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LECTIO DIVINA JULIO DE 2022

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Viernes de la XIII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Amos 8,4-6.9-12

4 Escuchad esto, los que aplastáis al pobre y tratáis de eliminar a la gente humilde,

5 vosotros, que decís: «¿Cuándo pasará la luna nueva, para poder vender el trigo; el sábado, para dar salida al grano? Disminuiremos la medida, aumentaremos el precio y falsearemos las balanzas para robar;

6 compraremos al desvalido por dinero, y al pobre por un par de sandalias; venderemos hasta el salvado del trigo».

9 Aquel día, oráculo del Señor, haré que el sol se ponga a mediodía, y en pleno día cubriré la tierra de tinieblas.

10 Convertiré en duelo vuestras fiestas, y en lamentaciones vuestros cánticos; haré que os vistáis de sayal, y que toda cabeza sea rapada. Será un duelo como por el hijo único, y todo acabará en amargura.

11 Vienen días, oráculo del Señor, en que yo enviaré el hambre a este país, no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor.

12 Irán tambaleándose de mar a mar, del norte al este andarán errantes, buscando la Palabra del Señor, y no la encontrarán.

 

**• La primera parte del fragmento del profeta dibuja el cuadro de las «prioridades» de aquellos que, pecando, aplastan al pobre y tratan de eliminar a los humildes.

Mediante un discurso directo -como para referir sus propios pensamientos- se retrata toda una mentalidad, toda una orientación de vida. Es central aquí la revuelta contra la medida mensual y semanal del tiempo, que obstaculiza su comercio y se convierte asimismo en oportunidad de fraude.

La segunda parte elabora la reacción del Señor a esta infidelidad con la alianza concluida con él. La puesta del sol a mediodía constituye el gran signo del «día del Señor», en que dominará el duelo y en el que, no obstante, la «pena» más grave será la «extinción de la profecía », la de una insaciable hambre y sed de la Palabra de Dios. La retirada de Dios del mundo, como la luz de la tierra, será el desenlace de los que errarán sin meta, «buscando la Palabra del Señor, y no la encontrarán» (v. 12b).

 

Evangelio: Mateo 9,9-13

En aquel tiempo,

9 cuando se marchaba de allí, vio Jesús a un hombre que se llamaba Mateo, sentado en la oficina de impuestos, y le dijo: -Sígueme. El se levantó y le siguió.

10 Después, mientras Jesús estaba sentado a la mesa en casa de Mateo, muchos publícanos y pecadores vinieron y se sentaron con él y sus discípulos.

11 Al verlo, los fariseos preguntaban a sus discípulos: -¿Por qué come vuestro maestro con los publícanos y los pecadores?

12 Les oyó Jesús y les dijo: -No necesitan médico los sanos, sino los enfermos.

13 Entended lo que significa: misericordia quiero y no sacrificios; yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

 

**• La probable unificación de dos relatos originariamente diferentes asume en el evangelio de Mateo la fuerza de una catequesis sobre el pecado y sobre la reconciliación.

El primero se centra en la vocación del pecador-recaudador Mateo, llamado por Jesús (esto es ya algo sorprendente), que se determina a seguirle (lo que es aún más inconcebible). El segundo confirma esta relación entre Jesús y los pecadores en la modalidad de la comida. Jesús anuncia la misericordia, que es el elemento eminente que se encuentra por encima incluso de algo que se observaba con mayor asiduidad en el plano religioso, precisamente el sacrificio. La interpretación de la cita de Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificios» no debe ser exacerbada y radicalizada, puesto que corresponde asimismo, desde el punto de vista literario, a una superioridad que se expresa en forma de contraposición: para expresar el primado de la misericordia sobre el sacrificio, se niega el segundo con la primera.

 

MEDITATIO

Tener hambre y sed no de pan y agua, sino de la Palabra del Señor constituye la gran experiencia de los profetas, y también del profeta que hay en cada cristiano.

«No sólo de pan vive el hombre», dice Jesús cuando es tentado en el desierto. La verdadera tentación para el hombre es la pérdida de la percepción del hambre de la Palabra que le hace vivir, por encima del hambre del pan que lo alimenta. Sin embargo, el castigo sobre Israel procede de un pecado que podríamos definir como «reducción del tiempo» (el novilunio, el sábado) para cálculos oportunistas y personales, como ocasión para concluir negocios, para obtener beneficios inmediatos.

«Convertiré en duelo vuestras fiestas, y en lamentaciones vuestros cánticos»: no tiene que hacer gran cosa el Señor para infligir este castigo. El hombre obtiene por sí mismo su propio castigo. Pierde el sentido del tiempo como amor y misericordia y lo recupera, sin embargo, en la «comida con los pecadores», en el compartir la necesidad de perdón que le abre a la salvación y a la dicha.

 

ORATIO

Haz, Señor, que, cuando nos acerquemos a tu mesa, nos acordemos siempre de nuestra doble vestimenta: nosotros te acogemos como huésped nuestro para que tú nos acojas como huéspedes tuyos. Sólo así, a través de este misterio de comunión, que es superación del pecado y don de salvación, podremos evitar que nuestro culto se trueque en lamento, en un cumplimiento vacío o en una repetición enajenadora.

Que tu Palabra y tu sangre, oh Jesús, nos vuelvan raudos al designio que has preparado para nosotros: tú has realizado ya lo que nosotros tenemos aún por delante como tarea, pero nos acompañas –eternamente solidario- también en nuestro trabajo cotidiano.

Haz que podamos descubrir siempre en nuestra tarea tu don.

 

CONTEMPLATIO

Si deseamos interpretar más a fondo este episodio, diremos que Mateo no sólo ofrece al Señor de la tierra un banquete material en su casa, sino que le prepara un banquete mucho más agradable en su morada interior

gracias a la fe y al amor, según lo que el mismo Cristo ha dicho: «-Mira que estoy llamando a la puerta.

Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). El Señor está en la puerta y llama cuando infunde en nuestro corazón la llamada de su voluntad, tanto a través de la palabra de un doctor como por inspiración directa [...].

Entra para sentarse a la mesa, él con nosotros y nosotros con él (Beda el Venerable, Homilías sobre el evangelio, I, 21).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Por qué come vuestro maestro con los publícanos y los pecadores?» (Mt 9,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El hambre es mi lugar nativo en la tierra de las pasiones. Hambre de comunión, hambre de rectitud; comunión basada en la rectitud, y rectitud alcanzada a través de la comunión.

Sólo la vida podrá responder a las preguntas planteadas por la vida. Esta hambre se sacia sólo plasmando la vida de modo que mi individualidad sea un puente hacia los otros, una piedra en el edificio de la rectitud. No nos hemos de temer a nosotros mismos, sino vivir nuestra propia individualidad de manera acabada, buscando el bien. No hemos de seguir a los otros para adquirir la comunión, no hemos de erigir las convenciones en leyes en vez de vivir la rectitud. Libre y responsable.

Sólo uno fue creado así, y si nos traiciona, su contribución faltará eternamente (D. Hammerskjold, Tracce di cammino, Milán 1997, p. 77).

 

 

Día 2

Sábado de la XIII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Amos 9,11-15

Así dice el Señor:

11 Aquel día, levantaré la choza caída de David; repararé sus brechas, levantaré sus ruinas y la reconstruiré como en los tiempos antiguos,

12 para que conquisten el resto de Edom y todas las naciones en las que se invoca mi nombre. Oráculo del Señor, que cumplirá todo esto.

13 Vienen días, oráculo del Señor, en los cuales el que ara pisará los talones al segador, y el que vendimia al sembrador. Los montes harán correr el mosto, y destilarán todos los collados.

14 Yo cambiaré la suerte de mi pueblo Israel: reconstruirán las ciudades devastadas y vivirán en ellas, plantarán viñas y beberán su vino, cultivarán huertas y comerán sus frutos.

15 Yo los plantaré en su tierra, y nunca más serán arrancados de la tierra que yo les di, dice el Señor tu Dios.

 

**• El libro de Amos se cierra con estos versículos cargados de esperanza y de promesas, muy diferentes del tono áspero y severo que atraviesa el resto del libro.

Dios agracia, perdona y rescata a Israel; prepara un día que será de plena reconciliación, de verdadera paz, de profunda armonía. La restauración de Israel asume así rasgos indudablemente mesiánicos, con imágenes del mundo agrícola, de arraigo en la tierra y de permanente residencia en ella. Comer y beber en paz en la propia tierra: ésa es la imagen del futuro reconciliado de Israel; la idea del retorno y de la imposibilidad de cualquier «desarraigo» ulterior reafirman al final la gracia, la fidelidad y la misericordia infinita de Dios.

 

Evangelio: Mateo 9,14-17

En aquel tiempo,

14 se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: -¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?

15 Jesús les contestó: -¿Es que pueden estar tristes los amigos del novio mientras él está con ellos? Llegará un día en que les quitarán al novio; entonces ayunarán.

16 Nadie pone un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo, porque lo añadido tirará del vestido y el rasgón se hará mayor.

17 Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y se pierden los odres. El vino nuevo se echa en odres nuevos, y así se conservan los dos.

 

*•• También en este fragmento evangélico trata Mateo la relación de Jesús con el pecado y con la reconciliación. En el centro, como en el fragmento precedente, se encuentra el acto de la comida, no ya considerado como ámbito de relación, sino en cuanto tal, en cuanto posible acto de renuncia, de sacrificio y de tristeza.

En realidad, el eje del evangelio de hoy es la relación entre lo nuevo y lo viejo, que había caracterizado ya al evangelio de Mateo en el extenso «sermón del monte». El ayuno no cuadra con la presencia del esposo en medio de la comunidad. Jesús es el esposo, el resucitado, presente en medio de la Iglesia «hasta el fin del mundo». El ayuno experimenta así, para el cristiano, gracias también a estas expresiones, una gran transformación: de expresión de luto se convierte en manifestación de la expectativa confiada por el retorno del Señor.

El cristiano celebra realmente la muerte del propio Señor resucitado cada vez que come y bebe el pan y el vino: no es el ayuno, sino la comida lo que permite y simboliza la memoria de la cruz, victoria sobre el pecado y don de salvación.

 

MEDITATIO

La restauración de Israel y las bodas de Cristo con la Iglesia están estrechamente relacionadas con la eucaristía, como contexto en el que es proclamada la lectura.

La expectativa de Israel se cumple en el misterio pascual del Hijo de Dios. El ayuno, como tensión hacia el banquete del final de los tiempos, es ya plenamente posible, ya ha sido autorizado, aunque sólo como memoria de la muerte del Señor. El Crucificado ha resucitado, pero el Resucitado sigue siendo el Crucificado, con sus llagas. El ámbito para un ayuno cristiano no es ya el de la expectativa de un acontecimiento absolutamente nuevo: ese acontecimiento está ya dentro de la historia.

El ayuno cristiano orienta en cambio a la vigilancia, a la paciencia, a la reserva histórica, al «todavía no» de aquel «ya» que fue afirmado, de una vez por todas, en la cruz de Cristo.

 

ORATIO

Oh Señor, enséñanos el ayuno festivo, muéstranos la alegría en el luto, guíanos a la vida a través de la muerte.

Oh Dios, si con la pasión de tu Hijo asumiste todo nuestro sufrimiento, si en la resurrección de Jesús rescataste todo nuestro morir, condúcenos a cada uno de tus hijos al encuentro con el Esposo, que está siempre presente en su Iglesia, templo de su Espíritu y esposa de aquel que es ayer, hoy y siempre.

Te lo pedimos sin descanso: «¡Ven siempre, Señor!».

 

CONTEMPLATIO

Los discípulos de Juan tenían, qué duda cabe, un buen maestro. Un maestro que había sido el precursor destinado a preparar los caminos del Señor; ahora bien, puesto que ignoraban el misterio de la encarnación del Señor, no podían saber la razón de que no fuera oportuno que ayunaran los apóstoles.

El ayuno es, a buen seguro, un uso devoto, pero no puede servirle al hombre para su salvación sin el conocimiento de la verdad, esto es, sin la fe en el nombre de Cristo. Por eso ayunaban los discípulos de Juan y los fariseos no sólo con el cuerpo, sino con el ánimo, ignorando el pan celeste que había venido para alimentar los corazones de los creyentes (Cromacio de Aquileya, Comentario a Mateo, 46, 1).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Es que pueden estar tristes los amigos del novio mientras él está con ellos?» (Mt 9,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ven de noche, pero en nuestro corazón siempre es de noche: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven en silencio, nosotros no sabemos ya qué decirte: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven en soledad, pero cada uno de nosotros se encuentra cada vez más solo: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven, hijo de la paz, nosotros ignoramos qué es la paz: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven a liberarnos, nosotros seguimos siendo cada vez más esclavos: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven a consolarnos, nosotros estamos cada vez más tristes: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven a buscarnos, nosotros andamos cada vez más perdidos: por tanto, ven siempre, Señor.

Ven, ya que nos amas, nadie está en comunión con su hermano si antes no lo está contigo, Señor.

Todos estamos lejos, perdidos, no sabemos quiénes somos, ni qué queremos: ven, Señor. Ven siempre, Señor.

(D. M. Turoldo, «Lungo ¡ fíume...». I Salmi, Cinisello B 1987, p. 7).

 

 

Día 3

  XIV domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 66,10- 14c

10 Alegraos con Jerusalén y regocijaos por ella todos los que la amáis; saltad de gozo con ella los que por ella llevasteis luto.

11 Pues mamaréis hasta saciaros de sus pechos consoladores y saborearéis el deleite de sus ubres generosas.

12 Porque así dice el Señor: Yo haré correr hacia ella, como un río, la paz; como un torrente desbordado, la riqueza de las naciones. Amamantarán en brazos a sus criaturas y las acariciarán sobre las rodillas.

13 Como un hijo al que su madre consuela, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén seréis consolados.

14 Al verlo, os alegraréis, vuestros huesos florecerán como prado. El Señor mostrará a sus siervos su poder.

 

*» Este fragmento, tomado del último capítulo del libro del profeta Isaías, nos sitúa en el horizonte de una gran promesa: «Alegría» y «consuelo» ante la presencia y la obra del Señor, manifiesta por fin (v. 14) en el esplendor de Jerusalén. Es la promesa que recorre todo el libro de Isaías, el hilo rojo que lo atraviesa y le confiere unidad, a pesar de las evidentes diferencias de carácter teológico y literario, y la diferente ambientación histórica, que ha convencido a numerosos exégetas de la existencia de un Primer Isaías (capítulos 1-39), de un Segundo Isaías (capítulos 40-55) y de un Tercer Isaías (capítulos 56-66).

Nuestro fragmento pertenecería al Tercer Isaías, o sea, a la parte del libro profético compuesta después del retorno del exilio de Babilonia (587-539 a. de C), cuando el pueblo, de regreso a su propia tierra, choca con las dificultades de la reconstrucción del templo y de su propio tejido religioso y social. Las promesas relativas al «segundo Éxodo» contenidas en los capítulos 40-55 –la salida de Babilonia como una liturgia triunfal, el camino por el desierto transformado en jardín, la entrada solemne en la Jerusalén reconstruida- parecen traicionadas, frente a las ruinas del pasado que, con dificultades, consiguen hacer florecer de nuevo. La desilusión y el desánimo se insinúan en el pueblo con facilidad.

Unos cuantos versículos antes de nuestro fragmento señala el autor sagrado la provocación que más podía hacer mella en semejante contexto: «Vuestros hermanos, que os detestan y os rechazan por mi causa, dicen: "Que el Señor muestre su gloria para que veamos vuestra alegría"» (Is 66,5b). Frente al retraso en el cumplimiento de las promesas de Dios, el pueblo se siente tentado -por los enemigos exteriores y por el enemigo de Dios que vive dentro de cada uno de nosotros-, y se siente tentado precisamente en lo que se refiere a la manifestación de la gloria del Señor («¿Está el Señor en medio de nosotros o no?»: Ex 17,7) y en lo que se refiere al testimonio de la alegría {«Nuestros opresores nos pedían cantos de alegría»: Sal 137). La Palabra de Dios responde a esta provocación reforzando la promesa y dilatando su alcance: «Al verlo, os alegraréis, vuestros huesos florecerán como prado» ante la abundancia, la prosperidad, la riqueza.

 

Segunda lectura: Gálatas 6,14-18

Hermanos:

14 En cuanto a mí, jamás presumo de algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.

15 Pues lo que importa no es el estar circuncidado o no estarlo, sino el ser una nueva criatura.

16 A todos los que vivan según esta norma, paz y misericordia, así como al Israel de Dios.

17 Y en adelante, no me ocasionéis más preocupaciones, que ya tengo bastante con llevar en mi cuerpo las marcas de Jesús.

18 Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros, hermanos. Amén.

 

**• Es frecuente que al final de un discurso o de una carta se reafirme de manera sintética y con mayor vigor el núcleo de lo que se ha intentado comunicar. Eso es lo que sucede en este fragmento, conclusión de la Carta a los Gálatas, que constituye la repetición de los temas de que ha tratado todo el escrito. El apóstol Pablo baja al campo en persona y traduce en el ámbito de la confesión de fe cuanto ha afirmado con argumentaciones apretadas a lo largo de la carta. Lo que intenta hacer comprender por encima de todo es que Jesucristo es el único mediador de la salvación, su camino concreto y el acto decisivo. La adhesión a él, crucificado por amor, ha liberado a Pablo de todo tipo de autosuficiencia humana: «En cuanto a mí, jamás presumo de algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo». En consecuencia, por parte del hombre, la fe en Jesús es el camino que lleva a la salvación: «Lo que importa no es el estar circuncidado o no estarlo». Y la fe es aceptación plena del acontecimiento de Cristo y de la vida que brota de su muerte y resurrección: «Ser una nueva criatura». Por consiguiente, la ley, como intento humano de convertir sus obras en instrumento de autojustificación, forma parlo de eso «mundo» que, para Pablo, ha sido crucificado. Ahora la ley, el canon que debemos seguir, es otro: «Ser una nueva criatura». Eso significa entrar en la muerte y resurrección de Cristo para vivir del amor que se desprende de su vida entregada, asumir la forma del crucificado como norma de vida. En conclusión, lo que acredita efectivamente a Pablo ante sus opositores es su semejanza con el Crucificado, la participación en la pasión de Jesús que se lee en la carne.

 

Evangelio: Lucas 10,1-12.17-20

En aquel tiempo,

1 el Señor designó a otros setenta [y dos] y los envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar.

2 Y les dio estas instrucciones: -La mies es abundante, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

3 ¡En marcha! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos.

4 No llevéis bolsa, ni alforjas ni sandalias, ni saludéis a nadie por el camino.

5 Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. 6 Si hay allí gente de paz, vuestra paz recaerá sobre ellos; si no, se volverá a vosotros.

7 Quedaos en esa casa y comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa.

8 Si al entrar en un pueblo os reciben bien, comed lo que os pongan.

9 Curad a los enfermos que haya en él y decidles: Está llegando a vosotros el Reino de Dios.

10 Pero si entráis en un pueblo y no os reciben bien, salid a la plaza y decid:

11 Hasta el polvo de vuestro pueblo que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos y os lo dejamos. Sabed de todas formas que está llegando el Reino de Dios.

12 Os digo que el día del juicio será más tolerable para Sodoma que para ese pueblo.

17 Los setenta [y dos] volvieron llenos de alegría, diciendo; -Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.

18 Jesús les dijo: -He visto a Satanás cayendo del cielo como un rayo.

19 Os he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones y para dominar toda potencia enemiga, y nada os podrá dañar.

20 Sin embargo, no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo.

 

**• El evangelista Lucas ubica la misión de los setenta y dos discípulos en el marco del viaje de Jesús hacia Jerusalén, que prefigura como en transparencia el camino de la Iglesia y la vida del cristiano en el mundo.

Jesús les envía después de haberles aclarado -en el fragmento precedente- las exigencias del seguimiento, es decir, que cada discípulo es enviado a lo largo de la subida a Jerusalén, o sea, cuando se da la disponibilidad para seguir el camino del Maestro.

Lucas había descrito ya, en el capítulo anterior (9,1-6), empleando términos muy semejantes, la misión de los Doce, y nuestro fragmento es un paralelo que recoge y amplía esta única misión. Los enviados son setenta y dos, número que nos trae a la mente a los setenta ancianos de Israel -aquellos que fueron admitidos a la presencia de Dios en el Sinaí (Ex 24), y sobre los que se produjo la efusión de parte del espíritu dado a Moisés (Nm 11,16ss)- y, sobre todo, la «Tabla de los pueblos de la tierra» presentada en Génesis 10. En este último marco y para expresar la unidad del género humano, se mencionaba a los setenta pueblos de la tierra en tiempos conocidos (en la versión de los LXX se convierten en setenta y dos); Lucas, empleando el mismo número, pretende indicar que el anuncio del Reino está destinado a todos los hombres y que el Evangelio del Reino es fermento de aquella unidad entre los pueblos soñada por Dios.

Jesús indica la misión con una doble orden: «Rogad... ¡En marcha!...». Frente a la mies, que está dispuesta para la siega, frente a la humanidad, creada para Dios, la misión se lleva a cabo rogando en primer lugar al Señor de la mies para que «eche fuera» (literalmente, para que «haga salir») los propios miedos y falsas seguridades y para que los obreros se apasionen por la mies y hagan suyos los intereses del Dueño. Para «ir», a su modo, al modo del Cordero dócil y humilde, a llevar la paz al interior de la casa de los hombres. Y en este llevar la paz y cuidar de los enfermos está el Reino de Dios que se aproxima al hombre. Los discípulos vuelven con alegría donde Jesús, principio y término de la misión, y él les revela el fin de la misión desde su punto de vista: liberarnos del Maligno, introducirnos en la vida misma de Dios... en el cielo.

 

MEDITATIO

A la manera de las inclusiones bíblicas, en las que una palabra o una expresión repetidas indican el perímetro y el objeto de una perícopa, la liturgia de hoy se presenta incluida toda ella dentro de un verbo, conjugado en imperativo: ¡Alegraos! «Alegraos con Jerusalén», empezaba diciendo Isaías. «Alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo», concluye Jesús. La Palabra de Dios de este domingo nos revela, pues, el contenido de la alegría: lo que está dentro o en el origen, y también el modo en que esta alegría puede «discurrir» hacia la Iglesia y fluir por el mundo. En el corazón figura la afirmación de Pablo: «En cuanto a mí, jamás presumo de algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gal 6,4). La clave es ésta: la cruz es el criterio de la existencia cristiana, la cruz es el metro para medir las opciones, las acciones, los gestos cotidianos. De la adhesión a este Evangelio, de la conversión al modo de vivir y de amar de Cristo crucificado depende la posibilidad de llegar a ser una «nueva criatura», que es lo que cuenta e importa de verdad (Gal 6,15). Ésta es la fuente de la que brota la alegría de la vida, éste es el don que recibimos en el bautismo y que debe informar toda nuestra existencia para que sea una existencia bautismal, o sea, para que esté sumergida en el dinamismo de la vida que brota de la muerte, del amor dispuesto a dar la vida.

Este itinerario, que Pablo describe en términos de adhesión a la cruz de Cristo y de nueva creación, Lucas lo narra ambientándolo a lo largo de un camino, el camino que recorren los discípulos con Jesús hacia Jerusalén.

Aquí todo el contenido de la vida bautismal está expresado en el seguimiento de Jesús por su camino, en la aceptación de sus exigencias de radicalismo y totalidad que en él están implicadas, en la participación cada vez más profunda en su pasión, a fin de participar de un modo cada vez más íntimo en su vida. Y no sólo esto; también a lo largo de este camino introduce Lucas el gran tema de la misión. Jesús envía a los que le siguen -los setenta y dos discípulos, que representan a todos los bautizados- y, en consecuencia, la misión forma parte intrínseca del seguimiento. De aquí surge la imagen o, mejor aún, la vocación de una Iglesia que es absolutamente misionera, y lo es por el hecho de que sigue a Jesús y con el hecho mismo de seguir a Jesús. Ser misionero, mucho más que hacer algo por el Señor, es seguirle en su pasión por la mies. Es pedir asemejarse a él e ir asemejando a él.

 

ORATIO

A causa de tu amor infinito, Señor, me has llamado a seguirte, a ser tu hijo y tu discípulo.

Después me confiaste una misión que no se parece a ninguna otra, aunque con el mismo objetivo que los otros: ser tu apóstol y testigo.

Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que sigo confundiendo las dos realidades: Dios y su obra.

Dios me ha dado la tarea de sus obras. Algunas sublimes, otras más modestas; algunas nobles, otras más ordinarias. Comprometido en la pastoral parroquial, entre los jóvenes, en las escuelas, entre los artistas y los obreros, en el mundo de la prensa, de la televisión y de la radio, he puesto todo mi ardor implicando en ello todas mis capacidades.

No he ahorrado nada, ni siquiera la vida. Mientras estuve inmerso en la acción con tanta pasión encontré la derrota de la ingratitud, de la negativa a la colaboración, de la incomprensión de los amigos, de la falta de apoyo de mis superiores, de la enfermedad y la debilidad, de la falta de medios...

Me ha ocurrido también, en pleno éxito, mientras era objeto de aprobación, de elogios y de afecto por todos, ser trasladado de improviso y cambiado de función.

Heme aquí, ahora, presa del aturdimiento; voy a tientas, como en la noche oscura. ¿Por qué me abandonas, Señor? No quiero desertar de tu obra. Debo llevar a término tu tarea, ultimar la construcción de la Iglesia... ¿Por qué atacan los hombres tu obra? ¿Por qué la privan de su apoyo? Ante tu altar, junto a la eucaristía, he oído tu respuesta, Señor: «Me sigues a mí y no a mi obra. Si quiero me entregarás la tarea confiada. Poco importa quién ocupe tu puesto; es asunto mío. ¡Debes optar por mí». (F.-X. Nguyen Van Thuan, Preghiere di speranza).

 

CONTEMPLATIO

Un día, los apóstoles, al volver de la misión a la que les había enviado el Señor, le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». El Señor los vio tentados de soberbia por el poder taumatúrgico recibido y, como era médico y había venido a curar nuestras hinchazones y a llevar nuestras debilidades, dijo de inmediato: «No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo». No todos los cristianos, por muy buenos que sean, están en condiciones de expulsar a los demonios; sin embargo, todos tienen escrito su nombre en el cielo; y Cristo quiso que gozaran no por el privilegio personal que cada uno tenía, sino por su salvación conseguida junto con todos los otros. Ningún fiel tendría esperanza de salvarse si su nombre no estuviera escrito en el cielo. Ahora, en el cielo, están escritos los nombres de todos los fieles que aman a Cristo, que caminan con humildad por el camino de Cristo, es decir, el que nos enseñó haciéndose humilde. Toma al más insignificante que haya en la Iglesia: si cree en Cristo, si ama a Cristo y ama su paz, ése tiene su nombre escrito en el cielo, sea quien sea y por muy indeterminado que lo dejes. ¿Existe, pues, semejanza entre éste y los apóstoles que hicieron tantos milagros? ¡Y no sólo eso! Los apóstoles fueron reprendidos por haber gozado de un favor que tenían en propiedad, y recibieron la orden de gozar por un bien del que puede gozar asimismo un hermano insignificante (Agustín de Hipona, Comentario al salmo 130, 8).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Lo que importa es ser una nueva criatura» (cf. Gal 6,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si yo, queridos hermanos en la fe, he sido enviado a vosotros para proclamar que Jesús ha resucitado y es el único Rey y Señor; si yo, que he sido llamado a ser vuestro obispo, he sido encargado de despertar la aurora que os duerme ya en el corazón [...], ¿quién llevará este anuncio de esperanza a los «otros», a esa porción del pueblo que no coincide ya con el perímetro de la Iglesia, a esos a quienes los valores cristianos ya no les dicen nada? ¿Quién hará llegar la Buena Noticia de Cristo a tantos hermanos que, trastornados por los problemas de la supervivencia y del trabajo, ya no tienen tiempo para pensar en el Señor? [...] ¿Quién llevará este anuncio de salvación a tantas personas generosas que no son capaces de atravesar los confines del ¡nframundo y se baten sólo por una justicia sin trascendencias, por una libertad sin utopías, por una solidaridad sin parentescos? ¿Quién gritará el grito de liberación que nos ha traído Cristo en el corazón de tantos jóvenes extraviados que, en su ineludible necesidad de felicidad, buscan respuestas en las ideologías, en la fascinación del nihilismo, en las alucinaciones de la violencia, en el paraíso de la droga? ¿Quién pondrá una brizna de esperanza en el pecho de tanta gente desesperada, envilecida por las miserias morales, derrotada, marginada, para quien Jesús es un forastero, la Iglesia una extraña y el Evangelio sólo un jirón de recuerdos infantiles?

¿Deberé ser sólo yo, vuestro obispo, quien asuma esta tarea tan gravosa respecto al mundo? De ninguna manera. Pero no porque yo no tenga que hacerla. No porque se trate de una empresa que supere mis capacidades y produzca desaliento no digo a mi pobreza, sino incluso a la audacia de los más fuertes. Es sólo porque esta tarea corresponde a todo el pueblo de Dios. Es porque hoy un anuncio de esperanza sólo se vuelve creíble cuando lo ofrece una comunidad que vive en comunión y no por un individuo que juega con las palabras y se ejercita con la academia.

La gente empieza hoy a dudar de los jefes carismáticos. El oficio del «líder» ya no se sostiene, y menos aún en la Iglesia. Nos corresponde, por tanto, a nosotros, a todo el pueblo de los bautizados, depositarios de la esperanza cristiana, pasar por los caminos del mundo y proclamar juntos: «Valor, no te deprimas si adviertes que se reagudizan viejas angustias. Si te espanta la soledad del camino y la indiferencia de tus compañeros de viaje. Si experimentas los escalofríos de viejos delirios y de nuevos miedos. Si te oprime la oscuridad de la noche que no termina nunca... No te desanimes, porque aún no se ha dicho la última palabra. Levántate y camina con nosotros. O, al menos, intenta mirar en nuestra misma dirección. Al fondo hay una luz. Y hay un Hombre que, a pesar de todo, es capaz de presentarte el trecho de camino que te queda, por largo o corto que sea, como una ocasión extraordinaria para renacer» (A. Bello, Lessico di comunione. Insieme alia sequela di Cristo, Arluno 1991, pp. 133ss).

 

 

Día 4

Lunes de la XIV semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 2,16-18.21ss

16 Pero yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y le hablaré al corazón.

17 Le devolveré sus viñedos, haré del valle de Acor una puerta de esperanza y ella me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que salió de Egipto.

18 Aquel día, oráculo del Señor, me llamarás «mi marido», y no me llamarás «mi baal».

21 Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré en justicia y en derecho, en amor y en ternura;

22 te desposaré en fidelidad y tú conocerás al Señor.

 

*»• El profeta Oseas escribió en tiempos de Jeroboán III (713-743 a. de C. ), en un período bastante florido, desde el punto de vista social, para Israel, aunque amenazado por la prostitución del pueblo a los baales, ídolos cananeos de la sexualidad, de la fecundidad, de la vegetación. La misma mujer del profeta abandona a su marido y se convierte en prostituta sagrada en un templo de Baal. Oseas, con la pena del corazón traicionado, es introducido en un significado más amplio de ese adulterio: no sólo su mujer, sino todo Israel es adúltero respecto a Dios.

Y en el hecho de que el profeta, por voluntad del Señor, vuelva a tomar consigo a la mujer infiel comprende el autor sagrado que debe expresar, con su propia vida y con su escrito, el drama de un Dios hasta tal punto fiel a Israel que lo atrae de nuevo hacia sí para renovarlo en un encuentro de profunda intimidad. Los «viñedos», los bienes perdidos por Israel cuando abandonó al Señor, él mismo -el esposo- los devolverá otra vez a la amada que se convierte a él.

Israel, yendo aún más al fondo en la alianza nupcial con Dios, experimentará la transfiguración de las mismas  experiencias más dolorosas. Precisamente como el «valle de Acor», un estrecho y oscuro desfiladero que evocaba atroces recuerdos de estragos (cf. Jos 7,24ss), se convertirá en «puerta de esperanza». Y será muy bello -dice Oseas-, como en los tiempos de la liberación de Egipto, dirigir cantos de amor a un Dios que desea cada vez más apasionadamente unir a la creación consigo, renovándola con sus dones nupciales.

Éstos son la justicia, fuente de toda la acción de Dios que une consigo a la esposa fiel; el derecho, que es defenderla del mal; la ternura y ese amor intenso y tiernísimo -rahamim- que caracteriza las nuevas relaciones del Dios-Esposo con Israel-Esposa, convertida en lo más profundo de su ser. De este modo es como la esposa «conocerá» a su Dios: no de modo formal, exterior, sino en lo hondo del corazón.

 

Evangelio: Mateo 9,18-26

En aquel tiempo,

18 mientras Jesús les decía esto, llegó un personaje importante y se postró ante él diciendo: -Mi hija acaba de morir, pero si tú vienes y pones tu mano sobre ella, vivirá.

19 Jesús se levantó y, acompañado de sus discípulos, le siguió.

20 Entonces, una mujer que tenía hemorragias desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto,

21 pues pensaba: «Con sólo tocar su vestido quedaré curada».

22 Jesús se volvió y, al verla, dijo: -Ánimo, hija, tu fe te ha salvado. Y la mujer quedó curada desde aquel momento.

23 Al llegar Jesús a casa del personaje y ver a los flautistas y a la gente alborotando,

24 dijo: -Marchaos, que la niña no ha muerto; está dormida. Pero ellos se burlaban de él.

25 Cuando echaron a la gente, entró, la tomó de la mano y la niña se levantó. 26 Y la noticia se divulgó por toda aquella comarca.

 

*•• Este relato presenta la típica estructura de encaje. Se trata, en efecto, de dos episodios tan insertados entre sí que se revelan como dos aspectos de una única realidad: la fe en Jesús, que, si es auténtica, hace pasar de la muerte a la vida. Jairo, jefe de la sinagoga de Cafarnaún, se postra ante Jesús en casa de Mateo precisamente cuando estaba hablando de bodas, de ropa nueva y de vino nuevo (cf. 9,16ss). En su discurso de vida se inserta la pena de quien acaba de ver morir a su hija de doce años (cf. Le 8,42), la edad de las nupcias para los judíos. Jesús se dirige hacia la casa de la difunta cuando una mujer, que sufría hemorragias desde hacía doce años, le toca la orla de su manto, persuadida, por la fe, de que «tocarle» significa salvarse. Y eso es precisamente lo que le oye decir al Señor: «Animo, hija, tu fe te ha salvado» (v. 22). Si perder sangre de continuo simboliza la amenaza de la muerte, la curación de la mujer es preludio de la victoria sobre la muerte que lleva a cabo Jesús enseguida en casa de Jairo. Dice Jesús: «La niña no ha muerto; está dormida» (v. 24).

En efecto, allí donde se hace sitio a Jesús, que vivió la muerte por nosotros en su persona y la «engulló» con su resurrección (cf. 1 Cor 15,55), la muerte corporal se convierte en «dormición», y dejarse «tocar» por Jesús se convierte en certeza de resurrección. La vida -como un caminar hacia la plenitud de las bodas de amor eterno, teniendo plena confianza en Jesús- encuentra en esta página una interpretación ejemplar. Vivir es caminar en la fe, en esa fe que, en concreto, es «tocar» y «dejarse tocar» por Cristo vivo en la Palabra, en la eucaristía y en el prójimo.

 

MEDITATIO

Los baales, los ídolos de muerte denunciados por Oseas, también nos seducen hoy. Son el dinero, la ropa, el culto a la imagen, el sexo, el hedonismo y también ese sutil, aunque obstinado, dominio del ego, mediante el cual, incluso cuando hacemos el bien, nos buscamos más a nosotros mismos y nuestras propias gratificaciones que la gloria del Señor y la venida del Reino. Sin embargo, nuestro corazón está profundamente insatisfecho e inquieto. Es preciso escucharlo mientras grita la desolación de su vacío, de ese adulterio que es dejar perder a Dios en el torbellino del activismo, en la carrera hacia la exageración para prostituirse con alguno de los ídolos que hemos citado más arriba. Y es preciso que nos dejemos conducir por el Señor «al desierto». Para ver con perspicacia que la idolatría del vivir comprometidos con las lógicas de este mundo no sólo es un insulto al Señor de la vida, sino también una progresiva pérdida de vida, como experimentaba la mujer antes de tocar la orla del manto de Jesús, para todo esto, decíamos, resultan preciosos algunos momentos de meditación. Poco a poco se pierde el gusto por la oración, la alegría de hacer el bien, la sensibilidad del «hacerse prójimo». Y, a la larga, se va apagando la vida espiritual. Hay muertos ambulantes con mucho activismo por dentro y apariencia -¡puede darse!- de bien.

Con todo, es posible la salvación. Se llama Jesús. Éste sólo pide que le conozcamos, aunque en lo profundo del corazón: con ese conocimiento de la fe que es «tocarle» como la mujer del evangelio y «dejarse tocar » (coger por la mano) por él como la niña de doce años que se levanta. Jesús es el Esposo que libera a quien habita en las tinieblas (en el vacío) y en sombras de muerte (todo adulterio, prostitución a los ídolos).

Con todo, es preciso entrar en contacto con él con una fe orante.

 

ORATIO

Señor Jesús, me reconozco idólatra y, con frecuencia, adúltero. Tú me hablas con gran amor. Derrama tu espíritu para que me deje coger y conducir a ese desierto interior que, de lugar de horrible vacío y de muerte, se puede convertir en lugar de intimidad nupcial contigo, si busco momentos de silencio y de retirada al corazón habitado por ti. Es en el corazón donde llamo: aumenta en mí la fe que es precisamente la experiencia del «tocarte» y del «dejarme tocar» por ti.

Si el Espíritu suscita en mí la voluntad de tocarte y de ser tocado por ti, orando, recibiéndote eucarísticamente vivo en la comunión, entrando en contacto con el prójimo con la conciencia de entrar en contacto contigo, entonces vencerás en mí el sentido de pérdida de las energías espirituales, la muerte que advierto si me separo de ti. Gracias a esta fe, al tocarte, te conozco matrimonialmente y experimento que en mi vivir o todo se revela como muerte o todo -incluido el dolor- se transfigura y se convierte en ti.

 

CONTEMPLATIO

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abráseme en tu paz (Agustín, Las confesiones, X, 27, 38, edición española de Ángel Custodio Vega, BAC, Madrid 51968).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Aumenta mi fe y sálvame, Señor».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¡Cómo quisiera, amigo de Dios, que estuvieras siempre lleno del Espíritu Santo en esta vida! «Os juzgaré en ¡a condición en que os encuentre», dice el Señor [cf. Mt 24,42; Me 13,33-37; Lc 19,12ss). ¡Ay de nosotros si nos encuentra cargados de preocupaciones y fatigas terrestres!

Es cierto que toda buena acción hecha en nombre de Cristo confiere la gracia del Espíritu Santo, pero la oración lo hace más que cualquier otra cosa, ya que siempre está a nuestra disposición.

Podrías sentir el deseo, por ejemplo, de ir a la iglesia, pero la iglesia está lejos o bien han acabado los oficios; podrías sentir deseos de hacer limosna, pero no encuentras a ningún pobre o bien no tienes monedas en el bolsillo; es posible que quisieras encontrar alguna otra buena acción para hacerla en nombre de Cristo, pero no tienes fuerza suficiente o bien no se te presenta la ocasión; nada de todo esto, sin embargo, afecta a la oración: todo el mundo tiene siempre la posibilidad de orar.

Es posible valorar la eficacia de la oración, hasta cuando es un pecador el que la hace, si la hace con un corazón sincero, a partir de este ejemplo que nos refiere la santa Tradición: al oír la imploración de una madre desgraciada que acababa de perder a su único hijo, una prostituta, que había encontrado por el camino y se sentía conmovida por la desesperación de aquella madre, se atrevió a gritar al Señor: «No por mí, indigna pecadora,

sino a causa de las lágrimas de esta madre que llora a su hijo y sigue creyendo en tu misericordia y en tu omnipotencia, resucítalo, Señor». Y el Señor lo resucitó. Amigo de Dios, éste es el poder de la oración (I. Garainof, Serafino di Sarov, Milán 1995, p. 161).

 

 

 

Día 5

Martes de la XIV semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 8,4-7.11-13

Así dice el Señor:

4 Han puesto reyes sin mi aprobación, han establecido príncipes sin saberlo yo. Con su plata y su oro se han hecho ídolos, para su propia ruina.

5 Me repugna tu becerro, Samaría; mi cólera se enciende contra ellos. ¿Hasta cuándo estarán sin purificarse?

6 Viene de Israel, lo ha hecho un artesano. ¡Eso no es Dios! Será, pues, hecho astillas el becerro de Samaría.

7 Siembran viento y cosechan tempestades; su grano no dará mies, ni la espiga, harina; y si la da, extranjeros la devorarán.

11 Efraín ha multiplicado los altares, pero sólo para pecar.

12 Aunque les escriba miles de leyes, las considerarán como de un extraño.

13 Les gusta ofrecerme sacrificios y comer la carne inmolada. Pero el Señor no los acepta, sino que recordará su iniquidad, les tomará cuenta de sus pecados y tendrán que volver a Egipto.

 

**• El profeta Oseas manifiesta el amor de un Dios que es grande en fidelidad y rico en misericordia. Sin embargo, proclama asimismo la plena desaprobación de Dios respecto a la conducta de un Israel corrupto, cuyo corazón ya no está con el Señor. Estamos en tiempos de Jeroboán II y de las intrigas que siguieron a su muerte: tiempos de egoísmos desencadenados y de una religiosidad insincera. Se trata de la alienación del querer gobernarse por sí mismos, volviendo a elegir jefes no designados por Dios. El mismo culto, al exteriorizarse cada vez más, se había contaminado hasta construir, en tierra de Samaría, un becerro, que, aunque no era al principio un ídolo, sino la expresión de la presencia invisible de YHWH, se deslizó después hacia la idolatría.

Oseas alude al estallido de la «cólera de Dios»: una categoría bíblica que hemos de comprender de manera adecuada. No es Dios un personaje colérico y vengador, sino alguien que se expresa como Amor en todos los sentidos del término. Precisamente por haber creado al hombre libre y responsable de sus decisiones, lo deja a merced de las consecuencias de la idolatría.

Que experimenten los hombres lo que es un viento tempestuoso que destruye el grano, lo que es un tallo sin espiga, lo que es una cosecha presa de los extranjeros. El castigo -la «cólera- es, por tanto, consecuencia del pecado y no un juicio externo y arbitrario de Dios.

