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OFICIO DE LECTURAS (VIGILIAS / MAITINES)

PARA EL TIEMPO ORDINARIO AÑO IMPAR

El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-.

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SOLEMNIDADES DEL SEÑOR DURANTE EL TIEMPO ORDINARIO

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Semana 31
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Semana 33
Semana 34

 

Domingo después de Pentecostés

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Solemnidad


PRIMERA LECTURA

De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-16

El gran misterio del designio de Dios

Hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que que-dan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».

Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. ¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios.

Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos. Cuan-do explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu.

A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién conoce la mente del Señor para poder instruirlo?» Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nacianzo, Poemas teológicos (Sección 1: Poemas dogmáticos, 1, 1-4. 21-34; Sección 2: 1.2; 60-64. 75-84; Sección 3, 1-9; 42-45; 51: PG 37, 397-411)

La veneranda predicación de las tres luminarias

Cuando tomamos la resolución de dar a conocer a otros la divinidad —a la que los mismos seres celestiales no pueden adorar como se merece—, soy consciente de que es algo así como si nos embarcásemos en una diminuta chalupa dispuestos a surcar el mar inmenso, o como si nos dispusiéramos a conquistar los espacios aéreos tachonados de astros, provistos de unas minúsculas alas. Pero tú, Espíritu de Dios, estimula mi mente y mi lengua, trompeta sonora de la verdad, para que todos puedan gozar con el corazón inmerso en la plenitud de la divinidad.

Hay un solo Dios, sin principio, sin causa, no circunscrito por cosa alguna preexistente o futura; supratemporal, infinito, Padre excelente del Hijo Unigénito, bueno, grande, y que, siendo espíritu, no sufrió en el Hijo ninguno de los condicionamientos de la carne.

Otro Dios único, distinto en la persona, no en la divinidad, es la Palabra de Dios: él es la viva impronta del Padre, el Hijo único de quien no conoce principio, único del único, su igual, de forma que así como el Padre sigue siendo plenamente Padre, así el Hijo es el creador y gobernador del mundo, fuerza e inteligencia del Padre...

Cantaremos primero al Hijo, venerando la sangre que fue expiación de nuestros pecados... Efectivamente, sin perder nada de su divinidad, se inclinó como médico sobre mis pestilentes heridas. Era mortal, pero Dios. Del linaje de David, pero plasmador de Adán; revestido de carne, es verdad, pero ajeno a las obras de la carne. Tuvo madre, pero virgen: circunscrito, pero inmenso... Fue víctima, pero también pontífice; sacerdote, y, sin embargo, Dios. Ofrendó su sangre a Dios, pero purificó el mundo entero. La cruz lo ensalzó, pero los clavos crucificaron el pecado. Fue contado entre los muertos, pero resucitó de entre los muertos y resucitó a muchos muertos antes que él: en éstos residía la pobreza del hombre, en él la riqueza del espíritu. Pero tú no debes escandalizarte como si las realidades humanas fueran indignas de la divinidad; al contrario, en consideración a la divinidad, has de tener a máximo honor la condición terrena, que, por amor a ti, asumió el incorruptible Hijo de Dios.

Alma, ¿a qué esperas? Canta asimismo la gloria del Espíritu: no disocies en tu discurso lo que la naturaleza no ha dividido. Estremezcámonos ante la grandeza del Espíritu, igualmente Dios, por quien yo he conocido a Dios. El es evidentemente Dios y él me hace ser Dios ya aquí abajo: todopoderoso, autor de los diversos dones, inspirador de la himnodia del coro de los santos, dador de vida tanto a los seres celestes como a los terrestres, sentado en las alturas. Fuerza divina que procede del Padre, no está sujeto a poder alguno. No es Hijo —pues el Hijo santo del único Bien es sólo uno—, ni está al margen de la invisible divinidad, sino que disfruta de idéntico honor...

Trinidad increada, supranatural, buena, libre, igualmente digna de adoración, único Dios que gobierna el mundo con triple esplendor. Mediante el bautismo, y por obra de las tres divinas personas, me siento regenerado en el hombre nuevo, y, destruida la muerte, nazco a la luz vuelto a la vida... Y si Dios ha purificado todo mi ser, también yo debo adorarlo en la totalidad de su ser.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS

 

Domingo después de Pentecostés
LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Solemnidad

EVANGELIO


Ciclo A: Jn 3, 16-18

HOMILÍA

San Gregorio de Nisa, Carta 5 (PG 46, 1031)

En el santo Bautismo se nos imparte la gracia de la
inmortalidad por la
fe en el Padre y en el Hijo
y en el Espíritu Santo

Como quiera que gracias al don de la santísima Trinidad se hacen partícipes de una fuerza vivificante los que, a partir de la muerte, son reengendrados a la vida eterna y por la fe son hechos dignos de esta gracia, así también esta gracia es imperfecta si en el bautismo de salvación es omitido el nombre de una cualquiera de las personas de la santísima Trinidad. En efecto, el misterio del segundo nacimiento no adquiere su plenitud en el solo nombre del Padre y del Hijo, sin el Espíritu Santo; ni tiene el bautismo capacidad de otorgarnos la vida perfecta en el solo nombre del Padre y del Espíritu, si se silencia al Hijo; ni en el Padre y el Hijo, omitido el Espíritu, se consuma la gracia de nuestra resurrección. Por eso tenemos depositada toda nuestra esperanza y la confianza de la salvación de nuestras almas en tres personas, que conocemos con estos nombres: creemos en el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que es fuente de la vida; y en el Hijo unigénito del Padre, que es el autor de la vida, según afirma el Apóstol; y en el Espíritu Santo de Dios, del que dice el Señor: El Espíritu es quien da vida.

Y como quiera que a nosotros, redimidos de la muerte, se nos imparte en el bautismo —como acabamos de decir—la gracia de la inmortalidad por la fe en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, basados en esta razón creemos no estar autorizados a admitir en la santísima Trinidad nada servil, nada creado, nada indigno de la majestad del Padre; toda vez que una sola es nuestra vida, vida que conseguimos por la fe en la santísima Trinidad, y que indudablemente fluye del Dios de todo lo creado, como de su fuente, que se difunde a través del Hijo y que se consuma en el Espíritu Santo.

Teniendo, pues, esto por cierto y por bien sentado, accedemos a recibir el bautismo tal como se nos ha ordenado; creemos tal como hemos sido bautizados; sentimos tal como creemos; de suerte que, sin discrepancia alguna, nuestro bautismo, nuestra fe y nuestro modo de sentir están radicados en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Y todos cuantos, acomodándose a esta regla de verdad, confiesan tres personas y pía y religiosamente las reconocen en sus propiedades, y creen que existe una sola divinidad, una sola bondad, un solo principado, una sola potestad y un solo poder, ni abrogan la potencia de la monarquía, ni se dejan arrastrar a la confesión del politeísmo, ni confunden las personas, ni se forjan una Trinidad con elementos dispares y heterogéneos, sino que aceptan con simplicidad el dogma de fe, colocando toda la esperanza de su salvación en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo: todos estos comparten con nosotros una misma forma de pensar. Pedimos a Dios tener también nosotros parte con ellos en el Señor.


Ciclo B: Mt 28, 16-20

HOMILÍA

San Basilio Magno, Tratado [atribuido] sobre el bautismo (Lib 1, cap 1, 1-2: PG 51, 1514-1515)

Es necesario imponerse primero en la doctrina
del Señor y luego iniciarse en el bautismo

Nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito del Dios vivo, cuando, después de haber resucitado de entre los muertos, hubo recibido la promesa de Dios Padre, que le decía por boca del profeta David: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy; pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra, y hubo reclutado discípulos, lo primero que hace es revelarles con estas palabras el poder recibido del Padre: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la' tierra. E inmediatamente después les confió una misión diciendo: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Habiendo, pues, el Señor ordenado primero: Haced discípulos de todos los pueblos, y agregado después: Bautizándolos, etc., vosotros, omitiendo el primer mandato, nos habéis apremiado a que os demos razón del segundo; y nosotros, convencidos de actuar contra el precepto del Apóstol, si no os respondemos inmediatamente —puesto que él nos dice: Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere—, os hemos transmitido la doctrina del bautismo según el evangelio del Señor, bautismo mucho más excelente que el de Juan. Pero lo hemos hecho de forma que sólo hemos recogido una pequeña parte del inmenso material que, sobre el bautismo, hallamos en las sagradas Escrituras.

Sin embargo, hemos creído necesario recurrir al orden mismo transmitido por el Señor, para que de esta suerte también vosotros, adoctrinados primeramente sobre el alcance y el significado de esta expresión: Haced discípulos y recibida después la doctrina sobre el gloriosísimo bautismo, lleguéis prósperamente a la perfección, aprendiendo a guardar todo lo que el Señor mandó a sus discípulos, como está escrito. Aquí, pues, le hemos oído decir: Haced discípulos, pero ahora es necesario hacer mención de lo que sobre este mandato se ha dicho en otros lugares; de esta forma, habiendo descubierto primero una sentencia grata a Dios, y observando luego el apto y necesario orden, no nos apartaremos de la inteligencia de este precepto, según nuestro propósito de agradar a Dios.

El Señor tiene por costumbre explicar claramente lo que en un primer momento se había enseñado como de pasada, acudiendo a argumentos aducidos en otro contexto. Un ejemplo: Amontonad tesoros en el cielo. Aquí se limita a una afirmación escueta; cómo haya que hacerlo concretamente, lo declara en otro lugar, cuando dice: Vended vuestros bienes, y dad limosna; haced talegas que no se echen a perder, un tesoro inagotable en el cielo.

Por tanto —y esto lo sabemos por el mismo Señor—, discípulo es aquel que se acerca al Señor con ánimo de seguirlo, esto es, para escuchar sus palabras, crea en él y le obedezca como a Señor, como a rey, como a médico, como a maestro de la verdad, por la esperanza de la vida eterna con tal que persevere en todo esto, como está escrito: Dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres», entendiéndolo indudablemente de la libertad del alma, por la que se libera de la virulenta tiranía del diablo, al liberarse de la esclavitud del pecado.


Ciclo C: Jn 16, 12-15

HOMILÍA

San Hilario de Poitiers, Tratado sobre la Trinidad (Lib 12, 55-56: PL 10, 468-472)

Bendito sea Dios por los siglos de los siglos

Según mi criterio, no es suficiente afirmar, en la confesión de mi fe, que el Señor Jesucristo, mi Dios y tu Unigénito, no es una mera criatura; ni soporto que se emplee una tal expresión al referirse a tu santo Espíritu, que procede de ti y es enviado por medio de él. Yo siento una gran veneración por las cosas que a ti te conciernen. Sabiendo que sólo tú eres el Ingénito y que el Unigénito ha nacido de ti, no se me ocurrirá no obstante decir queel Espíritu Santo ha sido engendrado, ni jamás afirmaré que ha sido creado. Me temo que, de esta manera de hablar, que me es común con el resto de tus representantes, pudieran derivarse para ti hasta ciertas mal disimuladas injurias. Según el Apóstol, tu Espíritu Santo sondea y conoce tus profundidades y tu abogado en favor mío te dice cosas que yo jamás sería capaz de decir: ¿y yo, a la potencia de su naturaleza permanente que procede de ti a través de tu Unigénito, no sólo la llamaré, sino que además la infamaré llamándola «creada»? Nada, sino algo que te pertenezca, puede penetrar tu intimidad: ni el abismo de tu inmensa majestad puede ser mensurado por fuerza alguna que te sea ajena o extraña. Todo lo que está en ti es tuyo: ni puede serte ajeno lo que es capaz de sondearte.

Para mí es inenarrable el que te dice, en favor mío, palabras que yo no puedo expresar. Pues, así como en la generación de tu Unigénito, antes de todos los tiempos, queda en suspenso toda ambigüedad de expresión y toda dificultad de comprensión, y resta solamente que ha sido engendrado por ti, así también, aun cuando no llegue a percibir con los sentidos la procesión de tu Espíritu Santo de ti a través de él, lo percibo no obstante con la conciencia.

En efecto, en las cosas espirituales soy tardo de comprensión, como dice tu Unigénito: No te extrañes de que te haya dicho: «Tenéis que nacer de nuevo»; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Habiendo obtenido la fe de mi regeneración, no la entiendo; y poseo ya lo que ignoro. Renazco sin yo sentirlo, con sola la virtualidad de renacer. Al Espíritu no se le puede canalizar: habla cuando quiere, lo que quiere y donde quiere. Si, pues, desconozco el motivo de sus idas y venidas, aun siendo consciente de su presencia, ¿cómo podré colocar su naturaleza entre las cosas creadas y limitarla pretendiendo definir su origen? Todo se hizo por el Hijo, que en el principio estaba junto a ti, oh Dios, y la Palabra era Dios, como dice tu evangelista Juan. Y Pablo enumera todas las cosas creadas por medio de él: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Y mientras recuerda que todo ha sido creado en Cristo y por Cristo, del Espíritu Santo juzgó suficiente con indicar que es tu Espíritu.

Abrigando, como abrigo, los mismos sentimientos en tales materias que estos santos varones expresamente elegidos por ti, de suerte que no me atreveré a afirmar de tu Unigénito nada que, según su criterio, supere el nivel de mi propia comprensión, excepto que ha nacido; de idéntico modo tampoco diré de tu Espíritu Santo nada que, según ellos, vaya más allá de las posibilidades de la inteligencia humana, excepto que es tu Espíritu. Ni quiero perderme en una inútil pugna de palabras, sino mantenerme más bien en la perenne profesión de una fe inquebrantable.

Conserva, te lo ruego, esta incontaminada norma de mi fe y, hasta mi postrer aliento, concede esta voz a mi conciencia, para que me mantenga siempre fiel a lo que he profesado en el Símbolo de mi nuevo nacimiento, cuando fui bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: a saber, que pueda siempre adorarte a ti, Padre nuestro, junto con tu Hijo, y merezca a tu Espíritu Santo, que procede de ti a través de tu Unigénito. Porque para mí, mi Señor Jesucristo es idóneo testigo para creer, él que dijo: Padre, todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío; él que permanece siempre Dios en ti, de ti y junto a ti. ¡Bendito él por los siglos de los siglos! Amén.

 

Jueves después de la Santísima Trinidad

EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Solemnidad


PRIMERA LECTURA

Del libro del Exodo 24, 1-11

Vieron a Dios y comieron y bebieron

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

«Sube a mí con Aarón, Nadab y Abihú y los setenta ancianos de Israel, y prosternaos a distancia. Después se acercará Moisés solo, no ellos; y el pueblo que no suba». «Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una:

«Haremos todo lo que dice el Señor».

Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor.

Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió:

«Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos».

Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos».

Subieron Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y los setenta ancianos de Israel, y vieron al Dios de Israel: bajo los pies tenía una especie de pavimento, brillante como el mismo cielo. Dios no extendió la mano contra los notables de Israel, que pudieron contemplar a Dios, y después comieron y bebieron.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Homilía 10 (PG 77,1015-1018)

Se nos presentan dones divinos, está preparada la mística mesa

¿Puede haber algo más agradable y delicioso para hombres piadosos y deseosos de la verdadera vida, que gozar perpetuamente de Dios y encontrar reposo pensando en él? Porque si los que comen y beben hasta la saciedad y secundan sus fluctuantes caprichos tienen un cuerpo robusto y pletórico de vida, ¿cuánto más quienes se preocupan del alma y se nutren de las tranquilas aguas de la divina predicación, brillarán vestidos del tisú de oro y brocados, como atestigua el profeta?

Pues bien, cuando, de la palestra espiritual, llegamos al final de los misterios vivíficos, y el Señor ha puesto a nuestra disposición, como viático de inmortalidad, dones que superan toda ponderación, ¡ánimo! cuantos en este mundo suspiráis por las delicias de los arcanos, y, hechos partícipes de la vocación celestial, vestidos de una fe sincera como de un vestido nupcial, dirijámonos con presteza a la mística cena. Cristo nos recibe hoy en un banquete, Cristo nos sirve hoy; Cristo, el enamorado de los hombres, nos recrea.

Es tremendo lo que se dice, formidable lo que se realiza. Es inmolado aquel ternero cebado; es sacrificado el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. El Padre se alegra: el Hijo se ofrece espontáneamente al sacrificio, que hoy no ejecutan ya los enemigos de Dios, sino él mismo, para significar que, por la salvación de los hombres, él ha padecido voluntariamente el suplicio. ¿Quieres que te demuestre cómo en lo que acabo de decir se contiene el signo de una realidad concreta?

No te fijes en la brevedad de mis palabras o en nuestra insignificancia, sino en la voz y en la autoridad de quienes con anterioridad predicaron estas cosas. ¿Te das cuenta de la gran dignidad del pregonero? Fíjate ahora y considera la fuerza de cuanto él ha predicho. Dice: La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas; ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa. Estas cosas, carísimo, son símbolo de cuanto ahora se realiza. Las delicias de este banquete, espléndido por la magnificencia y variedad de sus manjares, son para ti. Está presente el autor mismo de tal magnificencia, se nos presentan dones divinos, está preparada la mística mesa, se ha mezclado el vino. Quien invita es el Rey de la gloria; el maestro de ceremonias es el Hijo de Dios; el Dios encarnado invita al Verbo: la Sabiduría subsistente de Dios Padre, que se construyó un templo no edificado por hombres, es la que distribuye su cuerpo como pan, y su sangre vivificante la escancia como vino. ¡Oh tremendo misterio!, ¡oh inefable designio del divino consejo!, ¡oh irrastreable bondad! El Creador se ofrece como alimento a la criatura, la misma vida se ofrece a los mortales como comida y bebida. Venid, comed mi cuerpo —nos exhorta—, y bebed el vino que he mezclado para vosotros. Yo mismo me he preparado como alimento, yo mismo me he mezclado para quienes lo deseen. Libremente me he encarnado, yo que soy la vida; voluntariamente quise ser partícipe de la carne y de la sangre, yo que soy el Verbo y la impronta hipostática del Padre, para salvaros. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS

 

Jueves después de la Santísima Trinidad
EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Solemnidad

EVANGELIO

Ciclo A: Jn 6, 51-59

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 272 (Edit Maurist t. 5, 1103-1104)

Cristo consagró en su mesa el misterio de la paz
y de nuestra unidad

Esto que veis sobre el altar de Dios es un pan y un cáliz: de ello dan testimonio vuestros mismos ojos; en cambio, vuestra fe os enseña a ver en el pan el cuerpo de Cristo, y en el cáliz la sangre de Cristo.

Os lo he dicho en breves palabras, y quizá a la fe le sea suficiente; pero la fe desea ser instruida. Podríais ahora replicarme: Nos has mandado que creamos, explícanoslo para que lo entendamos. Puede, en efecto, aflorar este pensamiento en la mente de cualquiera: Sabemos de quién tomó la carne nuestro Señor Jesucristo: de la Virgen María. De niño fue amamantado, alimentado, creció, llegó a la edad juvenil, fue muerto en el madero, fue bajado de la cruz, fue sepultado, resucitó al tercer día y, el día que quiso, subió al cielo llevándose allí su propio cuerpo; de allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos, allí está ahora sentado a la derecha del Padre: ¿cómo el pan puede ser su cuerpo? Y el cáliz, o lo que el cáliz contiene, ¿cómo puede ser su sangre?

Estas cosas, hermanos, se llaman sacramentos, porque una cosa es lo que se ve y otra lo que se sobreentiende. Lo que se ve tiene un aspecto corporal, lo que se sobreentiende posee un fruto espiritual. Si quieres comprender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol dirigiéndose a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros.

Por tanto, si vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está colocado vuestro misterio: recibís vuestro misterio. A lo que sois respondéis: Amén, y al responder lo suscribís. En efecto, se te dice: El cuerpo de Cristo, y respondes: Amén. Sé miembro del cuerpo de Cristo y tu Amén será verdadero.

¿Y por qué, pues, en el pan? Para no aportar aquí nada de nuestra cosecha, escuchemos al mismo Apóstol, quien hablando de este sacramento dice: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo. Comprended y alegraos: unidad, verdad, piedad, caridad. El pan es uno: ¿quién es este único pan? Siendo muchos, formamos un solo cuerpo. Tened en cuenta que el pan no se hace de un solo grano, sino de muchos. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Esto es lo que dijo el Apóstol hablando del pan. Qué es lo que hemos de entender por el cáliz nos lo insinúa claramente, aunque sin decirlo. Así como para obtener la especie visible del pan ha habido que fusionar muchos granos en una sola realidad, para que se verifique lo que la Escritura santa dice de los fieles: Todos pensaban y sentían lo mismo, lo mismo sucede con el vino. Recordad, hermanos, cómo se elabora el vino. Son muchos los granos que componen el racimo, pero el zumo de los granos se confunde en una realidad.

Así también, Cristo, el Señor, nos selló a nosotros, quiso que le perteneciéramos, consagró en su mesa el misterio de la paz y de nuestra unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no mantiene el vínculo de la paz, no recibe el misterio en favor suyo, sino como testimonio contra él.
 

Ciclo B: Mc 14, 12-16.22-26

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo. Homilía 82 sobre el evangelio de san Mateo (1: PG 58, 737-739)

He deseado enormemente comer esta comida pascual

Durante la cena, cogió el pan y lo partió. ¿Por qué instituyó este misterio durante la Pascua? Para que deduzcas de todos sus actos que él fue el legislador del antiguo Testamento, y que todas las cosas que en él se contienen fueron esbozadas con vistas a la nueva alianza. Por eso, donde estaba la figura, Cristo entronizó la verdad. La tarde era el símbolo de la plenitud de los tiempos, e indicaba que las cosas estaban tocando ya su fin. Pronunció la bendición, enseñándonos cómo hemos de celebrar nosotros este misterio, mostrando que no va forzado a la pasión y preparándonos a nosotros para que todo cuanto suframos lo sepamos soportar con hacimiento de gracias, y sacando del sufrimiento un refuerzo de la esperanza.

Pues si ya el tipo o la figura fue capaz de liberar de una tan grande esclavitud, con más razón liberará la verdad a la redondez de la tierra y redundará en beneficio de nuestra raza. Por eso Cristo no instituyó antes este misterio, sino tan sólo en el momento en que estaban para cesar las prescripciones legales. Abolió la más importante de las solemnidades judaicas, convocando a los judíos en torno a otra mesa mucho más santa, y dijo: Tomad y comed: esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros.

Y ¿cómo no se turbaron al oír esto? Porque ya antes Cristo les había dicho muchas y grandes cosas de este misterio. Por eso ahora no se extiende en explicaciones, pues ya habían oído bastante sobre esta materia. En cambio, sí que les dice cuál es la causa de la pasión: el perdón de los pecados. Llama a su sangre «sangre de la nueva alianza», es decir, de la promesa y de la nueva ley. En efecto, esto es lo que ya antiguamente había prometido y lo confirma la nueva alianza. Y así como la antigua alianza ofreció ovejas y novillos, la nueva ofrece la sangre del Señor. Insinúa además en este pasaje que él tenía que morir: por eso hace alusión al testamento y menciona asimismo el antiguo: de ahí que tampoco faltase sangre en la inauguración de la primera alianza. Nuevamente declara la causa de su muerte: Que será derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y añade: Haced esto en conmemoración mía.

¿No os dais cuenta cómo retrae y aparta a sus discípulos de los ritos judaicos? Que es como si dijera: Vosotros celebrabais aquella cena en conmemoración de los prodigios obrados en Egipto; celebrad la nueva cena en conmemoración mía. Aquella sangre fue derramada para salvar a los primogénitos; ésta, para el perdón de los pecados de todo el mundo. Esta es mi sangre —dice— que será derramada para el perdón de los pecados. Dijo esto, sin duda, tanto para demostrar que la pasión y la muerte son un misterio, como para, de esta forma, consolar nuevamente a sus discípulos.Y así como Moisés dijo: Es ley perpetua para vosotros, así dijo también él: En conmemoración mía, hasta que vuelva. Por eso afirma: He deseado enormemente comer esta comida pascual; es decir, he deseado haceros entrega de esta nueva realidad, daros una pascua con la cual os convertiré en hombres espirituales.

Y él mismo bebió también de él. Para evitar que al oír estas palabras replicasen: ¿Cómo? ¿Vamos a beber sangre y a comer carne?, y se escandalizaran —pues hablando en otra ocasión de este tema, muchos se escandalizaron de sus palabras—; pues bien, para que no tuvieran motivo de escándalo, él es el primero en dar ejemplo, induciéndolos a participar en estos misterios con ánimo tranquilo. Por esta razón, él mismo bebió su sangre.


Ciclo C: Lc 9, llb-17

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 24, sobre la primera carta a los Corintios (4: PG 61, 204-205)

Acerquémonos a Cristo con fervor

Cristo nos dio su carne para saciarnos, invitándonos a una amistad cada vez más íntima. Acerquémonos, pues, a él con fervor y con una ardiente caridad, y no incurramos en castigo. Pues cuanto mayores fueren los beneficios recibidos, tanto más gravemente seremos castigados si nos hiciéramos indignos de tales beneficios.

Los magos adoraron también este cuerpo recostado en un pesebre. Y siendo hombres irreligiosos y paganos, abandonando casa y patria, recorrieron un largo camino, y al llegar, lo adoraron con gran temor y temblor. Imitemos al menos a estos extranjeros nosotros que somos ciudadanos del cielo. Ellos se acercaron efectivamente con gran temor a un pesebre y a una gruta, sin descubrir ninguna de las cosas que ahora te es dado contemplar: tú, en cambio, no lo ves en un pesebre, sino sobre un altar; no contemplas a una mujer que lo tiene en sus brazos, sino al sacerdote que está de pie en su presencia y al Espíritu, rebosante de riqueza, que se cierne sobre las ofrendas. No ves simplemente, como ellos, este mismo cuerpo, sino que conoces todo su poder y su economía de salvación, y nada ignoras de cuanto él ha hecho, pues al ser iniciado, se te enseñaron detalladamente todas estas cosas. Exhortémonos, pues, mutuamente con un santo temor, y demostrémosle una piedad mucho más profunda que la que exhibieron aquellos extranjeros para que, no acercándonos a él temeraria y desconsideradamente, no se nos tenga que caer la cara de vergüenza.

Digo esto no para que no nos acerquemos, sino para que no nos acerquemos temerariamente. Porque así como es peligroso acercarse temerariamente, así la no participación en estas místicas cenas significa el hambre y la muerte. Pues esta mesa es la fuerza de nuestra alma, la fuente de unidad de todos nuestros pensamientos, la causa de nuestra esperanza: es esperanza, salvación, luz, vida. Si con este bagaje saliéramos de aquel sacrificio, con confianza nos acercaríamos a sus atrios sagrados, como si fuéramos armados hasta los dientes con armadura de oro.

¿Hablo quizá de cosas futuras? Ya desde ahora este misterio te ha convertido la tierra en un cielo. Abre, pues, las puertas del cielo y mira; mejor dicho, abre las puertas no del cielo sino del cielo de los cielos, y entonces contemplarás lo que se ha dicho. Todo lo que de más precioso hay allí, te lo mostraré yo aquí yaciendo en la tierra. Pues así como lo más precioso que hay en el palacio real no son los muros ni los techos dorados, sino el rey sentado en el trono real, así también en el cielo lo más precioso es la persona del Rey.

Y la persona del Rey te es dado contemplarla ya ahora en la tierra. Pues no te presento a los ángeles, ni a los arcángeles, ni a los cielos, ni a los cielos de los cielos, sino al mismo Señor de todos ellos. ¿Te das cuenta cómo en la tierra contemplas lo que hay de más precioso? Y no solamente lo ves, sino que además lo tocas; y no sólo lo tocas, sino que también lo comes; y después de haberlo recibido, te vuelves a tu casa. Purifica, por tanto, tu alma, prepara tu menté a la recepción de estos misterios.

 

Viernes posterior al segundo domingo
después de Pentecostés

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Solemnidad


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 28-39

El amor de Dios, manifestado en Cristo

Hermanos: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

¿Cabe decir más? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios y que intercede por nosotros?

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como ovejas de matanza». Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado.

Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sermón 157, sobre las palabras del Apóstol (2-3: PL 38, 860-861)

Dios no perdonó a su propio Hijo

Hermanos, como hombres mansos y humildes, caminad por el camino recto, que nos indica el Señor. De él dice el salmo: Hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. Ciertamente, en las dificultades de la presente vida, nadie puede conservar inalterable la paciencia, sin la cual es imposible salvaguardar la esperanza de la vida futura, si no es el hombre manso y humilde, que no opone resistencia a la voluntad de Dios, cuyo yugo es suave y cuya carga es ligera, aunque lo es solamente para los que creen en Dios, esperan en él y le aman.

Así pues, si sois mansos y humildes, no sólo amaréis sus consuelos, sino que soportaréis como buenos hijos incluso sus castigos; de este modo aguardaréis en la paciencia lo que esperáis sin ver. Vivid así, caminad así. Camináis efectivamente en Cristo, que dijo: Yo soy el camino. Cómo haya de caminarse en Cristo debéis aprenderlo no sólo de sus palabras, sino también de su ejemplo.

Y a este su propio Hijo el Padre no lo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros, no ciertamente contra su voluntad o ante su oposición, sino queriéndolo igualmente; porque una misma es la voluntad del Padre y del Hijo, dada la igualdad de la naturaleza divina. Siendo, pues, de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; sino que, haciéndose singularmente obediente, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Pues él mismo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor. Así pues, el Padre no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, para que él se entregase a sí mismo por nosotros.

El, el excelso, por medio del cual se hizo todo, fue efectivamente entregado en su condición de esclavo a la vergüenza de la gente y al desprecio del pueblo, a los ultrajes, a los azotes, a la muerte de cruz: él nos enseñó con el ejemplo de su pasión de cuánta paciencia hemos de revestirnos para caminar en él; y con el ejemplo de su resurrección nos ha confirmado en lo que pacientemente hemos de esperar de él.

Cuando esperamos lo que no vemos, esperamos con perseverancia. Es cierto que esperamos lo que no vemos: pero somos el cuerpo de aquella Cabeza, en la que vemos ya realizadas nuestras actuales esperanzas. En efecto, de él se ha dicho que es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia, el primogénito, y así es el primero en todo. Y de nosotros está escrito: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro. Cuando esperamos lo que no vemos, esperamos con perseverancia, seguros; porque el que resucitó es nuestra cabeza y conserva firme nuestra esperanza.

Y como nuestra cabeza, antes de resucitar, fue flagelado, ha reforzado nuestra paciencia. Pues está escrito: El Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. No desmayemos, por tanto, en el castigo, para llegar a las alegrías de la resurrección. Pues hasta tal punto es verdad que castiga a sus hijos preferidos, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.

Teniendo, pues, fija la mirada en aquel que, sin culpa de pecado, fue flagelado, que fue entregado por nuestros pecados y resucitó por nuestra justificación, no temamos ser rechazados cuando estamos bajo el peso del castigo; confiemos más bien en ser acogidos en base a la justificación.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS

 

Viernes posterior al segundo domingo
después de Pentecostés
EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Solemnidad

EVANGELIO


Ciclo A: Mt 11, 25-30

HOMILÍA

San Buenaventura, El árbol de la vida (Opúsculo 3, 29-30.47: Opera omnia 8, 79)

En ti está la fuente viva

Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es este que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!

Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán al que atravesaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna.

Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que anida en la pared de una cueva; el gorrión que ha encontrado una casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.

Corre, con vivo deseo, a esta fuente de vida y de luz, quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:

«¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad!

¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable! De ti procede el río que alegra la ciudad de Dios, para que, con voz de regocijo y gratitud, te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz».


Ciclo B: In 19, 31-37

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 213 (18: Edit Maurist 5, 942)

La lanza traspasó el costado de Cristo
y manó nuestro precio

Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso. Fíjate lo poco que cuesta pronunciar estas palabras y lo profundo que es su significado. Es Dios y es Padre: Dios por el poder, Padre por su bondad. ¡Qué felices somos los que en Dios hemos hallado a nuestro Padre! Creamos, pues, en él y prometámonos todo de su misericordia, porque es todopoderoso: por eso creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso.

Que nadie diga: no me puede perdonar los pecados. ¿Cómo no va a poder el todopoderoso? Pero insistes: he pecado mucho. Y yo te replico: pero es todopoderoso. Y tú vuelves a la carga: He cometido tales pecados, que nunca podré ser liberado o purificado. Respondo: y sin embargo, él es todopoderoso.

En el Símbolo decimos también: en el perdón de los pecados. Si esto no se diese en la Iglesia, no habría ninguna esperanza. Si en la Iglesia no hubiera perdón de los pecados, no habría ninguna esperanza de vida futura y de eterna liberación. Damos gracias a Dios por haber otorgado a la Iglesia este don.

He aquí que pronto os acercaréis a la fuente santa, seréis purificados en el bautismo, quedaréis renovados por el saludable baño del segundo nacimiento; al salir de aquel baño, estaréis limpios de todo pecado.

Todo el pasado que os perseguía será allí cancelado. Vuestros pecados eran semejantes a los egipcios que salieron en persecución de los israelitas: los persiguieron, pero hasta el mar Rojo. ¿Qué significa hasta el mar Rojo? Hasta la fuente bautismal consagrada por la cruz y la sangre de Cristo. Pues lo que es rojo, enrojece. ¿No ves cómo enrojece la heredad de Cristo? Pregunta a los ojos de la fe. Si ves la cruz, fíjate también en la sangre; si ves lo que cuelga, fijate en lo que derramó. La lanza traspasó el costado de Cristo y manó nuestro precio. Por eso, el bautismo, es decir, el agua en que sois inmersos, va marcado con el signo de Cristo, y es como si atravesareis el mar Rojo. Vuestros pecados son vuestros enemigos: os siguen, pero hasta el mar.

Una vez que hayáis entrado, vosotros saldréis, pero ellos serán aniquilados: lo mismo que ocurrió con los israelitas: ellos caminaban a pie enjuto, mientras que a los egipcios los cubrió el agua. Y ¿qué dice la Escritura? Y ni uno solo se salvó. Sean muchos o pocos tus pecados, sean graves o leves: ni el más pequeño se salvó. Pero como quiera que nuestra victoria se sitúa en este mundo, en el que nadie puede vivir sin pecado, el perdón de los pecados no es exclusivo de la sola ablución bautismal, sino que está también vinculado a la oración dominical y cotidiana, que recibiréis a los ocho días. En ella encontraréis algoasí como vuestro bautismo de cada día, para que podáis dar gracias a Dios, que otorgó a su Iglesia este don.


Ciclo C: Lc 15, 3-7

HOMILÍA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 22, 3.27-30: CSEL 62, 489-490.502-504; PL 15, 1512.1520-1521)

Ven, Señor, busca a tu oveja

En su evangelio, el mismo Señor Jesús aseguró que el pastor deja las noventa y nueve ovejas y va en busca de la descarriada. Es la oveja centésima de la que se dice que se había descarriado: que la misma perfección y plenitud del número te instruya y te informe. No sin razón se le da la preferencia sobre las demás, pues es más valioso un consciente retorno del mal que un casi total desconocimiento de los mismos vicios. Pues el haber enmendado el alma enfangada en el vicio, liberándola de las trabas de la concupiscencia, no solamente es indicio de una virtud consumada, sino que es, además, signo eficaz de la presencia de la divina gracia. Ahora bien, enmendar el futuro es incumbencia de la atención humana; condonar el pretérito es competencia del divino poder.

Una vez encontrada la oveja, el pastor la carga sobre sus hombros. Considera atentamente el misterio: la oveja cansada halla el reposo, pues la extenuada condición humana no puede recuperar las fuerzas sino en el sacramento de la pasión del Señor y de la sangre de Jesucristo, que lleva a hombros el principado; de hecho, en la cruz cargó con nuestras enfermedades, para aniquilar en ella los pecados de todos. Con razón se alegran los ángeles, porque el que antes erró, ya no yerra, se ha olvidado ya de su error.

Me extravié como oveja perdida: busca a tu siervo, que no olvida tus mandatos. Busca a tu siervo, pues la oveja descarriada ha de ser buscada por el pastor, para que no perezca. Ahora bien: el que se extravió puede volver al camino, puede ser reconducido al camino. Ven, pues,

Señor Jesús, busca a tu siervo, busca a tu oveja extenuada; ven, pastor, guía a José como a un rebaño. Se extravió una oveja tuya mientras tú te detenías, mientras discurrías por los montes. Deja tus noventa y nueve ovejas y ven en busca de la descarriada. Ven, pero no con la vara, sino con la caridad y la mansedumbre del Espíritu.

Búscame, pues yo te busco. Búscame, hállame, recíbeme, llévame. Puedes hallar al que tú buscas; te dignas recibir al que hubieres encontrado, y cargar sobre tus hombros al que hubieras acogido. No te es enojosa esta piadosa carga, no te es oneroso transportar la justicia. Ven, pues, Señor, pues si es verdad que me extravié, sin embargo no olvidé tus mandatos; tengo mi esperanza puesta en la medicina. Ven, Señor, pues eres el único capaz de reconducir la oveja extraviada; y a los que dejares, no les causarás tristeza, y a tu regreso ellos mismos mostrarán a los pecadores su alegría. Ven a traer la salvación a la tierra y alegría al cielo.

Ven, pues, y busca a tu oveja, no ya por mediación de tus siervos o por medio de mercenarios, sino personalmente. Recíbeme en la carne, que decayó en Adán. Recíbeme como hijo no de Sara, sino de María, para que sea una virgen incorrupta, pero virgen de toda mancha de pecado por la gracia. Llévame sobre la cruz, que es salvación para los extraviados: sólo en ella encuentran descanso los fatigados, sólo en ella tienen vida todos los que mueren.

 

SEMANA I DEL TIEMPO ORDINARIO

En lugar del domingo 1 del tiempo ordinario se celebra la fiesta del Bautismo del Señor.


LUNES


PRIMERA LECTURA

Comienza la carta del apóstol san Pablo a los

Romanos 1, 1-17

Saludo y acción de gracias

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el evangelio de Dios. Este evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo nuestro Señor.

Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús.

A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

Antes de nada doy gracias a mi Dios, por medio de Jesucristo, por todos vosotros, porque en el mundo entero se pondera vuestra fe. Bien sabe Dios, a quien doy culto con toda mi alma, proclamando el evangelio de su Hijo, que no se me cae vuestro nombre de la boca cada vez que rezo, y le pido a Dios que, si es su voluntad, alguna vez por fin consiga ir a visitaros como sea. Tengo muchas ganas de veros, para comunicaros algún don del Espíritu que os afiance, es decir, para animarnos mutuamente con la fe de unos y otros, la vuestra y la mía.

Por otra parte, quiero que sepáis, hermanos que muchas veces he tenido en proyecto haceros una visita, pero que hasta el presente siempre he encontrado obstáculos; esperaba recoger entre vosotros algún fruto, como entre los demás pueblos. Estoy en deuda con griegos y extranjeros, con instruidos e ignorantes; de ahí mi afán por exponeros el evangelio también a vosotros los de Roma.

Porque yo no me avergüenzo del evangelio: es la fuerza de la salvación de Dios para con todo el que cree, primero para el judío, pero también para el griego. Porque en él se revela la Justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: «El justo vivirá por su fe».

 

RESPONSORIO                    Rom 3, 24.25; 5,1
 
R./ Hemos sido justificados gratuitamente en virtud de la redención realizada por Jesucristo. * Dios lo ha predestinado para que sirviera como instrumento de expiación por medio de la fe, en su sangre.
V./ Justificados entonces por la fe, nosotros estamos en paz con Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo.
R./ Dios lo ha predestinado para que sirviera como instrumento de expiación por medio de la fe, en su sangre.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (1, 7-9: PG 14, 852-855)

Esta fe que profesan los romanos es la misma
que se anuncia y crece en todo el mundo

Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Pablo dice haber recibido de Cristo este don y esta misión, en cuanto mediador entre Dios y los hombres. El don hemos de relacionarlo con la resistencia a las fatigas; la misión, a la autoridad de la predicación, porque el mismo Cristo es llamado apóstol, o sea, enviado del Padre, pues él se dice enviado a evangelizar a los pobres. Así pues, todo' lo que tiene. se lo transmite a sus discípulos. En sus labios –se ha dicho– se derrama la gracia.

Da también la gracia a sus apóstoles, trabajando con la cual puedan decir: He trabajado más que todos ellos: aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Y porque de él se ha dicho: Tenemos en Cristo al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos, quien confiere a sus discípulos la dignidad del apostolado, para que también ellos sean constituidos apóstoles de Dios.

Pues los paganos, que estaban excluidos de la ciudadanía de Israel y eran ajenos a las alianzas, no podían creer en el evangelio sino por la gracia conferida a los apóstoles. En virtud de esta gracia se dice que los paganos obedecían por la fe a la predicación de los apóstoles, y se nos recuerda que el pregón de la gracia apostólica que anunciaba el nombre de Cristo, alcanzó a toda la tierra, hasta el punto de llegar hasta Roma. A ellos, a los de Roma, les dice el Apóstol: Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. Pablo se dice llamado a ser apóstol; los romanos también son llamados, pero no a ser apóstoles, sino a formar parte de los santos en respuesta a la fe.

Antes de nada doy gracias a mi Dios, por medio de Jesucristo, por todos vosotros, porque en el mundo entero se pondera vuestra fe. Lo mismo que escribiendo a otras comunidades Pablo dice que da gracias a Dios por todos, lo dice ahora escribiendo a los romanos. La primera palabra, es una palabra de acción de gracias. Ahora bien: dar gracias a Dios es lo mismo que ofrecerle un sacrificio de alabanza; por eso añade: por medio de Jesucristo, es decir, por medio del gran Pontífice. Conviene saber que todo el que desea ofrecer a Dios un sacrificio, debe hacerlo por mediación de un pontífice.

Pero veamos por qué el Apóstol da gracias a su Dios: Porque —dice— en el mundo entero se pondera vuestra fe. Puede entenderse de esta manera: esta fe que profesan los romanos es la misma que se predica no sólo en la tierra, sino también en el cielo. Pues Jesús reconcilió en su sangre, no sólo a los que hay en la tierra, sino también a los que hay en el cielo, y al nombre de Jesús se dobla toda rodilla en la tierra, en el cielo y en el abismo. Esto es predicar la fe en todo el mundo: por ella todo el universo se someterá a Dios.

 

RESPONSORIO                    Rom 15, 16;11, 13
 
R./ Me ha sido concedida por Dios la gracia de ser ministro de Jesucristo entre los paganos, ejerciendo el sagrado oficio del evangelio de Dios; * para qué los paganos se conviertan en oblación agradable, santificada por el Espíritu.
V./ Como apóstol de los gentiles, hago honor a mi ministerio.
R./ Para qué los paganos se conviertan en oblación agradable, santificada por el Espíritu.


 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 1, 18-32

Reprobación de la impiedad

Desde el cielo Dios revela su reprobación de toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia.

Es decir, lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para toda la mente que penetra en sus obras. Realmente no tienen defensa, porque conociendo a Dios no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía. Al contrario, su razonar acabó en vaciedades y su mente insensata se sumergió en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles.

Por esta razón los ha entregado Dios a la bajeza de sus deseos, con la consiguiente degradación de sus propios cuerpos; por haber cambiado al Dios verdadero por uno falso, adorando y dando culto a la criatura en vez de al Creador. ¡Bendito él por siempre! Amén.

Por esta razón los entregó Dios a sus pasiones degradantes: sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras innaturales, y los hombres lo mismo: dejando las relaciones naturales con la mujer, se consumieron de deseos unos por otros; cometen infamias con otros hombres, recibiendo en su persona el pago inevitable de su extravío.

Como además juzgaron inadmisible seguir reconociendo a Dios, los entregó Dios a la inadmisible mentalidad de romper toda regla de conducta, llenos como están de toda clase de injusticia, perversidad, codicia y maldad; plagados de envidias, homicidios, discordias, fraudes, depravación; son difamadores, hostiles a Dios, insolentes, arrogantes, fanfarrones, con inventiva para lo malo, rebeldes a sus padres, sin conciencia, sin palabra, sin entrañas, sin compasión.

Conocían bien el veredicto de Dios: que los que se portan así son reos de muerte, y sin embargo, no sólo hacen esas cosas, sino además aplauden a los que las hacen.

 

RESPONSORIO                    Rom 1,20; Sab 13,5.1
 
R./ Las perfecciones invisibles de Dios pueden ser contempladas con la inteligencia en las obras que Él ha realizado. * De hecho, por la grandeza y belleza de las criaturas, se reconoce por analogía al autor.
V./ Son estúpidos por naturaleza todos los hombres que viven en la ignorancia de Dios.
R./ De hecho, por la grandeza y belleza de las criaturas, se reconoce por analogía al autor.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 3 sobre la carta a los Romanos (1: PG 60, 411-412)

El error es múltiple; la virtud, una

Desde el cielo Dios revela su reprobación de toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Observa la prudencia de Pablo, cómo del tono persuasivo de la exhortación, pasa al más vehemente de la amenaza. Después de haber dicho que el evangelio es fuente de salvación y de vida, y que ha sido la potencia de Dios la que ha operado la salvación y la justicia, pasa seguidamente a las amenazas para infundir temor en los que no le hacen caso. Y comoquiera que son muchos los hombres que se dejan arrastrar a la virtud no tanto por la promesa del premio, cuanto por el temor al castigo, los atrae alternando exhortaciones y amenazas.

De hecho, Dios no sólo prometió el reino, sino que conminó con la gehena; y los profetas hablaban a los judíos alternando siempre premios y castigos. Por eso también Pablo varía el tono del discurso, pero no de cualquier manera, sino pasando de la suavidad a la severidad, demostrando que aquélla nacía de los designios de Dios, ésta, de la maldad e indiferencia de los hombres. Igualmente el profeta primero presenta el lado positivo cuando dice: Si sabéis obedecer, comeréis lo sabroso de la tierra; si rehusáis y os rebeláis, la espada os comerá. Idéntica pedagogía usa aquí Pablo: Vino Cristo —dice— trayéndonos el perdón, la justicia, la vida: y no de balde, sino al precio de la cruz. Y lo que mayormente suscita nuestra admiración no es sólo la munificencia de los dones, sino la acerbidad de lo que padeció. Si pues despreciarais estos dones, ellos mismos se convertirán en vuestra tristeza permanente.

Observa cómo eleva el tono diciendo: Desde el cielo Dios revela su reprobación. Esto se manifiesta con frecuencia en la vida presente: hambre, peste, guerras, pues o bien en privado o bien colectivamente todos reciben el castigo. ¿Qué de nuevo habrá entonces? Pues que el suplicio será mayor, que este suplicio será colectivo y no obedecerá a unas mismas causas: ahora tienen una finalidad pedagógica; entonces vindicativa. Esto lo da a entender Pablo cuando dice: Si el Señor nos corrige es para que no salgamos condenados con el mundo.

De momento hay muchos que piensan que nuestras calamidades no provienen de la ira de Dios, sino de la perfidia de los hombres; pero entonces se manifestará la justicia de Dios, cuando sentado el Juez en el tremendo solio, mande a unos al fuego, a otros a las tinieblas exteriores, a otros finalmente a suplicios de diverso género, eternos e intolerables.

¿Y por qué no dice abiertamente: El Hijo del hombre vendrá y con él innumerables ángeles, a pedir cuentas a cada uno, sino que dice: Revelará Dios su reprobación? Porque los oyentes eran neófitos aún. Por eso Pablo los instruye a partir de lo que en su fe era firme. Además, me parece que se dirige a los paganos. Por eso habla primero del modo que hemos visto, y luego pasa a hablar del juicio de Cristo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Donde demuestra que son muchos los caminos que conducen a la impiedad, a la verdad sólo uno. Y en efecto el error es algo vario, multiforme y desconcertante; la verdad es una.

 

RESPONSORIO           Sab 13, 1; Rom 1, 21
 
R./ Son estúpidos por naturaleza todos los hombres que viven en la ignorancia de Dios, * y a través de los bienes visibles no reconocen a Aquel que es.
V./ Se engríen en sus razonamientos y se ofuscan en su mente obtusa.
R./ Y a través de los bienes visibles no reconocen a Aquel que es.
 
 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 2, 1-16
El justo juicio de Dios

Tú, el que seas, que te eriges en juez, no tienes defensa; al dar sentencia contra el otro te condenas tú mismo, porque tú, el juez, te portas igual.

–Todos admitimos que Dios condena con derecho a los que obran mal, a los que obran de esa manera.

–Y tú, que juzgas a los que hacen eso, mientras tú haces lo mismo, ¿te figuras que vas a escapar de la sentencia de Dios? ¿O es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia, al no reconocer que esa bondad es para empujarte a la conversión?

Con la dureza de tu corazón impenitente te estás almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios pagando a cada uno según sus obras. A los que han perseverado en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte, les dará vida eterna; a los porfiados que se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia, les dará un castigo implacable.

Pena y angustia tocarán a todo malhechor, primero al judío, pero también al griego; gloria, honor y paz a todo el que practica el bien, en primer lugar al judío, pero también al griego: porque Dios no es parcial con nadie: los que pecaban sin estar bajo la ley perecerán sin que intervenga la ley; los que pecaban bajo la ley, por la ley serán juzgados. Porque no basta escuchar la ley para estar a bien con Dios, hay que practicar la ley para recibir su aprobación.

Me explico: cuando los paganos, que no tienen ley, hacen espontáneamente lo que ella manda, aunque la ley les falte, son ellos su propia ley; y muestran que llevan escrito dentro el contenido de la ley cuando la conciencia aporta su testimonio y dialogan sus pensamientos condenando o aprobando.

Así será el día en que Dios juzgue lo escondido en el hombre; y, según el evangelio que predico, lo hará por medio de Jesucristo.

 

RESPONSORIO                    Rom 2, 4.5; Sir 16, 15
 
R./ ¿Desprecia el tesoro de la bondad de Dios, su tolerancia y paciencia, al no reconocer que la bondad de Dios te lleva a la conversión? Con tu corazón duro e impenitente te estás acumulando cólera * para el día de la ira, en que se revelará el justo juicio de Dios.
V./ Él dará lugar a toda su generosidad; cada uno será tratado según sus obras.
R./ El día de la ira, en que se revelará el justo juicio de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 2, 7: PG 14, 887-889)

Dios no es parcial con nadie

¿Cómo es que el Apóstol hace aquí a los paganos, inmediatamente después de los judíos, partícipes de la gloria del honor y de la paz? A mí me parece que, en este texto, establece una triple jerarquía. Primero se refiere a los que perseveran en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte; a éstos Dios les dará la vida eterna.

La perseverancia en hacer el bien es evidente en quienes afrontaron luchas y combates por la fe: claramente se alude aquí a los cristianos, entre los que los mártires abundan. Lo demuestra asimismo lo que el Señor dice a los apóstoles: En el mundo tendréis luchas; el mundo estará alegre, vosotros lloraréis. Y poco después añade: Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Es propio de los cristianos padecer tribulaciones en este mundo y llorar, pero suya es la vida eterna.

¿Y quieres saber que la vida eterna está reservada para sólo el que cree en Cristo? Escucha la voz del mismo Señor que lo declara expresamente en el evangelio: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Así pues, quien no reconozca al Padre, único Dios verdadero, y a su Hijo, Jesucristo, está excluido de la eternidad de la vida. Este mismo conocimiento y esta fe son reconocidos como vida eterna. Tenemos pues, aquí el primer grado jerárquico de los cristianos, a quienes por la perseverancia en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte, les dará la vida eterna indudablemente aquel que dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Y en Cristo, que es la vida eterna, está la plenitud de todos los bienes.

Una segunda categoría comprende a los que, porfiados, se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia. A éstos les amenaza un castigo implacable, es decir, a todo malhechor, primero al judío, pero también al griego. A estos mismos, sin embargo –pero situados en una tercera categoría–, se les promete una retribución de bienes, cuando dice: Gloria, honor y paz a todo el que practica el bien, en primer lugar al judío, pero también al griego. Esto se refiere, a mi modo de ver, a los judíos y a los griegos que todavía no han abrazado la fe.

Ahora bien: si, a lo que parece, el Apóstol condena a los paganos porque, habiendo llegado al conocimiento de Dios mediante sus luces naturales, no le dieron la gloria que como Dios se merecía, ¿cómo no pensar que hubiera podido, mejor, debido, alabarlos, caso de que entre ellos hubiera quienes, conociendo a Dios, como a Dios le hubieran glorificado? Me parece fuera de toda duda que si alguien mereciera ser condenado por sus malas obras, éste mismo sería acreedor a una remuneración por sus buenas obras caso de que hubiera obrado el bien. Atiende a lo que dice el Apóstol: Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos nuestro cuerpo. Que viene a ser lo que dice en este mismo texto: Porque Dios no es parcial con nadie.

 

RESPONSORIO                    Rom 14, 11; Zac 8, 22
 
R./ Como está escrito: ¡Por mi vida! dice el Señor, ante mí se doblará toda rodilla, * y toda lengua alabará a Dios.
V./ Vendrán pueblos numerosos, llegarán poderosas naciones buscando al Señor del universo en Jerusalén y queriendo aplacar al Señor.
R./ Y toda lengua alabará a Dios.
 
 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 2, 17-29

La desobediencia de Israel

Supongamos ahora que tú te llamas judío, que te respaldas en la ley, te glorías de Dios, conoces su voluntad y, adoctrinado por la ley, aciertas con lo mejor; con eso estás convencido de ser guía de ciegos, luz de los que viven en tinieblas, educador de ignorantes, maestro de simples, por tener el saber y la verdad plasmados en la ley.

Bueno, y enseñando a otros, ¿no te enseñas nunca a ti mismo? Predicando no se robe, ¿robas tú? Teniendo horror a los ídolos, ¿te aprovechas de sus templos? Mientras te glorías de la ley, ¿afrentas a Dios violando la ley? Claro, «por vuestra culpa maldicen los paganos el nombre de Dios», como dice la Escritura.

La circuncisión sirve ciertamente para algo si practicas la ley, pero si la violas, tu circuncisión es como si no existiera. Esto supuesto, si un pagano no circunciso cumple las exigencias de la ley, ¿no se le considerará circunciso aunque no lo esté? Físicamente no estará circuncidado, pero si observa la ley te juzgará a ti, que con todo tu código escrito y tu circuncisión violas la ley. Porque ser judío no está en lo exterior, ni circuncisión es tampoco la exterior en el cuerpo; no, judío se es por dentro, y circuncisión es la interior, hecha por el Espíritu, no por fuerza de un código; lo es el que está bien conceptuado, no por los hombres, sino por Dios.

 

RESPONSORIO                    Rom 2,28.29
 
R./ La circuncisión no es la que se hace externamente, es decir, en la carne, en el espíritu y no en la letra; * recibe la alabanza, no de los hombres sino de Dios.
V./ No es judío, el que lo es externamente sino el que lo es en lo oculto.
R./ Recibe la alabanza, no de los hombres sino de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 36 (16: PL 14, 973-974)

Sé hombre sujeto a Cristo, súbdito de la sabiduría de Dios

Sé súbdito del Señor e invócale. No sólo se te aconseja que estés sujeto a Dios, sino que invoques al Señor y así puedas llevar a feliz término tu deseo de sujeción a Dios. Pues añade: Encomienda tu camino al Señor, confía en él. No sólo te conviene encomendar a Dios tu camino sino también confiar en él. La verdadera sumisión no es ni abyecta ni vil, sino gloriosa y sublime, pues está sujeto a Dios, quien hace la voluntad del Señor.

Además, ¿hay alguien que ignore que la sabiduría del espíritu es superior a la sabiduría de la carne? La sabiduría del espíritu está sujeta a la ley de Dios; la sabiduría de la carne no le está sometida. Sé, pues, súbdito, es decir, próximo a Cristo: así podrás cumplir la ley. Pues Cristo, cumplió la ley haciendo la voluntad del Padre. Por eso Cristo es el fin de la ley, como es la plenitud de la caridad: pues amando al Padre, centró todo su afecto en hacer su voluntad. Por eso escribió el Apóstol en elogio suyo: Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos. Y Cristo mismo dice de sí: Sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación.

Finalmente, estaba sujeto a sus padres, José y María, no por debilidad, sino por devoción filial. La máxima gloria de Cristo radica en insinuarse en el corazón de todos los hombres, apartándolos de la impiedad de la perfidia y de afición al paganismo, y sometérselos a sí.

Y cuando se lo hubiere sometido todo, entrare el conjunto de los pueblos y se salvare Israel, y en todo el orbe no hubiere más que un solo cuerpo en Cristo, entonces también él se someterá al Padre, ofreciéndole en don, como príncipe de todos los sacerdotes, su propio cuerpo sobre el altar celestial. La fe de todos será el sacrificio. Por tanto, esta sumisión és una sumisión de piedad filial, pues el Señor Jesús será sometido a Dios en el cuerpo. Y nosotros somos su cuerpo y miembros de su cuerpo. Sé, pues, un hombre sujeto a Cristo, esto es, súbdito de la sabiduría de Dios, súbdito del Verbo, súbdito de la justicia, súbdito de la virtud, pues todo esto es Cristo. Que todo hombre se someta a Dios. Pues no sólo a uno, sino a todos les aconseja que sometan su corazón, su alma, su carne, para que Dios lo sea todo en todos. Sujeto es, pues, quien está lleno de gracia, quien acepta el yugo de Cristo, quien animosa y decididamente observa los mandamientos del Señor.

 

RESPONSORIO                    Heb 13, 21; 2Mac 1, 4
 
R./ Dios os confirme en todo bien para que cumpláis su voluntad, * realizando en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo.
V./ Que abra vuestro corazón a su Ley y a sus preceptos, y os conceda la paz.
R./ Realizando en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo.
 
 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 3, 1-20
Todos los hombres bajo el dominio del pecado

–Entonces, ¿en qué es superior el judío?, ¿de qué sirve la circuncisión?

—De mucho, bajo cualquier aspecto. Ante todo, porque a ellos se les confiaron los oráculos de Dios. ¿Qué importa que algunos hayan sido infieles? ¿Es que la infidelidad de éstos va a anular la fidelidad de Dios? De ninguna manera; hay que dar por descontado que Dios es leal y que los hombres por su parte son todos desleales, como dice la Escritura: «En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente».

—Pero entonces, si nuestra iniquidad hace resaltar la rectitud de Dios, ¿qué se deduce? ¿No es Dios inicuo al descargar la cólera? Hablo en términos humanos.

—¡De ninguna manera! En ese caso, ¿cómo podría Dios juzgar al mundo?

—Pero si, por causa de mi deslealtad, la lealtad de Dios redunda en gloria suya, ¿por qué encima se me condena a mí como pecador?

—Y ¿por qué no decir ya «hagamos el mal para que resulte el bien»? Esa calumnia nos levantan y algunos van diciendo que eso enseñamos; razón hay para condenarlos.

—En resumidas cuentas, ¿llevamos alguna ventaja?

—Todo considerado, ninguna, porque acabamos de probar que todos, judíos y paganos, están bajo el dominio del pecado; así lo dice la Escritura: «Ninguno es inocente, ni uno solo; no hay ningún sensato que busque a Dios. Todos se extravían igualmente obstinados, no hay uno que obre bien, ni uno solo. Su garganta es un sepulcro abierto, mientras halagan con la lengua con veneno de víboras en sus labios. Su boca está llena de maldiciones y fraudes, sus pies tienen prisa para derramar sangre; destrozos y ruinas jalonan sus caminos, no han descubierto el camino de la paz. El respeto a Dios no existe para ellos».

Como sabemos, siempre que la ley habla, se dirige a sus súbditos; con esto se les tapa la boca y el mundo entero queda convicto ante Dios. Porque «ningún hombre vivo es inocente frente a ti» aduciendo que ha observado la ley, pues la función de la ley es dar conciencia del pecado.

 

RESPONSORIO                    Sal 53, 3.4; Rom 3,23.10
 
R./ Dios observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios. * Todos se extravían igualmente obstinados; no hay uno que obre bien, ni uno solo.
V./ Ya que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, como está escrito: No hay nadie justo, ni siquiera uno.
R./ Todos se extravían igualmente obstinados; no hay uno que obre bien, ni uno solo.

