquiera tiene sentimientos de soberbia, de contienda y de envidia; no le causan pena las injurias que ahora recibe y no se acuerda de las que recibió en el pasado; en resumidas cuentas, aunque se siente vivo aún en el cuerpo, está convencido de que ya está muerto para el mundo, y dirige ahora la mirada de su corazón hacia la meta, una meta que no duda en alcanzar lo más pronto posible (Juan Cassiano, Le istituzione cenobitiche IV, 34-36 [edición española: Instituciones, Ediciones Rialp, Madrid 1957]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo si pierde su vida?» (Mc 8,36).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        «Si salimos de nosotros mismos, ¿a quién encontramos?», pregunta el obispo Teófanes el Recluso, y de inmediato él mismo da la respuesta: «Encontramos a Dios y al prójimo». Ésta es la verdadera razón por la que la renuncia a nosotros mismos es una condición - y la principal además- que debe cumplir aquel que busca la salvación en Cristo: de este modo, el centro de gravedad de nuestro ser se traslada de nosotros a Cristo, que, a un mismo tiempo, es Dios y nuestro prójimo. Mientras no hayamos llevado a cabo esto, todos nuestros intentos en tal sentido estarán falseados en su base, porque son nuestros y proceden del deseo de complacernos a nosotros mismos. Es absolutamente necesario comprender bien esto; de otro modo, corremos el riesgo de caminar con facilidad fuera del camino, comprometiéndonos por el camino de una supuesta dedicación a los otros y con obras bien intencionadas, pero que nos llevan de manera inevitable al pantano de nuestra personal satisfacción. El atarearse, bajo todas sus formas, es un veneno terrible. Sondea tu corazón, examínate con diligencia y deberás reconocer que muchas actividades en las que te parece deshacerte por los otros proceden en realidad de la necesidad de aturdir tu conciencia; su verdadera fuente es nuestra invencible tendencia a buscar lo que nos gusta y nos satisface. ¡No! El Dios del amor, de la paz y del sacrificio total no puede estar allí donde se busca la propia satisfacción, en la agitación y en el atarearse, aunque sea con nobles pretextos.

        He aquí un principio para el discernimiento: si la paz de tu espíritu está turbada, si te encuentras desanimado o un poco irritado porque cualquier razón te ha obligado a renunciar a una obra buena que habías proyectado, eso te muestra que la fuente estaba turbia. Es impensable que Dios pueda encontrar un obstáculo. Ahora bien, un acto verdaderamente desinteresado no es mío; es de Dios. En consecuencia, no puede encontrar obstáculos. Para aquel que ha descubierto la senda estrecha que conduce a la vida, esto es, a Dios, no queda más que un obstáculo posible: su propia voluntad pecadora. Si quiere hacer algo y no logra llevarlo a puerto, ¿por qué habría de ponerse triste? Por lo demás, ya no hace proyectos (cf. Sant 4,13-16). Pero esto es otro secreto de los santos (T. Colliander, // cammino dell'asceta, Brescia 1987, pp. 23-25, passim).

 

 

Día 19

  Sábado de la VI semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 3,1-10

1 Hermanos míos, no queráis todos llegar a ser maestros; sabed que los maestros tendremos un juicio más severo.

2 Porque todos fallamos en muchas cosas, pero quien no cae en falta al hablar, ése es varón perfecto, capaz de controlar todo el cuerpo.

3 A los caballos les metemos el freno en la boca para que nos obedezcan y poder así dirigir todo su cuerpo.

4 Lo mismo pasa con los barcos: por muy grandes que sean y por muy recio que sea el viento que los impulsa, un pequeño timón basta para que sean gobernados a voluntad del piloto.

5 Pues lo mismo pasa con la lengua: es un miembro pequeño, pero capaz de grandes cosas. ¿No veis cómo un pequeño fuego hace arder un gran bosque?

6 Pues también la lengua es fuego y un mundo de maldad; se instala en medio de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, atizada por los poderes del fuego eterno, hace arder el curso entero de la existencia.

7 Toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos han sido y siguen siendo domados por el hombre.

8 Pero nadie es capaz de domar la lengua de los hombres, que es malvada e irreductible y está cargada de veneno mortal.

9 Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a semejanza de Dios.

10 De la misma boca salen bendición y maldición. No tiene que ser así, hermanos míos.

 

        *+• Prosiguiendo el examen de la raíz profunda de los problemas eclesiales de su tiempo, se detiene Santiago en el de la veracidad en el hablar, tema que formula como control de la «lengua». La fe se manifiesta en el obrar y también en el decir. De hecho, hablar con verdad y coherencia es, para el creyente, signo de una fe sincera.

        Con un estilo sapiencial, afronta el autor sagrado este importante tema y nos pone en guardia contra la tentación de erigirnos, de manera indebida, en maestros de otros. La severidad de juicio sobre las palabras (cf. Mt 12,36), de la cual se nos pedirá cuenta un día, es una señal de la importancia de la lengua, cuyo buen uso es indicio de perfección, entendida ésta como autocontrol y como relación correcta con los otros. Los ejemplos del freno en la boca que se pone al caballo y del timón son muy eficaces: la lengua, aunque es un miembro pequeño, puede guiar al hombre.

        Con la tercera comparación (v. 5) se traslada la atención a los peligros de una lengua no controlada. De ella se considera su poderosa carga destructora. El hablar ambiguo es como un fuego (cf. Prov 16,27), como una llama infernal, que una vez instalada dentro de nosotros destruye toda la vida. Sorprende la vehemencia con la que el apóstol presenta el aspecto negativo de la «indomable » lengua, a la que se considera corno «malvada e irreductible», «cargada de veneno mortal» (v. 7). Produce, en efecto, una dolorosa sorpresa que con la misma lengua podamos bendecir al Padre y maldecir a nuestros hermanos. El texto nos suena duro porque estamos acostumbrados a reducirlo todo a dimensiones que nos acomoden. Sin embargo, después de su proclamación, aclamamos: «Palabra de Dios».

 

Evangelio: Marcos 9,2-13

En aquel tiempo,

2 Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, los llevó a solas a un monte alto y se transfiguró ante ellos.

3 Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como ningún batanero del mundo podría blanquearlos.

4 Se les aparecieron también Elías y Moisés, que conversaban con Jesús.

5 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: - Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

6 Estaban tan asustados que no sabía lo que decía.

7 Vino entonces una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: - Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.

8 De pronto, cuando miraron alrededor, vieron sólo a Jesús con ellos.

9 Al bajar del monte, les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos.

10 Ellos guardaron el secreto, pero discutían entre sí sobre lo que significaría aquello de resucitar de entre los muertos.

11 Y le preguntaron: - ¿Cómo es que dicen los maestros de la Ley que primero tiene que venir Elías?

12 Jesús les respondió: - Es cierto que Elías ha de venir primero y ha de restaurarlo todo, pero ¿no dicen las Escrituras que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado?

13 Os digo que Elías ha venido ya y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él.

 

        *•• El relato de la transfiguración está colocado en el evangelio de Marcos dentro de un desarrollo concreto. Viene después de la profesión de fe por parte de Pedro e inmediatamente después del anuncio de la cruz, por eso es un acontecimiento que constituye el sello oficial puesto por el Padre a la misión del Hijo. Jesús está a punto de entregar su propia vida; el anticipo de la gloria lo confirma en el camino hacia Jerusalén y tranquiliza a los discípulos llamados a compartir el mismo destino del Maestro. El episodio tiene lugar «seis días después» (v. 2), probable alusión a la fiesta de las Chozas, celebrada seis días después del Kippur. El último día todos se vestían de blanco y se encendían gran cantidad de luces.

        En el relato están presentes los elementos típicos de una teofanía: un monte alto, la gloria, la nube luminosa, las tiendas, la voz. La presencia de Moisés y de Elías confirma que Jesús es el profeta definitivo y el Mesías esperado. La voz que se oye no está dirigida sólo al Hijo, como en el bautismo, sino también a los presentes, y constituye la presentación oficial hecha por el Padre a los discípulos, llamados a ser también testigos de la agonía (14,33). El destino de Jesús se va cumpliendo. El secreto mesiánico está confirmado, aunque con un límite de tiempo: ha de ser mantenido hasta la resurrección.

        Los discípulos, aunque han sido testigos privilegiados de la intimidad filial de Jesús con el Padre y con los grandes amigos de Dios del Antiguo Testamento, no consiguen creer que el Mesías deba morir y, por tanto, resucitar. Precisamente por eso se erige Jesús en intérprete de las Escrituras para los suyos, afirmando que Elias ya ha venido en la persona del Bautista y también él ha sufrido el destino de sufrimiento y de muerte que es el paso obligado para todos a la gloria. El evangelista no cuenta, en efecto, la transfiguración como un prodigio, sino para indicar el necesario camino divino y humano que desemboca en la gloria pasando a través de la humillación.

 

MEDITATIO

        Podemos detectar un elemento común en los dos pasajes que nos propone hoy la liturgia. En la primera lectura nos pone en guardia Santiago, de una manera casi chocante para nuestra sensibilidad, contra los peligros de la lengua, de ese pequeño músculo capaz de provocar enormes daños: un arma mortal y poderosa dispuesta siempre a difundir su veneno mortífero. También en el evangelio se habla de palabras y de silencio. El evangelista Marcos comenta la propuesta de Pedro encaminada a construir tres tiendas, y afirma que «no sabía lo que decía». Jesús renueva de manera categórica a sus discípulos el mandato de no decir nada de lo que han visto en el monte hasta que él no haya resucitado de la muerte.

        ¿Se trata sólo de una medida de prudencia ligada a la circunstancia o podemos encontrar en ese mandato alguna indicación válida para nosotros, hoy? Cuando el Padre hace oír su voz, dice: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». En esta escucha de Jesús está, para el cristiano, la raíz tanto del silencio como de la palabra.

        Sólo si nos mantenemos en la constante escucha del Verbo, las palabras que nazcan de nuestro corazón serán palabras verdaderas y no traicionarán el misterio de Jesús. Es muy fácil hacerse maestros en muchos aspectos, y tal vez nunca ha sido tan fácil como en nuestro tiempo caer en la inflación de sonidos que no transmiten ya contenido alguno. Sólo es posible oír, acoger y entregar al Verbo en el silencio, como hizo María, mujer del silencio. De ella dice el evangelio que «conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón».

 

ORATIO

        Oh Señor, haz que seamos cada vez más responsables de las palabras que pronunciemos, puesto que nos pedirás cuentas de ellas. Danos también unos labios que no inyecten en el corazón veneno de muerte: ¡es tan fácil matar a los hermanos sin ni siquiera darnos cuenta! Danos asimismo un corazón silencioso, capaz de custodiar el misterio del Verbo de la vida, porque sólo si estamos atentos a él podremos aprender a conocerlo de verdad y a seguirlo en su camino. Sólo entonces será auténtico el testimonio de fe que ofrezcamos a los hermanos y verán en nuestra mirada un resplandor de tu luz. Concédenos lo que te pedimos, oh Dios, Padre del Verbo que se ha consumido en silencio por nosotros.

 

CONTEMPLATIO

        Hermanos, voy a poneros un ejemplo para que comprendáis mejor. Quien enciende un fuego, primero tiene sólo un carboncillo, que es la palabra del hermano que le ha entristecido; fíjate, es apenas un carboncillo: ¿qué es acaso la palabra de tu hermano? Si lo soportas, apagas el carbón. En cambio, si continúas pensando: «¿Por qué me lo habrá dicho? Puedo muy bien responderle». Fíjate, has puesto unas cuantas astillas o algún material semejante, como quien enciende el fuego y hace humo, que es la turbación. La turbación es esa agitación y combate de pensamientos que despierta y vuelve agresivo el corazón. Pero también esto, si quieres, puedes apagarlo con facilidad, apenas comienza, con el silencio, con la oración; si, no obstante, continúas haciendo humo, irritando y excitando tu corazón a fuerza de pensar: «¿Por qué me lo habrá dicho? Puedo muy bien responderle», por el combate mismo y por la colisión de los pensamientos el corazón se consume, se calienta demasiado, y entonces se enciende la cólera. Pero, si quieres, también puedes apagar esta antes de que se convierta en ira; no obstante, si continúas turbando y turbándote, vienes a encontrarte como el que ha echado leña al fuego, y el fuego prende cada vez más.

        ¿Veis cómo de una sola palabra se llega a un mal tal grande? Sí desde el principio se hubiera dirigido el reproche sobre sí mismo, si no hubiera querido justificarse y a cambio de una sola palabra decir dos o cinco y devolver mal por mal, hubiera podido huir de todos estos males. Por eso os digo siempre: cuando las pasiones son jóvenes, cortadlas enseguida, antes de que se robustezcan en menoscabo vuestro y debáis sufrir después.

        En efecto, una cosa es arrancar enseguida una planta pequeña y otra arrancar de raíz un gran árbol. Poned en práctica y comprended bien lo que escucháis. En verdad, si no lo ponéis en práctica, no podréis comprenderlas: las palabras no bastan (Doroteo de Gaza, Insegnamenti spirituali VIII, pp. 90-93, passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Pon, Señor, en mi boca un centinela, un vigilante a la puerta de mis labios» (Sal 141,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        No se le reconoce ya al silencio su relación esencial con la Palabra, el humilde enmudecer del individuo ante la Palabra de Dios. Callamos antes de escuchar la Palabra porque nuestros pensamientos están dirigidos ya hacia la Palabra, como calla un niño cuando entra en la habitación de su padre. Callamos después de escuchar la Palabra porque ésta nos habla todavía, vive y mora en nosotros. Callamos pronto por la mañana porque Dios debe tener la primera palabra, y callamos antes de acostarnos porque la última palabra pertenece a Dios. Callamos sólo por amor a la Palabra, es decir, precisamente para no deshonrarla, sino honrarla y recibirla como es debido. Callar, por último, no significa otra cosa que esperar la Palabra de Dios y salir, después de haberla escuchado, con su bendición.

        Cada uno de nosotros sabe por propia experiencia que se trata precisamente de aprender a callar en un tiempo en el que predomina el hablar; y que se trata justamente de aprender a callar de verdad, a hacer silencio en nuestro propio interior, a detener de una vez nuestra propia lengua: no es otra cosa que la natural y sencilla consecuencia del silencio espiritual. Ahora bien, el saber callar frente a la Palabra ejercerá su influjo en nosotros a lo largo de toda la jornada. Si hemos aprendido a callar frente a la Palabra, aprenderemos también a usar rectamente el silencio y las palabras a lo largo del día. Hay un modo de callar prohibido, complaciente consigo mismo, soberbio, ofensivo. A partir de aquí vemos ya que no es posible pensar nunca en un silencio en sí. El silencio del cristiano es un silencio tendente a escuchar, un silencio humilde, que, por amor a la humildad, puede ser interrumpido también en cualquier momento.