Cuando la vida no está en sintonía con el culto, multiplicar los altares es sinónimo de pecado. Se trata de una clara alusión a la Ley del Sinaí. La alianza nupcial  (beríth) es la relación de fondo establecida por Dios con su pueblo, aunque en las condiciones precisas expresadas por la Ley. Por consiguiente, sacrificar a Dios, olvidando lo que él quiere, es la insinceridad que condena Oseas en nombre del Señor. Precisamente esta insinceridad de la vida conducirá a Israel a la esclavitud del exilio babilónico en el nuevo Egipto.

 

Evangelio: Mateo 9,32-38

En aquel tiempo,

32 mientras los ciegos se iban, le presentaron un hombre mudo poseído por un demonio.

33 Jesús expulsó al demonio y el mudo recobró el habla. Y la gente decía maravillada: -Jamás se vio cosa igual en Israel.

34 Pero los fariseos decían: -Expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios.

35 Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

36 Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor.

37 Entonces dijo a sus discípulos: -La mies es abundante, pero los obreros son pocos.

38 Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

 

**• La perícopa está estructurada en dos partes. En la primera, tras el milagro de volver a dar la vista a dos ciegos (9,27-31), libera Jesús del demonio y restituye el uso de la palabra a un mudo. La reacción es doble: gente maravillada, inclinada a reconocer las maravillas de Dios y, en claro contraste, los fariseos insinuando que la obra de Jesús es una acción satánica. Inmediatamente después, introduce Mateo el tema de la misión, presentando el carácter itinerante de la predicación del Señor. Éste no es, en efecto, uno de los maestros al uso, que disponían de una morada fija a la que acudían los discípulos. En 4,23 lo describe Mateo recorriendo toda la Galilea, pero aquí se abre a una dimensión universal. Jesús va por todos los pueblos y ciudades proclamando el Evangelio y curando todas las enfermedades (cf. v. 35).

El punto focal del pasaje se encuentra allí donde el evangelista capta el corazón de Cristo compadeciéndose de la gente cansada, oprimida, sin pastor (cf. v. 36). Para comprender toda la intensidad que aquí se encierra basta con referirnos al texto original griego, donde la expresión «sintió compasión» traduce el verbo splanchnízomai , reservado sólo a Jesús y a alguna parábola que simboliza su «sentir» o el del Padre. El término correspondiente en hebreo es raham, que significa «útero», «vísceras».

Se trata, por consiguiente, de la cualidad materna del amor de Jesús por nosotros. Nuestro mal le conmueve hasta tal punto que se com-padece (= con-sufrir) hasta hacerse cargo de nosotros en su misterio de muerte y resurrección.

A continuación, compromete Jesús a los discípulos a que pidan al Padre que suscite otras personas dispuestas a seguirle en una evangelización que asemeja a la fatiga de quienes van a trabajar en la siega. La imagen de la mies se «mantiene» aún: una oración litúrgica actual nos asimila a Jesús y nos hace orar así: «Oh Dios, mira la magnitud de tu mies y envía obreros para que se anuncie el Evangelio a toda criatura».

 

MEDITATIO

Lo que seca el corazón y la vida es no estar centrados y unificados en Dios. Es relativamente fácil pagar el tributo de prácticas religiosas vividas como hábitos separados de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, esto se convierte en idolatría. «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mc 7,6), dice Jesús. Todas las crisis de fe e incluso las de identidad parten de esta «separación» entre religiosidad (formal) y vida. Por otra parte, ¿cómo eludir este «peligro»?

No es el voluntarismo lo que nos salva. Si, con todo, debe haber compromiso y método en la vida espiritual, lo que importa es que todo brote de la conciencia del misterio más grande y consolador: el Señor se compadece de nuestras situaciones escabrosas, difíciles, de nuestra «sed» de él, que, con nuestras pobres fuerzas, no llega a su ser fuente. Es muy necesario que el corazón entre en contacto, a través de la fe, con aquel amor, no sólo materno, sino tiernísimamente materno de Dios que Jesús expresó en su «sentir compasión», en su sentirse conmovido por unas «entrañas de misericordia» respecto a nosotros.

Una vida que sea verdadero camino espiritual parte de una Palabra revelada, fulcro luminoso de nuestro creer, esperar y amar: «El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados » (1 Jn 4,10). Así las cosas, incluso en los momentos de tentación, cuando la carrera del activismo o la fascinación del aplauso o la decepción del fracaso nos turban, la fuerza del Dios-Amor, del Jesús-Presencia en nuestra vivencia nos sostendrá. Podrá suceder todo, pero nuestra unión con el Señor será cierta y será salvación.

 

ORATIO

Señor, derrama tu Espíritu en mí, para que mi vida, a menudo triturada y con facilidad idólatra, llegue a ser libre, unificada en ti. Crea en mí un corazón sincero para que me relacione contigo no de una manera ritualista y rutinaria, sino con toda la conciencia de que «tú eres mi dueño, mi único bien; nada hay comparable a ti» (Sal 16,2) y de que «me enseñarás la senda de la vida, me llenarás de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha» (Sal 16,11).

Concédeme vivir la certeza de que eres la revelación del infinito amor del Padre, que se inclina hacia mí amándome, hasta com-padecer conmigo en tu misterio de pasión-muerte, para abrirme al poder de la resurrección.

Señor Jesús, que yo sufra contigo mis dificultades y dolores, y venza contigo todos mis males gracias a tu resurrección. Es dentro de este ritmo de vida pascual donde te ruego que me hagas partícipe de tu ansia de salvación.

Señor, envíame, envía a tantos otros hermanos mejores que yo al campo del Padre, donde ya se dora la mies del Reino.

 

CONTEMPLATIO

Que el alma, del mismo modo que se reúnen los hijos desviados, reúna sus pensamientos perversos, los vuelva a llevar a la casa del corazón y espere sin tregua, en medio de la sobriedad y el amor, el día en que el Señor venga a visitarla [...]. De este modo, el pecado no hará daño alguno a los que viven en medio de la esperanza y la fe esperando al Redentor.

Cuando él viene, transforma los pensamientos del corazón [...], nos enseña la verdadera oración que permanece estable e inquebrantable. «Caminaré delante de ti, derribaré las fortalezas; romperé las puertas de bronce, quebraré los barrotes de hierro» (Is 45,2) (Seudomacario, Homilía 31,1).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Confío en ti, Señor. Hazme alegre anuncio de tu salvación».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Estos días no he podido leer mucho la Sagrada Escritura. Pero he meditado con atención la Carta de Santiago. Los cinco capítulos que la componen constituyen un resumen admirable de vida cristiana. La doctrina sobre el ejercicio de la caridad (Sant 1,27), el uso de la lengua (Sant 1,19-26), la dinámica del hombre de fe (Sant 2), la colaboración en la paz (Sant 4), el respeto al prójimo, las amenazas al rico injusto y avaro, y, por último, la invitación a la confianza, al optimismo, a la oración (Sant 5): todo esto y otras cosas constituyen un tesoro incomparable de signos, de exhortaciones, para los eclesiásticos y para los laicos, según la necesidad de todos los tiempos. Convendría aprenderla toda de memoria y gustar y regustar punto por punto la doctrina celestial. Ahora, metido ya en los sesenta y ocho años, no me queda más que envejecer. Ahora bien, la sensatez, que siempre es joven, está ahí, en el Libro divino (Juan XXIII, // giornale dell'anima, Ed. de F. Capovilla, Turín 1991, p. 98 [edición española: Diario del alma, Cristiandad, Madrid 1964]).

 

 

Día 6

 Miércoles de la XIV semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 10,1-3; 7-8.12

1 Vid frondosa era Israel, que daba fruto abundante. Cuantos más eran sus frutos, más multiplicaba sus altares; cuanto más prosperaba su tierra, más embellecía las estelas.

2 Tiene dividido el corazón, y ahora lo van a pagar: el Señor romperá sus altares y derribará sus estelas.

3 Ahora dicen: «Ya no tenemos rey, porque no hemos respetado al Señor; además, ¿qué puede hacer el rey por nosotros?».

7 Ha desaparecido Samaría: su rey es una brizna en la superficie del agua.

8 Serán devastados los altos de Aven, pecado de Israel; espinas y zarzas treparán por sus altares. Dirán a los montes: ¡Cubridnos! y a las colinas: ¡Caed sobre nosotros!

12 Sembrad justicia y cosecharéis amor. Roturad un campo nuevo, que ya es tiempo de buscar al Señor, para que venga y derrame sobre vosotros la justicia.

 

        *• Oseas compara a Israel con una vid (o viña), una imagen entrañable para los autores bíblicos (cf. Is 3,14; 5,1-7; 27,2; Jr 3,21; 12,10; Ez 15,1; 17,6-10; Sal 80,9-19; Mt 20,lss). Efectivamente, Israel se ha vuelto cultivador, se ha enriquecido, pero, justamente con el bienestar material, ha tomado impulso para abandonarse a un culto materialista y, al cabo, idólatra. «Tiene dividido el corazón». El profeta subraya con vigor la insinceridad que el formalismo religioso ha producido, en concomitancia con la erección de estelas («massebe», es decir, columnas talladas con ambiciones artísticas), aunque con una depravación idólatra.

El pueblo se lamenta, a continuación, de no tener un rey como las otras naciones. El comentario del profeta constituye, sin embargo, una verdadera desaprobación: sin YHWH, Israel está perdido, tenga o no tenga rey. La destrucción de Samaría, dividida e idólatra, está predicha con vigor junto con el fin de su rey, arrastrado como «una brizna» en las trágicas aguas del asedio. «Espinas y zarzas» (cf. Gn 3,18) treparán por las ruinas de sus altares, y el pueblo, consciente al final de su propio daño, deseará que los montes le caigan encima para ocultar su propia vergüenza. ¿Cómo no sentir aquí algo así como un anticipo del anuncio lucano (Lc 23,30).

En el v. 12 invita Oseas al pueblo a cambiar de vida: «Sembrad justicia», entendida ésta como obediencia a la voluntad de Dios; entonces cosecharán en un clima de «amor». Todavía una imagen agrícola, un campo, «nuevo» como el corazón del pueblo invitado a realizar esta justicia, una justicia en la que lo que cuenta de modo fundamental es buscar a Dios, es decir, lo que él quiere.

 

Evangelio: Mateo 10,1-7

En aquel tiempo,

1 Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio poder para expulsar espíritus inmundos y para curar toda clase de enfermedades y dolencias.

2 Los nombres de los doce apóstoles son: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; luego Santiago el hijo de Zebedeo y su hermano Juan;

3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, el hijo de Alfeo, y Tadeo;

4 Simón el cananeo, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

5 A estos Doce los envió Jesús con las siguientes instrucciones: -No vayáis a regiones de paganos ni entréis en los pueblos de Samaría.

6 Id más bien a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

7 Id anunciando que está llegando el Reino de los Cielos.

 

*» Es interesante señalar que al discurso sobre la necesidad de la misión (v. 38: «Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies») le sigue la llamada de los Doce, que son enviados de inmediato. Existe, en efecto, un vínculo profundo entre el ser llamado a «estar» con el Señor y el ser «enviados» con él a los hermanos.

Y se trata de una llamada por el propio nombre, es decir, dentro de la propia identidad pensada desde siempre por un Dios que nos ha llamado antes que nada a la vida, por amor. Como en Le 9,1, Jesús confiere de inmediato su mismo «poder» a sus discípulos, un poder que se concreta en vencer a las fuerzas demoníacas y en curar el mal parcial (la enfermedad), como anticipo y signo de la liberación total del mal.

Mateo se toma un gran interés en la lista de los nombres, que -hacemos hincapié en ello- siguen el mismo orden que en Me 3,16-19; Le 6,14-16 y Hch 1,13. No es casualidad que el primero de la lista sea «Simón, llamado Pedro», el primero en dignidad. Los otros nombres aparecen emparejados. El autor del evangelio, el mismo que se llama Mateo, no se avergüenza de añadir a su nombre el poco honorable oficio de publicano. Por último, se recoge el nombre de Judas Iscariote, que pasará tristemente a la historia tal como aquí se dice: «el que lo entregó».

Veamos las primeras instrucciones de Jesús a los enviados: la invitación a consagrar su propia «misión» antes que nada a los israelitas «perdidos» y a anunciar, por el camino, la gran proximidad del Reino de Dios. El significado hemos de buscarlo en el hecho de que Jesús, judío entre los judíos, conoce las posibilidades latentes en su pueblo, que, oprimido por tanta religiosidad, una religiosidad que se había vuelto legalista y formal, carecía de guías espirituales. Toda la Iglesia primitiva –según dicen los Hechos- se movió después con este mismo estilo: anunciando a los judíos antes que a los otros el cumplimiento de las promesas hechas a Abrahán («A través de tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra»: Hch 3,25). Y la realización de la bendición de la que el mismo Israel es portador, si se convierte, es «el Reino de Dios», es decir, la presencia del Dios-Amor que, en Jesús, libera y salva.

 

MEDITATIO

Puede suceder que nuestras jornadas estén marcadas, a veces, por el sello de la eficiencia a cualquier precio. Se parecen a la vid de Oseas, que da fruto, pero no por el Señor ni para el Señor. Dentro de esta búsqueda «dividida», se resquebraja el corazón y se entorpece.

Las consecuencias de esto son nefastas: «espinas» de descontento profundo y «zarzas» de preocupaciones y de falta de sentido. Ahora bien, si el corazón vuelve a buscar al Señor dentro de la «justicia», que es santidad de vida con Dios y para Dios, podrá cosechar «amor» para sí y para los demás. Eso es lo que subraya asimismo el evangelio que presenta Jesús mientras llama a los Doce y los envía, dándoles el poder de liberar del mal y de anunciar que el Reino de Dios (el amor misericordioso del Padre) está cerca de quien, con recto corazón, busca al Señor y su voluntad.

En nuestros días, es importante que el corazón entre en esta dinámica de llamada. Jesús nos llama por nuestro nombre. Para él, yo también soy único e irrepetible.

Me conoce y me ama desde siempre. Su proyecto de salvación no consiste sólo en sacarme fuera de la falsedad de una vida centrada en intereses de corto alcance, sino que quiere hacer de mí nada menos que un instrumento de su salvación. Lo que importa es creer que él me da su poder y, en su nombre, puedo llegar a ser luz para los hermanos con tal de que permanezca en contacto con él mediante una fuerte oración y mi corazón esté orientado a él y a los intereses del Reino.

 

ORATIO

No permitas, Señor, que sea yo como la viña de tu pueblo cuando mi corazón se aleja de ti y se convierte en mentiroso recorriendo caminos de falsa lozanía. Haz que no mire la eficiencia a cualquier precio, la búsqueda de lo que me agrada en el interior de las categorías mundanas: éxito, ropa, dinero, aplauso, imagen, interés personal.

Ayúdame a «sembrar justicia»: la santidad evangélica del responder a tu llamada a realizar, momento a momento, junto a ti, con el poder del Espíritu Santo que me has dado, todo lo que el Padre quiere de mí. Concédeme «roturar el campo nuevo», que consiste en vivir y anunciar el Reino de Dios: reino de paz, de amor, de paciencia, de mansedumbre y de una esperanza que va más allá de cualquier dificultad. Continúa llamándome por mi nombre, Señor. Y, de viña idólatra, hazme sarmiento vivo de tu ser Vid verdadera. Concédeme dar fruto para el Reino, en ti y por ti.

 

CONTEMPLATIO

En lo más profundo de sí misma, advierte el alma un movimiento que la atrae hacia Dios. Éste le dice, de manera imperceptible, que todo irá bien con tal de que le deje hacer y no viva de otra cosa que de su fe auténtica en medio de un abandono total.

«Ciertamente -dice Jacob- el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía» (Gn 28,16). ¿Buscas a Dios, querida alma? Has de saber que está en todas partes. Todo te lo anuncia, todo te lo da. Incluso ahora ha pasado junto a ti, a tu alrededor, dentro, a través. Mora en ti y tú lo buscas.

¡Cuidado! Buscas la idea de Dios en su sustancia, buscas la perfección, y ésta se encuentra en todo lo que te sale al encuentro. Tus mismas acciones -si las haces por Dios y con Dios-, tus sufrimientos, tus atracciones: todo es enigma bajo el que Dios elige entregarse a ti. Él no necesita tus ideas sublimes para habitar en ti (J. Pierre de Caussade, L'abbandono alia Providenza divina, Milán 1919, p. 35).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Recobrad el ánimo, los que buscáis a Dios» (Sal 69,33).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El amor a lo bello sigue siendo un anhelo fundamental no sólo de la vida monástica, sino de la vida cristiana en general. Dostoievski decía incluso que la belleza podría salvar el mundo, y yo estoy convencido de ello. Ahora bien, ¿dónde se encuentra esta belleza? ¿Dónde puede germinar?

La condición esencial para que florezca la belleza y connote las obras creadas por los cristianos es la pobreza: allí donde está la pobreza, no la miseria, allí donde está la sencillez, esto es, la capacidad de reconducir las cosas a lo esencial, forzosamente acabamos por reconducir las cosas a su armonía, y, entonces, todas las criaturas manifiestan su fuerza sinfónica, su consonancia natural, y crean por sí solas el ambiente que es la obra de arte. Dionisio el Areopagita recuerda que ninguna de las cosas que existen están privadas por completo de belleza, puesto que dice la Escritura que todas las cosas eran muy bellas cuando fueron creadas. De ahí que sea preciso descubrir de nuevo y hacer resaltar esta belleza, convirtiéndonos y convirtiendo las cosas a la unidad y la simplicidad deificante (E. Bianchi, Ricominciare, Genova 1991, p. 58).

 

 

Día 7

 Jueves de la XIV semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 11,1-4.8c-9

Así dice el Señor:

1 Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo.

3 Con todo, yo enseñé a andar a Efraín y lo llevé en mis brazos. Pero no han comprendido que era yo quien los cuidaba.

4 Con cuerdas de ternura, con lazos de amor, los atraía; fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas y se inclina hasta él para darle de comer.

8 El corazón me da un vuelco, todas mis entrañas se estremecen.

9 No dejaré correr el ardor de mi ira, no volveré a destruir a Efraín, porque yo soy Dios, no un hombre; en medio de ti yo soy el Santo y no me complazco en destruir.

 

**• Este texto de Oseas figura entre los más importantes de todo el Primer Testamento en orden a la revelación de la naturaleza del Dios-Amor. Si en el capítulo 2 el símbolo-lenguaje que se nos revela es el de un Dios esposo, aquí cambia el registro. El amor de Dios es el de un padre tiernísimo que recuerda a su hijo los días lejanos en que, arrancándolo de la esclavitud de Egipto, lo llevó suavemente de la mano. El pueblo había ido continuamente por el camino de la idolatría, pero Dios estaba siempre para volverlo a coger en brazos, para expresarle su amor con los lazos de bondad que, tocando las fibras más secretas de la humana sed de ser amados, hubieran debido persuadirle sobre la fuerza, la fidelidad y la misericordia de este amor de Dios por el hombre. «La delicada interioridad del amor de Dios y, al mismo tiempo, su fuerza apasionada no han sido percibidas ni representadas por ningún otro profeta como por Oseas» (Weiser).

Existe en estos versículos una voluntad de salvación por parte de Dios que supera con mucho la indignación por el alienante ir a la deriva del hombre. Y todo el texto (en el que vuelve bastantes veces el verbo judío que significa «amor») subraya la absoluta prioridad del amor de Dios al hombre. El amor del hombre a Dios, en la Biblia, viene después, y aparece aquí con una cierta vacilación, como para expresar la impotencia del «corazón incircunciso», del «corazón endurecido», que sólo cuando lo alcanza y penetra el Espíritu puede convertirse en «corazón de carne», capaz, por tanto, de amar a Dios y, en él, a los hermanos (cf. Ez 36,26ss).

 

Evangelio: Mateo 10,7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

7 Id anunciando que está llegando el Reino de los Cielos.

8 Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, expulsad a los demonios; gratis lo recibisteis, dadlo gratis.

9 No llevéis oro, ni plata ni dinero en el bolsillo;

10 ni zurrón para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni cayado, porque el obrero tiene derecho a su sustento.

11 Cuando lleguéis a un pueblo o aldea, averiguad quién hay en ella digno de recibiros y quedaos en su casa hasta que marchéis.

12 Al entrar en la casa, saludad,

13 y si lo merecen, la paz de vuestro saludo se quedará con ellos; si no, volverá a vosotros.

14 Si no os reciben ni escuchan vuestro mensaje, salid de esa casa o de ese pueblo y sacudíos el polvo de los pies.

15 Os aseguro que el día del juicio será más llevadero para Sodoma y Gomorra que para ese pueblo.

 

**• El texto retoma el anuncio: «El Reino de Dios está cerca». Tanto Juan el Bautista (Mt 3,2) como Jesús (4,17) lo proclamaron desde el principio. El que cree que el Reino es el Señor y se convierte, viviendo como él quiere, se convierte en «signo» de su presencia y, como dice inmediatamente después el texto, puede realizar curaciones, volver a dar la vida, tomar posición contra Satanás y sus estrategias de mal (v. 8). Lo que importa es la conciencia de estar inundados de continuo por energías divinas: la gracia que nosotros no hemos merecido, pero que Jesús la mereció por nosotros con su pasión, muerte y resurrección. Esta absoluta gratuidad  es la apuesta de la persona que cree y de la comunidad edificada sobre el Evangelio. Puesto que gratuitamente recibimos todo de Dios, podemos proyectar nuestra existencia a través del don de la gratuidad. Aun viviendo en una sociedad y en sus estructuras, se hace posible así tomar distancia respecto a lo que, en estas estructuras, da un carácter absoluto al valor del dinero, de la ropa, de cualquier otro bien material.

También el discípulo trabaja en este mundo y sabe que tiene derecho al alimento (v. 10; cf. Le 10,7), a la recompensa, pero se contenta con lo necesario. El excedente de la ganancia no es, por tanto, para ser acumulado, sino para la gratuidad del don. El evangelizador se quedará en casa de quien sea digno de recibirlo (v. 11).

Y quien pida ser hospedado llevará, como signo distintivo, la paz. Precisamente esta paz mesiánica (Lc 10,5 recoge el saludo con el que han de anunciarse: «La paz esté con vosotros» será el signo distintivo. Quien la acoge, acoge en el hermano el Reino de Dios y todas sus promesas de bendición. Quien no la acoge, se excluye de todo esto. Por eso tiene sentido «sacudirse el polvo», gesto que hacían los que, al entrar en Israel, dejaban detrás la tierra de los infieles. Del mismo modo que Sodoma y Gomorra, que se hundieron por no haber acogido a los enviados de Dios {cf. Gn 19,24ss), así también se hundirá quien no acoja al hermano y, por tanto, el Reino.

 

MEDITATIO

La vida, sobre todo en nuestros días, está repleta de tensiones y de atosigamientos que tienden a triturar las jornadas, a disipar y a empobrecer el espíritu. ¿El antídoto?

Percibirme, precisamente hoy -no mañana, ni pasado mañana-, en mi debilidad, como el niño que el tiernísimo Abbá del cielo alza hasta sus mejillas con una fuerza y una ternura infinitas. Creo, estoy seguro por la fe, que él me saca de los diferentes Egiptos que son las distintas esclavitudes en que se ha enredado mi «obrar», un «obrar» frenético sin acordarme de Dios.

El drama de muchos cristianos es realizar sólo intelectualmente que el Señor cuida de nosotros. De ahí el desaliento, el sentido de angustia e incluso de traición cuando tropiezan con la prueba, con el dolor, con las dificultades de la vida. Ahora bien, el hecho de que Dios sea «Dios y no hombre», si lo creo hasta el fondo en mi corazón, pacifica y ordena la existencia de raíz. De esta certeza de que hay un Dios, cuya identidad es amor (cf 1 Jn 4,16), que nos ama y se preocupa por nosotros, brota ese estilo del que habla Jesús en el evangelio. Soy amado gratuitamente, me siento colmado de diligentes cuidados. En consecuencia, el lema de la gratuidad es mi referencia a los hermanos, anunciando precisamente ese Reino de Dios que es la luz, el sentido y la alegría de mi vivir. Esta riqueza, absolutamente gratuita, es la que estoy llamado a entregar. Y, precisamente dentro de este círculo de gratuidad, vivir se convierte en el aliento de la gran expectativa: «Vuelve raudo, Señor, como la luz difundida sobre la ola, que brilla con destellos inesperados» (D. Doni).

 

ORATIO

Señor Jesús, te ruego que tomes posesión de mi corazón profundo. Concédeme estar seguro de tu presencia en el centro de mi ser, más allá de mis fáciles depresiones, de mis euforias y de las ansias que hay en mí. Y haz que, a través de ellas, entre en contacto a menudo contigo. Tú, por encima de mis «Egiptos» y de las «ruinas » de una vida superficial, naturalista y, por ello, destructiva, puedes llegar al núcleo vital de mi ser, cargado de promesas. Tú y sólo tú. puedes hacerlo florecer en continua y verdadera actitud de entrega.

Haz que te reciba día tras día a través de la gratuidad de tu amor tierno y delicado y que con este amor vaya anunciando tu Reino con el estilo de lo gratuito y de la sencillez.

 

CONTEMPLATIO

Sólo a ti desea mi alma, Señor. No puedo olvidar tu mirada serena y apacible. Y te suplico con lágrimas: ven, haz morada en mí y purifícame de mis pecados.

Estás viendo, Señor, desde lo alto de tu gloria, cómo se consume mi alma por tu causa. No me abandones, escucha a tu siervo. Te grito como el profeta David: «Ten piedad de mí, oh Dios, por tu gran misericordia» (Archim. Sofronio, Silvano del Monte Athos. Vita, dottrina, scritti, Turín 1978, p. 262).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú me amas gratuitamente, Señor. Hazme vivir en el seno de la gratuidad».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Libre significa: alegre y afectuosamente, sin temor y de modo abierto, dando gratuitamente lo que hemos recibido de manera gratuita, sin aceptar compensaciones, premios o gratitud.

La alegría debería ser uno de los aspectos principales de nuestra vida religiosa. Quien da con alegría da mucho. La alegría es el signo distintivo de una persona generosa y mortificada que, olvidándose de todas las cosas y hasta de sí misma, busca complacer a Dios en todo lo que hace por los hermanos. A menudo es un manto que esconde una vida de sacrificio, de continua unión con Dios, de fervor y de generosidad.

«Que habite la alegría en vosotros», dice Jesús. ¿Qué es esta alegría de Jesús? Es el resultado de su continua unión con Dios cumpliendo la voluntad del Padre. Esa alegría es el fruto de la unión con Dios, de una vida en la presencia de Dios. Vivir en la presencia de Dios nos llena de alegría. Dios es alegría. Para darnos esa alegría se hizo hombre Jesús. María fue la primera en recibir a Jesús: «Exulta mi espíritu en Dios mi salvador». El niño saltó de alegría en el seno de Isabel porque María le llevaba a Jesús. En Belén, todos estaban llenos de alegría: los pastores, los ángeles, los reyes magos, José y María. La alegría era también el signo característico de los primeros cristianos. Durante la persecución, se buscaba a los que tenían esta alegría radiante en el rostro. A partir de esta particular alegría veían quiénes eran los cristianos y así los perseguían.

San Pablo, cuyo celo intentamos imitar, era un apóstol de la alegría. Exhortaba a los primeros cristianos a que «se alegraran siempre en el Señor». Toda la vida de Pablo puede ser resumida en una frase: «Pertenezco a Cristo. Nada puede separarme del amor de Cristo, ni el sufrimiento, ni la persecución, nada. Ya no soy yo quien vivo, sino Cristo quien vive en mí». Esa es la razón de que san Pablo estuviera tan lleno de alegría (Madre Teresa, Meditazioni spirituali, Milán, 30ss).

 

 

Día 8

   Viernes de la XIV semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 14,2-10

Así dice el Señor:

2 Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, pues tu iniquidad te ha hecho caer.

3 Buscad las palabras apropiadas y volved al Señor; decidle: «Perdona todos nuestros pecados y acepta el pacto; como ofrenda te presentamos las palabras de nuestros labios.

4 Asiria no nos salvará, no volveremos a montar a caballo, y no llamaremos más dios nuestro a la obra de nuestras manos, pues en ti encuentra compasión el huérfano».

5 Yo sanaré su infidelidad, los amaré gratuitamente, pues ha cesado mi ira.

6 Seré como rocío para Israel; él crecerá como el lirio y echará raíces como los árboles del Líbano.

7 Se desplegarán sus ramas, tendrá el esplendor del olivo y como el del Líbano será su perfume.

8 Volverán a sentarse a mi sombra, de nuevo crecerá el trigo, como la vid florecerán, y serán famosos como el vino del Líbano.

9 Efraín no tendrá ya nada que ver con los ídolos. Yo escucho su plegaria y velo por él; yo soy como un ciprés lozano y de mí proceden todos tus frutos.

10 ¿Quién es tan sabio como para entender esto? ¿Quién tan inteligente como para comprenderlo? Los caminos del Señor son rectos, por ellos caminan los inocentes y en ellos tropiezan los culpables.

 

*•»• Es el último vaticinio de Oseas, admirable tanto por el contenido como por el arrebato lírico-afectivo. El profeta proclama una vez más el amor apasionado de Dios por Israel, expresando, en primer lugar, la invitación a volver al Señor con conciencia del propio pecado (w. 2ss). Se trata, en sustancia, de la llamada repetida por otros profetas para que Israel se muestre, esencialmente, cónsone con el espíritu de la alianza (cf. Am 5,21-24; Is 1,10-17; Miq 6,6-8; Sal 50,8-21; 51,18ss). En respuesta al compromiso penitencial del pueblo, que se entrega a YHWH persuadido ahora de la inutilidad y del daño de cualquier recurso a las potencias extranjeras (Asiria) y de toda confianza ilusoria en las propias iniciativas al margen de Dios (v. 4), en respuesta a esto, decíamos, el Señor mismo saldrá garante de un futuro de esperanza para el pueblo (v. 5).

El punto decisivo de la perícopa reside en el despliegue de unas imágenes bellísimas de la naturaleza: Dios se compara con el rocío, que vivifica lo que era árido. De esta suerte, el pueblo vuelve a tener la lozanía de la flor del lirio. Se parte de la magnificencia del próvido olivo y de la fragancia del Líbano, cuyos cedros difunden perfume, para expresar el reflorecimiento de Israel en cuanto acepta volver al Señor (w. 6ss). Pero, a continuación, se compara al Señor mismo con un árbol a cuya sombra descansará la gente, sacando nuevas fuerzas para hacer florecer, como la vid, toda la nación (v. 8). Dios es, para un Israel renovado por completo, alguien que vigila y escucha. Es como el ciprés, el árbol firme, fuerte, perennemente verde: metáfora de la omnipotencia de Dios, que permite a Israel dar frutos todavía (v. 9). El v. 10 cierra la perícopa confiando a los sabios la comprensión de todos los vaticinios. Para el autor de esta expresión conclusiva (que tal vez no es Oseas), la sabiduría es caminar con rectitud por los caminos del Señor.

 

Evangelio: Mateo 10,16-23

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

16 He aquí que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas.

17 Tened cuidado, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas.

18 Seréis llevados por mi causa ante los gobernadores y reyes para que deis testimonio ante ellos y ante los paganos.

19 Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo hablaréis, ni de qué diréis. Dios mismo os sugerirá en ese momento lo que tenéis que decir,

20 pues no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará a través de vosotros.

21 El hermano entregará a su hermano a la muerte y el padre a su hijo. Se levantarán hijos contra padres y los matarán.

22 Todos os odiarán por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará.

23 Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra; os aseguro que no recorreréis todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del hombre.

 

**• La perícopa está penetrada toda ella por la fuerza dramática, aunque salvífica, de la pertenencia a Cristo. El «he aquí» inicial introduce esta nueva enseñanza sobre la misión. Se trata de trillar los caminos de la mansedumbre y de la no violencia, aun siendo conscientes de estar rodeados por un mundo feroz y agresivo.

La imagen de las ovejas asimila al evangelizador con el Cordero «que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29): aquel que cargó con nuestras iniquidades y nuestros dolores (cf. Is 59,11), para realizar el proyecto de un Dios que quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Tim 2,4).

La mansedumbre y la no violencia del evangelizador no son nunca, sin embargo, debilidad, ni simpleza ni, menos aún, masoquismo. Se trata de vivir dos virtudes que parecen, aunque no lo son, opuestas: la prudencia de la serpiente, como ejercicio de una inteligencia vigilante, realista y crítica, que se sustrae al engaño, y la sencillez de la paloma, como ejercicio del proceder limpio y confiado, propio de quien sabe que está en las manos de un Padre omnipotente y bueno.

La exhortación a llevar cuidado con los hombres (cuando se trate de «lobos» dispuestos a tramar perfidias) cae, por tanto, de la parte de la prudencia; la exhortación a no preocuparse por lo que haya que decir, poniendo más bien toda la confianza en el Espíritu del Padre, que se ocupará de inspirar lo que haya que decir, cae, en cambio, de la parte de la sencillez. La perspectiva de lo que tendrá lugar antes del triunfo definitivo de Cristo no es una perspectiva rosa: el mal es engendrador de mal y agita las mismas relaciones familiares, llegando hasta las raíces de la vida (v. 21), pero quien soporte ser odiado (no a causa de sus propias fechorías, sino de Cristo soberanamente amado y seguido: v. 22) será salvo.

Se trata, en definitiva, de perseverar en el obrar contra el mal, aunque intentando huir de los perseguidores (v. 23), con la certeza en el corazón de que, dentro del  discurrir de los días, sigue siendo inminente la venida del Hijo del hombre, con su victoria definitiva sobre el mal y sobre la muerte (v. 23b).

 

MEDITATIO

Vivir las jornadas espiritualmente significa experimentar que ninguna potencia humana nos salva y que no es «elaborando» proyectos de autosuficiencia, ni poniendo nuestra confianza en nuestras obras como realizamos el Reino de Dios en nosotros y a nuestro alrededor.

El secreto de una vida verdadera es, en primer lugar, el continuo retorno al corazón habitado por Dios. Decían los Padres que hacer memoria continuamente de Dios a lo largo de nuestras propias jornadas es lo que, en concreto, nos hace caminar con el Señor, dando frutos en él. La estrategia consiste, por consiguiente, en una interioridad activa: desde la dispersión que supone hacer muchas cosas, hemos de tomar de nuevo, lo más a menudo que podamos, conciencia de que el Señor «mora» en nosotros, y volver a él con rápidos, pero igualmente frecuentes, contactos de amor. Verdaderamente, será como «sentarse a su sombra» (Os 14,8) y encontrar reposo; será un florecer y un dar fruto también en el campo apostólico.

Lo sabemos: no se trata de una aventura fácil, pero el Señor será «rocío» de Espíritu Santo, que nos sugerirá cómo relacionarnos con el mundo en que vivimos para que podamos ser sencillos en la búsqueda de Dios y de todo lo que es verdad de amor, prudentes en el discernimiento de los caminos que no nos alejen de esta verdad.

La elección de un estilo de vida marcado por la mansedumbre del Cordero en una sociedad penetrada por grandes y sutiles y, aparentemente, triunfantes violencias nos asemeja al Señor Jesús: el Cordero que quita el pecado del mundo, nuestros mismos pecados. En él y por él, dentro de una fe que lo envuelve todo, es como discurren los días serenos incluso en medio de las dificultades, a veces en medio de persecuciones. Porque lo sabemos: «Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe» (1 Jn 5,4).

 

ORATIO

Señor, hazme volver a ti: a cada hora, en cada momento.

Que dentro del torbellino de cosas que debo hacer, sea tu recuerdo, el de tu presencia gloriosa en mí, lo que me permita dar «fruto» en todas las obras buenas que has proyectado para mí.

Sé para mí rocío del Espíritu Santo: tanto para mi continuo «florecer» en la relación de amor vital y nupcial contigo como para el modo de relacionarme con los hermanos. No permitas que la violencia, típica de este mundo, me envenene o se mezcle conmigo. Que no me debilite en los miedos.

Hazme apacible con la fuerza de tu amor. Que el perdonar con facilidad sea el estilo con que discurren mis días y que la humilde aceptación y comprensión del otro, incluso cuando no pueda y no deba compartir su credo y sus ideas, se convierta en mi participación en tu ser amor que salva.

 

CONTEMPLATIO

Libéranos de todas las acciones impuras, repugnantes a tu inhabitación en nosotros. Que no apaguemos los esplendores de tu gracia que ilumina la vista de los ojos interiores. Que sepamos que tú te unes a nosotros gracias a la oración y a una vida irreprensible y santa

Y puesto que Uno de la Trinidad se ha ofrecido en sacrificio y Otro lo recibe y se muestra propicio con nosotros, acepta, oh Señor, nuestra súplica. Dispón en nosotros santas moradas, a fin de que saboreemos al Cordero celestial y recibamos el maná que da la vida inmortal y una salvación nueva a través de un camino de amor (Gregorio de Norek, Liber orationum, 33, 5).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Sé rocío para mí, Señor. Floreceré en ti».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En el ejercicio de su propia actividad laboral se esforzará el cristiano por tener siempre la intención de hacerlo todo para gloria de Dios y para el mayor bien del prójimo: por eso se comparará a menudo con aquellos de la comunidad o de su lugar de trabajo que puedan ayudarle y, sobre todo, con el Señor, a través de la escucha de la Palabra y de la oración, a fin de que el trabajo sea ámbito de gracia y de santificación para sí y para aquellos con quienes se encuentra y queden superados las contradicciones, los sufrimientos y las pobrezas que pesan sobre la experiencia del trabajo humano.

Esta espiritualidad del trabajo se convierte en un modo concreto de dar gracias a Dios por sus dones y vivir la vuelta a él de todo lo que, de manera gratuita, nos ha dado al llamarnos a la vida y a la fe.

Educar significa asimismo dar gratis a otros lo que nos ha sido dado gratuitamente: la educación es una forma elevada de restitución de los bienes recibidos, por eso la Iglesia se sien te llamada a ser comunidad educadora en la gratitud a Dios, dador de dones, y en el compromiso prioritario del servicio a las nuevas generaciones (Cario Maria Martini, Parlo al tuo cuore. leñera pastorale per l'anno 1996-1997, Milán 1996, pp. 44ss).

 

 

Día 9

 Sábado de la XIV semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 6,1-8

1 El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en un trono alto y excelso. La orla de su manto llenaba el templo.

2 De pie, junto a él, había serafines con seis alas cada uno: dos para cubrirse el rostro, dos para ocultar su desnudez y dos para volar.

3 Y se gritaban el uno al otro: «Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso, toda la tierra está llena de su gloria».

4 Los quicios y dinteles temblaban a su voz, y el templo estaba lleno de humo.

5 Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en un pueblo de labios impuros, he visto con mis propios ojos al Rey y Señor todopoderoso».

6 Uno de los serafines voló hacia mí, trayendo un ascua que había tomado del altar con las tenazas;

7 me lo aplicó en la boca y me dijo: «Al tocar esto tus labios, desaparece tu culpa y se perdona tu pecado».

8 Entonces oí la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré?, ¿quién irá por nosotros?» Respondí: «Aquí estoy yo, envíame».

 

**• Esta perícopa del profeta Isaías es importantísima para comprender su mensaje. Fue escrita en torno al año 724 a. de C, año de la muerte del rey Ozías. Marca la conclusión de un período de prosperidad y de autonomía para Israel y le sirve al profeta para destacar un tema que le es propio: la santidad y la gloría eterna de un Dios que trasciende con mucho toda grandeza humana y es «el Santo de Israel» por excelencia. Es por este Dios por quien se siente llamado Isaías. El escenario es el templo de Jerusalén y la antropomórfica descripción del Señor sobre el trono, rodeado por los serafines (criaturas con semejanza humana, pero dotadas de seis alas), refleja las representaciones del Oriente próximo, si bien la solemnidad y el arrebato de Isaías dicen mucho más.

La triple repetición del «Santo, santo, santo» intenta expresar la infinita santidad de Dios, su trascendencia, su absoluta diferencia respecto a aquello que, por ser terreno, se corrompe o sólo es limitado. El sentido de la presencia de Dios lo proporciona tanto el temblor de las puertas del templo como el humo (v. 4), semejante, en la función de significar la gloria de Dios, a la nube que cubría el tabernáculo durante el tiempo que permaneció Israel en el desierto. En este punto queda Isaías como turbado, abrumado por el sentido de su indignidad, ligada a su pecado y al del pueblo, frente a la infinita pureza y santidad de Dios. Nos viene a la mente Ex 33,20: «No podrás ver mi cara, porque quien la ve no sigue vivo».

Sin embargo, Dios no quiere la muerte del hombre e interviene a través de un acto simbólico de purificación, con el que expresa que se trata siempre, ante todo, de una iniciativa de Dios y no del hombre (w. 7ss).

El Señor se dirige aún a la asamblea de los serafines, que son consultados sobre el gobierno del mundo (v. 8a); sin embargo, de manera indirecta, la voz del Señor interpela y llama a Isaías para que, investido por la gloria y por la santidad de Dios, vaya a profetizar en su nombre: «Aquí estoy yo, envíame» (v. 8b). Es la plena disponibilidad de quien se deja invadir por un Dios que salva.

 

Evangelio: Mateo 10,24-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

24 El discípulo no es más que su maestro; ni el siervo más que su señor.

25 Basta con que el discípulo sea como su maestro, y el siervo como su señor. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebú, ¡más aún a los de su familia!

26 Así pues, no les tengáis miedo; porque no hay nada oculto que no haya de manifestarse, ni nada secreto que no haya de saberse.

27 Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; lo que escucháis al oído, proclamadlo desde las azoteas.

28 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden quitar la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno.

29 ¿No se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Y sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre.

30 En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados.

31 No temáis, vosotros valéis más que todos los pájaros.

32 Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a su favor delante de mi Padre celestial,

33 pero a quien me niegue delante de los hombres yo también lo negaré delante de mi Padre celestial.

 

*•• Lo que leímos ayer nos ponía vigorosamente frente a las exigencias de la misión, incluidas sus extremas consecuencias de la persecución y la muerte. Hoy introduce Jesús en su discurso el tema, típicamente bíblico, del «no tener miedo», que aparece en la Sagrada Escritura 366 veces. El pasaje está estructurado precisamente por la repetición, a modo de imperativo, de la invitación a no tener miedo (w. 26.28.31), a la que en cada ocasión siguen los motivos por los que la confianza debe poner en jaque mate al temor. El primer motivo es éste: aunque el bien está ahora como velado y la astucia y la virulencia del mal parecen ocultarlo, se producirá una inversión total y veremos, en el triunfo de Cristo, el triunfo de todos los que han elegido hacer el bien.

