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LECTIO DIVINA NOVIEMBRE DE 2022

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Festividad de Todos los Santos

          Solemnidad de Todos los Santos, que están con Cristo en la gloria. En el gozo único de esta festividad, la Iglesia Santa, todavía peregrina en la tierra, celebra la memoria de aquellos cuya compañía alegra los cielos, recibiendo así el estímulo de su ejemplo, la dicha de su patrocinio y, un día, la corona del triunfo en la visión eterna de la divina Majestad (elog. del Martiriologio romano). 

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14

2 Y ví otro ángel que subía del oriente; llevaba consigo el sello del Dios vivo y gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar:

3 - No hagáis daño a la tierra, ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente con el sello a los servidores de nuestro Dios.

4 Y oí el número de los marcados con el sello: eran ciento cuarenta y cuatro mil procedentes de todas las tribus de Israel.

9 Después de esto, miré y ví una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie delante del trono y del Cordero. Vestían de blanco, llevaban palmas en las manos

10 y clamaban con voz potente, diciendo: - A nuestro Dios, que esté sentado en el trono, y al Cordero. se debe la salvacion.

11 Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono, alrededor de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, cayeron rostro a tierra delante del trono y adoraron a Dios,

12 diciendo: - Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amen.

13 Entonces uno de los ancianos tomó la palabra y me preguntó: - Estos que están vestidos de blanco ¿quiénes son y de dónde han venido?

14 Yo le respondí: - Tú eres quien lo sabe, Señor: Y él me dijo: - Estos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero.

 

» Sólo <<el retoño de David» (Ap 5,5) puede deshacer los sellos que cierran el libro. El sexto sello se corresponde con la visión de un terrorífico trastorno cósmico, bruscamente impedido por un misterioso ángel que viene de oriente y anuncia la salvación <<a las servidores de nuestro Dios» (v. 3), Los cuatro ángeles encargados de destruir la tierra tienen que detenerse y esperar a que marquen con el sello la frente de los elegidos: el <<resto» de los hijos de Israel, doce mil por cada una de las doce tribus. La imagen evoca el Éxodo, cuando el ángel exterminador <<pasó de largo» (Ex 12) por las casas de los judíos untadas con la sangre del cordero.

Concluido el listado de los marcados, habría que esperar la destrucción. En cambio, inesperadamente irrumpe en la escena una muchedumbre incalculable, que desborda los confines étnicos de Israel: la salvación alcanza a todos los pueblos y naciones, caracterizados por los blancos vestidos del bautismo y las palmas del martirio. Esta muchedumbre inmensa se une al <<resto de Israel» y juntos alaban a Dios y al Cordero. Los ángeles, los ancianos y los cuatro vivientes estén postrados delante del trono de Dios.

Uno de los ancianos se dirige al vidente preguntándole; <<¿Quiénes son éstos?» y ofreciéndole, posteriormente, la respuesta: son los que vienen de la persecución y el martirio (vv l3ss). Quizá se trate de la persecución de Domiciano, prototipo de todas las tribulaciones que en cualquier tiempo y lugar puedan afligir a los creyentes. Es el testimonio de la fe y, sobre todo, de la sangre redentora de Cristo.

 

Segunda lectura: 1 Juan 3,1-3

Hermanos:

1 Considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad  lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo ha conocido a él,

2 Queridos, ahora somos ya hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

3 Todo el que tiene en él esta esperanza se purifica a si mismo, como él es puro.

 

•» con el capítulo 3 de la primera Carta de Juan da comienzo la segunda parte, dedicada a <<vivir como hijos de Dios». La primera se centra en <<caminar a la luz». La conexión entre ambas secciones se consigue mediante una disposición quiástica: la manifestación del Hijo de Dios (2,28) se corresponde con las manifestaciones de los hijos de Dios (3,2); la justicia de Dios (2,29) se corresponde con el hecho de ser hijos de Dios (3,1).

El v. 1 pone en paralelo la <<consideración» (<<...qué amor tan grande»), hecha posible por la revelación del amor de Dios, con el rechazo al <<conocimiento» que viene de la fe. El mundo no nos conoce porque no conoce el amor: o, mejor dicho, no reconoce a los discípulos porque ha rechazado el amor de Jesucristo. El v, 2 remacha: <<Somos hijos de Dios», y juega con los verbos relativos a la revelación: <<manifestar y <<conocer/ver». Todavía no se nos ha manifestado lo que seremos. Sabemos (hemos visto con los ojos de la fe) que cuando se manifieste seremos semejantes a él, porque lo <<veremos» <<tal cual es», en su gloria. El v. 3 explica el sentido de este <<ser semejantes a él», es decir; a Dios. Ahora vivimos en la esperanza: apartados de lo profano, transformados en puros y santos para el culto del templo, como Cristo, el modelo perfecto del creyente.

 

Evangelio: Mateo 5,1-12a

1 Al ver a la gente, Jesús subió al monte, se sentó, y se le acercaron sus discípulos.

2 Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras:

3 Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

4 Dichosos los que estén tristes, porque Dios los consolara.

5 Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra.

6 Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciaré.

7 Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendré misericordia de ellos.

8 Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios.

9 Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

10 Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

11 Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía.

12 Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos.

 

» Las bienaventuranzas son la dirección del <<sermón de la montaña»: los pobres en el espíritu, los tristes, los limpios de corazón... son los destinatarios del discurso. Las bienaventuranzas son la <<Carta Magna» del Reino de los Cielos: para entrar o tener parte hay que encontrarse en alguna de las categorías mencionadas. No son simples <<consejos», sino la <4ley» del evangelio. El monte (5,1) es una clara referencia al otro monte, el Sinaí, donde subió Moisés para recibir las tablas de la Ley.

Cada versículo presenta una situación de debilidad, malestar o sufrimiento, que es considerada <<dichosa» no en si misma, sino porque es fuente de bendición y recompensa futura. La primera y la octava forman una inclusión, la promesa es idéntica: <<De ellos es el Reino de los Cielos» (5,3.10). La última, la más articulada, se refiere directamente a los discípulos, y en concreto por sufrir persecución <<por mi causa». Las cuatro primeras siguen un esquema de contraposición: los pobres poseerán el Reino de los Cielos; los llorones serán consolados; los humildes heredaran la tierra y los hambrientos serán saciados. En otras se hace una constatación: los misericordiosos encontrarán misericordia; los constructores de paz serán llamados hijos de Dios; los perseguidos tendrán su recompensa en los cielos.

Aparecen vocablos muy sugerentes en el lenguaje bíblico, especialmente profético: justicia, misericordia, paz, pureza de corazón, pobreza. Los <<dichosos» descritos por Mateo se corresponden con los <<pobres de YHWH», los piadosos, los profetas perseguidos e incomprendidos del Antiguo Testamento, Algunos añadidos de Mateo, con respecto a Lucas, no son atenuaciones, sino profundizaciones. Los pobres <<en el espíritu» no excluyen, sino que incluyen, a los <<pobres>> a secas. No se puede saciar el hambre <<de justicia» sin saciar el hambre material.

 

MEDITATIO

La santidad pertenece únicamente a Dios, y nadie puede reclamarla nunca para sí. La distancia entre nuestro carácter de criaturas y el Creador, la fractura entre nuestros deseos y nuestras realizaciones, la necesidad de ajustar las cuentas con los compromisos y dolores de la historia nos impiden creer que nuestra filiación divina sea algo que se nos debe. Desde este punto de vista, el balance de la historia es aún ruinoso: no somos santos.

Con todo, podemos construir la santidad en parte, armonizando nuestra propia vida con el designio de justicia que Dios ha pensado para el mundo. Lo hacen «los pobres en el espíritu», que no consiguen encontrar en ellos mismos motivos para ir hacia delante y se confían al grano de mostaza del Reino de Dios. Lo hacen los «servidores» del Señor, que intentan imitar el obrar misericordioso de Dios en la historia para convertirse en un posible signo de salvación, en un poco de levadura del Reino de Dios.

Se trata de tareas desmesuradas, que nadie consigue llegar a término por sí solo. Únicamente si nos confiamos a aquella parte todavía no revelada de nosotros mismos, a la semejanza que nos hace hijos e hijas de Dios y amados por él, sólo si creemos y nos confiamos con fe y amor a la promesa de nuestro bautismo, llegaremos a comprender cómo la salvación forma parte ya de nuestra vida y que es propio de la santidad de Dios sostener nuestra santidad.

 

ORATIO

Padre santo, tú nos has llamado hijos tuyos. Nosotros te damos gracias por tu santidad, que conduce la historia. No comprendemos todavía hasta el fondo lo que significa sentirse amados por tu santidad, pero tú mantienes viva en nosotros la imagen que has proyectado para cada uno.

Hijo justo del Padre, tú nos has abierto un paso en la historia, donde conseguimos ver cómo actúa el Padre en la historia y cómo obra en ella el Hijo. Ayúdanos a imitar tu única filiación, haznos capaces de confiarnos al Padre.

Espíritu de justicia y de santidad, si tú no purificas nuestros corazones nunca seremos capaces de abrir nuestros ojos a la mirada de Dios, nunca seremos capaces de cantar las alabanzas de Dios en la liturgia, no conseguiremos llamarnos hijos. Infunde en nuestro corazón la capacidad de escuchar la voz del Padre que nos llama hijos suyos amados.

 

CONTEMPLATIO

También nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Y lo que produce en nosotros la imagen divina no es otra cosa que la santificación, esto es, la participación en el Hijo en el Espíritu. Así que, después de que la naturaleza humana se hubiera encaminado a la perversión y se hubiera corrompido la belleza de la imagen, fuimos restaurados en el estado original, porque mediante el Espíritu ha sido reformada la imagen del Creador, es decir, del Hijo, a través del cual viene todo del Padre.

También el sapientísimo Pablo dice: «¡Hijos míos, por quienes estoy sufriendo de nuevo dolores de parto hasta que Cristo llegue a tomar forma definitiva en vosotros!» (Gal 4,19). Y él mismo mostrará que la figura de la formación de la que se habla aquí ha sido imprimida en nuestras almas por medio del Espíritu, proclamando: «Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Por nuestra parte, con la cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosa, como corresponde a la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,17ss) (Cirilo de Alejandría, Dialoghi sulla Trinitá, Roma 1982, pp. 302ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: « Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tu verdadera identidad es ser hijo de Dios. Esa es la identidad que debes aceptar. Una vez que la hayas reivindicado y te hayas instalado en ella, puedes vivir en un mundo que te proporciona mucha alegría y, también, mucho dolor. Puedes recibir tanto la alabanza como el vituperio que te lleguen como ocasiones para fortalecer tu identidad fundamental, porque la identidad que te hace libre está anclada más allá de toda alabanza y de todo vituperio humano. Tú perteneces a Dios y, como hijo de Dios, has sido enviado al mundo.

Dado que ese lugar profundo que hay dentro de ti y donde se arraiga tu identidad de hijo de Dios lo has desconocido durante mucho tiempo, los que eran capaces de afectarte han tenido sobre ti un poder repentino y a menudo aplastante. Pero no podían llevar a cabo aquel papel divino, y por eso te dejaron, y te sentiste abandonado. Pero es precisamente esta experiencia de abandono la que te ha atraído a tu verdadera identidad de hijo de Dios.

Sólo Dios puede habitar plenamente en lo más hondo de ti. Puede ser que haga falta mucho tiempo y mucha disciplina para volver a unir tu yo profundo, escondido, con tu yo público, que es conocido, amado y aceptado, aunque también criticado por el mundo; sin embargo, de manera gradual, podrás empezar a sentirte más conectado a él y llegar a ser lo que verdaderamente eres: hijo de Dios (H. J. M. Nouwen, La voce dell'amore, Brescia 21997, pp. 98ss, passim).

 

 

Día 2

Conmemoración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre)

 

Creemos por fe que la muerte no es el final de la existencia humana, sino la entrada en una condición de vida nueva y definitiva: en Dios y ¡unto con todos los redimidos. La realidad de la comunión de los santos nos da la certeza de que los hermanos todavía no purificados del todo pueden recibir ayuda y consuelo por medio de nuestra oración. Por eso la Iglesia, acogiendo una antigua tradición monástica, ha dedicado un día entero a la oración de sufragio por los fieles difuntos, fijando su fecha en el 2 de noviembre, inmediatamente después de la fiesta de Todos los santos.

LECTIO

Primera lectura: Job 19,1-23-27a

1 Job tomó la palabra y dijo:

23 ¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en el bronce!

24 ¡Ojalá con punzón de hierro y plomo se esculpieran para siempre en la roca!

25 Pues yo sé que mi defensor está vivo y que él, al final, se alzará sobre el polvo;

26 y después que mi piel se haya consumido, con mi propia carne veré a Dios.

27 Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño, y en mi interior suspirarán mis entrañas.

 

*•• No resulta fácil compartir el sufrimiento de otro. Los amigos de Job no le ofrecen más que discursos hechos a partir de tópicos y frustrados por una sabiduría demasiado fácil. Muy distintas son las palabras de su respuesta. En efecto, cuando se encuentra casi en el umbral de la muerte y la soledad le destroza el corazón (vv. 19-22), Job intuye que Dios es su redentor, su go'el, o sea -siguiendo la práctica jurídica judía-, el pariente cercano que debe comprometerse a rescatar corriendo con los gastos (o vengar) a su pariente en caso de esclavitud, de pobreza, de asesinato. Así pues, Job puede apelar a Dios como a su último defensor, como al ser vivo que se compromete a sí mismo en favor del hombre que muere, puesto que entre Dios y el hombre existe una especie de parentesco, un vínculo indisoluble.

Job lo afirma con vigor (vv. 26ss): sus ojos contemplarán a Dios con la familiaridad de quien no es extraño a su vida.

 

Segunda lectura: Romanos 5,5-11

Hermanos:

5 Una esperanza que no engaña porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones.

6 Estábamos nosotros incapacitados para salvarnos, pero Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado.

7 Es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien, aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir.

8 Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores.

9 Con mayor razón, pues, a quienes ha puesto en camino de salvación por medio de su sangre los salvará definitivamente del castigo.

10 Porque si siendo enemigos Dios nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, nos salvara para hacernos partícipes de su vida.

11 Y no sólo esto, sino que nos sentimos también orgullosos de un Dios que ya desde ahora nos ha concedido la reconciliación por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

*•• La esperanza del hombre frente al enigma de la muerte no es vana. Como ya había intuido Job, Dios es realmente nuestro «Redentor», porque nos ama. Se ha comprometido a rescatarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte pagando el precio de la sangre de su Hijo (vv. 6-9), de un modo absolutamente gratuito. Nosotros, en efecto, éramos pecadores, impíos, enemigos, pero el Señor nos ha reconocido como «suyos» y ha muerto por nosotros, arrancándonos de la muerte eterna.

Por medio del bautismo, y participando en el misterio pascual de Cristo, es como acogemos esta gracia. Su muerte nos ha reconciliado con el Padre, su resurrección nos permite vivir como salvados. Rompiendo continuamente los lazos con el pecado y dejándonos guiar por el Espíritu derramado en nuestros corazones, actualizamos cada día la gracia de nuestro nuevo nacimiento.

 

Evangelio: Juan 6,37-40

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre:

37 Todos los que me da el Padre vendrán a mí, y yo no rechazaré nunca al que venga a mí.

38 Porque yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.

39 Y su voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día.

40 Mi Padre quiere que todos los que vean al Hijo y crean en él tengan vida eterna, y yo los resucitaré en el último día.

 

**• El verdadero centro de esta perícopa es la voluntad de Dios, a cuyo cumplimiento está orientada por completo la misión de Jesús (v. 38). Esa voluntad es un designio de vida y de salvación ofrecido a todo hombre («todos»: v. 40) a través de la mediación de Cristo, a fin de que nadie se pierda (v. 39). El designio de Dios manifiesta así su ilimitada gratuidad y, al mismo tiempo, la afectuosa atención de su caridad con cada uno. Para recibirla, es preciso responder con el libre consentimiento de la fe: quien cree en el Hijo tiene ya desde ahora la vida eterna, porque se adhiere a aquel que es la resurrección y la vida, y sólo él puede llevarnos consigo más allá del insuperable límite de la muerte.

 

MEDITATIO

Ante la muerte se impone el silencio, ese silencio que, haciéndonos entrar en el diálogo de la eternidad y revelándonos el lenguaje del amor, nos pone en una comunicación profunda con este insondable misterio. Existe un vínculo fortísimo entre aquellos que han dejado de vivir en el espacio y en el tiempo y los que se encuentran aún inmersos en ellos. Si bien la desaparición física de las personas queridas nos hace sufrir su inalcanzable lejanía, mediante la fe y la oración experimentamos una más íntima comunión con ellos. Cuando parece que nos dejan es en realidad el momento en el que se establecen más firmemente en nuestra vida: siguen estando presentes en nosotros, forman parte de nuestra interioridad, los encontramos en esa patria que ya llevamos en el corazón, allí donde habita la Trinidad.

San Pablo nos anima a vivir de una manera positiva el misterio de la muerte, haciéndole frente día tras día, aceptándola como una ley de la naturaleza y de la gracia, para ser despojados progresivamente de lo que debe perecer hasta encontrarnos ya milagrosamente transformados en aquello en que debemos convertirnos. La «muerte cotidiana» se revela así más bien como un nacimiento: el lento declinar y el ocaso desembocan en un alba luminosa. Todos los sufrimientos, las fatigas y las tribulaciones de la vida presente forman parte de este necesario, de este cotidiano morir, a fin de pasar a la vida inmortal. Debemos vivir fijando nuestra mirada en el objeto de la bienaventurada esperanza, apoyándonos únicamente en la fidelidad del Señor, que nos ha prometido la eternidad.

Si vivimos así, cuando lleguemos al ocaso de esta vida no veremos caer las tinieblas de la noche, sino que aparecerá ante nosotros -una expectativa sorprendente, no obstante-, el alba de la eternidad y tendremos la inefable alegría de sentirnos una sola cosa con el Señor.

Después de una larga fatiga seremos plenamente suyos y esa pertenencia será plenitud de bienaventuranza en la visión cara a cara.

 

ORATIO

Señor, cada día se eleva desde la tierra una acongojada oración por aquellos que han desaparecido en el misterio: la oración que pide reposo para el que expía, luz para el que espera, paz para quien anhela tu amor infinito.

Descansen en paz: en la paz del puerto, en la paz de la meta, en tu paz, Señor. Que vivan en tu amor aquellos a los que he amado, aquellos que me han amado. No olvides, Señor, ningún pensamiento de bien que me haya sido dirigido, y el mal, oh Padre, olvídalo, cancélalo.

A los que pasaron por el dolor, a los que parecieron sacrificados por un destino adverso, revélales, contigo mismo, los secretos de tu justicia, los misterios de tu amor. Concédenos esa vida interior para que en la intimidad nos comuniquemos con el mundo invisible en el que están: con ese mundo fuera del tiempo y del espacio que no es lugar, sino estado, y no está lejos de nosotros, sino a nuestro alrededor; que no es de muertos, sino de vivos (Primo Mazzolari).

 

CONTEMPLATIO

Señor, Señor Jesús, tú eres la vida eterna de la patria verdadera y eterna, puesto que tú nos la has procurado.

Tú eres la lámpara de la casa paterna que ilumina suavemente, tú eres el sol de la justicia en la tierra, tú eres el día que no llega nunca al término, tú eres el lucero del alba. Allí sólo tú eres el templo, el sacerdote y la víctima.

Tú sólo el rey y el jefe, el Señor y el maestro; tú eres el sendero de la unificación, tú eres el manantial y la paz, tú eres la dulzura infinita. Allí todos los que te pertenecen te siguen, y tú estás siempre, no te vas nunca, diriges la casta danza sobre los prados de la alegría...

Por eso, cuando se despierta en nosotros la nostalgia de la vida eterna, de la patria verdadera, de la comunión con todos los santos allá arriba en la ciudad que está sobre los montes elevados, entonces debemos convertirnos aquí abajo en humildemente pequeños en la casa del Señor, debemos cargar sobre nosotros la aflicción junto con nuestra Madre dolorosa, la Iglesia (Quodvultdeus de Cartago, cit. en K. Rahner, Mater Ecclesiae, Milán 1972, p. 108).

 

ACTIO

        Repite hoy con frecuencia esta oración: «Dales, Señor, el descanso eterno; brille para ellos una luz perpetua. Descansen en paz- Amén».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No se debe morir cuando se ama. La familia no debería conocer la muerte. Se unen para la eternidad, y para la eternidad dan la vida a otras personas. La muerte no es sólo el huésped que no se puede evitar. Se podría decir que es un miembro de la familia, un miembro celoso que, cuando llega, aleja a otros.

Sea quien sea la persona que veamos alejarse, la vida queda cambiada. Toda muerte lacera la carne común. La familia, precisamente porque es preparación para la vida, es también preparación para la muerte, y en esta cita común con el misterio no es posible saber quién será llamado el primero.

¿Por qué no se nos permite morir al mismo tiempo? Éste sería el deseo más vivo del amor, una nueva bendición nupcial a la que consentiríamos con alegría. Pero ese caso es muy raro. La Providencia tiene otros fines. Algunos de ellos son evidentes, otros se nos escapan. Por eso es difícil la fe. Nos creemos víctimas de la fatalidad, y no pensamos que, también con la muerte, sigue siendo el amor un don insigne. En una casa hay desgracias mucho más graves que la muerte. ¡Cuántas tragedias ocurren sin que nadie haya desaparecido, y cuánta ternura conservada en ausencia de las personas queridas!

La muerte no es siempre una enemiga. Mientras la padece, el amor es capaz de vencerla. Vivir significa con frecuencia separarse; morir significa, en cambio, reunirse. No es una paradoja: para aquellos que han llegado al amor más grande, la muerte es una consagración y no una ruptura. En el rondo, nadie muere verdaderamente, porque nadie puede salir de Dios. Ese que nos parece haberse detenido de improviso continúa su camino. Ha sido como pasar una página, mientras escribía su vida. De él hemos perdido lo que poseíamos de una manera temporal, pero se posee para la eternidad sólo lo que se ha perdido. La vida y la muerte no son más que aspectos diferentes de un único destino; cuando se entra en él con el corazón, ya no se distingue (A. G. Sertillanges, Nos disparus, París 1970, pp. 5-10, passím). 

 

 

Día 3

Jueves XXXI semana del Tiempo ordinario o 3 de Noviembre, conmemoración de

 San Martín de Porres

Nació en Lima, Perú, el 9 de diciembre de 1579. Sus padres fueron Juan, un caballero español, y Ana, una negra libre panameña. Pasó unos años de su infancia en Ecuador. De regreso con su madre en Lima, a los 12 años trabaja de aprendiz de peluquero y asistente de sacamuelas. Conoce al dominico fray Juan de Lorenzana y éste le invita a entrar en el convento. La legislación de entonces le impedía ser religioso por el color y por la raza. Martín ingresa como donado. En una visita que hace su padre al convento, habla con el padre superior y fray Martín pasa a ser hermano cooperador. El 2 de junio de 1603 se consagra a Dios con la profesión religiosa en la orden de Predicadores. Su anhelo es «pasar desapercibido y ser el último». La escoba y la cruz serán las compañeras inseparables de su vida conventual. Muere el 3 de noviembre de 1639. El 6 de mayo de 1963, 300 años después de su muerte, fue canonizado por su buen devoto el papa Juan XXIII.

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 3,3-8a

Hermanos:

3 La verdadera circuncisión somos nosotros, los que tributamos un culto nacido del Espíritu de Dios y hemos puesto nuestro orgullo en Jesucristo, en lugar de confiar en nosotros mismos.

4 Y eso que, en lo que a mí respecta, tendría motivos para confiar en mis títulos humanos. Nadie puede hacerlo con más razón que yo.

5 Fui circuncidado a los ocho días de nacer, soy del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo por los cuatro costados, fariseo en cuanto al modo de entender la Ley,

6 ardiente perseguidor de la Iglesia e irreprochable en lo que se refiere al cumplimiento de la Ley.

7 Pero lo que entonces consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por amor a Cristo.

8 Es más, pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

 

*•• Pablo abre la parte exhortatoria de esta carta con una especie de autobiografía. Se ve obligado a hacerlo frente a aquellos que no sólo se cierran a la llamada salvífica que se desprende del Evangelio, sino que también intentan denigrar su persona y su misión apostólica. De esto depende el carácter, polémico en parte, de este pasaje.

Sin embargo, esto brinda a Pablo la ocasión de presentar a todos, y no sólo a los filipenses, su origen hebreo, su vocación apostólica, su fidelidad a la misma.

De este modo nos hace ver que, para comprender sus cartas, resulta indispensable pasar a través de su personalidad, sobre todo a través del gran acontecimiento de Damasco, que marca su conversión a Cristo Señor y el comienzo de su misión. Pero le brinda, sobre todo, la ocasión de declarar abiertamente un hecho: el encuentro con Cristo ha invertido literalmente su manera de ver las cosas, su criterio valorativo sobre hechos y personas.

Por encima de todo y de todos está ahora, para él, Cristo, el Señor, no sólo como objeto de su fe, sino también como fuente de su misión y, lo más importante, como destinatario de su amor. Pablo expresa esta inversión de los valores con una frase extremadamente significativa: «Pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (v. 8).

Éste es el único lugar en todo el epistolario paulino en que el adjetivo posesivo «mi» aparece junto al título cristológico «Señor»: esto es signo no sólo del hecho de que Pablo se encontró con Jesús resucitado, sino también de la gran intimidad que alcanzó su amor con el mismo Jesús.

 

Evangelio: Lucas 15,1-10

En aquel tiempo,

1 todos los publícanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle.

2 Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban:

-Éste anda con pecadores y come con ellos.

3 Entonces Jesús les dijo esta parábola:

4 -¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la descarriada hasta que la encuentra?

5 Y cuando da con ella, se la echa a los hombros lleno de alegría

6 y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!».

7 Pues os aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

8 O ¿qué mujer, si tiene diez monedas y se le pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y la busca con todo cuidado hasta encontrarla?

9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había extraviado!».

10 Os aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta.

 

*•• Estamos ante el capítulo central del evangelio según san Lucas; en él ha querido concentrar su autor el mensaje principal de su obra: el Evangelio de la misericordia.

Al mismo tiempo, y según los estudiosos, Lucas nos aproxima lo más posible al Jesús histórico, que vino a nosotros sobre todo a anunciar y a encarnar el amor misericordioso del Padre.

Los dos primeros versículos del pasaje evangélico nos ofrecen el contexto histórico de las tres parábolas contenidas en este capítulo. Por un lado, los publícanos y los pecadores, que se acercan a Jesús «para oírle» (v. 1) -sabemos que Jesús sentía una especial debilidad por ellos-. Por otro lado, los fariseos y los maestros de la Ley, que murmuraban en contra de él -y también sabemos que Jesús les dirigía con frecuencia amargas palabras-. Las parábolas de la oveja extraviada y la moneda perdida -junto a la parábola del padre misericordioso que nos presenta Jesús como icono de Dios-padre han de ser interpretadas a la luz del contexto histórico: ambas, por consiguiente, pretenden iluminar, por un lado, la situación de lo que estaba perdido y de quién estaba perdido y, por otro, la alegría del que ha podido encontrar lo que había perdido.

La alegría del hombre es trampolín de lanzamiento hacia la alegría de Dios: Lucas subraya fuertemente tres veces, a modo de estribillo, la alegría de Aquel que ha amado tanto al mundo que le ha dado a su Hijo y obtiene de ello la máxima alegría posible.

 

MEDITATIO

Que se alegren los que buscan al Señor: el estribillo del salmo responsorial de la liturgia de hoy sintetiza bastante bien el mensaje central. Como es obvio, cuando se habla de «alegría», en la jerga bíblica y, sobre todo, en la evangélica, es menester liberarla de todo significado exterior y efímero. Se trata, más bien, de una alegría exquisitamente personal, interpersonal, que crece en la medida en que es participada y compartida.

Es la alegría de Pablo, que brota del sublime conocimiento de Jesucristo y desea compartir con los cristianos de Filipos; es la alegría del Padre, que goza más en el cielo por un pecador convertido que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión; es la alegría de Cristo, el buen Pastor dispuesto a dar su vida por la salvación de un solo pecador; pero es también nuestra alegría, la de los pecadores que sabemos que tenemos en el cielo un Padre misericordioso, además de un mediador compasivo y amoroso, del mismo modo que sabemos que tenemos también en la tierra alguien que, en su nombre, ha recibido el ministerio de perdonar nuestros pecados, a fin de que aprendamos a ser compasivos y misericordiosos con nuestros hermanos.

Es, por consiguiente, la alegría del perdón otorgado a quien lo necesita y lo pide con humildad, pero es también la alegría del perdón pedido con humildad, acogido con gratitud y evangelizado con valor.

 

ORATIO

¿Fariseo? A veces lo soy, y tú entonces, Señor, me condenas, porque, tras haberme vuelto seguro con una lógica intransigente, me vuelvo intolerante con los que son esclavos de normas absolutas que ofuscan y desaprueban la libre aportación de decisiones individuales destinadas a situaciones específicas. Esta actitud me convierte en un «sepulcro blanqueado», irreprensible en cuanto a la justicia -como dice Pablo- y duro con las limitaciones ajenas. Pero tú has dicho: «¡Ay de los que juzgan...!».

¿Publicano? Así me presento, y tú, Señor, me perdonas porque no soy «justo» a mis ojos. Esta visión, más humana y más real, de mi debilidad me permite experimentar tu misericordia, gustar tu amor y vivir con agradecimiento en una actitud de respeto hacia ti, hacia mí mismo, hacia los otros, hacia el mundo. Al amor se le responde con alegría, y por eso «se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta».

 

CONTEMPLATIO

Considera cuan grande es la dulzura y la piedad de Dios, su clemencia y bondad; cuan suave es con todos, compasivo en todas sus acciones, siempre dispuesto a perdonar, «clemente y misericordioso, lento a la ira, rico en amor y siempre dispuesto a perdonar. ¡Quién sabe si no perdonará una vez más!» (Jl 2,13). «Padre misericordioso y Dios de todo consuelo. Él es el que nos conforta en todas nuestras tribulaciones» (2 Cor l,3ss).

Y «como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por sus fieles» (Sal 103,13). Sobre todo, debemos considerar que si el Padre «no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él?» (Rom 8,32), «reconciliando el mundo consigo en Cristo» (2 Cor 5,19), el cual «nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre» (Ap 1,5) y, por nosotros, se revistió de la carne, fue ultrajado con la cruz y condenado a muerte.

¿Crees que alguien que ha sufrido tanto por ti te abandonará? No lo pienses jamás. ¿A cuántos que se alejaron más que tú de él los llamó junto a él? En efecto, él es aquel por el cual «allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5,20). De ello es testigo el santo David, que cometió un gran pecado manchándose de adulterio, homicidio y traición... pero donde abundó la impureza, sobreabundó la pureza; donde abundó la crueldad, sobreabundó la piedad; donde abundó el engaño, sobreabundó la rectitud. Encontraríamos innumerables casos similares si quisiéramos recordar todos aquellos en los que Dios, con su misericordia y piedad, remitió la iniquidad y perdonó los pecados, purificándolos, justificándolos y santificándolos en el Espíritu Santo.

Verdaderamente, «como dista el Oriente del Occidente, así ha alejado de ellos sus culpas el Señor» (Sal 103,12), introduciendo en ellos el bien allí donde estaba el mal, el mérito donde estaba la injusticia, la gracia donde estaba arraigada la culpa (Adam Scott, cartujo del siglo XIII).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que se alegren los que buscan al Señor» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si un padre es dueño, sólo es libre el hijo que se rebela, esto es, el ateo. En cambio, si el padre es misericordia, amor, alguien que da libertad, entonces es libre el hijo que vive la libertad. El problema, por tanto, es el de la imagen de Dios. Si Dios es la ley, entonces es antagonista de mi libertad. En cambio, si Dios es Padre, entonces no es antagonista de mi libertad, sino que me forma para ella incluso a través de la ley, que tiene una función pedagógica. Ahora bien, la ley lleva siempre en sí misma el peligro de mantener al hombre en estado de minoría de edad.

El riesgo que corre el cristiano es el de no comprender que la humanidad puede llegar a ser mayor de edad (S. Fausti).

 

 

Día 4

Viernes de la XXXI semana del Tiempo ordinario o 4 de noviembre, conmemoración de

San Carlos Borromeo

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 3,17-4,1

3,17 Imitad mi ejemplo, hermanos, y fijaos en quienes me han tomado como norma de conducta.

18 Pues como ya os advertí muchas veces, y ahora tengo que recordároslo con lágrimas en los ojos, muchos de los que están entre vosotros son enemigos de la cruz de Cristo.

19 Su paradero es la perdición; su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarles y sólo piensan en las cosas de la tierra.

20 Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor.

21 Él transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter todas las cosas.

4,1 Por tanto, hermanos míos queridos y añorados, vosotros, que sois mi gozo y mi corona, manteneos firmes en el Señor, queridos.

 

**• Pablo señala dos caminos posibles a los cristianos de Filipos, que desean hacerse discípulos del Crucificado: uno es aquel por el que caminan «los enemigos de la cruz de Cristo» (3,18). Son esos cuyo «paradero es la perdición; su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarles y sólo piensan en las cosas de la tierra» (v. 19) y están completamente absorbidos por los intereses terrenos. Para ésos, «su paradero es la perdición» (v. 19a). Resulta fácil entrever en esta categoría de personas a un grupo de cristianos que, a pesar de haberlo recibido ya, se han olvidado del bautismo y, sobre todo, se han perdido en una práctica de vida contraria al Evangelio. El otro camino es el recorrido e indicado por el mismo Pablo y por los que se han mantenido fieles a la «regla de vida» que han aprendido. Pablo no siente pudor a la hora de ponerse como «ejemplo» (v. 17) no tanto por los dones naturales que ha recibido como por el don de la gracia que le sorprendió en el camino de Damasco y le descompuso literalmente su vida, dándole una nueva orientación: nueva según la novedad de Cristo muerto y resucitado.

Los fieles de Filipos están invitados, por tanto, a realizar su elección libre y consciente no sólo en virtud del ejemplo que tienen delante, sino también y sobre todo en virtud de la esperanza que alimentan, a saber: «Tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor» (v. 20). Es tal el bien que espero (se dibuja aquí la patria celestial, lugar de alegría indefectible y de comunión amistosa) que acepto por él cualquier pena (ésa es la dura batalla que cada uno está llamado a librar en los días de su vida terrena). Se advierte así la dinámica del ya pero todavía no que caracteriza la experiencia de todo creyente.

 

Evangelio: Lucas 16,1-8

En aquel tiempo,

1 decía Jesús a sus discípulos: -Había un hombre rico que tenía un administrador, a quien acusaron ante su amo de malversar sus bienes.

2 El amo le llamó y le dijo: «¿Qué es lo que oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque no vas a poder seguir desempeñando ese cargo».

3 El administrador se puso a pensar: «¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita la administración? Cavar ya no puedo, pedir limosna me da vergüenza.

4 Ya sé lo que voy a hacer para que alguien me reciba en su casa cuando me quiten la administración».

5 Entonces llamó a todos los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?».

6 Le contestó: «Cien barriles de aceite». Y él le dijo: «Toma tu recibo, siéntate y escribe en seguida cincuenta».

7 A otro le dijo: «Y tú, ¿cuánto debes?». Le contestó: «Cien sacos de trigo». Él le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta».

8 Y el amo alabó a aquel administrador inicuo, porque había obrado sagazmente. Y es que los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su propia gente que los que pertenecen a la luz.

 

*+• Para captar el pensamiento de Jesús a través de esta parábola es preciso tener presente el contexto global del capítulo, cuyo centro vital está constituido por el v. 14, que dice así: «Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús».

Del mismo modo que la primera parábola (w. 1-8) enseña el modo correcto de usar los bienes de la tierra, la segunda -la del rico epulón (w. 19-31)- enseña cómo no deben ser usados. En todo caso, la lección tiene como tema la philargyría, es decir, el amor al dinero.

A primera vista, la parábola del administrador infiel podría suscitar cierto asombro e incluso cierto escándalo, precisamente porque Jesús alaba su conducta, a pesar de su actitud astuta, deshonesta y egoísta. Más adelante, Lucas comparará a Dios con un juez que no practica la justicia (Le 18,1-8), y también en Mt 10,16 se invita a los discípulos a ser astutos como serpientes.

Con todo, no debemos escandalizarnos en absoluto: el Señor no nos ofrece como modelo a un estafador o a un pillo; lo que hace, más bien, es recordarnos que somos responsables de unos bienes que no nos pertenecen del todo, sino que hemos de considerarlos como dones de Dios y, en consecuencia, hemos de tratarlos, al mismo tiempo, con una prudencia y una audacia dignas de los hijos de Dios.

Ciertamente, no es fácil captar la «intención» de la parábola, pero al final del fragmento se nos ofrecen pistas que nos ponen en el buen camino: Jesús desea que los hijos de la luz, en su camino terreno, en su intento de conseguir los verdaderos bienes -los eternos-, se muestren más astutos que los hijos de este mundo (v. 8b). La astucia de la que habla Jesús está en función directa del deseo y de la consecución del verdadero bien.

 

MEDITATIO

Captamos diferentes estímulos en este fragmento evangélico: con ellos quiere Jesús provocar nuestra reflexión y nuestra respuesta. Aunque el discurso se haga, en ocasiones, difícil y la respuesta bastante comprometedora, el verdadero discípulo de Jesús no puede sustraerse a sus deberes concretos. En primer lugar, es preciso mantener la confrontación con los hijos de este mundo: en el evangelio encontramos muchísimas veces la invitación a ser animosos no sólo frente a la propuesta divina, sino también frente a aquellos que no quieren saber nada ni del Evangelio ni de la vida cristiana.

Por eso, no basta con la astucia; se requiere también el coraje, la osadía y la audacia de quien sabe que posee una palabra superior a cualquier otra y puede apoyarse en una promesa que no puede ser retractada. Del contexto global del capítulo se desprende una segunda gran invitación, que concreta el coraje evangélico: nuestros verdaderos amigos son los pobres, y se requiere, a buen seguro, un coraje de león para considerarlos como nuestros primeros y más queridos amigos. Quien llega a considerarlos como tales demuestra ser de verdad «listo» según Jesús, aunque no ciertamente según la lógica del mundo. Llegados a este punto, ya no queda ninguna incertidumbre sobre la astucia por la que el administrador deshonesto es alabado por su señor. La luz que se desprende de esta parábola nos llega a todos nosotros e iluminará nuestro camino en la medida en que nos dispongamos a invocarla, a acogerla y a caminar por el sendero que abre delante de nosotros.

 

ORATIO

Me preguntas, Señor: «¿Por qué andas indeciso?».

Decir la verdad... cuesta sangre, Señor;

descubrir mis mezquindades... me expone, Señor;

perder mis seguridades... es duro, Señor;

aceptar la desaprobación... es doloroso, Señor;

ver bloqueados mis planes... me disgusta, Señor;

reconocer mis infidelidades... me hace daño, Señor;

mostrar mis debilidades... me humilla, Señor;

renunciar a mis razones... no lo soporto, Señor.

El precio que hemos de pagar para ser honestos es

elevado, pero servir a dos señores me repugna.

Señor, ayúdame a ser honesto,

¡cueste lo que cueste!

 

CONTEMPLAIO

Al ver Dios que el temor arruinaba al mundo, trató inmediatamente de volverlo a llamar con amor, de invitarlo con su gracia, de sostenerlo con su caridad, de vinculárselo con su afecto.

Por eso purificó la tierra, afincada en el mal, con un diluvio vengador y llamó a Noé padre de la nueva generación, persuadiéndolo con suaves palabras, ofreciéndole una confianza familiar, al mismo tiempo que le instruía piadosamente sobre el presente y lo consolaba con su gracia, respecto al futuro. Y no le dio ya órdenes, sino que con el esfuerzo de su colaboración encerró en el arca las criaturas de todo el mundo, de manera que el amor que surgía de esta colaboración acabase con el temor de la servidumbre, y se conservara con el amor común lo que se había salvado con el común esfuerzo.

Por eso también llamó a Abrahán de entre los gentiles, engrandeció su nombre, lo hizo padre de la fe, le acompañó en el camino, le protegió entre los extraños, le otorgó riquezas, le honró con triunfos, se le obligó con promesas, lo libró de injurias, se hizo su huésped bondadoso, lo glorificó con una descendencia de la que ya desesperaba; todo ello para que, rebosante de tantos bienes, seducido por tamaña dulzura de la caridad divina, aprendiera a amar a Dios y no a temerlo, a venerarlo con amor y no con temor. Por eso también consoló en sueños a Jacob en su huida, y a su regreso le incitó a combatir y lo retuvo con el abrazo del luchador; para que amase al padre de aquel combate y no le temiese. Y asimismo interpeló a Moisés en su lengua vernácula, le habló con paterna caridad y le invitó a ser el liberador de su pueblo.