 

SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 43 (75-77: PL 14,1125-1126)

Esta carne que era sombra de muerte,
comenzó a resplandecer gracias al Señor

No podemos negar que la carne puede ser humillada de muchas maneras: circunstancias de lugar, de intensidad seductora, de la misma fragilidad que da paso a la culpa. Y aun cuando fue engañado por un adversario nada despreciable, la serpiente, gozaba no obstante de una gracia singular antes de caer en el pecado: Adán vivía en presencia de Dios, en el paraíso habitaba en plena lozanía, estaba iluminado por una gracia celestial, hablaba con Dios. ¿Has leído que fuera humillado antes de que los humillara su propia prevaricación? La herencia de este vicio ha pasado hasta nosotros, de modo que mientras vivimos en esta envoltura corporal, no queremos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Y obrando así, humillamos nuestra alma que pugna por elevarse hacia Dios. Pero este nuestro cuerpo corruptible grava el alma y predomina el apego a la morada terrestre, hasta el punto de que el alma consagrada a Dios se inclina una y otra vez a las cosas del siglo sin lograr vivir sumisa a Dios, pues la sabiduría de la carne no sabe de sumisión, sabiduría que condiciona toda nuestra afectividad.

Si esto decimos de nosotros, ¿qué diremos de la carne de nuestro Señor Jesucristo? El, es verdad, asumió toda la realidad de esta carne, por lo cual se rebajó hasta someterse a la muerte, y a una muerte de cruz. Presta atención y sopesa cada palabra. Observa que asumió voluntariamente esta nuestra condición humana, con las obligaciones inherentes a tu condición de esclavo, y hecho semejante a cualquier hombre; no semejante a la carne, sino semejante al hombre pecador, ya que todo hombre nace bajo el dominio del pecado. Y así pasó por uno de tantos. Por eso se escribió de él: Es hombre: ¿Quién lo entenderá? (Cf. Jr 17, 9).

Hombre según la carne; superhombre según su situación. Como hombre -dice— se humilló a sí mismo, pues Dios vino a liberar a los que habían caído en la abyección. Así que él mismo se humilló por nosotros.

Por tanto, su cuerpo no es un cuerpo de muerte. ¡Todo lo contrario! Es un cuerpo de vida. Y su carne no es sombra de muerte; al revés, era fulgor de la gloria. Ni en él hay lugar para la aflicción, ya que en su cuerpo reside la gracia de la consolación para todos. Escúchale si no cuando dice: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. El se humilló, para que tú fueras exaltado porque el que se humilla será enaltecido. Pero no todos los que son humillados serán enaltecidos, pues a muchos el crimen los humilla para la ruina. El Señor se humilló hasta someterse a la muerte, para ser enaltecido en el mismo umbral de la muerte.

Contempla la gracia de Cristo, reflexiona sobre sus beneficios. Después de la venida de Cristo, esta carne que era sombra de muerte, comenzó a resplandecer y a tener luz propia gracias al Señor. Por eso se ha dicho: La lámpara del cuerpo es el ojo.

 

RESPONSORIO                    Col 1,21-22; Rom 3,25
 
R./ Vosotros, en otro tiempo, estabais también alejados y erais enemigos por vuestros pensamientos y malas acciones; ahora en cambio, por la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, habéis sido reconciliados * para ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche.
V./ Dios lo constituyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre.
R./ Para ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche.


 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 3, 21-31

Justicia de Dios por la fe

Ahora, la justicia de Dios, atestiguada por la ley y los profetas, se ha manifestado independientemente de la ley. Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna. Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre.

Así quería Dios demostrar que no fue injusto si dejó impunes con su tolerancia los pecados del pasado, con esa demostración de su rectitud en nuestros días: resulta así que él es justo y que justifica al que alega la fe en Jesús.

Y ahora, ¿dónde queda el orgullo? Eliminado. ¿Por qué régimen?, ¿por el de las obras? No, al contrario, por el régimen de la fe. Sostenemos, pues, que el. hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley.

¿Acaso Dios lo es solamente de los judíos? ¿No lo es también de los demás pueblos? Evidentemente que también de los demás pueblos, dado que hay un solo Dios.

Pues él justificará a los circuncisos en virtud de la fe y a los no circuncisos también por la fe.

—Entonces, con la fe, ¿derogaremos la ley?

—Nada de eso; al revés, la ley la convalidamos.

 

RESPONSORIO                    Rom 3,24.25; 5,10
 
R./ Son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús. * Dios lo constituyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre.
V./ Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.
R./ Dios lo constituyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 1, 14-15: PL 15, 1270)

Dios nos amonestó por medio de la ley, los profetas,
el evangelio y los apóstoles

Tú promulgas tus decretos, para que se observen exactamente; ojalá esté firme mi camino, para cumplir tus designios, entonces no sentiré vergüenza al mirar tus mandatos. No promulgas –dice– tus mandatos, para que se observen, sino para que se observen exactamente. ¿Cuándo los promulgó? En el paraíso ya le mandó a Adán que observase sus mandatos, pero quizá no añadió que los observase exactamente: por eso pecó, por eso cedió a la propuesta de su mujer, por eso fue engañado por la serpiente, pensando que si derogaba sólo en parte el mandato, el error no sería tan notable. Pero una vez desviado de la senda de los mandatos, abandonó totalmente el camino. Por eso Dios le despojó de todos los dones, dejándolo desnudo.

Por lo cual el Señor, al caer el que estaba en el paraíso, te amonestó después por medio de la ley, los profetas, el evangelio y los apóstoles, que observases exactamente los mandatos del Señor tu Dios. De toda palabra falsa –dice– que hayas pronunciado darás cuenta. No te engañes: no dejará de cumplirse hasta la última letra o tilde de un mandato. No te apartes del camino. Si andando por el camino no siempre estás a resguardo de ladrones, ¿qué ocurrirá si andas vagando fuera de la senda? Que tus pies estén firmes en el camino recto y, para que puedas conservar seguro la orientación, pídele al Señor que él mismo te indique sus senderos.

Yo esperaba con ansia al Señor: él se inclinó y escuchó mi grito; afianzó mis pies sobre roca y aseguró mis pasos. Pídele tú también que asegure los pasos de tu alma, para que puedas cumplir las consignas del Señor. No sentirás vergüenza al mirar sus mandatos. Antes te avergonzaste en Adán y Eva: quedaste desnudo, te cubriste con hojas, porque estabas avergonzado. Te ocultaste a la presencia de Dios, porque estabas corrido de vergüenza, hasta el punto de que Dios hubo de preguntarte: Adán, ¿dónde estás?

Al preguntarle a él, te está preguntando a ti, pues Adán significa «hombre». De modo que cabría decir: Hombre, ¿dónde estás? Temeroso por estar desnudo y lleno de confusión, no me atreví a comparecer en tu presencia. Así pues, para no sentir vergüenza, observemos los mandatos del Señor y observémoslos enteramente. Pues de nada sirve guardar un mandato, si se conculca otro.

 

RESPONSORIO                    Cf. Tob. 4,19;14,8 - Vulgata 4,20.21;14,10.11
 
R./ En toda circunstancia bendice al Señor y suplícale que sea tu guía en todos tus caminos * y en Él se fundamenten todos tus designios.
V./ Cuida de practicar lo que a Él le agrada, en la verdad y con todas tus fuerzas.
R./ Y en Él se fundamenten todos tus designios.
 
 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 4, 1-25

Abrahán, justificado por la fe

Veamos el caso de Abrahán, antepasado de nuestra raza. ¿Aceptó Dios a Abrahán por sus obras? Si es así, tiene de qué estar orgulloso; pero de hecho, delante de Dios no tiene de qué. A ver, ¿qué dice la Escritura?: «Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber».

Pues bien, a uno que hace un trabajo, el jornal no se le cuenta como un favor, sino como algo debido; en cambio, a éste que no hace ningún trabajo, pero tiene fe en que Dios absuelve al culpable, esa fe se le cuenta en su haber.

También David llama dichoso al que Dios cuenta como inocente, prescindiendo de sus obras: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito».

Ahora bien: esta bienaventuranza ¿se refiere sólo al circunciso o también al no circunciso? Hemos quedado en que «la fe de Abrahán se le contó en su haber», pero ¿cuándo se le contó: antes o después de circuncidarse? Antes, no después, y la circuncisión se le dio como señal, como sello de la justificación obtenida por la fe antes de estar circuncidado; así es padre de todos los no circuncisos que creen, contándoseles también a ellos en su haber, y al mismo tiempo de todos los circuncisos que, además de estar circuncidados, siguen las huellas de la fe que tuvo nuestro padre Abrahán antes de circuncidarse.

No fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo. Además, si el ser herederos dependiera de observar la ley, la fe quedaría sin contenido y la promesa anulada, porque la ley no trae más que reprobación; en cambio, donde no hay ley no hay violación posible.

Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia: así la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así lo dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos».

Al encontrarse con Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». No vaciló en la fe aun dándose cuenta de que su cuerpo estaba medio muerto –tenía unos cien años- y estéril el seno de Sara. Ante la promesa no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte por la gloria dada a Dios al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete, por lo cual se le contó en su haber. Y no sólo por él está escrito: «Sede contó», sino también por nosotros, a quienes se contará si creemos en el que resucitó de entre los muertos, nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 7: PG 14, 981-985)

Abrahán creyó en lo que había de venir, nosotros creemos
en lo que ya ha venido

Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber. No escribió esto Moisés para que lo leyera Abrahán, que hacía tiempo estaba muerto, sino para que, de su lectura, sacáramos nosotros provecho para nuestra fe, en la convicción de que si creemos en Dios como él creyó, también a nosotros se nos contará en nuestro haber, a nosotros que creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesucristo. Veamos por qué, al confrontar nuestra fecon la de Abrahán, saca Pablo a colación el tema de la resurrección.

¿Es que Abrahán creyó en el que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, cuando Jesús todavía no había resucitado de entre los muertos? Quisiera ahora considerar qué es lo que pensaba Pablo al prometernos que así como al creyente Abrahán la fe se le contó en su haber, así también a nosotros se nos contará si creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús.

Cuando le fue ordenado sacrificar a su hijo único, Abrahán creyó que Dios era capaz de resucitarlo de entre los muertos; creyó asimismo que aquel asunto no concernía únicamente a Isaac, sino que la plena realización del misterio estaba reservada a su posteridad, es decir, a Jesús. Por eso, ofrecía gozoso a su único hijo, porque en este acto veía no la extinción de su posteridad, sino la reparación del mundo y la renovación de todo el género humano, que se llevó a cabo por la resurrección del Señor. Por eso dice de él el Señor: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando en ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría.

Consideradas así las cosas, se ve muy.oportuna la comparación entre la fe de Abrahán y la de quienes creen en aquel que resucitó al Señor Jesús; pues lo que él creyó que había de venir, eso es lo que nosotros creemos ya venido.


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 5, 1-11
La justificación del hombre por medio de Jesucristo

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.

Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia; la constancia, virtud probada; la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

En efecto, cuando nosotros estábamos todavía sin fuerza, Cristo, en el tiempo fijado, murió por los impíos —difícilmente se encuentra uno que quiera morir por un justo; puede ser que se esté dispuesto a morir por un hombre bueno—, pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!

En efecto, si cuando éramos todavía enemigos de Dios fuimos reconciliados con él por la muerte, con más razón, reconciliados ya, seremos salvos por su vida. Más aún, ponemos nuestro orgullo en Dios por nuestro Señor Jesucristo, por el que ahora hemos recibido la reconciliación.

 

RESPONSORIO                    Rom 5,8-9
 
R./ Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
V./ ¡Con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!
R./ Siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Tratado 33 sobre el evangelio de san Juan (9: CCL 36, 305-306)

Emigremos por la caridad, habitemos allá arriba.
por la caridad

Como quiera que el Espíritu Santo es el donador de la caridad de que hablamos, oye al Apóstol que dice: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

¿Por qué el Señor, sólo después de su resurrección, quiso darnos el Espíritu, de quien derivan a nosotros los mayores beneficios, ya que por él el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones? ¿Qué es lo que quiso darnos a entender? Que en la resurrección nuestra caridad ha de ser ardiente, que nos aparte del amor al mundo y corra apasionadamente hacia Dios. Aquí nacemos y morimos: no amemos esto. Emigremos por la caridad,habitemos allá arriba por la caridad. Por la misma caridad con que amamos a Dios.

Durante nuestra presente peregrinación, pensemos continuamente que nuestra permanencia en esta vida es transitoria, y así, con una vida santa, nos iremos preparando un puesto allí de donde nunca habremos de emigrar. Pues nuestro Señor Jesucristo, una vez resucitado, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él, según dice el Apóstol. Esto es lo que hemos de amar.

Si vivimos, si tenemos fe en el resucitado, él nos dará, no lo que aquí aman los hombres que no aman a Dios, o que aman tanto más, cuanto menos le aman. Pero veamos qué es lo que nos ha prometido: no riquezas temporales y terrenas ni honores o ejecutorias de poder en este mundo, pues ya veis que todo esto se da también a los hombres malos, para que no sea sobrevalorado por los buenos. Ni, por último, la misma salud corporal; y no es que no la dé, sino que, como veis, se la da también al ganado. Ni una larga vida. ¿Cómo llamar largo lo que un día se acaba? Ni como algo extraordinario, nos prometió a nosotros los creyentes, la longevidad o una decrépita ancianidad, a la que todos aspiran antes de llegar y de la que todos se lamentan una vez que han llegado. Ni la belleza corporal, que la enfermedad o la deseada ancianidad hacen desaparecer.

Querer ser hermoso, querer ser anciano: he aquí dos deseos imposible de armonizar. Si eres anciano, no serás hermoso, pues cuando llega la ancianidad, huye la hermosura. Ni pueden coexistir en una misma persona el vigor de la hermosura y los lamentos de la ancianidad. Así que no es esto lo que nos prometió el que dijo: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva.

Prometió la vida eterna, donde no hemos de temer, donde no seremos perturbados, de donde no emigraremos, en donde no moriremos; donde ni se llorará al predecesor ni se esperará al sucesor. Y por ser de este orden las cosas que prometió a los que le amamos y a los que nos urge la caridad del Espíritu Santo, por eso no quiso darnos el Espíritu hasta ser glorificado. De este modo, en su propio cuerpo pudo mostrarnos la vida, que ahora no tenemos, pero que esperamos en la resurrección.

 

RESPONSORIO                    Rom 7,6; 5,5
 
R./ Ahora, en cambio, tras morir a aquella realidad en la que nos hallábamos prisioneros, hemos sido liberados de la ley, * de modo que podamos servir en la novedad del espíritu y no en la caducidad de la letra.
V./ El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
R./ De modo que podamos servir en la novedad del espíritu y no en la caducidad de la letra.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 5, 12-21

Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia

Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. Porque, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que había de venir.

Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, acabó en sentencia condenatoria, mientras la gracia, a partir de una multitud de delitos, acaba en sentencia absolutoria.

Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación. En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

La ley se introdujo para que creciera el delito, pero, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia. Y así como reinó el pecado, causando la muerte, así también, por Jesucristo, nuestro Señor, remará la gracia, causando una justificación que conduce a la vida eterna.

 

RESPONSORIO                    Rom 5, 20.21.19
 
R./ Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, * para que, lo mismo que reinó el pecado a través de la muerte, así también reinara la gracia por la justicia para la vida eterna.
V. Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.
R./ Para que, lo mismo que reinó el pecado a través de la muerte, así también reinara la gracia por la justicia para la vida eterna.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 61 (4-6: PL 14, 1224-1225)

Asumió Cristo la obediencia para inoculárnosla a nosotros

Cuando nuestro Señor Jesucristo se decidió a asumir nuestra carne para purificarla en sí mismo, ¿qué es lo que primero debió abolir sino el contagio del primer pecado? Y comoquiera que la culpa había penetrado por el camino de la desobediencia, al transgredir los mandatos divinos lo primero que había que restaurar es la obediencia, para destruir de este modo el foco del error. En ella residía, en efecto, la raíz del pecado. Por eso, como buen médico, debió proceder primeramente a amputar las raíces del mal para que los bordes de la herida pudieran percibir el saludable remedio de los medicamentos. De poco serviría curar el exterior de la herida, si en el interior campan los gérmenes del contagio; más aún, la herida empeora si se cierra en el exterior, mientras en el interior los virus desencadenan los ardores de la fiebre. Porque ¿de qué serviría el perdón del pecado, si el afecto permanece intacto? Sería como cerrar una herida sin haberla sanado.

Quiso desinfectar la herida, para sanar el afecto y no dejar alternativa alguna a la desobediencia. Asumió él la obediencia para inoculárnosla a nosotros. Esto es lo que convenía, pues ya que por la desobediencia de uno la gran mayoría se convirtió en pecadora, viceversa, por la obediencia de uno, muchos se convirtieran en justos.

De donde se deduce que yerran gravemente quienes afirman que Cristo asumió la realidad de la carne humana, pero no sus tendencias; y van contra el designio del mismo Señor Jesús, quienes intentan separar al hombre del hombre, puesto que no puede existir el hombre desposeído del afecto del hombre. Pues la carne que no es sujeto de pasiones, sería inmune tanto al premio como al castigo. Debió asumir y sanar lo que en el hombre es el hontanar de la culpa, a fin de destruir la fuente del error y cerrar aquellas puertas por las que irrumpe el delito.

¿Cómo podría yo hoy reconocer al hombre Cristo Jesús, cuya carne no veo, pero cuyas pasiones leo: cómo —repito— sabría que es hombre si no hubiera sentido hambre y sed, si no hubiera llorado, si no hubiera dicho: Me muero de tristeza? Precisamente a través de todas estas manifestaciones se nos revela el hombre, que por su obras divinas es considerado superhombre. Hasta tal punto, siendo Dios, quería que se le reconociese como hombre, que él mismo se llamó hombre cuando dijo: ¿por qué tratáis de matarme a mí un hombre que os ha hablado de la verdad? El es, pues, ambas cosas en una única e indivisible unidad, recognoscible por la distinción de las obras, no por la variedad de personas. Pues no es un ser el nacido del Padre y otro el nacido de María; sino que el que procedía del Padre, tomó carne de la Virgen: asumió el afecto de la madre, para tomar sobre sí nuestras dolencias.

Así que, como hombre estuvo sujeto a la enfermedad y al dolor; y nosotros lo hemos visto hombre en el sufrimiento: pero como vencedor de las enfermedades, no vencido por las enfermedades, sufría por nosotros, no por él; se sometió a la enfermedad no a causa de sus pecados, sino a causa de los nuestros, para curarnos con sus cicatrices. Asumió nuestros pecados, para cargarlos sobre sí y para expiarlos. Por eso le dará una multitud como parte y tendrá como despojo una muchedumbre.

El cargar con nuestros pecados es para su perdón; el expiarlos, para nuestra corrección. Asumió, pues, nuestra compasión, asumió nuestra sujeción. El someterse todas las cosas es prerrogativa de su poder, el estar sometido es propio de nuestra naturaleza.

 

RESPONSORIO                    1Pe 2,21; Mt 8,17
 
R./ Cristo padeció por vosotros * dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
V./ Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».
R./ Dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
 
 

ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 6, 1-11

Estáis muertos al pecado, pero vivís para Dios en Cristo Jesús

Hermanos: ¿Qué sacamos de esto? ¡Persistamos en el pecado para que cunda la gracia!

¡De ningún modo! Nosotros que hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a vivir todavía sujetos a él?

Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya.

Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros, libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del pecado.

Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

RESPONSORIO                    Rom 6, 4; Gal 3, 27
 
R./ Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en la muerte, * para que, lo mismo que Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
V./ Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo.
R./ Para que, lo mismo que Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 4, 7: PG 14, 985-986)

Si creemos que Cristo resucitó para nuestra justificación,
¿cómo podemos complacemos en la injusticia?

Pero indaguemos todavía cómo es que siendo muchas las prerrogativas de Cristo —de él se dice que es la sabiduría, la virtud, la justicia, la palabra, la verdad, la vida—, el Apóstol haga especialísima mención de la resurrección de Cristo como apoyo de nuestra fe. Pues en otro sitio dices el Apóstol que Dios nos ha resucitado con Cristo y nos ha sentado en el cielo con él.

Lo que quiere decirnos es esto: Si creéis que Cristo ha resucitado de entre los muertos, creed que también vosotros habéis resucitado juntamente con él; y si creéis que en el cielo está sentado a la derecha del Padre, creeos también vosotros mismos colocados no ya en la tierra, sino en los cielos; y si creéis que habéis muerto con Cristo, creed que viviréis juntamente con él; y si creéis que Cristo murió al pecado y vive para Dios, estad también vosotros muertos al pecado y vivid para Dios. Esto es lo que con autoridad apostólica atestigua diciendo: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra; pues el que esto hace, con su misma conducta confiesa creer en el que resucitó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos, y a éste sí que la fe se le cuenta en su haber.

Pues resulta imposible que quien retenga en sí aunque sea sólo una mínima dosis de injusticia, la justicia se le cuente en su haber, aun cuando crea en el que resucitó al Señor Jesús de entre los muertos. Pues la injusticia nada puede tener en común con la justicia, como tampoco la luz con las tinieblas, la vida con la muerte. Así pues, a los que creyendo en Cristo no se despojan del hombre viejo, con sus obras injustas, la fe no se les puede contar en su haber.

De igual modo podemos decir, que como al injusto no se le puede contar la justicia en su haber, lo mismo ocurre con el impío, mientras no se despoje de la inveterada costumbre del vicio y se revista del hombre nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador, hasta llegar a conocerlo. Por eso, hablando del Señor Jesús, añade: Que fue entregado –dice– por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Con lo cual quiere darnos aentender que hemos de detestar y rechazar todo aquello por lo que Cristo fue entregado.

Y si estamos convencidos de que fue entregado por nuestros pecados, ¿cómo no considerar como enemigo y contrario todo pecado, teniendo en cuenta que fue el pecado el que entregó a Cristo a la muerte? Ya que si en lo sucesivo mantenemos cualquier tipo de comunión o amistad con el pecado, estaríamos diciendo que nos importa un bledo la muerte de Cristo, aliándonos y secundando lo que él combatió y venció.

Y si estoy convencido de esto, ¿cómo es que amo lo que a Cristo le llevó a la muerte? Si estoy convencido de que Cristo resucitó para la justificación, ¿cómo puedo complacerme en la injusticia? Así pues, Cristo justifica solamente a quienes, a ejemplo de su resurrección, inician una vida nueva y deponen los antiguos hábitos de la injusticia y de la iniquidad, que son los causantes de su muerte.

 

RESPONSORIO                    2Cor 5, 15; Rom 4, 25
 
R./ Cristo murió por todos, * para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
 
V./ Él fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.
R./ Para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
 
 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 6, 12-23

Instrumentos del bien al servicio de Dios

Hermanos: Que el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal, ni seáis súbditos de los deseos del cuerpo. No pongáis vuestros miembros al servicio del pecado como instrumentos del mal; ofreceos a Dios como hombres que de la muerte han vuelto a la vida, y poned a su servicio vuestros miembros, como instrumentos del bien. Porque el pecado no os dominará: ya no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.

Pues, ¿qué? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ningún modo! ¿No sabéis que al ofreceros a alguno como esclavos para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia?

Pero gracias a Dios, vosotros, que erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados y, liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia.

Uso un lenguaje corriente, adaptándome a vuestra debilidad, propia de hombres; quiero decir esto: si antes cedisteis vuestro cuerpo como esclavo a la impureza y la maldad, para que se realizase el mal, ponedlo ahora al servicio de Dios libertador, para que os santifiquéis.

Cuando erais esclavos del pecado, no pertenecíais al Dios libertador. ¿Qué frutos dabais entonces? Los que ahora consideráis un fracaso, porque acaban en la muerte. Ahora, en cambio, emancipados del pecado y hechos esclavos de Dios, producís frutos que llevan a la santidad y acaban en vida eterna. Porque el pecado paga con muerte, mientras Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

RESPONSORIO                    Rom 6, 22.16
 
R./ Liberados del pecado y hechos esclavos de Dios, * dais frutos para la santidad que conducen a la vida eterna.
V./ ¿No sabéis que, cuando os ofrecéis a alguien como esclavos para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia?
R./ Dais frutos para la santidad que conducen a la vida eterna.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Tratado 41 sobre el evangelio de san Juan (4-5: CCL 36, 360)

El medio que separa es el pecado, el mediador
que reconcilia es el Señor Jesús

De balde os vendieron, y sin pagar os rescataré. Es el Señor quien habla: él entregó el precio, no en dinero, sino su propia sangre, pues nosotros continuábamos siendo esclavos y menesterosos.

De este tipo de esclavitud sólo el Señor puede liberarnos. El que no la sufrió, nos libera de ella, pues es el único que nació sin pecado. Pues los niños que veis en brazos de sus madres, todavía no andan y ya están cautivos: heredaron de Adán lo que Cristo viene a desatar. También a ellos les llega, por el bautismo, esta gracia que el Señor promete. Del pecado únicamente puede liberar, el que nació sin pecado y se constituyó sacrificio por el pecado. Acabáis de escuchar al Apóstol: Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos, es decir, como si el mismo Cristo os lo pidiese. ¿Qué? Que os reconciliéis con Dios.

Si el Apóstol nos exhorta y nos pide que nos reconciliemos con Dios, es que éramos enemigos de Dios, pues nadie se reconcilia sino con los enemigos. Y nos había enemistado no la naturaleza, sino el pecado. El origen de nuestra enemistad con Dios es el mismo de nuestra esclavitud al pecado. Ningún ser libre es enemigo de Dios: para serlo tienen que ser esclavos, y esclavos seguirán siendo mientras no sean liberados por aquel del que, pecando, quisieron ser enemigos. Así pues, en nombre de Cristo –dice– os pedimos que os reconciliéis con Dios.

¿Y cómo podemos reconciliarnos si no se elimina lo que se interpone entre él y nosotros? Pues dice Dios por boca del profeta: No es tan duro de oído que no pueda oír; son vuestras culpas las que crean separación entre vosotros y vuestro Dios.

Por tanto, no es posible la reconciliación si no se retira lo que está en medio, y se pone lo que en medio debe estar. Pues hay un medio que separa, pero hay también un mediador que reconcilia: el medio que separa es el pecado, el mediador que reconcilia es nuestro Señor Jesucristo: Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús.

Pues bien: para derribar el muro de separación que es el pecado, vino aquel mediador que, siendo sacerdote, él mismo se hizo víctima. Y porque Cristo se hizo víctima por el pecado, ofreciéndose a sí mismo como holocausto en la cruz de su pasión, sigue diciendo el Apóstol: Después de haber dicho: En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios, como si dijéramos: ¿Cómo podríamos reconciliarnos?, responde: Al que no había pecado, es decir, al mismo Señor, Dios lo hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios. Al mismo –dice– Cristo Dios, que no había pecado. Vino en la carne, esto es, en una carne semejante a la del pecado, pero no en una carne pecadora, pues él no cometió ni sombra de pecado; y así se hizo verdadera víctima por el pecado, ya que él no cometió pecado alguno.

 

RESPONSORIO                    1Ped 2 ,22.24; Is 53 ,5
 
R./ Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,* para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
V./ Nuestro castigo saludable cayó sobre él,
sus cicatrices nos curaron.
R./ Para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


 


VIERNES

PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romamos 7, 1-13

No tuve conciencia del pecado sino por la ley

¿Acaso ignoráis, hermanos (y hablo a gente de leyes) que la ley obliga al individuo sólo mientras vive? Así, una mujer casada está legalmente vinculada al marido mientras él está vivo, pero si el marido muere, queda exenta de las leyes del matrimonio. Consecuencia: que si va con otro mientras vive el marido, se le declara adúltera, en cambio muerto el marido, está exenta de las leyes del matrimonio y si va con otro, no es adúltera.

Pues bueno, hermanos míos, en el cuerpo de Cristo os hicieron morir a la ley; así pudisteis ser de otro, del que resucitó de la muerte, y empezar a ser fecundos para Dios. Cuando estabais sujetos a los bajos instintos, las pasiones pecaminosas que atiza la ley activaban en nuestro cuerpo una fecundidad de muerte; ahora, en cambio, al morir a lo que nos tenía cogidos, quedamos exentos de la ley; así podemos servir en virtud de un espíritu nuevo, no de un código anticuado.

—Conclusión: que la ley es sinónimo de pecado.

—¡Ni mucho menos! Es verdad que si descubrí el pecado fue sólo por la ley. Yo realmente no sabía lo que era el deseo hasta que la ley no dijo: «No desearás», y entonces el pecado, tomando pie del mandamiento, provocó en mí toda clase de deseos. De hecho, en ausencia de ley, el pecado está muerto, mientras yo, antes, cuando no había ley estaba vivo. Pero al llegar el mandamiento, recobró vida el pecado y morí yo: me encontré con que el mismo mandamiento destinado a dar vida daba muerte, porque el pecado, tomando pie del mandamiento, me engañó y, con el mandamiento, me mató.

—Así que la ley es santa y el mandamiento es santo, justo y bueno. En todo caso, eso en sí bueno se convirtió en muerte para mí.

—No, tampoco, sino que el pecado aparece como pecado porque utiliza eso en sí bueno para provocarme la muerte; de ese modo, gracias al mandamiento, resalta hasta el extremo lo criminal del pecado.

 

RESPONSORIO                    Rom 7, 6; 5, 5
 
R./ Hemos sido liberados de la ley, * de modo que podamos servir en la novedad del espíritu y no en la caducidad de la letra.
V./ El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
R./ De modo que podamos servir en la novedad del espíritu y no en la caducidad de la letra.
 


SEGUNDA LECTURA

San Basilio Magno, Regla mayor (2, 2-4: PG 31, 914-915)

¿Cómo pagaremos al Señor todo el bien
que nos ha hecho?

¿Qué lenguaje será capaz de explicar adecuadamente los dones de Dios? Son tantos que no pueden contarse, y son tan grandes y de tal calidad que uno solo de ellos merece toda nuestra gratitud.

Pero hay uno al que por fuerza tenemos que referirnos, pues nadie que esté en su sano juicio dejará de hablar de él, aunque se trate en realidad del más inefable de los beneficios divinos; es el siguiente: Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo honró con el conocimiento de sí mismo, lo dotó de razón, por encima de los demás seres vivos, le otorgó poder gozar de la increíble belleza del paraíso y lo constituyó, finalmente, rey de toda la creación. Después, aunque el hombre cayó en el pecado, engañado por la serpiente, y, por el pecado, en la muerte y en las miserias que acompañan al pecado, a pesar de ello, Dios no lo abandonó; al contrario, le dio primero la ley, para que le sirviese de ayuda, lo puso bajo la custodia y vigilancia de los ángeles, le envió a los profetas, para que le echasen en cara sus pecados y le mostrasen el camino del bien, reprimió, mediante amenazas, sus tendencias al mal y estimuló con promesas su esfuerzo hacia el bien, manifestando en varias ocasiones por anticipado, con el ejemplo concreto de diversas personas, cuál sea el término reservado al bien y al mal. Y, aunque nosotros, después de todo esto, perseveramos en nuestra contumacia, no por ello se apartó de nosotros.

La bondad del Señor no nos dejó abandonados y, aunque nuestra insensatez nos llevó a despreciar sus honores, no se extinguió su amor por nosotros, a pesar de habernos mostrado rebeldes para con nuestro bienhechor; por el contrario, fuimos rescatados de la muerte y restituidos a la vida por el mismo nuestro Señor Jesucristo; y la manera como lo hizo es lo que más excita nuestra admiración. En efecto, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo.

Más aún, soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, fue traspasado por nuestras rebeliones, sus cicatrices nos curaron; además, nos rescató de la maldición, haciéndose por nosotros un maldito, y sufrió la muerte más ignominiosa para llevarnos a una vida gloriosa. Y no se contentó con volver a dar vida a los que estaban muertos, sino que los hizo también partícipes de su divinidad y les preparó un descanso eterno y una felicidad que supera toda imaginación humana.

¿Cómo pagaremos, pues, al Señor todo el bien que nos ha hecho? Es tan bueno que la única paga que exige es que lo amemos por todo lo que nos ha dado. Y, cuando pienso en todo esto —voy a deciros lo que siento—, me horrorizo de pensar en el peligro de que alguna vez, por falta de consideración o por estar absorto en cosas vanas, me olvide del amor de Dios y sea para Cristo causa de vergüenza y oprobio.

 

RESPONSORIO                    Cf. Sal 102, 2.4; Gal 2, 20
 
R./ Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él rescata tu vida de la fosa,
y * te colma de gracia y de ternura.
V./ El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.
R./ Te colma de gracia y de ternura.
 
 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 7, 14-25

Yo soy un hombre de carne y hueso
vendido como esclavo al pecado

La ley es espiritual, de acuerdo, pero yo soy un hombre de carne y hueso, vendido como esclavo al pecado. Lo que realizo no lo entiendo, pues lo que yo quiero, eso no lo ejecuto, y, en cambio, lo que detesto, eso lo hago. Ahora, si lo que hago es contra mi voluntad, estoy de acuerdo con la ley en que ella es excelente, pero entonces ya no soy yo el que realiza eso, es el pecado que habita en mí.

Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mis bajos instintos; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no. El bien que quiero no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro.

Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. En una palabra: yo de por mí, por un lado, con mi razón, estoy sujeto a la ley de Dios; por otro, con mis bajos instintos, a la ley del pecado.

¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío, presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.

 

RESPONSORIO                    Gal 5, 18.22.25
 
R./ Si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley. * El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz.
V./ Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.
R./ El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz.
 


SEGUNDA LECTURA

San Buenaventura, Breviloquio (Prólogo: Opera omnia 5, 201-202)

Del conocimiento de Jesucristo dimana la comprensión
de toda la sagrada Escritura

El origen de la sagrada Escritura no hay que buscarlo en la investigación humana, sino en la revelación divina, qué procede del Padre de los astros, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, de quien, por su Hijo Jesucristo, se derrama sobre nosotros el Espíritu Santo, y, por el Espíritu Santo, que reparte y distribuye a cada uno sus dones como quiere, se nos da la fe, y por la fe habita Cristo en nuestros corazones. En esto consiste el conocimiento de Jesucristo, conocimiento que es la fuente de la que dimana la firmeza y la comprensión de toda la sagrada Escritura. Por esto, es imposible penetrar en el conocimiento de las Escrituras, si no se tiene previamente infundida en sí la fe en Cristo, la cual es como la luz, la puerta y el fundamento de toda la Escritura. En efecto, mientras vivimos en el destierro lejos del Señor, la fe es el fundamento estable, la luz directora y la puerta de entrada de toda iluminación sobrenatural; ella ha de ser la medida de la sabiduría que se nos da de lo alto, para que nadie quiera saber más de lo que conviene, sino que nos estimemos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno.

La finalidad o fruto de la sagrada Escritura no es cosa de poca importancia, pues tiene como objeto la plenitud de la felicidad eterna. Porque la Escritura contiene palabras de vida eterna, puesto que se ha escrito no sólo para que creamos, sino también para que alcancemos la vida eterna, aquella vida en la cual veremos, amaremos y serán saciados todos nuestros deseos; y, una vez éstos saciados, entonces conoceremos verdaderamente lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano, y así llegaremos a la plenitud total de Cristo. En esta plenitud, de que nos habla el Apóstol, la sagrada Escritura se esfuerza por introducirnos. Esta es la finalidad, ésta es la intención que ha de guiarnos al estudiar, enseñar y escuchar la sagrada Escritura.

Y, para llegar directamente a este resultado, a través del recto camino de las Escrituras, hay que empezar por el principio, es decir, debemos acercarnos, sin otro bagaje que la fe, al Padre de los astros, doblando las rodillas de nuestro corazón, para que él, por su Hijo, en el Espíritu Santo, nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y, con el conocimiento, el amor, para que así, conociéndolo y amándolo, fundamentados en la fe y arraigados en la caridad, podamos conocer lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo de la sagrada Escritura y, por este conocimiento, llegar al conocimiento pleno y al amor extático de la santísima Trinidad; a ello tienden los anhelos de los santos, en ello consiste la plenitud y la perfección de todo lo bueno y verdadero.

 

RESPONSORIO                    Lc 24, 27.25
 
R./ Comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, * Jesús les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
V./ «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!
R./ Jesús les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 8,1-17

No procedemos según la carne, sino según el Espíritu

Hermanos: Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús, pues, por la unión con Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

Lo que no pudo hacer la ley, por causa de la debilidad humana, lo ha hecho Dios: envió a su Hijo en una condición pecadora como la nuestra, haciéndolo víctima por el pecado, y en su carne mortal condenó el pecado. Así, la justicia que proponía la ley puede realizarse en nosotros, que ya no procedemos dirigidos por la carne, sino por el Espíritu.

Los que se dejan dirigir por la carne tienden a lo carnal; en cambio, los que se dejan dirigir por el Espíritu tienden a lo espiritual. Nuestra carne tiende a la muerte; el Espíritu, a la vida y a la paz. Porque la tendencia de la carne es rebelarse contra Dios; no sólo no se somete a la ley de Dios, ni siquiera lo puede. Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios.

Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el Espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Así pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un Espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

 

RESPONSORIO                    Rom 8,3.4; Is 43,12.11
 
R./ Dios: enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne, * para que la justa V./ exigencia de la ley se cumpliera en nosotros.
Porque expuso su vida a la muerte; mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos, él tomó el pecado de muchos.
R./ Para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 14 sobre la carta a los Romanos (3: PG 60, 527-528)

Somos, no simplemente herederos,
sino coherederos con Cristo

Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre).

Cuán maravilloso sea esto, lo saben muy bien los iniciados, a quienes se les hace decir por primera vez en la oración dominical. Y ¿por qué así?, me dirás. ¿Es que los antepasados no llamaban a Dios «Padre»? ¿No oyes decir a Moisés: ¿Olvidaste al Dios que te dio a luz? Es verdad, y podrían aducirse otros pasajes más; pero nunca les vemos llamar a Dios por este nombre ni invocarle como Padre.

En cambio, a todos nosotros, sacerdotes y fieles, príncipes y súbditos, se nos ordena orar de este modo y esta es la primera palabra que pronunciamos después de aquel maravilloso nacimiento, después del nuevo y estupendo rito de los neófitos. Además, aun cuando ellos en contadas ocasiones le hubieran invocado con este nombre, lo habrían hecho instintivamente, mientras que los que viven en la economía de la gracia, lo sienten Padre movidos por el Espíritu. Pues así como existe el espíritu de sabiduría por el que los ignorantes se convirtieron en sabios, como nos lo demuestra su doctrina, y el espíritu de fortaleza por el que hombres débiles resucitaron a muertos y arrojaron demonios, y el espíritu o don de curar, y el espíritu de profecía y el don de lenguas, así existe también el Espíritu de hijos adoptivos.

Y así como conocemos el espíritu de profecía cuando quien lo posee predice el futuro, diciendo no lo que él piensa, sino lo que la gracia le impulsa a decir, así reconocemos el espíritu de adopción filial cuando el que lo ha recibido, movido por el Espíritu Santo, llama a Dios Padre. Y para demostrar la autenticidad de lo que afirma, el Apóstol echa mano de la lengua hebrea: pues no dice solamente «Padre», sino «Abba, Padre», expresión con que los verdaderos hijos designan a su papá.

Por esta razón, después de haber señalado la diferencia derivada del proyecto de vida, de la gracia recibida y de la libertad, aduce otro testimonio de la excelencia de esta adopción. ¿Cuál? Ese Espíritu –dice– y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos. Herederos ¿de quién? Herederos de Dios. Por eso añade: Herederos de Dios. Y no sólo herederos, sino lo que es más admirable todavía: Coherederos con Cristo.

¿Ves cómo se esfuerza por acercarnos a Dios? Y como quiera que no todos los hijos son herederos, precisa que nosotros somos ambas cosas: hijos y herederos. Y como no todos los herederos heredan grandes riquezas, demuestra que incluso esto lo hemos obtenido quienes somos hijos de Dios. Más aún: como puede ocurrir que uno sea heredero de Dios, pero no precisamente coheredero del Unigénito, insiste en que nosotros hemos logrado también esto. Ahora bien: si ser hijo es de suyo una gracia inefable, piensa lo maravilloso que es ser heredero. Y si esto es ya extraordinario, mucho más lo es ser también coheredero.

Y luego de haber demostrado que no es sólo don de la gracia, sintonizando la fe con sus afirmaciones, añade: Ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados. Si compartimos sus padecimientos, mucho más compartiremos sus premios. El que fue tan pródigo en dones con quienes todavía nada bueno habían hecho, cuando vea las fatigas y los padecimientos que hemos soportado, ¿cómo no va a colmarnos con mayor abundancia de bienes?

 

RESPONSORIO                    Rom 8, 16-17; Tt 3, 4.5.7
R./ El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; * de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él.
V./ Dios nuestro Salvador y su amor al hombre, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento, para que, justificados por su gracia, seamos, en esperanza, herederos de la vida eterna.
R./ De modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 8, 18-39

Nada puede apartarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús

Hermanos: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió: pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entraren la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que se ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.

Pero además el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazonessabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Sabemos también que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

¿Cabe decir más? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza».

Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

RESPONSORIO                    Rom 8, 26; Zac 12, 9.20
 
R./ El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero * el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
V./ Aquel día, dice el Señor, derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de perdón y de oración.
R./ El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 15 sobre la carta a los Romanos (2: PG 60, 542-543)

Lo que parecía molesto, es lo que ha salvado
a todo el mundo

A los que llamó, los justificó. Los justificó por el baño regenerador. A los que justificó, los glorificó. Los glorificó por la gracia, por la adopción. ¿Cabe decir más? Que es como si dijera: No me hables más de peligros ni de insidias tramadas por todos. Pues si es verdad que hay quienes' no tienen fe en los bienes futuros, no pueden negar sin embargo la evidencia de los bienes ya recibidos: por ejemplo, el amor que Dios te ha mostrado, la justificación, la gloria.

Y todo esto se te ha concedido en atención a lo que parecía molesto: y todo aquello que tú considerabas deshonroso: cruz, las torturas, las cadenas, fue lo que restableció el orden en todo el mundo. Y así como él se sirvió de su pasión, es decir de aquello que se presentaba como sufrimiento, para restablecer la libertad y la salvación de toda la naturaleza humana, así obra contigo: cuando sufres, se sirve de este sufrimiento para tu salvación y para tu gloria.

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? ¿Quién no está contra nosotros?, se pregunta. Pues hemos de admitir que todo el mundo, dictadores, pueblos, parientes y conciudadanos están contra nosotros. Sin embargo, todos esos que están contra nosotros están tan lejos de hacernos mal que hasta son agentes involuntarios de nuestras victorias y de los beneficios mil que nos vienen, pues la sabiduría de Dios troca sus asechanzas en salvación y gloria para nosotros.

¿Ved cómo nadie está contra nosotros? Pues lo que más renombre dio a Job fue precisamente que el diablo en persona tomó las armas contra él: se valió contra él de sus amigos, de su esposa, de las llagas, de los criados, urdiendo contra él mil otras maquinaciones. Y no obstante no le sucedió ningún mal. Si bien todo esto, con ser una gran cosa, no es la mayor: lo realmente extraordinario es que todo esto se trocó en bien y en una ganancia. Como Dios estaba de su parte, todo lo que parecía conspirar contra él, cedía en favor suyo.

Les pasó lo mismo a los apóstoles: judíos, paganos, falsos hermanos, príncipes, pueblos, hambre, pobreza y otras muchas cosas se pusieron en contra suya. Pero nada pudo contra ellos. Y lo más maravilloso era que todo esto les hacía más espléndidos, ilustres y dignos de alabanza ante Dios y los hombres. Por eso dice: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

Y no contento con lo dicho, te pone en seguida ante la mayor prueba de amor de Dios para con nosotros, prueba sobre la que insiste una y otra vez: la muerte del Hijo. No sólo —dice— nos justificó, nos glorificó y nos predestinó a ser imagen suya, sino que no perdonó a su Hijo por ti. Por eso añadió: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Cómo podrá abandonarnos quien por nosotros no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros? Piensa en el gran peso de bondad que supone no perdonar asu propio Hijo, sino entregarlo y entregarlo por todos, por los hombres viles, ingratos, enemigos y blasfemos. ¿cómo no nos dará todo con él? Es como decir: si nos ha dado a su Hijo, y no sólo nos lo ha dado, sino que lo entregó a la muerte, ¿cómo puedes dudar de lo demás, si has recibido al Señor? ¿Cómo puedes abrigar dudas respecto a las posesiones, poseyendo al Señor?

 

RESPONSORIO                    Rom 8,36-37; Sal 43,18
 
R./ Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. * Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado.
V./ Todo esto nos viene encima, sin haberte olvidado.
R./ Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 9, 1-18

Dios tiene misericordia de quien quiere
y deja endurecerse a quien quiere

Hermanos: Como cristiano que soy, voy a ser sincero; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo.

Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

No es que Dios haya faltado a su palabra, es que no todos los descendientes de Israel son pueblo de Israel, como no todos los descendientes de Abrahán son hijos de Abrahán; no, «por Isaac continuará tu apellido». Es decir, que no es la generación natural la que hace hijos de Dios, es lo engendrado en virtud de la promesa lo que cuenta como descendencia, pues aquel dicho contenía una promesa: «Volveré por este tiempo y Sara tendrá ya un hijo».

Pero hay más: Rebeca concibió dos gemelos de Isaac nuestro antepalado. Pues bien, para continuar el propósito de Dios de elegir no por las obras, sino porque él llama, antes de que nacieran y pudieran hacer nada bueno ni malo, -se dijo a Rebeca: «El mayor será siervo del menor», conforme a la otra Escraura: «Quise a Jacob más que a Esaú».

—¿Qué se concluye? ¿Que Dios es injusto?

—¡De ninguna manera! De hecho, él le dijo a Moisés: «Tendré misericordia de quien yo quiera y compasión de quien yo quiera». En consecuencia, la cosa no está en que uno quiera o se afane, sino en que Dios tenga misericordia, pues se dice al Faraón en la Escritura: «Con este solo fin te he suscitado, para mostrar en ti mi fuerza y que se extienda mi fama por toda la tierra». En conclusión: Dios tiene misericordia de quien quiere y deja endurecerse a quien quiere.

 

RESPONSORIO                    Rom 9, 4.8.6
 
R./ A los israelitas pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas: * Los hijos de Dios no son los hijos de la carne, sino que los hijos de la promesa son los que se cuentan como descendencia.
V./ No todos los que proceden de Israel son Israel.
R./ Los hijos de Dios no son los hijos de la carne, sino que los hijos de la promesa son los que se cuentan como descendencia.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 10: PG 74, 386-387)

Son peregrinos y extranjeros en la tierra
quienes viven una vida celestial

Está escrito en el libro de Moisés que Abrahán creyó en Dios y la fe se le contó en su haber y fue llamado amigo de Dios. ¿Cuál fue la razón de su fe y por qué fue llamado amigo de Dios? Se le dijo: Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Y cuando le fue ordenado inmolar a su unigénito como figura de Cristo, le fue revelado el secreto designio de Dios. Justamente dijo el Salvador hablando de él a los judíos: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando en ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría.

Así pues, a causa de su obediencia y de su sacrificio, el hombre de Dios Abrahán fue llamado amigo de Dios y fue ceñido de la gloria de la justicia. Y no sólo eso, sino que honrado con el privilegio de hablar con Dios, le fueron revelados los planes de Dios que habrían de realizarse en la plenitud de los tiempos.

Y fue precisamente en la plenitud de los siglos cuando Cristo, la víctima santa y verdaderamente sagrada que quita el pecado del mundo, murió por nosotros. Pero hazme caso, por favor, y observa cómo las mismas cosas se realizan en plenitud también en aquellos que son sublimados a la amistad de nuestro Salvador Jesucristo. También ellos escucharon: Sal de tu tierra. Orden que cumplieron tan esforzadamente como puedes deducir de sus palabras: No tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura, cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios. Pues son peregrinos y extranjeros en la tierra quienes viven una vida celestial y, unidos a Dios con los vínculos del afecto y del interés sobrenatural, abandonan la tierra trabajados por el deseo de la suprema mansión. Es la mansión que les muestra el Salvador cuando dice: Me voy a prepararos sitio; y cuando vuelva os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Escucharon que era necesario salir de la casa paterna.

¿Pero cómo podremos demostrarlo? Aduciré como testigo al mismo Cristo: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. No cabe duda de que la amistad de Dios es muy superior a la amistad terrena y a la más allegada parentela y, para los que le aman, el amor de Cristo es más fuerte que cualquier otro amor. Y al bienaventurado Abrahán le fue ordenado ofrecer su hijo como holocausto de suave olor, mientras que a éstos se les ordena que, ceñidos de la justicia y de la fe, se ofrezcan a sí mismos y no a otros. Os exhorto —dice— a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. También se escribió de ellos: Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y deseos.

Además, también ellos comprendieron el misterio de Cristo. Pues saben que, a cambio de su amor a Cristo y como premio a sus trabajos se les galardonará con las prerrogativas del siglo futuro y con la gloria de la vida eterna. Y así, lo mismo que Abrahán, serán tenidos por justos y llamados amigos de Dios.

 

RESPONSORIO                    2Cor 5, 7-9; Heb 13, 14
 
R./ Caminamos en fe y no en visión. Pero estamos de buen ánimo y preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor. * Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle.
V./ Aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura.
R./ Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 9, 19-33
La libre omnipotencia del Creador

Ahora me dirás tú: ¿Y por qué todavía se queja? ¿Quién puede resistir a su voluntad?

¡Vamos hombre! ¿Quién eres tú para contestarle a Dios? «¿Va a decirle la arcilla al que la modela»: por qué me has hecho así? ¿No tiene el alfarero derecho sobre la arcilla para hacer del mismo barro un objeto de valor y uno ordinario?

¿Y si Dios quisiera mostrar su reprobación y manifestar su potencia soportando con mucha paciencia a los que eran objeto de reprobación, ya pronto para destruirlos, y dar a conocer su inagotable esplendidez con los que eran objeto de misericordia, que él había preparado para su gloria?... que somos nosotros, llamados además por él no sólo de entre los judíos, sino también de entre los paganos. Eso es lo que dice en el libro de Oseas:

«Llamaré pueblo mío al que no es mi pueblo, a la no amada la llamaré amada mía; y en el mismo sitio donde les dijeron no sois mi pueblo, los llamarán hijos de Dios».

Isaías por su parte, clama a propósito de Israel:

«Aunque el número de los hijos de Israel fuese como 'la arena del mar, se salvará sólo el residuo, porque sin mengua y sin tardanza cumplirá el Señor su palabra en la tierra».

Pero también predijo Isaías:

«Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado una semilla, seríamos como Sodoma, nos pareceríamos a Gomorra».

¿Qué se concluye? Que los paganos, que no tenían por meta una justificación, consiguieron una justificación, la justificación por la fe. Israel, en cambio, que tenía por meta una ley justificadora, no llegó a la ley. ¿Qué pasó? Que, al no apoyarse en la fe, sino, como ellos sostienen, en las obras, tropezaron con el obstáculo de esa piedra que menciona la Escritura:

«Mirad, coloco en Sión una piedra de obstáculo, una roca para caerse, pero quien crea en ella no quedará defraudado».

 

RESPONSORIO                    Os 2, 25; Rom 9, 23.25
 
R./ Yo la sembraré para mí en el país, tendré compasión de “No compadecida”, * y al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío y a la que no es amada la llamaré amada.
V./ Dios con el fin de dar a conocer la riqueza de su gloria en favor de los objetos de misericordia preparados para la gloria. Y estos tales somos nosotros, a los que ha llamado no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles, 25 según afirma también en el profeta Oseas:
R./ Al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío y a la que no es amada la llamaré amada.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre la carta a los Gálatas (Lib 1, 27-28: CSEL 84, 92-94)

La única descendencia de Abrahán: Cristo y la Iglesia

La ley –dice el Apóstol– fue nuestro pedagogo hasta que llegara Cristo. He aquí sus palabras: Estábamos prisioneros, custodiados por la ley. Una vez que la fe ha llegado, ya no estamos sometidos al pedagogo. Con estas palabras reprende ahora a los que anulan la gracia de Cristo: como si no hubiera llegado todavía el que debía llamarnos a la libertad, pretenden permanecer aún bajo el pedagogo.

Lo que dice que todos son hijos de Dios por la fe, en cuanto que todos los que fueron bautizados en Cristo se revistieron de Cristo, tiene un objetivo bien concreto: evitar que los paganos desesperen de su salvación, pensando que no son hijos al no estar custodiados por el pedagogo: revestidos de Cristo por la fe, todos se convierten en hijos. No hijos por naturaleza, como el Hijo único, que, además, es la Sabiduría de Dios; ni por la prepotente y singular asunción que les capacitara para ser y actuar por naturaleza en persona de la Sabiduría, a la manera como el Mediador se identificó con la Sabiduría asumida sin intervención de mediador alguno. No, son hijos por participación de la sabiduría, en virtud y gracias a la fe del Mediador.

En esta fe no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, por cuanto todos los fieles son uno en Cristo Jesús. Y si esto hace la fe, por la que se vive justamente en esta vida, ¿cuánto más perfecta y copiosamente lo hará la misma visión, cuando veamos cara a cara?

Pues de momento y aun poseyendo, por la justificación de la fe, las primicias del Espíritu, que es vida, comoquiera que todavía el cuerpo está muerto por el pecado, esta diferenciación de nacionalidad, de condición social o de sexo está ciertamente superada por lá unidad de la fe, pero se mantiene en la existencia mortal. Y que en la peregrinación de la presente vida, hayan de mantenerse tales categorías, lo preceptúan los apóstoles —quienes además nos han legado normas salubérrimas para vivir en común manteniendo las diferencias de nacionalidad, judíos y griegos, de condición social, señores y esclavos, de sexo, hombres y mujeres, y otras diferencias que eventualmente puedan presentarse—, y antes que ellos, el mismo Señor, quien afirmó: Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios

Porque todos —dice— sois uno en Cristo Jesús. Y añade: Y si sois, de modo que se subdistinga y se sobrentienda: sois uno en Cristo Jesús, y a continuación se deduzca: luego sois descendencia de Abrahán, de suerte que el sentido sea éste: Porque todos sois uno en Cristo Jesús, luego sois descendencia de Abrahán. Antes había dicho: No se dice: «y a los descendientes», en plural, sino en singular: «y a tu descendencia», que es Cristo. Aquí, pues, nos demuestra que Cristo es el único descendiente, no refiriéndose exclusivamente a él, único mediador, sino también a la Iglesia, su cuerpo, de la que él es cabeza. Y esto para que todos sean uno en Cristo y reciban, de acuerdo con la promesa, la herencia por la fe, a la que la promesa estaba supeditada; esto es: en espera de la llegada de la fe, el pueblo estaba como custodiado por el pedagogo hasta la fecha prefijada, en cuya fecha serían llamados a la libertad todos cuantos en el pueblo hansido llamados conforme al designio de Dios, es decir, los que en aquella era fueron reconocidos como trigo.

 

RESPONSORIO                    Gal 3, 26-27; 1 Cor 6, 15
 
R./ Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. * Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo.
V./ Y vuestros cuerpos son miembros de Cristo.
R./ Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 10, 1-21
Dios es el Señor de todos

Hermanos: Mi anhelo más profundo y lo que pido a Dios por ellos es que se salven. Que tienen fervor religioso lo declaro en su honor, pero mal entendido; pues, olvidándose de la justificación que Dios da y porfiando por mantenerla a su modo, no se sometieron a la justificación de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, y con eso se justifica a todo el que cree.

La justificación que viene por la ley la define Moisés en estos términos: «El que cumple estos preceptos, por ellos saldrá con vida»; en cambio, la justificación que viene por la fe se expresa así: «No te preguntes: ¿Quién subirá al cielo?» (es decir, con la idea de bajar a Cristo), ni tampoco: «¿Quién bajará al abismo?» (es decir, con la idea de sacar a Cristo de la muerte).

¿Qué dice entonces? Esto: «la palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón». Se refiere a la palabra de la fe que os anunciamos. Porque si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación.

Dice la Escritura: «Nadie que cree en él quedará defraudado». Porque no hay distinción entre judío y griego, ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará».

Ahora bien: ¿Cómo van a invocarlo si no creen en él?, ¿cómo van a creer si no oyen hablar de él?, y ¿cómo van a oír sin alguien que proclame?, y ¿cómo van a proclamar si no los envían? Lo dice la Escritura: «¡Qué hermosos los pies de los que anuncian el evangelio!».

Pero no todos han prestado oídos al Evangelio; como dice Isaías: «Señor, ¿quién ha dado fe a nuestro mensaje?». Así, pues, la fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo. Pero yo pregunto: ¿Es que no lo han oído? Todo lo contrario: «A toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los límites del orbe, su lenguaje». Insisto: ¿Será que Israel no ha entendido? Para empezar, cito a Moisés: «Yo os daré envidia con un pueblo ilusorio, os irritaré con una nación fatua». E Isaías se atreve a más: «Me encontraron los que no me buscaban, me revelé a los que no preguntaban por mí».

En cambio, de Israel dice: «Tenía mis manos extendidas todo el día hacia un pueblo rebelde y provocador».

 

 RESPONSORIO                   Rom 10, 12-13; 15, 8-9
 
R./ Uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan, * pues todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.
V./ Es decir, Cristo se hizo servidor de la circuncisión en atención a la fidelidad de Dios, para llevar a cumplimiento las promesas hechas a los patriarcas y, en cuanto a los gentiles, para que glorifiquen a Dios por su misericordia.
R./ Pues todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.
 

 

SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Carta 29 (6-9: PL 16, 1100-1101)

Predicamos a Cristo

¡Qué hermosos los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Noticia! ¿Quiénes son los que traen la Buena Noticia sino Pedro, sino Pablo, sino los apóstoles todos? ¿Y cuál es la Buena Noticia que nos traen, sino al Señor Jesús? El es nuestra paz, él es aquel sumo bien, pues es bueno y procede del bueno: de un árbol bueno se recogen frutos buenos. Bueno es finalmente el espíritu que de él recibe y que guía a los siervos de Dios por el recto camino.

¿Y quién, teniendo al Espíritu de Dios en sí, negará al bueno, cuando él mismo dice: ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Venga este bien a nuestra alma, a lo más íntimo de nuestra mente; este bien que Dios da generosamente a los que se lo piden. Este es nuestro tesoro, éste es nuestro camino, éste es nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestro pastor, y pastor bueno, él es nuestra vida. ¡Ya ves cuántos bienes en un solo bueno! Pues todos estos bienes nos predican los evangelistas.

El Señor Jesús es el sumo bien en persona, anunciado por los profetas, predicado por los ángeles, prometido por el Padre, evangelizado por los apóstoles. Vino a nosotros cual fruto maduro: y no sólo cual fruto maduro, sino como fruto que madura en los montes. Y para que no hubiera nada duro ni inmaduro en nuestros proyectos, nada violento ni áspero en nuestras acciones y en nuestras costumbres, él fue el primero que se presentó anunciándonos la Buena Noticia. Por eso dijo: Yo el que hablaba, aquí estoy. Esto es, yo que hablaba en los profetas, estoy presente en el cuerpo que asumí de la Virgen; estoy aquí yo que soy la imagen de Dios invisible e impronta de su sustancia, y estoy aquí también como hombre. Pero ¿quién me conoce? Vieron al hombre y le creyeron superhombre por sus obras.

Apresurémonos, pues, a él, en quien está el sumo bien: pues él es la bondad; él es la paciencia de Israel, que te llama a penitencia, a fin de que no seas convocado a juicio, sino que puedas recibir la remisión de los pecados. Haced —dice— penitencia. El es el sumo bien que de nadie necesita y abunda en todo. Y tal es su abundancia, que de su plenitud todos hemos recibido y en él fuimos colmados, como dice el evangelista.

 

RESPONSORIO                    1Jn 5, 20.11
 
R./ Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. * Este es el Dios verdadero y la vida eterna.
V./ Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo.
R./ Este es el Dios verdadero y la vida eterna.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 11,1-12

Dios no ha desechado a su pueblo

Hermanos: Entonces me pregunto: ¿habrá Dios desechado a su pueblo? Ni hablar: también yo soy israelita, descendiente de Abrahán, de la tribu de Benjamín. «Dios no ha desechado a su pueblo», que él eligió.

Recordáis, sin duda, aquello que cuenta de Elías la Escritura, cómo interpelaba a Dios en contra de Israel: Señor, «han matado a tus profetas y derrocado tus altares; me he quedado yo sólo y atentan contra mi vida». Pero ¿qué le responde la voz de Dios?: «Me he reservado siete mil hombres que no han doblado la rodilla ante Baal».