        Es el silencio vinculado a la Palabra. En eso pensaba Tomás de Kempis cuando decía: «Nadie habla con más certeza que quien calla por propia voluntad». En el silencio se encuentra un maravilloso poder de clarificación, de purificación, de concentración en las cosas esenciales. Es también, de hecho, un dato profano. Ahora bien, el silencio antes de escuchar la Palabra conduce a saber escuchar de verdad, y por eso la Palabra nos hablará también en el momento oportuno (D. Bonhoeffer, La vita comune, Brescia 1979, pp. 104ss [edición española: Vida en comunidad, Ediciones Sígueme, Salamanca 1997]).

 

 

Día 20

 VII domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 26,2.7-9.12-13.22ss

En aquellos días,

2 Saúl salió y bajó al desierto de Zif con tres mil hombres elegidos de Israel, para buscar allí a David

7 David y Abisay fueron, pues, de noche hacia la tropa. Saúl estaba acostado, durmiendo en el centro del campamento, con su lanza clavada en tierra, junto a la cabecera. Abner y la tropa estaban acostados a su alrededor.

8 Abisay dijo a David: - Dios pone hoy en tus manos a tu enemigo. Así que déjame que le clave en tierra con la lanza de un solo golpe; no tendré que rematarle.

9 Pero David le dijo: - No lo mates, porque no quedará impune quien atente contra el ungido del Señor.

12 David tomó la lanza y la cantimplora de la cabecera de Saúl y se fueron. Nadie los vio, ni se dio cuenta, ni se despertó, pues todos dormían, ya que el Señor había hecho caer sobre ellos un sueño profundo.

13 David pasó al lado opuesto y se detuvo a lo lejos en la cumbre del monte; había entre ellos un gran trecho.

22 David dijo: - Aquí está la lanza del rey. Que uno de los muchachos venga a recogerla.

23 El Señor retribuirá a cada uno conforme a sus méritos y a su lealtad; él te puso hoy en mis manos, pero yo no he querido hacer daño al ungido del Señor.

 

        ** Estamos frente a la narración de un hecho expuesto ya antes en el primer libro de Samuel (cf. capítulos 24 y 26) la nobleza y la magnanimidad de David son idénticas en ambos episodios, de rara belleza literaria y de una exquisita psicología narrativa. El joven David está siendo buscado por el rey Saúl, que atenta contra su vida. Pero cuando a David se le presenta una ocasión para deshacerse de su enemigo, él rechaza semejante tentación, a la que le empujan también los suyos, porque respeta el carácter sagrado de Saúl, en virtud de su unción real (vv. 7-9). David, en efecto, únicamente se limita a demostrar la realidad de la posibilidad de eliminar a su adversario sin mancharse las manos de sangre (vv. 12ss), y a confiar en el Señor, que se muestra fiel y justo con quienes obran el bien. Ese gesto de bondad conquista el ánimo celoso y de poco fiar de Saúl, que llora, grita y maldice a los que le han impulsado a albergar sentimientos hostiles contra David. Sin embargo, el rey no consigue liberarse de la envidia y de la venganza, y abrir de este modo su corazón a la conversión. La actitud de reconciliación que le faltó a Saúl fue vivida, sin embargo, de una manera heroica por David, futuro rey de Jerusalén. David demuestra grandeza de ánimo, control de sus propias pasiones y confianza en el Dios justo y remunerador. El amor, llevado hasta amar a los enemigos, recuerda la actitud de Jesús, que presenta esta regla de vida a todo verdadero discípulo suyo.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 15,45-49

Hermanos:

45 Como dice la Escritura: Adán, el primer hombre, fue creado como un ser con vida. El nuevo Adán, en cambio, es espíritu que da vida.

46 Y no apareció primero lo espiritual, sino lo animal, y después lo espiritual.

47 El primer hombre procede de la tierra y es terrestre; el segundo procede del cielo.

48 El terrestre es prototipo de los terrestres; el celestial, de los celestiales.

49 Y así como llevamos la imagen del terrestre, llevaremos también la imagen del celestial.

 

        **• Pablo, llevando a su final la enseñanza sobre la resurrección de Cristo y sobre la nuestra, y tras haberse interrogado sobre «cómo» resucitan los muertos y con «qué» cuerpo (v. 35), responde, primero, con imágenes aproximativas (w. 36-44), que nos hacen comprender la resurrección como una auténtica transformación, y, después, añade motivos de fe. Se intuye el tono triste y desconsolado del apóstol al constatar que los cristianos de aquella comunidad estaban sometidos a una mentalidad materialista, que tiende a disociar el cuerpo del espíritu. Esa necedad no le parece soportable a Pablo, sobre todo, porque no tiene presente el misterio pascual de muerte y resurrección. Los cristianos no pueden renunciar a esta verdad.

        La resurrección inaugura para Pablo una novedad absoluta en la vida de Cristo y de los cristianos: el paso de un cuerpo animal a un cuerpo espiritual está inscrito en el designio salvífico de Dios. En consecuencia, no es posible reflexionar sobre el cuerpo espiritual siguiendo el modelo de nuestras experiencias relativas al cuerpo animal.

        La relación entre el primer hombre, Adán, y Cristo, el último Adán, es también bastante iluminadora: Pablo establece una clara relación entre la economía de la creación y la economía de la redención para afirmar que la novedad de Cristo no consiste en tener la vida, sino en dar la vida nueva a todos. Será un don integral, en el sentido de que afectará a todo el hombre -cuerpo, alma y espíritu- para una experiencia de vida nueva y eterna, de suerte que, tras haber sido hermanos del primer hombre, Adán, y haber llevado la imagen del hombre terrenal, seremos también hermanos del último Adán, Cristo, llevando la imagen del hombre celestial.

 

Evangelio: Lucas 6,27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

27 Pero a vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian,

28 bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.

29 Al que te hiera en una mejilla ofrécele también la otra, y a quien te quite el manto no le niegues la túnica.

30 Da a quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames.

31 Tratad a los demás como queréis que ellos os traten a vosotros.

32 Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a quienes les aman.

33 Si hacéis el bien a quien os lo hace a vosotros, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.

34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores se prestan entre ellos para recibir lo equivalente.

35 Vosotros amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin esperar nada a cambio; así, vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo. Porque él es bueno para los ingratos y malos.

36 Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.

37 No juzguéis, y Dios no os juzgará; no condenéis, y Dios no os condenará; perdonad, y Dios os perdonará.

38 Dad, y Dios os dará. Os verterán una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midáis, Dios os medirá a vosotros.

 

        **• El texto evangélico de Lucas se presenta como una resonancia de las bienaventuranzas evangélicas y nos ayuda a descubrir el fundamento primero y último de toda bienaventuranza cristiana. «Amad a vuestros enemigos» (w. 27.35): el discurso no puede ser más claro.

        De este modo, Jesús, como maestro y guía, se destaca frente a todos los demás rabinos de su tiempo: no sólo contrapone el amor al odio, sino que exige que el amor de sus discípulos se concrete precisamente en quienes les odian. Un ideal de vida tan exigente y tan sublime no ha sido requerido ni lo será nunca por ningún maestro.

        No se trata, obviamente, de un amor abstracto, sino de un amor que se traduce en un montón de pequeños gestos que, día a día, interpelan y verifican la autenticidad de ese mismo amor. Sería ridículo, para Jesús, amar sólo a los que nos aman: no tendríamos mérito alguno y, sobre todo, nuestro amor no sería signo distintivo de nuestra exclusiva e inequívoca pertenencia a Cristo, porque «también los pecadores aman a quienes los aman» (v. 32).

        La enseñanza de Jesús termina con la conocida expresión en la que Lucas emplea «misericordia» donde Mateo pone «perfección»: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (v. 36). En la lógica de la espiritualidad evangélica no se da otra perfección que la de un amor fraterno que revela nuestra identidad filial respecto a Dios. No hay otra meta a la que tender más que la de un amor que es capaz de perdonar porque ha experimentado el don del perdón. No hay otro mandamiento que tengamos que observar más que el de tender a la imitación de Dios, que es amor misericordioso, mediante gestos de bondad y de misericordia.

 

MEDITATIO

        Tienen los cristianos a menudo una idea de Dios que no es la que Jesús vivió y propuso con un entusiasmo incontenible. En realidad, muchos de ellos piensan todavía en un Dios «simétrico», o sea, en un Dios que ama a quien es bueno y detesta a quien es malo, que excluye de su amor a quien no le honra o le ofende. Todavía no han superado cierta fase de la revelación del rostro de Dios, una fase que Jesús superó ampliamente, purificándola y confiriéndole su plenitud. Para él, en efecto, Dios -su Padre y nuestro Padre- es el Dios «bueno con los desagradecidos y los perversos» (Lc 6,35), «que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45). Un Dios «asimétrico», por consiguiente, como «asimétrico» es el amor verdadero, que quiere siempre, y de una manera incondicionada, el bien de la persona amada.

        El Padre que nos ha revelado Jesús, por tanto, no nos ama porque seamos buenos, porque hagamos su voluntad y practiquemos la virtud, ni deja de amarnos porque seamos malos y desobedezcamos su voluntad. Simplemente, nos ama porque nos ama, porque no puede hacer otra cosa, dado que es Amor (1 Jn 4,8.16), y Amor gratuito, incondicionado. Para nuestra fe resulta decisivo cultivar esta imagen de Dios. Antes que nada porque es ella la que debe orientar nuestro modo de relacionarnos personalmente con él, ayudándonos a vivir con la conciencia de su amor inmotivado e inmutable; y, a continuación, porque esa imagen es la que debe inspirar la «perfección» de nuestra conducta en nuestras relaciones con los otros. Sólo si nos hacemos imitadores suyos seremos también capaces de amar «asimétricamente» a nuestro prójimo. Sólo así podremos llegar a ser de verdad «misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso» y estaremos en condiciones de llegar a aquel «exceso» que nos propone Jesús: querer el bien de nuestros enemigos, como hemos visto que hacía David con Saúl en la primera lectura y, sobre todo, como hizo él mismo en la cruz (Lc 23,34). Éste será también el modo en que viviremos la «novedad absoluta» de la que, como efecto de la resurrección, nos habla Pablo en la Carta a los Corintios.

 

ORATIO

        Haciendo nuestra la súplica de muchos textos bíblicos, te decimos: «Revélanos tu rostro, Señor». Nosotros lo deformamos a menudo. Te conocemos mal porque no escuchamos la voz de tu Hijo, Jesús, que vino al mundo a revelárnoslo. Si te conociéramos bien, intentaríamos también nosotros ser como tú, bueno con los perversos y los desagradecidos. No amaríamos sólo a los que nos aman, a los que nos parecen dignos de nuestro amor, excluyendo a los otros, sino que amaríamos gratuitamente, como tú.

        Te confesamos que nos parecen duras y difíciles de realizar las palabras que, poniéndote a ti como modelo, nos dijo un día Jesús: «Amad a vuestros enemigos». Nuestra reacción espontánea y frecuente es la de responder al bien con el bien, pero también al mal con el mal. Necesitamos tu fuerza para realizarlas. Si tú nos das un poco de tu amor, haremos que este imposible se vuelva posible. Y seremos de verdad dignos discípulos tuyos.

 

CONTEMPLATIO

        Hermanos, si recordamos bien los dichos de los santos Ancianos y los meditamos sin cesar, nos será difícil pecar, nos será difícil descuidarnos. Si como ellos nos dicen, no menospreciamos lo pequeño, aquello que juzgamos insignificante, no caeremos en faltas graves. ¿Se dan cuenta de qué pecado tan grande cometemos cuando juzgamos al prójimo? En efecto, ¿qué puede haber más grave? ¿Existe algo que Dios deteste más y ante lo cual se aparte con más horror? Los Padres han dicho: «No existe nada peor que el juzgar». Y, sin embargo, es por aquellas cosas que llamamos de poca importancia por lo que llegamos a un mal tan grande.

        Porque criticar, juzgar y despreciar son cosas diferentes. Criticar es decir de alguien: tal ha mentido o se ha encolerizado, o ha fornicado u otra cosa semejante. Se le ha criticado, es decir, se ha hablado en contra suyo, se ha revelado su pecado, bajo el dominio de la pasión. Juzgar es decir: tal es mentiroso, colérico o fornicador. Aquí juzgamos la disposición misma de su alma y nos pronunciamos sobre su vida entera al decir que es así y lo juzgamos como tal. Y es cosa grave. [...] ¿Por qué más bien no nos juzgamos a nosotros mismos, ya que conocemos nuestros defectos, de los cuales deberemos rendir cuenta a Dios? ¿Por qué usurpar el juicio de Dios? ¿Cómo nos permitimos exigir a su creatura? [...] Si él llegara a caer, ¿cómo podrías saber cuántos combates ha librado y cuántas veces ha derramado su sangre antes de cometer el mal?

        A veces no solamente juzgamos, sino que además despreciamos. En efecto, como ya lo he dicho, una cosa es juzgar y otra despreciar. Hay desprecio cuando, no contentos con juzgar al prójimo, lo execramos, le tenemos horror como a algo abominable, lo que es peor y mucho más funesto.

        ¿De dónde proviene esta desdicha, sino de nuestra falta de caridad? Si tuviéramos caridad acompañada de compasión y pena, no prestaríamos atención a los defectos del prójimo, según esta palabra: «La caridad cubre una multitud de defectos» (1 Pe 4, 8), y «La caridad no se detiene ante el mal, disculpa todo...» (1 Cor 13, 5-6). Luego, si tuviéramos caridad, ella misma cubriría cualquier falta y seríamos como los santos cuando ven los defectos de los hombres. Los santos ¿acaso son ciegos por no ver los pecados? ¿Quién detesta más el pecado que los santos? Sin embargo, no odian al pecador, no lo juzgan, no le rehuyen. Por el contrario, lo compadecen, lo exhortan, lo consuelan, lo cuidan como a un miembro enfermo: hacen todo para salvarlo (Doroteo de Gaza, Conferencias VI, 69-71.74-7'6, passim [texto tomado de la Biblioteca Electrónica Cristiana].

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Muéstranos, Señor, tu rostro» (cf. Sal 27,9; 31,17; 80,4.8.20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Mirad por qué camino va Dios hacia los hombres, hacia sus enemigos. Es el camino que la misma Escritura llama necedad, el camino del amor hasta la cruz. Reconocer la cruz de Jesucristo como el invencible amor de Dios a todos los hombres, tanto a nosotros como a nuestros enemigos: ésta es la mayor sabiduría.

        ¿O creemos que Dios nos ama a nosotros más que a nuestros enemigos? ¿Acaso nos creemos los benjamines de Dios? La cruz no es propiedad privada de nadie: pertenece a todos los hombres, tiene valor para todos. Dios ama a nuestros enemigos -eso es lo que significa la cruz-, por ellos sufre, por ellos conoce la miseria y eldolor, por ellos ha dado a su Hijo amado. Por eso tiene una importancia capital que ante cualquier enemigo que nos encontremos, pensemos de inmediato: Dios le ama, lo ha dado todo por él. También tú, ahora, dale lo que tengas: pan, si tiene hambre; agua, si tiene sed; ayuda, si está débil; bendición, misericordia, amor. ¿Pero lo merece? Sí. En efecto, ¿quién merece ser amado, quién necesita nuestro amor más que aquel que odia? ¿Quién es más pobre que él? ¿Quién está más necesitado de ayuda, quién está más necesitado de amor que tu enemigo? ¿Has probado alguna vez a considerar a tu enemigo como alguien que, en el fondo, está delante de ti en su extrema pobreza y te ruega, sin poder dar voz a su ruego: «Ayúdame, dame lo único que todavía me puede ayudar a liberarme de mi odio, dame el amor, el amor de Dios, el amor del Salvador crucificado»? Todas las amenazas, todos los puños tendidos son, en definitiva, mendigar el amor de Dios, la paz, la fraternidad.