Pero así que la llama del amor divino prendió en los corazones humanos y toda la ebriedad del amor de Dios se derramó sobre los humanos sentidos, satisfecho el espíritu por todo lo que hemos recordado, los hombres comenzaron a querer contemplar a Dios con sus ojos carnales. Pero la angosta mirada humana ¿cómo iba a poder abarcar a Dios, al que no abarca todo el mundo creado? La exigencia del amor no atiende a lo que va a ser, o a lo que debe o puede ser. El amor ignora el juicio, carece de razón, no conoce la medida. El amor no se aquieta ante lo imposible, no se remedia con la dificultad. El amor es capaz de matar al amante si no puede alcanzar lo deseado; va a donde se siente arrastrado, no a donde debe ir.

El amor engendra el deseo, se crece con el ardor y, por el ardor, tiende a lo inalcanzable. ¿Y qué más? El amor no puede quedarse sin ver lo que ama: por eso los santos tuvieron en poco todos sus merecimientos si no iban a poder ver a Dios. Moisés se atreve por ello a decir: Si he obtenido tu  favor, enséñame tu gloria. Y otro dice también: Déjame ver tu figura. Incluso los mismos gentiles modelaron sus ídolos para poder contemplar con sus propios ojos lo que veneraban en medio de sus errores (Pedro Crisólogo, Sermón 147, en PL 52, 594-595).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos» (Flp 3,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo que hacemos representa menos que una gota en el océano, pero sin esa gota le faltaría algo al océano. Yo soy un lápiz de Dios. Él escribe lo que quiere. Por sangre y origen soy albanesa. Tengo la ciudadanía india. Soy una monja católica. Por vocación, pertenezco a todo el mundo. En el corazón, pertenezco por completo al corazón de Jesús... Nuestra gente apenas consigue mantenerse en pie. Están hambrientos, o enfermos, o desnudos. Ni siquiera son capaces de sostener la caña de pescar. Lo que yo hago es darles un pescado para comer hasta que estén lo suficientemente fuertes. Entonces los entregaré a vosotros, vosotros les entregaréis la caña y les enseñaréis a pescar...

Me he visto obligada a padecer la celebridad. La uso por amor a Jesús. Cuando hablan de mí, los periódicos y las televisiones hablan de los pobres y de este modo despiertan la atención sobre los pobres. Vale la pena soportar este peso... si no voy al cielo por cualquier otra cosa, iré por toda la publicidad que me rodea, porque con ella me he sacrificado y purificado, y me ha preparado para el paraíso (Madre Teresa de Calcuta).

 

 

Día 5

Sábado XXXI semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 4,10-19

Hermanos:

10 Mi alegría como creyente ha sido grande al ver renacer vuestro interés por mí. De hecho, lo teníais ya, pero no habíais tenido ocasión de manifestarlo.

11 Y no os digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a arreglármelas en cualquier situación.

12 Sé pasar estrecheces y vivir en la abundancia. A todas y cada una de estas cosas estoy acostumbrado: a la hartura y al hambre, a que me sobre y a que me falte.

13 De todo me siento capaz, pues Cristo me da la fuerza.

14 Sin embargo, habéis tenido un hermoso gesto al solidarizaros conmigo en la tribulación.

15 Vosotros sabéis, filipenses, que cuando comenzó a extenderse el Evangelio y partí de Macedonia, con ninguna Iglesia tuve cuenta de haber y debe, sino sólo con vosotros.

16 Y sabéis también que cuando estaba en Tesalónica por dos veces me enviasteis con qué atender a mi necesidad.

17 Y n o es que yo busque regalos; lo que busco es que se multipliquen los intereses en vuestra cuenta.

18 Acuso, pues, recibo de todo y tengo más que suficiente. Me siento colmado, una vez que he recibido por medio de Epafrodito vuestros obsequios, que son ofrenda de suave olor y sacrificio que Dios acepta con agrado.

19 Mi Dios, que es rico, atenderá con largueza todas vuestras necesidades por medio de Cristo Jesús.

 

*•- Las relaciones de Pablo con la comunidad de Filipos estuvieron inspiradas siempre por la máxima franqueza y familiaridad: el apóstol aceptó incluso ser ayudado con bienes materiales. En este punto se alegra no sólo por los dones recibidos, sino también por la caridad que se encontraba en la base de su ayuda, que le llegó a Pablo en un momento particularmente difícil de su misión.

En primer lugar aparece la estupenda libertad apostólica, de la que Pablo se siente justamente orgulloso: podría prescindir de todo, porque ahora ha aprendido a ser pobre con quien es pobre (w. llss). Se trata de una libertad radical, que, sin embargo, no se sustrae a los vínculos de la comunión engendrada por la caridad.

Pero es, sobre todo, la caridad de los filipenses, como signo de la caridad de Cristo, lo que inspira este pasaje de las cartas paulinas: al servicio de este ideal ha puesto Pablo toda su predicación, todo su empeño apostólico. En efecto, el apóstol no ha buscado los bienes ajenos, sino más bien ese don, que, mediante la escucha de la Palabra y de la fe, le une a Cristo, su salvador. El paso, por tanto, va del don ofrecido al apóstol al don recibido por Dios: de ahí resulta una triple relación que liga lo entregado al donante por medio de aquel que se ha hecho servidor de ambos. Y es muy hermoso señalar que la alegría del apóstol Pablo brota, en primer lugar, de la constatación de que, obrando de este modo, los creyentes viven en plenitud el humanismo cristiano que ha descrito en los w. 8ss de este mismo capítulo.

 

Evangelio: Lucas 16,9-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

9 Haceos amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengáis que dejarlos, os recibirán en las moradas eternas.

10 El que es de fiar en lo poco lo es también en lo mucho. Y el que es injusto en lo poco lo es también en lo mucho.

11 Pues si no fuisteis de fiar en los bienes de este mundo, ¿quién os confiará el verdadero bien?

12 Y si no fuisteis de fiar administrando bienes ajenos, ¿quién os confiará lo que es vuestro?

13 Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.

14 Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús.

15 Él les dijo: -Vosotros queréis pasar por hombres de bien ante la gente, pero Dios conoce vuestros corazones; porque, en realidad, lo que parece valioso para los hombres es despreciable para Dios.

 

*• Recién acabada la parábola anterior, toma Jesús la palabra y explícita su enseñanza, una enseñanza que se vertebra de este modo: en primer lugar, encontramos una referencia explícita a la muerte, al momento en el que el dinero perderá su valor, cuando se nos quitará su administración y, por consiguiente, perderemos toda posibilidad de negociar con los dones que hemos recibido (v. 9). En segundo lugar, se nos dirige una invitación a la fidelidad frente al peligro de la deshonestidad (w. lOss). Se trata de un discurso sapiencial mediante el que Jesús se preocupa de pedirnos nuestra adhesión libre y gozosa al ideal de la pobreza evangélica. En efecto, la caridad, si no se conjuga con la pobreza, difícilmente asume los caracteres del ideal evangélico.

Jesús enuncia además una verdad apodíctica: «Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (v. 13). No hay escapatoria, no hay alternativa posible para el verdadero discípulo de Jesús. Amar al primero es odiar al segundo y, sobre todo, se traduce de manera espontánea en servicio, porque un amor que no se vuelva servicial no es un amor verdadero. Jesús lo demostró con su vida antes de enunciarlo con sus palabras. Por último, frente a los fariseos, que se consideran «hombres de bien ante la gente» (v. 15), Jesús nos invita a la humildad. La caridad, el servicio y la humildad, según la enseñanza de Jesús, no pueden ser separados, so pena de una descalificación total ante Dios.

 

MEDITATIO

Amar es servir: he aquí una síntesis estupenda de la vida cristiana: Servir con humildad: he aquí otra exigencia del Evangelio. Traducir el amor en gestos concretos de atención a los otros: he aquí un estilo de vida que el discípulo de Jesús ha de hacer suyo.

Amar, pues, pero ¿a quién?, ¿a qué?, ¿en qué condiciones?, ¿hasta qué punto? Quien está un tanto familiarizado con el Evangelio no tarda en encontrar las respuestas adecuadas. Si el objeto de su amor es el dinero, entonces se hará esclavo del dinero. En vez de servirse de él para sí y para los otros, quedará sometido al mismo.

Servir, en segundo lugar, pero ¿a quién?, ¿a qué?, ¿hasta qué punto? El verdadero seguidor de Jesús sabe con toda claridad que no basta con ejercer algunos servicios de cualquier modo; sabe que existe una jerarquía de valores que debemos respetar y, hasta cuando nos pongamos al servicio del prójimo, debemos tener siempre delante a aquel por cuyo amor nos hacemos siervos. Es preciso discernir también no sólo aquello que estamos llamados a hacer, sino a quién prestamos nuestro servicio y por qué lo hacemos.

Por último, morir, la perspectiva de la muerte, lejos de intimidar al creyente, a quien alimenta la esperanza de una vida sin fin junto a su Señor, contribuye a dar una motivación ulterior y más fuerte al servicio y a la caridad. Morir como personas libres no sólo porque debamos dejarlo todo y a todos, sino porque no tenemos ya nada ni a nadie que nos pueda retener y atar a esta tierra.

Quien aprende a servir por amor se prepara a bien morir; así hace también quien encarna su amor en gestos de servicio concreto a los últimos. No hay mejores opciones que éstas para prepararse al encuentro con el Señor.

 

ORATIO

Como tantos otros, también yo, Señor, me esfuerzo por entrar en tu casa, pero, antes de cruzar el umbral, me fijo estos objetivos:

- seguir el ejemplo de aquellos que no tienen nada de lo que avergonzarse en su vida;

- comportarme bien, como amigo de la cruz;

- alejarme de los ídolos del placer, del poder, del dinero;

- liberarme de todo complejo de superioridad;

- transfigurar mi cuerpo para configurarlo con el de Cristo;

- resistir firme junto al Señor, para que los hijos del mal no lleven las de ganar;

- evitar hacerme el listo perjudicando a los otros;

- acallar las mentiras con valor;

- celar por la salvación del mundo y por la causa del Reino;

- administrar los dones con la sencillez de la paloma, pero también con la prudencia de la serpiente. Solamente de este modo la astucia se convierte en sabiduría*.

 

* El texto original italiano está compuesto en forma de un acróstico cuyas letras iniciales forman la palabra scaltrezza, "astucia" (N. del T.).

 

CONTEMPLATIO

No temo la pobreza, no codicio las riquezas, no temo la muerte, ni deseo vivir, a no ser por vuestro bien [...] ¿Acaso me apoyo en mis propias fuerzas? No, porque tengo la prenda del Señor, tengo conmigo su Palabra: ella es mi bastón, mi seguridad, mi puerto tranquilo. Aunque todo el mundo esté descompuesto, tengo entre mis manos la Escritura, leo su Palabra [...] Vosotros sois conciudadanos míos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo, mi luz, más amable que la luz del día. Su rayo me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad me trenza la corona para la vida futura (Juan Crisóstomo).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «De todo me siento capaz, pues Cristo me da la fuerza» (Flp4,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La dialéctica del humanismo antropocéntrico se ha desarrollado a lo largo de tres siglos. En el primer momento de la dialéctica humanística, Dios se convierte en el garante del dominio del hombre sobre la materia. Era un Dios trascendente, pero encerrado en su trascendencia y al que se le impedía la intervención en los asuntos humanos. Se había convertido en un Dios «decorativo», en el Dios del mundo burgués clásico. En el segundo momento, con la filosofía romántica y los grandes meta-Físicos idealistas, Dios se convierte en una idea. Era un Dios inmanente, absorbido en el proceso dialéctico de la Idea que se afirma y del mundo que deviene. Este Dios del panteísmo y del mundo burgués romántico no era más que el límite ideal del desarrollo de la humanidad, y era la justificación absoluta, total e inflexible del bien y del mal, tanto del mal como del bien, de todos los crímenes, las opresiones y las iniquidades de la historia, y también de sus conquistas y de sus progresos, sobre todo de sus progresos en la consecución de riquezas y poder. En el tercer momento, Feuerbach debía descubrir que Dios -un Dios así concebido- alienaba al hombre de sí mismo; Marx descubriría que este Dios no era más que una proyección ideológica de la alienación o deshumanización del hombre producida a su juicio por la propiedad privada. Y Nietzsche debía embriagarse con la misión de la que se sentía investido: proclamar la muerte de Dios. ¿Cómo podría continuar viviendo Dios en un mundo en el que su imagen, es decir, la personalidad libre y espiritual del hombre, parece decididamente destinada a desaparecer? Dios como muerto, Dios en la tumba, ha sido el Dios de la agonía final y de la autodestrucción de una época, de una civilización llegada ahora a su final. El ateísmo es el término final de la dialéctica interna del humanismo antropocéntrico (J. Maritain).

 

 

Día 6

 XXXII domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Macabeos 7,1-2.9-14

En aquellos días,

1 siete hermanos apresados junto con su madre fueron forzados por el rey a comer carne de cerdo, prohibida por la ley, y azotados con látigos y nervios de toro.

2 Uno de ellos dijo en nombre de todos: -¿Qué quieres sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes de quebrantar las leyes patrias.

9 Cuando estaba a punto de expirar dijo: -Criminal, tú me quitas la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida eterna a los que morimos por su ley.

10 A continuación fue torturado el tercero.

11 Le mandaron sacar la lengua; la sacó en seguida y extendió valientemente las manos, al tiempo que decía: -De Dios he recibido estos miembros, por sus leyes los sacrifico, y de él espero recobrarlos.

12 El rey y los que estaban con él se maravillaron del valor del joven, que no tenía miedo a los tormentos.

13 Muerto éste, torturaron al cuarto con el mismo suplicio.

14 Y cuando estaba a punto de morir dijo: -Los que mueren a manos de los hombres tienen la dicha de poder esperar en la resurrección. Sin embargo, para ti no habrá resurrección a la vida.

 

*•• En la «sala de tortura» del capítulo 7 del segundo libro de los Macabeos, en lugar de los gritos de dolor y de sufrimiento de los prisioneros, se proclama en voz alta la fe de Israel y, por primera vez, la certeza de la resurrección y del premio que se concederá a los mártires.

El período histórico corresponde al de la dominación de Antíoco IV Epífanes (175-164 a. de C), que pretendía difundir el culto de las divinidades griegas entre la población judía. Este soberano llegó incluso a introducir en el interior de la parte más sagrada del templo la estatua de Zeus olímpico (167 a. de C). Esto supuso un enorme sufrimiento para todos los que se mostraban observantes del culto y de la ley, según la tradición de los padres, y se manifestaban contrarios, en cambio, al proceso de helenización que llevaban adelante los dominadores de tumo, los seléucidas. Este relato constituirá muy pronto un modelo para las posteriores actas de mártires y hará surgir entre la población un vivo sentido de resistencia frente a la persecución religiosa que tiene lugar.

Los cuerpos mutilados no pierden su identidad; más aún, la mantienen clara en todos aquellos que llegan al conocimiento de este relato edificante. Israel, incluso despedazado y diseminado por toda la tierra, gracias al ejemplo dado por estos héroes, no se confundirá en medio de las naciones. El fragmento que hemos leído se detiene en las confesiones del segundo, del tercero y del cuarto de los siete hermanos, que afirman la fe en la resurrección de los cuerpos y por eso no temen ver desgarrados sus miembros. El número siete indica que el fragmento considera una familia completa, enteramente destruida, que ya no tiene posibilidad de permanecer en vida en la tierra. La figura de la madre, que asiste a la muerte de sus hijos, remite a la nueva vida que éstos esperan del Creador. ¿Se debe tal vez a esto el hecho de que no se haga ninguna referencia en el fragmento al padre?

 

Segunda lectura: 2 Tesalonicenses 2,16-3,5

Hermanos:

16 El mismo Señor, nuestro Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una esperanza espléndida,

17 os consuelen en lo más profundo de vuestro ser y os confirmen en todo lo bueno que hagáis o digáis.

1 Por lo demás, hermanos, rogad por nosotros para que la Palabra del Señor siga extendiéndose y sea glorificada como lo es ya entre vosotros.

2 Rogad también para que nos veamos libres de los hombres perversos y malvados, porque no todos aceptan la fe.

3 Pero el Señor es fiel. Él os fortalecerá y os librará del maligno.

4 En cuanto a vosotros, estamos seguros de que, gracias al Señor, cumplís y seguiréis cumpliendo lo que os mandamos.

5 Que el Señor dirija vuestros corazones para que améis a Dios y os mantengáis constantes en la espera de Cristo.

 

*»• Después de haber descrito, casi en términos apocalípticos, la llegada, todavía no completada, del poder de la iniquidad, Pablo lanza un suspiro de alivio al constatar que Dios ha establecido en Tesalónica una comunidad que es primicia de los salvados y de los fieles de Cristo. Él ha sido el instrumento elegido por Dios para que esto sucediera (cf. 2,13ss).

En el pasaje que hemos leído, el apóstol recuerda el valor de las «parádosis» (consignas, tradiciones) a que los tesalonicenses deben permanecer ligados, y lo hace a través del «consuelo» de Dios, para que los santos de Tesalónica no dejen de estar unidos fielmente a su enseñanza. El evangelizador, amado por Dios y sostenido por su Espíritu, pide que la fuerza que él ha experimentado a lo largo de su vida pueda sostener a los fieles de Tesalónica. Que la «esperanza» que ha sostenido su camino hacia el Señor no les deje inactivos en la realización del bien con todo el corazón. Pablo, por último, hace partícipe a la comunidad de sus fatigas apostólicas: pide que oren por él, para que se vea libre de las insidias de los que atenían contra su vida. La «carrera de la palabra» deberá escapar a las trampas que han sido puestas a lo largo del camino, a fin de llegar a la meta, en medio de los cantos de exultación de aquellos que todavía la recibirán, tal como hicieron un día los tesalonicenses.

Como si se olvidara de sí mismo, vuelve a pensar en la situación de sus hermanos. Éstos experimentarán la credibilidad del Señor Jesús en su acción de custodia y de protección del «maligno»: un elemento presente también en la oración de Jesús (Mt 6,13) y que continúa estándolo también en las oraciones del apóstol en favor de una comunidad cogida en el torbellino de los atentados contra su existencia. El amor de Dios y la perseverante espera del Señor Jesús son los principales dones que Pablo pide en la oración por los tesalonicenses.

 

Evangelio: Lucas 20,27-38

27 se acercaron unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

28 -Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si el hermano de uno muere dejando mujer sin hijos, su hermano debe casarse con la mujer para dar descendencia a su hermano.

29 Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos.

30 El segundo

31 y el tercero se casaron con la viuda, y así hasta los siete. Todos murieron sin dejar hijos.

32 Por fin murió también la mujer.

33 Así, pues, en la resurrección, ¿de quién de ellos será mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella.

34 Jesús les dijo: -En la vida presente existe el matrimonio entre hombres y mujeres,

35 pero los que logren alcanzar la vida futura, cuando los muertos resuciten, no se casarán,

36 y es que ya no pueden morir, pues son como los ángeles; son hijos de Dios, porque han resucitado.

37 El mismo Moisés da a entender que los muertos resucitan, en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob.

38 No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él.

 

**• Los saduceos, más bien cerrados a la posibilidad de la resurrección y a interpretaciones nuevas de la ley, pero muy abiertos a la búsqueda del poder y a las alianzas políticas ventajosas, apoyándose en el precepto mosaico del levirato reivindican sus privilegios (cf. Dt 25,5-10): ellos son los legítimos descendientes de Sadoc, y podrán serlo para siempre gracias a esta norma, ocupando eternamente sus poltronas (cf. 1 Re 2,35; Ez 40,46; 43,19; 44,15; 48,11); Jesús, sin embargo, está a punto de irse sin dejar huella. Después de su muerte, ahora próxima, no podrá contar con ningún hijo después de él. Para los saduceos, lo que cuenta en esta tierra es la imagen, el nombre, el poder y la fama; después, nada. En esas condiciones, conviene dejar un gran patrimonio y actuar de modo que no se disperse. Lo que cuenta es acumular para los hijos, para los nietos. Sobrevive quien más deja.

Jesús recupera de la ley, lo único vinculante para los saduceos, al Dios de la zarza que ardía sin consumirse, al Dios de la alianza y de la fidelidad, que no deja que se apague su amor por el pueblo. El Dios de la zarza es el mismo Dios de los patriarcas, y éstos saben bien que sus respectivas descendencias son fruto de la bendición y de la promesa de Dios. Las historias de los patriarcas indican que la vida pertenece a Dios y no depende de las capacidades engendradoras del hombre, de los árboles genealógicos o de las estrategias dinásticas. Jesús se propone a sí mismo como verdadera imagen del Hijo que ha recibido la vida del Padre, que entrega la vida al Padre en su muerte y que será llamado por el Padre a la vida en la resurrección. Su muerte es un acto de amor y obediencia, pues realiza el proyecto divino de redención de la esclavitud de la muerte. La cruz es el tálamo en el que el Esposo ha dado la vida por la esposa. De la muerte nace la vida.

Los que estén con Jesús en una muerte semejante a la suya, es decir, dispuestos a perder la vida por amor, serán, «como los ángeles», llamados a la gloria de los que viven en Dios. Gozarán de la condición de hijos en el esplendor del Reino. Como los ángeles, vivirán para Dios, para su gloria, eternamente.

 

MEDITATIO

Los siete hermanos de la primera lectura y del evangelio murieron. De ellos y de sus siete esposas se esperaba un futuro y la continuación de la vida. Como en el caso de los Macabeos, se elige a menudo el exterminio como solución de un mal: una nación elige acabar con la vecina, un grupo elimina a otro que le hace la competencia. Hacer desaparecer de la tierra, hacer desaparecer las huellas del otro para poder reinar sin ser molestados y sin resistencias, es la lógica del Maligno, su torbellino de violencia y de canalladas que destruyen la vida.

La muerte, por otra parte, daría la razón a quien intenta acaparar la vida a cualquier precio -la propia y la de los otros-, como es el caso de los saduceos. La muerte sería la garantía de la licitud de todo intento de manipulación de la vida, a fin de que ésta sea perfecta, sin arrugas, siempre bella y acolchada. La muerte tiene el poder de sofisticar la vida y desnaturalizar su verdadero sabor. El engaño de la muerte consiste en esto: en la necesidad de dejar una huella duradera de nosotros mismos. Educa para acumular, para después tener que dejarlo todo: ¿cuántos hombres siguen vivos por sus «legados»?

La resurrección, para el cristiano, es la resurrección de Jesús, o sea, el hecho de que Dios haya constituido «Señor y Cristo» al Crucificado, a aquel que murió de una muerte violenta, el que murió y fracasó. Es la relación con el Resucitado y con el Viviente lo que da valor a nuestra vida, es la esperanza del encuentro con él lo que nos lleva cada día a obrar bien, buscando perder la vida para encontrarla después, no mantenerla atada a nosotros. La muerte ya no es entonces dejar, sino encontrar, recibir, contemplar al autor de la vida, a aquel que nos la dio y la custodia en sus manos. Ser «ángeles» del Resucitado, anunciadores de su Señorío sobre el mundo: ésa es nuestra vida. Él, que fue despertado por el Padre la mañana del tercer día, vendrá a despertarnos del sueño de la muerte. En ese momento, ésta ya no tendrá poder alguno y todos sus encantamientos se desvanecerán porque la vida resurgirá para siempre.

 

ORATIO

Señor Jesús, también a nosotros, como un día a tus discípulos, nos resulta difícil comprender tu anuncio de pasión-muerte-resurrección. También nosotros nos comportamos más como saduceos, buscando de todas las maneras afirmarnos en la vida, que como cristianos capaces de perder la vida por tu causa y por el Evangelio.

Tú, que has venido a darnos a conocer al Dios de la zarza, haznos testigos animosos de tu pascua y lleva a cabo en nosotros la bienaventurada esperanza de estar contigo siempre en la gloria del Reino de Dios, nuestro Padre.

 

CONTEMPLATIO

Así pues, resucitará la carne: idéntica, completa e íntegra. Dondequiera que se encuentre, será depositada junto a Dios, por obra del fidelísimo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, que restituirá Dios al hombre y el hombre a Dios, el espíritu a la carne y la carne al espíritu: ha unido ya ambos en su persona (... ).

Eso que tú consideras un exterminio es una simple partida. No sólo el alma se aleja, sino que también la carne se retira mientras tanto: al agua, al fuego, a los abismos, a las fieras. Cuando parece disolverse así, es como si fuera transfundida en vasos. Si después también los vasos desaparecen, porque se disuelven y son reabsorbidos en lo tortuoso de su madre la tierra, de ésta será formado de nuevo Adán, el cual oirá de Dios estas palabras: «¡Resulta que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros!» (Gn 3,22). Entonces será verdaderamente consciente del mal del que ha escapado y del bien en el que ha confluido. ¿Por qué, alma, sientes odio por la carne? Nadie te es tan prójimo ni a nadie debes amar tanto, después de Dios; nadie es tan hermana tuya, porque también contigo nace ella en Dios (Tertuliano, La resurrección de la carne, 63).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ved mis manos y mis pies; soy yo en persona» (Lc 24,39).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Entre las diferentes formas de la corporeidad existe un abismo imposible de colmar a veces: una piedra no se convierte en pájaro. Otras formas corpóreas, sin embargo, aunque presentan diferencias, están en una relación vital, constituyen las fases de un único desarrollo, como por ejemplo la semilla y la planta que de ella nace. En este caso, el abismo queda superado por el misterio del grano que germina. Sin embargo, para superarlo es necesario lo que Pablo llama «el morir». La semilla debe entrar en la tierra y morir en ella, es decir, perder su forma, a fin de que pueda nacer la nueva planta. Y he aquí el paso: lo mismo sucede en el hombre. También en el hombre está presente la corporeidad en dos formas: la terrena y la celestial; de ellas, la primera es semilla de la segunda. También ellas están separadas por la muerte. El cuerpo deberá ser depositado en la tierra y descomponerse; sólo entonces se convertirá en el cuerpo nuevo, celestial. Pero he aquí la diferencia: la planta «nace» verdaderamente «de la semilla», de sus virtualidades y funciones; no así, en cambio, el cuerpo celestial del terrestre. A través de su descomposición, la semilla vive de una manera directa en la nueva planta. El cuerpo humano será resucitado después de la muerte. Aquí domina otro poder, que no brota del interior de la estructura humana, sino de la libertad de Dios (R. Guardini, Le cose ultime, Milán 21997, pp. 69ss).

 

 

Día 7

 Lunes XXXII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Tito 1,1-9

1 Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo para hacer que los elegidos de Dios lleguen a la fe y al conocimiento de la verdad que se manifiesta en una vida religiosa,

2 con la esperanza puesta en la vida eterna. Dios, que no miente, había prometido esta vida eterna antes de que el tiempo existiera,

3 y a su debido tiempo ha manifestado su Palabra a través de la predicación que me ha sido confiada por orden de Dios, nuestro Salvador.

4 A Tito, mi verdadero hijo en nuestra fe común, gracia y paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador.

5 Te he dejado en Creta para que acabes de organizarlo todo y establezcas presbíteros en cada ciudad, siguiendo las instrucciones que te di:

6 que sean irreprochables, que se hayan casado una sola vez, que sus hijos sean fieles y no puedan ser tachados de mala conducta o de insubordinación.

7 Es preciso que el obispo sea irreprochable, como administrador que es de la casa de Dios; que no sea soberbio, ni iracundo, ni dado al vino, ni violento, ni codicioso,

8 sino hospitalario, amigo del bien, prudente, justo, piadoso, dueño de sí mismo,

9 firmemente adherido a la Palabra tal y como ha sido enseñada, para que sea capaz de exhortar según la sana doctrina y refutar a quienes la contradicen.

 

*+• Esta carta de Pablo ha sido calificada de «pastoral» precisamente por sus contenidos. El apóstol se dirige, en efecto, a uno de sus más queridos colaboradores en el momento en el que le confía el cuidado de una comunidad cristiana que está iniciando un camino de conversión y de plena adhesión al Evangelio. Pero las recomendaciones que hace Pablo a su discípulo Tito se fundamentan siempre en el acontecimiento de Jesús muerto y resucitado, en «la verdad que se manifiesta en una vida religiosa» (v. 1) y en «la esperanza puesta en la vida eterna» (v. 2).

La tarea del discípulo consistirá en educar a los creyentes para que se enamoren de la verdad revelada y predicada y, de este modo, consoliden sus vínculos de amor y de fe en la misma comunidad y, en última instancia, con Cristo, el Señor. Así se concreta la administración que Dios confía a sus siervos: el servicio de la Palabra, la predicación apostólica -está bien explicitarlo con letras bien grandes-, constituye el primer y fundamental servicio a la comunidad.

Se puede afirmar con toda justicia que «en el principio era la predicación», en el sentido de que sin el servicio y la escucha de la Palabra no nace ninguna comunidad cristiana. Ciertamente, el responsable de una comunidad debe tener cualidades excepcionales: su estilo de vida, su modo de actuar, el ejemplo que ha de ser capaz de dar en términos de fidelidad a la doctrina y de generosidad en el servicio son elementos indispensables para el bienestar de la comunidad. No es casualidad que Pablo insista asimismo en este aspecto, precisamente porque está convencido de que, para permanecer fieles al ideal recibido, es necesario el concurso del obispo y de sus fieles, del pastor y de su grey, de quien predica y de quien escucha: todos a la escucha y sometidos a la doctrina-verdad confiada por Dios en las Sagradas Escrituras, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

 

Evangelio: Lucas 17,1-6

En aquel tiempo,

1 Jesús dijo a sus discípulos: -Es inevitable que haya ocasiones de pecado, pero ¡ay de quien las provoque!

2 Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo tiraran al mar, antes que ser ocasión de pecado para uno de estos pequeños.

3 ¡Estad atentos! Si tu hermano llega a pecar, repréndelo, pero, si se arrepiente, perdónalo.

4 Y si peca contra ti siete veces al día y otras siete viene a decirte: «Me arrepiento», perdónalo.

5 Los apóstoles dijeron al Señor: -Auméntanos la fe.

6 Y el Señor dijo: -Si tuvierais fe, aunque sólo fuera como un grano de mostaza, diríais a esta morera: «Arráncate y trasplántate al mar», y os obedecería.

 

**• El fragmento evangélico de hoy se vertebra en torno a tres temas: el escándalo, el perdón y la fe. La enseñanza de Jesús, recogida por el evangelista Lucas, se vertebra por ello en tres momentos que, sin embargo, requieren ser considerados de manera unitaria.

La primera actitud fundamental que caracteriza la vida del verdadero discípulo consiste en no provocar nunca que alguien se aleje del camino que ha emprendido, a causa de una opción suya individualista y egocéntrica.

Se trata del escándalo evangélico contra el que Jesús lanza uno de sus más terribles «ayes». El Señor no puede soportar la actitud de quienes, en virtud de algunas de sus opciones, no sólo ponen en peligro su propia salvación, sino que acaban comprometiendo también la de otros, sobre todo de los más «pequeños» v. 2). No sólo es preciso evitar el escándalo, sino que es indispensable perdonar a todos, siempre, a cualquier precio (w. 3b-4). Sabemos bien que el perdón es signo del verdadero amor. Tenemos una clara demostración en el modo en que Dios nos manifiesta su amor. También Jesús, que es la encarnación histórica del amor del Padre, ofreció en su vida terrena el perdón a todos los que lo necesitaban.

Como culminación de su enseñanza, Jesús hace el elogio de la fe. Ésta, aunque sea pequeña, puede expresar su maravillosa y misteriosa energía incluso de modo milagroso. Los apóstoles le piden que les aumente la fe, y Jesús les responde declarando la extraordinaria eficacia de la misma cuando es genuina y auténtica (v. 6).

 

MEDITATIO

La liturgia de hoy nos invita a concentrar la meditación en tres personajes: los pequeños, el hermano y los apóstoles. Pasando revista a estas tres categorías de personas podemos reapropiarnos de la espiritualidad evangélica, una espiritualidad que puede iluminar toda nuestra vida.

Sabemos que, históricamente, los pequeños fueron el objeto privilegiado de la atención de Jesús: no sólo fueron los destinatarios preferentes de su enseñanza, sino que personifican sacramentalmente su presencia entre nosotros. ¡Ay de quien se permita escandalizarlos! Ellos deberían constituir el objeto primario y mayor de nuestro servicio.

El hermano del que habla este fragmento evangélico no es una mera abstracción, sino una persona de carne y hueso; más aún, un pobre pecador que, sin embargo, es capaz de penetrar su pecado con un sentimiento de arrepentimiento. También nosotros, como Jesús, estamos llamados a ofrecerle a él, a ella, el don del perdón como el gesto más hermoso y capaz de restablecer unas relaciones humanas serenas y armoniosas.

Por último, los apóstoles: éstos, a pesar de la singularidad de su misión, advierten que aún les falta fe, esa fe que podría ponerles en plena sintonía con el Maestro.

Desde esta perspectiva también son un gran modelo para nosotros, que siempre tenemos necesidad de purificar la fe que se nos ha dado. Por pequeña o grande que sea, la fe posee y desprende una energía superior a toda capacidad humana; es milagrosa no tanto porque pueda realizar cosas extraordinarias como porque pone en acción un poder divino.

 

ORATIO

Dios, Padre nuestro, concédenos a tus hijos:

- pastores firmes en la fe para difundir tu verdad;

- sacerdotes de manos inocentes después de sus obras;

- presbíteros con un corazón puro que no pronuncia mentira;

- responsables capaces de servir y de suscitar iniciativas;

- líderes determinados a convencer más que a vencer;

- maestros dedicados al bien común y no al suyo propio;

- jefes libres de protagonismo y atentos a tu Reino;

- autoridades animosas a la hora de romper surcos de costumbres;

- guías fuertes a la hora de afrontar riesgos, juicios, infidelidades, soledad.

En pocas palabras: no «Prometeos», sino personas que se esfuerzan en dar testimonio de ti y en representarte.

 

CONTEMPLATIO

Bebe primero el Antiguo Testamento, para beber después el Nuevo Testamento. Bebe los dos cálices del Antiguo y del Nuevo Testamento, porque en ambos bebes a Cristo. Bebes a Cristo, que es la vida; bebes a Cristo, que es río cuya corriente fecunda la ciudad de Dios; bebes a Cristo, que es la paz; bebes a Cristo, que es el viento de quien brotan venas de agua viva: bebes a Cristo para beber su discurso. Su discurso es el Antiguo Testamento, su discurso es el Nuevo Testamento. Devoramos la Escritura divina cuando el jugo de la Palabra eterna baja a través de las venas de la mente y de las energías del alma (Ambrosio de Milán).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Gracia y paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador» (Tit 1,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Toda palabra del prolongado, y no siempre fácil, diálogo entre Dios y su pueblo, y «nosotros», es preciosa. Aislar una palabra del prolongado discurso o diálogo significa no tomar en serio a aquel que habla. Quien escucha sólo la melodía del oboe no capta la sinfonía... Y el hecho de que el judaísmo haya canonizado un Tenak a más voces, y la Iglesia una Biblia que consta del Antiguo y del Nuevo Testamento, significa que la pluralidad y el carácter multiforme del canon reflejan la riqueza gloriosa y dramática del obrar de Dios. Hay una pluralidad que nace aparecer la complejidad de la vida y que nos ofrece toda una serie de figuras de esperanza y de búsqueda de Dios. Hay mementos en el que Job y Qohélet expresan la «palabra que profiere Dios», y otros en los que alguna parábola de Jesús o el testimonio de su resurrección nos trae la salvación, pero hay también otros en los que se unen muchas voces en una poderosa orquesta para dejar fascinada a toda la comunidad.

Y es precisamente este carácter multiforme de la Palabra de Dios, tal como resuena en el Antiguo Testamento, lo que hemos de preservar los cristianos del riesgo de caer en la miopía «cristológica» y en una eclesiología de corto aliento. Y es ese carácter multiforme el que nos invita a desconfiar de toda sistematización apresurada. No existe una llave capaz de abrir todas las dimensiones de la vida frente a Dios y con Dios, sino sólo las diferentes llaves de los diferentes testimonios bíblicos, mantenidos unidos por el anillo del canon y ofrecidos por la benevolencia divina (E. Zenger).

 

 

Día 8

   Martes XXXII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Tito 2,1-8.11-14

Querido:

1 Tú, por tu parte, enseña según la sana doctrina.

2 Que los ancianos sean sobrios, juiciosos y prudentes; que vivan plenamente la fe, el amor, y la paciencia.

3 De igual modo, que las ancianas observen una conducta digna de personas santas, que no sean calumniadoras, ni dadas al vino, sino buenas consejeras; 4 de este modo enseñarán a las jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos,

5 a ser prudentes, castas, mujeres de su casa, buenas y respetuosas con sus maridos, para que la Palabra de Dios no sea denigrada.

6 Asimismo, exhorta a los jóvenes a ser prudentes en todo,

7 dando tú mismo ejemplo de una buena conducta. Sé íntegro en la enseñanza, ten buen juicio,

8 que tu palabra sea sana e irreprensible. De este modo, nuestros adversarios quedarán en evidencia y no podrán decir nada malo de nosotros.

11 Porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.

12 Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad,

13 aguardando la feliz esperanza: la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,

14 el cual se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de que seamos su pueblo escogido, siempre deseoso de practicar el bien.

 

**• El destinatario de esta carta de Pablo es el responsable de la comunidad cristiana de Creta, pero los temas que desarrolla Pablo interesan a toda la comunidad.

Para que el mensaje del Señor resucitado pueda atravesar los confines de la comunidad creyente necesita del testimonio de todos. Sin esta colaboración de la comunidad, el Evangelio corre el riesgo de permanecer inerme e ineficaz. En el seno de la comunidad viven diferentes categorías de personas: Pablo tiene un consejo, una indicación para la marcha, una palabra de aliento, para cada una de ellas.

En primer lugar, el apóstol recomienda a los ancianos y a las ancianas sobriedad, un estilo de vida digno, perseverancia en la fe recibida, generosidad en el amor fraterno (w. 2ss). De este modo se convertirán en modelo para los jóvenes y para sus familias, precisamente por su fidelidad a la palabra dada y a los compromisos asumidos (w. 4ss). La Palabra de Dios podrá hacer su recorrido en el mundo gracias también a su colaboración.

A los jóvenes les dirige Pablo palabras extremadamente comprometedoras, pero, al mismo tiempo, ricas de luz y de gracia (w. 6-8): también ellos están invitados a dar buen ejemplo a la gente de su edad por medio de una «buena conducta», de un gran respeto recíproco y de una palabra sana e irreprensible. Pablo les recuerda que el enemigo número uno, el principal «adversario» que deben derrotar, es siempre Satanás.

La última parte de la lectura nos ofrece la motivación teológica tanto de ésta como de cualquier otra actitud o programa de vida («se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres. Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad»: w. 11-12): del acontecimiento salvífico de Cristo Jesús, esto es, de su misterio de vida, muerte y resurrección, deriva para todos nosotros un programa de vida evangélica.

 

Evangelio: Lucas 17,7-10

En aquel tiempo, dijo Jesús:

7 ¿Quién de vosotros, que tenga un criado arando o pastoreando, le dice cuando llega del campo: «Ven, siéntate a la mesa»?

8 ¿No le dirá más bien: «Prepárame la cena y sírveme mientras como y bebo, y luego comerás y beberás tú»?

9 ¿Tendrá quizás que agradecer al siervo que haya hecho lo que se le había mandado?

10 Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os mande, decid: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer».

 

**• Nos encontramos frente a un pasaje típicamente lucano. Jesús está hablando todavía a los apóstoles y, mediante la parábola del siervo (sería más exacto decir «esclavo»), después de haber hablado de la fe, les presenta la necesidad de «hacerse siervos» (una vez más, sería más exacto decir «esclavos») de todos. Jesús remacha el concepto según el cual, en la lógica del Reino, lo que cuenta no es tanto lo que se hace como la intención, el estilo y el método con que se obra. Jesús no quiere recomendar una humildad genérica ni, menos aún, «interesada»; le interesa, más bien, lo que sus apóstoles piensan y pretenden hacer cuando se ponen a su servicio y al de su causa. Dios no tiene necesidad de nosotros ni de nuestras ayudas, pero desea tener colaboradores que estén en plena sintonía con su proyecto de salvación, que -aquí y ahora- se personifica en Jesús de Nazaret. «Esclavos inútiles» (v. 10) o bien ordinarios, simples, etc. Hay incluso quien traduce el adjetivo griego «inútil» con la expresión non profit: una traducción que, desde cierto punto de vista, nos ayuda a captar la identidad del esclavo evangélico. Ahora bien, lo que Jesús quiere enseñar, es decir, fijar en el corazón de sus discípulos, es la actitud que él hará suya la víspera de su pasión: arremangarse la ropa, servir a los hermanos y, al final, considerarse y declararse con toda sinceridad «esclavos inútiles» (cf. Le 22,24-27; Jn 13,1-17). Hay algo paradójico en esta enseñanza de Jesús: sus palabras son duras; sin embargo, expresan lo más genuino que hay en el Evangelio.