Ésa es la razón de que se anime a los discípulos a la audacia del anuncio. Lo que se nos entrega es pequeño como un pábilo en las tinieblas, como un susurro al oído, pero ha de ser entregado a plena luz del día, gritado (con todos los medios, incluidos los que emplean antenas y repetidores) incluso desde los techos. Aunque el precio sea la muerte, ha de saber el discípulo que la muerte del cuerpo será siempre un hecho natural que hemos de afrontar con paz, sobre todo cuando estamos seguros de que nada ni nadie, si vivimos y anunciamos el Evangelio, podrá matar la vida en nosotros, puesto que el verdadero mal destructor de esta vida y de la otra es el pecado.

La argumentación de Jesús sobre las razones para no tener miedo se une, a continuación, a dos imágenes tiernísimas: la de los «pájaros», que, aunque tienen un precio irrisorio, son objeto del amor providente del Padre, y la de los «cabellos» de nuestra cabeza, contados todos ellos. En verdad, dice el Señor, es preciso que no dejemos que el miedo ocupe lugar alguno en nosotros y nos decidamos, en cambio, a llevar una vida consagrada a dar testimonio de Cristo y del Evangelio.

 

MEDITATIO

La sociedad del «tener más» margina cada vez más a Dios mediante una serie de mecanismos que tienen que ver con el placer a cualquier precio, por cualquier medio.

Ropa, dinero, servicios, experiencias: todo se ofrece en el gran supermercado del mundo. Sin embargo, el hombre, antes que perseguir la paz del corazón, experimenta un gran vacío, amplificado precisamente por estar abrumado por bienes de fortuna. Si no quiere morir de asfixia espiritual, ha llegado el tiempo de invertir por completo su marcha.

«Buscad a Dios y viviréis», advierte el profeta Amos. Y los ángeles de la natividad cantan: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor». Lo que el corazón (mucho más que la mente) debe comprender es el hecho de que, si busco la gloria del Señor en mi obrar, si mi ojo interior se abre a contemplarle, a querer obrar por amor a él, llego también a la paz. Si, en cambio, busco mi paz adhiriéndome a este mercado de propuestas consumistas apoyadas por el psicologismo, me pierdo en callejones sin salida, donde se encuentran dispuestos a sofocarme miedos cada vez más insurrectos.

Ahora bien, para que busque yo la gloria del Señor y sepa descubrirla por doquier -en la flor apenas entreabierta, en el cielo poblado de estrellas, en el rostro amigo, en el día alegre y en el cansado- necesito dejarme purificar.

El Señor sabe de quién y de qué servirse para que yo no esté bajo el dominio del egoísmo, sino de la gloria de Dios. El otro elemento fundamental es que reciba el repetido: «No tengáis miedo». En un mundo profundamente turbado, absorber el «no tengáis miedo» en los ámbitos más profundos del ser me hace adquirir confianza, solidez, soltura, incluso en orden al apostolado. Diré con Isaías: «Aquí estoy yo, envíame».

 

ORATIO

Señor, sabes que me atrae el placer y que tiendo a cambiarlo por la alegría y por la paz que necesito. Te suplico, en medio de la corrupción del gran mercado en que vivo, que me hagas dejarme purificar por ti no sólo los labios, como Isaías, sino en lo profundo del corazón.

Ayúdame a aceptar aquello de que tú quieres servirte para realizar esta necesaria purificación. Espabílame en el combate espiritual contra las pasiones, para que desee y anhele, en todo, tu gloria y no las mezquinas satisfacciones de mi egoísmo. Y que tu «no tengáis miedo» sostenga esta voluntad mía un día tras otro.

Si tú me persuades de que buscar tu gloria significa obtener asimismo la paz del corazón, viviré mejor estos mis breves días y los viviré en plenitud: no replegado en mí mismo, sino entregado al anuncio de esta paz, de esta alegría, también a mis hermanos. Purifícame, Señor, fortifícame y, después... «aquí estoy yo, envíame».

 

CONTEMPLATIO

Ahora sólo te amo a ti, sólo a ti te sigo, sólo a ti te busco y estoy dispuesto a pertenecerte del todo, para que sólo tú ejerzas la soberanía, Señor mío, sólo deseo ser tuyo. Manda y ordena lo que quieras, te lo ruego, pero cura y abre mis oídos, a fin de que pueda oír tu voz. Cura y abre mis ojos, a fin de que pueda ver tus señas. Aleja de mí lo que me impide reconocerte. Muéstrame tú el camino y dame lo que necesito para el viaje (Agustín, Soliloquios, Libro primero).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «.Toda la tierra está llena de tu gloria» (cf. Is 6,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nuestra carne está hecha para morar en Dios, para convertirse en templo de Dios.

La carne de Jesús es el templo de Dios. De este templo correrán ríos de agua viva para alimentar, curar, revelar el amor y la compasión.

Nuestra carne, transfigurada por el Verbo encarnado, se vuelve un instrumento para difundir el amor de Dios.

Igual que para María, también para nosotros la carne de Cristo, su humanidad, son el medio a través del cual y en el cual nos encontramos con Dios.

La llamada que hemos recibido no es a dejar la humanidad de Cristo para ir al encuentro de Dios, que trasciende la carne, sino a descubrir y a vivir la carne de Jesús como carne de Dios, su cuerpo como un sacramento que da un sentido nuevo a nuestra carne humana, que nos revela el amor eterno de la Trinidad donde el Padre y el Hijo, en la unidad del Espíritu Santo, se aman desde toda la eternidad.

Nuestros cuerpos han sido concebidos en el silencio y en el amor.

Nuestra primera relación, con nuestra madre, ha sido una relación de comunión, a través del tacto y de la fragilidad de la carne.

Hemos sido llamados a crecer, a desarrollarnos, a volvernos competentes y a luchar por la justicia y por la paz; pero, en definitiva, todo está destinado a la entrega de nosotros mismos, al reposo y a la celebración de la comunión.

Todo empieza en la comunión, todo culmina en la comunión.

Todo empieza en la fiesta de las bodas y todo se consuma en la fiesta de las bodas, en la que nos entregamos con amor. (Jean Vanier, Gesú: ¡I dono dell'amore, Bolonia 1995, pp. 173ss [edición catalana: Jesús, el do de l'amor, Editorial Claret, Barcelona 1994]).

 

 

 

Día 10

XV domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 30,10-14

Moisés habló al pueblo diciendo:

10 Obedecerás a la voz del Señor, tu Dios, observando sus mandamientos y sus leyes, escritas en este libro de la ley, y te convertirás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma.

11 Pues el precepto que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance.

12 No está en el cielo para que digas: «¿Quién subirá al cielo a buscarlo para que nos lo dé a conocer y lo pongamos en práctica?».

13 Tampoco está más allá de los mares para que digas: «¿Quién pasará al otro lado de los mares a buscarlo para que nos lo dé a conocer y lo pongamos en práctica?».

14 Pues la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.

 

*+• El texto presenta una orden de Moisés: «Obedecerás... y te convertirás» (v. 10). A primera vista, parece una petición inmotivada de sumisión. Pero si ponemos el fragmento en su contexto, veremos cómo la obediencia se sitúa en el marco de la alianza. En el comienzo está la obra de Dios: «Vosotros habéis visto todo lo que el Señor hizo en Egipto al faraón, a sus servidores y a todo su país; con tus propios ojos viste aquellas terribles pruebas, aquellos grandes milagros y prodigios» (Dt 29,1). El pueblo está invitado a responder a la iniciativa de Dios, a entrar en su alianza aceptando sus condiciones: «Observad, pues, las palabras de esta alianza» (29,8).

Si el pueblo, después de haberlas aceptado, no las observa, será castigado con el exilio. Pero de éste será posible volver mediante una nueva intervención gratuita de Dios: «El Señor, tu Dios, hará volver a tus deportados, tendrá piedad de ti» (30,3), y él mismo te inducirá a la conversión, «circuncidará tu corazón» (30,6). Gracias a esta acción divina, todo el mundo estará al final en condiciones de convertirse y de obedecer, como pide Moisés, y de procurarse así la felicidad que Dios desea ofrecerles: «El Señor se alegrará de nuevo por ti haciéndote feliz» (30,9).

Por otra parte, es posible obedecer no sólo por el impulso interior que viene de Dios, sino también porque lo que él manda está a nuestro alcance: «No es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance», sino que «está muy cerca de ti» (w. 11.14). La ley del Señor es accesible, y obedecerla es el camino de la «vida»: «Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que yo te prescribo hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos y observando sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, vivirás y serás fecundo» (Dt 30,16).

 

Segunda lectura: Colosenses 1,15-20

15 Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura.

16 En él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles: tronos, dominaciones, principados, potestades, todo lo ha creado Dios por él y para él.

17 Cristo existe antes que todas las cosas y todas tienen en él su consistencia.

18 Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. Él es el principio de todo, el primogénito de los que triunfan sobre la muerte, y por eso tiene la primacía sobre todas las cosas.

19 Dios, en efecto, tuvo a bien hacer habitar en él la plenitud

20 y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra, trayendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz.

 

**• El himno exalta la grandeza de Cristo apoyándose en tres puntos de referencia. Respecto al Padre, Jesús es el icono, la imagen visible del Dios invisible {cf. v. 15). Por eso dice: «Quien me ve a mí ve a aquel que me ha enviado» (Jn 12,45; 14,9). Es el mediador de la obra de la redención: «Por medio de él», mediante su sangre derramada en la cruz, el Padre celestial ha reconciliado consigo el universo (v. 20).

En un contexto filosófico en el que se pensaba que el cielo y la tierra estaban poblados por potencias misteriosas, se afirma que Cristo posee el primado absoluto sobre todas ellas, que el cosmos está bajo su dominio, que él es el principio y el fin de todas las cosas: «todo lo ha creado Dios por él y para él», «Cristo existe antes que todas las cosas» y todas encuentran «en él» su consistencia (w. 15b-17). Cristo ejerce su señorío también sobre la Iglesia, su «cuerpo», del que es «la cabeza» (v. 18).

 

Evangelio: Lucas 10,25-37

En aquel tiempo,

25 se levantó un maestro de la Ley y le dijo para tenderle una trampa: -Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?

26 Jesús le contestó: -¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?

27 El maestro de la Ley respondió: -Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.

28 Jesús le dijo: -Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás.

29 Pero él, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: -¿Y quién es mi prójimo?

30 Jesús le respondió: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de desnudarlo y golpearlo sin piedad, se alejaron dejándole medio muerto.

31 Un sacerdote bajaba casualmente por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo.

32 Igualmente, un levita que pasó por aquel lugar, al verlo, se desvió y pasó de largo.

33 Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo, sintió lástima.

34 Se acercó y le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él.

35 Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero, diciendo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta».

36 ¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?

37 El otro contestó: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: -Vete y haz tú lo mismo.

 

**- El maestro de la Ley plantea una pregunta de suma importancia; se refiere a la vida eterna y al camino para llegar a ella, aunque le mueve una intención poco limpia {«para tenderle una trampa»: v. 25). Jesús le responde con otra pregunta que, didácticamente, implica también al interlocutor, como si le dijera: «Tú eres un maestro de la Ley y, a buen seguro, conoces la respuesta a tu pregunta». Cogido por sorpresa, el maestro debe seguir el juego. En realidad, responde de una manera excelente, fundiendo en uno los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo (Dt 6,5; Lv 19,18), lo que le merece la aprobación de Jesús: «Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás» (v. 28).

El maestro, «queriendo justificarse» (v. 29), es decir, deseando evitar la mala imagen de haberse presentado aparentemente sin motivo, puesto que ha mostrado conocer la respuesta a la pregunta que había planteado, se ve obligado a interrogar a Jesús sobre otro punto: ¿Cómo puedo saber quién es «miprójimo»! La cuestión a la que parece aludir es si por «prójimo» se entiende sólo «los hijos de tu pueblo», como se lee en el texto citado más arriba (Lv 19,18), o si el concepto se extiende también a los extranjeros que habitan en Israel: «Si un emigrante se instala en vuestra tierra, no le molestaréis; será para vosotros como un nativo más y lo amarás como a ti mismo» (Lv 19,33-34; cf. Dt 10,19). Y, por otra parte, si entre esos extranjeros debe amarse sólo a los prosélitos, es decir, a los que habían aceptado vivir plenamente a la manera de los judíos.

Jesús le responde con la parábola del buen samaritano, en la que enseña tres cosas: que el prójimo es cualquier miembro de la humanidad, simplemente «un hombre» (v. 30); que esto lo comprende hasta un samaritano, alguien mucho menos cualificado que un maestro, un sacerdote o un levita: un «excomulgado», al que los judíos no consideraban ni siquiera como prójimo, es propuesto por Jesús como modelo de hacerse prójimo; y, sobre todo, muestra que la pregunta ha de hacerse en la dirección opuesta, no hacia nosotros mismos, sino hacia el otro: no quién me es prójimo, sino quién se hace prójimo. Amor significa aquí «tener compasión» de cualquiera que sufra, tomar la iniciativa y hacer al otro lo que si yo estuviera en necesidad quisiera que me hicieran a mí. La respuesta de Jesús a la pregunta del principio sonaría en sustancia así: «Tiene la vida eterna todo el que cuida de la vida de cualquier necesitado». Paradójicamente, para tener la vida es preciso darla.

 

MEDITATIO

La primera lectura está armonizada con la del evangelio: en ambas podemos recoger dos mensajes para profundizar en ellos y actualizarlos. El primero es el de la proximidad. El texto del Deuteronomio afirma que la Palabra de Dios se ha hecho «próxima», se ha hecho accesible y practicable. El mandamiento de amar al prójimo está cerca del corazón del hombre; de hecho, lo comprende y lo pone en práctica hasta un samaritano, aunque no reconozca más que una parte de la Escritura (el Pentateuco) y sea considerado por los judíos como alguien medio pagano, mientras que, de manera extraña, en la observancia de este mandamiento se muestra inseguro el maestro de la Ley y fallan del todo el sacerdote y el levita, que anteponen la pureza legal (cf. Lv 22,4-7) a la ayuda a una persona. Por otra parte, la parábola del buen samaritano da la vuelta a la idea de prójimo: no se trata de alguien que se acerca a ti, sino de que tú debes acercarte al necesitado. El momento de tomar la iniciativa no depende del carné de identidad del otro, sino de tu capacidad de «compasión». El principio de la proximidad no está fuera, sino dentro de nosotros. Las ocasiones de actualizarlo se nos presentan de continuo.

Un segundo mensaje que se desprende de las dos lecturas está en el nexo entre la observancia de los mandamientos, en particular el de la caridad, y la vida. En el fragmento del Deuteronomio, la vida es la de este mundo, sostenida por la abundancia de los bienes materiales, en los que se reconoce de modo concreto la bendición de Dios. En cambio, en el evangelio la pregunta versa sobre la vida eterna, una vida cualificada por la comunión con Dios, antes que por su duración perenne. En ambos casos, el camino de la vida pasa por la observancia del doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo. Si en otro lugar se dice que la vida nace del amor que recibimos, aquí se afirma que la vida se desarrolla en virtud del amor que somos capaces de dar. Quien quiera plenitud de vida sabe ahora cómo alcanzarla y puede examinarse sobre su camino: si ha seguido los pasos del buen samaritano o los del sacerdote y el levita.

 

ORATIO

Proyectando la luz de estos mensajes sobre nuestra vida, podemos ver las realizaciones positivas, las ocasiones en las que nos hemos hecho prójimos y otras en las que tal vez han prevalecido en nosotros el cierre, la discriminación, el miedo a ser molestados por aquel que con distintas necesidades esperaba nuestra ayuda.

Demos gracias al Señor por el bien que hayamos hecho y pidámosle perdón por las omisiones. Invoquemos al Espíritu Santo, que «da la vida» y es fuente del amor, para que abra nuestros ojos y nos demos cuenta de los necesitados, para que nos inspire las iniciativas adecuadas y dé fuerza de amor a nuestro corazón para llevarlas a cabo. Y, sobre todo, elevemos una oración de alabanza al Señor, que nos ha revelado el camino de la vida y ha suscitado en la historia de la Iglesia todo un ejército de santos y santas que han seguido el ejemplo del buen samaritano.

 

CONTEMPLATIO

Tras meditar sobre los mandamientos y la oración consiguiente, fijemos nuestra mirada en Dios, que se revela a través de su Palabra. Con el doble mandamiento del amor, Dios no nos ordena nada diferente a lo que él mismo es. El Padre nos quiere connaturales, hijos capaces de amar a imitación suya. En el mandamiento principal se refleja el rostro de Dios. Deberíamos detenernos a considerarlo así: «Dios es amor»; el miedo al encuentro con él al final de nuestra vida se desvanecerá en la medida en que, desde ahora, «seamos como es él» (1 Jn 4,16.17).

En la parábola del buen samaritano, Jesús nos habla, en el fondo, de sí mismo: es él quien en la sinagoga de Nazaret proclama «el año de gracia», el tiempo de la liberación de los pobres, de los prisioneros, de cuantos están oprimidos por las diferentes enfermedades (Lc 4,18ss). El evangelio cuenta las obras que Jesús, «imagen» del Padre (Col 1,15), lleva a cabo «movido por la compasión» (Lc 7,13; 10,33; 15,20).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Haz esto y vivirás» - «Vete y haz tú lo mismo» (Lc 10,28.37).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

A lo largo de la historia, cada vez que los hombres y las mujeres han sido capaces de responder a los acontecimientos del mundo tomándolos como ocasiones para madurar su propio corazón se ha abierto una fuente inagotable de generosidad y de vida nueva, entreabriendo una esperanza que superaba toda predicción humana. Si pensamos en las personas que nos han infundido esperanza, reforzando nuestro espíritu, descubrimos con frecuencia que no eran en absoluto profesionales del consejo, de la amonestación y de la moral, sino sólo personas capaces de expresar, con sus palabras y sus acciones, la condición humana de la que participaban, y que nos han incitado a hacer frente a los hechos reales de la vida.

Los predicadores que reducen lo inexplicable a problema, ofreciendo soluciones de servicios médicos de urgencias, nos deprimen porque evitan la piadosa solidaridad de donde proviene la curación. Ni Kierkeqaard, ni Sartre, ni Camus, ni siquiera Solzhenitsin han ofrecido nunca soluciones. Sin embargo, muchos de los que les leen encuentran energías para proseguir en la búsqueda. Quien no huye de nuestros dolores, sino que los toca piadosamente, nos cura y nos refuerza. A decir verdad, la paradoja consiste en el hecho de que el comienzo de la curación está en la solidaridad en ese dolor. En nuestra sociedad, orientada hacia las soluciones, cada vez es más importante darse cuenta de que pretender aliviar el dolor sin compartirlo es como pretender salvar a un niño de una casa en llamas sin correr el riesgo de quemarse (H. J. Nouwen, Viaggio spirituale per l'uomo contemporáneo, Brescia 81999, p. 54).

 

 

 

Día 11

11 de julio, conmemoración de

San Benito

 

Benito (Nursia, c. 480 - Montecassino, c. 547) fue el «fundador» del monacato occidental. Cautivado e impulsado por el Espíritu, abrazó en su edad juvenil un período de absoluta soledad en una cueva de Subiaco; su fama le atrajo algunos discípulos, para los que organizó la vida cenobítica. Primero, en pequeños monasterios y, después, en el célebre cenobio de Montecassino.

Su Regla reasume sabiamente la tradición monástica oriental y la adapta con discreción al mundo latino. Esta «escuela de servicio al Señor» se construye en torno a la lectura amorosa de la Palabra de Dios [lectio divina), a la liturgia de alabanza desarrollada de manera coral y al trabajo realizado en un clima de caridad fraterna, de humilde y obediente servicio.

 

LECTIO

Primera lectura: Proverbios 2,1-9

1 Hijo mío, si acoges mis palabras y almacenas mis mandatos,

2 prestando atención a la sabiduría y abriendo tu mente a la prudencia;

3 si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia,

4 si la buscas como al dinero y la desentierras como un tesoro,

5 entonces comprenderás el temor del Señor y hallarás el conocimiento de Dios.

6 Porque el Señor concede la sabiduría y de su boca brotan saber y prudencia.

7 Él almacena sensatez para el hombre recto, es escudo para el de conducta cabal.

8 Cuida las sendas del derecho y guarda el camino de los fieles.

9 Entonces comprenderás el derecho, la justicia y la rectitud, todos los caminos del bien.

 

**• El texto bíblico presenta una lista de instrucciones dirigidas por un padre a su hijo a fin de exhortarle a adquirir ese bien precioso que es la sabiduría. Sólo una búsqueda apasionada de ésta permite establecer una recta relación con YHWH {«el temor del Señor»), que proporciona la sabiduría y protege al sabio.

A estas palabras hacen eco las del prólogo de la Regla benedictina, que empieza precisamente así: «Escucha, hijo, los preceptos del Maestro e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto el consejo de un padre piadoso...». Acoger la Palabra de Dios es, por consiguiente, el camino seguro para configurarse con Cristo, Sabiduría del Padre.

 

 

Evangelio: Mateo 19,27-29

27 Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?»

28 Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

29 Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna.

 

          **> ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?’ le pregunta Pedro a Jesús. Este episodio está a continuación de la invitación al joven rico a venderlo todo para dar el dinero a los pobres y seguir a Jesús, y a los comentarios posteriores de Jesús de cuán difícil le es a los ricos entrar en el reino de los cielos. Desde ahí surge la pregunta de Pedro. ‘Os sentaréis sobre doce tronos para regir a las doce tribus de Israel’, le responde Jesús que continuará diciendo: ‘El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna’.

¿Lo importante? La herencia de la vida eterna. Podremos tener o no tener consuelos humanos, pero la herencia del Reino de los cielos es el verdadero tesoro por el que merece dejarlo todo. Es lo que nos estimula en el seguimiento de Jesús a todo cristiano. Es lo que está en el fondo de la disponibilidad y generosidad de corazón de quienes sentimos la llamada del Señor de dejarlo todo para consagrarnos a El y a su Reino.

Hay renuncias que pudieran ser dolorosas en el corazón que Dios nos compensa con su gracia y hechas con amor nos dan una alegría interior que por nada queremos cambiar. Renunciamos quizá a una familia quienes nos consagramos al Señor en la vida sacerdotal o religiosa, pero estamos insertos en una familia más grande que son nuestras comunidades, a aquellos a los que nos entregamos en nuestro servicio, y que nos hará tener más libre el corazón para llenar a tener esa disponibilidad y esa entrega.

Este evangelio que estamos comentando es el propio de esta fiesta de san Benito, Padre y Patriarca del monacato occidental y patrono de Europa que hoy celebramos. Estudiante en Roma de filosofía y de retórica siente en su corazón la llamada del Señor, desde la meditacion del evangelio allá en lo hondo de su corazón, para dejarlo todo por el Reino de Dios.

Vive como eremita en el Subiaco, pronto se congregan junto a él muchos que quieren vivir su estilo de consagración al Señor con su regla del ‘orat et laborat’ y que, tras diversos avatares y acontecimientos que en un momento pusieron en peligro incluso su vida, será el principio de la Orden Benedictina que finalmente se establecería en Montecasino y que luego se extendería por todo el Occidente cristiano. Es por lo que se le considera el padre de los monjes de Occidente, porque en el oriente san Antonio Abad en Egipto y san Basilio fueron los que establecieron la regla del monacato oriental.

La espiritualidad de san Benito no es sólo inspiración para los que se consagran al Señor tras los muros de un monasterio o en la vida religiosa sino que puede ser también para todos los que queremos seguir a Jesús una ayuda grande para vivir nuestra espiritualidad cristiana. Reza y trabaja, resume la regla de san Benito.

Vivimos inmersos en el mundo con nuestras responsabilidades y trabajos; tenemos el compromiso de la construcción de nuestro mundo desde nuestro trabajo, desde nuestra responsabilidad allí donde el Señor nos haya llamado a desarrollar nuestra vida con nuestros valores y con nuestras cualidades que no podemos enterrar. Y a ese trabajo que realizamos le damos un sentido y un valor desde la fe que tenemos en el Señor y desde el espíritu del evangelio que queremos vivir.

          ¿Dónde encontraremos la fueza para realizar nuestra tarea? En el Señor está nuestra fuerza y nuestra vida. Desde nuestra unión con el Señor alcanzamos la gracia que necesitamos para vivir nuestras responsabilidades. Qué presente tiene que estar la oración en nuestra vida. No puede estar lejos nunca de la vida de un cristiano porque es nuestro medio de estar unidos al Señor. A un cristiano sin oración se le cae la base que sostiene toda su vida. Que aprendamos de san Benito, ‘maestro de la escuela del divino servicio’, como lo llama la liturgia, a poner esas bases solidas de nuestra espiritualidad cristiana que nos haga ser verdaderos testigos en medio de nuestro mundo.

MEDITATIO

«Señor, tú nos concederás la paz, pues todo lo que hacemos eres tú quien lo realiza» (Is 26,12). La paz del discípulo es el resultado de su adhesión y fidelidad al contenido del anuncio de Jesús: «Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertios y creed en el Evangelio» (Me 1,15). El discípulo, en su caminar, vive la certeza de haber recibido y tener que custodiar un don precioso -el Reino de Dios, Jesucristo mismo por el que vale la pena dejarlo todo -padres, trabajo, el propio pasado y el propio presente- enseguida, de inmediato, venciendo la tentación de mirar atrás, confiando más bien su propio futuro a una Palabra que exige obediencia: «Seguidme, os haré pescadores de hombres» (Mc 1,17). La palabra del seguimiento, acogida en un clima de obediencia, nos introduce en la diakonía de Cristo con el mundo y el hombre y se caracteriza por la configuración con el Hijo, que le hace perder al enviado cualquier tipo de temerosa sujeción, permitiéndole desarrollarse en la libre dignidad de una relación filial regalada (Gal 4,7).

La naturaleza cristiforme de la misión desarrollada por el discípulo interpreta y despliega al mismo tiempo el ejemplo de Cristo, sin pretender asignar al servicio de la Palabra ninguna connotación voluntarista, propia de quien pretende celebrar en el obrar virtuoso y comprometido la superioridad de su propio estatuto moral. El discípulo sabe, en efecto, que la Palabra del Reino ha sido confiada a los pequeños y, en la medida en que él sea capaz de volverse como un niño, tendrá en sus labios la Palabra de vida, para anunciarla desde los tejados y llevar la salvación al mundo, hasta el último rincón de la tierra (cf. Is 49,6).

El discípulo, enviado a anunciar con hechos y con verdad la Palabra de salvación, a contar que Dios dirige en Cristo su mirada providente sobre la historia humana, no desea «plata, oro o vestidos» (Hch 20,33), no desea «ganancias ilícitas» (1 Tim 3,8; Tit 1,7), porque ha aprendido que «allí donde está su tesoro está también su corazón» (Mt 6,21). La adhesión al Señor, la participación en su misión, es lo que llena el corazón del discípulo, porque él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

 

ORATIO

En la tierra de mi exilio te alabo, oh Señor, y manifiesto la fuerza y la grandeza de tu paternidad a todo el pueblo de tu creación.

En la oscuridad de mi nada, oh Señor, te alabo porque, incluso en medio de la oscuridad de la tristeza, contemplo en mi carne la impronta de tu dedo poderoso.

En la noche de mi errar te grito mi súplica y mi agradecimiento porque, en medio de la incertidumbre de mi creer, veo la Luz de la Esperanza, al Anhelado y al Esperado, a Cristo, tu luz gozosa que inunda de santo fuego los pasos de mi errar y me permite reposar en el Misterio.

 

CONTEMPLATIO

Desnudez y pobreza es destierro de los cuidados, seguridad de la vida, caminante libre y desembarazado, muerte de la tristeza y guarda de los mandamientos. El monje desnudo es señor de todo el mundo, porque todos esos cuidados puso en Dios: y mediante la fe posee todas las cosas. No tiene necessidad de revelar a los hombres sus necesidades. Todas las cosas que se le ofrecen toma como de la mano del Señor. Este obrero desnudo se hace enemigo de toda affición demasiada; y assi mira las cosas que tiene como si no las tuviesse; y si se pasare a la vida solitaria, todas las cosas tendrá por estiércol. Mas el que se entristece por alguna cosa transitoria, no sabe aún quál sea la verdadera desnudez. El varón desnudo hace puríssima oración: mas el iobdicioso padece muchas imágenes en ella. Los que perseveran humildemente en la sanctíssima subjectión, muy apartados están de cobdicia: porque qué cosa pueden tener propia los que su propio cuerpo offrescieron por amor de Dios al imperio del otro? Verdad es que un solo daño padescen éstos, que es estar muy promptos y aparejados para la mudanza de los lugares, que no siempre es provechosa. Vi yo algunos monjes que por la occasión que tuvieron de trabajos en algún lugar alcanzaron la virtud de la paciencia: mas yo tengo por mas bienaventurados a aquellos que por amor de Dios procuraron diligentemente alcanzar esta virtud.

El que ha gustado de los bienes del cielo fácilmente desprecia los de la tierra: mas el que aún no los ha gustado alégrase con las cosas de acá. El que procura alcanzar esta desnudez, y no con el fin que debe, en dos cosas recibe agravio, pues caresce de los bienes présentes y de los futuros (Juan Clímaco, La escala espiritual. Con anotaciones de fray Luis de Granada, XXVI, versión electrónica).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Me 1,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Señor ha muerto y ha resucitado: éste es el último acontecimiento. Esta es la última hora. Frente a todos los tiempos y todos los momentos [...]. Puesto que Cristo es el último acontecimiento, el modo como el cristiano mira la historia, mira los tiempos y se plantea los interrogantes no es el de quien espera una novedad que no conoce, sino el de quien sabe que, en todo caso, la novedad no superará este acontecimiento. Será una novedad auténtica si tiene el perfil de este acontecimiento: así, mientras camina en el tiempo, el cristiano permanece vuelto hacia este acontecimiento que es el último, que es el único y que está puesto en un sentido verdadero entre los tiempos.

De ahí, pues, el paradójico modo cristiano de leer la historia [...]. El cristiano sabe que todo reposa en este acontecimiento, conocido ya en sus líneas esenciales. Es el modo paradójicamente sereno con que el cristiano mira los tiempos y vive entre los tiempos frente a los interrogantes y a los desarrollos de los tiempos. En nombre de esta conciencia, es importante no buscar certezas sobre el futuro, no pretender disponer del futuro. Esto no es cristiano no porque sea inmediatamente diabólico, sino porque no responde al sentido de la fe en la «ultimidad» de Jesucristo.

No tenemos necesidad de ninguna otra cosa para vivir en un clima de confianza, de esperanza, entre los tiempos y en sus momentos cruciales. De aquí procede asimismo el paradójico modo cristiano de ser creativos, de realizar sus acciones en el mundo, en las situaciones de los tiempos, entendiendo el mundo no precisamente como el cosmos, sino como una realidad humana, cultural. Es el modo paradójico de quien no se pone nunca en relación con el presente, con la situación, con los tiempos, con las culturas, con los mundos, sin referirse al mismo tiempo a un acontecimiento que ya ha «tenido lugar» (G. Moioli, // discepolo, Milán 2000, pp. 61-63).

 

 

Día 12

 Martes de la XV semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 7,1-9

1 Reinando en Judá Ajaz, hijo de Jotán, hijo de Ozías, subieron a atacar Jerusalén el rey de Siria, Rasín, y el rey de Israel, Pécaj, hijo de Romelías, aunque no lograron conquistarla.

2 Comunicaron al heredero de David: «Los sirios acampan en Efraín». Temblaron el rey y su pueblo, como tiemblan los árboles del bosque sacudidos por el viento.

3 El Señor dijo a Isaías: -Sal con tu hijo Sear Yasub al encuentro de Ajaz. Cuando te encuentres con él al final del canal de la piscina de arriba, junto al camino del campo del batanero,

4 dile: Pon atención, pero estáte tranquilo. No tengas miedo, ni te acobardes ante estos dos tizones humeantes (ante la ira ardiente de Rasín, el sirio, y del hijo de Romelías).

5 Cierto que Siria y Efraín, con el hijo de Romelías al frente, han tramado tu ruina diciendo:

6 «Subamos contra Judá, se asustará de nosotros, la conquistaremos y pondremos por rey al hijo de Tabel».

7 Pero esto dice el Señor Dios: eso no pasará, no se llevará a cabo:

8a la capital de Siria es Damasco y a la cabeza de Damasco está Rasín;

9a la capital de Efraín es Samaría y a la cabeza de Samaría está el hijo de Romelías.

8b Dentro de sesenta y cinco años, Efraín será aniquilado, y dejará de ser pueblo.

9b Si no creéis, no subsistiréis.

 

**• Sobre el fondo de la guerra siro-efraimita, que opuso a los reyes de Israel y de Siria contra el rey de Judá, se abre con el capítulo 7 de Isaías el así llamado «libro del Enmanuel». «Enmanuel», Dios-con-nosotros, es el nombre del hijo anunciado a Ajaz, rey de Judá, como signo que garantiza la intervención salvífica de YHWH, a pesar de la incredulidad del soberano y de los grandes del reino.

En torno a esta figura se agrupan los oráculos de los capítulos. 7-11, en los que se atribuye al hijo que ha de nacer prerrogativas que superan los confines de su historia contemporánea y lo elevan a símbolo e imagen del mesías que había de venir. Dios cumplirá su promesa y asegurará el futuro de la dinastía davídica. Al rey y al pueblo les corresponde esta adhesión de fe, condición indispensable para participar de la promesa misma.

Frente a la inminente amenaza de Israel y de Siria, que no perdonan a Judá su no participación en la coalición antiasiria, el rey Ajaz, por un lado, dota a Jerusalén de defensas que puedan asegurarle la supervivencia en caso de asedio y, por otro, intenta aliarse con el más fuerte, esto es, precisamente Asiria. El profeta va al encuentro del rey para recordarle que lo que cuenta y marca la diferencia no es tanto la estrategia política y militar como la fe en Dios (v. 9b), único auténtico soberano de Judá, a quien el profeta representa. El Señor garantiza la victoria sobre los dos reyes, cuyo poder es comparable al de «dos tizones humeantes » (v. 4).

 

Evangelio: Mateo 11,20-24

En aquel tiempo,

20 Jesús se puso a increpar a las ciudades en las que había hecho la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido:

21 -¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados en vosotras, hace tiempo que, vestidas de saco y sentadas sobre ceniza, se habrían convertido.

22 Por eso os digo que el día del juicio será más llevadero para Tiro y Sidón que para vosotras.

23 Y tú, Cafarnaún, ¿te elevarás hasta el cielo? ¡Hasta el abismo te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros realizados en ti, hoy seguiría en pie.

24 Por eso os digo que el día del juicio será más llevadero para Sodoma que para ti.

 

*•• El pasaje presenta tres invectivas, de sello profético, dirigidas por Jesús a algunas ciudades de Galilea. Corozaín, Betsaida y Cafarnaún constituyeron el primer espacio operativo de Cristo, fueron espectadoras y beneficiarias de su actividad taumatúrgica y de su primer anuncio del Reino (w. 21-23). Sin embargo, se las cita como prototipos de la «generación caprichosa» que se parece a los niños en las plazas. Estos últimos, en vez de participar en el juego, se quedan sentados, como dice la parábola que precede al pasaje de hoy (cf. Mt 11,16-19).

Los milagros que realiza Jesús no son fines en sí mismos, sino signos que levantan el velo sobre la verdadera identidad de aquel que los realiza. Son como acciones pedagógicas cuyo objetivo es la acogida de Jesús y de su mensaje en la fe: «Convertios y creed en el Evangelio» (Mc 1,15b). Eso supone una disponibilidad radical que germina en la conciencia de nuestra propia necesidad de ser salvados, de ser liberados del mal. Por eso a las ciudades paganas y pecadoras, emblema de las cuales son Tiro, Sidón y Sodoma, se las considera, potencialmente, más dóciles para abrirse al anuncio del Evangelio y a la consiguiente conversión.

 

MEDITATIO

Estamos inmersos en la historia que vivimos y no podemos evitar hacer lo que podamos para obtener los resultados más ventajosos para nosotros en ella. A buen seguro, no tiene sentido que esperemos ayudas de lo alto que suplan la inhibición y nuestro carácter inoperante. Con todo, no raras veces nos sentimos impelidos hacia dos actitudes extremas: el pragmatismo, completamente escéptico o indiferente respecto al carácter incisivo de la fe en la historia, y el espiritualismo, que invoca a Dios para que resuelva problemas prácticos. Ninguna de las dos posiciones toma en serio a Dios en su verdad de Señor del tiempo y de la historia, y en su opción de confiar al hombre –como «virrey» de lo creado- la suerte de la creación {cf. Gn 1,28; 2,15).

La fe no suprime la perspicacia del análisis de lo que acaece; más aún, permite ver con detenimiento y captar las consecuencias últimas de los fenómenos políticos, sociales, familiares... La fe no nos impide adquirir la necesaria competencia para tratar las cuestiones contingentes; es más, la anima con la confianza de que nada se ha de perder, ni siquiera las derrotas y los fracasos, dado que Dios es el salvador de todo lo que existe.

La fe ensancha el horizonte más allá de las apariencias y permite reconocer la obra del Espíritu Santo, que guía al hombre hacia la plena revelación del Padre en Cristo. Abrirse a este reconocimiento es abrirse a la alegría, aun en medio de las dificultades y los sufrimientos que presenta la historia: alegría por la seguridad de que, incluso en la adversidad, el Señor está con nosotros, con tal de que nosotros no nos cerremos a los signos que revelan su presencia.

 

ORATIO

Perdona, Señor, mi dureza de corazón. No es tanto la de quien elige pasar de ti, sino el polémico carácter refractario de quien te quiere distinto: o con una potencia más evidente, o menos embarazoso. Perdóname, Padre, por sentirme escandalizado por tu modo de revelarte en la vida de Jesús y por aceptar darte a conocer hoy a través de la vida de la Iglesia, de los cristianos, es decir, también a través de la mía: una vida llena con frecuencia de contradicciones, de incoherencias, de fragilidad y de infidelidad.

Necesito hacerme sencillo y humilde para comprender algo de tu modo de manifestarte o, por lo menos, para acoger con fe y respeto los signos de tu presencia, esos que tú mismo nos has indicado -el pan, la Palabra, el hermano- y los tejidos en la trama de la historia. ¡Ven,Espíritu Santo, padre de los pobres, luz de los corazones!

 

CONTEMPLATIO

La más alta realización de la conducta cristiana consiste en humillar el propio corazón aunque sea grande en las obras, en el desprecio a la vida, y expulsar la presunción con la ayuda del temor de Dios; de este modo, gozaremos de la promesa no en proporción a los esfuerzos realizados, sino en proporción a la fe y al amor por ella. Dada la grandeza de los dones, no es posible encontrar esfuerzos proporcionados: sólo una gran fe y una gran esperanza están en condiciones de medir la recompensa prescindiendo de los esfuerzos, y el fundamento de la fe está representado por la pobreza de espíritu y del amor desmesurado por Dios (Gregorio de Nisa, Fine, professione e perfezione del cristiano, Roma 1996, p. 45).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Señor, creo en ti!» (cf. Is 7,9b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La fe -es preciso recordarlo con vigor- no se reduce a una relación con lo divino vivida casi exclusivamente en formas emotivas y compensatorias. No se cree porque «hace bien», sino que se cree porque... Resulta difícil explicarlo. Es cuestión de enamoramiento: ¿puede explicarse el amor?

Aquí se mide la diferencia que media entre la fe pequeña y la grande. No es que hoy falte la fe. El mundo está lleno de muchos hombres con una fe pequeña. Falta, sin embargo, la fe grande. Por desgracia, cada uno de nosotros cultiva una fe pequeña, una fe que nos tranquiliza un poco, remedia algunas de nuestras insuficiencias, colma algunos vacíos y cura algunas heridas. Pero ¿dónde está la gran fe que habla del fuego del Espíritu, de la presencia y del retorno de Cristo, del pecado y de la misericordia, de la cruz y de la resurrección? ¿Dónde están los verdaderos creyentes, a saber: los inquietos (no los intranquilos), que, heridos y humillados por la conciencia del pecado y de la derrota, se ponen ante Dios con el peso de su vergüenza, convierten su sufrimiento en una invocación y aman el sentido de la vida más que la vida misma? (L. Pozzofi, E soffia ¿ove vuole, Milán 1997).

 

 

Día 13

  Miércoles de la XV semana del Tiempo ordinario o 13 de julio, conmemoración de

san Enrique

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 10,5-7.13-16

Así dice el Señor:

5 ¡Ay de Asiria, vara de mi ira, bastón de mi furor!

6 La envío contra una nación impía, la mando contra el pueblo que provoca mi furor; para robarlo y saquearlo, para pisotearlo como el barro de las calles.

7 Pero ella no piensa así, no es eso lo que planea su mente: sólo piensa en destruir, en arrasar muchas naciones.

13 Porque dice: Con la fuerza de mi mano lo hice, y con mi ingenio, pues soy inteligente. He cambiado fronteras de naciones, he saqueado sus tesoros, he destronado, como héroe, a sus reyes.

14 Me he apoderado, como de un nido, de las riquezas de las naciones; como se recogen huevos abandonados he recogido toda la tierra: nadie ha batido las alas, nadie ha abierto el pico para piar.

15 ¿Se pavonea el hacha contra el que la maneja? ¿Se engríe la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el palo pudiera mover a quien lo lleva o el bastón manejar a quien no es de madera!

16 Por eso, el Señor todopoderoso dejará raquíticos a quienes presumen de fuerza y, debajo de su opulencia, encenderá un fuego abrasador, que todo lo devorará.

 

**• El oráculo contra Asiria que nos presenta este fragmento debe ser colocado en el contexto de la inminente amenaza de la invasión Asiria, que marca la época de la profecía de Isaías. Los reyes de Judá, primero Ajaz y, después, su hijo Ezequías, adoptan una política diferente respecto a la potencia extranjera: de alianza-vasallaje el primero, de oposición el segundo. Sin embargo, ninguno de los dos sigue los consejos del profeta, que exhorta a buscar en la fe en Dios y no en las alianzas políticas la estabilidad y la seguridad del Reino. De este modo, Isaías considera a Asiria unas veces como enemiga que ha de ser castigada, y otras, como instrumento del que se sirve Dios para amonestar a su pueblo e incitarle al arrepentimiento.