Cuando rechazas a tu enemigo, rechazas al más pobre de los pobres, le echas a la calle [...]. La brasa de carbón quema y hace daño cuando te toca. También el amor puede quemar y hacer daño. Nos enseña a reconocer qué miserables somos. Es el dolor ardiente del arrepentimiento el que se hace sentir en aquel que, a pesar del odio y de las amenazas, encuentra sólo amor, nada más que amor. Dios nos ha hecho conocer este dolor. Cuando lo hayamos experimentado, ya está, ha sonado la hora de la conversión (D. Bonhoeffer, Memoria e fedeltá, Magnano 1979, pp. 117ss y 123ss, passim).

 

 

Día 21

 Lunes de la VII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 3,13-18

Queridos:

13 ¿Hay entre vosotros algún sabio y experimentado? Pues muestre con su buena conducta que la sabiduría ha llenado su vida de dulzura.

14 Pero si tenéis el corazón cargado de rivalidad y de ambición, ¿por qué os vanagloriáis y falseáis la verdad?

15 Semejante sabiduría no procede de arriba, sino que es terrena, sensual, demoníaca.

16 Porque donde hay envidia y ambición, allí reinan el desorden y toda clase de maldad.

17  En cambio, la sabiduría de arriba es en primer lugar intachable, pero además es pacífica, tolerante, conciliadora, compasiva, fecunda, imparcial y sincera.

18 En resumen, los que promueven la paz van sembrando en paz el fruto que conduce a la salvación.

 

        *• La Carta de Santiago está dirigida a los cristianos procedentes de la sinagoga. Sus destinatarios son hermanos que se reúnen en asamblea constituyendo Iglesias. En éstas, eran muchos los que llegaban a ser maestros (3,1); por eso, tras haberlos amonestado para que dominen la lengua, plantea Santiago esta pregunta: «¿Hay entre vosotros algún sabio y experimentado?» (v. 13). El autor contrapone aquí dos tipos de sabiduría: la de arriba y la terrena; una conduce a la comunión y la otra a la discordia.

        La comunión viene inspirada siempre de arriba, da un buen testimonio y permite vivir en la dulzura y en la paz. La discordia, en cambio, tiene su raíz en el corazón del hombre y hace que crezcan los sentimientos de envidia, de rivalidad, alimentados por la soberbia. Es una sabiduría terrena, mala, que divide, sugerida por el demonio, e invita a realizar toda clase de acciones negativas, veladas por un bien aparente (w. 15ss). La sabiduría que viene de arriba, en cambio, obra siempre el bien y es pacífica, tolerante, conciliadora, compasiva, fecunda, imparcial y sincera. Queda así manifiesto que la paz y la concordia de una comunidad siembran una semilla que dará fruto en el campo de la justicia divina (w. 17ss).

 

Evangelio: Marcos 9,14-29

En aquel tiempo, subió Jesús al monte y,

14 cuando llegó adonde estaban los otros discípulos, vieron mucha gente alrededor y a unos maestros de la Ley discutiendo con ellos.

15 Toda la gente, al verlo, quedó sorprendida y corrió a saludarle.

16 Jesús les preguntó: - ¿De qué estáis discutiendo con ellos?

17 Uno de entre la gente le contestó: - Maestro, te he traído a mi hijo, pues tiene un espíritu que lo ha dejado mudo.

18 Cada vez que se apodera de él, lo tira por tierra y le hace echar espumarajos y rechinar los dientes hasta quedarse rígido. He pedido a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.

19 Jesús les replicó: - ¡Generación incrédula! ¿Hasta cuando tendré que estar entre vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo.

20 Se lo llevaron y, en cuanto el espíritu vio a Jesús, sacudió violentamente al muchacho, que cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos.

21 Entonces Jesús preguntó al padre: - ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? El padre contestó: - Desde pequeño.

22 Y muchas veces lo ha tirado al fuego y al agua para acabar con él. Si algo puedes, compadécete de nosotros y ayúdanos.

23 Jesús le dijo: - Dices que si puedo. Todo es posible para el que tiene fe.

24 El padre del niño gritó al instante: - ¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!

25 Jesús, viendo que se aglomeraba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: - Espíritu mudo y sordo, te ordeno que salgas y no vuelvas a entrar en él.

26 Y el espíritu salió entre gritos y violentas convulsiones. El niño quedó como muerto, de forma que muchos decían que había muerto.

27 Pero Jesús, cogiéndole de la mano, lo levantó y él se puso en pie.

28 Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas: - ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?

29 Les contestó: - Esta clase de demonios no puede ser expulsada sino con la oración.

 

        **• Jesús baja del monte donde se había transfigurado y vuelve con el resto de sus discípulos. Los encuentra rodeados de una muchedumbre que se queda sorprendida con su inesperada llegada. Dejando aparte toda discusión, todos se apresuran a saludar al Maestro. Jesús pregunta el motivo de la reunión de los discípulos, gente sencilla y maestros de la Ley y -tras cierta vacilación- es el padre de un muchacho endemoniado quien toma la palabra. Cuenta el estado de salud en el que se encuentra su hijo y afirma que los discípulos no han podido liberarlo (w. 17ss).

        Jesús se indigna con todos, porque constata que su predicación y los milagros realizados no han consolidado ni la fe de los discípulos ni la fe de la gente. Con todo, y aunque con una nota de rabia y de cansancio, Jesús no abandona a esta gente y le ofrece una vez más su ayuda. El padre del muchacho interviene de nuevo y pone al descubierto la endeblez y la inconsistencia de su fe: «Si algo puedes...» (v. 22b). Esta petición sorprende al Maestro, y responde de inmediato: «Todo es posible para el que tiene fe» (v. 23). Al decir: «Creo» (v. 24b), el padre del muchacho afirma la impotencia del hombre y la gran misericordia de Dios. Entonces Jesús realiza el milagro: libera al muchacho del espíritu mudo y deja pasar un breve intervalo de tiempo, un espacio para que se manifiesten la grandeza y el poder del amor. No, el muchacho no está muerto; está completamente libre (w. 25-27).

        Cuando los discípulos le preguntan a Jesús la razón de su impotencia, se refiere éste a la oración, es decir, al reconocimiento total y humilde de que todo viene de Dios y de que contar únicamente con nuestros propios medios no conduce a ninguna parte.

 

MEDITATIO

        La sabiduría y la fe se entrelazan hasta formar un tejido compacto que recubre a todo el hombre y le da calor. En medio de esta tibieza encuentra el hombre dentro de sí dos elementos que le hacen ir en la dirección del bien y del amor: el primero es una relación con sus semejantes fundada en la acogida y la escucha, que lo hacen pacífico, tolerante, conciliador, compasivo, fecundo, imparcial y sincero; el segundo es el reconocimiento de estar necesitado de Dios y de encontrar en nuestro camino a Jesús, el Verbo hecho carne. Muchas veces nos sentimos dispuestos a desafiar las distintas situaciones de la vida, creyéndonos capaces de mediar y de llevar a cabo las mismas acciones de Dios, pero la presunción de poder hacerlo por nosotros mismos nos hace fracasar también en el bien.

        La fe hace crecer la sabiduría y la sabiduría aumenta nuestra fe: éste es el camino que hemos de recorrer para no caer en la trampa de una justicia sólo terrena, reivindicadora de derechos. La humildad es la fe escondida, es la confianza de aquel que lo espera todo; por eso lo cubre todo con la caridad. De este modo, la oración es también ese pan de cada día que fermenta la masa de la existencia y hace levantar la mirada hacia aquel que es el Señor de la vida, del cual tenemos necesidad para expulsar el mal tormentoso y afanoso de nuestros días.

 

ORATIO

        Señor Jesús, somos débiles y frágiles y tenemos dificultades para conseguir acoger «las cosas de arriba», la sabiduría que viene de lo alto y la fe en ti. Ayúdanos a mantener vivo el deseo de no abandonarte y de vislumbrar tu presencia en la vida diaria. Pon siempre en nuestro corazón ese justo temor que nos permite dirigir los ojos a ti cuando creemos realizar acciones buenas, en particular las dirigidas a nuestro prójimo, a fin de que no se pierda ningún don que el Espíritu haya infundido en nosotros.

 

CONTEMPLATIO

        No compares todas las obras poderosas y los prodigios realizados en el mundo con un hombre que sabiamente more en la quietud. [...] Que lo más perfecto a tus ojos sea soltar tu alma de los vínculos del pecado, antes incluso que soltar a los oprimidos, liberándolos de aquellos que mantienen esclavos sus cuerpos. Prefiere reconciliarte con tu alma en la concordia de la tríada que hay en ti -cuerpo, alma, espíritu-, más que reconciliar a los airados con tu enseñanza.

        Ama la sencillez de las palabras con la ciencia de la experiencia interior, más que ir en busca de un Giscón de doctrina con la agudeza de la mente y el depósito del oído y de la tinta. Preocúpate de resucitar tu alma muerta por las pasiones al movimiento de sus impulsos hacia Dios, más que de resucitar de la muerte a los muertos según la naturaleza.

        Muchos han realizado grandes cosas, han resucitado muertos, se han cansado en favor de los errantes, han llevado a cabo muchos prodigios y han atraído a muchos a Dios con la admiración despertada por las obras de sus manos. Después, precisamente esos mismos que habían salvado a otros han caído en pasiones torpes y reprobables.

        Mientras daban la vida a los otros, se daban la muerte a sí mismos, provocando su propia caída con la contradicción mostrada en sus obras. El hecho es que, mientras estaban aún enfermos en el alma, no se preocuparon de su propia curación, sino que se echaron al mar del mundo para curar las almas de los otros, estando enfermos ellos aún. De este modo, privaron a sus almas de la esperanza en Dios, en el sentido que he dicho, porque la enfermedad de sus sentidos no podía sostener el choque con los rayos de las cosas mundanas, que, por lo general, excitan la vehemencia de las pasiones en aquellos que todavía tienen necesidad de vigilancia (Isaac de Nínive, Discorsi ascetici I, Roma 1984, pp. 87ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Todo es posible para el que tiene fe» (Mc 9,23b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La gracia cambia de raíz la relación con Dios, entre nosotros, y cambia la comprensión que cada uno de nosotros tiene de sí mismo.

        Primero: la gracia cambia de raíz el modo de concebir la relación con Dios, que se convierte, esencialmente, en una relación de acogida y de gratitud. No es el camino del hombre el que asciende a Dios, sino que es el camino de Dios el que baja al hombre. La salvación es don, no conquista. Esto precisamente es el Evangelio, el alegre anuncio que debemos llevar a todos, un anuncio esperado y deseado: Cristo ha muerto y resucitado por nosotros y, en consecuencia, estamos salvados por el amor  gratuito de Dios manifestado en la cruz, no por nuestras obras. Nuestra seguridad se apoya en el amor de Dios, no en nuestra respuesta: por eso es una noticia alegre.

        Segundo: la gracia cambia las relaciones en el interior de la comunidad. En ella debe reinar el orden de la entrega recíproca y no el de la justicia sin más. «No hagáis nada por rivalidad o vanagloria; sed, por el contrarío, humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos. Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás», escribe san Pablo a la comunidad de Filipos. Todo eso es necesario si la comunidad quiere ser la proclamación de la gracia, es decir, de la lógica que llevó a Cristo, que existía en la condición de Dios, a tomar la forma de esclavo, a hacerse obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

        Tercero: la gracia no cambia sólo las relaciones humanas en la comunidad, sino también las relaciones de la comunidad con el mundo. Estas deben ser unas relaciones de servicio, y de ningún modo relaciones de autoglorificación. La salvación está en la fe y no en las culturas, y, por ello, todas las culturas pueden abrirse a Cristo y ningún pueblo puede imponer a todos su propia cultura particular en nombre de Cristo. Si no fuera así, la salvación dejaría de ser gracia, basada únicamente en el amor de Dios, sino que estaría condicionada por una cultura o por otra, esto es, por las obras del hombre.

        Cuarto: el hombre debe concebirse como don gratuito, como una existencia regalada, y, por consiguiente, no puede permanecer encerrado en sí mismo y buscar sólo lo que supone una ventaja para él. Debe abrirse y hacerse don gratuito para todos. Si esto no tuviera lugar, el movimiento de Dios quedaría interrumpido y distorsionado: el amor gratuito que desciende sobre el hombre quedaría transformado por él: ya no sería don, sino posesión; ya no sería servicio, sino poder (B. Maggioni, "Vita consacrata come trasparenza evangélica", en Consacrazione e servicio. Suplemento n. 10/11, Roma 1981, pp. 29ss).

 

 

Día 22

 Cátedra de san Pedro

 

        Un antiquísimo martirologio sitúa el nacimiento de la cátedra de Pedro exactamente el 22 de febrero. Esta fiesta litúrgica ha sido señalada por la Iglesia como una maravillosa oportunidad para hacer una memoria viva y actualizadora del primero entre los apóstoles, Simón Pedro.

        Simón, natural de Cafarnaún y pescador de oficio, se encontró con Jesús en el ejercicio de su profesión: lo abandonó todo, casa y padres, para seguir al Maestro de por vida. Su personalidad, tan sencilla como simpática, emerge de manera espontánea y clara en todo el relato evangélico. Jesús lo eligió, más allá de sus méritos, ¡unto con los Doce, y entre éstos lo eligió como el primero.

        La celebración de hoy, con el símbolo de la cátedra, da un gran relieve a la misión de maestro y pastor que Cristo confirió a Pedro: sobre él, como sobre una piedra, fundó Cristo su Iglesia.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Pedro 5,1-4

Queridos hermanos:

1 Para vuestros responsables, yo, que comparto con ellos ese mismo ministerio y soy testigo de los padecimientos de Cristo y partícipe ya de la gloria que está » punto de revelarse, ésta es mi exhortación:

2 Apacentad el rebaño que Dios os ha confiado no a la fuerza, sino de buen grado, como Dios quiere, y no por los beneficios que pueda reportaros, sino con ánimo generoso;

3 no como déspotas con quienes os han sido confiados, sino como modelos del rebaño.

4 Así, cuando aparezca el supremo pastor, recibiréis la corona de la gloría que no se marchita.

 

        *» El carácter autobiográfico de esta primera lectura es evidente: el apóstol habla en primera persona y se presenta como «responsable», «testigo de los padecimientos de Cristo», «partícipe ya de la gloria que está a punto de revelarse» (v. 1). De esta autopresentación podemos deducir la plena y perfecta identidad del discípulo-apóstol.

