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LECTIO DIVINA JUNIO DE 2023

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 22,9-18

9 Llegados al lugar que le había dicho Dios, construyó allí Abraham el altar, y dispuso la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y le puso sobre el ara, encima de la leña.

10 Alargó Abraham la mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo.

11 Entonces le llamó el Ángel de Yahveh desde los cielos diciendo: ¡Abraham, Abraham!» El dijo: «Heme aquí.»

12 Dijo el Ángel: «No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único.»

13 Levantó Abraham los ojos, miró y vio un carnero trabado en un zarzal por los cuernos. Fue Abraham, tomó el carnero, y lo sacrificó en holocausto en lugar de su hijo.

14 Abraham llamó a aquel lugar «Yahveh provee», de donde se dice hoy en día: «En el monte "Yahveh provee"»

15 El Ángel de Yahveh llamó a Abraham por segunda vez desde los cielos,

16 y dijo: «Por mí mismo juro, oráculo de Yahveh, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único,

17 yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos.

18 Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz.»

 

         ***>Abraham está dispuesto a obedecer ciegamente a Dios. Siguiendo su mandato se dispone a matar a su hijo soñado: ¡Se acabó el hijo de la promesa, se acabó el propósito de su vida, se murió su ilusión! Pero no era esa la intención de Dios sino ponerle a prueba y  revelar el Plan de Redención para la humanidad. A través de esa experiencia, el Señor le reveló que Él entregaría a su Hijo Unigénito, y Él moriría como holocausto que pagaría por todos los pecados del mundo.  Por eso era importante que fueran a Moriah, donde hoy está Jerusalén, porque allí sería donde Jesús moriría en la cruz.

        

Evangelio Mt 26, 36- 42

36 Entonces va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»

37 Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia.

38 Entonces les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo.»

39 Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú.»

40 Viene entonces donde los discípulos y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: «¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo?

41 Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.»

42 Y alejándose de nuevo, por segunda vez oró así: «Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad.»

 

            ***> Como siempre, Jesús se aleja de los suyos para orar a solas con su Padre pero, en esta ocasión y sabiendo lo que le esperaba, solicita la compañía de sus tres discípulos predilectos a quienes confía su estado pero éstos le vuelven a fallar. Postrado en tierra en esta ocasión no se dirige al "Padre Nuestro" sino al "Padre mío" como lo haría después en la inmensa soledad de la cruz. El término arameo que utiliza es "Abba" que es una expresión más cercana y de confianza que el término "Padre", podría parecerse más a le expresión castellana "Papá".

          Con la inmensa confianza con su Padre, le pide pasar de su "copa" (sacrificio) pero, en todo caso, le solicita que se haga su Voluntad

 

MEDITATIO

La particular solicitud por la salvación de los otros, por la verdad, por el amor y la santidad de todo el pueblo de Dios, por la unidad espiritual de la Iglesia, que nos ha sido confiada por Cristo junto con la potestad sacerdotal, se explica de varias maneras [...].

Sois portadores de la gracia de Cristo, Eterno Sacerdote, y del carisma del buen pastor. No lo olvidéis jamás; no renunciéis nunca a esto; debéis actuar conforme a ello en todo tiempo, lugar y modo. En esto consiste el arte máxima a la que Jesucristo os ha llamado. «Arte de las artes es la guía de las almas», escribía san Gregorio Magno.

Os digo, por tanto, siguiendo sus palabras: esforzaos por ser los «maestros» de la pastoral. Ha habido ya muchos en la historia de la Iglesia. ¿Es necesario citarlos?

Nos siguen hablando a cada uno de nosotros, por ejemplo, san Vicente de Paúl, san Juan de Ávila, el santo cura de Ars, san Juan Bosco, el beato Maximiliano María Kolbe y tantos otros (Juan Pablo II, Carta a los obispos y a los sacerdotes, Jueves Santo de 1979, 6).

 

ORATIO

         Cogiste mi corazón de niño con ternura delicada y paternal, me sedujeron tu afecto y tu cariño y me dejé cautivar.

         Yo escuché tu llamada gratuita sin saber la complicación que me envolvía, me enrolé en tu caravana de tu mano sin pensar ni en las espinas ni en los cardos.

         Te fui fiel, aunque a jirones fui dejando en mi camino pedazos de corazón, hoy me encuentro con un cáliz rebosante de jazmines que potencian mis anhelos juveniles y me acercan más a Dios.

         En el ocaso de la carrera de mi vida siento el gozo de la inmolación a Tí. Tienes todos los derechos de exigirme, puedes pedir si me ayudas a decir siempre que ¡Sí!

         Necesitaste y necesitas de mis manos para bendecir, perdonar y consagrar;  quisiste mi corazón para amar a mis hermanos, pediste mis lágrimas y no me ahorré el llorar.

         Mis audacias yo te di sin cuentagotas, mi tiempo derroché enseñando a orar, gasté mi voz predicando tu palabra y me dolió el corazón de tanto amar.

         A nadie negué lo que me dabas para todos. Quise a todos en su camino estimular. Me olvidé de que por dentro yo lloraba, y me consagré de por vida a consolar.

         Muchos hombres murieron en mis brazos, ya sabrán cuánto les quise en la inmortalidad, me llenarán de caricias y de flores el regazo, migajas de los deleites de su banquete nupcial.

         Pediste que te prestara mis pies y te los ofrecí sin protestar, caminé sudoroso tus caminos, y hasta el océano me atreví a cruzar.

         Cada vez que me abrazabas lo sentía porque me sangraba el corazón, eran tus mismas espinas las que me herían y me encendían en tu amor.

         Fui sembrando de hostias el camino inmoladas en la cenital consagración: más de treinta mil misas ofrecidas han actualizado la eficacia de tu redención.

         No me pesa haber seguido tu llamada, estoy contento de ser latido en tu Getsemaní; sólo tengo una pena escondida allá en el alma: la duda de si Tú estás contento de mí.

         Mi gratitud hoy te canto, ¡Cristo de mi sacerdocio! Mi fidelidad te juro, Jesucristo Redentor. Ayúdame a enriquecer con jardines a tu Iglesia, que florezcan y sonrían aún en medio del dolor.

         Sean esos jardines para tu recreo y mi trabajo, multiplica tu presencia por los campos hoy en flor, que lo que comenzó con la pequeñez de un pájaro, se convierta en muchas águilas que roben tu Corazón.

(Oración Sacerdotal)

 

CONTEMPLATIO

El Señor plasmó al hombre de la tierra, pero nos ama como a verdaderos hijos suyos y nos espera con deseo. El Señor nos ha amado con un amor tal que se encarnó por nosotros y derramó por nosotros su sangre, con la que nos ha dado de beber, y nos ha dado su precioso cuerpo. Y así, por su carne y por su sangre, hemos llegado a ser sus hijos, a semejanza del Señor. Así como los hijos se parecen a su padre, y esto con independencia de la edad, así nosotros nos hemos vuelto semejantes al Señor en su humanidad, y el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que estaremos eternamente con él.

El Señor no cesa nunca de llamarnos: «Venid a mí y yo os haré descansar». Nos alimenta con su precioso cuerpo y su preciosa sangre. Nos instruye misericordiosamente con su palabra y por medio del Espíritu Santo. Nos ha revelado sus misterios. Vive en nosotros y en los sacramentos de la Iglesia y nos conduce al lugar donde contemplaremos su gloria. Ahora bien, cada uno contemplará esta gloria según la medida de su amor.

Quien ama más se lanza con mayor ardor para estar con el amado Señor, y por eso se le acerca más. Quien ama poco, también desea poco. ¡Qué maravilla! La gracia me ha hecho conocer que todos los que aman a Dios y observan sus mandamientos están llenos de luz y se asemejan al Señor. Y esto es algo natural. El Señor es luz, e ilumina a sus siervos (Archim. Sofronio, Silvano del Monte Athos. Vita, dottrina, scritti, Turín 1978, p. 346).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús vino a la tierra para abrir un camino entre los hombres, para que éstos, a su vez, tomen este camino y sigan a Jesús. No hay otro camino posible para ningún hombre. Antes o después, de un modo o de otro, cada hombre se encuentra en el camino de Jesús, aunque probablemente sólo sea en la hora de su muerte.

Jesús habla a menudo de aquellos que le siguen y a los que llama discípulos. Les traza el camino, les indica las condiciones, los riesgos, las insidias. Los modos del seguimiento de Jesús son múltiples, pero todos los caminos tienen como desembocadura la misma entrega total de nosotros mismos a Jesús, a aquella obediencia que fue la suya, una obediencia hasta la muerte en una cruz, precio y camino de la resurrección. Seguir a Jesús es renegar de nosotros mismos, aceptar perder aparentemente nuestra propia vida. Una propuesta así sería no sólo arriesgada, sino también aberrante, si Jesús no hubiera añadido tres breves palabras que cambian radicalmente su sentido: «Por mi causa».

A causa de Jesús. Quien se atreve a hablar así lo hace por amor. Y quien habla por amor no propone un itinerario que conduce a la muerte, sino que se abre a la vida. El que ama se ha arrancado a sí mismo del objeto de su amor. Ya no es capaz de vivir replegado sobre sí mismo, porque el amor tiende a desplegar al máximo todas las posibilidades que hay en él. El amor les da dinamismo, decuplica sus fuerzas, fecunda sus palabras, sus acciones. ¿Y qué decir cuando se trata del amor de Jesús?

A causa de Jesús, podrá decir san Pablo, y para conocer la sublimidad de su amor se ha atrevido a considerar todas las cosas como basura (cf. Flp 3,8). A causa de Jesús. Estas cuatro breves palabras dicen aún otras cosas. En efecto, el amor no sólo potencia los recursos de aquel que ama, sino que hace entrar también en el misterio de aquel a quien se ama. A causa de Jesús equivale a decir quemados en lo íntimo por el amor que nos arrastra, pero también «como Jesús», o sea, empujados y arrastrados por el amor que él mismo siente por nosotros y cuya poderosa ternura no nos abandona un solo instante.

No hay ni un solo sufrimiento sembrado en nuestro cuerpo, en nuestro corazón e incluso en nuestro espíritu que no nos construya, por así decirlo, en plenitud, conduciéndonos a dar nuestros frutos más bellos. Y aquí se encuentra también la fuente de nuestra alegría. Sí, haciéndolo todo y soportándolo todo a causa de Cristo, exultaremos con una alegría inefable y llena de la gloria de Dios (A. Louf, Seúl l'amour suffirait, París 1982).

 

 

 

Día 2

Viernes 8ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 44,1.9-13

1 Hagamos el elogio de los hombres ilustres, de nuestros antepasados por generaciones.

9 Otros no dejaron memoria, desaparecieron como si no hubiesen existido; fueron igual que si no hubiesen sido, y lo mismo sus hijos después de ellos.

10 Pero hubo también hombres virtuosos, cuyos méritos no han sido olvidados.

11 Una rica herencia nacida de ellos pervive en sus descendientes.

12 Su descendencia sigue fiel a las alianzas, y también sus nietos, gracias a ellos.

13 Por siempre permanecerá su descendencia, y su gloria no se marchitará.

 

 

**• Tras haber considerado la gloria de Dios en la naturaleza (cf. la primera lectura de ayer), prosigue el Sirácida su reflexión sapiencial contemplando la gloria divina reflejada en la historia. Es como hojear un álbum de familia para hacernos cargo de nuestras propias raíces.

Volver a pensar en los antepasados es un modo de apreciar la pertenencia a nuestra propia familia, considerada como un río que discurre desde su nacimiento hacia el mar. En su curso se enriquece con muchos afluentes, pero se trata siempre del mismo río. De manera análoga, el discurrir de los siglos trae consigo nuevas generaciones, pero se trata siempre del mismo pueblo. El autor no pretende reconstruir un árbol genealógico, como si quisiera satisfacer una curiosidad sobre la identidad y la sucesión de las generaciones. Su intención es hacer «el elogio» de los hombres ilustres. En consecuencia, lo que pretende es celebrar a las personas que dieron lustre a su pueblo, verdaderas columnas que contribuyeron a sostener la historia de Israel. De manera excepcional, se recuerda a alguno que no merece en absoluto el título de ilustre (cf. Roboán). La lista se extiende desde los patriarcas antediluvianos (Enoc, Noé), pasando a través de veinte eslabones, hasta los tiempos posteriores al exilio (Nehemías). De este modo, se cubre un extenso segmento de tiempo, que va desde los albores de Israel hasta el siglo V a. de C.

Nuestra lectura abre este álbum de familia y presenta lo que podríamos llamar una «introducción». En ella sobresalen dos notas dignas de consideración: el criterio de selección de los nombres y su función. El criterio seguido es el de la memoria: son personas que han dejado grabado su nombre en la historia porque fueron «hombres virtuosos». Por consiguiente, la suya fue una grandeza moral, no una simple fama. Quizás sea útil recordar que el hebreo habla de «hombres de piedad», mientras que el griego lo ha traducido por «hombres ilustres». El hebreo expresa claramente que su valor está en la piedad (hesedh, de donde procede el término «asideos»: grupo de hombres piadosos), entendida como la virtud de la fidelidad y del amor a Dios.

Otro mérito de estos hombres consiste en el hecho de que su vida se convierte en una semilla de bondad que fructifica también en las generaciones posteriores: «Una rica herencia nacida de ellos pervive en sus descendientes. Su descendencia sigue fiel a las alianzas, y también sus nietos, gracias a ellos» (w. llss). Pueden ser considerados «benefactores de la humanidad», puesto que educan a las nuevas generaciones.

Así, descubrimos la función de esta lista y apreciamos el valor que tiene recordar estos nombres. El mensaje es la consoladora esperanza de que el bien no se pierde, no se evapora, sino que planta semillas que continúan germinando. La memoria de estos antepasados es, a buen seguro, una bendición.

 

Evangelio: Marcos 11,11-26

Después que la muchedumbre le hubo aclamado,

11 entró Jesús en Jerusalén, fue al templo y observó todo a su alrededor, pero, como ya era tarde, se fue a Betania con los Doce.

12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre.

13 Al ver de lejos una higuera con hojas, se acercó a ver si encontraba algo en ella. Pero no encontró más que hojas, pues no era tiempo de higos.

14 Entonces le dijo: -Que nunca jamás coma nadie fruto de ti. Sus discípulos lo oyeron.

15 Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían las palomas,

16 y no consintió que nadie pasase por el templo llevando cosas.

17 Luego se puso a enseñar diciéndoles: -¿No está escrito: Mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Vosotros, sin embargo, la habéis convertido en una cueva de ladrones.

18 Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley se enteraron y buscaban el modo de acabar con Jesús, porque le temían, ya que toda la gente estaba asombrada de su enseñanza.

19 Cuando se hizo de noche, salieron fuera de la ciudad.

20 Cuando a la mañana siguiente pasaron por allí, vieron que la higuera se había secado de raíz.

21 Pedro se acordó y dijo a Jesús: -Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.

22 Jesús les dijo: -Tened fe en Dios.

23 Os aseguro que si uno le dice a este monte: «Quítate de ahí y arrójate al mar», si lo hace sin titubeos en su interior y creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá.

24 Por eso os digo: Todo lo que pidáis en vuestra oración lo obtendréis si tenéis fe en que vais a recibirlo.

25 Y cuando oréis, perdonad si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre celestial os perdone vuestras culpas.

 

**• Estamos en los últimos días de la vida terrena de Jesús. Hace poco que ha hecho su entrada triunfal en Jerusalén, episodio que marca el inicio de los acontecimientos capitales de su vida: la pasión, muerte y resurrección.

Se barrunta el final. Este contexto nos ayuda a comprender el fragmento de hoy, que presenta cierto carácter extraño. El episodio central está constituido por la expulsión de los vendedores del templo (w. 15-19), flanqueado por el asunto de la higuera estéril maldecida por Jesús (w. 12-14), que aparece después seca. A esto le siguen algunas consideraciones sobre la confianza (w. 20-26).

El punto de partida es el hambre que siente Jesús. Éste, al ver a lo lejos una higuera llena de hojas, se acerca para buscar algún fruto. Su esperanza queda decepcionada, porque sólo tiene hojas. El inciso de Marcos es claro: «Pues no era tiempo de higos» (v. 13). En consecuencia, es lógico que nos suene por lo menos extraña la maldición de Jesús: «Que nunca jamás coma nadie fruto de ti» (v. 14). El episodio necesita ser ilustrado por lo que sigue. De momento, retengamos este punto: Jesús, el Mesías, no encuentra ningún fruto, aunque lo ha deseado.

El episodio central muestra el templo en un estado de suma degradación, reducido a lugar de comercio. Están en él las oficinas de cambio para permitir a los judíos que llegaban desde distintas partes del mundo cambiar su dinero por moneda local (no estaba permitido ofrecer monedas que llevaran una efigie pagana). Estaban también los puestos de los vendedores de palomas. Éstas constituían una de las ofrendas más frecuentes y más económicas que la gente llevaba al templo. Jesús vuelca las mesas y las sillas, denunciando que ese comercio ha contaminado el sentido del templo. La cita de Is 56,7 reivindica el carácter sagrado del lugar, destinado a la oración y no a los negocios. Marcos prolonga la cita añadiendo: «Para todos los pueblos» (v. 17), englobando también a los paganos, de suerte que la purificación del templo adquiera un valor universal: es la casa común y todos pueden acceder a ella, a condición de que respeten su carácter sagrado. El añadido de Jr 7,11 confirma el actual estado de degradación del templo, convertido en cueva de ladrones. La tumultuosa intervención de Jesús no agrada a la autoridad constituida (sumos sacerdotes y maestros de la Ley), que quiere eliminar al desconocido profeta. Con todo, les retiene el miedo a enemistarse con el pueblo, que siente admiración por la enseñanza de Jesús.

Este episodio, englobado con el asunto de la higuera que no produce frutos, puede ser leído de este modo: la parte más sagrada de Jerusalén ha dejado de dar frutos, ofrece sólo las hojas de una religiosidad formal. Es preciso dar un vuelco a la situación, precisamente como ha hecho Jesús al volcar las mesas y las sillas de los cambistas y vendedores. La constatación de que la higuera se ha secado muestra que, sin frutos, no es posible seguir existiendo y ocupar inútilmente el terreno. Nos lo enseña también la parábola de Le 13,6-9. En este punto podría insinuarse el desánimo. Jesús señala un camino novedoso: la fe y la conversión son siempre posibles y pueden dar un vuelco a la situación. A la falta de fruto de la higuera se opone la abundancia de frutos de la comunidad, llamada a producir frutos tangibles mediante un sereno abandono en Dios.

 

MEDITATIO

En la historia aparecen buenos y malos ejemplos que influyen en las personas. Además de objeto, se espera que cada uno de nosotros sea también sujeto de buenos ejemplos.

La primera lectura nos ofrece la posibilidad de reflexionar sobre el buen ejemplo dado por los antepasados. El libro del Eclesiástico tejió sus alabanzas, mencionándolos y poniéndolos como modelo. Sin embargo, necesitamos puntos de referencia. El problema consiste en escoger los justos, los que puedan ser el factor de crecimiento humano y espiritual. No raras veces se proponen modelos que duran lo que un soplo (como los campeones deportivos o los divos del cine, por ejemplo). Los hombres de auténtico valor son los que permanecen fieles a Dios. Para nosotros, son los santos, a quienes no sólo rezamos, sino que también intentamos imitarles en su gran amor a Dios y al prójimo.

El evangelio nos propone el mal ejemplo de la higuera. El lector podría quedarse un poco desorientado por el comportamiento de Jesús, que «pretende» recoger frutos de una higuera aunque no es la estación. No debemos ponernos de parte de la higuera («pobrecilla, ¿qué ha hecho?»), sino de parte de Jesús. En vez de contar una parábola, como hace en tantas otras ocasiones, se sirve de un episodio que seguramente se marcará a fuego en la mente de sus discípulos. Es una lección viva. Del mismo modo que no nos causa pena la ensalada que comemos, porque sirve para alimentar nuestra vida, tampoco debe sorprendernos que esta higuera se seque para alimentar la comprensión de los discípulos. Éstos aprenden la lección: no puede haber tiempo sin frutos. Si bien en el caso de la higuera forma parte de la naturaleza tener frutos en una estación y no en otra, en la vida religiosa no es admisible una estación sin frutos o de pura formalidad exterior. Y si eso ocurriera, es preciso invertir el rumbo, dar un vuelco a la situación (véase la purificación del templo), so pena de una aridez completa. La higuera enseña; por consiguiente, no debemos decir: «¡Pobre higuera!», sino: «¡Pobres de nosotros!» si mantenemos una conducta estéril.

El reverso de la medalla, esto es, la lectura positiva, es una vida rebosante de fe, capaz de arrancar las plantas para trasplantarlas a otro lugar, con sólo decirlo; una vida planteada sobre el amor, un amor que se dirige incluso a las personas que nos son hostiles. De este modo, el fruto se hace visible, concreto, y el creyente se convierte en imitador del Padre que está en los cielos. Debemos seguir los buenos ejemplos de los otros, debemos dejar a nuestra espalda una estela luminosa de bien. Seguir a Jesucristo, con fidelidad y amor, es garantía segura de llevar una vida rica en frutos que permanecen.

 

ORATIO

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abráseme en tu paz (Agustín, Las confesiones, X, 27,37, BAC, Madrid 51968, p. 434).

 

CONTEMPLATIO

Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte es que ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas; sin ello no hay salvación posible. Hijo, debes guardarte de todo aquello que sabes que desagrada a Dios, esto es, de todo pecado mortal, de tal manera que has de estar dispuesto a sufrir toda clase de martirios antes que cometer un pecado mortal.

Además, si el Señor permite que te aflija alguna tribulación, debes soportarla generosamente y con acción de gracias, pensando que es para tu bien y que es posible que la hayas merecido. Y, si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas. Asiste, de buena gana y con devoción, al culto divino y, mientras estés en el templo, guarda recogida la mirada y no hables sin necesidad, sino ruega devotamente al Señor, con oración vocal o mental.

Ten piedad con los pobres, desgraciados y afligidos, y ayúdales y consuélales según tus posibilidades. Da gracias a Dios por todos sus beneficios y así te harás digno de recibir otros mayores. Con tus súbditos, obra con toda rectitud y justicia, sin desviarte a la derecha ni a la izquierda; ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón. Pon la mayor diligencia en que todos tus súbditos vivan en paz y con justicia, sobre todo las personas eclesiásticas y religiosas.

Sé devoto y obediente a nuestra madre, la Iglesia romana, y al sumo pontífice, nuestro padre espiritual. Esfuérzate en alejar de tu territorio toda clase de pecado, principalmente la blasfemia y la herejía.

Hijo amadísimo, llegado al final, te doy toda la bendición que un padre amante puede dar a su hijo; que la santísima Trinidad y todos los santos te guarden de todo mal. Y que el Señor te dé la gracia de cumplir su voluntad, de tal manera que reciba de ti servicio y honor, y así, después de esta vida, los dos lleguemos a verlo, amarlo y alabarlo sin fin. Amén.

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Fui yo quien os elegí a vosotros. Y os he destinado para que vayáis y deis fruto abundante y duradero» (Jn 15,16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Para esto me ha enviado el mismo Cristo. Yo soy apóstol y testigo. Cuanto más lejana está la meta, cuanto más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia nos apremia el amor. Debo predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. Él es también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros. El es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad.

Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad; más aún, el camino, y la verdad, y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos.

Éste es Jesucristo, de quien ya habéis oído hablar, al cual muchos de vosotros ya pertenecéis, por vuestra condición de cristianos. A vosotros, pues, cristianos, os repito su nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne y nuestra madre por la comunión con el Espíritu del cuerpo místico.

¡Jesucristo! Recordadlo: él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos (Pablo VI, Homilía pronunciada en Manila, 29 de noviembre de 1970).

 

 

Día 3

  Sábado 8ª semana del Tiempo ordinario o 3 de Mayo, festividad de

Santos Carlos Luanga y compañeros

 

         Pocos años después de la llegada de los misioneros, los padres blancos, al reino de Buganda (hoy parte de Uganda), se desencadenó una sangrienta persecución contra los cristianos, tanto católicos como anglicanos, éstos últimos llegados poco después. El cristianismo había sido abrazado también por personas con cargos de responsabilidad en la corte del rey Mwanga.

Molesto con la moral cristiana, que prohibía tanto la trata de esclavos como la pederastia, e impulsado por un consejero que odiaba a los cristianos, el rey consideró que debía extirpar esta nueva religión.

El 29 de octubre de 1885, fueron matados cruelmente en una emboscada, por orden suya, los misioneros anglicanos, y ese mismo año hizo decapitar al mayordomo de la casa real y a un juez del reino por ser católicos y mostrarse críticos con estas decisiones.

El 3 de junio de 1886, fueron condenados a la hoguera los dieciséis pajes de su corte que habían resistido a sus demandas, apoyados e instruidos por Carlos Lwanga. Fueron matados en la colina de Namugongo. A los cristianos se les llamaba «los que rezan». Fueron veintidós los mártires ugandeses canonizados por Pablo VI en 1964.

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 51,12-20

12 Por eso te daré gracias, te alabaré y bendeciré el nombre del Señor.

13 Desde joven, antes de dedicarme a viajar, busqué francamente la sabiduría en la oración;

14 delante del templo la pedí, y hasta el último día la busqué.

15 Cuando floreció, como un racimo que madura, mi corazón se recreaba en ella. Mi pie se adentró por el camino recto, desde mi juventud seguí sus huellas.

16 Apenas presté oído y ya la alcancé; me encontré lleno de doctrina

17 y, gracias a ella, he progresado mucho: al que me ha dado la sabiduría glorificaré.

18 Pues me he propuesto practicarla, he buscado con ardor el bien y no quedaré defraudado.

19 He luchado para alcanzarla, he sido puntual en practicar la ley; he tendido mis manos hacia el cielo, deplorando lo que ignoraba de ella.

20 Hacia ella he encaminado mi vida, y la encontré en toda su pureza; desde el principio me he aplicado a ella, por eso nunca quedaré abandonado.

 

**• Tras la firma (cf. 50,27-29), el hijo de Sira concluye su libro con una oración que ocupa todo el capítulo 50. Es un digno final para una obra poderosa que ha cantado a la sabiduría. El fragmento está como sellado entre un compromiso que resuena en el tiempo («te daré gracias, te alabaré y bendeciré el nombre del Señor»: v. 12) y una revisión histórica que hace madurar también un propósito («desde el principio me he aplicado a ella, por eso nunca quedaré abandonado»: v. 20). Ahora, en la conclusión, no podía faltar una invocación a la sabiduría que, cual hilo de oro, ha atravesado y unificado los diferentes segmentos del discurso con la multiplicidad de chispeantes imágenes. Tanta riqueza ha permitido intuir una procedencia divina, que ha permitido a la sabiduría dilatarse de manera benévola y transformar de manera radical la vida de los hombres.

Si el autor ha conocido un tiempo de extravío (tal vez aluda a ello la expresión «dedicarme a viajar»), más probable en la edad juvenil, no le ha faltado después el tiempo para buscar la sabiduría. Su origen aflora lentamente, aunque con precisión, gracias a ciertas indicaciones, como «delante del templo la pedí» (v. 14). El lector sabe ahora bien que el ámbito del sentido común y de la experiencia humana no puede producir este bien.

Puesto que es de origen divino, la sabiduría pertenece a Dios, y a él se le pide en la oración. Recibir la sabiduría es «respirar» con Dios, participar de alguna manera en su naturaleza, salir de las estrictas redes de una humanidad reprimida para abrirse al sabor del infinito. Es una búsqueda-posesión que exige un compromiso total y garantiza una experiencia vital. El autor expresa todo esto con una frase lapidaria, una frase que en su concisión vale por todo un tratado de teología: «Gracias a ella he progresado mucho» (v. 17). El hombre se desarrolla verdadera y plenamente cuando su motor interior es movido por el combustible divino. De ahí que sienta la necesidad de «restituir» en forma de gratitud y de compromiso de vida: «Al que me ha dado la sabiduría glorificaré. Pues me he propuesto practicarla» (w. 17b-18a).

Un bien tan precioso no se abandona. El Sirácida está profundamente convencido de ello e intenta lanzar su mensaje a otras generaciones. Hoy nos llega a nosotros y nos invita a un encuentro, a un «desposorio» con la sabiduría. Ésta prepara la venida de Cristo, «Sabiduría de Dios».

 

Evangelio: Marcos 11,27-33

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos

27 llegaron de nuevo a Jerusalén y, mientras Jesús paseaba por el templo, se le acercaron los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los ancianos

28 y le dijeron: -¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado autoridad para actuar así?

29 Jesús les respondió: -También yo os voy a hacer una pregunta. Si me contestáis, os diré con qué autoridad hago yo esto.

30 ¿De dónde procedía el bautismo de Juan: de Dios o de los hombres? Contestadme.

31 Ellos discurrían entre sí y comentaban: -Si decimos que de Dios, dirá: "Entonces, ¿por qué no le creísteis?".

32 Pero ¿cómo vamos a responder que era de los hombres? Tenían miedo a la gente, porque todos consideraban a Juan como profeta.

33 Así que respondieron a Jesús: -No sabemos. Jesús les contestó: -Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.

 

*•• La tensión con sus adversarios se vuelve palpable durante los últimos días de la vida terrena de Jesús. La polémica se enciende. La purificación del templo llevada a cabo por Jesús provoca una reacción de hostilidad que aflora en el presente pasaje.

La autoridad judía, que no pudo detenerlo en aquella ocasión por miedo a la muchedumbre, intenta deslegitimar su acción esparciendo el descrédito de la duda. La acción de Jesús no sería lícita o, al menos, carecería de autoridad: «¿Con qué autoridad haces estas cosas?» (v. 28), le preguntan «los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los ancianos». Todos los que cuentan aparecen enumerados como adversarios suyos. La duda, de naturaleza jurídica, recae sobre la potestas para realizar determinadas acciones. De esta autoridad brota algo de la identidad profunda de Jesús. La pregunta versa, por consiguiente, sobre un punto fundamental.

Jesús no responde directamente, sino que plantea una contrapregunta. Condiciona su respuesta a la de sus adversarios: «¿De dónde procedía el bautismo de Juan: de Dios o de los hombres?» (v. 29). La reacción de Jesús, inesperada y original, no nace de un espíritu polémico, ni de un intento de ganar tiempo. Pretende ayudar a aquellas personas a captar la unidad profunda del proyecto de Dios, el que parte de la ley del Antiguo Testamento, pasa a través de la preparación de Juan, que hace de cojinete entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y llega a él, a Jesús, revelador último y definitivo del amor salvífico del Padre.

A los que vivían la experiencia religiosa de una manera fragmentaria y con frecuencia sectaria, Jesús les propone una visión armónica, en la que todo tiene su sentido y concurre a la comprensión del plan divino. La autoridad de Jesús se inserta en la trama de este plan unitario de Dios. La presencia de Juan había sido la última gracia concedida por Dios (Juan significa en hebreo «don de Dios») antes de Jesús, que es la plenitud de la gracia. Acoger a Juan y su mensaje equivale a una adecuada preparación para el encuentro con Cristo.

Hay quien ha aprovechado y quien ha desdeñado esa oferta. De ahí la pregunta de Jesús, una pregunta de la que hace depender la justificación de lo que ha hecho. El objeto está relacionado con la importancia del bautismo y, en consecuencia, de toda la obra de Juan. ¿Era ese bautismo de origen divino («de Dios») o tenía simplemente una naturaleza humana? Dicho con otras palabras, ¿había sido Juan enviado por Dios o no? En el primer caso, la acogida de su mensaje, que daba testimonio de que Jesús era el Mesías, exigía una adhesión incondicionada y una colaboración plena. En caso contrario, era una opción que no comprometía a fondo y a la que cada uno era libre de adherirse o no.

La pregunta era de las que queman, sin escapatoria. Sus adversarios, clavados en su culpabilidad, lo comprenden bien. El lector se ve llevado al sagrario de su conciencia, al lugar donde se consuman las grandes decisiones de la vida. Si hubieran declarado el origen divino del bautismo de Juan, habrían sido culpables de negligencia; si hubieran dicho que era de naturaleza humana, habrían sido objeto de la ira de la muchedumbre, que lo consideraba como un profeta y, por tanto, como un hombre de Dios.

Dan una respuesta evasiva, una falsedad en la que nadie cree. Como no han satisfecho la condición puesta por Jesús, tampoco él les dice el motivo de su autoridad. Los adversarios no salen con un empate. Han sido derrotados por su misma mentira: «No sabemos» (v. 33), con lo que admiten de manera tácita que no están integrados en los circuitos de la salvación, porque son extraños al proyecto de Dios. Son hombres de la ley, no discípulos que siguen el itinerario de la fe. Se quedan, por tanto, en la periferia y, como no están en el centro, no tienen nada.

 

MEDITATIO

«Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante» (Jn 12,24).

Es el misterio de la vida que continúa. Es el amor que alcanza a corazones y tierras para purificar, valorar, transformar, abrir nuevos horizontes de creatividad y de paz.

Sorprende constatar cómo el martirio acompaña al nacimiento de las comunidades cristianas y con qué fuerza y claridad cristianos de todas las edades dan la vida por Cristo y por su gente, seguros no sólo de recibir el bien prometido, sino de que con su muerte «a causa de Cristo» nace una nueva época para su pueblo. No nos corresponde a nosotros calcular los tiempos de maduración.

La semilla está sembrada y es de la misma naturaleza que el amor fecundo de la Trinidad.

Sorprende ver la juventud de esta Iglesia de África probada y nos sentimos atraídos por su fidelidad a Cristo Señor. Sacude la indiferencia y señala el camino.

La acción del Espíritu en los mártires no es sólo de consuelo, apoyo, custodia. El Espíritu de Cristo revela, en la kenosi del hombre nuevo, el designio de Dios y obra siguiendo la única lógica del amor. Amar con el corazón de Cristo no es sólo una ley espiritual o moral; es la nueva dignidad de la criatura partícipe, por don, del ágape divino y de la acción de Dios en la historia.

También los mártires de Uganda son para nosotros una imagen viviente. Son un desafío a construir, con claridad de identidad, como sarmientos unidos a la Vid, la sociedad contemporánea, y a «no dejar que falte en este mundo un rayo de la divina belleza para que ilumine el camino de la existencia humana» (Juan Pablo II).

 

ORATIO

Una vez que hemos conocido a Cristo, no es posible no darle todo. Es una alta dignidad compartir su vida y amar como él amó, hasta dar la vida. Esto lo he aprendido, Padre, fijando la mirada del corazón sobre estos jóvenes, cuyo valor revela tu presencia y muestra que es posible, incluso en las pruebas más duras, allí donde reina el odio y se humilla a la persona, dar a conocer a Cristo al mundo y sembrar la vida.

Su fuerza y su serenidad en el servicio en la corte del rey nacían de la oración, de la relación contigo, Padre, y con tu Hijo. No hay nombre más bello para definir a los cristianos: «Los que rezan». Por eso Carlos Lwanga y sus compañeros concluyeron su «santo viaje» (Sal 84) entrando en tu casa y en el corazón de muchos.

Con su muerte, la comunidad cristiana y su país dejaron de ser lo que eran antes, porque su sangre irrigaba y fecundaba todo desierto. Transforma, oh Padre, con el poder de tu Espíritu, a todos los que vivimos hoy en una sociedad compleja y contradictoria para convertirnos en verdaderos discípulos y testigos alegres de Cristo Señor, que es camino, verdad y vida.

 

CONTEMPLATIO

Estos mártires africanos vienen a añadir a este catálogo de vencedores que es el martirologio una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a aquellas maravillosas de la antigua África, que nosotros, modernos hombres de poca fe, creíamos que no podrían tener jamás adecuada continuación. ¿Quién podría suponer, por ejemplo, que a las emocionantísimas historias de los mártires escilitanos, de los cartagineses, de los mártires de la «blanca multitud» de Utica, de quienes san Agustín y Prudencio nos han dejado el recuerdo, de los mártires de Egipto, cuyo elogio trazó san Juan Crisóstomo, de los mártires de la persecución de los vándalos, hubieran venido a añadirse nuevos episodios no menos heroicos, no menos espléndidos, en nuestros días? ¿Quién podía prever que, a las grandes figuras históricas de los santos mártires y confesores africanos, como Cipriano, Felicidad y Perpetua, y al gran Agustín, habríamos de asociar un día los nombres queridos de Carlos Lwanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros? Y no queremos olvidar tampoco a aquellos otros que, perteneciendo a la confesión anglicana, afrontaron la muerte por el nombre de Cristo.

Estos mártires africanos abren una nueva época, quiera Dios que no sea de persecuciones y de luchas religiosas, sino de regeneración cristiana y civil.

África, bañada por la sangre de estos mártires, los primeros de la nueva era -y Dios quiera que sean los últimos, pues tan precioso y tan grande fue su holocausto-, resurge libre y dueña de sí misma.

La tragedia que los devoró fue tan inaudita y expresiva que ofrece suficientes elementos representativos para la formación moral de un pueblo nuevo, para la fundación de una nueva tradición espiritual, para simbolizar y promover el paso desde una civilización primitiva -no desprovista de magníficos valores humanos, pero contaminada y enferma, como esclava de sí misma- hacia una civilización abierta a las expresiones superiores del espíritu y a las formas superiores de la vida social (Pablo VI, «Homilía de la canonización de los mártires de Uganda»).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y medita hoy la Palabra del Señor: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El 3 de junio de 1886, dieciséis pajes de la corte del rey Mwanga, todos ellos menores de veinte años e hijos de notables, subían a la colina de Namugongo. Cada uno de ello s llevaba cargado a la espalda un haz de leña. Todos habían sido condenados a muerte, pero, según una antigua tradición, en el último momento, tres de ellos, extraídos a suerte, eran agraciados, mientras que los otros eran atados y quemados vivos en una única gran hoguera. Los tres supervivientes se convirtieron en preciosos testigos del martirio de sus compañeros.

Los supervivientes de los pajes martirizados en Namugongo contaron así el proceso de la condena a la hoguera. «El rey hizo comparecer ante él a seis de los pajes y les dijo: "Todos aquellos de vosotros que ya no quieran rezar que se queden junto al trono, y los que deseen rezar que se pongan contra aquella pared". Carlos Lwanga fue el primero en moverse, seguido de inmediato por los otros quince cristianos. El rey les preguntó: "Pero ¿vosotros rezáis de verdad?". "Sí, monseñor, nosotros rezamos de verdad», respondió en nombre de todos Carlos, que, con el presentimiento de lo que iba a suceder, se había pasado toda la noche en oración con sus compañeros. El rey preguntó aún: "¿Tenéis intención de seguir rezando?". "Sí, monseñor, siempre, hasta la muerte". El rey emitió la sentencia de muerte para todos los que no desistieran de su propósito. Fueron muchos los intentos encaminados a convencer a los jóvenes de que se sometieran a las órdenes del rey, pero todos ellos resultaron vanos».

Los mártires de Uganda canonizados por la Iglesia católica son veintidós: ocho ya habían sido muertos antes ae la matanza de Namugongo, y el último, Juan María Muzeyi, fue decapitado el 27 de enero de 1887 (E. Pepe, Martirí e santi del Calendario Romano, Roma 1999).

 

 

 

Día 4

Santísima Trinidad

(Domingo después de Pentecostés)

 

LECTIO

Primera lectura: Éxodo 34,4b-6.8-9

4 Subió Moisés al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en sus manos las dos losas de piedra.

5 El Señor descendió sobre una nube y se quedó allí junto a él, y Moisés invocó el nombre del Señor

6 Entonces pasó el Señor delante de Moisés clamando: - El Señor el Señor: un Dios clemente y compasivo, paciente, lleno de amor y fiel.

8 Inmediatamente, Moisés cayó rostro a tierra

9 y le dijo: - Mi Señor si gozo de tu protección, que venga mi Señor entre nosotros, aunque este sea un pueblo obcecado. Perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado y tómanos como heredad tuya.

 

¤• La renovación de la Alianza, después de ser quebrantada por el pueblo de Israel (el episodio del becerro de oro: Ex 31,18-32,35), es el contexto de la perícopa. La renovación de la Alianza conlleva tallar unas nuevas losas de piedra (las primeras las destruyó Moisés: 32,19), <<como las primeras>> (34,1.4). El Señor escribirá de nuevo la Ley en las losas de piedra. La nube es el símbolo de la presencia de Dios, la envoltura del misterio divino.

Este misterio es desvelado por la autopresentación del Señor que pasa proclamando el significado de su nombre: YHWH es misericordioso y  compasivo, adjetivos realzados por la endíadis <<gracia y fidelidad» (v. 6). La nube, de la que desciende Dios para ponerse junto a Moisés, se convierte en el ámbito para conocer al Señor su identidad, gracias a su revelación. La presencia de la nube hace que Moisés interceda invocando el nombre del Señor: Dios se manifiesta como el Dios del perdón, que está en medio de su pueblo (<<su heredad», v 9) acompañándolo. La imagen que reproduce el texto de YHWH es la del Dios amor que corrige la infidelidad. La actitud adecuada frente a este amor es la de la adoración y la invocación. Una actitud que expresa la reacción suscitada por la revelación de la identidad de Dios: desear que otros experimenten el perdón y la cercanía del Señor.

 

Segunda lectura: 2 Corintios 13,11-13

11 Por lo demás, hermanos, estad alegres, buscad la perfección, dejaos guiar, tened un mismo sentir, vivid en paz; de este modo, el Dios del amor y de la paz estará con vosotros.

12 Saludaos unos a otros con el beso santo. Os saludan todos los hermanos en la fe.

13 La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en los dones del Espíritu Santo, estén con todos vosotros.

 

• Pablo, en la conclusión de la carta, quiere defender la autoridad de su ministerio ante algunos miembros de la comunidad que no la reconocen. La iglesia de Corinto estaba lacerada por las divisiones (cf l Cor 1,10-12).

Por eso, en la última exhortación, el apóstol les invita a vivir en la paz y en la concordia y a animarse mutuamente (v. 11): estas actitudes son el modo concreto de <<buscar la perfecci6n» y se convierten en la condición para experimentar la presencia del <<Dios del amor y de la paz». La designación de Dios tiene valor sintético y señala el objetivo de la acción de Dios en Jesucristo. Pablo recuerda que es el centro de su anuncio: la reconciliación (2 Cor 5,18-20). Todo se resume en la fórmula trinitaria final; la gracia, la paz y la comunión vienen atribuidas, respectivamente, a Jesucristo, a Dios y al Espíritu Santo. La distinción entre los tres términos mantiene su valor: la gracia indica la bondad gratuita que los creyentes experimentan en Jesucristo, particularmente en la cruz; el amor muestra la identidad de Dios y su correspondiente entrega a los hombres; la comunión es el resultado de la acción del Espíritu Santo en la comunidad. La fórmula, en su unidad, sugiere que la acción reconciliadora de Dios en Jesucristo encuentra su verificación en la comunión que la comunidad vive como fruto del Espíritu.

El texto relaciona la identidad y la acción de Dios con la vida de la comunidad: el misterio de Dios se muestra en sus efectos, y la acogida de la identidad de Dios se traduce en la paz, la concordia y la comunión.

 

Evangelio: Juan 3,16-18

16 Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único  para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

17 Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él.

18 El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él ya esta condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.

 

¤·• El fragmento del evangelio de Juan forma parte del <<comentario» del evangelista al diálogo de Jesús con Nicodemo (sin embargo, la lectura litúrgica introduce el texto con la expresión: <<En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo»). Consiste en la explicación de las palabras de Jesús referentes a tener vida eterna gracias a la fe en aquel que Dios ha levantado en alto (Jn 3,15). En el cuarto evangelio <<levantar» significa, al mismo tiempo, crucificar (ser levantado en la cruz) y ensalzar La repetición del dicho <<para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna>>, en el v. 16, subraya la relación entre creer en Jesús y obtener la vida. La afirmación manifiesta la intención de Dios, el amor tan grande al mundo, que incluso entrega a su Hijo unigénito para arrancar a la humanidad de la muerte. El verbo <<entregar» asume aquí la doble valencia de enviar al mundo al Hijo y de entregarlo hasta la muerte. Se recalca así que en la entrega de Jesús esta implicado el Padre. La humanidad (en este sentido la humanidad es el mundo), mediante el pecado, ha creado una separación entre ella y Dios, exponiéndose a la muerte. Dios quiere superar ese abismo. Y a la situación <<suicida» de la humanidad le contrapone el don de la vida, que requiere la fe. Es voluntad de Dios cumplir esta condición —repetida con insistencia— para salir del abismo y no (re)caer en él. El eventual juicio no depende, por tanto, de Dios, sino de la elección que cada uno hace ante aquel que se ha entregado. El juicio es correlativo a la incredulidad, lo contrario a la voluntad de Dios. La fe en el Hijo del hombre enviado es ya experiencia de vida, en cuanto que es apertura al amor vivificante de Dios.

 

MEDITATIO

La concepción que se tenga de Dios nace en buena parte de nuestra experiencia en las relaciones humanas. Generalmente, hay dos aspectos bien diferenciados: el fundamento que la sostiene y el misterio que la envuelve. La supremacía de un aspecto sobre el otro determina los sentimientos: si el predominio es el del primero, será de confianza, al sentirse protegido y cuidado; si la preponderancia es el del segundo, será de temor, al considerarse supeditado y dominado. Las dos impresiones se expresan de dos formas en la oración: la alabanza agradecida y la invocación perpleja. En toda vivencia religiosa, incluida la cristiana, conviven distintas sensibilidades y formas de orar; sin embargo, ¿no nos sentimos ante Dios protegidos y amenazados, al mismo tiempo, y gozosos de mantener una relación cordial con él y suspicaces ante el temor de quedar anulados en algún momento por fiarnos totalmente?