En este oráculo se llama a Asiria «vara» y «bastón» de la cólera de Dios (v. 5), instrumento eficaz destinado a que el pueblo tome conciencia de la impiedad en que vive. Sin embargo, Asiria trueca en ventaja suya la tarea que le ha sido confiada: el castigo que debe infligir a Israel y a Judá se está transformando en su propia destrucción.

Se ha puesto a sí misma como arbitro de sus propias opciones. De este modo, el «bastón del furor» de  YHWH (V. 5b) pretende «mover a quien lo lleva» (v. 15c).  El destino que le está reservado, siguiendo la lógica de la retribución temporal, será un castigo ejemplar (v. 16).

 

Evangelio: Mateo 11,25-27

25 En aquel tiempo, dijo Jesús: -Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos.

26 Sí, Padre, así te ha parecido bien.

27 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.

 

*» Jesús alaba al Padre y le da gracias por su obrar, tan diverso y sorprendente con respecto a la lógica humana, que exalta el poder y la fuerza en todos los ámbitos de la existencia. No son los que cuentan exclusivamente con su propia sabiduría, no son los que ponen el fundamento de su propia seguridad sobre las capacidades en continuo devenir de la inteligencia, sino que son los «pequeños» los beneficiarios de la revelación del Padre (v. 25). Así, el grito de dolor de Corozaín, Betsaida, Cafarnaún, refractarias o indiferentes con respecto a su palabra (cf. Mt 11,20-24), va seguido del grito de alegría de Jesús por aquellos que, por el contrario, han abierto su corazón a la Palabra. A las ciudades galileas, que conocían bien al «hijo del carpintero» (Mt 13,55) porque eran su patria, les resulta incomprensible la novedad del Evangelio, que se revela, en cambio, a quienes, privados de títulos de méritos y sin estar en condiciones de apoyarse en prerrogativas humanas, son capaces de confiar en Dios, seguros de su fidelidad. Jesús constata con alegría la elección preferencial del Padre, jamás desmentida a lo largo de toda la revelación, por los que son pequeños, pobres, sencillos. Así le parece bien al Padre (v. 26) y así le parece a Jesús.

El evangelista aprovecha esta ocasión para declarar la conciencia de Jesús y la fe de la Iglesia en el misterio de las relaciones trinitarias. El Padre da al Hijo todo por amor, el Hijo lo acoge todo y lo restituye al Padre por amor. El movimiento eterno de entrega recíproca entre el Padre y el Hijo sigue siendo incognoscible para la criatura.

Sin embargo, por obra del Espíritu, perenne efusión de amor, el Padre se hace accesible en el Hijo y se revela a sí mismo (v. 27). Tal manifestación es incomprensible para la sabiduría racional humana. Sólo quien se hace «pequeño» en el corazón, en toda su existencia, sólo quien se vuelve disponible para entrar en la lógica del don gratuito de Dios, puede comprenderla. El apóstol Pablo dirá con otras palabras: «Lo que en Dios parece debilidad es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1, 25a).

 

MEDITATIO

La tentación originaria del hombre es la de excluir a Dios de su propia existencia. Homo faber fortunae suae se convierte en el lema que marca las raíces de la voluntad humana y sella sus opciones. La conciencia de vivir en la edad adulta no puede tolerar la dependencia ni la sumisión a ningún Dios.

El hombre que rechaza a Dios -tanto si lo reconoce como si no- se cierra en el gueto de sus propios instintos, de sus propias opiniones, de una inteligencia que, por mucho que pueda recorrer los espacios siderales o adentrarse en las partículas infinitesimales de la materia, no sabe encontrar el camino de la alegría, de la paz, de la plenitud interior. De esta suerte, paradójicamente, el hombre que se siente señor del mundo así como de su propia existencia y de la ajena no consigue hacerse con el corazón del vivir, con su significado último, que es lo único que le da consistencia. Eso es, sin embargo, lo que se revela a quien acepta la realidad de ser criatura pequeña frente al Creador, aunque tan preciosa para él que la llama a participar de su misma vida. Es «pequeño» quien se muestra contento con lo que es, quien sabe que no es omnipotente y, por eso, se abre a la relación con Dios. Es «pequeño» quien reconoce haber recibido todo como don y lo usa no como dueño o como predador, sino como siervo, con gratitud. Quien es «pequeño» de este modo conoce algo del amor del Padre y del Hijo.

 

ORATIO

Bendito seas, Padre, que nos has dado a Jesús, tu Hijo, y en él nos has dicho y mostrado lo mucho que nos quieres. Nunca hubiéramos podido imaginarlo. Si tú no hubieras decidido manifestarte a nosotros, no hubiera sido posible que yo estuviera ahora aquí, hablando contigo con la confianza de un hijo.

Te lo ruego, Padre: renueva también en mi corazón la certeza de la presencia de tu Espíritu. Que él me dé la certeza de que tú eres mi Padre, de que Jesús es el Señor, de que estoy llamado a la comunión contigo para la eternidad.

Que él me haga gustar la belleza de ser criatura, pequeña pero preciosa, y me libere de la presunción de la autosuficiencia, de la sabihondez de quien quiere darte consejos, considerándolos como los mejores.

Espíritu de sabiduría y de piedad, enciende en mí el gusto por la pequeñez, por la sencillez que me dispone a acoger tu manifestación.

 

CONTEMPLATIO

Los grandes discursos no nos hacen santos y justos, sino que es la vida virtuosa la que nos vuelve agradables a Dios. Es mucho mejor experimentar compunción que conocer su definición. Ésta es, por consiguiente, la suprema sabiduría: tender al Reino de los Cielos mediante el desprendimiento del mundo. ¿Qué ventajas nos procura el saber sin el temor de Dios? No te engrías por el arte o la ciencia que posees: que estos dones sean para ti más bien motivo de temor. Feliz aquel que es adoctrinado directamente por la Verdad tal como ella es. Del único Verbo proceden todas las cosas, sólo de él nos hablan todas, y éste es el Principio que nos habla también a nosotros. Cuanta más capacidad de recogimiento y de sencillez interior hayamos alcanzado tanto más seremos capaces de comprender con amplitud y profundidad, y sin fatiga, por qué recibimos de lo alto la luz de la inteligencia (La imitación de Cristo, 3, 7, 9).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Sólo tú, Señor, eres Dios» (cf. Is 10,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El modelo al que hemos de adecuarnos en el cristianismo no es el «adulto», sino, al contrario, el «niño»; no es el «intelectual» -que, en la perspectiva ilustrada, es el «adulto» por definición-, sino, al contrario, el «sencillo», el «ignorante». Este, en la perspectiva evangélica, está simbolizado precisamente por el «pequeño», por el «niño». Pablo VI, papa «intelectual», hombre cultísimo, elevó en 1970 al rango de «doctor de la Iglesia» -el más elevado en la jerarquía espiritual- a santa Catalina de Siena, que a duras penas era capaz de leer y sólo al final de su vida aprendió a escribir.

No sin razón esta biblioteca mía en la que estamos hablando, compuesta por demasiados libros, a menudo arduos y escritos en muchas lenguas modernas y antiguas, está presidida (como puede ver) por la imagen de una muchacha de catorce años que aún no era mujer, asmática, desnutrida, hija de la familia más despreciada de su pueblo y, como es natural, analfabeta.

La Madre de Cristo, para confiar su mensaje de llamada a la fe, no eligió ni a profesores, ni a notables, ni a periodistas, ni a otros cristianos ya «adultos», «ya mayores de edad». Dieciocho veces, hablando su dialecto, se le apareció, en la gruta donde se guarecía la piara de cerdos de propiedad comunal, a esta pobre ignorante para el mundo, a esta maravillosa sabia según el Evangelio que es santa Bernadette Soubirous, la hija de un molinero fracasado de la oscura Lourdes.

No es una sorpresa; es sólo la enésima confirmación de una estrategia divina (V. Messori - M. Brambilla, Qualche racione per credere, Milán 1997).

 

 

Día 14

  Jueves de la XV semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 26,7-9.12.16-19

7 La senda del justo es recta, tú allanas el sendero del justo;

8 caminamos por la senda que marcan tus leyes, hemos puesto en ti, Señor, nuestra esperanza; ansiamos tu nombre y tu recuerdo.

9 Mi alma te ansia de noche, mi espíritu en mi interior madruga por ti, pues cuando tú gobiernas la tierra aprenden justicia los habitantes del orbe.

12 Señor, tú nos concederás la paz, pues todo lo que hacemos eres tú quien lo realiza.

16 Señor, en la angustia acudieron a ti, cuando los castigaste susurraban una oración.

17 Como la embarazada al acercarse el parto se retuerce y grita de dolor, así nosotros ante ti, Señor.

18 Habíamos concebido, nos retorcimos de dolor y dimos a luz, pero sólo era viento; no trajimos salvación a la tierra, no nacieron habitantes al mundo.

19 Pero revivirán tus muertos, los cadáveres se levantarán; se despertarán jubilosos los habitantes del polvo, pues rocío de luz es tu rocío, y los muertos resurgirán de la tierra.

 

**• La plegaria de Is 26,7-19, de la que están tomados los versículos que constituyen el texto litúrgico de hoy, forma parte del así llamado «Apocalipsis de Isaías», considerado como posterior a la profecía del Isaías histórico.

Se trata de un bloque de capítulos (24-27) formado por liturgias proféticas, anuncios apocalípticos, cantos y plegarias de lamento y de acción de gracias. El centro de atención está constituido por la ruina de la ciudad excelsa, cuya identificación resulta problemática, y por el juicio que pronuncia Dios sobre ella y sobre toda la tierra, un juicio en el que están implicadas asimismo todas las fuerzas de la naturaleza. Entre los trastornos cósmicos y las perspectivas de la paz definitiva, se invita al pueblo a que confíe en el Señor, que mantiene su promesa y cuida de los pobres y de los oprimidos.

Del mismo modo que devasta las ciudades paganas, haciendo impracticables sus caminos, allana la senda de quien conforma la vida a sus preceptos (w. 7ss). Dios realiza sus grandes obras entre las naciones, a fin de que todos puedan conocerle y vivir según su voluntad.

La esperanza que el orante pone en YHWH alimenta el deseo de estar en comunión con aquel que le concederá -está seguro de ello- la plenitud de todos los bienes y llevará a buen puerto las iniciativas emprendidas (w. 9.12). Eso mostrará, no obstante, la débil fe del pueblo, cuya oración está exenta de contenido y de fuerza vital (w. 16-18). La intervención de Dios volverá a dar energía vivificadora a un pueblo de «muertos», para una nueva existencia jubilosa (v. 19). La que proclama el orante es una esperanza cierta, expresión de la fe en aquél a quien sabe pertenecer.

 

Evangelio: Mateo 11,28-30

En aquel tiempo, dijo Jesús:

28 Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré.

29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas.

30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

 

*» El canto de alabanza de Jesús anuncia la salvación para quienes acogen con estupor y admiración el amor del Padre. Jesús acaba de hablar de la imposibilidad de conocer al Padre si no es por la revelación del Hijo. Y ahora él, el Hijo, invita a todos a ir a él, a entrar en comunión de vida con él acogiendo su amor y el del Padre, fuente de reposo, satisfacción de todo deseo en el goce, en la paz. Él, el único y verdadero Maestro, dirige a todos la invitación a hacerse discípulos, y se trata de una invitación que lleva en sí misma los caracteres de la urgencia y de la alegría. Jesús, Sabiduría del Padre que se revela a los sencillos, a todos los que experimentan y reconocen la fatiga opresora de la observancia de la Ley en sí misma, manifiesta el misterio del Reino de Dios en cuanto anuncia que el amor es la plenitud de la Ley (cf. Rom 13,10; Gal 5,14) y convierte el amor en la norma, en el mandamiento supremo (cf. Jn 13,34; Mt 22,36-40).

El discípulo está invitado a ponerse junto a Jesús, a tomar su mismo yugo. Aprende del Maestro a llevarlo haciendo suyo el mismo estilo de vida: el de los sencillos y el de los humildes, el de los pobres y los pequeños, que han comprendido el mandamiento nuevo de la obediencia a Dios y del servicio a los hermanos. El yugo en sí sigue siendo pesado, pero llevarlo con Cristo es causa de suavidad: el amor reclama la fatigosa renuncia a nuestro propio instinto egoísta, pero abre de par en par los horizontes de la vida verdadera, la vida misma de Dios.

 

MEDITATIO

Dios cuida de su pueblo. Quiere el bien para cada uno de sus hijos creados, amados y custodiados por él. La última palabra de Dios es «vida», no «muerte», como nos mostró al resucitar a Jesús. Nuestra experiencia terrena es con frecuencia una experiencia de fatiga, de tener que cargar con pesos bajo los cuales nos abatimos: pesos físicos, pesos interiores. Cada uno de nosotros se reconoce con facilidad entre los «fatigados y agobiados»

a quienes Jesús invita a ir con él. O bien entre quienes gritan en la prueba, como los judíos de la profecía de Isaías. Vale la pena preguntarse cómo vivimos las situaciones difíciles que llamamos «pruebas», cómo reaccionamos frente a lo que nos parece demasiado pesado para nuestras fuerzas o nos espanta, nos desorienta.

¿Tal vez nos limitamos a enfadarnos (contra los otros, contra el destino, contra Dios)? Se trata de una reacción comprensible, pero corremos el riesgo de que nos haga sentir los dolores, para, a continuación, dar a luz «sólo viento», usando la imagen del profeta Isaías.

Si queremos caminar con el Señor por las sendas que él en su bondad no deja de allanar, podremos cargar con su yugo, un yugo ligero, porque lo llevamos con él, y él mismo nos enseña a llevarlo con amor. De todos modos, las pruebas, las contrariedades, los sufrimientos provocados, nos hacen mal y continúan haciéndolo, pero tienen un significado: si vivimos sin cesar de amar, de dar alegría y paz a los que están junto a nosotros, venceremos, como Jesús, el mal con el bien: primero en nosotros mismos y, a continuación, en nuestro entorno. Nos convertiremos en sembradores de esperanza.

 

ORATIO

Vengo a ti, Señor, cargado con la fatiga de mi jornada y con los pesos de los sufrimientos de los que viven junto a mí. Te encuentro cargado con la cruz y con todas las cruces construidas, tanto ayer como hoy, por la mezquindad y por el egoísmo de tantos.

Mírame, Señor: mira cómo, a pesar de las apariencias y de cierto perfeccionismo religioso, y aun llenándome a menudo la boca con hermosas palabras, ni siquiera soy capaz de llevar con amor mi propio peso. A la invitación que hoy me diriges: «Venid a mí todos los que...», responde tu oración en la cruz: «Padre, perdónalos... ». Gracias, Jesús, por atraerme a ti con tanta suavidad. A mi vez, quisiera, con tu ayuda, entregar suavidad: tal vez descubriría que con el amor todo peso se vuelve ligero.

 

CONTEMPLATIO

Tened una gran humildad, porque es la virtud de las virtudes, pero una humildad generosa y tranquila. Os recomiendo, más que las otras, las dos queridas virtudes que tanto desea nuestro Señor que aprendamos de él: la humildad y la sencillez de corazón, pero llevad buen cuidado en que sean verdaderas virtudes del corazón.

Animad de continuo vuestro valor con la humildad, y vuestra humildad, esto es, vuestra miseria y vuestro deseo de ser humildes, animadla con vuestra confianza en Dios, de suerte que vuestro valor sea humilde y vuestra humildad sea animosa. Permaneced alegremente humildes ante Dios, pero sed alegremente humildes también ante el mundo (Francisco de Sales, Lettere di amicizia spirituale, Roma 1984, pp. 967ss [edición española: Cartas a religiosas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1988]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús, sencillo y humilde de corazón, concédeme un corazón semejante al tuyo» (cf. Mt 11,29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Se ha llegado a decir que Jesús habría crecido frágil, que se habría vuelto delicado y sencillo: a partir de ahí se habría inclinado por la vida decadente, se habría puesto de parte de los pobres, de los perseguidos, de los oprimidos, de los candidatos al sufrimiento y a la miseria. Quien piense así basta con que abra los ojos y mire bien a Jesús. Que no juzgue debilidad y fuerza, exclusivamente, según alguien se abra camino con ardor y con los puños, sino pensando que hay también una fortaleza superior que tal vez tiene que ver con los estratos inferiores del ser.

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas» (Mt 11,28ss). Se trata del mismo misterio que las bienaventuranzas.

La conciencia de dar la vuelta a lo que tiene valor en el mundo, para edificar lo que realmente cuenta. Jesús no viene por el gusto de añadir un nuevo elemento a la serie de experiencias humanas realizadas hasta aquí; no, Jesús aporta, desde la plenitud del cielo, reservada a Dios, una realidad santa. Trae al mundo sediento una corriente de vida desde el corazón de Dios. Para tener parte en ella es necesario que el hombre se abra, deje el apego a la vida terrena y salga al encuentro de aquel que viene. Es preciso superar la rancia y arraigada pretensión según la cual el mundo es la única realidad que cuenta y se basta de verdad a sí misma. Se comprende, no obstante, de inmediato a quién le debe resultar particularmente difícil semejante renuncia: a aquellos que están bien situados en el mundo, a los poderosos, a aquellos que tienen parte en la grandeza y en la riqueza de la tierra. Los pobres, en cambio, son felices no porque su estado, en sí, sea feliz, sino porque reconocen con mayor facilidad que hay algo además del mundo e, iluminados por su miseria, aspiran de una manera más expedita a eso otro (R. Guardini, ll Signore, Milán 1977 [edición española: El Señor, Ediciones Rialp, Madrid 1965]).

 

 

Día 15

 San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia

 

            Buenaventura nació en Bagnoregio, en el Lazio, entre 1217 y 1221. Siendo niño, fue curado por san Francisco de una grave enfermedad. Estudió en la Universidad de París, donde enseñó más tarde. Allí encontró a los frailes menores, y en 1243 entró en la orden. Convertido en ministro general, la dirigió durante diecisiete años con sabiduría y equilibrio, en medio de fuertes tensiones. Además de una biografía de san Francisco, escribió muchas obras de teología y de mística, armonizando de una manera profunda la ciencia con la fe. Estas obras le merecieron el título de «doctor seráfico». Tras ser nombrado cardenal y obispo de Albano, contribuyó al acercamiento entre latinos y griegos en el segundo Concilio Ecuménico de Lyon, durante cuya celebración murió, el 15 de julio de 1274.

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 38,1-6.21-22.7ss

1 Por aquel tiempo, Ezequías enfermó de muerte. El profeta Isaías, hijo de Amos, acudió a él y le dijo: -Así dice el Señor: «Arregla los asuntos de tu casa, porque vas a morir inmediatamente».

2 Entonces Ezequías se volvió contra la pared y oró al Señor así:

3 -Acuérdate, Señor, de que he caminado fielmente en tu presencia y de que te he agradado con mi conducta, actuando con rectitud. Y rompió a llorar amargamente.

4 El Señor dijo a Isaías:

5 -Ve y di a Ezequías: Así dice el Señor, Dios de tu antepasado David: «He escuchado tu oración y he visto tus lágrimas. Dentro de tres días subirás al templo del Señor. Alargaré tu vida quince años,   

6 te libraré a ti y a esta ciudad del rey de Asiria y protegeré a esta ciudad».

21 Isaías dijo: -Traed una cataplasma de higos secos y aplicádsela a la llaga; así sanará.

22 Ezequías preguntó:  -¿Cuál es la señal de que subiré al templo del Señor?

7 Isaías respondió: -Ésta es la señal que el Señor te da como prueba de que cumplirá su palabra:

8 Haré retroceder diez grados las marcas del reloj de Ajaz, la sombra que ya ha avanzado. Y el sol retrocedió diez grados que ya había avanzado.

 

**• Los capítulos 36-39, que cierran el libro atribuido  al primer Isaías, son un añadido posterior llevado a cabo por el redactor después del exilio de Babilonia. Los hechos que allí se narran se remontan a los últimos años  del siglo VIII a. de C, durante el reinado de Ezequías, y están documentados desde el punto de vista histórico tanto por el segundo libro de los Reyes como por textos asirios. El pasaje que examinamos se sitúa en el contexto precedente al asedio que el rey asirio Senaquerib puso a Jerusalén, unos quince años antes de la muerte del rey Ezequías. El relato de la gravísima enfermedad que aqueja al rey y de su curación milagrosa, mediante la intervención de Isaías, pone de relieve la actitud de confianza de Ezequías con Dios y con el profeta, que es reconocido por lo que es: portavoz de YHWH. Por otra parte, emerge el prestigio de Isaías y se exalta el poder que le viene de su fidelidad al mandato profético.

Ezequías reacciona al anuncio de su muerte inminente con una oración que, siguiendo el estilo de los salmos de súplica, apela a la misericordia de Dios. A él le presenta el rey su propia vida, una vida vivida con rectitud, rica en buenas obras; por consiguiente, siguiendo la doctrina de la retribución temporal, ¿cómo es posible que esta vida sea tan breve? La bondad de la oración del rey queda demostrada por el hecho de que es escuchada. Esa escucha se le hace saber por medio del profeta: Ezequías se curará y Jerusalén será liberada.

 

Evangelio: Mateo 12,1-811

1 En una ocasión, iba Jesús caminando por los sembrados. Era sábado. Sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas.

2 Los fariseos, al verlo, le dijeron: -¿Te das cuenta de que tus discípulos hacen algo que no está permitido en sábado?

3 Jesús les respondió: -¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintieron hambre él y sus compañeros:

4 cómo entró en el templo de Dios y comió los panes de la ofrenda que ni a él ni a los suyos les estaba permitido comer, sino sólo a los sacerdotes?

5 ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes del templo pueden incumplir el precepto del sábado sin incurrir en culpa?

6 Pues yo os digo que hay aquí alguien más importante que el templo.

7 Si supierais lo que significa: misericordia quiero y no sacrificios, no condenaríais a los inocentes.

8 Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.

 

**• El evangelista Mateo cuenta en este pasaje una de las numerosas controversias entre Jesús y los fariseos respecto a la observancia del precepto sabático. La Ley mosaica prescribía abstenerse de todo trabajo el día del sábado, aunque fuera particularmente urgente, como las labores del campo en tiempos de aradura y de cosecha (cf. Ex 20,8-11; 31,12-17; 34,21; Lv 23,3; Dt 5,12-15).

La antigua institución del sábado como día de reposo dedicado a Dios, que «descansó el día séptimo de todo lo que había hecho» (Gn 2,2), había tomado una gran importancia durante el exilio de Babilonia y en el período posterior, convirtiéndose, por tanto, en una ley férrea en el judaísmo hasta los tiempos de Jesús. El precepto del sábado, vivido al principio como día de alegría para todos (hombres, libres o esclavos, y animales), en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto, y como anticipación del reposo escatológico, en el que toda criatura participará del reposo del mismo Dios {cf. Hb 4,9-11), el precepto del sábado, decíamos, se había transformado en una casuística opresora y vinculante de lo que estaba permitido y lo que estaba prohibido, una casuística en torno a la cual divergían las diferentes escuelas rabínicas.

La afirmación de Jesús «el Hijo del hombre es señor del sábado» (v. 8) tiene un alcance desconcertante. Afirma, en primer lugar, que tiene una autoridad superior a la de Moisés, en virtud de su relación especial con el Dios a quien se quiere honrar observando el precepto del sábado. Él y sólo él  puede establecer lo que es lícito y lo que no lo es. Jesús, revelador del amor del Padre, vuelve a situar al hombre en el centro del verdadero culto: rendir honor a Dios no puede ser separado del estar atentos al hombre, a quien Dios ha creado y ama. En consecuencia, no puede haber conflicto entre la ley religiosa y las exigencias del amor. La historia de Israel, dado que el carácter sagrado de los panes de la ofrenda no impidió a David y a sus hambrientos hombres alimentarse con ellos (w. 3ss), lo confirma.

El Dios misericordioso busca la misericordia y no el sacrificio, como mostrará Jesús poco después curando al hombre de la mano atrofiada (Mt 12,9-13). Si los mismos sacerdotes deben infringir las normas del sábado

para ejercer su ministerio (v. 5), tanto más pasarán éstas a segundo plano frente a las exigencias del amor al hombre, signo imprescindible del amor y de la obediencia al Dios del amor.

 

MEDITATIO

Es fácil intentar encerrar a Dios en un conjunto de reglas religiosas prácticas, que nos pongan en paz la conciencia aquí en la tierra y nos aseguren la vida eterna en el más allá. Es fácil porque da seguridad y ofrece un criterio de juicio inmediato entre lo que es justo y lo que no lo es. Facilita también, por tanto, la aproximación a los otros, que pueden ser etiquetados «objetivamente » como «justos» e «injustos» o como «buenos» y «malos». Como en tiempos de Jesús, se trata de una operación que tiene mucho éxito también hoy, en una época en la que tenemos tanta necesidad de puntos de referencia ciertos, controlables, pero en la que no estamos dispuestos a trabajar para formarnos una conciencia ilustrada, capaz de discernimiento, para aprender a acoger a cada persona en su inconfundible unicidad.

Jesús recuerda a los fariseos de ayer y de hoy que Dios es misericordia y que todo lo que se le ha atribuido o tiene los signos característicos de la misericordia o se le ha atribuido en falso. La Palabra de Dios, que siempre nos interpela de una manera personal, nos incita a proceder a una verificación: ¿es Jesús mi Señor? ¿O me construyo una religión propia, con ídolos y fetiches que -tal vez- tienen una apariencia devota, pero expresan el carácter pagano de mi corazón? Si nos las damos de señores de Dios y de su gracia, si planteamos la relación con él y con el prójimo sobre la base de la medida, siempre mínima, de la ley y del deber, terminaremos por excluir a Dios de la vida, declarándonos, de hecho, señores de nosotros mismos y de los otros, y nos encontraremos en la desnudez y en la necesidad de escondernos como Adán y Eva {cf. Gn 3,8-10). El grito lleno de confianza del rey Ezequías nos sirve de ejemplo: Dios no se deja vencer en generosidad; su misericordia rebosa sobre aquellos que confían en él y están dispuestos a dilatar su corazón a la medida del corazón de Dios.

 

ORATIO

Me confío a ti, Señor, Dios misericordioso y fiel. Tú me has creado libre porque deseas mi amor, no mi sometimiento pasivo. Tú ves qué difícil me resulta vivir el don que me has dado: la libertad del amor me da miedo y muchas veces prefiero encerrarme en los angostos espacios de una ley sin corazón, desde cuyo interior emito graves sentencias sobre mis hermanos y me siento poderoso.

Me confío a ti, Señor, Dios misericordioso y fiel. Enséñame a olvidar mi despiadada «justicia» para hacerme un poco más semejante a ti y ser «sacramento» de tu misericordia, para los hermanos y hermanas que me des.

 

CONTEMPLATIO

El pueblo infiel, que abandonó los preceptos divinos porque se consideraba rico con aquella ley que no era más que sombra de los bienes futuros, y que hizo un mal uso de las riquezas adquiridas, fue arrancado de la tierra de los seres vivos, desarraigado y expulsado del sagrado tabernáculo. Se consideraba demasiado fuerte, puesto que confiaba en las vanidades humanas, a saber: en la gloria de su poder, en el oro del templo, en los preceptos de los hombres, según lo que había dicho el profeta: «-Me veneran sin razón, enseñando doctrinas y preceptos humanos», y sustituyeron la Ley de Dios por la regla de la costumbre terrena, que ultraja a Dios (Hilario de Poitiers, Tractatus in Psalmum 51, citado en Riccheza e povertá nel cristianesimo primitivo, Roma 1998, p. 159).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Quieres misericordia, oh Señor» (cf Mt 12,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Jesús, a causa de su amor por los hombres, está en lucha con los fariseos. ¿Qué quieren los fariseos en vez de los beneficios de todo tipo? Prodigios. Más que buenas acciones quisieran obras estrepitosas, obras que impresionen a su inteligencia, sin tender a la conversión de sus corazones. Intentan sustituir el amor de Jesús, que apela a sus posibilidades de generosidad y de amor, por un compromiso entre dos egoísmos, a saber: que Jesús acepte, por una parte, emprender una carrera gloriosa y, por otra, que renuncie a acechar sus comodidades.

Notemos que la vivacidad de las reacciones del Maestro se debe al hecho de que las malas intenciones de sus adversarios tienden a impedirle hacer el bien v a causar daño a aquellos a quienes profesa un afecto particular: los inválidos y menos favorecidos por la vida. Cuando algunos fariseos reprochan a los discípulos que arrancan espigas en día de sábado, interviene Jesús para justificar su acción: «El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Porque el Hijo del hombre también es señor del sábado».

Al dar esta respuesta a los sofismas que le planteaban, Jesús afirma no sólo su propia soberanía, que le permite hacer el bien en sábado, sino también el significado de esta soberanía. El sábado ha sido hecho para el hombre, y, puesto que el Mesías ha recibido todo poder sobre la humanidad, es señor de todo lo que ha sido puesto al servicio de los hombres, en especial del sábado. Es el amor a los hombres lo que rige todo, y a causa de este amor se enfrenta a los fariseos: Jesús quiere que el sábado, que había sido convertido en una institución importuna destinada a provocar oposiciones, sirva para testimoniar la bondad divina (J. Galot, // cuore di Cristo, Milán 1992).

 

 

Día 16

Día 16 de Julio, festividad de la

Virgen del Carmen 

 

La devoción a la Virgen del Carmen hunde sus raíces en un lugar y en un tiempo bien precisos. El lugar es el monte Carmelo, cadena montañosa de Galilea, que se asoma al mar por un alto promontorio y por el otro lado da a la llanura de Esdrelón. Karme/significa «jardín» en hebreo. Es el monte santo, lugar de la oración y donde moró Elías, cantado en la Escritura por su belleza. En este monte - y más precisamente en uno de sus valles-, algunos de los cruzados venidos de Occidente dedicaron, a comienzos del siglo XIII, una iglesia a la Virgen María, poniendo bajo su protección la Regla de vida que les había dado Alberto, patriarca de Jerusalén y tomando el título de Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.

Desde aquel momento, la figura de la Virgen, Madre y Hermana, acompaña a la historia del Carmelo, de sus santos y de sus santas. Se trata de una historia de favores de la Virgen y de santidad de los miembros de su orden. El Carmelo ha contemplado en María a la Virgen purísima, a la Madre espiritual, a la Estrella del mar. Ha recibido como don, para extenderlo a todos los devotos, el escapulario, signo de protección y de alianza, prenda de salvación eterna. Se eligió la fecha del 16 de julio porque el 17 de julio del año 1274, el segundo Concilio de Lyon sancionó la permanencia de la orden (que debía ser suprimida). La conmemoración fue extendida a toda la Iglesia por Benedicto XIII en 1726.

 

LECTIO

Primera lectura: Miqueas 2,1-5

1 ¡Ay de aquellos que planean maldad, que traman el mal en sus lechos y en cuanto es de día lo ejecutan porque tienen poder para ello!

2 Codician campos y los roban; casas, y se apoderan de ellas; oprimen al cabeza de familia y a todos los suyos, al dueño y a su heredad.

3 Por eso, así dice el Señor: También yo planeo un mal contra esa gente despreciable, un mal del que no podréis apartar vuestro cuello; no podréis ir más con la cabeza erguida, porque serán tiempos de desgracia.

4 Ese día os dedicarán este proverbio y os entonarán esta elegía: «Estamos totalmente arruinados: se reparten la heredad de mi pueblo, ¿cómo es que se me quita? Los que nos han conquistado han sorteado nuestros campos».

5 Así que no tendrás a nadie que sortee los lotes en la asamblea del Señor.

 

•*• La actividad del profeta Miqueas se sitúa en el contexto social y religioso del Reino de Judá, en la segunda mitad del siglo VIII a. de C. Miqueas, casi contemporáneo del primer Isaías, denuncia la idolatría y las injusticias sociales cometidas por los jefes del pueblo (corte real, sacerdotes, profetas), a las que se ha visto sometida toda la población. El justo juicio de Dios no tardará y el castigo será inevitable, puesto que han abandonado la fidelidad a la alianza. Con todo, al castigo le seguirá la rehabilitación, y a la destrucción la promesa de una nueva fecundidad a partir del pequeño grupo de aquellos que, en medio de tanta iniquidad, han conservado íntegra la fe en YHWH.

El oráculo que constituye el presente texto litúrgico es una invectiva contra aquellos que, ya ricos, recurren a todo para acaparar cada vez más, usurpando casas y terrenos a sus legítimos propietarios y reduciendo a esclavitud a estos últimos. Se presenta a los acaparadores enteramente ocupados en sus lechos en tramar proyectos perversos que ejecutan en cuanto amanece el día, gracias a su poder económico (v. 1). En este estado de cosas, en el que unos pocos ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres son cada vez más numerosos e indigentes, se levanta la voz del profeta, que proclama el juicio de Dios: del mismo modo que los poderosos traman sus acciones inicuas (v. la), así también trama el Señor el castigo (v. 3b), del que no podrán huir y que será justo sobre la base de la ley del talión (cf. Dt 19,21). Aquellos que, privando a los otros de sus legítimas posesiones y reduciéndolos a esclavitud, los excluyen de hecho de la participación en la promesa de la tierra dada por Dios para siempre, serán hechos esclavos y dejarán de tener tierra. Miqueas expresa ese grave castigo con la metáfora del yugo: del mismo modo que el yugo impide a los hombres esclavos o prisioneros y a los animales levantar la cabeza, así también el grave castigo de Dios sólo permitirá caminar a los malvados con la cabeza inclinada.

En el v. 4 el profeta pone en boca de los acaparadores castigados un canto que explica su destino: despojados de los bienes por los enemigos, que en este contexto son casi seguro los asidos, ven repartidas entre los invasores aquellas tierras cuya propiedad ya no pueden volver a adquirir. Ironías del destino: a ellos, que tramaban todos los modos posibles para enriquecerse, no les tocará ni siquiera un pedazo de la Tierra prometida.

 

Evangelio: Mateo 12,14-21

En aquel tiempo,

12 los fariseos, al salir, se pusieron a planear el modo de acabar con él.

15 Jesús lo supo y se alejó de allí. Le siguieron muchos y los curó a todos,

16 advirtiéndoles que no dijeran que había sido él.

17 Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías:

18 Éste es mi siervo, a quien elegí; mi amado, en quien me complazco; derramaré mi espíritu sobre él y anunciará el derecho a las naciones.

19 No disputará, ni gritará; no se oirá en las plazas su voz.

20 No romperá la caña cascada ni apagará la mecha que apenas arde, hasta que haga triunfar la justicia.

21 En él pondrán las naciones su esperanza.

 

**• El hecho de haber contravenido la ley sobre el reposo sabático acarrea a Jesús el complot de los fariseos.

Éstos formulan el propósito (por vez primera, según la narración de Mateo) de matarlo. Jesús reacciona continuando en otro lugar su actividad taumatúrgica y cura a todos los que le siguen, sin excepción. Estas curaciones, en el contexto del milagro que acaba de realizar (cf. Mt 12,10-13), dan razón del amor misericordioso de Dios, que Jesús ha venido a anunciar y que constituye el centro y el sentido de su ministerio. Mateo ve realizada aquí la profecía de Is 42,1-4, en la que se presenta la figura del Siervo de YHWH. Este, elegido y enviado por Dios, que lo ha colmado de su Espíritu, llevará a cabo la misión de hacer conocer a todos los pueblos la verdadera relación entre Dios y los hombres. El estilo del Siervo, sencillo y discreto, ajeno al conflicto y al clamor, atento a valorar toda posibilidad de vida, ha sido plenamente realizado por Jesús, que se acaba de declarar «sencillo y humilde de corazón» (Mt 11,29) y pide que se guarde silencio sobre su obrar {cf. Mt 12,16).

Una vez más, el evangelista Mateo, comentando los acontecimientos de la vida de Jesús a la luz del Antiguo Testamento, recuerda que éste representa el cumplimiento de la revelación veterotestamentaria; ayuda a interpretar el acontecimiento-Jesús y a comprender su significado; presenta en Jesús el modelo de obediencia a la Palabra del Padre.

 

MEDITATIO

En la revelación divina nos encontramos de continuo con la insondable riqueza del conocimiento de Dios y de Cristo y se nos permite ver el amor infinito de la Trinidad hacia nosotros. Gracias a esta revelación, creemos en un Dios creador, redentor, misericordioso, que se ha manifestado en palabras y en obras, siempre al lado de su pueblo. Tanto en el pasado como en el presente y el futuro, Dios nos propone metas que nos permiten caminar con confianza y esperanza y nos hacen vencer cualquier fatalismo o desánimo.

El Dios vivo no sólo está con nosotros para ayudarnos, sino que ha querido fijar su morada entre nosotros. En su Hijo Jesús; éste nos invita a que vayamos a él para recuperar las fuerzas consumidas, nuestra mente deprimida, nuestro corazón abatido: él nos reanima, nos renueva y nos invita a cargar con su yugo, a compartir su misma suerte, a caminar con él y como él, a sufrir con él y como él. Y nos asegura que su yugo es suave y su carga ligera: no aplastan, no destruyen e incluso tienen la capacidad de aliviar, de llenar de fuerza y de impulso, de volver a dar la paz.

Este breve pasaje del evangelio nos muestra que la fe no es sólo un acto intelectual, la adhesión a afirmaciones o conceptos teológicos, por muy verdaderos y sublimes que sean, sino algo que llega a la vida, que entra a formar parte del mismo ser del creyente, que transforma su existencia y le hace semejante al Hijo de Dios: la fe nos conduce a un camino de fidelidad y de amor y, después, a una recompensa de gloria infinita. La fe es creer en un Cristo vivo, amigo, compañero de camino, que comparte con nosotros fatigas, aspiraciones y consuelos.

 

ORATIO

«Oh Señor, sencillo y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo». Así nos enseñaban a decir de pequeños en la catequesis esta bella oración, emanada del texto evangélico, siempre válida y siempre necesaria para todos. Pero ¡cómo nos cansa, Jesús, escucharte, seguirte por el camino de la sencillez y la humildad, único camino que lleva a la paz y al alivio del alma! Abre nuestros ojos, Señor, para que podamos ver los tesoros de esta vía escondida, una vía silenciosa y sencilla, que no busca ni la gloria ni el aplauso, que no lucha para obtener una situación de honor o privilegio, que no se desespera si no alcanza el primer puesto. Concédenos saborear la dulzura de la sencillez, la fuerza de la paciencia, el poder de la humildad, que no busca dominar o vencer, sino ofrecer a los otros la victoria sobre sí mismos. Tú lo hiciste así y nos dices a nosotros que hagamos otro tanto. Tú nos concederás la gracia de imitarte. Sólo por este camino, Jesús -eres tú mismo quien nos lo dice-, se encuentra la paz del alma, la verdadera sabiduría del corazón y de la vida. Sí, concédenos, Señor Jesús, un corazón sencillo y dulce como el tuyo.

 

CONTEMPLATIO

Al preguntar Moisés cómo se llamaba Dios, se le dio esta respuesta: «Yo soy el que soy. Y dirás a los hijos de Israel: Aquel que es me envía a vosotros». ¿Qué significa esto? Oh Dios, oh Señor nuestro, ¿cómo te llamas? «Me llamo es», dijo. ¿Qué significa «me llamo es»? Que permanece para siempre, que no puede cambiar. Lo que cambia fue algo y será algo, pero no es, porque es mutable.

Por eso la inmutabilidad de Dios se ha dignado llamarse con este nombre. ¿Por qué, entonces, más tarde, se llamó a sí mismo con otro nombre diciendo: «Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob: éste es mi nombre para siempre»? Porque, si bien Dios es inmutable, hizo todas las cosas por misericordia, y el mismo Hijo de Dios se dignó, tomando un cuerpo mutable y permaneciendo lo que es - a saber: el Verbo de Dios-, venir al mundo y ayudar al hombre. Teniendo ya un nombre que expresa la eternidad, se ha dignado además tener un nombre que expresara la misericordia. El primero para él, el segundo para nosotros.

Si Moisés comprendió bien; más aún, precisamente porque comprendió bien cuando se le dijo « Yo soy el que soy», vio que esto estaba muy por encima de la capacidad comprensiva de los hombres. En efecto, quien ha comprendido bien «lo que es» y «es verdaderamente», porque ha sido inspirado en cierto modo por la luz de la veracísima esencia o incluso sólo de una manera fugaz como un relámpago, se ve a sí mismo mucho más que bajo, muy lejos, enormemente diferente. Cuando casi estaba desesperado Moisés por la enorme distancia de aquella preeminencia del ser, Dios le reanimó cuando ya estaba al borde de la desesperación: «Yo soy el Dios de  Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». Soy lo que soy, soy el ser, pero no quiero sustraerme a los hombres.

Por consiguiente, si de algún modo podemos buscar a Dios y encontrar a aquel que es, y por añadidura no está lejos de cada uno de nosotros, alabemos su inefable esencia y amemos su misericordia (Agustín de Hipona, Discorsi sulVAntico Testamento, Roma 1979, pp. 101; 115-117; existe edición española en la BAC).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Todo el que invoque el nombre del Señor será salvado» (Hch2,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Dios existe. Basta con escuchar a las piedras, basta con escuchar, a lo largo de los milenios, a los innumerables glorificadores del Nombre impronunciable: los santos, los sabios, los profetas, los humildes creadores de amor y de belleza, esos que tejen incesantemente, en la trama carnal, un hilo de eternidad para impedir que la tela se desgarre. Esos a quienes Dios consuma con su ausencia. Esos que van al desierto y cuyo holocausto puro libera al mundo de la asfixia. Esos que se sientan en la mesa de los pecadores para encarnar al Infinito en el amor. Tenía que leer yo enseguida en Berdjaev: «El argumento principal en favor de Dios reside en el mismo hombre y en su vocación. El mundo ha conocido profetas, mártires, héroes, contemplativos, buscadores y siervos desinteresados de la verdad, creadores de auténtica belleza, bellos ellos mismos, hombres de una gran profundidad, poderosos en el espíritu. Y, sobre todo, los que han dado testimonio de que la única situación jerárquica elevada en este mundo es ser crucificados por la verdad. Todo esto no prueba, pero sí muestra..., todo esto permite descubrir a Dios».

Dios existe. Él es «el centro en el que convergen las líneas. En él encuentra su incandescencia el ser del mundo. El es el espacio sin límites de nuestra libertad. Sin él, no seríamos más que partículas irrisorias del universo y de la historia. El es el arco, la flecha y el blanco, el comienzo, el medio y el fin, el centro y la circunferencia o, más bien, el no situado, el que está siempre más allá y, sin embargo, es nuestro lugar. Porque es el totalmente otro y el que es más que nosotros mismos (O. Clément, L'altro solé, Milán 1984, pp. 91 ss [edición española: E/ otro sol, Narcea, Madrid 1983]).