        Vienen, a continuación, algunas recomendaciones, con las que Pedro desea compartir con los responsables a los que dirige la palabra el peso y el honor de las responsabilidades que Jesús ha puesto sobre sus hombros.

        Las invitaciones a apacentar, a vigilar y a ser modelos para el rebaño (vv. 2ss) se suceden con machacona insistencia: señal de que el apóstol no transmite algo de su propia cosecha, sino una misión que le ha sido confiada para ser compartida y participada.

        No es el interés, sino el amor, lo que debe animar y sostener a los «responsables», es decir, a los que han sido llamados en la Iglesia a ejercer un ministerio de guía. Su espiritualidad es la del servicio total, la plena entrega y la fidelidad incondicionada. Las últimas palabras de esta lectura contienen una promesa: a los que permanezcan fieles hasta el final se les asegura «la corona de la gloria» (v. 4), y será el Pastor supremo quien corone a los pastores de la Iglesia.

 

Evangelio: Mateo 16,13-19

En aquel tiempo,

13 de camino hacia la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

14 Ellos le contestaron: -Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.

15 Jesús les preguntó: -Y vosotros ¿quién decís que soy yo?

16 Simón Pedro respondió: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

17 Jesús le dijo: -Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que está en los cielos.

18 Yo te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer.

19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

 

        **• Esta página evangélica se subdivide en dos partes: en primer lugar, es Jesús quien quiere saber lo que la gente dice de él, y se lo pregunta a los discípulos (vv. 13ss).

        Conocemos bien las diferentes respuestas que le dan: todas ellas son válidas en parte, pero ninguna es exacta. De este modo, Jesús ha abierto el paso a una pregunta ulterior (v. 15), pero esta vez la respuesta viene personalmente de Pedro (v. 16). La de Pedro es una profesión de fe plena, completa, que tiene todo el sabor de una fe pascual. Al mismo tiempo que define quién es Jesús, Pedro manifiesta plenamente también su propia identidad de creyente, y en esto nos representa a todos.

        La segunda parte de esta página evangélica contiene una serie de enunciados con los que Jesús define su relación personal con Pedro y el ministerio de Pedro respecto a la Iglesia (vv. 17-19). La bienaventuranza de

        Pedro, solemnemente pronunciada por Jesús, está motivada por el hecho de que Pedro ha hablado bajo la inspiración de Dios: la profesión de fe de Pedro corresponde a una plena revelación divina. El nuevo nombre que Jesús da a Simón ya no es Simón, sino «piedra», firme y sólida, sobre la que el mismo Cristo pretende edificar su Iglesia, la comunidad de los salvados. Por último, Jesús dirige a Pedro una promesa absolutamente especial: a él se le entregarán las llaves del Reino de los Cielos, las llaves que sólo Cristo puede usar y con las que él mismo abre y cierra, ata y desata, entra y sale. Con Pedro y por medio de Pedro, es Cristo mismo el que lleva a cabo la salvación para todos.

 

MEDITATIO

        El apóstol Pedro, desde el primer gran discurso que pronunció el día de Pentecostés (Hch 2,14-41), se presenta en el escenario de la historia como testigo, intérprete y exhortador. Así es como ejerce su ministerio de guía de la primitiva comunidad cristiana.

        Ante todo, es testigo del gran acontecimiento pentecostal, en el que el Padre, por medio del Hijo, envió el don del Espíritu Santo sobre los primeros creyentes. Pedro tiene el derecho-deber de presentarse como testigo ocular de este acontecimiento, precisamente porque él, junto con otros, fue enriquecido con este don. El testimonio cristiano brota siempre de la abundancia del don recibido y se manifiesta como correspondencia generosa al mismo don.

        Pedro, en su predicación, se presenta también como intérprete del acontecimiento histórico de Jesús de Nazaret, especialmente de lo que Jesús hizo durante su ministerio público y de los grandes acontecimientos pascuales que consumaron su misión. A la luz de la Pascua-Pentecostés, Pedro se encarga de interpretar el valor salvífico de la Pascua de Jesús, explicitando para sus oyentes el significado actual, que no permite fugas ni evasiones.

 

        La tercera tarea de la que se encarga el apóstol es la de exhortar a todos los que le escuchan, a fin de que cada uno se dé cuenta de la necesidad de responder el mensaje revelado y de corresponder a él con la vida. De este modo, el apóstol Pedro se presenta a nosotros como el «evangelista ideal», con una predicación completa y paradigmática, a la que todos estamos llamados a configurarnos.

ORATIO

Señor, aléjate de mí, que soy un pecador,

pero por tu palabra echaré las redes;

porque sólo tú, Jesús, eres el Hijo del Dios vivo;

sólo tú, Jesús, tienes palabras de vida eterna;

sólo tú, Jesús, eres la roca y yo sólo la piedra;

sólo tú, Jesús, eres el Señor y el Maestro.

Soy débil, Jesús, mas por tu gracia daré mi vida

por ti, porque tú lo sabes todo, tú sabes que te amo.

 

CONTEMPLATIO

        En Pedro vemos la piedra elegida [...]. En Pedro hemos de reconocer a la Iglesia. En efecto, Cristo edificó la Iglesia no sobre un hombre, sino sobre la confesión de Pedro. ¿Cuál fue la confesión de Pedro? «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Ésta es la piedra, éste es el fundamento, y es aquí donde fue edificada la Iglesia, a la que no vencerán las puertas del infierno (Mt 16,18) [...]. He aquí aquel Pedro negador y amante negador por debilidad humana, amante por gracia divina

        [...]. Fue interrogado sobre el amor y le fueron confiadas las ovejas de Cristo [...]. Cuando el Señor confiaba sus ovejas a Pedro, nos confiaba a nosotros. Cuando confiaba a Pedro, confiaba a la Iglesia sus miembros.

        Señor, encomienda, pues, tu Iglesia a tu Iglesia y tu Iglesia se encomienda a ti (Agustín de Hipona, Sermoni per i tempi liturgici, Milán 1994, pp. 371ss).

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy estas palabras del apóstol Pedro: «Dad gloria a Cristo, el Señor, y estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida explicaciones» (1 Pe 3,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Viene con facilidad a la mente de todos esta pregunta: ¿Quién era san Pedro? A esta fácil pregunta no resulta fácil darle una pronta y completa respuesta. La respuesta que parece dispuesta -era el discípulo, el primero que fue llamado «apóstol» con los otros once- se complica con el recuerdo de las imágenes, las figuras y las metáforas de las que se sirvió el Señor para hacernos comprender quién debía ser y llegar a ser este elegido suyo.

        ¡Fijaos! La imagen más obvia es la de la piedra, la de la roca: el nombre de Pedro la proclama. ¿Y qué significa este término aplicado a un hombre sencillo y sensible, voluble y débil?, podríamos decir. La piedra es dura, es estable, es duradera; se encuentra en la base del edificio, lo sostiene todo, y el edificio se llama Iglesia: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Pero hay otras imágenes referidas a san Pedro, que merecen explicaciones y meditaciones: imágenes usadas por el mismo Cristo, llenas de un profundo significado. Las llaves, por ejemplo - o sea, los poderes-, dadas únicamente a Pedro entre todos los apóstoles, para significar una plenitud de facultades que se ejercen no sólo en la tierra, sino también en el cielo. ¿Y la red, la red de Pedro, lanzada dos veces en el evangelio para una pesca milagrosa?

        «Te haré pescador de hombres», dice el evangelio de Lucas (5,10). También aquí la humilde imagen de la pesca asume el inmenso y majestuoso significado de la misión histórica y universal confiada a aquel sencillo pescador del lago de Genesaret. ¿Y la figura del pastor? «Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas» (Jn 21,1 óss), dijo Jesús a san Pedro, para hacernos pensar a nosotros que el designio de nuestra salvación implica una relación necesaria entre nosotros y él, el sumo Pastor. Y así otras.

        Aunque -mirando mejor en las páginas de la Escritura- encontraremos otras imágenes significativas, como la de la moneda (Mt 17,25) [...], como la d é la barca de Pedro (Le 5,3), como la del lienzo bajado del cielo (Hch 10,3), y la de las cadenas que caen de las manos de Pedro (Hch 12,7), y la del canto del gallo para recordarle a Pedro su humana fragilidad (Me 14,72), y la de la cintura que un día -el último, para significar el martirio del apóstol- ceñirá a Pedro (Jn 21,18).

        Todas las imágenes, características del lenguaje bíblico y del evangélico, esconden significados grandes y precisos. Bajo el símbolo hay una verdad, hay una realidad que nuestra mente puede explorar y puede ver inmensa y próxima (Pablo VI).

 

 

Día 23

Miércoles de la semana VII del Tiempo ordinario o

San Policarpo

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 4,13-17

11 En cuanto a los que decís: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allí todo el año; traficaremos y nos enriqueceremos»,

12 ¿sabéis acaso lo que será mañana de vosotros? Pues sois vapor de agua que por un instante es perceptible y al punto se disipa.

13 Haríais mejor en decir: «Si el Señor quiere y vivimos, haremos esto o lo otro».

16 Pero no, alardeáis ostentosamente, sin daros cuenta de que tal actitud es reprochable.

17 Por tanto, el que sabe hacer el bien y no lo hace comete pecado.

 

        **• El apóstol Santiago se dirige a los ricos que forman parte de la comunidad cristiana. Son hombres que viajan por negocios, para obtener beneficios que van mucho más allá de las necesidades cotidianas. Se trata de un poseer por avidez; en consecuencia, de una riqueza injusta que los erige en dueños del futuro. Precisamente por esa presunción son «vapor de agua», es decir, algo que sube hacia lo alto, pero que se disuelve muy pronto porque es inconsistente y, por tanto, deja de verse.

        Santiago subraya en este punto la importancia vital y existencial de dirigir la mirada y el pensamiento al Señor para tomar decisiones sensatas incluso en aquellas cosas que pertenecen a la vida diaria -como el trabajo, por ejemplo, que no puede tener como finalidad exclusiva el beneficio personal. Enriquecerse de este modo se convierte casi en un alarde, en una pretensión sobre los otros y en un arrogarse derechos y privilegios. Ahora bien, todo eso es pecado, porque los ricos, conociendo el bien, no lo hacen.

 

Evangelio: Marcos 9,38-40

En aquel tiempo,

38 Juan le dijo a Jesús: - Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.

39 Jesús replicó: - No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí.

40 Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro.

 

        *+• Llegados al final del capítulo 9 del evangelio de Marcos, podemos resumir algunos puntos: la fe de los discípulos es endeble, no están en condiciones de expulsar a los demonios; los mismos discípulos andan a la búsqueda de grandezas, jactándose de cierta pretensión sobre quienes no forman parte del grupo que sigue a Jesús.

        Casi da la impresión de que la acción del Espíritu Santo, que sopla cómo y donde quiere, es limitada. Los discípulos están encerrados todavía en la mentalidad de que sólo los que pertenecen al grupo de Jesús pueden llevar a cabo acciones que respondan a las enseñanzas del Maestro. Ahora bien, Jesús ha venido a traer una novedad para todos, no sólo para unos pocos, de ahí que ni su misión ni su enseñanza tengan ni puertas ni muros.

        Con razón dice: «Nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí» (v. 39). Ese «en mi nombre» indica precisamente libertad de acción, acogida del amor, total dependencia de Dios, que no excluye a nadie que se declare en favor suyo.

 

MEDITATIO

        La verdadera riqueza consiste en la posesión de la felicidad personal y, al mismo tiempo, en tener la mirada dirigida hacia los otros. Ciertamente, no es posible medir, por nuestra parte, lo que conseguimos dar ni, sobre todo, cómo damos, porque los listones o los programas telemáticos tienen una acción limitada dentro de nuestros esquemas. Con todo, podemos saber qué sentimiento nos impulsa a dar gratuitamente, qué hay de verdad en nuestro corazón que hace saltar el muelle del don. Si bien nada ni nadie está en condiciones de evaluar nuestros sentimientos, siempre hay, a pesar de todo, Alguien al que no se le escapa nada que tenga que ver con nosotros.

        Cuando obramos en la caridad de Cristo, de inmediato se nos sugiere el movimiento siguiente, de inmediato entra en acción nuestra fantasía y nos hace realizar cosas que nunca hubiéramos pensado. Con frecuencia, nos sorprende que otros estén en condiciones de llevar a cabo gestos de amor mayores que los nuestros. Es precisamente en este punto donde nace el verdadero sentido de la comunidad, de ese encuentro de personas que -reunidas en el amor oblativo- tienen como dinamismo vital al Espíritu Santo, el cual obra y realiza su verdadera misión: «Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», dice el Señor Jesús. Tenemos grandes ejemplos en nuestra historia de personas que, en apariencia, «nos dejan» para «dedicarse » a los demás. ¡Cuántas vidas escondidas salen a la luz incluso después de haber dejado este mundo!

        El Señor sabe encontrar los modos de no dejarlas para siempre en el silencio. Una mirada de amor hacia el otro, una atención dirigida a quien se encuentra menesteroso y en medio de la necesidad, no pueden ser «arrebatadas» por la racionalidad humana: necesitamos dejar que sea el Señor quien nos revele cuál es el verdadero bien para cada uno de nosotros y para todos.

 

ORATIO

        Oh Señor, perdónanos porque nos mostramos presuntuosos en las acciones que realizamos «en tu nombre ». Nos llenamos la boca, las manos, el corazón y la cabeza de ti, pero, después, nuestros sentimientos persiguen intereses y resultados egoístas. No permitas que los justifiquemos, porque no existe más que una sola justificación: la tuya, la redención llevada a cabo por medio de tu muerte en la cruz. Haz que nuestra única riqueza sea ver la pobreza del otro, para salirle al encuentro, y que nuestra pobreza esté repleta de la riqueza que el otro nos ha dado.

 

CONTEMPLATIO

        Ojalá no caigamos en la mezquindad, en la relajación de los que juzgan como absolutamente imposible pasar la vida sin disponer de inmensos tesoros. [...] Lo que se os pide a vosotros, oh ricos de este mundo, no es inhumano, ni puede resultaros indeseable. Si no es posible exigiros que queráis ser pobres en la tierra, preocupaos al menos de no tener que mendigar por toda la eternidad. Si sentís horror de la indigencia presente, ¿porqué no teméis la futura, la perpetua? Si aborrecéis los males efímeros, esforzaos por evitar las desventuras sin fin, eternas. Mientras estáis en vida, tembláis, os espanta el pensamiento de la miseria; sin embargo, el daño mundano que teméis es con mucho inferior al que os afligirá en el más allá. Si juzgáis insoportable la pobreza terrena, ¿cómo valoraréis aquella que no tendrá nunca fin?

        Las consideraciones que estoy haciendo son muchísimo más conformes con vuestro modo de sentir, con vuestros deseos. Si no queréis separaros de ninguna manera de vuestros tesoros, haced que eso no tenga lugar algún día. Os pedimos algo que debe seros agradable, grato. Vosotros, que no sabéis vivir sin disponer de riquezas, obrad de modo tal que sigáis siendo siempre adinerados. Justamente el Señor dice: «Por consiguiente, soberanos de los pueblos, si os deleitáis con los tronos y los cetros, honrad la sabiduría, para que podáis reinar siempre» (Silvano de Marsella, Contro l'avarízia, Roma 1997, pp. 79ss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El que no está contra nosotros está a favor nuestro» (Mc 9,40).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Afortunadamente, hay una «fábula» que es siempre verdadera, y lo sigue siendo cada día. Una «fábula» vivida por alguien o por algo que, en general, no tiene nombre ni vistosidad, y se propone al libro de la vida desde su escondite lleno de sol. A veces es descubierta y contada por periódicos y libros, aunque es más frecuente que siga siendo desconocida por la publicidad, atareada en temas que no son en absoluto fabulosos.

        La encuentran, como una gracia, los que buscan la luz: o bien porque tienen la mirada iluminada o bien porque sienten la desesperación del vacío. La «fábula» cotidiana confirma en la paz a los primeros y lleva a la paz a los segundos. Es la maravilla que Dios mantiene en la tierra, donde son muchos los que trabajan para que sea cada vez menos maravillosa, aunque su maravilla acaba por imponerse siempre, sin escenarios ni estrépito, en la naturaleza y entre los hombres.

        La llamamos «fábula» de manera inapropiada, dado que es verdadera, aunque le conviene este nombre porque no parece verdadera, por lo mucho que se ha vuelto excepcional y obsoleta, cuando debía ser casi normal por el hecho de que todo hombre está llamado a ser y a obrar, y por el hecho de que está difundida por todas partes en la naturaleza. La «fábula» se llama don, amor, unidad. Se cuenta en las casas de los pobres que se sienten señores y en las casas de los ricos que comparten lo que tienen. Se encuentra en el asfalto, donde, ¡unto con los «viajeros luctuosos», va un peregrino de humanísima libertad; y se encuentra también en la estancia donde sonríe la enfermedad como sobreabundancia de vida. Se lee en el vuelo de las mariposas, en el canto del mirlo, en las conchas de las playas, en el juego de luces de un abetal de montaña. Verla y sentirla, tan difundida en su escondite, hace pensar que el «invierno» de la vida diaria no es, de verdad, la estación dominante (G. Agresti, Le fragole sull'asfalto, Milán 1987, pp. 165-166).

 

 

Día 24

  Jueves de la VII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 5,1-6

1 Y vosotros los ricos gemid y llorad ante las desgracias que se os avecinan.

2 Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla.

3 Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días?

4 Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos y ha sido retenido por vosotros está clamando y los gritos de los segadores están llegando a oídos del Señor todopoderoso.

5 En la tierra habéis vivido lujosamente, os habéis entregado al placer, y con ello habéis engordado para el día de la matanza.

6 Habéis condenado, habéis asesinado al inocente, y ya no os ofrece resistencia.

 

        *• Santiago retoma en este pasaje las invectivas proféticas comunes a toda la predicación bíblica (cf. Is 5,8-10; Jr 5,26-30; Am 8,4-8) para dirigir una severa advertencia a la sociedad en la que vive, una sociedad donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres se ven cada vez más defraudados.

        El apóstol retoma, de modo más explícito y con tonos más duros, lo que ha indicado ya antes (Sant 2,6ss) sobre el tema pobres-ricos: invita al rico a lamentarse con verbos que expresan sollozos ruidosos, gemidos semejantes a los de las bestias heridas (v. 1). El motivo de este llanto violento y lacerante es la mísera situación del rico, cuyos bienes amasados se están pudriendo, sus vestidos son pasto de las polillas, su oro y su plata se oxidan (w. 2-3a).

        Ahora bien, la verdadera amenaza no consiste tanto en haber puesto su seguridad en lo que se deteriora como en el juicio de Dios que aguarda a todos (v. 3b). Este pensamiento vuelve a aparecer en los versículos posteriores: la injusticia de la que son objeto los obreros defraudados grita y llega a los oídos del Señor (v. 4); su frívola conducta les hace semejantes a los animales que acumulan el alimento sólo con vistas a la matanza (v. 5). En la nota conclusiva del justo (v. 6), Santiago ha querido relacionar la figura del oprimido, privado injustamente de sus derechos, con la figura bíblica del pobre de YHWH, que, a pesar de ser maltratado, no opone resistencia al mal (cf. Is 50,5; se reconocen sus rasgos: indigencia, debilidad, confianza en el Señor). Éste es el pobre a quien ama Dios, del que no aparta su mirada y hacia el cual están siempre atentos sus oídos.

 

Evangelio: Marcos 9,41-50

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

41 Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua en mi nombre porque sois del Mesías no quedará sin recompensa.

42 Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar.

43 Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue.

44 Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno.

47 Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te Vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno,

48 donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.

49 Todos van a ser salados con fuego.

50 Buena es la sal. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué le daréis sabor? Tened sal entre vosotros y convivid en paz.

    

        *» Después del segundo anuncio de la pasión y de la resurrección, llega Jesús a Cafarnaún con sus discípulos (cf. Me 9,30-33). Marcos inserta en este punto de su evangelio una serie de loghia aparentemente inconexos entre sí, aunque en realidad se reclaman recíprocamente a través de las palabras-clave. La expresión «en mi nombre» (v. 41), que figura al comienzo del fragmento de hoy, estaba ya anunciada en el v. 37; la expresión «ser ocasión de pecado» o «escándalo» (v. 42) anticipa toda la sección que viene después (w. 43-48); la sentencia conclusiva de la «sal» (v. 50) recuerda el versículo precedente.

        Todos estos dichos forman una colección de instrucciones dadas a los discípulos para caminar en el seguimiento de su Maestro. En la perícopa litúrgica, Jesús afronta diferentes temáticas. Empieza con la de la acogida: gestos pequeños y sencillos (cf. Mt 25,40) realizados en su nombre; es él, en efecto, quien llena de significado las acciones humanas, confiriéndoles un valor de eternidad (v. 41).

        Prosigue con la cuestión del escándalo: quien pone un obstáculo a aquellos que todavía son débiles en la fe, merece un castigo severo e infamante (v. 42). En los w. 43-47 asume Marcos un lenguaje paradójico, típico, por el radicalismo y por la dureza del juicio, de la mentalidad semítica. Sirve para indicar que -si es necesario es mejor sacrificar ciertos órganos vitales que adherirse al pecado e incurrir en la condena eterna simbolizada por la Gehena. Para confirmar todo esto (v. 48) aparece la cita bíblica tomada del profeta Isaías (Is 66,24).

        El tema del sacrificio de nosotros mismos a fin de preservarnos y purificarnos del pecado aparece también en los w. 49ss con las imágenes de la sal y del fuego. La sabiduría de Cristo que debe buscar el discípulo para dar sabor a todas sus acciones, el fuego del amor con el que debe abrasarse para poner su propia existencia al servicio de la comunión, pasan por el camino de la paradoja cristiana: perder para encontrar (cf. Mc 8,35).

 

MEDITATIO

        Los profetas, apoyados en la Palabra que les ha sido anunciada, tienen el valor de hacer resonar la voz de Dios en la historia. Son ellos quienes nos incitan, nos liberan de la indiferencia en el que caemos a menudo o en la que nos refugiamos. Su voz nos vuelve a llamar y nos hacen levantarnos de las cómodas poltronas de nuestro egoísmo para ponernos en movimiento. Todos los tiempos tienen necesidad de profetas que levanten la antorcha de la esperanza en medio de la oscuridad de la noche que nos rodea, que denuncien las injusticias, que ayuden a los pobres a levantar su grito hacia el cielo.

        Nosotros somos los primeros que necesitamos ser importunados, despertados de nuestro entorpecimiento, para mirar, no ya con nuestros ojos, sino con los de Dios. Los desafíos que marcan toda una época, como en la nuestra supone la globalización para los creyentes, están a la vista de todos: individuos y naciones. También el apóstol Santiago ve desigualdades entre ricos y pobres y se da cuenta del pecado de los primeros y de la grandeza de los otros. Gracias a la perspectiva divina conseguimos vislumbrar lo que permanece invisible a la lógica humana. Dios nos entrega su Palabra en su Hijo hecho carne y nos llama a ser profetas en nuestro tiempo. Dejémonos abrasar por esta Palabra para que nuestros gestos, hasta los más pequeños, sencillos y aparentemente insignificantes, sean realizados en su nombre, dejen su sello. Sólo de este modo dejaremos de ser los falsos profetas que escandalizan a los débiles, que ponen obstáculos en el camino de la Verdad. El Señor es el principio y el fin de nuestro vivir, es la verdadera riqueza de la existencia humana: decidámonos por él. Volvámonos a él para encontrar de nuevo la dimensión justa de las cosas, para liberarnos de nosotros mismos y de nuestros protagonismos, para tener el valor de ser coherentes, aunque ello exija algunas «amputaciones», por dolorosas que sean.

 

ORATIO

        Que tu Espíritu, Señor, ilumine nuestra historia, porque estamos confusos y ya no sabemos distinguir el bien del mal. El pecado se ha acumulado en nosotros y se ha convertido en nuestra riqueza, en el tesoro amontonado en las arcas de nuestro corazón. Que tu Espíritu, Señor, vuelva a arder en nosotros y vuelva a llevarnos a lo esencial; que nos dé unos ojos limpios, capaces de mirar lo creado y a las criaturas; que nos dé unas manos abiertas para acoger a los hermanos y compartir con ellos nuestro bienestar; que nos dé unos pies seguros para recorrer los caminos de la esperanza.

        Entonces también nosotros seremos tus profetas, los anunciadores de la vida nueva que lleva la marca de la sabiduría de tu Hijo.

 

CONTEMPLATIO

        Poseéis bienes que os garantizan la prosperidad para muchos años. No os limitéis a conservarlos. Hacedlos fructificar, para vosotros y para los demás.

        ¿De qué modo? Depositándolos en un lugar inaccesible a los ladrones: encerrándolos en el corazón de los pobres.

        He aquí vuestros cofres: los vientres de los hambrientos.

        He aquí vuestros graneros: las casas de las viudas.

        He aquí vuestros almacenes: las bocas de los huérfanos.

        Dios os concede la prosperidad para vencer vuestra avaricia o, dicho de otro modo, para condenarla.

        Por consiguiente, no tenéis justificación cuando empleáis sólo para vosotros lo que, a través de vosotros, ha querido dispensar Dios a su pueblo.

        Dice el profeta Oseas: «Sembrad semillas de justicia». Echad, pues, vuestras semillas en el corazón de los pobres. Llegados a este punto, quizás me opongáis esa objeción que se ha convertido en un lugar común: no es justo ayudar a los que están en la miseria, puesto que es voluntad de Dios que lo estén; su miseria es signo de que Dios los maldice. De ninguna manera. Los pobres no están malditos. Es justamente lo contrario. Exclama Jesús, en efecto: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». No es al pobre, sino al rico, a quien Dios maldice. Y esto es tan verdad que leemos en el libro de los Proverbios: «Maldito el que acapara el grano». Por otra parte, no os corresponde a vosotros distinguir entre los dignos y los indignos. El amor no acostumbra a juzgar los méritos, sino a proveer a las necesidades: ayuda al pobre sin mirar si es bueno o malo. Nos enseña el salmista: «Bienaventurado el que tiene la inteligencia del pobre y del débil». ¿Quién posee esa inteligencia? El que sufre junto al otro, el que comprende que el justo es su hermano (Ambrosio de Milán, «La viña de Nabot», en El buen uso del dinero, Desclée de Brouwer, Bilbao 1995, pp. 96-97).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si pierde su vida?» (Mc 8,36).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Señor, sálvame de la indiferencia, de esta anonimia de hombre adulto. Es el mal de que sufrimos sin tener conciencia de ello. [...]

        Ahora que la aparición de Cristo no conmueve a nadie, no infunde reverencia o terror, ahora pueden suceder otras cosas más monstruosas, y cada uno diría: «¿Ah sí? ¿Se ha aparecido el Señor?». Ahora podemos amontonar, robar, hacer violencia, y todos continuamos diciendo: «Así es el mundo, así es la vida». Ahora somos hombres sin remordimientos y sin pecados.

        Sin embargo, están los llantos de mi infancia por haber dicho una mentira a mi madre, el dolor por aquellos días en los que no conseguí ser bueno, el disgusto por haberme olvidado de las oraciones de la mañana y de la noche, y la turbación por un pensamiento impuro. Entonces no podía apacentar a mi rebaño en paz en tanto no te hubiera pedido perdón, Señor; no podía mirarme en el espejo de las fuentes, no conseguía mirar a la cara a los hermanos cuando comíamos en la mesa el poco y sabroso pan. Entonces el pobre, cuando venía a pedir un puñado de harina a la puerta, me hacía llorar; ahora, en cambio, decimos que también eso es una necesidad: «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Mt 26,11); de ahí que los soportemos hasta en las puertas de las iglesias, los domingos, cuando, por costumbre, asistimos a tu muerte. Ahora somos todos como el Epulón, con ese bajorrelieve de Lázaro en el umbral del palacio para dar relieve a  nuestra distinción (D. M. Turoldo, Pregare, Sotto ¡I Monte 1997, pp. 164 y l66ss).

 

 

Día 25

 Viernes de la semana VII del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Santiago 5,9-12

9 Hermanos, no os soliviantéis unos contra otros, para que no seáis condenados, pues el juez está ya a las puertas.

10 Tomad como modelo de constancia y sufrimiento a los profetas que hablaron en nombre del Señor.

11 No en vano proclamamos dichosos a los que han dado ejemplo de paciencia. En concreto, habéis oído hablar de la paciencia de Job y conocéis el desenlace al que le condujo el Señor, porque el Señor es compasivo y misericordioso.

12 Pero, sobre todo, hermanos, no juréis ni por el cielo ni por la tierra, ni hagáis ningún otro tipo de juramento. Que vuestro «sí» sea sí y vuestro «no» sea no, para no incurrir en condenación.

 

        *•• En la parte final de su carta (5,7-20), Santiago se dirige a todos los miembros de la comunidad icf w. 7.9.10.12.19) y les exhorta a vivir en el tiempo presente (cf. v. 7) de modo positivo y confiado icf. 9a. 12). Con su estilo conciso, aunque franco y decidido, fija su mirada de inmediato en aquello que es esencial y da sentido a la vida cristiana, la venida final del Señor: «el juez está ya a las puertas» (v. 9b). Para esta larga espera, durante la cual está llamado el cristiano a pasar por pruebas y adversidades, pone Santiago dos ejemplos del Antiguo Testamento: «los profetas» (v. 10) y «Job» (v. 11).

        Con la cita del Sal 103, 8, colocada como conclusión del v. 11, se nos confirma que así como el Señor no defraudó las expectativas de los que permanecieron fieles a la palabra que debían anunciar y de los que perseveraron en la fe, así tampoco frustrará las nuestras.