 

MEDITATIO

El tema del servicio, como es obvio, corresponde a los apóstoles, pero en última instancia se dirige a todo cristiano. El Concilio Vaticano II ha restituido a todos el deber concreto de hacerse siervos en la Iglesia y en el mundo para bien de los hermanos. Se trata de una tarea que deriva de la gracia del bautismo, que hace nacer en cada uno de nosotros el derecho-deber de interesarnos por el bienestar de los hermanos, en virtud de la gracia que hemos recibido.

Lo que dice Jesús a los apóstoles lo atribuye Lucas también a María de Nazaret. En efecto, en el relato del anuncio en el que el ángel le abre a María la perspectiva de una extraordinaria maternidad, le responde ésta: «Aguí está la esclava del Señor» (Le 1,38). Un poco más adelante, en su gran oración de alabanza y de agradecimiento, exclama María: «Ha mirado la humildad de su sürva [literalmente, "esclava"]» (Lc 1,48). También Pablo, en la Carta a los Filipenses, dice de Cristo: «Tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo [literalmente, "se rebajó a sí mismo"]» (2,7b.8): nos encontramos constantemente frente a las mismas expresiones, que no por casualidad aparecen en los escritos de Pablo y de Lucas, su discípulo.

La actualidad de este mensaje no necesita ulteriores precisiones: hoy, en efecto, no es raro ver a personas que quieren ser útiles a los demás, sin considerarse, no obstante, «inútiles» ante Dios. Sucede que con bastante frecuencia encontramos a personas que desean servir a los demás, pero tal vez les falta la voluntad de adoptar este método evangélico del servicio a los otros empapado de verdadera caridad, de absoluta gratuidad y de profunda humildad.

 

ORATIO

Señor, he intentado construir una comunión basada en la rectitud, porque tenía hambre de una rectitud consumada en comunión, pero he oído que me decían: «¡Siervo inútil!».

Señor, he obrado con valor y con la parte más transparente de mí mismo, sin buscar componendas, pero las consecuencias han atemorizado a quienes no ven todo lo irredento que hay en su poder. Y de la muchedumbre ha salido el grito: «¡Siervo inútil!».

Señor, tengo muchos deseos de oír que hay necesidad de mí, porque la vida no me ha reclamado todavía todo, pero me encuentro abandonado y solo: «¡Siervo inútil!». Y tú me dices: «Ten fe, has hecho lo que debías».

 

CONTEMPLATIO

Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre (Tit 2,11). Gracias sean dadas a Dios, que ha hecho abundar en nosotros el consuelo en medio de esta peregrinación, de este destierro, de esta miseria. Antes de que apareciese la humanidad de nuestro Salvador, su bondad se hallaba también oculta, aunque ésta ya existía, pues la misericordia del Señor es eterna. ¿Pero cómo, a pesar de ser tan inmensa, iba a poder ser reconocida? Estaba prometida, pero no se la alcanzaba a ver, por lo que muchos no creían en ella.

Efectivamente, en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios por los profetas (Heb 1,1). Y decía: Yo tengo designios de paz y no de aflicción. Pero ¿qué podía responder el hombre que sólo experimentaba la aflicción e ignoraba la paz? ¿Hasta cuándo vais a estar diciendo: «Paz, paz», y no hay paz? (Jr 29,11). A causa de lo cual los mensajeros de paz lloraban amargamente (Is 33,7), diciendo: Señor, ¿quién creyó nuestro anuncio? (Is 53,1). Pero ahora los hombres tendrán que creer a sus propios ojos, ya que los testimonios de Dios se han vuelto absolutamente creíbles (Sal 92,1). Pues, para que ni una vista perturbada pueda dejar de verlo, puso su tienda al sol (Sal 18,6).

Pero de lo que se trata ahora no es de la promesa de la paz, sino de su envío; no de la dilatación de su entrega, sino d e su realidad; no de su anuncio profético, sino de su presencia. Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra u n saco lleno de su misericordia, un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro precio, oculto en él; un saco pequeño, pero lleno, ya que un niño se nos ha dado (Is 9,5), pero en quien habita toda la plenitud de la divinidad (Col 2,9).

Ya que, cuando llegó la plenitud del tiempo, hizo también su aparición la plenitud de la divinidad. Vino en carne mortal para que, al presentarse así ante quienes eran carnales, en la aparición de su humanidad se reconociese su bondad. Porque, cuando se pone de manifiesto la humanidad de Dios, ya no puede mantenerse oculta su bondad. ¿De qué manera podía manifestar mejor su bondad que asumiendo mi carne? La mía, no la de Adán,es decir, no la que Adán tuvo antes del pecado.

¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria? ¿Qué hay más rebosante de piedad que la Palabra de Dios convertida en tan poca cosa por nosotros? Señor, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él; el ser humano, para darle poder? (Sal 8). Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente sobre ellos. No te preguntes tú, que eres hombre, por lo que has sufrido, sino por lo que sufrió él.

Deduce, de todo lo que sufrió por ti, en cuánto te tasó, y así su bondad se te hará evidente por su humanidad. Cuanto más pequeño se hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora. Ha aparecido -dice el apóstol- la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre (Tit 2,11). Grandes y manifiestos son, sin duda, la bondad y el amor de Dios, y gran indicio de bondad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre de Dios (Bernardo de Claraval, Sermón 1 en la Epifanía del Señor, 1-2; PL 133, 141-143).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Se ha manifestado la gracia de Dios» (Tit 2,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La vida es una oportunidad, cógela.

La vida es belleza, admírala.

La vida es bienaventuranza, saboréala.

La vida es un sueño, conviértela en una realidad.

La vida es un desafío, afróntalo.

La vida es un deber, cúmplelo.

La vida es un juego, juégalo.

La vida es preciosa, cuídala.

La vida es una riqueza, consérvala

La vida es amor, gózalo.

La vida es un misterio, descúbrelo.

La vida es promesa, cúmplela.

La vida es tristeza, supérala.

La vida es un himno, cántalo.

La vida es una lucha, combátela.

La vida es una aventura, córrela.

La vida es felicidad, merécela.

La vida es la vida, defiéndela

(Madre Teresa de Calcuta).

 

 

Día 9

 Miércoles XXXII semana del Tiempo ordinario o 9 de noviembre, conmemoración de la 

Dedicación de la Basílica de Letrán

 

La basílica del Santísimo Salvador y de San Juan fue fundada por el papa Melquíades (311 -314) sobre la colina romana de Letrán, en un terreno cedido para tal fin por el emperador Constantino. Desde el siglo XII se viene celebrando el aniversario de su dedicación con una fiesta litúrgica, primero sólo en Roma y después en todas las Iglesias de rito romano, por ser considerada la «iglesia madre de todas las iglesias de la urbe y del orbe».

 

LECTIO.

Primera lectura: 1 Cor 3, 9c-11. 16-17

9 ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios.

10 Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima. ¡Mire cada cual cómo construye!

11 Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo.

16 ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?

17 Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario.

             

           Este texto se inserta en el marco de uno de los mayores males que aflige a la comunidad de Coritio: es una comunidad dividida, de ahí su advertencia clara: “mire cada uno cómo construye”. Se trata de ver si se construye para el bien propio o para el bien del conjunto. Si lo que interesa es el bien personal, o de mi grupo, o de mi congregación, o de mi movimiento particular, y no el bien del conjunto, la amenaza de desplome del edifico es real.

           La metáfora del “templo” la ha usado Pablo con frecuencia. La comunidad alberga a Dios y a su Espíritu cuando se construye con las premisas del Evangelio que no son otras sino la entrega, la generosidad, el desprendimiento y, en definitiva, el amor. Un templo sin amor no es el templo de Dios; una comunidad sin Espíritu de entrega mutua no es la comunidad de Jesús.

           Pablo advierte contra la “destrucción” de este templo que no es obra de una demolición de un edificio, sino del socavamiento de las relaciones comunitarias, de las relaciones sociales que, según el Evangelio, habrían de ser fraternas y humanizadoras. Por eso mismo las envidias, los medres a costa de otro, las divisiones, las postergaciones, cualquier opresión son maneras de destruir el templo de la comunidad creyente. Es preciso estar siempre atentos al bien del conjunto, pasando del horizonte de unos al horizonte de todos.

 

Evangelio: Juan 2, 13-22

13 Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.

14 Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos.

15 Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas;

16 y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.»

17 Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: " El celo por tu Casa me devorará. "

18 Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?»

19 Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré.»

20 Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

21 Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo.

22 Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

              

           Jesús amaba el templo porque era la casa de su Padre. Sin embargo, ese lugar, que estaba destinado al encuentro con Dios, se hallaba repleto de vendedores y cambistas. Lo que sucedía es que la gente iba a comprar los animales que se destinaban a los sacrificios y no podían usar las monedas que tenían figuras de los emperadores, por eso, era necesario cambiarlas por otras, pero todo lo realizaban en el templo. Lo anterior lo podemos trasladar a nuestra vida: Jesús nos ama profundamente, quiere encontrarse con nosotros en el templo de nuestra alma, pero para ello, necesitamos darle su espacio y su tiempo. Quizá haya en nuestra vida muchas cosas que ocupan el lugar que deberíamos darle a Dios. Puede ser que haya en el atrio de nuestro corazón poco silencio para la oración y se den algunas idolatrías. ¿Hemos dejado entrar en nuestra vida algún tipo de codicia buscando el provecho propio, en lugar de la caridad? ¿Estamos dispuestos a dejar que Jesús eche fuera de nosotros todo lo que es contrario a Él?

MEDITATIO

       La vida no nos pertenece. Somos simplemente sus administradores y nos ha sido confiada por un amo exigente, que nos pedirá cuentas de cómo la hemos empleado.

       Ahora bien, es también un amo liberal y generoso: será él quien nos pague los intereses, quien nos restituya la posesión perpetua de lo que hayamos sido capaces de rendirle al final del depósito. La parábola de las minas sorprende por la desproporción del trato, un trato que no se corresponde con nuestros criterios de justicia: el amo da al siervo más rico lo que quita al siervo miedoso.

       ¿Qué es lo que se premia aquí: la iniciativa económica, la eficiencia, la despreocupación? Nos ilumina la comparación con la historia ejemplar de los siete hermanos mártires con su madre en tiempos de la insurrección macabea. Su comportamiento es irresponsable y necio a los ojos de los paganos: se juegan la vida, «invierten» los talentos que han recibido, al apostar por lo que parece una pérdida segura, pues serán torturados y muertos. Sin embargo, la lúcida conciencia de la madre apunta a un «título» que no les defraudará: precisamente por arriesgarlo todo, el Dios de la vida les devolverá todo, ¡y con intereses!

       El siervo holgazán no es castigado por desconocer cómo se opera en la bolsa; es castigado porque no confía en el Señor, le imagina cruel y despiadado y prefiere mantenerse aferrado a su mina: quiere conservar su vida para sí mismo, como si fuera suya, pero por eso la perderá. En cambio, dar la vida, sin temores ni cálculos, generosamente, nos permitirá recibirla como don, para siempre, «en el día de la misericordia».

 

ORATIO

       Señor, tengo miedo.

       Tengo miedo de sufrir, tengo miedo de arriesgar y perder, tengo miedo de no estar a la altura de mis tareas, tengo miedo de fracasar. No sé cuántas monedas me has confiado, Señor, y me afano en contarlas: no quisiera perder un solo instante de mi vida, me gustaría realizar grandes empresas...

       Ayúdame, Señor. Hazme comprender que todas estas preocupaciones no tienen ninguna razón de ser. Hazme capaz de realizar, día a día, con sencillez, las pequeñas cosas que pueden contentar a las personas con las que me encuentro. Hazme capaz de recorrer cada día el pedacito de camino que me pones por delante, sin pretender ser un héroe, sin cálculos ni temores. Hazme capaz de confiarte mi vida con generosidad y seguridad, porque tú eres el Señor de la vida.

 

CONTEMPLATIO

       El justo, sembrando en el espíritu, recogerá la vida eterna. El justo, en efecto, pertenece a Dios. Diremos, pues, así: el justo ha sembrado, ha dado a los hombres, y el Señor recogerá para sí todo lo que el justo ha sembrado de este modo. Cosechando lo que no ha sembrado y recogiendo lo que no ha esparcido, juzgará como ofrendas para él todas las cosas que han sido sembradas o esparcidas entre los pobres, diciendo a los que han beneficiado a su prójimo: «Venid, benditos de mi Padre...» (Mt 25,34ss). Y puesto que quiere cosechar donde no ha sembrado y recoger donde no ha esparcido, cuando no encuentre nada dirá a los que no le han dado esta posibilidad: «Apartaos de mí...» (Mt 25,41ss). Se muestra verdaderamente duro, como dice Mateo, y severo, como lo define Lucas (19,21), pero con los que abusan de la misericordia de Dios por su propia negligencia.

       Si alguien, sin embargo, está convencido de que Dios es bueno y espera ser perdonado si se convierte a él, Dios se muestra bueno con ése. Ahora bien, con el que lo considera tan bueno que no se preocupa de los pecados de los hombres, Dios no se mostrará bueno, sino severo. Así pues, Cristo cosechará lo que no hayamos sembrado y recogerá lo que no hayamos esparcido. Sembremos en el espíritu, distribuyamos nuestros bienes a los pobres y no escondamos bajo tierra el talento de Dios. Este temor no es bueno ni nos libera de las tinieblas exteriores, donde seremos condenados como siervos malvados e indolentes.

       Malvados, por no haber usado la preciosa moneda de las palabras del Señor, con las que podríamos haber podido difundir la doctrina del cristianismo y penetrar en los profundos misterios de la bondad de Dios; indolentes, por no haber negociado con la Palabra de Dios para nuestra salvación y la de los otros. En efecto, toda riqueza, es decir, toda palabra que lleva la impronta real de Dios y la imagen de su Verbo, es un auténtico tesoro (Orígenes, Commento su Matteo 68ss,passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Creador del mundo os devolverá misericordiosamente la vida» (cf. 2 Mac 7,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Los hombres, en las pocas páginas del evangelio, son bastante numerosos: son paganos e hijos de Israel, son jóvenes y hombres maduros, tal vez incluso ancianos, hombres del culto y hombres que sólo tienen la religión del poder y del dinero. Sobre todo, hay hombres afligidos por enfermedades... Hay hombres que tienen necesidad o, por el contrario, están satisfechos de sí mismos. En el fondo, se pueden dividir en hombres que entran en relación con Cristo y hombres que la rechazan. Parece que es precisamente ésta, fundamentalmente, la diferencia entre ellos. Pueden negarse por orgullo, resistirse a la atracción de la persona de Cristo, alejarse porque es demasiado lo que les pide.

       Por el contrario, pueden amarle, implorar su ayuda, seguirle. Él mismo proclama que es el camino, la luz del mundo, la verdad, la vida y hasta la resurrección. Es el pan, la fuente de agua viva, el esposo que ha venido a la fiesta de las bodas. Quienes le acogen experimentan lo que dice de sí mismo.

       El Evangelio es el mensaje de la salvación, un mensaje que se identifica prácticamente con la persona de Cristo. Ahora bien, así como la obra de Cristo es su presencia, la obra del hombre es creer en él; ninguna obra del hombre podría sustituir esa fe por la que se adhiere a Cristo y se confía a él. Cuando el hombre descubre que la razón de su vida es Dios, abandona cualquier otra búsqueda.

       Lo afirmaba ya el anciano Simeón al comienzo del evangelio: está puesto como «señal de contradicción». La relación con él puede ser positiva en la fe, en el amor, y puede ser negativa en la resistencia a ultranza, en el odio mortal. De este modo, el evangelio nos descubre, el drama de la vida humana que se desarrolla en el tiempo. Ésta es la verdadera realidad de la vida, éste es el contenido verdadero de la historia, éste es el combate que se desarrolla en el corazón de cada hombre, en el corazón e la humanidad (D. Barsotti, L'uomo nel Vangelo, Roma 1998, Pp. 127-130).

 

 

Día 10

 Jueves XXXII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filemón 7-20

Querido:

7 Tu amor, hermano, me ha llenado en efecto de gozo y de consuelo, pues ha confortado profundamente a los creyentes.

8 Por todo ello, aunque tengo plena libertad en Cristo para ordenarte lo que debes hacer,

9 prefiero pedírtelo apelando al amor. Yo, Pablo, anciano ya, y al presente además prisionero por Cristo Jesús,

10 te ruego por mi hijo Onésimo, al que he engendrado entre cadenas.

11 Si en otro tiempo te fue inútil, ahora se ha vuelto útil para ti y para mí;

12 ahí te lo envío, y es como si te enviara mi propio corazón.

13 Habría querido retenerlo conmigo para que me sirviera en tu lugar ahora que estoy encadenado por causa del Evangelio.

14 Pero no he querido hacer nada sin contar contigo, para que tu buen proceder sea fruto de la libertad y no de la coacción.

15 Y es que tal vez te abandonó por breve tiempo, precisamente para que ahora lo recuperes de forma definitiva,

16 pero no ya como esclavo, sino como algo más, como un hermano muy querido. Para mí lo es ya muchísimo, pero más todavía ha de serlo para ti como persona y como creyente.

17 Si, pues, me tienes por amigo, acógelo como me acogerías a mí.

18 Si en algo te perjudicó o tiene alguna deuda contigo, ponlo a mi cuenta.

19 Yo Pablo -de mi puño y letra lo firmo- te lo pagaré, por no decirte que eres tú mismo en persona quien estás en deuda conmigo.

20 A ver, pues, hermano si me sirve de algo el que seas creyente, y confortas mi corazón en Cristo.

 

*• El texto que nos presenta la liturgia de hoy como primera lectura, más que una carta, es un billete de recomendación.

Pablo se siente impulsado por un incontenible amor a un esclavo llamado Onésimo, y lo defiende frente a su dueño, Filemón. Dado que Onésimo se ha escapado de su dueño, se encuentra ahora en una situación muy delicada. Por esa razón, Pablo, superando la lógica de la mera justicia retributiva, se atreve a dirigirse a Filemón para despertar en él los sentimientos de la fe y para animarle a llevar a cabo gestos de exquisita caridad evangélica.

Fundamentalmente, son dos los valores que Pablo pone en juego en este brevísimo escrito suyo: por un lado, la caridad, que, para un cristiano, constituye no sólo una meta que debe alcanzar, sino también, e incluso antes, la fuente de su acción moral y de sus relaciones sociales. Es la caridad de Dios revelada en Cristo Jesús la que «obliga», por así decirlo, a todo verdadero creyente a ponerla siempre en el primer lugar y a darle el primado sobre todo. El otro valor sobre el que Pablo hace girar sus pensamientos es el de la libertad que Cristo nos ha regalado y que no está permitido a nadie negar o menguar a otros. Esa libertad, por un lado, infunde audacia en Pablo para pedir aquello que le importa y, por otro, debe inspirar las decisiones de Filemón respecto a Onésimo. Quien es verdaderamente libre con Dios y consigo mismo no puede negar la libertad a quien razonablemente se la pide.

Caridad y libertad, conjugadas a la vez en relación con la verdad, están en condiciones de subvertir las relaciones sociales más allá de toda mera conveniencia personal y de todo interés colectivo.

 

Evangelio: Lucas 17,20-25

En aquel tiempo,

20 a una pregunta de los fariseos sobre cuándo iba a llegar el Reino de Dios, respondió Jesús: -El Reino de Dios no vendrá de forma espectacular,

21 ni se podrá decir: «Está aquí, o allí», porque el Reino de Dios ya está entre vosotros.

22 Después dijo a sus discípulos: -Llegará el día en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo veréis.

23 Entonces os dirán: «Está aquí, está allí»; no vayáis ni los sigáis.

24 Porque como el relámpago brilla desde un punto a otro del cielo, así se manifestará el Hijo del hombre en su día.

25 Pero antes es preciso que sufra mucho y sea rechazado por esta generación.

 

*•• Estamos frente al llamado «pequeño discurso escatológico» (el más extenso se encuentra en el capítulo 21 de Lucas). Una pregunta de los fariseos es la que motiva esta breve, aunque intensa, enseñanza de Jesús. La pregunta se refiere al tiempo en que vendrá el Reino de Dios: no es difícil entrever la miopía espiritual y el interés egoísta con el que formulan tal pregunta. Pero Jesús no da una respuesta exacta: no ha venido a satisfacer nuestras curiosidades. Responde, en primer lugar, de modo negativo; a buen seguro para prevenir nuestras ilusiones, aunque también para educarnos en el discernimiento de las situaciones o personas que podrían hipnotizar nuestra atención y desviar nuestra fe. Por eso se presenta como el verdadero maestro: el que pone en guardia contra las posibles desviaciones, pero, sobre todo, el q u e indica a cada uno el camino que ha venido a proponer y por el que cada uno está llamado a caminar.

Con todo, en este discurso de Jesús aparece también una afirmación positiva, incluso dos: Jesús quiere concentrar nuestra atención en torno a ellas. La primera expresa el deseo que alberga todo creyente de «ver uno solo de los días del Hijo del hombre» (v. 22): de este modo quiere encender Jesús en todos nosotros el deseo del encuentro que colmará plenamente nuestras expectativas.

La segunda, de carácter más exquisitamente histórico, dice que «antes es preciso que sufra mucho y sea rechazado por esta generación» (v. 25). Es como decir que antes de la escatología debe tener lugar la pascua de Jesús: sólo quien acepta ir hasta Jerusalén, para compartir con Jesús su pascua, se prepara de manera adecuada para el encuentro final con su Salvador.

 

MEDITATIO

Para el verdadero discípulo de Jesús, la vida está compuesta de certezas y de expectativas: él mismo nos ha educado para vivir así. Por un lado, está el presente, que nos ofrece múltiples ocasiones para saborear los dones de Dios, sobre todo porque éstos nos hacen revivir un pasado lleno de Dios y de sus obras maravillosas. Por otro, está el futuro, que, desde la perspectiva cristiana, no es tanto objeto de nuestras previsiones o deseos como «lugar» de una nueva y definitiva manifestación de Dios. Es el futuro de Dios que irrumpe en el presente del hombre y así enciende en el corazón de este último una luz nueva que ilumina el camino y deja entrever la meta.

Toda la esperanza cristiana se encuentra aquí: no es fruto de nuestra inteligencia, sino don de la bondad de Dios. Jesús vino al mundo para dar a cada hombre y a cada mujer de buena voluntad esta lámpara preciosa que nos hace más clarividentes que Diógenes.

El cristiano, al resplandor de esta luz, puede y debe discernir los signos de los tiempos, puede y debe reconocer las «huellas» de la presencia de Dios en medio de nosotros, puede y debe desmantelar los falsos mesianismos y reconocer la presencia del verdadero Mesías: «No vayáis ni los sigáis». Esta advertencia de Jesús nos pone en guardia contra cierta impaciencia en el querer discernir de inmediato lo que sólo puede ser reconocido a medio o largo plazo. Al mismo tiempo, nos pone en guardia contra una debilidad nuestra congénita, a saber: la de querer llegar a la meta sin aceptar antes las necesarias fatigas del camino emprendido.

 

ORATIO

«El Reino de Dios ya está entre vosotros.» Tu Palabra es esperanza, creatividad, imaginación, nuevo horizonte, cuando, limpio de las cenizas de la derrota y del desaliento, continúo detrás de ti... porque tú estás conmigo. Tu Palabra es «sí» cuando lucho por elegir lo que es justo y no lo que es fácil; lo que es verdadero y no lo que es ensalzado; lo que es duradero y no lo que lanza destellos... porque así obraste tú. Tu Palabra es luz cuando te reconozco no en lo espectacular o extraordinario, sino en el pobre, en el hambriento, en el desnudo, en el enfermo, en el preso, en el oprimido: allí donde estás y no donde yo quisiera encontrarte... porque tú estás en ellos.

Oh Padre, tu Reino no es un fantasma que huya. Es nuestra realidad cotidiana la que tiene oídos tensos para oírte, ojos abiertos para verte, mente atenta a tus alternativas, corazón palpitante para seguirte día tras día.

 

CONTEMPLATIO

El que ama a Dios se contenta con agradarle, porque el mayor premio que podemos desear es el mismo amor; el amor, en efecto, viene de Dios, de tal manera que Dios mismo es el amor. El alma piadosa e íntegra busca en ello su plenitud y no desea otro deleite. Porque es una gran verdad eso que dice el Señor: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón (Mt 6,21). El tesoro del hombre viene a ser como la reunión de los frutos recolectados con su esfuerzo. Lo que uno siembre, eso cosechará (Gal 6,7), y cual sea el trabajo de cada uno, tal será su ganancia; y donde ponga el corazón su deleite, allí queda reducida su solicitud. Mas, como sea que hay muchas clases de riquezas y diversos objetos de placer, el tesoro de cada uno viene determinado por la tendencia de su deseo, y, si este deseo se limita a los bienes terrenos, no hallará en ellos la felicidad, sino la desdicha.

En cambio, los que ponen su corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra, y su atención en las cosas eternas, no en las perecederas, alcanzarán una riqueza incorruptible y escondida, aquella a la que se refiere el profeta cuando dice: La sabiduría y el saber serán su refugio salvador, el temor del Señor será su tesoro (Is 33,6).

Esta sabiduría divina hace que, con la ayuda de Dios, los mismos bienes terrenales se conviertan en celestiales cuando muchos convierten sus riquezas, ya sea legalmente heredadas o adquiridas de otro modo, en instrumentos de bondad. Los que reparten lo que les sobra para sustento de los pobres se ganan con ello una riqueza imperecedera; lo que dieron en limosnas no es en modo alguno un derroche; éstos pueden en justicia tener su corazón donde está su tesoro, ya que han tenido el acierto de negociar con sus riquezas sin temor a perderlas (León Magno, Sermón 92, 2.3).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tu amor, hermano, me ha llenado en efecto de gozo y ie consuelo» (Flm 7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Según una antigua tradición rabínica, la puerta de toda estancia judía debía estar entornada durante la pascua. La razón es que si el Mesías decidiera venir, tenía que encontrarla abierta.

Y si no era éste el caso, siempre se hubiera podido dar la bienvenida a los pobres, que habrían participado en la alegría común de la fiesta. También nuestras iglesias y nuestras casas deberían tener las puertas abiertas de par en par a Cristo y a los pobres durante la pascua. En efecto, los Hechos de los Apóstoles abren de par en par las puertas del cenáculo donde ha tenido lugar el encuentro de la Iglesia con el Resucitado y las abren por las calzadas imperiales romanas hacia Galilea, Siria, Asia Menor, Macedonia, Grecia, Malta, hasta llegar al corazón mismo del Imperio, Roma. Y también aquí están abiertas las puertas de la casa donde habita Pablo en residencia forzosa, mientras espera la celebración del proceso romano.

Hay muchos rincones del gran mundo y muchos también de nuestro pequeño mundo en los que debe resucitar Cristo, en los que debe ser anunciada de nuevo la pascua de Cristo. En este sentido, puede ser todavía válida la flagelante llamada que el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, uno de los más elevados y dramáticos representantes del moderno rechazo de Dios, lanzó a los cristianos: «Si la buena nueva de vuestra Biblia estuviera escrita asimismo en vuestro rostro, no necesitaríais insistir con tanta obstinación para que se crea en la autoridad de este libro: vuestras obras, vuestras acciones, deberían hacer casi superflua la Biblia, porque vosotros mismos deberíais constituir continuamente la Biblia nueva» (G. F. Ravasi).

 

 

Día 11

 Viernes XXXII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Juan 4-9

4 Me alegré mucho de encontrar a tus hijos viviendo conforme a la verdad, según el mandamiento que hemos recibido del Padre.

5 Y ahora te ruego, señora -y no es nuevo el mandamiento acerca del que te escribo, sino el que tenemos desde el principio-, que nos amemos los unos a los otros.

6 El amor consiste en vivir según sus mandamientos. Éste es el mandamiento que os fue dado desde el principio, para que sea la norma de vuestra vida.

7 Ahora han irrumpido en el mundo muchos seductores, los cuales no reconocen que Jesucristo es verdaderamente hombre. Entre ellos se encuentra el seductor y el anticristo.

8 Vosotros estad atentos para no echar a perder lo que habéis trabajado, y así vuestra recompensa será completa.

9 Todo el que se descarría y no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios. Pero quien permanece en la doctrina tiene al Padre y al Hijo.

 

*» En esta brevísima carta, el apóstol Juan nos ofrece casi una síntesis de su evangelio, precisamente para recordar a su comunidad las condiciones fundamentales para la salvación: «Caminar en la verdad» y «creer que Jesús es el Hijo de Dios». De este modo, el apóstol se hace portador del mandamiento de Dios; no nos ofrece una hipótesis de vida basada en su sabiduría personal, sino que se hace intérprete del mandamiento nuevo que él mismo ha recibido de su Señor.

Las dos condiciones para la salvación pueden ser reconducidas al único mandamiento por el que llega a nosotros la verdad de Dios, revelada -incluso hecha carneen Jesucristo. Creer en él significa entrar en la verdad de Dios. Caminar por el sendero del amor significa participar en el amor que es Dios. Pero el apóstol Juan está preocupado también por la fidelidad de sus destinatarios: en efecto, siempre hay al acecho algunos, incluso muchos, «seductores» (v. 7) que no reconocen a Jesús y querrían corromper también la fe de los otros. Consecuentemente, sigue abierta la posibilidad de «echar a perder lo que habéis trabajado» (v. 8), esto es, la fe, y la posibilidad de transformar con ella toda nuestra vida.

La fortuna del que cree consiste precisamente en esto: no en conocer una verdad abstracta, sino en tener a Dios (v. 9); no en tender hacia adelante, hacia un futuro incierto, sino en caminar con Cristo hacia Dios; no en ejercer cierta filantropía, sino en amar a Dios a través del prójimo, en nombre de Cristo.

 

Evangelio: Lucas 17,26-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

26 Cuando venga el Hijo del hombre sucederá lo mismo que en tiempos de Noé.

27 Hasta que Noé entró en el arca, la gente comía, bebía y se casaba. Pero vino el diluvio y acabó con todos.

28 Lo mismo sucedió en los tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y edificaban.

29 Pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y acabó con todos.

30 Así será el día en que se manifieste el Hijo del hombre.

31 Ese día, el que esté en la azotea y tenga en casa sus enseres que no baje a tomarlos; igualmente, el que esté en el campo que no vuelva atrás.

32 Acordaos de la mujer de Lot.

33 El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la recobrará.

34 Os aseguro que esa noche estarán dos juntos en la misma cama: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán.

35 Estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a otra la dejarán.

37 Ellos le preguntaron: -¿Dónde, Señor? Y les contestó: -Donde esté el cadáver, allí se reunirán los buitres.

 

*+• Jesús, a fin de educar a sus discípulos en el ejercicio de la verdadera esperanza, completa el discurso sobre su última venida. Para que la esperanza no se convierta en utópica («sin lugar») y para que no produzca fáciles ilusiones, la conjuga Jesús con la fe: ésta nos liga, en efecto, desde ahora a su persona y nos introduce en su misterio de muerte y resurrección. Si la esperanza se conjuga con la fe, entonces, como creyentes, sabemos a quién esperamos y no nos interesa ya cuándo ni cómo tendrá lugar.

Jesús ilustra esta enseñanza suya con dos ejemplos: el de Noé (w. 26ss) y el de Lot (w. 28ss). Estos dos hechos históricos ponen de relieve el carácter inesperado y repentino del diluvio, por un lado, y de la lluvia de fuego, por otro, sólo en apariencia. En realidad, Jesús quiere señalar con ellos la necesidad de estar preparados para cuando Dios se manifieste en su divino señorío: preparados para reconocerlo, para ser introducidos por él en el gozo eterno y entrar así en plena comunión con él. La verdadera enseñanza, por tanto, es ésta: no debemos considerar sólo a Noé y a Lot como figuras de los creyentes, sino también a sus contemporáneos, tan bien representa dos por la mujer de Lot (v. 32). Vivían éstos olvidados de Dios y preocupados sólo por los bienes terrenos, y en esta situación fueron sorprendidos por el castigo de Dios; es su ceguera espiritual, su incapacidad para captar el carácter dramático de los tiempos, lo que atrae la atención de Jesús, del evangelista y también la nuestra.

 

MEDITATIO

«Acordaos de la mujer de Lot.» El discípulo de Jesús debe hacer un buen uso de su memoria: con ella, en efecto, puede volver a aquella historia que, precisamente por haber sido visitada por Dios, se convierte en fuente de sabiduría y, por ello, en maestra de vida. En este caso, la invitación recae directamente sobre el Antiguo Testamento, que, para nosotros los cristianos, constituye una fuente de enseñanzas siempre válidas y actuales.

La memoria del creyente no debe ser considerada como una mina de la que extraer materiales más o menos preciosos. Esta memoria induce más bien al creyente a «captar» en el interior de los acontecimientos históricos esos mensajes de los que Dios no priva a quienes le reconocen como tal. Quien recuerda los hechos históricos del Antiguo Testamento, preocupado por captar los motivos y los modos según los que interviene Dios, aprende no sólo a vivir en el tiempo presente, sino también a orientar la antena de su fe hacia la meta final.

Esa es la razón de que tal memoria se convierta en criterio de diagnóstico de todo lo que acontece aquí y ahora, de suerte que no marque nunca el paso ni lentifique el ritmo de nuestra peregrinación. Al mismo tiempo, esa memoria nos pide y nos habilita para superar peligrosas distracciones -debidas sobre todo a la hipnosis de las cosas  y de ciertas personas- y para practicar ese distanciamiento que hace posible un juicio sereno y ecuánime sobre todo y sobre todos. Más aún: esa memoria nos enseña a perder lo que debe ser perdido y a conservar lo que debe ser conservado. Está clara la contraposición que existe entre una vida que sólo en apariencia es tal -y que, en ocasiones, nosotros mismos apreciamos más que la verdadera- y la vida nueva adquirida por quien está dispuesto a sacrificar la propia vida terrestre. La orientación hacia el futuro de Dios es por lo menos clara.

 

ORATIO

Señor, tú eres el camino, la verdad y la vida. Pero ¡cuántos semáforos en rojo encuentro en mi camino! Por eso me aferró a los amigos como ancla de salvación; me entierro en mis seguridades personales; me vendo a mi trabajo; me quedo encantado con lo que brilla; me consagro a mi bienestar; me alineo con la superchería de los intolerantes; me distraigo con el estruendo de tantas mentiras; sigo el trajín de una vida sin sentido, dictada por los que me rodean.

Pero tú me avisas: reconoce a Dios como origen común y como creador para recuperar el sentido de lo sagrado. Reconoce a todo hombre para recuperar tu humanidad, con sus valores de fraternidad, de justicia, de libertad. Reconoce la naturaleza como fuerza que hemos de respetar sin intentar someterla, explotarla, poseerla o reproducirla en copias cada vez más desteñidas. Sólo así caminarás conmigo, y mi llegada te encontrará preparado.

Sólo en sintonía con los valores del Espíritu te salvarás y la muerte te encontrará preparado.

 

CONTEMPLATIO

¡Mucho vale el amor! Fijaos que sólo él sopesa y distingue los hechos de los hombres. Decimos esto en referencia a hechos semejantes. En referencia a hechos diferentes encontramos a un hombre que infiere por motivos de amor y a otro, gentil, que lo hace por iniquidad.

Un padre azota a su hijo y un mercader de esclavos, en cambio, los trata con miramiento.

Si te pones ante estas dos cosas -los azotes y las caricias-, ¿quién no prefiere las caricias y huye de los azotes? Si paras mientes en las personas, el amor azota, la iniquidad suaviza. Considerad bien lo que aquí enseñamos, a saber: que los hechos de los hombres no se diferencian si no es a partir de la raíz del amor. En efecto, pueden acaecer muchas cosas que tienen una apariencia buena, pero no proceden de la raíz del amor: también las espinas tienen flores; algunas cosas parecen ásperas y duras, pero se hacen, regidas por el amor, para instaurar una disciplina.

Se te impone, pues, de una vez por todas, un breve precepto: ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, hazlo por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Esté en ti la raíz del amor, puesto que de esta raíz no puede proceder sino el bien (Agustín de Hipona).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El amor consiste en vivir según sus mandamientos» (2 Jn 6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El obispo no puede limitarse al acto litúrgico, sino que, vigilando, debe indicar, guiar y proyectar. Debe ser profeta en el sentido etimológico del término: pro (antes o delante), phemí (hablar). El obispo tiene, por tanto, la obligación de hablar delante de la gente y, sobre todo, de hablar antes: previendo las consecuencias del obrar humano y anticipando sus efectos. No es posible tener la prudencia como pastoral. A buen seguro, Jesús habría alcanzado una vejez tranquila si hubiera sido prudente, pero eso habría envilecido su mensaje, que, sin embargo, es muy rico en imprudentes llamadas a la fraternidad y a la solidaridad. Por no hablar de los santos y los mártires que pagaron con el sacrificio el valor arriesgado de la fe. No, Emilio; es preciso ir también, si es necesario, a la guarida del lobo, para demostrar que existe la menos cómoda y practicada vía del diálogo y de la razón a la hora de resolver las controversias: debemos afirmar que el odio y la guerra producen sólo frutos mortificantes (T. Bello)

 

 

Día 12

 Sábado XXXII semana del Tiempo ordinario o

san Josafat

 

LECTIO

Primera lectura: 3 Juan 5-8

5 Mi querido amigo, te portas como creyente en todo lo que haces con los hermanos, y eso que son forasteros.

6 Ellos han dado testimonio de tu amor ante la comunidad. Harás bien en proveerlos para su viaje de una manera digna de Dios,

7 pues se han puesto en camino sólo por su nombre, sin recibir nada de los no creyentes.

8 Tenemos la obligación de ayudar a hombres como ellos, para hacernos colaboradores de la verdad.

 

**• Esta carta de Juan permite presuponer una situación de vida dramática: la comunidad cristiana sufre a causa de una división interna que amenaza con paralizar también su carácter misionero. Juan se dirige a un miembro de esta comunidad y, a través de él, quiere animar a todos a la fidelidad, a la comunión eclesial y al valor del testimonio.

Por lo que respecta al destinatario de la carta, habla Juan sobre todo de su amor, un amor que lo señala a la atención de todos. Es un amor tanto más digno de crédito por el hecho de que no se limita a favorecer a los que comparten la misma fe, sino que se entrega también a los que son forasteros (v. 5). Los confines de la caridad cristiana son, necesariamente, ilimitados, a ejemplo de Jesús, que vino para todos y no hizo acepción de personas. Ese amor se traduce, espontáneamente, en acogida -siempre a ejemplo de Jesús, que acogió preferentemente entre sus contemporáneos a los últimos: los pobres, los enfermos, los pecadores-. Acoger en su nombre a los que se encuentran en situación de necesidad significa acogerle a él mismo, y, de este modo, nos convertimos en «colaboradores de la verdad» (v. 8). Resulta, por lo menos, iluminador poner de manifiesto que la verdad de Dios, en particular la verdad revelada en Cristo, quiere ser difundida no sólo con la ayuda de la Palabra, sino sobre todo con el compromiso de la caridad.

Al mismo tiempo, el compromiso misionero es deber de toda la Iglesia: cuando uno de sus miembros se dedica a la misión, es toda la comunidad la que se compromete con él. El misionero representa a su Iglesia y la Iglesia se hace cargo de todo misionero.

 

Evangelio: Lucas 18,1-8

En aquel tiempo,

1 para mostrarles la necesidad de orar siempre sin desanimarse, Jesús les contó esta parábola:

2 -Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres.

3 Había también en aquella ciudad una viuda que no cesaba de suplicarle: «Hazme justicia frente a mi enemigo».

4 El juez se negó durante algún tiempo, pero después se dijo: «Aunque no temo a Dios ni respeto a nadie,

5 es tanto lo que esta viuda me importuna que le haré justicia para que deje de molestarme de una vez».

6 Y el Señor añadió: -Fijaos en lo que dice el juez inicuo.

7 ¿No hará, entonces, Dios justicia a sus elegidos que claman a él día y noche? ¿Les hará esperar?

8 Yo os digo que les hará justicia inmediatamente. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

 

*•• Dos son los «focos» en torno a los cuales se construye la parábola que nos propone la liturgia de hoy: por un lado, la perseverancia y la testarudez que muestra la viuda al pedir justicia; por otro, la decisión final del juez, que termina cediendo a la petición que se le hace.

Así pues, si bien es cierto que la parábola nos recuerda la perseverancia en la oración, también lo es que repite la enseñanza de Jesús sobre la seguridad del retorno y sobre la gravedad del juicio que pronunciará sobre aquellos que no hayan obrado con justicia.