 

 

Día 17

 XVI domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 18,1 -10a

En aquellos días,

1 el Señor se le apareció a Abrahán junto al encinar de Mambré, cuando estaba sentado ante su tienda a la hora del calor.

2 Alzó los ojos y vio tres hombres que estaban de pie delante de él. En cuanto los vio, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda

3 y, postrándose en tierra, dijo: -Mi Señor, por favor, te ruego que no pases sin detenerte con tu siervo.

4 Haré que os traigan agua para lavaros los pies, luego descansaréis bajo este árbol.

5 Voy a buscar un bocado de pan y así os repondréis antes de seguir adelante, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo. Ellos respondieron: -Haz como has dicho.

6 Abrahán fue de prisa a la tienda donde estaba Sara y le dijo: -Toma en seguida tres medidas de harina, amásalas y haz unos panecillos.

7 Luego fue corriendo a la vacada, tomó un becerro tierno y cebado y se lo dio a su siervo, que a toda prisa se puso a prepararlo.

8 Tomó después requesón, leche y el becerro ya preparado, y se lo ofreció. Él se quedó de pie junto a ellos, bajo el árbol, mientras comían.

9 Ellos le preguntaron: -¿Dónde está Sara, tu mujer? Él respondió: -En la tienda.

10 El huésped le dijo: -Bien, dentro de un año volveré a verte y para entonces tu mujer, Sara, tendrá un hijo.

 

*» Abrahán es un modelo de hospitalidad: muestra los rasgos característicos de la misma. Prontitud: «En cuanto los vio, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda» (v. 2). Realiza gestos de homenaje (se postró «en tierra»: v. 2) y de atención al ofrecer a los huéspedes agua para lavarse y hacer que se acomodaran resguardados del sol {«bajo el árbol»: w. 4.8). Considera un favor el hecho de poder brindar acogida: «Mi Señor, por favor, te ruego que no pases sin detenerte con tu siervo» (y. 3). Considera un derecho del forastero ser hospedado: «Ya que habéis pasado junto a vuestro siervo» (v. 5).

Se muestra solícito al prestar servicio personalmente y al implicar en ello a sus familiares {«fue de prisa a la tienda donde estaba Sara y le dijo: "Toma en seguida...". Luego fue corriendo a la vacada..., se lo dio a su siervo, que a toda prisa...»: w. 6ss). Se muestra generoso: hace preparar «tres medidas de harina» (v. 6), «un becerro tierno y cebado» (v. 7), «requesón, leche» (v. 8). Al final permanece disponible para prestar otros servicios: «Y se lo ofreció. Él se quedó de pie junto a ellos, bajo el árbol, mientras comían» (v. 8).

El número de los huéspedes es misterioso: ¿son «tres hombres» o un único «Señor» (w. 2ss)? La conclusión del episodio manifestará el carácter divino de la aparición. Antes de volver a partir, el huésped hace una promesa: «Dentro de un año volveré a verte y para entonces tu mujer, Sara, tendrá un hijo» (v. 10). Abrahán tenía setenta y cinco años cuando Dios le dirigió su llamada y le prometió por vez primera la descendencia (Gn 12,4); a los noventa y nueve años le renovó la promesa, que cumplirá cuando tenga cien (17,1.17). De este modo revela Dios su poder: «¿Existe acaso algo imposible para el Señor?» (18,14).

 

Segunda lectura: Colosenses 1,24-28

Hermanos:

24 Ahora me alegro de padecer por vosotros, pues así voy completando en mi existencia mortal, y a favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo que aún falta al total de las tribulaciones cristianas.

25 De esa Iglesia me he convertido yo en servidor, conforme al encargo que Dios me ha confiado de anunciaros cumplidamente su Palabra,

26 es decir, el plan secreto que Dios ha tenido escondido durante siglos y generaciones y que ahora ha revelado a los que creen en él.

27 Precisamente a éstos ha querido Dios dar a conocer la incalculable gloria que encierra este plan divino para los paganos; hablo de Cristo, que está entre vosotros y es la esperanza de la gloria.

28 A este Cristo anunciamos nosotros, amonestando e instruyendo a todos con el mayor empeño, a ver si conseguimos que todos alcancen plena madurez en su vida cristiana.

 

**• Pablo habla de su misión y del modo como la desarrolla. La misión le ha sido confiada por Dios (v. 25; cf. Hch 9,15), no es una iniciativa suya, y consiste en ser «servidor» (ministro) de la Iglesia, «cuerpo de Cristo» (v. 24). El ministerio tiene como contenido «el plan secreto» (misterio) (v. 26) o plan de salvación universal que Dios quiere realizar en la historia. En el centro no se encuentra una realidad neutra, sino la persona misma de Cristo, el Mesías, de quien procede «la incalculable gloria que encierra este plan divino» (v. 27). El plan tiene una historia: «El plan secreto que Dios ha tenido escondido durante siglos y generaciones y que ahora ha revelado» (v. 26). La novedad, escondida en los siglos precedentes, es que la obra salvífica de Cristo no debe permanecer cerrada en los confines de Israel, sino que está destinada asimismo a los paganos (v. 27) y alcanza a todos los hombres: «A ver si conseguimos que todos alcancen plena madurez, en su vida cristiana» (v. 28).

Pablo desarrolla su servicio eclesial dejándose comprometer con él plenamente. Pone en acción su capacidad de anunciar, instruir y exhortar con toda sabiduría a cada uno de los destinatarios para «ver si conseguimos que todos alcancen plena madurez en su vida cristiana» (v. 28). Por eso no tiene miedo de hacer frente a las dificultades: «Me fatigo y lucho» (v. 29), y hasta encuentra alegría en hacerlo por amor a los fieles: «Me alegro de padecer por vosotros» (v. 24).

La indicación de la fuente y de la meta de su obrar resulta iluminadora. El equipamiento espiritual le viene de lo alto: «Por la fuerza de aquel que actúa poderosamente en mí» (v. 29). La meta es contribuir a la pasión redentora de Cristo: «Pues así voy completando en mi existencia mortal, y en favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo que aún falta al total de las tribulaciones cristianas» (v. 24). Los padecimientos de Cristo son perfectamente suficientes de por sí para obrar la salvación. Sin embargo, su anuncio y su acogida implican a su vez sufrimientos, que Pablo considera como un «complemento» de la pasión.

 

Evangelio: Lucas 10,38-42

En aquel tiempo,

38 según iban de camino, Jesús entró en una aldea, y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa.

39 Tenía Marta una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

40 Marta, en cambio, estaba atareada con los muchos quehaceres del servicio. Entonces Marta se acercó a Jesús y le dijo: -Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en la tarea? Dile que me ayude.

41 Pero el Señor le contestó: -Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas,

42 cuando en realidad una sola es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará.

 

**• Llega Jesús a Betania y es recibido por las dos hermanas, Marta y María (no se habla de su hermano Lázaro). Fue Marta la primera que «lo recibió en su casa» (v. 38). María le brindó la acogida de su escucha: «Sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra» (v. 39). Diríase que Jesús gozó de una acogida completa y armoniosa: Marta se cuida del aspecto material y María del espiritual; una hace los honores de la casa y otra exalta al Maestro tomando la posición de discípula (cf Hch 22,3). Jesús la honra con un gesto original, porque –contrariamente a la práctica de los rabinos- se entretiene instruyendo a una mujer. El equilibrio se rompe cuando Marta, que anda sobrecargada con un servicio «a lo grande», se acerca a Jesús y le dirige unas palabras que manifiestan mal humor hacia su hermana -me ha dejado «sola en la tarea»- y una confidencia un tanto descortés con el huésped, llegando casi al reproche: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en la tarea?» (v. 40). Para Marta, la acogida parece reducirse al plano material. María debería echarle una mano, en vez de estar pendiente de los labios del Maestro. El mismo huésped debería transmitirle la orden de ir a trabajar para él, y él debería ocuparse únicamente de esperar la comida.

Jesús, que hasta ese momento ha instruido a María, le da ahora una lección a Marta. La reprende con afecto: «Marta, Marta», y le hace ver que ha elegido mal, prefiriendo preocuparse «por muchas cosas» en vez de por la única cosa que «es necesaria» (w. 41ss). Alaba, en cambio, a María, por haber elegido la mejor parte» (v. 42).

 

MEDITATIO

Intentemos profundizar en los principales mensajes que nos comunican la primera lectura y el evangelio y tratemos de actualizarlos. Se trata de relatos de hospitalidad, y entre ellos hay diferencias y semejanzas. Una diferencia que se aprecia a simple vista es que los huéspedes aprueban el servicio de Abrahán: «Haz como has dicho» (Gn 18,5); el de Marta, sin embargo, se atrae una reprensión. La semejanza es que en ambos casos el huésped no sólo recibe, sino que aporta también un don: promete un hijo a Abrahán y Sara, y ofrece su palabra en Betania. Recibir al Señor Jesús en nuestra «casa» no significa sólo prestarle «muchos servicios», sino también -antes que nada- dejarle hablar y recibir el don de su Palabra.

La hospitalidad tiene que ser ofrecida también en nombre de Jesús a los hombres con quienes él se identifica: «Fui forastero y me hospedasteis» (Mt 25,35), «No olvidéis la hospitalidad» (Heb 13,2). Hay que dar la oportunidad no sólo de dar, sino también de recibir. ¿Qué ocasiones tenemos? Las dos hermanas han sido consideradas como dos tipos de vida: activa y contemplativa. En realidad, son más bien ejemplos concretos que ilustran el tercer y cuarto tipos de terrenos de la parábola del sembrador. La «preocupación» y la «agitación» de Marta recuerdan «la semilla que cayó entre cardos», o sea, «los que escuchan el mensaje, pero luego se ven atrapados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a la madurez» (cf. Le 8,14). La «mejor parte» de María nos recuerda, en cambio, «la semilla que cayó en tierra buena», o sea, «a los que, después de escuchar el mensaje con corazón noble y generoso, lo retienen y dan fruto por su constancia» (Lc 8,15). ¿Dónde se sitúa nuestro modo de vivir, en el tercero o en el cuarto tipo de terreno?

 

ORATIO

Si al actualizar los dos mensajes precedentes -el de la mano que da y el del oído que recibe- descubrimos en nosotros la actitud buena, demos gracias al Padre. Pidamos perdón, sin embargo, por posibles faltas de generosidad o por no haber tratado al huésped como a una persona que debe ser acogida con benevolencia cordial.

¿Cómo hospedamos en nosotros al Señor, que se hace presente a través de su palabra, en la eucaristía y en los hermanos? De las conclusiones de este examen de conciencia brotará una imploración de perdón, si somos deficientes, de invocación al Espíritu Santo, «dulce huésped del alma», para que nos haga capaces de acoger, o una oración de acción de gracias y de alabanza si nos asemejamos a Abrahán y a María.

 

CONTEMPLATIO

Elevemos nuestra mirada a Dios para captar en él la plenitud de esa hospitalidad sobre la que hemos meditado en los dos episodios que hemos visto y sobre los que hemos orado.

La hospitalidad es una dimensión fundamental de la revelación bíblica. Nos invita a abrir la mirada y el corazón frente a toda persona: «Acogeos los unos a los otros, como Cristo os acogió a vosotros» (Rom 15,7). El horizonte se ensancha después. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo desean habitar en cada bautizado: «Vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Santa Isabel de la Trinidad vivía en la contemplación de estos Huéspedes suyos, a los que llamaba afectuosamente «mis Tres». ¿Acaso no concluirá la historia de la salvación en el paraíso terrenal escatológico, donde se llevará a cabo una hospitalidad recíproca? Los santos hospedan a Dios -«Ésta es la tienda de campaña que Dios ha montado entre los hombres. Habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos» (Ap 21,3)- y Dios hospeda a los santos: «No vi templo alguno en la ciudad, pues el Señor Dios todopoderoso y el Cordero son su templo» (Ap 21,22). La ciudad celeste será habitada por huéspedes de toda procedencia: «Apareció una multitud inmensa, de toda nación, raza, pueblo y lengua» (Ap 7,9). El actual fenómeno de la mezcla de distintas etnias y culturas ha de ser considerado en esta dirección.

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas» (Lc 10,41).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El concepto de hospitalidad ha perdido en nuestra cultura mucha de su fuerza y se emplea a menudo en ambientes donde estaríamos más inclinados a esperar una piedad aguada que una búsqueda seria de auténtica espiritualidad cristiana. Ahora bien, si hay un concepto que merece ser llevado a la profundidad original y a su potencial evocador es el de hospitalidad. Se trata, en efecto, de uno de los términos bíblicos más ricos, un concepto que está en condiciones de ahondar y ensanchar nuestra percepción respecto a las relaciones con los hermanos. Los relatos del Antiguo y del Nuevo Testamento no se limitan únicamente a indicarnos qué grave es la obligación de acoger al extranjero en nuestra casa, sino que nos señalan también que los invitados traen consigo dones preciosos, unos dones que están ansiosos de mostrar a quienes les acogen. Los tres extranjeros recibidos de manera suntuosa por Abrahán en Mambré se le revelan como el Señor y le anuncian que Sara dará a luz un hijo.

Cuando se invita a los extranjeros que pueden dar miedo, entonces revelan al huésped las promesas que traen consigo. De este modo, los relatos bíblicos nos ayudan a darnos cuenta de que la hospitalidad es una virtud importante y - lo que es más, que en el marco de la hospitalidad, huésped e invitado pueden revelarse recíprocamente regalos preciosos, entregándose una vida nueva.

En estos últimos decenios, la psicología ha contribuido mucho a descubrir un nuevo modo de entender las relaciones interpersonales. Sin embargo, algunos de nosotros se han dejado impresionar hasta tal punto por los nuevos descubrimientos que han perdido de vista la enorme riqueza contenida y conservada en conceptos antiguos como el de hospitalidad. Ese concepto podría dar una nueva dimensión a nuestra comprensión de una relación benéfica y a la formación de una comunidad, nuevamente creativa, en un mundo que sufre de alienación y de extrañamiento (H. J. Nouwen, Viaggio spirítuale per l'uomo contemporáneo, Brescia 81999, pp. 60 ss).

 

 

Día 18

  Lunes de la XVI semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Miqueas 6,1-4.6-8

1 Escuchad lo que dice el Señor: «Ponte en pie y expón tu causa en presencia de los montes; que oigan tu voz las colinas».

2 Escuchad, montes, y vosotros, cimientos eternos de la tierra, el proceso que entabla el Señor, pues el Señor se querella con Israel, entra en juicio con su pueblo.

3 «Pueblo mío, ¿qué te hecho? ¿En qué te he ofendido? Respóndeme.

4 Yo te saqué de Egipto, te liberé de la esclavitud y te di como guías a Moisés, Aarón y María.

6 ¿Con qué me presentaré delante del Señor y me postraré ante el Dios de lo alto? ¿Me presentaré con holocaustos, con terneros de un año?

7 ¿Complacerán al Señor miles de carneros e innumerables ríos de aceite? ¿Le ofreceré mi primogénito en pago de mi delito, el fruto de mis entrañas por mi propio pecado?

8 «Se te ha hecho saber, hombre, lo que es bueno, lo que el Señor pide de ti: tan sólo respetar el derecho, amar la fidelidad y obedecer humildemente a tu Dios».

 

**• Este oráculo profético tiene la forma literaria del proceso judicial. Todo el orden creado está llamado a ser testigo, mientras que el imputado es el pueblo elegido (v. 2). La acusación que formula YHWH tiene el tono de un lamento repleto de ternura. Israel es el pueblo de Dios; le pertenece porque Dios mismo lo ha elegido y constituido como tal (Dt 32,6), lo ha guiado a la libertad y ha cerrado con él un pacto eterno. Y lo ha hecho sólo porque lo ama (cf. Dt 7,7ss). ¿Que acto malo, por tanto, se le puede reprochar (v. 3)? Dios no se cansa de recordarle al pueblo infiel sus orígenes, para que tome conciencia de su identidad y la manifieste con un comportamiento coherente.

El pueblo reconoce implícitamente, a través de su portavoz, sus propias responsabilidades y, con una serie de preguntas, busca cómo aplacar la indignación de YHWH. Se pregunta en el oráculo si podrán agradar a Dios los sacrificios cruentos de animales apreciados y en gran número, o abundantes sacrificios incruentos. Se llega incluso a preguntar, sobre la base de un uso común en el mundo pagano -desterrado por la Ley, aunque practicado a veces y nunca desaparecido del todo en Israel-, si el pecado podrá ser expiado mediante el rito de la inmolación de los hijos primogénitos.

Ahora es cuando interviene el profeta, a quien corresponde ejercer el servicio de intermediario entre Dios y el pueblo. Éste reafirma la voluntad que Dios mismo ha manifestado y que siempre habían anunciado los profetas.

Esa voluntad interpela a cada hombre, que, por esa misma razón, está llamado a dar una respuesta personal.

La propuesta de Dios, en la línea de la alianza sinaítica, ha sido sintetizada por Miqueas en tres puntos: justicia social, amor (cf. Ex 20,12-17; Dt 5,16-21) y sumisión obediente y dócil a Dios, viviendo las ocupaciones diarias «en su compañía». El orgullo y la altivez alejan de Dios y separan del prójimo. El amor y la humildad recomponen la armonía de la comunión.

 

Evangelio: Mateo 12,38-42

En aquel tiempo,

38 algunos maestros de la Ley y fariseos le dijeron: -Maestro, queremos ver un signo hecho por ti.

39 Jesús respondió: -Esta generación perversa e infiel reclama un signo, pero no tendrá otro signo que el del profeta Jonás.

40 Pues así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra.

41 Los ninivitas se levantarán en el día del juicio junto con esta generación y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia ante la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más importante que Jonás.

42 La reina del sur se levantará en el juicio junto con esta generación y la condenará, porque ella vino del extremo de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más importante que Salomón.

 

**• En el contexto de la diatriba entre Jesús y sus interlocutores que siguió a la curación del endemoniado ciego y mudo (cf. Mt 12,22-37), se presenta la petición de un signo por parte de los maestros de la Ley y de los fariseos.

Jesús responde sacando a la luz la naturaleza de tal petición: es una pretensión formulada por gente malva da e incrédula (v. 39a). No piden el signo para apoyo de su fe, porque los maestros de la Ley y los fariseos han demostrado ya en otras ocasiones que no creen en Jesús, que no reciben su palabra y, con ella, la revelación de los misterios del Reino de Dios, de modo diferente a lo que han hecho «los pequeños» (cf. Mt 11,25-27).

Al negar el signo pedido, Jesús declara una vez más que la fe no es fruto de la evidencia, no es resultado de un cálculo lógico, sino disponibilidad para recibir el don de Dios, que es el mismo Jesús. De ahí que el signo de Jonás siga siendo incomprensible para quienes no tienen esta disponibilidad, porque sólo la fe en Jesús y en su palabra puede permitir reconocer, en su muerte y resurrección, la verdad de la filiación divina y de la redención del hombre. Sólo por la fe nos convertimos.

La permanencia de Jonás en el vientre del pez y la acogida positiva de la invitación a la conversión por parte de los ninivitas paganos son pálidas prefiguraciones de lo que está sucediendo, dice Jesús. Él será sepultado durante un breve tiempo, como preludio de su glorificación salvífica, y los paganos se dispondrán a acoger la Palabra de Dios que se les anuncie (w. 40ss). Se trata de un signo que sigue siendo ineficaz -como el brindado por el largo viaje realizado por la reina del sur para escuchar la sabiduría de Salomón (v. 42)- para una generación que, por no estar dispuesta a cumplir la voluntad de Dios, no sabe reconocer en Jesús a su enviado -más aún, a su Hijo- y por no creer en sus palabras no acoge la sabiduría de Dios.

 

MEDITATIO

Cuántas veces nos las damos de acreedores de Dios, reivindicamos cuentas pendientes con él, como si no fuera él nuestro Creador, el que nos ha dado y nos sigue dando la vida. «Dios no me escucha, no hace lo que le pido, no me concede esto o aquello, después de todo lo que he hecho por él, sacrificios, renuncias, oraciones...»: son palabras que oímos con cierta frecuencia.

En ellas se revela que tenemos la imagen de un Dios dispuesto a satisfacer nuestros caprichos de una manera mecánica... Sin embargo, Dios, puesto que siente por nosotros una altísima estima y un amor auténtico, nos llama a mantener con él una relación personal en un clima de libertad y de responsabilidad. Dios quiere hacernos crecer, nos desea adultos en el espíritu. A menudo nosotros, que tanto deseamos quemar etapas en el crecimiento humano y, de pequeños, nos las damos de grandes (salvo cuando seguimos siendo infantiles después en la edad adulta), no nos mostramos preocupados con la misma intensidad por madurar en la fe, en la relación con el Señor. De este modo, permanecemos anclados en el «ver», en el «tocar» con los sentidos, y nos mostramos dispuestos a correr detrás de magias y supersticiones aun cuando eso comporte un notable dispendio de tiempo y dinero.

Reflexionemos sobre la seriedad de nuestra creencia en Dios: la actitud que mantenemos al tratar con los hermanos y al vivir los momentos del culto expresa lo que hay en nuestro corazón. Dios se ha hecho en Jesús compañero de viaje de cada hombre. Abramos, con humildad, los ojos de la fe.

 

ORATIO

Perdona, Señor, mi arrogancia frente a ti, una arrogancia hecha de pretensiones y nunca saciada de tus dones. Me muestro ridículo en mi necia pretensión de desafiarte a que me brindes siempre nuevas pruebas de tu presencia amorosa, cuando en realidad yo no estoy en absoluto disponible para acoger ninguna. Perdona los «delirios de omnipotencia» que me atrapan y que me llevan a intentar mirarte de arriba abajo.

Pero tú no te espantas ni te cansas de mí, oh Dios. Más aún, eres tú el que se hace pequeño. De este modo me das ejemplo y me demuestras que recorriendo el camino del amor, de la humildad, de la confianza, llegamos a ser personas verdaderamente humanas, se nos reconoce como hijos del Padre y somos capaces de ver el signo de tu presencia en el mundo. Por eso, Señor, nunca acabaré de bendecirte.

 

CONTEMPLATIO

¿Queréis que os hable de los caminos de la reconciliación con Dios? Son muchos y variados, pero todos ellos conducen al cielo. El primero es la condena de los propios pecados. El segundo es el perdón de las ofensas. El tercero consiste en la oración; el cuarto en la limosna, y el quinto en la humildad. No te quedes, por tanto, sin hacer nada; más aún, intenta avanzar cada día por todos estos caminos, porque son fáciles. Aun cuando te encuentres viviendo en una situación de miseria más bien grave, siempre podrás deponer la ira, practicar la humildad, orar de continuo y reprobar los pecados. Una vez adquirida de nuevo la verdadera sanidad, gozaremos con confianza de la sagrada mesa e iremos con gran gloria al encuentro de Cristo (Juan Crisóstomo, Homilía sobre el diablo tentador 2,6, en PG 49, 263ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú eres, Señor, el "signo" del Padre» (cf. Mt 12,38ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Conozco dos tipos de creyentes. Los que necesitan milagros para creer y aquellos a quienes el milagro no añade ni una onza de fe; más aún, casi les supone una mortificación. No hace falta escarnecer a los primeros; están en buena compañía, puesto que el mismo san Agustín dice con ellos: «Sin los milagros no sería cristiano». A los segundos no les hace falta creer demasiado: si bajara a una plaza cualquiera, en una hora de tráfico o de mercado, gritando que a una milla de allí se había aparecido la Virgen, en un abrir y cerrar de ojos se quedaría desierta la plaza, estoy seguro de ello. Y los primeros en correr detrás de mí serían tal vez los materialistas, los llamados incrédulos, pero inmediatamente después, no menos jadeantes, vería a muchos de esos amigos que solían decirme: «El milagro es para mí algo superfluo, mi fe no necesita milagros».

La verdad para todos nosotros es sólo esta: que somos milagros, venimos del milagro y estamos hechos por milagros. Hasta el hombre que lo tiene todo invoca el milagro, porque el milagro, antes de ser un socorro benéfico, antes de ser un don útil y resolutivo contra la pena, es la exaltación de la infancia que vuelve a encantarnos, la revancha de aquella primera sabiduría ¡nocente sobre la falaz sabiduría de después.

El Evangelio es el campo de los milagros. Sin embargo, hay una cosa que aparece clara de inmediato: que Cristo fue enemigo de los milagros. El milagro, para él, es lo que debería brotar como consecuencia, algo para cuya obtención cedió a hacerse brujo y que, sin embargo, sólo en rara ocasión consiguió: la fe. «Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo reparando las redes. Les llamó también, y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, le siguieron». Nosotros nos hemos quedado reparando las redes, aunque él nos ha mirado en más de una ocasión; tranquilos en la barca con nuestro padre y los mozos, hemos hecho fracasar el milagro rarísimo, ése ante el cual la resurrección de Lázaro es un juego. El milagro que le sale una vez de cada mil y que nadie ha sido capaz de contar. Seguirle (L. Santucci, Volete andarvene anche voi? Una vita di Cristo, Milán 1974).

 

 

Día 19

  Martes de la XVI semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Miqueas 7,14-15.18-20

14 Pastorea a tu pueblo con tu cayado, al rebaño de tu heredad, que vive solitario entre malezas y matorrales silvestres; que pazca como antaño en Basan y en Galaad.

15 Como cuando saliste de Egipto, haznos ver tus maravillas.

18 ¿Qué Dios hay como tú, que absuelva del pecado y perdone la culpa al resto de su heredad, que no apure por siempre su ira, porque se complace en ser bueno?

19 De nuevo se compadecerá de nosotros, sepultará nuestras culpas, y arrojará al fondo del mar nuestros pecados.

20 Así manifestarás tu fidelidad a Jacob y tu amor a Abrahán, como lo prometiste a nuestros antepasados, desde los días de antaño.

 

*•• Este pasaje constituye la conclusión del libro de Miqueas, pero se remonta en realidad, según el parecer concorde de los exégetas, al período postexílico. El pueblo vuelve a la tierra de Canaán, pero la encuentra inhóspita, muy diferente de la anhelada por los oráculos proféticos, que habían sostenido la esperanza del retorno entre los exiliados. A los repatriados les han dejado las zonas menos fértiles y más inaccesibles, mientras que los pueblos vecinos ocupan lo mejor del territorio que una vez había pertenecido a Israel. De ahí la invitación dirigida a YHWH para que,  como pastor, conduzca al pueblo -su rebaño- a pastos mejores, como lo hizo en otro tiempo, cuando los guió desde la esclavitud de Egipto a la libertad de la Tierra prometida, obrando signos maravillosos.

La nueva evocación de las mirahilia Dei en tiempos del Éxodo conduce de nuevo al acontecimiento de la alianza, que hizo conocer a Israel, por una parte, el amor del Señor y, por otra, su propia identidad de pueblo, y de pueblo de Dios. Eso es precisamente lo que los repatriados necesitan encontrar y experimentar de nuevo.

El pasaje concluye alabando la misericordia de Dios, que perdona las culpas con facilidad (v. 18), porque él mismo se ha dado a conocer como «lento a la ira y rico en benevolencia» (Ex 34,6). El Dios del Éxodo se había manifestado como alguien que goza dispensando dones a los hombres y no busca su castigo, sino su conversión al amor. Por eso está seguro el orante de que Dios echará las culpas en el fondo del mar (v. 19), del mismo modo que serán precipitados al mar los enemigos del pueblo.

La oración se vuelve explícita: Dios es fiel a la alianza estipulada ya en los tiempos antiguos con los patriarcas, aunque declarada válida y eficaz para las generaciones futuras (v. 20; cf. Gn 15,18).

 

Evangelio: Mateo 12,46-50

En aquel tiempo,

46 aún estaba Jesús hablando a la gente, cuando llegaron su madre y sus hermanos. Se habían quedado fuera y trataban de hablar con él.

47 Alguien le dijo: -¡Oye! Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que quieren hablar contigo.

48 Respondió Jesús al que se lo decía: -¿Quién es mi madre, quiénes son mis hermanos?

49 Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: -Éstos son mi madre y mis hermanos.

50 El que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

 

**• Jesús estaba hablando a la gente cuando llegan sus familiares a hablar con él. Y Jesús, al plantear la cuestión de quiénes son sus parientes, declara la condición de los nuevos vínculos de los que son engendrados de Dios, y no de la carne y de la sangre {cf. Jn 1,13): la escucha y la puesta en práctica de su Palabra. Los fariseos y los maestros de la Ley, que no creen en él, quedan encerrados en la búsqueda de un signo y no se dan cuenta de que está presente la realidad misma, mucho mayor que cualquier signo (cf. Mt 12,38-42). Los discípulos, que escuchan su Palabra, se abren a la comunión más profunda posible con él, según la experiencia humana: la que mantenemos con nuestra madre y nuestros consanguíneos.

Jesús mismo es la Palabra: quien le recibe llega a ser en él hijo del Padre. Hacer la voluntad del Padre es la condición que debe cumplir el hijo auténtico; como él, que ha venido al mundo no para hacer su propia voluntad, sino la del Padre, que le ha enviado {cf. Jn 6,38).

Al decir esto, pone Jesús de relieve la grandeza de su madre, María, que lo engendró según la carne precisamente haciéndose discípula, acogiendo la voluntad del Padre: «Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices» (Lc 1,38).

 

MEDITATIO

La maravilla más grande es que Dios nos considere «de su casa», como familia suya. Tal vez estemos demasiado poco habituados a esta verdad y dejemos perder sus implicaciones, como un muchacho al que le parece que le son debidas las atenciones de sus padres y, en consecuencia, sólo adelanta pretensiones. Dios, a buen seguro, es fiel a su don de amor: nos ofrece en todo momento el perdón y la salvación. Ahora bien, ¿cómo nos situamos nosotros en la relación con él? Jesús dice con toda claridad que quien cumple la voluntad del Padre entra en comunión con él. Vale la pena preguntarse cuánto nos interesa la voluntad del Padre y cómo intentamos conocerla. Es preciso que estemos muy atentos a no confundir la voluntad de Dios con nuestro punto de vista personal, con nuestro propio modo de sentir.

Dios nos ha dado a conocer su voluntad, en primer lugar, comunicándonos su Palabra. En Jesús nos ha dicho todo lo que quería decirnos. ¿Conocemos la Sagrada Escritura? ¿Cómo hacemos para conocer cada vez mejor esta «carta de Dios a los hombres»? Conocer implica «hacer»: ¿cómo hacemos para crecer en la coherencia? ¿Examinamos nuestra vida a la luz de la Palabra del Señor, tal vez con alguien que nos acompañe en el camino de la fe?

 

ORATIO

Cuando rezo con las palabras que Jesús nos enseñó, repito: «Hágase tu voluntad». Te pido -¿pero me doy cuenta de verdad?- que tú, oh Dios, realices tu voluntad, que es amor, que es salvación para todos nosotros. Sin embargo, pienso poco que esta voluntad tuya me interpela también a mí, porque quieres implicarme en tu designio de salvación. Y no como a un extraño, sino como a un familiar. Te confieso, Dios mío, la indiferencia de que hago gala ante todo esto: ni siquiera me doy cuenta de que soy «de los de tu casa». Perdona esta torpeza mía, ten piedad de mi mezquindad.

El mayor prodigio que puedes realizar, mayor incluso que los que llevaste a cabo en el Éxodo , es continuar llamando a mi puerta, rozar las cuerdas de mi corazón hasta que brote la nostalgia de la comunión contigo, de la intimidad familiar contigo, de la amistad contigo, que colma cualquier abismo interior. Entonces, Dios mío, no encontraré nada más deseable que tu voluntad, exigente también, pero bella. Y te gritaré, con insistencia, hasta que me hayas respondido: Señor, ¿qué quieres que haga?

 

CONTEMPLATIO

No debemos ser sabios y prudentes según la carne; debemos ser más bien sencillos, humildes y puros.

Nunca debemos desear estar sobre los otros; antes bien, debemos ser siervos y estar sometidos a toda criatura humana por amor a Dios. Y sobre todos aquellos y aquellas que se comporten de este modo, siempre que hagan tales cosas y perseveren en ellas hasta el final, reposará el Espíritu del Señor, y en ellos establecerá su habitación y morada. Y serán hijos del Padre celestial, y harán sus obras, como esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando el alma fiel se desposa con Jesucristo mediante la acción del Espíritu Santo. Somos hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo. Somos madres cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo por medio del amor y la pura y sincera conciencia, y lo engendramos por medio del santo obrar, que debe resplandecer como ejemplo para los otros.

¡Oh, cuan glorioso y santo, consolador, bello y admirable es tener semejante Esposo! ¡Oh, cuan santo, cuan delicioso, agradable, humilde, pacífico, suave y amable y deseable por encima de cualquier cosa es tener tal hermano e hijo! (Francisco de Asís, Carta a todos los fieles).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (cf. Mt 12,50).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Entre las palabras duras que tienen un sello de autenticidad, encontramos un episodio rara vez recordado, porque es así insoportable para nuestra mentalidad moderna, y tal vez lo fuera también para los espíritus antiguos. Los parientes de Jesús, tras enterarse de lo que estaba pasando, llegaron para llevárselo con ellos diciendo: «¡Está loco!». Y los escribas, venidos de Jerusalén, dijeron: «Está poseído por el demonio». Sobrevinieron su madre y sus hermanos. Estos, quedándose aparte, lo mandaron llamar. La gente estaba sentada a su alrededor. Le dijeron: «¡Oye! Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que quieren hablar contigo». Él respondió: «¿Quién es mi madre, quiénes son mis hermanos?».

Para comprender este pasaje debemos recordar que Moisés había mandado condenar a muerte a los falsos profetas, a los magos que hacían milagros. Además, en aquellos tiempos estaba admitida la responsabilidad colectiva, de suerte que los padres eran responsables si no denunciaban a su hijo como Falso profeta. Desde esos presupuestos, podemos comprender el comportamiento de la gente de Nazaret. Es preciso volver inocuo a Jesús, impedir que se pierda. Y no sólo él, sino también los suyos, posiblemente todo el pueblo. De ahí que los hermanos de Jesús, llevando con ellos a la Virgen, le pidan que renuncie a su locura, o sea, a su misión.

Jesús es abandonado por sus paisanos. Es sospechoso frente a las autoridades, que han venido hasta su tierra para desarrollar una investigación. Pero eso no es nada aún. Lo más duro es que los suyos quieren aislarlo, hacerlo pasar por un extravagante.

Jesús sufre al ver que su misión no es comprendida por aquellos que le son más próximos, por aquellos que, durante treinta años, le han visto vivir en un pueblo donde nada queda oculto. Entonces Jesús, posando la mirada sobre aquellos que estaban en círculo a su alrededor, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Nunca se ha negado la dureza de estas palabras. En realidad, equivalen a aquellas otras de san Juan al comienzo de su evangelio: «Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron. A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios» (J. Guitton, L'Evangelo nella mia vita, Brescia 1978).

 

 

Día 20

 Miércoles de la XVI semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 1,1.4-10

1 Palabras de Jeremías, hijo de Jelcías, uno de los sacerdotes residentes en Anatot, en tierra de Benjamín.

4 El Señor me habló así:

5 Antes de formarte en el vientre te conocí; antes de que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de las naciones.

6 Yo dije: ¡Ah, Señor, mira, que no sé hablar, pues soy un niño!

7 Y el Señor me respondió: No digas: «Soy un niño», porque irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene.

8 No les tengas miedo, pues yo estoy contigo para librarte, oráculo del Señor.

9 Entonces el Señor alargó su mano, tocó mi boca y me dijo: «Mira, pongo mis palabras en tu boca:

10 en este día te doy autoridad sobre naciones y reinos, para arrancar y arrasar, para destruir y derribar, para edificar y plantar».

 

**• Comienza la lectura de los pasajes tomados del libro del profeta Jeremías. Éste, de una familia sacerdotal que moraba no lejos de Jerusalén, desarrolló su ministerio profético durante el período más dramático de la historia del Reino de Judá: el que va desde el intento reformador del rey Josías a la toma de Jerusalén, con la consiguiente deportación a Babilonia (aproximadamente, 526-587 a. de C).

Si bien no es posible la reconstrucción cronológica exacta de la vida de Jeremías, conocemos, no obstante, mucho de su trabajo interior y de su conciencia del ministerio profético que le había sido confiado, gracias a las páginas autobiográficas e introspectivas que se alternan, en el libro, con los oráculos y las narraciones.

La vida misma del profeta tiene valor de oráculo: es palabra viva dirigida por Dios a su pueblo, a fin de que se enmiende y vuelva a caminar por sus sendas. El relato de la vocación del profeta, que abre el libro y constituye el fragmento litúrgico de hoy, presenta elementos fundamentales característicos de su ministerio.

La Palabra del Señor -central en la experiencia religiosa y profética- llega a Jeremías y lo llama a una profunda y comprometida relación con ella (w. 4-9), habilitándolo para ser servidor autorizado de la misma, más allá de sus propias capacidades reconocidas (v. 6).

Jeremías no deberá temer ni la dura oposición ni la lucha que sostendrá para anunciar la Palabra de Dios: el Señor, que lo ama desde siempre, lo custodia, lo ha elegido (v. 5), lo sostendrá siempre y lo protegerá en su ardua misión (w. 7ss). Se trata de una misión que no puede contar con el favor de los destinatarios, puesto que Jeremías estará obligado a anunciar, sobre todo, amenazas y castigos (v. lOcd; cf. capítulos 2-25; 46-51), tras los cuales será posible la reconstrucción (v. lOe; cf. capítulos 30-33).

 

Evangelio: Mateo 13,1-9

1 Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago.

2 Se reunió en torno a él mucha gente, tanta que subió a una barca y se sentó, mientras la gente estaba de pie en la orilla.

3 Y les expuso muchas cosas por medio de parábolas. Decía: -Salió el sembrador a sembrar.

4 Al sembrar, parte de la semilla cayó al borde del camino, pero vinieron las aves y se la comieron.

5 Parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra; brotó en seguida porque la tierra era poco profunda,

6 pero cuando salió el sol se agostó y se secó porque no tenía raíz.

7 Parte cayó entre cardos, pero éstos crecieron y la ahogaron.

8 Finalmente, otra parte cayó en tierra buena y dio fruto: un grano dio cien, otro sesenta, otro treinta.

9 El que tenga oídos para oír que oiga.

 

**- En el capítulo 13 de Mateo encontramos siete parábolas que tienen como objeto el misterio del Reino de Dios. El evangelista sitúa este discurso -el tercero de los cinco con que estructura la predicación de Jesús- detrás de la crisis originada por el conflicto que, poco a poco, se ha ido agudizando entre Jesús, por una parte, y los fariseos y los maestros de la Ley, por otra. Un conflicto condensado en torno a las cuestiones de la observancia del sábado y del origen del poder taumatúrgico de Jesús (cf. Mt 12,1-14.22-32).

Con la primera parábola propuesta en el fragmento litúrgico de hoy, llama Jesús la atención sobre una imagen bien conocida de la gente a la que está hablando, y que revela algo de su misma persona en relación con la Palabra que es él y que ha venido a anunciar. Así como el «sembrador» palestino esparce la semilla en la tierra sin escatimar, así también proclama Jesús la Palabra del Padre a todos, sin distinciones y sin reservas. Es Palabra de vida y ha sido enviado por el Padre para que todos «tengan la vida en abundancia» (cf. Jn 10,10). Ahora bien, del mismo modo que la semilla corre una suerte distinta según el terreno en el que cae, así también la Palabra recibe una acogida diferente según la disponibilidad del corazón de quien la escucha: la experiencia de la predicación realizada por Jesús hasta ahora lo confirma.

El relato de la parábola presenta una conclusión sorprendente, que es, a continuación, su mensaje central: el terreno fértil produce una cosecha abundantísima, más allá de cualquier expectativa razonable. De modo semejante ocurre con la Palabra anunciada por Jesús, que, aunque no despierta el interés esperado e incluso encuentra oposición, tendrá una fecundidad extraordinaria, cosa comprensible sólo por quien tiene fe, por quien reconoce en el Evangelio de Jesús la voluntad del Padre y está dispuesto a acogerla y ponerla en práctica (cf. Mt 12,50).

 

MEDITATIO

En virtud de nuestra propia experiencia sabemos la gran importancia que tiene la palabra: a través de ella tomamos conciencia de ser personas humanas, comunicamos lo que pensamos y sentimos, recibimos, a nuestra vez, la comunicación del otro, entramos en contacto con el patrimonio cultural del pasado, conocemos mundos alejados del nuestro... Nuestra misma experiencia de la fe pone en el centro la palabra, desde el mismo momento en que Dios, el inefable, se ha hecho Palabra para que nosotros pudiéramos entrar en relación con él. Ha aceptado los límites de la palabra humana a fin de «decirse» y revelarse de un modo comprensible para nosotros. Se ha hecho tan cercano a nuestra experiencia cotidiana que podemos terminar por confundir su voz con el rumor de la charla confusa y bulliciosa o con el estruendo de decenas de decibelios que marca nuestra «cultura» del ruido. El Señor sigue viniendo hoy a nuestro encuentro dirigiéndonos la Palabra a cada uno de nosotros de manera personal. Y es que incluso cuando Dios habla a la muchedumbre tiene presente a la persona, con su verdad individual.

Todos y cada uno de nosotros somos conocidos, amados, elegidos -de modo semejante a Jeremías-. Cada uno de nosotros es objeto de confianza, como el campo en el que el sembrador esparce la semilla sin parsimonia.

A todos y a cada uno de nosotros le repite la invitación a la amistad, a la familiaridad confidente con él. Tal vez prefiramos considerar todo esto como algo imposible porque intuimos que acoger la propuesta de Dios es comprometedor: exige que nos dejemos transformar por esa misma Palabra y nos convirtamos en «palabra» para los otros. Dios se compromete el primero y nos dice: «No temas, yo estaré contigo». Su presencia garantiza la abundancia del fruto.

 

ORATIO

Me conmueve, Señor, tu ternura conmigo, la confianza que me demuestras y con la que me acompañas desde el primer momento en que empecé a existir. Me vienen a la mente las palabras del salmista: «Tú conoces lo profundo de mi ser, nada mío te era desconocido cuando me iba formando en lo oculto y tejiendo en las honduras de la tierra» (Sal 139,14-15). Gracias, Señor, por tanta atención: ése es tu estilo, tu modo de obrar. Ayúdame a no olvidarlo cuando, frente a ciertos acontecimientos de la vida, reacciono denunciando tu ausencia o incluso sintiéndote hostil.

