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LECTIO DIVINA DICIEMBRE DE 2022

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

 Jueves de la primera semana de Adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 26,1-6

1 Aquel día se cantará este cantar en la tierra de Judá:

«Tenemos una ciudad fuerte; Dios la ha protegido con fortificaciones y murallas.

2 ¡Abrid las puertas, para que entre el pueblo justo, que se ha mantenido fiel!

3 Está firme su ánimo, mantiene la paz, porque ha puesto en ti su confianza.

4 ¡Confiad siempre en el Señor, que el Señor es la roca perpetua!

5 Doblegó a los que habitaban en lo alto; derribó a la ciudad encumbrada, la derribó hasta el suelo, la arrojó en el polvo,

6 y será pisoteada por los humildes, por los pasos de los pobres».

 

**• El himno de acción de gracias del profeta es muy denso teológicamente hablando y se expresa en la doble proclamación del auxilio del Señor que da un sólido sostén a la ciudad «fuerte» de Jerusalén (v. 1), en oposición a la soberbia Babilonia.

El himno lo cantan los habitantes de la ciudad, que necesita ser reconstruida y levantar murallas garantes de su seguridad. Pero a veces las "murallas" no sólo defienden de los enemigos; pueden convertirse en una especie de defensa del propio bienestar, en barrera contra los humildes.

Aparece una imagen muy bella en la que el profeta invita a abrir las puertas de la ciudad donde mora un pueblo no encerrado en sus propias seguridades, sino abierto al mundo. La ciudad se convierte en refugio también para otros, llamados «pueblo justo» (v. 2). La descripción de la gente que puede entrar en la ciudad en busca de refugio nos lleva a pensar que los moradores, sus habitantes, no son habitualmente ni justos, ni fieles, ni interiormente seguros.

Se invita a ese grupo étnico unido por vínculos de sangre, de autoridad e historia común a abrirse al «pueblo justo», «que se ha mantenido fiel» (v. 2). Solamente así, con esta apertura al otro, al pobre, los habitantes de la ciudad encontrarán la verdadera salvación y seguridad.

 

Evangelio: Mateo 7,21.24-27

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

21 -No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

24 El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca.

25 Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca.

26 Sin embargo, el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, es como aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena.

27 Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, se abatieron sobre la casa, y ésta se derrumbó. Y su ruina fue grande.

 

*» Las dos imágenes evangélicas antitéticas del hombre prudente y del hombre necio y de los dos resultados contrapuestos corresponden a las fórmulas de la alianza de Dios con Israel, fórmulas que -según los diversos testimonios del Antiguo Testamento- concluyen siempre con una serie de bendiciones y maldiciones. Las frases conclusivas del sermón de la montaña nos dan a entender que bendición y maldición, salvación o destrucción no nos vienen dadas del exterior; son más bien la manifestación de la diversa consistencia del actuar humano y del cimiento en que se funda. Naturalmente que cuesta más construir sobre roca (v. 27), es mucho más cómodo edificar sobre extensas llanuras de arena, pero tales construcciones sin cimientos sólidos están destinadas a ser arrasadas por aguaceros y ventoleras (v. 27), Por consiguiente, es capital la calidad del cimiento; sólo apoyando las obras propias en una Palabra imperecedera de verdad es como la vida humana logra su realización, prescindiendo de exterioridades: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos» (v. 21). Ésta fue la tentación por parte de los carismático-entusiastas de la comunidad primitiva tendente a buscar obsesivamente milagros y manifestaciones espectaculares. Estos grupos olvidan que sólo una obediencia filial y seria a la voluntad del Padre indica la calidad del seguimiento de los discípulos de Jesús (cf. Mt 7,21-23).

 

MEDITATIO

Sólo viviré auténticamente mi discipulado escuchando y llevando sinceramente a la práctica la Palabra del Señor. Contra la tentación de hacer coincidir la vida cristiana con lo extraordinario -llámense exorcismos, curaciones o milagros- debo tratar de buscar los fundamentos de su firmeza: la obediencia cotidiana a la palabra del Señor encarnada en mi vida. El texto evangélico describe dos modos contrapuestos en los que puedo cimentar mi trabajo. Por una parte la búsqueda de lo sensacional, de la apariencia o vanidad de mis efímeras realizaciones.

Es un modo de enmascarar la inconsistencia de mi vida, ignorando que incluso la mínima acción buena que pueda ejecutar es un don de la gracia que exige humildad y agradecimiento. Al manifestarse la fragilidad de mi cometido, me aterrorizará lo mismo que el desplome repentino de una casa. Todavía no tengo morada en la «ciudad fuerte» habitada exclusivamente por «un pueblo justo que observa la lealtad» y que pone el cimiento de su existencia en el Señor, la roca eterna.

En la dirección opuesta aparece la firme decisión de no pretender apoyarme en palabras, en el peligroso juego del aparentar, sino cimentarme en la Palabra del Señor, fuente de seguridad y protección. Entonces incluso podré olvidar mis obras buenas: «Tuve hambre y me disteis de comer, sed y me disteis de beber» (Mt 25,35), manteniéndome lejos de cualquier autocomplacencia. De este modo experimentaré la verdad de lo que dice el Apocalipsis: «Dice el Espíritu, podrán descansar de sus trabajos, porque van acompañados de sus obras» (Ap 14,13). De hecho, a quien se gloría únicamente en la bondad del Señor se le abren las puertas de la «ciudad fuerte» y el Padre le concede la entrada en el Reino, como hijo amado.

 

ORATIO

¡Señor, eres la roca eterna y tus palabras son verdad y vida!

Ayúdame a construir mi vida en tus palabras, sólo así descubriré el cimiento que no vacila, un roca en la que estaré firme, un refugio seguro en las vicisitudes de mi existencia, una lámpara para mis pasos y luz en mi camino.

Perdona mi necedad por cuantas veces he buscado mi plenitud en otra parte, mi cimiento lejos de ti; por cuantas veces he construido sobre arenas movedizas mis proyectos sin confrontarlos con los tuyos, ilusionándome con la autosuficiencia de mis palabras en vez de con una amorosa y gozosa obediencia a tu voluntad.

Señor, acepta mi alma arrepentida y mi corazón humillado, ya que deseo ser y no aparentar, quiero llegar a ser, contando con tu ayuda, un miembro vivo de tu pueblo y anhelo caminar contigo en humildad y justicia, para poder morar en tu ciudad santa.

 

CONTEMPLATIO

«Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los albañiles» (Sal 126,1). Sois templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. Ésta es la casa y éste el templo de Dios, lleno de enseñanzas y prodigios de Dios, morada capaz de la santidad del corazón de Dios. Dios es quien debe construir esta casa (...). Debe levantarse con piedras vivas, aglutinada por la piedra angular, crecer con el cemento de la comprensión mutua, hacia el estado del hombre perfecto a la medida del cuerpo de Cristo, y adornada con la hermosura y esplendor de las gracias espirituales.

El sencillo comienzo de la edificación está lejos de su final, pero continuando en la construcción se llegará al culmen de la perfección (Hilario de Poitiers, Tratado sobre los salmos, 126,7-10, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mt 7,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Es el tiempo del Adviento del Señor, en el que Dios viene al encuentro del hombre para redimirlo, liberarlo, justificarlo, hacerle feliz.

Por eso en este tiempo sagrado debemos practicar el bien con mayor celo para merecer con su gracia ser visitados más intensamente.

Esforcémonos, hermanos, por penetrar en la casa de nuestro corazón, apresurémonos a abrir las ventanas, limpiar las telarañas con la humillación de nuestro orgullo, barrer la era con la confesión de las culpas, poner tapices en las paredes con el ejercicio de la virtud, a revestirnos de gala con la práctica de las buenas obras, y preparar un banquete con la lectura y meditación de la Sagrada Escritura (Hugo de San Víctor, Sermón quinto de Adviento).

 

 

Día 2

Viernes de la primera semana de Adviento

 

Primera lectura: Isaías 29,17-24

Así dice el Señor:

17 Dentro de muy poco tiempo, el Líbano se convertirá en vergel, y el vergel se convertirá en bosque.

18 Aquel día, los sordos oirán las palabras del libro; los ojos de los ciegos verán sin tinieblas ni oscuridad;

19 volverán los humildes a alegrarse con el Señor y los más pobres exultarán con el Santo de Israel;

20 porque habrá desaparecido el tirano, y no quedará rastro del fanfarrón, y serán exterminados los que hacen el mal;

21 los que por una minucia acusan a otro, los que impiden al juez hacer justicia y hunden al inocente en la miseria.

22 Por eso, así dice el Señor, que rescató a Abrahán, a la estirpe de Jacob: «Ya no se avergonzará Jacob, ni su rostro se sonrojará,

23 pues cuando vea lo que he hecho por él, santificará mi nombre, santificará al Santo de Jacob, y respetará al Dios de Israel».

24 Los insensatos aprenderán sabiduría y los que murmuraban recibirán instrucción.

 

**• La obra de Dios y la gran transformación de la humanidad es el tema del presente himno isaiano que está unificado con la proclamación de un profundo cambio de situación, en oposición a la perversión que nos invade.

La locución «aquel día» (v. 18) introduce, de hecho, una modificación profunda debida al Señor, que es quien ejecuta el paso de las tinieblas a la luz y cura una situación de ceguera profunda y de incomprensión, multiplicando sus maravillas ante el pueblo. Es fabulosa esta acción que destruirá los proyectos ocultos en los que el pueblo incrédulo basa su prudencia (cf. Is 29,15).

Esta acción se lleva a cabo en tres ámbitos diversos: en la naturaleza (v. 17), en el campo de las enfermedades físicas (v. 18), y en el moral y religioso, en el que impera la justicia (w. 19-21).

La salvación provoca ante todo el gozo de los «humildes» (v. 19). El término, cargado de valor teológico, no sólo sociológico, designa a los que en el momento de la angustia confían en el Señor perseverando en la espera de salvación que viene de él. Con el gozo de los necesitados y humildes y con la desaparición de los violentos, cínicos e impostores, la obra del Señor llega a su culmen, porque por ella se muestra a los ojos del pueblo creyente, que le reconoce como redentor de Abrahán y el santo de Jacob: «los ojos de los ciegos verán sin tinieblas ni oscuridad» (v. 18).

 

Evangelio: Mateo 9,27-31

27 Al salir Jesús de allí, lo siguieron dos ciegos gritando:

-Ten piedad de nosotros, Hijo de David.

28 Cuando entró en la casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: -¿Creéis que puedo hacerlo? Ellos dijeron: -Sí, Señor.

29 Entonces tocó sus ojos diciendo: -Que os suceda según vuestra fe.

30 Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó terminantemente: -Tened cuidado de que nadie lo sepa.

31 Pero ellos, nada más salir, lo publicaron por toda aquella comarca.

 

*» Una de las obras del Mesías consiste en dar vista a los ciegos, como signo de la salvación definitiva, anunciada por los profetas (cf. Is 29,18ss; 35,10; etc.).

La narración de Mateo acerca de la curación de dos ciegos es del estilo típico del evangelista que tiende a reducir el elemento descriptivo para poner de relieve el tema de la autoridad de Jesús y la fe del discípulo o del beneficiario del milagro. La fe de quien busca la curación en Jesús se expresa sobre todo con el seguimiento (v. 27) y se convierte en súplica insistente, confiada.

Los dos ciegos deben entrar en casa y acercarse a Jesús, como para sugerir que sólo se logra la luz de la fe si se entra en la comunidad creyente y si nos acercamos a él para entrar en comunión con su persona escuchando su Palabra. En esta casa aparece una especie de examen sobre la fe, entendida como confianza en el poder salvador de Jesús (v. 28).

La palabra de curación que dirige a los dos ciegos es muy parecida a la dirigida al centurión (Mt 8,13), y parece establecer cierta proporcionalidad entre fe y curación, pero ante todo nos brinda una enseñanza a la comunidad para que supere la prueba necesaria de la fe con la oración, reconociendo que el socorro concedido es la respuesta a una súplica que brota de un corazón sincero.

 

MEDITATIO

En la narración evangélica de la curación de los dos ciegos encuentro la parábola de la profunda transformación que la Buena Noticia obra en mí si la acojo con fe: el paso de la ceguera a un ver con ojos nuevos, no ofuscados.

La vida vieja, existencia marcada por el pecado, me llevaba a una visión desenfocada de mí mismo, de los otros y de las situaciones de mi vida. La Buena Noticia, por el contrario, me ha abierto los ojos para ver mi ceguera, la necesidad de curación y salvación, que estaban ocultas.

Como recuerda el evangelio de Juan, si creo ver, quedaré siempre en mi ceguera, porque permanece mi pecado (Jn 9,41). Si, por el contrario, como los ciegos de la curación de Mateo, pido al Señor que sane mi ceguera, recibo de él el don de la vista.

Así comienzo a ver, primero un tanto borroso y luego más claramente, la acción del Señor en mi historia, en la de mis hermanos y hermanas. La fe en el Evangelio me lleva a discernir los signos luminosos de la venida de Dios en mi vida, precisamente donde de otro modo sólo aparecen fragmentos disgregados.

Como los ciegos del evangelio me veo revestido de la piedad de Cristo, acogido en su casa, tocado por su mano misericordiosa. El evangelio me pone de manifiesto con nueva luz a los demás y aprendo a estimar lo que el mundo espontáneamente no aprecia: a los humildes, los pobres, los oprimidos.

 

ORATIO

¡En tu luz veremos la luz! Padre de la luz, no permitas que el poder de las tinieblas se apodere de nuestro corazón; abre con la gracia de tu Espíritu nuestros ojos.

Cristo Jesús, verdadera luz venida a nuestro mundo para iluminarlo, sana nuestra ceguera, vence la oscuridad que nos asedia, para que aprendamos a ver las maravillas del amor de Dios con nosotros.

Espíritu Santo, luz de los corazones, renueva nuestros ojos para que podamos comprender que tú no miras como mira el hombre, sino lo que Dios ama.

Bienaventurada y Santa Trinidad, ilumínanos hasta lo más hondo para que nosotros, que en otro tiempo éramos tinieblas, podamos hoy resplandecer en el mundo como verdaderos hijos de la luz manifestando su fruto de bondad, justicia y verdad.

 

CONTEMPLATIO

Ven, tú que anhelas mi pobre alma y mi alma te desea.

Ven, oh Solo, del que está solo; porque, como ves, estoy solo. Te doy gracias, porque eres para mí un día sin atardecer, un sol sin ocaso...

La luz ha vuelto a resplandecer para mí. La contemplo en claridad. Abre una vez más el cielo, disipa una vez más la noche. Una vez más descubre todo. Una vez más es contemplada ella sola. Y el que está sobre todo cielo, al que ninguno de los hombres ha visto jamás, éste se concentra una vez más en mi espíritu, en mí, en el cogollo de mi corazón -¡oh misterio sublime!- la luz desciende y me levanta sobre todo...

En verdad, estoy aquí donde está la luz, sola y sencilla, y renazco a la inocencia contemplándola, sencillamente (Simeón el Nuevo Teólogo, Canti di amore, en M. Buber, Confessioni estatiche, Milán 1987, 74-75.82).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Hijo de David, ten compasión de nosotros» (Mt 9,27).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuando los santos marchen

cuando los santos marchen

oh Señor, me iré yo con ellos

cuando los santos marchen

Cuando el sol no brille ya,

cuando el son no brille ya,

oh, Señor, me iré yo con ellos,

cuando el sol no brille ya.

Cuando la luna se extinga,

cuando la luna se extinga,

oh Señor, me iré yo con ellos,

cuando la luna se extinga.

Y las estrellas se borrarán,

las estrellas se borrarán,

oh Señor, me iré yo con ellos,

y las estrellas se borrarán.

Cuando el Señor los premie,

cuando el Señor los premie,

oh Señor, me iré yo con ellos.

cuando el Señor los premie.

Y un día tú los juzgarás,

y un día tú los juzgarás,

oh Señor, me iré yo con ellos,

y un día tú los juzgarás.

(Espiritual negro)

 

 

Día 3

  3 de diciembre, conmemoración de

San Francisco Javier

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 30,19-21.23-26

Así dice el Señor, el Santo de Israel:

19 Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, ya no tendrás que llorar: se apiadará de ti al oír tu gemido, en cuanto te oiga, te responderá.

20 El Señor os dará pan en la aflicción, agua en la tribulación; tu Maestro no se esconderá ya, con tus ojos verás a tu Maestro;

21 cuando te desvíes a derecha o izquierda, oirás con tus oídos una palabra a la espalda: «Éste es el camino, seguidlo».

23 El Señor te dará lluvia para la simiente que siembres en tu tierra; y el alimento que produzca la tierra será abundante y suculento; aquel día pastarán tus ganados en amplias praderas.

24 Los bueyes y asnos que trabajan la tierra comerán sabroso forraje, aventado con bieldo y pala.

25 En todo monte elevado, y en todos los altozanos habrá arroyos y corrientes de agua el día de la gran matanza, cuando las torres caigan.

26 El día que el Señor vende la herida de su pueblo y cure las llagas de sus golpes, la luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor.

 

*+• El profeta, dirigiéndose a la comunidad que ha experimentado momentos de gran tribulación y está reunida para el culto, desea reafirmarla en la eficacia de la oración dirigida al Señor. Si sabe esperar en Dios, confiando totalmente en su Palabra, él sin duda escuchará los ruegos (v. 19). El hecho de orar al Señor no supone que éste preserve al pueblo de las dificultades, sino que en sus angustias experimentará al Dios del éxodo.

La comunidad podrá vivir la presencia del Señor en medio de ella como el don de una enseñanza de vida: será como su «Maestro», le enseñará como hizo frecuentemente en el pasado. La enseñanza del Señor no excluye una severa disciplina («pan de aflicción» y «agua de tribulación»: v. 20), recordando la pedagogía divina manifestada en las pruebas del desierto. La ley de Dios no será un peso o imposición, sino un guía seguro del camino de la vida (v. 22), y como experiencia de verdadera libertad y plenitud, manifestada con la imagen de la abundancia de pastos y agua.

La instrucción divina al corazón de la comunidad llevará a comprender lo saludable que resultó la corrección divina que no abandona al pueblo de la alianza en las tinieblas de la falsedad sino que lo cura y sana con la luz de su amor (v. 26).

 

Evangelio: Mateo 9,35-10,1.6-8

9.35 Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando la buena noticia del reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

36 Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor.

37 Entonces dijo a sus discípulos: -La mies es abundante, pero los obreros son pocos.

38 Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

10.1 Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio poder para expulsar espíritus inmundos y para curar toda clase de enfermedades y dolencias.

2 Los nombres de los doce apóstoles son: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; luego Santiago el hijo de Zebedeo y su hermano Juan;

3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, el hijo de Alfeo, y Tadeo;

4 Simón el cananeo, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

5 A estos doce los envió Jesús con las siguientes instrucciones: -No vayáis a regiones de paganos ni entréis en los pueblos de Samaría. Id más bien a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

 

**• Jesús prepara la misión de los Doce con su ejemplo de compasión con la gente manifestado en el curar sus enfermedades, y en el cargar con sus sufrimientos.

Pero además de su ejemplo de verdadera misericordia, invita a los Doce a la oración (Mt 9,37). La exhortación a rogar al dueño de la mies que mande obreros a su mies es, ante todo, una invitación a compartir la pasión profunda, total, que Jesús tiene por el plan recibido del Padre. La oración les recordará que no son más que discípulos, no dueños de la mies. Su corazón estará libre de presunción y desaliento, porque sólo el dueño de la mies es quien dispone de los tiempos y de la fecundidad de la misión.

Y, después de elegir a los enviados (cf. Mt 10,2-5), con vistas a la misión, Jesús les imparte algunas instrucciones sobre su actividad. Si el campo de acción de los Doce se limitará a Israel durante el tiempo de su vida terrena, es porque de este modo se significa la prioridad teológica de Israel como pueblo de la promesa y que la Iglesia debe reconocer. En cuanto al estilo de comportamiento, deberá ser como el de Jesús, es decir, de generosidad sin límites (v. 8b), en total sintonía con su Maestro. Se les manda proclamar la cercanía del reino de los cielos (v. 7), con signos concretos (curaciones, exorcismos: v. 8a) de liberación integral del hombre en nombre del que ejecuta la venida del reino de Dios a la vida de la humanidad.

 

MEDITATIO

El profeta Isaías me recuerda que la súplica dirigida a Dios siempre es escuchada y Jesús me invita a llenar de contenido mi petición, no con mis sueños, sino con los deseos de su corazón.

Pues bien, su deseo es que no se pierda la mies por falta de obreros. Con él debo rogar al Dueño de la mies que envíe obreros a su inmenso campo. Con la oración no pretendo convencer a Dios para que me escuche (él está siempre a la escucha); me abro al encuentro con el Señor que me libera, que actualiza conmigo los prodigios del éxodo y que, en su misericordia, se acerca a todo hombre o mujer para aliviar los sufrimientos, curar las heridas, para inyectar esperanza.

Raramente, como sucede hoy, se tiene la posibilidad de experimentar de veras esta invitación de Jesús de invocar al Padre que mande obreros a su mies. Las necesidades de la evangelización son enormes, mientras los recursos humanos de la comunidad son, con frecuencia, demasiado precarios. Pero si miro la situación con los ojos de Jesús, no me siento impulsado por el desaliento sino por el conocimiento de que la misión cristiana encuentra su fuerza en la oración confiada y perseverante y en la fidelidad al mandato recibido del Señor.

En la oración redescubro el sentido de la misión no como propaganda de ideas o modos de vivir, sino como participación profunda en el anuncio y en la práctica de la liberación de Jesús, quien visibiliza las entrañas de la misericordia del Padre.

 

ORATIO

«La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (w. 37-38).

Señor, hoy tu Palabra nos indica claramente cuál debe ser el objeto de nuestra oración. Nos pides sintonizar con tu compasión por nuestra humanidad que, frecuentemente, busca en vano un camino por recorrer.

Tú nos invitas a mirar con tus ojos la mies ya madura, a preocuparnos profundamente por ella, para que no pierda la buena cosecha. Tú nos animas a creer en la eficacia de nuestra oración cuando nos dirigimos a ti.

Confiando en tu promesa y obedientes a tu mandato, hoy te suplicamos que envíes numerosos y celosos obreros a tu mies. Concédenos vivir en plena comunión en el sacrificio de alabanza y en el servicio a los hermanos, para ser misioneros y testigos de tu evangelio.

 

CONTEMPLATIO

Un fruto de la caridad: no deberíamos ser capaces de ver sufrir a nadie sin sufrir con él; no deberíamos ser capaces de ver llorar a nadie sin que nosotros lloremos.

Es un acto de amor que nos hace adentrarnos en el corazón unos de otros y sentir lo que sienten, y no como aquellos insensibles al dolor de los afligidos y al sufrimiento de los pobres. ¡Qué sensible era el Hijo de Dios! Esa ternura le llevó a bajar del cielo; miraba a los hombres privados de su gloria; se conmovió de su desgracia.

También nosotros debemos enternecernos ante los sufrimientos de nuestro prójimo participando en sus penas. ¿Cómo puedo sufrir con su enfermedad sino por una comunión recíproca con el Señor, que es nuestra cabeza? (Vicente de Paúl, Entretiens spirituels aux Missionnaires, París 1960, 689-691).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tu mayor miedo es no ser bienvenido. Este hecho está vinculado a tu miedo a nacer, a no ser bienvenido a esta vida, y a la muerte, a no ser bienvenido a la vida después de la muerte. Es el miedo, profundamente anclado en ti, de que hubiera sido preferible no haber nacido.

Aquí estás enfrentándote al corazón de la lucha espiritual. ¿Te vas a entregar a las fuerzas de las tinieblas que te dicen que no eres bienvenido a la vida, o puedes confiar en la voz del que vino no a condenar sino a salvarte del miedo? Tienes que elegir la vida. En cada momento debes decidir confiar en la voz que te asegura: «Te amo. Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el vientre de mi madre» (Sal 139,13).

Todo lo que Jesús te dice puede resumirse en estas palabras: «Sé consciente de que eres bienvenido». Jesús te ofrece su vida íntima con el Padre. Quiere que sepas todo lo que él sabe, y que hagas todo lo que él hace. Sí, quiere prepararte un lugar en la casa de su Padre.

Recuerda constantemente que tus sentimientos de no ser bienvenido no vienen de Dios y no te dicen la verdad. El Príncipe de las Tinieblas quiere que creas que tu vida es una equivocación y que no hay hogar alguno para ti. Pero siempre que consientes que esos pensamientos te afecten, te pones en el camino de tu autodestrucción.

Por eso debes desenmascarar sin descanso la mentira y pensar, hablar y actuar de acuerdo con la verdad de que eres absolutamente bienvenido (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor)

 

 

Día 4

Segundo domingo de Adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 11,1-10

1 Saldrá un renuevo del tronco de Jesé, un vástago brotará de sus raíces.

2 Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de inteligencia y sabiduría, espíritu de consejo y valor, espíritu de conocimiento y temor del Señor.

3 (Lo inspirará el temor del Señor). No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas.

4 Juzgará con justicia a los débiles, sentenciará a los sencillos con rectitud; herirá al violento con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado.

5 Será la justicia el ceñidor de sus lomos; la fidelidad, el cinturón de sus caderas.

6 Habitará el lobo junto al cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el ternero y el leoncillo pacerán juntos; un muchacho pequeño cuidará de ellos.

7 La vaca vivirá con el oso, sus crías se acostarán juntas; el león comerá paja, como el buey,

8 el niño de pecho jugará junto al escondrijo de la serpiente, el recién destetado meterá la mano en la hura del áspid.

9 Nadie causará ningún daño en todo mi monte santo, porque el país está lleno de la ciencia del Señor como las aguas colman el mar.

10 Aquel día, la raíz de Jesé se alzará como enseña de los pueblos; a ella se volverán las naciones y será gloriosa su morada.

 

*•• Isaías nos presenta la imagen -todavía más sugestiva en el contexto precedente- de un renuevo que despunta en un tronco. El profeta ha descrito el itinerario de la invasión de un enemigo que entraba por el norte, y a su paso violento todo queda destruido; hasta en los bosques frondosos sólo quedan algunos troncos talados (cf. Is 10,33-34). En este panorama desolador, aparece un renuevo en un tocón, signo de que vuelve la vida y revelación de la fidelidad de Dios a sus promesas. Continuará reinando la dinastía de David marcada por muchas pruebas e infidelidades. El profeta sueña con un rey justo dedicado totalmente al servicio de Dios, que plantee proyectos prudentes y tenga fortaleza para ejecutarlos (w. 3-4). El hecho de tratarse de un «renuevo» debe recordarnos que el personaje anunciado por Isaías no goza de la potencia político-militar de David: joven elegido por Dios y ungido por Samuel mientras pastaba el rebaño, último de sus hermanos, pero beneficiario de la elección divina. Dios quiere volver a los comienzos.

El Nuevo Testamento nos dice que vuelve a comenzar en el niño de Belén y del carpintero de Nazaret: ¿quién podría pensar en que Dios actuaría de este modo? A lo largo de la lectura se describe el equipo del "renuevo de Jesé": fundamentalmente se afirma que gozará de un modo estable del Espíritu del Señor con sus dones -sabiduría, ciencia, consejo, fortaleza, piedad, temor de Dios-. El don del Espíritu no será provisional, como acontecía en los "Jueces", antiguos jefes carismáticos de Israel, sino que su presencia será permanente en el que Dios ha elegido. Lleno del Espíritu, actuará con justicia, a favor de los pobres, abriendo de este modo el mundo a la esperanza de un renovado paraíso terrenal sin violencia ni sobresaltos.

El culmen de la profecía está en la efusión del don de ciencia sobre todo el mundo: ciertamente que el paraíso es realizable y ya se ha anticipado en la tierra porque «el país está lleno de la ciencia del Señor» (v. 9) y desde el momento en que la humanidad conoce a Dios íntimamente, cambia la faz de la tierra.

 

Segunda lectura: Romanos 15,4-9

Hermanos:

4 Y sabemos que cuanto fue escrito en el pasado, lo fue para enseñanza nuestra, a fin de que, a través de la perseverancia y el consuelo que proporcionan las Escrituras, tengamos esperanza.

5 Dios, por su parte, de quien proceden la perseverancia y el consuelo, os conceda vivir concordes a ejemplo de Cristo Jesús,

6 para que con un solo corazón y una sola boca alabéis a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo.

7 Por tanto, acogeos unos a otros, como también Cristo os acogió para gloria de Dios.

8 Porque os digo que ciertamente Cristo se hizo servidor de los judíos para probar que Dios es fiel al cumplir las promesas hechas a nuestros antepasados.

9 Pero también acoge misericordiosamente a los paganos para que glorifiquen a Dios, como dice la Escritura.

 

**• Las palabras de Pablo subrayan el tema de la aceptación recíproca (v. 7) y se dirigen a los cristianos de origen pagano para enseñarles la acogida recíproca con los de origen judío. Habla a una comunidad en la que conviven "fuertes" y "débiles" en la fe, y advierte que todo lo que hace el cristiano debe estar marcado por la acogida y la edificación recíproca. Desea que se esmeren en incrementarla por tres razones: la primera es la palabra de las antiguas Escrituras, que es alimento que sostiene la vida ordinaria del creyente, le robustece y hace posible perseverar en la esperanza.

Pablo parece sugerir que el que está firme en la esperanza sabe también aceptar las propias limitaciones y las de los demás con paciencia. En segundo lugar hay que tener siempre presente el ejemplo de Cristo: el principio inspirador de su vida no es el placer personal; fiel a la misión de revelar el amor del Padre, no trató de evitar el soportar las reacciones violentas de los hombres que lo crucificaron. Como última razón no hay que olvidar que los paganos han sido acogidos por el mismo Cristo. Hebreo, hijo de su pueblo, él ha sido el signo viviente de la fidelidad de Dios a las promesas, pero a la vez ha manifestado la misericordia de Dios también con los no hebreos para que todos pudiesen unirse en su alabanza.

 

Evangelio: Mateo 3,1-12

1 En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea.

2 Decía: -Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos.

3 A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: Voz del que grita en el desierto: «Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos».

4 Llevaba Juan un vestido de pelo de camello y una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.

5 Acudían a él de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región del Jordán;

6 ellos reconocían sus pecados y Juan los bautizaba en el río Jordán.

7 Viendo que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: -¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente?

8 Dad frutos que prueben vuestra conversión

9 y no creáis que basta con decir: «Somos descendientes de Abrahán». Porque os digo que Dios puede sacar de estas piedras descendientes de Abrahán.

10 Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto va a ser cortado y echado al fuego.

11 Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de quitarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

12 Tiene en su mano el bieldo y va a aventar su parva, recogerá su trigo en el granero, y la paja la quemará con un fuego que no se apaga.

 

**• La predicación del Bautista, con su potente invitación a la conversión y a la penitencia, es para todos los evangelistas quien introduce la predicación de Jesús. Según la presentación de Mateo, el Bautista no lanza sólo una invitación a la conversión, sino que proclama antes el acontecimiento que hace posible la misma conversión: «Está cerca el Reino de los cielos». Para que pueda generarse el gran movimiento del pueblo que sale de sus casas para dirigirse al Jordán a confesar sus pecados, es necesario que se base en la certeza inquebrantable de que Dios quiere reinar, que él está actuando realmente en este mundo y desea colmar la existencia de las personas, arrancando de cuajo la raíz de los males humanos: el pecado, las enemistades, los egoísmos. Yo pueden enderezarse los senderos porque Dios lo quiere y lo hace posible.

El bautismo por inmersión en el Jordán aparece como el signo visible de la voluntad sincera de acoger esta cercanía de Dios. Por eso es necesario evitar todo tipo de hipocresía. Mateo pone en escena a fariseos y saduceos, que piden el bautismo sin las disposiciones adecuadas. «¡Raza de víboras!»: el bautista no exige ser justos de antemano, pues carecería de sentido su predicación; pide abandonar la hipocresía o tentativa de engañar a Dios, porque a Dios no se le puede engañar; sobre todo no se puede confiar en una justicia que proceda del mero pertenecer a la sangre o al pueblo de Dios: «No digáis: Somos descendientes de Abrahán».

Pero el Bautista es también consciente de su propia insuficiencia: sus palabras son auténticas y enardecidas, pero no valdrían para nada si no viniera otro que de verdad «bautizará con Espíritu Santo».

 

MEDITATIO

En el inicio del movimiento multitudinario suscitado por el Bautista está la profunda convicción que transmite con energía: Dios es fiel, se ha acercado y desea cambiar nuestra vida, quiere "salvarnos". Como profeta enviado por Dios, atrae a la gente al desierto, lugar de prueba y de encuentro, de infidelidad e intimidad renovada, para que también las muchedumbres de hoy repitan la experiencia de Dios anunciada por los profetas: Dios se deja encontrar, pronuncia una palabra que nos atrae a sí; suscita en nosotros el deseo de una vida nueva y hace posible el cambio: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón» (Os 2,16).

Los que van al desierto no son una asamblea de justos. La única condición que exige el Bautista es: no jugar con nosotros mismos ni con Dios, no ocultar el mal que tenemos dentro, sino manifestar lo que somos para poder realmente cambiar de mentalidad y de vida. Dios vuelve a comenzar con un vástago, vuelve a comenzar con quien todavía está dispuesto a cambiar, a pesar de pertenecer desde hace mucho a su pueblo, con quien hace de su pertenencia a la Iglesia no un privilegio que enarbola contra alguien, sino un don que hay que redescubrir en profundidad, recordando también las muchas veces que, en la vida de cada día, he traicionado este don.

Por esta razón, otro punto fundamental del mensaje de este domingo es el Espíritu Santo: contemplado en primer lugar como Espíritu que colma al Mesías Jesús de Nazaret y luego como don en el que se nos ha insertado, que nos envuelve, en el que somos bautizados para que nuestros caminos torcidos puedan de veras enderezarse.

 

ORATIO

Suscita hoy en nosotros, Señor, el deseo vivo de volver a ti mediante una verdadera conversión. Reconocemos, Padre, las múltiples tortuosidades en las que se desvía nuestro corazón y nuestra voluntad cuando no se basan en tu Palabra de verdad, en la obra de tu gracia.

Tú que eres el Dios fiel, haz firmes nuestros pasos en tus caminos. No vemos, Señor, a nuestro alrededor habitar el lobo con el cordero, ni el niño mete la mano en la hura del áspid, y que cuando hablamos de paz y justicia con frecuencia lo hacemos movidos únicamente por conveniencia o temor. Jesús, germen de David, tú vienes a nosotros como niño que no teme extender la mano a los venenos de nuestra humanidad: enséñanos a acogernos mutuamente para gloria de Dios; que no sea sólo el temor quien nos mueva a convertirnos, sino la convicción íntima de que con tu presencia Dios camina en medio de nosotros y nos convierte en su pueblo.

Ven a nosotros, Espíritu Santo, con la plenitud de tus dones para que este pueblo, que todavía se dispone a escuchar la palabra dura y austera del Bautista, no se quede tranquilo en su presunta justicia, sino que tenga la fuerza de llevar a buen término el camino emprendido.

 

CONTEMPLATIO

Respóndeme, corazón humano: ¿prefieres gozar siempre de las cosas de este mundo o estar siempre con Dios? Tu elección dependerá de la intensidad de tu amor. Ama para que puedas elegir correctamente; ama intensamente para poder optar más útilmente; ama a Dios para poder elegir estar siempre con Dios.

El amor es todo para ti: determina la elección, favorece el camino, da la fuerza de alcanzar la meta. Ama, pues, a Dios, opta por Dios, apresúrate, lógralo. «Ya he elegido», me dices, «ahora quisiera saber qué camino tomar». Te respondo: «Por el camino de Dios se puede correr hacia Dios». Tú añades: «No soy capaz de recorrer solo este itinerario desconocido; dame buenos guías, para que no me extravíe». Te respondo: «Esfuérzate por seguir a los que ya corren por el camino de Dios: no podrías tener mejores guías de viaje» (Hugo de San Víctor, In lode del divino amore, Milán 1987, 277- 288).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Convertios, porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt 3,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los Padres del desierto consideraron la sociedad como un barco a la deriva que hay, que abandonar lanzándose a nadar a fin de salvar la vida (...). Éstos eran hombres que creían que dejarse llevar por la corriente aceptando pasivamente los principios y valores de la sociedad era pura y simplemente un desastre.

Nuestra sociedad no es precisamente una comunidad que irradia el amor de Cristo, sino una peligrosa red de dominación y manipulación en la cual podemos quedar atrapados y perecer. La pregunta fundamental que tendremos que hacernos es si nosotros estamos ya tan modelados por los poderes seductores del mundo de las tinieblas que nos hemos vuelto ciegos para ver nuestro desgraciado estado y el de los que nos rodean y hemos perdido ya la motivación necesaria para lanzarnos a nadar y salvar así nuestras vidas (H. J. M. Nouwen, El camino del corazón, Madrid 1986, 16-17). 

 

 

Día 5

Lunes de la segunda semana de Adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 35,1-10

1 Se alegrarán el desierto y el yermo, la estepa se regocijará y florecerá; florecerá como el narciso,

2 se regocijará y dará gritos de alegría; le han dado la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón; y verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios.

3 Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes,

4 decid a los cobardes: «¡Ánimo, no temáis!; mirad a vuestro Dios: trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvaros».

5 Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán,

6 brincará el cojo como un ciervo, la lengua del mudo cantará. Brotarán aguas en el desierto y arroyos en la estepa;

7 el páramo se convertirá en estanque, la tierra sedienta en manantial. En el cubil de los chacales brotarán cañas y juncos.

8 Cruzará por allí una calzada cuyo nombre será «Vía Sacra». Los impuros no pasarán por ella. Él mismo guiará al caminante, y los inexpertos no se extraviarán.

9 No habrá en ella leones, ni se acercarán las bestias feroces. Los rescatados caminarán por ella,

10 por ella volverán los liberados del Señor. Llegarán a Sión entre gritos de júbilo; una alegría eterna iluminará su rostro, gozo y alegría los acompañarán, la tristeza y el llanto se alejarán.

 

*»• En la breve escatología profética de este capítulo isaiano encontramos un auténtico "canto a la alegría" por la renovación cósmica y sobre todo antropológica que afecta a la debilidad del cuerpo mutilado y del ánimo apocado. Se trata de una renovación que lleva a cabo el Señor, creador y salvador. No se trata simplemente de una celebración de la vuelta de los deportados, sino de una proclamación de fe que reconoce en el actuar del Señor el cumplimiento de los más auténticos deseos humanos, ese anhelo de felicidad que alberga en lo hondo del corazón.

Este regocijo contrasta con el árido desierto y la estepa. Es la oposición entre el gozo que viene del Señor y que atraviesa, riega y vivifica toda la existencia, y el dolor y la aflicción que han pesado sobre el pueblo durante el destierro. El motivo último de la alegría es la intervención del Señor, que ha dado un vuelco a la historia y ahora guía a su pueblo por un sendero seguro.

Con la ayuda del Señor, el camino del pueblo es ágil, hasta tal punto que los cojos no sólo caminan, sino que «brincan», y los mudos no sólo hablan sino que «cantan». La belleza poética del texto va a la par con su profundidad teológica al releer el texto a la luz del Nuevo Testamento. Dios mismo se ha acercado a nosotros, ha cargado con nuestras miserias, ha dado un vuelco a la historia muriendo por los hombres.

 

Evangelio: Lucas 5,17-26

17 Un día, mientras Jesús enseñaba, estaban allí sentados algunos fariseos y maestros de la ley que habían venido de todas las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén. Y el poder del Señor lo impulsaba a realizar curaciones.

18 En esto, aparecieron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y querían introducirlo para ponerlo delante de Jesús;

19 pero, como no veían la manera de hacerlo a causa del gentío, subieron a la terraza, lo bajaron por el techo en la camilla y lo pusieron en medio, delante de Jesús.

20 Viendo la fe que tenían, Jesús dijo: -Hombre, tus pecados quedan perdonados.

21 Los maestros de la ley y los fariseos empezaron a pensar: «¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?».

22 Pero Jesús, dándose cuenta de lo que pensaban, les dijo: -¿Qué es lo que estáis pensando?

23 ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados quedan perdonados; o decir: Levántate y anda?

24  Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió hacia el paralítico y le dijo: -Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

25 Él se levantó en el acto delante de todos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa, alabando a Dios.

26 Todos quedaron atónitos y alababan a Dios, llenos de temor, diciendo: -Hoy hemos visto cosas extraordinarias.

 

*•• Los espectadores del presente episodio evangélico se quedan sorprendidos por el hecho de que Jesús, ante este enfermo, que le presentaron de un modo un tanto rocambolesco, no lo curara inmediatamente, sino que le dirigiera unas palabras de perdón: «Hombre, tus pecados quedan perdonados» (v. 20). Sin embargo, el mismo texto evangélico proporciona un indicio que ayuda a superar el asombro: «Jesús, viendo la fe que tenían, dijo...».

El evangelista nos indica con este detalle que es a la «fe» de estos camilleros que no se detienen ante ningún obstáculo a los que Jesús puede decir algo semejante. Sólo quien tiene fe sabe reconocer que el problema más grave del hombre es el pecado.

Para eliminar de los hombres esta ceguera Jesús está como obligado a hacer el milagro (v. 22). Ciertamente la objeción secreta de los escribas parece oportuna, pero enmascara su indiferencia, su sentirse superiores a los demás. A juicio de los escribas, Jesús es un blasfemo porque se arroga un poder que compite sólo a Dios (v. 21). Pero tales pensamientos y su reto interior a Jesús les impiden ver dos cosas: cuál es el verdadero mal que aflige al enfermo y el hecho de que Dios no es celoso de su poder de perdón. Con la venida de su Reino desea provocar una práctica profunda y universal de perdón, teniendo como modelo y fuente el perdón que el Hijo del hombre ha venido a traer (v. 24). Esto es lo que debe suscitar la alabanza, indicada puntualmente por Lucas, el evangelista de la oración.

 

MEDITATIO

El hecho de que Jesús responda con palabras de perdón a la búsqueda de los camilleros que llevan confiados al paralítico, quizás me resulte también a mí un tanto decepcionante. Y, sin embargo, si tuviese de verdad fe en Jesús, aprendería a compartir su modo de enfocar los "problemas" de la humanidad y comprendería que el perdón es más urgente que cualquier otra cosa, porque el pecado es la mayor de las desgracias que atenazan a la humanidad. Su Reino se manifiesta sobre todo como reconciliación de mi ser con Dios, como nueva posibilidad, dándome la gracia de volver a emprender el camino después de la parálisis de mi libertad causada por mi culpa.

«¿Qué es más fácil?» (v. 23). Los que no tienen fe en Jesús quizás siguen pensando que son otros y más serios los problemas humanos: la defensa de la salud, la economía, la gestión del poder, el subdesarrollo, los desequilibrios ecológicos, etc. La Palabra de Dios resuena como condena de mi ceguera espiritual, que vuelve mi corazón incapaz de descubrir los auténticos signos del actuar divino en nuestra historia. La Palabra no se limita a denunciar mi pecado, sino que me brinda a la vez la gran noticia del perdón. Por esta razón mi desierto florece y la estepa árida pulula con nueva vida.

 

ORATIO

«Dios de la libertad y de la paz, que en el perdón de los pecados nos das un signo de la nueva creación, haz que toda nuestra vida, reconciliada en tu amor, sea alabanza y anuncio de tu misericordia».