Pues lo mismo ahora, en nuestros días, ha quedado un residuo, escogido por puro favor. Y si es por puro favor, ya no se basa en las obras, si no el favor dejaría de serlo. ¿Qué se sigue? Que Israel no consiguió lo que buscaba; los escogidos lo consiguieron, mientras los demás se han obcecado, como estaba escrito: «Dios les embotó el espíritu, les dio ojos para no ver y orejas para no oír hasta el día de hoy». Y David dice: «Que su mesa les sirva de trampa y de lazo, de tropiezo y de castigo; que sus ojos se nublen y no vean, haz que su espalda esté siempre encorvada».

Pregunto ahora: ¿Han caído para no levantarse? Por supuesto que no. Si por haber caído ellos la salvación ha pasado a los gentiles, es para dar envidia a Israel. Por otra parte, si su caída es riqueza para el mundo, es decir, si su devaluación es la riqueza de los gentiles, ¿qué será cuando alcancen su pleno valor?

 

RESPONSORIO                    Rom 11, 5.7.8; Jn 12, 41
 
R./ En la actualidad ha quedado en Israel un resto, elegido por gracia. Y si es por gracia, no lo es en virtud de las obras; de otro modo, no es ya gracia. Los demás se endurecieron, según está escrito: * Dios les dio un espíritu de embotamiento, ojos para no ver y oídos para no oír hasta el día de hoy.
V./ Esto dijo Isaías cuando vio la gloria de Cristo y habló de él.
R./ Dios les dio un espíritu de embotamiento, ojos para no ver y oídos para no oír hasta el día de hoy
 


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, or 1: PG 70, 890-891)

Se nos llama cristianos o pueblo de Dios

Desde oriente traeré a tu estirpe, desde occidente te reuniré. Promete a la Sinagoga o a la Iglesia formada de páganos y judíos, reunir a todos desde oriente a occidente, es decir, de todos los climas y lugares geográficos.

Cuando habla de hijos e hijas que corren desde los cuatro puntos cardinales, alude al tiempo de la venida de Cristo, tiempo en que se dio a todos los habitantes de la tierra la gracia de la adopción por medio de la santificación en el Espíritu. Al decir: A todos los que llevan mi nombre, da a entender que la vocación no es privativa de una nación, sino común: la misma para todos. Pues se nos llama cristianos o pueblo de Dios. También Pedro, en la carta dirigida a los llamados por la fe, se expresa de estamanera: Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Antes erais «No pueblo», ahora sois «pueblo de Dios».

Hemos sido efectivamente renovados en Cristo por la santificación, recuperando el esplendor originario de la naturaleza, a saber, la imagen del que nos creó por él y en él: renunciando al pecado y a la inveterada corrupción, se nos enseña a reiniciar una vida nueva; nos despojamos del hombre viejo corrompido por las seducciones del error, y nos revestimos del hombre nuevo, renovado a imagen del que nos creó. Además, este renacimiento o, como suele decirse, esta nueva criatura, se ha efectuado en Cristo; por tanto la hemos recibido no de una estirpe corrupta, sino en virtud de la palabra del Dios que vive y permanece.

Así pues, este pueblo reunido de los cuatro puntos cardinales y llamado por mi nombre, no lo ha creado, plasmado y ejecutado otro que yo para mi gloria. Y el Hijo puede muy bien ser llamado gloria de Dios Padre, pues por él y en él es glorificado, según aquello: Yo te he glorificado sobre la tierra, idea que Cristo desarrolla ampliamente. Que los que en él creemos hemos sido plasmados por él lo sabemos con mayor certeza al sentirnos conformados a él y palpar, resplandeciente en nuestras almas, la belleza de la naturaleza divina.

Algo por el estilo dijo también el salmista: Quede esto escrito para la generación futura, y el pueblo que será creado alabará al Señor. Y cuando poco después añade: Sacad al pueblo ciego, revela maravillosamente la prestancia inexpresable y maravillosa de su poder. Ya en otro tiempo irradió como estrella mañanera sobre aquellos, cuyas mentes y corazones estaban envueltos en la tiniebla de la diabólica perversidad y en el error, y surgiendo para ellos cual sol de justicia, los hizo hijos no ya de la noche y las tinieblas, sino de la luz y del día, según la sapientísima expresión de Pablo.

 

RESPONSORIO                    Rom 9, 24.25.26; Os 2, 25
 
R./ Dios nos ha llamado no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles, según afirma también en el profeta Oseas: * al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío, hijos del Dios vivo.
V./ Al que no es mi pueblo lo llamaré: “Tú eres mi pueblo”; y él dirá: “Mi Dios”.
R./ Al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío, hijos del Dios vivo.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 11, 13-24

Si está consagrada la raíz, también lo están las ramas

A vosotros, gentiles, os digo: Mientras sea vuestro apóstol, haré honor a mi ministerio, por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a alguno de ellos. Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Además, si están consagradas las primicias, lo está también la masa, y si está consagrada la raíz, también lo están las ramas.

Han desgajado algunas ramas y, entre las que quedaban, te han injertado a ti, que eres de acebuche; así entraste a participar con ellos de la raíz y savia del olivo. Pero no presumas con las ramas; y si te da por presumir, recuerda que no sostienes tú a la raíz, sino que la raíz te sostiene a ti.

Dirás tú: «Desgajaron ramas para injertarme a mí». Perfectamente: las desgajaron por su falta de fe y tú te mantienes por la fe; conque no seas soberbio y ándate con cuidado, que si Dios no tuvo miramientos con las ramas naturales, a lo mejor no los tiene contigo.

Fíjate en la bondad y en la severidad de Dios; para los que cayeron, severidad; para ti, bondad: Con tal que no te salgas de su bondad, que, si no, también a ti pueden cortarte; mientras a ellos, si no persisten en su falta de fe, los injertarán, que Dios tiene poder para injertarlos de nuevo. Si a ti te cortaron de tu acebuche nativo y, contra tu natural, te injertaron en el olivo, cuánto más fácil será injertarlos a ellos, nacidos del olivo, en el tronco en que nacieron.

 

RESPONSORIO                    Cf. Rom 11, 23; 1Cor 3, 16
 
R./ En cuanto a aquellos, si no permanecen en la incredulidad, serán injertados, * pues Dios es poderoso para volver a injertarlos.
V./ Pero cuando se conviertan al Señor, se quitará el velo de su corazón.
R./ Pues Dios es poderoso para volver a injertarlos.
 


SEGUNDA LECTURA

Del Decreto Ad Gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, del Concilio Vaticano II (Núms 4-5)

Id y haced discípulos de todos los pueblos

El mismo Señor Jesús, antes de entregar voluntariamente su vida por la salvación del mundo, de tal manera dispuso el ministerio apostólico y prometió enviar el Espíritu Santo que ambos se encuentran asociados en la realización de la obra de la salvación en todas partes y para siempre.

El Espíritu Santo unifica en la comunión y en el ministerio, y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos a toda la Iglesia a través de todos los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las instituciones eclesiales e infundiendo en el corazón de los fieles el mismo impulso de misión con que actuó Cristo. A veces también se anticipa visiblemente a la acción apostólica, de la misma forma que sin cesar la acompaña y dirige de diversas formas.

El Señor Jesús ya desde el principio llamó a los que él quiso, y a doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar. Los apóstoles fueron, pues, la semilla del nuevo Israel y al mismo tiempo el origen de la sagrada jerarquía.

Después, el Señor, una vez que hubo cumplido en sí mismo, con su muerte y resurrección, los misterios de nuestra salvación y la restauración de todas las cosas, habiendo recibido toda potestad en el cielo y en la tierra, antes de ascender a los cielos, fundó su Iglesia como sacramento de salvación y "envió a los apóstoles a todo el mundo, como también él había sido enviado por el Padre, mandándoles: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. De aquí le viene a la Iglesia el deber de propagar la fe y la salvación de Cristo; tanto en virtud del mandato expreso que de los apóstoles heredó el orden episcopal, al que ayudan los presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro, sumo pastor de la Iglesia, como en virtud de la vida que Cristo infunde a sus miembros.

La misión de la Iglesia se realiza, pues, mediante aquella actividad por la que, obediente al mandato de Cristo y movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo, se hace presente en acto pleno a todos los hombres o pueblos, para llevarlos con el ejemplo de su vida y con la predicación, con los sacramentos y demás medios de gracia, a la fe, la libertad y la paz de Cristo, de suerte que se les descubra el camino libre y seguro para participar plenamente en el misterio de Cristo.

 

 RESPONSORIO                   Mc 16,15-16; Jn 3,5
 
R./ «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. * El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
V./ El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.
R./ El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 
 

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 11, 25-36

Todo Israel se salvará

Y no quiero que ignoréis, hermanos, el designio que se esconde en esto para que no os sintáis suficientes: la obcecación de una parte de Israel durará hasta que entre el conjunto de los pueblos; entonces todo Israel se salvará, como dice la Escritura: «Llegará de Sión el libertador, para expulsar de Israel los crímenes; así será la alianza que haré con ellos cuando perdone sus pecados».

Por un lado, considerando el evangelio, son enemigos, para ventaja vuestra; pero por otro, considerando la elección, son predilectos, por razón de los patriarcas, pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros, antes rebeldes a Dios, a través de la rebeldía de ellos habéis obtenido misericordia; lo mismo ellos: son ahora rebeldes para, a través de esa misericordia que habéis obtenido vosotros, obtener a su vez misericordia. Porque Dios encerró a todos en la rebeldía, para tener misericordia de todos.

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero.? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? El es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Rom 11,33; Sal 88,3
 
R./ ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! * ¡Qué insondables sus decisiones y qué inaccesibles sus caminos!
V./ «La misericordia es un edificio eterno», más que el cielo has afianzado tu fidelidad.
R./ ¡Qué insondables sus decisiones y qué inaccesibles sus caminos!
 


SEGUNDA LECTURA

San Cesáreo de Arlés, Sermón 11 (1.4.6: CCL 103, 54.56-57)
La sabiduría de Dios en la obra de la redención

Son muchos, amadísimos hermanos, a quienes les asalta esta sospecha; muchos los hombres de escasa ciencia a los que este pensamiento les produce escrúpulo. Se preguntan en efecto: ¿por qué Jesucristo, el Señor, poder y sabiduría del Padre, no operó la salvación del hombre con el poder divino o simplemente con su palabra, sino en la humildad del cuerpo y el sufrimiento humano? El hubiera podido muy bien echar mano del poder y la majestad celestial para abatir al diablo y liberar al hombre de su tiranía.

Los hay que se extrañan de que no destruyera la muerte con su palabra, él que —según se nos dice— al principio con su palabra dio la vida: cuál es la razón de que no reparara lo perdido con la misma majestad con que supo crear lo que no existía. ¿Qué necesidad tenía nuestro Señor Jesucristo de padecer tan dura pasión, él que con su poder era muy capaz de liberar al género humano? ¿para qué su encarnación, a qué su infancia, el curso de la edad, las injurias, la cruz, la muerte, y la sepultura que él aceptó para reparar el pecado del hombre?

Veamos, en primer lugar, el significado de la cruz, cómo en ella se cancela el pecado del mundo, cómo la muerte es destruida y se triunfa sobre el diablo. La cruz, en rigor de justicia, es un castigo privativo de los pecadores: sabemos en efecto, que tanto la ley de Dios como la ley del mundo decretan la cruz para reos y criminales.

Por obra del diablo, actuando a través de Judas, de los reyes de la tierra y de los príncipes de los judíos que, juntos, conspiraron ante Pilato contra el Señor y contra su Mesías, Cristo es condenado a muerte; se condena al inocente, como dice el profeta en el salmo: Pero el justo ¿qué hizo? Y de nuevo: Aunque atenten contra la vida del justo y condenen a muerte al inocente...

Soportó pacientemente las injurias y los bofetones, la corona de espinas y la veste escarlata y demás escarnios de que nos habla el evangelio. Y lo soportó sin culpa alguna, para que, armado de paciencia, como oveja de matanza fuera conducido a la cruz. Soportó a los poderosos, según canta David, como hombre a quien nadie socorre, él que hubiera podido vengarse con su divina majestad. Silos que habían salido para prenderle, ante una simple pregunta: ¿A quién buscáis, retrocedieron y cayeron a tierra como muertos, ¿qué habría ocurrido si se hubiera puesto a increparles?

Pero cumplió el misterio de la cruz, que era la razón de su venida al mundo; para que mediante la cruz cancelara el recibo que nos pasaba el pecado y el poder del enemigo quedase prisionero en el anzuelo de la cruz y, sin alterar la justicia y la razón, el diablo perdiera la presa que retenía.

Amadísimos hermanos: esta es —según creo— la razón de por qué el Señor y Salvador nuestro nos liberó del poder del diablo no mediante una exhibición de poder, sino por la humildad, no acudiendo a la violencia, sino por la justicia. Por lo cual, nosotros a quienes la misericordia divina nos ha enriquecido con tan grandes beneficios sin ningún mérito precedente, colaboremos con él en la medida de nuestras posibilidades, para que la gracia de tan gran amor nos sea de provecho y no de condenación.

 

RESPONSORIO
 
R./ Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores. * Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.
V./ Era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria.
R./ Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 12,1-21

La vida cristiana es un culto espiritual

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable.Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Por la gracia de Dios que me ha sido dada os digo a todos y a cada uno de vosotros: No os estiméis en más de lo que conviene, sino estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno.

Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros y no desempeñan todos los miembros la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros. Los dones que poseemos son diferentes, según la gracia que se nos ha dado, y se han de ejercer así: si es la profecía, teniendo en cuenta a los creyentes; si es el servicio, dedicándose a servir; el que enseña, aplicándose a enseñar; el que exhorta, a exhortar; el que se encarga de la distribución, hágalo con generosidad; el que preside, con empeño; el que reparte la limosna, con agrado.

Que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo. En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos ardientes. Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres: estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración. Contribuid en las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad.

Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis. Con los que ríen, estad alegres; con los que lloran, llorad. Tened igualdad de trato unos con otros: no tengáis grandes pretensiones, sino poneos al nivel de la gente humilde. No mostréis suficiencia. No devolváis a nadie mal por mal. Procurad la buena reputación entre la gente; en cuanto sea posible y por lo que a vosotros toca, estad en paz con todo el mundo.

Amigos, no os toméis la venganza, dejad lugar al castigo, porque dice el Señor en la Escritura: «Mía es la venganza, yo daré lo merecido». En vez de eso, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: así le sacarás los colores a la cara. No te dejes vencer por el mal, vence al mal a fuerza de bien.

 

RESPONSORIO
 
R./ Transformaos por la renovación de la mente, * para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
V./ Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es su culto espiritual.
R./ Para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 9 1: PG 14, 1204-1205; 1206-1207)

Todos los miembros de la Iglesia ofrecen la hostia viva

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable.

Ahora Pablo exhorta a los creyentes en Cristo a que presenten sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios. Llama viva a la hostia portadora de vida, es decir, de Cristo, y dice: Llevamos en el cuerpo.la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se, manifieste en nuestra carne. La llama santa porque en ella inhabita el Espíritu Santo. Agradable a Dios, como separada de vicios y pecados. Todo esto constituye el culto razonable a Dios. De un culto semejante puede darse razón y demostrarse que es digno de Dios la inmolación de tales hostias. En cambio, ninguna razón recta y honesta consentirá en ofrecer al Dios inmortal e incorpóreo carneros, cabritos y becerros.

Resulta, pues, evidente que la hostia viva, santa, agradable a Dios es un cuerpo incontaminado. Y si bien en la Iglesia la primera hostia, después de los apóstoles, parece ser la de los mártires, la segunda la de las vírgenes y la tercera la de los continentes, pienso, sin embargo, que no se puede negar que también los que viven en el matrimonio y de común acuerdo y por cierto tiempo se dedican a la oración, si en lo demás se comportan con santidad y justicia, pueden asimismo ofrecer sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios. Así pues, todos los miembros de la Iglesia se ofrecen y consuman la hostia viva, santa, agradable a Dios, que ha de ser presentada de una manera razonable.

Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de, Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Nos transformamos por la renovación de la mente ejercitándonos en la sabiduría, meditando la palabra de Dios y tratando de captar el sentido espiritual de su ley; y cuanto más provecho saca de la lectura diaria de las Escrituras, cuanto más penetra en ellas, tanto más se renueva según un proceso ininterrumpido y cotidiano. Dudo que pueda transformarse por la renovación de la mente el que se muestra perezoso en la lectura de las Escrituras y en el ejercicio de la inteligencia espiritual, que le capacite no sólo para entender lo que está escrito, sino para explicarlo con mayor claridad y comunicarlo con más diligencia

Y ciertamente que si la mente no ha sido renovada para un conocimiento pleno e iluminada totalmente por la sabiduría de Dios, no podrá discernir lo que es voluntad de Dios, pues muchas veces confundimos la voluntad de Dios con lo que no es. Y en esto yerran y se equivocan precisamente los que no han renovado su mente. Porque realmente es privativo no de cualquier mente, sino sólo de una mente muy renovada y transformada ya según la imagen de Dios, discernir en cada una de las cosas que hacemos, hablamos y pensamos lo que es voluntad de Dios; así como el no hacer, decir o pensar cosa alguna que viere no sintonizar con la voluntad de Dios.

 

RESPONSORIO    Heb 10,8.11.12.14; Sal 39,7
 
R./ Primero dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias, que se ofrecen según la ley. * Cristo, después de haber ofrecido por los pecados un único sacrificio, con una sola ofrenda ha perfeccionado definitivamente a los que van siendo consagrados.
V./ Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios.
R./ Cristo, después de haber ofrecido por los pecados un único sacrificio, con una sola ofrenda ha perfeccionado definitivamente a los que van siendo consagrados.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 13, 1-14

Consejos varios

Hermanos: Sométase todo individuo a las autoridades constituidas; no existe autoridad sin que lo disponga Dios y, por tanto, las actuales han sido establecidas por él. En consecuencia, el insumiso a la autoridad se opone a la disposición de Dios y los que se le oponen se ganarán su sentencia.

De hecho, los que mandan no son una amenaza para la buena acción, sino para la mala. ¿Quieres no tener miedo a la autoridad? Sé honesto y tendrás su aprobación, pues ella es agente de Dios para ayudarte a lo bueno. En cambio, si no eres honesto, teme, que por algo lleva la espada: es agente de Dios, ejecutor de su reprobación contra el delincuente.

Por eso forzosamente hay que estar sometido no sólo por miedo a esa reprobación, sino también por motivo de conciencia. Y por la misma razón pagáis impuestos, porque son funcionarios de Dios dedicados en concreto a esa misión. Pagad a cada uno lo que le debáis: impuesto, contribución, respeto, honor, lo que corresponda.

A, nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás», y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.

Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación esta más cerca que cuando empezamos a creer. La noche esta avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos.

 

RESPONSORIO      Rom13,8; Gal 5,14
 
R./ A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; * porque el que ama ha cumplido el resto de la ley.
V./ Porque toda la ley se cumple en una sola frase, que es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
R./ Porque el que ama ha cumplido el resto de la ley.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Comienza la carta a los Romanos (1, 1-2, 2: Funck 1, 213-215)

No quiero agradar a los hombres, sino a Dios

Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a la Iglesia que ha alcanzado misericordia por la majestad del Padre altísimo y de Jesucristo, su Hijo Unico; a la Iglesia amada e iluminada por la voluntad de aquel que ha querido todo lo que existe, según la caridad de Jesucristo, nuestro Dios; Iglesia, además, que preside en el territorio de los romanos, digna de Dios, digna de honor, digna de ser llamada dichosa, digna de alabanza, digna de alcanzar sus deseos, de una loable integridad, y que preside a todos los congregados en la caridad, que guarda la ley de Cristo, que está adornada con el nombre del Padre: para ella mi saludo en el nombre de Jesucristo, Hijo del Padre. Y a los que están adheridos en cuerpo y alma a todos sus preceptos, constantemente llenos de la gracia de Dios y exentos de cualquier tinte extraño, les deseo una grande y completa felicidad en Jesucristo, nuestro Dios.

Por fin, después de tanto pedirlo al Señor, insistiendo una y otra vez, he alcanzado la gracia de ir a contemplar vuestro rostro, digno de Dios; ahora, en efecto, encadenado por Cristo Jesús, espero poder saludaros, si es que Dios me concede la gracia de llegar hasta el fin. Los comienzos por ahora son buenos; sólo falta que no halle obstáculos en llegar a la gracia final de la herencia que me está reservada. Porque temo que vuestro amor me perjudique. Pues a vosotros os es fácil obtener lo que queráis, pero a mí me sería difícil alcanzar a Dios, si vosotros no me tenéis consideración.

No quiero que agradéis a los hombres, sino a Dios, como ya lo hacéis. El hecho es que a mí no se me presentará ocasión mejor de llegar hasta Dios, ni vosotros, con sólo que calléis, podréis poner vuestra firma en obra más bella. En efecto, si no hacéis valer vuestra influencia, ya me convertiré en palabra de Dios; pero, si os dejáis llevar del amor a mi carne mortal, volveré a ser sólo un simple eco. El mejor favor que podéis hacerme es dejar que sea inmolado para Dios, mientras el altar está aún preparado; así, unidos por la caridad en un solo coro, podréis cantar al Padre por Cristo Jesús, porque Dios se ha dignado hacer venir al obispo de Siria desde oriente hasta occidente. ¡Qué hermoso es que el sol de mi vida se ponga para el mundo y vuelva a salir para Dios!

 

RESPONSORIO     Fil 1,21; Gal 6,14
 
R./ Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. * En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
V./ Por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.
R./ En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 14, 1-23

Ninguno de nosotros vive para sí mismo

Hermanos: Al que tiene la fe débil, hacedle buena acogida sin discutir opiniones. Hay quien tiene fe para comer de todo, otro, en cambio, que la tiene débil, come sólo verduras. El que come de todo, que no desprecie al que se abstiene; el que se abstiene, que no juzgue al que come, pues Dios lo ha acogido. ¿Quién eres tú para poner falta al criado de otro? Que siga en pie o se caiga es asunto de su señor; y en pie se mantendrá, que fuerzas tiene el Señor para sostenerlo.

Este, además, da preferencia a un día sobre otro; en cambio, para aquél cualquier día es bueno. Cada cual esté bien convencido de lo que piensa. El que se preocupa de días determinados, lo hace por el Señor; el que come de todo, lo hace por el Señor, y la prueba es que da gracias a Dios; el que se abstiene, lo hace por el Señor, y también da gracias a Dios. Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

Tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué desprecias a tu hermano? Todos compareceremos ante el tribunal de Dios, porque está escrito: «Por mi vida, dice el Señor, ante mí se doblará toda rodilla, a mí me alabará toda lengua». Por eso, cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo.

Por tanto, basta ya de juzgarnos unos a otros; mejor será que adoptéis por criterio no poner obstáculo ni escandalizar a ningún hermano. Por Jesús, el Señor, sé y estoy convencido de que nada es impuro de por sí; algo es impuro para el que lo tiene por impuro y nada más. Ahora que si por comer de algo hieres a tu hermano, ya no estás procediendo como pide el amor. Que por comer tú no se pierda uno por quien Cristo murió.

Conque ese bien que tenéis, que no puedan denigrarlo, porque al fin y al cabo no reina Dios por lo que uno come o bebe, sino por la justicia, la paz y la alegría que da el Espíritu Santo; y el que sirve así a Cristo agrada a Dios, y lo aprueban los hombres.

En resumen: esmerémonos en lo que favorece la paz y construye la vida común. No destruyas la obra de Dios por una cuestión de comida; todo es puro, pero está mal comer causando escándalo. Mejor es abstenerse alguna vez de carne o vino o de lo que sea, si eso es obstáculo para tu hermano; esa convicción que tienes, guárdatela para ti, que Dios la ve. Dichoso el que examina las cosas y se forma un juicio; en cambio, el que come con dudas es culpable, porque no procede por convicción, y todo lo que no procede de convicción es pecado.

 

RESPONSORIO     Rom 14,9.8.7
 
R./ Cristo murió y resucitó: para ser Señor de muertos y vivos. * Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor.
V./ Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.
R./ Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, (3-4: Funck 1, 215-219)

Ser cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho

Nunca tuvisteis envidia de nadie, y así lo habéis enseñado a los demás. Lo que yo ahora deseo es que lo que enseñáis y mandáis a otros lo mantengáis con firmeza y lo practiquéis en esta ocasión. Lo único que para mí habéis de pedir es que tenga fortaleza interior y exterior, para que no sólo hable, sino que esté también interiormente decidido, a fin de que sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho. Si me porto como cristiano, tendré también derecho a este nombre y, entonces, seré de verdad fiel a Cristo, cuando haya desaparecido ya del mundo. Nada es bueno sólo por lo que aparece al exterior. El mismo Jesucristo, nuestro Dios, ahora que está con su Padre, es cuando mejor se manifiesta. Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma.

Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo.

Halagad más bien a las fieras, para que sean mi sepulcro y no dejen nada de mi cuerpo; así, después de muerto, no seré gravoso a nadie. Entonces seré de verdad discípulo de Cristo, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo. Rogad por mí a Cristo, para que, en medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios. No os doy mandatos como Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo no soy más que un condenado a muerte; ellos eran libres, yo no soy al presente más que un esclavo. Pero, si logro sufrir el martirio, entonces seré liberto de Jesucristo y resucitaré libre como él. Ahora, en medio de mis cadenas, es cuando aprendo a no desear nada.

 

RESPONSORIO     Gal 2,19-20
 
R./ Yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, * que me amó y se entregó por mí.
V./ Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.
R./ Que me amó y se entregó por mí.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 15, 1-13

Procuremos cada uno dar satisfacción
al prójimo en lo bueno

Nosotros, los robustos, debemos cargar con los achaques de los endebles y no buscar lo que nos agrada. Procuremos cada uno dar satisfacción al prójimo en lo bueno, mirando a lo constructivo. Tampoco Cristo buscó su propia satisfacción; al contrario, como dice la Escritura: «Las afrentas con que te afrentaban cayeron sobre mí». Es un hecho que todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza.

Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, como es propio de cristianos, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

En una palabra, acogeos mutuamente como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas, y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así dice la Escritura: «Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre». Y en otro lugar:

«Alegraos, naciones, con su pueblo». Y de nuevo: «Alabad, naciones todas, al Señor; ensalzadlo todos los pueblos». Y también Isaías: «Retornará la raíz de Jesé, el vástago reinará sobre los pueblos; los pueblos esperarán en él».

Que el Dios de la esperanza colme vuestra fe de alegría y de paz, para que con la fuerza del Espíritu Santo desbordéis de esperanza.

 

RESPONSORIO
 
R./ El Dios de la paciencia y del consuelo os conceda tener entre vosotros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús; * de este modo, unánimes, a una voz, vosotros daréis gloria a Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
V./ Por eso, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios.
R./ De este modo, unánimes, a una voz, vosotros daréis gloria a Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos (5-6: Funck I, 219-221)

Permitid que imite la pasión de mi Dios

Desde Siria hasta Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado como voy a diez leopardos, es decir, a un pelotón de soldados que, cuantos más beneficios se les hace, peores se vuelven. Pero sus malos tratos me ayudan a ser mejor, aunque tampoco por eso quedo absuelto. Quiera Dios que tenga yo el gozo de ser devorado por las fieras que me están destinadas; lo que deseo es que no se muestren remisas; yo las azuzaré para que me devoren pronto, no suceda como en otras ocasiones que, atemorizadas, no se han atrevido a tocar a sus víctimas. Si se resisten, yo mismo las obligaré.

Perdonadme lo que os digo; es que yo sé bien lo que me conviene. Ahora es cuando empiezo a ser discípulo. Ninguna cosa, visible o invisible, me prive por envidia de la posesión de Jesucristo. Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras, desgarramientos, amputaciones, descoyuntamiento de huesos, seccionamiento de miembros trituración de todo mi cuerpo, todos los crueles tormentos del demonio, con tal de que esto me sirva para alcanzar a Jesucristo.

De nada me servirían los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia.

 

RESPONSORIO
 
R./ Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. * Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte.
V./ Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura.
R./ Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte,


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 15, 14-33

Ministerio de Pablo

Respecto a vosotros, hermanos, yo personalmente estoy convencido de que rebosáis de buena voluntad y de que os sobra saber para aconsejaron unos a otros. A pesar de eso, para traeros a la memoria lo que ya sabéis, os he escrito, a veces propasándome un poco. Me da pie el don recibido de Dios, que me hace ministro de Cristo Jesús para con los gentiles: mi acción sacra consiste en anunciar el evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, agrade a Dios.

Como cristiano, pongo mi orgullo en lo que a Dios se refiere. Sería presunción hablar de algo que no fuera lo que Cristo hace por mi medio para que los gentiles respondan a la fe, con mis palabras y acciones, con la fuerza de señales y prodigios, con la fuerza del Espíritu Santo. Tanto, que en todas direcciones, a partir de Jerusalén y llegando hasta la Iliria, lo he dejado todo lleno del evangelio de Cristo. Eso sí, para mí es cuestión de amor propio no anunciar el evangelio más que donde no se ha pronunciado aún el nombre de Cristo; en vez de construir sobre cimiento ajeno, hago lo que dice la Escritura: «Los que no tenían noticia lo verán, los que no habían oído hablar comprenderán».

Las más de las veces ha sido precisamente lo que me ha impedido ir a visitaros; ahora, en cambio, no tengo ya campo de acción en estas regiones, y como hace muchos años que siento muchas ganas de haceros una visita, de paso para España..., porque espero veros al pasar y que vosotros me facilitéis el viaje; aunque primero tengo que disfrutar un poco de vuestra compañía.

Por el momento me dirijo a Jerusalén, prestando un servicio a los consagrados; porque Macedonia y Grecia han decidido dar una muestra de solidaridad a los pobres entre los consagrados de Jerusalén. Lo han decidido, sí, y de hecho se lo deben, porque si los demás pueblos han compartido sus bienes espirituales, les deben a su vez, una ayuda en lo material.

Concluido este asunto y entregado el producto de la colecta, saldré para España pasando por vuestra ciudad, y sé que mi ida ahí cuenta con la plena bendición de Cristo.

Por nuestro Señor Jesucristo, y por el amor que inspira el Espíritu os pido ahora un favor, hermanos: luchad a mi lado pidiendo a Dios que escape de los incrédulos de Judea y que este servicio mío a Jerusalén sea bien acogido allí por los consagrados. De esta manera, si Dios quiere, podré ir a veros contento y descansaré un poco en compañía vuestra.

El Dios de la paz esté con todos vosotros. Amén.

 

RESPONSORIO     Rom 15,15.16; 1,9
 
R./ Lo he hecho en virtud de la gracia que Dios me ha otorgado: ser ministro de Cristo Jesús para con los gentiles, ejerciendo el oficio sagrado del Evangelio de Dios, * para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, sea agradable.
V./ Dios, a quien sirvo en mi espíritu anunciando el Evangelio de su Hijo.
R./ Para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, sea agradable.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos (7-8: Funck 1, 121-123)

Os escribo en vida, pero deseando morir

El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo, que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos, únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre». No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible.

No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta.

Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido.

 

RESPONSORIO       Col 1, 24.29
 
R./ Me alegro de mis sufrimientos por vosotros: * Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
V./ Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí.
R./ Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 16, 1-27
Recomendaciones, saludos y doxología

Hermanos: Os recomiendo a nuestra hermana Febe, diaconisa de la iglesia de Cencreas; recibidla como cristianos, como corresponde a gente consagrada; poneos a su disposición en cualquier asunto que necesite de vosotros, pues lo que es ella se ha hecho abogada de muchos, empezando por mí.

Saludos a Prisca y Aquila, colaboradores míos en la obra de Cristo Jesús; por salvar mi vida expusieron su cabeza, y no soy yo solo quien les está agradecido, también todas las iglesias del mundo pagano. Saludad a la iglesia que se reúne en su casa.

Saludos a mi querido Epéneto, el primer convertido de Cristo en Asia. Saludos a María, que ha trabajado mucho por vosotros. Saludos a Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles, que llegaron a Cristo antes que yo. Saludos a Ampliato, mi amigo en el Señor. Saludos a Urbano, colaborador mío en la obra de Cristo, y a mi querido Estaquis. Saludos a Apeles, que ha dado pruebas de ser todo un cristiano.

Saludos a la familia de Aristóbulo. Saludos a Herodión mi paisano. Saludos a los cristianos de la casa de Narciso. Saludos a Trifena y Trifosa, que trabajan duro por el Señor. Saludos a mi amiga Pérside, que ha trabajado tanto por el Señor. Saludos a Rufo, ese cristiano eminente, y a su madre, que también lo es mía.

Saludos a Asíncrito, a Flegón, a Hermes, a Patrobas, a Hermas y a los hermanos que viven con ellos. Saludos a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, a Olimpio y a todos los consagrados que están con ellos.

Saludaos unos a otros con el beso santo. Todas las iglesias de Cristo os saludan.

Por favor, hermanos, estad en guardia contra esos que crean disensiones y escándalos opuestos a la doctrina que habéis aprendido; evitadlos, gente de ésa no está al servicio de Cristo nuestro Señor, sino al de su propio estómago, y con zalamerías y halagos engañan a los ingenuos. Sin duda, la respuesta de vuestra fe ha llegado a oídos de todos, y esto me alegra de vosotros; pero además querría que fueseis listos para lo bueno y simples para lo malo, que el Dios de la paz no tardará en aplastar a Satanás bajo vuestros pies.

El favor de nuestro Señor Jesús os acompañe.

Saludos de mi colaborador Timoteo y de Lucio, Jasón y Sosípatro. Yo, Tercio, que escribo la carta, os mando un saludo cristiano. Os saluda Gayo, que me hospeda, y toda esta iglesia. Os saluda Erasto, tesorero de la ciudad, y nuestro hermano Cuarto.

Al que puede fortaleceros según el evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús —revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la sagrada Escritura, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe—, al Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO      Rom 16,19; Mt 10,16
 
R./ La fama de vuestra obediencia se ha divulgado por todas partes; de aquí que yo me alegre por vosotros; * pero deseo que seáis sensatos para el bien e inmunes al mal.
V./ Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas.
R./ Pero deseo que seáis sensatos para el bien e inmunes al mal.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos (9-10: Funck 1, 223)

Os saluda mi espíritu y la caridad de las Iglesias

Acordaos en vuestras oraciones de la iglesia de Siria, que privada ahora de mí, no tiene otro pastor que el mismo Dios. Sólo Jesucristo y vuestro amor harán para con ella el oficio de obispo. Yo me avergüenzo de pertenecer al número de los obispos; no soy digno de ello, ya que soy el último de todos y un abortivo. Sin embargo, llegaré a ser algo, si llego a la posesión de Dios, por su misericordia.

Os saluda mi espíritu y la caridad de las Iglesias que me han acogido en el nombre de Jesucristo, y no como un transeúnte. En efecto, incluso las Iglesias que no entraban en mi itinerario corporal acudían en cada una de las ciudades por las que pasaba.

Os escribo desde Esmirna, por medio de unos efesios verdaderamente dignos de ser proclamados bienventurados. Entre otros, está también conmigo Croco, que me es muy querido. Respecto a los que, desde Siria, me han precedido a Roma a gloria de Dios, creo que los conocéis. Decidles que llegaré pronto. Todos son dignos de Dios y de vosotros, y conviene que les agasajéis en todo.

Adiós. Sed fuertes hasta el fin, soportándolo todo por Jesucristo.

 

RESPONSORIO
 
R./ Yo procuro contentar en todo a todos, * no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven.
V./ Todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes.
R./ No buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Comienza la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-17

Saludo y acción de gracias. Discordias entre los Corintios

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes nuestro hermano, escribimos a la iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro y de ellos. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. El os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el tribunal de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!

Os ruego, sin embargo, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir.

Hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo». ¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo?

Gracias a Dios no os bauticé a ninguno más que a Crispo y a Gayo, así nadie podrá decir que lo bautizaron para vincularlo a mi persona. Sí, también bauticé a la familia de Esteban; fuera de esos, no bauticé a ningún otro, que yo sepa. Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

 

RESPONSORIO                    Cf. 1 Cor 1, 7.8.9
 
R./ Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. * El os mantendrá firmes hasta el final.
V./ Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.
R./ El os mantendrá firmes hasta el final.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la limosna (3: PG 51, 263-265)

Piensa, oh hombre, de cuántos y cuáles dones
hoy has sido enriquecido

El primer día de la semana poned aparte cada uno por vuestra cuenta lo que consigáis ahorrar, para que, cuando yo vaya, no haya que andar entonces con colectas. Llama al domingo el primer día de la semana. ¿Y por qué destina este día a las ofrendas? ¿Por qué no el lunes, el martes o el mismo sábado? No lo hace ciertamente por casualidad y sin una razón: quiere tener de su parte la oportunidad del momento, para más estimular la voluntad de los oferentes. En los negocios no es lo de menos la elección del momento oportuno. Pero quizá me replicarás: ¿Es que existe una oportunidad especial para persuadir al hombre a que dé limosna?

Sí, pues ese día se dedica al descanso, el ánimo está más alegre con este reposo y, lo que es más importante, en ese día disfrutamos de innumerables bienes. En efecto, en este día, fue aniquilada la muerte, anulada la maldición, cancelado el pecado, destruidas las puertas del infierno, vencido el diablo, terminada la inacabable guerra, reconciliados los hombres con Dios, y vuelta nuestra estirpe a la prístina nobleza; qué digo, a una nobleza mucho más encumbrada; el sol contempló aquel admirable espectáculo: el hombre hecho inmortal. Queriendo Pablo que recordásemos tantos y tales beneficios, trajo a colación este día aduciéndolo como testigo, al decir a cada uno: Piensa, oh hombre, de cuántos y cuáles dones hoy has sido enriquecido, de cuántos y cuán grandes males has sido liberado: lo que eras y en qué te has convertido.

Y si solemos festejar el día de nuestro nacimiento, y si muchos siervos celebran solemnemente el día en que adquirieron la libertad, unos con banquetes y otros mostrándose más pródigos en las dádivas, ¿con cuánta mayor razón debemos venerar este día, que bien podríamos llamar, sin apartarnos de la verdad, día natalicio de toda la naturaleza humana?

Estábamos perdidos y fuimos reconciliados. Justo es, pues, solemnizarlo espiritualmente, no con comilonas, no con vino ni borracheras, sino haciendo partícipes de nuestra riqueza a nuestros hermanos pobres. Os digo esto no para que os contentéis con aprobarlo laudatoriamente, sino para que lo imitéis. No penséis que estas recomendaciones iban destinadas únicamente a los Corintios, sino también a cada uno de nosotros y a todos los que vendrán después de nosotros. Hagamos realidad lo que Pablo ordenó, y el domingo cada uno de nosotros ponga aparte en su casa el óbolo dominical. Y que esto se convierta en ley y en costumbre inmutable y así no será necesario en el futuro volver a las amonestaciones y a la persuasión. Pues la exhortación y la persuasión no valen lo que una costumbre inveterada.

 

RESPONSORIO                    Os 10,12; Heb 12,12-13
  
R./ Sembrad con justicia, recoged con amor. * Es tiempo de consultar al Señor, hasta que venga y haga llover sobre vosotros la justicia.
V./ Fortaleced las manos débiles,  robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, no se retuerce, sino que se cura.
R./ Es tiempo de consultar al Señor, hasta que venga y haga llover sobre vosotros la justicia.


 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 1,18 -2, 5

Los apóstoles predican la cruz

Hermanos: El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación —para nosotros— es fuerza de Dios. Dice la Escritura: «Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces». ¿Dónde está el sabio?¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el sofista de nuestros tiempos? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?

Y como, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación, para salvar a los creyentes. Porque los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados —judíos o griegos—, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Y si no, fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que nq cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y así —como dice la Escritura— «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Por eso yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 2, 3.5; 1, 30
 
R./ Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado.  * Para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
V./ Vosotros estáis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención.
R./ Para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Sobre las bienaventuranzas evangélicas (9: PL 204, 501-502.504)

La sabiduría de la cruz del Señor

La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, y la sabiduría de Dios es necedad ante el mundo. Es necedad hablar de cruz a los que perecen. Pues bien: en cierto modo, hablar de pobreza y de llanto es hablar de cruz. Pues la pobreza y el llanto son una modalidad de la cruz. Pero la sabiduría de Dios ha quedado justificada por sus obras, obras de la luz. Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Por esta razón, los hijos de este mundo y los hijos de la luz se consideran mutuamente necios y locos. Aquéllos acuden a los idólatras que se extravían con engaños, éstos aman como a la luz la necedad de la predicación, de la que quiso Dios valerse para salvar a los creyentes, luz que el hombre animal no capta, pues para él es necedad y es incapaz de comprenderla. Esta oposición entre la sabiduría de Dios y la sabiduría de este mundo ataca, en el corazón de muchos, los mismos fundamentos de la fe y es tan poderosa que amenaza con hacer caer, si fuera posible, a los mismos elegidos.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. La vanidad y la verdad distinguen entre llanto y llanto. Los hay que lloran por cosas que no vale la pena llorar, y, en consecuencia, son dignos de lástima, pues lloran en vano como en vano creen. Y los hay que pía y saludablemente lloran, y serán dichosos porque lloran de la manera de que habla el Señor dirigiéndose a sus discípulos: Yo os aseguro: lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre. Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. Y el salmista: Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.

De este pío llanto, como de una lluvia de gracia celeste, se riegan nuestras semillas, para que bien regada crezca más abundante la mies. Esta es la lluvia copiosa que Dios derramó en su heredad. En este valle de lágrimas en que hemos nacido, tenemos sobradas razones para llorar, en donde todo lo que ocurre, dentro o fuera de nosotros, es raro que no nos dé motivo para llorar. Con esta diferencia: que los débiles se lamentan en la tribulación, mientras que los perfectos se gozan incluso de las tribulaciones, lo que es señal de fortaleza; y se duelen no obstante, lo cual es señal de debilidad. Pues no debemos pensar que los perfectos estén exentos de toda debilidad. Pues su fuerza se realiza en la debilidad.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 3, 18-19; Gal 6, 14
 
R./ Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. * Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios.
V./ En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
R./ Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios.
 
 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 2, 1-16

El gran misterio del designio de Dios

Hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».

Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. ¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios.

Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos. Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber. humano, sino en el que enseña el Espíritu.

A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién conoce la mente del Señor para poder instruirlo?». Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.

 

RESPONSORIO                    Dan 2, 22.28; 1 Cor 2, 9.10
 
R./ Él revela lo profundo y lo oculto, y conoce lo que hay en las tinieblas. * Pero hay un Dios en el cielo que revela los secretos
V./ «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman». Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.
R./ Pero hay un Dios en el cielo que revela los secretos
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 7 sobre la primera carta a los Corintios (1-2: PG 61, 55-56)

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa. El misterio no admite demostración, pero anuncia lo que es. Y no sería un misterio exclusivamente divino si le añadieras algo por tu cuenta. Por lo demás, se llama misterio porque creemos lo que no vemos: una cosa es la que vemos y otra la que creemos. Tal es de hecho la naturaleza de nuestros misterios.

Mi reacción ante el misterio es muy distinta de la reacción del infiel. Me dicen que Cristo ha sido crucificado, e inmediatamente entran en juego los mecanismos de mi admiración al comprobar su amor por los hombres; lo oye el infiel y lo considera una imbecilidad; me dicen que se ha hecho esclavo y admiro la providencia; lo oye él y lo juzga deshonroso; me dicen que murió y enmudezco ante su poder no superado por la muerte sino destructor de la muerte; lo oye él y diagnostica imbecilidad.

Cuando él oye hablar de resurrección lo considera una fábula, yo, en cambio, una vez hechas las debidas comprobaciones, adoro la economía de Dios. Oyendo hablar del bautismo piensa él que es sólo cuestión de agua, yo, en cambio, no me quedo en las meras apariencias, sino que veo además la purificación del alma por el Espíritu. Piensa él que sólo me han lavado el cuerpo, mientras que yo creo que también el alma se ha hecho pura y santa, y pienso en el sepulcro, la resurrección, la santificación, la justicia, la redención, la adopción, la herencia, el reino de los cielos, el don del Espíritu. Pues no juzgo los fenómenos con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma. Oigo hablar del cuerpo de Cristo, y lo entiendo de muy diversa manera que el infiel.

Y así como los niños al ver un libro, no conocen el valor de las letras y desconocen lo que ven, lo mismo pasa con el misterio: los infieles aunque oigan, es como si no oyeran; en cambio los fieles, que poseen la pericia del Espíritu, penetran el significado oculto. Aclarando este tema decía Pablo: Si nuestro evangelio sigue velado, es para los que van a la perdición, o sea, para los incrédulos.

Así pues, misterio es sobre todo lo que, aunque predicado en todas partes, no es conocido por los que no tienen un alma recta, pues se revela no por la sabiduría, sino por el Espíritu Santo y en la medida de nuestra propia capacidad. En consecuencia, no andaría errado quien, de acuerdo con lo expuesto, llamara al misterio «arcano», ya que ni siquiera a nosotros los creyentes se nos ha dado la plena percepción y el conocimiento exacto del misterio. Por eso decía Pablo: Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía. Ahora vemos confusamente en un espejo, entonces veremos cara a cara. Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 1, 21.23
 
R./ En la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, * quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen.
V./ Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles.
R./ Quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen.
 
 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 3, 1-23

Misión de los ministros en la Iglesia

Por mi parte, hermanos, no pude hablaros como a hombres de espíritu, sino como a gente débil, como a cristianos todavía en la infancia. Por eso os alimenté con leche, no con comida, porque no estabais para más. Por supuesto, tampoco ahora, que seguís los bajos instintos. Mientras haya entre vosotros envidias y contiendas, es que os guían los bajos instintos y que procedéis como gente cualquiera.

Cuando uno dice «yo estoy por Pablo» y otro «yo por Apolo», ¿no sois como cualquiera? En fin de cuentas ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Agentes de Dios que os llevaron a la fe, cada uno como le encargó el Señor. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; por tanto, el que planta no significa nada ni el que riega tampoco; cuenta el que hace crecer, o sea, Dios. El que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada uno recibirá el salario según lo que haya trabajado. Nosotros somos colaboradores de Dios y vosotros campo de Dios. Sois también edificio de Dios.

Conforme al don que Dios me ha dado, yo como hábil arquitecto coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye. Nadie puede poner otro cimiento del ya puesto, que es Jesucristo. Encima de ese cimiento edifican con oro, plata, piedras preciosas o con madera, heno o paja. Lo que ha hecho cada uno saldrá a la luz; el día del juicio lo manifestará, porque ese día despuntará con fuego y el fuego pondrá a prueba la calidad de cada construcción: si la obra de uno resiste, recibirá su paga; si se quema, la perderá; él sí saldrá con vida, pero como quien escapa de un incendio.

¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templode Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.

Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».

Así pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios.

 

RESPONSORIO                    Ef 2, 19-20; 1 Cor 3, 16
 
R./ Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, * y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular.
V./ Sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros.
R./ Y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 8 sobre la primera carta a los Corintios (4: PG 61, 72-73)

Adhirámonos a Cristo, pues si estamos separados,
perecemos

Nadie puede poner otro cimiento del ya puesto, que es Jesucristo. Fíjate cómo Pablo prueba sus asertos sirviéndose de nociones corrientes. Lo que intenta decir es esto: Os anuncié a Cristo, os puse el cimiento. Atención a cómo edificáis: por vanagloria o para que los hombres no se hagan discípulos suyos. No hagamos caso a los herejes: Nadie puede poner otro cimiento del ya puesto.

Edifiquemos, pues, sobre él y adhirámonos a él como al fundamento, como el sarmiento se une a la vid, y que nada se interponga entre nosotros y Cristo, pues en el momento que algo se interponga, perecemos. El sarmiento mientras esté adherido a la vid, chupa la savia; y el edificio bien compacto se mantiene en pie, pero si está agrietado, se derrumba al no tener dónde apoyarse. No nos contentemos, pues, con estar unidos a Cristo: formemos un bloque con él, pues si estamos separados, perecemos: Sí: los que se alejan de ti se pierden.

Fusionémonos con él, y fusionémonos mediante las obras: El que guarda mis mandamientos –dice–, permanece en mí. Y nos une a él utilizando muchas comparaciones. Escucha: él es la cabeza, nosotros, el cuerpo: ¿es que puede mediar espacio alguno entre la cabeza y el cuerpo?

El es el cimiento, nosotros el edificio; él es la vid, nosotros los sarmientos; él es el esposo, nosotros la esposa; él es el pastor, nosotros las ovejas; él es el camino, nosotros los que caminamos por él; nosotros somos el templo, él él morador del templo; él es el primogénito, nosotros somos sus hermanos; él es el heredero, nosotros los coherederos; él es la vida, nosotros los vivientes; él es la resurrección, nosotros los que resucitamos; él es la luz, nosotros los iluminados. Todos estos ejemplos conllevan una vinculación y no permiten la existencia de un espacio intermedio vacío, ni el más mínimo. Quien se separa un poco, incluso hacia adelante, acabará separándose mucho.

Pasa lo mismo con el cuerpo: si, con un tajo de espada, admite una pequeña separación, perece; y si el edificio soporta una insignificante fisura, acabará desmoronándose; y si el sarmiento es separado aunque mínimamente de la raíz, se convierte en sarmiento inútil. Por consiguiente, este poco no es poco, sino que casi podría decirse que es el todo.

Pues bien: cuando cometemos un pecado leve o somos perezosos, no dejemos de darle toda su importancia, pues si lo descuidamos, pronto se agrandará. Es lo que ocurre con un vestido: si comienza a romperse y no ponemos remedio, acaba por rasgarse del todo. Y si no se arregla un tejado del que han volado algunas tejas, acabará por derrumbarse la casa. Teniendo en cuenta, pues, todo lo dicho, no despreciemos jamás lo pequeño, para no caer en lo grande, para no caer en el sopor capital. Pues luego resultaría difícil resurgir, si no se vigila mucho; y no sólo por la lejanía, sino por las dificultades inherentes al lugar en que hemos caído. El pecado es un abismo profundo y nos atrae vertiginosamente hacia el fondo. Y lo mismo que los que cayeron en un pozo, no salen fácilmente, sino que necesitan de otros que los saquen, igual ocurre con los que caen en lo profundo del pecado.

Lancémosles una soga y tiremos de ellos hacia arriba; es más, no sólo ellos tienen necesidad de esta ayuda, sino nosotros mismos, para atarnos también nosotros y subir no sólo en la proporción del descenso, sino mucho más arriba, si lo deseamos. Dios nos presta su ayuda: No quiere la muerte del pecador, sino que se convierta.

 

RESPONSORIO                    Sal 117, 22; 1 Cor 3, 10.11
 
R./ La piedra que desecharon los arquitecto, es ahora la piedra angular. Mire cada cual cómo construye.
V./ Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.
R./ Mire cada cual cómo construye.


 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 4, 1-21

Exhortación contra el orgullo

Hermanos: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

Hermanos, he aplicado lo anterior a Apolo y a mí por causa vuestra, para que con nuestro caso aprendáis aquello de «no saltarse el reglamento» y no os engriáis el uno a costa del otro. A ver, ¿quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Ya tenéis todo lo que ansiabais, ya sois ricos, habéis conseguido un reino sin nosotros. ¿Qué más quisiera yo? Así reinaríamos juntos. Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; parecemos condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres.

Nosotros, unos necios por Cristo; vosotros, ¡qué sensatos en Cristo! Nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora hemos pasado hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan, y les deseamos bendiciones; nos persiguen, y aguantamos; nos calumnian, y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy.

No os escribo esto para avergonzaros, sino para haceros recapacitar, porque os quiero como a hijos; porque tendréis mil tutores en Cristo, pero padres no tenéis muchos; por medio del evangelio soy yo quien os he engendrado para Cristo Jesús. Por eso, os exhorto a que sigáis mi ejemplo, y para eso os mando a Timoteo, hijo mío querido y cristiano fiel; él os recordará mis principios cristianos, los mismos que enseño en todas partes, a cada comunidad.

Algunos, por otra parte, han empezado a engreírse pensando que no iré por ahí; pues voy a llegar muy pronto, si el Señor quiere, y entonces veré no lo que dicen esos engreídos, sino lo que hacen; porque Dios no reina cuando se habla, sino cuando se actúa. ¿Qué queréis?, ¿voy con la vara o con cariño y suavidad?

 

RESPONSORIO                    1Cor 11, 1; 4, 15
 
R./ Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo. * Por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús.
V./ En Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos.
R./ Por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús.

 

SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Tratado sobre el santísimo sacramento de la Eucaristía (PL 204, 413-414)

Dad pruebas continuamente de que sois servidores de Dios

Vosotros, sacerdotes del Señor, que como antorchas ilumináis a todo el mundo, honrad vuestro ministerio. Esmeraos en la rectitud, servid al Señor con temor: porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo, llevando la muerte de Jesús! Dad pruebas continuamente de que sois servidores de Dios, llevando en vuestro cuerpo las marcas de Jesús y el distintivo de su milicia, en la abstinencia y la continencia, en la castidad y la sobriedad, en la paciencia y la humildad, en toda pureza y santidad, para que todo el que os vea sepa a quién pertenecéis y se cumpla en vosotros la palabra profética: Vosotros os llamaréis «Sacerdotes del Señor», dirán de vosotros: «Ministros de nuestro Dios».

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor, bendecid al que os ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales, al que bendijo a la casa de Aarón. Que Dios sea santificado en vosotros, para que en vosotros se manifieste tal cual es: santo, puro, incontaminado. Que por vuestra culpa no maldigan su nombre; que por vuestra culpa no pongan en ridículo nuestro servicio. Que aun en medio de un pueblo depravado y pervertido, vuestra conducta sea tal, que los que os vieren puedan decir: Estos son los auténticos sacerdotes del Señor y los verdaderos discípulos de Jesucristo y vicarios de los apóstoles; realmente éstos son la estirpe que bendijo el Señor.

Pensad en la dignidad del sacerdocio que se os ha conferido para consagrar y distribuir. Que vuestras manos, a las que les es dado tocar tan venerable sacrificio, estén limpias de toda corrupción y soborno, para que no tengáis parte con aquellos que en su izquierda llevan infamias, y su derecha está llena de sobornos. Conservad limpios vuestros labios, para que podáis gustar qué bueno es el Señor. Que la boca del sacerdote rebose de acciones de gracias, de voces de alabanza, de oraciones, de súplicas, de invocaciones.

Amadísimos hermanos: mantengamos con firmeza y creamos sin ningún género de duda lo que sobre esta sagrada comunión la autoridad del mismo Dios y la de los santos Padres nos prescribe creer. En este sacramento está contenido el poder de nuestra restauración y el precio de nuestra redención. La verdad está oculta para que nuestra fe se ejercite; el modo de vivir de Cristo se nos representa como modelo de nuestra vida. Por eso, cuando el Señor instituyó este sacrificio y se lo transmitió a sus discípulos, dijo: Haced esto en conmemoración mía. Haced lo que yo hago, ofreced lo que yo ofrezco, vivid como yo os enseño, sacad de mi propio ejemplo la norma de vivir y de morir. Este sacramento produce en nosotros este efecto: Cristo vive en nosotros y nosotros en él. Nos da la posibilidad de morir por Cristo, como Cristo murió por nosotros. A los que mueren en Cristo o por Cristo, les está reservada una muerte piadosa y un magnífico premio. Se les promete y se les reserva la gloria de aquella resurrección de la que este sacramento, dignamente recibido, es prenda y saludable reparación. Su eficacia transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. ¿Cómo podremos dignamente pagar al Señor una gracia tan grande?

 

RESPONSORIO                    1 Cor 4, 1-2; Lc 12, 42
 
R./ Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. * Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles.
V./ «¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre?
R./ Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles.
 
 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 5, 1-13

Juicio contra la inmoralidad

Hermanos: Se sabe de buena tinta que hay un caso de unión ilegítima en vuestra comunidad, y tan grave, que ni los gentiles la toleran; me refiero a ése que vive con la mujer de su padre.

¿Y todavía tenéis humos? Estaría mejor ponerse de luto y pidiendo que el que ha hecho eso desaparezca de vuestro grupo.

Lo que es yo, ausente en el cuerpo, pero presente en espíritu, ya he tomado una decisión como si estuviera presente: reunidos vosotros en nombre de nuestro Señor Jesús, y yo presente en espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesús, entregad al que ha hecho eso en manos del diablo; humanamente quedará destrozado, pero así la persona se salvará el día del Señor.

Ese orgullo vuestro no tiene razón de ser. ¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Quitad la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ázimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.

Os decía en la otra carta que no os juntarais con libertinos. No me refería así en general a los libertinos' de este mundo, ni tampoco a los codiciosos y estafadores, ni a los idólatras; para eso tendríais que marcharos del mundo. Lo que de hecho os dije fue que no os juntarais con uno que se llama cristiano y es libertino, codicioso, idólatra, difamador, borracho o estafador: con uno así ni sentarse a la misma mesa. ¿Es asunto mío juzgar a los de fuera?, ¿no es a los de dentro a quienes juzgáis vosotros? A los de fuera los juzga Dios. Echad de vuestro grupo al malvado.

 

RESPONSORIO                    1Cor 5, 7.8; Rom 4, 25
 
R./ Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. * Así, pues, celebremos la fiesta del Señor.
V./ El cual fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.
R./ Así, pues, celebremos la fiesta del Señor.

 

SEGUNDA LECTURA

San Vicente de Lerins, Primer Conmonitorio (Cap 23: PL 50,667-668)

El progreso del dogma cristiano

¿Es posible que se dé en la Iglesia un progreso en los conocimientos religiosos? Ciertamente que es posible, y la realidad es que este progreso se da.

En efecto, ¿quién envidiaría tanto a los hombres y sería tan enemigo de Dios como para impedir este progreso? Pero este progreso sólo puede darse con la condición de que se trate de un auténtico progreso en el conocimiento de la fe, no de un cambio en la misma fe. Lo propio del progreso es que la misma cosa que progresa crezca y aumente, mientras lo característico del cambio es que la cosa que se muda se convierta en algo totalmente distinto.

Es conveniente, por tanto, que, a través de todos los tiempos y de todas las edades, crezca y progrese la inteligencia, la ciencia y la sabiduría de cada una de las personas y del conjunto de los hombres, tanto por parte de la Iglesia entera, como por parte de cada uno de sus miembros. Pero este crecimiento debe seguir su propia naturaleza, es decir, debe estar de acuerdo con las líneas del dogma y debe seguir el dinamismo de una única e idéntica doctrina.

Que el conocimiento religioso imite, pues, el modo como crecen los cuerpos, los cuales, si bien con el correr de los años se van desarrollando, conservan, no obstante, su propia naturaleza. Gran diferencia hay entre la flor de la infancia y la madurez de la ancianidad, pero, no obstante, los que van llegando ahora a la ancianidad son, en realidad, los mismos que hace un tiempo eran adolescentes. La estatura y las costumbres del hombre pueden cambiar, pero su naturaleza continúa idéntica y su persona es la misma.

Los miembros de un recién nacido son pequeños, los de un joven están ya desarrollados; pero, con todo, el uno y el otro tienen el mismo número de miembros. Los niños tienen los mismos miembros que los adultos y, si algún miembro del cuerpo no es visible hasta la pubertad, este miembro, sin embargo, existe ya como un embrión en la niñez, de tal forma que nada llega a ser realidad en el anciano que no se contenga como en germen en el niño.

No hay, pues, duda alguna: la regla legítima de todo progreso y la norma recta de todo crecimiento consiste en que, con el correr de los años, vayan manifestándose en los adultos las diversas perfecciones de cada uno de aquellos miembros que la sabiduría del Creador había ya preformado en el cuerpo del recién nacido.

Porque, si aconteciera que un ser humano tomara apariencias distintas a las de su propia especie, sea porque adquiriera mayor número de miembros, sea porque perdiera alguno de ellos, tendríamos que decir que todo el cuerpo perece o bien que se convierte en un monstruo o, por lo menos, que ha sido gravemente deformado. Es también esto mismo lo que acontece con los dogmas cristianos: las leyes de su progreso exigen que éstos se consoliden a través de las edades, se desarrollen con el correr de los años y crezcan con el paso del tiempo.

Nuestros mayores sembraron antiguamente, en el campo de la Iglesia, semillas de una fe de trigo; sería ahora grandemente injusto e incongruente que nosotros, sus descendientes, en lugar de la verdad del trigo, legáramos a nuestra posteridad el error de la cizaña.