Es obligatorio destacar lo que afirma Jesús en el v. 7a: «¿No hará, entonces, Dios justicia a sus elegidos que claman a él día y noche'?». Pensando en Dios, este «hacer justicia» implica, ciertamente, su fidelidad a sus promesas y, en consecuencia, su voluntad de perdón y de salvación. Dios es justo en cuanto justifica: ésta es la concepción bíblica de la justicia. «¿Les hará esperar?» (cf. v. 7b). También esta pregunta ilumina nuestra búsqueda.

En efecto, Dios, según la enseñanza bíblica, no sólo es justo, sino también paciente y bueno. De este modo es como manifiesta su arte pedagógico no sólo escuchando nuestras oraciones, sino también estableciendo los tiempos en que intervendrá y los modos con que lo hará. Existe, por tanto, un aspecto de «escándalo» en este comportamiento de Dios, y consiste en el hecho de que él espera, tal vez demasiado, para hacer justicia. En ocasiones, esta paciencia suya pone impacientes a sus fieles. «Yo os digo que les hará justicia inmediatamente» (v. 8a). Éste es el verdadero «final» de la parábola, mientras que lo que sigue puede ser considerado como un añadido posterior. De este modo pretende confirmar Jesús nuestra fe en que Dios, como Padre, contrariamente a nuestras incertidumbres y crisis, no puede dejar de hacerse cargo de la situación de todos los que, en su pobreza, le eligen como su único Salvador.

 

MEDITATIO

«Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?». La pregunta de Jesús supone para nosotros una abierta provocación. Antes que nada, por el hecho de poner en el centro de su discurso la fe: ésta, en efecto, es el don más precioso que podemos recibir de Dios, y estamos llamados a conservarla a cualquier precio.

La apertura al futuro nos deja entender también que, si bien es hermoso acoger el don, no es igual de fácil conservarlo y vivir de él.

¿Qué respuestas podemos dar, hoy, a esta provocación de Jesús? Por un lado, observando de manera atenta la situación espiritual del mundo contemporáneo, parece que podemos decir que la humanidad camina hacia un futuro cada vez menos rico de fe, cada vez más atado a los bienes terrenos, cada vez más solicitado por sus propios intereses. En general, el espectáculo

que tenemos delante no figura, a buen seguro, entre los más seductores, y es precisamente eso lo que nos induciría a dar una respuesta negativa.

No obstante, por otro lado, si hacemos uso no sólo de la lupa para ver de cerca las cosas que suceden, sino también del catalejo para tener una visión panorámica de la realidad, entonces veremos que la semilla de la fe está presente y escondida en el corazón de no pocas personas, y eso es lo que más cuenta. Lo que constituye la diferencia no es tanto la visibilidad externa, y mucho menos la eficiencia de las estructuras creadas por quien cree, sino el don de Dios, que, por su propia naturaleza, tiende a crear relaciones profundas y le gusta ocultarse en ellas.

La provocación de Jesús la podemos interpretar también como una consigna: le corresponde al «resto de Israel» asumirla como propia, hacerse cargo, hoy como en todas las épocas, de la historia y obrar de modo que, cuando venga el Hijo del hombre, pueda encontrarnos ricos en fe.

 

ORATIO

\Señor, enséñame a orar!

Tu oración consistía, a veces, sólo en una mirada dirigida al cielo antes de actuar o en una breve invocación; otras veces consistía en una expresión de abandono, en un grito de reparación, en un agradecimiento filial o en una manifestación de la voluntad del Padre.

Era una oración dulce y gozosa, pero también una oración de tensión cuando se acercaba la última hora, de miedo y de angustia al beber el cáliz. Orabas solo o con otros, de noche o por la mañana, de pie o sentado, en el desierto o en la soledad absoluta de tu alma. Orabas siempre, porque - a diferencia de los fariseos- tu oración se convertía en vida, y tu vida -expresión de tu fe- era una efusión de la oración.

¡Señor, enséñame a vivir!

 

CONTEMPLATIO

La fe, aunque por su nombre es una, tiene dos realidades distintas. Hay, en efecto, una fe por la que se cree en los dogmas y que exige que el espíritu atienda y la voluntad se adhiera a determinadas verdades; esta fe es útil al alma, como lo dice el mismo Señor: Quien escucha mi Palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio; y añade: El que cree en el Hijo no está condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.

¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los antiguos justos, ciertamente, pudieron agradar a Dios empleando para este fin los largos años de su vida, mas lo que ellos consiguieron con su esforzado y generoso servicio de muchos años, eso mismo te concede a ti Jesús realizarlo en un solo momento. Si, en efecto, crees que Jesucristo es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos, conseguirás la salvación y serás llevado al paraíso por el mismo que recibió en su Reino al buen ladrón. No desconfíes ni dudes de si eso va a ser posible o no: el que salvó en el Gólgota al ladrón a causa de una sola hora de fe te salvará también a ti si crees.

La otra clase de fe es esa que Cristo concede a algunos como don gratuito: Uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe, y otro, por el mismo Espíritu, el don de curar.

Esta gracia de fe que da el Espíritu no consiste solamente en una fe dogmática, sino también en esa otra fe capaz de realizar obras que superan toda posibilidad humana; quien tiene esta fe podría decir a una montaña que viniera aquí, y vendría. Cuando uno, guiado por esta fe, dice esto y cree sin dudar en su corazón que lo que dice se realizará, entonces este tal ha recibido el don de esta fe.

Es de esta fe de la que se afirma: Si fuera vuestra fe como un grano de mostaza... Porque así como el grano de mostaza, aunque pequeño de tamaño, está dotado de una fuerza parecida a la del fuego y, plantado aunque sea en un lugar exiguo, produce grandes ramas donde pueden cobijarse las aves del cielo, así también la fe, cuando arraiga en el alma, en pocos momentos realiza grandes maravillas.

El alma, en efecto, iluminada por esta fe, alcanza a concebir en su mente una imagen de Dios y llega incluso a contemplar al mismo Dios en la medida en que eso es posible; le es dado recorrer los límites del universo y ver, antes del fin del mundo, el juicio futuro y la realización de los bienes prometidos.

Procura, pues, llegar a esa fe que de ti depende y que conduce al Señor a quien la posee, y así el Señor te dará también esa otra que actúa por encima de las fuerzas humanas (Cirilo de Jerusalén, Catequesis 5, sobre la fe y el símbolo, 10-11).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «En el corazón de los justos resplandece la bondad del Señor» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Un día despertó Hitler la antigua ilusión que contrapone la ciencia y la religión. Estaba convencido ciertamente de que afirmaba una verdad definitiva cuando declaraba: «Colocad un telescopio en un país y habréis terminado con Dios». Bajo la ordinariez de la propuesta se esconde un a priori que no corresponde sólo a la ideología nazi. Toda generación tiene su contingente de individuos que piensan haber terminado con la imagen de Dios gracias a la ciencia. Los hombres seríamos sólo el objeto de una manipulación genética, títeres producidos por casualidad. La idea de Dios se habría convertido, definitivamente, en una antigualla.

Sin embargo, precisamente la experiencia del telescopio puede llevar a una conclusión opuesta a la de Hitler. Si se os presenta la ocasión, no la dejéis escapar. Al contrario, buscadla. Es fascinante. Creo que en la vida humana hay un «antes» y un «después» cuando, gracias al telescopio, se ha tenido la posibilidad de experimentar de una manera visible, concreta, el infinito y su esplendor, por una parte, y nuestro límite y el vuelco que :se impone a la inteligencia bajo la impresión de tal realidad, por otra. La historia de la civilización confirma la experiencia (B. Bro).

 

 

Día 13

 XXXIII domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Malaquías 3,19-20a

Así dice el Señor:

19 Ya viene el día, abrasador como un horno; todos los arrogantes, todos los malvados, no serán entonces más que paja. Ese día que está llegando, dice el Señor todopoderoso, los abrasará y no dejará de ellos ni rama ni raíz.

20 Pero sobre vosotros, los que honráis mi nombre, se alzará un sol de justicia.

 

*•• El fragmento que hemos leído, tomado de la sección sexta del libro (3,13-21), está iluminado por la llegada de un día cuyo calor abrasará hasta la raíz de los árboles que dan frutos venenosos, sin que puedan volver a germinar. Sin embargo, un «sol de justicia» extenderá sus rayos como alas para recubrir y calentar a quienes todavía experimentan los escalofríos ante los crímenes y los delitos.

Ese día, una vez eliminados los asesinos, se podrá salir, por fin, de casa y vivir con alegría, como terneros que salen del cercado. Ese día, por tanto, permite recuperar la calidad de la vida para aquellos que apuestan por ser personas rectas ante Dios, mientras que marcará el fracaso de los que buscan ganar explotando a los miembros de su pueblo, conspirando junto con los criminales que encuentran.

También en otros libios de la Biblia se habla del «día del Señor» como día de salvación y de condena (Mal 3,2; Is 2,6-22; Am 5,18-20; Sof 1,15-18). Malaquías también habla de él porque quiere que el pueblo, una vez vuelto del exilio, recupere su cualidad más pura: en el culto, en la vida, en sus valores más elevados. No se contenta con la mediocridad, no le basta, por ejemplo, que se haya reconstruido el templo. Quiere que, empezando por el templo, todo se haga bien, en un clima de respeto al mismo Dios. Quiere que todo el pueblo esté preparado para contemplar el sol de su justicia y no dude de que éste permanecerá aunque, en plena tempestad, se acumulen las nubes ((cf. 2,18).

 

Segunda lectura: 2 Tesalonicenses 3,7-12

Hermanos:

7 Conocéis perfectamente el ejemplo que os hemos dado, porque no hemos vivido ociosamente entre vosotros

8 ni hemos comido de balde el pan de nadie; al contrario, hemos trabajado con esfuerzo y fatiga día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros.

9 ¡Y no es que no tuviéramos derecho a ello! Pero quisimos daros un ejemplo que imitar.

10 Porque ya cuando estábamos entre vosotros os dábamos esta norma: El que no quiera trabajar que no coma..

11 Pues bien, tenemos noticia de que algunos de vosotros viven ociosamente, sin otra preocupación que curiosearlo todo.

12 De parte de Jesucristo, el Señor, les mandamos y exhortamos a que trabajen en paz y se ganen el pan que comen.

 

**• Tras la ortodoxia, en la última parte de la segunda Carta a los Tesalonicenses se recomienda la ortopraxis. Un pasaje como éste está dictado por el comportamiento extravagante de algunos miembros de la comunidad que habían abandonado su puesto de trabajo en nombre del Evangelio, tal vez a causa de la fe en una inminente manifestación del Señor. Este cristianismo vivido entre las nubes no ayudaba al crecimiento de la comunidad ni a su credibilidad en el ambiente de Tesalónica.

Pablo había encontrado ya muchos vagabundos dedicados a procurar molestias al prójimo y se había visto obligado a demostrar, trabajando, que no era como ellos. Por consiguiente, no había necesidad de tener otros precisamente dentro de la comunidad. El apóstol, que aunque estaba revestido de la autoridad de guía se había «camuflado» en Tesalónica entre los trabajadores y no se había avergonzado de ganarse el pan como ellos, no quiere que nadie deje de trabajar y viva sin esquemas de referencia. Propone, más bien, la mimesis-es decir, la imitación- de su propia conducta.

En efecto, el mismo Pablo les suministra la más evidente demostración de la viabilidad del mensaje cristiano en todos los ambientes de vida. Las palabras de la carta recuerdan los dichos del Evangelio sobre el siervo fiel y vigilante que el señor encuentra despierto. Éste recibirá su recompensa precisamente porque no ha abandonado su ocupación, sino que, por estar seguro de la vuelta del Señor, le hace encontrar todo en orden y a él mismo dispuesto (cf. Le 12,35-48).

 

Evangelio: Lucas 21,5-19

En aquel tiempo,

5 al oír a algunos que hablaban sobre la belleza de las piedras y exvotos que adornaban el templo, dijo:

6 -Vendrá un día en que todo eso que veis quedará totalmente destruido; no quedará piedra sobre piedra.

7 Entonces le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?

8 Él contestó: -Estad atentos, para que no os engañen. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy, ha llegado la hora». No vayáis detrás de ellos.

9 Y cuando oigáis hablar de guerras y de revueltas, no os asustéis, porque es preciso que eso suceda antes, pero el fin no vendrá inmediatamente.

10 Les dijo además: -Se levantará nación contra nación y reino contra reino.

11 Habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambres, pestes, apariciones terroríficas y grandes portentos en el cielo.

12 Pero antes de todo eso, os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y a las cárceles y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.

13 Esto os servirá para dar testimonio.

14 Haceos el propósito de no preocuparos por vuestra defensa,

15 porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a los que no podrá resistir ni contradecir ninguno de vuestros adversarios.

16 Seréis entregados incluso por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos, y a algunos de vosotros os matarán.

17 Todos os odiarán por mi causa.

18 Pero ni un cabello de vuestra cabeza se perderá.

19 Si os mantenéis firmes, conseguiréis salvaros.

*»• Las piedras del templo caerán bajo los golpes de las legiones romanas en el año 70, después de que el fuego de los dominadores extranjeros se inflame para incendiar los paramentos sagrados. La comunidad cristiana de los orígenes, sostenida por la Palabra de su Señor, reflexiona sobre estos acontecimientos y verifica su capacidad de resistencia en este trance delicado de la historia.

La enseñanza de Jesús nos lleva a comprender que el final del templo no coincide ni con el final del tiempo ni con la parusía. Si bien desde muchos lugares se habían elevado voces en este sentido por parte de personajes que se presentaban con prerrogativas mesiánicas, en la comunidad cristiana resuena con fuerza la voz de aquel que dice «Yo soy» en el hoy salvífico de la historia, incluso en medio de la confusión producida por los desbarajustes políticos y bélicos. Lo que tienen que hacer los  discípulos, en medio de tantos falsos profetas de mal agüero, es ser testigos del verdadero Señor de la historia, sus siervos fieles que saben esperar, soportar, perseverar en el trabajo humilde y sencillo de cada día (Lc 17,10).

Como siervos proclamarán unas palabras tan verdaderas ante los jefes de las sinagogas, los gobernadores y los reyes que éstos no sabrán qué responder. En consecuencia, se hace justicia a la sabiduría tanto en el tiempo de la fiesta como en el tiempo del llanto y del luto (7,35). Bendito sea, pues, el Padre celestial, que ha revelado a los pequeños el misterio de su Reino {cf. 10,21). Lo hace ahora, con la Palabra de Jesús, y lo hará siempre a lo largo de la historia, con la palabra repetida y predicada por los apóstoles y por los discípulos. Es una palabra de aliento: «Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá» (Lc 21,18; cf. 12,7). La capacidad de aguante debe ser entendida, pues, no como victimismo, sino como alegría en el martirio (cf Esteban en Hch 7,59), paz en la hora de la disidencia doméstica, deseo de dar la vida por el Señor. Aunque el templo haya sido destruido, Dios no deja de construir su Reino, no permite que su pueblo, reunido por Cristo, sea presa del pánico.

 

MEDITATIO

La Palabra de Dios presenta la posibilidad de hacer, de construir, de trabajar en torno a un proyecto como algo real en cada momento de la historia, incluso en los más tenebrosos. Ante el hundimiento de cierto modelo de vida y la disgregación de los valores tradicionales, sería un acto de desconfianza decir: «No puedo hacer nada». Sería, además, vivir fuera del tiempo intentar volver a poner en pie viejas instituciones, echando de menos con nostalgia la vida de un tiempo pasado, mostrándonos incapaces de dialogar con el mundo actual.

El compromiso que tenemos es el de construir el Reino de Dios en el hoy, reconociéndolo como tiempo de salvación en el que Dios nos pide que trabajemos en su nombre. Pablo, en un pasaje de la primera Carta a los Corintios, habla de la obra de edificación de la comunidad, de trabajar con el mejor material, que será cribado y varado al final (1 Cor 3,12-17). Del mismo modo que las construcciones son sometidas a prueba en los cataclismos, así los desbarajustes de la historia ponen a prueba la resistencia de una comunidad cristiana, el aguante de nuestra fe. En determinados momentos se ve cómo hemos construido, qué material hemos empleado, en qué proyectos está basado. ¿Se apoya nuestra casa en la roca que es Cristo (cf. Mt 7,24-27)?

La certeza de que habrá un final no puede llevarnos a dejar de remar, sino a garantizar un futuro a nuestros hermanos, a obrar de modo que todos se sientan inflamados y alegrados por la aparición del «sol de justicia». De ahí la imposibilidad de huir de este tiempo. El trabajo cotidiano, sea del tipo que sea, es el lugar de la fiel espera de la intervención definitiva de Dios por parte del hombre, es el lugar donde, como cristianos, estamos llamados a dar un buen testimonio de Cristo. La vida cotidiana, el silencio, la sencillez, son los caminos que hemos de escoger, en este tiempo, para hablar de la sabiduría ante los poderosos del mundo.

 

ORATIO

Señor Jesús, concédeme hoy tu espíritu de perseverancia, para llevar adelante los compromisos que me han sido confiados.

Concédeme poder amar a los que me persiguen y haz que, a tu vuelta, me puedas encontrar dispuesto.

Que yo pueda resplandecer por tu justicia delante de los hombres gracias a tu luz en el momento de tu venida.

Te ruego también por mis compañeros de trabajo y por aquellos que, a causa de su profesión, están lejos de sus seres queridos. Llena de valor su corazón y recompénsales por sus fatigas.

 

CONTEMPLATIO

Vemos, un mar turbado desde los abismos, navegantes que flotan muertos sobre las olas y otros sumergidos, las tablas de los barcos sueltas, las velas desgarradas, los mástiles destrozados, los remos sueltos de las manos de los remeros, los pilotos no sentados al timón, sino en el puente, con las manos entre las rodillas: gimen por su impotencia frente a los elementos, gritan, se lamentan, sollozan; no se divisa ni el cielo ni el mar, sino sólo las tinieblas profundas, impenetrables y turbias, hasta tal punto que ni siquiera se puede ver al vecino, y de todas partes caen monstruos marinos sobre los navegantes.

Pero ¿por qué intento describir lo que no se puede? Aunque busque cualquier imagen que exprese los males presentes, mi discurso queda superado por la realidad y retrocede. Sin embargo, aunque lo vea bien, no renuncio a la buena esperanza, pensando en el piloto de todo el universo, que no supera la borrasca con su arte, sino que deshace el huracán con un ademán. No lo hace de buenas a primeras o de inmediato, sino que acostumbra a actuar así: no aniquila los males al principio, sino cuando han crecido, cuando llegan al extremo, cuando los más ya desesperan: entonces realiza sus prodigios y sus maravillas, mostrando de este modo su poder y ejercitando en la paciencia a aquellos sobre quienes han caído los males.

No te abatas por tanto. Una sola cosa, oh Olimpia, hay que temer, una sola es la tentación verdadera: el pecado. Nunca he cesado de repetir este discurso a tus oídos: todo lo demás son fábulas, aunque se hable de insidias, de hostilidades, de engaños, de calumnias, de insultos, de acusaciones, de confiscaciones, de exilio, de espadas afiladas, de mar, de guerra en toda la tierra. Por muy glandes que sean estas tribulaciones, son temporales, limitadas; subsisten sólo en el cuerpo mortal y no perjudican al alma vigilante. Por eso, el bienaventurado Pablo, queriendo mostrarnos la mezquindad de lo que es útil y de lo que es doloroso en la vida presente, lo resume todo con una sola expresión diciendo: «Las realidades que se ven son transitorias». ¿Por qué, entonces, tienes miedo de lo que es transitorio y discurre como la corriente de un río? Así son, en efecto, las realidades presentes, sean favorables o molestas (Juan Crisóstomo, Carta a Olimpia, 1,1).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Nos visitará el sol que nace de lo alto» (Lc 1,78).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Hemos sido testigos silenciosos de acciones malvadas, conocemos una más del diablo, hemos aprendido el arte de la simulación  y del discurso antiguo, la experiencia nos ha hecho desconfiar de los hombres y con frecuencia hemos quedado en deuda con ellos en lo que respecta a la verdad y a la palabra libre, conflictos insostenibles nos han vuelto dóciles o tal vez incluso cínicos: ¿podemos ser útiles todavía? No tenemos necesidad de genios, de cínicos, de despreciadores de hombres, de estrategas refinados, sino de hombres sinceros, sencillos, rectos. ¿Habrá quedado bastante grande nuestra fuerza de resistencia interior contra lo que se nos impone? ¿Habrá quedado la sinceridad para con nosotros mismos suficientemente implacable, de suerte que nos haga volver a encontrar el camino de la sinceridad y de la rectitud? (D. Bonhoeffer, Resistenza e resa, Cinisello B. 21988, pp. 73ss [edición española: Resistencia y sumisión, Ediciones Sígueme, Salamanca 1983]).

 

 

Día 14

  Lunes XXXIII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 1,1-4; 2,1-5a

1 Ésta es la revelación que Dios confió a Jesucristo para que mostrara a sus siervos lo que está a punto de suceder. Se lo hizo saber a Juan, su siervo, por medio del ángel que le envió,

2 y el mismo Juan testifica que todo lo que ha visto es Palabra de Dios y testimonio de Jesucristo.

3 ¡Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen este mensaje profético y cumplan lo que está escrito en él! Porque el momento decisivo está a las puertas.

4 Juan, a las siete Iglesias que están en la provincia de Asia: gracia y paz a vosotras de parte del que es, del que era y del que está a punto de llegar; de parte de los siete espíritus que están delante de su trono. Y oí al Señor que me decía:

2,1 Escribe al ángel de la Iglesia de Éfeso: Esto dice el que tiene en su mano derecha las siete estrellas y pasea en medio de los siete candelabros de oro:

2 -Conozco tus obras, tu esfuerzo y tu entereza. Sé que no puedes soportar a los malvados, que has puesto a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo y los hallaste mentirosos.

3 Tienes entereza y has sufrido por mi nombre sin claudicar.

4 Pero he de echarte en cara que has dejado enfriar el amor primero.

5 Recuerda, pues, de dónde has caído; cambia de actitud y vuelve a tu conducta primera.

 

**- El comienzo del libro del Apocalipsis, último de la Biblia, nos presenta algunas claves de lectura del mismo libro. Recurriendo a ellas, no sólo podremos percibir el mensaje de esperanza que de él se desprende, sino acoger también y hacer nuestra la bienaventuranza que promete (v. 3).

Apocalipsis significa «revelación»; por consiguiente, nada de duro o de impenetrable, sino, al contrario, la apertura de un paso hacia el gran misterio de la salvación en Cristo Jesús. Juan desea con este libro llevar a su término su ministerio de evangelista, conduciéndonos a conocer cada vez mejor a Jesús, el misterio de su muerte y resurrección, su victoria sobre el mal y sobre el Maligno, y el gran acontecimiento de su retorno final.

Después de la revelación viene la bienaventuranza: «¡Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen este mensaje profético!» (v. 3a). Se trata de una bienaventuranza que se desprende de la revelación y que quiere penetrar la tierra y el tiempo en que vivimos. Con todo, es menester escuchar y cumplir «lo que está escrito en él» (v. 3b): en este sentido, la bienaventuranza prometida es, en parte, don y, en parte, compromiso.

«Gracia y paz a vosotras» (v. 4): el libro del Apocalipsis ha sido escrito para que también a través de él podamos recibir la gracia que baja de lo alto y la paz que Jesús nos ha asegurado. Estos dones han sido prometidos no sólo a los creyentes particulares, sino también a las Iglesias, a las que Juan se dispone a escribir siete cartas. En efecto, la salvación es diálogo y encuentro personal con el Señor Jesús, pero es, asimismo, vínculo de comunión entre las comunidades creyentes.

 

Evangelio: Lucas 18,35-43

35 Cuando se acercaba a Jericó, un ciego, que estaba sentado junto al camino pidiendo limosna,

36 oyó pasar gente y preguntó qué era aquello.

37 Le dijeron que pasaba Jesús, el Nazareno.

38 Entonces él se puso a gritar: -Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí.

39 Los que iban delante le reprendían, diciéndole que se callara. Pero él gritaba todavía más fuerte: -Hijo de David, ten compasión de mí.

40 Jesús se detuvo y mandó que se lo trajesen. Cuando lo tuvo cerca, le preguntó:

41 -¿Qué quieres que haga por ti? Él respondió: -Señor, que recobre la vista.

42 Jesús le dijo: -Recóbrala; tu fe te ha salvado.

43 En el acto recobró la vista y le siguió dando gloria a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, se puso a alabar a Dios.

 

**• Lucas ambienta tanto el episodio de la curación del ciego como el de Zaqueo -que encontraremos en la liturgia de mañana- en las proximidades o en la ciudad de Jericó, ciudad que evoca acontecimientos muy importantes

de la historia de Israel. No debería tratarse de una simple evocación, sino de un recuerdo entrañable también para nosotros los cristianos: tanto Jerusalén como Jericó son, para nosotros y para Lucas, ciudades que pertenecen tanto al pasado como al presente de la historia bíblica; tanto hoy como ayer, son lugares de teofanía y de salvación.

En efecto, son pocos los puntos de contacto entre el episodio del ciego y el de Zaqueo: mientras que Jesús presta atención al ciego que yace al borde del camino (v. 40), la muchedumbre, por el contrario, intenta hacerle callar (v. 39a); mientras que Jesús llama a Zaqueo, que se ha subido a una higuera (19,5), la muchedumbre, por el contrario, murmura cuando Zaqueo recibe a Jesús (19,7).

Del episodio del ciego es conveniente destacar las expresiones que dirige a Jesús. Al principio le invoca como «hijo de David» (v. 38) y le pide que tenga compasión de él. Sin embargo, después le llama «Señor» (v. 41) y le pide el milagro. No podemos dejar de señalar una maduración en la fe de este pobre, a quien le han presentado a Jesús sólo como «Jesús, el Nazareno» (v. 37), y al que, a continuación, reconoce como Mesías y Señor.

Al final, cuando haya recibido el don de la vista, oirá de labios de Jesús: «Tu fe te ha salvado» (v. 42). Es la fe lo que nos permite ver en lo profundo cuando se trata de reconocer el misterio. Sólo con la fe se ve bien.

 

MEDITATIO

Entre el ciego de Jericó y Jesús de Nazaret se entabla un diálogo que, si nos fijamos bien, va más allá de la situación histórica particular. En efecto, antes de pedir el don de la vista, el ciego exclama dos veces: «Ten compasión de mí». No le interesa únicamente resolver un problema fisiológico, sino que desea obtener una curación completa. En este sentido, demuestra que ha intuido desde el principio quién es Jesús. Por su lado, Jesús, el gran maestro, comienza su diálogo con el ciego a partir de su necesidad física para llegar al don de la fe: «¿Qué quieres que haga por ti?».

En efecto, Jesús el Nazareno es el salvador del hombre, de todo el hombre, considerado en la indivisible unidad de su persona. Es importante que le dé la vista de los ojos, pero es igualmente importante, e incluso más, que lo disponga para reconocer el misterio de aquel que tiene ahora delante.

La fe del ciego de Jericó se traduce de inmediato en dos opciones de vida: empieza a seguir a Jesús y a alabar a Dios. La oración de alabanza expresa lo que este pobre ciego siente en lo más profundo de su corazón y su deseo de comprometer a la gente que está presente en la misma actitud. Por otra parte, no puede dejar de seguir al que le ha restituido la vista, al que le ha liberado de su ceguera espiritual, al que se le ha revelado como Mesías y Señor.

Del don recibido al don comunicado. Éste es el itinerario del ciego de Jericó y el de cada uno de nosotros. Un itinerario que, si quiere ser seguro y eficaz, no puede dejar de realizarse en términos de seguimiento.

 

ORATIO

¡Oh Señor, verdadera luz de mi conciencia, haz que yo vea!

Para desarrollar mi misión en el presente sin titubeos, con coherencia y libertad, resistiendo a las lisonjas de la popularidad, ¡haz, Señor, que yo vea!

Para continuar sirviéndote en las controversias sin cansarme nunca por acordarme de un tiempo más favorable, ¡haz, Señor, que yo vea!

Para hacer frente y, así lo espero, para superar acontecimientos alegres o tristes, siempre enrocado en tu ley, consciente de que rara vez lo que brilla está en condiciones de dar alimento y vida, ¡haz, Señor, que yo vea!

Para cantar por siempre tu bondad tantas veces probada, seguro d e que este árbol mío dejado marchitar dará fruto a su tiempo, ¡haz, Señor, que yo vea!

¡Oh Señor, verdadera luz de mi conciencia, haz que yo vea!

 

CONTEMPLATIO

Quiero, por tanto, y te pido como gracia singular, que la inestimable caridad que te impulsó a crear al hombre a tu imagen y semejanza no se vuelva atrás ante esto.

¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el motivo de que establecieras al hombre con semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Pero reconozco abiertamente que a causa de la culpa del pecado perdió con toda justicia la dignidad en que la habías puesto.

A pesar de lo cual, impulsado por este mismo amor, y con el deseo de reconciliarte de nuevo por gracia al género humano, nos entregaste la Palabra de tu Hijo unigénito.

Él fue efectivamente el mediador y reconciliador entre nosotros y tú, y nuestra justificación, al castigar y cargar sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades.

Él lo hizo en virtud de la obediencia que tú, Padre eterno, le impusiste, al decretar que asumiese nuestra humanidad.

¡Inmenso abismo de caridad! ¿Puede haber un corazón tan duro que pueda mantenerse entero y no partirse al contemplar el descenso de la infinita sublimidad hasta lo más hondo de la vileza, como es la de la condición humana?

Nosotros somos tu imagen, y tú eres la nuestra, gracias a la unión que realizaste en el hombre, al ocultar tu eterna deidad bajo la miserable nube e infecta masa de la carne de Adán. Y esto, ¿por qué? No por otra causa que por tu inefable amor. Por este inmenso amor es por el que suplico humildemente a tu Majestad, con todas las fuerzas de mi alma, que te apiades con toda tu generosidad de tus miserables criaturas (Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia, 4,13).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen!» (Ap 1,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

También nosotros debemos vivir en medio de la multiplicidad de los servicios, y podemos estar tensos, desgarrados entre la diversidad de las cosas, entre la diaconía de la mesa y la diaconía de la oración y la Palabra. Pero lo que cuenta es tener el sentido justo de los valores, es saber que el servicio fundamental es el de la oración y la Palabra, y que el punto de partida de todo es la misericordia divina que hemos de expresar en todo tipo de diaconía. Sin esta referencia, la diaconía de las mesas -aun siendo necesaria- se convierte en afirmación de nosotros mismos y, más tarde, de poder, en instrumento de la dureza de corazón.

La gracia que hoy nos sugiere el Señor que pidamos es servir a los pobres y a los débiles con premura, humildad, desprendimiento, evaluando los diferentes momentos y los diferentes valores que están en juego, respetando el primado de la oración, de la Palabra, de la misericordia. La experiencia diaconal nos muestra la urgencia de muchas necesidades materiales y estructurales del pueblo de Dios. En este sentido, a causa de una deficiente estructuración de la comunidad cristiana, seguimos siendo siempre un poco diáconos, al menos en el sistema actual, y debemos ocuparnos también de los balances, de las construcciones, del utillaje. Pero precisamente por eso será aún más importante una valoración ordenada que no nazca simplemente de un buen planteamiento mental, sino sobre todo de la contemplación del corazón de Jesús, origen y fuente de toda diaconía en la Iglesia, de las diaconías de la fe y por la fe. Las primeras administran directamente la fe, mientras que las segundas-a partir de la fe- realizan servicios de caridad, sin perder nunca de vista el primado y el término de la fe (C. M. Martini).

 

 

Día 15

 Martes XXXIII semana del Tiempo ordinario o 15 de noviembre, conmemoración de

san Alberto Magno

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 3,1-6.14-22

Yo, Juan, oí al Señor que me decía:

1 Escribe al ángel de la Iglesia de Sardes: Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas:

-Conozco tus obras y, aunque tienes nombre de vivo, estás muerto.

2 Mantente, pues, vigilante y reaviva lo que está a punto de morir, porque he comprobado que tus obras no son irreprochables ante Dios.

3 Recuerda cómo escuchaste y recibiste la Palabra; consérvala y cambia de conducta. Porque si no estás vigilante, vendré como ladrón, sin que puedas saber a qué hora caeré sobre ti.

4 Aunque también es verdad que ahí, en Sardes, viven contigo unos pocos que no han manchado sus vestidos; ésos me acompañarán vestidos de blanco, porque así lo han merecido.

5 Así que el vencedor vestirá de blanco y no borraré su nombre del libro de la vida; antes bien, lo defenderé delante de mi Padre y de sus ángeles.

14 Escribe al ángel de la Iglesia de Laodicea: Esto dice el Amén, el testigo fidedigno y veraz, el que está en el origen de las cosas creadas por Dios:

15 -Conozco tus obras y no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!

16 Pero eres sólo tibio; ni caliente ni frío. Por eso voy a vomitarte de mi boca.

17 Además, andas diciendo que eres rico, que tienes muchas riquezas y nada te falta. ¡Infeliz de ti! ¿No sabes que eres miserable, pobre, ciego y desnudo?

18 Si quieres hacerte rico, te aconsejo que me compres oro acrisolado en el fuego, vestidos blancos con los que cubrir la vergüenza de tu desnudez y colirio para que unjas tus ojos y puedas ver.

19 Yo reprendo y castigo a los que amo. Anímate, pues, y cambia de conducta.

20 Mira que estoy llamando a la puerta. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.

21 Al vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí, lo mismo que yo también he vencido y estoy sentado junto a mi Padre, en su mismo trono.

22 El que tenga oídos que escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias.

 

*»• Tras las siete cartas que Juan envía a las siete Iglesias, la liturgia de hoy nos presenta un par de ellas: del tenor de estas dos cartas podemos intuir el mensaje que el apóstol quiere enviar a cada comunidad cristiana. Podemos considerar estas cartas como dirigidas a nosotros, en la medida en que nos hagamos cargo de vivir el Evangelio en el que creemos. De estas misivas podemos obtener una variada tipología de comunidades creyentes: algunas están muertas desde el punto de vista espiritual, otras están sólo tibias, otras se encuentran amenazadas con la pérdida del sentido de novedad que nos aporta la fe en Cristo, otras, por último, están cerradas en sus falsas seguridades. Son todas las situaciones que, a lo largo de los siglos, se han ido perpetuando, y a nadie le está permitido aparentar que no está implicado personalmente.

Para una lectura global de las siete cartas es útil indicar la estructura de fondo que caracteriza a todas: en primer lugar aparecen las señas de cada Iglesia particular y la invitación a escuchar a aquel que es la Palabra y cuyo mensaje nos trae la salvación. En segundo lugar aparece la afirmación «Conozco tus obras», destinada a indicar que no sólo cada creyente, sino cada comunidad creyente es para el Señor como un cuaderno abierto. Sigue, después, la exhortación a la vigilancia y al ánimo, tanto para desmantelar y expulsar el mal que amenaza la vida espiritual de la comunidad como para renovar su compromiso.

 

Evangelio: Lucas 19,1-10

En aquel tiempo,

1 Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.

2 Había en ella un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico,

3 que quería ver a Jesús. Pero, como era bajo de estatura, no podía verlo a causa del gentío.

4 Así que echó a correr hacia adelante y se subió a una higuera para verlo, porque iba a pasar por allí.

5 Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo: -Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.

6 Él bajó a toda prisa y lo recibió muy contento.

7 Al ver esto, todos murmuraban y decían: -Se ha alojado en casa de un pecador.

8 Pero Zaqueo se puso en pie ante el Señor y le dijo: -Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más.

9 Jesús le dijo; -Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán.

10 Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

 

* Jesús ha entrado en Jericó y está atravesando la ciudad cuando se encuentra con Zaqueo, un hombre bastante rico y jefe de publícanos (w. lss). El itinerario de este hombre merece también que nos ocupemos de él. Ya es relevante el hecho de «que quería ver a Jesús» (v.'3): no era sólo su pequeña estatura lo que se lo impedía, sino también su lejanía psicológica y espiritual.

De todos modos, es cierto que Zaqueo aparece desde el principio como un hombre que busca. Que buscaba de verdad lo sabemos a través del desarrollo de esta perícopa evangélica, en la que percibimos de inmediato la iniciativa de Jesús, que levanta la mirada e invita a Zaqueo a que baje del árbol (v. 5). También Jesús, por consiguiente, desea conocer profundamente a Zaqueo y satisfacer su búsqueda. Su encuentro se convierte de inmediato en momento de gracia: «.Hoy tengo que alojarme en tu casa... Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (w. 5.9). En este «hoy» no podemos dejar de reconocer, por un lado, la realización de la misión de Jesús y, por otro, la apertura de todo verdadero buscador al don de la salvación. Permanecer abiertos al hoy de Dios, percibir la presencia de Dios en el hoy del hombre, constituye el gran secreto de quien está verdaderamente dispuesto a caminar detrás de Jesús. Para decirlo con sus propias palabras, Jesús «ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (v. 10): a cada uno se le ofrece la oportunidad de verle, de encontrarle y de reconocerle por lo que es verdaderamente.

 

MEDITATIO

La liturgia de la Palabra que nos propone hoy la Iglesia presenta las dos dimensiones de la salvación en Cristo Jesús: la estrictamente personal y la comunitaria. Bien estará que detengamos nuestra reflexión sobre estos dos momentos del único itinerario que va desde la fe al testimonio de vida.

Por un lado, tenemos a Zaqueo, que, tras haber reconocido a Jesús y haberlo recibido en su casa «muy contento» e indiferente a las murmuraciones de la gente que le considera «un pecador» público, decide dar la mitad de sus bienes a los pobres y, en caso de fraude, restituir «cuatro veces más». Así pues, su fe es una fe eficaz, una fe que no tarda en traducirse en opciones concretas y en gestos de benevolencia con el prójimo, sobre todo con los pobres. Sabemos muy bien que si la fe no se traduce en «buenas obras» no es auténtica, no es creíble, no es camino.

Por otro lado, tenemos las comunidades cristianas a las que se dirige el apóstol Juan en la primera lectura: su comportamiento deja mucho que desear en diferentes aspectos y el apóstol no puede callar: sería caer en connivencia, sería comprometerse él mismo. Por eso hace lo contrario: les indica a las comunidades la necesidad de traducir en gestos concretos y creíbles la fe que profesan públicamente. Un compromiso como ése tiene dos aspectos: el primero es negativo y consiste en la necesidad de eliminar de la vida comunitaria todo lo que pueda comprometer su salud espiritual; el segundo es positivo y consiste en cultivar con alegría y un sentido de gran responsabilidad el don de la fe. Como perspectiva última de este compromiso, el apóstol habla del premio reservado a todos los que, con Jesús y como Jesús, podrán ser reconocidos como «vencedores».

 

ORATIO

¡Señor Jesús, cuántos muertos andantes por uno solo que vive! Está muerto quien se alimenta del alboroto babélico que le rodea. Un alboroto hecho a base de televisión, discotecas, rumor, curiosidades inútiles. Está vivo el que, alejado de una propaganda interesada, es capaz de mantenerse en silencio para ir en busca de la verdad. Está muerto quien corre de una manera frenética, sin meta, hipnotizado por la moda, drogado por la diversión y la actividad desenfrenada. Está vivo quien es capaz de cultivar una libertad interior que le permite comprar «oro acrisolado en el fuego» para ir contra la corriente hacia el verdadero bien; «vestidos blancos» para convertirse en personas reflexivas y capaces de vencer una superficialidad que se propaga; «colirio» para recuperar la vista y estar así en condiciones de llevar a cabo decisiones equilibradas y responsables.

Está muerto quien, radiante del poder y de la neurosis del beneficio, se acomoda en su bienestar, indiferente a las tragedias humanas, impermeable a las llamadas de la justicia. Está vivo quien no ignora el mal que ha hecho ni se esconde o huye, sino que intenta restituir cuatro veces más para restablecer a la persona ofendida.

¡Señor Jesús, cuántos muertos andantes por uno solo que vive!

 

CONTEMPLATIO

Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.

Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible.

Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad? ¿Cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro.

¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, pero tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, pero tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, pero ignora dónde vives. No suspira más que por ti, pero jamás ha visto tu rostro.

Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, pero, con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, pero aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, pero todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado.

Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros?

Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso, todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos.

Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca, porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré (Anselmo de Canterbury, Proslogion, capítulo 1).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mira que estoy llamando a la puerta» (Ap 3,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Aunque no siempre de una manera consciente y clara, en el corazón del hombre existe una profunda nostalgia de Dios, que san Ignacio de Antioquía expresó así, de una manera elocuente: «Un agua viva susurra en mí y me dice por dentro: "Ven al Padre"» [Ad Rom 7). «Señor, muéstrame tu gloría», suplica Moisés en la montaña (Ex 33,18).