Hoy, Señor, quiero unirme con mis hermanos y hermanas a la alabanza del paralítico, perdonado y sanado por ti, y proclamar la grandeza de tu don: el perdón de mis pecados. Con frecuencia también yo he pensado que mis problemas fuesen de otro tipo. ¡Era un necio sin comprender! Ahora tu Palabra me ha manifestado mi verdadero mal y me ha llevado a ti, mi salvación y mi guía. Ahora mi desierto ha florecido y mi estepa abunda de tu agua. Con el salmista también puedo proclamar: «Dichoso el que ve olvidada su culpa y perdonado su pecado... Te reconocí mi pecado, no te encubrí mi falta; me dije: "confesaré al Señor mis culpas", y tú perdonaste mi falta y mi pecado» (Sal 32).

 

CONTEMPLATIO

Tú, el más pequeño de los humanos, ¿quieres encontrar la vida? Mantén la fe y la humildad y (...) ahí encontrarás al que te custodia y vive secretamente junto a ti (...). Cuando te presentas a Dios en la oración, sea tu pensamiento como la hormiga, como uno que se arrastra por tierra, como un niño que balbucea. Y no digas nada ante él que pretendas saber. Acércate a Dios con corazón de niño.

Ponte ante él para recibir los cuidados de padres que velan por sus niñitos. Se ha dicho: «El Señor guarda a los sencillos» (...). Cuando Dios vea que te fías más de él que de ti mismo (...), una fuerza desconocida te penetrará interiormente. Y sentirás en todo tu ser el poder del que está contigo (Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 19 passini).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Ánimo! Nuestro Dios viene a salvarnos» (Is 35,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Señor Jesús no vendrá rápidamente más que si lo esperamos con ardor. Lo que hará estallar la Parusía es una acumulación de deseos. Cristianos, encargados tras Israel de conservar viva sobre la tierra la llama del deseo, tan sólo veinte siglos después de la Ascensión, ¿qué hemos hecho de la espera?

¿Cuál es el cristiano en el que la nostalgia impaciente por Cristo llega no a hundir (como debiera ser), sino tan siquiera a equilibrar sus cuidados de amor y sus humanos intereses? ¿Dónde está el católico tan apasionadamente vertido (por convicción y no por convención) a la esperanza de la Encarnación, que ha de extenderse, como lo están muchos humanitaristas a los sueños de una Ciudad nueva? Seguimos diciendo que velamos en expectación del Señor. Pero en realidad, si queremos ser sinceros, hemos de confesar que ya no esperamos nada.

Hay que reavivar la llama a cualquier precio. A toda costa hay que renovar en nosotros el deseo y la esperanza del gran Advenimiento (P. Teilhard de Chardin, El medio divino, Madrid 61967, 171-172).

 

 

Día 6

 Martes de la segunda semana de Adviento o 6 de diciembre, conmemoración de

San Nicolás

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 40,1-11

1 Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios,

2 hablad al corazón de Jerusalén, gritadle que se ha cumplido su condena y que está perdonada su culpa, pues ha recibido del Señor doble castigo por todos sus pecados.

3 Una voz grita: «Preparad en el desierto un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios».

4 Que se eleven los valles, y los montes y colinas se abajen; que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane.

5 Entonces se revelará la gloria del Señor y la verán juntos todos los hombres -lo ha dicho la boca del Señor-. "Una voz dice: «¡Grita!» Y yo pregunto: «¿Qué he de gritar?» «Toda carne es como hierba, todo su encanto como flor del campo».

7 Se seca la hierba, se marchita la flor, al pasar sobre ellas el soplo del Señor;

8 se seca la hierba, se marchita la flor, pero permanece para siempre la palabra de nuestro Dios.

9 Súbete a un monte elevado, mensajero de Sión; alza tu voz con brío, mensajero de Jerusalén; álzala sin miedo y di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios,

10 aquí está el Señor; viene con poder y brazo dominador; viene con él su salario, le precede la paga.

11 Apacienta como un pastor a su rebaño y amorosamente lo reúne;  lleva en brazos los corderos y conduce con delicadeza a las recién paridas».

 

**• Durante el destierro de Babilonia la desconfianza y la tristeza oprimen el corazón de los deportados. Se preguntan si el Señor se ha olvidado de su pueblo, si es válida todavía su Palabra, si subsiste un hilo de esperanza para Jerusalén. Es entonces cuando el Señor suscita un profeta anónimo, cuyos oráculos se añadieron al libro del profeta Isaías, porque de algún modo prolongan su mensaje. De estos oráculos (Is 40-55) la lectura de hoy es el pórtico, anticipando el tema de todo el contenido de su actividad profética. Dios pide al profeta y a sus discípulos que sean portadores de la buena noticia que les confía (v. 9). La consoladora noticia consiste en una relación renovada con el Señor, en una alianza restaurada.

Y para el segundo Isaías un signo visible de esta renovada relación amorosa con el Señor es el regreso a la patria de los desterrados, que se llevará a cabo no en tono menor, sino de modo triunfal, en medio de una creación festiva, con el Señor que camina a la cabeza del pueblo, como triunfante guerrero y cariñoso pastor.

El papel del profeta y de los que se adhieran a su mensaje será precisamente preparar esta venida del Señor (v. 3). El ánimo del pueblo -rendido como un terreno accidentado por las pruebas, sufrimientos, desilusiones e infidelidades- podrá ahora acoger la revelación de la gloria de Dios igual y más que la gloria manifestada en el camino del éxodo (v. 5). Y aunque el hombre sea frágil y sus promesas efímeras (w. 6-8), la Palabra del Señor es estable y su compromiso con la humanidad es eterno: el pueblo deportado deberá confiar en esta estabilidad de la promesa del Señor.

 

Evangelio: Mateo 18,12-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

12 ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve e irá a buscar la descarriada?

13 Y si logra encontrarla, os aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se extraviaron.

14 Del mismo modo vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

 

**• La parábola de la oveja perdida en Lucas (15,3-7) es una exhortación a compartir la alegría del perdón que Dios otorga a los pecadores que se convierten y a la vez a disponernos al perdón. En el texto de Mateo, la misma parábola forma parte del discurso eclesial (cap. 18), en el que Jesús comunica a los discípulos algunas indicaciones preciosas acerca de la vida comunitaria: el esfuerzo por hacerse pequeños, disponibilidad a la acogida, atenciones para el que vacila en la fe...

En coherencia con dicho contexto, para el primer evangelista la parábola de la oveja perdida no habla directamente de Dios que se pone a buscar la oveja, sino de la comunidad, que debe ser "signo del rostro de Dios", de Dios que va a la búsqueda de la oveja perdida con una solicitud pastoral por el "pequeño" y más aún por el que se ha extraviado, por el pecador.

Dejar las noventa y nueve ovejas para buscar una es una locura; pero así es la locura de Jesús y debe ser la locura de la comunidad (v. 14). La comunidad no debe dejarse guiar por criterios de eficiencia, sino por el "cuidado" con el pequeño, con el insignificante, con el marginado o lejano, por el motivo que fuere. No se asegura automáticamente el éxito (v. 13: «Si logra encontrarla...»), pero se exhorta a la comunidad a no olvidar nunca el buscar la oveja perdida, porque será fuente de gran alegría: «05 aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se extraviaron» (v. 13).

 

MEDITATIO

Una de las imágenes más bucólicas y profundas del Dios bíblico es la del "buen Pastor". Nos sugiere su solicitud y la fuerza de su intervención para vencer a los enemigos de la libertad y dignidad de su pueblo; nos dice que es un guía seguro para el difícil y espinoso camino de nuestra vida.

En nuestro vivir como comunidad de discípulos experimentamos directamente el consuelo de nuestro Dios, el ser llevados delicadamente sobre los brazos de su tierna solicitud pastoral. Ésta es la razón última para espolearnos a buscar constantemente al que se ha perdido.

De hecho, nosotros somos los primeros en sentir el consuelo del Señor, y experimentamos la fidelidad del Padre con el pequeño y descarriado.

En cuanto comunidad de discípulos, estamos llamados a manifestar a todos el rostro del Padre misericordioso, buscando a quien en las vicisitudes de la vida ha perdido la fe y la esperanza. Somos consolados que deben ser consoladores, haciéndonos compañeros de viaje de quien tiene el corazón abatido, fatigado por el dolor o la culpa. Lo podemos hacer en la conciencia de que el consuelo no procede de nosotros, que somos carne, frágiles como hierba y flor del campo, sino que proviene de la Palabra de Dios, que es la única que permanece para siempre (Is 40,8).

 

ORATIO

Tu anuncio, Señor, es "evangelio" porque nos trae el consuelo, a nosotros débiles, descarriados, esclavos de tantos otros señores.

«Súbete a lo alto de un monte, tú que llevas buenas noticias a Sión» (Is 40,9). También hoy diriges este mensaje de amor al corazón de tu pueblo, porque eres el Dios de la alianza. Eres el divino Amante que nos dirige su invitación amorosa y nos habla a lo profundo de nuestro corazón.

Tú, Señor, eres el Padre de todo consuelo, que a nosotros, peregrinos en la tierra, nos prometes el cielo y la tierra nueva. Haz que también nosotros podamos consolar a los demás con el mismo consuelo con que tú nos consuelas. Espolea nuestros corazones para que nos pongamos contigo a la búsqueda de lo que estaba perdido: tú eres el Pastor que quiere salvar a la oveja perdida, infinitamente amada por tu corazón. Y si estamos perdidos, si estamos lejos de ti, concédenos escuchar las llamadas de la voz de tu Hijo, manso y humilde de corazón, que nos exhorta a volver a tu redil, a la verdadera vida que sólo es posible contigo.

 

CONTEMPLATIO

Ven, Señor Jesús, busca a tu siervo, busca a tu oveja inválida, se ha ido errando tu oveja para que tú anduvieras recorriendo los montes. Deja las noventa y nueve y ven a buscar a esa que está perdida. Ven sin perros, ven que ya hace tiempo que espero tu venida. Ya sé que estás para llegar. Ven sin bastón, pero con amor y actitud clemente. Ven a mí que he estado vagando, lejos de tu rebaño, por los montes.

Búscame, porque yo te busco. Rodéame, encuéntrame, levántame, llévame. Tú puedes encontrar lo que buscas. Tú aceptas llevar sobre ti lo que has encontrado. No te da fastidio un peso de amor. Ven, pues, Señor, porque tú eres el único que puedes hacer volver a una oveja vagabunda sin contristar a las que has dejado, porque también ellas se alegran del retorno del pecador.

Ven a ejecutar la salvación a la tierra, la gloria en el cielo (San Ambrosio, Comentario al Salmo 118, XXII, 27-29).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños» (Mt 18,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Gracias, Señor.

Si me hubiese contentado con el deseo que me llevaba a buscarte, sin saber dónde te hubiera podido encontrar, estaría todavía caminando con mi deseo insatisfecho o con la ilusión de haber encontrado.

Te he encontrado de verdad porque tú has salido a mi encuentro en mis caminos de pecado: nombre entre los hombres, cuerpo bendito al que yo mismo ayudaba a despojar o flagelar: rostro santo, al que mis labios como los de Judas besaron: corazón que atravesé...

Ninguna sed creó nunca las fuentes ni hizo brotar agua de la arena. Tu sed, por el contrario, me ha saciado, porque si tú no hubieras venido por mis caminos, si tú no te hubieras dejado crucificar por mí, te habría quizás buscado, pero no te habría encontrado nunca (Primo Mazzolari).

 

 

Día 7

 7 de diciembre, conmemoración de

San Ambrosio

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 40,25-31

25 ¿Con quién podréis compararme? -dice el Santo-. ¿Quién es semejante a mí?

26 Alzad los ojos allá arriba y mirad: ¿Quién ha creado todo esto? El que despliega en orden su ejército y llama a todos por su nombre. Tanta es su fuerza, tan grande es su poder, que no falta ni uno solo.

27 ¿Por qué, Jacob, andas diciendo, y tú, Israel, te andas quejando: «El Señor se desentiende de mí, Dios no se preocupa de hacerme justicia»?

28 ¿Es que no lo sabes? ¿Nunca lo has oído?: El Señor es un Dios eterno y ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, y su inteligencia es insondable;

29 fortalece al cansado, da energías al que desfallece.

30 Se cansan los jóvenes y se fatigan, los muchachos tropiezan y vacilan;

31 pero los que esperan en el Señor verán sus fuerzas renovadas: les salen alas de águila, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan.

 

**• El segundo Isaías es el primer testimonio bíblico que afirma claramente un monoteísmo teórico y práctico.

El profeta no ha llegado a esta conclusión con raciocinios filosóficos o lógicos, sino meditando la historia de salvación y la experiencia de fe de Israel. Este monoteísmo se expresa frecuentemente con el lenguaje de la incomparabilidad, es decir, con preguntas retóricas que subrayan la incuestionable unidad del poder salvador del Señor y su recorrido por caminos vírgenes e inéditos para socorrer a sus fieles (cf. v. 25). El discurso sobre Dios en el Segundo Isaías se guía siempre por la necesidad pragmática de convencer a sus oyentes de que Dios puede y quiere salvarlos, mejor aún "consolarlos", demostrando que cuida eficazmente de sus fieles.

Si así es el Dios de Israel, no hay motivo para que el pueblo elegido dude y se sienta abandonado por el Señor, aunque se encuentre en la dura situación del destierro.

Pero lleva consigo la renuncia a todo tipo de autosuficiencia, ilustrada con la metáfora de las fuerzas que llegan a faltar incluso a jóvenes y adultos (v. 30), y el reconocimiento de la propia debilidad y fragilidad ante el Señor. Sólo así Israel se dará cuenta de que su fuerza le viene del mismo Dios (v. 31) y podrá revivir la experiencia del éxodo, cuando el socorro divino le haga sentir como aupado y llevado "en alas de águila" en el tiempo del duro caminar por el desierto (cf. Ex 19,4).

 

Evangelio: Mateo 11,28-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús:

28 Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré.

29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas.

30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

 

**• En el pasaje precedente, estrechamente vinculado con nuestro texto evangélico (Mt 11,25-27), Jesús aclara que el verdadero conocimiento de Dios como Padre es posible porque el Hijo es quien introduce en esta familiaridad a sus propios discípulos. Pero éstos, para acoger de verdad esta paternidad divina y la amistad del Hijo, deben hacerse "pequeños".

Y Jesús nos indica quién es el verdaderamente "pequeño": sólo el que crea que el estilo de Jesús, «sencillo y humilde de corazón», es el único camino para introducirnos en los secretos de Dios, y que para aprender este estilo se acerque a él iniciando un camino de seguimiento («Venite a me...»). Como la Sabiduría en el Antiguo Testamento (cf. Eclo 51,26-27; 6,24ss) invita a su escuela prometiendo «descanso», es decir, esa plenitud capaz de sosegar el corazón inquieto de la humanidad, así Jesús, capaz de sosegar el corazón inquieto de la humanidad, invita a su apasionante escuela en la que descubrimos que somos hijos de Dios.

Por consiguiente, es necesario entrar en su escuela, acercándonos a él que habla del Padre a los propios amigos y descubrir que la familiaridad con Jesús es una escuela exigente y continua, pero también capaz de sanar, de dar paz al corazón. Ciertamente Jesús no exime al discípulo del compromiso pleno y perseverante en la observancia de la ley de Dios, como aparece cuando nos habla de «yugo» y de «carga». Pero promete que será un peso proporcionado, adecuado a quien lo debe llevar y que a la postre se manifestará como una experiencia de libertad.

 

MEDITATIO

Siento la necesidad de repetir a mi corazón la verdad de mi filiación porque me queda la sospecha del amor de Dios. Es la sospecha que la serpiente envidiosa de nuestra dignidad sembró en nuestros corazones humanos desde el comienzo. Se trata de una sospecha que se alimenta continuamente al presentarme un rostro de Dios enemigo de nuestra libertad, celoso de nuestra felicidad, juez duro y severo, incapaz de comprender nuestra flaqueza.

Escuchando la invitación de Jesús de ir a él, se me exhorta a volver al gran amor con que Dios me ha amado para poder considerarme tal y como soy en realidad, es decir, su amigo e hijo del Padre. Para comprender mi filiación y la paternidad de Dios en mis relaciones, debo acercarme al corazón de Jesús. Así podré escuchar esas palabras suyas que desbordan la plenitud de su corazón (cf. Mt 12,34). De lo contrario, mi religiosidad será mercenaria, un cansancio ímprobo y estéril de prácticas y observancias incapaces de pacificar mi corazón.

En la contemplación y escucha de Jesús «sencillo y humilde de corazón» es donde me libero del peso de una religión tejida únicamente de méritos, obras, deberes, porque en Jesús se manifiesta el rostro amable de Dios, capaz de saciar mis más profundos deseos. La fe se convierte entonces en experiencia de ser revestido de la fuerza de lo alto, de un correr sin fatigarse, porque soy como aupado sobre las alas de un águila al encuentro de un amor preexistente y, precediéndome, me enseña a desear tu promesa.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú nos invitar a ir a ti. Qué hermoso es descubrir que nos quieres cercanos, alumnos de tu escuela, que deseas hacernos partícipes del misterio de tu Padre, reconociéndonos amados y hermanos tuyos.

¡Ir a ti! Ir a tu escuela exigente y fascinante. Ir a ti para aprender de ti que eres manso y humilde de corazón.

¡Ir a ti! No con nuestros méritos sino con nuestros cansancios y opresiones. Ir a ti sin fingimientos, sin ocultar nuestras miserias y debilidades. Ir a ti para poder abrirte nuestro corazón y contarte nuestras fatigas y nuestras culpas.

¡Ir a ti! Y en ti recobrar las fuerzas y encontrar la paz tan ansiada. Tu querer no nos aplasta porque tu yugo es suave y tu carga ligera. Realmente es espléndida tu promesa, por la que te alabamos y bendecimos.

 

CONTEMPLATIO

«¡Venid!» Jesús, invitando, sabe que el verdadero padecimiento tiende a encerrarse en soledad y a recomerse en muda desolación. En su invitación, Jesús no puede esperar que los infelices oprimidos por el peso de sus males vayan a él; los llama amorosamente. De hecho, diciendo: «Venid a mí» es él quien va a ellos.

¡Oh si aceptases su invitación! Supone que los desgraciados estén tan fatigados, desalentados, agotados, que olvidan hasta la existencia de un consuelo. Jesús lo sabe muy bien: no existe consuelo ni ayuda fuera de él.

Por eso nos dirige su invitación: «¡Venid!» No importa que estés exhausto de andar el camino, tan largo y tan vano, que has recorrido hasta ahora buscando ayuda. Aunque te parezca que no puedes ya más, ni siquiera sostenerte ya por un solo instante sin desmayar: da un pasito más y lograrás el descanso. «¡Venid!» Y si alguno se encontrase tan fastidiado que ni siquiera pueda moverse, bastaría un suspiro, pues si suspiras por Él, significa ya venir a Él (S. Kierkegaard, Ejercitación del cristianismo, Madrid 1961, 53-55).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Guíame, luz benigna, en medio de las tinieblas: guíame hacia delante. La noche está oscura y estoy lejos de casa. Por favor, te ruego: guíame. Vela mi camino. No te pido que pueda ver un horizonte lejano, un solo paso me basta.

No siempre fue así, ni rogaba que me guiases. Me gustaba elegir por mí mismo y recorrer por mi cuenta la vida. Pero ahora, te ruego: guíame. Me gustaba el sol radiante y, a pesar de los temores, me guiaba el orgullo. No recuerdes los días pasados. Tu poder me ha bendecido ampliamente, y estoy seguro de que me seguirás guiando por páramos y cenagales, rocas y torrentes hasta que vuelva el día. Reaparecerán en la mañana los rostros de los ángeles, tan amados pero que aún no veo (J. H. Newman, MéditaHons et Frieres, París 1906).

 

 

 

Día 8

   Inmaculada Concepción de María

  

LECTIO

Primera lectura: Génesis 3,9-15.20

9 Pero el Señor Dios llamó al hombre diciendo: -¿Dónde estás? El hombre respondió:

10 -Oí tus pasos en el huerto, tuve miedo y me escondí, porque estaba desnudo. El Señor Dios replicó:

11 -¿Quién te hizo saber que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?

12 Respondió el hombre: -La mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto del árbol, y comí.

13 Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: -¿Qué es lo que has hecho? Y ella respondió: -La serpiente me engañó, y comí.

14 Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente: -Por haber hecho eso, serás maldita entre todos los animales y entre todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida.

15 Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, pero tú sólo herirás su talón.

20 El hombre puso a su mujer el nombre de Eva -es decir. Vitalidad-, porque ella sería madre de todos los vivientes.

 

**• En el capítulo tercero del Génesis se describe el drama más profundo de la humanidad: la caída original que introduce la muerte en la creación. Tras la consumación del pecado por Adán y Eva, hay un momento de silencio en el que se oye sólo a Dios acercarse por el jardín.

        No es precisamente motivo de fiesta y encuentro. Ahora Adán se oculta. Pero la voz le interpela: «¿Dónde estás?» (v. 9b). Adán sale de su escondite, pero no responde a la pregunta, mostrando que no está a la altura, no está ya en Dios. Sus palabras dan testimonio de esta triste realidad. En primer lugar declara abiertamente que le domina el miedo y la vergüenza: la criatura hasta hace bien poco libre se siente ahora esclava. Luego, indirectamente, manifiesta el estado de soledad en el que vive: la relación con la mujer y la creación, antes fundada en la amistad y la ayuda recíproca, ahora está sujeta al engaño, la sospecha, la oposición. Frente al Creador, que había gozado con la belleza de la creación, aparece un universo hecho trizas, radicalmente afectado por el mal.

Después de escuchar a los tres culpables, Dios pronuncia la sentencia. El lector que ha seguido desde el comienzo el desarrollo del drama sagrado, esperaría la condena a muerte (de acuerdo con Gn 2,17). Por el contrario, se propone un castigo que aparece como un camino de purificación con vistas a una salvación prometida (v. 15). Dios, que comienza a revelarse como el Misericordioso, se ha puesto de parte del hombre contra la serpiente -símbolo del mal- que recibe la maldición.

La humanidad será ciertamente herida, pero sólo en el calcañar, es decir, en una parte no vital y fácil de curar; la serpiente, por el contrario, será herida en la cabeza, derrotada definitivamente. Por eso se ha definido al v. 15 como "protoevangelio", primer anuncio de la victoria del hombre sobre el pecado y la muerte.

La victoria se atribuye al «linaje de la mujer». La versión griega de los Setenta comprendió "linaje" en sentido individual y el primitivo cristianismo legó el texto en clave mesiánica, como profecía de la encarnación de Cristo. La Vulgata atribuye directamente la victoria a la mujer; de ahí la difundida representación de María aplastando con el pie la cabeza de la serpiente.

Notemos, finalmente, el nombre nuevo que el hombre da a la mujer: Eva, madre de los vivientes (no de los mortales). Podemos ver aquí la prefiguración de María, la nueva Eva que cooperará en la obra de la restauración de la humanidad pecadora y Jesús la consignará como madre de la Iglesia naciente, justo en el momento de su muerte en la cruz.

 

Segunda lectura: Efesios 1,3-6.11-12

3 Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que desde lo alto del cielo nos ha bendecido por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales.

4 Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor. Llevado de su amor,

5 él nos destinó de antemano, conforme al beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo,

6 para que la gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su Hijo querido, se convierta en himno de alabanza a su gloria.

11 En ese mismo Cristo también nosotros hemos sido elegidos y destinados de antemano, según el designio de quien todo lo hace conforme al deseo de su voluntad.

12 Así nosotros, los que tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, seremos un himno de alabanza a su gloria.

 

**• La carta a los Efesios se abre con lo que se ha definido como el Magníficat de Pablo. Él que está viviendo sus duros años de prisión por la fe, en cuanto tiene ocasión de escribir a otros cristianos, deja brotar de su corazón un canto de bendición y alabanza a Dios, invocado no como «Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob», sino como «Padre de nuestro Señor Jesucristo». Cristo es el único Mediador. Cristo es el Mesías, plenitud de la espera de Israel. En el himno se exalta el plan de salvación, contemplado no siguiendo una exposición ordenada y doctrinal, sino cantado y admirado en sus múltiples facetas por quien experimenta su actuación a partir de la propia historia personal.

Cuanto Pablo refiere de sí mismo, vale para cualquier cristiano y de modo preeminente para María. En ella se realiza en plenitud el plan divino de hacernos «santos e irreprochables ante él por el amor», es decir, consagrados exclusivamente a su servicio («santos»), separados de todo lo que es mundano y pecaminoso («irreprochables»). Todo esto no por la capacidad humana, sino por puro don. Ningún mérito, esfuerzo o ascesis podrían jamás reparar el mal que corrompe la humanidad desde sus raíces. La reparación sólo puede recibirse como «herencia», o sea, como un bien recibido gratuitamente, pero que nos hace responsables.

María, la Virgen Inmaculada, no es un ser suprahumano, es la elegida para ser morada del Verbo, ha sido preservada del pecado original «en previsión a los méritos de Cristo Redentor» -como reza la definición del dogma- en razón de su propia vocación. Por María llega a cumplimiento el plan del que nos ha «predestinado a ser sus hijos adoptivos». Se trata de una expresión paulina, que recoge una buena noticia: la vida del hombre no ha sido abandonada a su suerte, ni está destinada a la nada; tiene un sentido: es vida de comunión con Dios, vida de plena libertad, en el amor, en la alabanza, en la gloria.

 

Evangelio: Lucas 1,26-38

26 Al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret,

27 a una joven prometida a un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la joven era María.

28 El ángel entró donde estaba María y le dijo: -Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

29 Al oír estas palabras, ella se turbó y se preguntaba qué significaba tal saludo.

30 El ángel le dijo: -No temas, María, pues Dios te ha concedido su favor.

31 Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús.

32 Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre,

33 reinará sobre la estirpe de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin.

34 María dijo al ángel: -¿Cómo será esto, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?

35 El ángel le contestó -El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios.

36 Mira, tu pariente Isabel también ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que todos tenían por estéril;

37 porque para Dios nada hay imposible.

38 María dijo: -Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices. Y el ángel la dejó.

 

**• Leyendo la perícopa de la anunciación en la solemnidad de la Inmaculada concepción, merecen particular atención dos expresiones del saludo del ángel Gabriel a María. Entrando en su presencia, la llama: «Llena de gracia». El término griego, kecharitoméne, explica bien el significado de la palabra: literalmente significa "la agraciada", que ha sido colmada de gracia. María es la criatura humana redimida por Dios de modo radical, perfecto. Su inmaculada concepción es obra de la gracia del Redentor, que en ella ofrece a todos los hombres la imagen y modelo de la vocación de la humanidad.

Luego el ángel dice a María: «El Señor está contigo», usando la expresión tan frecuente en el Antiguo Testamento y que ha acompañado el caminar del pueblo elegido a lo largo de los siglos. El Señor siempre ha estado con su pueblo, aunque el pueblo no siempre ha estado con su Dios. Frecuentemente se alejó, dudó, se sintió abandonado, como en la ocasión emblemática de la rebelión en el desierto, llegando a su culmen en aquella pregunta: «¿Está Dios con nosotros, o no?» (Ex 17,7b).

Aquí estas palabras asumen un sentido pleno, como si el ángel dijera: «Tú estás siempre con el Señor; tú estas unida a él en la medida en que es posible a una criatura». No se trata de un momento de gracia particular, que lentamente se debilita; al contrario, es una unión que se va haciendo más y más íntima.

A las palabras del ángel -indica el evangelista- María «se turbó» (v. 29). No es el temor que tuvo Adán, consciente de su pecado; aquí se trata del sagrado temor ante la misteriosa realidad de Dios; es el sentimiento que invade tanto más a la criatura cuanto más pura es. En su perfecta humildad, María comprende la grandeza de la misión recibida, la gratuidad del don, la desproporción entre la propia debilidad y la omnipotencia divina.

El sí que María da como respuesta resuena como la alabanza perfecta de la criatura, eco fiel del «aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad» (Sal 39,8) con el que el mismo Jesús se adhiere a la voluntad salvífica de Dios.

En el encuentro de estas dos obediencias se cumple el plan de salvación.

 

MEDITATIO

En la fiesta de la Inmaculada, más que hablar de María, sentimos el deseo de acercarnos a ella para que nos introduzca en el misterio de su virginidad, que es un misterio de silencio; en el misterio de su inocencia absoluta, que es un misterio de gozo.

María ya está revestida con vestiduras de salvación, tiene su vestido blanqueado en la sangre del cordero antes de su nacimiento. El Padre, de algún modo, la ha bautizado de antemano en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo para presentarla al mundo tota pulchra, toda hermosa. La fascinación de María está en ignorar su propia belleza: su humildad, su transparencia que la hacen vivir mirando fuera de sí misma, toda donación.

María, virgen y madre, imprime al misterio cristiano su aspecto más sugestivo y fascinante; es un nostálgico reclamo a la pureza, a la inocencia. Incluso el hombre más experimentado en el mal difícilmente puede sustraerse a la fascinante atracción de la inocencia y la virginidad.

Nuestro amor a María esencialmente debe traducirse en el deseo de vivir profundamente, sinceramente, su misterio; deseo siempre más vivo, más hondo, de sumergirnos en su pureza, como un bautismo en su inocencia para salir purificados, revestidos con vestiduras de salvación.

Para cualquier alma, el contacto con la Virgen santa es un contacto que purifica y salva. De algún modo, es ya un contacto con la humanidad del Señor que tomó carne en ella. Nosotros, que nos sentimos tan pobrecillos y frágiles, debemos lograr, por la fe, descubrir cada vez más el milagro de la presencia de María entre nosotros.

 

ORATIO

Oh María, toda santa, todo el paraíso se goza en ti. Con tu belleza consoladora reafirma nuestro corazón para que sepamos comprender la esperanza a la que Dios nos ha llamado, el tesoro de gloria que nos espera en la eterna comunión de los santos.

Oh María, icono de la interioridad, te miramos en tu humilde y fiel permanecer recogida bajo la mirada de Dios, abandonada al poder del Altísimo. Por tu maternal intercesión haz que se derrame abundantemente la gracia del Señor sobre nosotros que contemplamos el inefable misterio de tu belleza, para vivir también nosotros profundamente, allí donde mana con perenne juventud la fuente del amor.

Oh Virgen purísima, que nos has engendrado en el Hijo unigénito de Dios, hijos tuyos de adopción, enséñanos el camino de la caridad sincera, del humilde servicio y del celo infatigable, para que también nuestra vida sea fecunda en la gracia a fin de que todos lleguemos a la presencia del Altísimo «santos e irreprochables por el amor».

 

CONTEMPLATIO

Inmaculada es tanto como decir fulgor de aurora. Preservada inmune de la contaminación original, María fue llena de gracia desde el primer instante de su concepción. Ya desde el seno materno, el alma de María estuvo penetrada de luz divina; tras la noche de largos siglos transcurridos desde la culpa de los progenitores, se alza esta estrella matutina, límpida y pura, transparente e inviolada, mientras en el cielo apunta la promesa del inminente día.

Inmaculada significa visión del paraíso. Aquella gracia, que a ella le fue concedida en grado perfecto y sobreeminente desde el primer instante de su existencia terrena y que a nosotros también nos es dada, si bien en medida ciertamente inferior, es solamente en prenda de la beatitud eterna; para el día en que caerán los velos de la fe, que esconden la visión de Dios, y contemplaremos cara a cara al Señor. La Inmaculada preanuncia el alba de aquel día eterno, y nos guía y sostiene en el camino que todavía nos separa de Él.

A este último fin, coronación de la vida de gracia, deben tender los anhelos de nuestro corazón y los más generosos esfuerzos de fidelidad cristiana (Juan XXIII, Discurso del 7 de diciembre de 1959).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La aurora es un momento fabuloso: el que precede inmediatamente al salir el sol. Antes sólo eran tentativas. Un leve palidecer el cielo por oriente, apenas visible en la noche. Sigue un clarear creciente, lentamente al comienzo, luego más rápidamente, siempre más rápidamente. Finalmente un instante en el que el surgir de la luz es tan victorioso y ardiente, el esplendor tan cegador a los ojos habituados a la noche, que nos podríamos creer ante el mismo sol: apenas un instante después, como una llamarada, su luz arde en el hilo del horizonte. Y finalmente el sol. Hasta ese momento, nos podíamos haber engañado, pues ya se transparentaba en lo que sólo era la aurora. Lo mismo la Inmaculada concepción. Primero, a lo largo de los siglos precedentes, se trataba del alba de Cristo, de los comienzos de su pureza y santidad, ya maravillosos considerando que se realizaban en la naturaleza humana, pero aún oscuros respecto a El. María es el culmen de la aurora, el surgir del día. Pero su luz ilumina a todos. La Inmaculada concepción distingue a María de los demás humanos sólo para unirla más a Cristo, que pertenece a todos (...).

Tras el decreto que estableció la venida de Cristo, se da esta larga preparación que ya la realiza ¡nicialmente y que llena toda la historia antigua de la humanidad. Ahora bien, toda esta preparación lleva a María, porque ella (...) es portadora de Cristo. La preparación es inmensa: es la única obra de Dios mismo en este mundo; se compromete con todo su amor: haciendo confluir, en virtud de su gracia, todo lo que en nuestros esfuerzos humanos hay de verdaderamente bueno: se plasma una naturaleza humana que será la suya.

Llega un día en que todo está preparado. En la Virgen todo se reúne para pasar de ella al Hijo (...). María es la figura absoluta y total, y lo es para siempre, porque, siendo Madre de Dios, es la que une el Hombre-Dios con la humanidad (É. Mersch, La théologie duCorps mystique, I, Tournai 1944, 219-221).

 

 

Día 9

 Viernes de la segunda semana de Adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 48,17-19

17 Así dice el Señor, tu libertador, el Santo de Israel: Yo, el Señor tu Dios, te instruyo por tu bien, te marco el camino a seguir.

18 ¡Ojalá hubieras atendido mis mandatos! Tu bienestar sería como un río; tu prosperidad, como las olas del mar;

19 tu descendencia sería como la arena; como sus granos, el fruto de tus entrañas; tu nombre no habría sido borrado ni apartado de mi presencia.

 

**• En su anuncio, el Segundo Isaías se concentra en la revelación del Señor como Dios de Israel ofreciendo una especie de "rosario" de los nombres de Dios. Además de "redentor", aparece aquí el título «Santo de Israel», expresión que cita siete veces (41,14; 43,3.14; 47,4; 48,17; 49,7; 54,5), siempre para definir al Dios de Israel que rescata a su pueblo. La acción salvífica que manifiesta la santidad divina se realiza también en adoctrinar íntimamente el corazón del pueblo, para que pueda seguir el camino de la alianza y para que logre conocer el designio amoroso, salvador, gratuito de Dios con la humanidad, con vistas a su realización creó el mundo (v. 17).

Esta realidad lleva al profeta a hacer una especie de balance de la historia pasada de la alianza, como tiempo en el que la falta de escucha de la Palabra divina y la transgresión de su ley de vida han arrastrado a Israel lejos de la prosperidad de las promesas incluidas en la alianza. Pero ahora Dios da nuevamente su Palabra eficaz para que obedeciéndola produzca efectos profundos y duraderos, llevando a Israel a vivir en la justicia derramada por Dios al pueblo (v. 18), garantizando el cumplimiento de la promesa hecha a los Padres (v. 19; cf. Gn 12,2-3; 22,17).

 

Evangelio: Mateo 11,16-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

16 ¿Con quién compararé a esta generación? Es como esos muchachos que, sentados en la plaza, cantan a los otros esta copla:

17 «Os hemos tocado la flauta y no habéis danzado, hemos entonado lamentos y no habéis hecho duelo».

18 Porque vino Juan, que no comía ni bebía, y dicen: «Está endemoniado».

19 Viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: «Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publícanos y pecadores». Pero la sabiduría ha quedado acreditada por sus obras.

 

**• El evangelista nos transmite un dicho de Jesús acerca de la radical incapacidad de sus contemporáneos a aceptar la bondad del tiempo presente, porque no están dispuestos a desear nada que sea realmente diverso.

Son como niños que no entran en el juego, que ni saben lamentarse ni divertirse. La parábola presenta dos grupos de niños en conflicto entre ellos, porque el segundo grupo ha perdido interés en el juego, incluso antes de haberlo comenzado (w. 16-17). La doble reacción de los contemporáneos con el Bautista y con Jesús (v. 18), su mala voluntad manifiesta, les asemeja a los niños caprichosos de la parábola.

En Mateo la sentencia final ofrece una respuesta a esa reacción contrapuesta de los estilos de devoción: el estilo sabio de Dios ha sido reconocido justamente por os que se toman seriamente en consideración su modo de actuar. Jesús es la sabiduría de Dios, la cual se manifiesta en sus obras (v. 19). En definitiva, pretende sacudir las conciencias de sus oyentes para disponerlos a acoger la "hora desconocida de Dios". Sus palabras sobre el Bautista concluyen con una llamada a la comprensión de fe, equivalente a una decisión del proyecto salvífico de Dios, en sintonía con su modo de actuar y de revelarse en la historia.

 

MEDITATIO

Reconocer la hora de Dios, el tiempo oportuno, es un signo de sabiduría (cf. Ecl 3,lss). Como a los contemporáneos de Jesús, también a mí me invita la figura de Juan a hacer sinceras obras de penitencia. Reconocer la hora de Dios es para mí, ante todo, renunciar a atrincherarme en mis diversas excusas, que enmascaran mi desinterés y mi resistencia a la invitación a la conversión que la Palabra de Dios incesantemente me dirige. Las reiteradas admoniciones proféticas me exhortan a caminar por la justicia y por la fe operativa y sincera.

Pero la hora de Dios no es sólo la de la penitencia y cambio de vida, es también la del gozo que nos trae el evangelio de Jesús. El gozo evangélico nacerá en mí al reconocer que él no se avergonzó de ser llamado «amigo de publícanos y pecadores». El perdón que me anuncia no se reduce a una mera palabra o una noticia genérica de Dios en mis confrontaciones, sino que es acontecimiento desconcertante de venir a celebrar una fiesta conmigo que soy pecador. No se trata de una fiesta que puedo dejar para mañana (como quisieran los niños caprichosos de la parábola evangélica); ¡ para mí es hoy !

 

ORATIO

Señor, tu Palabra me hace hoy pensar y reflexionar sobre mí mismo. Sé que hay un tiempo para cada cosa bajo el sol: tiempo de llorar y tiempo de bailar. Pero descubro que, con frecuencia, soy poco sabio, distraído e incapaz de reconocer tu hora en mi vida. Querría hacer todo a mi estilo, decidir los tiempos a mi gusto, y por desgracia me debo reconocer entre los niños caprichosos que no han entrado en el juego. Temo llegar a ser yo también víctima de una terca obstinación que me impida juzgar rectamente.

Te ruego, pues, que no dejes de dirigir tu Palabra a mi corazón obstinado y duro, así podré comprender tu designio sobre mí y lograr la verdadera sabiduría. Repréndeme, incluso con dureza, cuando quieras que escuche los llamamientos del Bautista a la penitencia y a la conversión. Ayúdame a saber reconocer que éste es el tiempo de tu gracia, porque eres: «El Señor mi Dios que me enseña para mi bien y me guía por el camino que debo seguir».

 

CONTEMPLATIO

El alma que ha perdido la paz debe arrepentirse, y el Señor le perdonará los pecados, y entonces encontrará el gozo y la paz. ¿Qué más debemos esperar? ¿Pedir que alguien cante músicas celestiales? En el cielo todo vive por obra del Espíritu Santo y a nosotros en la tierra se nos ha dado el mismo Espíritu Santo, y si lo conservamos, se nos liberará de toda tiniebla y permanecerá en nosotros la vida eterna.

El Señor ama al hombre y se le manifiesta como le place. Y el alma, cuando ve al Señor, se regocija humildemente de la misericordia de Dios. Para conocer al Señor, no se necesita ser rico o sabio, sino obediente, sobrio, tener un espíritu humilde y amar al prójimo. El Señor amará a esa alma, y él mismo se le manifestará y enseñará el amor divino y la humildad, y le dará todo lo necesario para encontrar reposo en Dios (Archimandrita Sofronio, San Silouan el Athonita, Madrid 1996).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo soy el Señor tu Dios, te enseño para tu bien» (Is 48,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Soy un traidor, si tú no me ayudas, Jesús mío misericordioso.

Tú me conoces, Señor; no te fíes de tu siervo: porque si tú no lo guardas, huirá, engañado por otro: una bestia dorada será su dios, pero, si tú le ayudas, Señor, si no le privas de la luz de tu rostro adorable, si además él no huye de tu mirada, temerá y temblará y se quedará contigo.

Jesús, sobre mi cabeza está la impronta de tu sangre y, si el mundo intenta encantarme, esa sangre resplandezca a lo lejos y el mundo se apartará, sin haber extendido su mano (G. Gezelle, en A. Mor - J. Weisgerber, Le letterature del Belgio, Milán 1968).

 

 

Día 10

Sábado de la segunda semana de Adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 48,1-4.9-11

1 Entonces surgió el profeta Elías como un fuego, su palabra quemaba como antorcha.

2 Él hizo venir sobre ellos el hambre, y en su celo los diezmó.

3 Por la palabra del Señor cerró los cielos e hizo también bajar fuego tres veces.

4 ¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus prodigios! ¿Quién pretenderá parecerse a ti?

9 Fuiste arrebatado en torbellino ardiente, en un carro con caballos de fuego.

10 De ti está escrito que en los castigos futuros aplacarás la ira antes que estalle, para reconciliar a los padres con los hijos y restaurar las tribus de Jacob.

11 Felices los que te vieron y murieron fíeles al amor, porque también nosotros viviremos.

 

*» El elogio de los padres es la sección más original de toda la obra del Sirácida. El autor relee el pasado con una función didáctica para el presente y nos pinta una galería de "medallones" de los grandes personajes, buenos y malos, de la historia bíblica. Entre estos héroes, recoge la figura del profeta Elías. A Elías se le parangona al fuego por su celo, por su pasión ardiente por la causa del Señor, el Dios de Israel. Su vida, de hecho, la dedicó totalmente al servicio del Dios de Israel, en cuya presencia Elías vivía continuamente (cf. 1 Re 18,15).

Además de su ardiente predicación para llevar al pueblo al único Dios, los rasgos trazados por el Sirácida subrayan los aspectos taumatúrgicos, de acuerdo con las tradiciones populares de su época (w. 2-4). Pero el culmen del elogio de Elías está en la consideración de su destino singular (el rapto en el carro de fuego: v. 9), visto como una victoria sobre la muerte por obra del amor de Dios. Su figura es, pues, acicate para esperar una vida más allá de la muerte, una bienaventuranza plena que espera a los que, como Elías, «mueren fieles al amor».

Al motivo de su arrebato al cielo en la tradición judía (cf. Mal 3,24) se asocia el de la espera de su regreso, preparando a los hijos de Israel a la llegada de los tiempos mesiánicos (v. 10). El Nuevo Testamento heredará esta tradición judía del regreso de Elías viendo su cumplimiento en la persona de Juan Bautista.

 

Evangelio: Mateo 17,10-13

10 Los discípulos le preguntaron: -¿Por qué dicen los maestros de la ley que primero tiene que venir Elías?

11 Jesús les respondió: -Sí, Elías tenía que venir a disponerlo todo.

12 Pero os digo que Elías ha venido ya y no lo han reconocido, sino que han hecho con él lo que han querido. Del mismo modo van a hacer padecer al Hijo del hombre.

13 Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.