Al contrario, lo recto y consecuente, para que no discrepen entre sí la raíz y sus frutos, es que de las semillas de una doctrina de trigo recojamos el fruto de un dógma de trigo; así, al contemplar cómo a través de los siglos aquellas primeras semillas han crecido y se han desarrollado, podremos alegrarnos de cosechar el fruto de los primeros trabajos.

 

RESPONSORIO                    Dt 4, 1.2; Jn 6, 63
 
R./ Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo les enseño. * No añadan nada a lo que yo les mando ni supriman nada.
V./ Las palabras que os he dicho son espíritu y vida.
R./ No añadan nada a lo que yo les mando ni supriman nada.
 
 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 6, 1-11

Pleitos ante los jueces paganos

Hermanos: Cuando uno de vosotros está en pleito con otro, ¿cómo tiene el descaro de llevarlo a un tribunal pagano y no ante los miembros del pueblo santo? ¿Habéis olvidado que el pueblo santo juzgará el universo? Pues si vosotros vais a juzgar al mundo, ¿no estaréis a la altura de juzgar minucias? Recordad que juzgaremos a ángeles: cuánto más asuntos de la vida ordinaria.

De manera que para juzgar los asuntos ordinarios dais jurisdicción a ésos que en la Iglesia no pintan nada. ¿No os da vergüenza? ¿Es que no hay entre vosotros ningún entendido que sea capaz de arbitrar entre dos hermanos? No señor, un hermano tiene que estar en pleito con otro y además entre paganos. Desde cualquier punto de vista ya es un fallo que haya pleitos entre vosotros. ¿No estaría mejor sufrir la injusticia? ¿No estaría mejor dejarse robar? En cambio, sois vosotros los injustos y los ladrones, y eso con hermanos vuestros.

Sabéis muy bien que ningún malhechor heredará el reino de Dios. No os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron invocando al Señor Jesucristo y al Espíritu de nuestro Dios.

 

RESPONSORIO                    Tit 3, 5.6; 1 Cor 6, 11
 
R./ Dios según su propia misericordia, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo, * que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador,
V./ Fuisteis lavados, santificados, justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.
R./ Que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador,

 

SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán Comentario sobre el salmo 43 (36-39: CSEL 64, 288-290)

La semilla de todos es Cristo

Hay quienes están destinados a ser ovejas de matanza. Entre éstos está nuestro buen Señor Jesucristo que se ha convertido en el cordero de nuestro banquete. ¿Cómo?, me preguntas. Escucha: ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Piensa además cómo nuestros antepasados descuartizaban el cordero y lo comían, en figura de la pasión del Señor Jesús, de quien todos los días nos nutrimos en el sacramento. Por este Cordero, también aquéllos se convirtieron en ovejas de matanza.

Ahora bien: los santos no sólo no deben temer este suculento banquete: han de hambrearlo. De otra suerte no es posible llegar al reino de los cielos, pues el mismo Señor dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis la vida eterna. Queda, pues, demostrado que nuestro Señor es comida, es banquete y alimento de los comensales, como él mismo dijo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

Y para que sepas que todo esto se hizo por nosotros y por eso bajó él del cielo, de él dijo san Pablo: Todos nosotros somos un solo pan. No tengamos miedo por haber sido hechos ovejas de matanza. Pues lo mismo que la carne y la sangre del Señor nos han redimido, así también Pedro soportó muchas cosas por la Iglesia. Y lo mismo hicieron san Pablo y los demás apóstoles, al ser apaleados, lapidados, arrojados a la cárcel. Sobre aquella tolerancia de los sufrimientos y la valentía en arrostrar los peligros fue fundado el pueblo del Señor, y la Iglesia logró una nueva expansión al encaminarse los demás, presurosos, al martirio viendo que aquellos sufrimientos no sólo no mermaron un ápice la fortaleza de los apóstoles, antes bien esta breve vida les deparó la inmortalidad.

Es lo que demuestra asimismo el siguiente versículo del salmo, pues dijeron: Y nos has dispersado por las naciones. Los apóstoles en efecto fueron enviados a los pueblos y se dispersaron por las naciones lo mismo que los santos profetas, para que de aquella dispersión nacieran ubérrimos frutos. Al igual que nuestro Señor Jesucristo cayó cual grano en la tierra y murió, para poder dar mucho fruto, de igual modo se dispersaron los santos apóstoles, para llevar la buena semilla a las naciones, para que a ejemplo suyo germinase el fruto entre los pueblos. Finalmente, la Escritura nos asegura que el Señor dijo: Os he destinado para que vayáis y deis fruto abundante, y vuestro fruto dure.

Así pues, nuestro Señor Jesucristo se presentó como simiente, según lo dicho a Abrahán: Y a tu descendencia, que es Cristo. Cristo es, pues, la semilla de todos. Por eso aceptó caer en tierra y ser desparramado, para transformar nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. Esta semilla de salvación germinó en beneficio de todos los hombres: partiendo de él y transfigurados a su imagen, los santos apóstoles fueron enviados —como otras tantas semillas—, a diversas regiones y aventados, para que las gentes, congregadas en el campo de la Iglesia, resplandecieran con frutos diversos en todo el orbe de la tierra. Fueron aventados para producir nuevos frutos y ser más tarde recogidos en los graneros de la Iglesia cual trigo nuevo.

 

RESPONSORIO                    Col 1, 24.25
 
R./ Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: * así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
V./ Por esto me afano y lucho, con la fuerza que viene de Cristo, que actúa en mi con poder.
R./ Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
 
 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA
LECTURA

De la primera carta a los Corintios 6, 12-20

Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo

Hermanos:

–«Todo me está permitido».

–Sí, pero no todo aprovecha. Todo me está permitido, pero yo no me dejaré dominar por nada.

–La comida es para el estómago y el estómago para la comida y, además, Dios acabará con lo uno y con lo otro.

–Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor es para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros.

¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?, y ¿voy a quitarle un miembro a Cristo para hacerlo miembro de una prostituta? ¡Ni pensarlo! ¿No sabéis que unirse a una prostituta es hacerse un cuerpo con ella? Lo dice la Escritura: «Serán los dos un solo ser». En cambio, el que se une al Señor es un espíritu con él. Huid la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre, queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica, peca en su propio cuerpo.

¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? El habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

 

RESPONSORIO                    1 Cor 6, 19.20.17
 
R./ Vosotros sois templos de Dios, * y el Espíritu de Dios habita en vosotros.
V./ Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.
R./ Y el Espíritu de Dios habita en vosotros.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ireneo de Lyon, Tratado contra las herejías (Lib 3, 19, 1.3-20, 1: SC 34, 332.336-338)

Cristo, primicias de nuestra resurrección

El Verbo de Dios se hizo hombre y el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre para que el hombre, unido íntimamente al Verbo de Dios, se hiciera hijo de Dios por adopción.

En efecto, no hubiéramos podido recibir la incorrupción y la inmortalidad, si no hubiéramos estado unidos al que es la incorrupción y la inmortalidad en persona. ¿Y cómo hubiésemos podido unirnos al que es la incorrupción y la inmortalidad, si antes él no se hubiese hecho uno de nosotros, a fin de que nuestro ser corruptible fuera absorbido por la incorrupción, y nuestro ser mortal fuera absorbido por la inmortalidad, para que recibiésemos la filiación adoptiva?

Así, pues, este Señor nuestro es Hijo de Dios y Verbo del Padre por naturaleza, y también es Hijo del hombre, ya que tuvo una generación humana, hecho Hijo del hombre a partir de María, la cual descendía de la raza humana y a ella pertenecía.

Por esto, el mismo Señor nos dio una señal en las profundidades de la tierra y en lo alto de los cielos, señal que no había pedido el hombre, porque éste no podía imaginar que una virgen concibiera y diera a luz, y que el fruto de su parto fuera Dios con nosotros, que descendiera a las profundidades de la tierra para buscar a la oveja perdida (el hombre, obra de sus manos), y que, después de haberla hallado, subiera a las alturas para presentarla y encomendarla al Padre, convirtiéndose él en primicias de la resurrección. Así, del mismo modo que la cabeza resucitó de entre los muertos, también todo el cuerpo (es decir, todo hombre que participa de su vida, cumplido el tiempo de su condena, fruto de su desobediencia) resucitará, por la trabazón y unión que existe entre los miembros y la cabeza del cuerpo de Cristo, que va creciendo por la fuerza de Dios, teniendo cada miembro su propia y adecuada situación en el cuerpo. En la casa del Padre hay muchas moradas, porque muchos son los miembros del cuerpo.

Dios se mostró magnánimo ante la caída del hombre y dispuso aquella victoria que iba a conseguirse por el Verbo. Al mostrarse perfecta la fuerza en la debilidad, se puso de manifiesto la bondad y el poder admirable de Dios.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 16, 20.22.21
 
R./ Cristo resucitó, primicia de quienes están muertos. * Como todos mueren en Adán, así todos recibirán la vida en Cristo.
V./ Por un hombre vino la muerte, por un hombre vendrá también la resurrección de los muertos.
R./ Como todos mueren en Adán, así todos recibirán la vida en Cristo.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 7, 1-24

Cuestiones sobre el matrimonio

Ahora, acerca de aquello que escribisteis: está bien que uno se case. Sin embargo, por tanta inmoralidad como hay, tenga cada uno su propia mujer y cada mujer su propio marido. El marido dé a su mujer lo que le debe y lo mismo la mujer al marido; la mujer ya no es dueña de su cuerpo, lo es el hombre, y tampoco el hombre es dueño de su cuerpo, lo es la mujer.

No os privéis el uno al otro; si acaso, de común acuerdo y por cierto tiempo, para dedicaros a la oración, y luego os juntáis otra vez, no sea que el diablo os tiente si no podéis conteneros. Y esto lo digo a modo de concesión, no como una orden. A todos les desearía que vivieran como yo, pero cada uno tiene el don particular que Dios le ha dado; unos uno y otros otro.

A los solteros y a las viudas les digo que estaría bien que se quedaran como están, como hago yo. Sin embargo, si no pueden contenerse, que se casen; más vale casarse que quemarse.

A los ya casados les mando —bueno, no yo, el Señor—que la mujer no se separe del marido. Y si llegara a separarse, que no vuelva a casarse o que haga las paces con su marido, y el marido que no se divorcie de su mujer.

A los demás les hablo yo, no el Señor: si un cristiano está casado con una no cristiana y ella está de acuerdo en vivir con él, que no se divorcie. Y si una mujer está casada con un no cristiano y él está de acuerdo en vivir con ella, que no se divorcie del marido. Porque el marido no cristiano queda consagrado a Dios por su mujer, y la mujer no cristiana queda consagrada por el marido cristiano. Si no fuera así, vuestros hijos estarían contaminados, mientras de hecho están consagrados. Ahora que si el no cristiano quiere separarse, que se separe; en semejantes casos el cristiano o la cristiana no están vinculados; Dios nos ha llamado a una vida de paz. ¿Quién te dice a ti, mujer, que vas a salvar a tu marido? o ¿quién te dice a ti, marido, que vas a salvar a tu mujer?

Fuera de este caso, viva cada uno en la condición que el Señor le asignó, en el estado en que Dios le llamó.

Esta norma doy en todas las comunidades. ¿Te llamó Dios estando circuncidado? No lo disimules. ¿Te ha llamado sin estarlo? No te circuncides. Estar circuncidado o no estar no significa nada, lo que importa es cumplir lo que Dios manda.

Siga cada uno el estado en que Dios le llamó. ¿Te llamó Dios esclavo? No te importe (aunque si de hecho puedes obtener la libertad, mejor aprovéchate), porque si el Señor llama a un esclavo, el Señor le da la libertad, y lo mismo, si llama a uno libre, es esclavo en Cristo. Pagaron para compraros, no seáis esclavos de hombres. Hermanos: cada uno siga ante Dios en la condición en que lo llamaron.

 

RESPONSORIO                    Mt 19, 4.5.6; cf. Gen 2, 24
 
R./ Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y vendrán a ser los dos una sola carne. * No debe separar el hombre lo que Dios ha unido.
V./ El Creador los hizo desde el principio varón y mujer, así que ya no son dos, sino una sola carne.
R./ No debe separar el hombre lo que Dios ha unido.

 

SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sermón 37 sobre perícopas del AT (2-3 : CCL 41, 448-451)

Debemos amar todos a la Iglesia como a madre

Y ahora al escuchar: Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? no penséis que se refiere a la Iglesia que está oculta, sino a aquella Iglesia que fue hallada por Uno de modo que ya no estuviera oculta para nadie. Y se nos describe para atraer sobre ella las alabanzas y la admiración, para que sea amada por todos nosotros, pues es esposa de un solo marido.

Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Y ¿quién no ve a esta mujer tan hacendosa? Pero es una mujer ya hallada, eminente, conspicua, gloriosa, adornada, lúcida, y —para decirlo de una vez— difundida ya por toda la redondez de la tierra. Esta tal vale mucho más que las perlas. ¿Qué tiene de extraño que una mujer tal valga más que las perlas? Si ahora pensáis en la codicia humana, si atendemos a la calidad de las perlas, ¿qué tiene de extraño que la Iglesia sea considerada más valiosa que las perlas? No hay comparación posible.

Y en ella existen piedras preciosas. Y hasta tal punto son preciosas estas piedras que las llamamos vivas. Existen, pues, piedras preciosas que la adornan, pero la Iglesia misma es más valiosa. Respecto a estas piedras preciosas, quisiera hacer a vuestra caridad una confidencia: lo que yo entiendo, lo que vosotros entendéis, lo que yo temo, lo que vosotros debéis temer.

En la Iglesia existen y existieron siempre piedras preciosas: hombres doctos, llenos de ciencia, de elocuencia y de un profundo conocimiento de la ley. Son realmente preciosas estas piedras. Pero algunos de entre ellos fueron sustraídos del joyero de esta mujer. Por lo que se refiere a la doctrina y a la elocuencia que les da esplendor, piedra preciosa –refulgente en la doctrina del Señor– fue Cipriano, pero permaneció en el joyero de esta mujer. Piedra preciosa fue Donato, pero se sustrajo del ajuar ornamental. Toda piedra preciosa que no figura en el joyero de esta mujer, permanece en las tinieblas. Más le hubiera valido permanecer en el joyero de esta mujer, y así pertenecería a su ajuar. Y añadiría: ¡fielmente!

Se les llama piedras preciosas, porque son caras. Quien ha desertado de la caridad se ha envilecido, se ha depreciado. Ya puede seguir jactándose de su doctrina, ya puede continuar presumiendo de su elocuencia: que escuche la valoración del especialista en determinar la autenticidadde las piedras de esta matrona. Que escuche –repito– el veredicto del experto en joyas. ¿Por qué se jacta de su elocuencia una piedra ya no preciosa, sino vil? Ya podría yo hablar —dice— las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. ¿Qué se ha hecho de aquella piedra? Ya no brilla, aturde. Por tanto, aprended a apreciar las piedras, vosotros que negociáis el reino de los cielos. Que ninguna, piedra os atraiga, si no está en el joyero de esta mujer. Esta, que vale más que las perlas, es el mismo precio de su ornamento.

 

RESPONSORIO                    Is 54, 12.11
 
R./ Haré tus almenas de rubí, tus puertas de esmeralda, * y de piedras preciosas tus bastiones.
V./ Mira yo mismo asiento tus piedras sobre azabaches, tus cimientos sobre zafiros.
R./ Y de piedras preciosas tus bastiones.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 7, 25-40
La virginidad cristiana

Hermanos: Respecto al celibato no tengo órdenes del Señor, sino que doy mi parecer como hombre de fiar que soy, por la misericordia del Señor. Estimo que es un bien, por la necesidad actual: quiero decir que es un bien vivir así.

¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿Estás libre? No busques mujer; aunque, si te casas, no haces mal; y, si una soltera se casa, tampoco hace mal. Pero estos tales sufrirán la tribulación de la carne. Yo respeto vuestras razones.

Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido.

Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

Si, a pesar de todo, alguien cree faltar a la conveniencia respecto de su doncella, por estar en la flor de su edad, y conviene proceder así, haga lo que quiera, no peca; cásense. Mas el que permanece firme en su corazón, y sin presión alguna y en pleno uso de su libertad está resuelto en su interior a guardar a su doncella, hará bien. Así, pues, el que casa a su doncella obra bien. Y el que no la casa obra mejor.

La mujer está ligada a su marido mientras él viva; mas, una vez muerto el marido, queda libre para casarse con quien quiera, pero en el Señor. Sin embargo, será más feliz si permanece así según mi consejo; que yo también creo tener el Espíritu de Dios.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 7, 29.31; 1 Jn 2, 15
 
R./ El momento es apremiante; queda como solución: que los que negocian en el mundo vivan como sí no disfrutarán de él; * porque la presentación de este mundo se termina.
V./ La salud está ahora más cerca que cuando abrazamos la fe.
R./ Porque la presentación de este mundo se termina.
 


SEGUNDA LECTURA

San León Magno, Tratado 90 (2-3: CCL 138A, 558-561)

El momento es apremiante

Estrecho y angosto es el camino que lleva a la vida y nadie podría poner el pie en él ni avanzar un solo paso si Cristo, haciéndose él mismo camino, no hubiera facilitado el acceso; de modo que el autor del camino se ha hecho posibilidad para el caminante, pues él es al mismo tiempo el que introduce a la tarea y conduce al descanso. En efecto, en él se fundamenta nuestra esperanza de la vida eterna y en él tenemos un modelo de paciencia. Pues si padecemos con él, reinaremos con él, porque, como dice el Apóstol: Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él. De otra suerte presentamos una imagen falseada de la fe si no seguimos los preceptos de aquel de cuyo nombre nos gloriamos, preceptos que no nos serían onerosos y nos librarían de todo peligro, si no amáramos más que lo que se nos manda amar.

Dos son en efecto los tipos de amor que condicionan todo el universo volitivo, tan diversificados como lo son los núcleos de que proceden. Pues es un hecho de experiencia que el animal racional, que no puede vivir sin amar, o ama a Dios o ama al mundo. En el amor a Dios no caben excesos; en el amor al mundo, en cambio, todo es nocivo. En consecuencia, hemos de adherirnos inseparablemente a los bienes eternos y utilizar eventualmente los temporales, de modo que al peregrinar por la tierra con los ojos puestos en la patria, todo cuanto de próspero pudiera salirle al paso, lo considere como viático para el camino y no como invitación a instalarse. A esto nos exhorta el Apóstol cuando dice: El momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

Pero quien se mece en la abundancia, en la belleza y variedad de las cosas, difícilmente logrará superar su atractivo a no ser que en la belleza de las cosas visibles ame más al Creador que a la criatura. Cuando él nos dice: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, quiere que por nada del mundo aflojemos los lazos de amor que nos unen a él. Y cuando a este mandamiento une estrechamente el amor al prójimo, nos ordena que imitemos su propia bondad, amando lo que él ama y haciendo lo que él hace.

Y aunque seamos campo de Dios y edificio de Dios; y si bien el que planta no significa nada ni el que riega tampoco, sino el que hace crecer, o sea, Dios, no obstante en todas las cosas exige la colaboración de nuestro ministerio y nos quiere dispensadores de sus bienes, a fin de que quien lleva la imagen de Dios, haga la voluntad de Dios. Por eso, en la oración dominical decimos con la máxima dedicación: Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. ¿Qué es lo que pedimos con estas palabras, sino que Dios se someta al que todavía no le está sometido, y haga en la tierra a los hombres ejecutores de su voluntad, como los ángeles lo son en el cielo? Pidiendo esto, estamos amando a Dios, amamos también al prójimo, no con dos tipos de amor, sino con una misma dilección que nos hace desear que el siervo sirva y que el Señor impere.

 

RESPONSORIO                    Rom 8, 23; 1 Cor 29, 15
 
R./ Nosotros que poseemos las primicias del Espíritu * gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.
V./ Nosotros somos extranjeros delante de ti y peregrinos como todos nuestros padres.
R./ Gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 8, 1-13

Sobre las carnes sacrificadas a los ídolos

Hermanos: Acerca de la carne de los sacrificios: «todos tenemos conocimiento», ya lo sabemos. (El conocimiento engríe, lo constructivo es el amor mutuo). Figurarse que uno tiene conocimiento, es no haber empezado a conocer como es debido. A uno que ama es a quien Dios reconoce.

Vengamos a eso de comer de lo sacrificado. Sabemos que en el mundo real un ídolo no es nada y que Dios no hay más que uno; pues aunque hay los llamados dioses en el cielo y en la tierra —y son numerosos los dioses y numerosos los señores—, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede el universo y a quien estamos destinados nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe el universo y por quien nosotros vamos al Padre. Sin embargo, no todos tienen ese conocimiento: algunos, acostumbrados a la idolatría hasta hace poco, comen pensando que la carne está consagrada al ídolo, y como su conciencia esta insegura, se mancha.

No será la comida lo que nos recomiende ante Dios: ni por privarnos de algo somos menos ni por comerlo somos más; pero cuidado con que esa libertad vuestra no se convierta en obstáculo para los inseguros. Porque si uno te ve a ti, «que tienes conocimiento», sentado a la mesa de un templo, ¿no se envalentonará su conciencia, insegura y todo, y comerá carne del sacrificio? Así tu conocimiento llevará al desastre al inseguro, a un hermano por quien Cristo murió.

Al pecar de esa manera contra los hermanos, turbando su conciencia insegura, pecáis contra Cristo. Por eso, si por cuestión de alimento peligra un hermano mío, nunca volveré a comer carne, para no ponerlo en peligro.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 8, 5.6.4
 
R./ Aun cuando a muchos se les da el nombre de dioses en el cielo y en la tierra, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, * y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por quien somos nosotros también.
V./ Sabemos que en la creación no hay dioses falsos, y que no hay ningún Dios sino el único.
R./ Y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por quien somos nosotros también.
 


SEGUNDA LECTURA

Nicolás Cabasilas, De la vida en Cristo (6: PG 150, 678-679)

Jesús mismo es el premio y la corona de los combatientes

Los que están poseídos por el amor de Dios y de la virtud, deben estar prontos a soportar incluso las persecuciones y, si la ocasión se presenta, no han de rehusar exilarse y hasta aceptar alegremente las mayores afrentas, en la certeza de los grandes y preciosísimos premios que les están reservados en el cielo.

El amor de los combatientes hacia el caudillo y remunerador de la lucha, produce este efecto: infunde en ellos una convicción de fe en los premios que todavía no están a la vista y les comunica una sólida esperanza en los premios futuros. De esta forma, pensando y meditando continuamente en la vida de Cristo, les inspira sentimientos de moderación y les mueve a compasión de la fragilidad de la que son conscientes; les hace además delicados, justos, humanos y modestos, instrumentos de paz y de concordia, y, de tal suerte ligados a Cristo y a la virtud, que por ellos no sólo están prontos a padecer, sino que soportan serenamente los insultos y se alegran en las persecuciones. En una palabra, de estas meditaciones podemos sacar aquellos bienes inconmensurables que son el ingrediente de la felicidad. Y así, en aquel que es el sumo bien, podemos conservar la inteligencia, tutelar la habitual buena compostura, hacer mejor el alma, custodiar las riquezas recibidas en los sacramentos y mantener limpia e intacta la túnica real.

Pues bien: así como es propio de la naturaleza humana estar dotada de una inteligencia y actuar de acuerdo con la razón, así debemos reconocer que para poder contemplar las cosas de Cristo nos es necesaria la meditación. Sobre todo cuando sabemos que el arquetipo en el que los hombres han de inspirarse, tanto si se trata de hacer algo en sí mismos, como si se trata de marcar la dirección a los demás, es únicamente Cristo. El es el primero, el intermedio y el último que mostró a los hombres la justicia, tanto la justicia en relación con uno mismo, como la que regula el trato y la convivencia social. Por último, él mismo es el premio y la corona que se otorgará a los combatientes.

Por tanto, debemos tenerle siempre presente, repensando cuidadosamente todo cuanto a él se refiere y, en la medida de lo posible, tratar de comprenderlo, para saber cómo hemos de trabajar. La calidad de la lucha condiciona el premio de los atletas: fijos los ojos en el premio, arrostran los peligros, mostrándose tanto más esforzados, cuanto más bello es el premio. Y al margen de todo esto, ¿hay alguien que desconozca la razón que le indujo a Cristo a comprarnos al precio de sola su sangre? Pues esta es la razón: no hay nadie más a quien nosotros debemos servir ni por quien debemos emplearnos a fondo con todo lo que somos: cuerpo, alma, amor, memoria y toda la actividad mental. Por eso dice Pablo: No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros.

 

RESPONSORIO                    Hch 13, 48-49
 
R./ Los paganos se alegraban al escuchar la palabra de Dios * y abrasaban la fe todos los que estaban destinados para la vida eterna.
V./ La palabra de Dios se difundía.
R./ Y abrazaban la fe todos los que estaban destinados para la vida eterna.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 9, 1-18

Libertad y caridad de Pablo

Hermanos: ¿No soy libre?, ¿no soy apóstol?, ¿es que no he visto a Jesús, Señor nuestro?, ¿no es obra mía el que vosotros seáis cristianos? Si para otros no soy apóstol, al menos para vosotros lo soy, pues el sello de mi apostolado es que vosotros sois cristianos. Esta es mi defensa contra los que me discuten.

¿Acaso no tenemos derecho a comer y beber?, ¿acaso no tenemos derecho a viajar en compañía de una mujer cristiana como los demás apóstoles, incluyendo a los parientes del Señor y a Pedro?, o ¿somos Bernabé y yo los únicos que no tenemos derecho a dejar otros trabajos? ¿Cuándo se ha visto que un militar corra cón sus gastos?, ¿quién planta una viña y no come de su fruto?, ¿qué pastor no se alimenta de la leche del rebaño?

¿Que son humanas las razones que alego?, ¿o es que la ley, por su parte, no dice también eso? Porque en la ley de Moisés está escrito: «No pondrás bozal al buey que trilla». ¿Le importan a Dios los bueyes, o lo dice precisamente por nosotros? Sí, se escribió por nosotros, porque el que ara tiene que arar con esperanza, y el que trilla, con esperanza de obtener su parte. Si nosotros hemos sembrado para vosotros lo espiritual, ¿será mucho que cosechemos nosotros de vuestros bienes materiales? Si otros comparten los bienes de que disponéis, nosotros con mayor razón. Sin embargo, no hicimos uso de ese derecho; al contrario, sobrellevamos lo que sea para no crear obstáculo alguno a la buena noticia de Cristo.

Bien sabéis que a los que celebran el culto el templo los sustenta y que los que atienden al altar tienen su parte en las ofrendas del altar. Pues también el Señor dio instrucciones a los que anuncian el evangelio, diciéndoles que vivieran de su predicación.

Yo, sin embargo, nunca he hecho uso de nada de eso ni tampoco escribo estas líneas con intención de reclamarlo, más me valdría morirme que... Nadie me privará de este motivo de orgullo. Porque el hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo; no tengo más remedio. ¡Ay de mí si no anuncio el evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es mi paga? Precisamente dar a conocer el evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación de esta buena noticia.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 9, 16.2
 
R./ El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, * ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!
V./ Si para otros no soy apóstol, para vosotros sí lo soy; pues el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor.
R./ ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!
 


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, or 2: PG 70, 938-939)

Los apóstoles predican al mundo la alegría

Exulta, cielo, porque el Señor consuela a su pueblo Israel. Tocad la trompeta, fundamentos de la tierra. Mientras exultan los cielos por haber el Señor consolado a Israel, no sólo al Israel carnal, sino al llamado Israel espiritual, tocaron la trompeta los fundamentos de la tierra, es decir, los ministros de los evangélicos vaticinios, cuyo clarísimo sonido resonó por todas partes expandiéndose cual sonidos de otras tantas trompetas sagradas, anunciando por doquier la gloria del Salvador, convocando al conocimiento de Cristo tanto a los que proceden de la circuncisión, como a los que en algún tiempo pusieron el culto a la criatura sobre el culto al Creador.

¿Y por qué los llama fundamentos de la tierra? Porque Cristo es la base y el fundamento de todo, que todo lo aglutina y lo sostiene para que esté bien firme. En él efectivamente todos somos edificados como edificio espiritual, erigidos por el Espíritu Santo en templo santo, en morada suya; pues, por la fe, habita en nuestros corazones.

También pueden ser considerados como fundamentos más próximos y cercanos los apóstoles y evangelistas, testigos oculares y ministros de la palabra, con la misión de confirmar la fe. Pues en el momento mismo en que hayamos reconocido la insoslayable necesidad de seguir sus tradiciones, conservaremos una fe recta, sin alteración ni desviación posible. El mismo Cristo —cuando sabia e inculpablemente confesó su fe en él, diciendo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo —dijo a san Pedro—: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Yo creo que al llamarle «piedra», insinúa la inconmovible fe del discípulo.

También dice por boca del salmista: El la ha cimentado sobre el monte santo. Con razón son comparados a los montes santos los apóstoles y evangelistas, cuyo conocimiento tiene la firmeza de un fundamento para la posteridad, sin peligro para quienes se mantienen en su red, de desviarse de la verdadera fe. Admirables y conspicuos fueron los apóstoles, ilustres por sus obras y palabras.

Ahora bien: los admiradores de los vaticinios evangélicos y ministros de los carismas de Cristo, predican al mundo la alegría. En efecto, donde se da la remisión de los pecados, la justificación por la fe, la participación del Espíritu Santo, el esplendor de la adopción, el reino de los cielos y no la vana esperanza de unos bienes que el hombre es incapaz de imaginar, allí se da la alegría y el gozo perennes.

 

RESPONSORIO                    Hch 13, 48.49
 
R./ Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y * creyeron los que estaban destinados a la vida eterna.
V./ La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región.
R./ Creyeron los que estaban destinados a la vida eterna.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES

PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 9, 19-27

El buen ejemplo de Pablo

Hermanos: Siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a todos. Con los judíos me porté como judío para ganar a los judíos; con los sujetos a la ley me sujeté a la ley, aunque personalmente no esté sujeto, para ganar a los sujetos a la ley. Con los que no tienen ley me porté como libre de la ley, para ganar a los que no tienen ley —no es que yo esté sin ley de Dios, no; mi ley es Cristo—; me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el evangelio, para participar yo también de sus bienes.

Ya sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio. Corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita. Por eso corro yo, pero no al azar; boxeo, pero no contra el aire; mis golpes van a mi cuerpo y lo tengo a mi servicio, no sea que, después de predicar a los otros, me descalifiquen a mí.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 9, 19.22; cf. Sir 24, 32
 
R./ Siendo libre en todo, me he hecho esclavo de todos para ganar el mayor número posible. * Me he hecho todo para todos, para salvarlos a todos.
V./ Mirad que no he trabajado para mí solo, sino para todos los que buscan la verdad.
R./ Me he hecho todo para todos, para salvarlos a todos.
 


SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Tratado 12 para los sacerdotes (PL 204, 533-536)

Sed siervos de los siervos

Vosotros, eximios pastores de almas, entre las diversas tareas a que tenéis que prestar atención, atended sobre todo a esto: lo difícil que es regir almas y ponerse al servicio de la índole de cada cual, adaptándose a todos de modo que en nada os diferenciéis de los siervos, siendo señores de todos. Por lo cual, el mayor entre vosotros, para hacerse como el más joven, no se debe avergonzar de llamarse siervo de los siervos de Dios.

Queriendo mostrarnos el Apóstol cuál es la norma de este servicio, dice: Siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos; me he hecho todo a todos, para ganar a todos. El siguiente texto está ordenado asimismo a demostrar lo razonable de este servicio: Hazte pequeño en las grandezas humanas. Cualquier dignidad es indigna de tal nombre si desdeña las cosas humildes. La humildad es a la vez causa y guardián del honor.

Vean, pues, los que ocupan un puesto de honor, de mostrarse humildes en todo a ejemplo de Cristo. El, como maestro de humildad, siendo el que gobierna, se hizo como el que sirve; siendo el primero se portó como el menor arrodillándose a los pies de sus discípulos. Con este ejemplo de humildad, cual potente dispositivo, Cristo os urge a las cosas humildes, hasta haceros siervos de los mismos esclavos. Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo.

También vosotros, aunque seáis dioses, despojaos de vuestro rango y tomad la condición de esclavo, siendo de momento hombres entre los hombres, débiles entre los débiles, cargando con las necesidades y enfermedades de todos, como aquel que dijo: ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre? Es necesario que trabajéis más que los demás, ya que trabajáis por todos.

Si amáis a Cristo, amad también la justicia. Dios ha hecho a Cristo para nosotros sabiduría y justicia, cuando al que no había pecado, Dios lo hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios. Cristo se hizo víctima del pecado y, como buen pastor, ha dado la vida por sus ovejas, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Con su sangre Cristo se adquirió la Iglesia y, para poner de manifiesto el exceso de amor con que la amó, derramó por ella su sangre y así dio curso a su caridad. Adquirida a tal precio, tan querida, tan amada, os la confió a vosotros, os la encomendó, fiándose de vosotros para que, por vuestro medio, también su marido se fíe de ella.

Así pues, en la medida en que amáis a Cristo y Cristo puede confiar en vosotros, custodiad a su esposa con fidelidad, mostrándoos celosos de ella, no por vosotros, sino por él; para que la presentéis como una virgen fiel a su esposo, nuestro Señor Jesucristo, que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Sir 32, 12; Mc 9, 35
 
R./ Si te han puesto de jefe no te exaltes: * Compórtate con los demás como uno de ellos: piensa en ellos.
V./ Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el siervo de todos.
R./ Compórtate con los demás como uno de ellos: piensa en ellos.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 10, 1-13

La historia de Israel como ejemplo para nosotros

No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres - estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres. No seáis tampoco idólatras, como algunos de ellos, según dice la Escritura «El pueblo se sentó a comer y beber y luego se levantó a danzar». Tampoco seamos libertinos, como lo fueron algunos de ellos, y en un solo día cayeron veintitrés mil. Tampoco provoquemos al Señor, como lo provocaron algunos de ellos y perecieron víctimas de las serpientes. Tampoco protestéis como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del exterminador.

Todo esto sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga.

Ninguna prueba os ha caído encima que salga de lo ordinario: fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 10, 1.2.11.3.4
 
R./ Nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, y todos atravesaron el mar; todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; * todas estas cosas les acontecían en figura.
V./ Todos comieron el mismo manjar espiritual, y todos bebieron de la misma espiritual bebida.
R./ Todas estas cosas les acontecían en figura.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Tratado 45 sobre el evangelio de san Juan (9: CCL 36, 392-393)

Han variado los tiempos, no la fe

Antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo, que vino en la humildad de la carne, hubo justos que creyeron en el que había de venir, lo mismo que nosotros creemos en el que ya vino. Han variado los tiempos, no la fe. Y aunque las mismas palabras varían con las varias inflexiones de la conjugación —no es lo mismo decir «vendré» que «vino»—, sin embargo, una misma fe une tanto a los que creyeron en él futuro, como los que creen en él presente. Aunque en épocas diversas, vemos que todos entraron por la misma puerta de la fe, que es Cristo.

Nosotros creemos que nuestro Señor Jesucristo nació de la Virgen, se encarnó, padeció, resucitó y subió al cielo: todo esto lo consideramos como algo ya cumplido, como lo indican los verbos conjugados en pretérito. En idéntica comunión de fe están nuestros padres que creyeron que el Mesías había de nacer de la Virgen, tenía que padecer, resucitar y subir a los cielos. A ellos alude el Apóstol cuando dice: Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos. El profeta había dicho: Creí, por eso hablé; y el Apóstol replica: También nosotros creemos y por eso hablamos. Y para que sepas que una misma es la fe, óyele decir: Teniendo el mismo espíritu de fe, también nosotros creemos. Y en otro lugar: No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual. El Mar Rojo es figura del bautismo; Moisés que conduce a Israel a través del Mar Rojo, es figura de Cristo; el pueblo que pasa significa a los fieles; la muerte de los egipcios significa la abolición de los pecados. La misma fe se expresa en signos diversos: en signos diversos lo mismo que en palabras diversas, que cambian de sonido según el tiempo gramatical. Pues bien: signos y palabras son la misma realidad. Son palabras porque son significativas: quítale a la palabra su significado y queda convertida en un puro sonido no significativo. Pues el significado lo es todo.

¿Es que no creían lo mismo quienes suministraban estos signos, quienes profetizaron lo mismo que nosotros creemos? Cierto que lo creían: ellos lo creían como futuro, nosotros, como ya realizado. Por eso dice así: Bebieron la misma bebida espiritual. Espiritualmente la misma, corporalmente diversa. Porque ¿qué bebían ellos? Bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Ahí tenéis: los signos han variado, invariada la fe. Allí la roca era Cristo, para nosotros Cristo es lo que se inmola sobre el altar de Dios. Ellos, como beneficiarios de un gran sacramento del mismo Cristo, bebieron el agua que brotaba de la roca; lo que nosotros bebemos es bien conocido de los fieles. Si te fijas en la apariencia visible, son cosas distintas; si consideras el significado inteligible, bebieron la misma bebida espiritual. Por tanto, cuantos en aquel tiempo dieron fe a Abrahán, a Isaac, a Jacob, a Moisés y a los demás patriarcas, así como a los profetas que anunciaban a Cristo, eran ovejas y escuchaban la voz de Cristo; no escucharon la voz de extraños, sino la del mismo Cristo.

 

RESPONSORIO                    Hch 4, 12; 1 Cor 3, 11
 
R./ En nadie más hay salvación: * no existe otro nombre dado a los hombres bajo el cielo, en el cual haya sido establecido que podamos ser salvados.
V./ Nadie puede poner otro fundamento del que ya han puesto, que es Jesucristo.
R./ No existe otro nombre dado a los hombres bajo el cielo, en el cual haya sido establecido que podamos ser salvados.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 10,14—11,1

La mesa del Señor y la mesa de los demonios

Amigos míos: No tengáis que ver con la idolatría. Os hablo como a gente sensata: formaos vuestro juicio sobre lo que digo. El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

Considerad al pueblo de Israel: los que comen de las víctimas se unen al altar. ¿Qué quiero decir? ¿Que las víctimas son algo o que los ídolos son algo? No, sino que los paganos ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios, y no quiero que os unáis a los demonios. No debéis beber de las dos copas, de la del Señor y de la de los demonios. No podéis participar de las dos mesas, de la del Señor y de la de los demonios. ¿Vamos a provocar al Señor? ¿Es que somos más fuertes que él?

—Todo está permitido.

—Sí, pero no todo aprovecha. Todo está permitido, pero no todo es constructivo. Que nadie busque su propio interés, sino el ajeno.

Comed de todo lo que se vende en el matadero, sin más averiguar por escrúpulo de conciencia, «porque la tierra y todo lo que contiene es del Señor».

Si un pagano os invita y queréis ir, comed de todo lo que os pongan, sin más averiguar por escrúpulo de conciencia. Pero en caso de que uno os advierta: «eso es carne sacrificada», no comáis, por motivo del que os avisa y de la conciencia, y cuando hablo de conciencia no entiendo la propia, sino la del otro.

—¡Vaya! Y ¿a santo de qué mi libertad va a tener por juez la conciencia del otro? Si yo, cuando participo en una comida, se lo agradezco a Dios, ¿por qué tienen que denigrarme por algo que tomo dándole las gracias?

—De todas formas, cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No déis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios. Por mi parte, yo procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de ellos, para que todos se salven.

Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 10, 16-17
 
R./ La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? * El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?
V./ Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aún siendo muchos, somos un solo cuerpo: porque todos participamos del único pan.
R./ El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la primera carta a los Corintios 11, 19 (PG 51, 257-258)

Qué significa comer la cena del Señor

Basada en la ley y en los usos, se introdujo en la Iglesia primitiva una costumbre realmente admirable: la comunidad cristiana, después de la liturgia de la palabra, después de haber orado y haber participado en los misterios, una vez disuelta la reunión, no volvía seguidamente a sus casas, sino que los ricos y dotados de bienes de fortuna, traían a sus casas alimentos y bebidas e invitaban a los pobres: disfrutaban de la misma mesa, comiendo y bebiendo juntos en la misma iglesia. De esta suerte, el sentarse todos a una misma mesa y la reverencia que el lugar imponía, incrementaba recíprocamente la caridad con inmenso gozo y común utilidad.

Pues los pobres recababan no pequeña consolación y los ricos gozaban de la benevolencia tanto de aquellos a quienes alimentaban, como de Dios, por cuyo amor lo hacían: y así, ricos de gracia, regresaban a sus casas. De aquí se derivaban innumerables bienes: y lo que es más importante, después de cada asamblea se incrementaba más y más la caridad, por cuanto así los que repartían beneficios como los que los recibían, anudaban vínculos de fraternidad con grande y recíproco amor.

Con el correr de los tiempos, los Corintios deterioraron esta costumbre, pues los más ricos, sentados en mesa aparte, despreciaban a los necesitados, no esperando a los que llegaban tarde retenidos —como suele ocurrirles a los pobres— por imperativos de la vida, que les obligaban a acudir con retraso. De este modo, cuando finalmente éstos llegaban, debían retirarse avergonzados por estar ya levantada la mesa: los ricos por impaciencia, los pobres por llegar con retraso.

Por lo cual, viendo Pablo que de esta conducta se derivaban muchos males –unos ya comprobados, otros que se producirían en un futuro inmediato—, corrige con energía esta mala y perversa costumbre. Y observa con cuánta prudencia y moderación procede en la corrección. Para comenzar, dice así: Al recomendaros esto, no puedo aprobar que vuestras reuniones causen más daño que provecho. ¿Qué significa la expresión que provecho? Vuestros mayores y antepasados —dice— vendían sus bienes, campos y posesiones y lo ponían todo en común y tenían una gran caridad mutua; vosotros, en cambio, que haríais bien en imitarlos, no sólo no hacéis nada semejante, sino que habéis perdido lo que teníais: a saber, los banquetes que solíais celebrar en vuestras reuniones. Y mientras ellos ponían a disposición de los pobres todas sus posesiones, vosotros les priváis hasta de la mesa que se les había concedido: En primer lugar, he oído que cuando se reúne vuestra asamblea os dividís en bandos; y en parte lo creo, porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros para que se vea quiénes resisten a la prueba.

Dinos, por favor, ¿qué divisiones? Prestad atención: No se refiere a los dogmas cuando dice: Porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros; se refiere a las disensiones en la mesa. Pues luego de haber dicho: Porque hasta partidos tiene que haber, continúa precisando qué tipo de partidos: Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor. ¿Qué quiere decir comer la cena del Señor? Eso ya no es —dice— comer la cena del Señor, aludiendo a aquella cena que nos legó Cristo la última noche, estando con él todos sus discípulos. En aquella cena, tanto el Señor como los siervos se sentaban juntos a la mesa; mientras que vosotros, que sois consiervos, disentís entre vosotros y fomentáis las divisiones. Por eso dice no es comer la cena del Señor, llamando cena del Señor a aquella que se come cuando todos están reunidos en una perfecta concordia.

 

RESPONSORIO                    Rom 12, 5; Ef 4, 7; 1 Cor 12, 13
 
R./ Nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y somos los unos miembros de los otros. * A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida de los dones de Cristo.
V./ Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo, y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.
R./ A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida de los dones de Cristo.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 11, 2-16

La mujer en la comunidad de los fieles

Hermanos: Os felicito porque siempre me recordáis y porque mantenéis las tradiciones como os las transmití.

Quiero que sepáis, sin embargo, que Cristo es cabeza de todo hombre, el hombre cabeza de la mujer y Dios cabeza de Cristo. Un hombre que ora o predica inspirado con la cabeza cubierta, abochorna a su cabeza. Una mujer que ora o habla inspirada con la cabeza descubierta, abochorna a su cabeza, porque eso y estar rapada es uno y lo mismo. O sea, que para estar destocada, que se pele; y si es vergonzoso para una mujer dejarse pelar o rapar, que se cubra.

Es decir, el hombre no debe cubrirse, siendo como es imagen y reflejo de Dios; la mujer, en cambio, es reflejo del hombre. Porque no procede el hombre de la mujer, sino la mujer del hombre; ni tampoco fue creado el hombre para la mujer, sino la mujer para el hombre. Por eso la mujer debe llevar en la cabeza una señal de sujeción, por los ángeles.

—Sólo que en cristiano no hay mujer sin el hombre ni hombre sin la mujer, pues lo mismo que la mujer salió del hombre, también el hombre nace de la mujer, y todo viene de Dios.

—Juzgadlo vosotros mismos: ¿está decente que una mujer ore a Dios destocada? ¿No nos enseña la misma naturaleza que es deshonroso para el hombre dejarse el pelo largo, mientras a la mujer el pelo largo le da realce? Porque el pelo largo va bien con un velo.

Y si alguno está dispuesto a discutir, sepa que nosotros no tenemos tal costumbre, ni las comunidades tampoco.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 11, 11.12; Gen 1, 27
 
R./ En el Señor, ni la mujer existe sin el hombre, ni el hombre sin la mujer. * Porque si la mujer procede del hombre, el hombre, a su vez, nace de la mujer y todo proviene de Dios.
V./ Dios creó al hombre a su imagen; macho y hembra los creó.
R./ Porque si la mujer procede del hombre, el hombre, a su vez, nace de la mujer y todo proviene de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 44 (1920: CCL 38, 507-508)

Cristo es cabeza del hombre

Dios es ungido por Dios: cuando oyes ungido, debes entender Cristo, pues Cristo se deriva de crisma. El nombre que lleva Cristo significa unción. En ningún otro reino del mundo eran ungidos los reyes y sacerdotes fuera de aquel en el que fue profetizado y ungido Cristo, y de donde habría de derivarse el nombre de Cristo, nombre que no encontramos en ningún otro lugar, nación o reino. Luego es ungido Dios por Dios: ¿con qué aceite, sino con el aceite espiritual?

El aceite visible es un signo, el aceite invisible es un sacramento, el aceite espiritual es totalmente interior. Dios es ungido para nosotros y enviado a nosotros; y el mismo Dios, para poder ser ungido, se hizo hombre. Pero era hombre sin dejar de ser Dios, y era Dios sin desdeñarse de ser hombre: verdadero hombre, verdadero Dios. En nada falaz, en nada falso, porque es siempre veraz, siempre es la verdad. Así pues, Dios se hizo hombre y de esta suerte Dios fue ungido, porque el hombre es Dios, y se ha hecho Cristo.

Todo esto estaba prefigurado en aquella piedra que Jacob se puso a guisa de almohada. Mientras dormía apoyado en aquella piedra a guisa de almohada, tuvo un sueño: Una rampa, que arrancaba del suelo y tocaba el cielo con la cima. Angeles de Dios subían y bajaban por ella. Acabada la visión, se despertó, ungió la piedra y se marchó. Comprendió Jacob que en aquella piedra estaba prefigurado Cristo y por eso la ungió.

Fijaos desde cuándo es predicado Cristo. ¿Qué significa la unción de aquella piedra, especialmente entre los patriarcas que daban culto a un solo Dios? Sucedió en figura y pasó. Pues ungió la piedra y ya no volvió más allí a adorar o a ofrecer sacrificios. Se expresó un misterio, no se incoó un sacrilegio. Observad la piedra: La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular. Y como Cristo es cabeza del hombre, la piedra se colocó a la cabeza. Prestad atención al gran misterio: La piedra es Cristo. Piedra viva –recalca Pedro–, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios. Y la piedra a la cabeza, porque Cristo es cabeza del hombre. Y la piedra es ungida, porque Cristo se deriva de crisma.

 

RESPONSORIO                    1 Jn 2, 20.27; 2 Cor 1, 21.22
 
R./ Vosotros habéis recibido la unción del Santo, y ella permanece en vosotros * y no necesitáis que nadie os instruya; mas su unción os enseña acerca de todas las cosas y no miente.
V./ Es Dios el que nos ungió, nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones.
R./ Y no necesitáis que nadie os instruya; mas su unción os enseña acerca de todas las cosas y no miente.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



MARTES


PRIMERA
LECTURA

De la primera carta a los Corintios 11, 17-34

La cena del Señor

Hermanos: Al recordaros esto, no puedo aprobar que vuestras reuniones causen más daño que provecho. En primer lugar, he oído que cuando se reúne vuestra asamblea os dividís en bandos; y en parte lo creo, porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros para que se vea quiénes resisten a la prueba.

Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comerse su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho. ¿No tenéis casas donde comer y beber? ¿O tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los pobres? ¿Qué queréis que os diga? ¿Que os apruebe? En esto no os apruebo.

Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó el pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva. Por consiguiente, el que come del pan o bebe del cáliz del Señor sin darles su valor tendrá que responder del cuerpo y de la sangre del Señor.

Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber del cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia sentencia. Esa es la razón de que haya entre vosotros muchos enfermos y achacosos y de que hayan muerto tantos; si nos juzgáramos debidamente nosotros, no nos juzgarían, aunque si el Señor nos juzga es para corregirnos, para que no salgamos condenados con el mundo.

Así que, hermanos míos, cuando os reunís para comer, esperaos unos a otros; si uno está hambriento, que coma en su casa, para que vuestras reuniones no acaben con una sanción.

Lo demás lo arreglaré cuando vaya.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 11, 24.25; cf. Mt 26, 26
 
R./ Tomad y comed; esto es mi cuerpo que se da por vosotros. * Haced esto en memoria mía.
V./ Esta copa es la nueva alianza en mi sangre.
R./ Haced esto en memoria mía.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la primera carta a los Corintios 11, 19 (4-5: PG 51, 259-260)

La mesa mística

Después de haber cuidadosamente demostrado que los Corintios son reos de varias culpas, Pablo adopta en la acusación un tono más suave, abandonando la vehemencia inicial. A continuación centra sus reflexiones sobre la mesa mística, para infundirles mayor temor. Yo –dice– he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido. ¿Dónde está la lógica? ¿Estás hablando de una comida fraterna y traes a colación tan estupendos misterios? Naturalmente, contesta.

En efecto, si aquella tremenda mesa se propone indistintamente a todos, ricos y pobres, y de ella no se aprovecha más el rico y menos el pobre, sino que todos tienen igual dignidad y un mismo acceso; si hasta que todos han comulgado y participado de esta espiritual y sagrada mesa, no se retiran las ofrendas que se han presentado, sino que todos los sacerdotes esperan, de pie, hasta que llegue el más vil y miserable, con mayor razón debe observarse idéntica cortesía en esta mesa material. Por eso traje a la memoria la cena del Señor: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por muchos para el perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre».

Seguidamente se ocupa con detención de aquellos que participan indignamente de estos misterios, atacándolos e increpándoles con vehemencia, demostrándoles que quienes temeraria y negligentemente reciben la sangre y el cuerpo de Cristo, padecerán la misma pena que los que mataron a Cristo. Inmediatamente vuelve al tema anterior, diciendo: Así que, hermanos, cuando os reunís para comer, esperaos unos a otros; si uno está hambriento, que coma en su casa, para que vuestras reuniones no acaben con una sanción. Y concluye el discurso con el temor del suplicio diciendo: Para que vuestras reuniones no acaben con una sanción, o sea, en sentencia condenatoria y en el bochorno. No es posible —dice— compaginar una comida o una mesa con la humillación del hermano, con la falta de respeto a la asamblea, con tanta voracidad e intemperancia. Tal mesa no constituye un placer, sino que es un suplicio y una pena. Pues os atraéis una severa venganza al afrentar a los hermanos, despreciar a la asamblea y al convertir el lugar santo en casa propia, cuando tenéis mesa aparte. Oyendo esto, hermanos, tapad la boca de quienes interpretan temerariamente las palabras y la doctrina del Apóstol; corregid a los que utilizan las Escrituras en propio y ajeno perjuicio. Sabéis muy bien a propósito de qué dijo Pablo: Porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros, a saber, de las disensiones que suelen surgir con motivo de los banquetes, ya que mientras uno pasa hambre, el otro está borracho.

Con fe sincera, demos testimonio de una vida coherente con la doctrina, mostremos una gran benevolencia para con los pobres y preocupémonos en serio de los indigentes; cuidémonos de los intereses del espíritu y no indaguemos más de lo necesario. Estas son las riquezas, esta es la especulación, este el tesoro inexhaurible, si transferimos todos nuestros bienes al cielo, y, libres de temor, confiamos plenamente en la seguridad de nuestro depósito.

Que todos nosotros, después de haber vivido esta vida según su voluntad, podamos conseguir el gozo eterno, preparado para los que obtienen la salvación, por la gracia y la misericordia del verdadero Dios y Salvador nuestro Jesucristo, de quien es la gloria y el imperio junto con el Padre y su santísimo Espíritu por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Mt 26, 26; Prov 9, 5
 
R./ Mientras estaban comiendo, Jesús tomó pan, lo partió y, lo dio a sus discípulos diciendo: * Tomad y comed, esto es mi cuerpo.
V./ Venid, comed mi pan, bebed el vino que yo he mezclado.
R./ Tomad y comed, esto es mi cuerpo.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 
 



MIÉRCOLES

PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 12, 1-11

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu

Hermanos: En la cuestión de los fenómenos espirituales no quiero que sigáis en la ignorancia. Recordáis que cuando erais paganos os sentíais arrebatados hacia los ídolos mudos, siguiendo el ímpetu que os venía. Por eso os advierto que nadie puede decir: «¡Muera Jesús!», si habla impulsado por el Espíritu de Dios; ni nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le han concedido hacer milagros; a aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, el lenguaje arcano; a otro, el don de interpretarlo. El mismo y único Espíritu obra todo en todos, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.

 

RESPONSORIO                    Ef 4, 17; 1 Cor 12, 11.4
 
R./ A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida de los dones de Cristo; pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, * que distribuye a cada uno en particular según su voluntad.
V./ Hay diversidad de carismas, pero uno solo es el Espíritu.
R./ Que distribuye a cada uno en particular según su voluntad.
 


SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Tratado 15 sobre la vida cenobítica (PL 204, 545.556-558)

La caridad no busca su propio interés, sino el de Cristo

La institución de la vida común está avalada y se apoya sobre un estimable, firme y sólido principio de autoridad. La Iglesia primitiva fue fundada sobre el esquema de la vida común; la infancia de la Iglesia naciente tiene su origen en la vida común. La vida común recibió de los mismos apóstoles el peculiar modelo de su existencia, su timbre de honor, el privilegio de su dignidad, el testimonio de su autoridad, su abogado defensor, la firmeza de su esperanza.

Siendo muchos, somos un solo cuerpo, pero cada miembro está al servicio de los demás miembros. Un mismo espíritu anima todo nuestro cuerpo a través de los miembros, junturas y ligamentos, armonizándolos entre sí, armonía que contribuye a la conservación de la misma unidad del espíritu; este espíritu conserva a los miembros en la mutua obsequiosidad y la paciencia mutua. Amadísimos hermanos en Cristo, ¿a qué nos están invitando estos ejemplos sino a la mutua paciencia, a la mutua humildad, a la caridad mutua? ¿No es verdad que Dios grabó ennosotros la ley de su amor, que nos enseña a conocemos? El que nos dio el precepto, nos otorgue también su bendición, nos confirme en la integridad de nuestro corazón y con el discernimiento de nuestras acciones nos guíe por el camino de la paz, a fin de mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz, para conservar el amor de Dios en el amor al prójimo.

Si unánimes y concordes amamos a Dios de acuerdo con la pureza de nuestra profesión, es indudable que el amor de Dios se derrama en nuestros corazones con el Espíritu Santo. Y el único Espiritu de Dios nos vivifica como a un solo cuerpo, de modo que ninguno de nosotros viva para sí, sino para Dios; y a fin de que todos nosotros conjuntamente vivamos, por el único Espíritu que habita en nosotros, en la unidad del Espíritu.

Esta unidad de espíritu que hallamos en nosotros gracias a la caridad de Dios, la conservamos mediante el amor al prójimo, que a la vez nos radica en el amor a Dios; y permaneciendo en este amor, estemos en Dios y Dios en nosotros. Así pues, mediante el amor al prójimo, como por un nexo de amor y un vínculo de paz, se mantiene y conserva en nosotros el amor de Dios y la unidad del Espíritu. Pues el que no ama al hermano se aparta de la unidad del Espíritu, no ama a Dios ni vive del Espíritu de Dios, sino de su espíritu, como quien vive ya para sí y no para Dios.

Al amor del prójimo pertenece la comunión, y donde el amor es pleno, también es plena la comunión. Comunión plena es sólo aquella en que se ponen en común todas las cosas, como está escrito: Lo tenían todo en común. Pero lo que sigue: Lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno, puede plantearnos este interrogante: ¿Hasta qué punto lo tenían todo en común cuando cada cual poseía algo en propiedad? Y el Apóstol hace todavía más problemática la cuestión cuando afirma: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común; y, cada uno tiene el don particular que Dios le ha dado; unos uno y otros otro. Y de nuevo: Hay diversidad de dones, hay diversidad de ministerios, hay diversidad de funciones.

¿Cómo puede haber comunión en plenitud allí donde hay tanta diversidad de carismas, donde cada uno posee su propio don?

Por tanto, quien haya recibido de Dios su don particular, pórtese de modo que no lo tenga sólo para sí, sino para Dios y para el prójimo: para Dios, de manera que no usufructúe el don de Dios para su personal exaltación, sino para gloria de Dios; para el prójimo, de modo que atienda siempre la común utilidad y no la propia. La caridad no busca su propio interés, sino el de Jesucristo.

 

RESPONSORIO                    Hch 4, 32; 2, 45
 
R./ La mayoría de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma * y nadie llamaba suyos sus bienes, sino que todo era en común entre ellos.
V./ Quien tenía posesiones y bienes los vendía y repartía el dinero entre todos, según la necesidad de cada uno.
R./ Y nadie llamaba suyos sus bienes, sino que todo era en común entre ellos.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 12, 12-31

Las funciones de los miembros en el cuerpo

Hermanos: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Si el pie dijera: «No soy mano, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo.

El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito». Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan.

Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los más necesitados. Así no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan.

Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas, el don de interpretarlas. ¿Acaso son todos apóstoles?, ¿o todos son profetas?, ¿o todos maestros?, ¿o hacen todos milagros?, ¿tienen todos don para curar?, ¿hablan todos en lenguas o todos las interpretan? Ambicionad los carismas mejores.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 12, 12.27.26
 
R./ Como el cuerpo, aun siendo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, aun siendo muchos, forman un solo cuerpo, así también Cristo. * Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros.
V./ Si un miembro sufre, todos los demás sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo.
R./ Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros.
 


SECUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 30 sobre la primera carta a los Corintios (1-2: PG 61, 250-251)

La Iglesia se compara al cuerpo humano

Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Dicho esto y habiéndolo demostrado con plena evidencia a través de un recuento pormenorizado de todos los miembros, añade: Así es también Cristo. Cuando esperábamos que dijera: Así es también la Iglesia, como era natural, no lo dijo, sino que en su lugar puso a Cristo, elevando el tono y causando así mayor impresión en el oyente.

En realidad, es esto lo que quiere decir: Así es también el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Lo mismo que el cuerpo y la cabeza forman un solo hombre, así también la Iglesia y Cristo son una sola realidad. Por eso puso Cristo en vez de Iglesia, llamando así a su cuerpo. Que es como si dijera: lo mismo que nuestro cuerpo es uno aunque lo integren muchos miembros, así también en la Iglesia todos somos uno. Y aun cuando la Iglesia consta de muchos miembros, todos esos miembros forman un solo cuerpo.

Una vez reanimado y levantado el ánimo, con este ejemplo de evidencia inmediata, del que se creía en inferioridad de condiciones, nuevamente abandona el lenguaje corriente para elevarse a hablar de otra cabeza, de la cabeza espiritual, reportándonos un consuelo más profundo, al demostrarnos que existe una gran igualdad en el honor. Y ¿cuál es esa cabeza? Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Esto es: lo que ha hecho que seamos un solo cuerpo y nos ha regenerado es un único Espíritu: pues éste y aquél no han sido bautizados uno en uno y otro en otro espíritu. Ya que no sólo es uno el que nos bautiza, sino que también es uno aquel en quien bautiza, es decir, por medio de quien bautiza. Pues no fuimos bautizados para formar cuerpos diversos, sino para que todos cooperemos unánimes por mantener la perfecta conexión del único cuerpo; o lo que es lo mismo: hemos sido bautizados para ser todos un solo cuerpo.

Así pues, tanto el que construyó el cuerpo como el cuerpo construido son uno. Y no dijo: «para que seamos un mismo cuerpo», sino: «para que todos seamos un cuerpo», procurando en todo momento utilizar aquellas palabras que den más énfasis a la expresión.

Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Esto es, hemos sido iniciados en unos mismos misterios y nos hemos sentado a una misma mesa. Y ¿por qué no dijo: «Comemos el mismo cuerpo y bebemos la misma sangre»? Pues porque al mencionar el Espíritu, significó ambas cosas: el cuerpo y la sangre: a través de ambos hemos bebido del mismo Espíritu. Todos hemos bebido del mismo Espíritu y hemos recibido la misma gracia. En efecto, si nos ha unido un solo Espíritu, es que nos ha llamado a formar todos un mismo cuerpo. Es esto precisamente lo que significa:

Hemos sido bautizados para formar un solo cuerpo; se nos ha obsequiado con una misma mesa y abrevado en una misma fuente. Es lo que significa la frase: Todos hemos bebido de un solo Espíritu.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 12, 6-7.27
 
R./ Hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. * A cada cual se le otorga una manifestación del Espíritu para provecho común.
V./ Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros cada uno por su parte.
R./ A cada cual se le otorga una manifestación del Espíritu para provecho común.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 12, 31-13, 13

Excelencia del amor

Hermanos: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites.

El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará. Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía; pero, cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará.

Cuando yo era niño hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño.

Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.

 

RESPONSORIO                    1 Jn 4, 16.7
 
R./ Nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene: * Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
V./ Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios.
R./ Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 9, 2: PG 14, 1211-1212)

En la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo,
cada uno ejercemos distintas funciones

Que cada uno sepa y entienda el cupo de gracia que Dios le ha concedido en atención a su fe. A veces recibe uno de Dios el don de ejercer la caridad, o de visitar, o de practicar la misericordia con los pobres, o de cuidar a los enfermos, o de defender a los huérfanos y a las viudas, o de ejercer la hospitalidad con solicitud. Todos estos dones los otorga Dios a cada uno según la medida de la fe.

Pero si quien ha recibido uno cualquiera de estos dones no conoce la medida de la gracia que se le ha dado, sino que pretende ser un experto en la sabiduría de Dios, en la doctrina o en el planteamiento de una ciencia más profunda, para lo cual no recibió una determinada gracia; y abriga la pretensión no ya de aprender, sino de enseñar lo que no sabe, este tal, cuanto menos sabe, más pretende saber lo que no conviene.

No tiene la necesaria moderación para mantener la medida de fe que Dios otorgó a cada uno. Y para exponer con mayor claridad su pensamiento, el Apóstol acude a un ejemplo: Pues así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros y no desempeñan todos los miembros la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros. De esta forma, Pablo estructura con gran precisión todo el organismo de la Iglesia. Así como los miembros del cuerpo tienen cada uno su propia función y cada cual desempeña su particular cometido, sin que esto quiera decir que no puedan suplirse recíprocamente, así también —dice— en la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, cada uno ejercemos distintas funciones.

Por ejemplo: uno centra todo su interés en el estudio de la sabiduría de Dios y la docrina de la palabra, perseverando día y noche en la meditación de la ley divina: es el ojo de este macrocuerpo. Otro se ocupa del servicio a los hermanos y a los indigentes: es la mano de este santo cuerpo. Otro es ávido oyente de la palabra de Dios: es el oído del cuerpo. Otro se muestra incansable en visitar a los postrados en cama, en buscar a los atribulados y en sacar de apuros a los que se encuentran en alguna necesidad: podemos indudablemente llamar a éste pie del cuerpo de la Iglesia. Y de este modo descubrirás que cada cual tiene una especial propensión hacia un determinado servicio y a él se entrega con especialísima dedicación.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 12, 11.28; Sab 7, 16
 
R./ Todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu. * A algunos, por eso, Dios los puso como apóstoles, a otros como profetas, a otros como maestros, luego vienen los milagros, luego el don de las curaciones.
V./ En sus manos estamos nosotros y nuestras palabras, nuestra inteligencia y destreza en el obrar.
R./ A algunos, por eso, Dios los puso como apóstoles, a otros como profetas, a otros como maestros, luego vienen los milagros, luego el don de las curaciones.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 14, 1-19

El don de lenguas

Hermanos: Esmeraos en el amor mutuo; ambicionad también las manifestaciones del Espíritu, sobre todo el hablar inspirados.

Mirad, el que habla en lenguas extrañas no habla a los hombres, sino a Dios, ya que nadie lo entiende; llevado del Espíritu dice cosas misteriosas. En cambio, el que habla inspirado habla a los hombres, construyendo, exhortando y animando.

El que habla en lenguaje extraño se construye él solo mientras el que habla inspirado construye la comunidad. A todos os deseo que habléis en esas lenguas, pero prefiero que habléis inspirados. Para que la comunidad reciba algo constructivo, vale más hablar inspirado que en lenguas, excepto en caso de que se traduzcan.

Vamos a ver, hermanos: si yo os hiciera una visita hablando en lenguas de esas, ¿de qué os serviría, si mis palabras no os transmitían ninguna revelación, saber, inspiración o doctrina? Pasa lo mismo con los instrumentos musicales, por ejemplo, una flauta o una guitarra; si las notas que dan no guardan los intervalos, ¿cómo se va a saber lo que tocan? Otro ejemplo: si la trompeta da un sonido indistinto, ¿quién se va a preparar al combate? Pues lo mismo vosotros con la lengua: si no pronunciáis palabras reconocibles, ¿cómo va a enterarse de lo que habláis? Estaréis hablando al aire. Vete a saber cuántos lenguajes habrá en el mundo, y ninguno carece de sentido; de todos modos, si uno habla un lenguaje que yo no conozco, mis palabras serán un galimatías para él y las suyas para mí. Aplicaos el cuento: ya que ambicionáis tanto los dones del Espíritu, procurad que abunden los que construyen la comunidad. Por. tanto, el que habla en una lengua de ésas, pida a Dios la traducción.

Cuando pronuncio una oración en esas lenguas, en mí el Espíritu reza, pero mi inteligencia no saca nada. ¿Conclusión de esto? Que quiero rezar llevado del Espíritu, pero rezar también con la inteligencia; que quiero cantar llevado del Espíritu, pero cantar también con la inteligencia. Supongamos que pronuncias la bendición llevado del Espíritu; ése que ocupa un puesto de simpatizante, ¿cómo va a responder «amén» a tu acción de gracias si él no sabe lo que dices? Tu acción de gracias estará muy bien, pero al otro no le ayuda.

Gracias a Dios hablo en esas lenguas más que todos vosotros, pero en la asamblea prefiero pronunciar media docena de palabras inteligibles, para instruir también a los demás, antes que diez mil en una lengua extraña.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 14, 12; 8.2
 
R./ Ya que aspiráis a los dones espirituales, * procurad abundar en ellos para la edificación de la asamblea.
V./ La ciencia hincha, mientras que el amor edifica.
R./ Procurad abundar en ellos para la edificación de la asamblea.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 1 (9-12: CSEL 64, 7.9-10)

Cantar salmos con el espíritu,
pero cantarlos también con la mente

¿Qué cosa hay más agradable que los salmos? Como dice bellamente el mismo salmista: Alabad al Señor, que los salmos son buenos; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. Y con razón: los salmos, en efecto, son la bendición del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio de los fieles, el aplauso de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la profesión armoniosa de nuestra fe, la expresión de nuestra entrega total, el gozo de nuestra libertad, el clamor de nuestra alegría desbordante. Ellos calman nuestra ira, rechazan nuestras preocupaciones, nos consuelan en nuestras tristezas. De noche son un arma, de día una enseñanza; en el peligro son nuestra defensa, en las festividades nuestra alegría; ellos expresan la tranquilidad de nuestro espíritu, son prenda de paz y de concordia, son como la cítara que aúna en un solo canto las voces más diversas y dispares. Con los salmos celebramos el nacimiento del día, y con los salmos cantamos a su ocaso.

En los salmos rivalizan la belleza y la doctrina; son a la vez un canto que deleita y un texto que instruye. Cualquier sentimiento encuentra su eco en el libro de los salmos. Leo en ellos: Cántico para el amado, y me inflamo en santos deseos de amor; en ellos voy meditando el don de la revelación, el anuncio profético de la resurrección, los bienes prometidos; en ellos aprendo a evitar el pecado y a sentir arrepentimiento y vergüenza de los delitos cometidos.

¿Qué otra cosa es el Salterio sino el instrumento espiritual con que el hombre inspirado hace resonar en la tierra la dulzura de las melodías celestiales, como quien pulsa la lira del Espíritu Santo? Unido a este Espíritu, el salmista hace subir a lo alto, de diversas maneras, el canto de la alabanza divina, con liras e instrumentos de cuerda, esto es, con los despojos muertos de otras diversas voces; porque nos enseña que primero debemos morir al pecado y luego, no antes, poner de manifiesto en este cuerpo las obras de las diversas virtudes, con las cuales pueda llegar hasta el Señor el obsequio de nuestra devoción.

Nos enseña, pues, el salmista que nuestro canto, nuestra salmodia, debe ser interior, como lo hacía Pablo, que dice: Quiero rezar llevado del Espíritu, pero rezar también con la inteligencia; quiero cantar llevado del Espíricu, pero cantar también con la inteligencia; con estas palabras nos advierte que debemos orientar nuestra vida y nuestros actos a las cosas de arriba, para que así el deleite de lo agradable no excite las pasiones corporales, las cuales no liberan nuestra alma, sino que la aprisionan más aún; el salmista nos recuerda que en la salmodia encuentra el alma su redención: Tocaré para ti la cítara, Santo de Israel; te aclamarán mis labios, Señor, mi alma, que tú redimiste.

 

RESPONSORIO                    Sal 91, 2.4
 
R./ Es bueno dar gracias al Señor, * salmodiar a tu nombre, oh Altísimo.
V./ Con el arpa de diez cuerdas y la lira, sobre arpegios de cítaras.
R./ Salmodiar a tu nombre, oh Altísimo.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

 


DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 14, 20-40

Los carismas en las asambleas

Hermanos: No tengáis actitud de niños; sed niños para lo malo, pero vuestra actitud sea de hombres hechos. En la ley está escrito: «Con gente de otras lenguas, por boca de extranjeros hablaré a este pueblo: pero ni así me escucharán».

Eso dice el Señor, de modo que esas lenguas no son una señal destinada a los que creen, sino a los incrédulos. En cambio, el mensaje inspirado no está destinado a los incrédulos, sino a los que creen. Supongamos ahora que la comunidad entera tiene una reunión y que todos van hablando en esas lenguas; si entra gente no creyente o simpatizantes, ¿no dirán que estáis locos? En cambio, si todos hablan inspirados y entra un no creyente o un simpatizante, lo que dicen unos y otros le demuestra sus fallos, lo escruta, formula lo que lleva secreto en el corazón; entonces se postrará y rendirá homenaje a Dios, reconociendo que Dios está realmente con vosotros.

¿Qué concluimos, hermanos? Cuando os reunís, cada cual aporte algo: un canto, una enseñanza, una revelación, hablar en lenguas o traducirlas; pues que todo resulte instructivo. Si se habla en lenguas extrañas, que sean dos cada vez o a lo más tres, por turno, y que traduzca uno sólo. Si no hay quien traduzca, que guarden silencio en la asamblea y hable cada uno con Dios por su cuenta.

De los profetas, que hablen dos o tres, los demás den su opinión. Pero en caso de que otro, mientras está sentado, reciba una revelación, que se calle el de antes, porque hablar inspirados podéis todos, pero uno a uno, para que aprendan todos y se animen todos. Ademas, los que hablan inspirados pueden controlar su inspiración, porque Dios no quiere desorden, sino paz, como en todas las demás comunidades de consagrados.

Las mujeres guarden silencio en la asamblea, no les está permitido hablar; en vez de eso, que se muestren sumisas, como lo dice también la ley. Si quieren alguna explicación, que les pregunten a sus maridos en casa, porque está feo que hablen las mujeres en las asambleas.

¿Acaso empezó en Corinto la palabra de Dios, o sois quizá los únicos a quienes ha llegado? El que se tiene por profeta o por hombre de espíritu comprenderá que esto que os escribo es ordenanza del Señor, y si alguno no lo sabe, peor para él.

En una palabra, hermanos: sea vuestra ambición predicar inspirados, aunque sin impedir que se hable en lenguas; pero hágase todo con dignidad y orden.

 

RESPONSORIO                    1 Tes 5, 19-21; 1 Cor 14, 1
 
R./ No extingáis el Espíritu, no despreciéis las profecías; * examinadlo todo y quedaos con lo bueno.
V./ Aspirad a los dones del Espíritu, especialmente a la profecía.
R./ Examinadlo todo y quedaos con lo bueno.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 25 sobre el evangelio de san Mateo (3-4: PG 57, 331)

Los misterios, tan pletóricos de gracia de salvación que celebramos
en cada reunión, reciben el nombre de Eucaristía

Demos en todo momento gracias a Dios. Sería realmente absurdo que, gozando a diario de los beneficios de Dios ni siquiera de palabra reconociéramos sus bondades, máxime cuando este reconocimiento es para nosotros fuente de nuevas gracias. Y no es que él tenga necesidad de nuestras cosas: somos nosotros quienes necesitamos de sus dones. Pues nuestras acciones de gracias en realidad nada le añaden, pero nos familiarizan a nosotros más con él. Y si al recordar los beneficios recibidos de los hombres, crece nuestro afecto hacia ellos, mucho más nos veremos impulsados a guardar fielmente sus mandamientos, si traemos asiduamente a la memoria los beneficios que del Señor hemos recibido.

La mejor custodia del beneficio es el mismo recuerdo del beneficio y la asidua acción de gracias. Justamente por eso, los tremendos misterios, tan pletóricos de gracia de salvación, que celebramos en cada reunión, reciben el nombre de Eucaristía, por ser el memorial de un sinfín de beneficios, ponernos frente a la manifestación capital de la divina providencia, y disponernos a una continua acción de gracias.

Si ya el nacer de la Virgen es un gran milagro, tanto que el evangelista, lleno de estupor decía: Todo esto sucedió, ¿cómo valoraremos, pregunto, el haberse inmolado por nosotros? Si llama todo al haber nacido, ¿qué denominación dar al hecho de haber sido crucificado, haber derramado su sangre por nosotros y el haberse dado a sí mismo como alimento y banquete espiritual? Démosle, pues, asiduas gracias y que esta manifestación de gratitud preceda a nuestras palabras y obras. Y démosle gracias, no sólo por los bienes que nosotros hemos recibido, sino también por los que otros han recibido. Así podremos eliminar la envidia, fomentar la caridad y hacerla más sincera. Imposible envidiar en función de unos bienes, por los que has dado gracias al Señor.

Por eso el sacerdote, al presentar las ofrendas, nos invita a dar gracias por todo el mundo, por los que nos precedieron, por los presentes, por los recién nacidos y por aquellos que aún están por nacer. Esto nos libera de la tierra y nos transporta al cielo, haciendo ángeles de los hombres. Pues los mismos ángeles dan, a coro, gracias a Dios por los beneficios que nos ha otorgado, diciendo: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

Pero me dirás: ¿qué nos va a nosotros con unos seres que ni están en la tierra ni son hombres? Tenemos que ver y mucho: pues se nos ha ordenado amar a nuestros compañeros de servicio, hasta el punto de considerar como nuestros sus propios bienes. Por eso, en sus cartas, Pablo eleva acciones de gracias por los beneficios derramados en todo el mundo. Demos también nosotros, a imitación suya continuas acciones de gracias por los beneficios que hemos recibido, por los beneficios recibidos por los demás, por los grandes y pequeños beneficios.

 

RESPONSORIO                    Sal 102, 2.4; Gal 2, 20
 
R./ Bendice alma mía, al Señor, * no olvides sus amores. Él saca tu vida de la muerte, te colma de gracia y amor.
V./ Me ha amado y se ha entregado por mí.
R./ No olvides sus amores. Él saca tu vida de la muerte, te colma de gracia y amor.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 15, 1-19

La resurrección de Cristo, esperanza de los creyentes

Os recuerdo, hermanos, el evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe.

Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo habéis recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.

Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien: tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de vosotros que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo.

Además, como testigos de Dios, resultamos unos embusteros, porque en nuestro testimonio le atribuimos falsamente haber resucitado a Cristo, cosa que no ha hecho, si es verdad que los muertos no resucitan. Porque, si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y, si Cristo no ha resucitado vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados.

 

RESPONSORIO                    Rom 6, 9-10; 4, 25
 
R./ Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no tiene ya poder sobre él. Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre, * mas su vida es un vivir para Dios.
V./ Fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación.
R./ Mas su vida es un vivir para Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 5, 8: PG 14, 1041-1042)

Qué significa resucitar con Cristo

Lo que se colige de las palabras del Apóstol a través de un conocimiento más elevado, es esto: que así como ningún vivo puede ser enterrado con un muerto, así ninguno que todavía vive para el pecado puede ser sepultado, en el bautismo, con Cristo que murió al pecado. Por eso, los que se preparan para el bautismo, deben procurar morir antes al pecado, para poder así ser sepultados con Cristo por el bautismo, de modo que también ellos puedan decir: Continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

Cómo la vida de Jesucristo pueda manifestarse en nuestra carne, nos lo aclara Pablo cuando dice: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Es lo mismo que el apóstol Juan escribe en su carta, diciendo: Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios. Naturalmente que no es quien se limita a pronunciar estas sílabas con sus labios y a hacer pública confesión el que dará muestras de ser conducido por el Espíritu de Dios, sino el que de tal manera ha conformado su vida y ha dado en la práctica tales frutos, que manifiesta con la misma santidad de sus acciones y sentimientos que Cristo ha venido en carne y que él está muerto al pecado y vive para Dios.

Veamos nuevamente qué es lo que dice: Para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Si hemos sido sepultados con Cristo, tal como arriba dijimos, esto es, en cuanto que hemos muerto al pecado, es lógico que al resucitar Cristo de entre los muertos, resucitemos también nosotros con él; y al subir él a los cielos subamos también nosotros con él; y al sentarse él a la derecha del Padre, sabemos que también nosotros nos sentaremos con él en los cielos, según lo que el Apóstol dice en otro lugar: Nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Resucitó Cristo por la gloria del Padre; y si nosotros estamos muertos al pecado, hemos sido sepultados con Cristo, y todo el que viere nuestras buenas obras da gloria a nuestro Padre que está en el cielo, con razón se dirá de nosotros que hemos resucitado con Cristo, para que andemos en una vida nueva.

Andemos en una vida nueva, mostrándonos al que nos resucitó con Cristo, nuevos cada día y como quien dice más hermosos, reflejando en Cristo, como en un espejo, el esplendor de nuestro rostro, y proyectando en él la gloria del Señor, nos vayamos transformando en su imagen, como Cristo, resucitado de entre los muertos, subió de la humildad de nuestra tierra a la gloria de la majestad paterna.

 

RESPONSORIO                    Col 2, 12.13
 
R./ Sepultados con él en el bautismo, con él habéis también resucitado, * por la fe en el poder de Dios, que lo ha resucitado de entre los muertos.
V./ Con él Dios os ha dado vida también a vosotros, que estabais muertos en vuestros pecados, perdonándoos en todo.
R./ Por la fe en el poder de Dios, que lo ha resucitado de entre los muertos.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 15, 20-34

La resurrección de los muertos

Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza.

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies. Pero, al decir que lo ha sometido todo, es evidente que excluye al que le ha sometido todo. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

De no ser así, ¿qué van a sacar los que se bautizan por los muertos? Si decididamente los muertos no resucitan, ¿a qué viene bautizarse por ellos? ¿A qué viene que nosotros estemos en peligro a todas horas? No hay día que no esté yo al borde de la muerte, tan verdad como el orgullo que siento por vosotros, hermanos, en Cristo Jesús, Señor nuestro. Si hubiera tenido que luchar con fieras en Efeso por motivos humanos, ¿de qué me habría servido? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos.

Dejad de engañaros: malas compañías estragan buenas costumbres. Sacudíos la modorra, como es razón, y dejad de pecar. Ignorancia de Dios es lo que algunos tienen; os lo digo para vuestra vergüenza.

 

RESPONSORIO                    1Co 15, 25-26; cf. Ap 20, 13. 14
 
R./ Cristo debe reinar hasta que Dios ponga todos sus enemigos bajo sus pies. * El último enemigo aniquilado será la muerte.
V./ Entonces la muerte y el abismo devolverán los muertos, y la muerte y el abismo serán arrojados al lago de fuego.
R./ El último enemigo aniquilado será la muerte.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Libro sobre la muerte de su hermano Sátiro (Lib 2, 89-93: CSEL 73, 298-300)

Como Adán es la primicia de la muerte, así Cristo
es la primicia de la resurrección

Esta es la voluntad de mi Padre, que me envió: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. ¿Quién es el que esto dice? Precisamente el que, habiendo muerto, resucitó los cuerpos de muchos difuntos. Si no creemos en Dios, ¿no daremos fe a los hechos? No creemos lo que prometió, ¿cuándo realizó incluso lo que no había prometido? Y por lo que a él se refiere, ¿habría tenido razón de morir, si no hubiera tenido un motivo para resucitar?

Y como Dios no podía morir –pues la sabiduría no puede morir–, y no podía resucitar lo que no había muerto, asumió una carne capaz de morir, para que muriendo según la ley común, resucitara lo que había muerto. No es posible la resurrección sino mediante el hombre, pues, si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección de los muertos. Así pues, resucitó el hombre, porque era el hombre el que había muerto; resucita el hombre, pero resucitándolo Dios, entonces hombre según la carne, ahora Dios en plenitud; ahora ya no conocemos a Cristo según la carne, pero tenemos la gracia de la carne y así podemos afirmar que conocemos al que es las primicias de los que duermen, al primogénito de entre los muertos.

Y pensemos que las primicias son del mismo género y de igual naturaleza que el resto de la cosecha; se ofrecen a Dios los primeros productos en la esperanza de obtener una cosecha más abundante: don sacro en representación del conjunto y cual libación de una naturaleza renovada. Pues bien: Cristo es la primicia de los que duermen.

Pero ¿de todos los muertos o sólo de sus muertos, es decir, de aquellos que, exentos en cierto modo de la muerte, descansan en un dulce sopor? Si en Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Por tanto, como Adán es la primicia de la muerte, así Cristo es la primicia de la resurrección.

Todos resucitan, pero que nadie se inquiete, ni le duela al justo esta copartición global en la resurrección, pues cada cual recibirá el premio correspondiente a su virtud. Todos resucitan, pero cada uno —como dice el Apóstol— en su puesto. Es común el fruto de la divina clemencia, pero distinta la jerarquía de los méritos. El día amanece para todos, el sol caldea a todos los pueblos, todos los campos son regados y fecundados por la lluvia benéfica. Todos nacemos, todos resucitamos, pero diversa es para cada uno la gracia de vivir y de revivir, distinta la condición. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta, los muertos despertarán incorruptibles, y nosotros nos veremos transformados. Incluso en la misma muerte unos descansan, otros viven. Bueno es el descanso, pero mejor es la vida. Por eso, Pablo despierta para la vida a los que descansan, diciendo: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 15, 20.22.21
 
R./ Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron. * Pues, como todos mueren en Adán, así también todos  revivirán en Cristo.
V./ Porque si la muerte vino por un hombre, también por un hombre viene la resurrección de los muertos.
R./ Pues, como todos mueren en Adán, así también todos  revivirán en Cristo.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 15, 35-58

La resurrección en el último día

Hermanos: Alguno preguntará. «¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Qué clase de cuerpo traerán?» ¡Necio! Lo que tú siembras no recibe vida si antes no muere. Y, al sembrar, no siembras lo mismo que va a brotar después, sino un simple grano, de trigo, por ejemplo, o de otra planta. Es Dios quien da la forma que a él le pareció, a cada semilla la suya propia. Todas las carnes no son lo mismo; una cosa es la carne del hombre, otra la del ganado, otra la de las aves y otra la de los peces. Hay también cuerpos celestes y cuerpos terrestres, y una cosa es el resplandor de los celestes y otra el de los terrestres. Hay diferencia entre el resplandor del sol, el de la luna y el de las estrellas; y tampoco las estrellas brillan todas lo mismo.

Igual pasa en la resurrección de los muertos: se siembra lo corruptible, resucita incorruptible; se siembra lo miserable, resucita glorioso; se siembra lo débil, resucita fuerte; se siembra un cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual. Si hay cuerpo animal, lo hay también espiritual. En efecto, así es como dice la Escritura: «El primer hombre, Adán, fue un ser animado». El último Adán, un espíritu que da vida. No es primero lo espiritual, sino lo animal. Lo espiritual viene después.

El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo. Pues igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales.

Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Quiero decir, hermanos, que esta carne y sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni lo ya corrompido, heredar la incorrupción.

Os voy a declarar un misterio: No todos moriremos, pero todos nos veremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta; porque resonará, y los muertos despertarán incorruptibles, y nosotros nos veremos transformados. Porque esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad.

Cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley. ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!

Así pues, hermanos míos queridos, manteneos firmes y constantes. Trabajad siempre por el Señor, sin reservas, convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa vuestra fatiga.

 

RESPONSORIO              Dn 12, 2; 1Co 15, 52
 
R./ Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, * unos para la vida eterna, otros para el horror eterno.
V./ En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, los muertos despertarán incorruptibles.
R./ Unos para la vida eterna, otros para el horror eterno.
 


SEGUNDA LECTURA

San Pedro Crisólogo, Sermón 117 (PL 52, 520-521) El Verbo, sabiduría de Dios, se hizo hombre

El apóstol san Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo. Dos hombres semejantes en su cuerpo, pero muy diversos en su obrar; totalmente iguales por el número y orden de sus miembros, pero totalmente distintos por su respectivo origen. Dice, en efecto, la Escritura: El primer hombre, Adán, fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida.

Aquel primer Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a vivir; el último Adán, en cambio, se configuró a sí mismo y fue su propio autor, pues no recibió la vida de nadie, sino que fue el único de quien procede la vida de todos. Aquel primer Adán fue plasmado del barro deleznable; el último Adán se formó en las entrañas preciosas de la Virgen. En aquél, la tierra se convierte en carne; en éste, la carne llega a ser Dios.

Y ¿qué más podemos añadir? Este es aquel Adán que, cuando creó al primer Adán, colocó en él su divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, también el primero, como él mismo afirma: Yo soy el primero y yo soy el último.

«Yo soy el primero, es decir, no tengo principio. Yo soy el último, porque, ciertamente, no tengo fin. No es primero lo espiritual –dice–, sino lo animal. Lo espiritual viene después. El espíritu no fue lo primero –dice–, primero vino la vida y después el espíritu». Antes, sin duda, es la tierra que el fruto, pero la tierra no es tan preciosa como el fruto; aquélla exige lágrimas y trabajo, éste, en cambio, nos proporciona alimento y vida. Con razón el profeta se gloría de tal fruto, cuando dice: Nuestra tierra ha dado su fruto. ¿Qué fruto? Aquel que se afirma en otro lugar: A un fruto de tus entrañas lo pondré sobre tu trono. Y también: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo.

Igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales. ¿Cómo, pues, los que no nacieron con tal naturaleza celestial llegaron a ser de esta naturaleza y no permanecieron tal cual habían nacido, sino que perseveraron en la condición en que habían renacido? Esto se debe, hermanos, a la acción misteriosa del Espíritu, el cual fecunda con su luz el seno materno de la fuente virginal, para que aquellos a quienes el origen terreno dé su raza da a luz en condición terrena y miserable vuelvan a nacer en condición celestial, y lleguen a ser semejantes a su mismo Creador. Por tanto, renacidos ya, recreados según la imagen de nuestro Creador, realicemos lo que nos dice el Apóstol: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seamos también imagen del hombre celestial.

Renacidos ya, como hemos dicho, a semejanza de nuestro Señor, adoptados como verdaderos hijos de Dios, llevemos íntegra y con plena semejanza la imagen de nuestro Creador: no imitándolo en su soberanía, que sólo a él corresponde, sino siendo su imagen por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y concordia, virtudes todas por las que el Señor se ha dignado hacerse uno de nosotros y ser semejante a nosotros.

 

RESPONSORIO                    Rom 5, 18.12
 
R./ El delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación; * la obra de justicia de uno solo procura a todos los hombres la justificación que da la vida.
V./ Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte.
R./ La obra de justicia de uno solo procura a todos los hombres la justificación que da la vida.
 
 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 16, 1-24

Recomendaciones y saludos

Hermanos: Acerca de la colecta para los consagrados: las instrucciones que di a las comunidades de Galacia seguidlas también vosotros. Los domingos poned aparte cada uno por vuestra cuenta lo que consigáis ahorrar, para que, cuando yo vaya, no haya que andar entonces con colectas. Cuando yo llegue daré cartas de presentación a los que vosotros deis por buenos y los enviaré a Jerusalén con vuestro presente; y si merece la pena que vaya yo también, iremos juntos.

Llegaré ahí después de haber pasado por Macedonia, pues el viaje lo haré por Macedonia. En cambio, con vosotros es posible que me detenga, y tal vez todo el invierno, para que vosotros me ayudéis a continuar para donde sea. Porque esta vez no querría veros sólo de paso, es decir, espero quedarme algún tiempo junto á vosotros, Si el Señor lo permite; pero me quedaré en Efeso hasta Pentecostés porque se presenta una gran ocasión de trabajo eficaz y muchos hacen la contra.

Si llegase Timoteo, procurad que no se sienta cohibido, pues trabaja en la obra del Señor lo mismo que yo; portanto, que nadie lo desprecie. Además, ayudadle cordialmente a que vuelva aquí, pues lo estoy esperando con los hermanos.

Acerca del hermano Apolo: le insistí mucho en que fuera a veros con los hermanos; no tenía absolutamente ninguna gana de ir ahora, pero irá cuando llegue la ocasión.

Estad alerta, manteneos en la fe, sed hombres, sed robustos; todo lo que hagáis, que sea con amor.

Un favor os pido, hermanos: sabéis que la familia de Esteban es de lo mejor de Grecia y que se ha dedicado a servir a los consagrados; querría que también vosotros estéis a disposición de gente como ellos y de todo el que colabora en la tarea.

Me alegro de la llegada de Esteban, Fortunato y Acaico; ellos han compensado por vuestra ausencia, tranquilizándome a mí y a vosotros. Por eso estad reconocidos a hombres como ellos.

Os mandan recuerdos las comunidades de Asia. Un caluroso saludo cristiano de parte de Aquila, Prisca y la comunidad que se reúne en su casa. Recuerdos de todos los hermanos. Saludaos mutuamente con el beso santo.

La despedida, de mi mano: Pablo. El que no quiera al Señor, fuera con él. Ven, Señor.

El favor del Señor Jesús os acompañe. Mi amor cristiano os acompañe a todos.

 

RESPONSORIO                    1Co 16, 13-14; Col 4, 5. 6
 
R./ Estad en vela y manteneos firmes en la fe, portaos varonilmente y con toda fortaleza. * Hacedlo todo con espíritu de caridad.
V./ Proceded con toda discreción; vuestra palabra sea siempre agradable, sazonada con gracia.
R./ Hacedlo todo con espíritu de caridad.
 


SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Tratado sobre el santísimo sacramento de la Eucaristía (PL 204, 405-406)

¡ Ved cuánto nos ama Jesús!

Vino, pues, el que tenía que venir, vino el Santo de Israel, apareció en la tierra hecho hombre. Enseñó al mundo el sendero de la vida y, cumplida la misión por la que había venido, subió al cielo, donde ahora está sentado a la derecha de Dios.

Antes de subir al cielo y para que los discípulos y los demás fieles que vendrían después, privados de su presencia corporal, no desconfiasen y desesperasen de su ayuda, los consoló diciendo: Y sabed que yo estoy con vosotros, hasta el fin del mundo. Luego nuestro Jesús está con nosotros. ¿Por qué no habría de llamarle nuestro si está con nosotros? Un hijo se nos ha dado. No sin razón reivindicaba a Jesús como suyo, el que dijo: Yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi Jesús.

Este nuestro Jesús, con el cual Dios nos lo dio todo, no sabe estar lejos de nosotros. Y nos ama tanto que él mismo, que es la sabiduría del Padre, dice: Me gozaba con los hijos de los hombres. Estuvo con nosotros en la carne, antes de morir por nosotros; estuvo con nosotros también en la muerte, con la presencia del cuerpo todavía no retirado de la tierra; estuvo con nosotros después de la muerte apareciéndose a los discípulos de muchas maneras; está con nosotros también ahora, hasta el fin del mundo, hasta que nosotros estemos con él: y así estaremos siempre con el Señor.

¡Ved cuánto nos ama Jesús! Ni la muerte ni la vida pueden separarle de nosotros: ¡tanto es el amor con que nos ama! Por lo tanto, ni la muerte ni la vida deben separarnos de su amor. ¿Qué criatura es digna de ser amada, si él no lo es? Más aún: ¿quién puede sernos tan amable como él? Pues a menos de ser ingratos y perversos, debería bastarnos para amarlo —aparte de otras razones—, que él nos ama. Al que ama, lo menos que puede dársele es una respuesta de amor, pues el que ama desea ser amado. Lo cual es perfectamente justo. Ahora bien: quien desea ser amado, sin amar, dudo que pueda justificarse ni ante su propia conciencia de la acusación de inicuo. En un juicio justo quien no devuelve amor por amor, es indigno de ser amado.

Por tanto, quien no ama a Jesús, corre un grandísimo riesgo, pues se hace acreedor de la execración y maldición del Apóstol, que dice: El que no quiere al Señor, fuera con él. Ven, Señor.

 

RESPONSORIO                    Jn 3, 16; Hab 3, 13
 
R./ Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, * para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
V./ Sales a salvar a tu pueblo, a salvar a tu ungido.
R./ Para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Comienza la carta del apóstol Santiago 1, 1-18

Dicha perfecta en toda clase de pruebas

Santiago, servidor de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus dispersas.

Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna. En caso de que alguno de vosotros se vea falto de acierto, que se lo pida a Dios. Dios da generosamente y sin echar en cara, y él se lo dará. Pero tiene que pedir con fe, sin titubear lo más mínimo, que quien titubea, se parece al oleaje del mar sacudido y agitado por el viento. Un individuo así no piense que va a recibir nada del Señor; no sabe lo que quiere y no sigue rumbo fijo.

El cristiano de condición humilde, esté orgulloso de su alta dignidad, y el rico, de su pobre condición, pues pasará como la flor del campo: sale el sol y con su ardor seca la hierba, cae la flor y su bello aspecto perece; así se marchitará también el rico en sus empresas.

Dichoso el hombre que soporta la prueba, porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman.

Cuando alguien se ve tentado, no diga que Dios lo tienta; Dios no conoce la tentación al mal y él no tienta a nadie. A cada uno le viene la tentación cuando su propio deseo lo arrastra y lo seduce; el deseo concibe y da a luz el pecado, y el pecado, cuando se comete, engendra la muerte.

Queridos hermanos, no os engañéis. Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del padre dedos astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra. Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos la primicia de sus criaturas.

 

RESPONSORIO                    Sant 1, 12; 2 Tim 4, 7-8
 
R./ Dichoso el hombre que soporta la prueba, porque después de haberla superado, recibirá la corona de la vida, * que el Señor prometió a los que lo aman.
V./ He combatido el buen combate, he llegado a la meta, he conservado la fe. Ahora me ha sido preparada una corona de justicia.
R./ Que el Señor prometió a los que lo aman.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Comienza la carta a san Policarpo (1-2: Funck 1, 247-249)

Donde mayor es el trabajo, allí hay rica ganancia

Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a Policarpo, obispo de la Iglesia de Esmirna, o más bien, puesto él mismo bajo la vigilancia o episcopado de Dios Padre y del Señor Jesucristo: mi más cordial saludo.

Al comprobar que tu sentir está de acuerdo con Dios y asentado como sobre roca inconmovible, yo glorifico en gran manera al Señor por haberme hecho la gracia de ver tu rostro intachable, del que ojalá me fuese dado gozar siempre en Dios. Yo te exhorto, por la gracia de que estás revestido, a que aceleres el paso en tu carrera, y a que exhortes a todos para que se salven. Desempeña el cargo que ocupas con toda diligencia corporal y espiritual. Preocúpate de que se conserve la concordia, que es lo mejor que puede existir. Llévalos a todos sobre ti, como a ti te lleva el Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de caridad, como siempre lo haces. Dedícate continuamente a la oración. Pide mayor sabiduría de la que tienes. Mantén alerta tu espíritu, pues el espíritu desconoce el sueño. Háblales a todos al estilo de Dios. Carga sobre ti, como perfecto atleta, las enfermedades de todos. Donde mayor es el trabajo, allí hay rica ganancia.

Si sólo amas a los buenos discípulos, ningún mérito tienes en ello. El mérito está en que sometas con mansedumbre a los más perniciosos. No toda herida se cura con el mismo emplasto. Los accesos de fiebre cálmalos con aplicaciones húmedas. Sé en todas las cosas sagaz como la serpiente, pero sencillo en toda ocasión, como la paloma. Por eso, justamente eres a la vez corporal y espiritual, para que aquellas cosas que saltan a la vista las desempeñes buenamente, y las que no alcanzas a ver ruegues que te sean manifestadas. De este modo, nada te faltará, sino que abundarás en todo don de la gracia. Los tiempos requieren de ti que aspires a alcanzar a Dios, juntamente con los que tienes encomendados, como el piloto anhela prósperos vientos, y el navegante, sorprendido por la tormenta, suspira por el puerto.

Sé sobrio, como un atleta de Dios. El premio es la incorrupción y la vida eterna, de cuya existencia también tú estás convencido. En todo y por todo soy una víctima de expiación por ti, así como mis cadenas, que tú mismo has besado.

 

RESPONSORIO                    1 Tim 6, 11-12; 2 Tim 2, 10
 
R./ Corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura; * combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna.
V./ Todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación.
R./ Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 1, 19-27

Llevad a la práctica la palabra y no os limitéis a escucharla

Tened esto presente, mis queridos hermanos: sed todos prontos para escuchar, lentos para hablar y lentos para la ira. Porque la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere. Por lo tanto, eliminad toda suciedad y esa maldad que os sobra y aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros.

Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos, pues quien escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a aquel que se miraba la cara en el espejo, y apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era. Pero el que se concentra en la ley perfecta, la de la libertad, y es constante, no para oír y olvidarse, sino para ponerla en obra, éste será dichoso al practicarla.

Hay quien se cree religioso y no tiene a raya su lengua; pero se engaña, su religión es vacía. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.

 

RESPONSORIO                    Sant 1, 21; Fil 1, 27; 2, 15.16
 
R./ Desechada toda impureza y todo resto de maldad, recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros, * que es capaz de salvar vuestras almas.
V./ Llevad una conducta digna del evangelio de Cristo, para que seáis irreprochables e inocentes, hijos de Dios, llevando bien en alto la palabra de vida.
R./ Que es capaz de salvar vuestras almas.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a san Policarpo (3-5: Funck 1, 249-251)

Que todo se haga para gloria de Dios

Que no te amedrenten los que se dan aires de nombres de todo crédito y enseñan doctrinas extrañas a la fe. Por tu parte, mantente firme como un yunque golpeado por el martillo. Es propio de un gran atleta el ser desollado y, sin embargo, vencer. Pues, ¡cuánto más hemos de soportarlo todo nosotros por Dios, a fin de que también él nos soporte a nosotros! Sé todavía más diligente de lo que eres. Date cabal cuenta de los tiempos. Aguarda al que está por encima del tiempo, al intemporal, al invisible, que por nosotros se hizo visible; al impalpable, al impasible, que por nosotros se hizo pasible; al que en todas las formas posibles sufrió por nosotros.

Las viudas no han de ser desatendidas. Después del Señor, tú has de ser quien cuide de ellas. Nada se haga sin tu conocimiento, y tú, por tu parte, hazlo todo contando con Dios, como efectivamente lo haces. Manténte firme. Celébrense reuniones con más frecuencia. Búscalos a todos por su nombre. No trates altivamente a esclavos y esclavas mas tampoco dejes que se engrían, sino que traten, para gloria de Dios, de mostrarse mejores servidores, a fin de que alcancen de él una libertad más excelente.

Huye de la intriga y del fraude; más aún, habla a los fieles para precaverlos contra ello. Recomienda a mis hermanas que amen al Señor y que vivan contentas con sus maridos, tanto en cuanto a la carne, como en cuanto al espíritu. Igualmente predica a mis hermanos, en nombre de Jesucristo, que amen a sus esposas como el Señor ama a la Iglesia. Si alguno se siente capaz de permanecer en castidad para honrar la carne del Señor, permanezca en ella, pero sin ensoberbecerse. Pues, si se engríe, está perdido; y, si por ello se estimare más que el obispo, está corrompido.

Respecto a los que se casan, esposos y esposas, conviene que celebren el enlace con conocimiento del obispo, a fin de que el casamiento sea conforme al Señor y no por sólo deseo. Que todo se haga para gloria de Dios.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 15, 58; 2 Tes 3, 13
 
R./ Manteneos firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor: * conscientes de que vuestro trabajo no es vano en el Señor.
V./ No os canséis de hacer el bien
R./ Conscientes de que vuestro trabajo no es vano en el Señor.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO IX DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 2, 1-13

Hay que evitar la acepción de personas

Hermanos míos, no juntéis la fe de nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas. Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: «Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado». Al otro, en cambio: «Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo». Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos?

Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman? Vosotros, en cambio, habéis afrentado al pobre.

Y, sin embargo, ¿no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? ¿No son ellos los que denigran ese nombre tan hermoso que lleváis como apellido? ¿Cumplís la ley soberana que enuncia la Escritura: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»? Perfectamente. Pero si mostráis favoritismos, cometéis un pecado y la Escritura prueba vuestro delito. Porque quien observa entera esa ley, pero falla en un solo punto, tiene que responder de la totalidad.

Un ejemplo: el mismo que dijo: «no cometas adulterio» dijo también «no mates». Si tú no cometes adulterio, pero matas, eres ya transgresor de esa ley.

Hablad y actuad como quienes van a ser juzgados por una ley de libertad, porque el juicio será sin misericordia para el que no practicó la misericordia. La misericordia se ríe del juicio.

 

RESPONSORIO                    Sant 2, 5; Mt 5, 3
 
R./ Dios escogió a los pobres según el mundo para hacerlos  ricos en la fe y herederos del reino * que Dios prometió a los que lo aman.
V./ Bienaventurados los pobres en espíritu porque de ellos es el reino de los cielos.
R./ Que Dios prometió a los que lo aman.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a san Policarpo (6-8: Funck 1, 251)

Me ofrezco como víctima de expiación

Escuchad al obispo, para que Dios os escuche a vosotros. Yo me ofrezco como víctima de expiación por quienes se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáconos. ¡Y ojalá que con ellos se me concediera entrar a tener parte con Dios! Colaborad mutuamente unos con otros, luchad unidos, corred juntamente, sufrid con las penas de los demás, permaneced unidos en espíritu aun durante el sueño, así como al despertar, como administradores que sois de Dios, como sus asistentes y servidores. Tratad de ser gratos al Capitán bajo cuyas banderas militáis, y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros se declare desertor. Vuestro bautismo ha de ser para vosotros como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como la lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas; vuestras cajas de fondos han de ser vuestras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros. Así pues, tened unos para con otros un corazón grande, con mansedumbre, como lo tiene Dios para con vosotros. ¡Ojalá pudiera yo gozar de vuestra presencia en todo tiempo!

Como la Iglesia de Antioquía de Siria, gracias a vuestra oración, goza de paz, según se me ha comunicado, también yo gozo ahora de gran tranquilidad, con esa seguridad que viene de Dios; con tal de que alcance yo a Dios por mi martirio, para ser así hallado en la resurrección como discípulo vuestro. Es conveniente, Policarpo, felicísimo en Dios, que convoques un consejo divino y elijáis a uno a quien profeséis particular amor y a quien tengáis por intrépido, el cual podría ser llamado «correo divino», a fin de que lo deleguéis para que vaya a Siria y dé, para gloria de Dios, un testimonio sincero de vuestra ferviente caridad.

El cristiano no tiene poder sobre sí mismo, sino que está dedicado a Dios. Esta obra es de Dios, y también de vosotros cuando la llevéis a cabo. Yo, en efecto, confío, en la gracia, que vosotros estáis prontos para toda buena obra que atañe a Dios. Como sé vuestro vehemente fervor por la verdad, he querido exhortaros por medio de esta breve carta.

Pero, como no he podido escribir a todas las Iglesias por tener que zarpar precipitadamente de Troas a Neápolis, según lo ordena la voluntad del Señor, escribe tú, como quien posee el sentir de Dios, a las Iglesias situadas más allá de Esmirna, a fin de que también ellas hagan lo mismo. Las que puedan, que manden delegados a pie; las que no, que envíen cartas por mano de los delegados que tú envíes, a fin de que alcancéis eterna gloria con esta obra, como bien lo merecéis.

Saludo a todos nominalmente y en particular a la viuda de Epitropo con toda su casa e hijos. Saludo a Attalo a quien tanto quiero. Saludo al que tengáis por digno de ser enviado a Siria: la gracia de Dios esté siempre con él y con Policarpo que lo envía.

Deseo que estéis siempre bien, viviendo en unión de Jesucristo, nuestro Dios; permaneced en él, en la unidad y bajo la vigilancia de Dios. Saludo a Alcen, cuyo nombre me es caro.

¡Adiós en el Señor!

 

RESPONSORIO                    1 Tim 4, 12.15.16.13
 
R./ Seas ejemplo para los creyentes, para que todos vean tus progresos; * obrando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen.
V./ Dedícate a la lectura, a la exhortación, a la enseñanza.
R./ Obrando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA
LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 2, 14-26

La fe sin obras está muerta

Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos de alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare: abrigaos y llenaos el estómago», yno les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Eso pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta.

Alguno dirá: «Tú tienes fe y yo tengo obras». Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe.

Tú crees que hay un solo Dios; muy bien, pero eso lo creen también los demonios y los hace temblar. ¿Quieres enterarte, tonto, de que la fe sin obras es inútil? ¿No aceptó Dios a Abrahán nuestro padre por sus obras, por ofrecer a su hijo Isaac en el altar? Ya ves que la fe actuaba en sus obras, y que por las obras la fe llegó a su madurez. Así se cumplió lo que dice aquel pasaje de la Escritura: «Abrahán creyó a Dios y se le contó en su haber». Y en otro pasaje se le llama «amigo de Dios».

Veis que Dios acepta al hombre cuando tiene obras, no cuando tiene sólo fe. Lo mismo vale de Rajab, la prostituta: ¿no se la justificó por sus obras?, ¿por acoger a los emisarios y hacerlos salir por otro camino? Por lo tanto, lo mismo que un cuerpo que no respira es un cadáver, también la fe sin obras es un cadáver.

 

RESPONSORIO                    Mt 7, 21; St 2, 17
 
R./ No todo el que me diga: «¡Señor, Señor!» entrará en el reino de los cielos; * el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese entrará en el reino de los cielos.
V./ La fe, si no va acompañada de las obras, está muerta en su soledad.
R./ El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése entrará en el reino de los cielos.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Tratado 84 sobre el evangelio de san Juan (1-2: CCL 36, 536-538)

La plenitud del amor

El Señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista Juan en su carta: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos, amándonos mutuamente como él nos amó, que dio su vida por nosotros.

Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: Sentado a la mesa de un señor, mira bien qué te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar bien lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Como dice el apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante.

Por esto, al reunirnos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.

Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre. El era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por él de la incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros,sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de él, no podemos tener vida.

Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros.

 

RESPONSORIO                    1 Jn 4, 9.11.19.10
 
R./ En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos vida por medio de él. * Si Dios nos amó, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.
V./ Dios nos amó primero y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
R./ Si Dios nos amó, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 3, 1-12

Moderación en el uso de la lengua

Hermanos míos: Sois demasiados los que pretendéis ser maestros, y tened por cierto que nuestra sentencia será más severa. Todos faltamos a menudo, y si hay uno que no falte en el hablar, es un hombre perfecto, capaz de tener a raya a su persona entera.

A los caballos les ponemos el bocado para que nos obedezcan, y así dirijimos todo el animal; fijaos también en los barcos: por grandes que sean y por recio que sople el viento, se gobiernan con un timón pequeñísimo y siguen el rumbo que quiere el piloto.

Eso pasa con la lengua: como miembro es pequeño, pero puede alardear de muchas hazañas. Mirad cómo una chispa de nada prende fuego a tanta madera. También la lengua es una chispa; entre los miembros del cuerpo, la lengua representa un mundo de iniquidad, contamina a la persona entera, pone al rojo el curso de la existencia y sus llamas vienen del infierno.

Toda especie de fieras y pájaros, de reptiles y bestias marinas, se pueden domar y han sido domadas por el hombre; la lengua, en cambio, ningún hombre es capaz de dominarla: es dañina e inquieta, cargada de veneno mortal; con ella bendecimos al que es Señor y Padre; con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios; de la misma boca salen bendiciones y maldiciones. Eso no puede ser, hermanos míos; ¿es que una fuente echa por el mismo caño agua dulce y salobre? Hermanos míos, ¿puede dar aceitunas la higuera o higos la vid? Ni tampoco un manantial salino puede dar agua dulce.

 

RESPONSORIO            Sant 3, 2b; Pr 10, 19
 
R./ Quien no peca en sus palabras es hombre perfecto, * que puede poner freno a toda su persona.
V./ En el mucho hablar no faltará pecado; el que frena sus labios es sensato.
R./ Que puede poner freno a toda su persona.
 


SEGUNDA LECTURA

San Fulgencio de Ruspe, Sermón 5 (5-6: CCL 91A, 921-923)

La caridad trabaja en el mundo, descansa en Dios

Recordemos, hermanos, las palabras del Señor: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Ved cómo el Señor nos manda envolver en nuestra caridad hasta a los mismos enemigos; la benevolencia de nuestro corazón cristiano ha de llegar hasta nuestros perseguidores. Y ¿cuál será la recompensa de tan arduo trabajo?, ¿cuál el premio prometido a los que pongan en práctica este precepto? Que nos demuestre el premio preparado a la caridad, quien gratuitamente, por medio del Espíritu Santo, se ha dignado infundirla en nuestros corazones; que él mismo nos diga lo que en pago a esta caridad está dispuesto a dar a los dignos, él que se ha dignado derramar esta misma caridad en los indignos.

Los que amaron a sus enemigos e hicieron el bien a los que los aborrecen serán hijos de Dios. Lo que recibirán estos hijos de Dios, nos lo aclara san Pablo: Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo.

Escuchad, pues, cristianos; escuchad, hijos de Dios; escuchad herederos de Dios y coherederos con Cristo. Para que podáis entrar en posesión de la herencia paterna, no sólo habéis de amar a los amigos, sino también a los enemigos. A nadie neguéis la caridad, que es el patrimonio común de los hombres buenos. Ejercitadla todos conjuntamente, y para que podáis hacerlo con mayor plenitud, extendedla a todos, buenos y malos. Su posesión es la herencia común de los buenos, herencia no terrena, sino celestial. La caridad es un don de Dios. La codicia, por el contrario, es un lazo del diablo; y no sólo un lazo, sino una espada. Con ella caza a los desgraciados, y con ella, una vez cazados, los asesina. La caridad es la raíz de todos los bienes, la codicia es la raíz de todos los males.

La codicia nos atormenta continuamente, pues nunca está satisfecha de sus rapiñas. En cambio, la caridad siempre está alegre, porque cuanto más tiene, tanto más da. Por eso, así como el avaro cuanto más acumula, tanto más se empobrece, el caritativo se enriquece en la medida en que da. Se agita la codicia queriendo vengar la injuria; está tranquila la caridad en el gozo que siente al perdonar la injuria recibida. La codicia esquiva las obras de misericordia, que la caridad practica alegremente. La codicia procura hacer daño al prójimo, el amor no hace mal a nadie. Elevándose, la codicia se precipita en el infierno; humillándose, la caridad sube al cielo.

Y ¿cómo podría, hermanos, hallar la expresión adecuada para trenzar el elogio de la caridad, que ni está aislada en el cielo ni en la tierra está jamás abandonada? Efectivamente, en la tierra se alimenta con la palabra de Dios, y en el cielo se sacia con esta misma palabra divina. En la tierra se halla rodeada de amigos, y en el cielo goza de la compañía de los ángeles. Trabaja en el mundo, descansa en Dios. Aquí día a día se va perfeccionando con el ejercicio; allí es poseída sin límites en su misma plenitud.

 

RESPONSORIO                    Mt 5, 44-45; Ef 4, 32
 
R./ Amad a vuestros enemigos y orad por vuestros perseguidores, * para que seáis hijos de vuestro padre del cielo.
V./ Sed bondadosos los unos con los otros, misericordiosos, perdonándoos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo.
R./ Para que seáis hijos de vuestro padre del cielo.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 3, 13-18

La verdadera y la falsa sabiduría

Queridos hermanos: ¿Hay alguno entre vosotros sabio y entendido? Que lo demuestre con una buena conducta y con la amabilidad propia de la sabiduría.

Pero si tenéis el corazón amargado por la envidia y el egoísmo, no andéis gloriándoos, porque sería pura falsedad. Esa sabiduría no viene del cielo, sino que es terrena, animal, diabólica. Donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males.

La sabiduría que viene de arriba, ante todo es pura, y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera.

Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia.

 

RESPONSORIO                    Sant 3, 17.18; Mt 5, 9
 
R./ La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia. * Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia.
V./ Dichosos los que obran la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
R./ Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia.
 


SEGUNDA LECTURA

San León Magno. Tratado 16 (1-2: CCL 138, 61-62)

Dios mismo será su más preciado galardón,
él que es la encarnación del precepto

La sublimidad de la gracia de Dios, dilectísimos, realiza cada día su obra en los cristianos corazones, de suerte que nuestro deseo se eleve de los bienes terrenos a los goces celestiales. Pero incluso la presente vida es regulada por la acción del Creador y sustentada por su providencia, ya que uno mismo es el dador de las cosas temporales y el garante de los bienes eternos. Pues así como, en la esperanza de la futura felicidad a la que nos dirijimos de mano de la fe, hemos da dar gracias a Dios por habernos hecho capaces de pregustar lo que con tanto amor nos está preparado, así también debemos honrar y alabar a Dios por estos frutos que, al llegar la estación propicia, cada año cosechamos. Desde el principio de la creación, infundió Dios tal fecundidad a la tierra, de tal manera ordenó las leyes que presiden en cualquier germen o simiente el desarrollo embrionario de los frutos, que nunca abandonó lo que había establecido, sino que en las cosas creadas permanece la próvida administración del Creador.

Así pues, todo lo que, para uso del hombre, han producido las mieses, las viñas y los olivos, todo brotó de la largueza de la divina bondad, que, con la alternancia de las estaciones, colaboró con los precarios esfuerzos de los agricultores, a fin de que el viento y la lluvia, el frío y el calor, el día y la noche se pusieran al servicio de nuestra propia utilidad. La razón humana no sería suficiente para llevar a feliz término el fruto de sus trabajos, si a la siembra y riegos acostumbrados, no les infundiera Dios la virtualidad del crecimiento.

Es, por tanto, un grave deber de caridad y de justicia poner al servicio de los demás lo que misericordiosamente nos ha otorgado el Padre celestial. Pues son muchos los que no poseen campos, ni viñas ni olivares. A su necesidad hemos de proveer echando mano de la abundancia que Dios nos ha concedido, para que también ellos bendigan con nosotros a Dios por la fecundidad de la tierra, alegrándose de que a los terratenientes se les haya dado lo que se ha convertido en patrimonio común de pobres y peregrinos. Dichoso el granero y digno de ser repleto con toda clase de frutos, que sacia el hambre de los necesitados y de los débiles, que previene la necesidad del peregrino y abre el apetito del enfermo. La justicia de Dios permite que todos éstos giman bajo el peso de diversos sufrimientos, para luego coronar la paciencia de los que sufren y la benevolencia de los misericordiosos.

La oración, secundada por la limosna y el ayuno, es un medio eficacísimo para obtener el perdón de los pecados, y sube velozmente a oídos de Dios propulsada por tales sufragios. Pues, como está escrito, el hombre bondadoso se hace bien a sí mismo, y nada es tan nuestro como lo que invertimos en provecho del prójimo. En efecto, la parte de los bienes temporales que se invierte en favor de los necesitados, pasa a los tesoros eternos, y los intereses que se acumulan como fruto de una generosidad tal, no sufre depreciación ni puede ser afectada por ninguna corruptela. Dichosos realmente los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia de Dios, y él mismo será su más preciado galardón, él que es la encarnación del precepto.

 

RESPONSORIO                    Lc 16, 9; Tob 4, 10; 12, 9
 
R./ Yo os digo: * Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las moradas eternas.
V./ La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado; ella impide caer en las tinieblas.
R./ Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las moradas eternas.

 
ORACIÓN
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 4, 1-12

La raíz de la discordia

Queridos hermanos: ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada, os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.

¡Adúlteros! ¿No sabéis que amar al mundo es odiar a Dios? El que quiere ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios.

No en vano dice la Escritura: «El espíritu que Dios nos infundió está inclinado al mal». Pero mayor es la gracia que Dios nos da. Por eso dice la Escritura: «Dios se enfrenta con los soberbios y da su gracia a los humildes».

Someteos, pues, a Dios y enfrentaos con el diablo, que huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y Dios se acercará a vosotros. Pecadores, lavaos las manos; hombres indecisos, purificaos el corazón; lamentad vuestra miseria, llorad y haced duelo; que vuestra risa se convierta en llanto y vuestra alegría en tristeza. Humillaos ante el Señor, que él os levantará.'

Dejad de denigraros unos a otros, hermanos. Quien denigra a su hermano o juzga a su hermano denigra a la ley y juzga a la ley; y, si juzgas a la ley, ya no la estás cumpliendo, eres su juez. Uno solo es legislador y juez: el que puede salvar y destruir. ¿Quién eres tú para juzgar al prójimo?

 

RESPONSORIO                    Sal 144, 8; cf. St 4, 7; Jdt 9, 17; St 4, 6
 
R./ Señor es clemente y misericordioso. * Vivamos sometidos a Dios e imploremos su ayuda, mientras aguardamos su salvación.
V./ Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.
R./ Vivamos sometidos a Dios e imploremos su ayuda, mientras aguardamos su salvación.
 


SEGUNDA LECTURA

Beato Isaac de Stella, Sermón 31 (PL 194, 1292-1293)

La preeminencia de la caridad

¿Por qué, hermanos, nos preocupamos tan poco de nuestra mutua salvación, y no procuramos ayudarnos unos a otros en lo que más urgencia tenemos de prestarnos auxilio, llevando mutuamente nuestras cargas, con espíritu fraternal? Así nos exhorta el Apóstol, diciendo: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo; y en otro lugar: Sobrellevaos mutuamente con amor. En ello consiste, efectivamente, la ley de Cristo.

Cuando observo en mi hermano alguna deficiencia incorregible –consecuencia de alguna necesidad o de alguna enfermedad física o moral—, ¿por qué no lo soporto con paciencia, por qué no lo consuelo de buen grado, tal como está escrito: Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán? ¿No será porque me falta aquella caridad que todo lo aguanta, que es paciente para soportarlo todo, que es benigna en el amor?

Tal es ciertamente la ley de Cristo, que, en su pasión, soportó nuestros sufrimientos y, por su misericordia, aguantó nuestros dolores, amando a aquellos por quienes sufría, sufriendo por aquellos a quienes amaba. Por el contrario, el que hostiliza a su hermano que está en dificultades, el que le pone asechanzas en su debilidad, sea cual fuere esta debilidad, se somete a la ley del diablo y la cumple. Seamos, pues, compasivos, caritativos con nuestros hermanos, soportemos sus debilidades, tratemos de hacer desaparecer sus vicios.

Cualquier género de vida, cualesquiera que sean sus prácticas o su porte exterior, mientras busquemos sinceramente el amor de Dios y el amor del prójimo por Dios, será agradable a Dios. La caridad ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están. Ella es el principio por el cual y el fin hacia el cual todo debe ordenarse. Nada es culpable si se hace en verdad movido por ella y de acuerdo con ella.

Quiera concedérnosla aquel a quien no podemos agradar sin ella, y sin el cual nada en absoluto podemos, que vive y reina y es Dios por los siglos inmortales. Amén.