«A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). ¿Es, por tanto, suficiente con conocer al Hijo para conocer al Padre? Felipe no se deja convencer fácilmente: «Muéstranos al Padre », pide. Su insistencia nos obtiene una respuesta que supera nuestras expectativas: «Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces, Felipe? El que me ve a mí ve al Padre» (Jn 14,8-11).

Tras la encarnación, existe un rostro de hombre en el que es posible ver a Dios: «Debéis creerme cuando afirmo que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí», dice Jesús no sólo a Felipe, sino a todos los que crean (Jn 14,1 1). Desde entonces, quien acoge al Hijo de Dios acoge a aquel que le ha enviado (Juan Pablo II).

 

 

Día 16

 Miércoles XXXIII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 4,1-11

Yo, Juan,

1 después de todo esto, tuve una visión. Vi una puerta abierta en el cielo, y aquella voz semejante a una trompeta que me había hablado al principio, decía: -Sube aquí y te mostraré lo que va a suceder en adelante.

2 De pronto caí en éxtasis y vi un trono colocado en el cielo y alguien sentado en el trono.

3 El que estaba sentado tenía un aspecto resplandeciente, como piedra de jaspe o de sardonio, y un halo parecido a la esmeralda rodeaba el trono.

4 Alrededor del trono había otros veinticuatro tronos, en los que estaban sentados veinticuatro ancianos vestidos de blanco y con coronas de oro en la cabeza.

5 Relámpagos y truenos retumbantes salían del trono: siete lámparas de fuego -que son los siete espíritus de Dios- ardían en presencia del trono,

6 y delante había también un mar transparente como de cristal. En medio del trono y a su alrededor había cuatro seres vivientes llenos de ojos por delante y por detrás.

7 El primero era como un león; el segundo como un toro; el tercero tenía el rostro semejante al de un hombre, y el cuarto se parecía a un águila en vuelo.

8 Cada uno de los cuatro seres vivientes tenía seis alas, y estaban llenos de ojos por fuera y por dentro. Y día y noche proclamaban sin cesar:

Santo, santo, santo,

Señor Dios todopoderoso,

El que era, el que es

y el que está a punto de llegar.

9 Y cada vez que los seres vivientes daban gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono y vive por  siempre,

10 los veinticuatro ancianos se postraban ante el que está sentado en el trono, adoraban al que vive para siempre y arrojaban sus coronas a los pies del trono diciendo:

11 Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder. Tú has creado todas las cosas; en tu designio existían y según él fueron creadas.

 

**• Tras las siete cartas a las siete Iglesias, prosigue el libro del Apocalipsis con dos visiones, la primera de las cuales constituye la primera lectura de esta liturgia. Por medio de algunos símbolos, bien conocidos por los que conocen el Antiguo Testamento, construye el apóstol Juan un gran escenario que tiene en su centro un trono de gloria. En este trono está sentado el Eterno, el Creador de todas las cosas (v. 2). Ante el Eterno se desarrolla una especie de procesión y se eleva una especie de himno de alabanza y de acción de gracias. Los elementos descriptivos sirven únicamente para concentrar la atención de todos -también la nuestra- sobre «aquel que está sentado en el trono», porque es Dios y sólo a él se le debe todo acto de adoración. De ahí que la visión descrita por el apóstol Juan tenga una función eminentemente práctica: la de introducirnos a cada uno de nosotros o, mejor, a la asamblea litúrgica que celebra los santos misterios, en esa liturgia celestial que constituye el modelo de toda liturgia terrestre.

Las distintas aclamaciones que suben hacia el Eterno, el «Señor Dios todopoderoso» (v. 8), constituyen la expresión de una piedad que conserva intacto su valor, tanto hoy como ayer. En primer lugar, el trisagio, el «tres veces santo», dirigido a «el que era, el que es y el que está a punto de llegar». Es fácil advertir que en esta triple indicación cronológica está sintetizada, en cierto modo, toda la historia de la humanidad, la cual, en cuanto visitada por Dios, se convierte en historia de la salvación.

El otro himno de alabanza, que cierra esta primera lectura (v. 11), reconoce en aquel que está sentado en el trono al Creador de todas las cosas y cuya voluntad está en el origen de la creación. De manera implícita captamos una invitación a no albergar temor alguno, en virtud de la protección que nos viene del Eterno.

 

Evangelio: Lucas 19,11-28

En aquel tiempo,

11 les contó otra parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y ellos creían que el Reino de Dios iba a manifestarse inmediatamente.

12 Les dijo, pues: -Un hombre noble marchó a un país lejano para ser coronado rey y regresar después.

13 Llamó a diez criados suyos y a cada uno le dio una importante cantidad de dinero diciéndoles: «Negociad con ello hasta que yo vuelva».

14 Pero sus conciudadanos le odiaban y enviaron tras él una embajada a decir que no lo querían como rey.

15 Cuando regresó, investido del poder real, mandó venir a sus criados, a quienes había dado el dinero, para saber cómo había negociado cada uno.

16 El primero se presentó y dijo: «Señor, tu dinero ha producido diez veces más».

17 Él dijo: «Muy bien, has sido un buen criado; puesto que has sido fiel en lo poco, recibe el gobierno de diez ciudades».

18 Vino el segundo y dijo: «Tu dinero, señor, ha producido cinco veces más».

19 Y también a éste le dijo: «Tú recibirás el mando sobre cinco ciudades».

20 Vino el otro y dijo: «Señor, aquí tienes tu dinero; lo he tenido guardado en un pañuelo

21 por temor a ti, que eres un hombre severo, pues exiges lo que no diste y quieres cosechar lo que no sembraste».

22 El señor le replicó: «Eres un mal criado y tus mismas palabras te condenan. ¿Sabías que soy severo, que exijo lo que no he dado y cosecho lo que no he sembrado?

23 Entonces, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco para que, al volver, lo recobrase con los intereses?».

24 Y dijo a los que estaban presentes: «Quitadle lo que le di y dádselo al que lo hizo producir diez veces más

25 Le dijeron: «Señor, ¡pero si ya tiene diez veces más!

26 Pues yo os digo: «Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará incluso lo que tiene.

27 En cuanto a mis enemigos, esos que no me querían como rey, traedlos aquí y degolladlos en mi presencia».

28 Y dicho esto, Jesús siguió su camino, subiendo hacia Jerusalén.

 

**• Para comprender la parábola de los talentos es preciso tener presentes dos motivos fundamentales que se entrelazan en esta perícopa lucana: por un lado, Lucas quiere decir lo que significa ser discípulo; por otro, introduce el hecho del rey rechazado. El primer motivo prosigue y desarrolla el tema de las páginas precedentes, mientras que el segundo introduce el tema de las páginas que siguen. Pero es preciso que nos fijemos también en el inicio de esta parábola (v. 11), porque con ella Lucas pretende ilustrar el tema de la inminencia escatológica, enlazando así no sólo con el acontecimiento histórico de la entrada de Jesús en Jerusalén, sino también con la cuestión del «cuándo vendrá el Reino de Dios» (cf. Le 17,20).

Del enlace de todos estos motivos es obvio que resulta una interpretación múltiple y diferenciada de la misma parábola, en la que Lucas, por otra parte, introduce algunos retoques personales. Por ejemplo, la alusión al «país lejano» (v. 12) al que se marchó el hombre noble: de este modo indica Lucas que queda todavía una gran cantidad de tiempo antes de que vuelva el Señor. Bueno será recordar que también en 21,8 pondrá Lucas en guardia contra un posible error de valoración y de perspectiva en la espera del retorno del Señor.

Otro detalle lucano que merece ser puesto de relieve es el deber de hacer fructificar las minas o talentos. En efecto, si bien el Señor tarda en venir, no es menos cierto que vendrá y que lo hará como juez; ante él es preciso presentarse con frutos en las manos para que no nos diga que no nos conoce (cf. también Le 12,47ss).

 La exhortación evangélica llega así a todo verdadero discípulo de Jesús.

 

MEDITATIO

La parábola de Lucas, con su casi inagotable riqueza, nos invita a reflexionar sobre algunas actitudes típicas del discípulo al que se le dice que ha sido un criado bueno y fiel. Pero es preciso excavar en lo hondo de estos dos adjetivos calificativos para entrar en el mensaje evangélico. En efecto, Jesús no recomienda una fidelidad genérica o una bondad común, sino una fidelidad que se concreta en la obediencia a la voluntad del Señor y una bondad que se manifiesta en la disponibilidad total.

Estas dos actitudes revelan, por consiguiente, el ideal evangélico que Jesús quiere presentar y, en consecuencia, la espiritualidad propia de todo discípulo suyo. La fidelidad y la bondad son como las dos caras de una medalla; son dos aspectos de una sola personalidad que no se califica, ciertamente, por las cualidades morales, sino por el don de la gracia recibida y por el deseo constante de vivir según la voluntad del Maestro.

A diferencia de Mateo, que califica al siervo malo de «perezoso», Lucas le califica de «desobediente»: he aquí otra pequeña diferencia que sólo puede poner de relieve una comparación sinóptica entre los dos evangelistas.

De este modo, el lector podrá sentirse adiestrado para seguir a cada evangelista por las pistas que le son propias y podrá componer las diferentes teselas del único retrato de Jesús. Ahora bien, si pasamos del ámbito de la redacción de ambos evangelistas al ámbito del Jesús histórico, es casi seguro que Jesús -frente al miedo de los fariseos, que habían subvertido todo el sistema de los valores- invita a sus discípulos, con esta parábola, a vencer todo miedo respecto a Dios y a alimentar una confianza profunda y total, que no teme a veces el riesgo y mantiene siempre abierto el corazón del discípulo al abandono total en su Dios.

 

ORATIO

Santo, santo, santo es el Señor.

Has hecho el mundo para nosotros:

las flores de mil colores para alegrarnos;

la lluvia para refrescar la tierra;

los pájaros para llenar el aire de cantos;

la luna y las estrellas para hacernos soñar.

Santo, santo, santo es el Señor.

Nos has creado y nos has colmado de dones:

la inteligencia para captar tus maravillas;

la voluntad para amar el universo;

la fantasía para alcanzar lo imposible;

la sonrisa para difundir tu alegría.

Santo, santo, santo es el Señor.

Haznos comprender:

la dimensión original e inefable de tus dones,

que escapan a cualquier juicio trivial;

la gravedad que encierra enterrar cualquier don

por miedo o por envidia,

por pereza o por favorecer nuestros planes;

la responsabilidad de hacerlos fructificar,

porque la esencia del don es ser entregado.

Santo, santo, santo es el Señor.

 

CONTEMPLATIO

Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar en el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo el que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal.

Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza, y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera, queda a salvo la unidad de la Santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.

San Pablo, hablando a los corintios acerca de los dones del Espíritu, lo reduce todo al único Dios Padre, como al origen de todo, así: hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor, y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno. Porque todo lo que es del Padre es también del Hijo; por esto, todo lo q u e da el Hijo en el Espíritu es realmente don del Padre. De manera semejante, cuando el Espíritu está en nosotros, le está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre, realizándose así estas palabras: «El Padre y yo vendremos a él y haremos monda en él». Porque donde está la luz, allí está también el resplandor, y donde está el resplandor, allí están también ÍU eficiencia y su gracia esplendorosa.

Es lo que nos enseña el mismo Pablo en su segunda Carta a los Corintios, cuando dice: «La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en los dones del Espíritu Sant, estén con todos vosotros». Porque toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Pues así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que, hechos partícipes del mismo, poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión de este Espíritu (Atanasio de Alejandría).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Santo, santo, santo, Señor Dios todopoderoso» (Ap4,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El trabajo es el contenido característico de la que llamamos jornada laboral o vida cotidiana. A buen seguro, es posible sublimar el trabajo y engrandecer el noble y embriagador poder creativo del hombre. También podemos abusar de él, como se hace con tanta frecuencia, para huir de nosotros mismos, del misterio y del enigma de la existencia, del ansia, que nos hacen buscar sobre todo la verdadera seguridad.

El trabajo auténtico se encuentra en medio. No es ni la cima ni el analgésico de la existencia. Es, simplemente, trabajo: duro y, sin embargo, soportable, ordinario y habitual, monótono y siempre igual, inevitable y -si no se pervierte en amarga esclavitud- prosaicamente amistoso. Él conserva nuestra vida, mientras, al mismo tiempo, la consume lentamente.

El trabajo no puede gustarnos nunca del todo. Incluso cuando empieza como realización del supremo impulso creativo del hombre, se convierte, de manera inevitable, en ritmo acelerado, en gris repetición de la misma acción, en afirmación frente a lo imprevisto y a la pesadez de lo que el hombre no obra desde el interior, sino que lo sufre desde el exterior, como por obra de un enemigo. Sin embargo, el trabajo es también constantemente un tener que ponerse a disposición de los otros siguiendo un ritmo preexistente, una contribución a un fin común que ninguno de nosotros se ha buscado por sí solo. Por eso es un acto de obediencia y un perderse en lo que es general [...].

El trabajo, no por sí mismo, sino por efecto de la gracia de Cristo, puede ser «realizado en el Señor» y convertirse en ejercicio de esa actitud y de esa disposición a las que Dios puede conferir el premio de la vida eterna: ejercicio de la paciencia -que es la forma asumida por la vida cotidiana-, de la fidelidad, de la objetividad, del sentido de la responsabilidad, del desinterés que alienta el amor (K. Rahner).

 

 

Día 17

 Jueves XXXIII semana del Tiempo ordinario o 17 de noviembre, conmemoración de

santa Isabel de Hungría

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 5,1-10

Yo, Juan,

1 en la mano derecha del que estaba sentado en el trono vi un libro escrito por dentro y por fuera y sellado con siete sellos.

2 Y vi también un ángel pleno de vigor que clamaba con voz potente: -¿Quién es digno de abrir el libro y romper sus sellos?

3 Y nadie en el cielo, ni en la tierra ni debajo de la tierra podía abrir el libro y ver su contenido.

4 Entonces yo me eché a llorar desconsoladamente, porque nadie era digno de abrir el libro y ver su contenido.

5 Y uno de los ancianos me dijo: -No llores, pues ha vencido el león de la tribu de Judá, el retoño de David, y él abrirá el libro rompiendo sus siete sellos.

6 Vi entonces en medio del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos, un Cordero en pie con señales de haber sido degollado. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra.

7 Se acercó el Cordero y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono;

8 y cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.

9 Cantaban un cántico nuevo que decía:

Eres digno de recibir el libro

y romper sus sellos,

porque has sido degollado

y con tu sangre has adquirido para Dios

hombres de toda raza,

lengua, pueblo y nación,

10 y los has constituido en reino para nuestro Dios y en sacerdotes que reinarán sobre la tierra.

 

*•• También este capítulo del libro del Apocalipsis se caracteriza por una visión grandiosa y sencilla al mismo tiempo. Esta visión nos aporta un mensaje claro: la historia humana es, ciertamente, un misterio, porque en ella está la presencia de Dios, pero es un misterio, al menos en parte, comprensible, porque Dios mismo nos ofrece la clave de lectura de la misma.

El símbolo del libro «sellado con siete sellos» (v. 1) se puede interpretar con bastante facilidad: todo queda envuelto en el misterio si no hay alguien que venga a «romper sus sellos» (v. 2). Éste es Jesús, el Cordero inmolado, el único «digno de recibir el libro y romper sus sellos, porque has sido degollado y con tu sangre has adquirido para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación» (v. 9). También el símbolo del llanto tiene un significado evidente: mientras no venga Jesús a romper los sellos de ese libro, cada uno de nosotros está como condenado a vivir en medio de la tristeza y de la amargura más profundas. Se alude así al drama de todos aquellos que, por diferentes motivos, tienen los ojos cerrados para el gran acontecimiento de salvación que se sitúa en el centro de la historia humana y la ilumina con la luz del día.

En contraste con el llanto de los que no pueden leer su contenido, se eleva el «cántico nuevo» (v. 9) de los que siguen al Cordero y son introducidos por él en la comprensión del misterio. Ésos forman el reino de sacerdotes (v. 10) que Jesús ha constituido para su Dios y nuestro Dios, salvándolos del pecado. Se trata de ese sacerdocio universal del que participan todos los que, por medio del bautismo, han sido lavados con la sangre del Cordero y revestidos con sus vestiduras blancas.

 

Evangelio: Lucas 19,41-44

En aquel tiempo, Jesús,

41 cuando se fue acercando, al ver la ciudad, lloró por ella

42 y dijo: -¡Si en este día comprendieras tú también los caminos de la paz! Pero tus ojos siguen cerrados.

43 Llegará un día en el que tus enemigos te rodearán con trincheras, te cercarán y te acosarán por todas partes;

44 te pisotearán a ti y a tus hijos dentro de tus murallas. No dejarán piedra sobre piedra en tu recinto, por no haber reconocido el momento en el que Dios ha venido a salvarte.

 

**• Comparada con la página del evangelio de Marcos, ésta de Lucas presenta una característica peculiar. En efecto, mientras que Marcos insiste más en la incredulidad del pueblo frente a la persona y al mensaje de Jesús, Lucas subraya más el lamento y el llanto de Jesús por Jerusalén, y esto crea un fuerte contraste con las aclamaciones de alabanza dirigidas a Jesús poco antes (cf. Le 19,38). Es ésta una de las raras veces que sorprendemos a Jesús llorando, lo que constituye un signo no sólo de su auténtica humanidad, sino también de su plena participación en el drama de una humanidad a la que le cuesta trabajo entrar en el proyecto salvífico de Dios, al que incluso se resiste en ocasiones. Jesús nos salva no sólo con su omnipotencia divina, sino también con su debilidad humana.

El lamento de Jesús contiene un juicio y presenta una motivación. El primero está contenido en las palabras «tus ojos siguen cerrados [por Dios]» (v. 42), que, con unos términos drásticos y fuertes, atribuyen directamente a Dios -estamos frente a lo que se llama «pasiva teológica»- lo que, en realidad, depende de la libre decisión humana. La motivación la expresan las palabras «si en este día comprendieras» (v. 42), que corresponden a una afirmación: ni has comprendido ni quieres comprender.

Pero lo que más importa es destacar dos elementos positivos que caracterizan el lamento de Jesús: la paz y el tiempo de la visita. La paz, efectivamente, es el don mesiánico por excelencia, y Jesús ha venido a proclamarla para todos y a ofrecerla a cada uno. Es necesario abrirse a ella y acogerla como don para poder caminar detrás de Jesús hasta el final de su itinerario. El tiempo del que habla Jesús es el kairós, es decir, el «tiempo providencial» en el que Dios visita a su pueblo para liberarlo y para introducirlo en su Reino. Con estos dos «toques» aclara Jesús la finalidad de su martirio, ahora próximo.

 

MEDITATIO

Entre las dos lecturas de esta liturgia no resulta difícil captar una analogía temática: por un lado, el llanto de quien teme no poder leer el mensaje del libro; por otro, el lamento de Jesús por Jerusalén, Todo esto nos trae también a la memoria las lamentaciones que, ya en el Antiguo Testamento, expresan el dolor de Dios por la infidelidad de su pueblo. Por consiguiente, es justo que nos preguntemos qué significado se debe atribuir a este llanto y a este lamento.

Hemos de señalar, en primer lugar, el contraste entre «este día», caracterizado por la falta de respuesta de los contemporáneos de Jesús a su mensaje de paz, y «un día», ése en el que aparecerá el castigo de Dios dirigido a todos los que hayan ignorado deliberadamente su invitación a la salvación. Es en el corazón de la historia donde Dios, por medio de Jesús, quiere entrar y ser acogido: ése es el significado de la «visita» que desea hacer a todas sus criaturas. El tiempo es sagrado para Dios y para nosotros; es decisivo para Dios y para nosotros; es un don inmenso que nunca terminaremos de apreciar adecuadamente. Hemos de señalar aún la serie de verbos en futuro que caracterizan el lamento de Jesús: no se trata sólo de una amenaza, y mucho menos de un castigo que llegue al hombre desde fuera; se trata más bien de un sufrimiento profundo para Dios o para nosotros, un sufrimiento que no tiene sólo una relevancia negativa, sino también una positiva: es el sufrimiento que, a lo largo de toda la historia, se transforma en gracia, en cuanto cada uno de nosotros se enmienda y se convierte a su Señor.

 

ORATIO

«El camino de la paz» es un sueño que ha tenido la historia desde siempre, pero Jerusalén, escondiéndose detrás de sus muros, rechaza tu paz gritando: «¿Por qué?».

Oh Señor, calma mis arrebatos de violencia para que, reconociendo tu paz, pueda decir: «¿Por qué no?».

La paz es un sueño que se va realizando día a día, semana a semana, mes a mes, a través de acciones concretas que modifican nuestros pensamientos, desgastan lentamente los viejos muros y crean en silencio nuevas aperturas. Oh Señor, haz que mis gestos de paz puedan contribuir a un futuro mejor, en el que el mundo pueda esperar y decir: «¿Por qué no?».

La paz no es el paraíso de unos pocos, sino un signo que abarca a la humanidad. Es una fuerza que, luchando contra la injusticia, la miseria, la ignorancia, la prepotencia, obra en favor del bien de todos sin discriminación. Oh Señor, dame el valor de desafiar la desaprobación de los poderosos o las críticas de los pusilánimes, para que, sin hacer víctimas ni entre los débiles ni entre los fuertes, pueda ser creíble y, frente a tu paz, puedan gritar todos: «¿Por qué no?».

Oh Señor, haz que mis gestos de paz puedan contribuir a un futuro mejor, para que el mundo, esperando, pueda decir: «¿Por qué no?».

 

CONTEMPLATIO

Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica.

Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del ministro, «ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz», sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su Palabra, pues, cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa, la Iglesia, que invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre Eterno.

Con razón, entonces, se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella, los signos sensibles significan y -cada uno a su manera- realizan la santificación del hombre, y así el cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro (Sacrosanctum concilium 7).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Quién es digno de abrir el libro y romper sus sellos?» (Ap 5,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

A diferencia de tantos personajes antiguos, de Jesús no nos ha quedado ninguna imagen, ninguna escultura, ni siquiera una descripción física: a diferencia, por ejemplo, de su antepasado David, de Jesús ignoramos su aspecto, no conocemos su rostro.

A pesar de todo, nuestra imaginación, aunque también nuestra misma «idea» de Dios, está condicionada por las innumerables imágenes del rostro de Jesús: ¡conos, frescos, cuadros, han intentado mostrarnos lo invisible, colmar la laguna dejada por quienes vieron el rostro de Jesús, por quienes vieron posarse su mirada sobre su propio rostro. Una vez ganada la batalla contra los iconoclastas, la imagen sagrada ha encontrado un terreno firme en el cristianismo, sin poder proporcionar nunca, no obstante, el «verdadero icono» de aquel que dijo de sí mismo: «El que me ve a mí ve al Padre» (Jn 14,9).

Los evangelios sinópticos nombran siete veces el rostro de Jesús, pero sin describirlo nunca: cinco veces lo hacen con referencia a la pasión y dos a propósito de la transfiguración. Entre estos dos polos -pasión y transfiguración- está situada la identidad perceptible de aquel a quien define Pablo como «la imagen del Dios invisible» (Col 1,15). Rostro desfigurado y rostro transfigurado, el Hijo del hombre es al mismo tiempo manifestación y ocultación de la imagen de Dios. Ante él se aparta la mirada y nos cubrimos el rostro, porque «no tiene apariencia, ni belleza, ni esplendor» (Is 53,2ss), o bien nos quedamos deslumbrados por su rostro «resplandeciente como el sol (Mt 17,2) (E. Bianchi).

 

 

Día 18

  Viernes XXXIII semana del Tiempo ordinario o 18 de noviembre, conmemoración de la

Dedicación de las Basílicas de los santos Pedro y Pablo

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 10,8-11

Yo, Juan, oí una voz del cielo:

8 Vete y toma el libro que tiene abierto en su mano el ángel que está de pie sobre el mar y sobre la tierra.

9 Me acerqué al ángel y le pedí que me diera el libro. Y me respondió: -Toma, cómetelo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel.

10 Tomé el libro de la mano del ángel y lo comí. Y resultó dulce como la miel en mi boca, pero, cuando lo hube comido, se llenaron mis entrañas de amargor.

11 Y alguien me dijo: -Tienes aún que profetizar sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.

 

**• El autor del libro del Apocalipsis está implicado personalmente en el acontecimiento profético. Oye, en efecto, una voz del cielo que le invita a tomar el libro y devorarlo (w. 8ss). Sigue la orden con prontitud y, apenas lo ha engullido, siente al mismo tiempo dulzura y amargura (v. 10). Tenemos aquí un símbolo muy claro de la misión profética a la que está llamado no sólo Juan, sino cualquier miembro del pueblo de Dios. La Palabra, que, aunque está sellada en el gran libro, quiere convertirse en una voz que llega a cada uno de nosotros, nos interpela y nos responsabiliza en nuestra tarea de oyentes y de testigos de la misma. A nadie le es lícito desatenderla o desconocerla: el bautismo fundamenta en cada uno de nosotros el derecho-deber al apostolado entendido como «servicio» a la Palabra.

Dulzura en la boca y amargura en las vísceras: en este contraste advertimos el drama de quien, en relación con la Palabra, siente no sólo el derecho a la escucha, sino también el deber del testimonio. En efecto, el verdadero profeta no puede dejar de compartir el destino de la Palabra, más precisamente de aquel que es la Palabra.

Un destino pascual, como bien sabemos, es decir, abierto al sufrimiento y a la alegría, a las tinieblas y a la luz, a la muerte y a la vida. El mandamiento final: «Tienes aún que profetizar» (v. 11), tiene la función de atestiguar que la misión profética para el creyente no es algo opcional, sino -al contrario- objeto de un camino divino y la expresión más genuina de su ser.

 

Evangelio: Lucas 19,45-48

En aquel tiempo,

45 Jesús entró en el templo e inmediatamente se puso a expulsar a los vendedores,

46 diciéndoles: -Está escrito: Mi casa ha de ser casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones.

47 Jesús enseñaba todos los días en el templo. Los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los principales del pueblo trataban de acabar con él.

48 Pero no encontraban el modo de hacerlo, porque el pueblo entero estaba escuchándolo, pendiente de su Palabra.

 

*•• Esta perícopa evangélica está subdivida claramente en dos partes: en primer lugar aparecen unas palabras de Jesús contra los vendedores del templo; en segundo lugar, un apunte recopilador con el que el evangelista Lucas quiere caracterizar los últimos días de la vida terrena de Jesús.

«Está escrito: Mi casa ha de ser casa de oración» (v. 45).

Sabemos bien que, para Jesús, el templo de Jerusalén no es el único lugar en el que se puede orar; más aún, en algunas ocasiones ha expresado una valoración crítica con respecto a una concepción demasiado materialista de las instituciones religiosas. Ahora bien, sabemos asimismo que el templo, en cuanto casa de Dios, no puede ser desnaturalizado ni destinado a otras funciones que no sean las litúrgicas: Está prohibido, por tanto, para cualquier intercambio comercial, que transformaría la casa de Dios en una «cueva de ladrones» (v. 46; cfls56,7; Jr 7,11).

«Está escrito»: esta frase indica en labios de Jesús no que las profecías determinen el comportamiento de Jesús, sino que el comportamiento de Jesús da pleno cumplimiento a las profecías. Para Jesús, la luz plena, que ilumina sus gestos y nos permite reconocerlo por lo que es, proviene ciertamente del mensaje profético, pero sobre todo de su conciencia mesiánica.

La noticia final de Lucas (w. 47ss) viene a confirmar un hecho bien conocido: los que ejercen el poder siguen estando ciegos ante Jesús y ante la claridad de sus palabras, mientras que el pueblo en su sencillez, reconociendo que tiene necesidad de un Salvador y de un Maestro, está pendiente de sus labios.

 

MEDITATIO

Podemos detectar un profundo vínculo entre la misión profética de la que habla la primera lectura y la «casa de oración» de la que habla Jesús en el evangelio. La Palabra de Dios, en efecto, es al mismo tiempo don del que tienen que participar los otros mediante la profecía y don que se ha de asimilar, en íntimo diálogo con Dios, el donante. Se trata de dos aspectos de una misma experiencia espiritual, de dos momentos de un único ministerio.

Quien acoge la misión profética con plena conciencia intuye que ésta debe madurar en la oración; por otro lado, quien aprende a orar no puede dejar de sentir la necesidad de evangelizar. La liturgia de la Palabra supone cada día una nueva invitación a no separar lo que en el proyecto de Dios debe seguir estando profundamente unido.

«Casa de oración» y no «cueva de ladrones»: esto es verdad dicho sobre el templo en el que Jesús entró más veces durante su vida terrena, pero también es verdad, hoy, dicho de todo lugar elegido y destinado para el culto. Existe siempre, en efecto, el peligro -más aún, la tentación- de convertir en instrumentos los lugares de oración, para transformarlos en lugares de interés personal.

Se requiere una marcada delicadeza de ánimo para no desnaturalizar el don de Dios y desviarlo de sus funciones originarias. No es, por consiguiente, el templo en sí mismo, sino lo que éste significa lo que cuenta para Dios y para nosotros. No resulta agradable a Dios quien dice: «El templo del Señor, el templo del Señor» (Jr 7,4), sino quien cumple su voluntad. No complace a Dios quien piensa en sus propios intereses y sólo en apariencia cultiva los intereses de Dios, sino quien ha unido en su vida la acción y la contemplación. Jesús presentó el templo a la gente de su tiempo como casa de oración y como «casa de enseñanza» (Eclo 51,23): también para nosotros puede y debe convertirse la Iglesia –toda iglesia- en lugar para meditar y para aprender la Palabra de Dios.

 

ORATIO

«Si...», dice el Señor:

Si aceptas la invitación a devorar mi Palabra, vivirás.

Si la saboreas en la boca, la encontrarás dulce como la miel.

Si la engulles en tus vísceras, experimentarás una gran amargura.

Si denuncias la ignorancia camuflada, serás alejado.

Si proclamas la libertad contra el poder, serás perseguido.

Si revelas el interés privado contra el bien común, serás criticado.

Si buscas la aprobación de personajes, te verás decepcionado.

Si te confías a tus fuerzas, vacilarás fácilmente.

Si piensas que podrás ver los frutos de lo que siembras, esperarás en vano.

Si el pueblo está pendiente de tus labios, alabarás al Señor.

Si obras prodigios en los corazones, cantarás al Señor.

Si es reconocida tu misión, darás gracias al Señor.

«Éste es mi profeta», dice el Señor.

 

CONTEMPLATIO

Se oye decir: «No es tarea mía leer la Escritura. Eso les corresponde a los que han renunciado a este mundo».

Pues bien, yo os digo que vosotros tenéis más necesidad de la Escritura que los monjes. En cuanto a ellos, lo que les salva es su tipo de vida; vosotros, por el contrario, estáis en medio de la refriega, estáis expuestos a nuevas heridas sin tregua.

Por eso tenéis necesidad de la Escritura: una necesidad continua para alcanzar la fuerza. Muchos me dirán: «¿Y los negocios... y el trabajo?». ¡Bello pretexto, de verdad! Vosotros discutís con vuestros amigos, vais a los espectáculos, asistís a los encuentros deportivos... ¿Entonces? ¿Pensáis que cuando se trata de la vida espiritual es algo sin importancia? ¡Ah, se me olvidaba! Hay otra excusa: «Nosotros no tenemos libros». Este pretexto sólo merece una buena carcajada (Juan Crisóstomo).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Toma el libro, cómetelo. Tienes aún que profetizar» (cf. Ap 10,9-11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Porque, Sócrates, me parece a mí, y tal vez también a ti, que tener un conocimiento seguro de estas cosas en esta vida es o imposible o extremadamente difícil; pero, por otra parte, no poner a prueba por todos los caminos lo que se dice de ellas, sin desistir de ellas, sin haber hecho antes todo lo posible por examinarlas desde todos los puntos de vista, es cosas de hombres de ánimo sobremanera flojo.

Y es que me parece que en semejantes temas se debe conseguir uno de estos dos fines: o aprender de otros cómo son o encontrarlo por nosotros mismos; o bien, donde no sea posible, ateniéndose, si no hay otra cosa, al mejor o al más inexpugnable de los razonamientos humanos, y confiándose a él como a una balsa, arriesgarnos nosotros mismos a navegar a través de la vida, cuando no sea posible realizar este viaje con mayor seguridad y menor peligro en una nave más sólida, es decir, sobre alguna palabra divina (Platón, Fedón).

 

 

Día 19

  Sábado XXXIII semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 11,4-12

A mí, Juan, se me dijo: Aquí están mis dos testigos.

4 Me refiero a los dos olivos y a los dos candelabros que están de pie en presencia del Señor de la tierra.

5 Si alguno intenta hacerles daño, de su boca saldrá fuego que devorará a sus enemigos; sin remedio morirá quien intente hacerles daño.

6 Tienen poder de cerrar el cielo para que no llueva durante el tiempo de su ministerio profético; tienen poder para convertir en sangre las aguas y para herir la tierra cuantas veces quieran con toda clase de calamidades.

7 Cuando hayan terminado de dar su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará.

8 Sus cadáveres quedarán sobre la plaza de la gran ciudad, que es llamada alegóricamente Sodoma y Egipto, y en la que fue también crucificado su Señor.

9 Durante tres días y medio contemplan sus cadáveres gentes de todo pueblo, raza, lengua y nación, sin que a nadie se permita darles sepultura.

10 Los habitantes de la tierra se alegran y se felicitan por su muerte y hasta se hacen regalos unos a otros, porque estos dos profetas constituían un tormento para ellos.

11 Pero después de tres días y medio, un espíritu divino entró en ellos, se pusieron en pie y un gran temor se apoderó de quienes los contemplaban.

12 Oyeron entonces una voz potente que les decía desde el cielo:  -Subid aquí. Y subieron al cielo en una nube, a la vista de sus enemigos.

 

**• Este fragmento del Apocalipsis nos presenta la figura de «dos testigos» (v. 3a), símbolo de todos aquellos que han recibido la misión profética y, por eso, están dispuestos a anunciar el Evangelio. No es difícil intuir que, en cierto modo, también nosotros nos convertimos en actores de este magnífico drama. Los dos testigos gozan de la protección de Dios; de él reciben poderes extraordinarios; sobre todo, el Espíritu Santo, que hace fecunda su acción evangelizadora. Son, por consiguiente, instrumentos en las manos de Dios al servicio de toda la humanidad; son dignos de la veneración común y tendrán como premio la participación en la gloria de Dios.

Pero con una condición: que sigan el mismo camino que recorrió su maestro, Jesús. Deberán pasar por la terrible experiencia de la persecución y de la muerte.

«La bestia que sube del abismo» (v. 7) podrá cantar victoria, aunque sea de una manera provisional. «Sodoma y Egipto» (v. 8) exultarán por la muerte de estos dos testigos: será el triunfo momentáneo de las fuerzas del mal contra los testigos del Cordero. Pero «después de tres días y medio» cambiará la situación: los testigos resucitarán gracias a «un espíritu divino» (v. 11) y será grande el terror de todos.

El misterio pascual se realiza, por consiguiente, también en su vida: el camino del Maestro es también el suyo; su victoria es participación en la victoria de Jesús. Resucitaron y «subieron al cielo» (v. 12), allí donde subió Jesús: el triunfo de los testigos debe llegar a su última meta: la comunión eterna con el Padre, tras haber vivido la comunión terrena con Jesús.

 

Evangelio: Lucas 20,27-40

En aquel tiempo,

27 se acercaron unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

28 -Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si el hermano de uno muere dejando mujer sin hijos, su hermano debe casarse con la mujer para dar descendencia a su hermano.

29 Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos.

30 El segundo

31 y el tercero se casaron con la viuda, y así hasta los siete. Todos murieron sin dejar hijos.

32 Por fin murió también la mujer.

33 Así pues, en la resurrección, ¿de quién de ellos será mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella.

34 Jesús les dijo: -En la vida presente existe el matrimonio entre hombres y mujeres,

35 pero los que logren alcanzar la vida futura, cuando los muertos resuciten, no se casarán.

36 Y es que ya no pueden morir, pues son como los ángeles; son hijos de Dios, porque han resucitado.

37 Y el mismo Moisés da a entender, en el episodio de la zarza, que los muertos resucitan, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob.

38 No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él.

39 Entonces unos maestros de la Ley intervinieron diciendo: -Maestro, has respondido muy bien.

40 Y ya nadie se atrevía a preguntarle nada.

 

*•• Esta perícopa evangélica comienza con una pregunta-trampa planteada a Jesús por los fariseos (w. 28-33), una pregunta que presupone una mentalidad materialista y un cierre total a la lógica del cielo. No se trata, en efecto, de llevar consigo a una mujer o cualquier otra cosa al cielo en la resurrección. Según el modo de ver de Jesús, la perspectiva que se abre más allá de la muerte es una realidad totalmente nueva, algo que no puede ser encerrado dentro de la lógica de la tierra.

Pero ¿de qué novedad se trata? Jesús habla, en primer lugar, de inmortalidad, una realidad que a nosotros, los hombres de la tierra, no nos ha sido dado experimentar y que, por consiguiente, debe ser considerada como un don exquisito de la divina bondad. En segundo lugar, Jesús deja entrever el hecho de que las relaciones interpersonales en la vida eterna serán de otra especie y naturaleza: no de tal tipo que encierren a una persona en otra, sino de naturaleza que nos abran a Dios y entre nosotros. Por último, Jesús define a los resucitados como iguales a los ángeles (cf. v. 36) para indicar una situación de vida diferente a la actual y, de todos modos, más cercana a la vida de Dios. Hemos de señalar también que hay modos y modos de hacer referencia a las Escrituras: para ponerlas de nuestra parte, como hacen los saduceos, o bien para entrar en su mensaje genuino, como hace Jesús. El Maestro nos ofrece de este modo las divinas Escrituras como tesoro de verdad, de esperanza y de liberación.

Es útil señalar el detalle final (v. 39): hay también entre los maestros de la Ley algunos bien dispuestos hacia Jesús, que reconocen la validez de su ministerio, pero sin tener, no obstante, el valor de llegar hasta el final de su discurso. En efecto, no se atreven a hacerle ninguna pregunta más, tal vez porque su corazón es tímido y no quieren comprometerse con Jesús.

 

MEDITATIO

De las dos lecturas que la liturgia de la Palabra nos presenta hoy brota la perspectiva de la vida eterna: es una ocasión óptima para reflexionar sobre este momento de nuestra vida que la caracterizará de modo pleno y definitivo.

Por un lado, se nos invita a purificar nuestras ideas sobre el modo como viviremos eternamente. Lo que afirma el evangelio a este respecto debe ser recibido como una invitación a callar más que a chacharear sobre lo que nos espera. Es incluso demasiado fácil trivializar el discurso sobre el paraíso, tanto en un sentido negativo como en un sentido positivo. En ciertas ocasiones, además, como los saduceos del evangelio, nos sentiremos tentados a reducir la vida eterna a las proporciones –engrandecidas de la vida terrena, no permitiendo ni siquiera a Dios hacer «cosas nuevas» o, mejor, «unos cielos nuevos y una tierra nueva». Sabemos, sin embargo, con seguridad que la vida eterna será una pascua plena y definitiva, participación en la de Jesús. También nosotros, como los «dos testigos» de los que nos habla el libro del Apocalipsis, sabemos que la pascua es un acontecimiento extraordinario cuyas características abren la tierra al cielo y por eso marcarán nuestra vida para siempre.

A la vida eterna se accede mediante la resurrección, participación en el gran acontecimiento de la resurrección de Jesús. Tanto para nosotros como para él, se trata de una victoria de la vida sobre la muerte: es Dios quien triunfará definitivamente en nuestra vida: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, un Dios de vivos y no de muertos». Es ésta una expresión extremadamente lúcida para hacernos comprender que, aunque hayan muerto, también Abrahán, Isaac y Jacob viven en Dios, y como ellos cada uno de nosotros, porque «todos viven por él».

 

ORATIO

Te doy gracias, Señor,

- por los apóstoles de todas las naciones que, obedeciendo tu invitación, ofrecen al mundo tu Evangelio;

- por los misioneros conocidos o no que, incluso a riesgo de su propia vida, llevan tu mensaje de salvación allí donde todavía no eres conocido;

- por todos aquellos que en cualquier momento histórico han recordado a tu Iglesia el gran mandato de la evangelización.

Te doy gracias, Señor,

- por los misioneros y fíeles que, con el testimonio e su vida, se han unido al ejército de los mártires;

- por todos aquellos que glorifican tu nombre en cada lengua y en cada nación, en cada pueblo y en cada cultura, en todas las partes del mundo;

- por los obreros que vendrán a trabajar en tu mies, porque, al responder con fidelidad y firmeza a su llamada, saborean la alegría del servicio.

Oh Señor, asiste con tu presencia, guía con tu consejo y sostén con tu fuerza a todos aquellos a quienes has enviado a las naciones.