 

** Después de la transfiguración, Jesús, bajando del monte, mantiene con sus discípulos una conversación que trata de uno de los personajes de la visión: Elías. Refiriéndose a las discusiones rabínicas del papel de Elías, sobre la verdad y el significado de su regreso anunciado por Malaquías (3,23-24), Jesús declara aceptar la tesis de los que afirman la necesidad de una venida de Elías antes del juicio. Por otra parte, Jesús niega cualquier visión fantástica, comúnmente difundida, de un regreso de Elías e invita a los discípulos a discernir el plan de Dios que está manifestándose ante sus propios ojos. Por consiguiente, afirma que Elías ya ha venido, pero no lo han conocido, y que la suerte de Elías anuncia la del Hijo del hombre (v. 12).

Para llevar a los discípulos a la comprensión de la urgencia de la conversión, de la sanación de las relaciones intrapersonales y de la relación con Dios, Jesús identifica expresamente a Elías con el Bautista. Los discípulos comprenden tal identificación (v. 13). Resulta así claro que tal identificación no se desprende automáticamente de las Escrituras, sino que se revela a quien, desde la docilidad de la fe, está dispuesto a acoger la predicación de Juan con su invitación a convertirse y prepararse al encuentro del que viene. Por un momento, los discípulos parecen, pues, comprender; aunque muy pronto caerán de nuevo en la incomprensión, en su obstinada incredulidad (cf. Mt 15,20).

 

MEDITATIO

La figura del Bautista predomina en las lecturas litúrgicas de estos días de Adviento. Más que ponerme a considerar cuestiones históricas del personaje, hoy me siento llamado a meditar en el significado de su persona para mi vida, su parangón con el profeta Elias manifestado en el texto evangélico. La misión del Bautista trata, en analogía con la de Elias, dos puntos capitales también para mi vida: mi relación con Dios (que me pide volver a él) y el sanar mis relaciones con el prójimo.

Debo dejarme interpelar por el Bautista, cuya voz proclamaba con valentía, como el profeta Elias, el derecho de Dios sobre nuestra humanidad: darle a él sólo culto y buscar una adhesión integral de vida a la alianza con el Señor. En este sentido Juan es, como Elias, fuego irresistible, profeta cuya palabra ilumina mi camino y el de mi comunidad y se alza como juicio severo contra el pecado, contra cualquier infidelidad a la alianza.

Además, el hecho de que Elias y Juan fuesen perseguidos por los poderosos y no comprendidos por sus contemporáneos me plantea el serio riesgo que corro yo también de poner obstáculos al camino de la Palabra divina, a veces incómoda y desestabilizadora, pero me recuerda además que, a pesar de todas nuestras oposiciones humanas, la Palabra de Dios saldrá victoriosa.

 

ORATIO

«¡Dichosos los que te vieron, Elias, y murieron fieles al amor! También nosotros ciertamente viviremos».

Señor, te damos gracias por la esperanza que ilumina nuestras vidas y que da sentido a nuestras fatigas y esfuerzos por amar. Saber que vienes a encarnarte en nuestra frágil humanidad para posibilitarnos una vida llena y eterna contigo nos colma de aliento y gratitud.

Señor, te damos gracias porque eres el Dios que vienes a nuestro auxilio para traernos salvación y felicidad.

Señor, te damos gracias porque no has permitido que faltasen en nuestras vidas personas que, como Elias y el Bautista, han preparado de mil maneras nuestro encuentro contigo.

Te damos gracias por su constancia en los esfuerzos a pesar de las desilusiones, y te pedimos perdón si hemos sido sordos a tus llamadas, que nos diriges por medio de las palabras y vida de estos hermanos y hermanas.

Señor, te damos gracias por estos testimonios que nos han hablado de ti y que con el fuego de su amor han iluminado nuestro camino.

Que tu Espíritu nos inflame, para que también nosotros podamos ser fuego tuyo en el mundo.

 

CONTEMPLATIO

Si entramos con un corazón dócil en la Escritura, caminaremos de claridad en claridad bajo el firmamento de la Palabra sagrada, alegrándonos con ella por los designios eternos que descubren a nuestros ojos, admirando cada vez más a Jesucristo que se acerca, esperándolo con los patriarcas, viéndolo venir con los profetas.

Bajo este prisma, el cristiano logra una comprensión de la vida que ninguna otra experiencia podría darle. Dios nunca se aleja de su obra. Se sienta cobijado en la tienda de Abrahán, lo mismo que escala el Sinaí, entre relámpagos que anuncian su presencia (...). Todo está lleno de él.

¿Es posible volver de esta peregrinación sin sentirse conmovidos? ¿Es posible, para quien ha seguido estas huellas a la luz de la fe, no ser mejor? La Biblia es la fuente profunda de los consuelos de la humanidad, la boca de Dios que habla a su corazón; y, sobre todo, es el Cristo Hijo de Dios que le ha dado la salvación (H.-D. Lacordaire, Deuxiéme lettre á Emmanuel, en Études religieuses 758, Bruselas 1962, 66-67).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Felices los que te vieron y muñeron fieles al amor» (Eclo 48,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Estás muy preocupado por elegir bien tu trabajo. Tienes tantas opciones que estás constantemente abrumado por la pregunta: «¿Qué es lo que debo o no hacer?». Se te pide que respondas a muchas necesidades concretas (...).

De muchas formas todavía quieres decidir tu propio orden del día. Actúas como si tuvieras que escoger entre muchas cosas, todas igualmente importantes. Pero no te has rendido completamente a la dirección de Dios. Te empeñas en pelear con Dios sobre quién tiene el control.

Intenta entregar tu orden del día a Dios. Di constantemente: «Que se haga tu voluntad, no la mía». Entrega tu corazón entero y todo tu tiempo a Dios: adonde ir, cuándo y cómo responder. Dios no quiere que te destruyas. El agotamiento total, el sentirse quemado y la depresión no son signos de que estás haciendo la voluntad de Dios. Él es todo amor. Desea darte un sentido profundo de seguridad en su amor. Una vez que consientas en experimentar ese amor completamente, podrás discernir con más exactitud a quién has sido enviado en nombre de Dios.

No es fácil entregar tu orden del día a Dios. Pero, cuanto más lo hagas, el «tiempo de tu reloj» se convertirá más en «tiempo de Dios», y éste es siempre la plenitud del tiempo (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1997, 117-118).

 

 

Día 11

Tercer domingo de Adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 35,1-6a.8a. 10

1 Se alegrarán el desierto y el yermo, la estepa se regocijará y florecerá; florecerá como el narciso,

2 se regocijará y dará gritos de alegría; le han dado la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón; y verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios.

3 Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes,

4 decid a los cobardes: «¡Ánimo, no temáis!; mirad a vuestro Dios: trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvaros».

5 Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán,

6 brincará el cojo como un ciervo, la lengua del mudo cantará.

8 Cruzará por allí una calzada cuyo nombre será «Vía Sacra».

10 Por ella volverán los liberados del Señor. Llegarán a Sión entre gritos de júbilo; una alegría eterna iluminará su rostro, gozo y alegría los acompañarán, la tristeza y el llanto se alejarán.

 

*»• La presente lectura del profeta Isaías presenta una visión totalmente impregnada de gozo. No es necesario indagar el momento histórico en que se pronunció; habla, de hecho, de una transformación que no sólo los oyentes de Isaías, sino los oyentes de todos los tiempos y lugares, pueden interpretar según la propia situación.

Al comienzo se enuncia el tema: una transformación radical, anunciada con el símbolo de la estepa o desierto convertido en jardín (w. l-2a). Se explica a continuación (w. 2b-4) que dicho cambio radical es posible porque el Señor viene y manifiesta su gloria: «Mirad a vuestro Dios: trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvaros». Dios se pone de parte del pobre y se compromete a hacerle justicia (el «desquite») puesto que reconoce el valor de los sufrimientos padecidos y distingue entre el mal y el bien (la «recompensa»), llevando al hombre a la plenitud que ansia: el reconocimiento de su dignidad, la paz interior, la comunión con Dios (la «salvación»). La venida de Dios capacita de nuevo al hombre para la acción (las «manos débiles»), vuelve a poner en marcha a los inseguros (las «rodillas vacilantes») e imprime una nueva personalidad (el «corazón») capaz de decidirse con valentía.

Un signo particular de la salvación será la curación de los necesitados (w. 5-6a). Cualquier categoría desafortunada ya no lo será cuando reconozca a Dios presente. Finalmente, el símbolo de la «calzada»: será una calzada llana: la «Via sacra» que conducirá a los liberados hasta Sión, lugar de la presencia divina (v. 6). Es una promesa válida para siempre (v. 10), la de un Dios que, haciendo verdaderamente libre al hombre, le permite caminar hacia él, encontrar los hermanos en casa, de la que no están excluidos ni "ciegos" ni "cojos" ni "sordos".

 

Segunda lectura: Santiago 5,7-10

7 Así pues, hermanos, esperad con paciencia la venida del Señor. Ved cómo el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia las lluvias tempranas y tardías.

8 Pues vosotros lo mismo: tened paciencia y buen ánimo, porque la venida del Señor está próxima.

9 Hermanos, no os quejéis unos de otros, para que no seáis condenados, pues el juez está ya a las puertas.

10Tomad como modelo de constancia y sufrimiento a los profetas que hablaron en nombre del Señor.

 

**• Las presentes líneas de la carta de Santiago constituyen un buen ejemplo de "sabiduría" cristiana, en la que confluyen la tradición judía, de la que Santiago es un hijo ilustre, la enseñanza de Jesús y la reflexión de la Iglesia primitiva.

Todo lo que Santiago enseña aquí, lo hace a la luz de la «venida del Señor» (repetidas veces). El autor educa a sus destinatarios en una espiritualidad marcada por esta espera: nos prepara a una cita con el Señor. De ahí se desprenden muchos consejos estupendos de los que sólo algunos recoge la lectura de hoy. Sería provechoso ver también lo que sigue, leyendo entero el fragmento bíblico hasta el v. 20.

El consejo fundamental puesto hoy de relieve es el de la «paciencia» o, mejor todavía, de la «magnanimidad». De hecho sólo puede ser paciente -en el sentido de saber aguantar situaciones difíciles- quien sea magnánimo con una esperanza sólida y fuerte. La paciencia, a su vez, se expresa en sus diversos matices: «mirad al labrador», dice Santiago (v. 7). Se pone al agricultor como ejemplo de quien sabe esperar, pero no con una paciencia pasiva: tiene el gusto y el valor de sembrar porque tiene la certeza de que la semilla dará su fruto. En la misma dirección apunta la enseñanza de la paciencia de los profetas, que han hablado en nombre de Dios y han tenido la osadía de hacerlo, aunque el fruto con frecuencia era poco alentador, pero conscientes de que el éxito lo conocía el Señor.

Un segundo aspecto de la paciencia es el buen uso de la palabra en nuestras relaciones con los demás: el paciente tiene ánimo y sabe animar («tened buen ánimo», v. 8), y a la vez sabe evitar las continuas lamentaciones que no llevan a nada.

 

Evangelio: Mateo 11,2-11

2 Juan, que había oído hablar en la cárcel de las obras del Mesías, envió a sus discípulos

3 a preguntarle: -¿Eres tú el que tenía que venir, o hemos de esperar a otro?

4 Jesús les respondió: -Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: 5 los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia.

6 ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!

7 Cuando se marcharon, Jesús se puso a hablar de Juan a la gente: -¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?

8 ¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre lujosamente vestido? Los que visten con lujo están en los palacios de los reyes.

9¿Qué salisteis entonces a ver? ¿Un profeta? Sí, y más que un profeta. 10 Éste es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti; él te preparará el camino.

11 Os aseguro que entre los hijos de mujer no ha habido uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él.

 

**• La pregunta del Bautista: «¿Eres tú el que tenía que venir?», que domina la presente página del evangelio de Mateo, no expresa una mera curiosidad religiosa.

Juan estaba convencido de que el Mesías iba a inaugurar el Reino de Dios. Llevaba una vida ascética ejemplar llamando a penitencia a sus contemporáneos y fustigó las costumbres de los poderosos hasta ser encarcelado por tal motivo. Desde la prisión, manda a informarse acerca de los fundamentos de la "buena noticia" porque se ha jugado la vida sobre el sentido de lo que ha vivido hasta el presente. Ni siquiera el Bautista es una excepción en la oscuridad de la fe, ni goza desde el principio de una plena comprensión del proyecto de Dios que le puede preservar del escándalo (v. 6).

Jesús responde indicando lo que está haciendo; sus palabras (anuncia el evangelio a los pobres), sus acciones («Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo...»: v. 4), las Escrituras, mediante las cuales se pueden entender sus palabras y acciones (de hecho, espiga unas citas, tomadas la mayor parte de Is 35: «Los ciegos ven...»). Jesús sabe que a alguien que está disponible como el Bautista, el evangelio le habla por sí mismo; él comprenderá que Jesús es el que viene en nombre de Dios. Pero como el Bautista ha anunciado un Mesías un tanto diverso, juez severo, ministro de la ira de Dios, deberá estar dispuesto a rectificar su misma visión de Mesías.

También él debe convertirse. Mateo reserva al final una palabra dirigida al discípulo de Jesús: el Bautista era grande, pero no era más que un precursor, mientras que el discípulo ha conocido en plenitud el don de Dios, y por eso es más grande que el Bautista (v. 11). Su grandeza no estriba en una mayor estatura ascética y moral, sino en el don de Dios que ahora, en Jesús, se manifiesta plenamente.

 

MEDITATIO

Por boca de Isaías, Dios promete un mundo nuevo, construido a partir de los últimos: los desfallecidos cobran ánimo, los ciegos y sordos podrán ver y oír, a los débiles se les ayuda en su camino incierto. ¿Hemos visto alguna vez algo semejante? ¿Quién está en un mar de sufrimientos frente al que nos sentimos impotentes?

Además, junto a las enfermedades, prolifera aún más el mal que creamos nosotros con nuestras injusticias. ¿Hay alguien capaz de limpiar la tierra, para convertirla en un mundo de justicia según ese proyecto cantado por Isaías?

La respuesta de Jesús al Bautista todavía es válida para nosotros hoy: Jesús ya está llevando a cabo este cambio; nos da signos, pero debemos darles crédito, siguiéndole por el camino que ha elegido. El Reino de Dios llega sin ruido (será instaurado definitivamente sobre una cruz), pero si creemos podremos experimentar su fuerza y también nosotros nos comprometeremos en el verdadero cambio del mundo.

«Dichoso el que no se escandalice de mí»: en concreto viene a ser una llamada a creer. La vida aparentemente sigue como siempre, pero dichoso el que no se escandaliza de la forma "humilde" de la presencia del Mesías, sino que, por el contrario, reconocen en él la verdadera presencia de la acción de Dios que cambia y salva al mundo.

El que ha conocido en Jesús la pasión de Dios por el hombre, sabe comprometerse en la caridad, aunque no pueda enjugar todas las lágrimas del mundo, consciente de que sólo Dios puede salvar a la humanidad del mal.

Nuestra fe, la fe de la comunidad cristiana, se manifestará, según la enseñanza de Santiago, en un conjunto de obras, no vistosas sino preciosas, las obras cotidianas de una comunidad que, convertida a la esperanza, se apasiona por el destino de la humanidad, y aunque sufre por la lentitud, no se encoge de ánimo sino que lo ensancha abriéndolo al proyecto "increíble" de Dios.

 

ORATIO

«Dichoso quien no se escandalice de mí»: sostén nuestra fe, Señor Jesús, cuando esté a punto de escandalizarse por tu "debilidad". Danos la convicción y la sabiduría que animaba a tu apóstol Santiago: él, que conocía bien las promesas de Isaías, ha creído que tú las has realizado, aunque aparentemente parecía que nada había cambiado en el mundo tras tu paso. Danos también a nosotros la paciencia del agricultor, para sembrar esperanza.

Haz que acojamos con agradecimiento tu evangelio de gozo, la buena noticia a los pobres y enséñanos la paciencia; danos una fe firme. Concédenos la dicha de ser tus discípulos, tu misma alegría, la alegría del Padre en hacer el bien, aunque nos toque aparecer como perdedores. Reaviva en nosotros la memoria de los beneficios recibidos, para que aún hoy podamos apostar por tu evangelio y para que, aunque no reconozcamos tus caminos, continuemos como el Bautista siéndote fieles.

 

CONTEMPLATIO

Está escrito: «La esperanza prolongada hace daño al corazón», pero, aunque cansada por la tardanza de lo deseado, sigue segura de la promesa. Confiando en ella y depositando en ella toda mi capacidad de espera, añadiré esperanza a esperanza (...).

Señor Jesús, gracias te sean dadas. Yo una vez por todas me he anclado en tus promesas. Aun así, «ven en ayuda de mi incredulidad», para que morando allí, inmóvil, yo te espere siempre hasta que vea lo que creo.

Sí, creo «poder contemplar la bondad del Señor en la tierra de los vivos». Y tú, ¿lo crees? Que se fortalezca tu corazón y espere con paciencia al Señor. Aunque nos pide una larga paciencia, en otra parte promete venir enseguida. Por una parte quiere educarnos en la paciencia, por otra animar a los descorazonados.

«El tiempo es breve», sobre todo para cada uno de nosotros, aunque parezca largo al que se consume, bien por el dolor, bien por el amor (Guerrico de Igny, Sermones sobre el Adviento del Señor, 1, 3-4).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichoso el que se apoya en el Señor su Dios. Él mantiene por siempre su fidelidad» (Sal 145,5-6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La compasión es fruto de la soledad. Tenemos que admitir lo difícil que es ser compasivo, ya que requiere una actitud de disponibilidad para estar con otros allí donde son débiles, vulnerables, solitarios, rotos. No es nuestra actitud espontánea ante el sufrimiento.

Procuramos, ante todo, evitar el sufrimiento huyendo de él o tratando de encontrar una cura inmediata para el mismo. Lo cual significa ante todo hacer algo que demuestre que nuestra presencia es significativa. Olvidamos así nuestro mayor don: la capacidad de solidarizarnos con aquellos que sufren.

Esta solidaridad compasiva crece en la soledad. En la soledad nos damos cuenta de que nada humano nos es ajeno, de que las raíces de todo conflicto, guerra, injusticia, crueldad, odio, celos y envidia están fuertemente anclados en nuestro corazón. En la soledad, un corazón de piedra puede convertirse en un corazón de carne; un corazón rebelde, en un corazón contrito, y un corazón cerrado puede abrirse a todo aquel que sufre, en un gesto de solidaridad (H. J. M. Nouwen, El camino del corazón, Madrid 1986, 30-31).

 

 

Día 12

Lunes de la tercera semana de Adviento o 12 de diciembre,

Bienaventurada Virgen María de Guadalupe

 

LECTIO

Primera lectura: Números 24,2-7.15-17a

2 En aquellos días, Baloán levantó los ojos y vio a Israel acampado por tribus, el espíritu de Dios vino sobre él,

3 y pronunció este oráculo: Oráculo de Balaán, hijo de Beor; oráculo del varón clarividente;

4 oráculo del que escucha palabras de Dios, del que ve la visión del Poderoso, y cae en éxtasis con los ojos abiertos.

5 ¡Qué bellas son tus tiendas, Jacob, y tus moradas, Israel!

6 Son como torrentes que se alargan, como jardines junto al río, como áloes plantados por el Señor, como cedros junto a la corriente.

7 Los cántaros rebosan de agua, y aguas abundantes riegan su semilla.

Su rey es más alto que Agag y su reinado crece en poderío.

15 Y pronunció este oráculo: Oráculo de Balaán, hijo de Beor; oráculo del varón clarividente;

16 oráculo del que escucha palabras de Dios y conoce los designios del Altísimo; que ve la visión del Poderoso, y cae en éxtasis con los ojos abiertos.

17 Lo veo, pero no para ahora; lo contemplo, pero no de cerca: una estrella sale de Jacob, un cetro surge de Israel.

 

**• En una larga y compleja narración acerca del tiempo del camino por el desierto, el libro de los Números cuenta cómo Balaak, rey de Moab, para oponerse al paso de Israel, alquiló a un potente adivino pagano, Balaán, para que soltase sus sortilegios contra Israel y lo maldijera. Éste, sin embargo, en vez de aniquilar al pueblo, como indica su nombre "devorador", es confundido por el Señor y obligado a profetizar en favor de Israel.

La presente lectura propone algunos versículos del tercer y cuarto oráculos que pronunció. El primero anuncia la prosperidad y fecundidad de Israel, con la imagen de un campamento enorme de hermosas y ricas tiendas y la de un paisaje con plantas frondosas y abundancia de agua que indican la vitalidad (w. 5-7). El cuarto añade a los precedentes (w. 16-17) la descripción de una realeza ideal, que es una visión idealizada de la monarquía davídica, en cuanto destinataria de la promesa divina comunicada por el profeta Natán (cf. 2 Sm 7), y constituye el origen del mesianismo real. Balaán, en sustancia, debe profetizar el gran futuro de Israel, signo concreto de la fidelidad divina a la promesa dada a David.

«Una estrella sale de Jacob, un centro surge de Israel» (v. 17). El cetro es claramente símbolo de la realeza; la estrella, sin embargo, hay que vincularla a una idea difusa de la antigüedad: la aparición de un nuevo astro significaría o el nacimiento de un rey o un gran acontecimiento de la historia. Comienza aquí en el Antiguo Testamento el motivo difundido en el mundo judaico intertestamentario de la estrella como símbolo del Mesías, el "hijo de la estrella".

 

Evangelio: Mateo 21,23-27

23 Jesús entró en el templo, y mientras enseñaba, se le acercaron los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo y le dijeron: -¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado esa autoridad?

24 Jesús les respondió: -También yo os voy a hacer una pregunta. Si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto.

25 El bautismo de Juan, ¿de dónde venía, de Dios o de los hombres? Ellos discutían entre sí y comentaban: «Si decimos que de Dios, nos dirá: ¿Por qué no le creísteis?

26 Y si decimos que de los hombres, hay que temer a la gente, porque todos piensan que Juan era un profeta».

27 Así que respondieron a Jesús: -No sabemos. Entonces Jesús les dijo: -Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.

 

*»• El evangelista muestra a los adversarios de Jesús que protestan, por considerarla pretensión ilegítima, su juicio sobre el templo y la expulsión de los vendedores.

Preguntan en nombre de qué autoridad ha actuado de tal modo y sentenciado sobre la relación del pueblo con Dios. Jesús, por su parte, contraataca, pidiéndoles que se decidan en su postura sobre el bautismo de Juan (v. 25), y es que el bautizar había sido la acción más llamativa del Bautista. El Nazareno exige una alternativa clara y decidida. A través de la pregunta se ven obligados a hacer una seria reflexión de su propia actitud equivocada frente a Dios.

La pregunta de Jesús no es, como podría parecer al lector, una escapatoria táctica, un modo de desplazar el campo de atención evitando así dar una respuesta comprometedora. Se trata más bien de hacer una seria invitación a la conversión; pide tomar partido respecto a la predicación de Juan el Bautista, que había sido precisamente una llamada a la conversión.

Su predicación ponía a los jefes religiosos en una situación análoga a la deseada por Jesús. Su negativa a responder manifiesta su mala voluntad, su actuar con cálculos políticos de conveniencia (w. 25-26), olvidando que la primera obligación de los jefes, como de cualquier fiel, es la conversión. De lo contrario Dios puede callar ante el incrédulo, como sugiere la perentoria afirmación final de Jesús: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas» (v. 27).

 

MEDITATIO

La promesa mesiánica de la primera lectura nos invita a meditar en la fidelidad de Dios, en las promesas y en el poder del Señor que desbarata cualquier poder que se oponga a su proyecto de liberación, ya se trate de fuerzas humanas o suprahumanas. De hecho, en Balaán, obligado a profetizar en favor de Israel, descubro el ejemplo eficaz y alentador del irresistible triunfo del plan de Dios.

La lectura del evangelio me exige confrontar mis opciones con las exigencias evangélicas, preguntándome si no podré reconocerme a veces en la actitud de los adversarios de Jesús y si su reacción incrédula no será también el retrato de mi condición interior a la no disponibilidad.

¿No soy, tal vez, como los adversarios de Jesús que rechazan la invitación a tomar una decisión responsable frente a Dios? Seré como ellos si no me formo seriamente un juicio personal de fe sobre las vicisitudes de la vida, prefiriendo quedarme en términos de conveniencia y en otras consideraciones. El evangelio desenmascara muchas de mis preocupaciones demasiado humanas, dictadas no por el temor de Dios, sino por el deseo de conservar el poder o, sencillamente porque se cumplan mis apetencias. Mis deseos, si no buscan la voluntad del Señor, tienen la misma consistencia que los proyectos de Balaak y de Balaán confundidos y desbaratados por Dios en un instante.

 

ORATIO

Como hiciste con Balaán, oh Padre, descorre el velo de nuestros ojos, para que podamos admirar las maravillas que haces en medio de tu pueblo y para que se alegre nuestro corazón con y por tu pueblo, que adquiriste y formaste en tu Hijo.

Como hiciste con Balaán, oh Padre, descorre el velo de nuestros ojos para que podamos acoger en la fe a tu Hijo que viene. Que sea él la estrella que nos guía en el camino y que nos colma de gozo. Que su luz disipe las tinieblas de nuestro corazón, cuando damos vueltas a nuestros cálculos y lógicas que ignoran tu soberanía sobre nosotros. Que su luz ponga en claro la calidad de tantas de nuestras preocupaciones que se mueven no por tu santo temor, sino por el deseo miope de conservar nuestros ridículos tesoros y de que se ejecuten nuestros proyectos.

Ahora, como hiciste antaño con Balaán, obligándole a profetizar en favor de tu pueblo, Padre, ayúdanos a recordar que sólo tus planes tienen éxito y que nada se puede oponer a tu querer soberano.

 

CONTEMPLATIO

Lo que les pasa a los que desde la cumbre de una montaña alta miran hacia abajo un mar profundo e insondable, es lo que me pasa a mí cuando bajo los ojos desde la altura de la misteriosa frase del Señor: «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». La promesa de Dios es tan grande que supera los últimos límites de la felicidad. ¿Existe otro bien que se pueda desear? El que ve a Dios ha obtenido todos los bienes, una vida sin ocaso, la bienaventuranza inmortal, un gozo perenne, la verdadera luz, una paz espiritual y dulce, una perpetua alegría. Pero ¿acaso la pureza de corazón no es una de esas virtudes inalcanzables porque supera nuestra naturaleza? Las cosas no son así (...).

Me parece que Dios desea mostrarse cara a cara al que tenga el ojo del alma bien purificado. Si, por consiguiente, remueves las malezas que han cubierto tu corazón, resplandecerá en ti la belleza divina. Este sublime espectáculo ¿en qué consiste? En la santidad, en la simplicidad y en todos los resplandores radiantes de la naturaleza divina por los cuales se ve a Dios (Gregorio de Nisa, Homilías, 6, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «[Dichoso] el que escucha la Palabra de Dios y conoce la ciencia del Altísimo» (Nm 24,4.16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿De verdad quieres convertirte? ¿Quieres ser transformado? ¿O bien mantienes fuertemente con una mano tus viejos modos, mientras con la otra suplicas a la gente que te ayude a cambiar?

La conversión es algo que no puedes regalarte a ti mismo. No es cuestión de fuerza de voluntad. Tienes que confiar en la voz interior que te muestra el camino. Conoces esa voz. Te miras en ella a menudo.

Pero después de haber oído con claridad lo que se te pide que hagas, empiezas a poner pegas y a buscar la opinión de los demás. De esa forma te ves atrapado en una incontable variedad de opiniones, sentimientos e ¡deas contradictorios, y pierdes el contacto con Dios que está contigo. Así terminas por depender de las personas que te has buscado para que estén a tu alrededor. Sólo con una atención constante a la voz interior te convertirás a una nueva vida libre y gozosa (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1997, 20).

 

 

Día 13

  13 de Diciembre, conmemoración de

Santa Lucía

 

LECTIO

Primera lectura: Sofonías 3,1-2.9-13

Así dice el Señor:

1 ¡Ay de la ciudad rebelde, impura y opresora!

2 No ha escuchado nunca la llamada, no ha aceptado la corrección, jamás ha confiado en el Señor, no ha recurrido a su Dios.

9 Yo daré entonces a los pueblos labios puros, para que todos invoquen el nombre del Señor y le sirvan todos unidos.

10 Desde el otro lado de los ríos de Etiopía, los que me adoraban y yo dispersé, me traerán sus ofrendas.

11 Aquel día no tendrás que avergonzarte de las perversas acciones con las que te rebelaste contra mí. Extirparé a tus arrogantes fanfarrones de en medio de ti, y no volverás a engreírte en mi monte santo.

12 Yo dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que buscará refugio en el nombre del Señor.

13 El resto de Israel no cometerá más iniquidad, no dirá más mentiras, ni hablará con falsedad. Se alimentarán y reposarán sin que nadie los inquiete.

 

**• El comienzo de este fragmento litúrgico relata una amenaza del Señor contra los jefes de la nación, que buscan sólo su propio interés en vez de dedicarse a la fe del pueblo. Sin embargo, después del juicio aparece una palabra de esperanza, en la que la purificación del pueblo y de Jerusalén mira a la promesa de la alegría mesiánica y la reunión de los dispersos (cf. Sof 3,14-20). El anuncio de la purificación de los pueblos (v. 9) que abandonan el culto a otras divinidades y elevan su profesión de fe al Señor manifiesta la espera profética de una profunda renovación de la humanidad por obra del Señor.

Esta renovación consiste en la conversión del corazón humano, que se traduce en acoger la ley divina, en el culto al Dios verdadero. Es una transformación antropológica que afecta sobre todo al pueblo de Dios, en el que desaparece todo rastro de soberbia, como síntesis del pecado humano, de un orgullo que tiende a ocupar el puesto de Dios (v. 11). El pueblo del tiempo de la salvación al que se promete el descanso y la paz es un «resto» (v. 13), es decir, un grupo políticamente frágil y culturalmente irrelevante y despreciado, que no puede precisamente presumir de sus propias fuerzas, sino que experimenta con gratitud la fidelidad de su Dios. Está constituido por los "pobres del Señor" (v. 12), o sea, los que tienen a Dios como único recurso de su propia vida y confían plenamente en él traduciendo su humilde confianza en una obediencia práctica de la voluntad divina.

 

Evangelio: Mateo 21,28-32

28 En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Anda, hijo, ve a trabajar hoy en la viña».

29 Él respondió: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue.

30 Luego se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él respondió: «Voy, señor». Pero no fue.

31 ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre? Le contestaron: -El primero. Entonces Jesús les dijo: -Os aseguro que los publícanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de Dios.

32 Porque vino Juan a mostraros el camino de la salvación y no le creísteis; en cambio los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y vosotros, a pesar de verlo, no os arrepentisteis ni creísteis en él.

 

**• Los jefes del pueblo, que en el contexto precedente aparecían como interlocutores malévolos de Jesús (cf. Mt 21,23-27), no tienen intención de escucharle. Jesús pone al desnudo su incoherencia y los provoca con la perspectiva de una ventaja religiosa de los publicanos y prostitutas con respecto a ellos. Y lo hace con la parábola de los dos hijos distintos, que se aclara teniendo como trasfondo, aceptado tanto por el Bautista como por Jesús, la tradición veterotestamentaria sobre la necesidad de la «justicia», esto es, de una fe que busca llevar a la práctica fielmente la voluntad de Dios en el día a día.

La parábola no exalta a los pecadores y desprecia a los devotos, como puede parecer basándonos en ciertas lecturas sesgadas, sino que anuncia la extraordinaria cercanía de Dios al pecador, al que ofrece siempre un cambio de vida. También aparece la denuncia de la frecuente incoherencia de tantos creyentes, ejemplarizados en el primer hijo, cumplidores sólo de boquilla. La confrontación llamativa entre publicanos y prostitutas y los hombres de religión (w. 31-32) no es tanto una condena de estos últimos por parte de Jesús, cuanto una última llamada apremiante a la conversión.

 

MEDITATIO

La parábola de los dos hijos es una severa admonición para mí si, como el primer hijo, respondo afirmativamente, pero luego no voy a trabajar a la viña. Debo hoy poner sobre el tapete mis incoherencias y la obediencia meramente formal, cuando antepongo a las exigencias del evangelio mi pequeño «yo». El riesgo no es sólo el no cumplimiento, sino también el reducir mi justicia moral y religiosa a una imagen de fachada, mientras mi corazón olvida la amorosa inquietud de la búsqueda sincera de la voluntad de Dios.

Resulta por tanto importante la contemplación del paradójico estilo de nuestro Dios, que llama a la conversión incluso a los más lejanos y derrama sus bendiciones a los pobres, a los que sólo confían en él sin poder presumir de sí mismos ni de sus méritos. La parábola evangélica de los dos hijos diversos me interpela sobre la suma importancia de la humildad como cualidad necesaria de la fe que da acceso al reino de Dios. Y, por otra parte, esta dura palabra evangélica me llena también el corazón de gratitud, recordándome que Dios ama a los que no se apoyan en sus propios méritos, sino que, confiando sólo en su misericordia y su fidelidad, están dispuestos a cambiar realmente de vida.

 

ORATIO

Tu Palabra hoy nos fustiga y nos consuela. Nos fustiga porque cuando nos invitas a trabajar en tu viña, como el hijo mayor de la parábola, con frecuencia respondemos: «Sí, Señor»; pero luego no vamos. Estamos demasiado ocupados y preocupados por nuestro «yo» para estar de veras disponibles a buscar sinceramente tu voluntad. Socórrenos con tu Espíritu, para que podamos velar sobre nosotros mismos con el fin de que nuestra adhesión a tu voluntad no se reduzca a palabras huecas.

Pero, además de fustigarnos, tu Palabra nos consuela, porque nos recuerda que incluso a aquel que esté más aferrado al mal le quieres dirigir una palabra de salvación dándole la oportunidad de arrepentirse, de cambiar de vida, de romper con la obstinación del corazón.

Con humildad y confianza acudimos a ti, Dios que ama a los que no confían en sus propios méritos, y confiamos únicamente en tu misericordia y fidelidad.

 

CONTEMPLATIO

Oh pueblos, oh tierra entera, gritemos al Señor, y escuchará nuestra oración, porque el Señor se alegra del arrepentimiento y de la conversión de los hombres. Todas las potencias celestes esperan que también gocemos de la suavidad de Dios y contemplemos la belleza de su rostro. Cuando los hombres conservan el santo temor de Dios, la vida en la tierra es serena y dulce. Ahora, sin embargo, los hombres han comenzado a vivir según su propia voluntad y su razón, y han abandonado los santos mandamientos, y esperan encontrar felicidad sin el Señor, no sabiendo que sólo el Señor es nuestra verdadera alegría y sólo en el Señor el hombre encuentra felicidad. Él caldea el alma como el sol reaviva las flores del campo y como el viento le acuna, infundiéndole vida.

Señor, dirige tu pueblo hacia ti, para que conozca tu amor y todos vean en el Espíritu Santo la mansedumbre de tu rostro: que todos gocen aquí en la tierra de la visión de tu rostro y -viéndote como eres- se asemejen a ti. Gloria al Señor, porque nos ha concedido el arrepentimiento y por medio del arrepentimiento todos seremos salvados sin excepción (Archimandrita Sofronio, Silvano del Monte Athos, Madrid 1996, 314).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde» (Sof 3,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El pueblo mesiánico, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como de instrumento de redención universal y lo envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16).

Así como el pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (2 Esd 13,1; Nm 20,4 Dt 23,1 ss), así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cf. Heb 13,14), también es designado como Iglesia de Cristo (cf. Mt 16,18), porque fue El quien la adquirió con su sangre (cf. Hch 20,28), la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social. Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús el autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutífera. Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos. Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso (LG, 9).

 

 

Día 14

  14 de diciembre, conmemoración de

San Juan de la Cruz

 

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 45,6b-8.18.21b-25

6b Yo soy el Señor, y no hay otro.

7 Yo formo la luz y creo las tinieblas, construyo la paz y creo las desdichas. Yo, el Señor, hago todo esto.

8 Cielos, destilad el rocío; nubes, lloved la liberación; que la tierra se abra, que brote la salvación, y junto con ella germine la justicia. Yo, el Señor, lo he creado.

18 Así dice el Señor, creador del cielo -él es Dios-, él modeló la tierra, la fabricó y la afianzó; no la creó vacía, sino que la formó habitable: «Yo soy el Señor, y no hay otro». No hay otro Dios fuera de mí.

21b Yo soy un Dios justo y salvador, y no existe ningún otro.

22 Volveos a mí y os salvaréis, confines de la tierra, pues yo soy Dios y no hay otro.

23 Por mí mismo lo juro, de mi boca sale una sentencia, una palabra irrevocable: «Ante mí se doblará toda rodilla, por mí jurará toda lengua».

24 Dirán: «La salvación y el poder vienen sólo del Señor».  Quedarán en ridículo todos los que se enfrentaban a él.

25 Con el Señor triunfará y será grande toda la estirpe de Israel.

 

**• Las palabras del profeta dirigidas a Ciro son un himno a Dios que, a través de su Ungido, ejecuta la salvación (cf. Is 45,1). Se afirma decididamente que sólo el Dios de Israel es el Señor, porque hace todo (luz y tinieblas; salvación y desgracia) y es el creador, es decir, su acción es el origen de todo "radicalmente nuevo", desde el primero al último día. En todo el fragmento aparece una expresión singular: «Yo soy YHWH» (cf. w. 5.6.14.18.22), que es un modo de afirmar la unicidad de Dios, su poder y su señorío absoluto sobre la historia del hombre.

Su poder se manifiesta en la creación del mundo, realidad vacía y sin sentido pero con el fin positivo y altísimo de ser la morada de la humanidad (v. 18). Pero el culmen de su señorío se manifiesta más en su querer y poder salvar a la humanidad (w. 21-22) y en suscitar en la búsqueda sincera de la justicia y el bien (v. 8). Así se revela como «Dios justo» (v. 21), es decir, capaz de instaurar una relación de comunión y de alianza, y por consiguiente es «Dios salvador».

Sobre todas las cosas, mundo y humanidad, Dios domina soberano y nada puede oponerse a su voluntad: el actuar divino en favor de los fieles, aun siendo misterioso e imprevisible, está patente a los ojos de todos y manifiesta su incomparabilidad y unicidad. Éste es el Dios que Israel, como pueblo de Dios, debe dar a conocer a los demás pueblos.

 

Evangelio: Lucas 7,19-23

En aquel tiempo, Juan envió a dos de sus discípulos a preguntar al Señor: -¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de esperar a otro?

20 Ellos se presentaron a Jesús y le dijeron: -Juan el Bautista nos envía a preguntarte: ¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de esperar a otro?

21 En aquel momento, Jesús curó a muchos de sus enfermedades, dolencias y malos espíritus, y devolvió la vista a muchos ciegos.

22 Después les respondió: -Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia;

23 y dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo.

 

*» Lucas, presentando al Bautista, nos muestra la figura de un creyente que ha optado vivir por Dios en cada instante. Él se ha unido a su Dios siempre, lo ha sentido increíblemente cercano y creyó reconocerlo en un misterioso hombre de Galilea, venido a bautizarse por él en el Jordán: Jesús de Nazaret (cf. 3,16-17).

Pero en su soledad y oscuridad de la prisión herodiana, un enorme temor le llena de tristeza: ¿Acaso se equivocó respecto al que señaló como cordero de Dios? A pesar de todo, la fe de Juan es mayor que su duda. Así, en vez de poner en tela de juicio su espera, manda una embajada a Jesús, pidiendo luz y ayuda para comprender. Juan se reduce más a lo esencial, se hace más pobre si cabe, preguntándose simplemente: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?» (v. 19).

Y Jesús responde a la pregunta de Juan, indicando lo que hace ante los ojos de los enviados por el Bautista (v. 21). Pero no son sencillamente los milagros los que responden en su favor remitiéndose a los textos bíblicos del Antiguo Testamento, sino también el hecho de que en sus obras se descubren los signos del comienzo de una humanidad nueva, que sabe acoger la Palabra de Dios, ver sus maravillas y caminar por sus sendas: «Los ciegos ven, los cojos andan... los sordos oyen...» (v. 22ab).

Pero sobre todo contesta al profeta encarcelado: «a los pobres se les anuncia la buena noticia» (v. 22c). Un pobre como el prisionero Juan comprenderá y no se escandalizará ante el estilo paradójico del actuar de Dios en Jesús; antes bien, será realmente «dichoso» (v. 23).

 

MEDITATIO

La palabra evangélica me presenta hoy al Bautista como testigo de Cristo con su vida. En Juan se me presenta la figura del verdadero pobre declarado dichoso por Jesús, el creyente que camina en la paciencia y sabe corregir las propias apreciaciones de la espera según el estilo imprevisible del venir de Dios. Por esta razón, puede ahondar en su propia esperanza hasta el testimonio supremo.

De la figura evangélica del Bautista también aprendo que la fe más fuerte y sincera puede coexistir con la duda y que sólo hay un modo para vencer esta duda que atenaza el corazón. Juan me recuerda que sólo puedo superar la prueba con la oración: renunciando a poner en tela de juicio la promesa de Dios y revisando mis limitados modos de comprender la promesa divina y de esperar su cumplimiento, ahí es donde encuentro la paz.

A esa fe que invoca, Dios responderá regalándome un nuevo modo de ver las cosas que me permite contemplar los signos de su amor en mi vida y los signos de esa humanidad nueva que sigue creando todavía hoy. Descubro así la verdad de la palabra del profeta Isaías, según el cual, más allá de los aparentes desmentidos de la historia, el Señor puede y quiere salvar a su pueblo, aun cuando su actuación no deja de ser en gran parte misteriosa y refractaria a toda comparación con las soluciones humanas para tales problemas.

 

ORATIO

«Cielos, destilad el rocío; nubes, lloved la liberación; ábrase la tierra y brote la salvación». Con el profeta Isaías te invocamos en estos días que preparan el nacimiento de tu Hijo, en los que el cielo y la tierra se encuentran y tu divinidad se une a nuestra humanidad para realizar el admirable intercambio: Dios se hace hijo del hombre, para hacernos a los hombres sus hijos.

Esta certeza de fe no impide que broten en mi corazón dudas y temores. A veces llego a pensar que mi vida sea un camino infinito, sin final. Lo único que me queda es ser yo mismo y dirigirte, Señor, con todo mi ser, una plegaria, pues sólo en ti está la victoria y el poder.

Como el Bautista me dirijo a ti, para que tu luz me ayude a contemplar los signos de la nueva humanidad que estás creando ya ahora en nuestro mundo.

 

CONTEMPLATIO

Dios y Señor mío: atiende a mi corazón y escuche tu misericordia mi deseo, porque no sólo me abrasa en orden a mí, sino también en orden a servir a la caridad fraterna; y que así es, lo ves tú en mi corazón. Dame lo que debo ofrecer porque soy un mendigo necesitado, tú eres «rico con los que te invocan». Tú, libre de toda necesidad, y que seguro cuidas de nosotros.

Señor, Dios mío, luz de los ciegos y fortaleza de los débiles y también luz de los que ven y fortaleza de los fuertes, atiende a mi alma. Porque si no estuviesen aún en lo profundo tus oídos, ¿adonde iríamos, adonde clamaríamos?

Si llamo a la puerta, no la cierres. Apaga mi amor, porque ya amo y esto es don tuyo. No abandones tus dones ni desprecies a tu hierba sedienta. Te conjuro por nuestro Señor Jesucristo, por medio del cual has venido en mi búsqueda; yo que no te buscaba y me has buscado para que te buscase (San Agustín, Confesiones, XI,2).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Volveos a mí y os salvaréis» (Is 45,22).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En el Tiempo de Adviento debe movernos una pregunta, la pregunta sobre el que debe venir. ¿Qué significa esta pregunta? ¿Qué se entiende por «el que ha de venir»?