 

RESPONSORIO                    1 Jn 3, 11; Gal 5, 14
 
R./ Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: * que nos amemos los unos a los otros.
V./ Toda la ley alcanza la plenitud en un solo precepto:
R./ Que nos amemos los unos a los otros.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 4, 13-5, 11

Tened paciencia hasta la venida del Señor

Queridos hermanos: Vosotros decís: «Mañana iremos a esa ciudad y pasaremos allí el año negociando y ganando dinero». Y ni siquiera sabéis qué pasará mañana. Pues ¿qué es vuestra vida? Una nube que aparece un momento y en seguida desaparece. Debéis decir así: «Si el Señor lo quiere y vivimos, haremos esto o lo otro». En vez de eso, no paráis de hacer grandes proyectos, fanfarroneando; y toda jactancia de ese estilo es mala cosa. Al fin y al cabo, quien conoce el bien que debe hacer y no lo hace, es culpable.

Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riqueza precisamente ahora, en el tiempo final! El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.

No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta.

Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor. Consideramos dichosos a los que sufren con paciencia. Habéis oído ponderar la paciencia de Job y conocéis el fin que le otorgó el Señor, porque el Señor es compasivo y misericordioso.

 

RESPONSORIO                    Sant 5, 10.9; Mt 24, 44
 
R./ Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor. * Mirad que el juez está ya a las puertas.
V./ Estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del hombre vendrá.
R./ Mirad que el juez está ya a las puertas.
 


SEGUNDA LECTURA

Autor desconocido, Sermón transmitido bajo el nombre de san Cipriano (PLS 1, 51-52)

Es cristiano el que en todo imita a Cristo

La voluntad de Dios es la que Cristo hizo y enseñó: Sencillez en las relaciones, estabilidad en la fe, modestia en el hablar, justicia en el actuar, misericordia en la práctica, disciplina en las costumbres; ser incapaz de hacer injuria y pronto a tolerar la que le hicieren; temblar ante la adversidad ajena como ante la suya propia; congratularse de la prosperidad del otro, como de nuestro propio mérito o provecho; tener por propios los males ajenos; estimar como nuestros los éxitos del prójimo; amar al amigo no por motivos humanos, sino por amor de Dios; soportar al enemigo hasta amarlo; no hagas a nadie lo que no quieres que te hagan; no niegues a ninguno lo que te gustaría que hiciesen contigo; socorrer al prójimo en sus necesidades no sólo según tus posibilidades, sino desear serle de provecho incluso más allá de tus fuerzas reales; mantener la paz con los hermanos; amar a Dios con todo el corazón; amarle en cuanto Padre, temerle en cuanto Señor; no anteponer nada a Cristo, pues tampoco él antepuso nada a nuestro amor.

Todo el que ame el nombre del Señor, se gloriará en él. Aceptemos ser aquí miserables, para ser luego dichosos. Sigamos a Cristo, al Señor Jesús. Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él. Cristo, Hijo de Dios, no vino para reinar, sino que, siendo rey, rehúye el reino; no vino para dominar, sino para servir. Se hizo pobre, para enriquecernos; por nosotros aceptó la flagelación, para que no nos lamentásemos al ser azotados.

Imitemos a Cristo. El nombre de cristiano conlleva la justicia, la bondad, la integridad. Es cristiano el que en todo imita a Cristo y le sigue; el que es santo, inocente, incontaminado, puro. Es cristiano aquel en cuyo corazón no hay sitio para la malicia, aquel en cuyo pecho sólo la piedad y la bondad tienen carta de ciudadanía.

Cristiano es el que vive la vida de Cristo; el que está totalmente entregado a la misericordia; que desconoce la injuria; no soporta que, en su presencia, se oprima al pobre, socorre al necesitado; se entristece con los tristes; siente como propio el dolor ajeno; a quien conmueve el llanto del otro; cuya casa es casa de todos; cuya puerta a nadie se cierra; cuya mesa ningún pobre ignora; cuyo bien todos conocen y de quien nadie recibe injurias; el que noche y día sirve a Dios; cuya alma es sencilla e inmaculada; cuya conciencia es fiel y pura; cuyo pensamiento está totalmente centrado en Dios; el que desprecia las cosas humanas, para tener acceso a las celestiales.

 

RESPONSORIO                    Jn 13, 16.17.15
 
R./ Un siervo no es más grande que su amo. * Sabiendo esto, seréis dichosos si lo cumplís.
V./ Os he dado ejemplo, para que como he hecho yo, hagáis también vosotros.
R./ Sabiendo esto, seréis dichosos si lo cumplís.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 5,12-20

Recomendaciones diversas

Sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ninguna otra cosa; vuestro sí sea un sí y vuestro no un no, para no exponeros a un juicio.

¿Sufre alguno de vosotros? Que rece. ¿Está uno de buen humor? Que cante. ¿Hay alguno enfermo? Llame a los responsables de la comunidad, que recen por él y lo unjan con aceite invocando al Señor. La oración hecha con fe dará la salud al enfermo y el Señor hará que se levante; si, además, tiene pecados, se le perdonarán.

Por tanto, confesaos los pecados unos a otros, y rezad unos por otros, para que os curéis. Mucho puede hacer la oración intensa del justo. Elias que era un hombre de la misma condición que nosotros, oró fervorosamente para que no lloviese; y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Luego volvió a orar, y el cielo derramó lluvia y la tierra produjo sus frutos.

Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo encamina, sabed que uno que convierte al pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados.

 

RESPONSORIO                    1Pe 4, 8; Sant 5, 20
 
R./ Ante todo teneos una constante caridad unos con otros, * porque la caridad cubre la multitud de los pecados.
V./ Quien convierte a un pecador de su camino equivocado, salvará su alma de la muerte y cubrirá la multitud de sus pecados.
R./ Porque la caridad cubre la multitud de los pecados.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Homilía 2 sobre el libro del Levítico (4: PG 12, 417-419)

El perdón de los pecados

Escucha ahora cuántos son los canales de remisión de los pecados que hallamos en el evangelio. Primero: el bautismo, que se nos confiere para el perdón de los pecados; segundo: la pasión del martirio; tercero: la limosna, pues dice el Salvador: Dad limosna, y lo tendréis todo limpio. El cuarto canal para el perdón de los pecados es el perdón que otorgamos a nuestros hermanos. Ya lo dijo el Señor, nuestro Salvador: Si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras culpas. Y en la oración dominical nos manda decir: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

El quinto canal de remisión de los pecados es si alguien convierte al pecador de su extravío. Dice en efecto la Sagrada Escritura: Uno que convierte al pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfin de pecados.

El sexto canal de perdón es una caridad intensa, como dice el mismo Señor: Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor. Y el Apóstol dice: El amor cubre la multitud de los pecados. Existe todavía un séptimo canal, aunque duro y laborioso: la remisión de los pecados por medio de la penitencia, cuando el pecador riega su cama con lágrimas, cuando las lágrimas son su pan, noche y día, cuando no se avergüenza de descubrir su pecado al sacerdote del Señor, buscando el remedio, según aquel que dijo: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Así se cumple también la palabra del apóstol Santiago: ¿Hay alguno enfermo? Llame a los responsables de la comunidad, que recen por él y lo unjan con aceite invocando al Señor. La oración hecha con fe dará la salud al enfermo; si, además, tiene pecados, se le perdonarán.

También tú, cuando te acercas a la gracia del bautismo, es como si ofrecieras un becerro, pues eres bautizado en la muerte de Cristo. Cuando eres conducido al martirio, es como si ofrecieras un macho cabrío, porque has yugulado al diablo, autor del pecado. Cuando das limosna, y con afectuosa solicitud despliegas tu ternura hacia los indigentes, acumulas sobre el altar sagrado cebados cabritos. Y si perdonas de corazón la culpa de tu hermano, y es sajado el tumor de la ira, permanecieres interiormente tranquilo y sosegado, ten por cierto que has ofrecido en sacrificio un carnero o un cordero.

Finalmente, si en tu corazón abundara aquella virtud, superior a la esperanza y a la fe, es decir, la caridad, de modo que ames a tu prójimo no ya como a ti mismo, sino como nos enseña aquel que decía: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos, has de saber que ofreces panes de flor de harina, cocidos en el óleo de la caridad, sin mezcla de levadura de corrupción y de maldad, sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.

 

RESPONSORIO                    Zac 7, 9; Mt 6, 14
   
R./ Dice el Señor: Practicad la justicia y la fidelidad; * ejerced la piedad y la misericordia cada uno con su hermano.
V./ Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial.
R./ Ejerced la piedad y la misericordia cada uno con su hermano.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro de Ben Sirá 46,1-10

Elogio de Josué y de Caleb

Soldado valiente fue Josué, hijo de Nun, ministro de Moisés en la profecía, creado para alcanzar en sus días gran victoria para los elegidos, para tomar venganza de los enemigos y dar la herencia a Israel. Qué glorioso cuando, alzando el brazo, agitó su bastón de mando contra la ciudad. ¿Quién le pudo resistir cuando peleaba las batallas del Señor?

Por su medio se detuvo el sol, y un día duró lo que dos; invocó al Dios Altísimo cuando lo acosaban alrededor, y el Dios Altísimo le respondió con fuerte granizo y pedrisco, que arrojaba contra las tropas enemigas, y en la cuesta aniquiló a los adversarios; para que supieran los pueblos proscritos que el Señor velaba por sus batallas.

Porque siguió plenamente al Señor y en tiempo de Moisés se mantuvo fiel, él y Caleb, hijo de Jefoné, resistieron el motín del pueblo, apartaron de la asamblea la ira de Dios y acabaron con la difamación; por eso, los dos se libraron entre los seiscientos mil infantes, para introducir al pueblo en su heredad, en la tierra que mana leche y miel. El Señor dio fuerzas a Caleb, que lo acompañaron hasta la vejez, para establecerlos en los montes de la tierra, y también su descendencia recibió su heredad. Para que supieran los descendientes de Jacob que es bueno seguir plenamente al Señor.

 

RESPONSORIO                    Sir 46, 5.3.4; (Vulg. 6.4.5)
 
R./ Invocó al Dios Altísimo cuando sus enemigos lo acosaban por doquier, * y el Dios Altísimo le respondió lanzando fuerte granizo y pedrisco contra sus enemigos.
V./ ¿Quién le pudo resistir cuando peleaba las batallas del Señor? Ante su mano se detuvo el sol.
R./ Y el Dios Altísimo le respondió lanzando fuerte granizo y pedrisco contra sus enemigos.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, orat 1: PG 70, 859-862)

Liberados de una servidumbre espiritual

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Es un himno o un cántico nuevo en sintonía con la novedad de los acontecimientos. El que vive con Cristo es una criatura nueva, como está escrito: Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo. En efecto, los hijos de Israel habían sido liberados de la tiranía de los egipcios, bajo la experta guía de Moisés: fueron arrancados del trabajo de los adobes, al vano sudor de los trabajos de la tierra, de la crueldad de los capataces y del trato inhumano del dominador; atravesaron el mar, comieron el maná en el desierto, bebieron el agua de la roca, fueron introducidos en la tierra prometida. Ahora bien, todo esto se ha renovado entre nosotros, pero a un nivel incomparablemente más elevado.

En efecto, nosotros hemos sido liberados no de una servidumbre carnal, sino espiritual, y en lugar de los trabajos de la tierra, hemos sido arrancados de la impureza de los deseos carnales, tampoco hemos huido de los inspectores de las obras egipcias, ni siquiera del tirano ciertamente impío e inmisericorde, pero hombre al fin y al cabo como nosotros, sino más bien de los malvados e impuros demonios que nos incitaban al pecado, y del jefe de esta chusma, esto es, de Satanás.

Como a través de un mar, hemos atravesado la marejada de la presente vida y, en ella, la turbamulta y el alocado ajetreo. Hemos comido el maná del alma y de la inteligencia, el pan del cielo que da la vida al mundo; hemos bebido el agua de la roca, que brota, refrescante y deliciosa, de las fuentes espirituales de Cristo. Hemos pasado el Jordán al ser considerados dignos del santo bautismo. Hemos entrado en la tierra prometida y digna de los santos, a la cual alude el mismo Salvador cuando dice: Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

Así pues, en razón de estos nuevos prodigios, era obligado que sus príncipes, esto es, los que le están sometidos y le obedecen, canten un himno nuevo; y es obligado que un himno o un cántico de alabanza digno de él resuene no sólo en el país de los judíos, sino de uno a otro confín, es decir, por todo el universo.

En efecto, antiguamente Dios se manifestó en Judá, y sólo en Israel era grande su nombre. Pero después de que por medio de Cristo hemos sido llamados al conocimiento de la verdad, el cielo y la tierra se han llenado de su gloria. Así lo corrobora el salmista: Que su gloria llene la tierra. ¿Quiénes son los que nos invitan a celebrar su nombre hasta el confín de la tierra?, ¿quiénes los que le preparan cantores?, ¿quiénes los que simultáneamente persuaden la creación de una coral sinfónica?, ¿quiénes los que convocan una fiesta espiritual? A mi juicio, aquí se hace mención de los santos apóstoles. Pues ellos no predicaron a Jesús y la gracia que por él nos viene únicamente en Judea, sino que, surcando los mares, anunciaron el evangelio en los pueblos paganos.

 

RESPONSORIO                    Jer 31, 11.12
 
R./ El Señor ha redimido a su pueblo, lo ha rescatado; vendrán con aclamaciones a la altura de Sión. * Serán como huerto  regado, y no volverán a ser ya macilentos.
V./ Afluirán hacia los bienes de Señor, hacia el trigo y el vino y el aceite.
R./ Serán como huerto  regado, y no volverán a ser ya macilentos.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro de Josué 1,1-18

Josué, llamado por Dios, exhorta al pueblo a la unidad

Después que murió Moisés, siervo del Señor, dijo el Señor a Josué, hijo de Nun, ministro de Moisés:

«Moisés, mi siervo, ha muerto. Anda, pasa el Jordán con todo este pueblo, en marcha hacia el país que voy a darles. La tierra donde pongáis el pie os la doy, como prometí a Moisés. Vuestro territorio se extenderá desde el desierto hasta el Líbano, desde el gran río Éufrates hasta el Mediterráneo, en occidente. Mientras vivas, nadie podrá resistirte. Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré.

¡Ánimo, sé valiente!, que tú repartirás a este pueblo la tierra que prometí con juramento a vuestros padres.

Tú ten mucho ánimo y sé valiente para cumplir todo lo que te mandó mi siervo Moisés; no te desvíes a derecha ni a izquierda, y tendrás éxito en todas tus empresas. Que el libro de esa ley no se te caiga de los labios; medítalo día y noche, para poner por obra todas sus cláusulas; así prosperarán tus empresas y tendrás éxito. ¡Yo te lo mando! ¡Animo, sé valiente! No te asustes ni te acobardes, que contigo está el Señor, tu Dios, en todas tus empresas.

Entonces Josué ordenó a los alguaciles:

«Id por el campamento y echad este pregón a la gente: "abasteceos de víveres, porque dentro de tres días pasaréis el Jordán, para ir a tomar posesión de la tierra que el Señor, vuestro Dios, os da en propiedad"».

A los de Rubén, Gad y media tribu de Manasés les dijo:

«Acordaos de lo que os mandó Moisés, siervo del Señor. El Señor, vuestro Dios, os va a dar descanso, entregándoos esta tierra. Vuestras mujeres, chiquillos y ganado pueden quedarse en la tierra que os dio Moisés en Transjordania; pero vosotros, los soldados, pasaréis el Jordán, bien armados, al frente de vuestros hermanos, para ayudarlos, hasta que el Señor les dé el descanso, lo mismo que a vosotros, y también ellos tomen posesión de la tierra que el Señor, vuestro Dios, les va a dar; después volveréis a la tierra de vuestra propiedad, la que Moisés, siervo del Señor, os dio en Transjordania».

Ellos le respondieron:

«Haremos lo que nos ordenes, iremos donde nos mandes; te obedeceremos a ti igual que obedecimos a Moisés. Basta que el Señor esté contigo como estuvo con él. El que se rebele y no obedezca a tus órdenes, las que sean, que muera. ¡Tú ten ánimo, sé valiente!»

 

RESPONSORIO                    Jos 1, 5. 6. 9; Dt 31, 20
 
R./ Como estuve con Moisés, así estaré contigo -dice el Señor-. * Sé valiente y firme, pues tú vas a introducir a mi pueblo en una tierra que mana leche y miel.
V./ No temas ni te acobardes, porque yo estaré contigo dondequiera que vayas; no te dejaré ni te abandonaré.
R./ Sé valiente y firme, pues tú vas a introducir a mi pueblo en una tierra que mana leche y miel.
 


SEGUNDA LECTURA

San Hilario de Poitiers, Tratado sobre el salmo 127 (2-3.6: CSEL 22, 629-632)

Paraos en el camino del Señor

Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que ,sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien. Concuerda perfectamente con estas palabras lo dicho por el profeta: ¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Aquí da a entender el salmista que los que temen al Señor son dichosos no en virtud de esa trepidación natural de la que normalmente procede nuestro temor, ni tampoco debido al terror de un Dios que es terrible, sino simplemente por el hecho de que siguen los caminos del Señor. El temor, efectivamente, no tiene como base el miedo, sino la obediencia: y la prueba del temor es la complacencia.

Muchos son, en efecto, los caminos del Señor, siendo así que él mismo es el camino. Pero, cuando habla de sí se denomina a sí mismo «camino», y muestra la razón de llamarse así cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí. Ahora bien, si hablamos de los profetas y de sus escritos que nos conducen a Cristo, entonces los caminos son muchos, aun cuando todos convergen en uno. Ambas cosas resultan evidentes en el profeta Jeremías, quien en un mismo pasaje se expresa de esta manera: Paraos en los caminos a mirar, preguntad por la vieja senda: «¿Cuál es el buen camino?», seguidlo.

Hay que interesarse, por tanto, e insistir en muchos caminos, para poder encontrar el único que es bueno, ya que, a través de la doctrina de muchos, hemos de hallar un solo camino de vida eterna. Pues hay caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las diversas obras de los mandamientos, y son dichosos los que andan por ellos, en el temor de Dios.

Pero el profeta no trata de las cosas terrenas y presentes: su preocupación se centra sobre la dicha de los que temen al Señor y siguen sus caminos. Pues los que siguen los caminos del Señor comerán del fruto de sus trabajos. Y no se trata de una manducación del cuerpo, toda vez que lo que ha de comerse no es corporal. Se trata de un manjar espiritual que alimenta la vida del alma: se trata de las buenas obras de la bondad, la castidad, la misericordia, la paciencia, la tranquilidad. Para ejercitarlas, debemos luchar contra las negativas tendencias de la carne. El fruto de estos trabajos madura en la eternidad: pero previamente hemos de comer aquí y ahora el trabajo de los frutos eternos, y de él ha de alimentarse en esta vida corporal nuestra alma, para conseguir mediante el manjar de tales trabajos el pan vivo, el pan celestial de aquel que dijo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

 

RESPONSORIO                    1 Re 8, 57-58; 1 Jn 2, 6
 
R./ Que el Señor, nuestro Dios, esté con nosotros como estuvo con nuestros padres, que no nos abandone ni nos rechace. * Que incline nuestro corazón hacia él, para que vayamos por todos sus caminos.
V./ Quien dice que permanece en Cristo, debe vivir como vivió él.
R./ Que incline nuestro corazón hacia él, para que vayamos por todos sus caminos.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 2, 1-24

Por fe, Rajab, la prostituta,
acogió amistosamente a los espías

En aquellos días, Josué, hijo de Nun, mandó en secreto dos espías desde Acacias, con el encargo de examinar el país. Ellos se fueron, llegaron a Jericó, entraron en casa de una prostituta llamada Rajab y se hospedaron allí. Pero llegó el soplo al rey de Jericó:

«¡Cuidado! Han llegado aquí esta tarde unos israelitas a reconocer el país».

El rey de Jericó mandó decir a Rajab:

«Saca a los hombres que han entrado en tu casa, porque han venido a reconocer todo el país».

Ella, que había metido a los dos hombres en un escondite, respondió:

«Es cierto, vinieron aquí; pero yo no sabía de dónde eran. Y, cuando se iban a cerrar las puestas al oscurecer, ellos se marcharon, no sé adónde. Si salís en seguida tras ellos, los alcanzaréis».

Rajab había hecho subir a los espías a la azotea, y los había escondido entre los haces de lino que tenía apilados allí. Los guardias salieron en su busca por el camino del Jordán, hacia los vados; en cuanto salieron, se cerraron las puertas de la villa.

Antes de que los espías se acostaran, Rajab subió donde ellos, a la azotea, y les dijo:

«Sé que el Señor os ha entregado el país, que nos ha caído encima una ola de terror, y que toda la gente de aquí tiembla ante vosotros; porque hemos oído que el Señor secó el agua del mar Rojo ante vosotros cuando os sacó de Egipto, y lo que hicisteis con los dos reyes amorreos de Transjordania, que los exterminasteis; al oírlo, nos descorazonamos, y todos se han quedado sin aliento ante vosotros; porque el Señor, vuestro Dios, es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra. Ahora juradme por el Señor que, como os he sido leal, vosotros lo seréis con mi familia, y dadme una señal segura de que dejaréis con vida a mi padre y a mi madre, a mis hermanos y hermanas y a todos los suyos y que nos libraréis de la matanza».

Ellos le juraron:

«¡Nuestra vida a cambio de la vuestra, con tal que no nos denuncies! Cuando el Señor nos entregue el país, te perdonaremos la vida».

Entonces ella se puso a descolgarlos con una soga por la ventana, porque la casa donde vivía estaba pegando a la muralla, y les dijo:

«Id al monte, para que no os encuentren los que os andan buscando, y quedaos allí escondidos tres días, hasta que ellos regresen; luego seguís vuestro camino».

Contestaron:

«Nosotros respondemos de ese juramento que nos has exigido, con esta condición: al entrar nosotros en el país, ata esta cinta roja a la ventana por la que nos descuelgas, y a tu padre y tu madre, a tus hermanos y toda tu familia los reúnes aquí, en tu casa. El que salga a la calle será responsable de su muerte, no nosotros; nosotros seremos responsables de la muerte de cualquiera que esté contigo en tu casa, si alguien lo toca. Pero, si nos denuncias, no respondemos del juramento que nos has exigido».

Rajab contestó:

«De acuerdo».

Y los despidió. Se marcharon, y ella ató a la ventana la cinta roja. Se marcharon al monte y estuvieron allí tres días, hasta que regresaron los que fueron en su busca; por más que los buscaron por todo el camino, no dieron con ellos. Los dos espías se volvieron monte abajo, cruzaron el río, llegaron hasta Josué y le contaron todo lo que les había pasado; le dijeron:

«El Señor nos entrega todo el país. Toda la gente tiembla ante nosotros».

 

RESPONSORIO                    Cf. Sant 2, 24-26; Heb 11, 31
 
R./ El hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente. V./ Así Rajab, la prostituta, que dio hospedaje a los mensajeros y los hizo marchar por otro camino. * Como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.
R./ Por la fe, Rajab, la prostituta, no pereció con los incrédulos, por haber acogido amistosamente a los exploradores.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, orat 2: PG 70, 967-970)

No nos pertenecemos:
somos de quien nos compró y salvó

Los caminos del Señor son rectos. Llamamos caminos de Cristo a los oráculos evangélicos, por medio de los cuales, atentos a todo tipo de virtud y ornando nuestras cabezas con las insignias de la piedad, conseguimos el premio de nuestra vocación celestial. Rectos son realmente estos caminos, sin curva o perversidad alguna: los llamaríamos rectos y transitables. Está efectivamente escrito: La senda del justo es recta, tú allanas el sendero del justo. Pues la senda de la ley es áspera, serpentea entre símbolos y figuras y es de una intolerable dificultad. En cambio, el camino de los oráculos evangélicos es llano, sin absolutamente nada de áspero o escabroso.

Así pues, los caminos de Cristo son rectos. Él ha edificado la ciudad santa, esto es, la Iglesia, en la que él mismo ha establecido su morada. El, en efecto, habita en los santos y nosotros nos hemos convertido en templos del Dios vivo, pues, por la participación del Espíritu Santo, tenemos a Cristo dentro de nosotros. Fundó, pues, la Iglesia y él es el cimiento sobre el que también nosotros, como piedras suntuosas y preciosas, nos vamos integrando en la construcción del templo santo, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Absolutamente inconmovible es la Iglesia que tiene a Cristo por fundamento y base inamovible. Mirad —dice—,yo coloco en Sión una piedra probada, angular, preciosa, de cimiento: «quien se apoya no vacila». Así que, una vez fundada la Iglesia, él mismo cambió la suerte de su pueblo. Y a nosotros, derribado por tierra el tirano, nos salvó y liberó del pecado y nos sometió a su yugo, y no precisamente pagándole un precio o a base de regalos. Claramente lo dice uno de sus discípulos: Nos rescataron de ese proceder inútil recibido de nuestros padres: no con bienes efímeros, con oro y plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha. Dio por nosotros su propia sangre: por tanto, no nos pertenecemos, sino que somos del que nos compró y nos salvó.

 

RESPONSORIO                    1 Pe 1, 18.19-20; Jn 1, 29
 
R./ Habéis sido rescatados de la vana conducta heredada de vuestros padres, no con bienes corruptible, oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha ni defecto. * Él fue predestinado al sacrificio antes de la creación del mundo.
V./ He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
R./ Él fue predestinado al sacrificio antes de la creación del mundo.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 3, 1-17; 4, 14-19; 5, 10-12

El pueblo atraviesa el Jordán y celebra la Pascua

En aquellos días, Josué madrugó, levantó el campamento de Acacias, llegó hasta el Jordán con todos los israelitas, y pernoctaron en la orilla antes de cruzarlo. Al cabo de tres días, los alguaciles fueron por el campamento, echando este pregón a la gente:

«Cuando veáis moverse el arca de la alianza del Señor, nuestro Dios, llevada por los sacerdotes levitas, empezad a caminar desde vuestros puestos detrás de ella, pero a una distancia del arca como de mil metros; manteneos a distancia para ver el camino por donde tenéis que ir, porque nunca habéis pasado por él».

Josué ordenó al pueblo:

«Purificaos, porque mañana el Señor hará prodigios en medio de vosotros».

Y a los sacerdotes:

«Levantad el arca de la alianza y pasad el río delante de la gente».

Levantaron el arca de la alianza y marcharon delante de la gente. El Señor dijo a Josué:

«Hoy empezaré a engrandecerte ante todo Israel, para que vean que estoy contigo como estuve con Moisés. Tú ordena a los sacerdotes portadores del arca de la alianza que cuando lleguen a la orilla se detengan en el Jordán».

Josué dijo a los israelitas:

«Acercaos aquí a escuchar las palabras del Señor, vuestro Dios. Así conoceréis que un Dios vivo está en medio de vosotros y que va a expulsar ante vosotros a cananeos, hititas, heveos, fereceos, guirgaseos, amorreos y jebuseos. Mirad, el arca de la alianza del Dueño de toda la tierra va a pasar el Jordán delante de vosotros. Elegid doce hombres de las tribus de Israel, uno de cada tribu. Y cuando los pies de los sacerdotes que llevan el arca de la alianza del Dueño de toda la tierra pisen el Jordán, la corriente del Jordán se cortará: el agua que viene de arriba se detendrá formando un embalse».

Cuando la gente levantó el campamento para pasar el Jordán, los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza caminaron delante de la gente. Y, al llegar al Jordán, en cuanto mojaron los pies en el agua —el Jordán va hasta los bordes todo el tiempo de la siega—, el agua que venía de arriba se detuvo, creció formando un embalse que llegaba muy lejos, hasta Adam, un pueblo cerca de Sartán, y el agua que bajaba al mar del desierto, al mar Muerto, se cortó del todo. La gente pasó frente a Jericó. Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza del Señor estaban quietos en el cauce seco, firmes en medio del Jordán, mientras Israel iba pasando por el cauce seco, hasta que acabaron de pasar todos.

Aquel día, el Señor engrandeció a Josué ante todo Israel, para que lo respetaran como habían respetado a Moisés mientras vivió. El Señor dijo a Josué:

«Manda a los sacerdotes portadores del arca que salgan del Jordán».

Josué les mandó:

«Salid del Jordán».

Y, cuando salieron de en medio del Jordán los sacerdotes portadores del arca de la alianza del Señor, nada másponer los pies en tierra, el agua del Jordán volvió a su cauce y corrió como antes, hasta los bordes.

El pueblo salió del Jordán el día diez del mes primero y acampó en Guilgal, al este de Jericó.

Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

 

RESPONSORIO                    Jos 4, 22-25; Sal 113a, 5
 
R./ Pasó Israel por el Jordán a pie enjuto, porque Dios secó las aguas ante él, como antes lo había hecho en el mar Rojo. * Que todos los pueblos de la tierra reconozcan que la mano del Señor es poderosa.
V./¿Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás?
R./ Que todos los pueblos de la tierra reconozcan que la mano del Señor es poderosa.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Homilía 4 sobre el libro de Josué (1: PG 12, 842, 843)

El paso del Jordán

En el paso del río Jordán, el arca de la alianza guiaba al pueblo de Dios. Los sacerdotes y levitas que la llevaban se pararon en el Jordán, y las aguas, como en señal de reverencia a los sacerdotes que la llevaban, detuvieron su curso y se amontonaron a distancia, para que el pueblo de Dios pudiera pasar impunemente. Y no te has de admirar cuando se te narran estas hazañas relativas al pueblo antiguo, porque a ti, cristiano, que por el sacramento del bautismo has atravesado la corriente del Jordán, la palabra divina te promete cosas mucho más grandes y excelsas, pues te promete que pasarás y atravesarás el mismo aire.

Oye lo que dice Pablo acerca de los justos: Seremos arrebatados en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Nada, pues, ha de temer el justo, ya que toda la creación está a su servicio.

Oye también lo que Dios promete al justo por boca del profeta: Cuando pases por el fuego, la llama no te abrasará, porque yo, el Señor, soy tu Dios. Vemos, por tanto, cómo el justo tiene acceso a cualquier lugar, y cómo toda la creación se muestra servidora del mismo. Y no pienses que aquellas hazañas son meros hechos pasados y que nada tienen que ver contigo, que los escuchas ahora: en ti se realiza su místico significado. En efecto, tú, que acabas de abandonar las tinieblas de la idolatría y deseas ser instruido en la ley divina, eres como si acabaras de salir de la esclavitud de Egipto.

Al ser agregado al número de los catecúmenos y al comenzar a someterte a las prescripciones de la Iglesia, has atravesado el mar Rojo y, como en aquellas etapas del desierto, te dedicas cada día a escuchar la ley de Dios y a contemplar la gloria del Señor, reflejada en el rostro de Moisés. Cuando llegues a la mística fuente del bautismo y seas iniciado en los venerables y magníficos sacramentos, por obra de los sacerdotes y levitas, parados como en el Jordán, los cuales conocen aquellos sacramentos en cuanto es posible conocerlos, entonces también tú, por ministerio de los sacerdotes, atravesarás el Jordán y entrarás en la tierra prometida, en la que te recibirá Jesús, el verdadero sucesor de Moisés, y será tu guía en el nuevo camino.

Entonces tú, consciente de tales maravillas de Dios, viendo cómo el mar se ha abierto para ti y cómo el río ha detenido sus aguas, exclamarás: ¿ Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás? ¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros; colinas, que saltáis como corderos? Y te responderá el oráculo divino: En presencia del Señor se estremece la tierra, en presencia del Dios de Jacob; que transforma las peñas en estanques, el pedernal en manantiales de agua.

 

RESPONSORIO                    Cf. Sab 17, 1; 19, 22; Sal 76, 20
 
R./ Tus juicios son grandes, oh Señor, y difíciles de explicar; * engrandeciste y glorificaste a tu pueblo.
V./ En el mar pasaba tu camino, en las aguas caudalosas tu sendero.
R./ Engrandeciste y glorificaste a tu pueblo.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 5,13—6, 21

Destrucción de una fortaleza enemiga

En aquellos días, estando ya cerca de Jericó, Josué levantó la vista y vio a un hombre en pie frente a él, con la espada desenvainada en la mano. Josué fue hacia él y le preguntó:

«¿Eres de los nuestros o del enemigo?»

Contestó:

«No. Soy el general del ejército del Señor, y acabo de llegar».

Josué cayó rostro a tierra, adorándolo. Después le preguntó:

«¿Qué orden trae mi señor a su siervo?»

El general del ejército del Señor le contestó: «Descálzate porque el sitio que pisas es sagrado». Josué se descalzó. Jericó estaba cerrada a cal y canto ante los israelitas. Nadie salía ni entraba. El Señor dijo a Josué:

«Mira, entrego en tu poder a Jericó y su rey. Todos los soldados, rodead la ciudad, dando una vuelta alrededor; y así durante seis días. Siete sacerdotes llevarán siete trompas delante del arca; al séptimo día, daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las trompas; cuando den un toque prolongado, cuando oigáis el sonido de la trompa, todo el ejército lanzará el alarido de guerra; se desplomarán las murallas de la ciudad, y cada uno la asaltará desde su puesto».

Josué, hijo de Nun, llamó a los sacerdotes y les mandó: «Llevad el arda de la alianza, y que siete sacerdotes lleven siete trompas delante del arca del Señor».

Y luego a la tropa:

«Marchad a rodear la ciudad; los que lleven armas pasen delante del arca del Señor».

Después de dar Josué estas órdenes a la tropa, siete sacerdotes, llevando siete trompas, se pusieron delante del Señor y empezaron a tocar. El arca del Señor los seguía; los soldados armados marchaban delante de los sacerdotes que tocaban las trompas; el resto del ejército marchaba detrás del arca. Las trompas acompañaban la marcha. Josué había dado esta orden a la tropa:

«No lancéis el alarido de guerra, no alcéis la voz, no se os escape una palabra hasta el momento en que yo os mande gritar; entonces gritaréis».

Dieron una vuelta a la ciudad con el arca del Señor y se volvieron al campamento para pasar la noche. Josué se levantó de madrugada, y los sacerdotes tomaron el arca del Señor. Siete sacerdotes, llevando siete trompas delante del arca del Señor, acompañaban la marcha con las trompas. Aquel segundo día dieron una vuelta a la ciudad y se volvieron al campamento. Así hicieron seis días.

El día séptimo, al despuntar el sol, madrugaron y dieron siete vueltas a la ciudad, conforme al mismo ceremonial. La única diferencia fue que el día séptimo dieron siete vueltas a la ciudad. A la séptima vuelta, los sacerdotes tocaron las trompas y Josué ordenó a la tropa:

«¡Gritad, que el Señor os entrega la ciudad! Esta ciudad, con todo lo que hay en ella, se consagra al exterminio, en honor del Señor. Sólo han de quedar con vida la prostituta Rajab y todos los que estén con ella en casa, porque escondió a nuestros emisarios. Cuidado, no se os vayan los ojos y cojáis algo de lo consagrado al exterminio; porque acarrearíais una desgracia haciendo execrable el campamento de Israel. Toda la plata y el oro y el ajuar de bronce y de hierro se consagran al Señor: irán a parar a su tesoro».

Sonaron las trompas. Al oír el toque, lanzaron todos el alarido de guerra. Las murallas se desplomaron, y el ejército dio el asalto a la ciudad, cada uno desde su puesto; y la conquistaron. Consagraron al exterminio todo lo que había dentro: hombres y mujeres, muchachos y ancianos, vacas, ovejas y burros; todo lo pasaron a cuchillo.

 

RESPONSORIO                    Cf. Is 25, 1. 2; Hb 11, 30
 
R./ Señor, tú eres mi Dios, te alabaré y te daré gracias: * tú convertiste la ciudad en escombros y no será ya jamás reconstruida.
V./ Por la fe se derrumbaron las murallas de Jericó, después que los hijos de Israel dieron vueltas alrededor de ellas durante siete días.
R./ Tú convertiste la ciudad en escombros y no será ya jamás reconstruida.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Homilía 6 sobre el libro de Josué (4: PG 12, 855-856)

La conquista de Jericó

Los israelitas ponen cerco a Jericó, porque ha llegado el momento de conquistarla. ¿Y cómo la conquistan? No sacan la espada contra ella, ni la acometen con el ariete, ni vibran los dardos; las únicas armas que emplean son las trompetas de los sacerdotes, y ellas hacen caer las murallas de Jericó.

Hallamos, con frecuencia, en las Escrituras que Jericó es figura del mundo. En efecto, aquel hombre de que nos habla el Evangelio, que bajaba de Jerusalén a Jericó y que cayó en manos de unos ladrones, sin duda era un símbolo de Adán, que fue arrojado del paraíso al destierro de este mundo. Y aquellos ciegos de Jericó, a los que vino Cristo para hacer que vieran, simbolizaban a todos aquellos que en este mundo estaban angustiados por la ceguera de la ignorancia, a los cuales vino el Hijo de Dios. Esta Jericó simbólica, esto es, el mundo, está destinada a caer. El fin del mundo es algo de que nos hablan ya desde antiguo y repetidamente los libros santos.

¿Cómo se pondrá fin al mundo? ¿Con qué medios? Al sonido —dice— de las trompetas. ¿De qué trompetas? El apóstol Pablo te descubrirá el sentido de estas palabras misteriosas. Oye lo que dice: Resonará la trompeta, y los muertos en Cristo despertarán incorruptibles, y él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo. Será entonces cuando Jesús, nuestro Señor, vencerá y abatirá a Jericó, salvándose únicamente aquella prostituta de que nos habla el libro santo, con toda su familia. Vendrá —dice el texto sagrado— nuestro Señor Jesús, y vendrá al son de las trompetas.

Salvará únicamente a aquella mujer que acogió a sus exploradores, figura de todos los que acogieron con fe y obediencia a sus apóstoles y, como ella, los colocaron en la parte más alta, por lo que mereció ser asociada a la casa de Israel. Pero a esta mujer, con todo su simbolismo, no debemos ya recordarle ni tenerle en cuenta sus culpas pasadas. En otro tiempo fue una prostituta, mas ahora está unida a Cristo con un matrimonio virginal y casto. A ella pueden aplicarse las palabras del Apóstol: Quise desposaros con un solo marido, presentándoos a Cristo como una virgen intacta. El mismo Apóstol, en su estado anterior, puede compararse a ella, ya que dice: También nosotros, con nuestra insensatez y obstinación, íbamos fuera de camino; éramos esclavos de pasiones y placeres de todo género.

¿Quieres ver con más claridad aún cómo aquella prostituta ya no lo es? Escucha las palabras de Pablo: Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el de nuestro Dios. Ella, para poder salvarse de la destrucción de Jericó, siguiendo la indicación de los exploradores, colgó de su ventana una cinta de hilo escarlata, como signo eficaz de salvación. Esta cinta representaba la sangre de Cristo, por la cual es salvada actualmente toda la Iglesia, en el mismo Jesucristo, nuestro Señor, al cual sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Cf. Is 49, 22.26; Jn 8, 28
 
R./ Alzaré la mano hacia las naciones e izaré mi estandarte hacia los pueblos, y todo hombre lo sabrá: * yo soy el Señor, tu salvador, el Fuerte de Jacob.
V./ Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy.
R./ Yo soy el Señor, tu salvador, el Fuerte de Jacob.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 7, 4-26

Sacrilegio y castigo de Acán

Para la conquista de Ay fueron unos tres mil del ejército, pero tuvieron que huir ante los de Ay, que les hicieron unas treinta y seis bajas y los persiguieron desde las puertas de la villa hasta las Canteras, derrotándolos en la cuesta. El valor del ejército se deshizo en agua.

Josué se rasgó el manto, cayó rostro en tierra ante el arca del Señor y estuvo así hasta el atardecer, junto con los concejales de Israel, echándose polvo a la cabeza.

Josué oró:

—¡Ay, Señor mío! ¿Para qué hiciste pasar el Jordán a este pueblo, para entregarnos después a los amorreos y exterminarnos? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán! ¡Perdón, Señor! ¿Qué voy a decir después que Israel ha vuelto la espalda ante el enemigo? Lo oirán los cananeos y toda la gente del país, nos cercarán y borrarán nuestro nombre de la tierra. ¿Y qué harás tú con tu gran nombre?

El Señor le respondió:

—Anda, levántate. ¿Qué haces ahí, caído rostro en tierra? Israel ha pecado, han quebrantado el pacto que yo estipulé con ellos, han cogido lo consagrado, han robado, han disimulado escondiéndolo entre su ajuar. No podrán los israelitas resistir a sus enemigos, les volverán la espalda, porque se han hecho execrables. No estaré más con vosotros mientras no extirpéis la execración de en medio de vosotros. Levántate, purifica al pueblo, diles: Purificaos para mañana, porque así dice el Señor, Dios de Israel: «¡Hay algo execrable dentro de ti, Israel! No podréis resistir a vuestros enemigos mientras no extirpéis la execración de en medio de vosotros». Por la mañana os acercaréis por tribus. La tribu que el Señor indique por sorteo se acercará por clanes; el clan que el Señor indique por sorteo se acercará por familias; la familia que el Señor indique por sorteo se acercará por individuos. El que sea sorprendido con algo consagrado, será quemado con todos sus bienes, por haber quebrantado el pacto del Señor y haber cometido una infamia en Israel.

Josué madrugó y mandó a los israelitas acercarse por tribus. La suerte cayó en la tribu de Judá. Se fue acercando la tribu por clanes, y la suerte cayó en el clan de Zéraj. Se fue acercando el clan de Zéraj por familias, y la suerte cayó en la familia de Zabdí. Se fue acercando la familia de Zabdí por individuos, y la suerte cayó en Acán, hijo de Carmí, de Zabdí, de Zéraj, de la tribu de Judá.

Josué le dijo:

—Hijo mío, glorifica al Señor, Dios de Israel, haciendo tu confesión. Dime lo que has hecho, no me ocultes nada. Acán respondió:

—Es verdad, he pecado contra el Señor, Dios de Israel. He hecho esto y esto: vi entre los despojos un manto babilonio muy bello, doscientas monedas de plata y una barra de oro de medio kilo; se me fueron los ojos y lo cogí. Mira está todo escondido en un hoyo en medio de mi tienda, el dinero debajo.

Josué mandó a unos que fueran corriendo a la tienda de Acán: todo estaba allí escondido, el dinero debajo. Lo sacaron de la tienda, se lo llevaron a Josué y a los israelitas y lo depositaron ante el Señor.

Josué cogió a Acán, hijo de Zéraj (con el dinero, el manto y la barra de oro), a sus hijos e hijas, sus bueyes, burros y ovejas, y su tienda con todos sus bienes. En compañía de todo Israel los subió al Valle de la Desgracia, y Josué dijo:

—¡El Señor te haga sufrir hoy mismo la desgracia que nos has acarreado!

Todos los israelitas apedrearon a Acán. Luego lo quemaron y lo cubrieron de piedras. Después levantaron encima un montón de piedras, que todavía hoy se conserva. Y el Señor aplacó el incendio de su ira. Por eso aquel sitio se llama hasta hoy Valle de la Desgracia.

 

RESPONSORIO                    Cf. 1Co 5, 2. 3. 5. 7
 
R./ Haced que desaparezca quien hizo esa mala acción. * Ese tal sufrirá ruina material, a fin de que su espíritu sea salvo en el día de Jesús, el Señor.
V./ Tirad fuera la levadura vieja para que seáis una masa nueva, ya que ahora sois panes ázimos.
R./ Ese tal sufrirá ruina material, a fin de que su espíritu sea salvo en el día de Jesús, el Señor.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 1 (4, 7-8: CSEL 64, 4-7)

Dulzura del libro de los salmos

Aunque es verdad que toda la sagrada Escritura está impregnada de la gracia divina, el libro de los salmos posee, con todo, una especial dulzura; el mismo Moisés, que narra en un estilo llano las hazañas de los antepasados, después de haber hecho que el pueblo atravesara el mar Rojo de un modo admirable y glorioso, al contemplar cómo el Faraón y su ejército habían quedado sumergidos en él, superando sus propias cualidades (como había superado con aquel hecho sus propias fuerzas), cantó al Señor un cántico triunfal. También María, su hermana, tomando en su mano el pandero, invitaba a las otras mujeres, diciendo: Cantaré al Señor, sublime es su victoria, caballos y carros ha arrojado en el mar.

La historia instruye, la ley enseña, la profecía anuncia, la reprensión corrige, la enseñanza moral aconseja; pero el libro de los salmos es como un compendio de todo ello y una medicina espiritual para todos. El que lo lee halla en él un remedio específico para curar las heridas de sus propias pasiones. El que sepa leer en él encontrará allí, como en un gimnasio público de las almas y como en unestadio de las virtudes, toda la variedad posible de competiciones, de manera que podrá elegir la que crea más adecuada para sí, con miras a alcanzar el premio final.

Aquel que desee recordar e imitar las hazañas de los antepasados hallará compendiada en un solo salmo toda la historia de los padres antiguos, y así, leyéndolo, podrá irla recorriendo de forma resumida. Aquel que investiga el contenido de la ley, que se reduce toda ella al mandamiento del amor (porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley), hallará en los salmos con cuánto amor uno solo se expuso a graves peligros para librar a todo el pueblo de su oprobio; con lo cual se dará cuenta de que la gloria de la caridad es superior al triunfo de la fuerza.

Y ¿qué decir de su contenido profético? Aquello que otros habían anunciado de manera enigmática se promete clara y abiertamente a un personaje determinado, a saber, que de su descendencia nacerá el Señor Jesús, como dice el Señor a aquél: A uno de tu linaje pondré sobre tu trono. De este modo, en los salmos hallamos profetizado no sólo el nacimiento de Jesús, sino también su pasión salvadora, su reposo en el sepulcro, su resurrección, su ascensión al cielo y su glorificación a la derecha del Padre. El salmista anuncia lo que nadie se hubiera atrevido a decir, aquello mismo que luego, en el Evangelio, proclamó el Señor en persona.

 

RESPONSORIO                    Sal 56, 8-9
 
R./ Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme. * Quiero cantar, a ti quiero cantar.
V./ Despierta gloria mía, despertad, arpa y cítara: a la aurora    yo quiero despertar.
R./ Quiero cantar, a ti quiero cantar.

 
ORACIÓN
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 10, 1-14; 11, 15-17

El pueblo de Dios toma posesión de la tierra

Cuando Adonisedec, rey de Jerusalén, oyó que Josué había tomado Ay y la había arrasado (con Ay y su rey hizo lo mismo que con Jericó y su rey), y que los de Gabaón habían hecho las paces con Israel y vivían con los israelitas, se asustó enormemente. Porque Gabaón era toda una ciudad, como una de las capitales reales, mayor que Ay, y todos sus hombres eran valientes. Entonces envió este mensaje a Ohán, rey de Hebrón; a Pirán, rey de Yarmut; a Yafia, rey de Laquis, y a Debir, rey de Becerril:

«Venid con refuerzos para derrotar a Gabaón, que ha hecho las paces con Josué y los israelitas».

Entonces los cinco reyes aliados, el de Jerusalén, el de Hebrón, el de Yarmut, el de Laquis y el de Becerril, subieron con sus ejércitos, acamparon frente a Gabaón, y la atacaron.

Los de Gabaón despacharon emisarios a Josué, al campamento de Guilgal, con este ruego:

«No dejes de la mano a tus vasallos. Ven en seguida a salvarnos. Ayúdanos, porque se han aliado contra nosotros los reyes amorreos de la montaña».

Entonces Josué subió desde Guilgal con todo su ejército, todos sus guerreros, y el Señor le dijo:

«No les tengas miedo que yo te los entregó; ni uno de ellos podrá resistirte».

Josué caminó toda la noche desde Guilgal y cayó sobre ellos de repente; el Señor los desbarató ante Israel, que les infligió una gran derrota junto a Gabaón, y los persiguió por la cuesta de Bejorón, destrozándolos hasta Azeca y Maqueda. Y, cuando iban huyendo de los israelitas por la cuesta de Bejorón, el Señor les lanzó desde el cielo un pedrisco fuerte y mortífero en el camino hasta Azeca; murieron más por la granizada que por la espada de los israelitas.

Cuando el Señor entregó los amorreos a los israelitas, aquel día Josué habló al Señor y gritó en presencia de Israel:

«¡Sol, quieto en Gabaón! ¡Y tú, luna, en la valle de Ayalón!»

Y el sol quedó quieto, y la luna inmóvil, hasta que se vengó de los pueblos enemigos. Así consta en los Cantares de gesta: El sol se detuvo en medio del cielo y tardó un día entero en ponerse. Ni antes ni después ha habido un día como aquél, cuando el Señor obedeció a la voz de un hombre, porque el Señor luchaba por Israel.

Lo que el Señor había ordenado a su siervo Moisés, éste se lo ordenó a Josué, y Josué lo cumplió; no descuidó nada de cuanto el Señor había ordenado a Moisés.

Así fue como se apoderó Josué de todo el país: de la montaña, el Negueb, la región de Gosén, la Sefela y el páramo, la montaña de Israel y su llanura, desde el monte Pelado, que sube hacia Seír, hasta Baalgad, en el valle del Líbano, al pie del monte Hermón. Se apoderó de todos sus reyes y los ajustició.

 

RESPONSORIO                    Ez 34, 13. 15
 
R./ Congregaré a mis ovejas de entre las naciones, las traeré a su tierra, * las apacentaré en los montes de Israel, en las cañadas y en los poblados del país.
V./ Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré a reposar.
R./ Las apacentaré en los montes de Israel, en las cañadas y en los poblados del país.

 

SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 1 (33: CSEL 64, 28-30)

Estudiad las Escrituras, pues ellas están dando
testimonio de mí

Primeramente has de beber el antiguo Testamento, para poder beber también el nuevo. Si no bebes el primero, no podrás tampoco beber el segundo. Bebe el primero, para hallar algún alivio en tu sed; bebe el segundo, para saciarte de verdad. En el antiguo Testamento hallarás un sentimiento de compunción; en el nuevo, la verdadera alegría.

Los que bebieron en lo que no deja de ser un tipo, pudieron saciar su sed; los que bebieron en lo que es la realidad, llegaron a embriagarse completamente. ¡Qué buena es esta embriaguez que comunica la verdadera alegría y no avergüenza lo más mínimo! ¡Qué buena es esta embriaguez que hace avanzar con paso seguro a nuestra alma que no ha perdido su equilibrio! ¡Qué buena es esta embriaguez que sirve para regar el fruto de vida eterna! Bebe, pues, esta copa de la que dice el Profeta: Y mi copa rebosa.

Pero son dos las copas que has de beber: la del antiguo Testamento y la del nuevo; porque en ambas bebes a Cristo. Bebe a Cristo, porque es la verdadera vid; bebe a Cristo, porque es la piedra de la que brotó agua; bebe a Cristo, porque es fuente de vida; bebe a Cristo, porque es la acequia cuyo correr alegra la ciudad; bebe a Cristo, porque es la paz; bebe a Cristo, porque de sus entrañas manarán torrentes de agua viva; bebe a Cristo, y así beberás la sangre que te ha redimido; bebe a Cristo, y así asimilarás sus palabras; porque palabra suya es el antiguo Testamento, palabra suya es también el nuevo. Realmente llegamos a beber y a comer la sagrada Escritura, si el sentido profundo de la tercera palabra viene a empapar nuestras almas, como si circulara por nuestras venas y fuera el motor que impulsara toda nuestra actividad.

Finalmente, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios. Bebe esta palabra, pero bébela en el debido orden. Bébela en el antiguo Testamento y apresúrate a beberla en el nuevo. También él, como si se apresurara a hacerlo, dice: Ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló.

Bebe, pues, pronto, para que brille para ti una luz grande, no la luz de todos los días, ni la del día, ni la del sol, ni la de la luna; sino la que ahuyenta las sombras de la muerte. Pues los que viven en sombras de la muerte es imposible que vean la luz del sol y del día. Y, adelantándose a tu pregunta: ¿por qué tan maravilloso resplandor, por qué tan extraordinario favor?, responde: Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Un niño, que ha nacido de la Virgen, Hijo, que, por haber nacido de Dios, es el que hace que brille tan maravillosa luz. Un niño nos ha nacido. Nos, a los creyentes.

Nos ha nacido, porque la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Nos ha nacido, porque de la Virgen recibió carne humana, nace para nosotros, porque la Palabra se nos da. Al participar de nuestra naturaleza, nace entre nosotros; al ser infinitamente superior a nosotros, es el gran don que se nos otorga.

 

RESPONSORIO                    Mt 5, 6; Sal 35, 10.9
 
R./ Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. * Porque en ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz.
V./ Se sacian de la abundancia de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias.
R./ Porque en ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

 


DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 24, 1-7.13-28

Renovación de la alianza en la tierra prometida

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo:

«Así dice el Señor, Dios de Israel: "Al otro lado del río Eufrates vivieron antaño vuestros padres, Teraj, padre de Abrahán y de Najor, sirviendo a otros dioses. Tomé a Abrahán, vuestro padre, del otro lado del río, lo conduje por todo el país de Canaán y multipliqué su descendencia dándole a Isaac. A Isaac le di Jacob y Esaú. A Esaú le di en propiedad la montaña de Seír, mientras que Jacob y sus hijos bajaron a Egipto. Envié a Moisés y Aarón para castigar a Egipto con los portentos que hice, y después os saqué de allí. Saqué de Egipto a vuestros padres; y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con caballería y carros hasta el mar Rojo. Pero gritaron al Señor, y él puso una nube oscura entre vosotros y los egipcios; después desplomó sobre ellos el mar, anegándolos. Vuestros ojos vieron lo que hice en Egipto. Después vivisteis en el desierto muchos años.

Y os di una tierra por la que no habíais sudado, ciudades que no habíais construido, y en las que ahora vivís, viñedos y olivares que no habíais plantado, y de los que ahora coméis."

Pues bien, temed al Señor, servidle con toda sinceridad; quitad de en medio los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto; y servid al Señor. Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Eufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor».

El pueblo respondió:

«¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. El Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Josué dijo al pueblo:

«No podréis servir al Señor, porque es un Dios santo, un Dios celoso. No perdonará vuestros delitos ni vuestros pecados. Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, se volverá contra vosotros y, después de haberos tratado bien, os maltratará y os aniquilará».

El pueblo respondió:

«¡No! Serviremos al Señor».

Josué insistió:

«Sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido servir al Señor».

Respondieron:

«¡Somos testigos!»

«Pues bien, quitad de en medio los dioses extranjeros que conserváis, y poneos de parte del Señor, Dios de Israel».

El pueblo respondió:

«Serviremos al Señor, nuestro Dios, y le obedeceremos».

Aquel día, Josué selló el pacto con el pueblo y les dio leyes y mandatos en Siquén. Escribió las cláusulas en el libro de la ley de Dios, cogió una gran piedra y la erigió allí, bajo la encina del santuario del Señor, y dijo a todo el pueblo:

«Mirad esta piedra, que será testigo contra nosotros, porque ha oído todo lo que el Señor nos ha dicho. Serátestigo contra vosotros, para que no podáis renegar de vuestro Dios».

Luego despidió al pueblo, cada cual a su heredad.

 

RESPONSORIO                    Jos 24, 16. 24; 1Co 8, 5-6
 
R./ Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. * Al Señor nuestro Dios serviremos, y a su voz atenderemos.
V./ Aun cuando a muchos se les da el nombre de dioses en el cielo y en la tierra, para nosotros no hay más que un solo Dios.
R./ Al Señor nuestro Dios serviremos, y a su voz atenderemos.
 


SEGUNDA LECTURA

Nicetas de Remesiana, Exposición del Símbolo (8.10.11.14: PL 52, 870-874)

La Iglesia, comunión de los santos

Hermanos, reafirmad en vuestros corazones la fe en la Trinidad, creyendo en un solo Dios, Padre todopoderoso, y en su Hijo Jesucristo, Señor nuestro, y en el Espíritu Santo, luz verdadera y santificadora de las almas, prenda de nuestra heredad, el cual, si estuviéramos atentos a su voz, nos guiará hasta la verdad plena y a la comunión de los santos. Los Apóstoles recibieron del Señor esta regla de fe: que en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, bautizaran a todos los pueblos que aceptaren la fe. Mantened también en vosotros esta fe, conservad este depósito, carísimos, apartándoos de charlatanerías irreverentes y de las objeciones de esa mal llamada ciencia.

Después de la confesión de la santísima Trinidad, pasas ya a profesar tu fe en la santa Iglesia católica. ¿Y qué es la Iglesia sino la congregación de todos los santos? En efecto, desde el principio del mundo, tanto los patriarcas —Abrahán, Isaac, Jacob— como los profetas, los apóstoles, los mártires y los demás justos que existieron, existen y existirán, forman una Iglesia, pues, santificados con una misma fe y conducta vital, y sellados con el mismo Espíritu, constituyen un solo cuerpo: la cabeza de este cuerpo es Cristo, de acuerdo con los testimonios orales y escritos.

Todavía apunto más lejos. Incluso los ángeles y las mismas Virtudes y Potestades del cielo forman parte de esta Iglesia única, según nos enseña el Apóstol: que en Cristo fueron reconciliados todos los seres, no sólo los de la tierra, sino también los del cielo. Ten por cierto, pues, que sólo en esta única Iglesia podrás conseguir la comunión de los santos. Has de saber además que ésta es la Iglesia una y católica, establecida en todo el mundo, cuya comunión debes mantener a toda costa.

A continuación confiesas tu fe en el perdón de los pecados. Esta es la gracia que consiguen mediante el bautismo los que creen y confiesan que Cristo es Dios: el perdón de todos los pecados. Por eso se le llama también segundo nacimiento, ya que por su medio el hombre se hace más inocente y puro que cuando es engendrado en el seno materno.

Consiguientemente crees en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Porque si realmente no crees esto, en vano crees en Dios. Toda nuestra fe tiene una sola meta: nuestra propia resurrección. De lo contrario, si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. Si Cristo asumió nuestra carne humana fue precisamente para transmitir a nuestra naturaleza mortal la participación de la vida eterna. Son muchos los que violentan la fe en la resurrección, defendiendo únicamente la salvación del alma y negando la resurrección de la carne. En cambio, tú, que crees en Cristo, profesas la resurrección de la carne. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

De esta forma, carísimos, debéis ir meditando en vuestros corazones esta saludable confesión. Que vuestro ánimo esté siempre en el cielo, vuestra esperanza en la resurrección y vuestro deseo en la promesa. Exhibe con orgullo la cruz de Cristo y su pasión gloriosa; y siempre que el enemigo tratare de seducir tu alma mediante el temor, la avaricia o la ira, respóndele: Renuncié ya a ti, a tus obras y a tus ángeles, pues he creído en Dios vivo y en su Cristo y, sellado con su Espíritu, he aprendido a no temer ni siquiera la muerte.

De este modo, la diestra de Dios os protegerá, el Espíritu de Cristo tutelará vuestro santo ingreso ahora y por siempre; mientras, meditando en Cristo, os estimuléis unos a otros: hermanos, tanto si estamos despiertos como si dormimos, vivamos todos con el Señor. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO
 
R./ Vosotros sois linaje elegido, nación santa, pueblo que Dios ha adquirido * para anunciar las alabanzas de aquél que os llamó de las tinieblas a su admirable luz.
V./ Vosotros que en un tiempo no erais pueblo y que ahora sois el pueblo de Dios.
R./ Para anunciar las alabanzas de aquél que os llamó de las tinieblas a su admirable luz.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 2, 6-3, 4

Visión de conjunto del tiempo de los jueces

En aquellos días, Josué despidió al pueblo, y los israelitas marcharon cada cual a tomar posesión de su territorio. Mientras vivió Josué y los ancianos que le sobrevivieron y que habían visto las hazañas del Señor a favor de Israel, los israelitas sirvieron al Señor.

Pero murió Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, a la edad de ciento diez años, y lo enterraron en el término de su heredad, en Timná Seraj, en la serranía de Efraín, al norte del monte Gaás. Toda aquella generación fue también a reunirse con sus padres, y le siguió otra generación que no conocía al Señor ni lo que había hecho por Israel.

Los israelitas hicieron lo que el Señor reprueba, dieron culto a los ídolos; abandonaron al Señor, Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto, y se fueron tras los otros dioses, dioses de las naciones vecinas, y los adoraron, irritando al Señor. Abandonaron al Señor y dieron culto a Baal y a Astarté. El Señor se encolerizó contra Israel: los entregó a bandas de saqueadores, que los saqueaban, los vendió a los enemigos de alrededor, y los israelitas no podían resistirles. En todo lo que emprendían, la mano del Señor se les ponía en contra, exactamente como él les había dicho y jurado, llegando así a una situación desesperada.