Los textos que la liturgia nos propone en la solemnidad de la Trinidad nos presentan una descripción de Dios que va más allá de la proyección en la que, a menudo, caemos al prestarles atención a los sentimientos espontáneos que nos surgen. La manifestación de Dios como amor quiere recordarnos insistentemente que él se dirige a nosotros con la dedicación y el cariño de quien esta en el corazón de nuestra vida. El perfil de una vida así no esta determinado por nuestros deseos, solo pálidamente. En efecto, nuestro deseo de vida, por muy grande que sea, no logra alcanzar la plenitud de cuanto Dios quiere entregarnos; se aproxima solamente, igual que se aproxima la concepción que podemos tener del amor de Dios manifestado en Jesús.

Este amor; que aparece como el verdadero rostro del misterio, causa un estupor indecible: sentirse el centro de la atención y de los cuidados de Aquel que es la vida misma, rebosante y salvadora. Así se aprende que no es encerrándose, sino dándose, como se obtiene verdaderamente la vida. La vida coincide con el amor entendido como entrega, y la plenitud de la vida se experimenta cuando, abrazados y transformados, por tal amor nos dirigimos a él en alabanza agradecida, signo de que el temor ha desaparecido definitivamente.

 

ORATIO

Gloria a ti, Dios, Padre, Hijo y Espíritu, que eres el término excelso de mis ambiciones y el manantial inagotable de mis deseos. Gloria a ti, que has querido entrar en nuestra historia, y en la mía, y mostrarme mi soledad derrotada y vencida la muerte. Gloria a ti, que destronas mi temor a perderme si te dejo espacio en mi corazón. Gloria a ti, que me envuelves en tu nube y en ella me desvelas tu misterio, que es el misterio de mi vida, ardientemente buscado. Gloria a ti, que eres el amor rebosante, que me acoges y me salvas en mi fragilidad. Gloria a ti, que me concedes entrar en comunión contigo y me revelas relaciones inimaginables. Gloria a ti, que me conduces por el camino de la entrega seduciendo mi Espíritu deseoso de plenitud. Gloria a ti, que eres el principio, el ámbito y la meta de todo cuanto puedo disfrutar. Gloria a ti, que lo eres Todo.

 

CONTEMPLATIO

¡Oh, mi Dios, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mi, para establecerme en Vos, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Vos, ¡oh mi Inmutable!, sino que a cada minuto me sumerja más en la profundidad de vuestro misterio.

Pacificad mi alma, haced de ella vuestro cielo, vuestra morada predilecta y el lugar de vuestro reposo. Que no os deje jamás allí solo, sino que esté allí toda entera, completamente despierta en mi fe, en adoración total, entregada del todo a vuestra acción creadora.

Oh mi Cristo amado, crucificado por amor; quisiera ser una Esposa para vuestro Corazón; quisiera cubriros de gloria, quisiera amaros... ¡hasta morir de amor! Pero siento mi impotencia y os pido <<revestirme de Vos mismo», identificar mi alma con todos los movimientos de la vuestra, sumergirme, invadirme, sustituirme Vos a mi, a fin de que mi vida no sea más que una irradiación de vuestra vida. Venid a mí como Adorador como Reparador y como Salvador;

Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida escuchándoos; quiero estar atenta a vuestras enseñanzas, a fin de aprenderlo todo de Vos. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero estar fija siempre en Vos y permanecer bajo vuestra inmensa luz. ¡Oh, mi Astro amado!, fascinadme, para que no pueda ya salir de vuestra irradiación.

¡Oh fuego consumidor, Espíritu de Amor! <<descended a mi», para que se haga en mi alma como una encarnación del Verbo. Que yo sea para él como una humanidad complementaria, en la que renueve todo su misterio.

Y Vos, ¡oh Padre!, inclinaos ante vuestra pobre pequeña criatura, <<cubridla con vuestra sombra», no veáis en ella más que al <<Amado en quien Vos habéis puesto todas vuestras complacencias».

¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, soledad infinita, inmensidad donde me pierdo! Yo me entrego a Vos como una presa. Encerraos en mi, para que yo me encierre en Vos, mientras espero ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas (Isabel de la Trinidad, <<Notas íntimas», en Obras selectas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2000, 110-112; traducción, Enrique Llamas).

 

ACTIO

Repite con frecuencia el signo de la cruz, pensando intensamente en el significado de estas palabras: <<En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si se pretendiese que una oración tuviera la precisión de un tratado de teología, entonces la oración a la Trinidad seria una cima casi inalcanzable. Sin embargo, la oración no es el fruto de unos razonamientos. En caso contrario, esperemos que la teología nos saque de esta contradicción. Ella, en efecto, ha creado el término técnico de circumincesión (o pericoresis, según la etimología griega) para hablar del <<movimiento inamovible>> de la presencio recíproca de las tres personas de la Trinidad -<<Lo mismo que tu estés en mi y yo en ti», le dice Jesús al Padre- en el rico <<tránsito» de la circulación del Amor. De la misma forma, la verdadera oración trinitaria, como cualquier oración cristiana pasa sin cesar de una Persona a la otra. De este modo, Cristo, desde el momento que lo contemplamos como Hijo de Dios, nos remite al Padre, que nos lo <<entrega», y el Padre, cuando le expresamos nuestra acción de gracias, nos remite al Espíritu que el Hijo nos da <<de parte>> del Padre, y así incesablemente, cualquiera que sea el orden que empleemos e indistintamente de la Persona a la que inicialmente nos dirijamos en nuestra oración. Porque la oración trinitario sigue la lógico del amor, que es compartido y comunicado (J. Moingt, I Tre Visitatori. Conversazioni sulla Trinitá, Brescia 2000, 105ss [edición española: Los tres visitadores. Conversaciones sobre la Trinidad, Mensajero, Bilbao 2000]).

 

 

 

Día 5

Lunes 9ª semana del Tiempo ordinario o 5 de junio, conmemoración de

San Bonifacio

 

          LLamado el "Apóstol de Alemania" por haber evangelizado sistemáticamente las grandes regiones centrales, por haber fundado y organizado iglesias y por haber creado una jerarquía bajo la jurisdicción directa de la Santa Sede. Sus dones de misionero y reformador generaron importantes frutos. Winfrido (su nombre de bautizo) nació en el año 680 en Wessex - Inglaterra. Se trasladó de muy joven a la abadía de Nursling, en la diócesis de Winchester, donde se le nombró director de la escuela. A la edad de 30 años recibió las órdenes sacerdotales y se dedicó al estudio de la Biblia. En el año 718 el Papa San Gregorio II otorgó a Winfrido un mandato directo para llevar la Palabra de Dios a los herejes en general. Éste lo escuchó complacido y le dijo: "Soldado de Cristo, te llamarás Bonifacio". Este nombre significa "bienhechor". El Santo partió inmediatamente con destino a Alemania, cruzó los Alpes, atravesó Baviera y llegó al Hesse.

          En poco tiempo, pudo enviar a la Santa Sede un informe tan satisfactorio que el Papa hizo venir al misionero con miras a confiarle el obispado. El día de San Andrés del año 722, fue consagrado obispo regional con jurisdicción general sobre Alemania. Bonifacio regresó a Hesse y como primera medida, se propuso arrancar de raíz las supersticiones paganas que eran el principal obstáculo para la evangelización. En el año 731, el Papa Gregorio III, sucesor de Gregorio II, mandó a San Bonifacio el nombramiento de metropolitano para toda Alemania más allá del Rhin, con autoridad para crear obispados donde lo creyera conveniente. En su tercer viaje a Roma fue nombrado también delegado de la Sede Apostólica. San Bonifacio y su discípulo San Sturmi fundaron en el año de 741 la abadía de Fulda, que con el tiempo se convirtió en el Monte Cassino de Alemania.

          El 5 de Junio del año 754, cuando el Santo se disponía a realizar una confirmación en masa, en la víspera de Pentecostés, apareció una horda de paganos hostiles que atacó al grupo brutalmente con lanzas y espadas."Dios salvará nuestras almas" se escuchó gritar a Bonifacio y alzó el evangelio a modo de protección. La espada partió el libro y la espada del Santo. El cuerpo del Santo fue trasladado al monasterio de Fulda, donde aún reposa.

 

LECTIO

Primera lectura: Tobías 1,3; 2,1-9

11 Historia de Tobit, de la tribu de Neftalí,

2 que en tiempos de Salmanasar, rey de Asiría, fue deportado, pero aunque se encontraba en el exilio no abandonó el camino de la verdad.

2,1 Una vez, durante nuestra fiesta de pentecostés, la santa fiesta de las siete semanas, me prepararon un buen banquete y yo me senté a comer.

2 Cuando me habían puesto la mesa, con abundantes manjares, dije a mi hijo Tobías: -Hijo mío, ve y, cuando encuentres a un pobre entre los hermanos nuestros deportados en Nínive que sea fiel al Señor de todo corazón, te lo traes para que coma conmigo. Anda, hijo mío, te espero hasta que vuelvas.

3 Tobías salió a buscar un pobre entre nuestros hermanos y, cuando volvió, dijo: -Padre. Yo le contesté: -Dime, hijo mío. Y él me dijo: -Mira, padre, uno de nuestro pueblo ha sido asesinado y está tirado en plena plaza; ahora mismo acaba de ser estrangulado.

4 Me levanté y dejé la comida sin haberla probado. Lo retiré de la plaza y lo puse en una habitación pequeña hasta que se pusiera el sol para enterrarlo.

5 Cuando regresé, me lavé y me puse a comer todo apenado.

6 Entonces me acordé de las palabras que había pronunciado el profeta Amos contra Betel: «Vuestras fiestas se cambiarán en luto y todos vuestros cantos en lamentaciones». Y me eché a llorar.

7 Cuando se puso el sol fui, cavé una fosa y lo enterré.

8 Mis vecinos me criticaban diciendo: -Todavía no ha escarmentado. Y eso que lo buscaron para matarlo por una cosa así, y tuvo que huir. Pues mira, ya está de nuevo enterrando muertos.

9 Tobit, sin embargo, como temía más a Dios que al rey, continuaba sacando los cuerpos de lo muertos y los escondía en su propia casa para enterrarlos en la noche cerrada.

 

**• El nombre Tobit significa al pie de la letra «mi bondad». Pero puede tratarse de la abreviatura de una frase en la que el sujeto de la bondad no es Tobit, sino el Señor; por consiguiente, significaría «el Señor es bueno» o, también, «el Señor es mi bien».

El libro de Tobías no es una narración histórica, sino didáctica y de carácter edificante. Abundan en ella los rasgos maravillosos y las exhortaciones morales. El propósito del libro es transmitir una enseñanza moral a través de un relato ficticio y parabólico. Aparecen perfiladas dos figuras. En primer lugar, la de un Dios que no cesa de proveer a sus fieles y que si los somete a prueba es para premiarles después. Y, en segundo lugar, la figura del verdadero creyente, que se señala por la observancia rigurosa de la Ley del Señor y por la caridad con sus hermanos.

Al héroe de la narración se le presenta de inmediato como un judío que, aunque se encuentra en el exilio, no ha abandonado «el camino de la verdad» (1,1). En el exilio, entre personas de cultura diferente y de costumbres distintas, hostiles por lo general, resulta fácil olvidar (o esconder) la propia identidad moral y religiosa. A Tobit, no: él permanece firmemente instalado e n las tradiciones de los padres. Tobit se muestra hospitalario y, en las solemnidades, acostumbra invitar a comer a algún indigente de su pueblo. Su familia es, por consiguiente, una familia abierta, tal como la Biblia recomienda con frecuencia. Durante una de estas solemnidades, cuando ya está preparada la comida, su hijo le dice que ha sido estrangulado un judío y han echado su cadáver en la plaza. Al enterarse de la noticia, corre a recoger el cadáver para poder enterrarlo dignamente cuando se haya puesto el sol. Se trata de un gesto peligroso. Tobit ya ha sido amenazado de muerte por realizar otros gestos similares. Sus parientes se lo reprochan, no quieren que se exponga, pero Tobit obedece a Dios antes que al rey. La observancia de la ley es lo primero. La fe de Tobit está presentada como una fe valiente.

 

Evangelio: Marcos 12,1-2

En aquel tiempo,

1 Jesús les contó a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos esta parábola: -Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y edificó una torre. Después, la arrendó a unos labradores y se ausentó.

2 A su debido tiempo, envió un siervo a los labradores para que le dieran la parte correspondiente de los frutos de la viña.

3 Pero ellos lo agarraron, lo golpearon y lo despidieron con las manos vacías.

4 Volvió a enviarles otro siervo. A éste lo descalabraron y lo ultrajaron.

5 Todavía les envió otro, y lo mataron. Y otros muchos, a los que golpearon o mataron.

6 Finalmente, cuando ya sólo le quedaba su hijo querido, se lo envió, pensando: «A mi hijo lo respetarán».

7 Pero aquellos labradores se dijeron: «Éste es el heredero. Matémoslo y será nuestra la herencia».

8 Y echándole mano, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.

9 ¿Qué hará, pues, el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los labradores y dará la viña a otros.

10 ¿No habéis leído este texto de la Escritura:

La piedra que rechazaron los

constructores

se ha convertido en piedra angular;

11 esto es obra del Señor,

y es admirable ante nuestros ojos?

12 Sus adversarios estaban deseando echarle mano, porque se dieron cuenta de que Jesús había dicho la parábola por ellos. Sin embargo, lo dejaron y se marcharon, porque tenían miedo de la gente.

 

**• Esta parábola de Jesús, si queremos comprenderla, hemos de leerla a la luz de un doble fondo. En primer lugar, un fondo literario, a saber: la alegoría de la viña de Is 5,1-7. Con ella, el profeta sintetiza toda la historia de Israel: por una parte, el asiduo cuidado de Dios; por otra, el obstinado pecado del pueblo, una historia que no puede continuar así indefinidamente y que acabará con un veredicto de condena («Le quitaré su cerca y servirá de pasto, derribaré su tapia y será pisoteada»). Y, en segundo lugar, un fondo histórico: el pueblo de Dios ha rechazado siempre a sus profetas. La parábola, leída desde este doble contexto, se convierte en una interpretación de lo acontecido con Jesús, rechazado por Israel y acogido por los paganos.

Entre la suerte corrida por los profetas y la suerte corrida por Jesús existe, pues, una lógica común, una continuidad. Pero existe también una profunda diferencia: Jesús no es simplemente uno de los siervos, sino el Hijo amado, y su misión es la última. Frente al canto de la viña de Isaías, la parábola se precia de una novedad decisiva: Dios ha enviado a su Hijo, no sólo a los profetas; el pueblo ha rechazado al Hijo, no sólo a los profetas. El dueño es paciente y se muestra tan obstinado que incluso envía precisamente a su hijo. Espera hasta el final: «A mi hijo lo respetarán» (v. 6). Ahora bien, su paciencia también tiene un límite, y no puede aceptar que la violencia de los labradores continúe de manera indefinida.

Si bien el tema principal de la parábola es cristológico, también va unido a él el tema del juicio: la parábola se convierte en advertencia. Dios es fiel y paciente, pero no carece de verdad: los labradores son castigados y la viña pasa a otros (v. 9). El juicio muestra que Dios toma en serio la responsabilidad del hombre, su libertad. Y, sin embargo, tampoco es aquí la amenaza, sino la esperanza, la última palabra: «La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en piedra angular» (v. 10). Esta cita no pertenece a la parábola, sino al comentario de la misma realizado por Jesús o por la comunidad. Es una clara alusión a la resurrección y a la fidelidad de Dios: la última palabra de la historia de Jesús no es el rechazo que padeció, sino la intervención de Dios en solidaridad con su profeta. Y precisamente aquel a quien los hombres han rechazado se transforma en instrumento de salvación. Dios escoge a aquel a quien los hombres descartan.

 

MEDITATIO

«Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandamientos». Tobit es este hombre dichoso «que no abandonó el camino de la verdad». Su servicio a Dios, su temor de Dios, no es cobardía, no es miedo a un juicio severo por parte del Altísimo. Tobit tiene un corazón grande porque está orientado siempre al bien y, como no se preocupa por el juicio de los hombres, actúa con libertad y rectitud de intención. Tobit no es capaz de gozar solo y, por otra parte, siente como suyo el drama del pueblo.

Es capaz de sufrir en su propia carne las consecuencias del mismo. No vacila frente al riesgo -real- que supone la persecución. Su fidelidad no es integrismo -mientras no están en juego los valores en que cree, está al servicio «del rey»-, ni legalismo exterior, sino práctica asidua de la acogida, de la misericordia, de la benevolencia respetuosa con la dignidad de todo hermano.

El evangelio nos presenta, en la persona de los labradores, primero infieles y homicidas después, otro modo de hacer frente a la vida: acapararla y explotarla al máximo para su propio beneficio. Ni Tobit ni los labradores de la parábola navegan, evidentemente, en otra galaxia. Están muy cerca. A lo largo de nuestros caminos cotidianos, en cada bifurcación que la vida nos presenta de continuo, están presentes las dos imágenes: a nosotros nos corresponde elegir.

 

ORATIO

Señor, tú conoces nuestra debilidad innata y nuestra incapacidad para perseverar en el bien que deseamos. Concédenos la fuerza de tu Espíritu para que seamos capaces de ser fieles, a pesar de toda presión en sentido contrario, a través de todas las vicisitudes de la vida, a tu verdad, a tu voluntad. Abre nuestro corazón a una compasión universal que se traduzca en gestos concretos de acogida y de amor. Concédenos un sentir abierto a la captación de todas las vibraciones del dolor y de la esperanza humana. Haz surgir de la conciencia de nuestra pequeñez la santa audacia de dar testimonio de ti con un amor intrépido.

 

CONTEMPLATIO

Apenas vean los mundanos que quieres seguir una vida devota, descargarán sobre ti mil habladurías y murmuraciones: los más malignos calumniarán tu mudanza de hipocresía, superstición y artificio, y dirán que te ha puesto mala cara el mundo y, a falta de él, te acoges a Dios; tus amigos se empeñarán en hacerte muchísimas reconvenciones, muy prudentes y caritativas a su parecer; te dirán que estás expuesta a llenarte de hipocondría, que perderás el crédito con todo el mundo, que te harás insufrible, que te haces vieja antes de tiempo y que todo lo pagarán los negocios de tu casa. «En el mundo -dirán- se ha de vivir como en el mundo, y no son menester tantos misterios para salvarse.» A este tenor te dirán otras muchas frioleras.

Filotea mía, todas son habladurías necias y vanas, pues a todas esas gentes lo que menos les importa es tu salud y tus negocios. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo que era suyo -decía el Salvador-, pero como no sois del mundo, por eso él os aborrece. ¡A cuántos caballeros y señoras hemos visto pasar una noche, o quizá muchas noches seguidas, jugando al ajedrez o a los naipes, que es la ocupación más cansada, melancólica y triste que puede haber, y con todo nada han tenido que decir los mundanos ni que sentir sus amigos! ¡Y porque ven que tenemos una hora de meditación o que madrugamos un poco más de lo acostumbrado para prepararnos para comulgar, ya quieren llamar al médico para que nos cure la hipocondría y la ictericia! Se pasarían treinta noches continuas bailando sin que ninguno se queje y, por haber velado sólo una noche de Navidad, todos toserán y se quejarán al día siguiente (Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, IV, 1, Ediciones Paulinas, Madrid 1943, pp. 344-345).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo» {cf. Sal 111,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Honorable señor director de La Provincia di Brescia. En el número 188 de su periódico leo lo que sigue: «El Rvdo. Tovini representa a la secta clerical en todo lo que ésta tiene de más antipatriótico y más antiitaliano. El es la lanza rota de la curia episcopal reducida, como ya vimos, a manipulaciones de tristes agitadores, fanatizados por el odio contra las instituciones y contra la misma integridad de la patria».

A estas acusaciones de ser antipatriota y antiitaliano responde mi vida privada y pública. No disimulo que en el día de hoy, al parecer de algunos, para ser patriota es preciso ser contrario al papa, a los obispos, a la Iglesia e incluso a la religión y que, por consiguiente, basta con que alguien se muestre católico para ser calificado enseguida de antipatriota y antiitaliano. Y si también su señoría se hubiera visto inducido a formularme esa acusación, le declaro que en este caso su acusación me honra, porque el catolicismo fue profesado por los más grandes italianos; y me consuelo porque me proporciona la ocasión de tener que ser despreciado por amor a esa fe por la que también daría la vida. El ser católico nunca me ha impedido ser italiano ni querer como tal la libertad, independencia y grandeza de la patria, como tampoco el ser católico me impide, por otra parte, querer y desear la libertad e independencia absoluta del sumo pontífice, sin la cual considero imposible el bien veraz y estable tanto de Italia como de la sociedad [...]. Éstas son mis convicciones, y las sostengo siempre a cara descubierta y ningún puesto de consejero me haría sacrificarlas.

Confío en que su señoría tendrá la amabilidad de publicar esta carta mía como respuesta a cuanto escribió sobre mí, contra lo que, con la debida consideración, protesto (Quella FEDE per la auale darei anche la vita. Carta de Giuseppe Tovini al director ael periódico La Provincia di Brescia, 10 de junio de 1882).

 

 

Día 6

Martes 9ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Tobías 2,10-14

Un buen día, Tobit,

10 cansado de tanto enterrar, regresó a su casa, se tumbó al pie de la tapia y se quedó dormido;

11 mientras dormía, le cayó en los ojos excremento caliente de un nido de golondrinas y se quedó ciego.

12 Dios permitió que le sucediese esta desgracia para que, como Job, diera ejemplo de paciencia.

13 Como desde niño había temido a Dios, guardando sus mandamientos, no se abatió ni se rebeló contra Dios por la ceguera,

14 sino que siguió imperturbable en el temor de Dios, dándole gracias todos los días de su vida.

 

**• Tobit es hospitalario y observante y practica la Ley de Dios, aunque esto ponga en peligro su vida. En consecuencia, es un hombre al que Dios debería proteger y premiar. Sin embargo, no es así. Las cosas de la vida parecen suceder frecuentemente sin sentido, indiferentes al tipo de justicia que nosotros desearíamos. Ya le pasó a Job y ahora le pasa lo mismo a Tobit.

Tras haber perdido la vista, sometido a la prueba, es insultado y escarnecido por sus amigos: ¿de qué te han servido tu caridad y tu obediencia? ¿Vale la pena poner en peligro la propia vida por la Ley del Señor? Sin embargo, Tobit no se lamenta; permanece firme en su fe e incluso en la prueba sigue dando gracias al Señor. Justamente como Job: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!». También su mujer se burla de él: ¿éste es el fruto de tus limosnas? Está claro que tu fidelidad ha sido inútil.

Así le sucede con frecuencia al justo en la prueba: sufre golpes y es incomprendido. Al dolor de la desgracia se le añade el dolor de la soledad. Es el momento de la tentación, que procede de sus propios amigos, que son precisamente quienes deberían apoyarle. Es en estos momentos cuando se verifica la solidez de la fe y la fuerza de la paciencia. Esta última es la virtud de la roca: puedes pisotearla, golpearla, pero no se deja modificar. Así es la fe de Tobit.

 

Evangelio: Marcos 12,13-17

En aquel tiempo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos

13 le enviaron unos fariseos y unos herodianos con el fin de cazarlo en alguna palabra.

14 Llegaron éstos y le dijeron: -Maestro, sabemos que eres sincero y que no te dejas influir por nadie, pues no miras la condición de las personas, sino que enseñas con verdad el camino de Dios. ¿Estamos obligados a pagar tributo al cesar o no? ¿Lo pagamos o no lo  pagamos?

15 Jesús, dándose cuenta de su mala intención, les contestó: -¿Por qué me ponéis a prueba? Traedme una moneda para que la vea.

16 Se la llevaron, y les preguntó: -¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le contestaron: -Del cesar.

17 Jesús les dijo: -Pues dad al cesar lo que es del cesar y a Dios lo que es de Dios. Esta respuesta los dejó asombrados.

 

**• Los fariseos y los herodianos -enviados por las autoridades-, quieran o no, trazan un cuadro muy positivo de Jesús. Han venido para someterle a insidias, pero se ven obligados a reconocer su fuerte personalidad (w. 13ss). Jesús es un hombre «sincero» y transparente, sin trampas ni hipocresías. Es alguien que dice lo que verdaderamente piensa. No es parcial con nadie. Justo lo contrario es la figura de las autoridades que les envían y la de los mismos que le interrogan. Fingiendo interés, intentan poner a Jesús en una situación embarazosa: son unos hombres astutos, hipócritas, dedicados a poner trampas. Pero vayamos al asunto.

La afirmación central está constituida por estas palabras: «Pues dad al cesar lo que es del cesar y a Dios lo que es de Dios» (v. 17). Los fariseos y los herodianos plantearon a Jesús una cuestión candente. Si respondía de manera negativa, habría suscitado la reacción de la autoridad romana. Si respondía afirmativamente, habría perdido la simpatía de las muchedumbres.

En torno a si era o no lícito pagar los tributos al emperador romano había posiciones diferentes: los herodianos eran favorables a los romanos; los celotas, por el contrario, predicaban abiertamente el rechazo y la resistencia armada; los fariseos rechazaban la rebelión abierta y pagaban los tributos para evitar lo peor. La respuesta de Jesús es completamente inesperada y coge por sorpresa a sus interlocutores, porque se sustrae a la lógica de las diferentes formaciones. No se trata de una respuesta evasiva. Escapa al dilema, pero no por miedo a comprometerse. Lleva el discurso más hacia atrás, justo al lugar donde se encuentra el centro inspirador, es decir, la concepción justa de la dependencia de Dios y, por consiguiente, la justa libertad frente al Estado. Con su respuesta, Jesús no pone a Dios y al cesar en el mismo plano.

En las palabras: «Pues dad al cesar lo que es del cesar y a Dios lo que es de Dios», el acento recae en la segunda parte. Lo que le preocupa a Jesús es, antes que nada, salvaguardar los derechos de Dios en cualquier situación política. El Estado no puede erigirse en valor absoluto: ningún poder político -romano o no, cristiano o no- puede arrogarse derechos que sólo competen a Dios, no puede absorber todo el corazón del hombre, no puede reemplazar a la conciencia. El hombre del Evangelio se niega a hacer coincidir su conciencia con los intereses del Estado. Se niega a caer en la lógica de la «razón de Estado» y es por eso, en su raíz, un posible «objetor de conciencia».

 

MEDITATIO

Una desgracia, un accidente... algo que, sea como sea, quiebra las ya frágiles seguridades de una vida experta en dolor. Y todo esto le pasa al hombre fiel, a alguien que «temía a Dios». ¿No es acaso un escándalo, una provocación, una injusticia? ¿Cuántas veces se habrá presentado el mismo espectáculo ante nuestros ojos? ¿Cuántas veces nos habremos encontrado nosotros mismos en una situación semejante? A nuestras reacciones de murmuración y de rebelión, a nuestros sobresaltos de desconcierto y de angustia, a la vacilación de nuestra misma fe le suena desconcertante la respuesta de Tobit, que casi nos parece de otro mundo: «Dándole gracias todos los días de su vida». Los amigos se burlan de él, su mujer le insulta, la ceguera le reduce a la impotencia, le sitúa entre la incomprensión y el escarnio de sus más allegados, pero él bendice a Dios.

Nuestra tentación consistiría en archivar el asunto como algo absurdo, imposible. Sin embargo, si hacemos callar el tumulto de los sentimientos y de las reacciones de defensa y nos ponemos a escuchar en un clima de verdad en el fondo de nuestro corazón, podremos volver a encontrar un acuerdo con la armonía de Tobit. Comprenderemos que ese hombre, humanamente hablando destruido, se encuentra en el punto justo cuando no se rebela y bendice a Dios. A buen seguro, esta actitud no se improvisa: Tobit «desde la niñez había temido a Dios y observado sus mandamientos».

Una fe débil, «dominical», podríamos decir, no basta para permanecer firmes en los momentos difíciles. Sin embargo, una fe madura, purificada en el crisol de la cruz, vivida en fidelidad a las cosas pequeñas de cada día, en el «sí» disponible repetido en cada situación, nos permite llegar incluso a gestos extremos.

 

ORATIO

Señor, Dios justo, purifícanos para que en nuestro obrar no nos mueva la búsqueda del favor o de las complacencias humanas, sino sólo el deseo de hacer tu voluntad y complacerte. Ilumina y fortalece nuestro corazón con tu Espíritu para que, a través de las pruebas de la vida, pueda permanecer firme en tu santo temor.

Cuando el sufrimiento, la soledad, el peso y la fatiga del camino diario nos resulten más pesados, enséñanos a dejarnos ayudar por ti, a unirnos más a ti, sin hacerte preguntas, sin exigir explicaciones, fiándonos de ti cuando más oscuro se vuelva nuestro cielo. Entonces también en nuestra oscuridad brillará la luz de la esperanza que no defrauda y el canto silencioso de la acción de gracias a ti, Dios bueno y fiel.

 

CONTEMPLATIO

Sin embargo, no quiero decir que no se pueda pedir [la curación] a nuestro Señor como a aquel que nos la puede dar, con la condición de que digamos: si ésa es tu voluntad; en efecto, siempre debemos decir: «Fiat voluntas tua» (Mt 6,10).

No basta con estar enfermos y padecer sufrimientos porque Dios lo quiera, sino que es preciso estarlo como él quiera, cuando lo quiera, durante el tiempo que lo quiera y del modo en que le plazca que lo estemos, sin elegir ni rechazar el mal o la aflicción, sea el que sea, aunque pueda parecemos abyecto o deshonroso; en efecto, el mal y la aflicción, sin abyección, hinchan el corazón, en vez de humillarlo. Sin embargo, cuando sufrimos un mal sin honor, o incluso con deshonor, envilecimiento y abyección, son muchas las ocasiones que se nos presentan de ejercitar la paciencia,  la humildad, la modestia y la mansedumbre de espíritu y de corazón.

Debemos llevar, por consiguiente, gran cuidado, como la suegra de Pedro, en conservar nuestro corazón en la mansedumbre, sacando provecho, como ella, de nuestras enfermedades. En efecto, «ella se levantó» en cuanto nuestro Señor hizo que desapareciera su fiebre, «se puso a servirle» (Mt 8,15). No cabe duda de que en esto demostró una gran virtud y el provecho que había obtenido de la enfermedad. En efecto, una vez liberada de aquélla, quiso usar la salud sólo para servir a nuestro Señor (Francisco de Sales, / trattenimentti XXI, 6ss, Roma 1990, p. 352 [edición española: Obras de sanFrancisco de Sales, BAC, Madrid 1954]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El corazón del justo está firme en el Señor» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»: son las palabras con las que Jesús pone voz a su actitud de ofrenda, de rendición ante el misterio; más allá y dentro de la oscuridad del misterio. Esta entrega de sí mismo, que nada quita a la oscuridad en que se vive, no libera del miedo a los elementos amenazadores que sentimos a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos, pero expresa en nuestra vida el absoluto de Dios. Tal vez no exista en el vocabulario humano palabra más universal ni más censurada que la palabra «sufrir»: es universal, porque la experiencia del sufrimiento pertenece a todos los hombres, pero es también un término censurado, porque el sufrimiento evoca dentro de nosotros la conciencia de nuestra fragilidad.

Del vocabulario del sufrimiento forman parte palabras como «enfermedad» y «muerte», con sus corolarios cíe «debilidad», «miedo», «decadencia», «impotencia». Está la experiencia de la fraternidad traicionada: el hambre, la injusticia, la violencia [...]; éstas se manifiestan en formas antiguas, aunque también a través de formas típicas de este tiempo nuestro: el dolor de los niños, la soledad de los ancianos y de los pobres, el aislamiento de muchos jóvenes que no consiguen insertarse en la sociedad...

En el misterio del corazón humano, es la conciencia del dolor y de sus razones lo que, a veces, hace más agudo el sufrimiento: tocamos con la mano la conciencia de nuestra propia fragilidad; con frecuencia, las preguntas sobre el sufrimiento representan un dolor más profundo que el mismo dolor; perforan la conciencia, engendran un sentido de soledad que nos hace tocar con la mano el misterio: porque el sufrimiento es también siempre experiencia del misterio. Es inútil pretender descifrar y explicar el misterio; éste sólo puede ser custodiado en el corazón, con la expectativa de que un día se revele (P. Bignardi, // vangelo del quotidiano, Roma 2000, pp. 113ss).

 

Día 7

Miércoles 9ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Tobías 3,1-11.24-25a

En aquellos días, Tobit se echó a llorar; rezaba entre sollozos y decía: Señor, tú eres justo y justas son tus sentencias; actúas siempre con misericordia, con lealtad y con justicia. Señor, acuérdate de mí; no me castigues por mis pecados, no tengas en cuenta mis culpas ni las de mis padres. Por desobedecer tus mandamientos nos entregaste al saqueo, al destierro y a la muerte; nos hiciste refrán y burla de las naciones donde nos dispersaste. Señor, tus sentencias son graves, pues no cumplimos tus mandamientos ni nos portamos lealmente contigo. Señor, haz de mí lo que quieras, hazme expirar en paz, que prefiero la muerte a la vida.

Aquel mismo, día Sara, hija de Ragüel, vecino de Ragés, ciudad de Media, tuvo que soportar también los insultos de una criada de su padre; en efecto, Sara se había casado siete veces, y el demonio Asmodeo había ido matando a todos sus maridos apenas se acercaban a ella. Pues bien, Sara regañó a la criada con razón, pero ésta replicó así: ¡Que no veamos nunca sobre la tierra hijo ni hija tuya, asesina de tus maridos! ¿Es que quieres matarme también a tú, lo mismo que mataste ya a siete hombres?

Al oír esto, Sara subió al piso de arriba de su casa y estuvo tres días y tres noches sin comer ni beber; lloraba y rezaba sin cesar, pidiéndole a Dios que la librase de semejante baldón. Por entonces llegaron las oraciones de los dos a la presencia gloriosa del Dios Altísimo y fue enviado el santo ángel Rafael a curarlos a los dos, que habían elevado sus oraciones a Dios al mismo tiempo.

 

*• Ambas oraciones -la de Tobit y la de la joven Sara figuran entre las cosas más bellas de todo el libro. La oración de Tobit nace del dolor, es una oración hecha entre lágrimas (¡ante Dios también se puede llorar!); en cierto modo, es la plegaria de un hombre desanimado, que ve cerrado su futuro. La oración es estar ante Dios con nuestra propia verdad: a veces en medio de la alegría, a veces en medio del dolor, a veces sumergidos en el desánimo. Pero enseguida aparecen dos notas que hemos de señalar en la oración de Tobit. Aunque su vida carece de salidas, continúa creyendo que Dios es justo, misericordioso y leal. A Dios no hay que reprocharle nada. La segunda nota que caracteriza la oración de Tobit es que le pide a Dios lo único que le parece posible: en su dolor sin salidas, pide la muerte, como hizo también el profeta Elias (1 Re 19). Pero Dios es más grande y va más allá de las peticiones del hombre. Dios no le da a Tobit la muerte, sino la vida. Para Dios, nunca hay una situación sin salidas. Y, afortunadamente, no siempre nos da lo que le pedimos.

La oración de Sara, desesperada e insultada, también sin futuro en la vida, se produce al mismo tiempo que la de Tobit. Tampoco Sara cae en la desesperación, sino que se pone ante el Señor, le suplica entre lágrimas y le pide ser liberada de su desgracia, una desgracia que parece acompañarle como una maldición: se ha casado siete veces y todas ellas ha muerto su marido en la noche de bodas. Sara no pide la muerte -tal vez era demasiado joven para hacerlo-, sino la liberación.

No siempre acaban bien las cosas en la vida. Esta última conoce también el silencio -aparente- de Dios. Pero aquí,en el relato edificante, todo acaba bien. Dios acoge la oración de Tobit y de Sara y les envía a su ángel para socorrerles.

 

Evangelio: Marcos 12,18-27

En aquel tiempo,

18 se le acercaron unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

19 -Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si el hermano de uno muere y deja mujer, pero sin ningún hijo, que su hermano se case con la mujer para dar descendencia al hermano difunto.

20 Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y al morir no dejó descendencia.

21 El segundo se casó con la mujer y murió también sin descendencia. El tercero, lo mismo,

22 y así los siete, sin que ninguno dejara descendencia. Después de todos, murió la mujer.

23 Cuando resuciten los muertos, ¿de quién de ellos será mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella.

24 Jesús les dijo: -Estáis muy equivocados, porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios.

25 Cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos ni ellas se casarán, sino que serán como ángeles en los cielos.

26 Y en cuanto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?

27 No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados.

 

*+• Los saduceos -que tenían la mayoría de sus seguidores en las filas de la aristocracia sacerdotal- se distinguían de los fariseos, desde el punto de vista religioso, en dos temas: en primer lugar, negaban todo valor a las tradiciones - a las que los fariseos, en cambio, estaban muy apegados- y afirmaban que sólo era vinculante la Ley escrita; y, en segundo lugar, negaban la resurrección de los muertos, citando a este respecto algunos textos bíblicos, como por ejemplo Gn 3,19 («eres polvo y al polvo volverás»). En este último punto echaban mano también de la ironía (w. 19-23): si una mujer se ha casado con siete maridos, ¿de quién será la esposa en la resurrección?

Los fariseos, sin embargo, afirmaban la resurrección, citando también ellos textos bíblicos muy conocidos, como por ejemplo Ez 37,8 y Job 10,11. Arrastrado a la discusión, Jesús -como de costumbre no se deja encerrar en los términos en que se planteaba el debate: los rompe, los hace estallar desde dentro. La resurrección está afirmada en la Escritura -y de ahí que los saduceos cometan un grave error al negarla-, pero no es cuestión de citar un texto u otro. Para Jesús, hemos de captar la Escritura en su centro, allí donde atestigua que Dios es el Dios de los vivos, el Dios de la vida y no de la muerte (Ex 3,6). Ésta es la razón que autoriza la fe en la resurrección: Dios es fiel y ama la vida, y no se puede pensar que haya creado al hombre con sed de vida para abandonarlo, después, a la muerte. Hasta aquí, la respuesta de Jesús va contra los saduceos. Pero -en parte- va también contra los fariseos, porque algunos de ellos concebían la resurrección en unos términos supersticiosos, materiales, prestándose así a la ironía de los saduceos. La vida de los resucitados -declara Jesús no tiene que ser pensada según los esquemas de este mundo presente. Se trata de una vida diferente: «Ni ellos ni ellas se casarán».

 

MEDITATIO

Una vez u otra o tal vez muchas, nos encontramos todos en el límite extremo del dolor o en un punto en el que lo sentimos como tal. Como Tobit, como Sara. Sin embargo, ¡qué diversidad de comportamientos, de intentos de solución, de reacciones, podemos encontrar!

Está la del que vive el sufrimiento como algo que atenaza el alma, como algo que se cierne hasta encerrarle bajo una capa que le sofoca. Entonces se debate, se siente perdido, se agita como un pez sacado del agua y echado sobre la arena, exige respuestas, busca caminos de salida -tal vez en la distracción o en la búsqueda del «culpable» de la situación-... y si levanta la mirada al cielo es, en ocasiones, incluso para lanzarle a Dios una requisitoria, quizás para acusarle y pedirle una reparación. El comportamiento de Tobit y de Sara es diferente. Y precisamente por ser tan universal y estar tan cerca de cada uno de nosotros la experiencia del dolor y la perspectiva de la muerte, es bueno para nosotros observarlos de más cerca. Para aprender.

Tobit y Sara oran. Primera indicación preciosa. Se abren al Otro, a ese Otro de quien saben que dependen como criaturas. Se dirigen a Dios, y no precisamente para contarle en primer lugar su dolor, sino para expresarle su adoración, la admiración que sienten por su grandeza y justicia, su ilimitada confianza en él; para confesar su propio límite, su pecado. Saben que Dios tiene el corazón «más grande», que es el Dios de la vida. Su oración no es individual, privada. Viven profundamente su drama, pero sienten que se inserta en el drama más general del pueblo. Esta apertura constituye una segunda y preciosa indicación para nosotros, que nos encerramos con tanta frecuencia en el círculo de nuestros problemas.

 

ORATIO

Dios de piedad, rico en compasión, enséñanos a orar, a orar siempre, a orar incluso cuando todo parece perdido para nosotros y ya no podemos contar con nada para vivir. Tú, que estás cerca de quien tiene el corazón abatido y escuchas el deseo de los pobres, concédenos la capacidad de abandonarnos a ti y poner en ti nuestra confianza, más allá de toda humana esperanza.

Tú, que respondiste de una vez por todas a toda nuestra desesperación enviando a tu Hijo hasta el abismo último de nuestra muerte, haz que cuando la vida se vuelva insoportable y demasiado amarga para nosotros seamos capaces de mirar a él clavado en la cruz por amor a nosotros. Mirándole y entregándonos a él, también nosotros experimentaremos entonces que «sólo el llanto más profundo conoce la alegría». Y sobre las ruinas de todo nuestro morir surgirá el alba de la vida resucitada, porque tú nos amas, en Jesús, desde siempre y para siempre.

 

CONTEMPLATIO

Quien pretenda pertenecer del todo a nuestro Señor debe examinar con frecuencia su propio corazón, para ver si está apegado a algo de esta tierra; y, si descubre que no hay nada que no esté dispuesto a dejar para cumplir la voluntad de Dios, será señal de que ha alcanzado una gran fidelidad, gracias a la cual debe permanecer en paz, ocupándose sólo de tomar con sencillez todo lo que le pase, como si le viniera de la mano de Dios.

Lo único que está siempre en nuestro poder es el simple acto de fe. Por consiguiente, no debemos turbarnos cuando no podamos hacer más que esto: debemos esperar todo de la voluntad de Dios. Por lo que respecta a la confianza, basta con que reconozcamos nuestra debilidad y digamos a nuestro Señor que pretendemos volver a poner toda nuestra confianza en él. La medida de la Providencia divina con respecto a nosotros es la confianza que tengamos en ella. ¡Oh Dios! Reposamos enteramente en esta Providencia sagrada y permanecemos entre sus brazos como un niño en brazos de su madre.

Es preciso adherirnos al fin, que es Dios, y a su voluntad, y no a los medios: los medios deben ser amados de una manera suficiente, pero no hasta el punto de perder la paz si Dios los suprime (Francisco de Sales, Tutte le lellere, Roma 1967, III, 848 [edición española: Cartas a religiosas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1988]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, tú actúas siempre con misericordia, con lealtad y con justicia» (cf. Tb 3,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Dios no tiene nada que ver; Dios no quiere el sufrimiento de los hombres; Dios no quiere la muerte. Nuestro Dios es el Dios de la vida. Me enfado cuando oigo implicar a Dios: «Te envía el cáncer...». ¡Pero si es imposible! «Sea lo que Dios quiera»... ¡Pero si Dios no quiere el cáncer de ninguna manera! Lo que quiere es que yo esté sano y viva. No quiere la muerte; quiere la vida. Ciertamente, queremos comprender y encontrar respuestas y cuando nos encontramos sumidos en el dolor, en el sufrimiento, no siempre razonamos como es debido, por lo que todos deben ser respetados, pero sobre todo hay que respetar a Dios. Porque Dios manifiesta -para quien cree- que su único modo de respuesta a todas estas problemáticas más que dramáticas y trágicas es que te envía a Jesucristo. Y éste viene a decirnos: «Vengo a sufrir contigo, vengo a compartir tu condición, vengo a llevar la cruz contigo».

Por consiguiente, Dios participa. Más aún, Dios asume en sí mismo el dolor. «Varón de dolores», experto en el sufrimiento [...]. Por eso, a pesar de que haya gritado hacia él, continúo componiendo, predicando, infundiendo fe y esperanza en el Reino que debe venir, con la trepidante expectativa de saber si Él me acogerá con una sonrisa o me abrazará contra su pecho como al hijo después de su prolongadísima ausencia (texto de D. M. Turoldo recogido en Allegato Lettera END 109 [2000] 8).

 

 

Día 8

 

Jueves 9ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Tobías 6,10-11 a; 7,1.9-17; 8,4-10

En aquellos días, Tobías dijo al ángel: -¿Dónde quieres que nos quedemos? El ángel respondió:

-Aquí vive un tal Ragüel, de tu tribu y pariente tuyo; tiene una hija que se llama Sara.

Y fueron a casa de Ragüel, que los recibió encantado. Después de cruzar las primeras palabras, mandó Ragüel que mataran un carnero y preparasen un banquete. Cuando les invitó a sentarse a la mesa, dijo Tobías:

-Yo no pienso probar bocado si antes no me concedes lo que te pido y me prometes la mano de Sara, tu hija.

       Ragüel se asustó al oír esto, sabiendo lo que les había pasado a los siete hombres que se habían acercado a ella; le entró miedo de que a éste le fuera a suceder lo mismo. Ragüel se quedó cortado, sin soltar prenda. Entonces intervino el ángel:

-Puedes darle la mano de tu hija sin reparo; a éste, que teme a Dios, le corresponde como esposa; por eso ningún otro ha podido tenerla.