En tiempos del Bautista y de Jesús en todos los corazones del pueblo hebreo estaba muy viva la pregunta sobre el que debía venir y la esperanza en él. Se trata de la esperanza del Mesías, el rey del dichoso fin de los tiempos, que vendrá a poner fin a toda miseria e injusticia en la tierra y a inaugurar el señorío de Dios, señorío de justicia y salvación. Esta esperanza nació de las palabras de los antiguos profetas, cuidadosamente recogidas en la Escritura, y había penetrado en los corazones anhelantes. De tal esperanza nace a su vez la pregunta: ¿Cuándo vendrá el esperado? ¿Quién será? «Centinela, ¿cuánto queda de la noche?» (Is 21,11).

En base a esta esperanza se le hace a Jesús la pregunta: ¿Eres tú aquél? La pregunta brota de tal esperanza. Y sólo la podremos plantear si esa esperanza sigue viva en nosotros. La pregunta carece de sentido para los satisfechos de que el mundo sea como es. Sea porque para ésos el mundo constituye el lugar donde disfrutar de la vida, sin hacer caso de las sombras que lo invaden, ateniéndose sólo a la luz, despreocupando la mente de todo y acogiendo la alegría como llega, día a día. Sea que para ésos el mundo constituya el lugar de la lucha y la fatiga, en que el hombre, los hombres crean en comunidad sus obras, las cuales recompensan por la dedicación y el sacrificio que cuestan y hacen la vida aceptable (R. Bultmann, Prediche di Marburg, Brescia 1973, 213-214).

 

 

Día 15

Jueves de la tercera semana de Adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 54,1-10

1 Canta de alegría, estéril, tú que no dabas a luz; rompe a cantar de júbilo, tú que no conocías los dolores de parto, porque serán más los hijos de la abandonada que los hijos de la casada, dice el Señor.

2 Ensancha el espacio de tu tienda, despliega tus toldos sin miedo, hinca tus estacas y alarga tus cuerdas,

3 porque te extenderás a derecha e izquierda; tu descendencia heredará naciones y poblará ciudades desiertas.

4 No temas, no quedarás en ridículo; nadie te afrentará ni te sonrojará. Olvidarás la vergüenza de tu soltería, dejarás de recordar el oprobio de tu viudez;

5 pues tu esposo es tu Creador, su nombre es el Señor todopoderoso; tu libertador es el Santo de Israel -se llama Dios de toda la tierra-.

6 El Señor te vuelve a llamar como a mujer abandonada y abatida. ¿Podrá ser repudiada la esposa de juventud? Esto dice tu Dios:

7 Por un breve instante te abandoné, pero ahora te acojo con inmenso cariño.

8 En un arrebato de ira te oculté mi rostro por un momento, pero mi amor por ti es eterno -dice el Señor, tu libertador-.

9 Me sucede como en tiempos de Noé, cuando juré que las aguas del diluvio no volverían a anegar la tierra; ahora juro no volver a airarme contra ti, ni amenazarte nunca más.

10 Aunque los montes cambien de lugar, y se desmoronen las colinas, no cambiará mi amor por ti, ni se desmoronará mi alianza de paz, dice el Señor, que está enamorado de ti.

 

**• En la presente profecía Isaías presenta a Sión, es decir, la comunidad engendrada por la muerte del Siervo del Señor (Is 53), que es la que experimenta la renovación de la alianza, el reflorecer un amor conyugal y el alegrarse de una íntima, amorosa relación que une a Dios con su pueblo redimido.

El profeta repasa la historia del pueblo elegido, sirviéndose del simbolismo del amor esponsal entre Dios y Sión. Así el destierro se parangona con la viudez o repudio (v. 4), y la tragedia que había convulsionado a los habitantes de Jerusalén se presenta como la triste condición de esterilidad de una mujer ansiosa de tener numerosos hijos (v. 1). Pero el Señor cambia la suerte de su pueblo y así Jerusalén, con la vuelta de los desterrados y la repoblación de la ciudad, puede experimentar sensiblemente la vitalidad de un amor que parecía irremediablemente acabado. La nueva milagrosa fecundidad será signo de la bendición del esposo divino que, en realidad, nunca rechazó la propia esposa, aunque en los momentos dolorosos y sombríos afrontados por el pueblo hizo pensar a Sión que estaba olvidada y hasta castigada por el mismo Dios. Como, tras el diluvio, Dios se comprometió con Noé en una alianza eterna (cf. Gn 9,9ss), ahora al pueblo de los desterrados les promete una alianza incondicional, eterna, porque no se basa en posibles infidelidades de Sión, sino en el indefectible amor divino (w. 9-10).

 

Evangelio: Lucas 7,24-30

24 Cuando los mensajeros se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a la gente: -¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?

25 ¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre lujosamente vestido? Los que visten con lujo y se dan buena vida están en los palacios de los reyes.

26 ¿Qué salisteis entonces a ver? ¿Un profeta? Sí, incluso más que un profeta.

27 Éste es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti; él te preparará el camino.

28 Os digo que entre los nacidos de mujer no hay otro mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.

29 Todos los que escucharon a Juan, incluidos los publicanos, acogieron la oferta de Dios y recibieron su bautismo,

30 pero los fariseos y los doctores de la ley frustraron el plan de Dios para con ellos y rechazaron el bautismo de Juan.

 

**• Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, Jesús comienza a hablar del Bautista a la gente, haciendo preguntas para suscitar el asentimiento de los oyentes. Quiere llevarles a que reconozcan en Juan no sólo un profeta, sino sobre todo el que ha abierto camino a Cristo.

Juan es el profeta auténtico que busca a Dios en el desierto, en la penitencia, con fe firme, no vacilante y ajena a cualquier compromiso con el mundo del poder, del aparentar (w. 24-25). Y, sin embargo, esta interpretación de la figura de Juan, como profeta que ha dedicado toda su vida a la causa de Dios, no llega al nivel más profundo del significado de su misión. Jesús indica a Juan como el mensajero prometido por Malaquías (Mal 3,1), esto es, el que abre camino al Mesías, el que señala una etapa radicalmente nueva de la historia de la salvación, cuando reclama que debemos reconocer la necesidad de conversión.

Pero el elogio del Bautista por parte de Jesús es también una seria reprobación para el que se tiene por justo, sin necesidad de conversión. La sentencia evangélica final es particularmente severa (v. 30). Va dirigida a los hombres de religión que, presumiendo de justos, no han acogido la predicación de Juan ni su bautismo de purificación.

Pues bien, según Jesús, éstos han frustrado, con su comportamiento, el mismo designio salvífico de Dios para con ellos.

 

MEDITATIO

La lectura de Isaías nos lleva a meditar en el amor esponsal del Señor y en el papel positivo que la prueba puede asumir en el camino de la fe. Se nos invita a reconocernos en la figura femenina de Sión, que si bien se sentía «abandonada y con el ánimo afligido», ahora experimenta la alegría de sentirse amada por un esposo fiel, que no repudia a la compañera de la juventud, sino que la ama con mayor ternura. Una vez más debemos reconocer que la prueba de la fe nos abre a una acogida de comunión más profunda, simbolizada en la unión de hombre y mujer, y a una confianza más arraigada en la fidelidad divina.

La lectura evangélica, por su parte, nos estimula al testimonio, por medio de la meditación de la figura de Juan, testigo de Cristo. La firmeza de su persona apunta a la cualidad que requiere nuestro testimonio, que exige fortaleza, valentía y perseverancia.

Finalmente, la condena última de Jesús, dirigida a los que hacen vanos los designios de Dios (Lc 7,30), es un aviso saludable para nosotros en el caso de que dejemos pasar la escucha de la Palabra de Dios como ocasión de sincera conversión.

 

ORATIO

«Por un breve instante te abandoné, pero ahora te acojo con inmenso cariño. En un arrebato de ira te oculté mi rostro por un momento, pero mi amor por ti es eterno -dice el Señor, tu libertador-» (Is 54,7-8).

Hoy, Señor, quiero cantar tu fidelidad, tu amor invencible, tu ternura ilimitada. Tú eres el Dios cercano, cuyos caminos son todos verdad, tú el esposo de Sión, tú el redentor de Israel. Tú te has inclinado a nuestra pobreza y nos has enriquecido de ti, has bajado a nuestro pecado y nos has curado, has alejado nuestro sonrojo y nos has revestido de ti mismo.

Tú nos has abierto las puertas del Reino en el que el más pequeño es inmensamente grande porque es tu hijo, por el que tu mismo Hijo unigénito se ha hecho hombre y ha muerto en cruz.

Tú por nosotros has rasgado el cielo y en la plenitud de los tiempos nos has enviado a tu Hijo, que se ha constituido en nuestro compañero de viaje, nuestro hermano y nuestro Señor.

 

CONTEMPLATIO

En el hombre todo era luminoso, sin tinieblas; hermoso, sin fealdad; puro, sin mancilla... Pero ¡oh desgracia sin igual! Ese vaso del todo divino se quiebra en mil pedazos; esta hermosa estrella cae; este hermoso sol se cubre de lodo; el hombre peca, y pecando, pierde la inocencia, la hermosura y la inmortalidad. En fin, pierde todos los bienes recibidos y se ve asaltado por una infinidad de males (...) La Sabiduría eterna conmuévese vivamente ante la desgracia del pobre Adán y de toda su posteridad. Contempla con suma pena el vaso de honor hecho pedazos, rasgado su retrato, aniquilada su obra maestra. Queriendo salvar al hombre desventurado, a quien se sentía inclinada a amar, halló un remedio admirable.

¡Proceder asombroso, amor incomprensible llevado hasta el exceso! Su ofrecimiento es aceptado; su consejo, tomado y decretado: el Hijo de Dios se hará hombre en el momento conveniente y en las circunstancias de antemano señaladas. La Sabiduría eterna, durante todo el tiempo que transcurrió antes de su encarnación, testimonió de mil maneras a los hombres el amor que les profesaba. Ella misma se ha difundido por diversas naciones, en las almas santas, para formar en ellas amigos de Dios y profetas (Luis María Grignion de Montfort, El amor de la Sabiduría eterna, Madrid 1954, 38-47, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mi amor por ti es eterno, dice el Señor» (Is 54,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Pertenecemos al grupo de los que sufren por este mundo? ¿De los que miran más allá de lo invisible, hacia fo invisible? ¿Pertenecemos a los que esperan, aguardan al que debe venir? Éstas son las preguntas del Adviento. Si somos de éstos, nuestra pregunta, como la del Bautista, se dirige a Jesús: «¿Eres el que ha de venir?». ¿Es de verdad él, el que trae consigo el reino de la paz? Si fuese él ya se debería haber efectuado. Si es él quien debe venir, ya ha existido desde hace más de 2.000 años. ¿Se ha transformado el mundo?

Esto es lo que afirma la comunidad cristiana: él ya ha venido y ha traído con él el mundo nuevo y, sin embargo, él es todavía uno que debe venir. Gracias a su venida se ha transformado totalmente nuestro modo de ver el mundo y el tiempo. Su venida no es un acontecimiento de la historia del mundo que aconteció y pasó sin más; se trata más bien de un acontecimiento que significa el final de la historia.

Los que creen en él se sustraen a la corriente del tiempo para sumergirse en la eternidad; poseen la verdad, la pureza, la vida; como la miseria es la muerte, ya no pueden caer en desesperación, ni el mal puede espantarnos ni fuera ni dentro de nosotros: ha desaparecido, absorbido por la gracia de Dios.

De todo esto el cristianismo está seguro por la fe. Y la peculiar situación de los cristianos es tal que, mientras estén en la tierra, deben recorrer su camino en la fe y no en la visión. Ésos, que en Cristo no pertenecen a este mundo ni a este evo, aunque continúan estando en el tiempo. Y dado que la venida de Jesús no es un mero acontecimiento del pasado, sino el fin de toda la historia, el que ha venido es a la vez el que debe venir y será así hasta el fin del mundo y del tiempo. Para nosotros, que continuamos viviendo en la historia, él es siempre el que Viene, el que siempre nos arranca, nos levanta más arriba de la vida y de la actividad temporal y de cuanto en ello existe de perecedero y mísero, del pecado y la muerte (R. Bultmann, Prediche di Marburg, Brescia 1973, 221-222).

 

 

Día 16

  Viernes de la tercera semana de Adviento

LECTIO

Primera lectura: Isaías 56,1-3a.6-8

1 Así dice el Señor: Guardad el derecho, actuad con rectitud, pues ya llega mi salvación y está a punto de revelarse mi liberación.

2 Dichoso el hombre que actúa así, el mortal que se mantiene fiel, que observa el sábado, y no lo profana, y que evita actuar perversamente.

3a Que no diga el extranjero que se ha unido al Señor: «Sin duda, el Señor me separará de su pueblo».

6 Y a los extranjeros que deciden unirse y servir al Señor, que se entregan a su amor y a su servicio, que observan el sábado sin profanarlo y son fieles a mi alianza,

7 los llevaré a mi monte santo, y haré que se alegren en mi casa de oración. Aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; pues mi casa será casa de oración para todos los pueblos.

8 Oráculo del Señor, que reúne a los dispersos de Israel y reunirá otros a los ya reunidos.

 

*• El mensaje del profeta Isaías cobra un aire universalista y lleno de entusiasmo por la ciudad de Sión, concebida como el centro universal, desde el que Dios irradia su gloria. La profecía comienza con una exhortación a practicar la justicia (v. 1), porque es el camino que indica la sabiduría capaz de conducir a la dicha (v. 2). A continuación se proponen dos casos extremos, el extranjero y el eunuco, que podría pensarse que están excluidos de las promesas de Dios. Después de la respuesta al eunuco, se dirige al extranjero (w. 6-8) y se indica la necesidad de una síntesis entre culto y vida, como condición para poder acceder al servicio divino.

El profeta Isaías utiliza aquí el mismo lenguaje que el Levítico usa para los levitas, más aún, hace un parangón entre la situación del levita respecto a los sacerdotes de primera fila y la de los extranjeros respecto a la comunidad cultual de Jerusalén. Así como el levita tiene derecho a ser acogido en el cuerpo sacerdotal para servir al Señor, también el extranjero tendrá derecho a entrar en la comunidad cultual. Is 66,21 avanzará más, indicando la elección de sacerdotes y levitas del Señor también entre las naciones.

La única condición para participar en el pueblo de Dios y en la asamblea cultual no es la pertenencia étnica, sino una vida fiel a las exigencias de la alianza, ejemplarizada en el precepto del descanso sabático. Para todos Dios abre su casa, su templo, para que todos los justos experimenten su misericordia (v. 7).

 

Evangelio: Juan 5,33-36

33 En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: Vosotros mismos enviasteis una comisión a preguntar a Juan, y él dio testimonio a favor de la verdad.

34 Y no es que yo tenga necesidad de testigos humanos que testifiquen a mi favor; si digo esto, es para que vosotros podáis salvaros.

35 Juan el Bautista era como una lámpara encendida que alumbraba; vosotros estuvisteis dispuestos, durante algún tiempo, a alegraros con su luz.

36 Pero yo tengo a mi favor un testimonio de mayor valor que el de Juan. Una prueba evidente de que el Padre me ha enviado es que realizo la obra que el Padre me encargó llevar a cabo.

 

*•• Estamos inmersos en una controversia de Jesús contra los jefes judíos que lo acusan de haber violado el sábado, curando al paralítico (cf. Jn 5,16-18). El fondo del debate entre Jesús y los jefes es el de la fe contra la incredulidad.

Después de haber probado que su actuar es participación de la acción del Padre, Jesús se enfrenta con el argumento de testimonios contra él y de la importancia de su revelación sobre el Padre. Su revelación es verdadera porque el Padre testimonia a su favor por medio de sus obras. Aunque sus interlocutores no pueden acceder a este nivel de testimonio, sí pueden referirse al testimonio de Juan Bautista. El cuarto evangelio habla muchas veces del Bautista en su calidad de testigo (Jn 1,6.8.15; 1,19-35; 3,22-30), y aquí también se reconoce, pero a la vez se relativiza. De hecho, aun afirmando que el Bautista fue «lámpara» ardiente y brillante (v. 35), se recuerda que es sólo un hombre cuyo testimonio recibe fuerza de otro, del Padre. Y es el Padre quien testimonia a favor de Jesús, con las Escrituras y con «las obras» mismas de Jesús, mostrando cómo sintonizan su hacer en favor de la vida y de la libertad de la humanidad (cf. v. 17: «Mi Padre trabaja siempre, por eso yo trabajo también»).

 

MEDITATIO

Hoy la palabra del profeta Isaías nos abre al asombro y a la gratitud por la ilimitada misericordia divina que quiere la salvación de todos los hombres, rompiendo las barreras que fácilmente construimos en su nombre. También nos convoca, a nosotros que procedemos de los gentiles y no éramos su pueblo, a entrar como hijos en su casa y poder participar en la intimidad de su vida.

Ya no hay razón que valga para pretender vivir alejados de su amor, aduciendo quizás la excusa de nuestra indignidad. Él no nos exige títulos de nuestros méritos, sólo la búsqueda sincera de su voluntad y el deseo de morar en su «casa de oración».

En su casa encontramos la palabra de la Escritura donde late el corazón de Cristo y que da testimonio de él. A través de ella también resuena la voz del Bautista que nos señala al Esposo que está a punto de venir a nuestras vidas, y brilla para nosotros la luz de su testimonio iluminando nuestro camino hacia Cristo. De este modo empezamos a captar algo del profundísimo misterio de amor y comunión que lega el Hijo al Padre y que hace de la persona de Jesús y de sus obras la manifestación perfecta del rostro del Padre. El Padre no quiere juzgarnos, sino que apuesta incondicionalmente por la vida y la libertad de todos nosotros.

 

ORATIO

«Que tu gracia, Señor, nos preceda y nos acompañe siempre; así, a los que anhelamos vivamente la venida de tu Hijo, nos obtenga la salvación para la vida presente y para la futura». Así, Señor, oro también yo con tu Iglesia, en este día, pidiéndote que me aumentes el deseo de ti. Así podré alegrarme con la voz del Bautista que me anuncia la inminente venida de tu Hijo y gozar de la luz de su lámpara que me hace caminar al encuentro de Jesús, Dios que viene.

Pero sobre todo te alabo porque en Cristo me has concedido tantos hermanos y hermanas, que no eran de la estirpe de Israel, unos labios puros para alabarte y un corazón nuevo para adorarte, y con Jesús hemos obtenido un puesto en tu casa, un puesto como el de los hijos e hijas. Ahora con las palabras del profeta Isaías proclamo que «tu salvación está próxima a llegar; tu justicia, a punto de revelarse».

 

CONTEMPLATIO

El hombre de Dios, el hombre que teme al Señor, no sabe desear otra cosa que la salvación de Dios, que es Cristo Jesús. Es él al que desea ardientemente, hacia él se vuelve con todas sus fuerzas, él caldea el interior de su espíritu, a él abre su corazón y se lo ofrece, y tiene un único temor: el poder perderle. De este modo, cuanto más intensamente se compromete el alma con el anhelo de estar unida a su salvación, tanto más se consume. Y atinadamente dice: «He esperado en tu palabra». Ha esperado en la Palabra el hombre que ha dado fe a la palabra celestial que anuncia la venida de nuestro Señor Jesucristo (...).

Él es la salvación, la verdad, el poder y la sabiduría. Quien se consume por unirse a la verdadera fuerza, pierde lo que es suyo pero adquiere lo que es eterno (San Ambrosio, Comentario al Salmo 118, XI, 5-6, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Así dice el Señor: Guardad el derecho, actuad con rectitud» (Is 56,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Señor, también este año nos prometes andar al encuentro de la luz, de la fiesta de Navidad, que pone ante nuestros ojos la mayor realidad existente: tu amor, con el que has amado al mundo hasta darle tu Hijo único, para que el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna.

¿Qué te vamos a llevar, qué te podemos ofrecer? ¡Cuánta oscuridad en nuestras relaciones humanas y en nuestro interior! ¡Cuántos pensamientos confusos, cuánta frialdad y despecho, cuánta vanidad y odio! ¡Qué cantidad de cosas de las que no puedes estar satisfecho, que nos dividen entre nosotros y no son de ningún provecho!

¡Qué de cosas, en clamoroso contraste con el mensaje de Navidad!

¿Qué harás tú con tales dones y con gente como nosotros? Pero es precisamente esto, en Navidad, lo que quieres de nosotros y deseas arrancar toda esta basura y nosotros mismos como somos, para darnos a Jesús, nuestro Salvador, y, en él, un cielo y una tierra nueva, corazones nuevos y nuevas aspiraciones, una nueva claridad y nueva esperanza para nosotros y para todos los hombres.

Sé tú mismo en medio de nosotros, en este último domingo anterior a la fiesta, en la que nos reunimos para preparar a recibir a tu Hijo como don. Concédenos hablar, escuchar, orar, aquí en el asombro y el agradecimiento, por todo lo que nos preparas, por todo lo que ya has decidido, por todo lo que ya has hecho, Amén (K. Barth, Preghiere, Turín 1987, 233).

 

 

Día 17

Sábado de la tercera semana de Adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 49,1-2.8-10

1 En aquellos días, Jacob llamó a sus hijos y les dijo:

2 Reuníos y escuchad, hijos de Jacob; escuchad a vuestro padre Israel:

8 A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, someterás a tus enemigos, los hijos de tu padre se inclinarán ante ti.

9 Cachorro de león es Judá. De hacer presa vuelves, hijo mío. Se encorva, se echa como un león, como leona; ¿quién lo hará levantarse?

10 No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien pertenece, y a quien los pueblos obedecerán.

 

**• En el poema de Gn 49 se describe la despedida de Jacob moribundo rodeado de sus seres queridos. Las palabras que el patriarca dirige a sus doce hijos se consideran sagradas y proféticas, y hablan del futuro de sus hijos y sus descendientes. Los w. 8-10 se dirigen a Judá en particular, padre de la tribu homónima, de la que nacería el Mesías. La profecía, que se remonta al tiempo de Isaías (siglos VIII-VII), es misteriosa, exalta la superioridad de Judá sobre sus hermanos por su fuerza real, similar a la de un león. Y por el «cetro» y el «bastón de mando» (v. 10a) que ejercitará sobre las tribus de Israel y sobre todos sus enemigos. El fragmento alude a la monarquía davídica, en la que reside el cetro del Ungido del Señor, que llevará la salvación ansiada cuando el verdadero rey anunciado, a quien pertenecen el poder y el reino, domine sobre todos los pueblos. Este rey ideal y definitivo aparecerá en la figura del Mesías, del que dice el libro del Apocalipsis: «Ha vencido el león de la tribu de Judá» (Ap 5,5). El es el único poseedor del cetro de Dios, cuyo reino no es de dominio y poder, sino de servicio y amor para con todos los pueblos, que le rendirán filial obediencia.

 

Evangelio: Mateo 1,1-17

1 Genealogía de Jesús, Mesías, Hijo de David, Hijo de Abrahán:

2Abrahán engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob; Jacob engendró a Judá y a sus hermanos.

3 Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zara; Farés engendro a Esrón; Esrón engendró a Aran;

4 Aran engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Naasón; Naasón engendró a Salmón.

5 Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé;

6 Jesé engendró al rey David. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón.

7 Salomón engendró a Roboán; Roboán engendró a Abías; Abías engendró a Asá;

8 Asá engendró a Josafat; Josafat engendró a Jorán; Jorán engendró a Ozías;

9 Ozías engendró a Joatán; Joatán engendró a Acaz; Acaz engendró a Ezequías;

10 Ezequías engendró a Manases; Manases engendró a Amón; Amón engendró a Josías.

11 Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la cautividad de Babilonia.

12 Después de la cautividad de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel;

Salatiel engendró a Zorobabel;

13 Zorobabel engendró a Abiud; Abiud engendró a Eliaquín; Eliaquín engendró a Azor;

14 Azor engendró a Sadoc; Sadoc engendró a Ajín; Ajín engedró a Eliud;

15 Eliud engendró a Eleazar; Eleazar engendró a Matan; Matan engendró a Jacob.

16 Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

17 Así pues, son catorce las generaciones desde Abrahán hasta David, catorce desde David hasta la cautividad de Babilonia, y catorce desde la cautividad de Babilonia hasta el Mesías.

 

**• Mateo comienza su evangelio con el «libro de las generaciones de Jesús» (literalmente), y narra los orígenes humanos del segundo Adán. Comienzan con Abrahán y concluyen con «José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (v. 16). El evangelista al presentarnos una síntesis de la historia de la salvación, cuya meta es la figura de Jesús-Mesías, divide la historia en tres grandes períodos: Abrahán, David, el destierro.

A pesar de la monotonía del texto y el carácter artificial y rígido de los nombres que se suceden, el texto presenta un valor teológico relevante, ofreciéndonos la genealogía del que será protagonista del evangelio. Se afirma, confirmando las promesas proféticas (cf. Gn 12,3; 2 Sm 7,1-17), que Jesús desciende de Abrahán de David y, por consiguiente, posee las bendiciones y la gloria de los antepasados.

Además, puesto que sus raíces se hunden en la historia humana y en el pueblo hebreo, goza de las condiciones necesarias para ser el Mesías esperado por las naciones, que anuncia e inaugura el reino de Dios. Este reino posee, sobre todo, la universalidad de la salvación en la persona de Cristo, que Mateo quiere resaltar con la presencia de cuatro mujeres, o extranjeras o pecadoras: Tamar, Rajab, Rut y Betsabé. El Mesías, de hecho, al venir a los hombres, no dudó en asumir la fragilidad humana, cubierta de oscuridad, para revestirla de su luz inmortal. La salvación se brinda no sólo a los justos, también a los pecadores.

 

MEDITATIO

Hoy iniciamos los últimos días de preparación a la Navidad. La liturgia nos plantea una pregunta: ¿Cómo nos estamos preparando para acoger al que viene a nosotros? Jesús es el Mesías, el verdadero descendiente de Judá, heredero de las promesas que Dios había hecho a Abrahán, renovado a David y todos sus descendientes. En realidad la figura de Judá es el eslabón que une la primera lectura del Génesis y el evangelio de Mateo.

Cristo, el segundo Adán, ha entrado en nuestra vida humana, marcada por el pecado, el dolor y la muerte, por la desobediencia de nuestros primeros padres, no para castigar a la humanidad, sino para transformarla y reconducirla a la amistad con Dios, tal como era su proyecto original. Toda la historia de Israel es el testimonio del anuncio de la venida de un redentor, esperado por los hombres como cumplimiento de la promesa: toda la ley está preñada de Cristo. En Jesús, Dios se ha hecho hombre, el sueño se hace realidad. El Dios con nosotros se ha hecho el Dios por nosotros, a pesar de nuestra infidelidad y el ser remisos a acogerle.

Nosotros formamos parte de esta historia que nos vincula estrechamente con Abrahán y David, hilo de oro que con frecuencia hemos roto con nuestro pecado y que Dios reanuda en Jesús, acercándonos cada vez más a su corazón.

Él, conocedor de la fragilidad del espíritu humano, sabe comprender y perdonar siempre nuestra debilidad, espera la conversión continua del corazón y el reconocimiento de aquel a quien pertenece toda realeza y a quien todos los pueblos deben acatamiento, fidelidad y amor.

 

ORATIO

Oh Señor, tú que eres el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de Jesucristo y nuestro Dios, tú has prometido a Judá un reino sin ocaso y una realeza sobre todos los pueblos. Haz que reconozcamos sinceramente que toda la historia humana, a través del pueblo elegido, y luego por la Iglesia, heredera de las bendiciones de Israel, esté orientada a Cristo, el esperado de los pueblos, y haz que cada uno de nosotros sea instrumento apto para anunciarlo a los hermanos y hermanas que encontremos en la vida. Haz que los hombres, de cualquier raza y color, sepamos superar divisiones y diversidades para unirnos en una renovada esperanza en la venida del Salvador y con la confianza de que su mensaje de salvación y de vida es válido para todos sin distinción.

Que nuestros pecados, que tantas veces experimentamos, no nos alejen de ti, que eres la luz que ilumina nuestro camino; haznos más bien conscientes de nuestras limitaciones y abiertos a una sincera conversión de corazón.

Señor de la historia y de los pueblos, tú que comprendes nuestra miseria, llénanos de tu poder y haz que vivamos vigilantes para reconocer los signos de los tiempos y tu paso silencioso a través de las vicisitudes cotidianas de nuestra historia. Pero sobre todo haz que reconozcamos a tu Hijo Jesús, descendiente de una estirpe humana, el Mesías esperado, al que pertenecen el poder y la gloria y al que todos los pueblos obedecerán con amor.

 

CONTEMPLATIO

Hoy en el evangelio se lee: «Libro de la genealogía de Jesucristo». En estas genealogías, nace todavía en nosotros, según el espíritu, la Sabiduría. Si deseas, pues, que Cristo nazca en ti, ten en ti y llénate de las genealogías de la Sabiduría, esto es, de Cristo. Ten en ti a Abrahán, Isaac y los demás mencionados en la genealogía de Cristo. Abrahán fue perfecto en la fe, Isaac fue el hijo de la promesa, Jacob vio cara a cara al Señor.

Tened por tanto en vosotros una fe perfecta y tendréis espiritualmente a Abrahán. Esperad en las promesas de los bienes futuros, despreciad los placeres de los bienes presentes, y tendréis a Isaac. Apresuraos cuanto podáis a la visión de Dios y tendréis a Jacob. Del mismo modo, si sois fervorosos de espíritu, tendréis a Abrahán, si permanecéis gozosos en la esperanza, tendréis a Isaac, si aguantáis pacientes en la tribulación, tendréis a Jacob (...). De este modo, si tenemos espiritualmente todos estos padres, de los que hoy habla el evangelio, entonces se cumplirá lo que dice la Escritura: «Seréis colmados de mis generaciones» (Elredo De Rieval, Sermones inéditos; XXII, 16-18, Roma 1952).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Oh Sabiduría, ven a enseñarnos el camino de la vida» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los largos y prodigiosos siglos que preceden al primer nacimiento no están vacíos de Cristo, sino penetrados por su potente influjo.

Es la agitación de su concepción la que mueve las masas cósmicas y dirige las primeras corrientes biosféricas. La preparación de su nacimiento es la que acelera el progreso del instinto y hace que el pensamiento desemboque en la tierra. No nos escandalicemos ingenuamente de la interminable espera que nos ha impuesto el Mesías.

Se requería nada menos que las espantosas y anónimas fatigas del hombre primitivo, la durable belleza egipcia, la espera inquieta de Israel, el perfume destilado del misticismo oriental, la sabiduría cien veces refinada de los griegos, para que del tronco de Jesé y de la humanidad germinase un retoño y pudiese abrirse la Flor.

Todas estas preparaciones eran cósmicamente, biológicamente necesarias para que Cristo entrase en la escena humana. Y toda esta agitación se movía por el desvelo activo y creador de su alma en cuanto que esta alma era elegida para animar al Universo. Cuando Cristo aparece en brazos de María, en él se elevaba todo el mundo.

No, yo no me escandalizo de estas esperas interminables y de estos largos preparativos. Todavía lo contemplo en el corazón de los hombres de hoy, que, de luz en luz, caminan lentamente hacia aquel que es la luz. Caminan hacia esta Palabra que ha sido pronunciada, pero todavía no escuchada, algo así como el esplendor de las estrellas que emplean tantos años para llegar a nuestros ojos (P. Teilhard de Chardin, El medio divino, Madrid 1998).

 

 

Día 18

  Cuarto domingo de Adviento Ciclo A

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 7,10-14

10 El Señor volvió a hablar a Acaz y le dijo:

11 -Pide al Señor tu Dios una señal, en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.

12 Respondió Acaz: -No la pido, pues no quiero tentar al Señor.

13 Isaías dijo: -Escucha, heredero de David, ¿os parece poco cansar a los hombres, que queréis también cansar a mi Dios?

14 Pues el Señor mismo os dará una señal: Mirad, la joven está encinta y da a luz un hijo, a quien pone el nombre de Enmanuel, que significa Dios con nosotros.

 

**• En esta complicada página de Isaías, aparece Acaz, el cual, asustado por la liga de los reyes vecinos que querían implicarlo en la guerra contra Asiría, acude al potente rey enemigo para que le defienda contra ellos. Pero de este modo abre las puertas al dominio asirio. El profeta Isaías le anima a tener fe y estar tranquilo, le sugiere una opción de fe preñada de sabiduría práctica, porque de este modo quedaría libre del dominio extranjero.

Sabiendo la dificultad de creer en un momento similar, donde están en juego cuestiones tan graves como la política y la guerra, donde Dios parece contar poco o nada, el mismo Dios está dispuesto a ofrecer un signo a Acaz para ayudar a su débil fe. Pero Acaz lo rechaza hipócritamente: pues finge recurrir a un motivo religioso («No quiero tentar al Señor») aunque en realidad rechaza asumir la actitud de fe dejándose guiar por Dios. No es que sea un ateo -de hecho cree en Dios-, pero surge aquí la espinosa cuestión de fondo: ¿Tiene que ver Dios con los grandes problemas de relaciones internacionales y, más en general, con las grandes opciones o con las decisiones de cada día, o más bien Dios es aquel a quien adoramos cuando vamos al templo y las demás opciones se toman en base a los juegos de poder de los hombres?

A la dramática pregunta, Dios responde ofreciendo un signo: un niño que nace de una muchacha todavía virgen y asume el nombre simbólico de «Dios con nosotros». Ciertamente es un pequeño signo que exige fe. ¿Qué es, de hecho, un niño frágil frente a los ejércitos que avanzan? Y, sin embargo, es un signo fuerte, porque nos dice que Dios cuida de la vida de este pueblo garantizándole un futuro.

 

Segunda lectura: Romanos 1,1-7

1 Soy Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, destinado a proclamar el evangelio que Dios

2 había prometido por medio de sus profetas en las Escrituras santas.

3 Este evangelio se refiere a su Hijo, nacido, en cuanto hombre, de la estirpe de David,

4 y constituido por su resurrección de entre los muertos Hijo poderoso de Dios según el Espíritu santificador: Jesucristo, Señor nuestro,

5 por quien he recibido la gracia de ser apóstol, a fin de que, para su gloria, respondan a la fe todas las naciones,

6 entre las cuales también estáis vosotros que habéis sido elegidos por Jesucristo.

7 A todos los que estáis en Roma y habéis sido elegidos amorosamente por Dios para constituir su pueblo, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo el Señor.

 

*» Al comienzo de la carta que Pablo escribe a los Romanos, se autopresenta como «apóstol por vocación », para que quede claro que su evangelio no es fruto de obra humana, sino que proviene de Dios. Inmediatamente después presenta el elemento central de este "evangelio" y precisamente la profesión de fe en Jesús como Mesías, hijo de David, anunciado por las antiguas Escrituras y constituido Hijo de Dios, con pleno poder por la resurrección (w. 3-4). En lo referente al título «Hijo de Dios» no significa que Jesús no lo fuera antes de la resurrección, sino que la resurrección lo constituye tal «en poder», mientras que antes había aparecido en la debilidad de la carne.

La Iglesia, en la fe, incesantemente lo proclama Mesías, Hijo de Dios, Señor. Los que acogen este "evangelio" obtienen un don precioso: son «amados de Dios y santos por vocación».

 

Evangelio: Mateo 1,18-24

18 El nacimiento de Jesús, el Mesías, fue así: su madre María estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo.

19 José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto.

20 Después de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: -José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo.

21 Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

22 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había anunciado el Señor por el profeta:

23 La virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel. (que significa: Dios con nosotros)

24 Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado: recibió a su esposa.

 

**• El fragmento evangélico es continuación directa de la célebre página de la genealogía de Jesús (Mt 1,1-17). A través de la serie de nombres de los antepasados, el evangelio ya nos ha dicho que Jesús se ha insertado plenamente en la historia humana, pero la genealogía también nos deja intuir que hay un misterio especial en este niño: de hecho, no es engendrado por una sucesión directa de padre a hijo, sino que nace «de María». Quedan, pues, dos cosas por explicar, a las que da respuesta la perícopa de hoy: ¿Cuál es propiamente el origen de Jesús? y ¿cómo se puede llamar «hijo de David» si físicamente no fue engendrado por un descendiente de David?

Los acontecimientos narrados nos revelan el misterio de Jesús: nace de una mujer, María, como verdadero hombre insertado en la historia humana, pero su nacimiento es «obra del Espíritu Santo», aplicándole literalmente la profecía de Isaías, que llamaba a aquel niño

«Dios con nosotros» (1,23). Además se le considera plenamente de la descendencia de David, porque José, hijo de David, lo toma como hijo propio: la función esencial del padre, lo que realmente le hace padre, más allá de la generación física, es la de dar nombre al hijo y es lo que precisamente hace José. Dándole el nombre, le confiere su identidad social y por esta razón Jesús es reconocido como verdadero hijo de David, como conviene al Mesías.

Sin embargo, al misterio de Dios se accede sólo por la fe: y en esto sobresale José, definido por su fe, con el apelativo bíblico de «justo» (v. 19).

 

MEDITATIO

Las lecturas ofrecen hoy a nuestra consideración a dos personajes cuya reacción ante la promesa de Dios es diametralmente opuesta: el rey Acaz, imagen del incrédulo, y José, figura del creyente. La fe de José esboza algunos rasgos de nuestra fe. De hecho él, portador del nombre de uno de los padres de Israel, revive la fe de los patriarcas. Como Abrahán, padre en la fe, José está dispuesto a seguir el camino confiado del proyecto de Dios.

Es el hombre «justo», es decir, el que cree las promesas de Dios incluso cuando éstas resultan extrañas e improbables y, de cualquier modo, incómodas: su vida se ve convulsionada por el nacimiento de aquel cuyo nombre significa salvación. Ser salvados no significa, por lo tanto, caminar por un sendero llano; exige de cada uno de nosotros la disponibilidad a dejarse modificar en pensamientos, proyectos, opciones. El justo en la Biblia es aquel que permanece firmemente anclado en Dios, a pesar de los pesares, aunque tenga que quedarse solo.

Además José es el hombre obediente, dispuesto a renunciar a María y luego a acogerla en casa si ésta es la voluntad de Dios. A María, su prometida, en cierto sentido se la «quitan» para volvérsela a «dar» de modo más sublime, y él la recibe como don de Dios. La encuentra distinta de como pensaba y la acoge bajo una luz nueva porque Dios se la da, y la quiere con amor delicado, respetuoso, silencioso y desinteresado. Lo dicho vale análogamente para la relación con Jesús: José es desapropiado del hijo -porque aquel niño no es hijo de sus entrañas-, pero a la vez no es un padre «disminuido», desde el momento en que será él quien impondrá el nombre a Jesús. El justo José experimenta así lo que es el sentido de cualquier hijo, una realidad que no pertenece a sus progenitores y que, precisamente por eso, se acoge con gozo como promesa abierta a la esperanza.

La fe aparece, pues, como la condición en la que descubrimos con nueva luz el sentido de las cosas y de las relaciones más preciosas que vivimos.

 

ORATIO

«Pide un signo»: en nuestro camino, Señor, has diseminado múltiples signos de tu presencia, pero nosotros no podemos darnos cuenta de su poder sino en el momento en que de veras nos comprometemos contigo. Danos la gracia de abrirnos a ti y de acogerlos.

Tu Palabra con frecuencia se reduce para nosotros a una serie de pobres signos, trazados sobre el papel, hasta que nos decidimos a hacerla nuestra, a meditarla y a asumirla como alimento de nuestro espíritu. La Eucaristía nos parece un simple trozo de pan si no nos acercamos con fe y no lo acogemos como alimento de vida que engendra en nosotros el amor. Nuestros hermanos con frecuencia no tienen nada de excepcional, hasta que no los miramos bajo el prisma de tu amor que hace de todos nosotros tu cuerpo, una Iglesia en la que aprendemos a conocerte y a amarte.

No permitas, Señor, que pasen desapercibidos estos signos preciosos de tu presencia. Eres tú mismo quien nos los da, no dejes que los rechacemos, como Acaz, por temor a comprometernos en la vida de fe. Al contrario, refuerza y guarda en nosotros la fe obediente del justo José.

 

CONTEMPLATIO

¡Oh María, mar sereno, María dispensadora de paz, María tierra fructífera! Hoy, María, te has hecho libro en el que se escribe nuestra norma. En ti hoy se escribe la sabiduría del Padre eterno. En ti hoy se manifiesta la fortaleza y la libertad del hombre porque fue enviado un ángel a anunciarte el misterio del plan divino, y pedir tu consentimiento (...). Esperaba a la puerta de tu voluntad para que le abrieras, quería venir a ti; y nunca hubiese entrado si no le hubieses abierto diciendo: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Le 1,38)...

Oh María, dulcísimo amor mío! En ti está escrito el Verbo, del que recibimos la doctrina de la vida. Tú eres la tabula que nos ofrece esa doctrina. Veo que, tan pronto como fue escrito en ti, el Verbo no estuvo sin la cruz del santo deseo, sino que, ya en el momento de su concepción en ti, le fue infundido y añadido el deseo de morir para traer al hombre la salvación, por la cual se encarnó (...).

Oh María, bendita seas entre todas las mujeres: hoy nos has dado de tu harina. Hoy la deidad se ha unido y amasado con nuestra humanidad tan fuertemente, que jamás se podrá separar esta unión, ni por la muerte ni por nuestra ingratitud (Catalina de Siena, Preghiere ed elevazioni, Roma 1920, 116-124).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrá por nombre Emmanuel (que significa Dios con nosotros)» (Mt 1,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

José es del mismo temple que María: un creyente a la escucha de lo que le sucede. La noticia de la próxima maternidad de María no suscita en él ninguna reacción defensiva. No conservamos ninguna de sus palabras. No es una persona que habla o ajusta las cosas para ventaja propia: se limita a escuchar lo que le revela el ángel.

La verdad de Dios es más importante de lo que José vive. Y esta verdad la respeta José sin agresividad alguna, sin pensar siquiera en defenderse. Tanto para María como para José, la anunciación es algo increíble. Nadie puede estar a la altura de semejante verdad.

No obstante, no aparece asomo de escepticismo, ni de comportamiento pasivo, no hay toma de distancias, nada que nos haga pensar en un sentimiento de resarcimiento. Sólo fe y abandono. María y José han renunciado a su verdad para entrar en la de Dios. ¿Y nosotros? Nosotros no podemos ser felices si no logramos leer en profundidad los acontecimientos de nuestra existencia. Dios está presente en nuestra existencia: en cada una de sus vicisitudes aparece su plan, su intención de decirnos algo. Es una verdad que debemos descubrir también ahora (G. Danneeis, Le satagioni Della v/to, Brescia 1998,210-211).

 

 

Día 19

  Lunes de la semana IV de Adviento 

 

LECTIO

Primera lectura: Jueces 13,2-7.24-25a

2 Había un hombre de Sorá, de la tribu de Dan, llamado Manoaj. Su mujer era estéril y no había tenido hijos.

3 El ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo: -Tú eres estéril y no has tenido hijos, pero concebirás y darás a luz un hijo;

4 procura no beber vino ni bebidas alcohólicas, ni comas nada impuro,

5 porque vas a concebir y darás a luz un hijo. No pasará la navaja sobre su cabeza, porque el niño estará consagrado a Dios desde el vientre de su madre. Él comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos.

6 La mujer fue a su casa y dijo a su marido: -Ha venido a verme un hombre de Dios; su aspecto era terrible, como el de un ángel de Dios. No le he preguntado de dónde venía, ni él me ha dicho su nombre.

7 Pero me dijo: «Vas a concebir y darás a luz un hijo. No bebas vino ni bebidas alcohólicas, ni comas nada impuro, porque el niño estará consagrado a Dios desde el vientre de su madre hasta el día de su muerte».