        Me tienes en tanta estima que me has llamado para colaborar contigo. Me confías lo más precioso que tienes, la Palabra, que está al comienzo de todo: de la creación, de la redención, de la santificación. Perdóname, te lo ruego, la superficialidad con que me pongo ante tu don y ante la misión que me propones. Perdóname las incertidumbres y las resistencias. Éstas expresan que vivo más replegado en mí mismo que «capturado» en mi corazón por la gran benevolencia que me muestras.

 

CONTEMPLATIO

Imita a la tierra, oh hombre, y produce también tú tus frutos para no ser inferior a las cosas materiales. La tierra produce frutos, pero no puede gozarlos y los produce para tu beneficio. Tú, en cambio, puedes recoger para tu propio beneficio todo lo que vas produciendo. Si has dado al hambriento, se vuelve tuyo todo lo que le has dado; más aún: vuelve a ti incrementado. En efecto, del mismo modo que el trigo que cae en tierra actúa en beneficio de aquel que lo ha sembrado, así también el pan dado al hambriento reporta muchos beneficios.

Que lo que constituye su fin para la agricultura sea, pues, para ti el criterio de la siembra espiritual. Tú no conoces más que una frase: «No tengo nada y no puedo dar nada, porque no tengo bienes». En efecto, eres verdaderamente pobre; es más, estás privado de todo verdadero bien. Eres pobre de amor, pobre de humanidad, pobre de fe en Dios, pobre de esperanza en las realidades eternas. Muéstrate activo en el bien. Entonces te aprobará Dios, te alabarán los ángeles, te proclamarán bienaventurado todos los hombres que han existido desde la creación del mundo en adelante (Basilio Magno, Homilía sobre la caridad 3, 6, en PG 266-267.275).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú me conoces, oh Dios, y me amas desde siempre» (cf. Jr 1,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Entré en aquella capilla por casualidad, sin angustias metafísicas, sin inquietudes, sin problemas personales, sin disgustos amorosos: no era yo más que un ateo tranquilo, marxista, un ¡oven despreocupado y un poco superficial que tenía en su programa aquella noche un encuentro galante», me contó también a mí. «Salí de allí diez minutos después, tan sorprendido de encontrarme de repente católico como lo hubiera estado si me hubiera descubierto jirafa o cebra a la salida del zoo. Precisamente porque sabía que nadie me habría creído, callé durante más de treinta años, trabajé duro para hacerme un nombre como periodista y escritor y poder esperar así no ser tomado por loco cuando hubiera pagado mi deuda: contar lo que me había sucedido». Para algunos, este hombre [André Frossard] es un problema; para otros, un enigma: un periodista de éxito, uno de los más conocidos y temidos de Francia, que sale con un libro en el que anuncia, con una seguridad inexpugnable, que Dios es una evidencia, un hecho, una Persona encontrada de manera inesperada por el camino [...].

«La Cosa» tuvo lugar en Sudamérica, en un congreso: una caída sobre el borde de cemento de una piscina, una fractura, la larguísima espera de socorro. [Louis Pawels] añade: «Estaba solo, todos habían vuelto al albergue para la comida. Mientras me desplomaba en tierra, sentí que no estaba cayendo por casualidad: advertí con claridad que «Alguien» me había empujado. Y lo había hecho para decirme «algo». Yacía abandonado sobre el cemento, fracturado. El dolor era lancinante; sin embargo, me invadió una inmensa, una inexplicable alegría.

Cuando, por fin, acudió alguien y me llevaron en camilla, mi cuerpo estaba herido, pero mi alma exultaba. Era como si aconteciera el nacimiento de Cristo para mí, en aquel mismo momento: era mi Navidad, una Navidad en septiembre. Por vez primera en mi vida, conocí la alegría» (V. Messori, Inchiesta sul crístianesimo, Turín 1987).

 

 

Día 21

 Jueves de la XVI semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 2,1-3.7-8.12ss

1 El Señor me dijo:

2 Ve y proclama en Jerusalén: Así dice el Señor: Recuerdo tu amor de juventud, tu cariño de joven esposa, cuando me seguías por el desierto, por una tierra baldía.

3 Israel estaba consagrado al Señor, era la primicia de su cosecha; todo el que comía de ella lo pagaba, la desgracia caía sobre él, oráculo del Señor.

7 Yo os traje a un vergel y os di a comer sus frutos y sus bienes. Pero vosotros entrasteis y profanasteis mi tierra, convertisteis mi heredad en un lugar aborrecible.

8 Los sacerdotes no preguntaban: «¿Dónde está el Señor?». Los guardianes de la Ley no me conocían; los pastores se rebelaron contra mí; los profetas profetizaban en nombre de Baal, siguiendo a dioses inútiles.

12 Pasmaos de ello, cielos, temblad llenos de terror. Oráculo del Señor.

13 Que mi pueblo ha cometido un doble crimen: me han abandonado a mí, fuente de agua viva, para excavarse aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua.

 

*•• La palabra que el Señor confía a Jeremías para que la transmita tiene aquí la forma de una requisitoria severa y apasionada, en la que YHWH pone a Israel frente a sus propias responsabilidades y le pide cuentas de su infidelidad a la alianza. Dios tiene presente en el corazón y en la mente el tiempo del Éxodo y de la estancia en el desierto, un tiempo idílico de comunión, en el que el pueblo respondía con docilidad y obediencia a su amor absoluto (v. 2). Por su parte, Dios ha tutelado de todos los modos posibles a Israel, su propiedad (v. 3), y, fiel a la promesa, lo guió a la rica y fértil tierra de Canaán (v. 7 a).

El cambio de actitud del pueblo motiva la acusación: una vez en sitio seguro, Israel abandonó a su Dios; su pecado ha profanado la tierra que habita y que es santa por ser de Dios (v. 7b). Es extraordinariamente grave que los guías del pueblo (sacerdotes, reyes, profetas) hayan sido los primeros en traicionar la alianza volviéndose a los ídolos. Toda la creación está llamada a ser testigo de un hecho tan absurdo: aunque el pueblo ha experimentado la plenitud de vida en la comunión con el Dios vivo, lo abandona ahora prefiriendo a los ídolos.

Es el mismo estúpido dramatismo de quien, sediento, en vez de dirigirse a la fuente de agua viva, prefiere ponerse a excavar aljibes que, al agrietarse, acaban por perder el agua que retenían (w. 12ss).

 

Evangelio: Mateo 13,10-17

En aquel tiempo,

10 los discípulos se acercaron y le preguntaron: -¿Por qué les hablas por medio de parábolas?

11 Jesús les respondió: -A vosotros Dios os ha dado a conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.

12 Porque al que tiene se le dará, y tendrá de sobra, pero al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitará.

13 Por eso les hablo por medio de parábolas, porque aunque miran no ven, y aunque oyen no escuchan ni entienden.

14 De esta manera se cumple en ellos lo anunciado por Isaías: Oiréis, pero no entenderéis; miraréis, pero no veréis,

15 porque se ha embotado el corazón de este pueblo se han vuelto torpes sus oídos y se han cerrado sus ojos; de modo que sus ojos no ven, sus oídos no oyen, su corazón no entiende, y no se convierten a mí para que yo los sane.

16 Dichosos vosotros por lo que ven vuestros ojos y por lo que oyen vuestros oídos;

17 porque os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

 

**• Al comienzo del largo «sermón en parábolas», inserta Mateo la pregunta sobre el «porqué» de las parábolas y del rechazo de la Palabra de Jesús por parte de Israel. Era ésta una pregunta importante para los cristianos de las primeras comunidades, que, por una parte, se encontraban frente a la necesidad de explicar e interpretar un tipo de anuncio que se había vuelto inaccesible de manera inmediata y, por otra, sufrían la oposición y el escándalo del pueblo elegido, que, en una gran parte, no había acogido al Mesías. La respuesta parte del reconocimiento de la antítesis aparecida ya en la parábola del sembrador: hay quien se muestra disponible y quien, por el contrario, ofrece resistencia a la Palabra de Jesús. La diferente disposición interior establece la diferencia entre el «ver» y el «oír»: conversión y consecuente bienaventuranza para los unos, incomprensión y exclusión del don para los otros. El texto profético de Is 6,9ss, en el que Dios anuncia al profeta los obstáculos que encontrará en el ejercicio de su misión, da razón de lo que antes Jesús y después la Iglesia tendrán que vivir.

Si bien el lenguaje semítico refiere a Dios la causa primera de los acontecimientos, no es ciertamente él quien determina la docilidad y la dureza del corazón. El hombre está llamado a asumir en primera persona la responsabilidad de su propia elección frente a la Palabra que hoy se le dirige, puesto que hoy es el tiempo favorable para la salvación (cf. 2 Cor 6,2).

 

MEDITATIO

No es difícil ver, si miramos alrededor, cuántas relaciones superficiales existen. Y no sólo las de «conveniencia», en las que apenas se intercambian el saludo o dos palabras sobre el tiempo o sobre el partido de fútbol, sino también en otras que son fundamentales: entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre personas que comparten una misma opción religiosa, existencia!...

Vemos relaciones sin raíces profundas, que terminan. Y estaría bien que nos preguntáramos por qué resulta tan difícil embarcarse en un compromiso que dure toda la vida. La Palabra del Señor nos propone hoy que miremos dentro de nuestro corazón, que lo toquemos, que verifiquemos la disponibilidad que tiene para hacer un esfuerzo e ir más allá de la superficialidad; también en nuestra relación con el Señor. De manera diferente, nos escapa el sentido de lo que vivimos, y puede pasarnos que seamos como los judíos, que, por no mostrarse disponibles a comprometerse a fondo con el Señor, rechazaban su amor vivificante por cultos de muerte.

Resulta paradójico, pero tal vez no alejado de nuestra experiencia, que -estando hambrientos de amor- no veamos a Dios, que es amor, y no escuchemos en serio su Palabra; que -estando desorientados por el vacío y la falta de sentido del vivir- cerremos los ojos y los oídos frente a quien nos da testimonio de Dios como verdad y como vida. Toquemos nuestro corazón: todavía estamos a tiempo de convertirnos.

 

ORATIO

Es verdad, Señor, a veces soy precisamente un holgazán. El empleo de productos de todo tipo «listos para usar» me ha acostumbrado al «todo fácil», al «todo enseguida», y me he convencido de que también en las cosas del espíritu funcionan las cosas así. Confieso, Señor, que he preferido las muchas palabras brillantes, aunque inconsistentes, proclamadas por el charlatán de turno, a tus palabras, duras de comprender, pero vivificantes.

También yo he pensado que la fe en ti era una baratija infantil, una baratija que hemos de conservar en el desván, metida en el baúl de los viejos recuerdos...

Perdóname, Señor, no he comprendido nada. Sostén en mí el deseo de convertirme a ti: necesito unos ojos limpiados por la fe y unos oídos que no se confundan entre tantos sonidos, sino que sepan distinguir tu voz.

Necesito sobre todo, Señor, un corazón disponible para acoger la verdad sobre ti y la verdad sobre mí, dispuesto a amar y suficientemente humilde para dejarse amar como tú quieres amarlo. Lo necesito y sé que tú estás dispuesto desde hace mucho tiempo a darme todo esto: sólo estás esperando mi «sí». Entonces podré correr y calmar mi sed ardiente no en los «aljibes» de la moda y del mercado, sino en la «fuente de agua viva» de tu Palabra y de tus sacramentos. Y tal vez, si yo voy, también otros vendrán conmigo.

 

CONTEMPLATIO

Oh, si tú, Dios misericordioso y Señor piadoso, te dignaras llamarme a la fuente para que también yo, junto con todos los que tienen sed de ti, pudiera beber del agua viva que mana de ti, fuente de agua viva. Oh Señor, tú mismo eres esa fuente eternamente deseable, en la que continuamente debemos beber y de la que siempre tendremos sed. Danos siempre, oh Cristo Señor, esta agua viva que brota para la vida eterna. Tú lo eres todo para nosotros: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro Dios. Te ruego, oh Jesús nuestro, que inspires nuestros corazones con el soplo de tu Espíritu y que traspases con tu amor nuestras almas, para que cada uno de nosotros pueda decir con toda verdad: «Hazme conocer a aquel que ama mi alma» (cf. Cant 1,6); estoy herido, en efecto, por tu amor (Columbano, Instrucción XIII sobre Cristo fuente de vida, 2ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que mis ojos vean, y que oigan mis oídos».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Volviéndose después a los discípulos, les dijo en privado: "Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis"» (Lc 10,23).

Una bienaventuranza que, sin embargo, ni siquiera a los discípulos les sirvió de mucho. Y es que, aunque fueron testigos oculares de las maravillas del Reino, y fueron compañeros de Cristo y compartieron con él los días y fueron comensales suyos, a pesar de todo se ha escrito de ellos que -todos- al final le abandonaron y le traicionaron. Con eso está dicho lo difícil que resulta ser coherente y creer de verdad y aceptar a Cristo. Una bienaventuranza que yo, por ejemplo, pienso que me podría ser atribuida con gran dificultad.

Es cierto, la pregunta es sólo una: ¿Ha sido creído Jesús alguna vez en serio? ¿Quién le ha acogido?

«Dichosos los ojos que ven...». No, esos ojos no eran dichosos, porque «no veían». ¡Si al menos fueran bienaventurados nuestros ojos! ¡Y decir que nosotros vemos, que sabemos! Estamos convencidos de que no hay otras respuestas a estas benditas cuestiones eternas: por qué sufrir, por qué morir, cómo salvarnos, qué hacer para tener la vida. Estamos convencidos de que él es la respuesta que todos buscan, la razón por la que vale la pena luchar. No, nuestros ojos no son dichosos. Ni siquiera vemos el mal mortal que nos causamos con nuestras propias manos.

Está escrito que no es con la dialéctica como Dios quiere salvar al hombre. Puedo hacer el más bello discurso religioso, pero si no tengo fe no me ayuda en nada. Más aún, si no tengo ni fe ni amor tampoco sirve de nada: dado que el amor es el signo supremo de la fe, el signo verdadero en el que creo (D. M. Turoldo, Anche Dios é inte/ice, Cásale M. 1991).

 

 

Día 22

 22 de Julio, conmemoración de

     Santa María Magdalena

          María, tal vez natural de Magdala, una pequeña aldea situada a orillas del lago de Genesaret, es una de las mujeres de las que atestigua el evangelio que sirvieron y siguieron a Jesús durante su vida pública. De ella se dice asimismo que, liberada de la opresión demoníaca, fue fiel al Maestro hasta los pies de la cruz y más allá... Mientras permanecía llorando ante el  sepulcro vacío de su Señor, oyó que el Resucitado la llamaba por su nombre, y se convirtió en su primer testigo; fue enviada, en efecto, por él a anunciar a los hermanos la victoria pascual de Cristo.

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Cor 5, 14-17

Hermanos:

14 nos apremia el amor de Cristo, al pensar que, si uno ha muerto por todos, todos por consiguiente han muerto.

15 Y Cristo ha muerto por todos, para que los que viven no vivan ya para ellos, sino para el que ha muerto y resucitado por ellos.

16 Así que ahora no valoramos a nadie con criterios  humanos. Y si en algún momento valoramos así a Cristo, ahora ya no.

17 De modo que si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura; lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo.

 

**• El ministerio apostólico brota enteramente de la caridad: caridad de Dios con el mundo, al que el Padre ha querido reconciliar consigo pagando el precio de la sangre de su Hijo (cf. vv. 12.21), y caridad de Cristo con todos nosotros, porque él asumió nuestras culpas y, por consiguiente, nuestra muerte (vv. 14ss). Esta caridad arde en el corazón de Pablo como fuego que devora: el amor de Cristo «apremia», «urge», para ser comunicado.

La vida recibida a través de la muerte del Señor ha de ser transmitida para suscitar en todos una vida oblativa, dispensada no para nosotros mismos, sino para él (cf. Y. 15).

En aquellos que acogen «el mensaje de la reconciliación» (v. 19), que los apóstoles llevan como embajadores de Dios y de Cristo (v. 20), comienza una creación nueva. El fuego encendido en el brasero incandescente de la Trinidad quiere propagarse por todas partes, a través de aquellos que se dejan consumir por él.

 

 

Evangelio: Juan 20,1-2.11-18

1 El domingo por la mañana, muy temprano, antes de salir el sol, María Magdalena se presentó en el sepulcro. Cuando vio que había sido rodada la piedra que tapaba la entrada.

2 Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.»

11 María, en cambio, se quedó allí, junto al sepulcro, llorando. Sin dejar de llorar, volvió a asomarse al sepulcro.

12 Entonces vio dos ángeles, vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, u n o a la cabecera y otro a los pies.

13 Los ángeles le preguntaron: -Mujer, ¿por qué lloras? Ella contestó:

-Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

14 Dicho esto, se volvió hacia atrás y entonces vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.

15 Jesús le preguntó: -Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién estás buscando? Ella, creyendo que era el jardinero, le contestó: -Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo misma iré a recogerlo.

16 Entonces Jesús la llamó por su nombre: -¡María! Ella se acercó a él y exclamó en arameo: -\Rabbonü (que quiere decir «Maestro»).

17 Jesús le dijo: -No me retengas más, porque todavía no he subido a mi Padre; anda, vete y diles a mis hermanos que voy a mi Padre, que es vuestro Padre; a mi Dios, que es vuestro Dios.

18 María Magdalena se fue corriendo adonde estaban los discípulos y les anunció: -He visto al Señor. Y les contó lo que Jesús le había dicho.

 

*» El amor de María de Magdala no muere bajo la cruz. Jesús le había devuelto la vida en plenitud y desde aquel momento ella había vivido para él (cf. Lc 8,2).

Tras la hora trágica del Viernes Santo, María permanece fiel a aquella entrega absoluta, obstinadamente consagrada a la búsqueda de Aquel a quien ama. Nada puede apartarla de su objetivo: ni siquiera el  descubrimiento de la tumba vacía.

Esta mujer es figura de la Iglesia-esposa y de toda alma que busca a Cristo y no tiene otra cosa para ofrecer que las lágrimas del amor. El Señor se deja encontrar por quien le busca de este modo. Resucitado y vivo, se acerca a quien sabe permanecer en la soledad junto al misterio incomprensible (v. 1 la). Sin embargo, sólo podemos reconocerle cuando nos llama por nuestro nombre y nos hace sentir que nos conoce hasta el fondo.

Este mismo conocimiento de amor no está destinado a una satisfacción personal, sino que es un don que nos hace testigos ante los hermanos a fin de llevar a todos el anuncio pascual (v. 17ss), la alegría verdadera, una vida nueva transfigurada por el encuentro con el Señor.

 

MEDITATIO

Como toda figura evangélica, también María Magdalena es tipo del discípulo de Cristo. En ella vemos el luminoso testimonio de quien, perseverando en la búsqueda de Dios, aunque sea en la oscuridad  de la fe y en la prueba de la esperanza, encuentra por fin a Aquel a quien ama o, mejor aún, es encontrado por él.

En efecto, Cristo, el buen pastor, es desde siempre el primero en buscarnos y permanece esperándonos. Espera que el deseo del corazón se purifique, se vuelva ardiente y consuma con su fuego toda la escoria que hay en nosotros. Espera que nuestros ojos se vuelvan capaces de reconocerle en quien nos rodea, y nos vuelva atentos a su voz, una voz que siempre nos llama por nuestro nombre. También nosotros, como María Magdalena, exultaremos de alegría ante su presencia, que nunca es asible, sino poseída o prevista. Sólo quien ha conocido la larga noche de la espera y del deseo puede convertirse en testigo creíble entre los hermanos de una fe que no es vana.

 

ORATIO

Santa María Magdalena, viniste a Cristo, fuente de misericordia, derramando muchas lágrimas: tenías una sed ardiente de él y fuiste abundantemente saciada. Fue él quien, siendo pecadora, te justificó; fue él quien, en tu dolor tan amargo, te consoló dulcemente. Ardiente enamorada de Dios, en mi timidez, vengo a implorarte a ti, que eres bienaventurada; yo, que vivo en mi oscuridad, a ti, que eres luminosa; yo, que soy pecador, a ti, que has sido justificada: acuérdate, en tu bondad, de lo que fuiste y de la necesidad de misericordia que tuviste. Obtenme la compunción del ánimo puro, las lágrimas de la humildad, el deseo de la patria celestial. Me sirve de ayuda la familiaridad de vida que tuviste y sigues teniendo aún con la fuente de la misericordia. Hazme llegar a ella, a fin de que pueda lavar mis pecados; dame de beber de ella, para que quede saciada mi sed (Anselmo de Canterbury, Orazioni e meditazioni, Milán 1997, pp. 381-383, passim).

 

CONTEMPLATIO

María ha buscado, aunque en vano. Sin embargo, no se da por vencida y acaba encontrando: su esfuerzo se ve coronado al fin por el éxito.

¿En qué momentos buscamos al Amado? Le buscamos en las noches [...]. ¿Por qué llega Dios así, con retraso? Para permitirnos estrecharlo con más fuerza en el momento de su venida. El deseo no es auténtico si el tiempo consigue debilitarlo. Demuestra poseer un amor ardiente quien desiste del compromiso sólo cuando ha obtenido la victoria.

El ser que no busca el rostro del Creador permanece insensible, triste y frío. Quien desea ardientemente buscar a aquel a quien ama vive de u n ardiente amor; la falta de su Señor le vuelve inquieto, y las alegrías que ayer encantaban a su espíritu, hoy le parecen odiosas. La herrumbre del pecado se disuelve y su espíritu, encendido como oro, recupera en la llama el esplendor que el tiempo había ofuscado (Gregorio Magno, Homilías sobre el Evangelio XXV, 2-5, passim).

 

ACTIO

Repite y vive a menudo hoy estas palabras: «Si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura» (2 Cor 5,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«¿A quién buscas?» La pregunta de Jesús resucitado a María de Magdala puede sorprendernos también a nosotros cada mañana y a cada hora de nuestra vida. ¿Eres capaz de decir a quién buscas de verdad? En efecto, no siempre está claro que buscamos a Jesús, al Señor. No siempre aquel a quien queremos encontrar es precisamente aquel que quiere entregarse a nosotros.

María buscaba al hombre Jesús, buscaba al Maestro crucificado, por eso no veía a Jesús el Viviente delante de ella. Si tenemos una idea de Jesús a la medida de nuestra pequeña mente humana, nuestra búsqueda acaba en un callejón sin salida. Jesús es siempre inmensamente más que lo que nosotros conseguimos pensar y desear. ¿Dónde, pues, y cómo buscar al Señor para salir del túnel de nuestros extravíos y de nuestros miedos, para no engañarnos dando vueltas alrededor de nosotros mismos en vez de correr derechos hacia él? Sólo sí antes tenemos una verdadera y justa valoración de nosotros mismos como criaturas pobres podremos descubrir la presencia de aquel que lo sostiene todo. Aquel a quien buscamos debe ser verdaderamente el todo al que anhela adherirse nuestra alma. Buscar a Cristo es signo de que, en cierto modo, ya le hemos encontrado, pero encontrar a Cristo es un estímulo para continuar buscándolo.

Esta actitud no se plantea sólo al comienzo del camino espiritual, sino que lo acompaña hasta la última meta, puesto que la búsqueda del rostro del Señor es su dato esencial. Conocer a aquel por quien somos conocidos: eso es lo indispensable. El itinerario del conocimiento de Cristo coincide con el mismo itinerario de la fe y del amor. El yo debe aprender a callar y a escuchar; el corazón debe aprender el camino del exilio para alejarse de todo cuanto lo mantiene apegado a sus viejos / tristes amores (A. M. Cánopi, Nel mistero della gratuita, Milán 1998, p. 21 ss).

 

 

Día 23

 23 de Julio, conmemoración de

Santa Brígida

          Patrona de Europa. Santa Brígida, religiosa, nacida en Suecia, que contrajo matrimonio con el noble Ulfo, del que tuvo ocho hijos, a los cuales educó piadosamente, consiguiendo al mismo tiempo con sus consejos y con su ejemplo que su esposo llevase una vida de piedad. Muerto éste, peregrinó a muchos santuarios y dejó varios escritos, en los que habla de la necesidad de reforma tanto de la cabeza como de los miembros de la Iglesia. Puestos los fundamentos de la Orden del Santísimo Salvador, en Roma pasó de este mundo al cielo.

 

LECTIO

Primera lectura: Gal 2, 19-20

19 En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado:

20 y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí.

            En el capítulo 2 de la carta a los Gálatas, Pablo vuelve a insistir en la importancia del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo y la forma en que somos justificados delante de Dios. Repite que la justificación viene por la fe en Cristo, y no por cumplir las obras de la ley, ya que no hay nadie que pueda cumplir por si solo las obras de la ley.

            Pablo enfatiza que una vez que somos justificados por la fe en Cristo, creyendo en El, en lo que hizo en la cruz, debemos morir también a nosotros mismos hasta poder declarar: “Ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mi”. Y ahora la vida que tenemos en la carne lo hacemos por la fe en el Hijo de Dios, reconociendo su gran amor, por el cual se entregó por nosotros. Fuimos comprados a precio de sangre, ahora le pertenecemos y debemos vivir por El y para El.

            Pablo reconoce que es por gracia que hemos sido salvados, porque si fuera por cumplir la ley pues entonces Cristo murió en vano.

 

 

Evangelio: Juan 15,1-8

1 Yo soy la vid verdadera, y mi Padre, el viñador.

2 Él corta todos los sarmientos que no dan fruto en mí y limpia los que dan fruto para que den más.

3 Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he dicho.

4 Seguid unidos a mí, que yo lo seguiré estando con vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no está unido a la vid, así tampoco vosotros si no estáis unidos a mí.

5 Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece unido a mí y yo en él, da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada.

6 Al que no está unido a mí se le echa fuera, como a los sarmientos, que se amontonan, se secan y se les prende fuego para que se quemen.

7 Si estáis unidos a mí y mis enseñanzas permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis y se os concederá.

8 Mi Padre es glorificado si dais mucho fruto y sois mis discípulos.

 

**• La imagen de la viña/vid está muy presente en la Biblia para designar a Israel en cuanto pueblo elegido y cuidado amorosamente por Dios. Con esta alegoría, Jesús afirma que él es la verdadera vid, es decir, que el verdadero pueblo de Dios ya no es Israel, sino la nueva comunidad que él funda en medio del mundo para expandirse.

La pertenencia a ese pueblo de Dios ya no depende de una herencia, sino de la participación de la vida de Jesús. Los sarmientos no tienen vida propia ni pueden dar fruto sin savia. El discípulo y la comunidad carecen de vitalidad, y serán estériles si no están unidos a Jesús y reciben de él su Espíritu vivificador.

 

MEDITATIO

No es difícil ver, si miramos alrededor, cuántas relaciones superficiales existen. Y no sólo las de «conveniencia», en las que apenas se intercambian el saludo o dos palabras sobre el tiempo o sobre el partido de fútbol, sino también en otras que son fundamentales: entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre personas que comparten una misma opción religiosa, existencia!...

Vemos relaciones sin raíces profundas, que terminan. Y estaría bien que nos preguntáramos por qué resulta tan difícil embarcarse en un compromiso que dure toda la vida. La Palabra del Señor nos propone hoy que miremos dentro de nuestro corazón, que lo toquemos, que verifiquemos la disponibilidad que tiene para hacer un esfuerzo e ir más allá de la superficialidad; también en nuestra relación con el Señor. De manera diferente, nos escapa el sentido de lo que vivimos, y puede pasarnos que seamos como los judíos, que, por no mostrarse disponibles a comprometerse a fondo con el Señor, rechazaban su amor vivificante por cultos de muerte.

Resulta paradójico, pero tal vez no alejado de nuestra experiencia, que -estando hambrientos de amor- no veamos a Dios, que es amor, y no escuchemos en serio su Palabra; que -estando desorientados por el vacío y la falta de sentido del vivir- cerremos los ojos y los oídos frente a quien nos da testimonio de Dios como verdad y como vida. Toquemos nuestro corazón: todavía estamos a tiempo de convertirnos.

 

ORATIO

Es verdad, Señor, a veces soy precisamente un holgazán. El empleo de productos de todo tipo «listos para usar» me ha acostumbrado al «todo fácil», al «todo enseguida», y me he convencido de que también en las cosas del espíritu funcionan las cosas así. Confieso, Señor, que he preferido las muchas palabras brillantes, aunque inconsistentes, proclamadas por el charlatán de turno, a tus palabras, duras de comprender, pero vivificantes.

También yo he pensado que la fe en ti era una baratija infantil, una baratija que hemos de conservar en el desván, metida en el baúl de los viejos recuerdos...

Perdóname, Señor, no he comprendido nada. Sostén en mí el deseo de convertirme a ti: necesito unos ojos limpiados por la fe y unos oídos que no se confundan entre tantos sonidos, sino que sepan distinguir tu voz.

Necesito sobre todo, Señor, un corazón disponible para acoger la verdad sobre ti y la verdad sobre mí, dispuesto a amar y suficientemente humilde para dejarse amar como tú quieres amarlo. Lo necesito y sé que tú estás dispuesto desde hace mucho tiempo a darme todo esto: sólo estás esperando mi «sí». Entonces podré correr y calmar mi sed ardiente no en los «aljibes» de la moda y del mercado, sino en la «fuente de agua viva» de tu Palabra y de tus sacramentos. Y tal vez, si yo voy, también otros vendrán conmigo.

 

CONTEMPLATIO

Oh, si tú, Dios misericordioso y Señor piadoso, te dignaras llamarme a la fuente para que también yo, junto con todos los que tienen sed de ti, pudiera beber del agua viva que mana de ti, fuente de agua viva. Oh Señor, tú mismo eres esa fuente eternamente deseable, en la que continuamente debemos beber y de la que siempre tendremos sed. Danos siempre, oh Cristo Señor, esta agua viva que brota para la vida eterna. Tú lo eres todo para nosotros: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro Dios. Te ruego, oh Jesús nuestro, que inspires nuestros corazones con el soplo de tu Espíritu y que traspases con tu amor nuestras almas, para que cada uno de nosotros pueda decir con toda verdad: «Hazme conocer a aquel que ama mi alma» (cf. Cant 1,6); estoy herido, en efecto, por tu amor (Columbano, Instrucción XIII sobre Cristo fuente de vida, 2ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que mis ojos vean, y que oigan mis oídos».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Volviéndose después a los discípulos, les dijo en privado: "Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis"» (Lc 10,23).

Una bienaventuranza que, sin embargo, ni siquiera a los discípulos les sirvió de mucho. Y es que, aunque fueron testigos oculares de las maravillas del Reino, y fueron compañeros de Cristo y compartieron con él los días y fueron comensales suyos, a pesar de todo se ha escrito de ellos que -todos- al final le abandonaron y le traicionaron. Con eso está dicho lo difícil que resulta ser coherente y creer de verdad y aceptar a Cristo. Una bienaventuranza que yo, por ejemplo, pienso que me podría ser atribuida con gran dificultad.

Es cierto, la pregunta es sólo una: ¿Ha sido creído Jesús alguna vez en serio? ¿Quién le ha acogido?

«Dichosos los ojos que ven...». No, esos ojos no eran dichosos, porque «no veían». ¡Si al menos fueran bienaventurados nuestros ojos! ¡Y decir que nosotros vemos, que sabemos! Estamos convencidos de que no hay otras respuestas a estas benditas cuestiones eternas: por qué sufrir, por qué morir, cómo salvarnos, qué hacer para tener la vida. Estamos convencidos de que él es la respuesta que todos buscan, la razón por la que vale la pena luchar. No, nuestros ojos no son dichosos. Ni siquiera vemos el mal mortal que nos causamos con nuestras propias manos.

Está escrito que no es con la dialéctica como Dios quiere salvar al hombre. Puedo hacer el más bello discurso religioso, pero si no tengo fe no me ayuda en nada. Más aún, si no tengo ni fe ni amor tampoco sirve de nada: dado que el amor es el signo supremo de la fe, el signo verdadero en el que creo (D. M. Turoldo, Anche Dios é inte/ice, Cásale M. 1991).

 

 

Día 24

  XVII domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 18,20-21-23-32

En aquellos días,

20 el Señor dijo a Abrahán: -El clamor contra Sodoma y Gomorra es tan grande y su pecado tan horroroso

21 que voy a bajar a ver si realmente sus acciones corresponden al clamor que contra ellas llega hasta mí; lo voy a saber.

23 Entonces Abrahán se acercó al Señor y le dijo: -¿Vas a hacer que perezca el justo con el pecador?

24 Quizá haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Vas a hacer que perezcan? ¿No perdonarás más bien a la ciudad por los cincuenta justos que hay en ella?

25 ¡Lejos de ti hacer tal cosa! ¡Hacer que mueran justos por pecadores y que el justo y el pecador tengan la misma suerte! ¡Lejos de ti! ¿No va a hacer justicia el juez de toda la tierra?

26 El Señor respondió: -Si encuentro en Sodoma cincuenta justos, perdonaré por ellos a toda la ciudad.

27 Replicó Abrahán: -Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza.

28 A lo mejor faltan cinco a los cincuenta justos, ¿destruirás por esos cinco toda la ciudad? Respondió: -No, no la destruiré si encuentro cuarenta y cinco justos.

29 Abrahán continuó todavía: -Quizá no sean más que cuarenta. -Bien, no lo liare en atención a esos cuarenta.

30 Dijo Abrahán: -No se irrite mi Señor si sigo hablando. Quizá sean solamente treinta. El Señor respondió: No lo haré si encuentro treinta.

31 Dijo Abrahán: Me he atrevido a hablar a mi Señor. Quizá no sean más que veinte. -Bien, no la destruiré, por consideración a los veinte.

32 Abrahán volvió a decir: -No se irrite mi Señor. Voy a hablar por última vez. Quizá no sean más que diez. Y respondió el Señor: -Por consideración a esos diez no la destruiría.

 

**• Esta escena está unida con la precedente de la hospitalidad junto a la encina de Mambré (Hebrón): en el v. 22, suprimido del texto litúrgico, se habla aún de «los hombres» y del único «Señor». A él se dirige aquí Abrahán mostrándose, además de como «nuestro padre en la fe» y modelo de hospitalidad, también como el gran intercesor.

Abrahán intercede al Señor por Sodoma. Apela a ese atributo de Dios -la «justicia»- que puede ser un cuchillo de doble filo: contra los pecadores o en favor de los inocentes. Dado que la ciudad es indivisible, es posible invocar la justicia contra los pecadores, que son los más numerosos, y dejar perecer también a los pocos inocentes a causa de ellos. Abrahán, sin embargo, invoca justicia en favor de los inocentes a fin de obtener el perdón de los otros. El resultado sería la salvación de toda la ciudad. La opción de Abrahán se basa en la amistad de Dios, que le llama «mi amigo» (Is 41,8; Sant 2,23), y a quien Abrahán llama en cambio «mi Señor» en repetidas ocasiones (w. 27.30.31.32) y puede dirigirse a él regateando hasta seis veces con una audacia confiada: «Me he atrevido a hablar a mi Señor...» (w. 27.31). Dios le da a conocer sus proyectos: «¿Cómo voy a ocultarle a Abrahán lo que pienso hacer?» (Gn 18,17), y Abrahán sabe que en Dios, aun siendo «el juez de toda la tierra», la misericordia prevalece sobre la justicia para quien, precisamente impresionado por la justicia, invoca misericordia. Así, Abrahán se muestra amigo no sólo de Dios, sino también de los hombres por los que intercede.

 

Segunda lectura: Colosenses 2,12-14

Hermanos:

12 Habéis sido sepultados con Cristo en el bautismo, y con él habéis resucitado también, pues habéis creído en el poder de Dios que lo ha resucitado de entre los muertos.

13 Vosotros estabais muertos a causa de vuestros delitos y de vuestra condición pecadora, pero Dios os ha hecho revivir junto con Cristo, perdonándoos todos vuestros pecados.

14 Ha destruido el pliego de acusaciones que contenía cargos contra nosotros y lo ha quitado de en medio clavándolo en la cruz.

 

*» El bautismo es el punto de partida de la vida cristiana, es el momento de nuestro injerto -«con», «junto con», repite nuestro pasaje de hoy- en la pascua de Cristo, en su muerte y resurrección. La muerte de Cristo en la cruz y su sepultura han cancelado nuestra muerte espiritual, «perdonándoos todos vuestros pecados» (v. 13), destruyendo el pliego de acusaciones suscrito por nosotros y por toda la humanidad. Cristo «lo ha quitado de en medio» pagando un precio elevado, derramando su sangre en la cruz (v. 14). Mediante la resurrección de su Hijo, el Padre «os ha hecho revivir» (v. 13). Sin embargo, la vida y la liberación de nuestra insolvencia nos han sido otorgadas con una condición: que expresemos nuestra adhesión mediante la fe «en el poder de Dios» (v. 12).

 

Evangelio: Lucas 11,1-13

1 Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

2 Jesús les dijo: -Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino;

3 danos cada día el pan que necesitamos;

4 perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en la tentación.

5 Y añadió: -Imaginaos que uno de vosotros tiene un amigo y acude a él a media noche, diciendo: «Amigo, préstame tres panes,

6 porque ha venido a mi casa un amigo que pasaba de camino y no tengo nada que ofrecerle».

7 Imaginaos también que el otro responde desde dentro: «No molestes; la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos».

8 Os digo que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos para que no siga molestando se levantará y le dará cuanto necesite.

9 Pues yo os digo: Pedid, y recibiréis; buscad, y encontraréis; llamad, y os abrirán.

10 Porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que llama le abren.

11 ¿Qué padre, entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le va a dar en vez del pescado una serpiente?

12 ¿O si le pide un huevo, le va a dar un escorpión?

13 Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

 

**• Jesús enseña a orar con el ejemplo {«estaba Jesús orando en cierto lugar...»: v. 1) y con la palabra («Cuando oréis, decid»: v. 2). Nos introduce en el secreto de su relación filial con el Padre, revelándonos las grandes palabras sobre las que hemos de mantenernos en coloquio con él. En primer lugar, también nosotros podemos llamarle «Padre»: por consiguiente, somos realmente sus hijos y podemos «acercarnos al trono de la gracia con plena confianza» (Heb 4,16), con una confianza aún más grande que la que tenemos en el padre que nos ha dado la vida natural («... cuánto más el Padre celestial...»: v. 13).

Santificar el «nombre» del Padre significa que Dios sea conocido y reconocido por lo que ha sido revelado. Pedir que venga el «reino» del Padre significa pedir que la humanidad sea gobernada por su gracia y por su Palabra, que difunde verdad, justicia, amor y paz. «Pan» es todo aquello que necesita el hombre para la vida del cuerpo y del espíritu. «Perdón»: lo invocamos de Dios y nos comprometemos a darlo a los demás. «Ayuda en la tentación»: forma parte de la vida espiritual; el mismo Jesús pasó por esta experiencia (Lc 4,lss), y por eso «está en condiciones de acudir en nuestra ayuda» (Heb 2,18; 4,15; 12,4-7).

Las dos breves parábolas presentan un mensaje común, un mensaje que se encuentra en el centro (v. 9): Jesús asegura que toda oración será escuchada, con tal de que por nuestra parte esté llena de confianza, como cuando nos dirigimos a nuestro padre (w. 11-13), y no adolezca -si hubiera necesidad- de insistencia (v. 8). «No molestes», responde el amigo (v. 7), pero después, ante la insistencia, cede: «... para que no venga a molestarme continuamente» (18,5), estalla el juez al hacer justicia a la viuda. Pero el Padre celestial, que sabe de qué tenemos necesidad, no nos da solamente «cosas buenas», sino también el don por excelencia, el Espíritu Santo, y además «pronto», siempre que se lo pidamos con fe (11,13; 18,8).

 

MEDITATIO

Hagamos nuestro el mensaje principal de la primera lectura y del evangelio. Se trata de una invitación a la oración, animada por una confianza filial en el Padre, que «es más grande que nuestro corazón» (1 Jn 3,20) y mucho más bueno que cualquier padre de esta tierra (Lc 11,13). El punto de partida de esta oración es la condición desesperada de Sodoma o una situación de necesidad: «No tengo nada» (Lc 11,6).

A partir de aquí podemos seguir dos caminos: o abandonar todo a su destino o mostrar que creemos en la amistad de Alguien que puede ayudarnos y atrevernos a pedirle esa ayuda. El amigo va a molestar a su amigo a media noche, y Abrahán se dirige a Dios con audacia: «Me he atrevido a hablar a mi Señor». Ambos interceden con insistencia y obtienen lo que han pedido, demostrando la verdad de este dicho: «Mucho puede la oración insistente del justo» (Sant 5,16). Cuando vemos a nuestro alrededor situaciones difíciles, ¿reaccionamos con resignación -«la puerta está cerrada» (Lc 11,7)- o con la esperanza audaz y paciente de quien cree en el amor del Padre?

 

ORATIO

La escuela de oración de los Padres de la Iglesia consistía en la explicación de la oratio dominica, o sea, del «Padre nuestro» enseñado por el Señor. Las dos primeras peticiones están relacionadas con el nombre y el reino del Padre; las otras son invocaciones en favor nuestro, y todas ellas están basadas, precisamente, en la fe y en el amor al Padre. Probemos a recitarlas una a una, lentamente, invocando al Espíritu Santo, para que nos introduzca en su verdad profunda.

Las peticiones confiadas de los hijos están ilustradas por la segunda parábola del evangelio. La primera parábola y la primera lectura nos enseñan, en cambio, la oración de petición por los otros, la intercesión, con el espíritu que vemos en el Sal 122,8: «Por mis hermanos y compañeros voy a decir: ¡La paz contigo!». O como, adoptando un horizonte universal, decía Pablo a Timoteo (1 Tim 2,1): «Te recomiendo ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres». En las lecturas de hoy faltan la acción de gracias y la alabanza; está desarrollada, en cambio, la súplica, y precisamente en favor de otros. Es la oración como acto de amor. Probemos a pedir «pan», «cosas buenas» -más aún, el don mismo del Espíritu Santo- para nuestros familiares, amigos y... enemigos, y para quienes se hayan encomendado a nuestras oraciones.

 

CONTEMPLATIO

El Padre nuestro y la oración de intercesión, sobre las que hemos meditado, nos invitan a dirigir la mente y el corazón a Dios y a los hombres y mujeres amigos suyos y nuestros. El amigo que va a casa de un amigo a interceder a media noche en favor de otro amigo representa «una gran nube» de intercesores (Heb 12,1): entre éstos sobresalen Abrahán (Gn 18), Moisés y Samuel (Ex 32,11-13; Jr 15,1), Jeremías (2 Mac 15,14) y, sobre todo, Jesús, que «está siempre vivo para interceder en favor nuestro» (Heb 7,25).