 

CONTEMPLATIO

¿Qué debe hacer, por tanto, el cristiano? Servirse del mundo, no hacerse esclavo del mundo. ¿Qué significa eso? Significa tener, pero como si no tuviera. Así dice, en efecto, el apóstol: «Os digo, pues, hermanos, que el tiempo se acaba. En lo que resta, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar. Quiero que estéis libres de preocupaciones» (1 Cor 7,29-32).

Quien no tiene preocupaciones espera tranquilo la llegada de su Señor. En efecto, ¿qué clase de amor por Cristo sería temer su llegada? Hermanos, ¿no nos avergonzamos? ¡Le amamos y tememos que venga! Pero ¿le amamos de verdad o amamos más nuestros pecados?

Se nos impone una elección de manera perentoria. Si queremos amar de verdad al que debe venir para castigar los pecados, debemos odiar con el corazón todo lo que tenga que ver con el mundo del pecado. Lo queramos o no, él vendrá. Más tarde, no ahora; lo que, como es obvio, no excluye que vendrá. Vendrá, y cuando menos lo esperes. Si te encuentra preparado, no te perjudicará el hecho de no haber conocido por anticipado el momento exacto (Agustín de Hipona).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible» (cf. 1 Cor 15,43).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por el lugar en el que viven, ni por su lenguaje, ni por su modo de vida. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble.

Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo (Carta a Diogneto).

 

 

Día 20

XXXIV domingo del tiempo ordinario, festividad de

Jesucristo, rey del universo

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 5,1-3

En aquellos días,

1 todas las tribus de Israel acudieron entonces a David, en Hebrón, y le dijeron: -Somos de tu misma carne y sangre.

2 Ya antes, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú quien guiabas a Israel. El Señor te ha dicho: «Tú apacentarás a mi pueblo; tú serás el jefe de Israel».

3 Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel a Hebrón, donde estaba el rey. David hizo con ellos un pacto en Hebrón ante el Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

 

**• Es la tercera unción que recibe el gran rey, ahora solemnemente reconocido también por las tribus de Israel (cf. 2 Sam 2,4). El texto presenta a David como figura ideal de soberano, y lo hace a través de algunos elementos que encierran un particular significado. «Somos de tu misma carne y sangre» (cf. 19,13ss; Gn 2,23; 29,14) es una expresión que indica los lazos familiares que mantiene el soberano con todo el pueblo, el vínculo de sangre, el típico de los clanes patriarcales, recordados por la ciudad de Hebrón, donde están sepultados Abrahán y sus descendientes (cf. Gn 23; 49,31; 50,13). La gran epopeya de David prevé que todas las tribus –tanto las del norte corno las del sur- se reúnan bajo la guía de un único soberano y se reconozcan entre ellas como «de tu misma carne y sangre». En David se crea la unidad y la cohesión de todo el pueblo. Las palabras de los israelitas legitiman, por otra parte, la sucesión de David respecto a Saúl, tras la eliminación del descendiente de este último, contada en el capítulo precedente.

El soberano tiene una tarea pastoral: proteger la vida de todo el pueblo y guiarlo al bienestar sobre la tierra (cf. Sal 23; 72). Esta misión no le es requerida sólo por los representantes de las tribus del norte, sino por el mismo Dios, que ha dirigido su promesa al hijo de Jesé (cf. 1 Sam 16,1-13; 2 Sam 7,8). Sobre la base del juramento de Dios se estipula ahora el pacto entre el rey y las tribus, un pacto de fidelidad y de lealtad que remite a las mismas prerrogativas de Dios, el verdadero rey que está por encima de todos los hombres. Así pues, toda soberanía sobre el pueblo de Dios remite a la soberanía de Dios y no puede seguir otros modelos monárquicos, basados en la divinización del rey (cf. Ez 28,1). David, para poder estar al frente de todas las tribus y guiarlas como jefe, debe estar ante el Señor y ser guiado por su Palabra.

 

Segunda lectura: Colosenses 1,12-20

Hermanos:

12 Demos gracias al Padre, que nos ha hecho dignos de compartir la herencia de los creyentes en la luz.

13 Él es quien nos arrancó del poder de las tinieblas y quien nos ha trasladado al reino de su Hijo amado,

14 de quien nos vienen la liberación y el perdón de los pecados.

15 Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura.

16 En él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles: tronos, dominaciones, principados, potestades, todo lo ha creado Dios por él y para él.

17 Cristo existe antes que todas las cosas, y todas tienen en él su consistencia.

18 Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. Él es el principio de todo, el primogénito de los que triunfan sobre la muerte, y por eso tiene la primacía sobre todas las cosas.

19 Dios, en efecto, tuvo a bien hacer habitar en él la plenitud

20 y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra, trayendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz.

 

*» El fragmento se abre con una acción de gracias, última de una serie de actitudes que los colosenses deben adoptar para agradar a Dios (cf. 1,10-12): dar fruto, aumento del conocimiento, fortaleza en la tolerancia y en la paciencia, el agradecimiento.

El autor invita a los colosenses a dar gracias al Padre, que ha llevado a cabo en ellos el paso del reino de las tinieblas al señorío del «Hijo de su amor» (así al pie de la letra). A ellos les ha sido asignada la misma suerte de los ángeles y de todos los que están junto a Dios, una vez obtenidos, «en Cristo», el rescate y el perdón de los pecados. El momento crucial está determinado, pues, por la presencia del Hijo, que la carta escruta a fondo. Comprenderle a él significa comprender todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (cf. 2,3). La confesión cristológica pretende garantizar al cristiano la certeza de su liberación. Toda potestad depende de la acción creadora y redentora de Cristo y encuentra en él su origen. Nadie tiene capacidad para anular la obra del Hijo, porque nadie es como él. En consecuencia, la Iglesia no puede inclinarse ante otras cabezas o tenerles miedo, dado que la única «cabeza» es Cristo, su Señor. La primacía de Cristo tenemos que entenderla no sólo como antecedente -está «antes» de todos-, sino sobre todo como preeminencia y excelencia «cualitativa» de su ser. Sin él no habría posibilidad de vida, de unidad y de armonía en el interior de la creación y del universo.

La serie de títulos aplicados a Cristo {«imagen» o icono, «primogénito», cabeza, «reconciliador») en este texto es notable y apunta hacia la unicidad del ser de aquel por medio del cual y por el cual fueron hechas todas las cosas.

 

Evangelio: Lucas 23,35-43

En aquel tiempo,

35 el pueblo estaba allí mirando. Las autoridades, por su parte, se burlaban de Jesús y comentaban: -A otros ha salvado, ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el elegido!

36 También los soldados le escarnecían. Se acercaban a él para darle vinagre

37 y decían: -Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

38 Habían puesto sobre su cabeza una inscripción que decía: «Éste es el rey de los judíos».

39 Uno de los malhechores crucificados le insultaba diciendo: -¿No eres tú el Mesías? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros.

40 Pero el otro intervino para reprenderle, diciendo: -¿Ni siquiera temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio?

41 Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos, pero éste no ha hecho nada malo.

42 Y añadió: -Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey.

43 Jesús le dijo:-Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.

 

**• Lucas pinta la escena de la coronación de Jesús con un admirable juego de perspectiva. En el fondo encontramos al pueblo, que está mirando; más cerca, los jefes y los soldados, a los pies de la cruz, burlándose de Jesús; en primer plano, los dos malhechores que hablan con él y, por último, sus palabras de salvación. El pueblo constituye el numeroso público que asiste al espectáculo.

En relación con las frases dichas por los otros protagonistas, representa un motivo más para que el rey decida responder a las peticiones que seguirán. La primera es la de los jefes, que tientan a Jesús con la tercera de las argumentaciones de Satanás (cf. 4,9): le ponen a prueba recordándole que es el protegido, el amado, el ungido de Dios. Se mofan a partir de una realidad muy seria: la relación Padre-Hijo. Los soldados recuerdan el valor político del título de mesías: un rey dispone de poder; ya se lo había insinuado Satanás a Jesús en la segunda de las tentaciones, cuando intentó corromperle con la posesión de todos los reinos de la tierra, no sólo del de los judíos (cf. 4,6ss). El malhechor colgado en la cruz al lado de Jesús presenta la tentación más fuerte, porque también él está sufriendo en la cruz junto a Jesús. La escena está cargada de pathos: ¿por qué el Salvador de los hombres, que se ha conmovido ante los sufrimientos humanos, no responde al grito de los míseros de la tierra? Ésta es la más diabólica de las pruebas, porque, una vez más, intenta romper la unión Padre-Hijo: «¿No eres tú el Mesías?». Desaparece la Palabra de Dios, la referencia a su voluntad; se afirma el instinto de supervivencia a toda costa (cf. 4,3).

Por último, la escena culmina en la inauguración solemne del Reino en el hoy: el «buen ladrón» -como le llamamos tradicionalmente- roba el paraíso en el último instante de su vida, confiándose a Jesús, del mismo modo que éste se entregará confiadamente en los brazos del Padre (cf. 23,46).

 

MEDITATIO

El pasaje de la Carta a los Colosenses nos pregunta si podemos prescindir de Cristo, dado que él es el artífice de la vida, de la nuestra y de la del mundo. Dado que hemos sido introducidos en su Reino, ¿podemos rechazar su primacía o escoger otras? Sería verdaderamente difícil comprender el sentido de nuestra vida. Es como si debiéramos actuar sin un modelo de referencia, sin una base, sin un principio unificador de nuestras capacidades: de la mente, del corazón, del cuerpo. Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito, el principio, la cabeza, el primado, el pacificador. En él está la plenitud de la vida divina. El «buen ladrón» decide confiarse a Jesús pidiéndole entrar a formar parte de su Reino. Reconoce la justicia de este rey precisamente en la hora en que parte para su más largo viaje, como en la parábola (cf. Le 19,11-27). Jerusalén, sin embargo, que no ha reconocido ni acogido a Jesús, está a punto de hundirse (13,34ss; 19,41-44). Tenía el tesoro entre sus murallas, pero no lo apreció. No obstante, dejó que su rey fuera reconocido por todas las tribus de la tierra, lo ofreció en rescate por toda la humanidad. Según Lucas, el artífice de toda la creación llevó a cabo su designio desde Jerusalén, desde el centro de la historia de la salvación y del universo, reconciliando todo desde el interior de la creación. Ahora, todas las tribus de la tierra se reúnen en torno a él para ser pacificadas de nuevo en su sangre.

El mundo y el universo pueden tomar del tesoro de Cristo la sabiduría necesaria para crear las condiciones fundamentales para la vida de todo ser vivo. La fiesta de Cristo Rey es, pues, la fiesta de toda criatura que no encuentra espacio en esta tierra porque está aplastada por lógicas que no responden a la verdadera Sabiduría, lógicas de poder y de beneficio, lógicas que responden a la ley del más fuerte y no a la ley del perder la vida para que todos la tengan en abundancia.

 

ORATIO

Señor Jesús, hijo del amor de Dios, no por nuestros méritos hemos obtenido en herencia formar parte de tu Reino, sino que nos lo ha concedido el Padre, precisamente él, que mediante ti y por ti creó todas las cosas.

Tú, que padeciste la injusticia humana para encontrar a un condenado a muerte, ayúdanos a realizar hoy la justicia de tu Reino: el perdón del pecador, la fiesta para cada hombre arrebatado al reino de la muerte.

Aleja de nosotros la tentación de la violencia que reprime la violencia, el deseo de venganza, la voluntad de hacernos justicia nosotros mismos.

Haz que nuestros ojos, cegados por los espejismos del beneficio, puedan contemplar el tesoro de tu sabiduría; que nuestras mentes necias puedan intuir políticas de desarrollo y de paz; que nuestros corazones endurecidos se apasionen de nuevo ante el misterio de la vida contenido en el universo; que nuestras manos ensangrentadas trabajen en la construcción de tu Reino. A ti, Señor, el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

CONTEMPLATIO

El Hijo de Dios es el rey de los cielos. Más aún, por ser la verdad misma y la misma sabiduría y justicia, con razón afirmamos que se identifica con el mismo Reino.

Este Reino, por tanto, no tiene sede ni por debajo ni por encima de nuestra dimensión, sino en todo lo que recibe el nombre de «cielo». En efecto, aunque eliminases aquel pasaje en el que se lee: «De ellos es el Reino de los Cielos» (Mi 5,3), podrías afirmar, no obstante, que el reino de ésos -mientras dura- es Cristo mismo, dado que extiende su poder incluso sobre cada uno de los pensamientos de aquel que deja de ser esclavo del pecado; ese pecado que, por el contrario, de señor lo convierte en el cuerpo mortal de aquellos que están prostituidos. Al decir, pues, que Cristo domina sobre cada pensamiento de alguien, pretendo dar a entender que allí donde haya justicia y sabiduría y verdad junto con todas las otras virtudes, allí ejerce el Señor su poder sobre aquel que se ha convertido él mismo en «cielo», llevando en sí mismo la imagen de realidades celestiales (Orígenes, Comentario

al evangelio de Mateo, 14, 7).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Acuérdate de mí cuando vengas como rey» (Lc 23,42).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Es menester que pidamos la gracia de sentir el cielo a través de la mirada de Cristo, que nos dice: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso». Jesús ha abierto las puertas, y desde ahora en adelante podemos ser poseídos por su gloria en la oscuridad de la fe. Ahora empezamos a entrever el misterio de la misericordia.

Se cuenta, entre los Padres del desierto, la historia de un miserable zapatero remendón de Alejandría al que un ángel había presentado al gran san Antonio como un hombre más adelantado que él, a pesar de los esfuerzos heroicos del eremita, apasionado, fuertemente preocupado por hacer progresos. No poco desconcertado por esta revelación, Antonio se fue enseguida a la ciudad de perdición para aprender de labios del zapatero el secreto de su perfección: «¿Qué haces de extraordinario para santificarte en semejante ambiente?». «¿Yo? Hago zapatos». «Sin duda. Pero debes de tener algún secreto. ¿Cómo vives?». «Divido mi vida en tres ámbitos: la oración, el trabajo y el sueño». «Yo oro siempre, lo que haces tú no está bien. ¿Y la pobreza?». «También en este caso hago tres partes: una para la Iglesia, otra para los pobres y otra para mí». «Pues yo he dado todo lo que tenía... Debe de haber alguna otra cosa. ¿No crees?». «No». «¿Y consigues soportar a todas estas personas que ya no saben distinguir el bien del mal, que se dirigen claramente al infierno?». «Ah, eso no lo hago, no lo soporto. Pido a Dios que me haga bajar vivo al infierno con tal de que ellos se salven». San Antonio se retiró de puntillas confesado: «No soy así».

La misericordia es el desconcierto de los que están en el cielo frente a los que no lo están. Para conocer esta reacción es necesario haber accedido al Reino de los Cielos y mirar a los que están excluidos de él. Ya no se «ejercita» en la misericordia y en la contrición. Todo lo que se puede hacer es aceptar (o rechazar) que la misericordia haga dar la vuelta a nuestra barca, lo que no es poco, puesto que barre todo a su paso. Entonces podremos escribir con santo Domingo: «¿Qué será de los pecadores?», y con el mísero zapatero: «Que yo baje al infierno, pero que ellos se salven». Teresa estaba poseída por este espíritu de misericordia. Todo lo que podemos hacer es no resistirnos demasiado cuando se presente esta locura. Pidamos la gracia de no decir: «Es interesante; de momento, déjeme su dirección. Ahora no puedo comprometerme. ¿Qué vamos a hacer? Tengo que defender un equilibrio» (M.-D. Molinié, Chi comprenderá ¡I cuore di Dio? Meditazioni per ¡I tempo di Pasqua, Cásale Monf. 2000, pp. 140-142).

 

 

Día 21

 21 de Noviembre, festividad de la

Presentación de la Bienaventurada Virgen María

 

Sólo los apócrifos imaginan y se extienden en la descripción de la presentación de María en el templo de Jerusalén. Junto a este templo decretó construir el emperador Justiniano una iglesia mariana, que fue dedicada el 21 de noviembre del año 543 y destruida setenta años después.

Esta memoria se instauró como celebración litúrgica en Constantinopla en el siglo VIII. Su difusión en Occidente fue lenta y tuvo lugar primero en el ámbito local; en 1472, fue extendida a toda la Iglesia latina. Ésta figura entre las memorias que, «prescindiendo del aspecto apócrifo, proponen contenidos de alto valor ejemplar, continuando venerables tradiciones» (Marialis cultus, 8).

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 14,1-3-4b-5

Yo, Juan,

1 volví a mirar y he aquí que el Cordero estaba de pie sobre el monte Sión. Estaban con él los ciento cuarenta y cuatro mil que tenían su nombre y el nombre de su Padre escrito en la frente.

2 Y oí una voz que venía del cielo, voz como de aguas caudalosas y truenos fragorosos. Sin embargo, la voz que oí era como el sonido de citaristas tocando sus cítaras.

3 Cantaban un cántico nuevo delante del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Un cántico que nadie podía aprender, excepto aquellos ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra.

4 Éstos son los que siguen al Cordero a dondequiera que va, los rescatados de entre los hombres como primeros frutos para Dios y para el Cordero,

5 los de labios sinceros y conducta irreprochable.

 

*» El libro del Apocalipsis, a medida que se desarrolla el drama, compromete con su mensaje a un número cada vez mayor de personas: el pueblo de los elegidos entra en una relación maravillosa con Dios y con Jesús, el Cordero inmolado. La perspectiva eclesial caracteriza, por consiguiente, el mensaje del evangelista Juan; más aún, si la consideramos bien, la perspectiva se vuelve universal. El símbolo numérico empleado en este texto bíblico es muy claro: «.Ciento cuarenta y cuatro mil» (w. 1.3b) corresponde, en efecto, a 12 x 12 x 1.000, producto de tres números que -cada uno de ellos- significan perfección. Es como decir que éste no ha de ser considerado un número cerrado, sino un número abierto que encontrará su perfección sólo cuando todos los llamados sean también elegidos.

El otro símbolo empleado por Juan es el del monte, «el monte Sión», en el que se reúnen todos los que llevan en la frente el nombre del Cordero y el de su Padre (v. 1). Tener el nombre significa entrar en una relación muy especial con la persona: en este caso, el pueblo de los elegidos se caracteriza por su especial relación con Dios y con Jesús. Mediante la fe es como se entra a formar parte de este pueblo que es la comunidad de los que invocan el Nombre y reconocen en él la fuente de su salvación. Es un pueblo que cree, y por eso canta: «Cantaban un cántico nuevo delante del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Un cántico que nadie podía aprender, excepto aquellos ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra» (v. 3). No es difícil reconocer en este cántico el aleluya pascual que se transforma en un aleluya eterno.

 

Evangelio: Lucas 21,1-4

En aquel tiempo,

1 estaba Jesús en el templo y veía cómo los ricos iban echando dinero en el cofre de las ofrendas.

2 Vio también a una viuda pobre que echaba dos monedas de poco valor.

3 Y dijo:

-Os aseguro que esa viuda pobre ha echado más que todos los demás,

4 porque ésos han echado de lo que les sobra, mientras que ésta ha echado, de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir.

 

*» Advertimos dos grandes contrastes en esta página evangélica: el que existe entre los «ricos» y la «viuda», y el que existe entre «lo que sobra» y «lo necesario para vivir». De este modo, Lucas nos hace entrar de inmediato en una situación de vida que -tanto hoy como ayer- nos interpela con todo su dramatismo. El evangelio no nos ofrece exhortaciones piadosas, casi sedantes, sino que nos ilumina con una luz nueva para que podamos leer a fondo y con perspectiva las situaciones históricas en las que vivimos.

Jesús ve y elogia a la viuda pobre; ve y no puede dejar de censurar la acción de los ricos. La mirada de Jesús es como un juicio emitido sobre aquellos que tienen una relación distinta con los bienes, con el dinero. Un juicio que siempre resulta difícil de aceptar, pero que, no obstante, ilumina perfectamente no sólo el gesto, sino también el corazón de las personas.

En primer lugar, Jesús elogia a la viuda pobre por «las dos monedas de poco valor» que ha ofrecido al templo. También aquí se da un fuerte contraste en las palabras de Jesús: dos monedas de poco valor son siempre dos monedas de poco valor, pero Jesús las considera más preciosas que las ricas ofrendas de los acomodados.

¿Cómo pensar en este gesto de la viuda sin compararlo con el de la mujer anónima que, la víspera de la pasión de Jesús, perfumó su cabeza con un perfume precioso? Se trata en ambos casos de una «buena acción», que como tal complace a Jesús bastante más que cualquier otra ofrenda. El poco de la viuda pobre es todo a los ojos de Dios, mientras que el mucho de los ricos es simplemente lo superfluo. También aquí captamos un juicio bastante claro: en efecto, Dios sopesa el valor cualitativo y no sólo el cuantitativo de nuestras acciones. Es sólo él quien lee en nuestros corazones y nos conoce a fondo.

MEDITATIO

El acontecimiento de la «presentación» no aparece en ningún texto neotestamentario, y, además, es improbable lo que cierta tradición le atribuye, a saber: confiar una niña al clero de Jerusalén, en un templo inaccesible, por otra parte, a las mujeres. Ahora bien, el leccionario litúrgico ofrece una propuesta unitaria para dar verosimilitud a la interpretación del acontecimiento: es la tipología de la presencia. Ambas lecturas se detienen en torno a esa modalidad relacional.

El oráculo de Zacarías proclama la presencia de Dios en el templo y transmite la palabra del mismo Dios, que se presenta desplegando el sentido y el significado de esa deliberación suya.

El evangelio según Marcos refiere una presencia de María en el lugar en el que se encuentra Jesús, y las palabras de éste hacen las veces de presentación de la identidad de quien él considera su auténtica familia. El mensaje se presenta bastante claro: el Señor está presente ante la persona humana, y a ésta se le abre la vía para presentarse ante el Señor. El templo asume la función de hacer visible el encuentro entre dos presencias. Sobre el fondo de un símbolo delicado como es la presencia de una niña en la solemnidad de un templo, o sea, precisamente la susodicha «presentación», la liturgia nos invita hoy a meditar sobre el sentido de una presentación de nosotros mismos ante el Señor. Nuestra propia presencia ante el Señor se convierte en presentación cada vez que ésta es iluminada, explicada, motivada, cultivada por una conciencia.

El símbolo de la presentación de María en el templo, por consiguiente, equivaldría a la conciencia de la identidad de María y de su función junto al Mesías, que va creciendo poco a poco: primero, por parte de sus familiares -o sea, la de los otros-; a continuación, por parte de la misma María y, por último, por parte de los posteriores creyentes. El sentido sustancial es éste: María está siempre en presencia del Señor, totalmente dedicada a servir, peregrina en el conocimiento.

 

ORATIO

Santa María, hija del Israel y guardiana del Evangelio, salve. Mujer casta, florecida a la luz del amor del Señor, socórrenos e n el trabajo de apartar los velos que obstaculizan la pureza de nuestro corazón para ver a

Dios; mujer humilde, crecida a la sobra del Omnipotente, guíanos a la alegría del testimonio de que hemos encontrado al Señor.

Virgen orante en las liturgias de tu pueblo, peregrina ante Dios en su templo santo, presencia materna en la Iglesia en oración, acompáñanos cuando nos presentemos ante la Santísima Trinidad para implorar misericordia y contemplar su rostro.

Templo santificado por el Espíritu, custodia en los santos braseros los granos de incienso de nuestros sacrificios y las luces encendidas de nuestras esperanzas mediante tu caridad agradable a Dios. Sierva presente en toda fiesta de fraternidad, acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

Preocupaos más, hermanos míos, preocupaos más, por favor, de lo que dijo el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Estos son mi madre y mis hermanos, y quien hiciere la voluntad de mi Padre, que me envió, es para mí un hermano, hermana y madre (Mt 12,49-50).

¿Acaso no hacía la voluntad del Padre la Virgen María, que en la fe creyó, en la fe concibió, elegida para que de ella nos naciera la salvación entre los hombres, creada por Cristo antes de que Cristo fuese en ella creado? Hizo sin duda Santa María la voluntad del Padre; por eso, es más para María ser discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo. Más dicha le aporta el haber sido discípula de Cristo que el haber sido su madre. Por eso era María bienaventurada, pues antes de dar a luz llevó en su seno al Maestro. Mira si no es cierto lo que digo.

Mientras caminaba el Señor con las turbas que le seguían, haciendo divinos milagros, una mujer gritó: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó! Más, para que no se buscase la felicidad en la carne, ¿qué replicó el Señor?

Más bien, bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan (Le 11,27-28). Por eso era bienaventurada María, porque oyó la Palabra de Dios y la guardó: guardó la verdad en la mente mejor que la carne en su seno. Verdad es Cristo, carne es Cristo; Cristo Verdad estaba en la mente de María, Cristo carne estaba en el seno de María: más es lo que está en la mente que lo que es llevado en el vientre. Santa es María, bienaventurada es María, pero mejor es la Iglesia que la Virgen María. ¿Por qué? Porque María es una porción de Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero al fin miembro de un cuerpo entero.

Si es parte del cuerpo entero, más es el cuerpo que uno de sus miembros. El Señor es cabeza y el Cristo total es cabeza y cuerpo. ¿Qué diré? Tenemos una cabeza divina, tenemos a Dios como cabeza (Agustín de Hipona, Sermón 72/A, 7).

 

ACTIO

Permanece largo tiempo en la iglesia ante una imagen de María y repite hoy: «Bienaventurado el que cumple la voluntad de Dios».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Y cuando la niña llegó a la edad de tres años, Joaquín dijo: «Llamad a las hijas de los hebreos que estén sin mancilla y que tome cada cual una lámpara, y que estas lámparas se enciendan, para que la niña no vuelva atrás y para que su corazón no se fije en nada que esté fuera del templo del Señor». Y ellas hicieron lo que se les mandaba, hasta el momento en que subieron al templo del Señor. Y el gran sacerdote recibió a la niña y, abrazándola, la bendijo y exclamó: «El Señor ha glorificado tu nombre en todas las generaciones. Y en ti, hasta el último día, el Señor hará ver la redención por él concedida a los hijos de Israel». E hizo sentarse a la niña en la tercera grada del altar, y el Señor envió su gracia sobre ella, y ella danzó sobre sus pies y toda la casa de Israel la amó. Y sus padres salieron del templo llenos de admiración y glorificando al Omnipotente, porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo del Señor, nutriéndose como una paloma, y recibía su alimento de manos de un ángel (Protoevangelio de Santiago Vil, 2-VIII, 1).

 

 

Día 22

 22 de noviembre, conmemoración de

Santa Cecilia

 

Al igual que la de otros mártires de los primeros siglos cristianos, la vida de santa Cecilia nos es casi desconocida. Las Actas del martirio (siglos V-VI), aunque no tienen un carácter histórico y calcan esquemas hagiográficos típicos, reciben, no obstante, la confirmación de la historicidad de la mártir por el culto que se le atribuía ya antes del año 313, atestiguado por la inserción del nombre de Cecilia en los antiguos martirologios y en el canon romano, por la dedicación de la basílica homónima en el Trastevere y por la dotación del sarcófago que inicialmente contuvo sus restos (siglo III).

A Cecilia se la considera patrona de la música y del canto a causa de la interpretación que la piedad popular dio a la expresión de las Actas: «Actibus organis Caecilia decantabat ¡n corde suo».

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 14,14-19

Yo, Juan,

14 volví a mirar y vi una nube blanca. Sentado sobre la nube estaba un ser de aspecto humano con una corona de oro sobre la cabeza y una hoz afilada en la mano.

15 Salió del templo otro ángel y gritó con voz potente al que estaba sentado en la nube: -Mete tu hoz y comienza a segar. Es el tiempo de la siega, pues está ya seca la mies.

16 El que estaba sentado sobre la nube acercó su hoz a la tierra y la segó.

17 Y salió otro ángel del templo celeste llevando también una hoz afilada.

18 Y todavía un ángel más -el que tiene poder sobre el fuego— salió del altar y gritó con voz potente al que tenía la hoz afilada: -Mete tu hoz afilada y vendimia los racimos de la viña de la tierra, pues están ya las uvas en sazón.

19 Acercó el ángel su hoz a la tierra, vendimió la viña de la tierra y arrojó las uvas al gran lagar de la ira de Dios.

 

*» En este fragmento del libro de Apocalipsis encontramos algunos símbolos cuya interpretación nos introduce en la comprensión del mensaje. En primer lugar, el símbolo de la nube (v. 14), que, según la tradición bíblica, expresa una teofanía, es decir, una aparición divina.

En este caso es el Hijo del hombre el que aparece para pronunciar el juicio y ofrecer la salvación. De ahí que este fragmento tenga un valor exquisitamente cristológico: el evangelista Juan quiere completar su mensaje sobre la persona y sobre la misión de Jesús.

Los símbolos de la siega (w. 15b. 16) y de la vendimia (w. 18b. 19) pretenden ilustrar el juicio que Jesús ha venido y vendrá a pronunciar sobre la humanidad. Se trata de un juicio abierto a la salvación, que es precisamente don de aquel cuyo nombre es Salvador. Justamente porque será Jesús quien pronuncie el juicio, no es lícito considerarlo sólo en su valor negativo: eso sería desconocer el don de Dios y sustraerse así a la voluntad salvífica universal del Señor. A buen seguro, el juicio manifiesta también un momento negativo: aquellos que hayan rechazado la salvación se encontrarán separados de Dios, como objeto de su justa cólera (v. 19), pero precisamente porque ellos mismos se han sustraído libremente a la divina misericordia.

El fragmento de Juan nos ofrece otro mensaje: existe una estrecha relación entre la vida presente y la futura, entre la vida terrena y la eterna. Todo dependerá de Dios y de su divina bondad, pero todo dependerá también de nuestras opciones personales y de las obras que realicemos.

 

Evangelio: Lucas 21,5-11

En aquel tiempo,

5 al oír a algunos que hablaban sobre la belleza de las piedras y exvotos que adornaban el templo, dijo:

6 -Vendrá un día en que todo eso que veis quedará totalmente destruido; no quedará piedra sobre piedra.

7 Entonces le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?

8 Él contestó: -Estad atentos, para que no os engañen. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy, ha llegado la hora». No vayáis detrás de ellos.

9 Y cuando oigáis hablar de guerras y de revueltas, no os asustéis, porque es preciso que eso suceda antes, pero el fin no vendrá inmediatamente.

10 Les dijo además: -Se levantará nación contra nación y reino contra reino.

11 Habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambres, pestes, apariciones terroríficas y grandes portentos en el cielo.

 

**• Estamos ante el segundo «discurso escatológico» (cf. Lc 17,20-37) del evangelio de Lucas: es señal de que para este evangelista la perspectiva del fin del mundo y de la vida futura caracteriza de una manera profunda la espiritualidad cristiana. Las preguntas iniciales, «¿Cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?» (v. 7), son como dos pistas de búsqueda para comprender el mensaje que Jesús quiere transmitir.

Por otra parte, el hecho de que este discurso haya sido pronunciado ante el templo, con la belleza de la piedras y exvotos, crea un fuerte contraste entre el presente, que amenaza con clausurar la religiosidad de los contemporáneos de Jesús, y el futuro hacia el que, no obstante, quiere orientar Jesús su fe. Jesús predice en su respuesta el final del templo de Jerusalén y, en cierto modo, de todo lo que éste simboliza (v. 6). Anuncia el final de un mundo que se concreta en esta catástrofe, del mismo modo que se concretará en muchas otras. No pretende decir que el fin del mundo esté cerca, pero sí desea recordar que todo lo que pertenece a este mundo tendrá, a buen seguro, un fin y que ante este fin debemos reflexionar con plena conciencia, dejándonos iluminar por su enseñanza.

Lo que debemos hacer mientras esperamos su retorno está expresado con claridad en lo que afirma Jesús con respecto a los falsos profetas y a los falsos mesías (v. 8). Jesús nos invita al discernimiento de las personas y de los acontecimientos, a tener el valor de tomar o dejar, a asumir el riesgo de optar siempre y de todos modos por los valores que él nos ha entregado en su Evangelio. Son muchos los que, tanto hoy como ayer, pretenden abrir nuevos caminos de salvación delante de nosotros; son muchos los que anuncian el fin como algo inminente, más para intimidar y aterrorizar que para iluminar e infundir valor. Las palabras de Jesús van en un sentido diametralmente opuesto: incluso cuando anuncia el fin, se preocupa por iluminar y confortar a sus discípulos.

MEDITATIO

El amor con el que Dios nos ama es personal, intenso, profundo; no tiene límites ni condiciones. Es un amor fiel, que nunca desaparece, que siempre ofrece la posibilidad de nuevos inicios. La iniciativa es constantemente de Dios, que, sin embargo, nos deja a cada uno la responsabilidad y la alegría de adherirnos.

Santa Cecilia, con su vida personal, nos muestra la disponibilidad de una creyente para dejarse amar y para responder con todo su ser a tanto amor. Es tan precioso para Cecilia el don recibido del Señor que no se olvida de nada a fin de estar preparada para el encuentro con él. Cecilia, que a través de la fe ha conocido al Señor, invita a otros -y en primer lugar a su esposo- a la comunión con él, animándole a la perseverancia en las dificultades.

La oración, que alimenta su relación con el Señor, la mantiene vigilante en la espera de la venida de él, fuerte y alegre cuando ésta tenga lugar a través de una muerte cruenta.

       Cecilia, que se nos da a nosotros como testigo de una fidelidad a toda prueba, nos recuerda que la fe es un don que se refuerza compartiéndolo. El Señor lo otorga a todos, pero nos corresponde a nosotros animarnos los unos a los otros para acogerlo. Cecilia nos invita a hacer todo para no ajar este don en la Trivialidad y en el «dado por descontado», sino a vivirlo con firmeza y con alegría, convirtiendo nuestra existencia en un canto de alabanza al Señor.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú fuiste enviado por el Padre a este mundo para hablar a los hombres de su amor, de suerte que volvieran a vivir la amistad con él.

Confirma en la fe a los que ya han recibido el bautismo: sé su fuerza en la adversidad, y sostenlos y confórmalos en la certeza de la vida bienaventurada y sin fin.

Haz que la espera de tu venida gloriosa fortalezca su don de amor en el presente, seguros de que quien pierde su propia vida la recobrará para siempre.

 

CONTEMPLATIO

Una cosa es decir «no» a alguien que adelanta propuestas hábiles y lisonjeras y permanecer así en la verdad y mantener los votos pronunciados; otra es permanecer firmes también frente a los tormentos y las heridas. Son éstos los recursos que se esconden en la intimidad del alma y de sus facultades: la tentación los descubre, la prueba concreta los da a conocer.

Adelante, santos de Dios, niños y jovencitos, hombres y mujeres, solteros y solteras. Proseguid con perseverancia hasta el fin. Alabad al Señor tanto más dulcemente cuanto más intensamente penséis en él. Esperad en él con tanta más felicidad cuanto mayor sea el celo con el que le servís. Que tanto más ardiente sea vuestro amor por él cuanto mayor sea el cuidado en complacerle. Con los lomos ceñidos y las lámparas encendidas, esperad al Señor a su regreso de las bodas. En las bodas del Cordero cantad un cántico nuevo, acompañándoos con vuestras cítaras. A buen seguro, no será ese canto el mismo que cantará la tierra entera, a quien se dice: «Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra» (Sal 95,1). Será un canto que nadie podrá cantar, sino vosotros.

(Agustín de Hipona, La verginitá consacrata, Roma 1982, 152.117.)

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro» (Mt 25,6b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El creyente está siempre colocado frente a la elección entre los ídolos y Dios, para lo que tiene que pagar el precio del martirio, del exilio y hasta el de la huida al desierto, la persecución. [...]. Toda criatura a la que se le dé un valor absoluto, perdiendo su referencia al Creador, se convierte en un ídolo, puesto que se separa de Dios, se insinúa entre el hombre y su único Señor usurpándole su señorío. En realidad, todo puede convertirse en nuestra vida y en nuestro mundo en un ídolo: las cosas que son y las que nosotros elaboramos a través del trabajo (a. Sab 13,1 -7.10-19), si se convierten en absoluto, si capturan nuestra libertad, si concentran sobre sí nuestras atenciones produciéndonos vértigo, no son sino nuevos Baaltm, «amos», «ídolos». No queda más que desenmascararlos y abatirlos no con nuestras fuerzas, sino en nombre de quien los venció en la cruz: Jesús el Mesías, cueste lo que cueste, aunque sea incluso el martirio. [...]

Ahora bien, existe en la eucaristía una realidad muy exigente, que es unir nuestra comida de ofrenda y sacrificio a la de Cristo: en la eucaristía no es posible detenerse antes de la ofrenda de toda nuestra vida al Padre, una ofrenda total, completa, hasta el martirio. Si nuestra celebración eucarística diaria significa realizar «el culto espiritual en la ofrenda de nuestros cuerpos vivos» (cf. Rom 12,1), también es cierto que el télos al que debemos tender es el martirio, porque en el martirio no está sólo la res, es más la res tantum. Es temible acercarse a la eucaristía con esta conciencia, pero si no queremos ofrecer un «sacrificio cadavérico», es decir, la ofrenda de nuestra vida real y sólo más allá de nuestro muerte natural, debemos estar dispuestos a ser destrozados, entregados, muertos violentamente como el Señor.

El cristiano, asociado a la pascua de Cristo, ya está muerto y sepultado con Cristo en el bautismo; por eso, no le queda más que ser glorificado, en el sentido joáneo del término, a través de una participación en la muerte del Señor en la realidad de su carne. Así, la eucaristía es el martirio, acto supremo de unión total y definitiva con Cristo (E. Bianchi, // radicalismo cristiano, Turín 21980, pp. 23.24.123.124.130ss. 133.134).

 

 

Día 23

 Miércoles XXXIV semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 15,1-4

Yo, Juan,

1 vi en el cielo otra señal grande y maravillosa: siete ángeles que llevaban las siete últimas plagas con las que había de consumarse la ira de Dios.

2 Vi también algo semejante a un mar, mezcla de fuego y de cristal; sobre este mar de cristal estaban, con las cítaras que Dios les había dado, los vencedores de la bestia, de su estatua y de su nombre cifrado.

3 Cantaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justo y fiel tu proceder, rey de las naciones.

4 ¿Cómo no respetarte, Señor? ¿Cómo no glorificarte? Sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán a postrarse ante ti, porque se han hecho patentes tus designios de salvación.

 

**• La referencia de este fragmento a los grandes hechos del Éxodo es más que evidente: debemos establecer un puente entre el fin y el principio, entre lo que profetiza el apóstol Juan y lo que Dios, al principio de la historia de la salvación, llevó a cabo en favor de su pueblo. Jesús, el Cordero inmolado, para introducir a los elegidos en el Reino del Padre, los hará pasar a través del «mar», que es el símbolo del mundo sumergido en el pecado.

Este paso será, por tanto, una pascua auténtica, una liberación de todo lo que es malo para alcanzar la salvación. El don de Dios tiene una eficacia particular: hace salir de Egipto, tierra de la esclavitud, y hace entrar en la tierra prometida, «una tierra que mana leche y miel» (Ex 3,8); libera del pecado e introduce en la comunión de vida con él. Este pueblo, precisamente por haber sido liberado, expresa su alegría mediante el canto; más exactamente, con «el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero» (v. 3). La referencia a Ex 15,1 ss es clara y resulta iluminadora. También el salmo responsorial de esta liturgia de la Palabra evoca el gran acontecimiento, y por eso corresponde muy bien a la alegría de un pueblo de salvados. Este don de la salvación asume una dimensión universal: el paso del Antiguo al Nuevo Testamento lo atestigua. «Todas las naciones vendrán a postrarse ante ti» (v. 4b): el don de Dios pasa a través de Israel, pero se abre a toda la humanidad. Dios no reserva sus dones sólo para algunos, sino que los ofrece a todos. De este modo alcanza su meta el mensaje del Apocalipsis.

 

Evangelio: Lucas 21,12-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

12 os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y a las cárceles, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.

13 Esto os servirá para dar testimonio.

14 Haceos el propósito de no preocuparos por vuestra defensa,

15 porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a los que no podrá resistir ni contradecir ninguno de vuestros adversarios.

16 Seréis entregados incluso por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos, y a algunos de vosotros os matarán.

17 Todos os odiarán por mi causa.

18 Pero ni un cabello de vuestra cabeza se perderá.

19 Si os mantenéis firmes, conseguiréis salvaros.

 

**• El «discurso escatológico» prosigue con un lenguaje profético que dibuja el futuro de la vida de los creyentes y de la historia de la primera comunidad cristiana. Ahora bien, con una perspectiva más dilatada, las profecías de Jesús tienen que ver con los creyentes y con la comunidad creyente de todos los tiempos.