Entonces dijo Ragüel:

-No cabe duda, Dios ha acogido en su presencia mis rezos y mis lágrimas; creo que precisamente por eso os ha traído a mi casa, para que mi hija se case con un pariente suyo, según la ley de Moisés; así que no lo dudes un momento: te concedo a mi hija.

Tomando la mano derecha de su hija, la puso en la derecha de Tobías, diciendo:

-El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob está con vosotros; que él os una y os llene de bendiciones.

Cogieron papel e hicieron la escritura matrimonial. Acto seguido, celebraron el banquete, bendiciendo a Dios. Luego, Tobías le dijo a la novia:

-Levántate, Sara; vamos a rezar a Dios hoy, mañana y pasado; estas tres noches las pasamos unidos a Dios y luego viviremos nuestro matrimonio. Somos descendientes de un pueblo santo y no podemos unirnos como los paganos, que no conocen a Dios.

Se levantaron los dos y, juntos, se pusieron a orar con fervor, pidiendo a Dios su protección. Tobías dijo:

-Señor, Dios de nuestros padres, que te bendigan el cielo y la tierra, el mar, las fuentes, los ríos y todas las criaturas que en ellos se encuentran. Tú hiciste a Adán del barro de la tierra y le diste a Eva como ayuda. Ahora, Señor, tú lo sabes: si yo me caso con esta hija de Israel, no es para satisfacer mis pasiones, sino solamente para fundar una familia, en la que se bendiga tu nombre por siempre.

Y Sara, a su vez, dijo:

-Ten compasión de nosotros, Señor, ten compasión. Que los dos, justos, vivamos felices hasta nuestra vejez.

 

**• Las aventuras que leemos en el libro de Tobías –unas veces agradables, otras veces repletas de humor y otras (¿por qué no decirlo?) también repetitivas y aburridas siguen el ritmo de largas oraciones, que revelan, tal vez más que las otras páginas, la verdadera enseñanza del libro.

En la primera lectura de hoy encontramos dos oraciones: la primera de ellas, más breve, es la que acompaña a la celebración del matrimonio; la segunda, más extensa, es la oración de ambos esposos. La celebración del matrimonio es de lo más sencillo. Ragüel, el padre: «Tomando la mano derecha de su hija, la puso en la derecha de Tobías, diciendo: 'El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob está con vosotros; que él os una y os llene de bendiciones'» (7,15). Puede sorprender el hecho de que el matrimonio sea considerado en Israel un acontecimiento laico y profano. Su celebración no tiene lugar en el templo o en la sinagoga, sino en familia, y no requiere la mediación de sacerdotes ni un ritual litúrgico. Sin embargo, el matrimonio es vivido como un acontecimiento profundamente religioso, en el que se renueva la acción creadora de Dios. El valor religioso no se añade al matrimonio desde el exterior, sino que brota de su íntima estructura creacional: el amor humano entre el hombre y la mujer es el lugar del Amor de Dios.

Una vez solos, ambos esposos oran, y esto es ya algo importante: la comunidad familiar es una comunidad de amor, pero también de oración. Los esposos no están nunca solos, porque Dios está siempre con ellos. Y el proyecto que realizan no es suyo, sino de Dios. No se puede excluir a Dios de la relación matrimonial, ni de la relación de amistad, ni del proyecto de vida. Pero además del hecho de que rezan, también es interesante cómo rezan. Se trata de una oración que pide, como es justo que suceda en toda oración: los dos jóvenes esposos piden la salvación y piden que su amistad llegue hasta la vejez. Sin embargo, es sobre todo una oración en la que ambos esposos recuerdan lo que Dios realizó al comienzo de la creación. A través de este recuerdo es como comprenden el sentido de su matrimonio. Para la Biblia, el significado más profundo de una cosa se encuentra en su origen. Fue en la primera pareja donde Dios creó la estructura esencial y perenne del matrimonio, que revive desde entonces en cada uno de ellos.

La estructura del matrimonio es ante todo el amor, pero no sólo el amor de la esposa por el esposo y viceversa, sino el de Dios, que ha hecho nacer -de una manera gratuita- el amor entre ambos. El matrimonio ha de ser vivido como un don: «Tú hiciste a Adán del barro de la tierra y le diste a Eva como ayuda» (8,8). Este amor profundo, don de Dios, es muy diferente a la simple pasión: «Si yo me caso con esta hija de Israel, no es para satisfacer mis pasiones» (8,9). Ahora bien, la estructura natural del matrimonio incluye también el deseo de los hijos (la pareja está constituida para convertirse en familia), recordando, no obstante, que los hijos son para el Señor, no para los padres: «Fundar una familia, en la que se bendiga tu nombre por siempre».

 

Evangelio: Marcos 12,28b-34

En aquel tiempo,

28 un maestro de la Ley se acercó y le preguntó: -¿Cuál es el mandamiento más importante?

29 Jesús contestó: -El más importante es éste: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor.

30 Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

31 El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más importante que éstos.

32 El maestro de la Ley le dijo: -Muy bien, Maestro. Tienes razón al afirmar que Dios es único y que no hay otro fuera de él;

33 y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

34 Jesús, viendo que había hablado con sensatez, le dijo: -No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie se atrevía ya a seguir preguntándole.

 

**• El intento de recoger los muchos preceptos en una síntesis no es nuevo. El objetivo de este intento no es hacer un resumen de la Ley, sino más bien indicar su centro y su esencia. Jesús, al responder a la pregunta del maestro de la Ley, cita dos textos que se repiten con frecuencia en la oración y en la meditación de Israel; un pasaje del Deuteronomio («Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas») y un pasaje del Levítico {«Amarás a tu prójimo como a ti mismo»). El Maestro invita al hombre a no perderse en el laberinto de los preceptos, porque la esencia de la voluntad de Dios es simple y clara: amar a Dios y a los hombres. Es justo que la ley se ocupe de los muchos y variados casos que se presentan en la vida, a condición sin embargo, de que no pierda de vista el centro que da impulso a toda la estructura. Este centro es el amor.

Jesús responde al maestro de la Ley que el primero de los mandamientos no es uno solo, sino dos: estrictamente unidos, como las dos caras de una misma realidad.. En la capacidad de mantener unidos los dos amores –el amor a Dios y el amor al prójimo- reside la medida de la verdadera fe y de la genialidad cristiana. Hay quien para amar a Dios se aparta de los hombres, y hay quien para estar al lado de los hombres se olvida de Dios. La experiencia bíblica se declara convencida de que estas dos actitudes introducen en la vida de los hombres y de las comunidades una profunda mentira: allí donde se separan los dos amores hay siempre falsedad e idolatría. En consecuencia, es importante captar el vínculo entre las primeras palabras («Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios es el único Señor») y las que siguen («Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón»). La afirmación de que Dios es el único Señor constituye la base de donde brota el deber de amarle. Un deber que se reviste inmediatamente de dos cualidades: la totalidad y la gratitud. La totalidad: Dios es el único Señor, y esto incluye el rechazo de cualquier otro que -sustituyéndole- pretendiera nuestro asentimiento incondicional; la pertenencia al Señor no es divisible con la pertenencia a cualquier otro; no se va a Dios con algo de nosotros, sino enteramente, con todas nuestras raíces. Y la gratitud: Dios es nuestro Señor, Aquel que nos ama, nos libera y nos espera. Si bien es verdad que el hombre pertenece a Dios, también lo es que Dios pertenece al hombre. El señorío de Dios no es extraño a nuestro ser, a nuestra libertad o a nuestra identidad. Es, al contrario, la meta a la que tiende nuestro ser, y de la que tenemos una irreprimible nostalgia. Por todo esto, el amor a Dios (precisamente en el sentido de una adhesión incondicional) no es esclavitud, sino gratitud y recuperación de nuestra propia identidad.

Los dos amores (a Dios y al prójimo) están, tal como hemos visto, estrechamente unidos: el uno es la verificación del otro. Sin embargo, también son diferentes. La medida de nuestro amor a Dios es la totalidad; la medida del amor al prójimo, no («como a ti mismo»). A Dios le corresponde la pertenencia total e incondicionada; al hombre, no. El prójimo no es el Señor, no es la razón última de nuestra búsqueda.

 

MEDITATIO

¿Un cuadro de vida de otros tiempos? ¿Una meta imposible de proponer o que incluso no se debe proponer? ¿La colocación exacta del amor entre el hombre y la mujer? Probemos a tomar estas páginas del libro de Tobías y a someterlas a una comparación con las muchas -incluso demasiadas- páginas que se extienden ante nuestros ojos. Desde la televisión a la prensa, al cine, a Internet, al lenguaje, a la publicidad más trivial de cualquier producto, estamos amenazados por una avalancha de imágenes y de palabras, por un verdadero mercado en el que el sexo, mezclado con todos los posibles ingredientes, se ha convertido en una moneda ahora devaluada. Hasta tal punto que quien desea obtener cierto efecto «hiriente» recurre a la presentación de las más aberrantes desviaciones. Y todo ello en nombre de la libertad, de la madurez, de la autonomía del hombre... Ahora bien, ¿dónde está el hombre en esta zarabanda de pésimo gusto? ¿A qué ha quedado reducido?

También el matrimonio se resiente de ello, incluso el sellado con el sello del sacramento. Una vez venido a menos el sentido de la indisolubilidad, los contrayentes acceden a él reservándose una puerta de salida para tomarla en la primera dificultad: y todo se hunde.

Ningún creyente, ninguna persona recta, puede permanecer indiferente. Sin embargo, el remedio no puede consistir sólo en organizar cruzadas puritanas o en restablecer deberes y prohibiciones. La propuesta que presentan hoy Tobías y Sara se plantea en otro ámbito, el de las motivaciones profundas, y suena cautivadora como un reclamo y provocadora como un desafío. Ambos se sitúan, en el umbral de su vida de pareja, con el respeto, la ansiedad y la admiración de quien sabe que recibe un don inestimable. No buscan la realización de un proyecto suyo, sino que se ofrecen, como instrumentos dóciles y responsables, a la realización de un designio que está por encima de ellos y, al mismo tiempo, les interpela y les compromete. Se saben pensados el uno para la otra por un amor más grande, son conscientes de que su amor recíproco, que florece en el tiempo, es eco y respuesta a un amor más grande que les ha precedido. Su relación se abre con la bendición de Dios, el «tercero» presente y operante en su acontecer.

 

ORATIO

Bendito seas, Dios, Señor y autor de la vida, vida y belleza eterna. Bendito seas por todo lo que vive y muestra un reflejo de tu belleza y de tu sabiduría. Bendito seas por habernos otorgado el don de la vida. Bendito seas por habernos llamado a ser tus colaboradores conscientes en tu continua obra de creación y de redención.

Bendito seas por habernos creado a tu imagen y semejanza, capaces de entregar y de recibir amor, capaces de abrirnos al otro y de acogerlo en la veneración de su misterio. Bendito seas por haber depositado en nosotros una chispa de aquella energía viva, de amor, que arde en tu eterno secreto. Tú nos la diste para que, con la alegría de los hijos, fuésemos sus administradores fieles y responsables.

Bendito seas, Padre, fuente de todo amor fecundo, bendito seas, Hijo, esposo ardiente de la humanidad, bendito seas, Espíritu Santo, sello de caridad y de unión.

 

CONTEMPLATIO

Con el mayor encarecimiento posible exhorto a los casados a que se profesen el mutuo amor que tanto os encomienda el Espíritu Santo en las divinas Escrituras. Deciros que os améis uno a otro con amor natural es lo mismo que nada, porque otro tanto hacen las pareadas tortolillas; ni basta decir que os améis con amor humano, pues también los gentiles se profesan este amor. Yo os diré con el apóstol de las gentes: Esposos, amad a vuestras esposas como ama Jesucristo a su Iglesia, Esposas, amad a vuestros maridos como la Iglesia ama a Jesucristo. Dios, que llevó a Eva a la presencia de nuestro primer padre, Adán, y se la dio por esposa, es quien, con su invisible diestra, ha echado el nudo de las sagradas ataduras de vuestro matrimonio, amados míos; Él es quien os ha entregado unos a otros, ¿pues cómo no os amáis con un amor enteramente santo, sagrado y divino?

Es el primer efecto de este amor la unión indisoluble de los corazones. Cuando se encolan dos pedazos de pino uno con otro, si es buena la cola queda tan firme la unión que más presto se partirá la madera por otras partes que no por la pegadura; así pues, como Dios une con su propia sangre el marido a la mujer, por eso es tan firme la unión, que antes se ha de separar el alma del cuerpo de uno u otro que no el marido de su mujer, pero esto se entiende no tanto de la unión del cuerpo cuanto del corazón, del afecto y del amor.

Ha de ser el segundo efecto de este amor la inviolable fidelidad de uno a otro consorte. Antiguamente se grababan los sellos en los anillos que se llevaban en el dedo, como la misma Escritura Santa lo acredita, y ve aquí la significación de una ceremonia que se hace en las bodas; bendice la Iglesia, por mano del sacerdote, un anillo que se le entrega primero al esposo en testimonio de que sella y cierra su corazón con este sacramento para que en adelante jamás pueda entrar en él ni el nombre ni el amor de alguna otra mujer mientras viva la que Dios le ha dado; después, el esposo pone el anillo en la mano de su esposa para que ella igualmente entienda que jamás ha de entrar en su corazón afecto a otro hombre mientras viva sobre la faz de la tierra el que nuestro Señor acaba de darle.

El tercer fruto del matrimonio es la procreación y crianza de los hijos. Grande honra es para vosotros, casados, el que Dios, queriendo multiplicar las almas que pueden bendecirle y alabarle por toda una eternidad, os hace cooperadores de obra tan digna, por medio de la producción de los cuerpos, en los que Él reparte, como gotas de celestial rocío, las almas que cría e infunde dentro de ellos (Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, III, 38, Ediciones Paulinas, Madrid 1943, pp. 319-321).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichosos los que temen al Señor» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Qué significa amar a otra persona? El afecto recíproco, la compatibilidad intelectual, la atracción sexual, compartir unos ideales, un contexto financiero, cultural y religioso común: todas estas cosas pueden ser un factor importante para engendrar una buena relación, pero no pueden garantizar el amor.

Conocí una vez a dos jóvenes que querían casarse. Los dos eran guapos, muy inteligentes, sus marcos familiares eran muy semejantes y estaban muy enamorados. Habían pasado muchas horas con psicoterapeutas expertos para indagar sobre su pasado psicológico y afrontar directamente sus fuerzas y sus debilidades emotivas. En todos los aspectos parecían estar bien preparados para casarse y vivir juntos y felices. Sin embargo, la pregunta seguía en pie: ¿serán capaces de amarse estas dos personas mutuamente del modo adecuado, no sólo durante un tiempo o durante algunos años, sino para toda la vida? Para mí, que recibí la petición de acompañar a estas dos personas, la cosa no era tan obvia como para ellos. Se conocían desde hacía bastante tiempo y estaban seguros de sus recíprocos sentimientos de amor, pero ¿habrían sido capaces de hacer frente a un mundo en el que hay tan poco apoyo para las relaciones duraderas? ¿De dónde sacarían la fuerza necesaria para permanecer fieles el uno a la otra en el momento del conflicto, de la presión económica, de un dolor profundo, de la enfermedad y de las necesarias separaciones? ¿Qué significaría para este hombre y para esta mujer amarse como marido y mujer hasta la muerte?

Cuanto más reflexiono, más me percato de que el matrimonio es, antes que nada, una vocación. Dos personas son llamadas al mismo tiempo para realizar la misión que Dios les ha dado. El matrimonio es una realidad espiritual, o sea: un hombre y una mujer se unen para la vida no sólo porque experimentan un profundo amor el uno por la otra, sino porque creen que Dios les ha dado el uno a la otra para ser testigos vivos de ese amor. Amar significa encarnar ef infinito de Dios en una comunión fiel con otro ser humano (H. J. M. Nouwen, Vivere nello spiríto, Brescia 1995, pp. 123ss [edición española: Aquí y ahora: viviendo en el espíritu, San Pablo, Madrid 1998]). 

 

Día 9

  Viernes 9ª semana del Tiempo ordinario o

San Efrén

         Alcanzó gran fama como maestro, orador, poeta, comentarista y defensor de la fe. Es el único de los Padres sirios a quien se honra como Doctor de la Iglesia Universal, desde 1920.  En Siria, tanto los católicos como los separados de la Iglesia lo llaman "Arpa del Espíritu Santo" y todos han enriquecido sus liturgias respectivas con sus homilías y sus himnos.  A pesar de que no era un hombre de mucho estudio formal, estaba empapado en las Sagradas Escrituras y tenía gran conocimiento de los misterios de la fe.

        San Basilio le describe como "un interlocutor que conoce todo lo que es verdad" ; San Jerónimo, al recopilar los nombres de los grandes escritores cristianos, le menciona con estos términos:  "Efrén, diácono de la iglesia de Edessa, escribió muchas obras en sirio y llegó a tener tanta fama, que en algunas iglesias se leen en público sus escritos, después de las Sagradas Escrituras.  Yo leí en la lengua griega un libro suyo sobre el Espíritu Santo; a pesar de que sólo era una traducción, reconocí en la obra el genio sublime del hombre".  (Edessa, hoy llamada Urfa o Sanliurfa, está en Turquía)

        A San Efrén debemos, en gran parte, la introducción de los cánticos sagrados en los oficios y servicios públicos de la Iglesia, como una importante característica del culto y un medio de instrucción.  

 

 

LECTIO

Primera lectura: Tobías 11,5-17

En aquel tiempo, Ana iba a sentarse todos los días en la cima de un otero, junto al camino, desde donde dominaba el paisaje. Un buen día, mientras estaba allí, mirando a ver si venía su hijo, lo divisó a lo lejos y lo reconoció al instante. Echó a correr y le dijo a su marido: -Oye, tu hijo está llegando.

Rafael le había dicho a Tobías:

-Nada más entrar en tu casa, adoras al Señor, tu Dios, y le das gracias; te acercas a tu padre y le besas; luego le frotas los ojos con la hiel de ese pez que llevas contigo. Ten la seguridad de que en seguida se le abrirán los ojos a tu padre y podrá ver la luz del cielo, y al verte se pondrá muy contento.

Entonces el perro que llevaban durante el viaje salió corriendo delante de ellos y, como si fuera un mensajero llegado a su destino, exteriorizaba su alegría haciendo carantoñas con el rabo. El padre de Tobías, ciego como era, se levantó y echó a correr a trompicones. De la mano de un criado salió al encuentro de su hijo. Él y su mujer le recibieron con besos y rompieron a llorar de alegría. Luego adoraron a Dios, le dieron gracias y se sentaron.

Tobías frotó los ojos de su padre con la hiel del pez. Aguardó cosa de media hora y empezó a salir de sus ojos una telilla blanca, como la fárfara de un huevo. Tobías la cogió y se la extrajo de los ojos, y así recobró la vista. Entonces él, su mujer y todos los vecinos glorificaron a Dios. Tobías dijo:

-Te bendigo, Señor, Dios de Israel, que si antes me castigaste ahora me has salvado y puedo ver a mi hijo Tobías.

 

*+ La página que nos propone hoy la liturgia es, a buen seguro, una historia edificante, hermosa, pero el lector podrá objetar que no siempre sucede así en la vida. La Biblia es un libro sincero, a veces incluso rudo, repleto de preguntas inquietantes. No es uno de esos libros religiosos edificantes en los que siempre salen bien las cuentas. Hacer que salgan las cuentas es el deseo del hombre, pero no siempre el verdadero modo de manifestarse de Dios. Con todo, también en la Biblia, como ocurre precisamente en el libro que estamos leyendo estos días, hay páginas espléndidas de hagiografía edificante.

No constituyen la osamenta del discurso bíblico, pero lo embellecen. También las páginas edificantes tienen su verdad y su poesía. No siempre captan la vida en lo que tiene de problemático, pero sí dicen, ciertamente, cómo la quisiéramos. También el soñar puede formar parte de una auténtica relación con el mundo y con Dios, y tanto más por el hecho de que también es verdad -si se tiene la mirada profunda de la fe- que Dios siempre hará que las cuentas salgan bien. Tal vez no a nuestra manera, quizás no siguiendo nuestros tiempos, pero es seguro que saldrán. El cristiano sabe que las cuentas no han de salir, necesariamente, en este mundo.

Pero volvamos al relato que hemos leído. Su primera característica es la alegría, la alegría coral de una familia que explota cuando el hijo que se había ido lejos vuelve y cuando el anciano padre se cura. Se trata de una alegría sana, humanísima, que se expresa con lágrimas de alegría, con abrazos afectuosos y, lo más importante, con la oración de agradecimiento al Señor.

También la lección que subyace en el relato es límpida y humanísima, consoladora: el Señor pone a prueba, pero no para castigar, no para destruir, sino siempre y sólo para purificar y dar más.

 

Evangelio: Marcos 12,35-37

En aquel tiempo,

35 Jesús tomó la palabra y enseñaba en el templo diciendo: -¿Cómo dicen los maestros de la Ley que el Mesías es hijo de David?

36 David mismo dijo, inspirado por el Espíritu Santo:

Dijo el Señor a mi Señor:

Siéntate a mi derecha

hasta que ponga a tus enemigos

debajo de tus pies.

37 Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo es posible que el Mesías sea hijo suyo? La multitud lo escuchaba con agrado.

 

**• En el debate de hoy es Jesús el primero en pasar al ataque. Ya no son los otros quienes le interrogan, sino él quien plantea la pregunta. Se trata de una pregunta decisiva, una pregunta que no se pierde en aspectos secundarios, sino que va al centro de la fe cristiana: ¿quién es Jesús? Esta pregunta ya había sido planteada en 8,27ss, pero allí sólo a los discípulos; ahora la hace a todos, especialmente a los maestros de la Ley y a los fariseos. Y la plantea Jesús en el templo, en el corazón del judaísmo.

Seguimos estando en el terreno de las Escrituras. El Mesías no puede ser simplemente hijo de David, dado que el mismo David le llama «mi Señor» en el Sal 110. La argumentación es apretada. Pero ¿qué es lo que hay detrás de este debate? ¿Por qué es tan importante? Porque la expresión «hijo de David» era un título mesiánico que no sólo evocaba el origen (el origen del Mesías, de la estirpe de David), sino también un proyecto mesiánico (una restauración religiosa y política que habría llevado

de nuevo a Israel al esplendor de los tiempos de David). Lo que está en juego, por tanto, no es sólo si Jesús es Mesías e Hijo, sino qué Mesías y qué Hijo.

 

MEDITATIO

La historia de Tobías y Sara llega ahora a su conclusión. Llega el día en que, desde lo alto del otero, la mirada de Ana, que ardía en deseos, recorriendo el horizonte percibe unas figuras que avanzan. Su corazón reconoce al hijo. Y se pone en marcha todo un movimiento de exultación: corre Ana, corre el ciego Tobit; la misma naturaleza -corre también el perro moviendo la cola- participa en la fiesta de estos pobres de Israel que ven colmada, por encima de toda esperanza, sus expectativas. En efecto, Tobías vuelve con Sara liberada del espíritu maligno, Tobit recobra la vista, se recompone la unidad de la familia: un final feliz, como no hay muchos en nuestras crónicas. Incluso demasiado bello para ser verdad, podría objetar alguno...

«Te bendigo, Señor, Dios de Israel, que si antes me castigaste ahora me has salvado»: la oración que eleva Tobit a Dios en la reapaciguada intimidad familiar, mientras sus ojos vuelven a ver a su hijo, nos permite penetrar más allá de las imágenes vivaces e ingenuas para captar su significado profundo. Sí, Dios ha escuchado la oración de Tobit, no ha defraudado su confianza, una confianza que ha sido capaz de perseverar -y hasta de crecer- en la prueba.

La vida de Tobit se había visto sacudida por una tempestad de acontecimientos trágicos, destructores, desde el punto de vista humano. Pero él supo verlos como una prueba enviada por Dios, supo ver en ellos la presencia de su Dios, que quería poner a prueba su fidelidad. Tobit no ha defraudado a Dios: le «hizo quedar bien», para usar una expresión de san Francisco de Sales. Tobit, traqueteado por las olas y los vientos contrarios, ha sido capaz de confiar y creer, más allá de la sensatez humana. Y no se encontró en sus labios más que palabras de bendición y de alabanza al Dios justo. Ahora le toca ¡i Dios. Y Dios, que no defrauda la esperanza humilde, confiada, orante de su siervo, le recompensa con su divina largueza.

 

ORATIO

Te bendigo, Señor, porque después de haberme probado me has curado. Te adoro presente en mi historia. Sé que me amas.

Eres tú, mi Dios, quien me visitas en el dolor; eres tú, mi Dios, quien me das la alegría. Eres tú quien me visita en la oscuridad de la noche sin estrellas, en la mañana risueña de las promesas. Eres tú quien me visita en la angostura del camino y tú, también, en los claros horizontes. Tú eres el apoyo del débil, la luz del ciego. Tú eres la patria del desterrado, el consuelo del que está solo.

Que mi vida, visitada por tu bendición, pueda alabarte y bendecirte por siempre.

 

CONTEMPLATIO

Bendecir a Dios y darle las gracias por todos los acontecimientos, que su Providencia ordena, es, en verdad, una ocupación muy santa, pero, cuando dejamos a Dios el cuidado de querer y de hacer lo que le plazca en nosotros, sobre nosotros y de nosotros, sin atender a lo que ocurre, aunque lo sintamos mucho, procurando desviar nuestro corazón y aplicar nuestra atención a la bondad y a la dulzura divina, bendiciéndolas no en sus efectos ni en los acontecimientos que ordenan, sino en sí mismas y en su propia excelencia, entonces hacemos, sin duda, un ejercicio mucho más eminente [...].

Oh Dios, ¿qué almas son esas que, entre tantos inconvenientes, siempre son capaces de conservar su atención y su afecto dirigidos a la eterna bondad, para adorarla y amarla por siempre? [...] Mandó Dios al profeta Isaías que se desnudase, y así lo hizo, y anduvo caminando y predicando de esta guisa durante tres días enteros, como dicen algunos, o durante tres años, como creen otros; después volvió a tomar sus vestiduras, una vez transcurrido el tiempo que Dios le había señalado. También nosotros nos hemos de desnudar de nuestros afectos, pequeños y grandes, y debemos examinar con frecuencia nuestro corazón, para ver si está dispuesto a despojarse, como hizo Isaías, de todas las vestiduras; mas, después, a su debido tiempo, hemos de volver a tomar los afectos convenientes para el servicio de Dios, a fin de morir en cruz, desnudos, con nuestro divino Salvador, y de resucitar, después, con Él, en hombre nuevo. El amor es fuerte como la muerte, para hacer que lo dejemos todo, pero es magnífico como la resurrección, para revestirnos de gloria y de honor (Francisco de Sales, Tratado del amor a Dios, IX, 15ss, Editorial Balmes, Barcelona 1945, pp. 551-559, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Te bendigo, Señor, Dios de Israel, que si antes me castigaste ahora me has salvado» (cf. Tb 11,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tú creaste, oh Señor, todas las cosas «en número, peso y medida», y lo que sucede acaece en el orden de tu sabiduría. Le diste al hombre la libertad, para que actúe por su propia voluntad. Pero en cuanto ha realizado su obra, ésta se hace realidad; ya no puede quitarla de en medio; debe ir más allá. Tú has tejido así su existencia. En todo deben resplandecer tu justicia y tu bondad; sin embargo, el hombre se ha desviado de ti y ha cambiado el orden de tu amor por la oscura imagen del destino. Ahora bien, en Cristo, tu Hijo, nos has revelado, oh Padre, tu rostro y has empezado una obra nueva. El ha vencido al destino y nos ha mostrado tu providencia en los acontecimientos.

Ahora todo debe ser para nosotros una disposición de tu amor. Esto nos ha sido dado como consuelo, pero también como tarea. El mensaje no es un permiso para dejar discurrir las cosas con indolencia o para cerrar los ojos ante su gravedad, sino amonestación para un santo obrar. Tu Reino debe ser para nosotros lo único necesario. Que venga tu Reino y que se cumpla tu justicia: eso es a lo que deben tender nuestros propósitos y nuestras preocupaciones. Entonces podremos estar seguros de que todo, hasta las cosas más oscuras, nos ha sido dado para que nos salvemos. Debemos elevar con fe en el marco de tu providencia cualquier experiencia que nos depare el destino, superar nuestra ignorancia con confianza y colaborar en tu obra con amor. Ayúdame, oh Señor, a ¡luminar la confusión de las cosas con la claridad de la fe y a transformar con la fuerza de la confianza la dificultad de todo lo que pesa sobre mí. Y que tu Espíritu Santo pueda atestiguar en mi corazón que soy verdaderamente hijo tuyo y que hago bien al aceptar todos los acontecimientos de tu mano.

Haz que encuentren respuesta en la certeza de tu amor aquellas preguntas a las que ninguna sabiduría humana puede responder. Que tú me amas es la respuesta a cualquier pregunta; haz que lo sienta cuando llegue la hora de la prueba. Amén (R. Guardini, Preghiere teologiche - La Prowidenza, Brescia 1986, 47ss [edición española: Oraciones teológicas, Ediciones Cristiandad, Madrid 1966]).

 

 

Día 10

Sábado 9ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Tobías 12,1.5-15.20

En aquellos días, Tobit llamó a su hijo y le dijo:

-¿Qué podríamos darle a este santo varón que ha venido contigo?

Le llamaron aparte, padre e hijo, y le rogaron que aceptara la mitad de todo lo que habían traído.

Y él les dijo en secreto:

-Bendecid al Dios del cielo y proclamadle ante todos los vivientes, porque ha sido misericordioso con vosotros. Es bueno guardar el secreto del rey, y es un honor revelar y proclamar las obras de Dios. Buena es la oración con el ayuno. Mejor es hacer limosna que atesorar dinero, porque la limosna libra de la muerte y limpia de pecado, alcanza la misericordia y la vida eterna. Los que cometen pecados y maldades son enemigos de sí mismos. Os diré toda la verdad, no os ocultaré ningún hecho: Cuando tú orabas con lágrimas y dabas sepultura a los muertos; cuando dejabas la comida para esconder de día los muertos en tu casa y sepultarlos de noche, yo presentaba tu oración al Señor. Eras agradable al Señor, por eso tuviste que pasar por la prueba. Ahora el Señor me ha enviado para que te cure y libre del demonio a Sara, la mujer de tu hijo. Yo soy el ángel Rafael, uno de los siete que estamos en presencia del Señor. Pero ya es hora de que regrese al que me envió. Vosotros bendecid al Señor y divulgad sus obras maravillosas.

*+• La historia de Tobit y de su hijo Tobías es un canto a la divina providencia. Pero es también un canto a la generosidad, como indica la palabra «limosna», que se repite más veces aquí y en todo el libro.

Oración, ayuno y limosna eran las tres prácticas esenciales de la piedad judía. Pero la más importante de las tres era la limosna, que expresa la atención a los necesitados, la compasión y la simpatía respecto a ellos, la ayuda activa y generosa.

Tres son las ventajas de la limosna o, como se dice en muchos otros pasajes bíblicos, de la caridad: libra de la muerte y limpia de pecado, alcanza la misericordia y la vida eterna. Tres ventajas que, tal vez, se reducen a una. Podemos expresarla así: la generosidad nos hace vivir y respirar, arranca al hombre del cercado de sí mismo y lo lleva al aire libre. Se trata de una experiencia profundamente verdadera. No es sólo cuestión de vida eterna, sino de la vida en toda su extensión. La generosidad es el mejor modo de vivir en el presente.

En nuestra lectura de hoy hay también una segunda enseñanza importante: la benevolencia de Dios tiene que ser contada, para que todos puedan alegrarse, esperar y alabar al Señor: «Vosotros bendecid al Señor y divulgad sus obras maravillosas» (v. 20). Los dones de Dios no son nunca sólo para nosotros: debemos darlos a conocer. No se trata de contar lo que tú has hecho por Dios, sino lo que Dios ha hecho por ti.

 

Evangelio: Marcos 12,38-44

En aquel tiempo,

38 decía Jesús a la muchedumbre mientras enseñaba: -Tened cuidado con los maestros de la Ley, que gustan desasearse lujosamente vestidos y de ser saludados por la calle.

39 Buscan los puestos de honor en las sinagogas y los primeros lugares en los banquetes.

40 Éstos, que devoran los bienes de las viudas con el pretexto de largas oraciones, tendrán un juicio muy riguroso.

41 Jesús estaba sentado frente al lugar de las ofrendas y observaba cómo la gente iba echando dinero en el cofre. Muchos ricos depositaban en cantidad.

42 Pero llegó una viuda pobre que echó dos monedas de muy poco valor.

43 Jesús llamó entonces a sus discípulos y les dijo: -Os aseguro que esa viuda pobre ha echado en el cofre más que todos los demás.

44 Pues todos han echado de lo que les sobraba; ella, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir.

 

**• El pasaje evangélico de hoy está compuesto por dos cuadros contrapuestos: por una parte, el comportamiento de los maestros de la Ley; por otra, el comportamiento de una viuda pobre. Los dos cuadros representan la falsa v la verdadera religiosidad.

«Tened cuidado con los maestros de la "Ley» (v. 38): vanidad, ostentación, una práctica religiosa contaminada por la avidez y por la hipocresía, éstas son las tres deformaciones de los maestros de la Ley contra las que Jesús quiere ponernos en guardia. La expresión «tened cuidado con» pone de relieve la gravedad particular del peligro en el que pueden caer los discípulos. Marcos, en 8,15, usa la misma expresión para poner en guardia contra la levadura de los fariseos y de Herodes, y en 13,15, para poner en guardia contra los falsos profetas.

«Sentado frente al lugar de las ofrendas» (v. 41): en el atrio del templo, al que también podían acceder las mujeres, estaban alineadas las cestas en las que se echaban las monedas. Probablemente, los oferentes declaraban en voz alta al sacerdote que estaba de servicio la entidad del don y la finalidad para la que lo ofrecían. De este modo, el gesto se hacía público y se prestaba a la vanidad.

«Jesús llamó entonces a sus discípulos» (v. 43): hay muchos ricos que hacen opíparas ofrendas, y hay una viuda pobre que ofrece sólo dos monedas de escaso valor, todo lo que posee. Jesús se da cuenta y llama la atención de los discípulos con unas palabras que el evangelio reserva para las enseñanzas más importantes:

        «Os aseguro que». Jesús ha encontrado un gesto auténtico y quiere que sus discípulos lo aprendan. Lo que ha sorprendido a Jesús no es sólo la falta de ostentación, sino sobre todo la totalidad del don: esa mujer no ha dado lo superfluo -es decir, lo que le sobra después de haber asegurado su vida dentro de unos amplios márgenes de seguridad-, sino «todo lo que tenía para vivir» (v. 44).

 

MEDITATIO

Tobit nos sale al encuentro en esta página del evangelio con toda su plenitud humana. Su prolongada costumbre de llevar una vida abierta al otro, atenta a sus necesidades, generosa y olvidada de sí; la práctica asidua de la caridad, de esa limosna que «libra de la muerte» pagada con la propia sangre; la constante disposición a vivir remitiéndose a Dios en la oración -bendición, alabanza, súplica o lamento-: todo esto ha ido madurando en él una profunda capacidad de gratitud y la necesidad de expresarla en gestos concretos.

No se había cerrado antes, replegado en su dolor; no se cierra ahora, satisfecho, en su felicidad. El dolor que había experimentado en primera persona le había vuelto capaz de una compasión más amplia. La alegría, acogida como don de Dios, le impulsa ahora al agradecimiento al que había sido el instrumento y mediador.

Las palabras solemnes del ángel -todavía de incógnito- ponen el sello al reconocimiento divino de «toda esta vida» objeto de la misericordia de Dios y en la que Dios puede llevar a cabo sus obras. Tobit sabe dar las gracias porque sabe reconocer que ha recibido la gracia. No siente nada como si le fuera debido, para él lodo es don.

Y sabe decir «gracias» no sólo a Dios, fuente de «todo buen regalo», sino también al hermano, al compañero de viaje, al que se ha hecho dócil ministro de este don. Se trata de una dimensión que hemos de redescubrir o, en cualquier caso, mantener viva para nosotros, que, con frecuencia, atrapados en los engranajes de la prisa, de la eficiencia, encallados en la superficialidad, corremos el riesgo de olvidar esta capacidad de gratitud que es como la otra cara de la gratuidad. Sólo quien sabe recibir todo como don y da gracias por ello es capaz a su vez de ofrecerse gratuitamente como don al otro.

 

ORATIO

Adoramos, oh Dios, tu inaprensible misterio y bendecimos tu inagotable misericordia. Tú, con sabia providencia, quieres tejer la trama de nuestra vida como una historia de amor y nos invitas, a través de los acontecimientos del tiempo, a una perenne mañana de fiesta, junto a ti, en la luz.

Que tu Espíritu abra nuestros ojos, para que sepamos leer ya desde ahora las situaciones de la vida desde tu punto de vista y configure nuestros corazones a imagen del tuyo: unos corazones anchos, abiertos, compasivos y fecundos en bien para nuestros hermanos. De suerte que de la comunión de nuestras vidas, empapadas de misericordia, suba incesante la alabanza a ti, el Misericordioso que realiza grandes cosas para quienes se confían a él.

 

CONTEMPLATIO

Es tan débil el espíritu humano que, cuando quiere investigar con excesiva curiosidad las causas y las razones de la voluntad divina, se embaraza y enreda entre los hilos de mil dificultades, de los cuales, después, no puede desprenderse. Se parece al humo que, conforme sube, se hace más sutil y acaba por disiparse. A fuerza de querer remontarnos con nuestros discursos hacia las cosas divinas, por curiosidad, nos envanecemos en nuestros pensamientos y, en lugar de llegar al conocimiento de la verdad, caemos en la locura de nuestra vanidad.

Pero, de un modo particular, respecto a la Providencia divina somos caprichosos en lo que atañe a los medios que ella reparte para atraernos a su santo amor y, por su santo amor, a la gloria. Porque nuestra temeridad nos impele siempre a indagar por qué Dios da más medios a unos que a otros, por qué no hizo entre los tirios y sidonios las mismas maravillas que en Corozaín y en Betsaida, pues tan gran provecho hubieran sacado de ellas; en una palabra, por qué atrae a su amor a unos con preferencia a otros.

¡Ah, amigo mío, Teótimo!, jamás, jamás hemos de permitir que nuestro espíritu sea arrebatado por el torbellino de este viento de locura, ni hemos de pensar en encontrar una razón mejor de los designios de la voluntad de Dios que su voluntad misma, la cual es soberanamente razonable; mejor dicho, es la razón de todas las razones, la regla de toda bondad, la luz de toda equidad. Y aunque el Espíritu Santo, hablando en la sagrada Escritura, da en muchos lugares la razón de casi todo lo que podemos desear acerca del proceder de su Providencia en la dirección de los hombres hacia el santo amor y hacia la salud eterna, es cierto, sin embargo, que en muchas ocasiones declara que, en manera alguna, nos liemos de apartar del respeto debido a su voluntad y que hemos de adorar sus propósitos, sus decretos, su beneplácito y sus resoluciones, cuyos motivos, como supremo y justísimo juez que es, no es razón que manifieste, sino que basta con que los dé a conocer. Si debemos tanto honor a los fallos de los supremos tribunales, compuestos de jueces corruptibles de la tierra, y ellos mismos terrenos, de suerte que hemos de creer que no se han pronunciado sin motivo, aunque no sepamos cuál sea éste, ¡oh Dios mío!, ¡con cuánta reverencia no hemos de adorar la equidad de vuestra suprema providencia, la cual es infinita en justicia y en bondad! (Francisco de Sales, Tratado del amor a Dios, IV, 7, Editorial Balmes, Barcelona 1945, pp. 251-252).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vosotros bendecid al Señor y divulgad sus obras maravillosas» (Tb 12,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nuestra inteligencia no está en absoluto en condiciones de aferrar en su totalidad esta única e infinita perfección de Dios. Estamos frente a un misterio insondable, que nos exige adoración: «Que todo espíritu alabe al Señor, dándole todos los nombres más excelsos que se pueda encontrar; y sea cual sea la alabanza que estemos en condiciones de tributarle, confesemos que nunca podrá ser alabado de manera suficiente». Cada vez que recitamos el «Padre nuestro» y decimos: «Santificado sea tu nombre», proclamamos la grandeza de Dios y nos ponemos frente a él tal como somos, en nuestra pequeñez, con toda confianza.

La adoración nos pide aún más. No se trata de reconocer la grandeza de un Dios disperso entre las nubes; se trata más bien de proclamar su presencia activa en el mundo y de confesar su soberanía tanto en la tierra como en el cielo. En efecto, Dios es creador, pero la creación no tuvo lugar de una vez por todas al comienzo de los tiempos: Dios sigue siendo creador también hoy, y mañana, y para la eternidad. Existe una fuerte tentación de ignorar esta acción creadora de Dios que se prolonga en el tiempo. Sabemos bien que muchos hombres y mujeres están prisioneros de una visión estrechamente materialista del mundo. La investigación científica tiende a descubrir, cada vez mejor, cómo se ha ido constituyendo el mundo y a comprender, de un modo cada vez más profundo, las leyes que lo regulan, pero se muestra impotente para tener en cuenta el sentido de las cosas. Dios ha sido expulsado por completo de la existencia de los que se declaran ateos y no encuentra sitio en su explicación del mundo material. Ahora bien, «si el hombre existe es porque Dios lo ha creado por amor, y por amor no cesa de hacerle existir. Esto vale para el hombre y para todo el universo, fruto del amor de Dios creador» (Cl. Morel, // nostro é un Dio di gioia, Milán 1993, pp. 16 ss).

 

 

Día 11

Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesús

(Domingo después de la Santísima Trinidad)

  

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 8,2-3.14-16

Moisés habló al pueblo diciendo:

2 Acuérdate del camino que el Señor tu Dios, te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años a través del desierto, con el fin de humillarte y probarte, para ver si observas de corazón sus mandatos o no.

3 Te ha humillado y te ha hecho sentir hambre; te ha alimentado con el maná, un alimento que no conocías ni habían conocido tus antepasados, para que aprendieras que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor

14   No te olvides del Señor tu Dios. Fue él quien te sacó de Egipto, de aquel lugar de esclavitud;

15 quien te ha conducido a través de ese inmenso y terrible desierto, lleno de serpientes venenosas y escorpiones, tierra sedienta y sin agua; fue él quien hizo brotar para ti agua de la roca de pedernal

16 y te ha alimentado en el desierto con el maná, un alimento que no conocieron tus antepasados.

 

*·> El trasfondo de la primera lectura nos introduce en la espantosa y asoladora aspereza del desierto sinaítico: el hambre atroz, la sed aterradora, la piedra pelada, los riesgos mortales, los estragos del camino, las alimañas, serpientes venenosas y alacranes temibles. En una palabra, un entorno de muerte donde el hombre no puede sobrevivir con sus solas fuerzas. De hecho, nadie, solo y por su cuenta, lo intenta. Se sentiría humillado en su altanería. Choca contra su propia debilidad y es incapaz de conseguirlo. Entonces advierte que la única confianza la puede encontrar exclusivamente en Dios. Uno solo no lo logra.

No en balde dice el texto: <<Te ha humillado y te ha hecho sentir hambre» (v. 3) antes de darte el pan y el agua. Y, en efecto, solo Dios ha salvado a Israel. Le ha dado la <<Palabra que sale de la boca del Señor>>. La Palabra de Dios es el verdadero regalo del Señor. El maná es entendido como una demostración: <<No sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios ».

La Palabra de Dios es la protagonista principal de esta historia en el desierto. Sin ella, el maná no habría aparecido en el árido peñascal del desierto. Sólo así, en el páramo del desierto, donde el hombre no puede subsistir con sus propios medios, sino que tiene que rendirse y depender de Dios, el maná y la Palabra divina se convierten en la misma realidad.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 10,16-17

Hermanos:

16 El cáliz de bendición que bendecimos ¿no nos hace entrar en comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿No nos hace entrar en comunión con el cuerpo de Cristo?

17 Pues si el pan es uno solo y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo.

 

Pablo alude en los primeros versículos de la primera Carta a los Corintios a la misma experiencia de la primera lectura (vv. 16ss), aunque con un lenguaje distinto, el de la liturgia tradicional de la <<cena del Señor>>. Aquí, la humillación a la que es sometido el hombre por la falta de pan es vista según la dimensión personal y real de la <<comunión» (dos veces aparece en el texto). El hombre necesitado de pan y agua solo puede vivir de la relación con Dios y los hermanos. Para expresar este concepto, Pablo se vale de la experiencia eucarística que se vive en la comunidad de Corinto. La participación y la comunión del pan eucarístico, a través del cáliz y el pan del altar ayudan a entrar en una relación personal, profunda e intima, con <<el cuerpo de Cristo», es decir con su vida y su amor.

La lectura que nos propone la liturgia expresa la densa consecuencia que el apóstol deduce de esta unión, por medio de la fe, con <<el cuerpo de Cristo» (vv. 16ss). Puesto que el cuerpo de Cristo es <<un único pan>> para muchos, todos los que nos acercamos a la comunión formamos <<un solo cuerpo». Comiendo el cuerpo de Cristo nos convertimos en <<cuerpo de Cristo». O, dicho de otra forma, formamos entre nosotros, que nos comunicamos con Cristo, un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo: <<Incluso siendo muchos, somos un cuerpo solo».

    Puede parecer inverosímil, pero es verdad: <<Todos formamos un solo cuerpo>>

 

Evangelio: Juan 6,51-58

51 Jesús añadió:

- Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo.

52 Ésto suscitó una fuerte discusión entre los judíos, los cuales se preguntaban:

- ¿Como puede éste damos a comer su carne?

53 Jesús les dijo:

—Yo os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros.

54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

55 Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

56 El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él.

57 El Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él. Así también, el que me coma vivirá por mí.

58 Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el pan que comieron vuestros antepasados. Ellos murieron, pero el que coma de este pan, vivirá para siempre.

 

*·• El evangelio se puede leer a la luz de la primera lectura, la dramática situación del pueblo en el desierto. Dios ha conducido a Israel a una situación horrorosa. No existe ningún camino, no tienen pan ni agua, no poseen mayor seguridad y nadie habla de una posible salvación. Solo mantienen una fe ciega en Dios y en su Palabra. La fe es suficiente. Es la premisa del milagro del maná.

El evangelio completa esta fusión entre la Palabra de Dios y el maná (pan) en la persona de Cristo, quien dándose a si mismo realiza la unidad de ambas. Solo aquel que lo recibe como alimento tiene en si la Palabra de Dios y a Dios mismo, en cierto sentido. Esto roza lo increíble. Jesús no explica como puede realizarse este milagro, superior al mana que comieron los antepasados en el desierto, que, después de comerlo y quedar saciados, <<murieron» (vi 58). Jesús quiere que, al participar en la eucaristía, pensemos que en el desierto de nuestra vida también podemos lanzarnos como hambrientos a los brazos de Dios.

Jesús no explica como tiene lugar el milagro. Sin embargo, si precisa como él es <<el pan de vida». Prepara a los discípulos, por medio de la fe, a una afirmación aun más asombrosa: el pan que le ofrece a los hombres para que realmente lo coman es él. Por esto dice: <<Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (v 55). Sorprendentes palabras, porque, de no ser así, comenta: <<No tendréis vida en vosotros» (xc 53). Se refiere a la muerte en cruz como ofrenda  sacrificial de su carne entregada por nosotros para que vivamos siempre con él. Jesús nos da a comer su propia carne inmolada en la cruz para que <<vivamos para siempre» (v. 58). Si nos tomamos en serio estas palabras, descubrimos que la carne de Jesús inmolada en la cruz se convierte en la comunión eucarística en la unión profunda de vida con él. Uniéndose a nosotros, a nuestra debilidad, Jesús se transforma en nuestro pan.

Todo esto es, efectivamente, una locura divina, y supera cualquier esfuerzo humano que intente captar su sentido insondable. Solo se comprende si concebimos que Dios es amor con sinceridad, preguntémonos si creemos real y verdaderamente en la vida eterna. La vida eterna no es otra que la vida de Dios. Y nuestra vida se encuentra en el amor de Dios, un amor tan grande que vence todas nuestras debilidades. Y precisamente porque somos débiles, Dios viene en nuestra ayuda.

 

MEDITATIO

Nos impresionan las palabras del Senior proclamadas en el evangelio de hoy. Significan que la <<muerte» no tiene ninguna posibilidad de acceso allí donde se come <<el pan de la vida». Sabemos que el pan de la vida es la carne de Jesús entregada para la vida del mundo. Quien come su carne vive en Cristo. Es transformado en una realidad eterna. Y desde ahora. Vive ya la vida eterna, que es propia de Dios.

Después, el futuro: <<Y yo lo resucitaré el último día». El horizonte de la eucaristía es la resurrección de los muertos: <<El que come mi carne y vive mi sangre tiene vida eterna». Nunca más el horror del desierto, la angustia de la noche y las insidias del camino, sino la vida eterna. Mejor aun, el misterio del amor que reina entre el Padre y el Hijo en la Santísima Trinidad. La vida eterna esta presente en quien come el cuerpo de Cristo. Es una realidad tangible. Es una vida que extiende y propaga el fuego inagotable de Dios y transforma al hombre, preparándolo para la <<boda eterna». Por cierto, siempre existe el riesgo de tropezar en las propias limitaciones. Pero el Señor es el <<pan vivo» que esta continuamente a nuestra disposición, El nos ayuda a vivir en la fe, esperanza y caridad y a gustar desde ahora, incluso sufriendo la soledad del desierto, la verdad de la resurrección. No por nada la vida eterna es la resurrección.

Ahora sólo nos queda corear el gozo y la alegría de haber encontrado en el corazón de nuestra vida un camino que no conocíamos. El camino que conduce a la resurrección. Desde ahora, y hasta el final, la resurrección esta aquí con nosotros: <<El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día» (Jn 6,54).

 

ORATIO

Te damos gracias, Dios de eterno amor por el regalo de la eucaristía, comuni6n y uni6n con Cristo y los hermanos. Cuando participamos en la eucaristía no sólo nos unimos a Cristo y formamos una sola cosa con el (<<un solo cuerpo»), sino que nos ponemos en común unión entre nosotros y nos convertimos en <<un solo cue1po» con Cristo y los demás. Te pedimos perdón porque no siempre hemos experimentado el misterioso e irresistible atractivo de la eucaristía, porque a veces hemos gastado el tiempo en conseguir seguridades personales, embaucados por nuestros egoísmos y atrapados por la desconfianza y la desesperaci6n.

Te rogamos, Padre, que nos concedas el don de la sabiduría para que comprendamos que la fatigosa peregrinación por el desierto de nuestra vida es ya una confortable estancia en la patria del cielo. Porque <<no sólo de pan viva el hombre», sino de ese <<pan» que es él, en cuanto Hijo de Dios, enviado al mundo para salvarlo. Te suplicamos que, comulgando del cuerpo de Cristo, nos convirtamos en lo que somos, como nos dice san Agustín: cuerpo de Cristo y miembros los unos de los otros. Este es el deseo profundo que queremos cultivar con la oración y en el corazón: dejar que tú, Señor, obres este milagro en nosotros. Tú eres el Señor; úu lo puedes todo. Amén.

 

CONTEMPLATIO

El unigénito Hijo de Dios, queriendo que participáramos de su divinidad, asumió nuestra naturaleza y se hizo hombre para hacer de nosotros, hombres, dioses. Todo lo que asumió lo estimó para nuestra salvación. De hecho, le ofreció a Dios Padre su cuerpo como víctima sobre el altar de la cruz para nuestra reconciliación. Derramó su sangre haciéndola valer como justiprecio y no como simple aspersión, para que —redimidos de la humillante esclavitud— fuésemos purificados de todos los pecados con el fin de que quedara en nosotros un recuerdo constante de tan gran beneficio, les dejo a sus fieles su cuerpo como comida y su sangre como bebida, bajo las especies del pan y el vino.

¡Oh inapreciable y maravilloso banquete que a los comensales les da la salvación y la alegría sin fin! ¿Qué puede haber más grande que esto? No se ofrecen suntuosas carnes de becerros y machos cabríos, como en la antigua ley, sino a Cristo, verdadero Dios, como alimento. ¿Qué puede existir más sublime que este sacramento? En realidad, ningún sacramento es tan saludable como éste: por su virtud son borrados los pecados, crecen las buenas disposiciones, y la mente es enriquecida con todos los carismas espirituales. En la Iglesia, la eucaristía, habiendo sido instituida para la salvación de todos, es ofrecida por los vivos y por los muertos, para provecho de todos.

Nadie puede expresar la suavidad de este sacramento. Se gusta la dulzura espiritual en la misma Fuente y se hace memoria de la altísima caridad, que Cristo ha demostrado en su pasión (Santo Tomas de Aquino, Opusc. 57, en la fiesta del Corpus Christi, lect. 1-4).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<El que come de este pan vivirá siempre» (Jn 6,51).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuando en 1975 me metieron en la cárcel, se abrió camino dentro de mi una pregunta angustiosa: <<¿Podré seguir celebrando la eucaristía?». Fue la misma pregunta que más tarde me hicieron los fieles. En cuanto me vieron, me preguntaron: <<Ha podido celebrar la santa misa?>>.

En el momento en que vino a faltar todo, la eucaristía estuvo en la cumbre de nuestros pensamientos: el pan de vida. <<El que come de este pan viviré siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo>> (Jn 6,51).

¡Cuántas veces me acordé de la frase de los mártires de Abitene (siglo IV), que decían: <<¡Sine Dominica nón possumus!» (<<No podemos vivir sin la celebración de la eucaristía>>).

En todo tiempo, y especialmente en época de persecución, la eucaristía ha sido el secreto de la vida de los cristianos: la comida de los testigos, el pan de la esperanza.

Eusebio de Cesarea recuerda que los cristianos no dejaban de celebrar la eucaristía ni siquiera en medio de las persecuciones: <<Cada lugar donde se sufría era para nosotros un sitio para celebrar…., ya fuese un campo, un desierto, un barco, una posada, una prisi6n...». El martiriológico del siglo XX está lleno de narraciones conmovedoras de celebraciones clandestinas de la eucaristía en campos de concentración. ¡Porque sin la eucaristía no podemos vivir la vida de Dios! [...].

Cuando me arrestaron, tuve que marcharme en seguida, con las manas vacías. Al día siguiente me permitieran escribir a los míos para pedir lo más necesaria: ropa, pasta de dientes... Les puse: <<Por Favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago>>. Los fieles comprendieron en seguida. Me enviaron una botellita de vino de misa, con esta etiqueta: <<Medicina contra el dolor de estómago>>, y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad.

La policía me preguntó:

- ¿Le duele el estómago?

- Si.

- Aquí tiene una medicina para usted.

Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Este era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: <<Medicina de inmortalidad, remedio para no morir; sino para vivir siempre en Jesucristo>>, como dice Ignacio de Antioquia.

A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con él el cáliz más amago. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida! (F.X. Nguyen Van Thuan, Testigos de esperanza. Ejercicios espirituales dados en el Vaticano en presencia de S. S. Juan Pablo II, Ciudad Nueva, Roma 72000, 143-146; traducción, Juan Gil Aguilar).

 

Día 12

Lunes de la 10ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 1,1-7

1 Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios que está en Corinto y a todos los creyentes de la provincia entera de Acaya.

2 Gracia y paz a vosotros de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor.

3 Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de todo consuelo.

4 Él es el que nos conforta en todas nuestras tribulaciones, para que, gracias al consuelo que recibimos de Dios, podamos nosotros consolar a todos los que se encuentran atribulados.

5 Porque si es cierto que abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, no es menos cierto que Cristo nos llena de consuelo.

6 Si tenemos que sufrir es para que vosotros recibáis consuelo y salvación; si somos consolados es para que también vosotros recibáis consuelo y soportéis los mismos sufrimientos que nosotros padecemos.

7 Y lo que esperamos para vosotros tiene un firme fundamento, pues sabemos que si compartís nuestros sufrimientos compartiréis también nuestro consuelo.

 

**• La segunda carta de Pablo a los Corintios sale de Éfeso a finales del año 57. Esa fecha se sitúa en un periodo afligido por repetidas preocupaciones, desilusiones, angustias, gravísimas persecuciones sobre la aguda y vibrátil sensibilidad de Pablo, entre las que figura la sublevación que le obliga a huir de Éfeso y el primer arresto en Jerusalén en la fiesta de pentecostés del año 58. También la comunidad de Corinto -al menos algunos personajes de la misma- tuvo reprobables responsabilidades en las tristezas del apóstol, fundador de esta Iglesia: denigraciones, malentendidos, conflictividad, crisis éticas. De ahí que también la actual segunda carta a los Corintios pueda considerarse escrita -como una precedente que se da por perdida- «con gran congoja y angustia de corazón, y con muchas lágrimas» (2 Cor 2,4).

Con todo, los corintios también le habían procurado alegrías, en particular el «éxito» de aquella carta dura, o sea, la respetuosa reconciliación y recuperación de la confianza recíproca. Por eso reconoce el consuelo que le viene del mismo Dios y que es posible transmitir a los hermanos. Los versículos que siguen (8-11, omitidos en el leccionario) enumeran algunos sufrimientos padecidos y liberaciones obtenidas también a través de la oración de muchos.

 

Evangelio: Mateo 5,1-12

En aquel tiempo,

1 al ver a la gente, Jesús subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos.

2 Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras:

3 Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

4 Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará.

5 Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra.

6 Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciará.

7 Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos.

8 Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios.

9 Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

10 Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

11 Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía.

12 Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos, pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

 

*+• Según la redacción del evangelista Mateo, el llamado «sermón del monte» constituye el auténtico exordio de la enseñanza del joven rabí itinerante Jesús de Nazaret. En él anticipa el estilo de su magisterio, innovador, promocional, explosivo, que configura el germen de posteriores erupciones y maduraciones. Admitiendo que las bienaventuranzas y el comentario a las mismas pertenezcan a una sola acción didáctica, se trataría del primer discurso articulado de Jesús y del informe más extenso de los cronistas sinópticos (en efecto, sólo Jn 13-17 lo supera en amplitud de lenguaje).

Las notas de Mateo refieren palabras anteriores pronunciadas por Jesús en público, fundamentales aunque sucintas, como las iniciales del «arrepentíos, porque está llegando el Reino de los Cielos» (Mt 4,17), y aquellas con las que llamó a los primeros discípulos: «Seguidme» (4,19); se trata de un esbozo del seguimiento: «discípulo» coincide con «bienaventurado». Esta interpretación de los desarrollos magisteriales de Jesús, en la línea de las conexiones o de la progresión, equivale a afirmar que, en el principio de toda vocación cristiana, se encuentra la conversión a las bienaventuranzas evangélicas (prescindiendo de si el discípulo tiene o no mucha conciencia y de la calidad del seguimiento, que irán progresando).

Que el adjetivo sustantivado «bienaventurado» equivale a la denominación de «discípulo» que aparece en el evangelio es algo que se puede deducir también de la estadística lexical. De los tres sinópticos, Mateo y Lucas emplean no menos de catorce veces cada uno la palabra traducida al griego por makários y al latín por beatus (que aparece en singular y plural, masculino y femenino) y la sitúan en contextos compatibles con los atributos y el carácter visible del seguimiento (excepto en un par de situaciones paradójicas). Las nueve bienaventuranzas enumeradas por Mateo configuran la pluralidad de los aspectos de la identidad del discípulo, unificada en la unicidad de la referencia a Dios (y en primer lugar al Espíritu, que hace comprender y obrar), así como a su Reino. En la continuación del sermón se encuentran una serie de explicitaciones operativas preanunciadas en los nueve aforismos de presentación del proyecto evangélico.

 

MEDITATIO

Esta semana litúrgica y la siguiente están iluminadas por los pensamientos que el apóstol Pablo nos confía en la segunda carta a la comunidad cristiana de Corinto; y están animadas por el desafío lanzado por Jesús a los discípulos con el «sermón del monte», o sea, con las nueve bienaventuranzas y el comentario a las mismas según la redacción del evangelista Mateo (capítulos 5-7).

Precisamente el estilo de desafío constituye el elemento de convergencia entre los dos mensajes: un desafío parte de la imagen paulina del siervo del Evangelio, trazado con el robusto orgullo autobiográfico del «apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios»; el otro es el desafío de la identidad del discípulo evangélico, colocado por Jesús, más allá de lo ordinario, en la dimensión de la bienaventuranza.

El comienzo de la carta de Pablo y el del sermón de Jesús coinciden asimismo en el anuncio y en la experiencia de una felicidad. El apóstol Pablo identifica la felicidad con el consuelo recibido como don de Dios, Padre misericordioso, y compartido con los hermanos. El maestro Jesús identifica la felicidad con la bienaventuranza como conciencia de unos dones confiados a él en cuanto persona humana convertida en «discípulo». Esta felicidad se puede traducir mediante los matices de algunos sinónimos: alegría, serenidad, exultación, bienestar, fortuna, consuelo y bienaventuranza precisamente. La felicidad es anhelo inagotable e insaciable del corazón humano: un corazón individual, colectivo, universal.

 

ORATIO

«Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el que se acoge a él» (del salmo responsorial). Te bendecimos, Señor, en todo momento porque tú mismo has querido ser nuestro refugio y en ti encontramos nuestro consuelo. En nuestra boca, Señor, florece siempre tu alabanza, porque tú nos has enseñado los caminos de las bienaventuranzas, un camino que recorre el que se refugia en ti.

Te damos gracias, Señor, Dios nuestro, por el camino de la pobreza iluminada por el Espíritu; gracias por el camino de la aflicción serenada por los consuelos recibidos; gracias por el camino de la mansedumbre y de la paz frecuentada por tus hijos; gracias por el camino de la justicia espaciada por la experiencia de tu gracia que nos sacia; gracias por el camino de la misericordia alegrada por el compartir la misericordia; gracias por el camino de la pureza de corazón orientada a visiones divinas; gracias por el camino de las cruces custodias de las huellas de tu Hijo crucificado, Jesucristo el resucitado, que ahora vive glorioso por los siglos eternos. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Aquellos que anhelan y desean ser consolados por Dios [...] poseen ya, sin duda, un gran motivo de consuelo en el solo hecho de que piensan desear y anhelar ser consolados por Dios. Este propósito suyo puede ser muy bien causa de gran consuelo por una razón especial. Antes que nada, están buscando el consuelo donde no tienen más remedio que encontrarlo, puesto que Dios puede darles el consuelo y se lo quiere dar. Lo puede, porque es omnipotente; lo quiere, porque es bueno y porque él mismo lo ha prometido: «Pedid y se os dará» (Mt 7,7).

El que tiene fe -y el que quiere ser consolado debe tenerla por fuerza- no puede dudar de que Dios mantendrá su promesa. Por eso, digo, tiene un firme motivo de consuelo al pensar que anhela ser consolado por Aquel que, como le garantiza su fe, no dejará de consolarle (Tomás Moro, // dialogo del conforto nelle tribolazioni, 3 [edición española: Diálogo de la fortaleza contra la tribulación, Ediciones Rialp, Madrid 1988]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará» (Mt 5,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La opción por la pobreza, con la renuncia a la ambición del tener, implica la pérdida de nuestra propia reputación. En un sistema basado en la posesión del dinero, el pobre sólo merece desprecio; por consiguiente, a quien voluntariamente elige la pobreza se le considera sólo como un loco. Ahora bien, precisamente en eso que, a los ojos de la sociedad, es considerado como escándalo e insensatez se manifiesta «el poder de Dios» (cf. 1 Cor 1,18-23). La cruz se convierte así en el paso inevitable e indispensable para los «pobres-perseguidos» que permanecen fieles a Jesús en el camino de la verdad hacia la libertad [cf. Jn 8,32). Sólo quien es completamente libre puede amar de verdad y ponerse al servicio de todos (cf. 1 Cor 9,19; Mt 18,1 -3).

Perder la propia reputación es el único modo de ser totalmente libres y, en consecuencia, animados plenamente por el Espíritu (cf. 2 Cor 3,17). Y el leño de la cruz, de estéril instrumento de destrucción del hombre, se transforma en el vivificante «árbol de la vida» (Ap 2,7; cf. Gn 2,9) que alimenta en el creyente la savia vital que le permite llevar a cabo el proyecto de Dios sobre el hombre: «Sed, pues, perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48; cf. Ef 4,13) (A. Maggi, Padre dei poveri..., Asís 1995, pp. 182ss).

 

Día 13

 Martes de la 10ª semana del Tiempo ordinario o

San Antonio de Padua

Se le llama «de Padua» por la ciudad en la que murió y en la que reposan sus reliquias, pero nació en Portugal en el año 1195 y fue bautizado con el nombre de Fernando. En 1210 entró en los canónigos regulares de san Agustín en el monasterio de San Vicente, cerca de Lisboa, y, dos años después, el deseo de llevar una vida más recogida le llevó a Santa Cruz de Coimbra.

Poco después de su ordenación sacerdotal, en el año 1220, tras haber visto los cuerpos de los primeros mártires franciscanos en Marruecos, manifestó su nueva vocación, y así fue como entró en los frailes menores con el nombre de Antonio.

En 1221, participó en el «capítulo de las Esteras» en la Porciúncula, y vio a Francisco. Tras pasar algunos años de vida retirada y oración, empezó por obediencia el apostolado de la predicación. Predicó, dirigiéndose al pueblo, contra los herejes en Italia y en Francia y obtuvo el fruto de conversiones.

San Antonio murió a los treinta y seis años de edad, en el lugar que hoy se llama Arcella, en Padua. Fue canonizado cuando todavía no había pasado un año de su muerte, el día de Pentecostés de 1232, en Spoleto, por el papa Gregorio IX.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 1,18-22

Hermanos:

18 Dios es testigo de que nuestras palabras no son un ambiguo juego de síes y noes.

19 Como tampoco Jesucristo, el Hijo de Dios, a quien os hemos anunciado Silvano, Timoteo y yo, ha sido un sí y un no; en él todo ha sido sí,

20 pues todas las promesas de Dios se han cumplido en él. Por eso el amén con que glorificamos a Dios lo decimos por medio de él.

21 Y es Dios quien a nosotros y a vosotros nos mantiene firmemente unidos a Cristo, quien nos ha consagrado,

22 nos ha marcado con su sello y nos ha dado su Espíritu como prenda de salvación.

 

**• La perícopa de hoy constituye un fragmento reducido del contexto autobiográfico en el que Pablo vuelve; evocar hechos recientes conocidos de los corintios y, sobre todo, reivindica la corrección y la honestidad de su propio comportamiento en todas partes y cada vez más respecto a ellos (w. 12-17, omitidos por el leccionario).

El incipit del fragmento se conecta con el amago de orgullo de hace poco, referido a la criticada modificación del viaje a Corinto: «Al proponerme esto, ¿obré con ligereza? ¿Creéis que me lo propuse con miras humanas, jugando arteramente con el sí y el no?». El estribillo de los adverbios inconciliables «sí»-«no» parece agradarle a Pablo, convencido de que el eco no resbalará de manera ineficaz sobre la receptividad de sus lectores. Es probable que el apóstol aprendiera de Jesús este aforismo recogido del evangelio: «Que vuestra palabra sea sí cuando es sí, y no cuando es no» (Mt 5,37: en las lecturas del sábado próximo). También el apóstol Santiago emplea el mismo dicho de Jesús (cf. Sant 5,12).

El orgullo de Pablo se levanta sobre constataciones realistas relativas a su propia identidad. Él es «apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios» (2 Cor 1,1); en la comunidad de Corinto es un colaborador, no un déspota (v. 24); comparte la confirmación por parte de Dios en Cristo (v. 21), hecha visible en el bautismo que transformó su propia personalidad, como él mismo recuerda (Hch 22,16; 26,15ss y contextos); hace uso de su patrimonio personal de la «unción», del «sello», de la «prenda del Espíritu» (v. 21ss). Estas tres palabras perfilan –a la luz de pasajes paralelos, por otra parte no apodícticos- la misión de la evangelización injertada en la de Cristo (Le 4,18), la participación en la identidad sacerdotal del mismo Cristo (Jn 6,27: interpretación «eucarística»), algunos carisnias en los que el Espíritu se muestra generoso y que para Pablo son el apostolado, el ministerio, la Palabra, la enseñanza (Rom 12,5-7), así como el carisma más grande, a saber: la caridad (1 Cor 13,13). Esa caridad que el apóstol muestra precisamente también a los hermanos de Corinto (2 Cor 2,8-11: versículos no recogidos por el leccionario).

 

Evangelio: Mateo 5,13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

13 Vosotros sois la sal de la tierra, pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué se salará? Para nada vale ya, sino para tirarla fuera y que la pisen los hombres.

14 Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte.

15 Tampoco se enciende una lámpara para taparla con una vasija de barro, sino que se pone sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa.

16 Brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres, para que, al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre, que está en los cielos.

 

**• Esta perícopa evangélica se puede interpretar como comentario y ejemplificación -en la que el mismo Jesús se compromete- de los nueve aforismos introducidos por el adjetivo sustantivado «bienaventurados» (los llamados macarismos). La primera concretización de la bienaventuranza evangélica es la conciencia que deben tener los discípulos de ser «sal de la tierra» y «luz del mundo». El «vosotros» con el que comienzan los dos períodos interpela precisamente a los discípulos, interlocutores próximos a Jesús y distanciados del anonimato de la muchedumbre.

El «sermón del monte», a diferencia de otros contextos, es el único sitio en el que Jesús adopta la alegoría para representar la identidad de su discípulo. Y es también el único contexto en el que emplea el vocablo «Sal».

        La imagen de la «luz», en cambio, se repite en la enseñanza de Jesús y en el vocabulario del Nuevo Testamento, señaladamente en la perspectiva cristológica, en la que resultan esenciales al menos un par de citas: la autobiográfica de Jesús («Yo soy la luz del mundo»: Jn 8,12; cf. 12,35.46), y aquella otra de la fe eclesial convencida de que «la Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), o sea, el Verbo de la vida, luz que brilla en las tinieblas.

Así pues, la alegoría de la sal parece tener una identidad autónoma. Forma parte de la responsabilidad autónoma del discípulo ser sal de la tierra, es decir, transferir al orden de las acciones humanas y evangélicas las características de la sal: dar sabor, conservar, purificar o preservar. Ahora bien, es una responsabilidad autónoma con riesgo: la sal puede perder su propia cualidad (si seguimos el aviso de Jesús, en verdad un tanto forzado, puesto que, de por sí, la composición química de la sal permanece íntegra si no es manipulada)y, al perder también su propia utilidad, se vuelve inservible. La alegoría de la luz infunde en el discípulo la seguridad de ser reverbero de una luz que no se extingue ni traiciona la propia naturaleza luminosa y la finalidad del iluminar: el discípulo es reverbero de la luz verdadera que es Cristo.

Salar e iluminar son un servicio que Jesús confía a los discípulos. Esa confianza se transforma en certeza de bienaventuranza para los discípulos: «Bienaventurados vosotros, que sois sal de la tierra y luz del mundo».

 

MEDITATIO

San Antonio, que estaba dotado de una extraordinaria preparación intelectual y de una gran capacidad de comunicación, había maravillado con su sabiduría evangélica, sorprendido a los herejes, convertido a los pecadores y fascinado al pueblo con sus virtudes y sus milagros. San Antonio, predicador itinerante, encarnó el Evangelio de Cristo, llevando de un sitio a otro su paz, con el estilo de una vida obediente a la voluntad de Dios, disponible a las incomodidades y a las fatigas de la misión y compasivo con toda realidad humana probada por el sufrimiento en todas sus formas. Lo atribuía todo al poder de la oración.

El testimonio de vida de san Antonio refleja la comprometedora belleza y profundidad de quien vive constantemente en íntima comunión con Dios, con el único deseo de cumplir su voluntad y manifestar su infinito amor a toda criatura. San Antonio, precisamente por ser humilde y pobre -y en esto se muestra como digno hijo de san Francisco-, deja aparecer los grandes prodigios de Dios: los milagros físicos y espirituales que el Altísimo realiza en los que confían sólo en él, en virtud de una fe cotidiana, auténtica e inquebrantable.

La luz y la creatividad de la Palabra escuchada, meditada y orada obraron en san Antonio los frutos de una caridad incansable, paciente, sin prejuicios de ningún tipo y, además, tenaz frente a las imprevisibles dificultades.

Lo que se tomó más a pecho fue anunciar la ternura de Dios, su bondad y la infinita misericordia con la que nos revela su corazón de Padre. San Antonio nos llama a lo esencial, a la amistad con Dios, fuente de todo bien; fuente de esa paz y alegría que nada ni nadie podrá quitarnos nunca. Meditando sobre su vida descubrimos las maravillas de la fidelidad de Dios, que sigue con amor el camino de quien busca su rostro, haciéndole participar de todos sus dones y colaborador de su proyecto de vida sobre la humanidad.

 

ORATIO

No temáis, no os alejéis, no abandonéis la Palabra de Dios; os aseguro que aquel en quien ponemos nuestra esperanzano permitirá que nada os turbe. (A. F. Pavanello, S. Antonio di Padova, Padua 1976, p. 86).

 

CONTEMPLATIO

La contemplación no está en poder del contemplativo,  sino que depende de la voluntad del Creador, que otorga la dulzura de la contemplación a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Hay dos tipos de contemplativos: unos se ocupan de los otros, se entregan a ellos; otros, en cambio, no se ocupan de los otros ni de ellos mismos y se sustraen incluso de las cosas necesarias.

Oh hermano, cuando sirves al prójimo, entrégate por completo a él; en cambio, cuando te unas a Dios, olvidando todo lo del pasado, sumérgete en la oración y deja de pensar en los servicios y beneficios que has ofrecido o vas a ofrecer. Los que no se ocupan de los otros ni de sí mismos, aíslen en la mente afectos breves y cortos, recójanse enteramente en sí mismos, de suerte que la mente, atenta a una sola cosa, pueda levantar el vuelo con mayor facilidad y fijar los ojos en el áureo fulgor del sol, sin quedar deslumbrada ("Antonio di Padova", en Dizionario francescano, Internet Mistici, Secólo XIII, Asís 1995, I, 993).

 

ACTIO

Repite hoy con frecuencia la invocación de san Antonio de Padua: «Que no se haga mi voluntad, sino la tuya».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Todos los ojos en el refectorio estaban fijos en el orador. El que hablaba lo hacía con una gran desenvoltura y sencillez unidas al fervor. Las citas del evangelio se sucedían copiosas, como si el orador tuviera el misal abierto delante de él.

¿Acaso no consiste nuestra tarea en seguir el ejemplo de nuestro Señor, en llevar paz y esperanza a los que caen en la tristeza y en la desesperación? Jesús ha venido para salvar a todos, pero nos ha llamado a nosotros para que le ayudemos en esta obra. Cuando multiplicó los panes y los peces, puso en las palmas de las manos de los apóstoles pequeñas porciones partidas, para que ellos, a su vez, las partieran y las pasaran a la gente. Dijo: «Alimentadlos». Se comportó así para mostrar que aunque él es el creador de la obra, ésta tiene que ser llevada a su culminación por medio de los hombres. Quiere que le imitemos.

Y cuando le imitamos, recibimos un poder que las acciones humanas comunes no tendrán nunca. Fijaos: sin él, todo parece hundirse en el mundo e ir a la ruina. En el mundo se desarrolla una lucha fratricida. Los hombres sufren y perecen, son como «ovejas sin pastor». Cuando nos apoyamos en él, todo crece y se multiplica. Basta con partir el pan recibido de Jesús para alimentar con él a multitudes enteras... (J. Dobraczynski, Gli uccelli cantono, i pesa ascoltano..., Padua 1987, p. 142).

 

 

Día 14

Miércoles de la 10ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 3,4-11

Hermanos:

4 Esta confianza que tenemos en Dios nos viene de Cristo.

5 Y no presumimos de poder pensar algo por nosotros mismos; si algo podemos, se lo debemos a Dios,

6 que nos ha capacitado para ser ministros de una alianza nueva, basada no  en la letra de la ley, sino en la fuerza del Espíritu, porque la letra mata, mientras que el Espíritu da vida.

7 Y si aquel instrumento de muerte que fue la ley, grabada letra a letra sobre piedras, se proclamó con tal gloria que los israelitas no podían mirar fijamente el rostro de Moisés a causa de su resplandor -que era pasajero-, 8 ¡cuánto más gloriosa será la acción del Espíritu!

9 En efecto, si lo que es instrumento de condenación estuvo rodeado de gloria, mucho más lo estará lo que es instrumento de salvación.

10 Y así, lo que fue glorioso en otro tiempo ha dejado de serlo, eclipsado por esta gloria incomparable.

11 Porque si lo pasajero fue glorioso, mucho más lo será lo permanente.

 

**• Tras sobrevolar la totalidad del capítulo 2 y los tres primeros versículos del capítulo 3 -una perícopa marcadamente autobiográfica y confidencial, sobre todo en lo referente a los sentimientos y emociones personales-, la partida ex abrupto del leccionario exige el pensamiento del apóstol Pablo inmediatamente precedente: «Sois una carta de Cristo redactada por nosotros y escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, es decir, en el corazón» (v. 3). Semejante conexión ilumina la naturaleza de la confianza que tiene Pablo, que permanecería incierta en la incertidumbre del adjetivo «esta» que abre el pasaje de hoy. Se trata de una confianza compuesta, entremezclada: confianza en sí mismo en cuanto servidor del Evangelio; confianza en los hermanos de la comunidad de Corinto, más dúctiles y disponibles para recibir los mensajes -pese a las incomprensiones transitorias- que un pergamino con tinta, y con un corazón palpitante y sensible; confianza en el Dios vivo, en Cristo, en el Espíritu.

En este punto abandona Pablo -por ahora- la aspereza y la insistencia en volver a abrir heridas, y emprende un vuelo alto -por ahora-, exteriorizando la convencida y ventajosa comparación entre la alianza antigua (la de la «letra que mata») y la alianza nueva (la del «Espíritu que da la vida»). Pero no desmiente el orgullo que le proporciona su identidad. Es consciente de sus propias capacidades y de la relevancia de su personalidad de «ministro apto»; con todo, reconoce que esa individualidad ha sido plasmada por Dios. Semejante consideración de sí mismo, junto con la admisión de una evolución personal, recuerda el paso del monolitismo perentorio, conquistado con mucha escuela y un enorme celo por aquel que fue Saulo, al realismo humilde de aquel en que se ha transformado Pablo. Él mismo confiesa de manera repetida su paso o «conversión»: recurriendo a las fuentes autobiográficas, además de a otros recuerdos (incluso a esta segunda carta a los Corintios: capítulos 11-12, referidos en parte en las lecturas de los próximos días), queda iluminada la identidad del «Dios» -nombrado en el v. 5 - del que procede la «capacidad» del apóstol. Dios es el Padre que le llamó con su gracia y le reveló a su Hijo (Gal l,15ss): Dios es Jesús, el Señor que le deslumhra, le fascina, le envía como testigo (Hch 22,8.21; 26,15ss); Dios es el Espíritu Santo que también le reserva para sí, en vistas a su obra de apostolado (Hch 13,2ss). Pablo activa la «capacidad» que le ha sido dada dedicándose enteramente al apostolado de la nueva alianza, permanente y definitiva, consumación de la antigua, gloriosa pero efímera.

 

Evangelio: Mateo 5,17-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

17  No penséis que he venido a abolir las enseñanzas de la Ley y los profetas; no he venido a abolirías, sino a llevarlas hasta sus últimas consecuencias.

18 Porque os aseguro que, mientras duren el cielo y la tierra, la más pequeña letra de la ley estará vigente hasta que todo se cumpla.

19 Por eso, el que descuide uno de estos mandamientos más pequeños y enseñe a hacer lo mismo a los demás será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Pero el que los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos.

 

**• El respeto a la ley por parte de Jesús corresponde a la actitud normal de cualquier judío. En su casa paterna (y materna) aprendió desde pequeño a someterse a la ley (Le 2,22-24.39-40.41-42.52). Su postura en la función de rabí confirma su propia «cultura», respetuosa con todos los detalles de la ley. La perícopa de hoy constituye una confirmación verbal de lo que decimos- Si esta perícopa fuera un dicho aislado de cualquier docto rabino, éste habría sido etiquetado de tradiciónalista, fariseo, legalista, maximalista.

Las palabras de Jesús, engastadas en el proyecto evangélico de las bienaventuranzas, tienden precisamente al maximalismo. Este vocablo es moderno, no pertenece al lenguaje bíblico; sin embargo, en un sentido positivo, algunos aforismos como los que constituyen estas palabras evangélicas están impregnados claramente de maximalismo. El género literario de la contraposición entre lo «mínimo» y lo «grande», y la evidente preferencia por lo «grande» no dejan dudas sobre la filonomia (amor a la ley) por parte de Jesús, que se manifiesta aquí como un verdadero «máximalista».

En efecto, Jesús no teorizó nunca sobre la desobediencia a la ley, nunca instigó a la transgresión de la misma. Personalmente, nunca fue cogido contraviniendo lo más mínimo los preceptos de la Tora, a diferencia de sus discípulos, acusados de no lavarse las manos tal como mandaba la ley (Mt 15,2), o cogiendo espigas y comiendo sus granos en el día inviolable del sábado (12,lss). A decir verdad, se alegaron contra Jesús acusaciones de subversión y sublevación, por otra parte genéricas y en absoluto detalladas (Le 23,2.14); fue descalificado también como alguien que no observaba el sábado y que, por consiguiente, no podía venir de Dios (Jn 5,16.18; 9,16), pero los que hicieron esas cosas no sabían que «el Hijo del hombre es señor del sábado», no querían admitir que no es el hombre el que ha sido hecho para el sábado, sino el sábado para el hombre (cf Mt 12,8; Me 2,27).

No existe contradicción entre las palabras y los hechos de Jesús. La posición innovadora de Jesús en relación con la ley es su consumación. El texto griego del v. 17 (traducción más antigua) utiliza la forma verbal plerósai (en latín, adimplere), que transmite un proyecto de plenitud, de maximalismo precisamente. La «consumación» de la ley, con la convicción y con el estilo de Jesús, es el empleo de ésta, dentro de los límites de una libertad madura, para el servicio de la persona humana, para la consumación de un proyecto de vida, en vistas a la realización de nuestra propia persona y de una comunidad social.

 

MEDITATIO

El apóstol Pablo afirma de una manera decidida: «La letra mata, mientras que el Espíritu da vida» (2 Cor 3,6). El rabí Jesús afirma de un modo resuelto: «No  penséis que he venido a abolir las enseñanzas de la Ley y los profetas; no he venido a abolirías, sino a llevarlas hasta sus últimas consecuencias» (Mt 5,17). La contradicción verbal entre ambas posiciones magisteriales es evidente.  La convergencia entre ambas se sitúa en la superación de la dicotomía formal, más allá de la superficie lexical, en la profundidad esencial del Evangelio, del que primero Jesús y, después, Pablo son pregoneros. La esencia del Evangelio es la Buena Noticia (o «noticia de lo bueno»). Ambas expresiones -concisas, según el estilo rabínico- contienen un elemento positivo: lo bueno que hemos de salvaguardar como viático sustancial y como esencia del proyecto existencial. La Buena Noticia de Jesús es ésta: «Yo voy a llevar hasta sus últimas consecuencias, a su consumación»; la Buena Noticia de Pablo es ésta: «El Espíritu da vida». El lado oscuro –el negativo- que hemos de señalar como función pedagógica y propedéutica por parte de Jesús es: «No he venido a abolir», y por parte de Pablo: «La letra mata». La clave que deshace los nudos de la tensión entre la letra y el espíritu, entre la libertad y la observancia, entre la ley y la gracia, es el acontecimiento irreversible y renovado de la nueva alianza de la que Dios es protagonista.

Pablo cuenta con una experiencia personal de la vitalidad y la plenitud del Espíritu {cf., por ejemplo, Hch 9,17: el día de la «conversión»; 2 Cor 3,17ss: en las lecturas de mañana). Jesús es, verdaderamente, consumación y plenitud: en la plenitud del tiempo, y nacido bajo la ley, fue enviado por el Padre para rescatar a los que estaban sometidos a la ley y concederles la filiación (cf. Gal 4,4ss); su existencia discurre como consumación de las Escrituras (Mt 2,23; 26,24; Le 4,21...); en su último aliento susurra: «Todo está consumado» (Jn 19,30); una vez resucitado, se interpreta a sí mismo como un ser obediente bajo la guía de la Ley y de los profetas (Le 24,25-27.44-48; Hch 1,16).

Esta paráfrasis del axioma de Pablo podría resultarle agradable a la mentalidad de hoy: «Si te quedas en la superficie de la letra, corres el riesgo de bloquear la vitalidad del Espíritu, y, por consiguiente, remitido a la profundidad de la creatividad espiritual». Y lo mismo cabe decir del axioma de Jesús: «Ve siempre más allá, madurando en la libertad de quien, en obediencia y con su testimonio, sirve al Reino de los Cielos».

 

ORATIO

«Santo es el Señor, nuestro Dios» (del salmo responsorial).

Reconocemos, Señor, tu santidad en tu amor por la justicia y en tu voluntad, que ha establecido lo que es recto.

Te damos gracias por la paciencia con que perdonas nuestras superficialidades, los usos despreocupados y los abusos de nuestras míseras libertades, la presunción de abolir detalles e incluso fragmentos sustanciosos de leyes y profetas. Fortalece nuestra disponibilidad, unas veces tímida y otras enérgica, para seguir a quienes nos vas enviando como guías que reflejan en su rostro el fulgor del Espíritu y como testigos de la gran importancia que tiene perseverar en la custodia laboriosa de tu alianza con nosotros y de nuestra alianza contigo, que eres el Santo, Señor, Dios nuestro.

Que nos acompañen Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor, en el cumplimiento del servicio en el Reino de los Cielos, y el vigor de tu Santo Espíritu, en la maduración de la vida verdadera que él nos da.

 

CONTEMPLATIO

Qué admirable es el Espíritu Santo y qué grande y poderoso se muestra en sus dones. Vosotros, que estáis reunidos aquí, pensad un poco cuántas almas somos. Y él obra en cada una de la manera apropiada: presente en medio de vosotros, ve las disposiciones de cada uno, conoce los pensamientos y la conciencia, todo lo que decimos y lo que pensamos. Considerad, vosotros que tenéis una mente iluminada por él, cuántos cristianos hay en esta parroquia, cuántos en toda la provincia y cuántos en toda Palestina. Extended ahora la mirada a todo el Imperio romano y, desde el Imperio, a todo el mundo: persas, indios, godos, sármatas, galos, hispanos, moros, libios, etíopes y todos los otros cuyo nombre ignoramos. Ved ahora en cada uno de estos pueblos los obispos, sacerdotes, diáconos, monjes, vírgenes y otros laicos, y fijaos en el gran Pastor dispensador de las gracias. Fijaos cómo, en todo el mundo, a uno le da la pureza, a otro el amor a la pobreza, a otro aún el poder de expulsar a los espíritus. Y del mismo modo que la luz ilumina con un solo rayo, así ilumina el Espíritu a todos los que tienen ojos para ver (Cirilo de Jerusalén, Catequesis, 16).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «La letra mata, mientras que el Espíritu da vida» (2 Cor 3,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¡El testimonio! Aquí se encuentra el verdadero desafío que se pide al hombre de hoy para ser creíble. No se pide hoy grandes «maestros», sino más bien «testigos» válidos, en la realidad del tejido familiar, eclesial, cultural y social [...]. Hoy nos viene desde más partes la invitación a que seamos creíbles y a que demos testimonio con la vida de aquello en que creemos [...]. Jesús dijo varias veces a sus discípulos que fueran a anunciar la paz y se sentaran a la mesa con los otros en nombre de la paz, compartiendo los bienes. Aquí se encuentra el núcleo esencial del testimonio cristiano, que tiene como raíz el compartir con los pobres nuestros propios recursos, pensando que somos hijos del mismo Padre y tenemos derecho a alimentarnos de las mismas cosas, fruto del amor de Dios. Y sobre esto seremos juzgados un día: sobre cómo hemos tratado a los pobres, a los necesitados, a los olvidados, a los marginados, a los prófugos, a todos los que han sido golpeados por las injusticias y se ven obligados a languidecer en la pobreza más negra (A. Bertacco, La vita come awentura nel perímetro della riostra storia, Vicenza 2000, pp. 182-184, pass/m).

 

 

Día 15

Jueves de la 10ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 3,15-4,1.3-6

Hermanos:

3,15 Hasta el día de hoy, en efecto, siempre que leen a Moisés permanece el velo sobre sus corazones;

16 sólo cuando se conviertan al Señor desaparecerá el velo.

17  Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad.

18 Por nuestra parte, con la cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosa, como corresponde a la acción del Espíritu del Señor.

4,1 Por eso, sabiendo que Dios, en su misericordia, nos ha confiado este ministerio, no nos desanimamos.

3 Y si la  Buena Nueva que anunciamos está todavía encubierta, lo está para los que se pierden,

4 para esos incrédulos cuyas inteligencias cegó el dios de este mundo para que no vean brillar la luz del Evangelio de Cristo, que es imagen de Dios.

5 Porque no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor, y no somos más que servidores vuestros por amor a Jesús.

6 Pues el Dios que ha dicho: Brille la luz de entre las tinieblas, es el que ha encendido esa luz en nuestros corazones, para hacer brillar el conocimiento de la gloria de Dios, que está reflejada en el rostro de Cristo.

 

**• El leccionario prosigue la escucha de la interpretación con la que el apóstol Pablo desentraña la historia corriente de Israel y el futuro: «sólo cuando se conviertan al Señor [Jesucristo]» (3,16), desaparecerá el velo que cubre el corazón de los israelitas, o sea, que también ellos reconocerán que ha sobrevenido la nueva alianza, la que ha perfeccionado la alianza antigua dada con la mediación de Moisés, «el hombre del velo sobre el rostro» (cf. Ex 34). En la visión paulina se hace más comprensible leyendo asimismo 2 Cor 3,12-14 y 4,2 (versículos omitidos por el leccionario).

La alegoría o metáfora de la cara cubierta/descubierta sirve de base a toda la argumentación del apóstol. De una manera no excesivamente velada, Pablo se imagina a sí mismo como un Moisés, aunque mediador del glorioso «Evangelio de Cristo» (4,4). Su orgullo está forjado a partir de un sano realismo: la misericordia de Dios está en el origen de su propio ministerio de evangelización. Su determinación se ha ido forjando a partir de dificultades y no pierde el ánimo. El método del servicio apostólico se basa en el radicalismo: anuncia de una manera abierta la Verdad -cueste lo que cueste-, lejos de subterfugios, manipulaciones, protagonismos personalistas. El contenido del Evangelio-verdad es abierto y luminoso: si permanece velado, la responsabilidad recae sobre los que están ciegos y son súcubos del «dios de este mundo»: ésos son los «rebeldes» en quienes obra el «enemigo» de Cristo y del Evangelio, el Satanás que concentra todas las contrariedades contra la nueva alianza, el fautor de muerte mediante los pecados (cf. Ef 2,lss).

La argumentación se inserta entre una autobiografía gratificante y una teología trinitaria (más alusiva que orgánica esta última). La articulación de esta teología trinitaria se explícita a través de los nombres divinos. En primer lugar, está el Dios de la creación, aquel que dijo «brille la luz» (Gn 1,3), en cuya presencia se descubre toda conciencia (Rom 8,27). A continuación, está Cristo el Señor, en cuyo rostro brilla la gloria divina, o sea, aquel que lleva en sí mismo como mesías la presencia divina (Is 40,2), sustancia del anuncio evangélico y él mismo Evangelio-palabra (Jn 1,1.14). Por último, está el Espíritu, el Señor que actúa en libertad descubriendo el conocimiento de la gloria divina y llevando a cabo la transformación del hombre, modelado progresivamente en la misma gloria divina.

 

Evangelio: Mateo 5,20-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

20 Os digo que si no sois mejores que los maestros de la Ley y los fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

21 Habéis oído que se dijo a nuestros antepasados: No matarás, y el que mate será llevado a juicio.

22 Pero yo os digo que todo el que se enfade con su hermano será llevado a juicio; el que le llame estúpido será llevado a juicio ante el sanedrín, y el que le llame impío será condenado al fuego eterno.

23 Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti,

24 deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego, vuelve y presenta tu ofrenda.

25 Trata de ponerte a buenas con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel.

26 Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

 

**• La conexión de la perícopa de hoy con el fragmento precedente (Mt 5,17-19) acompaña, como sobre un itinerario nivelado, al discípulo de Jesús que escucha el desarrollo del mensaje de su Maestro concerniente a las bienaventuranzas. Este se irá desarrollando, sucesivamente, siguiendo una secuencia de resortes autónomos que encuentran, no obstante, su motivación en estas premisas. Quien sigue a Jesús -que no pretende abolir nada de la ley ni de los profetas, sino, al contrario, llevarlos hasta sus últimas consecuencias-, no puede hacer otra cosa más que superar los tipos de «justicia» -o bien la relación con el proyecto que se rige por las sumisiones- precedentes, exteriores y superficiales, selectivas y anacrónicas, como las exaltadas por los maestros de la Ley y los fariseos: quien sigue a Jesús deberá activar su conciencia de haber entrado en el «Reino de los cielos» - a saber: en el discipulado progresivo del Evangelio y en el seguimiento definitivo de Cristo- a través del don de la justicia-justificación.

El proyecto radical de Jesús se perfila a través de la confrontación entre un mínimo y un máximo. El verbo español «superará» traduce el término perisséuse(i) del texto griego y el abundaverit del latino, reforzados ambos por el adverbio pléion / plus: los dos manifiestan la superación en cantidad y en calidad. Es la sobreabundancia de justicia (dikaiosyné: legalidad, rectitud, corrección, pietas), ese tot en más y en mejor que identifica no  a cada hombre, sino al discípulo de Jesús, lo que asegura que el que tiene hambre y sed de justicia será saciado (Mt 5,6).

Los tres escalones sucesivos presentan tres ejemplos de la sobreabundancia de justicia, que es como el estatuto del Reino de los Cielos; prosiguen además estos escalones la manifestación de las bienaventuranzas evangélicas. Éstas se mueven entre el sentido común y el radicalismo. Aislar al asesino o arreglar las controversias con un compromiso, antes de arriesgarse a las consecuencias de perder una causa en el tribunal, son soluciones de sentido común, o sea, de cálculo ventajoso para la colectividad y para cada uno en particular. El estatuto del Reino de los Cielos sobrepasa esas convenciones del sentido común: exige el radicalismo de un mensaje y de una apropiación de éste motivadas por la autoridad de quien afirma: «Habéis oído que se dijo... pero yo os digo», así como una confianza total en esa autoridad y en el valor del mensaje.

 

MEDITATIO

Los discípulos han conservado el carácter radical del mensaje de Jesús. Y han dicho, entre otras cosas: «La caridad no se irrita» (1 Cor 13,5); «que vuestro enojo no dure más allá de la puesta de sol» (Ef 4,26); «bendecid, no maldigáis» (Rom 12,14); «procura practicar la justicia, la fe, la caridad, la paz, con los que invocan al Señor de todo corazón» (2 Tim 2,22); «un siervo del Señor no debe ser buscapleitos, sino condescendiente con todos» (2 Tim 2,24).

No basta sólo con el «no» a la fraternidad cainita (no matar), con el «no» a la injuria y a la denigración (es un estúpido, es un loco), con el «no» a la culpabilización del otro (si tiene algo contra ti), con el «no» a la soberbia (ponte de acuerdo con tu adversario), sino que hace falta, sobre todo, el «sí» a lo positivo, que induce al discípulo de las bienaventuranzas a buscar y a secundar una «mayor justicia». Un ejemplo de esa dimensión positiva es la humildad. El hombre humilde es lo contrario de la casuística ejemplificada por el mismo Jesús. El fin que persigue Jesús no es, qué duda cabe, la humildad, o bien un gesto, un signo, una «cosa»; su objetivo es que lleguemos a ser mansos. La humildad es un ámbito del proyecto del Reino de los Cielos sembrado en la tierra, que sigue siendo herencia de los humildes, de aquellos a quienes Jesús llamó «bienaventurados». Jesús no dio ninguna descripción de la humildad ni definió al humilde, porque él mismo se ofreció como testimonio vivo: «Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón» (Mt 11,29).

Sin embargo, la humildad es algo visible, es la presencia de una gracia: en efecto, uno de los frutos del Espíritu es la humildad (cf. Col 5,22). Pablo afirma que «el Señor es el Espíritu» (la teología trinitaria conoce la distinción entre las personas y la igualdad entre ellas); dice que «donde está el Espíritu del Señor hay libertad» (2 Cor 3,17). Este aforismo es fascinante y preocupante. La apropiación indebida del vocablo corre el riesgo de servirse de la libertad para encubrir la malicia (1 Pe 2,16). La docilidad a la acción del Espíritu de la verdad nos encamina hacia la libertad (Jn 8,32), hacia la verdadera libertad que Cristo -el Hijo- está en condiciones de darnos (Jn 8,36). La conciencia de poseer la justicia/justificación nos revela que ya no somos esclavos sometidos a la ley, sino hombres libres bajo la gracia (Rom 6,14). Sin el Espíritu del Señor no hay libertad: él es libre, «el Espíritu es la libertad».

 

ORATIO

«La gloria del Señor habitará en nuestra tierra» (del salmo responsorial). Danos, Señor, ojos para verla. Espíritu Santo de Dios, ilumina mi conciencia y hazla dócil a tu voluntad hasta el punto de que secunde la misericordia y la salvación que me das, para que desaparezca el velo que ofusca la visión de la divina gloria.

Señor Jesucristo, guía mis pasos por el camino de la justicia, y que ésta se haga visible en signos de amor, de servicio, de devoción.

Padre bueno, perdona mi lentitud en la conversión al Evangelio, los egoísmos de mi libertad, los desánimos, los disimulos, las falsificaciones de tu santa Palabra, todas las ocasiones que he perdido de hacer obras de justicia como los «justos» evangélicos en el seguimiento del «justo» Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro.

 

CONTEMPLATIO

Según dice san Pablo (Heb 1,3), el Hijo de Dios es resplandor de su gloria y figura de su sustancia: Qui cum sit splendor gloriae, et figura substantiae ejus. Es, pues, de saber que con sola esta figura de su Hijo miró Dios todas las cosas, que fue darles el ser natural, comunicándoles muchas gracias y dones naturales, haciéndolas acabadas y perfectas, según se dice en el Génesis (1,31) por estas palabras: Vidit Deus cuneta, quae fecerat, et erant valde bona («Miró Dios todas las cosas que había hecho, y eran mucho buenas»). El mirarlas mucho buenas era hacerlas mucho buenas en el Verbo, su Hijo; y no sólo les comunicó el ser y gracias naturales, como habernos dicho, mirándolas, mas también con sola esta figura de su Hijo las dejó vestidas de hermosura, comunicándoles el ser sobrenatural; lo cual fue cuando se hizo hombre, ensalzándole en hermosura de Dios, y por consiguiente a todas las criaturas en él, por haberse unido con la naturaleza de todas ellas en el hombre. Por lo cual dijo el mismo Hijo de Dios (12,32): Et ego si exaltatus fuero a térra, omnia traham ad me ipsum; esto es: «Si yo fuere ensalzado de la tierra, levantaré a mí todas las cosas»; y así, en este levantamiento de la encarnación de su Hijo y de la gloria de su resurrección según la carne, no solamente hermoseó el Padre las criaturas en parte, mas podemos decir que del todo las dejó vestidas de hermosura y dignidad (Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 5).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Donde está el Espíritu del Señor hay libertad» (2 Cor 3,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En Jesús, la esperanza que tenemos en Dios de una sociedad no violenta ejemplificada en el «sermón del monte», en los resúmenes de los Hechos de los apóstoles y en los paréntesis apostólicos, se nos da como posible, como signo y germen del Reino plenamente esperado de la paz, de la alegría y de la justicia (Rom 14,17). De ahí se sigue que la afirmación de nuestra propia identidad cristiana, entendida rectamente, nunca puede producir ni opresión ni muerte. Las categorías amigo-enemigo, bueno-malo, justo-injusto, varón hembra, judío-griego, religioso-ateo, rico-pobre... han sido superadas, y la orientación procede de un Espíritu que no conoce otra categoría más que la de un agápé que se convierte en lavado de los pies sin poner excepciones, que se hace don de vida más bien que rapiña de la vida de los otros. Sin embargo, la historia de la Iglesia prueba que nuestra propia identidad ha sido y sigue siendo a menudo esatendida (G. Bruni, en AA. VV., Al di lá del «non uccidere», Liscate 1989, p. 57).

 

Día 16

Sagrado corazón de Jesús

(Viernes posterior al segundo domingo después de Pentecostés)

       Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, que, siendo manso y humilde de corazón, exaltado en la cruz fue hecho fuente de vida y de amor, del que se sacian todos los hombres (elog. del Martirologio Romano)

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 7,6-11

Moisés habló al pueblo diciendo:

6 Tu eres un pueblo consagrado al Señor tu Dios, y a tí te ha elegido el Señor tu Dios, para que seas el pueblo de su propiedad entre todos los pueblos que hay sobre la superficie de la tierra.

7 El Señor se fijó en vosotros y os eligió no porque fuerais mas numerosos que los demás pueblos, pues sois el más pequeño de todos,

8 sino por el amor que os tiene y para cumplir el juramento hecho a vuestros antepasados. Por eso os ha sacado de Egipto con mano fuerte y os ha librado de la esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto.

9 Reconoce, pues, que el Señor tu Dios, es un Dios fiel, que cumple sus pactos y tiene misericordia por mil generaciones con quienes le aman y cumplen sus mandamientos,

10 pero castiga a los que le odian y al punto los hace perecer; a quien le odia, él le castiga.

11 Guarda, pues, los mandamientos, las leyes y los preceptos que yo te prescribo hoy.

 

El libro del Deuteronomio consta de tres partes y la primera está formada por dos discursos de Moisés. El texto de esta lectura pertenece al segundo discurso, un relato histórico que se fija en los acontecimientos del Horeb, el Decálogo y el código legal deuteronomista. La perícopa tiene como tema central la elección del pueblo de Israel y la predilección de Dios, libre, gratuita y amorosa, por este pueblo. Las palabras iniciales del texto (v. 6) revelan la elección, la consagración y la santidad del pueblo. E, inmediatamente, destaca la motivación profunda de este privilegio: el amor libre y gratuito de Dios. El pueblo ha sido elegido y consiguientemente, ha sido santificado; ha sido consagrado al Señor para que sea su propiedad. No se trata de una cualidad intrínseca que posea en si mismo, sino de una condición particular de su existencia que deriva de la elección de Dios, es decir de la decisión de Dios de separarlo y consagrarlo a su servicio. Esta elección ha sido ratificada por la alianza. La teología de la elección es un tema característico del Deuteronomio y la revelación veterotestamentaria: Israel es, esencialmente, el pueblo de Dios, el pueblo separado, el pueblo consagrado a Dios; es el pueblo de la alianza.

La continuación del texto refiere las consecuencias que comporta la revelación del amor gratuito de Dios: pertenecer a Dios requiere una conducta digna, obliga a ser conscientes de la propia pequeñez y tomar conciencia de la elección, y exige reconocer a Dios como el único y verdadero Señor a quien hay que darle culto auténtico, observando los mandamientos, y corresponderle fielmente a su amor Al pueblo, ante el amor gratuito de Dios, le toca responden con admiración y entusiasmo, con gratitud laboriosa y cumplida lealtad.

 

Segunda lectura: 1 Juan 4,7-16

7 Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

8 Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor

9 Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por él.

10 El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados.

11 Queridos míos, si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a otros.

12 Nadie ha visto jamás a Dios; si nosotros nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su perfección.

13 En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que él nos ha dado su Espíritu.

14 Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre ha enviado a su Hijo como Salvador del mundo.

15 Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios.

16 Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él.

 

¤• El tema central de la primera carta de Juan es la comunión con Dios, y lo desarrolla siguiendo un movimiento en espiral. El autor parte de una convicción: los creyentes participan de la vida divina. Y, acto seguido, les indica a los destinatarios las condiciones para conseguir la vida eterna y los criterios para reconocerla.

La caridad, considerada anteriormente en la epístola en su aspecto parenético y cristológico, ahora es vista específicamente en su vertiente divina y teológica: <<Dios es amor>> (vv. 8.16). Dios es <<agàpe». No es ni una teoría sobre Dios ni una definición filosófica o metafísica de su naturaleza; es una descripción operativa y salvadora: <<Dios es amor» significa que Dios nos ama. Dios ama a Israel y le manifiesta su amor eligiéndolo; a nosotros nos ha manifestado de modo supremo su amor a través de su Hijo unigénito (<<Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por él», v 9) y del Espíritu Santo (<<él nos ha dado su Espíritu», v. 13), dos dones inmensos.

El envío del Hijo y del Espíritu, a nosotros, marca la total y absoluta autodonación de Dios, la suprema revelación. Dios nos manifiesta el amor, la caridad, el agàpe. El Hijo, por su parte, manifiesta el amor haciéndose víctima sacrificial de expiación por nuestros pecados. Dios, siendo amor y donándose a través del Hijo y del Espíritu Santo, nos comunica la capacidad de amar con su mismo amor

 

Evangelio: Mateo 11,25-30

25 Entonces Jesús dijo:

-Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos.

26 Sí, Padre, así te ha parecido bien.

27 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar

28 Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré.

29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas.

30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

 

•• El texto del evangelio de Mateo pertenece a la sección narrativa y presenta el rechazo que encontrará el Reino entre los hombres según la voluntad y el designio divinos.

El texto de la lectura se articula en tres partes. La primera (vv. 25ss) es el himno de bendición y alabanza que Jesús dirige al Padre por el designio de salvación elegido, consistente en revelar <<a los sencillos» los misterios del Reino y en escondérselos <<a los sabios y prudentes>>, es decir a los fariseos y a los escribas. El motivo profundo de esta elección es porque así le ha parecido bien (la eudokía, la complacencia). Dicho de otra forma, por su libertad para amar y elegir.

La segunda parte es la revelación de la relación íntima entre el Padre y el Hijo (v. 27). Esta relación la presenta como un <<conocimiento», entendido no solo como comunicación intelectual, sino como total intimidad de vida, con las siguientes características: exclusivo (nadie.,. sino... »), recíproco, permanente e idéntico. A la hora de revelarse, el Padre y el Hijo ostentan la mismísima condición divina, recíprocamente íntimos el uno al otro e inaccesibles para todos los demás. El Padre y el Hijo son iguales en dignidad. Es la revelación de la clara conciencia que tiene Jesús de ser semejante al Padre.

En la tercera parte (vv. 28-30), Jesús se presenta como <<sencillo y humilde de corazón>>, los mismos términos empleados para definir y calificar a los pobres. Jesús asume la actitud religiosa del <<sencillo y pobre de corazón>> y se ofrece como maestro de sabiduría y consuelo. Invita a los fatigados y agobiados por las penalidades y las angustias de la vida a encontrarse con él, que los aliviaré. La presencia del vocablo <<corazón», precisamente en este día de fiesta, ofrece un claro mensaje evangélico: en el corazón de Jesús reside la plenitud no solo de la humanidad, sino también de la divinidad.

 

MEDITATIO

En las tres lecturas esta presente el tema del amor: Dios elige a Israel y lo consagra como pueblo de su heredad porque lo ama. Dios envía a su Hijo unigénito y dona el Espíritu Santo porque Dios es amor; nos ama enormemente y, a través del envío del Hijo y el don del Espíritu, se manifiesta como amor caridad, agàpe. En el texto evangélico, Dios revela los misterios del Reino a los pequeños, y no a los sabios y entendidos, porque los ama. Jesús repone los ánimos de quienes acuden a él porque es sencillo y humilde de corazón, porque es amable y ama.

El centro y el vértice de la fiesta litúrgica del Corazón de Jesús esta en el culto al amor salvífico por nosotros; en él se encuentra la raíz de todas las gracias, de todos los favores, de todas las bondades que continuamente recibimos. Sobre todo, el don de la vida divina, de la filiación divina a través del bautismo, perfeccionada en la confirmación, nutrida en la eucaristía, recobrada en el perdón y vertida abundantemente en todos los sacramentos que derivan de la pasión y muerte de Cristo, el acto supremo de amor, ya que <<nadie tiene amor mas grande que quien da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

 

ORATIO

Y tanto amaste al mundo, Padre santo, que, al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo. El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen, y así compartió en todo nuestra condición humana, menos en el pecado; anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos, y a los afligidos el consuelo. Para cumplir tus designios, él mismo se entregó a la muerte y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida. Y porque no vivamos ya para nosotros, sino para él, que por nosotros murió y resucité, envié, Padre, al Espíritu Santo como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo (plegaria eucarística IV).

 

CONTEMPLATIO

Así, pues, el Corazón de nuestro Salvador, en cierto modo, refleja la imagen de la divina Persona del Verbo y es imagen también de sus dos naturalezas, la humana y la divina; y podemos considerar no solo el símbolo, sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención. Luego, cuando adoramos el Corazón de Jesucristo, en él y por él adoramos tanto el amor increado del Verbo divino como su amor humano, con todos sus demás afectos y virtudes, pues por un amor y por el otro nuestro Redentor se movió a inmolarse por nosotros y por toda la Iglesia, su Esposa, según el apóstol: Cristo ama a su Iglesia y se entregó a si mismo por ella, para santificarla, purificándola con el bautismo de agua por la Palabra de vida, a fin de hacerla comparecer ante sí llena de gloria, sin mancha ni arruga ni casa semejante, sino siendo santa e inmaculada (Ef 5,25-27).

Cristo ha amado a la Iglesia y la sigue amando intensamente (1 Jn 2,1) con ese amor que le mueve a hacerse nuestro abogado para proporcionarnos la gracia y la misericordia del Padre, siempre vivo para interceder por nosotros (Heb 7,25). La plegaria, que brota de su inagotable amor; dirigida al Padre, no sufre interrupción alguna (Pío XII, encíclica Haurietis aquas sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús, III, 6).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Aprended de mi que soy sencillo y humilde de corazón>> (Mt 11,29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¡Oh Señor Jesús, [haciéndote hombre] nos has mostrado el inmenso amor de Aquél que te ha enviado, tu Padre celestial! A través de tu corazón humane vislumbramos tenuemente el amor divino con el que somos amados y con el cual tu nos amas, porque tu y el Padre sois uno.

¡Es tan difícil para mí creer plenamente en el amor que surge de tu corazón...! Soy inseguro y timorato, estoy indeciso y desalentado. Mientras que de palabra digo que creo plena e incondicionalmente en tu amor, sigo buscando afecto, apoyo, aceptación y elogios entre los demás, esperando de los mortales aquello que solo tu me puedes dar. Oigo claramente tu voz: <<Venid a mi todos los que estéis fatigados y agobiados y yo os aliviaré... que soy sencillo y humilde de corazón» (Mt.11,28ss); sin embargo, corro en otras direcciones, como si no confiara en ti y, de alguna manera, me sintiera más seguro en compañía de personas que tienen el corazón dividido y, a menudo, confuso.

Oh Señor; ¿por que deseo con ansia recibir halagos y cumplidos de las demás personas, incluso cuando la experiencia me enseña lo limitado y condicionado que es el amor que viene del corazón humano? Son tantos quienes me han demostrado su amor y su cariño, tantos los que me han dirigido palabras consoladoras y estimulantes, tantos los que han sido tan amables y me han manifestado su perdón..., pero nadie ha llegado al hondón, a ese lugar profundo y recóndito donde residen mis temores y esperanzas. Solo tú conoces aquel sitio, Señor [...]. Tu corazón esta tan deseoso de amarme, tan inflamado de fervor que me reaviva. Quieres darme un techo, un sentido de pertenencia, un lugar pora vivir, un cobijo donde resguardarme y un refugio donde me sienta seguro. Confío en ti, Señor, sigue ayudándome en los momentos de duda y desengaño (H. J. M. Nouwen, De cuore a cuore. Preghiere al Sacro Cuore di Gesu, Brescia *2000, 19—30).

 

 

Día 17

 Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María

 

           María, Madre de Jesús y nuestra, nos señala hoy su Inmaculado Corazón. Un corazón que arde de amor divino, que rodeado de rosas blancas nos muestra su pureza total y que atravesado por una espada nos invita a vivir el sendero del dolor-alegría.

          La Fiesta de su Inmaculado Corazón nos remite de manera directa y misteriosa al Sagrado Corazón de Jesús. Y es que en María todo nos dirige a su Hijo. Los Corazones de Jesús y María están maravillosamente unidos en el tiempo y la eternidad...

 

Primera lectura: 2 Cor 5, 14-21.

14 Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron.

15 Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

16 Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así.

17 Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.

18 Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación.

19 Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación.

20 Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!

21 A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él.

 

             **• Hoy leemos un texto ardiente como lava en fusión. Pablo nos confía su secreto: por qué vive. Su tarea de apóstol es exaltante: construir un mundo nuevo con Dios. Bastaría leer lentamente cada una de esas frases y dejar que resonasen en nosotros.

             -Hermanos, el amor de Cristo nos apremia, cuando pensamos que uno solo murió por todos.

             Todo empieza y termina aquí: amar a alguien, amar apasionadamente a Cristo. La imagen es fuerte: Pablo se acuerda a menudo del camino de Damasco, donde fue literalmente «atrapado».

             ¡Cuán lejos estoy, yo, de esta pasión! ¡Cuán fría es mi fe! ¡Haznos descubrirte, Señor! ¡Apodérate de nosotros! Que comprenda al fin que «has muerto por mí», que has «dado tu vida» porque nos amas.

             -Cristo murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

             Estas palabras han sido incluidas en una de las nuevas «plegarias eucarísticas» de la misa. Es una de las verdades esenciales de nuestra Fe. Es uno de los sentidos esenciales de la misa y cada vez, una de sus funciones en nosotros.

             El hombre no es un ser para vivir «para sí»... el hombre es un ser «para los demás». Así lo hizo Cristo. Muerto por amor. Muerto para todos. Cristo murió para liberarnos de «vivir para nosotros mismos»: para que «no vivan para sí los que viven»... a fin de permitirnos que nosotros amemos así y entreguemos nuestra vida.

             ¿Qué haré HOY en ese sentido?

             El hombre no fue hecho solamente para amar a sus hermanos de la tierra, fue hecho también para amar a Dios, para amar «a aquel que murió y resucitó por él».

             ¿Has muerto por mí, Señor? ¿Cómo permanecería yo indiferente?

 

Evangelio: Lc 2, 41-51

41 Los padres de Jesús iban cada año a Jerusalén, por la fiesta de pascua.  Cuando el niño cumplió doce años, subieron a celebrar la fiesta, según la costumbre.

43 Terminada la fiesta, cuando regresaban, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres.

44 Éstos creían que iba en la comitiva, y al terminar la primera jornada lo buscaron entre los parientes y conocidos.

45 Al no hallarlo, volvieron a Jerusalén en su busca.

46 Al cabo de tres días, lo encontraron en el templo sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas.

47 Todos lo que le oían estaban sorprendidos de su inteligencia y de sus respuestas.

48 Al verlo, se quedaron perplejos, y su madre le dijo: -Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos buscado angustiados.

49 Él les contestó: -¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?

50 Pero ellos no comprendieron lo que les decía.

51 Bajó con ellos a Nazaret, y vivió bajo su tutela. Su madre guardaba todos estos recuerdos en su corazón.

52 Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en aprecio ante dios y ante los hombres.

        *» El relato de la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo es una escena de vida familiar. El contexto está representado por dos breves descripciones de la vida de Nazaret: el viaje anual a Jerusalén para la Pascua (cf. Dt 16,16) y el retorno a casa de la familia de Jesús, donde él permanece sumiso a sus padres como un hijo cualquiera.

        El significado teológico del episodio, sin embargo, es mesiánico y el gesto de Jesús es profético. Jesús afirma conocer bien su misión y anuncia la separación futura de sus padres. Cuando la madre lo encuentra en el templo lo interpela: «Tu padre y yo te buscábamos angustiados » (y. 48); y Jesús responde con convicción: «¿porqué me buscabais? ¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (v. 49). Al decir «tu padre», María entendía referirse a José; pero cuando Jesús dice «mi Padre » está refiriéndose a Dios. Hay un contraste neto y significativo en esto, porque Jesús trasciende a sus padres.

        Jesús reivindica el primado de la pertenencia al Señor y la prioridad de la propia vocación. Sin embargo, inmediatamente después, Jesús regresa a Nazaret y permanece sumiso y obediente a los suyos. La obediencia de los hijos a los padres es un deber y florece donde existe un clima de crecimiento y maduración de la persona, donde se reconoce el primado de Dios y de la propia vocación. Los hijos, pues, no pertenecen a los padres, sino a Dios y a su proyecto vocacional, valores más importantes que la familia misma. Por esto Jesús abandonará su hogar para cumplir la voluntad del Padre, es decir, para ocuparse de las cosas de Dios.

 

MEDITATIO

        Jesús, si bien ha nacido en una familia humana, la trasciende, porque proviene al mismo tiempo de las profundidades del misterio de Dios. Él, creciendo obediente a sus padres, presenta un rasgo particular: esconde el misterio de unidad con su Padre y pone de relieve un mensaje especial que lo hace ser más sencillamente humano. María y José debieron intuirlo y aceptarlo con humildad en su corazón. Todo cristiano es ante todo hijo de Dios, pertenece a la familia de Dios.

        El mayor don de Dios, escribe Juan, es que seamos sus hijos: «Mirad que magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios» (1 Jn 3,1-2).

        No se trata de una exhortación piadosa ni de dejar «con la boca abierta» a la comunidad cristiana. Somos verdaderamente hijos de un Padre que nos ama y todavía no comprendemos a fondo la grandeza de este don. La filiación divina es un germen y un don en devenir que llegará a plenitud en la visión del Señor. Es preciso vivirla, gozarla día tras día en la fe y en la perseverancia amorosa para poder encaminarnos con alegría al ideal que es certeza para el cristiano: seremos semejantes a Dios. La seguridad de nuestra semejanza con Dios no se apoya sobre nuestra conquista o sobre nuestros esfuerzos, sino sobre la bondad de un Padre, sobre el don gratuito que nos ha concedido haciéndonos hijos suyos y pidiéndonos que la hagamos crecer en nosotros con la acogida y el cumplimiento de su Palabra.

 

ORATIO

        Señor Jesús, la plegaria de la madre de Samuel y el silencio mismo de María ante tus palabras en el templo de Jerusalén cuando tenías doce años, nos ayudan a reflexionar y a orar mirando la situación actual de tantos padres que tienen una mentalidad posesiva respecto de sus hijos. Sabemos que hasta la plena adolescencia y primera juventud los hijos son considerados, aunque con mentalidades diversas, como pertenencia de la familia.

        Cuando estos se apropian de su libertad con vistas a elecciones decisivas, profesionales, vocacionales, comienzan los dramas, las tensiones y los fuertes conflictos familiares.

        Señor, tú que has vivido esta experiencia de obediencia y autonomía en el seno de tu familia de Nazaret, ayúdanos a comprender que la familia tiene una función educadora incluso en el responsable distanciamiento e inserción de los hijos en una sociedad humana más amplia.

        Haznos comprender, Señor, que los hijos no son propiedad exclusiva de los padres, sino que son tus hijos y que cada uno tiene una específica misión que desempeñar en el mundo, especialmente si es creyente. Haznos capaces, además, de establecer relaciones nuevas en la familia y en la comunidad, que encuentren su modelo en ti. Pero, si es verdad que los hijos deben abrirse a una realidad más amplia que la familia, es también verdad que los padres no deben confinarse en el horizonte formado por los hijos, porque los hijos no son el valor supremo: el valor supremo reside sólo en ti que eres el autor de la vida y nuestro único bien.

 

CONTEMPLATIO

        Para que un hijo pueda amar a su madre, es preciso que esta llore con él, comparta sus sufrimientos; para atraerme a ti, Madre amada, ¡cuántas lágrimas has derramado! No me es difícil creerme hija tuya, porque te veo mortal y sufriente como yo (...).

        En Egipto, María, imagino que tu corazón en la permanece gozoso en la pobreza: Jesús es la más hermosa de las patrias. Pero en Jerusalén una tristeza amarga, vasta como un océano, te inunda el corazón: durante tres días Jesús se esconde a tu afecto (...). Al fin lo ves y exultas de alegría, y exclamas: « Hijo mío, ¿por qué te has comportado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados ». Y el niño Dios responde (¡profundo misterio!) a la madre amada que le tiende los brazos: «¿Por qué me buscabais? Es necesario que yo me ocupe en las obras de mi Padre; ¿no lo sabéis?

        El evangelio me enseña que Jesús, creciendo en sabiduría, permanece sumiso a María y a José. Y el corazón me dice con qué ternura obedece siempre a sus queridos padres. Ahora comprendo el misterio del templo, Madre: tu dulce Hijo quiere que tú seas ejemplo para el alma que lo busca en la noche de la fe. Sí, sufrir amando es la alegría más pura (Teresa de Jesús, Últimas conversaciones, Burgos 1973).

 

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «debo ocuparme de las cosas de mi Padre» (Le 2,49).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Esta página de Lucas es la única en todo el evangelio en la que contemplamos a los tres miembros de la Sagrada Familia actuando como personas responsables y libres. En los episodios que preceden, Jesús es un niño, que no tiene aún ninguna autonomía; en las que siguen, José ha vuelto a la sombra -probablemente la sombra de la muerte- y no aparece más.

        Y bien, en esta narración los tres personajes aparecen como "buscadores de Dios". Son apasionados y angustiados buscadores de Dios María y José, que pensaban buscar un niño perdido mientras iban tras uno en el que reside corporalmente la plenitud de la divinidad, como dice san Pablo (cf. Col 2,9); uno que, desde la eternidad, es el Verbo, que en el principio estaba ¡unto a Dios y era Dios (cf. Jn 1,1); uno que es el Señor del cielo y de la tierra (Mt 28,18).

        Es un buscador del Padre Jesús que, fascinado por el templo, no sabe marcharse: se queda nada menos que tres días, encantado, interrogando y escuchando insaciablemente a los rabinos que hablaban del Dios de Israel.

        Es una verdad difícil de comprender para los hombres, pero el significado más auténtico y profundo de sus casas es el de ser lugares donde, en la dulzura de afectos serenos e intensos, se debe ante todo buscar a Dios, al Dios que es la sede eterna y la fuente originaria de todo amor (G. Biffi, Homilía sobre la Sagrada Familia).

 

Día 18

11° domingo del tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Exodo 19,2-6a

En aquellos días, los israelitas llegaron al desierto del Sinaí

2 y allí acamparon, frente a la montaña.

3 Moisés subió al encuentro de Dios y el Señor lo llamó desde el monte y le dijo: —Así hablarás a la estirpe de Jacob, así dirás a los hijos de Israel:

4 Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios y como a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí.

5 Ahora bien, si me obedecéis y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía;

6 seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa.

 

i• El relato litúrgico actual abre la parte central del libro del Éxodo (19,1-24,11), marco del acontecimiento fundador de Israel: la alianza sinaítica. El solemne ritual del don de la Ley, entregada por YHWH al pueblo, su acogida y la proclamación del Decálogo, tienen como escenario la montaña del Sinaí (in 2), lugar de la gran teofanía (cf Ex 19,1oss) y punto referencial de la experiencia religiosa de Israel (cf 1 Re 19). La iniciativa de la alianza es de YHWH y se fundamenta en su amor fiel (cf Dt 1o,15), El pueblo ha experimentado la liberación de la esclavitud egipcia y la andadura por el desierto (v. 4; cf Dt 4,37; 7,7-8). Moisés es el mediador entre Dios y el pueblo (v. 3). La adhesión a la alianza se efectúa mediante la escucha obediente de la Palabra de YHWH, estableciendo Israel una relación personal y amorosa con Dios, y YHWH manteniendo su fidelidad (v 5; cf Ex 19,8a). No solo algunos privilegiados acceden a Dios, sino que Dios mismo les posibilita a todos comunicarse con él, todo Israel es pueblo sacerdotal (<<reino de sacerdotes»: v. 6a). Mediante la alianza, Israel establece una relación única con Dios y participa de su misma vida <<nación santa»; v. 6a).

 

Segunda lectura: Romanos 5,6-11

Hermanos:

6 Estábamos nosotros incapacitados para salvamos, pero Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado.

7 Es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien, aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir

8 Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aun éramos pecadores.

9 con mayor razón, pues, a quienes ha puesto en camino de salvación por medio de su sangre los salvará definitivamente del castigo.

10 Porque si, siendo enemigos, Dios nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo, mucho mas, reconciliados ya, nos salvará para hacemos participes de su vida.

11 Y no solo esto, sino que nos sentimos también orgullosos de un Dios que ya desde ahora nos ha concedido la reconciliación por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

•·• En los primeros capítulos de la Carta a los Romanos (cf 1,18-4,25), Pablo desarrolla un argumento sobre la situación de judíos y paganos ante Dios y concluye que, por la fe, todos son justos (es decir, salvados) en virtud de la redención de Jesús en la cruz (cf especialmente Rom 4,24-5,1).

En este texto, la reflexión teológica se colorea con una nueva tonalidad: el amor inimaginable de Cristo. En efecto, cuando llego ala plenitud de los tiempos» (cf Gal 4,4), Cristo murió por nosotros, que éramos pecadores (v. 6).

Pablo compara este gesto con la experiencia humana común y constata que, a lo sumo, se puede estar dispuesto a dar la vida por alguien que sea digno, pero no por quien sea culpable (v, 7). Sin embargo, cuando la humanidad se encontraba justamente en esta situación, Dios entrego a su Hijo, a Jesús, que murió por todos (v 8). En esta acción, que manifiesta un amor ilimitado, se asienta la esperanza cristiana (cf Rom 5,2.5); el momento en que Dios, por medio de Cristo, justificó a los hombres, a pesar de ser pecadores. Ciertamente, ahora, convertidos en nuevas criaturas, Dios no descuidará la obra de la salvación (cf 2 Cor 2,17). El creyente, muy a gusto, puede gloriarse de esta obra de reconciliación de la humanidad realizada por Dios en Jesucristo (vv. 10ss; cf 2 Cor 5,18; Col l,2lss).

 

Evangelio: Mateo 9,36-10,8

9.36 Al ver Jesús a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor

37 Entonces dijo a sus discípulos: -La mies es abundante, pero los obreros son pocos.

38 Rogad, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

10.1 Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio poder para expulsar espíritus inmundos y para curar toda clase de enfermedades y dolencias.

2 Los nombres de los doce apóstoles son: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; luego Santiago, el hijo de Zebedeo, y su hermano Juan;

3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, el hijo de Alfeo, y Tadeo;

4 Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

5 A estos doce los envié Jesús con las siguientes instrucciones: —No vayáis a regiones de paganos ni entréis en los pueblos de Samaria.

6 Id más bien a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

7 Id anunciando que esta llegando el Reino de los Cielos.

8 Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, expulsad a los demonios; gratis lo recibisteis, dadlo gratis.

 

» La perícopa del evangelio de Mateo propuesta por la liturgia nos introduce en el llamado <<discurso misionero» (Mt 1o,5-42). Jesús es el enviado del Padre para anunciar la presencia del Reino de Dios, realizar signos eficaces y proclamar una buena noticia (cf Mt 3,2; 4,23; 9,35; Jn 5,36). El anuncio de Jesús reúne a los hombres y les lleva a descubrir la grandeza de ser hijos de Dios y hermanos entre ellos (cf Mt 23,8-9); es un discurso reparador de cansancios y abatimientos (9,36). Llama a los discípulos y los envía (1o,1.5; cf Jn 15,16).

Mateo inserta aquí la lista con el nombre de los Doce (10,2-4), los primeros discípulos de Jesús, y los presenta como <<apóstoles>>, es decir, <<enviados>>, <<mandados>>. El origen del mandato está en el Padre (v 38); Jesús es el mediador y les otorga a los enviados el poder de realizar los signos que él mismo realiza (10,1.8a). ¡Donde está presente el Reino de Dios no hay espacio para el demonio! (10,7). Es el anuncio de la salvación en acción, manifestado y realizado en la persona de Jesús. El discípulo que descubre la gratuidad de este don vive la exigencia de corresponder con gratitud, comunicándolo con la misma gratuidad que lo ha recibido (10,8b).

    El evangelista Mateo describe una misión restringida únicamente a Israel (10,6). Sin embargo, tal misión, limitada a un radio, alcanzara una perspectiva universal (cf Mt 28,18-20).

 

MEDITATIO

Dios ha creado y ha amado a cada uno de forma personal, individual, única e insustituible. Pero no nos ha creado aislados: somos pueblo, somos familia. La vida que Dios nos da se comunica y fluye como don. Dios ha querido, y quiere, tener necesidad de la voz del hombre para que sea su voz ante los otros. Jesús es el mediador por excelencia, es la misma Palabra de Dios, que se ha hecho carne, visible y tangible. Y también Jesús quiere tener necesidad de quien, en comunión con él, muestre a los otros el don de Dios.

Esta tarea no es privativa de ningún colectivo, sacerdotes o <<entendidos>>; todos somos misioneros del amor, todos estamos llamados a suscitar esperanza en este mundo, a sacudir expectativas adormecidas de un bien que ya esta aquí. Es fácil retirarse y decir <<no es asunto mío» o <<no soy capaz». ¿Quizá no nos quema bastante en el corazón el ardor del amor —absoluta gratuidad— con el que Dios nos ha envuelto, y para siempre, en su abrazo de perdón?

Sí, es asunto nuestro, porque hemos recibido gratuitamente el don de la fe. Si, somos capaces, porque el Espíritu del Señor nos anima, nos da fuerza e inteligencia.

 

ORATIO

¡Grande es tu amor, Dios!. Quieres tener necesidad de los hombres para darte a conocer a ellos, y así unes tu acción y tu Palabra divina a las acciones y palabras de personas que no son ni perfectas ni mejores que otras.

¡Grande es tu amor Dios!. No te asusta ni nuestra fragilidad ni nuestro pecado: así lo dispusiste, para que tu vida curase nuestros males.

¡Grande es tu amor Dios!. Renuevas tu alianza gracias a quien parte el pan de vida, a quien pronuncia las palabras del perdón, a quien vocea buenas nuevas, a quien sirve a los hermanos, testigos de tu amor infinito que hacen visible el Reino. Te pedimos, Dios: haz que estas personas no falten nunca.

 

CONTEMPLATIO

Porque si ahora mandaba a segar a sus discípulos, claro esta que no los mandaba a campo ajeno, sino a lo que él mismo había sembrado por medio de los profetas. Mas no se contenta el Señor con animar a sus discípulos por el hecho de llamar cosecha a su ministerio, sino haciéndolos aptos para ese mismo ministerio [...].

Mas considerad ahora, os ruego, la oportunidad del momento de su misión. Porque no los envió desde el principio, no. Cuando ya habían por bastante tiempo gozado de su compañía, cuando habían ya visto resucitado a un muerto, apaciguado por su intimación el mar, arrojados los demonios, curado un paralítico y perdonados sus pecados; cuando ya el poder del Señor estaba suficientemente demostrado por obras y palabras, entonces es cuando él los envía (Juan Crisóstomo, <<Homilías sobre el evangelio de san Mateo» 32,3, en Obras de san Juan Crisóstomo, I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1955, 638-639).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Quien posee tu Espíritu irá. Nos imaginamos que para ir hacen falta calles, paradas y paisajes que cambien. Mas tu camino no va por ahí. Es la vida, sencillamente. La vida que corre y en la que nos movemos si hemos levantado anclas [...]. <<Id...>>, repite abundantemente el evangelio. Para estar contigo en la misma senda hace falta andar, aun cuando la pereza nos empuje a pararnos. Nos has elegido para mantener un equilibrio extraño. Un equilibrio que no puede establecerse ni mantenerse si no es en movilidad, en ejercicio. Un poco como una bicicleta sin cruceta, que no rueda; una bicicleta que queda abandonada contra un muro hasta que alguien la ensambla y la hace rodar velozmente por la calle. Nuestra condición es de una inseguridad vertiginosa, universal. En cuanto que somos conscientes, nuestra vida se hace oscilante y huidiza. No podemos estar erguidos, a no ser para caminar y zambullirnos de un salto en la caridad. Comienza otro día. Jesús quiere vivirlo conmigo. El no se ha retirado. Camina entre los hombres de hoy. Jesús, por todas partes, no ha dejado de ser enviado. No podemos eximirnos de ser en cada instante, los enviados de Dios en el mundo. Jesús, por medio de nosotros, no deja de ser enviado, durante este día que empieza, a toda la humanidad, de nuestro tiempo, de cualquier tiempo, de mi ciudad y del mundo. A través de los hermanos mas próximos, él nos hará servir; amar, salvar; las ondas de su caridad llegarán hasta el final del mundo, llegaran hasta el final de los tiempos (M. Delbrél, II piccoio monaco. Un taccuino spirituale, Turin i99o, 73.7787.88).

 

 

Día 19

 Lunes 11ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 6,1-10

Hermanos:

1 Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios.

2 Porque Dios mismo dice: En el tiempo favorable te escuché; en el día de la salvación te ayudé. Pues mirad, éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación.

3 Por nuestra parte, a nadie damos motivo alguno para que pueda desacreditar el ministerio;

4 antes bien, en toda ocasión nos comportamos como ministros de Dios, aguantando mucho, sufriendo, pasando estrecheces y angustias;

5 soportando golpes, prisiones, tumultos, duros trabajos, noches sin dormir y días sin comer.

6 Procedemos con limpieza de vida, con conocimiento de las cosas de Dios, con paciencia, con bondad, penetrados del Espíritu Santo, con un amor sincero,

7 apoyados en la Palabra de verdad y en la fuerza de Dios; y en todo atacamos y nos defendemos con las armas que nos depara la fuerza salvadora de Dios.

8 Unos nos ensalzan y otros nos denigran; unos nos calumnian y otros nos alaban. Se nos considera impostores, aunque decimos la verdad;

9 quieren ignorarnos, pero somos bien conocidos; estamos al borde de la muerte, pero seguimos con vida; nos castigan, pero no nos alcanza la muerte;

10 nos tienen por tristes, pero estamos siempre alegres; nos consideran pobres, poro enriquecemos a muchos; piensan que no tenemos nada, poro lo poseemos todo.

 

**• El leccionario sigue presentando la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios. Prescinde, sin embargo, de las palabras «ya que somos sus colaboradores, os exhortamos...». Son palabras que conectan con la robusta cristología perfilada en la perícopa precedente y que justifican la exhortación actual: como «colaborador» , Pablo declara que obra como «embajador de Cristo» es como si Dios mismo exhortara por medio de él (5,20). Esas palabras perfilan un método de evangelización: no se trata de una iniciativa individual, sino de una habilitación por parte de Dios. La robustez de la diaconía brota de la autoridad del Señor y madura en el orgullo del servicio al Evangelio.

La autoridad y el orgullo los toma el apóstol del esbozo autobiográfico del «siervo evangélico». La articulación del «siervo» con la arquitectura del «ministerio» aparece como el diseño de una «geometría psicológica y actitudinal». Sin sospechar esos posibles encasillamientos posteriores, en la pluma de Pablo (a quien de todos modos le complacen los reconocimientos, por así decirlo,  periscópicos) se deslizan estas enumeraciones: el único propósito -aquí- es la vigilancia para no dar «motivo alguno... que pueda desacreditar el ministerio»; el «gran orgullo» se ramifica en nueve duras contingencias; hay seis tipologías óptimas de comportamiento; tres son los apoyos decisivos de auxilio; dos más siete son las conjeturas desafortunadas en el exterior, pero faustas en la gestión.

La frialdad de semejante enumeración cuantitativa ayuda, casi a contrapaso, como paso a la consideración del vigor cualitativo de un servicio al Evangelio, con el que Pablo se siente honrado y del que insiste en ser delegado, convirtiendo cada día en «momento favorable» para exhortar a no recibir en vano la gracia de Dios y hacer madurar progresivamente la salvación. La exhortación de un profeta antiguo (Is 49,8) se salda con la novedad de un colaborador nuevo -como es Pablo- en el ministerio de la reconciliación.

 

Evangelio: Mateo 5,38-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

38 Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.

39 Pero yo os digo que no hagáis frente al que os hace mal; al contrario, a quien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra;

40 al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, dale también el manto;

41 y al que te exija ir cargado mil pasos, ve con él dos mil.

42 Da a quien te pida, y no vuelvas la espalda al que te pide prestado.

 

**• La «ley del talión» citada por Jesús para ejemplificar sólo un par de casos es, de una manera transversal, Palabra de Dios. En efecto, la pena del talión fue una forma de hacer justicia que entró en el Antiguo Testamento -Palabra de Dios a Israel- unos ciento cincuenta años después de la promulgación de un prototipo babilónico (el conocido código de Hammburabi: 1792-1750 a. de C.) como prescripción de la justicia atribuida a la voluntad de YHWH y preocupada por salvaguardar la corrección de las relaciones sociales y, por consiguiente, el progreso del pueblo. El sustantivo actual que interpreta esa solución es «talión» (con una raíz etimológica incierta del latín: tal vez talis - tale [neutro], a saber: «igual, idéntico»). La Biblia formalizó el «talión» repetidamente: en Ex 21,24ss, donde se presenta una casuística más extensa que la proporcionada por Jesús, a saber: «ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe»; simplificada en Lv 24,19ss; relanzada en Dt 19,21, que recalca una intransigencia: «En un caso así, no tendrás piedad: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie». La historia de este tipo de «venganza» (justicia «vindicativa») facilita la comprensión de la Palabra innovadora de Jesús.

Tanto el «talión» veterotestamentario como la solución de Jesús son Palabra de Dios historizada. La antigua «venganza» era -por así decirlo- tolerada por YHWH en espera de la superación mesiánica de esas -y también de otras- soluciones relaciónales desde la perspectiva de una justicia y de una paz universal (cf. Is 2,2-4; 9,1-6...). Jesucristo no abolió ni una coma de la Ley y los profetas (Mt 5,17); por consiguiente, tampoco la «ley del talión». En torno a ella no disertó ni a favor ni en contra: se limitó simple y drásticamente a inutilizarla superando todas las soluciones «vindicativas» y llevando a cumplimiento las finalidades de aquella antigua y provisional Palabra de YHWH, proponiendo la evolución de un camino radical y óptimo a lo largo del recorrido personalizado de las bienaventuranzas evangélicas, Palabra de Dios en los labios de Jesús. Compasión y misericordia, generosidad, magnanimidad de ánimo, renuncia a las reivindicaciones, serenidad a la hora de saber perder... son la respuesta de los discípulos de Jesús a las incómodas contingencias individuales, y son también soluciones  para cualquier conflicto.

 

MEDITATIO

Las bienaventuranzas como las de la paz, que identifica a los hijos de Dios; la humildad, que se extiende sobre la tierra; la misericordia recompensada (novedad del «talión»), constituyen la sustitución y el soporte de todo tipo de «talión» y «venganza». La Palabra de Dios en los labios de Jesús es, verdaderamente, la consumación y la elevación al máximo de la Ley y los profetas: de esta Palabra de Dios no pasará nada de ahora en adelante sin que se cumpla, de modo que quien la transgreda o enseñe a transgredirla se quedará en el umbral del Reino de los Cielos, a diferencia de quien la cumpla y enseñe a cumplirla, que será considerado como grande en el Reino de los Cielos (Mt 5,18ss).

Jesús es hombre de palabra y su palabra es Palabra de Dios: él mismo da testimonio de la coherencia del proyecto de sus bienaventuranzas a través de comportamientos ocasionales consecuentes (Jn 18,22ss) y, sobre todo, con la opción fundamental de la aceptación de la cruz en cumplimiento de las Escrituras (Le 24,27; Hch 2,22-24; 1 Pe 2,21-25). Al perder la vida, Jesús ganó la resurrección.

También Pablo, en este fragmento autobiográfico, se presenta como testigo de la superación de un estilo reivindicativo y justiciero, moviéndose con fuerza, es cierto, pero también con transparencia, con sensatez, con tolerancia, con sinceridad en el amor. Es el estilo vencedor del hombre evangélico, que es capaz de perder algo de lo suyo para beneficiar a muchos; es la «cultura» del discípulo de Jesús, que es capaz de llevar la cruz como momento favorable, como día de salvación.

ORATIO

«El Señor da a conocer su victoria» (del salmo responsorial). Señor, has revelado a nuestros ojos que todo momento es favorable para la maduración de tu gracia: te alabamos, Señor.

Señor, has manifestado en nuestros días que te acuerdas de tu amor hecho visible en el Evangelio de las bienaventuranzas: te alabamos, Señor.

Señor, has accedido a nuestra confianza haciéndote presente en los tiempos de la alegría y de la buena fama y, también, en los tiempos de necesidad y de angustia: te alabamos, Señor.

Cristo Jesús, me han abofeteado y he llorado, me han humillado y me he enfadado: Cristo, ten piedad.

Cristo Jesús, me han insistido para que perdiera parte de mi tiempo con ellos, pero yo, presuroso e irritado, me he negado: Cristo, ten piedad.

Cristo Jesús, me han pedido prestado algo mío y a mí mismo, y no he regalado nada, sino que he pedido la restitución con intereses: Cristo, ten piedad.

Señor, enséñanos a anunciar y a comunicar tu misericordia al malvado: escúchanos, Señor.

Señor, enséñanos palabras y comportamientos que nunca sean motivo de escándalo ni representen un obstáculo a la eficacia de las bienaventuranzas evangélicas: escúchanos, Señor.

Señor, enséñanos a ser y a dar siempre «mucho» en tu nombre: escúchanos, Señor.

 

CONTEMPLATIO

Contó el padre Daniel que, en Babilonia, la hija de un alto funcionario estaba poseída por el demonio. Su padre era muy amigo de un monje, que le dijo: «Nadie puede curar a tu hija, excepto unos anacoretas que conozco. Mas, si los invitas a venir, no vendrán por humildad. Procedamos así: cuando vengan al mercado, finge que quieres comprar su mercancía. Y, cuando vengan a cobrar el precio, les diremos que oren, y creo que curará». Fueron al mercado y encontraron a un discípulo de los padres sentado para vender su mercancía, y le hicieron venir a llevar sus cestas y a retirar el dinero.

Cuando el monje entró en la casa, la endemoniada le salió al encuentro y le dio una bofetada. Él puso también la otra mejilla, siguiendo el precepto del Señor. El demonio quedó atormentado y gritó «¡Ay de mí!, el mandamiento de Jesús me expulsa con violencia». Y enseguida la muchacha quedó limpia. Cuando llegaron los padres, les contaron lo sucedido. Glorificaron a Dios por ello diciendo: «Siempre le sucede así a la soberbia del diablo, que cae frente a la humildad del precepto de Cristo» {Vida y dichos de los padres del desierto, vol. I, Desclée de Brouwer, Bilbao 1996).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo os digo que no hagáis frente al que os hace mal» (Mt 5,39).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús nos ha dicho: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Estas palabras suyas no deberían ser sólo una luz para nosotras, sino una verdadera llama que consuma el egoísmo que nos impide crecer en santidad. Jesús nos amó hasta el final, hasta el extremo del amor, hasta la cruz. Este amor debe proceder del interior, de nuestra unión con Cristo. Debe ser la sobreabundancia de nuestro amor por Dios. Amar debe ser para nosotras algo tan natural como vivir y respirar, día tras día, hasta la muerte. Dijo Teresa del Niño Jesús: «Cuando actúo y pienso con caridad, siento que es Jesús quien actúa en mí». Para comprender y practicar todo esto tenemos una gran necesidad de la oración, de una oración que nos una a Dios y que nos impulse de continuo hacia los otros. Nuestras obras de caridad no son otra cosa que el derramamiento al exterior del amor de Dios que hay dentro de nosotras. Por eso, quien más unido está a Dios, más ama a su prójimo (Madre Teresa de Calcuta, La mia regola, Milán 1997, pp. 131 ss).

 

Día 20

Martes 11ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 8,1-9

1 Queremos haceros saber, hermanos, la gracia que Dios ha concedido a las iglesias de Macedonia.

2 Porque han sido muchas las tribulaciones con que han sido probadas, y, sin embargo, su gozo es tal que, a pesar de su extrema pobreza, han derrochado generosidad.

3 Porque doy testimonio de que han contribuido según sus posibilidades y aun por encima de ellas.

4 Por propia iniciativa nos pedían con gran insistencia que les permitiéramos participar en esta ayuda a los creyentes.

5 Superando incluso nuestras esperanzas, se entregaron en persona primero al Señor y luego a nosotros, pues tal era la voluntad de Dios.

6 Por eso hemos rogado a Tito que, ya que él la comenzó, sea también él quien lleve a feliz término esta obra de caridad entre vosotros.

7 Puesto que sobresalís en todo -en fe, en elocuencia, en ciencia, en toda clase de solicitud y hasta en el cariño que os profesamos-, sed también los primeros en esta obra de caridad.

8 No digo esto como una orden, sino para que, a la vista de la solicitud de los demás, pueda yo comprobar la autenticidad de vuestro amor.

9 Pues ya conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza.

 

**• Prescindiendo de una extensa sección, todavía autobiográfica, de hechos y tumultos, de emociones y afectos, confiados por el apóstol Pablo a la comunidad eclesial de Corinto (2 Cor 6,11-7,16), el leccionario se detiene únicamente en el contexto de la colecta emprendida en favor de los hermanos de Jerusalén. La perícopa contiene un acontecimiento de solidaridad ejemplar para la organización y válido en sus motivaciones.

Los historiadores han reconstruido este acontecimiento, atendiendo sobre todo a Hch 24,17; Rom 15,25-28, 1 Cor 16,1-4, además de al texto que hemos leído hoy. La pequeña comunidad de Jerusalén había iniciado su propia aventura evangélica poniendo voluntariamente en común los bienes de cada uno de los hermanos, de suerte que no hubiera necesitados entre ellos (Hch 2,44ss; 4,32.34ss). Pero el apagado fervor y los condicionamientos de la organización habían agravado un tanto la situación económica de la comunidad (Hch 5,lss; 6,1).

El año 58 hubo una carestía en Judea (diez años antes había habido otra). Las comunidades cristianas que había entre los «paganos» acudieron en ayuda de sus hermanos de Jerusalén con el fruto de una conmovedora colecta. Entre los organizadores sobresalieron Pablo y Tito. Pablo subirá en persona a Jerusalén: «Al cabo de muchos años vine a mi nación para traer limosnas» (Hch 24,17). Tito, discípulo del apóstol y «hermano» queridísimo (2 Cor 2,13), había sido enviado también a Corinto para implicar también a esta comunidad en la colecta, «obra generosa que él mismo había comenzado», al decir del mismo apóstol (2 Cor 8,6).

El método sugerido por Pablo a los corintios y también a otras comunidades se mueve entre la razón pedagógica y la sensatez económica: «Que los domingos aporte cada uno lo que haya podido ahorrar» (1 Cor 16,2). Las razones proceden de una convencida comunión de bienes: los hermanos de Macedonia y Acaya «han tenido a bien hacer una colecta en favor de los creyentes necesitados de Jerusalén. Han tenido a bien, aunque en realidad se trataba de una deuda, pues si los paganos han participado de sus bienes espirituales, justo es que los ayuden en lo material (Rom 15,26ss). El apóstol insiste, confiado, en que la colecta dé fruto también en la comunidad de Corinto, aduciendo razones de comunión eclesial, de comunión de bienes, testimonios y gratitud con Cristo, que siendo rico se hizo pobre para enriquecer a otros (2 Cor 8,9).

 

Evangelio: Mateo 5,43-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

43 Habéis oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.

44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen.

45 De este modo seréis dignos hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos.

46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen también eso los publicanos?

47 Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen lo mismo los paganos?

48 Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

 

**• La perícopa de hoy está traducida a partir del texto griego no original. Este texto contiene vocablos que permiten lecturas con distintos matices que completan o precisan el pensamiento que indujo a Jesús a hablar de aquel modo, así como el mensaje que los discípulos intentan metabolizar.

El dicho «ama a tu prójimo y odia a tu enemigo» no se encuentra como tal al pie de la letra en la Escritura veterotestamentaria. Amar al prójimo es, verdaderamente, un mandamiento de YHWH (LV 19,18), y fue ratificado también por Jesús como «grande» por ser semejante al de amar a Dios (Mt 22,37-40). «Amar» es la traducción del verbo griego agapáó, que significa también tratar con afecto, acoger con afabilidad, gozar con el otro; en el vocabulario neotestamentario recuerda al sustantivo agápé, que es uno de los nombres de Dios (1 Jn 4,8). El «prójimo» es aquel que está cerca, que está al lado y al mismo tiempo. Odiar al enemigo, en cambio, no se encuentra en ningún repertorio de pasajes paralelos ni de concordancias. El Antiguo Testamento y la cultura de Israel no se mostraban pródigos, es cierto, en frases tiernas con los enemigos, pero tampoco instigaban al odio permanente con expresiones procedentes del durísimo verbo «odiar»: los comportamientos oscilaban entre la tolerancia y la solidaridad con el «extranjero», del que, no obstante, era preciso defenderse de vez en cuando, desencadenando incluso guerras, hostilidades, devastaciones que llegaban hasta el «exterminio» (Jos 6: suerte emblemática corrida por Jericó).

El sustantivo griego que traducimos por «enemigo» significa también «odiado», «aquel que odia»; por consiguiente, una interpretación menos drástica y más acorde con la mentalidad bíblica veterotestamentaria global podría ser: «odia a quien te odia», una variante en el mundo afectivo y motivacional de la ley del talión. En consecuencia, odiar podría significar «no te preocupes de amar» a los extranjeros, a los gójim; no te involucres con ellos; dales largas.

El proyecto de Jesús -que lleva a cabo un forzamiento lexical en su aforismo y lo justifica pedagógicamente - pretende invalidar y superar la mentalidad de hostilidad y desinterés, así como los matices conectados con ella. Su proyecto se fundamenta en un solo verbo: «amad» (agapáte: imperativo-exhortativo). El sustantivo «enemigo» sigue formando parte de su vocabulario: sin embargo, el discípulo no ha de ser enemigo de nadie (ha de amar a su enemigo); desde su punto de vista, nadie ha de ser enemigo, aunque el «otro» quiera seguir siendo enemigo y seguir odiando.

 

MEDITATIO

Jesús sigue perfilando su fascinante e intrigante proyecto evangélico elevando cada vez más el nivel de calidad hasta la igualdad con el Padre celestial. Jesús, que es el Hijo de Dios, pero también hijo del hombre, se atreve a desafiar el valor y la osadía humanos hasta lanzarlos hacia una perfección como la divina. A decir verdad, Jesús no emplea el sustantivo «perfección» (que designaría una «cosa» o una idea exterior), sino un adjetivo que se refiere a una situación personal: «Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto». La palabra griega original, además de «perfectos/perfecto», significa también «completo», «maduro», «el que cumple con lo que tiene que hacer y lo hace a fondo».

El lugar del Padre es el cielo: símbolo de elevación, de limpieza, de inmensidad y espacio del Reino. Estos símbolos entran en la calidad del amor discipular a cada uno, no se afanan por bloquear a los otros en las categorías de prójimo-enemigo, aliados-perseguidores, malvados- buenos, amigos-hermanos. Es una selección prohibida a todo el que pretenda ser y seguir siendo hijo del Padre. Si el otro persiste como enemigo o perseguidor y malvado, rezarás por él, le favorecerás. Jesús no entra en sutilezas en lo que afecta al riesgo de caer en lo genérico, como el oceánico «querámonos bien», el indiferenciado e insignificante «amar a todos por igual y no amar a nadie en concreto». La categoría de concreto aparece repetida y abundantemente detallada en el mensaje neotestamentario. «Orar», «beneficiar» (imagen del sol y de la lluvia), son también signos de concreción. La colecta emprendida por Pablo es otra nota de concreción por parte de quien no olvida un compromiso sustancial de la Iglesia: acordarse de los pobres (Gal 2,10).

La perícopa evangélica, al señalar maduraciones de bienaventuranzas como las de la humildad y la misericordia, los pacíficos y los perseguidos, alcanza una cima del radicalismo evangélico verdaderamente maximalista: la calidad de los perfectos como la del Padre celestial perfecto. Un término inaudito en labios humanos: concreto en los labios de Jesús, hijo divino y hermano humano.

 

ORATIO

Señor, gracias por tu misericordia, que se muestra benéfica conmigo cuando me ve bueno y cuando me ve malvado. Señor, recompensa como yo no sé hacer a todos los que me aman y me hacen bien; reconcilia conmigo a quienes me persiguen y me odian.

Señor, acrece el conocimiento y el testimonio de la gracia de Jesucristo, que, de rico como era en cuanto Hijo de Dios, se hizo pobre por mí, para que yo llegara a ser rico por medio de su empobrecimiento como hombre. Escúchanos, Señor, para que te alabemos mientras vivamos.

 

CONTEMPLATIO

Cuando Jesús está presente, todo es bueno y no parece cosa difícil, mas, cuando está ausente, todo es duro. Cuando Jesús no habla dentro, vil es la consolación, mas, si Jesús habla una sola palabra, gran consolación se siente.

¿No se levantó María Magdalena luego del lugar donde lloró, cuando le dijo Marta: «El Maestro está aquí y te llama»? (Jn 11,28). ¡Oh, bienaventurada ahora, cuando Jesús llama de las lágrimas al gozo del espíritu! ¡Cuan seco y duro eres sin Jesús! Cuan necio y vano si codicias algo fuera de Jesús! Dime: ¿no es peor daño que si todo el mundo perdieses?

Ama a todos por amor a Jesús, mas a Jesús por sí mismo; sólo a Jesucristo se debe amar singularísimamente, porque Él solo se halla bueno y fidelísimo, más que todos los amigos.

Por El y en Él debes amar a amigos y enemigos, y rogarle por todos para que lo conozcan y lo amen. Nunca codicies ser loado y amado singularmente, porque eso sólo a Dios pertenece, que no tiene igual; ni quieras que alguno ocupe contigo su corazón, ni tú ocupes el tuyo con el amor de nadie; mas sea Jesús en ti y en todo hombre bueno (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, II, 8, 1.4, San Pablo, Madrid 1997).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Alabaré al Señor mientras viva» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Es una cualidad específica del amor cristiano no tener en cuenta ni la diversidad ni el carácter negativo de una persona (cf. 1 Cor 13,5). En una palabra, el amor cristiano arranca del rostro del prójimo cualquier elemento que lo muestre como diferente o como adversario. Cuando el cristiano haya purificado así sus propios ojos, no verá en nadie el rostro de un enemigo.

Nadie le será ya enemigo; todos se le presentarán como personas humanas; más aún, como hermanos, porque son en todo iguales a él. La mirada purificada ve un mundo humano diferente, que no es otra cosa sino el mundo verdadero. El absurdo de «amar a los enemigos» se transforma en la lógica de amar a cada uno de los seres con quienes compartírnosla humanidad.

En ese momento, que puede ser calificado de negativo, alcanza el Evangelio una serie de elementos positivos, y a partir de ellos se hace manifiesto que el perdón ha cancelado por completo del ánimo cristiano toda sombra de venganza y de resentimiento, y el corazón se ha reconciliado por completo, para derramar sobre los enemigos todo tipo de bienes [...]. Dirigirse a Dios para obtener de El el bien para los enemigos es, innegablemente, signo de perdón otorgado y de ánimo reconciliado (M. Masini, // Vangelo del perdono, Milán 2000, pp. 153ss).

 

Día 21

Miércoles 11ª semana del Tiempo ordinario o 21 de junio, conmemoración de

San Luis Gonzaga

 

Luis nació el 9 de marzo de 1568 en Castiglione delle Stiviere (Mantua). Fue el primogénito del marqués Don Ferrante, almirante del rey de España, y de Doña Marta, de los condes de Sántena (Turín). Después de pasar más de dos años en la corte de los Médici en Florencia y un año en la de los Gonzaga en Mantua, Luis permaneció durante mucho tiempo en la corte de Felipe II, en Madrid.

Sin embargo, al mismo tiempo, la gracia iba obrando en él proyectos muy diferentes, de modo que, vuelto a Castiglione en 1584, el prometedor condotiero soñado por Don Ferrante libró durante más de un año una batalla «completamente distinta»: contra su padre (aunque apoyado por su madre), a fin de realizar un sueño «completamente distinto», en la corte de un Rey crucificado.

Una vez vencida la oposición paterna, el 2 de noviembre del año 1585, y renunciado al marquesado en favor de su hermano Rodolfo, Luis entró en el noviciado romano de los jesuitas.

Estaba a punto de recibir la ordenación sacerdotal cuando, al estallar una epidemia de tifus petequial, fue contagiado mientras curaba a los «apestados» y, con sólo veintitrés años, murió el 21 de junio de 1591, en la octava del Corpus Christ¡, como había predicho.

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 9,6-11

Hermanos:

6 Tened esto presente: el que siembra con miseria, miseria cosecha; el que siembra generosamente, generosamente cosecha.

7 Que cada uno dé según su conciencia, no de mala gana ni como obligado, porque Dios ama al que da con alegría.

8 Dios, por su parte, puede colmaros de dones, de modo que teniendo siempre y en todas las cosas lo suficiente, os sobre incluso para hacer toda clase de obras buenas.

9 Así lo dice la Escritura: Distribuyó con largueza sus bienes a los pobres, su generosidad permanece para siempre.

10 El que proporciona simiente al que siembra y pan para que se alimente, os proporcionará y os multiplicará la simiente y hará crecer los frutos de vuestra generosidad.

11 Colmados así de riqueza, podréis ser generosos en todo, lo cual, por mediación mía, producirá acción de gracias a Dios.

 

*•• El argumento exclusivo de la perícopa de hoy sigue siendo la participación en la colecta de los cristianos de Corinto. Éstos, que figuraban entre los primeros promotores de la mencionada colecta, son estimulados por Pablo a llevarla a término.

La perícopa referida «cuenta» la razón que indujo al apóstol a enviar a Corinto, antes de su proyectada llegada a esta ciudad, a Tito -compañero y colaborador suyo como guía de una delegación, para organizar la conclusión de la empresa y recoger lo que cada uno hubiera decidido dar según los medios de que dispusiera (probablemente dinero). Pablo lanza una llamada al orgullo de sus discípulos: conoce su buena voluntad y su carácter ejemplar, confía en su prontitud y está seguro de que en nada de esto se verá desmentido (2 Cor 9,2-5). Recuerda algo que es obvio, pero adecuado para incentivar: el que siembra de modo miserable, sólo miseria recogerá. Ni que decir tiene que hay que optar por una siembra abundante, que producirá una abundante cosecha.

La insistencia en ciertos resortes psicológicos representa, en el estilo pedagógico de Pablo y también en el contexto en el que nos movemos, una pausa en las argumentaciones antropológicas utilizadas como motivación ulterior para centrar el objetivo de la solidaridad entre gentes unidas en la fe, aunque forjadas en diferentes etnias, como son los cristianos de Jerusalén y los de Corinto: también éstos sabían que cuantos han sido bautizados en un solo Espíritu forman un solo cuerpo, ya sean judíos o griegos (1 Cor 12,13). También hay razones humanas que inducen a apoyar ciertas empresas, como es el caso de la solidaridad en contingencias desfavorables. Con todo, siguen teniendo prioridad las coordenadas teológicas (las convicciones en torno a la identidad de Dios, que «ama al que da con alegría») y teologales (la convicción de que el pensar y el obrar con misericordia también es don de Dios, que tiene poder para «colmaros de dones»).

 

Evangelio: Mateo 6,1-6.16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

1 No hagáis el bien para que os vean los hombres, porque entonces vuestro Padre celestial no os recompensará.

2 Por eso, cuando deis limosna, no vayas pregonándolo, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para que los alaben los hombres. Os aseguro que ya han recibido su recompensa.

3 Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.

4 Así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

5 Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su recompensa.

6 Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

16 Cuando ayunéis, no andéis cariacontecidos como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que la gente vea que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su recompensa.

17 Tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara,

18 de modo que nadie note tu ayuno, excepto tu Padre, que está en lo escondido. Y tu Padre, que ve hasta lo más escondido, te premiará.

 

        **• El primero de los cuatro aforismos de Jesús indica el parámetro evangélico para las motivaciones comportamentales en las obras buenas como la limosna, la oración y el ayuno. Por desgracia, la búsqueda de la admiración humana impide la recompensa del Padre celestial. Jesús se muestra drástico: o el hombre o Dios. A la impugnación de la hipocresía (rebatida en confrontaciones con otros, como los maestros de la Ley y los fariseos en Mt 23,5, por ejemplo), añade Jesús su propia propuesta positiva, alternativa y cualificativa.

Primera alternativa: la discreción. La limosna debe ir acompañada de la discreción. La limosna es con frecuencia un gesto público (Me 12,41-44: en el templo; Me 10,46: a lo largo del camino). Jesús ejemplifica la discreción denunciando dos actitudes negativas: la publicidad (no tocar las trompetas) y el narcisismo {«que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha»: se trata de una especie de autopublicidad, de un remirar en el espejo nuestra propia silueta de hombres generosos). La discreción redunda también en beneficio de quien recibe la limosna, una persona que ya está atribulada y no tiene ninguna necesidad de ulteriores sufrimientos, como la publicidad de su estado precario y la humillación de proteccionismos solapados o de miradas desdeñosas. La discreción es el espacio en el que Dios recompensa: es el secreto de la conciencia.

Segunda alternativa: la soledad. A la oración le conviene la soledad. Jesús conoce y nos anima a la oración en común, como en la liturgia, las peregrinaciones, los sacrificios. La impugnación del exhibicionismo, incluso eucológico (conjunto de oraciones contenidas en un formulario litúrgico), apunta a volver a colocar la relación en su posición correcta: la centralidad no ha de recaer en el orante, sino en Dios. El diálogo personal con Dios en la oración encuentra su espacio óptimo en el secreto de la intimidad, significada también en el retiro logístico. El mismo Jesús se retirará a menudo para orar al Padre en la soledad, que es intimidad (Me 1,35; Mt 14,23; Le 5,16). La soledad no es aislamiento, ni exclusión, rechazo de los otros o del que vive con nosotros, hacia los cuales ha de volver el orante recompensado por el Padre, o sea, con la gracia potenciada de la filiación y con un madurado sentido de la fraternidad.

Tercera alternativa: la normalidad. El ayuno como signo penitencial debe ir acompañado de la normalidad exterior, que debe conservar una singularidad existencial (el ayuno no es una práctica habitual y ferial, por lo general). El ayuno es, sobre todo, un signo penitencial y un entrenamiento ascético en el que la austeridad, el control autocrítico, los proyectos de un futuro reestructurado se verían disturbados por el exhibicionismo, el simbolismo exasperado, la sorpresa y la compasión o conmiseración de los otros, por una finalidad egoísta y egocéntrica. Jesús mismo ayunó en soledad (Mt 4,2), aun cuando tanto él como sus discípulos se sentían libres respecto a la fórmula envejecida por las tradiciones (Mt 9,15), si bien estaba convencido de que cierto tipo de demonios no pueden ser expulsados más que con la oración y el ayuno (Me 9,29).

El eje de sustentación que unifica y da valor a las alternativas innovadas por Jesús es la recompensa por parte del Padre: el «secreto» no es la «ocultación» de la clandestinidad, ni tiene nada de esotérico ni de oculto; es, más bien, la intimidad de una experiencia personalísima que se vive y no se llega a decir: se atestigua.

 

MEDITATIO

Ya en 1926, bicentenario de la canonización de san Luis Gonzaga, Pío XI señaló al santo como «verdadero lirio de pureza y verdadero mártir de la caridad», mientras que, en 1968, Pablo VI deseaba que el cuarto centenario de san Luis hiciera «justicia a tantos preconceptos sobre la genuina fisonomía de su personalidad» y fuera capaz de «ofrecer un modelo válido a la juventud de hoy, asediada por el materialismo y por el hedonismo, pero abierta también y disponible a los grandes ideales».

Pablo VI consideraba muy actual este mensaje de san Luis: «Concebir la existencia como entrega a Dios» (= la consagración, en diferentes formas), «que debemos gastar por los otros» (= el servicio de caridad con los hermanos).

Es un proyecto de vida exaltador, que Luis realizó sin demoras, aunque no a bajo precio, dado que debió superar, por gracia, notables dificultades externas e internas (de naturaleza y ambientales). Por eso es lícito decir que, en la medida en que Dios nos da la posibilidad de merecer -haciéndonos desear cuanto quiere concedernos-,

Luis mereció los dones recibidos, correspondiendo a ellos a lo grande. Sobre las dificultades y batallas externas, recordemos que la vocación de Luis es, paradójicamente, «cortesana», en cuanto que nació durante el bienio que pasó en la corte de los Médici –donde hacían estragos ciertas pasiones muy poco nobles, a las que Luis contrapuso el voto de castidad, emitido a los pies de la Santísima Anunciación-, se consolidó en el año transcurrido en la corte de los Gonzaga de Mantua -famosa por las trampas y violencias- y tomó su forma definitiva en la corte de Madrid, que destacaba por la arrogante presunción de sus vistosos personajes y la adulación de los sometidos, mientras que todos estaban convencidos de servir a la Iglesia.

Precisamente en este ambiente perfeccionó Luis su respuesta vocacional, yendo a contracorriente de una manera decidida: no sólo confirmando su renuncia al matrimonio, hecha con el voto de castidad formulado en Florencia, sino renunciando asimismo tanto a las carreras y a los honores mundanos -como prometía aquella corte- y optando por la vida religiosa, como a los mismos cargos honoríficos de la propia Iglesia, entrando en la recién nacida «mínima Compañía de Jesús», que, por sus estatutos, los rechazaba.

Éste es el «desprecio», para obtener una «ganancia» muy diferente que hemos visto en la lectio, añadiéndole, no obstante, el típico sens of humour de Luis, registrado de este modo por su primer biógrafo: «Cuando veía en los palacios de los príncipes, incluso eclesiásticos, los oros, los adornos, los obsequios de los cortesanos, apenas podía contener la risa, por lo viles que le parecían tales cosas».

Hay un dicho que sintetiza igualmente bien las mirabilia Dei en Luis: fue casto, a pesar de ser Gonzaga; pobre, a pesar de ser marqués; humilde, a pesar de ser jesuíta.

No por casualidad, María Magdalena de Pazzi -que probablemente rezó en Florencia, el año 1578, junto a Luis en la pequeña iglesia de S. Giovannino- exclamó en un éxtasis el 4 de abril de 1600: «Yo nunca me había imaginado que Luis Gonzaga tuviera un grado tan alto de gloria en el paraíso. Quisiera ir por todo el mundo y decir que Luis es un gran santo».

 

ORATIO

Los deseos que tienes debes encomendarlos a Dios no como están en ti, sino como son en el pecho de Cristo [recinto del Corazón de Jesús, al que Luis (como Magdalena de Pazzi) tuvo gran devoción], puesto que, si son buenos, estarán antes en Jesús que en ti y serán expuestos por él incomparablemente con mayor afecto al Padre eterno. Si tienes, a continuación, deseo de cualquier virtud [en particular], debes recurrir a los santos que más destacaron en ella: por ejemplo, para la humildad, a san Francisco; para la caridad a los santos Pedro y Pablo, etc. Porque así como el que quiere obtener una gracia relacionada con la milicia de un príncipe terreno la consigue con mayor facilidad si recurre al general o a sus coroneles, ¿qué no haría si recurriera al mayordomo de aquel príncipe? Así, si queremos obtener de Dios la fortaleza, debemos recurrir a los mártires; si queremos la penitencia, a los confesores, y así con cada una de las virtudes (Luis Gonzaga, Affetti di devozione, escritos en torno a 1589).

 

CONTEMPLATIO

Hagiógrafos y pintores nos muestran a Luis casi en éxtasis ante el Santísimo Sacramento, y, en verdad, desde su primera comunión (el 22 de junio de 1580, de manos de san Carlos Borromeo), su fervor eucarístico nunca se debilitó. Su primer biógrafo habla de la fuerza irresistible que le impulsaba -olvidando la habitual gravedad de su caminar- a correr por los corredores hacia la capilla. Y cuando, por el empeoramiento de su salud, se le prohibió permanecer durante mucho tiempo en la capilla, solía entrar repetidas veces en el ábside y, tras hacer la genuflexión, se retiraba deprisa: casi temiendo la atracción del tabernáculo. No menos contemplativa era su devoción a María: recordemos que en Florencia, cuando estaba en aquella corte, Luis entró definitivamente (con voto) en la más sublime Corte del Cielo, donde María es la Reina y los ángeles sus pajes.

 

ACTIO

        Repite hoy con frecuencia esta máxima entrañable a san Luis: «Quid hoc ad aeternitatem?» [¿Qué y cuánto ayuda esto para la eternidad?].

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Luis había adquirido en la corte de España una característica a contracorriente. No quería, ciertamente, ostentar su propia mortificación, como tantas señoras y señores a su alrededor, empinados y atrevidos, ostentaban su oficiosa piedad. Si se atrevía a hacer lo que hacía, a pesar de las quejas de su padre y a los ojos de los más feroces conformistas del siglo, lo hacía para romper la sugestión de aquel mismo conformismo ruinoso, y abrir la tenaza del lujo y de la etiqueta. No imaginaba dar, a los catorce años, una lección tan grande al mundo. Había en su modo de actuar algo más profundo que una reacción personal todo lo justificada y oportuna que se quiera, pero siempre fruto de un «yo» indignado. La realidad íntima que había en él era diferente: era un ingenuo poder de amor. Amor a Dios y amor al prójimo. Luis actuaba por el simple, lineal y amoroso deseo de compensar a la gloria divina ofendida por tanto derroche del mundo. En esta reparación no admitía demoras ni subterfugios: era preciso reparar. En este sentido, Luis, que era, probablemente, el muchacho más dócil y sometido de Madrid, se convertía en un rebelde contra el mundo y en un revolucionario contra una sociedad adulterada y abusiva. Sólo Dios puede saber lo que le costó aquella «voluntad de llevar la contraria» [el agüere contra ignaciano] en un ambiente que, en el rondo, le atraía y le infundía respeto, como el de la corte de España (G. Papasogli, Ribelle di Dio. San Luigi Conzaga, Milán 1968, pp. 176ss [edición española: Joven, rebelde y santo, Salamanca 1977]).

 

Día 22

Jueves 11ª semana del Tiempo ordinario o 22 de junio, conmemoración de

Santo Tomás Moro

Tomás Moro nació en Londres en 1477. Recibió una excelente educación clásica y se graduó en Derecho en la Universidad de Oxford. Su carrera en leyes le llevó al parlamento.  En 1505 se casó con Jane Colt, con quien tuvo cuatro hijos. Jane murió joven, y Tomás contrajo nuevamente nupcias con una viuda, Alice Middleton.

Fue un hombre de gran sabiduría, reformador, amigo de varios obispos. En 1516 escribió su famoso libro Utopía. Su saber y su persona atrajeron la atención del rey de Inglaterra, Enrique VIII, quién lo nombró para importantes puestos en el reino y, finalmente, Lord Chancellor, canciller, en 1529. Pero Tomás renunció a sus cargos en 1532, cuando el rey Enrique persistió en repudiar a su esposa, Catalina de Aragón, para casarse con otra mujer, Ana Bolena, con lo cual el monarca se disponía a romper la unidad de la Iglesia y formar la Iglesia anglicana bajo su autoridad. Esto hizo que Tomás pasara el resto de su vida escribiendo, sobre todo, en defensa de la Iglesia. En 1534, con su buen amigo el obispo, después santo, Juan Fisher, rehusó rendir obediencia al rey como cabeza de la nueva Iglesia. Estaba dispuesto a obedecer al rey dentro de su campo de autoridad, lo civil, pero no aceptaba su usurpación de la autoridad sobre la Iglesia.

Cuando iba a ser martirizado, ya en el cadalso para la ejecución, Tomás dijo a la gente allí congregada que él moría como «buen servidor del rey, pero primero de Dios». Fue decapitado el 6 de julio de 1535.

  

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 11,1-11

Hermanos:

1 ¡Ojalá me disculpéis si desvarío un poco! Estoy seguro de que lo haréis,

2 pues mis celos por vosotros son celos a lo divino, ya que os he desposado con un solo marido, presentándoos a Cristo como si fuerais una virgen casta.

3 Pero temo que, así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así también se perviertan vuestros pensamientos y os aparten de la sinceridad y pureza que debéis a Cristo.

4 De hecho, si viene alguno y os anuncia a un Jesús distinto del que os hemos anunciado, o recibís un espíritu distinto del que recibisteis, o un Evangelio diferente del que habéis abrazado, lo soportáis tan a gusto.

5 ¡Pues creo que no soy nada inferior a esos superapóstoles!

6 Y si carecemos de elocuencia, no nos faltan conocimientos, como os lo hemos demostrado cumplidamente en las más diversas circunstancias.

7 ¿Es que he cometido un pecado al anunciaros de balde el Evangelio de Dios, humillándome yo para que vosotros fueseis ensalzados?

8 He tenido la sensación de despojar a otras iglesias al aceptar de ellas un salario para serviros a vosotros.

9 Y cuando estaba entre vosotros y me encontré necesitado, a nadie fui gravoso; los hermanos venidos de Macedonia fueron los que me atendieron en mis necesidades. Me he cuidado muy mucho de seros gravoso, y me seguiré cuidando.

10 Por Cristo, en quien creo, os aseguro que nadie en todas las regiones de Acaya me arrebatará este motivo de orgullo.

11 ¿Acaso habré hecho esto porque no os amo? Bien sabe Dios que os amo.

 

        **• La perícopa de hoy y las dos siguientes siguen a Pablo en el itinerario de una justificación autobiográfica frente a la comunidad de Corinto. Forzando de una manera deliberada -y también por razones de captatio benevolentiae- rasgos de su propia personalidad (a buen seguro incontrolable e imprevisible y excesiva, pero en modo alguno «loca», como denunciaría una traducción excesivamente literal del versículo inicial), Pablo declara su sentido de la responsabilidad con una comunidad eclesial que él mismo, según la gracia que le ha sido concedida, ha edificado como «sabio arquitecto» (1 Cor 3,10). Es, y se precia de serlo, el mediador del desposorio de aquella Iglesia con Cristo. El símbolo del amor matrimonial constituye un soporte básico que figura entre los más fructuosos en la eclesiología cristológica de Pablo: aunque él es célibe (lo deducimos de 1 Cor 7,7), conoce las situaciones matrimoniales y las emplea en su magisterio {cf. Ef 5,25b-27).

Cristo es el esposo, la Iglesia es la esposa: el connubio sirve como signo del amor oblativo, liberador, purificador. Pablo, mediador de esas nupcias, permanece vigilante para que la esposa (o prometida) -la Iglesia de Corinto- persevere en la firmeza del vínculo con Cristo sancionado con la acogida del Evangelio. Pablo tiene miedo de que la fragilidad de la fe de los corintios en ese Evangelio les haga correr el riesgo de ser disuadidos de la sencillez y pureza iniciales, en las que fueron formados por él. Parece bien informado del riesgo que supone la presencia en la comunidad de un predicador de poco fiar «sobrevenido» (literalmente: «el que viene», un predicador itinerante) y de la seducción producida por ciertas catequesis evangélicas discordantes de las suyas. No sabemos a ciencia cierta si estas palabras son un aviso previo o si tuvo lugar la intrusión de los «superapóstoles» (con el adverbio puesto irónicamente como prefijo del sustantivo). De todos modos, la prevención sigue siendo un método eficacísimo en el recorrido de la evangelización.

La defensa de la indisolubilidad de la unión eclesialcristológica y la salvaguarda de seducciones catastróficas como aquella en la que tropezó Eva {cf v. 3) hacen comprensibles los «celos a lo divino» que atosigan al apóstol (la frase se podría traducir también, a la luz del contexto, de este modo: «Os considero felices con una felicidad de Dios»). Pablo llega siempre a declaraciones de amor dirigidas, además de a Cristo, a discípulos como los cristianos de Corinto: «¿Acaso habré hecho esto porque no os amo? Bien sabe Dios que os amo» (v. 11).

 

Evangelio: Mateo 6,7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

7 Y al orar, no os perdáis en palabras, como hacen los paganos creyendo que Dios les va a escuchar por hablar mucho.

8 No seáis como ellos, pues ya sabe vuestro Padre lo que necesitáis antes de que vosotros se lo pidáis.

9 Vosotros orad así: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre;

10 venga tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo;

11 danos hoy el pan que necesitamos;

12 perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;

13 no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

14 Porque si vosotros perdonáis a los demás sus culpas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial.

15 Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.

 

**• En el marco del evangelio de Mateo, el pasaje evangélico de hoy se encuentra insertado entre las perícopas presentadas en el leccionario para el día de ayer y precisamente como continuación y ejemplificación de la oración secreta. La oración peculiar de los discípulos de Jesús es el Padre nuestro. Mateo recoge la fórmula más larga, acogida en la liturgia y ofrecida espontáneamente por el Maestro. Lucas (11,1-4) transmite una fórmula más reducida, entregada por Jesús a petición de alguno de los discípulos, probablemente seducido por el ejemplo del Maestro, que se había retirado a orar. Esta ubicación configura una interpretación del hecho: la oración del Padre nuestro es un don de Jesús y una necesidad de los discípulos.

La visión sinóptica de ambas fórmulas (primero la de Mateo y después la de Lucas) mueve a reflexiones y comentarios inmediatos:

Padre nuestro, que estás en el cielo, Padre, santificado sea tu nombre; santificado sea tu nombre

10 venga tu Reino; venga tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo;

11 danos hoy el pan que necesitamos; danos cada día el pan que necesitamos

12 perdónanos nuestras ofensas, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos porque también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; a todo el que nos ofende,

13 no nos dejes caer en la tentación y no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

 

MEDITATIO

Tomás y el obispo Fisher se ayudaron mutuamente a mantenerse fieles a Cristo en un momento en el que la gran mayoría de conciudadanos cedía ante la presión del rey Enrique VIII por miedo a perder la vida.

Ellos demostraron lo que es ser de verdad discípulos de Cristo y el significado de la verdadera amistad. Ambos pagaron el máximo precio, ya que fueron encerrados en la Torre de Londres.

Catorce meses más tarde, nueve días después de la ejecución de Juan Fisher, Tomás Moro fue juzgado y condenado como traidor. Él manifestó ante la corte que le condenaba que no podía ir en contra de su conciencia y les dijo a los jueces: «Ojalá podamos después, en el cielo, reunimos todos felizmente para la salvación eterna».

 

ORATIO

Dios Glorioso, dame gracia para enmendar mi vida y tener presente mi fin sin eludir la muerte, pues para quienes mueren en ti, buen Señor, la muerte es la puerta a una vida de riqueza. Y dame, buen Señor, una mente humilde, modesta, calma, pacífica, paciente, caritativa, amable, tierna y compasiva en todas mis obras, en todas mis palabras y en todos mis pensamientos, para tener el sabor de tu santo y bendito espíritu. Dame, buen Señor, una fe plena, una esperanza firme y una caridad ferviente, un amor a ti muy por encima de mi amor por mí.

Dame, buen Señor, el deseo de estar contigo, de no evitar las calamidades de este mundo, no tanto por alcanzar las alegrías del cielo como simplemente por amor a ti. Y dame, buen Señor, tu amor y tu favor; que mi amor a ti, por grande que pueda ser, no podría merecerlo si no fuera por tu gran bondad. Buen Señor, dame tu gracia para trabajar por estas cosas que te pido (oración de Tomás Moro antes de su muerte).

 

CONTEMPLATIO

Qué gran modelo es santo Tomás Moro para todos, especialmente para los políticos, gobernantes y abogados. Su decidida voluntad de ser fiel a sus principios cristianos y de fidelidad a la Iglesia de Cristo hemos de contemplarla en nuestra vida. Supo renunciar conscientemente a cargos importantes para ser consecuente con sus creencias. Pidámosle que su valentía nos inspire a todos a mantenernos firmes e íntegros en la verdad, sin guardar odios ni venganzas.

Señor, que has querido que el testimonio del martirio sea perfecta expresión de la fe, te rogamos que, por la intercesión de santo Tomás Moro, nos concedas ratificar con una vida santa la fe que profesamos de palabra.

 

ACTIO

Repite frecuentemente: «En mi vida, en todos mis actos, Señor, "hágase tu voluntad"».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Aunque estoy muy convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, ciertamente, sólo con esto su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes con los que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá o, bien, dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.

Mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a la divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento de premio en el cielo.