24 La mujer dio a luz un hijo y le puso el nombre de Sansón. El niño creció y el Señor lo bendecía.

25a El espíritu del Señor comenzó a actuar en él.

 

**• El episodio del anuncio del nacimiento de Sansón se ajusta al género literario clásico de las anunciaciones bíblicas para celebrar el origen de los grandes personajes de la historia (cf. Gn 11,30; 18,10-11; 1 Sm 5,20). El modelo tiene las características esenciales siguientes, que siempre se repiten: la elección divina recae en personas humildes de corazón y "débiles" como en el caso de la esterilidad de la madre de Sansón y la edad avanzada del padre; el niño anunciado, como don de Dios, desempeñará una misión salvadora a favor del pueblo («Él comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos » v. 5); las condiciones requeridas al elegido por parte de Dios son la plena colaboración con él en la gozosa sencillez y la total fidelidad a su proyecto amoroso: «No bebas vino ni bebidas alcohólicas, ni comas nada impuro» (w. 4.7). Estos elementos presentes en la mujer de Sorá «que no había tenido hijos» (v. 2), de su marido Manoaj y del hijo Sansón, «nazir consagrado a Dios» (w. 5.7), bendito del Señor y lleno del Espíritu, serán los mismos elementos que se realizarán plenamente en el acontecimiento salvífico del futuro redentor. Así, el texto de Jueces se convierte en profecía del nacimiento del Bautista y del nacimiento del Mesías.

 

Evangelio: Lucas 1,5-25

5 En tiempos de Herodes, rey de Judea, hubo un sacerdote, llamado Zacarías, del turno de Abías, casado con una mujer de la descendencia de Aarón, llamada Isabel.

6 Ambos eran irreprochables ante Dios y seguían escrupulosamente todos los mandamientos y preceptos del Señor.

7 Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran ya de edad avanzada.

8 Estaba un día Zacarías ejerciendo el servicio sacerdotal tal como le correspondía por turno a su grupo.

9 Según el rito sacerdotal, le tocó en suerte entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso.

10 Todo el pueblo estaba orando fuera mientras se ofrecía el incienso.

11 Y el ángel del Señor se le apareció, de pie, a la derecha del altar del incienso.

12 Al verlo, Zacarías se sobresaltó y se llenó de miedo.

13 Pero el ángel le dijo: -No temas, Zacarías, tu petición ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará un hijo al que pondrás por nombre Juan.

14Te llenarás de gozo y alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento,

15 porque será grande ante el Señor. No beberá vino ni licor, quedará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre

16 y convertirá a muchos hijos de Israel al Señor, su Dios.

17 Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos, para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos, y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.

18 Zacarías dijo al ángel: -¿Cómo sabré que va a suceder así? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en años.

19 El ángel le contestó: -Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta buena noticia.

20 Pero tú te quedarás mudo y no podrás hablar hasta que se verifiquen estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su tiempo.

21 El pueblo, entre tanto, estaba esperando a Zacarías y se extrañaba de que tardase tanto en salir del santuario.

22 Cuando salió, no podía hablarles; y comprendieron que había quedado mudo.

23 Cumplidos los días de su ministerio, marchó a su casa.

24 Algún tiempo después, su mujer Isabel concibió, y no salió de casa durante cinco meses. Y decía:

25 -Al hacer esto conmigo, el Señor ha borrado mi vergüenza ante los hombres.

 

*» El anuncio del nacimiento de Juan Bautista que nos ofrece el evangelista Lucas es rico en detalles significativos a nivel teológico y aparecen múltiples contactos con escenas similares del Antiguo Testamento, donde se narra el nacimiento de personajes que ocupan un puesto importante en el designio del Señor: aparición del ángel del Señor, turbación y temor de la persona visitada; comunicación del mensaje celeste y signo de reconocimiento (cf. Jue 13,2-7.24-25; 1 Sm 1,4-23).

La presente narración de la visión de Zacarías, con el anuncio prodigioso del nacimiento del hijo, está construido en contraste simétrico con el anuncio del nacimiento de Jesús que el ángel Gabriel hará a María. Aquí tenemos la aparición en el marco grandioso del templo de Jerusalén, en el de Jesús en la sencilla casa de Nazaret; en nuestro texto aparece la incredulidad de Zacarías, allí la fe de María; aquí el nacimiento del Precursor de una mujer casada pero estéril, allí el nacimiento del Mesías de una Virgen; aquí el Bautista «se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre de su madre» (v. 15) y «muchos se alegrarán de su nacimiento» (v. 14), allí Jesús será concebido por obra del Espíritu (cf. Le 1,35) y no todos se alegrarán de su nacimiento (cf. Mt 2,13); aquí Zacarías como signo quedará mudo, allí María, por el contrario, escuchará el anuncio gozoso de la maternidad de la boca de su pariente Isabel. Al llegar la plenitud de los tiempos de la salvación sólo queda espacio para la fe sencilla y la acogida de la Palabra de Dios.

 

MEDITATIO

El anuncio del nacimiento de personajes excepcionales de la historia bíblica nos ayuda a reflexionar en la continua y extraordinaria acción que Dios realiza con los hombres, y en los múltiples dones que concede a cuantos acogen su Palabra con corazón humilde y confiado.

En las narraciones de anunciaciones, Dios está presente en la vida de Sansón, como en la del Bautista, concediendo dones especiales en orden a una participación total del hombre en su proyecto de salvación, aunque exige una respuesta generosa y concreta. También nuestra humilde historia, desde el día del nacimiento, está marcada por la mano providente y paternal de Dios, que busca por todos los medios la comunión con nosotros.

Con frecuencia nuestros acontecimientos cotidianos de salvación se esfuman y no sabemos adherirnos a la oferta divina por falta de escucha y de fe, lo mismo que no logramos leer su presencia en el misterio de la encarnación, que se manifiesta en situaciones con frecuencia humildes o con fallos.

Lo que vale es percibir y adherirnos siempre a su invitación amorosa y venerar dócilmente su voluntad, aun cuando escape a nuestro control. Sólo la escucha silenciosa y la actitud de adoración de la Palabra de Dios es el camino para comprender el proyecto divino con nosotros.

El silencio interior, tan necesario en nuestra vida, nos distancia de nosotros mismos para llevarnos al mundo del Espíritu, donde se da el verdadero discernimiento y la gozosa comunión de vida. Sólo entonces se conoce a Dios con la experiencia del corazón.

 

ORATIO

Señor de la vida y de la historia grande y humilde, que haces maravillas ante nuestros ojos, enviándonos mensajeros de alegres noticias y que te alzas como signo de esperanza y luz para la salvación de todos, ven pronto a nosotros, una vez más, para manifestarnos tu rostro y hacernos comprender que toda vida es un proyecto de amor. Nosotros no tenemos ángeles que nos revelen claramente lo que quieres de nosotros y cuál sea nuestro puesto en los misteriosos caminos de tu providencia.

Tú has vivificado a mujeres estériles, como las madres de Sansón y del Bautista, has hecho prodigios por tu Espíritu en los que han creído en ti; te suplicamos: regenera nuestro corazón, cansado y desconfiado, para que se adhiera a tu voluntad, haz que nazca en nosotros un renovado deseo de amor hacia cualquier persona que encontremos en el camino.

Haznos experimentar lo que haces hoy como en el pasado, para que también nosotros podamos contar tus maravillas y tus intervenciones transformando nuestras debilidades y pobreza con tu poder. Pero, sobre todo, haznos gustar el saber que estás en nosotros y con nosotros y que nos trasciendes en tu misterio, porque tu camino se dirige al corazón, cuando escuchamos tu Palabra de vida en el silencio y la acogemos humildemente, como hizo la virgen de Nazaret, la mujer del silencio y la interioridad.

 

CONTEMPLATIO

«Hubo un hombre». ¿Cómo podía este hombre dar testimonio de la verdad sobre Dios? Es que era un «enviado de Dios». ¿Cuál es su nombre? Juan. ¿Cuál es el fin de su misión? «Vino como testigo, con la misión de dar fe acerca de la luz, con el fin de que por él creyeran todos en ella».

¿Quién es este que da testimonio de la luz? Algo grande es este Juan, inmensa excelencia, gracia insigne, altísima cumbre. Admíralo, sí, admíralo, pero como se admira una montaña. Una montaña está en tinieblas si no se la viste de la luz. Admira a Juan, pero oye lo que sigue:

«No es él la luz». Porque si crees que el monte es la luz, ese mismo monte es tu ruina en vez de ser tu consuelo. Es la montaña, como montaña, lo único que debes admirar. Levanta el vuelo hasta Aquel que ilumina el monte, hasta Aquel que subió a tanta altura para recibir primero los rayos que él envía a tus ojos. Pues Juan «no era la luz» (San Agustín, Sobre el evangelio de san Juan, 2,5).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No temas, tu ruego ha sido escuchado» (Le 1,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No te imagines que el Señor en su sublimidad esté lejos: aunque es infinitamente sublime, está cercano a ti, más cercano que los hombres que se aproximan cada día (...) más cercano a ti que tú mismo. Vigila tus pasos, cuando entren en la casa del Señor. ¿Por qué? Pues porque en la casa del Señor se ofrece lo único que puede salvar, el consuelo más dichoso (...).

Pero, ¡atención! Ten cuidado sobre todo de hacer buen uso de cuanto se te ofrece. Usarlo con fe. No existe una certeza tan interior, tan fuerte y tan dichosa como la fe. Sin embargo, la fe no nos viene por nacimiento, no es la confianza de un ánimo juvenil y rebosante del gozo de la vida. Menos aún: la fe no es vivir en las nubes.

La fe es certeza, certeza dichosa que se posee con temor y temblor. Vista la fe desde este ángulo, es decir ef celeste, aparece como un reflejo de la bienaventuranza (S. Kierkegaard, Pensieri che fenscono alie spalle, Padua 1982, 33ss).

 

 

Día 20

Martes de la semana IV de Adviento 

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 7,10-14

10 El Señor volvió a hablar a Acaz y le dijo:

11 -Pide al Señor tu Dios una señal, en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.

12 Respondió Acaz: -No la pido, pues no quiero poner a prueba al Señor.

13 Isaías dijo: -Escucha, heredero de David, ¿os parece poco cansar a los hombres, que queréis también cansar a mi Dios?

14 Pues el Señor mismo os dará una señal: Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa "Dios con nosotros".

 

**• Estamos hacia el año 735 a.C. cuando Acaz, joven rey de Jerusalén, débil, mundano y sin hijos, ve peligrar su trono ante la presencia de los ejércitos enemigos que oprimen los confines del reino de Judá. ¿Qué hacer? El rey pretende resolver el angustioso problema pactando alianzas humanas. Isaías, por el contrario, propone fiarse totalmente de Dios. Incluso el profeta invita al rey, en su apuro, a pedir un «signo» que confirme la protección divina. Pero Acaz lo rechaza aduciendo motivos de falsa religiosidad: «No quiero tentar al Señor» (v. 12). Isaías desenmascara la hipocresía del rey, pero añade que, a pesar del rechazo, Dios mismo dará un signo: «La virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel: Dios con nosotros» (v. 14).

Las palabras del profeta se refieren a Ezequías, el hijo de Acaz, al que la reina madre está a punto de dar a luz y cuyo nacimiento, en aquel momento histórico singular, se verá como presencia salvífica de Dios a favor del pueblo en apuros. Pero, en realidad, las palabras que Isaías dirige a Acaz son profecía de un rey salvador, y toda la tradición cristiana, basándose en la traducción de los Setenta, ha visto el anuncio profético del nacimiento virginal de Jesús, hijo de María.

 

Evangelio: Lucas 1,26-38

26 Al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret,

27 a una joven prometida a un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la joven era María.

28 El ángel entró donde estaba María y le dijo: -Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo.

29 Al oír estas palabras, ella se turbó y se preguntaba qué significaba tal saludo.

30 El ángel le dijo: -No temas, María, pues Dios te ha concedido su favor.

31 Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús.

32 Él será grande, se llamará Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre,

33 reinará sobre la casa de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin.

34 María dijo al ángel: -¿Cómo será esto, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?

35 El ángel le contestó: -El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios.

36 Mira, tu pariente Isabel también ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que todos tenían por estéril;

37 porque para Dios nada hay imposible.

38 María dijo: -Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel la dejó.

 

**• La narración de la anunciación del ángel Gabriel a la virgen María constituye la aurora del mayor acontecimiento que la historia humana haya visto jamás: la encarnación del Hijo de Dios. El texto bíblico es rico en reminiscencias veterotestamentarias y de gran valor doctrinal: se trata nada menos que del cumplimiento de las promesas hechas por Dios a los patriarcas y renovadas a David (cf. 2 Sm 7,14.16; 1 Cr 17,12-14; Is 7,10-14), y contiene una profunda teología del misterio de Cristo.

De hecho Jesús aparece como rey e hijo de David («El Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará sobre la casa de Jacob para siempre»: w. 32-33) y a la vez como santo e hijo de Dios («Será grande, se llamará Hijo del Altísimo»: v. 32). Las palabras del ángel a María, además de ser un anuncio de gozo por la venida del Mesías a la tierra, constituyen el testimonio de la amorosa predilección de Dios con la humilde joven de Nazaret que, como esclava del Señor, ha merecido ser Madre de Dios por su fe incondicional.

La confirmación de la intervención celeste, por obra del Espíritu Santo, en su condición virginal, abre el corazón de María a la voluntad de Dios y a adherirse plenamente al proyecto universal de salvación con las sencillas palabras que han cambiado la historia humana: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (v. 38). El sí de María franquea el camino de nuestra salvación y es una invitación a leer en los acontecimientos de nuestra vida la presencia del que es nuestro Salvador.

 

MEDITATIO

El anuncio del oráculo de Isaías está vinculado al texto evangélico de Lucas por la interpretación profética que la Iglesia le ha dado refiriéndolo al nacimiento del Hijo de Dios, Salvador de todos los hombres. Su venida ha cambiado la historia profana en historia de salvación, y la vida de cada ser humano está destinada a la comunión con Dios, por la obra mediadora de Jesús de Nazaret. Dios se revela y manifiesta no tanto en la contemplación de la creación, en la investigación filosófica o en la experiencia religiosa universal, sino en la historia de Jesús, hijo de María, de un hombre que se proclama "Hijo", enviado por el Padre en total dependencia amorosa de él y que la Virgen Madre ha acogido y dado al mundo.

En esta historia es donde irrumpe Dios trascendente y misericordioso para insertarse en la historia de los humanos y salvarlos, elevándolos al nivel superior del Espíritu, en la fe y el amor. Nosotros creyentes, convertidos en amigos de Jesús, somos introducidos a la comunión con Dios Padre, a través de la profundización de la vida de fe y amor vivida en fidelidad al evangelio. Esta vida de unión con el Señor se logra con la interiorización de la Palabra de Dios, como hizo la virgen María.

La vida contemporánea, desgraciadamente, atenta flagrantemente contra la vida interior. Todo invita a la dispersión. Si no logramos recoger nuestras almas, reflejar a Cristo a fondo, no tendremos la más mínima posibilidad de alcanzar la verdad y la fe. En este camino tenemos a María como guía y ejemplo.

 

ORATIO

Oh Padre misericordioso y amante con las situaciones humanas, tú que has enviado al mundo a tu Hijo, hecho hombre por medio de la Virgen, como signo de tu ternura paternal, haz que también en nuestros días experimentemos la venida del Salvador, para que, una vez más, cambie nuestras vidas y le reconozcamos presente en todos nuestros acontecimientos cotidianos. Siguiendo el modelo de María, madre de Jesús y madre nuestra, que se ha adherido generosamente a tu voluntad con su «aquí estoy» y ha abierto nuevamente a la humanidad el camino de una vida de comunión contigo, queremos que aumentes en nosotros el deseo de buscarte cada día por la escucha de la Palabra y la oración silenciosa, para que nuestra vida se vaya conformando a tu Palabra y dé frutos de gozo, paz, bondad, para cuantos nos rodean.

Haz que la comunidad cristiana, tentada con tanta frecuencia de racionalismo, de vida materialista y cómoda, comprenda cada vez más que evangelizar al hombre de hoy es ante todo estar en la presencia de Dios y dar espacio, siguiendo el ejemplo de María de Nazaret, a la importancia de la Palabra de Dios y a la vida contemplativa, para que surjan guías espirituales y testimonios de la verdadera libertad del evangelio. Todo esto es importante para comprender mejor que la Iglesia no es sólo una organización social, sino el signo auténtico de la encarnación de tu Hijo con los hombres.

 

CONTEMPLATIO

«Hágase en mí según tu palabra». Hágase en mí por el Verbo según tu palabra. Hágase carne de mi carne según tu palabra, el Verbo que ya existía desde el principio en Dios.

No sea una palabra proferida, porque pasa; sino concebida, para que permanezca. Revestida, pero no de aire, sino de carne. Hágase en mí tu palabra, no sólo por que pueda escucharla con los oídos, sino tocarla con mis manos, contemplarla con los ojos y llevarla a cuestas.

No se haga en mí la palabra escrita y muda, sino encarnada y viva. No trazada con caracteres sin voz sobre pergaminos resecos, sino impresa vivamente en forma humana en mis castas entrañas; no por los rasgos de una pluma, sino por obra del Espíritu Santo.

En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Nos dicen las Escrituras que unos escucharon la Palabra, otros la proclamaron y otros la cumplieron, pero yo te pido que se haga en mi vientre según tu Palabra. No quiero una palabra que predique o que declame. Quiero una Palabra que se dé silenciosamente. Hágase que se encarne personalmente y descienda a mí corporalmente.

Hágase universalmente para todo el mundo y en particular hágase para mí según tu palabra (Bernardo de Claraval, En alabanza de la Virgen Madre, 4,11).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Le 1,38).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Virgen santa es la madre del género humano, la nueva Eva. Pero, al mismo tiempo, es también su hija. El mundo antiguo y doloroso, el mundo anterior a la gracia la acunó largo tiempo en su corazón desolado -siglos y más siglos- en la espera oscura, incomprensible de una virgo genitríx (...). Durante siglos y siglos protegió con sus viejas manos cargadas de crímenes, con sus manos pesadas, a la pequeña doncella maravillosa cuyo nombre ni siquiera sabía. ¡Una pequeña doncella reina de los ángeles! Y no hay que olvidar que lo sigue siendo aún (...).

La Virgen santa no ha tenido ni triunfos ni milagros. Su Hijo no permitió que la gloria humana la rozara siquiera. Nadie ha vivido, ha sufrido y ha muerto con tanta sencillez y en una ignorancia tan profunda de su propia dignidad, de una dignidad que, sin embargo, la pone muy por encima de los ángeles. Ella nació también sin pecado, ¡qué extraña soledad! Un arroyuelo tan puro, tan límpido y tan puro, que Ella no pudo ver reflejada en él su propia imagen, hecha para la sola alegría del Padre Santo, ¡Oh soledad sagrada!

Los antiguos demonios familiares del hombre, dueños y servidores al mismo tiempo, los terribles patriarcas que guiaron los primeros pasos de Adán en el umbral del mundo maldito, la Astucia y el Orgullo, contemplan desde lejos a esa criatura milagrosa que está fuera de su alcance, invulnerable y desarmada. Es verdad que nuestra pobre especie no vale mucho, pero la infancia emociona siempre sus entrañas y la ignorancia de los pequeños le hace bajar los ojos, esos ojos que han visto tantas cosas. ¡Pero no es más que la ignorancia al fin y al cabo! La Virgen es la inocencia. Date cuenta de lo que nosotros somos para Ella, nosotros, la raza humana. Ella detesta el pecado, naturalmente, pero no tiene de él experiencia alguna, esa experiencia que ni siquiera les ha faltado a los más grandes santos, hasta al propio santo de Asís, con lo seráfico que fue.

La mirada de la Virgen es la única verdaderamente infantil, la única de niño que se ha dignado fijarse jamás en nuestra vergüenza y nuestra desgracia. Para rezar bien las oraciones que a Ella dirigimos tenemos que sentir sobre nosotros esa mirada que no es del todo la de la indulgencia, pues la indulgencia va siempre acompañada de alguna amarga experiencia, sino de tierna compasión, de sorpresa doloroso, de no sabemos qué sentimientos, una mirada inconcebible, inexpresable, que nos la muestra más ¡oven que el pecado, más joven que la raza de que Ella es originaria (G. Bernanos, Diario de un cura rural, Barcelona 1985, 164-165).

 

 

Día 21

 Miércoles de la semana IV de Adviento 

 

LECTIO

Primera lectura: Cantar de los Cantares 2,8-14

8 ¡La voz de mi amado!

Miradlo cómo viene

saltando por los montes,

brincando por las colinas.

9 Parece mi amado una gacela,

parece un cervatillo.

Se ha parado detrás de nuestra tapia.

Mira por las ventanas,

atisba por las rejas.

10 Habla mi amado, ya me dice:

«Levántate, amada mía, preciosa mía, ven.

11 Que ya ha pasado el invierno,

han cesado las lluvias y se han ido.

12 Las flores aparecen en el campo,

ha llegado el tiempo de la poda;

y se oye en nuestra tierra el arrullo de la tórtola.

13 Apuntan los brotes de la higuera,

las viñas en flor exhalan su fragancia.

¡Levántate, amada mía, preciosa mía, ven!

14 Paloma mía, que anidas

en las grietas de la roca,

en escarpados escondrijos,

déjame ver tu rostro,

déjame oír tu voz.

¡Es tan dulce tu voz,

tan hermoso tu rostro!»

 

*• El texto del Cantar de los Cantares, poema lírico, de autor desconocido, escrito en los siglos VI-V a.C. utilizando material antiguo que pudiera remontarse hasta Salomón (siglo X), exalta con delicadeza el amor humano entre esposo y esposa. Tal amor, descrito de modo espontáneo e inspirado, describe la vuelta del esposo a casa tras el largo invierno en busca de pastos para su rebaño.

La alegría de la esposa por la venida de su amado, unida al tierno afecto, es tan intensa, que las palabras utilizadas de densa inspiración poética y las imágenes primaverales, aun las más elevadas, parecen insuficientes para manifestar la emoción interior de la persona amada.

En la tradición de la Iglesia la imagen "esposo"-"esposa" siempre se ha entendido como símbolo de la relación nupcial entre Dios y el pueblo (cf. Os 1-3; Is 62,4-5; Jer 3,1-39) y entre Cristo y la Iglesia (cf. Me 2,19-20; Ef 5,25-26; 2 Cor 11,2; Ap 21,9). Dios, de hecho, es el esposo del poema e Israel la esposa. Y como el amor de Dios por su pueblo elegido se prolonga en el amor de Cristo por su Iglesia, el esposo es Cristo y la esposa es la Iglesia.

La liturgia utiliza este simbolismo entre Cristo y María y entre Cristo y el creyente: la Virgen es figura de la Iglesia que sale al encuentro con gozo de Cristoesposo que viene, y así también cada miembro de la comunidad cristiana, que vive esperando acoger al Señor para que le hable directamente al corazón.

 

O bien:

Primera lectura: Sofonías 3,14- 18a

14 ¡Da gritos de alegría, Sión, exulta de júbilo, Israel, alégrate de todo corazón, Jerusalén!

15 El Señor ha anulado la sentencia que pesaba sobre ti, ha barrido a tus enemigos; el Señor es rey de Israel en medio de ti, no tendrás que temer ya ningún mal.

16 Aquel día dirán a Jerusalén: «No tengas miedo, Sión, que tus brazos no flaqueen;

17 el Señor tu Dios en medio de ti, es un salvador poderoso. Dará saltos de alegría por ti, su amor te renovará, por tu causa danzará y se regocijará,

18 como en los días de fiesta».

 

*» El breve fragmento de Sofonías es un himno de gozo que brota del corazón del profeta, el cual, en nombre de Dios y abriendo horizontes de futuro, le hace experimentar a Israel, casi tangiblemente, la salvación y el amor que el Señor tiene con su pueblo. De hecho, a la amenaza que el profeta ve cernirse sobre Jerusalén, por el comportamiento perverso de las clases dominantes, sigue el juicio de Dios dirigido no a aniquilar al pueblo, sino a purificarlo y convertirlo. La salvación divina pasará por el «resto de Israel», la gente pobre y humilde de la que se sirve el Señor después de hacer desaparecer a los arrogantes.

La salvación viene favorecida por: no cometer iniquidad ni decir falsedades. Los beneficios consiguientes a esta obra del Señor son: cancelación de la condena, expulsión de los enemigos (v. 15; Le 1,71.77; 1 Tim 1,15) y la presencia de Dios en el pueblo como «guerrero que salva» (v. 17) que renueva su amor por una vida de comunión perenne. La invitación a la alegría que se dirige a la «hija de Sión» y a la «hija de Jerusalén» (v. 14) se puede aplicar también a María, santificada por la presencia de Jesús, salvador del mundo, llevado con gozo en su seno en espera de entregarlo al mundo.

 

Evangelio: Lucas 1,39-45

39 Por aquellos días, María se puso en camino y se fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá.

40 Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

41 Y cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño empezó a dar saltos en su seno. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo,

42 exclamó a grandes voces: -Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

43 Pero ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme?

44 Porque en cuanto oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de alegría en mi seno.

45 ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

 

*» La visita de María a su pariente Isabel en el pueblecito de Ain Karin en las colinas de Judá es una página rica de reminiscencias bíblicas, de humanidad y espiritualidad.

María recorre el mismo camino que hizo el arca, cuando David la transportó a Jerusalén (cf. 2 Sm 6,2-11), y es el camino que hará Jesús cuando decididamente se dirigió a Jerusalén a cumplir su misión (cf. Le 9,51). Se trata siempre de Dios, que, en diversos momentos de la historia de la salvación, se dirige al hombre para invitarlo a la salvación.

La narración de la visitación está estrechamente vinculada con la de la anunciación, no sólo por su clima tan humano, manifestado en actos de servicio, sino también porque la visitación es la verificación del "signo" que el ángel dio a María (cf. Le 1,36-37). Los saltos del Bautista en el seno de su madre representa la alegría desbordante de todo Israel por la venida del Salvador (w. 41.44). Las palabras de bendición, inspiradas por el Espíritu, que Isabel dirige a María, son la confirmación de la especial complacencia de Dios con la Virgen. La salvación que lleva en el secreto de su propia maternidad es el fruto de su fe en la Palabra del Señor: «Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (v. 45; Le 8,19-21). Siempre María se anticipa y con solicitud se da a todos y en todo: la más grande se hace donación a la más pequeña, como Jesús con el Bautista.

 

MEDITATIO

El encuentro de las dos madres y el del Mesías con su Precursor constituyen la expresión de un único cántico de alabanza y acción de gracias a Dios por su presencia salvadora en medio de los hombres. Ahora nos toca a nosotros, siguiendo el ejemplo de María y de su pariente Isabel, abrir el corazón a la acción gozosa y fecunda del Espíritu y responder al don de Dios. La Navidad es tiempo de gozo porque Dios se ha hecho uno de nosotros dándonos a su Hijo y porque nos hemos convertido todos en hermanos e hijos del mismo Padre.

No es posible hacer lugar a la tristeza cuando celebramos el nacimiento de la vida, vida que destruye el temor de la muerte y nos aporta la alegría por la promesa de la eternidad: nadie queda excluido de esta alegría: la causa de la alegría es común a todos. Alégrese el justo, porque se acerca el premio; alégrese el pecador, porque es invitado al perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida (san León Magno).

María es el modelo de apertura de corazón a la acción del Espíritu. Ella con el don de la maternidad no se aisló en una autocomplacencia, sino que, cual verdadera "arca de la alianza" que encierra en sí la fuente de la vida, se pone con gozo en marcha para servir a los demás con una caridad traducida en humilde servicio. «La esposa no engendra obras de arte en la euforia y en la soledad, sino hijos de Adán que debe convertir en hijos de Dios con su carne y su alma» (M. Delbrel). El anuncio de salvación y alegría que Dios nos aporta con su Palabra esta Navidad ¿no está quizás disfrazado en gestos de amor hacia los hermanos, especialmente con aquellos que carecen de motivos para alegrarse?

 

ORATIO

Señor, que te has hecho nuestro hermano y desde el vientre virginal de María comunicaste con alegría la salvación a tu Precursor en el encuentro de la visitación de María a Isabel, haz que también nosotros, siguiendo el ejemplo de tantas personas dispuestas a acoger tus dones, podamos alegrarnos en el Espíritu siempre que acojamos tu Palabra de vida.

Con frecuencia no sabemos escuchar tu voz ni sabemos orar, pero nos has dado el Espíritu que silenciosamente ora en nosotros. Haz que nos impliquemos en su poderosa acción para ejecutar en nosotros la verdad y, de este modo, con corazón renovado, sepamos darte con alegría a nuestros hermanos, especialmente los más necesitados. Concédenos que la Palabra que da vida y que nos regalas podamos vivirla con fe y testimoniarla con un compromiso concreto en nuestro trabajo de cada día, en nuestras familias y comunidad, para que siempre resplandezca esta alegre noticia de salvación para todos, santos y pecadores.

Como María, deseamos ver a Jesús, nuestro salvador, que nos revela el verdadero rostro del Padre y del hombre, y meditar continuamente como la Virgen de Nazaret los grandes acontecimientos de la historia de salvación de modo nuevo y actual. Señor, que cada uno de nosotros esté siempre abierto a la acción del Espíritu para llevar al mundo la novedad del amor.

 

CONTEMPLATIO

Suene, oh Jesús, tu voz en mis oídos, para que mi corazón aprenda a amarte, para que te ame mi mente, para que te amen las mismas entrañas de mi alma. Adhiérase a ti en apretado abrazo lo más íntimo de mi corazón; a ti mi único y solo verdadero bien, mi dulce y deleitable alegría. Pero ¿qué es el amor, Dios mío? Si no me engaño, es una admirable delectación del alma, tanto más dulce cuanto más puro, tanto más suave cuanto más sincero, tanto más alegre o gozoso cuanto más extenso y duradero. El paladar del corazón te saborea porque eres dulce; su ojo te contempla porque eres bueno; el corazón puede contenerte a pesar de que eres inmenso.

Quien te ama, te goza, y tanto más te goza cuanto más te ama, porque tú mismo eres amor, caridad. Te suplico, Señor, que descienda a mi alma una partecita siquiera de esa tu gran suavidad, para que con ella se torne dulce el pan de su desolada amargura. Guste de antemano algún pequeño sorbo de aquello que anhela, de aquello que ansia, de aquello por lo que suspira en esta peregrinación. Mientras tanto, Señor, te buscaré, y te buscaré amándote (Elredo de Rieval, El espejo de la Caridad, Buenos Aires 1981, 61-62).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» (Le 1,42).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ordinariamente, vemos en el misterio de la visitación sobre todo una acción a imitar, como si María hubiese hecho sólo esta visita y la hubiese hecho para darnos un ejemplo, olvidando que lo propio de la naturaleza de la Virgen es nacer visitas: el visitar a los nombres es para ella una función. María viene a visitarnos con frecuencia, como si fuésemos sus amigos, sus parientes próximos.

La visitación siempre será la fiesta de esta actitud de total donación de sí, propia de María desde que supo que era la madre de Jesús. Ahora comienza esta serie innumerable de "visitas" que no terminará mientras haya un hombre en la tierra.

Su glorificación y la misteriosa extensión de su maternidad a todos los que nacerán de su Hijo, darán a María un número infinito de parientes por visitar, sencillamente para ayudarles con esa presencia humilde y discreta que le caracteriza.

María viene a visitarnos llevando a Jesús escondido en ella, para ayudarnos en nuestras necesidades más urgentes, más cotidianas, más banales: necesidad de trabajo, las obligaciones, el estado, las relaciones, María viene a visitarnos, quizás nunca lo habíamos pensado. Nos visita frecuentemente, todos los días. Éste es el sentido más profundo, más auténtico de este misterio: el hecho de las visitas innumerables, sencillísimas, personalísimas, todas por nosotros, que María multiplica en nuestra vida en todo momento, en cualquier dificultad (R. Voillaume, Al servicio de los hombres, Madrid 2 1973).

 

 

Día 22

Jueves de la semana IV de Adviento

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 1,24-28

24 En aquellos días, cuando Ana hubo destetado a Samuel, subió con él al templo del Señor en Silo, llevando un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino.

25 Cuando inmolaron el novillo y presentaron el niño a Eli,

26 Ana le dijo: -Señor mío, te ruego que me escuches; yo soy la mujer que estuvo aquí, junto a ti, rezando al Señor.

27 Este niño es lo que yo pedía, y el Señor me ha concedido lo que le pedí.

28 Ahora yo se lo cedo al Señor; por todos los días de su vida queda cedido para el Señor. Y se postraron allí ante el Señor.

 

*•• Los dones más preciosos no se conquistan, sino que se esperan. Tal es el caso de la madre del joven Samuel, Ana, que acude al santuario del arca en Silo para agradecer al Señor el don de la maternidad después de su insistente súplica. Lleva algunos dones de la tierra, pero sobre todo el don de su hijo Samuel, que ofrece a Dios con generosidad: «Se lo cedo al Señor mientras viva» (v. 28). Ana ofrece primero al Señor un toro, como sacrificio de acción de gracias y alabanza; a continuación presenta a su hijo Samuel al sacerdote Eli, al que le cuenta su historia, recordando la oración que hizo años atrás en su presencia, y cómo Dios había escuchado su petición, concediéndole la gracia tan ansiada del nacimiento del hijo. Ana, pues, está en la casa de Dios para intercambiar el don: «Ahora yo se lo cedo al Señor» (v. 28).

La narración bíblica es el anuncio extraordinario de lo que Dios realizará en plenitud con María. Lo mismo que en el caso de Isaac (cf. Gn 18,9-14), Sansón (cf. Jue 13,2-25) y Juan Bautista (cf. Le 1,5-25), el nacimiento de un hijo por obra de Dios, de una mujer estéril, fue el signo de una vocación particular, también lo fue para Samuel, destinado a ser el primer gran profeta de Israel (cf. Hch 3,24) y el guía espiritual del pueblo. Es preciso seguir la trayectoria marcada por Dios en la historia de la salvación de cada uno. Es necesario respetar los tiempos de crecimiento de cada uno sin pretender manipular a Dios en la realización de nuestros proyectos personales y humanos.

 

Evangelio: Lucas 1,46-55

46 Entonces María dijo:

47 Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador,

48 porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,

49 porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso. Su nombre es santo,

50 y es misericordioso siempre con aquellos que le honran.

51 Desplegó la fuerza de su brazo y dispersó a los de corazón soberbio.

52 Derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes.

53 Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada.

54 Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia,

55 como lo había prometido a nuestros antepasados, en favor de Abrahán y de sus descendientes para siempre.

 

*•• El Magníficat, canto de los pobres, es una de las más bellas oraciones del Nuevo Testamento, con múltiples reminiscencias veterotestamentarias (cf. 1 Sm 2,1- 18; Sal 110,9; 102,17; 88,11; 106,9; Is 41,8-9). Es significativo que el texto se ponga en labios de María, la criatura más digna de alabar a Dios, culmen de la esperanza del pueblo elegido. El cántico celebra en síntesis toda la historia de la salvación que, desde los orígenes de Abrahán hasta el cumplimiento en María, imagen de la Iglesia de todos los tiempos, siempre es guiada por Dios con su amor misericordioso, manifestado especialmente con los pobres y pequeños.

El cántico se divide en tres partes: María glorifica a Dios por las maravillas que ha hecho en su vida humilde, convirtiéndola en colaboradora de la salvación cumplida en Cristo su Hijo (w. 46-49); exalta, además, la misericordia de Dios por sus criterios extraordinarios e impensables con que desbarata situaciones humanas, manifestada con seis verbos («Desplegó, dispersó, derribó, ensalzó, colmó, auxilió...»), que reflejan el actuar poderoso y paternal de Dios con los últimos y menesterosos (w. 50-53); finalmente recuerda el cumplimiento amoroso y fiel de las promesas de Dios hechas a los Padres y mantenidas en la historia de Israel (w. 54-55). Dios siempre hace grandes cosas en la historia de los hombres, pero sólo se sirve de los que se hacen pequeños y procuran servirle con fidelidad en el ocultamiento y en el silencio de adoración en su corazón.

 

MEDITATIO

La unión existente entre la lectura de Samuel y la del Magníficat de María es significativa: las dos madres, Ana y María, viven el gozo y la alabanza agradecida por el don de la vida que está en ellas, signo de la bondad de Dios y se confían con un corazón sencillo en el Señor, porque «es misericordioso siempre con aquellos que le honran» (v. 50). ¿Somos nosotros conscientes de que la pobreza y la sencillez de corazón son las condiciones esenciales para agradar a Dios y ser colmados de su riqueza? Los frutos de las obras de Dios se desarrollan no en la agitación ni con violencia, sino lentamente y en silencio. Dios actúa siempre en el secreto y no con ostentación, sin que por ello el resultado deje de ser eficaz y extraordinario.

No se puede obligar a una planta a que florezca por la fuerza; precisa germinar lentamente e ir creciendo hasta su punto de madurez y esplendor. Tampoco se pueden forzar los tiempos del Espíritu. Dios sabe ir llevando a la madurez el proyecto de cada uno, de acuerdo con los tiempos y momentos que sólo él conoce. Como María, se nos invita, próxima ya la Navidad, a compartir esta ternura del Señor confiando nuestros proyectos y nuestra misma vida a aquel que nos ha amado primero y sólo desea nuestro bien, dirigiéndole nuestra alabanza porque «ha escogido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes... de este modo, nadie puede presumir delante de Dios» (1 Cor 1,27-29).

 

ORATIO

Señor misericordioso y fiel, tú has puesto en labios de las dos madres, Ana y María, la oración de alabanza y agradecimiento, haciendo germinar en su corazón la alegría, fruto de tu visita amorosa y paternal: concédenos también a nosotros, deseosos de recorrer el mismo camino, descubrir en la oración la actitud de alabanza agradecida, por los múltiples beneficios que nos concedes sin mérito alguno de nuestra parte, y el agradecimiento gozoso por las maravillas que continuamente permites pregustar en tu Iglesia y en el contacto con nuestros hermanos en la fe.

Eres Padre de todos y no quieres que ninguno viva sumido en la tristeza sin experimentar tu amor: haz que, sobre todo los pobres de cuerpo y espíritu, los últimos y los pecadores, experimenten tu presencia misericordiosa y sepan confiar en ti en los momentos difíciles de su vida sin descorazonarse o alejarse de ti.

Te pedimos además que cada uno de nosotros pueda escribir en su vida su propio Magníficat siguiendo el modelo del de María, para poder descubrir en la oración que las riquezas que nos confías superan en mucho nuestra pobreza y que los dones que pones en nuestras manos y en las de nuestros hermanos son un signo de que siempre cuidas de nosotros con amor de Padre.

 

CONTEMPLATIO

La humildad de corazón es la madre de todas las virtudes; en ella y de ella se generan y derivan las demás virtudes, como de la raíz sabemos ponderar la riqueza del árbol. Y como es el más firme y arraigado cimiento sobre el que se eleva todo el edificio de la vida espiritual, Dios quiere ser su maestro y modelo exclusivo. Y por la Virgen María se complace sólo de esta virtud, afirmando que sólo por eso Dios se encarnó en ella diciendo: «Porque miró la humildad de su esclava. Y por esto y no por otra cosa, me proclamarán dichosa todas las generaciones».

Oh hijos míos, manteneos en esta humildad, para que podáis lograr la verdadera paz de vuestras almas. Oh hijos míos, ¿dónde podrá encontrar reposo y paz la criatura sino en aquel que es la paz suma, en aquel que pacifica todo, el puerto sereno de las almas? ¿Y cómo podrá llegar a él el alma que no vuele con las alas de la humildad, sin las cuales las demás virtudes corren hacia Dios, pero sin fuerza para levantar el vuelo? Carísimos, esta humildad de corazón que Dios-hombre quiere enseñarnos y darnos, es una luz radiante y clara que abre los ojos del alma al doble abismo: el de la nada humana y el de la ilimitada bondad de Dios (Angela de Foligno, Le istruzioni, Florencia 1926, 256-257).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Le 1,47).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Para comprender bien este canto de alabanza, debemos notar que la bienaventurada virgen María habla por propia experiencia, habiendo sido iluminada y adoctrinada por el Espíritu Santo: y es que nadie puede comprender rectamente a Dios ni la Palabra de Dios, si no se lo concede directamente el Espíritu Santo. El recibir este don del Espíritu Santo significa experimentarlo como en una escuela, fuera de la cual sólo hay palabras y charlas. Así pues, la santa Virgen, habiendo experimentado en sí misma que Dios había hecho obras grandes en ella, humilde, pobre y despreciada, el Espíritu le enseña este precioso arte y sabiduría, según el cual Dios es el Señor que se complace en elevar lo que es humilde y en humillar lo elevado; resumiendo, a derribar lo construido y a construir lo derribado.

Como al principio de la creación creó el mundo de la nada, así su modo de actuar sigue esta misma constante, lleva a cabo todas sus obras hasta el fin del mundo sacando de la nada, de lo pequeño, despreciado, miserable, muerto, algo precioso, honrado, dichoso, vivo, lo reduce a nada, pequeño despreciable, mísero y efímero (Martín Lutero, introducción al Magníficat).

 

 

Día 23

 Viernes de la semana IV de Adviento

 

LECTIO

Primera lectura: Malaquías 3,1-4.23-24

Así dice el Señor:

1 Mirad, yo envío mi mensajero a preparar el camino delante de mí, y de pronto vendrá a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza, a quien tanto deseáis; he aquí que ya viene, dice el Señor todopoderoso.

2 ¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién se mantendrá en pie en su presencia? Será como fuego de fundidor y como lejía de lavandera.

3 Se pondrá a fundir y a refinar la plata. Refinará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata, para que presenten al Señor ofrendas legítimas.

4 Entonces agradarán al Señor las ofrendas de Judá y de Jerusalén, como en los tiempos pasados, como en los años remotos.

23 Mirad, yo os enviaré al profeta Elías antes que llegue el día del Señor, grande y terrible;

24 él hará que padres e hijos se reconcilien, de manera que, cuando yo venga, no tenga que entregar esta tierra al exterminio.

 

**• En el contexto de la reconstrucción del segundo templo (segunda mitad del siglo V a.C), el culto y la pureza religiosa del pueblo están en decadencia a causa de los matrimonios mixtos de los que volvieron a Jerusalén del destierro de Babilonia y viven impunes y tranquilos.

Los observantes se preguntan: ¿dónde está la justicia de Dios? En nombre del Señor, el profeta responde denunciando el pecado de los sacerdotes y la violación de la ley del culto por p a r t e de pueblo y anunciando como inminente «el día grande y terrible» (v. 23) de la venida del Señor en persona. Él purificará el templo y sus sacerdotes y juzgará a los malvados.

Pero al Señor le precederá un mensajero, identificado con el profeta Elías (v. 23; Eclo 48,10-11), cuya misión será la de preparar el camino, purificar al pueblo de sus pecados y dirigirlo, mediante la reconciliación del corazón, a las sanas tradiciones de los padres. La profecía de Malaquías, leída en el contexto del Nuevo Testamento, se refiere a la venida de Cristo, precedida por su mensajero: Juan Bautista, cuya misión de Precursor será llamar al pueblo a la conversión y prepararlo al encuentro con el Mesías, «el mensajero de la alianza» (v. 1), por todos esperado.