En estas expresiones de Jesús podemos reconocer, prácticamente, una síntesis de los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles, casi un preludio a la historia de la Iglesia naciente, en la que la persecución es signo de segura pertenencia a Jesús en la fe y de plena participación en su destino pascual; es un signo del acercamiento del Reino de Dios y es un estímulo para mantener vivo el deseo del retorno del Señor.

Ahora bien, ¿por qué tiene que caracterizar la persecución la vida de los discípulos de Jesús y de la comunidad creyente? A buen seguro, no por una finalidad puramente negativa, ni sólo para poner a prueba la fidelidad de los seguidores de Jesús, sino para que éstos tengan la oportunidad de «dar testimonio» (v. 13) del Señor resucitado y de su Evangelio.

El don de la fe implica el deber de la misión y no puede dejar de expresar la alegría de la evangelización. Jesús no sólo se preocupa de confiar una misión, sino de indicar asimismo su método y su estilo. El testimonio de los discípulos, en efecto, será eficaz únicamente si es capaz de proseguir en el mundo el estilo pascual del testimonio de Jesús. No les hará falta preparar su propia defensa (v. 14); no se les permitirá recurrir a métodos de defensa puramente humanos; no se les permitirá recurrir a estrategias terrenas. En cambio, sí necesitarán vivir de pura fe, abandonarse por completo al poder de Dios, confiar únicamente en la divina providencia, con la certeza de que lo que es humanamente imposible será divinamente seguro. El Señor resucitado no dejará ciertamente a sus testigos fieles sin una elocuencia extraordinaria y un coraje indómito (v. 15). Todo esto, en términos bíblicos, recibe el nombre de perseverancia, que es el distintivo de los mártires.

 

MEDITATIO

En el fragmento evangélico que acabamos de leer hemos oído dos veces la expresión «por causa de mi nombre». Más adelante, hemos oído afirmar a Jesús: «Yo os daré un lenguaje y una sabiduría». Las exhortaciones de Jesús, que tienen un pronunciado carácter profético, tienden a liberar a los testigos de preocupaciones excesivamente humanas, personales, para concentrar su atención en su nombre, esto es, en su persona y en lo que él está dispuesto a hacer en su favor.

Es así como podemos captar el valor específico del testimonio cristiano: éste vale no tanto por lo que las personas sepan o puedan expresar como por el don divino que, a través de su Palabra, se manifiesta. El testigo se convierte entonces en signo concreto y manifestador de una presencia superior; sus palabras transmiten un mensaje divino; su martirio es prolongación del martirio de Jesús.

Para esta prueba extrema que es el martirio, se les asegura a los testigos la presencia consoladora de Jesús, que no sólo los hace extraordinariamente elocuentes, sino, en cierto modo, también invulnerables: «Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá». Esta divina seguridad encontrará amplia confirmación en el martirologio cristiano: no sólo en el que aparece en los Hechos de los Apóstoles, sino también en el que caracterizará de modo particular la historia de la Iglesia de los primeros siglos.

Podemos constatar, por tanto, que el martirio, en el marco de la historia bíblica y cristiana, caracteriza a la comunidad de los creyentes tanto del Antiguo (basta con pensar en el martirio de los siete hermanos Macabeos y en el de su madre) como del Nuevo Testamento.

 

ORATIO

Oh Señor, tú que eres «el Sufridor» por excelencia, ayúdanos a comprender que de la fidelidad a nuestra misión brota la disponibilidad al sufrimiento: sufrir para ser fieles a nuestra propia vocación o, mejor aún, a ti, que nos has llamado por nuestro nombre. Sufrir no como masoquistas, sino para llevar a cabo un designio de liberación en favor de los hermanos y para tu gloria.

Sufrir para ser coherentes con un plan de valores, pagando con la rebelión de nuestras pasiones y con el rechazo de quienes no piensan como nosotros. Sufrir convencidos de que podemos y debemos eliminar el sufrimiento inútil sustituyéndolo por un sufrimiento consciente y paciente.

Sólo así tendremos esa paz que simboliza el mar de cristal y se ofrece a quien, tras haber pasado por el fuego de la prueba, sale de él purificado y renovado. Oh Señor, da vigor a tus promesas, haznos perseverantes en tu amor, tú que eres el Dios fiel.

 

CONTEMPLATIO

Es la intención lo que hace buena la obra, y la intención está dirigida por la fe. No hay que prestar demasiada atención a lo que hace el hombre, sino a lo que pretende al obrar, al fin hacia el que dirige el brazo de su guía óptima.

Supón que un hombre gobierna de manera óptima su nave, pero se ha olvidado de la meta hacia la que se dirige. Aquí lo tenemos: sabe dirigir de modo experto el timón, sabe moverlo de manera óptima, sabe embestir de proa a las olas, sabe protegerse para que éstas no le embistan por los costados; está dotado de tanta fuerza que puede hacer virar la nave hacia donde quiere y desde donde quiere, pero ¿de qué le vale todo esto si cuando le preguntan a dónde va contesta que no lo sabe; o bien, aunque no diga que no lo sabe, sino que va a tal puerto, no se dirige en absoluto hacia ese puerto, sino hacia los escollos?

Ésta es también la condición de quien corre de manera óptima pero fuera del camino. ¿No habría sido mejor y menos peligroso que ese timonel hubiera sido bastante menos capaz, de modo que llevara el timón con trabajo y dificultad, pero mantuviera, sin embargo, el rumbo justo y debido; y, por otra parte, que ese otro hubiera sido tal vez incluso más perezoso y más lento, pero, sin embargo, hubiera marchado por el camino, antes que correr velozmente fuera del mismo? Es óptimo, por tanto, aquel que mantiene el camino y lo sigue expedito; y siempre se puede esperar también a quien, cojeando un poco, no se sale del camino totalmente, no se detiene, sino que progresa, aunque sea poco a poco. Cabe esperar, en efecto, que este último llegará, quizás más tarde, a su meta (Agustín de Hipona).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Sólo tú eres santo» (Ap 15,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Siguiendo la misma lógica de su propósito de historiador, Lucas dirige más su atención a los efectos exteriores y visibles de la acción del Espíritu que a la transformación interior por la que se interesa el teólogo Pablo. Este último permanece en la línea dominante de la Biblia, en la que el Espíritu se manifiesta sobre todo como Espíritu profético, que impulsa a hablar y da fuerza al testimonio de aquel a quien inspira. Lucas prefiere ver en el Espíritu el principio del dinamismo que asegura la difusión del mensaje evangélico y la expansión cíe la Iglesia. La fe que lleva al bautismo y procura la remisión de los pecados es un preliminar para la acogida de esta fuerza que impulsa al cristiano y a la Iglesia hacia el exterior. A buen seguro, no sin proporcionar un fortalecimiento interior; aunque no es éste el aspecto que interesa a Lucas: el tercer evangelista no piensa nunca, por ejemplo, en considerar el don del Espíritu como un anticipo de la vida eterna.

El Espíritu aparece, pues, en Lucas menos como una realidad constitutiva de la Iglesia que como la fuerza motriz de su crecimiento. No es la pneumatología de Lucas la que nos proporcionará la clave de su eclesiología (J. Dupont).

 

 

Día 24

  Jueves XXXIV semana del Tiempo ordinario o 24 de Noviembre,

Santos Andrés Dung-Lac, presbítero, y compañeros, mártires

 

 

            Son los 117 mártires de Vietnam canonizados por Juan Pablo II el 19 de junio de 1988. En el siglo XVII comenzaron las persecuciones contra los católicos, que habían ido creciendo en Vietnam desde el siglo anterior. Los cristianos martirizados en distintas fechas y regiones fueron cerca de 130.000, de los que se ha introducido la causa de beatificación de casi 1500. Entre los 117 canonizados hay 8 obispos, muchísimos sacerdotes seculares y religiosos, y un gran número de laicos de ambos sexos y de toda edad y condición. 96 son vietnamitas, 11 españoles y 10 franceses. San Andrés, hijo de padres paganos muy pobres, llegó a sacerdote con la ayuda de un catequista, ejerció el ministerio en diferentes localidades y murió decapitado en Hanoi el 21 de diciembre de 1839. Los once españoles, todos ellos dominicos, son los siguientes: Mateo Alonso de Leciniana, de Nava del Rey (Valladolid), decapitado el 22 de enero de 1745. Francisco Gil Federich, de Tortosa (Tarragona), decapitado el 22 de enero de 1745. Jacinto Castañeda, de Játiva (Valencia), degollado el 7 de noviembre de 1773. Ignacio Clemente Delgado, de Villafeliche (Zaragoza), obispo, falleció a causa de los malos tratos el 21 de julio de 1838. Domingo Henares, de Baena (Córdoba), obispo, decapitado el 25 de junio de 1838. José Fernández, de Ventosa de la Cuesta (Valladolid), decapitado el 24 de julio de 1838. Jerónimo Hermosilla, de Santo Domingo de la Calzada (La Rioja), obispo, degollado el 1 de noviembre de 1861. José María Díaz Sanjurjo, de Santa Eulalia de Suegos (Lugo), obispo, decapitado el 20 de julio de 1857. Melchor García Sampedro, de Cortes, parroquia de Cienfuegos (Oviedo), obispo, descuartizado el 28 de julio de 1858. Valentín de Berrio Ochoa, de Elorrio (Vizcaya), obispo, decapitado el 1 de noviembre de 1861. Pedro Almato, de San Feliu Saserra (Barcelona), martirizado el 1 de noviembre de 1861 

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19,l-3.9a

Yo, Juan,

18,1 vi a otro ángel que bajaba del cielo con gran poder. La tierra quedó iluminada con su resplandor,

2 y el ángel gritó con voz potente, diciendo: ¡Cayó, cayó al fin la orgullosa Babilonia! Se ha convertido en mansión de demonios, en guarida de espíritus inmundos y de toda clase de aves inmundas y detestables.

21 Un ángel pleno de vigor levantó entonces un peñasco grande como una gigantesca rueda de molino y lo arrojó al mar, diciendo:

Así, de golpe, será arrojada Babilonia, la gran ciudad, y desaparecerá para siempre.

22 Ya no se volverá a oír en ti el son de los citaristas y los músicos, de los que tocan la flauta y la trompeta. Ya no habrá en ti artesanos ni se oirá la rueda del molino.

23 La luz del candil ya no alumbrará más en ti, ni el canto del novio y de la novia se oirá más en tus calles. Porque tus negociantes llegaron a ser los señores de la tierra y con tus maleficios embaucaste a todas las naciones.

19,1 Después de esto, oí en el cielo algo así como la voz potente de una inmensa muchedumbre que cantaba:

¡Aleluya! La salvación, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios,

2 que juzga con verdad y con justicia. Él ha condenado a la gran prostituta, la que corrompía la tierra con sus prostituciones, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos.

3 Y por segunda vez cantaban:

¡Aleluya! El humo de su incendio sigue subiendo por los siglos de los siglos.

9,a Entonces alguien me dijo:

-Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.

 

**• Esta visión que se ofrece al evangelista Juan tiene también la finalidad de iluminar la historia del pueblo de Dios en marcha. El cielo y el resplandor que de él se difunde (cf. 18,1) indican, de una manera clara, la procedencia divina de la Palabra que va a ser proclamada. Sólo quien escucha y recibe el mensaje podrá caminar seguro hacia la meta final.  Por un lado, se proclama el final de Babilonia, símbolo de las potencias adversas al Reino de Dios y tendentes a arrancar un culto idolátrico a los hombres. Se trata de una auténtica derrota de Babilonia, aunque de momento en su historia pueda parecer vencedora. La atina de la ciudad, según el juicio expresado por esta profecía, no es otra cosa que el mentís de cualquier intentó humano de oponerse al designio divino. La ausencia total de alegría en ella -faltarán el son de los citaristas, la luz del candil y el canto del novio y de la novias signo de la ausencia de Dios y de la sordera total de sus habitantes a la voz del Señor, que llama a la conversión (18,2.22ss).

Por el contrario, el aleluya proclamado inmediatamente después (19,1-3) expresa, con un contraste vigoroso e iluminador, la victoria de Dios sobre sus adversarios, la victoria del Cordero sobre sus enemigos y la alegría de los salvados con el poder de la pascua. El símbolo final de esta gozosa victoria es el «banquete de bodas» (19,9) que ofrece el Cordero a todos los invitados.

Se trata de un símbolo bíblico bien conocido, que nos invita a compartir el gran misterio de salvación de Dios, nuestro salvador, en la fe y en la esperanza.

 

Evangelio: Lucas 21,20-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

20 Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed que se acerca su devastación.

21 Entonces, los que estén en Judea que huyan a los montes; los que estén dentro de la ciudad que se alejen, y los que estén en el campo que no entren en la ciudad.

22 Porque son días de venganza en los que se cumplirá todo lo que está escrito.

23 ¡Ay de las que estén encintas y criando en aquellos días! Porque habrá gran tribulación en la tierra y el castigo vendrá sobre este pueblo.

24 Caerán al filo de la espada e irán cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos hasta que llegue el tiempo señalado.

25 Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos, asustados por el estruendo del mar y de sus olas.

26 Los hombres se morirán de miedo al ver esa conmoción del universo, pues las potencias del cielo quedarán violentamente sacudidas.

27 Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y gloria.

28 Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.

 

**• Esta sección del «discurso escatológico» se subdivide claramente en dos partes: en la primera se describe la ruina de Jerusalén (w. 20-24), en la segunda se describe el fin del mundo (w. 25-28). La primera parte es la más característica de Lucas, ya que le gusta volver de la apocalíptica a la historia: «Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos... son días de venganza» (cf. vv. 20-22).

Queda claro, por consiguiente, que Lucas considera la destrucción de Jerusalén como un juicio de Dios dirigido contra el comportamiento precedente de sus habitantes.

De ahí que la perspectiva mire más al pasado que al futuro. Hay, no obstante, un matiz particular que merece ser destacado: lo que le ocurre a Jerusalén tiene una finalidad que abre la perspectiva al universalismo: «Jerusalén será pisoteada por los paganos hasta que llegue el tiempo señalado» (v. 24), es decir, el tiempo del testimonio o, bien, el tiempo de los mártires (cf. Hechos de los Apóstoles).

Es sabido que a Lucas le gusta distinguir con claridad los tiempos de la historia de la salvación: el tiempo del antiguo Israel, la plenitud de los tiempos caracterizada por la presencia de Jesús y el tiempo de la Iglesia. Los tiempos de los paganos se insertan en esta última sección de la historia. En el paso de la primera a la segunda parte de este fragmento, Lucas deja entender que al tiempo de los paganos le sucederá el tiempo del juicio universal.

Los w. 25-28 se caracterizan por la venida del Hijo del hombre para el juicio: el creyente no tiene ningún motivo para temer, aunque la descripción de ese momento induzca sentimientos que suscitan el temor de Dios. El regreso del Señor se caracteriza, en efecto, por el «gran poder y gloria» (v. 27): él traerá consigo el don de la liberación total y definitiva, una «redención» que sólo puede ser un exquisito don divino.

MEDITATIO

Como hemos indicado un poco más arriba, Lucas señala en este fragmento de su evangelio las etapas principales de la historia de la salvación: el tiempo de la antigua alianza, el carácter central de la nueva y el momento de la parusía final. Con razón, por tanto, se ha calificado al tercer evangelista de teólogo de la historia de la salvación. Si, además de esto, recordamos que Lucas es el único de los evangelistas que ha sentido la necesidad de escribir los Hechos de los Apóstoles como continuación del tercer evangelio, comprenderemos cuál ha sido el designio unitario que ha concebido y llevado a cabo; para él, evangelista, ha significado ponerse al servicio de una obra evangelizadora que parte, ciertamente, de la historia de Jesús, pero que no puede dejar de abarcar también la historia de sus testigos de la comunidad cristiana de los primeros y de todos los tiempos.

También hoy se habla mucho de «evangelización», en ocasiones incluso de «nueva evangelización»: términos todos ellos apropiados y más que legítimos, a condición, no obstante, de que la obra de la evangelización sea reconducida a su centro neurálgico, que es el gran acontecimiento de la pascua de Jesús, y de que sea concebida como simple y lógica continuación de ese evangelio viviente que ha sido la persona misma de Jesús. Sólo así podrá la evangelización anunciar, prometer y dar la liberación-redención de la que habla el fragmento evangélico de hoy y que corresponde a una nueva creación.

Jesús, en efecto, ha venido para liberar al hombre del pecado y para hacerle recuperar la frescura de la imagen-primitiva de Dios; volverá al final para crear unos «cielos nuevos y una nueva tierra», pero, sobre todo, para perfeccionar en el hombre la imagen divina originaria.

 

ORATIO

«No temáis las amenazas ni os dejéis amedrentar. Dad gloria a Cristo, el Señor, y estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida explicaciones » (1 Pe 3,14-15).

Es la esperanza lo que me proporciona el valor para buscar mundos nuevos y para remover capas de escombros y de hábitos que me incrustan y me entierran en seguridades precarias. La esperanza de alcanzarte me hace que no desista nunca y me infunde el coraje necesario para seguir adelante a pesar de mis debilidades.

Es la esperanza lo que moviliza todos mis recursos para alcanzar la meta que tú me has reservado, para luchar contra una existencia incolora que, poco a poco, nos va achatando y paralizando. La esperanza de reconocerte, porque la vida se renueva y no se repite nunca cuando se abre a ti y se inspira en el Evangelio.

Es la esperanza lo que me da la fuerza necesaria para mantener viva mi luz, para no «rehacerme» como otros me quieren, vagando sin identidad y cerrado a la gracia.

La esperanza de verte y quedar maravillado.

 

CONTEMPLATIO

«En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta, porque resonará, y los muertos despertarán incorruptibles, y nosotros nos veremos transformados». Al decir «nosotros», Pablo enseña que han de gozar junto con él del don de la transformación futura todos aquellos que, en el tiempo presente, se asemejan a él y a sus compañeros por la comunión con la Iglesia y por una conducta recta. Nos insinúa también el modo de esta transformación cuando dice: «Esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad». Pero a esta transformación, objeto de una justa retribución, debe preceder otra transformación que es puro don gratuito.

La retribución de la transformación futura se promete a los que en la vida presente realicen la transformación del mal al bien.

La primera transformación gratuita consiste en la justificación, que es una resurrección espiritual, don divino que es una incoación de la transformación perfecta que tendrá lugar en la resurrección de los cuerpos de los justificados, cuya gloria será entonces perfecta, inmutable y para siempre. Esta gloria inmutable y eterna es, en efecto, el objetivo al que tienden, primero, la gracia de la justificación y, después, la transformación gloriosa.

En esta vida somos transformados por la primera resurrección, que es la iluminación destinada a la conversión; por ella, pasamos de la muerte a la vida, del pecado a la justicia, de la incredulidad a la fe, de las malas acciones a una conducta santa. Sobre los que así obran no tiene poder alguno la segunda muerte. De ellos, dice el Apocalipsis: «Dichoso aquel a quien le toca en suerte la primera resurrección; sobre ellos la segunda muerte no tiene poder». Y leemos en el mismo libro: «El que salga vencedor no será víctima de la muerte segunda». Así como hay una primera resurrección, que consiste en la conversión del corazón, así hay también una segunda muerte, que consiste en el castigo eterno.

Que se apresure, pues, a tomar parte ahora en la primera resurrección el que no quiera ser condenado con el castigo eterno de la segunda muerte. Los que en la vida presente, transformados por el temor de Dios, pasan de la mala a la buena conducta pasan de la muerte a la vida y, más tarde, serán transformados de su humilde condición a una condición gloriosa (Fulgencio de Ruspe, Sobre el perdón de los pecados, Libro 2, 11, 2-12, 1.3-4).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Durante la persecución que la Iglesia católica vietnamita sufrió durante muchos siglos, nuestra Señora no quiso ser indiferente a esta situación siendo, como es, nuestra mayor intercesora por lo que, en este contexto de gran sufrimiento Ntra Sra de La Vang vino al pueblo de Vietnam. El nombre La Vang se cree se origina por el nombre de una remota foresta en la región central de Vietnam (ahora conocida como Ciudad de Quang Tri) donde abunda un tipo de árbol que lleva el nombre: La' Vang. También se dice que su nombre viene de la palabra vietnamita que significa "Súplica", por los desesperados gritos de auxilio de ese pueblo católico en persecución. 

        La primera aparición de Ntra Sra de La Vang fue conocida en 1798, cuando la persecución de los vietnamitas católicos comenzó. Muchos católicos del cercano pueblo de Quang Tri buscaron refugio en las profundidades de la foresta de La Vang. Un gran número de estas gentes sufrieron del frío, del acecho de las bestias salvajes, enfermedades de la selva y hambruna. Por las noches se congregaban en pequeños grupos para rezar el Santo Rosario y para orar. Inesperadamente, una noche fueron visitados por la aparición de una bella Señora que vestía un largo manto, sostenía un niño en sus brazos y tenía dos ángeles a su lado. Reconocieron a la Señora como a Nuestra Santísima Madre. 

        Nuestra Santísima Madre los confortó y les enseño como hervir las hojas de los árboles a su alrededor para usarlos como medicina. También les dijo que desde ese día en adelante, todo aquel que viniese a ese lugar para orar, sus oraciones serían escuchadas. Esto tomó lugar en un área de prado cerca de unviejo árbol baniano donde los refugiados oraban. Todos los presentes testimoniaron el milagro. Después de esta aparición, la Santísima Madre continuó apareciéndosele muchas veces a los fieles en el mismo lugar por casi un siglo de persecución religiosa. Entre los muchos grupos de católicos vietnamitas que fueron quemados vivos por su fe se encuentra un grupo de 30 fieles que fueron apresados después de salir de su refugio en la foresta de La Vang. Haciendo caso a su súplica fueron llevados a la pequeña capilla de La Vang donde fueron inmolados. La Vang es así tierra de mártires.

        Desde el tiempo en que Ntra. Sra. de La Vang apareció por primera vez, el pueblo que tomó refugio allí levantó una pequeña y desolada capilla en su honor. Durante los años siguientes, su nombre se esparció entre la gente de la región y otros lugares. A pesar de su retirada localidad en las altas montañas, grupos de fieles entraban en las profundidades y los peligros de la selva para honrar a Ntra. Sra. de La Vang. Al principio peregrinos iban con hachas, lanzas, cañas y tambores para ahuyentar a las bestias salvajes. Mas tarde eran mas visibles los estandartes, flores y rosarios. Las peregrinaciones sucedían todos los años a pesar de la continua campaña de persecución.

        En 1886, después que la persecución oficialmente cesó, el obispo Gaspar ordenó edificar una iglesia en honor a Ntra. Sra. de La Vang. A consecuencia de su remota localidad y la limitación de fondos tomó 15 años en completar la iglesia de La Vang. Fue inaugurada por el obispo Gaspar en una ceremonia solemne donde participaron más de 12,000 personas y duró desde agosto 6 a agosto 8 de 1901. El obispo proclamó a Ntra. Sra. de La Vang como Protectora de los Católicos.

 

 

 

Día 25

 Viernes XXXIV semana del Tiempo ordinario

o Santa Catalina de Alejandría

             Mártir, nació en Alejandría a finales del s. III en el seno de una noble familia. Dotada de gran inteligencia destacó, muy pronto, por sus extensos estudios que la situaron al mismo nivel que los más grandes filósofos de la época. Una noche se le apareció Cristo y decidió consagrarle su vida, considerándose, desde entonces, su prometida. El Emperador Maximiano acudió a Alejandría, momento que aprovechó la Santa para intentar su conversión, lo que desató su cólera. Para ponerle a prueba, Maximiano le impuso un debate filosófico con 50 sabios a los que convirtió. Irritado el emperador hizo ejecutar a los sabios y sometió a Catalina a tortura con una rueda dentada que se destrozó al tocar el cuerpo de la Santa. Maximiano ordenó su ejecución y fue decapitada. Su tumba se halla al pie del Monte Sinaí siendo lugar de peregrinaciones de todo el mundo. Durante las Cruzadas la leyenda de Santa Catalina se extendió por Occidente y actualmente es la Patrona de los filósofos. Se le representa con el pie derecho sobre la cabeza del emperador Maximiano portando en sus manos espada y palma de mártir, con la rueda dentada del tormento y ropajes verdes por su sabiduría y rojos por el martirio.

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 20,1-4.11-21,2

Yo, Juan,

20,1 vi un ángel que bajaba del cielo llevando en la mano la llave del abismo y una gran cadena.

2 Apresó al dragón, la antigua serpiente -que es el Diablo y Satanás-, y lo encadenó por mil años.

3 Lo arrojó al abismo, cerró y selló la entrada, para que no pueda seducir más a las naciones hasta que hayan pasado los mil años. Pasados los mil años, tendrá libertad por breve tiempo.

4 Después vi unos tronos, y a los que se sentaron en ellos se les dio poder para juzgar. Y vi a los que habían sido degollados por dar testimonio de Jesús y por anunciar la Palabra de Dios: los que no habían adorado a la bestia ni a su estatua, los que no se habían dejado marcar ni en su frente ni en sus manos.

Todos ellos revivieron y reinaron con Cristo mil años.

11 Vi luego un trono grande y resplandeciente. Tierra y cielo se desvanecieron ante la presencia del que estaba sentado sobre el trono y desaparecieron sin dejar rastro.

12 Vi también a los muertos, tanto poderosos como humildes, que estaban de pie ante el trono. Se abrieron entonces los libros; se abrió otro libro -el libro de la vida-, y los muertos fueron juzgados según sus obras, conforme a lo que estaba escrito en los libros.

13 El mar devolvió sus muertos, la tierra y el abismo devolvieron sus muertos, y todos fueron juzgados según sus obras.

14 Muerte y abismo fueron arrojados después al estanque de fuego; he aquí la segunda muerte: el estanque de fuego,

15 al que fueron también arrojados todos los que no estaban inscritos en el libro de la vida.

2,1 Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Habían desaparecido el primer cielo y la primera tierra, y el mar ya no existía.

2 Vi también bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo.

 

*•• El tema de que se ocupa este fragmento es la nueva creación: Juan, encaminándose hacia el final de su magna visión, contempla una gran lucha entre la antigua serpiente y el Cordero inmolado. Como siempre, la lucha tendrá un final feliz: la victoria de Dios sobre Satanás es cierta y traerá con ella una novedad de vida y alegría a todos los creyentes. Todo esto se llevará a cabo en la ciudad de Dios, patria de todos aquellos que han sido «degollados por dar testimonio de Jesús y por anunciar la Palabra de Dios» (20,4) y lugar en el que todos los que no han adorado a la bestia ni a su estatua recuperan la vida y reinan con Cristo.

Es, por consiguiente, la ciudad de la alegría, la ciudad de la vida, que triunfa sobre la muerte; la ciudad de Dios, que elimina cualquier otra ciudad alternativa. En el centro de esta ciudad se erige un trono blanco y, sentado en él, aquel en cuyas manos está «el libro de la vida» (v. 12). Es una imagen estupenda y sencilla al mismo tiempo para hacernos comprender que todas nuestras decisiones y nuestras obras son conocidas por Dios y serán sopesadas por él en su divina sabiduría y bondad.

Junto al libro de la vida encontramos el «estanque de fuego» (v. 14), que también recibe el nombre de «segunda muerte», destino tremendo de todos los que no están inscritos en el libro de la vida.

Con todo, la perspectiva final es absolutamente positiva: al final de la historia ya no tendrá la muerte ningún poder sobre los que siguieron al Cordero en su camino pascual. Serán admitidos a la plena y eterna comunión con Dios, simbolizada aquí por la Jerusalén celestial, que, «como una novia que se adorna para su esposo» (21,2), será la ciudad santa.

 

Evangelio: Lucas 21,29-33

En aquel tiempo,

29 les puso también Jesús esta comparación: -Mirad la higuera y los demás árboles.

30 Cuando veis que echan brotes, os dais cuenta de que está próximo el verano.

31 Así también vosotros, cuando veáis realizarse estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca.

32 Os aseguro que no pasará esta generación antes de que todo esto suceda. 33 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

 

**• Por último, en esta parte del «discurso escatológico», responde Jesús a la pregunta inicial: «Maestro, ¿cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?» (21,7). La respuesta viene de la mano de una parábola: la de la higuera. El v. 28 de este discurso había introducido ya el tema de la vigilancia: «Cobrad ánimo y levantad la cabeza». Ahora se retoma y desarrolla ampliamente el mismo tema. Aparece así la preocupación parenética del evangelista Lucas, que, en cuanto se le presenta la ocasión, exhorta a los destinatarios de su evangelio a extraer las debidas consecuencias del mensaje que les está entregando.

Mediante un pequeño retoque - a saber: añadiendo «y los demás árboles» (v. 29)- Lucas ha querido hacer inteligible la parábola de la higuera también a los de fuera de Palestina. Con todo, no es preciso aplicar a las realidades del Reino de Dios el ritmo de las estaciones: por consiguiente, el retorno del Señor no debe ser considerado, como lo es el verano, como el tiempo de los frutos y la cosecha. Lo único que se pretende afirmar es que, cuando aparezcan los signos premonitorios descritos en los w. 20-28, entonces tendrá lugar la plena manifestación del poder del Dios que salva, esto es, el momento de la manifestación definitiva del Señor. En efecto, para Lucas -y esto es algo que conocemos bien-, el Reino de Dios está «ya» en medio de nosotros (cf. 12,20; 17,21): por eso intenta expresar aquí no el comienzo, sino la difusión del Reino de Dios hasta su última fase. «Se acerca vuestra liberación» (v. 28): es como decir que Cristo, el liberador, tras haber inaugurado ya entre nosotros el Reino de su Padre, está perfeccionando su misión de salvador.

 

MEDITATIO

        Ya hemos hecho alusión al estilo parenético-exhortatorio de Lucas, signo que manifiesta una intención equivalente por parte de Jesús. Los verbos que se suceden indican claramente esta tendencia: «Mirad... cuando veis... os dais cuenta... sabed...». Ningún creyente se puede sustraer a esta invitación: tenemos el deber concreto no sólo de mirar y ver, sino también de darnos cuenta y comprender. No, a buen seguro, con la pretensión de sondear el misterio, sino con la plena confianza de poder apropiarnos del mensaje de consuelo y liberación que Jesús ha venido a traernos. Con otras palabras, Jesús lanza una llamada a la inteligencia de sus discípulos, sin ofrecerles una solución preparada y clara.

De este modo expresa asimismo su calidad de maestro, que tiende a implicar a sus discípulos en la comprensión del misterio que él mismo ha recibido de su Padre. Aquí se capta no sólo el trabajo, sino también la belleza de ese camino de búsqueda que el gran pedagogo Jesús indicó a la gente de su tiempo y sigue indicando todavía a cada hombre y a cada mujer de buena voluntad. Para comprender, es decir, para leer en el fondo de los acontecimientos históricos que nos implican y nos esperan, nos ofrece Jesús una clave interpretativa: la luz de sus palabras y, sobre todo, la de su ejemplo. En efecto, el cristiano no pretende comprender sólo desde el punto de vista intelectual, sino también y sobre todo desde un punto de vista vital: lo que sucede en la historia individual y comunitaria puede ser comprendido como signo de una presencia divina, puede ser acogido como don del Señor, puede ser interpretado como estímulo para reemprender el camino del Evangelio, en perfecta fidelidad al mandamiento de Dios y al ejemplo de Jesús.

 

ORATIO

La muerte es la gran cita que nos espera a todos y que nuestra sociedad materialista ha convertido en un tabú insuperable, difundiendo su terror.

Oh Señor Jesús, tú que venciste a la muerte, abre nuestros corazones y nuestras mentes para comprender que la muerte es un proceso humano como el nacimiento: es nacer a una existencia diferente. La muerte es el punto de llegada tras la agotadora marcha de la vida, durante la cual caemos, nos cansamos, nos sentimos solos, sedientos, dudando de si podremos llegar a la meta. Oh Señor, libéranos del miedo a la muerte y haz que su pensamiento nos ayude a vivir mejor, para poder habitar un día en tu casa. La muerte es asimismo el punto de partida para quien ha vivido bien, intentando conocerte cada vez mejor, amarte cada vez más y servirte en los hermanos.

Oh Señor, concédenos experimentar en nuestro morir cotidiano el poder de tu resurrección, de suerte que podamos vivir cada acontecimiento a la luz radiante de la vida que nos espera.

 

CONTEMPLATIO

Tres son las enseñanzas del Señor: la esperanza de la vida, principio y término de nuestra fe; la justicia, comienzo y fin del juicio; el amor en la alegría y el regocijo, testimonio de las obras de la justicia.

El Señor, en efecto, nos ha manifestado, por medio de sus profetas, el pasado y el presente y nos ha hecho gustar por anticipado las primicias de lo porvenir.

Viendo, pues, que estas cosas se van cumpliendo en el orden en el que él las había predicho, debemos llevar una vida más generosa y más excelsa en el temor del Señor. Por lo que respecta a mí, no como maestro, sino como uno de vosotros, os manifestaré algunas enseñanzas que os puedan alegrar en las presentes circunstancias.

Ya que los días son malos y que el Altivo mismo posee poder, debemos, estando vigilantes sobre nosotros mismos, buscar las justificaciones del Señor. Nuestra fe tiene como ayuda el temor y la paciencia, y como aliados

la longanimidad y el dominio de nosotros mismos. Si estas virtudes permanecen santamente en nosotros, en todo lo que atañe al Señor, tendrán la gozosa compañía de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el conocimiento. El Señor nos ha dicho claramente, por medio de los profetas, que no tiene necesidad ni de sacrificios ni de holocaustos ni de ofrendas, cuando dice: ¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? -dice el Señor- Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y machos cabríos no me agrada. ¿Por qué entráis a visitarme? ¿Quién pide algo de vuestras manos cuando pisáis mis atrios? No me traigáis más dones vacíos, más incienso execrable. Novilunios, sábados, asambleas, no los aguanto (Carta de Bernabé).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vi a la ciudad santa ataviada como una novia que se adorna para su esposo» (cf. Ap 21,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras, al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra ele Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la sagrada liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la sagrada tradición, como la regía suprema de su

fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la Palabra del mismo Dios y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los profetas y de los apóstoles. [...]

La esposa del Verbo encarnado, es decir, la Iglesia, enseñada

por el Espíritu Santo, se esfuerza en acercarse, de día en día, a la más profunda inteligencia de las Sagradas Escrituras, para alimentar sin desfallecimiento a sus hijos con la divina enseñanza; por lo cual fomenta también convenientemente el estudio de los santos Padres, tanto del Oriente como del Occidente, y de las sagradas liturgias. [...]

Así pues, con la lectura y el estudio de los libros sagrados «la Palabra de Dios se difunda y resplandezca» (2 Tes 3,1) y el tesoro de la revelación, confiado a la Iglesia, llene más y más los corazones de los hombres. Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la Palabra de Dios, que «permanece para siempre» (Is 40,8; cf. 1 Pe 1,23-25) [Dei Verbum 2 1 , 23, 26). 

 

 

Día 26

 Sábado XXXIV semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 22,1-7

1 Me mostró entonces el ángel un río de agua viva, transparente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero.

2 En medio de la plaza de la ciudad, a uno y otro lado del río, había un árbol de vida que daba doce cosechas, una cada mes, cuyas hojas servían de medicina a las naciones.

3 Ya no habrá nada maldito. Será la ciudad del trono de Dios y del Cordero, en la que sus servidores le rendirán culto,

4 contemplarán su rostro y llevarán su nombre escrito en la frente.

5 Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámparas ni la luz del sol; el Señor Dios alumbrará a sus moradores, que reinarán por los siglos de los siglos.

6 Y alguien me dijo: -Éstas son palabras verdaderas y dignas de crédito. El mostrar a sus servidores lo que ha de ocurrir en breve.

7 Mira que estoy a punto de llegar. ¡Dichoso el que preste atención a las palabras proféticas de este libro!

 

**• La última visión del libro del Apocalipsis nos presenta «un río de agua viva» (v. 1) y «un árbol de vida» (v. 2) sorprendentemente fructífero, cuyas hojas tienen también un poder terapéutico. Las imágenes son extremadamente claras; más aún, la claridad se hace cada vez mayor al final de este libro. El evangelio que de él procede, la bienaventuranza prometida, la perspectiva de gran bienestar, están delante de todos nosotros, están a nuestra disposición: «Ya no habrá nada maldito... Ya no habrá noche... el Señor Dios alumbrará a sus moradores» (w. 3.5): aquí se indica el paso de las imágenes a la realidad.

La luz que necesita el creyente es su Dios; la medicina que necesita es su Redentor; la vida que anhela sólo puede ser don de Dios.

El libro del Apocalipsis no puede dejar de acabar con una perspectiva profética: «Mira que estoy a punto de llegar» (v. 7a). A esta promesa le sigue una bienaventuranza: «¡Dichoso el que preste atención a las palabras proféticas de este libro!» (v. 7b; cf. 1,3). Es fácil intuir que la bienaventuranza del creyente está ligada, en parte, a las palabras de Jesús consignadas en el evangelio y, en parte, a esta promesa.

Estamos, efectivamente, en camino, entre el ya y el todavía no, sostenidos por la fe y animados por la esperanza: por eso nuestra bienaventuranza sigue estando incompleta, hasta que vuelva el Señor para llevar a cabo un encuentro de comunión y de paz perennes.

 

Evangelio: Lucas 21,34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

34 Procurad que vuestros corazones no se emboten por el exceso de comida, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, porque entonces ese día caerá de improviso sobre vosotros.

35 Ese día será como una trampa en la que caerán atrapados todos los habitantes de la tierra.

36 Velad, pues, y orad en todo tiempo, para que os libréis de todo lo que ha de venir y podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre.

 

*• Dos son los aspectos que pone Jesús de relieve en esta parte final del «discurso escatológico»: negativamente, pone en guardia contra el debilitamiento interior; positivamente, invita a tener ánimo y fuerza en vistas al testimonio. Ahora bien, la intención primaria de Jesús es preparar a sus discípulos para la lucha espiritual que no dejará de caracterizar su experiencia histórica. En las palabras de Jesús podemos intuir que, si han de ser temibles los ataques del exterior, no lo serán menos las debilidades interiores. La fidelidad al Evangelio exige vigilancia sobre nosotros mismos y fuerza de resistencia con los otros.

«Velad, pues, y orad en todo tiempo» (v. 36): en esta doble invitación vemos sintetizadas las actitudes necesarias -más aún, indispensables- para quien pretenda considerarse discípulo de Jesús. Estas dos actitudes, bien consideradas, no tienen que ver sólo con la vida personal, sino también con la comunitaria; son, sobre todo, el indicador de una expectativa y una esperanza que deben consumarse todavía. Con la certeza de que todos deberemos comparecer «ante el Hijo del hombre» (v. 36), nos indica Jesús la necesidad de proceder a algunas opciones decisivas, sin las cuales sería incierto nuestro camino. En primer lugar, vigilancia: ésta implica un examen crítico del tiempo en el que vivimos, una presencia crítica en el tejido social en el que trabajamos y discernimiento crítico de las propuestas de salvación que vienen de otras orillas. En segundo lugar, renuncia: a fin de prepararnos para el encuentro con el Señor, para mantenernos en una actitud de pureza interior y exterior, y no mostrarnos indulgentes con las seducciones del mundo y del Maligno.

 

MEDITATIO

Quien quiera seguir a Jesús por el camino de la salvación ha de saber que es ciertamente importante creer en él y mantener fijo el corazón en sus enseñanzas, pero es igualmente importante perseverar por ese camino hasta el final. El tema de la perseverancia caracteriza todo el «discurso escatológico» de Jesús y, en consecuencia, nuestra vida de creyentes. No es difícil entrever la dimensión dramática de la vida cristiana: en primer lugar, porque existe la posibilidad de que seamos encontrados sin estar preparados para el momento en el que vuelva el Señor. Esta posibilidad podría suscitarnos también sentimientos de desconfianza y de desesperación; en realidad, puede ponernos en una actitud de humildad, de expectativa y, por ello, de oración.

En esto consiste el valor de la oración cristiana y de su enlace con la actitud de la vigilancia: la asiduidad a la oración nos mantiene cada vez más vigilantes; por otra parte, la vigilancia nos permite dar tiempo a la oración. De este modo, la vida cristiana cobra una unidad profunda que nos ayuda a superar toda dicotomía o confusión. El tiempo en que vivimos es dramático también para nuestra debilidad personal: por ese motivo alude Jesús a la fuerza necesaria para escapar a todo lo que va a suceder. Esa fuerza es don de Dios y ha de ser pedida en la oración, pero esa fuerza crece asimismo con el ejercicio de la fidelidad evangélica en la perseverancia a toda costa.

 

ORATIO

«Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámparas ni la luz del sol; el Señor Dios alumbrará a sus moradores, que reinarán por los siglos de los siglos». Estoy contento, Señor, porque he comprendido que la alegría de creer está comprometida en ocasiones por la alegría de vivir; porque mientras saboreo todo el sentido de mi fragilidad me encuentro sumergido en una realidad infinita y eterna.