No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe de viento, y haré lo que él hizo.

Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda. Y si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una caída así redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.

Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy seguro es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si por mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.

Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor (Tomás Moro, carta escrita en la cárcel a su hija Margarita. The english works of sir Thomas More, Londres 1557).

 

 

Día 23

Viernes 11ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Corintios 11,18.21-30

Hermanos: Pero son tantos los que presumen de glorias humanas que también yo presumiré.

21 ¡Vergüenza me da haber sido tan respetuoso con vosotros! Pero a lo que cualquier otro se atreva -ya sé que hablo como un necio- me atrevo también yo.

22 ¿Son hebreos? También yo. ¿Israelitas? También yo. ¿Descendientes de Abrahán? También yo.

23 ¿Ministros de Cristo? Voy a decir un desatino: más que ellos lo soy yo. Les aventajo en fatigas, en prisiones, no digamos en palizas y en las muchas veces que he estado en peligro de muerte.

24 Cinco veces he recibido de los judíos los treinta y nueve golpes de rigor;

25 tres veces he sido azotado con varas, una vez apedreado, tres veces he naufragado; he pasado un día y una noche a la deriva en alta mar.

26 Los viajes han sido incontables; con peligros al cruzar los ríos, peligros provenientes de salteadores, de mis propios compatriotas, de paganos; peligros en la ciudad, en despoblado, en el mar; peligros por parte de falsos hermanos.

27 Trabajo y fatiga, a menudo noches sin dormir, hambre y sed, muchos días sin comer, frío y desnudez.

28 Y a todo esto añádase la preocupación diaria que supone la solicitud por todas las iglesias.

29 Porque ¿quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién es puesto en trance de pecar sin que yo me abrase por dentro?

30 Aunque, si es preciso presumir, presumiré de mis flaquezas.

 

*+• Mientras se encamina hacia el epílogo de la segunda carta a los Corintios, Pablo atraviesa un punto culminante de la dialéctica entre el orgullo de su propia identidad y la debilidad de aquella comunidad eclesial.

        La perícopa de hoy es una antología documentaría de esto. El apóstol es consciente de que lo que está diciendo no lo dice según el Señor, sino como alguien que desvaría en la confianza de poder presumir (v. 17). Se trata de unas palabras (omitidas por el leccionario) que, en última instancia, iluminan la psicología del apóstol y clarifican su método de evangelización. Consiste éste en la implicación de la persona en su humanidad integral; en la distinción del carácter gradual de la autoridad de la Palabra (en el caso que nos ocupa, la justificación autobiográfica y las aclaraciones sobre los comportamientos no forman parte del Evangelio, no coinciden con la Palabra de Dios); en la defensa de su propia personalidad a modo de defensa de la validez del mensaje transmitido.

Pablo está persuadido de que semejante criterio sigue siendo indispensable para salvaguardar el Evangelio entregado por él a los corintios, gente oscilante y proclive a recoger todo y lo contrario de todo; tormento del apóstol, que les recrimina con palabras fuertes, incluso duras (omitidas en el leccionario), que, sin embargo, revalidan la robustez de su amor por el Evangelio, por la Iglesia de Corinto, por su propia diaconía apostólica (v. 21). Por esas precisas razones se avergüenza de haberse mostrado débil con la comunidad.

Su presumir roza el desafío con la jactancia de otros (los «superapóstoles» del pasaje de ayer) que molestan a los corintios y exhiben presunciones - a su juicio- para abrirse brecha en la comunidad, desacreditar al apóstol y manipular su enseñanza evangélica. Ese «presumir» insistente podría parecer una falta en la limpia y transparente corrección de Pablo. Éste emplea también con frecuencia otros términos conexos con esa actitud: jactarse (Rm 5,2), jactancia (Flp 2,16), razón para la jactancia (1 Tes 2,19). La rehabilitación pulida de esta actitud ya la había empleado Pablo en otras ocasiones para enseñar a los corintios: «El que presuma, que presuma en el Señor» (1 Cor 1,31; 2 Cor 10,17).

 

Evangelio: Mateo 6,19-23

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

19 No acumuléis tesoros en esta tierra, donde la polilla y la carcoma echan a perder las cosas, y donde los ladrones socavan y roban.

20 Acumulad mejor tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la carcoma echan a perder las cosas, y donde los ladrones no socavan ni roban.

21 Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.

22 El ojo es la lámpara del cuerpo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado;

23 pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo está en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tiniebla, ¡qué grande será la oscuridad!

 

**• Con otros dos aforismos perfila el evangelio de Mateo otros dos ámbitos del proyecto evangélico de Jesús confiado a los discípulos. En ellos encontrarán también los proyectos sociales y los comportamientos individuales un próspero fundamento como cultura de lo esencial y mentalidad de la transparencia.

Los dos apotegmas son, desde el punto de vista didáctico, independientes entre sí. El primero incentiva la acumulación cualificada. El verbo «acumular» está repetido, señal de insistencia. El texto griego usa la fórmula sintáctica del acusativo interno: «No acumuléis tesoros» (v. 19). Este verbo ilumina actitudes como depositar en el tesoro (en nuestros días, los institutos de crédito), reunir-recoger-coleccionar, conservar; ese sustantivo designa todo lo que se tiene en custodia o en depósito, multiplicidad, acumulación. La variedad de significados se ramifica en pluralidad de comportamientos.

La razón aducida por Jesús para no acumular parece ajena a motivaciones ascéticas, místicas, espirituales, y estar apoyada más bien en razones de sagacidad y en cálculos bien terrenos: presta atención, los objetos de tu opulencia atraen a los efractores y a los atracadores. Y esto es una verdad evidente en las crónicas de sucesos. Sin embargo, la razón del «sí» a la acumulación es de naturaleza espiritual: deposita tus bienes en el cielo, donde están garantizados, salvaguardados, incrementados seguramente con los intereses. La razón de la alternativa pone de manifiesto las razones de la vida: la personalidad (el corazón) está plasmada por la interpretación y por la colocación de los valores (tesoro).

El segundo dicho de Jesús tiene que ver con la rectitud global del individuo. También ese modo de ser parece ajeno a motivaciones místicas y ascéticas: está engastado en el evangelio como un elemento precioso de la «cultura» humana, como modelo de evaluación y plasmación de la psicología de la persona. La alegoría de la luz/tinieblas y del ojo nos ayuda a comprender un mensaje sencillo y profundo: presta atención a los condicionamientos que modifican tu personalidad. El ojo es una puerta de entrada y de salida: introduce lo exterior en el interior, lee lo exterior con las gafas del interior. Jesús nos orienta a comprobar si nuestro ojo está sano (literalmente, sencillo, franco, veraz), o sea, a controlar la corrección de nuestra relación con la realidad; nos amonesta a vigilar si nuestro ojo está enfermo (literalmente, malo, perjudicial, defectuoso, estropeado, vicioso), o sea, a controlar la distorsión individualista de la realidad. La conclusión, lanzada como una alarma, nos mueve a la elección definitiva: la opción radical y positiva que Jesús nos propone.

 

MEDITATIO

Estos dos apotegmas de Jesús no dicen en qué consisten ni el tesoro ni la luz  ni las tinieblas. La razón es que los destinatarios del mensaje son sus discípulos, y éstos los conocen bien y van aumentado sus conocimientos de los mismos.

Saben que el tesoro no son los bienes terrenos, que, aunque son preciosos, son caducos, inertes, transeúntes (Le 12,21; Mt 13,52). Saben que el tesoro es el patrimonio que plasma la propia «cultura», que forja la mentalidad y condiciona los comportamientos (Mt 12,35). Saben que el tesoro es el Reino de los Cielos, para comprar el cual vale la pena vender todo lo que tienen, es decir, apostar más por él que por otras cosas de este mundo ambiguas e impracticables (Mt 13,44). Y saben asimismo que el Reino se hace visible siguiendo a Cristo en la pobreza evangélica compensada por «un tesoro en el cielo» (Mt 19,21). El cielo, como lugar de depósito y de reapropiación del tesoro, es, qué duda cabe, «la vida eterna en el paraíso», pero también la maduración de ésta en el «Reino de los Cielos», que equivale a discipulado del Evangelio, seguimiento de Cristo, comunidad eclesial en la historia.

Los discípulos saben que el Verbo de Dios es la luz verdadera venida al mundo para iluminar a todo hombre (Jn 1,4.9; 3,19). Han aprendido de labios del mismo Jesús que él es la «luz del mundo», de suerte que quien le sigue «no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12); han aprendido que ellos mismos son la luz del mundo y a tener dispuesto el empeño para dar testimonio de su brillo (Mt 5,14-16). Los discípulos saben que la tiniebla es la ajenidad o el exilio del Reino, esto es, de los valores evangélicos, así como lejanía y rechazo existencial de Cristo, donde se encuentran las tinieblas, el llanto y el rechinar de dientes (Mt 22,13; 25,30).

 

ORATIO

«El Señor libra a los justos de todas sus angustias» (del salmo responsorial).

Perdona toda nuestra vanagloria, Señor, para que poseamos el don de la fe y la capacidad de servir a diario en el Reino de los Cielos: enséñanos a colaborar con los otros servidores del Evangelio en la bienaventuranza de cuantos tienen hambre y sed de tu salvación.

Señor, perdona nuestra codicia de acumular para nosotros mismos los bienes de la tierra y los bienes de la espiritualidad: enséñanos a compartir los dones de la bienaventuranza de la pobreza para la que nos capacita el Espíritu Santo.

Señor, perdona nuestras miradas torvas, codiciosas y pesimistas sobre nuestra vida diaria y sobre lo que nos rodea: enséñanos la bienaventuranza de los limpios de corazón que ven lo bueno, huella de tu belleza y de tu amor.

 

CONTEMPLATIO

Miremos nuestras faltas y dejemos las ajenas, que es mucho de personas tan concertadas espantarse de todo, y por ventura de quien nos espantamos podríamos bien depender en lo principal, y en la compostura exterior y en su manera de trato le hacemos ventajas. Y no es esto lo de más importancia, aunque es bueno, ni hay para qué querer luego que todos vayan por nuestro camino ni ponerse a enseñar el del espíritu quien por ventura no sabe qué cosa es, que con estos deseos que nos da Dios, hermanas, del bien de las almas podemos hacer muchos yerros, y así es mejor llegarnos a lo que dice nuestra Regla: «En silencio y esperanza procurar vivir siempre», que el Señor tendrá cuidado de sus almas. Como no nos descuidemos nosotras en suplicarlo a Su Majestad, haremos harto provecho con su favor. Sea por siempre bendito (Teresa de Ávila, Moradas del castillo interior, III, cap. 2, 13, BAC, Madrid 91997, p. 494).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Aunque, si es preciso presumir, presumiré de mis flaquezas» (2 Cor 11,30).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Otra libido fundamental que nos caracteriza es la libido possidendi. No cabe duda de que el hombre tiene no sólo el derecho, sino también el deber de vivir una relación con las cosas y con los bienes: sin esta relación que le permite satisfacer la necesidad del pan, de la casa y del vestido, el hombre no se construye a sí mismo ni vive esa plenitud que le corresponde en cuanto hombre y que la fe cristiana considera como vocación a ser pastor, rey, señor en el interior del orden creado.

Sin embargo, en esta relación con las «cosas» existe una grandísima tentación idolátrica: la seducción del ansia de posesión. ¿Y cuándo se vuelve idolátrica la relación con las cosas? Cuando la posesión llega a ser un fin en sí misma, justificando incluso el recurso a cualquier medio para obtenerlas; cuando se desea afirmar «lo mío» y «lo tuyo», contradiciendo una elemental exigencia de justicia e ignorando el destino universal de las cosas: entonces es cuando surge la idolatría.

A buen seguro, el ansia de poseer responde a un tipo de angustia y de lucha contra la muerte, a una búsqueda de omnipotencia y de seguridad que proceden de la sensación de poder adquirir todo, ae eliminar las necesidades satisfaciéndolas de inmediato (E. Bianchi, Da forestiero nella compagnia degli uomini, Milán 1997, pp. 72-74).

 

 

Día 24

Natividad de san Juan Bautista (24 de junio)

 

Juan el Bautista, es decir, el que bautiza, es ese a quien el evangelio nos da a conocer como el «precursor» de Jesús.

Era hijo de Zacarías y de Isabel, y su venida al mundo no fue fruto de una iniciativa humana, sino un don concedido por Dios a una pareja de avanzada edad destinada a quedarse sin hijos. Juan, como precursor de Jesús, ha sido considerado con pleno derecho profeta, tanto si lo consideramos perteneciente al Antiguo Testamento como al Nuevo.

La liturgia, inspirándose en el estrecho paralelismo establecido por Lucas en el evangelio de la infancia entre Jesús y Juan el Bautista, celebra dos nacimientos: el del Mesías en el solsticio de invierno y el de su precursor en el solsticio de verano.

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 49,1-6

1 Escuchadme, habitantes de las islas; atended, pueblos lejanos: El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre.

2 Convirtió mi boca en espada afilada, me escondió al amparo de su mano; me transformó en flecha aguda y me guardó en su aljaba.

3 Me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, y estoy orgulloso de ti».

4 Aunque yo pensaba que me había cansado en vano y había gastado mis fuerzas para nada; sin embargo, el Señor defendía mi causa, Dios guardaba mi recompensa.

5 Escuchad ahora lo que dice el Señor, que ya en el vientre me formó como siervo suyo, para que le trajese a Jacob y le congregase a Israel. Yo soy valioso para el Señor, y en Dios se halla mi fuerza.

6 Él dice: «No sólo eres mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer a los supervivientes de Israel, sino que te convierto en luz de las naciones para que mi salvación llegue hasta los confines de la tierra».

 

**• Entre los «cantos del siervo de YHWH», el que hemos leído se caracteriza porque pone muy de manifiesto el sentido y la naturaleza de la misión que se le confió a éste desde el día en que fue concebido en el seno de su madre: una circunstancia que corresponde bien a san Juan Bautista. El siervo de YHWH recibe del Señor un nombre, una llamada, una revelación. Se le reserva un trato especial en consideración a la misión -igualmente especial- que le espera. A él se le revela esa gloria que él deberá hacer resplandecer ante los que escucharán su palabra.

La misión del siervo de YHWH conocerá también, no obstante, las dificultades y las asperezas de la crisis, justamente como le sucederá a Juan el Bautista. El verdadero profeta, sin embargo, sólo espera de Dios su recompensa, y confía en la «defensa» que sólo Dios puede asegurarle. Por último, sorprende en esta lectura la apertura universalista de la misión del siervo de YHWH: será «luz de las naciones para que mi salvación llegue

hasta los confines de la tierra» (v. 6).

 

Segunda lectura: Hechos 13,22-26

En aquellos días, decía Pablo:

22 Depuesto Saúl, les puso como rey a David, de quien hizo esta alabanza: He hallado a David, hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, el cual hará siempre mi voluntad.

23 De su posteridad, Dios, según su promesa, suscitó a Israel un Salvador, Jesús.

24 Antes de su venida, Juan había predicado a todo el pueblo de Israel un bautismo de penitencia.

25 El mismo Juan, a punto ya de terminar su carrera, decía: «Yo no soy el que pensáis. Detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar las sandalias».

26 Hermanos, hijos de la estirpe de Abrahán, y los que, sin serlo, teméis a Dios, es a vosotros a quienes se dirige este mensaje de salvación.

 

**• En su discurso de la sinagoga de Antioquía, Pablo hace una referencia explícita a la figura y a la misión de Juan el Bautista, lo que es señal de la gran importancia que la gigantesca imagen de este profeta tenía en el seno de la primitiva comunidad cristiana.

En este texto sobresalen dos grandes figuras: la de David y, precisamente, la de Juan el Bautista. Son dos profetas que, de modos diferentes y en tiempos distintos, prepararon la venida del Mesías. A David se le había entregado una promesa, mientras que Juan debía predicar un bautismo de penitencia. Ambos miraban al futuro Mesías, ambos eran testigos de Otro que debía venir y debía ser reconocido como Mesías.

Lo que sorprende en esta página es la claridad con la que Juan el Bautista identifica a Jesús y, en consecuencia, se define a sí mismo. Ésta es la primera e insustituible tarea de todo auténtico profeta.

 

Evangelio: Lucas 1,57-66.80

57 Se le cumplió a Isabel el tiempo y dio a luz un hijo.

58 Sus vecinos y parientes oyeron que el Señor le había mostrado su gran misericordia y se alegraron con ella.

59 Al octavo día fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre.

60 Pero su madre dijo: -No, se llamará Juan.

61 Le dijeron: -No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.

62 Se dirigieron entonces al padre y le preguntaron por señas cómo quería que se llamase.

63 El pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre. Entonces, todos se llevaron una sorpresa.

64 De pronto, recuperó el habla y comenzó a bendecir a Dios.

65 Todos sus vecinos se llenaron de temor, y en toda la montaña de Judea se comentaba lo sucedido.

66 Cuantos lo oían pensaban en su interior: «¿Qué va a ser este niño?». Porque, efectivamente, el Señor estaba con él-

80 El niño iba creciendo y se fortalecía en su interior. Y vivió en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel.

 

**• El evangelista Lucas se preocupa de contar, al comienzo de su evangelio, la infancia de Juan el Bautista junto a la infancia de Jesús: un paralelismo literariamente bello y rico desde el punto de vista teológico.

Cuando «se le cumplió a Isabel el tiempo» (v. 57) dio a luz a Juan: este nacimiento es preludio del de Jesús. Un niño que anuncia la presencia de otro niño. Un nombre -el de Juan- que es preludio de otro nombre: el de Jesús.

Una presencia absolutamente relativa a la de otro. Un acontecimiento extraordinario (la maternidad de Isabel) que prepara otro (la maternidad virginal de María).

Una misión que deja pregustar la de Jesús. No viene al caso contraponer de una manera drástica la misión de Juan el Bautista a la de Jesús, como si la primera se caracterizara totalmente y de manera exclusiva por la penitencia y la segunda por la alegría mesiánica. Se trata más bien de una única misión en dos tiempos, según el proyecto salvífico de Dios: dos tiempos de una única historia, que se desarrolla siguiendo ritmos alternos, aunque sincronizados.

 

MEDITATIO

Sabemos que la misión de Juan el Bautista fue sobre todo preparar el camino a Jesús. De ahí que valga la perra meditar sobre el deber de preparar la servida de Jesús tanto en las almas como en la historia. Es éste un deber que incumbe a cada verdadero creyente. Preparar es más que anunciar. Es preciso poner al servicio de Jesús y de su proyecto salvífico no sólo las palabras, sino toda la vida. Desde esta perspectiva podemos captar el sentido de la presencia de Juan el Bautista en los comienzos de la historia evangélica: con su comportamiento penitencial, Juan quiso hacer comprender a sus contemporáneos que había llegado el tiempo de la gran decisión; a saber, la de estar del lado de Jesús o en contra de él.

Con el bautismo de penitencia, Juan quería hacer comprender que había llegado el tiempo de cambiar de ruta, de invertir el sentido de la marcha, precisa y exclusivamente a causa de la inminente llegada del Mesías-Salvador. Con su predicación, Juan el Bautista quería sacudir la pereza y la inedia de demasiada gente de su tiempo, que de otro modo ni siquiera se habría dado cuenta de la presencia de una novedad desconcertante, como fue la de Jesús. Ahora bien, fue sobre todo con su «pasión» como Juan el Bautista preparó a sus contemporáneos para recibir a Jesús: precisamente para decirnos también a nosotros que no hay preparación auténtica para la acogida de Jesús si ésta no pasa a través de la entrega de nosotros mismos, a través de la Pascua.

 

ORATIO

Oh Dios de nuestros padres, tú nos llamas a ser «voz»: concédenos reconocer tu Palabra, reconocer la única Palabra de vida eterna, para que anunciemos esta sola Verdad a los hermanos. Oh Dios de nuestros padres,

tú nos llamas a ser «el amigo del Esposo»; hazme solícito a preparar los corazones de los hombres, para que estén bien dispuestos a acogerlo.

Oh Dios de nuestros padres, tú nos llamas a señalar el Cordero de Dios a los hombres: haz que nunca me ponga sobre él, sino que él crezca y yo mengüe.

 

CONTEMPLATIO

Grita, oh Bautista, todavía en medio de nosotros, como en un tiempo en el desierto [...]. Grita todavía entre nosotros con voz más alta: nosotros gritaremos si tú gritas, callaremos si tú te callas [...]. Te rogamos que sueltes nuestra lengua, incapaz de hablar, como en un tiempo soltaste, al nacer, la de tu padre, Zacarías (cf. Le 1,64). Te conjuramos a que nos des voz para proclamar tu gloria, como al nacer se la diste a él para decir públicamente tu nombre (Sofronio de Jerusalén, Le omelie, Roma 1991, pp. 159ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia hoy estas palabras referidas al Bautista: «Serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos» (Le 1,76).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El primer testigo cualificado de la luz de Cristo fue Juan el Bautista. En su figura captamos la esencia de toda misión y testimonio. Por eso ocupa una posición tan importante en el prólogo y emerge con su misión antes incluso de que la Palabra aparezca en la carne. Es testigo con las vestiduras de precursor.

Eso significa sobre todo que él es el final y la conclusión de la antigua alianza y que es el primero en cruzar, viniendo de la antigua, el umbral de la nueva. En este sentido, es la consumación de la antigua alianza, cuya misión se agota aludiendo a Cristo. Por otra parte, Juan es el primero en dar testimonio realmente de la misma luz, por lo que su misión está claramente del otro lado del umbral y es una misión neotestamentaria. La tarea veterotestamentaria confiada por Dios a Moisés o a un profeta era siempre limitada y circunscrita en el interior de la justicia.

Esta tarea era confiada y podía ser ejecutada de tal modo que mandato y ejecución se correspondieran con precisión. La tarea veterotestamentaria confiada a Juan contiene la exigencia ¡limitada de atestiguar la luz en general. Es confiada con amor y -por muy dura que pueda ser- con alegría, porque es confiada en el interior de la misión del Hijo (A. von Speyr, // Verbo si fa carne, Milán 1982, I, pp. 64ss).

 

 

Día 25

12° domingo del tiempo ordmario

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 20,10-13

Dice Jeremías:

10 He escuchado las calumnias de la gente: <<¡Terror por todas partes! <<¡Denunciadlo, vamos a denunciarlo!».

Todos mis familiares espiaban mi traspié: <<Quizá se deje seducir, lo podremos y nos vengaremos de él!»

11 Pero el Señor está conmigo como un héroe poderoso; mis perseguidores caerán y no me podrán,

probarán la vergüenza de su derrota, sufrirán una ignominia eterna e inolvidable.

12 ¡Oh Señor todopoderoso, que pruebas al justo, que sondeas los pensamientos y las intenciones,

haz que yo vea cómo te vengas de ellos, porque a ti he confiado mi causa !

13 Cantad al Señor alabad al Señor que libró al pobre del poder de los perversos.

 

• Este texto, sacado de las Confesiones de Jeremías (cf 11,18-12,5; 15,1o-21; 17,14-18; 18,18-23; 20,7-18), transparenta el estado de ánimo del profeta, sometido a escarnio y afrenta. Advierte un ambiente de conjura: falsos amigos aguardando la ocasión propicia para deshacerse de él y estrujarlo por las duras palabras proféticas pronunciadas (v. 1o; cf Jr 19,15-2o,6). Situaciones similares son una constante en la vida de Jeremías (cf Jr 1,18ss), quien le confiesa a Dios su tormento, su injusta persecución (cf Jr 12,1; 15,11.15; Sal 31,12-19); a Dios, fuerte y valeroso (cf Is 42,13), le confía el desenlace final de su estado según la ley del talión (vv, 11.12b; cf Ex 21,23-25; Dt 19,21; Jr 12,1; 15,15).

YHWH es el juez justo, quien conoce la verdad del hombre (v. 12a). El pasaje termina con una invitación a alabar a YHWH, que se hace cargo de la suerte del que se encomienda a él.

 

Segunda lectura: Romanos 5,12-15

Hermanos:

12 Por un hombre entró el pecado en el mundo y, con el pecado, la muerte. Y como todos los hombres pecaron, a todos alcanzó la muerte.

13 Cierto que ya antes de la Ley había pecado en el mundo; ahora bien, el pecado no se imputa al no haber ley.

14 Y sin embargo, la muerte reinó sobre todos desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que había de venir.

15 Pero no hay comparación entre el delito y el don. Porque si por el delito de uno todos murieron, mucho mas la gracia de Dios, hecha don gratuito en otro hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos.

 

Pablo, utilizando la figura literaria semítica del paralelismo, reflexiona sobre la condición del hombre liberado del pecado por Cristo. Primero habla de Adán, el primogénito de la humanidad pecadora, ya que con un acto de desobediencia -a Dios- ha introducido en el mundo el pecado y la consiguiente separación de Dios, cuya señal es la muerte. Todos los hombres quedan incorporados de alguna manera al pecado de Adán, bien sea por desobediencias análogas o porque de él heredan una naturaleza herida propensa al pecado (v. 12). Esto también es válido para los hombres que vivieron antes de que Moisés recibiese la Ley, y que no pudieron infringirla culpablemente (vv. 13-14a).

A continuación, Pablo introduce el segundo elemento del paralelismo: Cristo, el primogénito de toda criatura (cf Col 1,15), prefigurado antitéticamente en Adán (v. 14b). También con Cristo los hombres quedan incorporados, pero con una adhesión infinitamente superior al daño ocasionado por el pecado de Adán, y no a la muerte, sino a la vida. En efecto, gracias a la obediencia de Jesús, todos los hombres reciben abundantemente el don de la salvación (v. 15).

 

Evangelio: Mateo 10,26-33

Dijo Jesús a sus discípulos:

26 Así pues, no les tengáis miedo, porque no hay nada oculto que no haya de manifestarse, ni nada secreto que no haya de saberse.

27 Lo que yo os digo en la oscuridad decidlo a la luz; lo que escuchéis al oído proclamadlo desde las azoteas.

28 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden quitar la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno.

29 ¿No se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Y sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre.

30 En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados.

31 No temáis, vosotros valéis más que todos los pájaros,

32 Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a su favor delante de mi Padre celestial;

33 pero a quien me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre celestial.

 

Jesús sabe que la misión de los discípulos estará marcada por la persecución; por otra parte, <<el discípulo no es más que su maestro» (Mt 10,24) y el Maestro será rechazado y lo matarán (cf Mt 16,21; 17,22ss; 2o,17-19). Jesús exhorta a los Doce a ser valientes, a no tener miedo (vv 26.28.31), confiando en el Padre, que los cuida y los protege, que los conoce y los ama personalmente (vv. 3oss). La persecución se desencadenará contra los discípulos de Jesús porque la palabra que anuncian es palabra de verdad que desenmascara mentiras, coartadas y componendas, muy preciadas para quienes no quieren convertirse al amor. Sin embargo, tienen que proclamarla a todos, y la verdad prevalecerá, como la luz sobre las tinieblas (vv. 26ss). La misión de dar testimonio de Jesús y anunciar su Palabra no está reservada a un círculo restringido de personas, sino que, de hecho, cada discípulo —uniendo su suerte a la del Maestro- es constituido en testigo y apóstol. Propio del testimonio, y así lo establece Jesús, es la comunión real y la pertenencia reciproca con él (v. 32). Si alguien no da testimonio de Jesús siempre, no será reconocido como discípulo suyo delante del Padre (v. 33).

 

MEDITATIO

Si somos cristianos, actuemos a cara descubierta. ¿Acaso se puede parar la fuerza de la Palabra que quiere transmitirse a través de nosotros?

Es inevitable que el cristiano, fiel a la Palabra, entre en conflicto por una serie de gestos que van a contracorriente del estilo opulento de vida de nuestro mundo; gestos incomprensibles, aparentemente, y que en realidad denuncian un modo de vivir egoísta e injusto. Los cristianos -si realmente lo son- molestan y procuran eliminarlos: atrayéndolos a una vida tranquila, marginándolos, poniéndolos en el punto de mira. ¿Nos sorprende?. Si realmente buscamos vivir el amor experimentaremos el temor de acogerlo y tropezaremos con el rechazo. ¡Antiguo pecado, que anida en nuestro corazón y en el de nuestros semejantes!

Jesús nos ha liberado del pecado. Somos libres si permanecemos en comunión con él, Lo que se opone a la Palabra (la raíz del pecado) esta dentro de nosotros. Procuremos que todo nuestro ser -el cuerpo, el afecto, el pensamiento, la historia— esté reconciliado. Entonces seremos fuertes en la verdad, que es Jesús. Allí donde suframos desprecios y oposiciones llevaremos la Palabra del amor, fiándonos del Padre que a todos protege y salva.

 

ORATIO

¡Hazme testigo de tu Evangelio, Señor!

Dame ánimo para no negar que te conozco cuando se burlen de ti hablando como de un mito y de tus seguidores como de gente alienada.

Dame fuerza para no acobardarme cuando me percato de que ser coherente con tu enseñanza puede significar pérdidas y obstáculos en la sociedad.

Dame la alegría de saber que estoy contigo cuando dejo a los amigos que consideran una pérdida de tiempo la oración y la eucaristía.

Dame el valor de superar los respetos humanos y no avergonzarme del Evangelio cuando ser fiel comporta sentirme <<diferente» de la gente que crea opinión y costumbre.

    ¡Hazme testigo de tu amor Señor!

 

CONTEMPLATIO

[Habla Jesús:] Es normal que as acechen las persecuciones. Si me imitáis predicando el Evangelio y siguiendo la verdad, las persecuciones que me cercan os aguardan: recibidlas con alegría, como preciados distintivos de identidad conmigo, como imitación del Bienaventurados. Soportadlas con calma, sabiendo que si os dominan, yo lo he permitido, y solo os golpearán en la medida que yo lo permita, sin mi permiso ni uno solo de vuestros cabellos cae... Aceptad pacientemente la voluntad de Dios, dándole la bienvenida a todo lo que suceda.

Sufrid con coraje vuestros padecimientos, ofreciéndoselos a Dios como un sacrificio, sufridlos rogando por vuestros perseguidores, ya que son hijos de Dios y yo mismo os he dado el ejemplo de rezar por todos los hombres: perseguidores y enemigos (Ch. de Foucauld, All’ultimo pasta. Ritiri in terra santa (1897-1900), Roma 1974, 40ss).

 

ACTIO

Repite can frecuencia y vive hoy la Palabra: <<Tú eres, Señor; mi salvador» (cf Jr 2o,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

<<La cruz de la Madre Teresa ha sido el primer signo cristiano que se ha vista en la televisión estatal, al menos desde 1967», declaraba un refugiado albanés a su llegada a Italia en l990. La cruz de la que hablaba era aquella cruz negra que la Madre Teresa llevaba en su sarga blanca.

Si a partir de 1944 el régimen marxista había perseguida a los creyentes (católicas, ortodoxos y musulmanes), la situación empeoró en I967. Fue entonces cuando Albania se declaré oficialmente como la única nación atea de la Tierra. La religión fue atacada ferozmente. El modo como fueron tratados los católicos recordaba las persecuciones de los emperadores romanos mas crueles. En los tiempos modernos, la iglesia ha sido reducida como en los años de las catacumbas.

Un hecho sorprendente: mientras los albaneses no tenían derecho a pronunciar públicamente el nombre de Jesús, la Madre Teresa recorría el mundo con el nombre de Jesús en los labios y prodigando obras de misericordia. A un párroco que se encontraba en prisión le pidió un detenido que bautizase a su hijo, en secreto. Cuando las autoridades descubrieron esta desobediencia, el sacerdote fue condenado a muerte. Fue uno de los sesenta sacerdotes que murieron, ahorcados, fusilados o agotados por el rigor de los campos de trabajos forzados. Las persecuciones, como sabemos, se han cebado con el cristianismo. Los perseguidos son llamados <<dichosos>> porque defienden y enseñan la justicia.

La promesa que acompaña a esta bienaventuranza es asombrosa: nada memos que poseer el Reino de los Cielos. Señor Jesús, sabemos que para imitarte tenemos que hacer el bien a todos. Nos has dicho que sufriríamos trabajando por los otros contra la opresión, contra la degradación, contra la guerra.

Cada día encontramos la oposición, la contradicción. Ayúdanos a aceptar nuestros pequeños sufrimientos, porque conocemos su valor redentor. Transforma nuestra tristeza en gozo, mientras nos esforzamos en cumplir tu voluntad (E. Egan — K. Egan, Madre Teresa e le Beafifudini, Brescia 2ooo, 129-131).

 

 

Día 26

Lunes de la 12ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 12,1-9

En aquellos días,

1 el Señor dijo a Abrán: -Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te indicaré.

2 Yo haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y haré famoso tu nombre, que será una bendición.

3 Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán benditas todas las naciones de la tierra.

4 Partió Abrán, como le había dicho el Señor, y Lot marchó con él. Tenía Abrán setenta y cinco años cuando salió de Jarán.

5 Tomó consigo a su mujer, Saray, y a su sobrino Lot, con todas sus posesiones y los esclavos que tenía en Jarán, y se pusieron en camino hacia la tierra de Canaán. Cuando llegaron,

6 Abrán atravesó el país hasta el lugar santo de Siquén, hasta el encinar de Moré. (Los cananeos vivían entonces en el país.)

7 El Señor se apareció a Abrán y le dijo: -A tu descendencia le daré esta tierra. Y Abrán levantó allí un altar al Señor, que se le había aparecido.

8 De allí siguió hacia las montañas, al este de Betel, y plantó su tienda, teniendo Betel al oeste y Ay al este. Allí levantó un altar al Señor e invocó su nombre.

9 Después, se trasladó por etapas al Négueb.

 

*+• Dios es el gran protagonista de lo que se cuenta en este fragmento, que contiene la palabra fundadora de toda la historia de la salvación. «Sal» (al pie de la letra sonaría más bien: «Vete») y «por la fe Abrahán, obediente a la llamada divina, salió hacia una tierra que iba a recibir en posesión, y salió sin saber a dónde iba», como dice la carta a los Hebreos (11,8).

La estructura narrativa del fragmento presenta tres momentos: la orden de Dios (w. 1-3), su ejecución (w. 4ss) y una ampliación del viaje que conduce a una nueva revelación de Dios mismo (w. 6-9).

La orden divina suscita una respuesta libre por parte de Abrahán. La Biblia no dice el porqué de tal elección: ésta es insondable, como el plan de Dios. Israel reflexionará ampliamente sobre el misterio de esta llamada que asocia a Abrahán con los grandes mediadores y profetas -más aún, que le convierte en el prototipo de todo creyente-, aunque no encontrará otra respuesta que la proporcionada en su misma elección: «El Señor se fijó en vosotros y os eligió... por el amor que os tiene» (Dt 7,7ss). No hay que preguntar, por tanto, el motivo de esta elección basada en el amor, sino responder a ella también con amor. Y en esta perspectiva se sitúa asimismo el autor sagrado al narrar lo acontecido a Abrahán, el cual, en cuanto nómada, habría encontrado absolutamente normal emigrar a otros lugares, pero su «salida» está leída y expresada con una gran carga de evocación simbólica que convierte su «éxodo» en la expresión de la totalidad de la experiencia humana, en el encuentro con el Dios vivo que le pide el abandono de toda seguridad humana. Poco importa que se trate de dejar la opresora esclavitud de Egipto o la vida fácil en Babilonia; al llamado se le pide que «salga». De este modo, el sabio narrador bíblico siente a Abrahán como contemporáneo suyo, del mismo modo que nosotros también podemos sentirlo ahora como tal.

Junto a la orden está la «promesa» de YIIWII. El término «bendición», repetido hasta cinco veces en los vv. 2ss, se refiere a Abrahán, pero alcanza a su descendencia y llega a todos los pueblos de la tierra. Dios bendice a Abrahán prometiéndole una posteridad y un nombre grande. El nombre que los constructores de la torre de Babel habían intentado construirse en vano, se ofrece aquí de una manera gratuita. Dios estará completamente de su parte, hasta el punto que afirma: «Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan».

Finalmente, esa bendición llegará a incluir a todas las estirpes de la tierra; en efecto, esa promesa tendrá su pleno cumplimiento en Cristo. Abrahán sigue la orden recibida y el Señor le indica como objeto de la promesa precisamente la tierra ocupada por unos habitantes ricos y poderosos, y se la hace recorrer de un extremo al otro, aunque el itinerario de Abrahán concluirá en el Négueb, una tierra árida y sin vida donde se establece, apoyado sólo en la Palabra de YHWH, que le pide que espere contra toda esperanza.

 

Evangelio: Mateo 7,1-5

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No juzguéis, para que Dios no os juzgue,

2 porque Dios os juzgará del mismo modo que vosotros hayáis juzgado y os medirá con la medida con que hayáis medido a los demás.

3 ¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo?

4 ¿O cómo dices a tu hermano: «Deja que te saque la mota del ojo», si tienes una viga en el tuyo?

5 Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la mota del ojo de tu hermano.

 

**• El pasaje del evangelio de hoy empieza también con una orden: «No juzguéis», o dicho de una manera más literal: «Cesad de juzgar». Jesús, que sabe «muy bien lo que hay en el hombre» (Jn 2,25), nos ordena esto, si queremos vivir en relación con los hermanos la experiencia de la paternidad divina, en la que él mismo nos introduce al enseñarnos la oración filial por excelencia: el Padre nuestro. La perícopa propuesta hoy a nuestra consideración nos sitúa, efectivamente, en el corazón del mensaje evangélico, que, revelándonos a Dios, nos invita a abandonarnos de una manera confiada en su paternal providencia. En apariencia, no existe nexo alguno entre el «no juzgar» y tal actitud, pero, en realidad, no podemos pedirle nada a Dios si no nos mostramos nosotros mismos generosos a la hora de dar a los otros. Por lo demás, la petición de la oración dominical, «perdona nuestras ofensas», nos compromete precisamente a esta reciprocidad. El desarrollo del discurso, al considerar la actitud de quien ve la mota en el ojo del prójimo pero no ve la viga que hay en el suyo, va también en la misma línea. No podemos comprender a los otros si estamos llenos de prejuicios y de impedimentos.

La comparación entre la viga y la mota es evidente. Nos mostramos hipócritas y falsos cuando, cegados por nuestros vicios, pretendemos ver bien para corregir un defecto leve de nuestro hermano. Ser hijos del Padre de la luz nos pone al descubierto, pues no queda espacio para ninguna tiniebla.

 

MEDITATIO

Los pasajes que nos propone hoy la liturgia empiezan ambos con una orden: «Sal...» y «no juzguéis». A la primera va unida la misteriosa promesa de una tierra; a la segunda, el no ser a nuestra vez juzgados... Parece que no hay relación entre las dos realidades enunciadas, pero si consideramos desde más cerca los textos descubriremos un nexo profundo, puesto que la promesa hecha a Abrahán -el cual, según la paradójica afirmación de Jesús, «se alegró sólo con el pensamiento de que iba a ver mi día; lo vio y se llenó de gozo» (Jn 8,56)- es la tierra del amor perfecto, ésa en la que sólo se puede entrar a través del camino del reconocimiento del Padre de Jesús, nuestro Señor, que nos hace a todos hermanos.

Todo acto de desamor respecto a los otros nos perjudica a nosotros y a ellos, porque niega nuestra recíproca fraternidad basada en la filiación divina. El Señor nos ha dicho que no juzguemos, porque él no juzga, sino que salva, justifica. Jesús vino, en efecto, a dar la vida, dejándose juzgar y condenar por los hombres. Su verdadero juicio sobre el mundo es la cruz: un amor ilimitado y misericordioso por todos, sin excepción. Todo hombre reviste a sus ojos el valor del amor que Dios tiene por él, y tanto amó Dios al mundo que dio por nosotros a su Hijo amado. En consecuencia, el acto de no juzgar nos hace dar un paso, y un paso de gigante, en dirección hacia esa tierra prometida a la que nos conducen las más humildes manifestaciones de delicadeza, de amor y de respeto a nuestros hermanos. El Señor nos llama, en efecto, a desarraigarnos, a salir de nosotros mismos, sólo para que le encontremos, pero mientras dure nuestra peregrinación terrena sólo podemos verle en esos iconos suyos que son nuestros hermanos.

 

ORATIO

Dios de Abrahán, nuestro Padre en la fe, tú nos llamas cada día también a nosotros por nuestro nombre y nos empujas a lo largo de caminos desconocidos, a menudo misteriosos e imprevisibles. Danos un corazón dócil y obediente, para que nos dejemos guiar por tu voz y salgamos de las seguridades que nos aprisionan, para fiarnos únicamente de ti, que eres nuestro Padre. Enséñanos, a lo largo del camino, a amar a quien pongas a nuestro lado porque es nuestro hermano, para llegar juntos a la verdadera tierra prometida. Por Cristo, nuestro Salvador.

 

CONTEMPLATIO

Hermanos: debemos tratar al prójimo con dulzura, estando atentos a no ofenderlo de ninguna manera. Cuando damos la espalda a alguien o le ofendemos es como si pusiéramos una piedra sobre nuestro corazón. Cuando nos acerquemos a alguien, debemos ser puros en palabras y en espíritu, iguales con todos: de otro modo, nuestra vida será inútil...

No debemos juzgar, ni siquiera si vemos con nuestros propios ojos que alguien está pecando e infringiendo un mandamiento divino. No nos corresponde a nosotros juzgar, sino al Juez supremo. No sabemos durante cuánto tiempo conseguiremos perseverar en la virtud.

Debemos considerarnos a nosotros mismos como los peores culpables, debemos perdonar a nuestro prójimo toda transgresión y odiar sólo al demonio, que le ha tentado. La puerta del arrepentimiento está abierta a todos y no sabemos quién será el primero en entrar por ella: si tú, que juzgas, o el que es juzgado por ti. Para no juzgar es preciso que nos mantengamos vigilantes sobre nosotros mismos. Júzgate a ti mismo y entonces dejarás de juzgar a los otros. No tenemos que vengarnos nunca de una ofensa, sea la que sea; al contrario, debemos perdonar de todo corazón a quien nos haya ofendido, aunque nuestro corazón se oponga a ello. Si te hieren, haz todo para perdonar, «y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames» (Le 6,30). Pensemos en todos los santos que han agradado a Dios, los cuales vivieron ignorando todo rencor. Si también nosotros vivimos así, podremos esperar que la luz divina brille en nuestros corazones y nos despeje el camino hacia la Jerusalén celestial (Serafín de Sarov, Scritti spirituali, Roma 1972, pp. 208-210 passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No juzguéis, para que Dios no os juzgue» (Mt 7,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La historia de Abrahán comienza con una orden: «¡Sal!» (Gn 12,1) y termina con la misma orden (Gn 22,2). En ambos casos, «salió sin saber a dónde iba» (Heb 11,8). Para Abrahán, se trata siempre de volver a comenzar de nuevo, de volver a ponerse en camino hacia lo desconocido, de renunciar tanto a las garantías del pasado como a las promesas del futuro, desde el comienzo hasta el final de su vida... En consecuencia, el tema central de su historia fue éste: ¿cómo empezar? Y lo que hace paradójico este tema es que Abrahán, en el fondo, haya empezado tan tarde. ¿Qué significa esto? ¿Tal vez, que nunca es demasiado tarde para empezar? Yo diría más: que no acabamos nunca de empezar. Abrahán es el hombre capaz de volver a ponerse en camino en todas las edades de su vida.

Dios había hecho una promesa a Abrahán. Y éste, con lealtad, dio crédito a Dios, dio crédito a su Palabra. El verdadero comienzo de una vida espiritual es precisamente esta confianza, esta apertura de crédito, esta «salida» de nosotros mismos que nos hace fiarnos de otro. ¿Cómo se empieza? Con un acto de fe.

Empezar, para ser concretos, significa también levantarse muy de mañana. Tres veces leemos, en la historia de Abrahán, una observación aparentemente muy trivial; a saber: que «Abrahán se levantó muy de mañana». Abrahán, una vez que decide algo, lo hace, y lo hace pronto, con premura. Nosotros no sabemos, como tampoco sabía Abrahán, a dónde nos llevará el camino, pero sabemos qué debemos hacer durante el camino. Hay rostros en nuestro camino que suscitan nuestra premura, nuestra responsabilidad. Sólo si respondemos a las expectativas, a las necesidades de cuantos están a nuestro alrededor y comparten nuestra historia, seremos hombres, mujeres, que «se despiertan muy de mañana». Ahora bien, estas responsabilidades pesan, producen fatiga. Abrahán es alguien que siempre vuelve a empezar, cada mañana. ¿Tenemos nosotros la fuerza para levantarnos pronto, como Abrahán? (A. Mello, Abromo, l'uomo del mattino, en Parola, Spiríto e Vita 36 [ 1997], pp. 37-45, passim).

 

Día 27

Martes de la 12ª semana del Tiempo ordinario o

san Cirilo de Alejandría

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 13,2.5-18

2 Abrán había adquirido muchos ganados, plata y oro.

5 También Lot, que acompañaba a Abrán, tenía rebaños, ganados y tiendas. 6 La región no podía albergar a los dos, pues tenían demasiados bienes para poder habitar juntos,

7 y surgieron disputas entre los pastores de Abrán y los de Lot. (Los cananeos y los pereceos vivían entonces en aquella región.)

8 Entonces Abrán propuso a Lot: -Evitemos las discordias entre nosotros y entre nuestros pastores, porque somos hermanos.