La oración de intercesión es un excelente modo de hacerse prójimo. El buen samaritano, para salvar la situación del pobrecillo «medio muerto», no sólo «se ocupó de él» en primera persona, sino que recurrió también al mesonero, diciéndole: «Cuida de él» (Lc 10,33-35). Los santos, al ejercer esta caridad, «no cesan de interceder por nosotros ante el Padre» (LG 49). La santísima Virgen, en particular, continúa en el cielo la función que ejerció en Cana, donde «movida a compasión obtuvo con su intercesión» que su Hijo viniera en ayuda de los esposos: «No les queda vino» (Jn 2,3; cf. LG 58). El fundamento de la intercesión es la amistad con Dios, considerado como Alguien que está siempre dispuesto a escucharnos: el Padre que, además de las «cosas buenas», nos quiere ofrecer el don por excelencia del Espíritu Santo, el amigo que no despide con las manos vacías al amigo importuno, «el juez, de toda la tierra» que remite los pecados sin poner límites a la misericordia.

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Entonces Abrahán se acercó al Señor y le dijo: "¿Vas a hacer que perezca..."» (Gn 18,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tú has venido, oh Señor, a revelar a tu Padre como Padre de todos, un Padre que no alberga resentimientos o deseos de venganza, un Padre que se preocupa por cada uno de sus hijos con un amor infinito y que no vacila en invitarlos a su casa. Sin embargo, hoy no da la impresión de que nuestro mundo conozca a tu Padre. Nuestras naciones están laceradas por el caos, por el odio, por la violencia, por la guerra. La muerte domina en muchos lugares.

Oh Señor, no olvides el mundo al que viniste a salvar a tu pueblo; no vuelvas la espalda a tus hijos, que desean vivir en armonía pero se sienten asaltados de continuo por el miedo, la rabia, la codicia, la violencia, la avidez; por la sospecha, por los celos y por la sed de poder. Trae tu paz a este mundo, una paz que no podemos conseguir nosotros solos. Despierta la conciencia de todos los pueblos y de sus jefes; haz surgir hombres y mujeres llenos de amor y generosidad, que puedan hablar y actuar en favor de la paz, y muéstranos nuevos modos para que el odio sea olvidado, para que puedan a volver a sanar las heridas y pueda ser restablecida la humanidad. Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme. Amén (H. J. Nouwen, Preghiere dal silenzio, Brescia 2000, pp. 54ss).

 

 

Día 25

 Santiago Apóstol

 

Santiago, llamado «el mayor», era hijo de Zebedeo y de Salomé (Mc 15,40; Mt 27,56) y hermano mayor de Juan el evangelista. Junto con él fue llamado entre los primeros discípulos de Jesús, y siempre se le cita entre los tres primeros apóstoles en el Nuevo Testamento.

Fue testigo privilegiado de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37), de la transfiguración de Jesús (Mt 17,1) y de la agonía de Jesús en Getsemaní (Mt 26,37). Fue decapitado hacia el año 44, en tiempos de Herodes Agripa, en los días de la Pascua (Hch 12,1-3).

 

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los apóstoles 4,33.5.12.27b-33; 12,1b

En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los trajeron y los condujeron a presencia del consejo, y el sumo sacerdote los interrogó: -¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.

       Pedro y los apóstoles replicaron: -Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero». «La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión con el perdón de los pecados». Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen. Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos, y el rey Herodes hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan.

 

 

*+• La primera lectura de la solemnidad de Santiago, patrón de España, presenta a nuestra consideración la idea del testimonio de la resurrección de Jesús por parte de los apóstoles. Este testimonio, mandato expreso del Señor, no puede ser encadenado por ninguna instancia humana, porque el testigo debe obedecer a Dios antes que a los hombres. Y puede hacerlo gracias al Espíritu Santo, «que Dios da a los que le obedecen». Esta obediencia llevó a Santiago a derramar su sangre, corroborando con ello su testimonio, su «martirio».

 

Segunda lectura: 2 Corintios 4,7-15

Hermanos:

7 este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros.

8 Nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados;

9 somos perseguidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos derriban, pero no llegan a rematarnos.

10 Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.

11 Porque nosotros, mientras vivimos, estamos siempre expuestos a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

12 Así que en nosotros actúa la muerte, y en vosotros, en cambio, la vida.

13 Pero como tenemos aquel mismo espíritu de fe del que dice la Escritura: Creí y por eso hablé, también nosotros creemos, y por eso hablamos,

14 sabiendo que el que ha resucitado a Jesús, el Señor, nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos dará un puesto junto a él en compañía de vosotros.

15 Porque todo esto es para vuestro bien; para que la gracia, difundida abundantemente en muchos, haga crecer la acción de gracias para gloria de Dios.

 

*» El mensaje central de esta segunda lectura podríamos resumirlo de este modo: «Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús» (v. 10a). Lo que Pablo dice por experiencia directa, lo aplica literalmente la liturgia al apóstol cuya solemnidad celebramos hoy: de Jesús a Pablo y de Pablo a Santiago, y así sucesivamente, se va creando, a lo largo de la historia, la cadena de los testigos o, mejor aún, de los «mártires» en sentido propio.

Puede decir que lleva la muerte de Jesús en su propio cuerpo no sólo quien recibe la gracia excepcional de derramar la sangre por amor a Cristo y a los hermanos, sino también quien, día tras día, vive con seriedad y serenidad la radicalidad evangélica. Quien realiza esta experiencia puede hablar en nombre de Jesús, puede decir que es siervo del Evangelio por lo que anuncia, pero sobre todo por lo que hace y por cómo vive: «Creí y por eso hablé» (v. 13).

La palabra de los testigos no sólo es significativa, sino también eficaz: precisamente porque tiene la elocuencia de la experiencia vivida, de la sangre derramada, del martirio padecido.

 

Evangelio: Mateo 20,20-28

En aquel tiempo,

20 la madre de los Zebedeos se acercó a Jesús con sus hijos y se arrodilló para pedirle un favor.

21 Él le preguntó: -¿Qué quieres? Ella contestó: -Manda que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando tú reines.

22 Jesús respondió: -No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa de amargura que yo he de beber? Ellos dijeron: -Sí, podemos.

23 Jesús les respondió: -Beberéis mi copa, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes lo ha reservado mi Padre.

24 Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.

25 Pero Jesús los llamó y les dijo: -Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que los magnates las oprimen.

26 No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser importante entre vosotros, sea vuestro servidor,

27 y el que quiera ser el primero, sea vuestro esclavo.

28 De la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos.

 

*•• Mateo nos refiere en esta página de su evangelio, tal vez con una sutil ironía, la petición que la madre de los Zebedeos -Juan y Santiago- presentó a Jesús. Si bien estamos dispuestos a mostrarnos un tanto indulgentes con la madre, lo estamos ciertamente un poco menos con los dos hermanos, que con una excesiva rapidez se declaran dispuestos a compartir con Jesús el cáliz, la copa, que ha de beber. Afortunadamente, Jesús sabe cambiar en bien lo que, humanamente hablando, podría parecer fruto de la intemperancia y de la precipitación.

El discurso se convierte de hipotético en profético: Jesús predice la muerte que Santiago padecerá por su fidelidad radical al Maestro y al Evangelio.

Y no sólo esto, sino que de este diálogo -que, por otra parte, suscita el desdén de los otros apóstoles- extrae Jesús también una lección de humildad para todos los que quieran seguirle por el camino del Evangelio. La grandeza de los discípulos de Jesús puede y debe ser valorada con unidades de medida bastante diferentes a las que conoce el mundo. En la escuela de Jesús se aprende a subvertir la escala de valores y a considerar válido sólo lo que lo es a los ojos de Dios. Precisamente, según

el ejemplo que nos dejó Jesús: siendo rico, se hizo pobre; aun siendo Señor, se hizo siervo-esclavo; siendo maestro, aprendió a obedecer al Padre; siendo sacerdote, se hizo víctima por amor.

 

MEDITATIO

«El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos» (Mt 20,28). Es más que lícito que nos preguntemos qué psicología brota de una afirmación autobiográfica como ésta, y la respuesta no puede ser equívoca. Estamos frente a un gran don que Jesús ha hecho a sus discípulos de ayer y de hoy, ofreciéndoles la posibilidad de penetrar en su corazón de Hijo inmolado por amor, en su espiritualidad de Cordero inmolado en rescate de los hermanos.

Todo esto es lo que se expresa mediante la metáfora del «servicio», un término que ha de ser bien entendido: hemos de rescatarlo de todo tipo de servilismo, de toda abdicación pasiva a la propia libertad, y hemos de inscribirlo en el horizonte de una total expropiación personal y de una entrega completa de nosotros mismos al Padre. La luz de esta afirmación de Jesús se difunde, obviamente, por todo el Evangelio.

Jesús, sin embargo, se presenta también como siervo «de muchos», a saber: de todos los que el Padre le ha confiado como hermanos, oprimidos por el pecado, pero abiertos al don de la liberación. El cáliz de la pasión, que Jesús acepta libremente de manos del Padre, sólo espera ser saboreado también por aquellos por los que el Maestro de Nazaret lo bebió hasta las heces.

 

ORATIO

Tu ley, Señor Jesús, es el signo de tu realeza: tú nos quieres obedientes porque sólo a través de la obediencia -como tú mismo demostraste- se llega a rey.

Tu ejemplo, Señor Jesús, manifiesta tu profunda identidad de Hijo: Hijo de Dios Padre que vive y expresa siempre su propia sumisión en su plena disponibilidad.

Tu Palabra, Señor Jesús, ilumina nuestro camino: el que tú nos muestras no vale sólo para ti, sino también para todos los que, libremente, te han elegido como maestro y te siguen con alegría por el camino del Evangelio.

Tu martirio, Señor Jesús, lo fuiste viviendo en cada momento de tu vida: quien ha aprendido a conocerte a través de las páginas evangélicas sabe que, para ti, ser siervo significaba vivir del todo para Dios y del todo para los hermanos. Ésta es la «ley real» de la que habla el apóstol Santiago en su carta.

 

CONTEMPLATIO

El objetivo de los dos discípulos [Juan y Santiago] es obtener el primado respecto a los otros apóstoles. [...] ¿Os dais cuenta de cómo todos los apóstoles son aún imperfectos? Tanto los dos que quieren elevarse sobre los diez como los diez que tienen envidia de ellos. Ahora bien, fijémonos en cómo se comportan a continuación y les veremos exentos de todas estas pasiones. [...]

Santiago no sobrevivirá mucho tiempo. En efecto, poco después del descenso del Espíritu Santo, llegará su fervor a tal extremo que, dejando de lado todo interés terreno, llegará a una virtud tan elevada que morirá inmediatamente (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, Roma 1967, pp. 98 y 99ss).

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día estas palabras: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mt 20,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Las fiestas de los santos proponen ejemplos oportunos a la imitación de los fieles. A esta función de ejemplaridad ha querido unir siempre la Iglesia el reconocimiento de la intercesión de los santos en favor de sus hermanos los hombres. Éste es el motivo por el que, desde siempre, ha aceptado y fomentado gustosa la designación de determinados santos como patronos para los diversos pueblos.

La liturgia de la misa de Santiago, patrono de España, no hace sino corroborar esta misma idea. Santiago, que «bebió el cáliz del Señor y se hizo amigo de Dios», fue siempre, junto con su hermano Juan y con Pedro, uno de los apóstoles que gozó de las mayores intimidades de Jesús. Y si bien su acción en el evangelio no adquiere el relieve de la de los otros dos predilectos, fue él quien primero selló con su propia sangre la entrega al Señor y a la predicación de su doctrina. Esta misma acción, tras su muerte, es reconocida por nosotros en favor de «los pueblos de España», precisamente como respuesta a su elección como patrono. Pero, al mismo tiempo que reconocemos gustosos su acción en el pasado, pedimos de cara al futuro que, así como  él mantuvo su entrega plena a Jesús hasta el sacrificio de su propia vida, así también, «por el patrocinio de Santiago, España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos» (http://sagradaramiliadevigo.net).

 

 

Día 26

 26 de julio, conmemoración de

San Joaquín y Santa Ana

       El evangelio apócrifo de Santiago (siglo II) reconstruye, siguiendo la filigrana bíblica de la historia de Ana, madre de Samuel (cf. 1 Sm 1,1 -28), el acontecer de los padres de la Virgen María: Joaquín, anciano sacerdote del Templo de Jerusalén, y su mujer, Ana. Estos, después de una aparición angélica, concibieron a la futura Madre del Redentor, a la que ofrecerán más tarde en el Templo (cf. 21 de noviembre). De ninguno de ellos se dice nada en los evangelios canónicos.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 14,17-22

17 Mis ojos se deshacen en lágrimas noche y día sin cesar, porque un gran desastre alcanza a la doncella de mi pueblo y su herida es incurable.

18 Si salgo al campo, no hay más que muertos a espada; si entro en la ciudad, sólo las angustias del hambre. Profetas y sacerdotes andan errantes y desorientados por el país.

19 ¿Has desechado totalmente a Judá? ¿Has dejado de amar a Sión? ¿Por qué nos hieres sin remedio? Esperábamos la paz, pero no hay mejoría; el tiempo de la salvación, pero sólo hay espanto.

20 Reconocemos, Señor, nuestra maldad y la culpa de nuestros antepasados. Hemos pecado contra ti.

21 Por el honor de tu nombre, no nos rechaces, no profanes el trono de tu gloria; acuérdate, no rompas tu alianza con nosotros.

22 ¿Acaso hay algún ídolo de los gentiles que haga llover? ¿Dan los cielos la lluvia por sí solos? ¿No eres sólo tú, Señor, Dios nuestro? Nosotros esperamos en ti, porque eres tú quien hace todo eso.

 

*» El contexto en el que fueron confiadas a Jeremías estas palabras corresponde a una grave calamidad nacional: la sequía {cf. Jr 14,lss) y la guerra (cf. v. 18). A la descripción del deplorable estado en que se encuentra el país, herido de muerte y sin nadie que pueda guiarlo (w. 17ss), le sigue una oración de súplica. En ella intercede Jeremías ante Dios en favor del pueblo. Apela al compromiso asumido por YHWH en el momento de la alianza, en virtud de la cual no es posible que se haya alejado del pueblo de manera definitiva. Le recuerda la promesa de la salvación y de la paz, que no reinan sin embargo (v. 19); le invita de manera acongojada a no hacer desaparecer el pacto, a no abandonar al pueblo, que, por supuesto, le ha disgustado con su infidelidad, pero ahora reconoce sus propios pecados. Israel no tiene méritos para jactarse, pero el profeta implora a Dios apelando a su fidelidad: el Señor fiel (cf. Ex 34,6) no puede faltar a sí mismo (Jr 14,21). Él es el creador de Israel y de todo lo que existe (v. 22). Sólo él es digno de confianza (v. 22d), y por eso se confía a él el profeta, intercesor solidario con el pueblo por cuya suerte llora de manera incesante (v. 17).

 

Evangelio: Mateo 13,36-43

En aquel tiempo,

36 dejó Jesús a la gente y se fue a la casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron: -Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

37 Jesús les dijo: -El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;

38 el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña, los hijos del maligno;

39 el enemigo que la siembra es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores, los ángeles.

40 Así como se recoge la cizaña y se hace una hoguera con ella, así también sucederá en el fin del mundo.

41 El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su reino a todos los que fueron causa de tropiezo y a los malvados

42 y los echarán al horno de fuego. Allí llorarán y les rechinarán los dientes. 43 Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos que oiga.

 

*• La explicación alegórica de la parábola de la buena semilla y de la cizaña presenta la antítesis entre «los hijos del Reino» y «los hijos del maligno». Cada hombre pertenece a la familia de aquel cuya palabra ha recibido y puesto en práctica. La vida terrena es el tiempo durante el que es posible escoger. A su término tendrá lugar el juicio, representado con la imagen escatológica -clásica en la Biblia- de la siega (v. 39). En ese momento se pondrá de manifiesto la diferente suerte merecida, respectivamente, por los «malvados» y por los «justos»: llanto y rechinar de dientes eterno para unos y brillo eterno para los otros (w. 42ss).

La invitación dirigida de nuevo a escuchar y entender la Palabra (v. 43b) hace comprender la urgencia y el carácter dramático de la decisión que hemos de tomar. Al mismo tiempo, la explicación de la parábola, explicación que tiene lugar en casa sólo para los discípulos (v. 36), pretende aliviar la turbación de las primeras comunidades cristianas, que constataban la presencia del mal en su interior, y frenar la impaciencia de los que pretendían arrogarse el poder de hacer justicia.

La potestad de juzgar -repite Jesús- corresponde al «Hijo del hombre» y la ejercerá cuando llegue «el fin del mundo», tal como pone de manifiesto el evangelista Mateo en su evangelio (cf. 25,31-46).

 

MEDITATIO

El mal está presente por doquier, incluso en aquellas realidades que son signo de la santidad y que, por consiguiente, quisiéramos inmunes de tal herencia humana.

Agustín, cuando habla de la Iglesia «santa y pecadora », levanta acta de la presencia del mal en la comunidad de los cristianos, que es sacramento de la presencia de Dios en el mundo.

El apóstol Pablo toma en su raíz esta realidad cuando observa que desearía hacer el bien y, sin embargo, hace el mal. La comunidad de los «puros», de los intocables por el mal, no es la comunidad de los discípulos de Jesús, una comunidad formada por pecadores que han pasado incluso por la experiencia del amor misericordioso que perdona y salva. De ahí surge en el corazón esa humildad que atrae la complacencia de Dios y también la simpatía de los otros. Entonces podremos descubrir una cierta solidaridad con aquellos que hacen el mal, porque no somos mejores que ellos.

La oración se convierte en el instrumento eficaz para ayudarles e incluso para confirmarnos a nosotros mismos en la opción de pertenecer al Señor, prenda de la verdadera vida en el tiempo y de plenitud en la eternidad.

Si tenemos una conciencia más iluminada que la suya respecto al bien y al mal, no ha de servirnos para autorizarnos a proceder a hacer juicios sumarios, sino de compromiso para hacer el bien con las acciones y las palabras. El ejemplo arrastra.

 

ORATIO

Cuántas veces, Señor, soy uno de esos que lanzan imprecaciones porque las cosas van mal y se precipitan sobre el primer chivo expiatorio con el que se topan, encontrando con frecuencia poderosos aliados en los medios de comunicación. Hoy, sin embargo, quiero pedirte por este mundo y por esta Iglesia de la que formo parte. Hay muchas cosas que no funcionan, es cierto: veo el pecado y la injusticia, veo tomar decisiones poco respetuosas con la dignidad y la unicidad de la persona, veo que prevalecen los intereses de una parte... Veo el mal fuera de mí y antes que nada dentro de mí.

Te ruego, Señor, que no te canses de perdonar. Envíanos la luz de tu Espíritu a todos nosotros, para que realicemos el bien y no el mal, para que cada uno aporte su contribución a fin de hacer más bello este mundo y esta Iglesia.

 

CONTEMPLATIO

Debemos, por ende, hermanos, andar con toda diligencia en lo que atañe a nuestra salvación, no sea que el maligno, logrando infiltrársenos por el error, nos arroje, como la piedra de una honda, lejos de nuestra vida [...].

Huyamos de toda vanidad, odiemos absolutamente las obras del mal camino. No viváis solitarios, replegados en vosotros mismos, como si ya estuvierais justificados, sino, reuniéndoos en un mismo lugar, inquirid juntos lo que a todos en común conviene [...]. Hagámonos espirituales, hagámonos templo perfecto para Dios.

En cuanto esté en nuestra mano, meditemos el temor de Dios y luchemos por guardar sus mandamientos, a fin de regocijarnos en sus justificaciones.

El Señor juzgará al mundo sin acepción de personas: cada uno recibirá conforme obró. Si el hombre fue bueno, su justicia marchará delante de él; si fue malvado, la paga de su maldad irá también delante de él («Carta de Bernabé», II, 9; IV, 10-12, en Padres apostólicos, BAC, Madrid 21968, pp. 774-778).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Reconocemos, Señor, nuestra maldad» (Jr 14,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Se dice: o bien Dios puede impedir el mal y entonces no es bueno porque no lo hace; o bien Dios no puede impedir el mal y entonces no es omnipotente. En ambos casos le falta a Dios un atributo esencial: o la bondad o la omnipotencia. La realidad nos advierte que no nos es lícito volcar en Dios (o sólo en Dios) nuestras responsabilidades. Hablo, como es natural, del Dios cristiano. Un Dios en cuyo plan, lo sabemos, era prioritaria la libertad para sus criaturas. No quiso un lager (campo de concentración) para reclusos ni una ruda guardería para eternos niños, sino un mundo poblado de hijos responsables. Libres, por tanto, de elegir entre el bien y el mal. Libres de comportarse como santos o como bribones. Su «ocultación», la discreción del claroscuro en que se ha envuelto a sí mismo y en que ha envuelto su Ley, su negativa a comportarse como un gendarme, son valores fuera de duda. En consecuencia, tienen un coste: a veces terrible.

Somos cristianos -y no podremos ser otra cosa- porque logramos creer sólo en el Dios que se manifestó en aquel judío de Galilea. Sólo este tipo de omnipotencia en el fracaso y en el sufrimiento escapa a la pregunta sobre la presencia invencible del mal, que, mucho antes de ser un elegante problema para la filosofía, es un drama para nosotros, hombres de carne y hueso.

Es un hecho objetivo que sólo el Dios de Jesús, el Dios en quien cree el cristiano, es el único que no puede ser implicado en la blasfemia del hombre por la marea de dolor que asciende a menudo y le ahoga. «No hay otra respuesta radical y definitiva al problema del mal que la cruz de Jesús, en la cual sufrió Dios el mal supremo, y lo hizo de manera triunfal, porque lo padeció hasta el final. Esta respuesta elimina el escándalo de un Dios tirano que se complace en los sufrimientos de sus criaturas, proponiendo, sin embargo, un escándalo aún mayor (Jacques Natanson) (V. Messori - M. Brambilla, Qualche ragione per credere, Milán 1997).

 

 

MEDITATIO

Joaquín y Ana eran justos y estaban limpios de toda mancha de pecado; llevaban una vida piadosa; llevaban, por consiguiente, ante Dios y ante los hombres, una conducta inocente, inmune de calumnia y llena de piedad.

Se mostraban celosos en la oración, en el ayuno y en la abstinencia, devotos a la ley; formaban una familia asidua al Templo, llena de caridad, incansable en el trabajo y, en consecuencia, muy rica en bienes. Dividían en tres partes el rendimiento anual de sus fatigas: destinaban la primera parte al Templo de Dios, a los sacerdotes ministros del Templo; la segunda parte la dividían entre los pobres y los indigentes; la tercera parte era para ellos, para la familia y para los huéspedes. Habían regulado su vida de este modo en todo, y habían vivido juntos piadosamente, dedicándose a las buenas obras durante veinte años. No tenían hijos, puesto que el seno de Ana estaba cerrado por la esterilidad. Convenía, en efecto, a la madre, y a aquella que fue el inicio de los prodigios, nacer prodigiosamente de un seno estéril, como la misma María debía traer al mundo, de una manera prodigiosa y virginal, al Verbo de Dios, y elevarse desde el escalón inferior de la esterilidad al superior del parto virginal (Sinaxario di Ter Israel, texto de la Iglesia armenia que se remonta al siglo XIII, en Testi mariani del primo millennio, Roma 1991, IV, pp. 636ss).

 

ORATIO

Y Ana entonó un cántico al Señor Dios, diciendo: Elevaré un himno al Señor, mi Dios, porque me ha visitado (cf. Gn 21,1), y ha alejado de mí los ultrajes de mis enemigos, y me ha dado un fruto de su justicia (Prov 11,30) a la vez uno y múltiple ante Él.

¿Quién anunciará a los hijos de Rubén que Ana amamanta a un hijo? Sabed, sabed, vosotras, las doce tribus de Israel, que Ana amamanta a un hijo (Cántico de Ana, del Protoevangelio de Santiago).

 

CONTEMPLATIO

Sobre los padres de la Virgen María se posaron la bendición y la gracia celestial. Éstas salieron de los justos y fueron transmitidas a través de las generaciones hasta posarse en María, la cual recibió el misterio.

El justo Joaquín y Ana, su mujer, estaban tristes porque no habían tenido hijos. Sin embargo, Dios se mostró benévolo con ellos, acogió su súplica y les dio una hija amada y bendita.

Joaquín oraba ante Dios, pidiéndole una prole que consolara su vejez: «Señor, que diste esperanza a Abrahán y después de cien años le concediste un heredero de la promesa, no prives mi vejez de un fruto, sino bendíceme con la bendición de Abrahán; todo es fácil, en efecto, a tu voluntad» (de un texto antiguo de la Iglesia siro-oriental).

 

ACTIO

Repite y medita durante el día este proverbio bíblico: «El fruto del justo es un árbol de vida» (Prov 11,30).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La figura de santa Ana nos recuerda la casa paterna de María, Madre de Cristo. Allí vino María al mundo, llevando en ella el misterio extraordinario de la inmaculada concepción. Allí estaba rodeada del amor y de la solicitud de sus padres: Joaquín y Ana. Allí «aprendía» de su madre, precisamente de santa Ana, cómo ser madre. Y aunque, desde el punto de vista humano,

María había renunciado a la maternidad, el Padre celestial, aceptando su entrega total, la agració con la maternidad más perfecta y más santa. Cristo, desde lo alto de la cruz, transfirió en cierto sentido la maternidad de su madre a su discípulo predilecto, e igualmente a toda la Iglesia, a todos los hombres.

Cuando, como «herederos de la promesa divina» [cf. Gal 4,28.31), nos encontremos en el radio de la maternidad de María, y cuando experimentemos su santa profundidad y plenitud, pensemos que fue precisamente santa Ana la primera en enseñar a María, su hija, cómo ser madre. «Ana» significa en hebreo: Dios «ha mostrado su gracia». Reflexionando sobre este significado del nombre de santa Ana, exclamaba así san Juan Damasceno: «Ya que estaba determinado que la Virgen María,

Madre de Dios, nacería de Ana, la naturaleza no se atrevió a adelantarse al germen de la gracia, sino que esperó a dar su efecto, que naciese como primogénita aquella de la que había de nacer el primogénito de toda la creación» (Juan Pablo II, Discursos, diciembre de 1978).

 

 

Día 27

  Miércoles XVII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 15,10.16-21

10 ¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de pleitos y contiendas con todo el mundo! No he prestado, ni he pedido préstamos y, sin embargo, todos me maldicen.

16 Cuando encontraba tus palabras, yo las devoraba; tus palabras eran mi delicia y la alegría de mi corazón, porque he sido consagrado a tu nombre, Señor, Dios todopoderoso.

17 No me senté a disfrutar con los que se divertían; agarrado por tu mano me senté solo, pues tú me llenaste de indignación.

18 ¿Por qué es continuo mi dolor, y mi herida, incurable y sin remedio? Te has vuelto para mí arroyo engañoso de aguas caprichosas.

19 Entonces el Señor me respondió así: Si vuelves a mí, haré que vuelvas y estés a mi servicio; si separas el metal de la escoria, tú serás mi portavoz; que vuelvan ellos a ti, no tú a ellos.

20 Te pondré frente a este pueblo como sólida muralla de bronce: lucharán contra ti, pero no te vencerán, pues yo estaré contigo para salvarte y librarte. Oráculo del Señor.

21 Te libraré de la mano de los malvados, te salvaré del puño de los violentos.

 

>*• El texto litúrgico forma parte de una de las llamadas «Confesiones de Jeremías», fragmentos escritos en primera persona en los que vierte el profeta sus propios sentimientos y deja aflorar su ánimo, desahogándose con Dios por la dureza de la misión que le ha confiado y hasta por su misma existencia, cuyo fracaso percibe. Jeremías, que tanto hubiera deseado la paz, y que, sin embargo, a causa de la Palabra, es objeto de contiendas y de pleitos (v. 10), deplora haber nacido. Recuerda el entusiasmo y la alegría del primer encuentro con la Palabra del Señor, convertida después en el centro y el sentido de toda su vida. A la iniciativa de Dios le había seguido la disponibilidad total de Jeremías, el compromiso de toda su persona en la decisión consciente de estar consagrado a Dios (v. 16). La soledad, el distanciamiento de las compañías festivas, fueron la consecuencia de esta dedicación absoluta a una Palabra que va contra corriente y que sus contemporáneos rechazan e incluso combaten (v. 17).

De ahí procede el agudo sufrimiento que siente Jeremías sin posibilidad de curación y el grito de denuncia de su propia situación frente a Dios, que se le ha vuelto engañoso como un arroyo de aguas caprichosas.

Por toda respuesta (w. 19-21), el Señor le confirma al profeta su arduo mandato, pidiéndole de nuevo su entera disponibilidad, renovándole la promesa del éxito final de su misión, garantizado por su misma presencia. La Palabra que le había seducido en un tiempo deberá «encarnarse» aún más en Jeremías. Fiel a ella, el profeta recibirá la fuerza necesaria para resistir a todos los adversarios.

 

Evangelio: Mateo 13,44-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

44 Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo deja oculto y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra ese campo.

45 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con un mercader que busca ricas perlas y que,

46 al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

 

**• En el marco del sermón dirigido a los discípulos en casa icf. Mt 13,36), las parábolas del tesoro encontrado por casualidad en el campo y de la perla largo tiempo buscada y por fin encontrada ponen el acento en la alegría de quien ha comprendido el valor del Reino de Dios.

Se trata de una alegría tan penetrante y profunda que hace posible la venta de cualquier otro bien para comprar el campo donde está escondido el tesoro o adquirir la perla preciosa. Acoger la Palabra de Jesús y tener acceso al misterio del Reino de Dios no es, por tanto, únicamente una experiencia de contraste y de paciente tenacidad, como sugerían las parábolas del sembrador y de la cizaña, sino que es también y sobre todo una experiencia de alegría.

Junto a esta enseñanza principal, las parábolas plantean la exigencia del radicalismo en la opción por el Reino: no es posible llegar a soluciones de compromiso; es preciso darlo todo si queremos gozar del amor de Dios. El hombre experimenta esto como don inesperado y como fruto del empeño: Dios se ofrece en virtud de su libre iniciativa, más allá de cualquier posible mérito del hombre. Haciéndose buscar, dilata en él el espacio del deseo.

 

MEDITATIO

Hay dos tonalidades en las lecturas que hoy nos ofrece la liturgia. Está la alegría de quien ha encontrado el sentido de su vida en una palabra, la de Dios, que le ha abierto el corazón, y por la que no vacila en comprometer toda su vida renunciando a todo lo demás, y esta la desolación de quien siente la inutilidad de su vivir, el fracaso de sus esfuerzos, aunque sean sinceros.

Con frecuencia coloreamos la vida con una u otra escala cromática. Tal vez empleamos con mayor frecuencia la segunda.

El Señor nos dice algo importante: la alegría del encuentro con él, saboreada en un momento preciso que ha iluminado nuestra existencia, constituye el fundamento que debemos redescubrir de continuo. Es la memoria que nos garantiza lo esencial: la certeza de que el Señor está vivo y presente junto a nosotros. La pesadez del vivir, la constatación de haber fracasado, son experiencias dolorosas y lancinantes, que desgarran por dentro, que estallan en un grito: «¡Basta!». Volver a encontrar la alegría del momento del descubrimiento, o bien desear proseguir la búsqueda si todavía no hemos encontrado, es la verdadera aventura de la vida, es su sentido más profundo. Vale la pena entregarlo todo por esto.

Dejémonos atraer por el Señor, que, como hizo con el profeta, nos dice hoy a nosotros: «Si vuelves a mí, haré que vuelvas y estés a mi servicio» (Jr 15,19).

 

ORATIO

Tengo necesidad de ti, Señor, de tu presencia, que da vigor a mis fuerzas e impulso a mi corazón. Necesito saborear la dulzura de tu amistad, dejarme deslumbrar por el esplendor de tu belleza. Tengo necesidad de apasionarme por tus cosas y de descubrir que sólo perteneciéndote soy de verdad yo mismo.

No es fácil encontrar a precio de saldo el coraje de arriesgar. Y -me doy cuenta de ello- no es el resultado de una operación lógica. El coraje necesario para apostarlo todo, toda la existencia, por ti, Señor, apoyados en tu Palabra, es algo que pertenece al orden del corazón, y es posible si acepto dejarme abrasar interiormente por el fuego del Espíritu, por tu amor creador. Que yo también pueda saborear, Señor, tu bondad y tu dulzura... Así, lo menos que podré hacer será dejarlo todo por ti y gritarte una vez más: «¡Aquí estoy, Señor!».

 

CONTEMPLATIO

Si Cristo habita en nuestros corazones por medio de la fe, como dice el divino apóstol, y todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento están escondidos en él, entonces todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento están escondidos en nuestros corazones y se revelan al corazón en la medida de la purificación alcanzada por cada uno mediante los mandamientos. Éste es el tesoro escondido en el campo del corazón, y todavía no lo has encontrado a causa de tu pereza. Si, en efecto, lo hubieras encontrado, habrías vendido ya todo lo que tienes y habrías comprado este campo.

Como un labrador que busca un campo adecuado para trasplantar algún árbol silvestre y encuentra por casualidad un tesoro inesperado, así es todo asceta humilde y sencillo. El asceta experimentado es un agricultor  espiritual que trasplanta como un árbol silvestre la contemplación de las cosas visibles orientada a la percepción sensible en la región de las realidades inteligibles, y encuentra un tesoro, es decir, la manifestación, por la gracia, de la sabiduría que hay en los seres 390 / 7a semana (Máximo el Confesor, La filocalia, II, Turín 1983, 107 y 116).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tu Palabra es la alegría de mi corazón» (cf. Jr 15,16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La alegría del Evangelio es propia de quien, tras haber encontrado la plenitud de la vida, queda suelto, libre, desenvuelto, sin temor, no cohibido. Ahora bien, ¿creéis acaso que quien ha encontrado la perla preciosa empezará a despreciar todas las otras perlas? En absoluto. Quien ha encontrado la perla preciosa se vuelve capaz de colocar las otras en una escala de valores justa, para relativizarlas, para juzgarlas en relación con la perla más bella. Y lo hace con extrema sencillez, porque, teniendo como piedra de toque la preciosa, es capaz de comprender mejor el valor de las otras.

A quien tiene la alegría del Evangelio, a quien tiene la perla preciosa, el tesoro, se le dará el discernimiento de los otros valores, de los valores de las otras religiones, de los valores humanos que hay fuera del cristianismo; se le dará la capacidad de dialogar sin timidez, sin tristeza, sin reticencias; más aún: con alegría, precisamente porque conocerá el valor de todo lo demás. Quien busca la alegría en seguridades humanas, en ideologías, en sutilezas, no puede encontrar esta alegría. La alegría del Evangelio es Jesús crucificado, que llena nuestra vida perdonando nuestros pecados, dándonos el signo de su amor infinito, llenándonos día y noche con su alegría profunda.

Cuando carecemos de soltura, cuando estamos espantados, cuando somos perezosos, temerosos, cuando estamos preocupados por el futuro de la Iglesia y de nuestra comunidad, eso significa que no tenemos la alegría del Evangelio, sino sólo algunas sombras, algún eco lejano, intelectual, abstracto, del mismo. Acoger el Evangelio es acoger su fuerza y apostar por ella, confiarnos a Cristo crucificado, que quiere llenarnos de su alegría (Cario Maria Martini, La gioia del vangelo, Cásale M. 1988 [edición española: La alegría del evangelio, Sal Terrae, Santander 1996]).

 

 

Día 28

  Jueves de la XVII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 18,1-6

1 El Señor dirigió esta palabra a Jeremías:

2 -Baja en seguida a casa del alfarero; allí te comunicaré mi palabra.

3 Bajé a casa del alfarero, y lo encontré trabajando en el torno.

4 Si se estropeaba la vasija que estaba haciendo mientras moldeaba la arcilla con sus manos, volvía a hacer otra a su gusto.

5 Entonces el Señor me dijo:

6 -¿Acaso no puedo yo hacer con vosotros, pueblo de Israel, igual que hace el alfarero? Oráculo del Señor. Como está la arcilla en manos del alfarero, así estáis vosotros en mis manos, pueblo de Israel.

 

*•• La Palabra del Señor cita a Jeremías en casa del alfarero. La actividad cotidiana del artesano aparece como símbolo del modo de obrar de Dios. El profeta, instruido por la Palabra del Señor, comprende el mensaje que deberá anunciar al pueblo, verdadero destinatario de esta acción simbólica. Como el alfarero, al modelar los utensilios, deshace los que no salen bien y amasa de nuevo la arcilla para hacer otros, así YHWH, que es el Creador y Señor de todos los pueblos, puede eliminar al que no vive según su voluntad. Su juicio es inapelable y no se trata de un gesto autoritario, sino pedagógico: el castigo es una ayuda para comprender el propio error y convertirse. Como la arcilla está en manos del alfarero, así está Israel en manos de Dios. La imagen, además de evocar la idea de la potestad absoluta de Dios respecto al pueblo, sugiere la de su atento cuidado, a fin de que el pueblo viva con rectitud, de modo semejante al del artista, que, al modelar un objeto, pone todo su cuidado para que salga bien.

 

Evangelio: Mateo 13,47-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

47 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con una red que echan al mar y recoge toda clase de peces;

48 una vez llena, los pescadores la sacan a la playa, se sientan, seleccionan los buenos en cestos y tiran los malos.

49 Así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos

50 y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes.

51 Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Habéis entendido todo esto? Ellos le contestaron: -Sí.

52 Y Jesús les dijo: -Todo maestro de la Ley que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas.

53 Cuando Jesús acabó de contar estas parábolas, se marchó de allí.

 

»» La parábola de la red que, echada al mar, recoge peces comestibles y no comestibles ahonda en el significado de la parábola de la cizaña. Así como en la red se encuentran peces buenos y malos, también en la comunidad de los discípulos de Jesús hay quien acoge y vive su Palabra, primicia del Reino, y quien la rechaza o se muestra indiferente. La distinción tendrá lugar al fin de los tiempos y corresponde a Dios realizarla (w. 47-50).

Es importante para los discípulos comprender el misterio del Reino que Jesús les ha revelado mediante las parábolas, o bien entender con la mente y con el corazón la Palabra y vivirla a través de la obediencia de la fe.

Es preciso el asentimiento personal del discípulo (v. 51), a fin de que siguiendo a Jesús y a ejemplo suyo pueda ser un comunicador y un testigo de toda la voluntad salvífica del Padre, tal como la manifestó en la antigua y en la nueva alianza (v. 52).

 

MEDITATIO

Dios es el Señor de nuestra existencia: ¿lo creemos de verdad? En ocasiones decimos: «Estamos en sus manos », y lo decimos, tal vez, con un tono de resignación, el de quien constata una evidencia a la que no se puede sustraer. Sin embargo, podríamos probar a dejarnos arrebatar el corazón y la mente por esta imagen: estamos en manos del Señor. Manos que calientan y protegen, manos que guardan y apoyan, manos que alientan y que están abiertas para acoger a toda hora. Manos -también- que dejan marcharse a quien no quiere quedarse y que, al final, juzgarán, respetando de todos modos la decisión que cada uno haya tomado. Manos que exhortan, las de Dios, que invitan y tranquilizan. Manos que entregan un tesoro del que extraer riquezas y que es su misma manifestación como amor que se entrega.

Dichosos nosotros si lo comprendemos, cada vez de una manera más profunda, a través de todas las circunstancias de la vida, las duras y las más fáciles. Eso es lo que Jesús intentó decirnos con las parábolas. ¿Lo hemos comprendido?

 

ORATIO

Gracias, Dios mío, por el cuidado que tienes conmigo: no dejas que rae falte nada para que pueda conocerte y responder a tu don de amor. Tú me has creado y me custodias en la vida, una vida que me dejas libre de orientar como quiero. Sin embargo, tú sabes cuál es mi verdadero bien y espías angustiado mis movimientos, sufriendo cuando me cierro al amor. Al final del tiempo mirarás conmigo mi vida, recorriendo sus momentos uno tras otro. Entonces tendrá lugar el juicio.

Gracias, Señor, por hacerme comprender hoy que con el presente preparo el futuro. Con mi presente, vivido en docilidad a ti, a tu don, a tu Palabra. Gracias, Señor, por tenerme en tus manos.

 

CONTEMPLATIO

Mientras estemos en esta vida -puesto que nuestra vasija, por así decirlo, es de arcilla recién salida del torno- estamos siendo fabricados a la manera de un alfarero, tanto en lo que toca a la maldad como en lo que corresponde a la virtud. Ahora bien, el alfarero nos fabrica de manera que podamos aceptar tanto el hecho de que se pueda romper nuestra maldad, para convertirnos en una nueva criatura mejor, como el hecho de que nuestro progreso, después que haya tenido lugar, sea reducido a una vasija de arcilla recién salida del torno.

Ahora bien, cuando hayamos llegado más allá de esta era presente, cuando hayamos llegado al final de la vida, entonces seremos aquello en lo que nos hayamos convertido, tras haber sido templados o bien con el fuego de las flechas incendiarias del Maligno (Ef 6,16) o bien con el fuego divino -puesto que nuestro Dios es también «un fuego devorador» (Heb 12,29)-. Si, digo yo, nos convertimos, bajo la acción de éste o de aquel fuego, en esto o en aquello, si nos rompen, no podremos ser rehechos ni nuestra condición podrá mejorar. Por eso, mientras estemos aquí, es como si estuviéramos en manos de un alfarero, quien, si la vasija se cae de sus manos, puede ponerle remedio y hacerla de nuevo. Vigílate, pues, a ti mismo, porque mientras estés en manos del alfarero y te encuentres todavía en el acto de ser modelado, no caigas por ti mismo fuera de sus manos. Es cierto que nadie puede cogerse de la mano de Dios; sin embargo, nosotros mismos, por negligencia, podemos caer de sus manos (Orígenes, Omelie su Geremia, Roma 1995, pp. 221ssy225ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:«Haznos comprender, Señor, tu Palabra» (cf. Mt 13,51).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Vino la Segunda Guerra Mundial, con todo el dolor que quedó grabado de manera indeleble en mi memoria. No quise tomar partido sino por el amor y contra el odio. En un país oprimido por la ocupación enemiga, sostuve que los cristianos están obligados a amar a sus enemigos y que defraudarlos sistemáticamente con las pruebas normales y las manifestaciones del amor fraterno es pecado grave. Tuve amigos entre los comunistas y en el Ejército alemán, entre los colaboracionistas, en la Resistencia y entre los voluntarios que combatían contra los rusos en el frente oriental. Eso me trajo a menudo dificultades.