Estoy contento porque he comprendido que el secreto de la alegría consiste más en dar que en recibir; porque me haces comprender que la alegría no consiste en saciar mis deseos, sino en responder a tus planes. Estoy contento porque he comprendido que la alegría no se puede comprar: es un modo de ser; porque voy experimentando que un estado de alegría contagia cada experiencia y transforma nuestra propia vida y la de los otros.

Es pecado, Señor, que el mundo no crea e insista en buscarte en el sepulcro entre los muertos. Pero tú has resucitado... y saberlo es nuestra alegría.

 

CONTEMPLATIO

Que ninguno de vosotros diga que nuestra carne no será juzgada ni resucitará; reconoced, por el contrario, que ha sido por medio de esta carne en la que vivís como habéis sido salvados y habéis recibido la visión.

Por ello, debemos mirar nuestro cuerpo como si se tratara de un templo de Dios. Pues, de la misma manera que habéis sido llamados en esta carne, también en esta carne saldréis al encuentro del que os llamó. Si Cristo, el Señor, el que nos ha salvado, siendo como era espíritu, quiso hacerse carne para podernos llamar, también nosotros, por medio de nuestra carne, recibiremos la recompensa.

Amémonos, pues, mutuamente, a fin de que podamos llegar todos al Reino de Dios. Mientras tenemos tiempo de recobrar la salud, pongámonos en manos de Dios, para que él, como nuestro médico, nos sane, y demos los honorarios debidos a este nuestro médico. ¿Qué honorarios? El arrepentimiento de un corazón sincero.

Porque él conoce de antemano todas las cosas y penetra en el secreto de nuestro corazón. Tributémosle, pues, nuestras alabanzas no solamente con nuestros labios, sino también con todo nuestro corazón, a fin de que nos acoja como hijos. Pues el Señor dijo: Mis hermanos son los que cumplen la voluntad de mi Padre (de la homilía de un autor del siglo II).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mira que estoy a punto de llegar» (Ap 22,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los grandes hombres nos parecen grandes atrevidos, pero, en realidad, son hombres que obedecen más que los otros. Les guía la voz soberana. Y puesto que les guía un instinto procedente de esa voz, toman, siempre con valor -y, en ocasiones, con una gran humildad- el puesto que la posteridad les otorgará más tarde, atreviéndose a realizar esos gestos y a arriesgar esas invenciones que con tanta frecuencia contrastan con su ambiente, sin miedo a afrontar sus sarcasmos. No tienen miedo porque, si bien parecen aislados, no se sienten solos. Tienen de su parte lo que al final decide todo. Presagian su destino futuro.

Nosotros, que debemos concebir, sin duda, una humildad bien diferente, debemos inspirarnos, sin embargo, en el mismo objetivo. La alteza juzga a la pequeñez. Quien no tiene el sentido de las grandezas se exalta o se abate con facilidad, algunas veces al mismo tiempo. Puesto que no siente el viento de las grandes empresas, el transeúnte duda perezosamente de los declives.

        Siempre conscientes de la inmensidad de lo verdadero y del carácter exiguo de nuestros recursos, nunca emprenderemos nada que esté por encima de nuestra capacidad y llegaremos hasta el límite de la misma. Seremos felices, por tanto, con lo que se nos haya concedido en proporción a nuestras fuerzas (A. D. Sertillanges).

 

 

Día 27

  Primer domingo de adviento Ciclo A

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 2,1-5

1 Visión que tuvo Isaías, hijo de Amos, acerca de Judá y Jerusalén.

2 Al final de los tiempos estará firme el monte del templo del Señor; sobresaldrá sobre los montes, dominará sobre las colinas. Todos los pueblos afluirán al templo del Señor,

3 vendrán pueblos numerosos. Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob. Él nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus sendas». Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor.

4 Él será juez de las naciones, arbitro de pueblos numerosos. Convertirán sus espadas en arados, sus lanzas en podaderas. No alzará la espada nación contra nación, ni se prepararán más para la guerra.

5 Estirpe de Jacob, venid, caminemos a la luz del Señor.

 

*•• Es sugestivo el título con que comienza la primera lectura: «Visión que tuvo Isaías... acerca de Judá y Jerusalén» (v. 1). El profeta, aquí más que nunca, es el que sabe mirar al fondo de las cosas y al plan de Dios, vislumbrando lo que todavía no existe y anunciándolo para mejorar la existencia.

Varios son los elementos esenciales de la visión, a partir de una presencia renovada de Dios que remueve las más enconadas resistencias. Dios se manifiesta en el monte. El camino trazado es pura ascensión. Pero el poder de atracción de la verdad de Dios es tal que los pueblos osarán emprender un camino difícil: «Todos los pueblos afluirán al templo del Señor» (v. 2). Si es cierto que ordinariamente los ríos discurren hacia abajo, el profeta indica que el poder de atracción de la verdad del Señor es tan fuerte que el río de los pueblos fluye cuesta arriba.

Hay que subrayar, sin embargo, que la fuerza que empuja a los pueblos a subir es el don de la Palabra de Dios, con frecuencia olvidada, pero capaz de suscitar en los pueblos aspiraciones nobles y mover nuevas energías.

No se trata de una palabra fácil; de hecho, los pueblos serán juzgados en Jerusalén. Pero dejándose juzgar y calibrar por Dios los hombres podrán encontrar la propia verdad y el valor de trabajar por la paz a costa de laboriosas transformaciones: las armas se convertirán en herramientas de trabajo y promoción.

Como último elemento de la visión está el pueblo de Dios, pequeño rebaño conocedor del rostro de Dios y que guiará al cortejo de las gentes caminando «a la luz del Señor» (v. 5).

 

Segunda lectura: Romanos 13,11-14a

Hermanos:

11 Daos cuenta de momento en que vivís; ya es hora de que despertéis del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando empezamos a creer.

12 La noche está muy avanzada y el día se acerca; despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz.

13 Portémonos con dignidad, como quien vive en pleno día. Nada de comilonas y borracheras; nada de lujuria y libertinaje; nada de envidias y rivalidades.

14 Por el contrario, revestíos de Jesucristo, el Señor.

 

**• Una exhortación inicial en el v. 11 abre las clarificadoras palabras de Pablo: «Daos cuenta del momento (kairós) en que vivís. El adviento es una buena ocasión para tomar conciencia del "tiempo" que vive el cristiano como momento de gracia. De la visión de Isaías que se situaba «al final de los tiempos», se pasa ahora al momento presente, el «del final», es decir, el tiempo decisivo, al tiempo de la luz en el que uno puede orientar la propia libertad por los magníficos y amplios caminos de la verdad y del amor.

Pablo invita ante todo a la comunidad cristiana a sopesar el valor del camino recorrido: desde que recibió el don de la fe se ha acercado a Dios acrecentando el deseo de vivir para él. Presenta, a continuación, una imagen que inyecta esperanza: la noche está avanzada, el día se echa encima. La señal consiste en que los creyentes ya se han pertrechado con las «armas de la luz». En el lenguaje paulino significa que ya se han revestido del Señor Jesús como de un hábito que les da nueva personalidad.

Pero esta nueva personalidad se robustece precisamente luchando con las armas de la luz ya descritas en otro lugar por el Apóstol: «Pero nosotros, que somos del día, debemos vivir con sobriedad, cubiertos con la coraza de la fe y del amor, y con la esperanza de la salvación como casco protector» (1 Tes 5,8). Finalmente Pablo afirma que el día, aunque próximo, todavía no ha llegado del todo; de todos modos los cristianos viven ya como «en pleno día», cultivando, no los deseos carnales, es decir, el egoísmo, sino los nuevos deseos, los de Cristo.

 

Evangelio: Mateo 24,37-44

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

37 Cuando venga el Hijo del hombre sucederá lo mismo que en tiempos de Noé.

38 En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que entró Noé en el arca;

39 y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos. Pues así será también la venida del Hijo del hombre.

40 Entonces, de dos que haya en el campo, uno será tomado y otro dejado.

41 De dos que estén moliendo juntas, una desaparecerá y otra quedará.

42Así que velad, porque no sabéis qué día llegará vuestro Señor. 43 Tened presente que si el amo de casa supiera a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no le dejaría asaltar su casa.

44 Lo mismo vosotros, estad preparados; porque a la hora en que menos penséis, vendrá el Hijo del hombre.

 

*» En el contexto precedente a la presente perícopa, Mateo recoge una frase de Jesús que sirve de guía a todo el discurso: «Por la maldad creciente se enfriará el amor de la mayoría» (24,12). Es la gran tentación ante la que Jesús nos pone en guardia: a lo largo de la vida, tras haber recibido la fe y el amor de Dios, se corre el peligro de dejar enfriar estos dones y perderlos. A Jesús no le importa echar mano de la imagen -severa e incluso ambigua, pero llena de fuerza- del ladrón que viene inesperadamente.

¿Es una amenaza? Ciertamente, también es una amenaza para quien, justificándose con la ignorancia de su venida, vive como la generación de Noé, en la total ignorancia del Evangelio. El peligro serio es gastar el tiempo que tenemos a nuestra disposición, nuestra existencia, sin optar de verdad por algo grande, sin decidirse de veras a dar a la libertad ese gran aliento que sólo puede provenir de haber encontrado en Jesús la verdad y el amor. Para esto, el creyente goza del don de vivir en la Iglesia, custodia de la verdad del Evangelio, ya que sólo en el encuentro con la verdad del amor de Dios podemos abrirnos a una verdad de inmensos horizontes.

Si se olvidase esto, sucedería lo que al hombre que no vela por su casa: le roban lo más valioso. El descuido nos podría hacer perder -y para siempre- la gracia de Cristo que hace verdadera la vida cristiana. Por consiguiente, vale la pena velar, tener despierta la fe, porque ya está aquí la luz. No hagamos como los contemporáneos de Noé, que fueron incapaces de levantar la cabeza para "acogerse" al don de Dios.

 

 

MEDITATIO

«Dios todopoderoso, aviva en tus fíeles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras». Con estas palabras se abre la oración inicial de la liturgia de hoy. Nos indican, exactamente, el sentido de cuanto estamos viviendo. Dios, como Padre, está en el origen de todo bien y de nuestra misma vida, y nos pone como punto de llegada de nuestro camino «Cristo que viene». Nuestra existencia se desarrolla totalmente entre esta gracia de Dios que nos precede y la plena configuración con Cristo hacia la que nos encaminamos. Es, pues, su gracia la que suscita en nosotros esa capacidad para emprender el camino con obras buenas.

Mientras estamos de camino, la Palabra de Dios nos exhorta a ser como el profeta capaces de tener "visiones". No en el sentido de abrigar sueños ilusorios, sino en el sentido de saber mirar a lo lejos: incluso si la ciudad está llena de idolatría, infidelidad, injusticia, el papel de la Iglesia es el de volverse hacia Dios, testimoniando que él es el único y llama a todos a sí.

Orientándose y orientando a los otros a Dios, nuestra comunidad creyente manifiesta también el deseo de justicia que está en todos nosotros. Por otra parte, la Palabra nos invita a ser como el dueño prudente de una casa que sabe vigilar el tesoro que posee. Jesús no teme usar la imagen del ladrón, y es que corremos el gran riesgo de no acoger la gracia de Dios que se nos brinda y que nos la puedan robar por nuestra pereza, nuestra ignorancia, nuestra irresponsabilidad. No basta construir el signo del arca, como en tiempos de Noé, si luego esta arca no nos enseña a volver a Dios.

 

ORATIO

Es tu amor, Padre, el que nos pone de nuevo en camino hacia tu Hijo que viene. Te agradecemos este tiempo que nos regalas para poder acogerte y todas las ocasiones que nos brindas. Concédenos dejarnos visitar por tu gracia y que nuestra voluntad se deje sacudir por tu venida.

Padre, destierra de nosotros la pereza, la desgana y la desidia de ver "siempre lo mismo" y enséñanos a ponernos de nuevo en camino. Vence nuestra ignorancia que piensa conocerte ya lo suficiente. Vence nuestra tibieza que nos lleva a pensar que te amamos bastante. Vence nuestras rutinas que nos hacen creer que ya no podemos descubrir nada nuevo en tu compañía.

Después de conocer la luz, ayúdanos a no desear más el mundo de las tinieblas; después de haber intuido el camino de la paz, no permitas que seamos tentados por la arrogancia y el egoísmo; después de que nos has revestido del Señor Jesús y de introducirnos en la vida del Espíritu, no permitas que nos dejemos seducir por los deseos carnales.

  

CONTEMPLATIO

Escogió para sí, aunque fuera tarde, a los que se han dejado vencer por el sueño, e incluso a los que han perdido a Cristo. De hecho, no se pierde a Cristo hasta el punto de que no vuelva si se le busca; pero vuelve a los que velan y siempre está disponible para los que se levantan; es más, está cercano a todos, porque está en todas partes y lo llena todo. Él no falla a nadie; superabunda para todos; de hecho abundó el pecado para que superabundase la gracia. La gracia es Cristo, la vida es Cristo, Cristo es la resurrección. Quien se levanta del sueño lo encuentra presente (San Ambrosio, Tratado sobre el evangelio de Lucas, V).

  

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Muéstranos, Señor, tu misericordia» (Sal 84,8).

  

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Arsenio fue un romano culto con rango de senador que vivió en la corte del emperador Teodosio como tutor de los príncipes Arcadio y Honorio. Cuando vivía aún en el palacio, el aoba Arsenio oró a Dios con estas palabras: «Señor, guíame por el camino de la salvación ». Y oyó una voz que le contestó: «Arsenio, huye del mundo y te salvarás».

Después de navegar secretamente de Roma a Alejandría y de vivir una vida solitaria en el desierto, Arsenio oró de nuevo: «Señor, guíame por el camino de la salvación» y de nuevo oyó una voz que le respondía: «Arsenio, huye, guarda silencio, ora continuamente porque éstas son las fuentes déla vida».

Las palabras huye, guarda silencio y ora resumen la espiritualidad del desierto. Indican tres formas de evitar que el mundo nos configure a su imagen, tres formas, por lo tanto, de vida en el Espíritu (H. J. M. Nouwen, El camino del corazón, Madrid 1986, 13).

 

 

Día 28

  Lunes de la primera semana de adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 2,1-5

1 Visión que tuvo Isaías, hijo de Amos, acerca de Judá y Jerusalén.

2 Al final de los tiempos estará firme el monte del templo del Señor; sobresaldrá sobre los montes, dominará sobre las colinas. Hacia él afluirán todas las naciones,

3 vendrán pueblos numerosos. Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob. Él nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus sendas». Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor.

4 Él será juez de las naciones, arbitro de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de sus lanzas podaderas. No alzará la espada nación contra nación, ni se prepararán más para la guerra.

5 Estirpe de Jacob, venid, caminemos a la luz del Señor.

 

*• El profeta Isaías nos ofrece su mirada de creyente sobre el curso de la historia humana, para él no camina hacia una catástrofe sino hacia el don divino de la paz universal. La visión profética distingue en la historia humana un movimiento ascendente en correspondencia con el movimiento descendente de Dios, quien hace "salir" su Palabra para atraer hacia sí a los hombres (v. 3).

El movimiento tiene un signo positivo: todos los pueblos tenderán a la unidad. La ruina sucedió en Babel, donde fueron confundidas las lenguas y la dispersión entró en la vida humana. Isaías ve, en cambio, el prodigio de un movimiento opuesto: los hombres convergen hacia un centro, vuelven a unirse, se supera y olvida la lejanía de Dios, Jerusalén será ciudad de Dios para siempre.

Para lograrlo, el Señor establece una "escuela" alternativa: la "escuela de su Palabra", que, con la fuerza de su promesa, suscita un mundo de paz y proyecta en dirección positiva las energías del hombre, inclinadas al mal y a la muerte: «De las espadas forjarán arados...» (v. 4).

Ciertamente, las obras humanas siempre serán parciales y frágiles, pero deben ayudar a comprender que la vida, con su proceder - a veces doloroso y con sufrimiento-, es una santa peregrinación iluminada con la luz que mana del «monte del templo del Señor» (v. 2). Se trata de una luz que no sólo iluminará con todo su esplendor al final de los tiempos, sino que ya desde ahora orienta el camino del pueblo de Israel: «Estirpe de Jacob, venid, caminemos a la luz del Señor» (y. 5).

 

 

Evangelio: Mateo 8,5-11

5 Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión suplicándole:

6 -Señor, tengo en casa un criado paralítico que sufre terriblemente.

7 Jesús le respondió: -Yo iré a curarlo.

8 Replicó el centurión:

-Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi criado quedará sano. 'Porque yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a uno: ¡ve! y va; y a otro: ¡ven! y viene; y a mi criado: ¡haz esto! y lo hace.

10 Al oírlo, Jesús se quedó admirado y dijo a los que le seguían: -Os aseguro que jamás he encontrado en Israel una fe tan grande.

11 Por eso os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el banquete del reino de los cielos.

 

*•• ¡Nada maravilla tanto a Jesús como la fe! El encuentro en Cafarnaún con el centurión tiene su centro precisamente en la manifestación de su fe y en el gran elogio proclamado por Jesús. Es paradójica la identidad del que reclama la ayuda de Jesús: se trata nada menos que de una persona impura, puesto que es un pagano, un soldado representante del poder responsable de la ocupación de la tierra de Israel. Y, sin embargo, explícita su propia fe convencida, concreta, acompañada por un profundo sentido de su propia indignidad siendo consciente de no poder presentar ninguna excusa (v. 8).

Reconoce la elección de Israel, pero en su fe auténtica sabe que el poder de la Palabra de Dios, manifestado en Jesús, no tiene fronteras. Y como él experimenta en su vida ordinaria la eficacia de sus órdenes como centurión, con mayor razón será eficaz la palabra de Jesús contra la enfermedad del siervo.

Aquí aparece la reacción de Jesús, estupefacto y asombrado, que alaba la fe de este "pagano" como auténtica fe salvífica. El evangelista, al conservar esta narración, propone en el comportamiento del oficial romano un ejemplo del camino de fe del discípulo; se pasa de la confianza en Jesús que puede y quiere curar, a la acogida de su persona como enviado de Dios, a la apertura sincera y total de la fe.

Mateo añade una frase evocando el banquete al final de los tiempos en que también participarán los paganos. No es un pagano quien lo escribe, sino que es Mateo el hebreo, que pretende espabilar y animar a sus propios hermanos, quizás muy seguros de su elección.

 

MEDITATIO

En Jesús, dirigiéndose a la casa del centurión, descubro el rostro de nuestro Dios viniendo a visitar a nuestra humanidad. Y si Dios manifestado en el Nazareno es aquel que quiere entrar en mi casa, en mi vida, también es el que -como indica el profeta Isaías- desea llevar a cada uno de nosotros a morar en su casa, a compartir su propia vida. Si acepto su Palabra poniéndome en camino, me abrirá la intimidad de su morada. Su amor actúa para formar en mí, en mis hermanos y hermanas una humanidad que olvide el odio, las guerras y el pecado en cualquiera de sus manifestaciones y se dirija hacia la meta de una reconciliación con él y hacia una renovada unión y comunión entre las personas, los grupos y los pueblos.

Dios me invita a colaborar con su sueño, sobre todo acogiéndolo con fe, amando su voluntad y deseando sus promesas. La fe no es herencia étnica, cultural o algo por el estilo, ni siquiera un habitas religioso de algunos, sino la decisión de mi libertad humana por ser alumno en la escuela de la Palabra de Dios que me atrae a sí. Entonces, como el centurión, experimentaré en mi interior sentimientos de humildad y confianza.

Humildad renunciando a salvarme por mis propios medios en un delirio de autosuficiencia; confianza consciente de que el Señor puede salir a mi encuentro en cualquier situación dirigiendo mis pasos por sus caminos de vida y de luz.

 

ORATIO

¡Ven, Señor! El mundo te necesita y necesita tu promesa; necesita que tus palabras nos instruyan en lo hondo del corazón y nos muestren los caminos de la paz. Sin ti nuestro pobre mundo sólo conocería la prepotencia y los senderos insensatos de las incomprensiones, de las divisiones y de la violencia. Pero si tú vienes a instruirnos, veremos el nacer de una nueva humanidad, una humanidad capaz de mirar a lo alto y caminar sin prevaricaciones y en solidaridad hacia un centro de atracción común.

¡Ven, Señor! Ilumina nuestros pasos con tu luz y fortalece nuestros corazones, para que tengamos la osadía de forjar podaderas de las lanzas y arados de las espadas. Sólo con tu amor podremos emplear para el bien las energías que tenemos en vez de la fuerza terrible de laceración y disgregación. ¡Ven, Señor, no tardes! ¡Ven, Señor! Esperamos tu venida en nuestras vidas; contigo tenemos luz, curación, paz. Con el centurión del evangelio te manifestamos la admiración y gratitud por haberte hecho compañero de viaje y nuestro huésped: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8).

 

CONTEMPLATIO

Señor, Dios mío, dime por tu misericordia quién eres para mí. Di a mi alma: «Yo soy tu salvación (Sal 34,3).

Dilo de modo que lo oiga. Ante ti están los oídos de mi corazón, Señor; ábrelos y di a mi alma: «Yo soy tu salvación». Que corra tras esta voz y me una a ti. No me escondas tu rostro: que muera porque no muero para verlo.

La casa de mi alma es demasiado estrecha para que puedas entrar: dilátala. Está en ruinas: repárala. Está llena de trastos que no te agradan: lo sé, no lo niego, ¿quién podrá purificarla? A quién sino a ti gritaré: Purifícame, Señor, de mis culpas ocultas, líbrame de mis faltas.

Creo, por eso hablo, Señor, tú lo sabes (San Agustín, Confesiones, 1,5-6, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuando el Hijo vino a los suyos, éstos no le recibieron. El "patriotismo" del pueblo elegido debería consistir en la fe en Dios y su Palabra, y, por lo tanto, en su nueva Palabra. Pero el Verbo encarnado no encontró esa fe. Aquel pueblo había regulado, desde hacía mucho, su propia relación con Dios, pensando que no había que cambiar nada. Le parecía que su alianza con Dios era una razón para no dejarle acercarse más, y que su obediencia de antaño le dispensaba ahora de escucharle más de cerca lo que Dios quería decirle.

El Hijo no encontró ya fe en el pueblo que creía en el Padre, porque era ya demasiado "creyente". Sin embargo, encontró esta fe en un centurión de los ejércitos paganos que ocupaban el país. El que todo lo sabe desde siempre se admiró. Durante toda su vida esta admiración permaneció en el corazón del Hijo del hombre y también la conmoción respecto a muchos que parecen estar fuera y están dentro, y otros que, nacidos ciudadanos del Reino, serán arrojados a las tinieblas exteriores. Y es que la fe sin condiciones con frecuencia brota más fácilmente del corazón de los "no creyentes" que del corazón de aquellos creyentes ortodoxos de toda la vida, y el cielo encuentra la penitencia sincera más en los pecadores que en los que piensan que no necesitan penitencia (K. Rahner, Glaube, der die Erae liebt, Friburgo 51971).

 

 

Día 29

 Martes de la primera semana de adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 11,1-10

1 Saldrá un renuevo del tronco de Jesé, un vástago brotará de sus raíces.

2 Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de inteligencia y sabiduría, espíritu de consejo y valor, espíritu de conocimiento y temor del Señor.

3 (Lo inspirará el temor del Señor). No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas.

4 Juzgará con justicia a los débiles, sentenciará a los sencillos con rectitud; herirá al violento con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado.

5 Será la justicia el ceñidor de sus lomos; la fidelidad, el cinturón de sus caderas.

6 Habitará el lobo junto al cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el ternero y el leoncillo pacerán juntos; un muchacho pequeño cuidará de ellos.

7 La vaca vivirá con el oso, sus crías se acostarán juntas; el león comerá paja, como el buey,

8 el niño de pecho jugará junto al escondrijo de la serpiente, el recién destetado meterá la mano en la hura del áspid.

9 Nadie causará ningún daño en todo mi monte santo, porque la sabiduría del Señor colma esta tierra como las aguas colman el mar.

10 Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

 

*•• En un escenario desolador, en una selva talada y algunos árboles tronchados, nace un «renuevo» (v. 1), signo de vida y de bendición. El tronco del que brota es la familia davídica, probada por las tragedias de la historia y la infidelidad del pecado. Pero Dios es fiel y recuerda la promesa hecha a David de establecer por siempre su trono. La alusión al «tronco de Jesé», padre de David, recuerda que Dios lleva a cabo sus maravillas no con el David poderoso, sino con el David pequeño, insignificante a los hombres, pero amado por Dios y elegido por él (cf. 1 Sm 16,1-13).

La promesa de Dios se sintetiza en el don divino por excelencia: el Espíritu (v. 2). El Espíritu que era el don de Dios a los jefes libertadores de Israel, a los jueces carismáticos, a los profetas y sacerdotes, a los sabios; aunque todavía no era un don pleno y estable. Sin embargo, según el oráculo presente, el Espíritu se concederá de modo pleno y estable al descendiente de David, a este renuevo del «tronco de Jesé»: «Sobre él reposará el Espíritu del Señor» (v. 2). La plenitud del Espíritu, manifestada en nuestro texto por la cuádruple aparición del término "espíritu", confiere al pequeño rey la totalidad de dones y carismas traducidos en un gobierno justo.

La última parte del texto se ensancha con dimensiones universales: el reino de este niño no se limitará a Jerusalén, sino a toda la humanidad y toda la creación. Con él aparecerá un mundo renovado radicalmente reconciliado, una especie de "nuevo paraíso", cuyo centro es el monte santo de Dios, con la presencia de Dios pacificadora y victoriosa sobre todo mal. De este modo el país será objeto de una inundación, no de hordas enemigas armadas, sino del sabroso fruto del Espíritu que es la «sabiduría del Señor» (v. 9).

 

Evangelio: Lucas 10,21-24

21 En aquel momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo:

-Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

22Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; y quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.

23 Volviéndose después a los discípulos, les dijo en privado: -Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis.

24 Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

 

**• Jesús reconoce la verdad de su propia vocación de Hijo a través de la fe de los pequeños, es decir, de los que -aun siendo desfavorecidos al parecer de los hombres de religión- han acogido con gratitud y humildad la predicación de los setenta y dos discípulos. Es una realidad que se descubre y celebra con la fuerza del Espíritu, el único que permite al hombre poder leer, en las situaciones más diversas, la voluntad de Dios.

Su grito de «júbilo en el Espíritu» (v. 21) permite intuir el tenor de los acontecimientos por los que se manifiesta la vocación filial de Jesús. Él, a pesar del fracaso de su propia misión y el éxito parcial de la de los discípulos, da gracias al Padre por sus designios insondables, que revelan el misterio del reino a los últimos, los humildes, y los oculta a los soberbios. Esta acción de gracias es reconocer la obra maravillosa de Dios, su acción que confunde la sabiduría humana.

Ahondando más, Jesús admira el "conocimiento" que de él tiene el Padre y, a la vez, exalta el conocimiento que le ha concedido del plan de Dios. Pero hay algo más: en este conocimiento del verdadero rostro de Dios da entrada a sus propios amigos, los que aceptan participar en la familiaridad íntima que lo une al Padre (v. 22). La verdadera felicidad de los discípulos consiste en la participación en esta familiaridad que le hace vivir no ya en el tiempo de la espera, sino en el de la presencia de la salvación (v. 23), ansiada por Israel a lo largo de los siglos.

 

MEDITATIO

Dios actúa de modo imprevisible, desconcertando nuestra sabiduría humana. Ciertamente, los caminos que nos hace recorrer para llevarnos a la salvación son inéditos, nuevos, inesperados, como sugiere el tema del "renuevo de Jesé". El retoño que comienza a despuntar en tronco talado, en medio de un bosque desolado, me recuerda su fidelidad, su promesa inquebrantable y el privilegio de los humildes y pequeños a sus ojos.

También yo seré un privilegiado si acojo el don del Espíritu, que se posó sobre Jesús, el renuevo mesiánico. Y como Jesús, con la fuerza del Espíritu, ha podido descubrir en los éxitos controvertidos de su propia misión el plan sabio del Padre, también yo podré gozar de la atención delicada y llena de ternura que Dios reserva a los pobres y sencillos.

Entonces me encontraré entre aquellos a los que el Hijo revela el misterio de amor de su Padre dándoles entrada en su misma relación de comunión e intimidad.

El Hijo amado del Padre viene a regalarme la vida filial, la verdadera sabiduría, el don del Espíritu con el que Dios quiere colmarme y al mundo entero para superar los desgarrones y divisiones, que parecen ser la triste herencia de los humanos.

 

ORATIO

Señor Jesús, renuevo de Jesé, el Padre ha posado sobre ti el Espíritu. Derrama en nosotros el Espíritu que nos guíe en la búsqueda de la verdadera sabiduría para saber vivir bien y lograr la felicidad verdadera. Derrama en nosotros tu Espíritu, para que nos conceda el comprender nuestra historia en el plan de Dios Padre. Derrama en nosotros el Espíritu de consejo y valentía, para poder tomar decisiones juiciosas y concretizarlas en hechos con perseverancia, paciencia y tenacidad.

Derrama en nosotros el Espíritu de conocimiento, para poder tener contigo una profunda familiaridad que nos permita penetrar los secretos de tu corazón manso y humilde.

Derrama en nosotros el Espíritu del temor del Señor, para que la voluntad del Padre sea verdaderamente el centro de nuestros pensamientos, deseos y proyectos.

Derrama en nosotros el Espíritu con el que revelas al Padre a los pequeños, a los pobres, para que nos haga pobres, gozosos y libres a imitación tuya, el Hijo que nos colma de alegría.

 

CONTEMPLATIO

Soy consciente, Padre omnipotente, de que tú debes ser el fin principal de mi vida, de suerte que mis palabras y sentimientos te expresen. Permíteme dirigirme a ti, Señor, que te hable con toda libertad. Soy un pequeño en la tierra, pero encadenado por tu amor.

Antes de conocerte, estaba oculto el sentido de mi vida y carecía de significado mi existencia. Gracias a tu misericordia he comenzado a vivir: he disipado mi ambigüedad.

He sido instruido en la fe, inmerso en ella sin remedio. Señor, perdóname, no puedo librarme de ti, pero podría morir de ti.

A lo largo del tiempo han surgido infinidad de teorías, pero han llegado tarde; antes de darles oído te he dado mi fe. Ahora soy tuyo (Hilario de Poitiers, La Trinidad, I).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo te alabo, Padre, porque has revelado estas cosas a los sencillos» (Lc 10,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No nos lamentemos demasiado fácilmente de la falta de tiempo para leer y no la hagamos responsable de un estado espiritual imputable con frecuencia a nuestra falta de decisión (la decisión de llevar las cosas a la práctica). Volvamos asiduamente al evangelio, a cualquier libro sólido, y tratemos de asimilarlo para vivirlo. No dejemos que se vaya agrandando la fisura entre verdad buscada y meditada y el llevar a la práctica sus exigencias. Es preciso exponer nuestra vida a la luz del Espíritu de Jesús, esforzándonos por practicar el sermón de la montaña, el discurso de la última Cena, el Vía Crucis, las parábolas de la oración y de la fe, y sobre todo el mandamiento del amor: ahí encontraremos la verdadera ciencia de Cristo, la que poseían los apóstoles.

Cualquier momento del día se nos brinda como algo único e irrepetible; por eso, los que no se han abandonado suficientemente al Espíritu y dependen de modo muy rígido de un ideal moral especulativo, no llegan a la santidad perfecta, viva, en consonancia con las exigencias de la vida. Su santidad es artificial, rígida, careciendo del impulso y espontaneidad del amor; son incapaces de un acto de locura en la pobreza, en el amor al prójimo; no viven el Evangelio del Salvador (...).

La lectura de una biografía o de los escritos de los santos con frecuencia son más eficaces para una auténtica vida espiritual que la lectura de libros doctrinales. Velad constantemente por mantener un gran equilibrio en vuestra vida, para conservarla siempre en la sencillez del momento presente y para llevar a la práctica el Evangelio (R. Voillaume, Come loro, Turín s.f.).

 

 

Día 30

  LECTIO DIVINA correspondiente al 30 de noviembre, conmemoración del apóstol

San Andrés

 

Andrés, que ya era discípulo de Juan el Bautista, se puso a seguir a Jesús cuando el precursor le señaló como «Cordero de Dios» {cf. Jn 1,35-40). Le comunicó a Pedro, su hermano, que había descubierto al Mesías [cf. Jn l,41ss). Ambos fueron llamados por Jesús a orillas del lago de Genesaret para ser «pescadores de hombres» (Mt 4,18ss). Fue Andrés el que, en la multiplicación de los panes, indicó a Jesús al niño que tenía los cinco panes y los dos peces (Jn ó,8ss). Junto con Felipe, Andrés le dijo al Nazareno que algunos griegos querían verle (Jn 12,20ss). Según la tradición, Andrés murió crucificado en Patras; por eso se venera su memoria de un modo absolutamente especial en la Iglesia griega.

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 10,9-18

Hermano:

9 si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás.

10 En efecto, cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se alcanza la salvación.

11 Pues dice la Escritura: Quienquiera que ponga en él su confianza no quedará defraudado.

12 Y no hay distinción entre judío y no judío, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que lo invocan.

13 En una palabra, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

14 Ahora bien, ¿cómo van a invocar a aquél en quien no creen? ¿Y cómo van a creer en él si no les ha sido anunciado?

15 ¿Y cómo va a ser anunciado si nadie es enviado? Por eso dice la Escritura: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias!

16 Pero no todos han aceptado la Buena Nueva. Isaías lo dice: Señor, ¿quién ha dado crédito a nuestro mensaje?

17 En definitiva, la fe surge de la proclamación, y la proclamación se verifica mediante la palabra de Cristo.

18 Y digo yo: ¿es que no han oído? ¡Todo lo contrario! A toda la tierra ha llegado la voz de los mensajeros y hasta los confines del mundo sus palabras.

 

**• Según el mensaje paulino, es la fe lo que conduce a la salvación, por el simple hecho de que con ella nos abandonamos libre y totalmente a Dios (cf. Dei Verbum 5), reconociéndole como Salvador. Ahora bien, a la fe se llega mediante la escucha de la predicación.

El objeto de ambas, de la fe y de la predicación, es el misterio de Jesús-Señor, muerto y resucitado por el poder de Dios Padre. Por eso, al creer, todo hombre y toda mujer de buena voluntad- se expropia de sí mismo y se convierte en propiedad de Dios, garantía y fundamento de toda posible confianza humana en él. Con todo, y siempre según la enseñanza de Pablo, también la predicación presupone un acontecimiento de gran importancia: un acontecimiento de carácter histórico, que aparece como absolutamente necesario. El que predica debe poder decir que ha sido enviado: la predicación presupone la misión, y ésta constituye el punto de amarre entre el que predica y el que es predicado, entre el enviado y el que envía.

El destino universal del mensaje evangélico pasa, por consiguiente, a través de un hecho histórico completamente particular: la elección que hizo Jesús de sus testigos y el envío de los mismos en misión.

 

Evangelio: Mateo 4,18-22

En aquel tiempo,

18 paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos: Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, que estaban echando la red en el lago, pues eran pescadores.

19 Les dijo: -Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres.

20 Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron.

21 Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo, reparando las redes. Los llamó también,

22 y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, lo siguieron.

 

*•• Jesús se apresura, al comienzo de su ministerio público, a reunir a su alrededor algunos discípulos, a los que dirige una enseñanza completamente particular, porque quiere que sean sus seguidores y sus testigos. A su tiempo, después de la resurrección de Jesús, serán enviados a todo el mundo, a fin de que el Evangelio pueda seguir su curso hasta el final. Los Doce, de pescadores de peces, se convertirán en pescadores de hombres.

No se trata de un simple juego de palabras, sino de lo que el mismo Jesús les dice: «Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron» (v. 19). Andrés, junto con su hermano Simón, fue uno de los primeros que escuchó la llamada de Jesús y le siguió con prontitud. Mateo otorga un relieve particular a la prontitud con la que Pedro y Andrés respondieron a la llamada de Jesús: «Y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, lo siguieron» (v. 20).

Un poco más adelante (v. 22), el mismo evangelista Mateo afirma que, en realidad, los primeros discípulos de Jesús no dejaron sólo las redes, la barca y su profesión, sino también a su padre. El seguimiento de Jesús, el auténtico que transforma la vida, no deja lugar a tergiversaciones ni concede descuento alguno: es, por propia naturaleza, radical y totalitario.

 

MEDITATIO

Nuestra reflexión se va a detener en un par de detalles que nos ofrece la página evangélica. En primer lugar, el hecho histórico según el cual los primeros discípulos siguieron a Jesús de dos en dos. No parece que haya que desatender esta información que nos ofrecen los evangelistas.

También hoy el seguimiento de Jesús mediante la experiencia de una compañía, de una auténtica amistad humana, es extremadamente positivo; puede favorecer la decisión, la adhesión y la perseverancia. Tal vez el mundo contemporáneo tenga también necesidad de este testimonio, un testimonio con el que los seguidores de Jesús muestran que son capaces de valorar todo lo que hay de bueno y santo en las relaciones amistosas.

La prontitud con la que los primeros discípulos de Jesús siguen a su maestro merece asimismo una atención especial. Decir prontitud significa desprendimiento de todo lo que puede lentificar el paso hacia Jesús, sobre todo de aquello que, en cierto modo, podría despistarnos del camino emprendido. Decir prontitud significa también la voluntad de establecer un atraque fuerte y decisivo en Jesús, único fin de nuestra propia vida, único destinatario de nuestro propio amor. Por eso, decir prontitud significa radicalidad evangélica; con ella, todo resulta bello y ligero al final; sin ella, todo resultaría fatigoso e insoportable en cada instante.

 

ORATIO

¿Por qué, Señor, son tan pocos los que prestan hoy oído a tu voz? ¿Por qué disminuye cada vez más el número de los que están dispuestos a seguirte por el camino de la radicalidad evangélica? ¿Acaso se ha apagado tu voz entre nosotros? ¿O tal vez es menos perceptible tu presencia entre los jóvenes de hoy? ¿Acaso estás tan escondido que es casi imposible reconocerte presente y cercano a cada uno de nosotros?

Sin embargo, oh Señor, tú estás en medio de nosotros, vives a nuestro lado, nos acompañas de una manera discreta, pero real, por los caminos que recorremos.

Haz, oh Señor, que tu Palabra resuene más eficaz que nunca hoy para todos nosotros. Haz, oh Señor, que tu presencia sea advertida y reconocida hoy más que nunca, sobre todo por los jóvenes. De este modo, el espinoso problema de la falta de vocaciones dejará de angustiarnos, porque todos nos abandonaremos a tu solicitud de pastor bueno.

 

CONTEMPLATIO

Ponerse en camino significa exteriorizarse, romper la costra del egoísmo, que intenta encerrarnos en nuestro propio «yo».

Ponerse en camino significa dejar de girar sobre uno mismo como si fuéramos el ombligo del mundo y de la vida.

Ponerse en camino significa no dejarse encerrar en el círculo de problemas del pequeño mundo al que pertenecemos. Por muy importantes que sean, la humanidad es más grande y es precisamente a esta humanidad a la que servimos.

Ponerse en camino no significa devorar kilómetros, atravesar océanos o alcanzar la velocidad supersónica. Significa, ante todo, abrirse a los demás, descubrirles, encontrarse con ellos (Dom Helder Cámara).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive durante la jornada la Palabra: «Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres» (Mt4,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En el hombre actúan múltiples fuerzas: conociéndolas, puede abarcar todas las cosas que hay a su alrededor -estrellas y montañas, mares y ríos, plantas y animales, y toda la humanidad que está cerca de él, y de este modo puede enriquecer su mundo interior. Puede amarlas, puede odiarlas y rechazarlas; puede ponerse contra ellas o bien tender a ellas y atraerlas hacia sí.

Puede actuar sobre el mundo que le rodea y modificarlo según su propia voluntad. Un variado fluctuar de alegría y de codicia, de aflicción y de amor, de calma y de excitación acompaña el ritmo del corazón.

Sin embargo, su fuerza más noble es ésta: reconocer que hay algo más elevado por encima de él, venerar este algo más elevado e insertarse en él. El hombre puede conocer a Dios por encima de él, puede adorarle y puede ofrecerse a sí mismo «a fin de que Dios sea glorificado». Ésta es la ofrenda: que la sublimidad de Dios brille en el espíritu; que el hombre adore esta sublimidad; que no se detenga de una manera egoísta en sus propias posesiones, sino que las trascienda, que se comprometa a sí mismo a fin de que sea glorificado el excelso Dios. La fuerza más profunda del alma es su capacidad de ofrenda. Es en lo íntimo del hombre donde tienen su sede la calma y la limpidez de donde sube la ofrenda a Dios (Romano Guardini).