9 Tienes delante toda la tierra; sepárate de mí; si tú vas hacia la izquierda, yo iré hacia la derecha, y si vas hacia la derecha, yo iré hacia la izquierda.

10 Lot levantó la vista y vio que todo el valle del Jordán hasta Soar era de regadío como el jardín del Señor y las tierras de Egipto (esto era antes de que el Señor destruyera Sodoma y Gomorra).

11 Lot escogió para sí todo el valle del Jordán y se dirigió hacia el este. Así se separaron el uno del otro.

12 Abrán se estableció en la tierra de Canaán, y Lot en las ciudades del valle, plantando sus tiendas hasta Sodoma.

13 Los habitantes de Sodoma eran muy malos y pecaban gravemente contra el Señor.

14 El Señor dijo a Abrán, después que Lot se separó de él: -Alza tus ojos y, desde el lugar donde te hallas, mira al norte, al sur, al este y al oeste.

15  Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia para siempre.

16 Multiplicaré tu descendencia como el polvo de la tierra; sólo el que pueda contar el polvo de la tierra podrá contar tu descendencia.

17 Levántate, pues, y recorre a lo largo y a lo ancho esta tierra que te voy a dar.

18 Levantó Abrán sus tiendas y decidió establecerse en el encinar de Mambré, cerca de Hebrón; allí levantó un altar al Señor.

 

*» Estamos frente a un relato que explica las relaciones entre los israelitas y los ammonitas/edomitas. Se habla de su sedentarización, pero so transcribe también con una nueva profundidad teológica, cuyo mensaje sigue siendo todavía actualísimo, el recuerdo originario de una lid entre estos clanes emparentados.

Abrahán se había vuelto muy rico: esto constituye un signo de la bendición divina derramada sobre él y sobre su sobrino Lot. Como buen jefe de clan, se preocupa de que haya bastantes pastos y pozos para su gente. Cuando éstos se vuelven insuficientes, ofrece a su sobrino la posibilidad de elegir. Las riquezas, evidentemente, les dejan el corazón libre y desprendido. Lot «levantó la vista» y tomó para él la mejor parte, que, sin embargo, se mostrará sin futuro. La belleza del valle del Jordán antes de la destrucción de Sodoma, enfatizada por la descripción (v. 10), incluye la carcoma de la corrupción de quienes lo habitan. Abrahán, que no tiene descendientes, acepta la tierra más pobre, y su corazón manifiesta, una vez más, que se apoya sólo en el Dios que le había llamado y que ve mucho más allá del presente. Abrahán, en efecto, escoge a YHWH y su promesa. El Señor invita entonces a Abrahán a levantar la vista y a recorrer a lo largo y a lo ancho la tierra -toda la tierra- que le va a dar (w. 14ss), y le asegura una descendencia numerosa, «como el polvo de la tierra» (v. 16).

Lot lo ha tenido todo, de inmediato, pero el presente se le manifiesta inconsistente. Abrahán cree en el futuro de Dios y su esperanza no se verá defraudada.

 

Evangelio: Mateo 7,6.12-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas a los puercos, no sea que las pisoteen, se vuelvan contra vosotros y os destrocen.

12 Así pues, tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros, porque en esto consisten la Ley y los profetas.

13 Entrad por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por él.

14 En cambio, es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que lo encuentran.

 

*•• Se nos proponen hoy varios versículos muy sabrosos. El primero tiene que ver con la llamada «disciplina del arcano», que sirve para proteger y para introducir en el misterio. Los «perros» y los «puercos» son los paganos para los judíos; en este caso, tratándose del evangelista Mateo, que se muestra solícito al anuncio a todos los hombres, es más probable que se refiera a los cristianos impenitentes, a los que no se debería ofrecer «lo santo» ni las «perlas» que constituyen el Pan y la Palabra.

El segundo versículo es la llamada «regla de oro», que, para Mateo, resume la enseñanza del Antiguo Testamento, la Ley y los profetas. Los discípulos, al contrario que los fariseos, que dicen pero no hacen (cf. 23,3), deben proceder como su Padre celestial, que se muestra benévolo con todos. Reconocerle como Padre equivale, en efecto, a establecer también una nueva relación con los demás hombres, amándolos como hermanos.

Los w. 13ss ratifican la importancia de todo lo que ha dicho Jesús: se trata de una «puerta estrecha». La Palabra de Jesús, más aún, Jesús mismo (cf. Jn 10,7), es la puerta que da entrada a la vida filial y fraterna, el camino angosto que conduce, sin embargo, a la plenitud de la vida (w. 13ss). Cualquier otra puerta o camino que no sea el amor al Padre y a los hermanos conduce a la perdición. El camino ancho y fácil es el que toman muchos; el camino angosto y exigente del Evangelio atrae, en cambio, sólo a los que se dejan guiar por el Espíritu filial que clama: «¡Ven al Padre!».

 

MEDITATIO

Los pasajes que nos propone hoy el leccionario nos invitan a reflexionar sobre la perenne situación en que se encuentra el hombre libre a quien se le propone una elección; siempre hay dos caminos abiertos ante él: uno conduce a la vida y el otro a la muerte.

Abrahán deja que elija Lot, y éste toma -como muchos- el camino ancho y fácil, en el que todo está dado de inmediato, hoy mismo. Es el camino que, dicho con palabras actuales, consiste en hacer lo que nos place, en satisfacer todos nuestros propios deseos sin preocuparnos de los demás. Jesús nos exhorta, sin embargo, a tomar el camino «angosto», porque el mal es ancho al principio, pero después se hace angosto y acaba ahogando en sus espiras a quienes se aventuran por sus fáciles accesos.

El bien, en cambio, se presenta duro, exigente al principio, y, después, ensancha cada vez más el corazón de quien lo hace. La historia de Abrahán nos da testimonio de ello. El patriarca, sólo y en una tierra avara, emprende el camino de la fe y, con un corazón libre y pobre, puede moverse libremente por la región ilimitada del amor verdadero y de la vida plena, a la que se accede dando siempre a los otros el primer puesto, reconociendo en cada uno el rostro de un hermano.

 

ORATIO

Oh Señor, danos tu Espíritu bueno, para que nos enseñe a discernir cuál es el camino adecuado que hemos de recorrer. Hoy nos sentimos más atraídos que nunca por muchas propuestas seductoras en las que parece que la felicidad está al alcance de la mano, a buen precio.

Habla tú en nuestro corazón y repítenos continuamente: «Soy yo, no temas», cuando ir contra la corriente y seguir el camino angosto nos parezca únicamente una gran estupidez. Que tu paz y tu alegría nos hagan estar siempre íntimamente seguros de que tú -el Dios fiel- no defraudas nunca y que por tus caminos, angostos al principio, corremos por la inexpresable suavidad del amor y llegamos a la vida eterna.

 

CONTEMPLATIO

Podemos comparar toda nuestra existencia con un viaje de un solo día. Para nosotros, es fundamental no amar nada de aquí abajo; hemos de amar, en cambio, las cosas de lo alto; allí está la patria donde se encuentra nuestro Padre. No tenemos una patria en la tierra, porque nuestro Padre está en el cielo. En virtud de su omnipotencia y de la grandeza de su divinidad, está en todas partes, más hondo que el mar, más estable que la tierra, más extenso que el mundo, más puro que el aire y más elevado que el cielo, más resplandeciente que el sol. Y, sin embargo, sólo es visible en el cielo.

Llamemos a su puerta: se acerca y se da a conocer a todos en proporción a la pureza de cada uno. Llamemos fuerte, os digo, y mientras caminamos cantemos: «Oh Dios, tú eres mi Dios, desde el alba te deseo» (Sal 62,1). Ocupémonos de las cosas divinas para no seguir estando atados a las cosas humanas y, de este modo, como verdaderos peregrinos, esté siempre presente en nosotros en el anhelo de la patria. Allí, después, todas las generaciones que hayan hecho el camino tendrán diferentes suertes según sus méritos: los peregrinos buenos reposarán en la patria, los malvados serán expulsados de ella. No amemos, pues, más el camino que la patria: esta última es de tal condición que es nuestro deber amarla. Conservemos firme en nosotros esta convicción, de suerte que vivamos en el camino como viajeros, como huéspedes del mundo, sin apegarnos a ninguna pasión, sino de modo tal se colmen nuestras almas de la belleza de las realidades celestiales y espirituales. Esforcémonos por complacer a Aquel que está presente en todas partes, para que, con una buena conciencia, podamos pasar felizmente de este mundo a la bienaventurada morada eterna de nuestro Padre, de la tierra de los muertos a la de los vivos. Allí veremos cara a cara al Rey de reyes que reina con justicia, a nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén (Columbano, Instrucciones, IX, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Muéstrame, Señor, tus caminos, instrúyeme en tus sendas» (Sal 24,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La humildad es una virtud que no está de moda no sólo en la sociedad en general, sino ni siquiera entre muchos cristianos... Aquí interviene a fondo la locura del Evangelio. Al que quiere llegar a ser humilde, la locura del Evangelio le pide que se ejercite en considerar a los otros como superiores a él mismo (cf. Flp 2,3); le pide que prefiera una estima menor a otra mayor, las situaciones humildes a las más elevadas, el último al primer puesto.

No es posible decir la variedad de actitudes cotidianas a las que esta decisión nos compromete. Cuando dos hombres se disputan la misma ganancia y ésta no es divisible, cada uno de ellos se justifica diciendo: ¿por qué él y no yo? El hombre humilde, en cambio, se siente inclinado a decirse a sí mismo: en el fondo, ¿por qué yo y no él? Cuando se produce un fracaso, cada uno de los miembros del grupo busca un culpable: evidentemente, la culpa es de tal o cual. El hombre humilde, en cambio, se pregunta: ¿por qué tendría que ser más culpa de ellos que mía? Cuando nuestro ingenio y nuestros talentos permanecen desconocidos e inutilizados, exclamamos con disgusto: ¡qué injusticia! El hombre humilde, en cambio, se siente inclinado a decirse a sí mismo: después de todo, ¿soy verdaderamente tan indispensable?

Es un heroísmo querer hacer morir en nosotros todo tipo de orgullo. Para sentirnos dispensados de ello preferimos lanzar reproches, de una manera hipócrita, contra los peligros que la humildad cristiana supondría contra el desarrollo de nuestra personalidad. Pero nos engañamos, y si tuviéramos una sola brizna de lealtad deberíamos convenir en que si muchos, ¡ay de mí!, no consiguen llegar a ser hombres maduros, no se debe en absoluto a que hayan cultivado asiduamente la humildad; se debe más bien a que los mil diferentes tipos de orgullo les impiden participar en la humillación de Cristo para ser, por él y en él, convertidos, para que él nos haga crecer (A. M. Besnara, L'umiltá, en Letture patrístiche, Padua 1969).

 

Día 28

Miércoles de la 12ª semana del Tiempo ordinario o 28 de junio, conmemoración de

San Ireneo de Lyon

 

Ireneo, originario de Asia Menor, fue discípulo del obispo Policarpo de Esmirna, de donde se deduce que debió de nacer hacia el año 130 en esta ciudad o en los alrededores. Siguiendo una ruta de emigración común en aquellos tiempos, Ireneo se trasladó de Asia Menor a la Galia, y el año 177 fue enviado por la comunidad de Lyon a Roma, para llevar una carta de recomendación al papa Eleuterio a favor de los montañistas. A su vuelta, fue elegido obispo de Lyon en lugar del anciano Potino, que murió mártir en la persecución de Marco Aurelio. Debemos situar su muerte entre los años 202 y 203. Ireneo, último varón apostólico y primer teólogo de la tradición, es un eslabón de unión entre los padres del siglo II y los del siglo III. Contra los herejes (Adversus haereses) es su obra maestra en defensa de la verdad de la Iglesia contra los ataques del gnosticismo.

 

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 15,1-12.17ss

En aquellos días,

1 el Señor habló a Abrán en una visión y le dijo: -No temas, Abrán, yo soy tu escudo. Tu recompensa será muy grande.

2 Abrán respondió: -Señor, Señor, ¿para qué me vas a dar nada, si voy a morir sin hijos y el heredero de mi casa será ese Eliezer de Damasco?

3 No me has dado descendencia, y mi heredero va a ser uno de mis criados.

4 Pero el Señor le contestó: -No, no será ése tu heredero, sino uno salido de tus entrañas.

5 Después, le llevó afuera y le dijo: -Levanta tus ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas. Y añadió: -Así será tu descendencia.

6 Creyó Abrán al Señor, y el Señor lo anotó en su haber.

7 Después le dijo el Señor: -Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los caldeos para darte esta tierra en posesión.

8 Abrán le preguntó: -Señor, Señor, ¿cómo sabré que voy a poseerla?

9 El Señor le respondió: -Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.

10 Trajo él todos estos animales, los partió por la mitad y puso una mitad frente a la otra, pero las aves no las partió.

11 Las aves rapaces empezaron a lanzarse sobre los cadáveres, pero Abrán las espantaba.

12 Cuando el sol iba a ponerse, cayó un sueño pesado sobre Abrán y un gran terror se apoderó de él.

17 Cuando se puso el sol, cayeron densas tinieblas, y entre los animales partidos pasó un horno humeante y una antorcha de fuego.

18 Aquel día hizo el Señor una alianza con Abrán en estos términos: -A tu descendencia le daré esta tierra, desde el torrente de Egipto hasta el gran río, el Eufrates.

 

*•• Nos encontramos ante un texto en el que confluyen tradiciones muy antiguas, que usan imágenes arcaicas. Se narra la estipulación del pacto entre Dios y Abrahán, la alianza que tendrá su continuación en Moisés y encontrará su formulación plena y definitiva en Cristo.

Abrahán aparece presentado como un profeta al que Dios le comunica una palabra en visión. El oráculo de salvación («No temas») contiene la seguridad de la protección divina («Yo soy tu escudo») y una promesa («Tu recompensa será muy grande»). Abrahán, el portador de la promesa, vive en medio de una condición paradójica que parece anular la promesa misma: no tiene hijos y ha sido muy probado en la fe. Dios le responde prometiéndole un hijo y una descendencia numerosa. A Abrahán se le pide, una vez más, que «salga» para «ver» el signo que Dios le ofrece.

El v. 6 constituye el centro de todo este capítulo: Abrahán cree, pero no en algo, sino a alguien, a Dios, el cual -como los sacerdotes delante de las víctimas sacrificiales que se ofrecían- atestigua su «justicia». A la promesa de la tierra le sigue un arcaico rito de juramento con el que YHWH se compromete totalmente en favor del hombre. YHWH, en efecto -y sólo él, pasando entre las víctimas- invoca sobre sí una automaldición (a saber: padecer la misma suerte que los animales descuartizados) en el caso de que no cumpla el juramento formulado.

Cuando el sol estaba para ponerse, cayó sobre Abrahán un «sueño pesado» (es el mismo término empleado para indicar el sueño de Adán en el momento de la creación de Eva). Se trata de un estado extraordinario, en el que se entra en contacto con el misterio inexpresable de Dios.

La presencia de las aves rapaces, que intentan impedir que se «concluya» este misterioso pacto entre Dios y el hombre, constituye también un motivo de turbación. «Un gran terror» se apoderó de Abrahán, pero precisamente en medio de esta profunda turbación le proclama Dios su inmutable fidelidad.

 

Evangelio: Mateo 7,15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

15 Tened cuidado con los falsos profetas; vienen a vosotros disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.

16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de las zarzas?

17 Del mismo modo, todo árbol bueno da frutos buenos, mientras que el árbol malo da frutos malos.

18 No puede un árbol bueno dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos.

19 Todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego.

20 Así que por sus frutos los conoceréis.

 

**• Este fragmento forma parte de la secuencia conclusiva del «sermón del monte» y contiene una renovada invitación a los discípulos para que vivan en santidad, en justicia, con una gran coherencia entre las palabras y las obras, expresadas a través de la imagen de los «frutos» (término que se repite siete veces).

La invitación de Jesús a tener cuidado con los falsos profetas no está dirigida -en este contexto- a los que dicen cosas equivocadas, sino más bien, en virtud de un subrayado que gusta emplear a Mateo, a los que no hacen lo que enseñan a otros (cf. 23,3). Su simulación les hace parecer ovejas exteriormente, pero por dentro son «lobos rapaces». Se trata aquí de discípulos enviados por Jesús a representarle (cf. 10,41 y 23,34) y a proclamar el Evangelio; sin embargo, como ocurría ya en el Antiguo Testamento, junto a los verdaderos enviados de Dios hay otros que son falsos (Ez 22,27). El criterio de reconocimiento lo proporciona la calidad de sus frutos: las obras buenas o malas que realizan. En efecto, todo árbol se reconoce por sus frutos.

La vid y la higuera, árboles particularmente importantes en Israel, serán cortados si permanecen estériles; sólo quedará el árbol despojado y maldito de la cruz, del que todos podrán coger el verdadero fruto justo y santo: el fruto bendito del seno de María.

 

MEDITATIO

Por eso el Verbo fue hecho dispensador de la gracia del Padre para utilidad de los hombres, por los cuales ordenó toda esta economía, para mostrar a Dios a los hombres y presentar el hombre a Dios. De esta manera custodió la invisibilidad del Padre, por una parte para que el hombre nunca despreciase a Dios y para que siempre tuviese en qué progresar, y, por otra parte, para revelar a Dios a los hombres mediante una rica economía, a fin de que el hombre no cesase de existir faltándole Dios enteramente. Porque la gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios. Si la manifestación de Dios por la creación da vida en la tierra a todos los vivientes, mucho más la manifestación por el Verbo del Padre da vida a los que contemplan a Dios [...].

Es, pues, necesario que primero observes tu orden humano, para que en seguida participes de la gloria de Dios. Porque tú no hiciste a Dios, sino que él te hizo. Y si eres obra de Dios, contempla la mano de tu artífice, que hace todas las cosas en el tiempo oportuno y, de igual manera, obrará oportunamente en cuanto a ti respecta. Pon en sus manos un corazón blando y moldeable y conserva la imagen según la cual el Artista te plasmó; guarda en ti la humedad, no vaya a ser que, si te endureces, pierdas las huellas de sus dedos.

Conservando tu forma subirás a lo perfecto, pues el arte de Dios esconde el lodo que hay en ti. Su mano plasmó tu ser; te reviste por dentro y por fuera con plata y oro puro (Ex 25,11), y te adornará tanto que el Rey deseará tu belleza (Sal 45[44],12). Mas si, endureciéndote, rechazas su arte y te muestras ingrato con aquel que te hizo un ser humano, al hacerte ingrato con Dios pierdes al mismo tiempo el arte con el que te hizo y la vida que te dio: hacer es propio de la bondad de Dios, ser hecho es propio de la naturaleza humana. Y por este motivo, si le entregas lo que es tuyo, es decir, tu fe y obediencia, entonces recibirás de él su arte, que te convertirá en obra perfecta de Dios.

Mas si rehúsas creer y huyes de sus manos, la culpa de tu imperfección recaerá en tu desobediencia y no en aquel que te llamó: él mandó convocar a su boda, y quienes no obedecieron se privaron, por su culpa, de su cena regia (Mt 22,3). A Dios no le falta el arte, y es capaz de sacar de las piedras hijos de Abrahán (Mt 3,9; Le 3,8), pero el que no se somete a tal arte es causa de su propia imperfección. Es como la luz: no falta porque algunos se hayan cegado, sino que la luz sigue brillando y los que se han cegado viven en la oscuridad por su culpa.

Ni la luz obliga por la fuerza a nadie, ni Dios a nadie somete por imposición a su arte (Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 20,7 y 39,2ss).

 

ORATIO

Yo también te invoco, «Señor Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob y de Israel», que eres el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios que por la multitud de tu misericordia te has complacido en nosotros para que te conozcamos; que hiciste el cielo y la tierra, que dominas sobre todas las cosas, que eres el único Dios verdadero, sobre quien no hay Dios alguno; por nuestro Señor Jesucristo, danos el Reino del Espíritu Santo; concede a todos los que leyeren este escrito conocer que tú eres el único Dios, que en ti están seguros, y defiéndelos de toda doctrina herética, sin fe y sin Dios (Ireneo de Lyon, Contra los herejes III, 6,4).

 

CONTEMPLATIO

Pues como del trigo seco no puede hacerse ni una sola masa ni un solo pan sin algo de humedad, tampoco nosotros, siendo muchos, podíamos hacernos uno en Cristo Jesús sin el agua que proviene del cielo. Y como si el agua no cae la tierra árida no fructifica, tampoco nosotros, siendo un leño seco, nunca daríamos fruto para la vida si no se nos enviase de los cielos la lluvia gratuita [...].

Conservamos esta fe, que hemos recibido de la Iglesia, como un precioso perfume custodiado en su frescura en buen frasco por el Espíritu de Dios, y que mantiene siempre joven el mismo vaso en que se guarda [...]. En consecuencia, si el cáliz mezclado y el pan fabricado reciben la Palabra de Dios para convertirse en eucaristía de la sangre y el cuerpo de Cristo, y por medio de éstos crece y se desarrolla la carne de nuestro ser, ¿cómo pueden ellos negar que la carne sea capaz de recibir el don de Dios que es la vida eterna? [...] Cuando una rama desgajada de la vid se planta en la tierra, se pudre, crece y se multiplica por obra del Espíritu de Dios, que todo lo contiene. Luego, por la sabiduría divina, se hace útil a los hombres y, recibiendo la Palabra de Dios, se convierte en eucaristía, que es el cuerpo y la sangre de Cristo. De modo semejante, también nuestros cuerpos, alimentados con ella y sepultados en la tierra, se pudren en ésta para resucitar en el tiempo oportuno: es el Verbo de Dios quien les concede la resurrección, para la gloria de Dios Padre (Flp 2,11) (Ireneo de Lyon, Contra los herejes III, 17,2 y 24,1; V, 2,3).

 

ACTIO

Repite hoy con frecuencia esta célebre máxima de san Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre viviente».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Ireneo retorna hoy a la actualidad. Y se lo merece. Hay pocos escritores cristianos de los primeros siglos que hayan envejecido menos y cuya calidad haga apreciar mejor el tiempo.

¿Acaso no es él mismo semejante al vaso del que hablaba, que se vuelve oloroso por el perfume que contenía? Pocos teólogos iluminan mejor algunos de los problemas fundamentales que nuestro tiempo somete a nuestra reflexión. No es que tuviera la preocupación de responder a nuestras cuestiones, sino que su pensamiento estimula nuestra reflexión y marca una estela para nosotros. Las ideas que defendió se han impuesto a toda la Iglesia. Sus puntos de vista sobre la historia se presentan como anticipaciones. Ireneo es el profeta de la historia. Es, al mismo tiempo, profeta del pasado y profeta del futuro. El arraigo en la verdad recibida le

permite todas las audacias y produce las intuiciones teológicas de las que vivimos todavía. Para nuestro tiempo, que vuelve a ponerlo todo en discusión, sensible a lo que es auténtico y tiene sabor de verdad, san Ireneo es posiblemente, sobre todo, el profeta del presente (A. G. Hamman, Breve dizionario dei Padri Della Chiesa, Brescia 1983, 33-35 [edición española: Guía práctica de los padres de la Iglesia, Desclée de Brouwer, Bilbao 1969]).

 

Día 29

San Pedro y san Pablo (29 de junio)

 

Pedro y Pablo, dos columnas de la Iglesia, maestros inseparables de fe y de inspiración cristiana por su autoridad, son sinónimo de todo el colegio apostólico. A Simón Pedro, pescador de Betsaida (cf. Le 5,3; Jn 1,44), Jesús le llamó Kefas- Piedra y le dio el encargo de guiar y confirmar a los hermanos, a pesar de su frágil temperamento. Su característica distintiva es la confesión de la fe. Es uno de los primeros testigos del Jesús resucitado y, como testigo del Evangelio, toma conciencia de la necesidad de abrir la Iglesia a los gentiles (Hch 10-11).

Pablo de Tarso, perseguidor de la Iglesia y convertido en el camino de Damasco, es un hombre de espíritu vivaz y brillante formación, que recibió de los mejores maestros. Animado por una gran pasión por Cristo, recorrió con su dinamismo el Mediterráneo anunciando el Evangelio de la salvación.

Ambos recibieron en Roma la palma del martirio y la unidad en la caridad, convirtiéndose en ejemplo de diálogo entre institución y carisma.

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos 12,1-11

1 Por entonces, el rey Herodes inició una persecución contra algunos miembros de la Iglesia.

2 Mandó ejecutar a Santiago, hermano de Juan,

3 y, viendo que este proceder agradaba a los judíos, se propuso apresar también a Pedro. En aquellos días se celebraba la fiesta de pascua.

4 Así que lo prendió, lo metió en la cárcel y encomendó su custodia a cuatro escuadras de soldados, con intención de hacerle comparecer ante el pueblo después de la pascua.

5 Mientras Pedro estaba en la cárcel, la Iglesia oraba por él a Dios sin cesar.

6 La noche anterior al día en que Herodes pensaba hacerle comparecer, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con dos cadenas, mientras dos guardias vigilaban la puerta de la cárcel.

7 En esto, el ángel del Señor se presentó y un resplandor inundó la estancia. El ángel tocó a Pedro en el costado y le despertó diciendo: -¡Deprisa, levántate! Y las cadenas se le cayeron de las manos.

8 El ángel le dijo: -Abróchate el cinturón y ponte las sandalias. Pedro lo hizo así, y el ángel le dijo: -Échate el manto y sígueme.

9 Pedro salió tras él, sin darse cuenta de que era verdad lo que el ángel hacía, pues pensaba que se trataba de una visión.

10 Después de pasar la primera y la segunda guardias, llegaron a la puerta de hierro que da a la calle, y se les abrió sola. Salieron y llegaron al final de la calle; de pronto, el ángel desapareció de su lado.

11 Y Pedro, volviendo en sí, dijo: -Ahora me doy cuenta de que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de Herodes y de las maquinaciones que los judíos habían tramado contra mí.

 

*• Estamos en tiempos de la persecución contra la Iglesia por obra de Herodes Agripa, en los años 41-44. Pedro, como Jesús, fue arrestado durante los días de la pascua judía y encarcelado (cf. Le 22,7). Lucas nos hace comprender la suerte que habría correspondido a Pedro si el Señor no hubiera intervenido con un milagro (vv. 1-4). Éste tiene lugar con la liberación de la muerte cierta por medio de un ángel. El evangelista pone de relieve, a continuación, la grandeza de la liberación de Pedro, toda ella obra de Dios, hasta tal punto que los cristianos no podían dar crédito a sus ojos. Dios manifiesta así su benevolencia con los primeros cristianos de un modo extraordinario. El relato de la liberación del apóstol se divide en dos partes. La primera nos cuenta lo que sucede en la prisión, donde duerme Pedro encerrado, y el procedimiento de su liberación por medio del ángel (vv. 7ss).

En la segunda parte se describe cómo el ángel y Pedro recorren los caminos de la ciudad, mientras las puertas se abren fácilmente a su paso. Después de esto, desaparece el ángel liberador (vv. 9ss). Una vez salvado, dice Pedro: «Ahora me doy cuenta de que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de Herodes y de las maquinaciones que los judíos habían tramado contra mí», y se reúne con su Iglesia, que estaba orando por él (cf. v. 5).

Para Lucas, ésta es la pascua de Pedro, es decir, la liberación definitiva del mundo judío, y la liberación del cabeza de los apóstoles se convierte en un signo concreto de la salvación que deben llevar también a los gentiles.

 

Segunda lectura: 2 Timoteo 4,6-8.17ss

Querido hermano:

6 Yo ya estoy a punto de ser derramado en libación, y el momento de mi partida es inminente.

7 He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe.

8 Sólo me queda recibir la corona de salvación que aquel día me dará el Señor, juez justo, y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida gloriosa.

17 El Señor me asistió y me confortó, para que el mensaje fuera plenamente anunciado por mí y lo escucharan todos los paganos. Fui librado de la boca del león.

18 El Señor me librará de todo mal y me dará la salvación en su reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

**• El fragmento nos presenta el testamento de Pablo, que siente ahora próxima su muerte. Tras hacer algunas recomendaciones a Timoteo, el apóstol nos hace conocer su estado de ánimo: se siente solo y abandonado por los hermanos, pero no víctima, porque tiene la conciencia tranquila y el Señor está con él. Ha conservado la fe y la vocación misionera, en fidelidad al mandato recibido. Es consciente de que ha «combatido el buen combate, [ha] concluido [su] carrera» (v. 7).

Se compara, entonces, con la «libación» que se derramaba sobre las víctimas en los sacrificios antiguos: quiere morir como un verdadero luchador, tal como ha vivido, consciente de haberse entregado por completo a Dios y a los hermanos. Es consciente de que ahora le espera la victoria prometida al siervo fiel y también a todos los que «esperan con amor su venida gloriosa» (v. 8).

La conclusión del fragmento subraya los sentimientos personales del apóstol de los gentiles, su amor por la causa del Evangelio, su imitación de la persona de Cristo, y su conciencia de haber llevado a cabo la obra de salvación con los gentiles, a la que había sido llamado por el Señor (v. 17).

 

Evangelio: Mateo 16,13-19

En aquel tiempo,

13 de camino hacia la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

14 Ellos le contestaron: -Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.

15 Jesús les preguntó: -Y vosotros ¿quién decís que soy yo?

16 Simón Pedro respondió: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

17 Jesús le dijo: -Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que está en los cielos.

18 Yo te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer.

19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

 

*•• La confesión de Pedro es un texto de gran importancia para la vida del cristianismo y se compone de dos partes: la respuesta de Pedro sobre el mesiazgo de Jesús, Hijo de Dios (vv. 13-16), y la promesa del primado que Jesús confiere a Pedro (vv. 17-19). Por lo que respecta a la pregunta que dirige Jesús a sus discípulos, podemos subrayar dos puntos de vista: el de los hombres (v. 13: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»), con su apreciación humana, y el de Dios (v. 15: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?», con el correspondiente conocimiento sobrenatural.

La opinión de la gente del tiempo de Jesús reconocía en él a un profeta y a una personalidad extraordinaria (v. 14). La opinión de los Doce, en cambio, es la expresada por la confesión de fe de Pedro: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (cf. v. 16). Ahora bien, esa revelación es fruto exclusivo de la acción del Espíritu Santo, «porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que está en los cielos» (v. 17).

A causa de esta confesión, Pedro será la roca sobre la que edificará Jesús su Iglesia. A Pedro y a sus sucesores les ha sido confiada una misión única en la Iglesia: son el fundamento visible de esa realidad invisible que es Cristo resucitado. Ambos constituyen la garantía de la indefectibilidad de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Por otra parte, el poder especial otorgado por Jesús a Pedro, expresado por las metáforas de las llaves, del «atar» y del «desatar» (v. 19), indica que tendrá autoridad para prohibir y permitir en la Iglesia.

 

MEDITATIO

La Iglesia celebra a través de estos dos apóstoles su fundamento apostólico, mediante el cual se apoya directamente en la piedra angular que es Cristo (cf. Ef 2,19ss).

Pedro y Pablo son los «fundadores» de nuestra fe; a partir de ellos se entabla el diálogo entre institución y carisma, a fin de hacer progresar el camino de la vida cristiana.

El pescador de Galilea empezó su extraordinaria aventura siguiendo al Maestro de Nazaret, primero, en Judea y, a continuación, tras su muerte, hasta Roma. Y aquí se quedó no sólo con su tumba, sino con su mandato, es decir, en aquellos que han subido a la «cátedra de Pedro». Pedro continúa siendo, en los obispos de Roma, la «roca» y el centro de unidad sobre el que Cristo edifica su Iglesia.

Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles, se convirtió de perseguidor de Cristo en celoso misionero de su Evangelio. Cogido por el amor al Señor, Cristo llegó a ser para él su mayor pasión (2 Cor 5,14), hasta el punto de decir: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). Su martirio revelará la sustancia de su fe.

La evangelización de estas dos columnas de la Iglesia no se apoya en un mensaje intelectual, sino en una praxis profunda, sufrida y atestiguada con la palabra de Jesús.

 

ORATIO

Dios omnipotente y eterno, que con inefable sacramento quisiste poner en la sede de Roma la potestad del principado apostólico, para que a través de ella la verdad evangélica se difundiera por todos los reinos del mundo, concede que lo que se ha difundido por su predicación en todo el orbe sea seguido por toda la devoción cristiana (Sacramentarium Veronense, ed. L. C. Mohlberg, Roma 1978, n. 292).

 

CONTEMPLATIO

[...] en los apóstoles Pedro y Pablo has querido dar a tu Iglesia un motivo de alegría: Pedro fue el primero en confesar la fe; Pablo, el maestro insigne que la interpretó; aquel fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel, éste la extendió a todas las gentes. De esta forma, Señor, por caminos diversos, ambos congregaron la única Iglesia de Cristo, y a ambos, coronados por el martirio, celebra hoy tu pueblo con una misma veneración (Misal romano, prefacio propio de la misa de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo).

 

ACTIO

Repite hoy con frecuencia orando con san Pedro y san Pablo: «El Señor me asistió y me confortó» (2 Tim 4,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La liturgia fija hoy algunos momentos en la rica y agitada vida de los dos apóstoles. Domina sobre todos la escena de Cesárea de Filipo, descrita en el fragmento evangélico. ¿Qué retendremos, en particular, de este episodio tan célebre? Estas palabras: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». La Iglesia, pues, no es una sociedad de librepensadores, sino que es la sociedad -o mejor aún, la comunidad- de los que se unen a Pedro en la proclamación de la fe en Jesucristo. Quien edifica la Iglesia es Cristo. Es él quien elige libremente a un hombre y lo pone en la base. Pedro no es más que un instrumento, la primera piedra del edificio, mientras que Cristo es quien pone la primera piedra. Sin embargo, desde ahora en adelante no se podrá estar verdadera y plenamente en la Iglesia, como piedra viva, si no se está en comunión con la fe de Pedro y con su autoridad, o, al menos, si no se tiende a estarlo. San Ambrosio ha escrito unas palabras vigorosas: «Ubi Petrus, ib¡ Ecclesia», «Donde está Pedro, allí está la Iglesia». Lo que no significa que Pedro sea por sí solo toda la Iglesia, sino que no se puede ser Iglesia sin Pedro (R. Cantalamessa, La Parola e la vita, Roma 1978, p. 307).

 

 

Día 30

Viernes de la 12ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 17,9-10.15-22

1 Cuando Abrán tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo: -Yo soy el Dios Poderoso. Camina en mi presencia con rectitud.

9 Y el Señor añadió: -Guardaréis mi alianza tú y tus descendientes de generación en generación.

10 Ésta es la alianza que establezco con vosotros y con tus descendientes, y que habéis de guardar: circuncidad a todos los varones.

15 Dijo también Dios a Abrahán: -A tu mujer, Saray, ya no la llamarás Saray, sino Sara.

16 Yo la bendeciré y haré que te dé un hijo; la bendeciré y haré que se convierta en un pueblo numeroso y que de ella surjan reyes.

17 Cayó Abrahán rostro en tierra y se puso a reír pensando para sí: ¿Puede un hombre de cien años tener un hijo, y Sara ser madre a los noventa?

18 Y dijo Abrahán a Dios: -Me basta con que mantengas vivo a Ismael en tu presencia.

19 Pero Dios replicó: -Te digo que Sara, tu mujer, te dará un hijo; lo llamarás Isaac, y yo estableceré con él y con sus descendientes una alianza perpetua.

20 En cuanto a Ismael, acepto tu súplica: Yo lo bendigo; lo haré fecundo y lo multiplicaré inmensamente; engendrará doce príncipes y yo haré de él un gran pueblo.

21 Pero mi alianza la estableceré con Isaac, el hijo que te dará Sara el año próximo por estas fechas.

22 Cuando Dios terminó de hablar con Abrahán, se marchó de su lado.

 

*+ El capítulo 17, del que están tomados los versículos que hemos leído, ha sido definido no como un relato, sino como una construcción literaria estructurada como relato a fin de dar un sentido propio a la circuncisión, práctica que se sigue en muchos pueblos.

Dios se autopresenta a Abrahán y le pide que camine en su presencia con rectitud, siendo completamente suyo. La alianza con Dios no está concebida, en efecto, como un código de leyes, sino más bien como respuesta humana que abarca toda la existencia. Abrahán se postra ante su Señor y recibe la renovación de la promesa de una descendencia numerosa. Dios le cambia también el nombre, acción que indica la soberanía de Dios respecto a Abrahán y marca una nueva estación en la vida del patriarca. Será «padre de una muchedumbre de pueblos».

El cambio de nombre de Sara tiene también un valor teológico: ella es ahora la destinataria de una bendición relacionada con la fecundidad. La reacción de Abrahán en los w. 17ss resulta extraña después de la postración solemne del v. 3, pero atestigua también el realismo de la trama de fe e incredulidad que teje la vida de todo creyente. El sentido común humano se levanta frente a lo imposible de Dios: está ya Ismael, que puede ser muy bien el destinatario de la bendición. Ahora bien, una vez más, los caminos de Dios no son nuestros caminos. La alianza está reservada precisamente a Isaac, al «hijo de la risa», que constituye -de muchos modos- una elocuente figura de Jesús, el verdadero Hijo de la promesa, que alegró a Abrahán (cf. Jn 8,56) con la esperanza de ver su día.

 

Evangelio: Mateo 8,1-4

1 Cuando Jesús bajó del monte, le siguió mucha gente.

2 Entonces se le acercó un leproso y se postró ante él, diciendo: -Señor, si quieres, puedes limpiarme.

3 Jesús extendió la mano, le tocó y le dijo: -Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra.

4 Jesús le dijo: -No se lo digas a nadie, pero ve, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda prescrita por Moisés, para que tengan constancia de tu curación.

 

**• El capítulo 8 de Mateo abre la serie de los milagros de curación de Jesús, milagros que muestran su autoridad, superior a la de los maestros de la Ley y dotada de un carácter sacerdotal. La primera intervención de Jesús es la purificación de un leproso, es decir, de una persona que, en cuanto afectada por la máxima modalidad de impureza, era considerada como excomulgada. Por consiguiente, se le impedía no sólo la convivencia con los hombres, sino también la comunión con Dios. Los evangelios, en efecto, a propósito de los leprosos, hablan siempre de «purificar», de «limpiar», no de «curar». Jesús deja que el leproso -que, a causa de su enfermedad, debería mantenerse a distancia de todos y gritar: «¡Impuro, impuro!»- se le acerque. Jesús es sacerdote y médico: no teme el contacto con la impureza y sana al leproso. Ahora bien, para que éste sea reintegrado en la asamblea de Israel, es preciso que el sacerdote lo declare limpio y lleve a cabo el rito de la purificación (Lv 14).

Jesús le envía, por tanto, a presentar la ofrenda en el templo, mostrando con ello que ha venido no a abrogar la ley, sino a llevarla a su plenitud. Curar la lepra es una acción exclusiva de Dios, señor de la vida y de la muerte. ¡Jesús es el Señor! El leproso curado, que manifiesta su fe en Jesús, Señor y Salvador, es figura de todo hombre que acude a Jesús para recibir el don de la vida, libre por fin de la muerte. Cristo ha venido precisamente a decirnos a cada uno de nosotros: «Quiero, queda limpio».

 

MEDITATIO

Dios ha creado al hombre para hacer con él un camino pleno y total. A Abrahán le mandó: «Camina en mi presencia con rectitud», o mejor aún, sé todo mío. En efecto, sólo a través de esta pertenencia puede realizarse plenamente el hombre a sí mismo y gozar de la felicidad que Dios ha pensado para él. Pero nadie puede acercarse a la santidad de Dios sin haber sido purificado, porque el hombre lleva inscrita en su corazón la carcoma de la rebelión, de la autosuficiencia; en suma, del pecado. En el Antiguo Testamento, la lepra era el símbolo de la impureza radical del hombre frente a la santidad de Dios. El milagro propuesto en el evangelio de Mateo representa no tanto una curación como una purificación ontológica y radical de aquel hombre llevada a cabo por Jesús. Sólo él, el Santo de Dios, venido a asumir nuestro pecado, está en condiciones de realizar todo lo que al hombre, con su única fuerza, le resulta imposible.

Nosotros no somos capaces de caminar con integridad ante Dios si Jesús no interviene con su voluntad de bien y de salvación para hacernos santos, para hacernos participar de su misma filial pureza y belleza. Para eso ha venido, para eso ha muerto. Ahora bien, ¿queremos de verdad que nos sane?

 

ORATIO

Señor, Dios compasivo y lento a la ira, por amor a Abrahán, por amor a todos los humildes, los puros, los justos de todos los tiempos y de todos los lugares, ten piedad de mí; purifícame de toda culpa y revísteme de tu santidad e inocencia, para que siempre esté dispuesto a seguirte a todas partes, dando testimonio de la alegría con la que colmas a los que acogen tu misericordia.

 

CONTEMPLATIO

Si queréis emular a Dios, puesto que habéis sido creados a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos y con vuestro mismo nombre estáis proclamando la bondad, imitad la caridad de Cristo.

Pensad en los tesoros de su benignidad, pues, habiendo de venir como hombre a los hombres, envió previamente a Juan como heraldo y ejemplo de penitencia; y, por delante de Juan, envió a todos los profetas, para que indujeran a los hombres a convertirse, a volver al buen camino y a vivir una vida fecunda.

Luego, se presentó él mismo, y clamaba con su propia voz: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». ¿Y cómo acogió a los que escucharon su voz? Les concedió un pronto perdón de sus pecados y les liberó en un instante de sus ansiedades: la Palabra los hizo santos, el Espíritu los confirmó, el hombre viejo quedó sepultado en el agua, el hombre nuevo floreció por la gracia. ¿Y qué ocurrió a continuación? El que había sido enemigo se convirtió en amigo, el extraño resultó ser hijo, el profano vino a ser sagrado y piadoso. Imitemos el estilo pastoral que empleó el mismo Señor; contemplemos los evangelios y, al ver allí, como en un espejo, aquel ejemplo de diligencia y benignidad, tratemos de aprender estas virtudes. Allí encuentro, bosquejada en parábola y en lenguaje metafórico, la imagen del pastor de las cien ovejas que, cuando una de ellas se aleja del rebaño y vaga errante, no se queda con las otras que se dejaban apacentar tranquilamente, sino que sale en su busca, atraviesa valles y bosques, sube montañas altas y empinadas y va tras ella con gran esfuerzo, de acá para allá por los yermos, hasta que encuentra a la extraviada. Y, cuando la encuentra, no la azota ni la empuja hacia el rebaño con vehemencia, sino que la carga sobre sus hombros, la acaricia y la lleva con las otras, más contento por haberla encontrado que por todas las restantes. Pensemos en lo que se esconde tras el velo de esta imagen.

Esta oveja no significa, en rigor, una oveja cualquiera, ni este pastor es un pastor como los demás, sino que significan algo más. En estos ejemplos se contienen realidades sobrenaturales. Nos dan a entender que jamás desesperemos de los hombres ni los demos por perdidos, que no los despreciemos cuando están en peligro, ni seamos remisos en ayudarles, sino que, cuando se desvían de la rectitud y yerran, tratemos de hacerlos volver al camino, nos congratulemos de su regreso y los reunamos con la muchedumbre de los que siguen viviendo justa y piadosamente (Asterio de Amasea, Homilía sobre el arrepentimiento, en PG 40, col. 356).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Por eso, Señor, canto himnos de alegría a tu nombre» (Sal 17,50b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Tal vez no nos demos cuenta de la grandeza y de la novedad de este hecho respecto a las religiones no bíblicas y a las diferentes filosofías: que Dios se manifiesta exclusivamente como Dios de alguien. No es el Dios del cielo, no es el Dios del país, sino el Dios de un arameo errante, es decir, de un hombre que no tiene patria y es extranjero en todas partes. Este hombre es tan querido por Dios que éste, en cierto sentido, toma su nombre.

En efecto, ¿qué significa «Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob», sino que Dios tiene un nombre sólo en referencia a aquellos a quienes ama? La historia de los patriarcas, y sobre todo la de Abrahán, nos muestra que éstos aceptaron sin vacilar a este Dios tan cercano y, al mismo tiempo, tan huidizo...

El Dios de Abrahán es la única divinidad del mundo antiguo sin rostro ni figura, pero también la única que habla y escucha. El Dios de Abrahán es, en efecto, el Dios que habla a Abrahán y al que Abrahán puede hablar. Mientras que todo el Antiguo Testamento desanima cualquier propósito de ver a Dios, está recorrido por la llamada divina: Stema', escucha. Si la visión de Dios no podía resolverse más que en la muerte, oírle es y sigue siendo misterio de alianza: la Palabra de Dios es oída por aquel que es objeto del amor divino. Y es oída porque Dios la pone en su corazón (Dt 30,14). Esta intimidad es recíproca: también Dios escucha, también Abrahán habla. No sin razón, cuando leemos con «delicadeza» el Antiguo Testamento tenemos la impresión de que Dios está siempre atento. Los profetas no cesan de manifestar el ansia que tiene Dios de ser verdaderamente, en cada generación, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob: «"¡Quiero contarte entre mis hijos, regalarte una tierra de delicias, la heredad más preciosa entre las naciones!" Pensaba: "Me llamarás Padre y no te separarás de mí"» (Jr 3,19) (P. de Benedetti, Ció che tarda verrá, Magnano 1992, pp. 52-55, passim).