 

Evangelio: Lucas 1,57-66

57 Se le cumplió a Isabel el tiempo y dio a luz un hijo.

58 Sus vecinos y parientes oyeron que el Señor le había mostrado su gran misericordia y se alegraron con ella.

59 Al octavo día fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre.

60 Pero su madre dijo: -No, se llamará Juan.

61 Le dijeron: -No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.

62 Se dirigieron entonces al padre y le preguntaron por señas cómo quería que se llamase.

63 Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Entonces, todos se llevaron una sorpresa.

64 De pronto recuperó el habla y comenzó a bendecir a Dios.

65 Todos sus vecinos se llenaron de temor, y en toda la montaña de Judea se comentaba lo sucedido.

66 Cuantos lo oían pensaban en su interior: «¿Qué va a ser este niño?». Porque efectivamente el Señor estaba con él.

 

**• El evangelio de Lucas, realizando la profecía de Malaquías en la figura del Bautista, nos describe dos episodios de su nacimiento: la participación de los parientes y vecinos que se alegran con Isabel por su parto (w. 57-58) y la circuncisión del niño al octavo día con la imposición del nombre (w. 59-66).

El evangelista, subrayando algunos elementos, advierte en el acontecimiento del nacimiento y de la imposición del nombre la intervención prodigiosa y misericordiosa del Señor actuando en la vida del pequeño de modo extraordinario: la alegría de todos por el acontecimiento inesperado (v. 58); el significado del nombre «Juan» (w. 60-63), que quiere decir: «Dios favorece y actúa con misericordia», nombre rico en promesas futuras; el asombro de los presentes mezclado con un temor respetuoso, y la divulgación de la noticia por toda Judea (v. 65); Zacarías que recobra el habla y bendice y alaba a Dios, como signo de que todo lo dicho por el Señor se ha cumplido (v. 64); finalmente, la reacción de aquellos que iban conociendo el nacimiento del niño, que se preguntaban: «¿Qué va a ser este niño?», y el mismo evangelista en una nota redaccional concluye diciendo: «El Señor estaba con él» (v. 66).

La narración del nacimiento del Bautista anuncia ya maduros los tiempos nuevos de la venida del Mesías. Lo importante es acogerlo como hizo el Bautista y saber reconocer en la historia la novedad radical de la relación entre Dios y el hombre.

 

MEDITATIO

En todas las épocas de la historia humana el Señor envía siempre mensajeros como Elías y el Bautista, para recordar que es él quien tiene en sus manos las riendas de los avatares humanos y, a pesar de que el hombre rechace sus llamadas y huya de sus caminos, él siempre reanuda los vínculos con gestos de amor. Tampoco hoy faltan entre nosotros signos concretos y modos elocuentes de su Palabra, personas como la Madre Teresa y acontecimientos extraordinarios como un concilio ecuménico o un sínodo eclesial; personas y acontecimientos que, siendo instrumentos del Espíritu, elevan las propias "antenas" para captar la onda del mundo nuevo que se perfila en el horizonte. Lo nuevo ya está y está vivo, hay que saberlo ver y respetar sin ceder a nostalgias del pasado o a sueños de futuro, que son auténticas evasiones de la realidad.

Dios nos va educando con largos períodos de ascesis y silencio para que aprendamos a descubrirlo en la historia y en lo íntimo del corazón, donde mora el Espíritu de Cristo que nos guía e ilumina en nuestro camino de fe. Todo esto lleva consigo el romper nuestras seguridades para que nos fiemos de un Dios-Amor, como Jesús nos enseñó (cf. 1 Jn 4,16). Aceptar a Dios-Amor significa entrar en los caminos de Dios, fiarnos de su paternidad divina, que nos hace libres y nos restituye la dignidad de auténticos hijos; significa dejarse conducir por su Espíritu sin poner obstáculos a la acción interior y gratuita de Dios.

 

ORATIO

Padre santo, que guías la historia y que por medio de tu Hijo Jesús la conduces por los caminos de amor, haz que la Iglesia en su peregrinación terrena hacia el Señor viva plenamente la tensión de la salvación entre el ya cumplido en Jesús y el todavía no actualizado en nosotros y manifestado en Cristo glorioso.

En los albores de la Iglesia los cristianos decían: «La salvación está más cerca que cuando comenzamos a creer» (Rom 13,11). Con frecuencia hoy vivimos sin pensar en tu venida, distraídos por mil luces fatuas que nos deslumbran, ignorando el grito que la Iglesia dirige a su esposo al final del Apocalipsis: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,17.20). Concédenos, Padre bueno, no olvidar que estás entre nosotros, aunque oculto en tantos rostros de hermanos, y guías nuestros pasos por la presencia de tus mensajeros de luz y de paz, que nos interpelan y sacuden nuestra superficialidad espiritual con su fe coherente y su fecundo testimonio de vida.

Queremos estar vigilantes en nuestro caminar para reconocer tus mensajeros que nos invitan a tu amistad. Pero, ante todo, te pedimos que nos hagas capaces de mantener purificado el corazón, libre y sensible a la acción del Espíritu, para que actuemos como deseas, te encontremos en esta Navidad y podamos estar preparados en el día de tu última visita para confesar en alabanza que has sido padre y amigo.

 

CONTEMPLATIO

El nombre de Juan significa: «aquel en el cual está la gracia». Ahora bien, donde debe nacer la gracia, se tiene que caminar por caminos de conversión. Si se lograse seguir este camino, sería una cosa deliciosa. Si se aprendiese bien este camino, nacería en él de verdad la gracia de Dios. El hombre no tiene nada por sí mismo; todo proviene de Dios y por Dios: tanto lo grande como lo pequeño. El hombre debiera tener siempre presente este pensamiento en su corazón (...).

En esto el hombre debe humillarse y arrojarse a los pies de Dios para que se compadezca de él. Debe además esperar plenamente en Dios. Entonces, de pronto, Juan -esto es, la gracia- nace en ese humus de humildad.

En el valle de la humildad crece la dulzura, la confianza, la calma, la paciencia, la bondad (...). Cuando tiene lugar este nacimiento, se experimenta un gozo en el espíritu tan grande que nadie puede expresarlo (...). En estas personas descansa la santa Iglesia y, si no existieran, la cristiandad no subsistiría ni una hora. El hecho de que existan es mucho más importante que toda la actividad del mundo. Que Dios nos conceda a todos nosotros lograr todo esto del modo más rápido y glorioso. Amén (Taulero, Sermón por la natividad de san Juan Bautista, en Obras, Alba 1984).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Hablaba bendiciendo a Dios» (Le 1,64).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo». Si, pues, alumbra a todo hombre que viene al mundo, iluminó también al mismo Juan. Alumbraba a aquel por quien quería darse a conocer.

Entended, pues, hermanos míos: venía a espíritus apocados, a corazones débiles, para vigorizar los ojos enfermizos de las almas. Para éstos venía. ¿Cómo es posible que un alma de éstas vea al Señor por excelencia? De manera parecida a como suele casi siempre darse uno cuenta de que ha salido el sol, que los ojos no ven, por los cuerpos que reflejan sus rayos. Quienes tienen enfermos los ojos pueden fácilmente ver un muro, una montaña, un árbol y otros objetos cualesquiera que el sol ilumina y dora con sus rayos, y estos objetos iluminados muestran la salida del sol a los ojos, que aún no pueden fijarse directamente en él. Así son aquellos hombres a quienes viene Cristo y que son ineptos para verlo. Irradia sobre Juan, quien confiesa no ser él el que irradia y alumbra, sino quien recibe la irradiación y la luz, y por él se ve a Aquel que ilumina y esclarece y lo llena todo, ¿Quién es éste? Este es, dice el evangelista, el que alumbra ar todo hombre que viene a este mundo. Si no se hubiese alejado de El, no tendría necesidad de ser iluminado. Pero le es necesaria esta iluminación, porque se alejó del que podía envolverlos en sus resplandores (San Agustín, Sobre el evangelio de san Juan, Madrid 1968, 95-96).

 

 

Día 24

Sábado de la semana IV de Adviento

Navidad del Señor: Misa vespertina en la vigilia

 

 

Sábado de la semana IV de Adviento

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 7,1-5.8b-12.14a.l6

1 Cuando David se estableció en su palacio y el Señor le dio paz con todos sus enemigos de alrededor,

2 dijo al profeta Natán: -Yo vivo en una casa de cedro, mientras que el arca del Señor está en una tienda.

3 Natán le dijo: -Haz lo que te propones, porque el Señor está contigo.

4 Pero aquella misma noche el Señor dirigió esta palabra a Natán:

5 -Ve a decir a mi siervo David: Esto dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que viva en ella?

8b Yo te tomé de la majada, de detrás de las ovejas, para que fueras caudillo de mi pueblo, Israel.

9 He estado contigo en todas tus empresas, he exterminado delante de ti a todos tus enemigos; y yo haré que tu nombre sea como el de los grandes de la tierra.

10 Asignaré un lugar a mi pueblo Israel y en él lo plantaré, para que lo habite y no vuelva a ser perturbado, ni los malvados lo opriman como antes,

11 como en el tiempo en que yo establecí jueces sobre mi pueblo Israel; te daré paz con todos tus enemigos. Además, el Señor te anuncia que te dará una dinastía.

12 Cuando hayas llegado al final de tu vida y descanses con tus antepasados, mantendré después de ti el linaje salido de tus entrañas, y consolidaré su reino.

14a Seré para él un padre y él será para mí un hijo.

16 Tu casa y tu reino subsistirán para siempre ante mí, y tu trono se afirmará para siempre.

 

*• La profecía de Natán a David es esclarecedora y abre un nuevo horizonte en la historia de salvación. El reino de Judá goza de un período de tranquilidad y el mismo rey mora en un magnífico palacio. Pero sus planes son construir también una «casa» al Señor donde poder acoger el arca de Dios. El profeta le impide realizarlo porque Dios tiene otro proyecto mayor para David y su descendencia. El Señor tomará la iniciativa para dar una casa no de piedra, sino estable y duradera: la estirpe real de David: «El Señor te anuncia que te dará una dinastía. Tu casa y tu reino subsistirán para siempre ante mí» (w. 11.16).

El Señor, de hecho, recuerda a David su historia, lo que ha hecho por él, y promete a su dinastía una duración perenne: lo eligió como pastor del pueblo sacándolo de los campos (cf. 1 Sm 16,11-13); le concedió la victoria sobre todos sus enemigos y en el futuro continuará estando con él; su gloria y la de su descendencia será grande porque gozará de una filiación divina; el rey y su pueblo serán benditos del Señor y poseerán una «casa» estable y tranquila, es decir, una dinastía que durará por los siglos.

El mensaje de la Palabra de Dios está claro: la salvación no viene de un templo de piedra obra de manos humanas, sino de la alianza con Dios, al que pertenece todo, el hombre y la historia.

 

Evangelio: Lucas 1,67-79

67 Zacarías, su padre, se llenó del Espíritu Santo y profetizó:

68 Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo.

69 Nos ha suscitado una fuerza salvadora en la familia de David su siervo,

70 como lo había prometido desde antiguo por medio de sus santos profetas,

71 para salvarnos de nuestros enemigos y del poder de todos los que nos odian.

72 De este modo mostró el Señor su misericordia a nuestros antepasados y se acordó de su santa alianza,

73 del juramento que hizo a nuestro antepasado Abrahán, para concedernos

74 que, libres de nuestros enemigos, podamos servirle sin temor,

75 con santidad y justicia en su presencia toda nuestra vida.

76 Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos,

77 para anunciar a su pueblo la salvación, por medio del perdón de sus pecados.

78 Por la misericordia entrañable de nuestro Dios, nos visitará un sol que nace de lo alto,

79 para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, y para dirigir nuestros pasos hacia el camino de la paz.

 

*•• El cántico de Zacarías es un tejido de reminiscencias bíblicas que exalta el cumplimiento de las promesas de salvación hechas por Dios en las antiguas profecías.

Zacarías, sacerdote de la antigua ley, pero lleno del Espíritu Santo, en el presente cántico de bendición por la visita del Señor a su pueblo, inaugura la nueva alianza, cuyo precursor será su hijo Juan, en el que la larga espera de siglos llega a su cumplimiento.

El texto bíblico se divide en dos partes: la primera resume la historia de salvación, resaltando la misericordia de Dios con los padres y su inquebrantable fidelidad a la alianza, que se realizará en la figura del Mesías (w. 68-75); la segunda mira al Bautista, «profeta del Altísimo» (v. 76), destinado a preparar los caminos del Señor con la predicación de la redención y salvación universal, efectiva en la persona de Jesús, por el perdón de los pecados, fruto de su inmensa bondad.

El cántico ensalza a Cristo, el sol de la resurrección, engendrado antes de la aurora, que con sus rayos ilumina a los que viven en tinieblas y en espera, vivifica a los que carecen de vida y la imploran. Él es la paz, plenitud de los dones mesiánicos, destinada a los que alaban y dan gloria a Dios. Él, el Verbo del Padre, es luz y vida de los hombres, en el cual ven a Dios y al cual obedecen.

 

MEDITATIO

Estamos en la vigilia de la Navidad del Señor, y la Palabra de Dios que resuena en la Iglesia es una actualización de las profecías mesiánicas, invitación a dar gracias y a la alabanza por la inminente venida del Salvador, que ha derramado sus bendiciones sobre el pueblo, manteniendo la fe en sus promesas con el don de la reconciliación y de la salvación universal.

¿Cómo vivimos personalmente esta vigilia y qué compromiso de vida nos exige? La venida histórica del Mesías nos confirma que Dios ha elegido su «casa» entre nosotros, en el cuerpo de Jesús, su Hijo (cf. Jn 1,14). Él mora con su pueblo, no de modo pasajero, sino de modo estable (cf. Ap 7,15; 12,2; 13,6; 21,3). Si en el Antiguo Testamento el lugar ideal de la presencia de Dios era el templo o la tienda (cf. Ex 25,8; 40,35; Ez 37,27; Jn 4,17), ahora su presencia está en la misma vida del hombre y en la carne visible de Jesús, que tocó y contempló en la fe la primera comunidad de los discípulos (cf. 1 Jn 1,1-4).

Cristo es la revelación y la luz del Padre, pero de modo oculto y humilde; algo interior que sólo los hombres de fe, como los profetas, los santos y María pueden comprender. Su gloria se manifestará en toda su potencia después, cuando desde la cruz a atraiga todos a sí (cf. Jn 12,32). Puede parecer una paradoja que la cruz sea glorificación, pero todo se hace luminoso si pensamos que «Dios es amor» (1 Jn 4,10) y se manifiesta donde aparece el amor.

¿Es también para nosotros Jesús el centro de la historia, nuestra morada y la plenitud de todas nuestras aspiraciones humanas?

 

ORATIO

Señor Jesús, Verbo del Padre y luz de los hombres, te adoramos en esta vigilia de Navidad y esperamos gozosos tu venida, que una vez más lleva a cumplimiento las promesas de Dios. Iluminados por tu luz, creemos que eres Aquel que ama al hombre y que la única finalidad de tu vida es la salvación de todo hombre. La fe nos introduce en este misterio de vida, la experiencia nos lo enseña y tu Palabra de verdad nos guía en este camino de luz.

Verbo eterno del Padre, queremos ser tus primeros adoradores, adictos a la bondad y al bien, testigos de tu misericordia. Tú que no te ocultas a nadie, sino que a todos concedes tu divina luz, seas por siempre nuestra verdadera luz que alumbre a toda la humanidad. Apresuramos nuestro camino hacia la salvación, hacia el nuevo nacimiento, porque deseamos, a pesar de ser multiplicidad, reunimos en un solo amor siguiendo el modelo de unidad del misterio trinitario en el que nos sumerges y renovar de este modo la alianza contigo.

Como la virgen María, lugar de la encarnación, concédenos saber interiorizar tu Palabra para descubrir cada vez más la hondura de este misterio dentro de nosotros mismos, misterio en el que «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28), y llegar a ser contemplativos como María para no confundir esta Palabra con nuestro mismo ser, sino identificarnos con la que lleva al Verbo en sus entrañas y lo engendra como hijo suyo.

 

CONTEMPLATIO

Feliz día, feliz hora, feliz tiempo: es el que con inefable anhelo todos los santos desde el origen del mundo esperaron (...). Dios está con nosotros. Hasta ahora Dios estaba sobre nosotros, pero hoy es el Emmanuel, hoy Dios está con nosotros en nuestra naturaleza, con nosotros con su gracia. Con nosotros en nuestra pobreza, con nosotros en su benignidad. Con nosotros en nuestra miseria, con nosotros en su misericordia. Con nosotros en la caridad, con nosotros en la piedad, con nosotros en la compasión. ¡Oh Emmanuel! ¡Oh Dios con nosotros!

¿Qué hacéis, hijos de Adán? Dios está con nosotros. Con nosotros. No pudisteis, hijos de Adán, subir al cielo para estar con Dios, y ahora Dios ha bajado del cielo para ser el Emmanuel, el "Dios con nosotros" (...). Dichoso el que te abre la puerta del corazón, oh buen Jesús: pues entrarás. Tu Adviento, Señor, lleva al corazón puro el mediodía de la luz celeste (Elredo de Rieval, Sermones inéditos, cit. en Cristo desiderio del moñaco, Milán 1988, 157-158).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Bendito sea el Señor que ha visitado y redimido a su pueblo» (Lc 1,68).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cerremos la puerta detrás de nosotros. Escuchemos con oído atento la inefable melodía que resuena en el silencio de esta noche. El alma silenciosa y solitaria canta al Dios del corazón su canto más suave y afectuoso. Y puede confiar que él le escucha. De hecho, este canto no debe ya buscar al Dios amado más allá de las estrellas, en una luz inaccesible, donde habita y ninguno puede verle.

Como es Navidad, como la Palabra se ha hecho carne, Dios está cerca, y la dulcísima palabra, la palabra del amor, encuentra su oído y su corazón en la sala más silenciosa del corazón. Y quien se ha detenido cerca de sí, aunque es de noche, en esta paz nocturna, en las honduras del corazón de Dios, percibe la dulce palabra del amor. Es preciso estar tranquilos, no temer la noche, hay que callar. De otro modo no se escucha nada.

De hecho, la última cosa se dice solamente en el silencio de la noche, cuando, por la llegada llena de gracia de la Palabra en la noche de nuestra vida, se ha hecho Navidad, noche santa, noche de silencio (K. Rahner, Dio se é fatto uomo, Brescia 31990, 72-73).

 

Navidad del Señor: Misa vespertina en la vigilia

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 62,1-5

1 Por amor a Sión no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré hasta que su liberación brille como luz y su salvación llamee como antorcha.

2 Los pueblos verán tu liberación y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo pronunciado por la boca del Señor.

3 Serás corona espléndida en manos del Señor, corona real en la palma de tu Dios.

4 Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada», sino que te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo.

5 Como un joven se casa con su novia, así se casará contigo tu constructor; La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.

        *» La visión entusiasta del Tercer Isaías se refiere a la ciudad de Jerusalén, la colina santa de Sión, que el profeta contempla ya reconstruida y objeto de la ternura y del amor de Dios. Tras el providencial edicto del rey Ciro (538 a.C), el «resto de Israel» ha regresado a la patria, ha reedificado el templo al Señor y la ciudad ha vuelto a ser el centro propulsor de la historia religiosa de la nación y el lugar de la salvación del pueblo. El profeta describe este renovado contrato de alianza entre Dios y Jerusalén con imágenes y símbolos típicamente nupciales: «Serás corona espléndida en manos de Señor, corona real en la palma de tu Dios» (v. 3), porque la ciudad será sede de la «justicia», lugar de la acción salvífica de Dios y faro luminoso de paz y liberación entre las gentes que reconozcan su «gloria» por la renovada presencia de Dios entre su pueblo (v. 2; 1 Re 8,10-11).

        El Señor mismo dará a Jerusalén un nombre nuevo, por el cual no se hablará más de tierra «Abandonada» y «Devastada», sino que se la llamará «mi favorita» y tierra «Desposada» (v. 4; Os 2,15-25; Ez 16,58-62). Esta grandiosa visión del profeta, en el contexto de la fiesta de Navidad se refiere a la nueva alianza y a la salvación perenne que Dios, a través del nacimiento de Jesús, establece con la humanidad en un matrimonio de verdadero amor.

 

Segunda lectura: Hechos 13,16-17.22-25

Habiendo llegado a Antioquía de Pisidia,

16 Pablo se levantó, impuso silencio con la mano y dijo:  -Israelitas y los que teméis a Dios,

17 escuchad. El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros antepasados, y engrandeció al pueblo durante su permanencia en Egipto; después los sacó de allí con brazo fuerte.

22 Depuesto Saúl, les puso como rey a David, de quien hizo esta alabanza: He hallado a David, hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, el cual hará siempre mi voluntad.

23 De su posteridad, Dios, según su promesa, suscitó a Israel un Salvador, Jesús.

24 Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión;

25 y, cuando estaba para acabar su vida, decía: «Yo no soy el que pensáis. Detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar las sandalias».

        **• La predicación de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia es rica en golpes de escena: primero, la acogida entusiasta de la Palabra, cuando el Apóstol recorre las etapas principales de la historia de la salvación que desde los patriarcas presenta la esclavitud y la liberación de Egipto con la experiencia del desierto, la conquista de la Tierra Prometida, Saúl, el rey David, hasta el «bautismo de conversión» de Juan ofrecido al pueblo (v. 24), y de éstos a Jesús el Salvador; luego, el rechazo opuesto a la Palabra y la persecución del anunciante, cuando falta un corazón abierto a la conversión y a la novedad del Espíritu. Pero tal rechazo fue providencial para la conversión del mundo pagano y de aquellos que no se escandalizaron de la cruz. El Precursor del Mesías fue el primero en acoger su venida: «Detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar las sandalias» (v. 25), y detrás de él una multitud de hombres y mujeres se abrieron al don del Espíritu y a la conversión.

        En todo tiempo de la historia de la Iglesia el anuncio de la "buena noticia" está siempre unido a la persecución. El niño que nace en Belén, envuelto en la gloria celeste, es Aquel que trae consigo los emblemas reales de la pasión. También el discípulo de Jesús está llamado a dar pruebas de fidelidad y amor, en la paz pero sobre todo en el sufrimiento, porque el mundo lo rechaza cuando su anuncio se hace incómodo por la denuncia de una vida incoherente y materialista.

 

Evangelio: Mateo 1,1-25

1 Genealogía de Jesús, Mesías, Hijo de David, Hijo de Abrahán:

2 Abrahán engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob; Jacob engendró a Judá y a sus hermanos.

3 Judá engendró de Tamar, a Farés y a Zara; Farés engendró a Esrón; Esrón engendró a Aran;

4 Aran engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Naasón; Naasón engendró a Salmón.

5 Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé;

6 Jesé engendró al rey David. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón.

7 Salomón engendró a Roboán; Roboán engendró a Abías; Abías engendró a Asá;

8 Asá engendró a Josafat; Josafat engendró a Jorán; Jorán engendró a Ozías;

9 Ozías engendró a Joatán; Joatán engendró a Acaz; Acaz engendró a Ezequías;

10 Ezequías engendró a Manases; Manases engendró a Amón; Amón engendró a Josías.

11  Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la cautividad de Babilonia.

12 Después de la cautividad de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel; Salatiel engendró a Zorobabel;

13 Zorobabel engendró a Abiud; Abiud engendró a Eliaquín; Eliaquín engendró a Azor;

14 Azor engendró a Sadoc; Sadoc engendró a Ajín; Ajín engendró a Eliud;

15 Eliud engendró a Eleazar; Eleazar engendró a Matan; Matan engendró a Jacob.

16 Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Mesías.

17 Así pues, son catorce las generaciones desde Abrahán hasta David, catorce desde David hasta la cautividad de Babilonia, y catorce desde la cautividad de Babilonia hasta el Mesías.

18 El nacimiento de Jesús, el Mesías, fue así: su madre María estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo.

19 José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto.

20 Después de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: -José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo.

21 Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

22 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había anunciado el Señor por el profeta: "La virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel. (que significa: Dios con nosotros)

24 Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado: recibió a su esposa

25  y, sin tener relaciones conyugales, ella dio a luz un hijo, al que José puso por nombre Jesús.

        **• A primera vista, la genealogía con que Mateo abre su evangelio crea un cierto disgusto por el relato árido y sin sentido, pero, en realidad, esconde una gran riqueza de enseñanzas teológicas, expresadas en un lenguaje lleno de artificios exegéticos. El evangelista, injertando a Jesús en un árbol genealógico, pretende decirnos que viene de Israel y es Hijo de David, pero que, al mismo tiempo, es mucho más. Observando, pues, la genealogía, se advierte que está construida de modo simétrico con tres períodos de catorce nombres. ¿Por qué este modo de proceder? La apocalíptica judía nos enseña que el actuar de Dios, como el camino de la historia, es misterioso y numéricamente fijo en la periodicidad; esto es: la venida de Jesús a nosotros tiene lugar en el tiempo fijado por Dios, cuando la historia llega a su plenitud.

        Pero el centro sobre el que converge el texto bíblico es el v. 16: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús llamado Mesías». Este versículo, si se observa bien, constituye una ruptura en la genealogía: la generación, de hecho, es quitada a José, porque el verbo no está en forma activa: «engendró», sino en pasiva: «fue engendrado». Es evidente, pues, como afirman los w. 18-25, que Jesús no es sólo hijo de David, sino que procede de Dios. Éste es el misterio de Jesús; sorpresa para algunos y escándalo para otros. Jesús está ciertamente injertado en la historia humana y en la hebrea, pero la supera, porque viene de lo alto, su origen está en el Padre.

 

MEDITATIO

        Acoger en nuestra existencia el mensaje bíblico de la Navidad significa dejar que nuestra vida se convierta, en el sentido más verdadero y amplio de la palabra, en una vida referida a Dios, una vida de relación nupcial con él. Dios ha establecido un vínculo esponsal con la humanidad, un matrimonio de verdadero amor. «La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo» (Is 62,5). La revelación fundamental de la Biblia es la presencia dominante y arrolladora de Dios, es la invitación a encontrarlo para una vida de comunión con él. Y sólo se le encuentra en el silencio.

        Encontrarlo quiere decir encontrar la soledad, porque «la auténtica soledad es espíritu y todas nuestras soledades humanas son solamente un modo de encaminarnos hacia la fe, que es la perfección de la soledad. La verdadera soledad no es la ausencia de los hombres, es la presencia de Dios» (M. Delbrel). Dios, de hecho, ha venido a nosotros revestido de niño, con un vagido que fácilmente puede ser sofocado por nuestro excesivo y estéril activismo. Hoy, la escucha silenciosa de este Dios hecho hombre parece ser negada a nuestra sociedad de consumo y de derroche. El frenesí de los regalos, para que nada falte sobre la mesa dispuesta con luces y con rojo estrellado, nos ha hecho olvidar la única Palabra de vida que nos permite crecer en un camino de fe y de sentirnos felices.

        El misterio de la encarnación nos desvela un Dios que se hace uno de nosotros por amor; pero que para cumplir sus designios se sirve también de la colaboración de los hombres. ¿Cuál es nuestra parte en esta Navidad para que él nazca de verdad en el corazón de nuestros hermanos?

 

ORATIO

        Jesús, tú te has hecho nuestro hermano y amigo y no has vacilado en hacerte hombre como nosotros para restablecer la amistad entre Dios y la humanidad. Nosotros queremos, ante todo, agradecer al Padre tuyo y Padre nuestro (cf. Jn 20,17) porque no ha vacilado en mandarte a ti, que eres el mayor don que hemos recibido, eligiendo así el camino más bello para llevar a cabo nuestra salvación.

        Tú eres la transparencia personal del amor del Padre y lo eres sólo en virtud de tu unión con Dios y de tu ser Hijo: y nosotros te damos gracias por la obediencia con que has respondido a su proyecto de amor y por el modo con que nos lo has hecho conocer desvelándonos su rostro interior. Pero es tu ejemplo de vida quien nos ha conquistado, porque es una página abierta sobre la que se puede leer cómo nos ha amado Dios. Todo ha partido del amor y a través del amor torna al amor.

        Jesús, tú estás siempre a la escucha del Padre con mirada de contemplación interior y transmites sus palabras, más aún, comunicas tan bien la palabra del Padre que tú mismo eres la Palabra. Queremos en esta Navidad entrar en el silencio y en el estupor de la gruta de Belén.

        Ésta es muy distinta de aquella en la que tú naciste hace tantos años, pero todavía nos dice que para venir a nosotros no escogiste el camino del poder sino el de la humildad y el ocultamiento; no escogiste la riqueza sino la pobreza, privilegiando a los pobres y a los últimos; no escogiste el camino del éxito y de los honores sino el de la humillación y la cruz. Que esta Navidad sea una nueva visita tuya a nuestro corazón para vivir con todos nuestros hermanos el amor, que tú nos has enseñado.

 

CONTEMPLATIO

        Ninguna lengua humana podrá jamás glorificar bastante a aquella de la que tomó carne «el mediador entre Dios y los hombres» (1 Tim 2,5). Ningún elogio humano puede estar a la altura de aquella cuyo vientre purísimo dio el fruto que es el alimento de nuestra alma.

        Es prerrogativa de la Virgen María haber concebido a Cristo en su seno, pero es patrimonio universal de todos los elegidos llevarlo con amor en el propio corazón. Dichosa, pues, dichosísima, la mujer que llevó en su vientre a Jesús durante nueve meses. Pero dichosos también nosotros si nos tomamos el cuidado de llevarlo constantemente en nuestro corazón. Maravilló de modo grandioso la concepción de Cristo en el seno de María, pero no debe maravillar menos verlo hacerse huésped de nuestro corazón.

        En este punto, hermanos míos, reconsideremos cuál es nuestra dignidad y nuestra semejanza con María. La Virgen concibió a Cristo en sus vísceras de carne, y nosotros lo llevamos en las de nuestro corazón. María alimentó a Cristo dando a sus labios la leche de su pecho, y nosotros podemos ofrecerle el alimento siempre variado de las buenas acciones que son sus delicias (Pier Damiani, Sermón 45).

 

ACTIO

        Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Será llamado Emmanuel, Dios-con-nosotros» (Mt 1,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Oh Señor, nuestro Dios y nuestro Padre, concede a muchos, a todos y, por supuesto, también a nosotros, poder celebrar la Navidad caminando con reconocimiento, humildad, alegría y confianza hacia tu enviado en el que tú mismo has venido a nosotros. En el momento en que llega la hora, ven a despejar en nosotros, apartando todo lo que se ha hecho imposible, todo lo que no puede tener ya interés, todo lo que está llamado a desaparecer cuando tu amado Hijo, nuestro Señor y Salvador, haga su entrada en nosotros y nos ponga en orden.

        ¡Ten piedad de todos aquellos que aún no conocen o te conocen mal a ti y a tu Reino, de aquellos que quizás un día supieron todo, pero luego lo han olvidado, mal interpretado o incluso renegado! ¡Ten piedad de esta humanidad hoy tan atormentada y tan amenazada, entristecida por tanta insensatez! ¡Ilumina los pensamientos de aquellos que en oriente y en occidente detentan el poder y que, según parece, no saben dónde tienen la cabeza! ¡Concede a los hombres de gobierno, a los representantes de los pueblos, a los jueces, a los profesores y a los funcionarios, a los periodistas de nuestro país, el discernimiento y la imparcialidad que necesitan para una acción responsable! ¡Ponte tú mismo en los labios de los que en este Tiempo de Navidad deberán predicar las palabras justas, las palabras necesarias, las palabras que ayudan, y abre también los oídos y los corazones de quienes los escucharán! ¡Consuela y anima a cuantos en los hospitales sufren en el cuerpo y en el alma, a los prisioneros, a los afligidos, a los abandonados y a los desesperados. Socórrelos con lo único que puede ayudarnos a todos: con la claridad de tu Palabra y con la acción silenciosa de tu Santo Espíritu!

        Te damos gracias, porque sabemos que no te suplicamos ni te surcaremos en vano jamás. Te damos gracias, porque has hecho rotar tu luz, porque tu luz brilla en las tinieblas y porque las tinieblas nunca podrán apagarla. Te damos gracias, porque eres nuestro Dios y porque nos has concedido ser tu pueblo. Amén (K. Barth, Oración).

 

 

Día 25

Navidad del Señor: Misa de medianoche

Navidad del Señor: Misa de la aurora

Navidad del Señor: Misa del día

 

 Navidad del Señor: Misa de medianoche

LECTIO

Primera lectura: Isaías 9, 1-6

1 El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras una luz les ha brillado.

2 Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se alegran ante ti con la alegría de la siega, como se regocijan al repartirse un botín.

3 Porque, como hiciste el día de Madián, has roto el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el bastón opresor que los hería.

5 Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros descansa el poder, Y es su nombre: «Consejero prudente, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz».

6 Dilatará su soberanía n medio de una paz sin límites, asentará y afianzará el trono y el reino de David sobre el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre. El amor ardiente del Señor todopoderoso lo realizará.

        *•• Todas las lecturas bíblicas de las misas de Navidad, si bien con perspectivas diversas, intentan responder a una pregunta: ¿cuál es el sentido de la Navidad? Iniciamos el recorrido desde los antiguos profetas. El oráculo de Isaías presupone una situación dramática para el país de Israel, porque el estrépito de las armas resuena por doquier. La invasión asiría (siglo VIII a.C.) comenzada en Galilea amenaza ya la misma Judea y Jerusalén, y el pueblo, bajo el terror enemigo, camina en la oscuridad y no sabe adonde dirigirse. A esta gente sin esperanza anuncia el profeta: «El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz». Luego, dirigiéndose a Dios, exclama: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (v. 2).

        ¿Qué es lo que permite a los hombres pasar de las tinieblas a la luz, de la tristeza a la alegría? La alusión de Isaías se refiere a la huida de los Asirios, pero el profeta de Dios habla también de fuga de todo enemigo.

        Anuncia la alegría por el que será: «Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz» (v. 5), el que, verdadero héroe de Israel, cumplirá todo esto. Pero ¿cómo será posible todo esto? Isaías responde: «El amor ardiente del Señor todopoderoso lo realizará» (v. 6). He aquí, pues, el sentido y el mensaje más antiguo de la Navidad: el fin del miedo, la liberación de la dominación enemiga y todo ello gracias a que: «un niño nos ha nacido» (v. 5: cf. Is 7,14; Miq 5,1- 3; 2 Sm 7,12-16), un descendiente de David que dará vida a una sociedad en la que habrá justicia, paz, alegría y que dará a todos el coraje de vivir.

 

 

Segunda lectura: Tito 2,11-14

11 Porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.

12 Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad,

13 aguardando la feliz esperanza: la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,

14 el cual se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de que seamos su pueblo escogido, siempre deseoso de practicar el bien.

        *» Pablo escribe a Tito, su discípulo convertido del paganismo y ahora obispo de Creta, explicándole el sentido de la venida de Jesús a nosotros con palabras llenas de esperanza: «Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (v. 11). La universalidad de la salvación es una dimensión esencial de la Navidad, y su verdadero mensaje es el anuncio de salvación y de vida nueva para toda la humanidad sin distinciones de razas ni colores, de clases sociales, ni de dotes intelectuales ni ninguna otra cosa. El Salvador que nos ha sido dado no es sólo un niño que ha elegido nacer en un pobre establo, entre incomodidades y queridos silencios, es sobre todo la sonrisa de Dios que se ha hecho visible, porque no ha perdido su esperanza en los hombres. Ha venido para enseñarnos el camino del bien, de la sobriedad y de la justicia, el desprecio de los atractivos malos e ilusorios del mundo, a la espera del retorno glorioso del Señor (v. 13). Libremente, dirá Pablo, «se entregó a sí mismo por nosotros» (v. 14), primero habiéndonos del Padre y llamándonos amigos, y después, al final, muriendo en la cruz por amor, nos ha liberado de toda esclavitud para reconducir al Padre, de una vez para siempre, a la humanidad reconciliada con él. Sólo la fe ayuda a descubrir el poder de Dios en la vivencia de un pobre. Desde que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, quiere ser acogido y reconocido como hombre: aquí es posible la búsqueda de Dios, porque él se ha quedado entre nosotros.

Evangelio: Lucas 2,1-14

1 En aquellos días apareció un decreto del emperador Augusto ordenando que se empadronasen los habitantes del imperio.

2 Este censo fue el primero que se hizo durante el mandato de Quirino, gobernador de Siria.

3 Todos iban a inscribirse a su ciudad.

4 También José, por ser de la estirpe y familia de David, subió desde Galilea, desde la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén,

5 para inscribirse con María, su esposa, que estaba encinta.

6 Mientras estaban en Belén le llegó a María el tiempo del parto,

7 y dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada.

8 Había en aquellos campos unos pastores que pasaban la noche al raso velando sus rebaños.

9 Un ángel del Señor se les apareció, y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Entonces les entró un gran miedo,

10 pero el ángel les dijo: -No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será también para todo el pueblo:

11 Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor.

12 Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

13 Y de repente se juntó al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!».

        *» Sobre el fondo de los anuncios proféticos (cf. Miq 5,1-4; 1 Sm 16,1-3), Lucas en el evangelio nos habla del nacimiento histórico de Jesús. El relato es simple, pero sugestivo, lleno de matices teológicos y construido sobre el modelo del anuncio misionero, que comprende tres momentos. Primero la narración del acontecimiento: el edicto de César Augusto en tiempos de Quirino, gobernador de Siria, y el nacimiento de Jesús en Belén, en la pobreza, en un país sometido a una potencia extranjera (w. 1-7); después el anuncio hecho por los ángeles a los pastores, primeros testigos del evento de la salvación (w. 8-14); y, por último, la acogida del anuncio, con los pastores que van a la gruta, encuentran a Jesús, y sucesivamente el relato de su experiencia a otros  (w. 15-20).

        El punto central del relato, sin embargo, son las palabras de los ángeles a los pastores, que consideran con respeto el sentido gozoso del acontecimiento y la fe en Jesús Salvador en la figura de un niño pobre, «envuelto en pañales, acostado en un pesebre» (v. 12). Dos motivos, pues, se iluminan uno a otro en el texto: la visible pobreza en la vivencia humana de Jesús y la gloria de Dios escondida en su presencia entre los hombres. Sólo unos cuantos pastores, representantes de gente pobre y humilde, reconocen al Mesías esperado: éste es el signo divino extraordinario del inicio de una época nueva en la historia de los hombres.

 

MEDITATIO

        Para contemplar el misterio de Navidad necesitamos, sobre todo, simplicidad para asombrarnos ante su mensaje. Capacidad de asombro y mirada de niño son los medios necesarios para gustar el anuncio lleno de alegría de esta noche santa. Y esta alegría tiene una motivación clara: el nacimiento de un niño, Salvador universal, que trae motivos de esperanza para todos, que son paz, justicia y salvación. Y ¿qué signos cualifican a este niño? La debilidad, la pobreza, la impotencia y la humildad, cosas que el mundo ha rechazado siempre y que, por el contrario, ha hecho propias el Hijo de Dios.

        Con la venida de Jesús las falsas seguridades de los hombres han zozobrado, porque Dios ha elegido no a los fuertes ni a los sabios, ni a los poderosos de este mundo, sino a los débiles, a los pequeños, a los necios, a los últimos: ha elegido «un niño acostado en un pesebre » (Le 2,7.12.16; cf. 1 Cor 1,27; Mt 11,26), pobre, marginado y desestimado. Precisamente sobre esta pobreza se despliega el esplendor del mundo del Espíritu, mientras nosotros estamos complicados en dramas de conciencia, porque nos tienta seguir principios de fuerza, de poder, de violencia. El niño de Belén nos dice que el milagro de la paz de la Navidad es posible para aquellos que acogen sus dones.

        A esta luz el acontecimiento de esta noche no es sólo una fecha para conmemorar, sino evento capaz, también hoy, de contagio y de transformación. Cuatro son las noches históricas de la humanidad, según una antigua tradición rabínica: la noche de la creación (Gn 1,3), la de Abraham (Gn 15,1-6), la del Éxodo (Ex 12,1-13) y la de Belén, es decir, esta noche, que es la más importante, porque el Hijo de Dios ha traído su paz, distinta de la pax augusta, y es el fundamento de la «civilización del amor» (Pablo VI). ¿Somos capaces de vivir el misterio?

 

ORATIO

        Te damos gracias, Señor del universo y de los hombres, porque en Jesús niño, que vino a la tierra portador de tus dones -la paz, la alegría, la justicia y la salvación-, se ha manifestado tu amor a todos. Queremos comprender, si bien con la pequeñez de nuestra mente, algo del misterio del Verbo encarnado, porque con ello se iluminará nuestro misterio humano.

        Para los judíos era absurdo pensar que la Palabra definitiva de Dios apareciese en la debilidad del hombre Jesús. Para los paganos era escándalo aceptar la plena humanidad del Hijo de Dios, lugar indigno de la divinidad.

        Nosotros, por el contrario, creemos que la Palabra, en un momento histórico muy preciso, «se hizo carne» en la fragilidad e impotencia como toda criatura, naciendo de una mujer, María (cf. 1 Jn 4,2-3), y creemos que en Cristo Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, reside la revelación definitiva del Padre y el anuncio de la fe que nos salva.

        El hombre del tercer milenio tiene necesidad de Jesús, revelador de tu amor de Padre, para escapar de su individualismo y de su superficialidad, que lo privan de los verdaderos valores en que se puede encontrar la esperanza de vivir. Señor, el nacimiento de tu Hijo nos revela que también nosotros en Jesús hemos sido hechos hijos tuyos y te podemos conocer.

        Haz que toda nuestra vida, sobre el modelo de la de Cristo, se vuelva en actitud de docilidad filial hacia ti y, para ello, en la noche de Navidad nos ponemos de rodillas, en adoración ante el rostro humano del Jesús-Niño, tu Hijo unigénito, en el que resplandece e irradia tu rostro invisible de Padre, para ver nuestro rostro divino.

 

CONTEMPLATIO

        Pero ¿quién soy yo? ¿Podré decir algo digno de lo que se ve? Me faltan las palabras: la lengua y la boca no son capaces de describir las maravillas de esta solemnidad divina. Por eso yo con los coros angélicos grito y gritaré siempre: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!».

        Dios está en la tierra; ¿quién no será celeste? Dios viene a nosotros, nacido de una Virgen; ¿quién no se hará divino hoy y anhelará la santidad de la Virgen, y no buscará con celo la sabiduría, para hacerse más cercano a Dios? Dios está envuelto en pobres pañales; ¿quién no se hará rico de la divinidad de Dios si acoge algo humilde?

        Exulto como los pastores y me sobresalto escuchando estas voces divinas: ansío ir al pesebre que acoge a Dios y deseo llegar a la celestial gruta: anhelo ver el misterio manifestado en ella y allí, en presencia del Engendrado, levantar la voz cantando: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!» (Sofronio de Jerusalén, Le Omelie, Roma 1991, 55-57).

ACTIO

        Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En aquella noche de Navidad una multitud del ejército celeste se apareció en Belén a los pastores, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!»; en este mismo momento nosotros celebramos ¡untos el nacimiento de nuestro Señor y su pasión y muerte. Según el mundo, este modo de comportarse es extraño. Porque ¿quién en el mundo puede llorar y alegrarse al mismo tiempo y por el mismo motivo? En efecto, o la alegría será dominada por la aflicción, o la aflicción será aniquilada por la alegría; solamente en nuestros misterios cristianos podemos alegrarnos y llorar al mismo tiempo y por la misma razón. Pero pensad un poco en el significado de la palabra «paz». ¿No os parece extraño que los ángeles hayan anunciado la paz mientras el mundo está incesantemente azotado por la guerra o por el miedo de la guerra? ¿No os parece que las voces angélicas se hayan equivocado y que la promesa fue una desilusión y un engaño?