        Por último (v. 12), añade Santiago otra recomendación a la que había puesto en la apertura de nuestro fragmento: a fin de que la espera de la parusía sea un tiempo de serenidad y de edificación recíproca, invita a sus lectores a evitar, además de las murmuraciones, el juramento, retomando el texto de Mt 5,33-37: no hemos de dar garantía a nuestra palabra recurriendo a Dios, sino haciendo frente con empeño, seriedad, autenticidad y transparencia a nuestra vida, que no necesita muchos discursos.

 

Evangelio: Marcos 10,1-12

En aquel tiempo,

1 Jesús partió de aquel lugar y se fue a la región de Judea, a la otra orilla del Jordán. De nuevo la gente se fue congregando a su alrededor, y él, como tenía por costumbre, se puso también entonces a enseñarles.

2 Se acercaron unos fariseos y, para ponerle a prueba, le preguntaron si le era lícito al marido separarse de su mujer.

3 Jesús les respondió: - ¿Qué os mandó Moisés?

4 Ellos contestaron: - Moisés permitió escribir un certificado de divorcio y separarse de ella.

5 Jesús les dijo: - Moisés os dejó escrito ese precepto por vuestra incapacidad para entender.

6 Pero desde el principio Dios los creó varón y hembra.

7 Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer

8 y serán los dos uno solo. De manera que ya no son dos, sino uno solo.

9 Por tanto, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre.

10 Cuando regresaron a la casa, los discípulos le preguntaron sobre esto.

11 Él les dijo: - Si uno se separa de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera;

12 y si ella se separa de su marido y se casa con otro, comete adulterio.

 

        *•• En el centro de este pasaje del evangelio de Marcos figura la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio. La ambientación geográfica (v. 1) en la que la inserta el evangelista saca a la luz la continuidad de la instrucción de Jesús y también la revelación progresiva a los discípulos que perseveran en su seguimiento, a pesar de las dificultades de su naturaleza humana. Desde Cesárea de Filipo (8,27), suben Jesús y sus discípulos al elevado monte de la transfiguración (9,2), atraviesan Galilea (9,30), se detienen en Cafarnaún (9,33) y, finalmente, entran en Judea y pasan el Jordán. A la llegada a este territorio nos encontramos ante una controversia (v. 2) provocada por la diabólica pregunta planteada por los fariseos sobre la licitud del repudio o divorcio. Jesús, tal como acostumbra a hacer en estas ocasiones, pone una contrapregunta (v. 3), obligando a sus interlocutores a profundizar en el sentido de su objeción (v. 4).

        Las disposiciones de la ley mosaica (cf. Dt 24,1-4) no son una concesión benévola de Dios a su pueblo, como se creía en las escuelas rabínicas del tiempo. En realidad, revelan la ligereza con la que se practicaba el divorcio en el pueblo hebreo y la indigna situación en la que se encontraba la mujer repudiada, la cual, sin el certificado de divorcio, habría seguido siendo siempre «propiedad» del primer marido. El verdadero problema al que conduce Jesús a sus interlocutores es la incapacidad de amar (v. 5), que nos aleja del proyecto divino originario (w. 6ss). El hombre y la mujer llevan ambos en sí mismos la imagen del Dios que es amor y, aunque en medio de la diversidad, están llamados a ser una sola cosa en el matrimonio (v. 8). En el acto creador se descubre el auténtico sentido del amor y a nadie le está permitido romper la profunda unidad introducida por Dios en la naturaleza humana (v. 9).

        Las precisiones añadidas en privado a los discípulos (w. 10-12) confirman la enseñanza de Jesús sobre la cuestión ya discutida, con una adaptación al marco grecorromano. En este último, a diferencia del semítico (cf. Mt 5,32), también le estaba permitido a la mujer divorciarse del marido.

 

MEDITATIO

        La historia humana se desarrolla entre los dos grandes momentos de la creación y de la venida gloriosa de Jesús. Entre el comienzo y el cumplimiento del tiempo encontramos el sentido profundo de nuestro vivir: Dios, que nos llama y nos quiere en comunión con él. El tiempo presente, que, si vamos detrás de las sugerencias mediáticas imperantes, se nos presenta como el hoy absoluto, parece intentar cortarse del pasado, como si no le perteneciera, y no consigue proyectarse en un futuro posible, con lo que acaba replegándose sobre sí mismo de una manera estéril. La Palabra de Dios nos dice hoy algo preciso a este respecto. Nuestro tiempo es el tiempo de la paciencia, esto es, el de la expectativa laboriosa, confiada, segura de la venida del Señor. El nuestro es también el tiempo en el que damos cuerpo e historia a la «imagen y semejanza» divinas impresas en nosotros en el acto creador, mediante las cuales cada uno realiza el proyecto originario de comunión en la diversidad, de armonía en el amor.

        Al mismo tiempo, estamos llamados a palpitar con la vida misma del Dios Uno y Trino; el hombre y la mujer unidos en matrimonio son «sacramento», signo y realización posible de esa vida misma de Dios, dentro de los límites del lenguaje humano. ¿Cómo dar forma en el orden concreto de las relaciones cotidianas al proyecto originario de Dios sobre nosotros? El apóstol Santiago nos invita a vivir con transparencia, sin doblez ni ambigüedad, de tal modo que nuestras acciones sean creíbles por sí mismas. Y nos recuerda que hay un pasado del que podemos extraer indicaciones útiles para el presente; que el futuro no es una realidad desteñida, lejana, sino algo que se construye ya en el hoy y, en cierto modo, lo pregustamos ya. Es posible que en este tiempo de la «satisfacción inmediata», de los proyectos a corto y a cortísimo plazo, de la memoria evanescente, la Palabra que hoy nos presenta la liturgia sea, más que nunca, un faro luminoso para orientarnos en el camino.

 

ORATIO

        Bendito seas, Señor Dios: tú me recuerdas que vendrás a juzgar a los vivos y a los muertos, y esta perspectiva cambia mi relación con la vida. No estoy caminando sin meta: la mía eres tú. No he llegado aquí por casualidad: mi origen eres tú. Por consiguiente, eres tú, Señor mío, quien da sentido y sabor a las relaciones conmigo mismo y con los demás, unas relaciones sazonadas con sentimientos de afecto y amistad.

        Da vigor a mi voluntad -siempre frágil- de conocer tu proyecto originario para cada hombre y para cada mujer, ese proyecto de amor y de alegría que tu Palabra me revela y que ha tomado carne sin equívocos en Jesús. Y así sepa yo dar el justo valor a lo que es humano y capturar en mi tiempo fugaz fragmentos duraderos, reflejos de la eternidad.

 

CONTEMPLATIO

        Manten siempre delante de tus ojos el punto de partida. Conserva los resultados alcanzados. Lo que hagas, hazlo bien. No te detengas; antes bien, con carrera veloz y paso ligero, con pie firme, que ni siquiera permita al polvo retrasar la marcha, avanza confiado y alegre por el camino de la bienaventuranza que te has asegurado (Clara de Asís, "Lettere", en Fonti francescane, Padua 41996, 2288 [edición española: Escritos de santa Clara y documentos complementarios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1999]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que vuestro "sí" sea sí y vuestro "no" sea no» (Sant5,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La imagen primaria que tienen nuestros contemporáneos del tiempo no es una imagen serena. En la aldea global las esperas son brevísimas: asistimos a los acontecimientos en directo, el poder de los mandos a distancia se ha convertido en el signo de la satisfacción de lo inmediato. El imaginario  de todos, pequeños y adultos, está poblado de figuras de mil colores, aunque efímeras como un meteoro, ya sean las imágenes terribles de la guerra o las del papa cuando realiza un viaje apostólico, asociadas sin distinción de valor a los mensajes publicitarios. Si, por un lado, todo parece bajo control, por otro estos tiempos acelerados y segmentados son fuente de angustia y de amenaza para el hombre. El tiempo en el que vivimos se parece más que nunca al chronos del mito griego que devora a sus hijos, y nosotros nos reconocemos cada vez más en la figura del hombre proskairos del que habla la explicación de la parábola evangélica de la semilla (Mt 1 3,3-23): el hombre inconstante, el hombre de un momento, incapaz de ser constante, de perseverar, de construir una historia que no sea frustratoria e inconexo montón de episodios.

        Si pensamos, en cambio, que la experiencia de la fe necesita proceder de manera gradual, de acompañamiento, de una marcha progresiva, se vuelve aún más urgente una educación encaminada a adquirir aquellas virtudes que están particularmente ligadas al tiempo: la paciencia, la esperanza, la espera, la vigilancia, la perseverancia, entendidas como el arte de permanecer en el tiempo con la conciencia de que es la totalidad de la vida lo que hace de la existencia una obra maestra. [...]

        Me pregunto qué educación recibe nuestra gente para distinguir entre las promesas de Dios y los horóscopos que invaden cada día las páginas de los diarios y de las revistas. Los profetas de Israel nos han transmitido el gusto por las sorprendentes promesas de Dios, promesas que no pueden ser codificadas en el derecho canónico, aunque esperan de la Iglesia y de todos nosotros gestos valientes y libertad para ayudar al mundo de hoy a salir del círculo inexorable de un chronos que está devorando más que nunca a sus hijos (P. Ferrari, «ll mistero del tempo», en AA. W . , Un tempo di grazia. Quale futuro per la Chiesa?, Milán 2000, pp. 40ss, 44ss, 48ss).

 

 

Día 26

 Sábado de la semana VII del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 5,13-20

Queridos:

13 Si alguno de vosotros sufre, que ore; si está alegre, que entone himnos.

14 Si alguno de vosotros cae enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren sobre él y lo unjan con óleo en nombre del Señor.

15 La oración hecha con fe salvará al enfermo; el Señor le restablecerá y le serán perdonados los pecados que hubiera cometido.

16 Reconoced, pues, mutuamente vuestros pecados y orad unos por otros para que sanéis. Mucho puede la oración insistente del justo.

17 Elías, que era un hombre de nuestra misma condición, oró fervorosamente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses;

18 oró de nuevo, y el cielo dio la lluvia y la tierra produjo su fruto.

19 Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo convierte,

20 sepa que el que convierte a un pecador de su extravío se salvará de la muerte y obtendrá el perdón de muchos pecados.

 

        *» La perícopa de hoy constituye la conclusión de la Carta de Santiago. No contiene los acostumbrados saludos, como las cartas paulinas, y esto ha planteado siempre el problema del género literario de la obra; el pensamiento final es grandioso, aunque no se presenta como conclusivo. El autor, que tiene siempre presente el retorno escatológico del Señor (cf. 5,7-9), continúa exhortando sobre aspectos concretos de la vida común.

        El tema que une estos últimos versículos es la oración Santiago sostiene que no hay situación de nuestra vida que no pueda ir acompañada de la oración; en toda ocasión -sea alegre o triste-, podemos ponernos delante de Dios para elevarle gritos de súplica o cantos de alabanza y agradecimiento (v. 13).

        Descendiendo, después, al plano particular, toma en consideración en el v. 14 la enfermedad y exhorta a los que se encuentren en ese estado de postración y debilidad a no quedarse solos, sino a dirigirse a Dios y a los hermanos para recibir la fuerza necesaria. Los responsables de la comunidad, llamados a realizar plegarias y gestos concretos con la autoridad del Señor, son ejemplo de una práctica usada en la Iglesia primitiva. De esa práctica ha tomado la tradición cristiana, a continuación, el sacramento de la unción de los enfermos. La intervención de Dios, invocado confiadamente en la oración común, afecta al hombre en su totalidad (cuerpo y espíritu), lo vuelve a levantar de la enfermedad y también del pecado (v. 15). Santiago usa en este caso el mismo verbo de la resurrección de Cristo para subrayar que el Señor hace partícipe de su misma vida a quien se confía a él.

        En los versículos finales (w. 16-20) se retoman los temas ya indicados: remisión de los pecados, oración, curación. Señalemos la insistencia en el compartir, a la que se añaden asimismo otras actitudes, como la atención al otro, la reciprocidad, la corrección fraterna. Son todos ellos gestos indispensables para un camino comunitario que se convierte en camino de salvación para todos.

 

Evangelio: Marcos 10,13-16

En aquel tiempo,

10,13 llevaron unos niños a Jesús para que los tocara, pero los discípulos les regañaban.

14 Jesús, al verlo, se indignó y les dijo: - Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios.

15 Os aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él.

16 Y tomándolos en brazos, los bendecía, imponiéndoles las manos.

 

        *» El pasaje recuerda el episodio narrado antes por el mismo Marcos (cf. 9,36ss). Con estos gestos simbólicos fija Jesús la atención en algunas de las enseñanzas más radicales de todo el Evangelio, dirigidas a los que han decidido seguirle hasta Jerusalén.

        El cuadro que se presenta ante nuestros ojos es muy sencillo: llevan a Jesús algunos niños para que los bendiga (v. 13a). En una primera lectura sorprende que un hecho aparentemente normal engendre contrariedad entre los discípulos y una decidida toma de posición por parte de Jesús (w. 13b-14a). Todo ello sirve para orientar la atención hacia el punto más central de todo este pasaje evangélico (v. 14b): sólo quienes se confían ciegamente a Dios acogen la Buena Nueva del Reino.

        Jesús pone a los niños como ejemplo no por su inocencia o sencillez, sino por su total dependencia y disponibilidad; son pequeños y pobres, carecen de seguridades para defender, de privilegios para reclamar, lo esperan todo de sus padres. Así deben ser los que se pongan detrás de Cristo para seguirle (v. 15); el Reino no es una conquista personal, sino un don gratuito de Dios Padre que hemos de alcanzar sin pretensiones.

        En el marco cultural de Palestina, ni los niños pequeños ni las mujeres tenían valor; eran personas con las que no se perdía el tiempo. Esta mentalidad estaba también, probablemente, difundida entre los discípulos, pero Jesús se opone a ella. Con el gesto de cogerlos en brazos (v. 16) parece querer eliminar el Señor toda distancia, y con su misma vida se convierte en modelo de esta actitud de infancia espiritual: la ternura con la que se dirige al Padre llamándolo «Abbá», la total sumisión a su voluntad, el abandono en sus manos (cf. Me 14,36; Lc 24,46).

 

MEDITATIO

        El Reino de Dios es como el abrazo de Jesús (cf. Me 10,16), es Cristo mismo, el Hijo que nos permite ser hijos del Padre y hermanos entre nosotros. Es reino de libertad, justicia, acogida, paz, bendición, comunión..., todo lo que vemos en ese abrazo y necesita y anhela nuestro corazón. El Reino de Dios es una realidad que ya está presente en medio de nosotros, que tiene que ser acogida en la fe como si fuéramos niños, sin pensar en construirla con nuestras capacidades. El reino está aquí, pero ¿dónde están los niños? ¿Dónde están esos pequeños dispuestos a dejarse amar con un amor auténtico? ¿Acaso nos hemos convertido en adultos autosuficientes? ¿Acaso nos hemos construido un «reino» a nuestra medida con nuestras propias manos?