Y es que casi todos los que se comprometían personalmente estaban convencidos de que la patria, Europa, Dios, el Orden Nuevo y todos los restantes ideales únicamente podían ser servidos de una sola manera: la que ellos mismos consideraban justa.

Después de la guerra, puse la misericordia por encima del derecho. Mendigué amor para el enemigo derrotado. Defendí a los inermes, a los prisioneros, a los expulsados de sus casas y de sus tierras, a los perseguidos, a los pobres y a los oprimidos.

Esto fue el comienzo de mi verdadera vocación. La esencia de mi vocación consiste en enjugar las lágrimas de Dios allí donde llore. Como es natural, Dios no llora en los cielos, donde mora en una luz inaccesible y goza eternamente de su felicidad infinita.

Sus lágrimas corren, sin interrupción, por el rostro divino de Jesús, que, aun siendo uno con el Padre celestial, aquí, en la tierra, sobrevive y sufre, está hambriento y es perseguido por los enemigos de los suyos. Las lágrimas de los pobres son las suyas, puesto que Jesús ha querido identificarse enteramente con ellos.

Y las lágrimas de Jesús son lágrimas de Dios (W. van Straaten, Dove Dio piange, Roma 1969 [edición española: Donde Dios llora, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1971 ]).

 

 

Día 29

 Lunes de la XVII Semana del Tiempo Ordinario o 29 de Julio, conmemoración de los Santos

 Marta, María y Lázaro

     Marta es la hermana de María y de Lázaro de Betania. En el evangelio sólo se la nombra en tres episodios (cf. Lc 10,38-42; Jn 11,1-44; Jn 12,1-11), y en todos ellos se resalta su actitud dinámica, su acogida afectuosa a Jesús y su esmero en servirle. Por otra parte, se dice que Marta, María y Lázaro eran muy amigos de Jesús, el cual, a su vez, también les quería mucho.

Entre los personajes del evangelio, Marta -junto con Pedro- es la única en confesar de manera explícita y completa su fe en Jesús como Mesías enviado por el Padre. Santa Marta es modelo de mujer laboriosa y patrona de los hosteleros.

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 26,1-9

1 Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, el Señor me dirigió esta palabra:

2 «Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo del Señor y proclama, sin omitir nada, todo lo que yo te mando decir a los que vienen de las ciudades de Judá para dar culto en el templo.

3 Tal vez te hagan caso y se conviertan de su mala conducta. Si lo hacen, yo me arrepentiré del mal que pensaba hacerles para castigar sus malas acciones.

4 Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecéis; si no cumplís la Ley que os he prescrito;

5 si no escucháis las palabras de mis siervos los profetas, a quienes yo os envío sin cesar y vosotros no hacéis caso,

6 trataré a este templo como al santuario de Silo, y todas las naciones citarán el nombre de esta ciudad en sus maldiciones.

7 Los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo oyeron a Jeremías pronunciar estas palabras en el templo del Señor.

8 Y cuando Jeremías acabó de decir lo que el Señor le había mandado decir a todo el pueblo, los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo le apresaron, diciendo: -Morirás por esto.

9 ¿Por qué profetizas en nombre del Señor diciendo que este templo correrá la suerte del santuario de Silo y que esta ciudad será devastada y despoblada? Entonces todo el pueblo se abalanzó sobre Jeremías en el templo del Señor.

 

*+• Este fragmento abre una nueva sección del libro de Jeremías (capítulos 26-29), que se distingue de la precedente (capítulos 1-25). En la que ahora comienza, se narran en prosa las circunstancias relativas a los mensajes del profeta. Concretamente, el capítulo 26 presenta el contexto de las palabras pronunciadas por el profeta en la entrada del templo y recogidas en el capítulo 7. Durante el reinado del impío Joaquín, que había frustrado las esperanzas de reforma religiosa suscitadas por su padre, Josías, pronuncia Jeremías el duro discurso del que aquí se nos ofrece una síntesis. El Señor envía al profeta al templo, presumiblemente con ocasión de una fiesta religiosa que atrae a muchas personas a Jerusalén (v. 2), a proclamar unas palabras importantes, unas palabras que deberá pronunciar sin omitir nada: está en juego la conversión del pueblo o su castigo (v. 3). Jeremías llama a todos a la responsabilidad respecto a la Palabra del Señor, cuya escucha constituye el punto de partida para convertirse. Precisamente con este fin ha ido enviando Dios, a lo largo de toda la historia de Israel, a los profetas, hombres de la Palabra (v. 5).

Ahora bien, quien no sigue las advertencias de los profetas y no se comporta en conformidad con la Palabra del Señor no puede pretender encontrar la salvación sólo por el hecho de frecuentar el templo. La actitud asumida respecto a la Palabra es discriminadora: si escucharla y obedecerla es vivir, no escucharla y no obedecerla es morir. En este caso, el pueblo depositario de la bendición será maldito en virtud de su elección (v. 6).

 

Evangelio: Juan 11,19-27

En aquel tiempo,

19 muchos judíos habían ido a Betania para consolar a Marta y María por la muerte de su hermano.

20 Tan pronto como llegó a oídos de Marta que llegaba Jesús, salió a su encuentro; María se quedó en casa.

21 Marta dijo a Jesús: -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.

22 Pero, aun así, yo sé que todo lo que pidas a Dios él te lo concederá.

23 Jesús le respondió: -Tu hermano resucitará.

24 Marta replicó: -Ya sé que resucitará cuando tenga lugar la resurrección de los muertos, al fin de los tiempos.

25 Entonces Jesús afirmó: -Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá;

26 y todo el que esté vivo y crea en mí, jamás morirá. ¿Crees esto?

27 Ella contestó: -Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir a este mundo.

 

*+• El diálogo entre Jesús y Marta referido en este fragmento del evangelio forma parte del episodio de la llamada «resurrección de Lázaro» (cf. Jn 11,lss). Como en Le 10,38-42 y en Jn 12,lss, destacan las actitudes opuestas de Marta y de María: la primera muestra un carácter más dinámico y concreto, que se manifiesta en salir de inmediato al encuentro del Señor; la segunda, a la que siempre se describe sentada y escuchando al Maestro, permanece en casa (v. 20).

Marta asocia, en cierto modo, la muerte de su hermano a la ausencia de Jesús en aquel momento, pero confirma asimismo su firme confianza en él como mediador infalible ante Dios (vv. 2lss). Empieza así un itinerario interior que la conducirá a una profesión de fe plenamente cristiana (v. 27), pasando a través de la declaración de su fe en la resurrección del último día (v. 24), en conformidad con la tradición judía (cf 2 Mac 7,9.23;

12,42b-44; Dn 12,1-3). Es el mismo Jesús quien la guía en este recorrido: con una expresión típica de las autorrevelaciones divinas («Yo soy»: v. 25a; cf. Ex 3,14; Lv 19,lss; Jn 6,35; 14,6; passim), el Señor hace comprender a Marta que la vida que él da supera también a la muerte. Jesús, resurrección y vida, crea en quien le recibe una condición nueva y definitiva (cf Jn 5,24; 8,51).

Como hace en todo su evangelio, también aquí Juan recurre a términos antitéticos y juega con su doble significado: cuando alguien da su plena adhesión a Jesús, pasa de la muerte física a la vida definitiva, eterna (v. 25b), porque quien en vida haya creído en él no padecerá la condena a la eterna separación de Dios (v. 26a).

Con estas palabras se refiere el Señor al destino último y, al mismo tiempo, pone de manifiesto que, a través de él, está ya presente en el creyente el germen de la vida eterna. Jesús no se limita a revelar a Marta estas verdades, sino que le pregunta de una manera explícita su posición ante ellas (v. 26b), brindándole la oportunidad de manifestar plenamente su adhesión a la persona del Maestro, reconocido ahora como el Mesías esperado por Israel y como el Hijo de Dios (v. 27).

 

MEDITATIO

Los evangelios presentan a santa Marta siempre en movimiento, como una mujer eficiente y segura de sí. Tal vez esto la conducía a dejarse atrapar demasiado por las cosas que debía hacer y a perder de vista el sentido de su trajín. Sin embargo, ante Jesús, comprende que la eficiencia no es el valor más elevado, sino que importa sólo en la medida en que está equilibrada por la acogida, por la atención al otro y por el «temor al Señor», o sea, movida por el amor; si no es así, hace correr el riesgo de separar de lo esencial, convirtiéndose en una fuente de ansiedad y de fragmentación.

Santa Marta no se relaciona con el Señor sólo haciendo algo por él, sino que se presenta ante él con una actitud de verdad y de diálogo: se le muestra tal como es, dolida por la muerte de su hermano, decepcionada por no haber sido escuchada (cf. Jn 11,3.21), pero también firme en la fe. Aunque no ha visto satisfecha su oración,  no la emprende con Dios, no se cierra a su misterio, no duda de su bondad; más bien, se pone a la escucha del Señor y se hace disponible a caminar con él, revisando su modo de concebir la vida y la fe. Marta se deja conducir por Jesús a través de la experiencia del dolor en un recorrido de conocimiento más profundo de sí misma, de la realidad, del mismo Señor. A quien le acoge de verdad, todo se le presenta bajo una luz nueva: vivir significa entonces habitar en el amor de Dios, en la amistad sincera y confiada con él. La vida eterna empieza ya desde ahora, y atraviesa y vivifica todas las vicisitudes humanas, incluso las marcadas por el sufrimiento.

Eso significa ponerse a la escucha de Dios y de su Palabra, como Marta, también en los momentos de incertidumbre y de duda (cf. Jn 11,39-41). También a nosotros nos pide el Señor una adhesión personal: «¿Crees esto?». Marta dio su respuesta; cada uno de nosotros está llamado a dar la suya.

 

ORATIO

Señor, son muchas las veces que, frente a las dificultades  de la vida, mi fe vacila y me dejo absorber por las mil cosas que debo hacer para huir de la desilusión y del vacío interior; o bien siento la tentación de esconder mis miedos construyéndome una fe a mi medida, adherido rígidamente a principios que considero indiscutibles y que quisiera resguardar de cualquier turbación.

Enséñame a abrir mi fe a tu imprevisibilidad, a estar disponible para el encuentro auténtico contigo, al encuentro en el que mis falsas seguridades cedan su sitio a la confianza en tus promesas. No permitas que el ritmo frenético de mis jornadas me atropelle hasta el punto de dejar de estar inspirado por el amor. Y, sobre todo, no dejes que la experiencia del dolor me aleje de ti: conviértela, más bien, en una experiencia fecunda de resurrección y de vida.

 

CONTEMPLATIO

Marta, más comprometida con el desarrollo de las tareas necesarias, llega la primera [a Jesús]. María, más fina y con un ánimo más sensible, espera en casa para recibir el pésame. Marta, más sencilla, corre al encuentro de Jesús, embriagada por el dolor, que, sin embargo, soportaba con entereza. «Mi hermano -dice- ha muerto porque no estabas aquí, pues tú, con una sola orden, puedes vencer a la muerte.» [Jesús le] dice: «El que crea en mí no estará inmune de la muerte de la carne; con todo, Dios puede dar fácilmente la vida a quien quiera».

Cuando dice después a Marta: «¿Crees?», exige la confesión de la fe como madre y protectora de la vida. Y ella le dice de inmediato que sí, y confiesa su fe con sutileza [...]: al usar el artículo -el Cristo y el Hijo de Dios- ha confesado claramente al único, excelente y verdadero Hijo de Dios. [El Señor] exige comprensión de la fe: ésta es un gran don cuando nace de un ánimo ardiente, y tiene tanto poder que salva no sólo a quien cree, sino también a los otros. De este modo, también Lázaro fue resucitado por la fe de su hermana, a la que el Señor dijo: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?», como si quisiera decirle: «Ya que Lázaro ha muerto, suple tú la fe del muerto. En efecto, es preciso creer firmemente a fin de ver las cosas que están por encima de la esperanza» (Cirilo de Alejandría, Cornmento al vangelo ii Giovanni, Roma 1994, II, pp. 313ss, passim).

 

ACTIO

Repite y medita a menudo durante el día estas palabras: «Sé que todo lo que pidas a Dios él te ¡o concederá» ( Jn 11,22).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La fiesta de Santa Marta que celebra hoy la liturgia nos pone ante este personaje del evangelio íntimamente ligado a la persona y a la misión de Jesús. Suele representar a Marta como la persona siempre atareada, la que se afana, y ello por amor a ese inefable amigo que es Cristo, que se hospeda en su casa, amigo de su hermano y de su hermana. Marta es una mujer siempre atareada y molesta, algunas veces, por las actitudes contemplativas de su hermana; de todos modos, se trata de una atareada entregada por completo a su Señor. Pero, si nos fijamos bien, esta visión y esta imagen de santa Marta están un tanto reajustadas por este fragmento del evangelio de Juan.

Es Marta quien se dirige a Jesús, con el corazón lleno de amor y de dolor por la muerte de su hermano Lázaro; es ella la que con aquella hermosa amistad, valiente y espontánea, casi reprocha al amigo: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Esta actitud de auténtica amistad por parte de Marta respecto a Jesús nos revela algo mucho más precioso en su ánimo que la laboriosidad atareada de una acogida puramente exterior. Existe entre Marta y Jesús una misteriosa camaradería. Marta sabe que Jesús es poderoso; se da cuenta de que el Señor lo puede todo [...]. La afectuosa amistad, la valiente libertad de Marta, nos dice mucho sobre el conocimiento que tenía de Cristo y sobre la confianza que el Señor Jesús le otorgaba. Hemos de señalar, por otra parte, que Jesús no corrige a Marta por su observación. Sí lo hizo cuando se lamentaba de la «inercia» de María. Pero en esta ocasión no. Comprende su dolor, lo comparte. El evangelio dice que Jesús mezcló sus lágrimas con las de Marta.

¡Qué misteriosa y sublime amistad! [...] El misterio de la muerte vivido en comunión de amistad conduce a Jesús a realizar una afirmación, podríamos decir, desconcertante: «Tu hermano vivirá». Marta comprende y no comprende. Tal vez guarde en el corazón la esperanza de un prodigio clamoroso; tal vez se refugie en la confianza en la resurrección final de los muertos.

Y dice a Jesús: «Sé que resucitará, porque tú eres el Cristo, el Señor de la vida». Aquí tenemos la profesión de fe de santa Marta. María, la contemplativa, nunca dijo a Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo»; Marta, la atareada, sí lo hizo. Y Jesús le dejó que se lo dijera. Es posible que precisamente esta declaración de fe sobre su verdadera identidad fuera lo que provocó en él la decisión última del prodigio clamoroso (A. Ballestero, consacrati nella Chiesa e nel mondo. Meditazioni sull'essenziale, Milán 1994, pp. 147ss).

 

 

Día 30

 Sábado de la XVII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 26,11-16.24

En aquellos días,

11 los sacerdotes y los profetas dijeron a los jefes y a todo el pueblo: -Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como habéis escuchado con vuestros propios oídos.

12 Pero Jeremías dijo a todos los jefes y al pueblo: -El Señor me ha enviado a profetizar contra este templo y contra esta ciudad todo lo que habéis oído.

13 Así que enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, obedeced al Señor, vuestro Dios, y el Señor se arrepentirá del castigo con el que os ha amenazado.

14 En cuanto a mí, estoy en vuestras manos; haced de mí lo que os parezca bueno y justo,

15 pero sabed que, si me matáis, seréis responsables de la muerte de un inocente, vosotros, esta ciudad y sus habitantes, porque es verdad que el Señor me ha mandado a que os anuncie todas estas cosas.

16 Los jefes y el pueblo entero dijeron a los sacerdotes y a los profetas:

-Este hombre no es reo de muerte, porque nos ha hablado en nombre del Señor, nuestro Dios.

24 A Jeremías lo protegió Ajicán, hijo de Safan, y por eso no lo entregaron en manos del pueblo para que lo mataran.

 

^ Este fragmento es continuación del leído ayer y presenta la reacción a la vigorosa advertencia pronunciada por el profeta en la entrada del templo. Las autoridades religiosas denuncian a Jeremías ante los jefes y ante el pueblo, acusándole de profetizar la destrucción del templo y de Jerusalén, «santos» ambos por ser morada de Dios. Anunciar su final era pronunciar una blasfemia que merecía la sentencia de muerte (v. 11). Jeremías reivindica en su defensa el mandato recibido del Señor (v. 12). Con todo, precisa que el centro de su mensaje no es la destrucción de Jerusalén y de su templo, sino la conversión del pueblo: eso es lo que desea el Señor, y a su obtención se dirige la amenaza del castigo que, sin embargo, si la advertencia consigue el efecto esperado, no será llevado a cabo (v. 13). Jeremías sabe que es, en verdad, profeta de YHWH: los jefes religiosos y políticos se abstienen de condenar a muerte a un inocente, cuya sangre pesaría sobre su conciencia como una culpa ulterior que, ciertamente, no quedaría sin castigo (w. 14ss). El fragmento litúrgico concluye con el v. 24, en el que se indica que Jeremías salvó la vida gracias a la protección que le otorgó un personaje dotado de autoridad frente a los jefes del pueblo.

 

Evangelio: Mateo 14,1-12

1 Por entonces, el tetrarca Herodes oyó hablar de Jesús,

2 y dijo a sus cortesanos: -Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos; por eso actúan en él los poderes milagrosos.

3 Es que Herodes había detenido a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo.

4 Pues Juan le decía: -No te es lícito tenerla por mujer.

5 Y, aunque quería matarlo, tuvo miedo al pueblo, que lo tenía por profeta.

6 Un día que se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en público y agradó tanto a Herodes

7 que éste juró darle lo que pidiese.

8 Ella, azuzada por su madre, le dijo: -Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

9 El rey se entristeció, pero por no romper el juramento que había hecho ante los comensales, mandó que se la dieran,

10 después de enviar emisarios para que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel.

11 Trajeron la cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, la cual a su vez se la llevó a su madre.

12 Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús.

 

**• Después de contar cómo rechazaron a Jesús sus paisanos, inserta el evangelista el relato del martirio de Juan el Bautista, tomando como motivo la reacción de Herodes Antipas al oír hablar de Jesús y de sus obras (w. lss). Herodes, a quien los romanos le habían reconocido la jurisdicción sobre Galilea y Perea, había decretado el arresto y la posterior decapitación del Bautista a causa de la fuerte denuncia por parte de este último del pecado del tetrarca. Este había repudiado a su consorte y tomado como mujer a la esposa de su hermano (w. 3-5).

La intransigente llamada del Bautista a la observancia de la ley moral se había vuelto insoportable para la pareja adúltera. Si bien la voluntad homicida de Herodes estaba frenada por el temor de una sublevación popular -y, añade el evangelista Marcos, por cierta estima que el tetrarca alimentaba por el Bautista (cf. Me 6,20)-, no ocurría lo mismo con Herodías. Por eso, cuando Herodes le juró a la hija de ésta darle lo que le pidiera, «Herodías consiguió que le entregara la cabeza de Juan (w. 6-11). La muerte del Bautista, cuya noticia llevaron a Jesús los discípulos de aquél (v. 12), es el último eslabón de una cadena de acontecimientos a través de los cuales ha llevado Juan a término su propia misión de precursor. Jesús comprende que está llamado a recorrer el mismo camino.

 

MEDITATIO

En los discursos de despedida que siguieron a la Última cena, Jesús declaró: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Jesús es la verdad desconocida y combatida por los que se dejan instigar por aquel que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44). Ahora bien, el que sigue a éste no llega a la vida, sino a la muerte.

Sin embargo, tiene tantos seguidores porque en este mundo el éxito de la elección parece producir un efecto contrario: los testigos de la verdad son aplastados, hechos callar, muertos en los lager (campos de concentración) de ayer y de hoy Es una constante de la historia que estallan persecuciones allí donde hay alguien que dice de modo claro y comprensible, con su vida y con sus palabras, la verdad de Dios. La verdad es incómoda, del mismo modo que es incómodo el amor, porque implica la renuncia a nuestros propios intereses egoístas y pide la apertura al otro.

La Palabra del Señor, una vez más, nos sirve de espejo. ¿En qué rostro nos reconocemos? ¿En el de Jeremías y en el de Juan el Bautista? ¿O en el de los sacerdotes y en el de los profetas corruptos, o en los de Herodes y Herodías?... Escuchemos, hoy, la voz del Señor, que es la voz de la verdad.

 

ORATIO

Perdona, Señor, mi poco coraje. Me siento muy semejante a tu apóstol Pedro, que, cuando le preguntaron si era de los tuyos, negó incluso conocerte. El miedo a perder la compañía de alguien o un mal entendido respeto humano me frenan a la hora de pronunciar las palabras, de realizar acciones coherentes con ese Evangelio que, sin embargo, deseo vivir. En ciertos lugares es motivo de vergüenza declararse cristiano.

Concédeme tu Espíritu de fortaleza: que yo me deje calentar el corazón y encuentre en ti una alegría más fuerte que cualquier miedo. Haz de mí también un testigo de la verdad que tú eres.

 

CONTEMPLATIO

Dichosos los que han sufrido como los profetas. A alguien que, viviendo con pleno celo y censurando a los que pecan, tuviera que comprender que ha de ser odiado y estar expuesto a insidias, así como perseguido y escarnecido a causa de la justicia, no sólo no le disgustarán estas cosas, sino que se alegrará y exultará con ellas, porque está convencido de que recibirá a cambio una gran recompensa en los cielos de manos de aquel que lo ha comparado a los profetas, por haber padecido los mismos sufrimientos. Es preciso, por consiguiente, que aquel que vive con celo la vida profética y ha sido capaz de acoger al Espíritu que había en los profetas, reciba desprecio en el mundo y entre los pecadores, a quienes resulta embarazosa la vida del justo (Orígenes, Comentario al evangelio de Mateo, Roma 1998, I, pp. 141ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Siguen enviando, Señor, profeta a tu Iglesia».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Para los que se han especializado en el arte de descubrir el lado bueno en cada criatura, ninguna es sólo maldad. Para los que se han especializado en el arte de descubrir el alma de verdad que hay en cada ideología, la inteligencia no es capaz de adherirse aferrar total.

No has de temer a la verdad, porque, aunque pueda parecerte dura y herirte de muerte, es auténtica. Has nacido para ella. Si intentas encontrarla, si dialogas con ella, si la amas, no hay mejor amiga ni hermana mejor.

Hasta el fondo, no te detengas. Es una gracia divina empezar bien. Pero es una gracia mayor aún continuar por el buen camino, mantener el ritmo... Ahora bien, la gracia de las gracias es no perderse y, resistiendo aún o dejando ya de hacerlo, a jirones, a pedazos, ir hasta el fondo (H. Cámara, // deserto é fecondo, Asís 1982 [edición española: El desierto es fértil, Sígueme, Salamanca 1986]).

 

 

Día 31

 XVIII domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiastés 1,2; 2,21-23

1,2 Vanidad de vanidades, dice Qohélet, vanidad de vanidades; todo es vanidad.

2,21 Porque hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto y tiene que dejar su heredad a quien no la ha trabajado. También esto es vanidad y grave daño.

22 Pues ¿qué le queda al hombre de todos los trabajos y afanes que persiguió bajo el sol?

23 Todos sus días son sufrimiento, disgusto sus fatigas, y ni de noche descansa. También esto es vanidad.

 

**• «Vanidad» (en hebreo, hevel) es la palabra característica de Qohélet. La sitúa al comienzo del libro y la repite cinco veces en el primer versículo después del título (v. 2). El término se repite setenta y tres veces en el Antiguo Testamento, de las que treinta y ocho (por consiguiente, más de la mitad) corresponden al libro de este sabio que vivió unos doscientos años antes de Cristo.

La palabra significaba en su origen «soplo de viento» o «exhalación»; en sentido traslaticio significa «realidad inconsistente y transitoria». Decir que las cosas son «vanidad» significa que son evanescentes, caducas o efímeras. La palabra ya era conocida por la tradición: «El hombre es como un soplo», se dice, por ejemplo, en Sal 39,6; 62,10; 144,4; pero Qohélel la convierte en un estribillo en sus reflexiones sobre el hombre, sobre sus obras y sobre las cosas en general: «Todo es vanidad» (1,2); «He observado todas las obras que se hacen bajo el cielo y me he dado cuenta de que todo es vanidad y caza de viento» (1,14); «¿Quién sabe lo que es bueno para el hombre en la vida, en los días contados de su frágil vida, que pasan como una sombra?» (6,12). El ámbito en el que «vanidad» significa vacuidad, ilusión y engaño, como cuando se aplica a los falsos dioses, es el de quien trabaja mucho y se apega a las riquezas como a un ídolo, pues «tiene que dejar su heredad a quien no la ha trabajado» (2,21). Es el texto que hemos leído como primera lectura, y prepara el evangelio, pero el tema está desarrollado también en otros pasajes (cf. 2,17.19.26; 4,7.8; 5,9; 6,2). Después de esta reflexión se vuelve más apremiante la búsqueda de lo que verdaderamente cuenta.

 

Segunda lectura: Colosenses 3,1-5.9-11

Hermanos:

3,1 Así pues, ya que habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios.

2 Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra.

3 Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios;

4 cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.

5 Destruid, pues, lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, liviandad, malos deseos y codicia, que es una especie de idolatría.

9 No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo y de sus acciones

10 y revestíos del hombre nuevo que, en busca de un conocimiento cada vez más profundo, se va renovando a imagen de su creador.

11 Ya no existe distinción entre judíos y no judíos, circuncidados y no circuncidados, más y menos civilizados, esclavos y libres, sino que Cristo es todo en todos.

 

**• Señalemos tres momentos de nuestra unión con el Señor Jesús: «Habéis resucitado con Cristo», «vuestra vida está escondida con Cristo», «también vosotros apareceréis gloriosos con él». El bautismo nos hace partícipes de la resurrección de Cristo, nos hace morir al pecado y compartir la vida humilde y escondida de Cristo, y, por último, tomar parte en su glorificación: «Apareceréis gloriosos con él». Durante esta vida tenemos el compromiso de desarrollar los dos primeros momentos: el que nos hace morir «a las cosas de la tierra», a los comportamientos malos que derivan de la naturaleza humana corrupta (v. 5), y el que busca «las cosas de arriba», mediante el cual el cristiano se renueva de continuo y se convierte en «imagen» viva cada vez más semejante al Padre, junto al cual se ha sentado el Señor resucitado (w. 1.10).

Señalemos en particular dos cosas negativas que debemos evitar. La primera es mentirnos recíprocamente. Ese modo de actuar ya no tiene ninguna razón de ser: los otros no son extraños, como eran los griegos para los judíos y los bárbaros para los griegos, sino que en virtud del bautismo son hermanos, en los que está presente Cristo que «es todo en todos» (w. 9.11). Los cristianos, a través de sus relaciones fraternas, deben cultivar la sinceridad y la lealtad. La segunda realidad negativa que debemos hacer morir es la «codicia, que es una especie de idolatría» (v. 5). La amonestación es un punto de conexión entre esta perícopa y las otras dos lecturas litúrgicas.

 

Evangelio: Lucas 12,13-21

En aquel tiempo,

13 uno de entre la gente le dijo: -Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia.

14 Jesús le dijo: -Amigo, ¿quién me ha hecho juez o árbitro entre vosotros?

15 Y añadió: -Tened mucho cuidado con toda clase de avaricia; que aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas.

16 Les dijo una parábola: -Había un hombre rico, cuyos campos dieron una gran cosecha.

17 Entonces empezó a pensar: «¿Qué puedo hacer? Porque no tengo donde almacenar mi cosecha».

18 Y se dijo: «Ya sé lo que voy a hacer; derribaré mis graneros, construiré otros más grandes, almacenaré en ellos todas mis cosechas y mis bienes,

19 y me diré: Ahora ya tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y pásalo bien».

20 Pero Dios le dijo: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién va a ser todo lo que has acaparado?».

21 Así le sucede a quien atesora para sí, en lugar de hacerse rico ante Dios.

 

*• Un hombre le dice a Jesús: «Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia» (v. 13). Una mujer le había pedido que interviniera ante su hermana: «Dile, pues, que me ayude» (Lc 10,40). Dos contextos diferentes, pero una petición análoga. En ambos casos se niega Jesús a hacer de «mediador». Sin embargo, aprovecha la ocasión para dar al hombre y a la mujer una lección referente, en el fondo, a la misma «preocupación», que puede presentarse con formas diferentes: «La semilla que cayó entre cardos se refiere a los que escuchan el mensaje pero luego se ven atrapados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a la madurez» (Lc 8,14). Aquí, los cardos que amenazan con apagar la vida del hombre son la «avaricia», la avidez del tener. Jesús nos indica el motivo por el que debemos evitarla: porque «la vida no depende de las riquezas» (v. 15). Lo explica con una parábola donde quien ha alcanzado la abundancia y proyecta gozar de ella -«descansa, come, bebe y pásalo bien» (v. 19)- de repente se ve privado de la vida, con una amarga consecuencia: «¡Insensato! [...] ¿Para quién va a ser todo lo que has acaparado?» (v. 20). Se repite la triste situación vista ya por Qohélet (2,21): «Porque hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto y tiene que dejar su heredad a quien no la ha trabajado. También esto es vanidad y grave daño».

Los bienes, y la vida para obtenerlos y gozarlos, son ambos «un don de Dios» (Ecl 5,17ss). Ese hombre ha hecho las cuentas para él solo, no «ante Dios». Ha olvidado al dueño de la vida y se ha encerrado en la abundancia de los bienes. Ésta ha demostrado ser incapaz de garantizarle la vida, que está en las manos de Dios. Sólo él es la roca sobre la que es posible apoyarse. Dios establece también los criterios de cómo usar la riqueza: los tiene en cuenta quien se enriquece «ante Dios», se olvida de ellos el que acumula tesoros «para sí» (12,21).

En esta parábola, «un hombre rico» (v. 16) olvida la dimensión vertical de la vida. En Le 16 aparecen otras dos parábolas que ilustran la dimensión horizontal de la riqueza: uno la usa en beneficio del prójimo y el otro la goza olvidando a los pobres. Un hombre rico tenía un administrador astuto, que pensó tiempo atrás qué haría cuando fuera despedido y, haciendo descuentos a los deudores de su dueño, se aseguró el futuro: con ello se muestra que haciendo el bien a los otros con las riquezas puestas a nuestra disposición nos aseguramos un porvenir feliz junto a Dios. El otro «hombre rico» es el epulón, que no se da cuenta del pobre Lázaro que está a la puerta de su casa y pretende en el más allá que Lázaro sobrevuele por encima del abismo para venir a refrescarle la lengua.

 

MEDITATIO

En la primera lectura y en el evangelio vamos a poner de relieve dos mensajes que iluminan nuestra vida. El primero es el de la vanidad de los bienes de este mundo y hasta de las mismas obras humanas, aunque estén realizadas «con sabiduría, ciencia y acierto» (Ecl 2,21). No prolongan la vida del que las hace; ellas mismas están condenadas a perecer. La arqueología descubre fatigosamente ciudades y civilizaciones que durante un tiempo fueron lamosas y de las que después han desaparecido hasta sus mismas huellas. Grandes catástrofes naturales muestran la fragilidad de obras maestras y de monumentos considerados como imperecederos. Una enfermedad imprevista hace añicos los proyectos de un hombre o de una familia, como una estatua de bronce con pie de barro golpeada por una piedra (cf. Dn 2,31-34). A veces, basta con una circunstancia imprevisible para hacer partir en humo un sueño, para dejar en nada una enorme inversión financiera. Son muchos los que, cuando llegan a determinada edad, experimentan un profundo sentido de inutilidad y de frustración en sus distintas actividades -incluido el ministerio pastoral-, en las que se habían comprometido con entusiasmo. Y todo ello antes incluso de que lleguen «los días tristes» de la vejez, cuando digamos: «No me gustan» (Ecl 12,1).

El término «vanidad» puede atravesar, por tanto, como una nube oscura las experiencias de nuestra vida. Ahora bien, esa reflexión es ambivalente. Puede engendrar depresión y dejar sin motivación cualquier iniciativa, pero puede llevar también a la «sabiduría del corazón» (Sal 90,12), por lo que aparece justamente como un estribillo en un libro sapiencial como es el Eclesiastés. Ahora bien, con tal de que se lea hasta el final, donde se encuentra la clave para proceder a una reflexión equilibrada: «Conclusión del discurso: Todo está oído. Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque en esto consiste ser hombre» (12,13). Éste es el segundo mensaje, que nos viene sobre todo del evangelio: el hombre no debe ser «insensato», como el agricultor rico. Había olvidado que la vida depende de Dios (Lc 12,20) y no esperaba a su señor vigilando «con la cintura ceñida y las lámparas encendidas» (12,35). Ése es el riego que corremos nosotros en la actual sociedad consumista: «Acumular tesoros para sí» teniendo puestos los ojos en los bienes de la tierra. El Creador no está contra la tierra, que confió al hombre «para que la cultivara» (Gn 2,15). Sin embargo, el dueño sigue siendo Dios, que busca en el hombre «un administrador fiel y prudente», capaz de hacer fructificar los talentos. La relación con Dios, el obrar según sus leyes, da un sentido positivo a las realidades terrenas, aunque sean caducas, y convierte el trabajo en un instrumento de felicidad: «Dichoso el siervo a quien su señor, cuando llegue, le encuentre trabajando» (Lc 12,43). El hombre no está condenado a la vanidad y a la pobreza, sino que está llamado a «enriquecerse ante Dios» (12,21).

Eso no significa acumular riquezas ante los ojos de un Dios «lejano» e indiferente, sino administrar todo lo que sirve para vivir, pero buscando por encima de todo el Reino de Dios y su justicia, confiando en la Providencia y abriendo el corazón a la solidaridad (12,29-34).

 

ORATIO

Aplicándonos a nosotros mismos las reflexiones precedentes, se nos invita a alabar al Padre por la luz que difunde sobre nuestra vida. Le damos gracias por habernos hecho comprender el sentido positivo que le ha dado. Le pedimos perdón si hemos gastado el tiempo casi únicamente en acumular bienes para nosotros, «sin temor de Dios», planteando nuestro modo de vivir como si él no existiera y no nos hubiera dirigido nunca su palabra de amor y de orientación para nuestra vida. Si es así, pidámosle el don de convertirnos, de cambiar de mentalidad.

Imploremos «la sabiduría del corazón», que nos proporciona el sentido de la relatividad de las cosas humanas y, al mismo tiempo, de su importancia como instrumentos de nuestra relación con Dios. El «nuevo humanismo», que incluye ser sabios en la administración responsable de las realidades de este mundo según la ley de Dios, para nuestra utilidad y para la de los hermanos, es una gracia que debemos impetrar {cf. GS 31.55).

 

CONTEMPLATIO

La primera lectura y el evangelio nos ofrecen estímulos no sólo para la meditación y la oración, sino también para obtener una visión más amplia de las cosas en Dios.

El drama de la «vanidad» consiste en el hecho de que las cosas tienen su belleza y su bondad, que atraen el ojo y el corazón del hombre, el cual, en un segundo momento, experimenta con decepción su falacia. De este proceso habla el autor del libro de la Sabiduría. Para él, está claro el principio fundamental: «Por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre, por analogía, a su Creador» (13,5). Sin embargo, los hombres corren el riesgo de mostrarse miopes: «Se dejan seducir por la apariencia» y «maravillados por su belleza, las tomaron por dioses». De ahí el reproche: «Verdaderamente necios...» (13,1.3.6.7). El espíritu humano, «si se libera de la esclavitud de las cosas» (GS 57), puede pasar de una manera expedita de la admiración por ellas a la contemplación del Creador: «Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad» (Rom 1,20).

El Dios creador es el mismo Dios salvador que nos ha enviado a su Hijo. En el evangelio de hoy, meditado a la luz de su contexto inmediato y el del capítulo siguiente (16), Jesús nos abre de una manera gradual los ojos hacia un horizonte cada vez más extenso, un horizonte que nos introduce en la visión de Dios y de su plan sobre el hombre. Si Qohélet se inclinaba a equiparar a hombres y bestias -«No ha superioridad del hombre sobre las bestias, porque todo es vanidad» (3,19)-, Jesús nos revela, en cambio, que existe una gran diferencia: «La vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido.. y vosotros valéis mucho más que los pajarillos» (12,23ss). Nos muestra sobre todo que la administración de esta vida, aunque esté revestida de fragilidad, es decisiva para la futura: «Enriquecerse ante Dios» significa tratar con desprendimiento los bienes de la tierra para hacernos «un tesoro inagotable en los cielos» (12,33). Jesús no nos pide que despreciemos las riquezas de este mundo, sino que las valoremos en relación con un bien inmensamente mayor: la vida eterna.

Dios nos ha mostrado que la vida del hombre es preciosa a sus ojos al dejar que su Hijo diera su vida por nosotros. De este modo, el Hijo ha liberado de la «vanidad» a los hijos de Dios y a toda la creación, indicando su sentido último (cf. Rom 8,19-25). Al bordar con «las obras buenas» el tejido de las frágiles realidades humanas, nos preparamos una «feliz esperanza» (Tit 2,13ss). Ahora bien, el arco iris que une la vida presente con la futura sólo es visible para quien cree en el Señor Jesús, muerto y resucitado: el Padre «por su gran misericordia, a través de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho renacer para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable» (1 Pe l,3ss).

Realizar la experiencia de la contemplación a partir de las lecturas de hoy, tras haber meditado y orado sobre ellas, significa, por tanto, pasar de la reflexión sobre la Palabra de Jesús, que nos ilumina sobre la necia y la prudente administración de los bienes, a la visión de la «extraordinaria riqueza de la gracia» de Dios preparada «para nosotros en Cristo Jesús» (Ef 2,7).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Nuestra vida no depende de nuestros bienes» (cf. Lc 12,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Muy presto será contigo este negocio; mira cómo te has de componer.

Hoy es el hombre y mañana no parece.

En quitándolo de la vista, presto se va también de la memoria.

¡Oh torpeza y dureza del corazón humano, que solamente piensa en lo presente y no se cuida de lo por venir!

Así habías de conducirte en toda obra y pensamiento, como si hoy hubieses de morir.

Si tuvieses buena conciencia, no temerías mucho la muerte.

Mejor fuera evitar los pecados que huir de la muerte.

Si no estás dispuesto hoy, ¿cómo lo estarás mañana?

Mañana es día incierto, ¿y qué sabes si amanecerás mañana?

¿Qué aprovecha vivir mucho, cuando tan poco nos enmendamos?

¡Ah! La larga vida no siempre nos enmienda; antes muchas veces añade pecados.

¡Ojalá hubiéramos vivido siquiera un día bien en este mundo!

Muchos cuentan los años de su conversión, pero muchas veces es poco el fruto de la enmienda.

Si es temeroso el morir, puede ser que sea más peligroso el vivir mucho.

Bienaventurado el que tiene siempre la hora de la muerte delante de sus ojos y se dispone cada día a morir.

Si has visto alguna vez morir un a hombre, piensa que por aquella carrera has de pasar.

Cuando fuere de mañana, piensa que no llegarás a la noche; y cuando fuere de noche, no te atrevas a prometerte la mañana.

Por eso, estáte siempre prevenido y vive de tal manera que nunca te halle la muerte inadvertido.

Muchos mueren de repente, porque «en la hora que no se piensa vendrá el Hijo del Hombre» (Lc 12,40).

Cuando viniere aquella hora postrera, de otra suerte comenzarás a sentir de toda tu vida pasada y te dolerás mucho de haber sido tan negligente y perezoso.

¡Qué bienaventurado y prudente es el que vive de tal modo cual desea que lo halle Dios en la muerte!

Porque el perfecto desprecio del mundo, el ardiente deseo de aprovechar en las virtudes, el amor de la observancia, el trabajo de la penitencia, la prontitud de la obediencia, la abnegación de sí mismo, la paciencia en toda adversidad por amor deCristo, aran confianza te darán de morir felizmente.

Muchas cosas buenas puedes hacer cuando estás sano, pero, cuando enfermo, no sé qué podrás. Pocos se enmiendan en la enfermedad, y los que andan en muchas romerías, tarde se santifican.

No confíes en amigos ni en vecinos, ni dilates para después tu salvación, porque más presto de lo que piensas estarás olvidado de los hombres.

Mejor es ahora, con tiempo, prevenir algunas buenas obras que envíes adelante, que esperar en el socorro de otros.

S¡ tú no eres solícito para ti ahora, ¿quién tendrá cuidado de ti después?

Ahora es el tiempo muy precioso; «ahora son los días de salud; ahora es el tiempo aceptable» (2 Cor 6,2).

Pero, ¡ay dolor!, que lo gastas sin aprovecharte, pudiendo en él ganar con qué vivir eternamente.

Vendrá cuando desearías un día o una hora para enmendarle, y no sé si te será concedida.

¡Oh hermano! ¡De cuánto peligro te podrías librar y de cuan grave espanto salir si estuvieses siempre temeroso de la muerte y preparado para ella!

Trata ahora de vivir de modo que en la hora de la muerte puedas más bien alegrarte que temer.

Aprende ahora a morir al mundo, para que entonces comiences a vivir con Cristo.

Aprende ahora a despreciarlo todo, para que entonces puedas libremente ir a Cristo.

Castiga ahora tu cuerpo con penitencia, para que entonces puedas tener confianza cierta.

¡Oh necio! ¿Por qué piensas vivir mucho, no teniendo un día seguro?

¡Cuántos se han engañado y han sido separados del cuerpo cuando no lo esperaban!

¿Cuántas veces oíste contar que uno murió a cuchillo, otro se ahogó, otro cayó de lo alto y se quebró la cabeza, otro comiendo se quedo pasmado, a otro jugando le vino su fin? Uno murió con fuego, otro con hierro, otro de peste, otro pereció a mano de ladrones, y así la muerte es fenecimiento de todos, y la vida de los hombres se pasa como sombra rápidamente.

¿Quién se acordará de ti, y quién rogará por ti después de muerto?

Haz ahora, hermano, haz lo que pudieres, que no sabes cuándo morirás; no sabes lo que te acaecerá después de la muerte.

Ahora que tienes tiempo, atesora riquezas inmortales.

Nada pienses fuera de tu salvación y cuida solamente de las cosas de Dios.

«Granjéate ahora amigos», venerando a los santos de Dios e imitando sus obras, «para que cuando salieres» de esta vida «te reciban en las moradas eternas» (Lc 16,9).

Trátase como huésped y peregrino sobre la tierra a quien no le va nada en los negocios del mundo.

Guarda tu corazón libre y levantado a Dios, porque aquí «no tienes domicilio permanente» (Heb 13,14) (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, I, 23).