        Reflexionad ahora sobre cómo habló de la paz nuestro Señor mismo. Dijo a sus discípulos: «Mi paz os dejo, mi paz os doy». ¿Entendía Él la paz como nosotros la entendemos: el reino de Inglaterra está en paz con sus vecinos, los barones están en paz con el rey, el jefe de familia que cuenta sus pacíficas ganancias, la casa bien limpia, su mejor vino sobre la mesa para el amigo, su mujer que canta a sus hijos? Aquellos hombres que eran sus discípulos no conocían nada de esto: ellos salieron a hacer un largo viaje, a sufrir por tierra y por mar, a encontrar la tortura, la desilusión, a sufrir la muerte con el martirio. ¿Qué cosa quería, pues, decir Él? Si queréis saberlo, recordad que dijo también: «No os la doy como la da el mundo». Así pues, Él dio la paz a sus discípulos, pero no como la da el mundo (T. S. Eliot, Asesinato en la catedral Madrid 1996).

 

 

Navidad del Señor: Misa de la aurora

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 62,11-12

11 Esto es lo que proclama el Señor hasta el confín de la tierra: Decid a la ciudad de Sión: «Mira, ya viene tu salvador; viene con él su recompensa, le precede el premio».

12 Se los llamará «pueblo santo» y «rescatados del Señor» y a ti te llamarán «Buscada», «Ciudad no abandonada».

 

        **• Isaías pronunció estas alentadoras palabras a los ancianos de Israel reunidos en Jerusalén a la espera del retorno a la patria de sus hermanos israelitas, "el resto de Israel" deportado en Babilonia. El texto profético se compone de dos versículos: el primero contiene un anuncio dirigido a Jerusalén, «la hija de Sión» y, por tanto, a toda la nación, de la inminente liberación de los exiliados por parte de Dios, que vendrá como «Salvador » del pueblo, trayendo consigo el don precioso y tantas veces invocado de la libertad (v. 11); el segundo versículo, por su parte, contiene los nuevos títulos de gloria de estos hermanos, que serán llamados «pueblo santo», y también de los otros pueblos «rescatados del Señor», así como de Jerusalén, que, como joven esposa, será llamada «Buscada» y «Ciudad no abandonada» (v. 12).

        Es siempre el Señor el primero que toma la iniciativa, busca a su pueblo, lo rescata y lo liga a Sí con su amor renovado y fiel. El texto de Isaías es utilizado por la liturgia navideña porque es leído como profecía de otro gran encuentro, el que el Señor realiza, a través de su Hijo unigénito, con la humanidad en Belén junto a la cuna de Jesús-niño, verdadero salvador y libertador de los hombres. Por Él también nosotros somos llamados «pueblo santo» de Dios y por los pueblos «rescatados del Señor»: a nosotros nos ha manifestado su ternura.

 

Segunda lectura: Tito 3,4-7

4 Pero ahora ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres.

5 Él nos salvó, no por nuestras buenas obras, sino en virtud de su misericordia, por medio del bautismo regenerador y la renovación del Espíritu Santo,

6 que derramó abundantemente sobre nosotros por Jesucristo nuestro Salvador.

7 De este modo, salvados por su gracia, Dios nos hace herederos conforme a la esperanza que tenemos de heredar la vida eterna.

        También esta lectura de la Palabra de Dios, como la de Isaías, es más simple y breve de lo acostumbrado, justo para decirnos que el misterio que contemplamos en este día es tan grande que no podemos encerrarlo en palabras humanas. Todo cuanto el Señor ha hecho por la humanidad entera es exclusivamente obra de su providente bondad. El apóstol Pablo, en efecto, dirigiéndose a su discípulo Tito afirma, con palabras fruto de su personal experiencia pastoral, que somos salvados no por las buenas acciones que hayamos realizado (v. 5a; cf. Rom 9,30-32; 10,3.5; Flp 3,9), sino porque el Espíritu de Dios ha sido rico en dones en nuestro favor; (v. 5b; Rom 3,24; Jn 3,16-18). Especialmente, cuando ha venido a nosotros el Salvador por libre iniciativa de su amor misericordioso, Él de enemigos nos ha hecho amigos, haciéndonos sus hijos mediante el sacramento del bautismo (cf. 1 Pe 1,3).

        Si en Navidad Dios nos ha hecho el don de su Hijo, podemos decir que en el bautismo nos trae el don de su Espíritu, que nos da, además, la certeza de que hemos sido hechos herederos de algo que no se corrompe y no tendrá fin: la «vida eterna» (v. 7), esto es, la experiencia del conocimiento personal de Dios. Tantos y tan grandes dones del Señor abren nuestro corazón a la admiración por cuanto ha hecho por nosotros y a la gratitud filial por tanta generosidad gratuita.

 

Evangelio: Lucas 2,15-20

15 Cuando los ángeles se marcharon al cielo, los pastores se decían unos a otros: -Vamos a Belén a ver eso que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado.

16 Fueron deprisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre.

17 Al verlo, contaron lo que el ángel les había dicho de este niño.

18 Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban admirados.

19 María, por su parte, guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón.

20 Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios porque todo lo que habían visto y oído correspondía a cuanto les habían dicho.

 

        Este evangelio de la "misa de la aurora" es la continuación del de la noche, que Lucas nos ha presentado con los tres momentos del esquema del anuncio misionero: narración del hecho, anuncio a los pastores y acogida del acontecimiento. El evangelista, en efecto, se detiene sobre este último momento en que los pastores se dirigen inmediatamente a Belén y encuentran en la gruta, como les había sido anunciado por los ángeles, al niño Jesús con María y José.

        Estamos ante un verdadero itinerario de fe con sus etapas, en las que aparece claro que la decisión interior se traduce inmediatamente en gestos concretos de vida: primero la búsqueda («fueron deprisa»: v. 16a), después el hallazgo y la experiencia humana y espiritual («encontraron al Niño»: v. 16b), por último el testimonio de vida («contaron lo que del Niño se les había dicho»: v. 17). Del testimonio nace, pues, la reacción de asombro y de fe en los que habían escuchado el relato («se quedaban admirados de lo que decían los pastores»: v. 18), y así la fe comienza a propagarse.

        El texto termina con una preciosa referencia a María: («ella conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón»: v. 19), lo que significa que la Virgen permanece pensativa en la contemplación de los hechos narrados y de las palabras de los pastores sobre el pequeño Jesús. Ya la historia del Hijo, que va del vientre materno al vientre-tumba de la resurrección, forma un todo con la historia de María, porque, desde el fiat de la anunciación, ella ha aceptado en la fe servir dócilmente los caminos de Dios.

 

MEDITATIO

        Toda la Palabra de Dios de este día de Navidad es una invitación a no detenerse en las explicaciones, sino a abandonarse a la contemplación de las palabras: «Hoy ha nacido para nosotros el Señor» (antífona de entrada) y del misterio de un Dios hecho hombre. Jesús ha traído a la humanidad el don más precioso, como dice san Ireneo: «Ha traído todo lo nuevo al traerse a Sí mismo».

        ¿Cómo robustecer nuestra fe ante este Niño silencioso? Tomando la decisión de "ir a Belén" también nosotros, como los pastores, porque esta tierra es el icono de la simplicidad y de la transparencia, de la alegría y de la vida, del silencio y de la contemplación. Necesitamos volvernos niños de corazón para descubrir las raíces de nuestra fe; necesitamos la alegría festiva que nos haga creer que la vida es un gran don de Dios que no debe ser malgastado; tenemos necesidad de silencio contemplativo. Cuando queremos expresar nuestro amor a los otros, ¿qué otra cosa podemos dar, en efecto, sino nuestro silencio? «El silencio ilumina nuestras almas, susurra en nuestros corazones y los une. El silencio nos separa de nosotros mismos, nos hace volar por el firmamento del Espíritu y nos acerca al cielo» (M. Dellbrel). Esta experiencia nos permitirá volver a nuestras casas y a nuestro trabajo alabando a Dios por la Palabra contemplada, como María, seguros de conservarla en el corazón para anunciar a los demás lo que significa para nosotros.

 

ORATIO

        Acepta, Señor, nuestra oración silenciosa y adorante porque en este día queremos hacerla con los labios y el corazón de María, tu Madre, que largamente en el silencio ha contemplado tu rostro y ha escuchado antes que nadie tus palabras: «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (Le 11,28). Te damos gracias, Señor, por tu persona que se ha hecho Palabra, por tu Espíritu que ora en nosotros, por las pocas y tantas cosas que nos has dicho desde tu pesebre de Belén con tu silencio. También nosotros quisiéramos callar y únicamente contemplar tu rostro, porque él nos habla y eso nos basta. Contemplar y callar, conservando y meditando en el corazón.

        Te pedimos sólo que cada uno de nosotros busque, hoy y en el futuro, no las cosas que se ha propuesto hacer, sino aquellas que tú quieres que haga, lo que tú, amorosamente, nos invitas a hacer. Ayúdanos, por un momento, a acallar nuestras preocupaciones inmediatas para dejarnos llevar por ti hacia las preocupaciones verdaderas y así, olvidando las cosas "urgentes", nos ocuparemos, por fin, de lo auténticamente importante.

        Y tú, María, que meditabas en tu corazón las palabras y los hechos de Jesús, haz que te imitemos con sencillez, con tranquilidad, con paz. Aparta de nosotros todo afán, preocupación y esfuerzo, y haznos atentos escuchadores de la Palabra, como has hecho tú, para que nazca en nosotros el fruto del evangelio, tu Hijo Jesús, que llevaste en tu seno.

 

CONTEMPLATIO

        Cristo nace: ¡glorificadlo! Cristo baja de los cielos: ¡salid a su encuentro! Cristo está en la tierra: ¡levantaos! Cristo se ha encarnado: ¡exultad! De nuevo las tinieblas se disuelven, nuevamente se alza la luz. Ésta es nuestra fiesta, esto celebramos hoy: la venida de Dios a los hombres, para que, a nuestra vez, nosotros vayamos a Dios; para que nos despojemos del hombre viejo y nos vistamos el nuevo.

        Salta de gozo; honra a la pequeña Belén, que te ha hecho remontar al paraíso; adora el pesebre, por medio del cual tú eres alimentado por el Verbo. Conoce, como el buey, al que es tu Señor; conoce, como el asno, el pesebre de tu Amo. Corre, junto a la estrella, lleva dones junto con los Magos, oro, incienso y mirra, al que es el Rey y Dios y ha muerto por ti. Glorifícalo con los pastores, cántalo con los ángeles, haz coro con los arcángeles. Sea común la fiesta en el cielo y en la tierra. Estoy convencido, en efecto, de que también las potencias celestiales exultarán y celebrarán hoy la fiesta con nosotros, porque aman a Dios, pero aman también a los hombres (Gregorio Nazianceno, Homilías sobre la natividad, Madrid 21992; Discurso 38, passim).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 1,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Al aproximarse la Navidad el año 1223, Francisco de Asís llamó a si a su amigo Ser Giovanni Vellita y le dijo: «Hay en los bosques de Greccio una gruta que me recuerda la de Belén. He pensado celebrar allí la santa noche». Entiende Ser Giovanni y lo organiza todo según el deseo del santo. Cuando llegó la noche, los fieles acudieron en masa desde los alrededores cantando salmos adentrándose en la floresta. A la luz de las antorchas llegaron a la gruta, donde estaba para celebrarse la misa. El altar estaba dispuesto sobre un pesebre y junto a él yacían un asno y un buey.

        Cuando el sacerdote se disponía a repartir el Cuerpo de Cristo a los fieles se vio una luz deslumbrante en torno al Santo. En sus descarnados brazos, que salían de las mangas del sayal, sostenía un niñito frágil y adormecido; pero como Francisco, en un acto de amor, atrajo contra su pecho el cuerpo tembloroso del pequeño, este se despertó, le sonrió y le acarició la descarnada mejilla.

        Los que lo vieron comprendieron que aquel niño era Jesús que, adormecido en el corazón de muchos, Francisco, con el ejemplo de su vida, había despertado (De la tradición franciscana).

 

Navidad del Señor: Misa del día

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 52,7-10

7 ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y proclama la salvación, que dice a Sión: «Ya reina tu Dios».

8 Tus centinelas alzan la voz, cantan a coro, porque ven con sus propios ojos que el Señor vuelve a Sión.

9 Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén.

10 El Señor manifiesta su poder a la vista de todas las naciones, y los confines de la tierra contemplan la victoria de nuestro Dios.

 

        ^ Las lecturas de la tercera misa dejan el relato del evento natalicio con el anuncio de Jesús-luz, salvación y gozo y nos presentan el mensaje más profundo de la solemnidad a través de una meditación riquísima del acontecimiento.

        El profeta Isaías expone el contenido salvífico del mensaje comenzando con la presentación de los centinelas de la ciudad santa, que divisan a Dios volviendo a Jerusalén para salvarla. Estos centinelas anuncian «alegres noticias» de paz y salvación al pueblo, diciendo que el Señor ha vuelto y ha retomado su puesto sobre la colina de Sión, estableciendo su morada definitiva entre los suyos (w. 7-8; cf. Rom 10,15; Ez 43,1-5). Pero el Señor no sólo vive con el pueblo; también, como un esposo atento y solícito obra y actúa por su esposa. De hecho,

        Isaías expone la actividad salvífica de Dios utilizando tres verbos significativos: «Consuela, rescata, manifiesta su poder» (w. 9-10). Estos tres verbos iluminan la acción amorosa, providente y vigilante en defensa del pueblo, especialmente contra los enemigos que lo hostigan. El anuncio profético concluye con la constatación de que todos los pueblos de la tierra han podido ver que el Señor no abandona a su pueblo, sino que está siempre dispuesto para salvarlo (v. 10; Mt 28,28). La Iglesia, utilizando este texto estalla de alegría porque ve que el Señor ha cumplido la espera del nacimiento del Mesías, anunciada en los siglos precedentes.

 

Segunda lectura: Hebreos 1,1-6

1 Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas;

2 ahora en este momento final nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo.

3 El Hijo que, siendo resplandor de su gloria e imagen perfecta de su ser, sostiene todas las cosas con su palabra poderosa y que, una vez realizada la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de Dios en las alturas

4 y ha venido a ser tanto mayor que los ángeles, cuanto más excelente es el título que ha heredado.

5 En efecto, ¿a qué ángel dijo Dios alguna vez: Tú eres mi hijo, Yo te he engendrado hoy. Y también: Yo seré padre para él y él será hijo para mí?

6 Y, de nuevo, cuando introduce a su Hijo primogénito en el mundo, dice: Que lo adoren todos los ángeles de Dios.

        **• El prólogo de la Carta a los Hebreos, que contiene todos los temas que el autor piensa desarrollar seguidamente para reforzar la fe de los cristianos procedentes del hebraísmo, es una invitación a la comunidad cristiana a fijar su mirada sobre el misterio de Cristo desde su nacimiento, punto culminante de la revelación de Dios(cf. Jn 1,18; Gal 4,4).

        Jesús, el Hijo, es, en efecto, la plena y completa revelación del Padre (v. 2). Él, como el Padre, es Dios y creador, es «irradiación de su gloria e impronta de su ser» (v. 3) y por esto es superior a todas las instituciones religiosas antiguas, a los profetas y a los ángeles (w. 4-13; cf. Fil 2,9) y heredero de todas las cosas (cf. Rom 8,17; Mt 21,38). Por la misión que ha recibido del Padre y ha realizado entre los hombres con el anuncio de la Palabra de verdad (cf. Jn 14,6), ha cancelado el pecado del mundo, ha restablecido la comunión entre Dios y la humanidad, y con su muerte y resurrección ha sido ensalzado sobre todas las cosas, «se ha sentado a la derecha de Dios en el alto de los cielos» (v. 3; cf. Rom 3,24-25; Col 1,13-14; Flp 2,9-11) y ha sido reconocido por el Padre como Hijo unigénito.

        Éste es el misterio de Jesús que ha sido revelado, que está presente y vivo en la Iglesia y que cada creyente debe imitar para ser manifestación de Dios entre los hombres y tener parte en la intimidad de Dios.

 

Evangelio: Juan 1,1-18

1 Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

2 Ya al principio ella estaba junto a Dios.

3 Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir.

4 En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres;

5 la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron.

6 Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan.

7 Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él.

8 No era él la luz, sino testigo de la luz.

9 La Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre.

10 Estaba en el mundo, pero el mundo, aunque fue hecho por ella, no la reconoció.

11 Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron.

12 A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios.

13 Éstos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios.

14 y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

15 Juan ha dado testimonio de él, proclamando: -Éste es aquel de quien yo dije: «El que viene detrás de mí ha sido colocado por delante de mí, porque existía antes que yo».

16 En efecto, de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia.

17 Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

18 A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer.

 

        *» El prólogo de Juan es una síntesis meditativa de todo el misterio de Navidad, porque el Niño de Belén es la revelación de Dios, la verdad de Dios y del hombre, y reflexionando sobre este evento nos ponemos en tesitura de comprender quién es el que ha nacido y quienes somos nosotros.

        El núcleo del prólogo está en el v. 14: «Y la Palabra se hizo carne», que contiene el hecho de la encarnación y, por tanto, de Navidad: el Hijo de Dios se ha hecho hombre con la fragilidad e impotencia de toda criatura. Para comprenderlo Juan se remonta al misterio trinitario y luego vuelve a descender hasta el hombre. El inicio, pues, es la afirmación que nos sitúa fuera del tiempo en el misterio de Dios: «En el principio era la Palabra» (v. la) y nos habla de una existencia sin comienzo ni devenir.

        Después en la frase: «La Palabra estaba junto al Padre » (v. Ib), el evangelista precisa la situación del Logos (= la Palabra), que existe desde siempre, en parangón con Dios: el Verbo, en su ser más profundo, está en actitud de escucha y obediencia, completamente vuelto hacia el Padre. Jesús, la Palabra encarnada, hace a Dios visible y cercano al hombre, siendo su reflejo. Así pues, toda la historia y la realidad humana tienen vida por la Palabra: «En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres» (v. 4), porque en Jesús todo encuentra consistencia, significado, fin y especialmente la salvación de todo hombre. Todas estas afirmaciones de Juan son importantes para comprender el papel de Jesús como revelador y testigo veraz de Dios. Por esto «de su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia» (v. 16), es decir, de su vida filial todos podemos recibir abundantemente.

 

MEDITATIO

        La lectura de la Palabra de Dios en el misterio adorable de la Navidad converge sobre la memoria de que el Hijo de Dios ha venido a nosotros, un Dios con nosotros y para nosotros. Dios trascendente e invisible ha dejado su lejanía e invisibilidad y ha tomado un rostro humano haciéndose visible, concreto y asequible: «Se ha hecho lo que somos, para hacernos partícipes de lo que Él es» (Cirilo de Alejandría). Esta fe nuestra se funda sobre una explicación que el evangelista Juan encuentra colocando la raíz de la existencia de Jesús en el seno del Padre (Jn 1,1-3). La reflexión bíblica, sin embargo, va más lejos y nos impulsa a contemplar quién es Jesús para nosotros: es Dios de salvación para todo hombre.

        Pero la Navidad es también la memoria de la modalidad histórica en la que se ha realizado la encarnación. Ha elegido la vida del pobre y del derrotado para que nosotros pudiésemos vislumbrar el poder de Dios en su elección de la pobreza y de la kenosis (despojo). Porque Él quiere ser buscado, reconocido y acogido: como un pobre necesitado y sufriente, porque no sólo se ha hecho hombre, sino que se ha quedado entre los hombres.

        Con su nacimiento, además, nos ha hecho también el don de ser hijos: «A cuantos la recibieron, les dio poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12). La Navidad de Jesús es también nuestra Navidad, la de nuestro renacer a una vida nueva. En Él también nosotros hemos sido «destinados a ser hijos adoptivos» del Padre celestial (Ef 1,5); cf. 1 Jn 3,1). Si Dios mismo nos dice: «¡Tú eres mi hijo!», a nosotros no nos queda sino agradecerle y alegrarnos por nuestra participación en la vida divina.

 

ORATIO

        Padre nuestro, en estos días hemos escuchado muchas palabras sobre la Navidad y estamos saciados de ellas pero, en realidad, no hemos comprendido a fondo el sentido de aquellas verdades. Juan Pablo II ha hecho esta reflexión: «El Niño alienta. ¿Quién oye el vagido del Niño? Por Él, empero, habla el cielo y es el cielo el que revela la enseñanza de este nacimiento. Es el cielo el que la explica con estas palabras: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!». Es preciso que nosotros, tocados por el hecho del nacimiento de Jesús, escuchamos este grito del cielo ». ¿Cómo acoger y escuchar el vagido de este Niño?

        Ésta es la pregunta que tú, Señor, suscitas en nuestro corazón. Nuestra respuesta quiere ser pronta y generosa, sobre todo con la escucha de tu Palabra que se presenta educadora de sensibilidad cristiana para hacer la experiencia de que tú eres «Emmanuel». Queremos, además, corresponder a los dones, como el grandísimo que nos has hecho al nacer entre nosotros. Nuestro don es nada respecto al tuyo, pero continúa esta donación por solidaridad y participación plena de la vivencia humana.

        Tu Navidad nos propone también la consciencia de la fraternidad universal. Cada uno de nuestros gestos navideños pretende ser no sólo privado o familiar, sino abierto a la solidaridad y a la bondad, especialmente con los más necesitados de ellas, como los pobres, los inmigrantes, los explotados, los que viven en soledad o son olvidados, porque justicia social y solidaridad van siempre juntas.

 

CONTEMPLATIO

        Alégrese la esposa amada por Dios. He aquí al esposo mismo, que avanza hacia nosotros. A nosotros, creyentes, el Esposo se nos presenta siempre bello. Bello es Dios, Verbo junto a Dios; bello en el seno de la Virgen, donde no pierde la divinidad y asume la humanidad; bello es el Verbo nacido niño, porque mientras era bebé, mientras mamaba la leche, mientras era llevado en brazos los cielos han hablado, los ángeles han cantado alabanzas, la estrella ha señalado el camino a los Magos, ha sido adorado en el pesebre, alimento para los mansos.

        Es bello, pues, en el cielo, bello en la tierra; bello en el seno, bello entre los brazos de sus padres; bello en los milagros, bello en el suplicio; bello en el invitar a la vida, bello en el no preocuparse de la muerte; bello en el abandonar la vida y bello en el recuperarla, bello en la cruz, bello en el sepulcro, bello en el cielo. Escuchad, pues, el cántico sin apartar jamás vuestros ojos del esplendor de su belleza (San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 44,3).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El sentido de la fiesta navideña es la Palabra, de la que el himno de Juan (cf. Jn 1) dice que al principio estaba ¡unto a Dios. De esta Palabra se dice también que se hizo carne y habitó entre nosotros.

        Este es el acontecimiento que celebramos cada año en Navidad: Dios ha venido a nosotros. El nos quita la falta de sentido y las monótonas repeticiones de nuestra vida cotidiana. El mismo es el sentido que da contenido a nuestra vida.

        Estamos acostumbrados a traducir así la primera frase del evangelio de Juan: «En el principio ya existía la Palabra». Pero el término griego logos que se encuentra en nuestro texto, es mucho más amplio. Logos no connota tanto a la pura palabra sino más bien el sentido que viene expresado mediante la palabra. En logos, sentido y palabra son inseparables: el sentido, pues, que captamos en cualquier acontecimiento, supera siempre el episodio concreto que puede ser expresado solamente con palabras. Si uno dice: «Te deseo muchas felicidades» o «Feliz Navidad», no se dirige cordialmente a otro solamente en este momento, sino que con estas palabras expresa algo que trasciende el momento. Así cada sentido supera el momento y el concreto evento en que se produce el encuentro.

        Cuando en Navidad oímos decir: «Nos ha nacido un niño», pensamos en el Niño del pesebre y en todos los demás niños, si bien diferenciándolo de toaos, porque él no ha nacido sólo para sus padres, sino también para todos nosotros. También así el sentido del acontecimiento supera siempre el episodio particular, a través del cual ha entrado en nuestra vida. Quien ve sólo lo que tiene ante los ojos no capta el sentido, ni el de la Navidad ni el de la vida en general. El sentido, es decir, la profundidad de la realidad que constituye su contenido. Y porque el sentido de cada acontecimiento trasciende lo que está ante los ojos, para captarlo tenemos necesidad de la palabra.

        Si ahora decimos que: «En el principio era el Sentido», queremos expresar que en el principio era lo que da contenido y significado a toda vida. Ésta es la profundidad de la realidad, de la que se habla cuando se usa la Palabra de Dios. Este sentido último, que confiere contenido y significado a cualquier otro evento, ha sido participado al mundo en el acontecimiento de Navidad (W. Pannenberg, Presenza di Dio, Brescia 1974, 119-120).

 

 

 

Día 26

 San Esteban

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos 6,8-10; 7,54-60

8 Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes signos y prodigios en medio del pueblo,

9 algunos de la sinagoga llamada «de los libertos», a la que pertenecían cirenenses y alejandrinos, y algunos de Cilicia y de la provincia de Asia, se pusieron a discutir con él,

10 pero no pudieron hacer frente a la sabiduría y el espíritu con que hablaba,

54 Oyendo sus palabras, se recomían de rabia en su corazón y rechinaban los dientes contra él.

55 Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, mirando fijamente al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios,

56 y exclamó: -Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios.

57 Ellos, dando grandes gritos, se taparon los oídos y se arrojaron a una sobre él.

58 Lo echaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos habían dejado sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo.

59 Mientras lo apedreaban, Esteban oraba así: -Señor Jesús, recibe mi espíritu.

60 Luego cayó de rodillas y gritó con voz fuerte: -Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y dicho esto, expiró.

 

        **• Esta página de los Hechos narra la muerte de Esteban, primer mártir de la Iglesia. Hombre de fe y de Espíritu Santo, fue elegido diácono para el servicio de la comunidad cristiana, a fin de que la comunión de vida fuese visible incluso en la distribución de los bienes (cf. Hch 6,1-6). Lleno de dones carismáticos, de sabiduría contemplativa en la predicación y de fuerza evangélica en la evangelización, fue intrépido testigo de Cristo resucitado con la fuerza de su Espíritu (w. 8-10). La parte final del valiente discurso de Esteban, hecho ante los ancianos y los jefes del pueblo, y la sucesiva narración de su martirio (w. 54-60) son un magnífico ejemplo de catequesis bíblica. El discurso, en efecto, concluye por una parte con la profesión de fe en Jesús, hecha por Esteban y, por otra, con la falsa acusación de los jefes contra él por haber pecado contra la Ley de Moisés y el templo y, por tanto, con la decisión de su condena a muerte.

        La lapidación del protomártir Esteban es narrada por Lucas según el modelo de la muerte de Jesús, porque también él murió confiándose al Señor y perdonando a sus verdugos (cf. w. 59-60; Le 23,34-46). El testimonio de Esteban no es otro sino que la vida de Cristo continúa en la vida de la Iglesia por la disponibilidad al Espíritu, la predicación, la coherencia evangélica y la muerte misma. Es preciso estar abiertos al paso del Espíritu por la propia existencia para comprender los tiempos nuevos que Jesús ha inaugurado, porque ahora su persona es la plenitud de la ley que ninguna persecución podrá eliminar jamás.

 

Evangelio: Mateo 10,17-22

Dijo Jesús a sus apóstoles:

17 Tened cuidado, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas.

18 Seréis llevados por mi causa ante los gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los paganos.

19 Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo hablaréis, ni de qué diréis. Dios mismo os sugerirá en ese momento lo que tenéis que decir,

20 pues no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará a través de vosotros.

21 El hermano entregará a su hermano a la muerte y el padre a su hijo. Se levantarán hijos contra padres y los matarán.

22 Todos os odiarán por causa mía, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará.

        **• El evangelio de Mateo se coloca en el contexto de las persecuciones y refiere algunas enseñanzas de Jesús a sus discípulos acerca de las pruebas que la Iglesia deberá sufrir en el curso de su historia. Jesús expone esta situación con tanta claridad y tanto detalle concreto, que parece estar describiendo la Iglesia primitiva después de los años 70, que debió afrontar diversas pruebas internas y externas en su vida y fácilmente hubiera podido caer en el desaliento y haber perdido la fe en Él.

        Jesús provee así a la continuidad de su obra en el tiempo y en el espacio, anticipando acontecimientos y signos que la comunidad cristiana deberá afrontar en el mundo, para ayudar a sus discípulos a superar el escándalo de la cruz, que permanece siempre como verdadero obstáculo en el camino de fe de todo creyente.

        La palabra repetida por Jesús en el texto -«no os preocupéis » y «no tengáis miedo» (w. 19.26.28.31)- son el alivio del Señor al miedo de los suyos, real impedimento al alegre anuncio del evangelio que, por el contrario, debe ser proclamado con entusiasmo y muestras de alegría. Ante los reyes y en los tribunales es «el Espíritu del Padre» el que hablará por vosotros (v. 20). También el odio de parientes y amigos «a causa del nombre» de Jesús (v. 22) será recompensado porque el Padre lo ve y concederá a los suyos la salvación y la verdadera vida.

 

MEDITATIO

        ¿Cuál es el sentido cristiano del sufrimiento y de la muerte del texto bíblico que considera la liturgia de hoy? La respuesta a interrogantes tan fundamentales de la vida humana se encuentra sólo en el dejarse iluminar totalmente por la enseñanza y el testimonio vividos por Jesús. «Humanamente hablando, la muerte es el fin de todo» escribe Kierkegaard, «y humanamente hablando hay esperanza sólo mientras hay vida». Pero para el  cristiano el sufrimiento y la muerte no son en modo alguno el fin de todo; son solamente pequeños acontecimientos comprendidos en el todo que es la vida eterna. En el sentido cristiano, pues, hay infinitamente más esperanza en la muerte que hablando en un mundo meramente humano, en el que no sólo hay vida, sino una vida en plena salud y fuerza física».

        La muerte de Esteban o de tantos primeros testigos de la fe cristiana no tendrá la ultima palabra sobre la vida de estos discípulos de Jesús, porque Cristo es el Señor de la vida y de la muerte. La resurrección de Jesús muestra la verdadera gloria, como única realidad de la verdadera vida, hacia la que se encamina todo creyente. Esta prevé, sin embargo, que la gloria de Jesús y de cada uno de sus discípulos pasa justamente a través del Gólgota y la muerte en cruz. El sufrimiento y la muerte de Jesús y de todo discípulo suyo ofrecen un signo que habla a la fe. El plan de Dios es más grande que el pequeño y estrecho del hombre. El amor de Dios supera con mucho el interés particular de cada uno de sus hijos.

        Sólo Jesús, signo del amor de Dios a los hombres es capaz de liberar al hombre de la muerte y de hacer brotar en el corazón del discípulo la fe como respuesta radical a la salvación ofrecida por Dios.

 

ORATIO

        Señor de la vida y de la muerte que, con tu enseñanza y ejemplo de coherencia y de vida, nos has enseñado a afrontar el sufrimiento e incluso la muerte, nosotros deseamos alzar la mirada, como dice la Escritura, hacia ti, que eres «el que traspasaron» (Jn 19,37). Ésta es una invitación dirigida a todos los hombres para que vean y crean a tu corazón traspasado con una mirada interior y contemplativa que los introduzca en el misterio de la salvación.

        Nosotros, como el primer mártir Esteban y tras él todos los mártires y los santos, queremos hacernos partícipes de la experiencia y de la fe del primer testigo, que ha visto durante su martirio tu gloria, aquella gloria que el Padre te ha reservado por tu dócil obediencia hasta la cruz. También para nosotros esta mirada hacia el cielo debe hacerse contemplación de fe, experiencia interior, posesión permanente. Esto quiere ser también un compromiso para celebrar contigo la obra del Padre y de penetrar en la contemplación tu vida divina con un testimonio de fe y de amor.

        Sabemos que el único remedio válido contra el miedo es la fe. Señor, tú has pedido a tus discípulos superar el grave momento del dolor y de la prueba, no tanto acogiéndose con la mente a tus palabras, cuanto creyéndote a tí con el corazón y con la vida entera, a ti que comunicas la palabra del Padre, la única que salva y elimina toda turbación. No hay, pues, verdadera fe en Dios sin fe en ti, porque Dios se ha revelado como tu Padre y tú nos has revelado su rostro luminoso.

 

CONTEMPLATIO

        San Esteban, bienaventurado Esteban, Esteban bueno, fuerte soldado de Dios, primero de la serie de sus mártires: he sabido y creo y abrazo con alegría el hecho de que tú, todavía en esta tierra hayas tenido santidad tan luminosa que tu rostro venerable resplandecía como el de los ángeles. En efecto, cuando tus enemigos se encarnizaban contra ti, tú, de rodillas, exclamaste en un grito: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado».

        Hombre dichoso, ¡cuanta esperanza das a tus amigos pecadores al escuchar que te has preocupado tanto de enemigos arrogantes! «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». ¿Cómo responderá cuando es invocado aquel que, provocado respondía de esa manera? ¿Qué bondad sabrá usar con los humildes ahora que es ensalzado, aquel que socorría de ese modo a los soberbios cuando era humillado? Anda, dime, bienaventurado Esteban, ¿qué cosa te caldeaba el corazón para derramar al exterior tantas bondades juntas? No hay duda de que estabas colmado de todas, adornado de todas, iluminado por todas.

        Te suplico, caritativo Esteban, ruega para que mi alma endurecida se llene de caridad generosa. Haz que mi alma insensible, por don de Aquel que la ha creado, arda en el fuego de la caridad (Anselmo D'Aosta, Ovacione a santo Stefano, in Orazioni e Meditazioni, Milán 1997, 318-333).

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hch 7,60).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Desde ahora ningún honor del mundo o de la iglesia me puede tentar. Llevo conmigo la confusión de cuanto el Santo Padre ha querido hacer por mí enviándome a París. Tener un alto cargo en la jerarquía o no tenerlo me es del todo indiferente. Esto me da una paz grande. Y me deja más libre para el cumplimiento de mi deber, a toda costa y a todo riesgo. Es bueno que esté preparado a alguna gran mortificación o humillación. Este será el signo de mi predestinación.

        Quiera el cielo que signifique el inicio de mi verdadera santificación, como ha ocurrido con almas más selectas, que recibieron en los últimos años de su vida el toque de la gracia que los hizo santos auténticos. La idea del martirio me da miedo. Temo por mi resistencia al dolor físico. Sin embargo, podría dar a Jesús el testimonio de sangre, ¡oh que gracia y que honor para mí! (Juan XXIII, Diario del alma, Madrid 1998).

 

 

Día 27

  San Juan Evangelista

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 1,1-4

Queridos hermanos:

1 Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca de la palabra de la vida,

2 -pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó

3 Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo.

4 -0s escribimos estas cosas para que vuestro gozo sea completo.

 

        *+ El breve prólogo de la carta de Juan, que expone los diversos criterios para entrar en comunión con Dios, nos presenta un itinerario de fe sobre los compromisos de la vida cristiana que emanan de la caridad y sobre las precauciones contra el pecado.

        El evangelista fundamenta la fe cristiana sobre el argumento de su testimonio ocular que es la «palabra de la vida» y sobre algunos episodios esenciales descritos de modo sintético y concreto. Juan, sin embargo, aquí pone el acento no tanto sobre la «Palabra», como en el prólogo de su evangelio (cf. Jn 1,1-18), sino sobre la «vida» que Jesús posee y dona. Todo tiene comienzo en la experiencia del apóstol vivida en contacto directo con Jesús, que Juan presenta con hechos históricos documentables: «Nosotros hemos oído... visto... tocado... contemplado la palabra de la vida» (v. 1). Esta experiencia llega a ser más tarde en el Apóstol testimonio y ejemplo coherente (v. 2 a); este testimonio se hace anuncio valiente a los otros para que participen del mismo don (v. 2b); además, el anuncio genera la comunión entre los hermanos de la comunidad, comunión que, en realidad, es auténtica participación en la vida trinitaria con el Padre y el Hijo Jesús (v. 3). Por último, esta comunión hace brotar el fruto de la alegría que colma el corazón (v. 4). Pero un elemento importante, subrayado por Juan, es el reiterativo «nosotros», que nos pone ante la tradición de la escuela de Juan: tradición que desarrolla el testimonio del discípulo amado, basado en la «vida divina» hecha visible en Jesús y que el testigo nos ha hecho conocer.

 

Evangelio: Juan 20,1ª.2-8

1 El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro.

2 se volvió corriendo a la ciudad para contárselo a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús tanto quería. Les dijo: -Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto.

3 Pedro y el otro discípulo se fueron rápidamente al sepulcro.

4 Salieron corriendo los dos juntos, pero el otro discípulo adelantó a Pedro y llegó antes que él.

5 Al asomarse al interior vio que las vendas de lino estaban allí; pero no entró.

6 Siguéndole los pasos llegó Simón Pedro que entró en el sepulcro,

7 comprobó que las vendas de lino estaban allí. Estaba también el paño que habían colocado sobre la cabeza de Jesús, pero no estaba con las vendas, sino doblado y colocado aparte.

8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. Vio y creyó.

 

        **• En estos pocos versículos se nos narran los hechos ocurridos la mañana de Pascua, que tienen como protagonista primera a María Magdalena y después a Pedro y Juan. La noche espiritual en la que los discípulos están hundidos cederá el puesto a la experiencia de la fe, que toma el relevo junto a la tumba vacía, signo de la presencia del Resucitado (v. 2). Ante la noticia de que la piedra ha sido retirada del sepulcro y de que el cuerpo de Jesús no estaba allí, Pedro y el discípulo amado corren al sepulcro (w. 3-4). Su carrera revela su amor y veneración y hace pensar en el ansia de la Iglesia que busca signos visibles del Señor, especialmente cuando se encuentra en dificultades por su ausencia y no logra verlo. Los responsables de la Iglesia de los orígenes viven la experiencia de la búsqueda de los signos visibles del Señor. Juan llega antes que Pedro al sepulcro por su intuición de discípulo amado, pero Pedro entra primero por su función eclesial (w. 5-7). Observados el orden y la paz que reinaban en él, el discípulo amado se abre a la visión de la fe, creyendo en los signos visibles del Señor: «Vio y creyó» (v. 8). No es aún la fe perfecta en la resurrección. Para esto será necesario que el espíritu del discípulo se abra a la inteligencia de la Escritura (cf. Le 24,45), que vea al Señor en persona y que reciba de él el don del Espíritu Santo.

MEDITATIO

        La figura de Juan es de fundamental importancia en la Iglesia primitiva, no sólo por su condición de discípulo amado por el Señor, sino sobre todo por habernos dado con su contemplación el Jesús más íntimo, el que se revela Hijo de Dios hecho carne, venido a desvelarnos el rostro del Padre y el camino que lleva a la comunión con él. Entre los varios títulos que la tradición antigua atribuye a Juan destaca el de teólogo, porque el objetivo de sus escritos es creer en Jesús, Mesías e Hijo de Dios (cf. Jn 20,31). El símbolo del evangelista es el águila, porque, como declara un dicho rabínico, es como el único pájaro que puede mirar el sol (que para Juan es Cristo) sin quedar deslumbrado. Y su presencia en la comunidad cristiana, que en todo tiempo debe estar a la búsqueda de los signos visibles del Señor, es la de la contemplación y la comprensión penetrante de la Palabra de vida.

        Son muchos los carismas en la Iglesia, todos preciosos y necesarios, como, por ejemplo, el carisma de la institución de Pedro o el de la profecía de Juan. Sólo el respeto recíproco y la búsqueda común en el compartir sincero y atento a los dones del Espíritu, permite adentrarse en el misterio. El ejemplo de la búsqueda común y de la ayuda entre hermanos de la misma fe, de que claramente nos habla el discípulo amado, lleva necesariamente a reencontrarse juntos, reunidos en el reconocimiento de los signos del Resucitado.

 

ORATIO

        Señor Jesús, que revelaste los misteriosos secretos de la Palabra al discípulo amado, Juan, da también hoy a tu Iglesia una nueva inteligencia espiritual de las Escrituras.

        El Espíritu Santo, a través de las palabras del concilio, nos ha recordado que «la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras como el Cuerpo mismo de Cristo» y que la Palabra de Dios es «fuente pura y perenne de la vida espiritual» (DV 21). Por esto nosotros queremos iluminar cada vez más nuestra vida espiritual con tu Palabra, para aprender «la sublime ciencia de Jesucristo » (Flp 3,8). Sentimos cada vez más verdadera, sin embargo, la afirmación conciliar según la cual la Escritura «debe ser leída e interpretada con la ayuda del mismo Espíritu con que ha sido inspirada» (DV 12).

        Da, Señor, a tu Iglesia pastores sabios y santos que sepan captar el sentido espiritual y profundo de tus Escrituras e introducir al pueblo entero de Dios en tu intimidad para conocer mejor tu pensamiento, las profundidades del Espíritu y como guías a tu Iglesia. Pero haznos comprender también que tantas crisis de nuestras comunidades religiosas se superan sólo con la frecuente lectura y meditación de tu Palabra «acompañadas por la oración, para que pueda brotar el coloquio entre Dios y el hombre» (DV 25), lugar donde se opera en nosotros la conversión del corazón nuevo y la apertura a la fraternidad universal.

 

CONTEMPLATIO

        Señor Jesús, quien escoge amarte no queda defraudado porque nada se puede amar mejor y más provechosamente que a ti, y esta esperanza nunca decae. No hay miedo de excederse en la medida, porque en amarte a ti no está prescrita ninguna medida. No hay que temer a la muerte, que pone fin a las amistades del mundo, porque la vida no puede morir. En el amarte a ti no hay que temer ofensa alguna, porque no puede haberlas, si no se desea otra cosa que el amor. No se insinúa sospecha alguna, porque tu juzgas según el testimonio de la conciencia que ama. Ésta es la suavidad que excluye el temor.

        ¡Verbo devorador, ardiente de justicia, Verbo de amor, Verbo de toda perfección, Verbo de ternura. Verbo devorador a quien nada puede escapar! Verbo que compendias en tí toda la ley y los profetas. Del que tiene tal amor, dice abiertamente la Verdad estas palabras: «El que acepta mis mandatos y los cumple, este me ama» (Jn 14,21). Se debe saber también que el amor de Dios no se mide por sentimientos momentáneos, sino por la perseverancia de la voluntad. El hombre debe unir su voluntad a la de Dios, de modo que la voluntad humana consienta todo lo que dispone la voluntad divina, sin querer esto o aquello si no es porque sabe que lo quiere Dios.

        Esto significa amar a Dios de modo absoluto. En efecto, la misma voluntad no es otra cosa que amor (Elredo de Rievoulx, Discurso sobre el amor de Dios).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «La Palabra se hizo carne, y nosotros hemos visto su gloria» (Jn 1,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Sentirse amado es el origen y la plenitud de la vida del Espíritu. Digo esto porque, apenas comprendemos un destello de esta verdad, nos ponemos a la búsqueda de su plenitud y no descansamos hasta haber logrado encontrarla. Desde el momento en que reivindicamos la verdad de sentirnos amados, afrontamos la llamada a llegar a ser lo que somos. Llegar a sentirnos los amados: he aquí el itinerario espiritual que debemos hacer. Las palabras de san Agustín: «Mi alma está inquieta hasta reposar en ti, Dios mío», definen bien este itinerario.

        Sé que el hecho de estar a la constante búsqueda de Dios, en continua tensión por descubrir la plenitud del amor, con el deseo vehemente de llegar a la completa verdad, me dice que he saboreado ya algo de Dios, del amor y de la verdad. Puedo buscar sólo algo que, de algún modo, he encontrado ya (H. J. M. Nouwen, Tú eres mi amado: la vida espiritual en un mundo secular, Madrid s.f.).