        La Palabra de Dios nos interroga; dejemos que resuene en nosotros: «De los que son como ellos es el Reino de Dios» (Mc 10,14), y aún: «Está llegando el Reino de Dios Convertios y creed en el Evangelio» (Mc 1,15), o bien: «El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3,3). Se trata de una palabra que nos pone al desnudo, que desenmascara los miedos recubiertos por el orgullo, pero no nos deja solos y desorientados en medio de un camino. Cristo se entrega a nosotros, adultos renacidos como niños, para hacernos sentir su presencia: vida verdadera que acoge y vuelve a levantar nuestra vida y cura nuestro corazón.

        Cristo está presente y nos indica un camino concreto de liberación a fin de que lo emprendamos personalmente para volver a encontrarnos entre sus brazos junto con muchos otros hermanos, pobres pecadores como nosotros, aunque confiadamente abandonados en ese abrazo.

 

ORATIO

        Señor, renacidos del agua y del Espíritu, nos encontramos en el abrazo de tu Iglesia. Éste que hemos recibido es un gran don, ayúdanos a custodiarlo sin apropiarnos de él.

        Concédenos poder dirigirnos a ti en todas las situaciones para saborear tu presencia: tanto en la sonrisa como en el llanto, tanto en el estupor como en el desconcierto, tanto en la soledad como en la compañía. Tú eres nuestro único refugio: custódianos entre tus brazos y gozaremos de tu paz. Y si llega a suceder que crecemos en nuestras falsas seguridades y nos alejamos de la verdad, ayúdanos a renacer de nuevo reconociéndonos menesterosos de tu misericordia y de la comunión contigo y con nuestros hermanos.

 

CONTEMPLATIO

        A Jesús le complace mostrarme el único camino que conduce a la hoguera divina, a saber: el abandono del niño que se adormece sin miedo entre los brazos de su Padre. «El que sea pequeño que venga acá» (Prov 9,4), ha dicho el Espíritu Santo por boca de Salomón, y este mismo Espíritu de amor ha dicho aún que «es a los pequeños a quienes se concede la misericordia» (Sab 6,7).

        ¡Ah!, si todas las almas endebles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña entre ellas, el alma de su Teresa, ninguna desesperaría de llegar a la cumbre de la montaña de amor, puesto que Jesús no pide grandes acciones, sino sólo el abandono y el reconocimiento.

        ¡Ah!, lo siento más que nunca, Jesús está sediento, no encuentra sino ingratos e indiferentes entre los discípulos del mundo, e incluso entre sus mismos discípulos encuentra pocos corazones que se abandonen a él sin reservas y comprendan la ternura de su amor infinito (Teresa del Niño Jesús, Gli scritti, Roma 1970, 230ss [edición española: Obras completas, Editorial Monte Carmelo, Burgos 1997]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Si alguno de vosotros sufre, que ore; si está alegre, que entone himnos» (Sant 5,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El niño pequeño, absolutamente arrebatado por su nuevo juguete, se sumerge por completo en su entretenimiento. Mientras juega, se identifica hasta tal punto con su papel que hasta se olvida de su padre y de su madre. De improviso, llega un enorme perro rabioso, ¿qué hará el niño? ¿Continuará su juego ignorando al perro y rechazando inconscientemente el peligro? ¿Se lanzará a una lucha furiosa contra el animal? ¿Intentará ponerse a salvo? En todos estos casos será devorado. Si, por el contrario, el niño toma conciencia del peligro desde el punto de vista objetivo: «El perro es enorme y yo soy pequeño», así como desde el punto de vista subjetivo: «Tengo miedo», entonces se dará  cuenta inmediatamente de que no está sólo y de que tiene un padre y una madre a los que pedir ayuda. [...] El primer paso de la fe es recordar que tenemos un Padre atento en el cielo y redescubrir, en la ternura de su abrazo, la presencia y la ayuda de los hermanos que viven a su lado. El niño que ha tomado conciencia del peligro no por ello está salvado ya: no sólo deberá ver el peligro, sino acogerlo. El pequeño aceptará acoger el peligro sólo porque sabe que su padre es más fuerte que el perro; deberá fiarse por completo de la intervención paterna. [...]

        Es fe auténtica aquella que, en la prueba, como María en el Calvario, no cree aue Dios permita el mal por falta de amor; si lo permite, es sólo para concedernos un bien superior, que aún no podemos ver y comprender. Esta esperanza sin límites es la condición más difícil de vivir del abandono. Si tenemos dificultades para practicar el abandono es porque no somos capaces de seguir esperando incluso cuando se ha perdido toda esperanza. [...] El niño que se ha dado cuenta del peligro desde el punto de vista objetivo y subjetivo, y lo ha hecho suyo aceptándolo, ¿qué hará ahora? Correrá a echarse en los brazos de su padre. Es la cumbre de la confianza y del amor. Lo mismo nos ocurre también a nosotros cuando nos confiamos a Dios. [...] Nuestra disponibilidad para confiarnos al Señor es lo que mide nuestro amor por El. [...] La cumbre del abandono será la ofrenda de todo nuestro ser: sin máscaras, desnudos y pobres frente al Señor, con nuestro fardo de miseria y de pecado. Este impulso del corazón calienta el alma y supone una fuerza irresistible. Es el Espíritu Santo que se apodera de nosotros. Es el amor que nos impulsa a dejarnos mecer confiados en la ternura divina (V. Sion, L'abbandono a Dio, Milán 31998, pp. 20-24, passim).

 

 

Día 27

  VIII domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 27,4-7

4 Si se agita la criba queda la cascarilla; en las palabras del hombre aparecen sus defectos.

5 El horno prueba los vasos del alfarero, la prueba del hombre es su conversación.

6 El fruto revela el cultivo de un árbol, y la palabra del hombre descubre su corazón.

7 Antes de oírlo hablar no alabes a nadie, porque ahí es donde se prueba un hombre.

 

*»• El texto del libro del Eclesiástico o Sirácida, rico en sabiduría humana, nos ayuda a reflexionar sobre el modo de conocer a los hombres y el modo de evaluar sus comportamientos y su conducta de vida, sin excluir el conocimiento de nosotros mismos. El hombre manifiesta, en efecto, su verdadera identidad a través de su acción y su palabra. Este pasaje bíblico, de estilo gnómico, nos ofrece así criterios muy válidos sobre este punto a través de imágenes simbólicas cargadas de significado: la de la criba, la del horno y la del árbol frutal.

Como la criba separa el grano de la cascarilla, así la bondad y la maldad de los hombres se manifiestan en sus reflexiones y en sus palabras. Del mismo modo que las imperfecciones y escorias se pueden controlar en el momento en que se elaboran en el horno, así las intenciones secretas y las pasiones humanas se revelan en la discusión apasionada. Por último, así como la calidad del árbol se reconoce en sus frutos, también los pensamientos escondidos y las orientaciones vitales del hombre salen a la luz por las palabras y las acciones. En conclusión, para conocer bien al hombre es menester evaluar primero su modo de hablar, su modo de pensar y su modo de obrar, sin excluir nunca una justa dosis de prudencia, porque la vida íntima y secreta de cada uno sólo Dios la conoce perfectamente.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 15,54-58

Hermanos:

54 Y cuando este ser corruptible se vista de incorruptibilidad y este ser mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que dice la Escritura: La muerte ha sido vencida.

55 ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

56 El aguijón de la muerte es el pecado, y el pecado ha desplegado su fuerza con ocasión de la ley.

57 Pero nosotros hemos de dar gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

58 Por tanto, hermanos míos queridos, manteneos firmes e inconmovibles; trabajad sin descanso en la obra del Señor, sabiendo que el Señor no dejará sin recompensa vuestra fatiga.

 

**• Tras haber ahondado con distintos argumentos en el tema de la resurrección de Cristo y en el de nuestra resurrección, Pablo nos lleva al centro de su reflexión: la victoria de Cristo sobre la muerte y sobre el pecado. Sabemos que Jesús ya ha resucitado, pero todavía está en lucha con el pecado del mundo y con la muerte. Con todo, es cierto que, al final, las potencias del mal y de la muerte serán derrotadas y Cristo podrá entregar así su reino al Padre. La que nos presenta aquí es una visión de gran esperanza, que implica a cada creyente particular y a toda la Iglesia. A saber: Cristo resucitado, en su triunfo sobre la muerte, no ha querido permanecer solo, sino que ha compartido su «secreto» con la Iglesia, invitándola a vencer -en solidaridad con toda la humanidad- el mal en todas sus formas: el odio, el miedo y la muerte.

Por eso exhorta el apóstol a todos los creyentes con estas palabras: «Manteneos firmes e inconmovibles; trabajad sin descanso en la obra del Señor» (v. 58), porque está plenamente convencido de que ninguna fatiga humana en este campo es vana, y la esperanza de la resurrección es un punto de apoyo de nuestra fe cristiana. La lucha que el cristiano debe entablar con el mal podrá traer consigo a veces pérdidas dolorosas, pero la certeza de la victoria final sobre la muerte y sobre el pecado es, para nosotros, una realidad cierta y anticipada ya ahora en la persona de Cristo.

 

Evangelio: Lucas 6,39-45

En aquel tiempo, Jesús

39 les puso también esta parábola: -¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?

40 El discípulo no es más que su maestro, pero el discípulo bien formado será como su maestro.

41 ¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo?

42 ¿Y cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que te saque la mota que tienes en el ojo», cuando no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces verás bien para sacar la mota del ojo de tu hermano.

43 No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno.

44 Cada árbol se conoce por sus frutos. Porque de los espinos no se recogen higos, ni de las zarzas se vendimian racimos.

45 El hombre bueno saca el bien del buen tesoro de su corazón, y el malo de su mal corazón saca lo malo. Porque de la abundancia del corazón habla su boca.

 

*» El texto evangélico saca a la luz, y lo hace con parábolas, la conducta de quienes se ponen como guías de sus propios hermanos. La enseñanza de Jesús emplea fuertes contrastes y se dirige a sus oyentes para ponerles en guardia contra el peligro de la presunción que conduce a la ruina, precisamente a ejemplo de los fariseos, que, en materia de presunción, no tenían rivales.

Jesús dirige estas palabras a los discípulos: se trata de una parábola -escribe Lucas- que, ciertamente, no tiene necesidad de explicaciones, porque desmantela de modo claro una posible actitud interior en quien ejerce un ministerio de guía respecto a sus hermanos.

A contraluz emerge una apremiante invitación de Jesús a la humildad, a la verdadera humildad, gracias a la cual los que son guías no se ponen a juzgar a sus hermanos, sino que, a lo sumo, se exponen de manera voluntaria a la corrección fraterna recíproca. Del discurso parabólico pasa Jesús, de una manera gradual, a otro orientado más bien a la proposición: «El discípulo no es más que su maestro», y a otro provocador: «Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano... cómo puedes decir a tu hermano... Hipócrita» (w. 41ss), iluminado, finalmente, por el contraste entre el «árbol bueno» y el «árbol malo» (v. 43).

La intención de Jesús es suscitar actitudes de vida comunitaria en aquellos a quienes confía su Evangelio, esto es, su propuesta de vida nueva. No se da una verdadera espiritualidad cristiana más que a través de la práctica de los mandamientos y, más aún, a través de la adhesión total a la novedad evangélica. La enseñanza de Jesús se dirige, por consiguiente, del corazón a los hechos exteriores, y de éstos a lo íntimo del corazón, es decir, que la conducta exterior debe coincidir con la intención interior, que procede de un corazón renovado y bueno.

 

MEDITATIO

La comparación del árbol y sus frutos es un hilo conductor que atraviesa las lecturas de hoy, incluido el salmo responsorial. Está presente también muchas otras veces en la Biblia, empezando por el árbol de la vida y de la muerte (Gn 2,16ss; 3,1-24). En realidad, en ellas es el corazón del hombre el que transforma el árbol «del conocimiento del bien y del mal», que de por sí es fuente de vida, en un árbol de muerte. En el evangelio de hoy Jesús enlaza ambos temas, a fin de hacernos entender que sólo quien tiene un corazón bueno puede ser el árbol bueno que produce frutos buenos.

Es notable la insistencia de Jesús en la necesidad de apuntar a la interioridad del hombre, o sea, a su corazón, y superar la mera exterioridad, típica de los fariseos, que él denuncia con frecuencia (Mt 5,20; 12,2-7; 15,1-20; 23,2-8; etc.). Es, efectivamente, en el corazón, entendido en sentido bíblico, donde se engendran, según Jesús, las decisiones más profundas del hombre, esas que determinan la orientación radical de la vida.

Si esta orientación está profundamente arraigada en Dios y en su Palabra, no puede producir más que frutos buenos. El corazón se convierte así en la fuente de la que brotan las actitudes, las palabras y las acciones verdaderamente «buenas». San Agustín había comprendido bien esta orientación evangélica cuando escribió: «Ama y haz lo que quieras». De un corazón que ama en serio, es decir, que quiere verdaderamente el bien, no puede brotar, efectivamente, más que el bien. «Allí donde está tu tesoro, allí está también tu corazón », gritó Jesús a los cuatro vientos en su sermón del monte (Mt 6,21). Su corazón estaba ciertamente en Dios y en su magno proyecto de amor en favor de los hombres. Por eso fue Jesús el árbol bueno por excelencia, el que produjo los mejores frutos de vida para sí y para toda la humanidad. Hemos de preguntarnos si también nuestro corazón está donde el suyo y no en otra parte, en las mi cosas exteriores de la vida. Si hacemos nuestro su mismo tesoro, nuestra fatiga, a buen seguro, no será vana, según el deseo de Pablo (1 Cor 15,58), porque produciremos los mismos frutos que él produjo.

 

ORATIO

Me gustaría, Señor Jesús, tener un corazón como el tuyo, lleno por completo de tu Evangelio. Me gustaría que lo que te fascinó hasta polarizar todas tus energías y todo tu ser también me fascinara a mí. Quisiera ser como el hombre del que habla la parábola, que, tras descubrir un tesoro en el campo mientras araba, por la alegría que le produjo vendió todo lo que tenía y compró aquel campo (Mt 13,44ss).

Por desgracia, mi corazón se siente atraído con frecuencia por mil otras cosas que le seducen y le engañan. A veces se pierde y acaba por vaciarse. O bien se aferra a las vacías cosas exteriores del mundo de las apariencias. Sus frutos son entonces amargos con la amargura de la muerte. Como David después de su extravío, también yo te suplico hoy: «Crea en mí, Señor, un corazón puro» (Sal 50,12). Si se vuelve puro, indiviso, sólidamente anclado en ti y en tu Evangelio, también yo seré un árbol bueno que dará buenos frutos.

 

CONTEMPLATIO

Como podemos constatar, Jesús no prohíbe juzgar en un sentido absoluto: lo que nos ordena, más bien, es que quitemos antes la viga de nuestro ojo para corregir después los errores de nuestro hermano. Es evidente, en efecto, que cada uno de nosotros conoce mejor las condiciones en que él se encuentra que las de los otros; es cierto, además, que cada uno de nosotros ve mejor las cosas más grandes que las más pequeñas y se ama más a sí mismo que al otro. Si por solicitud haces esto, ten cuidado primero de ti mismo, allí donde es más visible y más grande el pecado. Si, en cambio, te olvidas de ti mismo, es evidente que juzgas a tu hermano no tanto porque te lo tomas a pecho, sino porque sientes aversión hacia él y quieres deshonrarlo. No sólo no quitas la viga que hay en tu ojo, sino que ni siquiera consigues verla, mientras que no sólo ves la mota en el ojo de tu hermano, sino que la examinas y pretendes quitársela.

En suma, el Señor nos ordena con este precepto que quien esté cargado de culpas no debe erigirse en juez severo de los otros, sobre todo cuando las culpas de éstos son desdeñables. No es que prohíba de una manera genérica juzgar y corregir, sino que nos prohíbe descuidar nuestras culpas y pasarlas por alto para acusar con rigor a los otros. Obrar así sólo puede aumentar nuestra maldad, haciéndonos doblemente culpables. Quien, por hábito, olvida sus propias culpas, aun cuando sean grandes, y se preocupa, en cambio, de buscar y criticar con aspereza las de los otros, aunque sean pequeñas y leves, se perjudica de dos modos: en primer lugar, porque descuida y minimiza sus propios pecados; a continuación, porque atrae enemistad y odio sobre todos con sus juicios insolentes, y cada día se vuelve más inhumano y cruel (Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de Mateo XXIII, 2, passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Señor es luz, y esto será para nosotros un medio incomparable para un encuentro más íntimo con él. Una cosa es segura, y es que el amor de Dios somete nuestro corazón a dura prueba. Para que nuestro corazón se vuelva capaz de este amor, es necesario que Cristo lo convierta de manera incesante. Durante esa conversión, que tal vez dure hasta el final de nuestra vida, deberemos sufrir unas veces por mezquindades, otras por parcialidad, otras por errores de nuestro amor.

Y tierno es el corazón capaz de misericordia con todos los hombres, incluidos también nosotros. La ternura «bautizada» sigue siendo ternura y se convierte en misericordia. Jesús es totalmente esta ternura; es la ternura con todo lo que es bello y bueno, por ser creación de Dios; pero, al mismo tiempo, es misericordia, a saber: un corazón que conoce la miseria de los esplendores creados..., enfermos de pecado, devastados por el mal. Es menester que nunca tengamos que reprocharnos a nosotros mismos una firmeza que no esté «redoblada» por un verdadero calor del corazón y por una caridad exigente. Arriémonos los unos a los otros en nuestra pobreza, dentro de nuestros límites: éstos son el signo visible de las misericordias de Dios con nosotros. Esta es la fe en espíritu y en verdad. Pensemos que todos nosotros somos pobres y que el Señor ama a los pobres, y que nosotros le amamos precisamente a él en los pobres. Esta sensación interior de nuestra miseria y de la misericordia omnipotente, para ser verdadera, debe ir acompañada de nuestra disposición exterior de personas que han sido ampliamente perdonadas y a las que, un día u otro, se les ha pedido que perdonen ellas un poquito. Se trata de asumir ante los otros la actitud que asumimos ante Dios. Y eso simplemente porque no somos otra cosa entre nosotros más que pecadores entre otros pecadores, hombres y mujeres perdonados en medio de otros hombres y mujeres perdonados (M. Delbrél, Indivisibile amore,Cásale Monf. 1994, pp. 100-102, passim).

 

 

Día 28

  Lunes de la VIII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Pedro 1,3-9

3 Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia, a través de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho renacer para una esperanza viva,

4 para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable. Una herencia reservada en los cielos para vosotros,

5 a quienes el poder de Dios guarda mediante la fe para una salvación que ha de manifestarse en el momento final.

6 Por ello vivís alegres, aunque un poco afligidos ahora, es cierto, a causa de tantas pruebas.

7 Pero así la autenticidad de vuestra fe -más valiosa que el oro, que es caduco, aunque sea acrisolado por el fuego- será motivo de alabanza, gloria y honor el día en que se manifieste Jesucristo.

8 Todavía no lo habéis visto, pero lo amáis; sin verlo, creéis en él y os alegráis con un gozo inefable y radiante;

9 así alcanzaréis vuestra salvación, que es el objetivo de la fe.

 

*• El anuncio del apóstol al pueblo de Dios que vive en las pequeñas comunidades elegidas está inscrito en un admirable himno de bendición. En él se enlaza la revelación de la regeneración de la humanidad, llevada a cabo en la resurrección de Jesucristo, con el «todavía no» de la plena manifestación de la misma y del carácter del tiempo que transcurre entre el «ya» de la salvación y el «todavía no» de la manifestación de la misma. La «-herencia reservada en los cielos» (v. 4) es la meta de la nueva esperanza. En virtud de ella, las personas que se han fortalecido por la fe perseveran haciendo el bien (cf 4,19) y, tanto en la alegría como en el dolor, dan un bello testimonio de Cristo.

La fe nos hace entrar en el ámbito del Dios omnipotente. Él protege, consolida (cf. 5,9) y sostiene en la batalla a las personas encaminadas a la salvación, a la manifestación del Señor de la gloria (1,9). El nexo de continuidad y la distinción entre la regeneración ya acaecida y presente ahora como herencia en Cristo glorioso, y la manifestación que tendrá lugar cuando él se manifieste es lo que vertebra el tiempo de la fe. Su característica es la falta de visión, entretejida de esperanza en la caridad. Amar y creer sin ver es un camino que lleva a la purificación de la fe y del amor, y no sólo en el plano personal y comunitario. No se trata de un proceso indoloro. Lo podemos comparar con el del oro que, acrisolado por el fuego, queda libre de las escorias (cf. v. 7). El Jesús de la gloria resplandecerá en la gloria del pueblo que el Padre reúne en él, y éste experimentará en plenitud la misericordia cuando sea alabanza, gloria y honor en Jesús glorificado. La tensión escatológica estructura en su raíz el camino de la fe en sus dinamismos, agudiza la nostalgia y la imploración de la manifestación, y persevera en la imploración y en la confianza.

 

Evangelio: Marcos 10,17-27

En aquel tiempo,

17 cuando iba a ponerse en camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: - Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?

18 Jesús le contestó: - ¿Por qué me llamas «bueno»? Sólo Dios es bueno.

19 Ya conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.

20 Él replicó: - Maestro, todo eso lo he cumplido desde joven.

21 Jesús le miró fijamente con cariño y le dijo: - Una cosa te falta: vete, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.

22 Ante estas palabras, él frunció el ceño y se marchó todo triste, porque poseía muchos bienes.

23 Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: - ¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!

24 Los discípulos se quedaron asombrados ante estas palabras. Pero Jesús insistió: - Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios!

25 Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.

26 Ellos se asombraron todavía más y decían entre sí: - Entonces, ¿quién podrá salvarse?

27 Jesús les miró y les dijo: - Para los hombres, es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible.

 

**• El diálogo entre Jesús y el rico, así como la reflexión sobre el alcance del mismo, aparece en los tres sinópticos; de ellos, es Marcos el que presenta más detalles.

Dice que el rico se acerca corriendo a Jesús y se arrodilla ante él en señal de reverencia y respeto (v. 17). Al final nos proporciona algunos detalles sobre la reacción de Jesús a las palabras del rico: fija en él su mirada, le ama, le habla (v. 21). Recoge también la reacción del rico: «frunció el ceño y se marchó todo triste» (v. 22). Jesús va de camino hacia Jerusalén. La pregunta que le dirigen es seria. Centra el nexo entre el obrar orientado por la ley del Señor y la vida eterna (cf. Para un contexto diferente Lc 10,29), entre el reconocimiento de la bondad de Dios y la calidad de las relaciones interhumanas.

La relación de los preceptos negativos del Decálogo, además del honor debido a los padres, está hecha de modo que haga resaltar que los mandamientos están ordenados para liberar de los obstáculos que nos impiden centrar en Dios el corazón y los afectos, que nos impiden tender a él, fin de todos y cada uno de los preceptos.

Observar las «Diez palabras» es querer que Dios sea Dios en cada uno de los fieles y en el pueblo con el que ha estipulado la alianza. No hay que dejarse dominar por las riquezas, por los bienes, por las prerrogativas que les acompañan: poder, explotación, relaciones selectivas. No convertirse en esclavos de las pasiones, de los ídolos (1 Cor 8,36ss), es amar al Padre por encima de todas las cosas, y al prójimo en el amor al Padre.

Quien se limita a no transgredir los preceptos de la Torá no se deja guiar por ellos en la liberación de los obstáculos que nos impiden obedecer al Padre, que nos atrae a Cristo para ser en él testigos de su misericordia.

Cuando Jesús reflexiona con los apóstoles sobre lo que ha pasado, más que poner de relieve la experiencia de la distancia subrayada por el proverbio entre el dicho y el hecho, entre las buenas aspiraciones y las rémoras de la vida, revela que la conversión del corazón, la fuente del orden en las relaciones humanas, sólo es posible a través de la docilidad a la iniciativa del Padre que -sólo él- engendra para la vida divina, que acoge en su vida. No se deja acoger en ella quien tiene el corazón ocupado por los bienes, unos bienes que no nos han sido dados para sustraernos al seguimiento de Cristo.

 

MEDITATIO

«Ven y Sígueme», le dice Jesús al rico. «Elegidos para obedecer a Jesús y dejamos rociar por su sangre», nos revela su apóstol. Jesús, a quien el Padre le pide obediencia, es quien nos alimenta con su sangre y nos pide que le sigamos para que se cumpla el designio del Padre.

Ese designio, llevado a cabo en su persona, avanza ahora precisamente hacia el cumplimiento en su cuerpo místico, en la Iglesia peregrina sobre la tierra hasta su vuelta. Seguirle es caminar en él en medio de la comunidad de salvación vivificada por su Espíritu. Querer seguir a Jesús de verdad es discernir el Camino por el que marcha el pueblo, dar nuestro asentimiento a los que han sido designados para certificar el rumbo y las exigencias concretas, aprender a trabajar y colaborar en el proyecto común, capacitarme para hacer converger en el bien común los dones de la naturaleza y de la gracia con los que me he enriquecido. Nadie vive para sí mismo y nadie muere para sí mismo. El seguimiento implica la fe en Cristo, «pastor» invisible de su grey (1 Pe 5,4), la docilidad para caminar juntos.

Obedecerle es alimentarse con su sangre, que recibimos en la Iglesia, y perseverar con fidelidad en la participación en la misión común. La riqueza del creyente es Jesús. Lo que nos aparta de él o nos hace perezosos y desatentos para morar en él se convierte en un obstáculo que la fuerza de la fe permite superar.

 

ORATIO

Tu Palabra, Señor, es la verdad. Envía tu Espíritu para que me ilumine y pueda acogerla tal como tú la dices, para que pueda seguirte a tu modo y no al mío. Tú pides que te siga en tu cuerpo místico. La resistencia, explícita o escondida, que le opongo es grande. Todo me lleva a aislarme, a pensar en los intereses de mi salvación en unos contextos en los que parece que nadie se preocupa de ti, en ambientes donde los parámetros de las valoraciones y de las opciones son muy selectivos y muy interesados. Me pides que vaya a tu encuentro en estos contextos y en estos ambientes, pero yo siento la tentación de aislarme de todo, de encerrarme en mí mismo y en la realización de mis proyectos de vida. Me encuentro habitado por la murmuración interna, por el juicio, por la severidad, por la condena. Hasta en la misma oración hablo de mí y no te escucho a ti, no fijo la mirada en tu rostro.

Tu Palabra me confirma que sólo en el crisol de la tribulación se libera la fe en ti de la tendencia a darse apoyos que la sostengan y que son diferentes a los que tú das a los que llevan a su cumplimiento tu pasión. Convierte, pues, mi corazón y mi mente. Deseo amarte como tú quieres, permanecer en tu amor por el Padre y por la humanidad que él ama. Manténme en tu amor.

 

CONTEMPLATIO

Toda nuestra vida presente debe discurrir en la alabanza de Dios, porque en ella consistirá la alegría sempiterna de la vida futura, y nadie puede hacerse idóneo de la vida futura si no se ejercita ahora en esta alabanza. Ahora, alabamos a Dios, pero también le rogamos. Nuestra alabanza incluye la alegría, la oración, el gemido. Es que se nos ha prometido algo que todavía no poseemos, y, porque es veraz el que lo ha prometido, nos alegramos por la esperanza; mas, porque todavía no lo poseemos, gemimos por el deseo. Es cosa buena perseverar en este deseo hasta que llegue lo prometido; entonces cesará el gemido y subsistirá únicamente la alabanza.

Por razón de estos dos tiempos -uno, el presente, que se desarrolla en medio de las pruebas y tribulaciones de esta vida, y el otro, el futuro, en el que gozaremos de la seguridad y alegría perpetuas-, se ha instituido la celebración de un doble tiempo, el de antes y el de después de Pascua. El que precede a la Pascua significa las tribulaciones que en esta vida pasamos; el que celebramos ahora, después de Pascua, significa la felicidad que luego poseeremos. Por tanto, antes de Pascua celebramos lo mismo que ahora vivimos; después de Pascua celebramos y significamos lo que aún no poseemos. Por esto, en aquel primer tiempo nos ejercitamos en ayunos y oraciones; en el segundo, el que ahora celebramos, descansamos de los ayunos y lo empleamos todo en la alabanza. Esto significa el Aleluya que cantamos (Agustín de Hipona, Enarraciones sobre los salmos 148, lss; en CCL 40, 2.165ss [edición española: Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1967, 4 vols.]; tomado de la Liturgia de las horas, volumen II, Coeditores Litúrgicos, Madrid 1993, pp. 736-737).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «A través de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho renacer» (cf. 1 Pe 1,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Partir no es devorar kilómetros, atravesar los mares, volar a velocidades supersónicas. Partir es ante todo abrirnos a los otros, descubrirlos, salir a su encuentro. Abrirnos a las ideas, incluidas las contrarias a las nuestras, significa tener el aliento de un buen caminante. Dichoso el que comprende y vive este pensamiento: «Si no estás de acuerdo conmigo, me enriqueces». Tener junto a nosotros a un hombre que siempre está de acuerdo de manera incondicional no es tener un compañero, sino una sombra. Es posible viajar solo. Pero un buen caminante sabe que el gran viaje es el de la vida, y éste exige compañeros. Bienaventurado quien se siente eternamente viajero y ve en cada prójimo un compañero deseado. Un buen caminante se preocupa de los compañeros desanimados y cansados. Intuye el momento en que empiezan a desesperar. Los recoge donde los encuentra. Los escucha. Y con inteligencia y delicadeza, pero sobre todo con amor, vuelve a darles ánimos y gusto por el camino.

Ir hacia adelante sólo por ir hacia adelante no es verdaderamente caminar. Caminar es ir hacia alguna parte, es prever la llegada, el desembarco. Ahora bien, hay caminos y caminos. Para las minorías abrahánicas, partir es ponerse en marcha y ayudar a los otros a emprender con nosotros la misma marcha a fin de construir un mundo más justo y más humano (H. Cámara, La sequela come partenza e affidamente).