Entonces el Señor hacía surgir jueces, que los libraban de las bandas de salteadores; pero ni a los jueces hacían caso, sino que se prostituían con otros dioses, dándoles culto, desviándose muy pronto de la senda por donde habían caminado sus padres, obedientes al Señor. No hacían como ellos. Cuando el Señor hacía surgir jueces, el Señor estaba con el juez; y, mientras vivía el juez, los salvaba de sus enemigos, porque le daba lástima oírlos gemir bajo la tiranía de sus opresores. Pero, en cuanto moría el juez, recaían y se portaban peor que sus padres, yendo tras otros dioses, rindiéndoles adoración; no se apartaban de sus maldades ni de su conducta obstinada. El Señor se encolerizó contra Israel y dijo:

«Ya que este pueblo ha violado mi pacto, el que yo estipulé con sus padres, y no han querido obedecerme, tampoco yo seguiré quitándoles de delante a ninguna de las naciones que Josué dejó al morir; tentaré con ellas a Israel, a ver si siguen o no el camino del Señor, a ver si caminan por él como sus padres».

Por eso, dejó el Señor aquellas naciones, sin expulsarlas en seguida, y no se las entregó a Josué.

Lista de las naciones que dejó el Señor para tentar a los israelitas que no habían conocido las guerras de Canaán, sólo para enseñar la estrategia militar a las nuevas generaciones de los israelitas sin experiencia de la guerra: los cinco principados filisteos, todos los cananeos, fenicios e hititas que habitan el Líbano, desde la cordillera de Baal Hermón hasta el Paso de Jamat. Estas naciones sirvieron para tentar a Israel, a ver si obedecía las órdenes del Señor, promulgadas a sus padres por medio de Moisés.

 

RESPONSORIO Sal 105, 40. 41. 44; Jc 2, 16
 
R./ La ira del Señor se encendió contra su pueblo y los entregó en manos de gentiles, pero * miró su angustia, y escuchó sus gritos.
V./ El Señor suscitó jueces que salvaron a los hijos de Israel de la mano de sus opresores.
R./ Miró su angustia, y escuchó sus gritos.

 

SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (1-3: CSEL 3, 267-268)

El que nos dio la vida nos enseñó también a orar

Los preceptos evangélicos, queridos hermanos, no son otra cosa que las enseñanzas divinas, fundamentos que edifican la esperanza, cimientos que corroboran la fe, alimentos del corazón, gobernalle del camino, garantía para la obtención de la salvación; ellos instruyen en la tierra las mentes dóciles de los creyentes, y los conducen a los reinos celestiales.

Muchas cosas quiso Dios que dijeran e hicieran oír los profetas, sus siervos; pero cuánto más importantes son las que habla su Hijo, las que atestigua con su propia voz la misma Palabra de Dios, que estuvo presente en los profetas, pues ya no pide que se prepare el camino al que viene, sino que es él mismo quien viene abriéndonos y mostrándonos el camino, de modo que quienes, ciegos y abandonados, errábamos antes en las tinieblas de la muerte, ahora nos viéramos iluminados por la luz de la gracia y alcanzáramos el camino de la vida, bajo la guía y dirección del Señor.

El cual, entre todos los demás saludables consejos y divinos preceptos con los que orientó a su pueblo para la salvación, le enseñó también la manera de orar, y, a su vez, él mismo nos instruyó y aconsejo sobre lo que teníamos que pedir. El que nos dio la vida nos enseñó también a orar, con la misma benignidad con la que da y otorga todo lo demás, para que fuésemos escuchados con más facilidad, al dirigirnos al Padre con la misma oración que el Hijo nos enseñó.

El Señor había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y verdad; y cumplió lo que antes había prometido, de tal manera que nosotros, que habíamos recibido el espíritu y la verdad como consecuencia de su santificación, adoráramos a Dios verdadera y espiritualmente, de acuerdo con sus normas.

¿Pues qué oración más espiritual puede haber que la que nos fue dada por Cristo, por quien nos fue también enviado el Espíritu Santo, y qué plegaria más verdadera ante el Padre que la que brotó de labios del Hijo, que es la verdad? De modo que orar de otra forma no es sólo ignorancia, sino culpa también, pues él mismo afirmó: Anuláis el mandamiento de los hijos por mantener vuestra tradición.

Oremos, pues, hermanos queridos, como Dios, nuestro maestro, nos enseñó. A Dios le resulta amiga y familiar la oración que se le dirige con sus mismas palabras, la misma oración de Cristo que llega a sus oídos.

Cuando hacemos oración, que el Padre reconozca las palabras de su propio Hijo; el mismo que habita dentro del corazón sea el que resuene en la voz, y, puesto que lo tenemos como abogado por nuestros pecados ante el Padre, al pedir por nuestros delitos, como pecadores que somos, empleemos las mismas palabras de nuestro defensor. Pues, si dice que hará lo que pidamos al Padre en su nombre, ¿cuánto más eficaz no será nuestra oración en el nombre de Cristo, si la hacemos, además, con sus propias palabras?

 

RESPONSORIO Jn 16, 24; 14, 13
 
R./ Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre: * Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado.
V./ Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.
R./ Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 


MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 4, 1-24

Débora y Barac

En aquellos días, después que murió Ehud, los israelitas volvieron a hacer lo que el Señor reprueba, y el Señor los vendió a Yabín, rey cananeo que reinaba en Jasor; el general de su ejército era Sísara, con residencia en Jaroset de los Pueblos. Los israelitas gritaron al Señor, porque Sísara tenía novecientos carros de hierro y llevaba ya veinte años tiranizándolos.

Débora, profetisa, casada con Lapidot, gobernaba por entonces a Israel. Tenía su tribunal bajo la Palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la serranía de Efraín, y los israelitas acudían a ella para que decidiera sus asuntos. Débora mandó llamar a Barac, hijo de Abinoán, de Cadés de Neftalí, y le dijo:

«Por orden del Señor, Dios de Israel, ve a alistar gente y reúne en el Tabor diez mil hombres de Neftalí y Zabulón; que a Sísara, general del ejército de Yabín, yo te lo llevaré junto al torrente Quisón, con sus carros y sus tropas, y te lo entregaré».

Barac replicó:

«Si vienes conmigo, voy; si no vienes conmigo, no voy». Débora contestó:

Bien. Iré contigo. Ahora, que no será tuya la gloria de esta campaña que vas a emprender, porque a Sisara lo pondrá el Señor en manos de una mujer».

Luego se puso en camino para reunirse con Barac, en Cadés. Barac movilizó en Cadés a Zabulón y Neftalí; diez mil hombres lo siguieron, y también Débora subió con él. Jéber, el quenita, se había separado de su tribu, de los descendientes de Jobab, suegro de Moisés, y había acampado junto a la encina de Sananín, cerca de Cadés. En cuanto avisaron a Sísara que Barac, hijo de Abinoán, había subido al Tabor, movilizó sus carros —novecientos carros de hierro— y toda su infantería, y avanzó desde Jaroset hasta el torrente Quisón. Débora dijo a Barac:

«¡Vamos! Que hoy mismo pone el Señor a Sísara en tus manos. ¡El Señor marcha delante de ti!»

Barac bajó del Tabor, y tras él sus diez mil hombres. Y el Señor desbarató a Sisara, a todos sus carros y todo su ejército, ante Barac; tanto, que Sísara tuvo que saltar de su carro de guerra y huir a pie. Barac fue persiguiendo al ejército y los carros hasta Jaroset de los Pueblos. Todo el ejército de Sísara cayó a filo de espada, no quedó ni uno.

Mientras tanto, Sísara había huido a pie hacia la tienda de Yael, esposa de Jéber, el quenita, porque había buenas relaciones entre Yabín, rey de Jasor, y la familia de Jéber, el quenita. Yael salió a su encuentro y lo invitó:

«Pasa, señor; pasa, no temas».

Sisara pasó a la tienda, y Yael lo tapó con una manta. Sisara le pidió:

«Por favor, dame un poco de agua, que me muero de sed».

Ella abrió el odre de la leche, le dio a beber y lo tapó. Sísara le dijo:

«Ponte a la entrada de la tienda, y si viene alguno y te pregunta si hay aquí alguien, le dices que nadie».

Pero Yael, esposa de Jéber, agarró un clavo de la tienda, cogió un martillo en la mano, se le acercó de puntillas y le hundió el clavo en la sien, atravesándolo hasta la tierra. Sisara, que dormía rendido, murió. Barac, por su parte, iba en persecución de Sisara. Yael le salió al encuentro y le dijo:

«Ven, te voy a enseñar al hombre que buscas».

Barac entró en la tienda: Sisara yacía cadáver, con el clavo en la sien.

Dios derrotó aquel día a Yabín, rey cananeo, ante los israelitas. Y éstos se fueron haciendo cada vez más fuertes frente a Yabín, rey cananeo, hasta que lograron aniquilarlo.

 

RESPONSORIO 1Co 1, 27. 29; cf. 2Co 12, 9; 1Co 1, 28
 
R./ Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor; * que en la debilidad se muestra perfecto el poder de Dios.
V./ Dios ha escogido lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta.
R./ Que en la debilidad se muestra perfecto el poder de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (4-6: CSEL 3, 268-270)

La oración ha de salir de un corazón humilde

Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque, así como es propio del falto de educación hablar a gritos, así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con un tono de voz moderado. El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda hacerla en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo aposento, lo cual concuerda con nuestra fe, cuando nos enseña que Dios está presente en todas partes, que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud de su majestad, penetra incluso los lugares más ocultos, tal como está escrito: ¿Soy yo Dios sólo de cerca, y no Dios de lejos? Porque uno se esconda en su escondrijo, ¿no lo voy a ver yo?¿No lleno yo el cielo y la tierra? Y también: En todo lugar los ojos de Dios están vigilando a malos y buenos.

Y cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación ni ponernos a ventilar continuamente sin ton ni son nuestras peticiones, deshaciéndonos en un torrente de palabras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha no las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que penetra nuestros pensamientos, como lo demuestran aquellas palabras suyas: ¿Por qué pensáis mal? Y en otro lugar: Así sabrán todas las Iglesias que yo soy el que escruta corazones y mentes.

De este modo oraba Ana, como leemos en el primer libro de Samuel, ya que ella no rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo escondido de su corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba no con la boca, sino con el corazón, porque sabía que así el Señor la escuchaba, y, de este modo, consiguió lo que pedía, porque lo pedía con fe. Esto nos recuerda la Escritura, cuando dice: Hablaba para sí, y no se oía su voz, aunque movía los labios, y el Señor la escuchó. Leemos también en los salmos: Reflexionad en el silencio de vuestro lecho. Lo mismo nos sugiere y enseña el Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: Hay que adorarte en lo interior, Señor.

El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el publicano en el templo. Este último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba los pecados ocultos en su interior, implorando el auxilio de la divina misericordia, mientras que el fariseo oraba satisfecho de sí mismo; y fue justificado el publicano, porque, al orar, no puso la esperanza de la salvación en la convicción de su propia inocencia, ya que nadie es inocente, sino que oró confesando humildemente sus pecados, y aquel que perdona a los humildes escuchó su oración.

 

RESPONSORIO
 
R./ Ésta es nuestra actitud delante de Dios y de sus ángeles * salmodiando, que nuestro espíritu armonice con la voz.
V./ No por muchas palabras, sino por la pureza del corazón y la compunción profunda sabemos que somos escuchados.
R./ Salmodiando, que nuestro espíritu armonice con la voz.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 6, 1-6.11-24a

Vocación de Gedeón

En aquellos días, los israelitas hicieron lo que el Señor reprueba, y el Señor los entregó a Madián por siete años. El régimen de Madián fue tiránico. Para librarse de él, los israelitas tuvieron que valerse de las cuevas de los montes, las cavernas y los refugios.

Cuando los israelitas sembraban, los madianitas, amalecitas y los orientales venían a hostigarlos; acampaban frente a ellos y destruían todos los sembrados, hasta la entrada de Gaza. No dejaban nada con vida en Israel, ni oveja, ni buey, ni asno; porque venían con sus rebaños y sus tiendas, numerosos como langostas, hombres y camellos sin número, e invadían la comarca asolándola. Con esto, Israel iba empobreciéndose por culpa de Madián.

El ángel del Señor vino y se sentó bajo la encina de Ofrá, propiedad de Joás de Abiezer, mientras su hijo Gedeón estaba trillando a látigo en el lagar, para esconderse de los madianitas. El ángel del Señor se le apareció y le dijo:

«El Señor está contigo valiente».

Gedeón respondió:

«Perdón, si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha venido encima todo esto? ¿Dónde han quedado aquellos prodigios que nos contaban nuestros padres: "De Egipto nos sacó el Señor"? La verdad es que ahora el Señor nos ha desamparado y nos ha entregado a los madianitas».

El Señor se volvió a él y le dijo:

«Vete, y con tus propias fuerzas salva a Israel de los madianitas. Yo te envío».

Gedeón replicó:

«Perdón, ¿cómo puedo yo librar a Israel? Precisamente mi familia es la menor de Manasés y yo soy el más pequeño en la casa de mi padre».

El Señor contestó:

«Yo estaré contigo y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre».

Gedeón insistió:

«Si he alcanzado tu favor, dame una señal de que eres tú quien habla conmigo. No te vayas de aquí hasta que yo vuelva con una ofrenda y te la presente».

El Señor dijo:

«Aquí me quedaré hasta que vuelvas».

Gedeón marchó a preparar un cabrito y unos panes ázimos con media fanega de harina; colocó luego la carne en la cesta y echó el caldo en el puchero; se lo llevó al Señor y se lo ofreció bajo la encina. El ángel del Señor le dijo:

«Coge la carne y los panes ázimos, colócalos sobre esta roca y derrama el caldo».

Así lo hizo. Entonces el ángel del Señor alargó la punta del cayado que llevaba, tocó la carne y los panes, y se levantó de la roca una llamarada que los consumió. Y el ángel del Señor desapareció. Cuando Gedeón vio que se trataba del ángel del Señor, exclamó:

«¡Ay, Dios mío, que he visto al ángel del Señor cara a cara!»

Pero el Señor le dijo:

«¡Paz, no temas, no morirás!»

Entonces Gedeón levantó allí un altar al Señor y le puso el nombre de «Señor de la Paz».

 

RESPONSORIO Is 45, 3-4; Jc 6, 14; cf. Is 45, 6
 
R./ Yo soy el Señor, que te llamo por tu nombre, por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel. * Ve con esa fuerza que tienes, y salvarás a Israel.
V./ Para que sepan todos que yo soy el Señor y no hay otro.
R./ Ve con esa fuerza que tienes, y salvarás a Israel.

 

SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (8-9: CSEL 3, 271-272)

Nuestra oración es pública y común

Ante todo, el doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en los cielos», ni: «El pan mío dámelo hoy», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.

El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura, que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces —dice— los tres, al unísono, cantaban himnos y bendecían a Dios. Oraban los tres al unísono, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.

Por eso, fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos —dice la Escritura— se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos. Se dedicaban a la oración en común, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.

¡Cuán importantes, cuántos y cuán grandes son, hermanos muy amados, los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vosotros —dice el Señor— rezad así: «Padre nuestro, que estás en los cielos».

El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa —dice el Evangelio— y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos.

 

RESPONSORIO Sal 21, 26; 56, 10
 
R./ Anunciaré tu nombre a mis hermanos, * en medio de la asamblea te alabaré.
V./ Te daré gracias ante los pueblos, Señor, cantaré ante las naciones.
R./ En medio de la asamblea te alabaré.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 6, 33-40; 7, 1-8.16-22

Gedeón vence con un mínimo ejército

En aquellos días, los madianitas, los amalecitas y los orientales se aliaron, cruzaron el río y acamparon en la llanura de Yezrael. El espíritu del Señor se apoderó de Gedeón, que tocó a rebato, y Abiezer corrió a unírsele. Envío mensajeros a Manasés, y se le unió; luego a Aser, Zabulón y Neftalí, y también ellos vinieron a unírsele. Gedeón dijo a Dios:

«Si realmente vas a salvar a Israel por mi medio, como aseguraste, mira, voy a extender en la era esta zalea: si cae el rocío sobre la lana mientras todo el suelo queda seco, me convenceré de que vas a salvar a Israel por mi medio, como aseguraste».

Así sucedió. Al día siguiente, Gedeón madrugó, retorció la lana, exprimiéndole el rocío, y llenó una cazuela de agua. Entonces Gedeón dijo a Dios:

«No te enfades conmigo si te hago otra propuesta; haré sólo otra vez la prueba con la zalea: que sólo ella quede seca, y en cambio caiga rocío sobre el suelo».

Así lo hizo Dios aquella noche: sólo la zalea quedó seca, mientras que cayó rocío en todo el suelo.

Yerubaal, es decir, Gedeón, madrugó con su gente y acampó junto a Fuentemblor. El campamento de Madián les quedaba al norte, junto a la colina de Moré, en el valle. El Señor dijo a Gedeón:

«Llevas demasiada gente, para que yo os entregue Madián. No sea que luego Israel se me gloríe, diciendo: "Mi mano me ha dado la victoria". Vas a echar este pregón ante la tropa: "El que tenga miedo o tiemble, que se vuelva"».

Se volvieron a casa veintidós mil hombres, y se quedaron diez mil. El Señor dijo a Gedeón:

«Todavía es demasiada gente. Hazlos bajar a la fuente, allí te los seleccionaré. El que yo te diga que puede ir contigo irá contigo; pero el que yo te diga que no puede ir contigo, ése, que no vaya».

Gedeón mandó bajar a la tropa hacia la fuente, y el Señor le dijo:

«Los que beban el agua lengüeteando, como los perros, ponlos a un lado; los que se arrodillen para beber, ponlos al otro lado».

Los que bebieron lengüeteando, llevándose el agua a la boca con la mano, fueron trescientos; los demás se arrodillaron para beber. El Señor dijo entonces a Gedeón.

«Con esos trescientos que han bebido lengüeteando os voy a salvar, entregando a Madián en vuestro poder. Todos los demás que se vuelvan a casa».

Cogieron, pues, sus provisiones y sus trompetas, y Gedeón despidió a los israelitas, cada uno a su casa, reteniendo consigo a los trescientos. El campamento de Madián les quedaba abajo, en el valle.

Dividió a los trescientos hombres en tres cuerpos y entregó a cada soldado una trompeta, un cántaro vacío y una antorcha en el cántaro. Luego les dio estas instrucciones:

«Fijaos en mí y haced lo mismo que yo. Cuando llegue a las avanzadas del campamento, vosotros haced lo que yo haga. Yo tocaré la trompeta, y conmigo los de mi grupo; entonces también vosotros tocaréis en torno al campamento y gritaréis: "¡El Señor y Gedeón!"»

Gedeón llegó con los cien hombres de su grupo a las avanzadas del campamento, justamente cuando empezaba el relevo de media noche; en cuanto se hizo el cambio de guardia, Gedeón tocó la trompeta y rompió el cántaro que llevaba con la mano. Entonces los tres grupos tocaron las trompetas y rompieron los cántaros; luego, empuñando en la mano izquierda las antorchas, y la trompeta con la derecha, para poder tocar, gritaron:

«¡El Señor y Gedeón!»

Y se quedaron todos en su sitio alrededor del campamento. Todo el campamento se alborotó, y empezaron a gritar y a huir, mientras seguían sonando las trompetas.

El Señor hizo que se acuchillasen unos a otros en el campamento.

 

RESPONSORIO 2Mac 8, 18; 1Jn 5, 4
 
R./ Ellos confían en sus armas y en su audacia; * nosotros confiamos en el Dios todopoderoso.
V./ Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.
R./ Nosotros confiamos en el Dios todopoderoso.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (11-12: CSEL 3, 274-275)

Santificado sea tu nombre

Cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos ponemos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.

Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: Yo honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian. Asimismo, el Apóstol dice en una de sus cartas: No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

A continuación, añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.

El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna concedernos, cuando dice: Los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. Afirma que hemos sido consagrados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. Lo que pedimos, pues, es que permanezca en nosotros esta consagración o santificación y —acordándonos de que nuestro juez y Señor conminó a aquel hombre qué él había curado y vivificado a que no volviera a pecar más, no fuera que le sucediese algo peor— no dejamos de pedir a Dios, de día y de noche, que la santificación y vivificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con ayuda de esta misma gracia.

 

RESPONSORIO Ez 36, 23.25.26.27; Lev 11, 45
 
R./ Yo santificaré mi gran nombre. Os rociaré con agua pura; os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo; * haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas.
V./ Sed santos, porque yo soy santo.
R./ Haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 8, 22-23.30-32; 9, 1-15.19-20

El pueblo de Dios intenta instaurar la monarquía

En aquellos días, los israelitas dijeron a Gedeón:

«Tú serás nuestro jefe, y después tu hijo y tu nieto, porque nos has salvado de los madianitas».

Gedeón les respondió:

«Ni yo ni mi hijo seremos vuestro jefe. Vuestro jefe será el Señor».

Una concubina que tenía en Siquén también le dio un hijo, al que puso por nombre Abimelec. Gedeón, hijo de Joás, murió en buena vejez, y lo enterraron en la sepultura de su padre, Joás, en Ofrá, de Abiezer.

Abimelec, hijo de Yerubaal, fue a Siquén, a casa de sus tíos maternos, y les propuso, a ellos y a todos los parientes de su abuelo materno, lo siguiente:

«Decid a los siquemitas: "¿Qué os conviene más, que os gobiernen setenta, es decir, todos los hijos de Yerubaal, o que os gobierne uno solo?" Y no olvidéis que yo soy de vuestra sangre».

Sus tíos maternos lo comunicaron a los siquemitas, y éstos se pusieron de parte de Abimelec, pensando: «¡Es pariente nuestro!»

Le dieron setecientos gramos de plata del templo de Baal del Pacto, y con ese dinero Abimelec asalarió a unos cuantos desocupados y aventureros que se pusieron a sus órdenes. Luego fue a casa de su padre, a Ofrá, y asesinó a sus hermanos, los hijos de Yerubaal, a setenta hombres en la misma piedra. Sólo quedó Yotán, el hijo menor de Yerubaal, que se había escondido.

Los de Siquén y todos los de El Terraplén se reunieron para proclamar rey a Abimelec, junto a la encina de Siquén. En cuanto se enteró Yotán, fue y, en pie sobre la cumbre del monte Garizín, les gritó a voz en cuello:

«¡Oídme, vecinos de Siquén, así Dios os escuche! Una vez fueron los árboles a elegirse rey, y dijeron al olivo:

"Sé nuestro rey".

Pero dijo el olivo:

"¿Y voy a dejar mi aceite, con el que engordan dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?" Entonces dijeron a la higuera:

"Ven a ser nuestro rey".

Pero dijo la higuera:

"¿Y voy a dejar mi dulce fruto sabroso, para ir a mecerme sobre los árboles?"

Entonces dijeron a la vid:

"Ven a ser nuestro rey".

Pero dijo la vid:

"¿Y voy a dejar mi mosto, que alegra a dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?"

Entonces dijeron a la zarza:

"Ven a ser nuestro rey".

Y les dijo la zarza:

"Si de veras queréis ungirme rey vuestro, venid a cobijaron bajo mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano".

Si os habéis portado hoy sincera y lealmente con Yerubaal y su familia, celebradlo con Abimelec y que él lo celebre con vosotros; pero, si no es así, ¡salga de Abimelec fuego que devore a los de Siquén y a los de Terraplén; salga fuego de los de Siquén y de los de Terraplén que devore a Abimelec!»

 

RESPONSORIO Jc 8, 23; Ap 5, 13
 
R./ No seré yo quien reine sobre vosotros, ni mi hijo: * el Señor será vuestro rey.
V./ Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.
R./ El Señor será vuestro rey.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (13-14: CSEL 3, 275-277)

Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad

Prosigue la oración que comentamos: Venga a nosotros tu reino. Pedimos que se haga presente en nosotros el reino de Dios, del mismo modo que suplicamos que su nombre sea santificado en nosotros. Porque no hay un solo momento en que Dios deje de reinar, ni puede empezar lo que siempre ha sido y nunca dejará de ser. Pedimos a Dios que venga a nosotros nuestro reino que tenemos prometido, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

También podemos entender, hermanos muy amados, este reino de Dios, cuya venida deseamos cada día, en el sentido de la misma persona de Cristo, cuyo próximo advenimiento es también objeto de nuestros deseos. El es la resurrección, ya que en él resucitaremos, y por eso podemos identificar el reino de Dios con su persona, ya que en él hemos de reinar. Con razón, pues, pedimos el reino de Dios, esto es, el reino celestial, porque existe también un reino terrestre. Pero el que ya ha renunciado al mundo está por encima de los honores del reino de este mundo.

Pedimos a continuación: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesitamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda, ya que nadie puede confiar en sus propias fuerzas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y misericordia divinas. Además, el Señor, dando pruebas de la debilidad humana, que él había asumido, dice: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí este cáliz, y, para dar ejemplo a sus discípulos de que hay que anteponer la voluntad de Dios a la propia, añade: Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres. Y en otro lugar dice: He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y si el Hijo ha obedecido y ha hecho la voluntad del Padre, ¡cuánto más el siervo debe obedecer y hacer la voluntad del Señor!

 

RESPONSORIO Ap 22, 12; Jer 17, 10
 
R./ Mira, vengo pronto * y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según sus obras.
V./ Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino las entrañas.
R./ Y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según sus obras.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO

PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 11, 1-9.29-40

Voto y victoria de Jefté

Jefté, el galaadita, era todo un guerrero, hijo de Galaad y de una prostituta. Galaad tuvo otros hijos de su esposa legítima, y cuando llegaron a la mayoría de edad, echaron de casa a Jefté, diciéndole:

—Tú no puedes heredar en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de una mujer extraña.

Jefté marchó lejos de sus hermanos y se estableció en el país de Tob. Se le juntaron unos cuantos desocupados que hacían incursiones bajo su mando.

Algún tiempo después, los amonitas declararon la guerra a Israel. Los concejales de Galaad fueron al país de Tob a buscar a Jefté, suplicándole:

—Ven a ser nuestro caudillo en la guerra contra los amonitas.

Pero Jefté les respondió:

—Vosotros, que por odio me echasteis de casa, ¿por qué venís a mí ahora que os veis en aprieto?

Los concejales de Galaad le contestaron:

—Así es. Ahora nos dirigimos a ti para que vengas con nosotros a luchar contra los amonitas. Serás nuestro jefe, de todos los que estamos en Galaad.

Jefté les dijo:

—¿De modo que me llamáis para luchar contra los amonitas? Pues si el Señor me los entrega, seré vuestro jefe.

El espíritu del Señor vino sobre Jefté. Jefté atravesó Galaad y Manasés, pasó a Atalaya de Galaad, de allí marchó contra los amonitas e hizo un voto al Señor:

—Si entregas a los amonitas en mi poder, el primero que salga a recibirme a la puerta de mi casa, cuando vuelva victorioso de la campaña contra los amonitas, será para el Señor, y lo ofreceré en holocausto.

Luego marchó a la guerra contra los amonitas. El Señor se los entregó: los derrotó desde Aroer hasta la entrada de Minit (veinte pueblos) y hasta Pradoviñas. Fue una gran derrota, y los amonitas quedaron sujetos a Israel.

Jefté volvió a su casa de Atalaya. Y fue precisamente su hija quien salió a recibirlo, con panderos y danzas; su hija única, pues Jefté no tenía más hijos o hijas. En cuanto la vio, se rasgó la túnica gritando:

—¡Ay, hija mía, qué desdichado soy! Tú eres mi desdicha, porque hice una promesa al Señor y no puedo volverme atrás.

Ella le dijo:

—Padre, si hiciste una promesa al Señor, cumple lo que prometiste, ya que el Señor te ha permitido vengarte de tus enemigos.

Y le pidió a su padre:

—Dame este permiso: déjame andar dos meses por los montes, llorando con mis amigas, porque quedaré virgen. Su padre le dijo:

—Vete.

Y la dejó marchar dos meses, y anduvo con sus amigas por los montes, llorando porque iba a quedar virgen.

Acabado el plazo de los dos meses, volvió a casa, y su padre cumplió con ella el voto que había hecho. La muchacha era virgen.

Así empezó en Israel la costumbre de que todos los años vayan las chicas israelitas a cantar elegías durante cuatro días a la hija de Jefté, el galaadita.

 

RESPONSORIO Qo 5, 1.3; Sir 37, 15
 
R./ No tengas prisa en hablar ni tomes decisiones precipitadas. Dios está en el cielo y tú en la tierra: sean contadas tus palabras. * Si haces una promesa a Dios, no tardes en cumplirla, pues Dios no se complace en las promesas necias.
V./ Sobre todo, suplica al Altísimo, para que dirija tus pasos en la verdad.
R./ Si haces una promesa a Dios, no tardes en cumplirla, pues Dios no se complace en las promesas necias.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (15-16: CSEL 3, 277-279)

No anteponer nada a Cristo

La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres, el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a la cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos; en los tormentos, la confianza con que luchamos, y en la muerte, la paciencia que nos obtiene la corona.

Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre.

Pedimos que se haga la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra: ambas cosas pertenecen a la consumación de nuestra incolumidad y salvación. Pues al tener un cuerpo terreno y un espíritu celeste, somos al mismo tiempo cielo y tierra, y, en ambos, esto es, en el cuerpo y en el espíritu, pedimos que se haga la voluntad de Dios. Pues existe guerra declarada entre la carne y el espíritu y un antagonismo diario entre los dos contendientes, de suerte que no hacemos lo que queremos: porque mientras el espíritu desea lo celestial y divino, la carne se siente arrastrada por lo terreno y temporal. Por eso pedimos que, con la ayuda y el auxilio divino, reine la concordia entre los dos sectores en conflicto, de modo que al hacerse la voluntad de Dios tanto en el espíritu como en la carne, pueda salvarse el alma renacida por él en el bautismo.

Es lo que abierta y manifiestamente declara el apóstol Pablo, diciendo: La carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismos, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Los que así obran no heredarán el reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad amabilidad, dominio de sí.

Por lo cual, con oración cotidiana y hasta continua, hemos de pedir que en el cielo y en la tierra se cumpla la voluntad de Dios sobre nosotros. Porque ésta es la voluntad de Dios: que lo terreno ceda el paso a lo celestial y que prevalezca lo espiritual y lo divino.

 

RESPONSORIO Mt 7, 21; Mc 3, 35
 
R./ Quien hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, * entrará en el reino de los cielos.
V./ Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.
R./ Entrará en el reino de los cielos.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 13, 1-25

Anuncio del nacimiento de Sansón

En aquellos días, los israelitas volvieron a hacer lo que el Señor reprueba, y el Señor los entregó a los filisteos por cuarenta años.

Había en Sorá un hombre de la tribu de Dan, llamado Manoj. Su mujer era estéril y no había tenido hijos. El ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo:

«Eres estéril y no has tenido hijos. Pero concebirás y darás a luz un hijo; ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro, porque concebirás y darás a luz un hijo. No pasará la navaja por su cabeza, porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer. El empezará a salvar a Israel de los filisteos».

La mujer fue a decirle a su marido:

«Me ha visitado un hombre de Dios que, por su aspecto terrible, parecía un mensajero divino; pero no le pregunté de dónde era, ni él me dijo su nombre. Sólo me dijo: "Concebirás y darás a luz un hijo; ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro, porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer hasta el día de su muerte"».

Manoj oró así al Señor:

«Perdón, Señor; que vuelva ese hombre de Dios que enviaste y nos indique lo que hemos de hacer con el niño una vez nacido».

Dios escuchó la oración de Manoj, y el ángel de Dios volvió a aparecerse a la mujer mientras estaba en el campo, y su marido no estaba con ella. La mujer corrió en seguida a avisar a su marido:

«Se me ha aparecido aquel hombre que me visitó el otro día».

Manoj siguió a su mujer, fue hacia el hombre y le preguntó:

«¿Eres tú el que habló con esta mujer?»

El respondió:

«Sí».

Manoj insistió:

«Y una vez que se realice tu promesa, ¿qué vida debe llevar el niño y qué tiene que hacer?»

El ángel del Señor respondió:

«Que se abstenga de todo lo que le prohibí a tu mujer: que no tome mosto, que no beba vino ni licores, ni coma cosa impura; que lleve la vida que dispuse».

Manoj dijo al ángel del Señor:

«No te marches, y te preparamos un cabrito».

Pero el ángel del Señor le dijo:

«Aunque me hagas quedar, no probaré tu comida. Si quieres ofrecer un sacrificio al Señor, hazlo».

Manoj no había caído en la cuenta de que era el ángel del Señor. Manoj le preguntó:

«¿Cómo te llamas, para que cuando se cumpla tu promesa te hagamos un obsequio?»

El ángel del Señor contestó:

«¿Por qué me preguntas mi nombre? Es Misterioso».

Manoj tomó el cabrito y la ofrenda, y ofreció sobre la peña un sacrificio al Señor Misterioso. Al subir la llama del altar hacia el cielo, el ángel del Señor subió también en la llama, ante Manoj y su mujer, que cayeron rostro a tierra. El ángel del Señor ya no se les apareció más. Mano) cayó en la cuenta de que aquél era el ángel del Señor, y comentó con su mujer:

«¡Vamos a morir, porque hemos visto a Dios!» Pero su mujer repuso:

«Si el Señor hubiera querido matarnos no habría aceptado nuestro sacrificio y nuestra ofrenda, no nos habría mostrado todo esto ni nos habría comunicado una cosa así».

La mujer de Manoj dio a luz un hijo y le puso de nombre Sansón. El niño creció y el Señor lo bendijo. Y el espíritu del Señor comenzó a agitarlo en Castrodán, entre Sorá y Estaol.

 

RESPONSORIO                    Lc 1, 13. 15; Jc 13, 3. 5
 
R./ El ángel dijo a Zacarías: «Tu mujer te dará a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Juan; no beberá vino ni licor, y estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, * porque el niño será nazir de Dios.»
V./ El ángel del Señor se apareció a la esposa de Manóaj y le dijo: «Vas a concebir y a dar a luz un hijo; no pasará la navaja por su cabeza.»
R./ Porque el niño será nazir de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (17-18: CSEL 3, 279-281)

Pedimos de modo que nuestra oración recabe
la salvación de todos

Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Esta petición, hermanos muy amados, puede también entenderse de esta manera: puesto que el Señor nos manda y amonesta amar incluso a los enemigos y rezar hasta por los que nos persiguen, pidamos asimismo por los que todavía son tierra y aún no han comenzado a ser celestiales, a fin de que también sobre ellos se cumpla la voluntad de Dios, voluntad que Cristo cumplió a la perfección, salvando y rescatando al hombre.

Porque si los discípulos ya no son llamados por él tierra, sino sal de la tierra, y el Apóstol dice que el primer hombre salió del polvo de la tierra y que el segundo procede del cielo, con razón nosotros, que estamos llamados a ser semejantes a nuestro Padre-Dios, que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos, siguiendo los consejos de Cristo, oramos y pedimos de manera que nuestra oración recabe la salvación de todos, para que así como en el cielo, esto es, en nosotros, por medio de nuestra fe, se ha cumplido la voluntad de Dios de que seamos seres celestiales, así también en la tierra, es decir, en los que se niegan a creer, se haga la voluntad de Dios, para que quienes son todavía terrenos en fuerza de su primer nacimiento, empiecen a ser celestiales por el nacimiento del agua y del Espíritu.

Continuamos la oración y decimos: El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Esto puede entenderse en sentido espiritual o literal, pues de ambas maneras aprovecha a nuestra salvación. En efecto, el pan de vida es Cristo, y este pan no es sólo de todos en general, sino también nuestro en particular. Porque, del mismo modo que decimos: Padre nuestro, en cuanto que es Padre de los que lo conocen y creen en él, de la misma manera decimos: El pan nuestro, ya que Cristo es el pan de los que entramos en contacto con su cuerpo.

Pedimos que se nos dé cada día este pan, a fin de que los que vivimos en Cristo y recibimos cada día su eucaristía como alimento saludable, no nos veamos privados, por alguna falta grave, de la comunión del pan celestial y quedemos separados del cuerpo de Cristo, ya que él mismo nos enseña: Yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Por lo tanto, si él afirma que los que coman de este pan vivirán para siempre, es evidente que los que entran en contacto con su cuerpo y participan rectamente de la eucaristía poseen la vida; por el contrario, es de temer, y hay que rogar que no suceda así, que aquellos que se privan de la unión con el cuerpo de Cristo queden también privados de la salvación, pues el mismo Señor nos conmina con estas palabras: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros, Por eso pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que todos los que vivimos y permanecemos en Cristo no nos apartemos de su cuerpo que nos santifica.
 

RESPONSORIO                    Sal 36, 4.3
 
R. Sea el Señor tu delicia, * y él te dará lo que pide tu corazón.
V./ Confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y sé leal.
R. Y él te dará lo que pide tu corazón.

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces

Perfidia de Dalila y muerte de Sansón

En aquellos días se enamoró Sansón de una mujer de, Vallesorec, llamada Dalila. Los príncipes filisteos fueron a visitarla y le dijeron:

«Sedúcelo y averigua en qué está su gran fuerza y cómo nos apoderaríamos de él para sujetarlo y domarlo. Te daremos cada uno mil cien siclos de plata».

Dalila le dijo a Sansón:

«Anda, dime el secreto de tu gran fuerza, y cómo se te podría sujetar y domar».

Y como lo importunaba con sus quejas día tras día hasta marearlo, Sansón, ya desesperado, le dijo su secreto:

«Nunca ha pasado la navaja por mi cabeza, porque estoy consagrado a Dios desde antes de nacer. Si me corto el pelo, perderé la fuerza, me quedaré débil y seré como uno cualquiera».

Dalila se dio cuenta de que le había dicho su secreto, y mandó llamar a los príncipes filisteos:

«Venid ahora, que me ha dicho su secreto».

Los príncipes fueron allá, con el dinero. Dalila dejó que Sansón se durmiera en sus rodillas, y entonces llamó a un hombre, que cortó las siete guedejas de la cabeza de Sansón, y Sansón empezó a debilitarse, su fuerza desapareció. Dalila gritó:

«¡Sansón, los filisteos!»

El despertó y se dijo:

«Saldré como otras veces y me los sacudiré de encima», sin saber que el Señor lo había abandonado.

Los filisteos lo agarraron, le vaciaron los ojos y lo bajaron a Gaza; lo ataron con cadenas y lo tenían moliendo grano en la cárcel. Pero el pelo de la cabeza le empezó a crecer después de cortado.

Los príncipes filisteos se reunieron para tener un gran banquete en honor de su dios Dagón y hacer fiesta. Cantaban:

«Nuestro dios nos ha entregado a Sansón, nuestro enemigo».

Cuando ya estaban alegres, dijeron:

«Sacad a Sansón, que nos divierta».

Sacaron a Sansón de la cárcel, y bailaba en su presencia. Luego lo plantaron entre las columnas. La gente, al verlo, alabó a su dios:

«Nuestro dios nos ha entregado a Sansón, nuestro enemigo, que asolaba nuestros campos y aumentaba nuestros muertos».

Sansón rogó al lazarillo:

«Déjame tocar las columnas que sostienen el edificio, para apoyarme en ellas».

La sala estaba repleta de hombres y mujeres; estaban allí todos los príncipes filisteos, y en la galería había unos tres mil trescientos hombres y mujeres, viendo bailar a Sansón. El gritó al Señor:

«¡Señor, acuérdate de mí! Dame la fuerza, al menos esta vez, para poder vengar en los filisteos, de un sólo golpe, la pérdida de los ojos».

Palpó las dos columnas centrales, apoyó las manos contra ellas, la derecha sobre una y la izquierda sobre la otra, y al grito de «¡A morir con los filisteos!», abrió los brazos con fuerza, y el edificio se derrumbó sobre los príncipes y sobre la gente que estaba allí. Los que mató Sansón al morir fueron más que los que mató en vida.

Luego bajaron sus parientes y toda su familia, recogieron el cadáver y lo llevaron a enterrar entre Sorá y Estaol, en la sepultura de su padre Manoj. Sansón había gobernado a Israel veinte años.

 

RESPONSORIO                    Sal 42, 1; 30, 4; Jue 16, 28
 
R./ Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin piedad * Tú eres mi roca y mi fortaleza.
V./ Señor, dígnate acordarte de mí, hazme fuerte.
R./ Tú eres mi roca y mi fortaleza.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (19-20: CSEL 3, 281-282)

No os agobiéis por el mañana

El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Puede también interpretarse de esta manera: nosotros que hemos renunciado al mundo y que, fiados en la gracia espiritual, hemos despreciado sus riquezas y pompas, debemos solamente pedir para nosotros el alimento y el sustento. Nos lo advierte el Señor con estas palabras: El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío. Y el que ha comenzado a ser discípulo de Cristo renunciando a todo, secundando la voz de su maestro, debe pedir el pan de cada día, sin extender al mañana los deseos de su petición, de acuerdo con la prescripción del Señor, que nuevamente nos dice: No os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos. Con razón, pues, el discípulo de Cristo pide para sí el cotidiano sustento, él a quien le está prohibido agobiarse por el mañana, pues sería pecar de contradicción e incongruencia solicitar una larga permanencia en este mundo, nosotros que pedimos la acelerada venida del reino de Dios.

El Señor nos enseña que las riquezas no sólo son despreciables, sino incluso peligrosas, que en ellas está la raíz de los vicios que seducen y despistan la ceguera de la mente humana con solapada decepción. Por eso reprende Dios a aquel rico necio que sólo pensaba en las riquezas de este mundo y se jactaba de su gran cosecha, diciendo: Esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? Se regodeaba el necio en su opulencia, él que moriría aquella noche; y él, a quien la vida se le estaba escapando, pensaba en la abundante cosecha.

En cambio, el Señor declara que es perfecto y consumado el que, vendiendo todo lo que tiene, lo distribuye entre los pobres, y abre una cuenta corriente en el cielo. Dice que es digno de seguirle y de imitar la gloria de la pasión del Señor, quien, expedito y ceñido, no se deja enredar en los lazos del patrimonio familiar, sino que, desembarazado y libre, sigue él mismo tras los tesoros que previamente había enviado al Señor.

Para que todos y cada uno de nosotros podamos disponernos a un tal desprendimiento, nos enseña a orar de este modo y a conocer, por el tenor de la oración, las cualidades que la oración debe revestir.

 

RESPONSORIO                    Mt 6, 31.32-33
 
R./ No os afanéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? * Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todo eso.
V./ Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
R./ Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todo eso.
 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

Comienza el primer libro de Samuel 1, 1-19

Esterilidad y oración de Ana

Había un hombre sufita, oriundo de Ramá, en la serranía de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efraimita. Tenía dos mujeres: una se llamaba Ana y la otra Feniná. Feniná tenía hijos y Ana no los tenía. Aquel hombre solía subir todos los años desde su pueblo para adorar y ofrecer sacrificios al Señor de los ejércitos en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí: Jofní y Fineés.

Llegado el día de ofrecer el sacrificio, repartía raciones a su mujer Feniná para sus hijos e hijas, mientras que a Ana le daba sólo una ración, y eso que la quería, pero el Señor la había hecho estéril. Su rival la insultaba ensañándose con ella para mortificarla, porque el Señor la había hecho estéril. Así hacía año tras año; siempre que subían al templo del Señor, solía insultarla así. Una vez Ana lloraba y no comía. Y Elcaná, su marido, le dijo:

—Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué te afliges? ¿No te valgo yo más que diez hijos?

Entonces, después de la comida en Siló, mientras el sacerdote Elí estaba sentado en su silla, junto a la puerta del templo del Señor, Ana se levantó y, desconsolada, rezó al Señor, deshaciéndose en lágrimas, e hizo este voto:

—Señor de los ejércitos, si te dignas mirar la aflicción de tu esclava, si te acuerdas de mí y no me olvidas, si concedes a tu esclava un hijo varón, se lo ofreceré al Señor para toda la vida y la navaja no pasará por su cabeza.

Mientras repetía su oración al Señor, Elí la observaba. Ana hablaba para sus adentros: movía los labios, sin que se oyera su voz. Elí, creyendo que estaba borracha, le dijo:

—¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Devuelve el vino que has bebido.

Ana respondió:

—No es eso, señor; no he bebido vino ni licores; lo que pasa es que estoy afligida y me desahogo con el Señor. No me tengas por una mujer perdida, que hasta ahora he hablado movida por mi desazón y pesadumbre.

Entonces dijo Elí:

—Vete en paz. Que el Señor de Israel te conceda lo que le has pedido.

Y ella respondió:

—Que tu sierva halle gracia ante ti.

La mujer se marchó, comió y se transformó su semblante. A la mañana siguiente madrugaron, adoraron al Señor y se volvieron. Llegados a Ramá, Elcaná se unió a su mujer Ana, y el Señor se acordó de ella.

 

RESPONSORIO                    1 Sam 1, 11; Sal 112, 9
 
R./ Señor de los ejércitos, si te fijas en la humillación de tu sierva y te acuerdas de mí, y le das a tu sierva un hijo varón, * se lo entrego al Señor de por vida.
V./ El Señor da a la estéril un puesto en la casa, como madre feliz de hijos.
R./ Se lo entrego al Señor de por vida.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (22-23: CSEL 3, 283-285)

Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados

Después de esto, pedimos también por nuestros pecados, diciendo: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados, para que quien es alimentado por Dios viva en Dios, y no se preocupe únicamente de la vida presente y temporal, sino también de la eterna, a la que sólo puede llegarse si se perdonan los pecados, a los que el Señor llama deudas, como él mismo dice en su evangelio: Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste.

Esta petición nos es muy conveniente y provechosa, porque ella nos recuerda que somos pecadores, ya que, al exhortarnos el Señor a pedir perdón de los pecados, despierta con ellos nuestra conciencia. Al mandarnos que pidamos cada día el perdón de nuestros pecados, nos enseña que cada día pecamos, y así nadie puede vanagloriarse de su inocencia ni sucumbir al orgullo.

Es lo mismo que nos advierte Juan en su carta, cuando dice: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados. Dos cosas nos enseña en esta carta: que hemos de pedir el perdón de nuestros pecados, y que esta oración nos alcanza el perdón. Por esto, dice que el Señor es fiel, porque él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que, al enseñarnos a pedir que sean perdonadas nuestras ofensas y pecados, nos ha prometido su misericordia paternal y, en consecuencia, su perdón.

El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es, a la vez, un mandato y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello, dice también en otro lugar: La medida que uséis, la usarán con vosotros. Y aquel siervo del evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo.

Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía, cuando nos manda severamente: Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra todos, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Pero, si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros pecados. Ninguna excusa tendrás en el día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado conforme a lo que tú hayas hecho.

Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su casa, y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios, y los que tenemos un solo espíritu tengamos también un solo pensar y un mismo sentir. Por esto, Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

 

RESPONSORIO                    Sal 30, 2.4; 24, 18
 
R./ En ti, Señor, me he refugiado, no quede yo confundido para siempre. Tú eres mi roca y mi fortaleza: * me guías y diriges por tu nombre.
V./ Mira mis penas y mis trabajos, perdona todos mis pecados
R./ Me guías y diriges por tu nombre.

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 1, 20-28; 2, 11-21

Nacimiento y consagración de Samuel

Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso por nombre Samuel, diciendo:

—¡Al Señor se lo pedí!

Pasado un año, su marido, Elcaná, subió con toda la familia para hacer el sacrificio anual al Señor y cumplir la promesa. Ana se excusó para no subir, diciendo a su marido:

—Cuando destete al niño, entonces lo llevaré para presentárselo al Señor y que se quede allí para siempre. Su marido Elcaná, le respondió:

—Haz lo que te parezca mejor; quédate hasta que lo destetes. Y que el Señor te conceda cumplir tu promesa.

Ana se quedó en casa y crió a su hijo hasta que lo destetó. Entonces subió con él a la casa del Señor en Siló, y llevó también un toro de tres años, una fanega de harina y un pellejo de vino. El muchacho era pequeño. Mataron el toro y presentaron el niño a Elí. Ana dijo:

—Señor mío, por tu vida, yo soy la mujer que estuvo aquí en pie junto a ti, suplicando al Señor. Por este niño suplicaba y el Señor me ha concedido lo que pedía; por eso yo también se lo cedo al Señor y quedará cedido al Señor mientras viva.

Y adoraron allí al Señor.

Ana volvió a su casa de Ramá, y el niño estaba al servicio del Señor, a las órdenes del sacerdote Elí. En cambio, los hijos de Elí eran unos desalmados: no respetaban al Señor ni las obligaciones de los sacerdotes con la gente. Cuando una persona ofrecía un sacrificio, mientras se guisaba la carne, venía el ayudante del sacerdote empuñando un tenedor, lo clavaba dentro de la olla, o caldero, o puchero, o barreño, y todo lo que enganchaba el tenedor se lo llevaba al sacerdote. Así hacían con todos los israelitas que acudían a Siló. Incluso antes de quemar la grasa, iba el ayudante del sacerdote y decía al que iba a ofrecer el sacrificio:

—Dame la carne para el asado del sacerdote. Tiene que ser cruda, no te aceptaré carne cocida.

Y si el otro respondía:

—Primero hay que quemar la grasa, luego puedes llevarte lo que se te antoje, le replicaba:

—No. O me lo das ahora o me la llevo por las malas.

Aquel pecado de los ayudantes era grave a juicio del Señor, porque desacreditaban las ofrendas al Señor.

Por su parte, Samuel seguía al servicio del Señor y llevaba puesto un roquete de lino. Su madre solía hacerle una sotana, y cada año se la llevaba cuando subía con su marido a ofrecer el sacrificio anual. Y Elí echaba la bendición a Elcaná y a su mujer:

—El Señor te dé un descendiente de esta mujer, en compensación por el préstamo que ella hizo al Señor. Luego se volvían a casa.

El Señor se cuidó de Ana, que concibió y dio a luz tres niños y dos niñas. El niño Samuel crecía en el templo del Señor.

 

RESPONSORIO                    1 Sam 2, 1.2; Lc 1, 46
 
R./ Mi corazón se regocija por el Señor, porque gozo con tu salvación. * No hay santo como el Señor, no hay roca como nuestro Dios.
V./ Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.
R./ No hay santo como el Señor, no hay roca como nuestro Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (24-25: CSEL 3, 285-286)

Que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios

Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Caín y Abel, lo que miraba Dios no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y por eso le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que, cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia. En efecto, el justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde él mismo en sacrificio, y así, con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan, ésos serán coronados por el Señor, ésos serán reivindicados el día del juicio.

Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de Cristo, como lo atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada Escritura, pues está escrito: El que odia a su hermano es un homicida, y el homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo. ¿Qué clase de delito es este que no puede borrarse ni con el bautismo de la sangre?, ¿qué tipo de crimen es este que no puede expiarse ni con el martirio?

Nos advierte además el Señor lo necesario que es que en la oración digamos: Y no nos dejes caer en la tentación. Palabras con las que se nos da a entender que nada puede el adversario contra nosotros, si previamente no se lo permite Dios; de donde se deduce que todo nuestro temor, devoción y observancia han de orientarse hacia Dios, ya que nada puede el maligno en las tentaciones, sino lo que le fuere concedido.

 

RESPONSORIO                    Rom 14, 19; Sir 17, 12
 
R./ Busquemos, por tanto, lo que fomente la paz * para mutua edificación.
V./ Dios dio a cada uno preceptos hacia su prójimo.
R./ Para mutua edificación.

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 2, 22-36

Condena de la familia de Elí

Elí era muy viejo. A veces oía cómo trataban sus hijos a todos los israelitas y que se acostaban con las mujeres que servían a la entrada de la tienda del encuentro. Y les decía:

—¿Por qué hacéis eso? La gente me cuenta lo mal que os portáis. No, hijos, no está bien lo que me cuentan; estáis escandalizando al pueblo del Señor. Si un hombre ofende a otro, Dios puede hacer de árbitro; pero si un hombre ofende al Señor, ¿quién intercederá por él?

Pero ellos no hacían caso de su padre, porque Dios había decidido que murieran.

En cambio, el niño Samuel iba creciendo, y lo apreciaban el Señor y los hombres.

Un profeta se presentó a Elí y le dijo:

—Así dice el Señor: «Yo me revelé a la familia de tu padre cuando eran todavía esclavos del Faraón en Egipto. Entre todas las tribus de Israel me lo elegí para que fuera sacerdote, subiera a mi altar, quemara mi incienso y llevara el efod en mi presencia, y concedí a la familia de tu padre participar en las oblaciones de los israelitas. ¿Por qué habéis tratado con desprecio mi altar y las ofrendas que mandé hacer en mi templo? ¿Por qué tienes más res-peto a tus hijos que a mí, cebándolos con las primicias de mi pueblo, Israel, ante mis ojos?

Por eso —oráculo del Señor, Dios de Israel—, aunque yo te prometí que tu familia y la familia de tu padre esta-rían siempre en mi presencia, ahora —oráculo del Señor— no será así. Porque yo honro a los que me honran y serán humillados los que me desprecian.

Mira, llegará un día en que arrancaré tus brotes y los de la familia de tu padre, y nadie llegará a viejo en tu familia.

Mirarás con envidia todo el bien que voy a hacer; nadie llegará a viejo en tu familia. Y si de a•alguno de los tuyos que sirva a mi altar, se le consumirán los ojos y se irá acabando; pero la mayor parte de tu familia morirá a espada de hombres. Será una señal para ti lo que les va a pasar a tus dos hijos, Jofní y Fineés: los dos morirán el mismo día.

Yo me nombraré un sacerdote fiel, que hará lo que yo quiero y deseo; le daré una familia estable y vivirá siempre en presencia de mi ungido. Y los que sobrevivan de tu familia vendrán a prosternarse ante él para mendigar algún dinero y una hogaza de pan, rogándole: Por favor, dame un empleo cualquiera como sacerdote, para poder comer un pedazo de pan».

 

RESPONSORIO                    Job 5, 17.18; Heb 12, 5
 
R./ Dichoso el mortal a quien Dios corrige: no rechaces la lección del Todopoderoso, * porque hiere y pone la venda, golpea y cura con su mano.
V./ No rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión.
R./ Porque hiere y pone la venda, golpea y cura con su mano.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (26-27; CSEL 3, 286-287)

Velad y orad

Al demonio se le otorga poder contra nosotros con una doble finalidad: para nuestro castigo cuando pecamos, o para nuestra gloria cuando somos probados. Es lo que sucedió con Job según declaración del mismo Dios, que dice: Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él no lo toques. Y en el evangelio leemos que el Señor dijo duran-te la pasión: No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto.

Cuando rogamos no caer en la tentación, al hacerlo se nos recuerda nuestra debilidad y nuestra fragilidad, para que nadie se vanaglorie insolentemente, para que ninguno se arrogue algo con soberbia o jactancia, para que a nadie se le ocurra apropiarse la gloria de la confesión o de la pasión, cuando el mismo Señor nos hace una llamada a la humildad, diciendo: Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil. El simple y humilde reconocimiento de nuestra fragilidad nos impulsa a atribuir a Dios todo aquello que con amor y temor de Dios pedimos insistentemente y que él por su misericordia nos concede.

Después de todo esto, nos encontramos, al final de la oración, con una cláusula que engloba sintéticamente todas nuestras peticiones y todas nuestras súplicas. Al final de todo decimos: Mas líbranos del mal, fórmula en la que compendiamos todas las cosas adversas que, en este mundo, puede el enemigo maquinar contra nosotros. La única protección firme y estable contra todo esto es la ayuda de Dios: sólo él puede liberarnos prestando oído atento a nuestras implorantes súplicas. Después de haber dicho líbranos del mal, nada más nos queda ya por pedir: una vez solicitada la protección de Dios contra el mal y obtenida ésta, estamos seguros y a cubierto contra todas las maquinaciones del diablo y del mundo. ¿Quién, en efecto, podrá temer al mundo, teniendo en el mundo a Dios por defensor?

 

RESPONSORIO                    Ef 6, 10-11; cf. Job 7, 1
 
R./ Fortaleceos en el Señor con la fuerza de su poder. * Revestíos con la armadura de Dios, para que podáis resistir a las insidias del demonio.
V./ Una milicia es la vida del hombre sobre la tierra.
R./ Revestíos con la armadura de Dios, para que podáis resistir a las insidias del demonio.

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 3, 1-21

Vocación de Samuel

El pequeño Samuel servía en el templo del Señor bajo la vigilancia de Elí. Por aquellos días las palabras del Señor eran raras y no eran frecuentes las visiones. Un día estaba Elí acostado en su habitación; se le iba apagando la vista y casi no podía ver. Aún ardía la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó:

—¡Samuel, Samuel!

Y éste respondió:

—¡Aquí estoy!

Fue corriendo a donde estaba Elí, y le dijo:

—Aquí estoy; vengo porque me has llamado.

Respondió Elí:

—No te he llamado, vuelve a acostarte.

Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. El se levantó y fue a donde estaba Elí, y le dijo:

—Aquí estoy; vengo porque me has llamado.

Respondió Elí:

—No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte. (Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor).

Por tercera vez llamó el Señor a Samuel y él se fue a donde estaba Elí, y le dijo:

—Aquí estoy; vengo porque me has llamado.

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel:

—Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha».

Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y lo llamó como antes:

—¡Samuel, Samuel!

El respondió:

—Habla, Señor, que tu siervo te escucha.

Y el Señor le dijo:

—Mira, voy a hacer una cosa en Israel, que a los que la oigan les retumbarán los oídos. Aquel día ejecutaré contra Elí y su familia todo lo que he anunciado sin que falte nada. Comunícale que condeno a su familia definitivamente, porque él sabía que sus hijos maldecían a Dios y no les reprendió. Por eso juro a la familia de Elí que jamás se expiará su pecado, ni con sacrificios ni con ofrendas.

Samuel siguió acostado hasta la mañana siguiente, y entonces abrió las puertas del santuario. No se atrevía a contarle a Elí la visión, pero Elí lo llamó:

—Samuel, hijo.

Respondió:

—Aquí estoy.

Elí le preguntó:

—¿Qué es lo que te ha dicho? No me lo ocultes. Que el Señor te castigue si me ocultas una palabra de todo lo que te ha dicho.

Entonces Samuel le contó todo, sin ocultarle nada. Elí comentó:

—¡Es el Señor! Que haga lo que le parezca bien.

Samuel crecía, Dios estaba con él, y ninguna de sus palabras dejó de cumplirse; y todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel era profeta acreditado ante el Señor.

 

RESPONSORIO                    Sir 46, 13.15; Is 42, 1
 
R./ Samuel, favorito de su Creador, consagrado como profeta del Señor, nombró un rey y ungió príncipes sobre el pueblo. * Por su fidelidad, se acreditó como profeta; por sus oráculos, fue reconocido fiel vidente.
V./ Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido en quien tengo mis complacencias.
R./ Por su fidelidad, se acreditó como profeta; por sus oráculos, fue reconocido fiel vidente.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (28-29: CSEL 3, 287-288)

Hay que orar no sólo con palabras, sino también
con los hechos

No es de extrañar, queridos hermanos, que la oración que nos enseñó Dios con su magisterio resuma todas nuestras peticiones en tan breves y saludables palabras. Esto ya había sido predicho anticipadamente por el profeta Isaías, cuando, lleno de Espíritu Santo, habló de la piedad y la majestad de Dios, diciendo: Palabra que acaba y abrevia en justicia, porque Dios abreviará su palabra en todo el orbe de la tierra.

En efecto, cuando vino aquel que es la Palabra de Dios en persona, nuestro Señor Jesucristo, para reunir a todos, sabios e ignorantes, y para enseñar a todos, sin distinción de sexo o edad, el camino de salvación, quiso resumir en un sublime compendio todas sus enseñanzas, para no sobrecargar la memoria de los que aprendían su doctrina celestial y para que aprendiesen con facilidad lo elemental de la fe cristiana.

Y así, al enseñar en qué consiste la vida eterna, nos resumió el misterio de esta vida en estas palabras breves y llenas de divina grandiosidad: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.

Además, Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con los hechos, ya que él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál hade ser nuestra conducta en este aspecto. Leemos, en efecto: Jesús solía retirarse a despoblado para orar. Y también: Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y si oraba él que no tenía pecado, ¿cuánto más no deben orar los pecadores? Y si él pasaba la noche entera velan-do en continua oración, ¿cuánto más debemos velar nos-otros, por la noche, en frecuente oración?

 

RESPONSORIO                    Sal 24, 1-2.5
 
R./ A ti, Señor, levanto mi alma, * en ti confío, Señor, ¡no triunfen mis  enemigos de mí!
V./ Guíame en tu verdad y enséñame, porque tú eres el Dios que me salva, en ti espero todo el día.
R./ En ti confío, Señor, ¡no triunfen mis  enemigos de mí!