 

 

Día 28

  Santos Inocentes

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 1,5-2,2

Hermanos:

5 Éste es el mensaje que oímos a Jesucristo y os anunciamos: Dios es luz y no hay en él tiniebla alguna.

6 Si decimos que estamos en comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad.

7 Pero si caminamos en la luz como él, que está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado.

8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

9 Si reconocemos nuestros pecados, Dios, que es justo y fiel, perdonará nuestros pecados y nos purificará de toda iniquidad.

10 Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

11 Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos ante el Padre un abogado, Jesucristo, el Justo.

12 El ha muerto por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino por los del mundo entero.

 

        *» La fiesta de los santos inocentes, colocada tan próxima al misterio de Navidad, pone de relieve no sólo el don del martirio, sino la gran verdad que la muerte del inocente revela: la maldad del pecador, como Herodes, siembra odio y muerte, mientras el amor del justo inocente, como Jesús, porta frutos de vida y de salvación.

        También la Carta de Juan nos presenta el mundo dividido en dos partes: el de la luz, el mundo de Dios, y el de las tinieblas, el mundo de Satán. Quien «camina en la luz» y «practica la verdad» (w. 7-8) vive en comunión con Dios y con los hermanos y es purificado de todo pecado por la sangre de Jesús derramada en la cruz.

        Quien, por el contrario, «camina en las tinieblas» y «no practica la verdad» (w. 6-8) se engaña a sí mismo, no vive en comunión con Cristo ni con los hermanos y está lejos de la salvación. Los verdaderos creyentes, en efecto, reconocen ante Dios y ante sí mismos su pecado, lo confiesan y, confiando en el Señor, «justo y fiel» (v. 9), son salvados. Los malvados, por el contrario, no reconocen sus pecados, hacen vano el sacrificio de Jesús y su Palabra de vida no puede transformarlos interiormente.

        En conclusión, Juan exhorta al cristiano a recurrir a Jesús como «abogado junto al Padre» (v. 1), porque es El quien expía no sólo los pecados de sus fieles, sino los de la humanidad entera. Cierto, el cristiano no debe pecar, pero en el caso de tener la experiencia del pecado, lo más importante es reconocerse pecador y, confiando en la misericordia de Aquel que puede liberarlo de su pobreza moral, restablecer inmediatamente la comunión con Dios.

 

Evangelio: Mateo 2,13-18

13 Cuando se marcharon los sabios, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: -Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te avise; porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.

14 José se levantó, tomó al niño y a su madre de noche, y partió hacia Egipto,

15 donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por el profeta: De Egipto llamé a mi hijo.

16 Entonces Herodes, viéndose burlado por los sabios, se enfureció mucho y mandó matar a todos los niños de Belén y de todo su término que tuvieran menos de dos años, de acuerdo con la información que había recibido de los sabios

17 Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías:

18 Se ha escuchado en Rama un clamor de mucho llanto y lamento:  es Raquel que llora por sus hijos, y no quiere consolarse porque ya no existe.

        ** El fragmento del evangelio de la infancia de Mateo narra una de las muchas pruebas de incomodidad y de sufrimiento vividas por la familia de Nazaret. Partidos los Magos, José, advertido en sueños por el ángel del Señor, lleva a María y al Niño a Egipto para escapar del odio homicida de Herodes que, -en su locura- ha decidido matar a los recién nacidos del territorio de Belén (w. 14-16). La Sagrada Familia experimenta así, integrada en una dolorosa vivencia de persecución, un período de huida de su propia tierra, de incertidumbre acerca del propio destino, de marginación y de rechazo. El lenguaje escueto de Mateo sugiere que para esta familia no hay especiales privilegios respecto de las otras. Jesús es un Dios venido a nosotros, pero su gloria está encerrada en una apariencia de derrota. En su camino no hay sólo Magos que lo buscan, hay también un Herodes que, a la noticia de su nacimiento se turba. Jesús permanece signo de contradicción: hay quien lo busca para adorarlo y quien lo busca para matarlo.

        En realidad, el relato evangélico en su contexto pone de relieve también otro tema: la vivencia humana de Jesús, ya desde su infancia, es leída sobre la falsilla de la vida de Moisés y de su pueblo. El nacimiento de Moisés y de Jesús coincide en la matanza de niños hebreos inocentes (Ex 1,8-2,10 y Mt 2,13-18); ambos van a Egipto (Ex 3,10; 4,19 y Mt 2,13-14), en ambos se cumple la Palabra: «De Egipto llamé a mi hijo» (Ex 4,22; Os 11,1 y Mt 2,15). Por último, la profecía sobre Raquel que llora a sus hijos (Jr 31,15) nos recuerda que Jesús es el Mesías buscado y rechazado, en quien se cumplen las promesas de Dios y las esperanzas de los hombres.

 

MEDITATIO

        Para entender la vivencia humana de Jesús a través del relato bíblico es muy necesario conocer la clave de lectura del texto que se mueve en dos niveles: el de la historia y el de la fe. El escritor sagrado, sin traicionar el dato histórico, como el de la matanza de los inocentes y la huida de Jesús a Egipto, sino partiendo de estos, recompone cada uno de los hechos leyéndolos en fe y los transfigura con la luz del profundo misterio que encierran: El Niño Jesús, que se pone en manos de los hombres, no es el que huye del enemigo por miedo, es el verdadero vencedor, porque es en su libre obediencia donde nos revela el rostro del Padre y el amor gratuito con el que se nos ha entregado. Si el mundo con su pecado rechaza al Mesías, en realidad es él el derrotado, porque es Cristo quien lo juzga. Si el rechazo y la marginación son el momento de la humillación y de la debilidad de Cristo, en realidad es aquí donde comienza su triunfo con la glorificación que le devolverá el Padre.

        También el cristiano puede rechazar a Cristo y ser culpable de pecado, renegando del amor de Dios, pero cree, a pesar de todo, que sus pecados no son obstáculo permanente a la comunión con Dios. El cristiano sabe que es posible transformar el alejamiento en cercanía, que toda realidad adversa puede ser superada por la acción misteriosa de Dios en Cristo, que es no sólo el verdadero intercesor junto al Padre, sino el medio extraordinario de expiación por los pecados de todos los hombres.

 

ORATIO

        Señor Jesús, tú eres el único intercesor que puede defender nuestra causa junto al Padre, cada vez que hacemos la experiencia negativa del pecado y del alejamiento de ti. Muchas veces la humanidad ha quebrantado tu alianza y otras tantas tú la has reanudado sin cansarte jamás, manifestándote rico en perdón y en bondad. No dejes de ser nuestro defensor, a pesar de las muchas matanzas de inocentes que se repiten en todo tiempo sobre nuestro planeta, los innumerables pecados de escándalo que hieren a nuestra juventud y desconciertan a nuestros ancianos y a tantas personas sencillas, los sufrimientos de todo género que se infligen a muchos inocentes por la voracidad de otros tantos Herodes de hoy que buscan sólo el poder, el éxito y la posesión de bienes materiales.

        Señor, tú que has sufrido la marginación, el rechazo y la incomodidad de la falta de un domicilio, haz que todos estos males no se repitan más entre nosotros, que toda la humanidad pueda encontrar en ti, y por medio de tu ejemplo de vida, el sentido de la hermandad y de la unidad. Ciertamente es obra tuya la unión de los dispersados, la justicia absoluta y la concordia, la paz mesiánica que tú has predicado, pero también nosotros queremos colaborar a la construcción de un mundo más justo y fraterno, donde los lazos del egoísmo se rompan, donde todo pacifismo aparente sea superado y toda falsa justicia quebrantada. Señor Jesús, que nuestra vida cristiana nos haga capaces de edificar la nueva familia humana, basada en el amor al otro.

 

CONTEMPLATIO

        Con la persecución de los santos el cruel tirano es burlado, porque, mientras cree perder a aquellos que mata, les procura un estado de vida mejor. Ellos transforman en beneficio lo que él trama para su perdición: a través de un daño momentáneo, adquieren por vía rápida la ganancia de la vida eterna. Así estos párvulos se convierten en un instante en mártires. La fiesta de Navidad termina con el coro de ángeles jubilosos en lo alto, pero la alabanza fue perfecta en la boca de los niños y de los lactantes aquí abajo. Las trompetas de su victoria resuenan hasta los cielos. Se transformó en gloria el vagido de los bebés y su luto en júbilo; el ejército de los inocentes no sigue a la estrella, sino al Cordero y lleva la solemne bandera de su gloriosísimo triunfo. Abiertos sus párpados, contemplaron la Luz y obtuvieron instantáneamente la bienaventuranza prometida a los pacíficos y a los limpios de corazón. Estos, pues, transportados de la cuna al cielo, se han convertido en senadores y jueces del Capitolio celestial. Ellos presencian las decisiones divinas, de misericordia o de castigo, pero más a menudo siguen al Cordero a dondequiera que vaya, con mansedumbre más que con desdén o severidad (Ernaldo di Buonavalle, / misten principali di Cristo, III: La uccisione degli innocenti).

 

ACTIO

        Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «La sangre de Jesús nos purifica de todo pecado» (1 Jn 1,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Independientemente de los beneficios que de ello derivan para nosotros, es justo y es un deber celebrar así la muerte de los santos inocentes porque Fue una muerte bendita. Acercarse a Cristo, sufrir por El es ciertamente un privilegio indescriptible -sufrir de algún modo, incluso desconociéndolo-. Los niños que Él cogió en brazos no eran conscientes de su afectuosa benevolencia, pero su bendición ¿no fue quizás un privilegio? Cierto que esta masacre contenía en sí la naturaleza de un sacramento; era prenda del amor del Hijo de Dios hacia los interesados. Cuantos se acercaron a El sufrieron en mayor o menor grado por habérsele aproximado, justamente como si el sufrimiento y la tribulación terrena emanaran de Él, como un precioso beneficio para el bien de sus almas - y en este número están incluidos estos niños-. Cierto que su misma presencia era un sacramento. Cada uno de sus movimientos, cada una de sus miradas y cada una de sus palabras llevaban la gracia a quien estaba dispuesto a recibirla y todavía más: el hecho de ser sus compañeros. En consecuencia, en los tiempos antiguos, estos bárbaros homicidios o el martirio eran considerados como una especie de bautismo, un bautismo de sangre, que contenía en sí una fuerza sacramental que sustituía la fuente bautismal para la regeneración. Consideremos a estos pequeños como si, en cierto sentido, fuesen mártires y veamos qué enseñanza podemos sacar del ejemplo de su inocencia (J. H. Newmann, Holy Innocents. The Mind of Uttle Children, PPS, II, 62).

 

 

Día 29

 Día V dentro de la octava de Navidad

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 2,3-11

3 Sabemos que conocemos a Dios, si guardamos sus mandamientos.

4 El que dice: «Yo lo conozco», pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en Él.

5 En cambio, el amor de Dios llega verdaderamente a su plenitud en aquel que guarda su palabra. Ésta es la prueba de que estamos en Él,

6 pues el que dice que permanece en Él, tiene que vivir como vivió Él.

7 Queridos, el mandamiento acerca del que os escribo no es nuevo, sino un mandamiento antiguo, que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que oísteis.

8 Sin embargo, el mandamiento acerca del que os escribo -que se realiza en Él y en vosotros- es nuevo, en el sentido de que las tinieblas pasan y ya brilla la luz verdadera.

9 Quien dice que está en la luz y odia a su hermano, todavía está en las tinieblas.

10 Quien ama a su hermano permanece en la luz y nada le hará tropezar.

11  Sin embargo, el que odia a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.

 

**• ¿Cuál es el camino para conocer a Dios y morar en él? El Apóstol, después de haber presentado el criterio negativo de la comunión (1,5-2,2: «No pecar»), expone el positivo, que consiste en la observancia de los mandamientos y, entre estos, el del amor a Dios (w. 3-6) y a los hermanos (w. 8-11). Para el cristianismo, pues, el conocimiento de Dios comporta exigencias de vida que han de ser observadas. Por el contrario, la filosofía religiosa popular del tiempo, llamada "gnosis", sostenía que la salvación del hombre se obtiene a través del conocimiento de Dios, única cosa que permite alcanzar el verdadero objetivo de la vida humana, esto es, la liberación del mundo visible. En oposición a esta doctrina, que excluía el pecado y la existencia de toda moral, Juan afirma que el auténtico conocimiento de Dios debe estar avalado por la observancia de sus mandamientos. Porque, el que cumple «su palabra» (v. 5) experimenta el amor de Dios y mora en Él, porque vive como ha vivido Jesús y tiene dentro de sí una realidad interior que lo impulsa a imitar a Cristo, cuyo ejemplo de vida ha sido justamente el amor (v. 6), cf. Jn 13,15.34; 15,10).

Este mandamiento del amor, además, es nuevo y antiguo al mismo tiempo: «nuevo», porque ha sido la enseñanza recibida desde el principio del anuncio cristiano. Entonces, el auténtico criterio de discernimiento del espíritu de Dios reside en la práctica del amor fraterno, porque no se puede estar en la luz de Dios y después odiar al propio hermano. Para el Apóstol el que ama vive en la luz, el que odia vive en las tinieblas.

 

Evangelio: Lucas 2,22-35

22 Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,

23 como prescribe la ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor.

24 Ofrecieron también en sacrificio, como dice la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones.

25 Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él

26 y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías enviado por el Señor.

27 Vino, pues, al templo, movido por el Espíritu y, cuando sus padres entraban con el niño Jesús para cumplir lo que mandaba la ley,

28 Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:

29 Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar que tu siervo muera en paz.

30 Mis ojos has visto a tu Salvador,

31 a quien has presentado ante todos los pueblos,

32 como luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.

33 Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de él.

34 Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: -Mira, este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción,

35 y a ti misma una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las intenciones de todos.

 

**• La escena de la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén sugiere el trasfondo teológico de este fragmento: la antigua alianza cede el puesto a la nueva, reconociendo en Jesús-Niño al Mesías doliente y al Salvador universal de los pueblos. El relato, ambientado en el templo, lugar de la presencia de Dios y de la revelación profética es rico en referencias bíblicas (cf. Mal 3; 2 Sm 6; Is 49,6) y consta de dos partes: la presentación de la escena (w. 22-24) y la profecía de Simeón (w. 25-35).

María y José, obedientes a la ley hebraica, entran en el templo como sencillos miembros pobres del pueblo de Dios para ofrecer su primogénito al Señor y para la purificación de la madre (cf. Ex 13,2-16; Lv 12,1-8). Confianza y abandono en Dios cualifican esta ofrenda de Jesús-Niño, anticipo de la verdadera ofrenda del Hijo al Padre que se cumplirá en el Calvario. Pero el centro de la escena está constituido por la profecía de Simeón «hombre justo y piadoso de Dios, que esperaba el consuelo de Israel» (v. 25). Guiado por el Espíritu va al templo y, reconociendo en Jesús al Mesías esperado, estalla en un saludo festivo unido a una confesión de fe: las antiguas «promesas» se han cumplido; él ha visto al Salvador, gloria del pueblo de Israel, luz y salvación para todas las gentes; ahora su fin está marcado por el triunfo de la vida. Pero esta luz del Mesías tendrá el reflejo del dolor, porque Jesús será «signo de contradicción» (v. 34) y la misma Madre será implicada en el destino de sufrimiento del Hijo (v. 35).

 

MEDITATIO

Amar, según el ejemplo de Cristo, quiere decir darse, olvidarse de sí mismo, procurar el bien del otro hasta sacrificar los propios intereses, las propias ideas y la misma vida. La actitud evangélica que nos sitúa en la verdad es la de la entrega de nosotros mismos a Dios y a los hermanos, es decir, la de la ofrenda que la familia de Nazaret ha practicado. La existencia cristiana no es sólo don, gratuidad, servicio, intimidad de amistad, sino también un algo difuso que impregna el ambiente en que se vive: es amor que se da a todos con generosidad.

El mandamiento del amor universal, llevado hasta el amor al enemigo (cf. Le 6,27-36), para que pueda llegar a ser auténtico como Jesús nos ha enseñado, debe ser vivido primero en la comunidad de los hermanos en la fe. Para Juan, pues, el acento recae más sobre el fundamento del amor que sobre su universalidad. Juan, en efecto, lo pone en el misterio trinitario, y prefiere insistir en la vida de íntima comunión que une al Padre y al Hijo.

Así pues, justamente esta razón nos hace comprender que el auténtico amor fraterno no se agota dentro de los confines de la comunidad cristiana, en la que cada discípulo vive, porque el amor fundado en el del Padre y vivido en plenitud entre los hermanos de fe es un elemento de dinamismo apostólico. Cuanto más en profundidad se viven la fe y el amor, más atraídos se sienten todos a conocer el testimonio del verdadero discípulo de Jesús. Donde reina este amor mutuo los discípulos se convierten en signo histórico y concreto del Dios-amor en el mundo.

 

ORATIO

Señor Jesús, desde niño has querido darnos ejemplo de sencillez y pobreza con tu vida oculta y confundida entre la gente común. Has querido también ser presentado en el templo y someterte a la ley del tiempo como un primogénito cualquiera de tu pueblo. Te has hecho reconocer como Mesías y Salvador universal por Simeón, hombre justo y abierto a la novedad del Espíritu, porque tú siempre te revelas a los sencillos y mansos de corazón y no a los que el mundo considera grandes y poderosos.

Te pedimos que te nos manifiestes también a nosotros, a pesar de nuestra pobreza e incapacidad para acoger el paso de tu Espíritu por nuestra vida, para que podamos reconocerte como «luz» para nosotros y para nuestros hermanos. También nosotros, como el anciano Simeón, queremos bendecirte por las promesas que has cumplido dándonos la salvación y por las muchas maravillas que has realizado entre nosotros y continúas realizando con tu presencia providente y amorosa. Pero, sobre todo, queremos vivir lo que nos has enseñado con el mandamiento del amor fraterno: procurar el bien de los hermanos, llevar sus cargas y desventuras y compartir los sufrimientos de nuestros prójimos. Que nuestro vivir sea una ofrenda generosa de cuanto somos al Padre, para que nuestra pobre humanidad renazca a una vida nueva.

 

CONTEMPLATIO

Seguro que cada uno de nosotros ha experimentado ya la dicha de la Navidad. Pero el cielo y la tierra aún no se han convertido en una sola cosa. La estrella de Belén es una estrella que todavía hoy continúa brillando en una noche oscura (...). ¿Dónde está el júbilo de los ejércitos celestes, dónde la felicidad callada de la santa noche? ¿Dónde está la paz en la tierra? (...).

Contra la luz que baja de los cielos resalta, más siniestra y más negra, la noche del pecado. El Niño en el pesebre tiende sus manitas y parece querer decirnos ya con su sonrisa las palabras que brotarán un día de sus labios de adulto: «Venid a mi todos los agobiados y oprimidos» (...). Jesús pronuncia su «Sígueme» y quien no está con él está contra él. Lo pronuncia también para nosotros y nos sitúa ante la opción entre la luz y las tinieblas (...). Si ponemos nuestras manos entre las del Niño divino y respondemos a su «Sígueme» con un «sí», entonces somos suyos y está libre el camino para que su vida divina pueda derramarse sobre nosotros. Éste es el inicio de la vida divina en nosotros. Vida que no es aún contemplación beatífica de Dios en la luz de la gloria; es todavía oscuridad de la fe, pero ciertamente no es de este mundo y es ya una existencia en el reino de Dios (E. Stein, Il mistero del nótale, Brescia 41998, 25-30 passim).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «El que ama a su hermano vive en la luz» (1 Jn 1,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No dudes en amar, y ama profundamente. Podrías tener miedo del dolor que puede causar un amor profundo. Cuando aquellos a quienes amas profundamente te rechazan, te abandonan o mueren, tu corazón se rompe. Pero esto no debe impedirte amar profundamente.

El dolor que emana de un amor profundo hará tu amor todavía más fecundo. Es como el arado que deshace los terrones para permitir que la semilla arraigue y crezca como planta fuerte. Cada vez que experimentas el dolor del rechazo, de la ausencia o de la muerte, te encuentras frente a una elección nueva. Puedes convertirte en presa de la amargura y decidir no amar más, o puedes permanecer erguido en tu dolor y dejar que el suelo en el que estás se haga más rico y más capaz de dar vida a nuevas semillas.

Cuanto más has amado y aceptado sufrir a causa de tu amor, tanto más permitirás que tu corazón crezca y se haga más profundo. Cuando tu amor es auténtico dar y auténtico recibir, aquellos que amas no abandonarán tu corazón ni siquiera cuando se alejen. Se harán parte de tu yo, construyendo así gradualmente una comunidad dentro de ti.

Aquellos a quienes has amado profundamente se hacen parte de ti. Cuanto más vivas, más serán las personas que amarás y que se harán parte de tu comunidad interior. Mayor será tu comunidad interior y más fácilmente reconocerás hermanos y hermanas en los extraños que se te acerquen. Los que viven dentro de ti reconocerán a los vivos en torno a ti. De este modo el dolor del rechazo, de la ausencia y de la muerte podrá resultar fecundo. Sí, si amas  profundamente, la tierra de tu corazón estará cada vez más desmenuzada, pero te alegrarás por la abundancia de frutos que te reportará (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1998).

 

 

 

 

Día 30

SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ (Ciclo A)

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 3,2-6.12-14

2 Porque el Señor da más honor al padre que a los hijos, y confirma el derecho de la madre sobre ellos.

3 El que honra a su padre alcanza el perdón de sus pecados,

4 el que respeta a su madre amontona tesoros.

5 El que honra a su padre recibirá alegría de sus hijos, y cuando ore será escuchado.

6 El que respeta a su padre tendrá una larga vida, quien obedece al Señor complace a su madre

12 Hijo, sé el apoyo de tu padre en su vejez, y durante su vida no le causes disgustos.

13 Aunque se debilite su mente, sé indulgente con él, no lo desprecies, tú que estás en pleno vigor.

14 La ayuda prestada al padre no quedará en el olvido, te servirá de reparación por tus pecados.

 

*•• Este fragmento del Eclesiástico es sapiencial y presenta una escena llena de fe y de simple humanidad acerca de las relaciones familiares, camino seguro también a la observancia del amor a Dios. El mensaje es una invitación a los hijos adultos para que amen de corazón a sus padres ancianos con un comportamiento verdaderamente filial. El pasaje, además, comenta el cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre; así prolongarás tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar» (Ex 20,12), precepto bastante practicado en el judaísmo antiguo (cf. Prov 19,26; Rut 1,16- 17; Tob 4,3-4). El texto, pues, pone de relieve la estrecha relación entre el honrar a Dios y el honrar a los padres: respetarlos y cuidarlos es obedecer a Dios; no apiadarse de ellos y abandonarlos en el momento de la prueba es despreciar al Señor (w. 6.14).

El honor que el hijo debe a sus padres contiene toda una gama de actitudes y de sensibilidad, que se traduce no sólo en respeto, sino en la ayuda concreta, en las muestras de afecto, obediencia, estima y atención, porque todo esto es hacer la voluntad de Dios. Otro aspecto, sin embargo, considera también el texto: la práctica de tal mandamiento es fuente de recompensa y acarrea dones extraordinarios del Señor, como una vida larga (v. 69), la remisión de los pecados (w. 3.14), la alegría y la satisfacción de parte de los propios hijos (v. 5a), ser escuchados en la oración (v. 5 b), y la seguridad de la acogida en el futuro por parte de Dios.

 

O bien:

Primera lectura: Colosenses 3,12-21

Hermanos:

12 Sois elegidos de Dios, pueblo suyo y objeto de su amor; revestíos, pues, de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia.

13 Soportaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga motivos de queja contra otro. Del mismo modo que el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros.

14 Y por encima de todo, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección.

15 Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones; a ella os ha llamado Dios para formar un solo cuerpo. Y ser agradecidos.

16 Que la palabra de Cristo habite en vosotros con toda riqueza; enseñaos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría, y cantad a Dios con un corazón agradecido salmos, himnos y cánticos inspirados.

17 Y todo cuanto hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias a Dios, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

18 Esposas, respetad a vuestros maridos, como corresponde a cristianas. 19 Maridos, amad a vuestras esposas y no seáis duros con ellas.

20 Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, pues es lo que agrada ver entre cristianos.

21 Padres, no irritéis a vuestros hijos, no sea que se desalienten.

 

**• Estamos ante un código familiar que san Pablo presenta a la comunidad cristiana de Colosas para responder a problemas concretos de la vida cotidiana (cf. Ef 5,22-6,9; Tit 2,1-10; 1 Pe 3,1-7).

El Apóstol, después de haber enumerado los vicios del hombre viejo, presenta las virtudes que deben adornar la vida de los creyentes «elegidos de Dios, pueblo suyo y objeto de su amor» (v. 12), como la misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la comprensión y el perdón (w. 12-13); pero, entre estas, el principal medio de unión es la caridad «que es el vínculo de la perfección» (v. 14), es decir, el amor de la comunidad a Dios y a los hermanos (cf. Mt 18,21-35; Rom 12; Ef 5,19-33).

Para vivir este proyecto evangélico es necesario, sin embargo, construir la comunidad cristiana en torno a la eucaristía y a la Palabra de Dios (v. 16). Después Pablo recomienda a las esposas que respeten a sus maridos «como corresponde a cristianas» (v. 18), a los maridos amar a sus mujeres y no exasperar a sus hijos, a los hijos obedecer a los padres porque «eso agrada al Señor» (v. 20). Por estas exhortaciones se puede constatar que el Apóstol permanece ligado a las leyes de su tiempo, pero por otra parte las supera perfeccionándolas con un criterio evangélico nuevo: hacedlo todo «en el Señor» (w. 18-20).

Así pues, los valores familiares fundamentales, como la obediencia, el respeto, el amor en el núcleo familiar y la educación de los hijos, son salvaguardados, pero se releen a la luz de un constante punto de referencia: el modo de vida del Señor, libre y obediente al Padre. Jesús es el verdadero lazo de unión de toda familia cristiana.

 

Evangelio: Mateo 2,13-15.19-23

13 Cuando se marcharon los sabios, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: -Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te avise; porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.

14 José se levantó, tomó al niño y a su madre de noche, y partió hacia Egipto,

15 donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por el profeta: De Egipto llamé a mi hijo.

19 Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto

20 y le dijo: -Levántate, toma al niño y a su madre, y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño.

21 José se levantó, tomó al niño y a su madre, y regresó con ellos a la tierra de Israel.

22 Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí. Entonces, avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea

23 y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. De esta manera se cumplió lo anunciado por los profetas: que sería llamado nazareno.

 

*» El evangelista presenta a la familia de Nazaret como modelo único e irrepetible, bien por la composición del núcleo familiar, bien por el significado que tales personas asumen en la historia de la salvación. El relato de la huida a Egipto y del regreso a Nazaret, aparte los aspectos teológicos y apologéticos, traza un cuadro realista de las muchas experiencias vividas por la santa familia. El texto, en efecto, recuerda los acontecimientos que siguieron al nacimiento de Jesús: la partida de los Magos, la crueldad de Herodes, el sueño de José y el éxodo como prófugo a Egipto.

Mateo, sin embargo, va más allá de los hechos narrados y pretende mostrar a Jesús como un nuevo Moisés, que experimenta la misma suerte del gran legislador: es perseguido y debe huir (cf. Ex 4,19); después regresa a Israel cumpliendo la Escritura: «De Egipto llamé a mi Hijo» (v. 15; cf. Os 11,1). Pero, a la muerte de Herodes, la orden de establecerse en Nazaret que José recibe del ángel del Señor abre camino a otro proyecto de Dios.

Los tres hijos de Herodes, Arquelao, Herodes Antipas y Felipe heredaron el reino. Al cruel Arquelao correspondió la Judea y por esto José, por razones de seguridad se trasladó a Galilea, donde reinaba Herodes Antipas. Para Mateo aquí se cumple la profecía: «Será llamado Nazareno» (v. 23), en cuanto el evangelista identifica la palabra "nazareno" = nossri con la palabra "vastago" = nesser (cf. Is 11,1: 53,2). Jesús es el Mesías humilde que cumple las esperanzas del pueblo y las promesas de Dios.

 

MEDITATIO

Uno de los temas más candentes de la sociedad actual es el de la familia, en el que emergen problemas y dificultades considerables, debidos a la falta de valores y de ideales, unidos, por ejemplo, al materialismo y al hedonismo de la vida, a la permisividad de los responsables en campos educativo y moral, y a la carencia de auténticos guías y formadores en este sector. También la Iglesia siente vivo el problema y se interroga acerca del designio que Dios tiene sobre la familia, animando a todos a vivir según el evangelio en el respeto de las culturas y empeñándose en aliviar las condiciones de pobreza y necesidad de muchos núcleos familiares, a ejemplo de la familia de Nazaret plenamente inserta en la vivencia humana y especialmente en la vida de los pobres y de los que sufren.

La experiencia actual de la familia cristiana presenta, también ella, notables problemas, porque no todo es pacífico o está resuelto, más bien se ven a menudo familias que portan cruces de distinto género y, a veces, pesadas: las de los exiliados de su propia tierra, las divididas por disensiones familiares o por motivos de trabajo, las que han perdido algún miembro por el empeño puesto en defensa de los derechos humanos y de la promoción humana, las laceradas por la inmigración, las que viven socialmente desahuciadas, incomprendidas, marginadas o en ambientes indignos y depravados que devalúan la condición humana.

La sagrada familia no era una familia sin problemas, pero la presencia de Dios le comunicó fuerza, serenidad y paz interior. Jesús es el lazo de unión de toda familia cristiana.

 

ORATIO

Señor Dios, nuestro mundo y también nuestra Iglesia tienen necesidad de reencontrar la unidad y la armonía en muchas familias a ejemplo de la santa familia de Nazaret, para que la paz de Dios se manifieste en ellas, superando discordias, rupturas, incomprensiones y dificultades de todo tipo. Especialmente los padres y los educadores de jóvenes, hoy, sienten vivo, lleno de responsabilidad y pesado su deber educativo en el crecimiento, en la formación y maduración de las nuevas generaciones que, a menudo, les hace experimentar un sentimiento de incapacidad e impotencia, los desanima y los mortifica frente a las dificultades y problemas siempre nuevos que asoman al horizonte de la sociedad.

Te rogamos que las familias cristianas no se cierren en sí mismas, en su aislamiento egoísta o en su orgullo herido, sino que todas estén abiertas al interés por los problemas de todos, sean animosas en ofrecer su colaboración para resolverlos en sentido evangélico. Que todas las familias tengan el espacio vital necesario para vivir en una casa, tengan una mesa donde no falte el pan y, sobre todo, la alegría de la comunión entre padres e hijos y la esperanza en un futuro mejor que nace de la fe. Señor y Padre de todos los hombres, el apóstol Pablo ha enseñado a los cristianos a vivir la vida familiar «en el Señor»: nosotros te pedimos que la persona de Jesús sea el hilo de oro que una toda nuestra familia cristiana.

 

CONTEMPLATIO

La casa de Nazaret es la escuela donde se ha empezado a conocer la vida de Jesús, esto es, la escuela del evangelio. Aquí se aprende a observar, a escuchar, a meditar a penetrar el significado tan profundo y tan misterioso de esta manifestación del Hijo de Dios, tan simple, humilde y bella. Quizás también aprendamos, casi sin percatarnos, a imitar.

Aquí comprendemos el modo de vivir en familia. Nazaret nos recuerda lo que es la familia, qué cosa es la comunión de amor, su belleza austera y simple, su carácter sagrado e inviolable. Nos haga percibir como dulce e insustituible la educación en familia, nos enseñe su función natural en el orden social. Aprendamos también las lecciones sobre trabajo. ¡Oh Casa de Nazaret, casa del Hijo del Carpintero! Aquí, sobre todo, deseamos comprender y celebrar la ley, severa cierto, pero redentora de la fatiga humana; aquí deseamos comprender y ennoblecer la dignidad del trabajo de modo que sea entendida por todos (Pablo VI, Discurso de Nazaret, 5 de enero de 1964).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Tomó consigo al Niño y a su Madre» (Mt 2,14)

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La familia de Nazaret, en cuanto realidad humana asumida y renovada por la encarnación del Verbo, se transforma no sólo en un lugar donde se hace presente de modo único y especial el misterio de la Trinidad, sino también en un símbolo, en la representación más perfecta, en un icono, que hace presente, vivos y operantes el amor y la fecundidad de Dios.

Jesús, María, José, la santa familia de Nazaret, son el centro del designio salvífico de Dios, el centro de la Nueva Alianza. Pertenecen a la plenitud de los tiempos. En esta familia de Jesús, donde se refleja admirablemente la vida de comunión, de amor de la Trinidad divina, los hombres reanudan el diálogo primitivo con Dios, retoman la armonía conyugal y familiar y de hermandad.

En la familia Dei y en la ecclesia Dei que es la sagrada familia de Nazaret, primera y perfecta comunidad de la Nueva Alianza, se está ante el Padre, unidos a Jesús y penetrados del Espíritu Santo y se vive, se celebra y se anuncia el evangelio de la familia (J. M. Blanquet, La Sagrada Familia ¡cono de la Trinidad, Barcelona 1996, 713).

 

 

Día 31

 Día VII dentro de la octava de Navidad o

San Silvestre

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 2,18-21

18 Hijos míos, estamos en la última hora. Habéis oído que iba a venir un anticristo; pues bien, han surgido muchos anticristos. Ésta es la prueba de que ha llegado la última hora.

19 Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Porque si hubieran sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero así ha quedado claro que no todos son de los nuestros.

20 Vosotros, en cambio, tenéis el Espíritu que viene de Dios y lo sabéis todo.

21 No os he escrito porque no conozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad.

 

        **• Este breve fragmento de Juan debe ser comprendido a la luz de la mentalidad del tiempo en que el Apóstol escribe. Juan exhorta a la comunidad cristiana a la vigilancia por la inminente «última hora» de la historia, (v. 8), marcada por un violento ataque del enemigo del pueblo de Dios llamado «anticristo», símbolo de todas las fuerzas hostiles a Dios y personificado en la figura de los herejes. El tiempo final de la historia, cierto, no debe ser entendido en sentido cronológico sino teológico, es decir, como tiempo decisivo y último de la venida de Cristo, tiempo especialmente de lucha, de persecuciones y de prueba para la fe de la comunidad. Cuando las dificultades se hacen más opresoras, advierte el Apóstol, el fin está cerca, el mundo nuevo se perfila en el horizonte y la señal es dada justamente por los herejes que difunden el error (cf. Mt 24,23-24). Éstos, si bien pertenecieron un tiempo a la comunidad, se han mostrado sus enemigos al abandonar la Iglesia y obstaculizando su camino.

        Es una experiencia dolorosa conocer que la voluntad de Dios permite que Satán encuentre a menudo sus instrumentos precisamente dentro de la comunidad eclesial. A éstos, sin embargo, se contraponen los auténticos discípulos de Jesús, aquellos que han recibido la «unción del Espíritu Santo» (v. 20), es decir, la Palabra de Cristo y su Espíritu que, a través del bautismo, les enseña la verdad completa (cf. Jn 14,26). Tal verdad se refiere a la persona de Jesús, el Verbo de Dios hecho carne, como aclara el Apóstol y no a un Jesús aparentemente humano, figura de una realidad sólo espiritual, como dicen los herejes.

 

Evangelio: Juan 1,1-18

1 Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

2 Ya al principio ella estaba junto a Dios.

3 Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir.

4 En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres;

5 la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron.

6 Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan.

7 Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él.

8 No era él la luz, sino testigo de la luz.

9 La Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre.

10 Estaba en el mundo, pero el mundo, aunque fue hecho por ella, no la reconoció.

11 Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron.

12 A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios.

13 Éstos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios.

14 Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

15 Juan ha dado testimonio de él, proclamando: -Éste es aquel de quien yo dije: «El que viene detrás de mí ha sido colocado por delante de mí, porque existía antes que yo».

16 En efecto, de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia.

17 Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

18 A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer.

        **• El prólogo de Juan, a diferencia de los relatos de los evangelios de la infancia, no narra las vivencias históricas del nacimiento y primera infancia de Jesús, sino que describe, en forma poética, el origen de la Palabra en la eternidad de Dios y su persona divina en el amplio horizonte bíblico del plan de salvación que Dios ha trazado para el hombre. Esta presentación de Jesús- Palabra se hace en tres momentos.

        Primeramente la «preexistencia» de la Palabra (w. 1- 5), real y en comunión de vida con Dios; él nos puede hablar del Padre porque posee la eternidad, la personalidad y la divinidad (v. 1). Después, la venida histórica de la Palabra entre los hombres (w. 6-13) de cuya luz fue testigo el Bautista (w. 6-8); esta luz pone al hombre ante una opción de vida: rechazo o acogida, incredulidad o fe (w. 9-11); sólo la acogida favorable permite la filiación divina, que no procede ni de la carne ni de la sangre, esto es, de la posibilidad humana (w. 12-13). Y finalmente la encarnación de la Palabra (v. 14) como punto central del prólogo. Esta Palabra, que había entrado por primera vez en la historia humana con la creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: «Y el Verbo se hace carne», es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrar el amor infinito de Dios. En él la humanidad creyente puede contemplar la gloria del Señor (v. 16), no una gloria como la de Moisés, revelador imperfecto de la Ley que puede hacer esclavos, sino la de Jesús, el Revelador perfecto y escatológico de la Palabra que hace libres, el verdadero Mediador humano-divino entre el Padre y la humanidad, el único que nos manifiesta a Dios y nos lo hace conocer.

 

MEDITATIO

        En su historia bimilenaria, la Iglesia ha encontrado siempre falsos profetas y maestros de falsedad, que se han servido del nombre de Cristo para propagar sus propias ideas y doctrinas. Y, muy a menudo, tales adversarios del evangelio han salido de las filas de los creyentes. También hoy la historia se repite porque no faltan doctores de la mentira, que hacen brillar ante muchos las tinieblas como luz, desconociendo la verdadera luz de Cristo, portadora de gozo y paz interior.

        Pertenecer a la Iglesia es un don y un misterio que ningún vínculo externo puede garantizar, sino sólo la fidelidad a la Palabra de Cristo en la humilde y constante búsqueda de la verdad. Rechazar a la Iglesia es rechazar a Cristo, la verdad y la vida (cf. Jn 14,6). Rechazar a la Iglesia es no creer en el evangelio y en la Palabra de Jesús, es vivir en las tinieblas y en el absurdo. Por el contrario, el verdadero discípulo de Jesús, habiendo recibido la unción del Espíritu Santo, se deja conducir suavemente por su acción y por su verdad, reconociendo los caminos de Dios y esperando su venida sin alarmismos ni fantasías milenaristas. La encarnación de Cristo ha impregnado toda la historia y la vida de los hombres, porque sólo en él reside toda plenitud de vida y toda aspiración a la felicidad, y el hombre ha entrado a pleno derecho entre los familiares de Dios.

        El final de un año civil recuerda al cristiano que la historia humana está guiada por Dios y a él dirigimos nuestro reconocimiento por los dones recibidos y nuestra súplica por la vida nueva que siempre nos ofrece.

 

ORATIO

        Padre, Señor omnipotente que gobiernas con infinito amor la historia y la vida de los hombres, te damos gracias por tu Hijo Jesús que nos has enviado como Palabra de verdad a nuestro pobre mundo, hecho de fragilidad, de debilidad y de pecado. Nosotros sólo queremos acoger esta Palabra tuya hecha carne, pero queremos tenerla constantemente ante los ojos como inmutable y único punto de referencia en nuestro peregrinar terreno.

        Tú has amado tanto al mundo que nos hablas a través del don de tu Hijo para que el que cree en él tenga la vida (cf. Jn 3,16). Continúa, Padre, todavía hoy, manifestándote a través de él, para que nos sintamos hijos tuyos y la vida divina que has sembrado en nuestro corazón con el bautismo se refuerce con un camino de fe que nos haga experimentar siempre tus favores y contemplar tu gloria.

        Toda la vida de Jesús se ha desarrollado como vida filial en una actitud de escucha y de obediencia a ti, Padre, en una relación de amor y como expresión del amor. Ésta es la razón por la que Jesús no se ha buscado nunca a sí mismo ni su propia gloria, sino sólo escucharte a ti para revelarnos tu rostro. Por esto la vida de Jesús es para nosotros la revelación completa, la plenitud de la verdad.

        También nosotros, como el apóstol Juan, queremos experimentar que la auténtica identidad de tu Hijo se comprende sólo cuando en la contemplación nos situamos fuera del tiempo y de la historia y encontramos la raíz de la existencia de Jesús en tu intimidad. Sobre esta plenitud queremos fundamentar nuestra fe.

 

CONTEMPLATIO

        Señor Dios mío, hazme digna de conocer el altísimo misterio de tu ardiente caridad, el misterio profundísimo de tu encarnación. Tú te has hecho carne por nosotros. Por esta carne comienza la vida de nuestra eternidad (...). ¡Oh amor que se da entero! Te has alienado a ti mismo, te has anulado a ti mismo para hacerme, has tomado los despojos de siervo vilísimo para darme a mí un manto real y un vestido divino (...). ¡Por esto que entiendo, que comprendo con todo mi ser -que tú has nacido en mí-, seas bendito, Señor! ¡Oh abismo de luz! Toda la luz está en mí, si veo esto, si comprendo esto, si sé esto: que tú has nacido en mí. En verdad entender esto es una cumbre: la cumbre de la alegría (...). ¡Oh Dios increado, hazme digna de profundizar en este abismo de amor, de mantener en mí el ardor de tu caridad. Hazme digna de  comprender la inefable caridad que tú nos comunicaste cuando, por medio de la encarnación, nos manifestaste a Jesucristo como Hijo tuyo, cuando Jesús te nos reveló a ti como Padre.

        ¡Oh abismo de amor! El alma que te contempla se eleva admirablemente más allá de la tierra, se eleva más allá de sí misma y navega, pacificada, en el mar de la serenidad (Ángela de Foligno, Experiencia de Dios amor, Sevilla 1991).

 

ACTIO

        Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Ninguna mentira viene de la verdad» (1 Jn 2,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Al ver más claro que tu vocación es la de ser testigo del amor de Dios al mundo, y al crecer tu determinación de vivir esta vocación, aumentarán los asaltos del enemigo. Oirás voces que te dirán: «No eres digno, no tienes nada que ofrecer, no tienes atractivo, no suscitas ni deseo ni amor». Cuanto más sientas la llamada de Dios, más descubrirás en tu propia alma la batalla cósmica entre Dios y Satán. No tengas miedo. Continúa profundizando en la convicción de que el amor de Dios te basta, que estás en manos seguras, y que eres guiado en cada paso de tu camino. No te dejes sorprender por los asaltos del demonio. Aumentarán pero, si los enfrentas sin miedo, descubrirás que son impotentes.

        Lo que importa es aferrarse al verdadero, constante e inequívoco amor de Jesús. Cada vez que dudes de este amor, vuelve a tu morada interior y escucha allí la voz del amor. Solamente cuando sabes en tu ser más profundo que eres íntimamente amado, puedes afrontar las oscuras voces del enemigo sin ser seducido por ellas.

        El amor de Jesús te dará una visión cada vez más clara de tu vocación, así como de las muchas tentativas de arrancarte de aquella llamada. Cuanto más sientas la llamada a hablar del amor de Dios, más necesidad tendrás de profundizar en el conocimiento de este amor en tu mismo corazón. Cuanto más lejos te lleve el camino exterior, más profundo debe ser tu camino interior. Sólo cuando tus raíces sean profundas, tus frutos podrán ser abundantes, pero tú puedes afrontar sin miedo al enemigo cuando te sabes seguro del amor de Jesús (H. J. M. Nouwen, La voz interior del amor, Madrid 1998).