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO

PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 4, 1-18

Captura del arca de Dios y muerte de Elí

La palabra de Samuel se escuchaba en todo Israel.

Por entonces se reunieron los filisteos para atacar a Israel. Los israelitas salieron a enfrentarse con ellos y acamparon junto a Piedrayuda, mientras que los filisteos acampaban en El Cerco. Los filisteos formaron en orden de bátalla frente a Israel. Entablada la lucha, Israel fue derrotado por los filisteos; de sus filas murieron en el campo unos cuatro mil hombres. La tropa volvió al campamento, y los ancianos de Israel deliberaron:

—¿Por qué el Señor nos ha hecho sufrir hoy una derrota a manos de los filisteos? Vamos a Siló, a traer el arca de la alianza del Señor, para que esté con nosotros y nos salve del poder del enemigo.

Mandaron gente a Siló, a por el arca de la alianza del Señor de los ejércitos, entronizado sobre querubines. Los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, fueron con el arca de la alianza de Dios. Cuando el arca de la alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel lanzó a pleno pulmón el alarido de guerra, y la tierra retembló. Al oír los filisteos el estruendo del alarido de guerra, se preguntaron:

—¿Qué significa ese alarido que retumba en el campa-mento hebreo?

Entonces se enteraron de que el arca del Señor había llegado al campamento y, muertos de miedo, decían:

—¡Ha llegado su Dios al campamento! ¡Ay de nosotros! Es la primera vez que nos pasa esto. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de esos dioses poderosos, los dioses que hirieron a Egipto con toda clase de calamidades y epidemias? ¡Valor, filisteos! . Sed hombres, y no seréis esclavos de los hebreos, como lo han sido ellos de nosotros. ¡Sed hombres, y al ataque!

Los filisteos se lanzaron a la lucha y derrotaron a los israelitas, que huyeron a la desbandada. Fue una derrota tremenda: cayeron treinta mil de la infantería israelita. El arca de Dios fue capturada y ~ los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, murieron.

Un benjaminita salió corriendo de las filas y llegó a Siló aquel mismo día, con la ropa hecha jirones y polvo en la cabeza. Cuando llegó, allí estaba Elí, sentado en su silla, junto a la puerta, oteando con ansia el camino porque temblaba por el arca de Dios. Aquel hombre entró por el pueblo dando la noticia, y toda la población se puso a gritar. Elí oyó el griterío y preguntó:

—¿Qué alboroto es ése?

Mientras tanto, el hombre corría a dar la noticia a Elí. Elí había cumplido noventa y ocho años; tenía los ojos inmóviles, sin poder ver. El fugitivo le dijo:

—Soy el hombre que ha llegado del frente.

Elí preguntó:

—¿Qué ha ocurrido, hijo?

El mensajero respondió:

—Israel ha huido ante los filisteos, ha sido una gran derrota para nuestro ejército; tus dos hijos, Jofní y Fineés, han muerto, y el arca de Dios ha sido capturada.

En cuanto mentó el arca de Dios, Elí cayó de la silla hacia atrás, junto a la puerta; se rompió la base del cráneo y murió. Era ya viejo y estaba torpe. Había sido juez de Israel cuarenta años.

 

RESPONSORIO                    Sal 105; 40.41.45.2
 
R./ Se encendió la cólera del Señor contra su pueblo, y los entregó en manos de las naciones, los dominaron sus adversarios. *  Recordó su alianza con ellos, se arrepintió según su inmenso amor.
V./ ¿Quién contará las hazañas del Señor, hará oír toda su alabanza?
R./ Recordó su alianza con ellos, se arrepintió según su inmenso amor.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (30-31: CSEL 3, 288-290)

El Señor oraba por nuestros pecados

El Señor, cuando oraba, no pedía por sí mismo —¿qué podía pedir por sí mismo, si él era inocente?—, sino por nuestros pecados, como lo declara con aquellas palabras que dirige a Pedro: Satanás os ha reclamado para criba ros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y luego ruega al Padre por todos diciendo: No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nos-otros.

Gran benignidad y bondad la de Dios para nuestra salvación: no contento con redimirnos con su sangre, ruega también por nosotros. Pero atendamos cuál es el deseo de Cristo, expresado en su oración: que así como el Padre y el Hijo son una misma cosa, así también nosotros imitemos esta unidad. De donde puede inferirse la gravedad del pecado de quien rompe la unidad y la paz, por cuya conservación rezó el Señor, pues quiere que su pueblo tenga vida, y sabido es que la discordia no tiene cabida en el reino de Dios.

Y cuando nos ponemos en oración, queridos hermanos, debemos vigilar y sumergirnos con toda el alma en la plegaria. Hemos de rechazar cualquier pensamiento carnal o mundano, y nada debe ocupar nuestro ánimo sino tan sólo lo que constituye el objeto de la plegaria. Esta es la razón por la que el sacerdote, antes del Padrenuestro, prepara con un prefacio las mentes de los hermanos, diciendo: Levantemos el corazón, a fin de que al responder el pueblo: Lo tenemos levantado hacia el Señor, quede advertido de que no debe pensar en otra cosa que en el Señor.

Ciérrese el corazón al adversario y ábrase únicamente a Dios, y no consintamos que, durante la oración, el enemigo de Dios tenga acceso a él. Porque frecuentemente nos coge por sorpresa, penetra y, con astucia sutil, aparta de Dios nuestra voluntad orante, de modo que una cosa es la que ocupa nuestro corazón y otra la que expresan nuestros labios, cuando la verdad es que tanto la expresión oral como el ánimo y los sentidos deben orar al Señor con recta intención.

¡Qué desidia dejarse distraer y dominar por pensamientos fútiles y profanos cuando oras a Dios, como si existiera cosa más digna de acaparar tu atención que estar conversando con Dios! ¿Cómo puedes pedir a Dios que te escuche, si ni tú mismo te escuchas? ¿Pretendes que Dios se acuerde de ti cuando rezas, si tú mismo no te acuerdas de ti? Esto es no prevenirte en absoluto contra el enemigo; esto es ofender, con la negligencia en la oración, la majestad de Dios, en el mismo momento en que oras a Dios; esto es vigilar con los ojos y dormir con el corazón, cuando la obligación del cristiano es precisa-mente velar con el corazón mientras duerme con los ojos.

 

RESPONSORIO                    Jer 29, 12.13; Lc 11,9
 
R./ Me invocaréis y vendréis a suplicarme, yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis, * porque me buscaréis de todo corazón.
V./ Pedid y se os dará; buscad y hallaréis.
R./ Porque me buscaréis de todo corazón.

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 5, 1.6—6, 5a. 10-12.19-7,1

Devolución del arca de Dios

Mientras tanto, los filisteos capturaron el arca de Dios y la llevaron desde Piedrayuda a Asdod. La mano del Señor descargó sobre los asdodeos, aterrorizándolos, e hirió con diviesos a la gente de Asdod y su término. Al ver lo que sucedía, los asdodeos dijeron:

—No debe quedarse entre nosotros el arca del Dios de Israel, porque su mano es dura con nosotros y con nuestro dios Dagón.

Entonces mandaron convocar en Asdod a los príncipes filisteos y les consultaron:

—¿Qué hacemos con el arca del Dios de Israel? Respondieron:

—Que se traslade a Gat.

Llevaron a Gat el arca del Dios de Israel; pero nada más llegar, descargó el Señor la mano sobre el pueblo, causando un pánico terrible, porque hirió con diviesos a toda la población, a chicos y grandes.

Entonces trasladaron el arca de Dios a Ecrón; pero cuando llegó allí, protestaron los ecronitas:

—¡Nos han traído el arca de Dios para que nos mate a nosotros y a nuestras familias!

Entonces mandaron convocar a los príncipes filisteos, y les dijeron:

—Devolved a su sitio el arca del Dios de Israel; si no, nos va a matar a nosotros con nuestras familias.

Todo el pueblo tenía un pánico mortal, porque la mano de Dios había descargado allí con toda fuerza. A los que no morían, les salían diviesos. Y el clamor del pueblo subía hasta el cielo.

El arca del Señor estuvo en el país filisteo siete meses. Los filisteos llamaron a los sacerdotes y adivinos y les consultaron:

—¿Qué hacemos con el arca del Señor? Indicadnos cómo la podemos mandar a su sitio.

Respondieron:

—Si queréis devolver el arca del Dios de Israel, no la mandéis vacía, sino pagando una indemnización. Entonces, si os curáis, sabremos por qué su mano no nos dejaba en paz.

Les preguntaron:

—¿Qué indemnización tenemos que pagarles? Respondieron:

—Cinco diviesos de oro y cinco ratas de oro, uno por cada príncipe filisteo, porque la misma plaga la habéis sufrido vosotros y ellos. Haced unas imágenes de los diviesos y de las ratas que han asolado el país, y así reconoceréis la gloria del Dios de Israel.

Así lo hicieron. Cogieron dos vacas que estaban criando y las uncieron al carro, dejando los terneros encerrados en el establo; colocaron en el carro el arca del Señor y la cesta con las ratas de oro y las imágenes de los diviesos. Las vacas tiraron derechas hacia el camino de Casalsol; caminaban mugiendo, siempre por el mismo camino, sin desviarse a derecha o a izquierda. Los príncipes filisteos fueron detrás, hasta el término de Casalsol.

Los hijos de Jeconías, aunque vieron el arca, no hicieron fiesta con los demás, y el Señor castigó a setenta hombres. El pueblo hizo duelo, porque el Señor los había herido con gran castigo, y los de Casalsol decían:

—¿Quién podrá resistir al Señor, a ese Dios santo? ¿Adónde podemos enviar el arca para deshacernos de ella?

Y mandaron este recado a Villasotos:

—Los filisteos han devuelto el arca del Señor. Bajad a recogerla.

Los de Villasotos fueron, recogieron el arca y la llevaron a Loma, a casa de Aminadab, y consagraron a su hijo Eleazar para que guardase el arca.


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (32-33: CSEL 3, 290-292)

Buena es la oración con el ayuno y la limosna

Los que oran no han de presentarse ante Dios con meras preces infructuosas y estériles. La petición es ineficaz cuando se acude a Dios con una oración estéril. Pues, si al árbol que no da fruto se le tala y se le echa al fuego, de igual modo las palabras sin fruto no pueden granjearse el favor de Dios, por ser infecundas en obras. Por eso la divina Escritura nos instruye diciendo: Buena es la oración con el ayuno y la limosna. Porque el que el día del juicio otorgará el premio por las obras y las limosnas, también hoy escucha benignamente al que se acerca a la oración acompañado de obras. Por eso precisamente mereció ser escuchada la oración del capitán Cornelio: daba muchas limosnas al pueblo y oraba regularmente.

Suben inmediatamente a Dios las oraciones que van recomendadas por los méritos de nuestras obras. Así el ángel Rafael se presentó a Tobías, siempre atento a la oración y a las buenas obras, diciendo: Es un honor revelar y proclamar las obras de Dios. Cuando orabais tú y Sara yo presentaba vuestras oraciones en el acatamiento de Dios.

Dios promete estar presente y dice que escuchará y protegerá a los que desatan de su corazón los nudos de injusticia y, secundando sus mandatos, ejercitan la limosna con los servidores de Dios; y así, mientras escuchan lo que Dios manda hacer, ellos mismos se hacen dignos de ser escuchados por Dios. El bienaventurado apóstol Pablo, socorrido por los hermanos en una necesidad extrema, califica de sacrificios a Dios las obras buenas. Estoy plenamente pagado —dice— al recibir lo que me mandáis con Epafrodito: es un incienso perfumado, un sacrificio aceptable que agrada a Dios. En efecto, cuando uno se apiada del pobre presta a interés a Dios, y cuando da a los más humildes es a Dios a quien da: es como si le ofreciera a Dios sacrificios espirituales de suave olor.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 7, 15—8, 22

Israel pide un rey

Samuel fue juez de Israel hasta su muerte. Todos los años visitaba Betel, Guilgal y Atalaya, y allí gobernaba Israel. Luego volvía a Ramá, donde tenía su casa y solía ejercer sus funciones. Allí levantó un altar al Señor.

Cuando Samuel llegó a viejo, nombró a sus hijos jueces de Israel. El hijo mayor se llamaba Joel y el segundo Abías; ejercían el cargo en Berseba. Pero no se comportaban como su padre; atentos sólo al provecho propio, aceptaban sobornos y juzgaban contra justicia. Entonces los ancianos de Israel se reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá. Le dijeron:

——Mira, tú eres ya viejo y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones.

A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor. El Señor le respondió:

Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey. Como me trataron desde el día en que los saqué de Egipto, abandonándome para servir a otros dioses, así te tratan a ti. Hazles caso; pero adviérteles bien claro, explícales los derechos del rey.

Samuel comunicó la palabra del Señor a la gente que le pedía un rey:

Estos son los derechos del rey que os regirá: a vuestros hijos los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales de su ejército, como aradores de sus campos, y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamento y de pertrechos para sus carros. A vuestras hijas se las llevará como perfumistas y reposteras. Vuestros campos, viñas y los mejores olivares, os los quitará para dárselos a sus ministros. De vuestro grano y vuestras viñas os exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros. A vuestros criados y criadas, y a vuestros mejores burros y bueyes se los llevará para usarlos en su hacienda. De vuestros rebaños os exigirá diezmos. ¡Y vosotros mismos seréis sus esclavos! Entonces gritaréis contra el rey que os elegisteis, pero Dios no os responderá.

El pueblo no quiso hacer caso a Samuel, e insistió:

No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos. Que nuestro rey nos gobierne y salga al frente de nosotros a luchar en nuestra guerra.

Samuel oyó lo que pedía el pueblo y se lo comunicó al Señor.

El Señor le respondió:

Hazles caso y nómbrales un rey.

Entonces Samuel dijo a los israelitas:

¡Cada uno a su pueblo!


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (34-35: CSEL 3, 292-293)

Los cristianos han de adorar a Dios
frecuentemente y siempre

Por lo que se refiere a la frecuencia de la oración, vemos cómo los tres jóvenes, fuertes en la fe y vencedores en el cautiverio, observaban, junto con Daniel, las horas de tercia, sexta y nona, prefigurando el misterio de la Trinidad, que habría de revelarse en los últimos tiempos.

Los antiguos adoradores de Dios, habiendo ya de antiguo determinado tales espacios espirituales de oración, se dedicaban a ella según modalidades precisas y en tiempos fijados. El curso del tiempo puso de manifiesto que, en esta manera de orar los justos de épocas anteriores, se escondía un misterio. Pues a la hora de tercia descendió sobre los discípulos el Espíritu Santo, dando así cumplimiento a la gracia prometida por el Señor. Asimismo, Pedro, subiendo a la azotea a la hora de sexta, fue instruído mediante una señal y por medio de la voz de Dios que lo interpelaba, sobre el deber de admitir a todos a la gracia de la salvación, puesto que anteriormente dudaba de conferir el bautismo a los paganos. Y el Señor, or, crucificado a la hora sexta, a la nona lavó con su sangre nuestros pecados, reportando entonces con su pasión una victoria, que le permitió redimirnos y darnos la vida.

En la actualidad, carísimos hermanos, y al margen de las horas antiguamente observadas, han aumentado los espacios de oración al ritmo de los sacramentos. De hecho, hemos de orar también por la mañana, para celebrar con la oración matutina la resurrección del Señor. Y es necesario orar además a la puesta del sol y al caer el día. En efecto, como Cristo es el verdadero sol y el verdadero día, cuando a la puesta del sol y al caer del día natural oramos pidiendo que salga sobre nosotros nuevamente la luz, en realidad imploramos la venida de Cristo portador de la gracia de la eterna luz. En los salmos, el Espíritu Santo llama a Cristo «día». Ahora bien, si en las Escrituras santas Cristo es el sol verdadero, no queda hora alguna en que los cristianos no deban adorar a Dios frecuentemente y siempre, de modo que los que estamos en Cristo, esto es, en el sol y en el día verdaderos, debemos perseverar todo el día en la oración. Y cuando según la alternativa rotación de los astros, la noche sucede al día, ningún daño puede sobrevenir a los orantes de las tinieblas nocturnas, porque para los hijos de la luz, las noches se convierten en días. ¿Cuándo, en efecto, está sin luz quien lleva la luz en el corazón? O ¿cuándo no hay sol y día para quien Cristo es sol y día?



 

MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 9, 1-6.14—10, 1

Elección y unción de Saúl

Había un hombre de Loma de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, de Seror, de Becorá, de Afiaj, benjaminita, de buena posición. Tenía un hijo que se llamaba Saúl, un mozo bien plantado; era el israelita más alto: sobresalía por encima de todos, de los hombros arriba. A su padre, Quis, se le habían extraviado unas burras, y dijo a su hijo Saúl:

—Llévate a uno de los criados y vete a buscar las burras.

Cruzaron la serranía de Efraín y atravesaron la comarca de Salisá, pero no las encontraron. Atravesaron la comarca de Salalín, y nada. Atravesaron la comarca de Benjamín, y tampoco.

Cuando llegaron a la comarca de Suf, Saúl dijo al criado que iba con él:

Vamos a volvernos, no sea que mi padre prescinda de las burras y empiece a preocuparse por nosotros. Pero el criado repuso:

Precisamente en ese pueblo hay un hombre de Dios de gran fama; lo que él dice sucede sin falta. Vamos allá. A lo mejor nos orienta sobre lo que andamos buscando.

Subieron al pueblo. Y justamente cuando entraban en el pueblo, se encontró con ellos Samuel según salía para subir al altozano.

El día antes de llegar Saúl, el Señor había revelado a Samuel:

Mañana te enviaré un hombre de la región de Benjamín, para que lo unjas como jefe de mi pueblo, Israel, y libre a mi pueblo de la dominación filistea; porque he visto la aflicción de mi pueblo, sus gritos han llegado hasta mí.

Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le avisó:

—Ese es el hombre de quien te hablé; ése regirá a mi pueblo.

Saúl se acercó a Samuel en medio de la entrada y le dijo:

Haz el favor de decirme dónde está la casa del vidente. Samuel respondió:

Yo soy el vidente. Sube delante de mí al altozano; hoy coméis conmigo y mañana te dejaré marchar y te diré todo lo que piensas. Por las burras que se te perdieron hace tres días no te preocupes, que ya aparecieron. Además, ¿por quién suspira todo Israel? Por ti y por la familia de tu padre.

Saúl respondió:

¡Si yo soy de Benjamín, la menor de las tribus de Israel! Y de todas las familias de Benjamín, mi familia es la menos importante. ¿Por qué me dices eso?

Entonces Samuel tomó a Saúl y a su criado, los metió en el comedor y los puso en la presidencia de los convidados, unas treinta personas. Luego dijo al cocinero:

Trae la ración que te encargué, la que te dije que apartases.

El cocinero sacó el pernil y la cola, y se lo sirvió a Saúl. Samuel dijo:

—Ahí tienes lo que te reservaron; come, que te lo han guardado para esta ocasión, para que lo comas con los convidados.

Así pues, Saúl comió aquel día con Samuel. Después bajaron del altozano hasta el pueblo, prepararon la cama a Saúl en la azotea y se acostó.

Al despuntar el sol, Samuel fue a la azotea a llamarlo:

Levántate, que te despida.

Saúl se levantó, y los dos, él y Samuel, salieron de casa. Cuando habían bajado hasta las afueras, Samuel le dijo:

Dile a tu criado que vaya delante; tú párate un momento y te comunicaré la palabra de Dios.

Tomó la aceitera, derramó aceite sobre la cabeza de Saúl y lo besó, diciendo:

¡El Señor te unge como jefe de su heredad! Tú regirás al pueblo del Señor y le librarás de la mano de los enemigos que lo rodean.


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado 'sobre el Padrenuestro (36: 3, 293-294)

Los que estamos siempre en Cristo, no cesemos de orar
ni siquiera de noche

Los que estamos en Cristo, esto es, los que estamos siempre en la luz, no cesemos de orar ni siquiera de noche. Así, Ana, la viuda, rogando siempre y vigilando sin interrupción, perseveraba en hacerse grata a Dios, como está escrito en el evangelio: No se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Recapaciten tanto los paganos que todavía no han sido iluminados, como los judíos que, abandonados por la luz, quedaron en las tinieblas: nosotros, hermanos muy amados, que estamos siempre en la luz del Señor, que tenemos presente y mantenemos lo que hemos comenzado a ser por la gracia recibida, computemos la noche por día.

Abriguemos la esperanza de andar siempre en la luz, sin dejarnos obstaculizar por las tinieblas de que hemos salido: no sufran detrimento alguno las oraciones de la noche, ni la pereza o la indolencia sean causa de una pérdida de tiempo en la oración. Recreados y renacidos espiritualmente por la divina condescendencia, imitemos lo que hemos de ser en el futuro: destinados a habitar en un reino que desconoce la noche, y en el que todo es día, vigilemos durante la noche como si estuviéramos en pleno día; destinados a orar y dar gracias a Dios, no cejemos tampoco aquí de orar y dar gracias.



MIÉRCOLES

PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 11, 1-15

Saúl, vencedor, es aclamado rey por el pueblo

El amonita Serpiente hizo una incursión y acampó ante Yabés de Galaad. Los de Yabés le pidieron:

—Haz un pacto con nosotros y seremos tus vasallos. Pero Serpiente les dijo:

—Pactaré con vosotros a condición de sacaros el ojo derecho. Así afrentaré a todo Israel.

Los concejales de Yabés le pidieron:

—Danos siete días para que podamos mandar emisarios por todo el territorio de Israel. Si no hay quien nos salve, nos rendimos.

Los mensajeros llegaron a Loma de Saúl, comunicaron la noticia al pueblo, y todos se echaron a llorar a gritos. Pero, mira por dónde, llegaba Saúl del campo tras los bueyes y preguntó:

—¿Qué le pasa a la gente, que está llorando?

Le contaron la noticia que habían traído los de Yabés, y al oírlo Saúl, lo invadió el Espíritu de Dios; enfurecido, cogió la pareja de bueyes, los descuartizó y los repartió por todo Israel, aprovechando a los emisarios, con este pregón: «Así acabará el ganado del que no vaya a la guerra con Saúl y Samuel».

El temor del Señor cayó sobre la gente, fueron a la guerra como un solo hombre. Saúl les pasó revista en Centella: los de Israel eran trescientos mil y treinta mil los de Judá. Y dijo a los emisarios que habían venido:

—Decid a los de Yabés de Galaad: «Mañana, cuando caliente el sol, os llegará la salvación».

Los emisarios marcharon a comunicárselo a los de Yabés, que se llenaron de alegría, y dijeron a Serpiente:

—Mañana nos rendiremos y haréis de nosotros lo que mejor os parezca.

Al día siguiente Saúl distribuyó la tropa en tres cuerpos; irrumpieron en el campamento enemigo al relevo de la madrugada y estuvieron matando amonitas hasta que calentó el sol, los enemigos que quedaron vivos se dispersaron, de forma que no iban dos juntos. Entonces el pueblo dijo a Samuel:

—¡A ver, los que decían que Saúl no reinaría! ¡Entregadlos, que los matamos!

Pero Saúl dijo:

-Hoy no ha de morir nadie, porque hoy el Señor ha salvado a Israel.

Y Samuel dijo a todos:

—Hala, vamos a Guilgal a inaugurar allí la monarquía.

Todos fueron a Guilgal y coronaron allí a Saúl ante el Señor, ofrecieron al Señor sacrificios de comunión y celebraron allí una gran fiesta Saúl y los israelitas.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 149 (6: CCL 40, 2182-2183)

Cristo es Rey, Cristo es Sacerdote: alegrémonos en él

Que se alegre Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey. El Hijo de Dios que nos creó, se hizo uno de nosotros; y nuestro Rey nos gobierna, porque nos ha hecho nuestro Creador. El que nos hizo es el mismo que nos gobierna; de aquí que se nos llame cristianos, porque él es Cristo.

Cristo se llama así por el crisma, esto es, por la unción. Antiguamente se ungía a los reyes y a los sacerdotes: él fue ungido Rey y Sacerdote. Como Rey, luchó por nosotros; como Sacerdote, se ofreció por nosotros. Cuando luchó por nosotros se le tuvo por vencido, pero realmente venció. Pues fue crucificado, pero desde la cruz, en que fue clavado, dio muerte al diablo: por eso es nuestro, Rey.

Y ¿de dónde le viene el sacerdocio? De haberse inmolado por nosotros. Facilita al sacerdote lo que ha de ofrecer. ¿Qué hubiera encontrado el hombre para presentar como víctima pura? ¿Qué víctima? ¿Qué de puro puede presentar un pecador? ¡Oh inicuo! ¡Oh impío! Inmundo es cuanto aportes, y, no obstante, ha de ofrecerse por ti algo puro. Busca en torno a ti lo que has de ofrecer: no lo encontrarás. Busca entre tus bienes algo que ofrecer; no se complace en carneros, machos cabríos o toros. De él es todo esto, aunque tú no se lo ofrezcas. Ofrécele, pues, un sacrificio puro. Pero el caso es que eres pecador, eres impío, tienes la conciencia manchada. Podrías quizá ofrecerle algo puro, una vez purificado; mas para ser purificado, necesitas que algo se ofrezca por ti.

Y ¿qué es lo que vas a ofrecer por ti, a fin de quedar limpio? Si estás limpio, podrías ofrecer lo que es puro. Ofrézcase, pues, a sí mismo el sacerdote puro y purifique. Esto es lo que hizo Cristo. Nada limpio halló en los hombres que ofrecer por los hombres; se ofreció a sí mismo como víctima pura. ¡Feliz víctima, verdadera víctima, hostia inmaculada! Así pues, no ofreció lo que nosotros le dimos, sino que ofreció más bien lo que de nosotros asumió, y lo ofreció puro. En efecto, de nosotros tomó la carne, y fue la carne la que ofreció. Y ¿de dónde la tomó? Del seno de la Virgen María, para ofrecerla pura por los impuros. El es Rey, él es Sacerdote: alegrémonos en él.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

,Del libro primero de Samuel 12, 1-25

Samuel amonesta al pueblo

Samuel dijo a los israelitas:

—Ya veis que os he hecho caso en todo lo que me pedisteis, y os he dado un rey. Pues bien, ¡aquí tenéis al rey! Yo estoy ya viejo y canoso, mientras a mis hijos los tenéis entre vosotros. Yo he actuado a la vista de todos desde mi juventud hasta ahora. Aquí me tenéis, respondedme ante el Señor y su ungido: ¿A quién le quité un buey? ¿A quién le quité un burro? ¿A quién he hecho injusticia? ¿A quién he vejado? ¿De quién he aceptado un soborno para hacer la vista gorda? Decidlo y os lo devolveré.

Respondieron:

—No nos has hecho injusticia, ni nos has vejado, ni has aceptado soborno de nadie.

Samuel añadió:

—Yo tomo hoy por testigo frente a vosotros al Señor y a su ungido: no me habéis sorprendido con nada en la mano.

Respondieron:

—Sean testigos.

Samuel dijo al pueblo:

—Es testigo el Señor, que envió a Moisés y a Aarón e hizo subir de Egipto a vuestros padres. Poneos en pie, que voy a juzgaros en presencia del Señor, repasando todos los beneficios que el Señor os hizo a vosotros y a vuestros padres: Cuando Jacob fue con sus hijos a Egipto, y los egipcios los oprimieron, vuestros padres gritaron al Señor, y el Señor envió a Moisés y a Aarón para que sacaran de Egipto a vuestros padres y los establecieran en este lugar. Pero olvidaron al Señor, su Dios, y él los vendió a Sísara, general del ejército de Yabín, rey de Jasor, y a los filisteos y al rey de Moab, y tuvieron que luchar contra ellos. Entonces gritaron al Señor: «Hemos pecado, porque hemos abandonado al Señor, para servir a Baal y Astarté; líbranos del poder de nuestros enemigos y te serviremos». El Señor envió a Yerubaal, a Barac, a Jefté y a Sansón, y os libró del poder de vuestros vecinos, y pudisteis vivir tranquilos. Pero cuando visteis que os atacaba el rey amonita Serpiente, me pedisteis que os nombrara un rey, siendo así que el Señor es vuestro rey. Pues bien, ahí tenéis al rey que pedisteis y que habéis elegido, ya veis que el Señor os ha dado un rey. Si respetáis al Señor y le servís, si le obedecéis y no os rebeláis contra sus mandatos, vosotros y el rey que reine sobre vosotros viviréis siendo fieles al Señor, vuestro Dios. Pero si no obedecéis al Señor y os rebeláis contra él, el Señor descargará la mano sobre vosotros y sobre vuestro rey, hasta destruiros. Ahora preparaos a asistir al prodigio que el Señor va a realizar ante vuestros ojos. Estamos en la siega del trigo, ¿no es cierto? Pues voy a invocar al Señor para que envíe una tronada y un aguacero; así reconoceréis la grave maldad que cometisteis ante el Señor pidiéndoos un rey.

Samuel invocó al Señor, y el Señor envió aquel día una tronada y un aguacero. Todo el pueblo, lleno de miedo ante el Señor y ante Samuel, dijo a Samuel:

—Reza al Señor, tu Dios, para que tus siervos no mueran, porque a todos nuestros pecados hemos añadido la maldad de pedirnos un rey.

Samuel contestó:

—No temáis. Ya que habéis cometido esa maldad, al menos en adelante no os apartéis del Señor; servid al Señor de todo corazón, no sigáis a los ídolos, que ni auxilian ni liberan, porque son puro vacío. Por el honor de su gran Nombre, el Señor no rechazará a su pueblo, porque el Señor se ha dignado hacer de vosotros su pueblo. Por mi parte, líbreme Dios de pecar contra el Señor dejando de rezar por vosotros. Yo os enseñaré el camino recto y bueno, puesto que habéis visto los grandes beneficios que el Señor os ha hecho, respetad al Señor y servidlo sinceramente y de todo corazón. Pero si obráis mal, pereceréis, vosotros y vuestro rey.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio Magno, Regla pastoral (Parte 1, cap 3: PL '177,16-17)

La carga del gobierno

Brevemente hemos dicho todo esto, para poner de manifiesto cuán pesada sea la carga del gobierno y con el propósito de que quien no sea capaz de estos sagrados oficios no se atreva a profanarlos, ni, por el prurito de sobresalir, emprenda el camino de la perdición. Por eso, piadosamente lo prohíbe Santiago, diciendo: Hermanos míos, sois demasiados los que pretendéis ser maestros. Por eso, el mismo Mediador entre Dios y los hombres, que, superando en ciencia y prudencia a los mismos espíritus celestiales, reina en los cielos desde antes de los siglos, rehusó aceptar el reino de la tierra. Pues está escrito: Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo Rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo.

Y ¿quién hubiera podido gobernar más acertadamente a los hombres que aquel que iba a regir a sus mismas criaturas? Pero como se había encarnado no sólo para redimirnos con su pasión, sino para enseñarnos con su conducta, proponiéndose a sí mismo como modelo a sus seguidores, no consintió que le hicieran rey, él que, en cambio, se dirigió espontáneamente al patíbulo de la cruz; rehuyó la dignidad que se le brindaba y apeteció la ignominiosa pena de muerte. Y esto precisamente para que sus miembros aprendieran a rehuir los favores del mundo y a no temer sus amenazas; a amar, en aras de la verdad, las cosas adversas y a declinar, temerosos, las prósperas, porque éstas mancillan con frecuencia el corazón con la hinchazón de la soberbia, mientras que aquéllas lo purifican mediante el dolor. En la prosperidad el ánimo se exalta, mientras que en la adversidad, aun cuando en ocasiones se exaltare, acaba humillándose. En la prosperidad el hombre se olvida de sí mismo, mientras que en la adversidad, aun en contra de su voluntad, es obligado a pensar en sí mismo. En la prosperidad, muchas veces, se echa a perder el bien previamente realizado, mientras que en la adversidad se expían incluso las culpas mucho tiempo antes cometidas.

Pues ocurre con frecuencia que, en la escuela del dolor, el corazón acaba aceptando la disciplina, mientras que si es sublimado al culmen del mando, se acostumbra rápidamente a los honores y termina víctima del orgullo. Es lo que le sucedió a Saúl, que, considerándose en un primer momento indigno, se había escondido; en cuanto empuñó las riendas del gobierno, se hinchó de soberbia; y deseoso de ser honrado ante el pueblo, al rechazar la corrección pública, apartó de sí al mismo que le había ungido rey. Lo mismo le ocurrió a David, quien, habiendo sido grato —a juicio del autor— en casi todos sus actos, en cuanto le faltó el peso de la tribulación, salió a la superficie el tumor de la naturaleza corrompida. Pues en un principio se opuso a la muerte de su perseguidor caído en sus manos, pero más tarde consintió en la muerte de un soldado adicto, aun con perjuicio del ejército que luchaba denodadamente. Y si los castigos no lo hubieran reconducido al perdón, ciertamente la culpa lo habría conducido muy lejos del número de los elegidos.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 15, 1-23

El Señor rechaza a Saúl a causa de su pecado

Samuel dijo a Saúl:

—El Señor me envió para ungirte rey de su pueblo Israel. Por tanto, escucha las palabras del Señor. Así dice el Señor de los ejércitos: «Voy a tomar cuentas a Amalec de lo que hizo contra Israel, atacándolo cuando subía de Egipto. Ahora ve y atácalo; entrega al exterminio todos sus haberes, y a él no lo perdones; mata a hombres y mujeres, niños de pecho y chiquillos, toros y ovejas, camellos y burros».

Saúl convocó al ejército y le pasó revista en Telán: doscientos mil de infantería y diez mil de caballería. Marchó a las ciudades amalecitas y puso emboscadas en la vaguada. A los quenitas les envió este mensaje:

—Vosotros salid del territorio amalecita y bajad. Os portasteis muy bien con los israelitas cuando subían de Egipto y yo no quiero mezclaros con Amalec.

Los quenitas se apartaron de los amalecitas. Saúl derrotó a los amalecitas desde Telán, según se va a La Muralla, en la frontera de Egipto. Capturó vivo a Agag, rey de Amalec, pero a su ejército lo pasó a cuchillo. Saúl y su ejército perdonaron la vida a Agag, a las mejores ovejas y vacas, al ganado bien cebado, a los corderos y a todo lo que valía la pena, sin querer exterminarlo; en cambio, exterminaron lo que no valía nada.

 El Señor dirigió la palabra a Samuel:

—Me pesa haber hecho rey a Saúl, porque ha apostatado de mí y no cumple mis órdenes.

Samuel se entristeció y se pasó la noche gritando al Señor. Por la mañana madrugó y fue a encontrar a Saúl; pero le dijeron que se había ido a La Vega, donde había erigido una estela, y después, dando un rodeo, había baja-do a Guilgal. Samuel se presentó a Saúl, y éste le dijo:

—El Señor te bendiga. He cumplido el encargo del Señor.

Samuel le preguntó:

—¿Y qué son esos balidos que oigo y esos mugidos que siento?

Saúl contestó:

—Los han traído de Amalec. La tropa ha dejado con vida a las mejores ovejas y vacas, para ofrecérselas en sacrificio al Señor. El resto lo hemos exterminado.

Samuel replicó:

—Pues déjame que te cuente lo que el Señor me ha dicho esta noche.

Contestó Saúl:

—Dímelo.

Samuel dijo:

—Aunque te creías pequeño, eres la cabeza de las tribus de Israel, porque el Señor te ha nombrado rey de Israel. El Señor te envió a esta campaña con orden de exterminar a esos pecadores amalecitas, combatiendo hasta acabar con ellos. ¿Por qué no has obedecido al Señor? ¿Por qué has echado mano a los despojos, haciendo lo que el Señor reprueba?

Saúl replicó:

—Pero ¡si he obedecido al Señor! He hecho la campaña a la que me envió, he traído a Agag, rey de Amalec, y he exterminado a los amalecitas. Si la tropa tomó del botín ovejas y vacas, lo mejor de lo destinado al exterminio, lo hizo para ofrecérselas en sacrificio al Señor, tu Dios, en Guilgal.

Samuel contestó:

—¿Quiere el Señor sacrificios y holocaustos, o quiere que obedezcan al Señor? Obedecer vale más que un sacrificio; ser dócil, más que grasa de carneros. Pecado de adivinos es la rebeldía, crimen de idolatría es la obstinación. Por haber rechazado al Señor, el Señor te rechaza hoy como rey.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 2 (5-8: Edit Reisch 1, 445-449)

La salvación proviene de la misericordia de Dios

El que por nosotros derramó su sangre es el que nos librará del pecado. No nos desesperemos, hermanos, para no caer en un estado de desolación y desesperanza. Terrible cosa es no tener fe en la esperanza de la conversión. Pues quien no espera la salvación, acumula males sin medida; quien, por el contrario, espera poder recuperar la salud, fácilmente se otorga en lo sucesivo a sí mismo el perdón. De hecho, el ladrón que ya no espera la gracia del perdón, se encamina hacia la contumacia: pero si espera el perdón, muchas veces acepta la penitencia. ¿Por qué la culebra puede deponer la camisa, y nosotros no deponemos el pecado?

Dios es benigno y lo es en no pequeña escala. Por eso, guárdate de decir: he sido disoluto y adúltero, he perpetrado cosas funestas y esto no una sino muchísimas veces: ¿me querrá Dios perdonar? ¿Será posible que en adelante no se acuerde más de ello? Escucha lo que dice el salmista ¡Qué grande es tu bondad, Señor! El cúmulo de todos tus pecados no supera la inmensa compasión de Dios; tus heridas no superan la experiencia del médico supremo. Basta que te confíes plenamente a él, basta con que confieses al médico tu enfermedad; di tú también con David: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y se operará en ti lo mismo que se dice a continuación: Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

¿Quieres ver la benevolencia de Dios y su inconmensurable magnanimidad? Escucha lo que pasó con Adán. Adán, el primer hombre creado por Dios, había quebrantado el mandato del Señor: ¿no habría podido condenarlo a muerte en aquel mismo momento? Pues bien, fíjatelo que hace el Señor, que ama al hombre a fondo perdido: lo expulsó del paraíso y lo colocó a oriente del paraíso, para que viendo de dónde había sido arrojado y de qué a cuál situación había sido expulsado, se salvara posteriormente por medio de la penitencia.

Es una auténtica benignidad y esta benignidad fue la de Dios; pero aún es pequeña si se la compara con los beneficios subsiguientes. Recuerda lo que ocurrió en tiempos de Noé. Pecaron los gigantes y en aquel entonces se multiplicó grandemente la iniquidad sobre la tierra, tanto que hizo inevitable el diluvio: repara en la benignidad de Dios que se prolongó por espacio de cien años. ¿O es que lo que hizo al cabo de los cien años no pudo haberlo hecho inmediatamente? Pero lo hizo a propósito, para dar tiempo a los avisos inductores a la penitencia. ¿No ves la bondad de Dios? Y si aquellos hubieran hecho entonces penitencia, no habrían sido excluidos de la benevolencia de Dios.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 16, 1-13

David es ungido rey

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:

«¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado como rey de Israel? Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey».

Samuel contestó:

«¿Cómo voy a ir? Si se entera Saúl, me mata». El Señor le dijo:

«Llevas una novilla y dices que vas a hacer un sacrificio al Señor. Convidas a Jesé al sacrificio, y yo te indicaré lo que tienes que hacer; me ungirás al que yo te diga».

Samuel hizo lo que le mandó el Señor. Cuando llegó a Belén, los ancianos del pueblo fueron ansiosos a su encuentro:

«¿Vienes en son de paz?»

Respondió:

«Sí, vengo a hacer un sacrificio al Señor. Purificaos y venid conmigo al sacrificio».

Purificó a Jesé y a sus hijos y los convidó al sacrificio. Cuando llegó, vio a Eliab y pensó:

«Seguro, el Señor tiene delante a su ungido».

Pero el Señor le dijo:

«No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón».

Jesé llamó a Abinadab y lo hizo pasar ante Samuel; y Samuel le dijo:

«Tampoco a éste lo ha elegido el Señor».

Jesé hizo pasar a Samá; y Samuel le dijo:

«Tampoco a éste lo ha elegido el Señor».

Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo:

«Tampoco a éstos los ha elegido el Señor».

Luego preguntó a Jesé:

«¿Se acabaron los muchachos?»

Jesé respondió:

«Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas».

Samuel dijo:

«Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue».

Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel:

«Anda, úngelo, porque es éste».

Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante. Samuel emprendió la vuelta a Ramá.


SEGUNDA LECTURA

Faustino Luciferiano, Tratado sobre' la Trinidad (39-40: CCL 69, 340-341)

Cristo es rey y sacerdote eterno

Nuestro Salvador fue verdaderamente ungido, en su condición humana, ya que fue verdadero rey y verdadero sacerdote, las dos cosas a la vez, tal y como convenía a su excelsa condición. El salmo nos atestigua su condición de rey, cuando dice: Yo mismo he establecido a mi rey en Sión, mi monte santo. Y el mismo Padre atestigua su condición de sacerdote, cuando dice: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Aarón fue el primero en la ley antigua que fue constituido sacerdote por la unción del crisma y, sin embargo, no se dice: «Según el rito de Aarón», para que nadie crea que el Salvador posee el sacerdocio por sucesión. Porque el sacerdocio de Aarón se transmitía por sucesión, pero el sacerdocio del Salvador no pasa a los otros por sucesión, ya que él permanece sacerdote para siempre, tal como está escrito: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

El Salvador es, por lo tanto, rey y sacerdote según su humanidad, pero su unción no es material, sino espiritual. Entre los israelitas, los reyes y sacerdotes lo eran por una unción material de aceite; no que fuesen ambas cosas a la vez, sino que unos eran reyes y litros eran sacerdotes; sólo a Cristo pertenece la perfección y la plenitud en todo, él, que vino a dar plenitud a la ley.

Los israelitas, aunque no eran las dos cosas a la vez, eran, sin embargo, llamados cristos (ungidos), por la unción material del aceite que los constituía reyes o sacerdotes. Pero el Salvador, que es el verdadero Cristo, fue ungido por el Espíritu Santo, para que se cumpliera lo que de él estaba escrito: Por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros. Su unción supera a la de sus compañeros, ungidos como él, porque es una unción de júbilo, lo cual significa el Espíritu Santo.

Sabemos que esto es verdad por las palabras del mismo Salvador. En efecto, habiendo tomado el libro de Isaías, lo abrió y leyó: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido; y dijo a continuación que entonces se cumplía aquella profecía que acababan de oír. Y, además, Pedro, el príncipe de los apóstoles, enseñó que el crisma con que había sido ungido el Salvador es el Espíritu Santo y la fuerza de Dios, cuando, en los Hechos de los apóstoles, hablando con el centurión, aquel hombre lleno de piedad y de misericordia, dijo entre otras cosas: La cosa empezó en Galilea, cuando Juan predicaba el bautismo. Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo.

Vemos, pues, cómo Pedro afirma de Jesús que fue ungido, según su condición humana, con la fuerza del Espíritu Santo. Por esto, Jesús, en su condición humana, fue con toda verdad Cristo o ungido, ya que por la unción del Espíritu Santo fue constituido rey y sacerdote eterno.

 


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 17,1-10.23b-26.32.38-51

David lucha contra Goliat

En aquellos días, los filisteos reunieron su ejército para la guerra; se concentraron en Vallado de Judá y acamparon entre Vallado y Cavada, en Fesdamín. Saúl y los israelitas se reunieron y acamparon en Vallelaencina, y formaron para la batalla contra los filisteos. Los filisteos tenían sus posiciones en un monte, y los israelitas en el otro, con el valle en medio.

Del ejército filisteo se adelantó un campeón, llamado Goliat, oriundo de Gat, de casi tres metros de alto. Llevaba un casco de bronce en la cabeza, una cota de malla de bronce, que pesaba medio quintal, grebas de bronce en las piernas y una jabalina de bronce a la espalda; el asta de su lanza era como la percha de un tejedor, y su hierro pesaba seis kilos. Su escudero caminaba delante de él. Goliat se detuvo y gritó a las filas de Israel:

¡No hace falta que salgáis formados a luchar! Yo soy el filisteo, vosotros los esclavos de Saúl. Elegíos uno que baje hasta mí; si es capaz de pelear conmigo y me vence, seremos esclavos vuestros; pero, si yo le puedo y lo venzo, seréis esclavos nuestros y nos serviréis.

Y siguió:

¡Yo desafío hoy al ejercito de Israel! ¡Echadme uno, y lucharemos mano a mano!

El filisteo llamado Goliat, oriundo de Gat, subió de las filas del ejército filisteo y empezó a decir aquello. David lo oyó; los israelitas, al ver a aquel hombre, huyeron aterrados. Uno dijo:

—¿Habéis visto a ese hombre que sube? ¡Pues sube a desafiar a Israel! Al que lo venza, el rey lo colmará de riquezas, le dará su hija y librará de impuestos a la familia de su padre en Israel.

David preguntó a los que estaban con él:

—¿Qué le darán al que venza a ese filisteo y salve la honra de Israel? Porque, ¿quién es ese filisteo incircunciso para desafiar al ejército del Dios vivo?

David dijo a Saúl:

—Majestad, no os desaniméis. Este servidor tuyo irá a luchar con ese filisteo.

Saúl vistió a David con su uniforme, le puso un casco de bronce en la cabeza, le puso una loriga, le ciñó su espada sobre el uniforme; David intentó en vano caminar, porque no estaba entrenado, y dijo a Saúl:

—Con esto no puedo caminar, porque no estoy entrenado.

Entonces se quitó todo de encima, agarró el cayado, escogió cinco cantos del arroyo, se los echó al zurrón, empuñó la honda y se acercó al filisteo. Este, precedido de su escudero, iba avanzando, acercándose a David; lo miró de arriba abajo y lo despreció, porque era un muchacho de buen color y guapo, y le gritó:

—¿Soy yo un perro, para que vengas a mí con un palo? Luego maldijo a David, invocando sus dioses, y le dijo:

—Ven acá, y echaré tu carne a las aves del cielo y a las fieras del campo.

Pero David le contestó:

—Tú vienes hacia mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre del Señor de los ejércitos, Dios de las huestes de Israel, a las que has desafiado. Hoy te entregará el Señor en mis manos, te venceré, te arrancaré la cabeza de los hombros y echaré tu cadáver y los del campamento filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra; y todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel; y todos los aquí reunidos reconocerán que el Señor da la victoria sin necesidad de espadas ni lanzas, porque esta es una guerra del Señor, y él os entregará a nuestro poder.

Cuando el filisteo se puso en marcha y se acercaba en dirección de David, éste salió de la formación y corrió velozmente en dirección del filisteo; echó mano al zurrón, sacó una piedra, disparó la honda y le pegó al filisteo en la frente: la piedra se le clavó en la frente, y cayó de bruces en tierra. Así venció David al filisteo, con la honda y la piedra; lo mató de un golpe, sin empuñar espada. David corrió y se paró junto al filisteo, le agarró la espada, la desenvainó y lo remató, cortándole la cabeza. Los filisteos, al ver que había muerto su campeón, huyeron.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 148 (1-2: CCL 40, 2165-2166)

El aleluya pascual

Toda nuestra vida presente debe discurrir en la alabanza de Dios, porque en ella consistirá la alegría sempiterna de la vida futura; y nadie puede hacerse idóneo de la vida futura, si no se ejercita ahora en esta alabanza. Ahora, alabamos a. Dios, pero también le rogamos. Nuestra alabanza incluye la alegría, la oración, el gemido. Es que se nos ha prometido algo que todavía no poseemos; y, porque es veraz el que lo ha prometido, nos alegramos por la esperanza; mas, porque todavía no lo poseemos, gemimos por el deseo. Es cosa buena perseverar en este deseo, hasta que llegue lo prometido; entonces cesará el gemido y subsistirá únicamente la alabanza.

Por razón de estos dos tiempos —uno, el presente, que se desarrolla en medio de las pruebas y tribulaciones de esta vida, y el otro, el futuro, en el que gozaremos de la seguridad y alegría perpetuas—, se ha instituido la celebración de un doble tiempo, el de antes y el de después de Pascua. El que precede a la Pascua significa las tribulaciones que en esta vida pasamos; el que celebramos ahora, después de Pascua, significa la felicidad que luego poseeremos. Por tanto, antes de Pascua celebramos lo mismo que ahora vivimos; después de Pascua celebramos y significamos lo que aún no poseemos. Por esto, en aquel primer tiempo nos ejercitamos en ayunos y oraciones; en el segundo, el que ahora celebramos, descansamos de los ayunos y lo empleamos todo en la alabanza. Esto significa el Aleluya que cantamos.

En aquel que es nuestra cabeza hallamos figurado y demostrado este doble tiempo. La pasión del Señor nos muestra la penuria de la vida presente, en la que tenemos que padecer la fatiga y la tribulación, y finalmente la muerte; en cambio, la resurrección y glorificación del Señor es una muestra de la vida que se nos dará.

Ahora, pues, hermanos, os exhortamos a la alabanza de Dios; y esta alabanza es la que nos expresamos mutuamente cuando decimos: Aleluya. «Alabad al Señor», nos decimos unos a otros; y, así, todos hacen aquello a lo que se exhortan mutuamente. Pero procurad alabarlo con toda vuestra persona, esto es, no sólo vuestra lengua y vuestra voz deben alabar a Dios, sino también vuestro interior, vuestra vida, vuestras acciones.

En efecto, lo alabamos ahora, cuando nos reunimos en la iglesia; y cuando volvemos a casa, parece que cesamos de alabarlo. Pero, si no cesamos en nuestra buena conducta, alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de lo que a él le place. Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, habla tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que nuestros oídos escuchan nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 17, 57-18, 9.20-30

Envidia de Saúl contra David

En aquellos días, cuando David volvió de matar al filisteo, Abner lo llevó a presentárselo. a Saúl, con la cabeza del filisteo en la mano. Saúl le preguntó:

«¿De quién eres hijo, muchacho?»

David respondió:

«De tu servidor Jesé, el de Belén».

Cuando David acabó de hablar con Saúl, Jonatán se encariñó con David: lo quiso como a sí mismo. Saúl retuvo entonces a David y no lo dejó volver a casa de su padre. Jonatán y David hicieron un pacto, porque Jonatán lo quería como a sí mismo: se quitó el manto que llevaba y se lo dio a David, y también su ropa, la espada, el arco y el cinto. David tenía tal éxito en todas las incursiones que le encargaba Saúl, que el rey lo puso al frente de los soldados, y cayó bien entre la tropa, e incluso entre los ministros de Saúl.

Cuando volvieron de la guerra, después de haber matado David al filisteo, las mujeres de todas las poblaciones de Israel salieron a cantar y recibir con bailes al rey Saúl, al son alegre de panderos y sonajas. Y cantaban a coro esta copla: .

«Saúl mató a mil, David a diez mil».

A Saúl le sentó mal aquella copla, y comentó enfurecido:

«Diez mil a David, y a mí mil! ¡Ya sólo le falta ser rey!»

Y a partir de aquel día, Saúl le tomó ojeriza a David. Mical, hija de Saúl, estaba enamorada de David. Se lo comunicaron a Saúl, y le pareció bien, porque calculó:

«Se la daré como cebo, para que caiga en poder de los filisteos».

Y le hizo esta propuesta a David:

«Hoy puedes ser mi yerno».

Luego dijo a sus ministros:

«Hablad a David confidencialmente: "Mira, el rey te aprecia y todos sus ministros te quieren; acepta ser yerno suyo"».

Los ministros de Saúl insinuaron esto a David, y él respondió:

«¡Pues no es nada ser yerno del rey! Yo soy un plebeyo sin medios».

Los ministros comunicaron a Saúl lo que había respondido David, y Saúl les dijo:

«Habladle así: "Al rey no le interesa el dinero; se contenta con cien prepucios de filisteos, como venganza contra sus enemigos"».

Pensaba que haría caer a David en poder de los filisteos. Entonces los ministros de Saúl comunicaron a David esta propuesta, y le pareció una condición justa para ser yerno del rey. Y no había expirado el plazo, cuando David emprendió la marcha con su gente, mató a doscientos filisteos y llevó al rey el número completo de prepucios, para que lo aceptara como yerno. Entonces Saúl le dio a su hija Mical por esposa.

Saúl cayó en la cuenta de que el Señor estaba con David y de que su hija Mical estaba enamorada de él. Así creció el miedo que tenía a David, y fue su enemigo de por vida. Los generales filisteos salían a hacer incursiones, y, siempre que salían, David tenía más éxito que los oficiales de Saúl. Su nombre se hizo muy famoso.


SEGUNDA LECTURA

San Hipólito de Roma, Homilía sobre David y Goliat (1, 1-4. 2: CSCO 264 [Scriptores Iberici t. 16] 1-3)

David fue figura de Cristo

A quienes con fe leen los sagrados libros no les es difícil conocer los misterios relativos al bienaventurado David, que en los salmos resultó profeta y en las obras, perfecto. ¿Quién no admirará a este bienaventurado David, que describió en su corazón los misterios de Cristo ya desde su infancia? ¿O quién no se maravillará al ver realizadas sus profecías? El fue elegido por Dios como rey justo y como profeta, un profeta que nos ha dado una mayor seguridad no sólo acerca de las cosas del presente y del pasado, sino también de las futuras.

Ahora bien, ¿qué alabaré primero en él: sus gestas gloriosas o sus palabras proféticas? Pues nos encontramos con que en ambos campos, palabras y obras, este profeta es figura de su Señor. Lo veo pastor de ovejas, sé que fue clandestinamente ungido rey, contemplo al tirano vencido por él, noto cómo se esfuma la batalla y compruebo que el pueblo ha sido liberado de la esclavitud; seguidamente veo a David odiado por Saúl, que, como a enemigo u hombre de poco fiar, le obliga a huir, le expulsa y tiene que ocultarse en el desierto, y contemplo al que primero era envidiado por Saúl, constituido rey sobre Israel.

¿Quién no proclamará dichosos a los justos patriarcas, que no sólo profetizaron el futuro con las palabras, sino que sufriendo ellos mismos, realizaron en la práctica lo que iba a suceder a Cristo? Y nosotros debemos comprender en la realidad lo que se nos propone, es decir, aquellas cosas que eran manifestadas espiritualmente, con palabras y con obras, a los santos profetas. Aquellas figuras y aquellas obras decían relación con el futuro, y se referían concretamente al que había de venir al final de los tiempos a perfeccionar la ley y los profetas. Vino al mundo para enseñar la justicia, manifestándosenos por medio del evangelio; decía: Yo soy el camino, y la justicia, y la vida. El era, en efecto, el justo, el verdadero, el salvador de todos. ¿Cómo no vamos a comprender que lo que con anterioridad hizo David fue perfeccionado más tarde por el Salvador y dado, finalmente, a las santas iglesias como un don, a través de la gracia?

Debemos primero anunciar las cosas postreras, para hacer así más fácilmente creíbles las palabras. Dos fueron las unciones que llevó a cabo Samuel: una a Saúl y otra a David. Saúl recibió la unción con respeto, pero no como un hombre digno de Dios, sino como un transgresor de la ley; y Dios, molesto, lo puso como opresor sobre quienes habían pedido un rey. De igual modo, Herodes, como transgresor de la ley, reinaría años más tarde sobre hombres pecadores. David fue clandestinamente ungido en Belén, porque en Belén había de nacer el rey del cielo, y allí ungido —y no ocultamente— por el Padre, se manifestó al mundo, como dice el profeta: Por eso el Señor tu Dios te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

Saúl fue ungido con una aceitera como de arcilla, porque su reino era de transición y muy pronto disuelto. En cambio, David fue ungido con la cuerna del poder: de este modo señalaba previamente a aquel que, mediante la venerable unción, demostraba la victoria sobre la muerte.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 19, 8-10; 20, 1-17

Amistad entre David y Jonatán

En aquellos días se reanudó la guerra, y David salió a luchar contra los filisteos; les infligió tal derrota que huyeron ante él.

Saúl estaba sentado en su palacio con la lanza en la mano, mientras David tocaba el arpa. Un mal espíritu enviado por el Señor se apoderó de Saúl, el cual intentó clavar a David en la pared con la lanza, pero David la esquivó; Saúl clavó la lanza en la pared y David se salvó huyendo. David huyó del convento de Ramá y fue a decirle a Jonatán:

«¿Qué he hecho, cuál es mi delito y mi pecado contra tu padre, para que intente matarme?»

Jonatán le dijo:

«¡Nada de eso! ¡No morirás! No hace mi padre cosa grande ni chica que no me la diga antes. ¿Por qué va a ocultarme esto mi padre? ¡Es imposible!»

Pero David insistió:

«Tu padre sabe perfectamente que te he caído en gracia, y dirá: "Que no se entere Jonatán, no se vaya a llevar un disgusto". Pero, vive Dios, por tu vida, estoy a un paso de la muerte».

Jonatán le respondió:

«Lo que tú digas lo haré».

Entonces David le dijo:

«Mañana precisamente es luna nueva, y me toca comer con el rey. Déjame marchar, y me ocultaré en descampado hasta pasado mañana por la tarde. Si tu padre me echa de menos, le dices que David te pidió permiso para hacer una escapada a su pueblo Belén, porque su familia celebra allí el sacrificio anual. Si él dice que bueno, estoy salvado; pero si se pone furioso, quiere decir que tiene decidida mi muerte. Sé leal con este servidor, porque nos une un pacto sagrado. Si he faltado, mátame tú mismo, no hace falta que me entregues a tu padre».

Jonatán respondió:

«¡Dios me libre! Si me entero de que mi padre ha decidido que mueras, cierto que te aviso».

David preguntó:

«¿Quién me lo avisará, si tu padre te responde con malos modos?»

Jonatán contestó:

«¡Vamos al campo!»

Salieron los dos al campo, y Jonatán le dijo:

«Te lo prometo por el Dios de Israel: mañana a esta hora sondearé a mi padre, a ver si está a buenas o a malas contigo, y te enviaré un recado. Si trama algún mal contra ti, que el Señor me castigue si no te aviso para que te pongas a salvo. ¡El Señor esté contigo como estuvo con mi padre! Si entonces yo vivo todavía, cumple conmigo el pacto sagrado; y si muero, no dejes nunca de favorecer a mi familia. Y cuando el Señor aniquile a los enemigos de David de la faz de la tierra, no se borre el nombre de Jonatán en la casa de David. ¡Que el Señor tome cuentas a los enemigos de David!»

Jonatán repitió el juramento hecho a David por la amistad que le tenía, porque lo quería con toda el alma.


SEGUNDA LECTURA

Beato Elredo de Rievaulx, Tratado sobre la amistad espiritual (Lib 3, 92.93.94.96: CCL CM 1.337-338)

La amistad verdadera es perfecta y constante

Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mismo y ensalzándolo a él: —le dice— serás el rey, y yo seré tu segundo.

¡Oh preclarísimo espejo de amistad verdadera! ¡Cosa admirable! El rey estaba enfurecido con su siervo y concitaba contra él a todo el país, como a un rival de su reino; asesina a los sacerdotes, basándose en la sola sospecha de traición; inspecciona los bosques, busca por los valles, asedia con su ejército los montes y peñascos, todos se comprometen a vengar la indignación regia; sólo Jonatán, el único que podía tener algún motivo de envidia, juzgó que tenía que oponerse a su padre y ayudar a su amigo, aconsejarlo en tan gran adversidad y, prefiriendo la amistad al reino, le dice: Tú serás el rey, y yo seré tu segundo. Y fíjate cómo el padre de este adolescente lo provocaba a envidia contra su amigo, agobiándolo con reproches, atemorizándolo con amenazas, recordándole que se vería despojado del reino y privado de los honores.

Y habiendo pronunciado Saúl sentencia de muerte contra David, Jonatán no traicionó a su amigo. ¿Por qué va a morir David? ¿Qué ha hecho? El se jugó la vida cuando mató al filisteo; bien que te alegraste al verlo. ¿Por qué ha de morir? El rey, fuera de sí al oír estas palabras, intenta clavar a Jonatán en la pared con su lanza, llenándolo además de improperios: ¡Hijo de perdida —le dice—, ya sabía yo que estabas confabulado con él, para vergüenza tuya y de tu madre! Y, a continuación, vomita todo el veneno que llevaba dentro, intentando salpicar con él el pecho del joven, añadiendo aquellas palabras capaces de incitar su ambición, de fomentar su envidia, de provocar su emulación y su amargor: